Las Noticias de hoy 20 Enero 2020

Enviado por adminideas el Lun, 20/01/2020 - 13:42
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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 20 de enero de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Ángelus: «No más esclavos del mal, sino ¡hijos de Dios!»

Libia: El Papa Francisco saluda la conferencia de Berlín por la paz

2020, año de la enfermera y la matrona

SANTIDAD DE LA IGLESIA: Francisco Fernandez Carbajal

“No te cause pena ser nada”: San Josemaria

Octavario por la unidad de los cristianos (día 3, 20 de enero)

La relación de mi hija con su marido

El camino de la liberación: del pecado a la gracia: José Brage

Sacerdotes de Cristo: Ratzinger y Sarah: Ernesto Juliá 

¿De quién son los hijos?: Jesús Ortiz López

¿Qué es la Tolerancia? – II Parte: Plinio Corrêa de Oliveira            

MATRIMONIO: VALOR SOCIAL… ACTUAL: Ing. José Joaquín Camacho                                    

Civilización cristiana, ¿la sociedad humana ha realizado este ideal de perfección?: Acción Familia

La mujer: agente de cambio para regenerar la sociedad: Nuria Chinchilla / Cristina Moreno

Una universidad de identidad cristiana: Alfonso Sánchez-Tabernero

Más ataúdes que cunas: Jesús Domingo Martínez

Padres para un tiempo nuevo: Pedro García

Necesarias reformas mercantiles, fiscales y laborales: Domingo Martínez Madrid

Día de propósitos: Jesús D Mez Madrid

Loterías e impuestos: jugar o no jugar  : Antonio García Fuentes

 

ROME REPORTS

Ángelus: «No más esclavos del mal, sino ¡hijos de Dios!»

Palabras antes del Ángelus

ENERO 19, 2020 13:29RAQUEL ANILLOANGELUS Y REGINA COELI

(ZENIT – 19 enero 2020).- A las 12 de la mañana de hoy, 19 enero de 2020 el Santo Padre Francisco se asoma la ventana del estudio del Palacio Vaticano Apostólico para rezar el Ángelus con los fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro.

Estas son las palabras del Papa al introducir la oración mariana:

***

Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Este segundo domingo del tiempo ordinario está en continuidad con la Epifanía y con la la Fiesta del Bautismo de Jesús, que celebramos el domingo pasado. El pasaje evangélico (cf. 1:29-34) todavía nos habla de la manifestación de Jesús en el Templo después de haber sido bautizado en el río Jordán, fue consagrado por el Espíritu Santo que reposó sobre él y fue proclamado Hijo de Dios por la voz del Padre celestial (cf. Mt 3,16-17 y par.). El evangelista Juan, a diferencia de los otros tres, no describe el evento, sino que propone el testimonio de Juan el Bautista. Él fue el primer testigo de Cristo. Dios lo había llamado y preparado para esto.

El Bautista no pudo contener el urgente deseo de rendir testimonio de Jesús y declara: «He visto y he dado testimonio» (v. 34). Juan, vio algo de impactante, es decir, el Hijo amado de Dios en solidaridad con los pecadores; y el Espíritu Santo le hizo  entender la novedad sin precedentes, un verdadero cambio de rumbo. De hecho, mientras que en todas las religiones es el hombre quien ofrece y sacrifica algo a Dios, en el caso de Jesús es Dios quién ofrece a su Hijo para la salvación de la humanidad. Juan manifiesta su asombro y su consentimiento a esta novedad impactante que trae Jesús, a través de una expresión significativa que repetimos cada vez en la Misa: «He aquí el Cordero de Dios el que quita el pecado del mundo». (v. 29).

El testimonio de Juan el Bautista nos invita a emprender una y otra vez nuestro camino de la fe: empezar de nuevo desde  Jesucristo, el Cordero lleno de misericordia que el Padre ha dado por nosotros. Sorprendámonos una vez más por la elección de Dios de estar de nuestro lado, de ser solidario con nosotros pecadores, y de  salvar al mundo del mal asumiéndose totalmente la responsabilidad.

Aprendamos del Bautista a no dar por sentado que ya conocemos a Jesús, que ya lo conocemos todo de Él (cf. v. 31). No, no es así. Detengámonos en el Evangelio, quizás incluso contemplando un icono de Cristo, un «Santo Rostro», una de las muchas maravillosas representaciones de las que es rica la historia del arte en Oriente y en el Occidente. Contemplemos con los ojos y más aún con el corazón; y dejémonos instruir por el Espíritu Santo, que por dentro nos dice: ¡Es él! Es el Hijo de Dios hecho cordero, inmolado por amor. Él, Él solo ha llevado, sufrido, expiado el pecado del mundo, y también mis pecados todos. Ha tomado todos nuestros pecados y los alejó de nosotros para que finalmente fuéramos libres, no más esclavos del mal. Sí, todavía pobres pecadores pero no esclavos,sino ¡hijos de Dios!

Que la Virgen María nos obtenga la fuerza para dar testimonio de su Hijo Jesús; para anunciarlo con alegría con una vida liberada del mal y con una palabra llena de fe, de asombro y de gratitud.

 

Libia: El Papa Francisco saluda la conferencia de Berlín por la paz

Iniciar procesos

ENERO 19, 2020 15:52ANITA BOURDINANGELUS Y REGINA COELI

(ZENIT – 19 enero 2020).- El Papa Francisco acoge con beneplácito la organización de la conferencia por la paz en Libia que se lleva a cabo en Berlín (Alemania), este domingo 19 de enero de 2020.

El Papa habló de esta iniciativa después de la oración del Ángelus del mediodía este domingo, 19 enero 2020, en la Plaza de San Pedro, diciendo: “Hoy se está celebrando una conferencia para discutir la crisis en Libia en Berlín».

El Papa ha deseado que el encuentro abra caminos de «paz» y de «estabilidad»: «Espero sinceramente que esta cumbre, tan importante, sea el lanzamiento de un camino hacia el cese de la violencia y una solución negociada que conduzca a la tan deseada paz y estabilidad del país».

Esta conferencia internacional se organiza bajo los auspicios de las Naciones Unidas para tratar de crear las condiciones para una paz duradera en un país destrozado por la guerra civil.

Es una iniciativa multilateral con representantes de 11 países, incluidos Rusia, Turquía, Estados Unidos, China, Italia y Francia, con la participación del mariscal libio Haftar y Fayez al-Sarraj, jefe de gobierno reconocido por la ONU (GNA).

Según el enviado especial de la ONU en Libia, Ghassan Salamé, la conferencia de Berlín tiene como objetivo establecer un «Comité de seguimiento» que incluya a los países involucrados en Libia, que participan en esta cumbre y que deben «volver a una mayor neutralidad».

 

 

2020, año de la enfermera y la matrona

Homenaje del Papa Francisco

ENERO 19, 2020 16:30ANITA BOURDINANGELUS Y REGINA COELI

(ZENIT – 19 enero 2020).- El Papa Francisco elogió el «precioso trabajo» de las enfermeras y parteras al mencionar que el Año 2020 está dedicado a ellas, este domingo 19 de enero de 2020, después del Ángelus, e la Plaza de San Pedro, en presencia de decenas de miles de visitantes.

«Me complace recordar, dijo el Papa en italiano, que el año 2020 ha sido designado internacionalmente como» El año de la enfermera y la matrona».

Al incluir también a las enfermeras en su saludo, el Papa subrayó su importancia al servicio de la salud en el mundo: “Las enfermeras son los trabajadores de salud más numerosos y más cercanos a los enfermos, y las comadronas quizás la más noble de las tareas entre las profesiones»

El Papa invitó a orar por este personal de salud: “Oremos por todos ellos, para que puedan ejercer su precioso trabajo lo mejor posible».

De hecho, la Junta Ejecutiva de la Organización Mundial de la Salud ha designado 2020 como el «Año de las enfermeras y matronas», dice el sitio Infirmiers.com. La recomendación fue hecha en Ginebra por el Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, Director General de la OMS .

2020 es también el año del bicentenario del nacimiento de Florence Nightingale: reconociendo su contribución a la salud y la humanidad, el Dr. Tedros dijo que las  enfermeras y las matronas juegan un papel vital para lograr la salud para todos. Esta es una oportunidad especial para rendir homenaje, en 2020, a la contribución de la enfermería a la salud de nuestro mundo

Florence Nightingale nació el 12 de mayo de 1820 en Florencia (Italia), y ella murió a los 90, el 13 de agosto de 1910 en Londres (Gran Bretaña). Esta enfermera británica es considerada una pionera en la enfermería moderna.

 

 

SANTIDAD DE LA IGLESIA

— La Iglesia es santa y produce frutos de santidad.

— Santidad de la Iglesia y miembros pecadores.

— Ser buenos hijos de la Iglesia.

I. El Antiguo Testamento, de mil formas diferentes, anuncia y prefigura todo lo que tiene lugar en el Nuevo. Y este es plenitud y cumplimiento de aquel. Cristo muestra el contraste entre el espíritu que Él trae y el del judaísmo de su época. Este espíritu nuevo no será como una pieza añadida a lo viejo, sino un principio pleno y definitivo que sustituye las realidades provisionales e imperfectas de la antigua Revelación. La novedad del mensaje de Cristo, su plenitud, como un vino nuevo, no cabe ya en los moldes de la Antigua Ley. Nadie echa vino nuevo en odres viejos...1.

Quienes le escuchan entienden bien las imágenes que emplea el Señor para hablar del Reino de los Cielos. Nadie debe cometer el error de remendar un vestido viejo con un trozo de tela nueva, porque el paño nuevo encogerá al mojarse, desgarrando aún más el vestido viejo y pasado, con lo que se perderían los dos al mismo tiempo.

La Iglesia es el vestido nuevo, sin roturas; es la vasija nueva preparada para recibir el espíritu de Cristo, que llevará generosamente hasta los confines del mundo, y mientras existan hombres sobre la tierra, el mensaje y la fuerza salvífica de su Señor.

Con la Ascensión se cierra una etapa de la Revelación, y comienza en Pentecostés el tiempo de la Iglesia2, Cuerpo Místico de Cristo, que continúa la acción santificadora de Jesús, principalmente a través de los sacramentos, y nos consigue abundantes gracias por su intercesión, a través también de los sacramentos y de los ritos externos que Ella ha instituido: las bendiciones, el agua bendita...; su doctrina ilumina nuestra inteligencia, nos da a conocer al Señor, nos permite tratarlo y amarlo. Por eso, nuestra Madre la Iglesia jamás ha transigido con el error en la doctrina de fe, con la verdad parcial o deformada; se ha mantenido siempre vigilante para mantener la fe en toda su pureza, y la ha enseñado por el mundo entero. Gracias a su indefectible fidelidad, por la asistencia del Espíritu Santo, podemos nosotros conocer la doctrina que enseñó Jesucristo, y en su mismo sentido, sin cambio ni variación alguna. Desde los días de Pentecostés hasta hoy, se sigue escuchando la voz de Cristo.

Todo árbol bueno produce buenos frutos3, y la Iglesia da frutos de santidad4. Desde los primeros cristianos, que se llamaron entre sí santos, hasta nuestros días, han resplandecido los santos de toda edad, raza y condición. La santidad no está de ordinario en cosas llamativas, no hace ruido, es sobrenatural; pero trasciende enseguida, porque la caridad, que es la esencia de la santidad, tiene manifestaciones externas: en el modo de vivir todas las virtudes, en la forma de realizar el trabajo, en el afán apostólico... «Mirad cómo se aman», decían de los primeros cristianos5; y los habitantes de Jerusalén los contemplaban con admiración y respeto, porque advertían los signos de la acción del Espíritu Santo en ellos6.

Hoy, en este rato de oración y durante el día, podemos dar gracias al Señor por tantos bienes como hemos recibido a través de nuestra Madre la Iglesia. Son dones impagables. ¿Qué sería de nuestra vida sin esos medios de santificación que son los sacramentos? ¿Cómo podríamos conocer la Palabra de Jesús –¡palabras de vida eterna!– y sus enseñanzas si no hubieran sido guardadas con tanta fidelidad?

II. Desde el mismo momento de su fundación, el Señor ha tenido en su Iglesia un pueblo santo, lleno de buenas obras7. Puede afirmarse que en todos los tiempos «la Iglesia de Dios, sin dejar de ofrecer nunca a los hombres el sustento espiritual, engendra y forma nuevas generaciones de santos y de santas para Cristo»8. Santidad en su Cabeza, Cristo, y santidad en muchos de sus miembros también. Santidad por la práctica ejemplar de las virtudes humanas y las sobrenaturales. Santidad heroica es la de aquellos que «son de carne, pero no viven según la carne. Habitan en la tierra, pero su patria es el Cielo... Aman a los otros y los otros los persiguen. Se les calumnia y ellos bendicen. Se les injuria y ellos honran a sus detractores... Su actitud (...) es una manifestación del poder de Dios»9. Son innumerables los fieles que han vivido su fe heroicamente: todos están en el Cielo, aunque la Iglesia haya canonizado solo a unos pocos. Son también incontables, aquí en la tierra, las madres de familia que, llenas de fe, sacan adelante a su familia, con generosidad, sin pensar en ellas mismas; trabajadores de todas las profesiones que santifican su trabajo; estudiantes que realizan un apostolado eficaz y saben ir con alegría contra corriente; y tantos enfermos que ofrecen sus vidas en el hogar o en un hospital por sus hermanos en la fe, con gozo y paz...

Esta santidad radiante de la Iglesia queda velada en ocasiones por las miserias personales de los hombres que la componen. Aunque, por otra parte, esas mismas deslealtades y flaquezas contribuyen a manifestar, por contraste, como las sombras de un cuadro realzan la luz y los colores, la presencia santificadora del Espíritu Santo, que la sostiene limpia en medio de tantas debilidades.

Nadie echa vino nuevo en odres viejos: el licor divino de las enseñanzas del Señor, de la vida que nos ha dispensado al traernos a su Iglesia, se ha de contener en nuestra alma, un recipiente que debe ser digno, pero que es defectible, que puede fallar. Con fe y con amor entendemos que la Iglesia sea santa y que sus miembros tengan defectos, sean pecadores. En Ella «están reunidos buenos y malos. Está formada por diversidad de hijos, porque a todos engendra en la fe; pero de tal modo que no a todos, por culpa de ellos, logra conducir a la libertad de la gracia mediante la renovación de sus vidas»10. La misma Iglesia está constituida por hombres que alcanzaron ya su destino eterno –los santos del Cielo–, por otros que purgan en espera del premio definitivo, y también por los que aquí en la tierra han de luchar con sus defectos y malas inclinaciones para ser fieles a Cristo. No es razonable –y va contra la fe y contra la justicia– juzgar a la Iglesia por la conducta de algunos miembros suyos que no saben corresponder a la llamada de Dios; es una deformación grave e injusta, que olvida la entrega de Cristo, que amó a su Iglesia y se sacrificó por ella, para santificarla, limpiándola en el bautismo del agua, a fin de hacerla comparecer delante de Él llena de gloria, sin arruga ni cosa semejante, sino siendo santa e inmaculada11. No olvidemos a Santa María, a San José, a tantos mártires y santos; tengamos siempre presente la santidad de la doctrina y del culto y de los sacramentos y de la moral de la Iglesia; consideremos frecuentemente las virtudes cristianas y las obras de misericordia, que adornan y adornarán siempre la vida de tantos cristianos... Esto nos moverá a portarnos siempre como buenos hijos de la Iglesia, a amarla más y más, a rezar por aquellos hermanos nuestros que más lo necesitan.

III. La Iglesia no deja de ser santa por las debilidades de sus hijos, que son siempre estrictamente personales, aunque estas faltas tengan mucha influencia en el resto de sus hermanos. Por eso, un buen hijo no tolera los insultos a su Madre, ni que le achaquen defectos que no tiene, que la critiquen y maltraten.

Por otra parte, incluso en aquellos tiempos en que el verdadero rostro ha estado velado por la infidelidad de muchos que deberían haber sido fieles y cuando solo aparecen vidas de muy escasa piedad, en esos momentos –quizá ocultas a la mirada de las gentes– existen almas santas y heroicas. Aun en las épocas más oscurecidas por el materialismo, la sensualidad y el deseo de bienestar, hay hombres y mujeres fieles que en medio de sus quehaceres son la alegría de Dios en el mundo.

La Iglesia es Madre: su misión es la de «engendrar hijos, educarlos y regirlos, guiando con materno cuidado la vida de los individuos y los pueblos»12. Ella –santa y madre de todos nosotros13– nos proporciona todos los medios para adquirir la santidad. Nadie puede llegar a ser buen hijo de Dios si no vive con amor y piedad estos medios de santificación, porque «no puede tener a Dios como Padre, quien no tiene a la Iglesia como Madre»14. De aquí que no se concibe un gran amor a Dios sin un gran amor a la Iglesia.

Como el amor a Dios brota del amor que Él nos tiene –Él nos amó primero a nosotros15–, el amor a la Iglesia ha de nacer del agradecimiento por los medios que nos brinda para que alcancemos la santidad. Le debemos amor por el sacerdocio, por los sacramentos todos –y de modo muy particular por la Sagrada Eucaristía–, por la liturgia, por el tesoro de la fe que ha guardado fielmente a lo largo de los siglos... La miramos nosotros con ojos de fe y de amor, y la vemos santa, limpísima, sin arruga.

Si la Iglesia, por voluntad de Jesucristo, es Madre –una buena madre–, tengamos nosotros la actitud de unos buenos hijos. No permitamos que se la trate como si fuera una sociedad humana, olvidando el misterio profundo que en Ella se encierra; no queramos escuchar críticas contra sacerdotes, obispos... Y cuando veamos errores y defectos de quienes quizá tenían que ser más ejemplares, sepamos disculpar, resaltar otros aspectos positivos de esas personas, recemos por ellos... y, en su caso, ayudémosles con la corrección fraterna, si nos es posible. «Amor con amor se paga», un amor con obras, que sea notorio, por quienes habitualmente nos conocen y tratan.

Terminamos nuestra oración invocando a Santa María, Mater Ecclesiae, Madre de la Iglesia, para que nos enseñe a amarla cada día más.

1 Mc 2, 22. — 2 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 4.  3 Mt 7, 17. — 4 Cfr. Catecismo Romano, I, 10, n. 15. — 5 Tertuliano, Apologético, 39, 7. — 6 Cfr. Hech 2, 33. — 7 Tit 2, 14.  8 Pío XI, Enc. Quas primas, 11-XII-1925, 4.  9 Epístola a Diogneto, 5, 6, 16; 7, 9. — 10 San Gregorio Magno, Homilía 38, 7. — 11 Ef 5, 25-27. — 12 Juan XXIII, Enc. Mater et magistra, Introd. — 13 Cfr. San Cirilo de Jerusalén, Catequesis, 18, 26. — 14 San Cipriano, Sobre la unidad de la Iglesia Católica, 6. — 15 1 Jn 4, 10.

 

 

“No te cause pena ser nada”

No te duela que vean tus faltas; la ofensa de Dios y la desedificación que puedas ocasionar, eso te ha de doler. –Por lo demás, que sepan cómo eres y te desprecien. –No te cause pena ser nada, porque así Jesús tiene que ponerlo todo en ti. (Camino, 596)

A Dios, escribe el Evangelista San Juan, nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, existente en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer, compareciendo ante la mirada atónita de los hombres: primero, como un recién nacido, en Belén; después, como un niño igual a los otros; más adelante, en el Templo, como un adolescente juicioso y despierto; y, al fin, con aquella figura amable y atractiva del Maestro, que removía los corazones de las muchedumbres que le acompañaban entusiasmadas.

Bastan unos rasgos del Amor de Dios que se encarna, y su generosidad nos toca el alma, nos enciende, nos empuja con suavidad a un dolor contrito por nuestro comportamiento, mezquino y egoísta en tantas ocasiones. Jesucristo no tiene inconveniente en rebajarse, para elevarnos de la miseria a la dignidad de hijos de Dios, de hermanos suyos. Tú y yo, por el contrario, con frecuencia nos enorgullecemos neciamente de los dones y talentos recibidos, hasta convertirlos en pedestal para imponernos a los demás, como si el mérito de unas acciones, acabadas con una perfección relativa, dependiera exclusivamente de nosotros: ¿qué posees tú que no hayas alcanzado de Dios? Y si lo que tienes, lo has recibido, ¿de qué te glorías como si no lo hubieses recibido?

Al considerar la entrega de Dios y su anonadamiento -hablo para que lo meditemos, pensando cada uno en sí mismo-, la vanagloria, la presunción del soberbio se revela como un pecado horrendo, precisamente porque coloca a la persona en el extremo opuesto al modelo que Jesucristo nos ha señalado con su conducta. Pensadlo despacio: El se humilló, siendo Dios. El hombre, engreído por su propio yo, pretende enaltecerse a toda costa, sin reconocer que está hecho de mal barro de botijo. (Amigos de Dios, nn. 111-112)

 

Octavario por la unidad de los cristianos (día 3, 20 de enero)

Tercera meditación sobre el octavario por la unidad de los cristianos (20 de enero). Temas: ​La unidad dentro de la Iglesia; el orden de la caridad; unidad en la variedad.

TEXTOS PARA ORAR07/01/2020

Opus Dei - Octavario por la unidad de los cristianos (día 3, 20 de enero)

Día 3. 20 de enero

►La unidad dentro de la Iglesia.

►El orden de la caridad.

►Unidad en la variedad.

AL INICIO de los Hechos de los Apóstoles se cuenta que los primeros cristianos, inmediatamente después de la Ascensión de Jesús, «perseveraban unánimes en la oración» (Hch 1,14). Y, un poco más adelante, al describir la vida de aquella primera comunidad, se dice también que «la multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma, y nadie consideraba como suyo lo que poseía, sino que tenían todas sus cosas en común» (Hch 4,32). En el tercer día del octavario por la unidad de los cristianos, al hilo de estas consideraciones de la Sagrada Escritura, queremos meditar sobre una de las notas de la Iglesia: su unidad.

Justamente pensando en esta unidad que vivían los primeros seguidores de Jesús, san Josemaría nos recordaba que «forma parte esencial del espíritu cristiano no sólo vivir en unión con la Jerarquía ordinaria —Romano Pontífice y Episcopado—, sino también sentir la unidad con los demás hermanos en la fe. (…). Es necesario actualizar esa fraternidad, que tan hondamente vivían los primeros cristianos. Así nos sentiremos unidos, amando al mismo tiempo la variedad de las vocaciones personales» [1]. Todos los bautizados estamos llamados a fomentar la unidad dentro de nuestra Madre la Iglesia y a evitar todo lo que conlleve división, porque «la unidad es síntoma de vida» [2]. Esta tarea se irradia en el Cuerpo de Cristo en círculos concéntricos: primero se aprende a amar y vivir la unidad en la propia familia, con los más cercanos; después la unidad dentro de la Iglesia, amando los diversos carismas suscitados por el Espíritu Santo; hasta desear y buscar la unidad también con los cristianos no católicos.

Esta cohesión interior es un don de Dios que se apoya también en nuestro esfuerzo personal por superar barreras y eliminar obstáculos que la dificulten. Con los ojos fijos en aquella unidad que vivían los primeros cristianos, pedimos al Señor la gracia de valorar la variedad que podemos encontrar dentro de la Iglesia, a través de la cual esta «se presenta como un organismo rico y vital, no uniforme, fruto del único Espíritu que lleva a todos a una unidad profunda, asumiendo las diversidades sin abolirlas y realizando un conjunto armonioso» [3].

EN LAS ESCENAS del Evangelio vemos a Cristo tratar con grupos muy distintos de personas: con maestros de la ley, con trabajadores, con gente que encontraba en medio de los eventos religiosos y sociales de su entorno o con grandes multitudes a quienes se dirigía su predicación. Sin embargo también somos testigos de que, por condiciones de espacio y de tiempo, no a todas las personas trata con la misma intensidad desde el punto de vista humano. «Con frecuencia» –nos dice el Prelado del Opus Dei–, «el Señor dedica más tiempo a sus amigos» [4]. Así vemos, por ejemplo, que pasa varias tardes en la casa de Betania o que se retira por momentos con sus discípulos más cercanos.

De una manera similar, en la añorada unidad entre todos los cristianos no podemos perder de vista lo que santo Tomás de Aquino llama ordo caritatis [5], el orden del amor, que nos lleva a preocuparnos en primer lugar por la unidad con quienes nos han sido confiados de manera más cercana en la Iglesia. San Josemaría señalaba que en la Obra «hemos querido siempre a los no católicos: ¡queremos a todas las almas del mundo! Pero con orden, con el orden de la caridad. Primero de todo, a los hermanos en la fe» [6]. Se apoyaba en la epístola de san Pablo a los Gálatas, cuando el apóstol exhorta, precisamente, a procurar hacer el bien a todos, pero especialmente a aquellos con quienes compartimos la misma fe (cfr. Gal 6,10).

La caridad auténtica es universal y, al mismo tiempo, ordenada. Al meditar sobre la unidad en la Iglesia es lógico que nuestro pensamiento se dirija en primer lugar a la comunión real que tenemos con nuestros hermanos en la Obra, con los que nos unen fuertes lazos de fraternidad, empezando por aquellos con los que convivimos en la misma casa. «Nada haya entre vosotros que pueda dividiros» [7], exhortaba con insistencia San Ignacio de Antioquía, consciente de que esta unidad, vivida según el ejemplo de Cristo, nos hace felices y atrae a las demás personas.

SAN PABLO, tras hablar a los de Corinto de la radical igualdad de todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, continúa: «Ahora bien, Dios dispuso cada uno de los miembros en el cuerpo como quiso. Si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? (...). ¿Son todos apóstoles? ¿O todos profetas? ¿O todos doctores? ¿O tienen todos don de curación? ¿O hablan todos en lenguas?» (1Co 12,18-19.28-19). La Iglesia ejerce su misión por obra de todos sus hijos, aunque de diversas maneras; de todos necesita para llevar a cabo los planes divinos.

La gran variedad de vocaciones y carismas que existen «en la Iglesia es riqueza múltiple del Cuerpo Místico, dentro de su divina unidad: un solo Cuerpo, con una sola Alma; un solo pensar, un solo corazón, un solo sentir, una sola voluntad, un solo querer. Pero una multitud de órganos y miembros» [8]. Dentro de la pluralidad admirable que despliega la unidad de la Iglesia, el Señor ha querido incluir modos diversos de servir. El Concilio Vaticano II señala en concreto que «a los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales» [9].

Por eso, «sería un gran error confundir la unidad con la uniformidad, e insistir —por ejemplo— en la unidad de la vocación cristiana, sin considerar al mismo tiempo la diversidad de vocaciones y misiones específicas, que caben dentro de aquella llamada general y que desarrollan sus múltiples aspectos para el servicio de Dios» [10]. «Es importante»—insistía san Josemaría— «que cada uno procure ser fiel a la propia llamada divina, de tal manera que no deje de aportar a la Iglesia lo que lleva consigo el carisma recibido de Dios» [11].

La primera comunidad cristiana en Jerusalén perseveraba unida en la oración y en la caridad «cum Maria, Matre Iesu» (Hch 1,14). En torno a la Virgen, también la Iglesia de nuestro tiempo crecerá en unidad si vivimos unidos a nuestros hermanos y cada uno procura vivir fielmente la misión recibida.


[1] San Josemaría, Conversaciones, n. 61.

[2] San Josemaría, Camino, n. 940.

[3] Benedicto XVI, Ángelus, 24-I-2010.

[4] Fernando Ocáriz, Carta, 1-XI-2019, n. 2.

[5] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 26.

[6] San Josemaría, Instrucción, mayo-1935 / 14-IX-1950, nota 151.

[7] San Ignacio de Antioquía, Epistola ad Magnesios, 6, 2.

[8] San Josemaría, Carta 15-VIII-1953, n. 3.

[9] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[10] San Josemaría, Carta 15-VIII-1953, n. 4.

[11] San Josemaría, Conversaciones, n. 61

 

La relación de mi hija con su marido

Mi hija, casada hace poco más de un año, quería separarse de su marido. Varias veces había expresado la voluntad de cambiar de casa para vivir sola. Una amiga me sugirió hacer una novena a Guadalupe Ortiz de Landázuri.

RELATOS Y FAVORES20/01/2020

Opus Dei - La relación de mi hija con su marido

Mi hija, casada hace poco más de un año, quería separarse de su marido. Nunca perdía la oportunidad de pelear violentamente con él. Varias veces había expresado la voluntad de cambiar de casa para vivir sola. Una amiga me sugirió hacer una novena a Guadalupe.

VARIAS VECES HABÍA EXPRESADO LA VOLUNTAD DE CAMBIAR DE CASA PARA VIVIR SOLA

No la conocía y empecé a rezar con la incertidumbre de una madre que siente que está envejeciendo y que quiere pensar en sus hijos con serenidad porque los sabe "situados".

Al final de la novena quería conocer a la persona a la que rezaba y leí Letras a un santo para comprender la profundidad y la ternura humana y espiritual de Guadalupe. Mi oración cambió, ya no era una "novena a" sino una conversación de corazón a corazón con ella.

MI ORACIÓN CAMBIÓ, YA NO ERA UNA "NOVENA A" SINO UNA CONVERSACIÓN DE CORAZÓN A CORAZÓN CON ELLA

Desde entonces, la relación entre mi hija y mi yerno ha mejorado significativamente; este verano se fueron juntos de vacaciones y ahora están pensando en comprar una casa. Gracias Guadalupe.

G. G. - Italia

 

 


 Clic aquí para enviar el relato de un favor recibido.

También puede comunicar la gracia que se le ha concedido mediante correo postal a la Oficina de las causas de los santos de la prelatura del Opus Dei (Calle Diego de León, 14, 28006 Madrid, España) o a través del correo electrónico ocs.es@opusdei.org.

 Clic aquí para hacer un donativo.

También puede enviar una aportación por transferencia a la cuenta bancaria de la Asociación Memoria Álvaro del Portillo.

ES59 2100 3059 9822 0101 9501 | Bizum: +34 649 697 318

Parte de estos fondos irán destinados al Proyecto Becas Guadalupe Ortiz de Landázuri, que facilitarán el acceso a carreras científicas a estudiantes africanas (www.harambee.es)

 

El camino de la liberación: del pecado a la gracia

Si el pecado entró en la humanidad por un ejercicio equivocado de la libertad, el «hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38) que pronunció María abrió una nueva etapa en la Historia: el Hijo de Dios bajó a la tierra para entregar su vida en un acto supremo de libertad, por estar originado en el Amor.

LA LUZ DE LA FE01/07/2018

 del pecado a la gracia

Después de que Adán y Eva comieran del fruto del árbol prohibido, el Señor «echó al hombre, y a oriente del jardín de Edén colocó a los querubines y una espada llameante que brillaba, para cerrar el camino del árbol de la vida» (Gn 3,24). Comenzaba así el drama de la historia humana: el hombre y la mujer caminarían como exiliados de su verdadera patria, que se caracterizaba por la comunión con Dios. Lo expresa maravillosamente Dante al comienzo de su Divina comedia: «A mitad del camino de la vida, / en una selva oscura me encontraba / porque mi ruta había extraviado»[1]. Sin embargo, este andar no es una noche sin luz; el Señor también anunció una esperanza: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, mientras tú le herirás en el talón» (Gn 3,15). La venida de Cristo marcaría el paso del pecado a la vida de la gracia.

La “culpa” original

Es el conocimiento de Dios lo que hace nacer el sentido de pecado, y no a la inversa. No alcanzaremos a comprender el pecado original y sus consecuencias mientras no percibamos, en primer lugar, la Bondad de Dios al crear al hombre, así como la grandeza de su destino. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: «El primer hombre no fue solamente creado bueno, sino también constituido en la amistad con su creador y en armonía consigo mismo y con la creación en torno a él; amistad y armonía tales que no serán superadas más que por la gloria de la nueva creación en Cristo»[2].

ES EL CONOCIMIENTO DE DIOS LO QUE HACE NACER EL SENTIDO DE PECADO

El pecado de Adán y Eva introdujo una ruptura fundamental en la unidad interna del hombre. La sujeción de la voluntad humana a la Voluntad divina, que era como la piedra clave del arco de las facultades corpóreas y espirituales de la naturaleza humana, quedó rota por la desobediencia a Dios y, al quitar la clave, todo el arco se desmoronó. Como consecuencia, «la armonía en la que se encontraban, establecida gracias a la justicia original, queda destruida; el dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra (cf. Gn 3,7)»[3].

A este primer pecado, se le llama pecado original, y se transmite, junto con la naturaleza humana, de padres a hijos, con la única excepción, por especial privilegio de Dios, de la Santísima Virgen María. «Por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores» (Rom 5,19), dice San Pablo. Ciertamente, esta realidad es difícil de comprender, incluso un poco escandalosa para la conciencia actual: «Si yo no hice nada, ¿por qué voy a cargar con este pecado?».

El Catecismo de la Iglesia Católica afronta este tema: «es un pecado que será transmitido por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales. Por eso, el pecado original es llamado "pecado" de manera análoga[4]: es un pecado "contraído", "no cometido", un estado y no un acto»[5]. Reflexionando sobre este tema, Ronald Knox escribió que «se ahorraría muchísimo trabajo si llegásemos todos al acuerdo de llamar culpa original al pecado original. Porque el pecado, según la mentalidad del hombre corriente, es algo que él mismo comete, mientras que la culpa es algo que le puede corresponder sin falta alguna por su parte»[6].

Y esto es lo que sucede con el pecado original: nuestros primeros padres pecaron y, al hacerlo, perdieron la santidad y justicia originales que Dios les había otorgado, y su naturaleza quedó «herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado»[7]. Y como nadie puede dejar en herencia lo que ya no posee, Adán y Eva no pudieron dejarnos lo que habían perdido: ese estado de santidad y justicia originales, y la naturaleza íntegra. Nos transmitieron su naturaleza, tal y como quedó en ese momento: herida por el pecado. Por eso pudo escribir san Agustín: «de ellos no nacería otra cosa que lo que ellos fueran. La enormidad de la culpa y la condenación consiguiente corrompió la naturaleza, y lo que en los primeros pecadores precedió como penal, en los descendientes vino a ser natural»[8].

Así pues, el pecado original es la causa del estado en que nos encontramos por la mala herencia recibida y, como afirma el Catecismo«no tiene, en ningún descendiente de Adán, un carácter de falta personal»[9]. Pero todos venimos al mundo afectados por sus consecuencias: cierta ignorancia en la inteligencia, una vida marcada por el sufrimiento, sometidos al imperio de la muerte, la voluntad inclinada al pecado y las pasiones desordenadas. Cualquier persona tiene la experiencia de esa disgregación, de esa incoherencia, de esa debilidad interna. ¡Cuántas veces nos proponemos algo que luego no hacemos!: llevar un régimen de comidas necesario para la salud, dedicar diariamente un tiempo a aprender un idioma, tratar con más dulzura a los hijos, no enfadarse con los padres o el cónyuge, no quejarse del trabajo, ayudar a un pobre o a un enfermo, acompañar con generosidad a los más vulnerables, hablar bien de los demás y alegrarse con sus éxitos, mirar con limpieza de corazón el mundo y a las personas… Por no hablar de las veces que hacemos precisamente lo que no queremos: dejarnos llevar por un arranque de ira injustificada, sucumbir a la pereza en vez de servir con amor, disculparnos con una mentira para no quedar mal, ceder a la curiosidad en internet…

EL PECADO ORIGINAL ES LA CAUSA DEL ESTADO EN QUE NOS ENCONTRAMOS POR LA MALA HERENCIA RECIBIDA

Se experimenta también la tiranía del deseo que, buscando vehemente un bien aparente, particular y limitado (un placer, un privilegio, el poder, la fama, el dinero, etc.), arrastra en su dirección una voluntad debilitada, y la desvía del bien íntegro y verdadero de la persona (la felicidad, la vida con Dios) que debería perseguir. Del mismo modo la inteligencia, luz para señalar ese fin verdadero, está oscurecida y corre el riesgo de transformarse en un simple instrumento para conseguir lo que una voluntad esclavizada por el deseo ya ha decidido buscar.

Pero no todo está maldito en el hombre, ni mucho menos. La naturaleza humana no está totalmente corrompida, conserva su bondad esencial. Venimos al mundo con las “semillas” de todas las virtudes, llamadas a desarrollarse con la ayuda de los demás, el ejercicio de nuestra libertad y la gracia de Dios. En realidad, la virtud corresponde más a lo que verdaderamente somos que el pecado, pues este último es siempre un acto contra la naturaleza, un «acto suicida»[10]. Benedicto XVI lo expresaba así: «Se dice: ha mentido, es humano. Ha robado, es humano. Pero esto no es realmente humano. Humano es ser generoso. Humano es ser bueno. Humano es ser un hombre de justicia»[11].

De la esclavitud a la liberación

En la raíz de todo pecado se halla la duda sobre Dios, la sospecha de que quizá no quiera o pueda hacernos felices: «¿Es tan bueno como dice ser? ¿No nos estará engañando?» «¿Con que Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?» (Gn 3,2), dice la serpiente a Eva. Y cuando ella contesta que no es así, que solo del árbol que está en medio del jardín tienen prohibido comer para no morir, la serpiente siembra el veneno de la desconfianza en su corazón: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal» (Gn 3,4-5). En realidad, tras esta falsa promesa de libertad infinita, de autonomía absoluta de la voluntad (imposibles para una criatura), se esconde una gran mentira. Porque al intentar arreglárnoslas por nuestra cuenta, sin apoyarnos en Dios, aparece el cortejo del mal que nos esclaviza y encadena, porque nos impide ser felices con Dios.

El pecado puede aparecer porque somos libres, vive de esa libertad, pero acaba matándola. Promete mucho y no da más que dolor. Es un engaño que nos convierte en «esclavos del pecado» (Rom 6,17). Por eso: «el mal no es una criatura, sino algo parecido a una planta parásita. Vive de lo que arrebata a otros y al final se mata a sí mismo igual que lo hace la planta parásita cuando se apodera de su hospedante y lo mata»[12].

Si el pecado entró en la humanidad por un ejercicio equivocado de la libertad, el remedio a este y el inicio de una vida nueva también entró por la decisión libre. El «hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38) que pronunció Nuestra Señora de una manera plenamente libre abre una nueva etapa en la historia, la plenitud de los tiempos. Así, el Hijo de Dios bajó a la tierra para entregar su vida en un acto supremo de libertad, por estar originado en el amor: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú» (Mt 26,39). Y ahora nos eleva, para que podamos responder porque me da la gana a su invitación de vivir la «libertad gloriosa de los hijos de Dios» (Rom 8,21).

Es precisamente con nuestra libertad de hijos de Dios como podemos volver a dejarnos mirar y curar por el Señor, acudiendo con humildad a Él, que nos renueva interiormente con su gracia. Aprendemos así que «la voluntad de Dios no es para el hombre una ley impuesta desde fuera, que lo obliga, sino la medida intrínseca de su naturaleza, una medida que está inscrita en él y lo hace imagen de Dios, y así criatura libre»[13]. En realidad, Dios es el garante de nuestra libertad. Es libre quien se deja amar por Dios, quien no desconfía de Él, quien cree en su Amor. Con la fe desaparecen los límites que nos imponen la duda, la mentira, la ceguera y el sinsentido. Con la esperanza se derrumban el miedo, el desánimo, la inquietud, la culpabilidad que nos atenazan. Con la caridad dejamos atrás el egoísmo, la avaricia, el repliegue sobre uno mismo, las frustraciones y amarguras que reducen la medida de nuestra vida.

La gracia de Dios

LA RESPUESTA DE DIOS A NUESTROS PECADOS ES LA ENCARNACIÓN Y REDENCIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

San Juan Pablo II escribió en su último libro que «la Redención es el límite divino impuesto al mal por la simple razón de que en ella el mal es vencido radicalmente por el bien, el odio por el amor, la muerte por la Resurrección»[14]. La respuesta de Dios a nuestros pecados es la Encarnación y Redención de Nuestro Señor Jesucristo. «Jesucristo fue entregado por nuestros pecados» (Rom 4, 25), afirma san Pablo. Él nos reconcilia con Dios, nos libera de la esclavitud del pecado, y nos concede el don de la gracia: «un don gratuito de Dios, por el que nos hace partícipes de su vida trinitaria y capaces de obrar por amor a Él»[15]. No deberíamos acostumbrarnos a esta realidad: la gracia es un don inmerecido, una participación en la vida divina, nos introduce en la intimidad amorosa de Dios, y nos hace capaces de obrar de un modo nuevo: como hijos de Dios.

La gracia es mucho más abundante que el pecado: «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom 5,20). Y mucho más fuerte. En una famosa novela, la protagonista acude al confesonario y, una vez allí, manifiesta su pecado calificándolo como gravísimo. La respuesta que escucha del confesor es esta: «No, hija mía –decía tranquilamente y casi con frialdad–, usted no ha ofendido a Dios más gravemente que una infinidad de hombres: ¡sea usted humilde incluso en la confesión de su pecado! Grande, en su vida, sólo ha sido la Gracia; sólo la Gracia es siempre grande. El pecado en sí, su propio pecado, es pequeño y corriente»[16]. Por eso san Josemaría podía afirmar: «Nuestro Padre del Cielo perdona cualquier ofensa, cuando el hijo vuelve de nuevo a Él, cuando se arrepiente y pide perdón. Nuestro Señor es tan Padre, que previene nuestros deseos de ser perdonados, y se adelanta, abriéndonos los brazos con su gracia»[17]. Una gracia que se nos concede abundantemente en la oración y los sacramentos. Y que se recupera, si se ha perdido por el pecado grave, en el sacramento de la Penitencia[18].

Uno de los himnos de la Liturgia de las Horas reza así: «Restaña, Señor, con el rocío de tu gracia, las heridas de nuestra alma enferma, para que, sofocando los malos deseos, deplore sus pecados con lágrimas»[19]. La gracia sana las heridas del pecado en nuestra alma: identifica la voluntad humana con la Voluntad Divina mediante el amor de Dios, ilumina la inteligencia mediante la fe, ordena las pasiones al fin verdadero del hombre y las somete a la razón, etc. En una palabra: es la medicina de todo nuestro ser. En definitiva: «Nada hay mejor en el mundo que estar en gracia de Dios»[20].

Quizás algunas personas se preguntan: «si la gracia de Dios es tan poderosa, ¿por qué no tiene efectos más decisivos en las personas?» De nuevo tropezamos con el misterio de la libertad humana. La gracia «previene, prepara y suscita la libre respuesta del hombre»[21], pero no fuerza esa libertad. «Quien te creó sin ti no te salvará sin ti»[22], sentenció san Agustín. Tenemos a nuestra disposición una central nuclear con miles de megavatios, pero hemos de conectar la red de nuestra casa si queremos que esa energía nos ilumine, caliente y aproveche. Hemos de recibir la gracia con humildad, agradecimiento y arrepentimiento de nuestros pecados, y luchar con amor por seguir dócilmente sus impulsos. Sin perder nunca de vista, como nos recuerda el Papa Francisco, que «esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida»[23]. Evitaremos así todo asomo de voluntarismo, conscientes de la absoluta prioridad de la gracia en nuestra vida.

LA GRACIA «PREVIENE, PREPARA Y SUSCITA LA LIBRE RESPUESTA DEL HOMBRE» (COMPENDIO CATECISMO) , PERO NO FUERZA ESA LIBERTAD

Pero es que, además, «en esta vida las fragilidades humanas no son sanadas completa y definitivamente por la gracia»[24]. «La gracia, precisamente porque supone nuestra naturaleza, no nos hace superhombres de golpe. Pretenderlo sería confiar demasiado en nosotros mismos (…). Porque si no advertimos nuestra realidad concreta y limitada, tampoco podremos ver los pasos reales y posibles que el Señor nos pide en cada momento, después de habernos capacitado y cautivado con su don. La gracia actúa históricamente y, de ordinario, nos toma y transforma de una forma progresiva. Por ello, si rechazamos esta manera histórica y progresiva, de hecho, podemos llegar a negarla y bloquearla, aunque la exaltemos con nuestras palabras»[25]. Dios es delicado y respetuoso con nosotros. Así reflexionaba en una ocasión el cardenal Ratzinger: «Yo creo que Dios ha irrumpido en la historia de una forma mucho más suave de lo que nos hubiera gustado. Pero así es su respuesta a la libertad. Y si nosotros deseamos y aprobamos que Dios respete la libertad, debemos respetar y amar la suavidad de sus manos»[26]. Que es tanto como decir: amar la suavidad de su gracia.

