Las Noticias de hoy 8 Marzo 2021

Enviado por adminideas el Lun, 08/03/2021 - 12:53

 

200 Bonitas Frases para el Día de la Madre [con Imágenes]

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 08 de marzo de 2021   

Indice:

ROME REPORTS

El Papa en Erbil: La Iglesia en Iraq está viva y anuncia la sabiduría de la cruz

El Papa al Patriarca de Asiria de Oriente: los mártires nos guían hacia la unidad

El Papa en Qaraqosh: "Dios tiene la última palabra, no el terrorismo y la muerte"

El Papa: Testigos que ayudan a Dios a cumplir sus promesas de paz

DOCILIDAD Y BUENAS DISPOSICIONES PARA ENCONTRAR A JESÚS: Francisco Fernandez Carbajal

“Padre mío del Cielo, ayúdame”: San Josemaria

«Todos somos hermanos». Histórica visita del Papa Francisco a Irak

El camino para encontrar a Dios en el trabajo

Curso sobre San José (II): San José, Esposo de María: D. Juan Moya

En donde se oculta Dios : Diego Zalbidea

Estrés y protesta.: Jose Luis Velayos

Sin laberintos: Irene Mercedes Aguirre, Buenos Aires, Argentina,

8-M. El feminismo no es otra cosa que la decadencia de la mujer: Humberto Pérez-Tomé 

Otro 8M. Nuria Chinchilla

Primeros auxilios para un corazón atormentado: Silvia del Valle Márquez

La ley moral : Rafael María de Balbín

Todo el PD está alineado con la causa del aborto.: Suso do Madrid

El voluntariado: Pedro García

Interdependencia y desigualdad de los mayores: Juan García. 

¿Por qué derribarlas?: Xus D Madrid

“Más se perdió en Cuba”: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

El Papa en Erbil: La Iglesia en Iraq está viva y anuncia la sabiduría de la cruz

Al final de su tercera jornada en Iraq, el Santo Padre celebró la Santa Misa en el Estadio “Franso Hariri” de Erbil, donde pudo “ver y sentir que la Iglesia de Iraq está viva, que Cristo vive y actúa en este pueblo suyo, santo y fiel”.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

“La Iglesia en Iraq, con la gracia de Dios, hizo y está haciendo mucho por anunciar esta maravillosa sabiduría de la cruz propagando la misericordia y el perdón de Cristo, especialmente a los más necesitados”, lo dijo el Papa Francisco en su homilía en la multitudinaria y colorida celebración Eucarística celebrada en el Estadio “Franso Hariri” de Erbil, en el marco de su Visita Apostólica a Iraq, este domingo 7 de marzo de 2021.

Cristo es fuerza de Dios y sabiduría de Dios

Este III Domingo de Cuaresma, el Santo Padre comentando la 1 Carta de San Pablo a los Corintios (1 Co 1,24) dijo que, «Cristo es fuerza de Dios y sabiduría de Dios». Y que Jesús reveló esta fuerza y esta sabiduría sobre todo con la misericordia y el perdón. No quiso hacerlo con demostraciones de fuerza o imponiendo su voz desde lo alto, ni con largos discursos o exhibiciones de una ciencia incomparable. Lo hizo dando su vida en la cruz. Reveló la sabiduría y la fuerza divina mostrándonos, hasta el final, la fidelidad del amor del Padre; la fidelidad del Dios de la Alianza, que hizo salir a su pueblo de la esclavitud y lo guio por el camino de la libertad.

No caer en la trampa de creer que somos fuertes y sabios

En este sentido, el Pontífice advirtió que, es fácil caer en la trampa de pensar que debemos demostrar a los demás que somos fuertes, que somos sabios, es decir, en la trampa de fabricarnos falsas imágenes de Dios que nos den seguridad. “En realidad – afirmó el Papa – todos necesitamos la fuerza y la sabiduría de Dios revelada por Jesús en la cruz. Aquí en Iraq, cuántos de vuestros hermanos y hermanas, amigos y conciudadanos llevan las heridas de la guerra y de la violencia, heridas visibles e invisibles. La tentación es responder a estos y a otros hechos dolorosos con una fuerza humana, con una sabiduría humana. En cambio, Jesús nos muestra el camino de Dios, el que Él recorrió y en el que nos llama a seguirlo.

Necesitamos limpiar el corazón de las falsedades

Y comentando el Evangelio según San Juan (2,13-25), en el cual se ve a Jesús que echa a los cambistas y a todos aquellos que compraban y vendían en el Templo de Jerusalén, el Papa Francisco dijo que, lo hizo porque el Padre lo mandó a purificar el templo, no sólo el templo de piedra, sino sobre todo el de nuestro corazón. “El corazón se limpia, se ordena, se purifica. ¿De qué? De las falsedades que lo ensucian, de la doblez de la hipocresía; todos las tenemos. Son enfermedades que lastiman el corazón, que enturbian la vida, la hacen doble”. Y para limpiar el corazón necesitamos ensuciarnos las manos, sentirnos responsables y no quedarnos de brazos cruzados mientras el hermano y la hermana sufren.

El Señor quiere que nos salvemos

Por ello, el Santo Padre señala que, solo Jesucristo puede purificarnos de las obras del mal, Él que murió y resucitó, Él que es el Señor. “Dios no nos deja morir en nuestro pecado. Incluso cuando le damos la espalda, no nos abandona a nuestra propia suerte. Nos busca, nos sigue, para llamarnos al arrepentimiento y para purificarnos. «Juro por mi vida —oráculo del Señor Dios— que no me complazco en la muerte del malvado, sino en que se convierta de su mala conducta y viva». El Señor quiere que nos salvemos y que seamos templos vivos de su amor, en la fraternidad, en el servicio y en la misericordia”.

Instrumentos de la paz de Dios y de su misericordia

El fruto de esto, afirma el Papa Francisco es que, Jesús nos libera de un modo de entender la fe, la familia, la comunidad que divide, que contrapone, que excluye, para que podamos construir una Iglesia y una sociedad abiertas a todos y solícitas hacia nuestros hermanos y hermanas más necesitados. Y al mismo tiempo nos fortalece, para que sepamos resistir a la tentación de buscar venganza, que nos hunde en una espiral de represalias sin fin. Con la fuerza del Espíritu Santo nos envía, no a hacer proselitismo, sino como sus discípulos misioneros, hombres y mujeres llamados a testimoniar que el Evangelio tiene el poder de cambiar la vida. El Resucitado nos hace instrumentos de la paz de Dios y de su misericordia, artesanos pacientes y valientes de un nuevo orden social.

Encontrar sanación y fuerza para servir a su Reino

Y cuando se refería a la destrucción del Templo, señala el Santo Padre, Jesús hablaba del templo de su cuerpo y, por tanto, también de su Iglesia. El Señor nos promete que, con la fuerza de su Resurrección, puede hacernos resurgir a nosotros y a nuestras comunidades de los destrozos provocados por la injusticia, la división y el odio. Es la promesa que celebramos en esta Eucaristía. Con los ojos de la fe, reconocemos la presencia del Señor crucificado y resucitado en medio de nosotros, aprendemos a acoger su sabiduría liberadora, a descansar en sus llagas y a encontrar sanación y fuerza para servir a su Reino que viene a nuestro mundo.

La Iglesia de Iraq está viva, que Cristo vive en este pueblo

Finalmente, el Papa Francisco dijo que, la Iglesia en Iraq, con la gracia de Dios, hizo y está haciendo mucho por anunciar esta maravillosa sabiduría de la cruz propagando la misericordia y el perdón de Cristo, especialmente a los más necesitados. También en medio de una gran pobreza y dificultad, muchos de ustedes han ofrecido generosamente una ayuda concreta y solidaridad a los pobres y a los que sufren. “Este es uno de los motivos que me han impulsado a venir como peregrino entre ustedes, a agradecerles y confirmarlos en la fe y en el testimonio. Hoy, puedo ver y sentir que la Iglesia de Iraq está viva, que Cristo vive y actúa en este pueblo suyo, santo y fiel”. Los encomiendo a ustedes, a sus familias y a sus comunidades, a la materna protección de la Virgen María, que fue asociada a la pasión y a la muerte de su Hijo y participó en la alegría de su resurrección. Que Ella interceda por nosotros y nos lleve a Él, fuerza y sabiduría de Dios”.

Saludos de Monseñor Bashar Warda, Arzobispo Caldeo de Erbil

Antes de concluir la Santa Misa, el Arzobispo Caldeo de Erbil, Monseñor Bashar Warda, CSsR, dirigió unas palabras de agradecimiento al Santo Padre por su Visita Apostólica, por su valentía en visitar Iraq, una tierra tan llena de violencia, de interminables disputas, desplazamientos y sufrimiento para la gente; y por hacerlo en este tiempo de pandemia y crisis mundial. Asimismo, el Arzobispo Caldeo de Erbil agradeció al Papa por sus oraciones por los perseguidos y marginados, en Iraq y en todo el mundo. “Sabemos que usted ha seguido rezando por nosotros en estos tiempos de oscuridad. Sabemos que a través de sus oraciones, nunca hemos sido olvidados. Sabemos que a través de sus oraciones sigue instando a este mundo y a este país destrozado a encontrar un tiempo de paz, de humildad y prosperidad, de dignidad de vida y de perspectivas para todos”. Por último, Monseñor Warda le agradeció por su mensaje de paz que ha llevado a Erbil y a todo Iraq, por su mensaje de hermandad y perdón que es un regalo para todo el pueblo de Iraq.

 

 

El Papa al Patriarca de Asiria de Oriente: los mártires nos guían hacia la unidad

En Erbil, el Santo Padre se reunió con el Catholicos-Patriarca de la Iglesia Asiria de Oriente, Mar Gewargis III, recordando que aquí muchos cristianos han derramado su sangre y ahora brillan juntos, estrellas en el mismo cielo, mostrándonos el camino hacia la plenitud de la unidad. Un camino iniciado en 1994 con la Declaración Cristológica Común entre la Iglesia Católica y la Iglesia Asiria de Oriente.

Amedeo Lomonaco – Ciudad del Vaticano

Al final de la Santa Misa en el Estadio "Franso Hariri" de Erbil, en el norte de Irak, el Papa Francisco saludó con afecto al Catholicos-Patriarca de la Iglesia Asiria de Oriente, Mar Gewargis III, que reside en esta ciudad. "¡Gracias, querido hermano!", comenzó el Santo Padre, que quiso abrazar en él a los cristianos de las distintas confesiones: "¡Tantos aquí han derramado sangre en el mismo suelo! Pero nuestros mártires brillan juntos, estrellas en el mismo cielo. Desde allí arriba nos piden que caminemos juntos, sin vacilar, hacia la plenitud de la unidad".

La Iglesia Asiria de Oriente

La Iglesia Asiria de Oriente es una Iglesia antigua presente en esta tierra desde los orígenes del cristianismo. Los Hechos de los Apóstoles nos hablan de que "partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia" estaban presentes cerca del Cenáculo el día de Pentecostés. Fueron los primeros cristianos de Persia, donde más tarde, según la tradición, predicaron el apóstol Santo Tomás y sus discípulos Addai y Mari. En su centenaria historia, la Iglesia Asiria de Oriente desarrolló una original tradición teológica y espiritual en un contexto cultural predominantemente semítico y sirio muy cercano a las primeras comunidades apostólicas. A principios de la Edad Media, la Iglesia Asiria de Oriente desarrolló un extraordinario dinamismo misionero siguiendo las distintas rutas de la seda a través de Asia Central, la India e incluso China. Tiene la misma herencia teológica y litúrgica que la Iglesia caldea y la Iglesia siro-malabar de la India, que entraron en comunión con la Iglesia de Roma en el siglo XVI. Desde sus orígenes, la historia de la Iglesia Asiria de Oriente está trágicamente marcada por la persecución. Páginas dramáticas que se entrelazan con los periodos del Imperio Persa, luego el Imperio Mongol y finalmente el Imperio Otomano. Sobre todo, después de la masacre que tuvo lugar entre los años 1914 y 1924, también conocida con el término "Seyfo" (en sirio significa literalmente "espada"), la mayoría de sus fieles emigraron a Occidente, llevándose consigo una tradición centenaria. Aunque siguen existiendo grandes comunidades en Oriente Medio, especialmente en el norte de Irak, Siria, Irán y Líbano, casi la mitad de los 450.000 fieles de esta antigua Iglesia se encuentran en Estados Unidos, con una importante diáspora en Canadá, Europa y Australia.

Declaración cristológica común

El diálogo entre la Iglesia Católica y la Iglesia Asiria de Oriente condujo en 1994 a la firma de una Declaración Cristológica Común. En este documento, el Papa Juan Pablo II y el Catholicos-Patriarca de la Iglesia Asiria de Oriente Mar Dinkha IV reconocen que comparten la misma fe en Jesucristo. Como herederos y custodios de la fe recibida de los Apóstoles – dice el texto –, confesamos a un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los tiempos, que, en la plenitud de los tiempos, bajó del cielo y se hizo hombre para nuestra salvación. "Independientemente de las diferencias cristológicas que ha habido – se subraya –, hoy confesamos unidos una misma fe en el Hijo de Dios que se hizo hombre para que nosotros, por su gracia, llegáramos a ser hijos de Dios". "El misterio de la Encarnación que profesamos juntos no es una verdad abstracta y aislada. Se trata del Hijo de Dios enviado para salvarnos". En 2014, el Papa Francisco recibiendo a Mar Dinkha IV en el Vaticano, calificó la Declaración Cristológica Común firmada en 1994 como "un hito" en el camino "hacia la plena comunión". "Con ella – dijo Francisco – hemos reconocido que confesamos la única fe de los apóstoles, la fe en la divinidad y la humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, unidas en una sola persona, sin confusión ni cambio, sin división ni separación.

La Declaración conjunta de 2018

En 2015, fue elegido Catholicos-Patriarca de la Iglesia Asiria de Oriente Mar Gewargis III. En el mensaje inmediatamente posterior a esta elección, el Papa Francisco recuerda a los cristianos y otras minorías religiosas de Irak y Siria. "Junto con ustedes – se lee en el documento –, pido al Señor que les conceda fuerza para que perseveren en su testimonio cristiano. En noviembre de 2018, el Papa Francisco y Mar Gewargis III firmaron una declaración conjunta sobre la situación de los cristianos en Oriente Medio. El texto, redactado en 8 puntos, subraya la gratitud al Señor "por la creciente cercanía en la fe y el amor entre la Iglesia Asiria de Oriente y la Iglesia Católica". Y se recuerda que "en las últimas décadas, nuestras Iglesias se han acercado más de lo que nunca lo habían hecho a lo largo de los siglos".

A la espera de que llegue el día en que sea posible celebrar juntos en el mismo altar, se reiteró la intención de "avanzar en el reconocimiento mutuo y en el testimonio compartido del Evangelio". En este camino, dice además la Declaración, "experimentamos un sufrimiento común, derivado de la dramática situación de nuestros hermanos y hermanas cristianos en Oriente Medio, especialmente en Irak y Siria". "Cientos de miles de hombres, mujeres y niños inocentes sufren inmensamente por conflictos violentos que nada puede justificar". Conflictos que han "incrementado el éxodo de los cristianos de las tierras donde han convivido con otras comunidades religiosas desde los tiempos de los Apóstoles". El texto concluye con una fuerte invitación al diálogo: "Cuanto más difícil es la situación, más necesario es el diálogo interreligioso basado en una actitud de apertura, verdad y amor. Este diálogo es también el mejor antídoto contra el extremismo, que es una amenaza para los seguidores de todas las religiones".

 

El Papa en Qaraqosh: "Dios tiene la última palabra, no el terrorismo y la muerte"

En el marco de su viaje apostólico a Iraq, Francisco visitó a la sufrida comunidad cristiana de la ciudad de Qaraqosh con quienes rezó el Ángelus. En su discurso, el Santo Padre los alentó a "no desanimarse" en el largo camino de reconstrucción que tienen por delante, confiando en que "Dios nunca defrauda" ya que Él tiene la última palabra y "no el terrorismo o la muerte". Además, el Papa confió a la Virgen María "el renacer de esta ciudad".

Sofía Lobos - Ciudad del Vaticano

En la tercera jornada de su viaje apostólico a Iraq, tras haber rezado en la ciudad de Mosul por las víctimas de la guerra, el Papa Francisco visitó a la comunidad cristiana de Qaraqosh y rezó con ellos la oración mariana del Ángelus en la Iglesia de la Inmaculada Concepción.

 

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07/03/2021

Francisco en Mosul: la fraternidad es más fuerte que el fratricidio

Dios vence al pecado y a la muerte

Después de agradecer al Patriarca Ignace Youssif Younan por su saludo de bienvenida, así como a la señora Doha Sabah Abdallah y al padre Ammar Yako por compartir sus testimonios de fe en medio de un duro escenario de violencia; el Papa expresó su gratitud a Dios por haberle permitido vivir este encuentro:

"Mirándolos, veo la diversidad cultural y religiosa de la gente de Qaraqosh, y esto muestra parte de la belleza que vuestra región ofrece al futuro. Vuestra presencia aquí recuerda que la belleza no es monocromática, sino que resplandece por la variedad y las diferencias", dijo Francisco recordando también, "con mucha tristeza" los otros signos que se perciben en esta ciudad cristiana iraquí:

“Los signos del poder destructivo de la violencia, del odio y de la guerra. Cuántas cosas han sido destruidas. Y cuánto debe ser reconstruido. Nuestro encuentro demuestra que el terrorismo y la muerte nunca tienen la última palabra. La última palabra pertenece a Dios y a su Hijo, vencedor del pecado y de la muerte”

La devastación se puede ver con los ojos de la fe

En este sentido, el Santo Padre subrayó que incluso ante la devastación que causa el terrorismo y la guerra, se puede ver "con los ojos de la fe", el "triunfo de la vida sobre la muerte" y prueba de ello -continuó Francisco- "es el ejemplo de sus padres y de sus madres en la fe que adoraron y alabaron a Dios en este lugar".

“La gran herencia espiritual que nos han dejado continúa viviendo en ustedes. Abracen esta herencia. Esta herencia es su fortaleza. Ahora es el momento de reconstruir y volver a empezar, encomendándose a la gracia de Dios, que guía el destino de cada hombre y de todos los pueblos. ¡No están solos! Toda la Iglesia está con ustedes, por medio de la oración y la caridad concreta”

"Confíen en Dios que nunca defrauda"

De ahí que el Papa invitara a esta comunidad cristiana a perseverar "con firme esperanza en su camino terreno, confiando en Dios que nunca defrauda y que siempre nos sostiene con su gracia". 

 

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07/03/2021

El viaje del Papa en Iraq continúa: curando heridas y confirmando en la fe

La reconstrucción de la que habla el Pontífice, no solo se refiere a los edificios y estructuras físicas, sino que se trata también de reconstruir "los vínculos que unen comunidades y familias, jóvenes y ancianos".

Jóvenes y ancianos unidos por sus sueños

En alusión a las palabras del profeta que dice «Sus hijos e hijas profetizarán; sus ancianos tendrán sueños, y sus jóvenes, visiones» (cf. Jl 3,1), el Obispo de Roma señaló que cuando los ancianos y los jóvenes de un pueblo "se encuentran", los primeros "sueñan un futuro para los jóvenes"; y los segundos, "pueden recoger estos sueños y profetizar", es decir, llevarlos a cabo.

“Cuando los ancianos y los jóvenes se unen, preservamos y trasmitimos los dones que Dios da. Miremos a nuestros hijos, sabiendo que heredarán no solo una tierra, una cultura y una tradición, sino también los frutos vivos de la fe que son las bendiciones de Dios sobre esta tierra. Los animo a no olvidar quiénes son y de dónde vienen, a custodiar los vínculos que los mantienen unidos y a custodiar sus raíces”

"No olviden que Jesús está a su lado"

En cuanto a los momentos en los que la fe puede vacilar, "cuando parece que Dios no ve y no actúa", como puede suceder en los días más oscuros de guerra, inseguridad o crisis debido a la actual pandemia sanitaria, el Papa exhortó a los presentes a no olvidar que Jesús está a su lado.

 

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06/03/2021

Ur, testimonios en Encuentro Interreligioso: “nuestra sangre está mezclada"

"No dejen de soñar. No se rindan, no pierdan la esperanza", afirmó Francisco animando a invocar la intercesión de los santos que desde el cielo velan sobre nosotros: «Invoquémoslos y no nos cansemos de pedir su intercesión, incluidos "los santos de la puerta de al lado”, que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios».

"El perdón es necesario para permanecer cristianos"

Otro de los puntos centrales del discurso del Papa fue el tema del perdón, que es necesario para aquellos que sobrevivieron a los ataques terroristas. Perdón, "una palabra clave" necesaria para "permanecer en el amor, para permanecer cristianos", dijo el Papa.

Asimismo, el Pontífice pidió "por favor" a la comunidad de Qaraqosh que no se desanime ya que el "camino hacia una recuperación total podría ser todavía largo".

“Se necesita capacidad de perdonar y, al mismo tiempo, valentía para luchar. Sé que esto es muy difícil. Pero creemos que Dios puede traer la paz a esta tierra. Nosotros confiamos en Él y, junto con todas las personas de buena voluntad, decimos «no» al terrorismo y a la instrumentalización de la religión”

Rezar por la conversión de los corazones

Igualmente, Francisco hizo hincapié en la importancia de dar gracias a Dios, siempre, "por sus dones", y pedirle que conceda "paz, perdón y fraternidad" a esta tierra y a su gente:

"No nos cansemos de rezar por la conversión de los corazones y por el triunfo de una cultura de la vida, de la reconciliación y del amor fraterno, que respete las diferencias, las distintas tradiciones religiosas, y que se esfuerce por construir un futuro de unidad y colaboración entre todas las personas de buena voluntad", añadió.

"Confié a María el renacer de esta cuidad"

Por otra parte, el Santo Padre compartió con los fieles un momento especial que vivió en su llegada a Qaraqosh:

“Mientras llegaba con el helicóptero, miré la estatua de la Virgen María colocada sobre esta iglesia de la Inmaculada Concepción, y le confié el renacer de esta ciudad. La Virgen no solo nos protege desde lo alto, sino que desciende hacia nosotros con ternura maternal. Esta imagen suya incluso ha sido dañada y pisoteada, pero el rostro de la Madre de Dios sigue mirándonos con ternura. Porque así hacen las madres: consuelan, reconfortan, dan vida”

El Papa agradece a las madres y mujeres de Iraq

Antes de despedirse, el Papa agradeció de corazón a todas las madres y las mujeres de este país, "mujeres valientes que siguen dando vida, a pesar de los abusos y las heridas" y pidió que las mujeres "sean respetadas y defendidas, que se les brinden cuidados y oportunidades".

Francisco firma el Libro de Honor 

La visita finalizó con el rezo del Ángelus: "Recemos juntos a nuestra Madre, invocando su intercesión por vuestras necesidades y vuestros proyectos. Los pongo a todos bajo su protección. Y les pido, por favor, que no se olviden de rezar por mí", concluyó Francisco, quien acto seguido procedió a la firma del Libro de Honor de la Iglesia de la Inmaculada Concepción, escribiendo estas palabras:

“Desde esta iglesia destruida y reconstruida, símbolo de la esperanza de Qaraqosh y de todo Irak, pido a Dios, por intercesión de la Virgen María, el don de la paz”

 

El Papa: Testigos que ayudan a Dios a cumplir sus promesas de paz

En su homilía de la Santa Misa celebrada en la Catedral caldea de San José de Bagdad el Papa Francisco dio gracias por los fieles que viven allí, donde en tiempos remotos surgió la sabiduría y donde en los tiempos actuales han aparecido muchos testigos, que las crónicas a menudo pasan por alto, y que son preciosos a los ojos de Dios

Vatican News

En su segundo día en Iraq la última actividad pública del Santo Padre fue la celebración de la Santa Misa en la Catedral caldea de San José en Bagdad, a las 18.00 hora local.

Catedral caldea de San José

El edificio  se construyó para satisfacer las necesidades de la comunidad caldea que había abandonado en la década de 1950 el antiguo barrio de Agd al-Nasara – donde se encuentra la Catedral de María Madre de los Dolores – para instalarse en el moderno barrio de Karrada. La primera piedra fue colocada por el Patriarca de los Caldeos Yusef VII Ghanima el 14 de septiembre de 1952, día de la Exaltación de la Santa Cruz. Y fue consagrada e inaugurada por el mismo Patriarca en 1956. Puede acoger a más de 400 fieles. Construida en estilo oriental, su estructura de hormigón armado está coronada por un tejado inclinado y está decorada con vidrieras. El interior está organizado respetando las tres partes convencionales de las iglesias sirias orientales, pero con un estilo moderno: la parte reservada a la asamblea, el coro y el altar con un ornamento de madera tallada en el centro. En la nave lateral derecha se encuentra el icono de Nuestra Señora Odigitria, en la nave lateral izquierda se encuentra el icono de San José con la escuadra de carpintero, símbolo de su rectitud, y el lirio, símbolo de su pureza, junto a Jesús adolescente.

 

 

DOCILIDAD Y BUENAS DISPOSICIONES PARA ENCONTRAR A JESÚS

— Fe y correspondencia a la gracia. Purificar nuestra alma para ver a Jesús.

— La curación de Naamán. Docilidad y humildad.

— Docilidad en la dirección espiritual.

I. Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón salta de gozo por el Dios vivo, leemos en la Antífona de entrada de la Misa1. Y para penetrar en la morada de Dios es necesario tener un alma limpia y humilde; para ver a Jesús hacen falta buenas disposiciones. Nos lo muestra, una vez más, el Evangelio de la Misa.

El Señor, después de un tiempo de predicación por las aldeas y ciudades de Galilea, vuelve a Nazaret, donde se había criado. Allí todos le conocen: es el hijo de José y de María. El sábado asistió a la sinagoga, según era su costumbre2. Jesús se levantó para la lectura del texto sagrado, y escogió un pasaje mesiánico del profeta Isaías. San Lucas recoge la extraordinaria expectación que había en el ambiente: enrollando el libro se lo devolvió al ministro, y se sentó; todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Habían oído maravillas del hijo de María y esperaban ver cosas más extraordinarias en Nazaret.

Sin embargo, aunque al principio todos daban testimonio a favor de Él, y se admiraban de las palabras de gracia que procedían de sus labios3, no tienen fe. Jesús les explica que los planes de Dios no se fundan en razones de patria o de parentesco: no basta con haber convivido con Él. Es necesaria una fe grande.

Utiliza algunos ejemplos del Antiguo Testamento: Muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio. Se conceden las gracias del Cielo, sin limitaciones por parte de Dios, sin tener en cuenta la raza –Naamán no pertenecía al pueblo judío–, la edad o la posición social. Pero Jesús no encontró buenas disposiciones en los oyentes, en la tierra donde se había criado, y por esto no hizo allí ningún milagro. Aquellas gentes solo vieron en Él al hijo de José, el que les hacía las mesas y les arreglaba las puertas. ¿No es este el hijo de José?, se preguntaban4. No supieron ver más allá. No descubrieron al Mesías que les visitaba.

Nosotros, para contemplar al Señor, también debemos purificar nuestra alma. «Ese Cristo, que tú ves, no es Jesús. —Será, en todo caso, la triste imagen que pueden formar tus ojos turbios... —Purifícate. Clarifica tu mirada con la humildad y la penitencia. Luego... no te faltarán las limpias luces del Amor. Y tendrás una visión perfecta. Tu imagen será realmente la suya: ¡Él!»5.

La Cuaresma es buena ocasión para intensificar nuestro amor con obras de penitencia que disponen el alma a recibir las luces de Dios.

II. En la Primera lectura de la Misa se nos narra la curación de Naamán, general del ejército del rey de Siria6, al que hace referencia el Señor en el Evangelio. Este enfermo de lepra oyó decir a una esclava hebrea que en Israel vivía un Profeta con poder para curarle de su mal. Y después de un largo viaje llegó Naamán con sus caballos y sus carros, y se paró ante Eliseo. Y el profeta le mandó un mensajero diciendo: ve, y lávate siete veces en el Jordán y tu carne recobrará la salud y quedarás limpio.

Pero Naamán no entendió estos caminos de Dios, tan distintos de los que él había imaginado. Yo creía -dice- que saldría a mí, y puesto en pie invocaría el nombre de Yahvé, su Dios, y tocaría con su mano el lugar de la lepra y me curaría. Pues qué, ¿no son mejores el Abana y el Farfar, ríos de Damasco, que todas las aguas de Israel, para lavarme en ellas y limpiarme?

El general sirio quería curarse y había recorrido un largo camino para esto, pero llevaba su propia solución sobre el modo de ser curado. Y cuando ya regresaba, dando como inútil el viaje, sus servidores le decían: aunque el profeta te hubiese mandado una cosa difícil debieras hacerla. Cuanto más habiéndote dicho lávate y serás limpio.

Naamán reflexionó sobre las palabras de sus acompañantes y volvió con humildad a cumplir lo que le había dicho el Profeta Eliseo. Marchó, pues, y se lavó siete veces en el Jordán, conforme a las palabras del varón de Dios, y su carne se volvió como la de un niño, y quedó limpio. Recibió con humildad y docilidad un buen consejo que humanamente podía parecer inútil y quedó curado. Sus disposiciones interiores hicieron eficaz la oración de Eliseo.

También nosotros andamos con frecuencia enfermos del alma, con errores y defectos que no acabamos de arrancar. El Señor espera que seamos humildes y dóciles a las indicaciones y consejos de aquellas personas que Dios ha puesto para ayudarnos a buscar la santidad en medio de nuestro trabajo y en nuestra familia. No tengamos soluciones propias cuando el Señor nos indica otras, quizá contrarias a nuestros gustos y deseos. En lo que se refiere al alma, no somos buenos consejeros de nosotros mismos, ni buenos médicos. De ordinario, el Señor se vale de otras personas. «También a San Pablo le llamó Cristo por sí mismo y le habló. Mas, pudiendo revelarle en el acto el camino de la santidad, prefirió encaminarlo a Ananías y le ordenó que aprendiera de sus labios la verdad: levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que has de hacer»7. San Pablo se dejará guiar. Su fuerte personalidad, manifestada de tantos modos y en tantas ocasiones, le sirve ahora para ser dócil. Primero sus compañeros de viaje le llevaron a Damasco; luego Ananías le devolverá la vista y será ya un hombre útil para pelear las batallas del Señor.

En la dirección espiritual el alma se dispone para encontrar al Señor y reconocerle en lo ordinario.

III. La fe en los medios que el Señor nos da, obra milagros. En una ocasión el Señor pidió a un hombre que hiciera algo de lo que tenía sobrada experiencia que no podía realizar: extender una mano «seca», sin movimiento. Y la docilidad, muestra de una fe operativa, hizo posible el milagro: la extendió y quedó tan sana como la otra8. A nosotros nos pedirán a veces cosas de las que nos sentimos incapaces, pero que serán posibles si dejamos que la gracia de Dios actúe en nosotros. Gracia que, con gran frecuencia, nos llegará como consecuencia de la docilidad en la dirección espiritual.

A nosotros nos pide el Señor no tener solo un apoyo humano, que nos llevaría al pesimismo, sino una confianza sobrenatural. Nos pide ser sobrenaturalmente realistas, que es contar con Él, sabiendo que Jesucristo sigue actuando en nuestra vida.

Diez hombres encuentran su curación porque son dóciles. Jesucristo solo les dice9: —Id, mostraos a los sacerdotes. Y mientras iban, quedaron curados.

En otra ocasión, el Señor se compadeció de un mendigo ciego de nacimiento10 y, nos dice San Juan, Jesús escupió en tierra e hizo lodo con la saliva, y con este barro le untó sus ojos y le dijo: ve, lávate en la piscina de Siloé. El mendigo no lo dudó un instante. Fue, pues, y se lavó allí, y volvió con vista.

«¡Qué ejemplo de fe segura nos ofrece este ciego! Una fe viva, operativa (...). ¿Qué poder encerraba el agua, para que al humedecer los ojos fueran curados? Hubiera sido más apropiado un misterioso colirio, una preciosa medicina preparada en el laboratorio de un sabio alquimista. Pero aquel hombre cree; pone por obra el mandato de Dios, y vuelve con los ojos llenos de claridad»11.

La ceguera, los defectos, las flaquezas son males que tienen remedio. Nosotros no podemos nada, pero Jesucristo es omnipotente. El agua de aquella piscina siguió siendo agua, y el barro, barro. Pero el ciego recuperó la vista, y después, además, una fe más viva en el Señor. Y así, tantas veces a lo largo del Evangelio, se nos muestra la fe de los que tratan a Jesús. Sin docilidad la dirección espiritual quedaría sin frutos. Y no podrá ser dócil quien se empeñe en ser tozudo, obstinado, incapaz de asimilar una idea distinta de la que ya tiene o de la que le dicta una experiencia negativa porque no contó con la ayuda de la gracia. El soberbio es incapaz de ser dócil, porque para aprender hay que estar convencido de que aún hay cosas que desconocemos y de que es necesario que alguien nos enseñe. Y para mejorar espiritualmente, debemos estar convencidos de que no somos todo lo buenos que Dios espera de nosotros.

En asuntos de la propia vida interior debemos estar prevenidos con una prudente desconfianza en el propio juicio, para poder aceptar otro criterio distinto u opuesto al nuestro. Y dejaremos que Dios nos haga y nos rehaga a través de acontecimientos e inspiraciones, a través de las luces recibidas en la dirección espiritual. Con la docilidad del barro en las manos del alfarero. Sin poner resistencias, con visión sobrenatural, oyendo a Cristo en aquella persona. Así nos dice la Sagrada Escritura: Bajé a casa del alfarero, y hallé que estaba trabajando sobre la rueda. Y la vasija de barro que estaba haciendo se deshizo entre sus manos; y al instante volvió a formar del mismo barro otra vasija de la forma que le plugo (...). Sabed que lo que es el barro en manos del alfarero eso sois vosotros en mis manos12. Disponibilidad, docilidad, dejarnos hacer y rehacer por Dios cuantas veces sea necesario. Este puede ser el propósito de nuestra oración de hoy, que llevaremos a cabo con la ayuda de la Virgen.

1 Antífona de entrada. Sal 83, 3. — 2 Lc 2, 16. — 3 Lc 4, 22. — 4 Ibídem. — 5 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 212. — 6 Cfr. 2 Rey 5, 1-15. — 7 Casiano, Colaciones, 2. — 8 Cfr. Mt 12, 9 ss. — 9 Lc 17, 11-19. — 10 Jn 9, 1 ss.  11 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 193. — 12 Jer 18, 1-7.

 

 

“Padre mío del Cielo, ayúdame”

A ti que desmoralizas, te repetiré una cosa muy consoladora: al que hace lo que puede, Dios no le niega su gracia. Nuestro Señor es Padre, y si un hijo le dice en la quietud de su corazón: Padre mío del Cielo, aquí estoy yo, ayúdame... Si acude a la Madre de Dios, que es Madre nuestra, sale adelante. Pero Dios es exigente. Pide amor de verdad; no quiere traidores. Hay que ser fieles a esa pelea sobrenatural, que es ser feliz en la tierra a fuerza de sacrificio. (Via Crucis, 10ª Estación, n. 3)

8 de marzo

Acudid semanalmente -y siempre que lo necesitéis, sin dar cabida a los escrúpulos- al santo Sacramento de la penitencia, al sacramento del divino perdón. Revestidos de la gracia, cruzaremos a través de los montes, y subiremos la cuesta del cumplimiento del deber cristiano, sin detenernos. Utilizando estos recursos, con buena voluntad, y rogando al Señor que nos otorgue una esperanza cada día más grande, poseeremos la alegría contagiosa de los que se saben hijos de Dios: si Dios está con nosotros, ¿quién nos podrá derrotar? Optimismo, por lo tanto. Movidos por la fuerza de la esperanza, lucharemos para borrar la mancha viscosa que extienden los sembradores del odio, y redescubriremos el mundo con una perspectiva gozosa, porque ha salido hermoso y limpio de las manos de Dios, y así de bello lo restituiremos a El, si aprendemos a arrepentirnos.

Crezcamos en esperanza, que de este modo nos afianzaremos en la fe, verdadero fundamento de las cosas que se esperan, y convencimiento de las que no se poseen. Crezcamos en esta virtud, que es suplicar al Señor que acreciente su caridad en nosotros, porque sólo se confía de veras en lo que se ama con todas las fuerzas. Y vale la pena amar al Señor. Vosotros habéis experimentado, como yo, que la persona enamorada se entrega segura, con una sintonía maravillosa, en la que los corazones laten en un mismo querer. ¿Y qué será el Amor de Dios? ¿No conocéis que por cada uno de nosotros ha muerto Cristo? Sí, por este corazón nuestro, pobre, pequeño, se ha consumado el sacrificio redentor de Jesús.

Frecuentemente nos habla el Señor del premio que nos ha ganado con su Muerte y su Resurrección. Yo voy a preparar un lugar para vosotros. Y cuando habré ido, y os haya preparado lugar, vendré otra vez y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros. El Cielo es la meta de nuestra senda terrena. Jesucristo nos ha precedido y allí, en compañía de la Virgen y de San José -a quien tanto venero-, de los Ángeles y de los Santos, aguarda nuestra llegada. (Amigos de Dios, nn. 219-220)

 

 

«Todos somos hermanos». Histórica visita del Papa Francisco a Irak

Intervenciones del Papa Francisco durante el viaje apostólico a Irak, 33º viaje internacional del Santo Padre (5-8 de marzo de 2021).

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA08/03/2021

Viernes, 5 de marzo (Bagdad)
Saludo del Santo Padre a los periodistas durante el vuelo a Bagdad
Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el Cuerpo Diplomático
Encuentro con los obispos, sacerdotes, religiosios/as, seminaristas y catequistas

Sábado, 6 de marzo (Bagdad, Nayaf, Ur)
Encuentro interreligioso
Santa Misa

Domingo, 7 de marzo (Bagdad, Erbil, Mosul, Qaraqosh)
Oración de sufragio por las víctimas de la guerra
Visita a la comunidad de Qaraqosh
Santa Misa


Viernes, 5 de marzo

Saludo del Santo Padre a los periodistas durante el vuelo a Bagdad

Matteo Bruni: Buenos días, Santidad, buenos días a todos. Después de muchos meses estamos de nuevo en un vuelo papal, 15 meses. Mientras tanto, han cambiado algunas costumbres y esta misma imagen nos lo dice [los periodistas y el Papa llevan mascarillas]: todos tenemos que respetar algunas medidas sanitarias.

Le damos gracias, Santidad, por su voluntad de hacerse peregrino a Irak, la tierra de Abraham, con su pueblo, sus cristianos. Usted dijo hace unos días: “No se puede decepcionar a un pueblo dos veces”, y le agradecemos su disposición a dejarse acompañar por un nutrido grupo de periodistas: no se podía dar por seguro, somos 74 de 15 países, y 14 periodistas vienen por primera vez en un vuelo papal. Esperamos los gestos y las palabras de estos días y, mientras tanto, le damos las gracias.

El Papa Francisco: Buenos días y gracias por la compañía. Gracias por venir. Estoy contento de reanudar los viajes, y este es un viaje emblemático. También es un deber hacia una tierra martirizada durante tantos años. Gracias por acompañarme. Intentaré seguir las indicaciones y no dar la mano a todo el mundo, pero no quiero quedarme lejos: pasaré para saludaros más de cerca. Muchas gracias.

[Mientras da una vuelta entre los periodistas]

Os deseo un buen viaje. Sólo quiero... Me han dicho que uno de vosotros cumplía años hoy, pero quizá sea un error... Y lo segundo que quiero deciros es que hay ausencias que se notan, y hoy el “decanato” ha pasado de Valentina [Alazraki] a [Philip] Pulella. Me ha entristecido un poco la ausencia de Valentina, porque nos ha acompañado a los papas durante 40 o 50 años... Pero esperamos tenerla en el próximo viaje. Y Pulella es nuestro decano en este viaje. Gracias.

Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el Cuerpo Diplomático

Señor Presidente,
Miembros del Gobierno y del Cuerpo diplomático,
distinguidas Autoridades,
Representantes de la sociedad civil,
Señoras y Señores:

Agradezco la oportunidad de realizar esta Visita, tan esperada y deseada, a la República de Irak; de poder venir a esta tierra, cuna de la civilización que está estrechamente ligada —por medio del Patriarca Abrahán y numerosos profetas— a la historia de la salvación y a las grandes tradiciones religiosas del judaísmo, del cristianismo y del islam. Expreso mi gratitud al señor Presidente Salih por la invitación y por las amables palabras de bienvenida, que me ha dirigido también en nombre de las otras Autoridades y de su amado pueblo. Asimismo, saludo a los miembros del Cuerpo diplomático y a los Representantes de la sociedad civil.

Saludo con afecto a los obispos y sacerdotes, a los religiosos y religiosas y a todos los fieles de la Iglesia católica. Vengo como peregrino para animarlos en su testimonio de fe, esperanza y caridad en medio de la sociedad iraquí. Saludo también a los fieles de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales cristianas, a los miembros del islam y a los representantes de otras tradiciones religiosas. Que Dios nos conceda caminar juntos, como hermanos y hermanas, con la «fuerte convicción de que las enseñanzas verdaderas de las religiones invitan a permanecer anclados en los valores de la paz; […] del conocimiento recíproco, de la fraternidad humana y de la convivencia común» (Documento sobre la fraternidad humana, Abu Dabi, 4 febrero 2019).

Mi visita se lleva a cabo en un tiempo en que el mundo entero está tratando de salir de la crisis por la pandemia de Covid-19, que no sólo ha afectado la salud de tantas personas, sino que también ha provocado el deterioro de las condiciones sociales y económicas, marcadas ya por la fragilidad y la inestabilidad. Esta crisis requiere esfuerzos comunes por parte de cada uno para dar los pasos necesarios, entre ellos una distribución equitativa de las vacunas para todos. Pero no es suficiente; esta crisis es sobre todo una llamada a «repensar nuestros estilos de vida […], el sentido de nuestra existencia» (Carta enc. Fratelli tutti, 33). Se trata de que salgamos de este tiempo de prueba mejores que antes; de que construyamos el futuro en base a lo que nos une, más que en lo que nos divide.

En las últimas décadas, Irak ha sufrido los desastres de las guerras, el flagelo del terrorismo y conflictos sectarios basados a menudo en un fundamentalismo que no puede aceptar la pacífica convivencia de varios grupos étnicos y religiosos, de ideas y culturas diversas. Todo esto ha traído muerte, destrucción, ruinas todavía visibles, y no sólo a nivel material: los daños son aún más profundos si se piensa en las heridas del corazón de muchas personas y comunidades, que necesitarán años para sanar. Y aquí, entre tantos que han sufrido, no puedo dejar de recordar a los yazidíes, víctimas inocentes de una barbarie insensata y deshumana, perseguidos y asesinados a causa de sus creencias religiosas, cuya propia identidad y supervivencia se han puesto en peligro. Por lo tanto, sólo si logramos mirarnos entre nosotros, con nuestras diferencias, como miembros de la misma familia humana, podremos comenzar un proceso efectivo de reconstrucción y dejar a las generaciones futuras un mundo mejor, más justo y más humano. A este respecto, la diversidad religiosa, cultural y étnica que ha caracterizado a la sociedad iraquí por milenios, es un recurso valioso para aprovechar, no un obstáculo a eliminar. Hoy, Irak está llamado a mostrar a todos, especialmente en Oriente Medio, que las diferencias, más que dar lugar a conflictos, deben cooperar armónicamente en la vida civil.

La coexistencia fraterna necesita del diálogo paciente y sincero, salvaguardado por la justicia y el respeto del derecho. No es una tarea fácil: requiere esfuerzo y compromiso por parte de todos para superar rivalidades y contraposiciones, y dialogar a partir de la identidad más profunda que tenemos, la de hijos del único Dios y Creador (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Dec. Nostra aetate, 5). En base a este principio, la Santa Sede, en Irak como en todas partes, no se cansa de acudir a las Autoridades competentes para que concedan a todas las comunidades religiosas reconocimiento, respeto, derechos y protección. Aprecio los esfuerzos que ya se han realizado en esta dirección y uno mi voz a la de los hombres y mujeres de buena voluntad para que avancen en beneficio del país.

Una sociedad que lleva la impronta de la unidad fraterna es una sociedad cuyos miembros viven entre ellos solidariamente. «La solidaridad nos ayuda a ver al otro […] como nuestro prójimo, compañero de camino» (Mensaje para la 54.ª Jornada Mundial de la Paz1 enero 2021). Es una virtud que nos lleva a realizar gestos concretos de cuidado y de servicio, con particular atención a los más vulnerables y necesitados. Pienso en quienes, a causa de la violencia, de la persecución y del terrorismo han perdido familiares y seres queridos, casa y bienes esenciales. Pero también pienso en toda la gente que lucha cada día buscando seguridad y medios para seguir adelante, mientras que aumenta la desocupación y la pobreza. El «sabernos responsables de la fragilidad de los demás» (Carta enc. Fratelli tutti, 115) debería inspirar todo esfuerzo por crear oportunidades concretas tanto en el ámbito económico y en el ámbito de la educación, como también en el cuidado de la creación, nuestra casa común. Después de una crisis no basta reconstruir, es necesario hacerlo bien, de modo que todos puedan tener una vida digna. De una crisis no se sale iguales que antes: se sale mejores o peores.

Como responsables políticos y diplomáticos, ustedes están llamados a promover este espíritu de solidaridad fraterna. Es necesario combatir la plaga de la corrupción, los abusos de poder y la ilegalidad, pero no es suficiente. Se necesita al mismo tiempo edificar la justicia, que crezca la honestidad y la transparencia, y que se refuercen las instituciones competentes. De ese modo puede crecer la estabilidad y desarrollarse una política sana, capaz de ofrecer a todos, especialmente a los jóvenes —tan numerosos en este país—, la esperanza de un futuro mejor.

Señor Presidente, distinguidas Autoridades, queridos amigos: Vengo como penitente que pide perdón al Cielo y a los hermanos por tantas destrucciones y crueldad. Vengo como peregrino de paz, en nombre de Cristo, Príncipe de la Paz. ¡Cuánto hemos rezado en estos años por la paz en Irak! San Juan Pablo II no escatimó iniciativas, y sobre todo ofreció oraciones y sufrimientos por esto. Y Dios escucha, escucha siempre. Depende de nosotros que lo escuchemos a Él y caminemos por sus sendas. Que callen las armas, que se evite su proliferación, aquí y en todas partes. Que cesen los intereses particulares, esos intereses externos que son indiferentes a la población local. Que se dé voz a los constructores, a los artesanos de la paz, a los pequeños, a los pobres, a la gente sencilla, que quiere vivir, trabajar y rezar en paz. No más violencia, extremismos, facciones, intolerancias; que se dé espacio a todos los ciudadanos que quieren construir juntos este país, desde el diálogo, desde la discusión franca y sincera, constructiva; a quienes se comprometen por la reconciliación y están dispuestos a dejar de lado, por el bien común, los propios intereses. En estos años, Irak ha tratado de poner las bases para una sociedad democrática. A este respecto, es indispensable asegurar la participación de todos los grupos políticos, sociales y religiosos, y garantizar los derechos fundamentales de todos los ciudadanos. Que ninguno sea considerado ciudadano de segunda clase. Aliento los pasos que se han dado hasta el momento en este proceso y espero que consoliden la serenidad y la concordia.

También la comunidad internacional tiene un rol decisivo que desempeñar en la promoción de la paz en esta tierra y en todo el Oriente Medio. Como hemos visto durante el largo conflicto en la vecina nación de Siria —de cuyo inicio se cumplen en estos días ya diez años—, los desafíos interpelan cada vez más a toda la familia humana. Estos requieren una cooperación a escala global para poder afrontar también las desigualdades económicas y las tensiones regionales que ponen en peligro la estabilidad de estas tierras. Agradezco a los Estados y a las Organizaciones internacionales que están trabajando en Irak por la reconstrucción y para brindar asistencia a los refugiados, a los desplazados internos y a quienes tienen dificultades para regresar a sus propias casas, facilitando en el país comida, agua, viviendas, atención médica y de salud, como también programas orientados a la reconciliación y a la construcción de la paz. Y aquí no puedo dejar de recordar los numerosos organismos, entre ellos muchos católicos, que desde hace años asisten con gran esfuerzo a las poblaciones civiles. Atender las necesidades básicas de tantos hermanos y hermanas es un acto de caridad y justicia, y contribuye a una paz duradera. Espero que las naciones no retiren del pueblo iraquí la mano extendida de la amistad y del compromiso constructivo, sino que sigan trabajando con espíritu de responsabilidad común con las Autoridades locales, sin imponer intereses políticos o ideológicos.

La religión, por su naturaleza, debe estar al servicio de la paz y la fraternidad. El nombre de Dios no puede ser usado para «justificar actos de homicidio, exilio, terrorismo y opresión» (Documento sobre la fraternidad humana, Abu Dabi, 4 febrero 2019). Al contrario, Dios ha creado a los seres humanos iguales en dignidad y en derechos, nos llama a difundir amor, bondad y concordia. También en Irak la Iglesia católica desea ser amiga de todos y, a través del diálogo, colaborar de manera constructiva con las otras religiones, por la causa de la paz. La antiquísima presencia de los cristianos en esta tierra y su contribución a la vida del país constituyen una rica herencia, que quiere poder seguir al servicio de todos. Su participación en la vida pública, como ciudadanos que gozan plenamente de derechos, libertad y responsabilidad, testimoniará que un sano pluralismo religioso, étnico y cultural puede contribuir a la prosperidad y a la armonía del país.

Queridos amigos: Deseo expresar una vez más mi profunda gratitud por todo lo que han hecho y siguen haciendo para edificar una sociedad orientada hacia la unidad fraterna, la solidaridad y la concordia. Vuestro servicio al bien común es una obra noble. Pido al Omnipotente que los sostenga en sus responsabilidades y los guíe a todos en el camino de la sabiduría, la justicia y la verdad. Sobre cada uno de ustedes, sus familias y seres queridos, y sobre todo el pueblo iraquí invoco la abundancia de las bendiciones divinas. Gracias.

Encuentro con los obispos, sacerdotes, religiosios/as, seminaristas y catequistas

Beatitudes, Excelencias,
Queridos sacerdotes y religiosos,
Queridas religiosas,
Queridos hermanos y hermanas:

Los abrazo a todos con paternal afecto. Doy gracias al Señor que en su providencia nos ha permitido hoy este encuentro. Agradezco a Su Beatitud el Patriarca Ignace Youssif Younan y a Su Beatitud el Cardenal Louis Sako por las palabras de bienvenida. Nos hemos reunido en esta Catedral de Nuestra Señora de la Salvación, bendecidos por la sangre de nuestros hermanos y hermanas que aquí han pagado el precio extremo de su fidelidad al Señor y a su Iglesia. Que el recuerdo de su sacrificio nos inspire para renovar nuestra confianza en la fuerza de la Cruz y de su mensaje salvífico de perdón, reconciliación y resurrección. El cristiano, en efecto, está llamado a testimoniar el amor de Cristo en todas partes y en cualquier momento. Este es el Evangelio que proclamar y encarnar también en este amado país.

Como obispos y sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas y responsables laicos, todos ustedes comparten las alegrías y los sufrimientos, las esperanzas y las angustias de los fieles de Cristo. Las necesidades del pueblo de Dios y los arduos desafíos pastorales que afrontan cotidianamente se han agravado en este tiempo de pandemia. A pesar de todo, lo que nunca se tiene que detener o reducir es nuestro celo apostólico, que ustedes toman de raíces muy antiguas, de la presencia ininterrumpida de la Iglesia en estas tierras desde los primeros tiempos (cf. Benedicto XVI, Exhort. ap. postsin. Ecclesia in Medio Oriente, 5). Sabemos qué fácil es contagiarnos del virus del desaliento que a menudo parece difundirse a nuestro alrededor. Sin embargo, el Señor nos ha dado una vacuna eficaz contra este terrible virus, que es la esperanza. La esperanza que nace de la oración perseverante y de la fidelidad cotidiana a nuestro apostolado. Con esta vacuna podemos seguir adelante con energía siempre nueva, para compartir la alegría del Evangelio, como discípulos misioneros y signos vivos de la presencia del Reino de Dios, Reino de santidad, de justicia y de paz.

Cuánta necesidad tiene el mundo que nos rodea de escuchar este mensaje. No olvidemos nunca que Cristo se anuncia sobre todo con el testimonio de vidas transformadas por la alegría del Evangelio. Como vemos en la historia antigua de la Iglesia en estas tierras, una fe viva en Jesús es “contagiosa”, puede cambiar el mundo. El ejemplo de los santos nos muestra que seguir a Jesucristo «no es sólo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aun en medio de las pruebas» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 167).

Las dificultades forman parte de la experiencia cotidiana de los fieles iraquíes. En las últimas décadas, ustedes y sus conciudadanos han tenido que afrontar las consecuencias de la guerra y de las persecuciones, la fragilidad de las infraestructuras básicas y la lucha continua por la seguridad económica y personal, que a menudo ha llevado a desplazamientos internos y a la migración de muchos, también de cristianos, hacia otras partes del mundo. Les agradezco, hermanos obispos y sacerdotes, por haber permanecido cercanos a su pueblo —¡cercanos a su pueblo!—, sosteniéndolo, esforzándose por satisfacer las necesidades de la gente y ayudando a cada uno a desempeñar su función al servicio del bien común. El apostolado educativo y el caritativo de sus Iglesias particulares representan un valioso recurso para la vida tanto de la comunidad eclesial como de la sociedad en su conjunto. Los animo a perseverar en este compromiso, para garantizar que la Comunidad católica en Irak, aunque sea pequeña como un grano de mostaza (cf. Mt 13,31-32), siga enriqueciendo el camino de todo el país.

El amor de Cristo nos pide que dejemos de lado todo tipo de egocentrismo y rivalidad; nos impulsa a la comunión universal y nos llama a formar una comunidad de hermanos y hermanas que se acogen y se cuidan unos a otros (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 95-96). Pienso en la familiar imagen de una alfombra. Las diferentes Iglesias presentes en Irak, cada una con su ancestral patrimonio histórico, litúrgico y espiritual, son como muchos hilos particulares de colores que, trenzados juntos, componen una alfombra única y bellísima, que no sólo atestigua nuestra fraternidad, sino que remite también a su fuente. Porque Dios mismo es el artista que ha ideado esta alfombra, que la teje con paciencia y la remienda con cuidado, queriendo que estemos entre nosotros siempre bien unidos, como sus hijos e hijas. Que esté siempre en nuestro corazón la exhortación de san Ignacio de Antioquía: «Que nada haya en vosotros que pueda dividiros, […] sino que, reunidos en común, haya una sola oración, una sola esperanza en la caridad y en la santa alegría» (Ad Magnesios, 6-7: PL 5, 667). Qué importante es este testimonio de unión fraterna en un mundo a menudo fragmentado y desgarrado por nuestras divisiones. Todo esfuerzo que se realice para construir puentes entre la comunidad y las instituciones eclesiales, parroquiales y diocesanas servirá como gesto profético de la Iglesia en Irak y como respuesta fecunda a la oración de Jesús para que todos sean uno (cf. Jn 17,21; Ecclesia in Medio Oriente, 37).

Pastores y fieles, sacerdotes, religiosos y catequistas comparten, si bien de diversas maneras, la responsabilidad de llevar adelante la misión de la Iglesia. En ocasiones pueden surgir incomprensiones y podemos experimentar tensiones; son los nudos que dificultan el tejido de la fraternidad. Son nudos que llevamos dentro de nosotros; por lo demás, somos todos pecadores. Pero estos nudos pueden ser desatados por la Gracia, por un amor más grande; se pueden soltar por el perdón y el diálogo fraterno, llevando pacientemente los unos las cargas de los otros (cf. Gal 6,2) y fortaleciéndose mutuamente en los momentos de prueba y dificultad.

Ahora quisiera dirigir una palabra especial a mis hermanos obispos. Me agrada pensar en nuestro ministerio episcopal en términos de cercanía, es decir, nuestra necesidad de permanecer con Dios en la oración, junto a los fieles confiados a nuestro cuidado y a nuestros sacerdotes. Sean particularmente cercanos a sus sacerdotes. Que no los vean como administradores o directores, sino como a padres, preocupados por el bien de sus hijos, dispuestos a ofrecerles apoyo y ánimo con el corazón abierto. Acompáñenlos con su oración, con su tiempo, con su paciencia, valorando su trabajo e impulsando su crecimiento. De este modo serán para sus sacerdotes signo visible de Jesús, el Buen Pastor que conoce sus ovejas y da la vida por ellas (cf. Jn 10,14-15).

Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas, seminaristas que se preparan a su futuro ministerio: Todos ustedes han escuchado la voz del Señor en sus corazones, y como el joven Samuel han respondido: «Aquí estoy» (1 S 3,4). Que esta respuesta, que los invito a renovar cada día, lleve a cada uno de ustedes a compartir la Buena Noticia con entusiasmo y valentía, viviendo y caminando siempre a la luz de la Palabra de Dios, que tenemos el don y la tarea de anunciar. Sabemos que nuestro servicio conlleva también una parte administrativa, pero esto no significa que debamos pasar todo nuestro tiempo en reuniones o detrás de un escritorio. Es importante que estemos en medio de nuestro rebaño y que ofrezcamos nuestra presencia y nuestro acompañamiento a los fieles de las ciudades y de los pueblos. Pienso en los que corren el riesgo de quedarse atrás, en los jóvenes, los ancianos, los enfermos y los pobres. Cuando servimos al prójimo con entrega, como lo hacen ustedes, con espíritu de compasión, humildad y amabilidad, con amor, estamos sirviendo realmente a Jesús, como Él mismo nos lo ha dicho (cf. Mt 25,40). Y sirviendo a Jesús en los demás, descubrimos la verdadera alegría. No se alejen del santo pueblo de Dios, en el que nacieron. No se olviden de sus madres y de sus abuelas, que los han “amamantado” en la fe, como diría san Pablo (cf. 2 Tm 1,5). Sean pastores, servidores del pueblo y no administradores públicos, clérigos funcionarios. Siempre con el pueblo de Dios, nunca separados como si fueran una clase privilegiada. No renieguen de esta “estirpe” noble que es el santo pueblo de Dios.

Quisiera volver ahora a nuestros hermanos y hermanas que murieron en el atentado terrorista en esta Catedral hace diez años y cuya beatificación está en proceso. Su muerte nos recuerda con fuerza que la incitación a la guerra, las actitudes de odio, la violencia y el derramamiento de sangre son incompatibles con las enseñanzas religiosas (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 285). Y quiero también recordar a todas las víctimas de la violencia y las persecuciones, pertenecientes a cualquier comunidad religiosa. Mañana, en Ur, encontraré a los líderes de las tradiciones religiosas presentes en este país, para proclamar una vez más nuestra convicción de que la religión debe servir a la causa de la paz y de la unidad entre todos los hijos de Dios. Esta tarde quiero agradecerles su compromiso de ser constructores de paz, en el seno de sus comunidades y con los creyentes de otras tradiciones religiosas, esparciendo semillas de reconciliación y de convivencia fraterna que pueden llevar a un renacer de la esperanza para todos.

Pienso particularmente en los jóvenes. En todas partes son portadores de promesa y de esperanza, y sobre todo en este país. De hecho, aquí no hay solamente un patrimonio arqueológico inestimable, sino una riqueza incalculable para el porvenir: ¡son los jóvenes! Son vuestro tesoro y hay que cuidarlo, alimentando sus sueños, acompañándolos en el camino y reforzando su esperanza. Aunque jóvenes, ciertamente, su paciencia ya ha sido puesta a prueba duramente por los conflictos de estos años. Pero recordemos que ellos —junto con los ancianos— son la punta del diamante del país, los mejores frutos del árbol. Depende de nosotros, de nosotros, cultivarlos para el bien e infundirles esperanza.

Hermanos y hermanas: Por el bautismo y la confirmación, por la ordenación o la profesión religiosa, ustedes fueron consagrados al Señor y enviados para ser discípulos misioneros en esta tierra tan estrechamente ligada a la historia de la salvación. Dando testimonio fielmente de las promesas de Dios, que nunca dejan de cumplirse, y buscando construir un nuevo futuro son parte de esa historia. Que vuestro testimonio, madurado en la adversidad y fortalecido por la sangre de los mártires, sea una luz que resplandezca en Irak y más allá, para anunciar la grandeza del Señor y hacer exultar el espíritu de este pueblo en Dios nuestro Salvador (cf. Lc 1,46-47).

Agradezco nuevamente esta posibilidad de encontrarnos. Que Nuestra Señora de la Salvación y el apóstol santo Tomás intercedan por ustedes y los protejan siempre. Bendigo de corazón a cada uno de ustedes y a sus comunidades. Y les pido, por favor, que recen por mí. Gracias.


Sábado, 6 de marzo (Bagdad, Nayaf, Ur)

Encuentro interreligioso

Queridos hermanos y hermanas:

Este lugar bendito nos remite a los orígenes, a las fuentes de la obra de Dios, al nacimiento de nuestras religiones. Aquí, donde vivió nuestro padre Abrahán, nos parece que volvemos a casa. Él escuchó aquí la llamada de Dios, desde aquí partió para un viaje que iba a cambiar la historia. Nosotros somos el fruto de esa llamada y de ese viaje. Dios le pidió a Abrahán que mirara el cielo y contara las estrellas (cf. Gen 15,5). En esas estrellas vio la promesa de su descendencia, nos vio a nosotros. Y hoy nosotros, judíos, cristianos y musulmanes, junto con los hermanos y las hermanas de otras religiones, honramos al padre Abrahán del mismo modo que él: miramos al cielo y caminamos en la tierra.

1. Miramos al cielo. Contemplando el mismo cielo después de milenios, aparecen las mismas estrellas. Estas iluminan las noches más oscuras porque brillan juntas. El cielo nos da así un mensaje de unidad: el Altísimo que está por encima de nosotros nos invita a no separarnos nunca del hermano que está junto a nosotros. El más allá de Dios nos remite al más acá del hermano. Pero si queremos mantener la fraternidad, no podemos perder de vista el Cielo. Nosotros, descendencia de Abrahán y representantes de distintas religiones, sentimos que tenemos sobre todo la función de ayudar a nuestros hermanos y hermanas a elevar la mirada y la oración al Cielo. Todos lo necesitamos, porque no nos bastamos a nosotros mismos. El hombre no es omnipotente, por sí solo no puede hacer nada. Y si elimina a Dios, acaba adorando a las cosas mundanas. Pero los bienes del mundo, que hacen que muchos se olviden de Dios y de los demás, no son el motivo de nuestro viaje en la tierra. Alzamos los ojos al Cielo para elevarnos de la bajeza de la vanidad; servimos a Dios para salir de la esclavitud del yo, porque Dios nos impulsa a amar. La verdadera religiosidad es adorar a Dios y amar al prójimo. En el mundo de hoy, que a menudo olvida al Altísimo y propone una imagen suya distorsionada, los creyentes están llamados a testimoniar su bondad, a mostrar su paternidad mediante la fraternidad.

Desde este lugar que es fuente de fe, desde la tierra de nuestro padre Abrahán, afirmamos que Dios es misericordioso y que la ofensa más blasfema es profanar su nombre odiando al hermano. Hostilidad, extremismo y violencia no nacen de un espíritu religioso; son traiciones a la religión. Y nosotros creyentes no podemos callar cuando el terrorismo abusa de la religión. Es más, nos corresponde a nosotros resolver con claridad los malentendidos. No permitamos que la luz del Cielo se ofusque con las nubes del odio. Sobre este país se cernieron las nubes oscuras del terrorismo, de la guerra y de la violencia. Todas las comunidades étnicas y religiosas sufrieron. Quisiera recordar en particular a la comunidad yazidí, que ha llorado la muerte de muchos hombres y ha visto a miles de mujeres, jóvenes y niños raptados, vendidos como esclavos y sometidos a violencias físicas y a conversiones forzadas. Hoy rezamos por todos los que han padecido semejantes sufrimientos y por los que todavía se encuentran desaparecidos y secuestrados, para que pronto regresen a sus hogares. Y rezamos para que en todas partes se respete la libertad de conciencia y la libertad religiosa; que son derechos fundamentales, porque hacen al hombre libre de contemplar el Cielo para el que ha sido creado.

El terrorismo, cuando invadió el norte de este querido país, destruyó de manera brutal parte de su maravilloso patrimonio religioso, incluyendo iglesias, monasterios y lugares de culto de diversas comunidades. Sin embargo, incluso en ese momento oscuro brillaron las estrellas. Pienso en los jóvenes voluntarios musulmanes de Mosul, que ayudaron a reconstruir iglesias y monasterios, construyendo amistades fraternas sobre los escombros del odio, y a cristianos y musulmanes que hoy restauran juntos mezquitas e iglesias. El profesor Ali Thajeel también nos ha contado sobre el regreso de peregrinos a esta ciudad. Es importante peregrinar hacia los lugares sagrados, es el signo más hermoso de la nostalgia del Cielo en la tierra. Por eso, amar y proteger los lugares sagrados es una necesidad existencial, recordando a nuestro padre Abrahán, que en diversos sitios levantó hacia el cielo altares al Señor (cf. Gen 12,7.8; 13,18; 22,9). Que el gran patriarca nos ayude a convertir los lugares sagrados de cada uno en oasis de paz y de encuentro para todos. Él, por su fidelidad a Dios, llegó a ser bendición para todas las familias de la tierra (cf. Gen 12,3). Que nuestra presencia aquí, siguiendo sus huellas, sea signo de bendición y esperanza para Irak, para Oriente Medio y para el mundo entero. El cielo no se ha cansado de la tierra, Dios ama a cada pueblo, a cada una de sus hijas y a cada uno de sus hijos. No nos cansemos nunca de mirar al cielo, de contemplar estas estrellas, las mismas que, en su época, miró nuestro padre Abrahán.

2. Caminamos en la tierra. Los ojos fijos en el cielo no distrajeron a Abrahán, sino que lo animaron a caminar en la tierra, a comenzar un viaje que, por medio de su descendencia, iba a alcanzar todos los siglos y latitudes. Pero todo comenzó aquí, a partir del momento en que el Señor “lo hizo salir de Ur” (cf. Gen 15,7). El suyo fue, por tanto, un camino en salida que comportó sacrificios; tuvo que dejar tierra, casa y parientes. Pero, renunciando a su familia, se convirtió en padre de una familia de pueblos. También a nosotros nos sucede algo parecido. En el camino, estamos llamados a dejar esos vínculos y apegos que, encerrándonos en nuestros grupos, nos impiden que acojamos el amor infinito de Dios y que veamos hermanos en los demás. Sí, necesitamos salir de nosotros mismos, porque nos necesitamos unos a otros. La pandemia nos ha hecho comprender que «nadie se salva solo» (Carta enc. Fratelli tutti, 54). Aun así, la tentación de distanciarnos de los demás siempre vuelve. Entonces «el “sálvese quien pueda” se traducirá rápidamente en el “todos contra todos”, y eso será peor que una pandemia» (ibíd., 36). En las tempestades que estamos atravesando no nos salvará el aislamiento, no nos salvará la carrera para reforzar los armamentos y para construir muros, al contrario, nos hará cada vez más distantes e irritados. No nos salvará la idolatría del dinero, que encierra a la gente en sí misma y provoca abismos de desigualdad que hunden a la humanidad. No nos salvará el consumismo, que anestesia la mente y paraliza el corazón.

El camino que el Cielo indica a nuestro recorrido es otro, es el camino de la paz. Este requiere, sobre todo en la tempestad, que rememos juntos en la misma dirección. No es digno que, mientras todos estamos sufriendo por la crisis pandémica, y especialmente aquí donde los conflictos han causado tanta miseria, alguno piense ávidamente en su beneficio personal. No habrá paz sin compartir y acoger, sin una justicia que asegure equidad y promoción para todos, comenzando por los más débiles. No habrá paz sin pueblos que tiendan la mano a otros pueblos. No habrá paz mientras los demás sean ellos y no parte de un nosotros. No habrá paz mientras las alianzas sean contra alguno, porque las alianzas de unos contra otros sólo aumentan las divisiones. La paz no exige vencedores ni vencidos, sino hermanos y hermanas que, a pesar de las incomprensiones y las heridas del pasado, se encaminan del conflicto a la unidad. Pidámoslo en la oración para todo Oriente Medio, pienso en particular en la vecina y martirizada Siria.

El patriarca Abrahán, que hoy nos congrega en la unidad, fue profeta del Altísimo. Una profecía antigua dice que los pueblos «de las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas» (Is 2,4). Esta profecía no se ha cumplido, al contrario, espadas y lanzas se han convertido en misiles y bombas. ¿Dónde puede comenzar el camino de la paz? En la renuncia a tener enemigos. Quien tiene la valentía de mirar a las estrellas, quien cree en Dios, no tiene enemigos que combatir. Sólo tiene un enemigo que afrontar, que está llamando a la puerta del corazón para entrar: es la enemistad. Mientras algunos buscan más tener enemigos que ser amigos, mientras tantos buscan el propio beneficio en detrimento de los demás, el que mira las estrellas de las promesas, el que sigue los caminos de Dios no puede estar en contra de nadie, sino en favor de todos. No puede justificar ninguna forma de imposición, opresión o prevaricación, no puede actuar de manera agresiva.

Queridos amigos, ¿todo esto es posible? El padre Abrahán, que supo esperar contra toda esperanza (cf. Rm 4,18), nos anima. En la historia, hemos perseguido con frecuencia metas demasiado terrenas y hemos caminado cada uno por cuenta propia, pero con la ayuda de Dios podemos cambiar para mejor. Depende de nosotros, humanidad de hoy, y sobre todo de nosotros, creyentes de cada religión, transformar los instrumentos de odio en instrumentos de paz. Nos toca a nosotros exhortar con fuerza a los responsables de las naciones para que la creciente proliferación de armas ceda el paso a la distribución de alimentos para todos. Nos corresponde a nosotros acallar los reproches mutuos para dar voz al grito de los oprimidos y de los descartados del planeta; demasiados carecen de pan, medicinas, educación, derechos y dignidad. De nosotros depende que salgan a la luz las turbias maniobras que giran alrededor del dinero y pedir con fuerza que este no sirva siempre y sólo para alimentar las ambiciones sin freno de unos pocos. A nosotros nos corresponde proteger la casa común de nuestras intenciones depredadoras. Nos toca a nosotros recordarle al mundo que la vida humana vale por lo que es y no por lo que tiene, y que la vida de los niños por nacer, ancianos, migrantes, hombres y mujeres de todo color y nacionalidad siempre son sagradas y cuentan como las de todos los demás. Nos corresponde a nosotros tener la valentía de levantar los ojos y mirar a las estrellas, las estrellas que vio nuestro padre Abrahán, las estrellas de la promesa.

El camino de Abrahán fue una bendición de paz. Sin embargo, no fue fácil, tuvo que afrontar luchas e imprevistos. También nosotros estamos ante un camino escarpado, pero necesitamos, como el gran patriarca, dar pasos concretos, peregrinar para descubrir el rostro del otro, compartir recuerdos, miradas y silencios, historias y experiencias. Me impactó el testimonio de Dawood y Hasan, un cristiano y un musulmán que, sin dejarse desalentar por las diferencias, estudiaron y trabajaron juntos. Juntos construyeron el futuro y se descubrieron hermanos. También nosotros, para seguir adelante, necesitamos hacer juntos algo bueno y concreto. Este es el camino, sobre todo para los jóvenes, que no pueden ver sus sueños destruidos por los conflictos del pasado. Es urgente educarlos en la fraternidad, educarlos para que miren a las estrellas. Es una auténtica emergencia; será la vacuna más eficaz para un futuro de paz. ¡Porque son ustedes, queridos jóvenes, nuestro presente y nuestro futuro!

Las heridas del pasado sólo se pueden sanar con los demás. La señora Rafah nos contó el ejemplo heroico de Najy, de la comunidad sabea mandea, que perdió la vida intentando salvar a la familia de su vecino musulmán. ¡Cuántas personas aquí, en el silencio y la indiferencia del mundo, han emprendido caminos de fraternidad! Rafah nos relató también los sufrimientos indescriptibles de la guerra, que ha obligado a muchos a abandonar casa y patria en busca de un futuro para sus hijos. Gracias, Rafah, por haber compartido con nosotros la voluntad firme de permanecer aquí, en la tierra de tus padres. Que quienes no lo lograron y tuvieron que huir encuentren una acogida benévola, digna de personas vulnerables y heridas.

Fue precisamente a través de la hospitalidad, rasgo distintivo de estas tierras, que Abrahán recibió la visita de Dios y el don, que ya no esperaba, de un hijo (cf. Gen 18,1-10). Nosotros, hermanos y hermanas de distintas religiones, aquí nos hemos encontrado en casa y desde aquí, juntos, queremos comprometernos para que se realice el sueño de Dios: que la familia humana sea hospitalaria y acogedora con todos sus hijos y que, mirando el mismo cielo, camine en paz en la misma tierra.

Santa Misa

La Palabra de Dios nos habla hoy de sabiduríatestimonio y promesas.

La sabiduría ha sido cultivada en estas tierras desde la antigüedad. Su búsqueda ha fascinado al hombre desde siempre; sin embargo, a menudo quien posee más medios puede adquirir más conocimientos y tener más oportunidades, mientras que el que tiene menos queda relegado. Se trata de una desigualdad inaceptable, que hoy se ha ampliado. Pero el Libro de la Sabiduría nos sorprende cambiando la perspectiva. Dice que «el que es pequeño será perdonado por misericordia, pero los poderosos serán examinados con rigor» (Sb 6,6). Para el mundo, quien posee poco es descartado y quien tiene más es privilegiado. Pero para Dios, no; quien tiene más poder es sometido a un examen riguroso, mientras que los últimos son los privilegiados de Dios.

Jesús, la Sabiduría en persona, completa este vuelco en el Evangelio, no en cualquier momento, sino al principio del primer discurso, con las Bienaventuranzas. El cambio es total. Los pobres, los que lloran, los perseguidos son llamados bienaventurados. ¿Cómo es posible? Bienaventurados, para el mundo, son los ricos, los poderosos, los famosos. Vale quien tiene, quien puede y quien cuenta. Pero no para Dios. Para Él no es más grande el que tiene más, sino el que es pobre de espíritu; no el que domina a los demás, sino el que es manso con todos; no el que es aclamado por las multitudes, sino el que es misericordioso con su hermano. A este punto nos puede venir la duda: Si vivo como pide Jesús, ¿qué gano? ¿No corro el riesgo de que los demás me pisoteen? ¿Vale la pena la propuesta de Jesús? ¿O es un perdedor? No es perdedor sino sabio.

La propuesta de Jesús es sabia porque el amor, que es el corazón de las bienaventuranzas, aunque parezca débil a los ojos del mundo, en realidad vence. En la cruz demostró ser más fuerte que el pecado, en el sepulcro venció a la muerte. Es el mismo amor que hizo que los mártires salieran victoriosos de las pruebas, ¡y cuántos hubo en el último siglo, más que en los anteriores! El amor es nuestra fuerza, la fuerza de tantos hermanos y hermanas que aquí también han sufrido prejuicios y ofensas, maltratos y persecuciones por el nombre de Jesús. Pero mientras el poder, la gloria y la vanidad del mundo pasan, el amor permanece, como nos dijo el apóstol Pablo, «no pasa nunca» (1 Co 13,8). Vivir las bienaventuranzas, pues, es hacer eterno lo que pasa. Es traer el cielo a la tierra.

Pero, ¿cómo practicamos las bienaventuranzas? Estas no nos piden que hagamos cosas extraordinarias, que realicemos acciones que están por encima de nuestras capacidades. Nos piden un testimonio cotidiano. Bienaventurado es el que vive con mansedumbre, el que practica la misericordia allí donde se encuentra, el que mantiene puro su corazón allí donde vive. Para convertirse en bienaventurado no es necesario ser un héroe de vez en cuando, sino un testigo todos los días. El testimonio es el camino para encarnar la sabiduría de Jesús. Así es como se cambia el mundo, no con el poder o con la fuerza, sino con las bienaventuranzas. Porque así lo hizo Jesús, viviendo hasta el final lo que había dicho al principio. Se trata de dar testimonio del amor de Jesús, aquella misma caridad que san Pablo describe de manera tan hermosa en la segunda lectura de hoy. Veamos cómo la presenta.

Primero dice que la caridad «es magnánima» (v. 4). No nos esperábamos este adjetivo. El amor parece sinónimo de bondad, de generosidad, de buenas obras, pero Pablo dice que la caridad es ante todo magnánima. Es una palabra que, en la Biblia, habla de la paciencia de Dios. A lo largo de la historia el hombre ha seguido traicionando la alianza con Él, cayendo en los pecados de siempre y el Señor, en lugar de cansarse y marcharse, siempre ha permanecido fiel, ha perdonado, ha comenzado de nuevo. La paciencia para comenzar de nuevo es la primera característica del amor, porque el amor no se indigna, sino que siempre vuelve a empezar. No se entristece, sino que da nuevas fuerzas; no se desanima, sino que sigue siendo creativo. Ante el mal no se rinde, no se resigna. Quien ama no se encierra en sí mismo cuando las cosas van mal, sino que responde al mal con el bien, recordando la sabiduría victoriosa de la cruz. El testigo de Dios actúa así, no es pasivo, ni fatalista, no vive a merced de las circunstancias, del instinto y del momento, sino que está siempre esperanzado, porque está cimentado en el amor que «siempre disculpa y confía, siempre espera y soporta» (v. 7).

Podemos preguntarnos: ¿Y yo cómo reacciono ante las situaciones que no van bien? Ante la adversidad hay siempre dos tentaciones. La primera es la huida. Escapar, dar la espalda, no querer saber más. La segunda es reaccionar con rabia, con la fuerza. Es lo que les ocurrió a los discípulos en Getsemaní; en su desconcierto, muchos huyeron y Pedro tomó la espada. Pero ni la huida ni la espada resolvieron nada. Jesús, en cambio, cambió la historia. ¿Cómo? Con la humilde fuerza del amor, con su testimonio paciente. Esto es lo que estamos llamados a hacer; es así como Dios cumple sus promesas.

Promesas. La sabiduría de Jesús, que se encarna en las bienaventuranzas, exige el testimonio y ofrece la recompensa, contenida en las promesas divinas. De hecho, vemos que a cada bienaventuranza sigue una promesa. Quien la vive poseerá el reino de los cielos, será consolado, será saciado, verá a Dios (cf. Mt 5,3-12). Las promesas de Dios garantizan una alegría sin igual y no defraudan. Pero, ¿cómo se cumplen? A través de nuestras debilidades. Dios hace bienaventurados a los que recorren el camino de su pobreza interior hasta el final. Este es el camino, no hay otro. Fijémonos en el patriarca Abraham. Dios le promete una gran descendencia, pero él y Sara son ancianos y no tienen hijos. Y es precisamente en su vejez paciente y confiada cuando Dios obra maravillas y les da un hijo. Veamos a Moisés. Dios le promete que liberará al pueblo de la esclavitud y por eso le pide que hable con el faraón. Moisés le dice que no es capaz de hablar, porque es tartamudo; sin embargo, Dios cumplirá la promesa a través de sus palabras. Fijémonos en la Virgen que, según lo establecido en la ley, no puede tener hijos, y es llamada a ser madre. Y veamos a Pedro, que niega al Señor, y Jesús lo llama para que confirme a sus hermanos. Queridos hermanos y hermanas, a veces podemos sentirnos incapaces, inútiles. Pero no hagamos caso, porque Dios quiere hacer maravillas precisamente a través de nuestras debilidades.

A Él le encanta comportarse así, y esta tarde, ocho veces nos ha dicho ţūb'ā [bienaventurados], para hacernos entender que con Él lo somos realmente. Claro, pasamos por pruebas, caemos a menudo, pero no debemos olvidar que, con Jesús, somos bienaventurados. Todo lo que el mundo nos quita no es nada comparado con el amor tierno y paciente con que el Señor cumple sus promesas. Querida hermana, querido hermano: Tal vez miras tus manos y te parecen vacías, quizás la desconfianza se insinúa en tu corazón y no te sientes recompensado por la vida. Si te sientes así, no temas; las bienaventuranzas son para ti, para ti que estás afligido, hambriento y sediento de justicia, perseguido. El Señor te promete que tu nombre está escrito en su corazón, en el cielo. Y hoy le doy gracias con ustedes y por ustedes, porque aquí, donde en tiempos remotos surgió la sabiduría, en los tiempos actuales han aparecido muchos testigos, que las crónicas a menudo pasan por alto, y que sin embargo son preciosos a los ojos de Dios; testigos que, viviendo las bienaventuranzas, ayudan a Dios a cumplir sus promesas de paz.


Domingo, 7 de marzo (Bagdad, Erbil, Mosul, Qaraqosh)

Oración de sufragio por las víctimas de la guerra

Queridos hermanos y hermanas,
queridos amigos:

Agradezco al arzobispo Najeeb Michaeel sus palabras de bienvenida y agradezco especialmente al padre Raid Kallo y al señor Gutayba Aagha sus conmovedores testimonios.

Muchas gracias, padre Raid. Usted nos ha contado acerca del desplazamiento forzoso de muchas familias cristianas que tuvieron que abandonar sus casas. La trágica disminución de los discípulos de Cristo, aquí y en todo Oriente Medio, es un daño incalculable no sólo para las personas y las comunidades afectadas, sino para la misma sociedad que dejan atrás. En efecto, un tejido cultural y religioso tan rico de diversidad se debilita con la pérdida de alguno de sus miembros, aunque sea pequeño. Como en una de vuestras artísticas alfombras, un pequeño hilo salido puede estropearlo todo. Usted, Padre, habló de la experiencia fraterna que vive con los musulmanes, después de haber regresado a Mosul. Usted encontró acogida, respeto y colaboración. Gracias, Padre, por haber compartido estos signos que el Espíritu hace florecer en el desierto y por habernos indicado que es posible esperar en la reconciliación y en una nueva vida.

Señor Aagha, usted nos recordó que la verdadera identidad de esta ciudad es la convivencia armoniosa entre personas de orígenes y culturas diversas. Por eso, acojo con agrado su invitación a la comunidad cristiana a regresar a Mosul y a asumir el papel vital que le es propio en el proceso de sanación y renovación.

Hoy, todos elevamos nuestras voces en oración a Dios omnipotente por todas las víctimas de la guerra y de los conflictos armados. Aquí en Mosul las trágicas consecuencias de la guerra y de la hostilidad son demasiado evidentes. Es cruel que este país, cuna de la civilización, haya sido golpeado por una tempestad tan deshumana, con antiguos lugares de culto destruidos y miles y miles de personas —musulmanes, cristianos, los yazidíes, que han sido aniquilados cruelmente por el terrorismo, y otros— desalojadas por la fuerza o asesinadas.

Hoy, a pesar de todo, reafirmamos nuestra convicción de que la fraternidad es más fuerte que el fratricidio, la esperanza es más fuerte que la muerte, la paz es más fuerte que la guerra. Esta convicción habla con voz más elocuente que la voz del odio y de la violencia; y nunca podrá ser acallada en la sangre derramada por quienes profanan el nombre de Dios recorriendo caminos de destrucción.

***

Dios altísimo, Señor del tiempo y de la historia, tú has creado el mundo por amor y no dejas nunca de derramar tus bendiciones sobre tus criaturas. Tú, más allá del océano del sufrimiento y de la muerte, más allá de las tentaciones de la violencia, de la injusticia y de la ganancia inicua, acompañas a tus hijos y a tus hijas con tierno amor de Padre.

Pero nosotros hombres, desagradecidos de tus dones y absortos en nuestras preocupaciones y ambiciones demasiado terrenas, a menudo hemos olvidado tus designios de paz y de armonía. Nos hemos cerrado en nosotros mismos y en nuestros intereses particulares, e indiferentes a Ti y a los demás, hemos atrancado las puertas a la paz. Así se repitió lo que el profeta Jonás oyó decir de Nínive: la maldad de los hombres subió hasta el cielo (cf. Jon 1,2). No elevamos al cielo manos limpias (cf. 1 Tm 2,8), sino que desde la tierra subió una vez más el grito de sangre inocente (cf. Gn 4,10). Los habitantes de Nínive, en el relato de Jonás, escucharon la voz de tu profeta y encontraron salvación en la conversión. También nosotros, Señor, mientras te confiamos a las numerosas víctimas del odio del hombre contra el hombre, invocamos tu perdón y suplicamos la gracia de la conversión:

Kyrie eleison. Kyrie eleison. Kyrie eleison.

[breve silencio]

Señor Dios nuestro, en esta ciudad dos símbolos dan testimonio del deseo constante de la humanidad de acercarse a Ti: la mezquita Al Nuri con su alminar Al Hadba y la iglesia de Nuestra Señora de la Hora, con un reloj que desde hace más de cien años recuerda a los transeúntes que la vida es breve y el tiempo precioso. Enséñanos a comprender que Tú nos has confiado tu designio de amor, de paz y de reconciliación para que lo llevemos a cabo en el tiempo, en el breve desarrollo de nuestra vida terrena. Haznos comprender que sólo poniéndolo en práctica sin demoras esta ciudad y este país se podrán reconstruir, y se lograría sanar los corazones destrozados de dolor. Ayúdanos a no emplear el tiempo al servicio de nuestros intereses egoístas, personales o de grupo, sino al servicio de tu designio de amor. Y cuando nos desviemos del camino, haz que podamos escuchar las voces de los verdaderos hombres de Dios y recapacitar durante un tiempo, para que la destrucción y la muerte no nos arruinen de nuevo.

Te confiamos a aquellos cuya vida terrena se ha visto abreviada por la mano violenta de sus hermanos, y te suplicamos también por los que han lastimado a sus hermanos y a sus hermanas; que se arrepientan, alcanzados por la fuerza de tu misericordia.

Requiem æternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis.

Requiescant in pace. Amen.

Visita a la comunidad de Qaraqosh

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Agradezco al Señor la oportunidad de estar con ustedes esta mañana. He esperado con impaciencia este momento. Agradezco a Su Beatitud el Patriarca Ignace Youssif Younan su saludo, como también a la señora Doha Sabah Abdallah y al padre Ammar Yako por sus testimonios. Mirándolos, veo la diversidad cultural y religiosa de la gente de Qaraqosh, y esto muestra parte de la belleza que vuestra región ofrece al futuro. Vuestra presencia aquí recuerda que la belleza no es monocromática, sino que resplandece por la variedad y las diferencias.

Al mismo tiempo, con mucha tristeza, miramos a nuestro alrededor y percibimos otros signos, los signos del poder destructivo de la violencia, del odio y de la guerra. Cuántas cosas han sido destruidas. Y cuánto debe ser reconstruido. Nuestro encuentro demuestra que el terrorismo y la muerte nunca tienen la última palabra. La última palabra pertenece a Dios y a su Hijo, vencedor del pecado y de la muerte. Incluso ante la devastación que causa el terrorismo y la guerra podemos ver, con los ojos de la fe, el triunfo de la vida sobre la muerte. Tienen ante ustedes el ejemplo de sus padres y de sus madres en la fe, que adoraron y alabaron a Dios en este lugar. Perseveraron con firme esperanza en su camino terreno, confiando en Dios que nunca defrauda y que siempre nos sostiene con su gracia. La gran herencia espiritual que nos han dejado continúa viviendo en ustedes. Abracen esta herencia. Esta herencia es su fortaleza. Ahora es el momento de reconstruir y volver a empezar, encomendándose a la gracia de Dios, que guía el destino de cada hombre y de todos los pueblos. ¡No están solos! Toda la Iglesia está con ustedes, por medio de la oración y la caridad concreta. Y en esta región muchos les han abierto las puertas en los momentos de necesidad.

Muy queridos: Este es el momento de reconstruir no sólo los edificios, sino ante todo los vínculos que unen comunidades y familias, jóvenes y ancianos. El profeta Joel dice: «Sus hijos e hijas profetizarán; sus ancianos tendrán sueños, y sus jóvenes, visiones» (cf. Jl 3,1). Cuando los ancianos y los jóvenes se encuentran, ¿qué es lo que sucede? Los ancianos sueñan, sueñan un futuro para los jóvenes; y los jóvenes pueden recoger estos sueños y profetizar, llevarlos a cabo. Cuando los ancianos y los jóvenes se unen, preservamos y trasmitimos los dones que Dios da. Miremos a nuestros hijos, sabiendo que heredarán no sólo una tierra, una cultura y una tradición, sino también los frutos vivos de la fe que son las bendiciones de Dios sobre esta tierra. Los animo a no olvidar quiénes son y de dónde vienen, a custodiar los vínculos que los mantienen unidos y a custodiar sus raíces.

Seguramente hay momentos en los que la fe puede vacilar, cuando parece que Dios no ve y no actúa. Esto se confirmó para ustedes durante los días más oscuros de la guerra, y también en estos días de crisis sanitaria global y de gran inseguridad. En estos momentos, acuérdense de que Jesús está a su lado. No dejen de soñar. No se rindan, no pierdan la esperanza. Desde el cielo los santos velan sobre nosotros: invoquémoslos y no nos cansemos de pedir su intercesión. Y están también “los santos de la puerta de al lado”, «aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 7). Esta tierra está llena de ellos, es una tierra de muchos hombres y mujeres santos. Dejen que los acompañen hacia un futuro mejor, un futuro de esperanza.

Algo que dijo la señora Doha me conmovió; dijo que el perdón es necesario para aquellos que sobrevivieron a los ataques terroristas. Perdón: esta es una palabra clave. El perdón es necesario para permanecer en el amor, para permanecer cristianos. El camino hacia una recuperación total podría ser todavía largo pero les pido, por favor, que no se desanimen. Se necesita capacidad de perdonar y, al mismo tiempo, valentía para luchar. Sé que esto es muy difícil. Pero creemos que Dios puede traer la paz a esta tierra. Nosotros confiamos en Él y, junto con todas las personas de buena voluntad, decimos “no” al terrorismo y a la instrumentalización de la religión.

El padre Ammar, recordando los horrores del terrorismo y de la guerra, agradeció al Señor que siempre los haya sostenido, en los tiempos buenos y en los malos, en la salud y en la enfermedad. La gratitud nace y crece cuando recordamos los dones y las promesas de Dios. La memoria del pasado forja el presente y nos hace avanzar hacia el futuro.

En todo momento, demos gracias a Dios por sus dones y pidámosle que conceda paz, perdón y fraternidad a esta tierra y a su gente. No nos cansemos de rezar por la conversión de los corazones y por el triunfo de una cultura de la vida, de la reconciliación y del amor fraterno, que respete las diferencias, las distintas tradiciones religiosas, y que se esfuerce por construir un futuro de unidad y colaboración entre todas las personas de buena voluntad. Un amor fraterno que reconozca «los valores fundamentales de nuestra humanidad común, los valores en virtud de los que podemos y debemos colaborar, construir y dialogar, perdonar y crecer» (Carta enc. Fratelli tutti, 283).

Mientras llegaba con el helicóptero, miré la estatua de la Virgen María colocada sobre esta iglesia de la Inmaculada Concepción, y le confié el renacer de esta ciudad. La Virgen no sólo nos protege desde lo alto, sino que desciende hacia nosotros con ternura maternal. Esta imagen suya incluso ha sido dañada y pisoteada, pero el rostro de la Madre de Dios sigue mirándonos con ternura. Porque así hacen las madres: consuelan, reconfortan, dan vida. Y quisiera agradecer de corazón a todas las madres y las mujeres de este país, mujeres valientes que siguen dando vida, a pesar de los abusos y las heridas. ¡Que las mujeres sean respetadas y defendidas! ¡Que se les brinden cuidados y oportunidades! Y ahora recemos juntos a nuestra Madre, invocando su intercesión por vuestras necesidades y vuestros proyectos. Los pongo a todos bajo su protección. Y les pido, por favor, que no se olviden de rezar por mí.

Santa Misa

San Pablo nos ha recordado que «Cristo es fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Co 1,24). Jesús reveló esta fuerza y esta sabiduría sobre todo con la misericordia y el perdón. No quiso hacerlo con demostraciones de fuerza o imponiendo su voz desde lo alto, ni con largos discursos o exhibiciones de una ciencia incomparable. Lo hizo dando su vida en la cruz. Reveló la sabiduría y la fuerza divina mostrándonos, hasta el final, la fidelidad del amor del Padre; la fidelidad del Dios de la Alianza, que hizo salir a su pueblo de la esclavitud y lo guio por el camino de la libertad (cf. Ex 20,1-2).

Qué fácil es caer en la trampa de pensar que debemos demostrar a los demás que somos fuertes, que somos sabios… En la trampa de fabricarnos falsas imágenes de Dios que nos den seguridad… (cf. Ex 20,4-5). En realidad, es lo contrario, todos necesitamos la fuerza y la sabiduría de Dios revelada por Jesús en la cruz. En el Calvario, Él ofreció al Padre las heridas por las cuales nosotros hemos sido curados (cf. 1 P 2,24). Aquí en Irak, cuántos de vuestros hermanos y hermanas, amigos y conciudadanos llevan las heridas de la guerra y de la violencia, heridas visibles e invisibles. La tentación es responder a estos y a otros hechos dolorosos con una fuerza humana, con una sabiduría humana. En cambio, Jesús nos muestra el camino de Dios, el que Él recorrió y en el que nos llama a seguirlo.

En el Evangelio que acabamos de escuchar (Jn 2,13-25), vemos que Jesús echó del Templo de Jerusalén a los cambistas y a todos aquellos que compraban y vendían. ¿Por qué Jesús hizo ese gesto tan fuerte, tan provocador? Lo hizo porque el Padre lo mandó a purificar el templo, no sólo el templo de piedra, sino sobre todo el de nuestro corazón. Como Jesús no toleró que la casa de su Padre se convirtiera en un mercado (cf. Jn 2,16), del mismo modo desea que nuestro corazón no sea un lugar de agitación, desorden y confusión. El corazón se limpia, se ordena, se purifica. ¿De qué? De las falsedades que lo ensucian, de la doblez de la hipocresía; todos las tenemos. Son enfermedades que lastiman el corazón, que enturbian la vida, la hacen doble. Necesitamos ser limpiados de nuestras falsas seguridades, que regatean la fe en Dios con cosas que pasan, con las conveniencias del momento. Necesitamos eliminar de nuestro corazón y de la Iglesia las nefastas sugestiones del poder y del dinero. Para limpiar el corazón necesitamos ensuciarnos las manos, sentirnos responsables y no quedarnos de brazos cruzados mientras el hermano y la hermana sufren. Pero, ¿cómo purificar el corazón? Solos no somos capaces, necesitamos a Jesús. Él tiene el poder de vencer nuestros males, de curar nuestras enfermedades, de restaurar el templo de nuestro corazón.

Para confirmar esto, como signo de su autoridad dice: «Destruyan este Templo y en tres días lo levantaré de nuevo» (v. 19). Jesucristo, sólo Él, puede purificarnos de las obras del mal, Él que murió y resucitó, Él que es el Señor. Queridos hermanos y hermanas: Dios no nos deja morir en nuestro pecado. Incluso cuando le damos la espalda, no nos abandona a nuestra propia suerte. Nos busca, nos sigue, para llamarnos al arrepentimiento y para purificarnos. «Juro por mi vida —oráculo del Señor Dios— que no me complazco en la muerte del malvado, sino en que se convierta de su mala conducta y viva» (33,11). El Señor quiere que nos salvemos y que seamos templos vivos de su amor, en la fraternidad, en el servicio y en la misericordia.

Jesús no sólo nos purifica de nuestros pecados, sino que nos hace partícipes de su misma fuerza y sabiduría. Nos libera de un modo de entender la fe, la familia, la comunidad que divide, que contrapone, que excluye, para que podamos construir una Iglesia y una sociedad abiertas a todos y solícitas hacia nuestros hermanos y hermanas más necesitados. Y al mismo tiempo nos fortalece, para que sepamos resistir a la tentación de buscar venganza, que nos hunde en una espiral de represalias sin fin. Con la fuerza del Espíritu Santo nos envía, no a hacer proselitismo, sino como sus discípulos misioneros, hombres y mujeres llamados a testimoniar que el Evangelio tiene el poder de cambiar la vida. El Resucitado nos hace instrumentos de la paz de Dios y de su misericordia, artesanos pacientes y valientes de un nuevo orden social. Así, por la potencia de Cristo y de su Espíritu, sucede lo que profetizó el apóstol Pablo a los Corintios: «Lo que parece locura en Dios es más sabio que todo lo humano, y lo que parece debilidad en Dios es más fuerte que todo lo humano» (1 Co 1,25). Comunidades cristianas formadas por gente humilde y sencilla se convierten en signo del Reino que llega, Reino de amor, de justicia y de paz.

«Destruyan este Templo y en tres días lo levantaré de nuevo» (Jn 2,19). Hablaba del templo de su cuerpo y, por tanto, también de su Iglesia. El Señor nos promete que, con la fuerza de su Resurrección, puede hacernos resurgir a nosotros y a nuestras comunidades de los destrozos provocados por la injusticia, la división y el odio. Es la promesa que celebramos en esta Eucaristía. Con los ojos de la fe, reconocemos la presencia del Señor crucificado y resucitado en medio de nosotros, aprendemos a acoger su sabiduría liberadora, a descansar en sus llagas y a encontrar sanación y fuerza para servir a su Reino que viene a nuestro mundo. Por sus llagas hemos sido curados (cf. 1 P 2,24); en sus heridas, queridos hermanos y hermanas, encontramos el bálsamo de su amor misericordioso; porque Él, Buen Samaritano de la humanidad, desea ungir cada herida, curar cada recuerdo doloroso e inspirar un futuro de paz y de fraternidad en esta tierra.

La Iglesia en Irak, con la gracia de Dios, hizo y está haciendo mucho por anunciar esta maravillosa sabiduría de la cruz propagando la misericordia y el perdón de Cristo, especialmente a los más necesitados. También en medio de una gran pobreza y dificultad, muchos de ustedes han ofrecido generosamente una ayuda concreta y solidaridad a los pobres y a los que sufren. Este es uno de los motivos que me han impulsado a venir como peregrino entre ustedes, a agradecerles y confirmarlos en la fe y en el testimonio. Hoy, puedo ver y sentir que la Iglesia de Irak está viva, que Cristo vive y actúa en este pueblo suyo, santo y fiel.

Queridos hermanos y hermanas: Los encomiendo a ustedes, a sus familias y a sus comunidades, a la materna protección de la Virgen María, que fue asociada a la pasión y a la muerte de su Hijo y participó en la alegría de su resurrección. Que Ella interceda por nosotros y nos lleve a Él, fuerza y sabiduría de Dios.


Saludo al final de la Santa Misa

Saludo con afecto a Su Santidad Mar Gewargis III, Catholicós-Patriarca de la Iglesia Asiria de Oriente, que reside en esta ciudad y que nos honra con su presencia. Gracias, gracias, querido hermano. Junto a él abrazo a los cristianos de las distintas confesiones, muchos de los cuales aquí han derramado su sangre sobre el mismo suelo. Pero nuestros mártires resplandecen juntos, estrellas en el mismo cielo. Desde allí arriba nos piden caminar juntos, sin vacilar, hacia la plenitud de la unidad.

Al final de esta Celebración, agradezco al arzobispo Mons. Bashar Matti Warda, como también a Mons. Nizar Semaan y mis otros hermanos obispos, que han trabajado tanto por este viaje. Les agradezco a todos ustedes que lo han preparado y acompañado con la oración y me han acogido con afecto. Saludo en particular al querido pueblo kurdo. Expreso mi profunda gratitud al Gobierno y a las autoridades civiles por su indispensable contribución; agradezco a todos los que, de diversas maneras, han colaborado en la organización de todo el viaje, las autoridades iraquíes —todas— y a los numerosos voluntarios. Gracias a todos.

En estos días vividos junto a ustedes, he escuchado voces de dolor y de angustia, pero también voces de esperanza y de consuelo. Y esto es mérito, en gran medida, de esa incansable obra de bien que ha sido posible gracias a las instituciones de cada confesión religiosa, gracias a sus Iglesias locales y a las distintas organizaciones caritativas, que asisten a la gente de este país en la obra de reconstrucción y recuperación social. De modo particular, agradezco a los miembros de la ROACO y a los organismos que ellos representan.

Ahora, se acerca el momento de regresar a Roma. Pero Irak permanecerá siempre conmigo, en mi corazón. Les pido a todos ustedes, queridos hermanos y hermanas, que trabajen juntos en unidad por un futuro de paz y prosperidad que no discrimine ni deje atrás a nadie. Les aseguro mi oración por este amado país. Rezo, de manera especial, para que los miembros de las distintas comunidades religiosas, junto con todos los hombres y las mujeres de buena voluntad, cooperen para estrechar lazos de fraternidad y solidaridad al servicio del bien y de la paz. Salam, salam, salam. Shukrán! [Gracias] Que Dios bendiga a todos. Que Dios bendiga a Irak. Allah ma’akum! [Que Dios esté con ustedes].

 

El camino para encontrar a Dios en el trabajo

“Al principio no encontraba a Dios en mi trabajo”, cuenta Autimio. Este dentista brasileño cuenta que, gracias a san Josemaría, descubrió el secreto del trabajo bien hecho: buscar el amor a Dios y a los demás cuidando los pequeños detalles.

Curso sobre San José (II): San José, Esposo de María

Feb 26, 2021 | Audios

 

CURSO SOBRE San José (II). San José, esposo de María. Real Oratorio del Caballero de Gracia. Por D. Juan Moya, rector..

 

En donde se oculta Dios

En la discreción y en el silencio de los sacramentos nos espera Jesús para que le abramos libremente nuestra alma.

OTROS

Hay un gran revuelo en el Monte de los Olivos. A empujones han llevado hasta allí a una mujer que había sido sorprendida con un hombre que no era su marido. Es fácil imaginar el dolor de Jesús pensando en el sufrimiento de esa pobre mujer y en la ceguera de esos hombres: ¡Qué poco conocen a su Padre Dios! En realidad la arrastran hasta allí para tender a Jesús una emboscada: «Moisés en la Ley nos mandó lapidar a mujeres así; ¿tú qué dices?» (Jn 8,5). En el fondo no les interesa la respuesta; aquellos hombres, utilizando las leyes de Dios, quieren una justificación a su personal sentencia ya dictada. Por eso no serán capaces de entender el primer gesto lleno de elocuencia que el Señor les ofrece: «Jesús, se agachó y se puso a escribir con el dedo en la tierra» (Jn 8,6). Después se incorpora y, con claridad, les dice: «El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero» (Jn 8,7). Y, al final, vuelve a inclinarse y a escribir en el polvo que estaba bajo sus pies.

 

Discretas acciones y gestos

En este pasaje vemos que Jesús, aunque se pone de pie para hablar públicamente, cuando desea escribir algo que responda personalmente a la vida de aquella mujer lo hace inclinado en el suelo. Esa suele ser la forma mediante la cual se comunica con nosotros: agachado, escondido, como ocultando su divinidad en discretas acciones y pequeños gestos. A veces nos cuesta valorar lo que está escrito en la tierra; en numerosas ocasiones no somos capaces de reconocerle ahí. Aquello pasa tan desapercibido que el evangelista no nos ha contado ni siquiera lo que Jesús escribió. El Hijo de Dios aparece en la escena –de la misma manera como lo hace también en nuestra vida– pero no quiere imponer su presencia, ni su opinión, ni siquiera quiere especificar de manera indudable una correcta interpretación de la ley de Moisés, tal como se lo pedían. Jesús «no cambió la historia constriñendo a alguien o a fuerza de palabras, sino con el don de su vida. No esperó a que fuéramos buenos para amarnos, sino que se dio a nosotros gratuitamente. Y la santidad no es sino custodiar esta gratuidad»[1].

Quizá muchas veces nos hemos preguntado por qué Dios no se manifiesta más claramente, por qué no habla más alto. A lo mejor incluso hemos querido rebelarnos ante esta forma suya de ser e ingenuamente hemos buscado corregirla. Benedicto XVI nos prevenía ante aquella tentación, haciéndonos ver que se repite constantemente a lo largo de la historia: «Cansado de un camino con un Dios invisible, ahora que Moisés, el mediador, ha desaparecido, el pueblo pide una presencia tangible, palpable, del Señor, y encuentra en el becerro de metal fundido hecho por Aarón, un dios que se hace accesible, manipulable, a la mano del hombre. Esta es una tentación constante en el camino de la fe: eludir el misterio divino construyendo un dios comprensible, que corresponda a los propios esquemas, a los propios proyectos»[2].

Deseamos no sucumbir a esa tentación. Nos gustaría maravillarnos y adorar al Dios escondido en las situaciones que vivimos cada día, en las personas que nos rodean, en los sacramentos a los que acudimos con frecuencia como la confesión y la santa Misa. Queremos encontrar a Jesús en esta tierra nuestra donde escribe, con su propia mano, palabras de cariño y esperanza. Por eso le pedimos comprender sus razones para actuar de esa forma, le rogamos tener la sabiduría para valorar el misterio de ese respeto exquisito de nuestra libertad. En la escena evangélica vemos que Jesús no se enfada ni con la mujer que había pecado ni con los acusadores que le tendieron una trampa. Se pone en medio de ambos y toma consigo las piedras, los gritos, la condena. Nos puede venir a la mente lo que narra el libro de los Reyes cuando nos dice que Dios no está en el viento fuerte que parte las rocas, ni en el terremoto, ni en el fuego; Dios es un susurro de brisa suave. Ahí lo encontró Elías y ahí queremos descubrirlo nosotros (cfr. 1 R 19,11-13).

 

Cuando parece demasiado vulnerable

Puede suceder que esta forma de ser de Dios nos inquiete. Podemos pensar que ese silencio hace muy fácil que sus derechos sean pisoteados, nos puede venir la idea de que ese mecanismo resulta demasiado arriesgado, que lo hace demasiado vulnerable. Efectivamente, Dios nos ha dado un grado tan alto de libertad que podemos realmente escoger nuestros caminos, tan distintos unos de otros, usando la voluntad auxiliada por su gracia. Pero si podemos alguna vez ofender a Dios no es porque él sea demasiado susceptible. Al contrario, es muy confiado, muy libre en las relaciones que establece con nosotros. Puede parecer fácil pasar por encima del amor que en realidad merece, pero eso sucede porque ha querido poner su corazón en el suelo para que nosotros pisemos blando. El Señor no sufre ni se siente ofendido por lo que eso supone para sí, sino por el daño que nos hace a nosotros mismos. A las mujeres que lloraban camino al Calvario, Jesús les advierte: «No lloréis por mí, llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos» (Lc 23,28.31).

Sin embargo, lo más sorprendente es que el Señor no se queja, no se enfada, no se cansa. Incluso, si alguna vez le hemos dejado poco espacio en nuestro corazón, no se aleja dando un portazo. Dios siempre se queda cerca, sin hacer ruido, como oculto en los sacramentos, con la esperanza de que volvamos a permitirle hospedarse plenamente en nuestra alma cuanto antes.

Es verdad que, como Jesús nos ofrece una y otra vez su amor, pueden ser muchas las veces en que le fallamos. Pero a él no le preocupa lo inmensa que sea la llaga de su corazón si eso la convierte en la puerta para que entremos y descansemos en su amor. Dios no es ingenuo y, por eso, nos ha dicho que lo hace de mil amores: «Mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,30). A los hombres, sin embargo, tanta bondad nos puede sobrepasar y podemos, incluso inconscientemente, reaccionar con cierto descreimiento. Podemos no llegar a comprender la verdadera magnitud de ese regalo. En palabras de san Josemaría, puede suceder que los hombres «rompen el yugo suave, arrojan de sí su carga, maravillosa carga de santidad y de justicia, de gracia, de amor y de paz. Rabian ante el amor, se ríen de la bondad inerme de un Dios que renuncia al uso de sus legiones de ángeles para defenderse»[3].

 

La cercanía de la confesión

Volviendo a la escena del Monte de los Olivos, en donde habían tendido una trampa a Jesús, podemos ver que aunque aquella mujer no se había respetado a sí misma, sus acusadores no han sido capaces de reconocer en ella a una hija de Dios. Pero Cristo la mira de otra forma. ¡Qué diferencia entre la mirada de Jesús y la nuestra! «A mí, a ti, a cada uno de nosotros, Él nos dice hoy: “Te amo y siempre te amaré, eres precioso a mis ojos”»[4]. Santa Teresa de Jesús, de alguna manera, experimentó esa mirada divina con frecuencia: «Considero yo muchas veces, Cristo mío, cuán sabrosos y cuán deleitosos se muestran vuestros ojos a quien os ama, y Vos, bien mío, queréis mirar con amor. Paréceme que una sola vez de este mirar tan suave a las almas que tenéis por vuestras, basta por premio de muchos años de servicio»[5]. La mirada de Cristo no es candorosa sino profunda y, por eso mismo, comprensiva, llena de futuro. «Oye cómo fuiste amado cuando no eras amable; oye cómo fuiste amado cuando eras torpe y feo; antes, en fin, de que hubiera en ti cosa digna de amor. Fuiste amado primero para que te hicieras digno de ser amado»[6].

En el sacramento de la confesión comprobamos que a Jesús le basta el arrepentimiento para creer firmemente que le amamos. Le bastó el de Pedro y le basta el nuestro: «Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero» (Jn 21,17). Al acercarnos al confesionario, en aquellas palabras y gestos que dan forma al sacramento, estamos diciendo a Jesús: «Te he ofendido de nuevo, he vuelto a buscar la felicidad fuera de ti, he despreciado tu cariño, pero Señor, sabes que te quiero». Entonces escuchamos nítidamente, como lo hizo aquella mujer: «Tampoco yo te condeno» (Jn 8,11). Y nos llenamos de paz. Si a veces podemos pensar que Dios ha tomado pocas precauciones para no ser ofendido por nosotros, todavía más fácil nos lo ha puesto para ser perdonados por él. Un padre de la Iglesia pone estas palabras en los labios de Jesús: «Esta cruz no es mi aguijón, sino el aguijón de la muerte. Estos clavos no me infligen dolor, lo que hacen es acrecentar en mí el amor por vosotros. Estas llagas no provocan mis gemidos, lo que hacen es introduciros más en mis entrañas. Mi cuerpo al ser extendido en la cruz os acoge con un seno más dilatado pero no aumenta mi sufrimiento. Mi sangre no es para mí una pérdida, sino el pago de vuestro precio»[7].

Por todo esto, deseamos ser muy finos con esta delicadeza con la que nos trata Dios. Nos preocupa la mera posibilidad de abusar de tanta confianza. No nos gusta rebajar lo sagrado, transformarlo tan solo en una rutina para cumplir cada cierto tiempo. El sacramento de la confesión ha sido ganado con la sangre de Jesús y no queremos dejar de agradecerla, también con los hechos. Queremos escuchar siempre ese perdón divino, por lo que se nos hace fácil remover cualquier obstáculo para sabernos otra vez mirados y empujados hacia el futuro por Dios.

La Misa de Jesús es nuestra Misa

Santo Tomás de Aquino explica el valor que tiene la salvación obrada por Jesús en el Calvario: «Cristo, al padecer por caridad y por obediencia, presentó a Dios una ofrenda mayor que la exigida como recompensa por todas las ofensas del género humano»[8]. Y esa misma ofrenda sanadora la podemos ofrecer como si fuera nuestra propia ofrenda; Cristo nos la regala cada día en la celebración de la Eucaristía. Por eso a san Josemaría le gustaba decir que es «"nuestra" Misa»[9], de cada uno de nosotros y de Jesús. ¡Qué fácil es, si queremos, ser corredentores! ¡Qué fácil es cambiar el curso de la historia junto a él!

San Agustín, al contemplar la escena del evangelio que hemos meditado, notaba que «sólo dos se quedan allí: la miserable y la Misericordia. Cuando se marcharon todos y quedó sola la mujer, levantó los ojos y los fijó en ella. Ya hemos oído la voz de la justicia; oigamos ahora también la voz de la mansedumbre»[10]. Qué suavidad la de Jesús para invitarla a la santidad. Ya no va a estar sola en su lucha. Sabrá siempre que la mirada de Jesús la acompaña. Una vez que hemos gustado esa suavidad no queremos vivir de otra forma: «Te he paladeado y me muero de hambre y de sed»[11]. Qué natural es entonces tratar con esa suavidad y respeto a Jesús presente en la Eucaristía. No supone distancia, ni es mera educación o cortesía protocolaria; es cariño verdadero, hecho de libertad y de admiración. Hasta en la manera de acercarnos a comulgar, en el silencio ante el Sagrario o en las genuflexiones pausadas descubrimos una oportunidad de corresponder a tanto amor derramado por cada uno. No son más que muestras de la pureza interior que deseamos y que tantas veces habremos pedido a la Virgen rezando la comunión espiritual.

En la santa Misa comprobamos de manera especial que «cuando Él pide algo, en realidad está ofreciendo un don. No somos nosotros quienes le hacemos un favor: es Dios quien ilumina nuestra vida, llenándola de sentido»[12]. ¡Cuántas gracias nos gustaría darle a Dios por hacer tan asequible la santidad! Así es fácil vernos, como aquella mujer, lanzados hacia la esperanza por Jesús: «Vete y a partir de ahora no peques más» (Jn 8,11). Esa es la mejor noticia posible. Jesús la ha convencido de que el pecado no es inevitable, no es su destino, no es la última palabra. Hay una luz fuera del túnel que, en nuestro caso, llega vigorosamente a través de los sacramentos. Ya nadie la condena, ¿por qué habría de condenarse ella a sí misma? Ahora sabe que, fortalecida por Jesús, puede volver, hacer feliz a su marido, ser ella misma muy feliz.

Diego Zalbidea


[1] Francisco, Homilía en la Misa de Nochebuena 24-XII-2019.

[2] Benedicto XVI, Audiencia 1-VI-2011.

[3] San Josemaría,Es Cristo que pasa, n. 185.

[4] Francisco, Homilía en la Misa de Nochebuena 24-XII-2019.

[5] Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, 14.

[6] San Agustín, Sermón 142.

[7] San Pedro Crisólogo, Sermón 108: PL 52, 499-500.

[8] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 48, a. 2, co.

[9] San Josemaría, Camino, n. 533.

[10] San Agustín, Tratado sobre el evangelio de San Juan, 33, 5-6.

[11]San Agustín, Confesiones, X, 38.

[12] Fernando Ocáriz, Luz para ver y fuerza para querer, ABC, 18-IX-2018.

Estrés y protesta.

Se define el estrés como la reacción fisiológica del organismo en que entran en juego diversos mecanismos de defensa para afrontar una situación que se percibe como amenazante o de demanda incrementada.

Es una respuesta natural, necesaria para la supervivencia. La exposición a situaciones de estrés no conlleva efectos necesariamente negativos.

Solo cuando la respuesta es excesivamente intensa, frecuente y duradera pueden producirse trastornos en el organismo. Tal exceso puede provocar trastornos coronarios, respiratorios, inmunológicos, sexuales, endocrinos, metabólicos, gastrointestinales, dermatológicos, sensoriales, musculares, etc.

Los factores que facilitan el estrés pueden ser externos, tales como problemas económicos, familiares, laborales, pérdida de un ser querido, una enfermedad, etc. Y pueden ser  internos, como un dolor emotivo intenso, sentimientos de inferioridad, sentimientos de culpa, fracasos,  temores, miedos, etc.

Son reacciones relacionadas con el estrés las “pataletas” de los niños, las protestas violentas de algunos adolescentes, la negativa de algún anciano a tomar medicinas, las situaciones de ofuscamiento y “cabezonería”, el querer quedar bien a toda costa, etc., etc.

Es normal la reacción general del organismo ante una noxa que le agrede. La fiebre en numerosos casos puede ser una manifestación corporal ante la agresión: por eso, la fiebre es signo y síntoma,  no es en sí una enfermedad.

Se habla de tres fases sucesivas de adaptación del organismo, descritas por Hans Selye en 1936, a las que llamó síndrome general de adaptación:

Fase de reacción de alarma: Ante un estímulo estresante, el organismo reacciona automáticamente preparándose para la respuesta, tanto para luchar como para escapar del estímulo. Se dan, entre otros, síntomas tales como sudoración, sequedad de boca, taquicardia, pupilas dilatadas, aumento de frecuencia respiratoria, aumento de la tensión arterial, tensión muscular, etc. Es una fase de corta duración.

Fase de resistencia: Aparece cuando el organismo no tiene tiempo de recuperarse y continúa reaccionando para hacer frente a la situación.

Fase de agotamiento: Como la energía de adaptación es limitada, si el estrés continúa o adquiere más intensidad, el organismo puede entrar en una fase de agotamiento, con las consiguientes alteraciones psicosomáticas.

Hay que tener en cuenta que no es lo mismo estrés que ansiedad. Son términos que frecuentemente se confunden. La ansiedad es una situación más psicológica que propiamente orgánica.

Otro tipo de reacción, de otra categoría, es la de tipo social, como puede ser una protesta colectiva, una manifestación, en que el tejido social (o al menos una buena parte de él), se queja de injusticias, arbitrariedades, carencias, etc.

El propósito de la manifestación es mostrar que una parte significativa de la población está a favor o en contra de una determinada política, persona, ley, etc. Por eso, suele ser considerado mayor su éxito cuanta más gente participa en ella. 

Son célebres las protestas de los años 60 del pasado siglo, coincidentes con la caída del comunismo en los países del este europeo. Era la época de los Beatles, de las algaradas estudiantiles, de la invasión de Europa por las drogas, del debilitamiento de los regímenes totalitarios, del relativismo como filosofía y forma de vida, relativismo que de alguna forma persiste en el alma social de la Europa del siglo XXI Benedicto XVI, consciente del problema, alertó en su día sobre la peligrosidad de esta actitud.

Consecuencia del relativismo es confundir el bien con el mal.

 

 

Sin laberintos

8 de marzo, Día de la Mujer

 

Guardianas de la vida, parimos cada hijo,

esforzadas  tenaces, sin hesitar siquiera.

Bajo el gélido invierno o tibia primavera,

¡al regazo materno nadie lo contradijo!

 

A la par, cuidadoras del fuego nos volvimos,

las llamas fueron núcleo del hogar amoroso,

del tosco apareamiento surgió tierno, precioso,

el  gentil galanteo que  al final conseguimos.

 

Es tiempo de otro cambio, más amplio, más maduro,

donde  ambos, a la par, humanos y  distintos,

¡configuremos juntos  un mundo más seguro!

 

El pasado remoto aún grita sus instintos,

El presente se alza y lo tilda de oscuro

¡Quiere igualdad a pleno sin torpes laberintos!

 

 

Irene Mercedes Aguirre, Buenos Aires, Argentina

 

 

8-M. El feminismo no es otra cosa que la decadencia de la mujer

El primer país de Europa donde se aplicaron leyes tan transversales como el homonomio, el divorcio exprés y el debate de la identidad de género… fue España.

Humberto Pérez-Tomé 

Libros recomendados

Otra de las engañifas más habituales que nos quieren hacer creer, es que la evolución de la sociedad es la consecuencia, el efecto natural, de la evolución del pensamiento del ser humano. ¿Es por esto que hoy somos capaces de pensar en términos homosexualistas y hace veinte años nadie lo haría…? Quiero decir, que nadie se plantearía una sociedad cuyos principios son no binarios o si acaso sería una opción posible gracias a que nuestra capacidad de absorber circunstancias, que gracias a nuestra evolución -inteligente, avanzada e intrascendente- nos conduce hacia una diversidad de la humanidad misma.

Nada más falso, claro. La sociedad se rige por impulsos ideológicos que generan nuevas filosofías de pensamiento y por lo tanto surgen nuevas preguntas, muchas veces sin respuesta, que con las leyes, en un consenso que en muchas ocasiones están lejos de la verdad, pretenden aplicar a los ciudadanos. Sucede que como algunas son inexplicables se imponen legislativamente de forma que se termina creando la norma social, porque al ser legal es obligatorio, prohibido o admisible, y por lo tanto irrefutable.

La ideología de género es el ejemplo más brutal y violento de lo que nos está sucediendo. Una ideología aparentemente no violenta porque no hay derramamiento de sangre y que sin embargo subyuga la conciencia de muchos y la libertad de todos. La ideología de género es un artificio de pensamiento que sin el apoyo legislativo, propagandístico y educativo sería a todas luces imposible de sostener, porque es tan contrario al ser humano que nadie podría admitirlo por justicia social -como el marxismo-, o por ambición -como el capitalismo-.

Y curiosamente, para evitar ese rechazo intelectual de la sociedad, surge como un dramático giro del marxismo, propiciado por la lucha de sexos a cambio de la lucha de clases. Y son las fuerzas neoliberales imperantes sus promotoras. Todo es un gran proyecto neomalthusiano cuyo objetivo es la contención de la demografía universal con el apoyo cómplice de la Organización de las Naciones Unidas, una institución internacional sin poder legislativo pero a la que se le ha proporcionado una de las palancas más impositivas que jamás nada ni nadie ha tenido en la historia de la humanidad. Una institución que se empeña en hacer listas negras de quien disienta de la ideología de género… ¿Dónde se ha visto una cosa así?

Todo es un gran proyecto neomalthusiano cuyo objetivo es la contención de la demografía universal con el apoyo cómplice de la Organización de los Naciones Unidas, una institución internacional sin poder legislativo pero a la que se le ha proporcionado una de las palancas más impositivas que jamás nada ni nadie ha tenido en la historia de la humanidad

Es de espíritu malthusiano porque el Nuevo Orden Mundial lo es, ya que al final consiste en una sociedad reducida, proletarizada y sujeta a las necesidades que dicta un poder único, indiscutible e irrebatible. Cuenta por esto con una gran maquinaria internacional que sostiene la ONU para implantarse en el mundo entero a través de presidentes vendidos al poder político globalista, sin proyecto propio, y que sigan los dictados de los que les han proporcionado el cargo. España, como tantos otros países de Europa -cuna del cristianismo- e Iberoamérica -expansión universal de la hispanidad-, es un ejemplo de saturación en ideología de género. El primer país de Europa donde se aplicaron leyes tan transversales como el homonomio, el divorcio exprés y el debate de la identidad de género… ¡por ejemplo! Fue España. Y todo porque nuestro país es precisamente es la charnela entre el continente europeo y el americano, lugar de raíces culturales más que evidentes

El pacífico cosmo proyecto de la ideología de género se sostiene con herramientas brutales, tales como el ataque a la persona con la imposición del aborto y la eutanasiadestruir la familia con el divorcio y la creación del matrimonio homosexual; la decadencia de la mujer con el feminismo radical; y la creación de derechos inocuos que rompen la armonía de la sociedad y corrompen la moral. Derechos y más derechos contra las obligaciones reales que nos hacen responsables ante nosotros mismos y la sociedad. Los derechos reproductivos, la diversidad sexual por identidad de género, el igualitarismo desigual en leyes donde se vierte la carga de la prueba con el objetivo de destruir al varón, el feminismo qeer que nos llega, con lo que la sociedad en bloque se distancia -aún más- del feminismo de equidad… Porque el feminismo no es ya un derecho reivindicativo de las mujeres, hoy es un proyecto estructurado y planificado gracias a la masificación de las mujeres de principios excluyentes.

El pacífico cosmo proyecto de la ideología de género se sostiene con herramientas brutales, tales como el ataque a la persona con la imposición del aborto y la eutanasia; destruir la familia con el divorcio y la creación del matrimonio homosexual; la decadencia de la mujer con el feminismo radical; y la creación de derechos inocuos que rompen la armonía de la sociedad y corrompen la moral

Ya lo he escrito otras veces, pero en esto hay que repetirlo: la única que puede parar o ser refugio de las conciencias libres, no alienadas o disidentes (llámelo como quiera) es la Iglesia, siempre y cuando no admitan las referencias ideológicas y forme bien a sus sacerdotes en la santidad con la que desempeñen su trabajo pastoral. Quizá por esta razón quieren deshacerse de ella en los plenos de la ONU, con la falaz excusa de que ahora no quieren considerarlo un país, aunque haya sido uno de las fundadoras de esta institución, nacida para dar luz, hoy en el poder de las tinieblas.

De cara al 8-M, y para que conste de que no se trata de una fecha monopolizada ideológicamente por una facción de la sociedad, quiero hacer un pequeño tributo a las muchas mujeres -cada vez más- que no comparten los dictados contemporáneos de lo que dicen que es ser mujer como persona, en su vida social o en sus relaciones con hombres y otras mujeres. Con este motivo he realizado una selección de autoras que valientemente han expuesto sus puntos de vista contradiciendo las modas ideológicas impositivas.

Feminismo sin complejos (Sekotia) de Alicia Rubio. Quizá el ensayo más avanzado sobre el feminismo actual donde la autora, una verdadera experta en la lucha, vuelve a la carga contra el feminismo radical y disolvente, como es la actualidad que pretenden imponer. Un libro que no se queda en la teoría, sino que avanza de forma valerosa y clarividente sobre qué es hoy el feminismo y hacía dónde nos lleva en un futuro próximo… Y para los que no comprendan lo de “futuro próximo” lo aclaro, se trata de nuestros hijos… ¡Ahí lo dejo!

Alteridad sexual (Palabra) de María Calvo Charro. Un ensayo muy divulgativo donde la autora hace un importante reflejo del invento de las tendencias ideológicas que pretenden explicarnos las identidades sexuales como un mero hecho accidental frente a las evidencias biológicas que miles de años de seres binarios (humanidad y otras especies) viene demostrando como una realidad, entre otras cosas, aunque sea sólo por la continuidad de la especie, que en estos tiempos ya es decir.

Del sexo al género (Eunsa) de Mª Isabel Llanes Bermejo. Las políticas de igualdad de género traspasan en muchos aspectos la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres para realizar una nueva y gran revolución social. Aparentemente pacífico y progresista, oculta consecuencias destructivas al tratar a las relaciones humanas y de forma desabrida para querer tener razón en sus teorías.

Otro 8M

En este nuevo Día Internacional de la Mujer de 2021, os propongo esta acertada reflexión:

«Ellas también son mujeres»

Amanece y regresan al convento, tras pasar la noche en vela junto a una anciana enferma, dos hermanas de la Cruz. Nacieron mujeres y renunciaron a la maternidad para ser madres de muchos desfavorecidos. Ayudan sin importarles a quién,  aun a sabiendas de ser muchas veces engañadas por gente que se aprovecha de su buena voluntad.  No reclaman ni enarbolan sus derechos,  pero luchan y trabajan por los de los demás, sin buscar culpables, para defenderlos. No tienen un trabajo remunerado, ni sindicatos que las defiendan, ni exigen nada a cambio, pero trabajan sin descanso día y noche, privándose de  horas de sueño para que descansen otras personas. Recogen las zurrapas  del café que otros tiramos y con ellas hacen el suyo, dejando los granos recién molidos para las ancianas que cuidan con esmero y que muchos abandonamos y olvidamos. Defienden la vida ayudando a jóvenes que, huyendo de una sociedad que les aconseja abortar, buscan refugio en ellas para darles una oportunidad a los seres indefensos que crecen inocentes en sus vientres.  Regalan oportunidades a muchas parejas de jóvenes a los que otros insensatos inoculan la falacia de  que el aborto es un derecho de las madres y la solución a sus embarazos indeseados, cuando ese ser que se abre camino  en sus entrañas afecta a la vida de tres. 

Mujeres que acogen a familias rotas por la violencia cruel y sin sentido de algunos que se creen hombres pero que, haciendo daño a mujeres indefensas, demuestran su pura cobardía olvidándose de que también nacieron de mujer. Mujeres que auxilian a enfermos en sus casas, a familias sin recursos, a madres solteras, a viudas, a huérfanos, a ex presidiarios, a proscritos… Que irradian amor y rezuman esperanza que entregan generosas a tantas ancianos que otros pretenden ayudar acortando sus “inútiles” días con la muerte inducida a la que llaman eutanasia. Que renuncian a todo lo que no sea esencial para vivir, pero viven una vida plena porque solo Dios les basta para ser libres y felices en esta vida y alcanzar el gozo eterno en la otra.

Son mujeres, solo mujeres y nada más que mujeres…

Pero sobre todo rezan, rezan sin descanso para que Dios escuche sus plegarias y alivie las penas de la humanidad y de todas las almas perdidas que no encuentran otros hombros donde llorar sus penas.

Son mujeres, solo mujeres y nada más que mujeres…… Mujeres que reúnen el coraje y la fuerza interior necesarias para, libremente, regalar la verdadera libertad a tantos desfavorecidos y desheredados de una sociedad que les marca, interesadamente, su destino. Que dejan en sus celdas sus debilidades humanas para, con la ayuda de Dios, repartir fortaleza a los que ya no la tienen. Mujeres que no juzgan, ni critican, ni rechazan las peticiones de ningún necesitado. Que solo ayudan en nombre de Dios a todo aquel que llame a sus puertas y que aceptan para los necesitados cuantos donativos les lluevan del cielo. Piden para dar y lo agradecen con una sonrisa y con un  amoroso “que Dios se lo pague” que resuena imponente en el alma de todo aquel que puede desprenderse de unas monedas.

Hoy, cercano el Día Internacional de la Mujer, me he acordado de ellas, de esas Hermanas de la Cruz y de tantas y tantas siervas de Dios que trabajan sin descanso en todo el orbe conocido en favor de los demás. De esas madres sin hijos que han reservado ese instinto maternal para amar a tantos descarriados y desfavorecidos que comparten la vida con nosotros.

Por ellas brindo y por todas las mujeres que hacen este mundo más grande y más justo: trabajadoras, servidoras públicas, directivas, científicas, artistas, maestras, voluntarias, sanitarias, madres y defensoras en general de una sociedad más próspera y solidaria. Brindo por ellas, que no necesitan gritar, ni provocar, ni manifestarse con tambores y panderetas de estupidez para que la sociedad aprecie lo que vale la mujer. Que, en silencio y con constancia, luchan por una igualdad que se han ganado a pulso y para que, rendidos ante su grandeza, entendamos todos por qué nacemos de mujer. Una sociedad que no se sostendría sin el valor de esos seres premiados por la naturaleza a las que Dios ha encomendado la sublime tarea de dar vida, de protegerla y de perpetuarla. 

Por todas vosotras.

Paco Zurita, marzo 2021

Primeros auxilios para un corazón atormentado

Silvia del Valle Márquez

La situación actual nos ha mostrado la fragilidad humana y ha puesto de manifiesto los recuerdos, las heridas de hechos pasados realizados por nosotros u otros.

Últimamente, nos encontramos con situaciones muy complicadas en cuanto al estado de ánimo y la salud emocional de las personas que nos rodean y de los que tenemos en nuestro cuidado.

La situación actual nos ha mostrado la fragilidad humana y por lo mismo ha puesto de manifiesto los recuerdos, las heridas de hechos pasados realizados por nosotros o que otros nos los han hecho.

También nos ha hecho conciencia de que hay agentes externos, como ideologías, espiritualidades falsas, actos negativos que nos duelen y que nos generan un tormento espiritual y que le abren la puerta a la acción del enemigo (demonio) en nuestra vida.

Es por esto que nosotros como papás tenemos una gran labor, pues debemos estar al pendiente de nuestros hijos, de su salud integral.

Pero… ¿Cómo lo podemos lograr, si es una labor titánica?

Pues, la mejor forma es estar atentos de nuestros hijos y con una muy buena comunicación, por eso hoy te dejo mis 5 Tips para dar los primeros auxilios a nuestros hijos cuando tienen el corazón atormentado.

PRIMERO. Mantén la calma.
Es necesario hacer acopio de paciencia, es virtud para tener todo bajo control, empezando por nosotros mismos.

Si mamá está en control, la familia está bajo control, pero si mamá está angustiada, desesperada, deprimida; la familia completa lo estará, por eso es de vital importancia mantener la calma y ser objetivas.

De ser necesario, hay que respirar profundo, hacer una pausa y tomar fuerzas para tener la mente fría y poder ayudar a nuestros hijos de la mejor manera.

Una forma eficaz es pedir ayuda a quien todo lo puede, la oración edifica y nos centra. Cuando soy débil, entonces soy fuerte; pues me sostiene la gracia de Dios.

SEGUNDO. Revisa los signos vitales.
Así como cuando tenemos una herida profunda, debemos dar los primeros auxilios y observar lo que sucede; también en la parte espiritual y emocional hay que revisar los signos vitales que son:

La mirada. Cuando la mirada cambia, se vuelve apagada, sombría o llena de ira; es seguro que nuestros hijos están siendo atormentados y necesitan nuestra ayuda. La mirada es la ventana del alma.

Incomunicación. Comúnmente, tienen actitudes de evasión, de negación o de ensimismarse y no quieren convivir o compartir con la familia. Esto puede ser un signo de alerta.

Cambios súbitos de conducta. Se dan por la lucha interna que, sin darse cuenta, están viviendo; por eso, a veces pasa que están bromeando y sin razón aparente, se enojan por detalles insignificantes y hasta llegan a las groserías o a la rebeldía y tienen desplantes.

Aislamiento. Es uno de los síntomas más claros y contundentes de este grave tormento ya que con frecuencia caen en depresión o tienen sentimientos de culpa que quisieran ocultar a los demás, sin darse cuenta, que al aislarse se acrecienta el problema, pues dan oportunidad a la mente a volar y a la imaginación a magnificar las cosas.

Si estamos atentos a estos síntomas podemos atender con prontitud las necesidades de nuestros hijos.

TERCERO. Discierne las prioridades.
Una vez que tenemos claro donde estamos parados, podemos ver qué es lo más urgente de atender.

Así que, hagamos una lista de las situaciones o problemas y luego tratemos de dar solución a cada una, con acciones concretas, que sean posibles y viables.

CUARTO. Ayúdanos a ubicar lo que sienten.
Una vez que nosotros ubicamos y dimensionamos las cosas, es tiempo de tratar de que nuestros hijos las asumen; porque la herida que no se reconoce, no se puede sanar.

Pero este proceso requiere de nuestro cuidado y amor, ya que estamos tocando el alma de nuestros hijos. Así que, otra vez, debemos armarnos de paciencia y estar dispuestos a recibir negativas, evasiones y hasta groserías o insultos; ya que nuestros hijos no son del todo dueños de sus actos.

Y QUINTO. Diseña una estrategia de rescate.
Cada uno de nuestros hijos es diferente, por lo que cada uno requiere soluciones y cuidados distintos.

Dependiendo del caso, ellos pueden ayudarnos a encontrar las mejores soluciones y sobre todo a comprometerse a poner las manos a la obra.

Podemos escribir estas acciones en una libreta e ir revisando cada semana los avances o retrocesos, pues en estos casos comúnmente damos pasos para adelante y también para atrás, pues hay factores externos que afectan la conducta de nuestros hijos.
Pero nosotros, debemos estar al pie del cañón y atentos para apoyar y sostener a nuestros hijos.

A veces, para sanar, debemos provocar algo de dolor, pero pronto todo pasará y daremos gracias a Dios por su gran misericordia y bondad y nuestros hijos podrán respirar, retomar su vida libre de cualquier tormenta emocional o espiritual.

Recuerda que la estrategia debe ser 100% personalizada, así que… ¡Manos a la obra!

La ley moral

Escrito por Rafael María de Balbín

Como está presente en el corazón de todos los hombres, es universal, a todos se extiende, y determina los principales deberes y derechos humanos

No es raro hoy en día, cuando se trata de problemas morales, que se destaque la importancia de la conciencia individual y de las libres decisiones personales. Ya que la moral se refiere a la conducta del hombre-persona y concretamente a sus acciones deliberadas y libres. Todo esto es verdadero y muy importante.

Pero lo antes dicho no nos debe llevar a contraponer artificialmente la libertad humana y la ley moral. Esta contraposición sólo se produciría si el hombre pretendiera constituirse en legislador moral y, en cierta manera, en autosalvador. Sin embargo, como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1949): “El hombre, llamado a la bienaventuranza, pero herido por el pecado, necesita la salvación de Dios. La ayuda divina le viene en Cristo por la ley que lo dirige y en la gracia que lo sostiene”.

¿Qué sentido tiene esta ley de Dios?: “La ley moral es obra de la Sabiduría divina. Se la puede definir, en el sentido bíblico, como una instrucción paternal, una pedagogía de Dios. Prescribe al hombre los caminos, las reglas de conducta que llevan a la bienaventuranza prometida; proscribe los caminos del mal que apartan de Dios y de su amor. Es a la vez firme en sus preceptos y amable en sus promesas” (Ibidem, n. 1950).

La ley, según la clásica definición de Santo Tomás de Aquino (Suma Teológica I-II, q. 90, a. 1) es una ordenación racional que el legislador promulga en orden al bien común. Dios creador, con sabiduría y bondad ha establecido para todas las creaturas un orden o regla, un plan que llamamos la ley eterna. El hombre participa de esta ley, conociéndola y dirigiendo libremente sus acciones según los requerimientos de ella. La ley moral, que todos los hombres conocen, mediante las luces de su razón, es la que llamamos ley natural, que “expresa el sentido moral original que permite al hombre discernir mediante la razón lo que son el bien y el mal, la verdad y la mentira” (Catecismo..., n. 1954).

El Catecismo de la Iglesia Católica se detiene en mostrar las características de esta ley moral natural, que es una guía que Dios proporciona a todos y a cada uno de los hombres. “La ley divina y natural (cf Conc. Vaticano II. Const. Gaudium et spes, n. 89) muestra al hombre el camino que debe seguir para practicar el bien y alcanzar su fin. La ley natural contiene los preceptos primeros y esenciales que rigen la vida moral. Tiene por raíz la aspiración y la sumisión a Dios, fuente y juez de todo bien, así como el sentido del prójimo en cuanto igual a sí mismo. Está expuesta, en sus principales preceptos, en el Decálogo. Esta ley se llama natural no por referencia a la naturaleza de los seres irracionales, sino porque la razón que la proclama pertenece propiamente a la naturaleza humana” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1955).

Como está presente en el corazón de todos los hombres, es universal, a todos se extiende, y determina los principales deberes y derechos humanos. Recoge unos principios morales comunes, aplicables a través de todas las épocas y culturas. Ello se debe a la igualdad esencial entre todos los hombres, en los que la dignidad humana es la misma aunque varíen las modalidades accidentales. “La aplicación de la ley natural varía mucho; puede exigir una reflexión adaptada a la multiplicidad de las condiciones de vida, según los lugares, las épocas y las circunstancias. Sin embargo, en la diversidad de culturas, la ley natural permanece como una norma que une entre sí a los hombres y les impone, por encima de las diferencias inevitables, principios comunes” (Catecismo..., n. 1957).

Es también inmutable, y no queda abolida por el paso del tiempo, al igual que los elementos esenciales de la naturaleza humana. Ciertamente el hombre tiene un ser histórico, inmerso en un flujo de ideas y situaciones cambiantes. Pero incluso cuando se niega alguna de las prescripciones de la ley natural, ésta vuelve a clamar por sus fueros, pues está radicada hondamente en nuestro modo específico de ser. Constituye el basamento moral necesario para las leyes de origen humano y para las rectas costumbres sociales.

Dios, supremo legislador, ha querido que los preceptos de la ley natural sean conocidos por todos, de manera clara e indudable. Pero para eso necesitamos ayuda. “En la situación actual, la gracia y la revelación son necesarias al hombre pecador para que las verdades religiosas y morales puedan ser conocidas de todos y sin dificultad, con una firme certeza y sin mezcla de error (Pío XII. Enc. Humani generis, D.S. 3876). La ley natural proporciona a la Ley revelada y a la gracia un cimiento preparado por Dios y armonizado con la obra del Espíritu” (Catecismo..., n. 1960).

Rafael María de Balbín

 

Todo el PD está alineado con la causa del aborto.

Una vez que se permita la financiación del aborto mediante la reinterpretación de la enmienda Helms, no hay nada que impida que el aborto se convierta en un requisito de la ayuda exterior de Estados Unidos. Podría suceder con el trazo de un bolígrafo. La administración de Biden podría simplemente agregar el aborto a la lista de servicios esenciales que los receptores de la ayuda exterior de EE. UU. Deben brindar.

Hacer del aborto un requisito de los programas de ayuda exterior de EE. UU. Impediría a los pro-vida entregar ayuda a los pobres en el extranjero. Esto podría incluir a católicos, musulmanes, hindúes y cualquier otro grupo con convicciones pro-vida u objeciones morales al aborto.

La última vez que los demócratas controlaron ambas cámaras del Congreso en 2009 contaban entre ellos al menos a 40 demócratas pro-vida. Detuvieron la Ley del Cuidado de Salud a Bajo Precio, o Obamacare, durante varios meses tratando de obtener garantías de la administración Obama-Biden de que los estadounidenses no se verían obligados a financiar o realizar abortos en contra de su conciencia.

Esta vez, todo el Partido Demócrata está alineado con la causa del aborto. Desde 2009, los demócratas afianzaron aún más el aborto como una prioridad de su partido. Han priorizado la derogación de las viejas restricciones estadounidenses en la ley federal sobre la financiación del aborto con dólares de los contribuyentes estadounidenses.

El aborto es ahora una prueba de fuego para los demócratas, aunque el liderazgo del partido demócrata lo niega. De hecho, el partido ha tratado de purgar sus filas de cualquier político pro-vida mediante la participación de retadores primarios respaldados por los bolsillos profundos de la industria del aborto y otros donantes progresistas del partido demócrata.

Suso do Madrid

 

El voluntariado

La pandemia ha provocado una fuerte corriente de solidaridad, la prueba es que ha habido un aumento del voluntariado en España. Las organizaciones que trabajan con voluntarios dicen que hasta dos millones de personas que no habían hecho voluntariado lo han empezado a hacer después de la llegada del virus. Casi se ha duplicado la cifra de voluntarios que ahora está en cuatro millones y medio.

A diferencia de otros países de Europa, en España no es muy frecuente la práctica de voluntariado de forma estable y regular. Tenemos una gran capacidad de generar ayudas cuando se produce una emergencia, pero cuando se acaban las emergencias tenemos cierta resistencia a sistematizar nuestro compromiso.

Pedro García

 

Interdependencia y desigualdad de los mayores

Los cambios demográficos son de tal relevancia que en pocos años el número de personas de más de 60 años superará la cifra de los dos mil millones

La Pontificia Academia para la Vida ha presentado un documento sobre la condición de los ancianos en esta situación de pandemia. Interdependencia y desigualdad son dos de los criterios de juicio que la presente situación ha vuelto a subrayar. No se trata de nada nuevo, sino de criterios que se hacen especialmente útiles para juzgar y comprender mejor la situación mundial en la que vivimos.

Sin ninguna duda, uno de los sectores sociales que a escala mundial se ha visto más afectado por la pandemia es el que conforman las personas ancianas y, de manera especial, las que viven en recursos residenciales que no son sus casas familiares. Son ámbitos creados para el cuidado, que en esta circunstancia excepcional han mostrado límites y debilidades. No se trata de incurrir en una crítica generalizada e injusta de estos recursos, sino de repensar las formas de cuidado de los ancianos y de potenciar los factores de protección en estas instituciones.

Juan García. 

 

¿Por qué derribarlas?

¿Qué hay detrás de esas acciones vandálicas que acaban derribando cruces solitarias que los pueblos han levantado, a lo largo de los años, y que han acompañado las vidas de sus familias desde hace mucho tiempo?

Decir que son símbolos de un determinado partido régimen político, o de una determinada facción ideológica, no deja de ser poco más que una excusa, por no decir una simpleza que se le ocurre a una cabeza que quiere no enfrentarse directamente con el problema, quizá por el miedo o el odio que le origina.

¿Por qué ese posible miedo; por qué ese odio?  Con ese destrozar cruces y tirarlas al vertedero del pueblo, también han proliferado en estas semanas profanaciones de tumbas, ataques a iglesias, a Sagrarios, etc.  ¿A quiénes puede molestar la presencia de una cruz –normalmente sin Crucifijo-, de una iglesia que invita a recoger un poco el espíritu y elevar el corazón y la mirada al Crucificado, al Hijo de Dios, y desde su costado abierto, a Dios, al Cielo?

La Iglesia, los católicos, siempre han sufrido persecuciones desde sus primeros pasos sobre la tierra, y ya en la misma vida de Jesucristo. Quizá ahora, muchos de los que la atacan, y derriban sus símbolos, son antiguos creyentes que han roto con su Fe, han olvidado la Vida Eterna, y han sustituido en sus corazones el deseo de amar a Dios y de no pecar, por el deseo de no querer recibir de Dios ningún perdón, ningún amor, ninguna Gracia, y se atreven a soñar que Dios no existe.

Ante la Cruz el hombre puede reaccionar de muchas maneras que, al final se pueden reducir a tres.

La primera, amarla de todo corazón, ver en ella, clavado, a Cristo que muere para redimirnos del pecado, darnos a conocer el amor de Dios, y decirnos que “nadie ama más que quien da la vida por sus amigos”.

La segunda, no prestarle el mínimo interés; como si se estuviera delante de un poste de la luz que no le dice absolutamente nada a su mente, a su corazón. Pasa de largo, y no vuelve siquiera la mirada atrás para fijarse en el color de la madera, o de la roca de la que sido arrancada.

La tercera, no soportar la visión de la Cruz y pensar solamente en alejarla de la mirada. ¿Cómo? Haciéndola añicos para no verla ya nunca más. Si la cruz es de granito, de mármol, consistentes y difícil de destrozar, solo cabe desprenderse de ella tirándola a un estercolero, a un barranco. Al cabo del tiempo, desaparecerá de la mirada de los hombres.

Xus D Madrid

 

“Más se perdió en Cuba”

 

                                Mi titular de hoy es una más y de las infinitas frases, que generalmente nacidas del acervo del siempre maltratado (cuando no pisoteado) “pueblo español”, quedan grabadas en la historia de ese pueblo, para significar “con la metáfora”, hechos mucho más importantes que lo que esas frases literalmente dicen. Pues en esta, se dice que más se perdió, puesto que materialmente, “se pierde no sólo Cuba que con sus otras islas, suman casi 111.000 Km2; también Puerto Rico; con 8768 km2. Filipinas, que con sus más de siete mil islas, suman una extensión de casi 300.000 km2; que con la isla de Guam, con 540  km2; suman en total casi la extensión de lo que hoy es España, “y sus islas adyacentes”; territorios que se los quedan los Estados Unidos, como fruto de, “sus sucias guerras para acabar con el decadente Imperio Español”. Territorios, en general, muy ricos y estratégicamente situados en el “mapamundi”. Y con los que “los americanos”, van completando su imperio; puesto que aquellas trece colonias inglesas, lograda su independencia (“a lo que les ayudó España grandemente), se convirtieron, en una ambiciosa organización, que como, “una mancha no de aceite, sino de ácido corrosivo”; se fueron extendiendo y primero, acabarían con la mayor parte de los nativos, por aquello de que, “el mejor indio era el indio muerto”; acumulando poder y “dinero”; con lo que comprarían a Rusia, lo que hoy es Alaska, a Francia sus colonias del sur (Florida y otras), a Méjico, territorios enormes; y así con las armas o el dinero, se fueron apropiando hasta de las islas Hawaii y no sé cuantas más; lo que no es otra cosa que, lo que hicieron “todos los imperios”, si bien estos, “al menos compraron parte de su imperio, que en general los otros, lo fueron sobre la base de la conquista a lo bruto, a sangre y fuego”, o sea nada nuevo bajo el sol. Pero “terminemos con el imperio español”.

                                El resto de posesiones españolas del Pacífico fueron vendidas al Imperio alemán, mediante el tratado hispano-alemán del 12 de febrero de 1899, por el cual España cedió al Imperio alemán sus últimos archipiélagos —las Marianas (excepto Guam), las Palaos y las Carolinas— a cambio de 25 millones de pesetas (17 millones de marcos), O sea, “saldar el resto”; y millones a las arcas o bolsillos de los que explotaban lo que ya quedó del “imperio donde no se ponía el Sol”; puesto que según relata en uno de sus libros, el insigne escritor Vicente Blasco Ibáñez; el presupuesto nacional, en su totalidad (“o casi”) “se lo chupaban en España, entre, “la monarquía, el ejército y el clero católico”; lo que daba como resultado, la pobreza extrema de las masas españolas, sumidas en la terrible ignorancia e indigencia, que hasta el período de “las dos dictaduras militares” (Primo de Rivera y Franco) apenas si podían, “no sólo comer, sino incluso respirar”, cosa que  en lo de comer y respirar, e incluso ilustrarse sobre la base de enormes esfuerzos, sí que pudimos (yo también aunque sigo siendo “analfabeto oficial del reino de España) hacerlo, porque hubo suficientes medios para ello, lo que no sirvió para apenas nada, puesto que a la vista está, el estado “miserable” en que nos encontramos ahora mismo (Marzo del 2021 “por la gracia de Dios, o de quién sea el que dispone en el éter”).

                                Pero volvamos a Cuba y “sus muertos”, que es de lo que quería tratar hoy, pero “mis neuronas se disparan y surgen los añadidos sobre los hechos del terrible mono humano, a cuya especie pertenezco”; pero yo me atrevo a contarlos, “a mi manera, puesto que como los cuentan y contaron otros monos, no me llenan; ya que lo sucio o perverso, generalmente lo omiten y guardan, no me explico el por qué”; puesto que en la guerra de Cuba, hubo muchos muertos y como en la “incivil” de 1936/1939 en España, también hubo “fosas comunes, robos ignominiosos y muchas miserias, que es por lo que al final se pierde el denominado “imperio español”; que nunca fue “de los españoles en general”, sino y como hoy mismo, “lo más valioso de los bienes oficiales, se los comen y chupan, los que menos han puesto en obtenerlos; y que en general, ni supieron, ni saben administrarlos, para un bien común, como debieran ser su principal destino”. España no se mantuvo, ni se mantiene, por cuanto aquí, hay un inmenso “yacimiento”, de bandidos y ladrones o mercenarios, que siempre son los que llegan al poder y lo roban o destrozan totalmente, salvo algunas excepciones, que ahora esos, mercenarios, incluso quieren penar por ley, el que sean nombrados, caso de Primo de Rivera o Franco.

                                He leído en una muy amplia biografía del insigne doctor e investigador y Premio Nobel, Santiago Ramón y Cajal, el que tocado por un patriotismo destacable, incluso marchó voluntario a Cuba en plena guerra, para allí servir a su patria; y lo que cuenta de su estancia, es de tal bochorno e ignominia, que, “ni el ejército de Pancho Villa”, puesto que desde no cobrar puntualmente, hasta robar los medicamentos y alimentación de los enfermos hospitalizados o la tropa militar, hay abundancia de datos. Tan fue así, que “medio muerto por el contagio de una enfermedad tropical” y cansado de lo que allí tuvo que soportar, se vuelve a España a seguir su grandiosa carrera, como gran investigador; y el que “menos mal” (Pues en España, salvo que seas torero, futbolista, o similares, aquí la inteligencia no se reconoce casi nunca) aquí es reconocido y aunque le cuesta muchísimo, llega a ser reconocido y valorado como uno de los más destacados españoles de todos los tiempos, pero es claro que antes han tenido que reconocerlo ampliamente en el extranjero.

                                Recientemente; el 27 de febrero, es el diario ABC, dedica tres de sus páginas, a relatarnos lo que en realidad, es “una esquela mortuoria”, que leída y meditada, dan ganas de vomitar, puesto que sólo el titular, ya es denigrante… “Un siglo en el olvido – La incansable búsqueda de los españoles desaparecidos en la guerra de Cuba”. En letra pequeña se afirma el que incluso a su regreso en el puerto de Cádiz, una expedición de, “medio muertos” soldados, mueren ya aquí (vete a saber los que fueron tirados al mar como basura en la travesía) 102 de ellos, y son enterrados en una fosa común en Puerto Real, sin informar a sus familias del triste final de aquellos españoles (en Cuba quedan y se dan datos escalofriantes, de muchas otras  fosas comunes, para esos soldados españoles, tratados como escoria a ocultar)

                                Como “gran recuerdo” de los “héroes” de aquella larga guerra; en Madrid, hay una estatua dedicada a un soldado de “la clase de tropa”, la que es conocida como “la de Cascorro” en la plaza de igual nombre (“en el típico Rastro madrileño”) y la que fue, pomposamente inaugurada por el bisabuelo del actual rey (el impresentable Alfonso XIII; y lo de impresentable, se lo merece por haber huido de España en momentos en que como tal, debió estar aquí, aunque lo hubieran matado, ya que lo que dejó tras él, fue la terrible guerra civil española de 1936/1939)

                                Les ofrezco un “trozo” de la biografía del tal soldado; y el resto lo tienen en Wikipedia en Internet… “Se le describe en esa época con el pelo castaño y los ojos azules; estatura de «1 metro con 75 centímetros». Los registros militares dan noticia de que el 19 de febrero de 1895 fue sometido a un consejo de guerra y condenado a doce años en prisiones militares, ingresando en el penal militar de Valladolid. Sin embargo, apenas dos meses después, y acogiéndose al Real Decreto y Real Orden del 25 y 27 de agosto de 1895 que permite el alistamiento a los reos no condenados por delitos de sangre (y promulgados ante la ineficacia militar y diplomática que había desencadenado la guerra de la independencia cubana), Eloy, en una instancia del 3 de noviembre de 1895, solicita alistarse. Fue admitido de nuevo en el ejército y ese mismo mes partió del puerto de La Coruña en el vapor León XIII, «cumplió los 27 años en el mar y llegó a La Habana el 9 de diciembre». En Cuba fue destinado al Regimiento de Infantería María Cristina núm. 63, en la localidad de Puerto Príncipe, provincia de Camagüey; pronto tuvo que ser ingresado en un hospital afectado por un brote agudo de sarna, pero volvió al servicio y el 28 de abril fue destinado a la guarnición que mandaba el capitán Neila en Cascorro, no lejos de Puerto Príncipe”.

                                Pero insisto, lean lo publicado en ABC arriba citado, es más que suficiente para saber lo que fue aquella guerra, uno de tantos desastres, y escabechinas de, “los más sanos de los hombres de España, empleados como carne de cañón… los enfermos y minusválidos, no los quieren los ejércitos patrios, esos se los dejan a sus padres para que los mantengan”.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes