Las Noticias de hoy 15 Febrero 2021

Enviado por adminideas el Lun, 15/02/2021 - 12:25

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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 15 de febrero de 2021     

Indice:

ROME REPORTS

Ángelus del Papa: "Pidamos la gracia de amar superando miedos y prejuicios"

El Papa en la Catequesis: impregnar de oración las humildes situaciones cotidianas

EL SACRIFICIO DE ABEL: Francisco Fernandez Carbajal

​ “Sembradores de paz y de alegría”: San Josemaria

Lo normal, discreto y divino: Diego Zalbidea

Se hablará de ella : Andrés Cárdenas M.

Examen de conciencia para la confesión (adultos)

Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2021: Francisco

Día de los enamorados | ¿Casarse 12,136 veces? : Pbro. José Martínez Colín

La vocación humana al amor: Pedro Beteta López

"Echarle una mano a Dios": José Luis Martín Descalzo,

Cuaresma en la pandemia: Ernesto Juliá

La liturgia es un encuentro. Una comunicación eficiente: José Martínez Colín.

Los amigos de los hijos: una influencia bien importante: LaFamilia.info

La nueva religiosidad : Mario Arroyo.

Qué pasa en otras culturas: Valentín Abelenda Carrillo

Personas pobres espirituales : Juan García. 

La encrucijada de Francia: Pedro García

Espiritualmente pobres: Domingo Martínez Madrid

Habla un maestro de hace dos milenios : Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

Ángelus del Papa: "Pidamos la gracia de amar superando miedos y prejuicios"

A la hora del rezo del Ángelus, el Santo Padre Francisco reflexionó sobre el Evangelio de hoy (Mc 1,40-45) que relata el encuentro en el que Jesús sana a un leproso, enfermedad que en aquel tiempo era repudiada y marginada socialmente por ser "impura". El Papa invitó a los fieles a pedir al Señor la gracia de vivir las dos "transgresiones" que nos presenta este pasaje evangélico: "La transgresión del leproso (tener la valentía de salir de nuestro aislamiento) y la de Jesús, que fue capaz de amar más allá de los miedos y prejuicios".

Sofía Lobos - Ciudad del Vaticano

El 14 de febrero, VI domingo del tiempo ordinario, el Papa Francisco rezó la oración mariana del Ángelus finalmente asomado desde la ventana del Palacio Apostólico del Vaticano ante la presencia de fieles, ya que a causa de la pandemia del Covid-19, el Santo Padre ha celebrado, en las últimas semanas, su cita dominical desde la biblioteca del Palacio apostólico. 

Jesús cura al leproso

Reflexionando sobre el Evangelio de hoy (Mc 1,40-45) que relata el momento en el que Jesús cura a un hombre enfermo de lepra, el Papa recordó que en aquel tiempo, "los leprosos eran considerados impuros y, según las prescripciones de la Ley, debían permanecer fuera de los lugares habitados".

"Eran excluidos de toda relación humana, social y religiosa. Jesús, en cambio, deja que se le acerque aquel hombre, se conmueve, incluso extiende la mano y lo toca", dijo el Pontífice, subrayando que de este modo, el Hijo de Dios pone en práctica la Buena Noticia que anuncia:

“Dios se ha hecho cercano a nuestra vida, tiene compasión de la suerte de la humanidad herida y viene a derribar toda barrera que nos impida vivir nuestra relación con Él, con los demás y con nosotros mismos”

Dios es Padre de la compasión y del amor

Además, el Papa señaló que en este episodio podemos ver que se encuentran dos "transgresiones": el leproso que se acerca a Jesús y Jesús que, movido por la compasión, lo toca para curarlo.

La primera transgresión -explicó Francisco- es aquella del leproso:

“A pesar de las prescripciones de la Ley, sale del aislamiento y se acerca a Jesús. Su enfermedad era considerada un castigo divino, pero en Jesús él pudo ver otro rostro de Dios: no el Dios que castiga, sino el Padre de la compasión y del amor, que nos libera del pecado y que nunca nos excluye de su misericordia”

Igualmente, el Papa hizo hincapié en que aquel hombre "sale de su aislamiento, porque en Jesús encuentra a Dios que comparte su dolor. La actitud de Jesús lo atrae, lo empuja a salir de sí mismo y a confiarle a Él su historia de dolor".

Un aplauso para los "confesores misericordiosos"

En este punto, Francisco dirigió un pensamiento especial para los "tantos buenos sacerdotes confesores que tienen esta actitud", de atraer a la gente.

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«Atraen a tanta gente que no siente nada, que se siente "en el suelo" por sus pecados... y lo hacen con ternura, con compasión... Buenos son esos confesores que no están con el látigo en la mano, sino que están solo para recibir, para escuchar, y para decir que Dios es bueno y que Dios siempre perdona, que Dios no se cansa de perdonar», aseveró el Obispo de Roma pidiendo a los fieles presentes en la Plaza de San Pedro un aplauso para estos "confesores misericordiosos".

Dios no es indiferente a nuestro sufrimiento

La segunda transgresión -continuó el Santo Padre- es la de Jesús:

“Mientras la Ley prohibía tocar a los leprosos, Él se conmueve, extiende su mano y lo toca para curarlo. No se limita a las palabras, sino que lo toca. Tocar con amor significa establecer una relación, entrar en comunión, implicarse en la vida del otro hasta el punto de compartir incluso sus heridas”

Pero... ¿Qué significa este acercamiento no sólo físico, sino también espiritual entre el Maestro y el enfermo de lepra?

Para Francisco, este gesto de Jesús muestra que Dios no es indiferente, que no se mantiene a una "distancia segura"; al contrario, "se acerca con compasión y toca nuestra vida para sanarla". 

No caer en los prejuicios sociales

Antes de concluir su alocución, el Papa recordó que incluso en la actualidad, en todo el mundo, hay tantos hermanos y hermanas que sufren de lepra, "o de otras enfermedades y condiciones a las que, lamentablemente, se asocian prejuicios sociales" y en algunos casos hay incluso discriminación religiosa.

 

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14/02/2021

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Un sufrimiento del que nadie está completamente exento -indicó el Sucesor de Pedro- ya que a cada uno de nosotros nos puede ocurrir experimentar a lo largo de la vida, "heridas, fracasos, sufrimientos, egoísmos que nos cierran a Dios y a los demás".

Aquel que se "contamina" con la humanidad herida

Frente a todo esto, «Jesús nos anuncia que Dios no es una idea o una doctrina abstracta, sino Aquel que se "contamina" con nuestra humanidad herida y que no teme entrar en contacto con nuestras heridas», puntualizó Francisco, poniendo en guardia sobre el riesgo de silenciar nuestro dolor "usando máscaras", para "cumplir con las reglas de la buena reputación y las costumbres sociales", o directamente cediendo ante nuestros egoísmos y temores internos con el fin de no "implicarnos demasiado en los sufrimientos de los demás".

Antes de finalizar, el Papa invitó a los fieles a pedir al Señor la gracia de vivir estas dos "transgresiones" del Evangelio:

“La del leproso, para que tengamos la valentía de salir de nuestro aislamiento y, en lugar de quedarnos allí a lamentarnos o a llorar por nuestros fracasos, vamos a Jesús tal como somos. Y luego la transgresión de Jesús: un amor que nos hace ir más allá de las convenciones, que nos hace superar los prejuicios y el miedo a mezclarnos con la vida del otro”

"Que en este camino nos acompañe la Virgen María, a la que ahora invocamos en la oración del Ángelus", concluyó el Santo Padre.

El Papa en la Catequesis: impregnar de oración las humildes situaciones cotidianas

La oración dispone a un amor sobreabundante: apacigua la ira, sostiene el amor, multiplica la alegría, infunde la fuerza para perdonar. Cuando una oración es según el corazón de Jesús, obtiene milagros. Por eso, rezar cada día por todo y por todos, también por los enemigos, porque "amando con ternura el mundo descubriremos que cada día y cada cosa lleva escondido en sí un fragmento del misterio de Dios". Catequesis del Papa

«Que la Palabra de Cristo resida en ustedes con toda su riqueza. Instrúyanse en la verdadera sabiduría, corrigiéndose los unos a los otros. Canten a Dios con gratitud y de todo corazón salmos, himnos y cantos inspirados. Todo lo que puedan decir o realizar, háganlo siempre en nombre del Señor Jesús, dando gracias por él a Dios Padre». Col 3,16-17.

Quien reza es como el enamorado, que lleva siempre al amado en su corazón

Es la carta a los Colosenses del Apóstol Pablo la que introduce hoy la catequesis del Papa Francisco, que reflexiona sobre la oración en la vida cotidiana. El Santo Padre, desde la Biblioteca del Palacio Apostólico, presidió la Audiencia General, recordando que en la catequesis de la semana pasada vimos “cómo la oración cristiana está ‘anclada’ a la Liturgia”.

“Hoy – explicó el Papa – destacaremos cómo desde la Liturgia esta vuelve siempre a la vida cotidiana: por las calles, en las oficinas, en los medios de transporte…”, donde “continúa el diálogo con Dios”, pues “quien reza es como el enamorado, que lleva siempre en el corazón a la persona amada, donde sea que esté”.

Cualquier experiencia toque nuestro camino, el amor de Dios puede convertirlo en bien

En este diálogo con Dios, señaló Francisco, “toda alegría se convierte en motivo de alabanza, toda prueba es ocasión para una petición de ayuda”. La oración, afirmó, “está siempre viva en la vida como una brasa de fuego”, y así, también “cuando la boca no habla, el corazón habla”. Incluso un pensamiento “aparentemente profano”, puede ser impregnado de oración”.

El conocimiento de Cristo nos hace confiados que, allí donde nuestros ojos y los ojos de nuestra mente no pueden ver, no está la nada, sino hay Alguien que nos espera, hay una gracia infinita. Y así la oración cristiana infunde en el corazón humano una esperanza invencible: cualquier experiencia que toque nuestro camino, el amor de Dios puede convertirlo en bien.

La oración transforma el “hoy” en gracia

Citando luego el Catecismo, que enseña que aprendemos a orar en ciertos momentos escuchando la Palabra del Señor y participando en su Misterio Pascual, pero que recuerda que “en todo tiempo”, “su Espíritu se nos ofrece para que brote la oración”, el Santo Padre subrayó el “hoy” del encuentro con Dios: en este hoy “real” y “concreto”, enseñó, “Jesús viene a nuestro encuentro. La oración “transforma este hoy en gracia" y "nos transforma", aseguró.  

La oración apacigua la ira, sostiene el amor, multiplica la alegría, infunde la fuerza para perdonar. En algún momento nos parecerá que ya no somos nosotros los que vivimos, sino que la gracia vive y obra en nosotros mediante la oración.

Acompañados por el Señor nos sentimos más valientes, libres y felices

De ahí que el Papa aconseje que, cuando llega un pensamiento de ira, de descontento, que lleva a la amargura, haya que detenerse y hablar con el Señor, porque Él dará “la palabra justa", el consejo "para seguir adelante”:

Cada día que empieza, si es acogido en la oración, va acompañado de valentía, de forma que los problemas a afrontar no sean estorbos a nuestra felicidad, sino llamadas de Dios, ocasiones para nuestro encuentro con Él. Y cuando uno está acompañado por el Señor, se siente más valiente, más libre y también más feliz.

La oración realiza milagros, aún si no lo sabemos

Por eso el Santo Padre exhorta a que recemos siempre “por todo y por todos”, incluso por los enemigos, como nos lo aconsejó Jesús. Exhorta a que recemos por nuestros seres queridos, pero también por quienes no conocemos, y, sobre todo, por las personas infelices, aquellos “que lloran en la soledad y desesperan porque todavía haya un amor que late por ellos”. Recuerda que “la oración realiza milagros” y  asegura que los pobres intuyen “por gracia de Dios” que también en esa situación de precariedad suya “la oración de un cristiano ha hecho presente la compasión de Jesús”:

El Señor es -no lo olvidemos- el Señor de la compasión, de la cercanía, de la ternura: tres palabras que hay que olvidar: siempre con el Señor. Porque es el estilo del Señor: compasión, cercanía, ternura.

Amando con ternura, descubriremos un fragmento del misterio de Dios

Como la oración “dispone a un amor sobreabundante”, “nos ayuda a amar a los otros, no obstante, sus errores y sus pecados”. La persona, dijo el Papa recordando que Jesús no ha juzgado al mundo, sino que lo ha salvado, "siempre es más importante que sus acciones". De ahí que sea “necesario” querer a todos y cada uno sin olvidar que "todos somos pecadores y al mismo tiempo amados por Dios, uno a uno".

Es una vida fea, la de esas personas que siempre están juzgando a los demás, siempre condenando, juzgando... es una vida fea, infeliz.(...) Abre tu corazón, perdona, justifica a los demás, comprende, sé tú también cercano a los demás, ten compasión, ten ternura: como Jesús. Amando así este mundo, amándolo con ternura, descubriremos que cada día y cada cosa lleva escondido en sí un fragmento del misterio de Dios.

Impregnar de oración las humildes situaciones cotidianas

Porque el “hombre es semejante a un soplo, como la hierba”, basta "un vapor, una gota de agua" para matarlo, al final de la reflexión, el Santo Padre volvió sobre las enseñanzas del Catecismo, para subrayar que es justo y bueno orar para que la venida del Reino de justicia y de paz influya en la marcha de la historia, pero que también es importante impregnar de oración las humildes situaciones cotidianas. 

Somos seres frágiles, pero sabemos rezar: y esta es la dignidad más grande. Es también nuestra fortaleza. Coraje. Rezar en todo momento, en toda situación, porque el Señor está cerca de nosotros. Y cuando una oración es según el corazón de Jesús, obtiene milagros.

Nuestra Señora de Lourdes conceda salud del alma y cuerpo a todos  

Saludando a los fieles de lengua española recordó que mañana celebramos la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, patrona de los enfermos.

Pidamos por su intercesión que el Señor conceda la salud del alma y cuerpo a todos los que sufren a causa de alguna enfermedad y de la actual pandemia, y fortalezca a quienes los asisten y los acompañan en este tiempo de prueba que atraviesan en sus vidas. Que Dios los bendiga a todos.

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10/02/2021

Audiencia General del 10 de febrero de 2021

 

Rezar por el don de la paz

También expresó su cercanía a las víctimas de la calamidad ocurrida hace tres días en el norte de la India, recordó que en Extremo Oriente y en varias partes del mundo, el próximo viernes 12 de febrero se celebra el fin de año lunar, que acompañó con sus deseos de fraternidad y solidaridad. Y formuló su deseo, en este momento particular, de que cada uno pueda gozar de buena salud y serenidad en la vida, invitando, por último, a rezar por el don de la paz y de todos los demás bienes que sin olvidar nunca tener un cuidado preferencial hacia los más pobres y los más débiles.

EL SACRIFICIO DE ABEL

— Para Dios ha de ser lo mejor de nuestra vida: amor, tiempo, bienes...

— Dignidad y generosidad en los objetos del culto.

— Amor a Jesús en el Sagrario.

I. Relata el libro del Génesis1 que Abel presentaba a Yahvé las primicias y lo mejor de su ganado. Y le fue grata a Dios la ofrenda de Abel y no lo fue la de Caín, que no ofrecía lo mejor de lo que cosechaba.

Abel fue «justo», es decir, santo y piadoso. Lo que hace mejor la ofrenda de Abel no es su calidad objetiva, sino su entrega y generosidad. Por esto Dios miró con agrado sus víctimas y tal vez envió –según una antigua tradición judía– fuego para quemarlas en señal de aceptación2.

También en nuestra vida lo mejor ha de ser para Dios. Hemos de presentar la ofrenda de Abel y no la de Caín. Para Dios ha de ser lo mejor de nuestro tiempo, de nuestros bienes, de nuestra vida. No podemos darle lo peor, lo que sobra, lo que no cuesta sacrificio o aquello que no necesitamos. Para Dios toda la vida, pero incluyendo los años mejores. Para el Señor toda nuestra hacienda, pero, cuando queramos hacerle una ofrenda, escojamos lo más preciado, como haríamos con una criatura de la tierra a la que estimamos mucho. El hombre no es solo cuerpo ni solo alma; porque está compuesto de ambos, necesita también manifestar a través de actos externos, sensibles, su fe y su amor a Dios. Dan pena esas personas que parecen tener tiempo para todo, pero que difícilmente lo tienen para Dios: para hacer un rato de oración, o una Visita al Santísimo, que apenas dura unos minutos... O bien disponen de medios económicos para tantas cosas y son mezquinos con Dios y con los hombres. Dar agranda siempre el corazón y lo ennoblece. De la mezquindad acaba saliendo un alma envidiosa, como la de Caín: no soportaba la generosidad de Abel.

«Es preciso ofrecer al Señor el sacrificio de Abel. Un sacrificio de carne joven y hermosa, lo mejor del rebaño: de carne sana y santa; de corazones que solo tengan un amor: ¡Tú, Dios mío!; de inteligencias trabajadas por el estudio profundo, que se rendirán ante tu Sabiduría; de almas infantiles, que no pensarán más que en agradarte.

»—Recibe, desde ahora, Señor, este sacrificio en olor de suavidad»3. Para Ti, Señor, lo mejor de mi vida, de mi trabajo, de mis talentos, de mis bienes..., incluso de los que podría haber tenido. Para Ti, mi Dios, todo lo que me has dado en la vida, sin límites, sin condiciones... Enséñame a no negarte nada, a ofrecerte siempre lo mejor.

Pidamos al Señor saber ofrecerle en cada situación, en toda circunstancia, lo mejor que tengamos en ese momento; pidámosle que haya muchas ofrendas y sacrificios como el de Abel: hombres y mujeres que se entreguen a Dios desde su juventud. Corazones que –a cualquier edad– sepan darle todo lo que se les pide, sin regateos, sin mezquindades... ¡Recibe, Señor, este sacrificio gustoso y alegre!

II. «Es bello considerar que el primer testimonio de fe en favor de Dios fue dado ya por un hijo de Adán y Eva y por medio de un sacrificio. Se explica, por tanto, que los Padres de la Iglesia vieran en Abel una figura de Cristo: por ser pastor, por ofrecer un sacrificio agradable a Dios, por derramar su sangre, por ser “mártir de la fe”.

»La Liturgia, al renovar el Sacrificio de Cristo, pide a Dios que mire con mirada serena y bondadosa sobre las Ofrendas del Señor, así como miró sobre las ofrendas del “justo Abel” (Cfr. Misal Romano, Plegaria Eucarística I4. Debemos ser generosos y amar todo lo que se refiere al culto de Dios, porque siempre será poco e insuficiente para lo que merece la infinita excelencia y bondad divina. Los cristianos debemos tener en este campo una delicadeza extrema y evitar la inconsideración y la tacañería: no ofreceréis nada defectuoso, pues no sería aceptable5, nos advierte el Espíritu Santo.

Para Dios, lo mejor: un culto lleno de generosidad en los elementos sagrados que se utilicen, y con generosidad en el tiempo, el que sea preciso –no más–, pero sin prisas, sin recortar las ceremonias, o la acción de gracias privada después de acabada la Santa Misa, por ejemplo. El decoro, calidad y belleza de los ornamentos litúrgicos y de los vasos sagrados expresan que es para Dios lo mejor que tenemos, son signo del esplendor de la liturgia que la Iglesia triunfante tributa en el Cielo a la Trinidad, y son ayuda poderosa para reconocer la presencia divina entre nosotros. La tibieza, la fe endeble y desamorada tienden a no tratar santamente las cosas santas, perdiendo de vista la gloria, el honor y la majestad que corresponden a la Trinidad Beatísima.

«¿Recordáis aquella escena del Antiguo Testamento, cuando David desea levantar una casa para el Arca de la Alianza, que hasta ese momento era custodiada en una tienda? En aquel tabernáculo, Yahvé hacía notar su presencia de un modo misterioso, mediante una nube y otros fenómenos extraordinarios. Y todo esto no era más que una sombra, una figura. En cambio, el Señor se encuentra realmente presente en los tabernáculos donde está reservada la Santísima Eucaristía. Aquí tenemos a Jesucristo –¡cómo me enamora hacer un acto explícito de fe!– con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. En el tabernáculo, Jesús nos preside, nos ama, nos espera»6.

En la casa de Simón el fariseo, donde Jesús echó de menos las atenciones que era costumbre tener con los invitados, quedó patente la cuestión del dinero empleado en las cosas de Dios. Mientras Jesús está contento por las muestras de arrepentimiento que recibe de aquella mujer, Judas murmura y calcula el gasto –para él inútil– que se está realizando. Aquella misma tarde decidió traicionarle. Le vendió por una cantidad aproximada a lo que costaba el perfume derramado: treinta siclos de plata, unos trescientos denarios. «Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios.

»—Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco.

»—Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “opus enim bonum operata est in me” —una buena obra ha hecho conmigo»7.

También el Señor, ante la entrega de nuestra vida, ante la generosidad manifestada de mil modos (tiempo, bienes...), debe poder decir: una buena obra ha hecho conmigo, ha manifestado su amor en obras.

III. Cuando nace Jesús, no dispone siquiera de la cuna de un niño pobre. Con sus discípulos, no tiene en ocasiones dónde reclinar la cabeza. Morirá desprendido de todo ropaje, en la pobreza más absoluta; pero cuando su Cuerpo exánime es bajado de la Cruz y entregado a los que le quieren y le siguen de cerca, estos le tratan con veneración, respeto y amor. José de Arimatea se encargará de comprar un lienzo nuevo, donde será envuelto, y Nicodemo los aromas precisos. San Juan, quizá asombrado, nos ha dejado la gran cantidad de estos: como unas cien libras, más de treinta kilogramos. No le enterraron en el cementerio común, sino en un huerto, en una sepultura nueva, probablemente la que el mismo José había preparado para sí. Y las mujeres vieron el monumento y cómo fue depositado su cuerpo. A la vuelta a la ciudad prepararon nuevos aromas... Cuando el Cuerpo de Jesús queda en manos de los que le quieren, todos porfían por ver quién tiene más amor.

En nuestros Sagrarios está Jesús, ¡vivo!, como en Belén o en el Calvario. Se nos entrega para que nuestro amor lo cuide y lo atienda con lo mejor que podamos, y esto a costa de nuestro tiempo, de nuestro dinero, de nuestro esfuerzo: de nuestro amor.

La reverencia y el amor se han de manifestar en la generosidad con todo aquello que se refiere al culto. Ni siquiera con pretexto de caridad hacia el prójimo se puede faltar a la caridad con Dios, ni es de alabar una generosidad con los pobres, imágenes de Dios, si se hace a expensas del decoro en el culto a Dios mismo, y mucho menos si no va acompañada de sacrificio personal. Si amamos a Dios, crecerá nuestro amor al prójimo, con obras y de verdad. No es cuestión de mero precio, ni en materia así caben simples cálculos aritméticos; no se trata de defender la suntuosidad, sino la dignidad y el amor a Dios, que también se expresa materialmente8. ¿Tendría sentido que hubiera medios económicos para construir lugares de diversión y de recreo con buenos materiales, incluso lujosos, y que para el culto divino solo se encontraran lugares, no pobres, sino pobretones, fríos, desangelados? Entonces tendría razón el poeta, cuando dice que la desnudez de algunas iglesias es «la manifestación al exterior de nuestros pecados y defectos: debilidad, indigencia, timidez en la fe y en el sentimiento, sequedad del corazón, falta de gusto por lo sobrenatural...»9.

La Iglesia, velando por el honor de Dios, no rechaza soluciones distintas a las de otras épocas, bendice la pobreza limpia y acogedora –¡qué estupendas iglesias, sencillas pero muy dignas, hay en algunas aldeas de pocos medios económicos y de mucha fe!–; lo que no se admite es el descuido, el mal gusto, el poco amor a Dios que supone dedicar al culto ambientes u objetos que –si se pudiera– no se admitirían en el hogar de la propia familia.

Es lógico que los fieles corrientes ayuden, de mil maneras diferentes, para que se cuide y se conserve con esmero lo referente al culto divino. Los signos litúrgicos, y cuanto se refiere a la liturgia, entra por los ojos. Los fieles deben salir fortalecidos en su fe después de una ceremonia litúrgica, con más alegría y animados a amar más a Dios.

Pidamos a la Santísima Virgen que aprendamos a ser generosos con Dios como lo fue Ella, en lo grande y en lo pequeño, en la juventud y en la madurez..., que sepamos ofrecer, como Abel, lo mejor que tengamos en cada momento y en todas las circunstancias de la vida.

1 Primera lectura. Año I. Cfr. Gen 4, 1-5, 25. — 2 Sagrada Biblia, Epístola a los Hebreos, EUNSA, Pamplona 1987, nota a 11, 4. — 3 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 43. — 4 Sagrada Biblia, Epístola a los Hebreos, EUNSA, loc. cit. — 5 Lev 22, 20. — 6 A. del Portillo, Homilía, 20-VII-1986. — 7 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 527. — 8 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 124. — 9 Paul Claudel, Ausencia y presencia.

 

“Sembradores de paz y de alegría”

¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial”? –Pues la tienes: así, vocación. Encomiéndate a San Rafael, para que te conduzca castamente hasta el fin del camino, como a Tobías. (Camino, 27)

15 de febrero

Es muy importante que el sentido vocacional del matrimonio no falte nunca tanto en la catequesis y en la predicación, como en la conciencia de aquellos a quienes Dios quiera en ese camino, ya que están real y verdaderamente llamados a incorporarse en los designios divinos para la salvación de todos los hombres.

Por eso, quizá no puede proponerse a los esposos cristianos mejor modelo que el de las familias de los tiempos apostólicos: el centurión Cornelio, que fue dócil a la voluntad de Dios y en cuya casa se consumó la apertura de la Iglesia a los gentiles; Aquila y Priscila, que difundieron el cristianismo en Corinto y en Efeso y que colaboraron en el apostolado de San Pablo; Tabita, que con su caridad asistió a los necesitados de Joppe. Y tantos otros hogares de judíos y de gentiles, de griegos y de romanos, en los que prendió la predicación de los primeros discípulos del Señor.

Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído. (Es Cristo que pasa, 30)

 

 

Lo normal, discreto y divino

Algunos paisanos de Jesús dudaron de que el poder de Dios pueda manifestarse en alguien "tan normal". El Señor quiere seguirnos encontrando en lo cotidiano, tejido por sencillas normas de piedad que procuramos vivir.

OTROS15/02/2021

Es sábado. Jesús está en la sinagoga de Nazaret. Quizás vienen a su mente muchos recuerdos entrañables de infancia y juventud. ¡Cuántas veces habrá escuchado allí la palabra de Dios! A sus paisanos, que le conocen desde hace mucho tiempo, les han ido llegando varias noticias sobre los milagros que ha hecho en ciudades vecinas. Y esto da lugar a algo extraño: la familiaridad con Jesús se convierte para ellos en un obstáculo. «¿De dónde le viene a este esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano?» (Mt 13,54-55), se preguntan. Les sorprende que la salvación pueda venir de alguien a quien han visto crecer día a día. No creen que el Mesías pueda haber vivido entre ellos de una manera tan discreta y desapercibida.

 

Como los paisanos de Jesús

Los habitantes de Nazaret creen conocer bien a Jesús. Están seguros de que las cosas que se cuentan de él no pueden ser ciertas. «¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?» (Mt 13,56). En un pueblo que no hace representaciones de Dios, que ni siquiera pronuncia su nombre, uno de sus compatriotas afirma que es el Mesías… Imposible. Es más, conocen su origen, conocen a sus padres, conocen su casa: «Era una familia sencilla, cercana a todos, integrada con normalidad en el pueblo»[1]. No se explican cómo alguien tan similar a ellos puede hacer milagros. «La normalidad de Jesús, el trabajador de provincia, no parece tener misterio alguno. Su proveniencia lo muestra como uno igual a todos los demás»[2]. El hijo de Dios trabajaba con José en su taller; «la mayor parte de su vida fue consagrada a esa tarea, en una existencia sencilla que no despertaba admiración alguna»[3]. ¿Por qué la normalidad de la vida de Jesús pudo ser un motivo para no creer en su divinidad?

Aunque puede parecernos algo muy ajeno, reservado a aquellos que convivieron con Cristo, en realidad nosotros también muchas veces sospechamos de la normalidad. Nos atrae lo especial, lo llamativo, lo extraordinario; nos encanta romper el ritmo. Suele suceder que vemos adormecida nuestra capacidad de asombro, damos por supuesto que suceden muchas cosas, nos encerramos en ciertas rutinas, pasando por alto los milagros que están detrás de lo normal. Sin ir más lejos, muchas veces nos acostumbramos incluso al mayor de todos ellos, a la presencia del Hijo de Dios en la Eucaristía. Pero lo mismo nos puede pasar con nuestro encuentro personal con Cristo en la oración, con esa serenata de jaculatorias a la Virgen que es el rezo del santo rosario o con aquellos momentos en los que queremos llenar nuestra mente y nuestros afectos con la doctrina cristiana a través de la lectura espiritual. Tal vez nos hemos habituado a tener a nuestro creador tan a la mano. El dispensador de todas las gracias, el amor que colma cualquier deseo, está encerrado en infinidad de sagrarios repartidos por todo el globo. Dios ha querido hacer presente toda su omnipotencia en los espacios que le ofrece la normalidad. Obra desde allí. Así, muchas veces sin brillo, surgen innumerables milagros a nuestro alrededor.

 

Entre los bastidores de lo cotidiano

Nos puede desconcertar aquella normalidad de Dios porque la contraponemos a una espontaneidad que quizá juzgamos como elemento esencial de una relación. Lo normal nos puede parecer demasiado previsible porque allí aparentemente falta la creatividad, el factor sorpresa, la pasión del amor verdadero. Quizá echamos en falta algo distintivo que haga de nuestra relación con Dios una aventura inigualable, única e irrepetible, un testimonio espectacular que pueda incluso remover a otras personas. Podemos pensar que la normalidad uniforma y desaprovecha la aportación que cada uno puede hacer. Es verdad que, ante lo que siempre es igual, la reacción comprensible es el acostumbramiento.

Sin embargo, sabemos que Dios nos invita a encontrarle en lo más ordinario, en lo de cada día. Así es también el amor humano, que crece y se profundiza no solo valiéndose de grandes momentos especiales, sino en esos silencios, cansancios e incomprensiones de las jornadas compartidas; simplemente al estar juntos. «Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes»[4] que nos encantaría descubrir. Sucede que, aunque nuestra relación con Dios ocurra en medio de la normalidad, la procesión va por dentro. Su amor apasionado se puede mover muy cómodamente entre los bastidores de la normalidad, en el hoy sin espectáculo, sin fuegos artificiales pero con brasas ardientes. La razón es que nos sabemos, en cada momento, mirados con un cariño nuevo. A Dios no le importa lo normal que sea mi vida: es mía y eso es suficiente para él. Dios, de hecho, nos ofrece la oportunidad de hacer de nuestra vida algo excepcionalmente singular y especial; él no sabe contar más que de uno en uno. Nunca hace comparaciones entre sus hijos. Nos ha llamado a cada uno desde antes de la creación del mundo (cfr. Ef 1,4): no hay nadie igual a mí y, por eso, soy inimitable y absolutamente amable para Dios.

Los mimos parecen monótonos

Ese espacio de normalidad en el que el Señor actúa hace posible que nuestra vida esté, como dice san Pablo, «escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3); llena de días iguales en los que aparentemente no pasa nada y, sin embargo, está sucediendo lo más inaudito. «En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”»[5]. Desde fuera podría parecer que la monotonía se ha apoderado de quien busca vivir esa santidad en las cosas ordinarias. Sin embargo, para desenmascarar esa visión superficial, san Josemaría comparaba las pequeñas y constantes costumbres de piedad de esa alma con los mimos que una madre tiene con su hijo pequeño: «Plan de vida: ¿monotonía? Los mimos de la madre, ¿monótonos? ¿No se dicen siempre lo mismo los que se aman?»[6]. Al mismo tiempo, Dios está concentrado en nosotros y no deja de pensar en nosotros ni de amarnos en ningún instante; no importa qué tan normal es nuestra vida, sino qué tan excepcional es para él.

San Bernardo de Claraval le escribía al Papa Eugenio III, gran amigo suyo que fue beatificado después, para animarle a que no descuidara la vida de oración constante y evitar así que le absorbieran las actividades que debía cumplir en su nuevo ministerio: «Sustráete de las ocupaciones al menos algún tiempo. Cualquier cosa menos permitirles que te arrastren y te lleven a donde tú no quieras. ¿Quieres saber a dónde? A la dureza del corazón»[7]. Sin unas costumbres de piedad concretas, diarias, el corazón tiene el peligro de cerrarse al amor de Dios y volverse duro. Sin su cariño, hasta lo más santo puede perder el sentido. Sin él a nuestro lado, enseguida nos quedamos sin fuerzas.

En mayo de 1936, san Josemaría daba una plática y propuso a los que le escuchaban que cada uno pidiera la «gracia para cumplir mi plan de vida de tal modo que aproveche bien el tiempo. ¿Por qué me acuesto y me levanto fuera de hora?»[8]. Y puede surgir en nosotros la pregunta: ¿qué tiene que ver el amor de Dios con la hora de irse a descansar? Esa es la maravilla de la normalidad de Dios. A él le importa, y mucho, nuestro sueño, nuestra salud, nuestros planes. Y, sobre todo, quiere que no nos asalte a última hora la inquietud por hacer más cosas de las que el día ha permitido, porque quien obra es siempre Dios.

Para garantizar nuestra libertad

Al comenzar su pontificado, Benedicto XVI nos alertaba ante un peligro constante y que quizá también estaba presente en aquella sinagoga de Nazaret que mencionamos al principio: «El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres»[9]. La normalidad nos parece también demasiado lenta, podemos pensar que llega tarde. Nosotros deseamos que las cosas buenas y santas sean realidad cuanto antes. A veces nos resulta difícil entender por qué el bien tarda tanto en llegar, por qué el Mesías se toma tanto tiempo que incluso «comienza estando en el seno de su Madre nueve meses, como todo hombre, con una naturalidad extrema»[10].

En realidad, bajo esa forma de presentarse, lo que Dios busca tal vez sea garantizar la libertad de los hombres, estar seguro de que nosotros también queremos estar con él, ya sea al orar unos cuantos minutos, al detener nuestra jornada para dedicar unas palabras a María o al hacer cualquier otra cosa. Si Dios se manifestase de una manera diversa, la respuesta nuestra tendría que ser indiscutible. Por eso vemos que Jesús parece feliz pasando desapercibido en las escenas del evangelio. Los magos, por ejemplo, debieron de quedar sorprendidos al ver al rey de los judíos sostenido por los brazos de una mujer joven, en un lugar tan sencillo. Dios no quiere avasallar a los hombres. La personalidad de su Hijo es tan atractiva que Dios ha elegido manifestarse en la normalidad para darnos un espacio de libertad. Quiere hijos libres, no deslumbrados. Sabe que nada nos estimula tanto como el descubrimiento personal de un tesoro escondido. Agradecer y disfrutar de esa libertad –con todas sus luces y sus sombras– nos ayuda a compartir su paciencia ante tantas cosas que, a primera vista, nos pueden parecer un obstáculo para la redención y, sin embargo, son el camino ordinario a través del cual Dios se manifiesta.

Por eso mismo, también sus mandamientos y sus normas son un don y una invitación. Se puede resumir esta realidad recurriendo a dos de los más grandes pensadores de la tradición cristiana: «En esta línea, Tomás de Aquino pudo decir: “La nueva ley es la misma gracia del Espíritu Santo”, no una norma nueva, sino la nueva interioridad dada por el mismo Espíritu de Dios. Agustín pudo resumir al final esta experiencia espiritual de la verdadera novedad en el cristianismo en la famosa fórmula: “Da quod iubes et iube quod vis”, “dame lo que mandas y manda lo que quieras”»[11]. Entonces se entienden bien algunos párrafos encendidos del salmista que pueden servirnos para agradecer esta libertad a Dios: «Con mis labios proclamo todas las normas de tu boca. En el camino de tus preceptos me deleito más que en todas las riquezas. Quiero meditar en tus mandatos, y fijar la vista en tus senderos» (Sal 119,13-15).

 

En lo normal está Dios

Vivimos en una época de fenómenos de masas, con personas que tienen millones de seguidores, fotos o vídeos que se hacen virales en pocos minutos. Ante este panorama, ¿qué vigencia tiene lo que hemos dicho sobre la normalidad en la que obra el Señor? Sabemos bien que Dios es paciente y nos ha dicho que su acción es como la levadura: no es posible distinguirla de la masa y, a pesar de cualquier circunstancia, llega hasta el último rincón. Es Dios el primer interesado en salvar al mundo, mucho más que nosotros. De hecho, es él quien empuja, quien enciende y quien sostiene. Nosotros, principalmente, nos sumamos a ese movimiento de santidad: «Con la maravillosa normalidad de lo divino, el alma contemplativa se desborda en afán apostólico»[12].

El Papa Francisco nos invita precisamente a dejarnos invadir por la vibración apasionada de la gracia: «Cuánto bien nos hace, como Simeón, tener al Señor “en brazos” (Lc 2,28). No solo en la cabeza y en el corazón, sino en las manos, en todo lo que hacemos: en la oración, en el trabajo, en la comida, al teléfono, en la escuela, con los pobres, en todas partes. Tener al Señor en las manos es el antídoto contra el misticismo aislado y el activismo desenfrenado, porque el encuentro real con Jesús endereza tanto al devoto sentimental como al frenético factótum. Vivir el encuentro con Jesús es también el remedio para la parálisis de la normalidad, es abrirse a la cotidiana agitación de la gracia»[13]. Con Cristo queremos liberarnos de la parálisis de pensar que en lo normal no está Dios.

«María santifica lo más menudo –nos hacía notar san Josemaría–, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de Dios!»[14].

Diego Zalbidea


[1] Francisco, ex. ap. Amoris laetitia, n. 182.

[2] Benedicto XVI, La infancia de Jesús, Editorial Planeta, Barcelona, 2012, p. 11.

[3] Francisco, encíclica Laudato si’, n. 98.

[4] San Josemaría, Conversaciones, n. 113.

[5] Francisco, ex. ap. Gaudete et exultate, n. 7.

[6] San Josemaría, Guion de una plática, 22-VIII-1938Citado en Pedro Rodríguez, Camino, edición crítico-histórica, Rialp, Madrid, 2004, p. 288.

[7] San Bernardo de Claraval, Carta al Papa Beato Eugenio III.

[8] San Josemaría, Guion de una plática, V-1936. Citado en Camino, edición crítico-histórica, p. 288.

[9] Benedicto XVI, Homilía, 24-IV-2005.

[10] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 18.

[11] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret II, Ediciones Encuentro, Madrid, 2011, p. 83.

[12] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 120.

[13] Francisco, Homilía, 2-II-2018.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 148.

 

Se hablará de ella

La santidad de Guadalupe, como recuerda el Papa Francisco, forma parte del «rostro más bello de la Iglesia», su imagen más auténtica, porque se trata de la vida del mismo Cristo que se da a todas las personas que le rodean.

OTROS16/05/2019

Betania está a tres kilómetros de Jerusalén. Jesús y sus discípulos están a la mesa en casa de una familia amiga. Allí se encuentra una mujer que juega con un pequeño frasco de alabastro entre sus manos, mientras espera con impaciencia el instante oportuno para actuar. Estos recipientes eran pequeñas vasijas de piedra, muchas veces decorados, con el cuello muy estrecho para que solamente pudieran pasar pocas gotas del líquido que contenían dentro; esta forma los hacía especialmente útiles para dispersar fragancias o ungüentos. La mujer había llenado el pequeño frasco con “perfume de nardo puro de mucho precio” (Mc 14,3).

Ahora piensa que ha llegado el momento. Se levanta y, acercándose a Jesús, rompe el frasco probablemente por aquella parte más angosta. La vistosa vasija, que podía haberse utilizado también como decoración, no estaba destinada a conservarse en algún rincón de su casa. El perfume, que sería la envidia de sus conocidas, tampoco era para utilizarlo en ella misma. Podía haber optado por derramar sobre Cristo tan solo una parte, unas cuantas gotas, sin necesidad de romper su recipiente: la justa medida para que constara públicamente su adhesión al Maestro. Pero su corazón le pide verterlo todo, derramar sobre Jesús todo lo que tenía entre manos. Detrás de este gesto habría mucho trabajo, horas, pensamientos, sacrificios, afectos, sueños: todo era para su Maestro.

En el aire de la habitación se mezclan el aroma de nardo y el amor de esta mujer. Por eso Jesús se ve movido a decir: «Yo os aseguro: dondequiera que se proclame esta buena nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que esta ha hecho» (Mt 26,13).

Con todas mis fuerzas

Esas mismas palabras de Cristo podemos aplicarlas a la beata Guadalupe Ortiz de Landázuri y a todos los santos y santas de la Iglesia Católica: en el mundo entero se habla de lo que han hecho. Benedicto XVI, en una ocasión, recordó a las mujeres que Jesús encontró en el camino y que pusieron su vida al servicio del Evangelio: la profetisa Ana, la samaritana, la mujer siro-fenicia, la hemorroísa, la pecadora perdonada, María Magdalena, Juana, Susana, las que no abandonaron a Jesús durante su Pasión y «otras muchas» (Lc 8,3), además de todas las cristianas de aquellos primeros años que vienen mencionadas en el Nuevo Testamento[1]. Esto ha sido constante a lo largo de la historia: la Iglesia siempre ha estado adornada por mujeres santas, entre las que además se cuentan cuatro Doctoras de la Iglesia. En este largo catálogo aparece ahora también Guadalupe por haber vivido, impulsada por el Espíritu Santo, las virtudes de manera heroica y discreta siguiendo el espíritu del Opus Dei. La santidad de todas estas mujeres, en palabras del Papa Francisco, «es el rostro más bello de la Iglesia»[2], su imagen más auténtica, porque se trata del desarrollo de la vida del mismo Cristo dentro de cada persona.

EL 19 DE MARZO DE 1944, GUADALUPE, COMO LA MUJER DE BETANIA, ROMPIÓ EL FRASCO QUE CONTENÍA LO MÁS VALIOSO QUE TENÍA: SU PROPIA VIDA. DESDE AQUEL DÍA, VIVIÓ PARA UNGIR A JESÚS CON EL PERFUME DE SU LIBERTAD

Muchas de estas mujeres podrían recordar el momento en el que Dios quiso meterse en su vida de un modo nuevo, con una intensidad especial, tal vez porque estaban ya preparadas para lanzarse a una aventura divina. En este sentido, el Decreto sobre las virtudes de Guadalupe, después de repasar brevemente su años de infancia y juventud, da cuenta de su encuentro con san Josemaría, el 25 de enero de 1944. Era la tarde invernal de un martes. Acudió por recomendación de un amigo, con el que había coincidido en el tranvía después de Misa. Guadalupe recuerda lo que experimentó, pasado un breve intercambio de palabras con el fundador del Opus Dei: «Tuve la sensación clara de que Dios me hablaba a través de aquel sacerdote (…). Sentí una fe grande, fuerte reflejo de la suya… y me puse interiormente en sus manos para toda mi vida»[3]. Durante los días que siguieron a aquel encuentro –señala el Decreto– Guadalupe «entendió con claridad que Dios la llamaba para servir a la Iglesia a través del trabajo hecho por amor y del apostolado en las circunstancias de la vida ordinaria»[4].

Desde aquel día comenzó a frecuentar el primer centro de mujeres del Opus Dei, ubicado en la calle Jorge Manrique, en Madrid, donde poco a poco incorporaba a su vida sencillas costumbres de piedad. El 19 de marzo de 1944, después de hacer un curso de retiro, pasados menos de dos meses desde que había conocido al fundador del Opus Dei, Guadalupe pidió la admisión en la Obra. «Dios, en su gran bondad, quiere que trabaje en ella con todas mis fuerzas»[5], escribió en una carta dirigida a san Josemaría. Aquel día Guadalupe, como la mujer de Betania, quiso romper el frasco que contenía lo más valioso que tenía: su propia vida. Aquel día –y todos los que vinieron a continuación– Guadalupe quiso ungir a Jesús con el perfume de su libertad.

Lo que llevo dentro

El Decreto sobre las virtudes se explaya al repasar múltiples facetas de su personalidad: «la alegría contagiosa, la fortaleza para afrontar las adversidades, el optimismo cristiano en circunstancias difíciles y su entrega a los demás». Se recuerdan detalles de su generosidad con quienes la rodeaban, especialmente cuando se trataba de entregar su tiempo; se da cuenta de su amabilidad, de su obediencia, sobriedad y tenacidad. El mismo documento no deja de resaltar su fe, manifestada en «la aceptación alegre de la voluntad de Dios», su esperanza y su caridad.

Esta lista puede hacernos pensar que Guadalupe era una persona fuera de lo común. Alguien que tiene todas esas virtudes probablemente contrasta con la impresión que tenemos de nuestra propia vida, en la que muchas veces no sabemos ni siquiera por dónde empezar a luchar. Ante esto podemos recordar que la santidad es, sobre todo, una obra que realiza Dios en nosotros. Y, por otro lado, también es bueno ser conscientes de que Guadalupe no la alcanzó de la noche a la mañana. El Señor cuenta con nuestra historia, con nuestras tareas, con la relación con quienes nos rodean, para moldear poco a poco esa santidad única en cada persona. San Josemaría, con su experiencia de sacerdote, decía que «las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo»[6].

En ese sentido, las cartas enviadas por Guadalupe al fundador del Opus Dei a lo largo de los años, en las cuales descubría con delicadeza su alma, son testigos de los defectos que día a día ella misma detectaba en su carácter[7]. Aunque muchas veces estas debilidades se repetían diariamente, esto no era una razón para resignarse. Su amor a Dios supo sobreponerse ante ellas. La fuerza que ofrece el Señor a través de los sacramentos y a través de la vida de piedad es la que resplandece detrás de aquella descripción de las virtudes de Guadalupe. Faltando pocos días para abordar el avión que la llevaría hasta tierras americanas, para poner allí las primeras semillas del apostolado del Opus Dei, señalaba: «En la oración y en la Misa me esfuerzo mucho (…). Cada vez noto más que lo hago todo por lo que llevo dentro, y eso me da mucha paz»[8].

¿Será este el camino hacia al Cielo?

Fueron muy variadas las actividades a las que, según el documento de la Congregación para las causas de los santos, se dedicó la beata Guadalupe. Todas estas tareas constituyen el ambiente dentro del cual puede fraguar la santidad: una residencia universitaria, un dispensario médico, en medio de talleres manuales o de escritura, moviéndose de pueblo en pueblo, en las oficinas desde donde se orienta el apostolado del Opus Dei, en las aulas de química o de ciencias domésticas, o en la habitación de un hospital[9]. En la agitación de ese traqueteo diario, lo más común es no ser totalmente conscientes del trabajo que realiza el Espíritu Santo en nuestra alma. De hecho, de ordinario el alma se calienta poco a poco. Sucede en la vida espiritual como cuando los niños aprenden a hablar: lentamente, metidos en la conversación diaria, a fuerza de uso, su lenguaje se va enriqueciendo imperceptiblemente. Así se metió Dios en la vida de Guadalupe.

LA SANTIDAD ES UNA OBRA QUE HACE EL ESPÍRITU SANTO EN NOSOTROS. Y PARA ELLO CUENTA CON NUESTRA HISTORIA, NUESTRAS TAREAS, CON LA RELACIÓN CON QUIENES NOS RODEAN, PARA IR MOLDEANDO ESA IMAGEN SUYA QUE ES ÚNICA EN CADA UNO

En marzo de 1950 habían salido hacia México las tres primeras mujeres del Opus Dei que vivirían en ese país. Serían años de extender su apostolado por varias ciudades, a través de diversas iniciativas educativas y sociales. Por ejemplo, desde 1951, se habían hecho cargo de rehabilitar una antigua casa de campo –Montefalco– que utilizarían para impulsar socialmente la zona, además de organizar allí actividades destinadas a dar formación cristiana[10]. Guadalupe estuvo allí, entre otros muchos momentos, en abril de 1955 para vivir unas jornadas de retiro espiritual. Días después confiaba por carta su experiencia a san Josemaría, quien se encontraba en Roma. Le decía que no había tenido «ni altos ni bajos», pero que estaba encontrando a Dios con naturalidad en las cosas que hacía. Al final le transmitía también una inquietud: «Esa seguridad de Dios en mi camino, junto a mí, me da ilusión en todo, me hace fácil las cosas que antes no me gustaba hacer, de modo que, sin pensarlo, las hago. Padre, tengo una preocupación: ¿será de verdad el camino que llevo el del Cielo? Lo encuentro demasiado cómodo, pues no tengo problemas personales, casi nunca»[11].

La realidad es que, aunque la impresión de Guadalupe podía ser distinta, no faltaban problemas. Había pasado poco tiempo desde que la descripción de Montefalco era la de tener dos habitaciones con camas plegables, dos baños para casi cuarenta personas, además de las constantes instrucciones para no gastar ni una gota de agua de más, porque se terminaba rápidamente. Se insiste en no lavar «ni un pañuelo» en la casa[12]. Además, era Guadalupe quien estaba al frente de la preparación de las mujeres que pudieran encargarse de los apostolados del Opus Dei en varias ciudades mexicanas e incluso en varios países en los que se pensaba iniciar el trabajo. A todo esto, tampoco tenía dinero: había escrito a algunas de la Obra que estaban en Estados Unidos para pedirles un poco de ropa, ya que a las mexicanas se les habían terminado todos los préstamos al comprar los billetes de una que debía viajar a Roma. Nada de esto era demasiado cómodo ni era una real ausencia de problemas. Pero desde sus 27 años, el espíritu el Opus Dei le había ayudado a encontrar en la multitud de pequeñas dificultades una oportunidad para identificarse con la Cruz de Jesús. A san Josemaría le gustaba pensar que la santidad en la vida ordinaria es como un plano inclinado en el que, imperceptiblemente, se puede ascender hasta la más elevada unión con Dios.

DIOS SE METIÓ EN LA VIDA DE GUADALUPE LENTAMENTE, DE MODO CASI IMPERCEPTIBLE, HASTA HACERSE TAN IMPRESCINDIBLE QUE LA NUEVA BEATA LO ENCONTRABA CON NATURALIDAD EN TODAS LAS COSAS QUE HACÍA

También en este sentido, el fundador del Opus Dei, bastantes años después, con la conciencia de haber empleado su vida en transmitir ese espíritu que Dios le había confiado, decía a sus hijos durante una reunión familiar el 2 de enero de 1971: «Con la gracia del Señor, os he enseñado un camino, un modo de llegar al Cielo. Os he dado un medio para arribar al fin, de una manera contemplativa. El Señor nos concede esa contemplación, que de ordinario apenas sentís»[13].

Adonde vayas iré

El Padre, en su carta del 9 de enero de 2018, nos recordaba la historia de Rut, una de las grandes mujeres que protagonizaron la historia de la Salvación. Se fijaba, concretamente, cómo en su vida «libertad y entrega echan raíces en un profundo sentido de pertenencia a la familia»[14]. Rut era moabita pero contrajo matrimonio con un joven judío que había llegado a tierras extranjeras en busca de un mejor futuro. En su nueva familia, Rut encontró el sentido de su existencia: encontró al único Dios, sus palabras, su culto, su pueblo. Al poco tiempo, sin embargo, murieron los tres varones de la familia. Entonces Noemí, la suegra de Rut, entre lágrimas de tristeza, la anima a volver a su tierra, a sus dioses y allí rehacer su vida. Noemí, una mujer ya mayor, sabía que no podría ofrecer un futuro seguro ni con comodidades para sus nueras. Pero Rut le respondió: «No me obligues a marcharme y a alejarme de ti, pues adonde vayas iré y donde pases las noches las pasaré yo; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios» (Rt 1,16).

EL CORAZÓN DE GUADALUPE, AUNQUE AQUEJADO DE GRAVES PROBLEMAS MÉDICOS, NO CONOCÍA FRONTERAS: FUE UN CORAZÓN ENAMORADO, POR ESO LA NUEVA BEATA FUE TAN FELIZ

Son numerosas las generaciones que han hablado de la fidelidad de Rut, así como de la mujer que derramó aquel perfume sobre Jesús. Muchos artistas han visto en su historia de fidelidad un motivo de inspiración. Las palabras citadas bien las podemos aplicar a los momentos en los que Guadalupe descubrió su llamada a la santidad en el Opus Dei: «Tu pueblo será mi pueblo». En sus cartas se manifiesta claramente esta convicción que caló muy pronto en su alma: la de estar dispuesta a lo que fuera por su familia y buscar siempre la felicidad de quienes la rodeaban. Escribía en diciembre de 1950: «Hoy he escrito para la Navidad a todas las nuestras de España, Roma, Chicago e Irlanda»[15]. En otra ocasión, enviaba unas letras a la directora de un centro del Opus Dei: «A querernos nosotras también, aunque a veces cueste un poquito, ¿de acuerdo? Ocúpate mucho de las nuestras (de todas)»[16]. Su corazón, aunque aquejado de graves problemas médicos, no conocía fronteras. Lo mismo sucedía con las personas que se acercaban a los medios de formación del Opus Dei. Esa aparente falta de dificultades en su vida era también fruto de estar pensando continuamente en los demás.

En junio de 1975 Guadalupe es internada en la Clínica de la Universidad de Navarra para una larga sucesión de chequeos médicos. Esto no hace que pierda su buen humor y, en sus cartas, compare sus sosegadas rutinas en el hospital a las del un balneario[17]. Fue finalmente operada el 1 de julio, pocos días después del fallecimiento de san Josemaría. En plena fase de recuperación, escribe a Roma para agradecer todas las oraciones por su salud: «Aquí me tenéis. Todos tenemos un poco de parte en este asunto. El Padre, el primero, y por su intercesión, vuestra petición constante ha sido oída, y aquí aparezco con un corazón que hace ‘pon, pon…’ rítmicamente y con fuerza»[18]. Probablemente estas fueron las últimas letras escritas por Guadalupe Ortiz de Landázuri. Cuando las tuvo en sus manos el beato Álvaro del Portillo, escribió al lado: “Guadalupe Ortiz de Landázuri está, con el Padre, en el Cielo”. Y ahora su corazón tiene más ritmo y fuerza que nunca.

Andrés Cárdenas M.


[1] Cfr. Benedicto XVI, Audiencia 14-II-2007.

[2] Francisco, Ex. ap. Gaudete et exsultate (19-III-2018), n. 9.

[3] Manuscrito autógrafo, VII-1975, citado en Mercedes Eguíbar, Guadalupe Ortiz de Landázuri, Ediciones Palabra, Madrid, 2001, p. 45.

[4] Decreto sobre las virtudes de Guadalupe Ortiz de Landázuri, 4-V-2017.

[5] Carta a san Josemaría, 19-III-1944.

[6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 78.

[7] Cfr. Letras a un santo, Oficina de información del Opus Dei, 2018.

[8] Carta a san Josemaría, 28-II-1950.

[9] Cfr. Decreto sobre las virtudes de Guadalupe Ortiz de Landázuri, 4-V-2017.

[10] «Montefalco, 1950: una iniciativa pionera para la promoción de la mujer en el ámbito rural mexicano», en Studia et documenta, n.2, EDUSC, Roma, 2008, p. 214.

[11] Carta a san Josemaría, 24-IV-1955.

[12] Cfr. Mercedes Montero, En Vanguardia, Rialp, Madrid, 2019, pp. 183-184.

[13] San Josemaría, En diálogo con el Señor, edición crítico-histórica, Rialp, Madrid 2017, p. 286.

[14] Del Padre, Carta, 9-I-2018, n. 9.

[15] Carta a san Josemaría, 18-XII-1950.

[16] Carta a Cristina Ponce, II-1954.

[17] Cfr. Carta a Mercedes Peláez, 22-VI-1975.

[18] Carta a Carmen Ramos, 13-VII-1975.

Examen de conciencia para la confesión (adultos)

Ofrecemos una serie de preguntas que pueden ayudar a realizar el examen de conciencia personal previo a la confesión. Esta versión está dirigida a adultos.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA22/03/2019

Amarás a Dios sobre todas las cosas...

- ¿Creo todo lo que Dios ha revelado y nos enseña la Iglesia Católica? ¿He dudado o negado las verdades de la fe católica?

- ¿Hago con desgana las cosas que se refieren a Dios? ¿Me acuerdo del Señor a lo largo del día? ¿Rezo en algún momento de la jornada?

- ¿He recibido al Señor en la Sagrada Comunión teniendo algún pecado grave en mi conciencia? ¿He callado en la confesión por vergüenza algún pecado mortal?

- ¿He blasfemado? ¿He jurado sin necesidad o sin verdad? ¿He practicado la superstición o el espiritismo?

- ¿He faltado a Misa los domingos o días festivos? ¿He cumplido los días de ayuno y abstinencia?

… y al prójimo como a ti mismo.

- ¿Manifiesto respeto y cariño a mis familiares? ¿estoy pendiente y ayudo en el cuidado de mis padres o familiares si lo necesitan? ¿Soy amable con los extraños y me falta esa amabilidad en la vida de familia? ¿tengo paciencia?

- ¿Permito que mi trabajo ocupe tiempo y energías que corresponden a mi familia o amigos? Si estoy casado, ¿he fortalecido la autoridad de mi cónyuge, evitando reprenderle, contradecirle o discutirle delante de los hijos?

- ¿Respeto la vida humana? ¿He cooperado o alentado a alguien a abortar, destruir embriones, a la eutanasia o cualquier otro medio que atente contra la vida de seres humanos?

- ¿Deseo el bien a los demás, o albergo odios y realizo juicios críticos? ¿He sido violento verbal o físicamente en familia, en el trabajo o en otros ambientes? ¿He dado mal ejemplo a las personas que me rodean? ¿Les corrijo con cólera o injustamente?

- ¿Procuro cuidar mi salud? ¿He tomado alcohol en exceso? ¿He tomado drogas? ¿He arriesgado mi vida injustificadamente (por el modo de conducir, las diversiones, etc.)?

- ¿He mirado vídeos o páginas web pornográficas? ¿Incito a otros a hacer el mal?

- ¿Vivo la castidad? ¿He cometido actos impuros conmigo mismo o con otras personas? ¿He consentido pensamientos, deseos o sensaciones impuras? ¿Vivo con alguien como si estuviéramos casados sin estarlo?

- Si estoy casado, ¿he cuidado la fidelidad matrimonial? ¿procuro amar a mi cónyuge por encima de cualquier otra persona? ¿Pongo mi matrimonio y mis hijos en primer lugar? ¿Tengo una actitud abierta a nuevas vidas?

- ¿He tomado dinero o cosas que no son mías? ¿En su caso, he restituido o reparado?

- ¿Procuro cumplir con mis deberes profesionales? ¿Soy honesto? ¿He engañado a otros: cobrando más de lo debido, ofreciendo a propósito un servicio defectuoso?

- ¿He gastado dinero para mi comodidad o lujo personal olvidando mis responsabilidades hacia otros y hacia la Iglesia? ¿He desatendido a los pobres o a los necesitados? ¿Cumplo con mis deberes de ciudadano?

- ¿He dicho mentiras? ¿He reparado el daño que haya podido seguirse? ¿He descubierto, sin causa justa, defectos graves de otras personas? ¿He hablado o pensado mal de otros? ¿He calumniado?


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Examen de conciencia para niños

 

Examen de conciencia para jóvenes

Los tres exámenes de conciencia para la Confesión, en un solo archivo.

En ocasiones, es nuestra propia vida la que parece bloquearse, torcerse, fruto de una decisión equivocada o de un mal paso… ¿Y quién no desearía contar entonces con la posibilidad de empezar de cero? Esa posibilidad existe gracias a RESET, un reportaje multimedia con varias historias sobre la bondad de acudir al sacramento del Perdón, para alcanzar la certeza de que Dios nos perdona y nos anima a volver a empezar.


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Si tienes cualquier duda o quieres ampliar información escríbenos info.es@opusdei.org

 

 

Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2021

«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…»
Mateo 20,18

Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad.

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección, para cumplir con la voluntad del Padre, les revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella, para la salvación del mundo.

Recorriendo el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo.

En la noche de Pascua renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, para renacer como hombres y mujeres nuevos, gracias a la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, el itinerario de la Cuaresma, al igual que todo el camino cristiano, ya está bajo la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las actitudes y las decisiones de quien desea seguir a Cristo.

El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante.

La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.

En este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino —exigente pero abierto a todos— que lleva a la plenitud de la Vida.

El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento.

Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).

La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones —verdaderas o falsas— y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.

La esperanza como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino

La samaritana, a quien Jesús pide que le dé de beber junto al pozo, no comprende cuando Él le dice que podría ofrecerle un «agua viva» (Jn 4,10).

Al principio, naturalmente, ella piensa en el agua material, mientras que Jesús se refiere al Espíritu Santo, aquel que Él dará en abundancia en el Misterio pascual y que infunde en nosotros la esperanza que no defrauda. Al anunciar su pasión y muerte Jesús ya anuncia la esperanza, cuando dice: «Y al tercer día resucitará» (Mt 20,19).

Jesús nos habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par. Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor.

Significa saciarnos del perdón del Padre en su Corazón abierto. En el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación.

El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32-33;43-44).

Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad.

En la Cuaresma, estemos más atentos a «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian» (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223).

A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser «una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia» (ibíd., 224).

En el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura.

Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6).

Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15).

La caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.

La caridad se alegra de ver que el otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad… La caridad es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión.

«A partir del “amor social” es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos» (FT, 183).

La caridad es don que da sentido a nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad. Así sucedió con la harina y el aceite de la viuda de Sarepta, que dio el pan al profeta Elías (cf. 1 R 17,7-16); y con los panes que Jesús bendijo, partió y dio a los discípulos para que los distribuyeran entre la gente (cf. Mc 6,30-44). Así sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez.

Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: «No temas, que te he redimido» (Is 43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.

«Sólo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente integrados en la sociedad» (FT, 187).

Queridos hermanos y hermanas: Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Este llamado a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre.

Que María, Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia la luz pascual.

Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de san Martín de Tours.

Francisco

 

 

Día de los enamorados | ¿Casarse 12,136 veces?

Pbro. José Martínez Colín

  • Para saber

Hay un santo que tiene la dicha de ser el patrón de los enamorados: San Valentín. Según la tradición, San Valentín arriesgaba su vida para casar cristianamente a las parejas durante la persecución. En su catequesis, el Papa Francisco consideró que “quien reza es como el enamorado, que lleva siempre en el corazón a la persona amada, donde sea que esté”. La oración, fundada en la Liturgia, ha de vivirse en la vida cotidiana: por las calles, en las oficinas, en los medios de transporte… De esa manera, todo se convierte diálogo con Dios: las alegrías se convierten en motivo de alabanza y toda prueba es ocasión para pedir ayuda. Todo pensamiento puede convertirse en oración.

  • Para pensar

El señor Justino Javier Acosta, a sus 75 años, afirmaba que se había casado 12.136 veces y que ese día lo haría una vez más. ¿Cómo es posible esto? Justino lamentaba que muchos le reclaman por qué lo hacía, si ya estaba grande. Pero él les responde que lo hace por amor. Y aclara: “La mujer con la que me voy a casar me parece hermosa. Cocina bien, sí, cocina bien. Yo la quiero a ella porque es muy hogareña, trabajadora, responsable de su hogar y cariñosa. Ella es Teresa. Hace 12.136 días nos casamos por primera vez y el secreto para seguir juntos es volvernos a casar todos los días. Porque para casarme toda la vida, hay que casarnos todos los días”.

En un 14 de febrero, el Papa Francisco recibió a más de 20 mil novios por el día de San Valentín. Los alentó a no tenerle miedo a decir “sí” para siempre, ni a dejarse vencer por la ‘cultura de lo provisional’. Estar juntos y saberse amar para siempre es el desafío de los esposos cristianos. En el Padrenuestro decimos ‘Danos hoy nuestro pan de cada día’. Ya como esposos se puede rezar: ‘Señor, danos hoy nuestro amor de cada día… enséñanos a querernos’”. Como el amor de cada día de don Justino.

  • Para vivir

La oración realiza milagros, dice el Papa, nos ayuda a amar a los otros, como Jesús ama. Es una vida fea e infeliz la de las personas que siempre están juzgando a los otros. No olvidemos que todos somos pecadores y al mismo tiempo somos amados por Dios. Que sepamos amar con ternura, no obstante sus errores y sus pecados, sin olvidar que la persona siempre es más importante que sus acciones. Así descubriremos que cada persona lleva escondido un fragmento del misterio de Dios.

Recemos, pues, siempre por todo y por todos: por nuestros seres queridos, también por aquellos que no conocemos; por las personas infelices, las que sufren. Recemos incluso por nuestros enemigos. Porque la oración dispone a un amor sobreabundante. Somos seres frágiles, pero sabemos rezar: esta es nuestra mayor dignidad.

La oración nos transforma: apacigua la ira, sostiene el amor, multiplica la alegría, infunde la fuerza para perdonar. Y cuando nos viene un pensamiento de rabia, de descontento, el Señor nos da la palabra justa, el consejo para ir adelante. Porque la oración siempre es positiva. Siempre. Así los problemas no serán estorbos a nuestra felicidad, sino llamadas de Dios, ocasiones para nuestro encuentro con Él. Y cuando uno es acompañado por el Señor, se siente más valiente, más libre, y también más feliz.

(articulosdog@gmail.com)

 

La vocación humana al amor

 

La naturaleza humana necesita amor y no se conforma con menos. El fin del hombre, su perfección plena, culmina en el amor. ¡Qué ojillos de emoción vi en la cara de una adolescente cuando una amiga le decía: “Fulanito está por ti”! “A veces puede parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que no necesita de ninguna otra. En la juventud puede ser la esperanza del amor grande y satisfactorio; la esperanza de cierta posición en la profesión, de uno u otro éxito determinante para el resto de su vida. Sin embargo, cuando estas esperanzas se cumplen, se ve claramente que esto, en realidad, no lo era todo”[1]. Estamos transidos de deseos de amar, de despertar amor, de ser amados. No obstante, parece que el amor es algo que nace “de pronto”, lo asociamos a “un flechazo”, a algo inesperado y, por tanto, incompatible con un fin, con una orientación “necesaria”. Es decir, si estamos hechos para amar y el amor es intrínsecamente gratuito, hay una contradicción. 

 

El juego de la libertad tiene sus reglas como cualquier juego aunque éste sea el más serio porque implica al hombre en su totalidad. La adecuación del obrar a la naturaleza humana con plenitud, a la luz de la verdad, conduce a la victoria final. De todas las reglas, sin embargo, la última es la vocación. La verdad llama, tiene voz. Es alguien que habla y al que soy capaz de oír. Es lo que algunos llaman vocación. El encuentro personal es la máxima verdad, porque despierta las energías humanas más nobles: las que proceden de mi capacidad de dar. El otro, la otra, sólo pueden ser míos si yo me doy a ellos, y viceversa. Por eso, lo más maravilloso que a uno le puede suceder en la vida es tener un encuentro personal con la verdad, encontrar una persona verdadera para mí. No cabe mayor inspiración.

 

La historia de la vida de la persona no está escrita de antemano, no está preestablecida. Queda en manos de su propia capacidad creativa. En vano pedirá el hombre una estrella del cielo que le guíe: la persona está, como dice la Escritura, en manos de su libertad. Dios no está lejos, no es indiferente, está frente al hombre como una amante que espera su respuesta. En este juego que es la vida humana, Dios le dice: “yo ya he movido”; ahora debes “mover” tú, es tu turno.

 

Junto a las determinaciones de la ley moral universal se suman los diversos aspectos en los que los hombres reconocemos las llamadas de Dios personales –una especie como de situaciones en las que la persona se encuentra imprevistamente metido– y que reclaman una respuesta personal. Esas situaciones tienen una fuerza interpelante de intensidad diversa y distinta significación vocacional, pero que siempre reclaman una respuesta libre y, por tanto, creativa, amorosa. La calidad de la respuesta que los cristianos dan al amor que Dios nos revela y a sus continuas llamadas son la defensa más eficaz de la fe cristiana.

 

Un fin es algo debido y si el amor es esencialmente gratuito nos encontramos con algo problemático. Problemático ya que encuentra su belleza, su sello, el amor en ser gratuito e incondicional. Ciertamente nadie puede tratar la finalidad del hombre en términos de necesidad, pero no por ello deja de tener un fin propio. Tiene un fin que no se complementa con cualquier cosa. Estamos hechos para el amor, y cuando llega el bien inmenso del amor advertimos dos cosas aparentemente contradictorias; una, que es absolutamente gratuito, que no puede reclamarse jurídicamente y, por otra parte, que lo esperábamos como algo que nos corresponde.

 

La felicidad o fin del hombre tiene el carácter esencial de regalo pero no por ello pierde nunca su carácter de don, ni siquiera cuando es recibido como propio. Sentirse dueño absoluto de este don equivale exactamente a haberlo perdido. No es algo que esté en su mano producirlo. Amar es, esencialmente, entregarse a los demás. Lejos de ser una inclinación instintiva, el amor es una decisión consciente de la voluntad de ir a los otros. Es fuente de equilibrio. Es un estado esencialmente relacional que en la situación concreta de la persona puede tener su materialidad, pero nadie que esté en sus cabales admitiría que le sustituyeran la relación amorosa por una “pastilla” que presuntamente provoque el mismo estado corporal y anímico que la de amar y sentirse amado. No puede darse grageas para enamorarse.

 

Pero el hecho de la gratuidad del amor no significa de ninguna manera provisionalidad. Regalo supone que no soy yo la causa de él, sino que me viene. Y la consistencia de un regalo no depende de quien lo recibe sino de quien lo da, por eso el amor de Dios es más seguro que si dependiera de mí pues yo sí soy voluble en mis decisiones. Dios, en cambio, es fiel siempre y para siempre. Y, desde siempre, me amó y me ama.

           

La perfección que llena de plenitud al hombre, es decir, el amor, lo reconocemos como algo no debido pero sí propio. Porque no se trata de una perfección sublime pero extraña, sino de algo gratuito que estábamos esperando. “Como en casa en ningún sitio” parece decir el alma al llegar el amor a nuestro ser. Al hombre no le perfecciona cualquier cosa, sólo el amor y no se conforma con menos –ya lo hemos dicho– y si recibe dones de amor sobrenatural, no les son extrañas sino que deben hacerle más humano. “De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto”[2].

 

El cristiano es justo no por su propia fuerza e interna, sino por un libre y adorable regalo divino, que inspira y promueve su actividad, es decir, su caridad, en el vivir de cada día. La esperanza de entrar en el reino del amor divino “no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega”[3]. Nos espera el Amor en el Amor. Se trata del encuentro eterno con quien es por ser Amor su amor nos alcanza y mientras “nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto”[4].

 

¿Qué otra cosa es la vida tras la muerte, sino el triunfo definitivo de una indestructible y mutua comunión? Por ello vivirán cerca de Él en el amor aquellos que ya en esta existencia histórica han vivido conforme a esta meta suprema…[5] Y, al mismo tiempo, su amor es para nosotros la garantía de que existe aquello que sólo llegamos a intuir vagamente y que, sin embargo, esperamos en lo más íntimo de nuestro ser: la vida que es realmente vida[6].

Pedro Beteta López. Teólogo y escritor

 


[1] Spe Salvi, 30

[2] Spe Salvi, 31

[3] Spe Salvi, 31

[4] Spe Salvi, 31

[5] Cfr. JUAN PABLO II; Homilía en un funeral, 6-IX-1979

[6] Spe Salvi, 31

 

"Echarle una mano a Dios"

José Luis Martín Descalzo,

 

En una obra del escritor brasileño Pedro Bloch encuentro un diálogo con un niño que me deja literalmente conmovido.

— ¿Rezas a Dios? —pregunta Bloch.

— Sí, cada noche —contesta el pequeño.

— ¿Y que le pides?

— Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.

Y ahora soy yo quien me pregunto a mí mismo qué sentirá Dios al oír a este chiquillo que no va a Él, como la mayoría de los mayores, pidiéndole dinero, salud, amor o abrumándole de quejas, de protestas por lo mal que marcha el mundo, y que, en cambio, lo que hace es simplemente ofrecerse a echarle una mano, si es que la necesita para algo.

A lo mejor alguien hasta piensa que la cosa teológicamente no es muy correcta. Porque, ¿qué va a necesitar Dios, el Omnipotente? Y, en todo caso, ¿qué puede tener que dar este niño que, para darle algo a Dios, precisaría ser mayor que El?

Y, sin embargo, qué profunda es la intuición del chaval. Porque lo mejor de Dios no es que sea omnipotente, sino que no lo sea demasiado y que El haya querido «necesitar» de los hombres. Dios es lo suficientemente listo para saber mejor que nadie que la omnipotencia se admira, se respeta, se venera, crea asombro, admiración, sumisión. Pero que sólo la debilidad, la proximidad crea amor. Por eso, ya desde el día de la Creación, El, que nada necesita de nadie, quiso contar con la colaboración del hombre para casi todo. Y empezó por dejar en nuestras manos el completar la obra de la Creación y todo cuanto en la tierra sucedería.

Por eso es tan desconcertante ver que la mayoría de los humanos, en vez de felicitarse por la suerte de poder colaborar en la obra de Dios, se pasan la vida mirando hacia el cielo para pedirle que venga a resolver personalmente lo que era tarea nuestra mejorar y arreglar.

Yo entiendo, claro, la oración de súplica: el hombre es tan menesteroso que es muy comprensible que se vuelva a Dios tendiéndole la mano como un mendigo. Pero me parece a mi que, si la mayoría de las veces que los creyentes rezan lo hicieran no para pedir cosas para ellos, sino para echarle una mano a Dios en el arreglo de los problemas de este mundo, tendríamos ya una tierra mucho más habitable.

Con la Iglesia ocurre tres cuartos de lo mismo. No hay cristiano que una vez al día no se queje de las cosas que hace o deja de hacer la Iglesia, entendiendo por «Iglesia» el Papa y los obispos. «Si ellos vendieran las riquezas del Vaticano, ya no habría hambre en el mundo». «Si los obispos fueran más accesibles y los curas predicasen mejor, tendríamos una Iglesia fascinante». Pero ¿cuántos se vuelven a la Iglesia para echarle una mano?

En la «Antología del disparate» hay un chaval que dice que «la fe es lo que Dios nos da para que podamos entender a los curas». Pero, bromas aparte, la fe es lo que Dios nos da para que luchemos por ella, no para adormecernos, sino para acicateamos.

«Dios —ha escrito Bernardino M. Hernando— comparte con nosotros su grandeza y nuestras debilidades». El coge nuestras debilidades y nos da su grandeza, la maravilla de poder ser creadores como El. Y por eso es tan apasionante esta cosa de ser hombre y de construir la tierra.

Por eso me desconcierta a mi tanto cuando se sitúa a los cristianos siempre entre los conservadores, los durmientes, los atados al pasado pasadísimo. Cuando en rigor debíamos ser «los esperantes, los caminantes». Theillard de Chardín decía que en la humanidad había dos alas y que él estaba convencido de que «cristianismo se halla esencialmente con el ala esperante de la humanidad», ya que él identificaba siempre lo cristiano con lo creativo, lo progresivo, lo esperanzado.

Claro que habría que empezar por definir qué es lo progresivo y qué lo que se camufla tras la palabra «progreso». También los cangrejos creen que caminan cuando marchan hacia atrás.

De todos modos hay cosas bastante claras: es progresivo todo lo que va hacia un mayor amor, una mayor justicia, una mayor libertad. Es progresivo todo lo que va en la misma dirección en la que Dios creó el mundo. Y desgraciadamente no todos los avances de nuestro tiempo van precisamente en esa dirección.

Pero también es muy claro que la solución no es llorar o volverse a Dios mendigándole que venga a arreglarnos el reloj que se nos ha atascado. Lo mejor será, como hacía el niño de Bloch, echarle una mano a Dios. Porque con su omnipotencia y nuestra debilidad juntas hay más que suficiente para arreglar el mundo.

 

 

Cuaresma en la pandemia

Ernesto Juliá

Cuaresma, miércoles de Ceniza.

“Examinemos nuestros caminos, escudriñémoslos // y convirtámonos a Yahvéh // Alcemos nuestro corazón y nuestras manos // al Dios que está en los cielos. // Nosotros hemos sido rebeldes y traidores. // ¡Tú nos has perdonado!” (Tercera Lamentación, Jeremías, 40-42).

Me ha llamado la atención este texto de Jeremías, y por algo muy sencillo. El profeta reconoce humilde y claramente que “hemos sido rebeldes y traidores”; en palabras más cercanas: “porque hemos pecado”. El pueblo le escucha, reconoce el pecado que les ha llevado a Babilonia, y el Señor devuelve el pueblo judío a Jerusalén.

Esta pandemia no va a durar tantos años como el exilio judío en Babilonia -70 años-, pero sí está dejando una huella profunda en muchas personas. En unas, el miedo, el pánico, la incertidumbre, etc., les aplana, les quita la fuerza para casi todo, se arrinconan, y se dejan dominar por los acontecimientos.

Y en el corazón de otras, de muchas, la pandemia se convierte en una música que les mueve a rezar, a elevar el corazón a la Virgen María, para que nos alcance a todos la paz, la serenidad de saber, y de darnos cuenta, de que el Señor está viviendo estos momentos con todos nosotros que creemos en Él, y que procuramos conocerle más y mejor, y amarle.

Es lo que han vivido ese grupo de católicos que ha invitado a rezar un Rosario por todos los enfermos del Covid19, el pasado día 11, fiesta la Virgen de Lourdes, a las 20.00. Y así lo han hecho. En sus apariciones, la Virgen animó a rezar el Rosario, y pedir por la conversión de los pecadores. Y su petición sigue más vigente, si cabe, en estos momentos difíciles en el mundo y, especialmente y por otras causas, en la Iglesia.

Uno de los motivos de esta situación, y ya lo señaló con claridad Pio XII allá por los años 50 del siglo pasado, es la pérdida del sentido del pecado, y no solo entre los no creyentes, sino, y por desgracia, dentro de la Iglesia.

 Ya en La Salette, y después en Lourdes, y más tarde en Fátima, la Inmaculada ha invitado a los videntes, y en ellos a todos nosotros, a rezar por los pecadores para que se arrepientan de sus pecados, se conviertan y vivan, dentro de la fragilidad de todo ser humanos, en el deseo de seguir los mandamientos de Dios.

Así daremos una alegría a Nuestro Señor Jesucristo que ha muerto para redimirnos del pecado, e iluminar nuestro corazón para que descubramos el amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Los Papas, en diversas ocasiones, han pedido perdón por los pecados cometidos en la Iglesia. Y han hecho muy bien.  El peor pecado que se puede cometer hoy en el ámbito de la Iglesia me parece que es el de no hablar con toda claridad del mal que el hombre se hace a sí mismo al asentar su vida en el pecado abandonando los Sacramentos, rechazando la moral –mandamiento de Dios-, abortando, blasfemando, fornicando indiscriminadamente, hombres con hombres y mujeres, mujeres con mujeres y hombres, adulterando y destrozando los matrimonios y las familias, robando, maltratando a los demás, calumniando, etc.

En Cuaresma vivimos ese tiempo histórico que vivió Nuestro Señor Jesucristo de preparación para Su Pasión y Muerte y redimirnos de nuestro Pecado. Arrepentirnos de nuestros pecados, y pedir perdón en el Sacramento de la Reconciliación, convierte el pecado en ceniza y prepara nuestro espíritu para gozar con Cristo de la Alegría y Paz de su Resurrección.

La cadena del Rosario, acompañando a la Santísima Virgen en su cuidado de los enfermos, promovido por ese grupo de católicos, ha sido, sin duda, una buena preparación para vivir este tiempo de Cuaresma en medio de la pandemia.

ernesto.julia@gmail.com

 

 

La liturgia es un encuentro. Una comunicación eficiente

Escrito por José Martínez Colín.

Jesucristo mismo instituyó los sacramentos para unirse amorosamente con nosotros en la liturgia.

1) Para saber

El 25 de enero de 1915, Alexander Graham Bell hizo la primera llamada telefónica transcontinental desde Nueva York y fue recibida en el lado opuesto del continente por su ayudante Thomas Watson en San Francisco. Para ello se requirió unir los teléfonos mediante un cable de… ¡5,471 kilómetros! En 1877, se había creado la Bell Telephone Company, y en menos de diez años más de 150 mil poseían uno. Hoy en día se calcula que hay más teléfonos que personas en el mundo.

Gracias al teléfono entramos en comunicación con alguien. La liturgia, por su parte, también nos pone en comunicación con Alguien: con Dios. Comentaba el papa Francisco en su reciente Audiencia que la liturgia es un encuentro con Cristo. En los sacramentos, Cristo se hace presente. Por ello para los cristianos hay una necesidad de participar en los divinos misterios. Un cristianismo sin liturgia –continúa el papa– es un cristianismo sin Cristo, sin el Cristo total.

2) Para pensar

Poco después de ser inventado el teléfono, se mostró en la Exposición Universal celebrada en Filadelfia con motivo del centenario de la Independencia de los Estados Unidos, en 1876. Se encontraba de invitado el emperador del Brasil, Pedro II. Graham Bell presentó su teléfono y se lo ofreció al emperador poniéndoselo en la mano. El emperador lo examinó atentamente, y cuando comprobó que salían voces de él, lo soltó alarmado y exclamó desconcertado: "¡Pero esto habla!".

Ahora con la situación de confinamiento, muchos se han unido a celebraciones en línea. La distancia no impide nos unamos a la oración de Cristo, que es el Protagonista de la liturgia. Pensemos si tenemos la conciencia de unirnos al Señor cuando oramos.

3) Para vivir

No ha faltado la tentación de practicar un cristianismo que no reconoce la importancia de los ritos litúrgicos. Se piensa erróneamente que no hace falta asistir a la Santa Misa o ir a ceremonias litúrgicas exteriores, que basta con la relación que cada uno tenga con Dios. Se olvida que es por Jesucristo que el hombre puede acceder a Dios. El peligro está en querer “moldear” a Dios según nuestras ideas, quedándose en un sentimiento o idea. Pero Jesús es una Persona viviente y Él mismo creó la nueva liturgia. Jesucristo mismo instituyó los sacramentos para unirse amorosamente con nosotros en la liturgia. Aunque se celebre en una prisión, o en un escondite durante los tiempos de persecución, Cristo se hace realmente presente y se dona a sus fieles.

Por tanto, dice el papa Francisco, no existe espiritualidad cristiana que no tenga sus raíces en la celebración de los santos misterios. Toda oración cristiana presupone la liturgia, es decir, la mediación sacramental de Jesucristo. Por ejemplo, en un Bautismo, Cristo es quien bautiza, es el centro y protagonista de la liturgia. Dice el papa que alguien podría pensar que sólo es una forma de hablar. Y responde: “Pero no, no es una forma de hablar. Cristo está presente y en la liturgia tú rezas con Cristo que está junto a ti”. Cuando vayamos a Misa, tengamos la conciencia de la presencia y acción de Jesús: “voy a rezar en comunidad, voy a rezar con Cristo”.

Los amigos de los hijos: una influencia bien importante

Por LaFamilia.info

 

foto: pressfoto

 

Todos deseamos que nuestros hijos construyan amistades que les aporten valores a sus vidas, y no al contrario. Es por eso que la amistad y las relaciones sociales, son una lección importante en el proceso formativo de los hijos.

 

Construir amistades verdaderas, sanas y sólidas, es posible mediante una educación adecuada en el hogar. A continuación te damos 5 premisas básicas que servirán de apoyo a los padres en este propósito:

 

1. Primero: que se quieran a sí mismos

 

Antes de enseñarles a entablar amistades y conservarlas, hay que buscar primero que los hijos tengan confianza en ellos mismos, que posean una autoestima sana y positiva, pues son los puntos de partida para establecer relaciones interpersonales con éxito. Éstas les ayudarán además a afrontar con entereza situaciones difíciles, como por ejemplo un rechazo o menosprecio de sus pares.

 

2. Darles la oportunidad de hacer amigos

 

“Es evidente que si los padres pretendemos que nuestros hijos aprendan a relacionarse, a tener amigos e integrarse en sociedad, hemos de darles la oportunidad de lograrlo, ya desde los más tiernos años de la infancia” señala Bernabé Tierno, sicólogo y escritor.

 

Quiere decir entonces que los padres debemos de animar a los hijos a crear lazos de amistad, en especial cuando tienden a ser tímidos o retraídos, aunque tampoco es conveniente forzarlos.

 

3. Transmitirles los valores y principios de la amistad

 

La amistad debe considerarse como un regalo y por eso debe estar basada en valores como son: ayuda desinteresada, capacidad de entender al otro, empatía, generosidad, respeto, confianza, sinceridad, lealtad, afecto, entre otros.

 

4. Conocer los amigos de los hijos

 

Es primordial desarrollar una relación cercana y armónica con los hijos, pues de esta manera se crea un ambiente de acogida para sus amigos. Invitarlos a casa o transportarlos a alguna actividad, son formas de estar al tanto de los amigos.

 

Este contacto es vital, pues así los padres podemos indagar y conocer a fondo las posibles influencias que se están ejerciendo sobre los hijos. Lo ideal además, es conocer a las familias. No hay que convertirse en íntimos amigos, pero sí tener algún acercamiento para saber si las actitudes y preferencias como padres son compatibles con las propias.

 

5. Enseñarles a establecer un criterio propio

 

Los amigos son una elección, es decir, cada quien está en libertad de establecer un vínculo con una persona o con otra. En estas decisiones hay mucho en juego, pues una amistad puede llegar a ser tan influyente, que puede determinar el rumbo de una vida. De ahí la importancia de enseñarles a los hijos a formar un criterio propio desde la niñez, el cual cobrará más importancia en la adolescencia. Esta es la mejor herramienta que tendrán los chicos para identificar las amistades que les beneficiarán o les perjudicarán.

 

Qué hacer cuando “no me gustan los amigos de mi hijo”

 

Los padres estamos en nuestro deber de informarles a los hijos cuando consideramos que una amistad no les es conveniente, pero debemos manejar la situación con inteligencia y delicadeza. El sitio padresonones.es expone los siguientes consejos:

 

- Ante todo hay que diferenciar los amigos que no nos gustan por juicios sin información objetiva de los que realmente ejercen una mala influencia. Amistades negativas son aquellas que contradicen con su ejemplo los valores que los padres les están enseñando, les inducen a un comportamiento inadecuado o les manipulan y presionan. Si la educación de nuestro hijo hasta el momento de su adolescencia, ha sido a través de un camino de valores y buenas acciones, tendrá una base sólida, y menos manipulable, aunque eso no garantice la influencia por parte de sus amigos.

 

- Cuando los niños son pequeños es más fácil hacer que cambien de amistad. Basta modificar sus hábitos para que entable nuevas relaciones, pero en la adolescencia la situación es diferente.

 

- No criticar a los amigos, ya que así se refuerza la actitud del hijo, que no dudará en defenderles. Es mejor cuestionar actitudes concretas y no hay que olvidar que es mejor la persuasión que la prohibición.

 

- También ayuda conocer la relación de amistad. En ocasiones la mala influencia se deba a una falta de confianza en sí mismo. En ese caso en lugar de insistir en que deje a ese amigo, es mejor reforzar su autoestima para evitar que sea fácilmente manejable.

 

- La comunicación es la base para evitar problemas. En momentos de conflicto, es importante dialogar con ellos sobre situaciones de riesgo, pero evitando sermones. Comunicarse es la mejor forma de que escuchen y sigan nuestras orientaciones.

 

- La mejor prevención es sin duda una buena relación familiar que favorece que el niño confíe en sus padres y sea menos manipulable por su entorno.

 

- Es también positivo promover diversos grupos de amistades, de forma que sea más difícil que se dejen llevar por las presiones de un grupo concreto. En un momento en el que un amigo ejerza una mala influencia, otro amigo podrá contrarrestarla.

 

Los padres no pueden desligarse de este tema, deben acompañar a sus hijos en todo el proceso, con amor, autoridad y dedicación, seguramente lo lograrán.

 

La nueva religiosidad

Escrito por Mario Arroyo.

El ateísmo es una de las corrientes que se incrementa y está conformada por ateos, pero también de quienes la interrogante religiosa no es importante.

El mapa de la religión en México está cambiando lentamente. En el pasado censo 2020, 97,864,218 personas se reconocieron católicas. Aunque la cifra es grande, supone una caída porcentual del 5% respecto al 2010. ¿A dónde han emigrado esos antiguos creyentes? Los indicadores en ascenso nos ofrecen la respuesta. Uno de ellos, el crecimiento evangélico, no nos sorprende, pasaron del 7.5% en 2010 al 11.2% en 2020. Las sorpresas las constituyen dos rubros con escaso protagonismo anteriormente: las personas sin religión y los creyentes sin adscripción religiosa.

En el panorama religioso, las personas sin religión casi se duplicaron: pasaron del 4.7% al 8.1% en apenas diez años. Sería apresurado identificarlas simple y llanamente con los ateos, aunque el ateísmo es una de las corrientes al alza en la humanidad. Está conformado por ateos, pero también por personas para las que la interrogante religiosa no es importante, simplemente no les interesa. No es que afirmen explícitamente la no existencia de Dios, simplemente no entra dentro de sus preocupaciones existenciales o no lo saben. Englobaría a los ateos teóricos, pero también a los simplemente prácticos y a los agnósticos.

El ateísmo teórico ha experimentado un crecimiento importante por calcar formas de funcionamiento religioso. A lo largo de este siglo ha copiado las actitudes proselitistas de algunas religiones. Es decir, no se trata simplemente de afirmar “yo no creo en Dios, bien por los que creen en Él”, sino que busca activamente su difusión, la cual es vista muchas veces como una cruzada moral para erradicar la superstición y la ignorancia. Tal ateísmo fomenta un cuestionable “pensamiento crítico” –es crítico de la religión, no de sus propios postulados–, y aparece nimbado con el calificativo de “científico” –ignorando que la gran mayoría de científicos relevantes a lo largo de la historia han sido creyentes–. En este sentido, existen campañas de difusión del ateísmo, a través de redes sociales, programas educativos para escuelas, campamentos para niños y adolescentes, accesorios, etc. Normalmente, como es muy incómodo aparecer como “anti-algo”, en este caso “anti-Dios”, buscan redefinirse con otros términos, como “Bright”, o utilizan eufemísticamente el apelativo “humanista” para designarse a sí mismos.

Sin embargo, más numerosos que los ateos teóricos, son los prácticos, los que han llegado a acostumbrarse a vivir sin Dios, sin plantearse esa pregunta por considerarla irrelevante, carente de interés, siendo desplazada por otras cuestiones más apremiantes de la vida. Muchas veces el hedonismo, el consumismo, la inmediatez o la superficialidad han conseguido anegar la dimensión espiritual en estas personas. Otras veces, cansadas de los escándalos provocados por hombres religiosos, descalifican en bloque toda pretensión de religiosidad humana, considerándola tapadera de ocultos intereses de manipulación y poder. También entran dentro de este ámbito el importante conjunto de personas agnósticas, es decir, quienes consideran tener suficientes argumentos para afirmar la existencia de Dios como para negarla, permaneciendo ellos en la duda voluntaria. Algunos son escépticos, es decir, no saben si Dios existe o no, y consideran que en realidad nadie puede saberlo, y que tanto los creyentes como los ateos quieren creer que Dios existe o no, pero no lo saben. Otros son menos pretenciosos, ellos dudan, pero les parece bien que algunos crean en la existencia o no de Dios. Les gustaría tener esa certeza, pero en un gesto de honradez intelectual no emiten un juicio con seguridad.

Por último, está el nuevo grupo, que no aparecía en el censo del 2010, de personas creyentes sin religión. Es lógico, ante los escándalos sexuales y económicos de algunos miembros connotados de algunas religiones, se distancian asqueados. Sin embargo, ellos creen en Dios, oran, piensan que se interesa por nuestras vidas, lo tienen presente. Parece una forma de espiritualidad más individualista, moldeada según los gustos personales. En lugar de adecuarme yo a Dios, lo adecúo a mí. Para los creyentes, estos datos son una invitación a hacer examen de conciencia y esforzarnos por ser mejores, para poder ser más. El imperativo de la coherencia para los católicos es inaplazable.

Qué pasa en otras culturas

La mayor parte de las sociedades occidentales toman buena nota del impulso feminista para que ellas aporten todo su carisma, y más aquellas que tienen raíces y sentido cristiano de las personas y del bien común. No ocurre así en otras muchas sociedades y en otras culturas que todavía no han recibido -y menos asimilado- el mensaje del Evangelio de Jesucristo, raíz de la civilización occidental, con todas sus deficiencias pero con unos valores más elevados. Como botón de muestra me referiré a la experiencia de lo sucede en una parte de la cultura islámica dominante en medio mundo y con fuerza expansiva.

Conmovedora historia de dos mujeres afganas y de sus familias que contiene la conocida novela «Mil soles espléndidos» de Khaled Hosseini. Está basada en hechos reales con un sabor agridulce. Muestra la vida más que dura durante las guerras en Afganistán que dejan rastro de destrucción y de barbarie, rusos, talibanes, norteamericanos. Pero sobre todo el sufrimiento de dos mujeres Mariam y Laila que representan a miles de mujeres tratadas casi como animales.

Aunque el mundo musulmán tenga cosas buenas, por ejemplo la fe sencilla y perseverante en Alá, no obsta para que muchos hombres -que son demasiados- abusen de las mujeres como dueños de animales para su satisfacción y desahogar su ira y frustraciones; es el caso de Rashid que se casa con la joven Mariam y años después cuando ella no puede darle hijos se casa con Laila. Es el abuso institucionalizado sobre mujeres prisioneras en casa de su dueño, porque tiene poco de marido: solo las necesitan para reproducirse, cocinar y limpiar.

Los talibanes aparecen como bárbaros asesinos sembradores de muerte y destrucción. No es exageración pues reconozco que hay también muchos buenos musulmanes, pero es una minoría selecta y cultivada, sobre todo quienes conocen la vida y los valores de Occidente. Es el caso del autor, Khaled Hosseini, que vive y triunfa en Estados Unidos, después de vivir años en su Afganistán natal.

Valentín Abelenda Carrillo

 

Personas pobres espirituales

En el ambiente nuestro, en Occidente, creo que es mucho mayor la cantidad de personas pobres espirituales que la de pobres materiales -que podrían llegar a ser pobres de espíritu con poco esfuerzo-; descreídos, inmorales, injustos, adúlteros, etc. Y los tenemos al lado, junto a nosotros, en nuestra propia casa, compañeros de trabajo, compañeros de deporte o de aficiones, pero nadie nos dice que nos preocupemos por los espiritualmente pobres, que tienen, sin duda alguna, mucho más difícil la conversión que los pobres de dinero. Sobre todo, porque estos no lo son por maldad, pueden ser unos santos, y los pobres espirituales lo son por olvido de su fe, por el egoísmo de enriquecerse, por el amor desordenado que rompe el matrimonio, etc.

Es indudable que solo unos cristianos consecuentes, de los que practican, de los que van a misa los domingos o todos los días, que buscan los modos a su alcance para formarse bien, pueden llevar consigo una influencia positiva, con posibilidad de hacer ver a las personas cercanas la maravilla de estar junto a Dios, de ser espiritualmente ricos, y el desastre que lleva consigo apartarse de Dios. Por lo tanto, parece lógico que la Iglesia, empezando por los obispos y sacerdotes, tenga un empeño por empujar a esos cristianos auténticos, a cuidar de los pobres del alma que tienen alrededor.

¿También a los pobres materiales, al pobre de la puerta de la parroquia o al que te pide por la calle? Sí, claro, también. Pero por un mendigo que encuentro en la calle tengo decenas de pobres espirituales muy cercanos, a quienes nadie me recomienda que les dé la limosna de mi buen ejemplo, de mi fe vivida, de mi formación doctrinal, de mi seguridad en la vida eterna.

Es más decisiva esa limosna y esencial para la vida del hombre que la riqueza material, que, por otra parte, con frecuencia hace daño a las personas.

Juan García. 

 

La encrucijada de Francia

 El Reino Unido no sólo es un país autosuficiente, sino que además siempre va a estar apoyado por Estados Unidos (y los que crean que los yanquees están de capa caída, incluso después del tremendo episodio del asalto al Capitolio, que recuerden su inmenso poderío económico y Pearl Harbour y que han ganado, ellos solos, aunque sea ayudados por los ingleses o los soviéticos, dos guerras mundiales) y por los países de su antiguo Imperio colonial, para quien un británico es casi un semi-dios.

Si Francia hubiera estado en forma, probablemente Gran Bretaña se hubiera quedado. Porque Francia, en los tiempos de los grandes presidentes franceses, suponía un contrapeso a Alemania.  Pero Francia, reflejada en los presidentes de tan poco lustre que ha tenido últimamente, parece haberse entregado a los alemanes. Formalmente, las grandes potencias tienen todavía la deferencia de contar con ellos, pero cuando deben resolver un asunto relacionado con la Unión Europea, cuentan, sin duda, en primer lugar con los alemanes. El reciente Acuerdo de Inversión UE/China, muy impulsado por los alemanes, sería una prueba de ello.

¿Qué sucederá cuando Francia vuelva a tener grandes presidentes? ¿Cuándo recupere su orgullo nacional? Lo primero que harán es mirar a Gran Bretaña para ver si le va bien o mal funcionando sola. Y como le va a ir bien, sin tardar mucho,  lo siguiente que se preguntarán es: ¿Por qué yo no hago lo mismo? Porque Francia, no lo olvidemos, es también autosuficiente y, de facto, sigue teniendo un imperio colonial. Y tendrán la tentación fortísima de irse. Si lo hacen,  en ese momento, la Unión Europea habrá desaparecido. Ojalá no se llegue a esto, pero lo menos que creo debería haber es una muy profunda reflexión sobre el proyecto europeo y su futuro, en especial los equilibrios de poder,  pues tal futuro parece ahora bastante comprometido.

Pedro García

 

Espiritualmente pobres

No es lo mismo la idea de pobres de espíritu, que son bienaventurados, según las palabras de Jesús, recogidas en el evangelio de San Mateo, que los espiritualmente pobres. Estos abundan más que los otros. Ser pobre de espíritu supone una actitud de desprendimiento de los bienes de la tierra, algo difícil de conseguir en el ambiente occidental donde prima la riqueza y el vivir bien sobre otro cualquier valor. Así que bajo esa descripción hay poco bienaventurados.

Pero los espiritualmente pobres abundan en nuestra sociedad. Precisamente ese ambiente materialista, opuesto al de los pobres de espíritu, hace que haya muchas personas que no tengan ningún interés por cuidar su alma y solo piensan en su cuerpo. Lamentable, sin duda, pero es lo que está al día. ¿Y quién se preocupa por los espiritualmente pobres, que son mayoría? Porque se nos habla mucho de atender a los pobres, pero en muchos casos solo nos cuidamos de proveerles de lo material, como si deseáramos que dejaran de ser pobres, y sin cuidar de que sean pobres de espíritu.

También en los evangelios encontramos la frase del Señor “no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores”. La Iglesia, desde de siempre, se ha preocupado por la conversión de tantas personas perdidas para el espíritu, por falta de formación, por el ambiente en el que han vivido, porque están imbuidos en actividades que alejan de Dios. Sin embargo, ahora parece que debemos preocuparnos más de los pobres materiales -que podrían ser bienaventurados- que de los pobres espirituales.

Domingo Martínez Madrid

 

 

Habla un maestro de hace dos milenios 

 

                                Entonces no había ordenador, ni electricidad, ni apenas nada de lo que hoy, “ilustra y también embrutece al pobre mono humano”; pero de lo que no hay duda es que pese a “otras cosas deleznables”, había, Maestros, que como tales dejaron semilla en su tiempo y en todos los que sigan después, semilla que si bien no fructificó, pero que siempre hay verdaderos discípulos, que continúan sembrando y por ello la semilla no desaparece, aunque no fructifique como debiera y ello es bochornoso. Veamos:

                                “¿A qué viene esa fiereza y ese orgullo, miserable filósofo? Espera un poco amigo mío, y me verás todavía más orgulloso; espera a que tenga la  debida firmeza en las máximas que he aprendido y a cuya aceptación he dado mi absoluto consentimiento; espera, que esto aún no es nada, pues conozco y temo todavía mi debilidad. Pero ya te digo que pronto, cuando esté enteramente seguro y fortificado, entonces será cuando veas todo mi orgullo y toda mi fiereza en su grado máximo. Y es que la estatua no está aún terminada; los dioses no le han dado todavía la última mano. Mas no creas que, una vez acabada, su fiereza será hija de su orgullo. No; será una fiereza de seguridad y confianza en la verdad. ¿Es orgullo lo que observas en la cabeza de Júpiter? No. Es firmeza, es estabilidad, es constancia, es seguridad en su poder; es, en suma, lo que debe brillar en la faz de un dios que te dice: Todo lo que he confirmado por medio de un signo de aprobación, jamás se engañó, fue irrevocable y nunca dejó de suceder. Pues bien: yo trataré de imitar este gran modelo. Me verás fiel, modesto, valeroso e inaccesible a la turbación y a las emociones que causan los accidentes que llaman terribles. –Pero ¿te veré inmortal, exento de vejez y de enfermedades?- No; pero verás que sé morir, y ser viejo, y estar enfermo; verás que sólidos y templados son los nervios de un filósofo. - ¿Y en qué consiste esta solidez y esta templanza? –En no tener jamás deseos frustrados ni temores mal dirigidos; en prevenir todos los males; en arreglar convenientemente todos los movimientos del alma; en que todos los designios sean hijos de prudente y madura reflexión y en que las afirmaciones sean tan sólidas y certeras que jamás vayan seguidas del arrepentimiento.

                                La primera y más necesaria parte de la filosofía es aquella que trata de la práctica de los preceptos; como, por ejemplo, del que establece que no debemos mentir. La segunda es la que hace las demostraciones; como: por qué no debemos mentir. Y la tercera es la que hace la prueba de estas demostraciones; como: por qué son tales demostraciones y en qué consiste su certeza y verdad, y qué es demostración, consecuencia, oposición, verdad y falsedad. Esta tercera parte es necesaria a la segunda; la segunda a la primera, y esta es la más necesaria de todas y en la que debemos detenernos y fijarnos más. Pero solemos invertir este orden y no acostumbrarnos a pasar de la tercera. De ordinario, ponemos todo nuestro empeño y estudio en la prueba, descuidando en absoluto lo primero, es decir, el uso de la práctica. ¿Qué resulta de ello? Pues que mentimos; pero, eso sí, siempre estamos dispuestos a demostrar que no debemos mentir.

                                Un discípulo mío, que se sentía inclinado hacia la filosofía cínica, me preguntó un día cómo debía ser el verdadero filósofo de esta secta y que debía hacer para llegar a serlo. –Amigo mío –le contesté-, todo cuanto puedo decirte es: que cualquier hombre que emprenda una cosa tan superior sin que a ello le llamen los dioses, será tan loco como aquel que entrase en una casa extraña sin consentimiento de sus dueños. –Pero –replicó- me avendré a vestirme sin discusión, a vestirme de harapos y a llevar un manto zurcido; dormiré en el suelo, no llevaré nada más que una alforja y un palo y me meteré audazmente con todo el mundo. -¡Ay amigo mío! Si sólo por estas exterioridades juzgas de la filosofía, ¡cuán mal la juzgas! Sabe que el filósofo cínico es un hombre lleno de pudor y que su vida está expuesta de continuo a la vista de los demás, pues nada hace que no sea decente; que los verdaderos cínicos son enviados de los dioses para que reformen a los hombres y para que les enseñen con su ejemplo como desnudos, sin bienes, sin otro techo que el cielo ni más cama que la tierra, se puede vivir feliz; elegidos que tratan a los viciosos, por encumbrados que sean, como esclavos; hombres que maltratados y apaleados, aman y bendicen a quienes los apalean; que miran a todos los demás hombres como si fuesen hijos suyos, que los soportan, juegan con ellos, les amonestan con bondad y ternura, como hacen los padres, como hacen los hermanos y como hacen los ministros de los dioses; hombres, en fin, a quienes y a pesar de su humildísima condición, príncipes y reyes no pueden menos que tratar con respeto. Así y tal como te describo es como Alejandro Magno vio a Diógenes”.

 

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                                Lo que antecede es una mínima semblanza de “Las Máximas” de Epicteto; que junto a otros extractos de las obras de Marco Aurelio y Séneca (los tres, sabios estoicos) se encuentran en un libro no muy voluminoso ni alto de precio, titulado “LOS ESTOICOS”; editado en Madrid: “Editorial Nueva Acrópolis”… Y del que poseo más de un ejemplar, puesto que, “donde duerma y desde hace ya muchos años”, “duerme conmigo y muy cerca de mi mano, un ejemplar, el que constantemente leo, puesto que a medida que va pasando el tiempo, su contenido “va creciendo inagotable”; y siempre es un consuelo, compartir las reflexiones de estos sabios, que “viejos como el tiempo, siguen siendo tan jóvenes, como los amaneceres de cada día”; por ello es un consuelo y un alimento inestimable para el alma, y más aún hoy, “con los tiempos que corren y la maldad tan abundante que una vez más, asola al mono humano y su humanidad”: Amén.

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes