Las Noticias de hoy 8 Abril 2021

Enviado por adminideas el Jue, 08/04/2021 - 12:39

101 Frases de Derechos Humanos de Niños y Adultos

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 08 de abril de 2021   

Indice:

ROME REPORTS

Catequesis del Papa: Rezar es el primer modo de amar

El Papa a los jóvenes: Dios tiene sed de ustedes

AL ENCUENTRO DEL SEÑOR : Francisco Fernandez Carbajal

Meditaciones: Jueves de Pascua

"Todo lo atraeré hacia mí": Sam Josemaria

«Rezar por los demás es la primera forma de amarlos»

Derechos fundamentales

Muy humanos, muy divinos (II): El camino lo llevamos dentro : Carlos Ayxelà

Pascua: He resucitado y aún estoy contigo : Félix María Arocena

Cuidados paliativos infantiles : Lucía Legorreta

Mal educado : Ángel Cabrero Ugarte

Canto a la vida : Jesús Ortiz López

Vivir con alegría – El ejemplo de los primeros cristianos: Gabriel Larrauri

No dejan tranquilo al pastelero de Colorado: Salvador Bernal

La batalla cultural de las marquesinas: María Solano

Sonrisa y risa.: Jose Luis Velayos

10 Razones para rechazar el socialismo : Acción Familia

El preocupante futuro:  Jesús Martínez Madrid

La discapacidad no es motivo para aplicar la eutanasia: Jesús Martínez Madrid

Una gran lección: Jesús D Mez Madrid

Que la sociedad se rija por hombres y mujeres normales: Jesús Domingo Martínez

España: ¿Políticos no, mercenarios por el botín?: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

Catequesis del Papa: Rezar es el primer modo de amar

Al reflexionar en su catequesis de esta mañana sobre la relación entre la oración y la comunión de los santos, desde la Biblioteca del Palacio Apostólico, el Papa Francisco afirmó, durante la audiencia general, que “rezar por otras personas es el primer modo de amarlas y de estarles cerca de manera concreta”. Y dijo que “desde el cielo los santos siguen echándonos una mano”

Vatican News

En su catequesis de esta mañana, en el ámbito de la audiencia general celebrada en la Biblioteca del Palacio Apostólico, el Papa Francisco reflexionó sobre la relación entre la oración y la comunión de los santos. Y explicó que “cuando rezamos, nunca lo hacemos solos: aunque no lo pensemos, estamos inmersos en un majestuoso río de invocaciones que nos precede y continúa después de nosotros”.

Cuando rezamos, nunca lo hacemos solos

El Santo Padre afirmó asimismo que en las oraciones que encontramos en la Biblia – y que suelen resonar en la liturgia –  se ve la huella de historias antiguas, de liberaciones prodigiosas, de deportaciones y tristes exilios, de regresos conmovidos, de alabanzas derramadas ante las maravillas de creación. De este modo – dijo Francisco – esas voces “se difunden de generación en generación, en una relación continua entre la experiencia personal y la del pueblo y la humanidad a la que pertenecemos”. Además, el Obispo de Roma destacó que “en la oración de alabanza, especialmente en la que brota del corazón de los pequeños y los humildes, resuena algo del cántico del Magníficat que María elevó a Dios ante su pariente Isabel”. De la misma manera – prosiguió – sucede con “la exclamación del anciano Simeón que, tomando al Niño Jesús en sus brazos, dijo así:

“Ahora Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz”

Las oraciones buenas son difusivas

Por otra parte, el Papa agregó que las buenas oraciones son “difusivas”, es decir, “se propagan continuamente, con o sin mensajes en las redes sociales”. De manera que puede ser “desde las salas del hospital”, o las diversas reuniones de fiesta y hasta desde esos “momentos en que se sufre en silencio”.

“El dolor de cada uno es el dolor de todos, y la felicidad de uno se derrama sobre el alma de los demás”

Las oraciones siempre renacen

El Pontífice también recordó que “las oraciones siempre renacen” porque “cada vez que juntamos las manos y abrimos nuestro corazón a Dios, nos encontramos en compañía de santos anónimos y santos reconocidos que rezan con nosotros, y que interceden por nosotros, como hermanos y hermanas mayores que han pasado por nuestra misma aventura humana”.

“En la Iglesia no hay duelo que se quede solo, no hay lágrima que se derrame en el olvido, porque todo respira y participa de una gracia común”

Por esta razón dijo que no es casual que en las iglesias antiguas las sepulturas estuvieran en el jardín alrededor del edificio sagrado, como para decir que la multitud de los que nos precedieron participa de alguna manera en cada Eucaristía.

“Los santos todavía están aquí, no lejos de nosotros; y sus representaciones en las iglesias evocan esa ‘nube de testigos’ que siempre nos rodea”

Naturalmente Francisco destacó que los santos “son testigos” que “no adoramos”, sino que “veneramos y que de mil maneras diferentes nos remiten a Jesucristo”, que es el “único Señor y mediador entre Dios y el hombre”. Después de recordar que también en nuestra vida marcada por el pecado la santidad puede florecer, el Papa dijo:

“Nunca es tarde para convertirse al Señor, bueno y grande en el amor”

A la vez que puso de manifiesto que el Catecismo explica que los santos “contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar de aquellos que han quedado en la tierra”, puesto que “su intercesión es su más alto servicio al plan de Dios”. Por esta razón “podemos y debemos rogarles que intercedan por nosotros y por el mundo entero”. “Vivimos la comunión en la oración cuando rezamos unos por otros, dijo el Papa, y cuando pedimos y ofrecemos plegarias por diversas necesidades”. Por eso “el primer modo de rezar por alguien es hablarle a Dios de esa persona”. Y si lo hacemos con frecuencia, cada día, “nuestro corazón no se cierra, sino que permanece abierto a los demás”. Mientras, hablando espontáneamente en italiano, Francisco dijo:

“Incluso en tiempos de conflicto, una forma de disolver el conflicto, de suavizarlo, es rezar por la persona con la que estoy en conflicto. Y algo cambia con la oración. Lo primero que cambia es mi corazón, es mi actitud. El Señor lo cambia para hacer posible un encuentro, un nuevo encuentro y evitar que el conflicto se convierta en una guerra sin fin”

Saludos en español

Al saludar cordialmente a los fieles de nuestro idioma Francisco invitó, en esta octava de Pascua, a pedir a Cristo resucitado, por intercesión de todos los santos y santas “que nos conceda las gracias que más necesitamos para superar los momentos difíciles y hacer de nuestra vida, en comunión con toda la Iglesia, una alabanza agradable a Él”.

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07/04/2021Audiencia General del miércoles 7 de abril de 2021

Fiesta de la Divina Misericordia

Al final de su catequesis, dirigiéndose a los fieles de lengua polaca, el Papa recordó que el próximo domingo la Iglesia celebrará la fiesta de la Divina Misericordia, instituida por San Juan Pablo II. Al respecto Francisco dijo que su Predecesor había recordado “que la liturgia de ese domingo parece trazar el camino de la misericordia que, mientras reconstruye la relación de cada persona con Dios, suscita también entre los hombres nuevas relaciones de solidaridad fraterna”. Y añadió que el hombre, en efecto, recibe la misericordia de Dios, “pero también está llamado a ‘usar misericordia’ con los demás”. E invitó a pedir “la gracia del perdón y del amor concreto hacia el prójimo”.

 

 

El Papa a los jóvenes: Dios tiene sed de ustedes

Presentamos la introducción escrita por el Santo Padre a la edición italiana del libro “Francisco, juglar de Dios”, escrito por el cardenal Raniero Cantalamessa, que cuenta la tradición de Fray Pacífico, el narrador que siguió al Santo de Asís.

Papa Francisco

Este libro ha sido querido para ti, mi joven hermano de búsqueda, y quiero introducirte en su lectura regalándote palabras llenas de la gran estima y confianza que deposito en ti y en todos los jóvenes.

Tal vez te ha pasado de abrir los Evangelios y escuchar lo que un día Jesús dijo en el famoso Sermón de la Montaña: "Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama se le abre" (Mt 7,7-8). Son palabras fuertes, llenas de una gran y exigente promesa, pero podríamos preguntarnos: ¿hay que tomarlas en serio? ¿Es realmente cierto que si le pido al Señor escuchará mi petición, si lo busco lo encontraré, si llamo él me abrirá? Tú podrías objetarme: ¿no es acaso cierto que a veces la experiencia parece desmentir esta promesa? ¿Que muchos piden y no obtienen, que buscan y no encuentran, que llaman a las puertas del cielo y del otro lado no se oye más que el silencio? Entonces, ¿se puede confiar en estas palabras o no? ¿No serán también, como tantos otros que oigo a mi alrededor, una fuente de ilusión y, por tanto, de decepción?

Comprendo tus dudas y agradezco tus preguntas, ¡ay si no tuvieras ninguna! - pero también me interpelan y me traen a la memoria otro pasaje de la Escritura que, puesto al lado de las palabras de Jesús, me parece que las ilumina en toda su profundidad. En el libro de Jeremías, el Señor dice a través del profeta: "Me buscarán y me encontrarán, porque me buscarán con todo el corazón; me dejaré encontrar por ustedes" (Jr 29, 13-14). Dios se deja encontrar, sí, pero solo por el hombre que lo busca con todo su corazón.

Abre los Evangelios, lee los encuentros de Jesús con las personas que acudían a él y verás cómo para algunos de ellos se cumplieron sus promesas. Son aquellos para quienes encontrar una respuesta se había convertido en una cuestión esencial. El Señor se dejó encontrar por la insistencia de la viuda inoportuna, por la sed de verdad de Nicodemo, por la fe del centurión, por el grito de la viuda de Naín, por el arrepentimiento sincero del pecador, por el deseo de salud del leproso, por el anhelo de luz de Bartimeo. Cualquiera de estas figuras podría haber pronunciado con razón las palabras del Salmo 63: "Mi alma tiene sed de ti [Señor], mi carne te anhela, como una tierra desierta, árida, sin agua".

El que busca encuentra si busca con todo su corazón, si para él el Señor se vuelve tan vital como el agua para el desierto, como la tierra para una semilla, como el sol para una flor. Y esto, si lo piensas, es muy bello y muy respetuoso con nuestra libertad: la fe no se da de forma automática, como un regalo indiferente a tu participación, sino que te pide que te involucres en primera persona y con todo tu ser. Es un regalo que quiere ser deseado. Es, en esencia, el Amor que quiere ser amado.

Tal vez hayas buscado al Señor y no lo hayas encontrado, pero permíteme también una pregunta: ¿qué tan fuerte era tu deseo por Él? Búscalo con todo el impulso de tu corazón, reza, pregunta, invoca, grita, y Él, como ha prometido, se dejará encontrar. El rey del verso, cuya historia leerás en las siguientes páginas, amaba la vida y, como todo joven, deseaba vivirla plenamente. Fue uno de los cantantes más famosos de su tiempo, y en su impetuoso anhelo de plenitud buscó sin saberlo a Aquel que es el único que puede llenar el corazón del hombre. Buscó y fue encontrado.

Esto nos muestra una verdad aún más profunda: el Señor desea que lo busques para que Él pueda encontrarte. Deus sitit sitiri decía San Gregorio de Nacianzo, es decir, Dios tiene sed de que tengamos sed de él, para que encontrándonos así dispuestos Él pueda finalmente encontrarnos. El que nos invita a llamar, en realidad se presenta primero a la puerta de nuestro corazón: "He aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguien oye mi voz y abre la puerta, vendré a él, cenaré con él y él conmigo" (Ap 3,20).

¿Y si hoy llamara a tu puerta? El rey del verso se encontró un día con el hermano Francisco en el monasterio de Colpersito, en San Severino Marche; fue atravesado por su palabra y una nueva chispa se encendió en su interior. Quizá le ocurrió lo mismo que a san Pablo en el camino de Damasco: que la luz de Dios "brilló en nuestros corazones para que el conocimiento de la gloria de Dios resplandeciera en el rostro de Cristo" (2 Cor 4,6). Vio a Francisco en el esplendor de su santidad y en él vislumbró la belleza del rostro de Dios. Lo que siempre había buscado lo encontró por fin, y lo encontró gracias a un hombre santo. Y, como le ocurrió a san Pablo, las cosas que para él eran ganancias las consideró una pérdida, una basura, ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús (cf. Flp 3,7-9). Inmediatamente rompió toda vacilación: "¿Qué necesidad hay de decir más? Vayamos a los hechos. ¡Llévame lejos de los hombres y entrégame al gran Emperador!"

Cuando el Señor nos llama a Él, no quiere acomodos ni vacilaciones de nuestra parte, sino una respuesta radical. Jesús diría: "Sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos" (Mt 8,22). Ese día nació un hombre nuevo, ya no Guillermo de Lisciano, el rey del verso, sino Fray Pacífico, un hombre habitado por una nueva paz antes desconocida. Desde ese día se convirtió en todo de Dios, consagrado enteramente a él, uno de los compañeros más cercanos de san Francisco, un testigo de la belleza de la fe.

Por eso, querido joven, mientras agradezco al querido padre Raniero el nuevo regalo que hace a la Iglesia con las preciosas y sabias páginas de este libro, con la certeza de que harán mucho bien a quienes las lean, te deseo una provechosa lectura, y recuerda: Dios no ha dejado de llamar, es más, quizá hoy más que ayer hace oír su voz. Si solo bajas otros volúmenes y subes el de tus mayores deseos, lo escucharás claro y nítido dentro de ti y a tu alrededor. El Señor no se cansa de venir a nuestro encuentro, de buscarnos como el pastor busca la oveja perdida, como la mujer de la casa busca la moneda extraviada, como el Padre busca a sus hijos. Él sigue llamando y espera pacientemente que respondamos como lo hizo María: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38). Si tienes el valor de dejar tus seguridades y abrirte a Él, se te abrirá un mundo nuevo, y tú a su vez te convertirás en luz para otros hombres.

Gracias por tu escucha. Invoco al Espíritu Santo de Dios sobre ti y tú también, si puedes, no te olvides de rezar por mí.

Tu Papa Francisco

 

AL ENCUENTRO DEL SEÑOR

— Aparición a los Once. Jesús conforta a los Apóstoles. Presencia de Jesucristo en nuestros sagrarios.

— La Visita al Santísimo, continuación de la acción de gracias de la Comunión y preparación de la siguiente. El Señor nos espera a cada uno.

— Frutos de este acto de piedad.

I. Después de haberse aparecido a María Magdalena, a las demás mujeres, a Pedro y a los discípulos de Emaús, Jesús se aparece a los Once, según nos narra el Evangelio de la Misa1Él les dijo: ¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.

Les mostró luego las manos y los pies y comió con ellos. Los Apóstoles tendrán para siempre la seguridad de que su fe en el Resucitado no es efecto de la credulidad, del entusiasmo o de la sugestión, sino de hechos comprobados repetidamente por ellos mismos. Jesús, en sus apariciones, se adapta con admirable condescendencia al estado de ánimo y a las situaciones diferentes de aquellos a quienes se manifiesta. No trata a todos de la misma manera, pero por caminos diversos conduce a todos a la certeza de su Resurrección, que es la piedra angular sobre la que descansa la fe cristiana. Quiere el Señor dar todas las garantías a quienes constituyen aquella Iglesia naciente para que, a través de los siglos, nuestra fe se apoye sobre un sólido fundamento: ¡El Señor en verdad ha resucitado! ¡Jesús vive!

La paz sea con vosotros, dijo el Señor al presentarse a sus discípulos llenos de miedo. Enseguida, vieron sus llagas y se llenaron de gozo y de admiración. Ese ha de ser también nuestro refugio. Allí encontraremos siempre la paz del alma y las fuerzas necesarias para seguirle todos los días de nuestra vida. «Acudiremos como las palomas que, al decir de la Escritura (Cfr. Cant 2, 14), se cobijan en los agujeros de las rocas a la hora de la tempestad. Nos ocultamos en ese refugio, para hallar la intimidad de Cristo: y veremos que su modo de conversar es apacible y su rostro hermoso (Cfr. Cant 2, 14), porque los que conocen que su voz es suave y grata, son los que recibieron la gracia del Evangelio, que les hace decir: Tú tienes palabras de vida eterna (S. Gregorio Niseno, In Canticum Canticorum homiliae, V)»2.

A Jesús le tenemos muy cerca. En las naciones cristianas, donde existen tantos sagrarios, apenas nos separamos de Cristo unos kilómetros. Qué difícil es no ver los muros o el campanario de una iglesia, cuando nos encontramos en medio de una populosa ciudad, o viajamos por una carretera, o desde el tren... ¡Allí está Cristo! ¡Es el Señor!3, gritan nuestra fe y nuestro amor. Porque el Señor se encuentra allí con una presencia real y sustancial. Es el mismo que se apareció a sus discípulos y se mostró solícito con todos.

Jesús se quedó en la Sagrada Eucaristía. En este memorable sacramento se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre, juntamente con el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor y, por consiguiente, Cristo entero. Esta presencia de Cristo en la Sagrada Eucaristía es real y permanente, porque, acabada la Santa Misa, queda el Señor en cada una de las formas y partículas consagradas no consumidas4. Es el mismo que nació, murió y resucitó en Palestina, el mismo que está a la diestra de Dios Padre.

En el Sagrario nos encontramos con Él, que nos ve y nos conoce. Podemos hablarle como hacían los Apóstoles, y contarle lo que nos ilusiona y nos preocupa. Allí encontramos siempre la paz verdadera, la que perdura por encima del dolor y de cualquier obstáculo.

II. La piedad eucarística, dice Juan Pablo II, «ha de centrarse ante todo en la celebración de la Cena del Señor, que perpetúa su amor inmolado en la cruz. Pero tiene una lógica prolongación (...), en la adoración a Cristo en este divino sacramento, en la visita al Santísimo, en la oración ante el sagrario, además de los otros ejercicios de devoción, personales y colectivos, privados y públicos, que habéis practicado durante siglos (...). Jesús nos espera en este Sacramento del Amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo»5.

Jesús está allí, en el sagrario cercano. Quizá a pocos kilómetros, o quizá a pocos metros. ¿Cómo no vamos a ir a verle, a amarle, a contarle nuestras cosas, pedirle? ¡Qué falta de coherencia, si no lo hiciéramos con fe! ¡Qué bien entendemos esta costumbre secular de las «cotidianas visitas a los divinos sagrarios»!6. Allí el Maestro nos espera desde hace veinte siglos7, y podremos estar junto a Él como María, la hermana de Lázaro –la que escogió la mejor parte8–, en su casa de Betania. «Os diré –son palabras de San Josemaría Escrivá– que para mí el Sagrario ha sido siempre Betania, el lugar tranquilo y apacible donde está Cristo, donde podemos contarle nuestras preocupaciones, nuestros sufrimientos, nuestras ilusiones y nuestras alegrías, con la misma sencillez y naturalidad con que le hablaban aquellos amigos suyos, Marta, María y Lázaro. Por eso, al recorrer las calles de alguna ciudad o de algún pueblo, me da alegría descubrir, aunque sea de lejos, la silueta de una iglesia: es un nuevo Sagrario, una ocasión más de dejar que el alma se escape para estar con el deseo junto al Señor Sacramentado»9.

Jesús espera nuestra visita. Es, en cierto modo, la devolución de la que Él nos ha hecho en la Comunión y «es prueba de gratitud, signo de amor y deber de adoración a Cristo Señor, allí presente»10. Es continuación de la acción de gracias de la Comunión anterior, y preparación para la siguiente.

Cuando nos encontremos delante del sagrario bien podremos decir con toda verdad y realidad: Dios está aquí. Y ante este misterio de fe no cabe otra actitud que la de adoración: Adoro te devote... Te adoro con devoción, Deidad oculta; de respeto y asombro; y, a la vez, de confianza sin límites. «Permaneciendo ante Cristo, el Señor, los fieles disfrutan de su trato íntimo, le abren su corazón pidiendo por sí mismos y por los suyos y ruegan por la paz y la salvación del mundo. Ofreciendo con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu Santo, sacan de este trato admirable un aumento de su fe, su esperanza y su caridad. Así fomentan las disposiciones debidas que les permiten celebrar con la devoción conveniente el memorial del Señor y recibir frecuentemente el pan que nos ha dado el Padre»11.

III. «Comenzaste con tu visita diaria... —No me extraña que me digas: empiezo a querer con locura la luz del Sagrario»12. La Visita al Santísimo es un acto de piedad que lleva pocos minutos, y, sin embargo, ¡cuántas gracias, cuánta fortaleza y paz nos da el Señor! Allí mejora nuestra presencia de Dios a lo largo del día, y sacamos fuerzas para llevar con garbo las contrariedades de la jornada; allí se enciende el afán de trabajar mejor, y nos llevamos una buena provisión de paz y alegría para la vida de familia... El Señor, que es buen pagador, agradece siempre el que hayamos ido a visitarle. «Es tan agradecido, que un alzar de ojos con acordarnos de Él no deja sin premio»13.

En la Visita al Santísimo vamos a hacer compañía a Jesús Sacramentado durante unos minutos. Quizá ese día no han sido muchos quienes le han visitado, aunque Él los esperaba. Por eso le alegra mucho más el vernos allí. Rezaremos alguna oración acostumbrada junto a la Comunión espiritual, le pediremos ayudas –espirituales y materiales–, le contaremos lo que nos preocupa y lo que nos alegra, le diremos que, a pesar de nuestras miserias, puede contar con nosotros para evangelizar de nuevo el mundo, le diremos, quizá, que queremos acercarle un amigo... «¿Qué haremos, preguntáis algunas veces, en la presencia de Dios Sacramentado? Amarle, alabarle, agradecerle y pedirle. ¿Qué hace un sediento en vista de una fuente cristalina?»14.

Cuando dejemos el templo, después de esos momentos de oración, habrá crecido en nosotros la paz, la decisión de ayudar a los demás, y un vivo deseo de comulgar, pues la intimidad con Jesús no se realizará completamente más que en la Comunión. Nos habrá servido, en fin, para aumentar la presencia de Dios en medio del trabajo y de nuestras ocupaciones diarias. Nos será fácil mantener con Él un trato de amistad y de confianza a lo largo del día.

Los primeros cristianos, desde el momento en que tuvieron iglesias y reserva del Santísimo Sacramento, ya vivían esta piadosa costumbre. Así comenta San Juan Crisóstomo estas breves palabras del Evangelio: «Y entró Jesús en el templo. Esto era lo propio de un buen hijo: pasar enseguida a la casa de su padre, para tributarle allí el honor debido. Como tú, que debes imitar a Jesucristo, cuando entres en una ciudad debes, lo primero, ir a la iglesia»15.

Una vez en la iglesia, podremos localizar fácilmente el sagrario –que es a donde se debe dirigir en primer lugar nuestra atención–, pues deberá estar situado en un lugar «verdaderamente destacado» y «apto para la oración privada». Y en él, la presencia de la Santísima Eucaristía estará indicada por la pequeña lámpara que, como signo de honor al Señor, arderá de continuo junto al tabernáculo16.

Al terminar nuestra oración le pedimos a nuestra Madre Santa María que nos enseñe a tratar a Jesús realmente presente en el sagrario como Ella le trató en aquellos años de su vida en Nazaret.

1 Cfr. Lc 24, 35-48. — 2 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 302. — 3 Cfr. Jn 21, 7. — 4 Cfr. Concilio de Trento, Can. 4 sobre la Eucaristía, Dz 836. — 5 Juan Pablo II, Alocución, 31-X-1982. — 6 Pío XII, Enc. Mediator Dei, 20-XI-1947. — 7 Cfr. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 537. — 8 Cfr. Lc 10, 42. — 9 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 154. — 10 Pablo VI, Enc. Mysterium fidei, 3-IX-1965. — 11 Cfr. Instrucción sobre el Misterio Eucarístico, 50. — 12 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 683. — 13 Santa Teresa, Camino de perfección, 23, 3. — 14 San Alfonso Mª de Ligorio, Visitas al Stmo. Sacramento, 1. — 15 San Juan Crisóstomo, en Catena Aurea, vol. III, p. 14. — 16 Cfr. Instrucción sobre el Misterio Eucarístico, 53 y 57. Cfr. Código de Derecho Canónico, can. 938 y 940.

 

Meditaciones: Jueves de Pascua

Reflexión para meditar el lunes de la octava de Pascua. Los temas propuestos son: «Paz» es la primera palabra del Resucitado; Jesús renueva la esperanza en nuestra vida; la misión de difundir la paz entre todas las personas.

MEDITACIONES08/04/2021

 

Opus Dei - Meditaciones: Jueves de Pascua

 

«Paz» es la primera palabra del Resucitado.

Jesús renueva la esperanza en nuestra vida.

La misión de difundir la paz entre todas las personas.


DURANTE LA OCTAVA de Pascua, la liturgia de la Iglesia nos recuerda las principales apariciones del Señor resucitado. Todas tienen un denominador común: los discípulos no reconocen inmediatamente a Jesús en la persona que se les hace presente y les habla. Sus corazones no estaban aún preparados para esta experiencia. Es tanta la sorpresa al descubrirlo que algunos quedan aturdidos y confusos.

Así sucede en la aparición a los apóstoles reunidos en el Cenáculo, narrada por san Lucas (Lc 24,36-49). Los dos discípulos de Emaús han regresado para contar lo sucedido en el camino. Cuando llegan, se encuentran a los demás conversando de lo que Pedro ha visto y también de las noticias que llegan sobre la tumba vacía. Mientras «estaban hablando de estas cosas, Jesús se puso en medio y les dijo: La paz esté con vosotros» (Lc 24,36). Es importante notar que la primera palabra que el Señor pronuncia tras haber vencido a la muerte es «paz», porque la paz «es el primer don del Resucitado»[1]. No cabe duda de que era lo que los apóstoles necesitaban escuchar después de los temores que habían acumulado en esos días de traiciones y soledad.

El profeta Isaías anunciaba al Mesías como «Príncipe de Paz» (Is 9,6). El reino de Cristo es, en palabras de san Pablo, un reino de «paz y alegría» (Rm 14,17). Ambos, por inspiración divina, apuntaban al corazón de Jesús, fuente de la auténtica paz. Así había afirmado el Maestro a sus apóstoles, en el mismo Cenáculo, horas antes de su pasión: «La paz os dejo, mi paz os doy» (Jn 14,27). En cada Eucaristía escuchamos nuevamente de labios de Cristo sacerdote el deseo de que «la paz esté» con nosotros, sus discípulos. «Jesús desea para nosotros, en medio de las idas y venidas cotidianas, una auténtica paz, serenidad y descanso. Y nos muestra el camino: identificarnos cada vez más con él, con la humildad y mansedumbre de su corazón»[2].


EL MIEDO nublaba los ojos de los apóstoles; no reconocían a Jesús y pensaban que era un espíritu. El Señor les explicó, entonces, que su cuerpo era real: «Mirad mis manos y mis pies: soy yo mismo. Palpad y ved (...). Y dicho esto, les mostró las manos y los pies» (Lc 24,39-40). Aunque quedaron admirados al contemplar su Humanidad Santísima, no acababan de creer, quizá por la sorpresa de tanto gozo. Por ello, añadió: «¿Tenéis aquí algo que comer? Entonces ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Y lo tomó y se lo comió delante de ellos» (Lc 24,41-43). Jesús vivo nos sigue mostrando sus llagas y nos dice: «Soy yo». Cuando la presencia de Cristo se desdibuja en nuestra vida, por la fe podemos descubrir que no se ha ido lejos; los fracasos humanos, las contradicciones e incluso los defectos, mirados desde la luz que brota de las llagas gloriosas del Resucitado, no significan ya un drama imposible de resolver, ya no nos arrancan fácilmente la alegría.

Santo Tomás Moro escribía a su hija desde la Torre de Londres: «Hija queridísima, nunca se turbe tu alma por cualquier cosa que pueda ocurrirme en este mundo. Nada puede ocurrir sino lo que Dios quiere. Y yo estoy muy seguro de que, sea lo que sea, por muy malo que parezca, será de verdad lo mejor»[3]. La esperanza de Jesús Resucitado «infunde en el corazón la certeza de que Dios conduce todo hacia el bien, porque incluso hace salir vida de la tumba. El sepulcro es el lugar donde quien entra no sale. Pero Jesús salió por nosotros, resucitó por nosotros, para llevar vida donde había muerte, para comenzar una nueva historia que había sido clausurada, tapada con una piedra. Él, que quitó la roca de la entrada de la tumba, puede remover las piedras que sellan el corazón»[4].


NUESTRA MISIÓN apostólica consiste en llevar la paz de Cristo a quienes nos rodean. Cuando los setenta y dos discípulos fueron enviados a las aldeas de Galilea, el mensaje que tenían que llevar a cada familia era: «Paz a esta casa» (Lc 10,5-6). En la noche del domingo, Jesús les envía para «que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes, comenzando desde Jerusalén» (Lc 24,47-48). Dios desea que se extienda por toda la tierra esa paz que él nos entrega. Nos ha encargado que la difundamos «en su nombre». En este sentido, decía un Padre de la Iglesia: «Debiéramos avergonzarnos al prescindir del saludo de la paz, que el Señor nos dejó cuando iba a salir del mundo. La paz es un nombre y una cosa sabrosa, que sabemos proviene de Dios»[5]. La paz será, desde aquel mandato de Jesús, una señal de identidad del cristiano.

«Busquemos lo que contribuye a la paz y a la edificación mutua» (Rm 14,19), animaba san Pablo a los Romanos. En la tarea evangelizadora, el cristiano imita el modo de hacer del Resucitado, que enseña sus llagas no para echar en cara a los discípulos su abandono, sino para mostrarles cuál es la fuente de la paz, para devolverles lo que habían perdido. «Pidamos al Señor, en nuestra oración, que nos dé un corazón como el suyo. Esto redundará en el descanso de nuestra alma y de las personas que están junto a nosotros»[6]. San Josemaría repetía como jaculatoria esta breve oración: «Cor Iesu sacratissimum et misericors, dona nobis pacem», «Corazón santísimo y misericordioso de Jesús, danos la paz». En nuestro anhelo por ser difusores de esa paz de Dios, encontraremos un especial ejemplo y poderosa intercesión en María, reina de la paz.


[1] San Pablo VI, Alocución, 9-IV-1975.

[2] Mons. Fernando Ocáriz, Mensaje, 19-VI-2020.

[3] Santo Tomás Moro, Un hombre solo: cartas desde la Torre, n. 7.

[4] Francisco, Homilía, 11-IV-2020.

[5] San Gregorio Nacianceno, en Catena Aurea, vol. VI, p. 545.

[6] Mons. Fernando Ocáriz, Mensaje, 19-VI-2020.

 

 

"Todo lo atraeré hacia mí"

Un secreto. -Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. -Dios quiere un puñado de hombres "suyos" en cada actividad humana. -Después... "pax Christi in regno Christi" -la paz de Cristo en el reino de Cristo (Camino, 301).

8 de abril

Instaurare omnia in Christo, da como lema San Pablo a los cristianos de Efeso (Eph I, 10.); informar el mundo entero con el espíritu de Jesús, colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas. Si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Ioh XII, 32.), cuando sea levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí. Cristo con su Encarnación, con su vida de trabajo en Nazareth, con su predicación y milagros por las tierras de Judea y de Galilea, con su muerte en la Cruz, con su Resurrección, es el centro de la creación, Primogénito y Señor de toda criatura.

Nuestra misión de cristianos es proclamar esa Realeza de Cristo, anunciarla con nuestra palabra y con nuestras obras. Quiere el Señor a los suyos en todas las encrucijadas de la tierra. A algunos los llama al desierto, a desentenderse de los avatares de la sociedad de los hombres, para hacer que esos mismos hombres recuerden a los demás, con su testimonio, que existe Dios. A otros, les encomienda el ministerio sacerdotal. A la gran mayoría, los quiere en medio del mundo, en las ocupaciones terrenas. Por lo tanto, deben estos cristianos llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña (Amigos de Dios, 105).

 

 

«Rezar por los demás es la primera forma de amarlos»

El Papa Francisco centró su catequesis en la “comunión de los santos”. La definió como una “solidaridad” que viven los santos del Cielo con quienes están todavía en la Tierra. Aunque no solo.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA07/04/2021

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quisiera reflexionar sobre la relación entre la oración y la comunión de los santos. De hecho, cuando rezamos, nunca lo hacemos solos: aunque no lo pensemos, estamos inmersos en un majestuoso río de invocaciones que nos precede y continúa después de nosotros.

En las oraciones que encontramos en la Biblia, y que a menudo resuenan en la liturgia, vemos la huella de historias antiguas, de liberaciones prodigiosas, de deportaciones y tristes exilios, de regresos conmovidos, de alabanzas derramadas ante las maravillas de la creación... Y así estas voces se difunden de generación en generación, en una relación continua entre la experiencia personal y la del pueblo y la humanidad a la que pertenecemos.

Nadie puede desprenderse de su propia historia, de la historia de su propio pueblo, siempre llevamos esta herencia en nuestras costumbres y también en la oración. En la oración de alabanza, especialmente en la que brota del corazón de los pequeños y los humildes, resuena algo del cántico del Magnificat que María elevó a Dios ante su pariente Isabel; o de la exclamación del anciano Simeón que, tomando al Niño Jesús en sus brazos, dijo así: «Ahora Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz» (Lc 2,29).

CADA VEZ QUE JUNTAMOS LAS MANOS Y ABRIMOS NUESTRO CORAZÓN A DIOS, NOS ENCONTRAMOS EN COMPAÑÍA DE SANTOS

Las oraciones —las buenas— son “difusivas”, se propagan continuamente, con o sin mensajes en las redes sociales: desde las salas del hospital, desde las reuniones festivas y hasta desde los momentos en que se sufre en silencio... El dolor de cada uno es el dolor de todos, y la felicidad de uno se derrama sobre el alma de los demás. El dolor y la felicidad son parte de la única historia: son historias que se convierten en historia en la propia vida. Se revive la historia con palabras propias, pero la experiencia es la misma.

Las oraciones siempre renacen: cada vez que juntamos las manos y abrimos nuestro corazón a Dios, nos encontramos en compañía de santos anónimos y santos reconocidos que rezan con nosotros, y que interceden por nosotros, como hermanos y hermanas mayores que han pasado por nuestra misma aventura humana. En la Iglesia no hay duelo solitario, no hay lágrima que caiga en el olvido, porque todo respira y participa de una gracia común.

No es una casualidad que en las iglesias antiguas las sepulturas estuvieran en el jardín alrededor del edificio sagrado, como para decir que la multitud de los que nos precedieron participa de alguna manera en cada Eucaristía. Están nuestros padres y abuelos, nuestros padrinos y madrinas, los catequistas y otros educadores… Esa fe transmitida, que hemos recibido: con la fe se ha transmitido también la forma de orar, la oración.

Los santos todavía están aquí, no lejos de nosotros; y sus representaciones en las iglesias evocan esa “nube de testigos” que siempre nos rodea (cf. Hb 12, 1). Hemos escuchado al principio la lectura del pasaje de la Carta a los Hebreos. Son testigos que no adoramos —por supuesto, no adoramos a estos santos—, pero que veneramos y que de mil maneras diferentes nos remiten a Jesucristo, único Señor y Mediador entre Dios y el hombre.

Un santo que no te remite a Jesucristo no es un santo, ni siquiera cristiano. El Santo te recuerda a Jesucristo porque recorrió el camino de la vida como cristiano. Los santos nos recuerdan que también en nuestra vida, aunque débil y marcada por el pecado, la santidad puede florecer. Leemos en los Evangelios que el primer santo canonizado fue un ladrón y fue canonizado no por un Papa, sino por el mismo Jesús. La santidad es un camino de vida, de encuentro con Jesús, ya sea largo, corto, o un instante, pero siempre es un testimonio. Un santo es el testimonio de un hombre o una mujer que han conocido a Jesús y han seguido a Jesús. Nunca es tarde para convertirse al Señor, bueno y grande en el amor (cf. Sal 102, 8).

El Catecismo explica que los santos «contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar de aquéllos que han quedado en la tierra. […] Su intercesión es su más alto servicio al plan de Dios. Podemos y debemos rogarles que intercedan por nosotros y por el mundo entero» (CCE, 2683). En Cristo hay una solidaridad misteriosa entre los que han pasado a la otra vida y nosotros los peregrinos en esta: nuestros seres queridos fallecidos continúan cuidándonos desde el Cielo. Rezan por nosotros y nosotros rezamos por ellos, y rezamos con ellos.

Este vínculo de oración entre nosotros y los santos, es decir, entre nosotros y personas que han alcanzado la plenitud de la vida, este vínculo de oración lo experimentamos ya aquí, en la vida terrena: oramos los unos por los otros, pedimos y ofrecemos oraciones...

LA PRIMERA FORMA DE REZAR POR ALGUIEN ES HABLAR CON DIOS DE ÉL O DE ELLA

La primera forma de rezar por alguien es hablar con Dios de él o de ella. Si lo hacemos con frecuencia, todos los días, nuestro corazón no se cierra, permanece abierto a los hermanos. Rezar por los demás es la primera forma de amarlos y nos empuja a una cercanía concreta. Incluso en los momentos de conflicto, una forma de resolver el conflicto, de suavizarlo, es rezar por la persona con la que estoy en conflicto. Y algo cambia con la oración. Lo primero que cambia es mi corazón, es mi actitud. El Señor lo cambia para hacer posible un encuentro, un nuevo encuentro y para evitar que el conflicto se convierta en una guerra sin fin.

La primera forma de afrontar un momento de angustia es pedir a los hermanos, a los santos sobre todo, que recen por nosotros. ¡El nombre que nos dieron en el Bautismo no es una etiqueta ni una decoración! Suele ser el nombre de la Virgen, de un santo o de una santa, que no desean más que “echarnos una mano” en la vida, echarnos una mano para obtener de Dios las gracias que más necesitamos.

Si en nuestra vida las pruebas no han superado el colmo, si todavía somos capaces de perseverar, si a pesar de todo seguimos adelante con confianza, quizás todo esto, más que a nuestros méritos, se lo debemos a la intercesión de tantos santos, unos en el Cielo, otros peregrinos como nosotros en la tierra, que nos han protegido y acompañado porque todos sabemos que aquí en la tierra hay gente santa, hombres y mujeres santos que viven en santidad. Ellos no lo saben, nosotros tampoco lo sabemos, pero hay santos, santos de todos los días, santos escondidos o como me gusta decir los “santos de la puerta de al lado”, los que viven con nosotros en la vida, que trabajan con nosotros y llevan una vida de santidad.

LA PRIMERA FORMA DE AFRONTAR UN MOMENTO DE ANGUSTIA ES PEDIR A LOS HERMANOS, A LOS SANTOS SOBRE TODO, QUE RECEN POR NOSOTROS

Bendito sea Jesucristo, único Salvador del mundo, junto con este inmenso florecimiento de santos y santas, que pueblan la tierra y que han hecho de su vida una alabanza a Dios. Porque —como afirmaba san Basilio— «el santo es para el Espíritu un lugar propio, ya que se ofrece a habitar con Dios y es llamado templo suyo» (Liber de Spiritu Sancto, 26, 62: PG 32, 184A; cf. CCE, 2684).


Algunos recursos relacionados con la catequesis del papa Francisco sobre la oración

• ¿Qué es la comunión de los santos? (de la serie Preguntas sobre la fe cristiana)

• ¿Qué es la oración?, ¿cómo se hace?, ¿Dios escucha y responde? (de la serie Preguntas sobre la fe cristiana)

• «Dejé de rezar porque no se cumplía nada de lo que pedía» (Historia de “Regreso a Ítaca”, volver a creer a los 50)

• «Aquella primera oración de hijo de Dios» (de la serie Nuevos Mediterráneos)

• Serie Conocerle y conocerte sobre la oración.

• Meditación del prelado del Opus Dei sobre la oración (15 min.)

 

Derechos fundamentales

En su intención de oración de abril, el Papa Francisco sostiene que todas las personas del mundo tienen el derecho a desarrollarse integralmente y pide especialmente por aquellos que arriesgan sus vidas luchando por los derechos humanos.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA07/04/2021

Para defender los derechos humanos fundamentales hace falta coraje y determinación. Me refiero a oponerse activamente a la pobreza, la desigualdad, a la falta de trabajo, de tierra, de vivienda, de derechos sociales y laborales.

Piensen que muchas veces los derechos humanos fundamentales no son iguales para todos. Hay gente de primera, de segunda, de tercera y de descarte. No. Tienen que ser iguales para todos. Y en algunos lugares defender la dignidad de las personas puede significar ir a prisión, incluso sin juicio. O puede significar la calumnia. Cada ser humano tiene derecho a desarrollarse integralmente, y ese derecho básico no puede ser negado por ningún país.

Recemos para que aquellos que arriesgan sus vidas luchando por los derechos fundamentales en dictaduras, en regímenes autoritarios e incluso en democracias en crisis, para que vean que su sacrificio y su trabajo dé fruto abundante.


Intenciones mensuales anteriores. Las intenciones son confiadas mensualmente a la Red Mundial de Oración del Papa con el objetivo de difundir y concienciar sobre la imperiosa necesidad de orar y actuar por ellas.

 

Muy humanos, muy divinos (II): El camino lo llevamos dentro

La gracia del Bautismo, las virtudes teologales o nuestra dignidad de hijos son fuerzas que nos llevan hacia Dios.

VIRTUDES07/04/2021

Una constante búsqueda de Dios. Así fue la vida de san Agustín: una búsqueda apasionada, que no siempre daba con los senderos que verdaderamente lo llevaban hacia él. En sus años de juventud lo movía fuertemente su interés por las letras y la admiración que sus capacidades retóricas suscitaban en los demás. Algunas veces sus impulsos más bien lo alejaban, e incluso abrazó modos de pensar que lo alejaban de la fe. Sin embargo, la búsqueda de la verdad y la lectura de la Sagrada Escritura poco a poco lo acercaron al cristianismo. Tal vez teniendo este proceso en mente, y conociendo a muchas personas sabias con quienes compartió inquietudes pero que no llegaron a Cristo, san Agustín escribió que por más razonamientos adecuados que se consiga alcanzar, «no todos encuentran el camino. Los sabios del mundo comprenden que Dios es una cierta vida eterna, inmutable, pero lo ven de lejos (…). El Hijo de Dios que es siempre la Verdad y la Vida en el Padre, al asumir al hombre, se hizo camino por nosotros, que no teníamos por dónde ir a la verdad. Camina por el hombre y llegas a Dios»[1].

Llegamos a Dios a través de Cristo

Quizá no sea difícil intuir que es a Dios a quien buscamos, que es él quien nos espera al final del viaje. Lo mismo sucede con el origen: identificamos en nuestro interior un impulso, y sospechamos que viene de él. Sin embargo, puede ser más complicado experimentar que Dios también es el camino: a Dios se llega a través de él. Y es precisamente para que podamos recorrer ese camino por lo que envió al mundo a su propio Hijo; a él no solo podemos escucharlo, mirarlo o tocarlo, sino incluso participar de su vida. Jesús «no se ha limitado a mostrarnos el camino para encontrar a Dios, un camino que podríamos seguir por nuestra cuenta, obedeciendo sus palabras e imitando su ejemplo. Cristo, más bien, para abrirnos la puerta de la liberación, se ha convertido él mismo en el camino: “Yo soy el camino” (Jn 14,6)»[2].

Nos lo confirma la liturgia de la santa Misa cuando, al terminar la plegaria eucarística, el sacerdote proclama, levantando el Pan y el Vino: «Por Cristo, con él y en él…». A Dios solo podemos llegar por Cristo, con Cristo y en Cristo. Su persona es el camino por el que hemos de transitar, la verdad con la que podemos llegar a la meta y la vida en la que podemos vivir la nuestra propia. Por eso, desde aquella primera vez en el cenáculo, cada una de las celebraciones de la Eucaristía culmina en la comunión con el cuerpo de Jesús: Dios se hace alimento para el camino; el camino que es él mismo.

Emprender esta ruta hace posible la plenitud de la vida. «La fe nace del encuentro con el Dios vivo que nos llama (…). Se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo»[3]. San Josemaría paladeaba de manera especial la certeza de haber encontrado al mismo Cristo de los evangelios: «Jesús es el camino. Él ha dejado sobre este mundo las huellas limpias de sus pasos (…). ¡Cuánto me gusta recordarlo!: Jesucristo, el mismo que fue ayer para los apóstoles y las gentes que le buscaban, vive hoy para nosotros»[4].

 

Tres haces de luz

De Juan Bautista nos dice el cuarto evangelio que «vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz» (Jn 1,6-8). Esa luz de la que Juan daba testimonio quiere manifestarse también en cada bautizado. En efecto, si Cristo, como proclamamos en una de las versiones del credo, es «Luz de Luz», puede también decirse que los cristianos que lo reciben y «creen en su nombre» (Jn 1,12) son al mismo tiempo luz de esa Luz. Por eso, cuando pedimos a Dios luz para ver, estamos pidiendo a la vez ser nosotros mismos, como el Bautista, testigos de la Luz en el mundo.

No nos basta con el fogonazo que nos permitió ponernos en marcha; tampoco es suficiente aquel brillo que, proyectado al fondo de la vida, nos permite orientarnos. Necesitamos una luz que nos acompañe desde dentro. Necesitamos una fuerza que avive la nuestra. Y ese es el papel que ejercen en nuestra alma las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad, que son como tres haces de luz, como los tres colores primarios de la vida de Dios en nosotros. Estas tres virtudes, en efecto, «adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina»[5]; con ellas «nuestro Señor nos hace suyos, nos endiosa»[6].

Fe, esperanza y caridad corresponden, en cierto sentido, a «las tres dimensiones del tiempo: la obediencia de la fe acepta la Palabra que viene de la eternidad, y, promulgada en la historia, se transforma en amor, en presente, y abre así la puerta de la esperanza»[7]. La fe nos precede: nos dice de dónde venimos, pero también adónde vamos; no es solo memoria del pasado, sino también luz que ilumina el futuro: nos abre a la esperanza, nos proyecta hacia la vida. Y, en el centro del hilo tendido entre estos dos polos, se despliega la caridad, que se conjuga siempre en tiempo presente. Con la fuerza de la fe y la confianza de la esperanza, podemos decirnos: aquí y ahora, en esta persona, en esta situación, yo puedo ser, con todas mis limitaciones, luz de Dios, amor de Dios.

La novedad viene de vivir con él

«El mundo padece mucha necesidad, hijos míos –decía en una ocasión san Josemaría–, porque millones y millones de almas no conocen a Dios, no han visto todavía la luz del Redentor. Cada uno de vosotros debe ser –lo quiere el Señor– quasi lucernæ lucenti in caliginoso loco, como un farol encendido en medio de las tinieblas»[8].

La luz que enciende este farol tiene dos fuentes. La primera nos pertenece por el simple hecho de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios. Esa fuente nunca nos abandona y se manifiesta en nuestra capacidad para comprender lo verdadero, en nuestra inclinación a querer lo bueno e, incluso más profundamente, en nuestra dignidad por haber salido de la mano de un creador sumamente inteligente, amoroso, libre, y no de un ciego azar. A esta fuente de luz se añade el torrente de nuestra «regeneración obrada en el Bautismo, que hace que todo cristiano tenga, ontológicamente, una nueva vida que late en su interior»[9]. Este sacramento sana la herida del pecado que heredamos de nuestros padres y nos hace más capaces de iluminar nuestro entorno.

Estas dos grandes fuentes –el ser creados a imagen de Dios y nuestro Bautismo– nos impulsan a reflejar la luz de Dios. Cuando un maestro de la ley, escondiéndose de los demás, se acercó hasta Jesús para preguntarle cómo vivir realmente cerca de Dios, le respondió: «El que obra según la verdad viene a la luz» (Jn 3,21). También nuestras acciones, llevadas por la misericordia de Dios, generan luz si nos dejamos impulsar por nuestra bondad y por su gracia, si nos despojamos de lo que nos lleva a movernos, a veces, en una dirección contraria. Esa familiaridad con la luz de Dios, esa facilidad para optar por sus bienes mayores antes que por otros aparentes, se transforma poco a poco en una «connaturalidad entre el hombre y el verdadero bien. Tal connaturalidad se fundamenta y se desarrolla en las actitudes virtuosas del hombre mismo: la prudencia y las otras virtudes cardinales, y en primer lugar las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad»[10].

La identificación con Jesucristo consiste en el desarrollo, por la gracia y por la acogida que le damos en nuestra alma, de esa connaturalidad cada vez más grande con él, de modo que podamos llegar a tener sus mismos sentimientos (cfr. Flp 2,5), sus mismas actitudes. Cuanto más se avanza en la intimidad con Jesús, más nos damos cuenta de que buscar la santidad no consiste principalmente en la lucha por alcanzar la altura de un determinado estándar moral, sino en un camino confiado con Dios, por el que sentimos con él, sufrimos con él, vibramos con él. Qué bien lo ilustraba san Josemaría: «En momentos de agotamiento, de hastío, acude confiadamente al Señor, diciéndole, como aquel amigo nuestro: “Jesús: Tú verás lo que haces...: antes de comenzar la lucha, ya estoy cansado”»[11]. En eso consiste la responsabilidad del cristiano: en responder con él. «Jesús, aquí estoy. Contigo. Tú verás lo que haces…».

***

La vida cristiana, así comprendida, no consiste en asentir a un sistema de ideas, sino en confiar en una persona: en Cristo. Así lo han vivido tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia. Hoy no poseemos ni otro mensaje ni otros medios. Como ellos, tenemos la tarea de iluminar el mundo desde dentro, como gráficamente lo describían los escritos de los primeros siglos: «Los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo (…). Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar»[12]. Ser alma del mundo: ese es nuestro camino, y el camino lo tenemos dentro. Es Jesucristo, que nos quiere, como él, muy humanos y muy divinos.

Carlos Ayxelà


[1] San Agustín, Sermón 141, nn. 1;4.

[2] Congregación para la Doctrina de la Fe, carta Placuit Deo, n.11.

[3] Francisco, Lumen Fidei, n.4.

[4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 127.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1812.

[6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 98.

[7] J. Ratzinger, Communio. Un programa teológico y eclesial, Encuentro, Barcelona 2013, p. 303.

[8] San Josemaría, Apuntes de una reunión familiar, 2-VI-1974.

[9] Mons. Fernando Ocáriz, “La vocación al Opus Dei como vocación en la Iglesia”, en El Opus Dei en la Iglesia, Rialp, Madrid, 2001, p. 173.

[10] San Juan Pablo II, encíclica Veritatis Splendor, n. 64.

[11] San Josemaría, Forja, 244.

[12] Carta a Diogneto, VI.

 

Pascua: He resucitado y aún estoy contigo

El tiempo de Pascua, estallido de alegría, se extiende desde la vigilia Pascual hasta el domingo de Pentecostés. En estos cincuenta días la Iglesia nos envuelve en su alegría por la victoria del Señor sobre la muerte. Cristo vive, y viene a nuestro encuentro.

AÑO LITÚRGICO02/04/2021

 

«Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, aleluya»[1]. El tiempo pascual es un anticipo de la felicidad que Jesucristo nos ha ganado con su victoria sobre la muerte. El Señor «fue entregado por nuestros pecados» y resucitó «para nuestra justificación»[2]: para que, permaneciendo en Él, nuestra alegría sea completa[3].

«HE RESUCITADO Y AÚN ESTOY CONTIGO, HAS PUESTO TU MANO SOBRE MÍ; TU SABIDURÍA HA SIDO MARAVILLOSA» . ES LA EXPERIENCIA INEFABLE DE LA RESURRECCIÓN, VIVIDA POR EL SEÑOR EN LAS PRIMERAS LUCES DEL DOMINGO.

En el conjunto del Año litúrgico, el tiempo pascual es el “tiempo fuerte” por antonomasia, porque el mensaje cristiano es anuncio alegre que surge con fuerza de la salvación obrada por el Señor en su “pascua”, su tránsito de la muerte a la vida nueva. «El tiempo pascual es tiempo de alegría, de una alegría que no se limita a esa época del año litúrgico, sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano. Porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos»[4].

Lo que sólo «unos pocos testigos elegidos de antemano por Dios»[5] pudieron experimentar en las apariciones del Resucitado, ahora se nos da en la liturgia, que nos hace revivir esos misterios Como predicaba el Papa san León Magno, «todas las cosas relativas a nuestro Redentor que antes eran visibles, ahora han pasado a ser ritos sacramentales»[6] Es expresiva la costumbre de los cristianos de Oriente que, conscientes de esta realidad, desde la mañana del domingo de Resurrección intercambian el beso pascual: «Christos anestē», Cristo ha resucitado; «alethōs anestē», verdaderamente ha resucitado.

La liturgia latina, que en la noche santa del sábado volcaba su alegría en el Exultet, en el domingo de Pascua la condensa en el hermoso introito Resurrexi: «he resucitado y aún estoy contigo, has puesto tu mano sobre mí; tu sabiduría ha sido maravillosa»[7]. Ponemos en labios del Señor, delicadamente, en términos de cálida oración filial al Padre, la experiencia inefable de la resurrección, vivida por Él en las primeras luces del domingo. Así nos animaba San Josemaría en su predicación a acercarnos a Cristo, sabiéndonos sus contemporáneos: «he querido recordar, aunque fuera brevemente, algunos de los aspectos de ese vivir actual de Cristo ―Iesus Christus heri et hodie; ipse et in sæcula―, porque ahí está el fundamento de toda la vida cristiana»[8]. El Señor quiere que le tratemos y hablemos de Él no en pasado, como se hace con un recuerdo, sino percibiendo su “hoy”, su actualidad, su viva compañía.

La Cincuentena pascual

MUCHO ANTES DE QUE EXISTIERA LA CUARESMA Y LOS OTROS TIEMPOS LITÚRGICOS, LA COMUNIDAD CRISTIANA CELEBRABA YA ESTA CINCUENTENA DE ALEGRÍA.

Mucho antes de que existiera la Cuaresma y los otros tiempos litúrgicos, la comunidad cristiana celebraba ya esta cincuentena de alegría. Quien durante estos días no expresara su júbilo era considerado como alguien que no había captado el núcleo de la fe, porque «con Jesucristo siempre nace y renace la alegría»[9]. Esta fiesta, tan prolongada, nos sugiere hasta qué punto «los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros»[10]. En este tiempo, la Iglesia vive ya el gozo que el Señor le depara: algo que «ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre»[11].

Este sentido escatológico, de anticipo del cielo, se refleja desde hace siglos en la praxis litúrgica de suprimir las lecturas del Antiguo Testamento durante el tiempo pascual. Si toda la Antigua Alianza es preparación, la Cincuentena pascual celebra, en cambio, la realidad del reino de Dios ya presente En la Pascua todo ha sido renovado, y no cabe figura allí donde todo es cumplimiento Por eso, en el tiempo pascual la liturgia proclama, junto al cuarto Evangelio, los Hechos de los Apóstoles y el libro del Apocalipsis: libros luminosos que tienen una especial afinidad con la espiritualidad de este tiempo.

Los escritores del Oriente y del Occidente cristianos contemplaron el conjunto de la Cincuentena pascual como un único y extenso día de fiesta. Por eso, los domingos de este tiempo no se llaman segundo, tercero, cuarto… después de Pascua, sino, sencillamente, domingos de Pascua. Todo el tiempo pascual es como un solo gran domingo; el domingo que hizo domingos a todos los domingos. Del mismo modo se comprende el domingo de Pentecostés, que no es una nueva fiesta, sino el día conclusivo de la gran fiesta de la Pascua.

TODO EL TIEMPO PASCUAL ES COMO UN SOLO GRAN DOMINGO; EL DOMINGO QUE HIZO DOMINGOS A TODOS LOS DOMINGOS.

Cuando llegaba la Cuaresma algunos himnos de la tradición litúrgica de la Iglesia recitaban el aleluya con un tono de despedida. En contraste, la liturgia pascual se recrea en este canto, porque el aleluya es avance del cántico nuevo que entonarán en el cielo los bautizados[12], que ya ahora se saben resucitados con Cristo. Por eso, durante el tiempo pascual, tanto el estribillo del salmo responsorial como el final de las antífonas de la Misa repiten frecuentemente esta aclamación, que une el imperativo del verbo hebreo hallal –alabar- y Yahveh, el nombre de Dios.

«¡Feliz aquel aleluya que allí entonaremos! —dice san Agustín en una homilía— Será un aleluya seguro y sin temor, porque allí no habrá ningún enemigo, no se perderá ningún amigo. Allí, como ahora aquí, resonarán las alabanzas divinas; pero las de aquí proceden de los que están aún en dificultades, las de allá de los que ya están en seguridad; aquí de los que han de morir, allá de los que han de vivir para siempre; aquí de los que esperan, allá de los que ya poseen; aquí de los que están todavía en camino, allá de los que ya han llegado a la patria»[13]. San Jerónimo escribe que, durante los primeros siglos en Palestina, ese grito se había hecho tan habitual que quienes araban los campos decían de cuando en cuando: ¡aleluya! Y los que remaban en las barcas para trasladar a los viajeros de una a otra orilla de un río, cuando se cruzaban, exclamaban: ¡aleluya! «Un júbilo profundo y sereno embarga a la Iglesia en estas semanas del tiempo pascual; es el que nuestro Señor ha querido dejar en herencia a todos los cristianos (…); un contento lleno de contenido sobrenatural, que nada ni nadie nos podrá quitar, si nosotros no lo permitimos»[14].

La octava de Pascua

«Los ocho primeros días del tiempo pascual constituyen la “octava de Pascua”, y se celebran como solemnidades del Señor»[15]. Antiguamente, durante esta octava el obispo de Roma celebraba las stationes como un modo de introducir a los neófitos en el triunfo de aquellos santos especialmente significativos para la vida cristiana de la Urbe. Era una cierta “geografía de la fe”, en la que la Roma cristiana aparecía como una reconstrucción de la Jerusalén del Señor. Se visitaban varias basílicas romanas: la vigilia de Pascua la statio tenía lugar en San Juan de Letrán; el domingo en Santa María Mayor; el lunes en San Pedro del Vaticano; el martes en San Pablo Extramuros; el miércoles en San Lorenzo Extramuros; el jueves en la basílica de los Santos Apóstoles; el viernes en Santa María ad martyres; y el sábado, de nuevo, en San Juan de Letrán.

Las lecturas de esos días guardaban relación con el lugar de la celebración. Así, por ejemplo el miércoles la statio se celebraba en la basílica de San Lorenzo Extramuros. Allí el evangelio que se proclamaba era el pasaje de las brasas encendidas[16], en clara alusión a la tradición popular romana, que relata cómo el diácono Lorenzo fue martirizado sobre una parrilla. El sábado de la octava era el día en que los neófitos deponían el alba con la que se habían revestido en su bautismo durante la vigilia pascual La primera lectura era por eso la exhortación de Pedro que comienza con las palabras «deponentes igitur omnem malitiam…»[17]: habiéndoos despojado de toda malicia…

Los Padres de la Iglesia hablaban con frecuencia del domingo como “octavo día”. Situado más allá de la sucesión septenaria de los días, el domingo evoca el inicio del tiempo y su final en el siglo futuro[18]. Por eso, los antiguos baptisterios, como el de san Juan de Letrán, tenían forma octogonal; los catecúmenos salían de la fuente bautismal para iniciar su vida nueva, abierta ya al octavo día, al domingo que no acaba. Cada domingo nos recuerda así que nuestra vida transcurre dentro del tiempo de la Resurrección.

Ascensión y Pentecostés

«Con su ascensión, el Señor resucitado atrae la mirada de los Apóstoles y también nuestra mirada a las alturas del cielo para mostrarnos que la meta de nuestro camino es el Padre»[19] Empieza el tiempo de una presencia nueva del Señor: parece que está más escondido, pero en cierto modo está más cerca de nosotros; empieza el tiempo de la liturgia, que es toda ella una gran oración al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo; una oración «en cauce manso y ancho»[20].

CON LA ASCENSIÓN EMPIEZA EL TIEMPO DE UNA PRESENCIA NUEVA DEL SEÑOR: PARECE QUE ESTÁ MÁS ESCONDIDO, PERO EN CIERTO MODO ESTÁ MÁS CERCA DE NOSOTROS.

Jesús desaparece de la vista de los apóstoles, que quizá se quedan taciturnos al principio. «No sabemos si en aquel momento se dieron cuenta de que precisamente ante ellos se estaba abriendo un horizonte magnífico, infinito, el punto de llegada definitivo de la peregrinación terrena del hombre. Tal vez lo comprendieron solamente el día de Pentecostés, iluminados por el Espíritu Santo»[21].

«Dios todopoderoso y eterno, que has querido incluir el sacramento de la Pascua en el misterio de los cincuenta días…»[22]. La Iglesia nos enseña a reconocer en esta cifra el lenguaje expresivo de la revelación El número cincuenta tenía dos cadencias importantes en la vida religiosa de Israel: la fiesta de Pentecostés, siete semanas después de comenzar a meter la hoz en el trigo; y la fiesta del jubileo que declaraba santo el año cincuenta: un año dedicado a Dios en el que cada uno recobraba su propiedad, y cada cual podía regresar a su familia[23]. En el tiempo de la Iglesia, el «sacramento de la Pascua» incluye los cincuenta días después de la Resurrección del Señor, hasta la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Si, con el lenguaje de la liturgia, la Cuaresma significa la conversión a Dios con toda nuestra alma, con toda nuestra mente, con todo nuestro corazón, la Pascua significa nuestra vida nueva de “con-resucitados” con Cristo. «Igitur, si consurrexistis Christo, quæ sursum sunt quærite: así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios»[24]

Al cumplirse estos cincuenta días, «llegamos al culmen de los bienes y a la metrópolis de todas las fiestas»[25], pues, inseparable de la Pascua, es como la “Madre de todas las fiestas”. «Sumad —decía Tertuliano a los paganos de su tiempo— todas vuestras fiestas y no llegaréis a la cincuentena de Pentecostés»[26]. Pentecostés es, pues, un domingo conclusivo, de plenitud. En esta Solemnidad vivimos con admiración cómo Dios, a través del don de la liturgia, actualiza la donación del Espíritu que tuvo lugar en los albores de la Iglesia naciente.

SAN JOSEMARÍA VIVÍA Y NOS ANIMABA A VIVIR CON ESTE SENTIDO DE PRESENTE PERENNE: «AYÚDAME A PEDIR UNA NUEVA PENTECOSTÉS, QUE ABRASE OTRA VEZ LA TIERRA».

Si en la Ascensión Jesús «fue elevado al cielo para hacernos compartir su divinidad»[27], ahora, en el día de Pentecostés, el Señor, sentado a la derecha del Padre, comunica su vida divina a la Iglesia mediante la infusión del Paráclito, «fruto de la Cruz»[28]. San Josemaría vivía y nos animaba a vivir con este sentido de presente perenne: «Ayúdame a pedir una nueva Pentecostés, que abrase otra vez la tierra»[29].

Se comprende también por eso que San Josemaría quisiera comenzar algunos medios de formación de la Obra rezando una oración tradicional en la Iglesia que se encuentra, por ejemplo, en la Misa votiva del Espíritu Santo: «Deus, qui corda fidelium Sancti Spiritus illustratione docuisti, da nobis in eodem Spiritu recta sapere, et de eius semper consolatione gaudere»[30]. Con palabras de la liturgia, imploramos a Dios Padre que el Espíritu Santo nos haga capaces de apreciar, de saborear, el sentido de las cosas de Dios; y pedimos también disfrutar del consuelo alentador del «Gran Desconocido»[31]. Porque «el mundo tiene necesidad del valor, de la esperanza, de la fe y de la perseverancia de los discípulos de Cristo. El mundo necesita los frutos, los dones del Espíritu Santo, como enumera san Pablo: “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí” (Ga 5, 22). El don del Espíritu Santo ha sido dado en abundancia a la Iglesia y a cada uno de nosotros, para que podamos vivir con fe genuina y caridad operante, para que podamos difundir la semilla de la reconciliación y de la paz»[32].

Félix María Arocena


[1] Misal Romano, Miércoles de la Octava de Pascua, Antífona de entrada. Cfr. Mt 25, 34.

[2] Rm 4, 25.

[3] Cfr. Jn 15, 9-11.

[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 102.

[5] Hch 10, 41.

[6] San León Magno, Sermo 74, 2 (PL 54, 398).

[7] Misal Romano, Domingo de Resurrección, Antífona de entrada. Cfr. Sal 138 (139), 18.5-6.

[8] Es Cristo que pasa, n. 104. Cfr. Hb 13, 8.

[9] Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 24-XI-2013, n. 1.

[10] Rm 8, 18.

[11] 1 Co 2, 9.

[12] Cfr. Ap 5,9

[13] San Agustín, Sermo 256, 3 (PL 38, 1193).

[14] Beato Álvaro, Caminar con Jesús, Cristiandad: Madrid, 2014, 197.

[15] Misal Romano, Normas universales del año litúrgico, 24.

[16] Jn 21, 9.

[17] 1 P 2, 1.

[18] Cfr. San Juan Pablo II, Carta Apostólica Dies Domini, 31-V-1998, n. 26.

[19] Francisco, Regina Coeli, 1-VI-2014.

[20] Camino, 145.

[21] Benedicto XVI, Homilía, 28-V-2006.

[22] Misal Romano, Vigilia del Domingo de Pentecostés, colecta.

[23] Cfr. Lv 23, 15-22; Nm 28, 26-31; Lv 25, 1-22.

[24] Col 3, 1.

[25] San Juan Crisóstomo, Homilia II de Sancta Pentecoste (PG 50, 463).

[26] Tertuliano, De idolatria 14 (PL 1, 683).

[27] Misal Romano, Ascensión del Señor, prefacio.

[28] Es Cristo que pasa, n. 96.

[29] San Josemaría, Surco, n. 213.

[30] Misal Romano, Misa votiva del Espíritu Santo, colecta.

[31] Cfr. Es Cristo que pasa, nn. 127-138.

[32] Francisco, Homilía en la Solemnidad de Pentecostés, 24-V-2015.

 

 

Cuidados paliativos infantiles

 

Lucía Legorreta

Los cuidados paliativos en niños son una experiencia difícil de vivir como profesional y como ser humano, pues se requiere de conocimiento, formación profesional, experiencia y sobre todo de un enorme compromiso humano.

Si es difícil enfrentar una enfermedad terminal en una persona adulta, lo es más cuando se trata de un niño. Todo paciente, tenga la edad que tenga, tiene derecho a los llamados cuidados paliativos.

Son aquellos cuidados que buscan procurar una mejor calidad de vida a los enfermos en situación terminal que, por su padecimiento, ya no responden a un tratamiento curativo.

Ante la relevancia del tema, la Organización Mundial de la Salud ha informado precisamente de la existencia de los cuidados paliativos para acabar con el dolor y no con el doliente, y establece como principal objetivo del apoyo paliativo el ofrecer la más alta calidad de vida posible al enfermo.

Es elemental aclarar que estas medidas no atrasan ni aceleran la muerte, sólo controlan el dolor generado por los síntomas relacionados con el padecimiento. Así, palían (mitigan) los síntomas que van surgiendo a raíz de su enfermedad y brindan comodidad a los pacientes respetando, en todo momento su dignidad y autonomía.

Y lo importante es que esta atención no sólo la recibe el paciente, sino también los miembros de su familia, quienes resultan de apoyo fundamental en estos momentos difíciles y que, con una capacitación adecuada, suelen colaborar de manera activa y eficaz.

Los cuidados paliativos se aplican a través de un equipo interdisciplinario, donde participan médicos, psicólogos, enfermeras, trabajadoras sociales, fisioterapeutas y guías espirituales, quienes, con el apoyo e interacción con la familia, brindarán al enfermo terminal una mejor calidad de vida hasta el final.

Lo anterior suena más viable cuando se trata de un adulto mayor, pero ¿qué pasa si el enfermo terminal es un niño?

Expertos en este tema indican que: el trabajo con los niños en fase terminal por cualquier enfermedad es una de las experiencias más difíciles de vivir como profesional y como ser humano, lo que no debe ser asumido como algo simple, se requiere de conocimiento, formación profesional, experiencia y sobre todo de un enorme compromiso humano.

Lo más importante en los cuidados paliativos infantiles es el apoyo familiar. Se le debe brindar a la familia todo el apoyo emocional necesario para que puedan enfrentar la situación. La familia tiene mucho miedo y dolor y no sabe cómo actuar.

El niño es más sencillo en su forma de pensar a diferencia del adulto. Aun cuando el niño aprende mucho más fácil a aceptar la condición de estar enfermo y luego de morir, es su entorno el que hace más difícil el momento.

En México hemos avanzado mucho en este tema, sin embargo, es necesario impulsar la creación de más unidades en cuidados paliativos en todos los hospitales pediátricos de nuestro país.

Si estás viviendo esta situación o conoces a alguien, te invito a saber más sobre los cuidados paliativos, a prepararte como familia para apoyar a ese pequeño a salir adelante. En el seno familiar no falta el amor, pero si a veces la información adecuada.

Los cuidados paliativos son una especialidad muy humana, donde los aspectos humanos y éticos son muy importantes. La base es la comunicación con la familia y con el niño, para dejar que la muerte llegue a su tiempo en paz y armonía.

 

Mal educado

Ángel Cabrero Ugarte

 Niños jugando a videojuegos.

Ha sido siempre un insulto. No es fácil que se lo diga un amigo a otro, ni un colega de trabajo a otro. Se lo dicen los padres a los hijos en alguna ocasión, sin darse cuenta de que la culpa es suya. Quizá lo comenta una madre con otra, hablando del hijo de una tercera. “Es un maleducado”.

Esto ahora se lleva menos, porque se educa menos, porque nos parece que es muy simpática la salida de tono del chaval en casa, con invitados presentes; porque nos parece que es auténtico. No digamos ya entre jóvenes. Esto sería un arcaísmo. Ningún joven le dice a otro que es un mal educado, aunque lo piense. Pero no lo piensa. No se lleva mucho eso de tener una educación de un cierto nivel. Se lleva la zafiedad.

Parece que esto no tiene arreglo, pero hay autores que se preocupan por esta situación. Fabio Rosini, en su interesante libro “El arte de recomenzar”, entra al tema con acierto. “En la vida se da el no. Y quien lo ignora se autodestruye. Cría a un niño endulzándole todos los no, evitando todos los posibles tropiezos con los límites, condescendiendo con todos sus caprichos. Y criarás a un infeliz. Si el debido equilibrio entre concesiones y negaciones se rompe, en la dirección exclusiva de las concesiones, la vida se convierte en una mentira completa” (p. 102).

Esto es algo que vemos con demasiada frecuencia. Los padres tendrán muchas excusas para hacer ver que no pueden. Hace falta estar muy cerca de los hijos para poder educar. Si el principio vital ha sido, un hijo o, a lo más, la parejita, para no complicarnos la vida, entonces podemos empezar a sospechar el horror al que se llega. Conocemos matrimonios que no han podido tener hijos, y ponen medios médicos y no hay forma. Conocemos matrimonios que han tenido un hijo o dos y no han llegado más, con gran dolor para ellos.

En estos casos son los mismos padres quienes son conscientes del peligro de criar un principito egoísta. Un niño consentido. Y tienen que librar esa batalla de la educación con mucha constancia y exigencia. No hay peor cosa que un niño consentido. En las familias numerosas es todo más fácil, pues los propios hermanos son conscientes de los límites, de que hay que pensar en los demás.

Le preocupa también el tema a Tim Gautreaux, en su último libro de relatos: “-Me gustaría arreglar las cosas para que mis nietos lleguen a ser gente de provecho. Estoy pensando en hablar con sus madres y…. - Demasiado tarde para las madres. - Levantó una mano y la dejó caer como un hacha-. O ellas deciden enderezarse o no hay nada que hacer. Nada de lo que puedas decir a esas chicas las va a cambiar ni un ápice.  - Esto lo dijo en un tono que parecía dar a entender que yo era tonto por no verlo. Tonto del bote. Miró hacia su izquierda medio segundo y después hacia atrás -. Tienes que trabajar directamente con esos chiquillos”.

Los abuelos. Es, a veces, la única solución, porque los padres tienen demasiadas cosas importantísimas que hacer… y no tienen tiempo para estar con los hijos. Para dedicarles cariño, para enseñarles lo esencial. Para educarles. A veces entiendes que no es fácil, pues padre y madre tienen que trabajar. Es más complicado. Pero otras muchas veces es el egoísmo de vivir la vida laboral, de amistades, de contactos, al margen de lo esencial, que es la familia y que son los hijos.

 

Canto a la vida

Jesús Ortiz López

 Niña síndrome Down.

La realidad de la Resurrección de Jesucristo es prenda de la futura resurrección de todos los hombres, con destino distinto según hayan seguido al Rey de Reyes y Señor de Señores, o se hayan servido a sí mismos. El famoso Hallelujah de Haëndel canta este momento después de haber seguido la vida del Salvador a la largo de su oratorio titulado «El Mesías»: los profetas, el Nacimiento, la Pasión y Muerte en la Cruz, y la Resurrección, como principales hitos. Al final estalla el júbilo de los ángeles y de los bienaventurados, seguidos por quienes participan en esta meditación musical sobre textos de la Biblia.

Estrenamos la Pascua como el gran canto a la vida especialmente de todo ser humano, para empezar en la tierra y continuar en la Gloria con la personal participación -alma y cuerpo- de la Resurrección del Señor.

Una buena noticia

Desde este marco pascual me permito destacar ahora una buena noticia sobre el valor de la vida de cada persona, aunque venga limitada, como ocurre con quienes vienen con la trisonomía de par 21, o síndrome Down. Pues el Papa Francisco ha aceptado la promulgación de decreto que reconoce el carácter heroico de las virtudes de Jerôme Lejeune. Ha sido el día 21 de enero del año 21 y del siglo 21 para quien descubriera la trisonomía 21. Buenas señales para quien sepa interpretarlas.

Lejeune es pionero de la genética moderna y trabajó para remediar este síndrome no solo en el laboratorio y la enseñanza a sus muchos alumnos, sino afanado por hacer campaña permanente para superar prejuicios y leyendas urbanas falsas. Estudios, congresos, contactos, entrevistas para defender a estas criaturas de Dios, aunque rechazadas por algunos hombres influyentes. Ha sido histórico opositor a la ley Veil que legalizó el aborto en Francia en 1975, que más tarde abriría la puerta a la fertilización in vitro y a la investigación con embriones. San Juan Pablo II le nombró presidente vitalicio de la Academia Pontificia por la Vida, poco antes de fallecer de cáncer.

Los "sinconciencia"

Mientras la mayoría de Congreso de diputados en España aplaude la ley de la eutanasia, que abre la puerta a los «sinconciencia» para deshacerse de los afectados por la trisonomía 21 que hayan sobrevivido al aborto, enfermos crónicos y ancianos, este reconocimiento de las virtudes heroicas de Lejeune indica que la vida puede más que la muerte. Despachar a una criatura del seno materno lleva poco tiempo, mientras que engendrarle hasta el final lleva nueve meses para las madres con conciencia. Mientras que despachar a un enfermo lleva también unos minutos, atenderle mediante cuidados paliativos -que incluyen atención médica, psicológica y espiritual- lleva más tiempo. Siempre construir es más lento que destruir.

A Lejeune se le cerraron puertas por defender la vida y en concreto el premio Nobel, lo cual es para él una medalla visto el nivel en que ha decaído ese premio otrora prestigioso.

Según Pablo Siegrist, director de la Fundación Jérôme Lejeune, para el eminente médico «su paciente es una persona, sujeto de digno del máximo reconocimiento y sujeto de derechos, se deja la vida por defender al embrión con síndrome de Down», ha declarado en la novedosa revista Omnes, de la que ha tomado la noticia. Si Dios quiere dentro de unos años veremos a Lejeune en los altares por defender la vida de estas personas frente a la cultura de muerte.

La Resurrección de Jesucristo siempre será el fundamento último para entender el misterio de la vida y defenderla frente a los ataques de los Parlamentos sin alma.

 

Vivir con alegría – El ejemplo de los primeros cristianos

VIVIR CON ALEGRÍA

El ejemplo de los primeros cristianos para la Pascua

La vida de los primeros cristianos está llena de una alegría rebosante, porque saben que están haciendo, en cada momento de su día, lo que el Señor quiere de ellos.Su alegría no depende del estado de ánimo, ni de la salud, ni de ninguna otra causa humana, sino de la cercanía de Dios, que es el motivo de su gozo profundo e incomparable.

 

Su alegría es capaz de subsistir en medio de todas las pruebas, incluso en los momentos más duros y oscuros, como la persecución y el martirio. Además su alegría es contagiosa: transmitirla es el tesoro más valioso que pueden dar a los que les rodean. Muchas personas encontraron y encuentran a Dios viendo la alegría de los cristianos.

 

“Una persona alegre obra el bien, gusta de las cosas buenas y agrada a Dios. En cambio, el triste tiende a obrar el mal”
(HERMAS, “EL PASTOR”, Siglo II)

 

1. (En su libro “El Pastor”, Hermas –hermano del papa Pío I- en la mitad del siglo II da una serie de recomendaciones a los cristianos referentes a la importancia de evitar la tristeza y estar alegres…)

Arranca, pues, de ti la tristeza y no atribules al Espíritu Santo que mora en ti, no sea que supliques a Dios en contra tuya y se aparte de ti. Porque el espíritu de Dios, que fue infundido en esa carne tuya, no soporta la tristeza ni la angustia.
(HERMAS, “El Pastor”, Mandamientos, 10, 2-4)

 

2. Revístete, pues, de la alegría, que halla siempre gracia delante de Dios y le es acepta, y ten en ella tus delicias. Porque todo hombre alegre obra el bien y piensa en el bien y desprecia la tristeza. En cambio, el hombre triste se porta mal en todo momento. Y lo primero en que se porta mal es en que contrista al Espíritu Santo, que le fue dado alegre al hombre. En segundo lugar, comete una iniquidad, por no dirigir súplicas a Dios ni alabarle; y, en efecto, jamás la súplica del hombre triste tiene virtud para subir al altar de Dios.
(HERMAS, “El Pastor”, Mandamientos, 10, 2-4)

 

3. Los santos, mientras vivían en este mundo, estaban siempre alegres, como si siempre estuvieran celebrando la Pascua.
(SAN ATANASIO, Carta 14, 1-2)

 

4. Siempre estarás gozoso y contento, si en todos los momentos diriges a Dios tu vida, y si la esperanza del premio suaviza y alivia las penalidades de este mundo.
(SAN BASILIO MAGNO, Homilía sobre la alegría, 25)

 

5. “Quien practique la misericordia – dice el Apóstol -, que lo haga con alegría“: esta prontitud y diligencia duplicarán el premio de tu dádiva. Pues lo que se ofrece de mala gana y por fuerza no resulta en modo alguno agradable ni hermoso.
(SAN GREGORIO NACIANCENO, Disertación sobre amor a los pobres, 14)

 

6. Como acabáis de escuchar en la lectura de hoy, amados hermanos, la misericordia divina, para bien de nuestras almas, nos llama a los goces de la felicidad eterna, mediante aquellas palabras del Apóstol: Estad siempre alegres en el Señor. Las alegrías de este mundo conducen a la tristeza eterna, en cambio, las alegrías que son según la voluntad de Dios durarán siempre y conducirán a los goces eternos a quienes en ellas perseveren. Por ello, añade el Apóstol: Os lo repito, estad alegres.

Se nos exhorta a que nuestra alegría, según Dios y según el cumplimiento de sus mandatos, se acreciente cada día más y más, pues cuanto más nos esforcemos en este mundo por vivir entregados al cumplimiento de los mandatos divinos, tanto más felices seremos en la otra vida y tanto mayor será nuestra gloria ante Dios.
(SAN AMBROSIO, Tratado sobre la carta a los Filipenses, 1)

 

7. Los seguidores de Cristo viven contentos y alegres y se glorían de su pobreza más que los reyes de su diadema.
(SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilía sobre San Mateo, 38)

 

8. En la tierra hasta la alegría suele parar en tristeza; pero para quien vive según Cristo, incluso las penas se truecan en gozo.
(SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilía sobre San Mateo, 18)

 

9. Si tenemos fija la mirada en lascosas de la eternidad, y estamos persuadidos de que todo lo de este mundo pasa y termina, viviremos siempre contentos y permaneceremos inquebrantables en nuestro entusiasmo hasta el fin. Ni nos abatirá el infortunio, ni nos llenará de soberbia la prosperidad, porque consideraremos ambas cosas como caducas y transitorias.
(CASIANO, Instituciones, 9)

 

10. El gozo en el Señor debe ir creciendo continuamente, mientras que el gozo en el mundo debe ir disminuyendo hasta extinguirse. Esto no debe entenderse en el sentido de que no debamos alegrarnos mientras estemos en el mundo, sino que es una exhortación a que, aun viviendo en el mundo, nos alegremos ya en el Señor.
(SAN AGUSTÍN, Sermón 171, 1)

 

11. Entonces será la alegría plena y perfecta, entonces el gozo completo, cuando ya no tendremos por alimento la leche de la esperanza, sino el manjar sólido de la posesión. Con todo, también ahora, antes de que esta posesión llegue a nosotros, antes de que nosotros lleguemos a esta posesión, podemos alegrarnos ya con el Señor. Pues no es poca la alegría de la esperanza, que ha de convertirse luego en posesión.
(SAN AGUSTÍN, Sermón 21, 1)

 

12. Porque no hay nada más infeliz que la felicidad de los que pecan.
(SAN AGUSTÍN, De la vida feliz, 10)

 

13. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído. (SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, 30)
                                     

Gabriel Larrauri (Ed. Planeta)

 

No dejan tranquilo al pastelero de Colorado

Salvador Bernal

 Jack Phillips, el pastelero cristiano.

Desde esta orilla del Atlántico, se tiene la impresión de que los Estados Unidos están evolucionando hacia planteamientos que se alejan de sus orígenes históricos. Los primeros emigrantes europeos huían de la intolerancia, acentuada tras la Reforma de Lutero, que alcanzó su culmen con la Guerra de los Treinta Años. A mi entender, un tremendo principio consagró la imposibilidad de convivencia: cuius regio, eius religio. En la práctica, sólo quedaba espacio para el exilio. América ofrecía una nueva Arcadia de y en libertad.

 

Aunque no todo fue camino de rosas –basta pensar en el drama de la esclavitud-, los Estados Unidos se habían caracterizado hasta ahora por una admirable síntesis: un pueblo profundamente religioso, celoso a la vez de la separación constitucional entre el Estado y las iglesias; en el fondo, muestra de la raíz cristiana que invita al ciudadano a ser leal a Dios y al César, dando a cada uno lo suyo.

Ese ambiente de libertad responsable, respetuosa de la diversidad de convicciones, comenzó a torcerse con la difusión de lo que dio en llamarse “políticamente correcto”. Parecía preciso respetar más aún los sentimientos de todos y cada uno, hasta el punto de llegar a exigirse una protección jurídica..., que acabaría sometiendo cualquier discrepancia, aun mayoritaria, a la voluntad de cualquier minoría con capacidad de una adecuada presión: algunos deseos se transformaron en derechos en ordenamientos jurídicos estatales, no sin ambigüedades –no es nada fácil tipificar sentimientos- que han provocado numerosas causas judiciales.

El nombramiento de jueces federales, de acuerdo con el peculiar sistema estadounidense, se convirtió en auténtica batalla ideológica. Y no es para menos, porque al Tribunal Supremo de Washington han llegado y están a punto de llegar recursos muy significativos: exigirá precisar aún más el alcance de las libertades ciudadanas, especialmente en el campo de las convicciones religiosas, y no sólo sobre desproporcionadas restricciones de los cultos en tiempos de pandemia, que cuentan ya con jurisprudencia quizá suficiente.

La clásica creatividad religiosa de los americanos, cuajada en denominaciones expandidas hoy por el mundo, conoce también el nacimiento de auténticas confesiones laicas, más allá del conocido fenómeno de la New Age, en cierto modo fruto pacífico del sincretismo cultural. Las neoreligiones exigen obediencia casi ciega para sus adeptos, con la consiguiente intolerancia para los ajenos, sobre todo para católicos y cristianos practicantes.

El repostero de Colorado se está convirtiendo, bien a su pesar, en paradigma del fenómeno apenas apuntado en estas líneas. Jack Philips se ganó un merecido prestigio con su arte en la confección de dulces personalizados. Y se ganó también el odio de los talibanes de la que podemos llamar religión lgtb por su negativa a elaborar en 2012 una tarta destinada a una unión homosexual. Aunque el Tribunal Supremo reconocería su libertad en 2017, los activistas infiltrados o influyentes en la comisión de derechos civiles de Colorado siguieron provocándole –sabían de antemano su negativa- con la petición de otro dulce –azul por fuera, rosa por dentro-, para celebrar el aniversario de una activista transexual.

Philips se vio obligado muy a su pesar a recurrir de nuevo a los tribunales. Otros acaban cediendo ante las presiones por puro cansancio, o porque no pueden gastar dinero en abogados. Menos mal que la activa sociedad civil se caracteriza por la facilidad en crear asociaciones –en este caso de apoyo a la libertad-, que alivian las elevadas costas procesales. Pero no deja de ser anómala la necesidad de acudir a las más altas instancias jurisdiccionales para proteger derechos que se habían vivido pacíficamente durante siglos. Al cabo, la libertad religiosa debe ser protegida siempre de toda coacción, también de la que procede de aparentes hiperindividualismos que exigen uniformidad colectiva sin resquicios.

La democracia implica el reconocimiento de la diversidad –apenas limitada por la doctrina técnica del orden público-, tanto en el plano personal como en el organizativo: incluye, por tanto, el respeto de las minorías. De ahí la radical contradicción de algunas leyes, presentadas como antidiscriminatorias, cuando, por el contrario, impiden –e, incluso, sancionan- la disidencia y el debate. Sin olvidar que reducen la seguridad jurídica, justo sustento de una convivencia en libertad y concordia.

 

La batalla cultural de las marquesinas

María Solano

 Ángel López Berlanga.

Esta Semana Santa hemos tenido la oportunidad de disfrutar de una peculiar campaña publicitaria en las marquesinas de buena parte de las ciudades de España. Campaña que, por su impacto, se ha viralizado también en las redes sociales. Firmada por la Asociación Católica de Propagandistas (www.acdp.es), y con distintas creatividades, nos ha permitido recorrer las estaciones del Vía Crucis de parada de autobús en parada de autobús y nos ha traído a la reflexión una emotiva historia de perdón y esperanza que resume el cambio que la Pascua trae a nuestros corazones.

El acierto de la campaña, tanto por el fondo como por la forma, reside en un elemento clave que el catolicismo necesitaba como agua de mayo: logra llevar a la calle, allí donde está la gente, la batalla cultural tan necesaria en nuestros días. Y no lo hace para polemizar, sino para invitar a la reflexión, para dar una voz certera sobre asuntos que no están en eso que llamamos “la agenda de los medios”, y que viene dictada por escándalos reales que se suman a los muchos ficticios generados para tapar los primeros.

Esta reflexión nacida de los carteles en las marquesinas de los autobuses es el mejor camino para salir de la corriente arrolladora del pensamiento único, de lo políticamente correcto que provoca que ya no se pueda hablar en público de determinadas cuestiones, como la fe, por si hay quien se ofende. Y el objetivo está más que cumplido: se plantean temas, los de fondo, los que de verdad preocupan al hombre en busca de sentido, se recuerda que existe una mirada trascendente que el cortoplacismo posmoderno ahoga en preocupaciones irrelevantes, se anima a la reflexión interior, individual, que es la verdadera palanca para cambiar el mundo, y se consigue, al mismo tiempo, crear una sensación de comunidad que logra que la persona no se sienta sola, sino parte de un conjunto.

Porque buena parte del éxito de iniciativas como esta radica en su capacidad para romper la espiral del silencio en la que tendemos a sumirnos los católicos, mayoría silenciosa y silenciada por unos “anti” que levantan mucho más la voz y que no reciben críticas porque es “lo que está de moda”. En esta batalla cultural en la que la fe toma el espacio público, lo grandioso es que no importan los likes (aunque se multiplican como la levadura fermenta la masa del pan) y tampoco los ataques de los haters (porque no pueden ofender). Importa haber despertado un rato de reflexión, un rato de oración, en quien se sentía solo y ha logrado salir de esa espiral para recuperar la esperanza.

María Solano Altaba

Decana de la Facultad de Humanidades de la Universidad CEU San Pablo

 

Sonrisa y risa.

La sonrisa y la risa son propias de la especie humana. Dan noticia de la inteligencia del hombre, de su capacidad de relacionarse, relación de una categoría superior a la que se da entre los animales.

Desde un punto de vista fisiológico, una sonrisa es una expresión facial motivada por la contracción de los músculos situados junto a las comisuras labiales y alrededor de los ojos, todos ellos pertenecientes a la musculatura mímica o facial, muy desarrollada en la especie humana.  Se trata de músculos situados bajo la piel de la cara y cuello, que en su mayoría no se insertan en estructuras óseas.

La sonrisa puede  reflejar placer, pero también, y de forma involuntaria,  ansiedad,  ira, sarcasmo, etc. Es una expresión normal, que desde siempre tienen los seres humanos, aunque sean invidentes. En los animales, la exposición de los dientes, puede significar una amenaza.

Numerosos artistas han intentado reproducir en sus cuadros y esculturas la sonrisa humana, cuya interpretación por parte de un observador es distinta de la de otro, quizá porque el que observa transfiere de forma inconsciente a la obra de arte sus propias emociones.

En el cuadro de Leonardo da Vinci, la sonrisa de la florentina Lisa Gherardini, también conocida como la Gioconda, Lisa del Giocondo, Lisa de Antonmaria Gherardini, Lisa, y comúnmente como Mona Lisa, es en alto grado enigmática. Sobre ella se han hecho innumerables interpretaciones. En general, las sonrisas que aparecen en los cuadros de Leonardo recuerdan la de la Gioconda.

La musculatura facial es inervada por el nervio facial, que constituye una parte importante del VII par craneal, cuyo origen está en el interior del tronco del encéfalo o tallo cerebral.

La parálisis facial puede ser temporal (por ejemplo, la provocada por el frío, a frigore, o la provocada por una parotiditis o “paperas”, en la que quedan atrapadas las ramas del nervio facial, o bien,  la parálisis de Bell,  idiopática).

Y puede ser permanente, a causa de una lesión (por ejemplo, una sección)  del propio nervio facial, en su origen en el tronco del encéfalo, o dentro de la cavidad craneal, o dentro del hueso temporal, o en su emergencia del cráneo, en una zona cercana al conducto auditivo externo.

Los síntomas y signos de la parálisis facial son los siguientes: se produce una caída de la ceja, un déficit  del cierre de los párpados (con eversión del párpado inferior y caída de la lágrima), imposibilidad para sonreír, y al pedir al enfermo que sople, se le escapa el aire por la comisura labial correspondiente a la afectación del nervio (derecho o izquierdo), también llamado clásicamente como el signo de “fumar en pipa”.

En la risa se contraen numerosos músculos (entre ellos el diafragma), pero especialmente los músculos faciales. Si se trata de una risa franca, hay fruncimiento de los párpados y aparición de pliegues radiados en las comisuras (por contracción de músculos tales como el cigomático mayor, orbicular de los ojos y buccinador).

En la expresión de alegría es característica la forma cóncava de la boca hacia arriba, con abertura y brillantez de los ojos. Intervienen varios músculos faciales (tales como el risorio y el elevar del labio superior, entre otros). Realmente el músculo de la alegría es el músculo cigomático mayor, que tira de la comisura labial, junto con un ligero ascenso del párpado inferior, produciendo un plegamiento del ángulo lateral del párpado.  (La Iglesia festeja la Resurrección de Jesús en el tiempo de Pascua, teñido de alegría)

Otras situaciones: En el tétanos se produce una fuerte contracción de los músculos faciales, que remeda una sonrisa. Los envenenamientos (sobre todo por la estricnina) pueden provocar la contracción de la musculatura facial, remedando también una sonrisa.

Con el tiempo, se manifiestan en el rostro arrugas, motivadas por la contracción frecuente de los músculos faciales a lo largo de la vida. Si se trata de los que están activos en la sonrisa, provocan arrugas en las áreas de las comisuras labiales y en las zonas orbitarias. En las situaciones de sorpresa o asombro o de gran atención a lo que ocurre a nuestro alrededor, se contrae el músculo frontal, que provoca arrugas transversales en la frente; y  también se contraen los músculos piramidal y superciliar, que al actuar sobre el entrecejo, dan lugar a una fisionomía especial, contracción muy bien reproducida en el David de Miguel Ángel, que manifiesta una fuerte preocupación (ante la visión de Goliat). La contracción frecuente de tales músculos provoca las consiguientes arrugas en las zonas mencionadas.

 

10 Razones para rechazar el socialismo

La miseria generada por el socialismo y el comunismo en todos los lugares en que se implantó. En la foto, antiguas casas de la Habana transformadas en barracones.

 

Debemos proteger la familia, la propiedad privada y a Chile de los peligros del socialismo, ya que éste comparte con el comunismo la misma ideología

 

1. El socialismo y el comunismo tienen la misma ideología

El comunismo no es sino una forma extrema del socialismo. Desde el punto de vista ideológico, no hay diferencia sustancial entre los dos.

De hecho, la Unión Soviética comunista se llamó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (1922-1991) y la China comunista, Cuba y Vietnam se definen a sí mismas como naciones socialistas.

 

10 Razones para rechazar el socialismo from Luis Montes

2.  El socialismo viola la libertad personal

El socialismo busca eliminar la “injusticia” al transferir los derechos y responsabilidades de los individuos y las familias al Estado.

En el proceso, el socialismo realmente crea injusticia.

Se destruye la verdadera libertad: la libertad de decidir todos los asuntos que se encuentran dentro de nuestra propia competencia y de seguir el curso mostrado por nuestra razón, dentro de las leyes de la moralidad, inclusive los dictados de la justicia y la caridad.

3. El socialismo viola la naturaleza humana

El socialismo es anti-natural. Destruye la iniciativa personal ‒un fruto de nuestra inteligencia y libre albedrío‒ y lo sustituye por el control del Estado. Donde quiera que se implementa, se tiende al totalitarismo, con su gobierno represivo y policial.

4.  El socialismo viola la propiedad privada
El socialismo clama por una “redistribución de la riqueza”, tomando de los “ricos” para darle a los pobres.

Establece impuestos que castigan a aquellos que han sido capaces de aprovechar mejor su talento productivo, y capacidad de trabajo o de ahorro.

Utiliza los impuestos para promover el igualitarismo económico y social, un objetivo que podrá lograrse plenamente, de acuerdo con el Manifiesto Comunista, con la “abolición de la propiedad privada.”

5.  El socialismo se opone al matrimonio tradicional

El socialismo no ve ninguna razón moral para restringir las relaciones sexuales al matrimonio, es decir, la unión indisoluble entre un hombre y una mujer.

Por otra parte, el socialismo socava la propiedad privada, que Friedrich Engels, el fundador del socialismo moderno y del comunismo junto a Karl Marx, vio como el fundamento del matrimonio tradicional.

6. El socialismo se opone a los derechos de los padres en la educación

El socialismo da al Estado, y no los padres, el control de la educación de los niños.

Casi desde el nacimiento, los niños han de ser entregados a las instituciones públicas, donde se les enseñará lo que el Estado quiere, independientemente de las opiniones de los padres.

La teoría evolucionista debe ser enseñada. La oración en la escuela debe ser prohibida

7. El socialismo promueve la igualdad radical

Una supuesta igualdad absoluta entre los hombres es la premisa fundamental del socialismo. Por lo tanto, considera que toda desigualdad es injusta en sí misma.

Los empleadores privados son rápidamente calificados de “explotadores”, cuyas ganancias pertenecen realmente a sus empleados. Como consecuencia, se descarta el sistema salarial.

8. El socialismo promueve el ateísmo

La creencia en Dios, que a diferencia de nosotros es infinito, omnipotente y omnisciente, choca frontalmente con el principio de igualdad absoluta.

El socialismo por consiguiente rechaza lo espiritual, afirmando que sólo existe la materia. Dios, el alma, y la otra vida son ilusiones, de acuerdo con el socialismo.

9. El socialismo promueve el relativismo

Para el socialismo no hay verdades absolutas o moral revelada, que establecen las normas de conducta que se aplican a todos en todo lugar y en todo tiempo.

Todo evoluciona, incluyendo la verdad y el error, el bien y el mal. No hay lugar para los Diez Mandamientos, ni en la vida privada ni en la esfera pública.

 

Aborto y Relativismo Moral

 

10. El socialismo se burla de la religión

De acuerdo con Karl Marx, la religión es “el opio del pueblo.”

Lenin, el fundador de la Unión Soviética, está de acuerdo:

“La religión es el opio del pueblo. La religión es una especie de aguardiente espiritual de mala calidad, en el que los esclavos del capital ahogan su imagen humana, y su demanda por una vida más o menos digna del hombre…”

(El socialismo y la religión escrito en 1905)

Que Dios nos proteja  del socialismo y del comunismo.

 

El preocupante futuro

La tremenda opacidad del continente amarillo se proyecta también sobre la situación religiosa. Llegan pocas noticias, que más bien provocan incertidumbre, ante la real persecución a lo cristiano, a pesar de la renovación de los acuerdos de Pekín con Roma. Esas graves dificultades tienen también una lectura positiva, en línea con la historia de los primeros cristianos, aunque no se vea hoy en Oriente: la sangre de los mártires fue semilla de una floración de creyentes que transformaría el decadente mundo grecorromano.

 

Queda aún casi un trimestre para la celebración del centenario del partido comunista chino (23 de julio de 1921 en Shanghái). Al programar la magnificación del evento, los dirigentes esperan una adhesión vibrante de todos, también de las instituciones religiosas reconocidas (si no me equivoco, catolicismo, protestantismo, islamismo, budismo y taoísmo): han preparado ya instrucciones que, de cumplirse a la letra, harían de la asociación patriótica un repetidor y amplificador de la propaganda oficial.

Vienen a la mente los primeros cristianos obligados a dar culto a Diocleciano, su gran perseguidor. Con la diferencia de que el líder comunista pretende reconocer a la Iglesia católica como un instrumento más de apoyo al socialismo, a la patria china, a las directrices del partido, defensor de la soberanía propia sin concesiones a potencias extranjeras (como el obispo de Roma, aunque en los acuerdos con el Vaticano se le reconozca como cabeza de la Iglesia).

El ateísmo del partido cuajó en las grandes persecuciones de Mao a partir de 1950. Fueron demoledoras: se calcula que los más de cinco mil misioneros no chinos quedaron reducidos a decenas. Cientos de miles de católicos fueron encarcelados, en un proceso agudizado lógicamente por la “revolución cultural”, que actuó incluso contra miembros de la asociación patriótica. Parecía algo histórico, pero algunos rasgos han reaparecido con el liderazgo de Xi Jinping, que admitiría –no son sus palabras- una vía china al cristianismo, con sustitución, incluso en los hogares, de crucifijos e imágenes por retratos de los líderes comunistas.

Jesús Martínez Madrid

 

 

La discapacidad no es motivo para aplicar la eutanasia

Tres expertos de la ONU en materia de derechos humanos suscribieron el 25 de enero una declaración en la que afirman que la discapacidad "no debe ser nunca baso de justificación para poner fin a la vida de nadie, sea de modo directo o indirecto".

El texto, publicado por la Oficina del Alto Comisionado de Derechos Humanos (OHCHR) de la organización internacional, recuerda el consenso existente acerca de que, "para personas pertenecientes a cualquier otro grupo protegido, sea una minoría racial, sexual o de género, una decisión bien razonada para acabar con sus vidas jamás podría ser que experimentan sufrimiento a causa de su estatus".

Los firmantes expresaron su alarma por la creciente tendencia a poner en vigor leyes que dan luz verde a procedimientos de muerte asistida sobre la base de padecer condiciones de discapacidad.

Tales normas legislativas institucionalizan y legalizan lo que se denomina ableism (capacitismo), que se entendería como la discriminación contra quienes padecen alguna discapacidad: Por ello, quebrantan directamente lo dispuesto por el artículo 10 de la Convención de la ONU para los derechos, de estas personas, el cual insta a los Estados a asegurarles el disfrute efectivo de su inherente derecho a la vida en igualdad con el resto.

Jesús Martínez Madrid

 

Una gran lección

La visita apostólica del Papa Francisco a Irak ha sido una gran lección que se desprende del encuentro del Papa con el líder chií Ali Al Sistani, en la senda del documento sobre la fraternidad y la paz firmado en Abu Dhabi por Francisco y la autoridad más representativa del islam sunnita. Ambas ramas del islam han reconocido junto al Papa que Dios no puede ser utilizado para justificar ningún acto de violencia y que el terrorismo no tiene justificación posible.

Este mensaje tiene también un enorme valor para el mundo occidental, afectado por otra forma de nihilismo que amenaza la convivencia. La verdadera religiosidad es siempre un camino de encuentro con los otros, un factor de paz y de construcción del bien común. Occidente no puede desalojar de la plaza pública a las comunidades de fe si no quiere sucumbir a esta otra cara del nihilismo.

Jesús D Mez Madrid

 

Que la sociedad se rija por hombres y mujeres normales

En principio, no soy partidario de las “cuotas”, sino del talento y del merecimiento profesional. Si hay ocho mujeres en un Consejo de Administración por su valía, enhorabuena, pero que no sea por cuotas. O en un Gobierno.

También hay feminismos radicales que son un obstáculo actual todavía para el feminismo. Por ejemplo: el machismo de quienes afirman que la mujer debe quedarse a trabajar en la casa, pero también es radical que una mujer considere indigno-humillante-machista dedicarse profesionalmente a la casa.

Feminismos radicales como defender que la mujer decida ella sola - incluso siendo menor de edad-  sobre un embarazo. O ciertos aspectos de la “ley trans” que propugna Irene Montero. O feminismos que lanzan sospechas sistemáticas sobre los hombres o justifican insultos expresamente, justificándose en un “pasado y presente machistas imperdonables”. O feminismos que gritan contra la violencia machista, y se niegan a admitir  - o esconden - que hay también violencia, física o psíquica, de mujeres hacia los hombres. O feminismos que defienden que la sola denuncia de una mujer hacia su marido o novio ya le lleva a pasar esa noche en Comisaría, sin pruebas o medidas de protección razonables: se está demostrando que, a veces, la falsa acusación es una venganza.

Estas radicalizaciones feministas no benefician al auténtico feminismo, de igualdad, dignidad y defensa de los derechos de todos. No se trata de “ahora que sufran los hombres, que ya han sufrido las mujeres durante siglos”. Toda semilla de enfrentamiento o casi odio no conduce a nada positivo.

Seguimos viendo a muchas “superwoman” –mujeres que compaginan heroicamente el trabajo profesional, las tareas de la casa y el cuidado de los hijos o/y personas mayores – y pocos “superman”, con una notable absorción profesional y una escasa dedicación a la casa y la familia.

No hemos de pretender que la sociedad se rija por hombres y mujeres “super”, sino normales, que comparten tareas y velan equitativamente por los derechos de todos. Como digo, el primer feminismo es que los hombres cambiemos de mentalidad, asumamos en mayor medida las cargas del hogar y de la familia, y facilitemos que las mujeres gocen de mayores espacios de libertad y derechos: no es una concesión, es un deber.

Jesús Domingo Martínez

 

España: ¿Políticos no, mercenarios por el botín?

            Aunque la verdadera y única globalización mundial es la corrupción política; pero en España (donde nací y vivo) llega a tales grados de abuso, que da la sensación de que aquí, ni hay leyes, ni jueces, ni castigos que ejemplaricen a tanto delincuente; y donde destaca la “casta política”, de un país en quiebra y que pese a ello se sigue derrochando dinero público, en cantidades “globales que darían miedo si es que hubiese dignidad para sentir el mismo o los remordimientos lógicos cuando hay conciencia”.

            Como prueba de cuanto digo, veamos lo que derrocha, “el primero que tiene que dar ejemplo de una austeridad y buen gobierno, que no necesaria, sino que imprescindiblemente ya necesita España. Y si éste lo hace, imaginemos el resto de “las cuerdas de vividores, que no habiendo dado un palo al agua, hoy viven a lo grande”.

“La Presidencia del Gobierno gastó 6.063 euros públicos, en jamones de bellota 5J para consumir en actos en el Palacio de La Moncloa en el año 2020, en plena pandemia del coronavirus. A pesar de que no se podían celebrar actos públicos masivos con comida, Moncloa no paró de recibir jamones de máxima calidad de la marca Osborne. Tal como ha podido confirmar OKDIARIO.

Viajes y vacaciones: Este gasto total de 24.830 euros en tres años se suma a otras contrataciones polémicas llevadas a cabo por parte de Sánchez y su equipo. Recientemente OKDIARIO desveló el gasto de 44.965,19 euros para reformar el helipuerto de La Moncloa. El presidente del Gobierno, que se ha aficionado a viajar por el aire, decidió poner a punto la pista de despegue y aterrizaje de helicópteros en el complejo presidencial. Así consta en la relación de contratos menores adjudicados por el Ministerio de la Presidencia. Esta documentación oficial recogía que el departamento liderado por la vicepresidenta primera, Carmen Calvo, ha adjudicado a dedo un contrato menor a la empresa Sertec Ingeniería y Obras SLU. Del mismo modo, fueron controvertidos los gastos en las residencias de vacaciones que usa Pedro Sánchez, su familia y sus amigos: los palacios de las Marismillas (Doñana) y La Mareta (Lanzarote). En los últimos meses trascendió el gasto de 8.221 euros en instalar mosquiteras en el Palacio de las Marismillas por miedo a que el presidente socialista se contagiara del virus del Nilo. También llamó la atención el contrato para levantar un muro de paneles opacos para proteger una de las piscinas de La Mareta de miradas incómodas desde la calle o el desembolso por parte de Patrimonio Nacional, adscrito a la Vicepresidencia primera, de 69.213 euros en la limpieza de esa residencia oficial en las Islas Canarias para 2021. https://okdiario.com/espana/sanchez-gasto-6-063-jamones-bellota-5j-moncloa-plena-pandemia-sin-actos-publicos-6977665 (Ver aquí más)

DERROCHES EN AVIÓN Y ELICÓPTERO: El diario ABC del sábado 20 de Marzo en su página última, la dedica casi en toda su extensión a comentar los derroches, en estos aparatos, que el inquilino de la Moncloa, viene empleando con profusión injustificable, por cuanto arriba digo, del “estado de quiebra” en que nos han llevado los inútiles políticos, que “heredaron los cuantiosísimos bienes que el tan criticado Franco, dejó a los españoles a su muerte; y lo que estas “plagas” (incluyo a toda la política y sálvese el que pueda) han dilapidado, se han apropiado, malversado, malvendido, etc., etc., y aparte de ello, nos han empobrecido a la mayor parte de la población, gran cantidad de la misma, hoy, simplemente, “pide limosna” para poder sobrevivir.

            Sugiero lean la noticia y juzguen con arreglo a la misma, puesto que este indeseable gobernante, si pudiera, iría… “a mear, subido en uno de los aparatos citados”. Las despensas de los lugares que habita transitoriamente, incluidas las dotaciones, de bebidas, tentempiés  y chucherías de las neveras de las naves citadas, también son un capítulo a tener en cuenta, puesto que sería curioso saber las dotaciones de lo que ordena no falta “en la nave”, que por cuanto se dice, también comparte con invitados, a los que lleva “de paseo o de cuchipanda”, a costa del ya hundido contribuyente español.

            Y como ya el tipo de gobierno que nos asfixia es el del comunismo que demostró lo que era, al desaparecer de incluso la monstruosa “URSS”; recordando aquellos primeros tiempos en que supieron “envenenar” a medio mundo con sus soflamas de libertades y prosperidades que nunca llegaron, sonriendo con amargura (pensando en mi propio padre: fusilado precisamente por entrar en aquellos “señuelos”, en los que igualmente, terminaron con toda mi familia directa o indirectamente, les dedico el último párrafo de mi artículo de hoy) puesto que mi intuición me dice que nos hacen marchar a velocidad premeditada, a aquellos tiempos de “negruras”, que volverán, por aquello de que, “la historia se repite en aquellos pueblos que no supieron aprender de la suya propia”.

Creo recordar que el grito incendiario era más o menos... ¡Levantaos y uníos parias de la tierra!... y a lo que yo le añado; “así podréis llenar nuestras despensas de todos los manjares de la tierra, para que nosotros los disfrutemos”; ¿dignidad... dónde está eso en la asquerosa política de hoy y de siempre?

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)