Las Noticias de hoy 1 Febrero 2021

Enviado por adminideas el Lun, 01/02/2021 - 12:00

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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 01 de febrero de 2021       

Indice:

ROME REPORTS

El Papa: Jesús habla con autoridad divina. ¡Escuchémosle!

El Papa instituye la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores

El Papa: Quien no sigue el Concilio no está con la Iglesia

DESPRENDIMIENTO Y VIDA CRISTIANA: Francisco Fernandez Carbajal

“Renueva la alegría de luchar”: San Josemaria

'Sine sole sileo': cansancio y descanso (I): Wenceslao Vial - Carlos Ayxelà

Educar para la vida: A. Villar

Defender a la familia: José Ramón Losana

 IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO:

+ Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

JUAN PABLO II A LAS FAMILIAS

Francisco invita a invocar a San José, protector de la familia, en este «tiempo de gran dificultad»

La bendición de Dios ilumina, protege y besa todas las cunas, pero no las nivela: Plinio Corrêa de Oliveira

 Año de San José, el padre de Jesús: Juan José Corazón Corazón

   En 2020, el triunfo de la unión: LAS VACUNAS: José Manuel Belmonte

 Vivir con esperanza en tiempos difíciles: Silvia del Valle Márquez

¿Votar en conciencia?: Domingo Martínez Madrid

Invita a soñar con un mundo nuevo: Jesús Martínez Madrid

Eutanasia sin argumentos: José Morales Martín

Pensiones para pobres, mendigos y para privilegiados: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

El Papa: Jesús habla con autoridad divina. ¡Escuchémosle!

La enseñanza de Jesús tiene la misma autoridad de Dios que habla. Su palabra obra lo que dice, porque Él es el profeta definitivo, es más, es el Verbo mismo de Dios hecho hombre. Lo dijo el Papa Francisco a la hora del Ángelus dominical. El Maestro, señaló el Pontífice, “predica con autoridad propia, como alguien que tiene una doctrina que procede de sí mismo, y no como los escribas que repetían tradiciones anteriores y leyes recibidas”.

Jesús "predica y sana". Es por ello que el Papa Francisco insistió, una vez más, en que llevemos siempre un Evangelio con nosotros. Desde la Biblioteca del Palacio Apostólico Vaticano, el Papa Francisco guio la oración mariana del Ángelus, en el último domingo de enero. En su reflexión del Evangelio del día (Mc 1,21-28), que “relata un día típico del ministerio de Jesús”, el Santo Padre destacó dos elementos característicos de la acción de Jesús: la predicación, y la obra taumatúrgica de sanación.

El relato evangélico dice que el sábado, día dedicado al descanso y a la oración, Jesús lee y comenta las Escrituras en la sinagoga de Cafarnaúm. “Su manera de hablar atrae a los presentes, - dijo el Papa - que quedan asombrados porque demuestra una autoridad diferente a la de los escribas”. Pero, además, “Jesús se revela poderoso también en las obras”. Así es que, “cuando un hombre en la sinagoga se vuelve contra él, llamándole el Santo de Dios, Jesús reconoce el espíritu maligno, le ordena que salga de ese hombre y lo expulsa”.

Aquí vemos los dos elementos característicos de la acción de Jesús: la predicación y la obra taumatúrgica de sanación. Predica y sana. Ambos aspectos se destacan en el pasaje del evangelista Marcos, pero el que más sobresale es el de la predicación; el exorcismo se presenta para confirmar la "autoridad" singular de Jesús y su enseñanza.

Jesús predica con autoridad propia, su palabra “obra lo que dice”

El Maestro “predica con autoridad propia, como alguien que tiene una doctrina que procede de sí mismo, y no como los escribas que repetían tradiciones anteriores y leyes recibidas”. Ellos, dijo el Papa, “repetían palabras, palabras, sólo palabras, como cantaba la gran Mina; eran así. Sólo palabras. En cambio, Jesús, la palabra tiene autoridad, Jesús tiene autoridad. Y esto toca el corazón”.

La enseñanza de Jesús tiene la misma autoridad de Dios que habla; de hecho, con una sola orden libera fácilmente al poseído del maligno y lo cura. ¿Por qué? Porque su palabra obra lo que dice. Porque Él es el profeta definitivo.

La pregunta que planteó el Papa fue: ¿por qué digo que Él es el profeta definitivo? Y explicó:

Recordamos la promesa de Moisés: Moisés dice "después de mí, más adelante, vendrá un profeta como yo - ¡como yo! – a quien escucharán". (cfr. Dt 18,15) Moisés anuncia a Jesús como el último profeta. La enseñanza de Jesús tiene la misma autoridad de Dios que habla; de hecho, con una sola orden libera fácilmente al poseído del maligno y lo cura. Por eso no habla con autoridad humana, sino con autoridad divina, porque tiene el poder de ser el profeta definitivo, es decir, el Hijo de Dios que nos salva, nos sana a todos.

El objetivo de Jesús: vencer el mal presente en el hombre y en el mundo

“La predicación de Cristo tiene como objetivo vencer el mal presente en el hombre y en el mundo”: este es el segundo aspecto mencionado por el Papa, es decir, el de las curaciones. Francisco subrayó cómo la palabra de Jesús “apunta directamente contra el reino de satanás, lo pone en crisis y lo hace retroceder, obligándolo a dejar el mundo”. Así, “el hombre poseído, tras la orden del Señor, es liberado y transformado en una nueva persona”.

Además, la predicación de Jesús pertenece a una lógica opuesta a la del mundo y del maligno: sus palabras se revelan como la alteración de un orden incorrecto de las cosas.

Las expresiones del diablo que estaba presente en el poseído, que “grita cuando Jesús se acerca: «¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a arruinarnos?», indican, señaló el Santo Padre, “la total diferencia entre Jesús y satanás”:

Están en planos completamente diferentes; no hay nada en común entre ellos; son uno opuesto al otro.

En el Evangelio está la fuerza de la Palabra de Dios, llevémoslo siempre con nosotros

Y es que “Jesús” que “atrae a la gente con su autoridad” es también “el profeta que libera, el profeta prometido que es el Hijo de Dios que cura”. Por eso, el Santo Padre este domingo instó a que “escuchemos, nosotros, las palabras de Jesús que son de autoridad”. Y para ello, aconsejó, una vez más, llevar “siempre un pequeño Evangelio” con nosotros:

¡Siempre, no lo olviden! Lleven un pequeño Evangelio en el bolsillo o en el bolso, para leerlo durante el día, para escuchar esa palabra de autoridad de Jesús. Después, todos tenemos problemas, todos tenemos pecados, todos tenemos enfermedades espirituales; pedirle a Jesús: "Jesús, tú eres el profeta, el Hijo de Dios, el que fue prometido para sanarnos. Cúrame". Pedir a Jesús la sanación, de nuestros pecados, de nuestros males.

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31/01/2021

Ángelus del 31 de enero de 2021

 

Así, al finalizar su reflexión, el Papa Francisco nos guio a la figura de la Virgen María que “guardó siempre en su corazón las palabras y los gestos de Jesús, y lo siguió con total disponibilidad y fidelidad”. Y elevó su oración para que Ella “nos ayude también a nosotros a escucharlo y seguirlo, para experimentar en nuestra vida los signos de su salvación”.

Tras rezar el Ángelus, el Santo Padre anunció la institución de la Jornada Mundial de los Abuelos y los Mayores, prevista para el cuarto domingo de julio, cerca de la memoria litúrgica de los santos Joaquín y Ana, abuelos de Jesús. Asimismo, recordando la Jornada Mundial de los Enfermos de Lepra que conmemoramos hoy, desde hace 60 años, pidió a los responsables de las naciones trabajar para su tratamiento y para su inclusión social.  También un grupo de jóvenes de la Acción Católica estuvo junto al Papa al final del Ángelus, en la conclusión de su tradicional encuentro la "Caravana de la Paz", que, como él mismo dijo, "pesar de la emergencia sanitaria, también este año -con la ayuda de los padres y educadores y de los sacerdotes asistentes- han promovido esta bonita iniciativa".

El Papa instituye la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores

En sus palabras tras el rezo del Ángelus, en este domingo 31 de enero, el Santo Padre Francisco anunció la institución de la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores, a celebrarse el cuarto domingo de julio, cerca de la memoria litúrgica de los santos Joaquín y Ana, abuelos de Jesús.

Un anuncio que toca el corazón de todos: el Papa Francisco, tras la oración mariana del Ángelus, instituyó, en este domingo 31 de enero la celebración, en toda la Iglesia, de la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores, a partir de este año 2021, el cuarto domingo de julio, cerca de la memoria litúrgica de los santos Joaquín y Ana, abuelos de Jesús:

Pasado mañana, 2 de febrero, celebraremos la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo, cuando Simeón y Ana, ambos ancianos, iluminados por el Espíritu Santo, reconocieron a Jesús como el Mesías. El Espíritu Santo sigue suscitando hoy pensamientos y palabras de sabiduría en los ancianos: su voz es preciosa porque canta las alabanzas de Dios y custodia las raíces de los pueblos. Nos recuerdan que la vejez es un don y que los abuelos son el eslabón entre generaciones, para transmitir a los jóvenes la experiencia de la vida y la fe. Los abuelos son a menudo olvidados y nosotros olvidamos esta riqueza de custodiar las raíces y transmitirlas. Por ello, he decidido instituir la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores, que se celebrará en toda la Iglesia todos los años el cuarto domingo de julio, cerca de la fiesta de los santos Joaquín y Ana, los "abuelos" de Jesús. Es importante que los abuelos se encuentren con los nietos y que los nietos se encuentren con los abuelos, porque -como dice el profeta Joel- los abuelos ante los nietos soñarán, tendrán ilusiones [grandes deseos], y los jóvenes, tomando fuerza de sus abuelos, irán hacia adelante, profetizarán. Y precisamente el 2 de febrero es la fiesta del encuentro de los abuelos con sus nietos.

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31/01/2021

El Papa: los mayores y los abuelos, el "nosotros" que hace renacer la humanidad

El cardenal Farrell, Prefecto del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, en un comunicado difundido señala que este “es el primer fruto del Año Familia Amoris Laetitia, un don para toda la Iglesia destinado a permanecer a lo largo de los años. La pastoral de las personas mayores es una prioridad inaplazable para toda comunidad cristiana”.

“En la Encíclica Fratelli tutti, - continúa - el Santo Padre nos recuerda que nadie se salva solo. En esta perspectiva es necesario atesorar la riqueza espiritual y humana que se fue transmitiendo a lo largo de las generaciones”.

El Prefecto señala, asimismo, que el Dicasterio ya ha organizado el primer Congreso Internacional de Pastoral de las Personas mayores, y, con el anuncio de hoy, se sienten “aún más comprometidos en trabajar para eliminar la cultura del descarte y valorar los carismas de los abuelos y las personas mayores”.  

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31/01/2021

En los sueños de los ancianos está el futuro de la sociedad

Con motivo de la 1ª Jornada Mundial, que significativamente tendrá lugar en el corazón del Año Familia Amoris Laetitia, el Papa Francisco presidirá la misa vespertina del domingo 25 de julio, respetando la situación sanitaria, en la basílica de San Pedro. Además, a medida que se acerque la Jornada, el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida anunciará las iniciativas adicionales que la acompañarán.

A partir de ahora, el Dicasterio invita a las parroquias y diócesis de todo el mundo a encontrar formas de celebrar la Jornada a nivel local que se adapten a su propio contexto pastoral

El Papa: Quien no sigue el Concilio no está con la Iglesia

Un discurso contundente y con amplios añadidos fue el que el Papa dirigió esta mañana a quienes colaboran con la Oficina Nacional de Catequesis en el 60° aniversario de su nacimiento. Francisco insistió en la necesidad de actuar, recordando que el Concilio es el Magisterio de la Iglesia y que debe ser seguido. E invitó a la Iglesia italiana a dar inicio a un Sínodo nacional

Adriana Masotti – Ciudad del Vaticano

La ocasión de la audiencia del Papa Francisco a quienes sostienen la Oficina de Catequesis de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI) es el 60° aniversario del inicio de la actividad del organismo destinado a ayudar a la Iglesia italiana precisamente en el ámbito de la catequesis después del Concilio Vaticano II. Un aniversario no sólo sirve de recordatorio, sino que también es una oportunidad para "renovar el espíritu del anuncio" – les dijo el Papa en su discurso – razón por la cual quería les manifestó su intención de "compartir tres puntos que espero puedan ayudarlos en el trabajo de los próximos años".

Jesús en el corazón de la catequesis

El primer punto es: catequesis y kerygma. "La catequesis es el eco de la Palabra de Dios", dijo Francisco, y a través de la Sagrada Escritura proclamada, cada persona entra a formar parte de "la misma historia de salvación" y con su propia singularidad "encuentra su propio ritmo". Y subrayó que el corazón del misterio de la salvación es el kerygma, y que el kerygma es una persona: Jesucristo. La catequesis, por tanto, debe "propiciar un encuentro personal con Él" y, por tanto, no puede hacerse sin relaciones personales.

“No existe una verdadera catequesis sin el testimonio de hombres y mujeres de carne y hueso. ¿Quién de nosotros no recuerda al menos a uno de sus catequistas? Yo lo recuerdo. Recuerdo a la religiosa que me preparó para mi primera comunión y que me hizo tanto bien. Los primeros protagonistas de la catequesis son ellos, mensajeros del Evangelio, a menudo laicos, que se ponen en juego con generosidad para compartir la belleza de haber encontrado a Jesús. ¿Quién es el catequista? Es el que guarda y alimenta la memoria de Dios; la guarda en sí mismo – es un recordador de la historia de la salvación – y sabe despertar esta memoria en los demás. Es un cristiano que pone esta memoria al servicio del anuncio; no para ser visto, no para hablar de sí mismo, sino para hablar de Dios, de su amor, de su fidelidad”

El anuncio es el amor de Dios en el lenguaje del corazón

A continuación, el Papa indicó algunas características que debe poseer el anuncio hoy, y es que sepa revelar el amor de Dios, antes que toda obligación moral y religiosa; que no se imponga, sino que tenga en cuenta la libertad; que sea testigo de la alegría y la vitalidad. Para ello el que evangeliza debe expresar "cercanía, apertura al diálogo, paciencia, acogida cordial que no condena".

Y hablando del catequista, Francisco añadió de paso que "la fe debe transmitirse en dialecto", explicando que se refería al "dialecto de la cercanía", el dialecto que entienden las personas a las que se dirige:

“Me conmueve tanto ese pasaje de los Macabeos, sobre los Siete Hermanos. Dos o tres veces dijeron que su madre los apoyaba hablándoles en dialecto. Es importante: la verdadera fe debe transmitirse en dialecto. Los catequistas deben aprender a transmitirlo en dialecto, es decir, ese lenguaje que sale del corazón, que nace, que es el más familiar, el más cercano a todos. Si no hay dialecto, la fe no se transmite totalmente ni bien”

El Concilio no debe ser negociado

El segundo punto que indicó el Papa Francisco fue la catequesis y el futuro. Recordando el 50° aniversario del documento "La renovación de la catequesis", con el que la Conferencia Episcopal Italiana reconoció las indicaciones del Concilio, celebrado el año pasado, Francisco citó unas palabras del Papa Pablo VI en las que invitaba a la Iglesia italiana a mirar con gratitud al Concilio, del que decía "será el gran catecismo de los nuevos tiempos" y observaba que la tarea constante de la catequesis es "comprender estos problemas que surgen del corazón del hombre, para reconducirlos a su fuente oculta: el don del amor que crea y salva." Por ello, Francisco reiteró que la catequesis inspirada en el Concilio debe estar "siempre con el oído atento, siempre atenta a la renovación". Y sobre el tema del Concilio añadió una amplia reflexión:

“El Concilio es el Magisterio de la Iglesia. O estás con la Iglesia y por lo tanto sigues el Concilio, y si no sigues el Concilio o lo interpretas a tu manera, a tu voluntad, no estás con la Iglesia. Debemos ser exigentes y estrictos en este punto. No, el Concilio no debería ser negociado para tener más que estos... No, el Concilio es así. Y este problema que estamos viviendo, de selectividad del Concilio, se ha repetido a lo largo de la historia con otros Concilios. A mí me hace pensar tanto en un grupo de obispos que después del Vaticano I se fueron, un grupo de laicos, grupos allí, para continuar la "verdadera doctrina" que no era la del Vaticano I. "Nosotros somos los verdaderos católicos"... Hoy ordenan mujeres. La actitud más estricta de custodiar la fe sin el Magisterio de la Iglesia, te lleva a la ruina. Por favor, nada de concesiones a los que intentan presentar una catequesis que no está de acuerdo con el Magisterio de la Iglesia”

La catequesis siempre escucha al hombre

La catequesis, dijo además el Papa retomando la lectura del discurso que había preparado, debe renovarse para influir todos los ámbitos de la pastoral. Y recomendó:

“No debemos tener miedo de hablar el lenguaje de las mujeres y de los hombres de hoy. Sí, hablar la lengua fuera de la Iglesia: de esto, debemos tener miedo. No debemos tener miedo de hablar el lenguaje de la gente. No debemos tener miedo de escuchar sus preguntas, independientemente de las que sean, sus preguntas no resueltas, de escuchar sus fragilidades y sus incertidumbres: de esto no tenemos miedo. No debemos tener miedo de desarrollar nuevos instrumentos”

Redescubrir el sentido de la comunidad

La catequesis y la comunidad representan el tercer punto, un punto de especial relevancia en una época en la que, a causa de la pandemia, se ha visto crecer el aislamiento y el sentimiento de soledad.

“El virus ha socavado el tejido vivo de nuestros territorios, sobre todo los existenciales, alimentando temores, sospechas, desconfianza e incertidumbre. Ha socavado las prácticas y los hábitos establecidos y, por tanto, nos hace repensar nuestro ser comunitario. También nos ha hecho comprender que sólo juntos podemos avanzar, cuidando unos de otros. Hay que redescubrir el sentido de comunidad”

Una catequesis que acompaña y acaricia

Repitiendo lo que dijo en la Congreso eclesial de Florencia, el Papa Francisco reiteró su deseo de una Iglesia "cada vez más cercana a los abandonados, a los olvidados, a los imperfectos", una Iglesia alegre que "comprenda, acompañe y acaricie." Y esto, continuó, “también se aplica a la catequesis”. Y exhortó a la creatividad para un anuncio centrado en el kerygma, “que mire al futuro de nuestras comunidades, para que estén cada vez más enraizadas en el Evangelio, fraternas e inclusivas".

Que la Iglesia italiana inicie un Sínodo nacional

Finalmente, cinco años después del Congreso de Florencia, el Santo Padre invitó a la Iglesia en Italia a iniciar un proceso sinodal a nivel nacional, comunidad por comunidad, diócesis por diócesis. En el Congreso de Florencia está precisamente la intuición del camino a seguir en este Sínodo. Ahora, retómenlo: es el momento. Y comiencen a caminar".

 

 

DESPRENDIMIENTO Y VIDA CRISTIANA

— La presencia de Jesús en nuestra vida puede significar, alguna vez, perder algo temporal. Jesús vale más.

— Todas las cosas deben ser medios que nos acerquen a Cristo.

— Desprendimiento. Algunos detalles.

I. Nos dice San Marcos en el Evangelio de la Misa1 que llegó Jesús a la región de los gerasenos, una tierra de gentiles, al otro lado del lago de Genesaret. Allí, nada más dejar la barca, le salió al encuentro un endemoniado que, postrado ante Él, gritaba: ¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, hijo de Dios Altísimo? Te pido por Dios que no me atormentes. Porque Jesús le estaba diciendo: Espíritu inmundo, sal de este hombre. Jesús le preguntó por su nombre, y él respondió: Me llamo Legión, porque somos muchos. Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella región. Cerca del lugar donde ellos se encontraban pacía una gran piara de cerdos.

La aparición del Mesías lleva consigo la derrota del reino de Satanás, que por eso muestra su resistencia de modo tan acentuado en numerosos pasajes del Evangelio. Como en los demás milagros, cuando Jesús expulsa a los demonios pone de relieve su poder redentor. El Señor se presenta siempre en la vida de los hombres librándolos de los males que les oprimen: Pasó haciendo el bien y sanando a todos los que habían caído bajo el poder del diablo2, dirá San Pedro en el discurso ante Cornelio y su familia, resumiendo esta y otras muchas expulsiones de demonios que hizo el Señor.

Aquí los demonios hablan por boca de este hombre y se quejan de que Jesús haya venido a destruir su reino en la tierra. Y le piden quedarse en aquel lugar. Por eso quieren entrar en los cerdos. Era también, quizá, una manera de perjudicar y de vengarse de aquellas gentes, y de alborotarlas contra Jesús. El Señor accede, con todo, a la petición de los demonios. Entonces, la piara corrió con ímpetu por la pendiente hacia el mar y pereció en el agua. Los porqueros huyeron y dieron la noticia en la ciudad y en el campo. Y la gente fue a ver lo que había pasado.

San Marcos nos indica expresamente que eran alrededor de dos mil los cerdos que se ahogaron. Debió de significar una gran pérdida para aquellos gentiles. Quizá sea el rescate pedido a este pueblo por librar a uno de los suyos del poder del demonio: han perdido unos cerdos, pero han recuperado a un hombre. Y este endemoniado, este hombre «rebelde y dividido, con dominio miserable de una multitud de espíritus impuros, ¿no ofrece por ventura algún parecido con un tipo humano que no es ajeno a nuestro tiempo? En todo caso, el alto costo pagado por la liberación de aquel hombre, la hecatombe de la piara de los dos mil cerdos ahogados en las aguas del mar de Galilea, tal vez sea el índice del elevado precio que tiene el rescate del hombre pagano contemporáneo. Un costo valorable también en riquezas que se pierden; un rescate cuyo precio es la pobreza del que generosamente intenta redimirle. La pobreza real de los cristianos quizá sea el valor que Dios haya fijado por el rescate del hombre de hoy. Y vale la pena pagarlo (...); un solo hombre vale mucho más que dos mil cerdos»3, vale más que todo el mundo creado con sus riquezas y sus maravillas.

Sin embargo, sobre estas gentes pesa más el daño temporal que la liberación del endemoniado. En el cambio de un hombre por unos cerdos se inclinan por estos, por los cerdos. Ellos, al ver lo que había pasado, rogaron a Jesús que se marchara de su país. Cosa que el Señor hizo enseguida.

La presencia de Jesús en nuestras vidas puede significar, alguna vez, perder la ocasión de un buen negocio, porque no era del todo limpio, o por no poder competir con los mismos medios ilícitos que nuestros colegas..., o, sencillamente, porque quiere que ganemos su corazón con nuestra pobreza. Y siempre nos pedirá el Señor, para permanecer junto a Él, un desprendimiento efectivo de los bienes, una pobreza cristiana real, que señale con claridad la primacía de lo espiritual sobre lo material, y del fin último –la salvación, la nuestra y la del prójimo– sobre los fines temporales del bienestar humano.

II. Le pidieron a Jesús que se alejase de su región. No incurramos nosotros jamás en la aberración de decir a Jesús que se aleje de nuestra vida, porque por manifestarnos como cristianos perdamos en alguna circunstancia un cargo público, un puesto de trabajo, o debamos sufrir un perjuicio material de cualquier clase. Al contrario, hemos de decirle muchas veces al Señor, con las palabras que el sacerdote pronuncia en secreto antes de la Comunión en la Santa Misa: fac me tuis semper inhaerere mandatis, et a te numquam separari permittas: haz que cumpla siempre tus mandatos y no permitas que me separe nunca de Ti. Es preferible estar con Cristo sin nada, que estar sin Él y tener todos los tesoros del mundo juntos. «Bien sabe la Iglesia que solo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente con solo los elementos humanos»4.

Todas las cosas de la tierra son medios para acercarnos a Dios. Si no sirven para eso, no sirven ya para nada. Más vale Jesús que cualquier negocio, más que la vida misma. «Si destierras de ti a Jesús y lo pierdes, ¿a dónde irás?, ¿a quién buscarás por amigo? Sin amigo no puedes vivir mucho; y si no fuere Jesús tu especialísimo amigo, estarás triste y desconsolado»5. Perderás mucho en esta vida, y todo en la otra.

Los primeros cristianos, y muchos hombres y mujeres a lo largo de los siglos, han preferido el martirio antes que perder a Cristo. «Durante las persecuciones de los primeros siglos, las penas habituales eran la muerte, la deportación y el exilio.

»Hoy, a la prisión, a los campos de concentración o de trabajos forzados, a la expulsión de la propia patria, se han unido otras penas menos llamativas pero más sutiles: no es ya una muerte sangrienta, sino una especie de muerte civil; no solo la segregación en una prisión o en un campo, sino la restricción permanente de la libertad personal o la discriminación social (...)»6. ¿Seremos nosotros capaces de perder, si fuera necesario, la honra o la fortuna, a cambio de permanecer con Dios?

Seguir a Jesús no es compatible con todo. Hay que elegir, y renunciar a todo lo que sea un impedimento para estar con Él. Para eso, debemos tener muy enraizada en el alma una clara disposición de horror al pecado, pidiendo al Señor y a su Madre que aparten de nosotros todo lo que nos separe de Él: «Madre, líbranos a tus hijos –a cada una, a cada uno– de toda mancha, de todo lo que nos aparte de Dios, aunque tengamos que sufrir, aunque nos cueste la vida»7. ¿Para qué queremos el mundo entero si perdiéramos a Jesús?

III. «Y que entre los moradores de aquella región había gentes necias –comenta San Juan Crisóstomo– bien claro se ve por el desenlace de todo este episodio. Porque cuando debían haberse postrado en adoración y admirar su poder, le mandaron recado suplicándole que se marchara de sus términos»8. Jesús fue a visitarles y no supieron comprender quién estaba allí, a pesar de los prodigios que había hecho. Esta fue la mayor necedad de estas gentes: no reconocer a Jesús.

El Señor pasa cerca de nuestra vida todos los días. Si tenemos el corazón apegado a las cosas materiales no le reconoceremos; y hay muchas formas, algunas muy sutiles, de decirle que se vaya de nuestros dominios, de nuestra vida, ya que nadie puede servir a dos señores, porque o tendrá aversión al uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas9.

Conocemos por propia experiencia el peligro que corremos de servir a los bienes terrenos, en sus múltiples manifestaciones de deseo desordenado de mayores bienes, aburguesamiento, comodidad, lujo, caprichos, gastos innecesarios, etc.; y vemos también lo que ocurre a nuestro alrededor: «Muchos hombres parecen guiarse por la economía, de tal manera que casi toda su vida personal y social está como teñida de cierto espíritu materialista»10. Piensan que su felicidad está en los bienes materiales y se llenan de ansiedad por conseguirlos.

Nosotros debemos estar desprendidos de todo cuanto tenemos. De este modo, sabremos utilizar todos los bienes de la tierra según lo dispuesto por Dios, y tendremos el corazón en Él y en los bienes que nunca se agotan. El desasimiento hace de la vida un sabroso camino de austeridad y eficacia. El cristiano ha de examinar con frecuencia si se mantiene vigilante para no caer en la comodidad, o en un aburguesamiento que no se compagina de ninguna forma con ser discípulo de Cristo; si procura no crearse necesidades superfluas; si las cosas de la tierra le acercan o le separan de Dios. Siempre podemos y debemos ser parcos en las necesidades personales, frenando los gastos superfluos, no cediendo a los caprichos, venciendo la tendencia a crearse falsas necesidades, siendo generosos en la limosna.

También podemos considerar hoy en nuestra oración si estamos dispuestos a tirar lejos de nosotros lo que nos estorbe para acercarnos a Cristo, como hizo Bartimeo, aquel ciego que pedía limosna en las afueras de Jericó11.

El Señor vale infinitamente más que todos los bienes creados. No ocurrirá en nuestra vida como en la de aquellos gerasenos: toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verle, le rogaron que se alejara de su región12. Nosotros, por el contrario, digámosle, con las palabras de la oración de San Buenaventura para después de la Comunión: que Tú seas siempre (...) mi herencia, mi posesión, mi tesoro, en el cual esté siempre fija y firme e inconmoviblemente arraigada mi alma y mi corazón13. Señor, ¿a dónde iría yo sin Ti?

1 Mc 5, 1-20. — 2 Hech 10, 38. — 3 J. Orlandis, La vocación cristiana del hombre de hoy, Rialp, 2ª ed., Madrid 1964, p. 186. — 4 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 41. — 5 T. Kempis, Imitación de Cristo, II, 8, 3. — 6 Juan Pablo II, Meditación-plegaria, Lourdes, 14-VIII-1983. — 7 A. del Portillo, Carta 31-V-1987, n. 5. — 8 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 28, 3. — 9 Mt 6, 24. — 10 Conc. Vat. II, loc. cit., 63. — 11 Cfr. Mc 10, 50. — 12 Mt 8, 34. — 13 Misal Romano, Oración para la acción de gracias de la Comunión.

 

 

“Renueva la alegría de luchar”

En algunos momentos te agobia un principio de desánimo, que mata toda tu ilusión, y que apenas alcanzas a vencer a fuerza de actos de esperanza. –No importa: es la hora buena para pedir más gracia a Dios, y ¡adelante! Renueva la alegría de luchar, aunque pierdas una escaramuza. (Surco, 77)

1 de febrero

Con monótona cadencia sale de la boca de muchos el ritornello, ya tan manido, de que la esperanza es lo último que se pierde; como si la esperanza fuera un asidero para seguir deambulando sin complicaciones, sin inquietudes de conciencia; o como si fuera un expediente que permite aplazar sine die la oportuna rectificación de la conducta, la lucha para alcanzar metas nobles y, sobre todo, el fin supremo de unirnos con Dios.

Yo diría que ése es el camino para confundir la esperanza con la comodidad. En el fondo, no hay ansias de conseguir un verdadero bien, ni espiritual, ni material legítimo; la pretensión más alta de algunos se reduce a esquivar lo que podría alterar la tranquilidad -aparente- de una existencia mediocre. Con un alma tímida, encogida, perezosa, la criatura se llena de sutiles egoísmos y se conforma con que los días, los años, transcurran sine spe nec metu, sin aspiraciones que exijan esfuerzos, sin las zozobras de la pelea: lo que importa es evitar el riesgo del desaire y de las lágrimas. ¡Qué lejos se está de obtener algo, si se ha malogrado el deseo de poseerlo, por temor a las exigencias que su conquista comporta! (Amigos de Dios, nn. 206-207)

 

'Sine sole sileo': cansancio y descanso (I)

En este editorial, en dos entregas, se abordan algunas cuestiones en torno a la fatiga y el descanso, que forman parte de nuestra vida de hijos de Dios.

OTROS29/12/2016

Una de las inscripciones clásicas que decoran los relojes de sol recuerda, con una sencillez desarmante, algo que parece una obviedad: «Sine sole sileo –sin el sol me callo»[1]. Solemos pasar de largo ante las evidencias, y sin embargo muchas veces se esconden en ellas principios fundamentales para la vida: como un reloj de sol se convierte, sin la luz del día, en una simple pieza decorativa, o una planta puede llegar a marchitarse por falta de iluminación, también los ideales que Dios ha puesto en nuestro corazón podrían languidecer e incluso esfumarse si nos faltara la luz del descanso.

San Josemaría solía decir que, para las personas del Opus Dei, el trabajo es «una enfermedad crónica, contagiosa, incurable y progresiva»[2]. Dios cuenta con la tarea constante y esforzada de los cristianos, mano a mano con tanta gente honrada, para llevar el mundo hacia Él. Pero necesita que, como parte de esa tarea, nos cuidemos, porque el esfuerzo del día a día nos desgasta, y necesitamos rehacernos. «Tu cuerpo es como un borrico –un borrico fue el trono de Dios en Jerusalén– que te lleva a lomos por las veredas divinas de la tierra: hay que dominarlo para que no se aparte de las sendas de Dios, y animarle para que su trote sea todo lo alegre y brioso que cabe esperar de un jumento»[3].

