Las Noticias de hoy 15 Noviembre 2021

Enviado por adminideas el Lun, 15/11/2021 - 12:13

Frases De Papa Francisco - Mensagem Dia Das Maes

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 15 de noviembre de 2021    

Indice:

ROME REPORTS

Los pobres, los preferidos de Dios: el videomensaje del Papa en Asís

Papa: el amor permanece para siempre, quien hace el bien invierte para la eternidad

El Papa a los periodistas: su misión es hacer el mundo menos oscuro

El Papa: Ratzinger, un magisterio luminoso y un profundo amor a la Verdad

Francisco: ante los pobres, los cristianos deben organizar la esperanza

EL SEÑOR NUNCA NIEGA SU GRACIA : Francisco Fernandez Carbajal

Meditaciones: lunes de la 33.ª semana del tiempo ordinario

“La castidad no resulta un peso molesto” : San Josemaria

Las iniciativas apostólicas de los fieles en el ámbito de la educación : Carlos J. Errázuriz M.

La esperanza: fuente de alegría y de fortaleza : Alberto Gutierrez

Realidad, relativismo y democracia : José Ramón Ayllón

Literatura, cultura y fe: un reto para el siglo XXI : Juan Manuel de Prada

Libertad de expresión, autonomía y responsabilidad : Julio Tudela Cuenca

Causas de la crisis contemporánea : Acción Familia

El tomate y su valor alimenticio : Jesús Domingo

Teoría extravagante: luchar contra los grandes errores dejándolos caer en el olvido : Plinio Corrêa de Oliveira

La Canciller Merkel : Domingo Martínez Madrid

De lo que no habla del CIS : Jesús Martínez Madrid

A más de un millón de personas al año : Jesús D Mez Madrid

Andalucía: “La más vieja de Occidente” : Antonio García Fuentes

 

ROME REPORTS

 

Los pobres, los preferidos de Dios: el videomensaje del Papa en Asís

"Pido perdón en nombre de los cristianos que los han herido, ignorado y humillado": así se dirige, desde Asís y en la V Jornada Mundial de los Pobres, el Papa Francisco a todos los congregados para celebrar esta Jornada Mundial. Su lugar -dice- no está en las puertas de las iglesias, sino en el corazón de la Iglesia.

 

En la V Jornada Mundial de los Pobres se dio a conocer el video registrato por el Papa Francisco el viernes pasado, en respuesta a la invitación recibida por la Asociación “Fratello” (Hermano en español), que se ocupa de los más necesitados. Francisco destaca, en primer lugar, que "muchos están pasando por situaciones difíciles, muy difíciles, dolorosas y a veces insoportables" y pide "perdón en nombre de todos los cristianos que los han herido, ignorado y humillado":

Muchos de ustedes sufren en la cárcel, en las chabolas, en una cama de hospital, en los barrios más pobres, abandonados, aislados, y muchos de ustedes sufren en medio de una guerra que ustedes no buscaron, sino que les impusieron. Algunos de ustedes hoy no tienen nada, no saben si comerán esta noche, no saben dónde dormirán.

África y Oceanía, Asia y América, Europa, América del Norte, Madagascar, la Polinesia… El Santo Padre subraya la unión espiritual con todos en esta Jornada. En sus palabras, su gran cercanía a los pobres:

¡Cómo me alegra reunirme con ustedes en este día! Me siento muy cerca de ustedes; quiero recordar a todos y a cada uno cuánto nos ama Dios, y cuánto los ama Dios. 

La invitación a ir más allá de la superficialidad

Tal vez la palabra "pobre" escandalice a algunos – dice Francisco. Y añade que, sin embargo, “pensando en ustedes”, quiere “gritar al mundo que la Iglesia tiene una Buena Noticia: Jesús los necesita para salvar al mundo”:

Ha venido por nosotros: los pobres, los pequeños, los enfermos, los lastimados de la vida, los amargados. Quiere colmarnos de su amor. Si nos reconocemos pobres, reconocemos una carencia, entonces Dios podrá venir a esta carencia. 

Y recordándonos el profundo vínculo con el Evangelio, hace presente una vez más que los pobres son "el tesoro de la Iglesia"

“"Dichosos los pobres", es la primera bienaventuranza. Hacerse pobre en nuestro corazón es una invitación radical a despojarnos de lo que tenemos, de lo que creemos poseer, de nuestro pecado, para dejar que Dios venga a llenarnos de su amor. Que el Señor nos ayude a ser pequeñitos, para que Él pueda ser "grande" en nosotros, ¡grandioso!”

El Papa no deja de pensar también en los que no son pobres a nivel material:

“Otros que parecen tenerlo todo, a menudo sufren de soledad, ansiedad, depresión, adicción.”

Y por todos pide a María, “que ha sabido acoger plenamente al Espíritu Santo, que nos dé ahora un poco de paz, que nos proteja bajo su gran manto de ternura.”

En el corazón de la Iglesia

Cada hombre, cada mujer es “templo de Dios”, recuerda el Papa, añadiendo palabras especialmente para los pobres:

“Eres el templo de Dios, eres el tesoro de la Iglesia. Su lugar no está en la puerta de las iglesias, sino en el corazón de la Iglesia. Sepan que son los favoritos de Dios. Hay santos ocultos entre ustedes.”

La oración al Espíritu Santo

El Evangelio -hace presente el pontífice- nos invita permanentemente a ser pobres: "Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos". Y también dice Jesús: "Lo que hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo". O, todavía: "el que acoge en mi nombre a un pequeño, como éste, a un pobre, me acoge a mí". 

"¡Ven Espíritu Santo! – es la oración del Santo Padre Francisco- Sabemos que lo que Dios ha escondido a los sabios y eruditos, lo ha revelado a los más pequeños. Muéstranos tu alegre y dulce presencia. Amén".

Jesús en primer lugar

Finalmente el Obispo de Roma anima a “amar cada vez más a Jesús, a adorarlo a Él, que se hace tan pobre en la Eucaristía, y a rezarle”:

Déjenle un sitio confortable, el primer lugar, en el establo de sus corazones, para que nazca allí. Sean para el mundo los testigos de esa ternura. Queridos hermanos y hermanas, siempre y cada día están en mi oración, y ustedes saben que yo cuento con las oraciones de ustedes. El Papa los quiere mucho. Los bendigo. 

 

Papa: el amor permanece para siempre, quien hace el bien invierte para la eternidad

En el Ángelus, Francisco recordó que las cosas terrenales como el dinero, el éxito, la apariencia y el bienestar físico no están destinadas a durar. En cambio, sólo quedará el amor "porque el bien nunca se pierde".

 

Amedeo Lomonaco – Ciudad del Vaticano

Hay cosas que pasan y otras que permanecen para siempre. “Las Palabras del Señor no pasan”. En esta diferencia entre lo limitado y lo eterno resuenan las palabras de Jesús con las que se abre el Evangelio de este domingo: "El sol se oscurecerá, la luna ya no dará su luz, las estrellas caerán del cielo" (Mc 13,24-25)". Esto no es "catastrofismo". Jesús quiere que entendamos, dijo Francisco en el Ángelus, que "todo en este mundo, tarde o temprano, pasa". "Incluso el sol, la luna y las estrellas que forman el 'firmamento' -palabra que indica 'firmeza', 'estabilidad'- están destinados a pasar". Pero al final, añade el Pontífice, Jesús dice "lo que no pasa": "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán". Por tanto, lo que no pasa es el horizonte hacia el que tender y orientar la vida. Por eso Francisco recomienda que en caso de elecciones importantes se imagine, antes de decidir, "estar delante de Jesús". Estar, "como al final de la vida, ante Aquel que es el amor".

Y pensando allí, en su presencia, en el umbral de la eternidad, tomamos la decisión para el hoy. Así es como debemos decidir: mirando siempre a la eternidad, mirando a Jesús. Puede que no sea la más fácil, puede que no sea la más inmediata, pero será la buena (cf. San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 187), eso es seguro.

Sólo quedará el amor

Mirar a Jesús, "en el umbral de la eternidad", puede ayudar también a responder a preguntas esenciales: "nosotros -se pregunta el Papa- ¿en qué estamos invirtiendo la vida? ¿En las cosas que pasan, como el dinero, el éxito, la apariencia, el bienestar físico? ¿Estamos apegados a las cosas terrenales, como si fuéramos a vivir aquí para siempre?". Cuando llegue la hora de la despedida – añadió – debemos dejarlo todo. 

La Palabra de Dios nos advierte hoy: la escena de este mundo pasa. Y sólo quedará el amor. Basar la vida en la Palabra de Dios, por tanto, no es evadir de la historia, es sumergirse en las realidades terrenales para hacerlas firmes, para transformarlas con el amor, imprimiendo en ellas el signo de la eternidad, el signo de Dios.

Las palabras del Señor requieren paciencia

El Papa subraya entonces que Jesús "establece una distinción entre las cosas penúltimas, que pasan, y las últimas, que permanecen". ¿En qué – pregunta aún Francisco - conviene invertir la vida? ¿En lo que es transitorio o en las palabras del Señor, que permanecen para siempre?":

Evidentemente en estas. Pero no es fácil. De hecho, las cosas que caen bajo nuestros sentidos y nos dan una satisfacción inmediata nos atraen, mientras que las palabras del Señor, aunque bellas, van más allá de lo inmediato y requieren paciencia.

"El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (del Evangelio de Mateo)".

No construir la vida sobre la arena

En el camino de la vida, lo que es tangible no es realmente esencial.  "Tenemos la tentación -dice el Papa- de aferrarnos a lo que vemos y tocamos y nos parece más seguro”. Es “humano”, pero es "un engaño", advierte Francisco, porque "el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán". Esta, explica el Pontífice, es por tanto la invitación:

No construir la vida sobre la arena. Cuando se construye una casa, se cava profundamente y se ponen unos cimientos sólidos. Sólo un insensato diría que es dinero desperdiciado en algo que no se puede ver. El discípulo fiel, para Jesús, es el que funda su vida en la roca, que es su Palabra.

Construir el cielo en la tierra

Por último, el Papa plantea otras cuestiones fundamentales antes de indicar lo que nunca se perderá. "¿Cuál es el centro, el corazón palpitante de la Palabra de Dios? En definitiva, ¿qué es lo que da solidez a la vida y no se acaba nunca?".

El centro es, precisamente, el corazón que late, lo que da solidez, es la caridad. "La caridad no tendrá fin" (1 Cor 13,8), dice San Pablo, es decir, el amor. Quien hace el bien invierte para la eternidad. Cuando vemos a una persona generosa y servicial, mansa, paciente, que no es envidiosa, que no parlotea, que no se jacta, que no se hincha de orgullo, que no falta al respeto (cf. 1 Cor 13,4-7), ésta es una persona que construye el Cielo en la tierra. Puede que no tenga visibilidad ni carrera, pero lo que haga no se perderá. Porque el bien nunca se pierde, permanece para siempre.

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Francisco: ante los pobres, los cristianos deben organizar la esperanza

14/11/2021

 

Francisco: ante los pobres, los cristianos deben organizar la esperanza

Cristo está presente en los pobres

Tras el rezo de la oración mariana, el Papa recordó que hoy se celebra la V Jornada Mundial de los Pobres, "nacida como fruto del Jubileo de la Misericordia". "En el pobre", dijo, "Cristo está presente. "El grito de los pobres, unido al grito de la Tierra -añadió Francisco, que presidió esta mañana la misa de este día-, resonó en los últimos días en la Cumbre de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático Cop 26, en Glasgow. Animo a todos los que tienen responsabilidades políticas y económicas a que actúen ahora con valor y visión de futuro". El Pontífice también recordó que hoy, Jornada Mundial de los Pobres, "se abre la inscripción para la plataforma Laudato si', que promueve la ecología integral". 

Día Mundial de la Diabetes

Por último, Francisco recordó que hoy se celebra "el Día Mundial de la Diabetes, una enfermedad crónica que afecta a muchas personas, incluidos los jóvenes y los niños." "Rezo por todos ellos y por los que comparten su fatiga cada día, así como por los trabajadores sanitarios y los voluntarios que los asisten".

 

 

El Papa a los periodistas: su misión es hacer el mundo menos oscuro

Con motivo de una ceremonia de entrega de premios a los vaticanistas Valentina Alazraki y Philip Pullella, Francisco subrayó que la tarea del profesional de la información es hacer posible que se mire "a los demás con más conciencia y también con más confianza".

 

Amedeo Lomonaco - Ciudad del Vaticano

¿Qué es el periodismo? ¿Cuáles son los verbos con los que se puede connotar el buen periodismo? Estas son las principales preguntas que pueden acompañar el discurso pronunciado por el Papa Francisco con motivo de la concesión de honores pontificios a dos "decanos" de la información vaticana: Valentina Alazaraki, "que muy joven estuvo en el avión que llevó a San Juan Pablo II a Puebla en 1979", y Philip Pullella, el otro "conocido" veterano. Cuántas experiencias compartidas, cuántos viajes, cuántos acontecimientos -dijo el Papa dirigiéndose a los dos redactores- han vivido en primera persona, contándolos a sus espectadores y lectores". Las palabras del Pontífice resuenan en la Sala del Consistorio, en presencia de los periodistas acreditados en la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

Me alegro de recibirles aquí, después de tantas veces que nos hemos encontrado en el pasillo de los aviones, en entrevistas a gran altura, o de paso en las diversas celebraciones y citas de las peregrinaciones apostólicas en el mundo. ¡Somos compañeros de viaje!

El periodismo es una misión

Las palabras de Francisco, que también recuerda al periodista ruso Aleksej Bukalov, fallecido en 2018, parecen componer un manual de periodismo escrito en particular para los redactores de este tiempo, profundamente marcado por la difusión de los nuevos medios de comunicación. Y se entrelazan, ante todo, con los principios que deben guiar a un profesional de la información:

Al periodismo se llega no tanto eligiendo una profesión como embarcándose en una misión, un poco como el médico, que estudia y trabaja para que el mal se cure en el mundo. Su misión es explicar el mundo, hacerlo menos oscuro, hacer que los que viven en él le tengan menos miedo y miren a los demás con mayor conciencia, y también con más confianza. No es una misión fácil. Es complicado pensar, meditar, profundizar, pararse a recoger ideas y estudiar los contextos y precedentes de una noticia.

Esta misión, señala el Papa, no está exenta de obstáculos. El buen periodismo, añade, puede combinarse con tres vertientes:

El riesgo, lo saben bien, es dejarse aplastar por la noticia en lugar de ser capaz de darle sentido. Por eso los animo a preservar y cultivar ese sentido de misión que está en el origen de su elección. Lo hago con tres verbos que creo que caracterizan al buen periodismo: escuchar, investigar, contar.

Escuchar

Hay un verbo que "les concierne a ustedes como periodistas, pero que nos concierne a todos como Iglesia, en todo momento y especialmente ahora que se ha iniciado el proceso sinodal". Este verbo, dice el Papa, es escuchar:

Escuchar, para un periodista, significa tener la paciencia de encontrarse cara a cara con las personas a las que se va a entrevistar, los protagonistas de las historias que se cuentan, las fuentes de las que se reciben las noticias. Escuchar siempre va de la mano de ver, de estar allí: ciertos matices, sensaciones, descripciones bien hechas sólo pueden transmitirse a los lectores, oyentes y espectadores si el periodista ha escuchado y visto por sí mismo. Esto significa evadirse -¡y sé lo difícil que es esto en su trabajo! - evadir la tiranía de estar siempre en línea, en las redes sociales, en la web. El buen periodismo de escuchar y ver necesita tiempo.

Las herramientas de comunicación, señala el Santo Padre, son importantes, pero el encuentro personal es insustituible:

No todo puede contarse a través del correo electrónico, el teléfono o una pantalla. Como recordé en mi Mensaje para la Jornada de las Comunicaciones de este año, necesitamos periodistas dispuestos a "gastar la suela de los zapatos", a salir de las redacciones, a recorrer las ciudades, a conocer a la gente, a comprobar las situaciones que vivimos en nuestro tiempo.

Profundizar

El segundo verbo, que caracteriza la profesión del periodista, es "consecuencia de escuchar y ver". Profundizar, nos recuerda el Papa, no es un elemento accesorio en el periodismo:

Cada noticia, cada hecho del que hablamos, cada realidad que describimos necesita una profundización. En una época en la que hay millones de informaciones disponibles en la red y en la que muchas personas se informan y forman sus opiniones en las redes sociales, donde desgraciadamente a veces se impone la lógica de la simplificación y la contraposición, la contribución más importante que puede hacer el buen periodismo es la de la profundización.

Pero ¿qué - se pregunta Francisco - se puede ofrecer más "a los que leen o escuchan, en comparación con lo que ya encuentran en la web?"

Pueden ofrecer el contexto, los precedentes, las claves de lectura que ayuden a situar el hecho ocurrido. Saben muy bien que, incluso en lo que respecta a la información sobre la Santa Sede, no todo lo que se dice es siempre "nuevo" o "revolucionario". Traté de documentar esto en mi reciente discurso a los movimientos populares, cuando indiqué las referencias a la Doctrina Social de la Iglesia en las que se basaban mis llamamientos. La Tradición y el Magisterio continúan y se desarrollan, afrontando las exigencias siempre nuevas de los tiempos en que vivimos e iluminándolas con el Evangelio.

Contar

El tercer verbo que caracteriza al buen periodismo es contar:

Contar significa no ponerse en primer plano, mucho menos erigirse en juez, sino dejarse golpear y a veces herir por las historias que encontramos, para poder contarlas con humildad a nuestros lectores. La realidad es un gran antídoto para muchas "enfermedades". La realidad, lo que ocurre, la vida y los testimonios de las personas, es lo que merece ser contado.

El buen periodismo no debe dejarnos indiferentes:

Hoy en día tenemos una gran necesidad de periodistas y comunicadores apasionados por la realidad, que sean capaces de encontrar los tesoros que a menudo se esconden en los pliegues de nuestra sociedad y de contarlos, permitiéndonos impresionarnos, aprender, ampliar nuestras mentes, captar aspectos que antes no conocíamos. Les agradezco su esfuerzo por contar la realidad. La diversidad de enfoques, de estilo, de puntos de vista ligados a diferentes culturas o afiliaciones religiosas es también una riqueza de información. También les agradezco lo que nos dicen sobre lo que está mal en la Iglesia, por ayudarnos a no esconderlo bajo la alfombra y por la voz que han dado a las víctimas de los abusos.

Sólo la verdad nos hace libres

Francisco, dirigiéndose a los dos decanos del periodismo vaticano -Alazraki y Pullella- y a los redactores acreditados en la Oficina de Prensa de la Santa Sede, subrayó finalmente que el faro a seguir por el periodista es la búsqueda de la verdad:

Gracias, queridos amigos, por este encuentro. Gracias y felicidades a nuestros dos "decanos", que hoy se convierten en "Dama" y "Caballero" de la Gran Cruz de la Orden Piana. Gracias a todos por el trabajo que hacen. Gracias por su búsqueda de la verdad, porque sólo la verdad nos hace libres.

La Iglesia nació para reflejar la luz de Jesús

Por último, el Papa recuerda que la Iglesia "no es una organización política que tiene izquierdas y derechas en su seno, como ocurre en los Parlamentos". "A veces", señala el Papa improvisando, "por desgracia, se reduce a esto en nuestras consideraciones, con algunas raíces en la realidad". La Iglesia, añade, no es "una gran empresa multinacional dirigida por directivos que estudian en la mesa cómo vender mejor su producto". Y "no se construye sobre la base de su propio proyecto, no saca de sí misma la fuerza para seguir adelante y no vive de estrategias de marketing".

"Cada vez que cae en esta tentación mundana -subrayó el Papa-, la Iglesia, sin darse cuenta, cree tener una luz propia y olvida que es el 'mysterium lunae' del que hablaban los Padres de los primeros siglos. "La Iglesia -subraya- se autentifica a la luz de otro, como la luna. Pero cuando se olvida de ser 'mysterium lunae', su acción "pierde vigor y no sirve para nada". "La Iglesia, compuesta por hombres y mujeres que son pecadores como todos", concluye Francisco, "ha nacido y existe para reflejar la luz de Otro, la luz de Jesús, como la luna lo hace con el sol.

Saludos al Papa de los dos periodistas premiados

Saludando al Papa Francisco, la periodista mexicana Valentina Alazaraki hizo partícipes a sus colegas de la entrega del premio: "Aquí en medio -dijo- hay mucho material para las causas de beatificación": para ser madres, padres y periodistas y también vaticanistas "hay muchas virtudes heroicas". Y recordó los momentos en los que estuvo alejada de su familia a causa del trabajo. Dice que su marido, cuando sus hijas eran pequeñas, tuvo "una gran idea". Los sentó frente al televisor y les dijo: "Niñas, no se preocupen, porque mamá está con el abuelo. El abuelo era Juan Pablo II". También Philip Pullella ha destacado que el reconocimiento que ha recibido hoy es también para sus "compañeros de calle". "Entre ellos", añadió, " también los que estaban allí antes que yo y de los que he aprendido tanto. "También quiero dar las gracias a todo el personal de la Oficina de Prensa que trabaja entre bastidores - los ujieres, las secretarias y otros - aunque en todos estos años nunca me han pasado un documento secreto". Recordando su propia historia como emigrante de Calabria a Estados Unidos y como periodista, dedicó su premio "a todos los inmigrantes que buscan una vida mejor para sus hijos". Como hicieron sus padres en 1958.

El Sr. Philip Pullella recibe la condecoración

El Sr. Philip Pullella recibe la condecoración

 

 

El Papa: Ratzinger, un magisterio luminoso y un profundo amor a la Verdad

Alrededor de 180 personas han asistido esta mañana a la ceremonia de entrega del Premio Ratzinger con Francisco: académicos con sus familias y amigos que dan testimonio de un "vínculo duradero" en beneficio del servicio de la Iglesia en el mundo de la cultura. Francisco dirigió su pensamiento "afectuoso, agradecido y admirado" al Papa emérito.

 

Adriana Masotti - Ciudad del Vaticano

Tras la pausa del año pasado, debida a la pandemia, se reanuda la cita anual con la entrega del Premio Ratzinger y el Papa Francisco aprovecha para saludar y hablar con estima y afecto de su predecesor "un ejemplo de dedicación apasionada al estudio y a la investigación" que siempre ha unido "su fe y su servicio a la Iglesia". Un pontificado caracterizado por un magisterio luminoso y un amor indefectible por la Verdad.

En la mente humana la "chispa" encendida de Dios

Francisco se dijo encantado de saludar hoy a la profesora Hanna-Barbara Gerl-Falkovitz y al profesor Ludger Schwienhorst-Schönberger, los galardonados de este año, así como al profesor Jean-Luc Marion y a la profesora Tracey Rowland, galardonados con el Premio Ratzinger en 2020, junto con otras personalidades premiadas en años anteriores. Es un "vínculo duradero" el que la iniciativa ha establecido, dice el Papa, entre la Iglesia y el mundo de la cultura, y señala que la comunidad de premiados crece cada año en número, origen y variedad de disciplinas. La capacidad de la mente humana, añadió, "es el efecto de la 'chispa' encendida por Dios en la persona hecha a su imagen" que la impulsa continuamente "a expresar la vitalidad del espíritu en la conformación y transfiguración de la materia". Pero, reconoce, esto no se hace sin esfuerzo:

La Escritura nos habla de la creación de Dios como un "trabajo". Por ello, rendimos homenaje no sólo a la profundidad del pensamiento y de los escritos, o a la belleza de las obras artísticas, sino también al trabajo realizado con generosidad y pasión durante muchos años para enriquecer el inmenso patrimonio humano y espiritual que hay que compartir. Es un servicio inestimable para la elevación del espíritu y la dignidad de la persona, para la calidad de las relaciones en la comunidad humana y para la fecundidad de la misión de la Iglesia.

Entre los grandes maestros del pensamiento, Joseph Ratzinger

La presentación de las obras de los premiados, continuó el Papa Francisco, nos dio la oportunidad de oscilar entre las "corrientes del espíritu", desde la filosofía hasta la religión, pasando por la fenomenología (manifestación) del ser, y la evocación de los nombres de tantos "grandes maestros de la filosofía y la teología de nuestro tiempo". Los interlocutores de sus investigaciones, como Guardini, De Lubac, Edith Stein, Lévinas, Ricœur y Derrida, hasta McIntyre, "nos educan a pensar para vivir cada vez más profundamente nuestra relación con Dios y con los demás, para orientar la acción humana con la virtud y sobre todo con el amor". Y continúa:

Entre estos maestros debe contarse un teólogo que supo abrir y alimentar su reflexión y su diálogo cultural hacia todas estas direcciones juntas, porque la fe y la Iglesia viven en nuestro tiempo y son amigas de toda búsqueda de la verdad. Hablo de Joseph Ratzinger.

Reconocimiento y estima por el predecesor

Esta es, por tanto, dice, "la ocasión de dirigirle una vez más nuestro afectuoso, agradecido y admirado pensamiento". Y recuerda su encuentro con él hace unos meses con motivo del 70 aniversario de su ordenación sacerdotal.

...sentimos que nos acompaña en la oración, manteniendo su mirada constantemente dirigida hacia el horizonte de Dios. Hoy le damos las gracias, en particular, porque fue también un ejemplo de dedicación apasionada al estudio, a la investigación, a la comunicación escrita y oral; y porque siempre unió plena y armoniosamente su investigación cultural con su fe y su servicio a la Iglesia.

Testimonio de una búsqueda continua del rostro de Dios

El Papa Francisco recuerda su compromiso con el estudio y la escritura, que continuó durante su pontificado para completar la trilogía sobre Jesús "y dejarnos así un testimonio personal único de su constante búsqueda del rostro del Señor". De su búsqueda, señala, nos sentimos "inspirados y animados, y le aseguramos nuestro recuerdo al Señor".

Como sabemos, las palabras de la Tercera Carta de Juan: 'cooperatores veritatis' son el lema que eligió cuando se convirtió en arzobispo de Munich. Expresan el hilo conductor de las diferentes etapas de su vida, desde sus estudios hasta su enseñanza académica, pasando por su ministerio episcopal, su servicio para la Doctrina de la Fe -al que fue llamado por San Juan Pablo II hace 40 años- y su pontificado, caracterizado por un magisterio luminoso y un amor indefectible por la Verdad. 

El lema "cooperatores veritatis" sigue inspirando el compromiso de los estudiosos premiados por la Fundación Ratzinger, y Francisco concluye afirmando que esas palabras "pueden y deben inspirar a cada uno de nosotros en nuestras actividades y en nuestras vidas".

 

Francisco: ante los pobres, los cristianos deben organizar la esperanza

No demos vuelta la cara ante los débiles, sino actuemos para aliviarles el sufrimiento, comprometiéndonos social y políticamente. En la misa de la V Jornada Mundial de los Pobres, celebrada en la Basílica de San Pedro, el Papa pidió a los cristianos que sean convertidores del bien.

 

Francesca Sabatinelli - Ciudad del Vaticano

La historia está marcada por las tribulaciones, la violencia, el sufrimiento y las injusticias que hieren, oprimen y aplastan a los pobres, "los eslabones más frágiles de esta cadena", a la espera de una liberación que parece no llegar nunca. En su homilía de la misa con motivo de la V Jornada Mundial de los Pobres en la Basílica de San Pedro, Francisco pidió a todos los cristianos que no se aparten de los más débiles y habló de los dos aspectos de la historia: el dolor de hoy y la esperanza de mañana, las dolorosas contradicciones de la realidad humana, por un lado, y el futuro de la salvación en el encuentro con el Señor, por otro.

“La Jornada Mundial de los Pobres, que estamos celebrando, nos pide que no miremos hacia otro lado, que no tengamos miedo de mirar de cerca el sufrimiento de los más débiles.”

Es el Evangelio el que nos ayuda a comprender la existencia de estas personas, cuyas vidas están oscurecidas por la soledad, cuyas expectativas se han apagado y cuyos sueños han caído en la resignación:

“Todo ello debido a la pobreza a la que a menudo se ven abocados, víctimas de la injusticia y la desigualdad de una sociedad del descarte, que corre velozmente sin verlos y los abandona sin escrúpulos a su suerte.”

Los cristianos curen el dolor de hoy

En el dolor de hoy, sin embargo, florece la esperanza del mañana, de cuando Jesús se hace cercano, lo que no es sólo "una promesa del más allá", explica el Papa, sino algo que "crece ya dentro de nuestra historia herida; todos tenemos el corazón enfermo, se abre paso entre las opresiones e injusticias del mundo". De ahí la indicación fundamental a los cristianos, ante esta realidad, de "alimentar la esperanza de mañana curando el dolor de hoy", dos aspectos ligados, reitera, porque "si no avanzas curando el dolor de hoy difícilmente tendrás la esperanza de mañana".

“La esperanza que nace del Evangelio, en efecto, no consiste en esperar pasivamente que las cosas mejoren mañana, esto no es posible, sino en concretar hoy la promesa de salvación de Dios. Hoy, todos los días. La esperanza cristiana no es, en efecto, el optimismo dichoso, o más bien diría el optimismo adolescente, de los que esperan que las cosas cambien y mientras tanto siguen haciendo su vida, sino que es construir cada día, con gestos concretos, el Reino de amor, de justicia y de fraternidad que inauguró Jesús.”

La esperanza cristiana, continúa, "no ha sido sembrada". La esperanza cristiana, por ejemplo, no fue sembrada por el levita y el sacerdote que pasaron junto al hombre herido por los ladrones, no. La sembró un extraño, un samaritano que se detuvo e hizo el gesto. Y hoy es como si la Iglesia nos dijera: "Detente y siembra esperanza en la pobreza. Acércate a los pobres y siembra esperanza". Su esperanza, tu esperanza y la esperanza de la Iglesia.

Por eso se pide a los fieles que sean, en medio de las ruinas cotidianas del mundo, constructores incansables de esperanza; que sean luz mientras el sol se oscurece; que sean testigos de compasión mientras la distracción reina alrededor; que sean presencias atentas en medio de la indiferencia generalizada y que sean testigos de compasión:

“Nunca podremos hacer el bien sin pasar por la compasión. A lo sumo haremos cosas buenas, pero que no tocan el camino cristiano porque no tocan el corazón. Lo que nos llega al corazón es la compasión: nos acercamos, sentimos compasión y hacemos gestos de ternura. Precisamente al estilo de Dios: cercanía, compasión y ternura. Esto es lo que nos pide hoy.”

Es necesario organizar la esperanza

No hay que limitarse a la esperanza, sino que hay que organizar la esperanza: así lo indicó el "Obispo cercano a los pobres" Don Tonino Bello, a quien Francisco cita como ejemplo para instar a "opciones y gestos concretos de atención, justicia, solidaridad, cuidado de la casa común", sin los cuales "no se pueden aliviar los sufrimientos de los pobres, no se puede convertir la economía del descarte que los obliga a vivir en la marginalidad, no pueden florecer sus expectativas".

“A nosotros, especialmente a los cristianos, nos corresponde organizar la esperanza: esa hermosa expresión de Tonino Bello, organizar la esperanza, traducirla en la vida concreta de cada día, en las relaciones humanas, en el compromiso social y político. Me hace pensar en la labor que hacen muchos cristianos con las llamadas obras de caridad, la labor de la Limosnería Apostólica: pero ¿qué se hace ahí? La esperanza está organizada. No das una moneda, no: organizas la esperanza. Esta es una dinámica que la Iglesia nos pide hoy.”

Que los cristianos sean convertidores del bien

Es gracias a la ternura, a la compasión que lleva a la ternura, que puede brotar la esperanza y aliviarse el dolor de los pobres, superando las cerrazones, las rigideces interiores que, hoy, son la tentación, indica el Papa, "de los restauracionistas que quieren una Iglesia toda ordenada, toda rígida: esto no es del Espíritu Santo". Y debemos superar esto, y hacer que la esperanza brote en esta rigidez. Y también depende de nosotros superar la tentación de preocuparnos sólo de nuestros problemas, de conmovernos con las tragedias del mundo, de compadecernos del dolor". Por ello, los cristianos están llamados a ser como las hojas, "a absorber la contaminación que nos rodea y transformarla en bien":

“No hace falta hablar de los problemas, polemizar, escandalizarse -todos sabemos hacerlo-; hay que imitar a las hojas, que discretamente transforman el aire sucio en aire limpio cada día. Jesús quiere que seamos "convertidores del bien": personas que, inmersas en el aire pesado que todos respiran, respondan al mal con el bien (cf. Rm 12,21). Personas que actúan: parten el pan con los hambrientos, trabajan por la justicia, levantan a los pobres y les devuelven su dignidad, como hizo aquel samaritano.”

La Iglesia, concluye Francisco, es bella, evangélica y joven una iglesia que sale de sí misma. Joven es el adjetivo que el Papa subraya, para decir que es la juventud la que siembra esperanza. Esta es una iglesia profética, cuando lleva una mirada de esperanza al mundo y mira con ternura a los pobres, "con cercanía, con compasión, sin juzgarlos". "Seremos juzgados... Porque allí, en medio de ellos, está Jesús; porque allí, en ellos, está Jesús, que nos espera".

 

EL SEÑOR NUNCA NIEGA SU GRACIA

— Aumentar el fervor de la oración en momentos de oscuridad.

— La dirección espiritual, camino normal por el que Dios actúa en el alma.

— Fe y sentido sobrenatural en este medio de crecimiento interior.

I. Ocurrió -leemos en el Evangelio de la Misa1- que al llegar a Jericó había un ciego sentado junto al camino mendigando.

Algunos Padres de la Iglesia señalan que este ciego a las puertas de Jericó es imagen «de quien desconoce la claridad de la luz eterna»2, pues en ocasiones el alma puede sufrir también momentos de ceguera y de oscuridad. El camino despejado que vislumbró un día se puede tornar desdibujado y menos claro, y lo que antes era luz y alegría ahora son tinieblas, y una cierta tristeza pesa sobre el corazón. Muchas veces esta situación está causada por pecados personales, cuyas consecuencias no han sido del todo zanjadas, o por la falta de correspondencia a la gracia: «quizá el polvo que levantamos al andar –nuestras miserias– forma una nube opaca, que impide el paso de la luz»3; en otras ocasiones, el Señor permite esa difícil situación para purificar el alma, para madurarla en la humildad y en la confianza en Él. En esa situación es lógico que todo cueste más, que se haga más difícil, y que el demonio intente hacer más honda la tristeza, o aprovecharse de ese momento de desconcierto interior.

Sea cual sea su origen, si alguna vez nos encontramos en ese estado, ¿qué haremos? El ciego de Jericó –Bartimeo, el hijo de Timeo4– nos lo enseña: dirigirnos al Señor, siempre cercano, hacer más intensa nuestra oración, para que tenga piedad y misericordia de nosotros. Él, aunque parece que sigue su camino y nosotros quedamos atrás, nos oye. No está lejos. Pero es posible que nos suceda lo que a Bartimeo: Y los que iban delante le reprendían para que se callara. El ciego encontraba cada vez más dificultades para dirigirse a Jesús, como nosotros «cuando queremos volver a Dios, esas mismas flaquezas en las que hemos incurrido, acuden al corazón, nublan el entendimiento, dejan confuso el ánimo y querrían apagar la voz de nuestras oraciones»5. Es el peso de la debilidad o del pecado, que se hace sentir.

Tomemos ejemplo del ciego: Pero él gritaba mucho más: Hijo de David, ten piedad de mí. «Ahí lo tenéis: aquel a quien la turba reprendía para que callase, levanta más y más la voz; así también nosotros (...), cuanto mayor sea el alboroto interior, cuanto mayores dificultades encontremos, con más fuerza ha de salir la oración de nuestro corazón»6.

Jesús se paró en el camino cuando daba la impresión de que seguía hacia Jerusalén y mandó que llamaran al ciego. Bartimeo se acercó y Jesús le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Ut videam, que vea, Señor. Y Jesús le dijo: Ve, tu fe te ha salvado. Y al instante vio, y le seguía, glorificando a Dios.

A veces será difícil conocer las causas por las que el alma pasa esa situación difícil en que todo parece costar más. No sabremos quizá su origen, pero sí el remedio siempre eficaz: la oración. «Cuando se está a oscuras, cegada e inquieta el alma, hemos de acudir, como Bartimeo, a la Luz. Repite, grita, insiste con más fuerza, “Domine, ut videam!” —¡Señor, que vea!... Y se hará el día para tus ojos, y podrás gozar con la luminaria que Él te concederá»7.

II. Jesús, Señor de todas las cosas, podía curar a los enfermos –podía obrar cualquier milagro– del modo que estimara oportuno. A algunos los curó con una sola frase, con un simple gesto, a distancia... A otros por etapas, como al ciego del que nos habla San Juan8... Hoy es muy frecuente que dé la luz a las almas a través de otros. Cuando los Magos se quedaron en tinieblas al desaparecer la estrella que les había guiado desde un lugar tan lejano, hacen lo que el sentido común les dicta: interrogar a quien debía saber dónde había nacido el rey de los judíos. Le preguntan a Herodes. «Pero los cristianos no tenemos necesidad de preguntar a Herodes o a los sabios de la tierra. Cristo ha dado a su Iglesia la seguridad de la doctrina, la corriente de gracia de los Sacramentos; y ha dispuesto que haya personas para orientar, para conducir, para traer a la memoria constantemente el camino (...). Por eso, si el Señor permite que nos quedemos a oscuras, incluso en cosas pequeñas; si sentimos que nuestra fe no es firme, acudamos al buen pastor (...), al que, dando su vida por los demás, quiere ser, en la palabra y en la conducta, un alma enamorada: un pecador quizá también, pero que confía siempre en el perdón y en la misericordia de Cristo»9.

Nadie, de ordinario, puede guiarse a sí mismo sin una ayuda extraordinaria de Dios. La falta de objetividad con que nos vemos a nosotros mismos, las pasiones... hacen difícil, quizá imposible, encontrar esos senderos, a veces pequeños, pero seguros, que nos llevan en la dirección justa. Por eso, desde muy antiguo, la Iglesia, siempre Madre, aconsejó ese gran medio de progreso interior que es la dirección espiritual. No esperemos gracias extraordinarias, en los días corrientes y en aquellos en que más necesitamos luz y claridad, si no quisiéramos utilizar aquellos medios que el Señor ha puesto a nuestro alcance. ¡Cuántas veces Jesús espera la sinceridad y la docilidad del alma para obrar el milagro! Nunca niega el Señor su gracia si acudimos a Él en la oración y en los medios por los cuales derrama sus gracias.

Santa Teresa, con la humildad de los santos, escribía: «Había de ser muy continua nuestra oración por estos que nos dan luz. ¿Qué seríamos sin ellos entre tan grandes tempestades como ahora tiene la Iglesia?»10. Y San Juan de la Cruz señalaba igualmente: «El que solo quiere estar, sin arrimo y guía, será como el árbol que está solo y sin dueño en el campo, que por más fruta que tenga, los viadores se la cogerán y no llegará a sazón.

»El árbol cultivado y guardado con los buenos cuidados de su dueño, da la fruta en el tiempo que de él se espera.

»El alma sola sin maestro, que tiene virtud, es como el carbón encendido que está solo; antes se irá enfriando que encendiendo»11.

No dejemos de acudir al Señor, con una oración más intensa cuanto mayores sean los obstáculos interiores o externos que tratan de impedir que nos dirijamos a Jesús que pasa a nuestro lado. No dejemos de acudir a esos medios normales, por los que Él obra milagros tan grandes.

III. Nuestra intención al acercarnos a la dirección espiritual es la de aprender a vivir según el querer divino. En el mismo San Pablo, a pesar del inicio extraordinario de su vocación, Dios quiso después seguir con él el camino normal, es decir, formarle y transmitirle su voluntad a través de otras personas. Ananías le impuso las manos y al instante cayeron de sus ojos una especie de escamas y recobró la vista12.

En quien nos ayuda vemos al mismo Cristo, que enseña, ilumina, cura y da alimento a nuestra alma para que siga su camino. Sin este sentido sobrenatural, sin esta fe, la dirección espiritual quedaría desvirtuada. Se transformaría en algo completamente distinto: un intercambio de opiniones, quizá. Este medio es una gran ayuda y presta mucha fortaleza cuando lo que realmente deseamos es averiguar la voluntad de Dios sobre nosotros e identificarnos con ella. No busquemos en la dirección espiritual a quien pueda resolver nuestros asuntos temporales; nos ayudará a santificarlos, nunca a organizarlos ni a resolverlos. No es esa su misión.

La conciencia de que, a través de aquella persona que cuenta con una gracia particular de Dios, nos acercamos al mismo Cristo, determinará nuestra confianza, la delicadeza, la sencillez y la sinceridad en este medio. Bartimeo se acercó a Jesús como quien camina hacia la Luz, a la Vida, a la Verdad, al Camino. Así nosotros, porque esa persona es un instrumento del Señor, a través de quien nos comunica gracias semejantes a las que habríamos obtenido si nos hubiéramos encontrado con Él en los caminos de Palestina. En la continuidad de la dirección espiritual se va forjando el alma; y, poco a poco, con derrotas y con victorias, vamos construyendo el edificio sobrenatural de la santidad: «¿Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? —Un ladrillo, y otro. Miles, Pero, uno a uno. —Y sacos de cemento, uno a uno. Y sillares, que suponen poco, ante la mole del conjunto. —Y trozos de hierro. —Y obreros que trabajan, día a día, las mismas horas...

»¿Viste cómo alzaron aquel edificio de grandeza imponente?... —¡A fuerza de cosas pequeñas!»13. Un cuadro se pinta pincelada a pincelada, un libro se escribe página a página, con amor paciente, y una maroma capaz de aguantar grandes pesos está tejida por un sinfín de hebras finas.

Si llevamos bien este medio de dirección espiritual, nos sentiremos como Bartimeo, que seguía en el camino a Jesús glorificando a Dios, lleno de alegría.

1 Lc 18, 35-43. — 2 Cfr. San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, 1, 2, 2. — 3 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 34. — 4 Mc 10, 46-52. — 5 San Gregorio Magno, o. c., 1, 2, 3. — 6 Cfr. Ibídem, 1, 2, 4. — 7 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 862. — 8 Cfr. Jn 9, 1 ss. — 9 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 34. — 10 Santa Teresa, Vida, 13, 10. — 11 San Juan de la Cruz, Dichos de luz y de amor, Apostolado de la Prensa, Madrid 1966, pp. 958-964. — 12 Cfr. Hech 9, 17-18. — 13 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 823.

 

Meditaciones: lunes de la 33.ª semana del tiempo ordinario

Reflexión para meditar el lunes de la semana treinta y tres del tiempo ordinario. Los temas propuestos son: el grito del ciego de Jericó; la oración es manifestación de fe; crecer en nuestro deseo de Dios.

15/11/2021

 


EL CIEGO DE JERICÓ realiza todos los días el mismo trayecto, desde su casa hasta el lugar en el que se sienta para mendigar. Cada jornada vuelve a su hogar con unas cuantas monedas, las que consigue de quienes se conmueven de su miseria. Nadie puede hacer nada por aliviar su ceguera. Pero un día Jesús pasa cerca de él, rodeado por una pequeña multitud. El ciego pregunta a los transeúntes por el motivo del alboroto y «le contestaron: es Jesús Nazareno, que pasa». Entonces, el ciego comenzó a gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!» (Lc 18,35-39). Aquella noticia inesperada, llena de fe y esperanza, abrió repentinamente su corazón.

Jesús pasa también por nuestras vidas cuando estamos sentados junto al camino, conscientes de que, como el ciego, necesitamos de una fe y de una esperanza que no surgen de nuestra fuerza sola. «El Señor nos busca en cada instante»[1], él se hace presente en nuestro trabajo, en nuestra casa, en las calles de nuestra ciudad, cuando nos sentimos necesitados de la compasión divina. Cristo está a nuestro lado en las personas que nos rodean, especialmente en los enfermos, los ancianos o los más débiles, en quienes miramos a Jesús. El Señor pasa sirviéndose también de nuestras fragilidades y nuestros defectos.

San Josemaría nos animaba a rezar con las palabras del personaje de Jericó: «Inmediatamente su alma se llenó de una fe tan viva en Cristo que su puso a gritar: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”. ¿Tú, que estás sentado al borde del camino de la vida, tan corta como es, no deseas también gritar? A ti que te falta luz, que tienes necesidad de nuevas gracias para decidirte ir en busca de la santidad, ¿no sientes en tu corazón una necesidad irresistible de gritar: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”? ¡Una bella, corta y fervorosa oración para repetir a menudo!»[2].


DESPUÉS DE SUPERAR múltiples dificultades –la distancia, el ruido, los vecinos que le mandan guardar silencio–, el ciego logró hacerse escuchar por Jesús. Es quizá la primera vez que se cruza con Cristo, pero ya en este primer encuentro arrancará de la misericordia de Dios el milagro de recobrar la vista. Es un ejemplo de fe audaz. Nada le frena porque es mucha su necesidad y su deseo de luz. «Los que iban delante le reprendían para que se estuviera callado. Pero él –nos lo dice el Evangelio– gritaba mucho más… Jesús, parándose, mandó que lo trajeran» (Lc 18,39-40). De la misma manera como el ciego, con sus gritos ardientes, detuvo al Señor, nosotros podemos «parar» a Jesús cada día con nuestra oración. Cuanto más necesitados nos sentimos, más debemos insistir, porque entonces el Señor estará ya obrando en nuestro interior; estaremos ya en camino de recobrar la luz perdida.

«La oración es el aliento de la fe, es su expresión más adecuada; es como un grito que sale del corazón de los que creen y se confían a Dios (...). La fe es un grito; la “no fe” es sofocar ese grito, es esa actitud que tenía la gente para que se callara. Sofocar ese grito es una especie de “ley del silencio”. La fe es una protesta contra una condición dolorosa de la cual no entendemos la razón; la “no fe” es limitarse a sufrir una situación a la cual nos hemos adaptado. La fe es la esperanza de ser salvado; la “no fe” es acostumbrarse al mal que nos oprime y seguir así (...). Todo invoca y suplica para que el misterio de la misericordia encuentre su cumplimiento definitivo. No rezan solo los cristianos: compartimos ese grito de la oración con todos los hombres y mujeres»[3].

Comentando este pasaje, sugiere San Gregorio Magno: «El que tiene el poder de devolver la vista, ¿ignoraba lo que quería el ciego? Evidentemente, no. Pero él desea que le pidamos las cosas aunque lo sepa de antemano y nos lo vaya a conceder. Nos exhorta a pedir, incluso hasta ser molestos (...). Si pregunta, es para que se le pida; si pregunta, es para impulsar nuestro corazón a la oración»[4].


«LO QUE PIDE el ciego al Señor, no es oro, sino luz»[5]. «Señor, que vea, respondió él. Y Jesús le dijo: Recobra la vista, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista» (Lc 18,41-42). Las murallas de la vieja Jericó se habían derrumbado cuando el Arca de la Alianza la rodeó siete veces. En esta ocasión, cuando Jesús atravesaba la ciudad, han sido suficientes unos cuantos gritos llenos de fe para alcanzar la curación. «La fe es fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven», dice el autor de la Carta a los hebreos (Heb 11,1).

¿Qué puede esperar con más ardor un pobre ciego sino recuperar la vista, para dejar de pedir en la calle, para finalmente contemplar el rostro de sus personas queridas, para pasearse con libertad por su ciudad o acudir en peregrinación al Templo de Jerusalén? Su deseo es paralelo a su audacia. San Juan de la Cruz solía repetir de diversas maneras que lo que alcanzamos es proporcional a lo que esperamos[6]. San Juan Crisóstomo, en el mismo sentido, comentaba que «así como sacan poca agua de una fuente los que van allí con vasos pequeños y sacan mucha los que los llevan mayores (...), y como sucede también con la luz, que extiende más o menos su claridad según las ventanas que se abren, así se recibe la gracia según la medida de la intención»[7].

Por eso el Señor, «que lo había escuchado desde el comienzo, le deja que persevere en su oración. Eso sirve igualmente para ti. Jesús percibe instantáneamente la llamada de nuestra alma, pero espera. Quiere que estemos del todo convencidos de la absoluta necesidad que tenemos de él. Quiere que le supliquemos, obstinadamente, como este ciego del borde del camino»[8]. Nuestra Madre, María, aun siendo llena de gracia, oraba incesantemente y lo sigue haciendo. Le podemos pedir a ella descubrir en nuestra oración esa dimensión de necesidad y deseo de Dios.


[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 196.

[2] Ibídem, n. 195.

[3] Francisco, Audiencia, 6-V-2020.

[4] San Gregorio Magno, Homilías sobre el evangelio, n. 2.

[5] Ibídem.

[6] «Porque esperanza del cielo / tanto alcanza cuanto espera» (San Juan de la Cruz, Tras de un amoroso lance, estrofa 4).

[7] San Juan Crisóstomo, comentario a este pasaje en Catena aurea.

[8] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 195.

 

“La castidad no resulta un peso molesto”

Contra la vida limpia, la pureza santa, se alza una gran dificultad, a la que todos estamos expuestos: el peligro del aburguesamiento, en la vida espiritual o en la vida profesional: el peligro –también para los llamados por Dios al matrimonio– de sentirse solterones, egoístas, personas sin amor. –Lucha de raíz contra ese riesgo, sin concesiones de ningún género. (Forja, 89)

15 de noviembre

Con el espíritu de Dios, la castidad no resulta un peso molesto y humillante. Es una afirmación gozosa: el querer, el dominio, el vencimiento, no lo da la carne, ni viene del instinto; procede de la voluntad, sobre todo si está unida a la Voluntad del Señor. Para ser castos -y no simplemente continentes u honestos-, hemos de someter las pasiones a la razón, pero por un motivo alto, por un impulso de Amor.

Comparo esta virtud a unas alas que nos permiten transmitir los mandatos, la doctrina de Dios, por todos los ambientes de la tierra, sin temor a quedar enlodados. Las alas -también las de esas aves majestuosas que se remontan donde no alcanzan las nubes- pesan, y mucho. Pero si faltasen, no habría vuelo. Grabadlo en vuestras cabezas, decididos a no ceder si notáis el zarpazo de la tentación, que se insinúa presentando la pureza como una carga insoportable: ¡ánimo!, ¡arriba!, hasta el sol, a la caza del Amor.

Acabo de señalaros que me ayuda, para esto, acudir a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor, a esa maravilla inefable de Dios que se humilla hasta hacerse hombre, y que no se siente degradado por haber tomado carne como la nuestra, con todas sus limitaciones y flaquezas, menos el pecado; y esto, ¡porque nos ama con locura! Él no se rebaja con su anonadamiento; en cambio, a nosotros, nos eleva, nos deifica en el cuerpo y en el alma. Responder que sí a su Amor, con un cariño claro, ardiente y ordenado, eso es la virtud de la castidad. (Amigos de Dios, nn. 177-178)

 

 

Las iniciativas apostólicas de los fieles en el ámbito de la educación

Estudio de Carlos José Errazuri, de la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, publicado en "Romana" nº 11 (1990).

27/05/2015

Aspectos canónicos

En estas páginas pretendo afrontar en perspectiva canónica las cuestiones relativas al apostolado de los fieles en el campo de la educación. Trataré de las iniciativas educativas promovidas por los fieles, como fruto de su personal responsabilidad, en un sector vital para la conformación cristiana de la sociedad. Para comenzar este análisis, me parece oportuno una referencia a las fuentes, principalmente al nuevo Código de Derecho Canónico[1], interpretado a la luz de los documentos del Concilio Vaticano II que constituyen su inmediato y principal fundamento magisterial. El examen de estas fuentes y de otras referentes a la materia[2] será objeto de los dos primeros apartados del presente trabajo. Sobre estas bases se expondrá después, en el tercer y último apartado, un intento de sistematización de la materia.

1. Las iniciativas educativas de los fieles en el Código de Derecho Canónico

En una cuestión como la presente no podemos quedarnos satisfechos con la simple exégesis de cada precepto codicial o versículo conciliar, pues en vano se buscará un texto en el que confluyan todos los elementos en juego, y en el que se formule expresamente el derecho de los fieles a promover iniciativas escolares inspiradas en la fe cristiana. En una aproximación global y sistemática al Código y a los documentos del Vaticano II resulta fácil, en cambio, encontrar los fundamentos de este derecho. En este apartado expondré las principales bases codiciales. En el siguiente intentaré una profundización de ellos a la luz del Concilio.

El título del CIC sobre la educación católica se abre con el siguiente enunciado: «Los padres, así como aquellos que hacen sus veces, están obligados y tienen el derecho de educar a la prole; los padres católicos tienen también el deber y el derecho de escoger los medios y las instituciones a través de las que, según las circunstancias del lugar, puedan proveer mejor a la educación católica de los hijos» (can. 793 § 1). El texto distingue el nivel natural —relativo a todos los padres— y el sobrenatural —propio de los padres cristianos—, mostrando así la continuidad y la armonía entre las situaciones jurídicas de ambos niveles. En la segunda frase se declara el derecho-deber de educar cristianamente a la prole —formalizado de modo más amplio por otros cánones (cfr. can. 226 § 2, in fine; 774 § 2; y 1136)— desde un punto de vista particular: el de la elección de los medios e instituciones a través de los que se debe proveer a la educación católica de los hijos. La estrecha relación del medio principal para la educación de los hijos —la escuela— con la función de los padres, en relación a la cual aquélla tiene naturaleza auxiliar, se evidencia muy bien en el canon 796 § 1: «Entre los medios para realizar la educación, los fieles tengan en mucho las escuelas, que constituyen una ayuda primordial para los padres en el cumplimiento de su deber de educar»[3].

Debe sin embargo ampliarse la perspectiva, considerando, por una parte, que también aquellos fieles que no son padres ni hacen sus veces tienen derecho a participar en la labor educativa, incluidos los aspectos que se refieren a la transmisión del Evangelio; y, por otra parte, que la educación no termina con la escuela —entendida en el nuevo CIC solamente como la escuela inferior y media—, sino que comprende también el nivel universitario o, de modo más general, superior (cfr. can. 814)[4]. Por tanto, la posición jurídica del fiel respecto a la educación cristiana puede ser concebida de manera más general, como participación en la misión educativa de la Iglesia, a lo que hace referencia el can. 794 § 1: «De modo singular, el deber y derecho de educar compete a la Iglesia, a quien Dios ha confiado la misión de ayudar a los hombres para que puedan llegar a la plenitud de la vida cristiana». Respecto a este texto debe sin embargo evitarse toda interpretación reductiva que siga identificando en este sector a la Iglesia con su dimensión institucional, y que considere a los fieles como mera longa manus de la Jerarquía. En realidad, la participación de los fieles en la misión educativa de la Iglesia se configura como una función suya propia, que se apoya sobre la función y el derecho natural a educar que les corresponde. Una vez más nos encontramos con la continuidad entre el orden natural y el sobrenatural.

Desde el punto de vista de las instituciones, el CIC reconoce la existencia de iniciativas que, siendo realmente católicas (reapse catholica es la expresión utilizada tanto en el ámbito de las escuelas —cfr. can. 803 § 3— como en el de las universidades —cfr. can. 808—), no pueden usar el nombre de «católica», si no es con el consentimiento de la autoridad eclesiástica[5]. Estas escuelas o universidades efectivamente católicas comprenden obviamente las nacidas de la autónoma actividad de los fieles: más aún, son estas últimas las que se contemplan primariamente en esos cánones, ya que de por sí no plantea ningún problema el hecho de que las iniciativas educativas de la Iglesia en cuanto institución utilicen por regla general la denominación de «católica».[6] Otras disposiciones presuponen con mucha claridad que no puede identificarse escuela o universidad oficialmente católica —relacionada con la dimensión institucional de la Iglesia[7]- con escuela o universidad cuya inspiración sea verdaderamente católica. A la luz de esa distinción deben ser leídos, por ejemplo, los siguientes preceptos, en los que se evita la expresión «escuela católica»: «Los padres han de confiar sus hijos a aquellas escuelas en las que se imparta educación católica (...)» (can. 798)[8]; «Si no existen escuelas en las que se imparta una educación imbuida del espíritu cristiano, corresponde al Obispo diocesano procurar su creación.» (can. 802 § 1)[9]. Por otra parte, el can. 809, acerca de la solicitud de la Conferencia Episcopal para que existan en su territorio centros de estudios superiores verdaderamente católicos, prescinde con toda intención del empleo de la categoría de «universidad católica», y prefiere una descripción sustancial de su intrínseca identidad católica[10]. Y, fuera de los casos ya excepcionales en los que las escuelas y universidades públicas —del Estado o de otras instituciones seculares públicas— tengan dicha identidad católica, ¿de dónde van a proceder estas entidades educativas verdaderamente relacionadas con la fe —aparte las iniciativas de la misma Iglesia en cuanto institución— sino de la iniciativa privada de los fieles?

En la normativa del CIC sobre los deberes de los fieles y de los laicos se encuentran las bases jurídicas eclesiales de estas iniciativas. Pienso que el precepto más relevante a estos efectos es el can. 216, según el cual: «Todos los fieles, puesto que participan en la misión de la Iglesia, tienen derecho a promover y sostener la acción apostólica también con sus propias iniciativas, cada uno según su estado y condición; pero ninguna iniciativa se atribuya el nombre de católica sin contar con el consentimiento de la autoridad eclesiástica competente.» La educación cristiana constituye sin duda una actividad apostólica, y por lo tanto las iniciativas apostólicas educativas deben incluirse en la anterior formulación, que, bajo este aspecto, guarda relación con el derecho fundamental de anunciar el Evangelio, proclamado por el can. 211. Pero la educación cristiana integral no comprende sólo la educación religiosa y moral en sentido estricto, sino que incluye la formación humana integral[11], que no por eso cambia su propia índole de actividad situada —también jurídicamente— en el ámbito tradicionalmente denominado secular o temporal. Por tanto, resulta también pertinente el respectivo derecho de libertad en lo temporal al que se refiere el can. 227: «Los fieles laicos tienen derecho[12] a que se les reconozca en los asuntos terrenos aquella libertad que compete a todos los ciudadanos; sin embargo, al usar de esa libertad, han de cuidar de que sus acciones estén inspiradas por el espíritu evangélico, y han de prestar atención a la doctrina propuesta por el magisterio de la Iglesia, evitando a la vez presentar como doctrina de la Iglesia su propio criterio, en materias opinables.» Este derecho debe ser respetado por todos en la Iglesia, incluida obviamente la autoridad eclesiástica. Desde esta perspectiva, el reconocimiento de la autonomía eclesial de las empresas educativas promovidas por los mismos fieles lleva también consigo un reconocimiento de la libertad en lo temporal propia de los fieles implicados en ellas.

2. Las iniciativas educativas privadas de los fieles a la luz de la doctrina del Concilio Vaticano II

La disciplina del libro III del CIC en el campo educativo está especialmente inspirada —como es obvio— en la declaración Gravissimum educationis del Concilio Vaticano II, dedicada precisamente a la educación cristiana[13]. Así como de este texto conciliar y de la historia de su redacción no parece posible extraer muchas conclusiones sobre el estatuto jurídico-canónico de las escuelas y de las universidades católicas[14], tampoco es posible encontrar en él indicaciones inmediatas de índole jurídico-canónica respecto a la cuestión que nos ocupa. Sin embargo, existen varios elementos de relieve que pueden arrojar luz sobre el tema. Proceden del planteamiento global del documento, que no se organiza en torno a las instituciones educativas oficialmente católicas, sino en torno a la educación cristiana[15] y al papel de los diversos responsables de la educación —padres, sociedad e Iglesia—[16]. Por otra parte, antes de exponer la doctrina sobre las escuelas y sobre las universidades católicas, la Gravissimum Educationis trata de la doctrina de la Iglesia, respectivamente, sobre las escuelas y sobre las universidades en general[17]. De modo que la actividad de los católicos en el campo de la educación se contempla en toda su amplitud y en sus diversas modalidades, sin reducirla al ámbito de las entidades oficialmente católicas.

Por otro lado, en el n. 4 del mismo documento, que introduce el apartado sobre las escuelas y las universidades, el Concilio expone una distinción que me parece importante para hacerse cargo del problema en su totalidad. Entre los múltiples medios aptos para educar, se distinguen primero aquellos que la Gravissimum educationis considera como «propios» de la Iglesia, de los cuales sólo se menciona el ejemplo prioritario de la catequesis. Y luego se añade: «La Iglesia valora también y procura impregnar con su espíritu y elevar los otros medios, que pertenecen al patrimonio común de los hombres y que son particularmente adecuados para el perfeccionamiento moral y para la formación humana, como son los instrumentos de comunicación social, las múltiples sociedades de carácter cultural y deportivo, las asociaciones juveniles y en primer lugar las escuelas». El Concilio declara por lo tanto que las escuelas en cuanto tales son medios educativos que pertenecen al patrimonio común de los hombres. Su relación sustancial con los derechos naturales de la persona, así como con el derecho de libertad del cristiano en el ámbito temporal, constituye una lógica consecuencia jurídica de la concepción precedente.

Sin embargo, la doctrina de esta declaración debe ser iluminada por otros pasajes conciliares, que resultan más explícitos en materia de acción apostólica de los fieles. Este método de recíproca interconexión entre los documentos magisteriales, siempre necesario dada la unidad esencial del Magisterio, aparece particularmente eficaz cuando se trata del último Concilio ecuménico, cuyo mensaje goza de una peculiar coherencia de fondo. No es del caso analizar ahora su rica doctrina eclesiológica —contenida sobre todo en la constitución dogmática Lumen gentium y desarrollada por lo que se refiere al apostolado de los laicos en el decreto Apostolicam actuositatem—, acerca de la participación de todos los fieles por razón del bautismo en la misión salvífica de Cristo y de la Iglesia —en que se funda su derecho fundamental a difundir la Palabra de Dios—.

En este momento solamente querría insistir en la importancia de la doctrina de Apostolicam actuositatem, n. 24 en el ámbito de las iniciativas apostólicas de los fieles en el sector educativo[18]. Se debe tener presente la variedad de relaciones posibles de las iniciativas apostólicas de los laicos con la Jerarquía, como aparece en los sucesivos párrafos de aquel número. Prestaremos particular atención a lo que se dice en el último párrafo acerca de «las obras e instituciones de orden temporal». En lo que a ellas se refiere, «la función de la Jerarquía eclesiástica es enseñar e interpretar auténticamente los principios morales que deben observarse en las cosas temporales; tiene también el derecho de juzgar, tras madura consideración y con la ayuda de peritos, acerca de la conformidad de tales obras e instituciones con los principios morales, y dictaminar sobre cuanto sea necesario para salvaguardar y promover los fines de orden sobrenatural» (n. 24g). El entrelazamiento de orden espiritual —de la salus animarum— y orden secular exige por tanto no olvidar esta última modalidad de relación de ciertas iniciativas verdaderamente apostólicas —pero de naturaleza esencialmente temporal— con la autoridad eclesiástica. Y entre este tipo de iniciativas deben contarse desde luego las dirigidas a la educación integral de la persona. Éstas deben considerarse incluidas dentro de aquellas iniciativas que el decreto, en el número dedicado al apostolado de animación cristiana de lo temporal, describe en los siguientes términos: «Entre las obras de semejante apostolado sobresale la acción social de los cristianos, que el santo Concilio desea que se extienda hoy día a todo el ámbito temporal, también de la cultura» (n. 7e). No hay duda por tanto de que la doctrina conciliar concibe el apostolado de la cultura como una parte del apostolado de cristianización de lo temporal, en directa relación con el derecho de los fieles a iluminar con la Palabra de Dios todas las realidades humanas.

Merecen recordarse otros textos conciliares que me parecen particularmente útiles a efectos de nuestra investigación[19]. En el marco de las repetidas enseñanzas conciliares sobre la legítima autonomía del orden temporal[20], conviene tomar en consideración las llamadas a que se distinga entre los derechos y los deberes de los fieles en cuanto tales —es decir, en la Iglesia— y en cuanto ciudadanos —o sea, en la sociedad civil—. Así, la Lumen gentium dirige la siguiente llamada a los fieles: «Conforme lo exige la misma economía de la salvación, los fieles aprendan a distinguir con cuidado los derechos y deberes que les conciernen por su pertenencia a la Iglesia y los que les competen en cuanto miembros de la sociedad humana. Esfuércense en conciliarlos entre sí, teniendo presente que en cualquier asunto temporal deben guiarse por la conciencia cristiana, dado que ninguna actividad humana, ni siquiera en el dominio temporal, puede substraerse al imperio de Dios. En nuestro tiempo es sumamente necesario que esta distinción y simultánea armonía resalte con suma claridad en la actuación de los fieles, a fin de que la misión de la Iglesia pueda responder con mayor plenitud a los peculiares condicionamientos del mundo actual» (n. 36d). Y la Gaudium et spes subraya que: «Es de suma importancia, sobre todo allí donde existe una sociedad pluralista, tener un recto concepto de las relaciones entre la comunidad política y la Iglesia y distinguir netamente entre la acción que los cristianos, aislada o asociadamente, llevan a cabo a título personal, como ciudadanos de acuerdo con su conciencia cristiana, y la acción que realizan en nombre de la Iglesia, en comunión con sus pastores» (n. 76a).

Por otra parte, es oportuno recordar la distinción que, en el ámbito de los instrumentos de comunicación social —cuya analogía con las escuelas a estos efectos es bien patente[21]-, formula el decreto Inter mirifica, n. 14a: «para imbuir plenamente de espíritu cristiano a los lectores, créese y desarróllese también una prensa genuinamente católica, la cual —promovida y en dependencia directa de la misma autoridad eclesiástica, o bien de los católicos— ha de publicarse con la intención manifiesta de formar, consolidar y promover una opinión pública en consonancia con el derecho natural y las doctrinas y los preceptos católicos así como de difundir y exponer adecuadamente los hechos relacionados con la vida de la Iglesia». La doble modalidad indicada por el Concilio —dependencia de la autoridad eclesiástica o bien de los católicos— resulta perfectamente aplicable en el ámbito de las empresas educativas que tienen identidad católica.

Para completar este panorama de fuentes conciliares referentes a nuestro tema, debe señalarse el pasaje de la declaración Dignitatis humanæ, n. 4e, en el que se afirma: «en la naturaleza social del hombre y en la misma índole de la religión se funda el derecho por el que los hombres, movidos por su sentido religioso propio, pueden reunirse libremente o establecer asociaciones educativas, culturales, caritativas, sociales».

3. Hacia una sistematización: la participación de los fieles y de la Iglesia en cuanto institución en los aspectos humanos, doctrinales y pastorales de las iniciativas educativas efectivamente católicas.

Sobre la base de los datos recogidos en las fuentes es posible intentar una sistematización de esta materia. En las iniciativas educativas inspiradas por la fe católica se pueden diferenciar tres aspectos: la educación humana —naturalmente impregnada de espíritu cristiano—; la educación doctrinal-religiosa —o sea, la enseñanza de la religión o de la teología—; y la asistencia pastoral. Me propongo analizar aquí la participación de los fieles —en cuanto tales— y de la Iglesia como institución en cada una de estas tres componentes de la escuela o de la universidad efectivamente católica.

La dimensión humana de la educación —que es esencial en estas instituciones educativas— las asimila a todas las demás instituciones educativas —sean privadas o públicas—. Esta tesis —acogida por el Concilio Vaticano II en el mencionado pasaje de la declaración Gravissimum educationis, n. 4— es decisiva para la comprensión de toda la cuestión: una escuela o universidad sustancialmente católica es ante todo y esencialmente una escuela o una universidad como todas las demás. Su identidad católica no cambia su colocación natural en el ámbito de los medios educativos de los que dispone el hombre en cuanto tal para la transmisión del saber y de las otras dimensiones (morales, físicas, sociales, etc.) propias de la educación. Dicha colocación diferencia netamente estas instituciones de las iniciativas catequéticas, que son siempre esencial y constitutivamente propias de la Iglesia.

Por consiguiente, independientemente del sujeto eclesial que las promueve y del que dependen, todas las entidades escolares reapse catholicæ que obran en el campo de la educación humana a cualquier nivel pertenecen en cuanto tales al orden de las realidades temporales, y por lo tanto quedan inscritas, desde esta perspectiva, en el ámbito de aplicación del derecho secular. La tutela de los derechos y de los deberes fundamentales del hombre en materia educativa, que lleva a cabo las instituciones públicas civiles —en las que se concreta la protección del bien común de la sociedad civil en este campo— es la misma que existe para las iniciativas análogas de carácter educativo que no tienen finalidad de apostolado católico[22].

Sin embargo, no todas las empresas educativas de índole católica poseen el mismo estatuto canónico[23]. Es necesario en efecto distinguir entre las que dependen de los fieles y las que dependen de la Iglesia en cuanto institución. Nótese que el criterio de discernimiento no se refiere a la sustancia del empeño católico de la comunidad educativa, sino sólo a la dependencia jurídica de gobierno[24], es decir, se refiere a quién es el que tiene poderes y responsabilidad sobre el funcionamiento del ente en su dimensión propia de institución educativa.

Los primeros sujetos naturalmente responsables en materia de educación son los mismos padres. Esta prioridad está integrada en el orden de la justicia intraeclesial, de modo que el sujeto al que corresponden primariamente en la Iglesia la promoción y el funcionamiento de las iniciativas escolares —por lo menos de las inferiores y medias— son los mismos fieles que sean también padres[25]. Naturalmente, tienen necesidad de la colaboración de otros fieles[26] —maestros, directores de escuelas, personal administrativo, etc.— para poder ejercitar su natural competencia, pero el título primario de la intervención de los demás fieles es el de colaboradores de los mismos padres.

La función determinante de los padres en la educación y en las escuelas ha sido vivamente percibida, enseñada y promovida por el Beato Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei. Ya en 1939, en una carta dirigida a sus hijos, explicitaba esta dimensión de su trabajo apostólico en el campo educativo: «En vuestra labor, tened muy en cuenta a los padres. El colegio —o el centro docente de que se trate— son los chicos y los profesores y las familias de los chicos, en unidad de intenciones, de esfuerzo y de sacrificio»[27]. Y añadía: «Buscamos hacer el bien primero a las familias de los chicos, luego a los chicos que allí se educan y a los que trabajan con nosotros en su educación, y también nos formamos nosotros al formar a los demás. Los padres son los primeros y principales educadores (cfr. PÍO XI, Litt. enc. Divini illius Magistri, AAS, 22 [1930], pp. 59 ss.), y han de llegar a ver el centro como una prolongación de su familia. Para eso es preciso tratarles, hacerles llegar el calor y la luz de nuestra tarea cristiana. Tened en cuenta además que, de otra forma, podrían fácilmente destruir —por descuido, por falta de formación o por cualquier otro motivo— toda la labor que los profesores hagan con los estudiantes»[28].

En el caso de la educación superior, la relación con los padres es menor, pero existe otro título que permite afirmar la misma prioridad de la competencia de los fieles. En efecto, los cristianos que se dedican a la enseñanza y a la investigación universitaria son aquellos que primordialmente están llamados —por la misma esencia de su vocación profesional— a animar cristianamente estas áreas, y a hacerlo asociadamente, en virtud de las exigencias sociales que se derivan simultáneamente de la cultura y del apostolado[29].

Las iniciativas apostólicas de los fieles en la animación cristiana del orden temporal —por lo que se refiere a su esencial dimensión humana— constituyen naturalmente un ejercicio de sus derechos humanos en la esfera secular. En consecuencia, aunque sea posible a los fieles recurrir a vías canónicas para la organización de sus propias iniciativas[30], la vía más adecuada a la naturaleza de estas «organizaciones de tendencia» —como son denominadas en el derecho eclesiástico italiano[31]- es la del derecho secular. A la secularidad sustancial de cualquier iniciativa escolar de inspiración cristiana (aun aquellas canónicamente institucionalizadas[32]) se agrega entonces la secularidad del modo jurídico de organizar y de presentar la iniciativa. Esta opción aparece avalada por los mismos pasajes conciliares en los que se invita a distinguir entre los derechos de los cristianos en cuanto miembros de la Iglesia y en cuanto miembros de la misma ciudad terrena[33]. La dimensión verdaderamente apostólica de estas actividades no constituye motivo para que se deba privilegiar, en el momento de la institucionalización de la iniciativa, su nexo con la Iglesia, fundándose en la dimensión apostólica de la actividad. Esto puede incluso hacer menos eficaz —en último análisis también apostólicamente— la acción educativa, porque puede generar injustas discriminaciones por razones religiosas o alejar la participación adecuada —apostólicamente muy interesante— de los no católicos[34].

Se trata pues de aquellas «asociaciones de inspiración cristiana que actúan en lo temporal» de las que habla un documento de la Conferencia Episcopal Italiana de 1981[35]. Estas asociaciones pueden ser reconocidas por el ordenamiento civil de modos diversos, con tal que éstos manifiesten su naturaleza estrictamente secular[36]. En esto está interesada la misma comunidad eclesial, que sabe entonces que su misión apostólica se lleva a cabo según formas plenamente adecuadas a la secularidad de sus propios miembros laicos, formas que se demuestran particularmente eficaces también desde el punto de vista de la evangelización[37].

La dimensión apostólica de este ejercicio combinado de los derechos naturales de educar, de asociarse y de libertad religiosa no implica en absoluto que las respectivas organizaciones deban estar constituidas canónicamente. De hecho la mayor parte del apostolado de los laicos —o sea, del ejercicio de su derecho fundamental a comunicar la palabra de Dios— se realiza a través de vías y modalidades plenamente seculares, que no cambian su naturaleza por el espíritu cristiano y apostólico con que deben ser vividas por los bautizados.

También en este aspecto mi argumentación se inspira en la enseñanza de Mons. Escrivá, que ha puesto de manifiesto la secularidad de estas iniciativas apostólicas de los fieles en el ámbito de la educación. Por lo demás, esta nota caracteriza esencialmente las labores de apostolado promovidas por la Prelatura del Opus Dei en este sector (y en otros afines, como los de la asistencia social). En la misma carta ya citada, el Fundador del Opus Dei escribía: «Nuestro apostolado —repetiré mil veces— es siempre trabajo profesional, laical y secular; y esto deberá manifestarse, de modo inequívoco, como una característica esencial, también —y aun especialmente— en los centros de enseñanza que sean una actividad apostólica corporativa de la Obra. Siempre se tratará, pues, de centros promovidos por ciudadanos corrientes —miembros de la Obra o no—, como una actividad profesional, laical, en plena conformidad con las leyes del país, y obteniendo de las autoridades civiles el reconocimiento que se concede a las mismas actividades de los demás ciudadanos. Además, de ordinario se promoverán con la condición expresa de que no sean nunca considerados como actividades oficial u oficiosamente católicas, es decir, con dependencia directa de la jerarquía eclesiástica. No serán centros de enseñanza, que la Iglesia jerárquicamente fomenta y crea de distinto modos, conforme al derecho inviolable que le confiere su misión divina; sino iniciativas de los ciudadanos, en uso de su derecho de ejercer una actividad de trabajo en los distintos campos de la vida social, y, por tanto, en la enseñanza. Y en uso del derecho de los padres de familia, a educar cristianamente a sus hijos (...)»[38].

Teniendo en cuenta la independencia de estas iniciativas educativas de los fieles con respecto a la Jerarquía eclesiástica, puede surgir la preocupación por la tutela jurídica de su identidad sustancialmente católica. Esta preocupación es justificada, pero no debe oscurecer la naturaleza de las cosas. En efecto, cuando se trata de empresas que trabajan en lo temporal y en las cuales los fieles participan no en cuanto tales, sino a título de miembros de la sociedad civil, no tiene sentido pretender que la autoridad eclesiástica pueda asumir en ellas tareas de gobierno: eso, además de ser por completo imposible, iría contra la naturaleza misma de estas entidades. En este caso, bajo el aspecto del munus regendi, la Jerarquía sólo puede obrar a través de los respectivos fieles: imponiéndoles, si el caso lo requiriese, un determinado comportamiento que se considere necesario para tutelar la naturaleza verdaderamente católica de la actividad que se desarrolla. Pero la ejecución de ese mandato compete a los mismos fieles, que —unidos a otros ciudadanos que como verdaderos corresponsables, puedan estar involucrados en la tarea—, deberán buscar los medios para poner en práctica tales medidas.

De cualquier modo, la responsabilidad primera en la protección de la identidad cristiana de estas organizaciones compete a los mismos fieles interesados. Son ellos los que deberán trazar las vías jurídicas —cláusulas estatutarias y contractuales, procedimientos internos, etc.— que tengan eficacia ante el ordenamiento civil y permitan hacer respetar a todos —también judicialmente— la tendencia ideal que anima a la institución[39]. Por consiguiente, la mayor contribución de la legislación de la Iglesia respecto a estas iniciativas consiste en reconocerlas como tales, o sea, también como ámbitos de legítima libertad de los cristianos en lo temporal (cfr. can. 227)[40]. La alternativa de absorberlas de cualquier modo en la organización eclesiástica para proteger mejor su relación sustancial con la Iglesia privaría a esta última y a la sociedad civil de un medio de apostolado y de promoción humana en plena sintonía con los propósitos conciliares. Es necesario en cambio confiar en estas iniciativas autónomas, y también ayudarlas mediante el oportuno servicio pastoral. Al mismo tiempo, no puede falsearse la libertad de los fieles con respecto a la Iglesia en cuanto institución, como si esa libertad implicase un debilitamiento de los lazos de comunión en la fe o un menor empeño en la obediencia al Magisterio. En ese caso no habría ya un comportamiento eclesial verdadero y se deberían tomar eventualmente las oportunas medidas de protección de la fe común.

Por otra parte, en este campo adquiere particular importancia el munus docendi de la Jerarquía. Esto ha sido claramente expresado por el decreto Apostolicam actuositatem, n. 24g. Tratándose, sobre todo, de iniciativas relacionadas con la transmisión de la verdad, la función del Magisterio reviste una importancia particular. Los fieles están siempre obligados a adherirse y a llevar a la práctica las enseñanzas magisteriales que puedan tener relación con la tarea educativa (contenidos de las disciplinas que se enseñan, moralidad de las investigaciones o prácticas realizadas, etc.). Todas las medidas jurídicas de tutela de la integridad de la fe y de las costumbres pueden ser aplicadas si es necesario en relación con los fieles implicados (aunque no pueden afectar directamente a la estructura escolar de índole secular en cuanto tal).

Pero la función docente de la autoridad eclesiástica que según mi parecer está dotada de mayor incidencia práctica para tutelar el carácter verdaderamente católico de las escuelas y de las universidades es el juicio moral sobre materias temporales, función enunciada también en el párrafo recién citado del decreto sobre el apostolado de los laicos. La Jerarquía, en efecto, puede y a veces debe pronunciarse con autoridad docente —no jurisdiccional— sobre la conformidad evangélica de determinadas iniciativas educativas[41]. Esta posibilidad, ciertamente extrema pero de gran eficacia eclesial, debe evitarse naturalmente por todos los medios posibles. Sin embargo, no se puede olvidar que el principal recurso jurídico con que cuenta la Jerarquía para llevar adelante las negociaciones que se consideren adecuadas con los responsables de los entes educativos consiste precisamente en la posibilidad de formular un juicio negativo que aclare la situación ante la comunidad de fieles y la sociedad civil. Cuando las circunstancias muestren que no hay otra vía para aclarar la situación, la formulación de un juicio de este tipo constituirá un verdadero deber —también jurídico— de la autoridad eclesiástica: vendrá reclamado por el derecho de los fieles a conservar la propia fe y por el derecho de todo hombre respecto a la Palabra de Dios.

Todo esto naturalmente no pretende en absoluto negar la competencia de la Iglesia en cuanto institución para asumir responsabilidades directas en el terreno educativo. En primer lugar, la Iglesia puede garantizar oficialmente, bajo el aspecto doctrinal y moral, la identidad católica de determinadas iniciativas educativas, sin que ello deba comportar la institucionalización eclesiástica de esas iniciativas. Por tanto, éstas se configuran plenamente como organizaciones de derecho secular, en las que la Jerarquía no es titular de potestad de gobierno[42]. La implicación institucional queda así limitada —de modo bastante congruente con las finalidades más propias de la Iglesia en cuanto tal— a lo que es la dimensión religiosa y moral de las actividades[43]. Frente a situaciones que vayan en contra del ideal católico de estas iniciativas, la potestad jurídica de la Jerarquía podrá ejercitarse a través de la ruptura del vínculo que se había instaurado, declinando la específica responsabilidad que había asumido.

El vínculo con la Iglesia como institución puede reforzarse más aún, asumiendo la misma actividad educativa en cuanto tal, que se estructura entonces como forma de presencia institucional de la Iglesia en lo temporal. Conviene tener presente, sin embargo, que ni siquiera en este caso se verifica una transformación, que es imposible, de la dimensión humana de la educación en un aspecto de la misión de evangelización de la Iglesia. «Enseñar ciencias profanas con sentido cristiano no es institutum salutis, sino fructus salutis (entendiendo como tal el criterio cristiano, no la ciencia profana) que normalmente se desarrollará como actividad personal del fiel, aunque también pueda hacerse a través de centros oficiales creados por la autoridad eclesiástica en virtud de su función de fomento o en su caso de la función supletoria. En este último supuesto habría una organización e institucionalización del fructus salutis»[44]. Como consecuencia, «jurídicamente estas actividades están reguladas por el derecho canónico en cuanto a su carácter y estructura institucional eclesiales; pero en cuanto se desarrollan entretejidas en el orden secular, su regulación compete a la autoridad civil, estando amparadas por los derechos naturales o humanos que sean del caso (libertad religiosa, libertad de enseñanza, etc.) y por los principios propios del orden secular (v.gr. principio de subsidiariedad)»[45]. Entran en este ámbito las escuelas y las universidades dependientes de la autoridad eclesiástica —porque responden de ellas entidades canónicas estructuralmente pertenecientes a la Iglesia en cuanto institución (diócesis, parroquias, etc.)—; las gestionadas por otras personas jurídicas públicas —también con base asociativa, como los institutos religiosos[46]- cuya dependencia de la Jerarquía también convierte de algún modo en institucional el compromiso asumido en ellas por la Iglesia; y aquellas que, erigidas por quienquiera que sea, reciben un reconocimiento ad hoc por parte de la Jerarquía.

La intervención de la Iglesia en cuanto tal en este sector, perteneciente por su misma naturaleza al orden temporal, es de naturaleza subsidiaria —en el doble sentido de promoción y suplencia[47]- respecto a la intervención de los fieles, de modo análogo a como lo es la del Estado y de las otras instancias civiles respecto a cualquier particular[48]. Esto no quiere decir sin embargo que las iniciativas de la misma Iglesia en este campo —históricamente muy relevantes— no sigan siendo muy necesarias. Las circunstancias actuales requieren en todas partes una acción incisiva tanto por parte de los fieles —protagonistas naturales en este terreno— como por parte de la Iglesia en cuanto tal; pero la Iglesia debe obrar solícitamente no sólo a través de los propios centros escolares, sino también y sobre todo formando a los fieles, de modo que, entre otras consecuencias, puedan éstos ejercitar sus derechos para crear sus propios centros educativos católicos.

En las iniciativas educativas de inspiración católica, además del compromiso de educar cristianamente a la persona en todos las dimensiones humanas, debe existir —siempre con el debido respeto de la libertad de los destinatarios— el ofrecimiento de formación específicamente cristiana y de asistencia pastoral católica. No analizaré en este momento las múltiples cuestiones que se presentan en estas dos vertientes de las iniciativas educativas institucionalmente[49] católicas. Deseo tan sólo intentar individuar las grandes líneas de la acción de los fieles y de la Iglesia en cuanto tal en cada uno de estos campos.

La formación doctrinal-religiosa impartida en las escuelas y en la universidades, tanto en la enseñanza de la religión como en las disciplinas teológicas, no es una enseñanza que esté vinculada de suyo con el munus docendi jerárquico. En la actualidad existe sin embargo un nexo jurídicamente formalizado a través de la normativa de los can. 805 y 812 sobre los docentes, y del 827 sobre los libros de texto de cualquier nivel. En esta enseñanza se ejercita el derecho fundamental de los fieles a transmitir su conocimiento científico sobre la propia fe. Tratándose de iniciativas educativas dependientes de la misma Iglesia, esta docencia dependerá también —como el respectivo quehacer educativo en su conjunto— de la autoridad eclesiástica, que entonces se hace prioritariamente responsable de todo el proyecto educativo y de su realización. Pero pienso que tampoco en este caso se modifica la naturaleza no jerárquica de esta enseñanza. Conviene subrayar sin embargo que, dada la naturaleza de esta enseñanza, la autoridad de la Iglesia siempre es competente para dictar normas al respecto —obviamente respetando los derechos de los fieles interesados[50]-, en el ejercicio de su munus regendi en favor del bien común eclesial. Dichas normas valen para cualquier actividad educativa en la que los fieles puedan estar presentes pero, excepto en las iniciativas de las que es responsable la Iglesia en cuanto tal, deberán ser aplicadas por los mismos fieles, en uso de su libertad en el ámbito secular[51].

Por lo que concierne a la atención pastoral, por su misma naturaleza depende siempre de la Jerarquía (a diferencia del apostolado en su dimensión bautismal, que compete a todos los componentes de las comunidades educativas, y deberá ser ejercitado por cada uno según su propia función en las escuelas y en las universidades). Los capellanes, las parroquias universitarias y los demás centros en que se desarrolla la pastoral universitaria[52] y todas las iniciativas propiamente pastorales en el ámbito escolar deberán emanar de la Iglesia en cuanto institución, bien a través de la actuación directa de las estructuras pastorales —que nombren los capellanes, erijan parroquias o centros pastorales, etc.—, o bien a través de las competencias concedidas a otras instituciones canónicas —como los institutos religiosos— que, dotados de clero propio, puedan organizar la asistencia pastoral en las propias iniciativas escolares. Toda forma de atención pastoral deberá adecuarse a la índole propia de la organización de que se trate, respetando las legítimas determinaciones de los responsables, de modo que haya siempre la mayor armonía posible entre el proyecto educativo y la atención pastoral que se ofrezca.

Carlos J. Errázuriz M.

Profesor Ordinario de Derecho Canónico

Universidad Pontificia de la Santa Cruz

[1] En adelante será citado como CIC. Cada vez que se citen cánones sin explicitar la fuente, pertenecerán a este Código. Cuando se trate de los cánones del Código anterior para la Iglesia Latina —del 1917—, se utilizará la sigla CIC-17; y para los del reciente Codex Canonum Ecclesiarum Orientalium (promulgado con la Const. apost. Sacri Canones de Juan Pablo II, 18 de octubre de 1990; publicado en AAS 82 [1990] 1033-1363), se utilizará la sigla CCEO.

[2] Como la reciente Const. apost. Ex corde Ecclesiæ de Juan Pablo II sobre las Universidades Católicas, 15 de agosto de 1990.

[3] El can. 796 §1 contiene consecuencias respecto a lo que se refiere a la participación de los padres en las escuelas y las relaciones con los profesores. La importancia central de los padres en la escuela está subrayada claramente.

[4] La doctrina canónica ha puesto de relieve la diferencia que media entre la universidad católica (la única a la que ahora me refiero) y la universidad eclesiástica —distinción que constituye el cimiento de la nueva normativa canónica sobre la educación superior—: «la nueva legislación y su conceptualización legal de dos tipos distintos de universidad, deberían interpretarse a la luz de dos principios: 1) Ante todo el de la participación en la misión de la Iglesia en el mundo, a la que cooperan todos los fieles mediante sus iniciativas, en este caso a través de la creación de universidades. Esta participación no se encuentra expresamente mencionada en los can. 807 a 814, pero se funda en otros cánones. En efecto, ella aparece como la realización de un derecho basado en la condición adquirida al recibir el bautismo y la confirmación (can. 225). 2) Enseguida, el de una reserva hecha por la autoridad competente respecto al ejercicio de ese derecho de constituir universidades, en razón del mismo objeto de los estudios realizados en una universidad eclesiástica, reserva que explica la creación de un estatuto particular de universidad». (P. VALDRINI, Les universités catholiques: exercise d'un droit et contrôle de son exercise (canons 807-814), en "Studia Canonica", 23 [1989], pp. 450 s.). Sobre esta distinción conceptual en el nuevo ordenamiento legal universitario de la Iglesia, cfr. también H. SCHWENDENWEIN, Katholische Universitäten und kirchliche Facultäten. Begriffliche und kompetenzmäßige Klärungen in der neueren kirchlichen Rechtsentwicklung, en AA.VV., "Ecclesia Peregrinans. Josef Lenzenwerg zum 70. Geburtstag", a cargo de K. AMON, Wien 1986, pp. 379-389.

Para un cuadro general sobre la historia y sobre la situación actual de las universidades católicas en el derecho canónico —con útiles referencias bibliográficas—, cfr. la tesis doctoral de W. SCOTT ELDER III, Catholic Universities in current Church Law. Their Nature, Purpose and Control, Rome 1987.

[5] Se aplica así en este ámbito la regla general del can. 216, in fine. [6] Sin embargo, no existe una norma que les obligue a hacerlo: de por sí se trata de una cuestión de nombres.

[7] La comisión encargada de la redacción del nuevo CIC, después de un largo debate (cfr. Communicationes, 20 [1988], pp. 127 ss., 138, 141 ss., 173-175), ha optado por una definición alternativa de «escuela católica», que implica siempre un nexo con la Iglesia como institución (como se concluye sobre todo de la norma del can. 806 § 1, sobre las competencias específicas del Obispo diocesano respecto a las escuelas católicas): «Schola catholica ea intellegitur quam auctoritas ecclesiastica competens aut persona iuridica ecclesiastica publica moderatur, aut auctoritas ecclesiastica documento scripto uti talem agnoscit» (can. 803 § 1). Cuando los documentos de la Congregación para la Educación Católica hablan de escuelas católicas, es lógico que adopten el término en el sentido técnico del CIC, y que por tanto ofrezcan una visión del tema fácilmente relacionada con la acción de la Iglesia en cuanto institución (materia precisamente para la que es competente —a nivel universal— la mencionada Congregación). Así ocurre, por ejemplo, con el documento La scuola cattolica, 1977, en "Seminarium" 33 (1981) 15-41. Por eso, este documento, en los números 71 s., habla de que las escuelas católicas reciben un mandato de la Jerarquía en el sentido del decreto Apostolicam actuositatem (en adelante citado como AA), 24 del Concilio Vaticano II. Sin embargo, no sería legítimo deducir que otras formas de presencia de los cristianos en instituciones educativas efectivamente católicas resultan menos adecuadas: aunque éstas no puedan obviamente ser consideradas escuelas católicas en sentido canónico formal.

En el caso de las universidades católicas, el CIC no ofrece ninguna definición de su estatuto jurídico. El CIC, además de la ya citada norma sobre el uso del nombre universitas catholica (cfr. can. 808), se limita a declarar el derecho de la Iglesia a instituirlas y a fundarlas (cfr. can. 807), pero sin distinguir entre los distintos sujetos eclesiales que pueden intervenir, y sin ofrecer una noción canónica de universidad católica. Esta laguna ha sido colmada por la Constitución Apostólica Ex corde Ecclesiæ, cit., que, además de ofrecer una descripción de lo que constituye la naturaleza de una universidad católica en sentido sustancial (cfr. art.2), determina cuáles son las condiciones que ha de reunir una universidad para ser considerada formalmente católica a los efectos de la legislación eclesiástica (cfr. art. 3). Se distinguen tres categorías: las universidades erigidas o aprobadas por la Jerarquía eclesiástica (Santa Sede, Conferencia Episcopal u otra Asamblea de la Jerarquía católica, o bien el Obispo diocesano); las erigidas por un instituto religioso o por otras persona jurídica pública, con el consentimiento del Obispo diocesano; y las erigidas por otras personas eclesiásticas o laicas, con el consentimiento de la competente Autoridad eclesiástica, según las condiciones que se acuerden entre las partes. En una línea similar se coloca el can. 642 del CCEO, el cual aporta un concepto canónico mucho más restringido: se consideran universidades católicas únicamente las erigidas o aprobadas ya sea por la autoridad administrativa superior de una Iglesia sui iuris, habiendo consultado previamente a la Sede Apostólica, o bien por la misma Sede Apostólica. Queda claro entonces que finalmente se ha optado por un concepto canónico formal de universidad católica —análogo al de escuela católica—, que deja fuera de esta normativa aquellas iniciativas educativas verdaderamente católicas en las que no hay intervención oficial con la Jerarquía eclesiástica, y por tanto, un vínculo formal con la Iglesia en cuanto institución. Por lo demás, como se afirma en la Relatio de 1981, la mens del CIC es que puede cualquiera erigir una universidad verdaderamente católica en la Iglesia (cfr. "Communicationes" 15 [1983], p. 103), y no me parece que no debe estimarse que exista obligación canónica alguna en el sentido de que todas las iniciativas universitarias promovidas por los fieles tengan que convertirse en universidades católicas a efectos del art. 3 de la Const. ap. Ex corde Ecclesiæ. Se confirma así la distinción, propuesta por la doctrina, entre universidad católica en sentido material y en sentido formal (así se pronuncia J. HERVADA, Sobre el estatuto de las Universidades católicas y eclesiásticas, en AA.VV., "Raccolta di scritti in onore di Pio Fedele", vol. I, a cargo de G. Barberini, Perugia 1984, pp. 507-511).

[8] El iter de este canon fue muy laborioso: cfr. "Communicationes" 20 (1988) 223 ss. y sobre todo el texto del Schema Codicis Iuris Canonici (1980), can.753 (comparándolo con el del Schema canonum libri III de Ecclesiæ munere docendi [1977], can. 50 § 1). Finalmente se estimó que la sustancia de la educación católica debía prevalecer sobre cualquier otra consideración acerca de la organización de las escuelas (se eliminó por eso la mención de la escuela católica en sentido propio). Por lo demás, en los can. 1372-1374 del Código anterior estaba presente el mismo planteamiento sustancial —y no formal— de la cuestión.

[9] También en el CIC-17 el canon paralelo 1379 § 1, en relación con el can. 1373, manifestaba con idéntica claridad la índole subsidiaria de la intervención de la autoridad diocesana.

[10] Cfr. también el canon paralelo, el 1379 del CIC-17, que hablaba de Universitates doctrina sensuque catholico imbutæ. [11] Cfr. las enseñanzas de la encíclica Divini illius Magistri de Pío XI, 31 de diciembre de 1929 (en AAS 22 [1930] 55 ss.), a propósito de la relación de todas las disciplinas y aspectos de la educación con la fe y las costumbres. Sobre este punto, cfr. además, CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Dimensione religiosa dell'educazione nella scuola cattolica, 7-IV— 1988, en "Seminarium" 39 (1988) 163-211.

[12] De este derecho son en realidad titulares todos los fieles, aunque el ejercicio lo tengan condicionado —a veces fuertemente— por el estado eclesial (de clérigo o de religioso).

[13] En adelante se citará con la sigla GE.

[14] No se quiso dirimir la discusión del tema: después de haber descrito la sustancia del espíritu católico de una comunidad escolar, la GE, n. 9a, dice: «Aunque la escuela católica pueda adoptar distintas formas según las circunstancias locales, todas las escuelas que dependen de algún modo de la Iglesia han de conformarse a esta imagen de la escuela católica (...)». Sobre esta cuestión, cfr. G. Baldanza, Appunti sulla storia della Dichiarazione "Gravissimum Educationis": il concetto di Educazione e di Scuola Cattolica, en "Seminarium" 37 (1985) 13-54. Por otra parte, el n. 10a se refiere a una presencia veluti publica, stabilis atque universalis del pensamiento cristiano en la cultura a través de las universidades católicas, y es claro que con esa matizada alusión a la dimensión pública no se pretende resolver ninguna cuestión jurídica, sino sólo indicar una relevancia social de hecho.

[15] Cfr. n. 2, el cual a su vez presupone el n. 1, dedicado a la educación en general.

[16] Cfr. n. 3.

[17] Sobre las escuelas, cfr. nn. 5-9; sobre las universidades, cfr. n. 10.

[18] Cfr. J. HENDRICKS, Schola catholica, Ecclesia, Civilis Societas, en "Periodica" 76 (1987) 301-303, el cual muestra muy oportunamente la necesidad de interpretar la doctrina de GE a la luz de otros pasajes relevantes del Concilio sobre el apostolado de los laicos —especialmente AA, n. 24—.

[19] Los principales vienen oportunamente citados en la exposición de A. DEL PORTILLO sobre Los laicos y las Universidades de inspiración católica (en "Fieles y laicos en la Iglesia", Pamplona 1991, 3ª ed., pp. 244-248).

[20] Cfr. Const. dogm. Lumen gentium (en adelante LG), n. 36; Const. past. Gaudium et spes (en adelante GS), n. 76; AA, n. 7.

[21] Muestra esta analogía el texto, ya citado, de GE, n. 4.

[22] Así lo hace notar S. BERLINGÓ, La libertà della scuola confessionale, en AA.VV., "Studi di diritto ecclesiastico in tema di insegnamento", a cargo de S. GHERRO, Padova 1987, p. 45: «La específica connotación confesional que posea una escuela no es apta de suyo para evitar que se extienda a ella el fundamento de derecho constitucional común en que se apoya la libertad de los institutos homólogos de instrucción no confesional». De esto derivan muchas consecuencias relevantes desde el punto de vista de las ayudas de la sociedad civil a las escuelas y universidades de inspiración católica. No hacen falta privilegios, sino la normal justicia distributiva en el campo escolar.

[23] El derecho eclesiástico de los Estados no podrá dejar de reconocer también esta diversidad: cuando está directamente comprometida la Iglesia en cuanto tal, nos encontramos frente a un sujeto dotado de su propio ordenamiento jurídico de carácter universal, cuya autonomía ha sido reconocida clásicamente mediante el concepto de soberanía. No es pertinente ahora tratar sobre la relación entre derecho civil y derecho canónico en esta materia. Me limitaré a indicar que entonces surge la cuestión relativa a las relaciones institucionales entre la Iglesia y la comunidad política, cuestión que no tiene sentido tratándose de escuelas promovidas por los católicos en cuanto ciudadanos.

[24] El criterio de la creación también es importante, pero lo que en último término determina la naturaleza canónica de la institución es la existencia o no de un nexo actual con la Iglesia en cuanto institución.

[25] Esta participación de los padres en todas las escuelas —también en las formalmente católicas— la hace resaltar F. RETAMAL, La misión educadora de la Iglesia, en "Seminarium" 33 (1983) pp. 563 ss. Cfr. también F. MORRISEY, The Rights of Parents in the Education of their Children (can. 796-806), en "Studia canonica" 23 (1989) pp. 429-444.

Por otra parte, deben subrayarse en este campo los derechos de la familia como sociedad natural (y también su participación en la vida de la Iglesia): cfr. la Carta de los derechos de la familia, presentada por la Santa Sede el 24 de noviembre de 1983, en Enchiridion Vaticanum, Bologna 1987, vol. 9, 538-552.

[26] Los no católicos pueden participar en las iniciativas educativas esencialmente católicas. Es otra consecuencia del hecho de que esta realidad pertenezca a la esfera de lo temporal. Sin embargo —y ésta es la razón por la que sólo menciono a los fieles en el texto— la natural conditio sine qua non para la subsistencia de la identidad católica es la activa presencia de los fieles que vivifica sobrenaturalmente tales comunidades educativas. Su proporción es una cuestión de hecho, sobre la cual no pueden establecerse reglas a priori.

[27] Carta, 2-X-1939, n. 22.

[28] Ibid.

[29] Por lo demás, esta misma argumentación relativa a las funciones de los docentes es también aplicable, si bien de modo secundario, a las escuelas inferiores y medias, es decir, a las que están esencialmente dirigidas a una función de ayuda a los padres.

[30] De hecho puede utilizarse, por ejemplo, la vía de las asociaciones privadas de los fieles —tengan o no personalidad canónica privada— (cfr. can. 298 § 1 y 217, que enuncian entre los posibles fines de las asociaciones canónicas de fieles la animación cristiana de lo temporal). También son posibles fórmulas como las de las asociaciones públicas con mandato a las que se refiere el decreto AA, n. 24c, en las cuales el carácter público de la institución no impide la índole sustancialmente privada de la actividad que se desarrolla. En esta última hipótesis existe ciertamente un fenómeno mixto de presencia de la Iglesia en cuanto institución y de los fieles a título propio en la educación, pero en ella prevalecen, a mi juicio, la presencia y la consiguiente responsabilidad de los fieles asociados, con amplios ámbitos de autonomía eclesial. Por otra parte, para que la organización respectiva sea una realidad jurídico-canónica puede bastar el consentimiento o el reconocimiento de la autoridad eclesiástica (como por ejemplo está previsto por el can. 805 §1 y por el artículo 3 de la Const. apost. Ex corde Ecclesiæ). En tal caso la institución —en virtud de un acuerdo entre sus responsables y la Jerarquía eclesiástica— entra en el ámbito de la legislación eclesiástica sobre las escuelas o universidades católicas en sentido formal.

[31] En la doctrina eclesiástica italiana, cfr. F. SANTONI, Le organizzazioni di tendenza e i rapporti di lavoro, Milán 1983; M.G. MATTAROLO, Il rapporto di lavoro subordinato nelle organizzazioni di tendenza, Padova 1983; y G. LO CASTRO, Relazione (sobre el tema de las relaciones del trabajo en las organizaciones de tendencia), en AA. VV., "Rapporti di lavoro e fattore religioso", Nápoles 1988, pp. 47-72. Cfr. también JORGE OTADUY, La extinción del contrato de trabajo por razones ideológicas en los centros docentes privados, Pamplona 1985.

[32] Esta secularidad constitutiva suscita siempre la cuestión del reconocimiento civil de dichas escuelas y universidades, y no sólo a los efectos inherentes al reconocimiento de cualquier ente eclesiástico, sino también por múltiples exigencias de funcionamiento interno que se derivan de la competencia de la autoridad pública secular en este ámbito —compatibles con la naturaleza eclesial o eclesiástica de estas instituciones educativas con su consiguiente autonomía—.

[33] Cfr. LG, n. 36d y GS, n. 76a.

[34] A este motivo de eficacia alude LG, n. 36d.

[35] Cfr. Comisión Episcopal para el Apostolado de los laicos, de la CEI, Nota pastoral Criteri di ecclesialità dei gruppi, movimenti, associazioni, 22-V-1981, en "Enchiridion CEI", Bologna 1986, vol. 3, 597. Aunque este documento sea anterior al nuevo CIC, las consideraciones que contiene sobre esta cuestión permanecen plenamente vigentes, ya que se adecúan al reconocimiento conciliar —y también codicial (cfr. can. 227)— del derecho de libertad de los fieles en lo temporal. La nota pastoral describe tales asociaciones en los siguientes términos: «son aquéllas cuyos miembros, interpretando las distintas situaciones culturales, profesionales, sociales, políticas, a la luz de los principios cristianos, e interviniendo en ellas para hacerlas crecer con propósitos de auténtico y pleno humanismo, se comprometen exclusivamente a sí mismos en su propia acción, actuando siempre y solamente bajo la responsabilidad propia, personal y colectiva. Se trata de realidades asociativas que, aunque revisten una gran importancia como instrumentos concretos de una eficaz acción de los cristianos en el mundo, no presentan sin embargo una específica consistencia eclesial; entre otras cosas, pueden adherir a ellas o prestarles ayuda personas que comparten su ideal y sus programas, aunque no hagan suyo un determinado compromiso personal de fe y de vida eclesial». Y en una nota se añade: «Si bien se mira, se trata de organismos "civiles" más que "eclesiales" (...). En estos organismos se manifiesta más bien el derecho de libre asociación para finalidades que no se opongan a los valores fundamentales, derecho que es propio de la persona humana en cuanto tal y reconocido de ordinario como derecho constitucionalmente garantizado en los Estados verdaderamente democráticos». Por lo que se refiere a la relación con la autoridad eclesiástica, se precisa: «La autoridad pastoral de la Iglesia, en consecuencia, no asume una responsabilidad directa con respecto a ellas». Y se recuerda que la Jerarquía puede, y en ocasiones debe, tomar posiciones en relación a estas realidades, citando muy oportunamente el último párrafo de AA, n. 24.

[36] Por ejemplo la Asociación FAES (Famiglia e Società) —cuya inspiración ideal se remite «a la tradición cristiana, tal como se encuentra en la vida y en el buen sentido de tantas familias, y a algunas líneas características del ejemplo y de la enseñanza del Beato J. Escrivá»— trabaja en este sector en Italia a través de cooperativas de gestión escolar, mediante organismos jurídicos de carácter cooperativo de índole netamente secular (la cita está tomada de A. CIRILLO, voz FAES, en "Enciclopedia Pedagogica", Brescia 1989, vol. 3, col. 4727; en la voz completa se encontrará —col. 4726-4732— una información básica bastante completa, con bibliografía). Las fórmulas legales dependerán de la legislación de cada país y de lo que se considere en cada caso más conveniente.

[37] Por su claridad permítaseme una cita un tanto larga de la descripción de estas iniciativas hecha por G. DALLA TORRE: «son las constituidas y gestionadas por los particulares (sean personas físicas o personas jurídicas, entes con base asociativa o fundacional constituidos sólo civilmente, etc.), los cuales diseñan un proyecto educativo conforme a los principios católicos, pero que por una elección explícita no pretenden calificarse formalmente como "escuelas católicas", ni tienen en consecuencia el correspondiente reconocimiento de la competente autoridad eclesiástica (cfr. a este propósito lo dispuesto en el juego de los párrafos 1 y 3 del can. 803; cfr. también el can. 216). Estas últimas parecen constituir explicitaciones, en el campo concreto de la experiencia, de la enseñanza conciliar sobre la doble vía —oficial o jerárquica, o bien, personal y privada— que ha de recorrerse según el distinto modo de relacionarse la Iglesia con lo temporal. En razón de su calificación formal, que tiende a no involucrar a la Iglesia en actividades escolares que procuran sin embargo una educación católica, estas escuelas no están sujetas obviamente a las específicas disposiciones canónicas dictadas para las escuelas católicas, tanto a nivel universal como particular, y caen de lleno en la disciplina estatal. Eso no quiere decir naturalmente que los fieles —de los cuales esas iniciativas constituyen expresiones tangibles— no estén sujetos, también específicamente en el campo de la actividad educativa y de instrucción, a los vínculos comunes de obediencia hacia lo que los pastores declaran como maestros de la fe o disponen como cabeza de la Iglesia (cfr. can. 212, § 1)» (Scuola e "question scolaire". Sondaggi nella nuova codificazione canonica, en AA. VV., "Studi in memoria di Mario Condorelli", vol. I, Milano 1988, pp. 441 ss.). Cfr. también D. Le Tourneau, La prédication de la parole de Dieu et la participation des laïcs au "munus docendi": fondements conciliaires et codification, en "Ius Ecclesiæ" 2 (1990) 121.

[38] Carta, 2-X-1939, n. 23.

[39] Así por ejemplo en el FAES se ha previsto de este modo: «La Carta de los principios educativos formulada en 1977 ha sido acogida en el contrato y en el reglamento del personal y ha sido hecha formalmente propia por las distintas cooperativas de los padres de cada escuela como garantía de la finalidad ideal que configura el FAES como uno de esos entes particulares que la doctrina y la jurisprudencia definen como "Organizaciones de tendencia"» (ibid., cit.).

[40] Sobre este reconocimiento en relación a las universidades, A. DEL PORTILLO ha escrito: «parece muy oportuno que se proclame con toda claridad la posibilidad y la conveniencia de que los laicos creen, bajo su responsabilidad, Universidades y otros centros de enseñanza superior dedicados al cultivo de ciencias profanas según una concepción católica de la cultura» (Fieles y laicos en la Iglesia, cit., p. 247). Este reconocimiento es distinto del que hace que una iniciativa se transforme en oficialmente católica.

[41] Cfr. A. DE FUENMAYOR, El juicio de la Iglesia sobre materias temporales, en "Ius Canonicum" 12 (1972) 106-121.

[42] En esto la diferencia es neta respecto a la ya mencionada posibilidad de creación de asociaciones públicas de fieles con fines educativos.

[43] En esta línea se sitúa la responsabilidad que asume la Prelatura del Opus Dei respecto a determinadas iniciativas con fines educativos, asistenciales, etc., que promueve institucionalmente. Los Estatutos de esta estructura pastoral de la Iglesia declaran que la responsabilidad no se refiere nunca a los aspectos técnicos o económicos de las iniciativas, sino sólo a la vivificación cristiana mediante los oportunos medios de orientación y formación doctrinal y espiritual, así como a través de la adecuada asistencia pastoral. Se prevé también la posibilidad de una simple asistencia espiritual respecto a las iniciativas promovidas por los miembros de la Prelatura con otras personas (cfr. nn. 121-123 de los Estatutos, en A. DE FUENMAYOR — V.GÓMEZ-IGLESIAS — J.L. ILLANES, El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Pamplona 1989, p. 646).

Esto representa una opción plenamente legítima y muy congruente con la eclesiología conciliar. Sin embargo, el Fundador del Opus Dei nunca la ha presentado como si fuese la única posible en la Iglesia. Después de haberse referido al derecho de la Iglesia y de las Órdenes y Congregaciones religiosas de instituir centros de instrucción, precisando que no es un privilegio sino una carga, añadía: «El Concilio no ha pretendido declarar superadas las instituciones docentes confesionales; ha querido sólo hacer ver que hay otra forma —incluso más necesaria y universal, vivida desde hace tantos años por los socios [ahora, con la definitiva configuración jurídica de naturaleza no asociativa, fieles] del Opus Dei— de presencia cristiana en la enseñanza: la libre iniciativa de los ciudadanos católicos que tienen por profesión las tareas educativas, dentro y fuera de los centros promovidos por el Estado. Es una muestra más de la plena conciencia que la Iglesia tiene, en estos tiempos, de la fecundidad del apostolado de los laicos» (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 81).

[44] J. HERVADA, Elementos de Derecho Constitucional Canónico, Pamplona 1987, p. 207.

[45] J. HERVADA, Elementos para una teoría fundamental de la relación Iglesia-mundo, en "Vetera et Nova. Cuestiones de Derecho Canónico y Afines", vol. II, Pamplona 1991, p. 1136.

[46] Sobre las escuelas de los religiosos, en términos que alientan mucho su misión, cfr. el can. 801.

[47] Sobre este punto, cfr. A. DEL PORTILLO, Fieles y laicos en la Iglesia, cit., pp. 75-77; A. DE FUENMAYOR, El convenio entre la Santa Sede y España sobre Universidades de estudios civiles, Pamplona 1966, pp. 23 ss; J. L. GUTIÉRREZ, I diritti dei "christifideles" e il principio di sussidiarietà, en "Estudios sobre la organización jerárquica de la Iglesia", Pamplona 1987, pp. 67-82.

[48] El can. 802 constituye una confirmación eficaz de esta índole subsidiaria de la acción de la Jerarquía en este terreno, tanto porque condiciona la intervención del Obispo diocesano a la inexistencia de escuelas impregnadas de espíritu cristiano, como porque describe la intervención como «procurar su creación».

[49] Nótese que aquí el adverbio se refiere a la misma institución educativa —en cuanto que trasciende a los propios miembros— y no alude en cambio a la dimensión institucional de la Iglesia. Este equívoco en torno a la voz «institucional» es bastante frecuente. Cuando por ejemplo la Const. ap. Ex corde Ecclesiæ, art. 2 § 2 habla de un «compromiso institucional» asumido por los responsables de una universidad, el adjetivo institucional puede, o bien significar la misma institución universitaria —en este sentido toda universidad reapse catholica tiene ese empeño institucional—, o bien referirse al nexo con la Iglesia en cuanto institución, que solamente poseen las universidades formalmente católicas a que hace referencia el art. 3 de la misma Const. apostólica.

[50] Por ejemplo, sería del todo inadecuado pretender imponer determinados maestros de religión en los centros no dependientes de la Iglesia como institución (también por este motivo en el can. 805 se hacen cuidadosamente las distinciones entre nombrar o aprobar los profesores, y removerlos o exigir que sean removidos).

[51] Conviene notar a este propósito que se debe distinguir claramente entre los can. 804 y 805 —que se refieren a la educación religiosa católica en cualquier escuela— y el can. 806 —exclusivamente referido a las escuelas católicas en sentido codicial—. El sentido técnico-formal del can. 803 § 1 implica siempre —precisamente en virtud de la norma del can. 806— una vinculación jurisdiccional con la Iglesia; no tendría sentido un reconocimiento oficial como escuela católica si no comportase los efectos del can. 806. Como hace notar M. Condorelli como buen jurista —aunque su postura de fondo en la materia sea favorable a una defensa de la libertad religiosa en la Iglesia que no me parece compatible con la identidad confesional de la Iglesia—, los preceptos de los can. 804, 805, 827 § 2, etc., no resultan directamente aplicables a las escuelas no sujetas a la jurisdicción eclesiástica (entre las cuales están las dependientes de la autonomía privada de los fieles) (cfr. Educazione, cultura e libertà nel nuovo "Codex Iuris Canonici", en "Il Diritto Ecclesiastico" 94 [1983], I, p. 73 s.) Pero —añado yo— tales disposiciones son aplicables a través de la libre actividad de los fieles.

En el ámbito de las universidades católicas, los preceptos del CIC —sobre todo el can. 810 §1— se presentan como una invitación a que los responsables organicen el nombramiento y la remoción de los docentes de modo congruente con la identidad católica. Pero la operatividad jurídica de estas normas dependerá de los estatutos de la universidad, los cuales pueden contemplar una participación de gobierno de la autoridad eclesiástica —como deberá suceder en el caso de las universidades dependientes de la Iglesia en cuanto institución— o bien prescindir de tal participación, dejando así la aplicación del can. 810 §1 exclusivamente a la responsabilidad de los fieles y de las otras personas que posean los poderes jurídicos del caso. La reciente Const. ap. Ex corde Ecclesiæ ha contribuido a aclarar la normativa codicial, en la medida en que ha determinado qué universidades deben considerarse oficialmente católicas, estableciendo para ellas diversas exigencias de derecho universal (cfr. especialmente art. 2 § 3 y art. 5) que el derecho particular debe desarrollar (cfr. art 1 § 1). En las universidades no formalmente católicas, la exigencia de tutelar jurídicamente la identidad católica de la respectiva institución se dirige personalmente a los fieles afectados, de modo que sean ellos —los responsables— quienes pongan en práctica los mecanismos necesarios para que las universidades puedan funcionar como efectivamente católicas. No se pueden mezclar estas dos categorías: por ejemplo, pensando que sea posible una intervención jurídica de la Jerarquía en la vida interna de las universidades de inspiración cristiana constituidas sólo civilmente; o por el contrario, que no sea posible una intervención similar cuando existe una relación directa o indirecta de índole jurisdiccional entre la universidad y la autoridad eclesiástica. Vista la cuestión desde el punto de vista de los promotores, los fieles que actúen como ciudadanos no pueden pretender involucrar a la Iglesia como institución en sus iniciativas (de no ser obviamente que ella acepte y asuma la iniciativa); y los directivos y profesores de una iniciativa formalmente católica no pueden pretender que su autonomía operativa —que indudablemente existe, porque nunca se puede prescindir de los márgenes naturales de iniciativa de las personas directamente implicadas— lleve consigo una falta de reconocimiento del vínculo también de gobierno con las autoridades eclesiásticas competentes.

[52] Cfr. can. 813; Const. apost. Ex corde Ecclesiæ, art. 6.

 

La esperanza: fuente de alegría y de fortaleza

Caminemos con esperanza! Esta es la gran invitación que el Papa está haciendo a todos los cristianos que nos ha tocado la suerte de comenzar este nuevo milenio de la humanidad, este nuevo milenio de la cristiandad. Ya hemos dicho anteriormente que la condición de los cristianos es ir como peregrinos en medio del mundo hacia la patria prometida.

Caminar es el modo común de vivir del cristiano. No podemos darnos el lujo de quedarnos sentados ni cruzado de brazos. Dios nos ha dado la vocación de peregrinos, de caminantes. Y hoy menos que nunca podemos acobardarnos frente a la gran tarea de colaborar con nuestra fe y con nuestro esfuerzo en la transformación de nuestra sociedad tan maltrecha y tan golpeada, por una sociedad nueva, donde todos los hombres puedan vivir con dignidad, en un marco de justicia, de tranquilidad y de armonía, donde nadie se quede afuera, ni porque se le falte respeto sus derechos, ni porque se quede con los brazos cruzados. «Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia – dice el Papa – como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo”.

Hay que adentrarse, Hay que remar mar adentro, con coraje, con fe pero sobre todo con una gran esperanza, ya que sabemos que nuestros Dios no nos va fallar porque él es fiel a su palabra y lo que dice lo hace. “El Hijo de Dios, que se encarnó hace dos mil años por amor al hombre,- sigue diciendo el Papa – realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos”. ¡Si, en sus instrumentos!, poniendo nuestros brazos, nuestras piernas, nuestras inteligencias, nuestra voluntad y sobre todo nuestro corazón, con entrega generosa, sin recortes ni egoísmos, sin miedo ni desesperación.

Es muy importante no dudar, no titubear ante esta importante hora a la que Dios nos llama, con la conciencia de que asumimos una importante responsabilidad histórica: no podemos fallar, no le podemos fallar a Dios que espera de nosotros, no le podemos fallar a las futuras generaciones que no nos tienen más que a nosotros. “Cristo… ahora nos invita una vez más a ponernos en camino: « Id pues y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo » (Mt 28,19).

El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos” sigue exhortándonos el Vicario de Cristo. “Para ello podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy a partir animados por la esperanza « que no defrauda » (Rm 5,5).”

Y aquí, de plano, mejor dejo al Papa hablar, ya que sus palabras se entienden por si solas:“Nuestra andadura, al principio de este nuevo siglo, debe hacerse más rápida al recorrer los senderos del mundo. Los caminos, por los que cada uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias camina, son muchos, pero no hay distancias entre quienes están unidos por la única comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan eucarístico y de la Palabra de vida. Cada domingo Cristo resucitado nos convoca de nuevo como en el Cenáculo, donde al atardecer del día « primero de la semana » (Jn 20,19) se presentó a los suyos para « exhalar » sobre de ellos el don vivificante del Espíritu e iniciarlos en la gran aventura de la evangelización. “

“Nos acompaña en este camino la Santísima Virgen, a la que hace algunos meses, junto con muchos Obispos llegados a Roma desde todas las partes del mundo, he confiado el tercer milenio. Muchas veces en estos años la he presentado e invocado como « Estrella de la nueva evangelización ». La indico aún como aurora luminosa y guía segura de nuestro camino. « Mujer, he aquí tus hijos », le repito, evocando la voz misma de Jesús (cf. Jn 19,26), y haciéndome voz, ante ella, del cariño filial de toda la Iglesia”.

“¡Queridos hermanos y hermanas! El símbolo de la Puerta Santa se cierra a nuestras espaldas, pero para dejar abierta más que nunca la puerta viva que es Cristo. Después del entusiasmo jubilar ya no volvemos a un anodino día a día. Al contrario, si nuestra peregrinación ha sido auténtica debe como desentumecer nuestras piernas para el camino que nos espera.

Tenemos que imitar la intrepidez del apóstol Pablo: « Lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios me llama desde lo alto, en Cristo Jesús » (Flp 13,14). Al mismo tiempo, hemos de imitar la contemplación de María, la cual, después de la peregrinación a la ciudad santa de Jerusalén, volvió a su casa de Nazareth meditando en su corazón el misterio del Hijo (cf. Lc 2,51).”

“Que Jesús resucitado, el cual nos acompaña en nuestro camino, dejándose reconocer como a los discípulos de Emaús « al partir el pan » (Lc 24,30), nos encuentre vigilantes y preparados para reconocer su rostro y correr hacia nuestros hermanos, para llevarles el gran anuncio: « ¡Hemos visto al Señor! » (Jn 20,25). “

Y porque hemos visto al Señor, nos aventuramos a vivir intensamente centrados en Jesucristo, en un espíritu comunitario cada vez más auténtico, trabajando con ahínco cada día en la santidad personal, en un clima de profunda oración y con un testimonio palpable de fe y caridad, movidos por la Esperanza en el que está vivo y está entre nosotros, Jesucristo Resucitado.

Preguntas:

1.- ¿Qué significa vivir llenos de esperanza?¿Es posible luchar auténticamente sin ella?

2.- ¿Cómo puedes acrecentar tu esperanza y la de los que te rodean?

3.- ¿Cómo interpretas la misión de los cristianos en el Nuevo Milenio? ¿Qué parte tienes tú en esa misión?

Alberto Gutierrez

 

Realidad, relativismo y democracia

Por José Ramón Ayllón profesor de Ética y Filosofía, conferenciante y escritor español

Realidad y relativismo

"El hecho de que millones de personas compartan los mismos vicios no convierte esos vicios en virtudes; el hecho de que compartan muchos errores no convierte éstos en verdades; y el hecho de que millones de personas padezcan las mismas formas de patología mental no hace de estas personas gente equilibrada." (E. FROMM)

La ética busca el bien. Por bien entendemos lo que perfecciona a un ser, lo que naturalmente le conviene. A un bebé le conviene respirar y alimentarse, lo mismo que a sus padres. En este sentido el bien es objetivo. Pero también es relativo, pues un recién nacido no debe comer lo mismo que un adulto. Ambos deben comer, pero no la misma cantidad ni los mismos alimentos.

Para no perderse en el bosque enmarañado de los conceptos conviene aclarar que relativo significa relación, dependencia objetiva. Todo es relativo porque todo está relacionado en el espacio, en el tiempo y en el encadenamiento universal de causas y efectos. Asimismo, lo relativo es objetivo porque las relaciones son objetivas, se dan en la realidad: esta señora es objetivamente una mujer, pero también es objetivamente madre respecto a sus hijos, esposa respecto a su marido, hija respecto a sus padres, enfermera para sus pacientes, votante para los partidos políticos. Y cada uno debe tratarla como lo que objetiva y relativamente es: el enfermo no puede tratarla como si fuera su mujer, y el marido no puede tratarla como enfermera, ni como hija.

Por tanto, lo relativo es objetivo. En cambio, aunque relativo y relativismo son palabras parecidas, su significado es opuesto. El relativismo es la concepción subjetivista de la realidad. El hombre libre tiene derecho a escoger entre diferentes conductas que respeten la realidad. Pero si escoge el relativismo hace violencia a la realidad y abre la puerta al «todo vale», por donde siempre podrá entrar lo irracional. El relativismo, al sustituir las relaciones reales por las subjetivas, al concebir de forma subjetiva la verdad y el bien, es una forma equivocada de orientar la conducta. Con una lógica relativista, el drogadicto al que se pregunta «¿por qué te drogas?» puede tranquilamente responder « ¿y por qué no?» . En pura lógica relativista vale todo, y ello hace imposible la ética.

Si el bien fuera subjetivo, el violador, el traficante de droga y el asesino podrían estar actuando bien. Si el bien fuera subjetivo, todas las acciones podrían ser buenas acciones. Y también podrían ser buenas y malas a la vez. Si el bien y el mal fueran subjetivos, la injusticia que se denuncia en los medios de comunicación y se condena en los tribunales no sería denunciable ni condenable, pues subjetivamente es deseada y aprobada por el que la comete. Con otras palabras: si los juicios éticos sólo fueran opiniones subjetivas, todas las leyes podrían estar equivocadas.

En el conocimiento de la realidad es el sujeto quien debe adaptarse a la realidad reconociéndola como es, de forma parecida a como el guante se adapta a la mano. Pero no siempre sucede así. El subjetivismo surge precisamente cuando la inteligencia prefiere colorear la realidad según sus propios gustos: entonces la verdad ya no se descubre en las cosas sino que se inventa a partir de ellas. La causa más frecuente del subjetivismo son los intereses personales. Con frecuencia, el tirón de diversas atracciones puede tener más peso que la propia verdad.

El subjetivismo, además de afectar a lo más trivial, también deforma las cuestiones graves: el terrorista está convencido de que su causa es justa; la mujer que aborta quiere creer que sólo interrumpe el embarazo; el suicida se quita la vida bajo el peso de problemas no exactamente reales, agigantados por su enfermiza subjetividad; al antiguo defensor de la esclavitud y al moderno racista les conviene pensar que los hombres somos esencialmente desiguales.

Según Campoamor, « En este mundo traidor, / nada es verdad ni mentira, / todo es según el color / del cristal con que se mira». Estos versos retratan ese relativismo rudimentario del que sólo quiere barrer para casa. Si «nada es verdad ni mentira», entonces nada es bueno ni malo, nada es censurable ni elogiable. Pero resulta que hay líneas claras de demarcación entre conductas humanas e inhumanas, entre comportamientos lógicos y patológicos.

El relativismo ético afirma que no hay nada objetivamente bueno o malo. Tal postura responde a una concepción subjetivista de la ética: el bien y el mal es lo que a cada uno le parece. El gran argumento en favor del relativismo esgrime la existencia de culturas que tienen o han tenido por buenos los sacrificios humanos, la esclavitud, la poligamia, etc. Esta objeción suele ignorar que la discusión sobre la validez general del bien comenzó, precisamente, con el descubrimiento de estos hechos. Los griegos del siglo v antes de Cristo ya empezaron a juzgar admirables o absurdas las costumbres de los pueblos vecinos, y sus filósofos buscaron desde entonces una medida o regla con la que medir las distintas maneras de vivir y los distintos comportamientos. A esta norma o regla la llamaron fisis, que significa «naturaleza». Siguiendo el criterio de lo natural, encontraron, por ejemplo, que la costumbre de las jóvenes escitas que se cortaban un pecho resultaba peor que su contraria.

Relativismo y democracia

La condición de posibilidad de la democracia es el pluralismo, que viene a reconocer los diversos caminos que la libertad sigue en su búsqueda de la verdad política. Y el pluralismo es necesario para la existencia real de las discusiones democráticas. La realidad es compleja y no sólo autoriza sino que exige diversidad de perspectivas para abordar su entendimiento. Si se partiera de que la verdad es convencional o inaccesible, las opiniones encontradas sólo serían expresión de intereses en conflicto, de manera que todas vendrían a valer lo mismo, porque nada valdrían. Y entonces imperaría el poder puro y duro, origen de esa violencia clamorosa o encubierta, tan manifiesta en la actualidad internacional.

Por el contrario, el fundamento de la democracia no puede ser el relativismo moral. Porque el relativismo hace trivial al pluralismo y tiende a eliminarlo. El hecho de que tenga relevancia discutir acerca de la justicia o injusticia de una ley, responde a que los interlocutores saben que existe lo justo, por más que unas veces sea reconocido por el poder establecido y otras no. Por ello, quien de verdad aceptara el positivismo jurídico se cerraría a sí mismo la posibilidad de participar en este tipo de debates posteriores a la entrada en vigor de una ley.

Aunque el concepto moderno de democracia parezca indisolublemente unido con el relativismo, se plantea otra objeción importante: ¿no es preciso que exista un núcleo no relativista también en la democracia? ¿No se ha construido la democracia en última instancia para garantizar unos derechos humanos concebidos como inviolables? Eso significa que un núcleo de verdad, en este caso de verdad ética, parece irrenunciable por la democracia. El problema está en saber cómo llegar hasta ese núcleo, cómo conocerlo. Según Hans Kelsen (1881 1973), la decisión corresponde al voto popular, y propone al gobernador Poncio Pilato como ejemplo de prudencia democrática. Pilato no sabe qué es lo justo y confía el problema a la mayoría. Es ahí donde obra como perfecto demócrata, que no se apoya en valores absolutos ni en la verdad subjetiva, sino en los procedimientos. Que el resultado del juicio fuera la condena de un inocente no parece inquietar a Kelsen. Si no hay más verdad que la mayoría, carece de sentido preguntar por otra distinta.

En la actualidad, el representante más conocido de esta concepción relativista de la democracia es Richard Rorty La convicción más difundida entre los ciudadanos es para él el único criterio que se ha de seguir para legislar. La democracia no posee otra filosofía ni otra fuente del derecho. Rorty es consciente de la insuficiencia del principio mayoritario como fuente y criterio de verdad, pero opina que los errores de la mayoría se corrigen por sí mismos, pues la mayoría incluye siempre ciertas intuiciones básicas como, por ejemplo, el rechazo de la esclavitud. Por desgracia, en esto se engaña. Durante siglos, quizá durante milenios, el sentir mayoritario no ha incluido esa intuición antiesclavista, y nadie sabe cuánto tiempo la seguirá conservando.

Así como el pluralismo democrático es manifestación positiva del derecho a la libertad, el relativismo representa el abuso de ese mismo derecho. Al no admitir el peso específico de lo real, el relativismo deja a la inteligencia abandonada a su propia decisión subjetiva, sin reconocer que las cosas son como son y tienen consistencia propia.

El mundo es una compleja red de relaciones entre hechos y objetos que se relacionan en el espacio y en el tiempo. En este sentido es correcto afirmar que todo es relativo: relativo a un antes, a un después, a un encima, debajo, al lado, cerca, lejos, dentro, fuera. Todo es relativo porque todo está relacionado, vinculado con algo. Y hemos visto que, cuando esa relación está pedida por la realidad, lo relativo no es meramente subjetivo ni arbitrario. Todo vestido es relativo a un clima, a una cultura, a una función, a una talla, a un sexo: kimono, chilaba, túnica, toga, chándal, taparrabos, vaqueros, guerrera, frac. Pero en todos esos vestidos hay algo no relativo: el respe to a lo que es un cuerpo humano, un cuerpo que se mueve, con dos piernas y dos brazos articulados, con ojos para ver y boca para respirar. Mil vestidos pueden ser diferentes, pero ninguno puede asfixiar, inmovilizar o aplastar. Quizá con este ejemplo sea fácil entender que el pluralismo no se funda en el relativismo sino en la libertad, y en el hecho de que un problema en este caso, la necesidad de vestirse puede tener varias soluciones válidas.

La conducta ética nace cuando la libertad puede escoger entre formas diferentes de conducta, unas más valiosas que otras. El relativismo es peligroso porque pretende la jerarquía subjetiva de todos los motivos, la negación de cualquier supremacía real. El relativismo hace imposible la ética, pues si queremos medir las conductas necesitamos una unidad de medida igual para todos. Porque si el kilómetro es para ti 1.000 metros, para él 900, y para otros 1.200, 850 o 920, entonces el kilómetro no es nada. Si la ética ha de ser criterio unificador, entonces ha de ser una en lo fundamental, no múltiple.

Igual que el pluralismo, la ética es relativa en las formas, pero no debe serlo respecto al fondo. De la naturaleza de un recién nacido se deriva la obligación que tienen sus padres de alimentarlo y vestirlo. Son libres para escoger entre diferentes alimentos y vestidos, pero la obligación es intocable. Subjetivamente pueden decidir no cumplir su obligación, pero entonces están actuando objetivamente mal. De igual manera, cuando en la valoración moral del mismo hecho hay discrepancia, la divergencia es subjetiva, pero el hecho es único y objetivo. Lo que para Sancho es bacía de barbero, para Don Quijote es yelmo de Mambrino, pero los dos no pueden tener razón puesto que la realidad no es doble.

Hay una experiencia cotidiana a favor de la objetividad moral. Es la siguiente: la inmoralidad que se denuncia en los medios de comunicación y se condena en los tribunales, no sería denunciable ni condenable si tuviera carácter subjetivo, pues subjetivamente es deseada y aprobada por el que la comete. Con otras palabras: si los juicios morales sólo fueran opiniones subjetivas, todas las leyes que condenan lo inmoral podrían estar equivocadas. Y, en consecuencia, si la moralidad no se apoya en verdades, las leyes se convierten en mandatos arbitrarios del más fuerte: del que tiene poder para promulgarlas y hacerlas cumplir por las buenas o por las malas.

Otra experiencia cotidiana nos dice que hay acciones voluntarias que amenazan la línea de flotación de la conducta humana, y que pueden hundir o llevar a la deriva a sus protagonistas: los hospitales, los tribunales de justicia y las cárceles son testigos de innumerables conductas lamentables, es decir, impropias del hombre. Al enfrentarse a esta evidencia, el relativismo moral hace agua y queda descalificado por los hechos. Defenderlo a pesar de sus consecuencias es una postura irresponsable.

Es preciso reconocer que en la raíz de la democracia hay absolutos morales, que no son dogmas ni imposiciones. Son criterios inteligentes, necesarios como el respirar. Los encontramos en ese fondo común de todas las legislaciones y códigos penales: no robar, no matar, no mentir, no abusar del trabajador, no abusar de la mujer… Además de estar recogidos en las leyes, estos principios absolutos deben informar la educación de las jóvenes generaciones.

De acuerdo con Hillary Putnam, pensamos que: La razón fundamental por la que defendemos que hay juicios morales correctos y equivocados, y perspectivas morales mejores y peores, no es sólo de carácter metafísico. La razón es, sencillamente, que así es como todos nosotros hablamos y pensamos, y también como todos nosotros vamos a seguir hablando y pensando.

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Literatura, cultura y fe: un reto para el siglo XXI

Por Juan Manuel de Prada, escritor y articulista español

Soljenitzin decía que Europa, después de las dos guerras mundiales, había enfermado con un ímpetu de automutilación y, ciertamente, si analizamos la historia de Europa en las últimas décadas nos damos cuenta cómo los síntomas de esta enfermedad, de esta curiosa enfermedad de automutilación se multiplican.

Vemos cómo Europa ha perdido confianza a través de manifestaciones tan claras como por ejemplo el descenso de la natalidad. Vemos cómo ha perdido la confianza a través de fenómenos tan evidentes como la pérdida de fe, en el sentido religioso de la palabra. Vemos la pérdida de capacidad para concederle a la vida una visión trascendente; vemos también cómo el bienestar económico, la prosperidad, ha provocado también una especie, digámoslo así, de relajación en los espíritus, de desgana, de apatía, de hastío; es un hastío metafísico, casi podríamos decir. Y en líneas generales, yo creo que a Occidente, y repito, más concretamente a Europa, parece como si le hubiese atacado un síndrome, una especie de gangrena que la paraliza y que, sobre todo, no le concede capacidad de reacción.

En este caldo de cultivo ha florecido lo que a mi modo de ver es la gran lepra de nuestro tiempo; una lepra que se está extendiendo a velocidad galopante en estos albores del siglo XXI, que es lo que se ha dado en denominar relativismo. Es un concepto, como la propia palabra indica, suficientemente difuso para que uno no sepa exactamente a lo que se refiere, pero que aquí trataremos de diseccionar.

El relativismo nace de la falta de fe en el futuro. Hemos dejado de creer en la posibilidad de una renovación material-espiritual. Estamos conformes con este bienestar del que disfrutamos, y esto hace que cunda entre nosotros una suerte de escepticismo, una especie de satisfacción un poco cetrina con los bienes materiales, con las comodidades que nuestra sociedad ha alcanzado a través del progreso, y eso ha hecho que esos progresos espirituales, que también son necesarios para la humanidad, hayan dejado de interesarnos.

Al dejar de tener confianza en el futuro, en las posibilidades del futuro, surge también una especie de desconfianza hacia lo que podríamos llamar la persecución de la verdad. Todo sistema filosófico, toda escuela de vida persigue algún tipo de verdad. Naturalmente, nadie está en esta posesión de la verdad, y quienes creen estarlo son los fanáticos, pero quien no aspira a encontrar la verdad ha dejado de ser hombre.

Yo creo que una de las fatalidades de nuestra época precisamente es esta: que no solamente hemos dejado de creer en la existencia de una verdad, de un absoluto, sino que incluso hemos llegado a concebir la idea -la monstruosa idea- de que la labor de buscar la verdad es en sí misma una labor fundamentalista, integrista, de tal manera que, al avergonzarnos de la posibilidad de que exista una verdad, todo deja automáticamente de tener sentido, todo automáticamente es discutible, todo automáticamente puede entrar en controversia, y ya no sólo en controversia, sino también en cambalache, en trueque. Las ideas se convierten en algo fungible, son como una calderilla que pasa de unas manos a otras, y dejan de tener esa solemnidad, esa grandeza que tenían cuando perseguían la existencia de una verdad. Ésta, como digo, es una de las características evidentes de nuestra época.

Y cuando a una sociedad espiritualmente empieza a corromperle esta enfermedad, cuando deja de creer en el futuro y deja de creer en la posibilidad de alcanzar una verdad, naturalmente surgen todo tipo de mistificaciones.

A la cultura occidental, a lo que podríamos llamar cultura cristiana (aunque esto ya prácticamente estaría mal visto decirlo, dado el estado de las cosas), de repente le han surgido una serie de conflictos interiores que tienen que ver precisamente con esta incapacidad para intentar alcanzar la verdad. Y así, por ejemplo, hemos empezado a avergonzarnos de nuestras conquistas en el plano cultural, en el plano ideológico, en el plano social, en el plano político. Hemos dejado de tener la capacidad de considerar que esos frutos de nuestra cultura, esos frutos ideológicos, esos frutos de pensamiento, tienen un valor intrínseco, un valor verdadero.

En cierto modo, empieza surgir en nuestras sociedades una especie de complejo de culpa, que ya no sólo se extiende a una necesaria consideración de los males que nuestra cultura haya podido infligir a otras culturas, sino que incluso llega a considerar que nuestra cultura es peor que otras culturas precisamente porque ha cometido esos errores, siendo incapaz de distinguir que, junto a esos errores, existen otros muchos beneficios que nuestra cultura ha logrado exportar, porque son creaciones propias de Occidente, creaciones eminentes que han hecho que la vida sea algo mejor en líneas generales. Éste, como digo, el estado de las cosas en Europa, a mi modo de ver. Ante una situación como ésta, surgen lo que podríamos denominar los problemas de la desvinculación.

Desde el momento en el que dejamos de creer en la cultura en la que hemos crecido, en la cultura que nos justifica, en la cultura que es, en cierto modo, nuestra genealogía espiritual, e incluso nos avergonzamos de ella porque pensamos que es una cultura sometedora, engreída e infatuada, surge en las sociedades europeas un curioso fenómeno que podríamos denominar fenómeno de desvinculación.

Por este fenómeno, las personas dejan de sentirse como eslabones de una cadena, como herederas de una tradición y portadoras de una llama que se proyecta hacia el futuro (antes decíamos que hemos dejado de creer -de tener confianza- en el futuro). Desde ese momento en el que estamos desvinculados del pasado e incapaces de afrontar el futuro, nuestra existencia se convierte en un caos banal, en una sucesión de días sin mayor sentido, o con un sentido puramente utilitario.

Tratamos de llenar nuestros días satisfaciendo una serie de gustos, de apetencias; tratamos, sobre todo, de espantar la zozobra de ese vacío que nosotros mismos nos hemos creado. Todo ello convierte nuestra vida en una especie de aguachirle; todo es muy blando todo es muy inconsistente. Creo que este es el fenómeno fundamental del relativismo, que se aprecia en todos los ámbitos de la vida.

Si nos fijamos, por ejemplo, en el ámbito educativo, observaremos cómo aquellas disciplinas que tienen más que ver con la explicación de nuestra genealogía espiritual dejan de tener protagonismo. Se retraen, como caracoles en su concha, hasta convertirse casi en unos vagos rudimentos que dejan en sí mismos de tener valor y que, poco a poco, se van mistificando, hasta el extremo de que al final la historia se convierte en una especie de zurriburri, visto desde los ojos de nuestro tiempo. Así, los actos del pasado se condenan desde la mirada de nuestro tiempo, lo cual es una aberración absoluta desde el punto de vista intelectual. Pero es algo que se impone.

Todas estas disciplinas que tienen que ver con nuestra genealogía espiritual son gibarizadas, por emplear un término metafórico. Esto ocurre en general con todas las humanidades, de forma especialmente lastimosa con disciplinas que, a mi modo de ver, constituyen la médula de nuestra cultura, como puede ser, por ejemplo, el latín. Y ocurre, claro está, con la religión.

La religión, no olvidemos, nace de un acontecimiento trascendente que requiere para su comprensión de la fe. Pero no olvidemos tampoco que la religión es un hecho cultural, y que ese acontecimiento trascendente, desligado de esa tradición cultural, de las aportaciones culturales que han tratado de explicarlo, de alabarlo o de engrandecerlo a través del arte y a lo largo de los siglos, resulta ininteligible. De tal manera que nuestros niños, nuestros jóvenes, al ser despojados de esa tradición cultural, al ser saqueados, en cierto modo se convierten en huérfanos, son arrojados a la intemperie, que es lo que yo creo que persigue esta sibilina degeneración educativa que estamos sufriendo.

Este fenómeno de desvinculación, como decía, se aprecia en muchos ámbitos de la vida, no sólo en los citados hasta ahora. Lo estamos viendo también en la que es una de las células primordiales de la sociedad y, desde luego, en una de las instituciones jurídicas sobre las que se levanta el edificio social, que es la familia.

Evidentemente, la familia es un baluarte contra el relativismo, porque nosotros nacemos y crecemos en una familia, y la familia nos concede esa perspectiva de la que hablaba antes. Nos enseña que nuestro paso por la tierra tiene un sentido, y otorga una duración a nuestra vida que va más allá de las fronteras puramente físicas de ésta, porque nos muestra cómo antes que nosotros estaban nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros bisabuelos… Cobramos conciencia de esa transmisión, de que somos eslabones de una cadena. Naturalmente, la familia es además un impulso hacia el futuro; es -digámoslo así- el invernadero donde se fortalecen nuestras facultades para que el futuro vuelva a ser algo que verdaderamente tiene sentido.

Por supuesto, la familia es el gran enemigo del relativismo que hoy en día triunfa. Y así, vemos cómo la familia es atacada por todos los flancos. En primer lugar, proponiendo nuevas formas de organización familiar. En segundo lugar, intentando demostrar lo que ya se llama "familia tradicional", como si pudiera existir una familia que no fuera tradicional, cuando la familia trata precisamente de convertir la vida en una tradición, en un paso (utilizando el término traditio etimológicamente).Evidentemente, no puede existir una familia que no sea tradicional.

De manera que -como se puede observar- los ataques del relativismo a lo que podrían ser los baluartes transmisores de una cultura que dé significación a nuestra vida y que nos permita contemplar el futuro con confianza, son muy variados.

Otro de estos ataques, que creo que es especialmente pernicioso y que -en cierto modo- está ligado con los ya mencionados (pues el relativismo, a pesar de que es un gran aguachirle en el que parece que nada tiene sentido, también obra con unas intenciones aviesas, escondidas pero plenamente significadas) es lo que podríamos denominar la destrucción del derecho. Este fenómeno es muy peligroso, y quizá estemos asistiendo a él sin prestarle la atención que merece.

El derecho se expresa de forma nítida a través de unas leyes positivas, de unas leyes plasmadas por el legislador sobre el papel, de unas leyes que se aplican en nuestras relaciones diarias; y el derecho, desde un punto de vista positivo, lo que busca es regular las relaciones sociales en busca de un bien, de un bien individual y colectivo. Pero, naturalmente, este derecho solamente tiene sentido si está vinculado a un derecho inmanente, a un derecho que es previo al derecho positivo e incluso previo a la organización social. Un derecho que, en cierto modo, tiene que ver con esa verdad de la que hablábamos al principio y que, repito, no es una posesión, sino algo que perseguimos.

Naturalmente, el relativismo no soporta la idea de que las leyes estén fundadas en un derecho natural, en un derecho previo a la organización política, porque el relativismo busca un nuevo absolutismo, un nuevo totalitarismo, en el cual esa verdad deja de existir y es sustituida por la voluntad de la mayoría o, al menos, de quienes creen que ostentan la mayoría. Y está claro que ésta es otra de las manifestaciones más evidentes de este relativismo que hoy en día nos corrompe.

Desde el momento en que este derecho que deja de tener su base en lo que podríamos llamar un ordenamiento inmanente, en algo que está ahí, que es una verdad que existe previamente a las leyes y a la organización social, esas leyes pueden volverse incluso contra el Derecho con mayúscula. Y así, estamos asistiendo a fenómenos en los cuales, a través de las leyes, podemos destruir el orden moral previo al derecho, bien destruyendo la familia, bien destruyendo la vida, o bien vendiéndole a la gente esa idea quimérica y absurda de que ellos son los amos absolutos de su vida porque no existe una instancia superior que merezca mayor crédito que la propia voluntad del individuo. Todos estos fenómenos tienen mucho que ver con el relativismo, con la desvinculación del hombre de una tradición cultural, intelectual y moral que lo precede.

De manera que hemos visto ya tres manifestaciones muy evidentes, muy sibilinas, pero que se están introduciendo en nuestra vida sin que nos demos cuenta y contra las cuales parece que no tenemos armas para combatir…

Pero yo creo que sí las tenemos. Una de esas armas –yo diría que la fundamental- es el apetito que siempre ha sentido el hombre por algo que lo desborda. Yo creo que si algo nos explica a los seres humanos es precisamente que (quizá en nuestro afán de perdurar, quizá en nuestra insatisfacción porque no podemos entender que todos nuestros afanes, nuestros desvelos, las grandes obras que queremos hacer a lo largo de nuestra vida perezcan con nosotros) desde el principio de los tiempos hemos alumbrado una llama sagrada que nos obliga a ser inmortales, y nos obliga porque está inscrito en nuestra naturaleza. El hombre necesita ser inmortal. Y, naturalmente, cuando surge este deseo de ser inmortal, esos pilares movedizos, esos pilares de falsa solidez sobre los que se apoya el relativismo, se empiezan a derrumbar.

Tengo el absoluto convencimiento de que si en esta batalla en sordina –no cruenta como las de antaño, sino silenciosa e invisible, pero cada día más presente en nuestra sociedad- que se está produciendo hoy en Europa entre el relativismo y la posibilidad de una vida volcada hacia la trascendencia, algún día el relativismo cae derrotado, será precisamente porque los europeos cobremos conciencia de que ese hecho trascendente, que ilumina y da impulso nuestra vida, tiene un sentido más fuerte y, además, una tradición cultural fuerte, frente a esta tradición cultural débil surgida de la nada, que es la que se nos vende en nuestra época.

Creo esto porque creo el cristianismo –y a esto vamos tratando de ahondar en el asunto que da título a esta conferencia- nos aporta, en primer lugar, una justificación a esa llama de la que hablaba antes que alumbra dentro de nosotros, pero además nos aporta también una justificación que tiene mucho que ver con nuestra propia cultura, que nos enseña a aceptarla y a sentirnos orgullosos de ella.

Hay una serie de conquistas a las que me refería antes – de tipo social, ideológico, político- de las que con frecuencia los europeos nos avergonzamos. Todas estas conquistas, en contra de lo que se quiera decir hoy en día, tienen su raíz y han sido modeladas precisamente por la tradición cultural cristiana, lo cual se suele olvidar. Así ocurre, por ejemplo, cuando se apela a la dignidad del hombre.

El concepto de dignidad del hombre, al igual que el reconocimiento de los derechos del hombre, se nos vende muchas veces como un concepto propio de la Ilustración, de la Revolución Francesa, etc. Esto es absolutamente falso. Naturalmente, el concepto de dignidad del hombre sólo podía darse en una cultura en la cual Dios se hace hombre, y desde el momento en que Dios se hace hombre, al convertirse el hombre, digámoslo así, en recipiente de la divinidad, alcanza la dignidad máxima. Por tanto, el concepto de dignidad del hombre solamente podía tener sentido en una cultura como la cristiana. Esto es algo que suele manipularse, presentándose la evolución de los derechos humanos como algo desgajado de nuestra tradición cristiana, lo cual, como digo, es algo absolutamente falso.

Grandes logros de orden social y político que ha logrado Europa no serían comprensibles sin esta tradición cristiana. Pensemos, por ejemplo, en lo que es la separación entre Iglesia y Estado. Es algo que, evidentemente, malinterpretó el cristianismo durante siglos, pero esa idea está ya presente en los Evangelios. Lo que ocurre es que, en nuestra época, esta idea que tan fructífera puede ser tanto para la Iglesia como para el Estado, ha sido malinterpretada. Así, en Europa se llama separación entre Iglesia y Estado a algo que es totalmente distinto, que es la separación entre política y moral.

En Europa, la separación entre política y moral se disfraza de separación entre Iglesia y Estado, y son cosas muy distintas. Naturalmente, la separación entre Iglesia y Estado es deseable, pero me parece muy indeseable, y un fenómeno muy propio del relativismo, la separación entre política y moral.

Chesterton tenía una definición maravillosa de los Estados Unidos. Decía que eran una nación con el alma de una iglesia. Si nos fijamos en el nacimiento de los Estados Unidos resulta muy interesante, porque ya surgen, a diferencia de Europa, con el concepto de la separación entre Iglesia y Estado; es decir: jamás el Estado ha tenido una vinculación con ninguna de las múltiples iglesias que allí se asentaron desde su fundación. Sin embargo, desde el comienzo de su nacimiento, en los Estados Unidos tuvieron muy claro que la política no podía estar separada de la moral, porque esa política no tendría sentido. Por eso Chesterton dice que es una nación con el alma de una iglesia: porque, a pesar de que allí haya decenas o cientos de iglesias, todos los ciudadanos están íntimamente unidos en esa convicción de que la ordenación política de la sociedad tiene que tener una inspiración de tipo moral o religioso, en el amplio sentido de la palabra.

En Europa, por el contrario, durante muchos siglos no estuvieron separados Iglesia y Estado, pero cuando se separaron, creo que lo hicieron del modo más nefasto posible: creando esa escisión entre política y moral. De esta manera, al ser la política algo absolutamente ajeno a una serie de conceptos morales previos, creo que poco a poco ha ido degenerando en esta situación de la que estoy hablando.

No quiero ser excesivamente pesimista y pintarles un cuadro demasiado negro de nuestra situación, pues creo que no sería justo, entre otras razones porque creo que sí hay motivos para la esperanza.

Hay una frase extraordinaria –por volver a citar a Chesterton- que habla de cómo lo religioso irrumpe en su vida, de cómo al principio lo religioso se convierte en él en una mera curiosidad intelectual. Él incluso llega a mencionar que siente atracción hacia la religión católica, a la cual terminaría convirtiéndose cuando empezó a ver cómo los intelectuales de su época, tan enfrentados casi siempre por razones de tipo estético, de tipo ideológico, en cambio coincidían todos en el varapalo a la Iglesia Católica. Eso le incitó a él, por curiosidad al principio y luego por fascinación, a intentar defenderla, en vez de atacarla.

Chesterton nos cuenta cómo durante este periodo de curiosidad intenta desmontar un poco esa especie de gran marasmo en el que la crítica a la Iglesia católica se había convertido en moneda de curso frecuente, y además, moneda que daba prestigio en los ambientes intelectuales de la época. Como se puede ver los ambientes intelectuales de aquella época y de ésta han cambiado muy poco.

Después de esa fase de curiosidad, él siente en un determinado momento que, al irse aproximando a la Iglesia católica, siente una fascinación de tipo intelectual, de tipo cultural. Y, claro, frente a una religión como es la anglicana -que es una religión que prácticamente surge por conveniencias políticas y que tiene una tradición muy pobre-, de repente, alguien que ha sido educado en ella experimenta el deslumbramiento de la tradición cultural católica. Experimenta esa fascinación absoluta que a cualquier persona con una mínima sensibilidad estética le produce todo el arte en sus más variadas manifestaciones, que ha sido creado como una ofrenda a Dios en la religión católica.

Todo esto, produce en él una extraordinaria conmoción. Él nos dice que, en su proceso de aproximación al catolicismo, llegará a un momento en el que se siente como un niño que retoza en un prado y que, cada día, descubre en sus retozos una flor nueva, un animal que no conocía, un paisaje distinto.

Esta impresión de alborozo que nos muestra Chesterton es algo que yo también he sentido al descubrir, ya no solamente la religión como acontecimiento de fe, sino también la religión como hecho cultural. En una época como la nuestra, en la que nos sentimos huérfanos, desasistidos, como moléculas en un universo inabarcable; en una época en la que, en definitiva, nos sentimos desvinculados de una tradición y condenados a ese zurriburri del relativismo; en una época como ésta, yo creo que el cristianismo nos ofrece una tradición cultural extraordinariamente rica que explica nuestra genealogía espiritual y que, desde luego, fortalece nuestra confianza en el futuro.

Durante muchos siglos, el cristianismo fue el motor, el impulsor de las artes. Pensemos en las grandes catedrales góticas, esas catedrales que cantaba Víctor Hugo en Nuestra Señora de Paris. En un capítulo prodigioso, cuenta que esas catedrales dejaron de ser construidas el día que el hombre dejó de creer en lo que esas catedrales significaban y, en cierto modo, él explicaba la decadencia de Occidente porque esas catedrales habían dejado de ser construidas.

Desde esas grandes catedrales góticas hasta la Divina Comedia de Dante, pasando por el mejor arte de los grandes maestros, todo eso ha existido, existe, y seguirá existiendo única y exclusivamente gracias al cristianismo. Creo que tenemos que ser conscientes de que cuando se produjo una ruptura entre la cultura, el arte y la religión, tenemos que reconocer –a mi modo de ver- que el arte entró en una fase de decadencia. Esto quizá ocurrió porque el arte también dejó de creer en la existencia de una verdad. Desde ese momento quizá dejó de creer en el fin último de toda belleza. Así, el arte se convirtió en un admirable pasatiempo, en un juego más o menos virtuoso. Creo que el arte perdió su esencia, lo que verdaderamente lo justifica. Esta es mi impresión.

Al desvincularse el arte de esa búsqueda de una verdad, termina convirtiéndose en arte decorativa. Yo creo que una de las grandes tragedias de nuestra literatura contemporánea, de nuestro arte contemporáneo, es que –en líneas generales- lo que busca es una especie de complacencia de tipo estético, proporcionar un entretenimiento, pero nada más. Detrás de ese velo, de esa apariencia más o menos agradable, no hay nada, y creo sinceramente que ese vacío que se oculta detrás del arte contemporáneo está también el hastío de nuestra época. Naturalmente, estoy generalizando: no quiero decir con esto que todo se una porquería, que nada valga nada.

Hemos dejado de creer en la posibilidad de una verdad y, por tanto, también nuestras manifestaciones artísticas son lánguidas, son débiles, no tienen detrás una idea fuerte que las sostenga. Yo creo que ese es uno de los grandes dramas de nuestro tiempo. Por eso creo que es muy importante que intentemos recuperar esa tradición cultural, que entendamos que esa tradición cultural sigue estando vigente, sigue siendo válida para nuestro tiempo, y que intentemos que, a través de ella, nuestra época cambie (primero, desde luego, en el aspecto artístico, en el aspecto intelectual, pero luego también en el aspecto social).

Creo que Europa no volverá a recuperar su brío mientras no asuma que tiene que volver la mirada a Dios, que tiene que volver la mirada a su tradición cultural. Y en el momento en el que deje de renegar de lo que íntimamente es, en el momento en el que acepte esa tradición cultural, creo que Europa podrá volver a ser lo que en algún momento fue.

Naturalmente, cuando se exponen estas ideas así, desnudamente, como se las estoy exponiendo yo a ustedes, automáticamente es tildado uno de toda la artillería de insultos y vituperios que nuestra época suele destinar a quienes se atreven a decir esta cosas. Naturalmente, te conviertes en un retrógrado, en un reaccionario, incluso te conviertes en un fascista. Digamos que todos estos piropos son los que el pensamiento dominante y los repartidores de bulas dispendan a quienes se atreven a mencionar estos asuntos.

Está claro que mencionar estos asuntos es difícil, precisamente porque uno de los efectos del relativismo -que quienes lo sufren lo toman por un efecto benéfico pero que, en realidad, es un efecto anestesiante- es que infunde en las personas un sentimiento de satisfacción, de complacencia. Por ello es tan difícil el combate contra el relativismo, porque las personas se sienten a gusto con lo que tienen, precisamente porque han sido desligadas de una tradición y, por tanto, han sido desligadas de la capacidad para afrontar esa búsqueda de la verdad a la que nos referíamos antes. Desde ese momento, las personas se sienten satisfechas en lo que son; no saben exactamente lo que son, pero se sienten cómodas.

Yo creo que el éxito de todos los totalitarismos se explica precisamente porque conceden un simulacro de bienestar a sus súbditos, les da una idea de que esa sociedad en la que viven es la mejor posible. Y, naturalmente, la inteligencia del relativismo es que convierte en tirano al individuo, a diferencia de los totalitarismos clásicos, en donde existía un tirano paternal que trataba de que sus hijos no se le desmandasen.

El individuo se siente como un monarca absoluto de sí mismo, siente que puede hacer con su vida lo que le dé la gana. No hay ningún tipo de trabas, no hay ningún tipo de cortapisas, todo es extraordinariamente amoral, de tal manera que uno puede hacer lo que quiere. Esto, naturalmente, complace a la sociedad. No sólo le complace, sino que además la sociedad está dispuesta a luchar por eso, porque se cree que ese es el estado idílico del ser humano.

Naturalmente, denunciar esta situación te convierte en un proscrito, te condena al ostracismo. Pero creo que nuestra misión, a fin de cuentas, es tratar de ser divulgadores de la verdad; de la verdad –repito- no como posesión, sino como un fin que nos permita romper las cadenas. Por eso a mí me gusta hablar de estos temas, que son temas bastante antipáticos y que me están dando muy mala fama. Pero, sinceramente, creo que el único destino noble de una persona en nuestro tiempo, es la intemperie, es el ostracismo. Ese otro destino en el redil, ese destino gregario al que nos quiere imponer nuestra época, es el destino más triste y más esclavizado que pueda hoy en día asumir una persona.

A través de mi trabajo de escritor, he tenido ocasión de reflexionar sobre estos asuntos y de descubrir un poco su fondo de verdad. Yo creo que en el mundo en el que yo me muevo –en el mundo de los escritores, de los artistas- , esta lepra de nuestra época que es el relativismo, triunfa de una forma especialmente galopante.

¿Por qué? Porque, evidentemente, en esta especie de gran zurriburri que es el relativismo, un arte, una literatura sin ideas de fondo, sin ideas fuertes, garantiza una de las características de nuestro tiempo, que es eso que he dicho antes de que el hombre se convierte en un monarca absoluto. Pues bien, en el arte, el artista se convierte en un monarca absoluto: todo vale, todo tiene, de repente, el mismo valor. El mismo valor tiene una persona con un conocimiento de las figuras retóricas y que, por tanto, domina los secretos del lenguaje y puede crear belleza a través de esas figuras, que quien las ignora por completo y se limita a redactar o a soltar lo que se le pasa por la cabeza sin demasiado orden ni concierto…

Todo tiene el mismo valor y, naturalmente, cuando todo tiene el mismo valor, nada tiene valor. Este es uno de los graves problemas de nuestro tiempo desde el punto de vista artístico, intelectual, cultural.

Cuando nada tiene valor, se entroniza y se convierte en modelo lo más absurdo, lo más disparatado, lo más pedestre, a veces, lo más abyecto. Y esto creo que está muy presente en nuestra época. Cuando uno coge un suplemento cultural y lee la lista de libros más vendidos y se encuentra con los libros que hoy en día la gente devora con fruición, se queda verdaderamente asustado, porque se da cuenta de que ninguno de esos libros le ofrecen a la gente nada, más que un entretenimiento rastrero, pedestre. Esas personas cierran esos libros y su vida sigue siendo exactamente la misma, esos libros no han inmutado para nada su vida, cuando la verdadera misión del arte es arañarnos, trastornarnos, introducir en nuestra vida un componente de desasosiego, de búsqueda, de duda, que la transforme. Cuando el arte no nos proporciona eso, el arte es puro pasatiempo y, por tanto, no es arte.

Contra esta situación, creo que solamente es posible esto que he dicho: una recuperación de nuestra tradición cultural, que no tiene que ser una recuperación nostálgica sino que, por el contrario, tiene que ser una recuperación en el sentido con el que comentaba antes estas palabras: volcada hacia el futuro, una recuperación renovadora.

Esa tradición de siglos no puede morir. Desde luego, los apóstoles del relativismo quieren que muera, quieren verla sepultada. Pero quienes no somos del todo relativistas, siempre hemos creído en la posibilidad de la resurrección. Muchas gracias a todos por su atención.

 

Libertad de expresión, autonomía y responsabilidad

La conquista y defensa de las libertades constituye uno de los más nobles objetivos de la actividad humana. Pero esta tarea no está exenta de conflictos éticos, que deben matizar y limitar su ámbito de aplicación y alcance.

Las recientes propuestas de la sociedad posmoderna que plantean el ejercicio de la autonomía personal, y por tanto la capacidad de elección y decisión, como un derecho ilimitado, pervierten el auténtico sentido de la libertad que, entendida de este modo, lejos de contribuir a la promoción humana, favorece la desigualdad, el sometimiento, la opresión y el retroceso social.

Las recientes defensas del supuesto derecho a abortar o a solicitar la eutanasia, contrastan paradójicamente con la pretendida limitación del derecho a la libertad de expresión, cuando se trata de defender la vida y oponerse a toda forma de homicidio, como los son el aborto y la eutanasia.

Los intentos de limitar la libertad de expresión de los que se manifiestan frente a las clínicas abortistas o de los que se posicionan contra los postulados de la ideología de género o la eutanasia, no hacen sino mostrar la doble vara de medir que esgrimen los que se autodenominan defensores de la libertad.

El ámbito del ejercicio de la libertad y autonomía personales debe estar siempre limitado por la evaluación de las consecuencias que las propias elecciones tienen sobre los otros, también sujetos de derecho.

La ponderada evaluación de las consecuencias de toda opción humana, sus posibilidades de construir y no destruir, de servir y no someter, deberían marcar los límites precisos del ejercicio de las libertades, también de la libertad de expresión.

Ésta nunca debería coartarse cuando se orienta al bien, la edificación mutua y la defensa de la vida y la dignidad humanas, pero debería restringirse a los límites que establece el ejercicio de la solidaridad, excluyendo todo intento de ser utilizada como arma destructiva o letal.

Las libertades de elección y expresión lo son verdaderamente cuando reconocen los límites que impone el imperativo del bien común y la salvaguarda de la dignidad humanas.

 

Dr. Julio Tudela Cuenca

Director del Observatorio de Bioética

 

Causas de la crisis contemporánea

Las muchas crisis que conmueven el mundo de hoy no constituyen sino múltiples aspectos de una sola crisis fundamental, que tienen su raíz en los más profundos problemas de alma, de donde se extienden a todos los aspectos de la personalidad del hombre contemporáneo y a todas sus actividades.

La decadencia de la Civilización cristiana se dio por etapas, siguiendo las disposiciones profundas de las almas a lo largo de un período de la historia, principalmente del Occidente.

A. Decadencia de la Edad Media

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Ya esbozamos en la Introducción del libro «Revolución y Contra-Revolución» los grandes trazos del proceso de decadencia de la Cristiandad. Es oportuno añadir aquí algunos pormenores.

Causas de la crisis contemporánea: el Renacimiento

El apetito de los placeres terrenos se va transformando en ansia. Las diversiones se van volviendo más frecuentes y más suntuosas.

En el siglo XIV comienza a observarse, en la Europa cristiana, una transformación de mentalidad que a lo largo del siglo XV crece cada vez más en nitidez. El apetito de los placeres terrenos se va transformando en ansia. Las diversiones se van volviendo más frecuentes y más suntuosas. Los hombres se preocupan cada vez más con ellas.

En los trajes, en las maneras, en el lenguaje, en la literatura y en el arte el anhelo creciente por una vida llena de deleites de la fantasía y de los sentidos, va produciendo progresivas manifestaciones de sensualidad y molicie. Hay un paulatino perecimiento de la seriedad y de la austeridad de los antiguos tiempos.

Causas de la crisis contemporánea: El caballero medieval se transforma en una especie de bufón

Todo tiende a lo risueño, a lo gracioso, a lo festivo. Los corazones se desprenden gradualmente del amor al sacrificio, de la verdadera devoción a la Cruz, y de las aspiraciones de santidad y vida eterna.

Todo tiende a lo risueño, a lo gracioso, a lo festivo. Los corazones se desprenden gradualmente del amor al sacrificio, de la verdadera devoción a la Cruz, y de las aspiraciones de santidad y vida eterna. La Caballería, otrora una de las más altas expresiones de la austeridad cristiana, se vuelve amorosa y sentimental, la literatura de amor invade todos los países, los excesos del lujo y la consecuente avidez de lucros se extienden por todas las clases sociales.

Tal clima moral, al penetrar en las esferas intelectuales, produjo claras manifestaciones de orgullo, como el gusto por las disputas aparatosas y vacías, por las argucias inconsistentes, por las exhibiciones fatuas de erudición, y lisonjeó viejas tendencias filosóficas, de las cuales triunfara la Escolástica, y que ahora, ya relajado el antiguo celo por la integridad de la Fe, renacían con nuevos aspectos.

El absolutismo de los legistas, que se engalanaban con un conocimiento vanidoso del Derecho Romano, encontró en Príncipes ambiciosos un eco favorable. Y pari passu se fue extinguiendo en grandes y pequeños la fibra de otrora para contener al poder real en los legítimos límites vigentes en los días de San Luis de Francia y de San Fernando de Castilla.

B. Pseudo-Reforma y Renacimiento

Causas de la crisis contemporánea: La soberbia de los renacentistas

El tipo humano, inspirado en los moralistas paganos, que aquellos movimientos introdujeron como ideal en Europa, así como la cultura y la civilización coherentes con este tipo humano, ya eran los legítimos precursores del hombre ávido de ganancias, sensual, laico y pragmático de nuestros días

Este nuevo estado de alma contenía un deseo poderoso, aunque más o menos inconfesado, de un orden de cosas fundamentalmente diverso del que había llegado a su apogeo en los siglos XII y XIII.

La admiración exagerada, y no pocas veces delirante, por el mundo antiguo, sirvió como medio de expresión a ese deseo.

Procurando muchas veces no chocar de frente con la vieja tradición medieval, el Humanismo y el Renacimiento tendieron a relegar la Iglesia, lo sobrenatural, los valores morales de la Religión, a un segundo plano.

El tipo humano, inspirado en los moralistas paganos, que aquellos movimientos introdujeron como ideal en Europa, así como la cultura y la civilización coherentes con este tipo humano, ya eran los legítimos precursores del hombre ávido de ganancias, sensual, laico y pragmático de nuestros días, de la cultura y de la civilización materialistas en que cada vez más nos vamos hundiendo.

Los esfuerzos por un Renacimiento cristiano no lograron aplastar en su germen los factores de los cuales resultó el triunfo paulatino del neopaganismo.

En algunas partes de Europa, este neopaganismo se desarrolló sin llevarlas a la apostasía formal. Importantes resistencias se le opusieron. E incluso cuando se instalaba en las almas, no osaba pedirles -al principio por lo menos- una ruptura formal con la Fe.

Causas de la crisis contemporánea: La rebelión de Lutero

El orgullo dio origen al espíritu de duda, al libre examen, a la interpretación naturalista de la Escritura. Produjo la insurrección contra la autoridad eclesiástica

Pero en otros países embistió abiertamente contra la Iglesia. El orgullo y la sensualidad, en cuya satisfacción está el placer de la vida pagana, suscitaron el protestantismo.

El orgullo dio origen al espíritu de duda, al libre examen, a la interpretación naturalista de la Escritura. Produjo la insurrección contra la autoridad eclesiástica, expresada en todas las sectas por la negación del carácter monárquico de la Iglesia Universal, es decir, por la rebelión contra el Papado. Algunas, más radicales, negaron también lo que se podría llamar la alta aristocracia de la Iglesia, o sea, los Obispos, sus Príncipes. Otras negaron incluso el propio sacerdocio jerárquico, reduciéndolo a una mera delegación del pueblo, único detentor verdadero del poder sacerdotal.

En el plano moral, el triunfo de la sensualidad en el protestantismo se afirmó por la supresión del celibato eclesiástico y por la introducción del divorcio.

C. Revolución Francesa

Causas de la crisis contemporánea: La decapitación de Luis XVI en la Revolución francesa

La obra política de la Revolución Francesa no fue sino la transposición, al ámbito del Estado, de la “reforma” que las sectas protestantes más radicales adoptaron en materia de organización eclesiástica

La acción profunda del Humanismo y del Renacimiento entre los católicos no cesó de dilatarse en una creciente cadena de consecuencias en toda Francia. Favorecida por el debilitamiento de la piedad de los fieles -ocasionado por el jansenismo y por los otros fermentos que el protestantismo del siglo XVI desgraciadamente había dejado en el Reino Cristianísimo- tal acción tuvo por efecto en el siglo XVIII una disolución casi general de las costumbres, un modo frívolo y brillante de considerar las cosas, un endiosamiento de la vida terrena, que preparó el campo para la victoria gradual de la irreligión. Dudas en relación a la Iglesia, negación de la divinidad de Cristo, deísmo, ateísmo incipiente fueron las etapas de esa apostasía.

Profundamente afín con el protestantismo, heredera de él y del neopaganismo renacentista, la Revolución Francesa realizó una obra del todo y en todo simétrica a la de la Pseudo-Reforma. La Iglesia Constitucional que ella, antes de naufragar en el deísmo y en el ateísmo, intentó fundar, era una adaptación de la Iglesia de Francia al espíritu del protestantismo. Y la obra política de la Revolución Francesa no fue sino la transposición, al ámbito del Estado, de la “reforma” que las sectas protestantes más radicales adoptaron en materia de organización eclesiástica:

  • – rebelión contra el Rey, simétrica a la rebelión contra el Papa;
  • – rebelión de la plebe contra los nobles, simétrica a la rebelión de la “plebe” eclesiástica, es decir, de los fieles, contra la aristocracia de la Iglesia, es decir, el Clero;
  • – afirmación de la soberanía popular, simétrica al gobierno de ciertas sectas, en mayor o menor medida, por los fieles.

D. Comunismo

Causas de la crisis contemporánea: La rebelión de la Sorbonne

La Revolución de la Sorbonne en 1968 difundió por todo el mundo un espíritu anárquico y libertario

En el protestantismo nacieron algunas sectas que, transponiendo directamente sus tendencias religiosas al campo político, prepararon el advenimiento del espíritu republicano.

San Francisco de Sales, en el siglo XVII, previno contra estas tendencias republicanas al Duque de Saboya (cfr. Sainte-Beuve, “Études des lundis” – XVII ème siècle – Saint François de Sales”, Librairie Garnier, París, 1928, p. 364). Otras, yendo más lejos, adoptaron principios que, si no pueden ser llamados comunistas en todo el sentido actual del término, son por lo menos pre-comunistas.

De la Revolución Francesa nació el movimiento comunista de Babeuf. Y más tarde, del espíritu cada vez más vivaz de la Revolución, irrumpieron las escuelas del comunismo utópico del siglo XIX y el comunismo llamado científico de Marx.

¿Y qué hay de más lógico? El deísmo tiene como fruto normal el ateísmo. La sensualidad, sublevada contra los frágiles obstáculos del divorcio, tiende por sí misma al amor libre. El orgullo, enemigo de toda superioridad, habría de embestir contra la última desigualdad, es decir, la de fortunas. Y así, ebrio de sueños de República Universal, de supresión de toda autoridad eclesiástica o civil, de abolición de toda Iglesia y, después de una dictadura obrera de transición, también del propio Estado, ahí está el neo-bárbaro del siglo XX, producto más reciente y más extremado del proceso revolucionario.

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El tomate y su valor alimenticio

Recuerdo que el tomate (Solanum lycopersicum, familia Solanaceae) es originario de América Central y del Sur; su uso como alimento nació en México, extendiéndose por todo el mundo después de la colonización de las Américas por los europeos. Sus muchas variedades ahora se cultivan ampliamente a veces en invernaderos en regiones de climas más fríos. 

El tomate es una atractiva fruta, aunque se suele utilizar como verdura en ensaladas y platos calientes y es apreciada por su sabor

 

Es un ingrediente de uso frecuente en dietas de adelgazamiento además de poseer otras muy importantes propiedades funcionales, que benefician la salud

El tomate tiene bajo tenor calórico, propiedades diuréticas por contener mucha agua, y vitamina C, que mejora el sistema inmunológico y la absorción de hierro ingerido con otros alimentos.

El principal beneficio que el tomate aporta para la salud es ayudar a prevenir el cáncer, especialmente el de próstata, porque contiene buenas cantidades de licopeno, el cual es más biodisponible cuando se lo cocina o se lo consume en forma de salsa.

Los tomates son ricos en licopeno, un pigmento carotenoide (los carotenoides son los pigmentos sintetizados durante la maduración del fruto y responsables de su color rojo) que ejerce una poderosa acción antioxidante en el organismo, protegiendo a las células del efecto de los radicales libres, especialmente las de la próstata.

Los tomates no engordan porque son bajos en calorías y casi no tienen grasa. Por otro lado, tanto los estudios in vitro como in vivo han dilucidado el potencial de los tomates contra una variedad de síndromes metabólicos. Las últimas investigaciones destacan la relación entre el consumo de estas frutas y sus productos, con un riesgo reducido de diversas enfermedades como la obesidad, los atributos hiperglucémicos e hipercolesterolémicos.

La composición y el valor nutricional del tomate están atrayendo cada vez más atención e interés tanto de los consumidores como de los productores. El interés en mejorar la calidad de las frutas con respecto a los nutrientes beneficiosos y los componentes de sabor y aroma se basa no solo en su valor económico agregado sino también en sus implicaciones que involucran propiedades organolépticas y saludables, y ha generado un considerable interés de investigación entre las industrias nutracéutica y hortícola. Algunos de los estudios más relevantes basados en la aplicación de RMN (Resonancia magnética nuclear) acoplada a análisis estadístico en el sector agroalimentario, puede generar datos completos sobre las redes metabólicas, y está allanando el camino hacia la comprensión de las variables que afectan a los cultivos de tomate y su composición como el origen, la variedad, el riego con agua salada, las técnicas de cultivo, las etapas de desarrollo, entre muchos otros. Tal conocimiento es útil para mejorar la calidad de la fruta a través de prácticas culturales que desvían el metabolismo hacia las vías deseadas y, probablemente más importante, impulsa mayores esfuerzos hacia la diferenciación de aquellos cultivos desarrollados bajo condiciones agronómicas controladas y deseadas.

 

Jesús Domingo

 

Teoría extravagante: luchar contra los grandes errores dejándolos caer en el olvido

 

Teoría extravagante: Luchar contra los errores olvidándolos

Encapuchados profanan y destruyen el Cristo de la iglesia de la Gratitud Nacional en Santiago

Circula con cierta frecuencia una teoría extravagante. Toda ideología, cuando se la contraría frontalmente, se desarrolla. Por eso, cuando queremos luchar contra una idea, debemos en primer lugar no atacarla de frente. La contradicción actúa sobre las ideas como el viento sobre las brasas. (Dicen ellos) No es con el viento, sino con la ceniza que las brasas se extinguen. No se sofocan los grandes errores atacándolos, sino dejándolos caer en el olvido.

Esta misma táctica es recomendada ‒ comentamos‒ con relación a los actos blasfemos y, en general, a todos los ataques contra los principios más sagrados.

En apoyo a esta tesis, se invoca un ejemplo: ¿qué consiguieron contra de la Iglesia naciente las primeras persecuciones? Sólo excitaron las convicciones de los fieles.

Luchar contra los errores olvidándolos

No faltaron quienes quisieron silenciar la indignación del público ante el sacrilegio en la Catedral de Santiago

No se puede negar que, en algunas circunstancias muy especiales, el olvido es la mejor manera de combatir ciertas doctrinas. No es por esto que se deba adoptar, como norma común de prudencia, el principio de que la mejor manera de extinguir los incendios es dejarlos propagarse libremente, ignorándolos completamente.

A esta reflexión se añade otra. Los mayores historiadores de la Iglesia afirman que las persecuciones constituyeron una prueba terrible que, humanamente hablando, habría aniquilado el Catolicismo. Si éste no zozobró, su triunfo no se debe a razones humanas, sino a motivos sobrenaturales. Visto así el problema, se deduce que, humanamente hablando, la táctica de los Nerón y Calígula no fue mala: era excelente, y tan excelente que sólo por un milagro no alcanzó su fin.

Y es lógico. Porque, de lo contrario, si la Iglesia es un árbol que sólo crece y florece a golpes de hacha, los grandes benefactores del catolicismo serían los Nerón, los Calígula, los Stalin y los Hitlers.

Nadie llevaría la locura al punto de suscribir esta tesis.

Plinio Corrêa de Oliveira

 

La Canciller Merkel

En el Monasterio de Yuste se ha celebró un día del pasado octubre la entrega del Premio Europeo Carlos V. El galardón fue para la Canciller alemana, Angela Merkel. Recuerdo que hace quince años su mentor, Helmut Kohl, recibió ese mismo Premio y por la misma razón: su compromiso con Europa y con el proyecto de la Unión Europea.

La Canciller alemana dejará su puesto en cuanto se constituya el nuevo gobierno alemán. Nacida en la Alemania del Este y testigo privilegiado de la unificación tras el derrumbe del Muro de Berlín, Merkel ha servido a Europa como lo han hecho los grandes líderes alemanes desde Konrad Adenauer hasta nuestros días. Europa es para la tradición democristiana un santo y seña, un proyecto central e identitario. Y Merkel ha sido fiel a ese proyecto. El rey de España lo reconocía con su presencia y sus palabras, en las que destacaba su búsqueda del compromiso frente al enfrentamiento, al servicio de una Europa unida. El discurso de Merkel en Yuste lo ratificaba.

Domingo Martínez Madrid

 

De lo que no habla del CIS

Los suicidios en España siguen aumentando de forma alarmante, hasta el punto de convertirse en la primera causa de muerte no natural en la población adulta, y la principal causa de fallecimiento entre los jóvenes. El 2019 se produjo un incremento del 3,7% respecto del año anterior. De cada 10 suicidas, siete son varones. Otro dato terrible es que 175 de los suicidios fueron de personas menores de 25 años, franja en la que los suicidios se producen por encima de la media. Tal vez sea propio de una sociedad moderna, pero no deja de ser muy preocupante y más que se hable tan poco de ello.

Jesús Martínez Madrid

 

A más de un millón de personas al año

En España, la Iglesia católica cuenta con cerca de mil obras sanitarias, incluyendo centros para crónicos, personas con discapacidad y casas para ancianos, donde se atiende a más de un millón de personas al año. Casos puntuales de mala gestión o elitismo no pueden ensombrecer esa gran labor, que es servicio público y es evangelización. Es lo que quiere prevenir el Papa Francisco, facilitando a estos centros los recursos para que prosigan la misión conforme a sus principios fundacionales, en fidelidad, dice el Pontífice, a “su finalidad exclusivamente benéfica, según los dictados de la doctrina social”.

Jesús D Mez Madrid

 

Andalucía: “La más vieja de Occidente”

 

                           Andalucía se caracteriza por la propia indiferencia de la inmensa mayoría de su población; y peor aún, “la de los políticos y enseñantes que cobran del dinero público”; no saben o ignoran; tristemente al igual que sus habitantes, “tan fanáticos de sus vírgenes, santos y equipos de fútbol”; de los muchos valores y riquezas, de esta tierra, siempre colonizada por intereses foráneos; su pasividad incluso defensiva, su apatía en general, aquí se vive cada cual como puede; (“pelotilleando o chaqueteando al poder gran cantidad de ellos”) y les da igual, “ocho que ocho mil”: La prueba sigue en la actualidad, puesto que siendo el territorio más extenso, y poblado de España; y bien situado en la geografía mundial, amén de sus infinitas riquezas materiales; “los que dicen representarla en esos parlamentos o gallineros nacionales, no dan palo al agua; y siempre terminamos los andaluces, recibiendo como mucho, limosnas nacionales”. Por el contrario, los “vascongados”, que son una mínima expresión del territorio nacional, con sus argucias y violencias, siempre (incluso con Franco) “han sabido ordeñar” la tesorería nacional e incluso, mantener privilegios absurdos, dentro de una Constitución nacional, que dice que todos los españoles somos iguales”. Añadamos también a los catalanes, como similares “ordeñadores de los bienes públicos españoles”. Si tuviesen estos rebeldes separatistas, la cuarta parte de la historia de Andalucía, seguro que se consideraban algo así, como “los dioses del continente”.

                           ¿Pero por qué titulo como lo he hecho?

                           La historia de Andalucía, se remonta aun antes del momento más señero de la propia Grecia, que es considerado el período de Pericles (495 a. C.- 429 a. C.) y tomo como referencia el reinado de Salomón; (1) quinientos años antes; por cuanto en la Biblia se dice, que este rey mantiene relaciones con el reino de “Tarsis”; por cuanto se deduce que las tuvo, con los reyes de Tartessos, antecesores de Argantonio; el que continuaba con relaciones internacionales, como la que se recoge tuvo con los griegos de Focea (Foça, actualmente en Turquía) a los que prestó plata; todo lo cual demuestra, “relaciones comerciales y de alto nivel en la época”. Hay mucha historiografía sobre este reino; cuyas leyes se escribían en poesía y cuyo arte, se demuestra, principalmente con el tesoro del Carambolo (2); continuado con los pueblos íberos o iberos y turdetanos, los que también nos legan “alfabetos propios” (dos) y un arte y costumbres bastante bien datados, como ya pueblos avanzados, por cuantas muestras de ellos hay en los museos (principalmente en el museo de mi ciudad, Jaén) nacionales e internacionales. Pero todo ello lo tapan los invasores que más adelante relato, pero en los que influye el importante, “fondo cultural”; de una civilización ya milenaria. Ello es lo constante en “la historia del mono humano”, “conquista pero a su vez es conquistado por todo lo que asume de los territorios que cree haber conquistado, pero que en realidad, son culturas que se funden perfectible o imperceptiblemente; y esa es la verdadera historia del todo que pertenece a todos, en un fondo común que no es de nadie en particular, puesto que el individuo poco cuenta, en ese todo”.

                           Tras Tartesos, íberos-iberos; empiezan las invasiones, de fenicios, judíos, cartagineses y romanos y ya tenemos “otro milenio de historia”. Tras los romanos, nos vienen “los bárbaros del norte”, los musulmanes, que van a dominar aquí, desde el 711 al 1492. Tras la importante dominación de los reyes de Castilla y Aragón (artífices del Imperio Español y lo más importante: del idioma ESPAÑOL) cuyas huestes se adueñan de Andalucía; y así sus herederos, van a continuar hasta cuasi la actualidad. Tras “los castellanos”, nos vienen los reyes extranjeros (Austrias y Borbones) que salvo alguna excepción, lo que vienen, es a; “comerse el Imperio y España”; y así llegamos a Franco y luego, a lo que aquí dicen que es “una transición”; pero Andalucía, sigue siendo una colonia que explotan desde Madrid, Vascongadas, Cataluña y otros menos destacados; como hoy son “la banca, el dinero multinacional y las religiones, amén de los partidos políticos, que ninguno ha destacado ni destaca por los intereses netamente andaluces”; y así seguimos. Los políticos nativos, son meros comparsas del que mande en Madrid o Sevilla; sólo defienden en mayoría y sálvese el que pueda, “su panza y su bolsillo”; pues ya dije y mantengo que aquí, hay riquezas inagotables.

                           Paralelamente, destaco tres hechos que figuran en primera línea en la historia mundial y que tienen lugar en Andalucía; El ya establecido aquí; y controlando “gran cantidad de las tribus iberas”, el caudillo cartaginés, Aníbal; que casa en tierras de la que hoy es mi provincia (Jaén) con Imilce, princesa hija de un reyezuelo cuya capital fue “Cástulo”; pero el que rico en “plata y hombres”; le era muy interesante  al cartaginés, para ir a conquistar Roma de la que ya está en camino y; por la dote, “en plata, hombres y pertrechos”, que consiguió de aquel rey; por matrimoniar con la hija. 

                           Más de mil años después, es también en la provincia de Jaén, donde va a tener lugar la más importante batalla contra el Islam; y al que debilita para tres siglos después; ser expulsado de Europa (1212 batalla de Las Navas de Tolosa); y seis siglos después, es también aquí y cercano al lugar antes mentado (Bailén) es donde se derrota por primera vez, a los “invencibles” ejércitos de Napoleón (batalla de Bailén, 19 de Julio de 1808).

                           Y finalmente algo muy importante; pese a todas estas tragedias o avatares históricos; "el pueblo andaluz”, es de los más cosmopolitas de todo el planeta, puesto que aquí, “nadie es extraño o se aísla como tal”, siempre que sepa como nosotros los andaluces, “vivir y dejar vivir”; y es lo que fue y sigue siendo felizmente Andalucía en la actualidad; nos da igual el color de piel o a qué dios reza, tenga más o menos dinero, pero que viva de su trabajo; y ello se puede demostrar por cualquiera que con un mínimo caletre; recorra las tierras y costas de Andalucía; donde y debido a su larguísima historia, “aquí se encuentran los mejores yantares del mundo, junto con los mejores vinos y resto de viandas”; que es por lo que vienen en masa a estar aquí y muchos quedarse (hay ya algún municipio, donde la mayoría de votantes eran extranjeros, que luego se afincaron aquí) puesto que el clima o los climas, los tenemos todos o casi todos; destacando una provincia que tiene todos los de Europa, menos claro está, “los del Círculo Polar”, es Granada, que junto a Málaga, Almería y el Cádiz Mediterráneo, tienen zonas, donde ya se está empezando a cultivar… “hasta el café”.

 

                           Y por mi parte, termino aquí; pero invito al interesado por saber de Andalucía, que, siga buscando, puesto que la historia andaluza es muy larga, “larguísima”; y sólo con un ordenador conectado a Internet; tiene para muchos años, recorrer y viajar por una de las señeras zonas del planeta, que marcaron e influyeron en la historia mundial. Pero que hoy y salvo investigadores “señalados”, es “la gran desconocida del mundo mundial”.

                      Solo un dato, para los habitantes de; “la que fuera América Española”; el español que allí hablan, les llegó por la influencia de los primeros tiempos de LA COLONIZACIÓN (y no olviden esta palabra que fue más importante que la otra que usan, muchos con desprecio, o sea CONQUISTA (3) por aquel muy joven IDIOMA ESPAÑOL, que les llegó, por los miles y miles de andaluces, que fueron a colonizar aquellas inmensas tierras, con Colón y “tras Colón”; ya que durante siglos, las expediciones salían de puertos andaluces; donde aquellos andaluces, también dejaron con su idioma, sus saberes y su propia sangre; para lograr el fabuloso mestizaje que hoy puebla más de veinte países, incluidos los orgullosos “USA” ( ya, segundo país de habla española); reconozcamos también, lo que aquellos pueblos y tierras, no sólo dieron a Andalucía (que fue la primera en recibirlos) sino también al resto de Europa, incluso al mundo, por ejemplo, “la papa o patata, que tanta hambre quitó al mono humano”. Amén.

                           

(1) Argantonio (c. 670 a. C. – 550 a. C.) fue el último rey tartésico, único del que se tienen referencias históricas. Debido a su longevidad, hay historiadores que piensan que podría tratarse no de un rey, sino de una dinastía, ya que se le atribuyen tesoros con unos 300 años de diferencia. Aparece en fuentes griegas por su relación militar y comercial con Focea, colonia de los griegos en Asia Menor. Argantonio es el primer monarca histórico peninsular citado por las fuentes de la Antigüedad. Las únicas referencias sobre su figura se encuentran en los textos de Anacreonte (s. VI a. C.) y Heródoto (s. V a. C.), quienes le atribuyen una vida de ciento veinte años y un reinado de ochenta. Los historiadores sitúan su reinado entre 630 y 550 a. C., por lo que se considera el 670 a. C. como fecha aproximada de su nacimiento. Su reinado supone el apogeo de la cultura tartésica. El nombre de Argantonio (Hombre de plata), que revela su origen indoeuropeo, aparece en las fuentes griegas ligado a la riqueza minera de su reino (bronce y plata), con la cual prestó ayuda a los focenses para financiar la fortificación de Focea contra la amenaza persa. Se dice que envió hasta 1500 kilos de plata a sus aliados. Como testimonio vivo entre otras, está la ciudad de Cádiz (antes Gades) que ya cumplió los tres milenios  y sigue pujante.

(2) Tesoro del Carambolo: ver aquí: https://www.nationalgeographic.es/historia/2018/04/desvelado-el-origen-del-misterioso-tesoro-de-el-carambolo

 

(3) La primera universidad europea que se funda en toda América, fue en la isla “La Española”: (La más grande del Caribe, tras la de Cuba) La hoy conocida como “UASD”, que es una universidad pública en la República Dominicana. Era una universidad religiosamente afiliada a la iglesia católica de la orden dominicana. Inicialmente fue sede de cuatro facultades: Medicina, Derecho, Teología y Artes, y se inspiró en la Universidad Alcalá de Henares (Universidad de Alcalá) en España. Se fundó en 1538 con el nombre de Universidad Santo Tomás de Aquino a través de la Bula Papal «En Apostolatus Culmine» por el Papa Paulo III. Cuando los invasores ingleses fundan “su primer colegio, que no universidad”, han transcurridos varios siglos, y ya hay en la “América Española”, muchas universidades más, gracias a aquella colonización, que reitero; no fue sólo pensada para explotar territorios (como ingleses, franceses, belgas, holandeses y otros hicieron) sino para ampliar “los súbditos de la corona de España” para lo que aquellos “reyes católicos”, arbitraron leyes iguales a las de la península. ¿Qué estas se violaron en muchos casos y hubo abusos y latrocinios? ¡¡¿Es que hoy mismo no los hay y en gran parte del mundo y producidos por “los que mandan”?!!

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)