José Brage

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Bibliografía editoriales sobre el pecado y la gracia

Lecturas recomendadas

Catecismo de la Iglesia Católica nn. 374-421, 1846-1876 y 1987-2029.

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 72-78 y 422-428.

- San Juan Pablo II, Exhortación apostólica “Reconciliatio et Paenitentia” (2-XII-1984).

- Concilio Vaticano II, Constitución pastoral “Gaudium et spes” (7-XII-1965), nn. 13, y 37.

- Benedicto XVI, Homilía (8-XII-2005); Discurso a los alumnos del Colegio Universitario Santa María de Twickenham, Londres, 17-IX-2010; Encuentro con los párrocos de la diócesis de Roma, el 18 de febrero de 2010.

- Francisco, Exhortación Apostólica “Gaudete et exultate” (19-III-2018), nn. 47-62 y 158-165 Palabras en la visita a Auschwitz, 29 de agosto de 2016, Palabras desde la ventana del Arzobispado de Cracovia, 29 de agosto de 2016.

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- Joseph Ratzinger, Creación y pecadoDios y el mundo, pag. 106-130: “Sobre la cración”.

- San Agustín, La Ciudad de Dios, Libros XIII y XIV: “La muerte como pena del pecado” y “El pecado y las pasiones”.

- Santiago Sanz, La elevación sobrenatural y el pecado original, en "Resúmenes de fe cristiana", tema 7 (www.opusdei.org).

- Juan Luis Lorda, Antropología teológica, EUNSA, Barañáin 2009, pag. 287-438.

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- Ronald Knox, El torrente oculto, Capítulo XVIII: “Pecado y perdón”.

- Thomas Merton, La montaña de los siete círculos.

- Dante Aligieri, La divina comedia.

- Evelyn Waugh, Retorno a Brideshead.


[1] DANTE ALIGHIERI, Divina comedia, Infierno, Canto I, 1-3.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 374.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 400.

[4] Conviene entender bien el concepto de analogía: es la relación de semejanza entre cosas distintas. Aplicado a nuestro caso: la caída original tiene semejanza con el pecado, pero es distinta del pecado personal.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 404.

[6] KNOX, R., El torrente oculto, Rialp, Madrid 2000, p. 266.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 405.

[8] SAN AGUSTÍN, La Ciudad de Dios, Libro XIII, III, 1.

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 405.

[10] SAN JUAN PABLO II, Ex. Ap. Reconciliatio et Paenitentia (2-XII-1984), n. 15.

[11] BENEDICTO XVI, Encuentro con los párrocos de la diócesis de Roma, 18-II-2010.

[12] RATZINGER, J., Dios y el mundo, Galaxia Gutemberg, Barcelona 2002, p. 120.

[13] BENEDICTO XVI, Homilía, 8-XII-2005.

[14] SAN JUAN PABLO II, Memoria e identidad, La esfera de los libros, Madrid 2004, p. 36.

[15] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 423.

[16] LE FORT, G. Von, El velo de Verónica, Encuentro, Madrid 1998, p. 314.

[17] SAN JOSEMARÍA, Es Cristo que pasa, n. 64.

[18] Cfr. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 310.

[19] Himno latino de Vísperas del martes de la XXV semana del Tiempo Ordinario.

[20] SAN JOSEMARÍA, Camino, n. 286.

[21] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 425.

[22] Sermo 169, 13.

[23] FRANCISCO, Ex. Ap. Gaudete et exultate (19-III-2018), n. 158.

[24] Ibidem, n. 49.

[25] Ibidem, n. 50.

[26] RATZINGER, J., La sal de la tierra, Palabra, Madrid 1997, p. 238.

 

Sacerdotes de Cristo: Ratzinger y Sarah

 Ernesto Juliá 

Benedicto XVI y el cardenal Robert Sarah.photo_cameraBenedicto XVI y el cardenal Robert Sarah.

Han saltado a la prensa, y cada uno las ha interpretado a su manera, las polémicas entorno al libro escrito por Benedicto XVI y el cardenal Robert Sarah, sobre el sacerdote católico. No quiero entrar, en absoluto, en esa controversia, y deseo limitarme a recoger unos textos de los autores, que van directos al profundo sentido de la vida sacerdotal que han querido poner verdaderamente de relieve con esta publicación. Y seguir rezando para que el Señor no deje de enviar “obreros a su mies”.

Hablando de su artículo sobre la “estructura exegética fundamental que hace posible una correcta teología del sacerdocio” Benedicto XVI escribe al comienzo del texto y refiriéndose claramente a los sacerdotes que le leerán: “En la segunda parte (…) he tratado con más detalle la exigencia del culto en espíritu y en verdad. El acto de culto tiene lugar a través de un ofrecimiento de la totalidad de la propia vida en amor a Cristo. El sacerdocio de Jesucristo nos lleva a una vida que consiste en llegar a ser uno con Él y renunciar a todo lo que nos pertenece solo a nosotros. Para los sacerdotes éste es el fundamento de la necesidad del celibato, y también de la oración litúrgica, de la meditación de la Palabra de Dios y de la renuncia a los bienes materiales”.

De su parte, el cardenal Sarah concluye su texto con estas palabras: “Para terminar esta reflexión, quiero dirigirme de nuevo a mis queridos hermanos sacerdotes. Cristo nos ha confiado una tremenda y magnífica responsabilidad. Nosotros continuamos su presencia en la tierra. Como Él, debemos velar, orar y permanecer firmes en la Fe”.

“Él ha querido tener necesidad de nosotros, sacerdotes. Nuestras manos consagradas con el sacro crisma no son las nuestras. Son las suyas para bendecir, perdonar y consolar. Están reservadas a Él. Si en algún momento el celibato se nos hace pesado, contemplemos las manos del Crucificado. Nuestras manos, como las suyas, deben estar agujereadas para no conservar ni mantener nada con avidez. Nuestro corazón, como el suyo, debe estar abierto, desgajado, para que todos puedan encontrar refugio y acogida. Si alguna vez no conseguimos comprender nuestro celibato, contemplemos la Cruz. La Cruz es el único libro que podrá devolvernos su auténtico significado”.

“Solamente la Cruz nos enseñará a ser sacerdote. Solamente la Cruz nos enseñará a “amar hasta el fin” (Jn. 13, 1).

Los dos textos son muy claros, y están corroborados por el testimonio vivo de tantos sacerdotes que entregan diariamente su vida, toda su vida, a vivir el mandamiento nuevo que nos dejó el Señor: “que os améis unos a otros; como yo os he amado amaos también unos a otros” (Jn. 13, 34).

Todos los cristianos procuramos vivir, con la ayuda de la Gracia, ese mandamiento que nos abre plenamente al amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. El sacerdote procura vivirlo, siempre contando con la ayuda de Dios y de sus hermanos sacerdotes, ofreciéndose en plenitud de todas sus fuerzas, energías, aspiraciones, etc., a la labor redentora de Cristo que vive cada día en la Santa Misa, y en la celebración de los Sacramentos, en el nombre del Señor.

El sacerdote sabe que su sacerdocio ministerial es una llamada directa de Dios, es una vocación que sólo Dios le ofrecer y le deja toda libertad para decir sí o no al Señor.

El sacerdocio sacramental no es un oficio, no es un empleo, no es ni siquiera una función de servicio a todos los fieles. No. Y Benedicto nos lo recuerda así a los sacerdotes “Es querer siempre ser purificados e inmersos en Cristo de tal manera que sea Él quien hable y actúe en nosotros, y nosotros seamos cada vez menos nosotros mismos. Y es claro y patente que el proceso de llegar a ser una sola “cosa” con Él (…) dura toda la vida y esconde también siempre dolorosas liberaciones y
conversiones”.

Y, añado yo, el celibato hace posible al sacerdote estar plenamente en la cruz con Cristo y vivir con Él la redención del pecado y de la muerte. Y resucitar.

ernesto.julia@gmail.com

 

¿De quién son los hijos?

La ministra de Educación, la famosa Isabel Celáa, es madre de dos hijas, ya creciditas. Quizá se acuerde de la ilusión con que preparaba la cuna para ellas, antes de nacer; que las fue educando en principios, costumbres, y gestos según sus convicciones; que eligió para ellas el colegio privado que mejor le parecía, incluido el idioma inglés, naturalmente. Sin embargo, parece haber olvidado todo esto pues está segura de que «los hijos no pertenecen a los padres». No actuó de esta manera entonces, si bien hoy día es imposible pedir coherencia y a este tipo de políticos desmemoriados empeñados en imponer su ingeniería social.

¿El objetivo final?: configurar una sociedad de «familias», entendiendo por tales, cualquier ayuntamiento vital y sexual entre humanos o animales. Porque, según ellos, «la familia tradicional» fomenta la homofobia machista, impide el empoderamiento de la mujer y los valores igualitarios (Irene Montero dixit), transmite valores permanentes y peligrosos para un Gobierno-Estado dueño de sus súbditos, y forma ciudadanos críticos con un «gobiernos progresista» ajeno a la verdad y al bien común.

Por el contrario, en la familia (no hay más que una) se transmiten los principios universales y permanentes (el demonio para el Gobierno progresista); se quiere a cada miembro por quién es y no por su voto; se vive la solidaridad y espíritu de servicio (ausente en estos políticos autosuficientes y mentirosos); educa ciudadanos libres e iguales (peligrosos para el Gran Hermano). Y sobre todo, en la familia no desestructurada crece el sentido religioso de la vida, la vida de fe católica, y se alimenta el alma que solo es de Dios.

Misteriosamente en algo tiene razón la inefable madre de familia y ministra de su Educación, Isabel Celáa, y es que los hijos no pertenecen en sentido absoluto a los padres. Añadiendo que de ningún modo al Estado, tal como han pretendido todas las dictaduras a lo largo de la historia: los ejemplos se multiplican, como en el antiguo Egipcio, el pueblo azteca, la revolución rusa, los jóvenes maoístas o los jóvenes hitlerianos, la cuba de Castro, los fascistas italianos, o las juventudes franquistas, por no hablar de los esclavos en manos de los negreros norteamericanos y holandeses, portugueses e incluso españoles.  

Los padres con principios, y no digamos si tienen fe, saben que los hijos son un don de Dios y no un derecho suyo. Están agradecidos por esos hijos, se sienten responsables de sus vidas, defienden su integridad moral, y luchan para que los políticos inmorales no les roben el alma, y con ello la libertad y la felicidad. No se dejarán engañar por un Gobierno que emula a los emperadores romanos del pan y circo, cambiando ahora a sexo y televisión.

 Jesús Ortiz López

 

¿Qué es la Tolerancia? – II Parte

La amistad y el instinto de sociabilidadEl instinto de sociabilidad es natural al hombre. Y este instinto nos lleva a convivir con los otros de modo armonioso y agradable

Para tener derecho de ciudadanía en ciertos ambientes, hay hombres que trabajan hasta matarse con infartos cardíacos; señoras que ayunan como ascetas de la Tebaida. Para perder una «ciudadanía» de tal «valor», sólo por amor a los principios, ¡es necesario realmente amar mucho los principios!

Cuándo se debe ser intolerante

Contenidos

Antes de todo, es necesario subrayar que existe una situación en la cual el católico debe ser siempre intolerante, y esta regla no admite excepciones. Es cuando se desea que, para complacer a otros, o para evitar algún mal mayor, practique algún pecado. Pues todo pecado es una ofensa a Dios. Y es absurdo pensar que en alguna situación Dios pueda ser virtuosamente ofendido.

Y esto es tan obvio, que parecería superfluo decirlo. Entre tanto, en la práctica, cuántas veces sería necesario recordar este principio. Así, por ejemplo, nadie tiene el derecho de, por tolerancia con los amigos, y con la intención de despertar su simpatía, vestirse de modo inmoral, adoptar las maneras licenciosas o livianas de las personas de vida desarreglada, ostentar ideas temerarias, sospechosas o incluso erróneas, o alardear de tener vicios que en la realidad -por la gracia de Dios- no se tienen.

Que un católico, consciente de los deberes de fidelidad que tiene en relación con la escolástica, profese otra filosofía sólo para granjearse simpatías en cierto medio, es una forma de tolerancia inadmisible. Pues peca contra la verdad quien profesa un sistema que sabe que tiene errores, a pesar de que estos no sean contra la fe.

Pero los deberes de la intolerancia, en casos como estos, van más lejos.

¿Qué es la tolerancia? – Parte I

No basta no practicar el mal: nunca podemos aprobarlo

No basta que nos abstengamos de practicar el mal. Es incluso un deber que nunca lo aprobemos, por acción o por omisión.

Un católico que, ante del pecado o del error, toma una actitud de simpatía, peca contra la virtud de la intolerancia. Es lo que se da cuando se presencia, con una sonrisa, sin restricciones, una conversación o una escena inmoral; o cuando, en una discusión, se reconoce a otros el derecho a abrazar la opinión que quieran sobre religión. Esto no es respetar a los adversarios, sino ser conniventes con sus errores o pecados. Esto es aprobar el mal. Y esto, un católico no puede hacerlo jamás.

La persecución implacable de los intolerantes

Los partidarios de los errores y modas de nuestra época persiguen con implacable intolerancia, y en nombre de la tolerancia, a todos los que osan no concordar con ellos

A veces, sin embargo, se llega a eso pensando que no hay pecado contra la intolerancia. Es lo que ocurre cuando ciertos silencios frente al error o al mal dan la idea de una aprobación tácita.

En todos estos casos, la tolerancia es un pecado, y sólo en la intolerancia consiste la virtud.

Leyendo estas afirmaciones es admisible que ciertos lectores se irriten. El instinto de sociabilidad es natural al hombre. Y este instinto nos lleva a convivir con los otros de modo armonioso y agradable.

No podemos imitar, no podemos concordar, no podemos callar

Ahora bien, en circunstancias cada vez más numerosas, el católico está obligado, dentro de la lógica de nuestra argumentación, a repetir delante del siglo el heroico «Non Possumus» de Pío IX: No podemos imitar, no podemos concordar, no podemos callar. Enseguida se crea en torno de nosotros aquel ambiente de guerra fría o caliente con que los partidarios de los errores y modas de nuestra época persiguen con implacable intolerancia, y en nombre de la tolerancia, a todos los que osan no concordar con ellos. Una cortina de fuego, de hielo, o simplemente de celofán nos cerca y aísla. Una velada excomunión social nos mantiene al margen de los ambientes modernos. Y a esto el hombre tiene casi tanto miedo como a la muerte. O más que a la propia muerte.

Los ídolos no pueden ser criticados

No exageramos. Para tener derecho de ciudadanía en tales ambientes, hay hombres que trabajan hasta matarse con infartos y anginas cardíacas; hay señoras que ayunan como ascetas de la Tebaida, y llegan a exponer gravemente su salud. Para perder una «ciudadanía» de tal «valor», sólo por amor a los principios, ¡sería necesario realmente amar mucho a los principios!

La pereza y los deberes del católico

Otra dificultad es la pereza. Estudiar un asunto, compenetrarse de él, tener enteramente a mano en cualquier oportunidad los argumentos para justificar una posición: cuánto esfuerzo… cuánta pereza. Pereza de hablar, de discutir, es claro. Sin embargo, aún más, pereza de estudiar. Y sobre todo, la suprema pereza de pensar con seriedad sobre algo, de compenetrarse de algo, de identificarse con una idea, un principio! La pereza sutil, imperceptible, omnímoda, de ser serio, de pensar seriamente, de vivir con seriedad, cuanto aparta de esta intolerancia inflexible, heroica, imperturbable, que en ciertas ocasiones y en ciertos asuntos es hoy como siempre el deber del verdadero católico.

El heroísmo de discordar de la opinión dominante

Estar de acuerdo con las tendencias dominantes, es algo que abre todas las puertas y facilita todas las carreras

La pereza es hermana de la displicencia. Muchos preguntaran por qué tanto esfuerzo, tanta lucha, tanto sacrificio, si una golondrina no hace verano, y con nuestra actitud los otros no mejoran. ¡Extraña objeción! Como si debiésemos practicar los Mandamientos sólo para que los otros los practiquen también, y estuviésemos dispensados de hacerlo en la medida que los otros no nos imiten.

El oportunismo

Testimoniamos delante de los hombres nuestro amor al bien, y nuestro odio al mal, para dar gloria a Dios. Y aunque el mundo entero nos reprobase, deberíamos continuar haciéndolo. El hecho de que los otros no nos acompañen, no disminuye los derechos que Dios tiene a nuestra entera obediencia.

Pero estas razones no son las únicas. Existe también el oportunismo. Estar de acuerdo con las tendencias dominantes, es algo que abre todas las puertas y facilita todas las carreras. Prestigio, confort, dinero, todo. Todo se torna más fácil y más al alcance si se concuerda con la influencia dominante.

De este modo, puede verse cuánto cuesta el deber de la intolerancia. Lo que nos da el punto de partida para el artículo siguiente, donde pretendemos tratar de los límites de la intransigencia y de los mil medios que hay para eludirla.

por Plinio Corrêa de Oliveira            

 

 MATRIMONIO: VALOR SOCIAL… ACTUAL

Ing. José Joaquín Camacho                                    

Siglo 21, Guatemala, 18 enero 2020          

 

Así titulaba un muy reciente artículo publicado en Avvenire, donde el corresponsal del diario italiano en EE.UU. señala algunos cambios de actitud, preocupado porque la izquierda estadounidense empieza a plantearse la importancia del matrimonio.

La caída de la tasa de matrimonios es preocupante, pues es verdad que un alto número de niños son criados en parejas no casadas, y este tipo de parejas tienden a ser más inestables y menos duraderas.

       Además con esta ocasión es bueno recordar lo que se refleja cada vez más mundialmente. Que los hogares formados por madres solas con hijos, tienen grandes dificultades económicas: estos hogares, sostenidos por madres solas, tienen ingresos medios equivalentes a un tercio de los que tienen las familias con padre y madre casados. Además, la escasez de recursos no es lo único que preocupa a estas madres: la soledad es otro factor dramático. Es ilustrativo, por ejemplo, que en EE.UU. 120.000 madres solas se registraron en CoAbode, una web que conecta a madres sin pareja para compartir vivienda. 

Además de esta realidad, hay una llamada de apoyo desde el punto de vista científico. La Dra. Moratalla, Presidenta de la Asociación española de Bioética, en su estudio Cerebro materno y cerebro paterno: adaptación de estilos de vida familiar (uden, 2 dic 2015), describe  científicamente los cambios a nivel cerebral en los padres, como una “reprogramación” casi automática, que les vuelve a ellos personas más atentas y con mayor capacidad de concentración y reacción en las actividades cotidianas: la atención al bebé enriquece el “cerebro social” de sus padres y llega a la fusión con la otra persona: es el amor de los padres a los hijos. Este vínculo con el hijo ayuda a los padres a ser más abnegados, comprensivos, generosos… Y les prepara para acudir con prontitud a solucionar sus necesidades. El rostro del bebé despierta en los demás un afecto que, además en los progenitores, pone en marcha los sistemas cerebrales que les permiten acertar las respuestas a lo que reclama.

Todo esto ayuda a valorar socialmente el matrimonio: las familias fuertes se basan en matrimonios fuertes y construyen sociedades fuertes; y viene bien recordar aquí el conocido estudio National Marriage Report de la Universidad de Nueva Jersey que muestra cómo la caída del matrimonio en Estados Unidos, ha traído muchas consecuencias negativas para las personas y la entera sociedad. Y señala que quienes viven juntos antes del matrimonio es más probable que lo rompan después. Y que la cohabitación es más común entre personas con niveles educativos más bajos y con  menos valores.

Estamos ante algo que deberían tener muy en cuenta nuestros gobernantes: promover políticas sociales y económicas que ayuden a los matrimonios; reconocer, respetar y apoyarlo como una unión estable entre un hombre y una mujer, que profesan un compromiso para toda la vida. El matrimonio,  base de la familia, responde al auténtico bien de toda la sociedad.

 

Civilización cristiana, ¿la sociedad humana ha realizado este ideal de perfección?

El hombre comprendió que todas las cosas deben dirigirse a Dios como a su fin para que habiendo salido de Él, a Él volvamos algún día. De este principio y fundamento surgió renovada la conciencia de la dignidad humana, y los corazones recibieron el sentimiento de la fraternal caridad de todos.

Estas imágenes nos traen un poco del encanto de la vida en lo que restaba de la Civilización cristiana

El hombre contemporáneo, perdido en un laberinto de ideas y de hábitos de vida contradictorios, sufre -muchas veces sin percibirlo- la angustia de quien siente que no ha encontrado el sentido de su vida. Esto se refleja directamente en la sociedad como un todo.Veamos el remedio que nos presenta la milenaria sabiduría de la Iglesia, por boca de uno de sus pontífices.

Después de la Redención y la fundación de la Iglesia,

«despierto el hombre de aquel mortífero y continuo letargo en que yacía, vio la luz de la verdad tan deseada que buscaron en vano siglos y siglos; desde luego conoció que había nacido para unos bienes más altos y seguros que los que se perciben con los sentidos frágiles y pasajeros, y en los cuales había puesto el fin de todos sus pensamientos y cuidados.

«Conoció también que ésta era la constitución de la vida humana, que esta era la ley suprema y que todas las cosas deben dirigirse a Dios como a su fin para que habiendo salido de Él, a Él volvamos algún día.

«De este principio y fundamento surgió renovada la conciencia de la dignidad humana, y los corazones recibieron el sentimiento de la fraternal caridad de todos.

¿Qué son la cultura y la civilización cristianas?

“Entonces los deberes y los derechos, como era consiguiente, en parte fueron perfeccionados y en parte constituidos íntegramente, y a la vez, las virtudes se exaltaron hasta un punto que no lo pudo nunca sospechar siquiera ninguna filosofía; y de aquí que las ideas, las costumbres y la conducta de la vida tomaran otro rumbo, y cuando el conocimiento del Redentor hubo afluido copiosamente, y su virtud, que excluye la ignorancia y los antiguos vicios, se hubo fundido en las íntimas arterias de los pueblos, entonces se obtuvo aquella mudanza de cosas de las gentes que, adquirida por la humanidad cristiana, cambió radicalmente la faz de todo el orbe».

León XIII, de la encíclica «Tametsi futura prospiscientibus», 01-XI-1900

 

 

La mujer: agente de cambio para regenerar la sociedad

Escrito por Nuria Chinchilla / Cristina Moreno

Publicado: 18 Enero 2020​​​​​​​

«Si el siglo XXI va a funcionar es porque la mujer va a estar mucho más presente en las estructuras sociales, que se encuentran en un estado lamentable, mal diseñadas, consecuencia de un racionalismo decadente y absurdo»

«Pero esta misión solo puede ser aceptada por la mujer si no conlleva su deshumanización, si no pierde su feminidad, porque ella es el núcleo de la familia, y la familia, la base de la sociedad». Esta es una de las múltiples sentencias que acuñó el profesor Juan Antonio Pérez López, hace más de dos décadas.

Vivimos en una sociedad donde cada día se acentúa más la importancia y la urgencia de cuidar la ecología humana como condición sine qua non para salvaguardar nuestra casa común y sus habitantes.

Hoy la sociedad está ya sensibilizada por la contaminación de ríos, mares y aire, por los agujeros en la capa de ozono; por los abusos en la pesca o en la tala de bosques, o por la destrucción de las costas ocasionada por los excesos en la construcción de viviendas. Sin embargo, aún cuesta admitir que el ecosistema humano en el que se vive también está contaminado.

La cultura contaminante, donde priman contenidos e ideas tóxicas, provoca una sociedad desvinculada, individualista y relativista, que produce empresas cortoplacistas, familias débiles y personas solas, deshumanizadas y descentradas.

Ante esta contaminación social y humana, tenemos que actuar ya, a fin evitar un declive irreversible. Pero, ¿cómo? ¿Quién puede regenerar esta sociedad? ¿Los sistemas? ¿Las estructuras? La respuesta evidente es que son las personas, líderes equilibrados e integrados que, desde el núcleo del ecosistema humano vivan y contagien valores que regeneren la sociedad. Hasta ahora, el mundo empresarial ha estado pensado y dominado por hombres, y algo parecido puede afirmarse de otros ámbitos de la sociedad. Es ya perentoria la necesidad de introducir valores femeninos en la toma de decisiones. La mujer, dotada desde la genética y la biología de características únicas para el cuidado del ser humano, es el agente de cambio necesario para esta regeneración.

Diferencias biológicas y psicológicas: algunas consecuencias

Varones y mujeres somos iguales desde un punto de vista antropológico; participamos de una misma naturaleza humana y de una misma misión: crecer, multiplicarnos y ser felices. Sin embargo, hay diferencias. Aparecen, en primer lugar, en lo biológico y se plasman en lo psicológico: en distintos modos de conocer y de sentir. Por eso existe una cierta especialización en las capacidades de unos y de otras.

El dimorfismo sexual es un hecho necesario para la transmisión de la vida y la variabilidad biológica, que es riqueza. También es un hecho mil veces constatado que el cerebro humano no es unisex, ni genética, ni anatómica, ni funcionalmente. La diferencia en la concentración de hormonas parece ser la base molecular de las pequeñas pero significativas diferencias anatómicas del cerebro de los varones y las mujeres.

En la etapa prenatal, la llegada de la testosterona al cerebro del feto varón a las 8 semanas cambia el tamaño de las estructuras cerebrales, destruyendo células de áreas relacionadas con la comunicación, e induce la proliferación de células en áreas relacionadas con impulsos sexuales y centros de agresión. En la etapa infantil, los estrógenos activan en las niñas las áreas dedicadas a la observación, comunicación oral y cerebro maternal (motivación, atención, protección). La testosterona hace al niño menos sensible a las emociones y a la relación social. También en la pubertad ocurren cambios en el cerebro XX o XY.

El funcionamiento del cerebro femenino es simétrico, es decir, activa ambos hemisferios a la vez (el izquierdo y el derecho). El funcionamiento del cerebro masculino es asimétrico. Poner en marcha un razonamiento no supone en los varones activar al mismo tiempo las emociones. Consiguientemente, unos y otros desarrollan diferentes habilidades. La estrategia femenina en temas visoespaciales es predominantemente de recuerdo y reconocimiento, mientras que la masculina es la de construir, manipulando mentalmente el objeto con el fin de reorientarlo en el espacio. Las mujeres aventajan a los hombres en fluidez verbal y superan a los hombres en los movimientos finos y secuenciales de los dedos. Los hombres son más hábiles arrojando objetos con precisión y más rápidos al tomar decisiones. Las mujeres están más en los detalles y tienen mejor memoria a corto plazo.

También existen diferencias específicas en el procesamiento de las emociones, lo que lleva a que las mujeres sean más vulnerables que los hombres a la presión psicológica que suponen los conflictos interpersonales, más susceptibles a la depresión, desórdenes de ansiedad y trastornos de la alimentación. El cerebro femenino predispone a la empatía y el masculino a la sistematización, porque las mujeres recuerdan más emociones y los varones más acontecimientos.

El mayor peso del conocimiento abstracto, más extensivo en el hombre, y del conocimiento experimental, más intensivo en la mujer, conlleva dos maneras de enfocar las decisiones. Ambas resultan muy necesarias, porque inciden en momentos distintos del proceso de toma de decisiones y porque, a lo largo de la vida, cada persona necesita la ayuda de los demás para desarrollar una personalidad madura con el cultivo de todas las virtudes humanas.

Los varones son muy buenos generando alternativas, y las mujeres, fijando los criterios o límites a la decisión. Así, el modo de ser masculino aporta cualidades como la capacidad de proyectos a largo plazo, cierta tendencia a la sistematización, la exactitud, la inclinación hacia la técnica... Según Blanca Castilla, «así como para traer un hijo al mundo y ayudarle a que se integre equilibradamente en él hace falta la colaboración imprescindible del varón y de la mujer, de un modo análogo, para construir un mundo humano en el terreno de la empresa, de las finanzas, de la política o de las relaciones internacionales, es imprescindible la colaboración de los dos. La aportación específica de la mujer podría llegar a resumirse en un solo aspecto: la sensibilidad por lo humano, que comporta la delicadeza en el trato, la generosidad y una capacidad peculiar para estar en lo concreto, conocer a las personas, acogerlas como son, quererlas por sí mismas y advertir lo que necesitan».

Para San Josemaría Escrivá, «la mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico que le es propio y que solo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad».

San Juan Pablo II escribió que Dios ha confiado a la mujer de una manera especial el hombre, es decir, el ser humano, y añade que la sociedad tecnificada, materializada y, en cierto modo, deshumanizada en la que vivimos, requiere la manifestación del «genio» de la mujer.

La mujer: agente de cambio

Las capacidades específicas de la mujer, tales como su predisposición a recordar y reconocer, su mayor capacidad verbal, su atención a los detalles, su empatía, definen por qué la mujer es el agente de cambio que puede regenerar la sociedad actual, actuando desde su feminidad en los diferentes ámbitos del ecosistema humano: la familia, la empresa y la sociedad.  

Familia, empresa y sociedad son tres ámbitos vitales que pueden visualizarse como un triángulo imaginario en cuyo centro está la persona, que es una y se va desarrollando en cada una de esas áreas al ir tomando decisiones. La mujer, de la mano del varón, es el líder necesario en todos los ámbitos, capaz de construir puentes, de cooperar y de cuidar de los demás.

Cuando una de las autoras (Chinchilla) fue representante de España en el CEDAW en 2012, propuso la necesidad de utilizar una triple «F» como criterio en la toma de decisiones políticas y económicas, a fin de construir una sociedad más humana y sostenible: 

  • Feminidad: abrir el ojo femenino, tras tantos años cerrado, para enfocar con mayor nitidez los problemas y su resolución, sabiendo que hombres y mujeres somos diferentes, complementarios y sinérgicos.
  • Familia: nadie es una isla en el océano, todos coexistimos y nos debemos a otros, somos parte de nuestra familia y, lato senso, somos parte de la familia humana. En la familia descubrimos la importancia de la corresponsabilidad y desarrollamos competencias necesarias para la vida profesional y social.
  • Flexibilidad: todo ser vivo requiere ser tratado con flexibilidad, más si son personas con distintas responsabilidades. La mujer-madre-trabajadora fue quien introdujo la flexibilidad horaria en una época rígida, que luego se ha ido extendiendo para todos.

Pensando hoy en la mujer, es necesario referirnos a una cuarta «F», la de Fidelidad. Numerosos estudios avalan que es una cualidad con mayor presencia en la mujer, tanto en los compromisos personales (matrimonio, familia, amistades) como en los profesionales.

Al igual que las mujeres han aprendido de los hombres, los hombres deben y pueden aprender del estilo femenino. No se trata de que un sexo imite al otro, sino que aprenda del otro encarnando las cualidades a su estilo. Un varón, sin perder su masculinidad, puede ser delicado y captar detalles concretos. Hoy lo que se quiere borrar es la diferencia, porque se considera sinónimo de subordinación; sin embargo, lo que hay que hacer es partir de las diferencias, y sobre ellas construir un entorno más inclusivo. La mujer no debe dejar de ser mujer cuando sale a trabajar o actúa en sociedad, porque esa es su mejor aportación al terreno público, aunque no siempre sea fácil.

En la familia

El ámbito de humanización de las personas, por antonomasia, es la familia. Esta es la primera estructura de ecología humana, donde se nos quiere por nosotros mismos y donde la ley básica es la de compartir. Y aunque el hombre parece irse adaptando a las nuevas circunstancias, la mujer sigue siendo la variable estratégica en la familia. 

La estabilidad social es imposible con familias inestables. Y la economía solo funciona si hay confianza, lealtad y demás virtudes que se aprenden en el ámbito familiar (las llamadas «externalidades» en la ciencia económica).

Las mujeres deben promocionar y proteger esa ecología humana que incluye crear «un ambiente en que los niños aprendan a amar y apreciar a los demás, a ser honrados y respetuosos con todos, a practicar las virtudes de la misericordia y del perdón». Todo eso se aprende en el hogar, sobre todo de la mano de la madre. Por su naturaleza, la mujer puede acoger la diversidad de cada persona única e irrepetible. El hombre, para amar, sale de sí mismo. La mujer abre su interior y, si es necesario, lo adapta al acogido. La mujer abierta a la vida representa, junto con el padre, el núcleo del que surge el capital humano −los hijos− y desarrolla el capital social: hijos formados en la escuela de valores familiares, del cuidado a los demás, de la sensibilidad, de compartir encargos... 

En la sociedad actual, la natalidad ha pasado de ser un don a ser un problema que hay que evitar (aborto, anticoncepción), o un objetivo que se quiere conseguir (reproducción asistida). El invierno demográfico sigue avanzando incluso en sociedades como la finlandesa, donde se garantizan todas las ayudas imaginables a la maternidad y paternidad, y a la integración de todos los ámbitos de la vida. El hedonismo y el materialismo están en la raíz de ello. La mujer, de naturaleza más colaborativa, puede revertir esta situación, ayudando al hombre a superar tendencias más individualistas.

Hay modos naturales de vivir y otros, en cambio, que degradan a las personas. Hacer bien la síntesis entre familia y trabajo es un problema de ingenio y de disciplina personal. Aun siendo las mujeres el comodín de la familia, no deberían permitir que el hombre sea el comodón.

La mujer debe ayudar a que el hombre se implique en el hogar, priorizando acertadamente y delegando lo delegable. La mujer puede mostrar al hombre cómo el hogar familiar es su mejor y más importante empresa.

En la empresa

«Mirar al mundo con ojos de mujer» fue el lema de la IV Conferencia Mundial de la Mujer que tuvo lugar en China en 1995. Lo que se estaba pidiendo era introducir criterios más humanos en las distintas instancias de decisión. 

Hoy, el cambio necesario es hacia un modelo en el que hombres y mujeres compartan un proyecto común: construir una sociedad justa, inclusiva, cohesionada y feliz, donde se desarrolle el mejor capital humano y social. El entorno V.U.C.A. (en inglés: Volátil, Incierto, Complejo y Ambiguo), que hoy impregna todos los ámbitos, requiere de una presencia femenina, mucho más flexible, que sepa extrapolar la organización familiar y sus valores al mundo empresarial.

El modelo de empresa que puede aportar la mujer desde una verdadera concepción humanista está mucho más acorde con lo que requieren los tiempos actuales: aplicando una serie de políticas empresariales rediseñadas estructuralmente, para que las empresas encarnen unos valores sólidos que permitan el desarrollo profesional y personal de los que en ella trabajan. Ellas no perciben la participación y la delegación como pérdida de autoridad −lo cual sí sucede con bastantes varones−, sino como parte integrante de su función directiva. Por eso tienden a fomentar el trabajo en equipo entre sus colaboradores.

El estilo directivo en femenino se caracteriza, ante todo, por ser participativo y dar un gran valor al compromiso en las relaciones interpersonales, percibiendo posibles conflictos y afrontándolos con mayor tacto que el varón. La mujer puede aportar la humanización del ambiente de trabajo, el trato amable de las personas y el uso flexible, ad hoc, de los sistemas formales, tantas veces inhumanos, buscando la cooperación y el consenso más que la competición. Por otro lado, la maternidad supone un enriquecimiento no solo personal, sino también para la empresa, porque se desarrollan competencias muy útiles para el trabajo: mayor sensibilidad hacia los demás, capacidad de negociar, de organizarse, delegar... 

En la sociedad

Es tan cierto que las mujeres han estado históricamente infrarrepresentadas, como que ahora hemos pasado a un feminismo ultra excluyente que pretende poco menos que hacer una víctima de cada mujer y un agresor de cada hombre. 

En el entorno social, se ha producido una ocultación de la diferencia sexual bajo la neutralidad del lenguaje, utilizando progresivamente el término «género» cuando se quiere decir «mujer», anulando así la especificidad femenina en la aportación a la comunidad. Pero numerosos estudios avalan que las mujeres han desarrollado más la empatía y la capacidad de utilizar el poder en colaboración.

Recordaba Vandana Shiva, activista medioambiental que recibió en 1993 el Premio al Sustento Bien Ganado, también llamado Premio Nobel Alternativo, que «a las mujeres se les dejó haciendo el trabajo que no era considerado importante pero que eran las cosas reales: proveer el agua y el alimento, y cuidar de la familia. Los valores que necesitamos son los de cómo vivir con la naturaleza, cómo cuidar, cómo compartir. Eso es conocimiento de mujeres. Ahora se le llama inteligencia emocional».

Esas cualidades de la mujer deben hacerse presentes también en el ámbito de la política, donde la especificidad femenina les permite comportarse como líderes compasivos, más que los hombres. Si lo sumamos a su capacidad para tender puentes, derivada de su empatía natural, podemos apreciar cuánto está perdiendo la sociedad que no incluye la voz genuinamente femenina en el gobierno de sus instituciones.

La propia ONU insta a «los Estados Miembros a velar por que aumente la representación de la mujer en todos los niveles de adopción de decisiones de las instituciones y mecanismos nacionales, regionales e internacionales para la prevención, la gestión y la solución de conflictos».

También la mujer conforma redes de apoyo en distintos ámbitos (profesionales, sociales, de amistad), desde los que fortalecer los vínculos entre ellas, a fin de seguir desarrollando sus competencias y poniéndolas al servicio de la comunidad.

En la Iglesia, la mujer ha aportado el «genio» femenino a través de las santas, verdaderas agentes de cambio que, sin tener ningún tipo de poder formal, ejercieron y ejercen una enorme influencia positiva en la sociedad. Si analizamos sus trayectorias, aportan unos valores comunes a todas ellas: unidad de vida, sentido de misión propia, realización personal…

También hoy las que más pueden regenerar la sociedad son mujeres laicas que luchan por vivir la unidad de vida. Ellas construyen Iglesia inyectando oxígeno en su torrente circulatorio, santificando el trabajo cotidiano, santificándose en dicho trabajo y santificando a otros a través del mismo, una nueva vocación refrendada por el Concilio Vaticano II, predicada y extendida por san Josemaría Escrivá desde muchos años antes.

Se cumplen 30 años desde que san Juan Pablo II publicara la carta apostólica Mulieris Dignitatem, documento de referencia en la Iglesia a día de hoy sobre la mujer, donde defiende la lucha de la mujer por sus derechos y por el reconocimiento de su dignidad, pero advierte del peligro de una cierta masculinización, igualarse en todo, arriesgándose a perder su originalidad propia. 

Afirmaba Jutta Burgraff que cada persona tiene una misión original en este mundo. Está llamada a hacer algo grande de su vida, y solo lo conseguirá si cumple una tarea previa: vivir en paz con la propia naturaleza. Se trata de descubrir y desgranar esa misión original, haciéndola operativa con prioridades claras desde la feminidad. ¿Dónde soy insustituible en cada etapa de la vida? ¿Qué puedo delegar? Establecer las prioridades de nuestra vida completa, con todos los roles que nos toca desplegar: madre, hija, esposa, amiga, profesional... Ordenar y gestionar nuestro tiempo según esas prioridades… reconocer que solas no podemos llegar a todo y que habrá que delegar todo lo posible, tanto en casa como en el trabajo.

A modo de conclusión 

La mujer tendrá una función regeneradora mientras no pierda su feminidad y, desde ella, trabaje en todos los ámbitos, desde la ternura, el cuidado, la acogida, aportando su saber estar en los detalles. En la familia, acompañando el crecimiento de cada uno hacia su mejor versión. En la empresa, gestionando los conflictos y suavizando las relaciones. En la política, gracias a su empatía e inteligencia emocional, será más consciente de las necesidades reales de distintos colectivos. En general, ayudará a descubrir carencias y a que se humanicen las estructuras políticas y empresariales, incluyendo los valores familiares como criterios a la hora de legislar. 

En definitiva, la mujer puede ayudar a construir ese marco sociopolítico que permita a cada uno decidir en qué ámbito vital conviene poner más énfasis en las distintas etapas de la vida. 

Tenemos ya incontables ejemplos de mujeres que no están dispuestas a sacrificar su ámbito privado a favor del profesional, o viceversa, y que se están convirtiendo en catalizadoras de todas las transformaciones que esta sociedad necesita. La superwoman de los noventa no es más que una caricatura. Entendemos que en el cambio de cultura que hay que promover deben tener un papel relevante las mujeres que lideran su vida integrando las distintas áreas con cabeza y corazón. Entonces y solo entonces viviremos un nuevo siglo de oro para mujeres y hombres. Si no es así, el siglo será de hierro.

Nuria Chinchilla es profesora y Titular de la Cátedra “Carmina Roca y Rafael Pich-Aguilera” de Mujer y Liderazgo, IESE Business School.

Cristina Moreno es coordinadora de IESE Women in Leadership, IESE Business School.

 

Una universidad de identidad cristiana

Escrito por Alfonso Sánchez-Tabernero

La identidad cristiana de una universidad confiere al trabajo académico una dimensión de aventura épica. En un momento en el que algunos centros de estudios superiores optan por el camuflaje, el repliegue o el formalismo, hay que reivindicar la idea de que profesores y alumnos pueden trabajar juntos para descubrir la verdad de su propia vida y luchar por ese ideal

La idea cristiana de universidad está en el origen mismo de los centros de educación superior[1]. Las primeras universitas magistrorum et scholarium, o comunidades de profesores y estudiantes, surgieron en los siglos XII y XIII como una evolución natural de la tarea educativa que desarrollaban las escuelas catedralicias y monásticas. Las universidades aportaron tres novedades fundamentales: la idea del estudio −la investigación, diríamos ahora− como requisito necesario para avanzar en el descubrimiento de la verdad, la libertad académica y el otorgamiento de grados. Las enseñanzas eran impartidas por las facultades de Artes −o Filosofía−, Derecho −canónico y civil−, Medicina y Teología. 

Las universidades nacieron en Europa, con el propósito prioritario de «buscar la verdad divina y promover la enseñanza»[2]. Luego, en el siglo XVI, llegaron a América y más tarde se expandieron por todo el mundo. A lo largo de ochocientos años han sido capaces de reinventarse sin perder la fidelidad a su idea original. Precisamente, en este equilibrio entre adaptación y respeto a su misión radica la vitalidad y el prestigio de la universidad como institución.

Los centros de educación superior compartían al principio un mismo modelo, con leves variantes: BoloniaOxfordParísCoimbra o Salamanca impartían grados similares, coincidían en su inspiración cristiana y fueron el espejo en el que se miraron las universidades fundadas en las décadas siguientes. Siglos más tarde, la diversidad de planteamientos y de ofertas educativas creció de manera extraordinaria: surgieron universidades omnicomprensivas y otras, en cambio, eligieron un foco temático, como las politécnicas; unas pusieron más énfasis en los grados y otras en los posgrados; los centros procedían de iniciativas públicas o privadas; unos tenían ánimo de lucro y otros no; se consolidaron universidades de tamaño muy variado; y más recientemente, a la enseñanza presencial se han añadido las ofertas online o los modelos mixtos.

La identidad cristiana constituye una gran ventaja
competitiva porque los valores cristianos son tan
atractivos como respetuosos con las opiniones ajenas

También existe ahora una gran pluralidad en los principios configuradores de estas instituciones. A las universidades de inspiración cristiana se han sumado otras que asumen una fe diferente −por ejemplo, el judaísmo o el islam− o que se basan en un ideario no religioso.

Este fugaz repaso de la evolución de las instituciones de educación superior nos lleva −de manera casi inevitable− a plantear una pregunta de particular interés: ¿no será la identidad cristiana un rasgo propio de la universidad del pasado? O, al menos, ¿no deberá moderarse o suavizarse para conseguir una mayor sintonía con la cultura contemporánea?

Identidad y coraje

De hecho, en las últimas décadas no pocas universidades han renunciado a sus raíces cristianas o estas se han convertido en un conjunto de tradiciones o símbolos de carácter meramente ornamental[3]. Podemos constatar, por tanto, que no todo el mundo está dispuesto a caminar contra la corriente. A fin de cuentas, pensarán muchos, los buenos negociantes no se empeñan en vender lo que el público no está dispuesto a comprar.

Me parece que viene al caso un recuerdo personal. En 1994 llegué a un acuerdo con la Universidad de Navarra para reincorporarme a su claustro de profesores. En Pamplona había obtenido los grados de licenciado y doctor. Luego me fui a trabajar a otros lugares, primero a la Universidad del País Vasco y más tarde a la Manchester University. Transcurridos siete años consideré que había acumulado cierta experiencia y que había llegado el momento de regresar a mi alma mater

La ilusión del retorno no escondía una preocupación de fondo. Yo venía de dos buenas universidades públicas, cuyo ideario en ningún caso cuestionaba los valores laicos hoy dominantes. En cambio, reiniciaba mi andadura en una institución que no contemplaba la idea de atemperar o esconder su identidad cristiana, ni siquiera en sus planes a largo plazo. Por esa razón, me planteé si estaba volviendo a un lugar con poco futuro.

Conocía aspectos positivos de la Universidad de Navarra que me atraían y me impulsaban a volver, como la sintonía de sus profesores con el proyecto educativo, el espíritu de equipo, la calidad de sus alumnos o la fortaleza de sus centros de investigación. Sin embargo, no podía obviar los aspectos más problemáticos. Me preguntaba, por ejemplo, si estudiantes de otras culturas desearían formarse en una universidad de inspiración cristiana. Tampoco sabía si otras instituciones de gran prestigio querrían firmar acuerdos de colaboración, o si los empleadores decidirían contratar graduados que libremente asumiesen las grandes propuestas del pensamiento cristiano.

Finalmente, me incorporé a la Universidad de Navarra y comencé a trabajar en su Facultad de Comunicación. Veinticinco años más tarde puedo aclarar públicamente que aquellos temores eran infundados: la Universidad recibe varios miles de solicitudes de admisión cada año; los alumnos internacionales se acercan ya al 30 por ciento del total; la satisfacción de los estudiantes −que medimos todos los años− es muy alta y no ha dejado de crecer; los rankings internacionales más prestigiosos nos ubican entre las cincuenta mejores universidades del mundo en empleabilidad y el Times Higher Education nos sitúa como la tercera mejor de Europa en docencia.

Mi conclusión es que, para una universidad, la identidad cristiana constituye una extraordinaria ventaja competitiva porque los valores cristianos son tan atractivos como respetuosos con las opiniones ajenas. No es preciso recibir el don de la fe para tener en gran estima ideales como el espíritu de servicio, la honradez profesional, la protección de la vida −sobre todo la de los más débiles−, la solidaridad con los que sufren, la veracidad o la protección de la naturaleza.

Impacto del mensaje cristiano

El mensaje cristiano favorece que la universidad esté centrada en los alumnos y ayuda a que los profesores se conviertan en maestros dedicados a motivar y guiar, con una exigencia alentadora[4]. Así, cada estudiante aprovecha al máximo sus capacidades, aprende a saltar obstáculos y descubre que solo será feliz si procura que otras muchas personas también lo sean. Los verdaderos maestros no se conforman con poner medios razonables para conseguir sus objetivos formativos, sino que están comprometidos con el resultado: no dejan de idear nuevas fórmulas para lograr que sus alumnos valoren el extraordinario impacto de su trabajo cuando está planteado como una eficaz palanca al servicio de los demás.

Esa misma idea de servicio fortalece la apuesta por la investigación interdisciplinar e internacional, en la que todos ponen sus conocimientos, métodos y perspectivas a disposición de sus colegas; el fin prioritario no consiste en construir el propio prestigio, sino en lograr hallazgos intelectuales que sean de utilidad para otras personas. De este modo, fácilmente la búsqueda en solitario deja paso al trabajo en equipo, para que la universidad se ubique en la frontera de la ciencia y esté en el origen de los cambios sociales y culturales[5]. De hecho, avanzar con rigor en cualquier ámbito del saber constituye otro modo, aunque no sea tan inmediato, de ayudar a los más desfavorecidos. 

Avanzar con rigor en cualquier ámbito del saber
constituye otro modo, aunque no sea tan inmediato,
de ayudar a los más desfavorecidos

Muchas universidades de inspiración cristiana están promovidas por la Iglesia católica. En ambos casos, como afirma san Juan Pablo II en la constitución apostólica Ex Corde Ecclesiae (1990, §14), «los ideales, las actitudes y los principios católicos penetran y conforman las actividades universitarias según la naturaleza y la autonomía propia de tales actividades»; es decir, la fe se hace cultura y el mensaje cristiano está presente de modo vital. 

Yuxtaposición, subordinación e integración

En mi opinión, la doble identidad −universidad y católica− establece una relación entre los dos términos, que puede ser de yuxtaposición, subordinación o integración[6]. La yuxtaposición implicaría reconocer la existencia de dos realidades independientes, sin que una influya en la otra; en ese caso, lo católico podría concretarse en una oferta de actividades pastorales, añadidas y a la vez ajenas, a la propia vida de la universidad.

La relación de subordinación supondría que uno de los dos términos está al servicio del otro. Por ejemplo, lo universitario se somete a lo católico si la docencia y la investigación se entienden solo como un medio para la evangelización; y sucede lo contrario cuando los objetivos académicos debilitan la vitalidad católica de la institución.

La relación de integración, en cambio, potencia a la vez la cultura institucional y los aspectos académicos, porque las dos identidades conducen al mismo fin: la búsqueda de la verdad. En la práctica, la impronta católica promueve el interés por la verdad sobrenatural y su relación con las verdades naturales; genera una motivación trascendente, que favorece la búsqueda desinteresada del saber; y, en ese proceso intelectual, refuerza la primacía de lo ético sobre lo técnico y de las personas sobre las cosas.

El humanismo cristiano impulsa en cualquier institución la cohesión hacia dentro y la coherencia hacia fuera[7]. Internamente hace posible que la fuerza del proyecto compartido sea mayor que las pequeñas controversias cotidianas, tan propias de la vida académica. La identidad evita también las conductas erráticas: los cambios de liderazgo no implican golpes de timón, sino que añaden nuevas ideas y perspectivas a unos ideales permanentes. Y, en el ámbito externo, muchas personas −graduados, familias de alumnos, colegas, etcétera− pueden confiar y ayudar a las universidades en las que hay una garantía moral de continuidad.

Asumir libremente una identidad cristiana implica también algunas desventajas, como sucede con todas las decisiones relevantes en la vida de las personas y de las instituciones. Elegir siempre exige renunciar. Y cuando preferimos una opción a cualquier otra es imposible contentar a todo el mundo. Los valores cristianos pueden generar prevención o rechazo en potenciales alumnos, empleadores, e, incluso, en instituciones públicas y privadas, aunque la experiencia muestra que muchos de esos prejuicios desaparecen cuando mejora la información, existe un diálogo sincero y se genera un clima de respeto[8]. Mi experiencia me dice, además, que la visita a los campus y el contacto directo con profesionales o alumnos de estos centros ayuda a superar posibles percepciones negativas.

Tres estrategias fallidas

Expresado de otro modo, las universidades de inspiración cristiana deben obtener la máxima ventaja de esa identidad, a la vez que intentan neutralizar los posibles inconvenientes o efectos no deseados[9]. En este terreno hay, al menos, tres maneras de equivocarse. 

La primera es la estrategia formalista, que consiste en establecer unos mecanismos o garantías fijos que en teoría garantizarían la presencia de los valores cristianos.

Un modo clásico de concretar ese modelo consiste en exigir a los empleados −y de modo particular a los profesores− la firma de un documento en el que hacen suyo el ideario de la universidad. La debilidad de este planteamiento proviene de que no siempre se vive lo que se firma, sobre todo si el compromiso asumido garantiza un puesto de trabajo. Existen versiones de mayor contundencia: por ejemplo, en algunos lugares se establece que un porcentaje de profesores de su claustro deben estar bautizados. Sin embargo, acudiendo a un ejemplo extremo, un decano podría ofrecer empleo a un católico que sea un criminal confeso para llegar a ese porcentaje. Y a nadie se le ocurre que contratar a un ladrón que presente su partida de bautismo sea un buen modo de garantizar la identidad cristiana de una institución

El segundo error se podría denominar la estrategia de repliegue. En este caso, los directivos detectan la distancia entre el propio ideario y los valores dominantes de la sociedad y deciden articular una propuesta atractiva solo para las personas que comparten una misma fe. Por tanto, la docencia se dirige a quienes quieren formarse de acuerdo con los principios cristianos; el resto de actividades académicas −investigación, transferencia, relaciones institucionales− se convierten en encuentros entre cristianos, que no necesitan justificar su modo de pensar porque no hay espacio para el pluralismo y el desacuerdo en los valores fundamentales. 

Sin embargo, la estrategia de repliegue es en sí misma contradictoria, porque una parte esencial del mensaje cristiano se refiere a la necesidad de la apertura a los demás, con una propuesta universal realizada para todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. En el fondo, ese repliegue supondría minusvalorar la fuerza y la belleza de la verdad, como advertía hace ya dos décadas san Juan Pablo II (10)[10]; implicaría ausentarse de un debate intelectual por miedo, pereza o irresponsabilidad.

Finalmente, el tercer peligro se puede calificar como la estrategia del camuflaje. Esta opción supone establecer una política de mínimos que, por una parte, garanticen una cierta presencia de la tradición cristiana en la universidad, pero que, a la vez, no molesten a nadie. Se trataría, por tanto, de arrinconar lo que compromete y de mantener algunos signos −por ejemplo, actos o ceremonias en momentos singulares− que se limiten a recordar los orígenes institucionales.

La estrategia del camuflaje acaba convirtiéndose en un elegante modo de claudicar: la universidad renuncia a intentar que el espíritu cristiano vivifique la actividad académica y busca una coartada para que parezca que no ha traicionado sus principios.

En cambio, sí es legítimo que una universidad de inspiración cristiana elija el momento y el lugar de las batallas que desea afrontar, porque cada debate intelectual tiene su contexto y su lugar propio: a veces, lo que conviene hablar en una conversación entre un profesor y un alumno no debe ser sujeto de controversia pública, porque el diálogo útil exige una actitud de apertura y respeto por parte de los interlocutores. También en este caso, el coraje debe ser compatible con la prudencia.

El reflejo de la identidad

La identidad se manifiesta, sobre todo, en el comportamiento, el estilo de trabajo, el espíritu de servicio, la relación entre profesores y estudiantes y la idea de comunidad que comparte proyectos e inquietudes. En este sentido, me parecen inspiradoras las palabras pronunciadas por san Josemaría Escrivá[11] en el Aula Magna de la Universidad de Navarra en 1972. «La universidad −afirmaba nuestro primer Gran Canciller− no puede vivir de espaldas a ninguna incertidumbre, a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres. No es misión suya ofrecer soluciones inmediatas. Pero al estudiar con profundidad científica los problemas, remueve también los corazones, espolea la pasividad, despierta fuerzas que dormitan y forma ciudadanos dispuestos a construir una sociedad más justa».

En efecto, la identidad cristiana confiere al trabajo universitario una dimensión de aventura épica. Profesores y alumnos buscan un ideal que nunca se alcanza del todo: se trata de que cada uno descubra la verdad de su propia vida y decida poner en marcha ese proyecto personal, sin excusas ni retrasos. La tarea puede parecer ardua porque necesariamente implica que los gustos e intereses de cada uno se supeditan al empeño por servir a los demás[12]. Sin embargo, no conozco un enfoque vital más apasionante.

Conviene distinguir qué aspectos de la identidad son
permanentes, porque obedecen a principios
innegociables, y qué cuestiones deben evolucionar

En la universidad, el influjo del humanismo cristiano está vinculado a principios esenciales como la caridad, el servicio, el respeto o la libertad. Con todo, quizás el signo distintivo más evidente de que una institución de educación superior está vivificada por la identidad cristiana sea el clima de esperanza y optimismo. La mirada positiva hacia el futuro es compatible con la experiencia de la injusticia y del sufrimiento en el mundo. La esperanza no procede de la desinformación ni de la ingenuidad, sino de la capacidad de vislumbrar el sentido de esos problemas. También surge y se fortalece al comprender que nuestra generosidad y la de otras muchas personas que comparten los mismos ideales impulsa cambios sociales y culturales tan maravillosos como sorprendentes[13]. De este modo, como señalaba Chesterton[14], el gran maestro de la paradoja, «la alegría, que era la pequeña apariencia del pagano, se convierte en el gigantesco secreto del cristiano».

La magnanimidad es otro indicador relevante de la presencia del humanismo cristiano en la universidad. Para ilustrar esta idea recurriré a otro recuerdo personal, referido a mi maestro, Alfonso Nieto, con quien he compartido el itinerario académico, pues él fue antes que yo catedrático de Empresa Informativa, decano de la Facultad de Comunicación y rector de la Universidad de Navarra. Quienes trabajábamos con él sabíamos que era un inconformista permanente: lo que le planteábamos siempre era insuficiente, considerado poco ambicioso. Él procuraba levantar nuestra mirada, nos impulsaba a llegar más lejos, a buscar nuevos horizontes.

En 2012, a punto de cumplir ochenta años, el profesor Nieto se encontraba en la fase final de un cáncer. Cuando estaba ya muy enfermo, fui a visitarle con la idea −como así sucedió− de que esa sería nuestra despedida. Mi ventaja era que, en esa ocasión, iba con un proyecto grande, que quizás estuviese a la altura de sus expectativas. Le conté que al día siguiente viajaba a Shanghái y Hong Kong para firmar convenios con algunas de las mejores universidades asiáticas. Él me miró con sus ojos claros y brillantes y me contestó con su habitual aire de misterio: «Bien, tocayo, pero no te olvides de Manchuria». Y no añadió nada más.

Tengo la certeza de que lo que Alfonso Nieto quería decir es que nunca hay que dejar de explorar nuevas opciones, que es preciso anticiparse, ir a donde otros todavía no han llegado. Desde entonces, la frase «No te olvides de Manchuria» se ha convertido como en un grito de guerra en el departamento de Empresa que él dirigió: significa que la mediocridad y el conformismo no se conciben en nuestro vocabulario. «No te olvides de Manchuria» es una llamada que nos recuerda que cada día podemos descubrir nuevos modos de mejorar la formación de los estudiantes, nuevas iniciativas para impulsar una investigación de vanguardia, nuevas ideas para servir de manera más eficaz a la sociedad.

Identidad y personas

La identidad cristiana no la hacen las normas o los procedimientos, sino las personas. Por tanto, para que el ideario no sea una aspiración imposible o una formalidad retórica, resulta esencial que el equipo directivo comparta esa misión y se plantee cómo conseguir que el mensaje cristiano vivifique de modo siempre nuevo la tarea universitaria. Después, es preciso que les suceda lo mismo a quienes se incorporen al claustro y a los demás empleados de la universidad. Ellos serán quienes encuentren respuestas adecuadas a los desafíos y dificultades, que nunca faltarán. Además, hay que disfrutar en ese proceso de búsqueda, con poco miedo a fallar y mucha ilusión de acertar.

Conviene distinguir qué aspectos son permanentes, porque obedecen a principios innegociables, y qué cuestiones deben evolucionar, porque corresponden a un contexto cultural determinado. Por ejemplo, los cambios sociales no requieren modificar la fe que se profesa, pero sí el modo de transmitirla. Como advertía la profesora Jutta Burggraf[15], «la fe no solo se comunica con la palabra, sino también con los gestos y con el ambiente de sincero interés por cada alumno. En esta tarea, la autenticidad es imprescindible: […] solo resulta convincente una fe que se transmite desde la propia experiencia de la relación con Cristo». Más sucintamente lo expresa el papa Francisco (16)[16]: «Una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie». 

He tenido la suerte de visitar bastantes campus con proyectos educativos inspirados en los principios cristianos. Quienes llegan por primera vez a esas universidades suelen preguntar: ¿aquí, qué pasa? En el fondo, esa interrogación esconde otra más articulada y compleja, que podría formularse así: ¿por qué aquí la gente sonríe, vive con esperanza, trabaja con pasión y respeto, y tiene afán de servicio? La respuesta es sencilla: esos lugares están iluminados por un mensaje grandioso y cautivador, profundamente humano y abierto a un destino eterno.

Alfonso Sánchez-Tabernero, rector de la Universidad de Navarra 

NOTA: Texto basado en la lección inaugural pronunciada en la Universidad de Piura (Perú) por Alfonso Sánchez-Tabernero el 27 de abril de 2019, en el marco del cincuenta aniversario del centro educativo.

Fuente: Nuestro Tiempo

 

[1] Scott, J. C. (2006). The mission of the university: Medieval to postmodern transformations. The Journal of Higher Education, 77(1), 1-39.

[2] Chaplin, M. (1977). Philosophies of higher education, historical and contemporary. International encyclopedia of higher education (Vol. 7, 3204-3220). San Francisco, Jossey-Bass.

[3] Boeve, L. (2006). The identity of a Catholic university in post-Christian European societies: Four models. Louvain Studies, 31(3/4), 238.

[4] Woodrow, J. (2006). Institutional mission: The soul of Christian higher education. Christian Higher Education, 5(4), 313-327.

[5] Lorda, J. L. (2016). La vida intelectual en la Universidad. Fundamentos, experiencias y libros. Pamplona, EUNSA.

[6] Sánchez-Tabernero, A., y Torralba, J. M. (2018). The University of Navarra’s Catholic-inspired education. International Studies in Catholic Education, 10(1), 15-29.

[7] Romera, L. (2015). Christian Humanism in the Context of Contemporary Culture. Humanism in Economics and Business. Springer, Dordrecht, 33-47.

[8] Mora, J.M. (2012). Universidades de inspiración cristiana: identidad, cultura, comunicación. Romana: Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, 54, 194-220.

[9] Torralba, J. M. (2015). La doble identidad de las universidades de inspiración cristiana según Ex Corde Ecclesiae. Rivista PATH (Pontificia Academia Theologica) 14, 131-150.

[10] Juan Pablo II (1998). Encíclica Fides et Ratio. Roma, 14.IX.1988.

[11] Escrivá, J. (1972). Discurso en la investidura de Doctores Honoris Causa en la Universidad de Navarra. Pamplona, 7.X.1967.

[12] Ocáriz, F. et al (2019). Homenaje a Monseñor Javier Echevarría. Pamplona, EUNSA.

[13] Benedicto XVI (2007). Encíclica Spe Salvi. Roma, 30.XI.2007.

[14] Chesterton, G. K. (2013). Ortodoxia. Barcelona, Acantilado.

[15] Burggraf, J. (2015). La trasmisión de la fe en la sociedad postmoderna. En AA.VV. La trasmisión de la fe en la sociedad postmoderna y otros escritos. Pamplona, Eunsa, 125-146.

[16] Francisco (2013). Exhortación apostólica Evangelii Gaudium. Roma, 24.XI.2013.

 

Más ataúdes que cunas

 

Eurostat, el servicio estadístico de la Unión Europea, publicaba el verano pasado una noticia sobre la población del viejo continente: en conjunto, 2018 ha sido el segundo año consecutivo con nacimientos inferiores a las muertes; el balance negativo se supera –del total de habitantes en 2018, 512,4 millones, a 513,5 en 2019- gracias al flujo migratorio. Existen diferencias entre los diversos países, debidas a enfoques culturales, volumen real de la inmigración y disparidad de políticas familiares. Pero los datos confirman que el declive se acentúa en los países del norte y del este, y en los mediterráneos.

 

La incidencia de políticas públicas favorables a la maternidad parece determinante en las tasas de fecundidad: explican por qué Irlanda consigue el primer puesto, con 12,5 nacimientos por mil habitantes, seguida de Suecia, Francia y Reino Unido, con 11,4, 11,3 y 11. A la cola, Italia con 7,3 de tasa –y un descenso del 2,1% de habitantes en 2018-, precedida por España, Grecia y Portugal, con 7,9, 8,1 y 8,5. La media europea está en 9,7.

 

Más difícil resulta valorar el número de fallecimientos: de nuevo, Irlanda es el país de cabeza (6,4 muertes por cada mil habitantes), seguida de Chipre (6,6) y Luxemburgo (7,1). Italia queda al final, sólo superada por Letonia y Bulgaria, con 15 y 15,4. España se sitúa casi en la media europea, con 9,1, aunque sigue líder en esperanza de vida. La mortalidad no parece depender sólo del sistema de sanidad.

 

Jesús Domingo Martínez

 

 

Padres para un tiempo nuevo

Paternidad (del latín paternus), se refiere a la condición de ser padre o madre. Los casados que tienen un primer hijo acceden a la paternidad, pero, previamente a ese hecho, es importante que estén predispuestos a ella. Deben hacer oídos sordos a algunos comentarios pesimistas, frívolos y jocosos, como, por ejemplo: “cuando llegue tu primer hijo olvídate de dormir”.

Ser padres no es una circunstancia más de la vida, sino la respuesta a una vocación. La paternidad-maternidad trasciende lo biológico; quien es coautor de una vida debe responsabilizarse de que esa vida siga creciendo tanto en lo físico como en lo espiritual y lo moral. Esa tarea es la esencia de la educación familiar.

Educar es promover la autonomía progresiva del hijo, permitiendo que aflore su creatividad. A ello se opone la idea de que educar es modelar. Se cuenta que un niño jugaba habitualmente dibujando polígonos en cualquier espacio de su casa. Un buen día su madre le corrigió con energía: “¡Pitágoras, borra esos garabatos ahora mismo y copia la lección del libro de Geometría; mucho me temo que como sigas pintando esas tonterías nunca serás un hombre de provecho; sólo serás un Don Nadie”.

El concepto de paternidad y maternidad está sujeto a una evolución sociocultural. Inicialmente se consideraba, erróneamente, que la atención y el cuidado de los hijos eran una cuestión exclusiva de sus madres. El role del padre (varón) era más de estatus (mando y gobierno) que de educador; se limitaba a detentar la autoridad (que con frecuencia era autoritarismo), exigir disciplina externa, ser el sostén económico de la familia y proveedor en lo material. Ese padre delegaba su responsabilidad educadora en la madre.

A finales del siglo XX empezó a cambiar la visión de la paternidad (del padre y de la madre) con el paso de la sociedad patriarcal a una sociedad de “igualdad sexual”. Fue un cambio trascendental, ya que “la figura materna tradicional de cohesión familiar a través de los lazos de amor ha de fusionarse con la figura paterna de autoridad, para obtener una figura paterno-materna en la que el padre y la madre se distinguen a la vez que se complementan, constituyendo una auténtica unidad espiritual de amor, autoridad y moral” (Marcela Chavarría).

Pedro García

 

Necesarias reformas mercantiles, fiscales y laborales​​​​​​​

En todo caso, se extiende la convicción de la necesidad de nuevos modelos, hacia un sistema más humano y más respetuoso con el medio ambiente. No faltan quienes ven todo como un cambio de imagen de quienes siguen buscando beneficios frenéticamente. No siempre las palabras están en consonancia con las políticas reales. Pero empuja mucho la joven generación, el ambiente social contra grandes empresas (farmacéuticas, digitales, energéticas), la sensación de que el bienestar de todos no deriva del de los accionistas, y el relativo estancamiento de los salarios. En el caso de EEUU, los líderes se ven forzados a tomar postura ante las elecciones del 2020. Más ordenancista la cultura francesa, estas reivindicaciones están presentes en el proyecto de ley de reforma de la empresa (“Pacte”: plan d’action pour la croissance et la transformation des entreprises).

No se puede olvidar tampoco el problema del encuadre jurídico de los gigantes de Internet, que están alcanzando un poder impensable, carecen de una regulación fiscal adaptada a sus circunstancias, y no acaba de encauzarse el gran problema de la protección de datos, que apenas ha comenzado su iter jurídico. Es un problema en sí, con intentos de regulación en algunos países, pero inseparable de la necesidad de construir una nueva fiscalidad mundial, a la altura de la globalización. No es fácil, como muestra la reacción del presidente Trump ante la tasa establecida en Francia: penalizaría a las grandes compañías americanas (las llamadas GAFA). Y amenaza con represalias contra los vinos franceses…

Apenas señalo grandes cuestiones derivadas de la globalización, que exigirían un liderazgo político que dé alas a la evidente iniciativa, también social, de los empresarios. La clave está en valorar de veras el largo plazo, sin quedarse en objetivos alicortos: en el caso de los políticos, quizá meramente electorales.

Domingo Martínez Madrid

 

 

Día de propósitos

El pasado 31, último día de 2019, me puse a escribir lo siguiente: Cada fin de año nos ofrece la ocasión de hacer balance del tiempo transcurrido y plantear propósitos para el año que empieza. Para los cristianos, inmersos en el tiempo de la Navidad, es una buena oportunidad para pedir perdón por lo que hicimos mal a lo largo del año y dar gracias a Dios por todos los beneficios que recibimos. En este momento la Iglesia recuerda que somos peregrinos en esta tierra y que nuestra esperanza no está en conseguir más bienestar o más seguridad, sino en la plenitud de vida que hace posible Jesucristo. Esto no significa desentendimiento de lo que ocurre a nuestro alrededor, especialmente en la el ámbito de la vida social y política. La propia fe es una invitación constante y perentoria a implicarse en la construcción de un mundo en el que prevalezca la paz, la verdad y la justicia como elementos primordiales para la convivencia fraterna.              

Jesús D Mez Madrid

 

 

Loterías e impuestos: jugar o no jugar  

 

                  El diecisiete de diciembre de 2019 y en mi repaso a los periódicos que consulto en la Red de Internet; me llama la atención un trabajo científico, que un matemático realiza sobre, “las loterías y otros sorteos de los juegos de azar”. Entro en su lectura y me pierdo en explicaciones que tan profusamente dice y demuestra el autor; pero que yo sintetizo y ya lo he hecho otras veces, sobre estos grandes negocios, que en realidad son algo así como, “un inmenso cuento de La lechera”, pero que debido a la idiotez humana, siguen creciendo para contento de los que viven de ello. Pueden ver cuánto sintetizo entrando aquí, si quiere ver todos los pormenores del técnico: https://www.periodistadigital.com/magazine/loterias/20191217/son-probabilidades-reales-toque-gordo-matematico-noticia-689404210983/?fbclid=IwAR1rMsq1LNQu8w_hnt1DcmIX3EZk9F51nnd2NBVPgHbFH3wSPnRB_4iBKIk

                   Se agradece el que un matemático analice y muestre, "los engaños de los juegos de azar"; pero la explicación es más sencilla. Todo, el que inventa un juego de azar, es para él ganar lo máximo que en él se juegue; de ahí que lo monopolicen los Estados. En España, el Estado ya se lleva el 30% del boleto que usted juegue, sea de loterías, “ciegos” de la ONCE, quinielas, etc.; luego, aquí; hay un impuesto del 20% si el que juega, le tocan 2.500 euros y las demás cantidades que le superen; por tanto, el Estado, "casi se lleva la mitad de la cantidad total que se juegue". Sí, que queda, "el idiota señuelo de "los gordos", que es "el cebo o engaño o sicológico", para que la gente juegue; pero el juego también; ES UNA DROGA Y CON EL SE HA CREADO LA PLAGA DE LA LUDOPATÍA; que infinitos idiotas padecen por las ansias de hacerse ricos jugando. Así es que el que juegue que lo piense y juegue o no, pero siempre con sumo cuidado. Yo por ejemplo ya hace muchos años que no juego a las loterías, y a la de Navidad menos que ninguna... sí que juego a la Primitiva, dos euros semanales, "por si las moscas" y convencido que así, pago un impuesto más a mi Estado y "sus muchos aparatos, que muchos de ellos, no nos sirven para nada". ¿Comprenden ahora la propaganda que hacen el Estado y la Organización de Ciegos Españoles para sus loterías? Sencillamente, tienen que mantener, "el vicio y el fabuloso negocio que obtienen; y hacen propaganda, que como en el alcohol, debiera estar prohibida".

                        ¿Qué con estos fabulosos ingresos se hacen obras sociales y que no todo se gasta en “pitos y flautas”? Por descontado que es una realidad, pero discutible como todas, por los pros y contras de tan fabuloso negocio, que reitero, ha creado la LUDOPATÍA y con ello “una terrible enfermedad, en la que ya participan hasta los niños o adolescentes, que faltos de dinero, roban en los propios hogares, para entrar en el juego”. Por todo ello habría que analizar a fondo sus pros y sus contras.

                        Para convencerse de la mentira del juego de azar; no hay que ir al muy viejo de aquellas “ruletas portátiles”, que con el nombre general del, “tío y la tía”, que yo vi de niño en las ferias y verbenas; y donde aquellos vividores, invitaban a la población a jugar en su lotería, con la voz de… ¡El tío y la tía… que siempre toca! Y al decir de ellos mismos no engañaban a nadie, pues siempre tocaba… “ganar o perder”,pero siempre se perdía mucho más que se ganaba, puesto que aquellos “pobres feriantes con aquellos pobres negocios, supongo irían viviendo sin crear mucho mal tras de ellos”, puesto que allí se jugaban céntimos y no “fajos de billetes”.

                        Para valorar lo difícil que es ganar en el juego, simplemente juegue con “uno de los palos de la baraja” (la española en este caso) y como son cuatro los palos (espadas, copas, oros y bastos); separe las diez cartas de uno de ellos; colócalas boca abajo para no verlos, muévalos suficientemente, y luego “juegue una moneda a uno de los números, o dos; incluso tres; y vaya separando lo que gana de lo que pierde; verá los resultados “si no hace trampas”; ya verá como la “imaginaria banca engorda, mientras su bolsillo adelgaza”. Pues bien, piense que juega según el caso, contra nueve, ocho o siete cartas. Piense que la lotería nacional o de los “ciegos españoles”; tiene cien mil números; ¿es deducible lo imposible de los grandes premios, o no? Con este simple ensayo de un simple juego de azar, se demuestra lo que es “el negocio de los juegos”.

                        Si nos vamos a “los grandes casinos internacionales”; en Mónaco, tengo entendido que sus súbditos habitantes o ciudadanos;  no pagan impuestos, puesto que el casino de Montecarlo, genera los suficientes para mantener “el principado, príncipe y corte correspondientes”; demostración fehaciente de lo que renta el juego “a lo grande”. Sepamos igualmente que la mafia norteamericana, creó el imperio del juego, que hoy son “Las vegas”, enorme ciudad que se mantiene, precisamente por los ingresos que deja el juego.

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                    

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http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes