Las Noticias de hoy 29 Marzo 2021

Enviado por adminideas el Lun, 29/03/2021 - 12:26

Gifs y Fondos Paz enla Tormenta ®: IMÁGENES DE DOMINGO DE RAMOS

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 29 de marzo de 2021    

Indice:

ROME REPORTS

El Papa en el Domingo de Ramos: pidamos la gracia del estupor

El Papa en el Ángelus: no pasar de largo ante los hermanos en dificultad

El Papa. Por una lucha más eficaz contra los delitos financieros

LAS NEGACIONES DE PEDRO : Francisco Fernandez Carbajal

“No te turbe conocerte como eres”: San Josemaria

La ordenación sacerdotal de san Josemaría Escrivá

Semana Santa: Nos amó hasta el fin: Felix María Arocena

«Nosotros predicamos a un Cristo crucificado»: Juan Rego

¿Entre Dios y yo?: Liturgia y sacramentos: Felix María Arocena

La Cruz y la Iglesia : Ernesto Juliá

La utopía democrático-socialista y la demolición de la sociedad: Acción Familia

La crisis moral : Ana Teresa López de Llergo

¿Somos cada vez más inteligentes?: Lucía Legorreta

La arriesgada “pendiente resbaladiza” de la eutanasia: Justo Aznar Lucea

Carta a un profesor posmoderno : José María Torralba

Vigilia por la Vida 2021 en Valladolid : Josefa Romo 

La esperanza : Valentín Abelenda Carrillo

​ La ley consumada : Domingo Martínez Madrid

Contra lo políticamente correcto: Jesús D Mez Madrid

El “mono humano avanza o retrocede”: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

El Papa en el Domingo de Ramos: pidamos la gracia del estupor

Volver a comenzar desde el asombro, mirando al Crucificado: es a lo que anima el Papa Francisco en su homilía de la Misa en el Domingo de Ramos, que conmemora la entrada del Señor Jesús a Jerusalén. Dejarse sorprender por Jesús, dice el Santo Padre, "para volver a vivir", porque la grandeza de la vida no está en el tener o en afirmarse, sino en descubrirse amados por Dios.

En este día “pidamos la gracia del estupor”. Fue la exhortación del Papa Francisco en su homilía en la Misa de la Conmemoración del ingreso del Señor Jesús a Jerusalén, en el Domingo de Ramos. La liturgia de hoy, comenzó diciendo el Papa, “suscita cada año en nosotros un sentimiento de asombro”, pues “pasamos de la alegría que supone acoger a Jesús que entra en Jerusalén, al dolor de verlo condenado a muerte”. Se trata de un sentimiento “que nos acompañará toda la Semana Santa”. 

Es necesario pasar de la admiración al asombro

Recordando el ingreso de Jesús a Jerusalén, en un humilde burrito, mientras en cambio la gente esperaba con solemnidad para la Pascua “al libertador poderoso” y celebrar la victoria sobre los romanos “con la espada”, Francisco planteó un interrogante: “¿Qué le sucedió a aquella gente, que en pocos días pasó de aclamar con hosannas a Jesús a gritar ‘crucifícalo’?” Y explicó: 

En realidad, aquellas personas seguían más una imagen del Mesías, que al Mesías real. Admiraban a Jesús, pero no estaban dispuestas a dejarse sorprender por Él. El asombro es distinto de la simple admiración. La admiración puede ser mundana, porque busca los gustos y las expectativas de cada uno; en cambio, el asombro permanece abierto al otro, a su novedad. 

El Papa señaló que también hoy hay muchos que admiran a Jesús, pero que, sin embargo “sus vidas no cambian”. Esto porque “admirar a Jesús no es suficiente”, sino que es necesario “seguir su camino, dejarse cuestionar por Él, pasar de la admiración al asombro”. Lo que más sorprende del Señor y de su Pascua, afirma el Sumo Pontífice, es “el hecho de que Él llegue a la gloria por el camino de la humillación”.

Él triunfa acogiendo el dolor y la muerte, que nosotros, rehenes de la admiración y del éxito, evitaríamos. […] Sorprende ver al Omnipotente reducido a nada. Verlo a Él, la Palabra que sabe todo, enseñarnos en silencio desde la cátedra de la cruz. Ver al rey de reyes que tiene por trono un patíbulo. Ver al Dios del universo despojado de todo. Verlo coronado de espinas y no de gloria. Verlo a Él, la bondad en persona, que es insultado y pisoteado. 

Jesús subió a la cruz para descender a nuestro sufrimiento

El Señor se humilló por nosotros, “para tocar lo más íntimo de nuestra realidad humana, para experimentar toda nuestra existencia, todo nuestro mal”, explicó Francisco. Subió a la cruz para descender a nuestro sufrimiento, probando nuestros peores estados de ánimo: el fracaso, el rechazo de todos, la traición de quien le quiere e, incluso, el abandono de Dios. Experimentando en su propia carne nuestras contradicciones más dolorosas las redimió y las transformó: 

Su amor se acerca a nuestra fragilidad, llega hasta donde nosotros sentimos más vergüenza. Y ahora sabemos que no estamos solos. Dios está con nosotros en cada herida, en cada miedo. Ningún mal, ningún pecado tiene la última palabra. Dios vence, pero la palma de la victoria pasa por el madero de la cruz. Por eso las palmas y la cruz están juntas. 

Levantemos nuestra mirada a la Cruz

La vida cristiana, aseguró el Papa, “sin asombro, es monótona”, pues, si la fe "pierde su capacidad de sorprenderse se queda sorda”: no siente la maravilla de la gracia, ni experimenta el gusto del Pan de vida y de la Palabra, y no percibe la belleza de los hermanos y el don de la creación, y no tiene otra vía que refugiarse en legalismos, clericalismos y todas esas cosas que Jesús condena en el capítulo 23 de Mateo. De ahí la invitación del Santo Padre a que, en esta Semana Santa, “levantemos nuestra mirada hacia la cruz para recibir la gracia del estupor”.

San Francisco de Asís, mirando al Crucificado, se asombraba de que sus frailes no llorasen. Y nosotros, ¿somos capaces todavía de dejarnos conmover por el amor de Dios? ¿Por qué hemos perdido la capacidad de asombrarnos ante él? Tal vez porque nuestra fe ha sido corroída por la costumbre. Tal vez porque permanecemos encerrados en nuestros remordimientos y nos dejamos paralizar por nuestras frustraciones. Tal vez porque hemos perdido la confianza en todo y nos creemos incluso fracasados. Pero detrás de todos estos “tal vez” está el hecho de que no nos hemos abierto al don del Espíritu, que es Aquel que nos da la gracia del estupor. 

Abrirse al don del Espíritu que nos da la gracia del estupor y “volver a comenzar desde el asombro", es, pues, la exhortación del Santo Padre: mirar al Crucificado y decirle “Señor, ¡cuánto me amas! ¡qué valioso soy para Ti!”. Dejarse sorprender por Jesús “para volver a vivir, porque la grandeza de la vida no está en tener o en afirmarse, sino en descubrirse amados". "La grandeza de la vida está precisamente en la belleza del amor".

En el Crucificado vemos a Dios humillado, al Omnipotente reducido a un despojo. Y con la gracia del estupor entendemos que, acogiendo a quien es descartado, acercándonos a quien es humillado por la vida, amamos a Jesús. Porque Él está en los últimos, en los rechazados, en aquellos que nuestra cultura farisea condena. 

Ante la cruz no hay lugar a malas interpretaciones

El Sumo Pontífice concluyó su homilía refiriéndose a la escena “más hermosa” del estupor que el Evangelio de hoy nos muestra: la del centurión que, al ver expirar a Jesús exclama: “¡Realmente este hombre era Hijo de Dios!”. El centurión, dijo el Papa, se dejó asombrar por el amor: vio morir a Jesús “amando” y eso lo asombró. Sufría, estaba agotado, pero seguía amando. 

Esto es el estupor ante Dios, quien sabe llenar de amor incluso el momento de la muerte. En este amor gratuito y sin precedentes, el centurión, un pagano, encuentra a Dios. ¡Realmente este hombre era Hijo de Dios! Su frase ratifica la Pasión. 

Muchos otros antes del centurión, habían reconocido a Jesús como Hijo de Dios. Pero, sin embargo, “Cristo mismo los había mandado callar, porque existía el riesgo de quedarse en la admiración mundana, en la idea de un Dios que había que adorar y temer en cuanto potente y terrible”. Ahora, ante la cruz “no hay lugar a malas interpretaciones”, pues “Dios se ha revelado y reina sólo con la fuerza desarmada y desarmante del amor”. De ahí la exhortación final del Sumo Pontífice que, haciendo presente que Dios “continúa sorprendiendo nuestra mente y nuestro corazón”, anima a que dejemos que "el estupor nos invada”: 

“Miremos al Crucificado y digámosle también nosotros: “Realmente eres el Hijo de Dios. Tú eres mi Dios”.”

 

El Papa en el Ángelus: no pasar de largo ante los hermanos en dificultad

No pasar de largo ante los hermanos en dificultad, y rezar por todas las víctimas de la violencia, especialmente por las del atentado ocurrido esta mañana en Indonesia frente a la catedral de Makassar: lo ha pedido el Santo Padre Francisco al finalizar la Santa Misa en la Conmemoración del ingreso de Jesús a Jerusalén, y antes de rezar la oración mariana del Ángelus dominical, en este Domingo de Ramos

Al finalizar la Santa Misa en la Conmemoración del Ingreso del Señor Jesús a Jerusalén, que marca el inicio de la Semana Santa, el Santo Padre Francisco rezó el Ángelus dominical.  Antes de ello, hizo presente que es la segunda vez que la vivimos en el contexto de la pandemia: “el año pasado estábamos más conmocionados, este año estamos más probados, y la crisis económica se ha hecho más pesada”, dijo. “En esta situación histórica y social, ¿qué hace Dios?” preguntó.  Y respondió: 

Toma la cruz. Jesús toma la cruz, es decir, asume el peso del mal que implica dicha realidad, el mal físico, el psicológico y sobre todo el mal espiritual, porque el Maligno aprovecha las crisis para sembrar la desconfianza, la desesperación y la cizaña. 

“¿Y nosotros? ¿Qué debemos hacer?”, preguntó aún el Papa. 

Nos lo muestra la Virgen María, la Madre de Jesús, que es también su primera discípula. Ella siguió a su Hijo. Ella asumió su propia cuota de sufrimiento, de oscuridad, de desconcierto, y recorrió el camino de la pasión, manteniendo la lámpara de la fe encendida en su corazón. Con la gracia de Dios, nosotros también podemos hacer este camino. 

A lo largo del Vía Crucis cotidiano - continuó - nos encontramos con los rostros de tantos hermanos y hermanas en dificultad: 

No pasemos de largo, dejemos que nuestro corazón se mueva a compasión y acerquémonos. En este momento, como el Cireneo, podemos pensar: "¿Por qué justamente yo?". Pero luego descubriremos el don que, sin merecerlo, se nos ha concedido. Que nos ayude la Virgen, que siempre nos precede en el camino de la fe.

Oración por víctimas de violencia y por las del atentado en catedral de Indonesia

Al final de la alocución el Santo Padre Francisco llamó a rezar “por todas las víctimas de la violencia, especialmente por las del atentado ocurrido esta mañana en Indonesia frente a la catedral de Makassar”. Allí al menos 14 personas resultaron heridas en el atentado suicida al final de la misa del Domingo de Ramos. 

LEA TAMBIÉN

 

28/03/2021

Atentado suicida en Indonesia

 

Según fuentes de policía local, la explosión se produjo a las 9.26 hora local, cuando una motocicleta se acercó a la entrada lateral del edificio, cuando la gente volvía a casa tras participar en la Santa Misa. No es la primera vez que las iglesias son objetivo de los extremistas islámicos en Indonesia, el país de mayoría musulmana más poblado del mundo. En particular, en mayo de 2018, seis miembros de una familia se habían inmolado en tres iglesias, una católica y dos protestantes, en Surabaya, la segunda ciudad del país, matando a una docena de fieles. La familia pertenecía al grupo yihadista Jamaah Ansharut Daulah (Jad) y el atentado fue reivindicado por el autodenominado Estado Islámico.

El Papa. Por una lucha más eficaz contra los delitos financieros

El Papa Francisco recibió a los miembros del Tribunal del Estado de la Ciudad del Vaticano, en la inauguración del 92 año judicial. Entre ellos se encontraba el presidente del Consejo de Ministros del Gobierno Italiano, Mario Draghi. A ellos les exhortó para que las “iniciativas emprendidas para la absoluta transparencia de las actividades institucionales del Estado Vaticano, especialmente en el ámbito económico y financiero, se inspiren siempre en los principios fundacionales de la vida eclesial.

Patricia Ynestroza-Ciudad del Vaticano

El Papa Francisco recibió a los miembros del Tribunal del Estado de la Ciudad del Vaticano, en la inauguración del 92 año judicial. Entre ellos se encontraba el presidente del Consejo de Ministros del Gobierno Italiano, Mario Draghi. En su discurso, el Papa recordó que los cambios normativos que se están llevando a cabo en el Vaticano, serán “más fructíferos en la medida en que vayan acompañados de nuevas reformas en el ámbito penal, sobre todo en la lucha y represión de los delitos financieros, y de la intensificación de otras actividades encaminadas a facilitar y agilizar la cooperación internacional entre los órganos de investigación del Vaticano y las instituciones similares de otros países, así como de las iniciativas adoptadas por la Policía Judicial de nuestro Estado”.

Por tanto, dijo, que es urgente identificar e introducir con reglamentos adecuados, nuevas y más incisivas formas de cooperación, tal y como solicitan las instituciones de supervisión de los mercados financieros que operan a nivel internacional. Para ello, el Papa sugirió poder discutir este asunto con más profundidad, más adelante, para poder alcanzar “una cooperación más rápida y eficaz”.

Reformas inspiradas en principios de vida eclesial

El Papa exhortó a todos los miembros del Tribunal del Estado Vaticano, para que las “iniciativas emprendidas recientemente y las que se emprenderán para la absoluta transparencia de las actividades institucionales del Estado Vaticano, especialmente en el ámbito económico y financiero, se inspiren siempre en los principios fundacionales de la vida eclesial y, al mismo tiempo, tengan debidamente en cuenta los parámetros y las "buenas prácticas" vigentes a nivel internacional, y aparezcan como ejemplares, como se requiere de una realidad como la Iglesia católica”.

Comportamiento ejemplar

El Santo Padre explicó que “todos los que trabajan en este ámbito, y todos los que ocupan cargos institucionales, deben tener un comportamiento que, a la vez que denota un arrepentimiento activo -cuando es necesario- con respecto al pasado, es también irreprochable y ejemplar para el presente y el futuro”. Por tanto, consideró necesario que el “actual sistema procesal refleje la igualdad de todos los miembros de la Iglesia y su igual dignidad y posición, sin privilegios que se remonten en el tiempo y no estén en consonancia con las responsabilidades que cada uno tiene en la construcción de la Iglesia. Esto requiere solidez en la fe y coherencia en el comportamiento y la acción”.

“Estamos llamados a testimoniar, de manera concreta y creíble, en nuestras respectivas funciones y tareas, el inmenso patrimonio de valores que caracteriza la misión de la Iglesia, su ser "sal y luz" en la sociedad y en la comunidad internacional, especialmente en momentos de crisis como el actual”.

Dedicar el tiempo a la oración

Por último, el Papa les recordó que mientras trabajan día a día, ofrecen, dijo, “una valiosa contribución para que la Iglesia, en este pequeñísimo Estado de la Ciudad del Vaticano, dé un buen ejemplo de lo que enseña en su Magisterio social. Por tanto, los invitó “a no tener miedo de perder el tiempo dedicándolo a la oración. En la oración, y sólo en la oración, dijo, sacamos de Dios, de su Palabra, esa serenidad interior que nos permite cumplir con nuestros deberes con magnanimidad, equidad y clarividencia”.

En el Cielo existe la verdadera Justicia

Las exigencias de la pandemia han hecho que la ceremonia de hoy se celebre en esta "Aula de las Bendiciones", situada entre la Basílica de San Pedro y la Plaza. Desde aquí los Papas imparten a los fieles, en las principales solemnidades, la bendición Urbi et Orbi, a Roma y al mundo. En el lado opuesto, el Aula domina la nave central de la Basílica, en la perspectiva visual de la gloria del Espíritu Santo, que ilumina el ábside. Una posición -física y espiritual- central, entre el espacio abierto y al mismo tiempo recogido de la columnata de Bernini, y el de la fe profesada y celebrada en torno a la tumba de Pedro.

