Las Noticias de hoy 15 Marzo 2021

Enviado por adminideas el Lun, 15/03/2021 - 11:53

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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 15 de marzo de 2021    

Indice:

ROME REPORTS

Llamamiento del Papa por Siria: decidido compromiso para poner fin a la crisis

Ángelus con el Papa: "En Cuaresma, acojamos la luz en nuestra conciencia"

El Papa: La Iglesia no está llamada a condenar sino a llevar la salvación de Cristo

LA ORACIÓN PERSONAL: Francisco Fernandez Carbajal

“El espíritu de mortificación”: San Josemaria

El desafío del 'nosotros'

Personas comunes que emergen en tiempos difíciles: Susana García Fernández

En el año de san José: #QuieroSerComoTu

Un canto de alabanza y amor: el Trium Puerorum: Juan Rego

 Sobre la Iglesia en la enseñanza de la religión: Ramiro Pellitero

Un hijo pródigo: Ernesto Juliá

La complementariedad del amor paterno y materno: Plinio Corrêa de Oliveira

Cómo Confesarse bien

Conciencia y verdad: Cardenal Joseph Ratzinger

¿Qué significa ser católico hoy?: Luiz Sérgio Solimeo

Cristianismo tabú : Miguel Brugarolas 

​ Santos desconocidos : Suso do Madrid

“Los hijos no pertenecen a los padres”: José Morales Martín

​ La penitencia como virtud : José Morales Martín

No cambia nada porque no puede cambiar : Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

Llamamiento del Papa por Siria: decidido compromiso para poner fin a la crisis

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tras el Ángelus, Francisco lanzó un nuevo llamamiento a la comunidad internacional en favor de la "amada y martirizada Siria", diez años después del inicio del conflicto, para dar esperanza a la "población exhausta". El compromiso de todas las partes implicadas, dice, debe ser "constructivo y solidario" para que se silencien las armas, se pueda "recomponer el tejido social y comenzar la reconstrucción y la recuperación económica".

Ciudad del Vaticano

“Renuevo mi más sentido llamamiento a las partes en conflicto para que den muestras de buena voluntad, a fin de que se abra un resquicio de esperanza para la población exhausta”: fueron las palabras del Papa Francisco tras finalizar la oración del Ángelus, en la vigilia del décimo aniversario del inicio del “sangriento conflicto de Siria, que ha provocado una de las más graves catástrofes humanitarias de nuestro tiempo”.

“También espero un decidido y renovado compromiso constructivo y solidario por parte de la comunidad internacional, para que, una vez depuestas las armas, se pueda recomponer el tejido social y activar la reconstrucción y la recuperación económica.”

El Pontífice recuerda también los sufrimientos de la “amada y martirizada Siria”:

“Un número incalculable de muertos y heridos, millones de refugiados, miles de desaparecidos, destrucción, violencia de todo tipo y un inmenso sufrimiento para toda la población, especialmente para los más vulnerables, como los niños, las mujeres y las personas ancianas.”

Y finalmente invita a orar al Señor “para que tanto sufrimiento en la amada y martirizada Siria no caiga en el olvido, y para que nuestra solidaridad reavive la esperanza”.

El último llamamiento de Iraq, durante el encuentro interreligioso de Ur

Siria está por cumplir el décimo aniversario del conflicto, iniciado el 15 de marzo de 2011 y que ha causado más de 400.000 víctimas, 12 millones de desplazados y 12,4 millones de personas, el 60% de la población, afectadas por la inseguridad alimentaria. Hace poco más de una semana, el 6 de marzo, en Iraq, en el encuentro interreligioso de la Llanura de Ur, el Papa invitó a todos los representantes de las religiones a pedir en la oración que todo Oriente Medio, en particular "la cercana y martirizada Siria", pase "del conflicto a la unidad", recorriendo el camino de la paz con "el compartir y la acogida".

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La oración por Siria del 7 de septiembre de 2013

Recordando a los periodistas el sufrimiento del pueblo sirio en el vuelo de regreso a Roma, Francisco agradeció en particular a los países generosos, entre ellos el Líbano, que acogen a los migrantes, y se remontó con su recuerdo a la vigilia de oración por Siria del 7 de septiembre de 2013. "Recuerdo al inicio del pontificado aquella tarde de oración en la plaza de San Pedro, había adoración al Santísimo, se rezaba el rosario.... Pero cuántos musulmanes, cuántos musulmanes con alfombras rezaban con nosotros por la paz en Siria, para detener los bombardeos, en ese momento en el que se decía que tendría lugar un bombardeo feroz. Llevo a Siria en mi corazón".

En 2011, de la "primavera árabe" a la guerra civil

El inicio del conflicto en la "amada y martirizada Siria", como suele llamarla el Pontífice, está fechado 15 de marzo de 2011, pero a finales del verano el conflicto sufrió una escalada destinada a convertirlo en uno de los peores del mundo. Esto por el número de víctimas, los países implicados y por las reiteradas violaciones de los derechos humanos. El 15 de marzo, con la llegada de la "Primavera Árabe" a Damasco, decenas de miles de manifestantes salieron a las calles de las principales ciudades sirias, exigiendo reformas, más libertad y derechos. Quieren un cambio con respecto a las décadas anteriores, cuando el país estuvo dirigido por Hafiz al-Assad (de 1971 a 2000) y, tras su muerte, por su hijo Bashar al-Assad, el actual presidente sirio. Este último parecía estar a punto de responder positivamente a algunas de las demandas de los manifestantes, pero luego decidió cortar toda forma de protesta.

Rusia con Assad, EEUU contra las armas químicas

Así, desde finales del verano de 2011, los sirios luchan entre sí como nunca antes. Una verdadera guerra entre insurgentes y régimen: las comunidades sociales, económicas y políticas locales se enfrentan entre sí. Desde 2013, ha habido una importante presencia de actores externos en el conflicto sirio. Al mismo tiempo, se desarrolla un sectarismo cada vez más pronunciado dentro de las comunidades chiítas y sunitas. El mundo no se queda de brazos cruzados: por un lado, Rusia apoya al gobierno de Assad; por otro, Estados Unidos amenaza con atacar al ejército sirio si hace uso de armas químicas, como se le acusa de haber hecho en el ataque de septiembre de 2013 contra la zona de Ghuta, controlada por los rebeldes.

Ángelus con el Papa: "En Cuaresma, acojamos la luz en nuestra conciencia"

Profundizando sobre el Evangelio dominical el Papa Francisco recordó que en esta Cuaresma, estamos llamados a "acoger la luz en nuestra conciencia", en particular en el Sacramento de la Reconciliación, "para abrir nuestros corazones al amor infinito de Dios, a su misericordia llena de ternura y bondad". Además, el Pontífice exhortó a no tener miedo de dejarnos "poner en crisis" por Jesús ya que, "la suya es una crisis saludable", que nos cura y hace que nuestra alegría sea plena.

Ciudad del Vaticano

El 14 de marzo, cuarto domingo de Cuaresma conocido como domingo "Laetare", es decir, "Alégrate"; el Papa Francisco reflexionó sobre la liturgia eucarística que comienza con esta invitación: "Alégrate, Jerusalén...". (cf. I66,10).

La alegría proviene del amor de Dios

En este contexto, el Santo Padre explicó que la fuente de esta alegría proviene del amor de Dios: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn. 3,16).

 

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14/03/2021

Ángelus del 14 de marzo de 2021

Y precisamente este mensaje gozoso es el corazón de la fe cristiana -dijo el Pontífice- indicando que el amor de Dios "ha encontrado la cima en el don del Hijo a una humanidad débil y pecadora".

La esencia de estas palabras se desprende del diálogo nocturno entre Jesús y Nicodemo, una parte del cual está descrita en la misma página evangélica (cf. Jn 3,14-21) y sobre la cual Francisco profundiza:

“Nicodemo, como todo miembro del pueblo de Israel, esperaba al Mesías, identificándolo como un hombre fuerte que juzgaría al mundo con poder. Jesús pone en crisis esta expectativa presentándose bajo tres aspectos: el del Hijo del hombre exaltado en la cruz; el del Hijo de Dios enviado al mundo para la salvación; y el de la luz que distingue a los que siguen la verdad de los que siguen la mentira”

En cuanto a estos tres aspectos, el Obispo de Roma hizo hincapié en que Jesús se presenta en primer lugar como el Hijo del Hombre:

“El texto alude al relato de la serpiente de bronce (cf. Números 21:4-9), que, por voluntad de Dios, fue levantada por Moisés en el desierto cuando el pueblo fue atacado por serpientes venenosas; quien había sido mordido y miraba la serpiente de bronce se curaba. Del mismo modo, Jesús fue levantado en la cruz y los que creen en Él son curados del pecado y viven”

El segundo aspecto es el del Hijo de Dios:

“Dios Padre ama a los hombres hasta el punto de "dar" a su Hijo: lo dio en la Encarnación y lo dio al entregarlo a la muerte. El propósito del don de Dios es la vida eterna de los hombres: en efecto, Dios envía a su Hijo al mundo no para condenarlo, sino para que el mundo se salve por medio de Jesús. La misión de Jesús es misión de salvación, para todos”

El tercer nombre que Jesús se atribuye es "luz":

“El Evangelio dice: "Vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz (v. 19). La venida de Jesús al mundo provoca una elección: quien elige las tinieblas va al encuentro de un juicio de condenación, quien elige la luz tendrá un juicio de salvación. El juicio es la consecuencia de la libre elección de cada uno: quien practica el mal busca las tinieblas, quien hace la verdad, es decir, practica el bien, llega a la luz. Quien camina en la luz, quien se acerca a la luz, hace buenas obras”

En Cuaresma, abrirnos a la misericordia de Dios

En este sentido, el Papa recordó que estamos llamados a vivir plenamente estos aspectos durante la Cuaresma: "acoger la luz en nuestra conciencia, en particular en el Sacramento de la Reconciliación, para abrir nuestros corazones al amor infinito de Dios, a su misericordia llena de ternura y bondad".

"Así encontraremos el gozo verdadero y podremos alegrarnos del perdón de Dios que regenera y da vida", concluyó Francisco pidiendo a María Santísima que nos ayude a no tener miedo de dejarnos "poner en crisis" por Jesús ya que, "es una crisis saludable, para nuestra curación; para que nuestra alegría sea plena".

 

El Papa: La Iglesia no está llamada a condenar sino a llevar la salvación de Cristo

En la misa presidida en la Basílica de San Pedro por el 500 aniversario de la evangelización de Filipinas, Francisco agradeció a los católicos del país asiático la alegría con la que llevan su fe a todo el mundo y a las comunidades cristianas.

Ciudad del Vaticano

No detener la labor de evangelización y llevar siempre la alegría del Evangelio a los demás. Fue la invitación del Papa en su homilía de la misa celebrada esta mañana en la Basílica de San Pedro, con ocasión del 500 aniversario de la evangelización en Filipinas.

"Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único" (Jn 3,16). Francisco parte de las palabras que Jesús dirige a Nicodemo en el Evangelio de San Juan, donde está el corazón del Evangelio, para explicar “el fundamento de nuestra alegría” y precisa que “el contenido del Evangelio no es una idea o una doctrina, sino que es Jesús, el Hijo que el Padre nos ha dado para que tengamos vida”.

“El fundamento de nuestra alegría no es una bella teoría sobre cómo ser feliz, sino que es experimentar el ser acompañados y amados en el camino de la vida”, explica el Papa, deteniéndose a continuación en estos dos aspectos: "amó tanto" y "dio".

En primer lugar, Dios amó tanto, precisa el Papa y recuerda que “siempre nos ha mirado con amor y por amor vino en medio de nosotros en la carne de su Hijo”.

En Él vino a buscarnos en los lugares donde estábamos perdidos; en Él vino a levantarnos de nuestras caídas; en Él lloró nuestras lágrimas y curó nuestras heridas; en Él bendijo nuestras vidas para siempre.

En Jesús, aclara el Papa, "Dios ha pronunciado la palabra definitiva sobre nuestras vidas: tú no estás perdido, eres amado". Puede ocurrir que "la escucha del Evangelio y la práctica de nuestra fe" ya no nos haga captar la grandeza de este amor, y quizás "nos deslizamos hacia una religiosidad seria, triste y cerrada". Esta es la señal, continúa Francisco, "de que debemos detenernos y escuchar de nuevo el anuncio de la buena noticia".

Dios te ama tanto que te da toda su vida. No es un Dios que nos mira indiferente desde lo alto, sino un Padre enamorado que se implica en nuestra historia; no es un Dios que se complace de la muerte del pecador, sino un Padre que se preocupa de que nadie se pierda; no es un Dios que condena, sino un Padre que nos salva con el abrazo bendiciente de su amor.

Refiriéndose a la segunda palabra, Dios "dio" a su Hijo, Francisco subraya que "precisamente porque nos ama tanto, Dios se entrega y nos ofrece su vida". “La fuerza del amor es precisamente ésta: rompe la coraza del egoísmo, quiebra los márgenes de la seguridad humana sobredimensionada, derriba los muros y supera los miedos, para convertirse en don”.

“Quien ama es así, recuerda el Papa, prefiere arriesgarse en el donarse antes que atrofiarse reservándose para sí mismo. Por eso Dios sale de sí mismo: porque ‘ha amado tanto’. Su amor es tan grande que no puede evitar donarse a nosotros”. “En Jesús, levantado en la cruz, Él mismo vino a curarnos del veneno que da la muerte, se hizo pecado para salvarnos del pecado. Dios no nos ama con palabras: nos da a su Hijo para que todo el que lo mire y crea en Él se salve”.

Es hermoso encontrar personas que se aman, que se quieren y comparten su vida; de ellas se puede decir como de Dios: se aman tanto que dan la vida, agrega el Papa y exclama: ¡Esta es la fuente de la alegría! Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo. Y recuerda el reciente viaje en Iraq: “un pueblo martirizado ha exultado de alegría; gracias a Dios, a su misericordia”.

A veces, continúa el Papa, "buscamos la alegría donde no la hay", en "ilusiones que se desvanecen", en "sueños de grandeza de nuestro yo", "en la aparente seguridad de las cosas materiales", o "en el culto a nuestra propia imagen".

Pero la experiencia de la vida nos enseña que la verdadera alegría es sentirse amados gratuitamente, sentirnos acompañados, tener a alguien que comparta nuestros sueños y que, cuando naufragamos, venga a rescatarnos y a llevarnos a puerto seguro.

A continuación, recordando el 500 aniversario de la llegada del anuncio cristiano a Filipinas, cuando "recibieron la alegría del Evangelio", Francisco afirma: "esta alegría se ve en su pueblo, se ve en sus ojos, en sus rostros, en sus cantos y en sus oraciones".

“Quiero darles las gracias por la alegría que aportan al mundo entero y a las comunidades cristianas. Pienso en tantas bellas experiencias en las familias romanas -pero es lo mismo en todo el mundo- donde su presencia discreta y trabajadora se ha convertido también en un testimonio de fe”

Lo hacen, continúa, "al estilo de María y José", porque "a Dios le gusta llevar la alegría de la fe con un servicio humilde y escondido, valiente y perseverante". “No detengan”, concluye el Pontífice, dirigiéndose a los fieles filipinos, "la obra de evangelización, que no es proselitismo". El anuncio cristiano que han recibido "hay que llevarlo siempre a los demás", ocupándose "de los que están heridos y viven en los márgenes". Como el Dios que se entrega, también la Iglesia "no es enviada a juzgar, sino a acoger; no a imponer, sino a sembrar; no a condenar, sino a llevar a Cristo que es la salvación".

“No tengan miedo de anunciar el Evangelio, de servir y de amar. Y con su alegría podrán conseguir que se diga también de la Iglesia: "¡ha amado tanto al mundo!" Una Iglesia que ama al mundo sin juzgarlo y que se entrega por el mundo es hermosa y atractiva. Que así sea, en Filipinas y en cada lugar de la tierra.”

 

LA ORACIÓN PERSONAL

— Necesidad de la oración. El ejemplo de Jesús.

— Oración personal: diálogo confiado con Dios.

— Poner los medios para rezar con recogimiento y evitar las distracciones.

I. Estaba Jesús orando en cierto lugar...1. Muchos pasajes del Evangelio muestran a Jesús que se retiraba y quedaba a solas para orar2; y se pone particularmente de relieve en los momentos más importantes de su ministerio público: Bautismo3, elección de los Apóstoles4, primera multiplicación de los panes5, transfiguración6, etcétera. Era una actitud habitual de Jesús: «A veces, pasaba la noche entera ocupado en coloquio íntimo con su Padre. ¡Cómo enamoró a los primeros discípulos la figura de Cristo orante!»7. ¡Cómo nos ayuda a nosotros!

En esta Cuaresma podemos fijarnos especialmente en una escena que contemplamos en el Santo Rosario: la oración de Jesús en el Huerto. Inmediatamente antes de entregarse a la Pasión, el Señor se dirige con los Apóstoles al Huerto de Getsemaní. Muchas veces había rezado Jesús en aquel lugar, pues San Lucas dice: Salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos8. Pero esta vez la oración de Jesús tendrá un matiz muy particular, porque ha llegado la hora de su agonía.

Llegado a Getsemaní, les dijo: Orad, para no caer en tentación9. Antes de retirarse un poco para orar, el Señor pide a los Apóstoles que permanezcan también en oración. Sabe Jesús que se acerca para ellos una fuerte tentación de escándalo al ver que es apresado su Maestro. Se lo ha comunicado ya durante la Última Cena, y ahora les advierte que no podrán resistir la prueba si no permanecen vigilantes y orando.

La oración es indispensable para nosotros, porque si dejamos el trato con Dios, nuestra vida espiritual languidece poco a poco. «Si se abandona la oración, primero se vive de las reservas espirituales..., y después, de la trampa»10. En cambio, la oración nos une a Dios, que nos dice: Sin mí no podéis hacer nada11. Conviene orar perseverantemente12, sin desfallecer nunca. Hemos de hablar con Él y tratarle mucho, con insistencia, en todas las circunstancias de nuestra vida. Además, ahora, durante este tiempo de Cuaresma, vamos con Jesucristo camino de la Cruz, y «sin oración, ¡qué difícil es acompañarle!»13.

El Señor nos enseña con el ejemplo de su vida cuál ha de ser nuestra actitud: dialogar siempre filialmente con Dios. «No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama»14. Siempre hemos de procurar tener presencia de Dios y contemplar los misterios de nuestra fe. Ese diálogo con Dios no debe interrumpirse; más aún, debe hacerse en medio de todas las actividades. Pero es indispensable que sea más intenso en esos ratos que diariamente dedicamos a la oración mental: meditamos y hablamos en su presencia sabiendo que verdaderamente Él nos oye y nos ve. Quizá sea la necesidad de la oración, junto con la de vivir la caridad, uno de los puntos en los que el Señor insistió más veces en su predicación.

II. Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, puesto de rodillas, oraba, diciendo: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya15.

Cuando el sufrimiento espiritual es tan intenso que le hace entrar en agonía, el Señor se dirige a su Padre con una oración llena de confianza. Le llama Abba, Padre, y le dirige palabras íntimas. Ese es el camino que debemos seguir también nosotros. En nuestra vida habrá momentos de paz espiritual y otros de lucha más intensa, quizá de oscuridad y de dolor profundo, con tentaciones de desaliento... La imagen de Jesús en el Huerto nos señala cómo hemos de proceder siempre: con una oración perseverante y confiada. Para avanzar en el camino hacia la santidad, pero especialmente cuando sintamos el peso de nuestra debilidad, hemos de recogernos en oración, en conversación íntima con el Señor.

La oración pública (o en común) en la que participan todos los fieles es santa y necesaria, pues Dios quiere ver a sus hijos también juntos orando16, pero nunca puede sustituir al precepto del Señor: tú, en tu aposento, cerrada la puerta, ora a tu Padre17. La liturgia es la oración pública por excelencia, «es la cumbre hacia la cual tiende toda la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo fuente de donde mana toda su fuerza (...). Con todo, la vida espiritual no se contiene en la sola participación de la sagrada Liturgia. Pues el cristiano, llamado a orar en común, debe sin embargo entrar también en su aposento y orar a su Padre en lo oculto, es más, según señala el Apóstol, debe rezar sin interrupción (1 Tes, 5, 17)»18.

La oración hecha en común con otros cristianos también debe ser oración personal, mientras los labios la recitan con las pausas oportunas y la mente pone en ella toda su atención.

En la oración personal se habla con Dios como en la conversación que se tiene con un amigo, sabiéndolo presente, siempre atento a lo que decimos, oyéndonos y contestando. Es en esta conversación íntima, como la que ahora intentamos mantener con Dios, donde abrimos nuestra alma al Señor, para adorar, dar gracias, pedirle ayuda, para profundizar –como los Apóstoles– en las enseñanzas divinas. «Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!; y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio.

»En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”»19.

Nunca puede ser plegaria anónima, impersonal, perdida entre los demás, porque Dios, que ha redimido a cada hombre, desea mantener un diálogo con cada uno de ellos, y al final de la vida la salvación o condenación dependerán de la correspondencia personal de cada uno. Debe ser el diálogo de una persona concreta –que tiene un ideal y una profesión determinada, y unas amistades propias..., y unas gracias de Dios específicas– con su Padre Dios.

III. Cuando se levantó de la oración y llegó hasta los discípulos, los encontró adormilados por la tristeza. Y les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos y orad para no caer en tentación20.

Los apóstoles han descuidado el mandato del Señor. Los había dejado allí, cerca de Él, para que velaran y orasen y así no cayeran en la tentación: pero aún no aman bastante, y se dejan vencer por el sueño y la flaqueza, abandonando a Jesús en aquel momento de agonía. El sueño, imagen de la debilidad humana, ha permitido que se apodere de ellos una tristeza mala: decaimiento, falta de espíritu de lucha, abandono de la vida de piedad.

No caeremos en esa situación si mantenemos vivo el diálogo con Dios en cada rato de oración. Frecuentemente tendremos que acudir a los Santos Evangelios o a otro libro –como este que lees–, para que nos ayude a encauzar ese diálogo, aproximarnos más al Señor, en el que nada ni nadie nos puede sustituir. Así hicieron muchos santos: «Si no era acabando de comulgar –dice Santa Teresa– jamás osaba comenzar a tener oración sin libro, que tanto temía mi alma estar sin él en oración, como si con mucha gente fuera a pelear. Con este remedio, que era como una compañía o escudo en que había de recibir los golpes de los muchos pensamientos, andaba consolada»21.

Hemos de poner los medios para hacer esa oración mental con recogimiento. En el lugar más adecuado según nuestras circunstancias, siempre que sea posible, ante el Señor en el Sagrario. Y a la hora que hayamos determinado en nuestro plan de vida ordinario. En la oración estaremos también prevenidos contra las distracciones; esto supone, en gran medida, la mortificación de la memoria y de la imaginación, apartando lo que nos impida estar atentos a nuestro Dios. Hemos de evitar el tener «los sentidos despiertos y el alma dormida»22.

Si luchamos con decisión contra las distracciones, el Señor nos facilitará la vuelta al diálogo con Él; además, el Ángel Custodio tiene, entre otras, la misión de interceder por nosotros. Lo importante es no querer estar distraídos y no estarlo voluntariamente. Las distracciones involuntarias, que nos vienen a pesar nuestro, y que procuramos rechazar en cuanto somos conscientes, no quitan provecho ni mérito a nuestra oración. No se enfadan el padre y la madre porque balbucee sin sentido el niño que todavía no sabe hablar. Dios conoce nuestra flaqueza y tiene paciencia, pero hemos de pedirle: «concédenos el espíritu de oración»23.

Al Señor le será grato que hagamos el propósito de mejorar en la oración mental todos los días de nuestra vida; también aquellos en los que nos parezca costosa, difícil y árida, porque «la oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar. Y se ama, esforzándose en intentar decir algo al Señor, aunque no se diga nada»24. Si lo hacemos así, toda nuestra vida saldrá enriquecida y fortalecida. La oración es un potentísimo faro que da luz para iluminar mejor los problemas, para conocer mejor a las personas y así poder ayudarlas en su caminar hacia Cristo, para situar en su verdadero lugar aquellos asuntos que nos preocupan. La oración deja en el alma una atmósfera de serenidad y de paz que se transmite a los demás. La alegría que produce es un anticipo de la felicidad del Cielo.

Ninguna persona de este mundo ha sabido tratar a Jesús como su Madre Santa María, que pasó largas horas mirándole, hablando con Él, tratándole con sencillez y veneración. Si acudimos a Nuestra Madre del Cielo, aprenderemos muy pronto a hablar, llenos de confianza, con Jesús, y a seguirle de cerca, muy unidos a su Cruz.

1 Lc 11, 1-3. — 2 Cfr. Mt 14, 23; Mc 1, 35; Lc 5, 16; etc. — 3 Cfr. Lc 3, 21. — 4 Cfr. Lc 6, 12. — 5 Cfr. Mc 6, 46. — 6 Cfr. Lc 9, 29. — 7 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 119. — 8 Lc 22, 39. — 9 Lc 22, 40. — 10 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 445. — 11 Jn 15, 5. — 12 Cfr. Lc 18, 1. — 13 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 89. — 14 Santa Teresa, Vida, 8, 2. — 15 Lc 22, 41-42. — 16 Cfr. Mt 18, 19-20. — 17 Mt 6, 6. — 18 Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 10, 12. — 19 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 91. — 20 Lc 22, 45-46. — 21 Santa Teresa, Vida, 6, 3. — 22 Cfr. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 368. — 23 Preces de laudes. Lunes IV semana de Cuaresma. — 24 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 464.

 

“El espíritu de mortificación”

El espíritu de mortificación, más que como una manifestación de Amor, brota como una de sus consecuencias. Si fallas en esas pequeñas pruebas, reconócelo, flaquea tu amor al Amor. (Surco, 981)

15 de marzo

Penitencia, para los padres y, en general, para los que tienen una misión de gobierno o educativa, es corregir cuando hay que hacerlo, de acuerdo con la naturaleza del error y con las condiciones del que necesita esa ayuda, por encima de subjetivismos necios y sentimentales.

El espíritu de penitencia lleva a no apegarse desordenadamente a ese boceto monumental de los proyectos futuros, en el que ya hemos previsto cuáles serán nuestros trazos y pinceladas maestras. ¡Qué alegría damos a Dios cuando sabemos renunciar a nuestros garabatos y brochazos de maestrillo, y permitimos que sea El quien añada los rasgos y colores que más le plazcan! (Amigos de Dios, 138)

 

El desafío del 'nosotros'

El Papa nos invita a ser constructores de nuevos vínculos sociales. Para eso es imprescindible, además de predicar el Evangelio, procurar personalmente ser un auténtico testimonio de caridad cristiana.

VIDA ESPIRITUAL15/03/2021

Opus Dei - El desafío del 'nosotros'

«Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,14), dijo Jesús en uno de sus primeros discursos, desde la cima de un monte. Era un reto ambicioso para sus oyentes, que difícilmente habrían salido de Palestina y que en muchos aspectos no eran mejores que otros pueblos del entorno. ¿Cómo podían iluminar todo el mundo? El Papa Francisco también ha recordado en alguna ocasión que los bautizados estamos llamados a ser en el mundo «un evangelio viviente», a sazonar todos los ambientes con «una vida santa», con «el testimonio de una caridad genuina»[1]. Su propuesta adquiere en nuestros días una relevancia especial al considerar que los cristianos, en algunos lugares del mundo, son una inmensa minoría, como ocurría en los primeros tiempos de la Iglesia: para muchos hombres y mujeres del siglo XXI, la relación con un católico que vive su fe será a veces la única oportunidad de aproximarse al Evangelio. Esto supone una enorme oportunidad. Además, contamos con una garantía: la luz que aspiramos a transmitir a otros no es nuestra, sino de Dios.

Esa luz tiene que ver, ciertamente, con el contenido de un mensaje que nos gustaría extender en el mundo; pero también –y no es menos importante– con el medio que lo transmite y con el modo de hacerlo. Ambos aspectos están intrínsecamente unidos, el uno influye en el otro: nuestra condición de discípulos de Jesús se manifiesta a la vez en el qué y en el cómo. Sabemos bien que el cristianismo no es puro conocimiento, no consiste en un saber teórico ni en una suma de lecturas: es, sobre todo, un modo de estar el mundo y de relacionarse con los demás que tiene su origen en el encuentro con Jesucristo. Implica un empeño práctico que, cuando surge de ese diálogo interior con Dios, acaba interpelando a las personas cercanas. San Josemaría lo resumió en uno de los puntos iniciales de Camino: «Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo»[2].

Por eso, la formación cristiana no busca una simple erudición doctrinal, sino conformarnos con Jesús. Así extenderemos la buena noticia a través de nuestras palabras y especialmente con nuestra propia vida, como él mismo hizo. Este modo de desenvolvernos en el mundo no es ajeno a la convivencia con los otros hombres, incluidos, como es lógico, los que pueden parecer más lejanos. El planteamiento de Jesús es magnánimo, incluso revolucionario, supone una de las grandes novedades del Evangelio: «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen y rogad por los que os calumnian» (Lc 6,27-29). Siempre podremos mirarnos en ese mensaje y examinar hasta qué punto lo hemos hecho nuestro.

La diferencia es un regalo

Todas las personas somos diferentes. Nos distinguimos en el aspecto físico, la voz, la forma de pensar, el modo de interpretar la libertad, las soluciones que proponemos a los conflictos de la existencia, hasta en la manera de entender la humanidad o la propia vida. Frente a esa realidad, nuestra actitud no es simplemente la de tolerar la diferencia, resignarse ante ella, aceptarla como si fuera un mal inevitable. Esa diversidad ha sido querida por Dios y, por tanto, es una riqueza, una manifestación de su infinitud. Las diferencias forman parte de la grandeza de la creación, podemos y debemos beneficiarnos de ellas. Queriendo a los demás tal como son, los queremos como los quiere Dios. Hemos escuchado tantas veces decir que el amor de Dios es incondicional que tal vez el alcance del adjetivo se ha podido diluir un poco. Sin embargo se trata de un reto decisivo: el amor de Dios supera y desborda todas nuestras condiciones, por muy razonadas que nos parezcan. Por eso se convierte también en un desafío, en una llamada para que amemos incondicionalmente, sin prejuicios, sin antecedentes, sin excepciones, sin inercias de ninguna clase.

Ese empeño nos conducirá a evitar el riesgo de pasar sutilmente del «soy distinto» a «soy mejor», a alejar la tentación de convertirnos en el criterio para medir a los demás, un peligro frecuente en todo tipo de grupos humanos, desde un círculo de amigos hasta una nación entera. Ese «soy el mejor» puede inducir una cierta superioridad moral que aumenta las distancias entre personas hasta crear a veces fronteras impermeables. Por el contrario, san Josemaría, pensando en el espíritu del Opus Dei, predicó siempre que «la misión sobrenatural que hemos recibido no nos lleva a distinguirnos y a separarnos de los demás; nos lleva a unirnos a todos, porque somos iguales que los otros ciudadanos de nuestra patria»[3]. Además, siempre es posible descubrir en el prójimo cualidades que lo hace mejor que nosotros. «Lo dijo con claridad santo Tomás de Aquino, una de las mentes más prodigiosas de la historia de la humanidad: “En cualquier hombre existe algún aspecto por el que otros pueden considerarlo superior”. Siempre hay alguien que de algún modo nos supera y del que podemos aprender»[4].

Decidirse a buscar al otro

Los algoritmos de las redes sociales –la fórmula que selecciona la información que recibimos– generan una tendencia a buscar, promover, compartir y consumir solamente noticias, comentarios o interpretaciones que avalan nuestras propias ideas. Esto muchas veces nos puede llevar a minusvalorar o ignorar opciones alternativas o experiencias distintas a la nuestra. El Papa Francisco nos ha puesto en guardia frente a este peligro: «El funcionamiento de muchas plataformas a menudo acaba por favorecer el encuentro entre personas que piensan del mismo modo, obstaculizando la confrontación entre las diferencias. Estos circuitos cerrados facilitan la difusión de informaciones y noticias falsas, fomentando prejuicios y odios»[5].

Siempre es más cómodo recibir permanentemente confirmaciones de lo que pensamos. La inercia nos aleja de las dudas en cuestiones opinables, apaga el sano espíritu crítico. A todos nos cuestan las conversaciones difíciles, no siempre nos encontramos cómodos al abandonar la seguridad de lo conocido. Por eso, el camino para encontrar al otro requiere una decisión personal, una actitud proactiva. Buscar juntos la verdad a través del diálogo, del conocimiento mutuo, «es un camino perseverante, hecho también de silencios y de sufrimientos, capaz de recoger con paciencia la larga experiencia de las personas y de los pueblos»[6].

En ese diálogo, los cristianos tenemos claro que no se trata de cambiar el mensaje de Cristo ni de confrontarlo retóricamente con otras propuestas en busca de un punto medio conciliador. Sería tramposo enfrentar el qué y el cómo en una lucha teórica. Los cristianos queremos vivir el mensaje de Cristo en su integridad, adquirir una nueva manera de ser: esta es una premisa sustancial de nuestra misión. Por eso estamos abiertos a conocer, valorar y aprovechar la experiencia de los demás.

Esta aspiración se puede complicar cuando las personas que piensan de modo diferente adoptan posturas hostiles. El desenlace de la vida terrena de Jesús puede ser un espejo para mirarnos cuando nos inquieten las dudas. Descubriremos en su pasión y en su muerte que esa incomprensión no debería preocuparnos más de lo necesario. La asimetría que asume el cristiano al convivir de ese modo, al convivir desde la cruz, encarna el discurso del Señor sobre el amor a los enemigos. Más aún, esa desproporción en el trato que damos a los demás puede ser una manifestación específica del cristianismo. En palabras del mismo Jesús: «Si amáis a los que os aman, ¿qué merito tendréis?, pues también los pecadores aman a quienes les aman» (cfr. Lc 6,32-33). Esto lo podemos aplicar también a quienes nos comprenden –o comprendemos– menos y a quienes cuyo trato se nos puede hacer un poco más difícil, al menos al principio.

 

Jesús acoge a la samaritana

Es razonable imaginar una sintonía creciente de Jesús con los apóstoles conforme pasan los meses juntos: son sus amigos, las personas más cercanas, las más favorables a su misión. Pero también van apareciendo en los evangelios otros hombres y mujeres ajenos a los intereses, a la geografía y al estilo de vida de los doce. Por ejemplo, la samaritana. El diálogo que Jesús mantiene con ella es uno de los más extensos del Evangelio. Es una conversación que le sirve a Jesús para reducir rápidamente las distancias que los separan. Mientras Pedro y los demás buscan algo para comer, él pide agua a la mujer e inicia una conversación en la que rápidamente deshace sus prejuicios y barreras. Las palabras del Maestro sacuden el alma de la samaritana y, cuando se despiden, ella se siente impulsada a compartir su descubrimiento con todos: «Dejó su cántaro, fue a la ciudad y le dijo a la gente: venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?» (Jn 4,28-29). Se había convertido en una mujer apóstol de la que Dios se sirvió para que muchos samaritanos creyeran en Jesús.

La relación del Señor con la mujer samaritana encierra una enseñanza elocuente: no debemos descartar a nadie. Las distancias entre ambos eran evidentes, pero el desenlace del relato evangélico nos anima a llevar hasta Dios a personas que nos pueden parecer poco afines. Jesús transformó rápidamente en un nosotros aquel único encuentro. En ocasiones, las diferencias con otras personas o los juicios apresurados que hacemos de ellas se ponen de manifiesto después de una simple conjunción adversativa: «es buen trabajador, pero…», «es muy generosa con su tiempo, pero…», «es de un trato bastante agradable, pero…». El pero será con frecuencia inevitable, a veces simplemente reflejará alguna situación externa. Debemos estar atentos para no convertirlo en una excusa para mantener la distancia con el otro.

A la hora de deshacer nudos, pensar en la propia familia aporta una clave que tal vez hemos experimentado en primera persona. Los lazos especialísimos que nos unen a nuestros padres, hermanos o hijos proporcionan un sentido distinto a ese pero. Lo que antes suponía una objeción, incluso una trinchera, nos sirve para unir, nos aporta una razón lógica para no descartar a nadie. Podemos tener tal o cual diferencia con una persona, incluso de una entidad considerable, «pero es mi hermano», «pero es mi hija», «pero es mi padre». De algún modo, la caridad consiste en aplicar ese criterio en otros ámbitos. En el caso de la samaritana, Jesús transformó el pero en un además. Un cristiano es alguien que acoge. Y su acogida tiene más sentido con los que vienen de más lejos. «Nosotros, procurando –dentro de nuestra poquedad– imitar al Señor, tampoco “excluimos a nadie, no apartamos a ningún alma de nuestro amor en Jesucristo. Por eso habréis de cultivar una amistad firme, leal, sincera –es decir, cristiana– con todos vuestros compañeros de profesión: más aún, con todos los hombres, cualesquiera que sean sus circunstancias personales”»[7].

El «giro copernicano» del amor

En ese empeño por tender puentes y estrechar las relaciones con personas distintas, la alegría de los cristianos puede suponer una ventaja decisiva. «Ganar en afabilidad, alegría, paciencia, optimismo, delicadeza, y en todas las virtudes que hacen amable la convivencia es importante para que las personas puedan sentirse acogidas y ser felices»[8]. Una persona alegre interpela con su propia vida, sin necesidad de justificaciones teóricas previas. Benedicto XVI considera que «la fuerza con que la verdad se impone tiene que ser la alegría, que es su expresión más clara. Por ella deberían apostar los cristianos y en ella deberían darse a conocer al mundo»[9]. Por eso, en cierto sentido, la alegría es una responsabilidad en este mundo agitado y cambiante. La paciencia es igualmente necesaria, sobre todo con personas que pueden presentar una actitud un poco hostil. «Ofrecer nuestra amistad de manera auténtica presupone la capacidad de arriesgar, pues cabe la posibilidad de no ser correspondido»[10]. Y, unido a la paciencia, también es imprescindible el respeto, que «no es una educada resignación ante los defectos de los demás, con la que nos quedamos protegidos detrás de nuestro muro de defensa, sino un porte cercano, comprensivo, magnánimo, que nos permite mirar de verdad a los ojos a cada uno»[11].

Las manifestaciones anteriores se engloban dentro de la caridad, que es el rasgo fundamental en nuestra relación con los demás. Ya lo experimentó san Pablo: «Aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, y aunque tuviera tanta fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, no sería nada» (1 Cor 13,2). También Benedicto XVI habló del «giro copernicano del amor» que consiste en entrar en una nueva dimensión de la caridad: Dios nos ama no porque nosotros seamos buenos o reunamos algún mérito, sino porque él es bueno. La imitación de Cristo en este aspecto nos permitirá amar no solo a un pequeño círculo de personas sino a todos los hombres y mujeres que Dios ha puesto en nuestro camino. Nunca seremos del todo conscientes del fruto de esta actitud: nunca sabremos hasta qué punto la cercanía, el cariño, la paciencia y el respeto activaron deseos magnánimos en las personas que se fueron cruzando en nuestra vida. Sin embargo, tenemos el convencimiento de que, para ser luz del mundo, no hay ninguna estrategia de transmisión posible al margen de la caridad. Lo sintetizó san Josemaría: «De que tú y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides– dependen muchas cosas grandes»[12].

* * *

Vivimos tiempos propicios para la magnanimidad: el Papa Francisco se ha servido de la parábola del buen samaritano para recordarnos que debemos ser «constructores de un nuevo vínculo social»[13], para hacernos caer en la cuenta de que todos los días nos enfrentamos a «la opción de ser buenos samaritanos o indiferentes viajantes que pasan de largo»[14]. El ejemplo de aquel único caminante que se detuvo al ver a un hombre malherido en la cuneta nos recuerda que «hoy estamos ante la gran oportunidad de manifestar nuestra esencia fraterna, de ser otros buenos samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en vez de acentuar odios y resentimientos»[15]. El buen samaritano es un mensaje viviente, muestra la identificación entre el qué de su alma y el cómo de sus actos.

Alguna vez los prejuicios y las barreras podrán parecer insalvables. Sin embargo, hay un recurso eficacísimo para desactivar rencores o posturas irreductibles: la oración. Rezar por una persona con fe y constancia nos une a ella de un modo especial y nos acerca a la propuesta citada del evangelio: rezar por los enemigos nos ayuda a no tenerlos, nos cambia la mirada sobre cualquier persona, también sobre aquellas que tal vez nos puedan resultar incómodas. San Josemaría encomendaba diariamente a Dios en la Santa Misa a quienes le habían hecho daño en algún momento[16]. Es un planteamiento que aparece resumido en un punto de Forja: «Considera el bien que han hecho a tu alma los que, durante tu vida, te han fastidiado o han tratado de fastidiarte. –Otros llaman enemigos a esas gentes. Tú, tratando de imitar a los santos, siquiera en esto, y siendo muy poca cosa para tener o haber tenido enemigos, llámales bienhechores. Y resultará que, a fuerza de encomendarlos a Dios, les tendrás simpatía»[17].

 


[1] Francisco, Ángelus, 09-02-2014.

[2] San Josemaría, Camino, n 2.

[3] San Josemaría, Carta 1, n. 5a.

[4] Isabel Sánchez, Mujeres brújula en un bosque de retos, Planeta, Barcelona, 2020, p. 159.

[5] Francisco, Fratelli tutti, n. 45.

[6] Ibíd., n. 50.

[7] Mons. Fernando Ocáriz, Carta Pastoral, 1-XI-2019, n. 7. El texto entrecomillado que aparece dentro de la cita pertenece a la carta 18 de san Josemaría.

[8] Ibíd., n. 10.

[9] Benedicto XVI, Opera Omnia, vol. 11, parte C, XI, 4.

[10] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 1-XI-2019, n. 12,

[11] «Con el cariño en la mirada», en www.opusdei.org.

[12] San Josemaría, Camino, n. 755.

[13] Francisco, Fratelli tutti, n. 66.

[14] Ibíd., n. 69.

[15] Ibíd., n. 77.

[16] Cfr. Javier Echevarría, Carta pastoral, 1-IV-1999.

[17] San Josemaría, Forja, n. 802.

 

Personas comunes que emergen en tiempos difíciles

Al conocer a san Josemaría, descubrió una dimensión espiritual en su trabajo que le llevó a interesarse de verdad por las personas, y a dedicarse a ellas con paciencia. Dora no era especial, ni ocupaba un puesto importante; era una de esas personas comunes, que emergen en tiempos difíciles.

NOTICIAS14/03/2021

Opus Dei - Personas comunes que emergen en tiempos difíciles

Foto de Andrea Piacquadio en Pexels

Mundo, 2021. Una crisis sanitaria, económica y social golpea a nuestras familias, dejando al descubierto su vulnerabilidad. Vivimos tiempos de incertidumbre, y los periodos de confinamiento ponen a prueba la convivencia; en estas circunstancias, emerge la grandeza de personas comunes que, tanto en sus relaciones familiares y personales como a través de su trabajo profesional, son capaces de construir «una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante» (Fratelli tutti, 6). Se crea un camino de ida y vuelta entre los heridos y los que atienden y cuidan su fragilidad, ya que todos podemos ser en alguna ocasión la persona herida, y en otras, el buen samaritano: «Simplemente hay dos tipos de personas: las que se hacen cargo del dolor y las que pasan de largo; las que se inclinan reconociendo al caído y las que distraen su mirada y aceleran el paso. En efecto, nuestras múltiples máscaras, nuestras etiquetas y nuestros disfraces se caen: es la hora de la verdad. ¿Nos inclinaremos para tocar y curar las heridas de los otros? ¿Nos inclinaremos para cargarnos al hombro unos a otros? Este es el desafío presente, al que no hemos de tenerle miedo» (FT, 70).

LA GRANDEZA DE PERSONAS COMUNES QUE, EN SUS RELACIONES Y A TRAVÉS DE SU TRABAJO PROFESIONAL, SON CAPACES DE CONSTRUIR «UNA COMUNIDAD QUE NOS SOSTENGA, QUE NOS AYUDE Y EN LA QUE NOS AYUDEMOS UNOS A OTROS A MIRAR HACIA DELANTE (FT, 6)

Hay actitudes, gestos, comportamientos, que muestran contacto con la realidad y un amor que se expresa en obras: espíritu de servicio y solidaridad, dar nuestro tiempo, amabilidad. Podemos apreciar también el esfuerzo que los demás, en nuestra familia y en nuestro entorno, hacen por cuidarnos; valorar que tienen que aprender a realizar tareas que nunca antes habían hecho, y las llevan a cabo lo mejor que pueden: poner la lavadora, ir a la compra, limpiar, ir aquí o allá a ayudar a alguien cercano, cuidar a un enfermo, gestionar muchas cosas que, en definitiva, afectan a la familia:

«Porque Dios sigue derramando en la humanidad semillas de bien. La reciente pandemia nos permitió rescatar y valorizar a tantos compañeros y compañeras de viaje que, en el miedo, reaccionaron donando la propia vida. Fuimos capaces de reconocer cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes que, sin lugar a dudas, escribieron los acontecimientos decisivos de nuestra historia compartida: médicos, enfermeros y enfermeras, farmacéuticos, empleados de los supermercados, personal de limpieza, cuidadores, transportistas, hombres y mujeres que trabajan para proporcionar servicios esenciales y seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas… comprendieron que nadie se salva solo» (FT, 54).

Madrid, 1943. Dora tiene 29 años y llega a trabajar a la recién inaugurada Residencia de Estudiantes Moncloa. Es un trabajo temporal, ya que tiene otros planes en la cabeza. Nada más llegar, ve el panorama y se da cuenta de las dificultades que atraviesan allí: problemas de abastecimiento, escasez de alimentos, falta de experiencia y de gestión del trabajo; y también, sus fortalezas: generosidad, resiliencia, ganas de aprender y de mejorar.

CONFIÓ EN QUE LOS DEMÁS ERAN CAPACES DE APRENDER, Y EN POCOS MESES SE TRANSFORMÓ TODO

Dora sintió, como todos, esa tentación de ir a lo suyo y no involucrarse; pero, gracias a su buen corazón, tras unas cuantas semanas, decide quedarse. Lo que empezó siendo un trabajo temporal en un lugar incómodo se transformó en un trabajo estable y gratificante. Dora tenía experiencia en el trabajo, y desarrolló una mirada capaz de darse cuenta de que la necesitaban y un corazón generoso para enseñar a los demás cómo trabajar mejor, dando ejemplo ella misma en primer lugar. También confió en que los demás eran capaces de aprender, y en pocos meses se transformó todo. Hizo lo que ahora llamamos un acto de sororidad y de equipo. Al conocer a san Josemaría, descubrió una dimensión espiritual en su trabajo que le llevó a interesarse de verdad por las personas, y a dedicarse a ellas con paciencia. Dora no era especial, ni ocupaba un puesto importante; era una de esas personas comunes, que emergen en tiempos difíciles.

Susana García Fernández

En el año de san José: #QuieroSerComoTu

Desde el 8 de diciembre de 2020, el Papa Francisco ha convocado a toda la Iglesia a vivir un año dedicado a San José. Como una invitación a imitarlo hemos preparado esta serie #QuieroSerComoTu.

DEL OPUS DEI12/03/2021

Opus Dei - En el año de san José: #QuieroSerComoTu

#QuieroSerComoTu es el lema de una serie que hemos desarrollado para imitar a este gran santo. Para ello nos basamos en la carta apostólica Patris Cordeen la que el Papa destaca 7 cualidades de san José. Entre el 19 de marzo y el 1 de mayo, subiremos diferentes láminas que contienen una ilustración de cada una de estas características, una frase y un código QR para descargar la imagen como fondo de pantalla en el celular. Además, cada semana encontrarás notas con videos, historias y audios inspiradores para conocer más a este “santo oculto”.

 

Te invitamos a descargar la imagen para usarla como fondo de pantalla en tu celular. Desde el computador, has click en el botón derecho y guarda la imagen. Desde el teléfono, presiona y selecciona guardar.

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Te dejamos los siguientes documentos para conocer más sobre san José:

Carta apostólica ‘Patris Corde’ (Con corazón de Padre).

Cómo ganar indulgencia plenaria por el año de san José.

Novena del Trabajo de San Josemaría.

Un canto de alabanza y amor: el Trium Puerorum

El Trium Puerorum es un canto de alabanza a Dios, que la Iglesia aconseja rezar después de la Santa Misa. La naturaleza entera, con el sol, las estrellas, los rayos, las nubes o los mares, se une a ese canto incoado por tres jóvenes judíos del Antiguo Testamento.

VIDA ESPIRITUAL10/03/2021

Opus Dei - Un canto de alabanza y amor: el Trium Puerorum

El rey Nabucodonosor había hecho construir una estatua de oro de veintisiete metros de altura (cfr. Dn 3). Todos sus súbditos, provenientes de diversos pueblos y naciones, se reunieron en torno a ella y comenzaron a adorarla. El castigo para el que se negase era claro: «Quien no se postre y adore será inmediatamente arrojado al horno encendido». La situación se presentó propicia para denunciar a los judíos, así que unos hombres caldeos se pusieron de acuerdo y fueron rápidamente a Nabucodonosor: «¡Viva el rey por los siglos! (…) Hay unos hombres judíos a los que pusiste en la administración de Babilonia (Ananías, Azarías y Misael), y estos hombres no obedecen el decreto real, ni sirven a tus dioses, ni adoran la estatua de oro que has erigido». Entonces el rey, encolerizado y furioso, mandó traer a esos tres chicos. Y una vez que los tuvo ante él quiso asegurarse de que lo que había oído era verdad:

–¿Es cierto que vosotros no servís a mis dioses ni adoráis la estatua de oro que he erigido? (…) Si no la adoráis, seréis inmediatamente arrojados al horno encendido, y ¿qué dios será el que os libre de mis manos?

Los tres jóvenes contestaron al unísono, sin ningún atisbo de duda:

Si existe nuestro Dios (…), él puede librarnos. (…) Y si no lo hiciera, que te conste, majestad, que nosotros ni servimos a tus dioses ni adoramos la estatua de oro que has erigido.

La reacción de Nabucodonosor no se hizo esperar. Ordenó encender el horno siete veces más de lo normal e introdujo en él a Ananías, Azarías y Misael. El fuego era tan intenso que incluso abrasó a parte del séquito del rey. Sin embargo, no logró dañar a ninguno de los jóvenes, pues un ángel del Señor había descendido con ellos y había sacado la llama fuera del horno. «Entonces los tres, como una sola boca, empezaron a alabar, glorificar y bendecir a Dios (…): Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, digno de alabanza y ensalzado por los siglos».

De las catacumbas al misal

Este pasaje del libro de Daniel fue tomado en el siglo II a.C. como ejemplo por aquellos hebreos que, bajo el dominio de Antíoco IV Epifanes, prefirieron la muerte antes que ser infieles a la Alianza. Los cristianos vemos en la liberación de los tres jóvenes un anuncio de la Pascua de Jesús, el mártir por excelencia y el primero en experimentar la renovación del cosmos que lleva consigo la Resurrección. Este relato gozaba de gran estima durante los primeros siglos del cristianismo, y por eso con frecuencia se representaba artísticamente en catacumbas, sepulcros y relicarios. Pero lo que sin duda contribuyó a darle una mayor relevancia fue su introducción en la gran vigilia pascual y en otras acciones litúrgicas tanto en oriente como en occidente. Y ya a partir del siglo VIII su popularidad fue tan grande que se encuentran versificaciones en diversas lenguas nacionales.

La presencia del himno de los tres jóvenes o cántico del Benedicite en el Ordo Missae se remonta al siglo IX, pero será con el Misal Romano de 1570 cuando se añada de manera oficial a los ritos conclusivos de la Misa. Hasta entonces las fuentes hablan de una diversidad de formas de rezar una serie de oraciones que, con el paso del tiempo, terminó por denominarse Trium puerorum. Este conjunto estaba formado por el cántico del Benedicite del libro de Daniel, más una serie de salmos, versículos y oraciones. Algunas fuentes precisan que este conjunto de oraciones lo cantaban todos los que participaban en la procesión hasta la sacristía; otras, en cambio, lo refieren al celebrante, en el momento de deponer las vestes sacerdotales. Pero lo que sí sabemos con certeza es que en el Misal de principios del siglo XX aparecía como la última oración prevista para el sacerdote al concluir la celebración eucarística. El entonces llamado Canon Missae terminaba con el sacerdote que, descendiendo del altar, decía como acción de gracias el Trium puerorum [1]. Así fue hasta 1962, cuando fue excluido del ordinario de la Misa y quedó situado entre las oraciones recomendadas pro opportunitate. En las recientes ediciones del Misal Romano, no aparece en la propuesta de oraciones de acción de gracias después de la Misa. Por eso, no resulta sorprendente que hoy en día resulte menos nítida la relación entre la acción de gracias y este cántico.

Novedad de una costumbre

Conociendo ya su presencia en el Misal a principios del siglo XX, contextualizamos la anotación que hizo san Josemaría en 1932: «Sería muy hermoso dar fin, cada día, a la acción de gracias con la antífona “Trium puerorum”, los dos salmos y las oraciones siguientes (cinco minutos) que el breviario pone en la acción de gracias post Missam» [2]. Sin embargo, no será hasta ocho años después cuando encontremos la primera referencia a la práctica de esta costumbre, cuando el autor del diario de Diego de León escribe: «El Padre celebra en el oratorio; después de la Misa dice que desde ahora será costumbre en la Obra el terminar la acción de gracias después de la Comunión con la oración En Ego y el cántico de los tres niños» [3].

Como en otras ocasiones, esta costumbre de la Obra se fue perfilando con la experiencia y el tiempo. No extraña, por tanto, que en 1947 san Josemaría vuelva a preguntarse sobre el modo mejor de vivir la acción de gracias después de la Misa. En una carta al Consejo General, que todavía se encontraba en Madrid, les pide que vean «si no resulta demasiado largo –creo que no–, después de los diez minutos de acción de gracias personal acabada la Santa Misa, hacer colectivamente y de modo litúrgico la acción de gracias con la Antífona y el cántico de los tres niños, el salmo 150, etc. y las tres pequeñas oraciones, con una sola conclusión. Después la jaculatoria, y se acabó. Tiene cinco años de indulgencias cada vez, y plenaria al mes. Si va bien, que lo hagan en todas las casas» [4]. Con el tiempo, la práctica se asentó y desde 1950 quedó incorporada al ritmo habitual de los centros de la Obra.

Cabe decir que esta oración no era algo exclusivo de la Obra, sino que, como ya hemos visto, estaba presente en el ordinario de la Misa de entonces. Además, es bueno recordar que el Cántico de Daniel 3 se encontraba –y aún hoy– en las laudes de la Liturgia de las Horas, sobre todo los domingos. Sin embargo, la novedad que introdujo san Josemaría fue la de extender el rezo a los laicos, fomentando así su participación activa en la liturgia. Por otra parte, esta costumbre nos ayuda a vivir la acción de gracias con toda la Iglesia, al mismo tiempo que recordamos cuál es nuestro último fin: dar gloria a Dios, Uno y Trino.

Con toda la Iglesia

Con este modo de proceder, san Josemaría distinguía dos momentos en la acción de gracias después de la Misa, para los centros de la Obra. El primero tiene que ver con el diálogo silencioso de cada uno con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo: «El amor a Cristo, que se ofrece por nosotros, nos impulsa a saber encontrar, acabada la Misa, unos minutos para una acción de gracias personal, íntima, que prolongue en el silencio del corazón esa otra acción de gracias que es la Eucaristía» [5].

Por otra parte, el segundo momento quiere subrayar la dimensión eclesial de la acción de gracias, que no se reduce solamente a una experiencia individual de intimidad con Jesús. El don de Dios en la Eucaristía es tan grande que ninguna criatura por sí sola puede expresar el agradecimiento debido. Esta oración nos permite darle juntos las gracias por haber venido a nuestra casa. Por eso, cuando rezamos el Trium puerorum, no solo estamos agradeciendo a Jesús nuestra Comunión, sino también la de los que están a nuestro alrededor. Es como si le dijéramos: «Te damos gracias por haber venido a cada uno, por haberte hecho presente por nosotros, por todos los cristianos».

Precisamente para que nuestras voces se puedan unir más fácilmente al canto de alabanza y amor con el que la Iglesia vive cada encuentro eucarístico, san Josemaría pensó que se recitase el Trium puerorum. Dedicar un tiempo de la acción de gracias a este cántico nos ayuda, por tanto, a crecer en la comunión entre todos los cristianos a través de la Eucaristía. Y es que en ella la Iglesia «renace y se renueva continuamente como la communio que Cristo trajo al mundo, realizando así el designio eterno del Padre (cf. Ef 1, 3-10). De manera especial en la Eucaristía y por la Eucaristía, la Iglesia encierra en sí el germen de la unión definitiva en Cristo de todo lo que existe en los cielos y de todo lo que existe en la tierra, tal como dijo Pablo (cf. Ef 1, 10): una comunión realmente universal y eterna» [6].

Un laboratorio de alabanza

El Trium puerorum es una invitación constante a bendecir y alabar al Señor. Nos recuerda que la vocación más íntima de todas las criaturas es la de dar gloria a Dios, Uno y Trino. La Comunión es inseparable del deseo afectivo y efectivo de alabarle, de reconocer su grandeza y su omnipotencia.

Este movimiento del alma es coherente con la celebración eucarística, pues la Misa, sobre todo la plegaria eucarística, es una gran oración de acción de gracias, que empieza con un canto de alabanza –el Santo, santo, santo– y termina con una solemne glorificación de Dios Padre por Cristo, con Él y en Él. El Trium Puerorum prolonga esa plegaria. Es un momento que podríamos ver como un laboratorio en el que aprendemos a transformar nuestras relaciones con el cosmos y con los demás en un canto de alabanza a la Trinidad. De este modo, rezar el Trium puerorum antes de comenzar nuestros quehaceres diarios nos recuerda la actitud con la que debemos afrontar cada jornada: «Da “toda” la gloria a Dios. —”Exprime” con tu voluntad, ayudado por la gracia, cada una de tus acciones, para que en ellas no quede nada que huela a humana soberbia, a complacencia de tu “yo”» [7].

En este laboratorio, se dan cita todas las criaturas espirituales y materiales; se recapitulan todos los elementos del cosmos y del pueblo de Israel, empezando por aquellos más materiales y terminando por aquellos que tienen mayor capacidad vital. El culmen de este crescendo lo ocupan los «humildes de corazón» (Dn 3, 87), entre los cuales se cuentan Ananías, Azarías y Misael. Para que todos podamos unirnos a ellos y así se cumpla el proyecto original de la creación –«que todo lo que tiene vida, alabe al Señor» (Sal 150, 6)– la Iglesia concluye el Trium puerorum con una petición articulada en un padrenuestro, unos versículos sálmicos y tres oraciones. En ellos resuenan los mismos deseos antes expresados, pero esta vez convertidos en una intensa súplica para que nosotros, que también nos encontramos en medio del fuego de las pruebas interiores y exteriores, experimentemos el alivio de la ayuda divina y así podamos convertir toda nuestra jornada en un Magnificat a la misericordia divina.

Juan Rego

Fotografía: Ravi Pinisetti (Unplash)


[1] «Finito Evangelio sancti Johannis, discedens ab Altari, pro gratiarum actione dicit Antiphonam Trium puerorum, cum reliquis, ut habetur in principio Missalis» Missale romanum (1920), Canon Missae, p. 302.

[2] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 833 (entre el 20-IX y el 2-X-1932).

[3] Diario de Diego de León, 17-XII-1940. La oración En egoO bone et dulcissime Jesu, es también conocida como Oración ante Jesús Crucificado.

[4] San Josemaría, Carta, 7-III-1947.

[5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 92.

[6] San Juan Pablo II, Audiencia general, 15-I-1992.

[7] San Josemaría, Camino, n.784.

 Sobre la Iglesia en la enseñanza de la religión

​  

Fra Angelico, Juicio final (detalle), 1425-1431

San Marcos, Florencia (Italia)  

¿Cómo presentar hoy la Iglesia en el currículo de religión católica? ¿Qué es la Iglesia, quiénes la componen, cuál es su misión? (*) 

La Iglesia, comunidad de los discípulos de Jesucristo

 
1. En el contexto actual de nuestra cultura, la Iglesia puede presentarse como la comunidad de los discípulos de Jesucristo. Es decir, el “nosotros” de los cristianos, el hogar espiritual y la familia humana en la que recibimos y vivimos la fe. Esta comunidad de discípulos tiene en la sociedad la misión de anunciar el amor manifestado por Dios en Cristo, en diálogo con otras religiones y también con los no creyentes.

El concilio Vaticano II describió a la lglesia como el “pueblo de Dios” que vive entre los pueblos y las culturas de la tierra. Hunde sus raíces en la tradición judeocristiana, que ha dado abundantes frutos de paz y cultura a lo largo de la historia.

La Iglesia no se opone a los valores de verdad, de bien y de belleza de los que están dotados las distintas regiones, naciones y continentes. Al contrario, asume todo lo que de razonable y noble hay en ellos. Y las ayuda a sacar lo mejor de sí mismas al servicio de las personas y del bien común, de la justicia y de la paz. Como institución, se presenta al lado de otras instituciones humanas y sociales, si bien se considera, a la vez, fundada y establecida con elementos no puramente sociológicos, sino trascendentales.

La mayor parte de los cristianos son los llamados fieles laicos. Viven su fe en el seno de las actividades ordinarias: en los trabajos y en las familias, las relaciones sociales y culturales, el ocio y el deporte. Esto quiere decir que la fe cristiana tiene importantes implicaciones sociales y públicas. Los ministros de la Iglesia comprenden y viven su misión al servicio de todas las personas. Y lo mismo hacen los miembros de la vida religiosa y los consagrados, cuando de múltiples formas dan un testimonio y un servicio que contribuye tanto al bien de las personas como a la paz y al entendimiento entre los pueblos.

Por tanto, la Iglesia no propone una religión meramente privada, al margen de la vida social, del mundo y del progreso. Al contrario, la fe cristiana se apoya en valores del espíritu, que están en las raíces de la cultura occidental y tienen la capacidad para desarrollar la fe en diálogo con las otras religiones y culturas. Todo ello ha de contar con las limitaciones personales e históricas de la presencia cristiana en la sociedad, y necesita de la educación de un buen sentido crítico (que incluye la capacidad para una sana autocrítica).

En suma, el espíritu de familia y de fraternidad que se promueve desde la Iglesia no es un espíritu cerrado, sino abierto a la fraternidad universal y al cuidado por la Tierra para el bien de todos, al servicio de un verdadero humanismo integral y de una ecología igualmente integral. En un mundo donde el individualismo tiende a regular las relaciones entre las personas, la misión de la Iglesia, como familia espiritual de los cristianos y también como institución al servicio de la sociedad, fomenta el despliegue de todo lo humano, el entendimiento y el diálogo, la justicia y la comprensión, desde el interior de las personas y de las familias hasta el ámbito de las relaciones sociales, nacionales e internacionales.

Fe, liturgia y servicio centrado en el amor

2. Así vemos cómo la fe cristiana, en diálogo con la razón, refuerza el respeto y el cuidado por las otras personas, los demás seres vivos y los otros seres y elementos del mundo.

La liturgia cristiana, que proclama la Palabra de Dios en la celebración de los sacramentos, educa el sentido de la comunidad y los vínculos que la hacen más real y profunda. Primero, entre los cristianos. Al mismo tiempo, esos vínculos se extienden a otras comunidades y realidades. Y se proponen como cauces para una vida más plena.

La ética que surge de la fe cristiana desemboca en el espíritu de servicio y está centrada en el amor, que proporciona a la vida humana la unidad, la eficacia y el acierto en las realizaciones personales, sociales y culturales. Incluyendo la doctrina social de la Iglesia, la ética cristiana responde al anhelo de felicidad que existe en el corazón humano. Por eso mismo contribuye amablemente a que cada persona pueda ofrecerse, como don a los otros. Y especialmente a los más frágiles y desfavorecidos.

Como consecuencia e instrumento de todo ello, el mensaje cristiano y la educación de inspiración cristiana no limitan, sino que humanizan la vida y el mundo.

Cuatro principios o criterios inspiradores

Para concretar un poco más en relación con el currículo, me gustaría indicar cuatro principios o criterios que me parecen interesantes:

1º) Por su propio desarrollo histórico, la eclesiología es un buen lugar y observatorio para perfilar la identidad cristiana, en diálogo con las culturas. Esto es lo que hemos hecho desde el principio los cristianos y vamos teniendo cada vez más experiencia, centrada e iluminada por la fe, los sacramentos y la caridad. Este principio de inculturación va enriqueciendo las expresiones de nuestro mensaje y, a la vez, ampliando nuestra mente y nuestro corazón. La Iglesia vive a través de las personas, en los pueblos y en las culturas, también en la cultura de la globalización y de la imagen, en nuestra cultura digital.

2º) Al mismo tiempo, la eclesiología sabe hoy de qué formas no debe presentarse el estudio de la Iglesia, para exponer lo que es y desea ser cada vez mejor: no es una institución distinta de los cristianos de a pie, ni una institución que estuviera preocupada ante todo por sí misma. Como bien se ha dicho, el principio de una Iglesia en salida (Francisco) se une con el de una educación en salida. También la verdadera reforma en la Iglesia (Congar) pasa por la educación de la fe, como contribución a la comunión eclesial y como servicio al bien común de la sociedad.

3º) El Concilio Vaticano II, que sigue siendo brújula para nuestro tiempo (Benedicto XVI), nos ha ofrecido claves y pautas para presentar la Iglesia: ella da la luz que recibe de Cristo; goza, espera y trabaja (cada uno desde su propia condición y vocación) en favor de todas las personas, sobre todo las más débiles. Comparte una sabiduría que es para todos y una vida plena que ofrece a todos. Anuncia con alegría, incluso en medio de dificultades y persecuciones, la buena noticia de la salvación, como semilla de fraternidad y de cuidado por el mundo creado.

4º) En el diseño del currículo, la eclesiología debería articularse con todo lo que se refiere a la educación de la persona en su relación bipolar con la comunidad humana; por tanto, como ser que madura en sus relaciones familiares y socioculturales. Y todo ello, en referencia tanto a las dimensiones o competencias más cognitivas, como en las más afectivas y también en las sociales y trascendentes.

La Iglesia vive en los cristianos y en el marco pluralista de nuestra sociedad. Su misión sirve a las personas y al mundo. Para su tarea educativa se apoya lógicamente en la aportación de las ciencias humanas, desde las neurociencias hasta la psicopedagogía, como por ejemplo, la categoría de “inteligencia espiritual”.

Desde ahí (y esto implica una adecuada visión antropológica y ética) se pueden mostrar los elementos que aporta el mensaje cristiano, para entender y vivir la unidad y la diversidad dentro de la Iglesia, así como su servicio a la sociedad y al mundo, la participación de los cristianos en el ecumenismo, el diálogo con las religiones y también con los no creyentes.

En resumen: inculturación del mensaje cristiano, Iglesia en salida, referencia a las claves del concilio Vaticano II, centralidad bifocal o bipolar de la persona y la comunidad humana.

 *     *     *

(*) Texto de la intervención del autor de este blog, con el título ¿Qué eclesiología en la clase de religión?, en el foro organizado por la comisión de Educación y cultura de la Conferencia episcopal española: “Hacia un nuevo currículo de religión católica”. La intervención tuvo lugar concretamente dentro de la sesión titulada: “De la teología a la pedagogía de la religión”, 9-III-2021.

 

Un hijo pródigo

Ernesto Juliá

La parábola del hijo pródigo es quizá una de las más bellas palabras del Señor, en la que el Señor abre su corazón y nos manifiesta del corazón de Dios Padre siempre abierto a perdonar a sus hijos que anhelan pedir perdón por sus pecados, después de reconocerlos no sencillamente como errores o equivocaciones, sino como verdaderos pecados que han ofendido a su padre, y a él le han hecho mucho mal.

La parábola nos dice como el padre se lanza a abrazar a su hijo “que estaba perdido”, y “ha sido hallado”. Y el hijo, que ha reconocido toda su culpa, y es consciente de la miseria a la que se ha reducido por su mal obrar, no se ha matado como Judas; ha llorado amargamente, pensando también en el dolor de su padre, y se da cuenta de que, o se vuelve a su padre, o acaba tirado en cualquier camino del mundo abandonado y despreciado por todos.

Seguramente, muchos de los lectores han vivido personalmente el encuentro con algún hijo, hija, amigo, etc. que ha recorrido el camino de vuelta a casa, de vuelta a Dios.  Uno de estos casos que a mí me ha tocado vivir es el que recojo en estas líneas.

Hombre de negocios que vivía una vida cómoda y rodeado de éxitos y de dinero. Joven, compartía su vida con una mujer, sin pensar en el futuro y sin ningún interés en llegar a un compromiso firme de convivencia. Bautizado y Confirmado, llevaba años alejado de los sacramentos y de cualquier relación con Jesucristo.

La mujer se queda embarazada, y la reacción fue inmediata: abortar. La mujer quiere seguir con el embarazo y la criatura; pero él se impone y prácticamente la obligó a abortar.  “Lo que tenía en el vientre era apenas un trozo de carne”, decía.

Al cabo de unos años, después de haber abandonado a la mujer, y de un cierto bajón en los negocios, sin llegar, ni mucho menos, a la ruina, nos encontramos. Las relaciones con Dios no habían cambiado, y él seguía todavía firme en su egoísmo, y en pensar que ha hecho bien provocando aquel aborto, aunque alguna duda había comenzado ya a entrar en su cerebro.

Después de animarle a razonar un poco sobre el aborto y su maldad: la muerte, el asesinato, de un ser humano como él; y viendo que no daba el paso de reflexionar sobre sus actos, me vino una luz a la cabeza, y le pregunté:

-Cuando llevaste a aquella mujer a la cínica abortista, y te dijeron que ya todo estaba acabado, ¿viste al feto muerto, o a los trozos de carne si ya lo habían destrozado?

- “Ni se me ocurrió”, contesto rápido; y añadió: Me daba asco solo pensarlo”.

- “¿Porque te daba asco? Ver y comer carne de cerdo, de vaca, no te da ningún asco, verdad?

- “No; pero…”

Y no consiguió articular una palabra más.  Se hizo un silencio sepulcral entre nosotros. Yo recé, y dejé que fuera él quien rompiera el silencio. Al cabo de unos veinte minutos, el rumor de los sollozos y el deslizarse de las lágrimas sepultaron el silencio.

Sus labios se abrieron para pedirme la absolución de sus pecados. Y no pude evitar recordar la frase del Evangelio que nos dice que “más alegría hay en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa justos que no necesitan penitencia”.  ¿Dónde están esos noventa y nueves justos; existen de verdad?

Nos despedimos con un abrazo, y seguimos la amistad.

ernesto.julia@gmail.com

 

 

La complementariedad del amor paterno y materno

complementariedad del amor paterno y materno son la base del buen orden en la familia.

La complementariedad del amor paterno y materno son la base del buen orden en la familia.

Papel del padre

Contenidos

 

En la familia, el padre representaría más la Providencia ‒vamos a dejar, por lo tanto, el lado castigo, el lado sombra‒ el padre representa más la previdencia; representa más la vigilancia contra el enemigo externo; representa más la amplia visión, el espíritu arquitectónico; mientras la madre representa más el cariño, el afecto, el bienestar del individuo en la situación creada por el padre.

Sin embargo, la civilización cristiana engendró un tipo de cortesía en el que la mujer pasa siempre delante del hombre.

Una feminidad fuerte y una masculinidad con delicadeza

Esto se debe a que la mujer es el símbolo de unos tantos valores muy elevados, que fácilmente la brutalidad masculina masacra. Y que, por otro, lado fácilmente deslumbran al hombre. De manera que ella debe tener una precedencia con relación al hombre, como el individuo coloca ante sí el símbolo de valores que admira; así como el hombre coloca una bandera delante de sí.

Aquí hay una cosa muy delicada.

María Teresa era más mamá con los hijos que con las hijas. Ella era madre con los hijos, y era más padre con las hijas.

La Emperatriz María Teresa de Austria

Por ejemplo, la Emperatriz María Teresa era una mujer en su esplendor. Porque ella era enteramente una mujer, pero tenía ciertos lados de alma varoniles. Era la mujer fuerte del Evangelio.

María Teresa era más mamá con los hijos que con las hijas. Ella era madre con los hijos, y era más padre con las hijas. Lo que por cierto es correcto, porque le competía dar una educación a las hijas con una cierta firmeza.

¿Por qué defender la Tradición, la Familia y la Propiedad?

También, cuando murió Santa Teresa de Jesús, alguien dijo: murió un gran hombre, la monja Teresa de Jesús.

Un hombre, que en su esplendor es un gran hombre, tiene algunos rasgos maternos. Sin que la mujer quede hombruna, lo que es monstruoso; y sin que el hombre quede un afeminado.

Comprendemos así cómo el orden creado por Dios es a la vez sumamente rectilíneo y sumamente en zigzag. Y esas atribuciones como que se intercambian, de manera que la madre es el padre de las hijas y el padre es madre de las hijas, cada uno a su modo es padre y madre.

La complementación entre los hijos

El primogénito por ejemplo es de algún modo completamente hermano de sus hermanos, es el hermano por excelencia. Pero por un lado él es un poco padre.

Y la hermana mayor tiene que ser medio padre de las otras.

La mujer es el símbolo de unos tantos valores muy elevados

La mujer es el símbolo de unos tantos valores muy elevados, que fácilmente la brutalidad masculina masacra.

El proceso de complementación, que es uno de los elementos indispensables para todo el buen orden, viene de las contingencias, de la incapacidad de alguien ser todo. Ese proceso de complementación rellena el orden con una realidad y con una perfección, con una plenitud, que no limita al padre o a la madre tan sólo en sus características distintivas.

Un extremo armónico sostiene en el ser al otro extremo también armónico. Porque, por ejemplo, una canción que tiene una nota aguda, supone otra nota del otro extremo.

Nuestro Señor Jesucristo, arquetipo de varonilidad

Entonces el varón por excelencia, tan varón, que tuvo la varonilidad suma, la más alta que el hombre pueda tener, Nuestro Señor Jesucristo, fue el varón de dolores. Él es como el sol que nació de las aguas de la Virgen, completamente femenina. Entonces también esta armonía hombre-mujer necesitaba ser vista allí, sin lo que no podría ser adecuadamente vista. Los Evangelios nos relatan varias ocasiones en las que Nuestro Señor muestra una ternura casi materna. “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los polluelos, y tú no quisiste!” (San Lucas,13, 34-35)

En el orden del universo no todo podría reducirse a una maternidad. Porque hay algo, cualquier forma súper excelente de perfección moral inherente a la paternidad y que debería dar su colorido también al orden del universo.

Plinio Corrêa de Oliveira

Cómo Confesarse bien

Pecado y Confesión.

Posible esquema para la Confesión Sacramental.

Condiciones para una buena Confesión.

Guía para el examen de conciencia.

Guía para el examen más breve.

La Contrición; acto de contrición.

Recibid el Espíritu Santo.

A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonado;

a quienes los retengáis, les quedan retenidos (Jn 20, 23)..

Pecado y Confesión

El sacramento de la penitencia, también llamado LA CONFESIÓN, es el sacramento instituido por Cristo, que perdona los pecados cometidos después del bautismo y obtiene la reconciliación con la Iglesia, al pedir perdón ante un sacerdote y recibir la absolución sacramental.

Pecado es todo acto, dicho, deseo, pensamiento u omisión contra la ley de Dios. Puede ser mortal venial.

EL PECADO MORTAL

Destruye el principio vital de la caridad en el corazón del hombre, por una infracción grave de la ley Divina. Aparta al hombre de Dios, que es su fin último.

Para que un pecado sea mortal se requieren tres condiciones:

1. Violar uno de los mandamientos en materia grave.

2. Plena advertenciia.

3. Perfecto consentimiento.

El pecado mortal, si no es borrado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Dios y la muerte eterna del infierno.

EL PECADO VENIAL

Deja subsistir la caridad, aunque la ofende y la hiere. El pecado venial impide el progreso del alma; y quien lo comete merece penas temporales. El pecado venial deliberado y que permanece sin arrepentimiento, nos dispone rápidamente o poco a poco a cometer pecado mortal.

El pecado venial no rompe la alianza con Dios; no priva de la gracia santificante, de la amistad con Dios, de la caridad, ni por lo tanto, de la bienaventuranza eterna.

Posible esquema para la Confesión

El penitente comienza diciendo, por ejemplo:

"Ave de él dado de Purísima", y se santigua.

"Sin pecado concebida", responde el confesor.

Y puede continuar diciendo:

"El Señor esté en tu corazón para que te puedas arrepentir y confesar humildemente tus pecados".

"Señor tú lo sabes todo, tú sabes que te amo", puede decir el penitente.

Y a continuación, se acusa de sus pecados.

Luego el confesor da los consejos oportunos al penitente, le impone de la penitencia e invita a manifestar su contrición, diciendo, por ejemplo:

"Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de mi que soy un pecador".

El sacerdote absuelve al penitente mientras dice:

"Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la Muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el misterio de la Iglesia, el perdón y la paz.

Y YO TE ABSUELVO DE TUS PECADOS EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO, + Y DEL ESPÍRITU SANTO".

"Amén", responde el penitente.

"La pasión de nuestro Señor Jesucristo, la intercesión de la bienaventurada Virgen María y de todos los Santos, el bien que hagas y el mal que puedas sufrir, te sirvan como remedio de tus pecados, aumento de gracia y premio de vida eterna. Vete en paz", concluye el sacerdote

"Amén", el penitente.

Condiciones para una buena Confesión

A. Examen de conciencia: Que consiste en recordar todos los pecados que hemos cometido desde la última confesión.

B. Arrepentimiento: Que consiste en sentir sincero dolor de haber ofendido a Dios; y detestar el pecado. (Para alcanzar el arrepentimiento hay que pedírselo a Dios)

C. Propósito de la enmienda: Que consiste en decidirse firmemente a no volver a pecar; en estar dispuestos a evitar el pecado, cueste lo que cueste.

D. Confesión: Que consiste en decirle al Sacerdote todos los pecados que hemos descubierto en el examen de conciencia.

Esta confesión de pecados debe ser:

Sincera: Es decir, sin querer engañar al Sacerdote, pues a Dios es imposible engañarlo.

Completa: Es decir, sin callarse ningún pecado

Humilde: Es decir, sin altanería ni arrogancia

Prudente: Es decir, que debemos usar palabras adecuadas y correctas, y sin nombrar personas ni descubrir pecados ajenos.

Breve: Es decir, sin explicaciones innecesarias y sin mezclarle otros asuntos.

E. Satisfacción: Que consiste en cumplir la penitencia que nos impone el sacerdote, con la intención de reparar los pecados cometidos. Es obligatorio cumplir la penitencia, porque es parte del mismo sacramento.

Guía para el examen de conciencia.

Para facilitar el examen de conciencia, se presenta a continuación una guía en forma de preguntas. Lea despacio y medite cada pregunta y, si lo desea, haga una lista de sus pecados, aunque es preferible que no la utilice en la Confesión.

¿Cuanto tiempo hace que me confesé la última vez?

¿Cumplí completamente la penitencia que me impuso el Sacerdote?

¿Qué se me olvidó o que pecados graves callé en confesiones anteriores?

PRIMERO. AMAR A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS

“Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto,

de la casa de la servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mi.

No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos,

Ni de lo que hay abajo en la tierra. No te postraras ante ellas ni les darás culto” (Ex 20, 2-5; Dt 5, 6-9).

"¡Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento!" (Mt 22, 38-39).

“Está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, solo a El darás culto” (Mt 4, 10).

» ¿Creo en Dios? ¿Doy testimonio de El? ¿Tengo en El una fe y una confianza firme y completa?

» ¿Dudo o rechazo como verdadero lo que Dios ha revelado en las Escrituras (La Sagrada Biblia)?

» ¿Me he desesperado, llegando a dudar de la bondad de Dios, de su justicia, de sus promesas y de su misericordia?

» ¿He presumido de que Dios me salvará de todas maneras, aún son conversión y sin mérito?

» ¿He sido indiferente, despreciando la acción y la fuerza de Dios en mi vida?

» ¿He respondido al amor de Dios con tibieza?

» ¿He cultivado un enfermizo orgullo propio, que me ha llevado a odiar a Dios?

» ¿Le he dedicado suficiente tiempo a Dios en la oración personal y comunitariacomunitaria?

» ¿He hecho las cosas que requieren sacrificio, - con verdadero amor - y ofreciéndoselas al Señor?

» ¿He cumplido en todo o en parte, alguna promesa hecha a Dios o a su iglesia?

» ¿He sido supersticioso, o sea que le he atribuido una importancia de algún modo mágico, a ciertas prácticas legítimas o necesarias?

» ¿He creído y/o consultado y/o usado: supersticiones, hechicerías, brujería, magia, (incluso la blanca), adivinos, quiromancia, “médium”, agüeros, horóscopos, cartas de naipe, “tazas de chocolate” y cosas parecidas; al igual que riegos, sahumerios, talismanes, “pencas de sábila”, filtros, maleficios, sortilegios, cábala, tarot, “carta astral”, alquimia, tabla ouija, santería, amuletos, vudú, gurúes, shamanismo, numerología, espiritismo, “yo soy”, necromancia, cuarzos, piedras, mantras, etc., y todo tipo de “objetos con poder” (Dt 18, 10-12; Jr 29, 8).

» ¿He honrado y/o reverenciado y/o adorado a una criatura (cualquiera que sea) en lugar de Dios?. Como por ejemplo al dinero, al poder (o a los poderosos) al placer, o a las cosas materiales (como automóviles y pertenencias que se colocan por encima de todo, incluso de Dios).

» He puesto fe, o he practicado, o me he dejado llevar por grupos, sectas o movimientos no Cristianos o que mezclan la verdad de Jesucristo con otras ideologías que contienen verdades, pero algunas mentiras muy disfrazadas por el demonio? Por ejemplo: El poder mental, la reencarnación, la falsa metafísica, el método Silva, el ocultismo, el espiritismo, la astrología, el tarot, la meditación trascendental, el yoga, el gnosticismo, el i-chin, “los viajes astrales”, los gurús, el inside, el avance, la dianética, la medicina holística, la parapsicología, la sofrología; la radiastesia, la homeopatía, la acupuntura y la acuprensión cuando van acompañadas de prácticas esotéricas. También la hipnosis y autohipnosis, las regresiones, la lectura del áurea, la terapia de olores y esencias florales, el esoterismo, la teosofía, la masonería, el rosacrucismo, el budismo, el hare krishna, la “canalización de espíritus o cháneling”, el tao, el feng sui y todo lo relacionado con el “new age” o la “nueva era”. Igualmente son movimientos o sectas no cristianas los mormones y los testigos de Jehová que no creen en Jesucristo como hijo de Dios (2Tim 4, 3-4; 1Tim 4, 1).

» ¿He tentado a Dios, o sea que lo he puesto a prueba, dudando de su palabra, o de su obra, o de su bondad, o de su omnipotencia, o de su amor o poder?

» ¿He cometido sacrilegio? O sea que ¿he profanado o tratado indignamente los sacramentos y las otras acciones litúrgicas, así como las personas (sacerdotes y religiosos) las cosas y los lugares consagrados a Dios?

» ¿He tratado sacrílegamente la Eucaristía?

» ¿He comprado o vendido artículos religiosos bendecidos?

» ¿He sido ateo, o materialista práctico (agnóstico), he rechazado o negado la existencia de Dios?

» ¿He orado muy poco o casi nada, olvidándome de ofrecerle al Todopoderoso mi trabajo amoroso y de darle gracias en oración al levantarme, al acostarme, y al recibir los alimentos?

» ¿Me he acercado indignamente a recibir algún sacramento?

SEGUNDO. NO JURAR SU SANTO NOMBRE EN VAN

“No tomarás en falso el nombre del Señor tu Dios” (Ex 20, 7; Dt 5, 11; Lv 19, 12).

“Se dijo a los antepasados: no perjurarás...

pues yo digo que no juréis en modo alguno” (Mt 5, 33-34).

» ¿He empleado el nombre de Dios en cosas diferentes a Alabarlo, Bendecirlo y Glorificarlo?

» ¿He abusado del nombre de Dios, es decir, he usado inconvenientemente el nombre de Dios, o de Jesucristo, o de la Santísima Virgen María, o de algún Santo?

» ¿He hecho promesas a otras personas en nombre de Dios, comprometiendo el honor, la fidelidad, la veracidad y la autoridad divina? ¿he sido infiel a esas promesas?

» ¿He blasfemado; o sea que he proferido contra Dios –interior o exteriormente– palabras de odio, de reproche, o de desafío? ¿He injuriado a Dios, faltándole al respeto en las expresiones?

» ¿He jurado en falso, sin necesidad, sin prudencia, o por cosas de poca importancia?

» ¿He perjurado, o sea que he hecho una promesa que no tengo intención de cumplir?

» ¿He jurado hacer algún mal? ¿He tratado de reparar el daño que haya podido seguirse?

TERCERO. SANTIFICAR LAS FIESTAS

“Recuerda el día sábado (hoy domingo) para santificarlo.

Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos,

Pero el día séptimo es día de descanso para el Señor, tu Dios.

No harás ningun trabajo” (Ex 20, 8-10; Dt 5, 12-15).

“El Sábado ha sido instituido para el hombre

y no el hombre para el sábado.

De suerte que el Hijo del Hombre también es Señor del sábado” (Mc 2, 27-28)

» ¿He trabajado o he hecho trabajar sin necesidad urgente en día de precepto?

» ¿He utilizado mi tiempo del día del precepto, en actividades indecorosas u otras diferentes al compartir familiar y crecimiento espiritual? (Estudio de las Sagradas Escrituras, reflexión, meditación, cultura, etc., que favorecen el crecimiento de la vida interior, familiar y cristiana).

» ¿He faltado deliberadamente a la celebración eucarística (La santa Misa) de algún domingo o día festivo?

» ¿Me he distraído voluntariamente durante la Eucaristía, y/o he asistido físicamente, pero con el “corazón y la mente en otro lugar”?

» ¿He observado la abstinencia los viernes de cuaresma? ¿He ayunado el miércoles de ceniza y el viernes santo?

» ¿Me he confesado al menos una vez al año? ¿He hecho penitencia y ayuno por mis pecados?

» ¿He guardado la disposición del ayuno una hora antes del momento de comulgar?

» ¿Me he confesado lo antes posible, después de cometer algún pecado mortal?

» ¿He ayudado a la Iglesia en sus necesidades, en la medida que puedo?

Hasta aquí los mandamientos son referentes a nuestro AMOR a Dios.

En adelante, los mandamientos nos piden AMAR a los demás y a nosotros mismos

¡AMARÁS a tu prójimo como a ti mismo!

CUARTO. HONRAR A PADRE Y MADRE

“Honra a tu padre y a tu madre,

para que se prolonguen tus días sobre la tierra

que el Señor tu Dios, te va ha dar” (Ex 20, 12).

“Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor; porque esto es justo”

“Honra a tu padre y a tu madre”,

tal es el primer mandamiento que lleva consigo una promesa:

“para que seas feliz, y se prolongue la vida sobre la tierra” (Ef 6, 1-3; Dt 5, 16).

Examen como HIJOS

» ¿He irrespetado a mis padres? ¿He tenido sinceras actitudes de gratitud y amor por ellos?

» ¿He desobedecido a mis padres o superiores en cosas importantes?

» ¿He tenido un desordenado afán de independencia, que me lleva a recibir mal las indicaciones de mis padres, simplemente porque me lo mandan? ¿Me doy cuenta que esta reacción esta causada por la soberbia?

» ¿Los he amenazado o maltratado de palabra o de obras, o les he deseado algún mal grave o leve?

» ¿He dejado de ayudarle a mis padres en sus necesidades espirituales o materiales, pudiéndolo hacer, esforzándome?

» ¿Me enfado y peleo con mis hermanos y compañeros? ¿He dejado de hablarme con ellos, y no pongo los medios necesarios para la reconciliación?

» ¿He dado mal ejemplo a mis hermanos o compañeros; y he sido egoísta o envidioso, queriendo siempre sobresalir, tener razón, etc.

» ¿Me dejo llevar por el mal genio y me enfado con frecuencia sin motivo justificado?

» ¿Me he sentido responsable ante mis padres del esfuerzo que hacen para que yo me forme, estudiando con intensidad, y cumpliendo con todo en el plantel educativo?

» ¿Respeto toda autoridad a la que estoy sometido, y miro a estos superiores como representantes de Dios que los ha instituido ministros de sus dones? (Rm 13, 1-2).

Examen como PADRES

» ¿He degradado el amor conyugal a una simple e irresponsable procreación de hijos, sin importarme ni hacer algo por la educación moral y la formación espiritual de dichos seres fecundados?

» ¿He dado mal ejemplo a mis hijos, no cumpliendo con mis deberes religiosos, familiares, o profesionales?

» ¿He corregido a mis hijos siempre con firmeza, con justicia y con amor, por su bien?

» He cumplido la responsabilidad de evangelizar a mis hijos desde la primera edad, enseñándoles los misterios de la fe, mediante el testimonio de vida cristiana de acuerdo con el Evangelio?

» ¿He prevenido e instruido a mis hijos sobre las malas compañías, enseñándoles los peligros?

» ¿Los he forzado a recibir algún sacramento, sin la debida preparación?

» ¿He impedido que mis hijos sigan la profesión o vocación que Dios les indica y desea para ellos; les he puesto obstáculos o los he aconsejado mal a propósito?

» ¿Permito que estudien o trabajen, en lugares donde corre peligro su alma o su cuerpo?

» ¿He tolerado escándalos o peligros morales o físicos entre las personas que viven en mi casa?

» ¿Procuro hacerme amigo de mis hijos? ¿Les doy a conocer cómo es el origen de la vida, acomodándome a su mentalidad y capacidad de comprensión?

» ¿En la familia, me enojo con facilidad, y me falta la amabilidad que expreso con extraños?

» ¿He reñido con mi cónyuge? ¿Ha habido malos tratos de palabra o de obra?

» ¿He abandonado parcial o totalmente a mi cónyuge y/o a mis hijos o padres?

» ¿He dejado de ayudar en las necesidades espirituales o materiales a las personas que me rodean; pudiendo hacerlo –aun- con esfuerzo?

» ¿He procurado ganar lo suficiente, y no malgastarlo, para poder mantener dignamente a mi familia?

» ¿He elegido un establecimiento educativo, donde BIEN se nos ayuda, en la tarea de educar cristianamente a nuestros(s) hijo(s)?

» ¿En el trabajo o en otra actividad, he ordenado o establecido cosas contrarias a la dignidad de las personas y a la ley natural?

QUINTO. NO MATAR

“No mataras” (Ex 20, 13).

“Habéis oído que se dijo a los antepasados:

“No mataras”;

y aquel que mate, será reo ante el tribunal.

Pues yo os digo:

Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal” (Mt 5, 21-22).

» La vida humana es sagrada. ¿He matado? ¿Me he atribuido el derecho de matar de modo directo y voluntario a un ser humano; sea el que sea?

» ¿Le he hecho a alguna persona, algo, con intención de provocar indirectamente su muerte?

» ¿Le he negado la asistencia a cualquier persona en estado de peligro?

» ¿He llegado a herir a alguien? ¿he conducido irresponsablemente cualquier vehículo, colocando en riesgo mi vida y la de los acompañantes?

» ¿He participado indirectamente y con conocimiento previo en cualquier acto donde se asesine alguna persona, y no he puesto mi total empeño para prevenirlo?

» ¿He participado directa o indirectamente en algún aborto provocado? (Jr 1, 5). (se incurre en excomunión ipsofacto reservada al Obispo; o sea que es una forma como la Iglesia, manifiesta la gravedad de este crimen).

» ¿He practicado la eutanasia, o sea, que he puesto fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas, o he consentido o ayudado a ello por acción o por omisión?

» Somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado..... ¿He intentado suicidarme?. ¿He colaborado voluntariamente en el suicidio de alguien?

» El escándalo es la actitud o el comportamiento que induce a otro a hacer el mal. El que escandaliza se convierte en tentador de su prójimo; y puede ocasionarle la muerte espiritual..... Por acción o por omisión... ¿He escandalizado a alguien arrastrándolo a una falta grave, o sea, haciéndolo pecar?

» ¿Considero mi cuerpo como un “valor absoluto”, llegando a sacrificar todo a él, o he llegado a idolatrar la perfección física y el éxito deportivo en un relativo “culto al cuerpo”?

» ¿He abusado de la comida, del alcohol o licores, del tabaco o del cigarrillo, o de las medicinas?

» ¿He usado drogas o sustancias alucinógenas? ¿He producido, o traficado o negociado con sustancias que incitan a prácticas graves, contrarias a la ley moral?

» ¿He utilizado mensajes subliminales para dominar la voluntad de las personas?

» ¿He puesto en peligro mi salud mental y espiritual, al querer distraerme con música que contiene mensajes subliminales que incitan a prácticas de violencia, rebeldía, y otras contrarias al verdadero amor que invita a practicar Jesucristo?

» ¿He participado directa o indirectamente en secuestros, actos de terrorismo o torturas?

» ¿He participado en amputaciones, mutilaciones, o esterilizaciones forzosas a personas inocentes?

» ¿He ayudado a los moribundos a permanecer dignamente sus últimos momentos, acompañándolos en oración, y cuidando que reciban a tiempo los sacramentos?

» ¿Tengo en mi corazón un deseo de venganza por el mal que me han causado? (Mt 5, 22).

» ¿Siento odio, rencor o resentimiento por alguien; le he deseado el mal? ¿Quiero sanarme de esos sentimientos? (Mt 5, 44-45)

» ¿He evitado todo conflicto, pelea o guerra, en la medida de mis capacidades?

SEXTO. NO COMETER ACTOS IMPUROS

“No cometerás adulterio” (Ex 20,14; Dt 5,17).

"Habéis oído que se dijo:

“No cometerás adulterio”

Pues Yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola,

Ya cometió adulterio con ella en su corazón" (Mt 5, 27-28).

» ¿Me he dejado dominar por las pasiones? (para dominar las pasiones se requiere primero que todo, contar con la gracia de Dios, y hacer un esfuerzo reiterado en todas las etapas de la vida. Se requiere también la obediencia a los mandamientos divinos, la práctica de las virtudes morales, y en espacial, la fidelidad en la oración)

» ¿He faltado a la castidad por lujuria? (deseo o goce desordenado del placer sexual) ¿Por masturbación? ¿Por pornografía? (actores, comerciantes, publico).

» ¿He mal usado los adelantos tecnológicos como la Internet, para charlas impuras, y acciones que llevan al vicio de la lujuria? ¿Me he percatado que a través del mal uso de estos medios hago pecar a otros?

» ¿He fornicado? (Acto sexual entre hombre y mujer no vinculados en matrimonio sacramental)

» ¿He manchado mi cuerpo en la prostitución? ¿Vendiendo o comprando placer? ¿Propicio la prostitución o negocio con ella?

» ¿He forzado o agredido con violencia la intimidad sexual de una persona (incluso cónyuge) ¿He cometido incesto? (Relación sexual o violación cometida por los padres o educadores con los niños a su cargo) ¿He cometido “pedofilia”? (Relación sexual con niños)

» ¿He tenido relaciones carnales homosexuales? (Rm 1, 24–27; 1Co 6,10; 1Tim 1,10; Gn 19, 1-29).

» Si tengo tendencias homosexuales instintivas..... ¿He unido en oración mis dificultades al sacrificio de la cruz de Cristo, buscando siempre la práctica de la castidad, mediante el dominio de si mismo, y ayudado mediante la gracia sacramental en la practica constante de la comunión y demás sacramentos?.

ESPOSOS

» ¿He sido completamente fiel en mi matrimonio? (Mt 5,32; 19,6; Mc 10,11; 1Co 6, 9-10; 1Co 6, 9-10; Os 2,7).

» ¿He roto, el libre contrato matrimonial con el divorcio? (Mc 10, 9).

» ¿He vivido en poligamia? ¿He dejado esas relaciones conyugales ilícitas? ¿Estoy cumpliendo con los deberes contraídos con esa(s) mujer(es) y los hijos?

» ¿He tenido relaciones carnales cometiendo el grave incesto? (1 Co 5, 1 4-5; Lv 18, 7-20).

» ¿He vivido en unión libre? O ¿He vivido en concubinato o en unión a prueba?

» No tengo hijos, y ¿he evitado la fecundidad en mi matrimonio?

» ¿He usado métodos anticonceptivos diferentes a los que exige una continencia periódica (parar las relaciones sexuales por pocos días) y una auto observación; permitiendo así utilizar el recurso de los períodos infecundos? (son contrarios, por ejemplo: condones, pastas, espumas, óvulos, inyecciones, y todo tipo de fármacos anti- ovulantes, etc.)

» ¿He usado o propiciado métodos anticonceptivos micro abortivos que obligan a salir del útero el feto ya fecundado en las trompas? (por ejemplo: la “T”, la “S”, y demás objetos físicos que se introducen en el útero).

» ¿He utilizado técnicas reprobables de fecundación artificial, o de esterilización directa (ligadura de trompas, vasectomía)

» ¿He practicado el onanismo? o ¿el coito interrupto? (ver Génesis 38, 9-10).

SÉPTIMO. NO ROBAS

“No robarás” (Ex 20, 15; Dt 5, 19).

“No robarás” (Mt 19, 18).

» ¿He tomado, retenido o cogido injustamente cualquier bien ajeno, contra la voluntad razonable de su dueño?

» ¿He defraudado, engañado o estafado a alguien en algún negocio o actividad mercantil?

» ¿He pagado salarios injustos, que no estén de acuerdo al desempeño de la persona?

» ¿He elevado los precios de mis bienes, especulando con la ignorancia o las necesidades ajenas?

» ¿He participado de alguna manera en la corrupción, mediante la cual se trata de cambiar el proceder correcto, por el que mas convenga?

» ¿He trabajado mal?, ¿he robado tiempo en mi trabajo?, ¿he defraudado a mis patrones?

» ¿He defraudado físicamente al Estado, en los impuestos justos y razonables que se revierten en beneficio de la comunidad? (ver justicia conmutativa y justicia distributiva 2409 – 2413 del nuevo Catecismo de la Iglesia Católica)

» ¿He falsificado documentos o utilizado actos engañosos?

» ¿He despilfarrado mis bienes o los que he tenido a cargo? ¿he gastado en exceso o en cosas suntuarias, buscando desmedido placer o prestigio?

» ¿He causado daño a las propiedades o bienes públicos o privados?

» ¿He incumplido promesas o contratos moralmente justos? ¿he faltado sin justa causa en contratos comerciales, de compra o venta, de arriendo o de trabajo etc.?

» ¿He apostado injustamente, o he hecho trampas en juegos de azar, causando perjuicio?

» ¿He invertido en mascotas, sumas de dinero muy altas, que ayudarían a remediar mejor la miseria humana?

» ¿He hecho sufrir inútilmente a algún animal? ¿He sacrificado sin necesidad la vida de algún animal?

» Al trabajar, ¿He colocado el lucro personal como la norma exclusiva y el fin único de mi actividad económica; olvidándome de los derechos fundamentales de mis trabajadores o compañeros, y olvidándome de realizar mi trabajo como servicio a los demás? “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6, 24; Lc 16, 13).

» ¿He ayudado con amor a los pobres? ¿he practicado las obras de misericordia y la caridad?

OCTAVO. NO LEVANTAR FALSO TESTIMONIO NI MENTIR

“No darás testimonio falso contra tu prójimo”

(Ex 20, 16)

“sea vuestro lenguaje “Si, si”; “No, no”:

que lo que pasa de aquí viene del maligno”

(Mt 5, 37)

» ¿He dicho mentiras? ¿He dicho mentiras con la intención de engañar? (Ef 4, 25).

» ¿He dado un falso testimonio públicamente? (Pr 19, 9)

» ¿He cometido “perjurio”, o sea, he dicho bajo juramento cosas contrarias a la verdad?

» ¿He dañado la reputación de alguien, con actitudes o palabras injustas?

» ¿He enjuiciado (o juzgado) un defecto moral del prójimo, incluso tácitamente, sin tener fundamento suficiente para realizar dicho juicio?

» ¿He cometido “maledicencia”, o sea, que sin razón objetivamente válida, he manifestado los defectos y faltas del prójimo a otras personas que no conocían dichos defectos? (Si 21, 28).

» ¿He calumniado, mediante palabras contrarias a la verdad, dañando la reputación de otros?

» ¿He halagado o adulado –a otra persona–, en la malicia de sus malos actos, y en la perversidad de su conducta, haciéndome cómplice de vicios y pecados graves?

» ¿He faltado contra la verdad por vanagloria o jactancia; o por ironía?

» ¿He faltado, al revelar los secretos profesionales?; ¿O al no guardar las confidencias hechas bajo secreto? (Si 22, 22).

» ¿He escuchado conversaciones contra la voluntad de los que la mantenían? ¿He abierto o leído correspondencia u otros escritos contra la voluntad de sus dueños?

» ¿He hablado mal de los demás; con el pretexto de que me contaron o de que se dice por ahí?

NOVENO. NO CONSENTIR PENSAMIENTOS NI DESEOS IMPUROS, y NO DESEAR LA MUJER DEL PRÓJIMO.

“No codiciarás la casa de tu prójimo,

ni codiciarás la mujer de tu prójimo,

ni su siervo, ni su sierva, ni su buey ni su asno,

ni nada que sea de tu prójimo” (Ex 20, 17).

“El que mira a una mujer deseándola,

ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5, 28).

» ¿He aborrecido la concupiscencia de la carne, es decir, he rechazado ese deseo o apetito sensible de la carne que lucha contra el espíritu? (Ga 5, 16-17 24; Ef 2, 3).

» ¿He orado para alcanzar de Dios la gracia de la pureza y la limpieza de corazón?

» ¿He luchado por la pureza de la mirada exterior e interior(imaginación); mediante el rechazo de toda complacencia en los pensamientos impuros? “la vista despierta la pasión de los insensatos” (Sb 15, 5).

» ¿He faltado contra el pudor del cuerpo, que es modestia y discreción; así como contra el pudor de los sentimientos?

» ¿Me he dejado llevar por las presiones de la moda, usando públicamente vestidos o prendas que excitan sensualmente a personas del otro sexo, y causan miradas, deseos y/o pensamientos indecorosos

» ¿He participado de alguna manera en pornografía, o en actos o espectáculos exhibicionistas?

» ¿He mal usado el Internet, la televisión u otros medios de comunicación para charlas o “distracciones” que llevan a deseos, pensamientos, y/o actos impuros?

» ¿He irrespetado y/o lesionado el pudor de niños o adolescentes?

DÉCIMO. NO CODICIAR LOS BIENES AJENOS

“No codiciarás nada que sea de tu prójimo” (Ex 20, 17).

“Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6, 21).

» ¿He codiciado o deseado enfermizamente los bienes ajenos?

» ¿He caído en la avaricia, o sea la pasión inmoderada por las riquezas materiales, y el poder sobre ellas? “el ojo del avaro no se satisface con su suerte” (Si 14, 9)

» ¿He sentido envidia, o sea, he sentido como “tristeza” ante el bien o el triunfo de los demás, y un deseo desordenado de poseer u obtener lo mismo, aunque sea en forma indebida?

» ¿He deseado un mal grave al prójimo?

» ¿He estado muy apegado a las cosas terrenales (dinero, vehículos, casas, terrenos, computadores etc) y ocupo casi todo mi tiempo en acumular esas “cosas materiales”?

Guía para el examen más breve

¿Has dudado o negado deliberadamente alguna de las verdades la Fe católica?

¿He practicado la superstición o el espiritismo?

¿He pronunciado palabras injuriosas contar Dios, con la intención de ofenderle?

¿He jurado con mentira o con duda de si era verdad? ¿He reparado el daño que haya podido seguirse?

¿He murmurado externa o internamente contra el Señor cuando me ha ocurrido alguna desgracia?

¿He faltado a Misa los domingos o los demás días de precepto? ¿He dejado de cumplir, sin motivo adecuado, el ayuno y la abstinencia en los días previstos por la Iglesia? ¿Me he confesado y he comulgado al menos una vez al año?

¿He callado por vergüenza, en alguna Confesión anterior, algún pecado grave?

¿He comulgado alguna vez en pecado mortal?

¿He desobedecido a mis padres y familiares? ¿Los he tratado sin el respeto y el afecto que merecen? ¿He defraudado con mi conducta la confianza que han depositado en mí?

¿He dado mal ejemplo en cosas importantes a las personas que me rodean, sobre todo a mis amigos?

¿Evito que las diferencias de opinión en cuestiones políticas, profesionales, etc., degeneren en indisposición, enemistad o incluso odio hacia las personas?

¿He causado un daño cierto a alguien en su persona o en sus legítimas propiedades? ¿He pedido perdón y he procurado reparar eficazmente el daño?

¿He hablado mal de otros sin tener mayor fundamento que "se dice" o la mera suposición? ¿He calumniado a alguien atribuyéndole acciones injuriosas que no ha cometido? ¿He descubierto ante los demás defectos graves de otras personas? ¿Me he comportado con deslealtad descubriendo ante otras personas, sin motivo serio y proporcionado, asuntos que me han sido comunicados privadamente, por razón de mi trabajo o por amistad?

¿He practicado, aconsejado o facilitado el aborto?

¿Me he puesto voluntariamente en ocasión de ofender a Dios gravemente? ¿He sido causa de que otros pecasen por mi conversación, por mi modo de vestir, por mi conducta desordenada, por mi consejo, etc.? ¿He tratado de reparar el escándalo?

¿Me dejo llevar por la pereza en el cumplimiento de mis deberes, particularmente en el trabajo? ¿Retraso o impido con mi conducta el trabajo de los demás?

¿Me embriagado o he comido con exceso? ¿He tomado droga? ¿He puesto en peligro mi vida y la vida de los demás conduciendo imprudentemente, bien por exceso de velocidad o no conocerlo en las debidas condiciones?

¿He utilizado la sexualidad en contra de los planes de Dios, ya sea conmigo o con otras personas? ¿Aprendo a dominarme y a controlar mis pasiones, o me dejo dominar por ellas? ¿He caído en pecados gravemente contrarios a la castidad (masturbación, fornicación, relaciones prematrimoniales, actividades pornográficas, prácticas homosexuales)? ¿Había circunstancias –de parentesco, matrimonio, sexo– que agravasen esas acciones?

¿He utilizado a los demás buscando el placer sexual de modo egoísta, ya sea con la mirada, el pensamiento o las conversaciones? ¿He buscado ese placer con las lecturas, las películas, la televisión, la radio, internet, o con mi asistencia a espectáculos poco recomendables?

¿He tomado dinero o cosas que no son mías? ¿He restituido o reparado? ¿He engañado a otros cobrando más de lo debido? ¿He malgastado el dinero haciendo gastos excesivos o innecesarios? ¿Doy limosna generosamente de acuerdo con mis posibilidades? ¿He rechazado ayudar a los demás en sus necesidades, pudiendo hacerlo?

¿He dicho mentiras? ¿He reparado el daño que haya podido seguirse de ellas?

¿Me dejo dominar por la envidia deseando inmoderadamente lo que otros son o poseen?

¿He prestado mi apoyo a programas de acción social y política inmorales y anticristianos? ¿Renuncio por cobardía a defender a Cristo y a la Iglesia cuando son atacados en mi presencia?

¿Hago el propósito de plantearme más en serio mi vida cristiana, la formación de mi conciencia y mis relaciones con Dios?

La Contrición; acto de contrición

La Contrición es un dolor espiritual y un aborrecimiento del pecado cometido con el propósito de no pecar más.

Acto de Contrición

¡Señor mío Jesucristo!, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser vos quien sois, bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido, y también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca mas pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me sea impuesta. Amén.

 

Conciencia y verdad

14 mayo 2013. Joseph Ratzinger

Humanitas.cl

“Cuando lo moral es una realidad interior y el hombre se eleva interiormente por encima de sí mismo, la moralidad y la libertad dejan de ser antagónicas para convertirse en realidades que se basan la una en la otra y se requieren recíprocamente”

      En el actual debate sobre la naturaleza propia de la moralidad y sobre las modalidades de su conocimiento, la cuestión de la conciencia se ha convertido en el punto crucial de la discusión, sobre todo en el ámbito de la teología moral católica. El debate gira en torno a los conceptos de libertad y de norma, de autonomía y de heteronomía, de autodeterminación y de determinación desde el exterior mediante la autoridad. En él a la conciencia se la presenta como el baluarte de la libertad frente a las limitaciones de la existencia impuestas por la autoridad. En dicho contexto están contrapuestas de este modo dos concepciones del catolicismo: por una parte, la comprensión renovada de su esencia, que explica la fe cristiana partiendo de la libertad y como principio de la libertad, y por otra, un modelo superado, “preconciliar”, que somete la existencia cristiana a la autoridad, la cual mediante normas regula la vida hasta en sus aspectos más íntimos y trata de esta manera de mantener un poder de control sobre los hombres. Así pues “moral de la conciencia” y “moral de la autoridad” parecen contraponerse entre sí como dos modelos incompatibles; la libertad de los cristianos se pondría a salvo apelándose al principio clásico de la tradición moral, según el cual la conciencia es la norma suprema que siempre se debe seguir, incluso frente a la autoridad. Y si la autoridad en este caso: el Magisterio eclesiástico quiere tratar de la moral, desde luego que puede hacerlo, pero solamente proponiendo elementos para que la conciencia se forme un juicio autónomo, si bien aquélla ha de tener siempre la última palabra. Algunos autores conectan este carácter de última instancia, propio de la conciencia, a la fórmula según la cual la conciencia es infalible.

      Llegados aquí se puede presentar una contradicción. Ni que decir tiene que siempre se ha de seguir un dictamen claro de la conciencia, o que por lo menos, nunca se puede ir contra él. Pero otra cuestión es, si el juicio de conciencia, o lo que se toma como tal, tiene también siempre razón, es decir, si es infalible. Si así fuera, querría decir que no existe ninguna verdad, por lo menos en materia de moral y religión, es decir en el ámbito de los fundamentos de nuestra existencia. Desde el momento que los juicios de conciencia se contradicen, se tendría sólo una verdad del sujeto, que se reduciría a su sinceridad. No habría ni puerta ni ventana que pudiera llevarnos del sujeto al mundo circunstante y a la comunión de los hombres.

      Aquel que tenga el valor de llevar esta concepción hasta sus últimas consecuencias llegará a la conclusión de que no existe ninguna verdadera libertad y que lo que suponemos que son dictámenes de la conciencia, no son en realidad más que reflejos de las condiciones sociales. Esto tendría que llevar al convencimiento de que la contraposición entre libertad y autoridad deja algo de lado; que tiene que haber algo aún más profundo, si se quiere que libertad y, por consiguiente, humanidad tengan un sentido. La conciencia errónea

Una conversación sobre la conciencia errónea y algunas primeras conclusiones

      De esta manera se ha hecho evidente que la cuestión de la conciencia nos lleva al centro del problema moral, de la misma manera que la cuestión de la existencia humana. Ahora quisiera tratar de exponer la referida cuestión, no como reflexión rigurosamente conceptual, sino más bien de forma narrativa, como hoy se dice, contando antes que nada la historia de mi acercamiento personal a este problema. La primera vez que fui consciente de la cuestión, en toda su urgencia, fue al principio de mi actividad académica. Una vez, un colega más anciano, muy interesado en la situación del ser cristiano en nuestro tiempo, opinaba en una discusión que había que dar gracias a Dios por haber concedido a tantos hombres la posibilidad de ser no creyentes en buena conciencia. Si se les hubiera abierto los ojos y se hubieran hecho creyentes, no habrían sido capaces, en un mundo como el nuestro, de llevar el peso de la fe y sus deberes morales. Sin embargo, y puesto que recorren un camino diferente en buena conciencia, pueden igualmente alcanzar la salvación. Lo que me asombró de esta afirmación no fue tanto la idea de una conciencia errónea concedida por Dios mismo para poder salvar con esta estratagema a los hombres, la idea, por así decir, de una ceguera mandada por Dios mismo para la salvación de estas personas. Lo que me turbó fue la concepción de que la fe es un peso difícil de sobrellevar y que sólo pueden soportarlo naturalezas particularmente fuertes: casi una forma de castigo, y siempre un conjunto oneroso de exigencias difíciles de afrontar. Según esta concepción, la fe, en lugar de hacer más accesible la salvación, la dificulta. Así pues, tendría que ser feliz precisamente aquel a quien no se le carga con el peso de tener que creer y de tener que someterse al yugo moral, que conlleva la fe de la Iglesia Católica. La conciencia errónea, que permite vivir una vida más fácil e indica un camino más humano sería por lo tanto la verdadera gracia, el camino normal hacia la salvación. La no verdad, el quedarse lejos de la verdad, sería para el hombre mejor que la verdad. No sería la verdad lo que le liberaría, sino más bien tendría que liberarse de ella. Dentro de su propia casa el hombre estaría más en las tinieblas que en la luz; la fe no sería un don del buen Dios, sino más bien una maldición. Así las cosas, ¿cómo puede la fe provocar gozo? Más aún, ¿quién podría tener el valor de transmitir la fe a los demás? ¿No será mejor ahorrarles este peso o incluso mantenerlos lejos de él? En los últimos decenios, concepciones de este tipo han paralizado visiblemente el impulso de la evangelización: quien entiende la fe como una carga pesada, como una imposición de exigencias morales, no puede invitar a los otros a creer; más bien prefiere dejarles en la presunta libertad de su buena fe.

      Quien hablaba de esta manera era un sincero creyente, mejor dicho: un católico riguroso, que cumplía con su deber con convicción y escrupulosidad. Sin embargo, expresaba de esta manera una modalidad de experiencia de fe, que puede sólo inquietar y cuya difusión podría ser fatal para la fe. La aversión, que llega a ser traumática en muchos, contra lo que consideran un tipo de catolicismo “preconciliar” deriva, en mi opinión, del encuentro con una fe de este tipo, que hoy casi no es más que un peso. Aquí sí que surgen cuestiones de la máxima importancia: ¿Puede verdaderamente una fe semejante ser un encuentro con la verdad? La verdad sobre el hombre y sobre Dios, ¿es de veras tan triste y tan pesada, o en cambio la verdad no consiste, precisamente, en la superación de un legalismo similar?

      ¿Es que no consiste en la libertad? ¿Pero adónde conduce la libertad? ¿Qué camino nos indica? En la conclusión tendremos que volver a estos problemas fundamentales de la existencia cristiana hoy; pero antes es menester volver al núcleo central de nuestro tema, a la conciencia. Como ya he dicho, lo que me asustó del argumento antes mencionado fue sobre todo la caricatura de la fe, que yo creí entrever. Sin embargo, reflexionando desde otro ángulo, me pareció que era falso incluso el concepto de conciencia del que se partía. La conciencia errónea protege al hombre de las onerosas exigencias de la verdad y así la salva...: esta era la argumentación. Aquí la conciencia no se presenta como la ventana desde la que el hombre abarca con su vista la verdad universal, que nos funda y sostiene a todos y que una vez reconocida por todos hace posible la solidaridad del querer y la responsabilidad. En esta concepción la conciencia no es la apertura del hombre hacia el fundamento de su ser, la posibilidad de percibir lo más elevado y esencial. Más bien parece ser el cascarón de la subjetividad, en el que el hombre se puede esconder huyendo de la realidad. Está aquí presupuesto, precisamente, el concepto de conciencia del liberalismo. La conciencia no abre las puertas al camino liberador de la verdad, la cual o no existe en absoluto o es demasiado exigente para nosotros. La conciencia es la instancia que nos exime de la verdad. Se transforma en la justificación de la subjetividad, que ya no se deja poner en discusión, y así como en la justificación del conformismo social, que como mínimo común denominador entre las diferentes subjetividades, tiene como tarea el hacer posible la vida en la sociedad. Desaparece el deber de buscar la verdad, como también las dudas sobre las tendencias generales predominantes en la sociedad y todo lo que en ella se ha vuelto costumbre. Es suficiente estar convencido de las propias opiniones, así como adaptarse a las de los demás. El hombre queda reducido a sus convicciones superficiales que, cuanto menos profundas sean tanto mejor para él.

      Lo que en un principio me había parecido sólo marginalmente claro, en esta discusión, se me mostró en toda su evidencia algo después, durante una disputa entre colegas, a propósito del poder de justificación de la conciencia errónea. Alguien objetó a esta tesis que, si esto tuviera un valor universal, entonces hasta los miembros de las SS nazis estarían justificados y tendríamos que buscarlos en el paraíso. Estos, efectivamente, llevaron a cabo sus atrocidades con fanática convicción y también con una absoluta certeza de conciencia. A lo que otro respondió con la máxima naturalidad, que realmente era así: no hay ninguna duda de que Hitler y sus cómplices, que estaban profundamente convencidos de su causa, no hubieran podido obrar de otra manera y que por lo tanto, por mucho que sus acciones hayan sido objetivamente espantosas, a nivel subjetivo, se comportaron moralmente bien. Desde el momento que ellos siguieron su conciencia, por deformada que estuviera, se tendría que reconocer que su comportamiento era para ellos moral y por lo tanto no se pondría en tela de juicio su salvación eterna. Después de esta conversación tuve la absoluta certeza de que había algo que no cuadraba en esta teoría sobre el poder justificativo de la conciencia subjetiva, con otras palabras: tuve la seguridad de que un concepto de conciencia que llevaba a conclusiones semejantes tenía que ser falso. Una firme convicción subjetiva y la consiguiente falta de dudas y escrúpulos no justifican absolutamente al hombre. Unos treinta años después, encontré sintetizadas en las lúcidas palabras del sicólogo Albert Gorres las intuiciones, que desde hacía mucho tiempo también yo trataba de articular a nivel conceptual. Su elaboración pretende constituir el núcleo de esta aportación. Gorres nos dice que el sentimiento de culpa, la capacidad de reconocer la culpa pertenece a la esencia misma de la estructura sicológica del hombre. El sentimiento de culpa, que rompe con una falsa serenidad de conciencia y que se puede definir como una protesta de la conciencia contra mi existencia satisfecha de sí misma, es tan necesario para el hombre como el dolor físico, como síntoma, que permite reconocer las disfunciones del organismo. Quien ya no es capaz de percibir la culpa está espiritualmente enfermo, es “un cadáver viviente, una máscara de teatro” como dice Gorres. “Son los monstruos, que entre otros brutos, no tienen ningún sentimiento de culpa. Quizá Hitler, Himmler o Stalin carecían totalmente de él. Quizá los padrinos de la mafia no tengan ninguno, o quizá los tengan bien escondidos en el desván. También los sentimientos de culpa abortados... Todos los hombres tienen necesidad de sentimientos de culpa”.

      Por lo demás una simple hojeada a la Sagrada Escritura habría podido prevenir de semejantes diagnósticos y de semejante teoría de la justificación mediante la conciencia errónea. En el salmo 19,13 encontramos esta afirmación, que merece siempre ponderación: “¿Quién será capaz de conocer los deslices? Límpiame de los que se me ocultan”. Aquí no se trata de objetivismo veterotestamentario, sino de la más profunda sabiduría humana: dejar de ver las culpas, el enmudecimiento de la voz de la conciencia en tan numerosos ámbitos de la vida es una enfermedad espiritual mucho más peligrosa que la culpa, que uno todavía está en condiciones de reconocer como tal. Quien no es capaz de reconocer que matar es pecado, ha caído más bajo de quien todavía puede reconocer la maldad de su comportamiento, ya que se ha alejado mucho más de la verdad y de la conversión. No por nada en el encuentro con Jesús, quien se autojustifica aparece como el que verdaderamente está perdido. Si el publicano, con todos sus innegables pecados, es más justificable ante Dios que el fariseo con todas sus obras verdaderamente buenas (Lc, 18, 9-14), esto sucede no porque los pecados del publicano dejen de ser verdaderamente pecados y las buenas obras del fariseo, buenas obras. Esto no significa de ningún modo que el bien que hace el hombre no sea bien ante Dios y que el mal no sea mal ante El y ni siquiera que esto no sea en el fondo tan importante. La verdadera razón de este juicio paradójico de Dios se entiende precisamente a partir de nuestra cuestión: el fariseo ya no sabe que también él tiene culpas. Está completamente en paz con su conciencia. Pero este silencio de la conciencia lo hace impenetrable para Dios y para los hombres. En cambio el grito de la conciencia, que no da tregua al publicano, hace que sea capaz de verdad y de amor. Por esto Jesús puede obrar con éxito en los pecadores, porque estos no se han vuelto impermeables, escudándose en una conciencia errónea, a ese cambio que Dios espera de ellos, así como de cada uno de nosotros. El en cambio no puede tener éxito con los “justos”, precisamente porque a ellos les parece que no tienen necesidad de perdón, ni de conversión; efectivamente su conciencia ya no les acusa, si no que más bien los justifica.

      Algo análogo podemos encontrar también en San Pablo, el cual nos dice que los gentiles conocen muy bien, incluso sin ley, lo que Dios espera de ellos (Rom 2,1-16). Toda la teoría de la salvación mediante la ignorancia se viene abajo en este versículo: en el hombre está inevitablemente presente la verdad, una verdad del Creador, la cual fue puesta luego por escrito en la revelación de la historia de la salvación. El hombre puede ver la verdad de Dios, por ser él un ser creado. No verla es pecado. Deja de ser vista sólo cuando no se quiere ver. Este rechazo de la voluntad, que impide el conocimiento, es culpable. Por eso, si la lucecita no se enciende, ello es debido a una negación deliberada de todo lo que no deseamos ver.

      Llegados a este punto de nuestras reflexiones es posible sacar las primeras consecuencias para responder a las cuestiones sobre la naturaleza de la conciencia. Ahora podemos ya decir: no se puede identificar la conciencia del hombre con la autoconciencia del yo, con la certidumbre subjetiva de sí mismo y del propio comportamiento moral. Este conocimiento, puede ser por una parte un mero reflejo de las opiniones difundidas en el ambiente social. Por otra parte puede derivar de una falta de autocrítica, de una incapacidad de escuchar las profundidades del espíritu. Todo lo que ha salido a la luz después del hundimiento del sistema marxista en la Europa Oriental, confirma este diagnóstico. Las personalidades más atentas y nobles de los pueblos por fin liberados hablan de una enorme devastación espiritual, que ha tenido lugar en los años de la deformación intelectual. Notan una torpeza del sentimiento moral, que representa una pérdida y un peligro mucho más grave que los daños económicos ocurridos. El nuevo patriarca de Moscú lo denunció de manera impresionante al principio de su ministerio, en el verano de 1990: La capacidad de percepción de los hombres, que han vivido en un sistema basado en la mentira, se había obscurecido, según él. La sociedad había perdido la capacidad de misericordia y los sentimientos humanos se habían desvanecido. Toda una generación estaba perdida para el bien, para acciones dignas del hombre. “Tenemos el deber de encarrilar la sociedad a los valores morales eternos”, es decir: el deber de desarrollar nuevamente en el corazón de los hombres el sentido auditivo, casi atrofiado para escuchar las sugerencias de Dios. El error, la “conciencia errónea”, sólo a primera vista es cómoda. Si no se reacciona, el enmudecimiento de la conciencia lleva a la deshumanización del mundo y a un peligro mortal.

      Dicho con otras palabras: la identificación de la conciencia con el conocimiento superficial, la reducción del hombre a su subjetividad no libera en absoluto, sino que esclaviza; nos hace totalmente dependientes de las opiniones dominantes a las que incluso va rebajando de nivel día tras día. Quien hace coincidir la conciencia con las convicciones superficiales, la identifica con una seguridad seudorracional entreverada de autojustificaciones, conformismo y pereza. La conciencia se degrada a mecanismo de desculpabilización, mientras que lo que representa verdaderamente es la transparencia del sujeto para lo divino y por lo tanto también la dignidad y la grandeza específicas del hombre. La reducción de la conciencia a la certidumbre subjetiva significa al mismo tiempo la renuncia a la verdad. Cuando el salmo, anticipando la visión de Jesús sobre el pecado y la justicia, ruega por la liberación de las culpas no conscientes, está llamando la atención sobre esta conexión. Desde luego se debe seguir la conciencia errónea. Sin embargo aquella renuncia a la verdad, ocurrida precedentemente y que ahora se toma la revancha, es la verdadera culpa, una culpa que en un primer momento mece al hombre en una falsa seguridad para después abandonarlo en un desierto sin senderos.

Newman y Sócrates: guías para la conciencia

      Me gustaría ahora hacer una breve digresión. Antes de intentar formular respuestas coherentes a las cuestiones sobre la naturaleza de la conciencia, es preciso que ampliemos un poco las bases de la reflexión, más allá de la dimensión personal de la que hemos partido. A decir verdad, no tengo intención de desarrollar aquí un docto tratado sobre la historia de las teorías de la conciencia, argumento sobre él que recientemente se han publicado diferentes estudios. En cambio preferiría seguir tratando la materia de modo ejemplificador y por decir así, narrativo. Para empezar detengámonos por un momento en el Cardenal Newman, cuya vida y obra podrían muy bien definirse como un único y gran comentario al problema de la conciencia. Pero ni siquiera aquí podremos estudiar a Newman de manera particularizada. En este marco no podemos detenernos en las particularidades del concepto newmaniano de conciencia. Quisiera sólo indicar el lugar que la idea de conciencia tiene en el conjunto de la vida y del pensamiento de Newman. Las perspectivas así adquiridas ahondarán en los problemas actuales y abrirán conexiones con la historia, es decir, conducirán a los grandes testigos de la conciencia y a los orígenes de la doctrina cristiana sobre la vida según la conciencia. ¿Quién no recuerda, a propósito del tema “Newman y la conciencia” la famosa frase de la Carta al Duque de Norfolk: “Si yo tuviera que llevar la religión a un brindis después de una comida lo que no es muy oportuno hacer desde luego brindaría por el Papa. Pero antes por la conciencia y después por el Papa...”. Según la intención de Newman esto tenía que ser en contraposición con las afirmaciones de Gladstone un claro reconocimiento del papado, pero también contra las deformaciones ultramontanas una interpretación del papado, el cual es entendido correctamente sólo cuando es considerado conjuntamente a la primacía de la conciencia, por lo tanto no contrapuesto a ella, sino más bien garantizado y fundado sobre ella. Comprender esto es difícil para el hombre moderno, que piensa a partir de la contraposición entre autoridad y subjetividad. Para él la conciencia está de parte de la subjetividad y es expresión de la libertad del sujeto, mientras que la autoridad parece limitar, amenazar o hasta negar dicha libertad. Así, pues, tenemos que profundizar más para aprender a comprender de nuevo una concepción, en la que este tipo de contraposición ya no es válido.

      Para Newman el término medio que asegura la conexión entre los dos elementos de conciencia y de la autoridad es la verdad. No dudo en afirmar que la idea de verdad es la idea central de la concepción intelectual de Newman; la conciencia ocupa un lugar central en su pensamiento precisamente porque en el centro está la verdad. Con otras palabras: la centralidad del concepto de conciencia va unida en Newman con la precedente centralidad del concepto de verdad y se puede comprender sólo partiendo de ésta. La presencia preponderante de la idea de conciencia en Newman no significa que, en el siglo XIX y en contraposición con el objetivismo de la neoescolástica, él haya sostenido una filosofía o teología de la subjetividad. Desde luego es verdad que en Newman el sujeto encuentra una atención que no había recibido, en el ámbito de la teología católica, quizá desde los tiempos de San Agustín.

      Pero se trata de una atención en la línea de San Agustín, y no en la de la filosofía subjetivista de la modernidad. Al ser elevado a cardenal, Newman confesó que toda su vida había sido una batalla contra el liberalismo.

      Podríamos añadir: también contra el subjetivismo en el cristianismo, tal y como él lo encontró en el movimiento evangélico de su época y que, a decir verdad, constituyo para él la primera etapa de aquel camino de conversión que duró toda su vida. La conciencia no significa para Newman que el sujeto es el criterio decisivo frente a las pretensiones de la autoridad, en un mundo en que la verdad está ausente y que se sostiene mediante el compromiso entre exigencias del sujeto y exigencias del orden social. Más bien la conciencia significa la presencia perceptible e imperiosa de la voz de la verdad dentro del sujeto mismo; la conciencia es la superación de la mera subjetividad en el encuentro entre la interioridad del hombre y la verdad procedente de Dios. Es significativo el verso que Newman compuso en Sicilia en 1833: “Me gusta elegir y entender mi camino. Ahora en cambio rezo: ¡Señor, guíame tú!”. La conversión al catolicismo no fue para Newman una elección determinada por el gusto personal, por necesidades espirituales subjetivas. Así se expresaba en 1844, cuando estaba todavía, por así decir, en el umbral de la conversión: “Nadie puede tener una opinión más desfavorable que la mía sobre el estado actual de los católicos-romanos”. Lo que para Newman, en cambio, era importante era el tener que obedecer más a la verdad reconocida que a su propio gusto, incluso el enfrentamiento con sus propios sentimientos, con los vínculos de amistad y de una formación común. Me parece significativo que Newman, en la jerarquía de las virtudes subraye la primacía de la verdad sobre la bondad o, para expresarnos más claramente: que ponga de relieve la primacía de la verdad sobre el consenso, sobre la capacidad de acomodo de grupo. Por lo tanto diría que cuando hablamos de un hombre de conciencia, nos referimos a alguien dotado de las citadas disposiciones interiores. Es aquel que, si el precio es la renuncia a la verdad, nunca comprará el consenso, el bienestar, el éxito, la consideración social, la aprobación de la opinión dominante. En esto Newman se relaciona con el otro gran testigo inglés de la conciencia: Tomás Moro, para el que la conciencia no fue de ninguna manera la expresión de una testarudez subjetiva o de terco heroísmo. El mismo se colocó entre aquellos mártires angustiados que solamente después de indecisiones y muchas preguntas se obligaron a sí mismos a obedecer a la conciencia: a obedecer a esa verdad, que tiene que estar en mayor altura de cualquier instancia social y de cualquier forma de gusto personal. Se nos presentan pues dos criterios para discernir la presencia de una auténtica voz de la conciencia: ésta no coincide con los propios deseos y los propios gustos; no se identifica con lo que socialmente es más ventajoso, con el consenso de grupo o con las exigencias del poder político o social.

      Aquí nos es de utilidad echar un vistazo a la problemática actual. El individuo no puede pagar su progreso, su bienestar con una traición a la verdad conocida. Ni siquiera la humanidad entera puede hacerlo. Tocamos aquí el punto verdaderamente crítico de la modernidad: la idea de verdad ha sido eliminada en la práctica y sustituida por la de progreso. El progreso mismo “es” la verdad. Sin embargo, en esta aparente exaltación se queda sin dirección y se desvanece. Efectivamente, si no hay ninguna dirección todo podría ser lo mismo: progreso como regreso. La teoría de la relatividad formulada por Einstein, concierne como tal al mundo físico. Pero a mí me parece que puede describir oportunamente también la situación del mundo espiritual de nuestro tiempo. La teoría de la relatividad afirma que dentro del universo no hay ningún sistema fijo de referencia. Cuando ponemos un sistema como punto de referencia y partiendo de él tratamos de medir el todo, en realidad se trata de una decisión nuestra, motivada por el hecho de que sólo así podemos llegar a algún resultado. Sin embargo la decisión habría podido ser diferente de lo que fue. Lo que se ha dicho, a propósito del mundo físico, refleja también la segunda revolución copernicana en nuestra actitud fundamental hacia la realidad: la verdad como tal, lo absoluto, el verdadero punto de referencia del pensamiento ya no es visible. Por eso, tampoco desde el punto de vista espiritual, hay ya un arriba y un abajo. En un mundo sin puntos fijos de referencia dejan de existir las direcciones. Lo que miramos como orientación no se basa en un criterio verdadero en sí mismo, sino en una decisión nuestra, últimamente en consideraciones de utilidad. En un contexto “relativista” semejante, una ética teleológica o consecuencialista se vuelve al final nihilista, aunque no lo perciba. Y todo lo que en esta concepción de la realidad es llamado “conciencia”, si lo estudiáramos a fondo vemos que no es más que un modo eufemístico para decir que no hay ninguna conciencia, en sentido propio, es decir, ningún “consaber” con la verdad. Cada uno determina por sí mismo sus propios criterios y en la universal relatividad, nadie puede ni siquiera ayudar a otro en este campo, y menos aún prescribirle nada.

      Está clara pues, la extrema radicalidad de la actual disputa sobre la ética y su centro, la conciencia. Me parece que un paralelo adecuado en la historia del pensamiento se puede encontrar en la disputa entre Sócrates-Platón y los Sofistas. En ella se pone a prueba la decisión crucial entre dos actitudes fundamentales: por una parte, la confianza de que el hombre tiene la posibilidad de conocer la verdad, y por otra parte una visión del mundo en la que el hombre crea por sí mismo los criterios para su vida. El hecho de que Sócrates, un pagano, haya podido llegar a ser, en un cierto sentido, el profeta de Jesucristo, encuentra, a mi modo de ver, su justificación en esta cuestión fundamental. Ello supone que se ha concedido al modo de filosofar inspirado en él, un privilegio histórico salvífico, llamémoslo así, y que se le ha hecho molde adecuado para el Logos cristiano, por tratarse de una liberación a través de la verdad y por la verdad. Si prescindimos de las contingencias históricas, en las que se desarrolló la controversia de Sócrates, se advierte en seguida lo mucho que en el fondo aunque con argumentos diferentes y otra terminología afecta a la misma cuestión ante la que nos encontramos nosotros hoy. La renuncia a admitir la posibilidad de que el hombre conozca la verdad lleva en primer lugar a un uso puramente formalista de las palabras y los conceptos. A su vez la pérdida de los contenidos lleva a un mero formalismo de los juicios, ayer como hoy. En muchos ambientes uno no se pregunta, hoy, qué piensa un hombre. Se tiene ya preparado un juicio sobre su pensamiento, en la medida en que se le puede catalogar con unas de las correspondientes etiquetas formales: conservador, reaccionario, fundamentalista, progresista, revolucionario. La catalogación en un esquema formal hace que sea superflua la confrontación con los contenidos. Se puede ver lo mismo, y de manera todavía más clara, en el arte: lo que una obra de arte expresa es totalmente indiferente; puede exaltar a Dios o al Diablo; el único criterio es su realización técnico-formal. Hemos llegado así al punto verdaderamente candente de la cuestión: cuando los contenidos ya no cuentan, cuando lo que predomina es una mera praxología, la técnica se convierte en el criterio supremo. Pero esto significa que el poder, ya sea revolucionario o reaccionario, se convierte en la categoría que domina todo. Esta es precisamente la forma perversa de la semejanza con Dios, de la que habla la narración del pecado original: el camino de una mera capacidad técnica, el camino del puro poder es contrafacción de un ídolo y no realización de la semejanza con Dios. Lo específico del hombre, en cuanto hombre, consiste en su interrogarse no sobre el “poder” sino sobre el “deber”, en abrirse a la voz de la verdad y de sus exigencias. En mi opinión este fue el contenido último de la investigación socrática y éste es también el sentido más profundo del testimonio de todos los mártires: atestiguan la capacidad de verdad del hombre como límite de todo poder y garantía de su semejanza divina. Es precisamente en este sentido en que los mártires son los grandes testigos de la conciencia de la capacidad concedida al hombre de percibir, además del poder, también el deber, y por eso de abrir el camino al verdadero progreso, al verdadero ascenso.

Dos niveles de la conciencia

    a) Anamnesis

      Después de todas estas correrías a través de la historia del pensamiento, ha llegado el momento de sacar conclusiones, es decir, de formular un concepto de conciencia. La tradición medieval había individuado, justamente, dos niveles del concepto de conciencia, que se tienen que distinguir cuidadosamente, pero que también tienen que estar siempre en relación. Muchas tesis inaceptables sobre el problema de la conciencia, me parece que dependen del hecho que se ha desatendido, o la distinción o la correlación entre los dos elementos. La corriente principal de la escolástica ha llamado a los dos niveles de la conciencia con los conceptos de sindéresis y de conciencia. El término sindéresis llegó a la tradición medieval sobre la conciencia desde la doctrina estoica del microcosmos. Pero no quedó claro su significado exacto y así llegó a ser un obstáculo para un esmerado desarrollo de la reflexión sobre este aspecto esencial de la cuestión global acerca de la conciencia. Quisiera por eso, sin entrar en el debate sobre la historia del pensamiento, sustituir este término problemático por el concepto platónico, mucho más claramente definido, de anamnesis, el cual no sólo tiene la ventaja de ser lingüísticamente más claro, más profundo y más puro, sino que también y sobre todo de concordar con temas esenciales del pensamiento bíblico y con la antropología desarrollada a partir de la Biblia. Con el término anamnesis se debe entender aquí, lo que, precisamente, San Pablo, en el segundo capítulo de la carta a los Romanos, expresó con estas palabras: “Cuando los paganos, que no tienen Ley, hacen espontáneamente lo que ella manda, aunque la Ley les falte, son ellos su propia Ley; y muestran que llevan escrito dentro el contenido de la Ley cuando la conciencia aporta su testimonio...” (2,14s.). La misma idea se encuentra desarrollada de modo impresionante en la gran regla monástica de San Basilio. Podemos leer allí: “El amor de Dios no depende de una disciplina impuesta desde fuera, sino que está constitutivamente inscrito en nosotros como capacidad y necesidad de nuestra naturaleza racional”. San Basilio, acuñando una expresión que después será importante en la mística medieval, habla de la “chispa del amor divino que ha sido escondida en lo más íntimo de nuestro ser”. En el espíritu de teología de San Juan, sabe que el amor consiste en cumplir los mandamientos y que, por lo tanto, la chispa del amor, infusa por el Creador en nosotros, significa esto: “Hemos recibido interiormente una originaria capacidad y prontitud para cumplir todos los mandamientos divinos... Estos no son algo que se nos impone desde fuera”. Es la misma idea, que a este propósito, también afirma San Agustín, llevándola a su núcleo esencial: “En nuestros juicios no sería posible decir que una cosa es mejor que otra si no tuviéramos imprimido dentro de nosotros un conocimiento fundamental del bien”. Esto significa, que el primer nivel ontológico, llamémoslo así, del fenómeno de la conciencia consiste en el hecho que ha sido infundido en nosotros algo semejante a una originaria memoria del bien y de lo verdadero (las dos realidades coinciden); que hay una tendencia íntima del ser del hombre, hecho a imagen de Dios, hacia todo lo que es conforme a Dios. Desde su raíz el ser del hombre advierte una armonía con algunas cosas y se encuentra en contradicción con otras. Esta anamnesis del origen, que deriva del hecho que nuestro ser está constituido a semejanza de Dios, no es un saber ya articulado conceptualmente, un cofre de contenidos que están esperando sólo que los saquen. Es, por decir así, un sentimiento interior, una capacidad de reconocimiento, de modo que quien es interpelado, sino está interiormente replegado en sí mismo, es capaz de reconocer dentro de sí su eco. Él se da cuenta: “Esto es a lo que propende mi naturaleza y lo que ella busca”. Sobre esta anamnesis del Creador, que se identifica con el fundamento mismo de nuestra existencia, se basa la posibilidad y el derecho de la misión. El Evangelio puede, es más, tiene que ser predicado a los gentiles, porque ellos mismos, en su interior, lo esperan (cfr. Is 42,4). En efecto, la misión se justifica si los destinatarios, en el encuentro con la palabra del Evangelio, reconocen: “He aquí, esto es precisamente lo que yo esperaba”. En este sentido San Pablo puede decir que los paganos “son ellos su propia Ley”, no en el sentido de la idea moderna y liberalista de autonomía, que impide toda trascendencia del sujeto, sino en el sentido mucho más profundo de que nada me pertenece menos que mi mismo yo, que mi yo personal es el lugar de la más profunda superación de mí mismo y del contacto con aquello de lo que provengo y hacia lo que me dirijo. En estas frases San Pablo expresa la experiencia que había tenido como misionero entre los paganos y que ya antes Israel tuvo que experimentar en relación con los denominados “temerosos de Dios”. Israel había podido adquirir experiencia en el mundo pagano de lo que los apóstoles de Jesucristo encontraron nuevamente confirmado: su predicación respondía a una expectativa. Esta salía al encuentro a un conocimiento fundamental antecedente sobre los elementos constantes y esenciales de la voluntad de Dios, que fueron puestos por escrito en los mandamientos, pero que es posible encontrar en todas las culturas y que puede ser explicado más claramente cuando menos intervenga un poder cultural arbitrario en la deformación de este conocimiento primordial. Mientras más vive el hombre en el temor de Dios confróntese la historia de Cornelio más se vuelve concreta y claramente eficaz esta anamnesis. Tomemos de nuevo en consideración una idea de San Basilio: el amor de Dios, que se concreta en los mandamientos, no se nos impone desde fuera subraya este Padre de la Iglesia por el contrario nos es infuso precedentemente. El sentido del bien ha sido imprimido en nosotros, declara San Agustín. A partir de esto podemos ahora comprender correctamente el brindis de Newman antes por la conciencia y sólo después por el Papa. El Papa no puede imponer a los fieles católicos ningún mandamiento sólo porque él lo quiera o porque lo considere útil. Una concepción moderna y voluntarista semejante de la autoridad puede solamente deformar el auténtico significado teológico del papado. De este modo, la verdadera naturaleza del ministerio de San Pedro se ha vuelto totalmente incomprensible en la época moderna precisamente porque en este horizonte mental se puede pensar a la autoridad sólo con categorías que ya no permiten ningún puente entre sujeto y objeto. Por eso todo lo que no procede del sujeto puede ser sólo una determinación impuesta desde fuera. Pero las cosas se presentan totalmente diferentes partiendo de una antropología de la conciencia, como hemos tratado de delinear poco a poco en estas reflexiones. La anamnesis infusa en nuestro ser necesita, por decir así, una ayuda externa para llegar a ser consciente de sí misma. Pero este “desde fuera” no es, de ningún modo, nada que se contraponga, es más bien algo dirigido hacia ella: tiene una función mayéutica, no le impone nada desde fuera, pero lleva a cabo lo que es propio de la anamnesis, su interior y específica apertura a la verdad. Cuando se habla de la fe y de la Iglesia, cuyo radio que parte del Logos redentor se extiende más allá del don de la creación, tenemos que tener en cuenta, sin embargo, una dimensión todavía más vasta, que está desarrollada sobre todo en la literatura de San Juan. San Juan conoce la anamnesis del nuevo “nosotros”, en el que participamos mediante la incorporación en Cristo (un solo cuerpo, es decir, un único yo con él). En diferentes momentos del Evangelio se encuentra que ellos comprendieron mediante un acto de la memoria. El encuentro original con Jesús ofreció a sus discípulos lo que ahora todas las generaciones reciben mediante su encuentro fundamental con el Señor en el bautismo y en la eucaristía: la nueva anamnesis de la fe, que análogamente a la anamnesis de la creación, se desarrolla en un diálogo permanente entre la interioridad y la exterioridad. En contraste con la pretensión de los doctores gnósticos, los cuales querían convencer a los fieles que su fe ingenua habría tenido que ser comprendida y aplicada de manera totalmente diferente, San Juan pudo afirmar: “Vosotros no necesitáis otros maestros, desde el momento que, como ungidos (bautizados) tenéis ya conocimiento” (cfr. 1Jn 2,20-27). Esto no significa que los creyentes posean una omnisciencia de hecho, sino que indica más bien la certeza de la memoria cristiana. Esta naturalmente aprende sin intermisión, pero partiendo de su identidad sacramental, llevando a cabo interiormente un discernimiento entre lo que es un desarrollo de la memoria y lo que es una destrucción o una falsificación de la misma. Hoy nosotros, justo en la crisis actual de la Iglesia, estamos experimentando de una manera nueva, la fuerza de esta memoria y la verdad de la palabra apostólica: lo que lleva al discernimiento de los espíritus, más que las directivas de la jerarquía, es la capacidad de orientación de la memoria de la fe sencilla. Sólo en este contexto se puede comprender correctamente la primacía del Papa y su correlación con la conciencia cristiana. El significado auténtico de la autoridad doctrinal del Papa consiste en el hecho de que él es el garante de la memoria. El Papa no impone desde fuera sino que desarrolla la memoria cristiana y la defiende. Por ello, el brindis por la conciencia ha de preceder al del Papa, porque sin conciencia no habría ningún papado. Todo el poder que él tiene es poder de la conciencia: servicio al doble recuerdo, sobre el que se basa la fe y que tiene que ser continuamente purificada, ampliada y defendida contra las formas de destrucción de la memoria, que está amenazada tanto por una subjetividad que ha olvidado el propio fundamento, como por las presiones de un conformismo social y cultural.

    b) Conscientia

      Después de estas consideraciones sobre el primer nivel esencialmente ontológico del concepto de conciencia, tenemos que pasar ahora a su segunda dimensión, el nivel del juzgar y del decidir, que en la tradición medieval fue denominado con el único término de conscientia-conciencia. Presumiblemente esta tradición terminológica ha contribuido no poco a la moderna limitación del concepto de conciencia. Desde el momento que Santo Tomás, por ejemplo, llama con el término “conscientia” solo a este segundo nivel, es coherente desde su punto de vista que la conciencia no sea ningún “habitus”, es decir, ninguna cualidad estable inherente al ser del hombre, sino más bien un “actus”, un evento que se cumple. Naturalmente, Santo Tomas presupone como dato el fundamento ontológico de la anamnesis (synderesis); describe esta última como una íntima repugnancia hacia el mal y una íntima atracción hacia el bien. El acto de la conciencia aplica este conocimiento básico a las situaciones particulares. Según Santo Tomás este se subdivide en tres elementos: reconocer (recognocere), testimoniar (testificari) y por último juzgar (iudicare). Se podría hablar de interacción entre una función de control y una función de decisión. Partiendo de la tradición aristotélica Santo Tomás concibe este proceso según el modelo de un razonamiento deductivo, de tipo silogístico. Sin embargo, señala con fuerza lo específico de este conocimiento de las acciones morales, cuyas conclusiones no derivan sólo del mero conocimiento o razonamientos. En este ámbito si una cosa es reconocida o no reconocida siempre depende también de la voluntad, que cierra el camino al reconocimiento o bien encamina hacia él. Ello depende, pues, de una impronta moral ya dada, que por consiguiente puede ser o ulteriormente deformada o mayormente purificada. También en este nivel, el de juzgar (el de la conscientia en sentido estricto) vale el principio que también la conciencia errónea obliga. Esta afirmación es plenamente inteligible en la tradición del pensamiento de la escolástica. Nadie puede obrar contra sus convicciones, como ya había dicho San Pablo (Rom 14,23). Sin embargo que la convicción adquirida sea obviamente obligatoria en el momento en que se actúa, no significa ninguna canonización de la subjetividad. No es nunca una culpa seguir las convicciones que nos hemos formado, al contrario deben seguirse.

      Pero del mismo modo puede ser una culpa que uno haya llegado a formarse convicciones tan equivocadas y haya pisoteado la repulsión hacia ellas que advierte la memoria de su ser. La culpa, pues, se encuentra en otro lugar, más en lo profundo, no en el acto del momento, no en el juicio que en ese momento da la conciencia, sino en esa desatención hacia mi mismo ser, que me impide de oír la voz de la verdad y sus sugerencias interiores. Por esta razón, también los criminales que obran con convicción siguen siendo culpables. Estos ejemplos macroscópicos no deben servir para tranquilizarnos, sino más bien para despertarnos y hacer que tomemos en serio la gravedad de la súplica: “Límpiame de los que se me ocultan” (Sal 19,13).

Epílogo

      Al final de nuestro camino queda todavía abierta la cuestión de la que hemos partido: la verdad, por lo menos tal y como nos la presenta la fe de la Iglesia, ¿no es quizá demasiado alta y difícil para el hombre? Después de todas las consideraciones que hemos venido haciendo, podemos responder ahora: por supuesto, el camino alto y arduo que conduce a la verdad y al bien no es un camino cómodo. Es un desafío al hombre. Pero quedarse tranquilamente encerrados en sí mismos no libera, antes bien, actuando así nos malogramos y nos perdemos. Escalando las alturas del bien, el hombre descubre cada vez más la belleza, que hay en la ardua fatiga de la verdad y descubre también que justo en ella está para él la redención. Pero con esto no hemos dicho todavía todo. Disolveríamos el cristianismo en un moralismo si no estuviese claro un anuncio, que supera nuestro propio hacer. Sin tener que gastar demasiadas palabras, ello puede resultar evidente en una imagen sacada del mundo griego, en la que podemos ver al mismo tiempo cómo la anamnesis del Creador nos empuja dentro de nosotros hacia el Redentor y cómo cada hombre puede reconocerlo como Redentor, desde el momento que él responde a nuestras más íntimas expectativas. Me refiero a la historia de la expiación del matricidio de Orestes. Este cometió el homicidio como un acto conforme a su conciencia, hecho que el lenguaje mitológico describe como obediencia a la orden del dios Apolo. Pero ahora es perseguido por las Erinias, a las que hay que ver como personificación mitológica de la conciencia, que desde la memoria profunda le reprocha, atormentándolo, que su decisión de conciencia, su obediencia a la “orden divina” era en realidad culpable. Todo lo trágico de la condición humana emerge en esta lucha entre los “dioses”, en este conflicto íntimo de la conciencia. En el tribunal sacro, la piedra blanca del voto de Atenea lleva a Orestes la absolución, la purificación, por cuya gracia las Erinias se transforman en Euménides, en espíritus de la reconciliación. En este mito está representado algo más que la superación del sistema de la venganza de la sangre a favor de un justo ordenamiento jurídico de la comunidad. Hans Urs von Balthasar ha expresado de la siguiente manera este algo más: “...la gracia apaciguadora es siempre para él, el restablecimiento común de la justicia, no la del antiguo tiempo carente de gracia de las Erinias, sino la de un derecho lleno de gracia”. En este mito percibimos la voz nostálgica de que la sentencia de culpabilidad objetivamente justa de la conciencia y la pena interiormente lacerante que se deriva, no son la última palabra, sino que hay un poder de la gracia, una fuerza de expiación, que puede cancelar la culpa y hacer que la verdad sea finalmente liberadora. Se trata de la nostalgia de que la verdad no se reduzca sólo a interrogarnos con exigencia, sino que también nos transforme mediante la expiación y el perdón. Mediante ellas como dice Esquilo “la culpa es lavada” y nuestro mismo ser se transforma desde el interior, más allá de nuestras capacidades. Ahora bien, ésta es precisamente la novedad específica del cristianismo: el Logos, la Verdad en persona, es también al mismo tiempo la reconciliación, el perdón que transforma más allá de todas nuestras capacidades e incapacidades personales. En esto consiste la verdadera novedad, sobre la que se funda la más grande memoria cristiana, la cual es también, al mismo tiempo, la respuesta más profunda a lo que la anamnesis del Creador aguarda de nosotros. Allí donde no sea suficientemente proclamado o percibido este centro del mensaje cristiano, allí la verdad se transforma de hecho en un yugo, que resulta demasiado pesado para nuestros hombros y del que tenemos que tratar de liberarnos. Pero la libertad obtenida de este modo está vacía. Nos transporta a la tierra desolada de la nada y así se destruye ella misma. El yugo de la verdad se ha hecho “blando” (Mt 11,30), cuando la Verdad ha llegado, nos ha amado y ha quemado nuestras culpas en su amor. Sólo cuando conocemos y experimentamos interiormente todo esto, adquirimos la libertad de escuchar con gozo y sin ansia el mensaje de la conciencia.

Cardenal Joseph Ratzinger

 

¿Qué significa ser católico hoy?

El presidente, el cardenal y la comunión para los políticos abortistas

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  Biden se dice católico pero promueve el aborto: la doctrina católica debe aceptarse toda

Joe Biden y Kamala Harris

Sobre la pretensión del Sr. Biden de decirse católico, comulgar y promover el aborto, existen actitudes divergentes en la jerarquía católica que nos llevan a preguntarnos si unos y otros tienen la misma fe católica

En esta era de laicismo, cuando la vida política está separada de la vida religiosa, es encomiable que un presidente de los Estados Unidos se presente como un católico practicante y participe públicamente en los sacramentos de la Iglesia.

Sin embargo, el catolicismo del presidente Biden es sui generis. No sigue la doctrina y la moral católicas con respecto al aborto inducido y al pecado homosexual.

Contraste con la doctrina católica

A lo largo de su carrera política, incluidas las elecciones generales de 2020, el Sr. Biden favoreció la legalización del aborto voluntario. En los últimos años, ha abrazado el “matrimonio” entre personas del mismo sexo, y ha oficiado uno como vicepresidente.

Después de asumir el cargo, su gobierno emitió un comunicado especificando su apoyo al aborto y la anticoncepción, no solo en los Estados Unidos, sino en todo el mundo:

“Durante los últimos cuatro años, la salud reproductiva, incluido el derecho a elegir, ha sido objeto de un ataque implacable y extremo. … La administración Biden-Harris está comprometida a regular la decisión de la Corte Suprema Roe v. Wade y nombrar jueces que respeten precedentes fundamentales como Roe. También estamos comprometidos a trabajar arduamente para eliminar las disparidades entre la salud materna e infantil, aumentar el acceso a la anticoncepción y apoyar económicamente a las familias para que todos puedan criar a sus familias con dignidad [sic]. Este compromiso se extiende a nuestro trabajo crítico en relación con los estándares de calidad de la salud en todo el mundo”. (1)

Con respecto a la homosexualidad y el “transgénero”, es bien conocido el sesgo pro-LGBT en las nominaciones de miembros de su gabinete y para puestos a nivel de gabinete. El Sr. Biden también firmó una orden ejecutiva que establece que la política de su gobierno es que “los niños deben poder estudiar sin preocuparse si se les negará el acceso al baño, al vestuario o a los deportes escolares (debido a su sexo ‘elegido’)” (2). Asimismo, restableció el “transgénero” en las Fuerzas Armadas (3), y, según Antony Blinken, su ahora confirmado Secretario de Estado, “planea nombrar rápidamente un emisario internacional LGBT, [y] permitir que las embajadas icen la bandera del orgullo homosexual”. (4)

El que no acepta plenamente toda la doctrina de la Iglesia no es católico.

El aborto voluntario, el pecado homosexual y el “transgénero” son sin duda contrarios a la doctrina y la moral católicas. La Escritura y la Tradición, así como el Magisterio eclesiástico, no dejan lugar a discusión al respecto [5].

Ahora, un católico debe aceptar y seguir plenamente las enseñanzas dogmáticas de la Iglesia, así como las verdades morales reveladas por Dios. Por tanto, quien rechaza una sola de estas verdades reveladas, ya sea de carácter dogmático o moral, rechaza todo el depósito de la Fe y se margina de la Iglesia. Toda verdad revelada, sin excepción, debe ser aceptada.

Esto es lo que enseña el Papa León XIII en la encíclica Satis Cognitum , sobre la unidad de la Iglesia:

(La Iglesia siempre) ha considerado rebeldes declarados y ha expulsado de su seno a todos aquellos que no piensan como ella en ningún punto de su doctrina.

… El que en un solo punto rehúsa su asentimiento a las verdades divinamente reveladas realmente abdica de toda fe, porque rehúsa someterse a Dios en tanto que Él es la verdad soberana y la razón propia de la fe. (6)

“Que sea considerado gentil y publicano”

Por su parte, en su encíclica Mystici Corporis Christi , el Papa Pío XII afirmó:

“Como miembros de la Iglesia, se cuentan realmente sólo aquellos que han recibido el lavado de la regeneración (bautismo) y profesan la verdadera fe, no se han separado voluntariamente del organismo del cuerpo, o no han sido separados de él por legítima autoridad debido a faltas muy graves.

“Por lo tanto …. Quien se niega a escuchar a la Iglesia, ordena el Señor sea considerado gentil y recaudador de impuestos (cf. Mt 18, 17). Por tanto, los que están divididos entre sí por motivos de fe o por el gobierno, no pueden vivir en este cuerpo único o en su único Espíritu divino. …

“No todos los pecados, por graves que sean, son por su naturaleza capaces de separar al hombre del cuerpo de la Iglesia como lo hacen los cismas, la herejía y la apostasía” (7).

De esta forma, quienes defienden el aborto, el pecado homosexual o el “transgénero”, no solo teóricamente, sino promoviendo o efectuando su legalización, no pueden ser considerados católicos.

“cada vez que comáis ese pan …”

Al tratar de la Sagrada Eucaristía, el Concilio de Florencia (1438-1445) enseñó que “el efecto que este sacramento tiene en el alma de quienes lo reciben dignamente es la unión del hombre con Cristo”. (8) Como dijo Nuestro Señor, “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (9).

Dada la santidad de este sacramento, San Pablo advierte de las consecuencias de recibirlo indebidamente:

“Así que cada vez que comáis ese pan y bebáis de ese cáliz, recordáis la muerte del Señor hasta que Él venga. Por lo tanto, cualquiera que coma el pan o beba del cáliz del Señor indignamente, será culpable del cuerpo y la sangre del Señor. Que cada uno se examine a sí mismo, y así coma ese pan y beba de ese cáliz. El que lo come y bebe sin distinguir el cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación” (10).

Algunos prelados advierten al señor Biden …

En una entrevista con Thomas McKenna, el cardenal Raymond Burke, ex prefecto del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica, advirtió que el Sr. Biden no puede recibir la Comunión:

El cardenal Raymond Burke

“Entonces, en primer lugar, por caridad hacia él, me gustaría decirle que no se acerque a la Sagrada Comunión, porque eso sería un sacrilegio y un peligro para la salvación de su alma.

“Pero tampoco debe acercarse a recibir la Sagrada Comunión, porque escandaliza a todos. Porque si alguien dice ‘bueno, soy un católico devoto’ y al mismo tiempo promueve el aborto, da la impresión de que es aceptable que un católico esté a favor del aborto, lo que, por supuesto, es absolutamente inaceptable. Nunca lo fue, nunca lo será”. [11]

El arzobispo emérito de Filadelfia, D. Charles Chaput, comentó en la misma línea:

“Las figuras públicas que se identifican como ‘católicas’ escandalizan a los fieles al recibir (indignamente) la comunión, creando la impresión de que las leyes morales de la Iglesia son opcionales. Y los obispos dan un escándalo similar al no hablar públicamente del tema y del peligro del sacrilegio” (12).

Otros obispos lo apoyan

Sin embargo, algunos prelados, como el cardenal Wilton Gregory, hablaron de manera diferente. La periodista de Catholic News Service , Cindy Wooden, entrevistó al arzobispo de Washington, DC. Ella escribe:

“Mientras que algunos católicos creen que Biden no debe recibir la comunión cuando va a misa, el cardenal designado Gregory dijo que durante ocho años como vicepresidente Biden fue a misa y [recibió] la comunión. ‘No me desviaré de esto ‘, dijo”. (13)

¿Dos iglesias, una al lado de la otra?

Estas actitudes divergentes en la jerarquía católica nos llevan a preguntarnos si unos y otros tienen la misma fe católica o si vemos una nueva religión emergiendo a la sombra de la Iglesia católica.

La responsabilidad de quienes favorezcan el aborto

¿Existe una Iglesia, basada en la Revelación, que niega la Sagrada Comunión a las personas que hablan y actúan públicamente en contra de la doctrina y la moral católicas y “persisten obstinadamente en un pecado grave manifiesto”? (14) Y otra que permite que esas personas reciban la Sagrada Comunión sin ningún tipo de demostración pública de arrepentimiento?             

Sólo la primera posición es legítima y corresponde a la de la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo: “Una, Santa, Católica y Apostólica”, como rezamos en el Credo Niceno-Constantinopolitano (Credo de la Misa). La segunda no lo hace.

¿Qué es ser católico?

La conducta del nuevo presidente de los Estados Unidos y de obispos como el recién nombrado cardenal Wilton Gregory plantea la pregunta: ¿qué significa ser católico?

Como se muestra en los extractos anteriores de los papas León XIII y Pío XII, esta pregunta ha sido respondida hace mucho tiempo. Se podrían agregar muchas otras declaraciones de papas, concilios y del Derecho Canónico. Todas ellas, sin embargo, se reducen a esto: católico es aquel que ha sido bautizado, cree y profesa toda la doctrina revelada y propuesta por el Magisterio de la Iglesia, tanto en materia dogmática como moral.

En cuanto a los que rechazan incluso un solo punto de la doctrina y la moral católicas, el Papa Pío XII enseña: “Manda el Señor que sea considerado gentil y publicano”.

Luiz Sérgio Solimeo

Cristianismo tabú

Escrito por Miguel BrugarolasNo se trata de instrumentalizar la cultura sino de apelar a los recursos espirituales y no tener miedo

La conversación sobre la presencia de los cristianos en el debate público de nuestro país se ha convertido en una extraordinaria ocasión para reflexionar sobre temas que atañen profundamente a la comprensión que el cristiano tiene de sí mismo y de su quehacer. El debate ha ido girando desde el papel de los cristianos en la vida pública, entendido especialmente en términos de guerra cultural o de batalla por el relato, hacia la positiva aportación de los cristianos en los ámbitos de la familia, la educación o el pensamiento, en el contexto de la actual crisis postmoderna.

Nos encontramos ante un proceso de descomposición de lo humano y lo social que ofrece ya tales signos que el diagnóstico se impone. Basta ver el eco que ha tenido en las redes (y fuera de ellas) el artículo sobre la vida de Flora, descrita crudamente por Esperanza Ruiz (Whiskas, Satisfyer y Lexatin, en El Debate de Hoy, 6.12.20), y solo por mencionar un relato. La realidad, por ser real, supera la ficción. 

La realidad humana es profundamente teológica
y a esta realidad es a la que es preciso retornar

En estrecha relación con esto, asistimos también a lo que podría llamarse cristianismo tabú. Es conocido el origen polinesio del término tabú, introducido en inglés por el Capitán de la Marina Real británica James Cook en uno de sus viajes por el Pacífico en el siglo XVIII. Generalmente se define como “lo prohibido”. Pero esto es solo una parte de su definición. En su sentido original −y también en su uso actual− hace referencia a una prohibición de la que no es fácil explicar su origen. Decir que algo prohibido es tabú, significa dar una razón de cierto tipo a esa prohibición. Pero, ¿qué tipo de razón? Se han buscado sus raíces en la superstición, el psicoanálisis, la cultura o la religión, lo cierto, sin embargo, es que tabú designa algo prohibido por no se sabe muy bien qué. Nadie denomina tabú a la prohibición de circular por autopista en sentido contrario porque todo el mundo la entiende, la realidad misma la hace inteligible. En cambio, tabú es toda norma que ha sido desgajada de la realidad en la que resulta comprensible o que ha sido despojada de la luz que permite entender su sentido. 

Una sociedad que se levanta sobre la ruptura con la propia historia y sobre el vaciamiento del sentido de las cosas −ya sea por puro relativismo, por la afirmación del poder sobre todo lo demás o por la superficialidad de la indiferencia−, tiene la peculiar capacidad de convertir en tabú todas las cosas, para abolirlas después. Pero este no es un poder creador de nada, sino destructor. Al tiempo que deja paso libre a la apisonadora del nihilismo, escasea los recursos con los que la persona puede comprenderse a sí misma y descubrir el fin hacia el que orientar su existencia en relación con los demás. No es que los diez mandamientos sean ya un tabú (esta vez, ilustrado), es que las bienaventuranzas, la cruz de Cristo, el himno a la caridad de San Pablo, o el juicio final, son realidades que aparecen tan incoherentes y discordantes con los dogmas de la posmodernidad, que resultan prácticamente igual de ininteligibles que los tabús hallados por los marineros del Capitán Cook entre los habitantes de Tonga. 

Con muy poco esfuerzo y menor resistencia Kamehameha II abolió los viejos tabús en el reino de Hawái. De modo parecido no faltan quienes querrían barrer todo lo cristiano de la sociedad. Ignoran, sin embargo, que −a diferencia de las olvidadas costumbres polinesias− el cristianismo brilla con luz propia, con la inextinguible luz de Cristo capaz de interpelar a cada generación; e ignoran también la profunda relación entre la realidad humana y la divina, desconociendo así que la factura por el rechazo de Dios se paga siempre en carne propia.

Para deshacer el cristianismo tabú es preciso emprender el camino de vuelta: retorno a la realidad y retorno a la luz que permite captar el sentido de las cosas. La teología cristiana, desde los comienzos, ha comprendido que Dios no es una limitación para el hombre, sino la fuente reveladora de lo auténticamente humano. Dios no juega con el hombre una partida de póquer: si gana Dios, pierde el hombre, y a la inversa. Como ha subrayado recientemente B. Daley, la realidad de Jesucristo −y, en definitiva, todo lo humano− no sigue las reglas de un juego de suma cero, cuanto más humano sea Jesús, menos divino puede ser; sino al contrario. El núcleo de la fe cristiana es que el Hijo de Dios −“uno de la Santísima Trinidad”, dice el II Concilio de Constantinopla− es también el más auténtico ser humano que existe. En la ternura del recién nacido encomendado a nuestro cuidado, en la serenidad del que no vive para sí mismo sino para los demás, en la novedad del que muere perdonando en la cruz, se nos muestra que lo más auténticamente humano es la paternidad de Dios hacia cada uno de nosotros. La realidad humana es profundamente teológica y a esta realidad es a la que es preciso retornar. El camino hacia lo divino transita por lo humano.

La fe cristiana tiene el poder de desvelar el sentido profundo de todo lo humano. En esto consiste precisamente la teología, en el camino que va del creer al comprender. Ya no solo se habla de Dios por lo que él ha dicho de sí mismo en la creación y en la historia, sino que la biblia y el mundo se vuelven transparentes para quien conoce a Cristo. De modo muy hermoso lo explica Máximo el Confesor: el cosmos es como un libro y la biblia es como el cosmos; ambos consisten en palabras (logoi) que, aun siendo diversas, cuando se comprenden a la luz de Cristo, del Logos, manifiestan a Dios mismo. Cristo ilumina todas las cosas, solo él desvela la coherencia de todo. 

No se trata de instrumentalizar la cultura sino de
apelar a los recursos espirituales y no tener miedo

Por esta razón, el evangelio apela siempre a la cabeza y al corazón. Son los recursos con los que cada generación puede hacer suyo el profundo sentido que encierran la vida y todas las cosas. Y no lo hace para que el hombre alcance una altura muy elevada no se sabe dónde, sino para que pueda acertar en la vida, ante lo impredecible y ante lo que se busca, para que sea capaz de enfocar bien las cosas y promueva con eficacia lo auténticamente humano, protegiéndolo de la tiranía de cada momento. Ningún cristiano puede echarse a un lado en esta tarea de comprender y comprenderse, sin grave perjuicio de su identidad.

Por ejemplo, no son pocos los episodios de la historia en los que lo cristiano ha sido utilizado como instrumentum regni, como un elemento al servicio de los poderes temporales. Nunca será superado del todo el peligro de reducir el cristianismo a una ideología, es decir, de anteponer la relación con los poderes del mundo a la relación con Dios; precisamente, cuando el cristianismo que se conoce es el cristianismo tabú, este riesgo es mucho mayor. 

Armando Zerolo ha escrito que “empezaremos a ganar la batalla cultural, cuando dejemos de librarla”, porque no se trata de instrumentalizar la cultura sino de apelar a los recursos espirituales y no tener miedo. En el fondo, la auténtica batalla cultural y la guerra por el relato no parece que sea la que tiene lugar en la plaza pública, sino la que libra cada cristiano ante Dios y ante la historia, mientras va escribiendo ese relato que transcurre desde que nace hasta su muerte. Quizá, la clave de las instituciones como la familia, la educación, las universidades, etc., sea su capacidad de ser auténtico soporte para esas batallas personales; no solo soporte, sino también inspiración y complicidad. Así es como el cristiano anima con el espíritu evangélico, como en ondas concéntricas expansivas, la existencia humana, la vida civil, las instituciones, las leyes y todo el entramado de relaciones que constituyen la sociedad.

Miguel Brugarolas es profesor de Teología Sistemática de la Universidad de Navarra

 

Santos desconocidos

No pocos teólogos, y no pocos papas, cuando se tienen que enfrentar con algún momento  en el que la fe de los creyentes parece estar un poco baja, señalan que hacen falta santos para que todo el actuar de la Iglesia se enderece y pueda así transmitir su mensaje de Fe, de Esperanza y de Caridad, en Cristo Jesús, Dios y hombre verdadero; en los Sacramentos, que hacen presente a Cristo en el cotidiano vivir de los hombres y les dan fuerza, gracia, para seguir el camino de la Moral que Cristo nos indicó – Mandamientos y Bienaventuranzas-,  a todo el mundo, Y abrir así la perspectiva de los creyentes hasta la Vida Eterna.

¿Quiénes son esos santos tan necesarios para sostener viva la Fe en la Iglesia?  No es extraño que enseguida se vengan a la cabeza grandes fundadores –santo Domingo, san Francisco, santa Teresa, santa Catalina de Siena, san Ignacio, san Josemaría, beata Teresa de Calcuta, etc. y ciertamente lo son. Esos santos siempre han existido en la Iglesia, y seguirán existiendo. Su labor, sin embargo, quedaría coja, no llegaría a echar hondas raíces, si faltaran esos otros santos y santas de cada día, que viven cristianamente con una sonrisa en medio de dolores y dificultades, porque saben que nada hay que los aparte del amor de Cristo.

En estos días me he encontrado con algunos santos y santas, de esos que mantienen vivo el aroma, la vida de Cristo, sobre la tierra.

Suso do Madrid

 

“Los hijos no pertenecen a los padres”

La declaración de la ministro de Educación, doña Isabel Celaá, diciendo que “no podemos pensar que los hijos pertenecen a los padres”, provocó una escandalera de mucho cuidado, tanto en los medios de comunicación como en las redes sociales y en los comentarios de la gente de a pie, pero ha tenido el buen efecto de destapar un problema que estaba ya, aunque oculto.

Ante todo debo decir que por supuesto los niños no pertenecen a los padres, porque ni son objetos, ni son animales de los que uno puede decir: “Son de mi propiedad”. En el caso de los niños indudablemente ningún ser humano pertenece a otro, y así los niños no son posesión o propiedad de los padres, pero sobre ellos los padres tienen la patria potestad, lo que conlleva las cargas de cuidarles, alimentarles y educarles, como afirman tanto la Constitución como la Declaración de Derechos Humanos, con el objeto de lograr el mayor bien del niño. Pero, por supuesto, si los niños no son de los padres, muchísimo menos son de cualquier otro, incluido muy especialmente el Estado.

Personalmente debo decir que esta declaración de la ministro no me ha sorprendido demasiado, porque hace ya bastantes años oí a un joven decir que de la Educación debía encargarse el Estado, porque los padres no saben educar. Lo que ha hecho la ministro es decir en alta voz lo que las asociaciones laicistas llevan diciendo, pero sobre todo intentando practicar desde hace largo tiempo.

José Morales Martín

 

La penitencia como virtud

El imaginario español asocia la Cuaresma con actos personales de penitencia. Recuerdo un artículo de hace muchos años, quizá de Evaristo Acevedo, que relataba con gracia la parábola del creyente que dejaba de fumar durante esa época del año. Murió ya en la Pascua, como también otro buen amigo, que preguntó por él al llegar al Cielo. San Pedro le explicó que estaba en el purgatorio, penando la culpa de haber hecho imposible la vida de su mujer durante la Cuaresma… Hoy sabría, como recordó el papa Francisco hace unas semanas, el carácter social, solidario, de las manifestaciones externas de la vida cristiana.

La realidad del sacrificio está presente en casi todas las religiones. A veces, no se trata sólo de adorar al Todopoderoso, reconociendo que la humanidad está en sus manos. Puede coexistir con un deseo de aplacar la posible ira de los dioses ante los errores terrenos. Cuando san Pablo escribe a los de Corinto que ha venido a ser peripsema, basura del mundo, desecho de todos, algunos exégetas relacionan estas expresiones con una costumbre de ciertas ciudades griegas: ante una desgracia o calamidad pública, un ciudadano se prestaba, tras vivir a lo grande durante un período de tiempo, a ser sacrificado a los dioses como víctima expiatoria, para librar a la población de aquellos males dramáticos.

No es el caso de la religión cristiana, que contempla a Dios como Padre, misericors et miserator, según términos de la Sagrada Escritura repetidos en la liturgia durante la Cuaresma. Hasta 43 veces aparecen en las conocidas Concordancias, sin contar las innumerables referencias a misereor o misericordia.

José Morales Martín

 

No cambia nada porque no puede cambiar

 

                                Esa es la cruel y terrible realidad de la política; puesto que la política yo la entiendo como el arte o la ciencia, “para gobernar bien a los pueblos” y lo que ocurre y desde que se inventara “esta palabra”, es todo lo contrario, puesto que se adueña de ella la corrupción más hedionda, muchas veces unida a “los crímenes más abyectos” y los que se tapan con plena impunidad; y es por ello, que entrar en política es tragar “con todo ello”; o permanecer fuera aguantando las cargas que te imponen, los que llegados al poder, si alguna vez tuvieron vergüenza y escrúpulos, los perdieron cuando se alistaron en cualquiera de “las tropas mercenarias”, que no, no van a servir al pueblo o los pueblos, van muy al contrario, a servirse de ellos, de las riquezas que producen y las que aprovechan en beneficio propio, compartidas con los que les ayuden a llegar a donde pretenden “estos indeseables”, que a la vista de “cómo marcha el planeta”, son abundantísimos y difíciles de eliminar, puesto que agarrado el poder, tienen en sus manos, todos los elementos de fuerza y los emplean sin escrúpulo alguno; y no, no hay que ser muy “listo” o muy inteligente, cualquiera que piense un poco lo ve con la claridad, que ahora mismo presenta el estado general del planeta Tierra.

                                Generalmente todos los políticos, conscientes de la realidad en que se encuentra “la cosa pública”; todos en sus hipócritas discursos, dicen que van a cambiar determinadas “cosas” o incluso la totalidad, pero ello en el fondo de la cuestión es una gran mentira, seguida de todas las demás que emplearán a lo largo de su estancia en esos “cenagales”; donde y como dejó sentado Lampedusa en su famosa novela (“El Gatopardo”) los cambios son ficticios, puesto que lo que interesa al que va a mandar, es que todo siga igual, o incluso con “los peores añadidos que ya trae consigo en su sucia mente y que impondrá siempre que pueda o lo dejen”.

                                En los informativos de estos días, se dice o se asegura, que el país actual “más rico y poderoso del mundo”, que por cuanto se va notando, es China, sin embargo es donde los salarios son más bajos y por tanto las diferencias sociales, son a tenor con ello mismo; el nuevo capitalismo-comunismo, no piensa en “eliminar distancias que tanto han criticado los comunistas desde que nacieron en este planeta”; de cualquier forma y manera, esas “distancias”, están establecidas en todo el planeta, y dónde “un puñado de ricos-riquísimos”, son los dueños de la inmensa mayoría de los recursos materiales con que cuenta el planeta; y como siempre, la riqueza la han defendido los que la poseen en esas dimensiones, la han defendido “a cañonazo limpio”; estemos seguros que el sistema no cambia, puesto que aquí, la única ley que no ha cambiado desde que “el mono humano bajó de los árboles”, es la ley de la fuerza; las otras buscando equidades (“la igualdad demagógica no es posible y por cuanto en la Naturaleza no existe”) fueron, son y serán, mentiras y nada más; sencillamente por cuanto todo el que puede la impone; sea en el nombre propio, el de Dios, o el Diablo, puesto que aquí el único dios que ha existido siempre y que sigue en el mejor de los altares planetarios, es simplemente el dios-dinero, y el que es adorado por todos.

                                Por ello la justicia tampoco puede existir aquí, puesto que aquí, “todo tiene un precio”; y lo mismo se venden, “sayos, que togas, uniformes más o menos ostentosos, trajes talares o sotanas, e incluso los atributos o privilegios de las testas, más o menos coronadas, o encumbradas en los más costosos sitiales”, todo es un “infernal mercado o mercadillo en el que todo se compra y todo se vende”; recordemos lo que en su tiempo dejara dicho el gran sinvergüenza que fuera, Aristóteles-Sócrates Onassis, que llegó en su tiempo a ser el más rico del planeta… “En este mundo todo se compra con dinero; y lo que no se  puede comprar con dinero, se compra con… más dinero”. ¿Qué pueden existir excepciones?, bueno, pero la verdad, “no se notan”.

                                Y es curioso, hoy iba a realizar mi comentario, sobre “lo que encierra hoy esa enorme y obscura cueva que en España se conoce como, “La Moncloa” y donde vive y vive bien, el considerado como el peor presidente de gobierno, de no sólo España, sino de muchísimos otros países de la época contemporánea que nos ha tocado vivir, el que “experto en compras y ventas pero con el dinero público”, atesora ni sabemos cuántos servidores y la categoría social de los mismos, pero en el periódico que tengo a la vista, en su editorial, nos asegura, que es el propio gobierno, el que dice que tiene nada menos que setecientos treinta (730) asesores y que de ellos, 347 los tiene adscritos a las órdenes directas, de tan “destacado mandamás español”; lo que por otra parte, a los que en nuestra vida, tuvimos la valentía de instalar empresa y pagar a empleados, nos asombra, cómo un “elemento” tan destacado en astucias y falto de inteligencias, puede mandar en tan abigarrada tropa, de selectos, allegados, dispuestos a realizar, lo que les manda “su señor”, puesto que se dice que no solo les paga bien, sino mucho mejor y que por ello están contentos y le son fieles.

                                Estos datos “numerarios”, los extraigo de la editorial del diario ABC del domingo siete de marzo del corriente año; los que invito a leer con atención, pues son una gran muestra, de “las basuras políticas con que se gobierna este pobre planeta dejado de la mano y efluvios de todos los dioses, habidos y por haber”. Amén.

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes