Las Noticias de hoy 25 Enero 2020

Enviado por adminideas el Sáb, 25/01/2020 - 12:53
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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 25 de enero de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Jornada de las Comunicaciones Sociales: Una narración que mire al mundo “con ternura”

LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO*: Francisco Fernandez Carbajal

“Dispuestos a una nueva conversión”: San Josemaria

¿Quién fue San Pablo y qué herencia dejó a la Iglesia?: B. Estrada

Octavario por la unidad de los cristianos (día 8, 25 de enero)

Sentido de misión (II): Lucas Buch

Iglesia y Nueva Evangelización: Ramiro Pellitero

Comentario al Evangelio: Pescadores de hombres

III domingo del tiempo ordinario.: + Francisco Cerro Chaves. Arzobispo electo de Toledo

CRECER EN AMISTAD CON JESÚS CON LA LECTURA MEDITADA DE LA SAGRADA ESCRITURA: Alberto García Mina 

Cheops, el Universo y el origen de la vida: Manuel Ribes

Progres: Daniel Tirapu

Daniel Tirapu explica las amenazas de un solo modelo educativo, "como propugna el Gobierno"

«La eutanasia que llega» a España, explicada por el Observatorio de Bioética de la Universidad Católica de Valencia

Cuando las hojas bailan: Blanca Sevilla

Vocaciones sacerdotales ¿Crisis?: Valentín Abelenda Carrillo

No relativizar su gravedad: Domingo Martínez Madrid

Eutanasia en Holanda: Jaume Catalán Díaz

¿La envidia es un sentimiento positivo?: Enric Barrull Casals

Igualdad, racismo, demagogia y…?: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Viernes, 24 de enero de 2020

En la primera lectura (1S 24,3-21) vemos cómo se desinflan los celos del rey Saúl hacia David. Los celos del rey nacen del canto de victoria de las jóvenes —lo leímos ayer— por Saúl que mató a mil enemigos, mientras David a diez mil. Comienza así la inquietud de los celos, como una carcoma que te corroe por dentro. Y Saúl sale con el ejercito para matar a David. Los celos son criminales, siembre intentan matar. Y a quien dice: “sí, estoy celoso por esto, pero no soy un asesino”, habría que contestarle: “ahora. Pero si sigues puedes acabar mal”. Porque se puede matar fácilmente con la lengua, con la calumnia.
 
Unos celos que crecen murmurando por dentro, interpretando las cosas en clave de celos. En esa murmuración interior, el celoso e incapaz de ver la realidad, y solo un hecho muy fuerte puede abrirle los ojos. Así, en la imaginación de Saúl, los celos lo llevan a creer que David era un asesino, un enemigo. También nosotros, cuando nos viene la envidia, los celos, hacemos eso. Que cada uno piense: “¿Por qué esa persona me es insoportable? ¿Por qué a aquella otra no la puedo ni ver?”. Que cada uno piense porqué. Muchas veces buscaremos el porqué y veremos que son fantasías nuestras, fantasías que crecen en esa murmuración interior. Y al final, es una gracia de Dios cuando el celoso encuentra la verdad, como le pasó a Saúl, y los celos explotan como una pompa de jabón, porque los celos y la envidia no tienen consistencia.
 
La salvación de Saúl está en el amor de Dios que le había dicho que si no obedecía le quitaría el reino, pero lo quería mucho. Y por eso le da la gracia de explotar aquella pompa de jabón sin fundamento. Saúl entra en la caverna donde David y los suyos están escondidos. Los amigos dicen a David que aproveche para matar al rey, pero él se niega: “El Señor me libre de obrar así contra mi amo, el ungido del Señor”. Se ve la nobleza de David en comparación con los celos asesinos de Saúl. Y, en silencio, corta solo un trozo de tela del borde del manto del rey, y se va. David sale de la caverna y llama a Saúl con respeto, “¡oh, rey, mi señor!”, aunque aquel intentara matarlo. Y le dice: “¿Por qué haces caso a las palabras que dice la gente: David busca tu desgracia?”. Entonces le enseña la orla del manto, diciendo: “He podido matarte, y no lo he hecho”. Esto hace explotar la pompa de jabón de los celos de Saúl, que reconoce a David como si fuese su hijo y vuelve a la realidad diciendo: “Eres mejor que yo, pues tú me tratas bien, mientras que yo te trato mal”.
 
Es una gracia cuando el envidioso, el celoso, se halla ante una realidad que hace explotar esa pompa de jabón que es su vicio de celos o de envidia. Cuando somos antipáticos con una persona, o no la queremos, preguntémonos: “¿Qué hay dentro de mí? ¿Está el gusano de los celos que crece, porque él tiene algo que yo no tengo, o hay una rabia escondida?”. Debemos proteger nuestro corazón de esa enfermedad, de esa murmuración interior, que hace crecer la pompa de jabón que luego no tiene consistencia, pero que hace mucho daño. Y también cuando alguno nos viene a criticar de otro, debemos hacerle entender que, a menudo, no está hablando con serenidad, sino con pasión, y en esa pasión está el mal de la envidia y el mal de los celos. Estemos atentos, porque eso es un gusano que entra en el corazón de todos —¡de todos!—  y nos lleva a juzgar mal a la gente, porque por dentro hay una oposición: él tiene una cosa que yo no tengo. Y comienza la pelea que nos lleva a descartar a la gente, nos lleva a una guerra; una guerra doméstica, una guerra en el barrio, una guerra en el lugar de trabajo. Y está precisamente en el origen, es la semilla de una guerra: la envidia y los celos.
 
Estemos atentos cuando sintamos esa antipatía por alguno y preguntémonos: “¿Por qué siento esto?”. Y no permitamos que esa murmuración interior nos haga pensar mal, porque eso hace crecer la pompa de jabón. Pidamos al Señor la gracia de tener un corazón transparente como el de David. Un corazón transparente que solo busca la justicia, busca la paz. Un corazón amigable, un corazón que no quiere matar a nadie, porque los celos y la envidia matan

Jornada de las Comunicaciones Sociales: Una narración que mire al mundo “con ternura”

Mensaje del Santo Padre

ENERO 24, 2020 11:49LARISSA I. LÓPEZMEDIOS DE COMUNICACIÓN Y MEDIA

(ZENIT – 24 enero 2020).- El Papa Francisco afirma que la humanidad precisa una narración “que sepa mirar al mundo y a los acontecimientos con ternura; que cuente que somos parte de un tejido vivo; que revele el entretejido de los hilos con los que estamos unidos unos con otros”.

La Oficina de Prensa de la Santa Sede ha publicado hoy, 24 enero de 2020, el Mensaje del Santo Padre Francisco para la 54ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que este año se celebra en muchos países el domingo 24 de mayo, solemnidad de la Ascensión del Señor.

En esta ocasión, Francisco ha dedicado su mensaje al tema de la narración porque “en medio de la confusión de las voces y de los mensajes que nos rodean, necesitamos una narración humana, que nos hable de nosotros y de la belleza que poseemos”.

“Tejer historias”

En el primero de los puntos del mensaje, el Papa destaca que el humano es “un ser narrador” que desde la infancia tiene “hambre de historias”, ya que, “sumergiéndonos en las historias, podemos encontrar motivaciones heroicas para enfrentar los retos de la vida”.

“El hombre es un ser narrador porque es un ser en realización, que se descubre y se enriquece en las tramas de sus días. Pero, desde el principio, nuestro relato se ve amenazado: en la historia serpentea el mal”, apuntó.

“No todas las historias son buenas”

Efectivamente, “No todas las historias son buenas”: “Cuántas historias nos narcotizan, convenciéndonos de que necesitamos continuamente tener, poseer, consumir para ser felices. Casi no nos damos cuenta de cómo nos volvemos ávidos de chismes y de habladurías, de cuánta violencia y falsedad consumimos”, expone el Pontífice

En el mundo actual, en el que los relatos falsos está al orden del día, el mensaje indica que necesitamos “sabiduría para recibir y crear relatos bellos, verdaderos y buenos”, “valor para rechazar los que son falsos y malvados” y “paciencia y discernimiento para redescubrir historias que nos ayuden a no perder el hilo entre las muchas laceraciones de hoy; historias que saquen a la luz la verdad de lo que somos, incluso en la heroicidad ignorada de la vida cotidiana”.

“La Historia de las historias”

El Obispo de Roma subrayó que la Sagrada Escritura es una “Historia de historias”: “A través de su narración Dios llama a las cosas a la vida y, como colofón, crea al hombre y a la mujer como sus interlocutores libres, generadores de historia junto a Él”.

“La vida nos fue dada para invitarnos a seguir tejiendo esa ‘obra admirable’ que somos”, indica el texto. En este sentido, “la Biblia es la gran historia de amor entre Dios y la humanidad. En el centro está Jesús: su historia lleva al cumplimiento el amor de Dios por el hombre y, al mismo tiempo, la historia de amor del hombre por Dios”, añade.

En consecuencia, el hombre está llamado “de generación en generación, a contar y a grabar en su memoria los episodios más significativos de esta Historia de historias, los que puedan comunicar el sentido de lo sucedido”.

“Una historia que se renueva”

En cuarto lugar, el Santo Padre recuerda que la historia de Cristo no es “patrimonio del pasado”, sino “siempre actual”: “Nos muestra que a Dios le importa tanto el hombre, nuestra carne, nuestra historia, hasta el punto de hacerse hombre, carne e historia. También nos dice que no hay historias humanas insignificantes o pequeñas. Después de que Dios se hizo historia, toda historia humana es, de alguna manera, historia divina”.

Asimismo, “cada uno de nosotros conoce diferentes historias que huelen a Evangelio, que han dado testimonio del Amor que transforma la vida. Estas historias requieren que se las comparta, se las cuente y se las haga vivir en todas las épocas, con todos los lenguajes y por todos los medios”, indica.

“Una historia que nos renueva”

En el último punto del mensaje, Francisco subraya que “mientras leemos la Escritura, las historias de los santos, y también esos textos que han sabido leer el alma del hombre y sacar a la luz su belleza, el Espíritu Santo es libre de escribir en nuestro corazón, renovando en nosotros la memoria de lo que somos a los ojos de Dios”.

Al rememorar el amor del que “nos creó y nos salvó”, “nos abrimos a la visión misma del Narrador”: “Contarle a Dios nuestra historia nunca es inútil; aunque la crónica de los acontecimientos permanezca inalterada, cambian el sentido y la perspectiva. Contarse al Señor es entrar en su mirada de amor compasivo hacia nosotros y hacia los demás. A Él podemos narrarle las historias que vivimos, llevarle a las personas, confiarle las situaciones”, describió el Papa.

De esta manera, es posible “anudar el tejido de la vida, remendando los rotos y los jirones. ¡Cuánto lo necesitamos todos” y no se  trata de “seguir la lógica del storytelling”, sino de “dar testimonio de lo que el Espíritu escribe en los corazones, de revelar a cada uno que su historia contiene obras maravillosas”, aclaró.

Finalmente, el Pontífice encomendó todo ello a la Virgen María, “una mujer que tejió la humanidad de Dios en su seno y —dice el Evangelio— entretejió todo lo que le sucedía”.

A continuación sigue el mensaje completo del Santo Padre.

***

Mensaje del Santo Padre

Para que puedas contar y grabar en la memoria (cf. Ex 10,2)

La vida se hace historia

Quiero dedicar el Mensaje de este año al tema de la narración, porque creo que para no perdernos necesitamos respirar la verdad de las buenas historias: historias que construyan, no que destruyan; historias que ayuden a reencontrar las raíces y la fuerza para avanzar juntos. En medio de la confusión de las voces y de los mensajes que nos rodean, necesitamos una narración humana, que nos hable de nosotros y de la belleza que poseemos. Una narración que sepa mirar al mundo y a los acontecimientos con ternura; que cuente que somos parte de un tejido vivo; que revele el entretejido de los hilos con los que estamos unidos unos con otros.

  1. Tejer historias

El hombre es un ser narrador. Desde la infancia tenemos hambre de historias como tenemos hambre de alimentos. Ya sean en forma de cuentos, de novelas, de películas, de canciones, de noticias…, las historias influyen en nuestra vida, aunque no seamos conscientes de ello. A menudo decidimos lo que está bien o mal hacer basándonos en los personajes y en las historias que hemos asimilado. Los relatos nos enseñan; plasman nuestras convicciones y nuestros comportamientos; nos pueden ayudar a entender y a decir quiénes somos.

El hombre no es solamente el único ser que necesita vestirse para cubrir su vulnerabilidad (cf. Gn 3,21), sino que también es el único ser que necesita “revestirse” de historias para custodiar su propia vida. No tejemos sólo ropas, sino también relatos: de hecho, la capacidad humana de “tejer” implica tanto a los tejidos como a los textos. Las historias de cada época tienen un “telar” común: la estructura prevé “héroes”, también actuales, que para llevar a cabo un sueño se enfrentan a situaciones difíciles, luchan contra el mal empujados por una fuerza que les da valentía, la del amor. Sumergiéndonos en las historias, podemos encontrar motivaciones heroicas para enfrentar los retos de la vida.

El hombre es un ser narrador porque es un ser en realización, que se descubre y se enriquece en las tramas de sus días. Pero, desde el principio, nuestro relato se ve amenazado: en la historia serpentea el mal.

  1. No todas las historias son buenas

«El día en que comáis de él, […] seréis como Dios» (cf. Gn 3,5). La tentación de la serpiente introduce en la trama de la historia un nudo difícil de deshacer. “Si posees, te convertirás, alcanzarás…”, susurra todavía hoy quien se sirve del llamado storytelling con fines instrumentales. Cuántas historias nos narcotizan, convenciéndonos de que necesitamos continuamente tener, poseer, consumir para ser felices. Casi no nos damos cuenta de cómo nos volvemos ávidos de chismes y de habladurías, de cuánta violencia y falsedad consumimos. A menudo, en los telares de la comunicación, en lugar de relatos constructivos, que son un aglutinante de los lazos sociales y del tejido cultural, se fabrican historias destructivas y provocadoras, que desgastan y rompen los hilos frágiles de la convivencia. Recopilando información no contrastada, repitiendo discursos triviales y falsamente persuasivos, hostigando con proclamas de odio, no se teje la historia humana, sino que se despoja al hombre de la dignidad.

Pero mientras que las historias utilizadas con fines instrumentales y de poder tienen una vida breve, una buena historia es capaz de trascender los límites del espacio y del tiempo. A distancia de siglos sigue siendo actual, porque alimenta la vida. En una época en la que la falsificación es cada vez más sofisticada y alcanza niveles exponenciales (el deepfake), necesitamos sabiduría para recibir y crear relatos bellos, verdaderos y buenos. Necesitamos valor para rechazar los que son falsos y malvados. Necesitamos paciencia y discernimiento para redescubrir historias que nos ayuden a no perder el hilo entre las muchas laceraciones de hoy; historias que saquen a la luz la verdad de lo que somos, incluso en la heroicidad ignorada de la vida cotidiana.

  1. La Historiade las historias

La Sagrada Escritura es una Historia de historias. ¡Cuántas vivencias, pueblos, personas nos presenta! Nos muestra desde el principio a un Dios que es creador y narrador al mismo tiempo. En efecto, pronuncia su Palabra y las cosas existen (cf. Gn 1). A través de su narración Dios llama a las cosas a la vida y, como colofón, crea al hombre y a la mujer como sus interlocutores libres, generadores de historia junto a Él. En un salmo, la criatura le dice al Creador: «Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias porque son admirables tus obras […], no desconocías mis huesos. Cuando, en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra» (139,13-15). No nacemos realizados, sino que necesitamos constantemente ser “tejidos” y “bordados”. La vida nos fue dada para invitarnos a seguir tejiendo esa “obra admirable” que somos.

En este sentido, la Biblia es la gran historia de amor entre Dios y la humanidad. En el centro está Jesús: su historia lleva al cumplimiento el amor de Dios por el hombre y, al mismo tiempo, la historia de amor del hombre por Dios. El hombre será llamado así, de generación en generación, a contar y a grabar en su memoria los episodios más significativos de esta Historia de historias, los que puedan comunicar el sentido de lo sucedido.

El título de este Mensaje está tomado del libro del Éxodo, relato bíblico fundamental, en el que Dios interviene en la historia de su pueblo. De hecho, cuando los hijos de Israel estaban esclavizados clamaron a Dios, Él los escuchó y rememoró: «Dios se acordó de su alianza con Abrahán, Isaac y Jacob. Dios se fijó en los hijos de Israel y se les apareció» (Ex 2, 24-25). De la memoria de Dios brota la liberación de la opresión, que tiene lugar a través de signos y prodigios. Es entonces cuando el Señor revela a Moisés el sentido de todos estos signos: «Para que puedas contar [y grabar en la memoria] de tus hijos y nietos […] los signos que realicé en medio de ellos. Así sabréis que yo soy el Señor» (Ex 10,2). La experiencia del Éxodo nos enseña que el conocimiento de Dios se transmite sobre todo contando, de generación en generación, cómo Él sigue haciéndose presente. El Dios de la vida se comunica contando la vida.

El mismo Jesús hablaba de Dios no con discursos abstractos, sino con parábolas, narraciones breves, tomadas de la vida cotidiana. Aquí la vida se hace historia y luego, para el que la escucha, la historia se hace vida: esa narración entra en la vida de quien la escucha y la transforma.

No es casualidad que también los Evangelios sean relatos. Mientras nos informan sobre Jesús, nos “performan”[1] a Jesús, nos conforman a Él: el Evangelio pide al lector que participe en la misma fe para compartir la misma vida. El Evangelio de Juan nos dice que el Narrador por excelencia —el Verbo, la Palabra— se hizo narración: «El Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado» (cf. Jn 1,18). He usado el término “contado” porque el original exeghésato puede traducirse sea como “revelado” que como “contado”. Dios se ha entretejido personalmente en nuestra humanidad, dándonos así una nueva forma de tejer nuestras historias

  1. Una historia que se renueva

La historia de Cristo no es patrimonio del pasado, es nuestra historia, siempre actual. Nos muestra que a Dios le importa tanto el hombre, nuestra carne, nuestra historia, hasta el punto de hacerse hombre, carne e historia. También nos dice que no hay historias humanas insignificantes o pequeñas. Después de que Dios se hizo historia, toda historia humana es, de alguna manera, historia divina. En la historia de cada hombre, el Padre vuelve a ver la historia de su Hijo que bajó a la tierra. Toda historia humana tiene una dignidad que no puede suprimirse. Por lo tanto, la humanidad se merece relatos que estén a su altura, a esa altura vertiginosa y fascinante a la que Jesús la elevó.

Escribía san Pablo: «Sois carta de Cristo […] escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de corazones de carne» (2 Co 3,3). El Espíritu Santo, el amor de Dios, escribe en nosotros. Y, al escribir dentro, graba en nosotros el bien, nos lo recuerda. Re-cordar significa efectivamente llevar al corazón, “escribir” en el corazón. Por obra del Espíritu Santo cada historia, incluso la más olvidada, incluso la que parece estar escrita con los renglones más torcidos, puede volverse inspirada, puede renacer como una obra maestra, convirtiéndose en un apéndice del Evangelio. Como las Confesiones de Agustín. Como El Relato del Peregrino de Ignacio. Como la Historia de un alma de Teresita del Niño Jesús. Como Los Novios, como Los Hermanos Karamazov. Como tantas innumerables historias que han escenificado admirablemente el encuentro entre la libertad de Dios y la del hombre. Cada uno de nosotros conoce diferentes historias que huelen a Evangelio, que han dado testimonio del Amor que transforma la vida. Estas historias requieren que se las comparta, se las cuente y se las haga vivir en todas las épocas, con todos los lenguajes y por todos los medios.

  1. Una historia que nos renueva

En todo gran relato entra en juego el nuestro. Mientras leemos la Escritura, las historias de los santos, y también esos textos que han sabido leer el alma del hombre y sacar a la luz su belleza, el Espíritu Santo es libre de escribir en nuestro corazón, renovando en nosotros la memoria de lo que somos a los ojos de Dios. Cuando rememoramos el amor que nos creó y nos salvó, cuando ponemos amor en nuestras historias diarias, cuando tejemos de misericordia las tramas de nuestros días, entonces pasamos página. Ya no estamos anudados a los recuerdos y a las tristezas, enlazados a una memoria enferma que nos aprisiona el corazón, sino que abriéndonos a los demás, nos abrimos a la visión misma del Narrador. Contarle a Dios nuestra historia nunca es inútil; aunque la crónica de los acontecimientos permanezca inalterada, cambian el sentido y la perspectiva. Contarse al Señor es entrar en su mirada de amor compasivo hacia nosotros y hacia los demás. A Él podemos narrarle las historias que vivimos, llevarle a las personas, confiarle las situaciones. Con Él podemos anudar el tejido de la vida, remendando los rotos y los jirones. ¡Cuánto lo necesitamos todos!

Con la mirada del Narrador —el único que tiene el punto de vista final— nos acercamos luego a los protagonistas, a nuestros hermanos y hermanas, actores a nuestro lado de la historia de hoy. Sí, porque nadie es un extra en el escenario del mundo y la historia de cada uno está abierta a la posibilidad de cambiar. Incluso cuando contamos el mal podemos aprender a dejar espacio a la redención, podemos reconocer en medio del mal el dinamismo del bien y hacerle sitio.

No se trata, pues, de seguir la lógica del storytelling, ni de hacer o hacerse publicidad, sino de rememorar lo que somos a los ojos de Dios, de dar testimonio de lo que el Espíritu escribe en los corazones, de revelar a cada uno que su historia contiene obras maravillosas. Para ello, nos encomendamos a una mujer que tejió la humanidad de Dios en su seno y —dice el Evangelio— entretejió todo lo que le sucedía. La Virgen María lo guardaba todo, meditándolo en su corazón (cf. Lc 2,19). Pidamos ayuda a aquella que supo deshacer los nudos de la vida con la fuerza suave del amor:

Oh María, mujer y madre, tú tejiste en tu seno la Palabra divina, tú narraste con tu vida las obras magníficas de Dios. Escucha nuestras historias, guárdalas en tu corazón y haz tuyas esas historias que nadie quiere escuchar. Enséñanos a reconocer el hilo bueno que guía la historia. Mira el cúmulo de nudos en que se ha enredado nuestra vida, paralizando nuestra memoria. Tus manos delicadas pueden deshacer cualquier nudo. Mujer del Espíritu, madre de la confianza, inspíranos también a nosotros. Ayúdanos a construir historias de paz, historias de futuro. Y muéstranos el camino para recorrerlas juntos.

Vaticano, 24 de enero de 2020, fiesta de san Francisco de Sales.

FRANCISCUS

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[1] Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi, 2: «El mensaje cristiano no era sólo “informativo”, sino “performativo”. Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida».

© Librería Editorial Vaticana

 

LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO*

Fiesta

— En el camino de Damasco.

— La figura de San Pablo, ejemplo de esperanza. Correspondencia a la gracia.

— Afán de almas.

I. Sé de quién me he fiado, y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día, en que vendrá como juez justo, el encargo que me dio1.

Pablo, gran defensor de la Ley de Moisés, consideraba a los cristianos como el mayor peligro para el judaísmo; por eso, dedicaba todas sus energías al exterminio de la naciente Iglesia. La primera vez que aparece en los Hechos de los Apóstoles, verdadera historia de la primitiva cristiandad, lo vemos presenciando el martirio de San Esteban, el protomártir cristiano2. San Agustín hace notar la eficacia de la oración de Esteban sobre el joven perseguidor3. Más tarde, Pablo se dirige hacia Damasco, con poderes para llevar detenidos a Jerusalén a quienes encontrara, hombres y mujeres, seguidores del Camino4. El cristianismo se había extendido rápidamente, gracias a la acción fecunda del Espíritu Santo y al intenso proselitismo que ejercían los nuevos fieles, aun en las condiciones más adversas: los que se habían dispersado iban de un lugar a otro anunciando la palabra del Evangelio5.

Pablo iba camino de Damasco, respirando amenazas y muerte contra los discípulos del Señor; pero Dios tenía otros planes para aquel hombre de gran corazón. Y estando ya cerca de la ciudad, hacia el mediodía, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Y cayendo en tierra oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Respondió: ¿Quién eres tú, Señor? Y Él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues6. Y enseguida la pregunta fundamental de Saulo, que es ya fruto de su conversión, de su fe, y que marca el camino de la entrega: ¿Señor, qué quieres que haga?7. Pablo ya es otro hombre. En un momento lo ha visto todo claro, y la fe, la conversión, le lleva a la entrega, a la disponibilidad absoluta en las manos de Dios. ¿Qué tengo que hacer de ahora en adelante?, ¿qué esperas de mí?

Muchas veces, quizá cuando más lejos estábamos, el Señor ha querido meterse de nuevo hondamente en nuestra vida y nos ha manifestado esos planes grandes y maravillosos que tiene sobre cada hombre, sobre cada mujer. «¡Dios sea bendito!, te decías después de acabar tu Confesión sacramental. Y pensabas: es como si volviera a nacer.

»Luego, proseguiste con serenidad: “Domine, quid me vis facere?” -Señor, ¿qué quieres que haga?

»-Y tú mismo te diste la respuesta: con tu gracia, por encima de todo y de todos, cumpliré tu Santísima Voluntad: “serviam!” -¡te serviré sin condiciones!»8. También ahora se lo repetimos una vez más. ¡Tantas veces se lo hemos dicho ya, en tonos tan diversos! Serviam! Con tu ayuda, te serviré siempre, Señor.

II. Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí9.

Siempre recordaremos esos instantes en que Jesús, quizá inesperadamente, nos detuvo en nuestro camino para decirnos que se quiere meter de lleno en nuestro corazón. Nunca olvidó San Pablo aquel momento único, cuando tuvo lugar el encuentro personal con Cristo resucitado: en el camino de Damasco..., indica a veces, como si dijera: allí comenzó todo. En otras ocasiones señala que aquel fue el instante decisivo de su existencia. Y en último lugar, como a un abortivo, se me apareció a mí también...10.

La vida de San Pablo es una llamada a la esperanza, pues «¿quién dirá, cargado con el peso de sus faltas, “Yo no puedo superarme”, cuando (...) el perseguidor de los creyentes se transforma en propagador de su doctrina?»11. Esta misma eficacia sigue operando hoy en los corazones. Pero la voluntad del Señor de sanarnos y convertirnos en apóstoles en el lugar donde trabajamos y donde vivimos necesita nuestra correspondencia; la gracia de Dios es suficiente, pero es necesaria la colaboración del hombre, como en el caso de Pablo, porque el Señor quiere contar con nuestra libertad. Comentando las palabras del Apóstol -no yo, sino la gracia de Dios en mí señala San Agustín: «Es decir, no solo yo, sino Dios conmigo; y por ello, ni la gracia de Dios sola, ni él solo, sino la gracia de Dios con él»12.

Contar siempre con la gracia nos llevará a no desanimarnos jamás, a pesar de que una y otra vez experimentemos la inclinación al pecado, los defectos que no acaban de desaparecer, las flaquezas e incluso las caídas. El Señor nos llama continuamente a una nueva conversión y hemos de pedir con constancia la gracia de estar siempre comenzando, actitud que lleva a recorrer con paz y alegría el camino que conduce a Dios –afianzados en la filiación divina y que mantiene siempre la juventud del corazón. Pero es necesario corresponder en esos momentos bien precisos en los que, como San Pablo, le diremos a Jesús: Señor, ¿qué quieres que haga?, ¿en qué debo luchar más?, ¿qué cosas debo cambiar? Jesús se nos hace encontradizo muchas veces; entonces, «es menester sacar fuerzas de nuevo para servir –escribe Santa Teresa y procurar no ser ingratos, porque en esa condición las da el Señor; que si no usamos bien del tesoro y del gran estado en que nos pone, nos los tornará a tomar y quedarnos hemos muy más pobres, y dará su Majestad las joyas a quien luzca y aproveche con ellas a sí y a otros»13.

Señor, ¿qué quieres que haga? Si se lo decimos de corazón -como una jaculatoria muchas veces a lo largo del día, Jesús nos dará luces y nos manifestará esos puntos en los que nuestro amor se ha detenido o no avanza como Dios desea.

III. Sé en quién he creído...

Estas palabras explican toda la vida posterior de Pablo. Ha conocido a Cristo, y desde ese momento todo lo demás es como una sombra, en comparación a esta inefable realidad. Nada tiene ya valor si no es en Cristo y por Cristo. «La única cosa que él temía era ofender a Dios; lo demás le tenía sin cuidado. Por esto mismo, lo único que deseaba era ser fiel a su Señor y darlo a conocer a todas las gentes»14. Lo que deseamos nosotros; lo único que queremos.

Desde el momento de su encuentro con Jesús, Pablo se convirtió a Dios de todo corazón. El mismo afán que le llevaba antes a perseguir a los cristianos lo pone ahora, aumentado y fortalecido por la gracia, en el servicio del ideal grandioso que acaba de descubrir. Hará suyo el mensaje que recibieron los demás Apóstoles y que recoge el Evangelio de la Misa: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación15. Pablo aceptó este compromiso e hizo de él, desde ese momento, la razón de su vida. «Su conversión consiste precisamente en esto: en haber aceptado que Cristo, al que encontró por el camino de Damasco, entrará en su existencia y la orientará hacia un único fin: el anuncio del Evangelio. Me debo tanto a los griegos como a los bárbaros, tanto a los sabios como a los ignorantes... Yo no me avergüenzo del Evangelio: es fuerza de salvación para todos los que creen en él (Rom 1, 13-16)»16.

Sé en quién he creído... Por Cristo afrontará riesgos y peligros sin cuento, se sobrepondrá continuamente a la fatiga, al cansancio, a los aparentes fracasos de su misión, a los miedos, con tal de ganar almas para Dios. Cinco veces recibí cuarenta azotes menos uno; tres veces fui azotado con varas; una vez fui lapidado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé náufrago en alta mar; en mis frecuentes viajes sufrí peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi raza, peligros de los gentiles, peligros en ciudades, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas, frecuentes vigilias, con hambre y sed, en frecuentes ayunos, con frío y desnudez; y además de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la solicitud por todas las iglesias. ¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase de dolor?17.

Pablo centró su vida en el Señor. Por eso, a pesar de todo lo que padeció por Cristo, podrá decir al final de su vida, cuando se encuentra casi solo y un tanto abandonado: Abundo y sobreabundo de gozo en todas mis tribulaciones... La felicidad de Pablo, como la nuestra, no estuvo en la ausencia de dificultades sino en haber encontrado a Jesús y en haberle servido con todo el corazón y todas las fuerzas.

Terminamos esta meditación con una oración de la liturgia de la Misa: Señor, Dios nuestro, Tú que has instruido a todos los pueblos con la predicación del apóstol San Pablo, concédenos a cuantos celebramos su conversión caminar hacia Ti, siguiendo su ejemplo, y ser ante el mundo testigos de tu verdad18. A nuestra Madre Santa María le pedimos que no dejemos pasar esas gracias bien concretas que nos da el Señor para que, a lo largo de la vida, volvamos una y otra vez a recomenzar.

1 Antífona de entrada. 2 Tim 1, 12; 4, 8. — 2 Cfr. Hech 7, 60. — 3 Cfr. San Agustín, Sermón 315. — 4 Hech 9, 2. — 5 Hech 8, 4. — 6 Hech 9, 3-5. — 7 Hech 22, 10. — 8 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 238. — 9 Antífona de comunión. Gal 2, 20. — 10 1 Cor 15, 8-10. — 11 San Bernardo, Sermón 1º en la Conversión de San Pablo, 1. — 12 San Agustín, Sobre la gracia y el libre albedrío, 5, 12. — 13 Santa Teresa, Vida, 10. — 14 Liturgia de las Horas, Segunda lectura; San Juan Crisóstomo, Homilía 2 sobre las alabanzas de San Pablo. — 15 Mc 16, 15. — 16 Juan Pablo II, Homilía 25-I-1987. — 17 2 Cor 11, 24-29. — 18 Misal Romano, Oración colecta de la Misa.

Termina hoy el Octavario por la unidad de los cristianos conmemorando la conversión del Apóstol de las gentes. La gracia de Dios convierte a San Pablo de perseguidor de los cristianos en mensajero de Cristo. Este hecho nos enseña que la fe tiene su origen en la gracia y se apoya en la libre correspondencia humana, y que el mejor modo de acelerar la unidad de los cristianos consiste en fomentar cada día la conversión personal.

 

“Dispuestos a una nueva conversión”

Tus parientes, tus colegas, tus amistades, van notando el cambio, y se dan cuenta de que lo tuyo no es una transición momentánea, de que ya no eres el mismo. –No te preocupes, ¡sigue adelante!: se cumple el “vivit vero in me Christus” –ahora es Cristo quien vive en ti. (Surco, 424)

Qui habitat in adiutorio Altissimi, in protectione Dei coeli commorabitur, habitar bajo la protección de Dios, vivir con Dios: ésta es la arriesgada seguridad del cristiano. Hay que estar persuadidos de que Dios nos oye, de que está pendiente de nosotros: así se llenará de paz nuestro corazón. Pero vivir con Dios es indudablemente correr un riesgo, porque el Señor no se contenta compartiendo: lo quiere todo. Y acercarse un poco más a El quiere decir estar dispuesto a una nueva conversión, a una nueva rectificación, a escuchar más atentamente sus inspiraciones, los santos deseos que hace brotar en nuestra alma, y a ponerlos por obra.

Desde nuestra primera decisión consciente de vivir con integridad la doctrina de Cristo, es seguro que hemos avanzado mucho por el camino de la fidelidad a su Palabra. Sin embargo, ¿no es verdad que quedan aún tantas cosas por hacer?, ¿no es verdad que queda, sobre todo, tanta soberbia? Hace falta, sin duda, una nueva mudanza, una lealtad más plena, una humildad más profunda, de modo que, disminuyendo nuestro egoísmo, crezca Cristo en nosotros, ya que illum oportet crescere, me autem minui, hace falta que El crezca y que yo disminuya.

No es posible quedarse inmóviles. Es necesario ir adelante hacia la meta que San Pablo señalaba: no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí. La ambición es alta y nobilísima: la identificación con Cristo, la santidad. Pero no hay otro camino, si se desea ser coherente con la vida divina que, por el Bautismo, Dios ha hecho nacer en nuestras almas. El avance es progreso en santidad; el retroceso es negarse al desarrollo normal de la vida cristiana. Porque el fuego del amor de Dios necesita ser alimentado, crecer cada día, arraigándose en el alma; y el fuego se mantiene vivo quemando cosas nuevas. Por eso, si no se hace más grande, va camino de extinguirse. (Es Cristo que pasa, 58)

 

 

¿Quién fue San Pablo y qué herencia dejó a la Iglesia?

¿Quién era Pablo de Tarso? San Pablo sufrió persecuciones y conoció su propia debilidad mientras predicaba la fe en el Resucitado. A cambio, no quiso otra cosa que la misericordia de Cristo.

OTROS25/01/2020

Opus Dei - ¿Quién fue San Pablo y qué herencia dejó a la Iglesia?​San Pablo. Plaza del Vaticano.

En la tarde del 28 de junio de 2008, durante la celebración de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo en la Basílica de San Pablo Extramuros, el Papa Benedicto XVI proclamó oficialmente la apertura del Año Paulino, que se prolongó hasta el 29 de junio de 2009, fiesta de estos dos Apóstoles.

La Ciudad Eterna, la Roma de Pedro y de Pablo, bañada por la sangre de los mártires, centro de donde tantos han salido para propagar en el mundo entero la palabra salvadora de Cristo (1), puede considerarse verdaderamente privilegiada, porque ha sido tantorum principum purpurata pretioso sanguine, bañada con la sangre de los Príncipes de los Apóstoles (2).

Durante este periodo se conmemoraron los dos mil años del nacimiento del Apóstol de las Gentes. Para fijar esta fecha, los estudios sobre la cronología paulina tienen en cuenta los datos que proporcionan sus escritos: en la Carta a los Gálatas afirma que, tras su conversión, encontró a Pedro en Jerusalén, tres años después de su fuga de Damasco (3), donde el rey de los nabateos, Aretas IV, ejercía un cierto poder (4). Esto permite datar la huida hacia el año 37 y su conversión hacia el 34-35.

Por otro lado, en los Hechos de los Apóstoles, al narrar el martirio de Esteban se califica a Saulo como “joven”, poco antes de su vocación (5). Aunque sea éste un dato genérico, de modo aproximado permite situar su nacimiento hacia el año 8.

El Año Paulino quiso promover una reflexión más profunda sobre la herencia teológica y espiritual que San Pablo ha dejado a la Iglesia, por medio de su vasta obra de evangelización. Como signos externos que nos invitan a meditar la fe y la verdad de la mano del Apóstol, el Papa encendió la “Llama Paulina”, en un brasero colocado en el pórtico de la Basílica de San Pablo en Roma y abrió también, en este mismo templo, la “Puerta Paulina”, que atravesó el día 28 de junio, acompañado del Patriarca de Constantinopla.

 

 

San Pablo, el apóstol de las gentes

¿Quién era Pablo de Tarso? Nació en la capital de la provincia romana de Cilicia, hoy Turquía. Cuando fue capturado en las puertas del Templo de Jerusalén, se dirigió con estas palabras a la multitud que quería matarlo: yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, educado en esta ciudad e instruido a los pies de Gamaliel según la observancia de la Ley patria (6).

Al final de su existencia, en una visión retrospectiva de su vida y de su misión, dirá de sí mismo: he sido constituido predicador, apóstol y maestro (7). Al mismo tempo su figura se abre al futuro, a todos los pueblos y generaciones, porque Pablo no es sólo un personaje del pasado: su mensaje y su vida son siempre actuales, pues contienen la esencia del mensaje cristiano, perenne y actual.

SAN PABLO HA SIDO DENOMINADO EL DECIMOTERCER APÓSTOL PUES, AUNQUE NO FORMABA PARTE DEL GRUPO

Pablo ha sido denominado el decimotercer Apóstol pues, aunque no formaba parte del grupo de los Doce, fue llamado por Jesús resucitado, que se le apareció en el camino de Damasco (8). Es más, al contemplar lo que ha trabajado por Cristo, nada tiene que envidiar a otros: ¿Son hebreos? También yo. ¿Son israelitas? También yo. ¿Son descendencia de Abrahán? También yo. ¿Son ministros de Cristo? Pues –delirando hablo– yo más: en fatigas, más; en cárceles, más; en azotes, mucho más. En peligros de muerte, muchas veces. Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno, tres veces me azotaron con varas, una vez fui lapidado, tres veces naufragué, un día y una noche pasé náufrago en alta mar. En mis repetidos viajes sufrí peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi raza, peligros de los gentiles, peligros en ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas, frecuentes vigilias, con hambre y sed, con frecuentes ayunos, con frío y desnudez (9).

Como se ve, no le faltaron dificultades ni tribulaciones, que soportó por amor de Cristo. Sin embargo, todo el esfuerzo y todos los sucesos por los que atravesó, no le llevaron a la vanagloria. Pablo entendió a fondo y experimentó en su persona aquello que también enseñaba nuestro Padre: que nuestra lógica humana no sirve para explicar las realidades de la gracia. Dios suele buscar instrumentos flacos, para que aparezca con clara evidencia que la obra es suya. Por eso, San Pablo evoca con temblor su vocación: después de todos se me apareció a mí, que vengo a ser como un abortivo, siendo el menor de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios (1 Cor 15, 8-9) (10). «¿Cómo no admirar un hombre así? –dice Benedicto XVI–. ¿Cómo no dar gracias al Señor por habernos dado un Apóstol de esta talla?» (11).

ENTRE LOS DIVERSOS ASPECTOS QUE COMPONEN LA ENSEÑANZA TEOLÓGICA DE SAN PABLO SE DEBE SEÑALAR, EN PRIMER LUGAR, LA FIGURA DE JESUCRISTO

Entre los diversos aspectos que componen la enseñanza teológica de San Pablo se debe señalar, en primer lugar, la figura de Jesucristo. Ciertamente en sus cartas no aparecen los rasgos históricos de Jesús de Nazaret, tal como nos lo presentan los Evangelios. El interés por los numerosos aspectos de la vida terrena de Jesús pasa a un segundo plano, subrayando especialmente el misterio de la pasión y la muerte en la cruz. Al mismo tiempo, se observa que Pablo no fue testigo del caminar terreno de Jesús, sino que lo conoce por la tradición apostólica que lo precede, a la que se refiere explícitamente: os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí (12).

Del mismo modo, se pueden descubrir en el epistolario paulino algunos himnos, profesiones y enunciados de fe, y afirmaciones doctrinales que probablemente se usaban en la liturgia, en la catequesis o en la predicación de la primitiva Iglesia. Jesucristo constituye el centro y el fundamento de su anuncio y de su predicación: en sus escritos el nombre de Cristo aparece 380 veces, superado sólo por el nombre de Dios, mencionado 500 veces. Esto nos hace entender que Jesucristo incidió profundamente en su vida: en Cristo encontramos el culmen de la historia de la Salvación.

Al encuentro con Cristo

Mirando a San Pablo nos podemos preguntar cómo se realiza el encuentro personal con Cristo y qué relación se genera entre Él y el creyente. La respuesta de Pablo se condensa en dos momentos: por una parte se subraya el valor fundamental e insustituible de la fe (13). Así lo escribe a los romanos: el hombre es justificado por la fe con independencia de las obras de la Ley (14); la idea aparece más explícita en la Carta a los Gálatas: el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por medio de la fe en Jesucristo (15). Es decir, se entra en comunión con Dios por obra exclusiva de la gracia; Él sale a nuestro encuentro y nos acoge con su misericordia, perdonando nuestros pecados y permitiéndonos establecer una relación de amor con Él y con nuestros hermanos (16).

MIRANDO A SAN PABLO NOS PODEMOS PREGUNTAR CÓMO SE REALIZA EL ENCUENTRO PERSONAL CON CRISTO Y QUÉ RELACIÓN SE GENERA ENTRE ÉL Y EL CREYENTE

En esta doctrina de la justificación, Pablo refleja el proceso de su propia vocación. Él era un estricto observante de la Ley mosaica, que cumplía hasta en los más mínimos detalles. Pero esto le llevó a sentirse pagado de sí mismo y a buscar la salvación con sus propias fuerzas. Y en esta situación se descubre pecador, en cuanto que persigue a la Iglesia del Hijo de Dios. La conciencia del pecado será entonces el punto de partida para abandonarse a la gracia de Dios que se nos da en Jesucristo.

 

 

Ahí comienza el segundo momento, el encuentro con el Señor mismo. La donación infinita de Cristo en la cruz constituye la invitación más vehemente a salir del propio yo, a no vanagloriarse poniendo al mismo tiempo toda la confianza en la muerte salvadora y en la resurrección del Señor: el que se gloría, que se gloríe en el Señor (17). Esta conversión espiritual comporta, por tanto, no buscarse a sí mismo, sino revestirse de Cristo y entregarse con Cristo, para participar así personalmente en la vida de Cristo hasta sumergirse en Él y compartir tanto su muerte como su vida. Así lo describe el Apóstol mediante la imagen del bautismo: ¿no sabéis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados para unirnos a su muerte? Pues fuimos sepultados juntamente con él mediante el bautismo para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva (18).

AL FUNDADOR DEL OPUS DEI LE GUSTABA REPETIR ESTAS PALABRAS DEL APÓSTOL, PORQUE VEÍA A JESUCRISTO MUERTO Y RESUCITADO COMO LA RAZÓN DE SER DE TODA LA VIDA DEL CRISTIANO Y DE SU MISIÓN

Pablo –y con él, todo cristiano– contempla al Hijo de Dios no sólo como Aquel que murió por amor nuestro, obteniéndonos la salvación por nuestros pecados –dilexit me et tradidit semetipsum pro me, me amó y se entregó a sí mismo por mí–, sino también como Aquel que se hace presente en su vida: vivo autem iam non ego, vivit vero in me Christus, vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (19). Al Fundador del Opus Dei le gustaba repetir estas palabras del Apóstol, porque veía a Jesucristo muerto y resucitado como la razón de ser de toda la vida del cristiano y de su misión.

Vivir en el espíritu, según San Pablo

Identificarse con Cristo significa vivir en el Espíritu. San Lucas subraya en su segundo libro el papel dinámico y operativo del Espíritu Santo; y comenta San Josemaría: apenas hay una página de los Hechos de los Apóstoles en la que no se nos hable de Él y de la acción por la que guía, dirige y anima la vida y las obras de la primitiva comunidad cristiana: Él es quien inspira la predicación de San Pedro (cfr. Hch 4, 8), quien confirma en su fe a los discípulos (cfr. Hch 4, 31), quien sella con su presencia la llamada dirigida a los gentiles (cfr. Hch 10, 44-47), quien envía a Saulo y a Bernabé hacia tierras lejanas para abrir nuevos caminos a la enseñanza de Jesús (cfr. Hch 13, 2-4). En una palabra, su presencia y su actuación lo dominan todo (20).

EN SUS ESCRITOS, SAN PABLO PONE DE RELIEVE LA PRESENCIA DE LA TERCERA PERSONA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD EN LA VIDA DEL CRISTIANO

En sus escritos, Pablo pone de relieve la presencia de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad en la vida del cristiano. El Espíritu habita en nuestros corazones (21); ha sido enviado por Dios para que nos identifique con el Hijo y podamos exclamar ¡Abbá, Padre! (22). Dejarse conducir por el Espíritu, que nos da la vida en Cristo Jesús, libera de la ley del pecado y de la muerte; lleva a que se manifiesten en la vida del creyente las obras –los frutos– del Espíritu Santo: la caridad, el gozo, la paz, la longanimidad, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, la continencia. Contra estos frutos no hay ley. Los que son de Jesucristo han crucificado su carne con sus pasiones y concupiscencias. Si vivimos por el Espíritu, caminemos también según el Espíritu (23).

 

El Apóstol nos dice que la oración auténtica sólo existe cuando está presente el Espíritu: asimismo también el Espíritu acude en ayuda de nuestra flaqueza: porque no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables (24). Con palabras de Benedicto XVI, es como decir que el Espíritu Santo «es el alma de nuestra alma, la parte más secreta de nuestro ser, de la que se eleva incesantemente hacia Dios un movimiento de oración, cuyos términos no podemos ni siquiera precisar» (25). Pablo nos invita a ser cada vez más sensibles, a estar más atentos a la presencia del Espíritu en nosotros y a aprender a transformarla en oración.

San Pablo nos invita a ser cada vez más sensibles, a estar más atentos a la presencia del Espíritu en nosotros y a aprender a transformarla en oración

El primero de los frutos del Espíritu en el alma del cristiano es el amor. En efecto, el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado (26). Si, por definición, el amor une, el Espíritu es quien genera la comunión en la Iglesia: es la fuerza de cohesión que mantiene unidos los fieles al Padre por Cristo, y atrae a los que todavía no gozan de la plena comunión. El Espíritu Santo guía la Iglesia hacia la unidad.

Hacia la unidad de los cristianos

Éste es otro aspecto, entre los muchos que trata el Apóstol en sus epístolas, que vale la pena tener en cuenta al inicio de este Año Paulino: la unidad de los cristianos. Es motivo de consolación y de estímulo para pedir insistentemente al Señor esta gracia –tan grande como difícil de alcanzar– que el Patriarca ecuménico Bartolomé I, siguiendo las huellas del Vicario de Cristo, también haya convocado para la Iglesia ortodoxa un Año Paulino.

LA ENSEÑANZA DE PABLO NOS RECUERDA QUE LA PLENA COMUNIÓN ENTRE TODOS LOS CRISTIANOS ENCUENTRA SU FUNDAMENTO EN EL HECHO DE TENER UN SOLO SEÑOR, UNA SOLA FE, UN SOLO BAUTISMO

La enseñanza de Pablo nos recuerda que la plena comunión entre todos los cristianos encuentra su fundamento en el hecho de tener un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo (27). Debemos rezar «para que la fe común, el único bautismo para el perdón de los pecados y la obediencia al único Señor y Salvador se manifiesten plenamente en la dimensión comunitaria y eclesial» (28).

 

 

San Pablo nos muestra el camino más eficaz hacia la unidad, en unas palabras que también proponía el Concilio Vaticano II en su decreto sobre el ecumenismo: así pues, os ruego yo, el prisionero por el Señor, que viváis una vida digna de la vocación a la que habéis sido llamados, con toda humildad y mansedumbre, con longanimidad, sobrellevándoos unos a otros con caridad, continuamente dispuestos a conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz (29).

SAN PABLO NOS MUESTRA EL CAMINO MÁS EFICAZ HACIA LA UNIDAD

El Apóstol se empeñó siempre en conservar esa inmensa gracia de la unidad. A los cristianos de Corinto los invita, ya desde el comienzo de su primera carta, a evitar las divisiones entre ellos (30). Sus exhortaciones y sus llamadas de atención nos pueden servir también hoy. Delante de la humanidad del tercer milenio, cada vez más globalizada y, paradójicamente, más dividida y fragmentada por la cultura hedonista y relativista, que pone en duda la existencia misma de la verdad (31), la oración del Señor –ut omnes unum sint, que todos sean uno (32)– es para nosotros la mejor promesa de unión con Dios y de unidad entre los hombres.

B. Estrada

Artículo publicado originalmente en 2008.


1. Homilía Lealtad a la Iglesia, 4-VI-1972.

2. Cfr. Himno de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo.

3. Cfr. Gal 1, 15-18.

4. Cfr. 2 Cor 11, 32.

5. Cfr. Hch 7, 58.

6. Hch 22, 3.

7. 2 Tm 1, 11.

8. Cfr. 1 Cor 15, 8.

9. 2 Cor 11, 22-27.

10. Es Cristo que pasa, n. 3.

11. Benedicto XVI, Audiencia general, 25-X-2006.

12. 1 Cor 15, 3; cfr. 11, 23ss.

13. Cfr. Benedicto XVI, Audiencia general, 8-XI-2006.

14. Rm 3, 28.

15. Gal 2, 16.

16. Cfr. Rm 3, 24.

17. 1 Cor 1, 31.

18. Rm 6, 3s.

19. Gal 2, 20.

20. Es Cristo que pasa, n. 127.

21. Cfr. Rm 8, 9.

22. Gal 4, 6.

23. Gal 5, 22-24.

24. Rm 8,26.

25. Benedicto XVI, Audiencia general, 15-XI-2006.

26. Rm 5, 5.

27. Ef 4, 5.

28. Benedicto XVI, Discurso durante el encuentro con Bartolomé I en la apertura del Año Paulino, 28-VI-2008.

29. Ef 4, 1-3.

30. Cfr. 1 Cor 1, 10.

31. Cfr. Benedicto XVI, Discurso durante el encuentro con Bartolomé I en la apertura del Año Paulino, 28-VI-2008.

32. Jn 17, 21.

 

Octavario por la unidad de los cristianos (día 8, 25 de enero)

Octava meditación del octavario por la unidad de los cristianos (25 de enero). Temas: La gracia de Dios convierte a Pablo; el Señor cuenta con nosotros, como contó con san Pablo; san Pablo es un modelo para alcanzar la unidad.

TEXTOS PARA ORAR08/01/2020

Opus Dei - Octavario por la unidad de los cristianos (día 8, 25 de enero)

Día 8. 25 de enero, conversión de san Pablo

►La gracia de Dios convierte a Pablo.

►El Señor cuenta con nosotros, como contó con san Pablo.

►San Pablo es un modelo para alcanzar la unidad.

CONCLUYE esta semana de oración por la unión de los cristianos conmemorando la conversión de san Pablo. «Saulo —se lee en la primera lectura de la Misa— respirando todavía amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, se presentó ante el Sumo Sacerdote» (Hch 9,1-2). Pablo era un defensor a ultranza de la ley de Moisés y, a sus ojos, la doctrina de Cristo era un peligro para el judaísmo. Por eso no vacilaba en dedicar todos sus esfuerzos al exterminio de la comunidad cristiana. Había consentido en la muerte de Esteban y, no satisfecho aún, «hacía estragos en la Iglesia, iba de casa en casa, apresaba a hombres y mujeres y los metía en la cárcel» (Hch 8,3).

Se dirige a Damasco, donde ha prendido la semilla de la fe, con plenos poderes para «llevar detenidos a Jerusalén a quienes encontrara, hombres y mujeres, seguidores del Camino» (Hch 9,2). Pero el Señor tenía para él unos planes distintos. Cerca ya de Damasco «de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Y cayendo en tierra oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Respondió: ¿Quién eres tú, Señor? Y él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (Hch 9,3-5). Nunca olvidará san Pablo ese encuentro personal con Cristo resucitado. Muchos años después, convertido ya en testigo incansable de la fe, lo recordaba con frecuencia: «En último lugar —escribe a los Corintios—, como un abortivo, se me apareció a mí también. Porque yo soy el menor de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, ya que perseguí a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy» (1Co 15,8-10).

Pensando en estas escenas, comentaba san Josemaría: «¿Qué preparación tenía San Pablo cuando Cristo lo derriba del caballo, lo deja ciego y le llama al apostolado? ¡Ninguna! Sin embargo, cuando él responde y dice: Señor, ¿qué quieres que haga? (Hch 9,6), Jesucristo le escoge para Apóstol» [1]. Todo el afán que antes le llevaba a perseguir a los cristianos, le empuja ahora —con una fuerza nueva, más grande de lo que nunca soñó— a difundir por todos los rincones de la tierra la fe en Cristo. Nada habrá ya capaz de apartarle del cumplimiento de su tarea: su vida quedó marcada por aquel encuentro en el camino de Damasco, que fue el inicio de su vocación.

LA ANSIADA unión de los cristianos es un don que hemos de pedir insistentemente al Espíritu Santo. La gracia, si es gracia, recuerda san Agustín, «gratuitamente se da» [2]. Sabemos que «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4), y sabemos también que para esto cuenta con nuestra colaboración para que —mediante nuestra vida y nuestra palabra— demos testimonio de la alegría que da vivir con Cristo. En esta misión siempre está vigente lo que se preguntaba san Pablo pensando en las personas que le rodeaban: «¿Cómo invocarán a aquél en quien no creyeron? ¿O cómo creerán, si no oyeron hablar de él? ¿Cómo oirán sin alguien que predique? ¿Y cómo predicarán, si no son enviados?» (Rm 10,14-15).

El fundamento sobre el que san Pablo apoyó toda su incansable labor de transmitir el Evangelio es haber encontrado personalmente a Jesús: «¿No soy apóstol? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro?» (1Co 9,1). Solo regresando frecuentemente a ese momento, renovándolo a diario, pudo el apóstol de los gentiles atraer a tantas personas hacia el encuentro con quien había cambiado radicalmente el sentido de su propia vida. Y es también allí, en nuestro encuentro con Cristo, donde nosotros encontraremos el impulso para colaborar en reunir, otra vez, a todos los cristianos. Benedicto XVI, al advertir precisamente en la fuerza que movía a san Pablo, señalaba que, «en definitiva, es el Señor el que constituye a uno en apóstol, no la propia presunción. El apóstol no se hace a sí mismo; es el Señor quien lo hace; por tanto, necesita referirse constantemente al Señor. San Pablo dice claramente que es apóstol por vocación» [3].

San Josemaría solía imaginar las circunstancias en las que vivió san Pablo: un enorme imperio que rendía culto a falsos dioses y en el que las costumbres contrastaban con la vida de quienes seguían a Jesús. En aquel momento –decía san Josemaría– el mensaje del Evangelio era «todo lo contrario a lo que hay en el ambiente, pero San Pablo que sabe, que ha paladeado intensamente la alegría de ser de Dios, se lanza seguro a la predicación, y lo hace en todo instante, también desde la prisión» [4]. Consciente de que el auténtico encuentro con Cristo solo nos puede llevar a la felicidad, san Pablo explicaba a los Corintios las razones que le movían a evangelizar: «No porque pretendamos dominar sobre vuestra fe, sino que contribuimos a vuestro gozo» (2Co 1,24).

«APRENDE a orar, aprende a buscar, aprende a pedir, aprende a llamar: hasta que halles, hasta que recibas, hasta que te abran» [5]. El mejor camino para que el Señor conceda a su Iglesia la gracia de la unión de todos los cristianos será una perseverante oración. Nos lo enseña san Pablo: tan pronto le ayudaron a levantarse del suelo marchó a Damasco, «y permaneció tres días sin vista y sin comer ni beber» (Hch 9,9). Solo al cabo de ese tiempo dedicado a la plegaria y a la penitencia, manda Dios a su siervo Ananías: «Ve, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que habrá de sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15).

Conscientes de que todo trabajo apostólico –también la ansiada unidad de los cristianos– no depende exclusivamente de nuestras fuerzas, lo más importante es disponernos adecuadamente para acoger los dones de Dios. Todo lo que nos lleve a fomentar esta disponibilidad interior, para que Cristo pueda desplegar en nosotros su voluntad, es una tarea eminentemente apostólica. Por eso podemos decir que la oración y el espíritu de penitencia son los principales caminos del ecumenismo: porque solo Jesús es quien puede mover los corazones.

En este sentido, el Papa Francisco se preguntaba: «¿Cómo anunciar el evangelio de la reconciliación después de siglos de divisiones? Es el mismo Pablo quien nos ayuda a encontrar el camino. Hace hincapié en que la reconciliación en Cristo no puede darse sin sacrificio. Jesús dio su vida, muriendo por todos. Del mismo modo, los embajadores de la reconciliación están llamados a dar la vida en su nombre, a no vivir para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» [6]. La conversión de san Pablo es un modelo para dirigirnos hacia la unidad plena. La Iglesia, a través del ejemplo de la vida del apóstol, nos muestra el camino: encuentro con Cristo, conversión personal, oración, diálogo, trabajo en común.

Los discípulos de Jesús en los días posteriores a la Ascensión «se reunían asiduamente junto a María» (Hch 1,14). Confiamos en la intercesión de nuestra Madre para que, como sucedía entonces, alcancemos la unidad entre todos los cristianos: que un día nos volvamos a reunir, todos juntos, a su lado.


[1] San Josemaría, Notas tomadas en una reunión familiar, 9-IV-1971.

[2] San Agustín, Enarrationes in Psalmos 31, 2, 7.

[3] Benedicto XVI, Audiencia general, 10-X-2008.

[4] San Josemaría, Notas tomadas en una reunión familiar, 25-VIII-1968.

[5] San Bernardo, Sermo in Ascensione 5, 14.

[6] Francisco, Homilía, 25-I-2017.

 

 

Sentido de misión (II)

El dinamismo propio del apostolado es la caridad, que es don divino: «en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor» (Forja, 565). La Iglesia crece por medio de la caridad de sus fieles y, solo después, llegan la estructura y la organización, como frutos de esa caridad y para estar al servicio de ella.

VOCACIÓN15/09/2018

Opus Dei - Sentido de misión (II)

Escucha el artículo «Apóstoles en medio del mundo. Sentido de misión (II)»

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Con vivos trazos describe san Lucas la vida de los primeros creyentes en Jerusalén después de Pentecostés: «Todos los días acudían al Templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando del favor de todo el pueblo. Todos los días el Señor incorporaba a los que habían de salvarse» (Hch 2, 46-47). Con todo, pronto llegarían las contradicciones: la prisión de Juan y Pedro, el martirio de Esteban y, finalmente, la persecución abierta.

¿QUÉ MOVÍA A LOS PRIMEROS CRISTIANOS A HABLAR DEL SEÑOR, INCLUSO DURANTE LA PERSECUCIÓN?

En ese marco precisamente, narra el evangelista algo sorprendente: «los que se habían dispersado iban de un lugar a otro anunciando la palabra del Evangelio» (Hch 8,4). A cualquiera le llama la atención que, en momentos en que su vida estaba en serio peligro, no renunciaran a seguir anunciando la Salvación. Y no es un suceso aislado, sino que refleja un dinamismo constante. Un poco más adelante se encuentra una noticia similar: «Los que se habían dispersado por la tribulación surgida por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, predicando la palabra sólo a los judíos» (Hch 11,19). ¿Qué movía a aquellos primeros fieles a hablar del Señor a quienes encontraban, incluso en el mismo momento en que huían de una persecución? Les mueve la alegría que han encontrado y que les llena el corazón: «Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros» (1Jn 1,3). Lo anuncian, sencillamente, «para que nuestra alegría sea completa» (1Jn 1,3). El Amor que se ha cruzado en su camino… deben compartirlo. La alegría es contagiosa. Y eso, ¿no podríamos vivirlo también los cristianos de hoy?

La vía de la amistad

Un detalle de esta escena del libro de los Hechos es muy significativa. Entre aquellos que se habían dispersado «había algunos chipriotas y cirenenses, que, cuando entraron en Antioquía, hablaban también a los griegos, anunciándoles el Evangelio del Señor Jesús» (Hch 11,20). Los cristianos no se movían en círculos especiales, ni esperaban llegar a lugares idóneos para anunciar la Vida y la Libertad que habían recibido. Cada uno compartía su fe con naturalidad, en el ambiente que le era más cercano, con las personas que Dios ponía en su camino. Como Felipe con el etíope que volvía de Jerusalén, como el matrimonio de Aquila y Priscila con el joven Apolo (cfr. Hch 8,26-40; 18,24-26). El Amor de Dios que llenaba su corazón les llevaba a preocuparse por todas esas personas, compartiendo con ellas aquel tesoro «que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban»[1]. Si partimos de la cercanía con Dios, podremos dirigirnos a quienes nos son más cercanos para compartir lo que vivimos. Más aún, querremos acercarnos a más y más gente, para compartir con ellos la Vida nueva que el Señor nos da. De este modo, ahora como entonces, podrá decirse que «la mano del Señor estaba con ellos y un gran número creyó y se convirtió al Señor» (Hch, 11,21).

Una segunda idea que podemos considerar a la luz de la historia es que, más que por una acción estructural y organizada, la Iglesia crecía —y crece— por medio de la caridad de sus fieles. La estructura y la organización llegarían más tarde, precisamente como fruto de esa caridad y al servicio de ella. En la historia de la Obra hemos visto algo similar. Quienes primero siguieron a San Josemaría querían a los demás con un cariño sincero, y ese era el ambiente en que el mensaje de Dios se fue abriendo camino. Como se cuenta de la primera Residencia: «“Los de Luchana 33” eran amigos unidos por el mismo espíritu cristiano que transmitía el Padre. Por eso, quien se encontró a gusto en el ambiente formado en torno a don José María y a las personas que estaban junto a él, regresó. De hecho, si al piso de Luchana se acudía por invitación, en cambio se permanecía por amistad»[2].

Nos hace bien recordar estos aspectos de la historia de la Iglesia y de la Obra cuando, con el crecimiento que han tenido a lo largo de los años, existe el riesgo de que confiemos más en las obras de apostolado, que en la labor que puede hacer cada una o cada uno. El Padre ha querido recordárnoslo últimamente: «Las circunstancias actuales de la evangelización hacen aún más necesario, si cabe, dar prioridad al trato personal, a este aspecto relacional que está en el centro del modo de hacer apostolado que san Josemaría encontró en los relatos evangélicos»[3].

LOS CRISTIANOS NO SE MOVÍAN EN CÍRCULOS ESPECIALES PARA ANUNCIAR LA VIDA Y LA LIBERTAD RECIBIDAS

En realidad, es natural que sea así. Si el dinamismo propio del apostolado es la caridad que es don de Dios, «en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor»[4]. La amistad es amor y, para un hijo de Dios, es auténtica caridad. Por eso, no se trata de procurar tener amigos para hacer apostolado, sino que amistad y apostolado son manifestaciones de un mismo amor. Más aún, «la amistad misma es apostolado; la amistad misma es un diálogo, en el que damos y recibimos luz; en el que surgen proyectos, en un mutuo abrirse horizontes; en el que nos alegramos por lo bueno y nos apoyamos en lo difícil; en el que lo pasamos bien, porque Dios nos quiere contentos»[5]. No está de más que nos preguntemos: ¿cómo cuido a mis amigos?, ¿comparto con ellos la alegría que procede de saber lo mucho que le importo a Dios? Y, por otra parte, ¿procuro llegar a más gente, a personas que quizá nunca han conocido a un creyente, para acercarlas al Amor de Dios?

En las encrucijadas del mundo

«Porque si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, pues es un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no evangelizara!» (1Co 9,16). Estas palabras de san Pablo son un reclamo continuo para la Iglesia. De igual modo, su conciencia de haber sido llamado por Dios para una misión es un modelo siempre actual: «Si lo hiciera por propia iniciativa, tendría recompensa; pero si lo hago por mandato, cumplo una misión encomendada» (1Co 9,17). El apóstol de las gentes era consciente de haber sido llamado para llevar el nombre de Jesucristo «ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel» (Hch 9,15), y por eso tenía una santa urgencia por llegar a todos ellos.

Cuando, en su segundo viaje, el Espíritu Santo le condujo a Grecia, el corazón de Pablo se dilataba y se encendía a medida que percibía la sed de Dios a su alrededor. En Atenas, mientras esperaba a sus compañeros, que se habían quedado en Berea, cuenta san Lucas que «se consumía en su interior al ver la ciudad llena de ídolos» (Hch 17,16). Se dirigió en primer lugar –como solía– a la Sinagoga. Pero le pareció poco, y en cuanto pudo fue también al Ágora, hasta que los mismos atenienses le pidieron que se dirigiera a todos para exponer «esa doctrina nueva de la que hablas» (Hch 17,19). Y así, en el Areópago de Atenas, donde se daban encuentro las corrientes de pensamiento más actuales e influyentes, Pablo anunció el nombre de Jesucristo.

Como el apóstol, también nosotros «estamos llamados a contribuir, con iniciativa y espontaneidad, a mejorar el mundo y la cultura de nuestro tiempo, de modo que se abran a los planes de Dios para la humanidad: cogitationes cordis eius, los proyectos de su corazón, que se mantienen de generación en generación (Sal 33 [32], 11)»[6]. Es natural que en muchos fieles cristianos nazca el deseo de llegar a aquellos lugares que «tienen gran incidencia para la configuración futura de la sociedad»[7]. Hace dos mil años, eran Atenas y Roma. Hoy, ¿cuáles son esos lugares? ¿Hay en ellos cristianos que puedan ser en ellos «el buen olor de Cristo» (2Co 2,15)? Y nosotros, ¿no podríamos hacer algo por acercarnos a aquellos lugares, que a menudo no son ya ni siquiera lugares físicos? Pensemos en los grandes espacios en que muchas personas toman decisiones importantes, vitales para su vida… pero pensemos también en esos mismos centros de nuestra ciudad, de nuestro barrio, de nuestro lugar de trabajo. Cuánto puede hacer, en esos lugares, la presencia de quien promueve una visión más justa y solidaria del ser humano, que no distingue entre ricos o pobres, sanos o enfermos, locales o extranjeros, etc.

Bien pensado, todo esto forma parte de la misión propia de los fieles laicos en la Iglesia. Como propuso el Concilio Vaticano II, ellos «son llamados por Dios para contribuir, desde dentro a modo de fermento, a la santificación del mundo mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y así manifiestan a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad»[8]. Esa llamada, común a todos los fieles laicos, se concreta de modo particular en quienes hemos recibido la vocación al Opus Dei. San Josemaría describía el apostolado de sus hijas e hijos como «una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad»[9]. Los veía preocupados de «llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña»[10], poniéndole, con su trabajo, «en la cumbre de todas las actividades de la tierra»[11].

«LA AMISTAD MISMA ES APOSTOLADO; LA AMISTAD MISMA ES UN DIÁLOGO, EN EL QUE DAMOS Y RECIBIMOS LUZ; EN EL QUE SURGEN PROYECTOS, EN UN MUTUO ABRIRSE HORIZONTES» (F. OCÁRIZ)

Con el deseo de mantener vivo ese rasgo constitutivo de la Obra, el Padre nos animaba, en su primera carta como prelado, a «promover en todos una gran ilusión profesional: a los que todavía son estudiantes y han de albergar grandes deseos de construir la sociedad, y a los que ejercen una profesión; conviene que, con rectitud de intención, fomenten la santa ambición de llegar lejos y de dejar huella»[12]. No se trata de «estar a la última» por un prurito de originalidad, sino de tomar conciencia de que, para los fieles del Opus Dei, «el estar al día, el comprender el mundo moderno, es algo natural e instintivo, porque son ellos junto con los demás ciudadanos, iguales a ellos los que hacen nacer ese mundo y le dan su modernidad»[13]. Es una hermosa tarea, que exige de nosotros un constante empeño por salir de nuestro pequeño mundo y levantar los ojos al horizonte inmenso de la Salvación: ¡el mundo entero espera la presencia vivificante de los cristianos! Nosotros, en cambio, «¡cuántas veces nos sentimos tironeados a quedarnos en la comodidad de la orilla! Pero el Señor nos llama para navegar mar adentro y arrojar las redes en aguas más profundas (cfr. Lc 5,4). Nos invita a gastar nuestra vida en su servicio. Aferrados a él nos animamos a poner todos nuestros carismas al servicio de los otros. Ojalá nos sintamos apremiados por su amor (cfr. 2Co 5,14) y podamos decir con san Pablo: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1Co 9,16)»[14].

Disponibilidad para hacer la Obra

Junto el deseo de llevar la Salvación a muchas personas, está en el corazón del apóstol «el desvelo por todas las iglesias» (cfr. 2Co 11,28). Necesidades en la Iglesia ha habido desde el principio: el libro de los Hechos cuenta cómo Bernabé «tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles» (Hch 4,37); san Pablo recuerda en muchas de sus cartas la colecta que estaba preparando para los cristianos de Jerusalén. La Obra no ha sido, tampoco en este punto, una excepción. Apenas una semana después de llegar por primera vez a Roma, el 30 de junio de 1946, San Josemaría escribía por carta a los miembros del Consejo General, que estaba entonces en Madrid: «Yo pienso ir a Madrid cuanto antes y volver a Roma. Es necesario —¡Ricardo![15]— preparar seiscientas mil pesetas, también con toda urgencia. Esto, con nuestros grandes apuros económicos, parece cosa de locos. Sin embargo, es imprescindible adquirir casa aquí»[16]. Las necesidades económicas en relación con las casas de Roma no habían hecho más que empezar, y, como los primeros cristianos, todos en la Obra las veían como algo muy propio. En los últimos años, don Javier solía contar con emoción la historia de los dos sacerdotes que llegaron a Uruguay para comenzar la labor del Opus Dei. Después de un tiempo en el país, recibieron un donativo importante, que les hubiera sacado del apuro en que se encontraban. Sin embargo, no dudaron un momento en enviarlo enteramente para las casas de Roma.

Las necesidades materiales no terminaron en vida de san Josemaría, sino que permanecen –y permanecerán– siempre. Gracias a Dios, las labores se multiplican por todo el mundo, y además hay que pensar en el mantenimiento de las que existen ya. Por eso, es igualmente importante que se mantenga vivo el común sentido de responsabilidad ante esas necesidades. Como nos recuerda el Padre, «nuestro amor a la Iglesia nos moverá a procurar recursos para el desarrollo de las labores apostólicas»[17]. No es cuestión solamente de que pongamos de nuestra parte, sino sobre todo de que ese esfuerzo nazca del amor que tenemos a la Obra.

Lo mismo se podría decir de otra manifestación maravillosa de nuestra fe en el origen divino de la propia llamada a hacer el Opus Dei en la tierra. Conocemos bien la alegría que le daba a san Josemaría la entrega alegre que veía en sus hijas y en sus hijos. En una de sus últimas cartas, agradeció al Señor que hubieran vivido una «total disponibilidad dentro de los deberes de su estado personal, en el mundo para el servicio de Dios en la Obra»[18]. Los momentos de incertidumbre y contestación que se vivían en la Iglesia y en el mundo hacían brillar con una luz muy especial esa entrega generosa: «jóvenes y menos jóvenes, han ido de acá para allá con la mayor naturalidad, o han perseverado fieles y sin cansancio en el mismo lugar; han cambiado de ambiente si se necesitaba, han suspendido un trabajo y han puesto su esfuerzo en una labor distinta que interesaba más por motivos apostólicos; han aprendido cosas nuevas, han aceptado gustosamente ocultarse y desaparecer, dejando paso a otros: subir y bajar»[19].

En efecto, aunque la labor principal de la Obra sea el apostolado personal de cada uno de sus fieles[20], no hay que olvidar que promueve también, de modo corporativo, algunas actividades sociales, educativas y benéficas. Son manifestaciones distintas del mismo amor ardiente que Dios ha puesto en nuestros corazones. Además, la formación que da la Obra requiere «una cierta estructura»[21], reducida pero imprescindible. El mismo sentido de misión que nos lleva a acercarnos a muchas personas, y a procurar ser levadura en los centros de decisión de la vida humana, mantiene en nosotros una sana preocupación por estas necesidades de toda Obra.

Muchos fieles del Opus Dei –célibes y casados– trabajan en labores apostólicas de muy distinto tipo. Algunos se ocupan de las tareas de formación y gobierno de la Obra. Aunque no constituyen la esencia de su vocación, estar abierto a esos encargos forma parte de su modo concreto de ser Opus Dei. Por eso el Padre les anima a tener, junto una «gran ilusión profesional», «una disponibilidad activa y generosa para dedicarse cuando sea preciso, con esa misma ilusión profesional, a las tareas de formación y gobierno»[22]. No se trata de aceptar esas tareas como un encargo impuesto, que nada tiene que ver con la propia vida. Al contrario, es algo que nace de la conciencia de haber sido llamados por Dios para una tarea grande y, como san Pablo, de querer hacerse «siervo de todos para ganar a cuantos más pueda» (1Co 9,19). Esas tareas son, de hecho, una «labor profesional, que exige una específica y cuidadosa capacitación»[23]. Por eso, cuando se aceptan encargos de este tipo se reciben con sentido de misión, para vivirlos con el deseo de aportar cada uno su granito de arena. Y por la misma razón, no les deben sacar del mundo, sino que, en su caso, serán el modo en que permanezcan en medio del mundo, reconciliándolo con Dios, y el quicio en torno al cual gire su santificación.

En la primera Iglesia, los discípulos tenían «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). Vivían pendientes unos de otros, con una encantadora fraternidad: «¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase de dolor? (2Co 11,29). Desde el lugar en que habían encontrado la alegría del Evangelio, llenaban el mundo de luz. Todos sentían la preocupación de acercar a muchas personas a la Salvación cristiana. Todos deseaban colaborar en la labor de los apóstoles: con su propia vida entregada, con su hospitalidad, con ayudas materiales, o poniéndose a su servicio, como los compañeros de viaje de Pablo. No es un cuadro del pasado, sino una maravillosa realidad, que vemos encarnada en la Iglesia y en la Obra, y que estamos llamados a encarnar hoy, con toda la actualidad de nuestra libre correspondencia al don de Dios.

Lucas Buch


[1] Papa Francisco, Ex. Ap. Gaudete et Exultate, 19-III-2018, n. 131.

[2] J. L. González Gullón, DYA –La Academia y Residencia en la historia del Opus Dei (1933-1939), Rialp, Madrid, p. 196.

[3] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 9.

[4] San Josemaría, Forja, n. 565.

[5] F. Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 14.

[6] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[7] Ibíd., n. 29.

[8] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[9] San Josemaría, Instrucción, 19-III-1934, n. 42.

[10] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 105.

[11] Ibíd., n. 183.

[12] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[13] San Josemaría, Conversaciones, n. 26.

[14] Papa Francisco, Ex. Ap. Gaudete et Exultate, 19-III-2018, n. 130.

[15] Ricardo Fernández Vallespín era entonces el Administrador General de la Obra y, por tanto, quien tenía el encargo de velar por las necesidades económicas.

[16] A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. III, Rialp, Madrid, p. 45.

[17] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[18] San Josemaría, Carta 14-II-1974, n. 5.

[19] Ídem.

[20] San Josemaría, Conversaciones, n. 51.

[21] Ibíd., n. 63.

[22] F. Ocáriz, Carta 14-II-17, n. 8.

[23] San Josemaría, Carta 29-IX-1957, n. 9.

 

 

Iglesia y Nueva Evangelización

 

 

Cordero de Dios

Posted: 24 Jan 2020 09:43 AM PST

Hermanos Van Eyck, "El cordero místico" (1432, detalle),

Altar de Gante, Bélgica

El “tiempo ordinario” se introduce, en la liturgia católica, mediante la presentación del Bautismo de Jesús. Esta fiesta –situada al final del tiempo de Navidad– se prolonga en la semana siguiente con la figura del “Cordero de Dios”, como Juan Bautista le denomina ante sus discípulos.

Podemos escoger tres cuadros que nos presentan esta figura de Jesús como cordero manso y apacible que lleva a cabo la obra redentora, ofreciéndose en una entrega generosa por la salvación de cada persona y del mundo. En esa perspectiva la fe cristiana ayuda a encontrar un sentido al dolor, incluso al sufrimiento inocente.
 

Hermanos Van Eyck, El cordero místico, Gante (1432)

 

        1. “El cordero místico” del políptico de Gante, de los hermanos Van Eyck (1432), representa un altar en el centro de una gran campiña. Sobre el se yergue un cordero que mira de frente con un rostro casi humano, mientras sangra sobre un cáliz. Representa al “cordero pascual”, Cristo, que sangra por su corazón abierto en la Cruz, para llenar el cáliz de su obediencia amorosa a la voluntad del Padre y por tanto al plan de la Trinidad para salvar a los hombres.

En cada Misa se recogen, antes de la comunión, las palabras de Juan Bautista: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Jesús instituyó la Eucaristía en el contexto de una cena pascual, donde se conmemoraba la liberación de la esclavitud de Egipto por medio de la sangre de un cordero. Jesús es el verdadero “cordero pascual” que nos ha librado de la esclavitud del pecado y de sus consecuencias. Por eso, el cordero sobre el altar representa aquí el hecho de que la Eucaristía es el centro de la vida cristiana y de la Iglesia.

Arriba, sobre el altar, se sitúa el Espíritu Santo en forma de paloma, cuyos rayos iluminan y vivifican toda la escena. Ante el altar encontramos una fuente: la fuente de la vida, que significa, según la Sagrada Escritura, la acción misma de Dios y de su gracia para los hombres. A los lados del altar se sitúan catorce ángeles, algunos muestran objetos relacionados con la pasión de Cristo: la cruz, la columna de la flagelación, la corona de espinas, la lanza que le traspasó. la esponja empapada en vinagre que le dieron a beber. Al fondo se dibujan una o varias ciudades (quizá alguna de ellas podría ser Utrecht, por su campanario), como evocando la Iglesia, ciudad de Dios o nueva Jerusalén, que se edifica misteriosamente en la historia a la vez que la trasciende.

Abajo a la izquierda puede verse un grupo de judíos, leyendo las Sagradas Escrituras. Detrás, un grupo de paganos, entre ellos Virgilio, poeta romano, con su túnica blanca. A la derecha está representada la Iglesia Católica: delante los apóstoles y detrás, otro, santos y mártires (entre ellos se puede distinguir a san Esteban) y Papas.

Arriba, a izquierda y derecha del altar, se sitúan los mártires y las vírgenes con las palmas de la victoria.
 

M. Grünewald, Crucifixión (1512-1516), Retablo de Isenheim (Francia)

2. En “la crucifixión” de M. Grünewald (1512-1516) aparece Cristo totalmente cubierto por bubones de peste, la misma enfermedad que tenían muchos de los contemplaban aquel retablo de Isenheim, a fines de la Edad Media.

“En su propia cruz –interpreta Joseph Ratzinger– experimentaban la presencia del Crucificado y se sabían incluidos a través de su aflicción en Cristo y, por ende, en el abismo de la eterna misericordia. La cruz de Cristo la experimentaban como su salvación” (El Credo hoy, Santander 2013).

A la izquierda del Crucificado, el apóstol san Juan consuela a la Virgen Madre, mientras María Magdalena, de rodillas, extiende sus brazos y sus manos juntas en oración. A la derecha, san Juan Bautista sostiene, en una mano, las Escrituras abiertas. Y dirige hacia Cristo el dedo índice de la otra mano, al lado de un texto que recoge las palabras: “Conviene que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30). A los pies del Bautista, un pequeño corderillo sostiene una pequeña cruz, mientras sangra sobre un cáliz.

 

F. de Zurbarán, Agnus Dei (1635-1640)

3. El “Agnus Dei” (Cordero de Dios” de F. de Zurbarán (1635-1640) ofrece, sobre fondo oscuro, un primer plano de un corderillo, recostado sobre una superficie plana y todavía vivo, con sus patas atadas y preparado para ir al matadero (cf. Is 53, 7). Es la viva imagen de la mansedumbre.

Sobre Jesús, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, ha dicho el Papa Francisco:

“Detengámonos en el Evangelio, quizá incluso contemplando una imagen de Cristo, un “Rostro santo”. Contemplemos con los ojos y más aún con el corazón; y dejémonos instruir por el Espíritu Santo, que por dentro nos dice: ¡Es Él! Es el Hijo de Dios hecho cordero, inmolado por amor. Él, solo Él ha cargado, solo Él ha sufrido, ha expiado el pecado de cada uno de nosotros, el pecado del mundo, y también mis pecados. Todos. Los cargó todos sobre Él y nos los quitó a nosotros, para que finalmente fuésemos libres, y nunca más esclavos del mal. Sí, aún somos pobres pecadores, pero no esclavos, no, no esclavos: hijos, ¡hijos de Dios!” (Angelus, 19-I-2020).

El sufrimiento inocente

4. Seis siglos antes de Cristo, en los Cantos del "Siervo sufriente", del profeta Isaías, estaba profetizado el sufrimiento de Jesús por la salvación de los hombres.

Cristo nos ha redimido con su inocencia y mansedumbre, con su humildad y su servicio. Él, que es el más inocente de los “hijos de los hombres” y al mismo tiempo Dios verdadero hecho carne por nosotros, ha tomado sobre sí –también como cabeza de la Iglesia, su Cuerpo místico, y del género humano–, todas nuestras culpas y todos nuestros dolores.

También asume Cristo el sufrimiento de los inocentes y la gran pregunta por su sentido, tal como aparece, por ejemplo, en el libro de Job, o como la formula Dostoiewsky (en Los hermanos Karamazov), o como se plantea modernamente “después de Auschwitz”.

Escribe Raniero Cantalamessa: “Jesús no ha venido a darnos doctas explicaciones sobre el dolor, sino que ha venido a asumirlo silenciosamente sobre sí”.

Por eso, ante el dolor inocente la actitud de un cristiano –como con frecuencia dice el Papa Francisco– debe ser básicamente la de toda persona, frente a lo que puede aparecer como un dramático sinsentido: el acompañamiento, quizá el llanto, el silencio ante el misterio. Pero también la oración.

Como señala Cantalamessa, el dolor inocente es un tipo de sufrimiento que nos acerca especialmente a Dios. Así es, en la perspectiva cristiana: “Solo Dios, en efecto, sufre y sufre en sentido absoluto como inocente”. Él es el cordero “sin tacha y sin mancilla” (1 Pe 1, 19) que, sin haber cometido ninguna culpa, ha llevado sobre sí la pena de todas las culpas.

“Jesús –añade el mismo autor– no ha dado sólo un sentido al dolor inocente, le ha conferido igualmente un poder nuevo, una misteriosa fecundidad”. Porque todo dolor inocente se une al de Cristo y recibe de Él la capacidad de engendrar esperanza y Vida.

En relación con el sufrimiento, decía Viktor Frankl que lo mejor no es preguntarse “por qué” (¿por qué yo, por qué a mí?) sino “para qué”. En la misma línea se situaba –ya en la perspectiva cristiana– san Juan Pablo II, cuando señalaba que lo importante es preguntarse “qué nace del sufrimiento”.

En una ocasión le presentaron a Jesús un muchacho ciego de nacimiento, preguntándole:

“Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?”. Y respondió Jesús: “Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Jn 9, 2-3).

El sufrimiento inocente se puede enfocar como una participación en los sufrimientos de Cristo (cf. Rm 8, 17), en solidaridad con todos los males y todos los dolores del mundo, y nos permite también asociarnos con Él en la gloria de su resurrección.

En suma, es inútil intentar “explicar” el sufrimiento inocente. Pero la fe nos da esta "pequeña luz”: el inocente que sufre es signo y como “sacramento” del Amor de Dios y de su misterioso poder para quitar los males del mundo. Ciertamente, de una manera que nosotros no podemos comprender del todo.

Pero sí podemos –propone Cantalamessa– hacer algo más. De entrada, no acrecentar ese sufrimiento, convirtiéndonos en “lobos” (como el de la fábula del cordero y el lobo), símbolo de debilidad y villanía.

Podemos aconsejar a los inocentes que no se acerquen a los lobos ni dialoguen con ellos.

Podemos animar a los jóvenes que escojan bien sus héroes y modelos, y defenderlos sobre todo de aquellos lobos que se les acercan disfrazados con piel de ovejas.

En cambio, el Buen Pastor es Aquél que da la vida por sus ovejas (Jn, 10, 11), el pastor que se ha hecho cordero.

También podemos intentar quitar el dolor o al menos disminuirlo. Refiere este autor el caso de alguien que, ante una niñita que tiritaba de frío y de hambre, se enfrentaba con Dios, diciéndole: “¡Haz algo!” Y que entendió que se le respondía: “Ya he hecho algo, te he hecho a tí”.

Además debemos evitar el dolor innecesario a los animales y el daño injustificado a otros seres vivos e incluso a todo ser creado. Y reavivar nuestro compromiso ecológico como cristianos, pues la creación entera sufre esperando la manifestación de la libertad de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 22 ss).

 

 

Comentario al Evangelio: Pescadores de hombres

Evangelio del Domingo 3º del Tiempo Ordinario (Ciclo A) y comentario al evangelio de la Misa.

VIDA CRISTIANA

Opus Dei - Comentario al Evangelio: Pescadores de hombres

Evangelio (Mt 4,12-23)

Cuando oyó que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret se fue a vivir a Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:

Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí

en el camino del mar,

al otro lado del Jordán,

la Galilea de los gentiles,

el pueblo que yacía en tinieblas

ha visto una gran luz;

para los que yacían en región

y sombra de muerte

una luz ha amanecido.

Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir:

— Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos.

Mientras caminaba junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo:

— Seguidme y os haré pescadores de hombres.

Ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron.

Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia del pueblo.


Comentario

Desde los primeros momentos de su vida pública, Jesús se instaló en Cafarnaún, una población situada en zona fronteriza, junto al camino que unía Galilea con la tetrarquía gobernada por Filipo. Era un lugar lleno de actividad en donde confluían judíos y paganos, gentes de toda procedencia. Allí, en la “Galilea de los gentiles”, se comenzaba a ver “una gran luz” (vv. 15-16), ya que Jesús venía a traer la salvación a todos. En este pasaje del Evangelio, en el que Mateo nos presenta los primeros pasos del Maestro, se sintetizan tres rasgos fundamentales de su actividad.

Primero, se presenta un resumen del contenido esencial de su predicación: “Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos” (v. 17). La conversión supone un cambio de orientación. Implica un apartamiento del pecado para mirar derechamente hacia la meta a la que todos estamos llamados, que es la bienaventuranza en el reino de los Cielos. Pero también, una actitud de inconformismo en lo que se viene haciendo rutinariamente, pero se puede hacer mejor, o que rinda más frutos. Cuando se escucha a Jesús, algo comienza a cambiar en la propia vida. Así lo experimentaron Pedro y Andrés, Santiago y Juan.

En segundo lugar, con la invitación a su seguimiento de quienes serían sus primeros discípulos (vv. 18-22), pone en marcha a su Iglesia, apoyada en unos hombres sencillos y corrientes a los que constituiría en Apóstoles. De ellos y de sus sucesores se servirá para actualizar continuamente la llamada universal a la conversión y a la penitencia que abre camino al Reino de los Cielos.

Aquellos hombres estaban afanados en su faena diaria, eran pescadores, cuando Jesús les abrió unos horizontes insospechados y ellos lo siguieron con prontitud. Hasta ahora su trabajo consistía en echar las redes, lavarlas, arreglarlas para mantenerlas siempre a punto, vender el pescado… Pero el Señor les hace ver que, sin dejar su profesión, ahora les espera otra pesca. Su gran aventura comenzó con un sencillo encuentro, aparentemente casual. Desde el momento en que se abrieron a Jesús y fueron generosos para cambiar de rutinas y emprender su seguimiento, también ellos comenzaron a tener un conocimiento directo del Maestro. No los estaba llamando a ser meros anunciadores de una doctrina, sino amigos íntimos y testigos de su persona. Con ese anzuelo, en adelante serían “pescadores de hombres” (v. 19).

La escena se repite en la vida de cada uno de nosotros, si, como aquellos hombres, escuchamos su llamada y nos decidimos a seguirlo sin condiciones. También se nos abre una nueva dimensión, maravillosa, divina, que llena de contenido y sentido toda nuestra existencia. “Hijos míos -decía san Josemaría-, seguir a Cristo –‘venite post me et faciam vos fieri piscatores hominum’ (Mt 4,19) – es nuestra vocación. Y seguirle tan de cerca que vivamos con El, como los primeros Doce; tan de cerca que nos identifiquemos con El, que vivamos su Vida, hasta que llegue el momento, cuando no hemos puesto obstáculos, en el que podamos decir con San Pablo: ‘No vivo yo, sino que Cristo vive en mí’ (Ga 2,20)”[1].

En tercer lugar, Mateo deja claro que Jesús es algo más que un gran maestro, ya que va “curando toda enfermedad y dolencia del pueblo” (v. 23). Es redentor del hombre en todas las dimensiones de su vida, puesto que salva a la vez que enseña. “El señorío de Dios se manifiesta entonces -comentaba Benedicto XVI- en la curación integral del hombre. De este modo Jesús quiere revelar el rostro del verdadero Dios, el Dios cercano, lleno de misericordia hacia todo ser humano; el Dios que nos da la vida en abundancia, su misma vida”[2].


[1] San Josemaría, En diálogo con el Señor, “Vivir para la gloria de Dios”, 1b.

[2] Benedicto XVI, Ángelus, 27 de enero de 2008

 

 

III domingo del tiempo ordinario.

Mt 4, 12-23

 

Cafarnaúm junto al lago.

 

Mateo el evangelio eclesial de la comunidad nos presenta a Jesús que instruye a sus discípulos por los caminos y que se retira a vivir a Cafarnaúm junto al lago Tiberiades, una de las diez ciudades que circundan el lago. Desde aquí va a desarrollar lo que algunos teólogos llaman la primavera en la vida del ministerio de Jesús. Todo lo envuelve la belleza de amaneceres y atardeceres y muchedumbres que siguen a Jesús en esa primavera de su predicación cautivadora.

 

1.     Se retira y desde Cafarnaúm como un retiro espiritual familiar, en la casa de Pedro, Jesús va a escribir unas páginas sobre el Reino de Dios donde no falta nada, donde no sobra nadie y desde donde se evangeliza a los pobres, a los enfermos, a los que viven en todas las periferias e intemperies de la humanidad. Hace suyo el lago y su gente. Predica desde el monte al llano, y llama felices a los pobres y a los que lloran, a los que se juegan la vida por la paz, y por la siembra de la justicia.

 

2.     Sera un tiempo lleno de silencio orante y de multitudes hambrientas. De una soledad cubierta de presencia y no de aullidos. Donde Jesús es capaz de sintonizar emocionándose ante tanto sufrimiento en los caminos polvorientos de la vida. Ha venido no para quedarse, sino para desde aquí iniciar después el ascenso hacia Jerusalén, donde culmina su entrega con su muerte y resurrección. No hay más que amor derramado y vida entregada. Nos enseña a vivir la unidad por dentro para servir por fuera. No se le ve fragmentado, sino entregado desde su profunda oración que da unidad y armonía a todo su trabajo redentor.

 

3.     La vida de Jesús junto al lago la va a seguir narrando Mateo como una vida plena donde se armonizar oración y camino. Una prodigiosa actividad y un descanso en las extrañas de Padre. Todo desde su llamada más profunda a la conversión, a cambiar la vida y el Corazón, para vivir con los sentimientos del Corazón de Cristo. Y en medio de todo, un Jesús que no para hasta alcanzar la oveja perdida. Que conoce la calma y la tempestad en el lago de la vida. Y en medio de todo, da de comer y beber a los sedientos, a una multitud que estaba como ovejas sin pastor.

 

+ Francisco Cerro Chaves. Arzobispo electo de Toledo

Administrador Apostólico de Coria-Cáceres.

 

CRECER EN AMISTAD CON JESÚS CON LA LECTURA MEDITADA DE LA SAGRADA ESCRITURA

 

Emprendemos un nuevo año. Es momento de retomar propósitos que nos acerquen a Jesús. Gracias a Dios, la vida cristiana es sencilla y concreta; que no es lo mismo que sea fácil o que haya recetas mágicas. Lo recordaba san Juan Pablo II al comenzar el siglo XXI. Se hacía la pregunta que los recién convertidos, a consecuencia de la Pentecostés, plantearon a Pedro en Jerusalén: “¿Qué hemos de hacer, hermanos?” (Hechos 2, 37). La respuesta es la que Jesús inauguró con su vida en la tierra, porque Cristo vive y nos acompaña en el camino. “Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste” (Al comienzo del nuevo milenio n. 29).

 

En esta estela discurre la predicación del Papa Francisco. “No me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Dios es caridad n. 1)” (La Alegría del Evangelio n. 7). Esa es la experiencia que cambia la vida y nos llena de alegría: encontrar, tratar y querer a Jesucristo; enamorarse de Él, ser como Él. En ese propósito contamos con el Espíritu Santo: es el escultor de Jesús en nosotros. Se lo recordaba el Papa a los jóvenes: “El Espíritu Santo llena el corazón de Cristo resucitado y desde allí se derrama en tu vida como un manantial. (…) te hace entrar cada vez más en el corazón de Cristo para que te llenes siempre más de su amor, de su luz y de su fuerza” (Chritus vivit n. 130).

 

Para lograr este objetivo, un medio imprescindible es la lectura meditada de la Sagrada Escritura, en especial los Evangelios. “San Jerónimo escribió con verdad: «La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo»” (Francisco, carta apostólica Aperuit illis n. 1). El Papa ha querido subrayarlo instituyendo el Domingo de la Palabra de Dios. Con ocasión de esta novedad en la vida de la Iglesia quería exponer algunas ideas en relación con la lectura diaria de la Biblia, que nos ayuden a crecer en amistad con Jesús.

 

El Domingo de la Palabra de Dios

 

Con fecha de 30 de septiembre de 2019, memoria litúrgica de San Jerónimo (traductor de la Biblia en griego y en hebreo al latín en el siglo IV, llamada Vulgata), el Papa firmó la carta apostólica Aperuit illis, que se publicó el pasado 21 de diciembre (http://w2.vatican.va/content/francesco/es/motu_proprio/documents/papa-francesco-motu-proprio-20191221_decano-collegio-cardinalizio.html). Con este escrito, Francisco establece “que el III Domingo del Tiempo Ordinario esté dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios” (Aperuit illis n. 3). Este año será el próximo 26 de enero. Esta iniciativa maduró en la mente del Papa al menos en el Año de la Misericordia (cfr. Aperuit illis n. 2). En su carta Misericordia et misera (20.11.16), que recogía las conclusiones de ese periodo, pidió: “Sería oportuno que cada comunidad, en un domingo del Año litúrgico, renovase su compromiso en favor de la difusión, conocimiento y profundización de la Sagrada Escritura: un domingo dedicado enteramente a la Palabra de Dios para comprender la inagotable riqueza que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo” (n.7).

 

Francisco ha elegido esta fecha del Año litúrgico porque coincide con otra costumbre de la Iglesia: el Octavario de oración por la unidad de los cristianos (cfr. Aperuit illis n. 3). Del 18 al 25 de enero, fiesta de la conversión de san Pablo, la Iglesia Católica, con la mayoría de las Iglesias Apostólicas y Reformadas, además de numerosas comunidades cristianas derivadas de ellas, suplica a Dios Trino y Uno que se restituya la unidad del Cuerpo Místico de Cristo.

 

“El día dedicado a la Biblia no ha de ser “una vez al año”, sino una vez para todo el año, porque nos urge la necesidad de tener familiaridad e intimidad con la Sagrada Escritura y con el Resucitado” (Aperuit illis n. 8), nos recuerda el Papa. En repetidas ocasiones, Francisco nos anima a tener a mano los Evangelios y leerlos a diario. “Jesucristo llama a nuestra puerta a través de la Sagrada Escritura; si escuchamos y abrimos la puerta de la mente y del corazón, entonces entra en nuestra vida y se queda con nosotros” (Aperuit illis n. 8). De esa presencia de Jesús en nuestra vida depende nuestra felicidad.

 

¿Qué persona ha influido más en tu vida?

 

A esta pregunta, los cristianos deberíamos contestar sin dudar: Jesucristo. Pero, en nuestro caso, ¿podemos? ¿conocemos y amamos cada día más, mejor, a Jesús? ¿reflejamos en nuestra conducta diaria al Señor? Las palabras de san Pablo: “para mí la vida es Cristo” (Filipenses 1, 21) ¿es una realidad que empapa nuestra existencia, llenándola de sentido? Ojalá que la amistad con Cristo sea nuestro leitmotiv, sea el motivo central recurrente de la obra de nuestra vida. “En Cristo, Dios nos ha bendecido verdaderamente y ha hecho «brillar su rostro sobre nosotros» (Salmo 67, 3). Al mismo tiempo, Dios y hombre como es, Cristo nos revela también el auténtico rostro del hombre, «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre» (C.Vat. II, Gaudium et spes n. 22)(Juan Pablo II, Al comienzo del nuevo milenio n. 23). Alcanzaremos nuestra mejor versión si acogemos su amistad.

 

Cristo es el mejor Amigo que tenemos. Nos lo ha dicho: “a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Juan 15, 15), y nos lo ha demostrado: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (ibíd 13). Jesús desea ardientemente nuestra amistad para amarnos y transformarnos en hijos queridos de su Padre Dios. “Nuestra alegría es Jesucristo, ¡su amor es fiel e inagotable! Por eso, cuando un cristiano se vuelve triste, quiere decir que se ha alejado de Jesús” (Francisco, Angelus 15.XII.13).

 

Jesús no se impone, respeta nuestra libertad, quiere contar con nosotros para hacernos felices. Al mismo tiempo, su dolor es inmenso cuando no le dejamos amarnos, cuando no atendemos su invitación; cuando rechazamos su amistad o le tratamos con indiferencia. “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (Juan 1, 11), ese es el escenario común en la vida de muchos. Este mundo triste, lleno de miedos, de incertidumbres, de odios, donde Dios parece ausente, necesita escuchar de nuevo la Buena Noticia que nos trae alegría. El auténtico secreto de los santos es la experiencia gozosa de la amistad de Jesús. No lo que han amado a Dios, sino ser conscientes de lo que Dios los ama y gustarlo. Ese torrente de amor es lo que les hizo santos. “Rezando «le abrimos la jugada» a Jesús, le damos lugar para que Él pueda actuar y pueda entrar y pueda vencer” (Francisco, Christus vivit n. 155).

 

La vía de la Sagrada Escritura: una práctica cristiana con solera

 

¿Cómo conocer a Jesús? ¿Dónde encontrarle? Al comenzar el milenio, Juan Pablo II recordaba la vía imprescindible de la Biblia. “La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de Jesucristo dice la Sagrada Escritura que, desde el principio hasta el final, está impregnada de este misterio, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo”. Ruta que se recorre con la ayuda del Autor de la Escritura, el Espíritu Santo: “Teniendo como fundamento la Escritura, nos abrimos a la acción del Espíritu (cf. Juan 15, 26), que es el origen de aquellos escritos”, y de la Iglesia: “y, a la vez, al testimonio de los Apóstoles (cf. ibíd 27), que tuvieron la experiencia viva de Cristo, la Palabra de vida, lo vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo tocaron con sus manos (cf. 1 Juan 1, 1)” (Al comienzo del nuevo milenio n. 17).

 

San Jerónimo, eminente estudioso de la Biblia del siglo IV, daba este consejo a la matrona romana Leta para la educación de su hija: “Asegúrate de que estudie cada día algún paso de la Escritura... Que la oración siga a la lectura, y la lectura a la oración... Que, en lugar de las joyas y los vestidos de seda, ame los Libros divinos” (cfr Benedicto XVI, Verbum Domini n. 72). Esta recomendación nos sirve ahora y siempre. Démosle la importancia que tiene. No es una cosa más a hacer… esperemos mucho de esos minutos con Jesús. Seamos “agradecidos por un don tan grande, con el compromiso de vivirlo cada día y la responsabilidad de testimoniarlo con coherencia” (Francisco, Aperuit illis n. 1).

 

San Ambrosio, santo del siglo IV, abundaba en esta práctica vivida desde el principio: “Recoge el agua de Cristo (…). Llena de esta agua tu interior, para que tu tierra quede bien humedecida (…); y una vez lleno, regarás a los demás” (Epístola 2, 4). Estas palabras me recordaban unas del Papa: “¿Y cuándo se hace árida nuestra vida? Cuando está sin el agua de la Palabra de Dios y de su Espíritu de amor” (Angelus 15.12.13). Por eso, leyendo cada día la Sagrada Escritura aseguramos el agua que convierte nuestra vida en un jardín. Este modo de proceder es fecundo. Tendremos, como sugería san Josemaría Escrivá, la vida de Cristo “en la cabeza y en el corazón, de modo que, en cualquier momento, sin necesidad de ningún libro, cerrando los ojos, podamos contemplarla como en una película; de forma que, en las diversas situaciones de nuestra conducta, acudan a la memoria las palabras y los hechos del Señor” (Es Cristo que pasa n. 107).

 

“Coger el son a Jesucristo”: leer con fe la Palabra de Dios

 

Contaba el sacerdote D. José Gil (fallecido en el año pasado) lo que le había sucedido con uno de los mejores toreros de todos los tiempos, Antonio Bienvenida. Le había recomendado leer a diario la vida del Señor. Al cabo de pocos días volvieron a verse para charlar, y se interesó por los resultados de su consejo: <¿Y qué tal?> –Mire, bien. Ya le voy cogiendo el son a Jesucristo”, le contestó. Con esta expresión taurina quería decir algo más que el simple “enterarse de”, hacía referencia a “entrar en ambiente”, “comprender”, “amar”, “dejarse influir”… tantas cosas y matices encierran esa expresión “coger el son”.

 

Tamara Falcó (hija de la modelo filipina Isabel Preysler y el marqués de Griñán, campeona de la 4ª edición del Masterchef Celebrity) se convirtió hace unos años. Lo relataba en una amplia entrevista (realizada por Jesús García, recogida en el libro “Estamos de vuelta”). Todo empezó en una librería: <Sentía una melancolía difícil de describir, una soledad en el corazón de la que nadie me podía sacar, en la que nadie podía consolarme. Era una sed de alegría, de felicidad por vivir, no por tener. Entonces me fui a La Casa del Libro y la Biblia fue el único libro que me llamó la atención>, confesaba la joven. Cuenta también que se fue sola al campo, a la casa de su padre, <nadie entendía que yo quisiese estar sola con mi oración, mi Biblia, yendo a Misa al pueblo. En esos días, por primera vez en mi vida, sentí la paz. Ahí descubrí, en esa soledad, buscando la compañía de Dios, que la paz está en Dios>. Y en la lectura de la Sagrada Escritura se encontró con Jesús y se hizo su amiga. En la Biblia está <escrito todo lo que me ha pasado a mí antes. Hasta ese momento yo había vivido mi vida sin libro de instrucciones, y eso es la Biblia; porque nos explica de dónde venimos, nuestro problema con el pecado, de dónde viene el dolor y nos cuenta también de dónde viene la alegría que ansiamos en nuestro corazón y cómo vivir hacia ella>. La alegría que descubrió Tamara Falcó en la Biblia se hace viva en un enamoramiento: <Yo estoy en la Iglesia porque me he enamorado de Cristo>. ¿Y qué enamora de Cristo a una joven como ella? También lo cuenta: <Cristo es mi amigo fiel. Es la proyección viva de lo que mi corazón aspira a ser. Es toda expresión de bondad que se pueda experimentar. No tira la primera piedra, cura a un enfermo aunque sea sábado y se tenga que enfrentar a la Ley, ama a Pedro pese a que le negó tres veces. Es el bien, es la paz, es la verdad. Aunque tú sigues teniendo tus miedos, tus heridas, a partir de Cristo sabes que todo se puede sanar, de verdad, y tener paz. Con Él comienzas a tener esperanza, a ver la Luz>. Y es que <cuando Dios te toca y descubres el amor, no hay corazón que se pueda resistir>.

 

Cuando leemos la Palabra de Dios estamos con Jesús y nos habla. “Cierto día estaba el Señor en casa de un fariseo llamado Simón. Y le interpeló Jesús: Simón, una cosa tengo que decirte” (Lucas 7, 40). Cristo vive y tiene siempre algo que decirnos, a cada uno en particular. Él es el Maestro. Fe, pues. Es una gracia que hemos de pedir al Espíritu Santo al ponernos a la escucha de la Palabra de Dios. Con motivo del Domingo de la Palabra de Dios, el Papa nos recuerda esta acción divina, tanto en la inspiración a los escritores de la Biblia, como a la Iglesia que enseña y a los cristianos: “es necesario tener fe en la acción del Espíritu Santo que sigue realizando una peculiar forma de inspiración cuando la Iglesia enseña la Sagrada Escritura, cuando el Magisterio de la Iglesia la interpreta auténticamente y cuando cada creyente hace de ella su propia norma espiritual” (Aperuit illis n. 10). Seamos conscientes de que “la palabra de Dios es viva y eficaz” (Hebreos 4, 12): nos conecta al plan de salvación de Dios, que tiene su cumplimiento en Cristo. “Todo está dirigido a esta finalidad inscrita en la naturaleza misma de la Biblia, que está compuesta como historia de salvación en la que Dios habla y actúa para ir al encuentro de todos los hombres y salvarlos del mal y de la muerte” (Aperuit illis n. 9).

 

“Edificar nuestra vida sobre roca”: poner por obra la Palabra de Dios

 

En el sermón de la Montaña, Jesús relata la parábola del hombre prudente que edificó su casa sobre roca. ¿Cuál es esa roca? Las palabras del Hijo de Dios encarnado. En otra ocasión advertía: “Los cielos y la tierra pasarán, pero mi palabra no pasará jamás” (Lucas 21, 33). ¿Cuál es nuestro caso? Porque estamos expuestos a la tiranía del relativismo, que nos vende otros criterios. Es una tentación próxima elegir la arena: las cosas visibles y tangibles, el dinero, el éxito, la carrera profesional, el placer, el poder, la apariencia… cosas de segundo orden. En la parábola del hombre prudente, Jesús añade una condición a la escucha: “todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica” (Mateo 7, 24). Hay que poner por obra lo que nos dice.

 

Tasha Danvers-Smith consiguió la medalla de bronce de los 400 metros vallas femeninos, en los Juegos Olímpicos de Pekín (2008) registrando la mejor marca de toda su carrera. Tiene una historia: en el 2004 era la atleta inglesa con mejor marca, estaba convocada para los juegos de Atenas y tenía posibilidades reales de estar en el pódium. Tres meses antes de la competición, renunció a asistir: había descubierto que estaba embarazada de su marido, que a la vez era su entrenador. Todo le presionaba: amigos, ambiente… una gran seguridad económica (ella era la que aportaba más a casa), pero no abortó. En el Daily Telegraph de Londres declaró: <Para mí lo más grande en el mundo eran los juegos olímpicos de Atenas, pero en mi cabeza se repetía ese pasaje de las Sagradas Escrituras: ¿De qué nos sirve ganar el mundo si perdemos el alma? (ref. Mateo 16, 26)>. Como ella escuchemos la Palabra divina, y hagamos la voluntad de Dios, porque nos da la gana, fiados del amor que nos tiene. Es lo mejor que nos puede ocurrir.

 

Están de moda los deportes de riesgo: te ofrezco uno, leer las Sagradas Escrituras cada día. Se corre un riesgo, el riesgo de que nos acusen profundamente y nos digan cosas que no tenemos mucho interés en oír. Saltan las sorpresas y hay versículos que reclaman un cambio, una conversión. Es una condición para que haya fruto: el deseo auténtico de conversión. El deseo de que ese contacto nos convierta y desenmascaré lo que no va, el pecado, nuestras faltas, nuestras omisiones… No leemos la Sagrada Escritura para estar enterados, sino para ponerla en práctica. Es el caso de Iñigo López de Loyola. Fue herido en la pierna en el asedio de Pamplona por una bala francesa en mayo de 1521. Fue conducido a la casa familiar cerca de Azpeitia. Como escribió en su Autobiografía, en su convalecencia, pidió libros “porque era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suelen llamarse de caballerías, pidió que le diesen algunos dellos para pasar el tiempo”. Pero no había, su cuñada Magdalena en su ausencia había ocupado la alacena de libros con libros piadosos, de los que se valió Dios para su conversión, “más en aquella casa no se halló los que él solía leer, y así le dieron un Vita Christi y un libro de los Santos en romance”. Y leyendo estos libros “se paraba a pensar: ¿qué he hecho por Cristo? ¿y si yo hiciese esto que hizo San Francisco o Santo Domingo? Y así discurría por muchas cosas hallaba buenas… y cobrada no poca lumbre de aquesta lección, comenzó a pensar más de verás en su vida pasada y en cuanta necesidad tenía de hacer penitencia de ella”. Su cambio no fue fulminante, poco a poco esas lecturas le abrieron los ojos del alma hasta descubrir que Dios le amaba profundamente y le hablaba a su corazón como nunca antes lo había sentido. Contaba con 30 años. “Decidí buscar y hallar a Dios en todas las cosas para conocer su voluntad y cumplirla”.

 

Conclusión: aseguremos el alimento del alma

 

No dejemos pasar un día sin leer la Escritura, en especial los Evangelios que “son el corazón de todas las Escrituras” (Catecismo de la Iglesia n. 125). “En los libros sagrados, el Padre que está en el Cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos. Y es tanta la eficacia que radica en la Palabra de Dios, que es en verdad apoyo y vigor de la Iglesia y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de vida espiritual” (C. VAT. II, Const. Dei Verbum n. 21).

 

No olvidemos que el Espíritu Santo nos hará comprender el sentido vivo y profundo de las palabras que leemos. Pidámosle el don de inteligencia, que nos haga sabios, y el de fortaleza, para vivir según sus inspiraciones. Perseveremos y crecerá nuestra amistad con Jesús. Cuando lo necesitemos, recuperaremos la paz y la esperanza: “salía de Él una virtud que sanaba a todos” (Lucas 6, 19). Nos “pondrá las pilas”.

 

Consideremos que será un gran bien para quienes viven, trabajan o pasan a nuestro lado. “Quien se alimenta de la Palabra de Dios todos los días se convierte, como Jesús, en contemporáneo de las personas que encuentra (…) La dulzura de la Palabra de Dios nos impulsa a compartirla con quienes encontramos en nuestra vida para manifestar la certeza de la esperanza que contiene (cf. 1 Pedro 3, 15-16) (…) Escuchar la Sagrada Escritura para practicar la misericordia: este es un gran desafío para nuestras vidas. La Palabra de Dios es capaz de abrir nuestros ojos para permitirnos salir del individualismo que conduce a la asfixia y la esterilidad, a la vez que nos manifiesta el camino del compartir y de la solidaridad” (Francisco, Aperuit illis n. 12-13).

 

Cheops, el Universo y el origen de la vida

Cheops, el Universo y el origen de la vida

14 enero

El lanzamiento de Cheops, “Characterising Exoplanet Satellite”, marca el inicio de una nueva etapa en la investigación de cómo es el Universo más allá de nuestro empequeñecido sistema solar, cómo se ha formado y en la probabilidad de que exista vida más allá de la que conocemos.

A finales del siglo XX, hace tan solo unos años, existía una teoría simple y elegante sobre la formación del sistema solar que, a partir de principios básicos de la física y de la química, explicaba perfectamente por qué todos los planetas orbitan al sol en la misma dirección; por qué sus órbitas son casi perfectamente circulares y se encuentran en un mismo plano; por qué los cuatro planetas internos (Mercurio, Venus, Tierra y Marte) son cuerpos comparativamente pequeños y densos hechos principalmente de roca y hierro; y por qué los cuatro planetas exteriores (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno) son enormes globos gaseosos compuestos principalmente de hidrógeno y helio.

Como las leyes físicas son las mismas en todo el Universo, se suponía que deberían existir sistemas planetarios en torno a la infinidad de estrellas que vemos en el firmamento, pero estos denominados exoplanetas no había forma de detectarlos, por razón de la distancia y el tamaño, pero sobre todo por la circunstancia de que no emiten luz. Había que desarrollar métodos indirectos de detección y afinar mucho la instrumentación.

Precisamente este año se ha otorgado el premio Nobel a Michel Mayor y Didier Queloz por detectar por vez primera la existencia de un exoplaneta. En 1995 observando, en la constelación Pegaso, a 50 millones de años luz, el movimiento de la estrella Helvetios hacia delante y hacia atrás (velocidad radial), descubrieron una alteración únicamente explicable por la presencia de un compañero planetario.

En estos 25 años transcurridos desde entonces se ha avanzado mucho en la detección de exoplanetas. Se han desarrollado varios métodos de detección y tan sólo el satélite Kepler, lanzado hace diez años, identificó durante su vida útil más de 3.500 exoplanetas. El satélite TESS lanzado el pasado año tiene previsto detectar hasta 20.000 planetas.

La teoría existente sobre la formación de sistemas planetarios en torno a una estrella predecía que éstos serían muy numerosos. A cada estrella podría corresponderle un sistema planetario. Y la experiencia nos dice que esto se va cumpliendo. Pero de lo que se ha observado hasta el momento también se infiere que en el Universo la diversidad parece ser la regla y que en modo alguno estamos encontrando una similitud con nuestro sistema planetario.

Y de aquí surgen dos consecuencias. La teoría que tan bien se adaptaba a la formación de nuestro sistema solar no sirve para explicar las enormes divergencias que encontramos.  Al tiempo que se refuerza el carácter privilegiado del planeta Tierra en orden a permitir la evolución de la vida que ya se infería del estudio de nuestro sistema solar.

En efecto, la primera sorpresa viene de la mano del primer planeta descubierto, ya que el objeto que orbita alrededor de Helvetio es un planeta gaseoso de tamaño algo mayor que Júpiter, pero en una órbita 20 veces menor que la de Mercurio, con un periodo orbital de 4,23 días. Hasta ese momento se pensaba que un sistema así no era posible por razones de estabilidad.

Necesitamos elaborar una teoría que de explicación a lo que vemos y que nos permita acercarnos a la posible existencia de planetas capaces de albergar vida tal como la conocemos. Por ello, entramos en una fase de la exploración cósmica en la que no solo se trata de identificar más y más planetas, sino de conocerlos mejor y poder elaborar una teoría que nos explique por qué están ahí y son como son.

El satélite Cheops, que la Agencia Espacial Europea acaba de poner en órbita, está diseñado para iniciar esta nueva etapa. Su misión no será descubrir nuevos planetas sino conocer mejor alguno de los que ya sabemos de su existencia. Este cometido representa el primer eslabón de esta nueva etapa y tiene un propósito muy concreto. Su duración se estima en tres años, en los que estudiará entre 300 y 400 planetas todos ellos con períodos orbitales inferiores a 30 días terrestres. El objetivo es determinar sus dimensiones y a partir de la masa evaluar su composición y determinar si, por ejemplo, se trata de planetas rocosos como la Tierra, gaseosos o incluso oceánicos. Todos los objetos a estudiar muy diferentes de nuestro planeta.

Este proyecto marcará el camino a la siguiente generación de satélites exoplanetarios de la ESA, Plato y Ariel, cuyo lanzamiento está previsto para la próxima década y que tratarán de evaluar planetas de condiciones más semejantes a las de la Tierra.

El plan no comienza con el lanzamiento del satélite al espacio, sino que comenzó mucho tiempo antes con el estudio de las directrices de actuación y el diseño de los elementos del satélite. El método de detección a utilizar consiste en la medición de los minúsculos cambios de brillo que nos llega de una estrella determinada debido al tránsito de planetas por delante del disco estelar. Los trabajos de ingeniería para lograr la precisión requerida tanto en los equipos de detección como en los de posicionamiento para medir objetivos a distancias hasta 100 años luz han sido el primer gran reto del proyecto.

La misión está promovida por la ESA, que cuenta con la colaboración de diez países de la Unión Europea más Suiza, y entre los que España ocupa un lugar destacado ya que ha sido fabricante del satélite y aporta una representación importante en el equipo humano.

En el diálogo entre Ciencia y Fe, una pregunta que con frecuencia se plantea es la posible existencia de vida humana o quasi-humana fuera de nuestro planeta tierra. Con los hallazgos de Cheops se aportan algunos datos más a este apasionante dilema.

 

Manuel Ribes

Observatorio de Bioética

Instituto de Ciencias de la Vida

Universidad Católica de Valencia

 

Progreso

 Daniel Tirapu

Familia numerosa.

photo_cameraFamilia numerosa.

Acabo de ver un documental sobre familias numerosas. Uno de los entrevistados decía que afrontar con libertad y responsabilidad una familia numerosa es verdaderamente progresista.

Pues sí, me quedo con ese ir contracorriente, contracomodidad, contrarebaño, contrapiara de los que afrontan responsabilidades grandes, los que deciden dejarlo todo y hacerse curas o monjas, los que sacan una familia con un par o los que procuran hacer de su trabajo un servicio de verdad.

Todos hablamos mucho de libertad, pero para usarla como un no me impongas, un déjame en paz en mi mugre, sin ejercitarla, sin elegir, sin compromisos libres.

Los progres de verdad son los que digo y no los de la tele, el big hermano y miles de giliflautas que parecen perdonarnos la vida diciendo que no somos progres. Por cierto, el pecado es de lo más antiguo.

 

 

Daniel Tirapu explica las amenazas de un solo modelo educativo, "como propugna el Gobierno"

“Las grandes batallas ideológicas y de sumisión social están en el control de la educación”, afirma el catedrático de Derecho Eclesiástico del Estado

“La existencia de modelos educativos distintos en una sociedad plural es indispensable para garantizar una educación de calidad”. Así lo afirmó en la Universidad de Navarra el catedrático de Derecho Eclesiástico del Estado Daniel Tirapu y colaborador de Religión Confidencial. 

 El experto de la Universidad de Jaén participó en la jornada académica organizada en el marco de la festividad de San Raimundo de Peñafort, patrón de la Facultad de Derecho Canónico.

En su mensaje expuso que en España se quiere apostar por un solo modelo educativo: "El que no lo sigue es considerado un modelo de educación segregadora”. Y destacó que “es necesario un serio pacto de calidad escolar”.

Sentencia del Constitucional 

Durante la sesión recordó algunas cuestiones actuales sobre la libertad de enseñanza en España. Entre ellas, hizo hincapié en la Sentencia del Tribunal Constitucional del 10 de abril de 2018, en la que se desestimaba el recurso de inconstitucionalidad presentado por 50 diputados socialistas contra una serie de artículos de la Ley Orgánica de 2019, para la mejora de la calidad educativa LOMCE.

Y señaló que, de los temas abordados por esta sentencia, “los de más repercusión mediática han sido: el tratamiento de los centros de educación diferenciada y la enseñanza de religión como asignatura en Educación Primaria y Secundaria”.

Batallas ideológicas 

Aseguró que “las grandes batallas ideológicas y de sumisión social están en el control de la educación” y puso de relieve la importancia del Derecho a la Educación recogido en la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (2007),  cuyos puntos principales son tres: el primero, toda persona tiene derecho a la educación y al acceso a la formación profesional y permanente; el segundo, este derecho incluye la facultad de recibir gratuitamente la enseñanza obligatoria; y el tercero, se respetan, de acuerdo con las leyes nacionales que regulen su ejercicio, la libertad de creación de centros docentes dentro del respeto de los principios democráticos, así como el derecho de los padres a garantizar la educación y la enseñanza de sus hijos conforme a sus convicciones religiosas, filosóficas y pedagógicas.

Derecho de los padres

Para Tirapu, el Derecho a la Educación de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea “cuenta con el equilibrio de tres elementos: la familia, el estado, y la iniciativa social y de las confesiones religiosas”.

Asimismo, declaró que la novedad radica en el tercer punto: “Porque subraya que el derecho es de todos los individuos, pero la elección del modelo educativo corresponde a los padres”. La facultad de elegir la educación acorde con sus convicciones pedagógicas amplía, a su juicio, la libertad de los padres en su derecho de elección:

“A mi entender, supone un claro límite para los Estados a la hora de optar por un único modelo pedagógico. Además, permite abrir posibilidades nuevas y creativas al modelo de escuela tradicional, como instrucción en grupos familiares, a través de Internet o a distancia”.

 

 

«La eutanasia que llega» a España, explicada por el Observatorio de Bioética de la Universidad Católica de Valencia

En un tríptico

ENERO 24, 2020 19:33BIOÉTICA Y DEFENSA DE LA FAMILIA

(zenit – 24 enero 2020).- Ante las expectativas por parte del nuevo gobierno español de aprobar la nueva ley de eutanasia, el Observatorio de Bioética de la Universidad Católica de Valencia ha preparado un tríptico en el que se manera sintética se explica de qué se trata la nueva ley, los problemas éticos que plantea y cuál es la terminología que utiliza.

Con el título «La eutanasia que nos llega», el folleto recoge las proposiciones de ley presentadas por los partidos políticos Unidas Podemos y PSOE, sometidas a trámite en el Parlamento Español. El objeto de esta nueva ley es “regular el derecho que asiste a las personas a solicitar y recibir ayuda médica para poner fin a su vida si se cumplen determinados requisitos”.

El Observatorio se ampara y se inspira en el documento Sembradores de esperanza. Acoger, proteger y acompañar en la etapa final de la vida, publicado el 4 de diciembre de 2019 por la Conferencia Episcopal Española en el que, con un serio y riguroso argumentario, aborda los dilemas que se le presentan al ser humano frente al sufrimiento y la cercanía de la muerte.

El documento se presenta con la intención de presentar argumentos que ayuden a buscar el sentido al sufrimiento, acompañar y reconfortar al paciente y su familia. Al mismo tiempo, aporta también luz, apoyo y sentido a la tarea de los profesionales de la salud que viven de cerca estas situaciones.

«Con la constitución del nuevo Gobierno es previsible que se active la legalización de la eutanasia, por lo que parece muy necesario promover algunas iniciativas para tratar de paliar, en la medida de lo posible, tan grave problema», aclara Justo Aznar, director del Instituto de Ciencias de la Vida de la Universidad Católica de Valencia, creado en 2005.

En el momento actual hay dos proposiciones de ley sobre la eutanasia sometidas a trámite en el Parlamento Español, promovidas por Unidas Podemos (UP) y por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Existe una tercera proposición del partido Ciudadanos, que hace referencia esencialmente a los Cuidados Paliativos, por lo que no se considera en este folleto. Finalmente hay una cuarta proposición de ley presentada en el Parlamento Catalán, en 2006, propuesta por el Comité Consultivo de Bioética de Cataluña. A esta última tampoco se refiere el Observatorio en el tríptico.

Asimismo, señalan que tanto la eutanasia como el suicidio asistido están tipificados como delito, en el artículo 143 del Código Penal español.

 

 

Cuando las hojas bailan

 

Blanca Sevilla

Nada hay equiparable al calorcillo íntimo y distantemente nuestro con que nos da la bienvenida el hogar, después de esa danza amorfa a la que nos enfrenta la vida social en sus distintas manifestaciones en un día cualquiera.

Caleidoscopio de la vida

Soy yo, una vez más, hoy sorprendida por el aroma de unas rosas rojas que despiertan perezosas a la luz y que llenan el ambiente de mensajes sin palabras.

Mi voz puede gritar con facilidad gato, perro, florero, lámpara, al amparo de los cinco sentidos, pero abstraer el significado de tiempo, de permanencia, de unión y comprensión reclama un ritual único en torno a esas flores silenciosas y elocuentes.

En este olor, en esta temperatura peculiar, se ha urdido una existencia prolongada, a veces consciente, a veces inconsciente, como sucede todo en la vida de los hombres.

Una vez más, soy yo, tan cargada de estorbos como todos los días: los tacones altos que se encargaron de hacer lento el paso de las horas; los aretes que no dejaron de rozar el cuello ni un instante; el reloj que aprisiona el pulso y el cerebro; ese saco elegante que me obligó a fingir sonrisas cuando el bochorno de mediodía me aconsejaba esconderlo en un cajón del escritorio, y la bolsa, ese ponderado y estorboso invento de un esquizofrénico, repleta de chucherías que sólo hacen falta cuando no están ahí.

Ahora soy yo, sin maquillaje y sin lastres.

Movido por el aroma y por el breve diálogo con las rosas, el espíritu exige nuevos platillos. Aprieto el rostro contra el cristal de la ventana, con la esperanza de vencer mi presbicia.

Un hecho cotidiano, que no coincide nunca con mis tiempos de furiosa actividad, empata con mis pensamientos en un segundo único y me lleva a tararear aquella canción infantil: En otoño, las hojitas de los árboles se caen, viene el viento y se las lleva y se ponen a bailar…

Me acuso, entonces, de haber sido una niña cursi, pero tengo una culpable para aminorar mis culpas: mi abuela, que además de sus cien kilos, cargaba una enorme dosis de ingenuidad y desinformación en torno al mundo, pero usaba el tiempo que le regalaba su pueblo, carente de todo, incluso de electricidad, para inventar tonadillas en torno a los hechos más comunes.

Entonces, hace ya mucho tiempo, yo era una pequeña carente de televisión, y ella era una anciana alegre, que no poseía nada más ni nada menos que su optimismo. El principio y el fin de la vida empataba en escenas que muchos niños de hoy se les antojaría miserables, por la profundidad de su pequeñez.

Hace ya mucho tiempo, yo no sabía que la proximidad de la muerte vive con los ancianos. Tampoco sabía que en el correr de los días, la vida nos inserta en un caleidoscopio, que multiplica las figuras y abrillanta los colores. Entonces, las cuentas del ábaco se movían poco. Hoy se han desequilibrado y son muchas más las que han pasado que las que faltan por moverse.

En el caleidoscopio de muchos valientes he visto la enfermedad y la muerte como una caricia que el Padre hace a sus hijos predilectos. Eso, tan inexplicable en apariencia, finalmente rinde sus frutos cuando menos lo esperamos.

Por eso muchos ancianos son tan sabios. Por eso, quienes advertimos la vejez en un arcoíris cada vez más al alcance de la mano, nos llenamos de urgencias, de metas, de propósitos y de convicciones. Queremos ser como ellos, queremos incluso superarlos, queremos llenar las manos, la inteligencia, el corazón y la vida, no importa cuánto dure.

Mi abuela decía que en otoño las hojitas de los árboles bailan con el viento. Hoy, cuando fui yo misma por unos momentos, vi caer una hoja en círculos que se repetían, hasta que decidió dormirse sobre la hierba. Entonces pensé en la frase evangélica: “Ni la hoja del árbol se mueve sin la voluntad de Dios”.

Todo lo que sucede tiene un porqué y un para qué. Finalmente no se contraponen las hojas que bailan con la voluntad que las mueve. Finalmente lo único que importa es la inocencia, la fe y la razón unidas en creer ambas cosas.

Y los ancianos lo saben muy bien, especialmente cuando tienen a quién querer tanto, con quién querer tanto, tanto con quién querer…

 

 

Vocaciones sacerdotales ¿Crisis?

Recibimos con una cierta periodicidad noticias sobre el andar de las ordenaciones sacerdotales en todo el mundo. Y es fácil reconocer que son noticias que interesan a muchos católicos que ven, con una cierta pena, y no sin dolor, que el número de sacerdotes activos desciende cada año en casi todos los países occidentales; y el número de las vocaciones que ingresan en el seminario, descienden, y se mantienen en números que no aseguran el reemplazo generacional. O sea, muchas iglesias en Europa y América tendrán que cerrar en el paso de pocos años. El resto del mundo va por otros caminos.

El fiel católico sabe muy bien que Dios responderá siempre a la oración que Su Hijo, Jesucristo, nos invitó a hacer: “Que el Dueño de la mies, envíe obreros a su mies”. Lo que no sabe el fiel católico es ni dónde ni cuándo enviará el Señor esos obreros para que cuiden de su mies, y la sostengan en la Fe, en la Esperanza, en la Caridad.

En contraste con esas situaciones y esas noticias, tenemos la noticia de la expansión de la Iglesia en países de África y de Asia, desde Tailandia, China, Vietnam, hasta Togo, Nigeria, no obstante las matanzas provocadas por los grupos musulmanes yihadistas.

Y no sólo el crecimiento. Lo más bello de la noticia es el número de sacerdotes que van siendo ordenados en cada país. Y el caso más llamativo es Birmania, país en el que hay apenas algo más de 600 mil católicos, entre 42 millones de habitantes, que tiene hoy 1.300 seminaristas. El mayor número de seminaristas por católico del mundo.

Valentín Abelenda Carrillo

 

No relativizar su gravedad

Pintadas hasta en el Vaticano. Creo que con esta clase de asuntos no hay tolerancia que valga. Ni cabe relativizar tampoco su gravedad. Aquellos que no estén para salir de sus covachas, en ellas deben quedarse. Y, si desafían las normas más elementales de comportamiento sobre bienes que no son suyos o el patrimonio colectivo, han de ser  entonces ejemplarmente escarmentados, para que aprendan para otra vez y vayan también remojando sus barbas los que tengan esas mismas estúpidas tentaciones.

Este género de majaderías ha crecido mucho últimamente. Pintadas las he visto en otros sitios históricos, en España y fuera, como si existiera intención de degradarlos aposta. No logro entender la razón, porque si a alguien no le interesa algo, con no ir lo tiene arreglado. Pero acudir a esos emplazamientos singulares y ponerse a garabatear simplezas o colocar pegatinas constituye a mi modo de ver un cretinismo mayúsculo, que tiene que ser atajado de raíz como atropello que es a los bienes culturales, que a todos por igual nos pertenecen.

Domingo Martínez Madrid

 

 

Eutanasia en Holanda

La experiencia de Holanda con leyes de eutanasia desde hace décadas muestra que una vez que el genio está fuera de la botella no es posible meterlo de nuevo. Los casos registrados, supuestamente autónomos, aumentan año tras año, y difícilmente se llega a saber si otros han precipitado la muerte del anciano o del enfermo grave. Entre otras razones porque no somos ángeles y a veces los actos están contaminados por intereses inconfesables. Y también es conocida la huida de su país a Alemania para no ser sometidos a esa “muerte tan digna”.

En definitiva, el empeño por implantar la ley de eutanasia supone una manipulación de la opinión pública, y frenar los del desarrollo de los cuidados paliativos tanto en la sanidad pública como en la privada, que tan eficaces se demuestran. Y entre ellos está la atención familiar, médica y de voluntarios que acompañan a personas sin rebajar su dignidad, favorecen un mejor sentido de humanidad, y tantas veces ofrecen una atención espiritual, que facilita encontrar el sentido pleno de una etapa terminal de la vida.

Jaume Catalán Díaz

 

 

¿La envidia es un sentimiento positivo?

Algunos autores actuales afirman que la envidia es un sentimiento positivo, dado que aspirar a  lo que los envidiados tienen sería un factor de igualdad social. Otros, por el contrario, sostienen que la envidia es la base y el factor común de algunas formas de colectivismo, debido a que en ella se iguala por la base, por lo que no hay incentivos para el esfuerzo individual. La igualdad queda así reducida a igualitarismo, ignorando que lo que  la gente hace realmente es luchar por mejorar y no por ser iguales.

Perseguir la igualdad de resultados exige bajar las aspiraciones al nivel de los menos capaces, mientras que aumentar las oportunidades hace posible que todos y cada uno mejoren de acuerdo con su aptitud y mérito. Esto último conlleva generar una educación personalizada en la familia y en la escuela. Requiere desarrollar en cada niño la capacidad de autocontrol de las apetencias y deseos, sabiendo distinguir las necesidades de los caprichos; que aumente progresivamente la tolerancia a la frustración.

Una de las  falacias del igualitarismo ha sido señalada por Carlos A. Montaner, en una conferencia: “El reconocimiento de que todas las personas tienen los mismos derechos no implica que obtengan, y ni siquiera que deseen, los mismos resultados. Los Estados que tratan de uniformar los resultados, aunque estén llenos de buenas intenciones, lo que provocan es una profunda infelicidad en los ciudadanos sujetos a esas arbitrarias imposiciones”.

Enric Barrull Casals

 

Igualdad, racismo, demagogia y…?

                               

                          En España, tenemos hasta “el lujo” de un ministerio para “la igualdad” y aun cuando en la Constitución en su artículo nueve está muy claro, lo de “la Ley y la igualdad”; por lo tanto sobra con el denominado “Poder Judicial” y son los jueces y fiscales, los que deben entender en ello; y no tener que soportar “un monstruo administrativo más”; que en realidad sólo sirve para aumentar la bochornosa carga que de empleados públicos, enchufados y parásitos, ya tenemos los españoles y que nos hacen pagar sobre la base de, ya confiscatorios impuestos.

                                Pero algún político vio “el filón” que era señalar y agradar a la mujer, puesto que en ese sector, son mucho más abundantes los votos y en general, “a la mujer se le maneja bastante mejor que al hombre”; de ahí el que existan leyes no iguales para ambos sexos y pese a la Constitución; basándose ello en el calamitoso hecho, de los asesinatos de mujeres por hombres, que es mucho mayor que los que hay de hombres por mujeres; y sobre lo cual, se gastan enormes cantidades de dinero, pero siempre en favor de la mujer; sabiendo que este “horrible hecho”, se repite con profusión en el resto del mundo y en países incluso, “dicen que más civilizados que España”; por lo que ese hecho, se seguirá repitiendo como hasta aquí; sencillamente por cuanto no hay forma de controlarlo, ya que es como “un cáncer” más y que azota al ser humano, que no está aún civilizado como para eludir esa y tantas otras violencias; pero demagógicamente (“y como paga el contribuyente”) hay que seguir “la marcha”. Ayer mismo un policía asesina a su mujer con el arma que porta y luego se suicida con la misma arma… “paradoja que nos dice que el mismo individuo que la ley pone para proteger a la mujer, llegado el momento trágico es el que asesina a la propia”; y es lo que confirma que “ésta lacra” no tiene remedio ni prevención, al menos hoy”.

                                SUICIDIOS: Sin embargo en este tema, lo cubren con un silencio profundo y para los suicidas, o presuntos suicidas, no hay ninguna organización de socorro, para que se dirijan a ella antes de cometer el “auto crimen”; recordemos que para lo arriba dicho de la mujer, existe un teléfono que lo recuerdan a diario, incluso en las televisiones públicas; sobre todo cuando se produce “el crimen de turno”; por tanto aquí tampoco hay igualdad; y los suicidios en España, son muchísimo más numerosos que los asesinatos arriba comentados. Pero como he leído lo que a continuación copio, ello me mueve a escribir lo que escribo y algo más.

                                MINISTERIO DE IGUALDAD: “El problema de la demagogia es que vuelve como una pelota del frontón. Pero cuando se rasca por encima, en Podemos surgen situaciones descacharrantes como que una directora general de Igualdad, Alba González Sanz,  ha sido fulminada por no ser lo suficientemente racial, es decir, negra y dejarle su puesto a la ecuatoguineana Rita Bosaho. Al final, la igualdad en Podemos, pasa precisamente por aquello que se quiere combatir: la discriminación por color de piel”. (Periodista Digital 16-01-2020)

                                Como podemos comprender es que, “igualdad, racismo, justicia y muchas otras cosas”; los demagogos las emplean, como de niños, empleábamos, “las piedras que encontrábamos en las eras y afueras del pueblo, cuando entablábamos aquellas salvajes guerrillas de rapazuelos ineducados y menos formados, con las que en casos extremos, dirimíamos la valentía de un grupo sobre otro”; o sea con la irresponsabilidad que puede justificar la edad y el bestialismo de infinidad de niños que no fuimos a escuelas estatales ni privadas; pero se supone que, “hombres y mujeres que llegan a tan altos cargos, es porque antes han recibido educación y formación más que adecuadas”; pero al parecer no… “y ya dicen ellos algunas veces que al enemigo ni agua”. Y es que al llegar al poder y en general todo gobernante actúa…

COMO LOS RUMIANTES: Ahora a rumiar, con la panza llena y acostados, a dormir, como esos animales, que se levantarán de su rumeo, tan sólo cuando tengan hambre o sed y para llenar de nuevo su barriga. Menudo porvenir nos espera a los indefensos de esta plaga. El gobernante en este perro mundo, se destaca por ser y considerarse “absoluto” y por tanto más que dictador, tirano; de cómoda lujosa y abundante vida, costeada por el pueblo y de eternizarse en el poder; por ello casi todos o todos los gobiernos fracasan, por lo miserables de los mismos.

            Y como hoy he entrado en la Constitución “sólo un poquito”, he recordado que… LEY DE HUELGA EXISTE; y tras más de cuarenta años de la tan cacareada Constitución, no surte el efecto que demuestran ciertos hechos. Por tanto seguimos sujetos, a que los sindicatos o grupos organizados, organicen de vez en cuando “lo que quieran”; mientras los políticos y como en Constantinopla… “hablan del sexo de los ángeles, o rumian cómodamente, puesto que hagan lo que hagan, cobran como si de verdad merecieran el sueldo y prebendas que se asignan ellos mismos”… el pueblo a pagar: Amén

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

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