Las Noticias de hoy 23 Enero 2020

Enviado por adminideas el Jue, 23/01/2020 - 12:21
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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 23 de enero de 2020       

 Indice:

ROME REPORTS

Francisco invita a estar abiertos al “don espiritual” de las tradiciones cristianas

Lejano Oriente: Rezar por la paz, el diálogo y la solidaridad “entre las naciones”

«Hospitalidad ecuménica» para la unidad del pueblo cristiano – Catequesis completa

UNA TAREA URGENTE: DAR DOCTRINA: Francisco Fernandez Carbajal

“Consummati in unum”: San Josemaria

Audio del prelado en el tercer aniversario de su nombramiento

El “Domingo de la Palabra de Dios” y su dimensión litúrgica: Juan Rego

Josemaría, de nuevo entre los necesitados

«Fiestas patronales»:+ Felipe Arizmendi Esquivel. Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

La familia concreta los valores: Ana Teresa López de Llergo

¿Eres una persona desconfiada?: Lucía Legorreta

Entre padres e hijos anda el juego: Rafael Navarro-Valls

¿Conviene educar al niño en alguna religión?

Educar es difícil, posible y bello, palabras a padres y maestros: Ángel Rossi

El PIN parental es un avance en libertades, pese a ser insuficiente: Centro Jurídico Tomás Moro

Las respuestas a la secularización de Occidente: Jesús Domingo Martínez

Referente moral en el mundo: Juan García.

Gracias a los hijos de las inmigrantes.: Pedro García

¿Conflicto político? Una mentira más: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

 

 

 

 

Francisco invita a estar abiertos al “don espiritual” de las tradiciones cristianas

Palabras en español

ENERO 22, 2020 10:54LARISSA I. LÓPEZAUDIENCIA GENERAL

(ZENIT – 22 enero 2020).- “Acoger a los cristianos de otras tradiciones significa mostrarles el amor de Dios, pero también acoger lo que Dios ha realizado en sus vidas y dejarnos recibir de las otras comunidades, es lo mismo. Estemos disponibles y abiertos, con el deseo de conocer su experiencia de fe, para vernos enriquecidos por ese don espiritual”.

Esta es la petición realizada hoy, 22 de enero de 2020, por el Papa Francisco durante la audiencia general celebrada en el Aula Pablo VI, en concreto, en sus palabras en español. El Santo Padre reflexionó sobre la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que este año tiene como tema la hospitalidad.

De este modo, remitió a pasaje de los Hechos de los Apóstoles que narra el naufragio de Pablo en Malta. En él, el Apóstol y sus compañeros, así como el resto de la tripulación del barco en el que viajaban estuvieron “a merced del mar embravecido”, relató Francisco. No obstante, señaló que el Apóstol Pablo, “desde su experiencia de fe, llama a la confianza en Dios que es para él un Padre amoroso”.

Por obra de la providencia todos se salvan y llegan a Malta, donde “saborean el entrañable modo de hacer hospitalidad de los habitantes de la isla”, continuó narrando el Papa, subrayando que “es significativo que aquellos hombres que no conocían a Cristo, fueron capaces de manifestar el amor de Dios”.

Por su parte, Pablo “les muestra a ellos la misericordia de Dios, curando a los enfermos de la Isla”, apuntó el Pontífice.

 

 

Lejano Oriente: Rezar por la paz, el diálogo y la solidaridad “entre las naciones”

Ante el año nuevo lunar

ENERO 22, 2020 11:39LARISSA I. LÓPEZAUDIENCIA GENERAL

(ZENIT – 22 enero 2020).- “Invito a todos a rezar también por la paz, el diálogo y la solidaridad entre las naciones: dones muy necesarios para el mundo de hoy”, dijo el Papa Francisco.

Hoy, 22 de enero de 2020, al final de la audiencia general celebrada en el Aula Pablo VI, el Santo Padre recordó que el próximo 25 de enero en Extremo Oriente y en varias otras partes del mundo, “muchos millones de hombres y mujeres celebrarán el año nuevo lunar”.

A ellos, Francisco envió su “cordial saludo”, deseando en particular que las familias sean, “lugares de educación en las virtudes de la acogida, la sabiduría, el respeto a cada persona y la armonía con la creación”.

En la catequesis de hoy, el Papa reflexionó en torno a la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, en curso del 18 al 25 de enero, que este año trata sobre la hospitalidad, una virtud que el Pontífice define como “ecuménica”. Esto significa “reconocer, ante todo, que los demás cristianos son verdaderamente nuestros hermanos y nuestras hermanas en Cristo”.

 

 

«Hospitalidad ecuménica» para la unidad del pueblo cristiano – Catequesis completa

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

ENERO 22, 2020 12:44LARISSA I. LÓPEZAUDIENCIA GENERAL

(ZENIT – 22 enero 2020).- Al trabajar juntos por vivir la “hospitalidad ecuménica”, “particularmente con aquellos cuyas vidas son más vulnerables, hará de todos nosotros, los cristianos –protestantes, ortodoxos, católicos, todos los cristianos-  mejores seres humanos, mejores discípulos y un pueblo cristiano más unido. Nos acercará más a la unidad, que es la voluntad de Dios para nosotros”, indicó el Papa Francisco.

​Hoy, 22 de enero de 2020, en el Aula Pablo VI, el Santo Padre ha dedicado la catequesis a la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Para ello, citó el pasaje “Nos mostraron una humanidad poco común (Hch 28, 2).

Testimonio de la humanidad

Así, Francisco se refirió al relato en el que san Pablo y sus compañeros de viaje, más de 260 personas, naufragaron catorce días a merced del mar tempestuoso. No obstante, ante esta situación dramática, el Apóstol, “inspirado por la fe, les anuncia que Dios no permitirá que pierdan ni un solo cabello”, narró el Papa.

​Para él, efectivamente, esta profecía se cumple cuando todos ellos llegan a Malta “sanos y salvos”. Allí reciben “el testimonio de la ‘humanidad poco común’” por parte de un pueblo que aún no conoce la Buena Nueva de Cristo, pero que manifiestan el amor de Dios “en actos concretos de bondad”.

Se trata de una “hospitalidad espontánea” y de una “amabilidad” que “comunican algo del amor de Dios” y que se vieron recompensadas “por los milagros de curación que Dios obra a través de Pablo en la isla”, continuó el Pontífice.

Virtud ecuménica

​Así, el Obispo de Roma, resaltó la importancia de la hospitalidad, “virtud ecuménica”, que significa “reconocer, ante todo, que los demás cristianos son verdaderamente nuestros hermanos y nuestras hermanas en Cristo”.

Además, la hospitalidad “no es un acto de generosidad en un solo sentido” y, como los malteses, “somos recompensados porque recibimos lo que el Espíritu Santo ha sembrado en estos hermanos y hermanas nuestros, que se convierte en un regalo también para nosotros porque el Espíritu Santo siembra también su gracia por doquier”, explicó.

Hospitalidad con los migrantes

​Después, el Papa se refirió a cómo hoy en todo el mundo, las personas migrantes enfrentan viajes arriesgados como el de Pablo y también  se encuentran con la “hostilidad de los seres humanos”: “Son tratados como números y como una amenaza por algunos gobernantes: ¡Hoy! A veces la inhospitalidad los arroja de nuevo como una ola hacia la pobreza o hacia los peligros de los que han huido”, remarcó.

En este sentido el Papa Francisco exhortó a que como cristianos trabajemos “juntos para mostrar a los migrantes el amor de Dios revelado por Jesucristo”, “que no hay solamente hostilidad e indiferencia, sino que cada persona es preciosa para Dios y amada”.

A continuación, sigue la catequesis completa del Santo Padre.

***

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

​La catequesis de hoy se enmarca en  la semana de oración por la unidad de los cristianos que este año tiene como tema la hospitalidad, partiendo del pasaje de los Hechos de los Apóstoles que narra cómo las comunidades de Malta y Gozo trataron a san Pablo y a sus compañeros de viaje, cuando naufragaron.  A este episodio me referí precisamente en la catequesis de hace dos semanas.

Por lo tanto, recordemos de nuevo la dramática experiencia de ese naufragio. El barco en el que viaja Pablo está a merced de los elementos. Llevan catorce días en el mar, a la deriva, y como no se ven ni el sol ni las estrellas, los viajeros se sienten desorientados, perdidos. El mar se estrella con violencia contra el barco que temen que se rompa por la fuerza de las olas. También les  azotan el viento y la lluvia. La fuerza del mar y de la tormenta es terrible e indiferente al destino de los navegantes: ¡eran más de 260 personas!

​Pero Pablo, que sabe que no es así, habla. La fe le dice que su vida está en manos de Dios, que resucitó a Jesús de entre los muertos, y que lo llamó a él, a Pablo, para llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Su fe también le dice que Dios, según lo que Jesús reveló, es un Padre amoroso. Por eso Pablo se dirige a sus compañeros de viaje e, inspirado por la fe, les anuncia que Dios no permitirá que pierdan ni un solo cabello.

​Esta profecía se cumple cuando el barco encalla en  la costa de Malta y todos los pasajeros pisan la tierra firme sanos y salvos. Y allí experimentan algo nuevo. En contraste con la violencia brutal del mar tempestuoso, reciben el testimonio de la «humanidad poco común» de los isleños. Esta gente, para la que son extranjeros, se muestra atenta a sus necesidades. Encienden un fuego para que se calienten, les dan refugio contra la lluvia y comida. Aunque todavía no han recibido la Buena Nueva de Cristo, manifiestan el amor de Dios en actos concretos de bondad. Efectivamente, la hospitalidad espontánea y la amabilidad comunican algo del amor de Dios. Y la hospitalidad de los isleños malteses se ve recompensada por los milagros de curación que Dios obra a través de Pablo en la isla. La gente de Malta fue, pues, un signo de la Providencia de Dios para el Apóstol; también él fue testigo del amor misericordioso de Dios por ellos.

​Queridísimos: la hospitalidad es importante; y es también una importante virtud ecuménica. Significa reconocer, ante todo, que los demás cristianos son verdaderamente nuestros hermanos y nuestras hermanas en Cristo. Somos hermanos. Alguien os dirá: “Pero ese es protestante, ese es ortodoxo…”. Sí, pero somos hermanos en Cristo. No es un acto de generosidad en un solo sentido, porque cuando somos hospitalarios con otros cristianos los acogemos como un regalo que nos han hecho. Como los malteses, – buenos, estos malteses- somos recompensados porque recibimos lo que el Espíritu Santo ha sembrado en estos hermanos y hermanas nuestros, que se convierte en un regalo también para nosotros porque el Espíritu Santo siembra también su gracia por doquier. Acoger a los cristianos de otra tradición significa, en primer lugar, mostrar el amor de Dios por ellos, porque son hijos de Dios, -hermanos nuestros-  y también recibir lo que Dios ha realizado en sus vidas. La hospitalidad ecuménica requiere la voluntad de escuchar a los otros cristianos, prestando atención a sus historias personales de fe y a la historia de su comunidad, comunidad de fe con otra tradición diferente de la nuestra. La hospitalidad ecuménica implica el deseo de conocer la experiencia que otros cristianos tienen de Dios y la expectativa de recibir los dones espirituales que la acompañan. Y esto es una gracia, descubrir esto es una gracia. Pienso en los tiempos pasados, en mi tierra por ejemplo. Cuando vinieron algunos misioneros evangélicos, un grupito de católicos iba a quemarles las tiendas. Esto no: No es cristiano. Somos hermanos, todos somos hermanos, y debemos ser hospitales unos con otros.

​Hoy, el mar en el que naufragaron Pablo y sus compañeros vuelve a ser un lugar peligroso para la vida de otros navegantes. En todo el mundo, los hombres y las mujeres migrantes  enfrentan viajes arriesgados para escapar de la violencia, para escapar de la guerra, para escapar de la pobreza. Como Pablo y sus compañeros experimentan la indiferencia, la hostilidad del desierto, de los ríos, de los mares… Muchas veces no les dejan desembarcar en los puertos. Pero, desgraciadamente, a veces también encuentran la hostilidad mucho peor de los seres humanos. Son explotados  por traficantes criminales: ¡Hoy! Son tratados como números y como una amenaza por algunos gobernantes: ¡Hoy! A veces la inhospitalidad los arroja de nuevo como una ola hacia la pobreza o hacia los peligros de los que han huido.

​Nosotros, como cristianos, debemos trabajar juntos para mostrar a los migrantes el amor de Dios revelado por Jesucristo. Podemos y debemos testimoniar que no hay solamente hostilidad e indiferencia, sino que cada persona es preciosa para Dios y amada por Él. Las divisiones que existen todavía entre nosotros nos impiden ser plenamente el signo del amor de Dios por el mundo. Trabajar juntos para vivir la hospitalidad ecuménica, particularmente con aquellos cuyas vidas son más vulnerables, hará de todos nosotros, los cristianos –protestantes, ortodoxos, católicos, todos los cristianos-  mejores seres humanos, mejores discípulos y un pueblo cristiano más unido. Nos acercará más a la unidad, que es la voluntad de Dios para nosotros.

© Librería Editorial Vaticano

 

 

UNA TAREA URGENTE: DAR DOCTRINA

— Necesidad apremiante de este apostolado.

— Formación en las verdades de la fe. Estudiar y enseñar el Catecismo. Transmitir las verdades que se reciben.

— La oración y la mortificación deben acompañar a todo apostolado. Solo la gracia puede mover a la voluntad a asentir a las verdades de la fe. Con la ayuda del Señor superamos los obstáculos.

I. En numerosas ocasiones nos dice el Evangelio que las gentes se agolpaban junto al Señor para ser curadas1. Hoy leemos en el Evangelio de la Misa2 que seguía a Jesús una gran muchedumbre de Galilea y de Judea; también de Jerusalén, de Idumea, de más allá del Jordán, y de los alrededores de Tiro y de Sidón. Es tanta la gente que el Señor manda a sus discípulos que preparen una barca por causa de la muchedumbre; porque sanaba a tantos, que se le echaban encima para tocarle todos los que tenían enfermedades. Es gente necesitada la que acude a Cristo. Y les atiende, porque tiene un corazón compasivo y misericordioso. Durante los tres años de su vida pública curó a muchos, libró a endemoniados, resucitó a muertos... Pero no curó a todos los enfermos del mundo, ni suprimió todas las penalidades de esta vida, porque el dolor no es un mal absoluto –como lo es el pecado–, y puede tener un incomparable valor redentor, si se une a los sufrimientos de Cristo.

Jesús realizó milagros, que fueron remedio, en casos concretos, de dolores y de sufrimientos, pero eran ante todo un signo y una muestra de su misión divina, de la redención universal y eterna. Y los cristianos continuamos en el tiempo la misión de Cristo: Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolos... y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo3. Antes de su Ascensión al Cielo nos dejó el tesoro de su doctrina, la única doctrina que salva, y la riqueza de los sacramentos, para que nos acerquemos a ellos en busca de la vida sobrenatural.

Las muchedumbres andan hoy tan necesitadas como entonces. También ahora las vemos como ovejas sin pastor, desorientadas, sin saber a dónde dirigir sus vidas. La humanidad, a pesar de todos los progresos de estos veinte siglos, sigue sufriendo dolores físicos y morales, pero sobre todo padece la gran falta de la doctrina de Cristo, custodiada sin error por el Magisterio de la Iglesia. Las palabras del Señor siguen siendo palabras de vida eterna que enseñan a huir del pecado, a santificar la vida ordinaria, las alegrías, las derrotas y la enfermedad..., y abren el camino de la salvación. Esta es la gran necesidad del mundo. Y las muchedumbres, ¡tantas veces lo hemos comprobado!, «están deseando oír el mensaje de Dios, aunque externamente lo disimulen. Quizá algunos han olvidado la doctrina de Cristo; otros –sin culpa de su parte– no la aprendieron nunca, y piensan en la religión como en algo extraño. Pero, convenceos de una realidad siempre actual: llega siempre un momento en el que el alma no puede más, no le bastan las explicaciones habituales, no le satisfacen las mentiras de los falsos profetas. Y, aunque no lo admitan entonces, esas personas sienten hambre de saciar su inquietud con la enseñanza del Señor»4. En nuestras manos está ese tesoro de doctrina para darla a tiempo y a destiempo5, con ocasión y sin ella, a través de todos los medios a nuestro alcance. Y esta es la tarea verdaderamente apremiante que tenemos los cristianos.

II. Para dar la doctrina de Jesucristo es necesario tenerla en el entendimiento y en el corazón: meditarla y amarla. Todos los cristianos, cada uno según los dones que ha recibido –talento, estudios, circunstancias...–, necesita poner los medios para adquirirla. En ocasiones, esta formación comenzará por conocer bien el Catecismo, que son esos libros «fieles a los contenidos esenciales de la Revelación y puestos al día en lo que se refiere al método, capaces de educar en una fe robusta a las generaciones cristianas de los tiempos nuevos»6, de los que habla Juan Pablo II.

La vida de fe de un cristiano corriente lleva, en muchas ocasiones, a un flujo continuo de adquisición y transmisión de la fe: Tradidi quod accepi... Os entrego lo que recibí7, decía San Pablo a los cristianos de Corinto. La fe de la Iglesia es fe viva, porque es continuamente recibida y entregada. De Cristo a los Apóstoles, de estos a sus sucesores. Así, hasta hoy: resuena siempre idéntica a sí misma en el Magisterio vivo de la Iglesia8. La doctrina de la fe es «recibida y entregada» por la madre de familia, por el estudiante, por el empresario, por la empleada de comercio... ¡Qué buenos altavoces tendría el Señor si nos decidiéramos todos los cristianos –cada uno en su sitio– a proclamar su doctrina salvadora, como hicieron nuestros hermanos en la fe! Id y enseñad..., nos dice a todos el mismo Cristo. Se trata de la difusión espontánea de la doctrina, de modo a veces informal, pero extraordinariamente eficaz, que realizaron los primeros cristianos: de familia a familia; entre compañeros del mismo trabajo, entre vecinos, entre los padres de un colegio; en los barrios, en los mercados, en las calles. El trabajo, la calle, el colegio profesional, la Universidad, la vida civil... se convierten entonces en el cauce de una catequesis discreta y amable, que penetra hasta lo más hondo de las costumbres de la sociedad y de la vida de los hombres. «Créeme, el apostolado, la catequesis, de ordinario, ha de ser capilar: uno a uno. Cada creyente con su compañero inmediato.

»A los hijos de Dios nos importan todas las almas, porque nos importa cada alma»9. ¡Cómo conmoverán el corazón de Dios esas madres, sin tiempo muchas veces, que pacientemente explican las verdades del Catecismo a sus hijos... y quizá a los hijos de sus vecinas y amigas! ¡O el estudiante que se traslada al barrio, quizá lejano, para explicar las mismas verdades..., aunque tenga que esforzarse para preparar el examen que tiene a los pocos días y en el que ha de sacar buena calificación!

Ahora, cuando en tantos lugares y con tantos medios se ataca la doctrina de la Iglesia, es necesario que los cristianos nos decidamos a poner todos los medios para adquirir un conocimiento hondo de la doctrina de Jesucristo y de las implicaciones de estas enseñanzas en la vida de los hombres y en la sociedad. Amar a Dios con obras significará en muchos casos dedicar el tiempo oportuno a esa formación: estudio, esmero en la lectura espiritual, estar atentos en las charlas de formación que oímos... Aprovechar también esos días de descanso, en los que se puede disponer de más tiempo. Amar a Dios con obras será apreciar esas verdades, que tienen su origen en el mismo Cristo, como un tesoro que hemos de amar y meditar con frecuencia. Nadie da lo que no tiene: y para dar doctrina hay primero que tenerla.

III. «Ante tanta ignorancia y tantos errores acerca de Cristo, de su Iglesia... de las verdades más elementales, los cristianos no podemos quedarnos pasivos, pues el Señor nos ha constituido sal de la tierra (Mt 5, 13) y luz del mundo (Mt 5, 14). Todo cristiano ha de participar en la tarea de formación cristiana. Ha de sentir la urgencia de evangelizar, que no es para mí motivo de gloria, sino que se me impone (1 Cor 9, 16)»10. Nadie puede desentenderse de este urgente quehacer. «Tarea del cristiano: ahogar el mal en abundancia de bien. No se trata de campañas negativas, ni de ser atinada. Al contrario: vivir de afirmación, llenos de optimismo, con juventud, alegría y paz; ver con comprensión a todos: a los que siguen a Cristo y a los que le abandonan o no le conocen.

»—Pero comprensión no significa abstencionismo, ni indiferencia, sino actividad»11, iniciativas, deseos de dar a conocer a todos el rostro amable del Señor.

Al advertir la extensión de esta tarea –difundir la doctrina de Jesucristo– hemos de empezar por pedirle al Señor que nos aumente la fe: fac me tibi semper magis credere, haz que yo crea más y más en Ti, suplicamos en el Adoro te devote, ese himno eucarístico de Santo Tomás de Aquino. De este modo podremos decir, también con palabras de este himno: «creo todo lo que me ha dicho el Hijo de Dios; nada es más verdadero que esta Palabra de verdad». Con una fe robustecida, nos dispondremos a ser instrumentos en manos del Señor, que concede la luz a las mentes oscurecidas por la ignorancia y el error. Solo la gracia de Dios puede mover la voluntad para asentir a las verdades de la fe. Por eso, cuando queremos atraer a alguno a la verdad cristiana, debemos acompañar ese apostolado con una oración humilde y constante; y, junto a la oración, la penitencia: una mortificación, quizá en detalles pequeños referentes al trabajo, a la vida familiar..., pero sobrenatural y concreta.

Ante las barreras que algunas veces encontraremos en ambientes difíciles, y ante obstáculos que puedan parecer insuperables, nos llenará de optimismo recordar que la gracia del Señor puede remover los corazones más duros, que es mayor la ayuda sobrenatural cuanto mayores sean las dificultades que encontremos.

Señor, ¡enséñanos a darte a conocer! También hoy las muchedumbres andan perdidas y necesitadas de Ti, ignorantes y tantas veces sin luz y sin camino. Santa María, ¡ayúdanos a no desaprovechar ninguna ocasión en la que podamos dar a conocer a tu Hijo Jesucristo!, ¡guíanos para que sepamos ilusionar a otros muchos en esta noble tarea de difundir la Verdad!

1 Cfr. Lc 6, 19; 8, 45, etc. — 2 Mc 3, 7-12. — 3 Mt 28, 19-20. — 4 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 260. — 5 Cfr. 2 Tim 4, 2. — 6 Juan Pablo II, Exhor. Apost. Catechesi tradendae, 16-X-1979, 50. — 7 Cfr. 1 Cor 11, 23. — 8 Cfr. P. Rodríguez, Fe y vida de fe, p. 164. — 9 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 943. — 10 Juan Pablo II, Discurso en Granada, 15-XI-1982. — 11 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 864.

 

“Consummati in unum”

A quienes aspiran a la unidad, hemos de colocarles frente a Cristo que ruega para que estemos consummati in unum, consumados en la unidad. El hambre de justicia debe conducirnos a la fuente originaria de la concordia entre los hombres: el ser y saberse hijos del Padre, hermanos. (Es Cristo que pasa, 157)

¡Triste ecumenismo el que está en boca de católicos que maltratan a otros católicos! (Surco, 643)

Una vez comenté al Santo Padre Juan XXIII, movido por el encanto afable y paterno de su trato: "Padre Santo, en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad". El se rió emocionado, porque sabía que, ya desde 1950, la Santa Sede había autorizado al Opus Dei a recibir como asociados Cooperadores a los no católicos y aun a los no cristianos.

Son muchos, efectivamente –y no faltan entre ellos pastores y aun obispos de sus respectivas confesiones–, los hermanos separados que se sienten atraídos por el espíritu del Opus Dei y colaboran en nuestros apostolados. Y son cada vez más frecuentes –a medida que los contactos se intensifican– las manifestaciones de simpatía y de cordial entendimiento a que da lugar el hecho de que los socios del Opus Dei centren su espiritualidad en el sencillo propósito de vivir responsablemente los compromisos y exigencias bautismales del cristiano. El deseo de buscar la perfección cristiana y de hacer apostolado, procurando la santificación del propio trabajo profesional; el vivir inmersos en las realidades seculares, respetando su propia autonomía, pero tratándolas con espíritu y amor de almas contemplativas; la primacía que en la organización de nuestras labores concedemos a la persona, a la acción del Espíritu en las almas, al respeto de la dignidad y de la libertad que provienen de la filiación divina del cristiano. (Conversaciones, 22)

 

 

Audio del prelado en el tercer aniversario de su nombramiento

En el tercer aniversario del nombramiento de Mons. Fernando Ocáriz como prelado del Opus Dei, ofrecemos el audio de una meditación (15 minutos), predicada el 27 de octubre pasado, sobre la necesidad de orar junto a Jesús.

HOMILÍAS22/01/2020

 


Transcripción del audio

Tenemos la Obra en nuestras manos, para cada día recorrer esa carrera —carrera sin prisa, sin nerviosismo, pero carrera— de progreso, de llegar hasta el final de las cosas, de los trabajos, de intentarlo, aunque muchas veces no lo consigamos, pero con el empeño por llegar al cursum consummavi cada día.

Y para eso es necesario, sobre todo, lo sabemos muy bien y procuramos vivir así—, el arma, la gran arma que tenemos, que es la oración. Cuantas veces nuestro Padre [san Josemaría] nos lo ha dicho así. En una de las campanadas del año 73, de junio, nos decía una vez más: “La oración: ésa es nuestra fuerza, no hemos tenido nunca otra arma”. Cuando esto lo escribía nuestro Padre, prácticamente al final de su vida aquí en la tierra —dos años antes de su marcha al Cielo—, cuando decía que “no hemos tenido nunca otra arma”, podría pensar en las grandes batallas que tuvo que librar en su vida, y tenía ese convencimiento de que el arma había sido la oración. Por eso, para nosotros también el arma es la oración: “Nunca hemos tenido otra”, dice nuestro Padre, “y nunca tendremos otra”. La oración.

Hoy, en el evangelio de la Misa, leeremos: “En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: ‘Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano ya conocemos bien la parábola—. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo’”.

Podría parecer que es una oración válida: dar gracias a Dios, el reconocer que uno no es ni ladrón, ni injusto ni adultero; y, además, decir: “Te doy gracias precisamente por esto”, reconocer que ayuna dos veces por semana, que paga todo lo que debe, etc. “El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador’”. —Y sabemos bien la conclusión del Señor: “Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.

La oración es nuestra arma, y tiene que ser una oración humilde. Una oración humilde, precisamente porque necesitamos, porque sintamos realmente la necesidad de la oración. Que acudamos a la oración con el alma abierta, necesitada de la ayuda del Señor para todo. Para todo necesitamos ayuda, para dar valor sobrenatural a todas nuestras obras.

Sí, debemos también dar gracias a Dios, pero dar gracias a Dios por las cosas buenas que hay en nuestra vida, porque todo son don suyo. Pero inseparablemente tenemos que pedirle perdón, y tenemos que pedirle ayuda. Me viene enseguida a la cabeza esa oración de don Álvaro: “Gracias, perdón, ayúdame más”, que realmente resume la esencia de nuestra oración. Que es darle muchas gracias al Señor por todo lo muchísimo que nos da, mucho más de lo que sabemos, de lo que experimentamos. También pedirle perdón por nosotros, por todas las cosas que pasan malas en el mundo. Y pedirle ayuda, porque tenemos conciencia de que necesitamos tu ayuda, Señor, para todo. Y eso no nos entristece, sino al revés, nos da seguridad. Porque no podemos ni queremos contar sólo con nuestras fuerzas. Contamos con tu fuerza, con tu ayuda.

Una oración que es nuestra arma, nuestra fuerza, porque no hemos tenido nunca otra, ni tendremos otra. Quiere decir que debe ser algo muy constante, en nuestra vida y en nuestro día. En ese consumar, llegar al final de cada día, tiene que ser también una carrera de oración: llenar nuestro día de oración, en la medida en que nuestra debilidad lo permite, pero siempre con el deseo. Oportet semper orare et non deficere[1]: es preciso orar siempre y no desfallecer.

Estamos intentando ser almas de oración, desde hace ya mucho tiempo. Y nos falta tanto, a veces lo experimentamos, después de tantos años, de tener que decirle al Señor, como ese punto de Camino: “¡Señor, que no sé hacer oración!” Y entonces le pedimos al Señor, se lo decimos ahora también con los apóstoles: Domine, doce nos orare! ¡Enséñanos a rezar![2] Porque necesitamos aprender más. Tenemos que crecer más en ser almas de oración. Enséñanos tú, Señor: Doce nos orare! Enséñanos a rezar.

Y la contestación del Señor que leemos en el Evangelio que les dió a los apóstoles, nos la da a nosotros también: “Cuando os pongáis a rezar, habéis de decir « Padre nuestro»”. Es la filiación divina, porque la oración es expresión necesaria de la filiación divina. No es sólo algo muy bueno: es que es sabernos hijas e hijos de Dios en Cristo, identificados con Jesucristo, el Unigénito de Dios Padre, Él, que es el Verbo eterno, es la Palabra eterna: es su oración. Sabernos hijos, ser hijos e hijas nos lleva a ese —con palabras y sin palabras— dirigirnos al Señor: Padre, Abba Pater! Abba Pater! Tantas veces nuestro Padre tuvo que exclamar, en momentos tan difíciles, ese Abba Pater, Abba, Abba… Padre, papá, con confianza filial. Y así debe ser nuestra oración, llena de confianza. La confianza de ser hijas y de hijos pequeños, que todo lo necesitamos de nuestro Padre Dios.

Una oración, por tanto, confiada, sencilla; también sincera. Sincera para ponernos delante del Señor tal como somos. Una oración que tantas veces —debe ser y es— petición: porque lo necesitamos. El Señor quiere que le pidamos —no porque necesite saber nuestras necesidades, las sabe mejor que nosotros— pero quiere que se lo pidamos porque eso nos viene bien, porque nos hace abrir el alma para estar más dispuestos a recibir precisamente lo que le pedimos. “Pedid y recibiréis”, pedid y recibiréis.

Tenemos que tener también esta fe, este cursum cursummavi, fidem servavi. Que a lo largo del día podamos decir —también al final—, queremos poder decir que hemos mantenido la fe, precisamente también en esto: en que nos hemos fiado del Señor para pedirle todo, para acudir a Él. Hasta en las cosas más ordinarias, pedir su ayuda.

Pedir su ayuda también lógicamente poniendo los medios. Poniendo los medios de nuestro trabajo, de nuestro esfuerzo, poniendo de nuestra parte todo lo que podemos para sacar adelante las cosas. Aunque pidamos —y debamos pedir ayuda al Señor. Porque a veces rezamos pidiendo las cosas al Señor, pero nos falta poner por nuestra parte lo que podemos.

La primera lectura de la Misa de hoy, con palabras del Antiguo testamento del Eclesiástico— nos habla precisamente de esto, de que el Señor escucha nuestra oración. Tenemos que tener esta fe de que el Señor nos escucha. Dice: “escucha las súplicas del oprimido, no desoye los gritos del huérfano, ni de la viuda cuando repite sus ruegos, su queja. Los gritos del pobre atraviesan las nubes”[3]. Toda la oración, sea de quien sea. Especialmente la oración de quien más lo necesita. Y nosotros necesitamos tanto, Señor, que nos ayudes: necesitamos que nos ayudes hasta en las cosas que más nos parece que somos capaces de hacer solos.

Para todo necesitamos tu ayuda, Señor, y te la pedimos con esta sencillez que queremos tener, con esta confianza de hijas y de hijos pequeños, convencidos de que contigo lo podemos todo: Omnia possum in eo qui me confortat, todo lo podemos con el Señor. Por eso, tenemos que tener también la seguridad de lo imposible, porque con Él lo podremos. Podremos sacar adelante nuestra vida interior, nuestra lucha por la santidad, la labor apostólica en todo el mundo. Estamos haciendo la Obra en todo el mundo, porque es el Señor el que la hace, a través de nuestras obras, y principalísimamente a través de nuestra oración.

Una oración que tiene tantos momentos —que son y queremos que sean habituales— de contemplación, de ver al Señor en todo: junto a nosotros, con nosotros, en nosotros. Una oración que aumentará también nuestro deseo de contemplar el rostro de Cristo, ese vultum tuum Domine requiram! que repetía nuestro Padre: “Señor, ¡que quiero verte! ¡Que quiero verte!”. No porque queramos ya morirnos para verle —también queremos verle al final de nuestra vida, por supuesto —, pero queremos verte, Señor, cada día también: verte presente con nosotros, verte en los demás, verte en las circunstancias del trabajo, del descanso, de la vida en familia. Verte con nosotros, y junto a esto, queremos Señor —como también decía nuestro Padre— “sabernos contemplados por Ti”.

Eso es también la contemplación, la vida de oración: no sólo ver al Señor, sino sabernos contemplados por Él. Así decía nuestro Padre en una de sus homilías: “Sabernos contemplados amorosamente por Dios a todas horas”.

Realmente somos tan poca cosa, Señor, que necesitamos que seas Tú que nos hagas verte, y que nos hagas verte así: contemplándonos Tú a nosotros, amorosamente, continuamente. Así alcanzaremos algo tan estupendo como es el convertir todo en oración: el trabajo, concretamente. Decía nuestro Padre en una de sus cartas: “Realizad pues vuestro trabajo sabiendo que Dios lo contempla”. Y continúa nuestro Padre: “Ha de ser la nuestra, por tanto, tarea santa y digna de Él: no sólo acabada hasta el detalle, —ese cursum consummavi, en cada cosa, en cada trabajo, en cada día—, no solo acabada hasta el detalle, sino llevada a cabo con rectitud moral, con hombría de bien, con nobleza, con lealtad, con justicia. Entonces, el trabajo profesional —y todo nuestro trabajo es profesional— no solo es recto y santo, sino que se convierte en oración”.[4]

Ayúdanos Señor —te lo pedimos por intercesión de nuestro Padre, que nos ha dado este espíritu, este empuje—, ayúdanos a que sea verdad esto: que realicemos nuestro trabajo sabiendo que tú Señor nos contemplas. Así, eso nos ayudará a hacerlo con más alegría, con más empeño, con más seguridad; también con más sacrificio cuando cuesta, con más alegría. Por eso, la contemplación tuya de nosotros, Señor, es eso: contemplación amorosa. Contemplar a Jesucristo.

Y podemos dirigir nuestro pensamiento, nuestra oración, ahora a la Virgen Santísima. ¡Cómo contemplaría la Virgen al Señor! Vamos a pedirle a Ella —sabiéndonos débiles, pero pidiéndole su ayuda precisamente— para querer y realizar más en nuestra vida la oración: el ser almas de oración. Para vivir en nuestra vida esa fidelidad diaria, que nos lleve a concluir cada día habiendo concluido la carrera diaria, manteniendo la fe, manteniendo la fidelidad. Y, en consecuencia, también manteniendo la alegría. Porque fidelidad es felicidad, también así nos lo explicaba nuestro Padre. Y así lo hemos visto siempre a nuestro Padre: contento, precisamente por su fidelidad al Señor, por su unión con el Señor, a pesar de tanto sufrimiento que tuvo que afrontar en su vida.

Madre nuestra, te pedimos para terminar nuestra oración, que nos ayudes a esto: a ser más almas de oración, y a terminar cada día pudiendo decir ese cursum consummavi, fidem servavi.

(Meditación predicada el 27 de octubre de 2019)


[1] Lucas 18, 1

[2] Lucas 11, 1

[3] Eclesiástico 35, 15b-17. 20-22a

[4] San Josemaría, Carta 15-X-1948, n. 26

 

 

El “Domingo de la Palabra de Dios” y su dimensión litúrgica

En el tercer domingo del tiempo ordinario, la Iglesia celebra el “Domingo de la Palabra de Dios”. El Papa Francisco lo ha instituido para “crecer en el pueblo de Dios la familiaridad religiosa y asidua con la Sagrada Escritura”. Este artículo explica la relación entre la Palabra de Dios y la liturgia.

AÑO LITÚRGICO14/01/2020

Opus Dei - El “Domingo de la Palabra de Dios” y su dimensión litúrgica

Adaptación del artículo original, publicado en: Rogate ergo 83/1, 2020. 11-15.

Un joven llamado Antonio sabe que Dios quiere algo de él, pero no puede imaginar cuál es su camino. Antonio lee las Escrituras, medita, pero sólo entiende su llamada cuando, al entrar en la iglesia, escuchó la proclamación del evangelio: "Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme" (Mt 19, 21). Como si estas palabras hubieran sido dichas sólo para él, Antonio salió inmediatamente, dio a la gente del pueblo la propiedad que había heredado de su familia, vendió todos los bienes muebles y distribuyó a los pobres la gran suma de dinero que poseía. Poco después, en otra asamblea litúrgica, escuchó las palabras del Señor: "No os preocupéis por el día de mañana" (Mt 6,34). Y no pudiendo resistir más, salió de nuevo y dio lo que aún le quedaba (cf. Atanasio, Vida de Antonio, 2).

La Palabra de Dios, que "penetra hasta la división del alma y del espíritu" (Hb 4,12), es dinámica, activa, nos pone en movimiento. A lo largo de los siglos la vida de los santos muestra que hay un ámbito privilegiado donde la Palabra de Dios ejerce su potencia. Este ámbito es la liturgia. De hecho, "considerando a la Iglesia como la 'casa de la Palabra', se debe prestar atención en primer lugar a la sagrada liturgia. Este es el ámbito privilegiado en el que Dios nos habla en el presente de nuestra vida, habla hoy a su pueblo, que escucha y responde" (Verbum Domini 52).

¿Por qué un ámbito privilegiado?

El Señor puede tocar con su Palabra las profundidades de nuestra alma en cualquier momento o circunstancia. Sin embargo, quienes observen la historia de la salvación descubrirán situaciones y contextos particulares que forman una especie de gramática con la que Dios articula su diálogo con nosotros. Si pensamos en el Sinaí veremos una asamblea reunida para escuchar la Palabra y sellar la Alianza. Después de escuchar, a través de Moisés, las palabras del Señor, todo el pueblo respondió conjuntamente: “¡Lo que el Señor ha dicho, lo haremos!” (Ex 19:8; Ex 24:3-8). Un esquema ritual semejante lo encontramos en el Segundo Libro de los Reyes (2 Reyes 23:1-3) y en el Libro de Nehemías (Ne 10:30).

EL SEÑOR PUEDE TOCAR CON SU PALABRA LAS PROFUNDIDADES DE NUESTRA ALMA EN CUALQUIER MOMENTO O CIRCUNSTANCIA

Cuando la Iglesia, el nuevo Israel, se revele al mundo, enseñará a los hombres la misma gramática que había aprendido de sus padres. Por eso el día de Pentecostés, "los que acogieron la palabra de Pedro fueron bautizados" (Hechos 2:41). La secuencia "proclamación de la Palabra - obediencia a la Palabra" define el ADN de las acciones litúrgicas. Como nos recuerda el Concilio Vaticano II, "la palabra y el rito están íntimamente ligados" (Sacrosanctum Concilium 35). Es más, en el caso paradigmático de la Eucaristía, "la liturgia de la palabra y la liturgia de la Eucaristía están tan estrechamente unidas que forman un único acto de culto" (Sacrosanctum Concilium 56).

La iniciación cristiana tiene un dinamismo que revitaliza la Iglesia desde dentro. Los catecúmenos que querían llegar a ser cristianos recibían en primer lugar el anuncio de la fe, después tenían que interiorizar la Palabra, y finalmente eran enviados a una misión evangelizadora de escala universal. En esta secuencia, la proclamación litúrgica de la Palabra se coloca en el segundo momento, el de la interiorización. Comparte con el primero la dimensión del anuncio, ya que, en la liturgia, la Iglesia misma se pone a la escucha de las palabras de Cristo, verdadero exégeta del Padre. Comparte con el tercer momento la dimensión de la misión, pues la Palabra no se interioriza ni individualmente ni sólo para la salvación personal, sino que revela sus secretos cuando es acogida en la comunión eclesial (cf. Dei Verbum 12; Verbum Domini 29-30) y es capaz de abrir en nuestros corazones el camino del compartir y de la solidaridad (cf. Aperuit illis 13).

Palabra viva en la liturgia, proclamación de la Palabra Trinitaria

La asamblea litúrgica es el contexto por excelencia donde la Escritura se convierte en la Palabra viva. El cristianismo no es una religión del libro, sino la religión de la Palabra de Dios, de una Palabra que "no es una palabra escrita y muda, sino Palabra encarnada y viva" (San Bernardo de Claraval, Homilia super Missus est, 4, 11). Este hecho explica por qué la Palabra de Dios no se encuentra principalmente en un papiro o en una edición impresa. Como señala el Catecismo de la Iglesia Católica, "la sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los libros escritos" (CIC 113).

Al mismo tiempo, la Iglesia no ha recibido la Palabra para tenerla oculta en su corazón. Gracias a la mediación humana y eclesial, la Palabra resuena en el aula litúrgica como un evento que puede cambiar nuestros corazones. En la proclamación del Evangelio por parte del obispo y luego en la homilía litúrgica tenemos tanto la mediación de un cuerpo, de una boca, de una respiración regenerados en el Bautismo, como la mediación cualificada de aquel que ha recibido la plenitud del sacramento del orden y que, por lo tanto, puede ser garante aquí y ahora de la presencia de Cristo que habla con su Esposa.

En este sentido, observamos la coherencia con la lógica según la cual Dios ha revelado su plan de salvación. A lo largo de la historia Dios ha hablado "por medio de los hombres a la manera humana" (Dei Verbum 12). Esta misma lógica conduce a la encarnación del Verbo y más aún a la prolongación de su presencia entre los hombres a través de la mediación de otros seres humanos. La adaptación de Dios a nuestro lenguaje, a nuestra pequeñez, esta misericordia inclusiva que dona la Palabra de la Vida a través de criaturas limitadas y limitantes, es el acontecimiento que contemplamos cada vez que resuena el "Gloria a ti Señor Jesús" después de la proclamación del Evangelio. "Gloria a ti Señor Jesús". No decimos: "gracias diácono, gracias señor obispo por leernos un texto tan esclarecedor". Aclamar "Gloria a ti Señor Jesús" significa, en cambio, que creemos, confesamos y anunciamos que Cristo está ahí presente y que, a través de los labios de la Iglesia, nos revela el verdadero rostro de su Padre.

Por otra parte, la aclamación "Te alabamos, Señor" después de las lecturas puede recordarnos que nuestro interlocutor no es sólo Jesús, sino también Dios Padre, pues a través del anuncio litúrgico "el Padre que está en el cielo viene con gran amor al encuentro de sus hijos y entra en conversación con ellos" (Dei Verbum 21). Aprender a escuchar la proclamación de la “Palabra del Señor” mirando al Padre nos pone en situación de experimentar que Él no deja de hablarnos de su Hijo amado, pues a través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, el Padre "dice una sola palabra, su única palabra, en la que se expresa enteramente" (CIC 102).

EL ESPÍRITU ES EL QUE HACE PRESENTE AL VERBO DE DIOS EN PALABRAS HUMANAS

Para que este diálogo se produzca, sin embargo, es necesaria la acción del Espíritu Santo (cf. Aperuit illis 10.12). Esta acción continúa la lógica de la Revelación. Como en el caso de los profetas, y más aún en el caso de la Encarnación, el Espíritu es el que hace presente al Verbo de Dios en palabras humanas. Él "hace presente" la Palabra. Siendo el Espíritu la memoria viva de la Iglesia (cf. Jn 14,26), él es el único capaz de dar a los que anuncian la Palabra y a los que la escuchan la capacidad de convertirse en resonancia viva del evento salvífico. En este sentido, la invitación "El Señor esté con vosotros" que precede al Evangelio, o la rica variedad de oraciones con las que los ministros de la Palabra se han preparado para su ministerio a lo largo de la historia, constituyen una llamada a actualizar la presencia del Espíritu en cada uno de nosotros, ya sea como fruto de nuestro Bautismo o como fruto del Sacramento del Orden. Sin la acción del Espíritu, por lo tanto, no es posible ni la mediación humana de la Palabra de Dios en la liturgia, ni el acto de fe que la acoge, ni su inteligencia espiritual durante la homilía.

Se ha dicho que la Palabra de Dios realiza un viaje dentro de nosotros. Durante la liturgia la Palabra resuena en el espacio celebrativo, encuentra nuestros cuerpos y a través de los oídos pasa a nuestros corazones. Si nuestro corazón se abre al Espíritu y acoge la Palabra con fe, entonces ella limpia, ilumina, ordena y empieza a habitar en nosotros: pasa a nuestro cuerpo, a nuestras manos, a nuestros ojos. Este es el proceso que el domingo de la Palabra quiere que recordemos porque, como en el caso de María, el Verbo de Dios está deseando "hacerse carne" en cada uno de nosotros.

Juan Rego

 

Josemaría, de nuevo entre los necesitados

“¿Qué más puedo hacer?” Amparo no podía dejar de hacerse esa pregunta. Al ver a tantas personas necesitadas en las calles de Mazatlán (una ciudad costera de México), comenzó a rezar para descubrir qué debía hacer por ellos. Hoy, más de 15 años después, la pregunta de Amparo ha encontrado su respuesta.

NOTICIAS16/01/2020

Opus Dei - Josemaría, de nuevo entre los necesitados

 

Amparo, desde muy joven, se preguntaba continuamente qué era lo que Dios quería de ella: “Mi esposo y yo tuvimos una librería durante más de 20 años. Fuera, veía que había mucha gente en la calle, de todo tipo. Al verlos, pensaba: Señor, yo pude haber estado en esa situación”.

Unos brownies de su hija

Un día, un sacerdote, amigo de su familia, les contó cómo san Josemaría Escrivá de Balaguer visitaba a los pobres y a los enfermos de Madrid. Poco tiempo después, una de las hijas de Amparo la recibió con unos brownies y una sonrisa: “Ándale, mamá. Cuando estábamos chiquitas, tú nos llevabas a visitar pobres. Así que los hice para repartirlos”.

Así, comenzó la distribución de alimentos a los más necesitados. En las calles de la ciudad, en el malecón y en las vías del tren, Amparo hacía lo que podía por discapacitados, vagabundos y ancianos en condición de enfermedad y abandono.

En 2008, poco después de conocer las historias de muchos presos en una visita al Centro de Readaptación Social y palpar la necesidad de hacer algo por tanta gente rechazada por la sociedad, surgió la idea de ofrecer la ayuda a través de una asociación civil. Esto facilitaría tener presencia y reconocimiento, de tal manera que muchas personas la conocieran y se comprometieran.

Amigos de San Josemaría Escrivá de Balaguer, A.C.

El comienzo no fue fácil; las dificultades se sucedían una tras otra. Amparo sabía que el secreto era confiar: “Eso es lo más importante: poner todo en las manos de Dios. Notaba cómo nunca me dejaba sola”. Finalmente, el 21 de octubre de 2010, la asociación fue dada de alta con el nombre “Amigos de San Josemaría Escrivá de Balaguer, A.C.”.

“Tenía que llevar el nombre de san Josemaría. Eso lo tuve claro desde el principio”. Siendo todavía muy joven, Amparo estuvo gravemente enferma; durante esta temporada, su devoción por el Fundador del Opus Dei comenzó a crecer: “Siempre tenía conmigo la estampita de san Josemaría, siempre en el hospital; nunca me separé de ella”. Poco después, quedó completamente curada: “Desde entonces, me di cuenta que tenía que dar un testimonio de vida”.

“Esto es de Dios: Él sabe cómo maneja los corazones. Por eso, ir a la Basílica de Guadalupe me ayuda mucho”. Amparo hace continuas visitas a la capital de país para estar con la Virgen Morena. “Cuando voy a la Ciudad de México, mi hija dice: ‘mi mamá no viene a verme a mí; viene a ver a la Virgen y luego se pasa conmigo’”.

Un comedor y un albergue en Mazatlan

Hoy, “Amigos de San Josemaría Escrivá de Balaguer” cuenta con un comedor y un albergue en la ciudad de Mazatlán, Sinaloa. En el primero, se sirve comida para aproximadamente 100 personas diariamente, además de ofrecer regaderas y ropa limpia. El albergue se dedica al cuidado de adultos mayores, enfermos en etapa terminal e indigentes con lesiones severas; les ofrece un lugar temporal donde pueden ser atendidos, mientras son canalizados a un hospital o alguna otra entidad que cuente con los medios para brindarles la atención especial necesaria.

“A través de ese trato que se da a las personas en la asociación, hemos aprendido muchísimo. Cuando tengo alguna dificultad o noto que alguien es indiferente me ayuda a olvidar las dificultades llegar a la Casa Hogar y ver el gusto que les da verme”.

 

 

La asociación continúa creciendo. En 2015 abrió un nuevo comedor en Rosario, Sinaloa, ciudad natal de Amparo, y en noviembre de 2017 abrió un nuevo espacio para atender a enfermos mentales y ancianos abandonados.

Más de 15 años después, la pregunta de Amparo ha tomado la forma de comedores y de albergues, de una fe gigante y de mucha confianza en Dios.“Yo misma estoy sorprendida de que esto haya salido adelante. Sí, he batallado mucho, pero estoy feliz de estar haciendo lo que estoy haciendo. Sé que hay muchas personas rezando por la asociación; Dios está poniendo todo”.

 

 

«Fiestas patronales»

Expresión de fe sólida y de solidaridad

+ Felipe Arizmendi Esquivel. Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

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Mi pueblo natal está celebrando sus fiestas a la Virgen de Belén, nuestra patrona. Con tal motivo, hay cosas bellísimas, que no se deben perder, y otras muy lamentables.

La fiesta del pueblo es ocasión para celebrar la fe de nuestros padres y para que las familias se reúnan y convivan alegremente. Vienen los paisanos que radican en los Estados Unidos y refuerzan sus raíces culturales y religiosas. Se espera esta fiesta para bautismos y otros sacramentos. Todo el pueblo coopera con los gastos para cohetes, música, alimentos para los visitantes, celebraciones religiosas y espectáculos. Sobra comida para todos durante cinco días. Vienen los pueblos vecinos en peregrinaciones, como signo de comunión en la fe. El templo de adorna en forma espléndida con orquídeas, tulipanes, anturios y una gran variedad de flores naturales, cultivadas aquí y en otras partes del país por una familia del lugar. Hay mayordomos encargados de organizar todo, elegidos por el pueblo y que asumen su servicio como una forma de pertenencia afectiva al pueblo, aunque radiquen fuera del país. Hay castillos pirotécnicos, jaripeos, conjuntos musicales, artistas que le cantan a la Virgen, bandas de música y mariachis, danzas, mucha participación en las Misas, presencia del obispo diocesano, visita de sacerdotes nativos del lugar y anteriores párrocos, juegos mecánicos, ventas de todo tipo, etc. Se nota que hay dinero, que hay trabajo, que hay estrenos, que hay recursos económicos. Todo esto es muy hermoso y ojalá no se pierda.

Por el lado contrario, ¡cuántos borrachos! Es triste ver a muchos paisanos que se exceden en bebidas embriagantes, que presumen de ofrecer a los visitantes las mejores marcas, que insisten a todos que beban cuanto quieran. Duele mucho ver a jovencitas tomando sin control, junto con muchachos con no siempre buenas intenciones. Presumimos de que la nuestra es una de las mejores fiestas de la región, por la cantidad de cohetes y por los conjuntos musicales. Sin embargo, muchos no se confiesan y su vida no cambia. Cuando pedimos que se destinen algunos de los recursos recaudados para alguna obra social, para ayudar a personas pobres, hay rechazo e incomprensión. Como cuando pedí, en otra parte, a los encargados de las fiestas a la Virgen de la Merced que nos ayudaran con una pequeña cantidad de diez o quince mil pesos para pagar la fianza de un preso y saliera libre, durante años se me criticó y nada hicieron, pero con el tiempo lo asumieron y en la Misa del 24 de septiembre participaban los presos liberados.

Es muy laudable la decisión tomada por la diócesis venezolana de San Cristóbal, con su obispo Mario Moronta, de suspender las tradicionales fiestas en honor del mártir San Sebastián, por los suntuosos gastos que hacen instancias gubernamentales con el pretexto religioso, siendo que hay gravísimas carencias de alimentos, medicinas, electricidad, gas doméstico e incluso de gasolina, siendo un país petrolero, pero mal administrado. Son decisiones extremas, pero dignas de aplauso. Eso es profético; es una denuncia contra el sistema, contra la manipulación de las fiestas religiosas.

PENSAR

El Papa Francisco, en su Carta Aperuit illis sobre el Domingo de la Palabra de Dios, nos advierte: “Es necesario no acostumbrarse nunca a la Palabra de Dios, sino nutrirse de ella para descubrir y vivir en profundidad nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos. La Palabra de Dios nos señala constantemente el amor misericordioso del Padre que pide a sus hijos que vivan en la caridad… Escuchar la Sagrada Escritura para practicar la misericordia: este es un gran desafío para nuestras vidas” (Nos. 12 y 13).

Ya antes, en Evangelii gaudium, nos había dicho: “La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal. Es lo que el Señor reprochaba a los fariseos: «¿Cómo es posible que creáis, vosotros que os glorificáis unos a otros y no os preocupáis por la gloria que sólo viene de Dios?» (Jn 5,44). Es un modo sutil de buscar «sus propios intereses y no los de Cristo Jesús» (Flp2,21). Toma muchas formas, de acuerdo con el tipo de personas y con los estamentos en los que se enquista. Por estar relacionada con el cuidado de la apariencia, no siempre se conecta con pecados públicos, y por fuera todo parece correcto. Pero, si invadiera la Iglesia, sería infinitamente más desastrosa que cualquiera otra mundanidad simplemente moral” (No. 93).

ACTUAR

Apreciemos las expresiones populares de nuestra fe, respetémoslas y acompañémoslas, pero ofreciendo siempre la Palabra de Dios en su integridad, para que las fiestas patronales no sean expresión de mundanidad, sino de fe sólida y de solidaridad con los más necesitados.

 

La familia concreta los valores

Ana Teresa López de Llergo

El agradecimiento mejora el carácter y acerca a las personas, en ese clima será más fácil exponer los problemas y pedir consejo.

Ante las conductas deshonestas, la falta de compromiso de las personas, el desajuste de las relaciones humanas y otro sin número de quejas por cómo se desarrollan muchísimos acontecimientos, quienes soñamos en una auténtica mejora terminamos repitiendo una idea cierta pero que solamente enuncia, no es propositiva ni señala causas ni medidas para la reparación: se están perdiendo los valores.

Es verdad que se pueden perder los valores relacionales, pero los valores inscritos en las criaturas no se pierden. Por lo tanto, el “sitio común” de la pérdida de valores no es totalmente cierta. Aunque esto es tema de una explicación más precisa, y no es el asunto de este escrito.

El entorno donde se aplican los valores y donde se aprenden los valores relacionales es la familia, pero también esta afirmación puede ser otro “sitio común” si no concretamos y no nos damos cuenta que se trata de cada familia, la real, la conformada por unas personas con virtudes y con defectos, pero empeñadas en sacar adelante al cónyuge y a los hijos, con el apéndice de la familia extensa.

En el propósito de evitar el naufragio de los seres queridos es donde hemos de poner nuestro empeño, para fortalecerlo y hacerlo capaz de mantenerse constante a pesar de los problemas más o menos graves que aparezcan. Por eso, conviene revisar lo que debilita el propósito, con el fin de llevarlo a cabo con auténtico convencimiento y realismo.

Al propósito de sacar adelante al tesoro de la propia familia no lo debilitan las ideologías, ni los malos ejemplos externos, ni los defectos de las personas que la forman. Porque todas las personas tienen defectos y siempre los han tenido, lo debilitan el poco empeño en el esfuerzo por mejorar, el conformismo y el desinterés por mantener las buenas relaciones.

Cuando se cuenta con personas esforzadas en su mejora, hay un ejemplo tan profundo que resulta una auténtica coraza ante las influencias nocivas del exterior.

Recientemente alguien recordó el sabio consejo que le dieron antes de formar su propia familia: revisa si la persona con quien piensas formar un hogar coincide con tus creencias, si espera lo mismo que tú, y ama también lo mismo. De ser así, la fe los unirá, recorrerán con soltura el camino que emprendan porque esperan lo mismo y amarán de manera semejante. Así fortalecerán su unión porque hay solidez en la base aunque en lo accidental difieran.

Con ese punto de partida, los valores serán comunes y, por tanto, reforzados. La jerarquía de valores se pondrá en los intereses mutuos y no, en primer término en los bienes materiales: dinero, ropa, accesorios. Estos llegarán pero en su justa medida.

Una familia que garantiza la permanencia fomenta la sencillez, todas las personas se muestran con naturalidad. Así es posible compartir lo bueno y recibir la cariñosa corrección cuando hay algún defecto. Se cuidan los recursos y los disfrutan todos. Además, puede fomentarse cierta austeridad para poder compartir esos bienes con personas necesitadas. Las buenas ideas unen, y la satisfacción de hacer el bien se agradece a quienes nos enseñaron, también crece la unidad.

Es bueno corregir los defectos, sacar del egoísmo, de la poltronería, del orgullo. Pero se acepta bien la corrección de miembros de la familia que, cuando se equivocan lo reconocen, luchan por mejorar y nos ha pedido perdón. Este es un modo de no guardar silencio ante el mal. Se aprende en la familia y luego se proyecta en los grupos extra familiares.

Para todo eso, los padres han de tener presencia en la casa y estar abiertos, atentos, vigilantes. De ese modo serán oportunos en sus comentarios, en sus acciones, pues conocen a los demás. Este es el auténtico tiempo de calidad.

Cuando se cultiva la armonía, la escucha, la acogida, la comprensión, los hijos quieren estar en casa, son espontáneos en sus comentarios, aprenden poco a poco a no solamente recibir sino también a dar, a corresponder.

Reunir a todos no es fácil, tienen distintos modos de ser y también, muchas veces, los tiempos no coinciden. Pero los padres no deben claudicar, y cuando han influido en la niñez, es menos difícil en la adolescencia. Aunque, si no lo han hecho, más vale dejar excusas y lograr esos encuentros.

El aprendizaje en casa es flexible, cambia de ritmo según los estados de ánimo, y eso le da un toque de amabilidad. Sin embargo, esa naturalidad no ha de confundirse con la dejadez. Aunque a veces se justifique un retraso, siempre se ha de llevar a cabo la lección.

Un buen modo de asumir la responsabilidad es pensar que no sabemos los días de vida de nuestros seres queridos, y sin dramatizar, muchas veces puede ayudarnos la suposición de “si es el último día…” y entonces no dejar la ayuda para más adelante.

Estos modos de proceder fomentan gratos recuerdos y deseos de reproducir lo vivido. El agradecimiento mejora el carácter y acerca a las personas, en ese clima será más fácil exponer los problemas y pedir consejo.

La experiencia se enriquece con lo vivido, por eso, los abuelos son pieza clave para estar con los nietos mientras el padre y la madre viven sus obligaciones laborales fuera de casa. Los abuelos dan pertenencia e identidad porque enlazan con el pasado más lejano. Los abuelos apoyan a los padres porque les ayudan a no sentirse solos en la educación de los hijos. Y los hijos aprenden a conocer mejor a sus padres por lo que los abuelos les cuentan de ellos.

El sentido de pertenecer a una familia aleja del resentimiento y de la venganza.

 

¿Eres una persona desconfiada?

Lucía Legorreta

Vivimos en una sociedad en la cual desconfiamos unos de otros, tú no tienes confianza, ¡pero tampoco te la tienen a ti!

Constantemente escuchamos o decimos frases tales como: no confíes en nadie… piensa mal y acertarás… la confianza es la madre de todas las desventuras.

Son parte de una educación que hemos recibido y que trasmitimos de generación en generación. El mensaje que se encierra es que los demás, especialmente los extraños son personas peligrosas, que nos pueden hacer daño, que tienen propósitos oscuros y que no son honestas.

Tristemente, los números lo comprueban. Una encuesta de la empresa Gallup encontró que solo el 23% de la población mundial afirma que se puede confiar en la mayoría de la gente, mientras que cerca del 75% piensa que no.

Esto es algo preocupante, porque significa que vivimos en una sociedad en la cual desconfiamos unos de otros, tú no tienes confianza, ¡pero tampoco te la tienen a ti!

Vamos entonces a reflexionar sobre la importancia de no ser una persona desconfiada, de tener confianza en los demás. En las sociedades donde impera la confianza resulta más fácil emprender grandes proyectos, negocios o iniciativas, sus miembros son más felices y optimistas.

No se diga en las familias y grupos de amigos en donde existe la confianza, los lazos se fortalecen, son más duraderos y las personas más sólidas y veraces.

¿De dónde viene la confianza? Se han formulado diversas teorías sobre este tema.

Hay, por ejemplo, las que atribuyen esta creencia a rasgos de personalidad. Es decir, hay individuos que tienden por naturaleza a ser más confiados que otros.

Otras teorías la hacen depender más de nuestras experiencias personales en el trato con otras personas; si han sido buenas o no.

Existen hipótesis que indican que está en la cultura de cada sociedad, en que unas son más proclives a la confianza que otras. Gerver Torres en su artículo de la revista El País menciona que los expertos hablan de sociedades con alta y baja confianza.

En las primeras se incluye a países como Estados Unidos, Alemania y Japón. En las segundas a China, Francia e Italia. En los primeros hay grandes empresas o corporaciones, mientras que en los de baja confianza prevalecen los negocios familiares o de pequeña escala.

Más allá de sus posibles causas, entre los estudiosos hay un acuerdo unánime y del cual estoy totalmente de acuerdo: este sentimiento es un activo importantísimo para cualquier sociedad.

Donde hay más confianza es más fácil cooperar, emprender proyectos, negocios o iniciativas sociales, en una palabra: construir, edificar emprender.

También ocurre que en las comunidades en las que abunda esta percepción es más fácil que los ciudadanos paguen sus impuestos y cumplan en mayor grado con sus obligaciones ciudadanas. Lo cual es beneficioso para todos.

Y por supuesto hay ganancias individuales. Las personas que confían más en los otros, tienden a ser más felices, alegres y optimistas.

Y llevemos esto al campo del matrimonio y la familia: confiar en que tu cónyuge te será fiel, trabajador y honesto; en que tus hijos te obedecen y van por buen camino. Esto hace que se viva en mayor armonía y tranquilidad confiando unos en otros.

Por ello, piensa muy bien la próxima vez que les aconsejes a tus hijos o a otra persona que no confíen en los demás. Mejor enséñalos a tomar buenas decisiones y a que confíen en que los demás también darán resultados.

Y pregúntate: ¿eres excesivamente desconfiado o desconfiada? ¿Por qué? Tal vez no tienes razones válidas y objetivas para ser así, y apostar más por los demás, podría ayudarte a tener una actitud más positiva y una vida más equilibrada y sana.

 

Entre padres e hijos anda el juego

Escrito por Rafael Navarro-Valls

A raíz de la polémica suscitada por el 'pin parental', el autor recuerda que la Constitución exige respetar las convicciones de los padres, al margen de cuál sea la finalidad del sistema público de enseñanza

La globalización en el Derecho es una suerte de impulso que lleva a un proceso de unificación, comenzando por los derechos humanos. Pensemos en el derecho a la educación y su incidencia en la relación padres/hijos, que hoy contempla un interesante debate político. El centro en torno al que gira el universo globalizador, en este caso, es la Declaración Universal de Derechos Humanos. Su artículo 26.3 reconoce que «los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos».

Y como ocurre con la nieve de las grandes cumbres, su deshielo ha ido fertilizando −globalizando− muy diversos ámbitos. Así, el Primer Protocolo al Convenio Europeo de Derechos Humanos ((1952) reconoce el derecho de los padres a que la educación de sus hijos se lleve a cabo de acuerdo con sus «convicciones religiosas o filosóficas» (art. 2). El art. 18.4 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de Naciones Unidas (1966) enuncia el derecho de los padres o tutores legales a garantizar «la educación religiosa y moral de sus hijos conforme a sus propias convicciones». Algo similar establece el art. 13. 3 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. En fin, la Constitución (art.27.3) proclama: «Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones».

Todas estas declaraciones han tenido, a su vez, reflejo en la legislación y jurisprudencia mundiales. Por ejemplo, en Estados Unidos, más de 40 Estados han aprobado leyes o reglamentos administrativos que conceden a los padres la posibilidad de solicitar para sus hijos la exención del programa sobre educación sexual o de ciertas actividades sobre la materia si lo consideran contrario a sus convicciones morales. Con ello reconocen lo que el Tribunal Supremo dijo hace años: «Los niños no son meras criaturas del Estado» (Pierce v. Society of Sisters of the Holy Names of Jesus and Mary, 268 U.S. 510 (1925).

Así las cosas, tiene razón Norberto Bobbio cuando afirmaba que «el problema de fondo de los derechos humanos es no tanto justificarlos, como protegerlos». Sin duda, según jurisprudencia constante del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, está proscrito el «adoctrinamiento religioso o moral» por parte del sistema público de enseñanza en contra de las convicciones de los padres. Sin perjuicio de volver sobre este tema más adelante, parece razonable intentar encontrar un punto de equilibrio entre las competencias del Estado y los derechos de los padres. La judicialización de bastantes de los conflictos entre conciencia y ley podrían ser prevenidos siguiendo procedimientos sensibles, en la elaboración de los currícula y en su aplicación práctica, de modo que las minorías puedan ser tuteladas. Este principio es el que ha llevado, por ejemplo, al Tribunal de Estrasburgo a inclinarse por hacer optativa la enseñanza religiosa. Implícitamente, lo acaba de reiterar en Papageorgiou y otros c. Grecia (27 noviembre de 2019). Los problemas emergentes nunca pueden solventarse con actuaciones del poder civil encaminadas a imponer modos uniformes de proceder. Veamos la jurisprudencia más representativa de este tribunal en materia de discrepancia de los padres hacia contenidos o métodos docentes. Me refiero a los casos Folgero (29 junio 2007) y Zengin (9 octubre 2007). Las dos sentencias mencionadas abordan un problema análogo, aunque en hábitats diversos: Noruega y Turquía. En ambas se abordan situaciones en las que los padres se oponen a las clases de educación religiosa obligatoria impartida a sus hijos en colegios públicos. El tribunal dio la razón a los demandantes.

En Folgero, el tribunal hacía notar que, no obstante el empeño del Gobierno por garantizar la neutralidad, el cristianismo recibía un trato preferente. Solo un sistema de exenciones totales dotado de viabilidad real podría respetar las convicciones de los padres en el sentido del artículo 2 del citado protocolo. En Zengin, el tribunal rechaza que los padres seguidores de una determinada rama del Islam (los alevitas) no pudieran beneficiarse del sistema de exención de la enseñanza religiosa. Para el TDH los derechos de los padres en esta materia proceden de sus deberes naturales (es el adjetivo literal utilizado por la Corte) hacia sus hijos. Si pueden exigir del Estado el respeto de sus convicciones es porque ellos son los que primordialmente tienen la responsabilidad de la educación y enseñanza de sus hijos. No es una cuestión de propiedad (de quién son los hijos), sino de responsabilidad. A su vez −recalca la Corte− el término respeto referido a las convicciones de los padres ha de entenderse en toda su fuerza, y no como sinónimos de simplemente reconocer o tener en cuenta.

Esa necesidad de respeto profundo por las convicciones de los padres ya había sido establecida desde antiguo por el Tribunal de Estrasburgo (sentencia Kjeldsen, 1976), que hacía esa obligación extensiva a todo el entorno escolar, aunque no se tratara de actividades académicas (sentencia Campbell y Cosans, 1982). Kjeldsen afirmaba también que sólo es imprescindible respetar esas convicciones de los padres cuando el Estado persigue una finalidad de adoctrinamiento con las actividades objetadas. Lo cual, desde mi punto de vista, supone interpretar de manera incorrecta el artículo 2 del Protocolo, en el que no existen indicios de que prohíba exclusivamente el fin de adoctrinamiento en la actividad educativa estatal. Como decía uno de los jueces (Verdross) en su voto particular contrario a la sentencia: «El artículo 2 exige que se respete las convicciones de los padres, sin la menor referencia a la finalidad perseguida por la organización publica del sistema de enseñanza».

Esta interpretación se opone el criterio seguido por nuestro Tribunal Supremo en varias sentencias de la misma fecha (11 febrero 2009), que rechaza la objeción de conciencia de un grupo de padres contra una asignatura establecida por el Estado denominada Educación para la Ciudadanía, y que, de algún modo, podría compararse a lo que con curiosa denominación se llama hoy pin parental. De ahí que me permita hacer un análisis de las mencionadas sentencias.

Su desenfoque incide en no haber analizado detenidamente la lesión que la inseguridad jurídica de los contenidos objetados produce en el derecho de los padres a educar a sus hijos de acuerdo con sus propias convicciones. El TS se centra en dictaminar si existe en las normas examinadas un afán «adoctrinador» por parte del Estado. Al concluir que no es posible demostrarlo, entiende que no se conculca el art. 27 de la Constitución española ni el art. 2 del Protocolo del Convenio sobre Derechos Humanos. Lo que exige el Convenio Europeo y la Constitución es respetar las convicciones de los padres, al margen de cuál sea la finalidad perseguida por la organización pública del sistema de enseñanza. Incluso aceptando la doctrina del TEDH, que circunscribe el art 2 del Protocolo a la prohibición de adoctrinamiento religioso o moral, hubiera sido deseable poner el acento no en el fin pretendido −muy difícil de demostrar en la práctica− sino en el efecto adoctrinador.

Tal vez por ello, el TS elude sorprendentemente analizar en el caso los criterios de las sentencias Folgero y Zengin, aduciendo «que no son de gran utilidad para el presente caso, porque contemplan supuestos de enseñanza obligatoria de una determinada religión». Olvida el TS que el art. 2 equipara las convicciones filosóficas con las religiosas. Probablemente, este olvido puede estar motivado porque esas dos decisiones fueron favorables a la objeción de conciencia de los demandantes, y pusieron alto el listón que el Estado debe superar para demostrar que una asignatura y el modo de impartirla son verdaderamente neutrales.

A la luz de estas reflexiones, me parece que las preocupaciones de los padres acerca del contenido de algunas asignaturas merecen protección a la luz de los deberes naturales, de los que proceden los derechos de los padres sobre los hijos, como dice el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

Rafael Navarro-Valls, académico, catedrático y autor, junto a J. Martínez Torrón, del libro Conflictos entre conciencia y ley.

 

¿Conviene educar al niño en alguna religión?

Una joven madre me dijo: «No quiero enseñarle ninguna religión a mi hijo. No quiero influir sobre él; quiero que la elija por sí mismo cuando sea mayor.»

He aquí una frase que oí el otro día a una persona muy agradable e inteligente, y que cientos de veces he oído a cientos de personas. Una joven madre me dijo: «No quiero enseñarle ninguna religión a mi hijo. No quiero influir sobre él; quiero que la elija por sí mismo cuando sea mayor.» Ése es un ejemplo muy común de un argumento corriente, que frecuentemente se repite, y que, sin embargo, nunca se aplica verdaderamente. Por supuesto que la madre siempre estará influyendo sobre su hijo. De la misma manera, la madre podría haber dicho : «Espero que escogerá sus propios amigos cuando crezca; por eso no quiero presentarle ni a primas ni a primos.»

Pero la persona adulta en ningún caso puede escaparse a la responsabilidad de influir sobre el niño; ni siquiera cuando se impone la enorme responsabilidad de no hacerlo. La madre puede educar al hijo sin elegirle una religión; pero no sin elegirle un medio ambiente. Si ella opta por dejar a un lado la religión, está escogiendo ya el medio ambiente; y además, un medio ambiente funesto y contranatural.

La madre, para que su hijo no sufra la influencia de supersticiones y tradiciones sociales, tendrá que aislar a su hijo en una isla desierta y allí educarlo. Pero la madre está escogiendo la isla, el lago y la soledad; y, es tan responsable por obrar así como si hubiera escogido la secta de los mennonitas o la teología de los mormones.

Es completamente evidente, dicen, para quien piense durante dos minutos, que la responsabilidad de encauzar la infancia pertenece al adulto, por la relación existente entre éste y el niño, completamente aparte de las relaciones de religión e irreligión. Pero la gente que repite esta fraseología no la piensa dos minutos. No intentan unir sus palabras con una razón, con una filosofía. Han oído ese argumento aplicado a la religión, y nunca piensan en aplicarlo a otra cosa fuera de la religión.

Nunca piensan en extraer esas diez o doce palabras de su contexto convencional y tratar de aplicarlas a cualquier otro contexto. Han oído que hay personas que se resisten a educar a los hijos aun en su propia religión. Igualmente podría haber personas que se resistieran a educar a los hijos en su propia civilización.

Si el niño cuando sea mayor, puede preferir otro credo, es igualmente cierto que puede preferir otra cultura. Puede molestarse por no haber sido educado como un buen sueco burgués; puede lamentar profundamente no haber sido educado como un Sandzmanian. De la misma manera puede lamentar haber sido educado como un caballero inglés y no como un árabe salvaje del desierto. Puede (con la ayuda de una buena educación geográfica), mientras examina el mundo desde China al Perú, sentirse envidioso por la dignidad del código de Confucio o llorar sobre las ruinas de la gran civilización incaica.

Pero, evidentemente, alguien ha tenido que educarlo para llegar a ese estado de lamentar tal o cual cosa; y la responsabilidad más grave de todas es tal vez la de no guiar al niño hacia ningún fin.

 

Educar es difícil, posible y bello, palabras a padres y maestros

Lo primero que creo puede ser importante es plantearme y plantearles ¿a quién le quiero dirigir estas palabras? Y en este sentido me hace bien imaginar que estas páginas las pudieran leer la mamá que se ha levantado temprano y está preparando el desayuno para el marido y los chicos, para después empezar todos, cada uno en lo suyo, el trajín del día. O el papá que mientras se afeita piensa en todo lo que le espera en el trabajo, mientras se le cruzan los rostros y las dificultades de la casa. Se las quisiera decir al educador la maestra, el profesor, la directora, el preceptor, la secretaria, el portero que va yendo a su colegio, escuela o universidad para empezar la labor educativa, unos mirando por la ventanilla del tren o del ómnibus, si tuvieron la suerte de conseguir asiento, otros caminando por el pueblo y saludando al paso a todos, porque todos conocen al maestro o la maestra, otros a caballo por las picadas del monte, o por los senderos de las montañas, otros en botes, rumbo a las islas.

Y, ¿qué querría decirles? Creo que querría animarlos diciéndoles estas tres verdades, con las que hace más de diez años el Cardenal Martini describió lo que significa el desafío de «educar hoy”1 : que educar es ciertamente difícil, pero a pesar de todo posible, y sobre todo y fundamentalmente bello.

Es difícil

Por lo que vemos y sobre todo por lo que nos toca vivir cada día en nuestras casas, en el colegio, en los ambientes donde se mueven los chicos (hijos, alumnos), experimentamos que realmente es así, que es difícil educar. Muchos padres y maestros viven incluso esta dificultad con una fuerte sensación de impotencia, y hasta de inutilidad, que se manifiesta en una carga grande de agobio y desconsuelo, en una desazón que los lleva a plantearse con hondo pesimismo el sentido de tanto esfuerzo educativo puesto en ellos, o a desentenderse inmaduramente de su misión.

Educar es difícil porque surgen valores nuevos y se desprecian los viejos. Porque hay costumbres sociales que se han modificado notablemente. Por sólo citar alguna: cada vez hay menos tiempo libre, estamos perdiendo el valor de lo gratuito. Hoy en las ciudades es casi un sueño sentarse a la mesa juntos, escucharnos, compartir cosas, o estarnos simplemente en familia, sin hacer nada, pero juntos. Y aún siendo un triunfo el juntarnos, cuántas veces, sin embargo, dejamos que el televisor nos robe la atención rompiendo el círculo familiar, por un semicírculo que muchas veces nos libera de un compartir maduramente los hechos de la vida cotidiana.

Nos hemos vuelto tan «geniales» que ya no tenemos tiempo ni para jugar, lo cual paradójicamente es muy serio, y si lo hacemos, muchas veces es de espaldas a la gente, frente a una pantalla fría, impersonal de computadora. ¡Estamos solos hasta para jugar!
Educar es difícil porque hay muchas certezas puestas en duda. Porque ha cambiado el valor de las instituciones.

Hay un fuerte rechazo a la familia que a la vez convive aunque suene contradictorio con una cada vez mayor necesidad y reclamo solapado de ella. Es cierto que ha cambiado la relación joven adulto, y que hay una mayor igualdad como cosa positiva , pero con la dificultad de que muchas veces esto nos sirve de pretexto para liberarnos de nuestra misión de autoridad: de maestro o de padre. El Papa dice que uno de los dramas de nuestros tiempos es la orfandad, y la peor de ellas, la «orfandad con padres vivos». «La escala de valores paternales dice Martín Descalzo que durante siglos sirvió de última referencia, de respaldo vital a muchas generaciones, parece haber hoy desaparecido. Ni los jóvenes parecen creer en sus padres ni tienen muchos padres el coraje de serlo en plenitud… Esa falta o minusvaloración de los padres gesta una enorme soledad. Y por lo tanto vemos muchos jóvenes y hombres grandes reaccionando con actitudes muy típicas de aquellos que perdieron a su padre en la primera infancia”2

Por supuesto que no pretendemos defender ciertas formas de ser padre o maestro que no eran sino autoritarismos opresores y asfixiantes, pero sucede que, quizás por reacción a esta caricatura de la paternidad o de la autoridad, «hemos pendulado hacia el extremo opuesto y muchos padres han abdicado de su función en nombre de una supuesta libertad, que ciertamente permitirá vivir más cómodamente a los hijos o a los alumnos, pero también más huérfanos” .3

Tenemos que convencernos que los chicos «no aman los rigorismos ni las durezas absurdas, pero tampoco aman la confusión de una libertad llena de vacilaciones. Hay que convencerse que en el amor al padre, al maestro, no hay simple afán de seguridad y miedo a la aventura. Hay algo más sólido: hay el reconocimiento de que el hombre tiene mucho que ver con sus propias raíces y que se realizará verdaderamente en la medida que sea fiel a ellas»4 , sin perder por supuesto su propia originalidad, su capacidad de crear libremente muchas cosas nuevas. Hay en nuestros jóvenes una inmensa «nostalgia de tierra firme» y si no la encuentran en sus padres o en sus maestros la irán a buscar en cualquier ideología, o en cualquier amigote que les haga de padre, y si no, mendigarán en los falsos refugios «sustitutivos’ o alienantes de la bebida, de la droga, o del sexo loco, porque la necesidad de ese «horizonte de referencia seguro» es algo que el ser humano lleva en sus entrañas, y por lo tanto, bien o mal, no dejarán de buscarlo.
Educar es difícil porque los jóvenes no tienen suficientes modelos adultos creíbles. Ven caer las ideologías con todas sus promesas fascinantes, ven «superhombres» transformados en «pobres hombres», que deciden los destinos del mundo y no pueden gobernar su propio corazón, que juegan a ganar grandes guerras, y pierden bataholas «de pasillo”, que son amos del mundo, y extranjeros en su casa.

Ven figuras de adultos que lideran multitudes, que proponen proyectos grandes para su pueblo, a las que se adhieren, y en pocos meses encuentran a los mismos líderes sentado frente a un tribunal, ya no proponiendo nada para el bien de los otros, sino «cuidando el propio pellejo», haciendo malabarismos para zafar de marchar presos. No es el hecho aquí de hablar de culpabilidades o inocencias, eso no nos corresponde si no lo podemos probar. Lo que queremos remarcar aquí es el «shock» desarmante que provoca en el corazón del joven este contraste tremendo: el hasta ayer «ídolo», hoy «reo»; el hasta ayer confiable y «seguible», hoy un «sospechoso». Esto provoca necesariamente en el joven este «no creer ya en nada ni en nadie», este «hacer la suya’, actitud que de a poco se va convirtiendo en un modo de vivir, de relacionarse, de juzgar las cosas y las personas.
Y si esto sucede con los personajes públicos, no es menos grave el hecho de que muchas veces encuentran en nosotros los más cercanos, los que deberíamos ser puntos de referencia claros en su vida de fe gestos o actitudes que contradicen radicalmente lo que les predicamos, convirtiéndonos para ellos en factor de hondos desencantos, en «piedra de tropiezo».

Educar es difícil porque para hacer frente a una carrera de competencia «zoológica», se educa al hijo para el éxito, para que un día ocupe los primeros puestos, para que tenga más, para que sea más grande que los otros. Y así tenemos un inmenso rejunte de «monstruitos educadísimos», eso sí: trilingües, brillantes en eficiencia, en capacidad de trabajar sin descanso, empachados de títulos, preparados para servir a un «sistema» por el que sacrificarán «inhumanamente» horas de sueño, de familia, de noviazgo o amistades, de servicio solidario a los demás; por el que tendrán que practicar fríamente y «sin culpas» porque todo se hace «en regla» recortes de sueldos o jubilaciones, contratos indignos, despidos despiadados. Para, finalmente, ser por el mismo sistema «sacrificados» para lo cual en cambio nunca se está preparado cuando ya las neuronas se «empasten» un poco, cuando cometamos dos errores seguidos en las cuentas, o el simple pero gravísimo error de cumplir 40 o 45 años.

Educar es difícil porque se ha confundido la formación del corazón con una especie de «training» exigentísimo, que ha hecho de la eficiencia un fin, olvidándonos que es válida y necesaria, pero siempre se inscribirá en el ámbito de los medios, y que cada vez que pierde su condición se convierte en un «becerro de oro», a cuyo alrededor bailan un montón de idólatras, que a poco de adorarlo se chasquean. Convenzámonos que el fin para el que nos educamos y formamos es la solidaridad y el servicio y que la eficiencia no es más que una servidora que recibe su dignidad o indignidad no de sí misma, sino del fin al que sirve. Lo que necesitamos son «hombres para los demás», «olvidados de sí», convencidos que hay triunfos en la vida que tienen forma de fracaso, que se puede ganar perdiendo, que se es más feliz dando que acumulando. Que llena mucho más el corazón una pobreza digna, con amor, que una opulencia indigna, o deshonesta. Que nada ni nadie nos puede hacer tirar a los costados del camino, si no queremos, virtudes como la lealtad, la fidelidad, la amistad, la justicia, la fe, la bondad.

En fin por todo esto, y por muchísimos otros factores quizás tan serios como los que hemos citado, convengamos que no es fácil educar. Para ello dice Fermín Gainza con una sana mezcla de idealismo y humor :

«…uno tiene que llevar en el alma:
un poco de marino,
un poco de pirata, un poco de poeta,
y un kilo y medio de paciencia concentrada».

Es posible

Si las dificultades arriba mencionadas nos llevaran a concluir que «educar hoy» es prácticamente imposible, sería una mentira y traicionaría el mensaje central de estas páginas: y es que ciertamente se puede. El educador tiene que ser un hombre, una mujer lleno de esperanza: tiene que creer que vale la pena enseñar, tiene que tener la convicción que toda persona es educable, capaz de crecer, de mejorar de modificar relaciones y modos de actuar. Hablando de este aspecto nos dice Savater:

«…En la tarea de educar el optimismo es de rigor… Podemos ser ideológicamente o metafísicamente profundamente pesimistas. Podemos estar convencidos de la omnipotente maldad o de la triste estupidez del sistema, de la diabólica microfísica del poder, de la esterilidad a medio o largo plazo de todo esfuerzo humano y de que «nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir».(…) Como individuos y como ciudadanos tenemos derecho a verlo todo… muy negro. Pero en cuanto educadores no nos queda más remedio que ser optimistas, ¡ay! Y es que la enseñanza presupone el optimismo tal como la natación exige un medio líquido para ejercitarse… Quien sienta repugnancia ante el optimismo, que deje la enseñanza… Porque educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima, en que hay cosas (símbolos, técnicas, valores, memorias, hechos…) que pueden ser sabidas y que merecen serlo, en que los hombres podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento” .5

Algunos dedicados a la educación cifrarán esa posibilidad en las nuevas leyes y metodologías. Y creo que es una ilusión válida. Pero, ¡ojo!, toda nueva ley, será fecunda en la medida que se apoye sobre la única ley que no pasa, que resiste al tiempo: la ley del amor, lo que San Ignacio llamaba la «interna ley de la caridad». Una ley que considera a Dios ser supremo y que respeta y ama al ser humano, y busca su dignidad y su felicidad. Una ley no escrita en los papeles sino grabada a fuego por Dios en lo profundo de nuestro corazón y del corazón de todos nuestros hijos y alumnos. Todas las demás, aún las más geniales, fecundas y bien intencionadas, van a la deriva de los tiempos, de las necesidades, de las circunstancias, de los vaivenes políticos o de las ideologías.

Y para nosotros esta ley del amor tiene, o debería tener, una sana obsesión una única fragilidad incurable: los más débiles, los pequeños, los más pobres, los ancianos, los que el mundo arrincona o desecha porque no producen. Y es cierto: no producen ganancias, al contrario, ellos hacen que no nos cierren los números. No son los que nos van a liberar del efecto «tequila», «caipirinha» o «peperina «, pero son el reservorio misterioso de la sabiduría de Dios y de su ternura, son esa fuente de agua limpia a la que nuestras ocupaciones, siempre «más importantes que jugar con un niño y perder tiempo con un abuelo», muchas veces y tramposamente ya no nos permiten acceder, privándonos de algo a lo que ellos tienen derecho y nosotros necesidad. Y así andamos, «muriéndonos de sed al lado de la fuente».

En definitiva esa será la clave, el elemento que nos permita discernir cual es la ley que nos rige, que sustenta nuestros esfuerzos. Y será el signo infalible para juzgar si nuestras instituciones: familia, colegio, parroquia, realmente son humanas y cristianas, o si como tristemente se ve en muchos casos, nos hemos ido acomodando, y en definitiva vueltos «cómplices piadosos» del mismo sistema cruel que criticamos. Este amor real, encarnado en gestos y que tiene una opción no exclusiva pero sí preferencial, por los más débiles, por los que más sufren, debería ser junto con el gozo que no es sino un signo del amor lo que nos distinga, así como fue el distintivo de aquellas primeras comunidades de cristianos de las que decían admirados : «¡Cómo se aman!».

¿Dicen de mi familia o de mi colegio: ¡cómo se aman, qué alegría tienen!? ¿Seducimos con nuestro amor y con nuestro gozo?

Decía Paulo VI hace años: «La paz es posible, porque es posible el amor», y creo que no es impertinente robarle la idea y decir sin miedo: «Educar es posible, porque es posible el amor» Y el amor «todo lo puede, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Soporta… y no pasará jamás» (1Cor 13). Dicho de otro modo: educar será posible mientras haya amor: amor a Dios, amor de familia, amor de hermanos, al colegio y a su gente. «La educación es cosa del corazón nos decía San Juan Bosco : el que se sabe amado, ama, abre su corazón, aprende, se da a conocer, se brindó» y hasta en casos heroicos, llega a dar la vida por los que ama, como dice el Evangelio.

Educar es posible si renovamos lo que Martini llama la «caridad educativa», y que requiere conocer las necesidades profundas de los chicos, a través de un diálogo educativo, que exige que los educadores representen para los chicos verdaderas figuras paternas y maternas, que sepan escucharlos aunque sus palabras hieran, que sepan interpretar y tener paciencia de sus silencios e indiferencias, que hagan sentir a los chicos que valen por lo que son, no por lo que hacen.

Educar es posible en la medida que renovemos la conciencia profunda de que la grandeza de un padre, de una madre de un maestro se la da paradójicamente la fragilidad que cuida.

Educar es posible en la medida que el padre o maestro no se avergüence de la debilidad de su hijo o alumno, si se anima a abrazar con él sus problemas.

Si apuesta a la sabiduría de saber que no son todos iguales y que por lo tanto la educación no se vale de recetas fijas: tendrá que ver qué necesita cada uno, y así mientras anima al tímido, frena al atropellado; mientras aumenta la dosis de ternura y palabras de valoración con el «apichonado», se muestra firme con aquel al que se le han subido los humos y necesita ser reubicado.

Si respeta sus fuerzas y no maltrata sus límites ni por exceso ni por defecto.

Si corrige siempre con horizonte de cariño.

Si se anima a educar en ese equilibrio difícil pero necesario de una ternura que no es debilidad y una firmeza que no es dureza.

Si los anima a no tener miedo a los sueños grandes y por ello no descuidar ni desmerecer lo gestos pequeños.

Si es fuerte para poner un límite y más fuerte aún para esperar .6

Sí, es posible educar hoy sin alienarse de los tiempos que nos tocan vivir cayendo en un espiritualismo desencarnado y por lo tanto no cristiano ni claudicar, entregando a cambio de comodidades o beneficios mezquinos, valores que no se negocian. O, cansados de pastorear el gran rebaño rebelde y difícil, y por lo tanto poco gratificante , dedicarnos a formar exclusivamente algunas cabecitas escogidas o de buenos modales que no nos enerven y sobre todo, que nos hagan quedar bien.

Poniendo al amor por nuestros hijos y alumnos como piedra fundamental que sostiene todo el edificio educacional, Saint Exupéry en su obra póstuma e inconclusa, «Ciudadela», y encarnado en el responsable de aquella ciudadela (para nosotros en este caso el papá, la mamá, la maestra el director o responsable del colegio) dice:

«Hice venir a los educadores y les dije:

No maten al hombre, presente en germen en los pequeños, ni los transformen en hormigas para que sostengan la vida del hormiguero. Poco importa que el hombre esté más o menos colmado. Importa que sea más o menos hombre.

No los llenen de fórmulas vacías, sino de imágenes cargadas de estructuras (de valores) que los ayude a enfrentar la vida con dignidad.

No los llenen de conocimientos muertos. Y en cambio ayúdenlos a forjar un estilo propio.

No juzguen sus aptitudes por su aparente facilidad para una cosa u otra. Porque tiene más mérito el que más trabaja venciéndose a sí mismo. Y para juzgarlos consideren siempre en primer lugar su amor.

Enséñenles el respeto, y no la ironía, que los hace ir para atrás y despreciar los rostros de sus hermanos o compañeros.

Ayúdenlos a luchar contra los lazos del hombre por los bienes materiales, para que no se endurezcan.

Enséñenles a rezar, porque con la plegaria se dilata el alma.

Les enseñarán el ejercicio del amor. Porque a éste nadie lo puede reemplazar. Y recuérdenles que el amor egoísta, el excesivo amor de sí mismo es exactamente lo contrario del amor.

Corrijan en primer término la mentira y la delación. Recuérdenles que solamente la fidelidad nos hace fuertes. Y que no puede haber fidelidad en un campo y no en el otro. El que es fiel, siempre es fiel. Y no es fiel quien puede traicionar a su compañero de labor.
Les enseñarán de a poco el perdón y la caridad.

Enséñenles las maravillosa colaboración de todos por todos y por cada uno.

Si son fieles a todo esto que les he dicho, entonces el cirujano se apresurará a cruzar corriendo el desierto para reparar la rodilla de un humilde peón. Porque sabrá que ambos son vehículos (mensajeros) del amor, y ambos tienen el mismo conductor: Dios” .7

Y aprovechando el envión que nos da Saint Exupéry podríamos agregar:

Y entonces el político no será el paradigma del corrupto, como tanta gente cree, y tantos políticos se encargan de que así lo crean.

Y el empresario sabrá que cada uno de sus obreros lleva atrás una familia, tan digna como la propia y que todos y cada uno de esos rostros valen más que todo lo que tiene, que son su mejor capital.

Entonces el abogado no se aprovechará de la sencillez y el sufrimiento de la gente.

Y el ingeniero y el arquitecto soñarán no tanto en construir la mejor de las mansiones con la más infranqueable de las murallas, sino un barrio de casas dignas para la gente sencilla.

Entonces el sacerdote pastoreará a su rebaño, y en vez de vivir de su lana y cuidar de las ovejas fuertes que adulonamente le dicen que es una «monada», saldrá a campear a las más débiles, a las más alejadas, a las que por mil circunstancias andan heridas en los desfiladeros de la vida y necesitan ser buscadas, entablilladas con delicadeza y cargadas sobre sus hombros, que es propiamente lo que nos define como sacerdotes: el hacernos cargo de los otros.

Entonces la excelencia de nuestra medicina y de nuestra educación no será un lujo al que acceden unos pocos, como cada vez más está sucediendo, sino lo que debe ser: un derecho inalienable del pueblo al que acceda con la naturalidad conque un niño mete su jarrito en el pozo para tomar la mejor de las aguas.

Es bello

Me dirán a esta altura: Padre, dejemos de soñar. Bajemos a la realidad.

Y yo les diré: ¡Ni loco, no quiero dejar de soñar, porque si dejamos de hacerlo dejaremos de ser cristianos, y no tendrá sentido ni nuestra palabra, ni nuestros gestos, ni nuestra conducción en la escuela, ni cada uno de los consejos que pueda decir un maestro a su alumno, un padre a su hijo. No, no quiero dejar de soñar, no podemos dejar de soñar. Si lo hacemos traicionaríamos a nuestros hijos, corromperíamos a nuestros alumnos!

Si educar es bello en gran parte es por esto: porque es misión de soñadores, que a su vez cuidan, protegen, hacen crecer sueños de otros: de los hijos, de los alumnos.

«Hay que seguir soñando y sembrando empecinadamente, como lo hace el sembrador, ‘en esperanza de que el mañana multiplique lo que hoy desparrama, sin saber lo que decidirán las lluvias, las heladas, los calores’… Sabe sí que tiene que sembrar. No es un ingenuo, sabe también de la ingratitud de esa tierra, sabe que parte de lo sembrado se va a perder. Sabe que hay zonas que parecen buena tierra pero abajo tienen piedra, sabe que va a tener que llorar por plantas que cuando sólo les faltaba fructificar murieron asfixiadas. Y sin embargo no mezquina en la siembra, porque ¿quién que ame realmente no está dispuesto a perder mucho por lo que ama?

Durante años, aquel hombre ha repetido este gesto de esparcir todas las semillas, de arriesgar todo en la siembra, de volver a la casa con la bolsa y las manos vacías, y el corazón lleno de ilusiones de que Dios bendiga este año con buenas lluvias. De su parte lo dio todo: aró la tierra y la sembró. Ahora las cosas están en manos de Dios, tendrá que esperar ¿Quién que ame realmente no está dispuesto a esperar mucho?… dentro de algunos meses contemplará entre risas y festejos de familia el campo lleno de frutos, y se lanzará a la cosecha con todos los suyos y algunos más que vengan a darle una mano de los campos vecino, o quizá se secará a escondidas las lágrimas, simulará una sonrisa a los suyos y les dirá: ‘Y bueno… Dios quiera que el año que viene nos sea propicio’.

Y volverá a salir, a abrir los surcos, y a sembrar la tierra, con la misma generosidad empecinada. Y volverá en ese gesto, una vez más a morir, para empezar a resucitar en esperanza.

Es la suerte de todo sembrador: de los padres para los hijos, del maestro para los alumnos, de quien trabaja en las fronteras sociales buscando una vida digna para su pueblo. De la mamá que todos los días vuelve a comenzar el trabajo de la casa. De la enfermera que cambia por enésima vez a su paciente para tener que volver a hacerlo quizás en un ratito más. Es la suerte de todos aquellos que quieren a pesar de sus límites y debilidades, que la Palabra pase por sus palabras y el Amor por sus gestos.

“Sólo el hombre en quien el invierno no ha asesinado la esperanza, es un hombre con capacidad de sembrar dice bellamente Menapace …tenemos que comprometer nuestras manos en la siembra del amor. Que la madrugada nos encuentre sembrando… con cariño, con verdad, con desinterés, jugándonos limpiamente por la luz en la penumbra del amanecer. Trabajo simple que nadie verá y que no será noticia. Porque la única noticia auténtica de la siembra la da sólo la tierra y la historia… Que la mañana nos pille sembrando» .8

Y sepan «los que se dedican a sembrar las infancias de sus hijos y alumnos de gestos de amor, que antes o después, cuando pase el tiempo de las palabras, cuando el viento se lleve las ideologías que alguien prendió con alfileres en nuestro corazón, lo que quedará en el recuerdo serán aquellos gestos, el cariño en el modo de enseñar, la ternura que hubo durante una enfermedad o dolor de familia, el amor silencioso de las horas oscuras…»9

Es bello porque es algo muy parecido a lo que Dios hace con nosotros en esa imagen bíblica tan linda del Alfarero, que mete mano en el barro de nuestro corazón y de a poquito, le va dando forma. Y de pronto, es como si dijera al papá o al maestro: Reemplazame un ratito, seguí un poco vos. Y entonces uno también mete manos y le ayuda a Dios, no por capricho nuestro, sino suyo.

Es bello pensar que el día que los hijos y los alumnos le entreguen el alma a Dios, ella tendrá, como dice el poeta, un poquito del olor a las manos de Dios y también otro poquito del olor a nuestras manos.

Educar es un arte gozoso. No un trabajo forzado. No un fin de lucro. Es ayudar en la creación armoniosa y feliz de una persona, y cuando se vive así la satisfacción de los padres y de los maestros es la misma que la del artista frente a su obra de arte. Por lo tanto, es algo que no tolera recetas o fórmulas pétreas, sino que exige originalidad, gozo, respeto de la individualidad y originalidad del alumno o del hijo.

Volvemos la mirada a ese papá, mamá, maestra o profesor, secretaria o portera que han comenzado el día en su casa o que van camino al colegio para decirles que no le aflojen, que vale la pena, que como dice Gainza tomando la imagen clásica del la vida como un viaje, arduo pero hermoso :

«Es consolador soñar
mientras uno trabaja,
que ese barco ese niño-
irá muy lejos por el agua.
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras (y de amor)
hacia puertos distantes,
hasta islas lejanas.
Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos
seguirá nuestra bandera enarbolada».

Por P. Ángel Rossi S.J.
mercaba.org


1 C.M.Martini, Interioritá e futuro (Bologna, EDB, 1998), 328-450

2 José Luis Martín Descalzo, “El desmadre y el despadre”, en Razones para la esperanza (Madrid, Atenas, 1993), pgs. 155-157

3 Ibid.

4 Ibid.

5 Fernando Savater, El valor de educar (Barcelona, Ariel, 1997),p.18

6 Cfr. Jorge Mario Bergoglio S.J., “El superior local”, en Meditaciones para religiosos” (San Miguel, Ed. Diego de Torres, 1982), pgs.105-128.

7 Antoine de Saint Exupéry, Ciudadela (Bs. As., Ed. Goncourt, 1983), pags. 95-96.

8 Cfr. Ángel Rossi S.J., Semillas de cielo y tierra (Bs. As., Sudamericana, 1997), pags. 20-40.

 

 

 

El PIN parental es un avance en libertades, pese a ser insuficiente

 

Centro Jurídico Tomás Moro

www.tomasmoro.info

 
 

 

El Centro Jurídico Tomás Moro considera que el PIN parental tiene que ser una medida provisional, siendo necesario seguir trabajar para defender el derecho natural de los padres a la educación de sus hijos.

 

Nota de Prensa del Centro Jurídico Tomás Moro, Madrid, 22 de enero de 2020- La semana pasada fue noticia que el gobierno regional de Murcia, bajo una coalición formada por PP y C’s, tuvo que aceptar una exigencia de VOX, formación de la que se depende, para la aprobación de los presupuestos autonómicos del próximo ejercicio económico-financiero.

 

La medida en cuestión consiste en el llamado “PIN parental”. Hablamos de una propuesta electoral de la formación conservadora en materia educativa, a fin de que los padres puedan informar a la dirección del centro donde estudien sus hijos sobre charlas a las que crean que no han de asistir.

 

Esta propuesta ha sembrado el alboroto más absoluto de todo el establishment progre-socialdemócrata así como de las hordas revolucionarias, tanto en redes sociales como en unos medios de comunicación plenamente dominados por estas.

 

De hecho, desde el ejecutivo central, no solo se llegó a afirmar que no eran los padres los responsables de sus hijos biológicos, sino el Estado. También llegaron a exigir a las autoridades murcianas la retirada del mismo, en un plazo de un mes, antes de recurrir a la vía judicial.

 

Por otro lado, en la Comunidad de Madrid, el PP, por medio de su líder (también mandataria autonómica) Isabel Díaz Ayuso, ha considerado que el PIN parental es una medida innecesaria en la región (considera que no se dan casos de adoctrinamiento, pese a impulsar una ley liberticida en 2016).

 

Ante todo ello, desde el Centro Jurídico Tomás Moro consideran necesario valorar la “polémica” medida considerando que el PIN parental ha de ser considerada como una “medida provisional” que permita a los padres ejercer su derecho a la objeción de conciencia (no solo recogido en el artículo 16.1 del artificio iuspositivista de 1978, sino ante todo concebido como un fundamento de la ley natural).

 

Concretamente, se considera que son los padres quienes en base a ese rol de autoridad que progresivamente les ha ido despojando el Estado (en pro de la destrucción de las que vienen a ser las últimas células de resistencia frente a totalitarios) han de determinar lo que han de recibir en materia educativa sus hijos.

 

Los poderes públicos no tienen legitimidad alguna para determinar los contenidos morales, religiosos y de otras disciplinas culturales, científicas o técnicas que han de incorporar los currículos (actualmente se da una situación monopolística en este sentido).

 

La tarea previamente mencionada ha de corresponder, más bien, a la comunidad educativa, respetando tanto la autonomía de este cuerpo intermedio como, a su vez, del centro educativo de curso de estudios, y de los padres.

 

Es más, si se considera que el Estado tiene que desempeñar alguna clase de tarea en materia educativa, esta tiene que consistir únicamente en garantizar el acceso a la educación por parte de la población más desfavorecida, sin inmiscuirse en ningún caso en las competencias de las familias y las organizaciones sociales naturales, e intermedias (en base al principio de subsidiariedad).

 

Con todo ello, se hace un llamamiento a la toma de conciencia sobre una situación que no requiere ninguna actitud conformista, ni pasiva, ni entreguista. No puede existir el “derecho” positivo a la educación, sin respeto absoluto a la libertad de las familias para determinar cómo educar a sus hijos.

 
 
 

 

 

Las respuestas a la secularización de Occidente

No es justo, desde luego, juzgar desde la situación actual momentos históricos pretéritos. Pero forzoso es reconocer lo positivo de la secularización, que libera a los cristianos de condicionamientos ajenos a la vida y a la doctrina del Redentor, que no había venido ciertamente a juzgar de herencias o asuntos temporales, dependientes del libre arbitrio de cada persona.

Escribo estas líneas tras la lectura de una amplia reseña al libro sobre la secularización de Luca Diotallevi, titulado quizá por razones comerciales Il paradosso di Papa Francesco: un análisis del proceso en occidente, que afecta no sólo a la sociología de la religión, sino a la cultura contemporánea, con incidencias prácticas reflejadas en el actual pontificado.

La posible paradoja radica en cómo explicar la relación entre los intentos teóricos y prácticos de reducir la religión al ámbito privado –nada de influencias en la esfera pública-, y el fortalecimiento de unas convicciones personales, íntimas, más fuertes que nunca, con una potencia expansiva impresionante, aun sin entrar en expresiones carismáticas o pentecostalistas. El denostado gregarismo no está hoy en quien vive con profundidad personal su relación con Dios, sino en los fieles de las religiones laicistas, también llamadas a veces, y no sin razón, religiones seculares… El autor del libro se apoya en buena medida en la teoría sistémica de Niklas Luhmann, que incluye la tesis de que reemplazar la religión por la política conduce a la sacralización de la política.

En el fondo, mi esperanza es que se desarrolle hasta sus últimas consecuencias la doctrina del Concilio Vaticano sobre la legítima autonomía del orden temporal. La pujante y creciente religiosidad personal no es individualista, porque la Iglesia es comunión. Tendrá múltiples y diversas manifestaciones en la convivencia colectiva, pero no en términos confesionales. No se pretende recuperar o ganar influencias sociales, sino, desde una espiritualidad profunda, servir en libertad y pluralismo a los demás, es decir, al prójimo: cada uno sabe quién es el suyo, según la famosa parábola.

Jesús Domingo Martínez

 

Referente moral en el mundo

El año que ha acabado ha sido también un año clave en el diálogo con el islam. El octavo centenario del abrazo entre san Francisco de Asís y el sultán se celebró con el histórico viaje del Papa a Emiratos y la firma de la Declaración de Abu Dabi, acontecimiento que ha acercado a los creyentes de las diferentes religiones y les ha impulsado a dar un testimonio conjunto en asuntos como la defensa de la vida. Francisco se ha consolidado también como referente moral en el mundo ante desafíos como las migraciones o la crisis climática, resaltando su trasfondo espiritual. El Sínodo de la Amazonía supuso un hito en la defensa del medio ambiente. Y en lo eclesial, certificó la necesidad de buscar nuevos lenguajes para presentar el evangelio en un mundo plural. Para la Iglesia, lo irrenunciable es la evangelización. Y lo demás debe adaptarse para impulsar la misión.

Juan García.

 

Gracias a los hijos de las inmigrantes.

Eurostat subraya que la población europea aumenta gracias a los hijos de las inmigrantes. Pero el fenómeno no asegura el futuro, si se aceptan las conclusiones de un reciente estudio aparecido en el número de julio-agosto de Population & Sociétes, la revista del Instituto nacional de estudios demográficos de París, que analiza de modo específico las tasas de fecundidad en Francia. Entre otras razones, porque la de las madres de la segunda generación -hijas de inmigrantes nacidas ya aquí- tiende a equipararse con la de las nacionales, de modo semejante a las que llegaron a Europa a una corta edad.

En la mitad de los países europeos, las inmigrantes contribuyen a aumentar la tasa de fecundidad. Pero en uno de cada cuatro, su número no es suficiente para modificarla, como sucede en la mayoría de los antiguos países comunistas del centro o del este de Europa. Incluso, en algunos -Islandia o Dinamarca- disminuyen la tasa nacional. Un caso singular es Holanda, donde las inmigrantes representan una parte importante de la población, pero no influyen estadísticamente, porque su tasa de fecundidad apenas difiere de la nativa.

Los autores del estudio insisten en que se han limitado a reunir y analizar los hechos, dejando de lado los aspectos ideológicos. Algunos respirarán tranquilos al ver que la inmigración no pone en peligro la identidad nacional. Pero los datos no dejan de exigir máxima responsabilidad en materia de políticas de familia y sanidad. Porque, como han escrito en un libro tres importantes economistas del país vecino, está surgiendo un nuevo modelo de sociedad: la sociedad del envejecimiento, de la longevidad.

Pedro García

 

 

¿Conflicto político? Una mentira más

 

                                Cuando esto escribo, leo en prensa lo que sigue: “ERC y el PSOE avanzan hacia la abstención de los independentistas. Es cierto que la formación republicana mantiene de momento su 'no' a la investidura de Pedro Sánchez, pero los socialistas han hecho su primera cesión al admitir abiertamente el "conflicto político" en Cataluña y los negociadores de ambos partidos se han emplazado a una nueva reunión el próximo martes en Madrid”. (Vozpópuli 29-11-2019)

 

                                Y a lo que yo respondo con lo siguiente: “¿Conflicto político? Como siempre nos mienten y dirigen todo basado en la mentira; lo que hubo y sigue habiendo en Cataluña, es UNA REBELIÓN ORGANIZADA POR UNA PARTE DE CATALANES; y a los que no habiéndoles puesto "coto" en su momento, se siguen creyendo, "lo de su república independiente"; por tanto y mientras, "no se les canten las cuarenta, se juzguen con arreglo a la Constitución, que en su momento votó mayoritariamente toda España, incluida Cataluña, seguirán en ese absurdo de una independencia, que no es posible, por cuanto lo prohíbe esa Constitución aceptada y refrendada"; todo lo demás que se añada SON MENTIRAS Y MÁS MENTIRAS. Aparte de un costo inmenso de dinero, que nos es necesario para innumerables empleos de necesidades sociales y verdaderas en toda España”.

                   Dinero y tiempo malgastados sin resultados, que no pueden ser otros, que la continuidad de una nación que lleva el nombre de España; y esa es la ley que ha de imperar, salvo que y con arreglo a las normas establecidas, se cambiase la Constitución, y ésta diese cabida a, “república o repúblicas independientes y que permitieran el troceo de esa España”, que si bien es diferente, es también diferente en otras regiones del mundo, pero que, “marchan y funcionan, con un solo idioma y una sola bandera”.

                   Y aquí en España, ya ha costado “mucha sangre, sudor y lágrimas, los inútiles gobernantes que hubo en el pasado, como lo demuestra este sólo episodio, que hoy recuerdo.

                   “El episodio dice así: “Ante la decisión de Las Cortes de Madrid de proclamar la República Democrática Federal, la respuesta es inmediata. En Barcelona, la Diputación declara la República Independiente de Catalunya; lo mismo hacen de inmediato, Málaga, Cádiz, Sevilla, Granada, Valencia, Cartagena y otras muchas ciudades. Las repúblicas de Granada y Jaén se declaran la guerra. Por otra parte, un regimiento amotinado da muerte en Cataluña a su coronel, y los carlistas aprovechan el desaguisado para imprimir mayor actividad a su guerra”.

             ESTA ERA LA ESPAÑA DE 1873, POR TANTO, LA HISTORIA PUEDE REPETIRSE; TAMBIÉN LOS RÍOS DE SANGRE DERRAMADA: Tomen nota de lo que puede ocurrir, aquellos que de verdad se sientan españoles y sientan lo que hay que sentir, para de una puñetera vez, “encarrilar a este ingobernable país y el que a pesar de todo, se sigue llamando ESPAÑA”.

                                      Y lo de “conflicto”, reitero, es una mentira enorme, puesto que hubo declaración firmada, violencia efectuada y enfrentamientos de lucha y “terrorismo”, “más o menos abierto”, en la que hubo “sangre”; y de milagro no hubo muertos, que puede ser que “los rebeldes”, pensaran en ello precisamente para lograr más fuerza subversiva.  Y digo terrorismo adrede, puesto… ¿que fue sino los cortes de vías de comunicación y otros hechos para paralizar la marcha de una nación?

                                  Lo que está quedando bien claro, es que España, no puede seguir siendo gobernada por, “gobiernos de plastilina o de mantequilla”. Y eso lo entiende el más lerdo, que tenga algo de caletre.

                  

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

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