El lenguaje de la pintura y de la escultura representa a menudo a la Justicia empeñada, con una mano, en sopesar con la balanza los intereses o las situaciones opuestas, y dispuesta, con la otra, a defender el derecho con la espada. La iconografía cristiana añade entonces a la tradición artística anterior un detalle de no poca importancia: los ojos de la Justicia no están vendados, sino vueltos hacia arriba, y miran al Cielo, porque sólo en el Cielo hay verdadera justicia.

El promotor de Justicia: importantes reformas

En su discurso, el promotor de Justicia, Gian Piero Milano, hizo un balance de la actividad judicial del Vaticano en el último año, recordando que ha tenido que adentrarse "en nuevos caminos y contextos, superando dificultades y, a veces, resistencias 'de aparato'", con la lucha contra la delincuencia económica entre las prioridades. A continuación, habló de la creciente cooperación internacional y de la evolución del sistema judicial a través de las reformas deseadas por el Papa Francisco para ajustarse a las normas internacionales. "La evolución normativa de los últimos años", dijo, "ha tomado la forma de una serie de reformas significativas, cada vez más marcadamente inspiradas en las buenas prácticas adoptadas a nivel supranacional. Sin embargo, subrayó que se trata de un trabajo en curso.

Agradecimiento de Pignatone al Papa por sus palabras sobre el perdón y la justicia

Durante la audiencia también intervino brevemente el Presidente del Tribunal, Giuseppe Pignatone, quien agradeció al Papa su presencia y, en particular, lo que escribió en la Encíclica "Todos los hermanos" sobre "la justicia y su relación con el perdón". Palabras y escritos -subrayó- que han aportado una gran claridad sobre una cuestión crucial" para todos los que trabajan "en este conflictivo y tan importante ámbito de la justicia".

Parolin preside la misa en la Capilla Paulina

Antes de la audiencia, el cardenal secretario de Estado, Pietro Parolin, presidió en la capilla Paulina la misa de inauguración del Año Judicial, a la que también asistió el primer ministro Draghi. En su homilía, comentando el Evangelio de hoy (Jn 11,45-56) sobre la decisión del Sanedrín de matar a Jesús, definió aquel juicio como "una evidente ilegalidad violenta" y "un acto de arbitrariedad, avalado luego por la cobardía y el cinismo de Pilatos". Parolin subrayó que el juicio de Jesús "representa la negación más completa de lo que la civilización jurídica actual señala como el debido proceso legal y sus requisitos inalienables, a los que toda persona llamada a juicio tiene derecho para salvaguardar los bienes supremos de la persona: su honor, su libertad, su vida". "El juicio -observó- es una celebración positiva de la justicia, en la que el sujeto particular, ya sea como demandante, demandado o acusado, entra con todos sus derechos y posibilidades". El cardenal secretario de Estado afirmó que "de aquí surge la formidable responsabilidad moral, además de jurídica, que se confía al juicio, es decir, a sus operadores, una responsabilidad que encuentra en el principio de legalidad -observado rigurosamente en todos sus componentes y consecuencias- su principal contenido y su límite infranqueable".

 

 

LAS NEGACIONES DE PEDRO

— San Pedro niega conocer al Señor. Nuestras negaciones.

— La mirada de Jesús y la contrición de Pedro.

— El verdadero arrepentimiento. Acto de contrición.

I. Mientras se desarrolla el proceso contra Jesús ante el Sanedrín tiene lugar la escena más triste de la vida de Pedro. Él, que lo había dejado todo por seguir a nuestro Señor, que ha visto tantos prodigios y ha recibido tantas muestras de afecto, ahora le niega rotundamente. Se siente acorralado y niega hasta con juramento conocer a Jesús.

Cuando Pedro estaba abajo en el atrio, llega una de la criadas del Sumo Sacerdote y, al ver a Pedro que se estaba calentando, fijándose en él, le dice: También tú estabas con Jesús, ese Nazareno. Pero él lo negó diciendo: Ni le conozco, ni sé de qué hablas. Y salió afuera, al vestíbulo de la casa, y cantó un gallo. Y al verlo la criada empezó a decir otra vez a los que estaban alrededor: éste es de los suyos. Pero él lo volvió a negar. Y un poco después, los que estaban allí decían a Pedro: Desde luego eres de ellos, porque también tú eres galileo. Pero él comenzó a decir imprecaciones y a jurar: No conozco a ese hombre del que habláis1.

Ha negado conocer a su Señor, y con eso niega también el sentido hondo de su existencia: ser Apóstol, testigo de la vida de Cristo, confesar que Jesús es el Hijo de Dios vivo. Su vida honrada, su vocación de Apóstol, las esperanzas que Dios había depositado en él, su pasado, su futuro: todo se ha venido abajo. ¿Cómo es posible que diga no conozco a ese hombre?

Unos años antes, un milagro obrado por Jesús había tenido para él un significado especial y profundo. Al ver la pesca milagrosa (la primera de ellas) Pedro lo comprendió todo, se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: Apártate de mí, Señor, que soy un pobre pecador. Pues el asombro se había apoderado de él2. Parece como si en un momento lo hubiera visto todo claro: la santidad de Cristo y su condición de hombre pecador. Lo negro se percibe en contraste con lo blanco, la oscuridad con la luz, la suciedad con la limpieza, el pecado con la santidad. Y entonces, mientras sus labios decían que por sus pecados se siente indigno de estar junto al Señor, sus ojos y toda su actitud le pedían no separarse jamás de Él. Aquel fue un día muy feliz. Allí comenzó realmente todo: Entonces dijo Jesús a Simón: No temas; desde ahora serán hombres los que has de pescar. Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron3. La vida de Pedro tendría desde entonces un formidable objetivo: amar a Cristo y ser pescador de hombres. Todo lo demás sería medio e instrumento para este fin. Ahora, por fragilidad, por dejarse llevar del miedo y de los respetos humanos, Pedro se ha derrumbado.

El pecado, la infidelidad en mayor o menor grado, es siempre negación de Cristo y de lo más noble que hay en nosotros mismos, de los mejores ideales que el Señor ha sembrado en nosotros. El pecado es la gran ruina del hombre. Por eso hemos de luchar con ahínco, ayudados por la gracia, para evitar todo pecado grave –los de malicia, fragilidad o ignorancia culpable– y todo pecado venial deliberado.

Pero incluso del pecado, si tuviéramos la desgracia de cometerlo, hemos de sacar frutos, pues la contrición afianza más la amistad con el Señor. Nuestros errores no deben desalentarnos jamás si nos comportamos con humildad. Un sincero arrepentimiento es siempre la ocasión de un encuentro nuevo con el Señor, del que se pueden derivar insospechadas consecuencias para nuestra vida interior. Si pecamos, hemos de volver al Señor cuantas veces sea preciso, sin angustiarnos pero sí con dolor. «Pedro invirtió una hora para caer, pero en un minuto se levanta y subirá más alto de lo que estaba antes de su caída»4.

El Cielo está lleno de grandes pecadores que supieron arrepentirse. Jesús nos recibe siempre y se alegra cuando recomenzamos el camino que habíamos abandonado, quizá en cosas pequeñas.

II. El Señor, maltratado, es llevado por uno de aquellos atrios. Entonces, se volvió y miró a Pedro5. «Sus miradas se cruzaron. Pedro hubiera querido bajar la cabeza, pero no pudo apartar su mirada de Aquel que acababa de negar. Conoce muy bien las miradas del Salvador. No pudo resistir a la autoridad y al encanto de esa mirada que suscitó su vocación; esa mirada tan cariñosa del Maestro aquel día en que, mirando a sus discípulos, afirmó: He aquí a mis hermanos, hermanas y madre. Y aquella mirada que le hizo temblar cuando él, Simón, quiso apartar la Cruz del camino del Señor. ¡Y la compasiva mirada con que acogió al joven tan poco desprendido para seguirle! ¡Y la mirada anegada de lágrimas ante el sepulcro de Lázaro...! Conoce las miradas del Salvador.

»Y, sin embargo, nunca jamás contempló en el rostro del Señor la expresión que descubre en Él en aquel momento, aquellos ojos impregnados de tristeza, pero sin severidad; mirada de reconvención, sin duda, pero que al mismo tiempo quiere ser suplicante y parece decirle: Simón, yo he rogado por ti.

»Su mirada solo se detuvo un instante sobre él: Jesús fue empujado violentamente por los soldados, pero Pedro la sigue viendo»6. Ve la mirada indulgente sobre la llaga profunda de su culpa. Comprendió entonces la gravedad de su pecado, y el cumplimiento de la profecía del Señor respecto a su traición. Y recordó Pedro las palabras del Señor: Antes que el gallo cante hoy, me habrás negado tres veces. Salió fuera y lloró amargamente7. El salir fuera «era confesar su culpa. Lloró amargamente porque sabía amar, y bien pronto las dulzuras del amor reemplazaron en él a las amarguras del dolor»8.

Saberse mirado por el Señor impidió que Pedro llegara a la desesperanza. Fue una mirada alentadora en la que Pedro se sintió comprendido y perdonado. ¡Cómo recordaría entonces la parábola del Buen Pastor, del hijo pródigo, de la oveja perdida!

Pedro salió fuera. Se separó de aquella situación, en la que imprudentemente se había metido, para evitar posibles recaídas. Comprendió que aquel no era su sitio. Se acordó de su Señor, y lloró amargamente. En la vida de Pedro vemos nuestra propia vida. «Dolor de Amor. —Porque Él es bueno. —Porque es tu Amigo, que dio por ti su Vida. —Porque todo lo bueno que tienes es suyo. —Porque le has ofendido tanto... Porque te ha perdonado... ¡Él!... ¡¡a ti!!

»—Llora, hijo mío, de dolor de Amor»9.

La contrición da al alma una especial fortaleza, devuelve la esperanza, hace que el cristiano se olvide de sí mismo y se acerque de nuevo a Dios en un acto de amor más profundo. La contrición aquilata la calidad de la vida interior y atrae siempre la misericordia divina. Mis miradas se posan sobre los humildes y sobre los de corazón contrito10.

Cristo no tendrá inconveniente en edificar su Iglesia sobre un hombre que puede caer y ha caído. Dios cuenta también con los instrumentos débiles para realizar, si se arrepienten, sus empresas grandes: la salvación de los hombres.

Muy probablemente Pedro, después de las negaciones y de su arrepentimiento, iría a buscar a la Virgen. También nosotros lo hacemos ahora que recordamos con más viveza nuestras faltas y negaciones.

III. Además de una gran fortaleza, la verdadera contrición da al alma una particular alegría, y dispone para ser eficaces entre los demás. «El Maestro pasa, una y otra vez, muy cerca de nosotros. Nos mira... Y si le miras, si le escuchas, si no le rechazas, Él te enseñará cómo dar sentido sobrenatural a todas tus acciones... Y entonces tú también sembrarás, donde te encuentres, consuelo y paz y alegría»11.

Sobre Judas también recayó la mirada del Señor, que le incita a cambiar cuando, en el momento de su traición, se sintió llamado con el título de amigo. ¡Amigo! ¿A qué has venido aquí? No se arrepintió en ese momento, pero más tarde sí: viendo a Jesús sentenciado, arrepentido de lo hecho, restituyó las treinta monedas de plata12.

¡Qué diferencia entre Pedro y Judas! Los dos traicionaron (de distinta manera) la fidelidad a su Maestro. Los dos se arrepintieron. Pedro sería –a pesar de sus negaciones– la roca sobre la que se asentará la Iglesia de Cristo hasta el final de los tiempos. Judas fue y se ahorcó. El simple arrepentimiento humano no basta; produce angustia, amargura y desesperación.

Junto a Cristo el arrepentimiento se transforma en un dolor gozoso, porque se recobra la amistad perdida. En unos instantes, Pedro se unió al Señor –a través del dolor de sus negaciones– mucho más fuertemente de lo que había estado nunca. De sus negaciones arranca una fidelidad que le llevará hasta el martirio.

Judas fue todo lo contrario, se queda solo: A nosotros ¿qué nos importa?, allá tú, le dicen los príncipes de los sacerdotes. Judas, en el aislamiento que produce el pecado, no supo ir a Cristo; le faltó la esperanza.

Debemos despertar con frecuencia en nuestro corazón el dolor de Amor por nuestros pecados. Sobre todo al hacer el examen de conciencia al acabar el día, y al preparar la Confesión.

«A ti que te desmoralizas, te repetiré una cosa muy consoladora: al que hace lo que puede, Dios no le niega su gracia. Nuestro Señor es Padre, y si un hijo le dice en la quietud de su corazón: Padre mío del Cielo, aquí estoy yo, ayúdame... Si acude a la Madre de Dios, que es Madre nuestra, sale adelante»13.

1 Mc 14, 66-67. — 2 Cfr. Lc 5, 8-9. — 3 Lc 5, 10-11. — 4 G. Chevrot, Simón Pedro, p. 261. — 5 Lc 22, 61. — 6 G. Chevrot, loc. cit., pp. 265-266. — 7 Lc 22, 61-62. — 8 San Agustín, Sermón 295. — 9 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 436. — 10 Is 66, 2. — 11 San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, VIII, 4. — 12 Cfr. Mt 27, 3-10. — 13 San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, X, 3.

 

 

“No te turbe conocerte como eres”

No necesito milagros: me sobra con los que hay en la Escritura. –En cambio, me hace falta tu cumplimiento del deber, tu correspondencia a la gracia. (Camino, 362)

29 de marzo

Repitamos, con la palabra y con las obras: Señor, confío en Ti, me basta tu providencia ordinaria, tu ayuda de cada día. No tenemos por qué pedir a Dios grandes milagros. Hemos de suplicar, en cambio, que aumente nuestra fe, que ilumine nuestra inteligencia, que fortalezca nuestra voluntad. Jesús permanece siempre junto a nosotros, y se comporta siempre como quien es.

Desde el comienzo de mi predicación, os he prevenido contra un falso endiosamiento. No te turbe conocerte como eres: así, de barro. No te preocupe. Porque tú y yo somos hijos de Dios ‑y éste es endiosamiento bueno‑, escogidos por llamada divina desde toda la eternidad: nos eligió el Padre, por Jesucristo, antes de la creación del mundo para que seamos santos en su presencia. Nosotros que somos especialmente de Dios, instrumentos suyos a pesar de nuestra pobre miseria personal, seremos eficaces si no perdemos el conocimiento de nuestra flaqueza. Las tentaciones nos dan la dimensión de nuestra propia debilidad.

Si sentís decaimiento, al experimentar ‑quizá de un modo particularmente vivo‑ la propia mezquindad, es el momento de abandonarse por completo, con docilidad en las manos de Dios. Cuentan que un día salió al encuentro de Alejandro Magno un pordiosero, pidiendo una limosna. Alejandro se detuvo y mandó que le hicieran señor de cinco ciudades. El pobre, confuso y aturdido, exclamó: ¡yo no pedía tanto! Y Alejandro repuso: tú has pedido como quien eres; yo te doy como quien soy. (Es Cristo que pasa, 160)

 

 

La ordenación sacerdotal de san Josemaría Escrivá

San Josemaría Escrivá recibió la ordenación sacerdotal el 28 de marzo de 1925, en la ciudad de Zaragoza, en la iglesia de San Carlos. Dos días después, celebró su primera Misa en la Basílica del Pilar. Andrés Vázquez de Prada lo cuenta así en la biografía del santo.

BIOGRAFÍA

Opus Dei - La ordenación sacerdotal de san Josemaría Escrivá

San Josemaría en 1923.

El Sábado de Témporas, 28 de marzo de 1925, se celebró en la iglesia de San Carlos la ceremonia de la ordenación sacerdotal, confiriéndole el presbiterado don Miguel de los Santos Díaz Gómara.

El ordenado siguió con los cinco sentidos las ceremonias litúrgicas: la unción de las manos, la traditio instrumentorum, las palabras de la consagración... Emocionado y confuso ante la bondad del Señor, tuvo en nada las dificultades pasadas desde el día de su llamamiento, dando gracias como un tierno enamorado.

Hizo los preparativos de su primera Misa. No cabía calificarla de solemne; iba a ser una misa rezada, el lunes de la Semana de Pasión, con ornamentos morados y ofrecida en sufragio por su padre. El recién ordenado envió recordatorios a muy pocas personas, a causa del luto. Celebrarían la fiesta en la intimidad. Unas estampas de Nuestra Señora llevaban impreso por detrás el texto del recordatorio:

«El Presbítero José María Escrivá y Albás celebrará su primera Misa en la Santa y Angélica Capilla del Pilar de Zaragoza, el 30 de Marzo de 1925, a las diez y media de la mañana, en sufragio del alma de su padre D. José Escrivá Corzán, que se durmió en el Señor el día 27 de Noviembre de 1924. A.M.D.G. Invitación y recuerdo»

 

Recordatorio de la primera Misa de san Josemaría.

Recordatorio de la primera Misa de san Josemaría.

 

No le había sido fácil conseguir que le cediesen la Santa Capilla; pero su vivo deseo era celebrar allí, en el lugar que visitaba a diario y donde clamaba su Domina, ut sit! Por lo demás, la misa fue más dolorosa de lo que el celebrante podía prever, aunque escondiera la memoria y circunstancias del acto en una frase muy simple: en la Santa capilla ante un puñado de personas, celebré sin ruido mi Primera Misa.

Su hermano Santiago, que contaba seis años, recuerda la sencillez de la ceremonia y la escasa compañía: «fue Misa rezada, a la que asistimos mi madre, mi hermana Carmen, yo y pocos más». Su prima, Sixta Cermeño, hace una relación más explícita:

«Mi marido y yo fuimos los únicos de la familia Albás que, acompañando a su madre, asistimos a aquella Primera Misa [...].

Estábamos la madre de Josemaría —la tía Lola—, su hermana, el chico —que tendría entonces seis años—, nosotros —mi marido y yo—, dos vecinas de Barbastro que se llaman las de Cortés y eran íntimas amigas de su hermana Carmen —tendrían la misma edad que ella— y alguien más que yo no conocía: me parece recordar a dos o tres sacerdotes y posiblemente estarían también algunos amigos de la Universidad o del Seminario. Es difícil decirlo porque es sabido que aquella Capilla del Pilar está siempre llena de gente».

Con las ausencias de los sacerdotes de la familia de doña Dolores, el corto número de los allí presentes daba impresión de soledad. «Sus tíos Carlos, Vicente y Mariano Albás —refiere Amparo Castillón—, no estuvieron en su primera misa, en 1925, a la que yo asistí y me di cuenta que estaba muy solo».

 

Reverso del recordatorio de la primera Misa.

Reverso del recordatorio de la primera Misa.

El Rector, don José López Sierra, añade que dos sacerdotes amigos de la familia hicieron de padrinos de altar y, movido de patetismo, describe la escena en la Santa Capilla: la madre estaba «hecha un mar de lágrimas, que a veces parecía desmayarse», mientras de rodillas, «sin pestañear siquiera, inmóviles toda la misa, contemplábamos los ademanes sagrados de aquel ángel en la tierra».

La emoción de doña Dolores, que se había levantado enferma esa mañana, se avivaba al considerar los muchos sacrificios que ella y su marido habían pasado para ver la ceremonia a la que asistía. Este pensamiento debió de cruzar por la mente de su sobrina, Sixta Cermeño, allí presente, cuando dice recordar que, «junto a la intimidad del momento, había una nota triste» y que la madre lloraba, «posiblemente porque recordaba la reciente pérdida de su marido».

El nuevo presbítero tenía la ilusión filial de que su madre fuese la primera persona que recibiera de sus manos una de las Formas por él consagradas. Se vio privado de esa alegría. Una señora se adelantó a doña Dolores para arrodillarse en el reclinatorio cuando iba a repartir la comunión, por lo que el sacerdote se vio obligado a dar de comulgar primero a esa buena mujer, para evitar un desaire. Acabada la misa hubo un besamanos, los parabienes de costumbre en la sacristía, y la despedida del pequeño grupo de asistentes. De aquella primera misa guardó Josemaría un sabor de sacrificio. Se la imaginaba como una estampa del dolor, con su madre vestida de luto.

Sobre el altar, al celebrar la Santa Misa ejerce el sacerdote su ministerio litúrgico del modo más excelso. Allí se inmola aquella misma Víctima que se ofreció en la Cruz para redimir a toda la humanidad. Josemaría, identificado personal y definitivamente con Cristo en virtud del sacramento del Orden, hizo del Sacrificio Eucarístico el centro de su vida interior. Y, así como la víspera de su primera Comunión había recibido como recordatorio la dolorosa caricia de una quemadura provocada por un descuido del peluquero, así también ahora le quedó impreso en la memoria el sacrificio de una piadosa ilusión: dar de comulgar a su madre, antes que a ninguna otra persona, en su primera misa. El Señor, claramente, le atraía más y más hacia la Cruz con estas pequeñas muestras de predilección.

En el piso de la calle Rufas estaban invitados a comer los sobrinos de doña Dolores, las dos amigas de Carmen venidas de Barbastro y alguna otra persona de confianza. El modesto agasajo combinaba la pobreza y el buen gusto. El ama de casa había preparado un excelente plato de arroz.

Cuando terminaron de comer, el sacerdote se retiró a su cuarto. Le acababan de notificar su primer nombramiento en la carrera eclesiástica. Repasó los sucesos de los últimos meses y los recientes golpes de la jornada. Razón tenía para pensar que el Señor continuaba el consabido martilleo: una en el clavo y ciento en la herradura. Desconsolado y sollozando protestaba filialmente al Señor: ¡Cómo me tratas, cómo me tratas!

Texto tomado de El Fundador del Opus Dei.


Para saber más

— Los años del seminario de san Josemaría Escrivá. Breve relato biográfico.

— Una amistad de 43 años. Artículo en el que Mons. Pedro Altabella, que conoció a san Josemaría al principio de los años 20 en Zaragoza, evoca algunos recuerdos de su amistad con el fundador del Opus Dei.

— San Josemaría, sacerdote diocesano. Mons. José María Yanguas menciona algunos de los rasgos del sacerdocio de san Josemaría que han modelado aspectos fundamentales de su vida como sacerdote diocesano.

— 18 frases de San Josemaría sobre los sacerdotes : Selección de frases de San Josemaría sobre la vida y la vocación de los sacerdotes.

— Una placa de san Josemaría en el lugar donde “vivió, se formó y se ordenó” (Zaragoza, diciembre de 2018)

 

Semana Santa: Nos amó hasta el fin

La Semana Santa es el centro del año litúrgico: revivimos en estos días los momentos decisivos de nuestra redención. La Iglesia nos lleva de la mano, con su sabiduría y su creatividad, del Domingo de Ramos a la Cruz y a la Resurrección.

AÑO LITÚRGICO27/03/2021

Opus Dei - Semana Santa: Nos amó hasta el fin

• Domingo de Ramos •Jueves Santo •Viernes Santo •Sábado santo y la Vigilia pascual


En el corazón del año litúrgico late el Misterio pascual, el Triduo del Señor crucificado, muerto y resucitado. Toda la historia de la salvación gira en torno a estos días santos, que pasaron desapercibidos para la mayor parte de los hombres, y que ahora la Iglesia celebra «desde donde sale el sol hasta el ocaso»[1]. Todo el año litúrgico, compendio de la historia de Dios con los hombres, surge de la memoria que la Iglesia conserva de la hora de Jesús: cuando, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin»[2].

MUCHOS DE LOS RITOS QUE VIVIMOS ESTOS DÍAS ECHAN SUS RAÍCES EN MUY ANTIGUAS TRADICIONES; SU FUERZA ESTÁ AQUILATADA POR LA PIEDAD DE LOS CRISTIANOS Y POR LA FE DE LOS SANTOS DE DOS MILENIOS

La Iglesia despliega en estos días su sabiduría maternal para meternos en los momentos decisivos de nuestra redención: a poco que no ofrezcamos resistencia, nos vemos arrastrados por el recogimiento con que la liturgia de la Semana Santa nos introduce en la Pasión; la unción con la que nos mueve a velar junto al Señor; el estallido de gozo que mana de la Vigilia de la Resurrección. Muchos de los ritos que vivimos estos días echan sus raíces en muy antiguas tradiciones; su fuerza está aquilatada por la piedad de los cristianos y por la fe de los santos de dos milenios.

El Domingo de Ramos

El Domingo de Ramos es como el pórtico que precede y dispone al Triduo pascual: «este umbral de la Semana Santa, tan próximo ya el momento en el que se consumó sobre el Calvario la Redención de la humanidad entera, me parece un tiempo particularmente apropiado para que tú y yo consideremos por qué caminos nos ha salvado Jesús Señor Nuestro; para que contemplemos ese amor suyo —verdaderamente inefable— a unas pobres criaturas, formadas con barro de la tierra»[3]

Cuando los primeros fieles escuchaban la proclamación litúrgica de los relatos evangélicos de la Pasión y la homilía que pronunciaba el obispo, se sabían en una situación bien distinta de la de quien asiste a una mera representación: «para sus corazones piadosos, no había diferencia entre escuchar lo que se había proclamado y ver lo que había sucedido»[4]. En los relatos de la Pasión, la entrada de Jesús en Jerusalén es como la presentación oficial que el Señor hace de sí mismo como el Mesías deseado y esperado, fuera del cual no hay salvación. Su gesto es el del Rey salvador que viene a su casa. De entre los suyos, unos no lo recibieron, pero otros sí, aclamándole como el Bendito que viene en nombre del Señor[5].

El Señor, siempre presente y operante en la Iglesia, actualiza en la liturgia, año tras año, esta solemne entrada en el «Domingo de Ramos en la Pasión del Señor», como lo llama el Misal. Su mismo nombre insinúa una duplicidad de elementos: triunfales unos, dolorosos otros. «En este día —se lee en la rúbrica— la Iglesia recuerda la entrada de Cristo, el Señor, en Jerusalén para consumar su Misterio pascual»[6]. Su llegada está rodeada de aclamaciones y vítores de júbilo, aunque las muchedumbres no saben entonces hacia dónde se dirige realmente Jesús, y se toparán con el escándalo de la Cruz. Nosotros, sin embargo, en el tiempo de la Iglesia, sí que sabemos cuál es la dirección de los pasos del Señor: Él entra en Jerusalén «para consumar su misterio pascual». Por eso, para el cristiano que aclama a Jesús como Mesías en la procesión del domingo de Ramos, no es una sorpresa encontrarse, sin solución de continuidad, con la vertiente dolorosa de los padecimientos del Señor.

Es ilustrativo el modo en que la liturgia nos traduce este juego de tinieblas y de luz en el designio divino: el Domingo de Ramos no reúne dos celebraciones cerradas, yuxtapuestas. El rito de entrada de la Misa no es otro que la procesión misma, y esta desemboca directamente en la colecta de la Misa. «Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste —nos dirigimos al Padre— que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz»[7]: aquí todo habla ya de lo que va a suceder en los días siguientes.

El Jueves Santo

El Triduo pascual comienza con la Misa vespertina de la Cena del Señor. El Jueves Santo se encuentra entre la Cuaresma que termina y el Triduo que comienza. El hilo conductor de toda la celebración de este día, la luz que lo envuelve todo, es el Misterio pascual de Cristo, el corazón mismo del acontecimiento que se actualiza en los signos sacramentales.

La acción sagrada se centra en aquella Cena en que Jesús, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el testamento de su amor, el Sacrificio de la Alianza eterna[8].

UNA ANTIGUA TRADICIÓN RESERVA PARA EL VIERNES SANTO LA PROCLAMACIÓN DE LA PASIÓN SEGÚN SAN JUAN, EN LA QUE SE ALZA LA IMPRESIONANTE MAJESTAD DE CRISTO QUE «SE ENTREGA A LA MUERTE CON LA PLENA LIBERTAD DEL AMOR» (SAN JOSEMARÍA)

«Mientras instituía la Eucaristía, como memorial perenne de Él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz»[9]. La liturgia nos introduce de un modo vivo y actual en ese misterio de la entrega de Jesús por nuestra salvación. «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente»[10]. El fiat del Señor que da origen a nuestra salvación se hace presente en la celebración de la Iglesia; por eso la Colecta no vacila en incluirnos, en presente, en la Última Cena: «Sacratissimam, Deus, frequentantibus Cenam…», dice el latín, con su habitual capacidad de síntesis; «nos has convocado hoy para celebrar aquella misma memorable Cena»[11].

Este es «el día santo en que nuestro Señor Jesucristo fue entregado por nosotros»[12]. Las palabras de Jesús, «me voy, y vuelvo a vosotros y os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros»[13] nos introducen en el misterioso vaivén entre ausencia y presencia del Señor que preside todo el Triduo pascual y, desde él, toda la vida de la Iglesia. Por eso, ni el Jueves Santo, ni los días que lo siguen, son sin más jornadas de tristeza o de luto: ver así el Triduo sacro equivaldría a retroceder a la situación de los discípulos, anterior a la Resurrección. «La alegría del Jueves Santo arranca de ahí: de comprender que el Creador se ha desbordado en cariño por sus criaturas»[14]. Para perpetuar en el mundo este cariño infinito que se concentra en su Pascua, en su tránsito de este mundo al Padre, Jesús se nos entrega del todo, con su Cuerpo y su Sangre, en un nuevo memorial: el pan y el vino, que se convierten en «pan de vida» y «bebida de salvación»[15]. El Señor ordena que, en adelante, se haga lo mismo que acaba de hacer, en conmemoración suya[16], y nace así la Pascua de la Iglesia, la Eucaristía.

Hay dos momentos de la celebración que resultan muy elocuentes, si los vemos en su mutua relación: el lavatorio de los pies y la reserva del Santísimo Sacramento. El lavatorio de los pies a los Doce anuncia, pocas horas antes de la crucifixión, el amor más grande: «el de dar uno la vida por sus amigos»[17]. La liturgia revive este gesto, que desarmó a los apóstoles, en la proclamación del Evangelio y en la posibilidad de realizar la ablución de los pies de algunos fieles. Al concluir la Misa, la procesión para la reserva del Santísimo Sacramento y la adoración de los fieles revela la respuesta amorosa de la Iglesia a aquel inclinarse humilde del Señor sobre los pies de los Apóstoles. Ese tiempo de oración silenciosa, que se adentra en la noche, invita a rememorar la oración sacerdotal de Jesús en el Cenáculo[18]

 

El Viernes Santo

La liturgia del Viernes Santo comienza con la postración de los sacerdotes, en lugar del acostumbrado beso inicial. Es un gesto de especial veneración al altar, que se halla desnudo, exento de todo, evocando al Crucificado en la hora de la Pasión. Rompe el silencio una tierna oración en que el celebrante apela a las misericordias de Dios —«Reminiscere miserationum tuarum, Domine»— y pide al Padre la protección eterna que el Hijo nos ha ganado con su sangre, es decir, dando su vida por nosotros[19].

Una antigua tradición reserva para este día la proclamación de la Pasión según san Juan como momento culminante de la liturgia de la Palabra. En este relato evangélico se alza la impresionante majestad de Cristo que «se entrega a la muerte con la plena libertad del Amor»[20]. El Señor responde con valentía a los que vienen a prenderle: «cuando les dijo “Yo soy”, se echaron hacia atrás y cayeron en tierra»[21]. Más adelante le oímos responder a Pilato: «mi reino no es de este mundo»[22], y por eso su guardia no lucha para liberarle. «Consummatum est»[23]: el Señor apura hasta el final la fidelidad a su Padre, y así vence al mundo[24].

Tras la proclamación de la Pasión y la oración universal, la liturgia dirige su atención hacia el Lignum Crucis, el árbol de la Cruz: el glorioso instrumento de la redención humana. La adoración de la santa Cruz es un gesto de fe y una proclamación de la victoria de Jesús sobre el demonio, el pecado y la muerte. Con Él, vencemos nosotros los cristianos, porque «esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe»[25].

La Iglesia envuelve a la Cruz de honor y reverencia: el obispo se acerca a besarla sin casulla y sin anillo[26]; tras él, sigue la adoración de los fieles, mientras los cantos celebran su carácter victorioso: «adoramos tu Cruz, Señor, y alabamos y glorificamos tu santa Resurrección. Por el madero ha venido la alegría al mundo»[27] Es una misteriosa conjunción de muerte y de vida en la que Dios quiere que nos sumerjamos: «unas veces renovamos el gozoso impulso que llevó al Señor a Jerusalén. Otras, el dolor de la agonía que concluyó en el Calvario... O la gloria de su triunfo sobre la muerte y el pecado. Pero, ¡siempre!, el amor —gozoso, doloroso, glorioso— del Corazón de Jesucristo»[28].

El Sábado santo y la Vigilia pascual

EL SÁBADO SANTO ES EL DÍA DE LA ESPERA DE LA RESURRECCIÓN, INTENSAMENTE VIVIDA POR LA MADRE DE JESÚS, DE DONDE PROVIENE LA DEVOCIÓN DE LA IGLESIA A SANTA MARÍA LOS SÁBADOS

Un texto anónimo de la antigüedad cristiana recoge, como condensado, el misterio que la Iglesia conmemora el Sábado Santo: el descenso de Cristo a los infiernos. «¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra está temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo»[29]. Como vemos descansar a Dios en el Génesis al final de su obra creadora, el Señor descansa ahora de su fatiga redentora Y es que la Pascua, que está por despuntar definitivamente en el mundo, es «la fiesta de la nueva creación»[30]: al Señor le ha costado la vida devolvernos a la Vida.

LA VIGILIA PASCUAL EXPRESA DE MIL MODOS EL PASO DE LAS TINIEBLAS A LA LUZ, DE LA MUERTE A LA VIDA NUEVA EN LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR: EL FUEGO, EL CIRIO, EL AGUA, EL INCIENSO, LA MÚSICA Y LAS CAMPANAS…

«Dentro de un poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver»[31]: así decía el Señor a los Apóstoles en la víspera de su Pasión. Mientras esperamos su regreso, meditamos en su descenso a las tinieblas de la muerte, en las que estaban todavía sumergidos aquellos justos de la antigua Alianza Cristo, portando en su mano el signo liberador de la Cruz, pone fin a su sueño y los introduce en la luz del nuevo Reino: «Despierta, tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo»[32]. Desde las abadías carolingias del siglo VIII, se propagará por Europa la conmemoración de este gran Sábado: el día de la espera de la Resurrección, intensamente vivida por la Madre de Jesús, de donde proviene la devoción de la Iglesia a santa María los sábados; ahora, más que nunca, Ella es la stella matutina[33], la estrella de la mañana que anuncia la llegada del Señor: el Lucifer matutinus[34], el sol que viene de lo alto, oriens ex alto[35].

En la noche de este gran Sábado, la Iglesia se reúne en la más solemne de sus vigilias para celebrar la Resurrección del Esposo, incluso hasta las primeras horas del alba. Esta celebración es el núcleo fundamental de la liturgia cristiana a lo largo de todo el año. Una gran variedad de elementos simbólicos expresan el paso de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida nueva en la Resurrección del Señor: el fuego, el cirio, el agua, el incienso, la música y las campanas…

La luz del cirio es signo de Cristo, luz del mundo, que irradia y lo inunda todo; el fuego es el Espíritu Santo, encendido por Cristo en los corazones de los fieles; el agua significa el paso hacia la vida nueva en Cristo, fuente de vida; el alleluia pascual es el himno de los peregrinos en camino hacia la Jerusalén del cielo; el pan y del vino de la Eucaristía son prenda del banquete escatológico con el Resucitado. Mientras participamos en la Vigilia pascual, reconocemos con la mirada de la fe que la asamblea santa es la comunidad del Resucitado; que el tiempo es un tiempo nuevo, abierto al hoy definitivo de Cristo glorioso: «haec est dies, quam fecit Dominus»[36], este es el día nuevo que ha inaugurado el Señor, el día «que no conoce ocaso»[37].

Felix María Arocena


[1] Misal Romano, Plegaria Eucarística III.

[2] Jn 13, 1.

[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 110.

[4] San León Magno, Sermo de Passione Domini 52, 1 (CCL 138, 307).

[5] Cfr. Mt 21, 9.

[6] Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, n. 1.

[7] Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, Colecta.

[8] Cfr. Misal Romano, Misa vespertina de la Cena del Señor, Jueves Santo, Colecta.

[9] Francisco, Bula Misericordiae Vultus, 11-IV-2015, n. 7.

[10] Jn 10, 17-18.

[11] Misal Romano, Misa vespertina de la Cena del Señor, Jueves Santo, Colecta.

[12] Misal Romano, Misa vespertina de la Cena del Señor, Jueves Santo, Communicantes propio.

[13] Jn 14, 28; Jn 16, 7.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 84.

[15] Misal Romano, ofertorio.

[16] Cfr. 1 Cor 11, 23-25.

[17] Cfr. Jn 15, 13.

[18] Cfr. Jn 17.

[19] Cfr. Misal Romano, Celebración de la Pasión del Señor, Viernes Santo, oración inicial.

[20] San Josemaría, Via Crucis, X estación.

[21] Jn 18, 6.

[22] Jn 18, 36.

[23] Jn 19, 30.

[24] Cfr. Jn 16, 33.

[25] 1 Jn 5, 4

[26] Cfr. Ceremonial de los obispos, nn. 315. 322.

[27] Misal Romano, Celebración de la Pasión del Señor, Viernes Santo, n. 20.

[28] San Josemaría, Via Crucis, 14, 3.

[29] Homilía sobre el grande y santo Sábado (PG 43, 439).

[30] Benedicto XVI, Homilía en la Vigilia Pascual, 7-IV-2012.

[31] Jn 16, 16.

[32] Homilía sobre el grande y santo Sábado (PG 43, 462).

[33] Letanía Lauretana (cfr. Si 50, 6).

[34] Misal Romano, Vigilia Pascual, Pregón Pascual.

[35] Liturgia de las Horas, Himno Benedictus (Lc 1, 78).

[36] Sal 117 (118), 24.

[37] Cfr. Misal Romano, Vigilia Pascual, Pregón Pascual.

«Nosotros predicamos a un Cristo crucificado»

¿Qué significa que con su muerte en la Cruz y con su Resurrección Cristo ha obtenido el perdón para todos los hombres? ¿A quién ha ofrecido su vida y por qué? ¿Qué significa que la muerte de Cristo es vida del mundo, que entrando en la muerte ha ganado para todos la vida? Cuatro imágenes nos ayudan a profundizar en el misterio.

LA LUZ DE LA FE19/02/2019

Opus Dei - «Nosotros predicamos a un Cristo crucificado»

«Mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1Cor 1,22-23)

No es fácil aceptar el misterio de la Cruz. La perspectiva de un Mesías que, después de haber sido humillado, termina sus días sobre una Cruz, escandalizaba la imaginación de Pedro (cfr. Mt 16,21-23) y los Doce simplemente no la comprendían (cfr. Lc 18,30-34). Era tan doloroso este sufrimiento que Jesús pidió a su Padre que pasase ese cáliz (cfr. Mt 26,39) y el corazón de María, identificado con el de su Hijo, conoció igualmente la reticencia natural ante el padecimiento.

Es tan natural el rechazo de un Dios que termina en un patíbulo, que su misma representación pictórica tardó siglos en abrirse camino en el imaginario de la cultura cristiana, tanto en un contexto hebraico como greco-romano. Este no entender es tan natural, que nosotros mismos lo seguimos experimentando cuando la Cruz nos visita, no en la conmoción artística o en la teoría de un discurso, sino en la acerba concreción de la vida real.

LA CONTEMPLACIÓN DEL MISTERIO DE LA CRUZ ES FUENTE INAGOTABLE DE VIDA, A CONDICIÓN DE QUE CADA UNO RECORRA SU PROPIO CAMINO ESPIRITUAL Y PERSONAL

A pesar de la dureza de la Cruz, la confianza en que los planes de Dios, su misterio de salvación, responden a una lógica que Él mismo nos ha querido revelar, impulsó a los primeros cristianos a defender lo indefendible, hasta el punto de que hoy, cualquier niño que aprende el catecismo, recita de memoria: «¿cuál es la señal del cristiano? La señal del cristiano es la santa Cruz»[1]. El sencillo gesto de persignarnos contiene una fuerza simbólica única: confiesa con el alma y con el cuerpo todo el misterio de la creación y de la redención, todo lo que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo han hecho y harán por cada uno de nosotros.

«Todas las cosas son fatigosas, el hombre no puede expresarlas. No se sacia el ojo de ver, ni se cansa el oído de oír» (Ecl 1,8). La contemplación del misterio de la Cruz es fuente inagotable de vida, a condición de que cada uno recorra su propio camino intelectual y espiritual. Esa ha sido la experiencia de los grandes maestros de la tradición cristiana, que han subido el camino de la Cruz con su predicación y con su vida. Más que una explicación, las reflexiones que siguen quieren presentar cuatro imágenes capaces de generar luz y serenidad cuando parece que la tiniebla de la Cruz nos envuelve.

Primera imagen: el Trono de la Misericordia

La primera imagen es la del Trono de la misericordia. Se trata de una iconografía desarrollada especialmente en la Edad Media. Existen numerosas variaciones, pero el motivo es siempre el mismo: Dios Padre sostiene con sus manos a su Hijo en la Cruz, mientras que el Espíritu Santo, representado como una paloma, aparece entre los rostros del Padre y del Hijo. La fuerza de esta imagen consiste en presentar la auto-donación del Hijo como la misma donación del Padre, gracias a la acción del Espíritu Santo. De esta forma queda manifiesto, en primer lugar, que el Padre revela su misericordia por cada una de sus criaturas no a pesar de, sino a través de la Pasión de su Hijo. Esto no significa que el amor de Dios tenga en la Cruz una manifestación eminente por el dolor que conllevó, sino porque constituye, de hecho, la última y la más elocuente predicación de Jesús sobre el amor con el que Padre respeta y promueve el bien y la libertad de todos sus hijos.

Esa imagen nos dice que Dios está dispuesto a cargar con el peso de la Cruz antes que forzar a nadie a amarle. Por eso, si miramos bien a través de las llagas del Resucitado, no veremos la imagen de un Dios tan radicalmente trascendente que considera indigno de su pureza relacionarse con quienes son polvo y vanidad (cfr. Gn 2,7; Sal 144,4). La imagen del Dios cristiano manifiesta, de modo sorprendente y nuevo, la unidad de la justicia y la misericordia; el amor de Dios, que siempre se pone del lado de sus criaturas, y su capacidad de llevar a cumplimiento el designio originario de la creación. Precisamente la Cruz de Cristo hace evidente el peso de esos pesares, es decir, lo que le ha costado a la Trinidad ser fiel a su proyecto, a esa locura de amor que es la creación de seres personales que llaman de  a Dios por toda la eternidad, ya sea bajo la forma de un apasionado Te amo, ya sea con un amargo Te odio. Nuestro Padre decía muchas veces que precisamente el que ama sufre, «si en amor estoy ducho / es por fuerza del dolor»[2].

Segunda imagen: el grito de Jesús

La segunda imagen es el grito de Jesús: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). Como todo en la vida de Jesús, este gemido que sale de las profundidades de un cuerpo exhausto tiene función de revelación. Si miramos a nuestro alrededor sin ingenuidades, veremos que frecuentemente los justos son los que salen perdiendo. Es la constante verdad del salmo 73: «a los impíos les va aparentemente bien, a los que quieren vivir cara a Dios les va aparentemente mal». En este sentido, Jesús en la Cruz se solidariza con todos los inocentes que sufren injustamente y que no ven escuchados sus gritos en este mundo.

La Pasión del Crucificado es un acto de la compassio redentora del Padre en Cristo con todas las víctimas que, de un modo u otro, han sufrido por defender la verdad de Dios y la verdad del hombre. Sus quejas, sus clamores tantas veces silenciados, encuentran un lugar en Dios gracias al grito de Jesús. En Él no se extinguen, sino que encuentran resonancia divina. En el por qué de Jesús nuestras preguntas más crispadas por el dolor o la soledad, no son olvidadas, sino que alcanzan la seguridad de una respuesta llena de amor por parte de la Trinidad. Como en el caso de Jesús, esta respuesta solo será plena cuando llegue la Resurrección. Sin embargo, si aprendemos a gritar en Él, nuestra angustia se transforma progresivamente en paz y serenidad de victoria[3].

CON SU GRITO EN LA CRUZ, JESÚS SE SOLIDARIZA CON LOS INOCENTES QUE SUFREN Y QUE NO VEN ESCUCHADOS SUS GRITOS EN ESTE MUNDO

Si es verdad aquello de que los malvados, en el banquete eterno, no se sentarán indistintamente a la mesa junto a las víctimas, como si no hubiera pasado nada[4], es fácil entender por qué la Cruz es indisociable de la Resurrección y del Juicio Final. Una predicación que de hecho solo insista en una de esas tres realidades hace una caricatura del misterio de Cristo y hace todavía menos aceptable el rostro de Cristo a nuestros contemporáneos. El Juicio Final es indisociable de la Cruz y de la Resurrección. Es el último acto de la constitución del Reino que Jesús predicó desde el inicio; el acto en el que las intenciones del corazón serán manifestadas y el sufrimiento inocente de todos los justos, comenzando desde Abel, recibirán el reconocimiento público que merecen.

La tercera imagen: el buen ladrón

La tercera imagen es la conversión del buen ladrón (cfr. Lc 23,40-43). Colgado de la Cruz, Jesús no solo se solidariza con los inocentes, sino que sondea las profundidades de los corazones que rechazan a Dios. El Espíritu Santo mueve a Jesús a no abandonar a ninguno, ni siquiera a los que se levantan contra Él. Jesús no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mc 2,17). A lo largo de su vida no solo habló del perdón y del amor a los enemigos (Mt 5,44), sino que murió perdonando y bendiciendo a uno de los malhechores que estaba crucificado con Él (cfr. Lc 23,43). El buen ladrón pasó de la maldición a la bendición en pocos minutos. El éxodo por el que le condujo Jesús es una metáfora de nuestra vida, pues todos hemos pecado y hemos vivido privados de la gloria de Dios (cfr. Rm 3,23).

Hay una condición, sin embargo, para poder entrar en la bendición, pues en la relación con Jesús no hay nada de mágico o de automático: nadie, ni siquiera Jesús, puede sustituir nuestra conciencia. Al final de su vida Jesús continúa con su programa iniciado en el Jordán (cfr. Mc 1,14). Busca y se solidariza con los pecadores, pero para llamarlos a la conversión y a la penitencia (cfr. Lc 5,32). La novedad de la revelación de la Cruz consiste en que a Dios le basta un verdadero acto de contrición para donar la bendición. El buen ladrón no tuvo oportunidad para reparar lo que había robado y, sin embargo, goza ya de la vida eterna. Como en nuestro Bautismo, resuena aquí la escandalosa generosidad de la parábola del hijo pródigo: el Padre no exige el cumplimiento material de una reparación imposible. Él sondea la verdad del corazón y por eso le basta que reconozcamos sin ambages nuestro pecado, que nos arrepintamos de corazón y que nos abracemos a Jesús con la fe que obra lo que puede por la caridad (Gal 5,6). El buen ladrón es una buena imagen para entender la absoluta gratuidad de la justificación y de aquel mínimo que el Padre exige para poder perdonarnos. El Espíritu Santo que obra en Jesús y en su Cuerpo, que es la Iglesia, se encargará de sanar las secuelas que hemos causado en nuestro entorno con nuestros pecados.

Desde la Cruz, Jesús nos mira. Su oración de intercesión, «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34), es oración eficaz: nos pone, como a aquel ladrón, en condiciones de reconocer la propia culpa, de aceptar la propia responsabilidad y de abrirnos a la necesidad del perdón. Si la mirada de Jesús no fuese misericordiosa, el espectáculo de nuestros pecados nos llevaría fácilmente a la desesperación. Pero su mirada es diferente: no nos reduce a nuestros actos, sino que abre un espacio donde el dolor que experimentamos al palpar la mezquindad de nuestras decisiones no termina en un gesto amargo. El Hijo de Dios es objeto de una violencia absurda; la misma que continúa activa en nuestro interior cuando la envidia, la superficialidad o simplemente la indiferencia ante el mal y el pecado nos transforman en culpables. Pero el Amor de Dios es más fuerte que cualquier necedad de sus criaturas. La paciencia con que soporta la debilidad de quien no tiene báculo (la im-becillitas) revela que el Padre tiene en Cristo sus manos siempre abiertas para acogernos, si de verdad queremos hacer el esfuerzo de dejarnos abrazar por Él.

La cuarta imagen: el Cordero degollado ante el Trono de Dios

La cuarta imagen es la del Cordero degollado que está en pie delante del Trono de Dios (cfr. Ap 5,1-14). El profeta Isaías había usado la imagen del cordero para hablar del Siervo sufriente (cfr. Is 53,7). El Bautista emplea la misma imagen para referirse a Jesús «que quita los pecados del mundo» (Jn 1,29). El evangelio de san Juan hace coincidir la muerte de Cristo con el momento del sacrificio ritual en el templo, quizá para subrayar así que la sangre de un cordero había librado a los primogénitos de Israel de la muerte en Egipto (cfr. Ex 12). El libro del Apocalipsis presenta a Cristo como el Cordero que vence a los potentes de la tierra, pues Él es el Rey de reyes y Señor de señores (cfr. Ap 17,14). Para quien no esté familiarizado con el mundo bíblico puede resultar difícil entender la insistencia –hasta veintinueve veces– con que el Apocalipsis usa esta imagen. Pero para los primeros cristianos hebreos era tan natural, que muy pronto se desarrolló la potente imagen del Cordero degollado y victorioso, síntesis admirable de lo que la tradición cristiana posterior denominará la exaltación gloriosa de Cristo en la Cruz. Esta tradición, de origen joanéo, contempla la cruz como anticipación de la Gloria de la Resurrección. En muchos crucifijos vemos todavía las llamadas potencias, es decir, los rayos de la gloria del Resucitado que se expanden desde la Cruz al mundo entero. San Josemaría, como tantos otros santos, contemplaba habitualmente la Cruz desde este punto de vista[5].

LA IMAGEN DEL CORDERO DEGOLLADO, DESARROLLADA SOBRE TODO POR SAN JUAN, CONTEMPLA LA CRUZ COMO ANTICIPACIÓN DE LA GLORIA DE LA RESURRECCIÓN

El capítulo 5 del Apocalipsis contiene un guiño característico del estilo de san Juan. El autor presenta con gran dramatismo la escena de un libro sellado que nadie es capaz de abrir. Un ángel grita a grandes voces, preguntando si hay alguien digno de abrir los siete sellos. Pero nadie responde. Ante aquel silencio desolador, «Juan prorrumpe en llanto» (v. 4). Uno de los Ancianos le tranquiliza y le dice: «No llores, mira que ha vencido el León de la tribu de Judá, la Raíz de David, y que puede abrir el libro» (Ap 5, 5). La paradoja es que cuando ese León hace acto de presencia para abrir el libro, lo hace bajo la forma de un cordero (cfr. Ap 5,6).

«Victor, quia victima»[6]Venció no porque fue violento, sino porque fue víctima de la violencia. La victoria del Padre en Cristo revela algo de esa divina pasividad y mansedumbre que la imagen del Cordero traduce en lenguaje humano. Ni el Padre exigió a su Hijo el dolor como satisfacción, ni Cristo eliminó el pecado destruyendo a nadie. El Padre pidió a su Hijo que revelase su amor de Padre por cada uno, arriesgándose a que los hombres diesen el curso que quisieran al amor de Dios. Le pidió que confesase siempre y sin ambages que el Padre no retira sus dones, que la libertad es real y que Él no quiere esclavos sino hijos. Por eso, toda la vida de Jesús fue desenmascarar la lógica de los corazones que, aún cumpliendo externamente, viven esclavizados en su interior por el miedo, la envidia o el resentimiento.

Jesús vino a librarnos de la esclavitud del pecado anunciando que «el Padre os ama» (Jn 16,27) y unió su voluntad de hombre a ese deseo divino de modo tan perfecto, que se dejó colgar en un madero antes que obligar a nadie a rendirse ante Dios. La paradoja de ese Cordero «manso y humilde» (Mt 11, 29), que vino «para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3,8), es que las venció soportando hasta el final la tentación de la desconfianza en el amor del Padre. De este modo demostró la grandeza del corazón humano según el diseño creador de Dios: un corazón que, con la fuerza del Espíritu Santo, puede dejarse modelar por todo, puede abrazar a todos y es capaz de introducir, en las tinieblas más densas del rechazo de Dios, la luz de la confianza filial.

Nuestra libertad es real, y la Trinidad la ama tanto, que ha querido que también nosotros demos forma a la relación que Él inició en la creación. Ni Jesús, ni los que le crucificaron, ni María, ni Pedro, ni Judas eran meros ejecutores de un guión ya escrito desde la eternidad. Es verdad que Dios que nos primerea y que él ha establecido las reglas y el sentido de ese juego, que es nuestra vida. Pero una regla fundamental es que nosotros decidimos y construimos con Él el modo de vivir en la eternidad. «El Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti»[7] Él está siempre de nuestra parte y nos tiende su mano, pero no ejercerá violencia alguna contra ninguno de nosotros porque sabe que el don de una relación vivida en libertad ilumina nuestra historia.

Juan Rego


[1] Cfr. Catecismo de la Iglesia católica, n. 617.

[2] Amigos de Dios, n. 68.

[3] Sal 22, 25-35: «De ti viene mi alabanza en la gran asamblea, mis votos cumpliré ante los que le temen. Los pobres comerán, quedarán hartos, los que buscan a Yahveh le alabarán: «¡Viva por siempre vuestro corazón!» Le recordarán y volverán a Yahveh todos los confines de la tierra, ante él se postrarán todas las familias de las gentes. Que es de Yahveh el imperio, del señor de las naciones. Ante él solo se postrarán todos los poderosos de la tierra, ante él se doblarán cuantos bajan al polvo. Y para aquél que ya no viva, le servirá su descendencia: ella hablará del Señor a la edad venidera, contará su justicia al pueblo por nacer: Esto hizo él».

[4] Cfr. Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 30.XI.2007, n. 44.

[5] Cfr. Camino, n. 969.

[6] San Agustín, Confesiones X, 43.

[7] Cfr. San Agustín, Sermo 169, 11, PL 38,923.

¿Entre Dios y yo?: Liturgia y sacramentos

La centralidad de Jesucristo en nuestra vida adquiere su sentido más pleno y real en la celebración litúrgica, cuando Dios se deja "rozar" por nosotros y nos trae el hoy de su salvación.

LA LUZ DE LA FE16/11/2019

Opus Dei - ¿Entre Dios y yo?: Liturgia y sacramentos

Los cristianos creemos y anunciamos a Jesucristo, el Hijo de Dios que ha muerto y resucitado por todos y por cada uno de nosotros, insertándose en los aconteceres del linaje humano para hacer de ellos una historia de salvación. No podemos llegar a Dios Padre si no somos hechos hermanos de Cristo por el agua y el Espíritu, si no seguimos –de corazón– sus gestos y palabras.

Sintiendo hondamente esta realidad, Pablo VI, en el viaje más largo de su pontificado, pronunciaba ante una multitud reunida en Manila palabras que conmueven porque son un elogio encendido a Cristo que brotaba de su corazón: «Yo nunca me cansaría de hablar de Él; Él es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed; Él es nuestro pastor, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. Por nosotros habló, obró milagros, instituyó el nuevo reino en el que los pobres son bienaventurados, en el que la paz es el principio de la convivencia, en el que los limpios de corazón y los que lloran son ensalzados y consolados, en el que los que tienen hambre de justicia son saciados, en el que los pecadores pueden alcanzar el perdón, en el que todos son hermanos. ¡Jesucristo! Recordadlo: Él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su Nombre resuene hasta los confines de la tierra y por los siglos de los siglos».[1]

Que el núcleo del cristianismo sea la persona viva de Jesús, el Crucificado-Resucitado, nos invita a poner la lógica de nuestra identidad y de nuestra vida en conexión con Cristo que muere y resucita, y percibir que toda nuestra existencia lleva, día a día, una impronta pascual. Para entender esta profunda afirmación se requiere prestar una especial atención a la persona de Cristo en su íntima relación con el misterio litúrgico.

“Rozar” a Cristo en la liturgia

San Josemaría recordaba, en cierta ocasión, que «un obispo muy santo, en una de sus incesantes visitas a las catequesis de su diócesis, preguntaba a los niños por qué, para querer a Jesucristo, hay que recibirlo a menudo en la Comunión. Nadie acertaba a responder. Al fin, un gitanillo tiznado y lleno de mugre, contestó: “¡porque para quererlo, hay que rozarlo!”»[2]. Ese niño puso de relieve, sin proponérselo, una cuestión central: el roce de Cristo, o sea, dónde, cuándo y cómo el cristiano puede tener su personal experiencia del Resucitado. Porque para vivir como hijos en el Hijo, además de saber conceptualmente quién es Jesús, se precisa “rozarlo” es decir, que exista la posibilidad de tratarle de un modo real. Pero, ¿es esto viable? ¿con cuánto realismo?

LA LITURGIA ES EL LUGAR PRIVILEGIADO PARA VIVIR "LA EXPERIENCIA DE CRISTO", PARA CONOCERLE Y TRATARLE

“Experiencia” significa, aquí, conocer y sentir a Cristo vivo. Pues bien, en la Iglesia, tratar de esta experiencia equivale a hablar principalmente de la santa liturgia, como lugar privilegiado donde vivir esa pasión de lo divino, algo que para los cristianos no es opcional ni irrelevante, pues ser contemplativos en medio del mundo requiere crecer al calor de la Palabra de Dios y de la liturgia.

Experimentar el “hoy” de la salvación

Entonces, ¿es posible “rozar” hoy a Cristo tras su ascensión al cielo? Para dar respuesta a esta cuestión, ayuda contemplar un pasaje del libro del Éxodo donde se describe el deseo de Moisés por tener una experiencia más íntima de Dios: «Moisés exclamó: muéstrame tu gloria. Y el Señor respondió: Yo haré pasar todo mi esplendor ante ti (…), pero no podrás ver mi rostro, pues ningún ser humano puede verlo y seguir viviendo». Siendo Dios infinito, resulta imposible para el hombre abarcar su excelsitud; no obstante, el Señor añade: «cuando pase mi gloria, te colocaré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Luego retiraré mi mano y tú podrás ver mi espalda» (Ex 33,1-3). Participar en las acciones sagradas de la Iglesia podría compararse con esa hendidura desde la cual contemplar las sagradas especies, que –sin ser la espalda de Dios– son el sacramento de su verdadero Cuerpo y de su verdadera Sangre.

Otro texto que recoge una experiencia significativa es el pasaje de la hemorroisa. Aquella mujer toca con fe la orla del manto de Cristo y la fuerza del Señor la cura de su prolongada enfermedad. Llama la atención que la lámina que el Catecismo de la Iglesia Católica escoge para iniciar la exposición sobre la liturgia y los sacramentos sea la más antigua representación del pasaje de la hemorroísa en las catacumbas de san Marcelino y san Pedro. ¿Por qué motivo se elige esta imagen? La razón estriba en que los sacramentos de la Iglesia continúan ahora la obra de salvación que Cristo realizó durante su vida terrena. Los sacramentos son como fuerzas que salen del Cuerpo de Cristo para darnos la vida nueva de Cristo[3]. Lo enseñaba san Ambrosio con términos muy vivos y realistas: «oh Cristo, a quien encuentro vivo en tus sacramentos»[4]. Los términos claves de esta frase son “vivo” y “sacramentos”. Lo primero se refiere a la comparecencia del Resucitado, a su presencia real; lo segundo alude a las celebraciones litúrgicas. Y Ambrosio enlaza ambas realidades con el verbo encontrar. En las celebraciones se da el encuentro entre Cristo y la Iglesia. Por eso, es posible experimentar, aquí y ahora, el mismo poder divino del Hijo de Dios, que, trascendiendo la distancia geográfica y temporal, salva al hombre por entero, cuando la Iglesia celebra la liturgia de cada uno de los sacramentos.

EN LA LITURGIA SE PRODUCE EL ENCUENTRO ENTRE CRISTO Y LA IGLESIA, SU ESPOSA

Y en los sacramentos lo que vemos materialmente es agua, pan, vino, aceite, la luz, la cruz...; observamos unos gestos y escuchamos unas palabras. Son gestos y palabras que Jesús, al tomar nuestra naturaleza ­-al encarnarse-­, los asumió para hacerse presente a través de ellos con el fin de seguir curando, perdonando o enseñando[5]. Es una lógica que cuesta entender, como le costaba a Felipe y por eso el Señor tiene que ayudarle a comprenderlo con una cariñosa reprensión: «Felipe, quien me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14,9). Y esto no es algo que Cristo decida, sino algo que Cristo es. Que Él sea el gran Sacramento no proviene de su voluntad, sino de su ser, de su ontología. Derivadamente, la Iglesia es sacramento de Cristo y los sacramentos son sacramentos de la Iglesia. Se ha dicho pedagógicamente –con las limitaciones de un ejemplo– que, cuando se trata de alcanzar un objeto, la cabeza (Cristo) envía una orden al brazo (la Iglesia) para que los dedos (los sacramentos) lo tomen. Son los sacramentos, el organismo sacramental de la Iglesia.

Un contacto sacramental

La segunda pregunta planteaba qué tipo de contacto es el que se establece entre Cristo y nosotros. En la fe de la Iglesia, este contacto se llama mistérico o sacramental, lo cual quiere decir que acontece mediante un régimen de signos y símbolos.

La comunicación del misterio de Cristo a nosotros se realiza a través de mediaciones simbólicas, que son los ritos del culto cristiano: la celebración del bautismo, de la Eucaristía, del matrimonio... Todo tiene un significado en el universo simbólico de la liturgia, toda ella manifiesta la fe. Los sacramentos se llaman sacramentos de la fe.

La liturgia es una membrana sutil que pone en relación el misterio de Dios y el misterio del hombre. Esta membrana es una membrana de símbolos. El espacio de una catedral, ermita u oratorio; el tiempo de la aurora o del ocaso, de Navidad o de Cuaresma; los textos de la Biblia y las oraciones del Misal; los gestos de adorar de rodillas o de recibir la ceniza; la comunidad reunida en torno al altar; los cantos y aclamaciones, luces y colores, aromas y sabores..., todos estos –y aún otros más– son los símbolos cristianos en cuya celebración reverbera la insondable trascendencia de Dios, el poder de su amor salvífico. Estos símbolos son como fisuras a través de las cuales el Eterno ilumina nuestra cotidianidad hasta hacernos hombres y mujeres dignos de «servirle en su presencia»[6]. Por medio de ellos, Dios permite que pregustemos la liturgia de la Jerusalén del cielo. Participar definitivamente en ella será un día la consumación definitiva de nuestra vocación bautismal.

La connaturalidad con los símbolos de la liturgia es patrimonio de los cristianos. Al igual que una madre no mima a su hijo mediante el uso exclusivo de palabras, sino por medio de una rica gama de códigos maternos de comunicación, así también la celebración litúrgica invita al cristiano a participar en la acción sagrada con todas las posibilidades de su sensibilidad, con el alma y con el cuerpo, con todos sus sentidos: aclama la Palabra de Dios, venera al santísimo Sacramento, canta los himnos con los cuales los Ángeles alaban a Dios, ofrece incienso, gusta del pan y del vino consagrados, guarda silencio... De este modo, los signos del misterio de Cristo nos llevan como de la mano al misterio de Cristo y entonces todo el peso de verdad, que tiene ese misterio, lo percibimos en la envolvente de los ritos que lo celebran.

Y, además de la connaturalidad, el aprecio. Estimamos los humildes velos tras los cuales el Resucitado manifiesta y oculta su presencia. En este sentido, era san Agustín quien confesaba: «pero yo no era humilde, no tenía a Jesús humilde por mi Dios, ni sabía de qué cosa pudiera ser maestra su flaqueza»[7].

El realismo sacramental

Al comienzo nos preguntábamos también: ¿con cuánto realismo? Hemos de mencionar también el realismo sacramental, si queremos responder a la pregunta de hasta qué punto ese roce, ese contacto con Cristo es verdadero. Realismo sacramental quiere decir que, al participar en la liturgia, recibimos la mismísima realidad divina a través de los signos de la Iglesia. Los signos y símbolos litúrgicos están colmados de esa realidad, máxime en la Eucaristía. Decir que el contacto entre Cristo y la Iglesia es sacramental en nada merma la neta realidad de ese contacto.

EL CONTACTO ES SACRAMENTAL; ESTO ES, SE PRODUCE MEDIANTE SIGNOS Y SÍMBOLOS

El sustantivo contacto es un término que encontramos en las antiguas fuentes litúrgicas: «oh Dios, que en la participación de tu sacramento llegas hasta nosotros (contingis)», es decir, entras en contacto con nosotros, te acercas hasta alcanzarnos[8]. Dios contacta con nosotros y nosotros contactamos con Dios por medio de la participación en el misterio celebrado. Contactos físicos con el Señor los tuvieron santo Tomás, la hemorroisa o los leprosos; en nosotros, esos contactos son ahora sacramentales. No se trata de imaginar el pasado como algo que ahora está presente solo para la fe de los creyentes. La liturgia no dice: esto simbolizaimagina..., sino que afirma: esto es. No es un mero enunciado ¡es una noticia! Es un acontecer real.

Los Padres de la Iglesia subrayaron este realismo del misterio sacramental y lo han mostrado por medio de expresiones, como en el caso del Papa san León Magno, quien, comentando los efectos del bautismo sobre quien lo recibe, afirma: «el cuerpo del bautizado es carne del Crucificado»[9]. Fruto del punzante realismo sacramental, que late en esta expresión, es la apertura inmediata de un gran horizonte en la comprensión de quién es un cristiano: una identidad que abraza dimensiones que van desde el valor sagrado de su cuerpo, hasta la esperanza de gloria con la que será revestido; desde su condición de concorpóreo con Cristo, hasta la santidad de las relaciones esponsales (cfr. Ef 3,6). Son valores insospechados que, al brotar de la fuente inagotable que ofrece la Iglesia en sus sacramentos, enaltecen hasta el extremo la condición humana del bautizado.

De otra parte, en la tensión por narrar el misterio, los lenguajes no se excluyen, sino que se complementan mutuamente, y por eso la liturgia sabe intuir cuándo es el momento de la palabra, cuándo el del canto o del silencio, cuándo es el momento del gesto o cuándo la adoración; pero siempre es momento del arte, pues, al ser Dios la eterna Belleza, su acontecer sacramental –la liturgia– se constituye en arte de las artes. En ella, la verdad y el bien se muestran envueltos en la hermosura y, por eso, el decoro y el buen gusto comparecen siempre por ser elementos estructurantes de la acción sagrada. La experiencia de Dios discurre a través de esa via pulchritudinis, que es la celebración, cada una de las cuales es un acontecimiento de alta envergadura estética.

Para que la remisión que hacen los ritos al plus de significado sea notoria, se precisan celebraciones que irradien verdad y sencillez, autenticidad y dignidad. La celebración se realiza en la solemnidad de lo sencillo. Todo cuanto en ellas interviene no puede ser prosaico, ni suntuoso, sino límpido, noble y de buen gusto. Son las cualidades del decoro con el que la Esposa dedica su humilde homenaje al Esposo, su aprecio a lo que celebra: el amor salvífico desbordante de la santa Trinidad.

Felix María Arocena


[1] San Pablo VI, Homilía durante un viaje pastoral a Manila, 29-XI-1970.

[2] San Josemaría, Notas de una meditación12-IV-1937, en “Crecer para adentro”, p. 50 (AGP, Biblioteca, P12). Este prelado era don Manuel González, que había ocupado la sede de Málaga, y fue canonizado en el año 2016.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1066.

[4] San Ambrosio, Apologia prophetæ David 1, 2.

[5] San Josemaría recordaba la enseñanza de los Padres cuando decían que los sacramento son “huellas de la encarnación del Verbo” (cfr. San Josemaría Escrivá. Amar al mundo apasionadamente).

[6] Misal Romano, Plegaria eucarística II.

[7] San Agustín, Confesiones 7, 18.

[8] Cfr. Sacramentario Veronense 1256. El verbo latino contingo es un compuesto de tango (cum-tango), que significa tocar; contingere remite a “con-tactar”.

[9] San León Magno, Sermo 70, 4: “corpus regenerati fit caro Crucifixi”.

La Cruz y la Iglesia

Ernesto Juliá

Cardenal Sarah.

Cardenal Sarah.

En estos días de la Semana Santa la Iglesia, que somos todos los creyentes en la familia de Dios Uno y Trino, vive contemplando la Cruz “en la que Cristo quiso morir, por nos redimir”.

Esa Cruz, que unos quieren arrancar de la faz de la tierra, porque anhelan olvidar que el Bien y el Mal existen, que el Pecado existe, que el Cielo existe, que el Infierno existe

Esa Cruz, que otro quieren olvidar y no hablar de ella nunca, porque no quieren oír, ni hablar, del pecado; porque predican, o hablan, de un “dios” que disculpa al hombre de todos los males que hace, que no le pide que se arrepienta de sus pecados y pida perdón de ellos para recibir la absolución de su culpa. O sea, un “dios” que no ama.

El cardenal Sarah recuerda en una reciente entrevista:

 “La Iglesia existe para dar a los hombres a Dios y para dar a Dios a los hombres. Este es precisamente el papel de la liturgia: adorar a Dios y comunicar la gracia divina a las almas.”               

“Estoy muy impresionado, se habla mucho de la Iglesia, de su necesaria reforma. Pero, ¿estamos hablando de Dios? ¿Estamos hablando de la obra de redención que Cristo realizó principalmente a través del misterio pascual, de su bendita Pasión, de su Resurrección de entre los muertos y su gloriosa Ascensión, misterio pascual por el cual “muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida” “¡En lugar de hablar de nosotros mismos, volvamos a Dios”!

La Iglesia ha llegado a todos los rincones del mundo anunciando la Cruz en la que Cristo quiso morir; ha seguido los pasos de san Pablo que anuncia a los atenienses ese “dios desconocido” a quien quieren adorar sin conocerlo; ese “dios” es Cristo, Dios y hombre verdadero, crucificado, muerto y resucitado.

Este año no podremos la besar la Cruz en los Oficios del Viernes Santo. La veneraremos, y viviremos ante la Cruz un tiempo de adoración a Cristo muerto y resucitado, a Quien todos hemos crucificado, y a Quien todos anhelamos pedir perdón por nuestros pecados: solo así gozaremos de su Resurrección, porque habremos vivido su alegría de perdonarnos, y de acogernos como verdaderos hijos de Dios Padre y hermanos de Cristo, Dios Hijo. Porque sólo así, El triunfará en nosotros; y viviremos con Él, eternamente su Pascua, en la Eucaristía del Jueves Santo, en la Eucaristía eterna de cada día. Porque es Dios, que Ama.

La Cruz y la Iglesia; la Iglesia y la Cruz. La Cruz además de manifestarnos el Amor con que Jesús murió por nosotros; además recordarnos sus palabras: “Cuando sea elevado a lo alto, todo lo atraeré hacia Mí”: nos enseña que la Iglesia no es una realidad simplemente humana que se ocupa de arreglar los desmanes que los hombres hacemos en las sociedades que vivimos, y en las civilizaciones y culturas que construimos.

La Iglesia está para anunciar a lo largo de los siglos la misteriosa presencia de Cristo en la tierra: de Cristo, Hijo de Dios vivo, Muerto y Resucitado.

Cristo crucificado y muerto en la Cruz trae a nuestra memoria, a nuestro corazón la realidad del Pecado, la realidad de la Redención, la realidad del Perdón que el hombre recibe cuando se arrepiente del mal hecho. Y con la realidad de la Resurrección, Jesucristo nos recuerda que Él es el fundador de la Iglesia, y por eso, La Iglesia es una, sin rupturas, sin cambios de rumbo, porque su Fundador, Jesucristo “es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 23. 8).

La Iglesia estará, como siempre, no para asimilar “los espíritus de los siglos”, todos marcados de alguna manera con el pecado; sino para anunciar a Cristo Crucificado y Resucitado, que es el Esperado de todas las naciones, de todas las civilizaciones, de todas las culturas; que es el único Salvador del hombre. Que es Dios y hombre verdadero.         

ernesto.julia@gmail.com

 

La utopía democrático-socialista y la demolición de la sociedad

 

Para el estado totalitario los individuos son números

Para el Estado democrático revolucionario los individuos son todos iguales

La utopía democrática es la igualdad. La democracia sueña con un Estado social y sólo se preocupa con los individuos, y con los individuos socialmente iguales.

No es esto lo que está en los planos de Dios. Y para convencernos de esta verdad, basta considerar el proceder de Dios.

Dios podría haber creado a cada hombre, como lo hizo con Adán, directamente y sin auxilio de nadie. Así hizo con los ángeles, y aún en éste caso no quiso la igualdad. Dios creó a cada ángel como una especie distinta, correspondiente a una idea particular en el pensamiento divino.

Formando al ser humano como una especie única, la igualdad habría reinado entonces si todos hubiésemos recibido la existencia directamente de manos del Creador. Pero Dios tenía otros designios. El quiso que recibiéramos la vida unos de los otros, y que por este medio fuésemos constituidos, no en la libertad y la igualdad sociales, sino en la dependencia de nuestros padres y en la jerarquía que debía nacer de esa dependencia.

Dios establece la familia

Contenidos

 

Dios creó a Adán, y después de su cuerpo hizo el cuerpo de Eva. Dios entonces bendijo al hombre y a la mujer y les dijo: “Sed fecundos, llenad y dominad la tierra“.

La familia es una institución anterior al Estado ya afirmaba Cicerón

Cicerón decía que los estados proceden de esa sociedad primera que es la familia

Dios creó así la familia, la transformó en una sociedad y la constituyó de acuerdo con un plan totalmente diverso de la igualdad social: la mujer sumisa al hombre y los hijos sumisos a los padres.

En los mismos orígenes del género humano, por lo tanto, encontramos las tres grandes leyes sociales: la autoridad, la jerarquía y la unión. La autoridad, que pertenece a los autores de la vida; la jerarquía, que torna al hombre superior a la mujer y a los padres superiores a los hijos; y la unión, que deben conservar entre sí aquellos vínculos vivificados por la misma sangre.

Los Estados proceden de esa sociedad primera.

La familia –dice Cicerón– es el principio de la ciudad, y de alguna forma la semilla de la res-pública. La familia se divide, aunque permaneciendo unida; los hermanos, así como sus hijos y nietos, no pudiendo abrigarse todos en la casa paterna, salen para fundar nuevas casas, como nuevas colonias. Ellos forman alianzas, de donde surgen nuevas afinidades y el crecimiento de la familia. Las casas se multiplican poco a poco, todo crece, todo se desarrolla, y nace la res-pública. (República, libro I, 7).

Al comienzo Abraham funda una familia nueva, y de ella surgen doce tribus, que constituyen un pueblo. Esos son propiamente los orígenes del pueblo de Dios.

Lo mismo ocurrió con los gentiles.

La familia no es sólo el elemento primero de todo Estado, sino su elemento constitutivo, de tal manera que la sociedad no se compone de individuos, sino de familias. P. 11

Actualmente sólo los individuos importan y el Estado sólo reconoce a los ciudadanos aislados. Esto es contrario al orden natural. Antiguamente era de tal manera así que los censos de población no contaban las personas, sino los “fuegos”, es decir, los hogares.

Cada hogar era considerado el centro de una familia, y cada familia era dentro del Estado una unidad política y jurídica, al mismo tiempo que económica.

El individualismo conduce a la destrucción de la sociedad

Fue la Revolución Francesa la que vino a destruir este orden. Ella se impuso el deber de emancipar al individuo, a la persona humana, estimada como célula elemental orgánica de la sociedad. Esta tarea que la Revolución se impuso, conduce nada menos que a desorganizar la sociedad y a disolverla.

El individuo es sólo un elemento dentro de esa célula orgánica de la sociedad que es la familia. Separar sus elementos, impulsar el individualismo, es destruir su vida, es tornarla impotente para llenar su papel en la constitución del ser social, como lo haría, en los seres vivos, la disociación de los elementos de la célula vegetal o animal.

Juramento del Jeu de Paume durante la Revolución francesa

La Revolución Francesa vino a destruir el orden y se impuso el deber de emancipar al individuo, esclavizándolo finalmente al Estado

En nuestros días, el individualismo fue llevado a su exacerbación por el relativismo. Así, cada individuo posee “su verdad” y sus “valores”. Sobre todo, sus derechos y no sus deberes.

Desaparición de la noción del bien común

Las legislaciones socialistas exacerban este individualismo, dando al individuo derechos gravemente perjudiciales para el bien común.

La noción de que la sociedad sólo puede subsistir cuando existe una preocupación por el bien común, ha venido desapareciendo casi completamente.

Así hemos asistido en nuestro país a una demolición sistemática de la familia en nombre de las libertades individuales. La legalización del divorcio, la equiparación de los hijos naturales con los generados dentro del matrimonio, la multiforme propaganda de todo tipo de anticonceptivos y de una libertad sexual no lejana del libertinaje, está llevando a nuestra patria a una disociación de su unidad.

No debemos extrañar, por lo tanto, que las encuestas muestren a la familia como una institución en vías de desaparecer. Y, con su desaparición, la propia sociedad es demolida.

La patria sólo subsiste cuando sus componentes tienen un “proyecto” común. Cuando cada individuo tiene sus propios “valores”, la unidad nacional desaparece.

No a la igualdad; sí a la complementariedad

La crisis moral

Ana Teresa López de Llergo

El respeto a la verdad producirá el auténtico bien personal y el bien común y la armonía entre ellos. Esto dará firme sustento a toda sociedad, sea familiar, sea laboral, sea regional.

La pandemia nos ha mostrado dos caras del ser humano: la capacidad de heroísmo para poner todos los medios y salvar la vida de quienes se enferman y la de quienes buscan engañar y sacar provecho aprovechando los momentos de debilidad y de incertidumbre por las que pueden pasar sus semejantes.

Esas dos caras se encuentran en cada persona. Negar esta realidad es un gravísimo error y una manifestación de ignorancia o de encubrimiento de acciones degradantes cometidas. Como estas se tratan de ocultar, lo más fácil es descalificar a quienes no están en el propio grupo. Dividir a la humanidad en grupos de buenos y grupos de malos es una mentira.

La crisis moral de la que nos quejamos se encuentra entre personas de cualquier familia, de cualquier poblado, de cualquier grupo, de cualquier época, de cualquier institución, de cualquier edad o de cualquier enfoque político.

Como la confusión es muy profunda y el individualismo ha calado tan hondo, se deshecha la ayuda bien intencionada que siempre han brindado los miembros de la familia, los compañeros de trabajo, los verdaderos amigos.

Actualmente las manifestaciones de la crisis moral nos golpean a todos porque son abundantes y cercanas. Nadie se salva de los efectos de la mentira, del robo, de la inseguridad, de la indiferencia, de la extorsión, del crimen.

Se pueden combatir los efectos de la crisis moral, y se debe hacer. La responsabilidad inmediata recae en las instituciones civiles especialmente diseñadas para garantizar la seguridad social.

Sin embargo, el combate más eficaz se ha de dar en lo íntimo de cada persona. Es necesario convencernos de que no solamente se trata de cambiar los actos inmorales, sino sobre todo se trata de ir a la raíz de esos actos. Si no reconocemos la raíz del mal, sería algo semejante a tratar de sanar un árbol rociándole desinfectante sin descubrir que en su raíz hay un nido de parásitos.

El nido de parásitos de la humanidad hoy es el agresivo rechazo de la ley natural. Amable ley que nuestro Creador nos da para caminar con seguridad. Al rechazarla, automáticamente nos enfilamos a nuestra propia destrucción. Primero, porque nos negamos a reconocer quienes somos. Segundo, porque tal independencia nos abre el panorama ficticio de reinventarnos. Tercero, porque esa reinvención nos abre la puerta de la arbitrariedad. Y en esa arbitrariedad está la ausencia de la moral.

Esta postura infrahumana nos hace víctimas de la manipulación de las ideologías. Concretamente la más generalizada hoy es la ideología de género, que al desdibujar al hombre y a la mujer desdibuja también la vida humana. Las relaciones humanas ahora son amorfas y, por eso, la familia es circunstancial. La sociedad es un mazacote.

La nueva moral promueve como derecho lo prohibido así matar, mentir, abandonar son ya derechos. Esto equivale a considerar derechos al aborto, a la eutanasia, a calumniar o a divorciarse. Ya no hay una moral común objetiva, sino morales diseñadas por colectivos manipulados.

Nos duele el asalto a los inmuebles desocupados por los efectos de la pandemia que son saqueados por malhechores. Nos duele el desprecio de sectores de la sociedad que son vistos como seres humanos inferiores. Nos duele la confusión ante la identidad de cada persona. Nos duelen tantos efectos que es imposible terminar de enumerarlos.

Pues para sanar ese dolor, cada uno se ha de proponer reubicarse en el mundo. Somos criaturas diseñadas y amadas por el Creador del Universo, que nos da la encomienda de cuidarnos unos a otros y de cuidar el entorno ciertamente diseñado para habitar en él. La ley natural nos lleva al orden porque nos incluye a todos.

Las consecuencias de este volver al orden original nos recuperarán el auténtico respeto a toda vida humana tanto en la salud como en la dignidad. Sin excluir a nadie. Por eso, la sexualidad humana dejará de ser una mercancía, ni justificará tendencias desordenadas o placeres ilícitos.

A nunca confundir el bien con el mal. De manera práctica nunca justificar un mal medio como la mentira o el uso de estupefacientes para conseguir un bien. O, dicho de otro modo: el fin no justifica los medios. Esto garantizará la coherencia en el actuar.

El respeto a la verdad producirá el auténtico bien personal y el bien común, y la armonía entre ellos. Esto dará firme sustento a toda sociedad, sea familiar, sea laboral, sea regional.

La verdad ha de enmarcar el concepto de libertad y su vinculación con la responsabilidad. De este modo, toda persona se abre nuevamente al heroísmo para vivir buscando lo mejor, que es incluir la adquisición de las virtudes.
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Recuperar el noble papel de la política, como el más alto nivel del servicio a los demás, pues en el marco del respeto a la verdad se difundirá el bien. Por eso, se impartirá la justicia, especialmente en el campo laboral, y en la economía. Además de poner empeño en la reinserción de las personas que de algún modo han infringido las leyes, para recuperar su capacidad de servir a los demás.

Un aspecto no menos importante es el respeto a la cultural y sus fuentes, como son la memoria del pasado, la valoración de las costumbres y tradiciones, así como el derecho consuetudinario expresado en las leyes.

Por último y no menos importante, la atención al sistema educativo. Medio para poner énfasis en aspectos que se pueden desdibujar o en todos aquellos que abren al futuro.

Estas metas no se alcanzarán con sólo el vigor personal, la auténtica fuerza vendrá de saberse una persona amada por Dios.

¿Somos cada vez más inteligentes?

Lucía Legorreta

Las generaciones son cada vez más inteligentes, el reto es saber encauzar esta inteligencia para relacionarnos mejor unos con otros y lograr que el mundo viva en armonía.

¿Te has realizado esta pregunta alguna vez? ¿Se hereda la inteligencia? ¿Cada generación es más lista que la anterior?

Aunque los mecanismos de herencia de la inteligencia han sido investigados durante casi un siglo, aún existe controversia al respecto de hasta qué punto la inteligencia es hereditaria. Hay varios debates al respecto.

No es fácil comparar a un hijo con sus padres o abuelos, ya que los estudios se hacen en individuos comparables de distintas generaciones. Se presentan distintas puntuaciones en el mismo test.

Sería fascinante que se pudiera aplicar la misma prueba a los hijos o hijas, a la misma edad que se les hiciera a sus padres y abuelos, lo cual no es fácil. A quienes afirman que la inteligencia si se hereda y que el coeficiente intelectual de los padres sí importa.

Lo que si puede afirmarse es que si somos más inteligentes. Se le llama efecto Flynn, nombre del profesor de Nueva Zelandia que hace 30 años descubrió esto.

En promedio las poblaciones han tendido a subir una media de tres puntos por década desde principios del siglo XX.

Un artículo publicado en la revista El País muestra a una abuela llamada Julia con un CI de 105; Julia su hija de 43 años tiene un CI de 129. Y los dos hijos de esta Cecilia de siete años con un CI de 129 y Eduardo un poco menor con un CI de 132.

Estos cambios se explican de alguna forma en una mejor nutrición, las familias son más pequeñas por lo que el contacto es mayor; hay mejor educación y el ambiente del mundo es más complejo y competitivo.

Flynn afirma que no es que las generaciones anteriores fueran menos listas. Da un ejemplo sencillo: pensemos qué ocurriría si los atletas de ahora pudieran viajar en el tiempo para participar en los Juegos Olímpicos de hace 20 o 30 años.

Un atleta que salta altura, la varilla empieza a una altura de 2.13 metros, mientras que hace 20 años era de 1.82 metros. Así que, para un saltador actual, su media sería muy superior a la de los Juegos Olímpicos de hace dos décadas, sería un superdotado en el pasado.

Esto no significa que eran menos capaces los atletas de antes, simplemente han evolucionado las técnicas, los zapatos, las superficies.

Junto con estos descubrimientos ha surgido la llamada inteligencia emocional que es la capacidad para controlar, regular y utilizar nuestras emociones de forma correcta. El coeficiente intelectual es lo que sabemos, y la inteligencia emocional es lo que hacemos con aquello que sabemos.

Qué bueno que las generaciones son cada vez más inteligentes, el reto es saber encauzar esta inteligencia para relacionarnos mejor unos con otros y lograr que el mundo viva en armonía.

Cada generación atesora una mayor capacidad intelectual, aprovechémosla para nuestro bien y el de los demás.

La arriesgada “pendiente resbaladiza” de la eutanasia

Legalización de la eutanasia. ¿Cuáles son los principales problemas bioéticos, médicos y sociales que pueden darse como consecuencia de esta «pendiente resbaladiza»?

En los países en los que se ha legalizado la eutanasia y el suicidio asistido, y en otros en los que actualmente se está proponiendo su legalización, como es el caso de España, se requieren determinados requisitos, generalmente exigentes, para que se puedan llevar a cabo estas prácticas; pero con el tiempo, dichos requisitos iniciales se pueden ir suavizando, hasta prácticamente admitirlas en cualquier circunstancia. Esto es lo que podría ocurrir con la eutanasia, que pueda llegar incluso a que se practique sin una petición expresa por parte de los enfermos, es decir, llegar a la eutanasia involuntaria. A esto es a lo que se ha venido en denominar “pendiente resbaladiza” o “slippery slope”.

A nuestro juicio, los principales problemas bioéticos, médicos y sociales que pueden darse como consecuencia de la «pendiente resbaladiza» tras la legalización de la eutanasia son: a) que se puedan aplicar las técnicas eutanásicas a pacientes no terminales, con lo que prácticamente se abriría su uso a cualquier persona que desee terminar con su vida; b) que también puedan utilizarse en personas discapacitadas o mentalmente disminuidas; c) que estas prácticas puedan llevarse a cabo también en neonatos, niños y adolescentes; d) que pueda solicitarla cualquier persona, simplemente porque esté cansada de vivir y e) y, más grave si cabe, que se pueda llegar a practicar la eutanasia involuntaria.

Eutanasia en pacientes no terminales

La primera puerta que puede abrirse como consecuencia de la «pendiente resbaladiza» es que la eutanasia pueda ser utilizada por cualquier persona, aunque no se encuentre en la fase terminal de una enfermedad. Es decir, que se legalice la eutanasia simplemente a petición.

Eutanasia en personas con trastornos psiquiátricos o discapacidades psíquicas

La segunda, es que la eutanasia pueda ser utilizada en pacientes psiquiátricos, deficientes mentales o discapacitados, todos ellos no terminales. Esa circunstancia puede ser éticamente aún más grave, si se tiene en cuenta que estos pacientes no suelen tener capacidad intelectual ni suficiente discernimiento para poder solicitar la eutanasia con verdadero conocimiento de lo que solicitan.

Pero las peticiones de eutanasia por razones psiquiátricas para enfermos terminales son muy escasas, pues en Holanda solamente constituyen el 3% de todas las peticiones de eutanasia y de ellas, solamente el 2% se atienden; pero en cambio, cuando los pacientes no son terminales dicho porcentaje aumenta hasta el 24%.

Descendiendo a cifras concretas, en Holanda, entre 2002 y 2013 se constataron 179 casos de eutanasia en pacientes psiquiátricos o con demencia, lo que constituye el 0.5% de todas las peticiones de eutanasia. Datos más recientes muestran que en 2018 se practicaron 6.126 eutanasias, lo que corresponde al 4.4% de todos los fallecidos, y, de ellas, 67 en pacientes psiquiátricos.

También para pacientes de Alzheimer no terminales se ha pedido la legalización de la eutanasia, lo que es motivo de un amplio debate ético en la literatura especializada. En relación con ello, posiblemente el primer paciente con Alzheimer para el que se solicitó la eutanasia fue el escritor belga Hugo Claus, quien al tener conocimiento de un Alzheimer incipiente la solicitó y se le practicó en 2008.

Un problema añadido al valorar la eticidad de la petición de la eutanasia para pacientes psiquiátricos, con demencia o Alzheimer no terminales, es que muchos de ellos no son competentes para tomar autónomamente decisiones responsables, función que debe ser asumida por familiares próximos o incluso por el equipo médico que los atiende, lo que añade otra dificultad ética a esta práctica, al poder responder la solicitud de eutanasia más a intereses propios de los familiares o el equipo médico, que al bien del propio paciente.

Pero al margen de todo lo anterior, a juicio de expertos médicos paliativistas, ante la petición de eutanasia por parte de pacientes psiquiátricos hay que tener en cuenta que muchas veces dicha petición es más una solicitud de ayuda, que un deseo de morir, por lo que dichas peticiones requieren una evaluación médica y ética muy rigurosa.

Eutanasia en neonatos, niños y adolescentes

Otra consecuencia, a nuestro juicio grave, que puede derivarse de la «pendiente resbaladiza», y que puede darse tras la legalización de la eutanasia, es que se pueda favorecer, incluso propiciar, cuando no imponer, la eutanasia en neonatos, niños y adolescentes, lo que, sin duda, puede considerarse éticamente muy negativo.

La eutanasia se legalizó en Holanda en 2002, para adultos, pero también era tácitamente admitida para niños neonatos y niños. Un paso adelante en dicha aceptación se dio en ese país en marzo de 2005 cuando se aprobó el denominado “Protocolo de Groningen”, promovido por un grupo de facultativos del “University Medical Center” de esa ciudad holandesa. La publicación de este protocolo suscitó en su momento una importante controversia social, médica y ética, al presuponer que el mismo podría favorecer una «pendiente resbaladiza» hacia una más generalizada práctica de la eutanasia, en neonatos y niños.

También en Bélgica, la eutanasia para adultos se legalizó en 2002, aunque en ese momento no se incluyó en ella a los niños. Pero en febrero de 2014, el Parlamento belga, legalizó la eutanasia para niños de cualquier edad.

Como era de esperar, la aprobación de esta ley suscitó, al igual que en Holanda, un amplio debate social y médico, dada la radicalidad de la misma, pues a juicio de algunos expertos, era la más radical del mundo. Por ello, un grupo de 160 pediatras belgas se opusieron vivamente a ella, al poner en duda que los niños tuvieran suficiente capacidad de discernimiento intelectual para poder tomar con responsable autonomía sus propias decisiones. Además de estos profesionales médicos, también representantes de las principales religiones y grupos filosóficos, se manifestaron en contra de la aprobación de esta ley.

En general, la principal dificultad ética que puede plantear la eutanasia en menores, es que los niños no son agentes morales con la suficiente capacidad para poder tomar sus propias decisiones en caso de una enfermedad terminal incurable, por lo que algunos expertos piensan que el «protocolo de Groningen» está propiciando actos eutanásicos involuntarios en menores (19).

Eutanasia para personas no enfermas que manifiestan estar cansadas de vivir

Esta posibilidad muestra uno de los rostros más siniestros de la eutanasia, donde la arbitrariedad de su aplicación no guarda relación alguna con la existencia de sufrimientos físicos insoportables ni enfermedades incurables, sino que abre la posibilidad a extenderla como pretendida solución ante la falta de sentido vital, lo que supone la renuncia a toda esperanza para los que buscan el sentido de su vida, y un claro síntoma de descomposición moral de una sociedad que apruebe estas prácticas.

Eutanasia involuntaria

Como se ha referido anteriormente una de las consecuencias más graves de la legalización de la eutanasia, es que pueda abrir la puerta a la eutanasia involuntaria, pues en el momento actual, existen datos suficientes, a tenor de los ocurrido en los dos países en los que, tanto la eutanasia como el suicidio asistido se han legalizado, Holanda y Bélgica, para poder afirmarlo.

En efecto, en un trabajo publicado en 2005, en el que se valora lo ocurrido en Holanda tras la legalización de la eutanasia, se

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constata que de todas las muertes que se producen en ese país, el 1.7% se han debido a actos eutanásicos, de los cuales el 0.4% se han llevado a cabo sin petición expresa de los pacientes, es decir, han sido eutanasias involuntarias. Este porcentaje se incrementó en 2001 hasta el 0.7%.

En 2009, siete años después de que se legalizara la eutanasia en Holanda, se publicaba otro artículo, en el que se incluían datos de 1690 pacientes a los que se les había practicado la eutanasia, en el que se consta que al 1.4% se les aplicó sin su petición expresa. Es decir, se les había practicado la eutanasia involuntaria.

Un año más tarde, se publicaba en “The Lancet” un artículo, a nuestro juicio muy bien documentado, sobre las practicas eutanásicas en pacientes terminales holandeses, en el que, entre muchas otras cosas, se aborda el tema de la eutanasia involuntaria. En él se constata que las muertes por eutanasia o suicidio asistido, sin petición expresa de los pacientes, es decir, la eutanasia involuntaria, oscilaba en ese país entre el 0.2% y el 0.8% de todos los actos eutanásicos.

Por último, en Bélgica, según un trabajo publicado en el Journal of Medical Ethics, en 2015, en los pacientes de 80 años o más, el porcentaje de eutanasias involuntarias se elevó al 52.7 %, pero en aquellos pacientes con enfermedades distintas al cáncer este porcentaje llegó hasta el 67.5 %.

Conclusión

Como resumen de todo lo anteriormente expuesto, se puede afirmar que tras la legalización de la eutanasia y el suicidio asistido, se puede abrir la puerta a una «pendiente resbaladiza» que facilita las prácticas eutanásicas no solo en pacientes terminales que padecen sufrimientos insoportables, sino también en pacientes no terminales, e incluso en personas sin ningún sufrimiento constatable, pero sobre todo lo más grave es, a nuestro parecer,  que se abre la puerta a la «eutanasia involuntaria».

 

Justo Aznar Lucea

Observatorio de Bioética

Carta a un profesor posmoderno

Escrito por José María TorralbaEl autor responde al artículo de Diego S. Garrocho 'Carta a un joven posmoderno' desde la perspectiva de un profesor

Querido colega:

Ya habrás leído el reciente artículo Carta a un joven posmoderno de Diego S. Garrocho en El español. Se trata de un mentís en toda regla al discurso intelectual que, desde hace décadas, reciben los jóvenes que pasan por nuestras aulas. 

No se deja a nadie fuera: desde Friedrich Nietzsche como catalizador de la rebeldía adolescente hasta Judith Butler como incitadora de la liberación del propio cuerpo. ¿Recuerdas esa conferencia en la universidad donde el ponente comenzó diciendo: “Yo no soy real, sólo estoy presente aquí por medio de mi palabra?”

Pensamos que iba de broma, pero no. Y era uno de los gurús del momento.

Esta no es la primera vez que alguien de la profesión critica los excesos de la filosofía posmoderna. Al contrario, supuestamente nos pagan para eso: pensar, contrastar posturas y, ojalá, aprender unos de otros.

No podemos seguir filosofando como si estuviéramos en
pleno siglo XIX, pero tampoco podemos cambiar algo por nada

Además, la posmodernidad no surge de la nada, sino como reacción al dominio de la racionalidad instrumental, al intento de reducir la complejidad de la vida a ideas claras y distintas y, especialmente, al desmoronamiento de los grandes relatos que daban sustento a nuestras sociedades.

Desde luego, no podemos seguir filosofando como si estuviéramos en pleno siglo XIX, pero tampoco podemos cambiar algo por nada (nada constructivo, quiero decir), que es precisamente lo que ha sucedido.

Lo que sí es novedoso es que la llamada de atención de Garrocho se refiere (uniéndose a un creciente coro de voces) a las penosas consecuencias para la vida de las personas de los principales postulados posmodernos.

Su texto te deja con mal cuerpo, porque no puedes evitar pensar en la responsabilidad que los profesores hemos tenido en esa deriva. Nos encontramos en una situación de profunda crisis de la institución familiar y de ausencia de referentes sociales, de modo que la educación es uno de lo pocos lugares donde los jóvenes pueden encontrar respuestas sólidas a sus inquietudes más profundas.

Por desgracia, muchas veces no hemos estado a la altura y nuestros alumnos han quedado defraudados.

El fomento del pensamiento crítico no pocas veces
se ha convertido en una escuela de relativismo

Les hemos fallado cuando, en vez de enseñarles a pensar por sí mismos, han terminado siendo perfectos escépticos. El fomento del pensamiento crítico, bajo capa de conceptos valiosos como la autonomía, la tolerancia y el respeto por el otro, no pocas veces se ha convertido en una escuela de relativismo.

Si la meta de la enseñanza no es la verdad, lo único que queda son opiniones, más o menos interesantes. Y reclamar, como se hace, que mi opinión valga tanto como la tuya ha sido el camino más directo para terminar en una sociedad de masas.

El problema de ser masa, en palabras de José Ortega y Gasset, es que uno se hermetiza y no ve la necesidad de aprender de otros. La genuina capacidad crítica empieza cultivando la humildad y reconociendo la autoridad del saber.

Les hemos fallado al permitir que acabaran desconfiando de todo y de todos, porque se han quedado con la imagen de que vivimos en un mundo hostil, que busca aprovecharse de ellos: de su dinero, su tiempo o su cuerpo. Algo de eso hay, pero no se puede vivir en continua actitud de sospecha

Quizá por ello las relaciones de amistad y amor (cuya base es la confianza) resultan hoy tan precarias. Es necesario recuperar la mirada ingenua.

Recordarás que hicimos la prueba de leer con universitarios El principitoYo era muy reacio porque creía que les resultaría cursi o naif. Pero cuánto nos alegramos al ver su interés, como si dijeran: “Eso es, eso es lo que echábamos en falta”. Aplicaban a su vida con entusiasmo las metáforas de lo que hace única a la rosa, el “domestícame” del zorro o la risa al mirar las estrellas.

Hemos fallado a los estudiantes
al cerrarles las puertas de la tradición

Les hemos fallado, por último, al cerrarles las puertas de la tradición. A esto han contribuido varios factores, desde la fascinación por las metodologías (con frecuencia en detrimento de los contenidos) hasta la idea de que la educación necesariamente tiene que desacreditar la cultura occidental. Así han acabado por saber más sobre quienes critican que sobre lo criticado.

En el mejor de los casos, tienen un conocimiento de oídas, es decir, de segunda mano (o de manual, que es lo mismo). Es el mundo al revés. De Homero a Oscar Wilde y de Platón a Karl Marx: qué distinta sería la situación si nos dedicáramos a leer y estudiar esos grandes libros en clase. Al menos, permitiríamos que bebieran directamente de la fuente y que consiguieran los mejores compañeros de viaje. 

En el fondo, ¿no te parece que el problema está en la crisis de la vocación docente? No tenemos claro qué se espera de nosotros. Hace un tiempo se preguntó a profesores universitarios si consideraban que debían tratar asuntos éticos en clase. La mayoría respondió negativamente, porque no querían influir en los alumnos.

¿En qué se sostiene la idea de que la educación puede ser neutral o que los estudiantes no son capaces de sacar sus propias conclusiones? Si algo nos ha enseñado la hermenéutica es que siempre hablamos desde una perspectiva. Además, esto contrasta con la opinión de los alumnos, que esperan salir de las aulas teniendo un poco más claro cómo vivir.

Resistir no es tratar de volver a épocas
premodernas. Consiste en señalar
las trampas del pensamiento dominante

Toda educación va dirigida, en último término, a aprender a usar la libertad, tanto de acción como de pensamiento. De hecho, para adquirir conocimientos técnicos, los docentes somos cada vez menos necesarios.

Recordarás a ese profesor de la carrera que distinguía dos modos de vivir en la postmodernidad: el decadente, que describe muy bien Diego S. Garrocho, y el de la resistencia.

Resistir no es tratar de volver a épocas premodernas. Consiste en señalar las trampas que hay en el pensamiento dominante y seguir nutriéndose de lo mejor de la tradición, de la antigüedad a la modernidad.

Pasar de la decadencia a la resistencia: eso, al menos, se lo debemos a nuestros alumnos.

José María Torralba es profesor titular de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Navarra.

 

Vigilia por la Vida 2021 en Valladolid

Con un aforo digno,  aunque sensiblemente menor de lo habitual en estas vigilias masivas por la vida, el 25 de marzo se celebró, en la catedral de Valladolid, la tradicional Vigilia de Oración por la Vida”. Magnifica la Homilía del Cardenal Blázquez ( ver: youtube. Vigilia por la vida 2021 en Valladolid), quien presidió la ceremonia.  Estupendo, también, el Coro de las religiosas dominicas filipinas, y extraordinaria la interpretación musical de la organista Pilar Cabrera.

El Arzobispo hizo alusión a la unión de esta fiesta y la Jornada a favor de la vida.

Habló del «oscurecimiento»  que padecemos en nuestra sociedad, e hizo referencia a la aprobación “ entre nosotros de la Ley de Eutanasia” , que, “más allá de las palabras que la edulcoren, significa que atenta directamente con la vida de una persona; esto es, hemos cruzado una línea roja, hemos pisado y atravesado esta línea que el mandamiento de Dios y también  de la cultura que la humanidad en su sabiduría secular nos dice:  “ NO MATARÁS”. Porque eutanasia significa intencionadamente romper la vida, quitar la vida a una persona”. Enfatizó:  “La vida, que es una gracia, lleva consigo una responsabilidad que a veces nos resulta costosa, pues los cuidadores necesitan cuidados”. Dijo: “ no siempre hay expectativas de curación; pero siempre hay una posibilidad de cuidarnos, de atendernos cariñosamente unos a otros , de ayudarnos; también, de beneficiarnos de los éxitos que la Humanidad va teniendo; también de los cuidados paliativos, que es legítimo y necesario que lleguen a todos”. Abundó sobre los cuidados paliativos:  “Cuidados paliativos no sólo son las medicinas: es también la compañía; también, el afecto, el cariño; es  presentar, también, el consuelo de la fe, y es, también, caer en la cuenta de que es de sabios contar con la finitud de la vida. Cuidaos paliativos es integrar la vida. Significa tantas cosas…. Afirmó que hay que tener “ una legítima comprensión; pero no una falsa compasión”, y que la muerte digna no es la muerte “ infringida”.

Manifestó que el “no matarás, es una cuestión profundamente humana que afecta a la conciencia moral y también a la conciencia profesional, que tiene que ser respetada (…).Expresó, asimismo, el rechazo al «encarnecimiento terapéutico», pues hemos de “aceptar la muerte como parte de la vida, de nuestro itinerario como personas, en manos de Dios, ayudándonos unos a otros”.

Fuera de la catedral, una señora comentaba:

Muy bonita y oportuna, con la reciente aprobación de la eutanasia. Muy importante el contenido de la homilía(…). El miedo de los ancianos a la eutanasia, a que acaben con ellos, antes de lo que Dios ha establecido para esa vida.

Me ha encantado el coro. Conmovedor el canto del salmo. Y lo más bonito, la bendición a las madres, acompañadas, algunas,  de los padres. En estos momentos tan difíciles para todos, para las familias , pero en especial para esas madres que traen a sus hijos en esta situación de temor e incertidumbre,  la Bendición del Señor y la confianza puesta en Él, es esperanza para la nueva vida”.  

Josefa Romo 

 

La esperanza 

La celebración litúrgica de la Encarnación del Señor, al pasado día 25, coincidió con la Jornada que la Iglesia dedica cada año a promover la cultura de la vida. En estas fechas en las que la humanidad se encuentra en una carrera científica, médica, política y social contra reloj, para frenar los efectos devastadores del Coronavirus, esta jornada adquiere un peculiar sentido y una renovada fuerza.

Estamos en un momento en que se observa con crudeza lo vulnerable de nuestra existencia, en el que afloran las preguntas sobre el sentido de la vida, en el que se hace palpable también, de forma dramática, el final de esa vida con todas sus preguntas. En medio de este titánico esfuerzo por la supervivencia, la propuesta cristiana nos recuerda que Dios ama la vida, que se hizo hombre en la persona de Jesucristo para ayudarnos a entender las claves de la vida, y que el amor define nuestra identidad.

Valentín Abelenda Carrillo

 

La ley consumada 

La mejor tradición política, especialmente en occidente, establece que una finalidad esencial del Estado de Derecho es proteger la vida humana, con especial cuidado de aquella que pueda ser más vulnerable. Este principio se quiebra dramáticamente en España con la aprobación definitiva en el Parlamento de la ley de la eutanasia.

El gobierno de Sánchez ha promovido esta ley a toda velocidad, en plena pandemia, sin diálogo con la sociedad ni con los expertos, y desoyendo las recomendaciones del Comité de Bioética y de los Colegios de Médicos. Y por supuesto, sin avanzar ni un paso en la consecución de cuidados paliativos para todos. Sus promotores la justifican como un progreso, e incluso como la conquista de un nuevo derecho, haciendo oídos sordos a las numerosas denuncias que llegan de los países donde leyes semejantes están en vigor desde hace años, donde la arbitrariedad en dispensar la muerte se ha convertido en práctica habitual. También resulta preocupante la regulación de la objeción de conciencia, dado el riesgo de que los médicos objetores se vean señalados e incluso sutilmente perseguidos, como ya se ha dado en países como Bélgica, Holanda y Canadá.

Domingo Martínez Madrid

 

 

Contra lo políticamente correcto

Son tiempos complejos. Los tiempos posmodernos nos han traído una errónea concepción de la tolerancia, convertida en un peligroso “todo vale” y, además, “vale igual”. De ahí es fácil pasar a la idea de posverdad, donde se desdibuja esa versión tomista de la adecuación del conocimiento a la realidad y parece acabar desdibujándose la realidad misma.

Por eso, cualquier persona que se atreve a alzar la voz en la esfera pública para defender verdades como puños hoy sometidas al relativismo gobernante, merece un encendido elogio. Y más aún si se trata de una mujer, una madre, una madre de familia numerosa, que defiende la vida desde su concepción hasta la muerte natural y que opta a la elección para presidir la Organización Médico Colegial. Ahí es nada el papel que tiene la doctora Luisa González frente al Rubicón de lo políticamente correcto.

Jesús D Mez Madrid

 

El “mono humano avanza o retrocede”

                           La historia nos dice, si la analizamos a fondo; que, “el que gobierna”, diga lo que diga sobre las ideas de “libertad” que predica, pertenezca a la religión o filosofía que sea, si es que en realidad, “cree en algo fuera de su panza y su bolsillo, o dicho de manera más suave, de sus apetitos materiales”; sus prédica son mentiras a cara de perro, si bien las reviste de la más sofisticada de las hipocresías, con que siempre se han dominado a los pueblos o masas; puesto que lo que siempre han llevado, son ataduras, prohibiciones, limitaciones cuantas más mejor para el que gobierna; como ahora mismo, con una epidemia en forma de un virus (“y sus mutaciones”) con lo que se aterroriza a ese “pobre mono humano”, que incapaz de pensar por sí mismo, se deja dominar totalmente, por quienes incluso le han imbuido, que “le van a salvar la vida”.

                           Nos tienen ya en un segundo año de confinación (palabra hipócrita puesto que lo que nos tienen es encarcelados) y si no nos oponemos, sepamos por seguro que son capaces de mantener el encarcelamiento, sobre los miedos y terrores creados, mientras los que gobiernan, hacen “sus negocios” con una comodidad digna de ser señalada por la impunidad con que lo logran; los problemas verdaderos de las masas gobernadas, les traen sin cuidado; y simplemente los dilatan, o ignoran totalmente.

                           La “libertad que nos ofrecen es mentira”; “la libertad es siempre un riesgo, y mientras más amplia sea, más riesgos conlleva; y ello es una constante, no es cosa nueva; puesto que a más libertad MÁS RESPONSABILIDAD, ya que si no es así, esa libertad termina en un libertinaje, que perjudica más incluso, al libertino, que al no ser consciente de qué y a qué obliga la verdadera libertad, la que practica, se vuelve contra sí mismo.

                           Si al individuo se le enseñara y formara desde “la cuna”, esa realidad, no serán necesarias tantas “cárceles”, como le hacen sufrir a lo largo de toda su vida. Analicemos el presente sin miedo y basándonos en la propia enseñanza que nos da la historia. Una epidemia conlleva un precio de víctimas, y ésta que tan terrorífica nos la han presentado, no es una epidemia tan temible como nos dicen los inútiles gobernantes; puesto que tomo como punto inicial mi propio país (España con 47.000.000 millones de habitantes). Diariamente; y todos los informativos-desinformativos y en general, consumen su ya absurdo tiempo, en decirnos que ya van 70.000 víctimas o muertos achacados al “virus chino”; nos encontramos en plena época de la habitual y también mortal gripe; pues bien, este año los políticos nada nos dicen sobre los muertos por la gripe; “al parecer no hay ninguno”, cosa sorprendente y que a mí me “escama muchísimo”, puesto que entiendo que “los muertos por la gripe, nos los están metiendo en la cuenta de los  de por el virus”. Tampoco nos dicen, que sólo por el maldito cáncer, en España, mueren 300 o más personas CADA DÍA, lo que nos daría ciento diez mil muertos al año, sólo por esta también plaga. Pensemos ahora en cuántos mueren por el alcohol, el tabaco y el resto de drogas, la diabetes, el corazón y todo lo que queramos añadir, pues también debemos saber que las muertes en el país y cada año se acercan casi al medio millón; y de esto nadie habla, simplemente para sopesar valores y riesgos, puesto que podemos morir de infinidad de “cosas”; y ahora el “virus chino es una más”; y el que afortunadamente “ataca” a minorías muy minorías, y a la mayoría de los que ataca, se curan y lo superan, “como una enfermedad más”.

                           ¿A qué obliga todo ello? Pienso que a pensar, primero de todo, “que no es el toro lo peligroso que nos quieren imponer”; y que por tanto, HAY QUE PENSAR EN TOREARLO CON MÁS INTELIGENCIA QUE CON LO QUE SE HACE HOY; puesto que “la cerrazón” que nos han impuesto, ha acabado o está acabando con LA ECONOMÍA DEL PAÍS; y que por esa, verdadera “pandemia”; ya deben haber muerto los que ni sabemos, puesto que no hay estadísticas y menos se preocupan de ello; pero seguro que ya habrá “contabilizados” muchos suicidios, por las terribles causas, de quienes tienen negocios que no pueden sostener y que, “se los han comido las deudas y falta de negocio”; y lo que es palpable, TODAS LAS MEDIDAS TOMADAS HAN SIDO UN FRACASO, por lo que, “una mínima inteligencia, ya dice al que no sea muy tonto, que así no podemos seguir; que la vida es un riesgo y hay que vivirla con esos infinitos riesgos que conlleva el simplemente vivir”. ¿Qué hay que tener unas precauciones por cuanto los que dicen saber de estos temas lo dicen? Bien, pero no tenernos como antiguamente y debido a “aquellas terribles plagas de verdad, se tenía a los barcos, fuera del puerto y en cuarentena”; pero pasados aquellos cuarenta días, el barco era dejado atracar en el muelle y realizar sus maniobras de carga y descarga, “y los muertos al hoyo y los vivos al bollo, puesto que había que seguir viviendo, o intentando vivir”. Por si faltaran motivos, estamos viendo que hasta las vacunas, “producen nuevos muertos”, aunque los políticos lo nieguen, pero, ellos no pueden reconocerlo y no lo reconocerán, salvo que esas muertes empezaran a ser numerosas. Finalmente reflejo una opinión de un lector que opina sobre uno de mis artículos, y al que le respondo con la sinceridad que me caracteriza.  “En mi humilde opinión todos los sistemas políticos son en su fondo una utopía.
AES VCR. Y a lo que le he respondido: “   Sí, pero es que todo lo que representa ese "misterio", cuál es el ser y existir del ser humano, es una utopía descomunal, pero en política, si de verdad hubiese voluntad de convivencia y no de enfrentamientos destructivos, los que se atreven a entrar en política, llevarían lo que pudiéramos denominar como, "líneas positivas y de verdadero avance hacia un mundo mejor", pero como no es así; el mono humano ha quedado a nivel animal y como tal obra; pensando como la bestia, primero yo y siempre yo. Hay excepciones, pero como tales no tienen efecto alguno en esa línea de verdadero ascenso a sociedades más justas, sino en un claro retroceso”, que a la vista está.

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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