QUIEN ESTÁ FÍSICAMENTE AGOTADO PERCIBE QUE LA CABEZA Y EL CORAZÓN NO LE RESPONDEN, SE LE EMBOTAN; Y QUIEN PADECE CANSANCIO PSICOLÓGICO, FÁCILMENTE SOMATIZA ESA FATIGA.

Existen, a grandes rasgos, dos tipos de cansancio: el físico y el psicológico[4]. Están entrelazados, porque la persona humana es una unidad de cuerpo, mente y espíritu. Por eso, un tipo de cansancio suele influir en el otro, y agudizarlo, generando pequeñas –o no tan pequeñas– espirales de fatiga: quien está físicamente agotado percibe que la cabeza y el corazón no le responden, se le embotan; y quien padece cansancio psicológico, fácilmente somatiza esa fatiga: la sufre en forma de dolencias o desgaste corporal que acentúan su cansancio interior. Esta segunda espiral es especialmente sutil, y conviene prestarle atención, porque podría pasar desapercibida a quien la padece, y a quienes le rodean. Sin aprensiones, es necesario verla venir, porque la mejor cura es la prevención, y hay dificultades en la vida que no se deben a la falta de entrega o de interés sino, fundamentalmente, al cansancio.

En este editorial, en dos entregas, se abordarán algunas cuestiones en torno a la fatiga y el descanso, que forman parte de nuestra vida de hijos de Dios: «Él, perfectus Deus, perfectus Homo –perfecto Dios y perfecto Hombre–, que tenía toda la felicidad del Cielo, quiso experimentar la fatiga y el cansancio, el llanto y el dolor..., para que entendamos que ser sobrenaturales supone ser muy humanos»[5].

 

Aprender a no agotarse

Hay circunstancias de la vida que pueden resultar especialmente desgastantes para una persona, sobre todo porque habitualmente se deben hacer compatibles con el curso normal de las demás cosas. La enfermedad de un familiar, el nacimiento de un nuevo hijo, un período especialmente exigente en el estudio o en el trabajo, una acumulación de problemas de distinto orden… Esas situaciones, sobre todo si se alargan, requieren defender tiempos o modos de descanso, aunque sean pequeños, para evitar que el desgaste deje un rastro duradero o se convierta en cansancio crónico. El apoyo de quienes rodean a una persona en esta situación es decisivo, pero también lo es su prontitud para pedir ayuda, porque a veces los demás pueden no ser conscientes de la medida en que algo le está agotando.

LA PRIMERA Y MEJOR MANERA DE DESCANSAR, PUES, ES APRENDER A NO CANSARSE EXCESIVAMENTE, A NO AGOTARSE.

Cuando se descubre un descosido en un vestido, muchas veces es crucial cambiarse enseguida y esperar a arreglarlo, para que el descosido no se haga mayor, o el tejido no se rompa. La primera y mejor manera de descansar, pues, es aprender a no cansarse excesivamente, a no agotarse; y para eso es necesario dejar momentáneamente en manos de otros la primera línea del frente, aunque pueda costarnos. Esto no significa escatimar esfuerzos ni volverse rígidos: significa simplemente reconocer los propios límites, y también, a veces, desprenderse un poco de los resultados de nuestro trabajo. Dios quiere que nos gastemos por amor, no que nos desgastemos de modo que el amor se extinga por derrumbe del edificio, como sucede a la casa construida sobre arena (cfr. Mt 7,24-27). «Decaimiento físico. –Estás... derrumbado. –Descansa. Para esa actividad exterior. –Consulta al médico. Obedece, y despreocúpate. –Pronto volverás a tu vida y mejorarás, si eres fiel, tus apostolados»[6].

La sabiduría popular aconseja no dejar para mañana lo que podamos hacer hoy, porque es un hecho que a veces retrasamos decisiones, gestiones, iniciativas, por simple pereza de acometerlas. Sin embargo, tan importante es leer esta frase del derecho como del revés; junto a la diligencia para hacer las cosas, es bueno decirse también: «deja para mañana lo que no puedas hacer hoy»; no cargues el hoy de más de lo que puedes hacer, y no dejes para mañana el descanso que necesitas hoy. El libro de la Sabiduría lo expresa con decisión: «Hijo, no te ocupes de muchos asuntos; si te desbordan, no estarás falto de culpa; por más que corras no los alcanzarás, y aunque huyas no te podrás escapar de ellos» (Si 11,10). «A mí, escribía San Josemaría, siempre me quedan cosas para el día siguiente. Hemos de llegar a la noche, después de un día lleno de trabajo, con faena de sobra para la siguiente jornada. Hemos de llegar a la noche cargados, como borriquillos de Dios»[7].

Por eso, a la hora de asumir tareas, es importante distinguir la disponibilidad –actitud de servicio, de apertura a lo que nos puedan pedir– de una responsabilidad excesiva, por la que intentamos responder a más de lo que realmente podemos abarcar. En esto, como en todo, conviene dar con un equilibrio; no se trata de hacerse impermeables a los imprevistos, frecuentes en la vida de todos los días, pero tampoco de dejar –en la medida en que podamos evitarlo– que la vida entera sea un gran imprevisto.

Medir las propias fuerzas

Existen personas muy atentas y capaces a las que cuesta mucho decir que no a determinadas peticiones: a veces prefieren ocuparse de una tarea, aunque vean que no tienen tiempo o energías para acometerla, a disgustar o quedar mal con una negativa; otras veces la asumen porque saben, no por presunción sino porque les consta, que pueden resolver el asunto mejor que otras personas. También hay quien, porque es sensible a los problemas de los demás, tiende a cargar con demasiados de ellos; o quien, porque tiene una mirada atenta y profunda a los detalles, no logra concluir las tareas, de modo que se le amontonan, formando una montaña que le agobia. Unos y otros quizá miden mal sus fuerzas, y les sucede como a un carro sobrecargado: de poco sirve la potencia de los caballos si los ejes del carro se deforman por el peso; si en un primer momento logran girar, acabarán por deformarse o romperse.

EN EL TRABAJO ES NECESARIO DISTINGUIR LA GENEROSIDAD DE LA PRODIGALIDAD, POR LA QUE UNO DA MÁS DE LO QUE DEBE, Y SE INCAPACITA PARA SEGUIR DANDO.

Entre quienes se toman en serio su trabajo suele darse, en mayor o menor medida, alguno de estos rasgos; y se puede producir a veces un efecto perverso que acentúa el cansancio: cuando uno raramente da su negativa, y procura trabajar bien, los demás tienden a pedirle más favores; algunos, porque se aprovechan de su buena fe; otros, porque no son conscientes –a veces no pueden serlo– de la carga que arrastra. Cuando el cansancio empieza a hacerse notar, esta persona estalla quizá, o responde con enfado, irritada con el mundo, para el asombro de los demás: como cada cual sabía únicamente del favor que le había pedido, y solo ella llevaba el peso del conjunto, su reacción les resulta incomprensible. Y así, alguien con una disposición sincera a ayudar puede volverse un poco amargo y solitario. También aquí rige la sabiduría del Sirácide: «hay quien trabaja, se fatiga y se esfuerza, y, sin embargo, es tanto más menesteroso» (Si 11,11). En el trabajo es necesario distinguir la generosidad de la prodigalidad, por la que uno da más de lo que debe, y se incapacita para seguir dando: el presente no tiene que hacernos perder de vista el futuro, también el más cercano.

Leer los signos del cansancio

Es necesario aprender a leer, en nosotros y en los demás, los signos del cansancio. No todo el mundo se cansa por los mismos motivos, ni con los mismos tiempos. Pero los síntomas tienen parecidos: bajan las defensas de la personalidad, y las limitaciones del carácter se hacen más salientes. Una persona cansada tiende a ver las cosas con más pesimismo del que le es propio: quien habitualmente es de talante optimista, por ejemplo, reaccionará con una apatía extraña en él. A quien tiene una tendencia a preocuparse se le multiplicarán los motivos de inquietud, paralizándole, y habrá que ayudarle a ver que en ese momento no ve las cosas con objetividad. Quien quizá es habitualmente manso reaccionará con una brusquedad que quizá en otro sería simplemente un rasgo habitual del carácter.

Si una persona tiene a su lado, en esos momentos de cansancio en los que la vista se nubla un poco, una mano amiga que le aconseja con atención, sin paternalismo, procurando ayudarle a conocerse, irá aprendiendo a leer ella misma los signos de su cansancio, y a descansar o a pedir un cambio de ritmo antes de agotarse. «–¿Que te da todo igual? –No quieras engañarte (…) No te da todo igual: es que no eres incansable..., y necesitas más tiempo para ti: tiempo que será también para tus obras, porque, a última hora, tú eres el instrumento»[8].

Una muestra de amistad fina es ayudar a los demás, enseñarles con simpatía –sin condescendencia, poniéndose a su lado–, a decir que no a ciertas peticiones, sin cargarse por ello de remordimientos; a descartar proyectos que se les puedan ocurrir, si no es realista acometerlos; a aplicar la proporcionalidad y dejar quizá algunas cosas menos acabadas de lo que querrían; a ver que, más allá de lo que tienen entre manos en ese momento, o de los nuevos frentes que se les ocurren, está su deber de descansar.

En las últimas décadas se han hecho cada vez más frecuentes los casos de burnout (estar quemado) o estrés profesional, que suelen afectar a profesionales de áreas de servicio: médicos, enfermeras, profesores, sacerdotes… Se trata de personas que viven con pasión su profesión –porque no hay nada tan apasionante como dedicarse a servir a otras personas– pero que se ven arrolladas por las constantes demandas que reciben desde fuera y desde dentro: como le sucede a un cable eléctrico que recibe tantas señales de sus múltiples conexiones, que acaba por quemarse. Los tres signos del burnout son el sentimiento de vacío, el agotamiento y la sobrecarga. Para prevenir estas situaciones, y ayudar a tiempo, conviene prestar atención a las características de las personas: es proclive al burnout quien tiene rasgos de hiperresponsabilidad, perfeccionismo, inseguridad, autoexigencia; quien tiene unas expectativas irreales.

El ambiente de trabajo

NO SOLO EL EXCESO DE TRABAJO PUEDE PROVOCAR UN BURNOUT: LO DESENCADENA TAMBIÉN SU ESCASEZ, O EL HECHO DE QUE NO SE ENCUENTRE SENTIDO AL TRABAJO, PORQUE UNO SE SIENTE INÚTIL.

Conviene prestar atención también al ambiente laboral o la institución: cómo se distribuyen las tareas, cómo se descansa, cuáles son los incentivos o recompensas, cómo es la formación permanente del personal. El descuido en estos aspectos ambientales, o la tendencia a dar excesivas responsabilidades a personas jóvenes, sin dedicar tiempo a la formación adecuada, o sin hacerles notar lo positivo que hacen, es un factor de riesgo. No solo el exceso de trabajo puede provocar un burnout: lo desencadena también su escasez, o el hecho de que no se encuentre sentido al trabajo, porque uno se siente inútil, o percibe que no se valora su trabajo. El sentido, además, es algo que debe crecer dentro de cada persona: no basta con recordarlo sin más desde fuera, como no bastan muchas veces unos golpecitos de ánimo en la espalda.

Aunque resulta obvio decir que las personas son muy distintas, la velocidad de la vida puede hacer que a veces se dedique poco tiempo y energías a valorar lo que podemos esperar de ellas. Hay, por ejemplo, personas muy capaces de resolver cuestiones imprevistas, a veces frecuentes en las organizaciones. Se diría que incluso se divierten; son como los deportistas a quienes les gusta el riesgo: el imprevisto les saca de la rutina, les descansa. Hay otras personas, en cambio, que necesitan más estabilidad, porque no se mueven tan cómodamente en el corto plazo: lo que a otros les descansa, a ellos les agota. En ese sentido, es importante que quienes ocupan cargos de responsabilidad en las organizaciones procuren evitar que una persona, a lo mejor muy capaz, tenga un tipo de tarea que le produce un desgaste excesivo. La mayoría de la gente tiene una cierta flexibilidad, y a veces las limitaciones se podrán paliar con la experiencia, y con algunos consejos, pero otras veces será preferible buscar a otra persona para ese encargo. Todos los trabajos tienen sus sinsabores, y a veces no queda otra posibilidad que adaptarse, pero cuando una persona está en su sitio, rinde más, y descansa más.

A veces la situación de sobrecarga no se debe al cansancio autoinducido por asumir demasiadas tareas o gestionarlas mal, sino a algunas deficiencias de la organización, por las que una persona tiene que cargar con más trabajo del razonable, quizá porque son demasiadas las personas que pueden encargarle cosas. Aunque es importante que ella misma hable con sus superiores para ajustar las cargas, una parte importante de la responsabilidad de dirección consiste también en darse cuenta de esas situaciones: es necesario cuidar de la gente, para que no se rompan; no solo pensando en la eficacia de la organización, sino también en la felicidad de cada uno y de sus familias. Otras veces la situación no tiene fácil arreglo, porque persona y empresa son una misma cosa, o porque pesa sobre la persona el liderazgo de un proyecto que tiene su propia lógica, a veces un poco tiránica, y que dificulta reponer fuerzas.

Un cansancio feliz

En algunas ocasiones el cansancio puede tener su origen en la frustración de quien no ha aceptado que no siempre se cumplen nuestras expectativas sobre las cosas y las personas. «El problema no es siempre el exceso de actividades, sino sobre todo las actividades mal vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad que impregne la acción y la haga deseable. De ahí que las tareas cansen más de lo razonable, y a veces enfermen. No se trata de un cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho y, en definitiva, no aceptado»[9].

Hay quien se desgasta «por sostener proyectos irrealizables y no vivir con ganas lo que buenamente podrían hacer. Otros, por no aceptar la costosa evolución de los procesos y querer que todo caiga del cielo. Otros, por apegarse a algunos proyectos o a sueños de éxitos imaginados por su vanidad»[10]. El choque de nuestras pequeñas esperanzas con la realidad puede ser signo y oportunidad para buscar una vez más nuestro descanso en una esperanza más grande[11]. «O Crux, ave spes unica! –¡Salve!, oh Cruz, esperanza única», reza el himno Vexilla Regis[12]. El verdadero descanso reside en el abandono en Dios, en abrazar las palabras de Jesús al Padre: «en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). El abandono, que «es desear las cosas buenas, poner los medios para lograrlas y después, si no salen, quedarse en las manos de Dios diciendo: seguiré trabajando para que salgan»[13].

Pero «¿y si la Cruz fuera el tedio, la tristeza? –Yo te digo, Señor, que, Contigo, estaría alegremente triste»[14]. Incluso cuando nos fatiguemos porque no supimos descansar a tiempo, o a causa de nuestra limitación, se trata de redescubrir y saborear el fondo de felicidad que prometen esas palabras del Señor para los cansados, que hoy son unos, y mañana otros… porque ¿quién no se cansa a veces en el camino de la vida?: «venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera» (Mt 11,28-30).

Wenceslao Vial - Carlos Ayxelà


[1] San Josemaría quiso que se grabara esta inscripción en un reloj de sol del jardín de Villa delle Rose, una casa de retiros en Castelgandolfo, Roma.

[2] San Josemaría, Carta 15-X-1948, n. 14 (citado en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, III, Rialp, Madrid 2003, 429, nota 118).

[3] San Josemaría, Amigos de Dios, 137.

[4] Cfr. F. Sarráis, Aprendiendo a vivir: el descanso, Pamplona, Eunsa, 2011.

[5] San Josemaría, Forja, 290.

[6] San Josemaría, Camino, 706.

[7] San Josemaría, Carta 15-X-1948, 10.

[8] San Josemaría, Camino, 723.

[9] Francisco, Evangelii Gaudium (24-XI-2013), 82.

[10] Ibidem.

[11] Cfr. Benedicto XVI, Enc. Spe Salvi (30-XI-2007), 30-31.

[12] Este himno se reza en la Liturgia de las horas, desde la semana de Pasión, y durante la Semana santa.

[13] San Josemaría, notas de una reunión familiar, 15-IV-1974.

[14] Forja, 252.

Educar para la vida

"Querer bien a los hijos es ponerles en situación de alcanzar dominio sobre sí mismos: hacer de ellos personas libres". Nuevo texto de la colección "Textos sobre la familia".

FAMILIA13/10/2011

​Foto: tejvanphotos.

Formar a la gente joven es una tarea entusiasmante: labor que Dios mismo ha delegado fundamentalmente en los padres. Trabajo delicado y fuerte, paciente y alegre, no exento de perplejidades, que lleva tantas veces a dirigirse al Señor, en busca de luz.

Educar es obra de artista que quiere llevar a plenitud las potencialidades que residen en cada uno de sus hijos: ayudar a descubrir la importancia de preocuparse por los demás, enseñar a ser creadores de relaciones auténticamente humanas, a vencer el miedo al compromiso... Capacitar, en definitiva, a cada una y a cada uno para que pueda responder al proyecto de Dios sobre sus vidas.

 

​Foto: tejvanphotos.

 

Al mismo tiempo que siempre habrá dificultades ambientales y aspectos mejorables, San Josemaría anima a los padres a mantener el corazón joven, para que les sea más fácil recibir con simpatía las aspiraciones nobles e incluso las extravagancias de los chicos.

La vida cambia, y hay muchas cosas nuevas que quizá no nos gusten –hasta es posible que no sean objetivamente mejores que otras de antes–, pero que no son malas: son simplemente otros modos de vivir, sin más trascendencia. En no pocas ocasiones, los conflictos aparecen porque se da importancia a pequeñeces, que se superan con un poco de perspectiva y sentido del humor [1].

Partimos de que en la difícil tarea de educar siempre podremos mejorar, y de que no hay educación perfecta: hasta de los errores se aprende. Merece la pena dedicar tiempo a actualizar nuestra formación con un objetivo claro: educamos para la vida.

Autoridad y libertad

Cuando los padres, confundiendo felicidad con bienestar, centran sus esfuerzos en procurar que sus hijos tengan de todo, que lo pasen lo mejor posible y que no sufran ninguna contradicción, se olvidan de que lo importante no es sólo querer mucho a los hijos –eso ya suele darse– sino quererlos bien. Y, objetivamente, no es un bien para ellos que se encuentren todo hecho, que no tengan que luchar.

La lucha y el esfuerzo que comporta son imprescindibles para crecer, para madurar, para apropiarse de la existencia personal y dirigirla con libertad, sin sucumbir acríticamente a cualquier influencia externa.

 

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El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que ignorar la situación real del hombre, su naturaleza herida, da lugar a graves errores en la educación [2]. Contar con el pecado original y con sus consecuencias –debilidad, inclinación al mal y por tanto necesidad de luchar contra uno mismo, de vencerse– es indispensable para formar personas libres.

Un niño o un joven, abandonado a los gustos e inclinaciones de su naturaleza, desciende por un plano inclinado que termina por anquilosar las energías de su libertad. Si esa tendencia no se contrarresta con una exigencia adecuada a cada edad, que provoque lucha, tendrán después serias dificultades para realizar un proyecto de vida que merezca la pena.

Querer bien a los hijos es ponerles en situación de alcanzar dominio sobre sí mismos: hacer de ellos personas libres. Para ello, es innegable la necesidad de marcar límites e imponer reglas, que no sólo cumplan los hijos, sino también los padres.

Educar es también proponer virtudes: abnegación, laboriosidad, lealtad, sinceridad, limpieza..., presentándolas de forma atractiva, pero a la vez sin rebajar su exigencia. Motivar a los hijos para que hagan las cosas bien, pero sin exagerar, sin dramatizar cuando llegan los fracasos, enseñándoles a sacar experiencia. Animarles a ambicionar metas nobles, sin suplirles en el esfuerzo. Y, sobre todo, es necesario fomentar la autoexigencia, la lucha; una autoexigencia que no debe presentarse como un fin en sí misma, sino como un medio para aprender a actuar rectamente con independencia de los padres.

El niño, el joven, todavía no comprende el sentido de muchas obligaciones. Para suplir su natural falta de experiencia necesita apoyos firmes: personas que, habiendo ganado su confianza, le aconsejen con autoridad. Necesita, en concreto, apoyarse en la autoridad de los padres y de los profesores, que no pueden olvidar que parte de su papel es enseñar a los hijos a desenvolverse con libertad y responsabilidad.

Como decía san Josemaría, los padres que aman de verdad, que buscan sinceramente el bien de sus hijos, después de los consejos y de las consideraciones oportunas, han de retirarse con delicadeza para que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios [3].

La autoridad de los padres ante los hijos no viene de un carácter rígido y autoritario; se basa más bien en el buen ejemplo: en el amor que se tienen los esposos, en la unidad de criterio que los hijos ven en ellos, en su generosidad, en el tiempo que les dedican, en el cariño –cariño exigente– que les muestran, en el tono de vida cristiana que dan al hogar; y también, en la claridad y confianza con que se les trata.

Esta autoridad debe ejercitarse con fortaleza, valorando lo que es razonable exigir en cada edad y situación; con amor y con firmeza; sin dejarse vencer por un cariño mal entendido, que podría conducir a evitar disgustar a los hijos por encima de todo y que, a la larga, provocaría una actitud pasiva y caprichosa.

 

Se esconde una gran comodidad —y a veces una gran falta de responsabilidad— en quienes, constituidos en autoridad, huyen del dolor de corregir, con la excusa de evitar el sufrimiento a otros (...) [4]. Son los padres los que deben guiar, conjugando autoridad y comprensión. Dejar que los caprichos de los hijos gobiernen la casa indica a veces la comodidad de evitar situaciones incómodas.

Con paciencia, conviene hacerles ver cuándo han obrado mal. Así se va formando también su conciencia, no dejando pasar las oportunidades de enseñar a distinguir el bien del mal, lo que se debe hacer y evitar. Con razonamientos adecuados a su edad, se irán dando cuenta de lo que agrada a Dios y a los demás, y del porqué.

Madurar supone salir de uno mismo, y esto comporta sacrificios. El niño, al principio, está centrado en su mundo ; crece en la medida en que comprende que él no es el centro del universo, cuando comienza a abrirse a la realidad y a los demás.

Esto conlleva aprender a sacrificarse por sus hermanos, a servir, a cumplir sus obligaciones en la casa, en la escuela y con Dios; implica también obedecer; renunciar a los caprichos; procurar no disgustar a sus padres... Es un itinerario que nadie puede recorrer solo. La misión de los padres es sacar lo mejor de ellos, aunque a veces duela un poco.

Con cariño, con imaginación y fortaleza, se les debe ayudar a ganar una personalidad sólida y equilibrada. Con el tiempo, también los hijos comprenderán con más hondura el sentido de muchos comportamientos, prohibiciones o mandatos de sus padres, que entonces podían parecer algo arbitrarios; se llenarán de agradecimiento, también por aquellas palabras claras o momentos de más severidad –no fruto de la ira, sino del amor– que entonces les hicieron sufrir. Además, habrán aprendido ellos mismos a educar a las generaciones futuras.

Educar para la vida

Educar es preparar para la vida, una vida que ordinariamente no está exenta de dificultades: habitualmente hay que esforzarse para alcanzar cualquier objetivo en el ámbito profesional, humano o espiritual. ¿Por qué entonces ese miedo a que los hijos se sientan

frustrados cuando les falta algún medio material?

Tendrán que aprender lo que cuesta ganarse la vida y convivir con personas de mayor inteligencia, fortuna, o prestigio social; afrontar carencias y limitaciones, materiales o humanas; asumir riesgos, si quieren acometer empresas que merezcan la pena; y vérselas con el fracaso, sin que esto provoque el derrumbamiento personal.

El afán de allanarles el camino, para impedir el más mínimo tropiezo, lejos de causarles un bien, les debilita y les incapacita para afrontar las dificultades que encontrarán en la universidad, en el trabajo o en la relación con los demás. Sólo se aprende a superar obstáculos afrontándolos.

No hay ninguna necesidad de que los hijos posean de todo, ni de que lo posean al momento cediendo a sus caprichos. Al contrario, deben aprender a renunciar y a esperar: ¿no es verdad que en la vida hay muchas cosas que pueden esperar y otras que necesariamente deben esperar ? En efecto, Benedicto XVI sostiene que “no debemos depender de la propiedad material; debemos aprender la renuncia, la sencillez, la austeridad y la sobriedad” [5].

Un exceso de protección, que aleje al hijo de cualquier contrariedad, le deja indefenso ante el ambiente; esta actitud proteccionista contrasta radicalmente con la verdadera educación.

El término educar deriva de las voces latinas e-ducere e-ducare . La primera etimología está relacionada con la acción de suministrar valores que conducen al pleno desarrollo de la persona. La segunda es indicativa de la acción de extraer de ella lo mejor que puede dar de sí misma, al modo que hace el artista cuando extrae del bloque de mármol una bella escultura. En cualquiera de las dos acepciones, la libertad del educando juega un papel decisivo.

En vez de mantener una actitud proteccionista, es conveniente que los padres faciliten a los hijos la oportunidad de tomar decisiones y asumir sus consecuencias, de modo que puedan resolver sus pequeños problemas con esfuerzo. En general, conviene promover situaciones que favorezcan su autonomía personal, objetivo prioritario de cualquier tarea educativa. Al mismo tiempo, hay que tener en cuenta que esa autonomía debe ser proporcional a su capacidad de ejercerla; no tendría sentido dotarles de unos medios económicos o materiales que no saben todavía emplear con prudencia; ni dejarles solos ante el televisor o navegando en internet; como tampoco sería lógico ignorar en qué consisten los videojuegos que tienen.

Educar en la responsabilidad es la otra cara de educar en la libertad. El afán por justificar todo lo que hacen dificulta que se sientan responsables de sus equivocaciones, privándoles de una valoración real de sus actos y, como consecuencia, de una fuente indispensable de conocimiento propio y de experiencia. Si, por ejemplo, en vez de ayudarles a asumir un bajo rendimiento escolar, se echa la culpa a los profesores o a la institución académica, se irá formando en ellos un modo irreal de enfrentarse con la vida: sólo se sentirían responsables de lo bueno, mientras que cualquier fracaso o error sería causado desde fuera.

Se alimenta de ese modo una actitud habitual de queja, que echa siempre la culpa al sistema o a los compañeros de trabajo; o una tendencia a la autocompasión y a la búsqueda de compensaciones que conduce a la inmadurez.

Educar siempre

Todos estos planteamientos no son específicos de la adolescencia o de etapas especialmente intensas en la vida de un hijo. Los padres –de un modo o de otro– educan siempre. Sus actuaciones nunca son neutras o indiferentes, aunque los hijos tengan pocos meses de vida. Precisamente no es nada extraña la figura del

 

pequeño tirano

, el niño de 4 a 6 años que impone en casa la ley de sus caprichos, desbordando la capacidad de los padres para educarlo.

Pero los padres no sólo educan siempre sino que además deben educar para siempre . De poco serviría una educación que se limitara a resolver las situaciones coyunturales del momento, si olvidara su proyección futura. Está en juego dotarles de la autonomía personal necesaria. Sin ella quedarían a merced de todo tipo de dependencias. Unas más visibles, como las relacionadas con el consumismo, el sexo, o la droga; y otras más sutiles, pero no por ello menos importantes, como las procedentes de algunas ideologías de moda.

 

​Foto: juicyrai.

 

Hay que tener en cuenta que el tiempo que los hijos permanecen en el hogar familiar es limitado. Es más, incluso durante ese periodo, el tiempo que transcurren al margen de los padres es muy superior al de convivencia real con ellos. Pero ese tiempo es preciosísimo. Muchas personas se encuentran hoy con serias dificultades para estar con sus hijos y, ciertamente, ésta es una de las causas de algunas situaciones que hemos descrito.

Efectivamente, cuando se ve poco a los hijos, se hace mucho más difícil exigirles: en primer lugar porque se ignora lo que hacen y no se les conoce bien; y también porque se puede hacer muy cuesta arriba amargar con incómodas exigencias los escasos momentos de convivencia familiar. Nada puede suplir la presencia en el hogar.

Confianza

La autoridad de los padres depende mucho del cariño efectivo que perciben los hijos. Se sienten verdaderamente queridos cuando ordinariamente se les presta atención e interés, y cuando ven que se hace lo posible por dedicarles tiempo.

En este contexto se les puede ayudar con autoridad y con acierto: cuando se conocen sus preocupaciones, las dificultades que atraviesan con el estudio o con las amistades, los ambientes que frecuentan; cuando se sabe en qué emplean su tiempo; cuando se ve cómo reaccionan, qué les alegra o les entristece; cuando detectamos sus victorias o derrotas.

Los niños, los adolescentes y los jóvenes necesitan hablar sin miedo con sus padres. ¡Cuánto se adelanta en su formación cuando hemos conseguido que haya comunicación y diálogo con nuestros hijos! San Josemaría así lo aconsejaba: Aconsejo siempre a los padres que procuren hacerse amigos de sus hijos. Se puede armonizar perfectamente la autoridad paterna, que la misma educación requiere, con un sentimiento de amistad, que exige ponerse de alguna manera al mismo nivel de los hijos.

Los chicos —aun los que parecen más díscolos y despegados— desean siempre ese acercamiento, esa fraternidad con sus padres. La clave suele estar en la confianza: que los padres sepan educar en un clima de familiaridad, que no den jamás la impresión de que desconfían, que den libertad y que enseñen a administrarla con responsabilidad personal.

Es preferible que se dejen engañar alguna vez: la confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se avergüencen de haber abusado, y se corrijan; en cambio, si no tienen libertad, si ven que no se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar siempre [6].

Hay que alimentar constantemente este ambiente de confianza, creyendo siempre lo que digan, sin recelos, no permitiendo nunca que se cree una distancia tan grande que se haga difícil de cerrar.

La ayuda de profesionales de la educación en los colegios o instituciones a los que asisten nuestros hijos puede ser de gran ayuda: en la tutoría o preceptuación los chicos pueden recibir una formación personal valiosísima. Pero esta labor de asesoramiento no debe quitar el protagonismo a los padres. Y esto supone tiempo, dedicación, pensar en ellos, buscar el momento adecuado, aceptar sus formas, dar confianza...

Conviene apostar fuerte por la familia; sacar tiempo de donde parece no haberlo, y aprovecharlo al máximo. Supone mucha abnegación y no pocas veces implicará sacrificios grandes, que en algunos casos podrían incluso afectar a la posición económica. Pero el prestigio profesional bien entendido forma parte de algo más amplio: el prestigio humano y cristiano, en el que el bien de la familia se sitúa por encima de los éxitos laborales. Los dilemas, a veces aparentes, que puedan darse en este campo, se deben resolver desde la fe y en la oración, buscando la voluntad de Dios.

La virtud de la esperanza es muy necesaria en los padres. Educar a los hijos produce muchas satisfacciones, pero también sinsabores y preocupaciones no pequeñas. No hay que dejarse llevar por sentimientos de fracaso, pase lo que pase. Al contrario, con optimismo, con fe y con esperanza, se puede recomenzar siempre. Ningún esfuerzo será vano, aunque pueda parecer que llega tarde o no se vean los resultados.

La paternidad y la maternidad no terminan nunca. Los hijos están siempre necesitados de la oración y del cariño de sus padres, también cuando ya son independientes. Santa María no abandonó a Jesús en el Calvario. Su ejemplo de entrega y sacrificio hasta el final puede iluminar esta apasionante tarea que Dios encomienda a las madres y a los padres. Educar para la vida: tarea de amor.

A. Villar


[1] San Josemaría, Conversaciones , n. 100.

[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica , n. 407.

[3] San Josemaría, Conversaciones, n. 104.

[4] San Josemaría, Forja, n. 577

[5] Benedicto XVI, audiencia 27 de mayo de 2009

[6] San Josemaría, Conversaciones, n. 100.

Defender a la familia

Foto: ISTOCK Ampliar foto

Por José Ramón Losana

La familia, especialmente en España, es la institución más valorada por los ciudadanos con indiferencia de su estatus social. También es el fundamento y origen de cualquier civilización, el núcleo de solidaridad más intenso, el ámbito de formación y educación de la persona y en donde los valores fundamentales de tolerancia, de generosidad, de servicio, de respeto a la libertad y a la dignidad de los seres humanos, son adquiridos.

La familia es también el garante del desarrollo armónico, sostenible de nuestra sociedad. Todos debemos proteger, defender y promocionar la familia. Deben facilitarse los recursos económicos necesarios para que cada proyecto familiar pueda ser una realidad gozosa, que no quiere decir fácil, ni cómoda, ni ajena a problemas y renuncias. Cuando decidimos crear una familia no podemos hacerlo en un marco hostil, en una sociedad indiferente a la familia y mucho menos en ausencia de una legislación positiva para ésta.


La familia, como institución, requiere una protección económica real y justa y, hoy más que nunca, precisa también protección jurídica.


Evidentemente hablo de la familia natural, basada en el matrimonio de un hombre con una mujer, contraído con libertad y responsabilidad. Este modelo de familia es el que, al margen de cualquier ideología, necesita el bien común, el que da estabilidad a la sociedad, el que confiere derechos y obligaciones entre los esposos y padres e hijos, el que asegura el relevo generacional; todo en base a un compromiso duradero, de amor y de servicio entre los miembros de la familia.

Existen otras realidades convivenciales que merecen no ser discriminadas, pero son diferentes, distintas, y justicia no es dar a todos lo mismo, sino a cada uno lo que le corresponde. No existen varios modelos familiares; existen, y por ello hay que regular sus obligaciones y derechos, realidades convivenciales que siempre han existido.

Siempre ha habido y habrá, madres y padres solteros, y esta realidad tiene ya su protección jurídica; siempre ha habido y habrá, personas de distinto sexo que conviven juntas, sin contraer matrimonio, en el ejercicio de su libertad, que todos debemos respetar, pero no son matrimonio, porque así lo desean; siempre ha habido y habrá personas del mismo sexo que conviven juntas, tienen derecho a hacerlo y nadie lo debe poner en duda, pero tampoco son matrimonio. No debe ser esta capacidad fisiológica, propia de todo ser animal, también del hombre, la que otorgue carta de naturaleza a los deberes y derechos que les son propios y debidos al matrimonio, defendido en la casi totalidad de las Constituciones, incluida la nuestra.

Defender a la familia, es defender la vida, es defender el progreso, es defender el futuro es defender la justicia, el bien común. No podemos relativizar a la familia, sería tanto como relativizar nuestra existencia.

 IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Mc 1,21.28.

 

Meditar el evangelio con tres puntos.

  

Seguir a Jesús es siempre una aventura a corazón abierto. Es saber que no hay seguimiento sin tener los sentimientos del corazón de Cristo, que me lance a Evangelizar con signos pobres.

 

 

1.     Aquí encontramos a Jesús que hablaba con autoridad, es decir con coherencia. Vivía lo que decía. No había divorcio entre su ser y su hacer.

 

2.     Jesús no es autoritario, no se imponía por la fuerza, porque detrás de todo estaba su vida coherente.

 

3.     Hasta los espíritus inmundos se le sometían, no les dejaba hablar, porque el diablo es mentiroso y padre de la mentira. La autoridad del Señor vence y convence contra el mal.

 

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+ Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

 

JUAN PABLO II A LAS FAMILIAS

 

Amadísimas familias:

1. La celebración del Año de la familia me ofrece la grata oportunidad de llamar a la puerta de vuestros hogares, deseoso de saludaros con gran afecto y de acercarme a vosotros. Y lo hago mediante esta carta, citando unas palabras de la encíclica Redemptor hominis, que publiqué al comienzo de mi ministerio petrino: El «hombre es el camino de la Iglesia»[1].

Con estas palabras deseaba referirme sobre todo a las múltiples sendas por las que el hombre camina y, al mismo tiempo, quería subrayar cuán vivo y profundo es el deseo de la Iglesia de acompañarle en recorrer los caminos de su existencia terrena. La Iglesia toma parte en los gozos y esperanzas, tristezas y angustias[2] del camino cotidiano de los hombres, profundamente persuadida de que ha sido Cristo mismo quien la conduce por estos senderos: es él quien ha confiado el hombre a la Iglesia; lo ha confiado como «camino» de su misión y de su ministerio.

La familia - camino de la Iglesia

2. Entre los numerosos caminos, la familia es el primero y el más importante. Es un camino común, aunque particular, único e irrepetible, como irrepetible es todo hombre; un camino del cual no puede alejarse el ser humano. En efecto, él viene al mundo en el seno de una familia, por lo cual puede decirse que debe a ella el hecho mismo de existir como hombre. Cuando falta la familia, se crea en la persona que viene al mundo una carencia preocupante y dolorosa que pesará posteriormente durante toda la vida. La Iglesia, con afectuosa solicitud, está junto a quienes viven semejantes situaciones, porque conoce bien el papel fundamental que la familia está llamada a desempeñar. Sabe, además, que normalmente el hombre sale de la familia para realizar, a su vez, la propia vocación de vida en un nuevo núcleo familiar. Incluso cuando decide permanecer solo, la familia continúa siendo, por así decirlo, su horizonte existencial como comunidad fundamental sobre la que se apoya toda la gama de sus relaciones sociales, desde las más inmediatas y cercanas hasta las más lejanas. ¿No hablamos acaso de «familia humana» al referirnos al conjunto de los hombres que viven en el mundo?

La familia tiene su origen en el mismo amor con que el Creador abraza al mundo creado, como está expresado «al principio», en el libro del Génesis (1, 1). Jesús ofrece una prueba suprema de ello en el evangelio: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Jn 3, 16). El Hijo unigénito, consustancial al Padre,«Dios de Dios, Luz de Luz», entró en la historia de los hombres a través de una familia: «El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, ...amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado»[3]. Por tanto, si Cristo «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre»[4] lo hace empezando por la familia en la que eligió nacer y crecer. Se sabe que el Redentor pasó gran parte de su vida oculta en Nazaret: «sujeto» (Lc 2, 51) como «Hijo del hombre» a María, su Madre, y a José, el carpintero. Esta «obediencia» filial, ¿no es ya la primera expresión de aquella obediencia suya al Padre «hasta la muerte» (Flp 2, 8), mediante la cual redimió al mundo?

El misterio divino de la encarnación del Verbo está, pues, en estrecha relación con la familia humana. No sólo con una, la de Nazaret, sino, de alguna manera, con cada familia, análogamente a cuanto el concilio Vaticano II afirma del Hijo de Dios, que en la Encarnación «se ha unido, en cierto modo, con todo hombre»[5]. Siguiendo a Cristo, «que vino» al mundo «para servir» (Mt 20, 28), la Iglesia considera el servicio a la familia una de sus tareas esenciales. En este sentido, tanto el hombre como la familia constituyen «el camino de la Iglesia».

El Año de la familia

3. Precisamente por estos motivos la Iglesia acoge con gozo la iniciativa, promovida por la Organización de las Naciones Unidas, de proclamar el 1994 Año internacional de la familia. Tal iniciativa pone de manifiesto que la cuestión familiar es fundamental para los Estados miembros de la ONU. Si la Iglesia toma parte en esta iniciativa es porque ha sido enviada por Cristo a «todas las gentes» (Mt 28, 19). Por otra parte, no es la primera vez que la Iglesia hace suya una iniciativa internacional de la ONU. Baste recordar, por ejemplo, el Año internacional de la juventud, en 1985. También de este modo, la Iglesia se hace presente en el mundo haciendo realidad la intención tan querida al Papa Juan XXIII, inspiradora de la constitución conciliar Gaudium et spes.

En la fiesta de la Sagrada Familia de 1993 se inauguró en toda la comunidad eclesial el «Año de la familia», como una de las etapas significativas en el itinerario de preparación para el gran jubileo del año 2000, que señalará el fin del segundo y el inicio del tercer milenio del nacimiento de Jesucristo. Este Año debe orientar nuestros pensamientos y nuestros corazones hacia Nazaret, donde el 26 de diciembre pasado ha sido inaugurado con una solemne celebración eucarística, presidida por el legado pontificio.

A lo largo de este año será importante descubrir los testimonios del amor y solicitud de la Iglesia por la familia: amor y solicitud expresados ya desde los inicios del cristianismo, cuando la familia era considerada significativamente como «iglesia doméstica». En nuestros días recordamos frecuentemente la expresión «iglesia doméstica», que el Concilio ha hecho suya[6] y cuyo contenido deseamos que permanezca siempre vivo y actual. Este deseo no disminuye al ser conscientes de las nuevas condiciones de vida de las familias en el mundo de hoy. Precisamente por esto es mucho más significativo el título que el Concilio eligió, en la constitución pastoral Gaudium et spespara indicar los cometidos de la Iglesia en la situación actual: «Fomentar la dignidad del matrimonio y de la familia»[7]. Después del Concilio, otro punto importante de referencia es la exhortación apostólica Familiaris consortiode 1981. En este documento se afronta una vasta y compleja experiencia sobre la familia, la cual, entre pueblos y países diversos, es siempre y en todas partes «el camino de la Iglesia». En cierto sentido, aún lo es más allí donde la familia atraviesa crisis internas, o está sometida a influencias culturales, sociales y económicas perjudiciales, que debilitan su solidez interior, si es que no obstaculizan su misma formación.

Oración

4. Con la presente carta me dirijo no a la familia «en abstracto», sino a cada familia de cualquier región de la tierra, dondequiera que se halle geográficamente y sea cual sea la diversidad y complejidad de su cultura y de su historia. El amor con que «tanto amó Dios al mundo» (Jn 3, 16), el amor con que Cristo «amó hasta el extremo» a todos y cada uno (Jn 13, 1), hace posible dirigir este mensaje a cada familia, «célula» vital de la grande y universal «familia» humana. El Padre, creador del universo, y el Verbo encarnado, redentor de la humanidad, son la fuente de esta apertura universal a los hombres como hermanos y hermanas, e impulsan a abrazar a todos con la oración que comienza con las hermosas palabras: «Padre nuestro».

La oración hace que el Hijo de Dios habite en medio de nosotros: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). Esta carta a las familias quiere ser ante todo una súplica a Cristo para que permanezca en cada familia humana; una invitación, a través de la pequeña familia de padres e hijos, para que él esté presente en la gran familia de las naciones, a fin de que todos, junto con él, podamos decir de verdad: «¡Padre nuestro!». Es necesario que la oración sea el elemento predominante del Año de la familia en la Iglesia: oración de la familia, por la familia y con la familia.

Es significativo que, precisamente en la oración y mediante la oración, el hombre descubra de manera sencilla y profunda su propia subjetividad típica: en la oración el «yo» humano percibe más fácilmente la profundidad de su ser como persona. Esto es válido también para la familia, que no es solamente la «célula» fundamental de la sociedad, sino que tiene también su propia subjetividad, la cual encuentra precisamente su primera y fundamental confirmación y se consolida cuando sus miembros invocan juntos: «Padre nuestro». La oración refuerza la solidez y la cohesión espiritual de la familia, ayudando a que ella participe de la «fuerza» de Dios. En la solemne «bendición nupcial», durante el rito del matrimonio, el celebrante implora al Señor: «Infunde sobre ellos (los novios) la gracia del Espíritu Santo, a fin de que, en virtud de tu amor derramado en sus corazones, permanezcan fieles a la alianza conyugal»[8]. Es de esta «efusión del Espíritu Santo» de donde brota el vigor interior de las familias, así como la fuerza capaz de unirlas en el amor y en la verdad.

Amor y solicitud por todas las familias

5. ¡Ojalá que el Año de la familia llegue a ser una oración colectiva e incesante de cada «iglesia doméstica» y de todo el pueblo de Dios! Que esta oración llegue también a las familias en dificultad o en peligro, las desesperanzadas o divididas, y las que se encuentran en situaciones que la Familiaris consortio califica como «irregulares»[9]¡Que todas puedan sentirse abrazadas por el amor y la solicitud de los hermanos y hermanas!

Que la oración, en el Año de la familia, constituya ante todo un testimonio alentador por parte de las familias que, en la comunión doméstica, realizan su vocación de vida humana y cristiana. ¡Son tantas en cada nación, diócesis y parroquia! Se puede pensar razonablemente que esas familias constituyen «la norma», aun teniendo en cuenta las no pocas «situaciones irregulares». Y la experiencia demuestra cuán importante es el papel de una familia coherente con las normas morales, para que el hombre, que nace y se forma en ella, emprenda sin incertidumbres el camino del bien, inscrito siempre en su corazón. En nuestros días, ciertos programas sostenidos por medios muy potentes parecen orientarse por desgracia a la disgregación de las familias. A veces parece incluso que, con todos los medios, se intenta presentar como «regulares» y atractivas —con apariencias exteriores seductoras— situaciones que en realidad son «irregulares».

En efecto, tales situaciones contradicen la «verdad y el amor» que deben inspirar la recíproca relación entre hombre y mujer y, por tanto, son causa de tensiones y divisiones en las familias, con graves consecuencias, especialmente sobre los hijos. Se oscurece la conciencia moral, se deforma lo que es verdadero, bueno y bello, y la libertad es suplantada por una verdadera y propia esclavitud. Ante todo esto, ¡qué actuales y alentadoras resultan las palabras del apóstol Pablo sobre la libertad con que Cristo nos ha liberado, y sobre la esclavitud causada por el pecado (cf. Ga 5, 1)!

Vemos, por tanto, cuán oportuno e incluso necesario es para la Iglesia un Año de la familia; qué indispensable es el testimonio de todas las familias que viven cada día su vocación; cuán urgente es una gran oración de las familias, que aumente y abarque el mundo entero, y en la cual se exprese una acción de gracias por el amor en la verdad, por la «efusión de la gracia del Espíritu Santo»[10], por la presencia de Cristo entre padres e hijos: Cristo, redentor y esposo, que «nos amó hasta el extremo» (cf. Jn 13, 1). Estamos plenamente persuadidos de que este amor es más grande que todo (cf. 1 Co 13, 13); y creemos que es capaz de superar victoriosamente todo lo que no sea amor.

¡Que se eleve incesantemente durante este año la oración de la Iglesia, la oración de las familias, «iglesias domésticas»! Y que sea acogida por Dios y escuchada por los hombres, para que no caigan en la duda, y los que vacilan a causa de la fragilidad humana no cedan ante la atracción tentadora de los bienes sólo aparentes, como son los que se proponen en toda tentación.

En Caná de Galilea, donde Jesús fue invitado a un banquete de bodas, su Madre se dirige a los sirvientes diciéndoles: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). También a nosotros, que celebramos el Año de la familia, dirige María esas mismas palabras. Y lo que Cristo nos dice, en este particular momento histórico, constituye una fuerte llamada a una gran oración con las familias y por las familias. Con esta plegaria la Virgen Madre nos invita a unirnos a los sentimientos de su Hijo, que ama a cada familia. Él manifestó este amor al comienzo de su misión de Redentor, precisamente con su presencia santificadora en Caná de Galilea, presencia que permanece todavía.

Oremos por las familias de todo el mundo. Oremos, por medio de Cristo, con Cristo y en Cristo, al Padre, «de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra» (cf. Ef 3, 15).

I

LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR

«Varón y mujer los creó»

6. El cosmos, inmenso y diversificado, el mundo de todos los seres vivientes, está inscrito en la paternidad de Dios como su fuente (cf. Ef 3, 14-16). Está inscrito, naturalmente, según el criterio de la analogía, gracias al cual nos es posible distinguir, ya desde el comienzo del libro del Génesis, la realidad de la paternidad y maternidad y, por consiguiente, también la realidad de la familia humana. Su clave interpretativa está en el principio de la «imagen» y «semejanza» de Dios, que el texto bíblico pone muy de relieve (Gn 1, 26). Dios crea en virtud de su palabra: ¡«Hágase»! (cf. Gn 1, 3). Es significativo que esta palabra de Dios, en el caso de la creación del hombre, sea completada con estas otras: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gn 1, 26). Antes de crear al hombre, parece como si el Creador entrara dentro de sí mismo para buscar el modelo y la inspiración en el misterio de su Ser, que ya aquí se manifiesta de alguna manera como el «Nosotros» divino. De este misterio surge, por medio de la creación, el ser humano: «Creó Dios al hombre a imagen suya: a imagen de Dios le creó; varón y mujer los creó» (Gn 1, 27).

Bendiciéndolos, dice Dios a los nuevos seres: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla» (Gn 1, 28). El libro del Génesis usa expresiones ya utilizadas en el contexto de la creación de los otros seres vivientes: «Multiplicaos»; pero su sentido analógico es claro. ¿No es precisamente ésta, la analogía de la generación y de la paternidad y maternidad, la que resalta a la luz de todo el contexto? Ninguno de los seres vivientes, excepto el hombre, ha sido creado «a imagen y semejanza de Dios». La paternidad y maternidad humanas, aun siendo biológicamente parecidas a las de otros seres de la naturaleza, tienen en sí mismas, de manera esencial y exclusiva, una «semejanza» con Dios, sobre la que se funda la familia, entendida como comunidad de vida humana, como comunidad de personas unidas en el amor (communio personarum).

A la luz del Nuevo Testamento es posible descubrir que el modelo originario de la familia hay que buscarlo en Dios mismo, en el misterio trinitario de su vida. El «Nosotros» divino constituye el modelo eterno del «nosotros» humano; ante todo, de aquel «nosotros» que está formado por el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza divina. Las palabras del libro del Génesis contienen aquella verdad sobre el hombre que concuerda con la experiencia misma de la humanidad. El hombre es creado desde «el principio» como varón y mujer: la vida de la colectividad humana —tanto de las pequeñas comunidades como de la sociedad entera— lleva la señal de esta dualidad originaria. De ella derivan la «masculinidad» y la «femineidad» de cada individuo, y de ella cada comunidad asume su propia riqueza característica en el complemento recíproco de las personas. A esto parece referirse el fragmento del libro del Génesis: «Varón y mujer los creó» (Gn 1, 27). Ésta es también la primera afirmación de que el hombre y la mujer tienen la misma dignidad: ambos son igualmente personas. Esta constitución suya, de la que deriva su dignidad específica, muestra desde «el principio» las características del bien común de la humanidad en todas sus dimensiones y ámbitos de vida. El hombre y la mujer aportan su propia contribución, gracias a la cual se encuentran, en la raíz misma de la convivencia humana, el carácter de comunión y de complementariedad.

La alianza conyugal

7. La familia ha sido considerada siempre como la expresión primera y fundamental de la naturaleza social del hombre. En su núcleo esencial esta visión no ha cambiado ni siquiera en nuestros días. Sin embargo, actualmente se prefiere poner de relieve todo lo que en la familia —que es la más pequeña y primordial comunidad humana— representa la aportación personal del hombre y de la mujer. En efecto, la familia es una comunidad de personas, para las cuales el propio modo de existir y vivir juntos es la comunión: communio personarum. También aquí, salvando la absoluta trascendencia del Creador respecto de la criatura, emerge la referencia ejemplar al «Nosotros» divino. Sólo las personas son capaces de existir «en comunión». La familia arranca de la comunión conyugal que el concilio Vaticano II califica como «alianza», por la cual el hombre y la mujer «se entregan y aceptan mutuamente»[11].

El libro del Génesis nos presenta esta verdad cuando, refiriéndose a la constitución de la familia mediante el matrimonio, afirma que «dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne» (Gn 2, 24). En el evangelio, Cristo, polemizando con los fariseos, cita esas mismas palabras y añade: «De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre» (Mt 19, 6). Él revela de nuevo el contenido normativo de una realidad que existe desde «el principio» (Mt 19, 8) y que conserva siempre en sí misma dicho contenido. Si el Maestro lo confirma «ahora», en el umbral de la nueva alianza, lo hace para que sea claro e inequívoco el carácter indisoluble del matrimonio, como fundamento del bien común de la familia.

Cuando, junto con el Apóstol, doblamos las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad y maternidad (cf. Ef 3, 14-15), somos conscientes de que ser padres es el evento mediante el cual la familia, ya constituida por la alianza del matrimonio, se realiza «en sentido pleno y específico»[12]La maternidad implica necesariamente la paternidad y, recíprocamente, la paternidad implica necesariamente la maternidad: es el fruto de la dualidad, concedida por el Creador al ser humano desde «el principio».

Me he referido a dos conceptos afines entre sí, pero no idénticos: «comunión» y «comunidad». La «comunión» se refiere a la relación personal entre el «yo» y el «tú». La «comunidad», en cambio, supera este esquema apuntando hacia una «sociedad», un «nosotros». La familia, comunidad de personas, es, por consiguiente, la primera «sociedad» humana. Surge cuando se realiza la alianza del matrimonio, que abre a los esposos a una perenne comunión de amor y de vida, y se completa plenamente y de manera específica al engendrar los hijos: la «comunión» de los cónyuges da origen a la «comunidad» familiar. Dicha comunidad está conformada profundamente por lo que constituye la esencia propia de la «comunión». ¿Puede existir, a nivel humano, una «comunión» comparable a la que se establece entre la madre y el hijo, que ella lleva antes en su seno y después lo da a luz?

En la familia así constituida se manifiesta una nueva unidad, en la cual se realiza plenamente la relación «de comunión» de los padres. La experiencia enseña que esta realización representa también un cometido y un reto. El cometido implica a los padres en la realización de su alianza originaria. Los hijos engendrados por ellos deberían consolidar —éste es el reto— esta alianza, enriqueciendo y profundizando la comunión conyugal del padre y de la madre. Cuando esto no se da, hay que preguntarse si el egoísmo, que debido a la inclinación humana hacia el mal se esconde también en el amor del hombre y de la mujer, no es más fuerte que este amor. Es necesario que los esposos sean conscientes de ello y que, ya desde el principio, orienten sus corazones y pensamientos hacia aquel Dios y Padre «de quien toma nombre toda paternidad», para que su paternidad y maternidad encuentren en aquella fuente la fuerza para renovarse continuamente en el amor.

Paternidad y maternidad son en sí mismas una particular confirmación del amor, cuya extensión y profundidad originaria nos descubren. Sin embargo, esto no sucede automáticamente. Es más bien un cometido confiado a ambos: al marido y a la mujer. En su vida la paternidad y la maternidad constituyen una «novedad» y una riqueza sublime, a la que no pueden acercarse si no es «de rodillas».

La experiencia enseña que el amor humano, orientado por su naturaleza hacia la paternidad y la maternidad, se ve afectado a veces por una crisis profunda y por tanto se encuentra amenazado seriamente. En tales casos, habrá que pensar en recurrir a los servicios ofrecidos por los consultorios matrimoniales y familiares, mediante los cuales es posible encontrar ayuda, entre otros, de psicólogos y psicoterapeutas específicamente preparados. Sin embargo, no se puede olvidar que son siempre válidas las palabras del Apóstol: «Doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra» (Ef 3, 14-15). El matrimonio, el matrimonio sacramento, es una alianza de personas en el amor. Y el amor puede ser profundizado y custodiado solamente por el amor, aquel amor que es «derramado» en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). La oración del Año de la Familia, ¿no debería concentrarse en el punto crucial y decisivo del paso del amor conyugal a la generación y, por tanto, a la paternidad y maternidad?

¿No es precisamente entonces cuando resulta indispensable la «efusión de la gracia del Espíritu Santo», implorada en la celebración litúrgica del sacramento del matrimonio?

El Apóstol, doblando sus rodillas ante el Padre, lo invoca para que «conceda... ser fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior» (Ef 3, 16). Esta «fuerza del hombre interior» es necesaria en la vida familiar, especialmente en sus momentos críticos, es decir, cuando el amor —manifestado en el rito litúrgico del consentimiento matrimonial con las palabras: «Prometo serte fiel... todos los días de mi vida»— está llamado a superar una difícil prueba.

Unidad de los dos

8. Solamente las «personas» son capaces de pronunciar estas palabras; sólo ellas pueden vivir «en comunión», basándose en su recíproca elección, que es o debería ser plenamente consciente y libre. El libro del Génesis, al decir que el hombre abandonará al padre y a la madre para unirse a su mujer (cf. Gn 2, 24), pone de relieve la elección consciente y libre, que es el origen del matrimonio, convirtiendo en marido a un hijo y en mujer a una hija. ¿Cómo puede entenderse adecuadamente esta elección recíproca si no se considera la plena verdad de la persona, o sea, su ser racional y libre? El concilio Vaticano II habla de la semejanza con Dios usando términos muy significativos. Se refiere no solamente a la imagen y semejanza divina que todo ser humano posee ya de por sí, sino también y sobre todo a una «cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y el amor»[13].

Esta formulación, particularmente rica de contenido, confirma ante todo lo que determina la identidad íntima de cada hombre y de cada mujer. Esta identidad consiste en la capacidad de vivir en la verdad y en el amor; más aún, consiste en la necesidad de verdad y de amor como dimensión constitutiva de la vida de la persona. Tal necesidad de verdad y de amor abre al hombre tanto a Dios como a las criaturas. Lo abre a las demás personas, a la vida «en comunión», particularmente al matrimonio y a la familia. En las palabras del Concilio, la «comunión» de las personas deriva, en cierto modo, del misterio del «Nosotros» trinitario y, por tanto, la «comunión conyugal» se refiere también a este misterio. La familia, que se inicia con el amor del hombre y la mujer, surge radicalmente del misterio de Dios. Esto corresponde a la esencia más íntima del hombre y de la mujer, y a su natural y auténtica dignidad de personas.

El hombre y la mujer en el matrimonio se unen entre sí tan estrechamente que vienen a ser —según el libro del Génesis— «una sola carne» (Gn 2, 24). Los dos sujetos humanos, aunque somáticamente diferentes por constitución física como varón y mujer, participan de modo similar de la capacidad de vivir «en la verdad y el amor». Esta capacidad, característica del ser humano en cuanto persona, tiene a la vez una dimensión espiritual y corpórea. Es también a través del cuerpo como el hombre y la mujer están predispuestos a formar una «comunión de personas» en el matrimonio. Cuando, en virtud de la alianza conyugal, se unen de modo que llegan a ser «una sola carne» (Gn 2, 24), su unión debe realizarse «en la verdad y el amor», poniendo así de relieve la madurez propia de las personas creadas a imagen y semejanza de Dios.

La familia que nace de esta unión basa su solidez interior en la alianza entre los esposos, que Cristo elevó a sacramento. La familia recibe su propia naturaleza comunitaria —más aún, sus características de «comunión»— de aquella comunión fundamental de los esposos que se prolonga en los hijos. «¿Estáis dispuestos a recibir de Dios responsable y amorosamente los hijos, y a educarlos...?», les pregunta el celebrante durante el rito del matrimonio[14]. La respuesta de los novios corresponde a la íntima verdad del amor que los une.

Sin embargo, su unidad, en vez de encerrarlos en sí mismos, los abre a una nueva vida, a una nueva persona. Como padres, serán capaces de dar la vida a un ser semejante a ellos, no solamente «hueso de sus huesos y carne de su carne» (cf. Gn 2, 23), sino imagen y semejanza de Dios, esto es, persona.

Al preguntar: «¿Estáis dispuestos?», la Iglesia recuerda a los novios que se hallan ante la potencia creadora de Dios. Están llamados a ser padres, o sea, a cooperar con el Creador dando la vida. Cooperar con Dios llamando a la vida a nuevos seres humanos significa contribuir a la trasmisión de aquella imagen y semejanza divina de la que es portador todo «nacido de mujer».

Genealogía de la persona

9. Mediante la comunión de personas, que se realiza en el matrimonio, el hombre y la mujer dan origen a la familia. Con ella se relaciona la genealogía de cada hombre: la genealogía de la persona. La paternidad y la maternidad humanas están basadas en la biología y, al mismo tiempo, la superan. El Apóstol, «doblando las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad 1 en los cielos y en la tierra», pone ante nuestra consideración, en cierto modo, el mundo entero de los seres vivientes, tanto los espirituales del cielo como los corpóreos de la tierra. Cada generación halla su modelo originario en la Paternidad de Dios. Sin embargo, en el caso del hombre, esta dimensión «cósmica» de semejanza con Dios no basta para definir adecuadamente la relación de paternidad y maternidad. Cuando de la unión conyugal de los dos nace un nuevo hombre, éste trae consigo al mundo una particular imagen y semejanza de Dios mismo: en la biología de la generación está inscrita la genealogía de la persona.

Al afirmar que los esposos, en cuanto padres, son colaboradores de Dios Creador en la concepción y generación de un nuevo ser humano[15], no nos referimos sólo al aspecto biológico; queremos subrayar más bien que en la paternidad y maternidad humanas Dios mismo está presente de un modo diverso de como lo está en cualquier otra generación «sobre la tierra». En efecto, solamente de Dios puede provenir aquella «imagen y semejanza», propia del ser humano, como sucedió en la creación. La generación es, por consiguiente, la continuación de la creación[16].

Así, pues, tanto en la concepción como en el nacimiento de un nuevo ser, los padres se hallan ante un «gran misterio» (Ef 5, 32). También el nuevo ser humano, igual que sus padres, es llamado a la existencia como persona y a la vida «en la verdad y en el amor». Esta llamada se refiere no sólo a lo temporal, sino también a lo eterno. Tal es la dimensión de la genealogía de la persona, que Cristo nos ha revelado definitivamente, derramando la luz del Evangelio sobre el vivir y el morir humanos y, por tanto, sobre el significado de la familia humana.

Como afirma el Concilio, el hombre «es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma»[17]. El origen del hombre no se debe sólo a las leyes de la biología, sino directamente a la voluntad creadora de Dios: voluntad que llega hasta la genealogía de los hijos e hijas de las familias humanas. Dios «ha amado» al hombre desde el principio y lo sigue «amando» en cada concepción y nacimiento humano. Dios «ama» al hombre como un ser semejante a él, como persona. Este hombre, todo hombre, es creado por Dios «por sí mismo». Esto es válido para todos, incluso para quienes nacen con enfermedades o limitaciones. En la constitución personal de cada uno está inscrita la voluntad de Dios, que ama al hombre, el cual tiene como fin, en cierto sentido, a sí mismo. Dios entrega al hombre a sí mismo, confiándolo simultáneamente a la familia y a la sociedad, como cometido propio. Los padres, ante un nuevo ser humano, tienen o deberían tener plena conciencia de que Dios «ama» a este hombre «por sí mismo».

Esta expresión sintética es muy profunda. Desde el momento de la concepción y, más tarde, del nacimiento, el nuevo ser está destinado a expresar plenamente su humanidad, a «encontrarse plenamente» como persona[18]. Esto afecta absolutamente a todos, incluso a los enfermos crónicos y los minusválidos. «Ser hombre» es su vocación fundamental; «ser hombre» según el don recibido; según el «talento» que es la propia humanidad y, después, según los demás «talentos». En este sentido Dios ama a cada hombre «por sí mismo». Sin embargo, en el designio de Dios la vocación de la persona humana va más allá de los límites del tiempo. Es una respuesta a la voluntad del Padre, revelada en el Verbo encarnado: Dios quiere que el hombre participe de su misma vida divina. Por eso dice Cristo: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10).

El destino último del hombre, ¿no está en contraste con la afirmación de que Dios ama al hombre «por sí mismo»? Si es creado para la vida divina, ¿existe verdaderamente el hombre «para sí mismo»? Ésta es una pregunta clave, de gran interés, tanto para el inicio como para el final de la existencia terrena: es importante para todo el curso de la vida. Podría parecer que, destinando al hombre a la vida divina, Dios lo apartara definitivamente de su existir «por sí mismo»[19]. ¿Qué relación hay entre la vida de la persona y su participación en la vida trinitaria? Responde san Agustín: «Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti»[20]. Este «corazón inquieto» indica que no hay contradicción entre una y otra finalidad, sino más bien una relación, una coordinación y unidad profunda. Por su misma genealogía, la persona, creada a imagen y semejanza de Dios, participando precisamente en su Vida, existe «por sí misma» y se realiza. El contenido de esta realización es la plenitud de vida en Dios, de la que habla Cristo (cf. Jn 6, 37-40), quien nos ha redimido previamente para introducirnos en ella (cf. Mc 10, 45).

Los esposos desean los hijos para sí, y en ellos ven la coronación de su amor recíproco. Los desean para la familia, como don más excelente[21]. En el amor conyugal, así como en el amor paterno y materno, se inscribe la verdad sobre el hombre, expresada de manera sintética y precisa por el Concilio al afirmar que Dios «ama al hombre por sí mismo». Con el amor de Dios ha de armonizarse el de los padres. En ese sentido, éstos deben amar a la nueva criatura humana como la ama el Creador. El querer humano está siempre e inevitablemente sometido a la ley del tiempo y de la caducidad. En cambio, el amor divino es eterno. «Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía —escribe el profeta Jeremías—, y antes que nacieses, te tenía consagrado» (1, 5). La genealogía de la persona está, pues, unida ante todo con la eternidad de Dios, y en segundo término con la paternidad y maternidad humana que se realiza en el tiempo. Desde el momento mismo de la concepción el hombre está ya ordenado a la eternidad en Dios.

El bien común del matrimonio y de la familia

10. El consentimiento matrimonial define y hace estable el bien que es común al matrimonio y a la familia. «Te quiero a ti, ... como esposa —como esposo— y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida»[22]. El matrimonio es una singular comunión de personas. En virtud de esta comunión, la familia está llamada a ser comunidad de personas. Es un compromiso que los novios asumen «ante Dios y su Iglesia», como les recuerda el celebrante en el momento de expresarse mutuamente el consentimiento[23]. De este compromiso son testigos quienes participan en el rito; en ellos están representadas, en cierto modo, la Iglesia y la sociedad, ámbitos vitales de la nueva familia.

Las palabras del consentimiento matrimonial definen lo que constituye el bien común de la pareja y de la familia. Ante todo, el bien común de los esposos, que es el amor, la fidelidad, la honra, la duración de su unión hasta la muerte: «todos los días de mi vida». El bien de ambos, que lo es de cada uno, deberá ser también el bien de los hijos. El bien común, por su naturaleza, a la vez que une a las personas, asegura el verdadero bien de cada una. Si la Iglesia, como por otra parte el Estado, recibe el consentimiento de los esposos, expresado con las palabras anteriormente citadas, lo hace porque está «escrito en sus corazones» (cf. Rm 2, 15). Los esposos se dan mutuamente el consentimiento matrimonial, prometiendo, es decir, confirmando ante Dios, la verdad de su consentimiento. En cuanto bautizados, ellos son, en la Iglesia, los ministros del sacramento del matrimonio. San Pablo enseña que este recíproco compromiso es un «gran misterio» (Ef 5, 32).

Las palabras del consentimiento expresan, pues, lo que constituye el bien común de los esposos e indican lo que debe ser el bien común de la futura familia. Para ponerlo de manifiesto la Iglesia les pregunta si están dispuestos a recibir y educar cristianamente a los hijos que Dios les conceda. La pregunta se refiere al bien común del futuro núcleo familiar, teniendo presente la genealogía de las personas, que está inscrita en la constitución misma del matrimonio y de la familia. La pregunta sobre los hijos y su educación está vinculada estrictamente con el consentimiento matrimonial, con la promesa de amor, de respeto conyugal, de fidelidad hasta la muerte. La acogida y educación de los hijos —dos de los objetivos principales de la familia— están condicionadas por el cumplimiento de ese compromiso. La paternidad y la maternidad representan un cometido de naturaleza no simplemente física, sino también espiritual; en efecto, por ellas pasa la genealogía de la persona, que tiene su inicio eterno en Dios y que debe conducir a él.

El Año de la familia, año de especial oración de las familias, debería concientizar a cada familia sobre esto de un modo nuevo y profundo. ¡Qué riqueza de aspectos bíblicos podría constituir el substrato de esa oración! Es necesario que a las palabras de la sagrada Escritura se añada siempre el recuerdo personal de los esposos-padres, y el de los hijos y nietos. Mediante la genealogía de las personas, la comunión conyugal se hace comunión de generaciones. La unión sacramental de los dos, sellada con la alianza realizada ante Dios, perdura y se consolida con la sucesión de las generaciones. Esta unión debe convertirse en unidad de oración. Pero para que esto pueda transparentarse de manera significativa en el Año de la familia, es necesario que la oración se convierta en una costumbre radicada en la vida cotidiana de cada familia. La oración es acción de gracias, alabanza a Dios, petición de perdón, súplica e invocación. En cada una de estas formas, la oración de la familia tiene mucho que decir a Dios. También tiene mucho que decir a los hombres, empezando por la recíproca comunión de personas unidas por lazos familiares.

«¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?» (Sal 8, 5), se pregunta el salmista. La oración es la situación en la cual, de la manera más sencilla, se manifiesta el recuerdo creador y paternal de Dios: no sólo y no tanto el recuerdo de Dios por parte del hombre, sino más bien el recuerdo del hombre por parte de Dios. Por esto, la oración de la comunidad familiar puede convertirse en ocasión de recuerdo común y recíproco; en efecto, la familia es comunidad de generaciones. En la oración todos deben estar presentes: los que viven y quienes ya han muerto, como también los que aún tienen que venir al mundo. Es preciso que en la familia se ore por cada uno, según la medida del bien que para él constituye la familia y del bien que él constituye para la familia. La oración confirma más sólidamente ese bien, precisamente como bien común familiar. Más aún, la oración es el inicio también de este bien, de modo siempre renovado. En la oración, la familia se encuentra como el primer «nosotros» en el que cada uno es «yo» «tú»; cada uno es para el otro marido o mujer, padre o madre, hijo o hija, hermano o hermana, abuelo o nieto.

¿Son así las familias a las que me dirijo con esta carta? Ciertamente no pocas son así, pero en la época actual se ve la tendencia a restringir el núcleo familiar al ámbito de dos generaciones. Esto sucede a menudo por la escasez de viviendas disponibles, sobre todo en las grandes ciudades. Pero muchas veces esto se debe también a la convicción de que varias generaciones juntas son un obstáculo para la intimidad y hacen demasiado difícil la vida. Pero, ¿no es precisamente éste el punto más débil? Hay poca vida verdaderamente humana en las familias de nuestros días. Faltan las personas con las que crear y compartir el bien común; y sin embargo el bien, por su naturaleza, exige ser creado y compartido con otros: «el bien tiende a difundirse» («bonum est diffusivum sui»)[24]. El bien, cuanto más común es, tanto más propio es: mío —tuyo— nuestro. Ésta es la lógica intrínseca del vivir en el bien, en la verdad y en la caridad. Si el hombre sabe aceptar esta lógica y seguirla, su existencia llega a ser verdaderamente una «entrega sincera».

La entrega sincera de sí mismo

11. El Concilio, al afirmar que el hombre es la única criatura sobre la tierra amada por Dios por sí misma, dice a continuación que él « no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo »[25]. Esto podría parecer una contradicción, pero no lo es absolutamente. Es, más bien, la gran y maravillosa paradoja de la existencia humana: una existencia llamada a servir la verdad en el amor. El amor hace que el hombre se realice mediante la entrega sincera de sí mismo. Amar significa dar y recibir lo que no se puede comprar ni vender, sino sólo regalar libre y recíprocamente.

La entrega de la persona exige, por su naturaleza, que sea duradera e irrevocable. La indisolubilidad del matrimonio deriva primariamente de la esencia de esa entrega: entrega de la persona a la persona. En este entregarse recíproco se manifiesta el carácter esponsal del amor. En el consentimiento matrimonial los novios se llaman con el propio nombre: « Yo, ... te quiero a ti, ... como esposa (como esposo) y me entrego a ti, y prometo serte fiel... todos los días de mi vida ». Semejante entrega obliga mucho más intensa y profundamente que todo lo que puede ser « comprado » a cualquier precio. Doblando las rodillas ante el Padre, del cual proviene toda paternidad y maternidad, los futuros padres se hacen conscientes de haber sido « redimidos ». En efecto, han sido comprados a un precio elevado, al precio de la entrega más sincera posible, la sangre de Cristo, en la que participan por medio del sacramento. Coronamiento litúrgico del rito matrimonial es la Eucaristía —sacrificio del « cuerpo entregado » y de la « sangre derramada »—, que en el consentimiento de los esposos encuentra, de alguna manera, su expresión.

Cuando el hombre y la mujer, en el matrimonio, se entregan y se reciben recíprocamente en la unidad de « una sola carne », la lógica de la entrega sincera entra en sus vidas. Sin aquélla, el matrimonio sería vacío, mientras que la comunión de las personas, edificada sobre esa lógica, se convierte en comunión de los padres. Cuando transmiten la vida al hijo, un nuevo « tú » humano se inserta en la órbita del « nosotros » de los esposos, una persona que ellos llamarán con un nombre nuevo: « nuestro hijo...; nuestra hija... ». « He adquirido un varón con el favor del Señor » (Gén 4, 1), dice Eva, la primera mujer de la historia. Un ser humano, esperado durante nueve meses y « manifestado » después a los padres, hermanos y hermanas. El proceso de la concepción y del desarrollo en el seno materno, el parto, el nacimiento, sirven para crear como un espacio adecuado para que la nueva criatura pueda manifestarse como « don ». Así es, efectivamente, desde el principio. ¿Podría, quizás, calificarse de manera diversa este ser frágil e indefenso, dependiente en todo de sus padres y encomendado completamente a ellos? El recién nacido se entrega a los padres por el hecho mismo de nacer. Su vida es ya un don, el primer don del Creador a la criatura.

En el recién nacido se realiza el bien común de la familia. Como el bien común de los esposos encuentra su cumplimiento en el amor esponsal, dispuesto a dar y acoger la nueva vida, así el bien común de la familia se realiza mediante el mismo amor esponsal concretado en el recién nacido. En la genealogía de la persona está inscrita la genealogía de la familia, lo cual quedará para memoria mediante las anotaciones en el registro de Bautismos, aunque éstas no son más que la consecuencia social del hecho « de que ha nacido un hombre en el mundo » (Jn 16, 21).

Ahora bien, ¿es también verdad que el nuevo ser humano es un don para los padres? ¿Un don para la sociedad? Aparentemente nada parece indicarlo. El nacimiento de un ser humano parece a veces un simple dato estadístico, registrado como tantos otros en los balances demográficos. Ciertamente, el nacimiento de un hijo significa para los padres ulteriores esfuerzos, nuevas cargas económicas, otros condicionamientos prácticos. Estos motivos pueden llevarlos a la tentación de no desear otro hijo[26]. En algunos ambientes sociales y culturales la tentación resulta más fuerte. El hijo, ¿no es, pues, un don? ¿Viene sólo para recibir y no para dar? He aquí algunas cuestiones inquietantes, de las que el hombre actual no se libra fácilmente. El hijo viene a ocupar un espacio, mientras parece que en el mundo cada vez haya menos. Pero, ¿es realmente verdad que el hijo no aporta nada a la familia y a la sociedad? ¿No es quizás una « partícula » de aquel bien común sin el cual las comunidades humanas se disgregan y corren el riesgo de desaparecer? ¿Cómo negarlo? El niño hace de sí mismo un don a los hermanos, hermanas, padres, a toda la familia. Su vida se convierte en don para los mismos donantes de la vida, los cuales no dejarán de sentir la presencia del hijo, su participación en la vida de ellos, su aportación a su bien común y al de la comunidad familiar. Verdad, ésta, que es obvia en su simplicidad y profundidad, no obstante la complejidad, y también la eventual patología, de la estructura psicológica de ciertas personas. El bien común de toda la sociedad está en el hombre que, como se ha recordado, es « el camino de la Iglesia »[27]. Ante todo, él es la « gloria de Dios »: « Gloria Dei, vivens homo », según la conocida expresión de san Ireneo[28], que podría traducirse así: « La gloria de Dios es que el hombre viva ». Estamos aquí, puede decirse, ante la definición más profunda del hombre: la gloria de Dios es el bien común de todo lo que existe; el bien común del género humano.

¡Sí, el hombre es un bien común!: bien común de la familia y de la humanidad, de cada grupo y de las múltiples estructuras sociales. Pero hay que hacer una significativa distinción de grado y de modalidad: el hombre es bien común, por ejemplo, de la Nación a la que pertenece o del Estado del cual es ciudadano; pero lo es de una manera mucho más concreta, única e irrepetible para su familia; lo es no sólo como individuo que forma parte de la multitud humana, sino como « este hombre ». Dios Creador lo llama a la existencia « por sí mismo »; y con su venida al mundo el hombre comienza, en la familia, su « gran aventura », la aventura de la vida. « Este hombre », en cualquier caso, tiene derecho a la propia afirmación debido a su dignidad humana. Esta es precisamente la que establece el lugar de la persona entre los hombres y, ante todo, en la familia. En efecto, la familia es —más que cualquier otra realidad social— el ambiente en que el hombre puede vivir « por sí mismo » a través de la entrega sincera de sí. Por esto, la familia es una institución social que no se puede ni se debe sustituir: es « el santuario de la vida »[29].

El hecho de que está naciendo un hombre —« ha nacido un hombre en el mundo » (Jn 16, 21)—, constituye un signo pascual. Jesús mismo, como refiere el evangelista Juan, habla de ello a los discípulos antes de su pasión y muerte, parangonando la tristeza por su marcha con el sufrimiento de una mujer parturienta: « La mujer, cuando va a dar a luz, está triste 1, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo » (Jn 16, 21). La « hora » de la muerte de Cristo (cf. Jn 13, 1) se parangona aquí con la « hora » de la mujer en los dolores de parto; el nacimiento de un nuevo hombre se corresponde plenamente con la victoria de la vida sobre la muerte realizada por la resurrección del Señor. Esta comparación se presta a diversas reflexiones. Igual que la resurrección de Cristo es la manifestación de la Vida más allá del umbral de la muerte, así también el nacimiento de un niño es manifestación de la vida, destinada siempre, por medio de Cristo, a la « plenitud de la vida » que está en Dios mismo: « Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10). Aquí se manifiesta en su valor más profundo el verdadero significado de la expresión de san Ireneo: « Gloria Dei, vivens homo ».

Esta es la verdad evangélica de la entrega de sí mismo, sin la cual el hombre no puede « encontrarse plenamente », que permite valorar cuán profundamente esta « entrega sincera » esté fundamentada en la entrega de Dios Creador y Redentor, en la « gracia del Espíritu Santo », cuya « efusión » sobre los esposos invoca el celebrante en el rito del matrimonio. Sin esta « efusión » sería verdaderamente difícil comprender todo esto y cumplirlo como vocación del hombre. Y sin embargo, ¡tanta gente lo intuye! Tantos hombres y mujeres hacen propia esta verdad llegando a entrever que sólo en ella encuentran « la Verdad y la Vida » (Jn 14, 6). Sin esta verdad, la vida de los esposos no llega a alcanzar un sentido plenamente humano.

He aquí por qué la Iglesia nunca se cansa de enseñar y de testimoniar esta verdad. Aun manifestando comprensión materna por las no pocas y complejas situaciones de crisis en que se hallan las familias, así como por la fragilidad moral de cada ser humano, la Iglesia está convencida de que debe permanecer absolutamente fiel a la verdad sobre el amor humano; de otro modo, se traicionaría a sí misma. En efecto, abandonar esta verdad salvífica sería como cerrar « los ojos del corazón » (cf. Ef 1, 18), que, en cambio, deben permanecer siempre abiertos a la luz con que el Evangelio ilumina las vicisitudes humanas (cf. 2 Tim 1, 10). La conciencia de la entrega sincera de sí, mediante la cual el hombre « se encuentra plenamente a sí mismo », ha de ser renovada sólidamente y garantizada constantemente, ante muchas formas de oposición que la Iglesia encuentra por parte de los partidarios de una falsa civilización del progreso[30]. La familia expresa siempre un nueva dimensión del bien para los hombres, y por esto suscita una nueva responsabilidad. Se trata de la responsabilidad por aquel singular bien común en el cual se encuentra el bien del hombre: el bien de cada miembro de la comunidad familiar; es un bien ciertamente « difícil » (« bonum arduum »), pero atractivo.

Paternidad y maternidad responsables

12. Ha llegado el momento de aludir, en el entramado de la presente Carta a las Familias, a dos cuestiones relacionadas entre sí. Una, la más genérica, se refiere a la civilización del amor; la otra, más específica, se refiere a la paternidad y maternidad responsables.

Hemos dicho ya que el matrimonio entraña una singular responsabilidad para el bien común: primero el de los esposos, después el de la familia. Este bien común está representado por el hombre, por el valor de la persona y por todo lo que representa la medida de su dignidad. El hombre lleva consigo esta dimensión en cada sistema social, económico y político. Sin embargo, en el ámbito del matrimonio y de la familia esa responsabilidad se hace, por muchas razones, más « exigente » aún. No sin motivo la Constitución pastoral Gaudium et spes habla de « promover la dignidad del matrimonio y de la familia ». El Concilio ve en esta « promoción » una tarea tanto de la Iglesia como del Estado; sin embargo, en toda cultura, es ante todo un deber de las personas que, unidas en matrimonio, forman una determinada familia. La « paternidad y maternidad responsables » expresan un compromiso concreto para cumplir este deber, que en el mundo actual presenta nuevas características.

En particular, la paternidad y maternidad se refieren directamente al momento en que el hombre y la mujer, uniéndose « en una sola carne », pueden convertirse en padres. Este momento tiene un valor muy significativo, tanto por su relación interpersonal como por su servicio a la vida. Ambos pueden convertirse en procreadores —padre y madre— comunicando la vida a un nuevo ser humano. Las dos dimensiones de la unión conyugal, la unitiva y la procreativa, no pueden separarse artificialmente sin alterar la verdad íntima del mismo acto conyugal[31].

Esta es la enseñanza constante de la Iglesia, y los « signos de los tiempos », de los que hoy somos testigos, ofrecen nuevos motivos para confirmarlo con particular énfasis. San Pablo, tan atento a las necesidades pastorales de su tiempo, exigía con claridad y firmeza « insistir a tiempo y a destiempo » (cf. 2 Tim 4, 2), sin temor alguno por el hecho de que « no se soportara la sana doctrina » (cf. 2 Tim 4, 3). Sus palabras son bien conocidas a quienes, comprendiendo profundamente las vicisitudes de nuestro tiempo, esperan que la Iglesia no sólo no abandone « la sana doctrina », sino que la anuncie con renovado vigor, buscando en los actuales « signos de los tiempos » las razones para su ulterior y providencial profundización.

Muchas de estas razones se encuentran ya en las mismas ciencias que, del antiguo tronco de la antropología, se han desarrollado en varias especializaciones, como la biología, psicología, sociología y sus ramificaciones ulteriores. Todas giran, en cierto modo, en torno a la medicina, que es, a la vez, ciencia y arte (ars medica), al servicio de la vida y de la salud de la persona. Pero las razones insinuadas aquí emergen sobre todo de la experiencia humana que es múltiple y que, en cierto sentido, precede y sigue a la ciencia misma.

Los esposos aprenden por propia experiencia lo que significan la paternidad y maternidad responsables; lo aprenden también gracias a la experiencia de otras parejas que viven en condiciones análogas y se han hecho así más abiertas a los datos de las ciencias. Podría decirse que los « estudiosos » aprenden casi de los « esposos », para poder luego, a su vez, instruirlos de manera más competente sobre el significado de la procreación responsable y sobre los modos de practicarla.

Este tema ha sido tratado ampliamente en los Documentos conciliares, en la Encíclica Humanae vitaeen las « Proposiciones » del Sínodo de los Obispos de 1980, en la Exhortación apostólica Familiaris consortioy en intervenciones análogas, hasta la Instrucción Donum vitae de la Congregación para la Doctrina de la Fe. La Iglesia enseña la verdad moral sobre la paternidad y maternidad responsables, defendiéndola de las visiones y tendencias erróneas difundidas actualmente. ¿Por qué hace esto la Iglesia? ¿Acaso porque no se da cuenta de las problemáticas evocadas por quienes en este ámbito sugieren concesiones y tratan de convencerla también con presiones indebidas, si no es incluso con amenazas? En efecto, se reprocha frecuentemente al Magisterio de la Iglesia que está ya superado y cerrado a las instancias del espíritu de los tiempos modernos; que desarrolla una acción nociva para la humanidad, más aún, para la Iglesia misma. Por mantenerse obstinadamente en sus propias posiciones —se dice—, la Iglesia acabará por perder popularidad y los creyentes se alejarán cada vez más de ella.

Pero, ¿cómo se puede sostener que la Iglesia, y de modo especial el Episcopado en comunión con el Papa, sea insensible a problemas tan graves y actuales? Pablo VI veía precisamente en éstos cuestiones tan vitales que lo impulsaron a publicar la Encíclica Humanae vitae. El fundamento en que se basa la doctrina de la Iglesia sobre la paternidad y maternidad responsables es mucho más amplio y sólido. El Concilio lo indica ante todo en sus enseñanzas sobre el hombre cuando afirma que él « es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma » y que « no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino es en la entrega sincera de sí mismo »[32]. Y esto porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, y redimido por el Hijo unigénito del Padre, hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación.

El Concilio Vaticano II, particularmente atento al problema del hombre y de su vocación, afirma que la unión conyugal —significada en la expresión bíblica « una sola carne »— sólo puede ser comprendida y explicada plenamente recurriendo a los valores de la « persona » y de la « entrega ». Cada hombre y cada mujer se realizan en plenitud mediante la entrega sincera de sí mismo; y, para los esposos, el momento de la unión conyugal constituye una experiencia particularísima de ello. Es entonces cuando el hombre y la mujer, en la « verdad » de su masculinidad y femineidad, se convierten en entrega recíproca. Toda la vida del matrimonio es entrega, pero esto se hace singularmente evidente cuando los esposos, ofreciéndose recíprocamente en el amor, realizan aquel encuentro que hace de los dos « una sola carne » (Gén 2, 24).

Ellos viven entonces un momento de especial responsabilidad, incluso por la potencialidad procreativa vinculada con el acto conyugal. En aquel momento, los esposos pueden convertirse en padre y madre, iniciando el proceso de una nueva existencia humana que después se desarrollará en el seno de la mujer. Aunque es la mujer la primera que se da cuenta de que es madre, el hombre con el cual se ha unido en « una sola carne » toma a su vez conciencia, mediante el testimonio de ella, de haberse convertido en padre. Ambos son responsables de la potencial, y después efectiva, paternidad y maternidad. El hombre debe reconocer y aceptar el resultado de una decisión que también ha sido suya. No puede ampararse en expresiones como: « no sé », « no quería », « lo has querido tú ». La unión conyugal conlleva en cualquier caso la responsabilidad del hombre y de la mujer, responsabilidad potencial que llega a ser efectiva cuando las circunstancias lo imponen. Esto vale sobre todo para el hombre que, aun siendo también artífice del inicio del proceso generativo, queda distanciado biológicamente del mismo, ya que de hecho se desarrolla en la mujer. ¿Cómo podría el hombre no hacerse cargo de ello? Es necesario que ambos, el hombre y la mujer, asuman juntos, ante sí mismos y ante los demás, la responsabilidad de la nueva vida suscitada por ellos.

Esta es una conclusión compartida por las ciencias humanas mismas. Sin embargo, conviene profundizarla, analizando el significado del acto conyugal a la luz de los mencionados valores de la « persona » y de la « entrega ». Esto lo hace la Iglesia con su constante enseñanza, particularmente con la del Concilio Vaticano II.

En el momento del acto conyugal, el hombre y la mujer están llamados a ratificar de manera responsable la recíproca entrega que han hecho de sí mismos con la alianza matrimonial. Ahora bien, la lógica de la entrega total del uno al otro implica la potencial apertura a la procreación: el matrimonio está llamado así a realizarse todavía más plenamente como familia. Ciertamente, la entrega recíproca del hombre y de la mujer no tiene como fin solamente el nacimiento de los hijos, sino que es, en sí misma, mutua comunión de amor y de vida. Pero siempre debe garantizarse la íntima verdad de tal entrega. « Íntima » no es sinónimo de « subjetiva ». Significa más bien que es esencialmente coherente con la verdad objetiva de aquéllos que se entregan. La persona jamás ha de ser considerada un medio para alcanzar un fin; jamás, sobre todo, un medio de « placer ». La persona es y debe ser sólo el fin de todo acto. Solamente entonces la acción corresponde a la verdadera dignidad de la persona.

Al concluir nuestras reflexiones sobre este tema tan importante y delicado, deseo alentaros particularmente a vosotros, queridos esposos, y a todos aquéllos que os ayudan a comprender y a poner en práctica la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio, sobre la maternidad y paternidad responsables. Pienso concretamente en los Pastores, en tantos estudiosos, teólogos, filósofos, escritores y periodistas, que no se plegan al conformismo cultural dominante, dispuestos valientemente a ir contra corriente. Mi aliento se dirige, además, a un grupo cada vez más numeroso de expertos, médicos y educadores —verdaderos apóstoles laicos—, para quienes promover la dignidad del matrimonio y la familia resulta un cometido importante de su vida. En nombre de la Iglesia expreso a todos mi gratitud. ¿Qué podrían hacer sin ellos los Sacerdotes, los Obispos e incluso el mismo Sucesor de Pedro? De esto me he ido convenciendo cada vez más desde mis primeros años de sacerdocio, cuando sentado en el confesionario empecé a compartir las preocupaciones, los temores y las esperanzas de tantos esposos. He encontrado casos difíciles de rebelión y rechazo, pero al mismo tiempo tantas personas muy responsables y generosas. Mientras escribo esta Carta tengo presentes a todos estos esposos y les abrazo con mi afecto y mi oración.

Dos civilizaciones

13. Amadísimas familias, la cuestión de la paternidad y de la maternidad responsables se inscribe en toda la temática de la «civilización del amor», de la que deseo hablaros ahora. De lo expuesto hasta aquí se deduce claramente que la familia constituye la base de lo que Pablo VI calificó como «civilización del amor»[33], expresión asumida después por la enseñanza de la Iglesia y considerada ya normal. Hoy es difícil pensar en una intervención de la Iglesia, o bien sobre la Iglesia, que no se refiera a la civilización del amor. La expresión se relaciona con la tradición de la «iglesia doméstica» en los orígenes del cristianismo, pero tiene una preciosa referencia incluso para la época actual. Etimológicamente, el término «civilización» deriva efectivamente de «civis», «ciudadano», y subraya la dimensión política de la existencia de cada individuo. Sin embargo, el significado más profundo de la expresión «civilización» no es solamente político sino más bien «humanístico». La civilización pertenece a la historia del hombre, porque corresponde a sus exigencias espirituales y morales: éste, creado a imagen y semejanza de Dios, ha recibido el mundo de manos del Creador con el compromiso de plasmarlo a su propia imagen y semejanza. Precisamente del cumplimiento de este cometido deriva la civilización, que, en definitiva, no es otra cosa que la «humanización del mundo».

Civilización tiene, pues, en cierto modo, el mismo significado que «cultura». Por esto se podría decir también: «cultura del amor», aunque es preferible mantener la expresión que se ha hecho ya familiar. La civilización del amor, con el significado actual del término, se inspira en las palabras de la constitución conciliar Gaudium et spes: «Cristo... manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación»[34]. Por esto se puede afirmar que la civilización del amor se basa en la revelación de Dios, que «es amor», como dice Juan (1 Jn 4, 8. 16), y que está expresada de modo admirable por Pablo con el himno a la caridad, en la primera carta a los Corintios (cf. 13, 1-13). Esta civilización está íntimamente relacionada con el amor que «ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5), y que crece gracias al cuidado constante del que habla, de manera tan sugestiva, la alegoría evangélica de la vid y los sarmientos: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto» (Jn 15, 1-2).

A la luz de estos y de otros textos del Nuevo Testamento es posible comprender lo que se entiende por «civilización del amor», y por qué la familia está unida orgánicamente a esta civilización. Si el primer «camino de la Iglesia» es la familia, conviene añadir que lo es también la civilización del amor, pues la Iglesia camina por el mundo y llama a seguir este camino a las familias y a las otras instituciones sociales, nacionales e internacionales, precisamente en función de las familias y por medio de ellas. En efecto, la familia depende por muchos motivos de la civilización del amor, en la cual encuentra las razones de su ser como tal. Y al mismo tiempo, la familia es el centro y el corazón de la civilización del amor.

Sin embargo, no hay verdadero amor sin la conciencia de que Dios «es Amor», y de que el hombre es la única criatura en la tierra que Dios ha llamado «por sí misma» a la existencia. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, sólo puede «encontrar su plenitud» mediante la entrega sincera de sí mismo. Sin este concepto del hombre, de la persona y de la «comunión de personas» en la familia, no puede haber civilización del amor; recíprocamente, sin ella es imposible este concepto de persona y de comunión de personas. La familia constituye la «célula» fundamental de la sociedad. Pero hay necesidad de Cristo —«vid» de la que reciben savia los «sarmientos»— para que esta célula no esté expuesta a la amenaza de una especie de desarraigo cultural, que puede venir tanto de dentro como de fuera. En efecto, si por un lado existe la «civilización del amor», por otro está la posibilidad de una «anticivilización» destructora, como demuestran hoy tantas tendencias y situaciones de hecho.

¿Quién puede negar que la nuestra es una época de gran crisis, que se manifiesta ante todo como profunda «crisis de la verdad»? Crisis de la verdad significa, en primer lugar, crisis de conceptos. Los términos «amor», «libertad», «entrega sincera» e incluso «persona», «derechos de la persona», ¿significan realmente lo que por su naturaleza contienen? He aquí por qué resulta tan significativa e importante para la Iglesia y para el mundo —ante todo en Occidente la encíclica sobre el «esplendor de la verdad» (Veritatis splendor). Solamente si la verdad sobre la libertad y la comunión de las personas en el matrimonio y en la familia recupera su esplendor, empezará verdaderamente la edificación de la civilización del amor y será entonces posible hablar con eficacia —como hace el Concilio— de «promover la dignidad del matrimonio y de la familia»[35].

¿Por qué es tan importante el «esplendor de la verdad»? Ante todo, lo es por contraste: el desarrollo de la civilización contemporánea está vinculado a un progreso científico-tecnológico que se verifica de manera muchas veces unilateral, presentando como consecuencia características puramente positivistas. Como se sabe, el positivismo produce como frutos el agnosticismo a nivel teórico y el utilitarismo a nivel práctico y ético. En nuestros tiempos la historia, en cierto sentido, se repite. El utilitarismo es una civilización basada en producir y disfrutar; una civilización de las «cosas» y no de las «personas»; una civilización en la que las personas se usan como si fueran cosas. En el contexto de la civilización del placer, la mujer puede llegar a ser un objeto para el hombre, los hijos un obstáculo para los padres, la familia una institución que dificulta la libertad de sus miembros. Para convencerse de ello, basta examinar ciertos programas de educación sexual, introducidos en las escuelas, a menudo contra el parecer y las protestas de muchos padres; o bien las corrientes abortistas, que en vano tratan de esconderse detrás del llamado «derecho de elección» («pro choice») por parte de ambos esposos, y particularmente por parte de la mujer. Éstos son sólo dos ejemplos de los muchos que podrían recordarse.

Es evidente que en semejante situación cultural, la familia no puede dejar de sentirse amenazada, porque está acechada en sus mismos fundamentos. Lo que es contrario a la civilización del amor es contrario a toda la verdad sobre el hombre y es una amenaza para él: no le permite encontrarse a sí mismo ni sentirse seguro como esposo, como padre, como hijo. El llamado «sexo seguro», propagado por la «civilización técnica», es en realidad, bajo el aspecto de las exigencias globales de la persona, radicalmente no-seguro, e incluso gravemente peligroso. En efecto, la persona se encuentra ahí en peligro, y, a su vez, está en peligro la familia. ¿Cuál es el peligro? Es la pérdida de la verdad sobre la familia, a la que se añade el riesgo de la pérdida de la libertad y, por consiguiente, la pérdida del amor mismo. «Conoceréis la verdad —dice Jesús— y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32). La verdad, sólo la verdad, os preparará para un amor del que se puede decir que es «hermoso».

La familia contemporánea, como la de siempre, va buscando el «amor hermoso». Un amor no «hermoso», o sea, reducido sólo a satisfacción de la concupiscencia (cf. 1 Jn 2, 16) o a un recíproco «uso» del hombre y de la mujer, hace a las personas esclavas de sus debilidades. ¿No favorecen esta esclavitud ciertos «programas culturales» modernos? Son programas que «juegan» con las debilidades del hombre, haciéndolo así más débil e indefenso.

La civilización del amor evoca la alegría: alegría, entre otras cosas, porque un hombre viene al mundo (cf. Jn 16, 21) y, consiguientemente, porque los esposos llegan a ser padres. Civilización del amor significa «alegrarse con la verdad» (cf. 1 Co 13, 6); pero una civilización inspirada en una mentalidad consumista y antinatalista no es ni puede ser nunca una civilización del amor. Si la familia es tan importante para la civilización del amor, lo es por la particular cercanía e intensidad de los vínculos que se instauran en ella entre las personas y las generaciones. Sin embargo, es vulnerable y puede sufrir fácilmente los peligros que debilitan o incluso destruyen su unidad y estabilidad. Debido a tales peligros, las familias dejan de dar testimonio de la civilización del amor e incluso pueden ser su negación, una especie de antitestimonio. Una familia disgregada puede, a su vez, generar una forma concreta de «anticivilización», destruyendo el amor en los diversos ámbitos en los que se expresa, con inevitables repercusiones en el conjunto de la vida social.

El amor es exigente

14. El amor, al que el apóstol Pablo dedicó un himno en la primera carta a los Corintios —amor «paciente», «servicial», y que «todo lo soporta» (1 Co 13, 4. 7)—, es ciertamente exigente. Su belleza está precisamente en el hecho de ser exigente, porque de este modo constituye el verdadero bien del hombre y lo irradia también a los demás. En efecto, el bien —dice santo Tomás— es por su naturaleza «difusivo»[36]. El amor es verdadero cuando crea el bien de las personas y de las comunidades, lo crea y lo da a los demás. Sólo quien, en nombre del amor, sabe ser exigente consigo mismo, puede exigir amor de los demás; porque el amor es exigente. Lo es en cada situación humana; lo es aún más para quien se abre al Evangelio. ¿No es esto lo que Jesús proclama en «su» mandamiento? Es necesario que los hombres de hoy descubran este amor exigente, porque en él está el fundamento verdaderamente sólido de la familia; un fundamento que es capaz de «soportar todo». Según el Apóstol, el amor no es capaz de «soportar todo» si es «envidioso», si «es jactancioso», si «se engríe», si no «es decoroso» (cf. 1 Co 13, 4-5). El verdadero amor, enseña san Pablo, es distinto: «Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Co 13, 7). Precisamente este amor «soportará todo». Actúa en él la poderosa fuerza de Dios mismo, que «es amor» (1 Jn 4, 8. 16). Actúa en él la poderosa fuerza de Cristo, redentor del hombre y salvador del mundo.

Al meditar el capítulo 13 de la primera carta de Pablo a los Corintios, nos situamos en el camino que nos ayuda a comprender, de modo más inmediato e incisivo, la plena verdad sobre la civilización del amor. Ningún otro texto bíblico expresa esa verdad de una manera más simple y profunda que el himno a la caridad.

Los peligros que incumben sobre el amor constituyen también una amenaza a la civilización del amor, porque favorecen lo que es capaz de contrastarlo eficazmente. Piénsese ante todo en el egoísmo, no sólo a nivel individual, sino también de la pareja o, en un ámbito aún más vasto, en el egoísmo social, por ejemplo, de clase o de nación (nacionalismo). El egoísmo, en cualquiera de sus formas, se opone directa y radicalmente a la civilización del amor. ¿Acaso se quiere decir que ha de definirse el amor simplemente como «antiegoísmo»? Sería una definición demasiado pobre y, en definitiva, sólo negativa, aunque es verdad que para realizar el amor y la civilización del amor deben superarse varias formas de egoísmo. Es más justo hablar de «altruismo», que es la antítesis del egoísmo. Pero aún más rico y completo es el concepto de amor, ilustrado por san Pablo. El himno a la caridad de la primera carta a los Corintios es como la carta magna de la civilización del amor. En él no se trata tanto de manifestaciones individuales (sea del egoísmo, sea del altruismo), cuanto de la aceptación radical del concepto de hombre como persona que «se encuentra plenamente» mediante la entrega sincera de sí mismo. Una entrega es, obviamente, «para los demás»: ésta es la dimensión más importante de la civilización del amor.

Entramos así en el núcleo mismo de la verdad evangélica sobre la libertad. La persona se realiza mediante el ejercicio de la libertad en la verdad. La libertad no puede ser entendida como facultad de hacer cualquier cosa. Libertad significa entrega de uno mismo, es más, disciplina interior de la entrega. En el concepto de entrega no está inscrita solamente la libre iniciativa del sujeto, sino también la dimensión del deber. Todo esto se realiza en la «comunión de las personas». Nos situamos así en el corazón mismo de cada familia.

Nos encontramos también sobre las huellas de la antítesis entre individualismo y personalismo. El amor, la civilización del amor, se relaciona con el personalismo. ¿Por qué precisamente con el personalismo? ¿Por qué el individualismo amenaza la civilización del amor? La clave de la respuesta está en la expresión conciliar: «una entrega sincera». El individualismo supone un uso de la libertad por el cual el sujeto hace lo que quiere, «estableciendo» él mismo «la verdad» de lo que le gusta o le resulta útil. No admite que otro «quiera» o exija algo de él en nombre de una verdad objetiva. No quiere «dar» a otro basándose en la verdad; no quiere convertirse en una «entrega sincera». El individualismo es, por tanto, egocéntrico y egoísta. La antítesis con el personalismo nace no solamente en el terreno de la teoría, sino aún más en el del «ethos». El «ethos» del personalismo es altruista: mueve a la persona a entregarse a los demás y a encontrar gozo en ello. Es el gozo del que habla Cristo (cf. Jn 15, 11; 16, 20. 22).

Conviene, pues, que la sociedad humana, y en ella las familias, que a menudo viven en un contexto de lucha entre la civilización del amor y sus antítesis, busquen su fundamento estable en una justa visión del hombre y de lo que determina la plena «realización» de su humanidad. Ciertamente contrario a la civilización del amor es el llamado «amor libre», tanto o más peligroso porque es presentado frecuentemente como fruto de un sentimiento «verdadero», mientras de hecho destruye el amor. ¡Cuántas familias se han disgregado precisamente por el «amor libre»! En cualquier caso, seguir el «verdadero» impulso afectivo, en nombre de un amor «libre» de condicionamientos, en realidad significa hacer al hombre esclavo de aquellos instintos humanos, que santo Tomás llama «pasiones del alma»[37]. El «amor libre» explota las debilidades humanas dándoles un cierto «marco» de nobleza con la ayuda de la seducción y con el apoyo de la opinión pública. Se trata así de «tranquilizar» las conciencias, creando una «coartada moral». Sin embargo, no se toman en consideración todas sus consecuencias, especialmente cuando, además del cónyuge, sufren los hijos, privados del padre o de la madre y condenados a ser de hecho huérfanos de padres vivos.

Como es sabido, en la base del utilitarismo ético está la búsqueda constante del «máximo» de felicidad: una «felicidad utilitarista», entendida sólo como placer, como satisfacción inmediata del individuo, por encima o en contra de las exigencias objetivas del verdadero bien.

El proyecto del utilitarismo, basado en una libertad orientada con sentido individualista, o sea, una libertad sin responsabilidad, constituye la antítesis del amor, incluso como expresión de la civilización humana considerada en su conjunto. Cuando este concepto de libertad encuentra eco en la sociedad, aliándose fácilmente con las más diversas formas de debilidad humana, se manifiesta muy pronto como una sistemática y permanente amenaza para la familia. A este respecto, se podrían citar muchas consecuencias nefastas, documentables a nivel estadístico, aunque no pocas de ellas quedan escondidas en los corazones de los hombres y de las mujeres, como heridas dolorosas y sangrantes.

El amor de los esposos y de los padres tiene la capacidad de curar semejantes heridas, si las mencionadas insidias no le privan de su fuerza de regeneración, tan benéfica y saludable para la comunidad humana. Esta capacidad depende de la gracia divina del perdón y de la reconciliación, que asegura la energía espiritual para empezar siempre de nuevo. Precisamente por esto, los miembros de la familia necesitan encontrar a Cristo en la Iglesia a través del admirable sacramento de la penitencia y de la reconciliación.

En este contexto se puede ver cuán importante es la oración con las familias y por las familias, en particular, las que se ven amenazadas por la división. Es necesario rezar para que los esposos amen su vocación, incluso cuando el camino resulta difícil o encuentra tramos angostos y escarpados, aparentemente insuperables; hay que rezar para que incluso entonces sean fieles a su alianza con Dios.

«La familia es el camino de la Iglesia». En esta carta deseo profesar y anunciar a la vez este camino que, a través de la vida conyugal y familiar, lleva al reino de los cielos (cf. Mt 7, 14). Es importante que la «comunión de las personas» en la familia sea preparación para la «comunión de los santos». Por esto la Iglesia confiesa y anuncia el amor que «todo lo soporta», viendo en él, con san Pablo, la virtud «mayor» (cf. 1 Co 13, 7. 13). El Apóstol no pone límites a nadie. Amar es vocación de todos, también de los esposos y de las familias. En efecto, en la Iglesia todos están llamados igualmente a la perfección de la santidad (cf. Mt 5, 48)[38].

Cuarto mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre»

15. El cuarto mandamiento del Decálogo se refiere a la familia, a su cohesión interna; y, podría decirse, a su solidaridad.

En su formulación no se habla explícitamente de la familia; pero, de hecho, se trata precisamente de ella. Para expresar la comunión entre generaciones, el divino Legislador no encontró palabra más apropiada que ésta: «Honra...» (Ex 20, 12). Estamos ante otro modo de expresar lo que es la familia. Dicha formulación no la exalta «artificialmente», sino que ilumina su subjetividad y los derechos que derivan de ello. La familia es una comunidad de relaciones interpersonales particularmente intensas: entre esposos, entre padres e hijos, entre generaciones. Es una comunidad que ha de ser especialmente garantizada. Y Dios no encuentra garantía mejor que ésta: «Honra».

«Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar» (Ex 20, 12). Este mandamiento sigue a los tres preceptos fundamentales que atañen a la relación del hombre y del pueblo de Israel con Dios: «Shemá, Israel», «Escucha, Israel. El Señor nuestro Dios es el único Señor» (Dt 6, 4). «No habrá para ti otros dioses delante de mí» (Ex 20, 3). Éste es el primer y mayor mandamiento del amor a Dios «por encima de todo»: él tiene que ser amado «con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza» (Dt 6, 5; cf. Mt 22, 37). Es significativo que el cuarto mandamiento se inserte precisamente en este contexto. «Honra a tu padre y a tu madre», para que ellos sean para ti, en cierto modo, los representantes de Dios, quienes te han dado la vida y te han introducido en la existencia humana: en una estirpe, nación y cultura. Después de Dios son ellos tus primeros bienhechores. Si Dios es el único bueno, más aún, el Bien mismo, los padres participan singularmente de esta bondad suprema. Por tanto: ¡honra a tus padres! Hay aquí una cierta analogía con el culto debido a Dios.

El cuarto mandamiento está estrechamente vinculado con el mandamiento del amor. Es profunda la relación entre «honra» y «amor». La honra está relacionada esencialmente con la virtud de la justicia, pero ésta, a su vez, no puede desarrollarse plenamente sin referirse al amor a Dios y al prójimo. Y ¿quién es más prójimo que los propios familiares, que los padres y que los hijos?

¿Es unilateral el sistema interpersonal indicado en el cuarto mandamiento? ¿Obliga éste a honrar sólo a los padres? Literalmente, sí; pero, indirectamente, podemos hablar también de la «honra» que los padres deben a los hijos. «Honra» quiere decir: reconoce, o sea, déjate guiar por el reconocimiento convencido de la persona, de la del padre y de la madre ante todo, y también de la de todos los demás miembros de la familia. La honra es una actitud esencialmente desinteresada. Podría decirse que es «una entrega sincera de la persona a la persona» y, en este sentido, la honra coincide con el amor. Si el cuarto mandamiento exige honrar al padre y a la madre, lo hace por el bien de la familia; pero, precisamente por esto, presenta unas exigencias a los mismos padres. ¡Padres —parece recordarles el precepto divino—, actuad de modo que vuestro comportamiento merezca la honra (y el amor) por parte de vuestros hijos! ¡No dejéis caer en un «vacío moral» la exigencia divina de honra para vosotros! En definitiva, se trata pues de una honra recíproca. El mandamiento «honra a tu padre y a tu madre» dice indirectamente a los padres: Honrad a vuestros hijos e hijas. Lo merecen porque existen, porque son lo que son: esto es válido desde el primer momento de su concepción. Así, este mandamiento, expresando el vínculo íntimo de la familia, manifiesta el fundamento de su cohesión interior.

El mandamiento prosigue: «para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar» (Ex 20, 12). Este «para que» podría dar la impresión de un cálculo «utilitarista»: honrar con miras a la futura longevidad. Entre tanto, decimos que esto no disminuye el significado esencial del imperativo «honra», vinculado por su naturaleza con una actitud desinteresada. Honrar nunca significa: «prevé las ventajas». Sin embargo, no es fácil reconocer que de la actitud de honra recíproca, existente entre los miembros de la comunidad familiar, deriva también una ventaja de naturaleza diversa. La «honra» es ciertamente útil, como «útil» es todo verdadero bien.

La familia realiza, ante todo, el bien del «estar juntos», bien por excelencia del matrimonio (de ahí su indisolubilidad) y de la comunidad familiar. Se lo podría definir, además, como bien de los sujetos. En efecto, la persona es un sujeto y lo es también la familia, al estar constituida por personas que, unidas por un profundo vínculo de comunión, forman un único sujeto comunitario. Asimismo, la familia es sujeto más que otras instituciones sociales: lo es más que la nación, que el Estado, más que la sociedad y que las organizaciones internacionales. Estas sociedades, especialmente las naciones, gozan de subjetividad propia en la medida en que la reciben de las personas y de sus familias. ¿Son, éstas, observaciones sólo «teóricas», formuladas con el fin de «exaltar» la familia ante la opinión pública? No, se trata más bien de otro modo de expresar lo que es la familia. Y esto se deduce también del cuarto mandamiento.

Es una verdad que merece ser destacada y profundizada. En efecto, subraya la importancia de este mandamiento incluso para el sistema moderno de los derechos del hombre. Los ordenamientos institucionales usan el lenguaje jurídico. En cambio, Dios dice: «honra». Todos los «derechos del hombre» son, en definitiva, frágiles e ineficaces, si en su base falta el imperativo: «honra»; en otras palabras, si falta el reconocimiento del hombre por el simple hecho de que es hombre, «este» hombre. Por sí solos, los derechos no bastan.

Por tanto, no es exagerado afirmar que la vida de las naciones, de los Estados y de las organizaciones internacionales «pasa» a través de la familia y «se fundamenta» en el cuarto mandamiento del Decálogo. La época en que vivimos, no obstante las múltiples Declaraciones de tipo jurídico que han sido elaboradas, está amenazada en gran medida por la «alienación», como fruto de premisas «iluministas» según las cuales el hombre es «más» hombre si es «solamente» hombre. No es difícil descubrir cómo la alienación de todo lo que de diversas formas pertenece a la plena riqueza del hombre insidia nuestra época. Y esto repercute en la familia. En efecto, la afirmación de la persona está relacionada en gran medida con la familia y, por consiguiente, con el cuarto mandamiento. En el designio de Dios la familia es, bajo muchos aspectos, la primera escuela del ser humano. ¡Sé hombre! —es el imperativo que en ella se transmite—, hombre como hijo de la patria, como ciudadano del Estado y, se dice hoy, como ciudadano del mundo. Quien ha dado el cuarto mandamiento a la humanidad es un Dios «benévolo» con el hombre, (filanthropos, decían los griegos). El Creador del universo es el Dios del amor y de la vida. Él quiere que el hombre tenga la vida y la tenga en abundancia, como proclama Cristo (cf. Jn 10, 10): que tenga la vida ante todo gracias a la familia.

Parece claro, pues, que la «civilización del amor» está estrechamente relacionada con la familia. Para muchos la civilización del amor constituye todavía una pura utopía. En efecto, se cree que el amor no puede ser exigido por nadie ni puede imponerse: sería una elección libre que los hombres pueden aceptar o rechazar.

Hay parte de verdad en todo esto. Sin embargo, está el hecho de que Jesucristo nos dejó el mandamiento del amor, así como Dios había ordenado en el monte Sinaí: «Honra a tu padre y a tu madre». Pues el amor no es una utopía: ha sido dado al hombre como un cometido que cumplir con la ayuda de la gracia divina. Ha sido encomendado al hombre y a la mujer, en el sacramento del matrimonio, como principio fontal de su «deber», y es para ellos el fundamento de su compromiso recíproco: primero el conyugal, y luego el paterno y materno. En la celebración del sacramento, los esposos se entregan y se reciben recíprocamente, declarando su disponibilidad a acoger y educar la prole. Aquí están las bases de la civilización humana, la cual no puede definirse más que como «civilización del amor».

La familia es expresión y fuente de este amor; a través de ella pasa la corriente principal de la civilización del amor, que encuentra en la familia sus «bases sociales».

Los Padres de la Iglesia, en la tradición cristiana, han hablado de la familia como «iglesia doméstica», como «pequeña iglesia». Se referían así a la civilización del amor como un posible sistema de vida y de convivencia humana. «Estar juntos» como familia, ser los unos para los otros, crear un ámbito comunitario para la afirmación de cada hombre como tal, de «este» hombre concreto. A veces puede tratarse de personas con limitaciones físicas o psíquicas, de las cuales prefiere liberarse la sociedad llamada «progresista». Incluso la familia puede llegar a comportarse como dicha sociedad. De hecho lo hace cuando se libra fácilmente de quien es anciano o está afectado por malformaciones o sufre enfermedades. Se actúa así porque falta la fe en aquel Dios por el cual «todos viven» (Lc 20, 38) y están llamados a la plenitud de la vida.

Sí, la civilización del amor es posible, no es una utopía. Pero es posible sólo gracias a una referencia constante y viva a «Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien proviene toda paternidad 1 en el mundo» (cf. Ef 3, 14-15); de quien proviene cada familia humana.

La educación

16. ¿En qué consiste la educación? Para responder a esta pregunta hay que recordar dos verdades fundamentales. La primera es que el hombre está llamado a vivir en la verdad y en el amor. La segunda es que cada hombre se realiza mediante la entrega sincera de sí mismo. Esto es válido tanto para quien educa como para quien es educado. La educación es, pues, un proceso singular en el que la recíproca comunión de las personas está llena de grandes significados. El educador es una persona que «engendra» en sentido espiritual. Bajo esta perspectiva, la educación puede ser considerada un verdadero apostolado. Es una comunicación vital, que no sólo establece una relación profunda entre educador y educando, sino que hace participar a ambos en la verdad y en el amor, meta final a la que está llamado todo hombre por parte de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La paternidad y la maternidad suponen la coexistencia y la interacción de sujetos autónomos. Esto es bien evidente en la madre cuando concibe un nuevo ser humano. Los primeros meses de su presencia en el seno materno crean un vínculo particular, que ya tiene un valor educativo. La madre, ya durante el embarazo, forma no sólo el organismo del hijo, sino indirectamente toda su humanidad. Aunque se trate de un proceso que va de la madre hacia el hijo, no debe olvidarse la influencia específica que el que está para nacer ejerce sobre la madre. En esta influencia recíproca, que se manifestará exteriormente después de nacer el niño, no participa directamente el padre. Sin embargo, él debe colaborar responsablemente ofreciendo sus cuidados y su apoyo durante el embarazo e incluso, si es posible, en el momento del parto.

Para la «civilización del amor» es esencial que el hombre sienta la maternidad de la mujer, su esposa, como un don. En efecto, ello influye enormemente en todo el proceso educativo. Mucho depende de su disponibilidad a tomar parte de manera adecuada en esta primera fase de donación de la humanidad, y a dejarse implicar, como marido y padre, en la maternidad de su mujer.

La educación es, pues, ante todo una «dádiva» de humanidad por parte de ambos padres: ellos transmiten juntos su humanidad madura al recién nacido, el cual, a su vez, les da la novedad y el frescor de la humanidad que trae consigo al mundo. Esto se verifica incluso en el caso de niños marcados por limitaciones psíquicas o físicas. Es más, en tal caso su situación puede desarrollar una fuerza educativa muy particular.

Con razón, pues, la Iglesia pregunta durante el rito del matrimonio: «¿Estáis dispuestos a recibir de Dios responsable y amorosamente los hijos, y a educarlos según la ley de Cristo y de su Iglesia?»[39]. El amor conyugal se manifiesta en la educación, como verdadero amor de padres. La «comunión de personas», que al comienzo de la familia se expresa como amor conyugal, se completa y se perfecciona extendiéndose a los hijos con la educación. La potencial riqueza, constituida por cada hombre que nace y crece en la familia, es asumida responsablemente de modo que no degenere ni se pierda, sino que se realice en una humanidad cada vez más madura. Esto es también un dinamismo de reciprocidad, en el cual los padres-educadores son, a su vez, educados en cierto modo. Maestros de humanidad de sus propios hijos, la aprenden de ellos. Aquí emerge evidentemente la estructura orgánica de la familia y se manifiesta el significado fundamental del cuarto mandamiento.

El «nosotros» de los padres, marido y mujer, se desarrolla, por medio de la generación y de la educación, en el «nosotros» de la familia, que deriva de las generaciones precedentes y se abre a una gradual expansión. A este respecto, desempeñan un papel singular, por un lado, los padres de los padres y, por otro, los hijos de los hijos.

Si al dar la vida los padres colaboran en la obra creadora de Dios, mediante la educación participan de su pedagogía paterna y materna a la vez. La paternidad divina, según san Pablo, es el modelo originario de toda paternidad y maternidad en el cosmos (cf. Ef 3, 14-15), especialmente de la maternidad y paternidad humanas. Sobre la pedagogía divina nos ha enseñado plenamente el Verbo eterno del Padre, que al encarnarse ha revelado al hombre la dimensión verdadera e integral de su humanidad: la filiación divina. Y así ha revelado también cuál es el verdadero significado de la educación del hombre. Por medio de Cristo toda educación, en familia y fuera de ella, se inserta en la dimensión salvífica de la pedagogía divina, que está dirigida a los hombres y a las familias, y que culmina en el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor. De este «centro» de nuestra redención arranca todo proceso de educación cristiana, que al mismo tiempo es siempre educación para la plena humanidad.

Los padres son los primeros y principales educadores de sus propios hijos, y en este campo tienen incluso una competencia fundamental: son educadores por ser padres. Comparten su misión educativa con otras personas e instituciones, como la Iglesia y el Estado. Sin embargo, esto debe hacerse siempre aplicando correctamente el principio de subsidiariedad. Esto implica la legitimidad e incluso el deber de una ayuda a los padres, pero encuentra su límite intrínseco e insuperable en su derecho prevalente y en sus posibilidades efectivas. El principio de subsidiariedad, por tanto, se pone al servicio del amor de los padres, favoreciendo el bien del núcleo familiar. En efecto, los padres no son capaces de satisfacer por sí solos las exigencias de todo el proceso educativo, especialmente lo que atañe a la instrucción y al amplio sector de la socialización. La subsidiariedad completa así el amor paterno y materno, ratificando su carácter fundamental, porque cualquier otro colaborador en el proceso educativo debe actuar en nombre de los padres, con su consentimiento y, en cierto modo, incluso por encargo suyo.

El proceso educativo lleva a la fase de la autoeducación, que se alcanza cuando, gracias a un adecuado nivel de madurez psicofísica, el hombre empieza a «educarse él solo». Con el paso de los años, la autoeducación supera las metas alcanzadas previamente en el proceso educativo, en el cual, sin embargo, sigue teniendo sus raíces. El adolescente encuentra nuevas personas y nuevos ambientes, concretamente los maestros y compañeros de escuela, que ejercen en su vida una influencia que puede resultar educativa o antieducativa.

En esta etapa se aleja, en cierto modo, de la educación recibida en familia, asumiendo a veces una actitud crítica con los padres. Pero, a pesar de todo, el proceso de autoeducación está marcado por la influencia educativa ejercida por la familia y por la escuela sobre el niño y sobre el muchacho. El joven, transformándose y encaminándose también en la propia dirección, sigue quedando íntimamente vinculado a sus raíces existenciales.

Sobre esta perspectiva se perfila, de manera nueva, el significado del cuarto mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre» (Ex 20, 12), el cual está relacionado orgánicamente con todo el proceso educativo. La paternidad y maternidad, elemento primero y fundamental en el proceso de dar la humanidad, abren ante los padres y los hijos perspectivas nuevas y más profundas. Engendrar según la carne significa preparar la ulterior «generación», gradual y compleja, mediante todo el proceso educativo. El mandamiento del Decálogo exige al hijo que honre a su padre y a su madre; pero, como ya se ha dicho, el mismo mandamiento impone a los padres un deber en cierto modo «simétrico». Ellos también deben «honrar» a sus propios hijos, sean pequeños o grandes, y esta actitud es indispensable durante todo el proceso educativo, incluido el escolar. El «principio de honrar», es decir, el reconocimiento y el respeto del hombre como hombre, es la condición fundamental de todo proceso educativo auténtico.

En el ámbito de la educación la Iglesia tiene un papel específico que desempeñar. A la luz de la tradición y del magisterio conciliar, se puede afirmar que no se trata sólo de confiar a la Iglesia la educación religioso-moral de la persona, sino de promover todo el proceso educativo de la persona «junto con» la Iglesia. La familia está llamada a desempeñar su deber educativo en la Iglesia, participando así en la vida y en la misión eclesial. La Iglesia desea educar sobre todo por medio de la familia, habilitada para ello por el sacramento, con la correlativa «gracia de estado» y el específico «carisma» de la comunidad familiar.

Uno de los campos en los que la familia es insustituible es ciertamente el de la educación religiosa, gracias a la cual la familia crece como «iglesia doméstica». La educación religiosa y la catequesis de los hijos sitúan a la familia en el ámbito de la Iglesia como un verdadero sujeto de evangelización y de apostolado. Se trata de un derecho relacionado íntimamente con el principio de la libertad religiosa. Las familias, y más concretamente los padres, tienen la libre facultad de escoger para sus hijos un determinado modelo de educación religiosa y moral, de acuerdo con las propias convicciones. Pero incluso cuando confían estos cometidos a instituciones eclesiásticas o a escuelas dirigidas por personal religioso, es necesario que su presencia educativa siga siendo constante y activa.

No hay que descuidar, en el contexto de la educación, la cuestión esencial del discernimiento de la vocación y, en éste, la preparación para la vida matrimonial, en particular. Son notables los esfuerzos e iniciativas emprendidas por la Iglesia de cara a la preparación para el matrimonio, por ejemplo, los cursillos prematrimoniales. Todo esto es válido y necesario; pero no hay que olvidar que la preparación para la futura vida de pareja es cometido sobre todo de la familia. Ciertamente, sólo las familias espiritualmente maduras pueden afrontar de manera adecuada esta tarea. Por esto se subraya la exigencia de una particular solidaridad entre las familias, que puede expresarse mediante diversas formas organizativas, como las asociaciones de familias para las familias. La institución familiar sale reforzada de esta solidaridad, que acerca entre sí no sólo a los individuos, sino también a las comunidades, comprometiéndolas a rezar juntas y a buscar con la ayuda de todos las respuestas a las preguntas esenciales que plantea la vida. ¿No es ésta una forma maravillosa de apostolado de las familias entre sí? Es importante que las familias traten de construir entre ellas lazos de solidaridad. Esto, sobre todo, les permite prestarse mutuamente un servicio educativo común: los padres son educados por medio de otros padres, los hijos por medio de otros hijos. Se crea así una peculiar tradición educativa, que encuentra su fuerza en el carácter de «iglesia doméstica», que es propio de la familia.

Es el evangelio del amor la fuente inagotable de todo lo que nutre a la familia como «comunión de personas». En el amor encuentra ayuda y significado definitivo todo el proceso educativo, como fruto maduro de la recíproca entrega de los padres. A través de los esfuerzos, sufrimientos y desilusiones, que acompañan la educación de la persona, el amor no deja de estar sometido a un continuo examen. Para superar esta prueba se necesita una fuerza espiritual que se encuentra sólo en Aquel que «amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). De este modo, la educación se sitúa plenamente en el horizonte de la «civilización del amor»; depende de ella y, en gran medida, contribuye a construirla.

La Iglesia ora de forma incesante y confiada durante el Año de la familia por la educación del hombre, para que las familias perseveren en su deber educativo con valentía, confianza y esperanza, a pesar de las dificultades a veces tan graves que parecen insuperables. La Iglesia reza para que venzan las fuerzas de la «civilización del amor», que brotan de la fuente del amor de Dios; fuerzas que la Iglesia emplea sin cesar para el bien de toda la familia humana.

La familia y la sociedad

17. La familia es una comunidad de personas, la célula social más pequeña y, como tal, es una institución fundamental para la vida de toda sociedad.

La familia como institución, ¿qué espera de la sociedad? Ante todo que sea reconocida en su identidad y aceptada en su naturaleza de sujeto social. Ésta va unida a la identidad propia del matrimonio y de la familia. El matrimonio, que es la base de la institución familiar, está formado por la alianza «por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole»[40]. Sólo una unión así puede ser reconocida y confirmada como «matrimonio» en la sociedad. En cambio, no lo pueden ser las otras uniones interpersonales que no responden a las condiciones recordadas antes, a pesar de que hoy día se difunden, precisamente sobre este punto, corrientes bastante peligrosas para el futuro de la familia y de la misma sociedad.

¡Ninguna sociedad humana puede correr el riesgo del permisivismo en cuestiones de fondo relacionadas con la esencia del matrimonio y de la familia! Semejante permisivismo moral llega a perjudicar las auténticas exigencias de paz y de comunión entre los hombres. Así se comprende por qué la Iglesia defiende con energía la identidad de la familia y exhorta a las instituciones competentes, especialmente a los responsables de la política, así como a las organizaciones internacionales, a no caer en la tentación de una aparente y falsa modernidad.

La familia, como comunidad de amor y de vida, es una realidad social sólidamente arraigada y, a su manera, una sociedad soberana, aunque condicionada en varios aspectos. La afirmación de la soberanía de la institución-familia y la constatación de sus múltiples condicionamientos inducen a hablar de los derechos de la familia. A este respecto, la Santa Sede publicó en el año 1983 la Carta de los derechos de la familiaque conserva aún hoy toda su actualidad.

Los derechos de la familia están íntimamente relacionados con los derechos del hombre. En efecto, si la familia es comunión de personas, su autorrealización depende en medida significativa de la justa aplicación de los derechos de las personas que la componen. Algunos de estos derechos atañen directamente a la familia, como el derecho de los padres a la procreación responsable y a la educación de la prole; en cambio, otros derechos atañen al núcleo familiar sólo indirectamente. Entre éstos, tienen singular importancia el derecho a la propiedad, especialmente la llamada propiedad familiar, y el derecho al trabajo.

Sin embargo, los derechos de la familia no son simplemente la suma matemática de los derechos de la persona, siendo la familia algo más que la suma de sus miembros considerados singularmente. La familia es comunidad de padres e hijos; a veces, comunidad de diversas generaciones. Por esto, su subjetividad, que se construye sobre la base del designio de Dios, fundamenta y exige derechos propios y específicos. La Carta de los derechos de la familiapartiendo de los mencionados principios morales, consolida la existencia de la institución familiar en el orden social y jurídico de la «gran» sociedad: la nación, el Estado y las comunidades internacionales. Cada una de estas «grandes» sociedades debe tener en cuenta, al menos indirectamente, la existencia de la familia; por esto, la definición de los cometidos y deberes de la «gran» sociedad para con la familia es una cuestión extremamente importante y esencial.

En primer lugar está el vínculo casi orgánico que se instaura entre familia y nación. Naturalmente, no en todos los casos se puede hablar de nación en sentido propio. Pues existen grupos étnicos que, aun no pudiendo considerarse verdaderas naciones, sin embargo realizan en cierto modo la función de «gran» sociedad. Tanto en una como en otra hipótesis, el vínculo de la familia con el grupo étnico o con la nación se basa ante todo en la participación en la cultura. Los padres engendran a los hijos, en cierto sentido, también para la Nación, para que sean miembros suyos y participen de su patrimonio histórico y cultural. Desde el principio, la identidad de la familia se va delineando en cierto modo sobre la base de la identidad de la nación a la que pertenece.

La familia, al participar del patrimonio cultural de la nación, contribuye a la soberanía específica que deriva de la propia cultura y lengua. Hablé de este tema en la Asamblea de la UNESCO en París, en 1980, y a ello me he referido luego varias veces por su innegable importancia. Por medio de la cultura y de la lengua, no sólo la nación, sino toda familia, encuentra su soberanía espiritual. De otro modo sería difícil explicar muchos acontecimientos de la historia de los pueblos, especialmente europeos; acontecimientos antiguos y modernos, alentadores y dolorosos, de victorias y derrotas, que muestran cómo la familia está orgánicamente vinculada a la nación, y la nación a la familia.

Ante el Estado, este vínculo de la familia es en parte semejante y en parte distinto. En efecto, el Estado se distingue de la nación por su estructura menos «familiar», al estar organizado según un sistema político y de forma más «burocrática». No obstante, el sistema estatal tiene también, en cierto modo, su «alma», en la medida en que responde a su naturaleza de «comunidad política» jurídicamente ordenada al bien común[41]. Este «alma» establece una relación estrecha entre la familia y el Estado, precisamente en virtud del principio de subsidiariedad. En efecto, la familia es una realidad social que no dispone de todos los medios necesarios para realizar sus propios fines, incluso en el campo de la instrucción y de la educación. El Estado está llamado entonces a intervenir en virtud del mencionado principio: allí donde la familia es autosuficiente, hay que dejarla actuar autónomamente; una excesiva intervención del Estado resultaría perjudicial, además de irrespetuosa, y constituiría una violación patente de los derechos de la familia; sólo allí donde la familia no es autosuficiente, el Estado tiene la facultad y el deber de intervenir.

Además del ámbito de la educación y de la instrucción a todos los niveles, la ayuda estatal —que de todas formas no debe excluir las iniciativas privadas— se realiza, por ejemplo, en las instituciones que se preocupan de salvaguardar la vida y la salud de los ciudadanos, y, de modo particular, con las medidas de previsión en el mundo del trabajo. El desempleo constituye, en nuestra época, una de las amenazas más serias para la vida familiar y preocupa con razón a toda la sociedad. Supone un reto para la política de cada Estado y un objeto de reflexión para la doctrina social de la Iglesia. Por lo cual, es indispensable y urgente poner remedio a ello con soluciones valientes que miren, más allá de las fronteras nacionales, a tantas familias a las cuales la falta de trabajo lleva a una situación de dramática miseria[42].

Hablando del trabajo con relación a la familia, es oportuno subrayar la importancia y el peso de la actividad laboral de las mujeres dentro del núcleo familiar[43]. Esta actividad debe ser reconocida y valorizada al máximo. La «fatiga» de la mujer —que, después de haber dado a luz un hijo, lo alimenta, lo cuida y se ocupa de su educación, especialmente en los primeros años— es tan grande que no hay que temer la confrontación con ningún trabajo profesional. Esto hay que afirmarlo claramente, como se reivindica cualquier otro derecho relativo al trabajo. La maternidad, con todos los esfuerzos que comporta, debe obtener también un reconocimiento económico igual al menos que el de los demás trabajos afrontados para mantener la familia en una fase tan delicada de su existencia.

Conviene hacer realmente todos los esfuerzos posibles para que la familia sea reconocida como sociedad primordial y, en cierto modo, «soberana». Su «soberanía» es indispensable para el bien de la sociedad. Una nación verdaderamente soberana y espiritualmente fuerte está formada siempre por familias fuertes, conscientes de su vocación y de su misión en la historia. La familia está en el centro de todos estos problemas y cometidos: relegarla a un papel subalterno y secundario, excluyéndola del lugar que le compete en la sociedad, significa causar un grave daño al auténtico crecimiento de todo el cuerpo social.

II

EL ESPOSO ESTÁ CON VOSOTROS

En Caná de Galilea

18. Jesús, hablando un día con los discípulos de Juan, alude a una invitación para una boda y a la presencia del esposo entre los invitados: «El esposo está con ellos» (cf. Mt 9, 15). Indicaba así el cumplimiento, en su persona, de la imagen de Dios-esposo, ya utilizada en el Antiguo Testamento, para revelar plenamente el misterio de Dios como misterio de amor.

Presentándose como «esposo», Jesús revela, pues, la esencia de Dios y confirma su amor inmenso por el hombre. Pero la elección de esta imagen ilumina indirectamente también la profunda verdad del amor esponsal. En efecto, usándola para hablar de Dios, Jesús muestra cómo la paternidad y el amor de Dios se reflejan en el amor de un hombre y de una mujer que se unen en matrimonio. Por esto, al comienzo de su misión, Jesús se encuentra en Caná de Galilea para participar en un banquete de bodas, junto con María y los primeros discípulos (cf. Jn 2, 1-11). Con ello trata de demostrar que la verdad de la familia está inscrita en la Revelación de Dios y en la historia de la salvación. En el Antiguo Testamento, y especialmente en los profetas, se encuentran palabras muy hermosas sobre el amor de Dios: un amor solícito como el de una madre hacia su hijo, tierno como el del esposo por la esposa, pero al mismo tiempo igual y especialmente celoso; ante todo, no es un amor que castiga, sino que perdona; un amor que se inclina ante el hombre como hace el padre con el hijo pródigo, que lo levanta y lo hace partícipe de la vida divina. Un amor que sorprende: novedad desconocida hasta entonces en el mundo pagano.

En Caná de Galilea Jesús es como el heraldo de la verdad divina sobre el matrimonio; verdad sobre la que se puede apoyar la familia humana, basándose firmemente en ella contra todas las pruebas de la vida. Jesús anuncia esta verdad con su presencia en las bodas de Caná y realizando su primera «señal»: el agua convertida en vino.

Él anuncia también la verdad sobre el matrimonio hablando con los fariseos y explicando cómo el amor que viene de Dios, amor tierno y esponsal, es fuente de exigencias profundas y radicales. Menos exigente había sido Moisés, que permitió conceder acta de divorcio. Cuando, en la fuerte controversia, los fariseos se refieren a Moisés, Jesús responde categóricamente: «Al principio no fue así» (Mt 19, 8). Y recuerda que Aquel que creó al hombre, lo creó varón y mujer, y estableció: «Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne» (Gn 2, 24). Con lógica coherencia concluye Jesús: «De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mt 19, 6). A la objeción de los fariseos, que defienden la ley mosaica, responde Jesús: «Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así» (Mt 19, 8).

Jesús se refiere «al principio», encontrando en los orígenes mismos de la creación el designio de Dios, sobre el que se fundamenta la familia y, a través de ella, toda la historia de la humanidad. La realidad natural del matrimonio se convierte, por voluntad de Cristo, en verdadero sacramento de la nueva alianza, marcado por el sello de la sangre redentora de Cristo. ¡Esposos y familias, acordaos del precio con el que habéis sido «comprados»! (cf. 1 Co 6, 20).

Sin embargo, esta maravillosa verdad es humanamente difícil de ser aceptada y vivida. ¡Cómo asombrarse de la concesión de Moisés ante las peticiones de sus compatriotas, si también los mismos Apóstoles, al escuchar las palabras del Maestro, le replican: «Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse» (Mt 19, 10)! No obstante, por el bien del hombre y de la mujer, de la familia y de toda la sociedad, Jesús ratifica la exigencia puesta por Dios desde el principio; pero al mismo tiempo, aprovecha la ocasión para afirmar el valor de la opción de no casarse por el reino de Dios. Esta opción permite «engendrar», aunque de manera diversa. En esta opción se basan la vida consagrada, las órdenes y congregaciones religiosas en Oriente y Occidente, así como la disciplina del celibato sacerdotal, según la tradición de la Iglesia latina. No es, pues, verdad que «no trae cuenta casarse», sino que el amor por el reino de los Cielos puede llevar a no casarse (cf. Mt 19, 12).

Sin embargo, casarse se considera la vocación ordinaria del hombre, la cual es asumida por la mayor parte del pueblo de Dios. En la familia es donde se forman las piedras vivas del edificio espiritual, del que habla el apóstol Pedro (cf. 1 P 2, 5). Los cuerpos de los esposos son morada del Espíritu Santo (cf. 1 Co 6, 19). Puesto que la transmisión de la vida divina supone la transmisión de la vida humana, del matrimonio nacen no sólo los hijos de los hombres, sino también, en virtud del bautismo, los hijos adoptivos de Dios, que viven de la vida nueva recibida de Cristo por medio de su Espíritu.

De este modo, queridos hermanos y hermanas, esposos y padres, el Esposo está con vosotros. Sabéis que él es el buen Pastor y que conocéis su voz. Sabéis a dónde os lleva, cómo lucha para procuraros los pastos en los que podréis encontrar la vida y encontrarla en abundancia; sabéis cómo afronta los lobos rapaces, dispuesto siempre a arrancar de sus fauces a las ovejas: cada marido y cada mujer, cada hijo y cada hija, cada miembro de vuestras familias. Sabéis que Cristo, como buen pastor, está dispuesto a dar su vida por la grey (cf. Jn 10, 11). Él os conduce por sendas que no son escarpadas e insidiosas como las de muchas ideologías contemporáneas; él recuerda al mundo de hoy toda la verdad, como cuando se dirigía a los fariseos o la anunciaba a los Apóstoles, los cuales la predicaron después al mundo, proclamándola a los hombres de su tiempo: judíos y griegos. Los discípulos eran muy conscientes de que Cristo había renovado todo; de que el hombre había llegado a ser una «nueva criatura»: «ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois «uno» en Cristo Jesús» (Ga 3, 28), revestidos de la dignidad de hijos adoptivos de Dios. El día de Pentecostés, este hombre recibió el Espíritu Paráclito, el Espíritu de verdad. Así empezó el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, anticipación de un cielo nuevo y de una tierra nueva (cf. Ap 21, 1).

Los Apóstoles, antes temerosos incluso respecto al matrimonio y la familia, se hicieron valientes. Comprendieron que el matrimonio y la familia constituyen una verdadera vocación que proviene de Dios mismo, un apostolado: el apostolado de los laicos. Éstos ayudan a la transformación de la tierra y a la renovación del mundo, de la creación y de toda la humanidad.

Queridas familias: vosotras debéis ser también valientes y estar dispuestas siempre a dar testimonio de la esperanza que tenéis (cf. 1 P 3, 15), porque ha sido depositada en vuestro corazón por el buen Pastor mediante el Evangelio. Debéis estar dispuestas a seguir a Cristo hacia los pastos que dan la vida y que él mismo ha preparado con el misterio pascual de su muerte y resurrección.

¡No tengáis miedo de los riesgos! ¡La fuerza divina es mucho más potente que vuestras dificultades! Inmensamente más grande que el mal, que actúa en el mundo, es la eficacia del sacramento de la reconciliación, llamado acertadamente por los Padres de la Iglesia «segundo bautismo». Mucho más impacto que la corrupción presente en el mundo tiene la energía divina del sacramento de la confirmación, que hace madurar el bautismo. Incomparablemente más grande es, sobre todo, la fuerza de la Eucaristía.

La Eucaristía es un sacramento verdaderamente admirable. En él se ha quedado Cristo mismo como alimento y bebida, como fuente de poder salvífico para nosotros. Nos lo ha dejado para que tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia (cf. Jn 10, 10): la vida que tiene él y que nos ha transmitido con el don del Espíritu, resucitando al tercer día después de la muerte. Es efectivamente para nosotros la vida que procede de él. ¡Es también para vosotros, queridos esposos, padres y familias! ¿No instituyó él la Eucaristía en un contexto familiar, durante la última cena? Cuando os reunís para comer y estáis unidos entre vosotros, Cristo está cerca. Y todavía más, él es el Emmanuel, Dios con nosotros, cuando os acercáis a la mesa eucarística. Puede suceder que, como en Emaús, se le reconozca solamente en la «fracción del pan» (cf. Lc 24, 35). A veces también él está durante mucho tiempo ante la puerta y llama, esperando que la puerta se abra para poder entrar y cenar con nosotros (cf. Ap 3, 20). Su última cena y sus palabras pronunciadas entonces conservan toda la fuerza y la sabiduría del sacrificio de la cruz. No existe otra fuerza ni otra sabiduría por medio de las cuales podamos salvarnos y podamos contribuir a salvar a los demás. No hay otra fuerza ni otra sabiduría mediante las cuales vosotros, padres, podáis educar a vuestros hijos y también a vosotros mismos. La fuerza educativa de la Eucaristía se ha consolidado a través de las generaciones y de los siglos.

El buen Pastor está con nosotros en todas partes. Igual que estaba en Caná de Galilea, como Esposo entre los esposos que se entregaban recíprocamente para toda la vida, el buen Pastor está hoy con vosotros como motivo de esperanza, fuerza de los corazones, fuente de entusiasmo siempre nuevo y signo de la victoria de la «civilización del amor». Jesús, el buen Pastor, nos repite: No tengáis miedo. Yo estoy con vosotros. «Estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). ¿De dónde viene tanta fuerza? ¿De dónde procede la certeza de que tú, Hijo de Dios, estás con nosotros, aunque te hayan matado y hayas muerto como todo ser humano? ¿De dónde viene esta certeza? Dice el evangelista: «Los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). Por esto, tú nos amas, tú que eres el primero y el último, el que vive; tú que estuviste muerto, pero ahora estás vivo para siempre (cf. Ap 1, 17-18).

El gran misterio

19. San Pablo sintetiza el tema de la vida familiar con la expresión: «gran misterio» (cf. Ef 5, 32). Lo que escribe en la carta a los Efesios sobre el «gran misterio», aunque está basado en el libro del Génesis y en toda la tradición del Antiguo Testamento, presenta, sin embargo, un planteamiento nuevo, que se desarrollará posteriormente en el magisterio de la Iglesia.

La Iglesia profesa que el matrimonio, como sacramento de la alianza de los esposos, es un «gran misterio», ya que en él se manifiesta el amor esponsal de Cristo por su Iglesia. Dice san Pablo: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra» (Ef 5, 25-26). El Apóstol se refiere aquí al bautismo, del cual trata ampliamente en la carta a los Romanos, presentándolo como participación en la muerte de Cristo para compartir su vida (cf. Rm 6, 3-4). En este sacramento el creyente nace como hombre nuevo, pues el bautismo tiene el poder de transmitir una vida nueva, la vida misma de Dios. El misterio de Dios-hombre se compendia, en cierto modo, en el acontecimiento bautismal: «Jesucristo nuestro Señor, Hijo de Dios —dirá más tarde san Ireneo, y con él varios Padres de la Iglesia de Oriente y de Occidente— se hizo hijo del hombre para que el hombre pudiera llegar a ser hijo de Dios»[44].

El Esposo es, pues, el mismo Dios que se hizo hombre. En la antigua alianza, el Señor se presenta como el esposo de Israel, pueblo elegido: un esposo tierno y exigente, celoso y fiel. Todas las traiciones, deserciones e idolatrías de Israel, descritas de modo dramático y sugestivo por los profetas, no logran apagar el amor con que el Dios-esposo «ama hasta el extremo» (cf. Jn 13, 1).

Cristo, en la nueva alianza, consolida y lleva a cabo la comunión esponsal entre Dios y su pueblo. Cristo mismo nos asegura que el Esposo está con nosotros (cf. Mt 9, 15). Está con todos nosotros y está con la Iglesia. La Iglesia se convierte en esposa: esposa de Cristo. Esta esposa, de la que habla la carta a los Efesios, se hace presente en cada bautizado y es como una persona que se ofrece a la mirada de su esposo: «Amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para... presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef 5, 25-27). El amor, con que el esposo «amó hasta el extremo» a la Iglesia, hace que ella se renueve siempre y sea santa en sus santos, aunque no deja de ser una Iglesia de pecadores. Incluso los pecadores, «los publicanos y las prostitutas», están llamados a la santidad, como afirma Cristo mismo en el evangelio (cf. Mt 21, 31). Todos están llamados a ser Iglesia gloriosa, santa e inmaculada. «Sed santos —dice el Señor— pues yo soy santo» (Lv 11, 44; cf. 1 P 1, 16).

Ésta es la más alta dimensión del «gran misterio», el significado interior del don sacramental en la Iglesia, el significado más profundo del bautismo y de la Eucaristía. Son los frutos del amor con que el Esposo ha amado hasta el extremo; amor que se difunde constantemente, concediendo a los hombres una creciente participación en la vida divina.

San Pablo, después de decir: «Maridos, amad a vuestras mujeres» (Ef 5, 25), con mayor fuerza aún añade a continuación: «Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo. Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo» (Ef 5, 28-30). Y exhorta a los esposos: «Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo» (Ef 5, 21).

Éste es ciertamente un nuevo modo de presentar la verdad eterna sobre el matrimonio y la familia a la luz de la nueva alianza. Cristo la reveló en el evangelio, con su presencia en Caná de Galilea, con el sacrificio de la cruz y los sacramentos de su Iglesia. Así, los esposos tienen en Cristo un punto de referencia para su amor esponsal. Al hablar de Cristo esposo de la Iglesia, san Pablo se refiere de modo análogo al amor esponsal y alude al libro del Génesis: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne» (Gn 2, 24). Éste es el «gran misterio» del amor eterno ya presente antes en la creación, revelado en Cristo y confiado a la Iglesia. «Gran misterio es éste —repite el Apóstol—, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia» (Ef 5, 32). No se puede, pues, comprender a la Iglesia como cuerpo místico de Cristo, como signo de la alianza del hombre con Dios en Cristo, como sacramento universal de salvación, sin hacer referencia al «gran misterio», unido a la creación del hombre varón y mujer, y a su vocación para el amor conyugal, a la paternidad y a la maternidad. No existe el «gran misterio», que es la Iglesia y la humanidad en Cristo, sin el «gran misterio» expresado en el ser «una sola carne» (cf. Gn 2, 24; Ef 5, 31-32), es decir, en la realidad del matrimonio y de la familia.

La familia misma es el gran misterio de Dios. Como «iglesia doméstica», es la esposa de Cristo. La Iglesia universal, y dentro de ella cada Iglesia particular, se manifiesta más inmediatamente como esposa de Cristo en la «iglesia doméstica» y en el amor que se vive en ella: amor conyugal, amor paterno y materno, amor fraterno, amor de una comunidad de personas y de generaciones. ¿Acaso se puede imaginar el amor humano sin el esposo y sin el amor con que él amó primero hasta el extremo? Sólo si participan en este amor y en este «gran misterio» los esposos pueden amar «hasta el extremo»: o se hacen partícipes del mismo, o bien no conocen verdaderamente lo que es el amor y la radicalidad de sus exigencias. Esto constituye indudablemente un grave peligro para ellos.

La enseñanza de la carta a los Efesios asombra por su profundidad y su fuerza ética. Mostrando el matrimonio, e indirectamente la familia, como el «gran misterio» referido a Cristo y a la Iglesia, el apóstol Pablo puede repetir una vez más lo que había dicho previamente a los maridos: «¡Que cada uno ame a su mujer como a sí mismo!» Y añade después: «¡Y la mujer, que respete al marido!» (Ef 5, 33). Respetuosa porque ama y sabe que es amada. En virtud de este amor los esposos se convierten en don recíproco. El amor incluye el reconocimiento de la dignidad personal del otro y de su irrepetible unicidad; en efecto, cada uno de ellos, como ser humano, ha sido elegido por sí mismo[45], por parte de Dios, entre todas las criaturas de la tierra; sin embargo, cada uno, mediante un acto consciente y responsable, hace libremente una entrega de sí mismo al otro y a los hijos recibidos del Señor. San Pablo prosigue su exhortación refiriéndose significativamente al cuarto mandamiento: «Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor; porque esto es justo. "Honra a tu padre y a tu madre", tal es el primer mandamiento que lleva consigo una promesa: "Para que seas feliz y se prolongue tu vida sobre la tierra". Padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino formadlos más bien mediante la instrucción y la corrección según el Señor» (Ef 6, 1-4). El Apóstol ve, pues, en el cuarto mandamiento el compromiso implícito del respeto recíproco entre marido y mujer, entre padres e hijos, reconociendo así en ello el principio de la cohesión familiar.

La admirable síntesis paulina a propósito del «gran misterio» se presenta como el resumen, la suma, en cierto sentido, de la enseñanza sobre Dios y sobre el hombre, llevada a cabo por Cristo. Por desgracia el pensamiento occidental, con el desarrollo del racionalismo moderno, se ha ido alejando de esta enseñanza. El filósofo que formuló el principio «Cogito, ergo sum»: «Pienso, luego existo», ha marcado también la moderna concepción del hombre con el carácter dualista que la distingue. Es propio del racionalismo contraponer de modo radical en el hombre el espíritu al cuerpo y el cuerpo al espíritu. En cambio, el hombre es persona en la unidad de cuerpo y espíritu[46]. El cuerpo nunca puede reducirse a pura materia: es un cuerpo «espiritualizado», así como el espíritu está tan profundamente unido al cuerpo que se puede definir como un espíritu «corporeizado». La fuente más rica para el conocimiento del cuerpo es el Verbo hecho carne. Cristo revela el hombre al hombre[47]. Esta afirmación del concilio Vaticano II es, en cierto sentido, la respuesta, esperada desde hacía mucho tiempo, que la Iglesia ha dado al racionalismo moderno.

Esta respuesta tiene una importancia fundamental para comprender la familia, especialmente en la perspectiva de la civilización actual, que, como se ha dicho, parece haber renunciado en tantos casos a ser una «civilización del amor». En la era moderna se ha progresado mucho en el conocimiento del mundo material y también de la psicología humana, pero respecto a su dimensión más íntima, la dimensión metafísica, el hombre de hoy es en gran parte un ser desconocido para sí mismo; por ello, podemos decir también que la familia es una realidad desconocida. Esto sucede cuando se aleja de aquel «gran misterio» del que habla el Apóstol.

La separación entre espíritu y cuerpo en el hombre ha tenido como consecuencia que se consolide la tendencia a tratar el cuerpo humano no según las categorías de su específica semejanza con Dios, sino según las de su semejanza con los demás cuerpos del mundo creado, utilizados por el hombre como instrumentos de su actividad para la producción de bienes de consumo. Pero todos pueden comprender inmediatamente cómo la aplicación de tales criterios al hombre conlleva enormes peligros. Cuando el cuerpo humano, considerado independientemente del espíritu y del pensamiento, es utilizado como un material al igual que el de los animales —esto sucede, por ejemplo, en las manipulaciones de embriones y fetos—, se camina inevitablemente hacia una terrible derrota ética.

En semejante perspectiva antropológica, la familia humana vive la experiencia de un nuevo maniqueísmo, en el cual el cuerpo y el espíritu son contrapuestos radicalmente entre sí: ni el cuerpo vive del espíritu, ni el espíritu vivifica el cuerpo. Así el hombre deja de vivir como persona y sujeto. No obstante las intenciones y declaraciones contrarias, se convierte exclusivamente en objeto. De este modo, por ejemplo, dicha civilización neomaniquea lleva a considerar la sexualidad humana más como terreno de manipulación y explotación, que como la realidad de aquel asombro originario que, en la mañana de la creación, movió a Adán a exclamar ante Eva: «Es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn 2, 23). Es el asombro que reflejan las palabras del Cantar de los cantares: «Me robaste el corazón, hermana mía, novia, me robaste el corazón con una mirada tuya» (Ct 4, 9). ¡Qué lejos están, ciertas concepciones modernas de comprender profundamente la masculinidad y la femineidad presentadas por la Revelación divina! Ésta nos lleva a descubrir en la sexualidad humana una riqueza de la persona, que encuentra su verdadera valoración en la familia y expresa también su vocación profunda en la virginidad y en el celibato por el reino de Dios.

El racionalismo moderno no soporta el misterio. No acepta el misterio del hombre, varón y mujer, ni quiere reconocer que la verdad plena sobre el hombre ha sido revelada en Jesucristo. Concretamente, no tolera el «gran misterio», anunciado en la carta a los Efesios, y lo combate de modo radical. Si, en un contexto de vago deísmo, descubre la posibilidad y hasta la necesidad de un Ser supremo divino, rechaza firmemente la noción de un Dios que se hace hombre para salvar al hombre. Para el racionalismo es impensable que Dios sea el Redentor, y menos que sea «el Esposo», fuente originaria y única del amor esponsal humano. El racionalismo interpreta la creación y el significado de la existencia humana de manera radicalmente diversa; pero si el hombre pierde la perspectiva de un Dios que lo ama y, mediante Cristo, lo llama a vivir en él y con él; si a la familia no se le da la posibilidad de participar en el «gran misterio», ¿qué queda sino la sola dimensión temporal de la vida? Queda la vida temporal como terreno de lucha por la existencia, de búsqueda afanosa de la ganancia, la económica ante todo.

El «gran misterio», el sacramento del amor y de la vida, que tiene su inicio en la creación y en la redención, y del cual esgarante Cristo-esposo, ha perdido en la mentalidad moderna sus raíces más profundas. Está amenazado en nosotros y a nuestro alrededor. Que el Año de la familia, celebrado en la Iglesia, se convierta para los esposos en una ocasión propicia para descubrirlo y afirmarlo con fuerza, valentía y entusiasmo.

La Madre del amor hermoso

20. La historia del «amor hermoso» comienza en la Anunciación, con aquellas admirables palabras que el ángel dirigió a María, llamada a ser la Madre del Hijo de Dios. De este modo, Aquel que es «Dios de Dios y Luz de Luz» se convierte en Hijo del hombre; María es su Madre, sin dejar de ser la Virgen que «no conoce varón» (cf. Lc 1, 34). Como Madre-Virgen, María se convierte enMadre del amor hermoso. Esta verdad está ya revelada en las palabras del arcángel Gabriel, pero su pleno significado será confirmado y profundizado a medida que María siga al Hijo en la peregrinación de la fe[48].

La «Madre del amor hermoso» fue acogida por aquel que, según la tradición de Israel, ya era su esposo terrenal, José, de la estirpe de David. Él habría tenido derecho a considerar a la novia como su mujer y madre de sus hijos. Sin embargo, Dios interviene en esta alianza esponsal con su iniciativa: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo» (Mt 1, 20). José es consciente, ve con sus propios ojos que en María se ha concebido una nueva vida que no proviene de él y por tanto, como hombre justo, observante de la ley antigua, que en su caso imponía la obligación de divorcio, quiere disolver de manera caritativa su matrimonio (cf. Mt 1, 19). El ángel del Señor le hace saber que esto no estaría de acuerdo con su vocación, más aún, que sería contrario al amor esponsal que lo une a María. Este amor esponsal recíproco, para que sea plenamente el «amor hermoso», exige que José acoja a María y a su Hijo bajo el techo de su casa, en Nazaret. José obedece el mensaje divino y actúa según lo que le ha sido mandado (cf. Mt 1, 24). También gracias a José el misterio de la Encarnación y, junto con él, el misterio de la Sagrada Familia, se inscribe profundamente en el amor esponsal del hombre y de la mujer e indirectamente en la genealogía de cada familia humana. Lo que Pablo llamará el «gran misterio» encuentra en la Sagrada Familia su expresión más alta. La familia se sitúa así verdaderamente en el centro de la nueva alianza.

Se puede decir también que la historia del «amor hermoso» comenzó, en cierto modo, con la primera pareja humana, Adán y Eva. La tentación en la que cayeron y el consiguiente pecado original no los privó completamente de la capacidad del «amor hermoso». Esto se comprende leyendo, por ejemplo, en el libro de Tobías, que los esposos Tobías y Sara, al explicar el significado de su unión, se refieren a los primeros padres Adán y Eva (cf. Tb 8, 6). En la nueva alianza, lo atestigua también san Pablo hablando de Cristo como nuevo Adán (cf. 1 Co 15, 45): Cristo no viene a condenar al primer Adán y a la primera Eva, sino a redimirlos; viene a renovar lo que es don de Dios en el hombre, cuanto hay en él de eternamente bueno y bello, y que constituye el substrato del amor hermoso. La historia del «amor hermoso» es, en cierto sentido, la historia de la salvación del hombre.

El «amor hermoso» comienza siempre con la automanifestación de la persona. En la creación Eva se manifiesta a Adán; a lo largo de la historia las esposas se manifiestan a sus esposos, las nuevas parejas humanas se dicen recíprocamente: «Caminaremos juntos en la vida». Así comienza la familia como unión de los dos y, en virtud del sacramento, como nueva comunidad en Cristo. El amor, para que sea realmente hermoso, debe ser don de Dios, derramado por el Espíritu Santo en los corazones humanos y alimentado continuamente en ellos (cf. Rm 5, 5). Bien consciente de esto, la Iglesia pide en el sacramento del matrimonio al Espíritu Santo que visite los corazones humanos. Para que el «amor hermoso» sea verdaderamente así, es decir, don de la persona a la persona, debe provenir de Aquél que es Don y fuente de todo don.

Así sucede en el evangelio respecto a María y José, los cuales, en el umbral de la nueva alianza, viven la experiencia del «amor hermoso» descrito en el Cantar de los cantares. José piensa y dice de María: «Hermana mía, novia» (Ct 4, 9). María, Madre de Dios, concibe por obra del Espíritu Santo, del cual proviene el «amor hermoso», que el evangelio sitúa delicadamente en el contexto del «gran misterio».

Cuando hablamos del «amor hermoso», hablamos, por tanto, de labelleza: belleza del amor y belleza del ser humano que, gracias al Espíritu Santo, es capaz de este amor. Hablamos de la belleza del hombre y de la mujer: de su belleza como hermanos y hermanas, como novios, como esposos. El evangelio ilumina no sólo el misterio del «amor hermoso», sino también el no menos profundo de la belleza, que procede de Dios como el amor. El hombre y la mujer, personas llamadas a ser un don recíproco, provienen de Dios. Del don originario del Espíritu Santo, «que da la vida», brota el don mutuo de ser marido o mujer, así como el don de ser hermano o hermana.

Todo esto se verifica en el misterio de la Encarnación, que ha llegado a ser, en la historia de los hombres, fuente de una belleza nueva que ha inspirado innumerables obras maestras de arte. Después de la severa prohibición de representar al Dios invisible con imágenes (cf. Dt 4, 15-20), la época cristiana, por el contrario, ha ofrecido la representación artística de Dios hecho hombre, de su madre María y de José, de los santos de la antigua y la nueva alianza, y, en general, de toda la creación redimida por Cristo, inaugurando de este modo una nueva relación con el mundo de la cultura y del arte. Se podría decir que el nuevo canon del arte, atento a la dimensión profunda del hombre y de su futuro, arranca del misterio de la encarnación de Cristo, inspirándose en los misterios de su vida: el nacimiento en Belén, la vida oculta en Nazaret, la misión pública, el Calvario, la resurrección y su ascensión a los cielos. La Iglesia es consciente de que su presencia en el mundo contemporáneo y, en particular, su aportación y apoyo a la valoración de la dignidad del matrimonio y de la familia, están unidos profundamente al desarrollo de la cultura; de ello se preocupa con razón.

Precisamente por esto la Iglesia sigue con solícita atención las orientaciones de los medios de comunicación social, cuya misión es formar, además de informar, al gran público[49]. Conociendo bien la amplia y profunda incidencia de tales medios, la Iglesia no se cansa de poner en guardia a los operadores de la comunicación de los peligros de manipulación de la verdad. En efecto, ¿qué verdad puede haber en las películas, en los espectáculos, en los programas radiotelevisivos en los que dominan la pornografía y la violencia? ¿Es éste un buen servicio a la verdad sobre el hombre? Son interrogantes que no pueden eludir los operadores de esos instrumentos y los diversos responsables de la elaboración y comercialización de sus productos.

Gracias a esta reflexión crítica, nuestra civilización, aun teniendo tantos aspectos positivos a nivel material y cultural, debería darse cuenta de que, desde diversos puntos de vista, es una civilización enferma, que produce profundas alteraciones en el hombre. ¿Por qué sucede esto? La razón está en el hecho de que nuestra sociedad se ha alejado de la plena verdad sobre el hombre, de la verdad sobre lo que el hombre y la mujer son como personas. Por consiguiente, no sabe comprender adecuadamente lo que son verdaderamente la entrega de las personas en el matrimonio, el amor responsable al servicio de la paternidad y la maternidad, la auténtica grandeza de la generación y la educación. Entonces, ¿es exagerado afirmar que los medios de comunicación social, si no están orientados según sanos principios éticos, no sirven a la verdad en su dimensión esencial? Éste es, pues, el drama: los instrumentos modernos de comunicación social están sujetos a la tentación de manipular el mensaje, falseando la verdad sobre el hombre. El ser humano no es el que presenta la publicidad y los medios modernos de comunicación social. Es mucho más, como unidad psicofísica, como unidad de alma y cuerpo, como persona. Es mucho más por su vocación al amor, que lo introduce como varón y mujer en la dimensión del «gran misterio».

María entró la primera en esta dimensión, e introdujo también a su esposo José. Ellos se convirtieron así en los primeros modelos de aquel amor hermoso que la Iglesia no cesa de implorar para la juventud, para los esposos y las familias. ¡Y cuántos de ellos se unen con fervor a esta oración¡ ¿Cómo no pensar en la multitud de peregrinos, ancianos y jóvenes, que acuden a los santuarios marianos y fijan la mirada en el rostro de la Madre de Dios, en el rostro de la Sagrada Familia, en los cuales se refleja toda la belleza del amor dado por Dios al hombre?

En el Sermón de la montaña, refiriéndose al sexto mandamiento, Cristo proclama: «Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer, deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 27-28). Con relación al Decálogo, que tiende a defender la tradicional solidez del matrimonio y de la familia, estas palabras muestran un gran progreso. Jesús va al origen del pecado de adulterio, el cual está en la intimidad del hombre y se manifiesta en un modo de mirar y pensar que está dominado por la concupiscencia. Mediante ésta el hombre tiende a apoderarse de otro ser humano, que no es suyo, sino que pertenece a Dios. A la vez que se dirige a sus contemporáneos, Cristo habla a los hombres de todos los tiempos y de todas las generaciones; en particular, habla a nuestra generación, que vive bajo el signo de una civilización consumista y hedonista.

¿Por qué Cristo, en el Sermón de la montaña, habla de manera tan fuerte y exigente? La respuesta es muy clara: Cristo quiere garantizar la santidad del matrimonio y de la familia, quiere defender la plena verdad sobre la persona humana y su dignidad.

Es solamente a la luz de esta verdad como la familia puede llegar a ser verdaderamente la gran «revelación», el primer descubrimiento del otro: el descubrimiento recíproco de los esposos y, después, de cada hijo o hija que nace de ellos. Lo que los esposos se prometen recíprocamente, es decir, ser «siempre fieles en las alegrías y en las penas, y amarse y respetarse todos los días de la vida», sólo es posible en la dimensión del «amor hermoso». El hombre de hoy no puede aprender esto de los contenidos de la moderna cultura de masas. El «amor hermoso» se aprende sobre todo rezando. En efecto, la oración comporta siempre, para usar una expresión de san Pablo, una especie de escondimiento con Cristo en Dios: «vuestra vida está oculta con Cristo en Dios» (Col 3, 3). Sólo en semejante escondimiento actúa el Espíritu Santo, fuente del «amor hermoso». Él derrama ese amor no sólo en el corazón de María y de José, sino también en el corazón de los esposos, dispuestos a escuchar la palabra de Dios y a custodiarla (cf. Lc 8, 15). El futuro de cada núcleo familiar depende de este «amor hermoso»: amor recíproco de los esposos, de los padres y de los hijos, amor de todas las generaciones. El amor es la verdadera fuente de unidad y fuerza de la familia.

El nacimiento y el peligro

21. La breve narración de la infancia de Jesús nos refiere casi simultáneamente, de manera muy significativa, el nacimiento y el peligro que hubo de afrontar enseguida. Lucas relata las palabras proféticas pronunciadas por el anciano Simeón cuando el Niño fue presentado al Señor en el templo, cuarenta días después de su nacimiento. Simeón habla de «luz» y de «signo de contradicción»; después predice a María: «A ti misma una espada te atravesará el alma» (cf. Lc 2, 32-35). Sin embargo, Mateo se refiere a las asechanzas tramadas contra Jesús por Herodes: informado por los Magos, que habían ido de Oriente para ver al nuevo rey que debía nacer (cf. Mt 2, 2), se siente amenazado en su poder y, después de marchar ellos, ordena matar a todos los niños menores de dos años de Belén y alrededores. Jesús escapa de las manos de Herodes gracias a una particular intervención divina y a la solicitud paterna de José, que lo lleva junto con su Madre a Egipto, donde se quedarán hasta la muerte de Herodes. Después regresan a Nazaret, su ciudad natal, donde la Sagrada Familia inicia el largo período de una existencia escondida, que se desarrolla en el cumplimiento fiel y generoso de los deberes cotidianos (cf. Mt 2, 1-23; Lc 2, 39-52).

Reviste una elocuencia profética el hecho de que Jesús, desde su nacimiento, se encontrara ante amenazas y peligros. Ya desde niño es «signo de contradicción». Elocuencia profética presenta, además, el drama de los niños inocentes de Belén, matados por orden de Herodes y, según la antigua liturgia de la Iglesia, partícipes del nacimiento y de la pasión redentora de Cristo»[50]. Mediante su «pasión», completan «lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).

En los evangelios de la infancia, el anuncio de la vida, que se hace de modo admirable con el nacimiento del Redentor, se contrapone fuertemente a la amenaza a la vida, una vida que abarca enteramente el misterio de la Encarnación y de la realidad divino-humana de Cristo. El Verbo se hizo carne (cf. Jn 1, 14), Dios se hizo hombre. A este sublime misterio se referían frecuentemente los Padres de la Iglesia: «Dios se hizo hombre, para que el hombre, en él y por medio de él, llegara a ser Dios»[51]. Esta verdad de la fe es a la vez la verdad sobre el ser humano. Muestra la gravedad de todo atentado contra la vida del niño en el seno de la madre. Aquí, precisamente aquí, nos encontramos en las antípodas del «amor hermoso». Pensando exclusivamente en la satisfacción, se puede llegar incluso a matar el amor, matando su fruto. Para la cultura de la satisfacción el «fruto bendito de tu seno» (Lc 1, 42) llega a ser, en cierto modo, un «fruto maldito».

¿Cómo no recordar, a este respecto, las desviaciones que el llamado estado de derecho ha sufrido en numerosos países? Unívoca y categórica es la ley de Dios respecto a la vida humana. Dios manda: «No matarás» (Ex 20, 13). Por tanto, ningún legislador humano puede afirmar: te es lícito matar, tienes derecho a matar, deberías matar. Desgraciadamente, esto ha sucedido en la historia de nuestro siglo, cuando han llegado al poder, de manera incluso democrática, fuerzas políticas que han emanado leyes contrarias al derecho de todo hombre a la vida, en nombre de presuntas y aberrantes razones eugenésicas, étnicas o parecidas. Un fenómeno no menos grave, incluso porque consigue vasta conformidad o consentimiento de opinión pública, es el de las legislaciones que no respetan el derecho a la vida desde su concepción. ¿Cómo se podrían aceptar moralmente unas leyes que permiten matar al ser humano aún no nacido, pero que ya vive en el seno materno? El derecho a la vida se convierte, de esta manera, en decisión exclusiva de los adultos, que se aprovechan de los mismos parlamentos para realizar los propios proyectos y buscar sus propios intereses.

Nos encontramos ante una enorme amenaza contra la vida: no sólo la de cada individuo, sino también la de toda la civilización. La afirmación de que esta civilización se ha convertido, bajo algunos aspectos, en «civilización de la muerte» recibe una preocupante confirmación. ¿No es quizás un acontecimiento profético el hecho de que el nacimiento de Cristo haya estado acompañado del peligro por su existencia? Sí, también la vida de Aquel que al mismo tiempo es Hijo del hombre e Hijo de Dios estuvo amenazada, estuvo en peligro desde el principio, y sólo de milagro evitó la muerte.

Sin embargo, en los últimos decenios se notan algunos síntomas confortadores de un despertar de las conciencias, que afecta tanto al mundo del pensamiento como a la misma opinión pública. Crece, especialmente entre los jóvenes, una nueva conciencia de respeto a la vida desde su concepción; se difunden los movimientos pro-vida. Es un signo de esperanza para el futuro de la familia y de toda la humanidad.

«... me habéis recibido»

22. ¡Esposos y familias de todo el mundo: el Esposo está con vosotros! El Papa desea deciros esto, ante todo, en el año que las Naciones Unidas y la Iglesia dedican a la familia. «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3, 16-17); «lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu... Tenéis que nacer de lo alto» (Jn 3, 6-7). Debéis nacer «de agua y de Espíritu» (Jn 3, 5). Precisamente vosotros, queridos padres y madres, sois los primeros testigos y ministros de este nuevo nacimiento del Espíritu Santo. Vosotros, que engendráis a vuestros hijos para la patria terrena, no olvidéis que al mismo tiempo los engendráis para Dios. Dios desea su nacimiento del Espíritu Santo; los quiere como hijos adoptivos en el Hijo unigénito que les da «poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1, 12). La obra de la salvación perdura en el mundo y se realiza mediante la Iglesia. Todo esto es obra del Hijo de Dios, el Esposo divino, que nos ha transmitido el reino del Padre y nos recuerda a nosotros, sus discípulos: «El reino de Dios ya está entre vosotros» (Lc 17, 21).

Nuestra fe nos enseña que Jesucristo, que «está sentado a la derecha del Padre», vendrá para juzgar a vivos y muertos. Por otra parte, el evangelista Juan afirma que él fue enviado al mundo no «para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3, 17). Por tanto, ¿en qué consiste el juicio? Cristo mismo da la respuesta: El juicio «está en que vino la luz al mundo... El que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios» (Jn 3, 19. 21). Esto también lo ha recordado recientemente la encíclica Veritatis splendor[52]. ¿Cristo es, pues, juez? Tus propios actos te juzgarán a la luz de la verdad que tú conoces. Lo que juzgará a los padres y madres, a los hijos e hijas, serán sus obras. Cada uno de nosotros será juzgado sobre los mandamientos; también sobre los que hemos recordado en esta carta: cuarto, quinto, sexto y noveno. Sin embargo, cada uno será juzgado ante todo sobre el amor, que es el sentido y la síntesis de los mandamientos. «A la tarde te examinarán en el amor», escribió san Juan de la Cruz[53]. Cristo, redentor y esposo de la humanidad, «para esto ha nacido y para esto ha venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha su voz» (cf. Jn 18, 37). Él será el juez, pero del modo que él mismo ha indicado hablando del juicio final (cf. Mt 25, 31-46). El suyo será un juicio sobre el amor, un juicio que confirmará definitivamente la verdad de que el Esposo estaba con nosotros, sin que nosotros, quizás, lo supiéramos.

El juez es el Esposo de la Iglesia y de la humanidad. Por esto juzga diciendo: «Venid, benditos de mi Padre... Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis» (Mt 25, 34-36). Naturalmente esta relación podría alargarse y en ella podrían aparecer una infinidad de problemas, que afectan también a la vida conyugal y familiar. Podríamos encontrarnos también expresiones como éstas: «Fui niño todavía no nacido y me acogisteis, permitiéndome nacer; fui niño abandonado y fuisteis para mí una familia; fui niño huérfano y me habéis adoptado y educado como a un hijo vuestro». Y también: «Ayudasteis a las madres que dudaban, o que estaban sometidas a fuertes presiones, para que aceptaran a su hijo no nacido y le hicieran nacer; ayudasteis a familias numerosas, familias en dificultad para mantener y educar a los hijos que Dios les había dado». Y podríamos continuar con una relación larga y diferenciada, que comprende todo tipo de verdadero bien moral y humano, en el cual se manifiesta el amor. Ésta es la gran mies que el Redentor del mundo, a quien el Padre ha confiado el juicio, vendrá a cosechar: es la mies de gracias y obras buenas, madurada bajo el soplo del Esposo en el Espíritu Santo, que nunca cesa de actuar en el mundo y en la Iglesia. Demos gracias por esto al Dador de todo bien.

Sabemos, sin embargo, que en la sentencia final, referida por el evangelista Mateo, hay otra relación, grave y aterradora: «Apartaos de mí... Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis» (Mt 25, 41-43). Y en esta relación se pueden encontrar también otros comportamientos, en los que Jesús se presenta también como el hombre rechazado. Así, él se identifica con la mujer o el marido abandonado, con el niño concebido y rechazado: «¡No me habéis recibido!» Este juicio pasa también a través de la historia de nuestras familias y de la historia de las naciones y de la humanidad. El «no me habéis recibido» de Cristo implica también a instituciones sociales, gobiernos y organizaciones internacionales.

Pascal escribió que «Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo»[54]. La agonía de Getsemaní y la agonía del Gólgota son el culmen de la manifestación del amor. En una y otra se manifiesta el Esposo que está con nosotros, que ama siempre de nuevo, que «ama hasta el extremo» (cf. Jn 13, 1). El amor que hay en él y que de él va más allá de los confines de las historias personales o familiares, sobrepasa los confines de la historia de la humanidad.

Al final de estas reflexiones, queridos hermanos y hermanas, pensando en lo que, durante este Año de la familia, se proclamará desde diversas tribunas, quisiera renovar con vosotros la confesión hecha por Pedro a Cristo: «Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68). Digamos juntos: ¡Tus palabras, Señor, no pasarán! (cf. Mc 13, 31). ¿Qué puede desearos el Papa al final de esta larga meditación sobre el Año de la familia? Desea que todos os veáis reflejados en estas palabras, que «son espíritu y son vida» (Jn 6, 63).

Fortalecidos en el hombre interior

23. Doblo mis rodillas ante el Padre del cual toma nombre toda paternidad y maternidad «para que os conceda... que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior» (Ef 3, 16). Recuerdo gustoso estas palabras del Apóstol, a las que me he referido en la primera parte de la presente carta. Son, en cierto modo, palabras-clave. La familia, la paternidad y la maternidad caminan juntas, al mismo paso. A su vez, la familia es el primer ambiente humano en el cual se forma el «hombre interior» del que habla el Apóstol. La consolidación de su fuerza es don del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo.

El Año de la familia pone ante nosotros y ante la Iglesia un cometido enorme, no distinto del que concierne a la familia cada año y cada día, pero que en el contexto de este año adquiere particular significado e importancia. Hemos iniciado el Año de la familia en Nazaret, en la solemnidad de la Sagrada Familia; a lo largo de este año deseamos peregrinar a ese lugar de gracia, que es el santuario de la Sagrada Familia en la historia de la humanidad. Deseamos hacer esta peregrinación recuperando la conciencia del patrimonio de verdad sobre la familia, que desde el principio constituye un tesoro de la Iglesia. Es el tesoro que se acumula a partir de la rica tradición de la antigua alianza, se completa en la nueva y encuentra su expresión plena y emblemática en el misterio de la Sagrada Familia, en la cual el Esposo divino obra la redención de todas las familias. Desde allí Jesús proclama el «evangelio de la familia». A este tesoro de verdad acuden todas las generaciones de los discípulos de Cristo, comenzando por los Apóstoles, de cuya enseñanza nos hemos aprovechado abundantemente en esta carta.

En nuestra época este tesoro es explorado a fondo en los documentos del concilio Vaticano II[55]; interesantes análisis se han hecho también en los numerosos discursos que Pío XII dedica a los esposos[56]; en la encíclica Humanae vitae de Pablo VI; en las intervenciones durante el Sínodo de los obispos dedicado a la familia (1980), y en la exhortación apostólica Familiaris consortioA estas intervenciones del Magisterio ya me he referido al principio. Si las menciono ahora es para destacar lo extenso y rico que es el tesoro de la verdad cristiana sobre la familia. Sin embargo, no bastan solamente los testimonios escritos. Mucho más importantes son los testimonios vivos. Pablo VI observaba que, «el hombre contemporáneo escucha de más buena gana a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros es porque son testigos»[57]. Es sobre todo a los testigos a quienes, en la Iglesia, se confía el tesoro de la familia: a los padres y madres, hijos e hijas, que a través de la familia han encontrado el camino de su vocación humana y cristiana, la dimensión del «hombre interior» (Ef 3, 16), de la que habla el Apóstol, y han alcanzado así la santidad. La Sagrada Familia es el comienzo de muchas otras familias santas. El Concilio ha recordado que la santidad es la vocación universal de los bautizados[58]. En nuestra época, como en el pasado, no faltan testigos del «evangelio de la familia», aunque no sean conocidos o no hayan sido proclamados santos por la Iglesia. El Año de la familia constituye la ocasión oportuna para tomar mayor conciencia de su existencia y su gran número.

A través de la familia discurre la historia del hombre, la historia de la salvación de la humanidad. He tratado de mostrar en estas páginas cómo la familia se encuentra en el centro de la gran lucha entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, entre el amor y cuanto se opone al amor. A la familia está confiado el cometido de luchar ante todo para liberar las fuerzas del bien, cuya fuente se encuentra en Cristo, redentor del hombre. Es preciso que dichas fuerzas sean tomadas como propias por cada núcleo familiar, para que, como se dijo con ocasión del milenio del cristianismo en Polonia, la familia sea «fuerte de Dios»[59]. He aquí la razón por la cual la presente carta ha querido inspirarse en las exhortaciones apostólicas que encontramos en los escritos de Pablo (cf. 1 Co 7, 1-40; Ef 5, 21-6, 9; Col 3, 25) y en las cartas de Pedro y de Juan (cf. 1 P 3, 1-7; Jn 2, 12-17). ¡Qué parecidas son, aunque en un contexto histórico y cultural distinto, las situaciones de los cristianos y de las familias de entonces y de ahora!

Os hago, pues, una invitación: una invitación dirigida especialmente a vosotros, queridos esposos y esposas, padres y madres, hijos e hijas. Es una invitación a todas las Iglesias particulares, para que permanezcan unidas en la enseñanza de la verdad apostólica; a los hermanos en el episcopado, a los presbíteros, a los institutos religiosos y personas consagradas, a los movimientos y asociaciones de fieles laicos; a los hermanos y hermanas, a los que nos une la fe común en Jesucristo, aunque no vivamos aún la plena comunión querida por el Salvador [60]; a todos aquellos que, participando en la fe de Abraham, pertenecen como nosotros a la gran comunidad de los creyentes en un único Dios[61]; a aquellos que son herederos de otras tradiciones espirituales y religiosas; a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

¡Que Cristo, que es el mismo «ayer, hoy y siempre» (cf. Hb 13, 8), esté con nosotros mientras doblamos las rodillas ante el Padre, de quien procede toda paternidad y maternidad y toda familia humana (cf. Ef 3, 14-15) y, con las mismas palabras de la oración al Padre, que él mismo nos enseñó, ofrezca una vez más el testimonio del amor con que nos «amó hasta el extremo» (Jn 13, 1)!

Hablo con la fuerza de su verdad al hombre de nuestro tiempo, para que comprenda qué grandes bienes son el matrimonio, la familia y la vida; y qué gran peligro constituye el no respetar estas realidades y una menor consideración de los valores supremos en los que se fundamentan la familia y la dignidad del ser humano.

Que el Señor Jesús nos recuerde estas cosas con la fuerza y la sabiduría de la cruz (cf. 1 Co 1, 17-24), para que la humanidad no ceda a la tentación del «padre de la mentira» (Jn 8, 44), que la empuja constantemente por caminos anchos y espaciosos, aparentemente fáciles y agradables, pero llenos realmente de asechanzas y peligros. Que se nos conceda seguir siempre a Aquel que es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6).

Que sean éstos, queridísimos hermanos y hermanas, el compromiso de las familias cristianas y el afán misionero de la Iglesia durante este año, rico de singulares gracias divinas. Que la Sagrada Familia, icono y modelo de toda familia humana, nos ayude a cada uno a caminar con el espíritu de Nazaret; que ayude a cada núcleo familiar a profundizar su misión en la sociedad y en la Iglesia mediante la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la fraterna comunión de vida. ¡Que María, Madre del amor hermoso, y José, custodio del Redentor, nos acompañen a todos con su incesante protección!

Con estos sentimientos bendigo a cada familia en el nombre de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor, del año 1994, décimo sexto de mi Pontificado.

JUAN PABLO II

 


NOTAS

[1] Redemptor hominis, 14.

[2] Cf. Gaudium et spes, 1.

[3] Gaudium et spes,, 22.

[4] Ibid.

[5] Gaudium et spes, 22.

[6] cf. Lumen gentium, 11.

[7] Gaudium et spes, segunda parte, cap. I.

[8] Rituale Romanum, «ordo celebrandi matimonium», n. 74, editio typica altera, p. 26.

[9] Cf. Familiaris consortio, 79-84.

[10] Rituale Romanum, «ordo celebrandi matimonium», n. 74, editio typica altera, p. 26.

[11] Gaudium et spes, 48.

[12] Familiaris consortio, 69.

[13] Gaudium et spes, 24.

[14] Rituale Romanum, «ordo celebrandi matimonium», n. 60, editio typica altera, p. 17.

[15] Cf. Familiaris consortio, 28.

[16] Cf. Pío XII, Humani generis: AAS 42 (1950) 574.

[17] Gaudium et spes, 24.

[18] Ibid.

[19] Ibid.

[20] S. Agustín, Confesiones, I, 1: CCL, 27, 1.

[21] Cf. Gaudium et spes, 50.

[22] Rituale Romanum, «ordo celebrandi matimonium», n. 62, editio typica altera, p. 17.

[23] Ibid., n. 61, ed. cit., p. 17.

[24] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 5, a. 4, ad 2.

[25] Gaudium et spes, 24.

[26] Cf. Sollicitudo rei socialis, 25.

[27] Redemptor hominis, 14; cf. Centesimus annus, 53.

[28] S. Ireneo, Adversus haereses, IV, 20, 7: PG 7, 1057; Sch 100/2, 648-649.

[29] Centesimus annus, 39.

[30] Cf. Sollicitudo rei socialis, 25.

[31] Cf. Pablo VI, Humanae vitae, 12; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2366.

[32] Gaudium et spes, 24.

[33] Pablo VI, Homilia de clausura del Año Santo, 25 de diciembre de 1975.

[34] Gaudium et spes, 22.

[35] Gaudium et spes, 47.

[36] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 5, a. 4, ad 2.

[37] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-IIae, q. 22.

[38] Cf. Lumen gentium, 11. 40 y 41.

[39] Rituale Romanum, «ordo celebrandi matimonium», n. 60, editio typica altera, p. 17.

[40] Código de Derecho Canónico, can. 1055, 1; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1601.

[41] Gaudium et spes, 74.

[42] Cf. Centesimus annus, 67.

[43] Cf. Laborem exercens, 19.

[44] Cf. S. Ireneo, Adversus haereses, III, 10, 2: PG 7, 873; SCh 211, 116-119; S. Atanasio, De Incarnatione Verbi, 54: PG 25, 191-192; S Agustín, Sermo 185, 3: PL 38, 999;  Sermo 194, 3: PL 38, 1016.

[45] Cf. Gaudium et spes, 24.

[46] Gaudium et spes, 14.

[47] Ibíd., 22

[48] Cf. Lumen gentium, 56-59.

[49] Cf. Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales, Instrucción pastoral Aetatis novae, 7

[50] In sacra eorum celebritatis liturgia, quae a saeculo V repetirur, Sanctos Innocentes adloquitur Ecclesia vocabulis describens eos poetae Prudenti (+ cir. 405): «Salvete, flores martyrum, quod lucis ipso in limine Christi insecutor sustulit, ceu turbo nascentes rosas».

[51] S. Atanasio, De Incarnatione Verbi, 54: PG 25, 191-192.

[52] Cf. Veritatis splendor, 84.

[53] San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, 59.

[54] Blaise Pascal, Pensées, «Le mystère de Jésus», 553.

[55] Cf. en particular Gaudium et spes, 47-52.

[56] En particular, Pío XII, Discurso a la Unión Católica Italiana de Obstétricas, 29 de octubre de 1951: Discorsi e Radiomessaggi, XIII (1951) 333-353.

[57] Cf. Pablo VI, Discurso a los miembros del Consejo para los laicos durante la audiencia general del 2 de octubre de 1974Insegnamenti di Paolo VI, XII (1974) 895.

[58] Cf. Lumen gentium, 40.

[59] Cf. Card. Stefan Wyszinski, Rodzina Bogiem silna, homilía en Claro Monte, 26 de agosto de 1961.

[60] Cf. Lumen gentium, 15.

[61] Cf. Ibíd. 16.

 

Francisco invita a invocar a San José, protector de la familia, en este «tiempo de gran dificultad»

 

La Audiencia general de este miércoles volvió a ser a puerta cerrada / Vatican Media

 

Este jueves 19 de marzo la Iglesia celebra a San José, un santo al que el Papa Francisco tiene una especial devoción. Y por ello al final de la Audiencia general, que de nuevo fue sin fieles, habló del esposo de la Virgen en este tiempo de gran dificultad que vive el mundo debido a la pandemia del coronavirus.

De este modo, el Papa recordó que "en la vida, en el trabajo, en la familia, en la alegría y en el dolor siempre buscó y amó al Señor, mereciendo en las Escrituras el reconocimiento de un hombre justo y sabio. Invócale siempre, sobre todo en los momentos difíciles, y confía tu existencia a este gran Santo".

San José, protector de las familias

De hecho, con motivo de la fiesta de San José, la Iglesia Italiana ha llamado a los fieles a un momento de oración en todo el país, que está sufriendo del coronavirus. La invitación a todas las familias, fieles y comunidades religiosas es unirse espiritualmente a las 21.00 para rezar el Rosario con los misterios luminosos.

"Los acompañaré. Al rostro luminoso y transfigurado de Cristo y su Corazón, llévanos a María, Madre de Dios, salud de los enfermos, a quien nos dirigimos con el rezo del Rosario, bajo la mirada amorosa de San José, protector de la Sagrada Familia y de nuestras familias. Y pidámosle que proteja a nuestras familias. De manera especial, para proteger a los enfermos y a las personas que están a su cuidado: médicos, enfermeras y voluntarios, que arriesgan sus vidas en este servicio", recuerda.

En la catequesis de la Audiencia, el Papa afirmó que “la misericordia de Dios es nuestra liberación y nuestra felicidad. Nosotros vivimos de misericordia y no podemos permitir estar sin misericordia: es el aire para respirar. Somos demasiado pobres para poner condiciones, tenemos necesidad de perdonar, porque necesitamos ser perdonados”.

En su saludo en lengua española dijo: “Pidamos al Señor que, en este momento particularmente difícil para todos, podamos redescubrir dentro de nosotros su Presencia que nos ama y nos sostiene, y de este modo ser portadores de su ternura a cuantos nos rodean, con obras de cercanía y de bien”.

 

La bendición de Dios ilumina, protege y besa todas las cunas, pero no las nivela

 

La bendición de Dios ilumina, protege y besa todas las cunas

Se repite continuamente que la solución para todos los problemas de nuestra Patria es más igualdad.

Pero eso no impide que la existencia de las desigualdades justas y proporcionadas sea necesaria al organismo social.

La armonía social, que predicó con su ejemplo Nuestro Señor Jesucristo, debe reemplazar el espíritu de lucha de clases que existe con frecuencia.

Nuestro Señor para consuelo de los pobres vino al mundo privado de todo pero quiso honrar a la propia estirpe real de David

En la solución de la crisis en que se encuentra nuestra Patria y el mundo, cabe una preciosa misión especialmente a las élites tradicionales, pero también a las auténticas élites existentes en todos los niveles del cuerpo social.

Nuestro Señor Jesucristo consagró la condición de noble así como la de obrero

Contenidos

Así considerada la condición de noble o miembro de una élite tradicional, se comprende que Nuestro Señor Jesucristo la haya santificado encarnándose en una familia de príncipes:

“Es un hecho que si bien Cristo Nuestro Señor prefirió para consuelo de los pobres, venir al mundo privado de todo y crecer en una familia de sencillos obreros, quiso, sin embargo, honrar con su nacimiento a la más noble e ilustre de las casas de Israel a la propia estirpe de David.

“Por eso, fieles al espíritu de Aquél del Cual son Vicarios, los Sumos Pontífices han tenido siempre en muy alta consideración al Patriciado y a la Nobleza romana, cuyos sentimientos de indefectible adhesión a esta Sede Apostólica son la parte más preciosa de la herencia recibida de sus antepasados y que ellos mismos transmitirán a sus hijos.” [1]

Un factor de hostilidad contra las élites tradicionales se encuentra en el prejuicio revolucionario de que toda desigualdad de cuna es contraria a la justicia.

Se admite habitualmente que un hombre pueda destacarse por méritos personales; pero no que el hecho de proceder de una estirpe ilustre sea para él un título especial de honor y de influencia.

Con respecto a ello, el Santo Padre Pío X nos imparte una preciosa enseñanza:

Las desigualdades sociales, también aquellas que están vinculadas al nacimiento, son inevitables; la benignidad de la Naturaleza y la bendición de Dios sobre la humanidad iluminan y protegen las cunas, las besan, pero no las igualan.

“Mirad aun las sociedades más inexorablemente niveladas.

“Mediante ningún artificio se ha podido nunca conseguir que el hijo de un gran jefe, de un gran conductor de masas, continuase exactamente en el mismo estado que un oscuro ciudadano perdido entre el pueblo.

“Pero si tan inevitables desigualdades pueden aparecer ante ojos paganos como una inflexible consecuencia del conflicto entre las fuerzas sociales y el poder adquirido por los unos sobre los otros mediante las leyes ciegas que se supone que rigen la actividad humana y regulan tanto el triunfo de los unos como el sacrificio de los otros, una mente cristianamente instruida y educada no puede considerarlas sino como una disposición de Dios, querida por El por la misma razón que las desigualdades en el interior de la familia, y destinada, por tanto, a unir aún más a los hombres entre sí en su viaje de la vida presente hacia la patria del Cielo, ayudándose los unos a los otros del mismo modo que el padre ayuda a la madre y a los hijos.”[2]

Concepción paternal de la superioridad social

Santa Juana de Chantal

La gloria cristiana de las élites tradicionales está en servir no sólo a la Iglesia, sino también al bien común.

La aristocracia pagana se ufanaba exclusivamente de su ilustre progenitura; la Nobleza cristiana suma a este título otro aún más alto: el de ejercer una función paternal frente a las demás clases:

“El nombre de Patriciado Romano despierta en Nuestro espíritu una reflexión sobre la Historia y una visión de ella aún mucho mayores.

“Si la palabra patricio, patricius, significaba en la Roma pagana el hecho de tener antepasados, de no pertenecer a una familia corriente, sino a una clase privilegiada y dominante, toma ella a la luz cristiana un aspecto mucho más luminoso y resuena más profundamente, pues asocia a la idea de la superioridad social la de ilustre paternidad.

“Es éste el Patriciado de la Roma cristiana, que tuvo sus mayores y más antiguos resplandores no tanto en la sangre como en la dignidad de protectores de Roma y de la Iglesia.

“Patricius Romanorum fue el título usado desde el tiempo de los Exarcas de Ravena hasta Carlomagno y Enrique III. 

“A través de los siglos, los Papas contaron también con armados defensores de la Iglesia procedentes de las familias del Patriciado romano; y Lepanto consagró y eternizó uno de sus grandes nombres en los fastos de la Historia.” [3]

Del conjunto de estos conceptos se desprende ciertamente una impresión de paternalidad que impregna las relaciones entre las clases más altas y las más humildes.

Contra ella se presentan con facilidad al espíritu del hombre moderno dos objeciones:

Por un lado, no faltan quienes afirman que los frecuentes actos de opresión practicados por la Nobleza o élites análogas en el pasado desmienten toda esta doctrina; por otro, mucho ponderan que toda afirmación de superioridad elimina del trato social la cordura, la suavidad, la amenidad cristiana, pues –argumentan– toda superioridad despierta normalmente sentimientos de humillación, pesar y dolor en aquellos sobre quienes se ejerce, y es contrario a la dulzura evangélica despertar tales sentimientos en el prójimo.

Pío XII responde implícitamente a estas objeciones cuando afirma:

“Aunque esta concepción paterna de la superioridad social ha excitado a veces los ánimos, por el entrechoque de las pasiones humanas, hacia desvíos en las relaciones entre las personas de rango más elevado y las de condición humilde, la historia de la humanidad decaída [por el pecado original] no se sorprende con ello.

“Tales desvíos no bastan para disminuir ni ofuscar la verdad fundamental de que para el cristiano las desigualdades sociales se funden en una gran familia humana; que, por lo tanto, las relaciones entre clases y categorías desiguales han de permanecer gobernadas por una justicia recta y ecuánime, y estar al mismo tiempo animadas por el respeto y afecto mutuos, de modo que, aun sin suprimir las desigualdades, se aminoren las distancias y se suavicen los contrastes.”

Perennidad de la Nobleza y de las élites tradicionales

Como las hojas secas caen al suelo, así ocurre, al soplo de la revolución, con los elementos muertos del pasado.

La Nobleza, sin embargo, en cuanto especie dentro del género élites, puede y debe sobrevivir porque tiene una razón de ser permanente:

‘El soplo impetuoso de un nuevo tiempo arrastra con sus torbellinos las tradiciones del pasado; pero así se pone en evidencia cuáles de ellas están destinadas a caer como hojas muertas, y cuáles, en cambio, tienden a mantenerse y consolidarse con genuina fuerza vital.

“Una Nobleza y un Patriciado que, por así decir, se anquilosaran en la nostalgia del pasado, estarían condenados a una inevitable decadencia.

Hoy más que nunca estáis llamados a ser no sólo una élite de la sangre y de la estirpe, sino, lo que es más, de las obras y sacrificios, de las realizaciones creadoras al servicio de toda la comunidad social.

“Y esto no es solamente un deber del hombre y del ciudadano que nadie puede eludir impunemente; es también un sagrado mandamiento de la Fe que habéis heredado de vuestros padres, y que debéis, como ellos, legar íntegra e inalterada a vuestros descendientes”.

Plinio Corrêa de Oliveira

 Año de San José, el padre de Jesús

Juan José Corazón

 

San José.

Todos los hombres somos hijos de Dios y, por lo tanto, todos tenemos como Padre a nuestro Padre Dios. El motivo es muy sencillo. Es que Él no desea ser para nosotros un mero Creador, que ya es bastante. Quiere ser mucho más, un Padre.

Pero, además, todos tenemos en este mundo un padre. Pues Jesucristo, Dios hecho Hombre, también quiso tener uno y ese padre es San José.

Es verdad que, a diferencia de nuestros padres, José no engendró a Jesús. Pero, igual que a nosotros, su padre, José. le enseñó a Jesús a dar sus primeros pasos, a pronunciar sus primeras palabras, a sonreir, a llorar, a gesticular, a comer, a jugar, a estudiar, a realizar tareas domésticas y ayudar en casa, a pasarlo bien con los parientes y amigos, a trabajar y a descansar.

José le enseñó a Jesús a vivir las virtudes y de modo particular a amar a su Madre, María, y a todos.

José le enseñó a Jesús a ser fuerte en la adversidad, en el sufrimiento y en el dolor.

No se puede interpretar de otro modo esa afirmación de los Evangelios, cuando dicen que “El Niño crecía en sabiduría y gracia”. La gracia, evidentemente, la recibía de su Padre Dios, pero la sabiduría la recibía también de los hombres y, en primer lugar, de sus padres, María y José.

Por eso, la tradición cristiana ha considerado siempre que, después de la Virgen María, el primero en santidad es aquel que Dios le eligió para hacer las veces de padre, San José.

Es una alegría grande que el Papa Francisco haya querido dedicar este nuevo año 2021 que acabamos de comenzar a nuestro querido, Padre, también nuestro, por ser hermanos de Jesús, y Señor, San José.

Juan José Corazón Corazón

 

 

                          En 2020, el triunfo de la unión: LAS VACUNAS

Es hora de saberlo y aprovechar los resultados. Voy a escribir de ello, porque es el dato más relevante ya que es uno de los mayores logros de la historia, que ha tenido lugar en el difícil año 2020,y que ayudará a muchos millones de humanos.

Quienes el año pasado, por el COVID-19 han perdido algún ser querido sin poder acompañarlo ni despedirlo; quien teniendo un familiar ingresado en una Residencia, y no haya podido visitarle en 12 meses por las normas impuestas; quienes hayan visto o utilizado un artilugio de plástico para abrazar a un ser querido; quienes tienen hijos en edad escolar y han sabido del esfuerzo y complicación de que sus hijos estudien y se conecten con sus profes desde casa; quienes han tenido que enviarlos al colegio abrigados y con peligro de coger una pulmonía, porque en la clase las ventanas no se pueden cerrar; y quienes por responsabilidad llevan más de un año sin ver a algunos familiares más que por alguna video-llamada, entenderán y valoraran este triunfo del que voy a hablar.

 

              1)  Vacunas en el tiempo record de 8 meses.

Los éxitos no vienen solos. Nunca se habían aunado 1) El conocimiento de la multitud de desafíos planteados por la aparición de la enfermedad mortal del coronavirus por contagio del COVID-19 a nivel mundial y la necesidad de buscar un remedio para  atajar la pandemia; 2) Aprovechado los estudios anteriores (2003) del  SARS-CoV-2, con un 94% de parecido al actual; 3) Nunca se había puesto sobre la mesa de los laboratorios tanta cantidad de dinero, ni tanto personal investigando al mismo tiempo, en un proyecto científico común y (en muchos casos, compartiendo entre ellos ciertos hallazgos); 4) Contar o reclutar a tantos voluntarios, para  probar los avances, lo que confiere a las diferentes vacunas, más seguridad y eficacia que las que tardaban hasta más de 8 años en salir al mercado; 5) Otro dato que ha permitido la rapidez es que las agencias reguladoras, que son clave, han podido revisar los datos casi en tiempo real, con lo que han podido dar el visto bueno lo antes posible, y 6) De hecho, las VACUNAS de ARNm de Pfizer-BioNTech y Moderna, que están distribuyéndose hoy, fueron evaluadas rigurosamente en ensayos clínicos en Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de los NIH que forman parte del Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos, son la agencia de investigación médica más importante de la nación. Han acreditado una eficacia cercana al 95%.

Y, algo a tener en cuenta, ¡nadie ha muerto durante los ensayos!  Por supuesto se  ha avanzado con cautela y por fases.

-Fase I, La vacuna se administra en pequeñas dosis y a un pequeño grupo (entre 110 y 50) de voluntarios adultos, para probar la seguridad de la vacuna.

-Fase II Se administra a un grupo más amplio (entre 100 y 300) para evaluar los posibles efectos secundarios y las dosis.

-Fase III Se administra a miles de personas, para evaluar la respuesta de las personas y por lo tanto la eficacia de la vacuna. Con un seguimiento por algún efecto adverso.

-Fase IV Si se autoriza y comercializa, el seguimiento continúa ante posibles efectos adversos, para reforzar su eficacia. Podrían aparecer algún efecto adverso ante la pluralidad de receptores que viven en lugares y medio ambiente diferentes.

 

      2) Valoración de los expertos.

Ante la incertidumbre creada por el coronavirus y la llegada de las vacunas, los científicos y expertos responden a las principales preguntas que se hace la gente: ¿son seguras las vacunas?, ¿por qué se han creado tan rápido?, ¿nos van a hacer transgénicos? ¿cómo se han hecho los estudios de las vacunas?

El Dr. Francis Collins, acreditado  Médico-genetista conocido por sus descubrimientos históricos de genes de enfermedades, Director del NIH (Instituto Nacional de Salud) desde 2009, se ha hecho  eco de los avances en el Blog del Director del NIH, el 12 de enero de 2021. Es sabido que los editores y escritores de la revista Science revisan el progreso que se ha logrado en todos los campos de la ciencia, entre otros, destaca que el mayor avance en los últimos 12 meses, ha sido el de las Vacunas COVID-19.

No duda en afirmar que  tanto la vacuna ​​​​  de Pfizer-BioNTech, como de Moderna, han pasado una revisión, científicamente, más rigurosa que nunca.

El 20 de abril 2020, un día clave.  Justo al día siguiente del primer informe de éxito del ensayo en un mono, cinco empresas tenían vacunas en ensayos clínicos, y no menos de 71 otros candidatos estaban en desarrollo preclínico.

D. TRUMP, clave, a su manera. A principios de mayo, el Presidente decidió darle una patada a la OMS (Organización Mundial de la Salud) y hacer la guerra al coronavirus por su cuenta, con una iniciativa bautizada como Operación Velocidad Warp, (forma teórica de moverse más rápido que la velocidad de la luz). "Vamos a acelerar las cosas como nunca antes lo han visto", dijo Trump, cuya administración finalmente inyectaría unos 11.000 millones de dólares en el programa.

Según cuenta el prestigioso médico, F. Collins, que ha tenido todo el año a su madre en una Residencia y no podía verla y comunicarse con ella más que a través de un cristal y un teléfono, dice que su madre siempre le preguntaba: ¿Cuándo va a terminar esto? Su respuesta a principios de 2021 fue:

"PARA MI MADRE e incontables otros, la vida fue puesta en espera este año. Pero en biomedicina, el progreso ha sido asombrosamente rápido. Hace apenas unas semanas culminó en lo que el mundo necesita para responder a la pregunta de mi madre: vacunas seguras y efectivas contra COVID-19".

Emer Cooke, directora ejecutiva de la EMA (Agencia Europea de Medicamento),  en su reunión del 8 de enero,  señaló: "Hemos trabajado junto a la Comisión Europea a contrarreloj para evaluar, aprobar y distribuir las vacunas COVID-19 entre la población europea lo más rápido posible, pero al mismo tiempo, asegurándonos de que se cumplen los mismos requisitos de seguridad, calidad y eficacia que esperaríamos de cualquier vacuna".

Javier Pérez Castells, Catedrático de Química Orgánica en la USP CEU afirmaba en  El Debatedehoy.es: "Por fin llegaron las vacunas: ¡No hay que asustarse en absoluto!". Lo explica claramente en un video de 7 minutos. No nos van a hacer transgénicos, sino a curarnos, aumentando nuestras defensas y ser más inmunes.

https://youtu.be/pAZhLWZuaQE

Isabel Sola, Investigadora del Centro Nacional de Biotecnología del CSIC., fue consultada por La Vanguardia sobre estos temas. Por su interés para los lectores, quiero resaltar su respuesta a la pregunta de si ¿las personas que reciban la vacuna pueden seguir contagiando?

"Este argumento es cierto en el sentido de la incertidumbre que se tiene al respecto. Los ensayos de Moderna, Pfizer y Oxford no se han diseñado para demostrar que la vacuna impida el contagio, lo que se conoce como inmunidad esterilizante. Sí que se han planteado, en cambio, para lograr inyecciones que protejan de los síntomas, objetivo más inmediato y primordial. Sin embargo, es posible que, en la medida en que activan una respuesta inmune, disminuyan también la probabilidad de contagio. Quizás, aunque no se elimine completamente el virus, es posible que sí disminuya la cantidad de virus que esa persona pueda transmitir".

https://www.lavanguardia.com/ciencia/20210118/6184312/dudas-vacuna-covid-coronavirus-pandemia-pfiz…

Julia Melgar, Dra. en Farmacia y Catedrática de Toxicología por la Universidad de Santiago de Compostela y docente en Lugo, España, cuando alguien le pregunta si hay una vacuna eficaz al 100%, responde matizando: "Nunca se puede afirmar, para ninguna patología, que exista un medicamento con una eficacia del 100%, como tampoco se puede decir que éste u otro medicamento sean absolutamente seguros, no existe el riesgo cero, siempre hay que valorar la relación Beneficio/Riesgo. Lo que sí puedo afirmar, es que en todos los campos y no solo en el sanitario, es mejor prevenir que curar".

3)  Ante cualquier duda, remitirse a los hechos.

Coincide con la lista de "Our world in data" (Nuestro mundo en datos), que publica la Universidad de Oxford. Pero...hay que llevarlo a la práctica. Israel será el primer estado en conocer si de verdad se puede hablar de un éxito del múltiple logro de 2020. La razón está en su gestión que también es importante: "Todo el sistema de salud, público y privado, tiene una dirección única". ¡Qué envidia! Excluyendo a los niños, están vacunando masivamente a mayores de 16 años y así  sabrán si las vacunas (Pfizer y Moderna) son capaces de contener la pandemia.

El día 2 de enero de 2021, Israel ya había vacunado a más de un millón de personas y lidera la clasificación mundial por habitante. El primer ministro Benjamin Netanyahu, aparecía en la foto de la prensa dando ejemplo. Según la prensa, la experiencia es alentadora con solo la primera dosis.

Según los últimos datos de Our World in Data, Israel sigue siendo hoy el líder mundial en ritmo de vacunación contra el coronavirus, con más del 30% de la población que ya ha recibido la primera dosis. A escala mundial España sigue por debajo del 1% de personas inmunizadas. Parece que alguien en cualquiera de las administraciones debiera preguntarse ¿por qué? Y sin embargo, en opinión de empresarios y trabajadores, solo la inmunidad puede salvar la economía a todos los niveles.

 

4) La próxima vacuna de  AstraZeneca y la Universidad de Oxford, se fabricará en Guadalajara.

Curiosamente, esta provincia ha sido elegida por el grupo farmacéutico español Insud Pharma fabricará en su planta de Azuqueca de Henares, los viales de nueva vacuna AZD1222.

No han estado parados. Rick R. Suárez, presidente de la empresa en España,  ha afirmado: "desde los inicios de la pandemia, AstraZeneca ha trabajado incansablemente para luchar contra el virus, y un ejemplo de ello es el desarrollo de una potencial vacuna contra el Covid-19".

Las instalaciones elegidas para la realización del llenado de los viales de la vacuna son de Universal Farma, una planta de última generación, inaugurada en 2017, y dedicada a medicamentos inyectables.

Es cierto que Insud Pharma produce a través de sus tres unidades sinérgicas: industrial (Chemo), marca (Exeltis) y biotecnología (mAbxience). La planta de Chemo en Azuqueca de Henares genera más de 600 empleos directos y 800 indirectos. Cuenta con 4.200 m2.

Sin duda, es y será un  hito, para Guadalajara y para España, que se haya sido elegido esta planta para poner otra vacuna en el mercado y colaborar en la erradicación del virus, y al mismo tiempo impulsar nuestra economía, de Europa y del mundo. En España, Insud Pharma tiene dos plantas en Azuqueca de Henares, una en Alcalá de Henares y tres en León.

Según las previsiones, a nivel internacional, AstraZeneca-Oxford, por sí sola podría suministrar 3 mil millones de dosis-más que las vacunas de ARNm combinadas. El 10 de diciembre pasado había 162 candidatos de los que 52 ya estaban en ensayos clínicos.

La farmacéutica China Sinopharm había concluido a finales de diciembre la última fase de los ensayos clínicos de la vacuna contra el covid-19, con una eficacia del 79%. Y curiosamente, la OMS ha expresado  sus reticencias sobre esta vacuna rusa, puesto no han publicado los datos de los ensayos que se habrían realizado con esta vacuna, como sí lo han hecho desde el resto de compañías.

Es muy posible que en un futuro próximo se puedan elegir vacunas para niños, mujeres embarazadas, adultos jóvenes y ancianos. La industria de las vacunas Covid-19 no ha hecho más que empezar. Eso sí, en tiempo record. Ojalá sea para bien.

Después de lo expuesto únicamente deseo afirmar que cada uno es libre para vacunarse o no, pero debe pensar también en los demás. Y, con tantas olas del virus y cepas nuevas, que quien decida los protocolos de vacunación, piense en primer lugar en médicos y personal sanitario.

José Manuel Belmonte

 

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 Vivir con esperanza en tiempos difíciles

Silvia del Valle Márquez

La esperanza surge cuando tenemos en la mira un bien mayor que no es tan fácil de alcanzar, pero es posible.

Ahora que nos ha tocado estar tanto tiempo encerrados y con pocas posibilidades de regresar a una vida normal, es decir, como la teníamos antes de que llegara este virus; es necesario educar a nuestros hijos para que aprendan a vivir la virtud de la esperanza.

Debemos recordar que toda virtud es un proceso y que debemos trabajarla poco a poco en nuestros hijos, pero también es cierto que debemos fomentarla y procurar actividades para que puedan vivirla, a pesar de que el medio en el que nos movemos no es muy propicio y que la sociedad en general nos pueden influenciar para que sintamos que todo está mal y que por esto caigamos, con mayor facilidad, en depresión o en desánimo.

Por eso aquí te dejo mis 5 Tips para educar a nuestros hijos para que vivan la virtud de la esperanza.

PRIMERO. Ten claro qué es la esperanza.
Esperanza es saber que existe un bien mayor y que es alcanzable, aunque sea complicado o lejano. Esto no siempre es fácil de explicar a nuestros hijos.

Debemos ponerlo en palabras sencillas y fáciles para ellos, por ejemplo, si tienen ganas de comer un helado, no es necesario tener esperanza, ya que es muy fácil ir a la tienda y comprar el helado, aunque en este tiempo se complique un poco, pero es muy fácil de alcanzar.

La esperanza surge cuando tenemos en la mira un bien mayor que no es tan fácil de alcanzar, pero es posible, por ejemplo, cuando se ponen la meta de estudiar una carrera en particular, tienen esperanza de titularse a pesar de que saben que les va a costar trabajo, estudios y sacrificios para llegar, después de mucho tiempo, a titularse.

SEGUNDO. Enseña a tus hijos a reconocer y agradecer lo que tienen.
También podemos fomentar en nuestros hijos la esperanza ayudándoles a que se den cuenta de que hay personas que la pasan peor, que tienen menos, que les hacen falta más cosas que a ellos.

Esto les ayuda, pues fomenta el buen ánimo y favorece una mejor actitud ante la adversidad, pues se pueden dar cuenta de todas las cosas buenas que tienen y esto debe darles aliento para mantener la esperanza viva.

El agradecer lo que si tienen, los hace humildes y sencillos para reconocer la grandeza de las cosas pequeñas que nos ayudan a alcanzar esa gran meta o bien supremo.

TERCERO. Que se pongan metas alcanzables a corto, mediano y largo plazo.
Si todas sus metas fueran a largo plazo, sería muy fácil perder la esperanza. Es por esto que es necesario que se pongan metas pequeñas, fácilmente alcanzables; metas a mediano plazo que impliquen un poco más de esfuerzo, y por último, metas a largo plazo que impliquen grandes esfuerzos, pero que nos lleven a un bien mayor.

Para esto podemos ponernos metas a un mes, a tres meses, a seis meses, a un año, ya mucho más de tiempo.

Es importante que estas metas las tengamos anotadas para que sean sostenibles en el tiempo y que, con el paso de los meses, no se pierdan ni se olviden.

CUARTO. Revisa los avances.
Es importante que constantemente estemos revisando cómo vamos en el camino de alcanzar nuestras metas.

Para esto podemos hacer un tablero, ya sea tipo calendario o una línea en el tiempo para ir marcando nuestros avances y así, gráficamente, ver que cada vez es más cercana la posibilidad de alcanzar nuestra meta.

A nivel familiar, es importante que tengamos espacios para que nuestros hijos compartan sus avances, sus esfuerzos, las metas cortas alcanzadas y también sus anhelos en alcanzar las metas más lejanas o más altas.

En este sentido, es ideal que todos los miembros de la familia estemos pendientes y celebremos cada logro en el alcance de estas metas.

Mientras más pequeños a nuestros hijos, es más necesaria esta parte gráfica. Cuanto antes empecemos, es mucho mejor pues así nuestros hijos verán todo esto como un estilo de vida y cuando pase el tiempo no les costará trabajo vivir esta virtud.

Y QUINTO. La esperanza es lo último que muere.
Es importante que tanto nosotros como nuestros hijos tengamos claro que lo que vale la pena, cuesta trabajo. Es por esto que debemos esforzarnos por alcanzar nuestras metas.

Estoy segura que a lo largo del tiempo, tendremos muchas situaciones complicadas que nos impiden cumplir con estas metas, pero es muy importante que seamos tenaces y constantes en el empeño de cumplir nuestras metas.

Es así que la esperanza consiste en saber que existe esa gran meta y que podemos alcanzarla sin importar cuántos sacrificios debamos hacer en el camino.

También debemos estar preparados para brincar los obstáculos que la sociedad, las condiciones económicas, políticas y sociales, nuestra condición física, las personas buenas que nos rodean o las carencias tecnológicas podrán ponernos para cumplir esta meta.

Es así que el dicho "la esperanza muere al último", debemos hacerlo vida hoy más que nunca.

 

¿Votar en conciencia?

Dada la gravedad de una ley como la de la eutanasia, extraña que en un sentido o en otro, en el grupo de diputados del sí o en el de los que votaron en contra, no se produjera ni una sola voz discrepante.

Podría pensarse que alguno de los 198 diputados que aprobaron la eutanasia, de los 138 que no la aprobaron e incluso los dos que se abstuvieron, tendría algún punto de divergencia con las órdenes emanadas de su formación política. Hay leyes que por su propia naturaleza son propicias a que entren en juego, a la hora del voto individual,  consideraciones de orden moral o ético.

No solamente no ha sido así sino que las votaciones gozaron de una disciplina de partido que, si en otro tipo de decisiones pueden depender de intereses políticos, de proyectos de gobierno y hasta de planteamientos ideológicos de uno u otro signo, en leyes que atañen muy directamente a las creencias –no necesariamente religiosas- de cada uno, sería normal que hubieran aflorado los pilares básicos que se supone son patrimonio personal de cada uno.

Dada la gravedad de una ley como la de la eutanasia, extraña que en un sentido o en otro, en el grupo de diputados del sí o en el de los que votaron en contra, no haya surgido una voz discrepante. No hubiera estado de más que, si no todas, alguna de las formaciones que se sientan en el Congreso, hubiera dado libertad de voto a sus diputados; pero ni tan siquiera consta a la opinión pública que ninguno de ellos haya planteado esa alternativa. Pero con todo, lo que más extraña son las justificaciones del voto afirmativo, por cuanto reflejan la inanidad de los razonamientos, la falta de reflexión seria y, sobre todo, un mínimo de categoría intelectual en quienes pretendían vindicar su voto afirmativo.

Domingo Martínez Madrid

 

 

Invita a soñar con un mundo nuevo

Han pasado más de cincuenta años desde que Pablo VI tuvo la feliz iniciativa de instituir la Jornada Mundial de la Paz el día primero de cada año. A lo largo de este tiempo, el romano pontífice no ha dejado de enviar al mundo un mensaje de esperanza, subrayando aspectos necesarios para encauzar el anhelo de paz que, a pesar de tanto conflicto, constituye uno de los rasgos definitivos de la cultura posmoderna.

Estos días, de la mano del papa Francisco, resulta inevitable meditar sobre las consecuencias positivas que podrían derivarse de la actual coyuntura. No se puede olvidar la lógica cristiana, tantas veces subrayada por Benedicto XVI: un acto violento –la muerte de Cristo en la cruz- se transforma sacramentalmente en eucaristía, acción de gracias, fraternidad.

La pandemia ha servido, al menos, para rescatar del olvido situaciones de indiferencia, rechazo, soledad, confrontación y dolor que paradójicamente sufren tantas personas en los países más desarrollados. El papa Francisco, que tantas veces se ha referido a la “cultura del descarte”, centraba su mensaje anual en “la cultura del cuidado como camino de paz”: pienso que se trata de una faceta importante para construir una vida social basada en esa relación radical de fraternidad a la que dedicó su última encíclica.

Jesús Martínez Madrid

 

Eutanasia sin argumentos

Desde Marisa Carcedo que decía que “es un derecho que nos hace libres”, hasta el representante del PNV afirmando que: “”Tenemos la obligación de legislar más allá de los convencimientos éticos de cada uno”, pasando por Vallugueras de la Esquerra que aseveraba: “Es falso que sea una ley de muerte, es una ley de vida” o Bildu que hablaba de “exigencia social”, hasta llegar a Arrimadas que concluía que “no se trata de imponer creencias sino de respetar las del otro” o el mismísimo Errejón que filosofaba: “Ganan quienes realmente necesitan esta libertad para decidir más dignamente”, mientras Medel, de Podemos, sentenciaba que “no pueden admitir que los pobres tengan un derecho que no podían pagar”, son frases, todas ellas, que hablan por sí mismas de la indigencia dialéctica de los defensores de la eutanasia, incapaces, al parecer, de aportar un  solo argumento medianamente elaborado y sensato.

Se trata de una ley, la recién aprobada de la eutanasia, que exigía razonamientos profundos y argumentos sólidos desde la vertiente médica, antropológica, psicológica, moral y ética. En vez de eso ha habido alegatos mediocres, frases superficiales y demagógicas y ausencia de colaboración con los sectores más implicados.

José Morales Martín

 

 

Pensiones para pobres, mendigos y para privilegiados

                          

                          Nuestro muy indeseable primer ministro español y tras su primera sesión de su gabinete; anunciaba a bombo y platillo, que a los pensionistas, nos subirían un “cero noventa por ciento”; o sea, “una nueva limosna”, puesto que en lo que a mí respecta, la subida será de 6,95 euros mensuales; “o sea algo grandioso y digno de agradecer”.

                           La justicia redistributiva, no existió jamás, por tanto hoy es lo mismo que ayer, o le época de “Nabucodonosor”; “el que parte y reparte se queda con la mejor parte”; todo lo demás son, “cantamañanas o capullos de Alejandría”; hoy como siempre, los que controlan los bienes públicos, los emplean o los saquean en beneficio propio y de, “los que pudiéndoles hacer sombra, han de taparles la boca, para que traguen”.

                           Pero lo que ocurre hoy, no tiene explicación; puesto que hasta “ayer mismo”, el hombre, ayudado con los medios “de sangre o de rudimentaria mecánica de que disponía”; no producía lo suficiente, ni para poder comer y dormir tranquilo en la rudimentaria vivienda que podía tener, si es que lograba tener estos míseros bienes. Hoy con los medios de que dispone, “ésta tan adelantada sociedad”, que lo es igualmente en salvajismo, avaricia, y falta de escrúpulos, también en grado superlativo… produce bienes de todo tipo, como para tirar, e incluso crear “los muladares podridos y hediondos que ha o hemos producido a lo largo del ancho mundo, de este por otra parte minúsculo planeta”… ¿Cómo pues, lo mínimamente necesario no llega a una enorme cantidad de pobladores del planeta? Ya  lo digo arriba; “la avaricia  principalmente”.

                           ¿De dónde deben partir las pensiones? Por lógica, deben hacerlo, del “capital nacional acumulado sobre la base de los impuestos que recauda cada Estado”; ya no pueden basarse en lo que produce el individuo, puesto que a éste, hace ya mucho tiempo que lo anuló la técnica moderna y sus innumerables inventos. Ya sólo lo necesita como “aprieta botones o poner en marcha la máquina que sea”.

                           Lo que no es de recibo, es lo que ocurre hoy con “el reparto de los bienes comunes por ser estatales”; y que unos reciban, infinitamente lo que no van a necesitar, y que a otros, les llegue mucho menos de lo que imprescindiblemente necesitan para vivir medianamente bien. Veamos lo que otros opinan u opinaron.

            “Alberto Santos Dumont (En Periodista Digital el 28-12-2019)

Hablando de pensiones viene a cuento recordar que Los españoles teníamos las pensiones de jubilación blindadas, Desde la creación del mutualismo laboral en 1942-44 por Don José Antonio Girón de Velasco, ministro de trabajo de la época; se cotizaba a las mutualidades y estas invertían los extornos después de atender a las pensiones de la época en patrimonio inmobiliario, con lo cual cuando fallecía un pensionista su parte de patrimonio inmobiliario continuaba en el fondo común y de ahí se seguían pagando las pensiones de los que venían detrás. Este círculo virtuoso hacia esperar que para 1984 aproximadamente todas las pensiones se pagarían del rendimiento del mencionado patrimonio, con lo que se podrían reducir las cotizaciones a los activos o mejorar las prestaciones”.

                           Esta opinión nos dice bien a las claras, que si el fondo de pensiones nacional no fructificó como debía, es debido a los continuos saqueos que ha sufrido a lo largo de los años; donde los gobiernos lo han usado como les ha dado la gana. Siguen opiniones de otros y que recogidas en mis archivos saco a la luz de la actualidad.

                           “Los pensionistas alemanes cobraron su pensión durante las dos guerras mundiales que asolaron al continente europeo durante el siglo XX, lo que da idea de su resistencia a los cambios demográficos y económicos. Incluso a las calamidades políticas. Los críticos del sistema de reparto suelen argumentar que el modelo es insostenible debido a que la esperanza de vida de un trabajador es hoy muy superior a la que había en los tiempos de Bismarck. Y es verdad ese argumento, pero sólo a medias. Se olvida que la productividad de un trabajador de hoy es infinitamente superior a la de aquel tiempo gracias a los avances tecnológicos. Sólo hay que darse una vuelta por una fábrica de automóviles o de la industria textil. Comparar la esperanza de vida sin más es, simplemente, un pobre argumento. Exactamente igual que no tener en cuenta que precisamente porque los españoles viven más, han podido trabajar durante bastantes más años, lo que explica la existencia de larguísimas carreras laborales. En muchas ocasiones superiores a los 45 años, pese a que el sistema sólo tiene en cuenta 35 cotizados. Este informe de Eurostat, por ejemplo, ilustra cómo se ha ido retrasando la salida del mercado de trabajo en Europa en los últimos 15 años (también en España). Y en este otro, igualmente, se pone en entredicho el catastrofismo con el que se suele vivir el hecho de que el gasto en pensiones ocupe cada vez un peso mayor en relación al PIB.

Merece la pena detenerse en este asunto. En 2007, España gastaba en pensiones el 9% del Producto Interior Bruto, casi tres puntos menos (30.000 millones de euros) que en la media de la eurozona. Muy lejos, por ejemplo, del 14,6% de Italia (sí han leído bien), del 13,3% de Francia o del 12,4% de Alemania”.  

                        Así es que las pensiones para el que ha trabajado (“no para los parásitos”) tienen que tener una solución lógica y justa, a tenor con los tiempos y reitero, a tenor con los recursos de la nación; todo lo demás son mentiras y “engañar al prójimo”, o mejor dicho ROBARLO IMPUNEMENTE como “en tantas otras cosas más y que sería largo el relatar, véalo usted mismo que me lee y analice con su caletre.

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

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