Las Noticias de hoy 18 Marzo 2021

Enviado por adminideas el Jue, 18/03/2021 - 12:16

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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 18 de marzo de 2021     

Indice:

ROME REPORTS

Catequesis del Papa: Con el Espíritu Santo hay amor y alegría

Francisco: Yo también me arrodillo en las calles de Myanmar

Un seminario web abre las celebraciones por los cinco años de Amoris Laetitia

LA SANTA MISA Y LA ENTREGA PERSONAL: Francisco Fernandez Carbajal

“¡Dios y audacia!”: San Josemaria

«El Espíritu Santo atrae a Cristo en nuestros corazones»

En la fiesta de San José

Algo grande y que sea amor¿Cómo se descubre la vocación?: José Brage

Algo grande y que sea amor : la vocación matrimonial : Carlos Ayxelà

Frutos de la fidelidad : Pablo Edo

19 de marzo: José, vida de fe en el día a día

¿Quién fue San José, el padre de Jesús?: Primeros Cristianos

Casi igual que hace un año: María Solano Altaba

La Pasión del Señor. Algunas consideraciones de tipo médico.: J. L. Velayos

Deseo de trascendencia: Ángel Cabrero Ugarte

Con el mazo dando y…¿a Dios olvidando?: José Antonio García-Prieto Segura

La educación: una joya : Ana Teresa López de Llergo

La generación instantánea : Lucía Legorreta

 Discrimina a las familias numerosas : JD Mez Madrid

​ Biden y la promoción del aborto : Jesús Martínez Madrid

El sistema educativo público : Domingo Martínez Madrid

Quienes quieren de verdad a sus hijos : Pedro García

Los más destacados del pasado siglo y a quienes debemos “lo que nos dejaron”: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

Catequesis del Papa: Con el Espíritu Santo hay amor y alegría

En su catequesis de la audiencia general Francisco se refirió al Espíritu, "primer don de toda existencia cristiana". Y recordó que todos son iguales “por dignidad, pero también únicos en la belleza que el Espíritu ha querido que se liberase en cada uno de los que la misericordia de Dios ha hecho sus hijos ". Además el Papa hizo dos llamamientos, uno por Paraguay y el otro por Myanmar

Vatican News

Al reanudar su catequesis sobre la oración, también en esta ocasión desde la Biblioteca del Palacio Apostólico, el Santo Padre Francisco reflexionó acerca de la oración y la Trinidad. A modo de introducción se leyó un pasaje de Juan (14,15-17.25-26) sobre la promesa del Espíritu Santo:

“Si me aman, guarden mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y les dará otro Consolador, para que esté con ustedes para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni lo conoce; pero ustedes lo conocen, porque mora con ustedes, y estará en ustedes. Les he dicho estas cosas estando con ustedes. Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él les enseñará todas las cosas, y les recordará todo lo que yo les he dicho”.

La oración como relación con la Santísima Trinidad

Tal como explicó el Papa, en esta catequesis deseaba continuar reflexionando sobre la oración “como relación con la Santísima Trinidad”, y en particular con el Espíritu Santo. Del Espíritu Santo el Pontífice dijo que “es el don fundamental de la vida cristiana”. Y añadió que “si podemos invocar a Dios llamándolo ‘Abbá – Papá’ es porque el Espíritu Santo habita en nosotros”.

“Sin Él no es posible relacionarnos con Cristo y con el Padre”

El Santo Padre también explicó que así como Abrahán, “que dando hospitalidad a tres viajeros, encontró a Dios, Trinidad de amor, también nosotros estamos llamados a abrirnos a su presencia y a acogerlo en nuestra vida”.

“El Espíritu Santo nos transforma y nos hace experimentar la alegría de sabernos amados y habitados por Dios. Es la experiencia que vivieron los discípulos de Jesús, y que nos relata el Evangelio. Y es también la experiencia que vivieron tantos orantes, hombres y mujeres que el Espíritu Santo formó a la medida del Corazón de Cristo”

Los orantes no son sólo los monjes o los eremitas

Además, el Pontífice invitó a no pensar “que los orantes son sólo los monjes o los eremitas”. Y destacó: “Cuántas personas comunes han encontrado a Dios en el Evangelio, en la Eucaristía y en los hermanos, y cada día dan testimonio humilde de misericordia, de servicio y de oración”. Y concluyó diciendo:

“Nuestra misión como cristianos es mantener vivo el fuego que Jesús trajo a la tierra, es decir, el amor de Dios. Sin este fuego del Espíritu la tristeza reemplaza a la alegría, el servicio se convierte en esclavitud y la rutina sustituye al amor”

Al saludar cordialmente a los fieles de lengua española, el Papa Francisco, antes de bendecirlos, les dejó una invitación:

“Pidamos al Señor que inflame con el fuego del Espíritu Santo nuestros corazones. Que nuestra vida sea como la lámpara encendida junto al sagrario, que se consuma en la alabanza a Dios y el servicio a los hermanos, siendo testigos alegres de su presencia en medio del mundo”

Año de la Familia Amoris Laetitia

A los fieles polacos el Santo Padre les recordó que con el llamamiento mariano especial de mañana, y con la Eucaristía celebrada en Jasna Gòra en la solemnidad de San José, comenzarán las celebraciones del Año de la Familia Amoris Laetitia. Y formuló su deseo de que María, “Reina de Polonia, obtenga para las familias la visión evangélica del matrimonio, en la comprensión mutua y en el respeto por la vida humana”. Mientras al bendecir de corazón a todos ellos su intención fue de modo especial a cuantos participarán en las iniciativas emprendidas con motivo de las celebraciones del mencionado Año.

Llamamiento por Paraguay

Antes de rezar el Padrenuestro y de impartir su bendición apostólica a cuantos participaron en esta audiencia general a través de los medios de comunicación, el Papa dijo:

“Durante esta semana me han preocupado las noticias que llegan desde Paraguay. Por intercesión de Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé, pido al Señor Jesús, Príncipe de la Paz, que se pueda encontrar un camino de diálogo sincero para hallar soluciones adecuadas a las actuales dificultades, y así construir juntos la paz tan añorada. Recordemos que la violencia siempre es autodestructiva. Con ella no se gana nada, sino que se pierde mucho”

Llamamiento por Myanmar

A continuación, el Papa dijo: “Una vez más y con gran tristeza siento la urgencia de evocar la dramática situación de Myanmar, donde tantas personas, especialmente jóvenes, están perdiendo la vida para ofrecer esperanza a su país”.

“Yo también me arrodillo en las calles de Myanmar y digo: ¡que cese la violencia! También yo extiendo mis brazos y digo: ¡que prevalezca el diálogo!”

LEA TAMBIÉN

 

10/03/2021

Audiencia General del 10 de marzo de 2021

San José hombre justo y sabio

Mientras al saludo a los fieles de lengua italiana el Santo Padre recordó que pasado mañana celebraremos la solemnidad de San José. Por esta razón el Papa señaló el ejemplo de este gran Santo a quienes invitó a confiarle su existencia.

“Sean sabios como él, dispuestos a comprender y a poner en práctica el Evangelio”

Por último, el pensamiento del Papa si dirigió a los ancianos, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados con las siguientes palabras:

En la vida, en el trabajo, en la familia, en los momentos de alegría y de dolor, San José buscó y amó constantemente al Señor, ganándose el elogio de la Escritura como hombre justo y sabio. Invóquenlo siempre, especialmente en los momentos difíciles que puedan encontrar. ¡A todos mi bendición!

Francisco: Yo también me arrodillo en las calles de Myanmar

Al final de la Audiencia General, la voz de Francisco resuena con fuerza por el país asiático que, desde hace un mes y medio tras el golpe militar, está sumido en la represión y la violencia con un balance de más de 150 muertos. Yo también", dice el Papa, "extiendo mis brazos y digo: ¡que cese la violencia!

Gabriella Ceraso - Ciudad del Vaticano

Que el diálogo prevalezca sobre la represión y la armonía sobre la discordia, y que la comunidad internacional preste la ayuda necesaria para que las aspiraciones del pueblo de Myanmar no se vean sofocadas por la violencia. Así, hace pocos días, el 3 de marzo, con motivo del Ángelus, el Papa dirigía su pensamiento y preocupación a Myanmar, desde donde siguen llegando noticias dramáticas. Y hoy el tono de Francisco se vuelve más sentido, recordando con sus palabras la poderosa imagen de la hermana Ann Nu Thawng, la religiosa católica javeriana que se arrodilló frente a los agentes para salvar a los jóvenes durante las manifestaciones pacíficas a favor de la democracia:

Una vez más y con tanta tristeza siento la urgencia de evocar la dramática situación de Myanmar, donde tantas personas, especialmente jóvenes, están perdiendo la vida para ofrecer esperanza a su país. Yo también me arrodillo en las calles de Myanmar y digo: ¡que cese la violencia! Yo también extiendo mis brazos y digo: ¡que prevalezca el diálogo! El derramamiento de sangre no resuelve nada. ¡Que prevalezca el diálogo!

Recordemos que en el país asiático, desde el 1 de febrero, día del golpe militar que destituyó del poder la líder, la Premio Nobel de la Paz Aun San Suu Kyi, se ha producido una escalada de violencia contra los manifestantes pacíficos que reclaman el retorno del Estado de Derecho, incluyendo huelgas y protestas callejeras. Al menos 150 personas murieron, según las ONG.A la "consternación" expresada por la ONU" y a los llamamientos de la comunidad internacional se ha unido desde el principio la acción silenciosa y contundente de la Iglesia: el pasado lunes, durante la Jornada Mundial de Oración, el último llamamiento del cardenal Charles Bo, arzobispo de Yangon, que volvió a hacer un llamamiento al diálogo y a la justicia.

 

Un seminario web abre las celebraciones por los cinco años de Amoris Laetitia

El encuentro en línea tendrá lugar el próximo 19 de marzo, día en que comienza un año dedicado a la familia. P. Giovanni Cesare Pagazzi, ordinario del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II: "La exhortación apostólica del Papa es una semilla que necesita atención y cuidado".

Federico Piana- Ciudad del Vaticano

Será una cita online para abrir oficialmente las celebraciones por los cinco años de la publicación de la exhortación apostólica del Papa Francisco 'Amoris laetitia'. El evento tendrá lugar el próximo 19 de marzo, día en el que cae la solemnidad dedicada a San José y en el que comenzará el Año 'Familia Amoris laetitia', que finalizará el 26 de junio de 2022 en ocasión del décimo Encuentro Mundial de las Familias.

El Papa: que la familia sea el centro de la Iglesia y de la sociedad

El seminario web, titulado "Nuestro amor cotidiano" -organizado por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, la Diócesis de Roma y el Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para estudios sobre el Matrimonio y la Familia- se dividirá en dos encuentros abiertos a todos: uno más celebrativo, al que asistirán, entre otros, el cardenal Kevin Joseph Farrel, prefecto del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, y el cardenal Angelo De Donatis, vicario de la diócesis de Roma; el otro, más académico, con expertos y docentes. También se espera un mensaje del Papa Francisco.

Amoris laetitia, semilla sembrada en el surco de la Iglesia

"Amoris laetitia - explica Giovanni Cesare Pagazzi, ordinario de eclesiología y comunidad familiar en el Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II y uno de los ponentes en el seminario web - es un documento vivaz y complejo que ha sido arrojado en el surco de la historia de la Iglesia y, como todas las semillas, necesitan cuidado y atención. El año dedicado a esta exhortación apostólica fue decidido por el Papa para verificar los efectos de este documento en las relaciones familiares."

Ósmosis entre teología y pastoral

Según el p. Pagazzi, la organización del seminario web "representa también una respuesta de honor a otra invitación que el Papa hizo en otro documento, Veritatis gaudium, en el que el Pontífice espera una ósmosis entre el trabajo teológico y el pastoral. Y esto es el resultado de una colaboración entre tres organismos tan diferentes, pero los tres unidos en la misma intención".

 

LA SANTA MISA Y LA ENTREGA PERSONAL

— El Sacrificio de Jesucristo en el Calvario. Se ofreció a Sí mismo por todos los hombres. Nuestra entrega personal.

— La Santa Misa, renovación del sacrificio de la Cruz.

— Valor infinito de la Santa Misa. Nuestra participación en el Sacrificio. La Santa Misa, centro de la vida de la Iglesia y de cada cristiano.

I. La Primera lectura de la Misa relata la intercesión de Moisés ante Yahvé para que no castigue la infidelidad de su pueblo. Aduce argumentos conmovedores: el buen nombre del Señor ante los gentiles, la fidelidad a la Alianza hecha con Abraham y sus descendientes... A pesar de las infidelidades y los desvaríos del Pueblo elegido, el Señor perdona otra vez. Es más, el amor de Dios por su Pueblo y, por medio de él, hacia todo el género humano alcanzará la manifestación suprema: Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna1.

La entrega plena de Cristo por nosotros, que culmina en el Calvario, constituye la llamada más apremiante a corresponder a su gran amor por cada uno de nosotros. En la Cruz, Jesús consumó la entrega plena a la voluntad del Padre y el amor por todos los hombres, por cada uno: me amó y se entregó por mí2. Ante ese misterio insondable de Amor, debería preguntarme: ¿qué hago yo por Él?, ¿cómo correspondo a su Amor?

En el Calvario, Nuestro Señor, Sacerdote y Víctima, se ofrece a su Padre celestial, derramando su Sangre, que quedó entonces separada de su Cuerpo. Cumplió así, hasta el final, la voluntad del Padre.

El deseo del Padre fue que la Redención se realizara de este modo; Jesús lo acepta con amor y máxima sumisión. Este ofrecimiento interno de Sí mismo es la esencia de Su sacrificio. Es la entrega amorosa, sin límites, a la voluntad del Padre.

En todo verdadero sacrificio se dan cuatro elementos esenciales, y todos ellos se encuentran presentes en el sacrificio de la Cruz: sacerdote, víctima, ofrecimiento interior y manifestación externa del sacrificio. La manifestación externa debe ser expresión de la actitud interior. Jesús muere en la Cruz, manifestando exteriormente –a través de sus palabras y obras– su amorosa entrega interior. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu3: la misión que me encomendaste ha terminado, he cumplido tu voluntad. Él es, entonces y ahora, el Sacerdote y la Víctima: Teniendo, pues, un Sumo Pontífice, grande, que penetró en los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, mantengamos firme la fe que profesamos. No tenemos un Sumo Pontífice que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas; antes bien, fue probado en todo, a semejanza nuestra, fuera del pecado4.

Esta ofrenda interior de Jesús da significado pleno a todos los elementos externos de su sacrificio voluntario: la crucifixión, el expolio, los insultos...

El Sacrificio de la Cruz es único. Sacerdote y Víctima son una sola y la misma divina persona: el Hijo de Dios encarnado. Jesús no fue ofrecido al Padre por Pilato o por Caifás, o por la multitud congregada a sus pies. Él fue quien se entregó a Sí mismo. En todo momento de su vida terrena, Jesús vivió en una perfecta identificación con la voluntad del Padre, pero es en el Calvario donde la entrega del Hijo alcanza su expresión suprema.

Nosotros, que queremos imitar a Jesús, que solo deseamos que nuestra vida sea reflejo de la suya, debemos preguntarnos en nuestra oración de hoy si sabemos unirnos al ofrecimiento de Jesús al Padre, con la aceptación de la voluntad de Dios, en cada momento, en las alegrías y en las contrariedades, en las cosas que ocupan cada día nuestro, en los momentos más difíciles, como puede ser el fracaso, el dolor o la enfermedad, y en los momentos fáciles en que sentimos al alma llena de gozo.

«Madre y Señora mía, enséñame a pronunciar un sí que, como el tuyo, se identifique con el clamor de Jesús ante su Padre: non mea voluntas... (Lc 22, 42): no se haga mi voluntad, sino la de Dios»5.

II. Para meditar hoy sobre la unidad que existe entre el Sacrificio de la Cruz y la Santa Misa, fijemos nuestra atención en la oblación interior que Cristo hace de Sí mismo, con una total entrega y sumisión amorosa a su Padre. La Santa Misa y el Sacrificio de la Cruz son el mismo y único sacrificio, aunque estén separados en el tiempo; se vuelve a hacer presente, no las circunstancias dolorosas y cruentas del Calvario, sino la total sumisión amorosa de Nuestro Señor a la voluntad del Padre. Ese ofrecimiento interno de Sí mismo es idéntico en el Calvario y en la Misa: es la oblación de Cristo. Es el mismo Sacerdote, la misma Víctima, la misma oblación y sumisión a la voluntad de Dios Padre; cambia la manifestación externa de esta misma entrega: en el Calvario, a través de la Pasión y Muerte de Jesús; en la Misa, por la separación sacramental, no cruenta, del Cuerpo y de la Sangre de Cristo mediante la transustanciación del pan y del vino.

El sacerdote en la Misa es únicamente el instrumento de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Cristo se ofrece a Sí mismo en cada una de las Misas del mismo modo que lo hizo en el Calvario, aunque ahora lo hace a través de un sacerdote, que actúa in persona Christi. Por eso «toda Misa, aunque sea celebrada privadamente por un sacerdote, no es acción privada, sino acción de Cristo y de la Iglesia, la cual, en el sacrificio que ofrece, aprende a ofrecerse a sí misma como sacrificio universal, y aplica a la salvación del mundo entero la única e infinita virtud redentora del sacrificio de la Cruz»6.

El mismo Cristo, en cada Misa, se ofrece manifestando la amorosa entrega a su Padre celestial, expresada ahora por la Consagración del pan y, separadamente, la Consagración del vino. Este es el momento culminante –la esencia, el núcleo– de la Santa Misa.

Nuestra oración de hoy es buen momento para examinar cómo asistimos y participamos en la Santa Misa. «¿Estáis allí con las mismas disposiciones con que la Virgen Santísima estaba en el Calvario, tratándose de la presencia de un mismo Dios y de la consumación de igual sacrificio?»7. Amor, identificación plena con la voluntad de Dios, ofrecimiento de sí mismo, afán corredentor.

III. El Sacrificio de la Misa, al ser esencialmente idéntico al Sacrificio de la Cruz, tiene un valor infinito. En cada Misa se ofrece a Dios Padre una adoración, acción de gracias y reparación infinitas, independientemente de las disposiciones concretas de quienes asisten y del celebrante, porque Cristo es el Oferente principal y la Víctima que se ofrece. Resulta, por tanto, que no existe un modo más perfecto de adorar a Dios que el ofrecimiento de la Misa, en la cual su Hijo Jesucristo es ofrecido como Víctima, actuando Él mismo como Sumo Sacerdote.

No hay tampoco un modo más perfecto de dar gracias a Dios por todo lo que es y por sus continuas misericordias para con nosotros: nada en la tierra puede resultar más grato a Dios que el Sacrificio del altar. Cada vez que se celebra la Santa Misa, a causa de la infinita dignidad del Sacerdote y de la Víctima, se repara por todos los pecados del mundo: se trata de la única perfecta y adecuada reparación, a la que debemos unir nuestros actos de desagravio. Es el único sacrificio adecuado que podemos ofrecer los hombres, y a través de él pueden cobrar un valor infinito nuestro quehacer diario, nuestro dolor y nuestras alegrías. La Santa Misa «es realmente el corazón y el centro del mundo cristiano»8. En este Santo Sacrificio «está grabado lo que de más profundo tiene la vida de cada uno de los hombres: la vida del padre, de la madre, del niño, del anciano, del muchacho y de la muchacha, del profesor y del estudiante, del hombre culto y del hombre sencillo, de la religiosa y del sacerdote. De cada uno sin excepción. He aquí que la vida del hombre se inserta, mediante la Eucaristía, en el misterio del Dios viviente»9.

Los frutos de cada Misa son infinitos, pero en nosotros se encuentran condicionados por nuestras personales disposiciones y, por ello, limitados.

Nuestra Madre la Iglesia nos invita a participar en el acto más sublime que cada día ocurre, de una forma consciente, activa y piadosa10. De un modo particular hemos de procurar estar atentos y recogidos en el momento de la Consagración; en estos instantes procuraremos penetrar en el alma de quien es a la vez Sacerdote y Víctima, en su amorosa oblación a Dios Padre, como ocurrió en el Calvario. Este Sacrificio será entonces el punto central de nuestra vida diaria, como lo es de toda la liturgia y de la vida de la Iglesia. Nuestra unión con Cristo en el momento de la Consagración será más plena cuanto más lo sea nuestra identificación con la voluntad de Dios, cuanto mayores sean nuestras disposiciones de entrega. En unión con el Hijo ofrecemos al Padre la Santa Misa, y al propio tiempo nos ofrecemos nosotros mismos por Él, con Él y en Él. Este acto de unión debe ser tan profundo y verdadero que penetre todo nuestro día e influya decisivamente en nuestro trabajo, en nuestras relaciones con los demás, en nuestras alegrías y fracasos, en todo.

Si cuando llegue la Comunión Jesús nos encuentra con estas disposiciones de entrega, de identificación amorosa con la voluntad de Dios Padre, ¿qué otra cosa hará sino derramar en nosotros el Espíritu Santo, con todos sus dones y gracias? Tenemos muchas ayudas para vivir bien la Santa Misa. Entre otras, la de los ángeles, que «siempre están allí presentes en gran número para honrar este santo misterio. Juntándonos a ellos y con la misma intención, forzosamente hemos de recibir muchas influencias favorables de esta compañía. Los coros de la Iglesia militante se unen y se juntan con Nuestro Señor, en este divino acto, para cautivar en Él, con Él y por Él, el corazón de Dios Padre, y para hacer eternamente nuestra su misericordia»11. Acudamos a ellos para evitar las distracciones, y esforcémonos en cuidar con más amor ese rato único en el que estamos participando del Sacrificio de la Cruz.

1 Jn 3, 16. — 2 Gal 2, 20. — 3 Lc 23, 46. — 4 Heb 4, 14-15. — 5 San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, IV, 1.  6 Pablo VI, Enc. Mysterium Fidei, 3-IX-1965, n. 4. — 7 Santo Cura de Ars, Sermón sobre el pecado. — 8 Juan Pablo II, Homilía en el Seminario de Venegono, 21-V-1983. — 9 ídem, Homilía en la clausura del XX Congreso Eucarístico Nac. de Italia, 22-V-1983. — 10 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 48 y 11.  11 San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, Barcelona 1960, p. 97.

 

 

“¡Dios y audacia!”

No seáis almas de vía estrecha, hombres o mujeres menores de edad, cortos de vista, incapaces de abarcar nuestro horizonte sobrenatural cristiano de hijos de Dios. ¡Dios y audacia! (Surco, 96)

18 de marzo

A lo largo de los años, se presentarán -quizá antes de lo que pensamos- situaciones particularmente costosas, que exigirán mucho espíritu de sacrificio y un mayor olvido de sí mismo. Fomenta entonces la virtud de la esperanza y, con audacia, haz tuyo el grito del Apóstol: en verdad, yo estoy persuadido de que los sufrimientos de la vida presente no son de comparar con aquella gloria venidera que se ha de manifestar en nosotros; medita con seguridad y con paz: ¡qué será el Amor infinito de Dios vertido sobre esta pobre criatura! 

Ha llegado la hora, en medio de tus ocupaciones ordinarias, de ejercitar la fe, de despertar la esperanza, de avivar el amor; es decir, de activar las tres virtudes teologales, que nos impulsan a desterrar enseguida, sin disimulos, sin tapujos, sin rodeos, los equívocos en nuestra conducta profesional y en nuestra vida interior. (Amigos de Dios, 71)

 

 

«El Espíritu Santo atrae a Cristo en nuestros corazones»

El Papa Francisco ha recordado que “sin el Espíritu Santo no es posible relacionarnos con Cristo y con Dios Padre”. A través de la gracia, ha continuado, “el Espíritu Santo nos transforma y nos hace experimentar la alegría de sabernos amados y habitados por Dios”.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA17/03/2021

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy completamos la catequesis sobre la oración como relación con la Santísima Trinidad, en particular con el Espíritu Santo.

El primer don de toda existencia cristiana es el Espíritu Santo. No es uno de los muchos dones, sino el Don fundamental. El Espíritu es el don que Jesús había prometido enviarnos.

Sin el Espíritu no hay relación con Cristo y con el Padre. Porque el Espíritu abre nuestro corazón a la presencia de Dios y lo atrae a ese “torbellino” de amor que es el corazón mismo de Dios. Nosotros no somos solo huéspedes y peregrinos en el camino en esta tierra, somos también huéspedes y peregrinos en el misterio de la Trinidad. Somos como Abrahán, que un día, acogiendo en su tienda a tres viajeros, encontró a Dios. Si podemos en verdad invocar a Dios llamándolo “Abbà - Papá”, es porque en nosotros habita el Espíritu Santo; es Él quien nos transforma en lo profundo y nos hace experimentar la alegría conmovedora de ser amados por Dios como verdaderos hijos.

EL ESPÍRITU ABRE NUESTRO CORAZÓN A LA PRESENCIA DE DIOS Y LO ATRAE A ESE “TORBELLINO” DE AMOR QUE ES EL CORAZÓN MISMO DE DIOS

Todo el trabajo espiritual dentro de nosotros hacia Dios lo hace el Espíritu Santo, este don. Trabaja en nosotros para llevar adelante nuestra vida cristiana hacia el Padre, con Jesús.

El Catecismo, al respecto, dice: «Cada vez que en la oración nos dirigimos a Jesús, es el Espíritu Santo quien, con su gracia preveniente, nos atrae al camino de la oración. Puesto que Él nos enseña a orar recordándonos a Cristo, ¿cómo no dirigirnos también a él orando?

Por eso, la Iglesia nos invita a implorar todos los días al Espíritu Santo, especialmente al comenzar y al terminar cualquier acción importante» (n. 2670). Esta es la obra del Espíritu en nosotros. Él nos “recuerda” a Jesús y lo hace presente en nosotros —podemos decir que es nuestra memoria trinitaria, es la memoria de Dios en nosotros— y lo hace presente en Jesús, para que no se reduzca a un personaje del pasado: es decir, el Espíritu trae al presente a Jesús en nuestra conciencia.

Si Cristo estuviera tan solo lejano en el tiempo, nosotros estaríamos solos y perdidos en el mundo. Sí, recordaremos a Jesús, allí, lejano, pero es el Espíritu que lo trae hoy, ahora, en este momento en nuestro corazón.

PERO EN EL ESPÍRITU TODO ES VIVIFICADO: A LOS CRISTIANOS DE TODO TIEMPO Y LUGAR SE LES ABRE LA POSIBILIDAD DE ENCONTRAR A CRISTO

Pero en el Espíritu todo es vivificado: a los cristianos de todo tiempo y lugar se les abre la posibilidad de encontrar a Cristo. Está abierta la posibilidad de encontrar a Cristo no solamente como un personaje histórico. No: Él atrae a Cristo en nuestros corazones, es el Espíritu quien nos hace encontrarnos con Cristo. Él no está distante, el Espíritu está con nosotros: Jesús todavía educa a sus discípulos transformando su corazón, como hizo con Pedro, con Pablo, con María Magdalena, con todos los apóstoles. ¿Pero por qué está presente Jesús? Porque es el Espíritu quien lo trae en nosotros.

Es la experiencia que han vivido muchos orantes: hombres y mujeres que el Espíritu Santo ha formado según la “medida” de Cristo, en la misericordia, en el servicio, en la oración, en la catequesis… Es una gracia poder encontrar personas así: nos damos cuenta que en ellos late una vida diferente, su mirada ve “más allá”.

No pensemos solo en los monjes, los eremitas; se encuentran también entre la gente común, gente que ha tejido una larga vida de diálogo con Dios, a veces de lucha interior, que purifica la fe. Estos testigos humildes han buscado a Dios en el Evangelio, en la Eucaristía recibida y adorada, en el rostro del hermano en dificultad, y custodian su presencia como un fuego secreto.

SIN EL FUEGO DEL ESPÍRITU LAS PROFECÍAS SE APAGAN, LA TRISTEZA SUPLANTA LA ALEGRÍA

La primera tarea de los cristianos es precisamente mantener vivo este fuego, que Jesús ha traído a la tierra (cf. Lc 12,49), ¿y cuál es este fuego? Es el amor, el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Sin el fuego del Espíritu las profecías se apagan, la tristeza suplanta la alegría, la costumbre sustituye al amor, el servicio se transforma en esclavitud. Viene a la mente la imagen de la lámpara encendida junto al tabernáculo, donde se conserva la Eucaristía. También cuando la iglesia se vacía y cae la noche, también cuando la iglesia está cerrada, esa lámpara permanece encendida, continúa ardiendo: no la ve nadie, pero arde ante el Señor. Así es el Espíritu en nuestro corazón, está siempre presente como esa lámpara.

Encontramos también escrito en el Catecismo: «El Espíritu Santo, cuya unción impregna todo nuestro ser, es el Maestro interior de la oración cristiana. Es el artífice de la tradición viva de la oración. Ciertamente hay tantos caminos en la oración como orantes, pero es el mismo Espíritu el que actúa en todos y con todos. En la comunión en el Espíritu Santo la oración cristiana es oración en la Iglesia» (n. 2672).

Muchas veces sucede que nosotros no rezamos, no tenemos ganas de rezar o muchas veces rezamos como loros con la boca pero el corazón está lejos. Este es el momento de decir al Espíritu: “Ven, ven Espíritu Santo, calienta mi corazón. Ven y enséñame a rezar, enséñame a mirar al Padre, a mirar al Hijo. Enséñame cómo es el camino de la fe. Enséñame cómo amar y sobre todo enséñame a tener una actitud de esperanza”. Se trata de llamar al Espíritu continuamente para que esté presente en nuestras vidas.

SE TRATA DE LLAMAR AL ESPÍRITU CONTINUAMENTE PARA QUE ESTÉ PRESENTE EN NUESTRAS VIDAS

Es por tanto el Espíritu quien escribe la historia de la Iglesia y del mundo. Nosotros somos páginas abiertas, disponibles a recibir su caligrafía. Y en cada uno de nosotros el Espíritu compone obras originales, porque no habrá nunca un cristiano completamente idéntico a otro.

En el campo infinito de la santidad, el único Dios, Trinidad de Amor, hace florecer la variedad de los testigos: todos iguales por dignidad, pero también únicos en la belleza que el Espíritu ha querido que se irradiase en cada uno de aquellos que la misericordia de Dios ha hecho sus hijos. No lo olvidemos, el Espíritu está presente, está presente en nosotros. Escuchemos al Espíritu, llamemos al Espíritu —es el don, el regalo que Dios nos ha hecho— y digámosle: “Espíritu Santo, yo no sé cómo es tu rostro – no lo conocemos - pero sé que tú eres la fuerza, que tú eres la luz, que tú eres capaz de hacerme ir adelante y de enseñarme cómo rezar. Ven Espíritu Santo”. Una bonita oración esta: “Ven, Espíritu Santo”.


Algunos recursos relacionados con la catequesis del papa Francisco sobre la oración

• La Santísima Trinidad (Tema 5 de Resúmenes de fe cristiana).

• ¿Creo en Dios, Uno y Trino? (Preguntas de fe cristiana).

• ¿Qué es la oración?, ¿cómo se hace?, ¿Dios escucha y responde? (de la serie Preguntas sobre la fe cristiana)

• «Dejé de rezar porque no se cumplía nada de lo que pedía» (Historia de “Regreso a Ítaca”, volver a creer a los 50)

• «Aquella primera oración de hijo de Dios» (de la serie Nuevos Mediterráneos)

• Serie Conocerle y conocerte sobre la oración.

• Meditación del prelado del Opus Dei sobre la oración (15 min.)

 

En la fiesta de San José

El 19 de marzo la Iglesia celebra la fiesta del Santo Patriarca, patrono de la Iglesia y de la Obra, fecha en la que en el Opus Dei renovamos el compromiso de amor que nos une al Señor.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA15/03/2021

Opus Dei - En la fiesta de San José

San José. Fuente: Cathopic.

“San José es realmente Padre y Señor —afirma el fundador del Opus Dei—, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre”.


Textos y audios sobre San José

• Homilía de san Josemaría: En el taller de José (texto y audio)

• Libro electrónico ‘Con corazón de padre’ (‘Patris corde’).

• San José, en palabras de san Josemaría. Como preparación a la fiesta del 19 de marzo, y dentro del marco del Año de san José convocado por el Papa Francisco, publicamos un audio que recoge distintas intervenciones de san Josemaría, en encuentros con personas de América y España.

 

• Rezar con el beato Álvaro del Portillo: en la fiesta de san José y Responder con alegría al querer de Dios.

• Audio del prelado (19 marzo 2020): San José y la seguridad de lo imposible. Meditación predicada en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz.


Textos para meditar sobre la fiesta de San José

 

Imagen de la Sagrada Familia, del retablo del Santuario de Torreciudad (Huesca, España).

Imagen de la Sagrada Familia, del retablo del Santuario de Torreciudad (Huesca, España).

 

• Exhortación Redemptoris Custos, sobre la figura y la misión de San José en la vida de Cristo y de la Iglesia. (San Juan Pablo II, 15 de agosto de 1989)

• Una fidelidad que se renueva: La fiesta de San José pone ante nuestra mirada la belleza de una vida fiel. José se fiaba de Dios: por eso pudo ser su hombre de confianza en la tierra para cuidar de María y de Jesús, y es desde el cielo un padre bueno que cuida de nuestra fidelidad.

• ¿Qué tiene de grande alguien tan corriente como san José?

• Aprender a ser fiel: La fidelidad a una persona, a un amor, a una vocación, es un camino en el que se alternan momentos de felicidad con periodos de oscuridad y duda.

• Relato sobre un episodio de la vida de San Josemaría que acrecentó su devoción al Santo Patriarca (marzo de 1935).

• Oraciones a san José. Oraciones a san José mencionadas en ‘Patris corde’ (‘Con corazón de padre’) y en el decreto con el que se concede el don de indulgencias especiales con ocasión del Año de San José.


Vídeos sobre San José

• En la fiesta de San José: San Josemaría habla en este vídeo sobre la devoción al Santo Patriarca. El Fundador del Opus Dei tenía una gran devoción a San José, y se conmovía ante las muestras populares de ese cariño al padre adoptivo de Jesús, tan extendido en todo el pueblo cristiano.

 

• Devoción del Papa Francisco a San José: “Yo quisiera también decirles una cosa muy personal. Yo quiero mucho a san José. Porque es un hombre fuerte y de silencio. Y tengo en mi escritorio tengo una imagen de san José durmiendo. Y durmiendo cuida a la Iglesia. Sí, puede hacerlo. Nosotros no. Y cuando tengo un problema, una dificultad, yo escribo un papelito y lo pongo debajo de san José para que lo sueñe. Esto significa para que rece por ese problema”.

 

Algo grande y que sea amor¿Cómo se descubre la vocación?

Hay tantas historias de vocación como personas. En este editorial se muestran algunos de los hitos más frecuentes en ese camino por el que se obtiene la convicción acerca de la propia vocación.

VOCACIÓN31/01/2019

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El sol se ha puesto en Judea. Un inquieto Nicodemo acude a Jesús. Busca respuestas a lo que bulle en su interior. La llama de una lámpara esculpe sus rostros. El diálogo que sigue entre susurros está lleno de misterio. Las respuestas del Nazareno a sus preguntas le dejan perplejo. Jesús le advierte: «El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu» (Jn 3,8). La vocación, toda vocación, es un misterio, y su descubrimiento, un don del Espíritu.

Dice el libro de los Proverbios: «Tres cosas hay que me maravillan y cuatro que ignoro: el camino del águila por los cielos, el camino de la serpiente por la roca, el camino de la nave por el mar y el camino del varón por la doncella» (Pr 30,18-19). Con más razón aún, ¿quién, sin la ayuda de Dios, podría seguir el rastro de la gracia en un alma, identificar su propósito y descubrir el sentido y destino de una vida? ¿Quién, sin estar guiado por los dones del Espíritu Santo, sería capaz de saber «de dónde viene y adónde va» ese soplo divino en el alma, muchas veces audible en forma de anhelos, incertidumbres, presagios y promesas? Es algo que nos supera totalmente. Por eso, lo primero que necesitamos para vislumbrar nuestra llamada personal es humildad: ponernos de rodillas ante lo inefable, abrir nuestro corazón a la acción del Espíritu Santo, que siempre puede sorprendernos.

¿CUÁNTOS CAMINOS HAY PARA LLEGAR A DIOS? TANTOS COMO HOMBRES (CARDENAL RATZINGER)

Para descubrir la propia vocación, o para ayudar a alguien a hacerlo, no es posible, por tanto, «ofrecer fórmulas prefabricadas, ni métodos o reglamentos rígidos»[1]. Sería como intentar «poner raíles a la acción siempre original del Espíritu Santo»[2], que sopla donde quiere. En una ocasión, preguntaron al cardenal Ratzinger: «¿cuántos caminos hay para llegar a Dios?». Con desconcertante sencillez, respondió: «tantos como hombres»[3]. Hay tantas historias de vocación como personas. En estas páginas mostraremos, para ayudar a reconocerlos, algunos de los hitos más frecuentes en ese camino por el que se obtiene la convicción acerca de la propia vocación.

 

Inquietud de corazón

Nicodemo percibe una inquietud en su corazón. Ha oído predicar a Jesús, y se ha conmovido. Sin embargo, algunas de sus enseñanzas le escandalizan. Ha presenciado con asombro sus milagros, sí, pero le inquieta la autoridad con que Jesús expulsa a los mercaderes del Templo, al que llama «la casa de mi Padre» (cfr. Jn 2,16). ¿Quién se atreve a hablar así? Por otra parte, en su interior apenas puede reprimir una secreta esperanza: ¿Será este el Mesías? Pero aún está lleno de incertidumbres y dudas. No acaba de dar el paso de seguir abiertamente a Jesús, aunque busca respuestas. Y por eso acude a Él de noche: «Rabbí, sabemos que has venido de parte de Dios como Maestro, pues nadie puede hacer los prodigios que tú haces si Dios no está con él» (Jn 3,2). Nicodemo está inquieto.

Lo mismo ocurre con otros personajes del Evangelio, como aquel joven que se acerca un día corriendo a Jesús y le pregunta: « Maestro, ¿qué obra buena debo hacer para alcanzar la vida eterna?» (Mt 19,16). Está insatisfecho. Tiene el corazón inquieto. Piensa que es capaz de más. Jesús le confirmará que su búsqueda tiene fundamento: «Una cosa te falta…» (Mc 10,21). Podemos pensar también en los apóstoles Andrés y Juan. Jesús, viendo que le seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?» (Jn 1,38). Unos y otros eran «buscadores»: estaban a la espera de un acontecimiento maravilloso que cambiara sus vidas y las llenara de aventura. Tenían el alma abierta y hambrienta, llena de sueños, anhelos y deseos. Inquieta.

En una ocasión un joven le preguntó a san Josemaría cómo se sentía la vocación a la Obra. Su respuesta fue: «No es cosa de sentimiento, hijo mío, aunque uno se da cuenta de cuándo el Señor llama. Se está inquieto. Se nota una insatisfacción… ¡No estás contento de ti mismo!»[4]. Con frecuencia, en el proceso de búsqueda de la propia vocación, todo empieza con esta inquietud de corazón.

Una presencia amorosa

Pero ¿en qué consiste esa inquietud? ¿De dónde viene? Al relatar la escena del joven que se acerca al Señor, san Marcos dice que Jesús, mirándolo, lo amó (Mc 10,21). Así hace también con nosotros: de algún modo, percibimos en nuestra alma la presencia de un amor de predilección que nos escoge para una misión única. Dios se hace presente en nuestro corazón, y busca el encuentro, la comunión. Sin embargo, esa meta aún está por alcanzar, y de ahí nuestra inquietud.

LA LLAMADA ATRAE, A LA VEZ QUE PRODUCE RECHAZO; IMPULSA A ABANDONARSE EN EL AMOR, A LA VEZ QUE ASUSTA EL RIESGO DE LA LIBERTAD

Esta presencia amorosa de Dios en el alma puede manifestarse de distintos modos: anhelos de una mayor intimidad con el Señor; ilusión de saciar con mi vida la sed de Dios de las almas; deseos de hacer crecer la Iglesia, familia de Dios en el mundo; añoranza de una vida en la que verdaderamente rindan los talentos recibidos; el sueño de aliviar tanto sufrimiento en todas partes; la conciencia de ser un agraciado: «¿Por qué yo tanto y otros tan poco?».

La llamada de Dios puede revelarse también en sucesos aparentemente fortuitos, que remueven interiormente y dejan como un rastro de su paso. Al contemplar su propia vida, explicaba san Josemaría: «El Señor me fue preparando a pesar mío, con cosas aparentemente inocentes, de las que se valía para meter en mi alma esa inquietud divina. Por eso he entendido muy bien aquel amor tan humano y tan divino de Teresa del Niño Jesús, que se conmueve cuando por las páginas de un libro asoma una estampa con la mano herida del Redentor. También a mí me han sucedido cosas de este estilo, que me removieron»[5].

Otras veces, esa presencia amorosa se descubre a través de personas o modos de vivir el Evangelio que han dejado la huella de Dios en nuestra alma. Porque, aunque a veces es un acontecimiento o un encuentro inesperado el que nos cambia la vida, es muy habitual que nuestra llamada tome forma a partir de lo que hemos vivido hasta ese momento. Por último, en ocasiones son algunas palabras de la Sagrada Escritura las que hieren el alma, anidan en su interior y resuenan dulcemente, quizá incluso para acompañarle a uno a lo largo de la vida. Así le sucedió por ejemplo a Santa Teresa de Calcuta con una de las palabras de Jesús en la Cruz: «Tengo sed» (Jn 19,28); o a san Francisco Javier, para quien fue decisiva esta pregunta: «¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?» (Mt 16,26).

Pero quizá lo más característico de esa inquietud de corazón es que toma la forma de lo que podríamos llamar una simpatía antipática. Con palabras de san Pablo VI, la llamada de Dios se presenta como «una voz inquietante y tranquilizante a un tiempo, una voz dulce e imperiosa, una voz molesta y a la vez amorosa»[6]. La llamada nos atrae a la vez que nos produce rechazo; nos impulsa a abandonarnos en el amor, a la vez que nos asusta el riesgo de la libertad: «Nos resistimos a decir que sí al Señor, se quiere y no se quiere»[7].

Unir los puntos en la oración

Nicodemo acude a Jesús empujado por su inquietud. La figura amable del Señor ya está presente en su corazón: ya ha empezado a amarle, pero necesita encontrarse con Él. En el diálogo que sigue, el Maestro le descubre nuevos horizontes: «en verdad te digo que si uno no nace de lo alto no puede ver el Reino de Dios», y le invita a una vida nueva, a un nuevo comienzo; a nacer «del agua y del Espíritu» (Jn 3,5). Nicodemo no comprende, y pregunta con sencillez: ¿y eso cómo puede ser? (cfr. Jn 3,9). En ese encuentro cara a cara con Jesús, poco a poco, irá cobrando forma una respuesta acerca de quién es él para Jesús, y quién debería ser Jesús para él.

Para que la inquietud de corazón adquiera un significado relevante en el discernimiento de la propia vocación, debe ser leída, valorada e interpretada en la oración, en el diálogo con Dios: «¿Por qué sucede esto ahora, Señor? ¿Qué me quieres decir? ¿Para qué estos anhelos e inclinaciones en mi corazón? ¿Por qué esto me inquieta a mí y no a quienes me rodean? ¿Por qué me amas tanto? ¿Cómo hacer el mejor uso de estos dones que me has dado?». Solo con esta disposición habitual de oración se vislumbra el cuidado amoroso de Dios ­—su Providencia— en los sucesos de nuestra vida, en las personas que hemos ido encontrando, incluso en el modo en que se ha ido moldeando nuestro carácter, con sus gustos y aptitudes. Es como si Dios, a lo largo del camino, nos hubiera ido poniendo unos puntos que, solo ahora, al unirlos en la oración, van cobrando la forma de un dibujo reconocible.

LO PRIMERO Y FUNDAMENTAL ES ACERCARSE A JESÚS EN LA ORACIÓN, Y APRENDER A MIRAR CON SUS OJOS LA PROPIA VIDA

Benedicto XVI lo explicaba así: «El secreto de la vocación está en la relación con Dios, en la oración que crece justamente en el silencio interior, en la capacidad de escuchar que Dios está cerca. Y esto es verdad tanto antes de la elección, o sea, en el momento de decidir y partir, como después, si se quiere perseverar y ser fiel en el camino»[8]. Por eso, para quien se pregunte por su vocación, lo primero y fundamental es acercarse a Jesús en la oración, y aprender a mirar con sus ojos la propia vida. Le pasará quizá como a aquel ciego a quien Jesús unta con saliva en los ojos: al principio ve borroso; los hombres le parecen como árboles andantes. Pero deja que el Señor insista aún, y acaba viendo ya todo con claridad (cfr. Mc 8,22-25).

El detonante

Dos años más tarde de aquel encuentro nocturno con Jesús tendrá lugar un acontecimiento que obligará a Nicodemo a tomar una posición definida, y a darse a conocer abiertamente como discípulo del Señor. Instigado por los príncipes de los sacerdotes y los fariseos, Pilato crucifica a Jesús de Nazaret. José de Arimatea consigue el permiso para retirar su cuerpo y sepultarlo. Y escribe san Juan: «Nicodemo, el que había ido antes a Jesús de noche, fue también» (Jn 19,39). La Cruz del Señor, el abandono de sus discípulos, y quizás el ejemplo de fidelidad de José de Arimatea, interpelan personalmente a Nicodemo y le obligan a tomar una decisión: «Otros hacen esto; yo ¿qué voy a hacer con Jesús?».

Un detonante es una pequeña cantidad de explosivo, más sensible y menos potente, que se inicia por medio de una mecha o una chispa eléctrica, y hace estallar así la masa principal de explosivo, menos sensible, pero más potente. En el proceso de búsqueda de la propia vocación es frecuente que exista un acontecimiento que, como un detonante, actúe sobre todas las inquietudes del corazón, y les haga cobrar un sentido preciso, señalando un camino e impulsando a seguirlo. Este acontecimiento puede ser de muy diverso tipo, y su carga emocional puede tener mayor o menor entidad. Lo importante, igual que sucede con la inquietud de corazón, es que sea leído e interpretado en la oración.

El detonante puede ser una moción divina en el alma, o el encuentro inesperado con lo sobrenatural, como lo que sucedió al Papa Francisco cuando rondaba los 17 años. Era un día de septiembre, y se preparaba para salir a festejar con sus compañeros. Pero decidió pasar antes un momento por su parroquia. Cuando llegó, se encontró con un sacerdote que no conocía; le impresionó su recogimiento, por lo que decidió confesarse con él. «En esa confesión me pasó algo raro, no sé qué fue, pero me cambió la vida; yo diría que me sorprendieron con la guardia baja», evocaba a la vuelta de medio siglo. Y lo interpretaba así: «Fue la sorpresa, el estupor de un encuentro; me di cuenta de que me estaban esperando. Desde ese momento, para mí Dios es el que te primerea. Uno lo está buscando, pero Él te busca primero»[9].

Otras veces, el detonante será el ejemplo de entrega de un amigo cercano: «mi amigo se ha entregado a Dios, ¿y yo qué?»; o su invitación amable a acompañarle en un camino concreto: aquel «ven y verás» (Jn 1,46) de Felipe a Natanael. Incluso podría ser un suceso aparentemente trivial pero cargado de significación para quien ya tiene la inquietud en el corazón. Dios sabe cómo servirse de hasta muy pequeñas cosas para removernos el alma. Así le sucedió a san Josemaría cuando, en medio de la nieve, le salió al encuentro el Amor de Dios.

Con frecuencia, sin embargo, más que de una detonación se trata de una decantación, que se produce sencillamente en la maduración paulatina de la fe y el amor, a través de la oración. Poco a poco, casi sin darse uno cuenta, con la luz de Dios, se alcanza una certeza moral acerca de la vocación personal, y se toma esa decisión, con el impulso de la gracia. El beato John Henry Newman describía magistralmente este proceso, rememorando su conversión: «La certeza es instantánea, se da en un momento concreto; la duda, en cambio, es un proceso. Yo, todavía, no andaba cerca de la certeza. La certeza es una acción refleja: es saber que uno sabe. Y eso es algo que no tuve hasta poco antes de mi conversión. Pero (...) ¿quién puede decir el momento exacto en que la idea que uno tiene, como los platillos de la balanza, empieza a cambiar, y lo que era mayor probabilidad a favor de un lado empieza a ser duda?»[10]. Este proceso por decantación, en el que se llega a madurar una decisión de entrega poco a poco y sin sobresaltos, es en realidad de ordinario mucho más seguro que el provocado por el fulgurante relámpago de una señal externa, que fácilmente puede deslumbrarnos y confundirnos.

En cualquier caso, al darse ese punto de inflexión no solo se clarifica nuestra mirada: también nuestra voluntad se ve movida a abrazar ese camino. Por eso, San Josemaría pudo escribir: «Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso»[11]. La llamada es luz e impulso. Luz en nuestra inteligencia, iluminada por la fe, para leer nuestra vida; impulso en nuestro corazón, encendido en amor de Dios, para desear seguir la invitación del Señor, aunque sea con aquella simpatía antipática propia de las cosas de Dios. Por eso, conviene que cada uno pida «no solo luz para ver su camino, sino también fuerza para querer unirse a la voluntad divina»[12].

La ayuda de la dirección espiritual

No sabemos si Nicodemo consultó a otros discípulos, antes o después de ir a ver a Jesús. Quizá fuera el propio José de Arimatea quien le animara a seguir abiertamente a Jesús, sin miedo a los demás fariseos. De este modo, le habría llevado hacia su encuentro definitivo con Jesús. Precisamente en eso consiste el acompañamiento o dirección espiritual: en poder contar con el consejo de alguien que camina con nosotros; alguien que procura vivir en sintonía con Dios, que nos conoce y nos quiere bien.

Es verdad que la llamada siempre es algo entre Dios y yo. Nadie puede ver la vocación por mí. Nadie puede decidirse por mí. Dios se dirige a mí, me invita a mí, y me da la libertad de responder, y su gracia para hacerlo… a mí. Sin embargo, en este proceso de discernimiento y decisión es una gran ayuda contar con un guía experto; entre otras cosas, para confirmar que poseo las aptitudes objetivas necesarias de cara a emprender ese camino, y para asegurar la rectitud de mi intención al tomar la decisión de entrega a Dios. Por otra parte, como dice el Catecismo, un buen director espiritual puede convertirse en un maestro de oración[13]: alguien que nos ayuda a leer, madurar e interpretar las inquietudes del corazón, las inclinaciones y los acontecimientos en nuestra oración. También en este sentido, su labor ayudará a clarificar la propia llamada. Se trata, en fin, de alguien que quizá podrá decirnos un día, como san Juan a san Pedro, al divisar a lo lejos a aquel hombre que les hablaba desde la orilla: «Es el Señor» (Jn 21,7).

"¿CÓMO SE NOTA LA LLAMADA DIVINA? ES UNA VISIÓN NUEVA DE LA VIDA, COMO SI SE ENCENDIERA UNA LUZ" (SAN JOSEMARÍA)

En todo caso, el discernimiento es en buena medida un camino personal; y así es también la decisión última. El mismo Dios nos deja libres. Incluso tras el detonante. Por eso, pasado el instante inicial, es fácil que vuelvan a surgir las dudas. Dios no deja de acompañarnos, pero se queda a cierta distancia. Es cierto que Él lo ha hecho todo, y lo seguirá haciendo, pero ahora quiere que demos el último paso con plena libertad, con la libertad del amor. No quiere esclavos, quiere hijos. Y por eso, ocupa un lugar discreto, sin imponerse a la conciencia, casi podríamos decir de «observador». Nos contempla y espera paciente y humildemente nuestra decisión.

***

«Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo» (Lc 1,31-32). En el instante de silencio que siguió al anuncio del Arcángel San Gabriel, el mundo entero parecía contener la respiración. El mensaje divino había sido entregado. La voz de Dios se había dejado oír durante años en el corazón de la Virgen. Pero ahora, Dios callaba. Y esperaba. Todo dependía de la libre respuesta de aquella doncella de Nazaret. «Dijo entonces María: —He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Años más tarde, al pie de la Cruz, santa María recibiría de las manos de Nicodemo el cuerpo muerto de su Hijo. Qué impresión dejaría en este discípulo recién llegado ver cómo, en medio de ese dolor inmenso, la Madre de Jesús aceptaba y amaba una vez más los caminos de Dios: «Hágase en mí según tu palabra». ¿Cómo no darlo todo por un amor tan grande?

José Brage


[1] San Josemaría, Carta 6.V.1945, n. 42.

[2] Ibidem.

[3] J. Ratzinger, La sal de la tierra, Palabra, Madrid 1997, p. 36.

[4] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, Crónica, 1974, vol. I, p. 529.

[5] En diálogo con el Señor, edición crítico-histórica, Rialp, Madrid 2017, p. 199.

[6] San Pablo VI, Homilía, 14-X-1968.

[7] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, Crónica, 1972, p. 460.

[8] Benedicto XVI, Encuentro con los jóvenes en Sulmona, 4-VII-2010.

[9] S. Rubin y F. Ambrogetti, El Papa Francisco. Conversaciones con Jorge Bergoglio, Ediciones B, Barcelona, 2013, p. 48.

[10] Beato J.H. Newman, Apología pro vita sua, Ciudadela, Madrid 2010, p. 215.

[11] Carta 9-I-1932, citado en El Opus Dei en la Iglesia, Rialp, Madrid 1993, p. 148.

[12] F. Ocáriz, «Luz para ver, fuerza para querer», ABC, 18-IX-2018. Disponible aquí.

[13] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2690.

 

Algo grande y que sea amor : la vocación matrimonial

Dios bendice la normalidad de la vida familiar y quiere habitar en ella. Un paseo por el libro de Tobías puede ayudar a redescubrirlo.

VOCACIÓN15/09/2019

Opus Dei - Algo grande y que sea amor (VII): la vocación matrimonial

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Cuando san Josemaría empezó a hablar de vocación al matrimonio, hace ya casi un siglo, la unión de estos dos conceptos solía generar desconcierto, cuando no hilaridad: como si hablara de un pájaro sin alas o de una rueda cuadrada. «¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial”? —Pues la tienes: así, vocación»[1]. En la mentalidad de entonces, y a veces aún en la de hoy, “tener vocación” significaba dejar la normalidad de la vida para poder servir a Dios y a la Iglesia. Dejar de un modo u otro lo habitual, que para la mayor parte de las personas pasa por tener familia, hijos, casa, trabajo, compras, facturas, lavadoras, imprevistos, risas, peleas entre hermanos, tardes en urgencias, sobras en la nevera.

Todo este sinfín de cosas, variado e imprevisible como la vida misma, no solo cabe en esa “rueda cuadrada” de la vocación matrimonial sino que encuentra en ella su mejor versión posible. El «sentido vocacional del matrimonio»[2] parte precisamente de la convicción de que Dios bendice la normalidad de la vida familiar y quiere habitar en ella. «Tú eres el Santo y habitas entre las alabanzas de Israel», dice el salmo que Jesús incoa desde la Cruz (Sal 22,4). Dios, el Santo, quiere vivir en medio de las vidas normalísimas de las familias. Vidas llamadas a convertirse, por el cariño, en alabanzas a Él: en cielo, aun con todos los “defectos de fabricación” de esta sede provisional que es la vida. Por eso, «no dejes ir un día / sin cojerle un secreto, grande o breve. / Sea tu vida alerta / descubrimiento cotidiano. / Por cada miga de pan duro / que te dé Dios, tú dale / el diamante más fresco de tu alma»[3].

Que tengas un buen viaje

UNO DESCUBRE QUE EN SU VIDA HA RECIBIDO MUCHO AMOR Y QUE ESTÁ LLAMADO A ESO MISMO: A DAR AMOR

Aquel joven se reía al oír hablar de vocación matrimonial, pero no pudo evitar quedarse pensativo. La “provocación” iba acompañada, por lo demás, de un consejo: «Enco­miéndate a San Rafael, para que te conduzca castamente hasta el fin del camino, como a Tobías»[4]. Aludía así san Josemaría al único relato de la Biblia que habla de este Arcángel, por quien tenía un especial cariño; tanto, que le confió desde muy pronto su apostolado con los jóvenes[5]. «Es encantador el libro de Tobías»[6], decía una vez. Aunque todo el relato del libro gira en torno a un viaje, de hecho nos permite entrar de lleno en la vida de dos hogares, y asistir al nacimiento de un tercero. E incluso el viaje mismo participa de ese ambiente casero, con un detalle que no ha pasado desapercibido a los artistas a lo largo de los siglos: este libro es también el único lugar de la Escritura en el que aparece un perro doméstico, que acompaña a Tobías y a san Rafael de inicio a fin de su periplo (cfr. Tb 6,1; 11,4).

Al marcharse Tobías, su padre lo bendice con estas palabras: «Que el Dios del cielo os proteja y devuelva sanos. Que su ángel os acompañe y proteja» (Tb 5,17). San Josemaría las parafraseaba al dar su bendición a quienes emprendían un viaje: «que el Señor esté en tu camino, y su ángel te acompañe»[7]. Y viaje —el verdadero viaje, el más decisivo— es el camino de la vida, por el que caminan juntos quienes se entregan mutuamente en el matrimonio, respondiendo a un sueño de Dios que se remonta al origen del mundo[8]. Qué necesario es, pues, descubrir a los jóvenes, y redescubrir también a la vuelta de muchos años de viaje, «la belleza de la vocación a formar una familia cristiana»[9]: la llamada a una santidad que no es de segunda, sino de primera.

Cuando verdaderamente empieza la vida

La vocación personal despierta con un descubrimiento sencillo pero cargado de consecuencias: la convicción de que el sentido, la verdad de nuestra vida, no consiste en vivir para nosotros mismos, para nuestras cosas, sino para los demás. Uno descubre que en su vida ha recibido mucho amor y que está llamado a eso mismo: a dar amor. Y que solo así se encontrará verdaderamente a sí mismo. Dar amor, no simplemente en los ratos libres, como para tranquilizar la conciencia: convertir el amor en nuestro proyecto vital, en el centro de gravedad de todos los demás proyectos (los que logren quedarse en órbita).

Antes y después de su matrimonio con Sara, el joven Tobías recibe varios consejos en esa dirección: son llamadas a lo más noble que hay en él. Su padre Tobit, que le envía de viaje para procurarle un dinero de cara al futuro (cfr. Tb 4,2), se preocupa por transmitirle en primer lugar su herencia más importante; lo que él ha valorado más en su vida: «Respeta a tu madre, no la abandones mientras viva. Complácela, no entristezcas nunca su corazón (...). Guárdate, hijo, de la fornicación (…). Si algo te sobra, dalo con generosidad al pobre, y que tu ojo no mire cuando des limosna (...). Alaba al Señor Dios en todo tiempo, ruégale que oriente tu conducta. Así tendrás éxito en tus empresas y proyectos» (Tb 4,3-19). Semanas más tarde, Tobías, recién casado, emprende el camino de vuelta a la casa de sus padres, y su nueva suegra Edna se despide así de él: «Delante del Señor te confío a mi hija. No le hagas daño jamás. Ve en paz, hijo. Desde ahora soy tu madre y Sara tu mujer» (Tb 10,13).

«No entristezcas su corazón (…). No le hagas daño jamás». Dios llama a los esposos a protegerse, a cuidarse, a desvivirse: ahí radica el secreto de su realización personal, que precisamente por eso no puede ser solo autorealización. Vivir, en toda la profundidad del término, significa dar vida. Así vivió Jesús: «yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Así vivieron también San José y Santa María, con el amor más sencillo, tierno y delicado que habrá existido sobre la tierra, cuidando el uno del otro, y cuidando sobre todo de la Vida hecha carne. Y así quiere Dios que vivamos sus discípulos, para que allí donde estemos irradiemos su alegría, sus ganas de vivir. Ese es el núcleo del sentido de misión cristiano.

VIVIR SIGNIFICA DAR VIDA. ASÍ VIVIÓ JESÚS. ASÍ VIVIERON SAN JOSÉ Y SANTA MARÍA

«Nuestras ciudades —dice el Papa Francisco— se han desertificado por falta de amor, por falta de sonrisas. Muchas diversiones, muchas, muchas cosas para perder el tiempo, para hacer reír, pero falta el amor. Y es especialmente la familia, y es ¡especialmente la familia! aquel papá, aquella mamá que trabajan y con los niños… La sonrisa de una familia es capaz de vencer esta desertificación de nuestras ciudades, y esta es la victoria del amor de la familia. Ninguna ingeniería económica y política es capaz de reemplazar esta aportación de las familias. El proyecto de Babel edifica rascacielos sin vida. El Espíritu de Dios, en cambio, hace florecer los desiertos»[10].

Vivir significa dar vida. Este descubrimiento, que puede darse ya en la adolescencia, pero que a veces no llega hasta muy tarde, marca el verdadero paso de la infancia a la madurez humana. Se podría decir que solo entonces uno empieza a ser verdaderamente persona; que solo entonces empieza verdaderamente la vida. Porque «vivir es desear más, siempre más; desear, no por apetito, sino por ilusión. La ilusión, ésta es la señal de vida; amar, esto es la vida. Amar hasta el punto de poder darse por lo amado. Poder olvidarse de sí mismo, esto es ser uno mismo; poder morir por algo, esto es vivir. El que sólo piensa en sí no es nadie, está vacío; el que no es capaz de sentir el gusto de morir, es que ya está muerto. Sólo el que puede sentirlo, el que puede olvidarse a sí mismo, el que puede darse, el que ama, en una palabra, está vivo. Y entonces no tiene sino que echar a andar»[11].

El alcance de un sí

Desde esta luz, la vocación matrimonial aparece como algo bien distinto de «un impulso hacia la propia satisfacción, o un mero recurso para completar egoístamente la propia personalidad»[12]. Sin duda, la personalidad solo se despliega verdaderamente cuando uno es capaz de entregarse a otra persona. La vida matrimonial, además, es fuente de muchas satisfacciones y alegrías; pero a nadie se le escapa que trae consigo también problemas, exigencias, decepciones. No se le escapa a nadie y, sin embargo, qué facil es “escaparse” de esa cara menos bonita del amor: qué facil es desdeñar las migas de pan duro.

Un contraste puede ayudar a considerarlo. Por un lado, la perfección sin tacha de ciertas celebraciones de bodas, estudiadas hasta el último milímetro para dar toda la solemnidad posible a un evento único en la vida, y quizá también para afianzar el prestigio social de la familia. Por otro, el desencanto y el descuido que fácilmente pueden filtrarse a la vuelta de los meses o de los años, ante la imperfección de la vida familiar en su despliegue cotidiano: cuando surgen problemas, cuando se descubren los defectos de la otra persona, y uno y otro parecen incapaces de hablar, de escucharse, de curar heridas, de derrochar cariño. Puede nublarse entonces el «sentido vocacional del matrimonio», por el que se sabían llamados a dar lo que son… a ser padre, madre, marido, mujer… de vocación. Y qué lástima entonces: una familia a la que Dios querría feliz, aun en medio de las dificultades, se queda solo a medio camino, “aguantando”. La novedad que estaba queriendo nacer en el mundo con su amor mutuo, con su hogar… la novedad, la verdadera vida, parece entonces estar en otra parte. Y sin embargo está a la vuelta de la esquina, aunque la esquina esté algo desconchada, como acaba por sucederle a cualquier esquina, que simplemente está pidiendo un poco de cariño y atención.

El día en que un hombre y una mujer se casan, responden «sí» a la pregunta acerca de su amor recíproco. Sin embargo, la verdadera respuesta llega solo con la vida: la respuesta se debe encarnar, se debe hacer a fuego lento en el “para siempre” de ese sí mutuo. «Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes. No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida (…): ¿Quién eres?… ¿Qué has querido de verdad? (…) Uno al final responde con su vida entera»[13]. Y ese sí de la vida entera, conquistado una y otra vez, se va volviendo cada vez más profundo y auténtico: va transformando la inevitable ingenuidad de los inicios en una inocencia lúcida, pero sin cinismo; en un «sí, cariño» que sabe, pero que ama.

"LA SONRISA DE UNA FAMILIA ES CAPAZ DE VENCER LA DESERTIFICACIÓN DE NUESTRAS CIUDADES" (PAPA FRANCISCO)

La profundidad de este sí, irrenunciable para encontrarse de verdad con el amor, es también el motivo por el que la Iglesia persiste a contracorriente en su enseñanza acerca del noviazgo y de la apertura de los esposos a la vida. Aunque esto le valga las críticas de trasnochada y severa, insiste con paciencia porque sabe que Dios la llama a custodiar el amor personal, especialmente en su «lugar nativo»[14]. La Iglesia no defiende con esto una verdad abstracta, como de manual: más bien protege la verdad concreta de las vidas, de las familias; protege las relaciones entre las personas de la verdadera enfermedad mortal… un veneno que se filtra sutilmente, vestido al inicio de romance y de triunfo, hasta desenmascararse de golpe, quizá a la vuelta de los años, como una jaula insoportable, sobre todo si se ha apoderado de los dos: el egoísmo.

Hay, sí, una aparente magnanimidad y alegría de vivir en quien se dice sin más: «voy a gozar todo lo que pueda de mi cuerpo y de quien quiera disfrutar conmigo». Es un modo de ver la vida en el que se oye como un eco del Génesis: la juventud es una fruta sabrosa… ¿por qué no habría de comerla? ¿por qué querría Dios quitarme esa dulzura de la boca? (cfr. Gn 3,2.6). Los jóvenes cristianos no son de cartón: sienten ese mismo atractivo, pero adivinan algo de espejismo; quieren ver con más profundidad. Con su esfuerzo por guardar puro su amor, o por reconquistar la inocencia que quizá perdieron, se preparan para amar sin poseer al otro, para amar sin consumir. De un modo u otro, se preguntan: «¿con quién voy a compartir estas ganas de vivir que noto bullir dentro de mí? ¿es realmente esta la persona? ¿de verdad nos vamos a querer, o solo nos deseamos?». Saben que con su cuerpo van a dar también su corazón, su persona, su libertad. Saben que todo eso solo cabe realmente dentro de un “sí para siempre”; saben que ni ellos ni nadie valen menos que un sí “sin términos y condiciones”; y que a falta de una decisión así no están preparados para hacer ese regalo, ni lo están los demás para recibirlo: sería un regalo que los dejaría vacíos por dentro, aunque solo lo descubrieran con el paso del tiempo.

La misma “lógica” de fondo late en la vocación del célibe, que también ama a Dios con su cuerpo, porque se lo entrega día a día. Sí, matrimonio y celibato se iluminan y se necesitan mutuamente, porque ambos irradian la lógica de una gratuidad que solo se entiende desde Dios, desde la imagen de sí que Dios ha puesto en nosotros, por la que nos sabemos un don, vemos en los demás un don, y nos sabemos llamados a dar vida: a los padres, a los hijos, a los abuelos, a todos.

Cuando Jesús revela esta profundidad del amor, sus discípulos se quedan perplejos, hasta el punto de que tiene que decirles: «No todos entienden esto; solo los que han recibido ese don» (Mt 19,11). Los jóvenes y los padres cristianos, aunque a veces puedan percibir incomprensión a su alrededor, deben saber que en el fondo muchos los admiran, aunque a veces no sepan muy bien por qué. Los admiran porque con su amor sincero están irradiando la alegría y la libertad del amor de Dios, que laten «con gemidos inefables» (Rm 8,26) en los corazones de cada hombre y de cada mujer.

Corazón que no quiera sufrir dolores

El nombre de Rafael significa «Dios cura», es decir, «Dios cuida». La intervención del Arcángel en la historia compartida de Tobit, Ana, Tobías y Sara presenta de modo visible una realidad habitualmente imperceptible: la protección de Dios sobre las familias, la importancia que Él da a que salgan adelante felices (cfr. Tb 12,11-15). Dios quiere estar cerca de nosotros, aunque a veces no le dejemos, porque no queremos verdaderamente tenerle cerca. En la historia del hijo pródigo, que se fue «a un país lejano» (Lc 15,13), podemos reconocer no solo historias individuales, sino también historias sociales y culturales: un mundo que se aleja de Dios y que se convierte así en un entorno hostil, en el que muchas familias sufren, y a veces naufragan. Con todo, como el padre de la parábola, Dios no se cansa de esperar, y siempre acaba dando con el modo de habitar esas realidades, a veces trágicas, volviendo al encuentro de cada persona, aunque sean muchas las heridas que curar.

LA IGLESIA PROTEGE LAS RELACIONES ENTRE LAS PERSONAS DE LA VERDADERA ENFERMEDAD MORTAL, EL EGOÍSMO

También el libro de Tobías nos muestra cómo la cercanía y la solicitud de Dios por las familias no significa un amparo de toda dificultad, interna y externa. Tobit, por ejemplo, es un hombre íntegro, incluso heroico, y sin embargo, Dios permite que se quede ciego (cfr. Tb 2,10). Su mujer tiene entonces que conseguir ingresos para la familia, y sucede que en una ocasión le regalan, con la paga, un cabrito. Tobit, quizá desde un humor algo avinagrado por su minusvalía, cree que su mujer lo ha robado, y desata así, sin querer, una tormenta doméstica. Nos lo cuenta él en primera persona: «No la creí y, avergonzado por su comportamiento, insistí en que lo devolviera a su dueño. Entonces ella me replicó: “¿Donde están tus limosnas y buenas obras? Ya ves de qué te han servido”» (Tb 2,14). Ante la dureza de esta respuesta, Tobit se queda «con el alma llena de tristeza»; se pone entonces a rezar entre sollozos, y pide a Dios que le lleve consigo (cfr. Tb 3,1-6).

Con todo, Tobit sigue esforzándose por contentar a su mujer, aunque no siempre lo logre. Así, por ejemplo, cuando Tobías está ya emprendiendo su camino de regreso, felizmente casado y con el dinero que su padre le había encargado recuperar, su madre Ana, que desde el inicio era contraria a la idea del viaje, se teme lo peor: «Mi hijo ha muerto. Mi hijo ya no vive (…). ¡Ay de mí, hijo, luz de mis ojos! ¿Por qué te dejaría marchar?». Tobit, que también está preocupado, intenta calmarla: «¡Calla!, mujer, no te preocupes. Seguro que está bien. Habrán tenido que retrasarse. Pero su compañero es hombre de confianza y pariente nuestro. No te inquietes por él, mujer, que volverá pronto». Sin embargo, sus razones no surten efecto. «¡Déjame! No me vengas con engaños. Mi hijo ha muerto», responde Ana. Con todo, en una incoherencia muy maternal, sigue secretamente esperando su regreso: «día tras día se asomaba al camino por donde su hijo había marchado. No hacía caso a nadie. Cuando se ponía el sol, volvía a casa y pasaba las noches sin poder dormir, lamentándose y llorando» (Tb 10,1-7).

Conmueve ver que, a distancia de milenios, los problemas cotidianos de las familias no han cambiado demasiado. Incomprensiones, faltas de comunicación, angustias por los hijos… «Tendría un pobre concepto del matrimonio y del cariño humano quien pensara que, al tropezar con esas dificultades, el amor y el contento se acaban»[15]. El enamoramiento inicial —esa fuerza que lleva a ilusionarse con el proyecto de formar una familia— tiende a dejar casi todos los defectos del otro en un ángulo muerto. Pero bastan unas semanas de convivencia constante para darse cuenta de que nadie llegó perfecto al día de la boda, y por eso la vida matrimonial es un camino de conversión en tándem, en equipo. Con tal de que marido y mujer se sigan dando cada día una nueva oportunidad, los corazones de uno y otro se irán haciendo cada vez más bellos, aunque se mantengan, en incluso cristalicen, algunos de sus límites.

Dice una antigua canción: «Corazón que no quiera sufrir dolores, pase la vida entera libre de amores»[16]. En efecto, «amar, de cualquier manera, es ser vulnerable. Basta con que amemos algo para que nuestro corazón, con seguridad, se retuerza y, posiblemente, se rompa. Si uno quiere estar seguro de mantenerlo intacto, no debe dar su corazón a nadie, ni siquiera a un animal. Hay que rodearlo cuidadosamente de caprichos y de pequeños lujos; evitar todo compromiso; guardarlo a buen recaudo bajo llave en el cofre o en el ataúd de nuestro egoísmo»[17]. Ciertamente, no sucede a los matrimonios como a Tobías y Sara, que tienen que enfrentar un peligro de muerte en su primera noche de bodas, por la acción de un mal espíritu (cfr. Tb 6,14-15; 7,11). Sin embargo, el demonio del egoísmo —enfermedad mortal— atenaza constantemente a todas las familias, con la tentación de «convertir en montañas» lo que no son más que «menudos roces sin importancia»[18].

"REÑIR, SIEMPRE QUE NO SEA MUY FRECUENTE, ES TAMBIÉN UNA MANIFESTACIÓN DE AMOR, CASI UNA NECESIDAD" (SAN JOSEMARÍA)

Por eso, qué importante es que marido y mujer hablen con claridad, aunque se trate de cosas fuertes, para evitar que cada uno se vaya atrincherando poco a poco detrás de un muro: para reconstruir una y otra vez los sentimientos que hacen posible el amor. Dice san Josemaría que «reñir, siempre que no sea muy frecuente, es también una manifestación de amor, casi una necesidad» de los esposos[19]. El agua tiene que correr, porque cuando se estanca se pudre. Qué importante es también por eso que los padres «encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos, (...) [para] reconocer la parte de verdad –o la verdad entera– que pueda haber en algunas de sus rebeldías»[20]. Hablar, pues, y convivir: entre marido y mujer, entre padres e hijos.

Y hablar, sobre todo, con Dios, para que pueda darnos sus luces: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 119,105). Aunque el relato bíblico no alcanza a mostrarnos los desencuentros de Tobías y Sara, podemos imaginar que los tendrían, como Tobit y Ana, y como todas las familias. Pero también podemos imaginarlos muy unidos hasta el final de sus vidas, porque vemos nacer y crecer su matrimonio en la intimidad con Dios. «Bendito seas, Dios de nuestros padres, y bendito tu nombre por siempre —rezan en su noche de bodas—. Ten misericordia de nosotros y haz que lleguemos juntos a la vejez» (Tb 8,7).

***
 

San Juan Pablo II, «el Papa de la familia»[21], comparaba una vez el amor esponsal del Cantar de los Cantares con el amor de Tobías y Sara. Los esposos del Cantar, decía, «declaran mutuamente, con palabras fogosas, su amor humano. Los nuevos esposos del libro de Tobías piden a Dios saber responder al amor»[22]. Al acercar estos dos retratos del amor matrimonial, quería suscitar la pregunta: ¿cuál de los dos lo refleja mejor? La respuesta es sencilla: ambos. El día en que dos corazones se encuentran, su vocación adquiere un rostro fresco y joven, como el de los esposos del Cantar. Pero ese rostro recupera su juventud cada vez que, a lo largo de la vida, uno y otro acogen de nuevo su llamada a responder al amor. Y entonces, sí, ese amor es fuerte como la muerte[23].

Carlos Ayxelà


[1] San Josemaría, Camino, n. 27.

[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 30. Cfr. los nn. 22-30, que comprenden la homilía “El matrimonio, vocación cristiana”.

[3] Juan Ramón Jiménez, Eternidades, Madrid, 1918 p. 126 (a efectos de la j, se conserva la peculiar ortografía del original).

[4] Camino, n. 27. Cfr. también Ibidem, n. 360.

[5] Cfr. San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 1697 (10-X-1932), en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. 1, Rialp, Madrid 1997, p. 477.

[6] San Josemaría, notas de una meditación, 12-X-1947, en Mientras nos hablaba en el camino, p. 41 (AGP, Biblioteca, P18).

[7] Cfr. Ibidem. «Yo, en el Ceremonial, haciendo preceder a esta bendición una deprecación a la Virgen, la he puesto como bendición del viaje: Beata Maria intercedente, bene ambules: et Dominus sit in itinere tuo, et Angelus eius comitetur tecum [Que por la intercesión de Santa María, tengas un buen viaje: que el Señor esté en tu camino, y que su Ángel te acompañe]».

[8] San Juan Pablo II llamaba por eso al matrimonio “sacramento primordial” (cfr. Audiencia, 20-X-1982 y 23-V-1984).

[9] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017.

[10] Francisco, Audiencia, 2-IX-2015.

[11] J. Maragall, “Elogio del vivir” en Vida escrita, Madrid, Aguilar, 1959, p. 105.

[12] Es Cristo que pasa, n. 43.

[13] S. Marai, El último encuentro, Salamandra, Barcelona, 2007, p. 107.

[14] F. Ocáriz, Carta pastoral, 4-VI-2017.

[15] Es Cristo que pasa, n. 24.

[16] “A los árboles altos”, canción popular a la que san Josemaría alude en Camino, n. 145.

[17] C.S. Lewis, Los cuatro amores, Rialp, Madrid 1991, p. 135.

[18] Es Cristo que pasa, n. 23.

[19] Ibidem, n. 26.

[20] Ibidem, n. 27.

[21] Francisco, Homilía en la canonización, 27-IV-2014.

[22] San Juan Pablo II, Audiencia, 27-VI-1984.

[23] Cfr. Ibidem, y Ct 8,6.

Frutos de la fidelidad

La certeza de saberse siempre con Dios es fuente viva de esperanza, de la que brotan sin parar nuevos manantiales de alegría y de paz que fecundan nuestra vida y la de los que nos rodean.

VOCACIÓN19/08/2019

Opus Dei - Algo grande y que sea amor (XII): Frutos de la fidelidad

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El libro de los Salmos arranca con un canto a la fecundidad de quien procura ser fiel a Dios y a su ley, y no se deja llevar por el ambiente que promueven los impíos: «Será como un árbol plantado al borde de la acequia, que da fruto a su tiempo, y no se marchitan sus hojas: cuanto hace prospera» (cfr. Sal 1,1-3). En realidad, se trata de una enseñanza constante en la Escritura: «El hombre fiel será muy alabado» (Pr 28,20); «quien siembra justicia, tendrá recompensa segura» (Pr 11,18). Todas las obras de Dios son fecundas, como lo son las vidas de quienes responden a su llamada. El Señor lo recordó a los apóstoles en la última cena: «Yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16). Lo único que nos pide es que permanezcamos unidos a Él como los sarmientos a la vid, pues «el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15,6).

A lo largo de los siglos, los santos han experimentado igualmente la generosidad de Dios. Santa Teresa, por ejemplo, escribía: «No suele Su Majestad pagar mal la posada si le hacen buen hospedaje»[1]. A quienes le son fieles, les ha prometido que les recibirá en su Reino con palabras llenas de cariño: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor» (Mt 25,21). Sin embargo, Dios no espera al Cielo para premiar a sus hijos, sino que ya en esta vida los va introduciendo en esa alegría divina con muchas bendiciones, con frutos de santidad y virtudes, sacando lo mejor de cada persona y de sus talentos; ayudándonos a no detenernos demasiado en nuestra fragilidad y a confiar cada vez más en el poder de Dios. Además, a través de sus hijos el Señor bendice también a quienes les rodean. Dios se goza en ello: «porque en esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto» (Jn 15,8).

Vamos a repasar en estas páginas algunos frutos que produce nuestra fidelidad, tanto en nuestra vida como en la de los demás. Ojalá estos frutos, y muchos otros que solo Dios conoce, nos estimulen a no interrumpir nunca la acción de gracias a Dios por sus cuidados y su cercanía. También así aprenderemos a disfrutar cada día más de ese amor.

 

Un cielo dentro de nosotros

Tan solo unas semanas antes de marcharse al Cielo, decía san Josemaría a un grupo de hijos suyos: «Ha querido el Señor depositar en nosotros un tesoro riquísimo. (…) En nosotros habita Dios, Señor Nuestro, con toda su grandeza. En nuestros corazones hay habitualmente un Cielo»[2]. El Señor lo había prometido a los apóstoles: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). Este es el principal don que Dios nos ofrece: su amistad y su presencia en nosotros.

DIOS NO ESPERA AL CIELO PARA PREMIAR A SUS HIJOS, YA EN ESTA VIDA LOS LLENA DE BENDICIONES

Cada día podemos contemplar con ojos nuevos en la oración esta verdad de la presencia divina en nosotros, y cuidarla en nuestra memoria. Llenos de asombro y de agradecimiento, trataremos entonces de corresponder como buenos hijos al cariño inmenso que Dios nos tiene. Porque el Señor «no baja del cielo un día y otro día para quedarse en un copón dorado, sino para encontrar otro cielo que le es infinitamente más querido que el primero: el cielo de nuestra alma, creada a su imagen y templo vivo de la adorable Trinidad»[3]. Solo con este regalo divino podemos sentirnos infinitamente pagados; y también seguros de la alegría que damos a Dios con nuestra fidelidad.

Cuando viene el cansancio físico o moral, cuando arrecian los embates y dificultades, es momento de recordar de nuevo que, «si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio; en cambio, nosotros, en Dios, somos lo permanente»[4]. La certeza de que Dios está conmigo, en mí; y de que yo estoy en él (cfr. Jn 6,56) es fuente de una seguridad interior y una esperanza que no es posible explicar humanamente. Esta convicción nos va haciendo cada vez más sencillos —como niños— y nos da una visión amplia y confiada, un interior destensado y alegre. Del fondo del alma brotan entonces la alegría y la paz, como frutos naturales de la fidelidad y de la entrega. Estos frutos son tan importantes y tienen tanta fuerza evangelizadora que san Josemaría los pedía a diario al Señor en la santa Misa, para él y para todas sus hijas e hijos[5].

Tenemos un Cielo dentro de nosotros para llevarlo a todas partes: a nuestra casa, al lugar de trabajo, al descanso, a las reuniones con los amigos… «En nuestros días, en los que se percibe frecuentemente una ausencia de paz en la vida social, en el trabajo, en la vida familiar… es cada vez más necesario que los cristianos seamos, con expresión de san Josemaría, “sembradores de paz y de alegría”»[6]. Sabemos por experiencia que esa paz y esa alegría no son nuestras. Por eso procuramos cultivar la presencia de Dios en nuestros corazones, para que sea Él quien nos colme y quien comunique sus dones a quienes nos rodean. Y la eficacia de esa sencilla siembra es segura, aunque su alcance es imprevisible: «La paz del mundo, quizá, depende más de nuestras disposiciones personales, ordinarias y perseverantes, por sonreír, perdonar y quitarnos importancia, que de las grandes negociaciones entre los Estados, por muy importantes que sean»[7].

Corazón firme y misericordioso

Cuando dejamos que la presencia de Dios arraigue y fructifique en nosotros —en cierto modo, eso es la fidelidad—, adquirimos progresivamente una «firmeza interior» desde la que se hace posible ser pacientes y mansos ante las contrariedades, los imprevistos, las situaciones molestas, nuestros propios límites y los de lo demás. Decía san Juan María Vianney que «nuestras faltas son granos de arena al lado de la grande montaña de la misericordia de Dios»[8]. Esta convicción permite reaccionar cada vez más como Dios reacciona ante las mismas personas y circunstancias, con mansedumbre y misericordia, sin inquietarnos cuando no responden a nuestras previsiones y gustos inmediatos. Descubrimos, en definitiva, que todos los sucesos son de alguna forma «vehículos de la voluntad divina y deben ser recibidos con respeto y amor, con alegría y paz»[9]. De este modo, poco a poco, adquirimos una mayor facilidad para rezar, disculpar y perdonar, como hace el Señor, y recuperamos pronto la paz, si la perdemos.

DIOS TRANSFORMA NUESTRO POBRE CORAZÓN EN UNO MANSO Y MISERICORDIOSO, A LA MEDIDA DEL SUYO

En ocasiones, puede parecernos pusilánime esta disposición a cultivar la mansedumbre y la misericordia en nuestro corazón ante las miserias ajenas que nos parecen denunciables o ante la malicia de algunos que pretenden hacer daño. Recordemos, sin embargo, cómo Jesús reprende a los discípulos cuando sugieren enviar un castigo del cielo sobre los samaritanos que no lo reciben (cfr. Lc 9,55). «El programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un “corazón que ve”. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia»[10]. Nuestra misericordia paciente, que no se irrita ni se queja ante la contrariedad, se convierte así en bálsamo con el que Dios sana a los contritos de corazón, venda sus heridas (cfr. Sal 147,3) y les hace más fácil y llevadero el camino de la conversión.

Una eficacia que no podemos imaginar

Cultivar y dar a conocer la propia imagen y el perfil personal ante los demás se ha convertido hoy en un requisito a veces indispensable para estar presentes y tener impacto en los diversos ámbitos de las redes sociales y laborales. Sin embargo, si perdemos de vista que vivimos en Dios, que Él «está junto a nosotros de continuo»[11], este interés puede derivar en una obsesión más o menos sutil por sentirse aceptados, reconocidos, seguidos e incluso admirados. Se siente entonces una necesidad constante de verificar el valor y trascendencia que tiene todo lo que hacemos o decimos.

Este afán por ser reconocidos y por tocar nuestra valía responde en realidad, aunque sea de un modo tosco, a una verdad profunda. Y es que de hecho valemos mucho; tanto, que Dios ha querido dar su vida por cada uno. Sin embargo, sucede que muy fácilmente nos ponemos a exigir, aun de modos muy sutiles, el amor y el reconocimiento que solo podemos acoger. Tal vez por eso el Señor quiso señalar en el Sermón de la Montaña: «Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean, de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 6,1). Y aún más radicalmente: «que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6,3).

Este riesgo de exigir el Amor en lugar de acogerlo irá perdiendo fuerza en nosotros si actuamos con el convencimiento de que Dios contempla nuestra vida con cariño detallado —porque el cariño está en los detalles—. «Si quieres tener espectadores de las cosas que haces, ahí los tienes: los ángeles, los arcángeles y hasta el mismo Dios del Universo»[12]. Se experimenta entonces en el alma la autoestima de quien se sabe siempre acompañado y no necesita así de especiales estímulos externos para confiar en la eficacia de su oración y de su vida; y esto tanto si son conocidas de muchos, como si pasan desapercibidas para la inmensa mayoría. Nos bastará tener presente la mirada de Dios y sentir dirigidas a cada uno de nosotros las palabras de Jesús: «y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará» (Mt 6,4).

Podemos aprender mucho, en este sentido, de los años escondidos de Jesús en Nazaret. Allí pasó la mayor parte de su vida en la tierra. Bajo la atenta mirada de su Padre del Cielo, de la Virgen María y de san José, el Hijo de Dios estaba ya realizando en silencio, y con una eficacia infinita, la Redención de la humanidad. Pocos lo veían, pero ahí, desde un modesto taller de artesano, en una pequeña aldea de Galilea, Dios estaba cambiando para siempre la historia de los hombres. Y nosotros también podemos tener esa fecundidad de la vida de Jesús, si le transparentamos, si le dejamos amar en nuestra vida, con esa sencillez.

Desde lo escondido de cada Sagrario, desde lo hondo de nuestro corazón, Dios sigue cambiando el mundo. Por eso nuestra vida de entrega, en unión con Dios y con los demás, adquiere por la Comunión de los Santos una eficacia que nosotros no podemos imaginar ni medir. «No sabes si has progresado, ni cuánto… —¿De qué te servirá ese cálculo…? —Lo importante es que perseveres, que tu corazón arda en fuego, que veas más luz y más horizonte...: que te afanes por nuestras intenciones, que las presientas —aunque no las conozcas—, y que por todas reces»[13].

Dios es el de siempre

San Pablo animaba a los cristianos a ser fieles, a no preocuparse de ir a contracorriente y a trabajar con la mirada puesta en el Señor: «Así pues, hermanos míos amados, manteneos firmes, inconmovibles, abundando siempre en la obra del Señor, teniendo siempre presente que vuestro trabajo no es en vano en el Señor» (1 Co 15,58). San Josemaría repetía de diversas maneras la misma exhortación del apóstol: «Si sois fieles, podéis llamaros vencedores. En vuestra vida no conoceréis derrotas. No existen los fracasos, si se obra con rectitud de intención y queriendo cumplir la Voluntad de Dios. Con éxito o sin él hemos triunfado, porque hemos hecho el trabajo por Amor»[14].

SABERSE ACOMPAÑADO SIEMPRE POR DIOS AUMENTA NUESTRA SENCILLEZ Y CONFIANZA EN EL QUE TODO LO PUEDE

En cualquier camino vocacional puede suceder que, al cabo de un tiempo de entrega, sintamos la tentación del desaliento. Pensamos quizá que no hemos sido muy generosos hasta entonces, o que nuestra fidelidad da poco fruto y que tenemos poco éxito apostólico. Es bueno recordar en esos casos lo que Dios nos ha asegurado: «Mis elegidos nunca trabajarán en vano» (Is 65,23). San Josemaría lo expresaba así: «ser santo entraña ser eficaz, aunque el santo no toque ni vea la eficacia»[15]. Dios permite en ocasiones que sus fieles sufran pruebas y dificultades en su labor, para hacer más bella su alma, más tierno su corazón. Cuando, a pesar de nuestra ilusión por agradar a Dios, nos desanimemos o nos cansemos, no dejemos de trabajar con sentido de misterio: teniendo presente que nuestra eficacia es «muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. (…) Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca»[16].

El Señor nos pide trabajar con abandono y confianza en sus fuerzas y no en las nuestras, en su visión de las cosas y no en nuestra limitada percepción. «Cuando te abandones de verdad en el Señor, aprenderás a contentarte con lo que venga, y a no perder la serenidad, si las tareas —a pesar de haber puesto todo tu empeño y los medios oportunos— no salen a tu gusto... Porque habrán “salido” como le conviene a Dios que salgan»[17]. La conciencia de que Dios lo puede todo y de que Él ve y atesora todo el bien que hacemos, por muy pequeño y escondido que pueda parecer, nos ayudará «a estar seguros y optimistas en los momentos duros que puedan surgir en la historia del mundo o en nuestra existencia personal. Dios es el de siempre: omnipotente, sapientísimo, misericordioso; y en todo momento sabe sacar, del mal, el bien; de las derrotas, grandes victorias para los que confían en Él»[18].

De la mano de Dios, vivimos en medio del mundo como hijos suyos, y nos vamos convirtiendo en sembradores de paz y de alegría para todos los que viven a nuestro alrededor. Ese es el trabajo paciente, artesanal, que Dios realiza en nuestros corazones. Dejemos que ilumine todos nuestros pensamientos y que inspire todas nuestras acciones. Es lo que hizo nuestra Madre la Virgen, feliz de ver las cosas grandes que el Señor hacía en su vida. Ojalá sepamos también nosotros decir cada día como Ella: Fiat!, hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38).

Pablo Edo


[1] Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, cap. 34.

[2] Cfr. S. Bernal, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1980, p. 361.

[3] Santa Teresa de Lisieux, Historia de un alma, cap. 5.

[4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 92.

[5] Cfr. J. Echevarría, Memoria del Beato Josemaría Escrivá, Madrid, Rialp 2000, p. 229.

[6] F. Ocáriz, Homilía, 12-V-2017.

[7] Ibidem.

[8] Citado en G. Bagnard, «El Cura de Ars, apóstol de la misericordia», Anuario de Historia de la Iglesia 19 (2010) p. 246.

[9] Instrucción mayo-1935 — 14-IX-1950, n. 48.

[10] Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas est (25-XII-2005), n. 31.

[11] San Josemaría, Camino, n. 267.

[12] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre san Mateo, 19.2 (PG 57, 275).

[13] San Josemaría, Forja, n. 605.

[14] San Josemaría, A solas con Dios, n. 314 (AGP, Biblioteca, P10).

[15] Forja, n. 920.

[16] Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium (24-XI-2013), n. 279.

[17] San Josemaría, Surco, n. 860.

[18] D. Javier, Carta pastoral, 4-XI-2015.

19 de marzo: José, vida de fe en el día a día

Comentario de la solemnidad de San José. “Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado”. La fe es seña de identidad de José, como lo fue de Abraham. Hoy se nos invita especialmente a vivir de fe, con la seguridad de que innumerables personas se acercarán a Dios gracias a ella.

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Opus Dei - 19 de marzo: José, vida de fe en el día a día

Evangelio (Mt 1,16.18-21.24a)

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo.

La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:

—José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.

 

Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado.


Comentario

La solemnidad de hoy nos introduce de un modo especialmente entrañable en los designios eternos de Dios. Aunque el protagonista de los versículos escogidos como evangelio de la misa es José, Mateo nos está hablando, en realidad, del origen de Jesús, de su concepción virginal. Al hacerlo, nos revela también la identidad de José, que es a través del que le viene a Jesús, por vía de paternidad legal, su descendencia davídica. El pasaje nos invita a considerar hasta qué punto Dios cuenta con los hombres: con José, como celebramos hoy, y también con nosotros mismos.

José ha de asumir la paternidad legal de aquel que va a salvar al pueblo de Dios de sus pecados. Antes de oír estas palabras de boca del ángel del Señor, el santo patriarca intuía que se encontraba participando de un misterio para el que se sentía indigno. A más cercanía de Dios, a más cercanía con Dios, más patente se hace nuestra pequeñez y más vértigo sentimos. Pero lo inmediato que quizá nos sale, que es pensar que Dios es como nosotros, que tan a menudo ponemos distancia con los que nos parecen imperfectos, se revela falso. Dios no es así.

Dios ni se “asusta” de nuestra pequeñez ni se aleja de ella. Él sabe mejor que nosotros a qué nos ha llamado, de qué nos quiere hacer capaces. Conocemos muy poco de la vida de José, pero nos podemos imaginar que no le fueron ahorrados sacrificios y desvelos de todo tipo. Lo vemos en el otro posible evangelio para la solemnidad de hoy, el del niño Jesús perdido y hallado en el templo (Lucas 2,41-51a). La angustia de José no fue solo por no encontrar a Jesús, sino también por esta respuesta enigmática a la pregunta de María: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?”. ¡Participar de misterios tan grandes y no saber tantas cosas!

Dios confió a José lo más preciado, a Jesús y a María, porque sabía muy bien lo que había en su corazón. La Iglesia se ha confiado a él de un modo muy particular. Descubrimos en José un corazón enamorado, justo, esforzado, capaz de sufrir, dócil. Todo un programa para alguien a quien se confían cosas grandes. Ciertamente, como dice San Pablo, es Dios mismo “quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito” (Filipenses 2,13). Pero Dios necesita de las disposiciones adecuadas. Y José las tenía.

Tanto la primera lectura de la misa (2 Samuel 7,4-5a.12-14a.16) como la segunda (Rm 4,13.16-18.22) nos ayudan a considerar un aspecto central de la vida de José y que nos afecta a todos. La profecía del segundo libro de Samuel dice: “Cuando hayas completado los días de tu vida y descanses con tus padres, suscitaré después de ti un linaje salido de tus entrañas y consolidaré su reino”. Aquí se está hablando del Mesías. Pero también se está hablando de descendencia. Y el texto de Romanos dice: “La promesa de ser heredero del mundo no se hizo a Abrahán o a su descendencia por medio de la Ley, sino por medio de la justicia de la fe (…). [Abrahán], esperando contra toda esperanza, creyó que llegaría a ser padre de muchos pueblos conforme está dicho: Así será tu descendencia”. ¿Qué tiene todo esto que ver con José?

 

Dios ofreció a Abrahán una descendencia innumerable: el camino fue la fe. Y son los creyentes los que han hecho a Abrahán padre, los que han certificado su paternidad. Así razona Pablo. La paternidad de Abrahán es un completo don se mire por donde se mire: Isaac es don; su paternidad universal respecto a los creyentes es don. Dios quiere que consideremos que cuenta con nosotros para ser padres, concretamente, a través de nuestra fe, una fe que obre por la caridad. Esto hemos visto en José, del que también podemos decir que creyó ante lo incomprensible. Hoy somos invitados de un modo muy especial a confiar en Dios en el día a día, con la seguridad de que muchos están llamados a acercarse a Dios gracias a nuestra fe hecha vida en el día a día.

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¿Quién fue San José, el padre de Jesús?

 Día del Padre 2019: ¿Quién fue San José y qué tiene que ver con el 19 de  marzo? – Periodico La Ultima

José de Nazaret

A San José, Dios le encomendó la enorme responsabilidad y privilegio de ser el esposo de la Virgen María y custodio de la Sagrada Familia. Por eso es el santo que más cerca está de Jesús y de la Santísima Virgen María.

 

Su fiesta es el 19 de marzo y el Papa Francisco nos ha invitado a que nos fijemos de forma especial en la figura de San José. Para eso, ha señalado cuáles son las dos virtudes principales que definen al padre de Jesús: “José es el hombre que sabe acompañar en silencio” y es “el hombre de los sueños”.

 

Biografía de San José

Tanto San Mateo como San Lucas nos hablan de San José como de un varón que descendía de una estirpe ilustre: la de David y Salomón, reyes de Israel. Los detalles de esta ascendencia son históricamente algo confusos: no sabemos cuál de las dos genealogías, que traen los evangelistas, corresponde a María y cuál a San José, que era su padre según la ley judía. No sabemos si su ciudad natal fue Belén, a donde se dirigió a empadronarse, o Nazaret, donde vivía y trabajaba.

Sabemos, en cambio, que no era una persona rica: era un trabajador, como millones de otros hombres en todo el mundo; ejercía el oficio fatigoso y humilde que Dios había escogido para sí, al tomar nuestra carne y al querer vivir treinta años como uno más entre nosotros.

La Sagrada Escritura dice que José era artesano. Varios Padres añaden que fue carpintero. San Justino, hablando de la vida de trabajo de Jesús, afirma que hacía arados y yugos (S. Justino, Dialogus cum Tryphone, 88, 2, 8 (PG 6, 687).); quizá, basándose en esas palabras, San Isidoro de Sevilla concluye que José era herrero. En todo caso, un obrero que trabajaba en servicio de sus conciudadanos, que tenía una habilidad manual, fruto de años de esfuerzo y de sudor.

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De las narraciones evangélicas se desprende la gran personalidad humana de José: en ningún momento se nos aparece como un hombre apocado o asustado ante la vida; al contrario, sabe enfrentarse con los problemas, salir adelante en las situaciones difíciles, asumir con responsabilidad e iniciativa las tareas que se le encomiendan.

 

Quién fue San José de Nazaret en la Iglesia Católica

La Iglesia entera reconoce en San José a su protector y patrono. A lo largo de los siglos se ha hablado de él, subrayando diversos aspectos de su vida, continuamente fiel a la misión que Dios le había confiado.

  • En el siglo XVII, el Papa Gregorio XV instituyó por primera vez una fiesta litúrgica en su nombre.
  • Durante 1870, el santo Papa Pío IX nombró a san José patrono universal de la Iglesia.
  • A partir de entonces, León XIII dedicó una encíclica al santo patriarca
  • A los 100 años de este documento, San Juan Pablo II escribió la exhortación apostólica Redemptoris custos.
  • El papa Francisco publicó también una carta sobre san José en 2020, bajo el título «Patris corde», «Corazon de padre»

En palabras de San Josemaría, San José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre. Tratándole se descubre que el Santo Patriarca es, además, Maestro de vida interior: porque nos enseña a conocer a Jesús, a convivir con El, a sabernos parte de la familia de Dios. Este Santo nos da esas lecciones siendo, como fue, un hombre corriente, un padre de familia, un trabajador que se ganaba la vida con el esfuerzo de sus manos.

Las virtudes de José de Nazaret

José obrero era un artesano de Galilea, un hombre como tantos otros. En su día solo había paternidad y trabajo, todos los días, siempre con el mismo esfuerzo. Y, al acabar la jornada, una casa pobre y pequeña, para reponer las fuerzas y recomenzar.

Pero el nombre de José significa, en hebreo, Dios añadirá. Dios añade, a la vida santa de los que cumplen su voluntad, dimensiones insospechadas: lo importante, lo que da su valor a todo, lo divino.  Dios, a la vida humilde y santa de José, añadió la vida de la Virgen María y la de Jesús, Señor Nuestro.

Vivir de la fe, estas palabras se ven realizadas con creces en San José. Su cumplimiento de la voluntad de Dios es espontáneo y profundo.

Porque la historia del Santo Patriarca fue una vida sencilla, pero no una vida fácil. Después de momentos angustiosos, sabe que el Hijo de María ha sido concebido por obra del Espíritu Santo. Y ese Niño, Hijo de Dios, descendiente de David según la carne, nace en una cueva. Ángeles celebran su nacimiento y personalidades de tierras lejanas vienen a adorarle, pero el Rey de Judea desea su muerte y se hace necesario huir. El hijo de Dios es, en la apariencia, un niño indefenso, que vivirá en Egipto.

En su Evangelio, San Mateo pone constantemente de relieve la fidelidad de José, que cumple los mandatos de Dios sin vacilaciones, aunque a veces el sentido de esos mandatos le pudiera parecer oscuro o se le ocultara su conexión con el resto de los planes divinos.

Fe, amor y esperanza

En muchas ocasiones los Padres de la Iglesia hacen resaltar esta firmeza de la fe de San José. La fe de José no vacila, su obediencia es siempre estricta y rápida.

Para comprender mejor esta lección que nos da aquí el Santo Patriarca, es bueno que consideremos que su fe es activa. Porque la fe cristiana es lo más opuesto al conformismo, o a la falta de actividad y de energía interiores. En las diversas circunstancias de su vida, el Patriarca no renuncia a pensar, ni hace dejación de su responsabilidad. Al contrario: coloca al servicio de la fe toda su experiencia humana.

Fe, amor, esperanza: estos son los ejes de la vida del Santo y los de toda vida cristiana. La entrega de José de Nazaret aparece tejida de ese entrecruzarse de amor fiel, de fe amorosa, de esperanza confiada. Eso nos enseña la vida de San José: sencilla, normal y ordinaria, hecha de años de trabajo siempre igual, de días humanamente monótonos, que se suceden los unos a los otros.

San José - Hombre justo escogido por Dios 1

San José el padre de Jesús

A través del ángel, Dios mismo le confía a José cuáles son sus planes y cómo cuenta con él para llevarlos adelante. José está llamado a ser padre de Jesús; esa va a ser su vocación, su misión.

José ha sido, en lo humano, maestro de Jesús; le ha tratado diariamente, con cariño delicado, y ha cuidado de El con abnegación alegre.

Con San José, aprendemos lo que es ser de Dios y estar plenamente entre los hombres, santificando el mundo. Tratad a José y encontraréis a Jesús. Tratad a José y encontraréis a María, que llenó siempre de paz el amable taller de Nazaret.

José de Nazaret cuidó del Hijo de Dios y, en cuanto a hombre, le introdujo en la esperanza del pueblo de Israel. Y eso mismo hace con nosotros: con su poderosa intercesión nos lleva hacia Jesús. San Josemaría, cuya devoción a san José fue creciendo a lo largo de su vida, decía que Él es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre.

Dios exige continuamente más, y sus caminos no son nuestros humanos caminos. San José, como ningún hombre antes o después de él, ha aprendido de Jesús a estar atento para reconocer las maravillas de Dios, a tener el alma y el corazón abiertos.

La fiesta de San José

La fiesta de San José pone ante nuestra mirada la belleza de una vida fiel. José se fiaba de Dios: por eso pudo ser su hombre de confianza en la tierra para cuidar de María y de Jesús, y es desde el cielo un padre bueno que cuida de la fidelidad cristiana.

La solemnidad de San José es el 19 de marzo y la fiesta de San José obrero (Día Internacional del trabajo) es el 1 de mayo. También está incluido en la Fiesta de la Sagrada Familia (30 de diciembre) y sin duda forma parte de la historia de la Navidad.

Los siete domingos de san José

Son una costumbre de la Iglesia para preparar la fiesta del 19 de marzo. Dedicando al Santo Patriarca los siete domingos anteriores a esa fiesta en recuerdo de los principales gozos y dolores de su vida.

La meditación de los “dolores y gozos de san José” ayuda a conocer mejor al santo Patriarca y a recordar que también él afrontó alegrías y dificultades

Fue el Papa Gregorio XVI quien fomentó la devoción de los siete domingos de san José, concediéndole muchas indulgencias; pero S.S. Pío IX les dio actualidad perenne con su deseo de que se acudiera al Santo, para aliviar la entonces aflictiva situación de la Iglesia universal.

Un día, alguien preguntó a san Josemaría cómo acercarse más a Jesús: «Piensa en aquel hombre maravilloso, escogido por Dios para hacerle de padre en la tierra; piensa en sus dolores y en sus gozos. ¿Haces los siete domingos? Si no, te aconsejo que los hagas».

«¡Qué grandeza adquiere la figura silenciosa y oculta de san José –decía san Juan XXIII– por el espíritu con que cumplió la misión que le fue confiada por Dios. Pues la verdadera dignidad del hombre no se mide por el oropel de los resultados llamativos, sino por las disposiciones interiores de orden y de buena voluntad»

Devoción del Papa Francisco

“Yo quisiera también decirles una cosa muy personal. Yo quiero mucho a san José. Porque es un hombre fuerte y de silencio. Y tengo en mi escritorio tengo una imagen de san José durmiendo. Y durmiendo cuida a la Iglesia. Sí, puede hacerlo. Nosotros no. Y cuando tengo un problema, una dificultad, yo escribo un papelito y lo pongo debajo de la figura del Santo para que lo sueñe. Esto significa para que rece por ese problema”.

  

El «Santo del silencio»

No conocemos palabras expresadas por él, tan solo conocemos sus obras, sus actos de fe, amor y de protección. Él protegió a la Inmaculada Madre de Dios y fue el padre de Jesús en la tierra. Sin embargo, no hay ninguna cita de él en los Evangelios. Más bien, fue un silencioso y humilde servidor de Dios que desempeñó su rol cabalmente.

“Guardián del Señor”

Uno de los primeros títulos que utilizaron para honrarlo fue “nutritor Domini”, se remonta al menos al siglo IX.

San José tiene múltiples patronazgos

Es el patrón de la Iglesia Universal, la buena muerte, las familias, los padres, las mujeres embarazadas, viajeros, inmigrantes, artesanos, ingenieros y trabajadores. Es también el patrón de las Américas, Canadá, China, Croacia, México, Corea, Austria, Bélgica, Perú, Filipinas y Vietnam.

 

Oraciones a san José mencionadas en ‘Patris corde’ con ocasión del Año de San José.

Oración mencionada en ‘Patris corde’ con el que se concede el don de indulgencias especiales con ocasión del Año de San José

 

 

Casi igual que hace un año

María Solano

Audiencia del Papa tras la pandemia. (Andrew Medichini)

Audiencia del Papa tras la pandemia. (Andrew Medichini)

Hace ahora un año el mundo cambió para nosotros. Fue la primera semana en la que nos tocó encerrarnos en casa. Creíamos que era para solo quince días. De hecho, si lo recuerdan ustedes, aún estábamos organizando nuestras vacaciones de Semana Santa, ingenuos de nosotros… Después llegó todo lo demás y nada volvió a ser normal a pesar de los empeños del Gobierno por venderlos una “nueva normalidad” que es, evidentemente, un oxímoron, toda una falacia.

Como esta es la semana del recuerdo, en estas líneas de Religión Confidencial queremos dedicar unos minutos de oración entre las palabras a las más de 90.000 personas que, según los datos oficiales, aunque no los gubernamentales, han perdido la vida por la pandemia. También a los que han perdido la salud y luchan por recuperarla y a los que han perdido el empleo y tratan de salir adelante aferrados a la esperanza.

Y también queremos aprovechar para recordar todo lo que nuestra madre la Iglesia nos supo dar en aquellos insólitos días que se convirtieron en semanas, en meses, en un año que ya se alarga. Gracias por la reconversión digital en tantas parroquias, por el paso delante de miles de sacerdotes que nos trajeron una versión mejorada y aumentada de la comunión espiritual con misas online por todos los sistemas de comunicación inimaginables. En aquellos días de miedo, la fe fue el mejor de los sustentos y aprendimos a valorarla aún más.

Gracias a los cientos de sacerdotes que dieron de inmediato un paso al frente para acompañar a los enfermos, enfundados en bolsas de basura por único EPI, ante el abismo de lo desconocido, para aportar el alivio espiritual que necesitaban en ese momento quienes parecían destinados a morir solos y aislados. Algunos de nuestros sacerdotes y religiosos dieron su vida en aquellos meses, contagiados con esta pandemia cruel que nos ha dejado devastados.

Fuera de los hospitales, nuestra madre la Iglesia nos seguía cuidando. Cáritas, Obras Misionales Pontificias, cientos de organizaciones sin ánimo de lucro, se pusieron a luchar a brazo partido contra una de las peores consecuencias de la enfermedad: la crisis económica y social de la que tardaremos mucho en salir. Allí estaban los comedores sociales, los economatos, las casas de acogida, para dar refugio al que lo requería porque las calles desiertas dejaron sin pan a demasiados.

Cuando volvemos a la calle, nuestras parroquias se reinventaron, llenaron de pegatinas los bancos para poder mantener la distancia adecuada, multiplicaron las misas dominicales para garantizar los aforos, y se volcaron con una feligresía sedienta de comunidad. Organizaron charlas y catequesis online cuando era necesario para que la vida siguiera uniéndonos aunque el virus nos lo complicara. Y nos dieron la oportunidad de celebrar todos los sacramentos en el año en que la fiesta posterior perdió todo su sentido porque la importante es la que compartimos frente al altar.

De todo eso hace un año. Hoy nuestras calles no están tan desiertas aunque la plaza de San Pedro en Roma se ha vuelto a vaciar. Podremos celebrar el triduo pascual pero no tendremos procesiones. Agradecemos la vida en el recuerdo de los muchos que se han ido ya. Y, sobre todo, al mirar atrás, descubrimos que este año de pandemia que a todos nos gustaría borrar nos ha ayudado a mirar más a lo importante, a descubrir que hay vida dentro y no solo fuera y que Dios siempre estuvo con nosotros.

María Solano Altaba

La Pasión del Señor. Algunas consideraciones de tipo médico.

Se destacan aquí algunos de los sufrimientos y padecimientos del Señor en su Pasión, enfocados bajo un punto de vista médico.

La agonía en Getsemaní le llevó a sudar sangre, probablemente, sobre todo, en la espalda, manos, pies y cara, junto con una gran reacción emotiva, con taquicardia (sabía bien lo que le iba a pasar).

Después de la oración en el huerto, fue apresado y llevado a la presencia de varios jueces, religiosos y civiles. Desde esos momentos no durmió ni descansó, padeciendo además del sueño, frío, hambre, sed, deshonra en público (burlas, escupitajos, bofetadas, golpes), deserción de sus amigos. Fue trasladado de un lugar a otro atado de cuello y manos con cuerdas, con cadenas, como era la costumbre de llevar a los reos; esto provocaría además tensión muscular, y de forma destacada en el cuello.

Fue azotado, cayendo los azotes sobre la espalda y parte posterior del cuello, de los muslos y de las  piernas; pero que envolvían el cuerpo y alcanzaban la cara, el tórax, el vientre, produciendo heridas y contusiones a causa de los objetos punzantes y desgarrantes de los látigos, vergajos, fustas y flagelos. Se producía un desgarro, sobre todo, de las zonas costales, poniendo al descubierto las costillas y lesionando los músculos y paquetes vasculonerviosos intercostales (precisamente, el herpes afecta a los nervios intercostales, provocando un gran dolor en los enfermos que padecen tal afección vírica). Era un castigo que, por su dureza, provocaba la muerte en muchos condenados. Podían ser hasta más de cien azotes los que suministraban los dos verdugos que ponían en práctica el suplicio. Como suponía una gran deshonra, no estaba permitido tal castigo a los ciudadanos romanos.

Una de las burlas que sufrió fue la coronación de espinas. Las espinas lesionaron una zona especialmente inervada y vascularizada, como es el cuero cabelludo. Con ello, aumentaba la hemorragia.

Y hay que añadir el camino hacia el Gólgota, de unos mil quinientos pasos, según se calcula, con la cruz sobre una espalda y unos hombros heridos, doloridos; y andando sobre un empedrado polvoriento con los pies desnudos; además, con daño en las uñas de los pies, lo que hace verosímil que hubiese tropezones y caídas; tradicionalmente, se habla de tres caídas.

Con la crucifixión, sufrió desgarrones en manos y pies. La estimulación del nervio mediano, al atravesar los clavos las muñecas, provocaría dolor y contracciones en los tres o cuatro primeros dedos de las manos y en especial de cada pulgar, en situación de oposición contracturada. (Si hay destrucción del nervio se produce lo contrario: flaccidez, parálisis de los citados músculos, supresión de la sensibilidad en los dedos). Al colgar del madero, los desgarrones, según pasaba el tiempo, iban en aumento.

En la cruz se incrementó la afectación de los órganos de los sentidos: vértigos, zumbidos de oídos, boca seca, saliva pastosa, náuseas; sensación correosa en una espalda herida, provocada por un madero sin cepillar; visión borrosa; olores desagradables en un monte donde se ejecutaba a los malhechores y donde los verdugos comían, bebían, jugaban a los dados. Y unido a ello una fuerte jaqueca provocada por tanta tensión nerviosa.

Le ofrecieron vino mirrado. La mirra es una sustancia que tiene efectos antipiréticos, antiinflamatorios, inmunoestimulantes y analgésicos, incrementados si se mezcla con vino. No lo quiso tomar.

Sintió en la cruz soledad y abandono, como es el no ver a sus discípulos (estaban presentes su Madre, unas mujeres y un joven), el no ver a Dios (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”): el sufrimiento fue no solo corporal, sino también mental y espiritual.

Probablemente, la muerte se produjo a consecuencia de una gran deshidratación, por shock hipovolémico (debido a la pérdida de líquidos, por la sudoración y las hemorragias), por cansancio, o por asfixia. Además, el suplicio originaría insuficiencia cardíaca. Con la crucifixión se iniciaría un proceso de septicemia, es decir, paso de bacterias a la sangre circulante (por infección de las heridas),

La muerte por crucifixión podría ocurrir en horas o en días. En el caso de Jesús fue cuestión de horas. Los padecimientos previos a la defunción fueron  intensos y cuantiosos. Padecimientos y sufrimientos que duraron como mínimo unas quince horas, desde la agonía en el monte de los Olivos a la muerte en el Calvario. Algunos consideran que la Pasión empezó con la Ultima Cena, antes de su prendimiento en el huerto. Murió hacia las tres de la tarde, y plenamente consciente (“dando un fuerte grito, expiró”. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.).

J. L. Velayos

 

 

Deseo de trascendencia

Ángel Cabrero Ugarte

Feria.

Feria.

La autora de “Feria” nos cuenta que su padre es ateo, su madre agnóstica, por no decir simplemente “no practicante”. Pero su abuela María Solo es católica practicante. Y ella, la autora y protagonista, con el tiempo, ve más atrayente lo de la abuela y decide hacer la Primera Comunión, con el monumental enfado de su padre, que no es precisamente un hombre dejado, ignorante, sino que es más bien un ateo practicante. Ateo monoteísta, dice Ana Iris constantemente, lo que ha oído decir a su propio padre.

Verdaderamente no deja de tener su chiste lo de ateo monoteísta. No queda claro si es que está dispuesto a negar sin miramientos la existencia de un solo Dios, pero no tendría grandes dificultades para sentirse politeísta, seguidor de dioses varios, porque en realidad no hay ateo más consecuente que el que tiene en la mente la posibilidad de varios dioses. Una persona normal en Occidente que cree en la existencia de varios dioses, podemos decir que es quien más se burla de la religión. Pero no es el caso. El padre de Ana Iris es simplemente ateo y vete tú a saber de dónde sale lo de monoteísta.

Ana Iris ha nacido en ese ten con ten de ateos en casa y católicos en la familia y en el relato que se contiene en “Feria” surgen, quizá sin pretenderlo, sus inclinaciones trascendentes. Quizá sobre todo cuando se topa con la realidad familiar de los difuntos. Su padre decide velar a la abuela de Ana -su madre- toda la noche, el día de su fallecimiento. Y a ella lo que se le ocurre es “¿pero creemos o no creemos?”. Es consciente de la incoherencia, porque siempre había dicho él que los muertos se hacen polvo y desaparecen, sin más. ¿El velatorio, entonces?

Así surgen, a lo largo de la historia que ella escribe, la relación con una tierra, La Mancha, con un pueblo, Campo de Criptana, con una sociedad donde la mayoría de las personas, siendo más o menos practicantes, son creyentes. Creyentes, al menos de procesión y romería. Y de rezar a los difuntos. La autora de este simpático relato deja caer, de vez en cuando, las dudas de fondo que cualquiera se puede encontrar en su vida. El creyente poco practicante no se plantea grandes cosas, pues tiene una especie de seguridad de que tarde o temprano se encontrará con Dios.

Pero el ateo, casi sin darse cuenta, es más practicante que el católico mediocre. Se siente obligado a insistir en su increencia, sabedor de que está incluido en la minoría, y que una cosa es ser agnóstico, o sea, dejado de la mano de Dios, y otra cosa es ser oficialmente “ateo monoteísta”. Siendo así, que la hija, al llegar a cierta edad, decida hacer la Primera Comunión, para él, ateo convencido, es una derrota.

Es indudable que el ambiente ateo de su padre la ha movido a pensar. Tiene una inquietud, que se manifiesta en algunas declaraciones. Por ejemplo: “La única hierofanía posible en La Mancha se produce si uno alza la vista y comprende que igual es sobria y austera en el suelo porque robar protagonismo a esos cielos no sería de ley y para comprender eso también hace falta valor y saber mirar, concretamente hacia arriba, más allá de uno mismo. Esto te lo diré llegando a la portá del bisabuelo y seguramente no me vayas escuchando ya, pero dará igual porque te lo repetiré muchas veces a lo largo de tu vida” (p. 184).   

¿No es sentido de trascendencia sentir la necesidad de saber mirar hacia arriba? Eso es algo muy necesario y poco presente en la vida materialista de Occidente.

 

Con el mazo dando y…¿a Dios olvidando?

José Antonio García-Prieto Segura

Pedro Sánchez junto a su mujer, Begoña Gómez en la audiencia con el Papa Francisco.

Pedro Sánchez junto a su mujer, Begoña Gómez en la audiencia con el Papa Francisco.

Se ha cumplido un año del inicio de la pandemia y de la conmoción suscitada en tantos ámbitos de la vida social y de sus instituciones. Apenas decretado el estado de alarma publiqué un artículo titulado Con el mazo dando y…. Acorté a propósito ese dicho popular, suprimí el A Dios rogando y realcé la parte del hombre –Con el mazo dando-, porque quería huir de espiritualismos y hacer hincapié en los medios humanos para resolver los problemas: en aquellos momentos, afrontar la perturbación que se nos venía encima. Con todo, mi intención era suscitar la suma de empeños -humanos y divinos- sin olvidar y menos aún contraponer fuerzas como, por desgracia, ha sucedido.

La soberbia humana ofusca a veces la razón, y repite el conocido episodio de la torre de Babel: los hombres que desafían al mismo Dios y pretenden conquistar el Cielo con sus solas fuerzas; es decir, invadir el terreno de Dios desde y con el poder del César. Mi intención, entonces, era esa: una llamada a no prescindir del sumando divino. A medida que transcurría el tiempo parecía desvanecerse el recurso a la ayuda de Dios y, peor aún, algunos -ignorantes sin duda de lo que hacían y bajo el paraguas de la pandemia-, prescindir por completo de Él: no directamente -cosa de suyo imposible-, sino como de rebote, por así decir. Me refiero a proyectos de leyes con gravísimas repercusiones sociales, que lejos de estar promovidas por el bien común -principio rector de todo poder político-, han terminado por no contar para nada con Dios en la preservación de la convivencia social y de la misma vida.

Preciso: en diciembre pasado el Congreso español aprobó una ley de eutanasia, excluyendo un serio debate. Los razonables aspectos médicos, antropológicos y éticos que muchos deseaban exponer, quedaron arrinconados. Eran argumentos sólidos que defendían una cuidadosa atención sanitaria para suprimir dolores y sufrimientos en esa fase terminal de la vida; y para ofrecer a la vez, acompañamiento humano de cercanía y cariño a la persona afectada y a sus allegados. Estas razones no se tuvieron en cuenta y prevaleció el camino fácil de legislar adelantando la muerte.

De ese modo, se ha ido demasiado lejos: quienes  votaron a favor de esta ley -conscientes o no de ello- han ignorado por completo al Autor de la vida. Y tal exclusión, ¿no implica atribuirse un poder que no les correspondía?

Hoy, ese Proyecto de Ley aprobado también en el Senado, está en la calle. Después de un engañoso debate, las palabras y frases manipuladas y ambivalentes, han ganado la partida frente a sólidas razones médicas, antropológicas y éticas que, en tantas instancias, ya se habían levantado. Al fin, la fuerza de los planteamientos ideológicos -más que la fuerza de una razón serena y desapasionada- ha llevado las de ganar. Ignoro si al conocerse el resultado de la votación, a alguno le habrá venido a la cabeza, tristemente, el gesto del dedo pulgar hacia abajo de los espectadores en la antigua Roma, para sentenciar al gladiador derrotado. Tampoco sé, obviamente, si muchos de los 155 senadores favorables a la ley se plantearon seriamente votar en conciencia. Lo cierto es que el dicho A Dios rogando y con el mazo dando, quedó reducido tan sólo al Con el mazo dando, y ¡cómo ha golpeado!  

Más allá de los mencionados razonamientos médicos, humanitarios, etc., en favor de una esmerada atención la vida en su fase final, como ya se ha dicho, ha brillado por su ausencia lo más nuclear de la realidad en cuestión: se escamoteó que la vida es un don recibido del que no somos dueños absolutos. Comprendo que en una sociedad post-cristiana como la actual, a muchos -aún suponiendo que crean en Dios-, ni se les pasa por la cabeza que Él haya de estar presente en sus conductas diarias y en nuevas leyes que se estudien. Pero, siendo tan central esta que atañe a la realidad de la vida y de nuestra muerte, vale la pena recordar la intervención que un tal Pablo de Tarso tuvo en el areópago de Atenas. Ante una multitud de oyentes que tampoco eran cristianos, como tantos del siglo XX, pero sí tenían como los ciudadanos de hoy una cabeza pensante, Pablo les habló con palabras dirigidas a interrogarse y estimular su inteligencia. Tomó ocasión de la estatua erigida por ellos mismos Al Dios desconocido, para animarles a descubrir ese Dios que, y cito textualmente sus palabras, no está lejos de cada uno de nosotros, ya que en él vivimos, nos movemos y existimos (Hechos.. 17, 28): ¡nada menos!   Por eso, para defender la ley de eutanasia se tendría que haber podido afirmar con rotundidad: yo soy dueño absoluto de mi vida porque a nadie se la debo. ¿Alguien se atrevería a suscribirlo? ¿No protestarían, al menos, nuestros padres? Ojalá las palabras de san Pablo sonaran hoy en algunos foros -ya se llamen Congreso, Senado, televisión, prensa...-, y llegasen a la cabeza y al corazón de todos.

El tiempo de pandemia ha dado para otra ley que deja abierta una herida similar aunque, en este caso, la exclusión de la huella de Dios en lo legislado sea menos evidente. En noviembre pasado y sin el consenso que requiere toda ley que afecte al derecho fundamental de la educación, reconocido en precisos artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea y en el art. 27 de la Constitución Española, el Congreso aprobó el Proyecto de Ley Orgánica de Modificación de la Ley Orgánica de Educación (LOMLOE).

En esta Ley se obstaculizan derechos que, en su origen y raíz última, sólo a Dios corresponden: concretamente, el de los padres respecto a sus hijos para educarlos según sus convicciones morales y religiosas. Un año antes de aprobarse esta Ley, las palabras de la Ministra de Educación, dejaron estupefactos a los participantes en el Congreso de Escuelas Católicas, al afirmar que el ejercicio del mencionado derecho no estaba garantizado por el artículo 27 de la Constitución Española. Debilitada así la figura de los padres, desaparecía por completo la del Padre común, fuente última de esos derechos.

Quizá no haya sido casualidad que el Papa Francisco publicase, en pleno ecuador de la pandemia, la Encíclica Todos hermanos. Ha sido una nueva llamada a mirar a lo alto, a no excluir a Dios de la vida social. Francisco hace suyas estas palabras de Juan Pablo II: la raíz del totalitarismo moderno hay que verla, por tanto, en la negación de la dignidad trascendente de la persona humana, imagen visible de Dios y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos que nadie puede violar: ni el individuo, el grupo, la clase social, ni la nación o el Estado (Encíclica, n. 273).

A las dos semanas de publicarse, el Papa recibía al Presidente del Gobierno español. En el encuentro con él y su séquito, les habló de lo sucedido en Alemania con la caída de la República de Weimar. Se refirió al peligro de las ideologías que hacen sectarios y deconstruyen, en lugar de construir. Y concluía su Discurso: Con estas palabras simplemente quiero recordar a los políticos que la misión de ellos es una forma muy alta de la caridad y del amor. Pienso que Santo Tomás Moro, patrón de los políticos, habrá aplaudido desde el cielo ese elogio de tan alta misión; él la vivió a fondo, jugándose la vida por la verdad y por el honor de Dios. Buen ejemplo para los políticos y para todos.

Miramos al Cielo y Caminamos por la tierra: han sido dos ideas desarrolladas por el Papa en su reciente viaje a Irak. Figuran a modo de epígrafes en el texto del Discurso, pronunciado en Ur. De nuevo señalaba la senda: Caminemos en la tierra, trabajando y conviviendo como hermanos, sin socavar -en las leyes o en el trato social- los cimientos divinos de la persona y de la fraternidad. Y Miremos al Cielo, al Padre común de todos. Es otro modo de decirnos que la sabiduría del A Dios rogando y con el mazo dando sigue vigente y vale la pena no excluirla de las leyes, ni de la convivencia social. No la arrojemos alocadamente por la borda.

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La educación: una joya

Ana Teresa López de Llergo

La educación bien asimilada no responde con groserías a los groseros, no se burla de los incultos, no engaña a los ingenuos, ni se rinde ante los perezosos, y por supuesto no engaña ni defrauda a los demás.

La educación es un proceso delicadísimo puesto en manos de personas con vocación para hacerlo. Honestas, sabias y con una gran capacidad de entrega por amor al bien del prójimo. La educación es una joya. Los educadores no se improvisan y su deber es asumir la responsabilidad de colaborar en la superación a la que cada persona está llamada.

Un auténtico educador cultiva esa joya. Su trabajo es dar buenos datos, buenos conocimientos, buenos ejemplos, buenas ideas, abrir horizontes y estimular la originalidad de los estudiantes para que todo lo que reciban les estimule a aprovecharlo, a aplicarlo y a utilizarlo adecuadamente en beneficio propio y de quienes le rodean. La educación se muestra en la capacidad para trabajar.

En los educandos se ha desarrollado el sentido de responsabilidad de compartir con otros lo que ellos han tenido la oportunidad de recibir. Especialmente han de hacerlo con quienes han sufrido carencias. Quienes han pasado por las aulas han de tener consciencia de que sus aprendizajes son un tesoro que no les compete en exclusiva, deben compartirlos.

Por eso, se espera de los docentes y de los discentes un alto nivel moral. Urge revivir esta realidad como un medio indispensable para elevar el entorno social. Urge frenar el deterioro producido por la ignorancia, por la vulgaridad, por la falta de respeto, por la degradación. Lógicamente quienes más han recibido más tienen que dar, y en este caso están las personas que pisan las universidades o cualquier otra institución de nivel superior.

La educación bien asimilada no responde con groserías a los groseros, no se burla de los incultos, no engaña a los ingenuos, ni se rinde ante los perezosos, y por supuesto no engaña ni defrauda a los demás. La educación bien asimilada es una joya que provoca un trato digno y respetuoso sin discriminar a nadie. Es una joya que como toda joya embellece a quien la luce y mueve al gozo y a la esperanza a quienes la contemplan.

Todo esto no es una utopía sino una llamada de atención para recordar la dignidad propia de las personas y la conducta adecuada a esta realidad. Algunas personas fogosas dirán que este modo de proceder no les es fácil. Es verdad, puede costarles más. Pero si lo logran, el esfuerzo realizado se multiplica con creces.

Como no estamos en el paraíso, vemos a personas que adulteran la educación. Malos estudiantes y fungen como maestros. Personas sin vocación docente que hacen negocio con esta noble profesión. Adulteran la joya y engañan a personas de buena fe.

Quienes tienen a su cargo la custodia y la aplicación de la educación, llámense Ministerios, Secretarías o Cámaras, si hacen honestamente su trabajo, recogerán frutos de mejora social. Si no hacen bien su trabajo serán artífices del retroceso de su pueblo. Roban a su patria los recursos para mejorar a sus compatriotas. Son lobos con piel de oveja.

El 10 de marzo, Sonia Domínguez, señaló algunos rasgos del trabajo realizado para elaborar la Ley General de la Educación Superior, aprobada en la Cámara de Diputados de nuestra Nación. La intención es lograr que los profesionistas que egresan de ese nivel tengan tan alto compromiso social para elevar la cultura, la ciencia, el humanismo, la productividad, la economía.

La tarea de planear y diseñar ya está. Ahora les toca a las instituciones educativas llevar a cabo el plan que ponen en sus manos, porque se tiene muy en cuenta el marco de autonomía de las respectivas instituciones. Pero no sólo a ellos sino a los sectores públicos y privados de la sociedad.

Las instituciones de enseñanza superior, públicas o privadas han de reinventarse para cooperar con el logro de la cobertura universal. La gradualidad y la gratuidad han de tenerse en cuenta y ha de ser un aporte desde las diferentes visiones del mosaico de las variadas instituciones.

Para conseguir la gratuidad es importante distribuir adecuadamente los apoyos gubernamentales o de las instituciones particulares. Otro aspecto está en la retribución de exalumnos que obtuvieron becas y ahora han variado sus condiciones y ya pueden cooperar.

La pelota está en el terreno de los que viven día a día el ejercicio de la educación. Urge que los expertos le den a la joya de la educación una montura digna, que capacite a los alumnos para dar soluciones variadas a los problemas contemporáneos.

También urge mantener a los educadores con un espíritu creativo y emprendedor. Tienen toda la capacidad para innovar sus exposiciones y para evaluar los saberes. Es la oportunidad de darles su lugar y hacerles ver que buena parte de nuestro futuro está en sus manos.

La generación instantánea

Lucía Legorreta

Para nuestros antecesores, la paciencia y la lentitud eran virtudes importantes para hacer grandes obras como copiar un manuscrito o edificar una catedral.

 

 

Hace ya algunos años vivimos en la cultura del aquí y del ahora, la prisa y la urgencia domina nuestra vida. Te has preguntado sinceramente ¿vivir así nos hace más felices?, o bien ¿tenemos miedo a encontrarnos a nosotros mismos y pensar hacia dónde vamos?

Nos dice Robert Louis Stevenson: “Tanta urgencia tenemos por hacer cosas que olvidamos lo único importante: vivir”.

Con el uso masivo del internet y de los teléfonos celulares, nos hemos acostumbrado a los resultados inmediatos: queremos saber sobre una persona, un restaurante o un evento, lo escribimos en Google y antes de un segundo ya sabemos dónde nació la persona, el mapa del restaurante o la hora del evento.

Enviamos un correo electrónico y no obtenemos respuesta rápido, marcamos en ese instante. Cada vez estamos más acostumbrados a esos tiempos de reacción y cualquier cosa que se tarde demasiado nos molesta.

Volvamos a las preguntas iniciales: ¿Vivir así nos hace más felices? ¿Dónde está el placer de la espera? ¿Qué sentido tiene correr tanto cuando no sabemos hacia dónde queremos ir? Para nuestros antecesores, la paciencia y la lentitud eran virtudes importantes para hacer grandes obras como copiar un manuscrito o edificar una catedral.

La pasión por lo instantáneo lo podemos ver reflejado en estos sitios de internet para solteros, en los cuales la persona dispone de siete minutos para una mini charla con la otra persona para decidir si continúa o no con el encuentro.

Esta misma prisa hace que los padres hayan perdido la paciencia a la hora de educar a sus hijos, además de sufrir constantes conflictos con familiares, amigos y compañeros de trabajo por la simple falta de tiempo para aclarar las cosas.

Está comprobado que la prisa genera estrés, angustia y frustración. Detrás de ella hay un problema de ansiedad generalizada. Corremos sin cesar porque no sabemos a dónde vamos ni que queremos hacer de nuestra vida. Detenernos a pensar nos da miedo. Y que equivocados estamos.

Comparto contigo algunos hábitos descritos por Francese Miralles en su artículo en la Revista del País, que pueden permitirte pasar de lo instantáneo a lentas y placenteras actividades de la vida:
- Recuperar el hábito de esperar: aunque haya cola en una tienda, si es allí donde queremos comprar, no cambies de lugar.
- Congela los correos electrónicos conflictivos: al menos 24 horas para que piensen bien lo que debes responder.
- Encarga un libro en la tienda de tu colonia: espera a que llegue y lo leerás con más ilusión.
- Ve películas clásicas y de arte: en lugar de ver solo películas del cine comercial, acércate a películas de los años sesenta o setenta, las cuales son más tranquilas y lentas

Estos son solo cuatro hábitos para pasar de lo instantáneo a gozar más la vida. Estoy segura de que se te han ocurrido muchos más.

Te invito a que los compartas conmigo, con tus amigos y podamos hacer a un lado nuestra vida de urgencias y prisas, y así recuperar la paciencia y la lentitud de nuestros antepasados.

 Discrimina a las familias numerosas

Según el texto de la denuncia, que ha presentado la Asociación de Familias Numerosas de Madrid y la Plataforma Stop Suicidio Demográfico, ante la Comisión Europea contra el Real Decreto por el que el Ministerio de Inclusión y Seguridad Social discrimina de forma indirecta a las mujeres y hombres con más hijos, se están vulnerando varios artículos de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea. Las prisas, las chapuzas, el tirar de forma torticera de un Decreto-Ley y la falta de transparencia se están convirtiendo en el sello del Ejecutivo a la hora de actuar. No sería la primera vez que la Unión Europea llama a capítulo a este Gobierno, que no destaca particularmente ni por el aprecio a la familia, en general, ni a las familias numerosas en especial, a las que se niega un justo reconocimiento, aunque solo sea por todo lo que aportan a una sociedad cada vez más envejecida, en la que, a medio plazo, empieza a ser una quimera el sostenimiento de nuestro estado del bienestar.

JD Mez Madrid

 

Biden y la promoción del aborto 

El Presidente Joe Biden ordenó al Departamento de Estado de los Estados Unidos y a la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional financiar la industria global del aborto.

El presidente Biden firmó una orden ejecutiva que rescindió la política de protección de la vida en la asistencia sanitaria global de su predecesor Donald J. Trump, también conocida como la Política de la Ciudad de México. La política impidió que los grupos de la industria del aborto extranjero recibieran asistencia de salud y planificación familiar global de Estados Unidos.

La orden también ordena al Secretario de Estado de los Estados Unidos que "retire el copatrocinio y la firma de la Declaración de Consenso de Ginebra", una declaración de 35 países de que el aborto no es un derecho humano internacional firmado por el Secretario de Estado Mike Pompeo en octubre de 2020. Y restaura la financiación al Fondo de Población de las Naciones Unidas, una agencia que promueve el aborto y se asocia con la burocracia coercitiva de planificación familiar de China.

La orden de Biden obliga efectivamente a los contribuyentes estadounidenses a financiar a los gigantes del aborto International Planned Parenthood Federation, Marie Stopes International y cientos de grupos extranjeros que realizan y promueven el aborto en todo el mundo en desarrollo, incluso presionando para derogar las protecciones para los no nacidos.

"Estos gigantes de la industria del aborto empujan vergonzosamente su agenda radical en naciones y culturas profundamente pro-vida.

Anu Kumar, el jefe de la industria del aborto IPAS lo llamó "un paso importante para ampliar el acceso a los servicios de aborto en el extranjero" en un Op-Ed en la Sra., Una revista feminista enlínea. IPAS se especializa en proporcionar equipos de aborto y diseñar sistemas de salud para llevar a cabo una luz.

En un comunicado de prensa la Casa Blanca anunció que la orden protegería y ampliaría el acceso a la "atención integral de la salud reproductiva" y promovería la "salud y los derechos sexuales y reproductivos" en los Estados Unidos y en todo el mundo. Ambos términos son comúnmente utilizados por la industria del aborto en las políticas de las Naciones Unidas y la programación para promover el aborto.

Jesús Martínez Madrid

 

 

El sistema educativo público

Los laicistas defienden que el sistema educativo público no es únicamente el que se sostiene con fondos públicos, sino el que atiende a todos y todas por igual, sin diferencias y sin selecciones previas. Pero en realidad lo que hay detrás es un intento de imponer un único modo de pensar, el de ellos, en clara violación del artículo 27.3 de la Constitución, que reconoce el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus propias convicciones. Con ello, la libertad religiosa, un derecho humano fundamental, afirmado como tal en el artículo 18 de la Declaración de Derechos Humanos, quedaría malparada al ser desterrada de la escuela pública.

Uno puede preguntarse sobre la importancia de que sean los padres o por el contrario el Estado quienes eduquen a los niños. Si a unos padres se les niega el derecho a educar a sus hijos según sus convicciones religiosas o morales estamos ante un Estado no democrático, sino totalitario.

En nuestro mundo actual se trata de imponernos lo políticamente correcto, es decir la ideología de género, sobre la que ya en 2012 decían nuestros obispos en su documento La verdad del amor humano: “No se detiene, sin embargo, la estrategia en la introducción de dicha ideología en el ámbito legislativo. Se busca, sobre todo, impregnar de esa ideología el ámbito educativo. Porque el objetivo será completo cuando la sociedad –los miembros que la forman– vean como ‘normales’ los postulados que se proclaman. Eso solo se conseguirá si se educa en ella, ya desde la infancia, a las jóvenes generaciones. No extraña, por eso, que, con esa finalidad, se evite cualquier formación auténticamente moral sobre la sexualidad humana. Es decir, que en este campo se excluya la educación en las virtudes, la responsabilidad de los padres y los valores espirituales, y que el mal moral se circunscriba exclusivamente a la violencia sexual de uno contra otro” (n. 60).

Domingo Martínez Madrid

 

 

Quienes quieren de verdad a sus hijos

Ante el tema educativo, sobre todo, no podemos olvidar el nada pequeño detalle de que quienes quieren de verdad a sus hijos son los padres. Como decía una madre de familia, si a los hijos los debe educar el Estado y los padres no pintamos nada, el día que mi hijo tenga 39ºC de fiebre que venga la ministro a cuidar de mi hijo, puesto que a ella, como responsable de mi hijo, corresponde cuidarlo y educarlo.

He aquí contra lo que tenemos que luchar, y el instrumento para ello es el pin parental, que es la herramienta que impide que los niños puedan ser adoctrinados sin el consentimiento parental y que nuestro Gobierno trata de prohibir en claro desprecio a nuestra Constitución.

Además, en la concepción cristiana, “puesto que los padres han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole, y, por tanto, hay que reconocerlos como los primeros y principales educadores de sus hijos” (declaración del Concilio Vaticano II Gravissimum educationis nº 3); “los padres han sido constituidos por Dios como los primeros y principales educadores de los hijos, y su derecho es del todo inalienable” (exhortación de San Juan Pablo II Familiaris consortio nº 40).

Pedro García

 

Los más destacados del pasado siglo y a quienes debemos “lo que nos dejaron”

 

                                Como “todo efecto procede de una causa”, considero que todas las basuras que hoy nos ahogan, proceden de esos individuos que en su momento, marcaron pautas y pretendieron (según ellos) “mejorar este perro mundo”. ¿Lo consiguieron? Indudablemente no; y a la vista está, en los límites y “fronteras” destructivas en que hoy nos encontramos. Fueron muchísimos; pero como “muestra y guía” voy a recordar una lista, muchos  de ellos vivieron en parte de “mi vida”; por tanto y como víctima, me considero con pleno derecho a recordarlos, para recordar sus miserias y aciertos, mucho más de las primeras que de los segundos; “y es el planeta el que confirma ello”.

                                Son primero, los que gobiernan el mundo material y religioso, los que en principio del siglo XX, mandan en casi todo el mundo, revestidos de esa parafernalia y oropeles, incluso “divinos”, son todos los “imperios” que en esa época existen; y que van a ser eliminados dando paso a “nuevos emperadores, papas y caudillos”, que van ocupando el terreno, sobre la siempre nefasta, “ley del más fuerte”, que ahoga todo intento de que se fuera imponiendo la verdadera ley, “de la razón y la convivencia humana”, que sigue aplastada por la primera; son “las armas las que siguen imponiendo su ley destructiva, llevando hipócritamente la bandera de la libertad, de la que todos, presumen ser sus adalides”. Pero son portadores de las que “llevan” los “cuatro jinetes del Apocalipsis”, tan bien reflejados en la obra de Vicente Blasco Ibáñez, de igual título y la que “retrata”, la primera y gran masacre, cual fue, la I Guerra Mundial.

                                Los irresponsables “caudillos”, alemanes, franceses, ingleses, norteamericanos, rusos, chinos, japoneses y sus “aliados”, fueron los principales devastadores que marcan lo que va a ser la feroz realidad de ese siglo, que se puede considerar como el peor de todos los de la historia del planeta y que protagoniza el mono humano.

                                ¿Merece la pena nombrar a alguno de los que se consideran protagonistas de la infinidad de tragedias producidas y sufridas, por las incalculables masas de habitantes indefensos, de la mayor parte del planeta? En principio pensaba enumerar a muchos de ellos, pero en realidad, he pensado después que no lo merecen ninguno; puesto que ninguno (que yo sepa o recuerde, salvo Gandhi que fue un verdadero reevolucionario sin necesidad de armas o destrucción “revolucionaria”) supo asumir el puesto que circunstancialmente llegó a ocupar; y todos al final, defendieron sus intereses materiales, en mayor o menor grado, pero imperando siempre, “el primero yo y los míos… y al enemigo ni agua”. Y así se llega hasta el extremo, de que hoy “todos sus herederos o seguidores”, se presentan con “los infantiles lloros”, que nos están dando por cuanto, “hasta el planeta ya no aguanta su más terrible y destacada epidemia o ya pandemia, cual es, la que le ha producido, el más inteligente de sus hijos, o sea, “el mono humano”; que, de “lo de sapiens-sapiens”, que se atribuyó a sí mismo, más bien tuvo muy poco, casi nada, o nada en definitiva, puesto que los resultados así lo confirman.

                                ¿Si ahora mismo  pudiésemos “resucitar” y reunir en una charla inteligente, a “Hitler, Churchill, Mussolini, Roosevelt, Hirohito, De Gaulle, Stalin, Lenin, Mao; y “algunos otros secundarios”, como pudieran ser, Franco, Tito, Atatürk, Fidel Castro, Gamal Nasser, Oliveira Salazar;  y otros generales, dictadores o tiranos, “famosos” por sus “hazañas”; igualmente a los más destacados religiosos y que se autoproclamaron “representantes de Dios en el planeta; y se les preguntase? ¿Qué hicisteis por y para este planeta, no sentís ningún remordimiento? ¿Qué dirían y cómo se justificarían? Imagino que terminarían “a palo limpio”, tras insultarse los unos a los otros; y no reconociendo culpa alguna, que como es normal en la asquerosa política que aquí se empleó y emplea; “siempre la culpa es del otro”.

                                Pero como todo efecto tiene una causa, el bochornoso efecto que padecemos hoy, indudablemente nos viene, por el encadenamiento de muchas causas, que en realidad fue una sola, que nos llevó a la realidad actual y global, que representa una sola catástrofe pero que nos afecta a todo el planeta. ¿Se sabrá salir de ella?

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes