Las Noticias de hoy 25 Febrero 2021

Enviado por adminideas el Jue, 25/02/2021 - 12:35

Benefactores CARF: "Sin sacerdotes no hay eucaristía"

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 25 de febrero de 2021      

Indice:

ROME REPORTS

Condolencias del Papa por las víctimas del atentado en el Congo, "servidores de la paz"

LA ORACIÓN DE PETICIÓN: Francisco Fernandez Carbajal

“Hacer de la vida diaria un testimonio de fe”: San Josemaria

El arte de la oración

Os he llamado amigos (III): ​Dentro de un gran mapa de relaciones: María del Rincón Yohn

12 razones contundentes del porqué necesitamos un retiro espiritual: Silvana Ramos

San José, corazón de padre: Ramiro Pellitero Iglesias

Seminaristas del mundo cantan al Señor: “Somos el pueblo que te ama”: Testimonios- CARF

CUARESMA: TIEMPO PARA REGRESAR A DIOS, PARA EL PERDÓN, PARA LA PENITENCIA, PARA EL AMOR: Alberto García-Mina Freire

La pandemia debería producir un giro copernicano en los contenidos de la educación: Salvador Bernal

Una mujer contra lo políticamente correcto: María Solano Altaba

¿Por qué el aborto se sigue aprobando en nuestro tiempo?: Raúl Espinoza

Testimoniar la verdad: José Morales Martín

El “ven y lo verás”: Suso do Madrid

Amenazan las libertades de la persona: Jesús Domingo Martínez

De cómo se quiebra un país robándolo de infinitas formas: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

Condolencias del Papa por las víctimas del atentado en el Congo, "servidores de la paz"

En un telegrama, Francisco expresa su dolor por el asesinato ayer del embajador italiano, del carabinero de la escolta y del conductor del convoy atacado por los rebeldes

Amedeo Lomonaco - Ciudad del Vaticano

"Con dolor me he enterado del trágico atentado en la República Democrática del Congo, en el que han perdido la vida el joven embajador italiano Luca Attanasio, el carabinero de 30 años Vittorio Iacovacci y su conductor congoleño Mustapha Milambo". Son las palabras iniciales del mensaje de condolencia del Papa Francisco dirigido al Presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella.

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23/02/2021

Congo: Dolor por las víctimas de una guerra olvidada

Servidores de la paz

El Pontífice expresa también sus condolencias a los familiares de las víctimas, al servicio diplomático y al cuerpo de carabineros "por la muerte de estos servidores de la paz y del derecho". El Papa recuerda además "el testimonio ejemplar del Embajador, persona de marcadas cualidades humanas y cristianas, siempre generoso en tejer relaciones fraternas y cordiales, para el restablecimiento de relaciones serenas y concordantes en el seno de ese país africano". Como también "la del carabinero, experto y generoso en su servicio y próximo a formar una nueva familia".

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23/02/2021

Italia-República Democrática del Congo, unidos por el dolor

Oraciones

Francisco eleva finalmente "oraciones de sufragio por el eterno descanso de estos nobles hijos de la nación italiana" y exhorta a confiar "en la providencia de Dios, en cuyas manos no se pierde nada del bien realizado, tanto más cuando se confirma con el sufrimiento y el sacrificio". "A usted, señor Presidente, a los familiares y a los colegas de las víctimas y a todos los que lloran por este luto - concluye el telegrama - les envío de corazón mi bendición.

LA ORACIÓN DE PETICIÓN

— Pedir y agradecer, dos formas de relacionarnos con Dios. Dos modos de oración muy gratos al Señor. Rectitud de intención al pedir.

— Humildad y perseverancia en la petición.

— El Señor siempre nos atiende. Buscar también la intercesión de la Virgen, nuestra Madre, y del Ángel Custodio.

I. Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y a quien llama se le abrirá1.

Pasamos una buena parte de nuestra vida pidiendo cosas a otras personas que tienen más, o que tienen unos conocimientos superiores a los nuestros. Pedimos, porque somos gente necesitada. Y es, en muchas ocasiones, la única posibilidad de relacionarnos con los demás. Si no pidiéramos nunca nada, terminaríamos en una especie de vacío y de falsa y empobrecida autosuficiencia. Pedir y dar; eso es la mayor parte de nuestra vida y de nuestro ser. Al pedir nos reconocemos necesitados. Al dar podemos ser conscientes de la riqueza sin término que Dios ha puesto en nuestro corazón.

Lo mismo nos ocurre con Dios. Gran parte de nuestras relaciones con Él están definidas por la petición; el resto, por el agradecimiento. Al pedir nos manifestamos en nuestra radical insuficiencia. Pedir nos hace humildes; además, damos a nuestro Dios la oportunidad de mostrarse como Padre. Conocemos así el amor que Dios nos tiene. Pues, ¿quién hay entre vosotros a quien si el hijo le pide pan le dé una piedra?... ¿Cuánto más vuestro Padre que está en los Cielos dará cosas buenas a quienes le pidan?2.

No pedimos con egoísmo, ni llenos de soberbia, ni con avaricia, ni por envidia. Si nuestra petición es, por ejemplo, la ayuda en unos exámenes, un favor material, sanar de una enfermedad, etc., debemos examinar en la presencia de Dios los verdaderos motivos de esa petición. Le preguntaremos en la intimidad de nuestra alma si eso que hemos solicitado nos ayudará a amarle más y a cumplir mejor su Voluntad. En muchas ocasiones nos daremos enseguida cuenta de la poca entidad de ese asunto que nos parecía de vida o muerte, y nos haremos cargo de que aquello que deseábamos desesperadamente no era tan importante. Sabremos enderezar nuestra voluntad con la Voluntad de Dios y, entonces, va mucho mejor encaminada nuestra petición.

Podemos pedir al Señor que nos sane pronto de una enfermedad; pero también debemos pedir juntamente que, si esto no sucede porque sus planes son otros –planes misteriosos y desconocidos para nosotros, pero que vienen de un Padre–, nos conceda entonces la gracia necesaria para llevar con paciencia esos dolores, y la sabiduría para sacar de esa enfermedad grandes frutos que benefician a nuestra alma y a toda la Iglesia.

La primera condición de toda petición eficaz es conformar primero nuestra voluntad a la Voluntad de Dios, que en ocasiones quiere o permite cosas y acontecimientos que nosotros no queremos ni entendemos, pero que terminarán siendo de grandísimo provecho para nosotros y para los demás. Cada vez que hacemos ese acto de identificación de nuestro querer con el de Dios, hemos dado un paso muy importante en la virtud de la humildad.

Existen innumerables bienes que el Señor espera que le pidamos para que se nos concedan. Bienes espirituales y materiales; ordenados todos a nuestra salvación y a la del prójimo. «¿No convendréis conmigo en que, si no alcanzamos lo que pedimos a Dios, es porque no oramos con fe, con el corazón bastante puro, con una confianza bastante grande, o porque no perseveramos en la oración como debiéramos? Jamás Dios ha denegado ni denegará nada a los que le piden sus gracias debidamente»3.

II. Siempre procuramos ir a la oración con la confianza de hijos. Y entonces buscamos identificar nuestra voluntad con la de nuestro Padre Dios: no se haga mi voluntad, sino la tuya4, podríamos añadir después de cada petición. Porque no queremos afirmar nuestro proyecto de vida sino, ante todo, cumplir la Voluntad de Dios. El Evangelio nos presenta muchos casos de esta oración filial, humilde y perseverante. San Mateo narra5 la petición de una mujer que puede servir de ejemplo para todos nosotros. Llegó Jesús a la región de Tiro y Sidón, tierra de gentiles. Debía ir buscando en esos lugares algún descanso para sus Apóstoles, ya que no lo pudo encontrar en la región desértica de Betsaida; quiere pasar unos días a solas con ellos.

Mientras caminaban, se les acercó una mujer, con una insistente petición. Y a pesar de su perseverancia en el ruego, Jesús guarda silencio: Pero Él no contestó palabra, dice el Evangelista.

Los discípulos le dicen que la atienda, para que se vaya. No hace más que molestar con su insistencia. Pero Jesús pensaba de otro modo. Después de un rato, sale de su silencio y, lleno de ternura al ver su humildad, la atiende. Le explica el plan divino de la salvación: No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Era el plan divino desde la eternidad. Él redimiría con su Vida y su Muerte en la Cruz a todos los hombres, pero la evangelización comenzará por Israel; luego los apóstoles de todos los tiempos la llevarán hasta el fin de la tierra6, a todos los hombres.

Pero esta mujer cananea, que acaso ni comprendió el plan divino, no se desanima ante su respuesta: Mas ella, acercándose, se postró ante Él, diciendo: ¡Señor, socórreme! Sabe lo que quiere y sabe que puede conseguirlo de Jesús.

El Señor le explica de nuevo, con una parábola, lo mismo que acaba de decirle poco antes: No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perrillos. Los «hijos» eran el pueblo de Israel7, al que ella no pertenece. Muy pronto llegará también la hora de los gentiles.

Pero la mujer no cede en su empeño. Su fe se acrecienta y se desborda. Y ella se introduce en la parábola, con gran humildad, como un personaje más: Verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.

Tanta fe, tanta humildad, tanta constancia, hacen exclamar al Señor: ¡Oh mujer, grande es tu fe! Y, con un tono entre solemne y lleno de condescendencia, añade: Hágase conforme tú lo deseas.

El Evangelista tendrá buen cuidado en anotar: Y a la misma hora su hija quedó curada. Para este milagro excepcional fueron necesarias también una fe, una humildad y una constancia excepcionales.

Jesús nos oye siempre: también cuando parece que calla. Quizá es entonces cuando más atentamente nos escucha. Quizá está provocando –con este aparente silencio– que se den en nosotros las condiciones necesarias para que el milagro se realice: que le pidamos confiadamente, sin desánimo, con fe.

Cuántas veces nuestra oración, ante necesidades perentorias, será la misma: ¡Señor, socórreme! ¡Qué estupenda jaculatoria para tantas necesidades –sobre todo del alma– que nos son tan urgentes!

Pero no basta pedir; hay que hacerlo con perseverancia, como esa mujer, sin cansarnos, para que la constancia alcance lo que no pueden nuestros méritos. Mucho vale la oración perseverante del justo8. Dios ha previsto todas las gracias y ayudas que necesitamos, pero también ha previsto nuestra oración.

Pedid y se os dará... llamad y se os abrirá. Y recordamos ahora nuestras muchas necesidades personales y las de aquellas personas que viven cerca de nosotros. No nos abandona el Señor.

III. Si alguna vez no se nos concedió algo que pedimos confiadamente es que no nos convenía: «bien mira por ti quien no te da, cuando le pides lo que no te conviene»9. ¡Él sí que sabe lo que nos conviene! Esta oración que hicimos con tanta insistencia quizá, habría sido eficaz para otros bienes, o para otra ocasión más necesaria. ¡Nuestro Padre Dios la encaminó bien!: «Siempre da más de lo que le pedimos»10. Siempre.

Para que nuestra petición sea atendida con más prontitud, podemos solicitar las oraciones de otras personas cercanas a Dios, como hizo aquel Centurión de Cafarnaún: le envió algunos ancianos de los judíos a suplicarle que viniese a curar a su criado. Estos amigos cumplieron bien su cometido: fueron a Jesús, y rogaron con gran insistencia que condescendiese: Es un sujeto –le decían– que merece que le hagas este favor...11. El Señor atendió sus ruegos.

A la hora de pedir oraciones nos puede ser útil recordar que «después de la oración del Sacerdote y de las vírgenes consagradas, la oración más grata a Dios es la de los niños y la de los enfermos»12.

También pediremos a nuestro Ángel Custodio que interceda por nosotros y presente nuestra petición al Señor, pues «el ángel particular de cada cual, aun de los más insignificantes dentro de la Iglesia, por estar contemplando siempre el rostro de Dios que está en los cielos, viendo la divinidad de nuestro Creador, une su oración a la nuestra y colabora en cuanto le es posible en favor de lo que pedimos»13.

Tenemos además un camino, que la Iglesia nos ha enseñado desde siempre, para que nuestras peticiones lleguen con prontitud ante la presencia de Dios. Este camino es la mediación de María, Madre de Dios y Madre nuestra. A Ella acudimos ahora y siempre: «Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorado vuestra asistencia y reclamado vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos. Animado con esta confianza, a Vos también acudo...»14.

1 Evangelio de la Misa, Mt 7, 7-12. — 2 Mt 7, 9 y 11. — 3 Santo Cura de Ars, Sermón sobre la oración. — 4 Lc 22, 42. — 5 Mt 15, 21-28. — 6 Hech 1, 8. — 7 Cfr. Ex 4, 23; Is 1, 2; Jer 31, 20; Os 11, 1; etc.  8 Sant 5, 17. — 9 San Agustín, Sermón 126 10 Santa Teresa, Camino de perfección, 37. — 11 Lc 7, 3-4. — 12 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 98. — 13 Orígenes, Trat. sobre la oración, 10. — 14 Oración «Acordaos» de San Bernardo.

 

“Hacer de la vida diaria un testimonio de fe”

Muchas realidades materiales, técnicas, económicas, sociales, políticas, culturales..., abandonadas a sí mismas, o en manos de quienes carecen de la luz de nuestra fe, se convierten en obstáculos formidables para la vida sobrenatural: forman como un coto cerrado y hostil a la Iglesia.

25 de febrero

Tú, por cristiano –investigador, literato, científico, político, trabajador...–, tienes el deber de santificar esas realidades. Recuerda que el universo entero –escribe el Apóstol– está gimiendo como en dolores de parto, esperando la liberación de los hijos de Dios. (Surco, 311)

Ya hemos hablado mucho de este tema en otras ocasiones, pero permitidme insistir de nuevo en la naturalidad y en la sencillez de la vida de San José, que no se distanciaba de sus convecinos ni levantaba barreras innecesarias.

Por eso, aunque quizá sea conveniente en algunos momentos o en algunas situaciones, de ordinario no me gusta hablar de obreros católicos, de ingenieros católicos, de médicos católicos, etc., como si se tratara de una especie dentro de un género, como si los católicos formaran un grupito separado de los demás, creando así la sensación de que hay un foso entre los cristianos y el resto de la Humanidad. Respeto la opinión opuesta, pero pienso que es mucho más propio hablar de obreros que son católicos, o de católicos que son obreros; de ingenieros que son católicos, o de católicos que son ingenieros. Porque el hombre que tiene fe y ejerce una profesión intelectual, técnica o manual, es y se siente unido a los demás, igual a los demás, con los mismos derechos y obligaciones, con el mismo deseo de mejorar, con el mismo afán de enfrentarse con los problemas comunes y de encontrarles solución.

El católico, asumiendo todo eso, sabrá hacer de su vida diaria un testimonio de fe, de esperanza y de caridad; testimonio sencillo, normal, sin necesidad de manifestaciones aparatosas, poniendo de relieve ‑con la coherencia de su vida‑ la constante presencia de la Iglesia en el mundo, ya que todos los católicos son ellos mismos Iglesia, pues son miembros con pleno derecho del único Pueblo de Dios. (Es Cristo que pasa, 53)

 

El arte de la oración

Oración: diálogo del hombre con Dios, de corazón a corazón. Una relación en la que el hombre puede poner cada vez más empeño, como se sugiere en este texto editorial.

​Foto: Lel4nd

«Si el cristianismo –decía Juan Pablo II– ha de distinguirse en nuestro tiempo, sobre todo, por el “arte de la oración”, ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!»[1].

CON TODA TU ALMA

Queremos amar a Dios Padre con todas nuestras fuerzas, poner el alma en la oración, con todas sus potencias: la inteligencia y la voluntad, la memoria, la imaginación y los sentimientos. El Señor se sirve de ellas, sucesiva o simultáneamente, como cauces para entrar en diálogo con nosotros.

No hay dos ratos de oración iguales. El Espíritu Santo, fuente de continua novedad, toma la iniciativa, actúa y espera. A veces espera una lucha a palo seco, cuando parece que no llega ninguna respuesta: se nota entonces más el esfuerzo de la voluntad, sereno y tenaz, por hacer actos de fe y de amor, por contarle cosas, por aplicar la inteligencia y la imaginación a la Sagrada Escritura, a textos de la liturgia o de autores espirituales; buscándole con palabras o sólo mirando. La actitud de búsqueda es ya diálogo que transforma, aunque parezca, a veces, que no encuentra eco.

Otras veces irrumpen ideas o afectos que dan fluidez a los ratos de oración y ayudan a percibir la presencia de Dios. En unos casos y otros –con afectos, ideas, con ganas o sin ellas– se trata de que pongamos nuestras potencias en manos del Espíritu Santo. Somos suyos y Él ha dicho: ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero?[2] Oración mental es ese diálogo con Dios, de corazón a corazón, en el que interviene toda el alma: la inteligencia y la imaginación, la memoria y la voluntad. Una meditación que contribuye a dar valor sobrenatural a nuestra pobre vida humana, nuestra vida diaria corriente[3].

La única regla que Dios ha querido seguir es la que se impuso al crearnos libres: esperar nuestra filial colaboración. Al disponernos para la oración, lo haremos como hijos, luchando por mantener la atención en este Padre que quiere hablarnos. Al fin y al cabo, lo que está de nuestra parte no es que haya facilidad en la inteligencia, o que se encienda el corazón con afectos. Lo importante es la determinación por mantener la apertura al diálogo, sin dejar que decaiga esa actitud por rutina o desaliento.

ORACIÓN Y PLENITUD

 

​Foto: Yen's Window

 

Dios habla de muchas maneras; la oración es sobre todo escucha y respuesta. Habla en la Escritura, en la liturgia, en la dirección espiritual y a través del mundo y en las circunstancias de la vida: en el trabajo, en las vicisitudes de la jornada o en el trato con los demás. Para aprender este lenguaje divino conviene dedicar un tiempo a estar a solas con Dios.

Hablar con Dios es dejar que Él vaya tomando el protagonismo en nuestro ser. Meditar la vida de Cristo permite entender nuestra historia personal, para abrirla a la gracia. Queremos que entre, para que transforme nuestra vida en fiel reflejo de la suya. Dios Padre nos predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo[4] , y quiere ver a Cristo formado en nosotros[5], para que podamos exclamar: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí[6].

Especialmente en el Nuevo Testamento, el mejor libro de meditación, contemplamos los misterios de Cristo: revivimos el Nacimiento en Belén, la vida escondida en Nazaret, las angustias de la Pasión... Esta asimilación al Hijo la realiza con eficacia el Espíritu Santo; pero no es un proceso mecánico delante del cual el bautizado sería sólo un espectador asombrado: podemos colaborar filialmente a la acción divina, disponiendo bien la voluntad, aplicando la imaginación y la inteligencia, dejando paso a los afectos buenos.

Esto hacía San Josemaría, cuando entendía sus propios sufrimientos al considerar la agonía de Cristo: Yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento?

Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo. Y, entonces, como Él, podré gemir y llorar a solas en mi Getsemaní, pero, postrado en tierra, reconociendo mi nada, subirá hasta el Señor un grito salido de lo íntimo de mi alma: Pater mi, Abba, Pater,... fiat![7]

A Dios hablamos cuando oramos, y a Él oímos cuando leemos las palabras divinas[8]«a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre»[9], un diálogo en el cual el Padre nos habla del Hijo, para que seamos otros Cristos, el mismo Cristo. Vale la pena movilizar nuestras potencias a la hora de rezar con el Evangelio. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro (...). Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá Él querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones[10].

Se trata, en definitiva, de rezar sobre nuestra vida para vivirla como Dios lo espera. Es muy necesario, especialmente para quienes buscamos santificarnos en el trabajo. ¿Qué obras serán las tuyas, si no las has meditado en la presencia del Señor, para ordenarlas? Sin esa conversación con Dios, ¿cómo acabarás con perfección la labor de la jornada?[11]

Al contemplar, por una parte, los misterios de Jesús y, por otra, los acontecimientos de nuestra existencia, aprendemos a rezar como Cristo, cuya oración estaba toda «en esta adhesión amorosa de su corazón de hombre al “misterio de la voluntad” del Padre (Ef 1, 9)»[12]; aprendemos a rezar como un hijo de Dios, siguiendo el ejemplo de San Josemaría. Mi oración, ante cualquier circunstancia, ha sido la misma, con tonos diferentes. Le he dicho: Señor, Tú me has puesto aquí; Tú me has confiado eso o aquello, y yo confío en Ti. Sé que eres mi Padre, y he visto siempre que los pequeños están absolutamente seguros de sus padres. Mi experiencia sacerdotal me ha confirmado que este abandono en las manos de Dios empuja a las almas a adquirir una fuerte, honda y serena piedad, que impulsa a trabajar constantemente con rectitud de intención[13].

 

​Foto: goXunuReviews

 

La oración es el medio privilegiado para madurar. Es parte imprescindible de ese proceso por el cual el centro de gravedad se traslada del amor propio al amor a Dios, y a los demás por Él. La personalidad madura tiene peso, consistencia, continuidad, rasgos bien definidos que dan un modo, peculiar en cada uno, de reflejar a Cristo.

La persona madura es como un piano bien afinado. No busca la genialidad de emitir sonidos imprevistos, de sorprender. Lo sorprendente es que da la nota apropiada, y lo genial es que, gracias a su estabilidad, permite interpretar las mejores melodías: es fiable, responde en modo previsible y por eso, sirve. Alcanzar esa estabilidad y firmeza que da la madurez es todo un reto.

Contemplar la Humanidad del Señor es el mejor camino hacia la plenitud. Él ayuda a descubrir y corregir las teclas que no responden bien. En algunos será una voluntad que se resiste a poner por obra lo que Dios espera de ellos. Otros pueden notar que les falta calor humano, tan necesario para la convivencia y el apostolado. Algunos, quizá enérgicos, tienden sin embargo a la precipitación y al desorden, arrastrados por los sentimientos.

Es una tarea que no termina nunca. Implica detectar los desequilibrios, las notas que desafinan, con una actitud humilde y decidida a mejorar, sin impaciencias ni desánimos, porque el Señor nos mira con inmenso cariño y comprensión. ¡Qué importante es aprender a meditar nuestra vida con los ojos del Señor! Hablando con Él se despierta la pasión por la verdad, en contacto con ella; se pierde el miedo a conocer lo que somos realmente, sin evasiones de la imaginación o deformaciones de la soberbia.

Al contemplar la realidad desde el diálogo con Dios, se aprende también a leer en las personas y en los hechos, sin el filtro cambiante de una valoración exclusivamente sentimental o de la utilidad inmediata. Es también donde aprendemos a admirar la grandeza de un Dios que ama nuestra pequeñez, al contemplar tantos misterios que nos superan.

LA VERDADERA ORACIÓN Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí[14]. Así se lamenta el Señor en la Escritura, porque sabe que cada alma tiene que poner en Él su corazón para alcanzar la felicidad. Por esto, en la oración, la disposición de la voluntad para encontrar, amar y poner por obra el querer de Dios, tiene una cierta preeminencia sobre las otras capacidades del alma: «El aprovechamiento del alma no está en pensar mucho, sino en amar mucho»[15].

Muchas veces rezar amando impondrá esfuerzos, a menudo vividos sin consuelos ni frutos aparentes. La oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar. Y se ama, esforzándose en intentar decir algo al Señor, aunque no se diga nada[16]. Tenemos la confianza filial de que Dios otorga a cada uno los dones que más necesita, cuando más los necesita. La oración —recuérdalo— no consiste en hacer discursos bonitos, frases grandilocuentes o que consuelen... Oración es a veces una mirada a una imagen del Señor o de su Madre; otras, una petición, con palabras; otras, el ofrecimiento de las buenas obras, de los resultados de la fidelidad... Como el soldado que está de guardia, así hemos de estar nosotros a la puerta de Dios Nuestro Señor: y eso es oración. O como se echa el perrillo, a los pies de su amo. —No te importe decírselo: Señor, aquí me tienes como un perro fiel; o mejor, como un borriquillo, que no dará coces a quien le quiere[17].

Esta experiencia se da también en la amistad humana. Cuando nos encontramos con otras personas puede ocurrir que no sepamos qué decir, porque la cabeza no responde a pesar de los intentos por entablar conversación. Buscamos entonces otros medios para que no se cree un ambiente de frialdad: una mirada amable, un gesto de cortesía, una actitud de escucha atenta, un pequeño detalle de preocupación por sus cosas. Toda experiencia verdaderamente humana abre posibilidades de trato con Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre.

Como fidelidad y perseverancia son otros nombres del amor, sabremos ir adelante, también cuando la inteligencia, la imaginación o la sensibilidad escapen a nuestro control. En esos momentos, el amor puede encontrar otras vías para expandirse. Tu inteligencia está torpe, inactiva: haces esfuerzos inútiles para coordinar las ideas en la presencia del Señor: ¡un verdadero atontamiento! No te esfuerces, ni te preocupes. –Óyeme bien: es la hora del corazón[18].

A la hora de hablar con Dios, aunque no responda la cabeza, no se interrumpe el diálogo. Incluso cuando constatamos que, a pesar de una auténtica lucha, hay distracción y embotamiento, tenemos la seguridad de haber agradado con nuestros buenos deseos a Dios Padre, que mira con amor nuestros esfuerzos.

ORACIÓN Y OBRAS

Me atrevo a asegurar, sin temor a equivocarme, que hay muchas, infinitas maneras de orar, podría decir. Pero yo quisiera para todos nosotros la auténtica oración de los hijos de Dios, no la palabrería de los hipócritas, que han de escuchar de Jesús: no todo el que repite: ¡Señor!, ¡Señor!, entrará en el reino de los cielos (...). Que nuestro clamar ¡Señor! vaya unido al deseo eficaz de convertir en realidad esas mociones interiores, que el Espíritu Santo despierta en nuestra alma[19].

Y para convertir en realidad esas mociones recibidas en la oración, conviene formular a menudo propósitos. El fin de la reflexión sobre las prescripciones del Cielo es la acción, para poner por obra las prescripciones divinas[20]. No se trata solamente de que nuestra inteligencia bucee en ideas piadosas, sino de escuchar la voz del Señor, y de cumplir su voluntad. Tu oración no puede quedarse en meras palabras: ha de tener realidades y consecuencias prácticas[21].

 

​Foto: moriza

 

La oración de los hijos de Dios ha de tener consecuencias apostólicas. El apostolado nos revela otra faceta del amor en la plegaria. Queremos volver a aprender a rezar, también para poder ayudar a los demás. Allí encontraremos la fuerza para llevar a muchas personas por caminos de diálogo con Dios.

No rezamos solos porque no vivimos ni queremos vivir solos. Cuando ponemos nuestra vida delante de Dios, necesariamente hemos de hablar de lo que más nos importa: de nuestros hermanos en la fe, de nuestros familiares, amigos y conocidos; de quienes nos ayudan o de aquellos otros que no nos entienden o nos hacen sufrir. Si la voluntad está bien dispuesta, sin miedo a complicarse la vida, podremos escuchar en la oración sugerencias divinas: nuevos horizontes apostólicos y modos creativos de ayudar a los demás.

El Señor, desde dentro del alma, nos ayudará a comprender a los demás, a saber cómo exigirles, cómo llevarles hacia Él; dará luces a nuestra inteligencia para leer en las almas; acrisolará los afectos; nos ayudará a querer con un amor más fuerte y más limpio. Nuestra vida de apóstoles vale lo que vale nuestra oración.

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[1] Juan Pablo II, Litt. Enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2004, n. 25.

[2] Mt 20, 15.

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 119.

[4] Rm 8, 29.

[5] Cfr. Gal 4, 19.

[6] Gal 2, 20.

[7] San Josemaría, Via Crucis, I, 1.

[8] Cfr. San Ambrosio, De officiis ministrorum, I, 20, 88.

[9] Conc. Vaticano II, Const. dogm. Dei Verbum, n. 25.

[10] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 253.

[11] San Josemaría, Surco, n. 448.

[12] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2603.

[13]San Josemaría, Amigos de Dios, n. 143.

[14] Is 29, 13; cfr. Mt 15, 8.

[15] Santa Teresa de Jesús, Fundaciones, cap. 5, n. 2.

[16] San Josemaría, Surco, n. 464.

[17] San Josemaría, Forja, n. 73.

[18] San Josemaría, Camino, n. 102.

[19] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 243.

[20] Cfr. San Ambrosio: Expositio in Psalmum CXVIII, 6, 35.

[21] San Josemaría, Forja, n. 75.

Os he llamado amigos (III): ​Dentro de un gran mapa de relaciones

Dejarnos querer por los demás es una manera de abrir espacio para Dios en nuestra vida. Jesús lo hizo hasta sus últimos momentos en la tierra.

OTROS03/07/2020

Escucha el artículo Os he llamado amigos (III): Dentro de un gran mapa de relaciones


Los apóstoles corren despavoridos cuando los soldados apresan a Jesús. Tienen miedo e, impotentes, se niegan a presenciar el aparente fracaso del hombre en quien habían puesto toda su confianza. Suenan las cadenas al arrastrarse, el frío envuelve la noche y el juicio es claramente injusto. Las palabras son usadas de manera engañosa y el castigo es desproporcionado. Todas las miradas se posan sobre el cuerpo llagado de Cristo pidiendo su muerte. Un camino tortuoso, el peso de la cruz, la muchedumbre hostil que espera escuchar el golpe del martillo… hasta que alzan, por fin, el cuerpo del Señor. Desde su patíbulo solitario, Jesús observa con compasión a quienes no han querido acoger a Dios hecho hombre: «Mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor» (Lam, 1,12).

Tanto física como espiritualmente, Cristo durante su pasión sufrió «los mayores entre los dolores de la vida presente»[1]; sabe que no se le ha de ahorrar ningún padecimiento. Sin embargo, es sorprendente que Dios Padre no haya querido privar a su Hijo, ni siquiera en aquellos momentos, del consuelo que ofrece la amistad. Allí, al pie de la cruz, Juan mira con los mismos ojos que habían presenciado tantos momentos felices con su Maestro; ofrece a su amigo la misma presencia que los unió a lo largo de tantos caminos. Juan ha regresado y ha buscado a María; él, que había escuchado los latidos del corazón de Jesús en la Última Cena, no quiere dejar de ofrecer a Jesús su fiel amistad, un simple estar ahí. Y nuestro Señor encuentra alivio al mirar a María y al «discípulo a quien amaba» (Jn 19,26). En el Calvario, ante la mayor muestra del amor de Dios por los hombres, Jesús recibe a su vez esa muestra de amor humano. Tal vez en su alma resuenan las palabras que había pronunciado horas antes: «Os he llamado amigos» (Jn 15,15).

 

Afecto en dos direcciones

Muchas páginas del Evangelio nos hablan de los amigos de Jesús. Aunque generalmente no tengamos los detalles del proceso que debió haber fraguado esas profundas relaciones, las reacciones que conocemos dejan claro que allí había verdadero cariño mutuo. Recorriendo esos textos descubrimos que el Señor ha gozado de los amigos; su corazón de hombre no quiso prescindir de la reciprocidad del amor humano: «El Evangelio nos revela que Dios no puede estar sin nosotros: Él no será nunca un Dios sin el hombre»[2]. Por ejemplo, sabemos que Jesús se sintió siempre acogido y querido en la casa de sus amigos de Betania. Cuando Lázaro muere, las dos hermanas acuden con total confianza al Señor, incluso con palabras duras que manifiestan el trato íntimo que unía a Jesús con aquella familia: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano» (Jn 11,32).El amigo se conmueve ante el dolor de aquellas mujeres y no puede contener las lágrimas (Cfr. Jn 11,35). En aquella casa, Jesús podía descansar, se encontraba cómodo, podía hablar con franqueza: «¡Qué conversaciones las de la casa de Betania, con Lázaro, con Marta, con María!»[3].

EL CONSUELO DE LA AMISTAD ACOMPAÑÓ TAMBIÉN A LA CRUZ

Y así como muchos encontraron en Jesús a un verdadero amigo, también él disfrutó de lo que los otros le ofrecían. Se sentiría, por ejemplo, apoyado y consolado por las palabras impetuosas de Pedro –que nunca tenía problemas en manifestar sus sueños a viva voz– cuando vio que el joven rico cerraba su alma al amor: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mt 19,27). El gran cariño que Pedro sentía por el Señor le llevó a querer defender siempre con viveza a su amigo, también cambiando algún aspecto de su vida cuando el Señor, con la fuerza que solo permite la confianza, le corregía (Cfr. Mt, 16,21-23; Jn 13,9). Así como Jesús pudo descansar en la fuerza de Pedro, también encontraba reposo en la ternura valiente de Juan. ¡Cuántas conversaciones habría tenido con aquel discípulo adolescente! En el contexto de la Última Cena, somos testigos de cómo acoge sin vergüenza su gesto lleno de ternura, cuando se recuesta sobre su pecho con la confianza de quien conoce el corazón del amigo. Si bien Juan, durante la agonía de Jesús en el Huerto de los olivos, no fue capaz de mantenerse en vela, y huyó cuando prendieron al Señor, después supo arrepentirse y regresar. Juan experimentó que la amistad crece mucho con el perdón.

«De ordinario, miramos a Dios como fuente y contenido de nuestra paz: consideración verdadera, pero no exhaustiva. No solemos pensar, por ejemplo, que también nosotros “podemos” consolar y ofrecer descanso a Dios»[4]. La amistad verdadera se da siempre en ambas direcciones. Por eso, ante la experiencia personal de cuánto nos quiere Dios, la respuesta lógica es querer devolver ese afecto; abrir las puertas de nuestra inteligencia y quitar los seguros de nuestro corazón. Solo así podremos dar a Jesús todo el consuelo y amor del que somos capaces para que encuentre en nosotros lo que encontró en Pedro, en Juan o en sus amigos de Betania.

 

La amistad enriquece nuestra mirada

Si Jesús tenía muchos amigos y Dios se deleita con los hijos de Adán (cfr. Pr 8,31), es bueno que sintamos nosotros también esa necesidad plenamente humana. Podemos imaginar el extenso mapa de las conexiones humanas, en todos los tiempos y lugares; miles de millones de hombres y mujeres unidos por lazos que surgen al haber asistido a un mismo colegio, vivir en un mismo barrio, tener otras personas en común, etc. Las circunstancias de nuestra vida han hecho que nos encontremos con nuestros amigos y que hayamos desarrollado con ellos ese trato íntimo. Pensando en el inicio de cada una de nuestras amistades, podemos encontrar toda una serie de aparentes casualidades que nos unieron. No podemos dejar de dar gracias a Dios por el gran tesoro de haber querido que, en nuestro camino, no nos falte la compañía y el amor de los hombres.

JESÚS SE DEJABA QUERER POR SUS AMIGOS: MARTA, MARÍA, PEDRO, JUAN... CADA UNO A SU MODO

Y en medio de ese gran mapa de vínculos y relaciones, de entre todas las personas con quienes nos cruzamos en el transcurso de nuestra vida, Dios eligió algunas para que estuvieran más cerca de nosotros. Dios se sirve de nuestros amigos para abrirnos panoramas, para enseñarnos cosas nuevas o para descubrirnos el amor verdadero: «Nuestros amigos nos ayudan a comprender maneras de ver la vida que son diferentes a la nuestra, enriquecen nuestro mundo interior y, cuando la amistad es profunda, nos permiten experimentar las cosas en un modo distinto al propio»[5]. El escritor británico C.S. Lewis –que gozó de profundas amistades– afirmaba, con su peculiar sentido del humor, que la amistad no es un premio al buen gusto sino el medio por el cual Dios nos revela las bellezas de los demás y conocemos distintas miradas hacia mundo.

«Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20), nos dijo Jesús, y una manera en que lo hace es a través de las personas que nos quieren: «Los amigos fieles, que están a nuestro lado en los momentos duros, son un reflejo del cariño del Señor, de su consuelo y de su presencia amable. Tener amigos nos enseña a abrirnos, a comprender, a cuidar a otros, a salir de nuestra comodidad y del aislamiento, a compartir la vida. Por eso «un amigo fiel no tiene precio» (Si 6,15)»[6]. Contemplar la amistad desde esta perspectiva nos empuja a querer más y mejor a nuestros amigos, a mirarles como Jesús los mira. Y a ese esfuerzo ha de unirse también una lucha por dejarnos llamar amigos, puesto que no hay verdadera amistad donde no hay esa reciprocidad de amor[7].

Un don para uno y otro

La amistad es un don inmerecido, una relación cargada de desinterés, y por eso en ocasiones podemos caer en la trampa de pensar que no es tan necesaria. No han faltado quienes por un mal entendido deseo de agradar «solo a Dios» han mirado con recelo y desconfianza el consuelo de la amistad. El cristiano, sin embargo, sabe que tiene un único corazón para amar al mismo tiempo a Dios, a los hombres, y para recibir el amor de los demás. En una homilía predicada durante la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, san Josemaría señalaba: «Dios no nos declara: en lugar del corazón, os daré una voluntad de puro espíritu. No: nos da un corazón, y un corazón de carne, como el de Cristo. Yo no cuento con un corazón para amar a Dios, y con otro para amar a las personas de la tierra. Con el mismo corazón con el que he querido a mis padres y quiero a mis amigos, con ese mismo corazón amo yo a Cristo, y al Padre, y al Espíritu Santo y a Santa María. No me cansaré de repetirlo: tenemos que ser muy humanos; porque, de otro modo, tampoco podremos ser divinos»[8].

EL CAMINO HACIA EL CIELO ES UNA SENDA COMPARTIDA

No elegimos a nuestros amigos por motivos de utilidad o pragmatismo, pensando en que de esa relación vaya a producirse algún efecto; simplemente les queremos por ellos mismos, por lo que son. «La amistad verdadera –como la caridad, que eleva sobrenaturalmente su dimensión humana– es en sí misma un valor: no es medio o instrumento»[9]. Saber que la amistad es un don evita que caigamos en un «complejo de superhéroe»: aquel que piensa que debe ayudar a todos, sin darse cuenta de que también necesita de los demás. Nuestro camino al cielo no es una lista de objetivos por cumplir, sino una senda que compartimos con nuestros amigos, en la cual parte importante será aprender a acoger ese cariño que nos dan. La amistad requiere, por tanto, una buena dosis de humildad para reconocernos vulnerables y necesitados de afecto humano y divino. El amigo no se turba ni avergüenza, no se excusa ni incomoda. El amigo quiere y se deja querer. Eso hizo Jesús y eso hicieron los apóstoles.

A quienes son más introvertidos se les dificultará un poco abrir su corazón al otro, ya sea porque no sienten la necesidad de hacerlo o por temor a no ser comprendidos. Quienes son más extrovertidos quizás compartan muchas experiencias pero pueden tener mayores dificultades a la hora de enriquecer su propio mundo con las vivencias de los demás. En ambos casos, todos necesitamos una actitud de apertura y sencillez para dejar al amigo entrar en la propia vida e interioridad. Abrirnos al don de la amistad, aunque alguna vez pueda costar un poco, solo puede hacernos más felices.

***

Todos podríamos hacer una lista de las grandes lecciones que hemos aprendido de nuestros amigos. Con cada uno tenemos un trato particular, que puede arrojar luces sobre distintos rincones de nuestra alma. Al gran consuelo de sabernos queridos y acompañados, se une esa ilusión por hacer lo mismo por el otro. La amistad, afirmaba san Juan Pablo II, «indica amor sincero, amor en dos direcciones y que desea todo bien para la otra persona, amor que produce unión y felicidad»[10]. Saberse llamado amigo no puede conducirnos a la soberbia, sino al agradecimiento por ese don y al afán por acompañar al otro en su camino a la felicidad: «Nada hay que mueva tanto a amar como el pensamiento, por parte de la persona amada, de que aquel que le ama desea en gran manera ser correspondido»[11]. Cuando Jesús nos llama amigos lo hace también con ese carácter recíproco. «Jesús es tu amigo. —El Amigo. —Con corazón de carne, como el tuyo. —Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro... Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti»[12], nos recuerda san Josemaría. Y cada amistad es una ocasión para descubrir nuevamente el reflejo de esa amistad que Cristo nos brinda.

María del Rincón Yohn


[1] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, III, q. 46, a. 6.

[2] Francisco, Audiencia 7-VI, 2017.

[3] San Josemaría, Carta 24-X-1965.

[4] Javier Echevarría, Eucaristía y vida cristiana, Rialp, 2005, p. 203.

[5] Fernando Ocáriz, Carta pastoral 1-XI-2019, 8.

[6] Francisco, Christus Vivit, 151.

[7] Cfr. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q.23, a.1.

[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 166.

[9] Fernando Ocáriz, Carta pastoral 1-XI-2019, 18.

[10] Juan Pablo II, Discurso 18-II-198

[11] San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la segunda Epístola a los Corintios, 14.

[12] San Josemaría, Camino, n.422.

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12 razones contundentes del porqué necesitamos un retiro espiritual

Es esa pausa que necesitamos en el caminar de nuestras vidas para encontrarnos de una manera más profunda y directa con Dios

Por: Silvana Ramos | Fuente: Catholic-link.com

¿Cuán tristes se habrán sentido aquellos discípulos que caminaban hacia Emaús? Cristo había muerto. Su desánimo y desconcierto debió haber sido grande. Ellos lo conocían, nadie les había contado sobre Él, habían sido amigos cercanos. No solo habían perdido a su maestro, a su amigo, habían perdido su razón de ser. Algunas mujeres decían que había resucitado, que no había nadie en el sepulcro pero, para ellos eso era incomprensible, una locura.

Y así en plena oscuridad, es nuevamente el mismo Jesús el que sale al encuentro, el que siempre da el primer paso. Y no aparece diciendo: –«¡Hey amigos! ¿De qué están tristes? Soy yo, ¡que no ven que no he muerto!»– Por el contrario, Jesús delicadamente aparece como uno más, se hace el desentendido, les pregunta, entiende su dolor, les habla nuevamente sobre todo lo que el maestro les enseñó…acompaña su camino y cuando están preparados les muestra su rostro: Cristo vive.

Pasa que en nuestro caminar por esta vida no pocas veces nos encontramos como esos discípulos de Emaús. Caminamos tristes, con un anhelo profundo en el corazón por la Verdad. Una verdad que tantas veces se nos olvida. Es por eso que una pausa en el camino, dejar que Jesús entre y predisponernos a escucharlo es algo que necesitamos. 

Un retiro espiritual es esa pausa que necesitamos en el caminar de nuestras vidas para encontrarnos de una manera más profunda y directa con Dios. Esta es una práctica común en la iglesia que no debemos dejar de lado. Si nunca has ido a alguno o si de pronto crees que no lo necesitas, aquí te dejamos algunos puntos importantes de lo sucede en un retiro espiritual. Anímate a ir a uno.

«Los hombres y las mujeres de hoy necesitan encontrar a Dios y conocerlo “no de oídas”. (…) un buen curso de Ejercicios Espirituales contribuye a renovar en quien participa la adhesión incondicional a Cristo y ayuda a entender que la oración es el medio insustituible de unión al Crucificado» (Papa Francisco).

 

1. Es posible que al principio no entiendas y quieras salir corriendo

Cuando un retiro empieza, los primeros momentos suelen ser raros. Es como si de pronto el mundo se detuviera y entraras en algo que no comprendes. Tal vez tengas la urgencia de salir o la incomodidad de encontrarte con este nuevo espacio. ¿Para qué habré venido? ¿Para qué complicarme la vida? Ten paciencia, ábrete a la acción de Dios y permite que sea El quien guíe tus pasos. No te arrepentirás.

2. Te encontrarás con tu propia oscuridad y desierto

Hacer una pausa y entrar en un retiro necesariamente lleva a que revisemos nuestra vida. Cómo la hemos venido viviendo, cuáles son esos eventos que nos han marcado. Es mirar también de frente a nuestro pecado, reconocer que hemos hecho daño y nos hemos dañado. Mirar de frente ese dolor que tal vez en un primer momento resulte difícil de reconocer y asimilar es absolutamente necesario para poder reconciliar y experimentar el amor y la misericordia de Dios.

3. Descubrirás que tienes mucho para estar agradecido

Así como experimentas esa oscuridad, también empezarás a ver la obra de Dios en tu vida, a reconocer todo lo que Él siempre te ha otorgado, su presencia en momentos insospechados, la belleza de la gente que te rodea, tu familia, tus amigos, tu comunidad, las mismas personas que acompañan tu retiro, todo te hablará de Dios y empezarás a descubrir la riqueza en tu vida. Una riqueza que ningún dinero podrá jamás comprar.

4. Experimentarás la Verdad y la Belleza de Dios

Los momentos de oración en un retiro son intensos. Las visitas al Santísimo Sacramento, las pláticas, el compartir con los demás. Dios se manifiesta de maneras inesperadas y en momentos sorprendentes. Descubrirás que la verdad existe, que no es un concepto relativo, la verdad es Dios mismo. Ese Dios que cumple su promesa cuando dijo: «Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28,20).

5. Verás como Dios te cuida de una manera personal

El trato personal lo inventó Dios. Sí, no fueron las grandes corporaciones ni el servicio de atención al cliente. Fue Dios. El fue el primero que ama con un amor infinito y a la vez “hecho a medida”. Como padre bueno que es, conoce hasta el último detalle de nuestro corazón, nuestros sueños, anhelos y todos los toma en consideración. Muchas veces no entendemos por qué permite ciertas cosas, pero lo cierto es que Él nos conoce incluso mejor que nosotros mismos. En un retiro experimentarás ese amor que te hace sentir su hijo favorito.

6. Serás testigo directo de su actuar en la vida de los demás

Así como experimentas ese amor y ese cuidado hacia a ti. Si sales un poco de ti y miras a los demás verás cómo de esa misma manera quiere a cada uno de los que está presente. Los que provienen de una familia numerosa tal vez puedan entender esto mejor. El padre que llena de detalles a cada uno de sus hijos, que da las respuestas que cada uno pregunta y las da a la medida. Trata y educa de acuerdo a las necesidades especiales de cada hijo. Mirar la acción de Dios en otros es una experiencia por demás conmovedora. Una enseñanza de cómo tú debes tratar a los demás.

7. Experimentarás Su sentido del humor

¿Alguna vez te has reído de las ocurrencias de un niño? De la misma manera escucharás a Dios reírse de las tuyas, jugarte bromas tiernas y reír hasta quedar sin aliento. El sentido del humor de Dios es inigualable. Es un sentido del humor tierno, que busca que aprendas con cariño y diversión. Me recuerda a mi madre riéndose cuando mis hermanos empezaban a hablar…

8. Encontrarás descanso

Entrar de retiro es salir a una vida nueva. Es poder echarte a mirar el cielo y descubrir una grandeza que eras incapaz de ver por estar siempre parado mirando hacia el piso. Encontrarás una parada, alguien que te dio posada para poder volver a leer el mapa y cambiar de dirección si estabas perdido. Un lugar donde recobrarás fuerzas para continuar.

9. Recordarás lo importante que es la vida de oración

Muchas veces pensamos que con ir a misa y rezar brevemente por las noches o en algún espacio del día es suficiente. Cuando te das una pausa y tienes un tiempo prolongado de encuentro con el Señor como sucede en los retiros, tu vida de oración necesariamente se incrementa. Y estando así en oración, en contemplación y adoración recordarás que la oración es ese “idioma” para hablar con Dios, para conocerlo y sobre todo para escucharlo. Recordarás que la oración es vital para un cristiano.

10. Descubrirás que los mejores amigos son los que te acercan a Cristo

Es probable que a un retiro vayas acompañada de amigos, o tal vez ahí mismo conozcas gente que te acompañará siempre, aunque no veas mucho después. «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (Juan 15, 9-17), es una realidad tangible, en un retiro abrirás tu corazón, compartirás con ellos y celebrarás con ellos todo el amor recibido. Los amigos que hacemos en el Señor son verdaderos regalos, amistades especiales con las que compartes toda tu vida. Sé tú también para ellos ese “lugar-persona” donde descansar, donde confiar y con quién compartir.

11. Renovarás esa necesidad por los sacramentos

En el camino de Emaús, Jesús sale al encuentro, reconforta a sus discípulos tristes por su falta de fe, pero no solo eso, Jesús termina esa conversación partiendo el pan, y es ahí donde los discípulos lo reconocen. Los sacramentos de la reconciliación y de la Eucaristía son esa fuerza ese renovarnos en Cristo, recibir su perdón y alimentarnos de su Espíritu. A veces lo hacemos mecánicamente, el silencio y el espacio que brinda un retiro espiritual permita que puedas volver a saborear esa necesidad de Dios.

12. Saldrás con una ganas infinitas de gritarle al mundo que Dios está vivo

Es imposible que después de todo lo vivido y recibido en un momento de profundo contacto con Dios, no tengas ganas de salir a gritarle al mundo que Dios está vivo. Así de la misma manera como lo hicieron los discípulos de Emaús, ellos no se echaron a descansar, ¡el corazón les ardía!, y así, salieron corriendo a contar a los demás que Cristo había resucitado.

 

San José, corazón de padre

En su carta sobre san José, Patris corde (8-XII-2020), con la que convoca un “Año de san José" hasta el 8 de diciembre de 2021, Francisco dice que su objetivo es “que crezca el amor a este gran santo, para ser impulsados a implorar su intercesión e imitar sus virtudes”.

Qué tipo de padre fue san José y la misión que Dios le confió

Es lo que el Papa comienza explicando en su carta. San José no fue lo que hoy llamaríamos “padre biológico” de Jesús, sino solo su “padre legal”. Sin embargo, él vivió la paternidad sobre Jesús y el ser esposo de María de manera eminente.

Así lo han considerado muchos santos desde san Ireneo y san Agustín, pasando por diversos doctores de la Iglesia entre los que destaca el caso de santa Teresa de Ávila, hasta san Josemaría y san Juan Pablo II.

Leyendo y meditando la carta de Francisco, se puede llegar a redescubrir cómo san José es no solo custodio de la Iglesia, sino también de la humanidad, particularmente de su parte más frágil, aquellos miembros más necesitados.

En todo caso se trata de un santo importante. Más aún, como escribe Francisco, “después de María, Madre de Dios, ningún santo ocupa tanto espacio en el Magisterio pontificio como José, su esposo”.

¿Por qué ahora esta carta?

Francisco señala que, junto con la circunstancia del 150 aniversario de la declaración de san José como patrono de la Iglesia universal, hay una razón “personal”: hablar de aquello que llena su corazón (cf. Mt 12, 34).

Además confiesa en la introducción: “Este deseo ha crecido durante estos meses de pandemia”. Así vamos conociendo algunos pensamientos y procesos espirituales que han tenido lugar en el corazón del Papa durante la pandemia.

Presentación del libro ‘Soñemos juntos’ de Austen Ivereigh (vid. más extensamente el libro Soñemos juntos: el camino a un futuro mejor. Conversaciones con Austen Ivereigh, Plaza & Janés, Madrid 2020).

La ayuda de san José

Concretamente el Papa, como ha hecho en diversas ocasiones, subraya y agradece el testimonio de tantas “personas comunes, corrientemente olvidadas, que (…) están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia”; porque trabajan, infunden esperanza y rezan, casi siempre de modo discreto, pero sujetándonos a todos.

A todos ellos y a nosotros nos propone el ejemplo y la ayuda de san José“Todos pueden encontrar en san José, el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta,  un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad

«San José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en ‘segunda línea’ tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación. A todos ellos va dirigida una palabra de reconocimiento y de gratitud”.

En su carta, Francisco le dedica a san José siete epígrafes en forma de “títulos”, que podrían equivaler a siete oraciones de una pequeña “letanía del padre”:

Padre amado, en la ternura, en la obediencia, en la acogida,
en la valentía creativa, en el trabajo, siempre en la sombra.

Junto a las “raíces” históricas y bíblicas de san José (cf. Gn 41, 55; 2 Sam 7, Mt 1, 16.20), padre amado, y los fundamentos de su identidad y de su veneración por parte nuestra (su vínculo con la encarnación del Hijo de Dios y su papel de padre legal de Jesús y esposo de María), en la carta van apareciendo grandes temas del magisterio de Francisco, con acentos y expresiones propias.

Padre en la ternura, la obediencia y la acogida

“Jesús vio la ternura de Dios en José” (n. 2), cosa que entra en lo que cabe esperar de todo buen padre (cf. Sal 110, 13). José enseñó a Jesús, mientras le protegía en su debilidad de niño, a “ver” a Dios y a dirigirse a Él en la oración. También para nosotros “es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios, especialmente en el sacramento de la Reconciliación, teniendo una experiencia de verdad y ternura” (Ibid.).

Ahí Dios nos acoge y nos abraza, nos sostiene y nos perdona. José también “nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca” (Ibid.).

De un modo parecido al de la Virgen MaríaJosé también pronunció su “fiat” (hágase) al plan de Dios. Fue obediente a lo que Dios le pedía, aunque esto se manifestara en sueños. Y además, lo que parece asombroso, “enseñó” la obediencia a Jesús. “En la vida oculta de Nazaret, bajo la guía de José, Jesús aprendió a hacer la voluntad del Padre” (n. 3). Y ello, pasando por la pasión y la cruz (cf. Jn 4, 34; Flp 2, 8; Hb 5, 8).

Como escribió san Juan Pablo II en su exhortación Redemptoris custos (1989), sobre san José, “José ha sido llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente ‘ministro de la salvación’”.

Todo ello pasó por la “acogida”, por parte de José, de María y del plan de Dios sobre ella. José asumió ese plan, su paternidad, para él misterioso, con responsabilidad personal, sin buscar soluciones fáciles. Y estos acontecimientos configuraron su vida interior.

“La vida espiritual de José no nos muestra una vía que explica, sino una vía que acoge” (n. 4).

Padre en su “valentía creativa”

Aunque esos planes de Dios sobrepasan las expectativas de José, él no se resigna pasivamente, sino que actúa con fortaleza. Y así nos da ejemplo y nos apoya a la hora de acoger con “valentía creativa” nuestra vida tal como es, también con su parte contradictoria, inesperada e incluso decepcionante. Luego dirá san Pablo que “todo contribuye al bien de los que aman a Dios” (Rm 8, 28).

Es fácil suponer que estos, los que aman verdaderamente a Dios, son los mismos que traducen ese amor en el interés por los demás. De hecho escribe Francisco, dando otro toque muy personal: “Deseo imaginar que Jesús tomó de las actitudes de José el ejemplo para la parábola del hijo pródigo y el padre misericordioso (cf. Lc 15,11-32)” (Ibid.).

Señala el Papa que acoger lo que no hemos elegido en nuestra vida, y actuar con valentía creativa, son ocasiones de las que Dios se sirve para sacar “a relucir recursos en cada uno de nosotros que ni siquiera pensábamos tener” (n. 5). Concretamente, José “sabía transformar un problema en una oportunidad, anteponiendo siempre la confianza en la Providencia”.

¿Cómo respondió Dios a esta confianza de san José?

Pues precisamente confiando a su vez en san José, como puede suceder con nosotros, en lo que él podía planear, inventar, encontrar. Así, cabría deducir por nuestra parte, es siempre la misión cristiana: una oferta de confianza de Dios que pide la nuestra para hacer cosas grandes.

Y así como fue custodio de Jesús y de su madre María, «san José no puede dejar de ser el Custodio de la Iglesia, porque la Iglesia es la extensión del Cuerpo de Cristo en la historia, y al mismo tiempo en la maternidad de la Iglesia se manifiesta la maternidad de María” (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 963-970)

san José custodio de la Iglesia

En efecto, y esta carta podría haberse llamado “custodio de la Iglesia”. También Francisco, de manera original, nos anima a percibir que cuando cuidamos de la Iglesia, estamos cuidando de Jesús y de María. Recuérdese la función de “custodiar y servir” que el Papa atribuyó a san José en su homilía en la misa de inicio del ministerio petrino (19-III-2013).

Y no solo eso, sino que, coherentemente, los más necesitados son, por voluntad de Jesús (cf. Mt 25, 40), también ese “Niño” que José sigue cuidando: “Cada persona necesitada, cada pobre, cada persona que sufre, cada moribundo, cada extranjero, cada prisionero, cada enfermo son ‘el Niño’ que José sigue custodiando. Por eso se invoca a san José como protector de los indigentes, los necesitados, los exiliados, los afligidos, los pobres, los moribundos” (Patris corde, n. 5).

Es bien interesante esta profundización en san José como custodio de la Iglesia en y a través; aunque no exclusivamente; de los más pobres, sugiriendo también nada menos que María se identifica con ellos. Esto no es extraño, cabe pensar, puesto que ella es madre de misericordia y esposa de Cristo que se identifica con todo lo que a él le afecta y le importa.

De José, propone el Papa, debemos aprender el mismo cuidado y responsabilidad: amar al Niño y a su madre; amar los sacramentos y la caridad; amar a la Iglesia y a los pobres. En cada una de estas realidades está siempre el Niño y su madre”.

Don Ramiro Pellitero Iglesias

 

Seminaristas del mundo cantan al Señor: “Somos el pueblo que te ama”

CARF > TESTIMONIOS

10 min

En medio de la crisis por la pandemia, los seminaristas del Colegio Eclesiástico Internacional Sedes Sapientiae han querido unir sus voces en un canto de alabanza al Señor.  La canción escogida “Somos el Pueblo que te ama”, compuesta por Junior Cabrera, director del gupo católico Alfareros, fue cantada en más de 13 lenguas diferentes por los seminaristas. Jacobo Lama, promotor de esta iniciativa, nos cuenta como surgió esta idea.

En medio de la crisis por la pandemia, los seminaristas del Colegio Eclesiástico Internacional Sedes Sapientiae han querido unir sus voces en un canto de alabanza al Señor.  La canción escogida “Somos el Pueblo que te ama”, compuesta por Junior Cabrera, director del gupo católico Alfareros, fue cantada en más de 13 lenguas diferentes por los seminaristas. Jacobo Lama, promotor de esta iniciativa, nos cuenta como surgió esta idea.

Jacobo Lama, promotor de la iniciativa

Jacobo Lama es un seminarista de Santo Domingo (República Dominicana) que cumplirá 32 años el próximo mes de abril. Próximamente, recibirá la ordenación como diácono. Tras estudiar Teología tres años en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma, se encuentra ahora en Santo Domingo, colaborando con el arzobispo en la curia y también con el párroco de una parroquia de la periferia.

Su obispo Francisco Ozoria Acosta, arzobispo de Santo Domingo fue quien le envío a estudiar a Roma y psoteriormente le llamó en julio pasado para regresar a su país. Santo Domingo fue la primera diócesis de América; por eso, el obispo es también el Primado de América.

“Dios me dio el don de la música”

Pero la gran afición de Jacobo Lama es el canto. “Dios me dio el don de la música y el canto. Aprendí a tocar piano y guitarra, y esto me llevaría a formar parte del coro hasta llegar a ser director, y luego también líder en los grupos juveniles”, señala.

Su amor hacia la música es lo que le ha impulsado a componer un bello videoclip antes de regresar a su país. Para dar esperanza en tiempos de coronavirus, los seminaristas del Colegio Eclesiástico Internacional Sedes Sapientiae quisieron unir sus voces en un canto de alabanza al Señor,  engrandeciendo Su nombre de Oriente a Occidente, entre todas las naciones, como dice el profeta, (cf. Malaquías 1, 11).

El coro del Seminario

Dentro de la atmósfera de estudio y de formación pero también de familia del Sedes Sapientiae, con un horario fijo de trabajo, encargos y momentos dedicados a la oración, que marca la pauta todos los días surgió una nueva idea. Con el deseo de aprovechar el tiempo, al coro del Seminario junto a otros seminaristas y sacerdotes pensaron en grabar una canción que llevara un mensaje de esperanza, de consuelo y que al mismo tiempo fuera una alabanza a Dios.

“Dios me dio el don de la música y el canto que quiero poner al servicio de la evangelización» 

“El pueblo que te ama” fue el vídeo cantado en 13 idiomas, por los seminaristas del Colegio Eclesiástico Internacional Sedes Sapientiae, que se publicó en el canal de YouTube de Alfareros, un grupo católico de América Latina que acaba de celebrar sus 25 años de servicio a la evangelización.

Con respecto a esta iniciativa los seminaristas se expresan de la siguiente manera: “Con este canto de muchos corazones que rezan y cantan al Señor en el corazón de Roma y de la Iglesia, procuramos abandonarnos en las manos del Señor para que, con su gracia, estas circunstancias humanamente difíciles signifiquen, para cada uno de nosotros un crecimiento interior en fe, esperanza y caridad”.

Con el grupo Alfareros

Fue entonces cuando algunos alumnos latinoamericanos propusieron la idea de grabar, en varios idiomas, la canción El Pueblo que te Ama del grupo Alfareros, un grupo católico que celebraron el año pasado sus 25 años de servicio a Dios a través de la música.

El director del grupo, Junior Cabrera accedió voluntariamente a colaborar con esta iniciativa, cediendo el material necesario. Y salió esta versión grabada en más de 13 lenguas diferentes, como son el español, inglés, francés, portugués, e italiano. También gallego, croata, vietnamita, malayalam, filipino, árabe, swahili y hasta la lengua indígena zapoteco.

Crecimiento interior de esperanza

“Con este canto de muchos corazones que rezan y cantan al Señor en el corazón de Roma y de la Iglesia, procuramos abandonarnos en las manos del Señor para que, con su gracia, estas circunstancias humanamente difíciles signifiquen, para cada uno de nosotros, un crecimiento interior en fe, esperanza y caridad”, afirmaron los seminaristas.

El vídeo ya cuenta con casi 6.000 visualizaciones. Se puede ver aquí.

Estos fueron los seminaristas que formaron parte del vídeoclip: Sem. Laerth Ferreira – Brasil, Sem. Domingos Jorge – Angola, Diác. Kingsley Omenyi – Nigeria, Don Pablo Gefaell – España, Sem. Jacobo Lama – República Dominicana, Sem. Marko Gerendaj – Croacia, Sem. Alejandro Rangel – Venezuela, Sem. Ítalo Alcívar – Ecuador, Sem. Lonnys Lares – Venezuela, Sem. Quân Nguyên – Vietnam, Sem. Jeril Jose – India, Sem. Jershom Colico – Filipinas, Sem. Dean Spiller – Sudáfrica, Sem. Emmanuel Marfo – Ghana, Sem. Banele Ndlovu – Sudáfrica, Sem. Mark Tipoi – Sudán del Sur, Sem. Juan Maldonado – México, Diác. Michael Lusato – Tanzania, Sem. Khoa Pham – Vietnam, Sem. Patrick Anasenchor – Ghana, Sem. Francisco Vinumo – Angola, Sem. Brandon de León – Guatemala

“Mi mayor acierto”

Esta iniciativa musical, ha animado a Jacobo Lama a grabar otra canción: “Mi mayor acierto”, compuesta hace 20 años por otro sacerdote para la jornada vocacional que se celebró en Santo Domingo. La letra cuenta la historia de una vocación que se desprende de todo y dice sí al Señor. “Esta canción está llegando a mucha gente, toca los corazones y hace pensar lo que Dios quiere de ti”, explica Jacobo. 

El vídeo clip se puede escuchar aquí: 

“En Santo Domingo el número de bautizados ha crecido pero han descendido las vocaciones al sacerdocio o a la vida religiosa”

Para Jacobo Lama, la JMJ en Madrid de 2011 con el Papa Benedicto XVI, fue un antes y un después. «Después de la JMJ no fui más el mismo. Mi impresión de lo que era la Iglesia cambió radicalmente. Comencé a asistir a misa todos los días después del trabajo», cuenta. En el grupo de jóvenes iba una chica que posteriormente se hizo carmelita. En la foto esta con su querida hermana Sor María Lucía, celebrando el día de Santa Teresita del Niño Jesús. «¡Oremos por las vocaciones!», alienta. 

Las preocupaciones de la República Dominicana

La República Dominicana es el país más creciente en economía de América Latina. Sus vecinos, haitianos, por el contrario, son los más pobres. “Las raíces de nuestra patria se funden en la cultura española, con una fuerte influencia católica”, afirma Jacobo.

Las preocupaciones de su nación, no distan mucho del mundo occidental: el individualismo y la secularización, además del descenso de los jóvenes en las prácticas de piedad.

“El número de bautizados ha crecido pero han descendido las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa”, comenta. El seminario de Santo Domingo tenía en 2016 un total de 161 seminaristas y en 2020 tan solo 64. Además, con la pandemia, muchos fieles han dejado de asistir a misa y la siguen desde sus casas.

Único país que ha blindado el derecho a la vida

Otro de los desafíos de la Iglesia dominicana es dar razones para que no se legalice la ley del aborto, pues es uno de los pocos países de América Latina (junto con El Salvador, Nicaragua y Honduras) en los que está prohibido el aborto en ningún supuesto.

La única constitución que establece de forma blindada el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte, es la constitución dominicana en su artículo 37.

“La Iglesia católica es muy escuchada en nuestro país. Dentro del Gobierno hay muchos cristianos que tienen en cuenta la fe en sus políticas. Sin ir más lejos, el presidente de la República Dominicana, Luis Abinader, es católico”, relata.

Al servicio de su país

No obstante, el 57% de la población es católica, un 23% protestantes, un 25% cristianos evangélicos y el 12% se declara sin religión.

Jacobo Lama ha regresado a su país con una formación integral proporcionada en Roma, gracias a la generosidad de muchos benefactores. Ahora, pondrá todo su saber al servicio de la evangelización de la República Dominicana. 

CUARESMA: TIEMPO PARA REGRESAR A DIOS, PARA EL PERDÓN, PARA LA PENITENCIA, PARA EL AMOR

 

El 17 de febrero, miércoles de Ceniza, comenzó la Cuaresma, especial por encontrarnos en pandemia y por ser Año de san José. Dios nos obsequia este tiempo fuerte, una cuarentena (40 días) con gracias extras para seguir más de cerca a Cristo, para asociarnos a su misión. “Mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación” (2 Corintios 6, 2). Jesús nos marca el camino hacia el Misterio Pascual: su pasión, muerte y resurrección. Cristo ha vencido, de una vez para siempre, todo mal y a Satanás, nuestro adversario. La Pascua es el centro de la historia del hombre y de la Creación. Por su Cruz y Resurrección gloriosas hemos renacido a una vida nueva, que será plena en el Cielo. Qué pena desperdiciar la oportunidad de acompañar a Jesus en sus 40 días de retiro en el desierto de Judá y así, con Él, prepararnos para la Pascua. Cada día de Cuaresma escucharemos la voz del Señor: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio” (Marcos 1, 15).

 

“No endurezcáis hoy vuestro corazón; escuchad la voz del Señor” (salmo 96). Dios nos invita a examinar con su luz nuestra vida para recorrer el camino de la conversión. Como al paralítico de la piscina de Betesda, Jesús nos dice: “¿Quieres quedar sano?” (Juan 5, 6). Nos ruega confiarle nuestras miserias para curarnos. En Cuaresma, el virus que Dios quiere erradicar del alma es el pecado. Resistirnos, cerrarnos al Señor, no recorrer el camino de la conversión, es lo que lleva a la muerte del alma. En esta cuarentena, Cristo nos apremia a cambiar pensando y viviendo según el Evangelio, corrigiendo algo en nuestra forma de rezar, de actuar, de trabajar y en las relaciones con los demás. Nos dirige esta llamada porque se preocupa por nuestro bien, por nuestra felicidad, por nuestra salvación. Por parte nuestra, acojamos su gracia con verdadero arrepentimiento, pidiéndole que nos haga entender en qué puntos podemos mejorar. La conversión del corazón será posible si acudimos con sincera humildad a su divina Misericordia: “Mira su Cruz, aférrate a Él, déjate salvar, porque quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Y si pecas y te alejas, Él vuelve a levantarte con el poder de su Cruz. Nunca olvides que Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez”[1]. Podemos tener a mano o en el bolsillo un crucifijo, mirarlo y besarlo.

 

En el mensaje de Cuaresma 2021[2], el Papa enfoca la conversión en renovar la fe, la esperanza y la caridad. Parte de los medios que Cristo vivió según la tradición judía y nos enseñó (ref. Mateo 6, 1-8, 16-18): “La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante”. Animo a meditar sus sugerencias, propuestas al combinar cada virtud y las “armas” del combate espiritual. Además, aconsejo leer su predicación: la homilía del miércoles de Ceniza[3] y los comentarios a las Lecturas de los 5 domingos de Cuaresma en el Angelus[4]. Y no olvidemos que estamos en el Año de san José. “Imploremos a san José la gracia de las gracias: nuestra conversión” y procuremos lucrar las indulgencias que la Iglesia nos brinda este Año para sanar el alma de las heridas que causan nuestros pecados[5]. Una ayuda extra para la conversión.

 

Regreso a Ítaca… tiempo para regresar a Dios

 

El artículo de la web del Opus Dei, “Regreso a Ítaca”, recoge 6 historias de personas que decidieron regresar a Dios. “Ítaca es algo más que una isla en el mar Jónico. Es el paraíso donde Ulises vivía feliz con Penélope y su hijo Telémaco. La tierra dulce de la infancia que un día le vio irse y, décadas después, le vio volver. Homero relató en La Odisea la aventura larga, ardua y peligrosa del héroe. Desde entonces Ítaca es el símbolo del viaje que te devuelve a casa”[6]. Esa aventura, el regreso a la casa del Padre, es el centro de la Cuaresma. “Hay una invitación que nace del corazón de Dios, que con los brazos abiertos y los ojos llenos de nostalgia nos suplica: <Vuélvanse a mí de todo corazón> (Joel 2, 12). Vuélvanse a mí. La Cuaresma es un viaje de regreso a Dios”. Y continúa el Papa: “Preguntémonos: ¿Hacia dónde me lleva el navegador de mi vida, hacia Dios o hacia mi yo? ¿Vivo para agradar al Señor, o para ser visto, alabado, preferido, puesto en el primer lugar y así sucesivamente? ¿Tengo un corazón “bailarín”, que da un paso hacia adelante y uno hacia atrás, ama un poco al Señor y un poco al mundo, o un corazón firme en Dios?” (nota 3).

 

El profeta Joel nos recuerda que la conversión a la que Dios nos llama afecta a nuestro interior, que necesita ser purificado: “Convertíos a mí de todo corazón, con ayunos, llantos y lamentos; rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos”. ¿Cómo conocer nuestro corazón y no dejarnos seducir por el maligno? ¿Cómo romper con nuestras hipocresías y liberarnos de la doblez y de la falsedad que nos encadenan? ¿Cómo remediar el analfabetismo religioso que obscurece nuestra conciencia? El camino nos lo señala Cristo. Cuando fue tentado en el desierto, contesto al tentador: “Está escrito: <No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios>” (Mateo 4, 4). “Mirad bien cómo responde Jesús. Él no dialoga con Satanás, como había hecho Eva en el paraíso terrenal. Jesús (...) elige refugiarse en la Palabra de Dios y responde con la fuerza de esta Palabra. Acordémonos de esto: en el momento de la tentación, de nuestras tentaciones, nada de diálogo con Satanás, sino siempre defendidos por la Palabra de Dios. Y esto nos salvará”[7].

 

La meditación de la Palabra de Dios, la oración, es la primera y principal “arma” a usar con humildad, generosidad y constancia para alcanzar la victoria contra el mal que hay en nuestro corazón y en el mundo. “Acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación” (nota 2). Así procedió el Papa el miércoles de Ceniza; presentó dos viajes de vuelta al hogar del Padre recogidos en los Evangelios: la parábola del hijo pródigo y la escena del leproso, el único de los 10 que fueron curados, que vuelve a Jesús para mostrar su agradecimiento y recibe un don mayor, el perdón de sus pecados. Rumiemos los textos de la Misa y las lecturas, propias de este tiempo litúrgico, tan ricas para educar el corazón en ese volver al camino o reemprenderlo con fuerzas renovadas. Acudamos a esa cita diaria venciendo las dificultades que se puedan presentar. “El Señor nos llama a una vida de oración porque es la fuente de una infinidad de bienes para nosotros. Nos transforma íntimamente, nos santifica, nos sana, nos permite conocer y amar a Dios, nos hace fervorosos y generosos en el amor al prójimo. El que se inicia en la vida de oración debe estar absolutamente seguro de que, si persevera, recibirá todo eso y mucho más”[8].

 

Imploremos sin cansarnos la ayuda del maestro divino, Dios Espíritu Santo. Nos lo indica el Papa: “Volvamos al Espíritu, Dador de vida, volvamos al Fuego que hace resurgir nuestras cenizas, a ese Fuego que nos enseña a amar. Seremos siempre polvo, pero, como dice un himno litúrgico, polvo enamorado” (nota 3). En la oración pidámosle esa luz para ver y esa fuerza para querer, necesarias para la conversión. “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento”[9]. Insistamos con fe viva y esperanza confiada, y seremos escuchados. Nos devolverá la alegría y la esperanza para recomenzar de nuevo. La oración de súplica es “el leit motiv de la Cuaresma y nos hace experimentar a Dios como única ancla de salvación”[10].

 

Crea en mí un corazón puro… tiempo para el perdón

 

Rezar el salmo 50[11], salmo Miserere, enciende nuestra fe en el amor de nuestro Padre del Cielo, “un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor” (Joel 2, 13), que compadecido de nuestro estado después de la caída de Adán y Eva, envío a su Hijo para salvarnos y restaurar nuestra condición de hijos amados. “Nuestro viaje de regreso a Dios es posible sólo porque antes se produjo su viaje de ida hacia nosotros” (nota 3). Es la causa cierta de esperanza: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?” (Romanos 8, 31-32).

 

Lo que más alegra el corazón paterno de Dios, lo que más le gusta, es perdonar a sus hijos. Lo único que pide es la humildad de reconocer y confiarle, sinceramente arrepentidos, nuestros pecados. “Nuestro viaje, entonces, consiste en dejarnos tomar de la mano. El Padre que nos llama a volver es Aquel que sale de casa para venir a buscarnos; el Señor que nos cura es Aquel que se dejó herir en la cruz; el Espíritu que nos hace cambiar de vida es Aquel que sopla con fuerza y dulzura sobre nuestro barro” (ídem). Levantemos el corazón y clamemos: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme” (salmo 50, 3-4, 12). Con frecuencia, hagamos actos de contrición. Señor, peque; tened piedad y misericordia de mí. Pidamos perdón, a Dios y a los demás cuando nos hayamos portado mal o les hayamos tratado con indiferencia.

 

Abramos nuestro corazón a la llamada divina que nos dirige a través del apóstol Pablo: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Corintios 5, 20). Busquemos el perdón de Dios. “El comienzo del regreso a Dios es reconocernos necesitados de Él, necesitados de misericordia, necesitados de su gracia. Este es el camino justo, el camino de la humildad” (ídem). Por eso, Francisco nos invita a acudir al sacramento de la Confesión, a “saciarnos del perdón del Padre en su Corazón abierto”. En el encuentro con jóvenes mexicanos en febrero de 2016, les comentaba la canción del alpinista: “«En el arte de ascender el triunfo no está en no caer sino en no permanecer caído». Ese es el arte, y, ¿quién es el único que te puede agarrar de la mano para que no permanezcas caído?: Jesucristo, el único. Jesucristo que, a veces, te manda un hermano para que te hable y te ayude. No escondas tu mano cuando estás caído, no le digas: «No me mires que estoy embarrado o embarrada. No me mires que ya no tengo remedio»”. Todos somos pecadores, y Dios cuenta con ello, caeremos. Cada vez que ocurra, demos la mano a Jesús y levantémonos siempre, acudiendo a su perdón en la Confesión. “Miremos cada día sus llagas. En esos agujeros reconocemos nuestro vacío, nuestras faltas, las heridas del pecado, los golpes que nos han hecho daño” (nota 3). “Dentro de tus llagas, escóndeme; del maligno enemigo, defiéndeme”.

 

“Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad”. Estas palabras del mensaje de Cuaresma nos abren horizontes. La transformación del corazón pasa por la limosna de apiadarse de los defectos de los demás, mirarlos como Dios los mira, con paciencia. Practiquemos la escucha, la comprensión, la disculpa. Evitemos las discusiones, llevar siempre la razón. Respondamos con una sonrisa pasando por alto los detalles molestos e inoportunos, haciendo amable la convivencia. Perdamos elegantemente comodidades para que los demás estén cómodos, cedamos en los planes…

 

Compadecerse de Cristo en la Cruz… tiempo de penitencia

 

Una práctica cuaresmal con solera es rezar el Via Crucis o meditar los dolores de Cristo los viernes, en recuerdo de su pasión y muerte en la Cruz. Contemplar los padecimientos físicos, morales y espirituales del Hijo de Dios nos hace mucho bien, ablanda la dureza de corazón causada por los pecados. Todo lo ha querido sufrir por amor nuestro. Esto es lo determinante para dar sentido a la vida: Dios me ama tanto, valgo tanto a sus ojos, que no ha regateado trabajo alguno para salvarme. Ojalá lo saboreemos y podamos decir: “vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gálatas 2, 20). Compadecerse de Cristo sufriente es la razón principal para la penitencia, para el ayuno. Padecer con Él por amor, para agradecerle con obras tanto como hace por nosotros. Además, Cristo nos convoca a seguir con su misión, que pasa por la Cruz: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga” (Lucas 9, 23).

 

“Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones —verdaderas o falsas— y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero «lleno de gracia y de verdad» (Juan 1, 14): el Hijo de Dios Salvador”, nos dice el Papa (nota 2). A consecuencia del pecado estamos expuestos al peligro de convertirnos de señores de los bienes materiales en sus esclavos, trocándolos en ídolos a los que servimos. La penitencia implica ejercitar la libertad fortalecida por la gracia privándose voluntariamente de algo bueno en sí mismo. Prescindir de aquello que reclaman nuestros vicios y alimentan las bajas pasiones propiamente no es ayuno. De la misma forma que evitar algo que nos sienta mal es diferente que abstenerse de algo que es bueno o indiferente. Renunciamos a lo que es lícito para alcanzar la gracia de rechazar lo que no lo es. Evidentemente ambas cosas son necesarias para purificar el corazón. Concretemos en qué podemos ayunar, en qué debemos desintoxicarnos de la contaminación del pecado y del mal. Usemos de manera más austera las palabras, los alimentos y bebidas, el móvil y las redes sociales, las series y la música, los caprichos de todo género… evitemos las ocasiones de hacer el mal o consentirlo. Dios mío, aparta de mi lo que me aparte de ti. Vivamos el ayuno[12] el Viernes santo y la abstinencia de comer carne los viernes de Cuaresma. Es una larga tradición en la Iglesia que con esa penitencia provee de gracias a sus hijos. ¿Se podría sustituir por otra cosa, si hay cosas que pueden costarnos más? “¿Quiere el Señor holocaustos y sacrificios o quiere que se obedezca su voz? La obediencia vale más que el sacrificio; la docilidad, más que la grasa de carneros” (1 Samuel 15, 22). La decisión de aceptar este sacrificio es una cuestión de obediencia y de amor. De hecho, el verdadero sacrificio es nuestra obediencia… y estar al tanto.

 

“Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti n. 93)”. El Papa pone el acento en cómo un corazón desprendido de sí mismo por el ayuno se dilata para el amor al otro y comparte lo que tiene: tiempo, amistad, alegría, bienes…; en cambio, si está entretenido en su yo, ocupado en sus cosas e intereses, se inhabilita para mirar fuera, no se hace cargo del otro, es miope a sus necesidades… “Imagínate que Dios quiere llenarte de miel [símbolo de la ternura y la bondad de Dios]; si estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel? El vaso, es decir el corazón, tiene que ser antes ensanchado y luego purificado: liberado del vinagre y de su sabor. Eso requiere esfuerzo, es doloroso, pero sólo así se logra la capacitación para lo que estamos destinados”[13]. Dios y los demás encontrarán sitio, si se lo hacemos con el ayuno. Pensemos qué podemos prescindir. Podemos acostarnos antes para levantarse con tiempo para hacer un rato de oración, dejar “limpia” la mesa de trabajo para facilitar la limpieza, colocar las cosas que usamos en su sitio, estar atento a lo que falta en la mesa para acercarlo… tantos detalles en que podemos servir graciosamente, sin hacerse notar.

 

El secreto de la conversión… tiempo para amar

 

“Nos apremia el amor de Cristo” (2 Corintios 5, 14). El secreto de la conversión es la conciencia de que Dios nos ama con locura, tanta que se ha entregado por nosotros hasta la muerte, sin escatimar sufrimientos, hasta derramar la última gota de sangre. “Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: <Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él> (1 Juan 4, 16)”[14]. Ese amor divino tiene su máxima expresión en la Eucaristía. Participar unidos a Cristo en su sacrificio redentor, recibirle en la Sagrada Comunión haciéndonos uno con Él, estar en su presencia vivificadora delante del Sagrario son fuente inagotable de amor que nos permite perseverar. Que el camino cuaresmal sea un tiempo eucarístico.

 

Experimentar ese amor “tiene que llevarnos a vivir no ya para nosotros mismos, sino para Dios, y con Él, para los demás” (ídem n. 33). La Cuaresma es un master acelerado en amor al prójimo. Concretemos esas buenas obras, esas “limosnas” a los demás. En su Mensaje de Cuaresma, Francisco nos sugiere: “Estemos más atentos a «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian» (Carta enc. Fratelli tutti n. 223). A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser «una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia» (ibíd., 224). Más adelante, dice: “Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID-19”. Consolar al triste, al enfermo, al desesperanzado, al que está solo, al confinado, al que se ha quedado sin trabajo, al que ha perdido a un ser querido… Al menos arroparles con nuestra oración y cariño.

 

Concluyo: al hablar de conversión, Francisco daba un consejo: “Cada día un paso. Cada día un paso. Y ocasiones hay muchas”. Y dio un par de ejemplos sencillos: “«¿Me vienen ganas de hablar contra alguien? Haz silencio», o bien: «¿Me viene un poco de sueño y no tengo ganas de rezar? Ve a rezar un poco». No tenemos que pensar en grandes gestos, sino en pequeñas cosas de todos los días”[15]. Toca concretar esas conversiones diarias, pequeñas en su gran mayoría, pero que disponen para las grandes, si son necesarias. Bajo la mirada amorosa de nuestra madre María, refugio de los pecadores, recorramos el camino cuaresmal de mano de san José, nuestro padre y señor. No nos faltará la bendición de Jesús, que “no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan” (Lucas 5, 32). La conversión es un don divino que requiere nuestra correspondencia confiada. Por eso nos invita: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mateo 11, 28).

 


[1] Francisco Exhortación apostólica Christus vivit n. 119.

[2] http://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/lent/documents/papa-francesco_20201111_messaggio-quaresima2021.html

[3] http://www.vatican.va/content/francesco/es/homilies/2021/documents/papa-francesco_20210217_omelia-ceneri.html

[4] http://www.vatican.va/content/francesco/es/angelus/2021.index.html

[5] http://www.vatican.va/roman_curia/tribunals/apost_penit/documents/rc_trib_appen_pro_20201208_decreto-indulgenze-sangiuseppe_sp.html

[6] https://opusdei.org/es-es/regreso-a-itaca/

[7] Francisco Angelus 9.03.2014

[8] Jacques Philippe, “Tiempo para Dios, Guía para la vida de oración” p. 18.

[9] Secuencia de la fiesta de Pentecostés.

[10] Benedicto XVI homilía miércoles de Ceniza de 2008.

[11] El salmo 50 brotó del corazón y de los labios del rey David, cuando enviado por Dios, Natán le reprendió por su pecado. Había cometido adulterio con Betsabé, mujer del general Urías, que perdió su vida al ser abandonado en batalla por orden de David. Consciente de su culpabilidad y dolido de su pecado, David apela a la bondad divina y pide perdón.

[12] Sobre el ayuno, la Iglesia no da normas precisas. Lo deja a la generosidad y capacidad de cada uno.

[13] Esta reflexión de san Agustín la recuerda Benedicto XVI en la encíclica Spe Salvi.

[14] Benedicto XVI enc. Deus caritas est n. 1.

[15] Francisco 22.10.2015

 

La pandemia debería producir un giro copernicano en los contenidos de la educación

Salvador Bernal

​ Jornada por los afectados de la pandemia.

Sería una pena reducir la actual crisis educativa en el mundo a la cuestión, más o menos instrumental, del empleo de las nuevas tecnologías. No parece discutible su gran aportación práctica en los tiempos más agudos de la expansión del coronavirus. De hecho, sirvió para comprobar el buen uso –no exhaustivo ni excluyente- que venían haciendo de esos recursos los centros educativos de mayor prestigio.

Será necesario siempre aprender y mejorar en la utilización de técnicas que facilitan el trabajo o el estudio o la solución de tantos problemas laborales. Por mi experiencia, he sugerido más de una vez a amigos, profesores de ciencias de la salud, que incluyan algún tipo de programa para que los graduados sepan escribir a máquina con los diez dedos. En el futuro, médicos y enfermeras –y pacientes y acompañantes- ganarían tiempo: podrían dedicar más espacio a ver, oír y charlar con las personas, en vez de luchar con teclas esquivas...

Pero los aspectos prácticos son más bien secundarios. Porque la pandemia ha puesto de relieve la insuficiencia de tantas inquietudes personales en la búsqueda del sentido de la propia vida. Ahí la familia y los maestros resultan insustituibles. No ya para “imponer” una visión de la existencia, sino para conducir un aprendizaje que temple la personalidad, forme el carácter y ayude a conocer y vivir las ineludibles limitaciones del ser humano, dando respuesta a su innata capacidad de preguntar.

Seguramente estará en la Red, pero no lo he encontrado en una somera investigación: recuerdo una muy antigua serie de televisión que –salvo error- era británica y se titulaba El prisionero; el protagonista era un destacado espía que, tras presentar su dimisión, se despertaba en una idílica isla-prisión, rodeado de personas que gozaban de la vida, pero sin libertad, sometidas a un control amable y tecnológicamente exhaustivo. La coordinación correspondía a un ordenador de la época, capaz de resolver todo, excepto la gran pregunta que le hará un día el protagonista: -¿Por qué? El espectador escucha el movimiento de los discos internos de la máquina, que termina... ardiendo, incapaz de superar el bucle provocado por la única pregunta para la que no tiene respuesta.

También hoy, y no sólo los estudiantes, querríamos saber por qué. Y no parece que el equipo de la OMS trasladado a Wuhan vaya a darnos cumplida explicación, ante la manifiesta opacidad de las autoridades chinas. Tampoco es tan necesario, porque, sin atender a las exageraciones de Bill Gates sobre futuras pandemias, la clave del futuro está más bien en la comprensión profunda de la finitud humana, en la búsqueda de modos mejores de entender el mundo, el clima, la convivencia, la muerte.

No hace mucho lo señalaba en Le Monde una tribuna colectiva firmada por médicos y psicólogos. En la entradilla, el diario resumía que la pandemia hace necesaria la instauración en la escuela de una verdadera "pedagogía de la finitud": "Ante la realidad universal e inevitable de la muerte, el continuum de la vida debe integrarse plenamente en el currículo pedagógico".

La tribuna arrancaba con preguntas esenciales constitutivas del tono de incertidumbre entre los alumnos que volvían a las aulas en septiembre: “¿Cuántos se encontraban, en marzo de 2020, ante los líderes políticos que desgranaban cada noche en la televisión el número de víctimas del virus? ¿Cuántos habían llegado a encontrar un sentido a estas muertes, reducidas a simple contabilidad ajena a toda forma de humanidad? ¿Cuántos habían perdido a un abuelo, un vecino o un amigo? ¿Cuántos se vieron obligados, a causa del encierro, a intensificar la ayuda que prestan a un pariente enfermo o discapacitado?” Sin olvidar que ellos mismos sienten que les puede alcanzar la enfermedad y la muerte.

El mito del progreso perenne e irreversible, con sus más recientes secuelas transhumanistas, no prepara ciertamente para la comprensión de los grandes temas. Incluso, se esquivan en la programación pedagógica, no se sabe si por miedo o por ignorancia. De ahí la necesidad de escuchar a los clásicos, de conocer orígenes y tradiciones, de no hurtar el hecho religioso. Y, desde luego, de no castigar a los padres que tratan de enseñar a los propios hijos, en contra de soluciones simplistas y abusivas como las del actual proyecto legal francés contra el “separatismo”: como suele suceder con demasiada frecuencia últimamente, leyes elaboradas por presiones demoscópicas crean nuevos problemas sin resolver los anteriores.

Una mujer contra lo políticamente correcto

María Solano

Son tiempos complejos. Los tiempos posmodernos nos han traído una errónea concepción de la tolerancia, convertida en un peligroso “todo vale” y, además, “vale igual”. De ahí es fácil pasar a la idea de posverdad, donde se desdibuja esa versión tomista de la adecuación del conocimiento a la realidad y parece acabar desdibujándose la realidad misma.

Por eso, cualquier persona que se atreve a alzar la voz en la esfera pública para defender verdades como puños hoy sometidas al relativismo gobernante, merece un encendido elogio. Y más aún si se trata de una mujer, una madre, una madre de familia numerosa, que defiende la vida desde su concepción hasta la muerte natural y que opta a la elección para presidir la Organización Médico Colegial. Ahí es nada el papel que tiene la doctora Luisa González frente al Rubicón de lo políticamente correcto.

González propone una idea original. Original porque vuelve a los orígenes de la ciencia médica, que consiste precisamente en procurar la vida, justo lo contrario que pretenden las propuestas de muerte de la eutanasia y el aborto. Original porque se desmarca de la corriente dominante y no solo colocándose de perfil para que el tema no le salpique, con el tan manido “yo no lo defiendo, pero allá cada cual” sino afrontando con valentía los derechos que considera inalienables, hijos de la dignidad natural de cada persona en cualquier estadio de su vida. Original porque se atreve a gritar lo que de verdad está ocurriendo, sin dobleces, sin medias tintas: una batalla entre la eficiencia económica de los recursos sanitarios y el humano sentido del cuidado del prójimo, en especial del que más lo necesita.

Así que hoy quiero aprovechar estas líneas para darle las gracias a la doctora González por el arrojo que supone, en los tiempos de lapidación pública en redes sociales, de absurda persecución con argumentos emotivistas que no aguantan el primer asalto, convertirse en portavoz de lo que tantos pensamos y tan poco expresan. Gracias por defender la verdad, aunque a veces resulte políticamente incorrecto.

María Solano Altaba

 

 

¿Por qué el aborto se sigue aprobando en nuestro tiempo?

Raúl Espinoza

¿Alguna vez han visitado una clínica en la que se destruyen vidas humanas y se arrojan a los basureros? Son pequeños cadáveres mutilados; bebés a los que se les arrancaron brazos, piernas y machacaron sus cabecitas.

La república de Argentina en fecha reciente aprobó el aborto. El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, quiere elevar a rango constitucional el aborto. En otros países, como México, se encuentra en estudio la posibilidad de aprobarlo.

La pregunta es: ¿Se han vuelto locos los gobernantes y legisladores? ¿Alguna vez han visitado una clínica en la que se destruyen vidas humanas y se arrojan a los basureros? Son pequeños cadáveres mutilados, destrozados, deformados; bebés a los que se les arrancaron sus brazos, sus piernas y machacaron sus cabecitas. Es un espectáculo tremendo de observar. No se puede llegar a comprender que tanta crueldad ocurra en este siglo XXI, que se jacta de ser la época de los derechos humanos y del respeto por el medio ambiente, los animales y la flora y la fauna submarina.

Las frases que se suelen emplear para justificarlo son: “Aceptar el aborto es propio de ‘sociedades de avanzada’; ‘políticamente correctas’; de ‘’apertura a los nuevos tiempos’”.

Los que no se dice es que detrás del aborto se mueve mucho dinero: hospitales, médicos, enfermeras, material quirúrgico, medicamentos. Lo que podemos afirmar, con absoluta certeza, es que se trata un lucrativo negocio porque, como sostenía el Doctor Bernard Nathanson hace años: “Es cuestión de aritmética: a 300 dólares cada aborto, y si lo multiplicamos por 1,550,000 abortos, nos encontramos con una industria que produce más de 500 millones de dólares anualmente, de los cuales, la mayor parte va a parar a los bolsillos de los médicos que lo practican”.

Existen numerosos millonarios del primer mundo que se oponen abiertamente al desarrollo demográfico de países en vías de desarrollo. Y, en vez de apoyarlos económicamente para que sean autosuficientes, prefieren irse por la vía del exterminio y aniquilación.

Ese fue el mismo camino que determinó Adolfo Hitler, líder del nacionalsocialismo alemán, en sus tristemente célebres campos de concentración. Lo que nunca he llegado a comprender cómo es que enfervorizó a millones de arios para detener, maltratar, humillar, torturar y asesinar a miles y miles de judíos. Sabemos que en su mente perversa también los latinoamericanos y afroamericanos nos encontrábamos en su lista macabra porque de la misma manera éramos considerados seres inferiores que no teníamos derecho a existir.

He leído varias historias dramáticas, me viene a la memoria, por ejemplo: una enfermera que colaboró en varios abortos y, al finalizar la jornada, al salir del quirófano y pasar por los botes de basura, escuchaba el lamento de un bebé que había quedado con vida. Ella se movió a compasión, lo recogió, lo llevó a escondidas a su casa, lo limpió, lo curó, le brindó sus cuidados médicos, lo alimentó. Luego le proporcionó educación y cariño como si fuera su hija. Pudo desarrollarse con normalidad e incluso llegó a asistir a la universidad. Con el tiempo, se casó y tuvo hijos. Ella quiso brindar su testimonio en diversos medios de comunicación y me llamó mucho la atención el hecho de que afirmó que no guardaba rencor ni resentimiento contra sus padres naturales ni contra el médico que la abortó. Y, en cambio, un gran agradecimiento a Dios y a la enfermera que le permitieron vivir y desarrollarse como ser humano. Su conclusión fue hacer un urgente llamado para frenar este demencial genocidio silencioso.

Da mucha pena ver en los medios de comunicación a cientos de jovencitas que se colocan su pañoleta verde y levantan sus puños manifestando su apoyo al aborto. Sabemos que han sido “mentalizadas” o manipuladas con unas cuantas frases superficiales y no tienen la menor idea de lo horroroso que resulta el destrozar a una criatura indefensa e inocente en el seno de su madre y privarla de su primer derecho humano: el derecho a vivir.

Estas jóvenes dicen que con ello manifiestan su “liberación femenina”. Pienso que a ellas serían a las primeras a las que habría que llevarlas a esas clínicas en las que se practica el aborto y que observen detenidamente cómo son arrojados a los basureros y el deplorable estado en que quedan esos pequeños cadáveres destrozados de los bebés.

Una última reflexión para animar a los ciudadanos mexicanos a que tengamos una participación ciudadana más activa, dejando de lado la pasividad y la indiferencia, y que hagamos todo lo posible por detener y terminar con este silencioso holocausto, una importante conclusión a la que llegaba el doctor Bernard Nathanson: “Aprendimos que lo único que se necesita para que el mal triunfe, es que los hombres de buena voluntad simplemente no hagan nada”.

Testimoniar la verdad

Es cierto que las llamadas nuevas tecnologías son una herramienta formidable para que todos podamos convertirnos en testigos de acontecimientos que de otro modo serían pasados por alto por los medios de comunicación tradicionales, pero no es menos cierto que suponen también el riesgo de dar por buena cualquier cosa que nos llegue, sin verificarla convenientemente.

El nuestro es, como reconoce el Papa, un tiempo tan complejo como apasionante para la comunicación, en el que hay que agradecer especialmente la valentía de aquellos que nos hacen llegar las voces olvidadas, a aquellos que van y ven cómo son las cosas en el mismo lugar de los hechos y que convierten en protagonistas a aquellas personas a las que la cultura del descarte, en ocasiones, no les permite ni tan siquiera dar a conocer su historia.

José Morales Martín

 

El “ven y lo verás”

El Papa Francisco ha invitado a los periodistas a ir a allí donde nadie quiere ir y a testimoniar la verdad. En la línea del Mensaje publicado para la próxima Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, el Papa pedía a los comunicadores que se alejen de la rutina que lleva a una información fotocopiada y que les vuelve cómodos, sin desgastar la suela de los zapatos.

El “ven y lo verás” es el método más sencillo para conocer una realidad. Es la verificación más honesta de todo anuncia, porque para conocer es necesario encontrar, permitir que aquel que tengo de frente, me hable y dejar que su testimonio me alcance.

Así también, el mensaje de la fe cristiana requiere sobre todo un conocimiento directo, porque a la información que no lo incluye le cuesta cada vez más llegar a la verdad de las cosas y a la vida concreta de las personas.

Suso do Madrid

 

Amenazan las libertades de la persona

Me preocupa cada día más el voluntarismo en la acción pública de tantos países. En los momentos de esplendor de la universidad medieval, la ley se concebía como ordinatio rationis. Por paradoja, la Ilustración, que exaltó la fuerza del pensamiento humano, acabó derivando en la primacía de la voluntad, tantos veces confundida con el mero deseo, al menos desde el 68. No escribo de España, aunque me alegra no vivir en tierras de Castilla, famosa por sus catedrales: me parece increíble leer que no pueden estar juntas más de 25 personas en una iglesia; basta comparar la cifra con el máximo de pasajeros en un autobús urbano de Madrid: 58...

Dios quiera que no se cumplan mis presagios para Estados Unidos. No veo cómo un nuevo presidente puede sanar los males de una democracia que arrastra sus dolencias durante las últimas décadas, en una concatenación de relativos despropósitos desde la intervención en Vietnam. La grave enfermedad actual, que llevó Donald Trump a cotas impensables, exigió la presencia de unos 25.000 soldados en la calle durante la toma de posesión de Joe Biden, según The Economist. Las primeras medidas adoptadas por éste, en la medida en que parecen responder a los planteamientos de la izquierda del partido demócrata, no confirman sus declaraciones favorables a la refundación de la unidad nacional, demasiado rota hace décadas en cuestiones fundamentales.

La unidad no se construye desde la sumisión. Lo están comprobando por desgracia los habitantes de Hong Kong. La tendencia totalitaria del partido comunista chino no admite debilidades, ni siquiera en el plano de la eficacia económica: la experiencia muestra que Pekín interfiere en las empresas que no se someten a sus directrices. Además, aprovecha hoy la expansión de la pandemia para extender por el planeta una red de relaciones encaminada a lograr la posible supremacía mundial. Quizá, salvo la de Australia, no hay respuestas occidentales dignas de su historia, por el predominio real de intereses comerciales.

Jesús Domingo Martínez

 

De cómo se quiebra un país robándolo de infinitas formas

                                Hoy me limito a difundir una indignante noticia relativa a mi país natal, como muestra de lo que aquí ocurre lleva ya “muchísimas décadas”, que por otra parte es lo que ocurre en otros muchos países del planeta.

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PERIODISTA DIGITAL 19 Feb 2021 - 09:55 CET

LOS 'MARQUESES DE GALAPAGAR' SE LAS VERÍAN PARA AFRONTAR EL PAGO DE LA HIPOTECA DEL CASOPLÓN Y DE LA NIÑERA

Los motivos por los que Iglesias no se irá de Moncloa hasta que lo echen: 8 millones en sueldos y 100 asesores

Igualmente, muchos enchufados en la Administración Pública tendrían que volver a depender salarialmente de Unidas Podemos. Irene Montero también se llevaba a su asesora-niñera a los Consejos de Ministros, a cuidar a su hija

Van de farol como unos mediocres jugadores de póker.

Pablo Iglesias y su tropa de Unidas Podemos pretenden poner en jaque a Pedro Sánchez cada vez que la parte socialista del Gobierno tumba alguna de sus barrabasadas legales como la ‘ley trans’.

Sin embargo, a pesar de que los morados no soportan que se les baje el ego por parte del presidente del Falcon, lo cierto es que no pueden tampoco poner en peligro unas prebendas que hace poco más de un año siquiera imaginaban que iban a poder disfrutar.

Por eso Pablo Iglesias, Irene Montero y compañía no van a abandonar por su propio pie la holganza que les proporciona estar en el poder, así como el disfrute de pisar moqueta y gozar de despachos de maderas nobles y sillones de cuero repujado en los que, por ejemplo, la ministra de Igualdad puede celebrar sus fiestas de cumpleaños con su ‘cuchipandi’.

Para seguir sumando argumentos en pro de que Iglesias no acabará abandonando a Pedro Sánchez está el hecho de que el propio líder supremo de Unidas Podemos y vicepresidente segundo del Gobierno se vería tal vez con más de un apuro para afrontar el pago de la hipoteca de su casoplón de Galapagar.

Y no solo eso. Porque, gracias a entrar en el Consejo de Ministros, a los comunistas se les ha aligerado la nómina con más de un centenar de altos cargos y asesores colocados en los diferentes departamentos gubernamentales que ahora son pagados por ‘papá Estado’ gracias al dinero de los sufridos contribuyentes.

Tampoco es un asunto menor el que gracias a estar en el poder, Pablo Iglesias e Irene Montero se pueden permitir el lujo de tener niñera-funcionaria, a razón de más de 50.000 euros al año.

De no seguir en el gabinete monclovita, no parece que con su salario como meros diputados rasos de Unidas Podemos pudieran afrontar el coste que conlleva la misma.

ALIGERAMIENTO DE LA MASA SALARIAL EN EL PARTIDO DE IGLESIAS

El Boletín Oficial del Estado ha publicado el nombramiento de varias decenas secretarios de Estado, subsecretarios, directores generales y de Gabinete que están vinculados a la formación de Pablo Iglesias.

Además hay que añadir otros cinco vocales y 14 expertos asesores de diversos organismos del Estado.

Y la cuenta no solo se frena ahí. Entre los gabinetes técnicos y de asesoría de cada uno de los niveles administrativos de los cinco ministerios que controla Unidas Podemos han sido designados alrededor de unas 100 personas.

¿Y en qué se traduce esto? Pues muy sencillo, que ahora mismo la permanencia en el Ejecutivo socialcomunista le reporta a Pablo Iglesias un monto cercano a los 8 millones de euros en sueldos y poder disponer de un centenar de asesores.

Y tampoco es moco de pavo, precisamente, los 11 millones de euros que se pueden repartir entre los suyos correspondientes a complementos de productividad y el chollo que supone manejar cerca de 10.000 millones de los Presupuestos Generales del Estado merced a los cinco ministerios que están bajo su jurisdicción.

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                                Así que “usted que me lee”,  como mínimo comente y difunda esta noticia, España y resto de países, “llevados de esta ignominiosa y delictiva forma; están como están, no por otro motivo que el del bandidaje que los domina”, y aunque parezca que no surten efecto “las palabras de los sojuzgados”, pero no olvidemos que la mejor y más eficaz arma con que contamos, es precisamente LA PALABRA; que es a la que más temen, “los que dicen gobernar, mientras nos roban hasta la ilusión de ser, estar y vivir donde nacimos”.

                                IMPORTANTE: Tengan presente que este es sólo “un caso especial”, ya que el criticado es vicepresidente del gobierno actual, el que como mayor abuso, ha conseguido que su esposa o compañera, sea ministra también, cosa que copia del también actual presidente del gobierno, que hizo a su esposa o compañera, ministra; y que en general; estas corrupciones, “son el pan nuestro de cada día, en esta España corrupta de ahora mismo, por la infinidad de casos que ocurrieron y siguen ocurriendo”.

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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