Las Noticias de hoy 8 Febrero 2021

Enviado por adminideas el Lun, 08/02/2021 - 11:55

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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 08 de febrero de 2021       

Indice:

ROME REPORTS

El Papa ora por Myanmar: promover la justicia y la estabilidad

Ángelus. Francisco: “llevar la ternura de Dios a la humanidad sufriente"

El Papa: Protejamos la vida en todas sus etapas, la persona no es una mercancía

VIVIR EN SOCIEDAD: Francisco Fernandez Carbajal

“Dios está aquí”: San Josemaria

Orad sin interrupción: M. Belda.

La liturgia es un encuentro | Una comunicación eficiente: José Martínez Colín

Las manifestaciones dualistas y el ser humano

Sucedió en una confesión: Sheila Morataya

BUSCAR LA VERDAD: J.R. Ayllón

La inocencia y el sentido de lo maravilloso: Plinio Corrêa de Oliveira

Derecho natural, democracia y cultura: Javier Hervada

8 cosas que un matrimonio necesita para mantener viva la llama del amor

La pornografía: El vicio que puede afectar a padres e hijos: Francisco Gras

Vencer el miedo: Pedro García

¿Quién está detrás?: Jesús D Mez Madrid

El manual del adolescente: Xus D Madrid

La perversión política y la “carga de impuestos”: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

El Papa ora por Myanmar: promover la justicia y la estabilidad

El Papa Francisco expresó, después de rezar el ángelus este 7 de febrero, su cercanía con el pueblo de Myanmar y llamó a quienes tienen responsabilidad en el país a ponerse en el camino de la búsqueda del bien común. Hizo un llamado a unirse en oración por esa nación.

Ciudad del vaticano

Después del rezo de la oración del Ángelus, el Papa expresó: “En estos días estoy siguiendo con profunda preocupación la evolución de la situación que se ha producido en Myanmar, un país que, desde el momento de mi Visita Apostólica en 2017, he llevado en mi corazón con gran afecto”.

Actualmente, Myanmar pasa por una crisis política y social, después que el 1 de febrero, las fuerzas armadas realizaron un golpe militar que produjo el arresto de la lideresa y premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi.

Preocupación por la paz en Myanmar

En este contexto, el Papa expresó: “deseo asegurar una vez más mi cercanía espiritual, mi oración y mi solidaridad con el pueblo de Myanmar, y rezo para que quienes tienen responsabilidades en el país se pongan con sincera voluntad al servicio del bien común, promoviendo la justicia social y la estabilidad nacional para una convivencia democrática armoniosa”.

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26/11/2018

Memoria del Viaje del Papa a Myanmar y Bangladesh: “Paz para todo hombre”

 

El Papa visitó Myanmar el año 2017. En su discurso a las autoridades, cuerpo diplomático y sociedad civil, Francisco expresó su preocupación por la paz y la convivencia democrática: “El futuro de Myanmar debe ser la paz, una paz basada en el respeto de la dignidad y de los derechos de cada miembro de la sociedad, en el respeto por cada grupo étnico y su identidad, en el respeto por el estado de derecho y un orden democrático que permita a cada individuo y a cada grupo —sin excluir a nadie— ofrecer su contribución legítima al bien común”.

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07/02/2021

El Papa: Protejamos la vida en todas sus etapas, la persona no es una mercancía

Domingo de oración y ayuno

El mensaje del Papa llega en el día en que la Conferencia Episcopal de Myanmar ha hecho un llamado a los fieles a participar en una jornada de oración por la paz. Los obispos en sus homilías han continuado llamando al diálogo, la no violencia y al retorno de la democracia. Igualmente lo ha hecho el cardenal Bo, presidente de la Conferencia Episcopal el pasado 4 de febrero recordando que la democracia y la paz constituyen el único camino a seguir.

Poco eficaces los llamamientos internacionales

El miércoles, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas pidió al nuevo gobierno dirigido por el general Min Aung Hlaing, la liberación de todos los detenidos, el respeto de los derechos humanos evitando el uso de la violencia y el restablecimiento del proceso democrático, aunque sin condenar explícitamente el golpe debido a la oposición de China y Rusia. Además, Indonesia y Malasia han convocado una reunión extraordinaria de Asean, la Asociación de Países del Sudeste Asiático, de la que Myanmar es miembro. Pero hasta ahora todo parece inútil. Hasta ahora, incluso el silencio impuesto por las redes sociales ha aumentado el aislamiento del país. La única voz posible para expresar el descontento es la calle, que está animada desde el pasado martes. Lo mismo ha ocurrido en los hospitales, donde los médicos de 30 ciudades han exhibido un lazo rojo, el color del partido de San Suu Kyi.

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07/02/2021

Ángelus. Francisco: “llevar la ternura de Dios a la humanidad sufriente"

Llamamiento por los niños migrantes no acompañados

El Papa Francisco también expresó su preocupación por los niños y jóvenes migrantes de todo el mundo: “Me gustaría hacer un llamamiento en nombre de los niños migrantes no acompañados”.

El Papa puso en evidencia las reales dimensiones de esta realidad: “Hay muchos de ellos. Desgraciadamente, entre los que, por diversas razones, se ven obligados a abandonar su patria, siempre hay decenas de niños y jóvenes solos, sin sus familias y expuestos a muchos peligros”.

Una realidad muy cercana a Europa es la que se produce en la región de los Balcanes, sobre la que el Papa subrayó: En los últimos días me han informado de la dramática situación de los que se encuentran en la llamada "Ruta de los Balcanes" (…) Asegurémonos de que a estas frágiles e indefensas criaturas no les falte la atención debida ni los canales humanitarios preferentes.

Ángelus. Francisco: “llevar la ternura de Dios a la humanidad sufriente"

El Papa Francisco realizó la oración mariana del Ángelus desde el Balcón del Palacio Apostólico en la Plaza de San Pedro. En el comentario al Evangelio de hoy (Mc 1,29-39) subrayó: “La realidad que estamos viviendo en todo el mundo a causa de la pandemia hace particularmente actual este mensaje”.

Ciudad del Vaticano

El Papa nos recuerda el relato de Marcos 1,29-39, que presenta la sanación, “por parte de Jesús, de la suegra de Pedro y después de tantos otros enfermos y sufrientes que se agolpaban junto a Él”. Esta es la primera sanación física que nos cuenta el evangelista Marcos, añadió.

Un acto de dulzura

Francisco nos llama la atención sobre la escena narrada: “la mujer se encontraba en la cama con fiebre; la actitud y el gesto de Jesús con ella son emblemáticos: «Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó» (v. 31), señala el Evangelista. Hay mucha dulzura en este sencillo acto, que parece casi natural: ‘La fiebre la dejó y ella se puso a servirles’.

Seguidamente afirma: “El poder sanador de Jesús no encuentra ninguna resistencia; y la persona sanada retoma su vida normal, pensando enseguida en los otros y no en sí misma - y esto es significativo, ¡es signo de verdadera salud!”. El Papa añade: “Ese día era un sábado. La gente del pueblo esperaba el anochecer y después, terminada la obligación del descanso, sale y lleva donde Jesús a todos los enfermos y los endemoniados”.

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04/02/2021

Golpe militar Myanmar. Cardenal Bo: "Restaurar democracia con diálogo. No a la violencia"

Los predilectos de Jesús

Francisco subraya que “Jesús muestra su predilección por las personas que sufren en el cuerpo y en el espíritu: es la predilección del Padre, que Él encarna y manifiesta con obras y palabras”. Y vuelve a llamarnos la atención sobre la acción de Jesús: “Sus discípulos han sido testigos oculares”, pero Jesús no los quiere como observadores, espectadores de su misión.

De aquí nace la fuerza de la misión: Jesús “les ha involucrado, les ha enviado, les ha dado también a ellos el poder de sanar a los enfermos y de expulsar demonios (cfr Mt 10,1; Mc 6,7)”. Y esta misión ha proseguido en la vida de la Iglesia hasta el día de hoy, insiste Francisco.

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28/01/2021

Videomensaje del Papa en la Maratón de oración contra la Trata

La misión de la Iglesia es “llevar la ternura de Dios a la humanidad sufriente” y ésta no es “algo opcional, algo accesorio”, dice Francisco, forma parte integrante de la misión de la Iglesia, “como lo era la de Jesús”.

El Papa recuerda que, dentro de pocos días, el 11 de febrero, se realizará la Jornada Mundial del Enfermo, “instituida por San Juan Pablo II, quien ha donado a la Iglesia también la Carta Apostólica Salvifici doloris, sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano (11 de febrero 1984)”.

Actualidad de este mensaje

El Papa hace notar que “La realidad que estamos viviendo en todo el mundo a causa de la pandemia hace particularmente actual este mensaje. La voz de Jacob, que resuena en la Liturgia de hoy, una vez más se hace intérprete de nuestra condición humana, tan alta en la dignidad y al mismo tiempo tan frágil. Frente a esta realidad, siempre surge en el corazón la pregunta: “¿por qué?”.

El Obispo de Roma, pone en evidencia que “Jesús, Verbo Encarnado, responde a este interrogante no con una explicación, sino con una presencia de amor que se inclina, que toma de la mano y hace levantarse, como hizo con la suegra de Pedro (cfr Mc 1,31). Agacharse para levantar a la otra persona. No olvidemos que la única forma permitida, la única forma permitida de mirar hacia abajo a una persona es cuando se le tiende la mano para ayudarla a levantarse. La única. Y esa es la misión que Jesús confió a la Iglesia. El Hijo de Dios manifiesta su Señorío no “de arriba hacia abajo”, no en la distancia, sino en la cercanía, en la ternura, en la compasión”.

Francisco vuelve a subrayar: “La cercanía, la ternura, la compasión, son el estilo de Dios. Dios se hace cercano y está cerca con ternura y compasión (…) La compasión de Jesús, la cercanía de Dios en Jesús es el estilo de Dios”.

¿De qué se nutre la compasión?

Francisco subraya que “el Evangelio de hoy nos recuerda también que esta compasión tiene sus raíces en la íntima relación con el Padre: antes del alba y después del anochecer, Jesús se apartaba y permanecía solo para rezar (v. 35). De allí sacaba la fuerza para cumplir su ministerio, predicando y sanando.

Que la Virgen Santa nos ayude a dejarnos sanar por Jesús - siempre lo necesitamos, todos - para poder ser a su vez testigos de la ternura sanadora de Dios”. 

El Papa: Protejamos la vida en todas sus etapas, la persona no es una mercancía

“La Jornada de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas y la Jornada de la vida en Italia”, los temas al centro de los llamamientos del Santo Padre después de rezar a la Madre de Dios.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

Después de rezar la oración mariana del Ángelus, de este V Domingo del Tiempo Ordinario, el Papa Francisco dirigió dos apremiantes llamamientos en defensa de la vida. El primero fue al recodar que, mañana, en la memoria litúrgica de Santa Josefina Bakhita, religiosa sudanesa que conoció la humillación y el sufrimiento de la esclavitud, se celebra la Jornada de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas. “Este año – precisó el Pontífice – el objetivo es trabajar por una economía que no favorezca ni siquiera indirectamente estos rasgos indignos, es decir, una economía que nunca haga del hombre y de la mujer una mercancía, un objeto, sino siempre el fin: el servicio al hombre, a la mujer, pero no utilizarlos como mercancía”. Por ello, el Papa invitó a encomendarnos a Santa Josefina Bakhita para que nos ayude en este propósito.

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07/02/2021

Ángelus. Francisco: “llevar la ternura de Dios a la humanidad sufriente"

Sanar todos los ataques a la vida

En el segundo llamamiento, el Santo Padre se unió a los Obispos italianos en la defensa de la vida en todas sus etapas. Bajo el lema: “Libertad es vida”, se celebra hoy en Italia el Día de la Vida. Por ello, el Pontífice recordó que, “la libertad es el gran don que Dios nos ha concedido para buscar y realizar nuestro bien y el de los demás, empezando por el bien primario de la vida”. Nuestra sociedad debe ser ayudada a sanar todos los ataques a la vida – subrayó el Papa – para que pueda ser protegida en cada etapa. Además, el Obispo de Roma manifestó su preocupación por “el invierno demográfico italiano”. “En Italia – señaló el Papa – los nacimientos han descendido y el futuro está en peligro. Tomemos esta preocupación y tratemos de hacer de algún modo que este invierno demográfico termine y florezca una nueva primavera de niños y niñas”.

La alegría del encuentro con los peregrinos

Antes de concluir su alocución, el Papa Francisco manifestó su alegría por el encuentro con los fieles y peregrinos que se dieron cita en la Plaza de San Pedro para rezar el Ángelus. Recordemos que desde el 20 de diciembre de 2020 – último Ángelus que dirigió desde  la ventana del Palacio Apostólico - el Pontífice había dirigido la oración mariana desde la Biblioteca del Palacio Apostólico. “Dirijo mi cordial saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos. Estoy contento de verlos de nuevo reunidos en la Plaza, incluso a los habituales, las religiosas españolas aquí, que siempre son buenas, llueva o haga sol, ¡están ahí! También los chicos de la Inmaculada. Todos ustedes. Estoy contento”. A todos les deseo un buen domingo y, pidió por favor que no se olviden de rezar por él.

VIVIR EN SOCIEDAD

— Dimensión social del hombre.

— Caridad y solidaridad humana. Consecuencias en la vida de un cristiano.

— Contribución al bien común.

I. La primera página de la Sagrada Escritura nos describe con sencillez y grandiosidad la creación del mundo; y vio Dios que era bueno todo cuanto salía de sus manos1. Después, coronando todo cuanto había hecho, creó al hombre, y lo hizo a su imagen y semejanza2. Y la misma Escritura nos enseña que lo enriqueció de dones y privilegios sobrenaturales, destinándolo a una felicidad inefable y eterna. Nos revela también que de Adán y Eva proceden los demás hombres, y, aunque estos se alejaron de su Creador, Dios no dejó de considerarlos como hijos y los destinó de nuevo a su amistad3. La voluntad divina dispuso que la criatura humana participara en la conservación y propagación del género humano, que poblara la tierra y la sometiera, dominando sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra4.

El Señor quiso también que las relaciones entre los hombres no se limitaran a un trato de vecindad ocasional y pasajero, sino que constituyeran vínculos más fuertes y duraderos, que vinieran a ser los cimientos de la vida en sociedad. El hombre buscará ayuda para todo aquello que la necesidad y el decoro de la vida exigen, pues la Providencia divina ordenó su naturaleza de tal modo que naciera inclinado a asociarse y unirse a otros, en la sociedad doméstica y en la sociedad civil, que le proporciona lo necesario para la vida5. El Concilio Vaticano II nos recuerda que «el hombre, por su íntima naturaleza, es un ser social, y no puede vivir ni desarrollar sus cualidades sin relacionarse con los demás»6. «La sociedad es un medio natural que el hombre puede y debe usar para obtener su fin»7: es el ámbito ordinario en el que Dios quiere que nos santifiquemos y le sirvamos.

Vivir en sociedad nos facilita los medios materiales y espirituales necesarios para desarrollar la vida humana y la sobrenatural. Esta convivencia es fuente de bienes, pero también de obligaciones en las diversas esferas en las que tiene lugar nuestra existencia: familia, sociedad civil, vecindad, trabajo... Estas obligaciones revisten un carácter moral por la relación del hombre a su último fin, Dios. Su observancia o su incumplimiento nos acerca o nos separa del Señor. Son materia del examen de conciencia.

Dios nos llama a la convivencia, a aportar con sencillez lo que esté en nuestras manos –poco o mucho– para el bien de todos. Examinemos hoy en este rato de oración si vivimos abiertos a los demás, pero particularmente a quienes el Señor ha puesto más cerca de nuestra existencia. Pensemos si estamos de ordinario disponibles, si cumplimos ejemplarmente los deberes familiares y sociales, si pedimos con frecuencia luz al Señor para saber lo que hemos de hacer en cualquier oportunidad y llevarlo a cabo con entereza, con valentía, con espíritu de sacrificio. Preguntémonos muchas veces: ¿qué puedo hacer por los demás?, ¿qué palabras puedo decirles que sean alivio y ayuda? «La vida pasa. Nos cruzamos con la gente en los variadísimos senderos o avenidas del vivir humano. Cuánto queda por hacer... ¿Y por decir? (...). Cierto que primero hay que hacer (cfr. Hech 1, 1); pero luego hay que decir: cada oído, cada corazón, cada mente, tienen su momento, su voz amiga que puede despertarles de su marasmo y de su tristeza.

«Si se ama a Dios, no puede dejar de sentirse el reproche de los días que pasan, de las gentes (a veces tan cercanas) que pasan... sin que nosotros sepamos hacer lo que hacía falta, decir lo que había que decir»8. Pidamos mucho a Jesús, que nos ve y nos oye, no caminar nunca de espaldas e indiferentes a quienes están a nuestro lado por tantas diversas razones: de parentesco, amistad, trabajo, ciudadanía...

II. Esta solidaridad y dependencia mutua de unos hombres con otros, nacida por voluntad divina, fue sanada y fortalecida por Jesucristo al asumir la naturaleza humana en el momento de su Encarnación, y al redimir a todo el género humano en la Cruz. Este es el nuevo título de unidad: haber sido constituidos hijos de Dios y hermanos de los hombres. Así debemos tratar a todo el que encontremos cada día en nuestro caminar. «Tal vez se trate de un hijo de Dios ignorante de su grandeza, acaso en rebeldía contra su Padre. Mas en todos, aun en el más deforme, rebelde o alejado de lo divino, hay un destello de la grandeza de Dios (...). Si sabemos mirar, estamos rodeados de reyes a quienes hemos de ayudar a descubrir las raíces ¡y las exigencias! de su señorío»9.

Además, la noche antes de la Pasión nos dejó el Señor un mandamiento nuevo, para superar, si fuera necesario heroicamente, los agravios, el rencor..., y todo lo que es causa de separación. Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, como Yo os he amado10, es decir, sin límites, y sin que nada sirva de excusa para la indiferencia. Así, nuestra vida está llena de poderosas razones para convivir en sociedad, la cual, al ser más cristiana por nuestras obras, se vuelve más humana. No somos los hombres como granos de arena, sueltos y desligados unos de otros, sino que, por el contrario, estamos relacionados mutuamente por vínculos naturales, y los cristianos, además, por vínculos sobrenaturales11.

Parte importante de la moral son los deberes que hacen referencia al bien común de todos los hombres, de la patria en la que vivimos, de la empresa en que trabajamos, de la vecindad de la que formamos parte, de la familia que es objeto de nuestros desvelos, sea cual sea el puesto que en ella ocupemos. No es cristiano, ni humano, considerar estos deberes solo en la medida en que personalmente nos son útiles o nos causan un perjuicio. Dios nos espera en el empeño, según nuestras posibilidades, por mejorar la sociedad y los hombres que la componen.

La dimensión apostólica y fraterna es, por querer divino, tan esencial al hombre que no puede concebirse una orientación a Dios que prescinda de los lazos que unen a cada persona con aquellos con quienes convive o se relaciona. No agradaríamos a Dios si, de algún modo, hay despego de quienes están a nuestro alrededor, si dejamos de ejercitar las virtudes cívicas y sociales. «Hay que reconocer a Cristo, que nos sale al encuentro, en nuestros hermanos los hombres. Ninguna vida humana es una vida aislada, sino que se entrelaza con otras vidas. Ninguna persona es un verso suelto, sino que formamos todos parte de un mismo poema divino, que Dios escribe con el concurso de nuestra libertad»12.

Examinemos hoy, en la oración personal, cómo estamos contribuyendo al bien común de todos, si somos ejemplares en aquello que se relaciona con los deberes sociales y cívicos (cumplimiento de las leyes de tráfico, tributos justos, participación en asociaciones, ejercicio del derecho al voto...), si tenemos en cuenta que necesitamos de los demás y los demás de nosotros, si nos sentimos corresponsables de la conducta moral de los otros, si procuramos superar sin rodeos aquello que puede ser causa de separación, o al menos que no es ayuda para la convivencia.

III. El desarrollo de la sociedad tiene lugar gracias a la contribución de sus miembros, cada uno de los cuales aporta lo que le es propio, aquellos dones que recibió del Señor y que incrementó con su inteligencia, la ayuda de la sociedad y la gracia de Dios. Estos bienes y dones nos fueron dados para el desarrollo de la propia personalidad y para lograr el fin último; pero también para servicio del prójimo. Es más, no podríamos alcanzar el fin personal si no es contribuyendo al bien de todos13.

Por no estar el desarrollo de la sociedad al margen de los planes del Señor, el concurso personal de cada uno al bien común reviste el carácter de una ineludible obligación moral. «La vida social no es para el hombre sobrecarga accidental. Por ello, a través del trato con los demás, de la reciprocidad de servicios, del diálogo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para responder a su vocación»14. Unas obligaciones son de estricta justicia en sus diversas formas; otras son exigencias de la caridad, que va más allá de dar a cada uno lo que estrictamente le corresponde. Unas y otras se cumplen cada vez que contribuimos al bien de todos, para que la sociedad en la que vivimos sea cada vez más humana y cristiana, por ejemplo, «ayudando y promoviendo a las instituciones, públicas y privadas, que sirven para mejorar las condiciones de vida del hombre»15: fundaciones, obras de caridad y de formación, de cultura, publicaciones de sana doctrina, etc. Pues «hay quienes profesan amplias y generosas opiniones, pero en realidad viven siempre como si nunca tuvieran cuidado alguno de las necesidades sociales. No solo esto; en varios países son muchos los que menosprecian las leyes y las normas sociales»16, y viven entonces de espaldas a sus hermanos los hombres y de espaldas a Dios.

Pensemos junto al Señor en quienes nos rodean. ¿Contribuyo según mis posibilidades al fomento del bien común: dedicando tiempo a instituciones y obras en bien de la sociedad, colaborando económicamente, apoyando iniciativas en favor de los demás, particularmente de los más necesitados? ¿Cumplo fielmente las obligaciones que se derivan de vivir en sociedad: ruidos, limpieza...? ¿Cultivo las virtudes de convivencia –afabilidad, gratitud, optimismo, puntualidad, orden...– en mi ámbito familiar? ¿Me mueve habitualmente el afán de servir a los demás, aunque sea en cosas muy pequeñas? «¡Ojalá te acostumbres a ocuparte a diario de los demás, con tanta entrega, que te olvides de que existes!»17; así habríamos encontrado una buena parte de la felicidad que se puede lograr en la tierra y habríamos ayudado a ser mucho más dichosos a otros, que son hijos de Dios y hermanos nuestros.

1 Cfr. Primera lectura. Año I. Gen 1, 1 ss. — 2 Cfr. Gen 1, 27. — 3 Cfr. Gen 12. — 4 Gen 1, 28. — 5 Cfr. León XIII, Enc. Immortale Dei, I-XI-1885. — 6 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 12. — 7 Pío XI, Enc. Divini Redemptoris, 19-III-1937. — 8 C. López Pardo, Sobre la vida y la muerte, Rialp, Madrid 1973. p. 438. — 9 Ibídem, pp. 346-347. — 10 Jn 15, 12. — 11 Cfr Pío XII, Enc. Summi pontificatus, 20-X-1939. — 12 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 111. — 13 Cfr. León XIII, Enc. Rerum novarum, 15-IX-1881. — 14 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 25. — 15 Ibídem, 30. — 16 Ibídem. — 17 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 947.

 

“Dios está aquí”

Humildad de Jesús: en Belén, en Nazaret, en el Calvario... —Pero más humillación y más anonadamiento en la Hostia Santísima: más que en el establo, y que en Nazaret y que en la Cruz. Por eso, ¡qué obligado estoy a amar la Misa! (“Nuestra” Misa, Jesús...). (Camino, 533)

8 de febrero

Quizá, a veces, nos hemos preguntado cómo podemos corresponder a tanto amor de Dios; quizá hemos deseado ver expuesto claramente un programa de vida cristiana. La solución es fácil, y está al alcance de todos los fieles: participar amorosamente en la Santa Misa, aprender en la Misa a tratar a Dios, porque en este Sacrificio se encierra todo lo que el Señor quiere de nosotros.

Permitid que os recuerde lo que en tantas ocasiones habéis observado: el desarrollo de las ceremonias litúrgicas. Siguiéndolas paso a paso, es muy posible que el Señor haga descubrir a cada uno de nosotros en qué debe mejorar, qué vicios ha de extirpar, cómo ha de ser nuestro trato fraterno con todos los hombres.

El sacerdote se dirige hacia el altar de Dios, del Dios que alegra nuestra juventud. La Santa Misa se inicia con un canto de alegría, porque Dios está aquí. Es la alegría que, junto con el reconocimiento y el amor, se manifiesta en el beso a la mesa del altar, símbolo de Cristo y recuerdo de los santos: un espacio pequeño, santificado porque en esta ara se confecciona el Sacramento de la infinita eficacia. (Es Cristo que pasa, 88)

 

Orad sin interrupción

Como cristianos corrientes, que quieren seguir de cerca a Jesús en las encrucijadas del mundo, hemos de vivir continuamente unidos a Dios, por medio de una oración constante. Editorial sobre la oración, ahora también disponible en audio.

OTROS12/09/2018

San Lucas es el evangelista que más subraya el sentido de la oración en el ministerio de Cristo [1]. Solo él nos ha transmitido tres parábolas de Jesús sobre la oración.

La segunda de ellas es ésta: había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. También había en aquella ciudad una viuda, que acudía a él diciendo: “Hazme justicia ante mi adversario”. Y durante mucho tiempo no quiso.

Sin embargo, al final se dijo a sí mismo: “Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda está molestándome, le haré justicia, para que no siga viniendo a importunarme”.

Concluyó el Señor: prestad atención a lo que dice el juez injusto. ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche, y les hará esperar? [2].

Al presentar la parábola, San Lucas escribe: les proponía una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desfallecer [3]. Y, poco después, refiere otras palabras de Jesús sobre la necesidad de la vigilancia: vigilad orando en todo tiempo, a fin de que podáis evitar todos estos males que van a suceder, y estar en pie delante del Hijo del Hombre [4].

Como se puede observar, el tercer evangelista se ha fijado en que Jesús otorga mucha importancia a la constancia en la oración, pues manda a sus discípulos que permanezcan continuamente en ella: “día y noche”, “en todo tiempo”. Resulta claro además, por el tono que el Señor usa en sus palabras, que la oración continua es algo preceptuado por Jesús: se trata de un mandato y no sólo de un consejo.

ES NECESARIO REZAR SIN INTERRUPCIÓN PARA SEGUIR DE CERCA AL SEÑOR, PORQUE ÉL MISMO NOS DA EJEMPLO Y ORA CONTINUAMENTE A SU PADRE DIOS

Es necesario rezar sin interrupción para seguir de cerca al Señor, porque Él mismo nos da ejemplo y ora continuamente a su Padre Dios. Así nos lo muestra San Lucas: Él se retiraba a lugares apartados y hacía oración [5], y también: estaba haciendo oración en cierto lugar. Y cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos [6].

En el tercer Evangelio se recogen numerosas escenas donde vemos que Jesús ora antes de los momentos decisivos de su misión, entre otros: su Bautismo; su Transfiguración; antes de elegir y llamar a los Doce; antes de dar cumplimiento con su Pasión al designio de amor del Padre [7].

Sobre el ejemplo oración del Señor, comenta san Josemaría: ¡Cómo enamoró a los primeros discípulos la figura de Cristo orante! Después de contemplar esa constante actitud del Maestro, le preguntaron: Domine, doce nos orare, Señor enséñanos a orar así [8].

En los Hechos de los Apóstoles, San Lucas retrata, con tres pinceladas, la manera de rezar de los primeros fieles: todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús [9], y poco después: perseveraban asiduamente en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones [10]. Y cuando Pedro es apresado por predicar audazmente la verdad, la Iglesia rogaba incesantemente por él a Dios [11].

Después de San Lucas, es San Pablo quien más se hace eco del precepto de Jesús sobre la oración continua, pues exhorta a menudo a los fieles a ponerlo en práctica; por ejemplo, a los de Tesalónica: orad sin interrupción [12], y a los de Éfeso: orando en todo tiempo movidos por el Espíritu [13]. El mismo San Pablo nos da ejemplo, cuando dice que reza constantemente por los suyos noche y día, sin cesar [14].

Siguiendo las enseñanzas bíblicas, algunos Padres de la Iglesia y escritores eclesiásticos antiguos también exhortan a los cristianos a llevar una vida de oración incesante. Uno de ellos, por ejemplo, escribe: «Si bien algunos asignan a la oración determinadas horas, por ejemplo, la tercera, la sexta y la nona, el cristiano perfecto reza durante su vida entera esforzándose en vivir con Dios por medio de la oración» [15].

Vida de oración constante

Como cristianos corrientes, que quieren seguir de cerca a Jesús en las encrucijadas del mundo, hemos de vivir continuamente unidos a Dios, por medio de una oración constante: siempre que sentimos en nuestro corazón deseos demejorar, de responder más generosamente al Señor, y buscamos una guía, un norte claro para nuestra existencia cristiana, el Espíritu Santo trae a nuestra memoria las palabras del Evangelio: conviene orar perseverantemente y no desfallecer (…).

Quisiera que hoy, en nuestra meditación, nos persuadiésemos definitivamente de la necesidad de disponernos a ser almas contemplativas, en medio de la calle, del trabajo, con una conversación continua con nuestro Dios, que no debe decaer a lo largo del día. Si pretendemos seguir lealmente los pasos del Maestro, ése es el único camino [16].

EL AMOR ES INGENIOSO: (...) TODOS DEBEMOS PREVER EN NUESTRA JORNADA ALGUNAS NORMAS DE SIEMPRE, PRÁCTICAS DE PIEDAD QUE NO SE CIRCUNSCRIBEN A UN MOMENTO CONCRETO

El cristiano que quiere ser coherente con su fe tiene ganas de esforzarse por convertir la jornada en una constante e íntima conversación con Dios, de tal modo que la oración no sea un acto aislado que se cumple y luego se abandona: por la mañana pienso en ti; y, por la tarde, se dirige hacia ti mi oración como el incienso. Toda la jornada puede ser tiempo de oración: de la noche a la mañana y de la mañana a la noche. Más aún: como nos recuerda la Escritura Santa, también el sueño debe ser oración [17].

Esto último había sido afirmado por algunos Padres de la Iglesia, por ejemplo, San Jerónimo: «el apóstol nos manda orar siempre, y para los santos también el sueño mismo es oración» [18].

La oración continua es ciertamente un don divino, que Dios no niega a quien corresponde con generosidad a su gracia. Algunas prácticas de piedad cristiana manifiestan de modo especial ese diálogo ininterrumpido con el Señor que llena el alma.

Tales prácticas son, al mismo tiempo, consecuencia del amor y medio para crecer en él. Y ese carácter de medio hace que, si el cristiano quiere alcanzar una vida de oración continua, no pueda adoptar una actitud pasiva respecto a la lucha interior: debe buscar y poner en práctica industrias humanasrecordatorios, que pueden avivar en cualquier momento el diálogo divino y la presencia de Dios.

Estos despertadores de la vida interior son personalísimos, porque el amor es ingenioso: serán diversos según las distintas circunstancias de cada uno, pero todos hemos de ver qué medios ponemos para rezar constantemente: todos debemos prever en nuestra jornada algunas normas de siempre, prácticas de piedad que no se circunscriben a un momento concreto.

Lo central en el trato del cristiano con el Señor es «que la relación con Dios permanezca en el fondo de nuestra alma», y para ello «hay que avivar continuamente esta relación y referir siempre a ella los asuntos de la vida cotidiana» [19]. Y esto lo logramos proponiéndonos, por ejemplo, buscar la presencia de Dios habitualmente, o considerando que somos hijos de Dios antes de empezar un trabajo, o dando gracias al Señor por un favor que nos han hecho, aprovechando que se lo agradecemos también a la persona a quien se lo debemos.

Estas normas de siempre están profundamente entrelazadas entre sí, porque en el fondo no son más que la «orientación que impregna toda nuestra conciencia, a la presencia de Dios en el fondo de nuestro pensar, meditar y ser» [20]. De ese de modo, por ejemplo, la presencia de Dios ayuda a percibir las cosas buenas que Él nos da y mostrarle nuestra gratitud.

Quien se propone agradecer al Señor los bienes que recibe –también la misma existencia, la fe, la vocación cristiana– aprovechando algunas circunstancias del día, acaba descubriendo otras ocasiones para alabarle durante la jornada. Y esto es la “oración continua” [21].

San Pablo nos dio ejemplo de llevar una vida de acción de gracias constante: doy continuamente gracias a mi Dios por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido concedida en Cristo Jesús [22].

En esta misma línea, san Josemaría exhorta a convertir la vida entera del cristiano en una continua acción de gracias: ¿cómo es posible darnos cuenta de eso, advertir que Dios nos ama, y no volvernos también nosotros locos de amor? (…). Nuestra vida se convierte así en una continua oración, en un buen humor y en una paz que nunca se acaban, en un acto de acción de gracias desgranado a través de las horas [23].

La Virgen Santísima permaneció siempre en oración continua, porque alcanzó la cima más alta de la contemplación. ¡Cómo la miraría Jesús y cómo correspondería Ella a la mirada de su Hijo! No debe extrañarnos que una realidad tan inefable haya quedado en silencio, apenas insinuada: eran las cosas que María conservaba en su corazón [24].

M. Belda.

Editorial publicado originalmente en mayo de 2012. Incluido el audio en septiembre de 2018.


[1] . Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2600.

[2] . Lc 18, 2-7.

[3] . Lc 18, 1.

[4] . Lc 21, 36.

[5] . Lc 5, 16.

[6] . Lc 11, 1.

[7] . Cfr. Lc 3, 21; 9, 28; 6, 12; 22, 41-44.

[8] . Es Cristo que pasa, n. 119.

[9] . Hch 1, 14.

[10] . Hch 2, 42.

[11] . Hch 12, 5.

[12] . 1 Ts 5, 17.

[13] . Ef 6, 18.

[14] . 1 Ts 3, 10; cfr. 2 Ts 1, 11; Rm 1, 10; 1 Co 1, 4; Flp 1, 4; 1 Ts 1, 3; Flm 4.

[15] . Clemente deAlejandría, Stromata, 7, 7, 40, 3.

[16] . Amigos de Dios, n. 238.

[17] . Es Cristo que pasa, 119.

[18] . San Jerónimo, Epistola 22, 37.

[19] . J. Ratzinger - BenedictoXVI, Jesús de Nazaret, p. 163.

[20] . Ibid.

[21] . Cfr. Ibid.

[22] . 1 Co 1, 4; cfr. Ef 1, 16.

[23] . Es Cristo que pasa, n. 144.

[24] . Cfr. Lc 2, 51.

 

 

La liturgia es un encuentro | Una comunicación eficiente

José Martínez Colín

  • Para saber

El 25 de enero de 1915, Alexander Graham Bell hizo la primera llamada telefónica transcontinental desde Nueva York y fue recibida en el lado opuesto del continente por su ayudante Thomas Watson en San Francisco. Para ello se requirió unir los teléfonos mediante un cable de… ¡5,471 kilómetros! En 1877 se había creado la Bell Telephone Company, y en menos de diez años más de 150 mil poseían uno. Hoy en día se calcula que hay más teléfonos que personas en el mundo.

Gracias al teléfono entramos en comunicación con alguien. La liturgia, por su parte, también nos pone en comunicación con Alguien: con Dios. Comentaba el Papa Francisco en su reciente Audiencia que la liturgia es un encuentro con Cristo. En los sacramentos Cristo se hace presente. Por ello para los cristianos hay una necesidad de participar en los divinos misterios. Un cristianismo sin liturgia —continúa el Papa—, es un cristianismo sin Cristo, sin el Cristo total.

  • Para pensar

Poco después de ser inventado el teléfono, se mostró en la Exposición Universal celebrada en Filadelfia con motivo del centenario de la Independencia de los Estados Unidos, en 1876. Se encontraba de invitado el emperador del Brasil, Pedro II. Graham Bell presentó su teléfono y se lo ofreció al emperador poniéndoselo en la mano. El emperador lo examinó atentamente, y cuando comprobó que salían voces de él, lo soltó alarmado y exclamó desconcertado: «¡Pero esto habla!».

Ahora con la situación de confinamiento, muchos se han unido a celebraciones en línea. La distancia no impide nos unamos a la oración de Cristo, que es el Protagonista de la liturgia. Pensemos si tenemos la conciencia de unirnos al Señor cuando oramos.

  • Para vivir

No ha faltado la tentación de practicar un cristianismo que no reconoce la importancia de los ritos litúrgicos. Se piensa erróneamente que no hace falta asistir a la Santa Misa o ir a ceremonias litúrgicas exteriores, que basta con la relación que cada uno tenga con Dios. Se olvida que es por Jesucristo que el hombre puede acceder a Dios. El peligro está en querer “moldear” a Dios según nuestras ideas, quedándose en un sentimiento o idea. Pero Jesús es una Persona viviente y Él mismo creó la nueva liturgia. Jesucristo mismo instituyó los sacramentos para unirse amorosamente con nosotros en la liturgia. Aunque se celebre en una prisión, o en un escondite durante los tiempos de persecución, Cristo se hace realmente presente y se dona a sus fieles.

Por tanto, dice el Papa Francisco, no existe espiritualidad cristiana que no tenga sus raíces en la celebración de los santos misterios. Toda oración cristiana presupone la liturgia, es decir, la mediación sacramental de Jesucristo. Por ejemplo, en un Bautismo, Cristo es quien bautiza, es el centro y protagonista de la liturgia. Dice el Papa que alguien podría pensar que sólo es una forma de hablar. Y responde: “Pero no, no es una forma de hablar. Cristo está presente y en la liturgia tú rezas con Cristo que está junto a ti”. Cuando vayamos a Misa, tengamos la conciencia de la presencia y acción de Jesús: “voy a rezar en comunidad, voy a rezar con Cristo”.

(articulosdog@gmail.com)

 

 

Las manifestaciones dualistas y el ser humano

El ser humano es una realidad compleja, que se manifiesta en diversas dualidades como son el cuerpo y el alma, la voluntad y la inteligencia, la interioridad y la exterioridad, el sujeto y el objeto, el individuo y la sociedad. Sin embargo, la vida del hombre es una tarea personal a realizar, que tiene su origen tanto en la generación de los padres, tanto en la acción creadora de su alma individual por parte de Dios, convirtiéndose en co-causas de un único principio de la persona.

Las diversas ciencias al tratar sobre los seres humanos solo abarcan un aspecto de su compleja realidad que le rebasa, cada una es verdadera, pero insuficiente para explicar lo que es la persona humana a la que no se le puede reducir solo a alguno de esos aspectos, ya sea físico, emocional o espiritual.

Un ejemplo de una visión dualista del hombre es el maniqueísmo. Surgido en Oriente fuera del ámbito bíblico y originado por el dualismo mazdeísta, individuaba la fuente del mal en la materia, en el cuerpo, y proclamaba la condena de todo lo que en el hombre la corporeidad se manifiesta sobre todo a través del sexo, y extendía la condena al matrimonio y a la convivencia conyugal, además, de las esferas del ser y del actuar en las que se expresa la corporeidad.

Actualmente se tiende a tener visiones reduccionistas de la persona humana. Hay quien realza su naturaleza corporal, relegando sus facultades superiores (Inteligencia y Voluntad) a segundo término. Se da una mentalidad materialista o conductista según la cual todos los estados humanos pueden ser provocados, controlados o corregidos a través de intervenciones corporales. Como consecuencia vivimos una cultura donde se busca la comodidad, el sentimentalismo, la espontaneidad, y se evita el malestar, el compromiso, el dolor, etc. Y se da un culto al cuerpo.

Otros opinan que nos reducimos a un determinismo genético. Es cierto que la genética determina una serie de predisposiciones o factores innatos, pero no por eso estamos determinados por la genética, ya que la personalidad es producto de lo dado, de lo aprendido, de lo ganado, de lo vivido. Es decir, somos producto de una vida biográfica que posee una intimidad diferente a la de todos los demás, aunque compartamos una vida biológica semejante.

Así tenemos los que quieren reducir los estados mentales a procesos fisiológicos, aunque están íntimamente relacionados y se afectan mutuamente, el ser humano es más que químicos, también tiene problemas emocionales, que se sitúan por encima de lo puramente fisiológico.

También se da el opuesto donde se considera al cuerpo malo y algo que hay que soportar y se da primacía a lo espiritual, independiente del cuerpo, que es algo añadido. Deja la afectividad como pasión irracional, y las relaciones y experiencias personales como subjetivas y emotivas. Su consecuencia es una primacía de los sentimientos donde el amor verdadero y la entrega generosa son subjetivos. Se afirma que hay que tener la voluntad espiritual para dominar y aplastar las fuerzas inferiores de la sensibilidad, dejando al hombre sin sentimientos; que son un gran bien para la persona humana.

Sin embargo, para los cristianos, el ser humano se distingue del resto de los seres de la creación por ser un ser personal encarnado, que posee una dignidad particular por ser el único amado por Dios por sí mismo y por estar destinado a la apertura a un diálogo con su Creador y con sus iguales, a través de un don de sí. Esto es que independientemente de la naturaleza heredada por nuestros padres (cuerpo), también gozamos de un ser espiritual que Dios nos comparte voluntariamente para que seamos el cúlmen de la creación e imagen suya (alma). Estas dos realidades constituyen una unidad indivisible, donde la espiritualidad da al cuerpo su dignidad, sentido y unidad.

La doctrina cristiana es la única que explica al ser humano como una unidad funcional de cuerpo y alma. Donde el cuerpo se adecua a la condición de persona humana a través de la evolución, y que llegado el momento Dios crea a la pareja primigenia Adán y Eva, como personas humanas, desde su concepción. Creados con una conciencia e intimidad propias, que les permite distinguirse de los demás seres, auto poseerse y tener la posibilidad libre de auto donarse por amor. En la naturaleza (genética) Dios ha inscrito su voluntad sobre lo que ha de ser el hombre.

 

 

Sucedió en una confesión

Llegaba la iglesia 10 minutos antes de que las confesiones comenzaran. Quería ser de las primeras, sino la primera. Le urgía hablar con el sacerdote, contar lo que vivía, la confusión en la que estaba. Al llegar pudo ver que había 20 penitentes antes de ella. No dudó en quedarse.

Empezaron el rezo del Santo Rosario y se unió a él, tuvo varios momentos donde las lágrimas brotaban copiosamente. Sabía que le estaba pasando algo, pero no alcanzaba a comprender lo que era. Había tan solo un sacerdote, pues el otro se había contagiado del Covid 19. De repente llegó el diácono diciendo que las confesiones habían terminado que volvieran mañana a las 3 pm.

Es extraño, pero no se molestó. Aceptó y se dijo que mañana volvería. Llegado el día salió temprano para estar 30 minutos antes de la confesión y ser la primera. Al llegar a la iglesia el diácono le dice que no puede entrar, ella le pregunta:

—¿No hay confesiones a las 3 pm?

—Sí— le responde el diácono—, regrese a esa hora. Si quiere vaya a la capilla que está abierta.

Notó que obedeció sin sentir enojo, pero no pudo dejar de reconocer que el diácono había sido bastante extraño.

Al faltar 5 minutos para las 3 pm regreso a la Iglesia. El diácono le dijo, pase usted que es la segunda.  Ese día, minutos antes de entrar, vino a su memoria Santa Hildegarda Von Bigen. Desde hace unos seis años la admiraba y las últimas semanas había pensado mucho en ella. Le cautivaba su misticismo, su pasión por Cristo. Platicó con esta santa acerca de esta confesión…. le pidió ayuda.

Empezó a llorar con dolor de corazón y un arrepentimiento sincero.  Entonces alguien la tocó en el hombro. Era su turno. Se sentó detrás del divisor pues era un confesionario improvisado.

—Padre, ¿usted habla español?

—Sí claro— respondió una voz de más más dulces que haya escuchado.

Suspiró muy hondo, y con lágrimas en los ojos contó al sacerdote lo que pasaba. Entonces comenzó el momento más hermoso de su vida buscando a Jesús. Era como si el sacerdote conociera su alma. Entonces le dijo que el Señor estaba permitiendo ese dolor para darle una Gracia… que el Espíritu Santo estaba haciendo ese trabajo…

Entonces algo quedó iluminado en su inteligencia y pudo sentir una paz sobrenatural que inundaba su corazón y su cuerpo. Era como si el sacerdote se hubiese convertido en Jesús. Y le preguntó:

—¿Qué has sentido?

Ella respondió sentir una gran paz y alivio.  El sacerdote le dijo que repitiera estas palabras después de él:

Jesús perdóname porque soy una pecadora. Ten Misericordia de mí.

Le dijo que fuera en paz y que rezara un Padre Nuestro y 3 Aves María. Se fue corriendo a la capilla. Iba toda conmovida. Se detuvo frente a una imagen del Sagrado Corazón de Jesús y le dijo:

Por favor Jesús….

Y siguió conmovida hacia la capilla.

Entró y se dirigió hacia la imagen del Sagrado Corazón. No recuerda un momento en su vida en que haya tenido el gesto de tocar una imagen, puso su mano sobre el Sagrado Corazón y lloró, lloró como mujer enamorada, como mujer de un solo hombre, como alguien que busca desesperadamente la Gracia del Salvador.

Entonces sintió que Él la miraba con el amor que como mujer necesitaba. Y se sintió inundada de un gran gozo. Le había dicho que sí al Señor de la forma en la que Él quisiera.

Salió de ahí con una alegría indescriptible, escuchando claramente unas palabras:

—Vivirás a partir de ahora con Alegría sobrenatural. Yo te amo.

Ha sido el encuentro con Jesús más maravilloso de su vida. Me hizo recordar estas palabras de las Sagradas Escrituras:

“Pero llega la hora, y ya estamos en ella, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Entonces serán verdaderos adoradores del Padre, tal como él mismo los quiere. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad.” (Juan 4, 23- 24)

Sheila Morataya

 

BUSCAR LA VERDAD

De pequeña me decían: ¿Por qué no vas a jugar en vez de hacer preguntas más grandes que tú? Pero yo quería la verdad. Quería la verdad de mi vida y en mi vida. Quería una verdad que me hiciese comprender también la verdad de todas las demás vidas. Después, cuando crecí, me dijeron que la verdad no existía o, mejor dicho, que existían tantas como hombres hay en el mundo, y que buscar la verdad era una pretensión infantil, ingenua e inútil (Susanna Tamaro).

Por J.R. Ayllón

La duda, la opinión y la certeza

¿Qué hace bueno el diagnóstico de un médico? ¿Qué hace buenas la decisión de un árbitro y la sentencia de un juez? Sólo esto: la verdad. Por eso, una vida digna sólo se puede sostener sobre el respeto a la verdad. Pero conocer la verdad no es fácil. De hecho, la credibilidad que otorgamos a nuestros propios conocimientos admite tres grados: la duda, la opinión y la certeza. En la duda fluctuamos entre la afirmación y la negación de una determinada proposición. Por encima de la duda está la opinión: adhesión a una proposición sin excluir la posibilidad de que sea falsa. El hombre se ve obligado a opinar porque la limitación de su conocimiento le impide alcanzar a menudo la certeza: puede llover o no llover, puedo morir antes o después de cumplir setenta años. La libertad humana es otro claro factor de incertidumbre: hablar sobre la configuración futura de la sociedad o de nuestra propia vida, es entrar de lleno en el terreno de lo opinable. Lo cual no significa que todas las opiniones valgan lo mismo. Si así fuera, se ha dicho maliciosamente que habría que tener muy en cuenta la opinión de los tontos, pues son mayoría. Séneca aconsejaba que las opiniones no debían ser contadas sino pesadas.

Llamamos escéptico al que niega toda posibilidad de ir más allá de la opinión. Por tanto, el escepticismo es la postura que niega la capacidad humana para alcanzar la verdad. La palabra procede del griego sképtomai, que significa examinar, observar detenidamente, indagar. En sentido filosófico, escepticismo es la actitud del que reflexiona y concluye que nada se puede afirmar con certeza, por lo que más vale refugiarse en la abstención de todo juicio. Por fortuna, no todo es opinable. Lo que se conoce de forma inequívoca no es opinable sino cierto. Y no se debe tomar lo cierto como opinable, ni viceversa: no puedes opinar que la Tierra es mayor que la Luna, ni asegurar con certeza que la república es la mejor forma de gobierno.

La certeza se fundamenta en la evidencia, y la evidencia no es otra cosa que la presencia patente de la realidad. La evidencia es mediata cuando no se da en la conclusión sino en los pasos que conducen a ella: no conozco a los padres de Antonio, pero la existencia de Antonio evidencia la de sus padres, la hace necesaria. La existencia de Antonio, al que veo todos los días, es para mí una certeza inmediata; la existencia actual o pasada de sus padres, a los que nunca he visto, también me resulta evidente, pero con una evidencia no directa sino mediata, que me viene por medio de su hijo.

La condición limitada del hombre hace que la mayoría de sus conocimientos no se realicen de forma inmediata. Son pocos los hombres que han visto las moléculas, los fondos marinos, la estratosfera o Madagascar. La mayoría de los hombres tampoco han visto jamás, ni verán nunca, a Julio César o a Carlomagno. Sin embargo, conocen con certeza la existencia de esas y otras muchas personas y realidades. Su certeza se apoya en un tipo de evidencia mediata: la proporcionada por un conjunto unánime de testigos. En un caso, la comunidad científica; en otro, las imágenes de todos los medios de comunicación; y si se trata de hechos o personajes del pasado, los testimonios elocuentes de la historia y de la arqueología.

Estas evidencias mediatas se apoyan no en propios razonamientos sino en segundas o terceras personas. Si no admitiéramos su valor, si no creyéramos a nadie, nuestros padres no podrían educarnos, la ciencia no progresaría, no existiría la enseñanza, leer no tendría sentido... Es decir, si sólo concediésemos valor a lo conocido por uno mismo, la vida social, además de estar integrada por individuos ignorantes, sería imposible. Por tanto, es necesario y razonable dar crédito, creer.

¿Puede tener certeza quien cree? Sabemos que la certeza nace de la evidencia. ¿Qué evidencia se le ofrece al que cree? Sólo una: la de la credibilidad del testigo. El que no ha estado en América cree en los que sí han estado y atestiguan su existencia. El que nunca ha visto a Hitler cree a los que sí lo vieron. Y antes que Hitler, Napoleón, el Cid o Nerón. En todos estos casos es evidente la credibilidad de los testigos. Y entre esos casos debemos incluir los que dan origen a algunas creencias religiosas. Por eso, la fe -creer el testimonio de alguien- es una exigencia racional, y su exclusión es una reducción arbitraria de las posibilidades humanas.

52. La inclinación subjetiva

Si la verdad es la adecuación entre el entendimiento y la realidad, depende más de lo que son las cosas que del sujeto que las conoce. Ese sentido tienen los versos de Antonio Machado:

¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.

Es el sujeto quien debe adaptarse a la realidad, reconociéndola como es, de forma parecida a como el guante se adapta a la mano. Pero no siempre sucede así. El subjetivismo surge precisamente cuando la inteligencia prefiere colorear la realidad según sus propios gustos: entonces la verdad ya no se descubre en las cosas sino que se inventa a partir de ellas.

La causa más frecuente del subjetivismo son los intereses personales. Con frecuencia, la atracción de la comodidad, de la riqueza, del poder, de la fama, del éxito, del placer o del amor, pueden tener más peso que la propia verdad. Por eso, si suspendo un examen, nunca será por no haberlo estudiado sino por mala suerte o por exigencia excesiva del profesor. Y si el suspendido es un niño, mamá jamás dudará de la capacidad de la criatura: antes pondrá en duda la idoneidad del profesor o del libro de texto, o asegurará que su hijo es listísimo aunque "algo" vago y despistado.

El subjetivismo, además de afectar a lo más trivial, también deforma las cuestiones más graves: el terrorista está convencido de que su causa es justa; la mujer que aborta quiere creer que sólo interrumpe el embarazo; el suicida se quita la vida bajo el peso de problemas no exactamente reales, agigantados por su enfermiza subjetividad; al antiguo defensor de la esclavitud y al moderno racista les conviene pensar que los hombres somos esencialmente desiguales.

Para que la verdad sea aceptada es preciso que encuentre una persona habituada a reconocer las cosas como son, y el que vive según sus exclusivos intereses suele carecer de la fortaleza necesaria para afrontar las consecuencias de la verdad. Pero al hombre no le resulta fácil hacer o pensar lo que no debe. Por eso, para evitar esa violencia interna, si se vive de espaldas a la verdad se acaba en la autojustificación. La historia humana es una historia plagada de autojustificaciones más o menos pobres. Ya decía Hegel que todo lo malo que ha ocurrido en el mundo, desde Adán, puede justificarse con buenas razones. Al menos, puede intentarse.

El peso de la mayoría

Por su identificación con la realidad, la verdad no consiste en la opinión de la mayoría, ni el el común denominador de las diferentes opiniones. Por eso, elegir como criterio de conducta lo que hace o piensa la mayoría de la gente constituye una pobre elección, y suele ser la coartada de la propia falta de personalidad o del propio interés. Además, invocar la mayoría como criterio de verdad equivale a despreciar la inteligencia. En este sentido, E. Fromm piensa que el hecho de que millones de personas compartan los mismos vicios no convierte esos vicios en virtudes; el hecho de que compartan muchos errores no convierte éstos en verdades; y el hecho de que millones de personas padezcan las mismas formas de patología mental no hace de estas personas gente equilibrada.

Es un gran error confundir la verdad con el hecho puro y simple de que un determinado número de personas acepten o no una proposición. Si se acepta esa identificación entre verdad y consenso social, cerramos el camino a la inteligencia y la sometemos a quienes pueden crear artificialmente ese consenso con los medios que tienen a su alcance. Es como decir que ya no existe la verdad, y que se debe considerar como tal aquello que decide quien tiene poder para imponer mayoritariamente su opinión. "Por suerte, la opinión pública todavía no se ha dado cuenta de que opina lo que quiere la opinión privada", decía el director de una importante empresa de comunicación.

La mentira se puede imponer de muchas maneras, y no sólo con la complicidad de los grandes medios de comunicación. Sin ellos, Sócrates fue calumniado hace más de dos mil años: "Sí, atenienses, hay que defenderse y tratar de arrancaros del ánimo, en tan corto espacio de tiempo, una calumnia que habéis estado escuchando tantos años de mis acusadores. Y bien quisiera conseguirlo, mas la cosa me parece difícil y no me hago ilusiones. Intrigantes, activos, numerosos, hablando de mí con un plan concertado de antemano y de manera persuasiva, os han llenado los oídos de falsedades desde hace ya mucho tiempo, y prosiguen violentamente su campaña de calumnias" (Platón, Apología de Sócrates).

Sócrates representa la situación del hombre aislado por defender verdades éticas fundamentales. Pertenece a esa clase de hombres apasionados por la verdad e indiferentes a las opiniones cambiantes de la mayoría. Hombres que comprometieron su vida en la solución a este problema radical: ¿es preferible equivocarse con la mayoría o tener razón contra ella?

La pregunta de Pilatos

¿Qué es la verdad? La famosa pregunta de Pilatos es el gran interrogante de toda la humanidad, porque la vida humana es un laberinto que sólo puede recorrer con seguridad quien conoce sus caminos. Con metáfora parecida al laberinto, se nos sugiere que lo que vemos de la realidad podría ser solamente la primera planta de un enorme edificio con innumerables pisos por encima y bajo tierra. No es mala imagen, pero nos gustaría un poco más de rigor y acudimos a Stephen Hawking, uno de los astrofísicos sucesores de Einstein, tristemente famoso por su condena a silla de ruedas por esclerosis múltiple. Al final de su ensayo Breve historia del tiempo, se atreve a decir que la ciencia jamás será capaz de responder a la última de las preguntas científicas: por qué el universo se ha tomado la molestia de existir.

¿Eso significa que moriremos en nuestra ignorancia? Pascal reconoce que apenas sabemos lo que es un cuerpo vivo; menos aún lo que es un espíritu; y no tenemos la menor idea de cómo pueden unirse ambas incógnitas formando un sólo ser, aunque eso somos los hombres. Otro matemático y filósofo como Pascal, Edmund Husserl, afirma que la ciencia nada tiene que decir sobre la angustia de nuestra vida, pues excluye por principio las cuestiones más candentes para los hombres de nuestra desdichada época: las cuestiones sobre el sentido o sinsentido de la existencia humana.

No sabemos muy bien quiénes somos ni quién ha diseñado un mundo a la medida del hombre, pero sospechamos que detrás de esa ignorancia se esconde el fundamento de lo real. Los grandes pensadores de todos los tiempos han sido personas obsesionadas por esa curiosidad. Todas sus soluciones han sido siempre provisio-nales, pero han nacido de la experiencia dolorosa de la gran ausencia. Pues al salir al mundo y contemplarlo, se les ha hecho patente lo que Descartes llamaba el sello del Artista.

La ciencia nació para explicar racionalmente el mundo, pero descubrió con sorpresa que la explicación racional del mundo conduce muy lejos. Así surgió la filosofía, para explicar lo que hay más allá de lo que vemos. Con otras palabras: cuando la ciencia se asomó a las profundidades de la realidad material, descubrió que la realidad material no era toda la realidad: había algo más. Ese algo más se esconde dentro y fuera de la materia. Dentro de todos los seres aparecen dos cualidades inmateriales: el orden y la finalidad. Pero es el ser humano quien acapara en su interioridad el mayor número de aspectos inmateriales: sensaciones y sentimientos, razonamientos y elecciones libres, responsabilidad y autoconciencia. El cuerpo humano es estudiado por la Medicina y la Biología, pero la interioridad humana exige una ciencia diferente. Fueron los griegos quienes se plantearon por primera vez estas cuestiones de alcance metafísico.

Fuera de la materia también hay algo más, como una tercera realidad. Lo mismo que el arqueólogo sabe que las ruinas son huellas de espléndidas civilizaciones, cualquier hombre puede interpretar toda la realidad como una huella: la de un artista anterior y exterior a su obra. En ese momento empieza a filosofar. El historiador puede preguntarse quién pulió el sílex o escribió la Odisea. El que filosofa se pregunta algo mucho más decisivo: quién ha diseñado el universo.

Así, el intento de comprensión del laberinto nos lleva a Dios. El tema de Dios quizá no esté de moda, y quizá no sea políticamente correcto. Pero es que Dios tampoco es un tema, y está muy por encima de las trivialidades de la espuma política. La razón humana llega a Dios en la medida en que pregunta por el fundamento último de lo real. En esa misma medida podemos afirmar, como Kant, que Dios es el ser más difícil de conocer, pero también el más inevitable. De hecho, aunque está claro que Dios no entra por los ojos, tenemos de Él la misma evidencia racional que nos permite ver detrás de una vasija al alfarero, detrás de un edificio al constructor, detrás de una acuarela al pintor, detrás de una página escrita al escritor. Esto lo expresa de forma magnífica San Agustín:

Pregunta a la hermosura de la tierra, del mar, del aire dilatado y difuso. Pregunta a la magnificencia del cielo, al ritmo acelerado de los astros, al sol -dueño fulgurante del día- y a la luna -señora esplendente y temperante de la noche-. Pregunta a los animales que se mueven en el agua, a los que moran en la tierra y a los que vuelan en el aire. Pregunta a los espíritus, que no ves, y a los cuerpos, que te entran por los ojos. Pregunta al mundo visible, que necesita de gobierno, y al invisible, que es quien gobierna. Pregúntales a todos, y todos te responderán: "míranos; somos hermosos". Su hermosura es una confesión. ¿Quién hizo, en efecto, estas hermosuras mudables sino el que es la hermosura sin mudanza?

La pregunta de Pilatos era retórica y no esperaba respuesta. Por eso no la recibió. Pero si el gobernador romano se hubiera tomado la molestia de informarse un poco más sobre el acusado, quizá hubiera temblado al saber que aquel judío ya se había pronunciado al respecto con una afirmación jamás oída a ningún hombre: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida".

 

La inocencia y el sentido de lo maravilloso

El alma del inocente está impregnada, desde las primeras luces de la razón, del sentido de lo sobrenatural y de lo maravilloso. El niño tiene una gran rectitud con relación a la fe, cree y no pregunta las razones para creer.

«Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis; porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. En verdad os digo, que quien no recibiere el Reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Lc. 18, 16-17).

El espíritu del niño no se oscurece por ciertas cosas que empañan el espíritu de muchos adultos. En primer lugar porque el niño, en general, aún no se corrompió. En segundo lugar —lo que es más importante—, por efecto del Bautismo el niño tiene una propensión a creer y una facilidad para admitir lo maravilloso.

Así, el espíritu del niño se encanta con el árbol de Navidad.

Pero, ¿qué es el árbol de Navidad?

Es algo que nos sumerge en el mundo de lo maravilloso, en el mundo de los “cuentos de hadas”.

Campanas que nos traen nostalgias y esperanzas

El niño tiene una gran rectitud con relación a la fe, cree y no pregunta las razones para creer. Él cree desde el primer instante.

Pero, ¿qué es esto? Es un sentido virginal que el niño tiene de un mundo más allá de este mundo; de una realidad existente más allá de ésta que vemos, y que es más bella y satisface anhelos del espíritu humano.

Sin embargo, a medida que la persona se va apegando a las cosas terrenas, va perdiendo el sentido de lo extra terreno, que es el sentido de lo metafísico —el sentido de una realidad que existe más allá de lo físico— el sentido de lo maravilloso y de lo sublime.

Así se entiende el episodio de Nuestro Señor elogiando a los niños, incentivándolos a aproximarse de Él.

No es un elogio a la incapacidad propia de la niñez, que es un efecto del pecado original, sino elogio de esos valores de alma que el niño tiene, y que pueden encontrarse también en el hombre inocente.

El alma del inocente está impregnada, desde las primeras luces de la razón, del sentido de lo sobrenatural y de lo maravilloso.

Plinio Corrêa de Oliveira

Derecho natural, democracia y cultura

Sin libertad de enseñanza no hay verdadera democracia ni sociedad libre.

Hace siglos hubo un político romano, orador de arrebatada elocuencia, que, en ratos de ocio obligado, compuso algunas obras de filosofía política, todavía hoy leídas, en las que se inspiraron no pocos de los que en la época moderna lucharon –tan meritoriamente– por las libertades democráticas. Como filósofo que también era, no dejó de hacerse una de las preguntas fundamentales que plantea la democracia, esa forma de gobierno, que es una preciada conquista de la humanidad: ¿es todo objeto de votos? ¿tienen límites la libertad democrática y la voluntad popular? Pregunta tan consustancial con el régimen democrático, que es la misma que se hacen muchos pensadores modernos. A la vuelta de los siglos, el problema no ha cambiado. Es aquella vieja pregunta –aunque con matices nuevos– para la que cierto político español, un liberal, decía no tener respuesta. Este político no tenía respuesta, porque su ideario era liberal y para el liberalismo –que no debemos confundir con la democracia– no hay ni puede haber respuesta. Pero nuestro orador romano sí, la tenía. ¿Por qué el liberalismo no sabe ni puede responder a la cuestión? No tiene respuestas porque el liberalismo tiene entre sus fuentes el dogma rousseauniano de la bondad y de la infalibilidad de la voluntad general: lo que quiere la mayoría es necesariamente bueno y verdadero. Ciertamente, la mayoría ha cometido en los dos siglos que nos separan de Rousseau, los suficientes desaguisados como para que ni los más puros liberales crean ya en ese dogma. Pero siguen creyendo, si no en la bondad absoluta, al menos en la soberanía absoluta de la mayoría.

También nuestro filósofo romano creía en la democracia y en la mayoría. Pero sus maestros estoicos le descubrieron que el hombre –y por lo tanto también el pueblo– tiene un límite infranqueable, que si bien el pueblo es soberano, no lo es de modo absoluto, porque el hombre es, ciertamente, rector de sí mismo, pero antes que eso es un ser regido. No es el hombre, como quería el viejo Protágoras, la medida de todas las cosas. Es un ser libre, modelador de su destino, pero su libertad está gobernada por las exigencias objetivas de su propio ser. No es el hombre el criterio del bien y del mal, no es el pueblo el criterio de lo justo y de lo injusto; tal criterio es la ley natural.

Cicerón –que éste es nuestro romano– escribió, con la simplicidad propia de su estilo –de hace más de veinte siglos– una hermosa página al respecto, que conviene reproducir: Es absurdo pensar que sea justo todo lo determinado por las costumbres y las leyes de los pueblos. ¿Acaso también si son leyes de tiranos? Si los Treinta Tiranos de Atenas hubieran querido imponer sus leyes, o si todos los atenienses estuvieran a gusto con las leyes tiránicas ¿iban por eso a ser justas esas leyes? Creo que no serían más justas que aquella otra que dio nuestro interrey de que el dictador pudiera matar impunemente al ciudadano que quisiera, incluso sin formarle proceso. Hay un único derecho que mantiene unida la comunidad de todos los hombres, y está constituido por una sola ley, la cual ley es el criterio justo que impera o prohibe: el que la ignora, esté escrita o no, es injusto (…). Que si los derechos se fundaran en la voluntad de los pueblos, las decisiones de los príncipes y las sentencias de los jueces, sería justo el robo, justa la falsificación, justa la suplantación de testamentos, siempre que tuvieran a su favor los votos o los plácemes de una masa popular (…). Y es que para distinguir la ley buena de la mala no tenemos más norma que la de la naturaleza. No sólo lo justo y lo injusto, sino también todo lo que es honesto y lo torpe se discierne por la naturaleza. La naturaleza nos dio así un sentido común, que esbozó en nuestro espíritu, para que identifiquemos lo honesto con la virtud y lo torpe con el vicio. Pensar que eso depende de la opinión de cada uno y no de la naturaleza, es cosa de loco (De legibus, 1, 15-16.)

Claro que hoy se ha oscurecido tanto el concepto de ley natural, que no es posible tratar de la cuestión planteada sin dar un largo rodeo. Ruego al oyente que me acompañe en esta aparente divagación con su atención y cortesía; aunque el rodeo sea largo, la respuesta llegará.

1. La ley natural

Los fundadores de la ciencia jurídica europea –los llamados glosadores– fueron hombres en muchos aspectos geniales. Y por eso supieron escribir frases tan cortas y, a la vez, tan llenas de sentido, que la posteridad no ha podido menos que gastar bastante ingenio en meditarlas e interpretar su rico contenido. Y hay una de esas glosas que revela –contra lo escrito por algunos autores, que me atrevería a calificar de poco entendedores del alma de los medievales– un profundo conocimiento cristiano de la ley natural. Junto a los textos romanos –paganos– que nos hablan de la naturaleza como principio del ius naturale, la glosa en cuestión contiene una aclaración que vale por muchas páginas: natura, idest Deus. «La naturaleza, esto es Dios». No quería con esto nuestro glosador, ni situarse en una visión panteísta de resonancias más o menos estoicas, ni negar que la ley natural tenga como fundamento inmediato la naturaleza humana. Su intención fue glosar un texto pagano con la luz que la revelación cristiana proyecta sobre la ley natural. Ley natural, sí, fundada en la naturaleza humana, pero en una naturaleza humana que es creatura, obra de un Dios personal, que a través de ella manifiesta su Sabiduría y sus planes amorosos de felicidad y de bien para el hombre. La ley natural, penetrando en su fundamento último, nos aparece como razón y voluntad – ley– de Dios, fruto del poder, de la sabiduría y del amor divinos.

Porque la ley natural es inclinación grabada en la naturaleza del hombre procede de la acción creadora de Dios. No es la ley natural una superestructura impuesta al hombre, individual y socialmente considerado, unos mandatos, sin duda justos y buenos, pero, en definitiva, extrínsecos a su ser. La ley natural es ley constitutiva del hombre, una dimensión de su ser en relación a su desarrollo existencial.

La ley natural enlaza con el poder creador divino, porque es una ley inherente al ser del hombre y de la sociedad. Es éste –ley del ser– un matiz que importa resaltar, porque sin él deja de tener sentido hablar de ley natural.

El desarrollo existencial de la persona humana no es, primariamente, un simple sucederse de hechos, un mero acontecer. Reducir el desarrollo existencial del hombre al mero acontecer, es uno de los más brutales vaciamientos de la vida humana, porque equivale a despojarla de su sentido. Entonces sí que sería verdad que detrás del acontecer humano, detrás de la vida del hombre, no hay más que la nada. La existencia humana sin un sentido propio del ser mismo del hombre, no tiene bajo sí ni ante sí más que el no absoluto, en otras palabras, el vacío total. Decir, como escribía Ortega y Gasset –reflejando una tesis común a las diversas corrientes existencialistas–, que el hombre no es naturaleza –y naturaleza ordenada a unos fines– sino historia, no tiene otra consecuencia lógica que la vida sin sentido. Y esto lo ha visto con gran claridad Sartre. Cualquier fin que –de ser cierta tal tesis– quisiera el hombre ponerse como sentido de su existencia, sería pura artificialidad –por ser creación del hombre, sin base ontológica–, que al final no resultaría ser más que una máscara de cartón, o un ensueño vacío, sin otra realidad que el despertar en la frustracíón, como producto de la alienación más completa.

No es pura casualidad, ni sólo producto de la sofisticada artificiosidad de tantos aspectos de nuestra civilización, que la causa principal de alteraciones psicológicas sea hoy la frustración existencial, como ha puesto de relieve, más de una ocasión, el insigne psiquiatra austriaco Viktor Frankl (Vide, p. e., V. E. Frankl, Aggression und existentielle Frustration, en «Persona y Derecho» III (1976), Págs. 265 ss.) He aquí que una civilización que ha pretendido poner en primer plano la existencia, ha recogido la cosecha de la frustración existencial más profunda. Y es que ha cometido el más grave error en el que podía haber incurrido: olvidar que la existencia presupone la esencia. Vaciar la existencia de esencia, de naturaleza y de ley natural, es vaciar la misma existencia.

El orden moral –cuya expresión y principio rector es la ley natural– no puede entenderse, pues, como un orden extrínseco al hombre, porque es la dimensión orden del hombre como persona; en palabras de Del Portillo (A. DEL PORTILLO, Moral y Derecho, en «Persona y Derecho», I (1974), pág. 494), es el conjunto de exigencias que derivan de la estructura óntica del hombre en cuanto es un ser personal. Del mismo modo, el Derecho, natural representa la regla fundamental de la sociedad en cuanto humana. Es ahí donde, del modo más radical y profundo se entabla, en cada hombre y en cada sociedad, el famoso dilema hamletiano: ser o no ser.

Quizás algún oyente piense que me estoy yendo por las ramas. Tienen razón, aunque creo que más bien me he estado yendo por las raíces. En todo caso, ha sido una divagación calculada, porque esta es la idea que deseo poner sobre todo de relieve: que la ley natural es orden del ser del hombre y de la sociedad, el camino recto de nuestra perfección personal y social. Seguir o no seguir la ley natural, en nuestra vida personal y en la vida social, representa un radical ser o no ser, perfeccionarse o degradarse.

2. Democracia y ley natural

Después de todo cuanto llevo dicho, es muy posible que ustedes piensen que soy partidario de la ley natural, y quizás me encuentre en el riesgo de que me ocurra algo semejante a lo sucedido al predicador de la conocida y vieja anécdota –no la voy a repetir porque es muy conocida- uno de cuyos oyentes, a la pregunta de un curioso sobre qué había dicho sobre el pecado, resumió su sermón con la frase: Pues que no es partidario. Probablemente estoy en el peligro de que, al menos mentalmente, pueda alguien resumir cuanto he dicho hasta ahora sobre la ley natural con la frase contraria: Es partidario. Pues no, una de las cosas que me interesa dejar bien claro es que yo no soy partidario de la ley natural. Y por si acaso la conjunción negativa no ha quedado clara, quiero volver a repetirlo: no soy partidario de la ley natural. Es más, entiendo que nadie puede ser partidario de la ley natural.

Y me parece tanto más importante que esto quede claro, porque uno de los rasgos más acusados de la llamada mentalidad moderna es reducir el ámbito de los valores y los bienes supremos del, hombre a cuestión de partidismo. Se trata en definitiva, del relativismo, de la actitud que reduce –en el ámbito indicado– la verdad a una opinión, la certeza a un parecer, los valores objetivos a valores subjetivos. En esta línea de pensamiento sí que hay partidarios, si no propiamente de la ley natural, sí del Derecho natural: Stammler, Kaufmann o Maihoffer, pueden citarse como representantes de esta dirección.

Confío en que hayan adivinado el sentido de mi negativa a ser incluido entre los partidarios de la ley natural. No soy partidario de la ley natural, porque ésta pertenece al campo de la verdad y no de la opinión; de la ciencia, no de la opción; de la objetividad, no de la subjetividad. No es cuestión de partidismo, sino de certeza, de estudio y de conocimiento. La ley natural está fuera de todo partidismo; se puede seguir o rechazar, se puede afirmar –se debe diría yo– o se puede negar, pero no es de suyo objeto de opiniones ni de banderías. Yo tengo la certeza –por razón natural y por revelación divina– de que existe la ley natural. Sé, pues, que existe, no opino que existe, estoy cierto de ello. Y porque no opino, no soy partidario, que es adjetivo de opinión.

Punto éste que enlaza directamente con el tema planteado al principio. Ni la ley natural en bloque ni sus contenidos concretos son objeto de votos. A nadie se le ocurre poner a votación cuánto son dos y dos; o si no queremos aludir a cosas evidentes podemos acudir a la teoría de la relatividad, a la geometría euclidiana o a la física cuántica.

Las verdades objetivas no son producto de convenciones mayoritarias sino de estudio y de conocimiento de la realidad. ¿No es ridículo pensar que una verdad filosófica o científica pueda obtenerse por pactos o convenios? No muchos años antes de Jesucristo, cierto procónsul romano intentó algo parecido y vean cómo lo narra Cicerón en su diálogo sobre las leyes: Porque recuerdo haber oído contar a mi admirado Fedro, en Atenas, que tu amigo Gelio, al venir como procónsul a Grecia, después de haber sido pretor, conoció en una reunión a todos los filósofos que había entonces en Atenas, y que, con mucha insistencia, les propuso la idea de acabar de una vez con sus controversias: que si no estaban dispuestos a malgastar toda su vida en disputas, podría llegarse a un consenso, y que él les prometía su ayuda, por si era posible llegar a algún acuerdo. Eso sí que fue cosa de risa, Pomponio, y de la que siempre se burló todo el mundo (De legibus, 1, 20.)

El Derecho natural representa la objetividad de una regla de conducta y de una exigencia de justicia, que es inherente a la persona humana. No es objeto de opinión o de opción –repito– sino de conocimiento y de estudio; no es elección, sino verdad. Viene aquí como anillo al dedo un consejo de la Sagrada Escritura: No sigas la muchedumbre para obrar mal, ni en el juicio te acomodes al parecer del mayor número, si con ello te desvías de la verdad (Ex 23, 2.)

Los congresos científicos están llenos de discusiones, pero hasta ahora, que yo sepa, nunca se ha sometido a votación una teoría científica o el resultado de una investigación para determinar su verdad o su falsedad.

La ley natural pertenece al orden del ser, decíamos al principio; pertenece, pues, al orden de las realidades objetivas, de la ciencia. En otras palabras, la ley natural no es objeto de votaciones. La democracia es una forma de gobierno buena –sin duda la mejor y más deseable en nuestro contexto cultural– fundada, al igual que otras formas lícitas, en la ley natural. Es esta ley la que posibilita la democracia, porque la democracia se basa en la naturaleza del hombre y de la sociedad. Porque la democracia se funda en la ley natural, cuando de ella se separa, se corrompe y se transforma en esa corruptela que es la demagogia.

Una ley democráticamente establecida, si es contraria a la ley natural, es una injusticia y una tiranía (en realidad, no es democracia sino demagogia). Cuando hablamos de totalitarismos, de opresiones, de abusos de poder o de tiranía, tenemos una especial tendencia a imaginarnos a una persona o grupo minoritario de personas que impone la fuerza, la violencia –la injusticia en otras palabras– a la gran masa de la población. Y olvidamos que todo ello puede ser ejercido igualmente por un Parlamento o por una mayoría.

Negar esto, conceder a la democracia el carisma creador de la justicia y de la moral, es trastocar los términos del problema y manipular el término democracia, dándole un sentido que no es el propio.

Democracia es, propiamente, nombre de forma de gobierno. Forma, no contenido. Se refiere a la forma de acceder los gobernantes al poder, a la forma de dictar las leyes, a la forma de controlar el ejercicio del poder. Pero la forma no altera el contenido. Cuando afirmamos que las leyes positivas deben ser conformes a la ley natural aludimos a su contenido, y ello es válido, tanto para la ley dictada por un gobernante, como para la aprobada por un Parlamento o la establecida por referéndum o plebiscito. A todas las leyes, cualquiera que sea la forma de su establecimiento, es aplicable que deben ser justas. No sólo el gobernante puede ser injusto, también lo puede ser el pueblo en su conjunto.

La democracia, no menos que el gobierno personal, está sometida a la ley impresa en la naturaleza. He ahí el radical sinsentido de someter a votación normas o principios de Derecho natural. El divorcio democrático, el aborto democrático o una no menos democrática discriminación racial, serán democráticos, pero no dejarán de ser sinrazones, asesinatos e injusticias, y más que democráticos habrá que llamarlos demagógicos.

Hablaba antes de una manipulación de la palabra democracia; y, en efecto, cuando de la forma se pasa al contenido –como es tantas veces habitual en nuestros días– hay en realidad un enmascaramiento del fondo de la cuestión. Porque se llama democracia a otra cosa distinta: al relativismo y al antropocentrismo; al indiferentismo y al liberalismo; al sociologismo y al permisivismo. No entro en problemas políticos concretos, que no son de mi incumbencia en estos momentos. Sí debo entrar, y lo estoy haciendo, en temas de filosofía jurídica y política. También la democracia está sometida a la ley natural; la forma democrática de gobierno está para el amplísimo campo del legítimo pluralismo de la sociedad; para el ancho espacio de las legítimas opciones y opiniones, donde no hay dogmas. Pero no está para aquellas cosas que no son objeto de opinión ni de opción.

3. Democracia y libertad de enseñanza

No se me ocultan los graves problemas que la aplicación de este principio presenta de hecho a la democracia en cualquier sociedad. ¿Cómo garantizar el respeto de la ley natural si la ordenación de la sociedad depende, en último término, de las decisiones del pueblo? ¿Cómo limitar de hecho la soberanía de la voluntad popular, si es esa voluntad la que ha de establecer dichos límites? El problema planteado –no se les oculta a ustedes.– es de importancia decisiva. De no garantizarse el respeto a la ley natural, la democracia contendrá en sí el germen de su propia destrucción, de su inexorable conversión en demagogia –es decir, en forma de gobierno que lesione, por su dinámica, al bien común–, mientras el contexto social no tenga como base irrenunciable la ley natural.

Ya decía antes que la ley natural, por ser ley objetiva del ser humano, no es quebrantada sin que el hombre y la sociedad se degraden. Por eso, una democracia, en una sociedad que no respete los valores objetivos, será cauce, no de gobierno sino de desgobierno, no de desarrollo social sino de corrupción de la sociedad, no de la libertad sino del permisivismo, no del progreso sino del regreso a formas salvajes de vida. Más que democracia, será demagogia.

Sustituir la ley natural por los dictados de la mayoría y, por tanto, extender la democracia al sistema de reglas y valores fundamentales que han de regir la vida social en cuanto organizada en Estado, deja a la democracia desamparada frente a las fuerzas disolventes de la sociedad y de ella misma. Pero, sobre todo, deja a la democracia sin su última y más básica fundamentación.

Si –como pretende el liberalismo de rancio abolengo– todo se funda en la prevalencia de los votos, ¿en qué se fundamenta la democracia? La respuesta es tan obvia como inquietante: se funda en ella misma. Y digo que es inquietante, porque esto significa que carece de fundamento fuera de la pura voluntad del pueblo, a la que habría que calificar de arbitraria por cuanto carecería de un fundamento ulterior. Y a la voluntad arbitraria del hombre en política se la llama tiranía. De donde resultaría paradójicamente, que la democracia no sería otra cosa que la forma menos desagradable de tiranía. Afortunadamente la democracia no es eso; lejos de ser la forma menos mala de tiranía, de suyo es –o al menos puede ser– una excelente forma de gobierno.

Para los grandes clásicos de la filosofía política anteriores al liberalismo, la democracia tiene su fundamento sólido y claro: el Derecho natural, sobre el que se asienta la voluntad del pueblo de constituirse en democracia en lugar de otras formas, en sí mismas igualmente posibles; en versión de la teología, diríamos que todo poder, de modo último y radical, tiene su origen en Dios. Esto significa que, tanto desde el punto de vista filosófico, como desde el teológico, hay una clara distinción entre uso y abuso del poder, entre poder legítimo y tiranía. Y, al propio tiempo, que el Derecho natural es fundamento de la democracia –no como forma de gobierno necesaria, pero sí como forma posible– y en consecuencia anterior a ella e intangible por ella. El liberalismo originario, por el contrario, al quitar a la democracia su fundamento trascendente, desdibuja los límites entre legitimidad y tiranía y desguarnece a la democracia frente al riesgo de una desnaturalizada libertad.

¿Qué solución hay, entonces, para sacar a la democracia de esta situación crítica en la que se encuentra? No hay, digámoslo ante todo, una solución política; pretender buscarla sería querer encontrar esa especie de cuadratura del círculo que los antiguos expresaban con el dicho: ¿Quis custodiet custodes «¿Quién guardará a los guardianes?» Pero, además, cualquier intento de solución política sería contradictorio con la misma democracia, pues tal solución consistiría en la instauración de una especie de democracia limitada, esto es, mediante la sustracción a la decisión popular del campo de valores que se considera intangible. Ni de hecho ni teóricamente esta solución parece posible. No sólo el contexto social no admitiría tal solución, sino que tampoco eso sería verdadera democracia. Tanto en el campo personal como en el terreno político, la libertad humana comporta que se corra el riesgo de la libertad; es el hombre y la sociedad quienes deben asumir, en el acto más íntimo y más propiamente humano, los valores éticos, morales, y la ley natural. Y la democracia es una forma de gobierno –legítima– que otorga al cuerpo social entero el ejercicio de esa asumpción. Quien no quiera correr el riesgo de la libertad o entienda que los tiempos no están para correrlo, que no aspire a la democracia. La democracia limitada, no es, a mi juicio, una verdadera democracia.

No habiendo –no pudiendo haber– una solución política al problema planteado, hay, sin embargo, una solución, postulada por lo que es y representa la democracia: una solución social, que ustedes sin duda habrán adivinado: el pueblo debidamente educado, la cultura y, como transmisión de ella, la enseñanza. Dicho en breves palabras, la única solución es la educación de la sociedad en el bien y en los valores.

Claro que para que esto sea posible, la clave reside en que la enseñanza esté en manos de la sociedad y no del Estado, lo que equivale a decir, con otras palabras, que la clave está en la libertad de enseñanza.

La libertad de enseñanza, como derecho natural que es, debe ser respetada en cualquier forma legítima de gobierno, pero en un régimen democrático adquiere una importancia suprema por la misma concepción de la democracia.

Examinemos, como segunda parte de esta exposición, el tema que acabo de enunciar, refiriéndolo, claro está, a la democracia moderna.

Aunque parezca innecesario por obvio, no es inoportuno comenzar recordando cuál es la idea central que configura la democracia moderna: volver una y otra vez a los principios fundamentales es –en definitiva– la sana y prudente regla del buen gobierno que recogió la Declaración de Derechos del Buen Pueblo de Virginia. La democracia en sentido actual –el que aparece en el siglo XVIII– es, ciertamente, una forma de gobierno en la que el pueblo designa a sus gobernantes; pero es también –y principalmente– un régimen de libertad. Sin libertades personales y, de modo fundamental, sin la libertad de ser persona –en el sentido propio de esta palabra– no hay democracia, aunque haya votaciones. Sólo por votar no se es persona, ni las elecciones son la democracia; ambas cosas son instrumentos para la libertad y para la democracia, mas no son la democracia ni la libertad.

Un pueblo manipulado, unos ciudadanos masificados, por mucho que participen en asambleas y votaciones no forman un pueblo libre, ni son ciudadanos que vivan en libertad. Son marionetas del grupo manipulador, que convierte el régimen político en una dictadura oligárquica, aunque tenga la máscara de una democracia.

Por eso es regla elemental de una verdadera democracia el respeto a la libertad de pensamiento filosófico, científico y cultural y, con ella, la libertad de comunicación, de palabra. No sin razón, las Naciones Unidas acogieron como piezas clave de la Declaración de Derechos Humanos las cuatro libertades con cuyo enunciado Roosevelt resumió el ideario de los aliados en su lucha contra el totalitarismo: la libertad de palabra y de expresión, la libertad religiosa, la libertad de vivir sin miedo y la libertad de vivir a cubierto de la necesidad. Alguna de estas libertades, es cierto, pueden ser entendidas de modo incorrecto como lo ha hecho la filosofía liberal. Pero tienen también un modo correcto de entenderse y aplicarse.

He aquí un principio fundamental: no hay sociedad libre si la cultura y su transmisión están en manos del poder. Si el Estado se convierte en el sujeto de la cultura y en sus manos está el medio de su transmisión, que es la enseñanza, no es posible el hombre libre. Para construir una sociedad verdaderamente libre es indispensable que la ciencia y la cultura estén en manos de la propia sociedad. Esto es lo que, en su radicalidad, quieren decir las libertades sobre el pensamiento filosófico, científico y cultural, la libertad de las conciencias y la libertad religiosa. Los sistemas culturales, la ciencia, la decisión de vivir según conciencia, el culto, a Dios pertenecen a la persona, no al Estado, porque son aspectos de un derecho que está en la raíz de todos ellos: el derecho a ser persona.

Que tales libertades las tiene como propias la persona humana, lo muestra el hecho fundamental de que el Estado no es el sujeto de la cultura –del pensamiento–, de la conciencia moral, ni del acto radical de adhesión del hombre a Dios. Es el hombre, personalmente, su sujeto: quien piensa, quien tiene conciencia, quien primeramente está relacionado con Dios. Del hombre vienen y al hombre van. De la cultura, de la moralidad, de la religión el Estado no es agente, sino receptor. El Estado es también auxiliador, pero ayudando a la libertad, no sustituyéndola. De lo contrario, los términos se invierten: el Estado es agente y el hombre es receptor; entonces la libertad ha sido segada de raíz y la personalidad del hombre se esfuma.

Las libertades de pensamiento filosófico y científico, de las conciencias y religiosa, la libertad cultural en una palabra, tampoco son –políticamente hablando– libertades residuales. Se las concibe como libertades residuales cuando se entienden como meras ausencias de coacción, en cuya virtud el Estado no coaccionaría a quienes no siguiesen la cultura y las concepciones ofrecidas desde las estructuras oficiales. Esto no es libertad, sino simple tolerancia.

Para una sociedad libre es necesario que la cultura y su transmisión estén en posesión de la sociedad y no del Estado. En el caso de las libertades a que nos referimos, derecho o libertad significa que el sujeto de esos bienes –y por consiguiente de su transmisión– no es el Estado, sino la persona. Significa que el sistema de ideas, de cultura, de ciencia y de moralidad pertenecen a la persona y a su libre desarrollo. No hay peor encadenamiento de la persona y de la sociedad que el dirigismo cultural, o sea atribuir al Estado la función de dirigir la cultura y su transmisión.

La ilación entre las libertades nucleares enunciadas y la libertad de enseñanza es clara. Enseñar y educar no es otra cosa que transmitir el sistema de ideas, de cultura, de ciencia, de moralidad y de religión. Por consiguiente, las libertades de cultura, de las conciencias y religiosa quedan gravemente cercenadas –y reducidas a la triste condición de libertades residuales– sin verdadera libertad de enseñanza, lo que quiere decir que la enseñanza debe estar en manos de la sociedad, o sea, de los ciudadanos. Conclusión evidente: si el sujeto y agente de la cultura, de la moralidad y de la religión es el hombre y no el Estado, el sujeto y agente de la enseñanza es la persona, no el Estado. La transformación del Estado en sujeto y agente de la enseñanza, tanto cercenará la libertad cuanto suponga hacerse sujeto y agente primero y principal de la cultura.

La libertad de enseñanza no es, pues, un tema más o menos importante, sino un punto capital de la construcción y organización de una sociedad libre y de la estructuración política de una democracia en sentido moderno, es decir, de un régimen democrático de la libertad.

Y advierto, para evitar equívocos, que esto no significa el desarme ideológico del Estado, punto importante en el que no puedo detenerme ahora; significa sencillamente que las ideas no van del Estado a la sociedad, sino de la sociedad al Estado. Y a eso se le llama sociedad libre.

Hay quienes piensan que la democracia postula un Estado neutro, idea, no por vieja menos peregrina, que falsifica la democracia, porque contradice la esencia misma de la democracia. Estado neutro en efecto, o equivale a Estado vacío de cultura y de moral, o equivale –y es lo que más frecuentemente ocurre– a Estado relativista y agnóstico, esto es, confesionalmente laico. Si de lo primero se trata, quiere decir que se ha roto una pieza básica del sistema democrático: el paso de las opciones y corrientes sociales a las estructuras de gobierno. Lo que caracteriza la democracia es que las instancias ideológicas se generan en el pueblo y de ahí moldean las instituciones públicas, el gobierno y el Estado. Un Estado democrático no puede ser un Estado vacío –neutro–, salvo cuando de una sociedad vacía de ideas se tratase. Sólo rompiendo los cauces de trasvase de las instancias ideológicas –de las concepciones filosóficas, culturales, éticas– entre sociedad y Estado, puede éste quedare vacío; pero esta ruptura equivale a romper un factor básico de la democracia.

A su vez, un Estado neutro, en el sentido de laico –aparte de no ser neutro sino confesional, de confesionalidad laica– sólo tiene sentido en una democracia si el pueblo es, en su mayoría políticamente decisoria, laico. Pero en una sociedad minoritariamente laica o no socialmente laica, es claro que el Estado sólo será laico por una vía no democrática, pues es evidente que, en tal supuesto, no hay correlación ideológica entre Estado y sociedad, que es lo esencial de la democracia; luego la laicidad habrá debido de imponerse por una vía no democrática (oligárquica; v. gr., una oligarquía intelectual). La pieza de la neutralidad del Estado –en el sentido de laicismo– entendida como rasgo impuesto a su constitución es una pieza limitadora de la democracia, por cuanto rompe la ósmosis ideológica que debe existir entre sociedad y Estado. Lo democrático es que el Estado sea reflejo de la sociedad. Si la sociedad no es laicista, ¿cómo en una democracia el Estado puede serlo?

La verdadera estructura democrática rechaza la neutralidad laicista del Estado; éste no debe estar constituido –cuando tiene la forma democrática–, ni en neutral-laico ni bajo cualquier otra forma de confesionalidad cultural, moral o religiosa que impida la correlación Estado-Sociedad. Lo que pide la democracia es el Estado posibilitador de la libertad y el Estado abierto a la realidad social. Y esto es tanto más necesario en una sociedad plural, donde cabe que accedan al poder distintos grupos ideológicos. Hay quien piensa que la pluralidad social significa un Estado conformado de acuerdo con una especie de sincretismo medio. Pero esto no es lo democrático, pues la democracia es una forma de organización del Estado en la que la sociedad se desarrolle libre y plenamente; por ello lo democrático es que su organización permita el acceso al poder de las corrientes mayoritarias, las cuales desarrollen su programa de gobierno tanto más plenamente cuanto más mayoritarias sean, siempre respetando la libertad de las minorías. Si algo pide la democracia es la autenticidad del gobierno –es el pueblo el que se manifiesta auténticamente a través del gobierno libremente elegido–, siendo esto imposible si éste se viese obligado por una pieza constitucional sincretizadora a sustituir su ideario por un gelatinoso sincretismo.

Tres son, pues, las piezas fundamentales de la democracia: a) el Estado abierto; b) la posibilidad de acceso al poder de distintas opciones y corrientes; c) la libertad de mayorías y minorías. Y todo ello postula lo antes dicho: que las ideas no vayan –primariamente– del Estado a la sociedad, sino de la sociedad al Estado. De ahí la importancia capital de las libertades en el pensamiento, de las conciencias y religiosa. Son una exigencia de autenticidad democrática. Y como corolario, la importancia capital de la libertad de enseñanza; es también exigencia de autenticidad democrática.

Sin libertad de enseñanza no hay libertad de pensamiento y de conciencia; hay, en cambio, dirigismo cultural, pretensión de imponer desde el Estado una determinada concepción del mundo, del hombre y de la sociedad. Sin libertad de enseñanza no hay verdadera democracia ni sociedad libre. En todo caso habrá votaciones y asambleas, pero no libertad.

La libertad de enseñanza –decía– está al servicio de la libertad de concepciones culturales y de las conciencias, es su corolario necesario. Por lo tanto, carece de sentido, o más bien constituye un atentado frontal a esas libertades, no garantizar y sobre todo imponer una regulación de la iniciativa ciudadana que yugule, dificulte o haga muy difícil el mantenimiento de las convicciones filosóficas, morales y religiosas que constituyen el ideario de la escuela y lo que, frecuentemente, ha motivado su creación. En tales supuestos, no hay respeto a la libertad de enseñanza. como no lo hay a las libertades de pensamiento y de conciencia. Quienes crean un centro de enseñanza han de tener en sus manos los resortes de su dirección.

Nada de lo dicho debe interpretarse en el sentido de que el Estado deba desentenderse de la enseñanza y de la educación. Conlleva, sin embargo, que el Estado asuma su propio papel sin invadir el de la sociedad. Y este papel del Estado es el mismo que el que tiene respecto de las demás libertades: el Estado debe reconocer, garantizar y regular el ejercicio de la libertad de enseñanza.

Ante todo, reconocerla, y esto se hace, como paso imprescindible, asumiéndola como base de toda la legislación educativa y como principio fundamental del gobierno en materia de enseñanza. Ciertamente el Estado puede, y debe, asumir metas y objetivos concretos en el campo de la enseñanza, sin limitarse sólo a reconocer la libertad: puede ordenar esta materia, puede –y debe– ponerla al alcance de todos, pero todo ello ha de hacerse en función y en servicio de la libertad de enseñanza.

En segundo lugar, garantizándola, o dicho de otro modo, posibilitando su ejercicio. Y es aquí donde entra, en las circunstancias actuales, la necesaria ayuda del Estado a los ciudadanos, lo cual supone no limitarse a reconocer la libertad de enseñanza como una libertad meramente formal, sino sobre todo, como una libertad real.

4. La iniciativa privada

Es en este punto donde quisiera hacer unas pocas observaciones para precisar, con brevedad pero con la necesaria claridad, mi pensamiento.

Tengo la impresión de que el pensamiento político actual se ha encerrado –en su concepción del Estado y de sus funciones– en una vía muerta y que la práctica política, de consuno con la filosofía social, está dando muestras de una notable falta de imaginación y de inventiva. Me parece que ambos, pese a los deseos de modernizar sus concepciones y sus opciones, son epígonos de una dialéctica histórica, inaugurada en el siglo XVIII y hoy estéril y caduca: o individualismo o colectivismo. O iniciativa privada o iniciativa estatal.

El individualismo –por otro nombre el liberalismo orginario– contempla la sociedad como la coexistencia más o menos pacífica de ámbitos individuales que buscan su propio interés. En palabras de los filósofos liberales de mayor renombre, ámbitos individuales que buscan su propia felicidad. Se escinde así la actividad humana en dos grandes esferas de intereses, cuyos titulares son distintos: el interés personal o ámbito privado, cuyo titular y responsable es la persona; y el interés general o ámbito público, cuyo único titular y responsable sería el Estado. Desde esta perspectiva, la iniciativa privada es vista como una actividad directamente ordenada al bien particular, teñida de egocentrismo, aunque, al menos en ciertos aspectos, se trate de un egocentrismo noble, necesario y bueno. ¿Quién negará nobleza y bondad al afán del padre de familia por sacar adelante a sus hijos? Claro que, en ocasiones, se tratará de ese egoísmo que convierte al hombre en lobo para el hombre, o al menos en el hombre que se niega a ser guardián de su hermano.

Es bien sabido, además, que, para estos modos de entender la sociedad como coexistencia de individualismos, el Estado queda reducido a la flaca condición del Estado-guardián o Estado-gendarme; si acaso, se admitirá un proteccionismo defensivo de los particulares, que en nada palia la radical insolidaridad con que es entendida –con una visión deformadora– la iniciativa privada.

La alternativa colectivista, que históricamente nació casi simultáneamente con la que acabamos de exponer, bajo el nombre de socialismo, parte de la misma escisión entre el interés personal o ámbito privado y el interés general o ámbito público. Llega, en cambio, a la solución opuesta. Pues la acción del individuo es insolidaria –vienen a decir– el ámbito público, cuyo titular y responsable es el Estado, debe absorber totalmente al individuo, reducido a ser una mera parte del todo social. Uno de los primeros colectivistas, Morelly, anterior incluso a los que Marx llamó socialistas, utópicos, escribía en 1755 que el interés partícular y, en consecuencia, la propiedad privada eran una peste universal, fuentes de todos los vicios y de todos los males. Según su proyecto, que él presentaba como ley fundamental y sagrada de la naturaleza, todo ciudadano debía ser hombre público, sostenido, mantenido y ocupado a expensas del Estado. Para el colectivismo, el Estado es un Estado absorbente.

Individualismo o colectivismo, Estado-gendarme o Estado-absorbente: he aquí una dialéctica en la que la gran víctima es la libre acción ciudadana en beneficio del interés general o bien común. Incomprendida y adulterada en la visión individualista; incomprendida y suprimida en la concepción colectivista.

El encerramiento en esta dialéctica es aquella falta de imaginación política a la que antes me he referido. A mi parecer, lo que postula nuestro tiempo es una nueva concepción de las funciones del Estado y una purificación de aquella iniciativa privada que lo necesite.

Lo que reclama nuestra época es, por una parte, una iniciativa y una acción ciudadanas solidarias y socialmente responsables; y, por otra, el Estado posibilitador, en cuanto haga falta, de esa iniciativa y de esa acción, mediante la ayuda y el aporte de los bienes necesarios. Esta es, entiendo, la clave para construir una sociedad libre.

No es infrecuente que las palabras que expresan grandes principios, a fuerza de ser manipuladas o utilizadas con visión estrecha, terminen por ser entendidas de modo incorrecto o vaciadas parcialmente de su significación plena; y no podemos negar que algo de esto ha ocurrido con la expresión iniciativa privada. Son muchos los que la entienden hoy como perteneciente al mundo de las actividades mercantiles y económicas o poco más. Y sin embargo, la iniciativa privada abarca casi todos los campos de la actividad humana y constituye uno de los principios basilares de la recta organización de la sociedad.

Urge, en consecuencia, devolver a la iniciativa privada todo su sentido, para que, mejor conocida, sea más respetada. Si quisiera en pocas palabras mostrar el inmenso panorama que encierra y sus potencialidades, la definiría como el conjunto de actividades en orden al bien común de la sociedad, que nacen de las energías de las personas y son sostenidas por las personas.

Vista desde esta óptica –y sin caer en excesos panegíricos, que serían tan injustos como perniciosos–, fácilmente se comprende que la iniciativa privada ha sido el gran motor del progreso de la sociedad. Las ciencias, las artes, el comercio, la industria, la cultura, las Universidades y tantas cosas más han nacido de la iniciativa privada y de ella han recibido durante siglos la savia fecundante y la protección necesaria. Este Colegio Mayor que hoy nos acoge tan gentilmente es un testimonio incontestable de lo que acabo de decir.

La iniciativa privada no es el resultado de una circunstancia histórica más o menos feliz, sino energía y actividad que nace de la ley natural. El principio de subsidiariedad, defendido reiteradamente por el Magisterio de la Iglesia y hoy aceptado incluso por ciertas corrientes del socialismo liberal, no es otra cosa que la enseñanza y la defensa de que la ley natural es el origen de la iniciativa privada y, por ello, su respeto es uno de los principios básicos de la recta organización de la sociedad. Pero si esto es así, no podemos entenderla más que como el resultado de la captación de la ley natural, que es orden querido por Dios y, en consecuencia, como resultado de una recta conciencia ciudadana. Ciudadana, porque su finalidad es el bien común; recta conciencia, porque ha de ser resultado de la preocupación, no por el bien privado y personal, sino por el bien de los demás. En otras palabras, ha de ser el resultado del amor a todos los hombres y de la decisión de afrontar -con todos los riesgos y sacrificios que ello comporta—, los problemas de la sociedad.

La recta conciencia ciudadana comporta salir de sí mismo, de los límites de la propia vida personal ” para proyectarse en la solución de los problemas sociales y en la promoción del bien común. Es ahí donde radica uno de los principales títulos de legitimidad -hay otros de la iniciativa privada, porque ser. buen ciudadano no consiste en limitarse a cumplir las leyes o los deberes políticos cuando el Estado llama a cumplirlos. La buena ciudadanía es, sobre todo. la iniciativa, la positiva contribución con hechos al progreso de la sociedad y a la resolución de los problemas planteados. Es así como se abre esa amplia panorámica a que antes he hecho referencia: enseñanza, arte, cultura, industria, comercio, promoción humana, deporte, descanso, ciencia, etc.

Es tendencia enraizada distinguir -y la distinción es verdadera-, entre bien privado y bien común, a la vez que señalar a uno y otro como los campos respectivos de la iniciativa privada y de la acción estatal. Y en esto segundo es donde reside el fallo. La iniciativa privada no es sólo ni principalmente la acción al servicio del bien privado. Su nobleza y su carácter fundante del principio de subsidiariedad residen en su servicio al bien común, porque el bien común no es sólo fin del Estado, sino -y principalmente-, el fin de la sociedad, que por ley natural formamos todos. El bien común de la sociedad es nuestro bien; no hay problemas y dificultades, bienes o calamidades públicas que no nos afecten; la identidad de intereses con el resto de los hombres no permite que nos separe ninguna barrera.

Es más, el bien común es, como fin propio de la sociedad, el vínculo social básico que nos une; la sociedad es la unión de todos en esa tarea común. Se trata de comprender que, a nivel de nación o de comunidad internacional ocurre lo mismo que en las sociedades menores. Quienes se unen en una sociedad lo hacen para sacar adelante el bien común y la búsqueda del interés general. El titular del bien común y del interés general no es sólo el Estado, lo son principalmente los ciudadanos y lo es, por consiguiente, la acción ciudadana o iniciativa privada. La purificación de la iniciativa privada reside sobre todo en que sus protagonistas mejoren su visión con el colirio de la trascendentalidad de su misión: poner todas estas actividades al servicio del bien común de la sociedad. Cosa sencilla y prácticamente conseguida en las obras no lucrativas, en las que suelen llamarse obras sociales.

Mucho más difícil, casi tarea de titanes, es -como se comprende enseguida- hacer entender que las tareas lucrativas son y han de ser primariamente tareas al servicio del bien común y que el lucro obtenido no está sólo para el disfrute personal, sino también para el bien de la sociedad. En este punto confluyen dos aspectos de capital importancia. En primer lugar, que el egoísmo y el interés -que conduce tantas veces a la injusticia- es lo que da el golpe mortal a la iniciativa privada. En segundo término, y con ello nos elevamos a un plano superior, que la perfección de toda tarea humana -de acuerdo con la ley natural- reside en que sea realizada en servicio de los hombres, en que se ordene al progreso de la sociedad.

Responsabilidad social de la iniciativa privada y Estado garante y posibilitador de esa iniciativa son los dos aspectos complementarios para una sociedad auténticamente libre y solidaria. Libre, porque la primacía se atribuye al verdadero protagonista de la vida social, que es la persona, y a su autonomía. Solidaria, porque la acción ciudadana se ordena al bien común, que es el bien de todos.

5. Conclusión

Por eso decía antes que la libertad de enseñanza no puede quedarse en una libertad meramente formal. Su garantía por parte del Estado postula la necesaria ayuda, su conversión en libertad real. No entender esto, es encerrarse -lo repito una vez más-en una falta de imaginación política, cuando no constituye un ataque a la libertad de las conciencias y, en consecuencia, a la tarea de construir una sociedad en la libertad, en la justicia y en la solidaridad.

Por Javier Hervada, catedrático emérito de Derecho Natural de las Facultades de Derecho y Derecho Canónico de la Universidad de Navarra.

 

8 cosas que un matrimonio necesita para mantener viva la llama del amor

Patheos.com - 03.02.2020

 

Foto: Freepik 

El cuerpo humano puede sobrevivir semanas sin comida, días sin agua y minutos sin aire. Necesitamos ciertas cosas para mantenernos vivos. De manera similar, un matrimonio necesita ciertas cosas para poder mantenerse vivo. No son cosas tan concretas como alimentos, agua u oxígeno, pero su importancia para la salud y la supervivencia de un matrimonio es vital.

A continuación, el terapeuta de pareja Dave Wills presenta ocho acciones fundamentales que todo matrimonio necesita para poder mantenerse a flote. Si alguno de los siguientes falta en tu matrimonio, por favor toma medidas inmediatas para agregarlo.

Aquí están las 8 cosas que todos los matrimonios necesitan para mantenerse vivo (sin ningún orden en particular):

1. Transparencia

La transparencia es básicamente otra palabra para "honestidad", pero me encanta la connotación que la palabra "transparencia" pinta, porque es también otra palabra para "desnudez".

Un matrimonio necesita desnudez y no sólo desnudez física. Necesitas estar desnudo emocionalmente con tu cónyuge. En términos prácticos, esto significa no tener secretos. No puedes ocultar nada (dinero, motivos, acciones, etc.) a tu cónyuge.

El nivel de la honestidad y transparencia determinará en última instancia el nivel de su intimidad.

2. Amabilidad

La amabilidad es uno de los ingredientes más importantes (aunque también subestimados) para un matrimonio exitoso. Si traes más bondad al matrimonio, la relación irá de maravilla.

3. Sexo

Las parejas que regularmente hacen el amor tienden a ser más felices y saludables que aquellos que no lo hacen.

Entiendo que puede haber una gran cantidad de factores por las cuales la vida sexual de una pareja no está donde quieren que esté y algunos de esos problemas (desequilibrios hormonales, agotamiento, limitaciones médicas, etc.) parecen estar fuera del control de ambos cónyuges. Sin embargo, cuando haces del sexo una prioridad, tu matrimonio siempre se beneficiará.

4. Comunicación

La comunicación hace para un matrimonio lo que la respiración hace a los pulmones. Tu matrimonio no sobrevivirá sin ella. La comunicación significa algo más que una pequeña charla sobre los detalles de lo que debe ser verificado en la lista de deberes de la familia.

La comunicación significa poner a un lado los móviles u otras distracciones, y centrarse uno en el otro. Significa escucharse de manera activa. Tómense el tiempo para hacer esto todos los días.

5. Risas

Los matrimonios saludables deben tener mucha más "comedia" que "drama". Incluso en los tiempos más difíciles, siempre deben encontrar momentos para reír juntos.

Claro, habrá momentos en los que se encontrarán llorando juntos, eso también pasa, pero la risa y la alegría deben permear tu relación a través de todos los altos y bajos de la vida. 

La risa también puede mejorar la salud en general e incluso su humor sexual, por lo que hay muchas razones por las cuales deben reírse juntos.

6. Fe

Mi esposa Ashley y yo no tenemos un matrimonio "perfecto" (no creo que exista tal cosa), pero tenemos un gran matrimonio. Hemos cometido errores a lo largo del camino, pero creo que la mejor decisión que tomamos para nuestra relación fue construirla sobre nuestra fe

Para nosotros, esto ha significado orar juntos y unos por otros, usando la Biblia como nuestro mapa para la vida, de la mano de ser parte activa de una Iglesia saludable.

La Biblia dice: "Dios es amor". (1 Juan 4,8), y estoy convencido de que cuanto más lo invitas a tu matrimonio, más amor traerá al mismo.

7. Amistad

Los matrimonios con lazos más fuertes son entre mejores amigos. A través de todas las temporadas de tu matrimonio, muchos aspectos de la relación cambiarán, pero su amistad puede ser una firme ancla que lo mantenga fuerte a través de los retos de toda la vida.

Invertir en tu amistad con tu cónyuge, los adentrará en el camino a la construcción de un matrimonio que sobrevivirá (y prosperará) para toda la vida.

8. Compromiso

Los matrimonios no fallan debido a la falta de compatibilidad. En su mayor parte, los matrimonios fracasan debido a la falta de compromiso. Las parejas que logran un matrimonio exitoso no son las que nunca tuvieron una razón para divorciarse. Son aquellas cuyo compromiso fue siempre más fuerte que sus razones para separarse.

Si tienes luchas en tu matrimonio actualmente y estás considerando la separación, por favor, no pierdas la esperanza. Consiga ayuda profesional y haga cualquier otra cosa a tu alcance para salvar el matrimonio. Todo lo que suceda a través de esta lucha puede hacer a matrimonio aún más fuerte en otros aspectos.

 

 

La pornografía: El vicio que puede afectar a padres e hijos

ESCUELA PARA PADRES

La pornografía: El vicio que puede afectar a padres e hijos. 

1,261 Palabras. Tiempo de lectura 5:00 minutos 

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 El vicio de la pornografía es una epidemia, que se está convirtiendo en pandemia, la cual enferma gravemente a la sociedad, por lo que hay que luchar contra ella y sanar a las víctimas. Está lleno de obscenidad, impudicia, indecencia, deshonestidad, impureza, inmundicia, inmoralidad, lujuria, lascivia, etc. En la pornografía están incluidos, tanto los que se presta a exhibirse, como los que la producen, los que la venden, los que la compran y los que la visualizan. 

15 Efectos de la pornografía en los hombres: 

  1. Aceptar la violación con más eximentes y atenuantes, alegando la imposibilidad de frenar los instintos sexuales exacerbados.
  2. Acometer actitudes de promoción y aceptación de la promiscuidad.
  3. Adormecer la conciencia para auto creerse, un estado de bienestar falso.
  4. Anular o debilitar la propia voluntad.
  5. Aumentar las posibilidades y probabilidades del divorcio.
  6. Convertirse en adictos, teniendo que recurrir a profesionales, para salir de la adicción.
  7. Desarrollar la infidelidad dentro del noviazgo o del matrimonio, practicándola y aceptándola.
  8. Desconectar de la realidad de la vida y sustituirla, por una falsa realidad virtual.
  9. Desinteresarse por querer llegar al matrimonio y formar una familia.
  10. Deteriorar la capacidad de relación entre familiares y amigos.
  11. Dificultar las relaciones personales, al fracturar el amor y la capacidad de entrega.
  12. Eludir la realidad para huir hacia una ficción peligrosa.
  13. Empezar una escalada sin fin, de actividades sexuales pervertidas.
  14. Perder la sensibilidad y responsabilidad ante las mujeres, más débiles emocionalmente, más desprotegidas o más indefensas.
  15. Producir la retroalimentación de la ansiedad y de la depression.

La creciente demanda del consumo de pornografía, está rompiendo matrimonios y las sanas relaciones entre los novios y amigos. Los usuarios la encuentran muy fácilmente a través de los avances tecnológicos, los medios de comunicación y las redes sociales, que aunque ellas sean en sí mismas, una magnifica herramienta para el desarrollo de la sociedad, también lo es, por su extensión, velocidad y capacidad de almacenamiento, una herramienta para fomentar la pornografía. 

Hay varios niveles de adicción, en cada una de las segmentaciones de la pornografía. Las principales son: La lujuria solitaria, la masturbación, la fantasía erótica en pensamientos y deseos, el romance sexual imaginario, el voyerismo, el ser objeto fotográfico, la fornicación, las conversaciones eróticas, (personales, telefónicas o de chateo), el sexo gratis o pagando, la adicción a la prostitución, la iniciación a los comportamientos homosexuales, el exhibicionismo, el fetichismo, el froteurismo, la pedofilia, el masoquismo sexual, el sadismo sexual, el travestismo, etc.

El consumo de la pornografía está asociado, con muchos resultados negativos a la salud, tanto emocionales, como psicológicos y físicos, como depresión, ansiedad, comportamiento erróneo y violento, debut sexual a menor edad, promiscuidad sexual, riesgo creciente de embarazos adolescentes y una manera distorsionada de concebir las relaciones entre hombres y mujeres.

Los padres tienen que tener en cuenta, los retos que la pornografía plantea para su propia familia, tanto en los padres, como en los hijos. Contra sus efectos negativos, no pueden luchar solos, sin utilizar los caminos y las herramientas ya probadas, que cuenta la Iglesia y la sociedad sana.

La lucha con ella no debe terminar solamente, condenándola, este es el principio. Los padres tienen que avivar su concienciación y tener un compromiso formal y coherente, para hacerle frente, principalmente con su propio ejemplo de rechazo, fomentando la educación religiosa, explicando los problemas y daños irreversibles que produce, en el matrimonio y en la familia en su conjunto, pero especialmente en los hijos.

Algunos padres cargan con una gran culpa, al no haber sabido convencer a sus hijos de los graves peligros que supone, la producción y el consumo de la pornografía. Dado el fácil acceso a los medios de comunicación, la pornografía se va introduciendo, sibilinamente, en la sociedad. Empieza con un desprecio total, hacia las virtudes de la honestidad, la moralidad, la pureza, la castidad, la decencia, etc. y termina aceptando las condiciones que impone la pornografía, en la sociedad. Los padres tienen que estar muy vigilantes, sobre las redes sociales que sus hijos utilizan. 

Los hombres consumen mucha más pornografía que las mujeres, pero ellas producen mucha más, para atraer a los hombres. A nadie le deberían sorprender, las nefastas consecuencias que algunas originan, con su indecencia sexual, ya que algunas provocan situaciones pornográficas agresivas, que podrían haberlas evitado, si hubieran sido más decentes en sus vestidos, posturas, gestos y conversaciones, evitando así, el fomento del consumo de pornografía en los hombres.

Por eso los padres, tienen que hablar muy claro con los hijos e hijas, para que sepan que, queriendo o sin querer, están produciendo pornografía, al enviarse fotografías muy personales, que nadie sabe dónde terminan. 

La pandemia de la pornografía y sus devastadores efectos en los niños, en los jóvenes, en las familias y en la sociedad, cada vez es examinada con más inquietud por los médicos y los religiosos. Se basan en las pruebas científicas de destrucción, que originan las evidencias de este gran daño, que continúa acumulándose. Primero se toma como costumbre, después como habito y posteriormente como vicio, y entonces es muy difícil la salida.

Los padres deben poner presión a los maestros, visitando las escuelas de sus hijos, para comprobar los libros y programas de estudios, con los que están enseñando a sus hijos. Si no lo hacen, no valen lamentaciones, ni escusas, por no haberse involucrado con los profesores, en la educación moral y académica de sus hijos.

Los niños son las primeras víctimas de la pornografía, pues la van viendo inconscientemente, como una cosa normal y luego cuando crecen, ya es tarde para darse cuenta, que se han quedado enganchados a ese vicio, que en su día vieron como normal. Una vez que las imágenes y los comentarios entran en sus cerebros, es muy difícil, si no es, casi imposible, borrarlos de su cerebro.

Los padres tienen que estar muy vigilantes con sus hijos, pues la pornografía la tienen a su disposición inmediata, gratuita e interminable en las redes sociales. Hay muchas opciones y medios, tanto para proteger a la niñez de ver pornografía, como para el tratamiento de individuos y familias, que sufren de sus efectos negativos.

El adicto a la pornografía busca cada vez mayor placer, al punto de ir aumentando sus actividades sexuales, la frecuencia e intensidad de éstas, y el ir agregando otro tipo de actividades y niveles con mayores riesgos. Piensa que un placer tiene que ser mayor que el anterior, lo que es insostenible, ya que todo tiene un límite. La conducta sexual aditiva y compulsiva, es muy peligrosa también, por el riesgo de aceptar las graves posibilidades de contraer y difundir enfermedades de transmisión sexual. 

Hay muchas formas de encontrar la curación de ese vicio y de sus efectos derivados. Así podrá obtener la libertad de la conciencia, que ha sido atrapada por su consumo. Consúltelo con un sacerdote, pastor, rabino o imán, según la religión que cada uno practique. Ellos le recomendarán algunos de los muchos recursos prácticos, que la Iglesia tiene disponibles, para las personas que quieren luchar contra la adicción a la pornografía: Planes concretos de acciones, las terapias de consejo, los grupos de apoyo, para los individuos o las familias, las oraciones, las lecturas especializadas, etc.

francisco@micumbre.com

 

Vencer el miedo

Veo entre la gente que está a mi alrededor, no hablo de los que transmiten los medios de comunicación especialmente la TV, una sensación de malestar, más diría que de miedo, por eso pido a quien me parece que puede, que nos ayuden a todos a quitarnos el miedo, en esta dolorosa pandemia mundial. Gregory Berns, neurólogo de la Universidad Emory de Atlanta, decía que “en tiempos difíciles a lo que más debemos temer es al miedo”. Y es que han aumentado de modo preocupante en España, con la denominada “tercera ola”,  las cifras de contagios, fallecimientos e ingresos hospitalarios: todo ello puede justificar ir en contra de lo que pido, que es vencer el miedo, controlarlo.

 Sé que es fácil decirlo, pero difícil de lograr, cuando vemos los trágicos efectos del Covid-19 en nuestra propia familia, amigos, colegas, vecinos, y las también dolorosas consecuencias de destrucción de empleo, ahora que acabamos de conocer los pésimos datos de enero.

Son tiempos difíciles, y por ello mismo tiempos que reclaman una reacción que ayude a superar las consecuencias del miedo paralizante: pasividad, agarrotamiento, incapacidad para el esfuerzo, proyectos aparcados.

Ya llevamos 11 meses sufriendo las consecuencias. Sentir miedo ante dificultades graves como una pandemia es natural y lógico: dejarse dominar por el miedo es ser derrotado. Veo personas que viven las medidas de prudencia sanitaria y logran sobreponerse mediante un trabajo intenso, y llevando a cabo planes familiares sensatos y serenos. Y también veo personas que viven aconejadas, a quienes es bueno recordarles que en los espacios cerrados es donde más fácilmente vive y se desarrolla el virus.

Pedro García

 

¿Quién está detrás?

El Consejo para la Igualdad Global, quieren que se rescinda la Política Ciutat de Mèxic, que permitiría que el dinero estadounidense se destine a grupos que promueven o realizan abortos en el extranjero. Exigen que Biden NOMBRA embajadores "transgénero" en países extranjeros. Quieren un grupo de trabajo interinstitucional sobre cuestiones de gai ubicado en el Consejo de Seguridad Nacional. Quieren un embajador itinerante especial sobre asuntos gai y transgénero en el Departamento de Estado, un puesto que solía colocarse en la oficina de libertad religiosa del Departamento de Estado.

El informe presentado por el citado Consejo consta de una página tras otra de "recomendaciones". Sin embargo, asumen un poder adicional dado que estos grupos gai ricos apoyaron uniformemente a Biden en su carrera por la presidencia. La Campaña de Derechos Humanos, por ejemplo, normalmente recauda 50 millones de dólares al año. Open Society Foundations, una constelación de grupos fundados por el multimillonario de izquierda George Soros, se encuentra entre los más ricos del mundo. Solo la Fundación para Promover una Sociedad Abierta tiene $ 10 mil millones bajo administración.

La coalición quiere un esfuerzo internacional para combatir lo que ellos llaman organizaciones "anti-género" en los Estados Unidos y en todo el mundo. Presumiblemente, esto apunta a grupos como el Family Research Council, Concerned Women for America, Heritage Foundation, Alliance Defending Freedom y C-Fam (editor del Friday Fax). Cabe señalar que los grupos conservadores sociales estadounidenses estaban descontentos con la promoción de la agenda gai por parte de la administración Trump en el extranjero. Esto incluye el trabajo del embajador Richard Grenell, quien amenazó a los países pobres con perder dinero y compartir inteligencia por no liberalizar sus leyes sobre comportamiento sexual.

Hay un grupo grande y profundamente arraigado de activistas homosexuales en la burocracia gubernamental de los Estados Unidos, especialmente en el Departamento de Estado y la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional. Con sus demandas, estos grupos saben que están presionando una puerta abierta.

Jesús D Mez Madrid

 

El manual del adolescente

El nuevo manual para adolescentes describe "la acción prioritaria clave del PSIM" como "la prestación de servicios de aborto seguro para las adolescentes".

El concepto de “aborto seguro” ha sido ampliamente utilizado por los defensores del aborto para presionar a los países para que lo legalicen y despenalicen. La frase “todo el alcance de la ley” otorga una alta prioridad a la disponibilidad del aborto y se usa en la práctica para restringir los derechos de conciencia de los proveedores de atención médica o instituir capacitación sobre aborto en los establecimientos de salud.

El manual del adolescente fomenta el uso de la capacitación en “clarificación de valores y transformación de actitudes”, sugiriendo dos conjuntos de herramientas creados por Ipas para adoctrinar a los trabajadores de salud a participar en abortos. Si bien los materiales de aclaración de valores generalmente ayudan a los participantes a articular sus propias posiciones, Ipas describe sus conjuntos de herramientas como "diseñados con una agenda: para mover a los participantes hacia el apoyo, la aceptación y la defensa de la atención integral del aborto y la atención y los derechos de salud sexual y reproductiva relacionados".

Después de convertir a los trabajadores sanitarios humanitarios en abortistas, el manual prevé que también se conviertan en defensores. Cita una guía de capacitación de Ipas que busca "ayudar a los proveedores a reconocer su poder personal como defensores e identificar diferentes circunstancias y medios para abogar por la atención integral del aborto hasta los límites de la ley".

Además de su postura agresiva sobre el aborto, el manual del adolescente hace un llamado a los actores humanitarios para promover el derecho humano de los adolescentes a “definir libremente su propia sexualidad, incluyendo la orientación sexual y la identidad y expresión de género”. Sugiere la “Persona del pan de género” como una “herramienta de enseñanza para romper el género” y caracterizar el género y el sexo como un continuo en lugar de un binario masculino-femenino.

El lanzamiento formal de este nuevo manual estaba programado para enero de 2021.

Xus D Madrid

 

 

La perversión política y la “carga de impuestos”

 

                                Ningún político lleva ni en su idea ni convencimiento, el que un Estado no se hace o construye, aumentando sin cesar los impuestos que ya existen cuando él entra a gobernar; generalmente todos crean nuevos impuestos o suben los que ya existen; y como no existe control y menos castigo a tanto desmadre, pues siguen tan tranquilos, y suelen decirlo sino a “cara de perro” pero sí en sus círculos, con la terrible frase de… “El que venga detrás que arree”. ¿Pero para qué quieren tanto dinero que luego ni saben administrar en crear un bien general que es para lo que existe la política, puesto que la política no tiene otro sentido de existir, que “el de gobernar bien a los pueblos”; todo lo demás “no es política, es saqueo de los bienes comunes”, que lo que conlleva es el empobrecimiento de los pueblos, cuando no hasta llegar a su exterminio.

                                Pues quieren el dinero y cuanto más mejor; por cuanto mientras más, “pongan en sus manos”; más margen tienen desde para robarlo impunemente y en base a “los mil subterfugios” y formas en que lo hacen, para llevárselos “criminalmente” y depositarlos en los malditos paraísos fiscales, que precisamente para ello los fundaron, existen y los mantienen con firmeza “criminal”. Lo quieren para sobornar o comprar voluntades, para facilitar cuantiosos y abundantes empleos a “sus cuerdas o familias” (el actual presidente tiene a su propia esposa, que se sienta junto a él como un ministro más, de los 25 que ha tenido la osadía de nombrar) y algunos otros de esas “cuerdas”, hacen lo mismo y así se llega a lo que más abajo reflejo como publicado en prensa; puesto que “todo cargo”, procurará hacer lo mismo que el que se considera “primero”.

                                “735.000 empleos han creado en los últimos quince meses las empresas públicas y la Administración Central del Estado (sin contar los servicios públicos de las autonomías) mientras el sector privado se desangra por las restricciones de la epidemia y el alza continua de impuestos” (Publicado en el diario ABC del 23-01-2021 y firmado por Inacio Camacho, en su página 5, en su habitual columna de este periódico, que es de prestigio y de tirada nacional e internacional, por lo que su difusión debe ser enorme.

                                Los que ya somos viejos o muy viejos, puesto que ya cumplimos más de ochenta años, hemos vivido épocas duras, muy duras, mucho más que ésta, que se sostiene por la brutal deuda pública que nos hacen soportar; pero pasadas aquellas durísimas épocas de hambres y cartillas de racionamiento, incluso de abusos y “apaleos tiránicos”; aquella administración pública, bajo las directrices del dictador Franco, pudo organizar de nuevo el país, y España llegó a una prosperidad inusitada e increíble para tanto español “esclavizado”, que ni pudo pensar en aquel “milagro”, que no lo fue en absoluto, fue el saber emplear el dinero público de mil formas diferentes para enriquecer y consolidar la marcha de un país (“lo mismo que después tuvo que hacer Alemania tras perder su provocada gran guerra o II Guerra Mundial”); sólo que en Alemania trabajaron todos y en España, sólo lo hicimos los que no teníamos otra solución, que trabajar para nuestro beneficio, pero también creando riqueza para España; y los gobiernos, con “lo poco que cobraban de impuestos”, hicieron todo lo demás, que es mucho y se sabe, y el que no lo sepa es porque no quiere saberlo, puesto que en Internet está todo, todo, todo, incluidos los “miles de pantanos”, por los que hoy podemos beber agua y regar muchos de los campos de España.

                                El que guarde recibos de aquellos impuestos los puede constatar con los que hoy nos hacen pagar. Empezando por la casa o vivienda propia, se pagaba de contribución (hoy IBI) cantidades ridículas; hoy la realidad es que el gobierno es el dueño de tu casa o piso, por el que te hace pagar un altísimo alquiler anual, cuando lo vendes se lleva una gran parte de la venta, y si lo heredas, ya hay quienes ni se hacen cargo de la herencia, por cuanto los gastos Y PAGO EN EFECTIVO; se lo impiden, recordando que antes o no existían esos gravámenes, o eran infinitamente mucho más llevaderos. Lo mismo era con el recibo del agua, de la electricidad, gas; y en general, de todos los impuestos que se nos imponían. No existía el IVA, había un remedo del mismo que era conocido como el “Impuesto de Tráfico de empresas” ITE, que era al 2% y 2,40; había un impuesto de lujo para bienes de lujo, pero sólo para ellos, aunque se incluyese luego al automóvil utilitario también; no existía para casi nadie el temido impuesto sobre la renta (que hoy hacen pagar hasta “al afilador”) no existía el impuesto sobre patrimonio; y tantas “gabelas”, como hoy nos cargan, que ya sólo les falta, obligarnos a llevar como bozal, “un contador de oxígeno” para hacernos pagar por respirarlo. La gasolina y el gasóleo se pagaban a precios muy razonables; y en fin todo, puesto que hoy considero que la mitad del dinero que circula, son impuestos, que van a parar al gobierno central, autonomías, diputaciones o cabildos y ayuntamientos.

                                Todo esto hay que estudiarlo de nuevo; y que vuelva a ser el Estado, un Estado administrativo de verdad y encaminado a emplear el dinero público en crear riqueza, “que hay mucho por hacer” y no en mantener, parásitos y ladrones, que son los que al final arruinan todo.

                                NOSOTROS EL PUEBLO: A nosotros, el pueblo, nos importan dos cojoness, los políticos que sean; lo que queremos son verdaderos estadistas, o sea, hombres y mujeres de Estado, y que de verdad, vayan solucionando los verdaderos problemas de España, que no son de partido alguno; son de todos los españoles y eso se olvida totalmente.

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes