Las Noticias de hoy 27 Septiembre 2021

Enviado por adminideas el Lun, 27/09/2021 - 11:57

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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 27 de septiembre de 2021    

Indice:

ROME REPORTS

Ángelus. El Papa: en lugar de juzgar todo y todos, ¡cuidado con nosotros mismos!

Migrantes, el Papa: sin prejuicios, no cerremos las puertas a la esperanza

Francisco: padre Fornasini, el "párroco celante de la caridad"

Papa: carrera armamentística nuclear es un desperdicio de recursos preciosos

EL SENTIDO CRISTIANO DEL DOLOR : Francisco Fernandez Carbajal

Evangelio del lunes: aspirar a algo grande

“Lucha contra esa flojedad” : San Josemaria

Un nuevo aniversario de la beatificación de Álvaro del Portillo

Algo grande y que sea amor (X): ¡Somos apóstoles! : José Manuel Antuña

Mons. Álvaro del Portillo, fiel sucesor de san Josemaría : Mons. Javier Echevarría

Los verdaderos héroes | La vida es para servir : José Martínez Colín

Construyendo la confianza en el matrimonio : Sergio Cazadero

Las primeras decisiones : encuentra.com

Familia, desarrollo y cambio social. Claves para un estudio interdisciplinario I [1] : Luis Álvarez Colín

Para introducir sus obsesiones ideológicas : Jesús D Mez Madrid

La Palma, los palmeros y “su volcán”  : Antonio García Fuentes

 

 

ROME REPORTS

 

 

Ángelus. El Papa: en lugar de juzgar todo y todos, ¡cuidado con nosotros mismos!

Estamos llamados a “vigilar nuestro corazón” para no sucumbir al mal y dar escándalo a los demás. Palabras de Jesús que el Papa recordó a la hora del Ángelus, llamando a todos los cristianos a estar “atentos a la cerrazón” que es “la raíz de muchos males en la historia”. Atentos también debemos estar a la cerrazón de la Iglesia, advierte Francisco, porque “el diablo siempre insinúa sospechas para dividir y excluir”.

Como cada domingo el Papa Francisco se asomó a la ventana del Palacio Apostólico Vaticano para rezar junto con los fieles presentes en la Plaza de San Pedro la oración mariana del Ángelus y compartir su comentario al Evangelio del día, hoy, Marcos, (9,38-43.45.47-48), que nos habla de un breve diálogo entre Jesús y Juan.

Llamados a vigilar nuestro corazón

Francisco comenzó haciendo presente que Juan habla “en nombre de todo el grupo de discípulos”. Ellos habían visto a un hombre “que expulsaba demonios en el nombre del Señor, pero se lo impidieron porque no formaba parte de su grupo”. En este punto, -siguió diciendo el Papa - Jesús invita a no obstaculizar a los que hacen el bien, porque contribuyen a la realización del plan de Dios. Y luego, “los amonesta”: 

En lugar de dividir a las personas en buenos y malos, todos estamos llamados a vigilar nuestro corazón, para no sucumbir al mal y dar escándalo a los demás.

La tentación de la cerrazón

El Santo Padre explicó que las palabras de Jesús “revelan una tentación y ofrecen una exhortación”: 

La tentación es la de la cerrazón. Los discípulos querrían impedir una buena obra sólo porque la persona que la ha realizado no pertenece a su grupo. Creen que tienen "derechos exclusivos sobre Jesús" y que son los únicos autorizados a trabajar por el Reino de Dios. Pero así acaban sintiéndose privilegiados y consideran a los demás como extraños, hasta el punto de volverse hostiles hacia ellos. 

El diablo siempre insinúa sospechas para dividir y excluir

Así, el Papa constató que, de hecho, toda cerrazón “hace tener a distancia a los que no piensan como nosotros”. Y esto “es la raíz de muchos de los grandes males de la historia - afirmó -: del absolutismo que muchas veces ha generado dictaduras y de tantas violencias hacia el que es diferente”. En este punto, el Papa Francisco realizó una advertencia: también debemos estar atentos a la cerrazón en la Iglesia, porque el diablo, “que es el divisor -esto es lo que significa la palabra ‘diablo’, que 'hace la división'- siempre insinúa sospechas para dividir y excluir a la gente”. 

Lo intenta con astucia, y después puede pasar como con aquellos discípulos, que llegan a excluir incluso a los que habían expulsado al propio diablo. 

Ojo con la mentalidad de “nido”

A veces también nosotros, continuó el Papa, “en lugar de ser comunidades humildes y abiertas, podemos dar la impresión de ser ‘los mejores de la clase’ y mantener a los demás a distancia”:en lugar de intentar caminar con todos, - advirtió nuevamente - podemos mostrar nuestra "licencia de creyentes": "Yo soy católico, yo soy católica", "Yo pertenezco a esta asociación, a aquella..." Y los demás son unos pobrecitos, ¡no! Esto es un pecado: exhibir la "licencia de creyentes" para juzgar y excluir. De ahí que invitase a todos los fieles a pedir “la gracia de superar la tentación de juzgar y catalogar”, añadiendo que Dios “nos preserve de la mentalidad de ‘nido’”, es decir, la de “guardarnos celosamente en el pequeño grupo de los que se consideran buenos”: 

El sacerdote con sus fieles seguidores, los agentes de pastoral cerrados entre sí para que nadie se infiltre, los movimientos y asociaciones en su carisma particular, y así sucesivamente. Cerrados. Todo esto corre el riesgo de convertir a las comunidades cristianas en lugares de separación y no de comunión. 

El Espíritu Santo – reiteró el Papa – no quiere cerrazones; quiere apertura, comunidades acogedoras donde haya lugar para todos.

El riesgo de ser inflexible con los demás e indulgente con uno mismo

Tras hablar de la tentación revelada por Jesús, el Santo Padre habló de la exhortación que el Maestro nos hace: 

En lugar de juzgar todo y a todos, ¡tengamos cuidado con nosotros mismos! De hecho, el riesgo es ser inflexible con los demás e indulgente con nosotros mismos. Y Jesús nos exhorta a no pactar con el mal, con imágenes impactantes: "Si algo en ti es motivo de escándalo, ¡córtalo!". No dice: "Piénsalo, mejóralo un poco...". No: "¡Córtalo!" Si algo te hace mal, ¡córtalo! No dice "si algo es motivo de escándalo, detente, piensa un poco, mejora un poco...¡no! "¡Córtalo, de inmediato!". 

Una poda para crecer mejor y dar fruto

“Jesús es radical en esto, exigente, pero para nuestro bien, como un buen médico” afirmó inmediatamente Francisco, que explicó que “cada corte, cada poda, es para crecer mejor y dar fruto en el amor”. Y antes de llamar a la oración a la Virgen Inmaculada para que “nos ayude a ser acogedores con los demás y vigilantes con nosotros mismos”, invitó a hacernos una pregunta: 

“¿Qué hay en mí que sea contrario al Evangelio? ¿Qué es lo que, concretamente, quiere Jesús que reduzca en mi vida?”

Sin prejuicios ni miedos, caminar al lado de los vulnerables

En el momento de los saludos, tras rezar a la Madre de Dios, el Papa Francisco hizo presente que hoy se celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, bajo el lema: “Hacia un nosotros cada vez más grande” y dijo: 

Es necesario caminar juntos, sin prejuicios y sin miedos, al lado de los más vulnerables: los migrantes, los refugiados, los desplazados, las víctimas de la trata y los abandonados. Estamos llamados a construir un mundo cada vez más inclusivo que no excluya a nadie.

Además, se unió a cuantos, en varias partes del mundo, están celebrando esta jornada, y saludó en particular a los fieles reunidos en Loreto con motivo de la iniciativa de la Conferencia Episcopal Italiana en favor de los migrantes y refugiados. También a agradeció a las diferentes comunidades étnicas presentes en la Plaza, a los representantes del proyecto "APRI" de Caritas Italiana, así como a la Oficina de Migrantes de la Diócesis de Roma y al Centro Astalli. A todos la gratiud del Papa “por su generoso compromiso”.

También invitó a los fieles presentes en la plaza a acercarse al monumento en bronce en la plaza, la barca con los migrantes, exhortándolos a mirar a esas personas y a ver en sus miradas “la esperanza que tiene hoy todo migrante de recomenzar a vivir”. 

“Vayan allí. Vean ese monumento. No cerremos las puertas a su esperanza”, pidió.

El monumento a los migrantes en la plaza de San Pietro

 

 

 

Migrantes, el Papa: sin prejuicios, no cerremos las puertas a la esperanza

Tras el Ángelus, el llamamiento de Francisco para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, "estemos al lado de los más vulnerables", con una invitación a situarse junto al monumento de la Plaza de San Pedro dedicado a los que huyen de su patria.

 

Salvatore Cernuzio - Ciudad del Vaticano

"Caminar juntos sin prejuicios y sin miedo, estando al lado de los más vulnerables". En la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, el Papa Francisco vuelve a invitar a toda la humanidad -no sólo a los creyentes- a tender la mano a estas personas que sufren: "Migrantes, refugiados, desplazados, víctimas de la trata y abandonados". El camino a seguir es "Hacia un Nosotros cada vez más grande", que es precisamente el tema de la jornada de hoy.

Sin excluir a nadie

Desde la ventana del Palacio Apostólico, tras la catequesis del Ángelus, en la que ya había reiterado la invitación a ser "comunidades humildes y abiertas", el Pontífice lanzó un claro llamamiento.

Francisco dice unirse espiritualmente a quienes en las distintas partes del mundo celebran esta Jornada, instaurada por la Iglesia en 1914 y que se celebra en todo el mundo el último domingo de septiembre. En particular, el Papa saluda a los fieles reunidos en Loreto con motivo de la iniciativa de la Conferencia Episcopal Italiana en favor de los migrantes y refugiados, que culminó con una misa nacional en la basílica papal presidida por monseñor Pietro Coccia, presidente de la Conferencia Episcopal de las Marcas.

A continuación, Francisco saludó y agradeció a las distintas comunidades étnicas presentes en la Plaza de San Pedro con banderas de distintos tamaños y colores. También saludó al Ufficio Migrantes de la Diócesis de Roma, al Centro Astalli y a los representantes de "APRI", el proyecto de Caritas Italiana (el nombre es un acrónimo de los cuatro verbos indicados por el Papa: "Accogliere, proteggere, promuovere e integrare", en italiano), que prevé la acogida de migrantes y refugiados en las diócesis italianas que ofrecen su disponibilidad.  "¡Gracias a todos por su generoso compromiso!", dice Francisco.

Por último, el Papa pide a todos los presentes que, antes de abandonar la Plaza de San Pedro, se acerquen al monumento "Angel Unwares", una escultura de mármol negro realizada por el artista canadiense Timothy Schmalz, inspirada por el cardenal Michael Czerny, subsecretario de la sección de Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, inaugurado en 2019 por el propio Pontífice. Realizada a tamaño natural, representa a un grupo de inmigrantes y refugiados de diferentes orígenes culturales y períodos históricos, todos juntos en una balsa. Una copia ha sido expuesta en Estados Unidos. En la Plaza de San Pedro está colocada en la columnata de la derecha, mirando a la Basílica, como advertencia y mensaje sobre el drama de las migraciones, con una clara referencia a las palabras del Apóstol Pablo en la Carta a los Hebreos: “No se olviden de mostrar hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”.

Detenerse en la mirada de los migrantes

Junto al monumento, a lo largo del Ángelus de hoy, se encuentran el cardenal Czerny y el padre Fabio Baggio, también subsecretario del Dicasterio, junto a los participantes en la marcha promovida por Cáritas Italiana, en la que también participan otras organizaciones como la Fundación Migrantes, San Egidio, la Red Franciscana de Migrantes, el Movimiento Laudato si' y otras. Señalándolos, el Papa dijo:

"Antes de abandonar la plaza, les invito a que se acerquen a ese monumento que hay allí, donde está el cardenal Czerny: la barca con los migrantes, y a que se detengan en la mirada de esas personas y capten en esa mirada la esperanza que hoy tiene todo migrante de volver a vivir. Vayan allí. Vean ese monumento. No cerremos las puertas a su esperanza".

 

Francisco: padre Fornasini, el "párroco celante de la caridad"

Tras la oración mariana, el Papa recordó la beatificación hoy en Bolonia del padre Giovanni Fornasini, asesinado a los 29 años por los nazifascistas en San Martino di Caprara, uno de los lugares del Monte Sole donde se produjeron las matanzas del Marzabotto. El padre Angelo Baldassarri, responsable del Comité de Beatificación, resaltó su caridad y fraternidad. "No fue superhéroe, sino un ejemplo, incluso para los jóvenes de hoy, de cómo superar las dificultades de la vida".

 

Benedetta Capelli - Ciudad del Vaticano

Un aplauso se levanta de la multitud de fieles en la Plaza de San Pedro cuando el Papa Francisco, después del Ángelus, habla de la beatificación esta tarde en Bolonia del padre Giovanni Fornasini, sacerdote y mártir, un testigo al que mirar -subraya- en los momentos difíciles de la vida.

Párroco celante de la caridad, no abandonó a su rebaño en el trágico período de la Segunda Guerra Mundial, sino que lo defendió hasta el derramamiento de sangre. Que su heroico testimonio nos ayude a afrontar las pruebas de la vida con entereza. 

Levadura para sus feligreses

"Queremos ser la levadura que trabaja oculta en las masa, para la masa". Este es el objetivo de la "República de los Ilusos", nacida el 5 de abril de 1942 como proyecto de vida de unos seminaristas. Una alianza en nombre de Jesús, "el mayor iluso de la historia": escriben estos jóvenes, futuros sacerdotes, dispuestos a sostenerse en un tiempo oscuro como la guerra. Entre ellos está el P. Giovanni Fornasini, que, como los demás, pretende convertirse en "un santo sacerdote". Nunca fue tan profética la definición de su persona.

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Hoy la Iglesia lo elevará al honor de los altares en la misa de beatificación presidida en Bolonia por el cardenal Marcello Semeraro, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. El Papa Francisco reconoció su martirio el pasado mes de enero. El padre Giovanni murió el 13 de octubre de 1944 in odium fidei a la edad de 29 años, asesinado por los nazifascistas mientras llevaba los sacramentos a los moribundos en el cementerio de San Martino di Caprara, lugar de otra masacre en Monte Sole. 

Un párroco joven y generoso

"Fue solo un buen sacerdote, hasta el final, que se pensó con su gente, que no tuvo miedo porque su amor al Señor era más que el miedo". Así es como el cardenal Matteo Zuppi, arzobispo de Bolonia, trazó el perfil de Don Giovanni Fornasini, nacido en Pianaccio di Lizzano en Belvedere, en los Apeninos boloñeses, el 23 de febrero de 1915. Diez años más tarde, la familia se trasladó a Porretta Terme y allí el joven creció en la oración y la fe, hasta el punto de querer ser sacerdote. En 1931 inició un viaje al seminario, marcado por la fatiga del estudio y la mala salud. Se hizo sacerdote en 1942 y fue enviado a Sperticano, una pequeña comunidad de 333 habitantes cerca de Marzabotto, donde permaneció hasta su muerte. Algunos todavía lo llaman "el ángel de Marzabotto", otros el "curita" que ofreció su vida para salvar a otros.

La caridad que lo comprometió

"Fue un sacerdote -dice don Angelo Baldassarri, responsable del Comité para la beatificación de don Giovanni Fornasini- que en tiempo de guerra trató de hacer de su parroquia una comunidad acogedora, atenta a los pequeños, a los chicos, al servicio, a la oración. Luego, cuando la guerra llegó a casa, sintió el deseo y la necesidad de ayudar a todos los necesitados. Es una caridad silenciosa, sin distinciones, que al final le compromete, exponiéndole a ser juzgado por las autoridades como "alguien que se mete en cosas que no son suyas". La suya es una caridad que, de hecho, hace ensuciar las manos.

El padre Fornasini en el centro

La historia del padre Giovanni se sitúa en una página muy triste de la historia, vinculada a la masacre de Monte Sole, una colina de los Apeninos boloñeses, de la que fue testigo. Fue una masacre cometida por las SS con el objetivo de expulsar a los partisanos y costó la vida de jóvenes, niños y ancianos. Entre el 29 de septiembre y el 5 de octubre de 1944, unas ochocientas personas murieron en varios lugares de Monte Sole. Un episodio que ha pasado a la historia como la masacre de Marzabotto. El párroco de Sperticano", cuenta el padre Angelo, "fue detenido mientras intentaba liberar a unos hombres, volvió a Bolonia para conseguir unos documentos de la Curia y aquí le pidieron que se quedara en la ciudad hasta que pasara la tormenta, pero en cambio Giovanni volvió a la parroquia donde había tenido lugar la masacre y allí, en los últimos días de su vida, sólo se encontraría enterrando a los muertos".

Una muerte cruenta

La noche anterior a su muerte, Giovanni Fornasini asistió a una fiesta organizada por los soldados alemanes porque se había dado cuenta del peligro que corrían algunas chicas del pueblo. Esa misma noche, el comandante de las SS le invitó a subir al lugar de la masacre al día siguiente. En medio de los temores de todos, el P. Giovanni acudió, pero nunca regresó. Fue asesinado detrás del cementerio de Caprara y sólo a partir del análisis de sus restos, encontrados por su hermano al final de la guerra, se comprendió que había muerto a causa de los golpes recibidos y porque había sido atravesado en el cuello por una bayoneta. "Su caridad - explica el padre Angelo Baldassari - se dirigía a todos, un amor que no se extingue ni siquiera cuando la violencia es terrible, lo que molestó a los soldados que, al matarlo, pensaron que lo aniquilarían y lo harían olvidar rápidamente. Este no fue el caso".

"Lo que llama la atención de la figura del padre Giovanni es que supo vivir los últimos momentos de su vida con valor y también con gran fuerza física, él que había estado enfermo, que había sido pobre, que había fracasado varias veces en la escuela. En la figura de Juan -añadió el P. Baldassarri- surge que la fragilidad y las dificultades de su vida le hicieron convertirse en un fermento, porque fue capaz de ponerse en el lugar de los que experimentaban las mismas dificultades".

La bicicleta en el altar

Hay objetos relacionados con la historia y el martirio del P. Juan que se colocarán en un altar lateral. Allí estará su bicicleta, de la que era un gran aficionado, y que para él era "el instrumento para acercarse aún más a sus feligreses". También estarán sus gafas y su aspergillum, encontrados junto a su cuerpo martirizado porque el día de su muerte había ido a ver lo que había pasado allí. "Las gafas - dice Don Angelo - representan que iba a ver lo que podía hacer por los demás y el aspergillum era para bendecir a los muertos. También fue la última herramienta pastoral de su vida porque en sus últimos días no hizo más que enterrar a los muertos de la masacre". "Muchos recuerdan que el P. Giovanni se llenaba de perfume probablemente para poder soportar el mal olor y poder hacer al menos este último acto de caridad". También estará su bolsa de la compra, la bolsa en la que siempre tenía pan, dulces o cosas que necesitaban las personas que acudían a él.

La bicicleta del padre Fornasini

"¿Qué habría hecho Jesús?"

Es en una simple pregunta donde se esconde la fuerza del padre Fornasini. Don Baldassari cuenta que algunos de sus hermanos que se reunieron con él a finales de agosto de 1944 narran que contestó duramente a quienes le acusaban de exagerar con la caridad, especialmente en tiempos de guerra. Don Giovanni respondió: "Pero, ¿habría dicho Jesús lo que tú dices? ¿Habría hecho lo mismo que tú?" "Hay un mensaje que me parece muy fuerte para todos los jóvenes -concluye el padre Angelo- y que está relacionado con el hecho de que Fornasini no fue un superhéroe, en su vida tuvo muchas dificultades y muchas fragilidades pero fue precisamente en esas dificultades donde aprendió a dar lo mejor de sí mismo. No es un héroe inalcanzable, sino que nos muestra el camino de los que aprenden de sus penurias, nos dice que frente a la violencia que quería dividir, él, con su caridad, con su acogida, se convirtió en un referente para unir y caminar juntos.

 

Papa: carrera armamentística nuclear es un desperdicio de recursos preciosos

En un tweet publicado en su cuenta @Pontifex con motivo del Día Internacional para la Eliminación Completa de las Armas Nucleares que se celebra hoy, el Papa Francisco pide que se apoye el desarrollo de los pueblos en lugar del de las armas.

 

Benedetta Capelli - Ciudad del Vaticano

"La carrera armamentística, incluidas las armas nucleares, sigue desperdiciando recursos preciosos que estarían mejor utilizados en beneficio del desarrollo integral de los pueblos y para proteger el entorno natural". El Papa Francisco escribió esto en un tweet en su cuenta @Pontifex en el Día Internacional para la Eliminación Completa de las Armas Nucleares que se celebra hoy.

 

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26/09/2021Ángelus. El Papa: en lugar de juzgar todo y todos, ¡cuidado con nosotros mismos!

Las palabras del Papa se hacen eco de las del Secretario General de la ONU, António Guterres, que también tuiteó sus pensamientos. "Hay casi 14.000 armas nucleares almacenadas en todo el mundo. La humanidad sigue estando inaceptablemente cerca de la aniquilación nuclear. Ahora -es su recomendación- es el momento de levantar definitivamente la nube del conflicto nuclear, eliminar las armas nucleares de nuestro mundo y dar paso a una nueva era de confianza y paz".

Un mundo sin armas nucleares

En la Audiencia General del 20 de enero de 2021, Francisco hizo un fuerte llamamiento a favor de un mundo sin armas nucleares que permita el avance de la paz. Pronunció estas palabras dos días después de la entrada en vigor del Tratado aprobado en 2017, que hace ilegal el uso, la amenaza, la posesión y el almacenamiento de armas nucleares.

"Animo encarecidamente a todos los Estados y personas a trabajar con determinación para promover las condiciones necesarias para un mundo libre de armas nucleares, contribuyendo al avance de la paz y la cooperación multilateral, que tanto necesita hoy la humanidad", dijo el Santo Padre en esa ocasión.

Ya en su discurso en el Memorial de la Paz en Hiroshima, el 24 de noviembre de 2019, el Papa había subrayado el poder destructivo, el impacto perturbador de la energía nuclear que sólo deja tras de sí "sombra y silencio", un "agujero negro de destrucción y muerte". Si "realmente queremos construir una sociedad más justa y segura", fueron sus palabras en el corazón de Japón, "debemos dejar que las armas caigan de nuestras manos".

 

EL SENTIDO CRISTIANO DEL DOLOR

— Las pruebas y padecimientos de Job.

— El sufrimiento de los justos.

— El dolor y la Pasión de Cristo.

I. A lo largo de esta semana, una de las lecturas de la Misa1 recoge las enseñanzas del Libro de Job, siempre actuales, pues la desgracia y el dolor son una realidad con la que nos tropezamos frecuentemente.

Vivía en tierra de Hus –leemos en la Sagrada Escritura– un hombre temeroso de Dios, llamado Job, que había recibido incontables bendiciones del Señor: era rico en rebaños, ganado y productos de la tierra, y le había sido concedida una numerosa descendencia. Según una concepción generalizada en aquellos tiempos, existía relación entre vida virtuosa y vida próspera en bienes. Esta situación de bienestar material era considerada como un premio que Dios otorgaba a la virtud y a la fidelidad. En un diálogo figurado entre Dios, que se siente contento por el amor de su siervo, y Satán, este insinúa que la virtud de Job es interesada y que desaparecería con la destrucción de sus riquezas. ¿Acaso teme Job a Dios en balde? ¿No le has rodeado de un vallado protector a él, a su casa y a todo cuanto tiene? Has bendecido el trabajo de sus manos, y sus ganados se esparcen por todo el país. Pero extiende tu mano y tócale en lo suyo, veremos si no te maldice en tu rostro2.

Con la autorización de Dios, fue Job despojado de todos sus bienes, pero su virtud demostró estar profundamente enraizada: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo tornaré allá. Yahvé me lo dio, Yahvé me lo ha quitado. ¡Bendito sea el nombre de Yahvé!3, exclama en medio de su pobreza. Su conformidad con la voluntad divina fue total, tanto en la abundancia como en la indigencia. La miseria de Job se convirtió en enorme riqueza espiritual.

Una segunda y más violenta prueba no pudo debilitar esa fe y confianza en Dios. Esta vez todo su cuerpo fue herido con una úlcera que le cubría desde la planta de los pies a la cabeza. Perder la salud es un mal peor que perder los bienes materiales. La fe de Job, sin embargo, se mantuvo firme, a pesar de la enfermedad y de los ataques hirientes de su mujer: Si recibimos de Dios los bienes, ¿por qué no también los males?4, contestó Job.

Hoy puede ser una buena oportunidad para que examinemos nuestra postura ante el Señor cuando, en nosotros o en aquellos que más queremos, se hacen presentes la desgracia y el dolor. Dios es siempre Padre. También cuando nos visitan la aflicción y el pesar. ¿Nos comportamos como hijos agradecidos en la abundancia y en la escasez, en la salud y en la enfermedad?

II. Tres amigos, pertenecientes a tribus y lugares diferentes, al enterarse de la situación de Job se propusieron ir juntos para hacerle compañía y animarle. Cuando los tres, Elifaz, Bildad y Sofar, llegaron y vieron a Job en un estado tan lamentable, toda su compasión desapareció, convencidos de que se hallaban en presencia de un hombre maldecido por Dios. Ellos compartían la creencia de que la prosperidad es el premio que Dios da a la virtud, y las tribulaciones son castigo de la iniquidad. La conducta de sus amigos, la prolongación de sus sufrimientos, la soledad en medio de tanto dolor, pesaron demasiado sobre Job, que rompió su silencio en una queja amarga. Los amigos, convencidos de la existencia de algún pecado oculto de Job, también ignorantes del premio o castigo después de esta vida, se dirigen duramente contra él, pues no encuentran otra explicación a las desgracias de Job. Este, convencido de su propia inocencia, admite ciertamente la existencia de pequeñas transgresiones, comunes a todo hombre5, pero no hasta el punto de ser proporcionales al castigo. Recuerda igualmente el mucho bien que llevó a cabo. De aquí nace una gran lucha dentro de su alma.

Él sabe que Dios es justo, y sin embargo todo parece hablar de injusticia en relación a él. También él creía que el Señor trata al hombre según sus méritos o deméritos. ¿Cómo podría conciliarse la justicia divina con su amarga experiencia? Los amigos tienen una respuesta, pero él, en conciencia, la cree falsa. Estas dos convicciones, aparentemente contradictorias, la justicia divina y su propia inocencia, le causan a Job una angustia y un desgarro interior más penoso que sus mismas enfermedades físicas y la ruina material6. Es el desconcierto que fuera de la fe produce el sufrimiento del inocente: niños que mueren pronto o con enfermedades que los dejarán inútiles para una vida normal, personas que han sido generosas y han servido fielmente a Dios y que se encuentran en la ruina económica, sin trabajo, o con una enfermedad difícil..., mientras que a otros que han vivido a espaldas de Dios parece que la vida les sonríe.

El Libro de Job «pone con toda claridad el problema del sufrimiento del hombre inocente: el sufrimiento sin culpa. Job no ha sido castigado, no había razón para infligirle una pena, aunque haya sido sometido a una prueba durísima»7. Después de esta prueba, Job saldrá fortalecido en su virtud, que no dependía de su situación acomodada ni de los grandes beneficios que había recibido de Dios. Con todo, «el libro de Job no es la última palabra sobre este tema. En cierto modo es un anuncio de la Pasión de Cristo»8, la única que puede dar luz a este misterio del sufrimiento humano, de modo particular al dolor del inocente.

Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna9. El dolor cambia radicalmente de signo con la Pasión de Cristo. «Parece como si Job la hubiera presentido cuando dice: Yo sé que mi Redentor vive, y al fin... yo veré a Dios (Job 19, 25); y como si hubiese encaminado hacia ella su propio sufrimiento, el cual, sin la redención, no hubiera podido revelarle la plenitud de su significado. En la Cruz de Cristo no solo se ha cumplido la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido. Cristo –sin culpa alguna propia– cargó sobre sí el mal total del pecado»10. Los padecimientos de Jesús fueron el precio de nuestra salvación11. Desde entonces, nuestro dolor puede unirse al de Cristo y, mediante él, participar en la Redención de la humanidad entera. «Esta ha sido la gran revolución cristiana: convertir el dolor en sufrimiento fecundo; hacer, de un mal, un bien. Hemos despojado al diablo de esa arma...; y, con ella, conquistamos la eternidad»12.

III. Nunca pasa el dolor a nuestro lado dejándonos como antes. Purifica el alma, la eleva, aumenta el grado de unión con la voluntad divina, nos ayuda a desasirnos de los bienes, del excesivo apego a la salud, nos hace corredentores con Cristo..., o, por el contrario, nos aleja del Señor y deja el alma torpe para lo sobrenatural y entristecida. Cuando Simón de Cirene fue reclamado para ayudar a Jesús a llevar su Cruz aceptó al principio con disgusto. Fue forzado13, escribe el Evangelista. En un primer momento solo miraba la cruz, y la cruz era un simple madero pesado y molesto, Después no se fijó ya en el madero, sino en el reo, aquel hombre del todo singular que iba a ser ajusticiado. Entonces todo cambió: ayudó con amor a Jesús y mereció el premio de la fe para él y para sus dos hijos, Alejandro y Rufo14. También nosotros hemos de mirar a Cristo en medio de nuestras pruebas y tribulaciones. Nos fijaremos menos en la Cruz y daremos paso al amor. Encontraremos que cargar con la Cruz tiene sentido cuando la llevamos junto al Maestro. «Su más ardiente deseo es encender en nuestros corazones esa llama de amor y de sacrificio que abrasa al suyo, y por poco que correspondamos a este deseo, nuestro corazón se convertirá pronto en un foco de amor que consumirá poco a poco esas escorias acumuladas por nuestras culpas y nos convertirá en víctimas de expiación, dichosos de lograr, a costa de algunos sufrimientos, una mayor pureza, una más estrecha unión con el Amado; dichosos también de completar la Pasión del Salvador por el bien de la Iglesia y de las almas (Col 1, 24) (...). A los pies del Crucificado, allí es donde comprenderemos que en este mundo no es posible amar sin sacrificio, pero el sacrificio es dulce al que ama»15.

Al terminar nuestra oración contemplamos a Nuestra Señora en la cima del Calvario, participando de modo singular en los padecimientos de su Hijo. «Admira la reciedumbre de Santa María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano –no hay dolor como su dolor–, llena de fortaleza.

»—Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la Cruz»16. Junto a Ella entendemos bien que «el sacrificio es dulce al que ama», y ofreceremos a través de su Corazón dulcísimo los fracasos, las incomprensiones, las situaciones difíciles en la familia o en el trabajo, la enfermedad y el dolor... «Y una vez hecho el ofrecimiento, tratemos de no pensar más, sino de cumplir lo que Dios quiere de nosotros, allí donde estemos: en la familia, en la fábrica, en la oficina, en la escuela... Sobre todo, tratemos de amar a los demás, a los prójimos que están a nuestro alrededor.

»Si hacemos esto, podremos experimentar un efecto insólito e insospechado: nuestra alma estará llena de paz, de amor, y también de alegría pura, de luz. Podremos encontrar en nosotros una nueva fuerza. Veremos cómo, abrazando las cruces de cada día y uniéndonos por ellas a Jesús crucificado y abandonado, podremos participar ya desde aquí de la vida del Resucitado.

»Y, ricos de esta experiencia, podremos ayudar más eficazmente a todos nuestros hermanos a encontrar la bienaventuranza entre las lágrimas, a transformar en serenidad lo que les preocupe. Seremos así instrumentos de alegría para muchos, de felicidad, de esa felicidad que ambiciona todo corazón humano»17.

1 Primera lectura. Año II. — 2 Job 1, 9-11. 3 Job 1, 21. — 4 Job 2, 10. — 5 Cfr. Job 13, 26; 14, 4. — 6 Cfr. B. Orchard, Verbum Dei, Herder, Barcelona 1960, vol. II, pp. 104 ss. — 7 Juan Pablo II, Carta Apost. Salvifici doloris, 11-II-1984, 11. — 8 Ibídem. — 9 Jn 3, 16. — 10 Juan Pablo II, loc. cit., 19. — 11 Cfr. 1 Cor 6, 20. — 12 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 887. — 13 Mt 27, 32. — 14 Cfr. Mc 15, 21. — 15 A. Tanquerey, La divinización del sufrimiento, Rialp, Madrid 1955, pp. 203-204. — 16 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 508. — 17 Ch. Lubich, Palabra que se hace vida, Ciudad Nueva, Madrid 1990, p. 39.

 

 

Evangelio del lunes: aspirar a algo grande

Comentario del lunes de la 26° semana del tiempo ordinario. “El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado: pues el menor entre todos vosotros, ése es el mayor”. Jesús no quiere apagar nuestro deseo de plenitud, de aspirar a algo grande. Sin embargo, nos hace ver que para ser levantados por los brazos de Dios tenemos que ser sencillos como los niños.

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Lc 9,46-50)

Les vino al pensamiento cuál de ellos sería el mayor. Pero Jesús, conociendo los pensamientos de sus corazones, acercó a un niño, lo puso a su lado y les dijo:

—El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado: pues el menor entre todos vosotros, ése es el mayor.

Entonces dijo Juan:

—Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y se lo hemos prohibido, porque no viene con nosotros.

Y Jesús le dijo:

—No se lo prohibáis, pues el que no está contra vosotros con vosotros está.


Comentario

En el Evangelio de la Misa de hoy, Jesús nos propone un camino privilegiado para poder tratarlo: es el camino de la sencillez. Mientras sus discípulos se enredan con pensamientos sobre quién sería el mayor entre ellos, el Señor realiza el pequeño pero significativo gesto de abrazar a un niño. Los discípulos aprenderían, así, que quien es sencillo como un niño puede ser levantado por los brazos de Dios y alcanzar la grandeza de sus hijos.

Jesús no quiere apagar el deseo de plenitud de sus discípulos, de aspirar a algo grande. Sin embargo, les hace ver que si se dejan atrapar por las comparaciones perderán inútilmente sus energías, porque para ser grandes no necesitamos que los demás sean más pequeños que nosotros.
Tampoco nos ayuda dejarnos llevar por el afán de controlar la actividad de los demás o perder la paz si realizan una buena labor fuera de la nuestra, ya que «el que no está contra vosotros, con vosotros está» (v. 50). La nueva lógica que propone el Señor nos ayuda a sanear las relaciones en el seno de nuestras familias, del trabajo y, especialmente, de la vida de la Iglesia. Por eso, san Josemaría animaba: «Alégrate, si ves que otros trabajan en buenos apostolados»[1].

Todos somos pequeños delante de Dios y los dones que Él distribuye entre sus hijos son una riqueza para todos nosotros. Recordar esto nos ayudará a superar las rivalidades sin sentido, y a ver en la persona de al lado más que a un competidor, a un hermano, a alguien con el que podemos crecer juntos para alcanzar la gloria del Cielo.


[1] Camino, n. 965.

 

 

“Lucha contra esa flojedad”

Eres tibio si haces perezosamente y de mala gana las cosas que se refieren al Señor; si buscas con cálculo o "cuquería" el modo de disminuir tus deberes; si no piensas más que en ti y en tu comodidad; si tus conversaciones son ociosas y vanas; si no aborreces el pecado venial; si obras por motivos humanos. (Camino, 331)

27 de septiembre

Lucha contra esa flojedad que te hace perezoso y abandonado en tu vida espiritual. -Mira que puede ser el principio de la tibieza..., y, en frase de la Escritura, a los tibios los vomitará Dios. (Camino, 325)

¡Qué poco amor de Dios tienes cuando cedes sin lucha porque no es pecado grave! (Camino, 328)

¡Cómo vas a salir de ese estado de tibieza, de lamentable languidez, si no pones los medios! Luchas muy poco y, cuando te esfuerzas, lo haces como por rabieta y con desazón, casi con deseo de que tus débiles esfuerzos no produzcan efecto, para así autojustificarte: para no exigirte y para que no te exijan más. (Surco, 146)

 

 

Un nuevo aniversario de la beatificación de Álvaro del Portillo

Madrid acogió hace siete años la beatificación del sucesor de san Josemaría. Recordamos algunos documentos, vídeos e imágenes para revivir aquellos momentos y algunos recursos.

NOTICIAS26/09/2021

Algunos recursos sobre el beato Álvaro del Portillo

'Novena de la Serenidad' para alcanzar la paz del corazón | Libro electrónico: “Rezar con Álvaro del Portillo” | Vídeos breves del beato Álvaro del Portillo | Oración para pedir la intercesión del beato Álvaro (audio, imagen y PDF)


 

• Carta del Papa Francisco a Mons. Javier Echevarría: «Querido hermano, el beato Álvaro del Portillo nos envía un mensaje muy claro, nos dice que nos fiemos del Señor, que él es nuestro hermano, nuestro amigo que nunca nos defrauda y que siempre está a nuestro lado».

Palabras del Papa Francisco en la audiencia del 1-X-2014, en Roma

 

• El momento más emocionante: tras la fórmula solemne de beatificación pronunciada a las 12:24 h., fue descubierta la imagen del nuevo beato cuya fiesta se celebra el 12 de mayo. Al acto acudieron más de 200.000 personas. Resumimos la ceremonia en un vídeo de seis minutos, que muestra los momentos más importantes.

• Vídeos, textos y fotos para la historia: homilía de la beatificación y otros textos principales de aquella celebración y de los días posteriores.

• Libro fotográfico de la beatificación: pocas semanas después del 27 de septiembre, se publicó este libro con algunas de las mejores instantáneas. Descarga en formato PDF.

• Gracias, don Álvaro. Historias de una beatificación: documental sobre la beatificación de Álvaro del Portillo. Habla la familia de José Ignacio, el niño que recibió el milagro por intercesión del nuevo beato. El documental recoge declaraciones de la portavoz de la beatificación, de familias que acogieron a personas de todo el mundo, de responsables de la ONG Harambee África, voluntarios y participantes en esas jornadas inolvidables.

• La huella de la preocupación social y espiritual del beato Álvaro: las enseñanzas del beato Álvaro están en el origen de diversas iniciativas de desarrollo social, en países de Latinoamérica (vea el documental "Trabajar para los demás"), y en otros países de África, Europa, Asia y Oceanía. Responsables de 40 iniciativas sociales participaron el día 25 de septiembre, en Madrid, en el Encuentro Internacional 40 iniciativas contra la pobreza.

 

Algo grande y que sea amor (X): ¡Somos apóstoles!

Para un cristiano el apostolado no es simplemente un encargo que supone ciertas horas; ni siquiera un trabajo importante: es una necesidad que brota de un corazón que se ha hecho «un solo cuerpo y un solo espíritu» con el Señor.

VOCACIÓN11/06/2019

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Descarga el libro electrónico: «Algo grande y que sea amor»


Cafarnaúm es el lugar donde comienza la aventura apostólica que Jesús inauguró en el mundo. Sabemos que al menos cuatro de los doce Apóstoles eran pescadores en esa ciudad. «Estaban junto a la barca vieja y junto a las redes rotas, remendándolas. El Señor les dijo que le siguieran; y ellos, “statim” —inmediatamente, “relictis omnibus” —abandonando todas las cosas, ¡todo!, le siguieron...»[1].

Jesús llama a aquellos primeros con unas palabras en las que delinea un plan que cambiará para siempre el curso de la historia: «Seguidme, y haré que vengáis a ser pescadores de hombres» (Mc 1,16-17). No les detalla más. Seguirán siendo pescadores, pero a partir de ahora pescarán otro tipo de «peces». Conocerán otros «mares», pero no han de perder lo que han aprendido con su trabajo. Vendrán días con viento favorable y pesca abundante, pero habrá también jornadas poco vistosas, sin pesca alguna, o con una pesca tan escasa que tendrán la sensación de volver a la orilla con las manos vacías. Pero lo decisivo no será el volumen de la pesca, o lo que los hombres juzguen como un éxito o como un fracaso; lo que importa es lo que van a ser. Desde el principio, Jesús quiere que caigan en la cuenta de su nueva identidad, porque no les convoca solo para hacer algo —una tarea bonita, algo extraordinario— sino para ser alguien que cumple una misión: ser «pescadores de hombres».

«Todo lo hago por el Evangelio»

Responder a la llamada de Dios reconfigura nuestra identidad: «Es una visión nueva de la vida», decía san Josemaría. Saber que el mismo Jesús nos invita a participar en su misión enciende en cada uno el deseo de «dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio». De ese modo, poco a poco, «la vocación nos lleva —sin darnos cuenta— a tomar una posición en la vida, que mantendremos con ilusión y alegría hasta en el trance de la muerte. Es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión»[2]. Y esa tarea, que nos hace felices, va modelando nuestro modo de ser, de actuar, de ver el mundo.

Mons. Ocáriz lo ha recordado con palabras expresivas: «no hacemos apostolado, ¡somos apóstoles!»[3]. La misión apostólica no ocupa un tiempo o unos aspectos determinados de nuestra vida personal, sino que afecta a todo: tiene un alcance de 360 grados. San Josemaría lo recordaba desde el inicio a las personas de la Obra: «No olvidéis hijos míos, que no somos almas que se unen a otras almas, para hacer una cosa buena. Esto es mucho... pero es poco. Somos apóstoles que cumplimos un mandato imperativo de Cristo»[4].

LA VOCACIÓN ES UNA LLAMADA DEL SEÑOR PARA 'SER ALGUIEN'

«¡Ay de mí si no evangelizara!», escribe san Pablo (cfr. 1 Co 9,16-23): es algo que le sale de lo más hondo del alma. Para él, ese impulso de amor es una invitación y un deber: «Si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, pues es un deber que me incumbe»Por eso, la única recompensa que busca consiste en «predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente», porque se siente «siervo de todos para ganar a cuantos más pueda». A menudo abre su corazón: él es el último entre los apóstoles; indigno y sin méritos, pero es apóstol. Por eso, no hay para él circunstancia que no sea apostólica, hasta poder afirmar: «todo lo hago por el Evangelio». Esa es su carta de presentación, y así quiere ser considerado: «Pablo, siervo de Jesucristo, apóstol por vocación, designado para el Evangelio» (Rm 1,1).

De modo análogo, para un cristiano el apostolado no es simplemente «un encargo», o una actividad que supone ciertas horas diarias; ni siquiera «un trabajo importante»: es una necesidad que brota de un corazón que se ha hecho «un solo cuerpo y un solo espíritu»[5] en Jesús, con toda su Iglesia. Ser apóstol «no es y no puede ser un título honorífico, sino que empeña concretamente y también dramáticamente toda la existencia del sujeto interesado»[6]. Algunas veces necesitaremos que nos alienten; otras buscaremos consejo para acertar en nuestro esfuerzo por evangelizar; pero, en todo caso, sabemos que nuestra llamada es un don de Dios, y por eso le pedimos que el apostolado mane de nuestro corazón como salta el agua de la fuente (cfr. Jn 4,14).

Sal, luz y fermento del mundo

Para explicar a sus discípulos el papel que iban a desarrollar en el mundo, el Señor se servía a menudo de parábolas. «Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo», les dice en una ocasión (cfr. Mt 5,13-14). Otra vez, les habla de la levadura: de cómo siendo poca hace fermentar toda la masa (cfr. Mt 5,33). Porque así han de ser los apóstoles de Jesús: sal que alegra, luz que orienta, levadura que hace crecer la masa. Y así es como vio san Josemaría el apostolado de sus hijas y de sus hijos: «Tienes la llamada de Dios a un camino concreto: meterte en todas las encrucijadas del mundo, estando tú metido en Dios. Y ser levadura, ser sal, ser luz del mundo. Para iluminar, para dar sabor, para fermentar, para acrecentar»[7].

Los fieles del Opus Dei, como tantos otros cristianos corrientes, desarrollan su apostolado en medio del mundo, con naturalidad y discreción. Aunque a veces eso se haya prestado a incomprensiones, de hecho simplemente procuran hacer realidad en su vida estas parábolas del Señor. La sal, en efecto, no se ve, si se mezcla bien con la comida, sin hacer grumos; da gracia a los alimentos, que sin ella pueden quedar insípidos, aunque sean de buena calidad. Lo mismo sucede con la levadura: da volumen al pan, sin hacerse notar. La luz, a su vez, se coloca «en alto para que alumbre a todos», siempre «delante de la gente» (Mt 5,15-16); pero no centra la atención en sí misma, sino en aquello que ilumina. Un cristiano está a gusto con los demás, compartiendo ilusiones y proyectos. Más aún, «debemos sentirnos incómodos, cuando no estamos —sal y luz de Cristo— en medio de la gente»[8]. Esa apertura, además, supone relacionarse también con quienes no piensan como nosotros, con la disposición serena de dejar en los corazones la garra de Dios[9], del modo que Él mismo nos sugiera: a veces rezando por ellos una sencilla oración, otras con una palabra, o un gesto amable…

La eficacia apostólica de una vida no se puede contabilizar. Muchos frutos quedan en la sombra, y no llegaremos a conocerlos en esta vida. Lo que podemos poner de nuestra parte es un deseo, siempre renovado, de vivir muy unidos al Señor. «Andar por la vida como apóstoles: con luz de Dios, con sal de Dios. Sin miedo, con naturalidad, pero con tal vida interior, con tal unión con el Señor, que alumbremos, que evitemos la corrupción y las sombras»[10]. Dios mismo hará fecundas nuestras fatigas y no nos perderemos pensando en nuestra fragilidad o en las dificultades externas: que si el lago es demasiado grande, que si las multitudes apenas nos entienden, que si han empezado a criticarnos, que si el camino es pesado, que si no puedo remar contra esta tormenta...

Con motor propio

Repasando la lista de los doce Apóstoles, llama la atención lo distintos que son, a veces con personalidades muy marcadas. Lo mismo sucede al pensar en los santos y santas canonizados por la Iglesia. Y lo mismo, cuando repasamos las vidas de mucha gente corriente que sigue al Señor con una entrega discreta pero constante. Todos distintos, y al mismo tiempo, todos apóstoles, fieles, enamorados del Señor.

Al entregarnos a Dios no echamos a perder nuestra propia riqueza; al contrario, porque «cuando el Señor piensa en cada uno, en lo que desearía regalarle, piensa en él como su amigo personal. Y si tiene planeado regalarte una gracia (...) será seguramente algo que te alegrará en lo más íntimo y te entusiasmará más que ninguna otra cosa en este mundo. No porque lo que te vaya a dar sea un carisma extraordinario o raro, sino porque será justo a tu medida, a la medida de tu vida entera»[11]. Por eso quien se decide a seguir al Señor percibe, a la vuelta de los años, cómo la gracia, acompañada del trabajo personal, transforma incluso su carácter, de modo que le resulta más fácil amar y servir a todos. Esto no es fruto de la imposición voluntarista de un ideal de perfección. Más bien, es el influjo y la pasión que produce Jesucristo en la vida del apóstol.

Al poco de su elección como Prelado, preguntaron a D. Javier Echevarría si había tenido una vida propia: «¿Usted ha podido ser usted?». Su respuesta conmueve: son las palabras de alguien que mira atrás, sobre la propia vida, y ve lo que Dios ha hecho en ella. «Sí que he tenido mi propia vida. Yo nunca hubiera soñado realizar mi vida de un modo tan ambicioso. Viviendo a mi aire, yo hubiese tenido unos horizontes muchísimo más estrechos, unos vuelos más cortos (…). Yo, como hombre de mi tiempo, como cristiano y como sacerdote, soy una persona ambiciosamente realizada. Y tengo el corazón mundializado, gracias a haber vivido con dos hombres [San Josemaría y el beato Álvaro] de espíritu grandioso, cristianamente grandioso »[12].

Quien es enviado por Cristo y deja que sea Él quien lleve el timón de su vida no puede olvidar que Él espera una respuesta profundamente libre. Libre, en primer lugar, de egoísmos, de nuestra soberbia y de nuestro afán de brillar. Pero libre también para poner a su servicio todos nuestros talentos, nuestra iniciativa, nuestra creatividad. Por eso, decía san Josemaría que «una de las más evidentes características del espíritu del Opus Dei es su amor a la libertad y a la comprensión»[13].

A la vez, esa libertad de espíritu no consiste en «actuar conforme a los propios caprichos y en resistencia a cualquier norma»[14], como si todo lo que no viene de nosotros fuera una imposición de la que liberarse. Más bien, se trata de obrar con el mismo Espíritu que movía a Jesús: «he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado» (Jn 6,38). Si el apostolado se considerase una «actividad» más, se correría el riesgo de sentirse cohibido por las indicaciones de quienes coordinan las iniciativas apostólicas. En cambio, quien se siente enviado por Cristo disfruta con la ayuda y el impulso que Dios transmite a través de sus múltiples instrumentos. Vivir con libertad de espíritu es dejar que sea el Espíritu Santo quien nos conforme y nos guíe, sirviéndose también de quienes Él ha puesto a nuestro lado.

La libertad de espíritu lleva a actuar «con motor propio» ante una u otra necesidad de la misión apostólica; con motor propio, es decir, no con una aceptación pasiva, sino con la convicción de que eso es lo que el Señor nos pide en ese momento, porque eso es lo que corresponde al apóstol que somos. Así continuamente, en las pequeñas circunstancias de nuestro día a día, podemos notar la fresca brisa del Espíritu, que nos empuja «mar adentro» (Lc 5,4), para continuar con Él la encantadora historia del Amor de Dios por nosotros.

Si nuestra misión fuera «hacer apostolado» podríamos dejarla de lado a causa de un trabajo absorbente o de una enfermedad, o cabría tener «vacaciones» apostólicas. Sin embargo, «¡somos apóstoles!»: ¡es nuestra vida! Por eso, sería un contrasentido salir a la calle y dejar en la habitación el afán evangelizador. Ciertamente, la misión supondrá a menudo esfuerzo, y exigirá de nuestra parte valentía para vencer nuestros miedos. Sin embargo, esas resistencias interiores no deben inquietarnos, porque el Espíritu Santo hace que crezca, en el corazón de quienes le son dóciles, una auténtica espontaneidad y creatividad apostólica: a medida que uno se identifica con nuestra misión, todo se vuelve ocasión de apostolado.

Se adquiere la «conciencia de estar en un puesto avanzado, de centinela»[15], que lleva a permanecer «en vigilia de amor, tenso, sin dormir, trabajando con empeño»[16]. Una vigilia que es de amor, y que por tanto no significa ansiedad o nerviosismo. Tenemos en nuestras manos una labor que nos ilusiona, que nos hace felices y que comunica a nuestro alrededor felicidad. Trabajamos en la viña del Señor y estamos seguros de que la labor es suya. Si alguna vez se filtrara en el alma una cierta falta de paz, una tensión excesiva, será el momento de acercarse a Él para decirle: lo hago por Ti, ayúdame a trabajar con calma y con la certeza de que todo lo haces Tú.

Luz divina que da calor

Cuando, en la parábola de los invitados a las bodas, el padre de familia se entera de que algunos de los convidados se han excusado, ordena a su criado que traiga «a los pobres, a los tullidos, a los ciegos y a los cojos» (Lc 14,21). La sala queda bastante concurrida, pero quedan aún sitios libres. Entonces, dice a su criado: «Sal a los caminos y a los cercados y obliga a entrar, para que se llene mi casa (Lc 14,23). «Obliga a entrar», compelle intrare: hasta ese punto llega la intensidad de su deseo.

La orden es tajante, porque la llamada a la salvación es universal. San Josemaría lo entendía así: «No es como un empujón material, sino la abundancia de luz, de doctrina; el estímulo espiritual de vuestra oración y de vuestro trabajo, que es testimonio auténtico de la doctrina; el cúmulo de sacrificios, que sabéis ofrecer; la sonrisa, que os viene a la boca, porque sois hijos de Dios: filiación, que os llena de una serena felicidad —aunque en vuestra vida, a veces, no falten contradicciones—, que los demás ven y envidian. Añadid, a todo esto, vuestro garbo y vuestra simpatía humana, y tendremos el contenido del compelle intrare»[17]. No se trata, pues, de coaccionar a nadie: es una combinación, inédita cada vez, de oración y amistad, de testimonio y sacrificio generoso… una alegría que se comparte, una simpatía que invita con libertad.

Dios actúa «por atracción»[18], espoleando a las almas con la alegría y el encanto de la vida de los cristianos. Por eso el apostolado es amor que se desborda. Un corazón que sabe amar sabe atraer: «nosotros atraemos a todos con el corazón —decía san Josemaría—. Por eso, para todos pido un corazón muy grande: si amamos a las almas, las atraeremos»[19]. En efecto, nada atrae tanto como el amor auténtico, especialmente en un tiempo en que muchas personas no han conocido el calor del Amor de Dios. La amistad verdadera es de hecho el «modo de hacer apostolado que San Josemaría encontró en los relatos evangélicos»[20]: Felipe atrajo a Bartolomé; Andrés a Pedro; y debían ser buenos amigos los que llevaron hasta Jesús a aquel paralítico que no podía moverse de su camilla.

«En un cristiano, en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor»[21]. Tener amigos exige asiduidad, contacto personal; ejemplo y lealtad sincera; disposición a ayudar, a sostenerse mutuamente; escucha y empatía: capacidad de hacerse cargo de las necesidades del otro. La amistad no es un instrumento para el apostolado, sino que el apostolado mismo es, en su entraña, amistad: gratuidad, ganas de vivir la vida con los demás. Por supuesto, deseamos que nuestros amigos se acerquen al Señor, pero dispuestos a que eso suceda como y cuando Dios quiera. Aunque es lógico que un apóstol busque buenos resultados en su labor, y que valore la relación entre sus esfuerzos y la influencia que tiene en los demás, nunca puede olvidar que los apóstoles siguieron con Jesús incluso cuando casi todos se fueron (cfr. Jn 6,66-69); ya vendrían, con el tiempo, los frutos (cfr. Hch 2,37-41) .

En una ocasión, un joven preguntó a San Josemaría: «Padre ¿qué debemos hacer para que piten[22] muchos?». San Josemaría le contestó enseguida: «Mucha oración, amistad leal y respeto a la libertad». Al joven la respuesta le supo a poco. Añadió: «Y eso ¿no es ir demasiado despacio, Padre?». «No, porque la vocación es sobrenatural», respondió san Josemaría, alargando cada sílaba. «Bastó un segundo para pasar de Saulo a Pablo. Después, tres días de oración, y se convirtió en un apasionado apóstol de Jesucristo»[23].

Es Dios quien llama y el Espíritu Santo quien mueve el corazón. El apóstol acompaña a sus amigos con oración y sacrificio, sin impacientarse al recibir un «no» a sus sugerencias, ni enfadarse cuando alguien no se deja ayudar. Un verdadero amigo se apoya en las fortalezas para ayudar a crecer, y evita muchas veces los reproches sobre las decisiones ajenas; sabe cuándo es necesario callar, y cuando es necesario «volver a la carga» de un modo distinto, sin hacerse cargante, sin reprochar: desde la confianza y el compromiso con lo mejor de cada uno, de cada una. Así hace Dios, y así quiere que hagan sus hijos.

Sin hacernos pesados, manteniendo la sonrisa en el rostro, podremos insinuar unas palabras al oído, como hacía el Señor. Y, continuamente, mantendremos vivo el deseo de que muchas personas le conozcan: «Tú y yo, hijos de Dios, cuando vemos a la gente, tenemos que pensar en las almas: he aquí un alma —hemos de decirnos— que hay que ayudar; un alma que hay que comprender; un alma con la que hay que convivir; un alma que hay que salvar»[24].

José Manuel Antuña


[1] San Josemaría, Forja, n. 356.

[2] San Josemaría, Carta 9-I-1932, n. 9.

[3] F. Ocáriz, Carta, 14-II-2017, n. 9.

[4] Instrucción 19-III-1934, n. 27 (la cursiva es del original), citado en Camino, edición crítico-histórica, nota al n. 942.

[5] Misal Romano, Plegaria eucarística III.

[6] Benedicto XVI, Audiencia, 10-IX-2008.

[7] San Josemaría, Notas de una meditación de abril de 1955, en Obras 1956, XI, p. 9 (AGP, biblioteca, P03).

[8] San Josemaría, A solas con Dios, n. 273 (AGP, Biblioteca, P10).

[9] Cfr. D. Javier, Homilía, 5-IX-2010 (Romana, n. 51, Julio-Diciembre 2010, p. 339).

[10] Forja, n. 969.

[11] Francisco, Ex. ap. Christus vivit (25-III-2019), n. 287.

[12] Entrevista de P. Urbano a D. Javier, Época, 20-IV-1994, citada en A. Sánchez León, En la tierra como en el cielo, Madrid, Rialp 2019, pp. 349-350.

[13] San Josemaría, Carta 31-V-1954, n. 22.

[14] F. Ocáriz, Carta, 9-I-2018, n. 5.

[15] San Josemaría, Carta 31-V-1954, n. 16.

[16] Ibidem.

[17] San Josemaría, Carta 24-X-1942, n. 9; cfr. Amigos de Dios, n. 37.

[18] Benedicto XVI, Homilía, 13-V-2007; Francisco, Homilía, 3-V-2018.

[19] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 10-V-1967 en Crónica 1967, p. 605 (AGP, biblioteca, P01).

[20] F. Ocáriz,, Carta, 14-II-17, n. 9.

[21] Forja, n. 565.

[22] En el lenguaje coloquial del Madrid de mediados de siglo pasado, “pitar” significaba funcionar bien. San Josemaría usaba el término para referirse al hecho de que una persona pidiera la Admisión en el Opus Dei. Desde entonces ha quedado en la Obra como un modo familiar de hablar.

[23] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 24-IV-1967, en Crónica 1967, p. 506 (AGP, biblioteca, P01).

[24] San Josemaría, Meditación del 25-II-1963, en Crónica 1964, IX, p. 69 (AGP, biblioteca, P01).Discurso inaugural en el congreso celebrado en el centenario del nacimiento de Mons. Álvaro del Portillo, pronunciado por Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, Gran Canciller de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma, 12-III-2014).

 

Mons. Álvaro del Portillo, fiel sucesor de san Josemaría

NOTICIAS11/07/2014

Foto: Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma)

PDF: Discurso "Mons. Álvaro del Portillo, fiel sucesor de san Josemaría"

La virtud de la fidelidad, fruto de la caridad y de la justicia, aparece a los ojos de las personas rectas revestida de una gran dignidad, pues es una participación de la fidelidad de Dios, que en la Sagrada Escritura se define a sí mismo como el Dios Fiel: no hay en Él deslealtad alguna, Justo y Recto: así es Él (Dt 32, 4). San Pablo lo asegura vigorosamente: fidelis autem Dominus est, qui confirmabit vos (2 Ts 3, 3). Y desea que sus perfecciones, todas, brillen en los santos y en quienes de veras se empeñan en alcanzar la meta de unión con la Trinidad. Santo Tomás de Aquino, a propósito de la Pasión de Cristo, se pregunta por la conveniencia de haber seguido ese camino; y argumenta que esa conveniencia era doble: en primer lugar, para remediar el mal en que había incurrido el hombre; y en segundo lugar, y no con menor utilidad, para servirnos de ejemplo, ya que ningún modelo de virtud está lejos de la Cruz[1].

La fidelidad de los santos los conduce a este anonadamiento que vence el mal; y les da fortaleza para seguir el ejemplo del Maestro, que con gozo infinito, como infinito fue su dolor, se entrega por nosotros. Ciertamente la fidelidad exige renuncia, pero lleva consigo la felicidad de la intimidad con Aquel que nos ha salvado y nos ha mostrado el camino que debemos seguir.

Pienso que por esta senda discurrió la existencia del próximo beato Álvaro del Portillo, mi veneradísimo predecesor al frente del Opus Dei. Precisamente ayer se cumplieron cien años de su nacimiento. El corazón de muchísimas personas en el mundo entero se alza lleno de agradecimiento a Dios, de quien proceden todos los bienes, por la ayuda recibida de este siervo bueno y fiel. Esta gratitud contiene, al mismo tiempo, una súplica ferviente a nuestra Madre del Cielo y el recurso a la intercesión de san Josemaría, para que nosotros –y todas las personas que se alimentan del espíritu del Opus Dei– sepamos caminar cotidianamente por la vía de la santidad anunciada por san Josemaría y seguida íntegramente por don Álvaro del Portillo. Una senda de fidelidad recorrida con serena alegría.

Las relaciones de este simposio analizarán varios aspectos de la figura de mi predecesor y de su influjo en la vida de la Iglesia, antes y después del Concilio Vaticano II. Centraré, por eso, mi intervención en el lema elegido por el congreso: vir fidelis multum laudabitur (Prv 28, 20), el varón fiel será muy alabado. En este sentido se pronunció el decreto sobre las virtudes heroica del venerable Álvaro del Portillo, emanado por la Congregación de las Causas de los Santos: «Estas palabras de la Escritura manifiestan la virtud más característica del Obispo Álvaro del Portillo: la fidelidad. Fidelidad indiscutible, sobre todo, a Dios en el cumplimiento pronto y generoso de su voluntad; fidelidad a la Iglesia y al Papa; fidelidad al sacerdocio; fidelidad a la vocación cristiana en cada momento y en cada circunstancia de la vida»[2].

Esta frase de la Escritura fue elegida por san Josemaría para que se grabara en el dintel de la puerta del despacho donde don Álvaro trabajó durante cincuenta años; primero como Secretario General del Opus Dei, hasta el momento del tránsito de san Josemaría al Cielo. Luego, como Presidente General y más tarde Prelado, hasta su último día en esta tierra, el 23 de marzo de 1994. Siguiendo la costumbre del fundador, también don Álvaro trabajaba habitualmente en el despacho del Vicario General. Era –y lo sigue siendo ahora- un modo de subrayar la colegialidad, característica esencial del gobierno en el Opus Dei. Para quienes residimos en la sede central de la Prelatura, esas palabras constituyen un recordatorio continuo de nuestro servicio a la Iglesia, a la Obra y a las almas: olvidarnos completamente de nosotros mismos, con una fidelidad extremada al espíritu recibido de san Josemaría y con una dedicación total a la tarea que el Señor ha encomendado a cada uno.

A este propósito me parece oportuno citar un párrafo de una carta escrita por san Josemaría en mayo de 1962, cuando don Álvaro se hallaba hospitalizado. «Rezad —decía—, porque si, entre vosotros, hay muchos hijos míos heroicos y tantos que son santos de altar —no abuso nunca de estas calificaciones—, Álvaro es un modelo, y el hijo mío que más ha trabajado y más ha sufrido por la Obra, y el que mejor ha sabido coger mi espíritu. Rezad»[3]. Años más tarde, en 1973, con ocasión del cumpleaños de don Álvaro, aprovechando que el interesado no se hallaba presente, hizo este comentario: «Tiene la fidelidad que debéis tener vosotros a toda hora, y ha sabido sacrificar con una sonrisa todo lo suyo personal (...). Y si me preguntáis: ¿ha sido heroico alguna vez?, os responderé: sí, muchas veces ha sido heroico, muchas; con un heroísmo que parece cosa ordinaria»[4].

«Querría que le imitarais en muchas cosas, pero sobre todo en la lealtad. En este montón de años de su vocación, se le han presentado muchas ocasiones —humanamente hablando— de enfadarse, de molestarse, de ser desleal; y ha tenido siempre una sonrisa y una fidelidad incomparables. Por motivos sobrenaturales, no por virtud humana. Sería muy bueno que le imitaseis en esto»[5].

En marzo de 1994, en la homilía de la Misa por el eterno descanso del alma de don Álvaro, pronuncié unas palabras que, al cabo de veinte años, me parecen de gran actualidad. «Cuando se escriba su biografía, entre otros aspectos relevantes de su personalidad sobrenatural y humana, éste habrá de ocupar un lugar destacado: el primer sucesor del Beato Josemaría Escrivá en el gobierno del Opus Dei fue —ante todo y sobre todo— un cristiano leal, un hijo fidelísimo de la Iglesia y del Fundador, un Pastor completamente entregado a todas las almas y de modo particular a su pusillus grex, a la porción del pueblo de Dios que el Señor había confiado a sus cuidados pastorales, en estrecha comunión con el Romano Pontífice y con todos sus hermanos en el Episcopado. Lo hizo con olvido absoluto de sí, con entrega gustosa y alegre, con caridad pastoral siempre encendida y vigilante.»[6].

Durante la primera Misa celebrada por el siervo de Dios después de su ordenación episcopal, el 7 de enero de 1991, al terminar la homilía añadió unas palabras que ponen claramente de relieve esa aspiración suya. Recordando a san Josemaría y la ordenación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, en 1944, manifestó: nuestro Padre repetía en aquella fecha, y siempre: oración, oración, oración; y yo, haciéndole eco, insistía: fidelidad, fidelidad, fidelidad, mientras me hallaba postrado sobre el pavimento de la Basílica de San Pedro. Que seamos fieles: ¡vale la pena! Lo único que vale la pena es llevar una vida coherente cuando hemos respondido que sí a Nuestro Señor. ¡Decidámonos a ser fieles!, ¡que se note![7].

1. Una fidelidad constantemente renovada

El Papa Juan Pablo II, cuya próxima canonización ya pregustamos, aseguraba que sólo puede hablarse de verdadera fidelidad cuando se ha superado la prueba más exigente: el paso del tiempo, que es capaz de desgastar las mejores intenciones. «Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad a una coherencia que dura a lo largo de toda la vida»[8]. Estas palabras se cumplieron plenamente en don Álvaro del Portillo. A lo largo de su dilatada existencia —rebosante de alegría por saberse hijo de Dios en Cristo— su fidelidad se fue acrisolando con el paso de las jornadas. Ya en los años de infancia y adolescencia cultivó en el hogar paterno —entre otras virtudes— la lealtad, base humana de la fidelidad. Educado por sus padres en una sólida vida de piedad cristiana, aprendió a ser coherente con los compromisos bautismales; al mismo tiempo, desarrolló en su alma un fuerte sentido de cercanía, sin sombras ni fisuras, a sus padres y hermanos, a sus amigos y compañeros de estudio, y a cualquier persona a la que hubiera empeñado su palabra.

Los padres de don Álvaro, don Ramón y doña Clementina, fomentaron el crecimiento de la personalidad de cada uno de sus hijos, respetando sus caracteres y enseñándoles a administrar prudentemente la libertad. Siempre les demostraron una confianza absoluta, hasta el punto de que, por ejemplo, no veían dificultades para que algunos se trasladaran a otros lugares, también fuera de España, por motivos de estudio, cosa en verdad poco frecuente en aquella época. Pusieron mucho interés en que los suyos recibieran una auténtica formación cristiana, en primer lugar en el seno de la familia, que fuese después el punto de referencia para superar bien las dificultades de la vida; y supieron hacerse verdaderamente amigos de cada uno. Don Álvaro recordaba siempre con alegría y agradecimiento las conversaciones que había mantenido con su padre.

La madre, tras el fallecimiento de su esposo, en plena guerra civil española, supo afrontar con generosidad y reciedumbre los problemas que surgían. Su carácter se había fortalecido gracias a la cercanía espiritual de san Josemaría desde que conoció y trató a los miembros de su familia. Como buena madre, estaba motivada también por el cariño profundo y lleno de atención hacia su hijo Álvaro, no diferente del que profesaba a los demás, pero sí especial, ya que percibía en él una actitud más responsable y un mayor sensibilidad ante los problemas familiares, hacia los que se mostraba siempre disponible.

El sentido de responsabilidad de Álvaro —quizá impropio en un joven de su edad— se puso de relieve, por ejemplo, ante las dificultades económicas que la familia tuvo que afrontar. Al finalizar la escuela secundaria, movido por su lealtad, decidió realizar una carrera intermedia que le permitiera ayudar cuanto antes al sostenimiento de la familia. Por este motivo se matriculó en la Escuela de Ayudantes de Obras Públicas, porque aquella carrera era más breve que la de ingeniero civil, que consideraba su verdadera vocación profesional. No tuvo inconveniente en sacrificar sus preferencias personales, aunque también pensaba que, son sus ganancias profesionales, podría financiar los estudios de ingeniería civil , como ocurrió de hecho, sin ser gravoso para la familia.

En casa aprendió a ejercitarse en la comprensión, facilitado por su carácter bondadoso; y, con magnanimidad, supo acomodarse a las personas que trataba, sin juzgar precipitadamente o con parcialidad el comportamiento de ninguno, más aún si no conocía con detalle las circunstancias del ambiente. A la vez, se mostró siempre intransigente cuando era necesario, sin importarle las críticas de otros si estaban en juego la justicia y la caridad. No le costaba rectificar cuando le hacían notar que se había equivocado o cuando él mismo era consciente de su error. Por eso, la convivencia con este joven resultaba muy grata, y así sucedió a lo largo de su paso por la tierra. Siendo ya adolescente, se preocupaba con cariño de sus hermanos pequeños. Todos conservaban memoria de los cuidados que les dispensaba, pues no escatimaba ni tiempo ni esfuerzo para ayudarles o enseñarles lo que fuera necesario. Estaba santamente orgulloso de toda la familia y se comportaba de modo análogo con las personas con las que había hecho amistad o que apenas conocía. En resumen, ya desde muy pronto Álvaro vivió la amistad —entendida como auténtico servicio— con un trato agradable, a pesar de una cierta timidez que afloraba cuando debía intervenir en público. Se hacía querer porque su sencillez atraía, y en su comportamiento se advertía una magnanimidad que facilitaba la amistad.

Durante la juventud, a la par que maduraba en su trato personal con Dios, comenzó a ocuparse con sincero cariño de las personas más necesitadas. Le hacía sufrir la situación de indigencia que descubrió en algunos ambientes; en concreto, la miseria en que se desenvolvían muchas personas de los suburbios de Madrid. Por eso, con un motivo enteramente cristiano, en el que se apreciaba a las claras su preocupación por el prójimo, participó frecuentemente en visitas a pobres y enfermos, con el deseo de dedicar tiempo a la formación espiritual y humana de muchos y a aliviar su miseria moral y material. Apoyado en la amplia base de sus virtudes humana y de su vida de fe, el Señor le fue preparando para el encuentro con el fundador del Opus Dei, en 1935.

2. El encuentro con san Josemaría

Uno de los amigos con quienes don Álvaro visitaba a los enfermos de los hospitales de Madrid, conocía a don Josemaría Escrivá y le habló de este sacerdote con entusiasmo. Don Álvaro pidió a aquel amigo que se lo presentara, y así, en marzo de 1935, acudió por vez primera a la residencia DYA, situada en la calle de Ferraz, en Madrid. Se trató, sin embargo, de un encuentro breve, porque el sacerdote debía atender unos compromisos que no podía postergar. Quedaron de acuerdo para verse de nuevo y fijaron el día y la hora de la cita.

Por diversos motivos aquel encuentro no se pudo realizar. Entre tanto Álvaro ya trabajaba profesionalmente como Ayudante de obras públicas, sin abandonar su plan de estudios en la Escuela de Ingeniería civil, donde obtenía muy buenas calificaciones. Al llegar el verano, antes de comenzar las vacaciones con su familia en el pueblo de La Granja (Segovia), pensó que debería saludar a aquel sacerdote que, desde el primero y único encuentro, le había demostrado tanta simpatía, dejando en su alma una profunda impresión. Años más tarde, cuando se refería a esa decisión, no encontraba otra explicación que la acción de la gracia; solía afirmar que, debido al recuerdo de la cordialidad de san Josemaría, le pareció absolutamente normal pasar por la residencia de Ferraz, antes de marcharse.

Se presentó sin cita previa, el 6 de julio de 1935. Don Josemaría le recibió con su típica cordialidad sacerdotal y humana. Hablaron largamente, tratando en conversación profunda y espiritual varios temas: el trabajo, la familia, los estudios, etc. Al terminar, el sacerdote le invitó al retiro espiritual que se tendría en la residencia universitaria, al día siguiente. Esa invitación cordial, que demostraba un sincero interés por su persona, le cayó de sorpresa, pues nunca había participado en un actividad espiritual semejante, aunque —como he recordado— había recibido una esmerada educación cristiana en la familia y había cursado el bachillerato en un colegio regentado por religiosos. Siempre pensó que, por su carácter algo tímido, y, sobre todo, por la afabilidad de don Josemaría, no supo responder negativamente y se comprometió a acudir. Se despidió muy contento después de aquel coloquio y, sin ningún inconveniente, con plena libertad, cambió sus planes inmediatos de vacaciones. Esta decisión no debió de causar extrañeza en la familia, sea porque conocían sus compromisos profesionales, que comportaban a veces cambios imprevistos de programa, sea por la seria personalidad de Álvaro, cuya madurez y sentido de responsabilidad conocían.

Lo que sucedió aquel 7 de julio de 1935 ha sido narrado con detalle en las biografías de don Álvaro ya publicadas[9]. Esa misma mañana, después de asistir a la primera meditación de san Josemaría, uno de los presentes le habló de la posibilidad de entregar su vida a Dios en el Opus Dei, sin abandonar el trabajo profesional, y la respuesta afirmativa de Álvaro fue inmediata. Años después lo relató él mismo en algunas ocasiones, accediendo a la confiada insistencia de sus hijos.

Fui al día de retiro, oí una meditación y después de la meditación me hablaron de la belleza de seguir a Dios. Y yo, con la gracia de Dios, dije: aquí estoy, y ya no me fui a veranear. Me quedé en Madrid, trabajando y recibiendo formación en el espíritu de la Obra. Nuestro Padre, que estaba muy cansado —era el final del año escolástico, había trabajado mucho y había estado enfermo—, sin embargo empezó un curso de formación sólo para mí[10].

Desde el primer momento, percibió que un cambio se había operado en su alma y también en su personalidad. A partir de aquel 7 de julio, sentía —él, que se consideraba tímido— la necesidad imperiosa de hablar más con los otros y de conocer a muchas personas, para ayudarlas a descubrir la fortuna de ser hijos de Dios. Por eso, sin respetos humanos, invitaba a estudiantes y conocidos a participar en los medios de formación espiritual.

Algún tiempo después, estando fuera de Madrid por un viaje relacionado con los estudios de ingeniería, escribió una carta al fundador de la Obra en la que, entre otras cosas, le decía: "Se me ha pasado el entusiasmo". San Josemaría utilizó esta frase en la composición de un punto del libro Camino: «Se me ha pasado el entusiasmo, me has escrito. Tú no has de trabajar por entusiasmo, sino por Amor: con conciencia del deber, que es abnegación»[11].

Comentaba don Álvaro que, cuando pudo hablar con el fundador del Opus Dei, precisó que no se había expresado así por hallarse en un momento de desánimo o desorientación, sino sólo para puntualizar que le faltaba el entusiasmo externo que hasta entonces había percibido intensamente. Añadía que san Josemaría le había respondido: "Lo entiendo, pero me parece que no está de más lo que he escrito, que nos va muy bien a todos". Considero que este episodio del libro Camino —que ha hecho y sigue haciendo tanto bien a las almas— responde a una experiencia cristiana vivida, sacada de la realidad, no a una mera teoría. Al mismo tiempo, es una confirmación de lo que expresaba Benedicto XVI en una ocasión: «La escuela de la fe no es una marcha triunfal, sino un camino salpicado de sufrimientos y de amor, de pruebas y de fidelidad que hay que renovar todos los días»[12].

El Card. Cafarra y Mons. Javier Echevarría

 

A medida que transcurría el tiempo, crecía en Álvaro la necesidad —el afán santo— de formarse más y mejor, para responder a los dones que había recibido y recibía a diario de Dios. Pocos meses después de aquel julio de 1935, san Josemaría comenzó a apoyarse en este estudiante para la dirección y el apostolado con las personas que llevaban más tiempo formando parte de la Obra, aunque lógicamente la carga de la labor recaía sobre el fundador. A todos los que escuchaban a Álvaro les resultaba patente que, con su afán de formarse para servir mejor, absorbía el espíritu de san Josemaría con una fidelidad que resaltaba a ojos vistas. Ninguno se sorprendió cuando don Josemaría, al ausentarse de Madrid por algún motivo, confiase a Álvaro el encargo de dirigir los medios de formación espiritual y apostólica a los jóvenes que participaban en la labor de la Residencia.

Tras la conclusión de la guerra civil española en 1939, la expansión apostólica del Opus Dei creció considerablemente. Ya el fundador no daba abasto para atender la dirección espiritual de todos los fieles de la Obra, como hacía habitualmente, y quiso apoyarse en sus hijos mayores. Álvaro fue el primero en colaborar en la dirección espiritual de los más jóvenes. San Josemaría le insistió en realizar ese encargo con gran responsabilidad, porque los demás acudirían a él con la misma confianza con que se ponían en las manos del fundador.

No pocas veces oí comentar a don Álvaro, años después, que, antes de comenzar cada una de esas conversaciones de dirección espiritual, se encomendaba al Espíritu Santo para atender a aquellas personas con la máxima delicadeza posible; y añadía que, para cumplir con la mayor fidelidad esa tarea, aconsejaba a quienes le escuchaban, en cada encuentro, que tratasen de mejorar cada vez más su unión con san Josemaría: era un punto que nunca dejaba de tocar con garbo y —por lo que he conocido— de modo siempre convincente. Tenía plena conciencia de que en esos momentos estaba haciendo las veces del Padre, guiaba a todos y a cada uno por caminos de una mayor entrega, con una fidelidad radical al espíritu recibido del Señor.

Fue unánime el comentario de todos los hombres del Opus Dei, que fueron destinatarios de la asistencia espiritual de don Álvaro: veían a san Josemaría detrás de cada palabra de ese hermano suyo, de modo especial por el afecto y la cercanía con que sabía acompañarlos.

3. Fidelidad plena al espíritu del Opus Dei

Desde los comienzos del Opus Dei, el fundador vio con absoluta claridad la necesidad de proceder con orden y con mentalidad teológica y jurídica en la organización de la Obra de Dios, según las luces recibidas del Señor. En los primeros años, durante más de una década, se encargó personalmente también del trabajo material, para enseñar a los fieles de la Obra —de manera gráfica— cómo se podía buscar la santidad en la vida ordinaria. Al mismo tiempo se ocupaba de transmitir los rasgos básicos del espíritu del Opus Dei mediante reuniones o clases, y en conversaciones individuales; se servía también de la colaboración de algunos —en primer lugar, de Álvaro— para mecanografiar los documentos fundacionales que preparaba. Algunos años más tarde, san Josemaría encargó a Álvaro anotar las Instrucciones y otros documentos del fundador. Este criterio operativo, integrado con comentarios y glosas a quienes le ayudaban, se reveló muy útil para darse cuenta mejor de la profundidad con que asimilaban el espíritu de la Obra y cómo procuraban ponerlo en práctica.

Ante esta manifiesta prueba de confianza, todos trataban de responder con la máxima generosidad. San Josemaría se dio cuenta enseguida de que Álvaro mostraba —con la atención que prestaba y con los hechos— una plena disponibilidad, acompañada siempre de corrección y de alegría; y cuando se le pedía un parecer, sus opiniones se caracterizaban por una gran prudencia y un agudo y fino criterio de gobierno, unidos a un extraordinario don de de gentes. En las sesiones de trabajo, le resultó patente también la finura con que Álvaro seguía las explicaciones del fundador, las hacía propias, y se empeñaba en ponerlas por obra.

Durante los meses de la guerra civil, en los que el fundador del Opus Dei estuvo refugiado en una sede diplomática con varios fieles de la Obra (entre otros, Álvaro), y posteriormente, cuando este hijo suyo logró reunirse con él en Burgos, huyendo de la zona donde se perseguía a la Iglesia, en octubre de 1938, san Josemaría tuvo ocasión de tratarle más de cerca. Podían conversar por las calles de Burgos, durante el tiempo que Álvaro permaneció en las cercanías de esa ciudad castellana, mientras frecuentaba los cursos de alférez provisional, y en las visitas de san Josemaría a Cigales, el lugar adonde Álvaro fue destinado por el ejército, en los primeros meses de 1939.

Se conservan algunas cartas del fundador en las que utiliza el apelativo "saxum" referido a Álvaro: «Saxum!: confío en la fortaleza de mi roca», escribía el 13 de febrero de 1939. Y al mes siguiente, con fecha 23 de marzo: «Jesús te me guarde, Saxum. Y sí que lo eres. Veo que el Señor te presta fortaleza, y hace operativa mi palabra: saxum! Agradéceselo y séle fiel». Más adelante, el 18 de mayo del mismo año, vuelve a insistir: «Saxum!: ¡qué blanco veo el camino —largo— que te queda por recorrer! Blanco y lleno, como campo cuajado. ¡Bendita fecundidad de apóstol, más hermosa que todas las hermosuras de la tierra! Saxum!» Finalmente, desde Burjasot (Valencia), el 6 de junio, le repitió: «Saxum!: esperan mucho de ti tu Padre del Cielo (Dios) y tu Padre de la tierra y del Cielo (yo)»[13], haciendo referencia a la filiación espiritual de los fieles de la Obra respecto al fundador.

La elección del apelativo "saxum", roca, revela que san Josemaría, a finales de la década de los años de 1930, consideraba que ese hombre le serviría de fuerte apoyo, prestándole una firme colaboración en la tarea de consolidar y desarrollar el Opus Dei.

También en el Archivo histórico de la Prelatura —y es una prueba notoria de su lealtad— se conserva el guión manuscrito de una meditación predicada por san Josemaría en Cigales, el pequeño pueblo donde se hallaba destinado Álvaro del Portillo junto con otro fiel del Opus Dei, Vicente Rodríguez Casado. Está fechado el 10 de febrero de 1939, víspera de la Virgen de Lourdes, y es el documento más antiguo en el que figura este término. El primer punto del guión dice así: «Tu es Petrus,... saxum —eres piedra,... ¡roca! Y lo eres, porque quiere Dios. A pesar de los enemigos que nos cercan,... a pesar de ti... y de mí... y de todo el mundo que se opusiera. Roca, fundamento, apoyo, fortaleza,... ¡paternidad!»[14]. A la luz de las cartas citadas, no hay duda de que se refería principalmente a Álvaro, aunque en todos sus hijos se apoyara confiadamente.

Resulta particularmente significativo un documento en el que Álvaro describe el comportamiento de una persona auténticamente responsable cuando es preciso tomar una decisión y se enfrenta con la dificultad de no poder comunicarse con quien dirige una actividad importante. El apunte está redactado muy probablemente a finales de 1939, cuando ya había quedado libre de sus obligaciones militares, que se habían prolongado durante algunos meses después de terminar la guerra civil. En esa nota, que ocupa dos cuartillas escritas en el anverso y reverso, Álvaro, a instancias de san Josemaría, transmite lacónicamente su experiencia, recurriendo al lenguaje militar que entonces era muy familiar a todos. Bosqueja la figura del "enlace" —la persona que actúa de intermediario entre el mando y la tropa—, para describir a quien decide según la mente de los superiores, cuando resulta imposible recibir las órdenes directamente. Álvaro propone una reflexión ascética, aplicando el lenguaje militar al plano sobrenatural, puesto que la vida cristiana—como enseña la Sagrada Escritura— es una milicia de paz (cfr. Job 7, 1) que impulsa al cristiano a luchar sin cansancio contra todo lo que pueda apartarle de Dios. Entre otras consideraciones, escribe: Si realmente cumplimos las normas [el plan de vida espiritual y ascético], si leemos el Evangelio procurando vivirlo con intensidad, transformándonos en actores de sus escena, si rezamos el Rosario de igual modo, si logramos a costa de toda la lucha que sea precisa una habitual presencia de Dios, entonces nosotros, que formamos un solo cuerpo con Cristo, nos vamos asemejando más y más a Él[15]. En esas breves consideraciones habla también de la unidad y obediencia con quien hace cabeza en la labor apostólica, para conocer bien su espíritu e identificarse con quien gobierna; y se detiene a ponderar la acción del Espíritu Santo en el alma, la Comunión de los santos y la perseverancia ante los obstáculos.

Una vez terminado el período bélico, el regimiento al que pertenecía Álvaro fue trasladado a Olot, en Cataluña, y allí permaneció hasta el 18 de julio, cuando quedó libre de sus deberes militares y pudo regresar a Madrid, donde reanudó enseguida su trabajo profesional de Ayudante de obras públicas. Por entonces escribió a un amigo, lleno de alegría: hoy llego a casa procedente de Olot. Vengo ¡por fin! destinado a Madrid. Y puedes figurarte lo que para mí supone este regreso al medio familiar, es como la liquidación definitiva de la guerra. Hasta ahora, no había terminado aún para mí[16].

Durante los meses anteriores, lejos físicamente de san Josemaría, había realizado varios viajes para estar con el fundador del Opus Dei, charlar con él personalmente y asistir a algún retiro espiritual. Además de ir siete veces a Burgos, obtuvo dos permisos militares para trasladarse a Valencia y a Vitoria, superando las enormes dificultades del trayecto por la falta de carreteras y medios de transporte adecuados. Además, a lo largo de esas semanas escribió casi diariamente a san Josemaría, a otros miembros del Opus Dei y a varios amigos: se trata de cartas llenas de optimismo sobrenatural y de simpatía, en las que se trasluce el deseo de cuidar con fidelidad su vida cristiana y de mejorar la situación moral de su entorno.

Después de uno de estos viajes con permiso militar, al regresar a Olot, envió la siguiente carta al fundador de la Obra: creo que siempre irá todo muy bien. Y más, con lo que Vd. me dijo de la obligación que había de empujar ahora muy especialmente. Eso queremos los dos —se refiere al Señor y a sí mismo— y yo aspiro a que, a pesar de todo, pueda Vd. tener confianza en el que, más que roca, es barro sin consistencia alguna. Pero ¡es tan bueno el Señor![17].

Como se deduce de todos estos hechos, san Josemaría se dio cuenta —de modos muy diferentes— de que el Señor había puesto a su lado a Álvaro con tanta cercanía, porque reunía condiciones especiales para la labor de gobierno y para la atención espiritual y apostólica de los demás., En aquellos años, el fundador se sabía el único responsable ante Dios del crecimiento el Opus Dei tal como lo vio el 2 de octubre de 1928, y era consciente de que daría cuenta del cumplimiento de este deber; aunque sin prescindir de las iniciativas de sus hijos sobre los modos de poner en práctica sus enseñanzas.

No dudo en afirmar que, tanto en los comienzos de su caminar en el Opus Dei, como al final de su vida, Álvaro fue plenamente consciente de la gran importancia —del peso significativo— que implicaba la aventura divina y humana de llevar a cabo la voluntad de Dios, secundando a san Josemaría. No se dejó abatir por ese espléndido panorama superior a las fuerzas de cualquiera, también de la persona mejor dotada de cualidades, y reaccionó del modo descrito en el Deuteronomio: el presente mandamiento que hoy te ordeno no es imposible para ti, ni inalcanzable. No está en los cielos para decir: «¿Quién podrá ascender por nosotros a los cielos a traerlo y hacérnoslo oír, para que lo pongamos por obra?». Tampoco está allende los mares para decir: «¿Quién podrá cruzar por nosotros el mar a traerlo y hacérnoslo oír, para que lo pongamos por obra?». No. El mandamiento está muy cerca de ti: está en tu boca y en tu corazón, para que lo pongas por obra (Dt 30, 11-14). Había sido testigo de la generosa fidelidad de san Josemaría y —movido por la gracia— siguió esas huellas día a día, con lealtad, con una lucha cotidiana igualmente generosa.

Álvaro no perdía la oportunidad de escuchar, de meditar lo que oía, de pensar en la oración los consejos y enseñanzas recibidos, y no rehuía la carga cuando san Josemaría le indicaba que se ocupara de diferentes tareas. Por esta razón, ya a finales de 1939, una vez en Madrid, el fundador le nombró Secretario General del Opus Dei: su más estrecho colaborador. Los demás fieles de la Obra comprendieron inmediatamente que el interesado no asumía el cargo como una distinción personal, y mucho menos como una promoción. Por el contrario, percibieron aún más su afán de crecer en vida interior; de trabajar con profesionalidad en las variadas tareas o competencias que se le venían encima; de servir a todos en cualquier circunstancia o momento en que le necesitasen. Ciertamente tenía un buen maestro en el fundador del Opus Dei, que diariamente le ofrecía —con su conducta— el ejemplo de una entrega generosa, buscando la heroicidad en la correspondencia a la gracia divina, tanto en las ocupaciones importantes como en el quehacer cotidiano.

Don Álvaro fue siempre, y concretamente desde que recibió ese nombramiento, un apoyo muy sólido para san Josemaría. Desde entonces, «en sus relaciones con el fundador llevó al extremo la veneración y el respeto, mostrando siempre la máxima disponibilidad y generosidad al poner sus cualidades al servicio de la misión recibida. Supo acompañarle en todas las pruebas y en las numerosas tribulaciones que tuvo que afrontar. Su fortaleza, su prudencia, su prontitud en obedecer fueron para el Padre [para el fundador] un punto de apoyo que nunca menguó. Aludiendo a él de modo implícito, pero a la vez evidente para los que le escuchaban, san Josemaría dijo una vez: "No han faltado nunca, de modo providencial y constante, hermanos vuestros que —más que hijos míos— han sido para mí como un padre cuando he tenido necesidad del consuelo y de la fortaleza de un padre"»[18].

Quizá también por estos motivos, pasados ya muchos años, san Josemaría recordaba de vez en cuando que no había escogido a don Álvaro para que trabajara a su lado, sino que Dios se lo había colocado cerca. Añadía que la fidelidad de este hombre, tan continuada en el transcurso de los años, constituía «una permanencia que debe ser cosa del Espíritu Santo»[19]. Y el mismo don Álvaro aseguró en varias ocasiones: no fue nuestro Padre el que me eligió para tenerme a su lado; solía comentar que era cosa del Espíritu Santo. Los demás, por un motivo u otro, no podían estar junto a nuestro Padre. Así que Dios me escogió a mí: así lo dijo muchas veces nuestro fundador[20].

Acabo este apartado sobre la fidelidad de don Álvaro al fundador del Opus Dei, como manifestación de su fidelidad a la Voluntad de Dios, con dos anécdotas muy expresivas referidas por testigos presenciales.

En 1950, don Álvaro sufrió un ataque de apendicitis aguda con dolores muy fuertes y con riesgo de muerte, por lo que se hizo necesaria una intervención quirúrgica urgente. Era el 26 de febrero. Tanto por las técnicas entonces utilizadas como por la duración de la operación —que se complicó más de lo previsto—, los médicos decidieron aumentar la dosis de anestesia; y a causa de este motivo, el despertar postoperatorio fue más lento de lo normal. En esas circunstancias ocurrió una anécdota, narrada por Encarnación Ortega[21], que yo mismo he escuchado en varias ocasiones de labios de san Josemaría.

Cuando ya don Álvaro se encontraba en la habitación, se acercó uno de los médicos para controlar el desarrollo del postoperatorio. Se sorprendió cuando vio que nadie lograba despertarlo y comenzó a preocuparse porque se estaban utilizando todos los medios posibles, sin éxito. En esta situación se hallaban, cuando llegó a la clínica el fundador del Opus Dei, al que refirieron de la situación, posiblemente crítica, del paciente. San Josemaría se acercó a la cabecera de la cama, y con una gran calma, le susurró afectuosamente: "¡Álvaro!". La respuesta del paciente fue inmediata: "¡Padre!". Y así comenzó el despertar que, hasta ese momento, no parecía inminente. San Josemaría concluyó con naturalidad, como si se tratase de algo habitual, con el siguiente comentario: "Este hijo me obedece hasta dormido".

El cuadro se completa con el episodio referido por Joan Masià, que subraya el riesgo de aquella operación. «Algún día después de la intervención quirúrgica —se lee en su testimonio— nuestro Padre me pidió que le acompañara a visitar al enfermo. En la habitación estábamos los tres solos y don Álvaro estaba delirando todavía (...). No hacía más que repetir esta frase: "Yo quiero trabajar junto al Padre, con todas mis fuerzas, hasta el fin de mi vida". Como solo decía estas palabras, una y otra vez, nuestro Padre y yo, muy emocionados, casi con lágrimas en los ojos, tuvimos que abandonar la habitación»[22].

La fidelidad de don Álvaro se manifestó de modo especial en el modo en que llevó a término el itinerario jurídico de la Obra con su erección como Prelatura personal en 1982. De esta manera, la forma jurídica definitiva aseguraba que el carisma que san Josemaría recibió el 2 de octubre de 1928 no se desvirtuase, fortaleciendo la unidad de espíritu, de régimen y jurisdicción, de esta porción del Pueblo de Dios compuesta por cristianos comunes, laicos y sacerdotes.

Es conmovedora la coincidencia —según mi parecer, corresponde a una disposición de la divina providencia— de que en la última carta pastoral de este obispo ejemplar, enviada a los fieles del Opus Dei para que le acompañásemos espiritualmente con motivo de su octogésimo aniversario, pocos días antes de su inesperado fallecimiento, don Álvaro escribiera: en este aniversario tan significativo para mí, y al cumplir los cincuenta años de sacerdote el próximo mes de junio, el mejor regalo que podéis hacerme, hijas e hijos míos, es una renovación profunda del deseo de fidelidad proselitista que a todos nos anima[23].

4. Fidelidad a la Iglesia y al Romano Pontífice

La fidelidad a la vocación cristiana, en toda su integridad, no es virtud que afecte sólo a algunos, sino que corresponde a todos, pues a cada bautizado nos concede el Señor su gracia para desarrollarla en nuestra existencia cotidiana. Así lo recordaba el Papa Francisco en una de sus primeras homilías, después de la elección como Romano Pontífice.

«El Señor nos llama cada día a seguirlo con valentía y fidelidad; nos ha concedido el gran don de elegirnos como discípulos suyos; nos invita a proclamarlo con gozo como el Resucitado, pero nos pide que lo hagamos con la palabra y el testimonio de nuestra vida en lo cotidiano». Y añadía el Santo Padre: «Esto tiene una consecuencia en nuestra vida: despojarnos de tantos ídolos, pequeños o grandes, que tenemos, y en los cuales nos refugiamos, en los cuales buscamos y tantas veces ponemos nuestra seguridad. Son ídolos que a menudo mantenemos bien escondidos; pueden ser la ambición, el carrerismo, el gusto del éxito, el poner en el centro a uno mismo, la tendencia a estar por encima de los otros, la pretensión de ser los únicos amos de nuestra vida, algún pecado al que estamos apegados, y muchos otros.

»Esta tarde quisiera que resonase una pregunta en el corazón de cada uno, y que respondiéramos a ella con sinceridad: ¿He pensado en qué ídolo oculto tengo en mi vida que me impide adorar al Señor? Adorar es despojarse de nuestros ídolos, también de esos más recónditos, y escoger al Señor como centro, como vía maestra de nuestra vida» [24].

No me cabe duda de que la biografía espiritual de don Álvaro, siervo bueno y fiel (Lc 19, 17), constituye un ejemplo que todos podemos imitar. Nuestra máxima aspiración en cuanto cristianos es servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a todas las almas, como nos enseña el Evangelio. Esta fue la línea de conducta de don Álvaro, que luchó con paz y alegría, con constancia, para llevar a la práctica el espíritu que le había transmitido san Josemaría. Desde el momento en que lo hizo propio, vivió y enseñó a vivir la llamada universal a la santidad. Esa fue la trayectoria de su fidelidad, primero como joven, luego como miembro del Opus Dei, marcada por una unión estrechísima con san Josemaría y con su espíritu, durante los años transcurridos a su lado y, más tarde, durante los lustros en los que dirigió el Opus Dei con su servicio pastoral.

Su lealtad cristiana y humana a la Iglesia y al Papa fue in crescendo y se manifestó de modo aún más evidente desde que se estableció definitivamente en Roma en 1946, hasta su fallecimiento en 1994. No me detengo —vuelvo a repetirlo— en aspectos que ya han sido ampliamente referidos en las biografías publicadas: su colaboración en varios dicasterios de la Curia Romana durante los pontificados de Pío XII, de Juan XXIII, de Pablo VI, de Juan Pablo I y de Juan Pablo II; su trabajo en los preparativos del Concilio Vaticano II y en el desarrollo de esa Asamblea como secretario de una de las comisiones conciliares; su papel en la revisión del Código de Derecho Canónico promulgado en 1983, etc. Aludiré sólo a algunos momentos de los que he sido testigo ocular durante el pontificado del beato Juan Pablo II, a quien don Álvaro trató con intimidad y cariño filiales durante muchos años.

Ya desde los primeros meses de la elección del nuevo Papa, en 1978, se entabló una estrecha y frecuente relación entre Juan Pablo II y don Álvaro. Fue una colaboración muy amplia —hecha de pequeños encargos y de programas de mayor importancia—, pues don Álvaro, con visión de fe, descubría la Voluntad de Dios detrás de cada petición o sugerencia del Santo Padre, como siempre había hecho con los precedentes sucesores de Pedro. En las primeras semanas de aquella nueva etapa de la Iglesia, secundó al Papa cuando planeaba ordenar arzobispo a su sucesor en Cracovia, en el altar de la Confesión de la Basílica de San Pedro. El proyecto no había sido recibido con calor en algunos ambientes de la Curia romana, por temor a no llenar la basílica. Un eclesiástico sugirió entonces al Santo Padre que se dirigiese a don Álvaro para conseguir la participación de gran número de personas. Don Álvaro logró movilizar a muchos romanos por medio de los miembros y cooperadores de la Obra, residentes en esta ciudad: con su apostolado personal contribuyeron decisivamente al éxito de la celebración con gran asistencia de gente. El Santo Padre agradeció ese gesto y mencionó al Opus Dei al terminar la ceremonia.

Algo semejante sucedió con el anhelo del Papa de restaurar las procesiones eucarísticas del Corpus Christi por las vías de Roma, que no salían a las calles de la Ciudad Eterna desde mucho tiempo atrás. Contribuyó igualmente a la realización de otro deseo apostólico de Juan Pablo II: comenzar una costumbre muy querida por el Pontífice, promovida cuando era Arzobispo de Cracovia. Se trataba de la celebración de una Misa para los universitarios en Adviento y en Cuaresma, en preparación para la Navidad y la Pascua, con asistencia también del cuerpo docente. No era costumbre romana, pero el Papa comunicó su deseo a don Álvaro y le pidió sugerencias. Como fiel sacerdote, don Álvaro acogió enseguida con gozo esa propuesta, sugiriendo la oportunidad de imprimir invitaciones personales para distribuirlas entre los estudiantes. Señaló que podía ser una ocasión estupenda para acercar a los jóvenes al sacramento de la Penitencia, y propuso que en la Basílica de San Pedro hubiese muchos sacerdotes seculares, entre ellos algunos de los incardinados en el Opus Dei residentes en la Urbe, disponibles para las confesiones desde horas antes del comienzo de la celebración eucarística. El Cardenal Martínez Somalo, que entonces era Sustituto de la Secretaría de Estado, refiere que «la respuesta de los estudiantes fue entusiasta: y desde entonces ha sido siempre así. Sensibilizados uno a uno, participaron muchos en aquella Misa. Después, los sacerdotes presentes comentaban sorprendidos ante el elevado número de confesiones que hubo, gracias a la celebración litúrgica del Papa»[25].

Otro capítulo podría ser el de los viajes pastorales del Pontífice. En 1979, Juan Pablo II preguntó el parecer a don Álvaro sobre la oportunidad de trasladarse a México, para presidir la Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Puebla. Mons. del Portillo respondió que pensaba que sería un gran bien para la Iglesia, a pesar de algunas previsiones pesimistas. Antes de otros viajes pastorales del Papa por el mundo, recordaba a los fieles y a los cooperadores de la Prelatura que demostraran su cariño filial al Santo Padre de todos los modos posibles, y que contagiaran ese amor a sus amigos, parientes y conocidos, a través de su apostolado personal. Este apoyo acompañó al Papa a todas partes, y fue especialmente decisivo en algunos viajes pastorales en los que se preveía la existencia de un ambiente frío, e incluso hostil, ante la visita del Vicario de Cristo.

También en proyectos de más envergadura, don Álvaro se mostró muy sensible a los deseos del Papa, insertándolos en los planes pastorales de la Prelatura. Un ejemplo muy claro lo constituye el comienzo de la labor apostólica de la Obra en los países del norte y del este de Europa.

Uno de los sueños apostólicos de don Álvaro era que el Opus Dei pudiera trabajar en China continental, para colaborar en la siembra de la luz de Cristo en aquel inmenso país. Esa aspiración comenzó a realizarse, al menos parcialmente, a finales de 1980, cuando erigió el primer centro de la Obra en Hong Kong, y dos años después, al promover la labor en otra importante encrucijada del extremo oriente: Singapur. En diciembre de 1982, don Álvaro informó a Juan Pablo II sobre los pasos que el Opus Dei estaba recorriendo en Asia, y le mencionó su deseo de llegar cuanto antes a China continental. El Papa respondió que apreciaba ese deseo, pero que le preocupaba más la situación de las naciones escandinavas, muy alejadas de la fe cristiana. Al escuchar esas palabras, el Prelado entendió que sería más agradable a Dios cambiar el rumbo de sus proyectos y que era preciso llegar cuanto antes a esos países del norte de Europa.

Efectivamente, en la carta de felicitación por la Navidad enviada a sus hijos pocos días después, don Álvaro escribió: ahora os querría insistir en que encomendéis la extensión apostólica de la Obra, preparando con vuestras oraciones y con vuestros sacrificios, con vuestra entrega alegre y generosa, la labor en las frías regiones del norte de Europa: los países escandinavos[26]. El apostolado en esas tierras pasó a ser una prioridad de don Álvaro, a la que dedicó muchas energías. De sobra conocía que no sería fácil obtener frutos a corto plazo, pero estaba convencido de que Dios proporcionaría la ayuda necesaria. Refiriéndose a la siembra no fácil de los fieles de la Obra allí, comentaba: ¡Es muy duro!, pero si es muy duro, sabemos que contamos con más gracia de Dios, porque el Señor, cuando envía a arar un campo, da todos los instrumentos necesarios para que se puedan levantar los terruños resecos. Yendo allá, Él nos concederá todas las gracias suficientes para remover a las almas[27].

Juan Pablo II guardaba en su alma el afán de la nueva evangelización, y en 1985 dio un fuerte impulso a esta prioridad pastoral, sobre todo, en los países de la Europa occidental y de América del norte, donde los síntomas de secularismo iban creciendo de modo alarmante. Una fecha simbólica es la del 11 de octubre de ese año, cuando el Santo Padre clausuró un simposio de Obispos europeos, celebrado en Roma, invitando a la Iglesia a un renovado impulso misionero. Don Álvaro se hizo eco inmediatamente de este proyecto apostólico, y con fecha 25 de diciembre del mismo año escribió una Carta pastoral a los fieles de la Prelatura, urgiéndoles a colaborar con todas sus fuerzas en esta tarea, sobre todo en los países de la vieja Europa. A partir de entonces redobló su esfuerzo pastoral en este sector, con viajes frecuentes a las diferentes circunscripciones de Europa. Los años de 1987 a 1990 se caracterizaron por la extensión de este empeño a otros continentes: Asia y Oceanía, América del Norte, y finalmente África.

En otros momentos, movido por su celo de apoyar con fidelidad otras intenciones del Papa, organizó la puesta en marcha de algunas iniciativas apostólicas, de profunda incidencia en la vida de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares, pues estaban orientadas a la formación de los sacerdotes y de los candidatos al sacerdocio en diversos países Entre las primeras, destaca la potenciación de las Facultades eclesiásticas de la Universidad de Navarra y la creación del Centro Académico Romano de la Santa Cruz, que en pocos años se convertiría en la actual Universidad pontificia. Como es patente, hubo de superar muchos obstáculos para ver realizados estos proyectos, pero no cejó en su empeño porque sabía que respondían a los planes del Santo Padre en su comprensible afán de dar a conocer a Jesucristo, como había presentado en las encíclicas Redemptor hominis y Redemptoris missio.

Para la formación de candidatos al sacerdocio, acogiendo otra sugerencia expresa del Romano Pontífice, fundó dos Seminarios internacionales con el objetivo de preparar para el sacerdocio a seminaristas enviados por sus respectivos Obispos: el Colegio Internacional "Bidasoa" (en Pamplona) y el "Sedes Sapientiæ" (en Roma), erigidos respectivamente en 1988 y 1991, a la sombra de la Universidad de Navarra y de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz. Con el intento de facilitar un alojamiento digno a los alumnos, consiguió que muchas personas colaboraran con su oración y sus limosnas a la construcción o remodelación de los edificios necesarios, tanto en Roma como en Pamplona.

No resulta necesario subrayar que la realización de estos proyectos requería sumas de dinero de las que se carecía: no sólo para la construcción y mantenimiento de los edificios, sino también para conseguir un gran número de becas destinadas a los estudiantes procedentes de diócesis con pocos recursos económicos.

Los frutos espirituales de estas últimas iniciativas apostólicas y de otras muchas han sido y continúan siendo grandes; constituyen una prueba de cómo el Señor ayuda siempre a las obras apostólicas que se emprenden para servirle. Don Álvaro se llenaba de gozo al contemplar cómo, año tras año, en esos centros académicos crecía el número de seminaristas y de sacerdotes de diferentes diócesis. Bastan aquí unas pocas cifras facilitadas por la fundación CARF, cuyo único objetivo es canalizar las ayudas económicas a esos instrumentos. Según datos difundidos en 2011, desde sus comienzos en 1989, han cursado estudios eclesiásticos en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma o en la Universidad de Navarra más de 11.000 alumnos, de 109 países —seminaristas, sacerdotes, religiosos y religiosas, profesores de religión, catequistas, etc.—, de los cuales han recibido beca unos 2.500, y más de 1.700 han llegado al sacerdocio. Solo en los Seminarios Internacionales "Bidasoa" (de Pamplona) y "Sedes Sapientiæ" (de Roma), hasta esa fecha, 776 seminaristas habían recibido la ordenación sacerdotal[28].

Antes de terminar esta intervención – que ciertamente resulta insuficiente para reflejar la fidelidad ejemplar a Dios y a la Iglesia del primer sucesor de san Josemaría y primer Prelado del Opus Dei–, deseo recordar cómo el beato Juan Pablo II valoraba esa fidelidad. Tuvo una extensa resonancia en los medios de comunicación el hecho de que, a las pocas horas del fallecimiento de mi predecesor, el Papa acudiera a rezar ante sus restos mortales en la capilla ardiente instalada en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz. Cuando le agradecí su estancia entre nosotros, que tanto consuelo y alegría causó a todos, Juan Pablo II me respondió: "era cosa dovuta, era cosa dovuta" (era un deber).

No dudo de que esto era, de parte del Papa, un reconocimiento paterno y explícito de la fidelidad de don Álvaro al Sucesor de Pedro y a su misión de Supremo Pastor. Lo había manifestado ya con ocasión del 80º cumpleaños de don Álvaro, el 11 de marzo, enviándole una fotografía suya acompañada de un quirógrafo con su bendición autógrafa. Tras declarar su «gran aprecio por el fiel trabajo que ha realizado en servicio de la Iglesia», invocaba sobre don Álvaro «abundantes gracias celestiales para un ministerio aún largo y fecundo de frutos», mientras le impartía «de corazón una especial bendición apostólica, que extiendo con afecto a todos los sacerdotes y laicos de la Prelatura del Opus Dei»[29].

Pocas horas más tarde, en una tertulia con sus hijos de Roma, don Álvaro comentaba con su habitual sencillez: es un regalo que me ha conmovido porque no lo esperaba; fue una buena sorpresa.[30].

El mismo día del fallecimiento de don Álvaro, además de la visita ya mencionada a sus restos mortales, Juan Pablo II me hizo llegar —como Vicario General del Opus Dei— un telegrama en el que expresaba esos sentimientos, con los que enviaba a todos los fieles de la Obra, laicos y sacerdotes, su más sentido pésame, mientras recordaba «con agradecimiento al Señor la vida llena de celo sacerdotal y episcopal del difunto, el ejemplo de fortaleza y de confianza en la Providencia divina que ha ofrecido constantemente, así como su fidelidad a la Sede de Pedro y el generoso servicio eclesial como íntimo colaborador y benemérito sucesor del beato Josemaría Escrivá»; y aseguraba «fervorosas oraciones de sufragio para que [el Señor] acoja en el gozo eterno a este servidor bueno y fiel»[31].

Poco tiempo después, llegó a manos de Juan Pablo II una tarjeta postal que don Álvaro le había escrito unos días antes desde Jerusalén. Dirigiéndose al entonces secretario personal del Papa, Mons. Stanislao Dziwisz, le rogaba que presentase «al Santo Padre nuestro deseo de ser fideles usque ad mortem, en el servicio a la Santa Iglesia y al Santo Padre» [32].

Este último recuerdo me parece muy adecuado para concluir mis palabras, que han querido encuadrar —de un modo necesariamente incompleto y fragmentario— una de las características esenciales de Mons. Álvaro del Portillo, Obispo y Prelado del Opus Dei, fundador y primer Gran Canciller de esta universidad: su fidelidad a Dios, a la Iglesia, al Romano Pontífice, a san Josemaría y al espíritu del Opus Dei. Le pido que, con su intercesión, también nosotros recorramos hasta el final su mismo camino.

¡Muchas gracias!


[1] Cfr. Santo Tomás de Aquino, Exposición del Símbolo de los Apóstoles art. 4.

[2] Congregación de las Causas de los Santos, Decreto sobre las virtudes del siervo de Dios Álvaro del Portillo, 28-VI-2012.

[3] San Josemaría, Carta a don Florencio Sánchez-Bella, entonces Consiliario del Opus Dei en España, 1-V-1962: AGP, serie A.3.4, leg. 277, carp. 2, carta 620501-1.

[4] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 11-III-1973: AGP, biblioteca, P01 1973, p. 217.

[5] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 19-II-1974: AGP, biblioteca, P01 1974, p. 226.

[6] Omelia nella Messa in suffragio di Álvaro del Portillo, 25-III-1994 ("Romana" 10 [1994] 30-31).

[7] Álvaro del Portillo, Homilía en la primera Misa después de la ordenación episcopal, 7-I-1991: AGP, biblioteca, P01 1991, p. 50.

[8] Beato Juan Pablo II, Homilía en la catedral metropolitana de México D.F., 26-I-1979.

[9] Cfr. Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo, prelado del Opus Dei, Madrid, Rialp 1996 (traducida a los principales idiomas); Hugo de Azevedo, Missão cumprida: biografia de Álvaro del Portillo, Lisboa, Diel 2008 (traducida al castellano y al italiano); Javier Medina, Álvaro del Portillo. Un hombre fiel, Madrid, Rialp 2012 (en curso de traducción a varias lenguas); Francesc Castells, voz "Portillo y Diez de Sollano, Álvaro", en Diccionario de san Josemaría Escrivá de Balaguer (ed. José Luis Illanes), Burgos, Monte Carmelo 2013, 984-989.

[10] Álvaro del Portillo, Notas de una reunión familiar, 22-II-1988.

[11] San Josemaría, Camino, n. 994.

[12] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 24-V-2006.

[13] Cartas de san Josemaría a don Álvaro en las fechas señaladas: AGP, serie A.3.4, leg. 256, carp. 2; AGP, serie A.3.4, leg. 256, carp. 2; AGP, serie A.3.4, leg. 256, carp. 3; AGP, serie A.3.4, leg. 256, carp. 3.

[14] Cfr. Apunte manuscrito del 10-II-1939: AGP, biblioteca, P01 , 1994, pp. 214-215.

[15] Álvaro del Portillo, Nota sobre la eficacia apostólica de la Obra (probablemente, de 1939): AGP, APD D-10154, pp. 2-3.

[16] Álvaro del Portillo, Carta a Miguel Sotomayor y Muro: AGP, APD, C-390728.

[17] Álvaro del Portillo, Carta a san Josemaría: AGP, APD, C-390712.

[18] "Perfil cronológico-espiritual del Siervo de Dios Álvaro del Portillo, Obispo y Prelado del Opus Dei", preparado por la Oficina de las Causas de los Santos de la Prelatura, Roma 2002, p. 65.

[19] San Josemaría, Notas de una reunión familiar en México, 21-V-1970: AGP, biblioteca, P01 III-1972, p. 46.

[20] Álvaro del Portillo, Notas de una reunión familiar, 11-III-1984: AGP, biblioteca, P01 1984, p. 244.

[21] Cfr. Recuerdos de Encarnación Ortega sobre san Josemaría: AGP, serie A.5, leg. 234, carp. 2.

[22] Testimonio de Joan Masià Mas-Bagà, AGP, APD, T-0503, p. 3.

[23] Álvaro del Portillo, Carta, 1-III-1994: AGP, biblioteca, P17, vol. III, p. 290.

[24] Papa Francisco, Homilía en el III Domingo de Pascua, 14-IV-2013.

[25] Testimonio del Cardenal Eduardo Martínez Somalo: AGP, APD, T-19518, p. 3.

[26] Álvaro del Portillo, Carta en la Navidad de 1982: AGP, biblioteca, P17, vol. I, n. 65.

[27] Álvaro del Portillo, Apuntes de una reunión familiar, 1-I-1983.

[28] Datos recogidos por Javier Medina, Álvaro del Portillo. Un hombre fiel, Madrid, Rialp 2012, pp. 547-548.

[29] Juan Pablo II, Dedicatoria manuscrita en una fotografía, 11-III-1994.

[30] Notas de una reunión familiar, 11-III-1994: AGP, biblioteca, P01 1994, p. 231.

[31] Juan Pablo II, Telegrama a Mons. Javier Echevarría, 23-III-199: AGP, APD, T-17395.

[32] Álvaro del Portillo, Tarjeta postal enviada a Mons. Dziwisz, fechada en Jerusalén el 17 de marzo de 1994; manuscrito publicado en: AGP, biblioteca, P01 III-2004, p. 8, con ocasión del décimo aniversario del fallecimiento de don Álvaro.

 

Los verdaderos héroes | La vida es para servir

José Martínez Colín

1) Para saber

Cuando se habla de héroes, suelen identificarse con personajes fantásticos que hacen espectaculares proezas. Hoy tienen fama algunos superhéroes llevados al cine que realizan, gracias a la tecnología, hazañas increíbles. Sin embargo, no dejan de ser ficticios.

El Papa Francisco, concluido su reciente viaje a Hungría y Eslovaquia, se refirió a quiénes son los verdaderos héroes: aquellas personas que se dedican a servir, a ayudar, que silenciosamente se ocupan y se preocupan del prójimo. En Bratislava visitó a las Hermanas Misioneras de la Caridad, de la Santa Madre Teresa de Calcuta, quienes “reciben a los descartados de la sociedad: rezan, sirven y ayudan. Y rezan tanto y ayudan tanto, sin pretensiones. Son los héroes de esta civilización”. Pidió a los asistentes reconocer su labor con un aplauso.

Advirtió el Papa que el consumismo, el vivir para las cosas de la tierra, conduce a diluir la presencia de Dios y nos aleja de Él. Nuestra respuesta vendrá de la oración y del amor humilde que sirve. Que retomemos una idea fundamental: El cristiano está para servir.

2) Para pensar

Hace años, a un joven llamado Pascual le gustaba tener nuevas experiencias. Por ello trabajaba en una agencia de viajes. Pero nada lo satisfacía. Oyó hablar de la Madre Teresa de Calcuta y quería conocerla. Viajó a Bombay pero no estaba ahí. Un día escuchó que estaría en Madrid y fue a verla. Se puso cerca y le sorprendió que la Madre Teresa, que había recibido el Premio Nobel de la Paz en 1979, estuviera enseñando a sus Hermanas a poner unas cuerdas para secar la ropa. Además escuchó que necesitaba viajar a Yugoslavia y no se podía comprar boletos por ser domingo. Pascual ofreció resolverle el problema. En agradecimiento, le permitieron llevar en su carro a la madre Teresa a una iglesia. Pascual no creía que fuera verdad. Pasada su incredulidad, le preguntó cómo servir a los demás en concreto. La Madre le explicó que una manera sencilla era realizar bien su trabajo. Lo importante era poner amor y así Dios convertiría su trabajo en servicio. En concreto, en su trabajo se requerirá tener paciencia con los clientes: “Haz tu trabajo con amor y paciencia y así servirás a los demás. Y luego reza. No dejes de rezar, Pascual”.

3) Para vivir

El Papa Francisco señaló que el valor de una persona a los ojos de Dios no depende del éxito, ni del trabajo o el dinero que tiene en el banco, sino por el servicio. ¿Quieres sobresalir? Sirve, aunque a veces cueste. Cuando los discípulos discutían sobre quién era el más grande de ellos, Jesús les enseña que “si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos”. Servir no es una expresión de cortesía: es recorrer el camino de Jesús, quien no vino “a ser servido, sino a servir”.

El Santo Padre alentó a servir en primer lugar a los necesitados que no tienen nada que dar. Así acogemos a Jesús que está ahí, y recibimos el tierno abrazo de Dios. Terminó pidiendo orando: “que la Virgen María, humilde sierva del Señor, nos ayude a comprender que servir no nos disminuye, sino que nos hace crecer. Hay más alegría en dar que en recibir”. (articulosdog@gmail.com)

 

 

Construyendo la confianza en el matrimonio

¿Problemas con tu pareja? Prueba estos 4 tips para mejorar la confianza en tu relación.

La confianza es un pilar básico para construir una relación sana; trabaja en ella para mejorar tus vínculos afectivos con estos cuatro consejos.

La vida nos sorprende todos los días e incluso en ocasiones nos sacude como un gran terremoto. De igual forma en nuestro matrimonio suceden cambios, crisis, zarandeadas inesperadas que que en ocasiones solo nos tambalean un poco, pero en otras causan grandes daños y fisuras que dejan la estructura del matrimonio endeble y que con cualquier otro movimiento se puede derrumbar.

El Dr. John Gottman y su esposa Julie han investigado por más de 40 años a miles de matrimonios y han podido encontrar algunas claves que pueden ayudar a lograr la estabilidad en la relación de las mismas, con base en una serie de intervenciones que tienen sustento en la investigación empírica y que les ha permitido crear la base de la teoría de su método.

Uno de los hallazgos es que cuando existe mayor negatividad que positividad durante el conflicto, se habla de una disfuncionalidad en la relación. Es por eso que  para lograr la funcionalidad en tu matrimonio, debes considerar al menos tres aspectos importantes:

1.- Que el conflicto sea constructivo.

2.- El  afecto positivo para el desarrollo de la amistad e intimidad.

3.- Generar un sentido de trascendencia.

Estos tres aspectos necesitan de dos elementos básicos para que se puedan sostener durante la relación, de lo contrario fácilmente pueden derrumbarse al intentar construir una relación estable, sólida y sobre todo feliz.

Me refiero a la confianza y el compromiso, que en gran medida te permitirán tener un buen manejo de los conflictos. La mayoría de las parejas lo que buscan es resolverlos al pedir ayuda a un profesional o guía espiritual, pero me temo que muchos de estos problemas se consideran perpetuos, ya que es es muy probable que permanezcan a lo largo de toda la relación. Por lo tanto, no hay que intentar resolverlos, más bien hay que aprender a manejarlos. Además, la confianza te permitirá construir un vínculo sólido de amistad, conocerse mutuamente, cultivar la admiración y el cariño para acercarse más al otro y lograr hacer una fuerte inversión a su “cuenta bancaria emocional”. Finalmente te ayudará a generar un sentido de trascendencia en tu relación, con valores y rituales que les permitan una mayor conexión y cariño entre ambos.

Lo importante es que se centren en construir una verdadera base de confianza desde un inicio y frenar lo que el propio Dr. Gottman denomina los cuatro jinetes del Apocalipsis en la relación del matrimonio: La actitud de crítica, la actitud defensiva, la actitud de desprecio y la actitud evasiva.

Por eso te quiero compartir cuatro tips prácticos para ser más confiable y responsable en tu relación.

  • Construir la confianza día a día: Lo más importante  en tu relación es la congruencia, que lo que digas sea congruente con lo que haces. Por ejemplo, cumplir tus promesas, los acuerdos o compromisos que has hecho. Se hace un gran daño al prometer algo que no se va a cumplir.

– Reconocer tus errores: Todos cometemos errores, lo importante es que tu pareja quiere saber que los reconoces y admites un poco de responsabilidad. Esto es una muestra de tu confiabilidad y responsabilidad. Además de intentar mejorar para no cometerlos nuevamente. Es un comenzar y recomenzar.

– Hablar con honestidad: Decir la verdad parece algo tan básico, pero a la vez tan poco común. La mentira está a la orden del día, presente en muchas relaciones de forma cotidiana. En muchos casos es para evitar conflictos, evitar discusiones y darle un poco de complacencia al otro. Si no eres honesto en los pequeños detalles no tendrán confianza en ti en las cosas grandes. El primer paso para establecer  confianza es decir en todo momento la verdad.

  • Ser consistente: Se requiere ser paciente ya que toma tiempo construir la confianza, es como iniciar un maratón. No se trata de que un día seas el más atento, detallista, y romántico y al otro todo lo contrario. Es mejor un detalle cada día, sin cosas extraordinarias, pero constantes. Puedes proponerte tener un acto espontáneo de amor cada día.

Hoy en día existen muchos instrumentos  y medios que te pueden ayudar a realizar una especie de checkup de tu matrimonio  y con ello  identificar el estado real en que se encuentra. Así podrás  reconocer  el conflicto y trabajar en él. Es una gran ayuda  para  fortalecer la  intimidad,  el respeto y el amor.

¡Recuerda! La confianza es uno de los  pilares más importante para la construcción de una relación sólida y un matrimonio feliz.

Soy Sergio Cazadero y te quiero compartir, cómo hacer para crecer.

Sergio Cazadero

 

 

Las primeras decisiones

Elegir con criterio es lo mejor que puede aprender un hijo. Pero los padres dominantes o sobreprotectores le impiden hacerlo.

Desde que los hijos nacen, la vida del hogar gira en torno a ellos. Cómo formarlos y darles herramientas para vivir mejor en el futuro son inquietudes comunes a los padres. Sin embargo, a menudo olvidan que también es importante enseñarles a decidir en cada momento lo que realmente quieren hacer y lo que es mejor para sí mismos.

Tomar decisiones es una de nuestras tareas más habituales, tanto que a veces lo hacemos casi de forma mecánica. Sin embargo, se trata de un proceso con una técnica propia que debemos conocer bien. De que la dominemos o no, dependerán muchas consecuencias importantes -y otras de poca monta- en nuestra vida, cuya responsabilidad tendremos que asumir.

Por otra parte, si compartimos la opinión de que educar es ayudar a crecer en libertad y responsabilidad, tendremos que ayudar a nuestro hijo a aprender a tomar decisiones. En cambio, son los padres sobreprotectores o dominantes quienes incapacitan a sus hijos para decidir, ya que por miedo a que se equivoquen o sufran o por afán de manejarlos en todo, coartan su libertad de elegir y su responsabilidad para asumir los resultados de esas elecciones.

Decidir es un excelente ejercicio del que un hijo podrá aprender mucho. Le valdrá para estimular algunas de sus capacidades intelectuales fundamentales, como analizar, comparar y valorar distintas opciones. También es oportunidad de probar en carne propia la ventaja de la prudencia.

Un hijo que toma decisiones sentirá que participa activamente, con protagonismo, en el rumbo de su propia vida y eso -en la medida y progresión adecuadas- será el mejor estímulo para crecer en madurez personal. Sobre todo, porque cuando un hijo toma sus primeras decisiones, realiza a la vez sus primeras renuncias. Todos sabemos que muchas rabietas de los niños pequeños se deben a que lo quieren todo: precisamente cuando eligen y asumen la pérdida para sí mismos de lo que no eligieron, es cuando se da uno de los pasos más importantes del crecimiento.

Y si se equivoca… también podrá aprender la inestimable lección de cómo lamentar decisiones pasadas, analizar y buscar la falla y extraer las oportunas conclusiones.

Aunque nuestras decisiones suelen ser a menudo mecánicas, lo cierto es que lo que realizamos es todo un proceso de varias fases.

· Primero: definir el problema u objetivo,

· Segundo: recoger la información que podamos sobre él.

· Tercero: tener claras las alternativas, y lo que sigue a continuación de cada una de éstas.

· Cuarto: llevar a la práctica la decisión.

Por ejemplo, dos hermanos de 13 y 14 años no saben si ir a un paseo con sus padres porque están invitados el mismo día a un cumpleaños. Con esos datos suelen aparecer las posibles opciones -ir, no ir-, que tendrán que someter a una valoración: ¿Qué ventajas e inconvenientes presenta cada opción?

Sopesando el resultado de cada alternativa y su valoración, deberán decidir cuál de ella es más conveniente. Quizás opten por una que, objetivamente, no es la que más les conviene…. pero ahí entramos en el ámbito de la libertad humana. Y los padres deben aprender a respetar esas primeras decisiones sin intervenir y mucho menos decir: ¡te dije!, o ¡yo sabía … !

Pero, tomada la decisión, queda un último paso, que, a menudo, es el más costoso: hay que llevarla a cabo. Siendo consecuente con las decisiones es como los seres humanos demostramos coherencia y responsabilidad.

¿CÓMO ES MI HIJO?

Para orientar a nuestro hijo en la toma de decisiones, no siempre tendremos que potenciar las mismas fases del proceso. Cada hijo es diferente, y diferente ha de ser también la forma en que enseñemos a pensar, valorar, optar… Tendremos que apoyarnos en sus puntos fuertes, al tiempo que fortalecemos los débiles.

De una forma general, es posible establecer cuatro estilos personales:

El impulsivo: primero actúa y luego reflexiona… y se lleva las manos a la cabeza, porque las consecuencias son a menudo negativas, o se contraponen unas a otras. Tendremos que ayudarlo en varios campos de la reflexión: invitándolo a dar razones de su elección antes de actuar, alentándolo para que busque varias opciones entre las que decidir y explicándole cómo puede valorar -incluso hay métodos cuantitativos para ello- sus pro y sus contras.

El indeciso: al contrario que el impulsivo, este hijo reflexiona todo antes de decidir. Tiene tanta aversión al riesgo que puede perder la oportunidad de tomar una decisión. Lo podremos ayudar proponiéndole un límite de tiempo en el que decidir, dándole muchas oportunidades en las que tenga que elegir una opción para crear el hábito, y fortaleciendo la seguridad en sí mismo con las palabras de ánimo.

El rígido: este hijo no se plantea siquiera la necesidad de tomar decisiones, ya que hace siempre las cosas del mismo modo, «porque siempre las he hecho así». Necesita que le sugiramos nuevas alternativas con mayores ventajas, tendremos que encontrar la manera de hacerle ver el valor de la información previa antes de tomar una decisión, razonarle aquel refrán «rectificar es de sabios», y hacerle entender que siempre se puede mejorar y sacar lecciones en la vida.

El prudente: probablemente es el niño mejor preparado para tomar decisiones, ya que sabe lo que quiere y cómo lograrlo, arriesgando únicamente lo necesario. Es lento en la reflexión y rápido en la ejecución.

CUANDO LA DECISIÓN ES DE LOS PADRES (PERMISOS DIFÍCILES)

· No permitir preguntas ‘urgentes’: las decisiones apresuradas no siempre son las correctas. Hay que pedir al hijo que dé la mayor cantidad de datos posibles: dónde, cuándo, con quiénes, traslados…

· Tampoco tramitar. El adolescente es impaciente. Tramitarlo dará origen a más presiones y la decisión final podrá responder no al bien del hijo sino al cansancio o, al revés, a querer devolver con un NO la insistencia del hijo.

· No convertir la casa en un “ring”. Siempre -¿quién no?- se ha muñequeado para lograr permisos y no se trata de que usted venga a demostrar ahora que la autoridad paterna siempre vence y aplasta.

· Es a veces el tono y la reacción desmedida de sus padres lo que lleva al adolescente a esconder información o, sencillamente, a mentir. Es básico ganarse la confianza de los hijos.

· Cuando queda un sabor amargo después de una discusión habrá que volver, no para decir «bueno ya, hazlo», sino para mostrar al hijo cuánto se le quiere y que por eso es que se le ha negado el permiso.

· Evite ponerse a la altura del adolescente con los «No porque No», portazos, gritos y comparaciones.

· Anime al hijo (a) a comprender los por qué (también de lo que se autoriza) de modo que acepte positivamente la autoridad de sus padres.

· Como siempre, los mejores panoramas pueden ser en la casa y por muy poco dinero: a los jóvenes les sigue gustando conversar, jugar, picotear y bailar. ¡Sea generoso e invítelos a su casa! Así se conoce además, a los amigos de los hijos y su forma de divertirse.

PARA AYUDAR

· Eduquen a su hijo en la toma de decisiones proporcionándole progresivamente campos en los que pueda tomar él las suyas propias. El hábito sólo será posible si le vamos dando oportunidades para desarrollarlo.

· Tengan en cuenta que cada vez que deciden ustedes en algo donde podía haberío hecho él sin consecuencias negativas, están dando un paso atrás en su educación.

· Felicítenlo y dénle ánimos cuando haya ponderado bien las decisiones que tomó, y respétenlas.

· Ayúdenle a pensar y a plantearse preguntas: ¿Qué quieres conseguir? ¿Qué caminos tienes para llegara eso? ¿Qué tiene de bueno y malo cada opción?…

· Y si se equivoca… sean ustedes los primeros en animarlo y ayudarlo a enmendar la situación, recordándole que errar es de humanos.

· Recuerden que deben darle el ejemplo de seguir adelante, ser consecuentes con las propias decisiones y esforzarse en enmendar las meteduras de pata, sin agachar la cabeza ni hacer dramas.

· Sean cautos al darle libertad -a corto, medio y largo plazo-, ateniéndose siempre a su integridad moral y anímenlo a asumir las consecuencias de sus actos, advirtiéndole de ellas a tiempo, pero sin sentenciarlo.

· Exíjanle la realización de lo que haya decidido, para que aprenda a responsabilizarse de sus propias acciones. Por ejemplo, si van de compras y se decide por una ropa cara, tendrá que comprometerse y cumplir su palabra de que la usará con frecuencia y la cuidará especialmente. Pueden ver la posibilidad de que renuncie a otras prendas o caprichos para compensar, en parte, la diferencia de precio.

QUIÉN DECIDE QUÉ COSA

I. Decisiones que deben tomar los padres:

· Formación y objetivos en la educación de los hijos

· Presupuesto familiar

· Normas de convivencia.

II. Decisiones que pueden tomar -juntos- padres e hijos:

· La elección del Instituto o Universidad

· Cambio de domicilio

· Salidas nocturnas

· Estudios complementarios o trabajos de verano.

III. Decisiones que pueden tomar los hijos tras conversar con sus padres:

· Elegir carrera

· Fiestas extraordinarias

· Clases particulares

· Actividades con los amigos.

IV. Decisiones que pueden tomar los hijos informando luego a sus padres:

· Horario de estudio y tiempo libre, deportes

· Salidas diurnas

· Forma de vestir, compras con su mesada o ahorros.

V. Decisiones que pueden tomar los hijos solos:

· Utilización de su ropa y objetos personales

· Actividades cotidianas (esto es bastante amplio, pero dice relación con la intimidad que un hijo de esta edad necesita: cómo tener ordenados sus cajones, sus libros, su ropa; la manera con que enfrenta un malentendido con un amigo, un horario de estudio…).

 

Familia, desarrollo y cambio social. Claves para un estudio interdisciplinario I [1]

 

Escrito por Luis Álvarez Colín

Publicado: 25 Septiembre 2021

 

Introducción, o lo que es lo mismo, esclarecimiento de los motivos por los que escribo este artículo

Escribo este artículo [2] desde la tristeza y la esperanza. Desde la tristeza —cuyo continente es mi cuerpo y mi mente— porque así de sencillo, pensamos con las emociones. Porque lo sensible y lo inteligible —en vinculación concreta e indisoluble— dan cuenta cabal del hombre: de sus conflictos y sus anhelos. Porque la mente es la metáfora del cuerpo. Porque mi mente en mi cuerpo lloran ahora, se encogen y están inmisericórdemente lastimados. Porque los acontecimientos del mundo, de nuestra América y de mi patria, México, me sofocan, me estremecen, me conmocionan y me desbarrancan. Porque con registros oficiales, que son fríos y lacónicos, la Organización Mundial de la Salud, en fechas recientes nos ha comunicado que México es el país de entre todos los del mundo que alcanzó el primer lugar en incremento de suicidios infantiles [3] pasando en las dos últimas décadas del 5% al 62%. [4]

Escribo desde la esperanza porque la única herida que me queda sana y ventilada, en un supremo esfuerzo y juntando toda mi carne y mis emociones y mi mente, quiero que se abra a la esperanza. ¿Pero cuál esperanza? Aquella esperanza que significa esperar creando lo posible y retando lo imposible. Aquella esperanza, que al filo de los días se va haciendo plena de tanto esperar; la que luchando contra todo esperar, contra lo inesperado y más allá, se empeña en creer que si existe más bien el ser y no la nada es porque el proyecto ético y espiritual del hombre, que le da sentido a todo, consiste en buscar —siempre un paso más allá— los caminos donde se encuentran la verdad y la vida, afirmándose y vivificándose mutuamente.

Construyendo un camino hacia la interdisciplina y la transdisciplina

Basarab Nicolescu, físico teórico del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia, del laboratorio de Física Nuclear y de Altas Energías de la Universidad Pierre y Marie Curie y cofundador con René Berger del Grupo de Estudio sobre la Transdisciplina en la UNESCO (1992), lúcidamente hace el siguiente diagnóstico de nuestra situación actual, apuntando al mismo tiempo algunos caminos de solución:

¿Por qué, impotentes, asistimos al espectáculo inquietante de una fragmentación cada vez más acelerada, de una autodestrucción que no se atreve a pronunciar su nombre? Por qué ha sido ignorada y ocultada la sabiduría de los sistemas naturales? Acaso hemos llegado a convertirnos en payasos de lo imposible, manipulados por una fuerza irracional que nosotros mismos hemos puesto en marcha?

Los signos de una nueva barbarie, como lo ha escrito Michel Henry, son perceptibles en todas las partes del mundo. La fuente de la nueva barbarie a nuestro parecer reside en la mezcla explosiva entre el pensamiento binario, aquella que excluye un tercero... y una tecnología sin ninguna perspectiva humanista. En todo caso, una nueva objetividad parece emerger de la ciencia contemporánea, una objetividad que no está ligada más a un solo objeto sino a la interacción sujeto–objeto. Parecería necesario inventar nuevos conceptos. Se podría hablar de la objetividad subjetiva de la ciencia y de la subjetividad objetiva de la Tradición. [...] La oportunidad del hombre contemporáneo consiste entonces en apostar para que dentro de su ser vivan a la vez los dos polos de una contradicción fértil.

Racional e irracional, materia y conciencia, materia y espíritu, finalidad y no–finalidad, orden y desorden, azar y necesidad, etcétera, son palabras desgastadas, marchitas, devaluadas, prostituidas, fundamentadas en una visión clásica de la realidad, en desacuerdo con los hechos. [...] Unidad y diversidad pueden coexistir en la nueva racionalidad. [...] Me parece que la única manera de evitar estas deformaciones puede ser una investigación verdaderamente transdisciplinar, paciente, abierta, tolerante, de largo impulso, abierta a las mejores competencias y fundada en el rigor científico y espiritual. [...] La nueva racionalidad y la nueva espiritualidad, en diálogo con el Misterio irreductible del mundo, tendrán ciertamente un nacimiento difícil. [5]

Aquí tenemos uno de los grandes retos del siglo XXI: salir de nuestra caverna, romper con nuestra visión parroquial, tomar conciencia de los límites del conocimiento confiable y orientarnos hacia un conocimiento robusto [6] que es responsable socialmente y sensible a los contextos. Lo que a continuación sigue en este escrito es el recuento de un largo y personal itinerario interdisciplinario que lejos de afincarse en lo insular y en lo delimitado artificialmente, valora la interdisciplina y la transdisciplina como una meta a lograr. Es decir, pone énfasis en los isomorfismos, las interconexiones, las interacciones que atravesando fronteras buscan —no sin polémicas e incertidumbre— hibridación, coherencia, acuerdos y diálogo entre lo local y lo global. Bajo esta inspiración intento construir un nuevo paisaje donde todo está en relación con el hombre y éste, en contacto con la naturaleza, busca darle nuevamente a la historia cauce, orden y dirección. En esta reorientación de la historia, la esfera de lo íntimo y lo familiar forma ahora una parte sustancial de la agenda de lo público y lo político. [7]

Los tres elementos de este estudio y su lógica interna: familia, desarrollo y cambio social

Primer elemento de la tríada: ¡familia!

Escribo sobre la familia porque creo que a pesar de todas las convulsiones que hoy la sacuden, sigue siendo el escenario más importante del desarrollo humano, espacio único para el cultivo de la imaginación, la capacidad de adaptación y el sentido de logro; motor del desarrollo regional y base de lanzamiento para fortalecer las instituciones de todo tipo. Más aún, las próximas décadas de este siglo conocerán un viraje en el pensamiento: el ámbito de la intimidad se convertirá en un espacio de significación para renovar la esfera de lo político. Los valores universales que se viven en la familia —a pesar de sus crisis y más allá de ellas— como inmanencia de la trascendencia, [8] iluminarán las instancias desgastadas, desarticuladas y desprestigiadas de la política.

Cuando hablo de "familia" deseo señalar que mi postura se orienta, con legitimidad y validez, a incluir tanto las dimensiones universales como los aspectos nativos de las diferentes formas, estilos y estructuras familiares que se encarnan en las muy variadas culturas. Ambas dimensiones están contempladas tanto en mi enfoque, como en las propuestas y políticas que de él se derivan. En otras palabras, no sostengo el modelo unitario de familia. [9]

Segundo elemento de la triada: ¡desarrollo!

Ningún concepto en el siglo XX tan manoseado como confuso; tan mal utilizado como mediocremente comprendido; tan ambiguo como intrusivo. En su nombre y bajo su protección se han cometido grandes abusos que lejos de llamarse "simplificación", "indefinición", "externalidades", "proteccionismo", "utilitarismo", etcétera, deben catalogarse tajantemente como atropello a la identidad individual y grupal y como negación de la diferencia histórica y cultural de los pueblos y las comunidades. [10]

Por otra parte el reduccionismo de muchos profesionistas que utilizan este concepto se ha encargado de hacer de él una serie de compartimentos sin ningún vínculo coaligante y sin ninguna interacción dinámica. Y así, cada comunidad de investigadores (desde los psicólogos y los antropólogos hasta los economistas y los especialistas en políticas públicas) hablan —obviamente con visión miope y método estrecho que suena más bien a 'definición operacional'— [11] de desarrollo económico, desarrollo ecológico, desarrollo regional, local, municipal, desarrollo humano, desarrollo organizacional, desarrollo social, desarrollo sustentable y así adnauseam. Es decir, para cada invocación, una capilla y para cada capilla, una cuota y todo a cargo de los pobres, de los que no son capaces, de los que siguen y seguirán esperando porque eso ha sido siempre su vida: no tener ni la capacidad ni la libertad de elegir alternativas.

Ha pasado más de una década de reflexión y de lucha para que Analmente el Organismo de la UNESCO, United Nations Development Program bajo la inspiración de Mahbub ul Haq y la influencia del economista, Premio Nobel 1998, Amartya Sen reconstituyera el concepto de desarrollo, apareciendo ahora el desarrollo humano como un todo del que depende y al que se integra —subordinado— el desarrollo económico que se fundamentaba exclusivamente en la opulencia económica. Pero, ¿hemos sacado las consecuencias de este giro revolucionario en el campo de la ética, de las ciencias sociales y humanas y de las políticas públicas?

Tercer elemento de la triada: ¡cambio social!

Por mi parte, afirmaré en este trabajo que incluso hoy, para los psicólogos/psiquiatras, terapeutas y educadores, no ha quedado en claro la naturaleza de los vínculos entre familia, desarrollo y cambio social. Hasta hoy todavía se ignoran —en nuestros espacios de investigación en Iberoamérica— el entrecruzamiento de las dimensiones tiempo/espacio/proceso/cambio social. El único esquema, pobre y limitado que se maneja —y esto descriptivamente— es el del "ciclo vital". O peor aún se lo confunde con el modelo de "curso de la vida". En una palabra, es necesario redescubrir el papel profundo que juega la historia en el desarrollo y en la familia y analizar sus complejos vínculos —cambiantes y peculiares— para cada cohorte, [12] familia y persona. En efecto, el cambio social lejos de ser una interrupción en el curso histórico del desarrollo, se convierte en su contenido más íntimo, en una constante si bien diferenciada en cada caso por las trayectorias de desarrollo de cada persona, de las familias y la influencia intermitente de tres temporalidades en interacción dinámica: el tiempo individual, el tiempo familiar y el tiempo histórico.

IMPLICACIONES PSICOEDUCATIVAS (cuadro 1)

·        

La familia como unidad de estudio interdisciplinario. Retos, tareas y perspectivas

Para devolverle a la familia su dimensión de permanente y siempre renovada complejidad y hacer que su estudio corresponda —tanto en vigor como en rigor— a estas exigencias tanto teóricas como metodológicas y de investigación, necesitamos plantearnos una serie de cuestiones esenciales que nos pueden guiar a través de diversos planos impidiendo que perdamos una visión de largo alcance o que sencillamente nos despeñemos en el vacío, es decir en la ausencia de contextos y procesos. Armonizados así con una amplia perspectiva histórica y transdisciplinaria de la familia y del desarrollo, podremos encontrar conceptos esenciales, metodologías fecundas pero, sobre todo, la comprensión e interpretación de las huellas que va dejando el cambio social, especialmente en situaciones de crisis crónicas, transiciones abruptas, adversidad económica y emocional, riesgo y vulnerabilidad extremos y resiliencia negativa.

Si bien el material de análisis y reflexión es muy extenso y aparece disperso en numerosas fuentes, yo por mi parte me quiero centrar, de una manera sintética y didáctica, en cuatro cuestiones cuyos resultados están proporcionando bastante luz al estado de arte que en el mundo configura el estatuto de avanzada de los estudios sobre la familia en el campo de las ciencias sociales y humanas. Obviamente voy a transitar —así lo exige el objeto de estudio— más allá de las instancias particularmente ricas y sugestivas de la psicología, la psicoterapias en general y el psicoanálisis en particular.

Deseo señalar que las respuestas a las cuatro cuestiones que planteo han sido esfuerzo de un buen número de investigadores quienes, especialmente desde los años sesentas del siglo pasado, vienen trabajando en estrecha colaboración: sociólogos, psicólogos con diversos intereses, historiadores con diferentes enfoques y preferencias, juristas, demógrafos, antropólogos, economistas y sobre todo un visionario grupo pionero de científicos sociales bajo la dirección de Urie Bronfenbrenner (1917–2005) y su grupo de Cornell y Glen H. Elder Jr. y su grupo de Carolina, quienes han creado y llevado a su madurez dos campos de conocimiento de increíble valor tanto para la academia como para la sociedad: la ciencia del desarrollo (the human ecology) y la perspectiva del curso de la vida (the life course model). A estas alturas, ambas corrientes se pueden ver, cada una con sus aportaciones particulares, como un modelo integrado: La Ecología del Ourso de la vida que focaliza sus esfuerzos de estudio en la continuidad y el cambio a lo largo del tiempo y a través de las generaciones, los contextos, los procesos y los significados. [13]

A lo anterior se une la investigación realizada por Richard S. Lazarus (19222002) a lo largo de más de medio siglo sobre el papel que juegan las emociones en la topografía de la mente y en la acción humana. Por último, entre varias cosas más, quiero señalar los replanteamientos más integrales que desde hace décadas vienen haciendo — tanto filósofos (Bernard Williams, Michel Henry, Alasdair MacIntyre, Martha Nussbaum y Nancy Sherman) como psicólogos (Gordon, Oakley, Ben–Ze'ev,) y especialistas en educación (Catherine Meyor y María Rita Assis de César)— sobre las emociones, la formación moral, estética y el cuidado político del mundo. [14]

Primera cuestión

Sólo un estudio sistemático de las interrelaciones entre historia y cambio social nos permite comprender a la familia en su acción temporal, dinámica, cooperativa y conflictiva.

La historia nos rodea, nos envuelve y en ella somos, transcurrimos y queremos llegar a ser. Sin embargo, en las instancias del desarrollo menos se trata de una historia que gira entorno a ciertos acontecimientos y más de una historia estructural en la que nos vemos implicados todo el tiempo. [15] En efecto, en cada situación concreta de desarrollo y cambio social, el contexto es a la vez "historia y desarrollo". Surge aquí oportunamente, el teorema de William I. Thomas, pilar de la temprana y creativa escuela sociológica de Chicago: "Si las personas definen las situaciones como reales, serán reales en sus consecuencias".

Pero se nos agolpa otra pregunta que se deriva de las anteriores explicaciones: ¿cuál es el rol del contexto en la historia, en el desarrollo y cuáles sus interacciones? La pregunta es decisiva ya que cuando se ignora la fuerza de la historia en las trayectorias de vida, se pierden los significados fundamentales y los matices particulares y únicos tanto de los logros, de los fracasos y las crisis como también de las transiciones y adaptaciones. En una palabra, no se pueden explicar las semejanzas y las diferencias. ¿Qué es entonces el contexto histórico? "Es un blanco oscilante. Un blanco que se mueve no precisamente porque retroceda y porque sus parámetros cambien sino porque los cambios en sus parámetros alteran la forma cómo éste afecta el desarrollo". [16] Sin embargo, sobre este blanco actúa la conciencia y libertad de cada persona para construir y reconstruir significados que —unidos a su propia historia, a los de su familia y a los del momento histórico que le ha tocado vivir— pueden servir de guías en el presente y le proporcionan rutas alternativas para un mejor futuro. El trabajo personal y colectivo que surge de la conciencia y la libertad es nada menos que la conciencia histórica como competencia esencial de las familias y las comunidades.

Segunda cuestión

Para comprender a la familia como una unidad social dinámica es indispensable estudiar cómo se construye el proceso de cambio en el desarrollo.

Frente a esta pregunta debemos operar una conversión a la vez ontológica, epistemológica y metodológica, es decir transitar desde la visión que contempla el cambio simplemente como alteraciones en el desarrollo [17] para considerarlo siempre en el contexto y como una parte integral de la historia del desarrollo y a su vez contemplar el desarrollo jugando su parte en la historia del cambio contextual.

Lo anterior, visto desde la perspectiva del curso de la vida, [18] se puede formular como sigue: las trayectorias de desarrollo y los senderos sociales que contienen las vidas individuales están coherentemente estructurados por contextos, los cuales, a su vez, están sujetos al cambio; ambos —trayectorias y senderos— a partir del impacto de contextos más amplios en los que están encarnados y a partir de la fuerza de la agregación de las vidas que le dan seguimiento a estos senderos, van creando patrones de interacción familiar y vidas interdependientes. Estas dos instancias se convierten entonces en focos de análisis prioritario dentro del modelo del curso de la vida.

En otras palabras, los niños y los adolescentes, dentro de sus familias y éstas permanentemente abiertas a diferentes contextos y escenarios, viven —bajo tres temporalidades diferentemente entrecruzadas e individualmente particularizadas: tiempo histórico, tiempo familiar, tiempo individual— [19] procesos de desorganización y reorganización; de crisis, de autocontrol y control tanto de las situaciones como de los recursos y las competencias, sean éstas individuales y/o culturales.

En conclusión, el desarrollo sin la consideración del cambio social se vuelve una entidad abstracta, al estilo de las unidades de análisis del limitante modelo del "ciclo vital". Por su parte el cambio social, en una perspectiva evolutiva e integral, no debe verse como un elemento espurio, una excrecencia del desarrollo sino como parte constitutiva de su naturaleza ontológica e histórico–temporal. Dicho de otra forma, el cambio no es ese intruso cercano que vulnera el desarrollo en el momento mismo de su nacimiento o en la plenitud de su jubilosa expansión. El cambio es la piel, el símbolo, el destino y la palanca del desarrollo.

Tercera cuestión

Para estudiar y comprender la dinámica de la familia es necesario tener una gran teoría del cambio familiar en conexión con instancias más amplias.

Los individuos y las familias, cambian y se transforman, para bien o para mal, al entrar en interacción continua con instituciones, culturas y poblaciones y pertenecer a ellas. La historia toma rostro cuando estas tres instancias mediante sus mecanismos figuran, transfiguran y refiguran las cohortes de nacimiento, el timing con el que cada uno entra en la historia, las trayectorias individuales de los miembros, el repertorio de roles que cada uno posee y logra enriquecer y especialmente ciertos acontecimientos históricos fundamentales como son los conflictos económicos, las guerras, las migraciones.

En el horizonte actual del capitalismo corporativo posmoderno, la ciencia del desarrollo está enfrentando retos que antes no conocía. Por ejemplo, aún no tenemos respuestas claras para establecer las vinculaciones entre la globalización y el desarrollo regional. Algunas pistas de enorme valor están llegando desde campos muy remotos y en apariencia inconexos: desde los planteamientos creativos de la geografía económica y cultural, [20] desde la afinación de conceptos nuevos dentro del pensamiento estratégico [21] y desde el surgimiento, en 1982, de la economía evolucionaría. [22]

Por ejemplo, los clusters [23] que se han desarrollado primero en el Silicon Valley de San Francisco y después en la ruta 128 de Boston, posteriormente en Canadá (once clusters tecnológicos a lo largo de todo el país, desde Vancouver hasta St. John's) y recientemente en Europa, están arrojando datos sobre una geografía de la innovación, sobre el desarrollo del talento y sobre la construcción de aprendizajes colectivos regionales que surgen sólo cuando y donde interactúan, con base en un capital social maduro y permanente, un conjunto de empresas, vinculadas a universidades, a centros sociales y de investigación y a una comunidad local tolerante, emprendedora y con alto grado de confianza interpersonal.

Aquí, la nueva ciencia del desarrollo [24] nos hace un fuerte planteamiento: ¿los profesores, los psicólogos, los terapeutas y psicoanalistas estamos captando estos formidables retos que surgen de las nuevas formas de desarrollo en la circularidad de lo global y lo local o somos especialistas en un estudio de "la conducta humana" que sistemáticamente prescinde de los análisis interactivos de persona/contexto/proceso/cambio social/historia?

¿Nos percatamos de que las diferentes profesiones nos necesitamos mutuamente para impulsar el desarrollo, el talento, la innovación y el valor competitivo de las personas, las familias y el propio país?

Otro tema nuevo para la ciencia del desarrollo son las recientes investigaciones sobre el potencial creativo de las ciudades. [25] ¿Por qué unas ciudades se están convirtiendo en espacios idóneos para el desarrollo de la innovación y el surgimiento de vigorosas industrias que giran —más allá de la manufactura, la ciencia y los servicios— en torno a la creatividad y la cultura, mientras otras ciudades son escenarios de desolación, crimen, insalubridad y contaminación? ¿Cómo opera ahí el desarrollo, qué cambios sociales se desencadenan cuando la historia vuelve a su cauce procesos de imaginación productora que estaban latentes o que simplemente parecían imposibles en otros contextos?

Y si se trata de vincular exitosamente familia/desarrollo regional con la capacidad competitiva global, ahí están para un estudio especial la creatividad y productividad de un grupo de pequeñas y medianas empresas de la Italia del mezzogiorno, mismas que en estas regiones de la Emilia Romagna y sus alrededores se ven asistidas tanto por familias emprendedoras y con sentido comunitario como por instituciones gubernamentales honestas, de cualquier partido o coalición que sea. ¡Ésta es también una lección de desarrollo!

En todos los ejemplos anteriores y dentro de una gran visión del cambio familiar actúa una constante del desarrollo: la interacción dinámica de instituciones, culturas y poblaciones, acompañada por la historia estructural y sostenida por procesos de aprendizaje social.

Cuarta cuestión

Los avances teóricos de diversas ciencias y un mejor armamentario de métodos y técnicas de investigación que hoy poseemos nos obligan a realizar un examen crítico del concepto de familia. Al formular la presente definición de familia la planteo como un instrumento de permanente indagación/comprobación/reconstrucción y como un ejercicio ético de responsabilidad social. Quiero señalar que la definición no es inocua. Querámoslo o no tiene cargas ético–morales e implicaciones político–educativas. [26] Acepto las responsabilidades pero no le pido a los lectores que la compartan conmigo. Más bien les sugiero que la cuestionen, jueguen con ella y hagan referencias entre las partes y el todo, entre los contextos y las personas. Un examen crítico así nos ayudará más.

Así y todo, la familia, bajo una dimensión histórica y abierta al cambio social —especialmente a las situaciones de cambio  drástico—,  con  base  en  una  nueva  concepción  de  la  ciencia  del  desarrollo  y  a  la  luz  de  la interdisciplina/transdisciplina, la contemplo y formulo su comprensión de la siguiente forma:

DEFINICIÓN DE FAMILIA

La anterior definición significa un avance en el sentido de que recoge la complejidad de los entrecruzamientos de tiempo, espacio y cambio social, poniendo el acento en las situaciones contextuales reales, en las diferentes trayectorias de vida, los planes de carrera de cada miembro y las dimensiones políticas del vínculo social. El peso recae significativamente en la dinámica que se crea por el proceso medular de compartir en el núcleo familiar, bajo procesos mentales, emocionales, motivacionales permanentes e intensos, tanto representaciones y creencias como valores y decisiones que se ponen en marcha y en buena medida durarán toda la vida. Este último punto lo analizaré más a fondo en el siguiente apartado que versará sobre la adversidad económica.

En ningún momento mi propuesta de definición diluye el valor único de cada persona a favor del sistema, peligro frecuente en los enfoques sistémicos, sean éstos de investigación o terapéuticos. Por otra parte, teniendo como elemento central el concepto de frontera, rescato y acentúo los vínculos sociales de la familia y su impacto en la vida política y en la construcción de la democracia. Así como la familia es amorosa raíz también –– desgraciadamente— se acredita como encierro, prisión y espacio de atroces desigualdades especialmente para las mujeres, los niños, los ancianos y los más pobres. Precisamente por esta misma razón insisto en considerar y reconocer a cada persona como fin y no como instrumento.

IMPLICACIONES PSICOEDUCATIVAS (Cuadro 2)

        El papel de la adversidad económica en la familia y sus diferentes respuestas

El nexo entre adversidad económica, vida familiar y futuro de los hijos

Los ciclos de escasa bonanza y de creciente adversidad —en tiempos recientes, por lo menos desde el gobierno de López Portilo (1976) hasta la fecha: un lapso de 32 años— han dejado una marca indeleble en las familias mexicanas, alterando los estilos de vida de sucesivas generaciones. Particularmente la crisis que comenzó en diciembre de 1994 con el gobierno de Zedillo, la crisis económica más severa en la historia moderna de México, ha puesto a un buen número de comunidades en alto riesgo y con ellas la estructura familiar ha desencadenado efectos de corto, mediano y largo plazo al crear en los hijos trayectorias de privación, de fracaso y de desorganización emocional o por el contrario —en algunos casos— ha transmitido ya desde el inicio de la adversidad sólidos patrones de conducta para saberse allegar ayuda, crear escenarios de desarrollo y no ver imposibles la felicidad y el éxito. Para entender mejor el nexo entre la adversidad económica, la vida familiar y el futuro de los hijos es necesario examinar la interacción de los siguientes factores: 1. Los efectos de la adversidad económica sólo actúan a través de las emociones y los estados de ánimo de los padres.

2. Estas actitudes parentales al ser conductas interdependientes se conectan con el bienestar de los miembros individuales.

La economía y sus efectos en la vida socio–emocional de las familias

Deseo hacer tres consideraciones de orden general antes de entrar de lleno en las diferentes formas de cómo impacta la adversidad económica en las familias.

Primera consideración. Los efectos de la adversidad económica prolongada están acelerando la polarización en México y en América Latina: una cultura de abundancia para un número cada vez más reducido de privilegiados y un régimen de miseria para la mayoría. Para el grupo lleno de todo poder los acontecimientos económicos reflejan apenas un rápido declive seguido por una recuperación inmediata o pronta. Para la mayoría deprivada, hay algo mucho peor que el deterioro del bienestar y la competencia personales y son las circunstancias en las que el declive económico produce una pobreza crónica y una desventaja emocional, social, educativa e instrumental para competir en cualquier terreno. Estas condiciones sociales son las que creciente y dolorosamente caracterizan tanto nuestros espacios urbanos como nuestras áreas rurales. Segunda consideración. En concreto, para la mayoría de las familias mexicanas la década de los noventas, con diciembre de 1994 como herida, como desilusión y como sello, está poniendo en movimiento una tendencia creciente y continua de desventaja económico–social y emocional. Si ya éramos protagonistas de un mundo de escasez, ahora con los dramáticos cambios de la economía, unidos al deterioro de las instituciones y al bajo nivel educativo, los sueños de prosperidad se han convertido en gritos de supervivencia. Las cuatro mujeres canosas que visitan al Fausto de Goethe: la escasez, la deuda, la inquietud y la miseria, nos persiguen sin darnos tregua. Tercera consideración. La globalización de los mercados mundiales y las nuevas y flexibles formas de operar del capitalismo posmoderno están contribuyendo al decremento en el bienestar familiar de las familias mexicanas. El impacto de estos cambios va afectando segmentos específicos y creando a su paso despojos, estrechamientos y desigualdades brutales.

¿Cómo impacta la adversidad económica la calidad de la vida familiar?

Para analizar la complejidad de las crisis económicas nos podemos hacer la siguiente pregunta: ¿en qué forma las variaciones económicas (1. Bajo ingreso familiar. 2. Trabajo inestable. 3. Deudas vs Activos y 4. Pérdida de ingreso), están afectando la calidad de las relaciones familiares y, a su vez, qué huella pueden dejar en el futuro de los hijos?

Las investigaciones que tenemos a la mano sobre este problema [27] nos arrojan las siguientes seis conclusiones que resumo por falta de espacio. En otras palabras, todas las manifestaciones de la adversidad económico–social entran al proceso familiar e impactan el desarrollo individual en la siguiente forma:

1.       Dentro de la familia, la dinámica de relacionamiento es una dinámica de vidas interdependientes y es precisamente esta interacción la que se encarga de conectar los cambios socioeconómicos amplios con las experiencias y el bienestar de los miembros individuales.

2.       La forma peculiar de cómo los miembros de la familia reaccionen y respondan unos a otros, es el factor más determinante para una buena adaptación a la crisis. El reconocimiento y negociación de las conductas interdependientes es un rasgo fundamental en la competencia emocional y la toma de decisiones.

3.       En particular, los estados de ánimo y las emociones de los padres son el filtro a través del cual se percibe en la familia la posibilidad o no de la construcción de un futuro positivo.

4.       La percepción de una esperanza o la articulación de la desesperanza se conforman y cristalizan en la familia mediante los estilos de interacción, en un patrón de transmisión generacional. Si yo les transmito a mis hijos que no vale la pena luchar, ellos a su vez sentirán lo mismo, percibirán de igual manera la situación en turno y muy probablemente lo vivirán así para ellos y para sus hijos. La  percepción de la situación, sea positiva o negativa, es tan determinante que actúa como la verdad que a su vez diseña los cursos de acción.

5.       Las conductas parentales, sean de hostilidad e irritabilidad o de equilibrio y regulación emocionales determinan ampliamente en qué forma las dificultades económicas afectarán a los hijos.

6.       La pérdida de ingreso en las familias acentúa la explosividad, la irritabilidad y la depresión de los padres, particularmente aquellos que tienden a ser emocionalmente más inestables anteriormente al surgimiento de las crisis económico–financieras.

Ahora bien, ¿frente a los ciclos de transacciones familiares destructivas, reactivadas por las crisis y adversidades económicas, es posible diseñar caminos para remontar obstáculos, descubrir dificultades, identificar ventajas y consolidar factores críticos de éxito? En gran parte, depende de la disposición, de la fuerza interna, la seriedad y responsabilidad con que los padres de familia afronten la crisis, acepten hablar de ella y compartan con sus hijos expectativas, sentimientos y proyectos.

Los padres de familia y la creación de estrategias de desarrollo durante la crisis

A continuación describo tres estrategias que pueden reducir los efectos negativos de la crisis y disponer a los miembros a buscar, con imaginación constructora, rutas alternativas de estabilidad, adaptación y desarrollo:

1.       Impedir a toda costa que se desencadene en las relaciones entre padres e hijos una atmósfera de reactividad con sus cargas de violencia verbal, rechazo y hostilidad. Son tan nocivas estas conductas que no existe, fuera del ámbito familiar, nada que contrarreste en los hijos este déficit como tampoco sus efectos perversos que durarán por muy largo tiempo.

2.       Todos los padres merecen admiración, respeto y ayuda por el hecho de ser personas y por vivir su rol de paterfamilias. Vale entonces la pena que ningún padre se encierre o margine sino que confiadamente se lance a intercambiar con la familia extensa (padres, abuelos, tíos, primos, nietos, etcétera) y con los amigos comentando las ilusiones y desilusiones y pidiendo ayuda. Hoy necesitamos crear en nuestras ciudades —más que nunca— redes de intercambio, apoyo y solidaridad.

3.       Por ningún motivo los padres deben romper, interrumpir o simplemente descuidar sus reuniones, celebración de onomásticos, rituales, ya que éstos, además de fortalecer, en el tiempo y el espacio, la identidad familiar, tienen las siguientes funciones: aseguran la estabilidad y mantienen y fortalecen un espacio de cercanía y valoración donde la expresión de todo tipo de emociones y la solución de problemas ocupa un lugar central. Sin rituales no hay colecta del pasado, celebración del presente ni ilusión compartida. Pero eso sí, Ilusión entendida en el sentido único de nuestra hermosa lengua española: la capacidad de anticipar el gozo por el encuentro con alguien o algo.

Para concluir, deseo afirmar que en los rituales ocurren dos dimensiones de la vida que es preciso integrar y cultivar: el reconocimiento y la celebración. Reconocimiento ¿de qué y para qué? De todas las capacidades y acciones del hombre para así construir la comunidad. Celebración ¿de qué y con qué finalidad? Del intercambio de dones y gratuidades que, mediante la afirmación del vínculo social, se elevan a un estado de fiesta. Y esto es así porque los momentos de celebración, trascendiendo el tiempo ordinario, recapitulan la vida en su totalidad. Es justo en ellos donde el hombre, al encontrarse más libre y transformado por la levedad, se eleva por encima de las reglas del conocer y se deja cautivar por la experiencia estética, gratuita y trascendente de lo bello. Es aquí donde la verdad aparece como epifanía. Y es aquí donde finalmente se vive el supremo principio que le da sentido a la vida: "Sólo el amor es digno de fe".

Luis Álvarez Colín, en scielo.org.mx/scielo.php

Notas:

Dedico este artículo a todos los empleados de la biblioteca del Tecnológico de Monterrey, Campus ciudad de México y a sus familias. Dentro de lo mejor que tiene esta Universidad se encuentran la calidad humana y profesional de cada uno de ellos. Su trabajo repercute diariamente en los usuarios a través de una multitud de beneficios a tal grado que sin este valor agregado mi trabajo de investigación sería imposible.

El presente artículo es apenas un apretado resumen de algunas partes del libro con el título: Hermenéutica de las relaciones familiares. Desarrollo, vida afectiva y vínculo social, de próxima aparición.

Severas como admoniciones y aleccionadores como consejos son las palabras de nuestro escritor Carlos Fuentes, en el final del "Coro de la hija suicidada" en su libro Todas las familias felices: "ya no se pelién porque juro que me tiro de lazotea/ya no me desesperen papimami/¿creen que soy de palo?/toco mi piel me pellizco siento ¿no saben que siento?/somos cuatrocientos niños suicidas cada año en la Rep Mex/ ¿a que no lo sabías?" 2006, p. 300.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) registra en el comunicado de prensa del 10 de octubre de 2006 que las muertes por suicidio podrían alcanzar millón y medio de personas en el 2020 en comparación con las 900.000 registradas en 1995. En efecto, continúa el Comunicado: "más personas mueren por suicidio en el mundo que        del        total        combinado        de        fallecidos        en        guerra        y        por        asesinatos". http://www.paho.org/Spanish/DD/PIN/ps061006a.htm Por su parte, la Organización Mundial de Salud en su documento de suicidios por países, nos comenta lo siguiente: Si México tenía en 1960 una tasa total de suicidios de: 1.9 (2.7 para hombres y 1.0 para mujeres), en 2003 la tasa total ascendió a 4.0 (6.7 hombres y 1.3 mujeres) obteniendo la siguiente composición: número de suicidios para el total de la población de 5 a 75 y más años: 4088 suicidios, configurando un número dramático para población con años entre: 5–14: 143 suicidios (al parecer el incremento más grande de todos los países) y una brutal concentración en jóvenes de 15–24: 1233 suicidios y en personas de la adultez joven: de 35 a 44 años, 1036 suicidios. De este modo México se ha colocado entre los países que más aumentó su tasa de suicidios, aventajado, al parecer, sólo por USA, Japón y China. Véase: World Health Organization http://www.who.int/mental/_health/media/unitstates.pdf. Agradezco a la licenciada Flor Trillo, coordinadora del Centro de Gestión del Conocimiento de la Organización Panamericana de la Salud/Organización Mundial de la Salud, Representación en México, la diligente y amable atención para orientarme y proporcionarme los sitios precisos para la información pertinente.

Basarab Nicolescu, L'Homme peut–il vivre  hereux  sans  spiritualité?  París,  2006.  La  traducción  es  propia. 

Para profundizar en el nuevo concepto de conocimiento robusto que, en cuanto actividad social, mantiene un nexo indisoluble con el contexto y depende de cómo se defina este último, se puede consultar el libro de Helga Nowotny, P. Scott y M. Gibbons, Rethinking Science: Knowledge and the Public in an age of Uncertainty. Londres, Polity Press, 2001. 

La tesis de Luc Ferry, Familles, je vous aime. Politique et vie privée à l'âge de la mondialisation. París, XO Éditions, 2007, camina por los mismos senderos de la propuesta que sugiero en este escrito, aunque con planteamientos diferentes.

Ibid., cap. III.

G. S.Becker, A treatise on the family. Cambridge, Universidad de Harvard, 1981.          

10 Desde el punto de vista de la globalización del derecho y de los Derechos Humanos como núcleo para fundamentar el derecho al desarrollo se pueden consultar las agudas y pertinentes reflexiones de Boaventura de Sousa Santos, La globalización del derecho. Los nuevos caminos de la regulación y la emancipación. Bogota, Universidad Nacional de Colombia/ILSA, 2002. En este orden de cosas, la reflexión sobre los vínculos entre desarrollo y derechos humanos refleja en la actualidad una dinámica intensa. Como ejemplo baste citar la propuesta de la Comisión Internacional de Juristas, en su artículo 2: "Todos los derechos humanos, tanto los económicos, sociales y culturales como los civiles y políticos, son interdependientes e inseparables del derecho al desarrollo".

11 El concepto de 'definición operacional', acuñado por Percy Williams Bridgman (1882–1961) Premio Nobel de Física de 1946, en su Logic of Modern Physics, 1927/1960, fue retomado por los psicólogos conductistas y malinterpretado al grado de entenderlo, por más de cuarenta años, como el elemento fundamental de la ciencia y la investigación: aquel que mide y cuantifica la realidad de tal modo que lo que no caiga en este rubro, sencillamente no existe. Con ello, los conductistas desterraron los significados y subordinaron los conceptos a las mediciones. En opinión de Sigmund Koch (1999), este error ontológico, epistemológico y metodológico de los conductistas —verdadero azote para las ciencias sociales y humanas— constituyó una de las más grandes imposturas del siglo XX. Desgraciadamente muchas generaciones de psicólogos se formaron y elaboraron su tesis bajo la estricta observancia y la contaminación mental y emocional de la herencia conductista del operacionalismo, reforzado por el positivismo lógico. Sólo hasta fechas recientes estamos, paulatinamente, remontando estos reduccionismos histórico–sociales.

12 Por cohorte entiendo, de acuerdo a Settersten, algo más que un "artefacto estadístico". En la perspectiva del estudio del cambio social, es "un fenómeno colectivo que se ve caracterizado por tres elementos centrales: 1. Como un index del cambio social (en cuanto las vidas de estos agregados de personas están marcadas por un conjunto de acontecimientos históricos y cambios). 2. Como una referencia de grupo (en cuanto la cohorte forma sus propias normas contra las cuales los individuos juzgan el progreso de sus propias vidas). 3. Como un sistema interactivo de relaciones edad–compañero", en Richard A. Settersten Jr., Lives in Time and Place. The Problems and Promises of Developmental Science. Nueva York, Baywood, 1999, p. 134.

13 Phyllis Moen, Glen Elder H. Jr. y Kurt Lüsher, Examining lives in Context. Perspectives on the Ecology of Human Development. Washington, D. C., APA, 1995.

14 Para integrar la visión interdisciplinaria y transdisciplinaria de la familia que he deseado mostrar en este artículo, me ha servido enormemente el concepto de "la dimensión espacial", estudiado y desarrollado por la geografía actual. Por consiguiente estoy en deuda con tres grandes geógrafos de la actualidad: Milton Santos (el filósofo de la geografía), David Harvey y Allan Scott.

15 S. Kinser, "Analist paradigm? The geohistorical structuralism of Fernand Braudel", en American Historical Review, 86 (1), pp. 63–105;       John Modell y Glen H. Elder Jr., "Children develop in history. So what's new?", en Willard W. Hartup y Richard A. Weinberg, Child Psychology in Retrospect and Prospect. In Celebrating of the 75th Anniversary of the Institute of Child Development. The Minnesota Symposia on Child Psychology, en pp.173–205. Nueva York, Erlbaum, vol. 32, 2002.

16 John Modell y Glen H.Elder Jr., op. cit., p 176.

17 R. B. Cairns, Glen H. Elder Jr. y E. J. Costello, Developmental science. Nueva York, Universidad de Cambridge, 1996.

18 G .H. Elder Jr., "The life course perspective as developmental theory", en Child Development, 69 (1), pp. 1–12, 1998; y G. H. Elder Jr., "The life course and human development", en R. M. Lerner, ed., Handbook of child psychology. 1. Theoretical models of human development. 5a. ed. Nueva York, Wiley, 1998, pp. 939–991.

19 Tamara Hareven, "Family time and industrial time: family and work in a planned corporation town, 1900–1924", en Journal of Urban History, núm. 1, 1975, pp. 365–389; de la misma autora "Family time and historical time", en Daedalus, núm. 106, Spring, pp. 57–70 y "The historical study of the life course", en T. Hareven, ed., Transitions. The family and the life course in historical perspective. Nueva York, Academic Press, 1978, pp.1–16.

20 K. Anderson, M. Domosh, S. Pile y N. Thrift, The Handbook of Cultural geography, Londres, Sage, 2003 y M. S. Gertler y D. A. Wolfe, eds., Innovation and Social Learning: Institutional Adaptation in an Era of Thecnological Ohange. Macmillan/Palgrave, Basingstoke, UK, 2002.

21 Vid. Michael Porter,  Ser competitivo. Nuevas aportaciones y conclusiones. Ediciones  Deusto,  Bilbao,  2003.  

22 Richard Nelson y S. Winter, An Evolutionary Theory of Economic Change. Cambridge, Universidad de Harvard, 1982.

23 Tomo de Michael Porter, la definición de cluster. En español, acumulación o concentración. "Es un grupo geográficamente denso de empresas e instituciones interconectadas, que pertenecen a un campo concreto, unidas por rasgos comunes y complementarias entre sí. Por su dimensión geográfica, un cluster puede ser urbano, regional, nacional o incluso supranacional". M. Porter, op. cit., pp. 205 y ss. El cluster es una nueva manera de ver las economías nacionales, regionales y urbanas y supone para los directivos nuevas fuentes de ventajas competitivas, nuevas funciones para el Estado y tareas que difícilmente se reconocen. Igualmente implica formas diferentes de agruparse, de relacionarse y de aprender. El cluster aventaja al análisis del sector industrial en cuanto que el primero tiene un ámbito significativamente mayor al incorporar más sectores, cadenas e instituciones. En resumen, nuevos retos para la ciencia del desarrollo.

24 Esta nueva ciencia del desarrollo o también llamada 'ciencia aplicada del desarrollo' tiene, según Lerner, Jacobs y Wertlieb, la siguiente dimensión esencial, sea en sus aspectos teóricos, de investigación o en su agenda de aplicaciones: "la investigación sobre los procesos básicos relacionales del desarrollo y sus aplicaciones que se focalizan en sobresaltar las relaciones persona–contexto a lo largo de la ontogenia son el mismo y único asunto". (Handbook of Applied Developmental Science, 2005, pp. 10–11).

25 Allen Scott y Edward Soja, The City: Los Angeles and Urban Theory. California, Universidad de California, California, 1998. Vid. Richard L. Florida, The rise of creative class. Nueva York, Basic Books, 2004.

26 Comparto con la especialista en educación, la investigadora brasileña Maria Rita de Assis César, editora de Educarem Revista (Curitiba) y profesora de la Universidad Federal de Paraná–UFPR, Brasil, la dimensión esencialmente política de la educación. Of. Maria Rita de Assis César, "Hannah Arendt y la crisis de la educación en el mundo contemporáneo", en En–Olaves del Pensamiento. México, TEC de Monterrey, campus ciudad de México, año 1, núm. 2, 2007, pp. 20–21 y passim.

27 Glen H. Elder Jr. y Avshalon Caspi, "Economic Stress in Lives: Developmental Perspectives", en Journal of Social Issues. Vol.44, núm. 4, 1988, pp.25–45; Dooley y Ralph Catalano, eds., Psychological Effects of Unemployement, número especial; Stanley Engerman, "Economic Perspectives on the Life Course", en T. Hareven, ed., Transitions. The family and the life course in historical perspective. Academic Press, Nueva York, 1978, pp. 217–286; Rand D. Conger et al., Families in Troubled Times. Adapting to Change in Rural America.  Nueva York, Aldine de Gruyter, 1994.

 

 

Para introducir sus obsesiones ideológicas

Una vez que el Gobierno ha sacado adelante la nueva ley de educación, le toca el turno a la universidad. El Consejo de ministros ha dado el visto bueno al nuevo anteproyecto de Ley Orgánica del Sistema Universitario, que se suma a la aprobada ley de creación de nuevos centros. Con este anteproyecto, España pierde una vez más la oportunidad de convertir sus Universidades en centros de formación de referencia, capaces de entrar en las listas de las universidades más acreditadas del mundo.

La obsesión del partido en el poder y de su socio Unidas Podemos por aprovechar cualquier oportunidad legislativa para introducir sus obsesiones ideológicas hace que la necesaria reforma de las Universidades se convierta en un elenco de imposiciones ajenas a la realidad. Esta es una reforma que obvia la formación integral del estudiante y su habilitación para un ejercicio profesional que contribuya al progreso de la sociedad y de las personas.

Jesús D Mez Madrid

 

 

La Palma, los palmeros y “su volcán” 

 

                                Cuando esto escribo, ese volcán lleva ya seis días vomitando lava y gases y parece que ello va a seguir por bastante tiempo; en el intervalo, se han derramado muchas lágrimas, muchas palabras y palabras, pero las soluciones posibles y venideras, “están en el aire como los gases del volcán”, pues ya se sabe que “lo positivo en España, si es que llega, tarda mucho tiempo y cada cual se sacude su muerto y deja que el tiempo lo arregle todo”. Los “palmeros” siguen llorando, pero nada he visto u oído que estos españoles, habitantes de su isla (708,32 km2), se empiecen a organizarse como tales, ya que como ocurre en general, “los españoles estamos totalmente solos ante nuestros problemas y tragedias”; nunca podemos confiar en los políticos, puesto que los políticos españoles, suelen ser “de ellos y no de nosotros”; por tanto o se organizan con fuerza los isleños, o esos problemas “naturales”, los solucionará “el que los ha provocado”; o sea, La Creación o Dios, que para mí, es lo mismo.

                                Por tanto entiendo, que lo primero que ya hay que hacer, es dejar de llorar y organizarse, “como cuerpo político isleño”, y empezar a actuar como tal, sabiendo elegir, “a los que merezca ser elegidos, sean hombres o mujeres”; o sea e hipotéticamente hablando; “conformar un nuevo municipio palmero, si bien este no tenga tierras físicas donde situarlo”; y empezar a pedir al Gobierno Central, lo que yo entiendo que tiene que restituirles. Sí, es el gobierno central el responsable de la justicia que deben recibir los palmeros y ello cuanto antes; “las autonomías y menos los separatismos, no sirven para nada que no sea crear problemas, como hasta aquí estamos sufriendo, en detrimento de la integridad de lo que fue y debe ser España”. Y nada de, “limosnas o promesas; realidades justas y prontas”.

                                ¿Y cómo se haría esa justicia nacional? Pues sencillo, indemnizando el “Tesoro Nacional”, de forma equitativa, a estos españoles, que se ven en esta triste situación, debida “a los elementos”; o sea, que somos, “el contribuyente español en su conjunto, el que debemos reparar con justicia a estos damnificados por el volcán”, en sus pérdidas en tierras, vivienda y enseres de necesidad primaria, en esta época.

                                ¿Y cómo se haría esto? Sencillo, cada español, pagamos ya unos impuestos abusivos, y a tenor con “nuestros bienes raíces o mobiliarios”; el Estado central, emite, recibos de esos impuestos, en los que se valoran los valores que él mismo ha fijado para cada uno de estos bienes. Que sean esos recibos, los que marquen lo que tiene que recibir cada palmeño, que como pagador de los mismos, justifique plenamente sus pérdidas; salvo en lo relativo a mobiliario, lo que habría que valorar o tasar, en valores reales y de mercado al día de hoy. Esto si no soluciona, “los dolores del alma”, al menos solucionaría los otros físicos, por aquello de que, “los duelos si hay dinero, suelen ser menos duelos”. No veo otra forma más práctica de solucionar estos dramas, ya que, “el volcán está vomitando tierras que dentro de ni se sabe cuánto tiempo, volverán a ser fértiles y rentables; y los que en su momento controlará, el Estado que mande en la isla”, pero para entonces, ya “los isleños actuales estarán muertos” (1). Hay un ejemplo de hace “siglo y medio” que ocurrió en la actual Indonesia.

                                Y déjense ya, “unos y otros”, de hacer más propaganda “rentable”, del volcán y sus víctimas; incluso esos “sádicos turistas”, que van a ver, “al muerto desde los pliegues de sus mortíferos sudarios”; véanlo desde la TV y sientan, sus mejores sentimientos, pero ello de verdad y en la distancia; los damnificados, lo que necesitan, es seguridades para su futuro inmediato, y no palabras y menos llantos, que no llevan a ningún resultado práctico; en esa bonita isla (2) que espero que en su mayor parte, lo siga siendo, como hasta aquí, y cultivándose en ella, esos muy ricos “plátanos de Canarias”, que son los más ricos que yo he comido en mi ya larga vida.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes

 

 

(1) ISLA Y VOLCÁN CRACATOA 1883: Anak Krakatau (traducido del idioma indonesio como Hijo del Krakatoa) —también llamado Krakatoa— es un volcán joven y una de las islas de Krakatoa. La isla se encuentra en el centro de los otros tres, todos ellos localizados en una de las zonas volcánicas más activas de Indonesia y en el mismo lugar que el antiguo volcán Krakatoa. El 27 de agosto de 1883 sucedió la catastrófica erupción del Krakatoa, causando un maremoto con olas de 22 metros y más de 36 000 personas perdieron la vida. El volcán desapareció en gran medida bajo el mar, pero en 1927 comenzaron las erupciones volcánicas de nuevo bajo el mar, y entre 1928 y 1930 apareció la isla Anak Krakatau. Las erupciones periódicas han continuado desde entonces, con erupciones recientes en 2009, 2010, 2011, 2012 y 2020 y un colapso importante en 2018. A finales de 2011, esta isla tenía un radio de aproximadamente dos kilómetros, y un punto más alto de aproximadamente 324 metros sobre el nivel del mar, creciendo cinco metros al año. En 2017, la altura de Anak Krakatau se estimó que era más de 400 metros sobre el nivel del mar; tras un colapso en diciembre de 2018, la altura se redujo a 110 metros (361 pies).

COLONIZACIÓN DE LA NUEVA ISLA: La primera forma de vida en la isla fue vegetal. Los vientos y las olas trajeron semillas de plantas jóvenes a la isla. El suelo volcánico, muy fértil, hizo que estas semillas crecieran. Los animales también vinieron a la isla. Hoy esos siguen siendo sus habitantes, lo que nos demuestra, “que la vida es inagotable”.

 

(2) ISLA de La Palma y cuyo nombre histórico es San Miguel de La Palma, es una isla del océano Atlántico, perteneciente a la Comunidad Autónoma de Canarias (España). Junto a TenerifeLa Gomera y El Hierro conforma la provincia de Santa Cruz de Tenerife. Con una superficie de 708,32 km² y una población de 83 458 habitantes (INE 2020) ocupa el quinto lugar tanto en extensión como en población en el archipiélago canario. Además, es la segunda isla de Canarias en altitud, con los 2426 metros del Roque de los Muchachos.