Las Noticias de hoy 18 Septiembre 2021

Enviado por adminideas el Sáb, 18/09/2021 - 11:49
 

12 frases del papa Francisco sobre la amistad

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 18 de septiembre de  

Indice:

ROME REPORTS

Papa: "El corazón de la catequesis es que Jesús te ama y no te abandona"

Ocho consejos del Papa para una buena vida en Asociación, Movimiento o Comunidad

LA TIERRA BUENA : Francisco Fernandez Carbajal

Evangelio del sábado: ser buena tierra

“¿Cuántos comerciantes se habrán hecho santos?” : San Josemaria

Algo grande y que sea amor (IV): ¿Cómo se descubre la vocación? : José Brage

Entender y vivir la Misa

Evangelio del domingo: como uno de estos niños

Una dignidad bien fundada. ¿Sé quién soy? : José Martínez Colín.

CAMBIAR EL SOFÁ POR UN PAR DE ZAPATILLAS: ponte en forma con estos 4 consejos : Alberto García-Mina

San Agustín y la búsqueda inconsciente de Cristo : Sheila Morataya

La oración: lugar privilegiado del encuentro : encuentra.com

Siempre es tiempo de ser solidarios : Silvia del Valle Márquez

Aborto: progresismo y cultura de la muerte: Norma Mendoza Alexandry

Las cinco etapas por las que pasa el matrimonio : LaFamilia.info

Otro caso de que lo correcto se impone : Pedro García

El Supremo de EE.UU. : Domingo Martínez Madrid

El refrán español : Juan García. 

Vacunas sí o no y para muchos años por venir : Antonio García Fuentes

 

 

ROME REPORTS

Papa: "El corazón de la catequesis es que Jesús te ama y no te abandona"

El Santo Padre Francisco recibió hoy en audiencia en el Vaticano a los responsables de las Comisiones de Catequesis de las Conferencias Episcopales Europeas. En su discurso el Papa agradeció a los catequistas por su gran labor de evangelización y los animó a recordar sin cansarse el anuncio que se convierte en el corazón de la catequesis: "¡Jesucristo resucitado te ama y nunca te abandona!"

 

Sofía Lobos - Ciudad del Vaticano

El viernes 17 de septiembre, a la hora del mediodía romano, el Papa Francisco recibió en audiencia en la Sala Clementina del Vaticano a los responsables de las Comisiones de Catequesis de las Conferencias Episcopales Europeas que participaron en el encuentro promovido por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización bajo el lema "Catequesis y catequistas para la nueva evangelización".

 

 

16/09/2021Ocho consejos del Papa para una buena vida en Asociación, Movimiento o Comunidad

Se trata de un evento para debatir, como responsables de la catequesis de las Iglesias particulares en Europa, la recepción del nuevo Directorio para la catequesis publicado por el Papa el año pasado.

En su discurso, el Santo Padre les dio la bienvenida y agradeció a Monseñor Rino Fisichella (presidente del Consejo) por esta iniciativa, que seguramente -añadió Francisco- "se extenderá también a las Conferencias Episcopales de los demás continentes, para que el camino catequético común se enriquezca con las múltiples experiencias locales".

Celebración eucarística: lugar privilegiado de la catequesis 

Haciendo alusión a su reciente viaje apostólico a Budapest en el que participó de la clausura del Congreso Eucarístico Internacional, el Pontífice subrayó que esta ocasión "es propicia para comprobar cómo el gran compromiso de la catequesis puede ser eficaz en la labor evangelizadora si mantiene su mirada fija en el misterio eucarístico".

En este sentido, el Santo Padre destacó la importancia de no olvidar que el lugar privilegiado de la catequesis es precisamente la celebración eucarística, "donde los hermanos se reúnen para descubrir cada vez más los diferentes modos en que Dios está presente en sus vidas".

El corazón de la catequesis: "Jesús te ama y no te abandona"

Por otra parte, el Papa argumentó que la catequesis -como subraya el nuevo Directorio- "no es una comunicación abstracta de conocimientos teóricos que hay que memorizar como si fueran fórmulas matemáticas o químicas", sino una esencia mucho más profunda:

“Es más bien la experiencia mistagógica de quien aprende a encontrar a sus hermanos allí donde viven y trabajan, porque él mismo ha encontrado a Cristo, que le ha llamado a ser discípulo misionero. Debemos insistir en indicar el corazón de la catequesis: ¡Jesucristo resucitado te ama y nunca te abandona! Este primer anuncio nunca puede encontrarnos cansados o repetitivos en las distintas etapas del camino catequético”

De ahí que Francisco instituyera el ministerio de catequista "para que la comunidad cristiana sienta la necesidad de despertar esta vocación y de experimentar el servicio de algunos hombres y mujeres que, viviendo la celebración eucarística, sientan más vivamente la pasión por transmitir la fe como evangelizadores".

El Papa recuerda a las catequistas de su Primera Comunión

En este contexto, el Santo Padre compartió con los presentes un bonito recuerdo de su infancia: su vínculo con las dos mujeres catequistas y una religiosa que lo ayudaron a prepararse para recibir, por primera vez, el sacramento de la Comunión.

“Recuerdo con cariño a las dos catequistas que me prepararon para la Primera Comunión. Continué mi relación con ellas como sacerdote y también con una de ellas, que aún vive, como obispo, y sentí un gran respeto, incluso un sentimiento de agradecimiento, como una veneración, sin hacerla explícita. ¿Por qué? Porque eran las mujeres que me habían preparado para la Primera Comunión junto con una religiosa”

Francisco explicó su deseo de compartir esta experiencia porque para él, "fue algo hermoso" y luego pudo acompañarlas hasta el final de sus vidas, "a ambas".

Por otra parte, el Papa contó que también pudo acompañar a la religiosa que lo preparó en la parte litúrgica para la comunión: "Ella murió y yo estuve allí, con ella, acompañándola. Hay una cercanía, un vínculo muy importante con los catequistas", afirmó.

Catequistas: "Anuncien el Evangelio de la misericordia"

Asimismo, el Pontífice hizo hincapié en que el catequista y la catequista "son testigos que se ponen al servicio de la comunidad cristiana, para apoyar la profundización de la fe en lo concreto de la vida cotidiana", es decir, "son personas que anuncian incansablemente el Evangelio de la misericordia; personas capaces de crear los necesarios vínculos de acogida y cercanía que permiten apreciar mejor la Palabra de Dios y celebrar el misterio eucarístico ofreciendo los frutos de las buenas obras".

Para concluir, el Papa quiso transmitir, a través de los participantes de este encuentro, su agradecimiento personal a los miles de catequistas de Europa:

“Pienso, en particular, en los que, a partir de las próximas semanas, dedicarán un gran esfuerzo a los niños y jóvenes que se preparan para completar su camino de iniciación cristiana. Pero pienso además en todos y en cada uno de los catequistas. Que la Virgen María interceda por ustedes, para que sean siempre asistidos por el Espíritu Santo. Los acompaño con mis oraciones y mi bendición apostólica. Y también ustedes, por favor, no se olviden de rezar por mí. Gracias”

 

Ocho consejos del Papa para una buena vida en Asociación, Movimiento o Comunidad

El Papa Francisco se reúne con los moderadores de Asociaciones de fieles, Movimientos Eclesiales y Muevas Comunidades, reunidos en Roma para reflexionar sobre “la responsabilidad del gobierno en las asociaciones de laicos” y les da algunos consejos útiles para responder a los desafíos y los cambios como verdaderos cristianos.

Mireia Bonilla – Ciudad del Vaticano

“La pertenencia a una asociación, a un movimiento o a una comunidad, sobre todo si se refieren a un carisma, no debe encerrarnos en un "barril de hierro", hacernos sentir seguros, como si no fuera necesario responder a los desafíos y a los cambios”. Ha sido uno de los varios consejos que hoy el Papa Francisco ha querido dar a los moderadores de Asociaciones de fieles, Movimientos Eclesiales y Nuevas Comunidades que se han reunido con el Pontífice esta mañana en el Aula del Sínodo en el Vaticano.

Hoy el Papa Francisco se ha encontrado con unos 80 moderadores de diferentes Asociaciones de fieles, Movimientos Eclesiales y Nuevas Comunidades que se encuentran reunidos gracias a un evento organizado por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, para reflexionar sobre el tema: “La responsabilidad del Gobierno en las Asociaciones de laicos: un servicio eclesial”. Lo primero que ha hecho el Santo Padre es agradecerles por varios motivos: En primer lugar, por su compromiso en vivir y testimoniar el Evangelio en las realidades ordinarias de la vida y especialmente en los países más pobres, “donde muchos de vosotros estáis presentes” ha dicho el Papa. En segundo lugar, les ha dado las gracias “porque no han parado durante la pandemia”: “no habéis dejado de aportar vuestra solidaridad, vuestra ayuda, vuestro testimonio evangélico incluso en los meses más duros, cuando los contagios eran muy altos. Habéis sido testigos de esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos escapar: la pertenencia como hermanos”.

Tras los agradecimientos, el Pontífice ha citado uno a uno algunos consejos útiles para la vida en comunidad, movimiento o asociación:

Todos los bautizados tienen la tarea de evangelizar

El primer consejo del Papa ha sido que "debemos entender que la evangelización es un mandato que viene del Bautismo" y el Bautismo "nos hace sacerdotes juntos, en el sacerdocio de Cristo". De hecho, el Papa asegura que no hay que esperar a que venga el sacerdote, el cura a evangelizar, el misionero: "Sí, lo hacen muy bien, pero los bautizados tienen la tarea de evangelizar. Y ustedes han despertado esto con sus movimientos. Y esto es muy bueno". 

¡Un Evangelio sofisticado, no es Evangelio!

Después, el Papa ha citado a la Madre Teresa para hablar sobre la tentación del ateísmo cuando llega en la oración: "La pobre Madre Teresa sufrió tanto porque es una venganza del diablo que vayamos allí, a las periferias donde está Jesús, donde nació Jesús, ¿no?  Preferimos un Evangelio sofisticado, un Evangelio destilado. Y esto no es el Evangelio". Por tanto, el consejo del Papa es que el Evangelio es esto, aquellos que, estando en las periferias existenciales de nuestras sociedades, experimentan en carne propia el abandono y la soledad, y sufren muchas necesidades materiales y pobreza moral y espiritual. "Nos hará bien a todos recordar cada día no sólo la pobreza de los demás, sino también, y sobre todo, la nuestra" ha dicho Francisco. 

Sentir la responsabilidad de construir el futuro del pueblo de Dios

Otro de los consejos del Papa ha sido que recuerden siempre que construir el futuro no significa dejar el presente que estamos viviendo: “Como miembros de asociaciones de fieles, movimientos eclesiales internacionales y otras comunidades, tenéis la responsabilidad de construir el futuro del Santo Pueblo fiel de Dios, pero debéis recordar siempre que construir el futuro no significa dejar el presente que estamos viviendo. Por el contrario, hay que preparar el futuro aquí y ahora, en la cocina. aprendiendo a escuchar y a discernir el tiempo presente con honestidad y valentía, y con una disposición al encuentro constante con el Señor y a una constante conversión personal”. De hecho – ha dicho el Papa – si no se lleva a cabo esta actitud, se corre el riesgo “de vivir en un "mundo paralelo", destilado, lejos de los verdaderos desafíos de la sociedad, de la cultura y de todas las personas que viven a tu lado y que esperan tu testimonio cristiano”.

Aceptar cambiar modos anticuados y métodos de Apostolado que ya no son eficaces

“La pertenencia a una asociación, a un movimiento o a una comunidad, sobre todo si se refieren a un carisma, no debe encerrarnos en un "barril de hierro", hacernos sentir seguros, como si no fuera necesario responder a los desafíos y a los cambios”. El Papa Francisco recuerda a los moderadores que todos los cristianos estamos siempre en movimiento, siempre en conversión, siempre discerniendo para hacer la voluntad de Dios y es por ello – puntualiza – “que el carisma al que pertenecemos debe ser profundizado cada vez más, y debemos reflexionar juntos para encarnarlo en las nuevas situaciones que vivimos”.

Pero, ¿cómo se consigue esto? El consejo del Papa es que tengamos “una gran docilidad y humildad, para reconocer nuestros límites y aceptar cambiar modos de hacer y de pensar anticuados, o métodos de apostolado que ya no son eficaces, o formas de organización de la vida interna que han resultado inadecuadas o incluso perjudiciales”.

El camino del Evangelio no es un viaje turístico

"En ocasiones, nos encontramos con algunos laicos que confunden el camino con un viaje turístico o confunden el camino con un girar siempre sobre si mismo, sin poder avanzar". El Papa Francisco también advierte que "el camino del Evangelio no es un viaje turístico. Es un reto: cada paso es un reto y cada paso es una llamada de Dios, cada paso es - como decimos en mi país - poner la carne en el asador". El Santo Padre aconseja pues que debemos estar siempre en movimiento, siempre en conversión, siempre discerniendo para hacer la voluntad de Dios y pensar que somos "lo nuevo" en la Iglesia "es una tentación que le ocurre muy a menudo a las nuevas congregaciones o movimientos".

Las tareas de gobierno que se os encomiendan no son otra cosa que una llamada a servir

El sexto consejo del Pontífice esta relacionado con el ejercicio de la gobernanza en el seno de las asociaciones y los movimientos. Se trata de un tema especialmente interesante para el Papa – ha dicho – “sobre todo teniendo en cuenta los casos de abusos de diversa índole que se han producido en estos grupos y que siempre tienen su origen en el abuso de poder”. Por tanto, el consejo del Papa es aceptar que: “en las tareas de gobierno que se os encomiendan en los grupos de laicos a los que pertenecéis no son otra cosa que una llamada a servir”.

Pero, ¿qué significa para un cristiano servir? El Papa señala dos obstáculos que un cristiano puede encontrar en su camino y que le impiden convertirse en un verdadero servidor de Dios y de los demás: el "deseo de poder" y la “deslealtad”.

Rotación en los puestos de gobierno

En cuanto a ese "deseo de poder", el Papa pone el ejemplo de Jesús: “Él nos enseñó que el que manda debe hacerse como el que sirve y que, si alguno quiere ser el primero, que sea el servidor de todos". Pues, tal y como advierte el Santo Padre, “nuestro deseo de poder se puede expresar de muchas maneras en la vida de la Iglesia; por ejemplo, cuando creemos, en virtud del papel que tenemos, que tenemos que tomar decisiones sobre todos los aspectos de la vida de nuestra asociación, diócesis, parroquia, congregación. Delegamos en otros las tareas y responsabilidades de ciertas áreas, ¡pero sólo en teoría! Sin embargo, en la práctica, la delegación en los demás se ve vaciada por el afán de estar en todas partes”. Es por ello que el Papa recuerda que esta voluntad de poder anula toda forma de subsidiariedad y es una mala manera de "disciplinar", por tanto, su consejo es: “prever una rotación en los puestos de gobierno y una representación de todos los miembros en vuestras elecciones”.

No se puede servir al Señor y a otras cosas: esto es doble juego

Por ultimo, Francisco advierte de otro obstáculo para el verdadero servicio cristiano: la deslealtad. “Lo encontramos cuando alguien quiere servir al Señor, pero también sirve a otras cosas que no son el Señor. E dietro a altre cose, sempre ci sono i soldi, no? ¡Es un poco como jugar un doble juego! Decimos con palabras que queremos servir a Dios y a los demás, pero en los hechos servimos a nuestro ego, y nos entregamos a nuestro deseo de aparentar, de obtener reconocimiento, aprecio... No olvidemos que el verdadero servicio es gratuito e incondicional, no conoce cálculos ni exigencias”, dice el Papa.

Por ello, el ultimo consejo del Papa es: “en el desempeño de la función de gobierno que se nos ha confiado, aprendamos a ser verdaderos servidores del Señor y de nuestros hermanos, aprendamos a decir "somos siervos inútiles" y tengamos presente esta expresión de humildad, de docilidad a la voluntad de Dios, que tanto bien hace a la Iglesia y recuerda la actitud adecuada para trabajar en ella: el servicio humilde, del que Jesús nos dio ejemplo, lavando los pies a los discípulos”.

 

 

LA TIERRA BUENA

— Los corazones endurecidos por la falta de contrición se incapacitan para acoger la palabra divina.

— Necesidad de oración y de sacrificio para que la gracia dé fruto en el alma.

— Paciencia y constancia: recomenzar con humildad.

I. Se reunió junto al Señor una gran muchedumbre, que acudía a Él de todas las ciudades1. Y Jesús aprovechó la ocasión, como tantas veces, para enseñarles el misterio de la acción de la gracia en las almas mediante la parábola del sembrador. Todos los que le escuchaban conocían bien las condiciones en que se hacían las labores del campo en aquellas tierras de Palestina. Salió el sembrador a sembrar su semilla... Es Cristo mismo que continuamente, hoy también, extiende su reinado de paz y de amor en las almas, contando con la libertad y la personal correspondencia de cada uno. Dios se encuentra en las almas con situaciones tan diversas como distintos son los terrenos que reciben idéntica semilla. Al llevar a cabo la siembra, parte cayó junto al camino, y fue pisoteada y se la comieron las aves del cielo: se perdió completamente, sin dar fruto. Más tarde, cuando Jesús explique a sus discípulos la parábola, les dirá que el diablo se lleva la palabra de su corazón. Estas almas, endurecidas por la falta de arrepentimiento de sus pecados, se incapacitan para recibir a Dios que las visita. A este mal terreno se asemeja el corazón «que está pisoteado por el frecuente paso de los malos pensamientos, y seco de tal modo que no puede recibir la semilla ni esta germinar»2. El demonio encuentra en estas almas el terreno apropiado para lograr que la semilla de Dios quede infecunda.

Por el contrario, el alma que, a pesar de sus flaquezas, se arrepiente una y otra vez, y procura evitar las ocasiones de pecar y recomienza cuantas veces sea necesario, atraerá la misericordia divina. La humildad que supone reconocer los pecados, quizá solo veniales, y los propios defectos prepara el alma para que Dios siembre en ella y fructifique. Por eso, hoy, al meditar esta parábola de Jesús, puede ser un buen momento para que nos preguntemos si cada día pedimos perdón por todas aquellas cosas que no agradan al Señor, aun en lo pequeño, y si acudimos con verdadera sed de limpieza a la Confesión frecuente.

Ahora es buen momento para pedirle a Jesús que nos ayude a echar lejos de nosotros todo aquello, por pequeño que sea, que nos separa de Él, a no pactar con defectos y actitudes que entorpecen la amistad que Él nos ofrece diariamente. «Has llegado a una gran intimidad con este nuestro Dios, que tan cerca está de ti, tan dentro de tu alma..., pero, ¿procuras que aumente, que se haga más honda? ¿Evitas que se metan por medio pequeñeces que puedan enturbiar esa amistad?

»—¡Sé valiente! No te niegues a cortar todo lo que, aunque sea levemente, cause dolor a Quien tanto te ama»3.

II. Parte de la semilla cayó sobre pedregal, y una vez nacida se secó por falta de humedad. Estos son los que reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíces; creen durante algún tiempo pero a la hora de la tentación se vuelven atrás. A la hora de la prueba sucumben porque han basado su seguimiento a Cristo en el sentimiento y no en una vida de oración, capaz de resistir los momentos difíciles, las pruebas de la vida y las épocas de aridez. «A muchos les agrada lo que escuchan y se proponen obrar bien; pero en cuanto comienzan a ser incomodados por las adversidades abandonan las buenas obras que habían comenzado»4. ¡Cuántos buenos propósitos han naufragado cuando el camino de la vida interior ha dejado de ser llano y placentero! Estas almas buscaban más su contento y la satisfacción propia que a Dios mismo. «Unos por unas razones y otros por otras –se quejaba San Agustín–, el hecho es que apenas se busca a Jesús por Jesús»5. Buscar a Jesús, por Él mismo, con aridez cuando llegue; querer subir a la cumbre no solo cuando el camino es llano y sombreado, sino cuando se convierte en un sendero apenas visible en medio de la rocas, sin más amparo que el deseo firme de subir hasta la cima donde está Cristo: buscar «a Jesús por Jesús». Solo lo conseguiremos con la fidelidad a la oración diaria, cuando resulta fácil y cuando cuesta.

Otra parte de la semilla cayó en medio de las espinas, y habiendo crecido con ella las espinas la sofocaron. Estos son los que, habiendo oído y arraigado en el alma la palabra de Dios, no llegaron a dar fruto a causa de las preocupaciones, riquezas y placeres de la vida. Es imposible seguir a Cristo sin una vida mortificada, pues poco a poco se pierde el atractivo por las cosas de Dios y, paralelamente, se inicia el camino fácil de las compensaciones, del apegamiento desordenado al dinero, a la comodidad..., y se acaba deslumbrado por el aparente valor de las cosas terrenas. «No te asombres de que a los placeres llamara espinas (...) –comenta San Basilio–. Así como las espinas, por cualquier parte que se las coja, ensangrientan las manos, así también los placeres dañan a los pies, a las manos, a la cabeza, a los ojos... Cuando se pone el corazón en las cosas temporales sobreviene la vejez prematura, se embotan los sentidos, se entenebrece la razón...»6.

La oración y la mortificación preparan al alma para recibir la buena semilla y dar fruto. Sin ellas, la vida queda infecunda. «El sistema, el método, el procedimiento, la única manera de que tengamos vida –abundante y fecunda en frutos sobrenaturales– es seguir el consejo del Espíritu Santo, que nos llega a través de los Hechos de los Apóstoles: “omnes erant perseverantes unanimiter in oratione” -todos perseveraban unánimemente en la oración.

»—Sin oración, ¡nada!»7. No existe un camino hacia Dios que no pase por la oración y el sacrificio.

III. «Después de referirse a las circunstancias que hacen ineficaz la semilla, habla por fin la parábola de la tierra buena. No da lugar así al desaliento, antes al contrario, abre camino a la esperanza, y muestra que todos pueden convertirse en buena tierra»8. La semilla que cayó en tierra buena son los que oyen la palabra con un corazón bueno y generoso, la conservan y dan fruto mediante la paciencia.

Todos, independientemente de la situación anterior, podemos dar buenos frutos para Dios, pues Él siembra constantemente la semilla de su gracia. La eficacia depende de nuestras disposiciones. «Lo único que importa es no ser camino, ni pedregal, ni cardos, sino tierra buena No sea el corazón camino donde el enemigo se lleve, como los pájaros, la semilla pisada por los transeúntes; no peñascal donde la poca tierra haga germinar enseguida lo que ha de agostar el sol; ni abrojal de pasiones humanas y cuidados de la vida disoluta»9. Tres son las características que señala el Señor en la tierra buena: oír con un corazón contrito, humilde, los requerimientos divinos; esforzarse para que –con la oración y la mortificación– esas exigencias calen en el alma y no se atenúen con el paso del tiempo; y, por último, comenzar y recomenzar, sin desanimarse si los frutos tardan en llegar, si nos damos cuenta de que los defectos no acaban de desaparecer a pesar de los años y del empeño en la lucha por desarraigarlos.

Os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo –se lee hoy en la Liturgia de las Horas–; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne10. Si queremos y somos dóciles, el Señor está dispuesto a cambiar en nosotros todo lo que sea necesario para transformarnos en tierra buena y fértil. Hasta lo más profundo de nuestro ser, el corazón, puede verse renovado si nos dejamos arrastrar por la gracia de Dios, siempre tan abundante. Lo importante es ir una y otra vez a Él, con humildad, en demanda de ayuda, sin querer separarnos jamás de su lado, aunque nos parezca que no avanzamos, que pasa el tiempo y no cosechamos los frutos deseados. «Dios es agricultor –enseña San Agustín–, y si se aparta del hombre, este se convierte en un desierto. El hombre es también agricultor, y si se aparta de Dios, se convierte también en un desierto»11. No nos separemos de Él; acudamos a su Corazón misericordioso muchas veces a lo largo del día.

1 Lc 8, 4-15. — 2 San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, in loc. — 3 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 417. — 4 San Gregorio Magno, o. c., 15, 2. — 5 San Agustín, Comentario al Evangelio de San Juan, 25, 10. — 6 San Basilio, Homilías sobre San Lucas, 3, 12. — 7 San Josemaría Escrivá, o. c., n. 297. — 8 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 44. — 9 San Agustín, Sermón 101, 3. — 10 Liturgia de las Horas, Laudes. Ez 36, 26. — 11 San Agustín, Comentario a los Salmos, 145, 11.

 

Evangelio del sábado: ser buena tierra

Comentario del sábado del 24° semana del tiempo ordinario. “Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia”. Nosotros somos el terreno donde el Señor arroja incansablemente su palabra y su amor. ¿Con qué disposición la acogemos? ¿Qué tipo de terreno es mi corazón?

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Lc 8, 4-15)

Habiéndose reunido una gran muchedumbre y gente que salía de toda la ciudad, dijo en parábola:

«Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad. Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron. Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno». Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga».

Entonces le preguntaron los discípulos qué significaba esa parábola.

Él dijo: «A vosotros se os ha otorgado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás, en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan.

El sentido de la parábola es este: la semilla es la palabra de Dios.

Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven.

Los del terreno pedregoso son los que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan.

Lo que cayó entre abrojos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro.

Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia.


Comentario

Todos los días Jesús sale a sembrar.

Nos habla a cada uno.

Quiere que sus palabras penetren en nuestro corazón, en nuestra vida.

Para que allí, den Vida, podamos vivir su Vida.

Su palabra siempre da fruto, si cae en terreno bueno, en un terreno dispuesto a recibirla, a dejar que germine y crezca.

Nosotros somos el terreno donde el Señor arroja incansablemente su palabra y su amor.

¿Con qué disposición la acogemos? ¿Qué tipo de terreno es mi corazón?

A veces, somos como el camino, un corazón endurecido, cuando nos dejamos llevar por la monotonía, cuando nos acostumbramos a Dios y a los demás. Cuando vemos a los demás, pero no sabemos descubrir en ellos su belleza.

Otras veces somos como el corazón pedregoso, un corazón superficial que se deja llevar por los resentimientos, por los juicios críticos, por los rencores, incapaz de ver más allá de nuestro propio egoísmo, sacando defectos a todo y a todos.

Y otras veces somos como el terreno con zarzas, un corazón lleno de vanaglorias, de orgullos, confiado en sí mismo.

Así, poco a poco, perdemos la alegría, la sonrisa que nace de Dios.

Hoy podemos pedirle al Señor que queremos ser buena tierra; que mire nuestro corazón endurecido, las piedras y las zarzas de nuestra vida y sea él quien lo limpie por entero y lance su semilla a manos llenas.

 

 

“¿Cuántos comerciantes se habrán hecho santos?”

Te está ayudando mucho –me dices– este pensamiento: desde los primeros cristianos, ¿cuántos comerciantes se habrán hecho santos? Y quieres demostrar que también ahora resulta posible... –El Señor no te abandonará en este empeño. (Surco, 490)

18 de septiembre

El objetivo único del Opus Dei ha sido siempre ése: contribuir a que haya en medio del mundo, de las realidades y afanes seculares, hombres y mujeres de todas las razas y condiciones sociales, que procuren amar y servir a Dios y a los demás hombres en y a través de su trabajo ordinario (...).

Si se quiere buscar alguna comparación, la manera más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos. Ellos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban seriamente la perfección a la que estaban llamados por el hecho, sencillo y sublime del Bautismo. No se distinguían exteriormente de los demás ciudadanos. Los socios del Opus Dei son personas comunes; desarrollan un trabajo corriente; viven en medio del mundo como lo que son: ciudadanos cristianos que quieren responder cumplidamente a las exigencias de su fe. (Conversaciones, 10 y 24)

 

Algo grande y que sea amor (IV): ¿Cómo se descubre la vocación?

Hay tantas historias de vocación como personas. En este editorial se muestran algunos de los hitos más frecuentes en ese camino por el que se obtiene la convicción acerca de la propia vocación.

VOCACIÓN31/01/2019

Escucha el artículo Algo grande y que sea amor (IV): ¿Cómo se descubre la vocación?

Descarga el libro electrónico: «Algo grande y que sea amor»


El sol se ha puesto en Judea. Un inquieto Nicodemo acude a Jesús. Busca respuestas a lo que bulle en su interior. La llama de una lámpara esculpe sus rostros. El diálogo que sigue entre susurros está lleno de misterio. Las respuestas del Nazareno a sus preguntas le dejan perplejo. Jesús le advierte: «El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu» (Jn 3,8). La vocación, toda vocación, es un misterio, y su descubrimiento, un don del Espíritu.

Dice el libro de los Proverbios: «Tres cosas hay que me maravillan y cuatro que ignoro: el camino del águila por los cielos, el camino de la serpiente por la roca, el camino de la nave por el mar y el camino del varón por la doncella» (Pr 30,18-19). Con más razón aún, ¿quién, sin la ayuda de Dios, podría seguir el rastro de la gracia en un alma, identificar su propósito y descubrir el sentido y destino de una vida? ¿Quién, sin estar guiado por los dones del Espíritu Santo, sería capaz de saber «de dónde viene y adónde va» ese soplo divino en el alma, muchas veces audible en forma de anhelos, incertidumbres, presagios y promesas? Es algo que nos supera totalmente. Por eso, lo primero que necesitamos para vislumbrar nuestra llamada personal es humildad: ponernos de rodillas ante lo inefable, abrir nuestro corazón a la acción del Espíritu Santo, que siempre puede sorprendernos.

¿CUÁNTOS CAMINOS HAY PARA LLEGAR A DIOS? TANTOS COMO HOMBRES (CARDENAL RATZINGER)

Para descubrir la propia vocación, o para ayudar a alguien a hacerlo, no es posible, por tanto, «ofrecer fórmulas prefabricadas, ni métodos o reglamentos rígidos»[1]. Sería como intentar «poner raíles a la acción siempre original del Espíritu Santo»[2], que sopla donde quiere. En una ocasión, preguntaron al cardenal Ratzinger: «¿cuántos caminos hay para llegar a Dios?». Con desconcertante sencillez, respondió: «tantos como hombres»[3]. Hay tantas historias de vocación como personas. En estas páginas mostraremos, para ayudar a reconocerlos, algunos de los hitos más frecuentes en ese camino por el que se obtiene la convicción acerca de la propia vocación.

 

Inquietud de corazón

Nicodemo percibe una inquietud en su corazón. Ha oído predicar a Jesús, y se ha conmovido. Sin embargo, algunas de sus enseñanzas le escandalizan. Ha presenciado con asombro sus milagros, sí, pero le inquieta la autoridad con que Jesús expulsa a los mercaderes del Templo, al que llama «la casa de mi Padre» (cfr. Jn 2,16). ¿Quién se atreve a hablar así? Por otra parte, en su interior apenas puede reprimir una secreta esperanza: ¿Será este el Mesías? Pero aún está lleno de incertidumbres y dudas. No acaba de dar el paso de seguir abiertamente a Jesús, aunque busca respuestas. Y por eso acude a Él de noche: «Rabbí, sabemos que has venido de parte de Dios como Maestro, pues nadie puede hacer los prodigios que tú haces si Dios no está con él» (Jn 3,2). Nicodemo está inquieto.

Lo mismo ocurre con otros personajes del Evangelio, como aquel joven que se acerca un día corriendo a Jesús y le pregunta: « Maestro, ¿qué obra buena debo hacer para alcanzar la vida eterna?» (Mt 19,16). Está insatisfecho. Tiene el corazón inquieto. Piensa que es capaz de más. Jesús le confirmará que su búsqueda tiene fundamento: «Una cosa te falta…» (Mc 10,21). Podemos pensar también en los apóstoles Andrés y Juan. Jesús, viendo que le seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?» (Jn 1,38). Unos y otros eran «buscadores»: estaban a la espera de un acontecimiento maravilloso que cambiara sus vidas y las llenara de aventura. Tenían el alma abierta y hambrienta, llena de sueños, anhelos y deseos. Inquieta.

En una ocasión un joven le preguntó a san Josemaría cómo se sentía la vocación a la Obra. Su respuesta fue: «No es cosa de sentimiento, hijo mío, aunque uno se da cuenta de cuándo el Señor llama. Se está inquieto. Se nota una insatisfacción… ¡No estás contento de ti mismo!»[4]. Con frecuencia, en el proceso de búsqueda de la propia vocación, todo empieza con esta inquietud de corazón.

Una presencia amorosa

Pero ¿en qué consiste esa inquietud? ¿De dónde viene? Al relatar la escena del joven que se acerca al Señor, san Marcos dice que Jesús, mirándolo, lo amó (Mc 10,21). Así hace también con nosotros: de algún modo, percibimos en nuestra alma la presencia de un amor de predilección que nos escoge para una misión única. Dios se hace presente en nuestro corazón, y busca el encuentro, la comunión. Sin embargo, esa meta aún está por alcanzar, y de ahí nuestra inquietud.

LA LLAMADA ATRAE, A LA VEZ QUE PRODUCE RECHAZO; IMPULSA A ABANDONARSE EN EL AMOR, A LA VEZ QUE ASUSTA EL RIESGO DE LA LIBERTAD

Esta presencia amorosa de Dios en el alma puede manifestarse de distintos modos: anhelos de una mayor intimidad con el Señor; ilusión de saciar con mi vida la sed de Dios de las almas; deseos de hacer crecer la Iglesia, familia de Dios en el mundo; añoranza de una vida en la que verdaderamente rindan los talentos recibidos; el sueño de aliviar tanto sufrimiento en todas partes; la conciencia de ser un agraciado: «¿Por qué yo tanto y otros tan poco?».

La llamada de Dios puede revelarse también en sucesos aparentemente fortuitos, que remueven interiormente y dejan como un rastro de su paso. Al contemplar su propia vida, explicaba san Josemaría: «El Señor me fue preparando a pesar mío, con cosas aparentemente inocentes, de las que se valía para meter en mi alma esa inquietud divina. Por eso he entendido muy bien aquel amor tan humano y tan divino de Teresa del Niño Jesús, que se conmueve cuando por las páginas de un libro asoma una estampa con la mano herida del Redentor. También a mí me han sucedido cosas de este estilo, que me removieron»[5].

Otras veces, esa presencia amorosa se descubre a través de personas o modos de vivir el Evangelio que han dejado la huella de Dios en nuestra alma. Porque, aunque a veces es un acontecimiento o un encuentro inesperado el que nos cambia la vida, es muy habitual que nuestra llamada tome forma a partir de lo que hemos vivido hasta ese momento. Por último, en ocasiones son algunas palabras de la Sagrada Escritura las que hieren el alma, anidan en su interior y resuenan dulcemente, quizá incluso para acompañarle a uno a lo largo de la vida. Así le sucedió por ejemplo a Santa Teresa de Calcuta con una de las palabras de Jesús en la Cruz: «Tengo sed» (Jn 19,28); o a san Francisco Javier, para quien fue decisiva esta pregunta: «¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?» (Mt 16,26).

Pero quizá lo más característico de esa inquietud de corazón es que toma la forma de lo que podríamos llamar una simpatía antipática. Con palabras de san Pablo VI, la llamada de Dios se presenta como «una voz inquietante y tranquilizante a un tiempo, una voz dulce e imperiosa, una voz molesta y a la vez amorosa»[6]. La llamada nos atrae a la vez que nos produce rechazo; nos impulsa a abandonarnos en el amor, a la vez que nos asusta el riesgo de la libertad: «Nos resistimos a decir que sí al Señor, se quiere y no se quiere»[7].

Unir los puntos en la oración

Nicodemo acude a Jesús empujado por su inquietud. La figura amable del Señor ya está presente en su corazón: ya ha empezado a amarle, pero necesita encontrarse con Él. En el diálogo que sigue, el Maestro le descubre nuevos horizontes: «en verdad te digo que si uno no nace de lo alto no puede ver el Reino de Dios», y le invita a una vida nueva, a un nuevo comienzo; a nacer «del agua y del Espíritu» (Jn 3,5). Nicodemo no comprende, y pregunta con sencillez: ¿y eso cómo puede ser? (cfr. Jn 3,9). En ese encuentro cara a cara con Jesús, poco a poco, irá cobrando forma una respuesta acerca de quién es él para Jesús, y quién debería ser Jesús para él.

Para que la inquietud de corazón adquiera un significado relevante en el discernimiento de la propia vocación, debe ser leída, valorada e interpretada en la oración, en el diálogo con Dios: «¿Por qué sucede esto ahora, Señor? ¿Qué me quieres decir? ¿Para qué estos anhelos e inclinaciones en mi corazón? ¿Por qué esto me inquieta a mí y no a quienes me rodean? ¿Por qué me amas tanto? ¿Cómo hacer el mejor uso de estos dones que me has dado?». Solo con esta disposición habitual de oración se vislumbra el cuidado amoroso de Dios ­—su Providencia— en los sucesos de nuestra vida, en las personas que hemos ido encontrando, incluso en el modo en que se ha ido moldeando nuestro carácter, con sus gustos y aptitudes. Es como si Dios, a lo largo del camino, nos hubiera ido poniendo unos puntos que, solo ahora, al unirlos en la oración, van cobrando la forma de un dibujo reconocible.

LO PRIMERO Y FUNDAMENTAL ES ACERCARSE A JESÚS EN LA ORACIÓN, Y APRENDER A MIRAR CON SUS OJOS LA PROPIA VIDA

Benedicto XVI lo explicaba así: «El secreto de la vocación está en la relación con Dios, en la oración que crece justamente en el silencio interior, en la capacidad de escuchar que Dios está cerca. Y esto es verdad tanto antes de la elección, o sea, en el momento de decidir y partir, como después, si se quiere perseverar y ser fiel en el camino»[8]. Por eso, para quien se pregunte por su vocación, lo primero y fundamental es acercarse a Jesús en la oración, y aprender a mirar con sus ojos la propia vida. Le pasará quizá como a aquel ciego a quien Jesús unta con saliva en los ojos: al principio ve borroso; los hombres le parecen como árboles andantes. Pero deja que el Señor insista aún, y acaba viendo ya todo con claridad (cfr. Mc 8,22-25).

El detonante

Dos años más tarde de aquel encuentro nocturno con Jesús tendrá lugar un acontecimiento que obligará a Nicodemo a tomar una posición definida, y a darse a conocer abiertamente como discípulo del Señor. Instigado por los príncipes de los sacerdotes y los fariseos, Pilato crucifica a Jesús de Nazaret. José de Arimatea consigue el permiso para retirar su cuerpo y sepultarlo. Y escribe san Juan: «Nicodemo, el que había ido antes a Jesús de noche, fue también» (Jn 19,39). La Cruz del Señor, el abandono de sus discípulos, y quizás el ejemplo de fidelidad de José de Arimatea, interpelan personalmente a Nicodemo y le obligan a tomar una decisión: «Otros hacen esto; yo ¿qué voy a hacer con Jesús?».

Un detonante es una pequeña cantidad de explosivo, más sensible y menos potente, que se inicia por medio de una mecha o una chispa eléctrica, y hace estallar así la masa principal de explosivo, menos sensible, pero más potente. En el proceso de búsqueda de la propia vocación es frecuente que exista un acontecimiento que, como un detonante, actúe sobre todas las inquietudes del corazón, y les haga cobrar un sentido preciso, señalando un camino e impulsando a seguirlo. Este acontecimiento puede ser de muy diverso tipo, y su carga emocional puede tener mayor o menor entidad. Lo importante, igual que sucede con la inquietud de corazón, es que sea leído e interpretado en la oración.

El detonante puede ser una moción divina en el alma, o el encuentro inesperado con lo sobrenatural, como lo que sucedió al Papa Francisco cuando rondaba los 17 años. Era un día de septiembre, y se preparaba para salir a festejar con sus compañeros. Pero decidió pasar antes un momento por su parroquia. Cuando llegó, se encontró con un sacerdote que no conocía; le impresionó su recogimiento, por lo que decidió confesarse con él. «En esa confesión me pasó algo raro, no sé qué fue, pero me cambió la vida; yo diría que me sorprendieron con la guardia baja», evocaba a la vuelta de medio siglo. Y lo interpretaba así: «Fue la sorpresa, el estupor de un encuentro; me di cuenta de que me estaban esperando. Desde ese momento, para mí Dios es el que te primerea. Uno lo está buscando, pero Él te busca primero»[9].

Otras veces, el detonante será el ejemplo de entrega de un amigo cercano: «mi amigo se ha entregado a Dios, ¿y yo qué?»; o su invitación amable a acompañarle en un camino concreto: aquel «ven y verás» (Jn 1,46) de Felipe a Natanael. Incluso podría ser un suceso aparentemente trivial pero cargado de significación para quien ya tiene la inquietud en el corazón. Dios sabe cómo servirse de hasta muy pequeñas cosas para removernos el alma. Así le sucedió a san Josemaría cuando, en medio de la nieve, le salió al encuentro el Amor de Dios.

Con frecuencia, sin embargo, más que de una detonación se trata de una decantación, que se produce sencillamente en la maduración paulatina de la fe y el amor, a través de la oración. Poco a poco, casi sin darse uno cuenta, con la luz de Dios, se alcanza una certeza moral acerca de la vocación personal, y se toma esa decisión, con el impulso de la gracia. El beato John Henry Newman describía magistralmente este proceso, rememorando su conversión: «La certeza es instantánea, se da en un momento concreto; la duda, en cambio, es un proceso. Yo, todavía, no andaba cerca de la certeza. La certeza es una acción refleja: es saber que uno sabe. Y eso es algo que no tuve hasta poco antes de mi conversión. Pero (...) ¿quién puede decir el momento exacto en que la idea que uno tiene, como los platillos de la balanza, empieza a cambiar, y lo que era mayor probabilidad a favor de un lado empieza a ser duda?»[10]. Este proceso por decantación, en el que se llega a madurar una decisión de entrega poco a poco y sin sobresaltos, es en realidad de ordinario mucho más seguro que el provocado por el fulgurante relámpago de una señal externa, que fácilmente puede deslumbrarnos y confundirnos.

En cualquier caso, al darse ese punto de inflexión no solo se clarifica nuestra mirada: también nuestra voluntad se ve movida a abrazar ese camino. Por eso, San Josemaría pudo escribir: «Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso»[11]. La llamada es luz e impulso. Luz en nuestra inteligencia, iluminada por la fe, para leer nuestra vida; impulso en nuestro corazón, encendido en amor de Dios, para desear seguir la invitación del Señor, aunque sea con aquella simpatía antipática propia de las cosas de Dios. Por eso, conviene que cada uno pida «no solo luz para ver su camino, sino también fuerza para querer unirse a la voluntad divina»[12].

La ayuda de la dirección espiritual

No sabemos si Nicodemo consultó a otros discípulos, antes o después de ir a ver a Jesús. Quizá fuera el propio José de Arimatea quien le animara a seguir abiertamente a Jesús, sin miedo a los demás fariseos. De este modo, le habría llevado hacia su encuentro definitivo con Jesús. Precisamente en eso consiste el acompañamiento o dirección espiritual: en poder contar con el consejo de alguien que camina con nosotros; alguien que procura vivir en sintonía con Dios, que nos conoce y nos quiere bien.

Es verdad que la llamada siempre es algo entre Dios y yo. Nadie puede ver la vocación por mí. Nadie puede decidirse por mí. Dios se dirige a mí, me invita a mí, y me da la libertad de responder, y su gracia para hacerlo… a mí. Sin embargo, en este proceso de discernimiento y decisión es una gran ayuda contar con un guía experto; entre otras cosas, para confirmar que poseo las aptitudes objetivas necesarias de cara a emprender ese camino, y para asegurar la rectitud de mi intención al tomar la decisión de entrega a Dios. Por otra parte, como dice el Catecismo, un buen director espiritual puede convertirse en un maestro de oración[13]: alguien que nos ayuda a leer, madurar e interpretar las inquietudes del corazón, las inclinaciones y los acontecimientos en nuestra oración. También en este sentido, su labor ayudará a clarificar la propia llamada. Se trata, en fin, de alguien que quizá podrá decirnos un día, como san Juan a san Pedro, al divisar a lo lejos a aquel hombre que les hablaba desde la orilla: «Es el Señor» (Jn 21,7).

"¿CÓMO SE NOTA LA LLAMADA DIVINA? ES UNA VISIÓN NUEVA DE LA VIDA, COMO SI SE ENCENDIERA UNA LUZ" (SAN JOSEMARÍA)

En todo caso, el discernimiento es en buena medida un camino personal; y así es también la decisión última. El mismo Dios nos deja libres. Incluso tras el detonante. Por eso, pasado el instante inicial, es fácil que vuelvan a surgir las dudas. Dios no deja de acompañarnos, pero se queda a cierta distancia. Es cierto que Él lo ha hecho todo, y lo seguirá haciendo, pero ahora quiere que demos el último paso con plena libertad, con la libertad del amor. No quiere esclavos, quiere hijos. Y por eso, ocupa un lugar discreto, sin imponerse a la conciencia, casi podríamos decir de «observador». Nos contempla y espera paciente y humildemente nuestra decisión.

***

«Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo» (Lc 1,31-32). En el instante de silencio que siguió al anuncio del Arcángel San Gabriel, el mundo entero parecía contener la respiración. El mensaje divino había sido entregado. La voz de Dios se había dejado oír durante años en el corazón de la Virgen. Pero ahora, Dios callaba. Y esperaba. Todo dependía de la libre respuesta de aquella doncella de Nazaret. «Dijo entonces María: —He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Años más tarde, al pie de la Cruz, santa María recibiría de las manos de Nicodemo el cuerpo muerto de su Hijo. Qué impresión dejaría en este discípulo recién llegado ver cómo, en medio de ese dolor inmenso, la Madre de Jesús aceptaba y amaba una vez más los caminos de Dios: «Hágase en mí según tu palabra». ¿Cómo no darlo todo por un amor tan grande?

José Brage


[1] San Josemaría, Carta 6.V.1945, n. 42.

[2] Ibidem.

[3] J. Ratzinger, La sal de la tierra, Palabra, Madrid 1997, p. 36.

[4] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, Crónica, 1974, vol. I, p. 529.

[5] En diálogo con el Señor, edición crítico-histórica, Rialp, Madrid 2017, p. 199.

[6] San Pablo VI, Homilía, 14-X-1968.

[7] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, Crónica, 1972, p. 460.

[8] Benedicto XVI, Encuentro con los jóvenes en Sulmona, 4-VII-2010.

[9] S. Rubin y F. Ambrogetti, El Papa Francisco. Conversaciones con Jorge Bergoglio, Ediciones B, Barcelona, 2013, p. 48.

[10] Beato J.H. Newman, Apología pro vita sua, Ciudadela, Madrid 2010, p. 215.

[11] Carta 9-I-1932, citado en El Opus Dei en la Iglesia, Rialp, Madrid 1993, p. 148.

[12] F. Ocáriz, «Luz para ver, fuerza para querer», ABC, 18-IX-2018. Disponible aquí.

[13] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2690.

 

 

Entender y vivir la Misa

¿Cuáles son los ritos litúrgicos de la celebración de la Eucaristía y qué significado tienen? ¿Cómo podemos aprender a vivir la Santa Misa? Lo explicamos, paso a paso.

PREGUNTAS SOBRE LA FE CRISTIANA03/03/2020Opus Dei - Entender y vivir la MisaPhoto by Grant Whitty on Unsplash

Hemos seleccionados algunos párrafos de tres publicaciones que detallan los ritos litúrgicos de la Misa, con la intención de que se comprenda mejor el sacramento de la Eucaristía y la participación en ella sea “plena, consciente y activa” (Concilio Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium, nn. 14 y 48).


 

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Sumario sobre la Misa
1. Preparar, vivir y agradecer la Misa (Cobel Ediciones*).
2. Libro “Vivir la Santa Misa”, de Mons. Javier Echevarría (Ediciones Rialp*).
3. “La Eucaristía, misterio de fe y de amor” (Homilía del fundador del Opus Dei).


Preparar, vivir y agradecer la Misa

Folleto de Cobel Ediciones

Procesión de entrada

Llegamos al templo y nos disponemos para celebrar el misterio más grande de nuestra fe. Llegar puntual es señal cierta de amar la Santa Misa.

Beso en el altar

El sacerdote entra, besa el altar y saluda a todos los presentes con el saludo de bienvenida más grande que puede darse: la señal de la cruz mientras dice en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Acompaña tú al sacerdote en ese beso al altar, mientras le pides al Señor que te ayude a vivir la Santa Misa con la misma pureza, humildad y devoción con que le recibió la Santísima Virgen.

Acto penitencial

Pedimos humildemente perdón al Señor por todas nuestras faltas. Es el momento de reconocer que somos eso, pobres pecadores. Y nos acordamos de nuestras faltas concretas, de tantos descuidos en el trato con Dios y con los demás, de nuestras caídas graves y menos graves que nos alejan de Dios, de nuestras faltas cometidas por la pereza, el egoísmo o la sensualidad... y le pedimos al Señor que ya no más, que no queremos volver a ofenderle y que nos perdone. ¡Qué gozada empezar la Santa Misa con el corazón y el alma limpia! ¡Y aprovechamos para revisar cuándo fue nuestra última confesión y acudimos a este Sacramento para poder recibir dignamente al Señor en la comunión!

Gloria

Alabamos a Dios, reconociendo su santidad, al mismo tiempo que nuestra necesidad de Él. El Gloria es como un grito de entusiasmo hacia Dios, a toda la Trinidad.

Oración Colecta

Es la oración que el sacerdote, en nombre de todo el pueblo de Dios, hace al Padre. El sacerdote deja aquí un momento de silencio para poner alguna(s) intención(es) al ofrecer este sacrificio de la Misa. Aprovecha tú para poner intenciones concretas. No olvides que en la Misa es donde se arreglan todos los problemas, pues Dios nos concede cualquier cosa que acompañe al sacrificio de su Hijo.

Primera lectura

En el Antiguo Testamento, Dios nos habla a través de la historia del pueblo de Israel.

Evangelio

El canto del Aleluya nos dispone a escuchar la proclamación del misterio de Cristo. Al finalizar aclamamos diciendo: "Gloria a ti, Señor Jesús". Es el mismo Jesucristo quien nos habla en la Escritura. Por eso lo escuchamos de pie, y el sacerdote lo besa cuando termina de proclamarlo. Es el mismo Jesucristo quien te habla a ti. Métete en esa escena del Evangelio.

Homilía

El celebrante nos explica la Palabra de Dios. Aprovecha tú estos momentos para dialogar interiormente con el Señor. Haz propios los consejos que te dan y procura sacar propósitos concretos. Una buena homilía es aquella que te cambia por dentro.

Después de escuchar la Palabra de Dios, confesamos nuestra fe. Hazlo de manera personal. Eres tú quien se lo dice a Dios.

Oración de los fieles

Rezamos unos por otros pidiendo por las necesidades de todos. Sé consciente de que todo lo que le pedimos al Señor en la Misa nos lo concede.

Presentación de las ofrendas del pan y del vino

En ese Pan y ese Vino que ofrece el sacerdote a Dios –fruto del sudor y del trabajo del hombre– están todos tus esfuerzos humanos, tus horas de estudio, todos tus problemas, agobios y preocupaciones, tus buenas acciones y tus luchas por portarte bien. Ofrécele a Dios todo eso. Todas las horas y acciones de tu día –deporte, estudio, clases, horas de trabajo, diversiones, desilusiones, pequeñas mortificaciones, prácticas de piedad, detalles de servicio, etc.- puedes ponerlos en la patena junto a Cristo y así sobrenaturalizarás tu vida. Todo estará hecho para Dios y será grato a Dios. Haz de verdad, de tu vida, una ofrenda al Señor.

Lavabo

Mientras el sacerdote hace el lavatorio de las manos, repite tú por dentro la oración que hace interiormente: ¡Señor, lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado!

Prefacio

Es una oración de acción de gracias y alabanza a Dios, al tres veces santo. –El Señor esté con vosotros: ese "vosotros" hace referencia a todos los hombres del mundo, no sólo a los presentes. –Levantemos el corazón: levantarlo hasta el cielo, para unirnos a todos los que están allí. –Demos gracias a Dios: y a continuación se dan argumentos, motivos por los que damos gracias (primero por darnos a Jesucristo y luego se dan otros distintos según los días: estate atento para descubrirlos). –Por eso con los ángeles...: pedimos también a los ángeles que adoren a Dios con nosotros. ¡Está toda la creación en la Misa, aunque la Iglesia esté vacía! Siéntete muy acompañado en esta Santa Misa.

Epíclesis

El celebrante extiende sus manos sobre el pan y el vino e invoca al Espíritu Santo, para que por su acción los transforme en el cuerpo y la sangre de Jesús.

El sacerdote hace "memoria" de la última cena, pronunciando las mismas palabras de Jesús. Presta su voz a Jesucristo. El pan y el vino se transforman así –transustanciado– en el cuerpo y en la sangre de Jesús. Puedes decirle mientras alza la Hostia y el cáliz: ¡Te adoro con devoción, Dios escondido!, ¡Señor mío y Dios mío!, o “Auméntame la fe”.

Aclamamos el misterio central de nuestra fe.

Doxología

El sacerdote ofrece al Padre el cuerpo y la sangre de Jesús, por Cristo, con Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo. Todos respondemos con fuerza: "Amén".

Padrenuestro

Preparándonos para comulgar, rezamos al Padre como Jesús nos enseñó.

Comunión

Llenos de alegría nos acercamos a recibir a Jesús, pan de vida. Antes de comulgar hacemos un acto de humildad y de fe, recitando oraciones al Señor que nos ayuden a recibirle lo mejor preparado posible. Aprovecha mientras estás en la cola de la Comunión para rezar comuniones espirituales. Cuando recibas el cuerpo de Cristo, di el “¡Amén!” con convicción. Estás diciendo: sé que a quien recibo es Cristo, el mismo que nació en Belén y murió en la Cruz (aunque mis ojos sólo vean un simple trozo de pan). El Amén es un gran acto de fe: dilo fuerte.

Oración

Damos gracias a Jesús por haberlo recibido, y le pedimos que nos ayude a vivir en comunión.

Bendición final

Recibimos la bendición del sacerdote. Que ese “podéis ir en paz” sea el reflejo de una Misa luchada por estar bien vivida.

* Agradecemos a Cobel Ediciones el permiso para reproducir algunos extractos del folleto “La Misa. Para preparar, vivir y agradecer la misa” disponible en su página web.

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Extractos del libro “Vivir la Santa Misa”, de Mons. Javier Echevarría. Ediciones Rialp

Canto de entrada

El canto o la antífona de entrada destaca el carácter festivo de la celebración eucarística. Comienza a desarrollarse la reunión de la familia de Dios en la tierra, en comunión con toda la Iglesia —la que ya goza de la Trinidad en el Cielo, la que se purifica en el Purgatorio, la que peregrina aún aquí abajo—, encabezada por Jesucristo Nuestro Señor, Verbo encarnado y Primogénito entre muchos hermanos (cfr. Rm 8, 28). (...) La reverencia al altar y el beso que el celebrante deposita sobre esa ara aparecen también repletos de significado. El sacerdote está allí, no en su propio nombre, sino in nomine Ecclesiæ, en nombre de la Iglesia. Representa, pues, a todos los fieles, y en nombre de todos da el beso litúrgico a Cristo, simbolizado por el altar.

Acto penitencial

Con el acto penitencial, que rezamos todos juntos, manifestemos con más conciencia esos sentimientos de compunción, de dolor de amor, a los que nos invita la Iglesia. (...)

Gloria

Del reconocimiento de nuestra nada —más aún, de nuestro ser pecadores, necesitados de perdón— pasamos a proclamar la grandeza del Dios tres veces Santo. La lengua no logra encontrar las palabras adecuadas para manifestar el reconocimiento debido a Dios, y alargamos el canto en expresiones de alabanza por los bienes que hemos recibido.

Colecta

En la Colecta, presentamos a Dios Padre las peticiones que la Iglesia eleva al Cielo cada vez que se celebra el Santo Sacrificio. Lo hacemos siempre por medio de Jesucristo, el único Mediador, en la comunión del Espíritu Santo, que recoge nuestras súplicas y las une a las de nuestra Cabeza. De nuevo el misterio de la Trinidad Santa se hace presente en la Misa. (...) El texto de la Colecta compone un abanico de súplicas que se eleva al Cielo con matices diversos, según los tiempos litúrgicos y las fiestas que se celebran, y que nos dispone —ya desde el comienzo del Santo Sacrificio— para acoger lo mejor posible a Cristo en la Comunión.

Liturgia de la Palabra

«La Misa consta de dos partes: la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística, tan estrechamente unidas entre sí que constituyen un solo acto de culto» (Misal Romano, Institución General, 28).

Primera lectura: Dios habla a los hombres

La primera lectura, tomada generalmente del Antiguo Testamento, nos presenta al Padre celestial que se inclina benignamente sobre sus hijos. (...) La consideración de que "Dios mismo habla a su Pueblo", resulta muy oportuna para tomar conciencia gráfica de esta realidad. Nos advierte que, sin temor —como les sucedía, en cambio, a los israelitas—, hemos de meditar concienzudamente en el empeño con que el Señor quiso —¡y quiere!— abrir camino a los suyos: cómo los libera de la tremenda esclavitud; cómo protege y conduce a aquella multitud por el desierto; y, a la vez, hemos de prestar atención a que también nosotros somos tan duros de corazón como para rebelarnos a la Voluntad divina o para no conceder importancia a los desvelos de nuestro Creador.

Salmo Responsorial: respuesta de los fieles a la Palabra de Dios

El Salmo Responsorial es como una prolongación de los temas propuestos en la primera lectura. La enseñanza recibida se torna plegaria, oración que alzamos a Dios con palabras que Él mismo ha puesto en boca de los hombres; constituye, por eso, la mejor respuesta a los requerimientos divinos que hemos escuchado. (...) A las palabras del lector o del celebrante, el pueblo responde con una breve aclamación, tomada generalmente del mismo salmo, que resume el sentido de nuestra súplica. Esforcémonos en recitar acompasadamente esas palabras —que son, repito, oración—, todos a una, pensando en lo que decimos y a Quien se lo decimos.

La proclamación del Evangelio y la homilía

El diácono o el presbítero eleva la voz para anunciar que Jesucristo está entre nosotros: Dominus vobiscum! Toca el libro con el dedo pulgar de la mano derecha trazando una pequeña cruz, y luego se signa en la frente, en la boca y en el pecho, mientras notifica a los presentes que se dispone a proclamar el Evangelio de Jesucristo, fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree (Rm 1, 16), como escribe San Pablo.

Estos gestos tienen un significado muy preciso. Simbolizan nuestros deseos de apropiarnos de la Verdad del Evangelio, de modo que informe plenamente nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones. Se nos comunican las enseñanzas del Señor para que las meditemos en la intimidad personal y las incorporemos a nuestras almas, de modo que luego las comuniquemos —con la conversación y con las obras— a las personas con quienes coincidamos durante la jornada. Descubrimos de nuevo una llamada a la responsabilidad apostólica de los cristianos, que en la Santa Misa cobra nuevas fuerzas.

Empeñémonos en profundizar en las lecturas de la Misa, quizá reteniendo en la memoria alguna frase que pueda servirnos como alimento de la presencia de Dios a lo largo de la jornada. (...)

La homilía es siempre una explicación sencilla y vibrante, bien enraizada en los textos litúrgicos, de algún aspecto del caminar cristiano. Sintamos los sacerdotes la urgencia de elaborar con cariño esa intervención, también cuando en ocasiones se reduzca a unas breves palabras: el Espíritu Santo desea servirse de esas consideraciones para penetrar con más profundidad en las almas de los oyentes.

Credo: la profesión de fe

Con la palabra de Dios en el alma, ilustrada por la homilía y asimilada en la meditación personal, los fieles —sacerdotes y laicos— adquirimos mayor conciencia de la dignidad de nuestra vocación. Agnosce o christiane dignitatem tuam!, reconoce, oh cristiano, tu dignidad, clamaba San León Magno[1]. Esto es lo que nos propone la última parte de la Liturgia de la Palabra, que sirve como enlace entre las lecturas y el ofrecimiento del pan y del vino.

La recitación del Credo —los domingos y las solemnidades— y la oración de los fieles son como el distintivo del cristiano. En concreto, el rezo o canto del Credo ha de constituir siempre un motivo de santo orgullo para los hijos de Dios, al saborear la asombrosa realidad de ser Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo. «Somos un solo pueblo que confiesa una sola fe, un Credo; un pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (San León Magno, Homilía I en la Natividad del Señor (PL 54, 192).

Oración de los fieles

Con la oración de los fieles termina la primera parte de la Misa. Gracias al sacerdocio común recibido en el Bautismo, los fieles elevan oraciones de intercesión por la Iglesia y por el mundo entero. No quitemos importancia a esta responsabilidad de rezar intensamente por el Cuerpo místico de Cristo y por la humanidad. (...) No olvidemos además que, al elevar estas plegarias, es Cristo mismo quien las presenta a Dios Padre por la virtud del Espíritu Santo.

Liturgia eucarística

Presentación de las ofrendas

En la Misa, Jesús desea que por Él, con Él y en Él los miembros de su Cuerpo místico participemos en su oblación a Dios Padre. (...) Las palabras que acompañan a la presentación de los dones ponen de manifiesto lo que el Señor espera de nosotros. El pan y el vino, frutos de la tierra y del trabajo de los hombres (Cfr. Misal romano, Ordinario de la Misa), representan a la entera creación, que ha de ser restituida a Dios —después de estar alejada de Él por el pecado del hombre— merced también al esfuerzo de los cristianos en unión con el sacrificio de Cristo. (...)

El ofertorio no se queda en un rito meramente exterior, algo que realiza el sacerdote y que los fieles simplemente presencian. Además de constituir la materia de la Eucaristía, el pan y el vino simbolizan la entrega de nuestra propia vida. (...)

Jesucristo asume nuestra ofrenda —hasta las faltas, si las rectificamos y pedimos perdón— cuando la hemos fundido idealmente con el pan y el vino que se convertirán en su Cuerpo y Sangre. De este modo somos incorporados al ofrecimiento de su Vida y de su Muerte que Él ha confiado a la Iglesia, y la entrega de nuestra vida y de nuestro trabajo resulta grata a Dios.

Plegaria eucarística (anáfora)

En esta oración solemnísima, el «centro y la cumbre de toda la celebración» (Misal romano, Institución General, n. 78), la Iglesia se dirige al Padre, fuente de todo bien, en unión con Cristo, por la virtud del Espíritu Santo.

Todos los ritos litúrgicos la presentan como una gran súplica formada por diversas oraciones estrechamente entrelazadas. Comienza por una acción de gracias, el prefacio, coronado por el Sanctus, a la que sigue una epíclesis o súplica al Espíritu Santo, en la que se pide al Paráclito que con su virtud divina transforme el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Luego viene el relato de la institución de la Eucaristía, que no es un mero recuerdo, sino un acto en el que —gracias a las palabras de la Consagración, que el sacerdote pronuncia in persona Christi— se obra la transustanciación del pan y del vino, que hace presente sobre el altar a la misma Víctima del Calvario, ahora gloriosa.

Inmediatamente después, en cumplimiento del mandato de Jesucristo, viene la anámnesis (que significa "memorial", "recuerdo"), modo con el que se recoge todo lo que Nuestro Señor ha realizado por nosotros (especialmente su muerte, su resurrección y su ascensión al Cielo), y la Iglesia presenta al Padre la ofrenda de su Hijo. No faltan las intercesiones —en diversos momentos, según las distintas Plegarias eucarísticas—, en las que se pone de manifiesto la comunión de la Iglesia de la tierra con la del cielo, y se reza por todos los fieles, vivos y difuntos, y especialmente por el Papa y por los obispos del mundo entero. Termina con la doxología u oración de alabanza a la Santísima Trinidad, a la que el pueblo responde Amén a una sola voz (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1352-1354).

Prefacio: acción de gracias

Vere dignum et iustum est, æquum et salutare... Así comienza el Prefacio: «En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno...» (Misal romano, Plegaria eucarística, Parte inicial del prefacio). La Eucaristía es el eminente sacrificio de adoración y de acción de gracias, de propiciación y de impetración, como lo es el sacrificio del Calvario al que hace presente en todo tiempo y lugar. El prefacio manifiesta de modo particular la alabanza y la gratitud de la Iglesia «al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, por todas sus obras, por la creación, la redención y la santificación» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1352).

(...) De este modo, nuestra gratitud por los dones recibidos resultará muy agradable a la Trinidad Santísima. Entonces, al rezar o cantar el Sanctus, con el que finaliza el prefacio, estaremos íntimamente unidos a la adoración, a la acción de gracias, a la alabanza que la Iglesia celestial canta incesantemente al Dios tres veces Santo.

Las intercesiones

Las diversas Plegarias eucarísticas se complementan entre sí; cada una ilustra o desarrolla aspectos insinuados en las otras, contribuyendo de este modo a resaltar de forma más patente las riquezas insondables del Misterio eucarístico. (...) Al concluir estas primeras oraciones de intercesión, antes de invocar al Espíritu Santo y actualizar las palabras de Cristo en la Última Cena, el Canon Romano pone en boca del celebrante una oración, el Hanc igitur, en la que recapitula todo lo que ha pedido hasta ese momento, con el deseo de no dejar nada fuera de la oblación santísima.

La eplíclesis o invocación al Espíritu Santo

Al rezar una u otra de las Plegarias eucarísticas, podemos gozarnos en descubrir los diversos modos con que se describe la acción del Paráclito. Le invocamos especialmente en esa oración (epíclesis) con la que «la Iglesia pide al Padre que envíe su Espíritu Santo (...) sobre el pan y el vino, para que se conviertan, por su poder, en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1353).

Consagración

Nos detenemos ahora en el momento crucial del Santo Sacrificio, la Consagración, cuando —como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica— «la fuerza de las palabras y de la acción de Cristo y el poder del Espíritu Santo hacen sacramentalmente presentes bajo las especies de pan y de vino su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido en la Cruz de una vez para siempre» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1353).

(...) ¡Qué hondura atesoran las palabras: esto es mi Cuerpoéste es el cáliz de mi Sangre! Llenan de seguridad, refuerzan nuestra fe, aseguran nuestra esperanza y enriquecen nuestra caridad. Sí: Cristo vive, es el mismo de dos mil años atrás, y vivirá siempre, interviniendo en nuestro peregrinar. Nuevamente se nos acerca como caminante con nosotros, lo mismo que en Emaús, para sostenernos y darnos apoyo en todo nuestro quehacer.

La presencia real de Jesús es consecuencia del misterio inefable que se cumple con la transustanciación, ante el que no cabe otra actitud que adorar la omnipotencia y el amor de Dios. Por eso nos arrodillamos al llegar este instante sublime, que constituye el núcleo de la celebración eucarística. En esos momentos, el sacerdote es instrumento del Señor, actúa in persona Christi.

(...) Después de la Consagración del pan y del vino, el sacerdote proclama que el divino sacrificio se ha hecho sacramentalmente presente —mysterium fidei!—, y el pueblo responde con una aclamación que —en cualquier caso— expresa el compromiso de los cristianos de trabajar por la difusión del reino de Cristo en la tierra, hasta su venida gloriosa al final de los tiempos: mortem tuam annuntiamus, Domine, et tuam resurrectionem confitemur, donec venias (Misal romano, Aclamación después de la Consagración).

Rito de la Comunión

El Padrenuestro, la oración de los hijos de Dios

Roguemos humildemente al Paráclito que nos conceda la gracia de no acostumbrarnos a ser, a obrar, a llamarnos con este nombre santísimo de hijos de Dios. Decidámonos a fomentar el espíritu de filiación divina, considerando con mucha frecuencia esta verdad: ¡soy hijo de Dios, en Cristo, por el Espíritu Santo! Pensar y actuar de esta manera, moverse habitualmente con la seguridad de saberse hijo muy amado del Padre celestial, «no entraña arrogancia, sino fe; proclamar lo que has recibido —escribe San Ambrosio— no supone soberbia, sino devoción. Levanta, pues, la mirada al Padre que te engendró por el Bautismo, al Padre que te redimió por el Hijo, y di: Padre nuestro» San Ambrosio, Los Sacramentos V, 19 (PL 16, 450-451).

Rito de la paz

Fortalecer los lazos de la fraternidad con todas las almas ayuda a unirse fructuosamente a Jesús en la Eucaristía; así, además, colaboramos en la realización de esa concordia entre los hombres, por la que la Iglesia intercede en la Santa Misa.

La Comunión: unión con Jesucristo

En la Sagrada Comunión, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, se nos ofrece como alimento espiritual para unirnos más a Sí y perfeccionar la primera configuración con Él, recibida en el Bautismo. Toda la eficacia del misterio de la Encarnación —vida, muerte y glorificación del Señor— se nos entrega en ese momento, y la recibimos con mayor o menor perfección según la calidad de las disposiciones personales. (...) Con el don divino de la Sagrada Comunión, cada uno se sitúa personalmente delante del Señor con sus defectos y limitaciones, pero nos vemos urgidos también a acogerle con verdaderas ansias de purificación.

Después de la Comunión

Entre las recomendaciones de la Iglesia para después de la Comunión, destaca la de permanecer algunos instantes en silencio, en acción de gracias a Dios por habernos entregado a su Hijo como alimento del alma: momento de los afectos de amor y de la contrición; hora de las peticiones por la Iglesia, por el Papa, por la familia, por tantas otras personas e intenciones concretas. ¿Qué mejor ocasión que ésta, cuando perdura aún la presencia real de Cristo en nosotros, para manifestarle llenos de confianza nuestras necesidades, las de la Iglesia y las de las personas que amamos?

Rito de conclusión

Ite, missa est: de la Misa a la misión. Por ser centro y raíz de la vida espiritual del cristiano, la Santa Misa constituye la fuente de energía sobrenatural que permite empeñarse a fondo en el apostolado. Precisamente porque se ha unido al Sacrificio de Cristo, presente sobre el altar, y porque ha participado del Cuerpo del Señor, el fiel cristiano está en condiciones de llevar el mensaje de Jesús a sus vecinos y parientes, a los colegas, a todas las personas con las que se cruce en su caminar diario.

Acción de gracias después de la Misa

Cuando el tiempo dedicado a la acción de gracias dentro de la Misa resulta demasiado breve, puede ser una buena norma de conducta —si otras obligaciones urgentes no lo impiden— prolongar la acción de gracias unos minutos más, de modo personal, al terminar el Santo Sacrificio.

*Agradecemos a la Fundación Studium el permiso para reproducir algunos párrafos del libro “Vivir la Santa Misa”, disponible en la página web de Ediciones Rialp.

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“La Eucaristía, misterio de fe y de amor”. Homilía del fundador del Opus Dei.

Quizá, a veces, nos hemos preguntado cómo podemos corresponder a tanto amor de Dios; quizá hemos deseado ver expuesto claramente un programa de vida cristiana. La solución es fácil, y está al alcance de todos los fieles: participar amorosamente en la Santa Misa, aprender en la Misa a tratar a Dios, porque en este Sacrificio se encierra todo lo que el Señor quiere de nosotros.

Permitid que os recuerde lo que en tantas ocasiones habéis observado: el desarrollo de las ceremonias litúrgicas. Siguiéndolas paso a paso, es muy posible que el Señor haga descubrir a cada uno de nosotros en qué debe mejorar, qué vicios ha de extirpar, cómo ha de ser nuestro trato fraterno con todos los hombres.

Canto de entrada

El sacerdote se dirige hacia el altar de Dios, del Dios que alegra nuestra juventud. La Santa Misa se inicia con un canto de alegría, porque Dios está aquí. Es la alegría que, junto con el reconocimiento y el amor, se manifiesta en el beso a la mesa del altar, símbolo de Cristo y recuerdo de los santos: un espacio pequeño, santificado porque en esta ara se confecciona el Sacramento de la infinita eficacia.

Petición de perdón

El Confiteor nos pone por delante nuestra indignidad; no el recuerdo abstracto de la culpa, sino la presencia, tan concreta, de nuestros pecados y de nuestras faltas. Por eso repetimos: Kyrie eleison, Christe eleison, Señor, ten piedad de nosotros; Cristo, ten piedad de nosotros. Si el perdón que necesitamos estuviera en relación con nuestros méritos, en este momento brotaría en el alma una tristeza amarga. Pero, por bondad divina, el perdón nos viene de la misericordia de Dios, al que ya ensalzamos —Gloria!—, porque Tú solo eres santo, Tú solo Señor, Tú solo altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre.

Lecturas y Credo

Oímos ahora la Palabra de la Escritura, la Epístola y el Evangelio, luces del Paráclito, que habla con voces humanas para que nuestra inteligencia sepa y contemple, para que la voluntad se robustezca y la acción se cumpla. Porque somos un solo pueblo que confiesa una sola fe, un Credo; un pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Ofertorio

A continuación, la ofrenda: el pan y el vino de los hombres. No es mucho, pero la oración acompaña: recíbenos, Señor, al presentarnos a Ti con espíritu de humildad y con el corazón contrito; y el sacrificio que hoy te ofrecemos, oh Señor Dios, llegue de tal manera a tu presencia, que te sea grato. Irrumpe de nuevo el recuerdo de nuestra miseria y el deseo de que todo lo que va al Señor esté limpio y purificado: lavaré mis manos, amo el decoro de tu casa.

Hace un instante, antes del lavabo, hemos invocado al Espíritu Santo, pidiéndole que bendiga el Sacrificio ofrecido a su santo Nombre. Acabada la purificación, nos dirigimos a la Trinidad —Suscipe, Sancta Trinitas—, para que acoja lo que presentamos en memoria de la vida, de la Pasión, de la Resurrección y de la Ascensión de Cristo, en honor de María, siempre Virgen, en honor de todos los santos. (...)

Canon

Así se entra en el canon, con la confianza filial que llama a nuestro Padre Dios clementísimo. Le pedimos por la Iglesia y por todos en la Iglesia: por el Papa, por nuestra familia, por nuestros amigos y compañeros. Y el católico, con corazón universal, ruega por todo el mundo, porque nada puede quedar excluido de su celo entusiasta. Para que la petición sea acogida, hacemos presente nuestro recuerdo y nuestra comunicación con la gloriosa siempre Virgen María y con un puñado de hombres, que siguieron los primeros a Cristo y murieron por Él.

Consagración

Quam oblationem... Se acerca el instante de la consagración. Ahora, en la Misa, es otra vez Cristo quien actúa, a través del sacerdote: Este es mi Cuerpo. Este es el cáliz de mi Sangre. ¡Jesús está con nosotros! Con la Transustanciación, se reitera la infinita locura divina, dictada por el Amor. Cuando hoy se repita ese momento, que sepamos cada uno decir al Señor, sin ruido de palabras, que nada podrá separarnos de Él, que su disponibilidad —inerme— de quedarse en las apariencias ¡tan frágiles! del pan y del vino, nos ha convertido en esclavos voluntarios: præsta meæ menti de te vivere, et te illi semper dulce sapere, haz que yo viva siempre de ti y que siempre saboree la dulzura de tu amor.

Más peticiones: porque los hombres estamos casi siempre inclinados a pedir: por nuestros hermanos difuntos, por nosotros mismos. Aquí caben también todas nuestras infidelidades, nuestras miserias. La carga es mucha, pero Él quiere llevarla por nosotros y con nosotros. Termina el canon con otra invocación a la Trinidad Santísima: per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso..., por Cristo, con Cristo y en Cristo, Amor nuestro, a Ti, Padre Todopoderoso, en unidad del Espíritu Santo, te sea dado todo honor y gloria por los siglos de los siglos.

Padrenuestro

Jesús es el Camino, el Mediador; en El, todo; fuera de El, nada. En Cristo, enseñados por El, nos atrevemos a llamar Padre Nuestro al Todopoderoso: el que hizo el cielo y la tierra es ese Padre entrañable que espera que volvamos a el continuamente, cada uno como un nuevo y constante hijo pródigo.

Cordero de Dios

Ecce Agnus Dei... Domine, non sum dignus... Vamos a recibir al Señor. Para acoger en la tierra a personas constituidas en dignidad hay luces, música, trajes de gala. Para albergar a Cristo en nuestra alma, ¿cómo debemos prepararnos? ¿Hemos pensado alguna vez en cómo nos conduciríamos, si sólo se pudiera comulgar una vez en la vida? Cuando yo era niño, no estaba aún extendida la práctica de la comunión frecuente. Recuerdo cómo se disponían para comulgar: había esmero en arreglar bien el alma y el cuerpo. El mejor traje, la cabeza bien peinada, limpio también físicamente el cuerpo, y quizá hasta con un poco de perfume... eran delicadezas propias de enamorados, de almas finas y recias, que saben pagar con amor el Amor.

Oración final y rito de conclusión

Con Cristo en el alma, termina la Santa Misa: la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo nos acompaña durante toda la jornada, en nuestra tarea sencilla y normal de santificar todas las nobles actividades humanas.

Asistiendo a la Santa Misa, aprenderéis a tratar a cada una de las Personas divinas: al Padre, que engendra al Hijo; al Hijo, que es engendrado por el Padre; al Espíritu Santo que de los dos procede. Tratando a cualquiera de las tres Personas, tratamos a un solo Dios; y tratando a las tres, a la Trinidad, tratamos igualmente a un solo Dios único y verdadero. Amad la Misa, hijos míos, amad la Misa. Y comulgad con hambre, aunque estéis helados, aunque la emotividad no responda: comulgad con fe, con esperanza, con encendida caridad.

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Evangelio del domingo: como uno de estos niños

Comentario del 25° domingo del tiempo ordinario. “Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y servidor de todos”. Seguir a Cristo es difícil, pero sólo el que se hace pequeño como él conseguirá cosas grandes.

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Mc 9,30-37)

Salieron de allí y atravesaron Galilea. Y no quería que nadie lo supiese, porque iba instruyendo a sus discípulos. Y les decía:

– El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán, y después de muerto resucitará a los tres días.

Pero ellos no entendían sus palabras y temían preguntarle.

Y llegaron a Cafarnaún. Estando ya en casa, les preguntó:

– ¿De qué hablabais por el camino?

Pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor. Entonces se sentó y, llamando a los doce, les dijo:

– Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y servidor de todos.

Y acercó a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:

– El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado.


Comentario

Se va acercando el tiempo de emprender el último viaje hacia Jerusalén, donde Jesús culminará su misión. Se trata de un momento decisivo y, en esas circunstancias, el Maestro habla por segunda vez a los apóstoles de lo que le aguarda al cabo de unas semanas en la ciudad santa.

Allí se desencadenarán los sucesos dramáticos de su pasión que terminarán con la muerte en la Cruz, pero también llegará el acontecimiento glorioso de su resurrección. Las palabras del Señor son claras, pero el evangelista hace notar que “ellos no entendían sus palabras y temían preguntarle”. Se resisten a admitir lo que Jesús les está diciendo. ¡Qué distinta es la lógica de Dios, que cuenta con el sufrimiento como camino a la gloria, frente a la lógica humana que rehúsa aceptar lo que no se desea ni complace los propios gustos!

Resulta sorprendente lo que sucede en un momento tan importante y cargado de dramatismo. “ ¿De qué hablabais por el camino?” les preguntó Jesús, “pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor” (v. 33), comenta el evangelista.

Mientras Jesús se dirige decididamente hacia la Cruz ninguno de ellos se compadece de los padecimientos que aguardan al Maestro y se apresta a servirle de apoyo, sino que intrigan entre sí buscando egoístamente el propio provecho. ¡Qué torpes! Hubieran merecido justamente el rechazo de Jesús, pero no sucedió así. A pesar de sus evidentes limitaciones personales, Jesús no les retiró su confianza. “Qué decepción la de Cristo. Sin embargo –observa Mons. Ocáriz– les confió la Iglesia, como nos la confía ahora a nosotros, que también caemos en disputas y división”.

“¿Qué nos dice todo esto? –se preguntaba Benedicto XVI– Nos recuerda que la lógica de Dios es siempre ‘otra’ respecto a la nuestra, como reveló Dios mismo por boca del profeta Isaías: ‘Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos’ (Is 55, 8). Por esto, seguir al Señor requiere siempre al hombre una profunda conversión –de todos nosotros–, un cambio en el modo de pensar y de vivir; requiere abrir el corazón a la escucha para dejarse iluminar y transformar interiormente”.

Jesús tiene paciencia con los defectos de aquellos hombres, y les explica su lógica, la lógica del amor que se hace servicio hasta la entrega total: “Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y servidor de todos” (v. 35). Y para que les entre por los ojos esta enseñanza “acercó a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado” (vv. 36-37)

“¿No os enamora este modo de proceder de Jesús? –comenta san Josemaría– Les enseña la doctrina y, para que entiendan, les pone un ejemplo vivo. Llama a un niño, de los que correrían por aquella casa, y le estrecha contra su pecho. ¡Este silencio elocuente de Nuestro Señor! Ya lo ha dicho todo: Él ama a los que se hacen como niños. Después añade que el resultado de esta sencillez, de esta humildad de espíritu es poder abrazarle a Él y al Padre que está en los cielos”.

Dios, que es realmente grande, no teme abajarse y hacerse el último. Jesús se identifica con el niño. Él mismo se ha hecho pequeño. En cambio, nosotros, que somos pequeños, nos creemos grandes y aspiramos a ser los primeros porque somos orgullosos. Seguir a Cristo es difícil, pero sólo el que se hace pequeño como él hará cosas grandes.

 

 

Una dignidad bien fundada. ¿Sé quién soy?

Escrito por José Martínez Colín.

El bautismo transforma a la persona en un ser más profundo e íntimo, pues posee una vida nueva y una nueva identidad.

1) Para saber

Un hombre inconsciente y herido por dos balas en la espalda que flota a la deriva es rescatado en el mar por un barco pesquero, pero al volver en sí desconoce su identidad, no sabe ni cómo se llama. Así comienza una película famosa llamada “Identidad desconocida” (The Bourne Identity, 2002). Durante la trama el protagonista intentará ir descubriendo quién es él mismo y por qué lo quisieron matar (y siguen intentándolo).

Para todos es fundamental saber quiénes somos, cuál es nuestra identidad, pues es lo más personal. El papa Francisco, continuando su reflexión, en base a la carta a los gálatas, señala que con el bautismo recibimos una nueva identidad: ahora ya se es hijo de Dios en Cristo. Nos previene el papa para que nos mal acostumbremos a considerar nuestra filiación divina, pudiéndose olvidar su inmenso valor. Gracias a que somos hijos de Dios, nuestra dignidad se vio enriquecida grandemente.

2) Para pensar

Un niño de siete años cambió de colegio al tener sus padres que cambiar de ciudad. Su madre lo veía más alegre y le preguntó si le gustaba su colegio. Su hijo le contestó que mucho más que el anterior. Su madre le preguntó por qué le gustaba más. “Es que aquí sí me llaman por mi nombre”, contestó. Su mamá le preguntó: “¿Y cómo te llamaban en el anterior?”. Su hijo le explicó: “Me llamaban «el siguiente≫”.

El nombre es la señal de nuestra identidad, lo que nos distingue. Ese nombre se nos asigna en el bautismo, es el “nuevo” nombre del hijo de Dios. Siempre es bueno recordar de forma agradecida el momento en el que nos convertimos en hijos de Dios, el de nuestro bautismo. El papa preguntó en la audiencia quién sabía la fecha de su bautismo, pues es la fecha en la cual hemos sido salvados y convertidos en hijos de Dios. Y si no se conoce la fecha, aconsejó preguntar a quienes la conocen: al padrino o madrina, al padre, a la madre, al tío o la tía… y cada año recordar y celebrar esa fecha de nuestro nuevo nacimiento.

3) Para vivir

Se puede hablar de una filiación general que afecta a todos los hombres y las mujeres del mundo al ser hijos e hijas del único Creador. Pero san Pablo nos habla de la filiación «en Cristo». Esta es la novedad y diferencia: con el bautismo somos hijos “en Cristo”. Participamos de la redención de Cristo, es decir, gracias a su muerte y resurrección, somos perdonados y reconciliados con el Padre. Y esa unidad con Cristo forma la Iglesia. El no bautizado, permanece con el pecado original y no puede participar de los demás sacramentos. El bautismo, por tanto, no es un mero rito exterior, no es sólo un acontecimiento social, sino que transforma a la persona en su ser más profundo e íntimo, se posee una vida nueva, una nueva identidad, nos hace hermanos en Cristo, y por ello nos permite invocar a Dios con el nombre “Abbà”, es decir “papá”.

Por ello San Pablo señala que ya no hay diferencias en dignidad entre hombre o mujer, entre libre o esclavo… Hay una profunda unidad e igualdad entre todos los bautizados. Mujer y hombre tienen la misma dignidad: Todos somos hijos e hijas de Dios. Es decisivo vivir sabiendo quiénes somos y redescubrir la belleza de ser hijos de Dios.

 

 

CAMBIAR EL SOFÁ POR UN PAR DE ZAPATILLAS: ponte en forma con estos 4 consejos

 

Fue en la Jornada Mundial de la Juventud en Polonia cuando el papa Francisco propuso “cambiar el sofá por un par de zapatos”[1]. Recordaba a los jóvenes “que no vinimos a este mundo a «vegetar», a pasarla cómodamente, a hacer de la vida un sofá que nos adormezca; al contrario, hemos venido a otra cosa, a dejar una huella”. Les advertía de esa parálisis peligrosa. “Para hacer grande la vida se necesitan amor y heroísmo. Miremos a Jesús, miremos al Crucificado, están los dos: un amor sin límites y la valentía de dar la vida hasta el extremo, sin medias tintas (…) apuntemos a metas altas. Por favor, no dejemos pasar los días de la vida como los episodios de una telenovela”[2].

 

El comienzo de un curso nos invita a soñar. No hacerlo, sería dejarnos “arrastrar” por las circunstancias, vivir “encerrados” por el miedo y el desánimo, refugiados en “falsas” seguridades que narcotizan. Sin sueños y riesgos, sin proyectos, sin compromisos con nosotros mismos, con alguien (con Dios y con los demás, con la Iglesia y con nuestro mundo), con algo (sembrar la paz, promover la justicia, contribuir a la amistad social, cuidar de nuestra casa común, pregonar la verdad) no podremos crecer en santidad, en el amor que nos salva y nos hace felices. Dios, nuestro Padre, nos quiere con locura y desea nuestra felicidad; por eso quiere algo de cada uno de sus hijos. “Te está invitando a soñar, te quiere hacer ver que el mundo contigo puede ser distinto. Eso sí, si tú no pones lo mejor de ti, el mundo no será distinto. Es un reto” (ref. nota 1). Y nos acompaña en la realización de esos sueños. “Vivamos –y ayudemos a vivir a los demás– con el optimismo esperanzado de saber que no contamos solo ni principalmente con nuestras pobres fuerzas, sino con la gracia de Dios (cfr. Mt 28, 20)”[3]. Esa convicción ­Dios nos ama con amor de padre, incondicional y misericordioso­ nos permite soñar a lo grande y declararse inconformista. Persuadidos de que “todo lo puedo en aquel que me conforta” (Filipenses 4, 13).

 

Con la gracia del Espíritu Santo ­luz para ver y fuerza para querer­, “veremos” esas esperanzas, pequeñas o grandes, que llenan la vida dándole forma y la mantienen en forma, y “querremos” recomenzar esa conquista diaria con ilusión renovada. Por desgracia, podemos envejecer prematuramente… olvidarnos de la identidad de hijos de Dios y jubilarnos de vivir como cristianos. No pocos viven al margen de Dios, como si no existiera…

 

Últimos datos de la religiosidad en España: un desafío que no puede esperar

 

Según el Barómetro de Julio del CIS[4], el 58, 6% de los españoles se reconocen católicos (los practicantes son el 18, 6% y los no practicantes el 40%). Los creyentes en otras religiones son el 2,4%. La suma supera ligeramente el 60%. Otra “instantánea”: entre los 18 a los 34 años el 63,9% se declaran personas no religiosas, solo el 32,7% católicos. Los datos del 2010 hablaban de un 73,7% de católicos (los practicantes eran un 15,9%). La tendencia es la baja, una caída del 15% en una década; pero hay un dato esperanzador: los católicos practicantes han crecido un poco. Alrededor de 9 millones participan en la Misa de los domingos. Añado otros datos de la comparativa entre la Memoria Anual de Actividades de la Iglesia católica en España[5] 2019 con la del 2011. Los bautizos se han reducido en un 40% (aunque la natalidad bajó un 23%), las Primeras Comuniones en un 18% y las bodas en un 45% (en todas las provincias hay más bodas civiles que católicas; en varias no llegan ni al 10% del total).

 

Esta realidad nos desafía y no puede esperar. ¿Qué vamos a hacer? Todo bautizado es hijo de la Iglesia, nuestra madre; pertenecemos al Cuerpo místico de Cristo y somos responsables de la misión que Cristo le confió. El Papa planteaba el remedio recientemente. “Solo podremos renovar la Iglesia desde el discernimiento de la voluntad de Dios en nuestra vida diaria. Y emprendiendo una transformación guiados por el Espíritu Santo. Nuestra propia reforma como personas, esa es la transformación”, y concluía: “empecemos reformando la Iglesia con una reforma de nosotros mismos” [6]. Recordé esa anécdota de la Madre Teresa de Calcuta: “Una vez le preguntaron qué era lo que había que cambiar en la Iglesia, para empezar. ¿Por qué pared de la Iglesia empezamos? ¿Por dónde le dijeron, madre, hay que empezar? <Por ti y por mí>, contestó ella”[7].

 

¿Cómo puede suceder esto: cambiar el sofá por un par de “zapas”?

 

Será la labor del Espíritu Santo, que es el don de Dios en nuestros corazones. Podemos empezar por atrevernos a confiar en el amor que Dios nos tiene. Desde Adán y Eva, el hombre quiere ser Dios y debe serlo. Pero confundió el camino, se descamino engañado por el demonio. Perdido el camino, la humanidad marchaba errante. Por ese amor a nosotros, el Hijo de Dios se hizo hombre para que ser el camino seguro, y siguiéndolo llegáramos a ser hijos de Dios. Esa es la Buena Nueva, la gran alegría que Jesús (Yeshúa significa Salvador en Arameo) reveló y posibilitó. Es el Dios-con-nosotros, el Emmanuel, que vino al mundo para quedarse definitivamente en él y transformarlo. Creemos que “quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”[8]. “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?” (Romanos 8, 31-32).

 

En su libro Los cuatro amores, C.S. Lewis comparaba dos modos de razonar: el hombre equivocado piensa: “soy bueno, luego Dios me ama”. El acertado, en cambio: “Dios me hará bueno porque me ama (a pesar… de todo)”. Quien se siente amado por Dios, sabe que no tiene que lograrlo todo por sus propias fuerzas. Pero Dios pone una condición: tener la humildad de dejarnos querer. “La santidad no consiste en tal o cual práctica. Consiste en una disposición del corazón que nos vuelve humildes y pequeños en los brazos de Dios, conscientes de nuestra debilidad y confiados hasta la audacia en su bondad de Padre”[9]. Esta afirmación de santa Teresita da luz. Cambiar el sofá por un par de “zapas” presupone un trasplante de corazón, injertarlo en el Corazón de Dios para recibirlo todo de su bondad. Vivir según el Espíritu de Dios. Él convertirá nuestro corazón asemejándolo al de Jesús.

 

¿Cómo puede suceder esto? “Sucede, porque nos agarramos a tres verdades: <Dios es omnipotente, Dios me ama inmensamente, Dios es fiel a las promesas>”[10]. La confianza filial es una honda actitud que arraiga en el alma. Asegura el amor cimentándolo en la roca firme del amor de Dios. Podemos dar amor porque lo hemos recibido primero; Dios nos ama siempre aunque nos portemos mal. Empapa la vida dándole sentido; la conducta se orienta hacia Dios. Nos fortalece porque procura poner los medios para vivir según la Voluntad de Dios. Cambia nuestra mirada, nuestra visión de lo que sucede; gana en optimismo, en serenidad, fiados en la divina Providencia. Torna nuestro talante; nos modela para recibir y dar amor, alegría, cordialidad.

 

La contraseña del cristiano, 4 consejos para recordarla y ponerse en forma

 

Hoy en día hay una inflación de contraseñas, se necesitan para todo. ¿Adivinas la que nos permite conectar con Dios? Es una palabra de cuatro letras… es lo que Dios tiene por cada uno de sus hijos; es lo que Jesús nos mandó dar a los demás: A-M-O-R. San Juan así lo enseña: “todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (…) porque Dios es amor” (1 Juan 4, 7-8). ¿De qué amor hablamos? Del amor de Jesús, que fluye de su Sagrado Corazón y revela el amor paternal de Dios por cada uno de sus hijos. Del amor que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones (ref. Romanos 5, 5). Un amor filial que confía siempre en la Misericordia Divina, que ha experimentado ese “gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él” (Salmo 33, 9).

 

“La única manera de no olvidarse de la contraseña es usarla. ¡Cárguenla en el corazón! (…) Y hay que usarla todos los días. Llegará el momento que se la van a saber de memoria y llegará el día en que, sin darse cuenta, el corazón de cada uno de ustedes latirá como el corazón de Jesús.”[11]. El Papa nos recuerda que ser cristiano supone estar siempre con Jesús, vivir como Él vivió: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”. Permitir que el Espíritu Santo nos recuerde lo que Jesús enseñó y nos ayude a ponerlo en práctica: “Traducir Jesús a mi vida”.

 

Hemos cambiado el sofá por un par de zapatillas, toca practicar el A-M-O-R de la mano del entrenador divino, el Espíritu Santo. Sin dejar de lado a sus auxiliares, la Virgen María y san José, más en este Año de San José. ¿Cómo hacerlo? Doy 4 consejos para ponerse en forma en el A (acompañar, adorar y alimentarse de Jesús Eucaristía)­M (mantenerse en la amistad con Dios y morir al pecado)­O (orar, y mucho)­R (respirar con el Evangelio, recordar la Palabra de Dios).

 

A Acompañar, adorar y alimentarse de Jesús Eucaristía

 

Dios apuesta por la relación personal presencial, cara a cara. Ha tomado la iniciativa instituyendo la Eucaristía. Jesús está verdaderamente presente en la Hostia santa. Es una presencia misteriosa, pero real. Está vivo y oculto. En un acto de amor de humildad desmedida, bajo la apariencia de pan, mendiga nuestro amor. Espera pacientemente. Su amor verdadero, de aquel que lo ha dado todo, es su mano extendida, una llamada a nuestra libertad. Y nos espera para sanarnos, consolarnos, escuchar nuestras necesidades… para vivificarnos. Al contemplar este misterio admirable, Dios toca nuestro corazón: ¿Qué más podía hacer por amor a ti? ¿Cómo voy a transformarte en mí si no me recibes, si no te unes a mí, si no permaneces conmigo junto al Sagrario, si no me adoras en la Eucaristía? ¿Por qué te privas de los tesoros infinitos de mi amor? Es el don más grande que Dios nos ofrece permanente.

 

“Escojamos este alimento de vida: pongamos en primer lugar la Misa, descubramos la adoración en nuestras comunidades. Pidamos la gracia de estar hambrientos de Dios, nunca saciados de recibir lo que él prepara para nosotros[12].Qué mejor ejercicio para practicar el Amor que acompañar, adorar y alimentarse de Jesús Eucaristía. Toca concretar. “Si descuidáramos la Eucaristía, ¿cómo podríamos remediar nuestra indigencia?”[13]. Necesitamos absolutamente de ese Dios escondido, es una cuestión de vida o muerte.

 

M Mantenerse en la amistad con Dios y morir al pecado

 

Mantenerse en la amistad con Dios es la condición sine qua non del que desea verdaderamente acoger el Amor. Ese amor acogido, la gracia de Dios, es el gran regalo. Quien recibe ese don se abre a la acción santificadora del Espíritu Santo que nos moldea a imagen de Jesús: pensar, hablar, sentir, amar y actuar como Él. La gracia divina no anula nuestra naturaleza humana, sino que la perfecciona y la embellece, nos hace hijos, mejores hijos. Somos como el carbón que sometido a la cantidad de presión y calor correcta se transforma en diamante, que después ha de pulirse hasta revelar la belleza que encierra. Dios apostó por nuestra libertad, quiere hijos no esclavos. No se impone, nos invita a dejarnos amar por Él. Nos dice: “Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal” (Deuteronomio 30, 15). ¿Qué eliges? Ojalá apostemos por el Amor, actuar como lo haría el Señor, con la ayuda del Espíritu Santo que nunca nos faltará. Este es un ejercicio constante: hacer las cosas del día con amor y por amor, a imitación de Jesús… alimentar el fuego de la amistad con Dios, mantenerlo encendido.

 

Pero Dios nos conoce, no ignora nuestra condición de pecadores. Sabe que por fragilidad, por preferir las tinieblas a la luz, engañados por el demonio, llevados por nuestros malos hábitos, caeremos. Normalmente en cosas pequeñas. Otras, serán graves. En las primeras, el fuego del amor disminuirá en intensidad, en las segundas apagaremos la hoguera. ¿Qué hacer entonces? “Hay un remedio infalible para volver a levantarse. El remedio de la confesión” (ref. nota 2). Arrepentidos, humildemente volver a Dios. Darle la mayor de las alegrías: abrirse a la gracia de su perdón. “Dios sufre cuando nosotros pensamos que no puede perdonarnos, porque es como decirle: <¡Eres débil en el amor!>”. Su absolución sana, aviva la hoguera, y si estaba apagada la vuelve a encender. Practiquemos morir al pecado como el hijo pródigo, con actos de contrición y la confesión de nuestras culpas a Dios. “Cuando vuelve a levantarnos cree en nosotros como la primera vez, no se desanima. No ve personas fracasadas, sino hijos amados; quizá heridos, y entonces tiene aún más compasión y ternura. Y cada vez que nos confesamos —no lo olviden nunca— en el cielo se hace una fiesta”.

 

O Orar, y mucho

 

Si queremos llegar a conocer y amar a Jesús de la misma forma que aprendemos a amar a otras personas (cónyuge, hijos, familiares, amigos íntimos), debemos pasar un tiempo razonable con Jesús, todos los días. Eso es la oración: “tratar de amistad con quien sabemos nos ama”[14]. En la vida de Jesús es patente su deseo de que seamos sus amigos. Como a Zaqueo, el jefe de publicanos de Jericó, nos dice: “baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Quiere estar con nosotros. Ojalá valoremos lo que eso supone y actuemos como Zaqueo: “bajó en seguida y lo recibió muy contento” (ref. Lucas 19, 1-10). Necesitamos de Dios, de su amor. La oración es el quitapenas, es sabiduría para acertar qué hacer, es aliento para hacerlo, es comunión con quien más nos ama y escuela de caridad con los demás. Con la oración humilde y confiada nos hacemos acreedores de los dones divinos. “No nos extraña, pues, que el demonio haga todo lo posible para movernos a dejar la oración o a practicarla mal, pues sabe mejor que nosotros qué terrible es para el infierno”[15]. Luego oremos, y mucho. “Pero no se puede orar <en todo tiempo> si no se ora, con particular dedicación, en algunos momentos: son los tiempos fuertes de la oración cristiana, en intensidad y en duración”[16].

 

Una regla de oro para aprender a rezar es hacer la oración cada día. Parece una perogrullada, pero quien es fiel y acude a la cita con Dios “tiene la mitad del camino recorrido”, decía santa Teresa. Los evangelios nos relatan cómo Cristo busca ese tiempo en exclusiva con su Padre, poniendo sacrificio: a veces “de madrugada, todavía muy oscuro (Marcos 1, 35-38)”, en otras ocasiones, de noche; en otras, en medio del trajín diario “una vez que los despidió, se retiró a la montaña para orar (Mateo 6, 45-47). Y nosotros, ¿tenemos ese tiempo con Jesús? ¿Lo hemos encajado en el día? ¿Qué medios ponemos para no dejarlo? Si oramos el Espíritu Santo acudirá en nuestra ayuda. Encender y avivar el amor a Dios es la obra del Maestro divino en nosotros. Él nos hará almas de oración. En ese entrenamiento diario contamos con las valiosas orientaciones de la catequesis sobre la oración[17] de Francisco y de Benedicto XVI.

 

R Respirar con el Evangelio, recordar (poner en el corazón) la Palabra de Dios

 

En el prólogo a una edición de la Biblia alemana destinada a jóvenes, Francisco escribía: “¿Quieren hacerme feliz? ¡Lean la Biblia!”. Al hilo de unas palabras de Mahatma Gandhi: “A ustedes cristianos se les ha confiado un texto que tiene en sí la cantidad de dinamita suficiente para hacer explotar en mil pedazos toda la civilización, para poner al mundo del revés y llevar la paz en un planeta devastado por la guerra. Sin embargo, la tratan como si fuese simplemente una obra literaria, nada más”, les invitaba a poner la Biblia en el lugar que le corresponde. La Biblia es una carta de amor de Dios a los hombres, “no está escrita para ser puesta en una estantería, más bien está hecha para tenerla en la mano, para ser leída a menudo, cada día, tanto solos como en compañía”. A continuación les invitaba a preguntarse qué puede decir la Biblia a sus corazones; les aseguraba: “solo así la Palabra de Dios podrá desplegar toda su fuerza; solo así nuestra vida podrá transformarse, haciéndose plena y preciosa”.

 

Sin agua, un jardín se echa a perder. “Recoge el agua de Cristo (…). Llena de esta agua tu interior, para que tu tierra quede bien humedecida (…); y una vez lleno, regarás a los demás”[18]. Leyendo la Palabra de Dios, en especial los Evangelios, aseguramos el agua que convierte el desierto en jardín. Este modo de proceder es fecundo: nos enamoraremos de Cristo. Asentaremos la vida de Jesús "en la cabeza y en el corazón, de modo que, en cualquier momento, sin necesidad de ningún libro, cerrando los ojos, podamos contemplarla como en una película; de forma que, en las diversas situaciones de nuestra conducta, acudan a la memoria las palabras y los hechos del Señor”[19]. Recordemos que “cuando leemos el Evangelio estamos con Jesús y nos habla, como a Simón, el fariseo, que invitó a comer a Jesús en su casa. <Y le interpeló Jesús: Simón, una cosa tengo que decirte> (Lucas 7, 40). Cristo tiene siempre algo que decirnos, a cada uno en particular, personalmente (…) Se trata –y es un don que pido al Señor para todos– de que respiremos con el Evangelio, con la Palabra de Dios”[20].

 

Cambiemos el sofá por un par de zapatillas, pongámonos en forma y juguemos el partido del A-M-O-R. “Este tiempo sólo acepta jugadores titulares en la cancha, no hay espacio para suplentes” (ref. nota 1).

 


[1] Francisco, Vigilia de oración de la 31 JMJ, Campus misericordiae, Cracovia (30.07.2016).

[2] Francisco, Encuentro con los jóvenes de Eslovaquia, Estadio Lokomotiva, Košice (14.09.21)

[3] Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei, Mensaje pastoral (1.10.2019).

[4] Estudio nº 3330 del CIS, de Julio de 2021 (página 102). http://datos.cis.es/pdf/Es3330creenciasMT_A.pdf

[5] https://www.conferenciaepiscopal.es/memoria-de-la-iglesia/

[6] Video de la intención de la oración del Papa de agosto de 2021. https://thepopevideo.org/agosto-la-iglesia-en-camino/?lang=es

[7] Francisco, Vigilia de oración de la 28 JMJ, Copacabana, Río de Janeiro (27.07.2013).

[8] Francisco, Exhortación apostólica La Alegría del Evangelio (2013) n. 1.

[9] Santa Teresita de Liseux, Últimas conversaciones (3.08.1897).

[10] Juan Pablo I, catequesis (20.09.1978).

[11] Francisco, Encuentro con los jóvenes de Chile en el Santuario Nacional de Maipú (17.01.2018)

[12] Francisco, homilía de la fiesta del Corpus de 2018.

[13] San Juan Pablo II, Encíclica La Iglesia vive de la Eucaristía n. 60 (17.04.2003)

[14] Santa Teresa de Jesús, Libro de su vida c. 8.

[15]. Santo Cura de Ars, Sermones escogidos. 5º domingo después de Pascua.

[16] Catecismo de la Iglesia Católica n. 2697.

[17] Francisco, 38 intervenciones entre mayo de 2020 y junio de 2021; Benedicto XVI, 43 alocuciones de mayo de 2011 a octubre de 2012. Las encuentras recogidas en libro electrónico gratuito en https://opusdei.org/es-es/article/oracion-libro-benedictoxvi-francisco/

[18] San Ambrosio, Epístola 2, 4.

[19] San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 107.

[20] Fernando Ocáriz, Mensaje pastoral (5.04.2017).

 

 

San Agustín y la búsqueda inconsciente de Cristo

¡El es lo máximo! Y escribir sobre Agustín es mi deseo y mi privilegio.  Rebelde,  enojado con Dios,  ladrón,  mujeriego,  hombre enamorado hasta los huesos (lo relata en  las confesiones) y papá soltero .  Pero no termina ahí :  hijo desagradecido con una madre, a quién dejo engañada esperando por él en una Iglesia cuando huyó hacia Italia. Por estas y otras conductas  hacia ella   se gano el título del “hijo de las lágrimas de una madre” .Sí  hoy celebramos a San Agustin, Obispo y doctor de la Iglesia. Un santo  del siglo cuarto, que más que cualquier otro santo hasta hoy,  habló de sí mismo.  Alguien dijo, que es el santo que inventó un nuevo género de escritura: la autobiografía.   En Las confesiones,  escribe   con sinceridad y sencillez, convirtiendo en confesión, es decir en alabanza a Dios, todo lo que le concierne.

Un niño fresa

 Aurelios  Agustinos o San Agustín de Hipona   nació en Tagaste, en la Provincia de Numidia, en el Africa romana el 13 de noviembre del 354 .  De familia de clase alta,   sus padres eran el pagano Patricio y la cristiana Mónica, que gracias a su virtud, fe y lágrimas llega a ser testigo de la conversión de su hijo y del bautismo también de su esposo, un hombre que le era infiel y la maltrataba . Su padre tenía ambiciones para su hijo,  movió  todas sus influencias para que el muchacho tuviera educación. Mónica en cambio , sembró en sus hijos la semilla de Cristo y con su ejemplo, el corazón de Cristo en ellos .  Agustín dice que él siempre quedo impactado por la figura de Cristo, lo amo desde que su madre lo inició en la vida de fe y oración. Sin embargo,  al entrar a la adolescencia decidió mirarse en el espejo de su padre. Se volvió rebelde,  promiscuo e incluso ladrón.  El escribe : “no tenía necesidad de robar sino de disfrutar del pecado en su misma esencia, así era mi corazón : un alma depravada buscando la destrucción, ninguna de las palabras de mi madre había calado en mi corazón.  Sus palabras sólo me parecían consejos de mujeres a los que me daba vergüenza seguir y sin embargo eran del Señor y yo no lo sabía y al rechazar su consejo rechazaba el del Señor.”

A los diecinueve años abandona la Iglesia.

 Decidió separarse de la Iglesia y caminar otros caminos, aquellos que respondieran a su deseo de sabiduría, inspirada por su encuentro con Platón.  Podría ser esta la primera conversión del santo, la aspiración a la sabiduría lo que lo llevo al estudio de cierta filosofía , la herejía maniquea y la astrología.  Además siente el deseo de la perfección moral pero se rinde al placer sexual, convirtiéndose para él en una adicción. Finalmente conoció a una mujer de la que se enamoro y tuvo a su único hijo: Adeodato .   Agustín y “Anónima”(así la llamamos ya que el santo no quiso dejar su nombre escrito en su autobiografía) pudieron vivir juntos hasta quince años pues el Imperio Romano aceptaba el concubinato. Por esa misma época se decepciona del maniqueísmo, parte a Roma y ahí queda impactado por los sermones del Obispo Ambrosio. Se bautiza y tiene que renunciar a Anónima ya que Mónica,  su madre ya había arreglado un matrimonio para él, sabemos que finalmente nunca se caso y abrazo el  sacerdocio. San Agustín conmueve hasta las lágrimas al relatar el calvario y el dolor del corazón al separarse de ella y enviarla de regreso a Cartago, quedando a cargo del hijo fruto de ese amor. Escribe :  “Entre tanto multiplicábanse mis pecados, y, arrancada de mi lado, como un impedimento para mi matrimonio, aquella con quien yo solía partir mi lecho, mi corazón, sajado por aquella parte que le estaba pegado, me había quedado llagado y manaba sangre. Ella, en cambio, vuelta a África, te hizo voto, Señor, de no conocer otro varón, dejando en mi compañía al hijo natural que yo había tenido con ella”. 

Gracias a San Ambrosio encuentra en la Biblia todo lo que buscaba 

Entendió como el Antiguo Testamento  conduce a la figura de Jesucristo, conduce a  la persona de Cristo,  y le va haciendo comprender el sentido de toda la vida de Cristo .  Agustín comprende así que Jesús era y es verdadero Dios y verdadero hombre.  Conocerlo enciende en él esa llama de amor viva en su corazón  con la que  lo vemos en muchas de las ilustraciones. El hombre inteligente, erudito y apasionado queda transformado por el amor de Cristo y  decide que ese era el camino que quería seguir.  Quizá es esta su segunda  conversión , a los 32 años.

Cada uno puede ver en el espejo algo de este santo en sí mismo

 El proceso de conversión de San Agustín nos impacta a ti y a mí porque todos somos pecadores.  Hay en su vida, algo de  mi vida y la tuya. Y como te paso a ti y a mí encontró a Cristo,  rindió su inteligencia y la voluntad de su corazón dejándose así ser  conquistado por su amor.  

“Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti “, escribe.  Y agrega : “Tú estabas más dentro de mí que lo más íntimo de mí y más alto que lo supremo de mi ser”.  A Cristo, cuando se le encuentra,  profundiza  nuestra humanidad, pues El habita en lo más íntimo de nosotros. Por eso, amarlo,  seguirlo e imitarlo se tiene que notar.  La vida ya nunca vuelve a ser igual. San Agustín vivió este proceso, que es el mismo para todos. El encontró el  el sentido de la vida en  El y aprendió de El  que tenemos un Padre de ternura y bondad. 

Su conversión final  

 Hay un episodio muy singular y misterioso  en una de las etapas hacia la conversión de San Agustín que me impacta mucho…… 

Un día, en un jardín privado, en coloquio con Nuestro Señor,  le ocurrió algo que le despejó de toda duda y que también relata en las confesiones:

“Mas yo, tirándome debajo de una higuera, no sé cómo, solté la rienda a las lágrimas, brotando dos ríos de mis ojos, sacrificio tuyo aceptable. Y aunque no con estas palabras, pero sí con el mismo sentido, te dije muchas cosas como éstas: ¡Y tú, Señor, hasta cuándo! ¡Hasta cuándo, Señor, has de estar irritado! No te acuerdes más de nuestras maldades pasadas. Me sentía aún cautivo de ellas y lanzaba voces lastimeras: «¿Hasta cuándo, hasta cuándo, ¡mañana!, ¡mañana!? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no poner fin a mis torpezas ahora mismo?».

Decía estas cosas y lloraba con muy dolorosa contrición de mi corazón. Pero he aquí que oigo de la casa vecina una voz, como de niño o niña, que decía cantando y repetía muchas veces: «Toma y lee, toma y lee» (tolle lege, tolle lege).

De repente, cambiando de semblante, me puse con toda la atención a considerar si por ventura había alguna especie de juego en que los niños acostumbrasen a cantar algo parecido, pero no recordaba haber oído jamás cosa semejante; y así, reprimiendo el ímpetu de las lágrimas, me levanté, interpretando esto como una orden divina de que abriese el códice y leyese el primer capítulo donde topase.

Así que, apresurado, volví al lugar donde estaba sentado Alipio y yo había dejado el códice del Apóstol al levantarme de allí. Lo tomé, lo abrí y leí en silencio el primer capítulo que se me vino a los ojos, que decía: No en comilonas y embriagueces, no en lechos y en liviandades, no en contiendas y emulaciones sino revestíos de nuestro Señor Jesucristo y no cuidéis de la carne con demasiados deseos.

No quise leer más, ni era necesario tampoco, pues al punto que di fin a la sentencia, como si se hubiera infiltrado en mi corazón una luz de seguridad, se disiparon todas las tinieblas de mis dudas”.

Encontrar a Jesús es conocer que el sentido de la vida es entrar a la  VIDA eterna…

Sólo con el Señor encontramos nuestro verdadero yo, nuestra verdadera identidad. Se trata por tanto de hacer un camino, un camino de autodescubrimiento hacia  este Dios que  está en nosotros, en ti y en mí. Está ahí para impulsarte a vivir , para renovarte , para rejuvenecerte, 

El Señor ahora mismo en estos tiempos de oscuridad, de pandemia, de muerte y de purificación  nos necesita mucho más frescos, optimistas , alegres y eternamente jóvenes.  Cristo da al corazón, una juventud eterna .  San Agustín  nos hace la invitación de esta manera: “no rechaces rejuvenecer con Cristo  incluso en un mundo envejecido ….

 El te dice, no temas.  Tu juventud se renovará como  la del águila, solo con Dios las cosas pueden alcanzar  sentido .  Nos pueden  renovar, nos pueden hacer bien, incluso  los grandes males nos pueden convertir en personas mucho mejores, mucho más capaces, mucho más profundas, mucho más fecunda.

 Pero este rejuvenecimiento de  ilusión por la vida,  de vivir para amar , de vivir para servir y amar apasionadamente al mundo,  solo es posible si estás con Cristo y si cada día dejas que transforme tú corazón con su disciplina, firmeza y amor. 

Señor  que como  San Agustín,   yo comprenda que no dejar mi oración diaria es lo más importante para vivir siempre en presencia de Dios y poder disfrutar de esta fuerza rejuvenecedora  de nuestro espíritu que ayuda tanto a todas las personas  a descubrir el sentido de su vida y a recuperar la paz y la alegría. 

Termino con uno de los párrafos más hermosos dentro de Las Confesiones: 

“¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te andaba buscando; y deforme como era, me lanzaba sobre las bellezas de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían alejado de ti aquellas realidades que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera; exhalaste tu fragancia y respiré, y ya suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz”

Sheila Morataya

 

La oración: lugar privilegiado del encuentro

Hoy día están muy de moda los cursos de superación personal. Y así nos encontramos cursos para superar el estrés, para ser mejor padre, para ser mejor estudiante, etcétera. Yo no dudo que los libros y los cursos puedan llegar a ser, cuando son auténticos y honestos, grandes ayudas para las personas. Pero no cabe la menor duda que absolutamente nada puede suplantar a la experiencia directa de las cosas, de la vida. Y así como difícilmente alguien aprendería a nadar con sólo leer un libro y sin arrojarse al agua para intentar flotar en el agua y desplazarse en su superficie, difícilmente podríamos aprender a hacer muchas cosas si no estamos dispuestos a practicarlas, a vivirlas, a experimentarlas en carne propia.

Yo admiro mucho a las personas que tocan con virtuosismo algún instrumento musical, como el piano o la guitarra. Me encanta escuchar a Winton Marsalis, un jazzista de mucha calidad que domina plenamente su maravillosa trompeta. Sé que para que alguien domine un instrumento musical o cualquier otro arte necesita no sólo de talento natural, sino sobre todo de largas horas de práctica que le vayan permitiendo adquirir la habilidad necesaria para que el instrumento se vaya convirtiendo como en una extensión de su cuerpo.

Si esto sucede en la música, el ballet o la pintura, ¿cómo alguien puede pensar que puede llegar a aprender a orar sin dedicar tiempo especial para tan hermoso “arte de la oración”. Si, que orar es un arte. Y como todo arte requiere, de parte nuestra, de la práctica continua, la cual permite que alguien pueda dominar el arte del oración al grado de llegar a sentirla como parte indispensable de la vida, ya que produce una profunda sensación de estabilidad, seguridad, fortaleza, sabiduría y paz.

Veamos, antes que todo, algunas cosas interesantes sobre la oración, y después hablaremos un poco más formalmente de ella, si les parece.

Los seres humanos de la actualidad tenemos bien metido, hasta la médula, el hábito del consumismo y la mentalidad que conlleva dicho hábito. Estamos muy acostumbrados a adquirir las cosas con dinero, y hoy día, los supermercados son lugares en donde esperamos encontrar de todo.

Sólo que se nos olvida que las grandes cosas de la vida no se pueden comprar. Se me viene en este momento a la cabeza aquella hermosa canción del grupo Mocedades, “El vendedor” que, entre otras cosas pregunta:

“¿Quién quiere vender conmigo

la paz de un niño durmiendo,

la tarde sobre mi madre

y el tiempo en que estoy queriendo?”

Es cierto, ¿te has preguntado alguna vez dónde puedes comprar tres cosas que hoy día se hacen indispensables para vivir auténticamente como son: sabiduría, fortaleza y paz?

En un mundo de tantas necedades e insensateces, de tantas acciones irreflexivas, de tantas influencias sin fundamento, no sólo es necesaria sino urgente la posesión de una sabiduría auténtica, profunda y eficaz. No de una pseudo-sabiduría que sólo confunde más, de una sabiduría solamente humana, sino de la Sabiduría que viene de Dios. Aquella que orienta, que ilumina, que dirige por el buen camino la existencia. Aquella que nos asiste en los momentos de confusión y de duda, en los momentos en los que nuestra mente puede llegar a entorpecerse por los embates de la vida.

En un mundo que golpea tanto, en el que nos encontramos rodeados de tantas felonías, de tantas ambiciones, de tanta soberbia. En un mundo donde salir lastimado es cosa ordinaria, no sólo es necesario sino urgente el estar lleno de fortaleza. No de fuerza bruta, avasalladora, generadora de violencia, de destrucción, de división y fractura. Tampoco fortaleza entendida como dureza de corazón, como insensibilidad, como indiferencia.

La fortaleza que hoy necesitamos es aquella que nos permite permanecer de pie en medio de las tormentas, en medio de las pruebas, en medio de las dificultades, en medio de las tentaciones. La que nos permite poder seguir pensando con claridad y actuar con acierto, aún cuando las cosas se ponen difíciles. Y esta solamente Dios la da, porque solamente Dios la tiene.

En un mundo de guerras, de envidias, de avaricia, de feroz competencia. En un mundo de tanto vacío existencial, de tanta superficialidad, de tanta vanidad, es fácil llenarse de ansiedad y de angustia, es fácil sentirse solo y abatido, es fácil perder la calma: es fácil no tener paz. Pero la paz, a diferencia de lo que muchos creen no significa solamente ausencia de guerra. Sin la paz es una experiencia interior que me hace vivir en armonía, en sintonía, en comunión conmigo mismo, con Dios, con los demás y con la naturaleza. La paz, ante todo, es un don, y es un don divino; solamente Dios lo tiene, solamente Dios lo da.

Y, ¿dígame ustedes en qué supermercado, en qué banco o en qué biblioteca puedo yo adquirir ésa sabiduría, esa fortaleza y esa paz que son las condiciones sin las cuales no es posible una vida integrada y plena?

Hay mucha gente que busca estos tres grandes dones en técnicas como el yoga o la meditación trascendental, o el otras prácticas, que puede ser buenas, pero que con todo respeto siguen siendo mediaciones humanas, carentes del poder suficiente (que sólo Dios tiene) para llegar a ser verdaderamente eficaces.

Pero viene la pregunta: ¿por qué muchas personas que hacen oración no tienen sabiduría, ni fortaleza y mucho menos paz o tienen muy poco de esto? ¿Será que la oración tampoco posee la eficacia necesaria?

Al comienzo de esta charla dijimos que la oración es un arte, y por lo tanto requiere de nuestro esfuerzo continuado y perseverante para su efectividad. No podemos evitar el esfuerzo en el delicado aprendizaje de la oración. Si alguien no está dispuesto a dedicar tiempo especial a la oración, nunca sabrá lo que es esto, y morirá sin haber vivido una de las experiencias más maravillosas que se puede tener en este mundo. Testigos de esto son miles y miles de personas que durante el correr de los siglos nos han hablado de la grandeza y belleza de la oración. Y fueron personas que vivieron de manera tan integra y auténtica que no podemos dudar (por dicho de ellos) que el secreto de sus vidas fue la oración.

Hoy existe más que nunca en el mundo la gran necesidad de orar. Sin embargo, paradójicamente, el mundo (y entre ellos muchos cristianos) se resiste rabiosamente a practicar el arte de la oración, con dedicación y seriedad.

Probablemente, entre otras causas, mucha gente no ore por qué no sabe cómo hacerlo, o porque no sabe para qué es la oración.

De aquí que surge la necesidad urgente de que las comunidades cristianas se conviertan en auténticas escuelas de oración, como nos invita el Papa, donde cualquier persona pueda encontrar un espacio en la comunidad que le permita aprender el arte de la oración.

Otro error común es la creencia generalizada de que la oración se reduce solamente a la petición, convirtiendo Dios en una especie de mago- que tiene una varita mágica que todo lo resuelve – o en una especie de comerciante – que necesita de velas, flores o promesas, y que a cambio está dispuesto a darnos lo que sea, incluso lo que no conviene para nuestra salvación (como mucha gente ilusamente lo cree, olvidándose que Dios es un Padre que no puede darnos lo que nos puede dañar). Con este error mucha gente ha dejado a un lado los modos más ricos de oración, los que verdaderamente hacen crecer, los que dan fortaleza, sabiduría y paz. Los que llenan la vida de amor y de luz.

Brevemente les expongo algunos de esos grandes modos que han transformado la vida de muchas personas: tenemos, por ejemplo, la oración de contemplación, la más grande de todas, la que me permite poder estar con el Señor y disfrutar de su compañía, sin más (¡Sólo Dios basta!). Otra forma de oración es la meditación, que consiste en traer a la mente una escena del evangelio o de algún otro pasaje de la Sagrada Escritura que nos permita poder descubrir una enseñanza para nuestra vida. Otra forma fabulosa que produce mucha paz es la oración de gratitud, donde reconozco los beneficios y las bendiciones que Dios constantemente me da. Porque está probado que una persona agradecida es más feliz que un ingrato. Incluso la oración de petición bien hecha es estupenda, es decir, cuando se es capaz de superar la angustia para pasar a la confianza de que Dios nos escucha, de que Dios se interesa de manera personal por todos los detalles de nuestra vida, ya que somos muy valiosos a sus ojos y nos ama.

Ahora quiero compartirles una serie de pistas concretas que les permitan poder llegar a hacer oración con profundidad y fruto. Solamente deseo advertir que en esto no hay recetas, ya que todo lo que concierne a la vida, y especialmente la vida íntima, la del corazón, la del alma no puede reducirse a fórmulas mágicas. Cada uno debe encontrar su propio camino, con la ayuda, si, de buenos métodos de oración y de buenos directores espirituales. Pero es inevitable que a fin de cuentas cada uno tenga que recorrer el camino ascético de la oración.

El primer requisito para hacer oración es tener fe: tener fe que Dios está dispuesto a recibirme con mucho amor y a brindarme todo su apoyo; tener fe en la oración misma como un medio muy poderoso capaz de transformar mi vida y de darle profundidad y sentido, propuesta por Jesús mismo, testificada por tantos hombres y mujeres de todos los tiempos y altamente recomendada por la Iglesia.

Otro elemento necesario es la firme decisión de orar. Hay que dejar a un lado los pretextos y las justificaciones inútiles (“ no sé cómo», «no tengo tiempo», «no le entiendo», etc.) y decidirse ya a hacer oración («no dejes para mañana lo que debes hacer hoy»).

Otra recomendación es pensar bien tres cosas: el lugar en dónde vas a orar (debe ser un lugar tranquilo y donde no sufras interrupciones). No olvides, por supuesto, apagar tu celular, apagar la televisión y todo aquello que puede distraerte, porque no hay nada más importante en el momento sagrado de la oración que orar. Ya tendrás tiempo para todos los demás. El segundo elemento es la hora. Debes elegir muy bien la hora, es decir, el horario de tu oración. Procura que no sea a cualquier hora porque muy rápidamente vas a mandar a freír espárragos a la oración. Fíjate bien si tú eres más diurno que nocturno, o viceversa, porque si eres diurno te conviene orar por la mañana, muy temprano; en cambio si eres nocturno, es obvio que te conviene orar por la noche, ya cuando todo está tranquilo. Procura no elegir una hora en la que no puedes dejar otras ocupaciones. Por último, si eres principiante, te recomiendo que ores al menos, para empezar, unos quince minutos diarios y, paulatinamente, ve aumentando el tiempo hasta que al menos puedas dedicar una hora diaria a la oración. Es muy importante te lleves contigo una Biblia y/o un buen libro de meditación (pide consejo a quien tiene más recorrido el camino en esto).

Una cosa más: ¿qué postura corporal es la más conveniente para orar? La que más te favorezca, mientras no te induzca al sueño, a la distracción o que sea una postura irreverente. Por lo demás, en esto no hay reglas.

Preguntas:

1.- ¿Por qué es importante la oración para progresar en la vida cristiana?

2.- ¿Podemos afirmar que la oración nos hace más eficaces en la vida? ¿Por qué?

3.- ¿Cuánto tiempo estás dedicando diariamente a tu oración personal?¿Cómo estás haciendo tu oración?

 

Siempre es tiempo de ser solidarios

 

Silvia del Valle Márquez 

En nuestros días, es de vital importancia estar siempre dispuestos a hacer el bien a cualquiera que nos pida ayuda.

Estamos recordando que cuando nos unimos todos podemos hacer cosas grandes y ayudar a solucionar los problemas más difíciles.

Una característica de los mexicanos es esa gran capacidad de ser solidarios y de ayudar a todos, pero es necesario seguir inculcando este valor a las nuevas generaciones y nosotros los papás tenemos la oportunidad de oro si educamos a nuestros hijos buscando que sean solidarios y que aprendan a apoyar a todos, especialmente a los más necesitados y a los que sufren.

Por eso aquí te dejo mis 5Tips para educar a nuestros hijos en el valor de la Solidaridad.

PRIMERO. Que aprendan a trabajar en equipo.
Esta es una habilidad que hay que trabajar poco a poco y que implica muchas virtudes.

Es necesario que sean pacientes y tolerantes para hacer lo que conviene a todos y no imponer su propia voluntad, pero también deben saber dar su opinión de forma respetuosa.

Es necesario que sean conscientes de que lo que cada uno hace o deja de hacer, pues afecta a toda la comunidad, en este caso la familia, así que es necesario hacer su mayor esfuerzo para que las cosas salgan lo mejor posible.

Con los más pequeños podemos comenzar enseñándoles a que no peleen por los juguetes que están usando, que aprendan a prestar y compartir con los demás sus cosas.

Conforme vayan creciendo es bueno que les demos pequeñas responsabilidades, de acuerdo a su edad y madurez, para que se sientan parte de la comunidad familiar y que vean que su trabajo ayuda al bienestar familiar.

En la adolescencia es necesario reforzar estos puntos y recordarles a nuestros hijos que son parte de una familia y que todos necesitamos de todos, por lo que deben encontrar tiempo para realizar sus deberes de casa.

También es necesario que todo esto lo aprendan de nuestro ejemplo y que nosotros también trabajemos en equipo con ellos.

SEGUNDO. Haz el bien sin mirar a quien y sin esperar recompensa.
En nuestros días, es de vital importancia estar siempre dispuestos a hacer el bien a cualquiera que nos pida ayuda, pues con la enfermedad, los desastres naturales y la economía tan difícil que nos toca sobrellevar, es muy fácil que tengamos necesidades extraordinarias.

Siempre podemos comenzar por la familia y educar a nuestros hijos para que estén dispuestos a ayudar a todos en casa y no esperar algo a cambio, solo así lograremos formar la virtud en ellos.

Si no tienen una pureza de intención al ayudar, se vuelve algo difícil pues buscarán algo a cambio y solo lograremos que tengan un elemento de chantaje, porque nos ofrecerán su ayuda a cambio de conseguir lo que quieren.

Siempre es mejor que la ayuda y solidaridad sea de corazón.

TERCERO. Que estén siempre dispuestos a ayudar.
La virtud implica ayudar en todo momento y no solo cuando tengo ganas o cuando me lo van a reconocer.

Los desastres naturales no avisan, por eso debemos estar siempre dispuestos a ayudar y tener un protocolo de acción en caso de emergencia.

En la familia es necesario que todos sepan cómo actuaremos si se da una necesidad grave, por ejemplo, si tenemos hijos pequeños, ellos deben saber a quién le darán la mano si hay que salir de casa rápidamente; o si tenemos hijos más grandes todos debemos saber cuál es el punto de reunión después de una evacuación, etc.

Nunca está de más si hablamos con nuestros hijos y les hacemos ver que nosotros somos muy bendecidos pero que hay personas que no lo son y que necesitan de nosotros para salir adelante de las dificultades en las que se encuentran.

Otra forma de ayudar es colaborar con las campañas que CARITAS o alguna otra institución organiza para solventar problemas específicos.

Y para eso podemos implementar campañas familiares de recolección de comida, de ahorro de alimentos para después donarlos, de limpieza de ropa para compartirla con los más necesitados, etc.

CUARTO. Más vale prevenir que lamentar.
También es necesario educar a nuestros hijos en la cultura de la prevención para evitar situaciones de riesgo.

Podemos tener un kit de emergencias en casa y hacer que alguno de nuestros hijos nos ayude a tenerlo ordenado y en buen estado.

Debemos tener una mochila segura con nuestros documentos principales listos para tomarlos en caso de emergencia y nuestros hijos deben tener claridad de en donde está para que nos puedan ayudar.

También es bueno que tengamos a mano un suéter o chamarra para cada miembro de la familia y en esto nuestros hijos pequeños si nos pueden ayudar muy bien.

Un último punto es que podemos poner algunas cosas de despensa listas para alguna emergencia pero debemos tener el cuidado de estar cambiando los productos para que la caducidad no se venza y en verdad sean de utilidad.

Una forma de mantenerla al día es que cuando lleguen a tocar a casa pidiendo ayuda, podamos darles algo de lo que tenemos ahí y reponerlo a la brevedad; para esto nuestros hijos nos pueden ayudar muy bien a tener un inventario de lo que sirve y lo que está a punto de caducar, será algo divertido, dinámico y de mucha ayuda.

Y QUINTO. No solo de pan vive el hombre.
Otra forma que tenemos de ayudar a los demás y de hacer conciencia en nuestros hijos de qué hay necesidades que podemos colaborar para solucionar es haciendo oración de intercesión.

Cuando las cosas se salen de nuestros manos es necesario voltear los ojos al cielo y pedir ayuda al que todo lo puede; así, con una oración también podemos colaborar para que Dios nos ayude en las circunstancias más adversas.

Podemos educar a nuestros hijos para que hagamos lo que está en nuestras manos para ayudar, pero también oremos por los más necesitados y por lo que no pueden hacerlo porque lo están pasando muy mal.

Así el corazón de nuestros hijos se mantendrá siempre sensible a las necesidades de los demás y estarán dispuestos a ayudar en todo momento.

Pero recuerda que todo comienza por casa, así que… manos a la obra.

 

Aborto: progresismo y cultura de la muerte

Norma Mendoza Alexandry

El derecho a la vida es para los seres humanos, el derecho fundamental. Y sin embargo la cultura contemporánea ha querido negarlo, transformándolo en un derecho incómodo a defender.

¡Tú y yo estamos VIVOS! ¿Cierto? Y lo más seguro es que consideremos la vida como algo “valioso,” porque nos cuidamos, nos vestimos, evitamos las enfermedades, y por tanto, QUEREMOS estar VIVOS. Este enunciado me dice que –de alguna manera—apreciamos la vida.

Entonces, ¿qué pasa cuando ‘algunos’ no la aprecian y luchan, y cambian leyes, estatutos, disposiciones y todo lo que está a su alcance para que se MATE a otros? ¿Qué pasó entre el momento en que nacen estas personas y su edad adulta? ¿Por qué ‘cambiaron’?

Ah, me dirán algunos: Es que no has tomado en cuenta los temas que se van aprendiendo a través de la existencia, relacionados con los estilos de vida, la concepción y percepción de la vida humana misma, todo esto llamado ahora ‘cultura’. Olvidamos en ese transcurso de la vida que ‘algunos’ somos cristianos, o por lo menos, nuestros padres nos bautizaron, o alguna vez supimos que hay una grandiosa Virgen en La Villa que tuvo la humildad de visitarnos aquí en esta tierra nuestra y dejarnos aquí su legado, pues simplemente Ella fue Madre a pesar de todas las dificultades, y quiso dejarnos Su ejemplo.

Ahora bien, la cultura moderna, ha devenido en una cultura individualista, paradigmáticamente egoísta y por ello, esencialmente anticristiana. En este entorno social, los más débiles son las primeras víctimas. Cuando no trascendemos, uno piensa que sólo es responsable ante sí mismo. Y ante nosotros mismos como individuos, como somos juez y parte, podemos justificarlo prácticamente todo. ¿Todo? Tal parece que incluye hasta el asesinato de un ser humano, por eso se practica el aborto, que es la muerte de un ser humano en gestación.

Y aquí comienza la separación: El aborto es el tema decisivo que separa a la cultura moderna de sus raíces cristianas. Hoy, o eres cristiano o estás contra la vida, o defiendes la vida o crees en la cultura de la muerte. Los cambios han impactado también en porcentajes de divorcios, que no superaban el 10% de los matrimonios anuales, hasta hoy casi quintuplicar esa cifra y el aumento de las ‘uniones libres’. Algunos socio-economistas se preguntan si el tejido social se ha deteriorado demasiado al punto de ya no tener remedios eficaces.

Los estilos de vida en las sociedades occidentales están fuertemente condicionados por requerimientos mercantiles y economicistas, y así es conceptuada la vida humana según esos criterios. De esta manera, la vida de un blanco “vale” más que la de un negro; la vida de un joven más que la de un viejo… y por supuesto, la vida del bebé en gestación o no-nacido es la que menos “vale”. De acuerdo con estos parámetros, la vida es un derecho instrumental equiparable a un derecho de prestaciones públicas y se relativiza hasta el extremo.

El derecho a la vida es para los seres humanos, el derecho fundamental. Y sin embargo la cultura contemporánea ha querido negarlo, transformándolo en un derecho incómodo a defender. Esto se vio claramente hace unos días en la Suprema Corte de México:

“Por unanimidad, los 11 ministros del pleno del Supremo invalidaron la fracción I del Artículo 4 Bis A de la Constitución de Sinaloa que establecía que “el Estado tutela el derecho a la vida desde el momento en que un individuo es concebido”.

--“Debe ser claro que esto trastoca el orden constitucional y los valores de un Estado laico, plural y democrático, e impone a las mujeres y personas gestantes una carga desproporcionada”-- manifestó el ministro Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena, autor del proyecto de la sentencia… “Aunque el fallo de la Suprema Corte solo invalida la fracción de la constitución de Sinaloa, la decisión tendrá implicaciones futuras para otros estados con reformas que también están impugnadas”.

Ahora bien, me gustaría saber si hay alguna explicación de los “ministros del pleno del Supremo” ante la última reforma constitucional del 10 de junio de 2011, titulado: “De los Derechos Humanos y sus Garantías”. Me permito mencionar brevemente que constitucionalizó en su Art. 1º los “derechos humanos reconocidos en los tratados internacionales de los que el Estado Mexicano es parte”. Para aclarar esto, los compromisos internacionales asumidos por el Estado Mexicano tienen mayor jerarquía –en el ámbito interno—que las propias disposiciones constitucionales. Además, constitucionalizó el principio pro homine que dispone que los derechos humanos deberán ser entendidos e interpretados de la forma más favorable al ser humano.” Y también habrá que tomarse en cuenta el Art. 29 de la Constitución Federal.

Entonces, el Ministro Aguilar debería detalladamente explicar su aberración al decir que “el comienzo de la protección a la vida humana… impone límites a los derechos humanos de otras personas, en este caso de las mujeres y personas con capacidad de gestar a decidir sobre su propio cuerpo”.

¿Se le olvidaría al Ministro que: la reforma constitucional del 2011 constitucionalizó el derecho a la vida de todo ser humano y vino a fortalecer las reformas a las Constituciones locales? O a los señores Ministros ¿les importa más la “decisión del cuerpo” de una mujer, cuando lleva en su vientre a otro ser humano con derecho a VIVIR? ¿Y qué pasa con la “institución” de la adopción en caso de que la madre no pueda hacerse cargo del infante? Hasta el momento, ningún tratado internacional consagra un “derecho al aborto.” ¿También esto se olvidó al hacer cambio a las leyes? Entonces, para que ‘alguien’ no limite mis derechos humanos (¿cuáles?) ¿tengo derecho a matarlo?

Todos conocemos la reforma al Código Penal del Distrito Federal que tuvo lugar en el año 2007 por medio del cual se despenalizó el aborto dentro de las 12 primeras semanas de gestación, ante la cual promovieron acciones de inconstitucionalidad el Presidente de la CNDH y el Procurador General de la República. En la redacción final de la ‘sentencia’ no se plasmaron los argumentos de los fundamentos de la mayoría de los ministros, sino que se publicaron solamente los argumentos del ministro encargado de la redacción de la sentencia, quien sostuvo que el “derecho a la VIDA” no se encontraba protegido por la Constitución mexicana.”

El voto de la Corte en el caso de Coahuila establece un criterio mandatorio para todos los jueces en el país, haciendo que no sean procesadas las mujeres que efectúen un aborto, sin violar el criterio de la Corte y de la Constitución (Ministro Zaldívar). Pero ¿se han aumentado los recursos de acompañamiento terapéutico para muchas mujeres que se arrepienten en su decisión de haber abortado? Tal parece que desde hace mucho hemos cambiado de hacer lo que podría ser algo mejor para otro(s), a hacer lo que es mejor para sí mismo. Quizá sea solamente un reflejo del espíritu de la ‘era moderna’. Aquí, de lo que se trata es de que unos ministros ‘ciegos’ por ideologías de la decisión sobre el propio “cuerpo,” dan rienda suelta a legalizar la matanza de seres vivos que tienen derecho a vivir, y de esta manera guían a otros ‘ciegos’ en búsqueda de la liberación, y no del bien del otro que llevan dentro.

Es deber de los ministros saber que la Ley Internacional de Derechos Humanos generalmente reconoce a los bebés en gestación como poseedores de derechos y afirma la prerrogativa de estados soberanos para proteger sus vidas al regular rigurosamente el aborto.

El aborto y rehusar tomar responsabilidad personal por las acciones propias, han contribuido a una rispidez general y falta de respeto por la vida en todas las etapas, como estamos siendo testigos con las matanzas que están ocurriendo en varias partes de la República. Y la pregunta es: ¿Es el aborto la causa de nuestra cada vez más decadente cultura, o un reflejo de esta?

Y si consideramos que va involucrada la VIDA de DOS seres humanos en un embarazo, ¿por qué solamente se toma en cuenta la vida de una, que es la madre de otro ser humano en gestación?

¿Es que ser un niño es estar en constante peligro? México es el país que tiene una de las mayores tasas de violencia física, abuso sexual y asesinato en menores de 14 años y en donde más de 3.6 millones de menores trabajan, de los cuales, 1.1 millones tienen edades entre 5 y 13 años. Se trata del segundo país en América Latina con el mayor número de población infantil.

La cantidad de menores de edad en nuestro país en el último censo, los menores de 0 a 17 años eran 39 millones, el 35% de la población y ¿qué estamos haciendo para su protección? O las leyes y la Corte solamente se enfocan en legalizar ‘derechos’ de la mujer gestante para acabar con la vida del ser humano en gestación. Según la Organización Internacional del Trabajo, en el norte de México, casi el 32% de la mano de obra indígena está formada por menores emigrados de otras partes del país. Las condiciones en que viven son alarmantes, muchos viven en las calles, muchos son víctimas de la delincuencia, la pobreza, la prostitución forzada, el tráfico de órganos, las bandas delincuenciales, falta acceso a la educación, son maltratados, víctimas de abusos, solos y sin ningún tipo de asistencia base. (Agencia Fides).

En Estados Unidos, acaba de ser votada y legalizada una ley que impide el aborto en Texas después que el latido cardíaco fetal es detectado. Así, hay un cambio de ‘cultura’ ya que las personas que confiaban en poder abortar, ahora aprenden cómo el latido del corazón del bebé comienza a latir. En este caso, Texas destinó ya un ciento de millones de dólares para apoyo a las mujeres, sus bebés y las familias. Esto debería ser un modelo para países como el nuestro, en que la mayor parte de recursos se ocupan en cuestiones que no hacen progresar el tejido social. Y en otra faceta del mismo asunto, el aborto ha sido de beneficio para varones irresponsables y abusadores, ya que, si las mujeres no pueden abortar, el gobierno tendría que aumentar los recursos para mujeres solas y tratar a los bebés como lo que son: personas con derechos propios.

Los ‘derechos inherentes a la persona’ sí importan y el más importante es el derecho a la VIDA, sin embargo, los progresistas creen que su deber es asistir a los demás a que logren ciertos resultados, pero ellos determinan los resultados. Para esto, los individuos ya no son vistos como seres humanos con derechos inherentes, sino como grupos minoritarios que requieren la ‘ayuda’ y ‘apoyo’ de condiciones creadas por el gobierno. Y para proveer de esto, se convencen de que necesitan simplemente olvidar obstáculos en ‘desuso’ como la “Declaración Universal de Derechos Humanos” cuyo Artículo 3 declara: “Todo individuo tiene derecho a la VIDA, la libertad y a la seguridad de su persona.”

El aborto es, además, el supremo atentado contra la Paz mundial. El aborto plantea el problema de los límites. Si se permite eliminar la vida del no nacido ¿cómo es que podemos poner niveles de dignidad humana para asegurar la convivencia social o la paz mundial? Si es posible matar, despreciar, ignorar a uno, ¿por qué no puedo hacerlo con otro? Ciertamente, si el aborto está permitido, todo está permitido. Y si se viola este derecho primigenio ¿cómo se puede hablar de derechos humanos?

Los Ministros de la Suprema Corte en este país hablaron ante un puñado de individuos con sus mismas creencias culturales mundanas, han perdido totalmente las referencias sobrenaturales. Este proceso al que se han sometido es un proceso de secularización, se sienten orgullosos de su poder y desplazan a Dios mismo. Toman posesión de algo que no pertenece sino a Dios: la misma VIDA. Por eso, el aborto, la eutanasia y en general, los atentados contra la vida denuncian una viciosa degeneración humana, que no puede tener sino las consecuencias negativas que se acaban de apuntar y de las cuales hemos sido testigos.

Juan Pablo II nos decía ante miles y miles de peregrinos en la Plaza de San Pedro que lo vitoreaban y otros millones que lo seguían en los medios, que el ser humano es un don, forma parte del bien común. Cualquier ser humano vale, ha costado el sacrificio de Cristo. La vida humana, cualquier vida humana, tiene así entendida, un valor incalculable, imposible de cuantificar y de medir según los criterios de valoración dominantes. “La gloria de Dios es que el hombre VIVA.” Y como dice la Ciencia misma, la VIDA es la manifestación de la existencia de vida desde el momento de la concepción.

“Quien negara la defensa de la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral…”. (Juan Pablo II)

 

Las cinco etapas por las que pasa el matrimonio

Por LaFamilia.info

La relación matrimonial, a lo largo de su existencia, pasa por unas etapas las cuales están determinadas por las circunstancias que viven en su momento y también por el desarrollo personal de cada uno de los cónyuges.

Cada etapa tiene sus bondades como también sus retos. Lo interesante es que este proceso es de alguna forma previsible y por lo tanto puede ayudar a que las parejas se preparen para afrontar cada una de ellas.

Aunque no hay reglas generales, sí es cierto que algunos factores tanto externos como internos, determinan unas condiciones especiales; por ejemplo, no es lo mismo estar recién casados y sin hijos, que llevar veinte años de unión y con hijos jóvenes. Por eso, es de gran provecho para las parejas identificar la etapa que viven y las que están por llegar, para así convertir los desafíos en oportunidades de mejora. Las cinco etapas por las que pasa el matrimonio son las siguientes.

Primera etapa: Transición y adaptación

Comprende aproximadamente los tres primeros años de casados. Es una etapa fundamental puesto que en ésta se establecen los fundamentos o bases de la relación. Durante este tiempo la pareja se adapta a un nuevo sistema de vida, por eso las claves de esta fase son la comunicación y la negociación. Es importante que los cónyuges realicen un proyecto familiar, en el cual se visualicen a futuro y establezcan las metas que quieran lograr.

Los aspectos más importantes para resolver en este período de ajuste son:

  • Independizarse de las familias de origen, con el fin de lograr la autonomía que toda pareja necesita para llegar preparada a las siguientes etapas.
  • Puesto que es un aprendizaje en un rol hasta entonces desconocido, se requiere paciencia, confianza, tolerancia y apoyo entre los cónyuges.
  • Es una etapa para establecer las reglas de intimidad, sobre los gustos y preferencias, y aquellos momentos o situaciones que a cada uno le es desagradable.
  • La pareja se prueba en el manejo y administración del dinero, del tiempo, así como en la distribución de tareas del hogar, entre otros. Es momento de decisiones y acuerdos.

Segunda etapa: Establecimiento y llegada de los hijos

Ocurre entre los tres y los diez años de casados aproximadamente. Ya ha finalizado la luna de miel y el proceso de adaptación, ahora hay un mayor conocimiento del cónyuge y es probable que las desavenencias sean más frecuentes; o lo contrario sean menos, producto de la madurez adquirida en la primera etapa de convivencia.

En esta fase los cónyuges aterrizan; el amor va acompañado más de la razón que del sentimentalismo. La voluntad juega un papel importante en el binomio compromiso-entendimiento.

En esta época la mayoría de las parejas se convierten en padres; hecho que implica retos diferentes y una nueva organización de roles. Los cónyuges deben evitar que la dedicación que requieren los hijos, no desplace la relación de pareja. También hay que velar para que los compromisos del trabajo, y las demandas de la vida diaria, no inicien un gradual distanciamiento.

Tercera etapa: Transformación

Suele acontecer entre los diez y veinte años de casados, puede coincidir con la pubertad de los hijos y la edad mediana de los cónyuges. Esta última marca un período de reflexión y renovación en la vida del ser humano; por lo que es importante que el matrimonio se encuentre en un estado saludable y que individualmente se afronte de la mejor manera. Así no se convertirá en una amenaza para la estabilidad matrimonial.

Del mismo modo, los esposos deben procurar que las dificultades que surjan por la crianza de los hijos, no afecten la unión conyugal. La unidad en la autoridad y el trabajo conjunto, deben ser la prioridad.

En esta etapa los cónyuges deben ser bastante creativos, no caer en la rutina (fácil y silenciosa) redescubrirse otra vez como pareja y conectarse nuevamente. Deben recuperar los detalles -si los han perdido-, también compartir hobbies y actividades que ambos disfruten. El tiempo a solas, sin los hijos, es determinante en esta etapa.

Cuarta etapa: Estabilización y “Nido vacío” 

Se presenta entre los veinte y los treinta y cinco años de unión. “Cuando las parejas han sido capaces de resolver conflictos y crisis en las etapas anteriores, este es un período de estabilización y una oportunidad para lograr un mayor desarrollo y realización personal, y como pareja.” afirma el autor Francisco Castañera en su artículo "Ciclo de vida del matrimonio".

En esta etapa por lo general se da lugar al síndrome del“nido vacío”, lo que sitúa a la pareja en una nueva forma de vida; ahora están el uno para el otro. Para algunas personas, esta puede ser una situación penosa, pues conlleva al desprendimiento de los hijos, y consigo el sentimiento de soledad. No obstante, es algo que los padres terminan asumiendo y lo superan al cabo del tiempo.

Lo valioso de esta etapa es la solidez y el conocimiento pleno de la pareja: la capacidad de dialogar, de tolerar mejor las diferencias, de reírse de los mutuos errores, de hacer las críticas de un modo amable, de iniciar juntos alguna actividad. Es la ocasión para reafirmar más la creatividad y encontrar nuevos desafíos a la vida matrimonial.

Quinta etapa: Envejecer juntos

Se da a partir de los treinta y cinco años de matrimonio. Algunas personas optan por la jubilación, así surge algo muy positivo y es que se dispone de más tiempo para disfrutar el uno del otro. Se realizan actividades antes imposibles por las ocupaciones laborales, y surge una gran motivación: los nietos. Estos pequeños le dan luz y felicidad al matrimonio en esta etapa.

Los cónyuges en este tiempo, tienen mucha necesidad de apoyo y cariño uno del otro. Los conflictos en esta fase son bastante menos frecuentes; la mayoría de las parejas se han estabilizado en líneas de poder e intimidad.

Para finalizar, una reflexión en las palabras de Francisco Castañera: "Este recorrido, nos lleva a reflexionar sobre lo importante que es valorar durante todo nuestro matrimonio la calidad y cantidad de nuestra intimidad, el apoyo y el cariño que damos a nuestra pareja, y no esperar a la última etapa cuando el final se encuentra cerca."

 

Otro caso de que lo correcto se impone

Después de cuarenta años de estudios en mujeres que han usado la píldora anticonceptiva se han descubierto efectos, a medio y largo plazo, muy malos: ciertos tipos de cáncer, problemas cardiovasculares, incluso psíquicos, desarreglos hormonales. Y de esto se dice poco o nada y no es problema de estar a favor o en contra por la nota moral que puede tener su uso, hablamos de comprobaciones médicas, científicas. Algo parecido pasa con ciertas enfermedades de personas concebidas in vitro.

¿Van a cambiar las campañas farmacéuticas en su diseño publicitario? ¿Van a poner las cajas de estas píldoras, el uso de la píldora produce cáncer, puede matar, como en el tabaco? Parece que no.

Es un caso más en el que la mentira en nombre de lo correcto se impone. No me digan si soy tolerante o no, pregúntense por si es verdad o no. El pensamiento laico, progre, relativista, está lleno de corrección aparente pero también de mentiras y de negocio.

Pedro García

 

El Supremo de EE.UU.

El Supremo de EE.UU. ha avalado una ley del estado de Texas que restringe el aborto a partir del comienzo del latido fetal, en torno a la sexta semana. Los argumentos del tribunal son tan complejos como la propia legislación texana. Pero en esencia se trata de una revocación, siquiera parcial, de la sentencia Roe vs Wade, que en 1973 convirtió el aborto en derecho hasta la semana 20 de gestación.

De forma no menos confusa se estableció ese umbral para considerar viable al niño concebido, momento que ahora en Texas se adelanta al inicio del latido del corazón. En el otro lado de la balanza, el Tribunal Supremo invocaba la privacidad de la mujer, si bien posteriores sentencias reconocerían que el verdadero bien a proteger era la participación de la mujer en la vida social en condiciones de igualdad con el varón.

Domingo Martínez Madrid

 

 

El refrán español

Uno de los múltiples refranes del refranero español dice “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Y lo que dice el refrán es que de eso mismo de lo que alardean, es lo que les falta y los demás echan de menos. Es muy peligroso presumir de lo que uno hace, sin contar con que precisamente puede hacerlo porque le ayudan los demás, que son los que consiguen que brille, con un trabajo escondido y sin aparente relieve.

Sin reconocer que todos nuestros logros se deben al buen provecho que sacamos del trabajo de los demás, lo más probable es que la gente callada y sin aparente brillo, se rebele en algún momento en que las cosas no empiecen a salir bien, la realidad de lo que pasa ensombrece muchas veces la petulancia y la tumba, cuando se ve que todo ha sido fachada insostenible al poco tiempo. Que se lo digan a Biden, que ha tenido que salir corriendo de Afganistán, y sólo entonces ha llamado a Sánchez para que le eche una mano.

Juan García. 

 

 

Vacunas sí o no y para muchos años por venir

 

                                “Los negacionistas son los nuevos leprosos: cómo los países europeos están arrinconando a los antivacunas: La quinta ola anima a cada vez más países a 'vetar' del espacio público a quienes no se quieren someter al pinchazo. "Esta vez usted se queda en casa, no nosotros", ha dicho el presidente Macron”. (Publicado en prensa tal cual)

                   Recordemos que uno de los mayores negocios de este mundo, “son las medicinas y todo lo que alrededor de ellas es negocio”; entonces entenderemos mucho de lo que “pasó, pasa y pasará”; puesto que como ahora mismo con “el virus chino”; (Y en perfecta unión con los políticos, puesto que lo usan para tener mucho mejor controladas a las masas y que no piensen en otra cosa que en la muerte y que ellos, son los que los van a salvar)… saben inculcar el terror a la muerte; sin que nadie explique que se muere de infinitas formas y nada previsibles y que la muerte; es el hecho natural con que termina la vida, más larga o menos larga, y que nadie sabe el porqué de ello y quién marca los tiempos.

                                Nunca ha habido, “tantas enfermedades (y tantas medicinas)”; se dice que hay; “miles de ellas desconocidas”, que se dice investigan, para seguidamente, “crear nuevas medicinas que las curen o no curen”; o sea, más pensando en el negocio que en otra cosa; ¿”serán capaces de crear nuevas enfermedades como se dice que el virus chino, ha sido creado por los chinos y lanzado al planeta, como una nueva forma de guerra o dominio”? De hecho a partir de ese “evento”, la potencia económica (no sé si también la militar) es indudablemente China. A la que y dicho sea de paso, los ingleses arruinaron, con el opio que allí introdujeron y que ocasionó, la destrucción consiguiente de gran parte de la población y las denominadas “guerras del opio”; ¿cuántos hechos así o similares, se han cometido, pensando en el hundimiento de otros”? Leyendo la historia, se encuentran.

                                Ahora la propaganda sigue; puesto que la realidad es que, con vacunas, la gente se contamina “y contamina”; unos pocos mueren (no por el virus sino por un encadenamiento de padecimientos, de los que el virus chino es “la puntilla”, pero la inmensa mayoría lo supera y sana); por todo ello, ya hablan de la tercera vacuna, de la vacuna anual, como la de la gripe, que por cierto, “estos años nada se habla de ella, ¿es que todos los contaminados y muertos lo son sólo por el virus chino o es que ya la gripe no interesa como negocio o prevención “imprescindible”? Son preguntas y aclaraciones que nadie hace y se deben hacer y que nos las aclaren con claridad.

YO NO SOY NEGACIONISTA SIMPLEMENTE QUE COMO INDIVIDUO; DECIDO POR MI MISMO, pienso, sopeso y corro el posible riesgo, que en realidad en él estamos todos puesto que… ¿quién es capaz de prevenir los infinitos motivos de contagios más o menos mortales; y de la muerte misma? NADIE.

                                La realidad es que los que se contagian son “una mínima población” y que la inmensa mayoría, no se contagian; ¿por qué tanto miedo que indudablemente para mí, lo han difundido y propagado las partes interesadas y siempre por causas materiales, pues tras todo este mundial tinglado, se están moviendo infinitas cantidades de dinero, que “los bolsillos de las partes interesadas” están recibiendo”.

                                Ya tengo en mi familia, médicos y enfermeros, aún jóvenes en el oficio, pero de los ya “viejos” y a lo largo de mi ya larga vida, he observado, que en general, el médico y “auxiliares”, “le dan de lado a las medicinas, no se vacunaban, y obraban de la forma que mejor creían oportuno (es claro que no sé la cantidad de ellos) pero sí que contaré una experiencia, surgida en la conversación con un ya bastante viejo médico jubilado, con el que jugábamos partidas de dominó en el club a que ambos pertenecíamos; la conversación derivó y el extracto es el siguiente.

                                -Don José (así se llamaba) he observado que ustedes los médicos no se medicinan, o no se medicinan como a nosotros nos recetan; ¿Por qué de ello? Aquel hombre se sinceró y me dijo:  -Antonio, es que las medicinas cuando entran en el cuerpo, “matan lo que deben y lo que no deben”, se crean nuevos padecimientos o enfermedades que denominamos, “yatrógenas”. Y…  (Ya no dijo más)

                                También y como agente de ventas, he convivido muchos años “en la ruta”, con vendedores de medicinas o “visitadores médicos”; y los tiempos “muertos” y en aquellas pensiones de los pueblos, solíamos reunirnos de diferentes gremios; y entre los entretenimientos, entraban las charlas para hablar “de todo”; y en algunas de ellas, los de las “medicinas”; se sinceraban  y hablaban, de las “muy buenas convenciones que los laboratorios más importantes, daban a los médicos, acompañados de sus señoras o parejas; y en las que so pretexto de darles charlas sobre “ciertas medicinas” (que también); les hacían pasar unas breves vacaciones de lujo, donde los agasajos eran notables, regalos, etc. incitándoles en ellos, a que recetaran sus preparados, pues “más adelante habría más”…? Y es claro que, cuando regresaban a sus lares, aquella “siembra”, daba sus resultados y bien que los daba; pues ya se sabe que, “todos tenemos panza y bolsillo”; y ya dice el dicho español, “que el que no es agradecido… no es bien nacido”. Y otro día les cuento el chiste, de aquel médico, sorprendido y enfadado, que g

rita al niño del pueblo aquel donde se desarrolla el chiste… ¡Qué, ya te ha purgado tu madre! Lo que “sentirían tanto el médico, como el boticario de aquel remoto pueblo”.

ENFERMEDADES YATRÓGENAS O IATRÓGENAS: Se llaman iatrogénicas las enfermedades que se producen como consecuencia directa de un tratamiento médico. Su nombre proviene del griego iatros, “médico”, y génesis, “origen”. Como los procedimientos terapéuticos normales (la administración de fármacos y la cirugía) implican siempre una interferencia en el funcionamiento normal del organismo, cabe la posibilidad de que en algunas personas ocasionen este tipo de enfermedades. (Copiado en Internet)

Antonio García Fuentes

 (Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (Aquí mucho más)