Las Noticias de hoy 14 Enero 2021

Enviado por adminideas el Jue, 14/01/2021 - 12:44

Palabras de gracias a Dios

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 14 de enero de 2021       

Indice:

ROME REPORTS

El Papa: la alabanza purifica, tengamos el coraje de decir "Bendito eres, oh Señor"

Jornada Mundial del Enfermo, Papa: "Dar al que sufre el bálsamo de la cercanía"

El Papa: los ministerios del Lector y del Acólito estén abiertos a las mujeres

LA COMUNIÓN SACRAMENTAL: Francisco Fernandez Carbajal

“No deis nunca paso al miedo o a la rutina”: San Josemaria

¿Entre Dios y yo?: Liturgia y sacramentos: Felix María Arocena

Un papa para un mundo nuevo:: Juan José Pérez-Soba

La Madre y las mujeres: Jesús Ortiz López

¿Qué es el Octavario por la Unidad de los Cristianos?

Cantar a la vida tras un año de lucha contra la muerte: Salvador Bernal

Todo se refleja en los ojos: cólera, miedo, afecto o alegría: Plinio Corrêa de Oliveira

El callejón sin salida y la crisis contemporánea: Acción Familia

Oír misa entera…: Angel Cabrero Ugarte

Sucesos, armas, poder, efectos. A propósito del Capitolio: Ana Teresa López de Llergo

Dinero y felicidad: Lucía Legorreta

El impacto de Filomena en el campo: Jesús Domingo

Un momento decisivo en la política europea: Suso do Madrid

El Parlamento de la UE ataca a Polonia : Domingo Martínez Madrid

La semana laboral de cuatro días: Jesús D Mez Madrid

El mono humano y sus monumentos :  Antonio García Fuentes

ALTA EN EL BOLETIN: boletin-help@ideasclaras.org

BAJA BOLETÍN: boletin-unsubscribe@ideasclaras.org

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

 

ROME REPORTS

El Papa: la alabanza purifica, tengamos el coraje de decir "Bendito eres, oh Señor"

La alabanza purifica y nos abre el camino hacia el Señor. Dios, nuestro amigo fiel, “es el centinela” que nos hace “avanzar con seguridad”. Es, en extrema síntesis, lo que dijo el Papa Francisco en su catequesis de este miércoles sobre la oración, en la que aseguró que “alabando, somos salvados”. Como San Francisco de Asís, que, en el momento más oscuro de su vida, ya estando casi ciego y sintiendo los pasos de la muerte, con la percepción de que el mundo no había cambiado desde el inicio de su predicación, rezó, “Laudato si’, mi Señor”. “Tengamos el coraje de decir – animó el Papa hoy – ‘Bendito eres, oh Señor’".

La oración de alabanza ha sido el tema de la catequesis del Papa Francisco en este miércoles 13 de enero. El Santo Padre hizo referencia a un pasaje crítico de la vida de Jesús, después de los primeros milagros y de la implicación de los discípulos en el anuncio del Reino de Dios. Juan el Bautista, que estaba en la cárcel atravesando un momento de oscuridad, duda si se equivocó en el anuncio. Y le hace llegar este mensaje: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?». Precisamente entonces, el evangelista Mateo relata un hecho “sorprendente”, dijo el Papa: Jesús no eleva al Padre un lamento, sino eleva un himno de júbilo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños». Es decir, - puntualizó Francisco - en plena crisis, en plena oscuridad en el alma de tanta gente, como Juan el Bautista, Jesús bendice al Padre, alaba al Padre”. Pero, - planteó el Santo Padre - ¿por qué?

Alabar a Dios por los que acogen el Evangelio

Jesús alaba al Padre “por lo que es”, dijo. Es decir, porque es el “Señor del cielo y de la tierra”. Sabe y siente que su Padre es el Dios del universo, y sabe que el Señor de todo lo que existe es el Padre. “De esta experiencia de sentirse ‘hijo del Altísimo’ brota la alabanza”.

Jesús se siente hijo del Altísimo. Y después Jesús alaba al Padre porque favorece a los pequeños. Es lo que Él mismo experimenta predicando en los pueblos: los “sabios” y los “inteligentes” permanecen desconfiados y cerrados, hacen cálculos, mientras que los “pequeños” se abren y acogen el mensaje. Esto solo puede ser voluntad del Padre, y Jesús se alegra.

De este modo, “también nosotros – continuó el Papa – debemos alegrarnos y alabar a Dios porque las personas humildes y sencillas acogen el Evangelio”. En el futuro del mundo y “en las esperanzas de la Iglesia están siempre los pequeños”, afirmó. Son “aquellos que no se consideran mejores que los otros, que son conscientes de los propios límites y de los propios pecados, que no quieren dominar sobre los otros”. Se reconocen “todos hermanos”. Por eso la oración de Jesús en ese momento de “aparente fracaso”, conduce “también a nosotros, lectores del Evangelio, a juzgar de forma diferente nuestras derrotas personales, a juzgar de manera diferente las situaciones en las que no vemos clara la presencia y la acción de Dios, cuando parece que el mal prevalece y no hay forma de detenerlo”.

Jesús, que también recomendó mucho la oración de súplica, precisamente en el momento en el que habría tenido motivo de pedir explicaciones al Padre, sin embargo, lo alaba.

Practicar la alabanza sobre todo en los momentos oscuros

Alabando, somos salvados. Lo recuerda, continuó Francisco, “un texto de la liturgia eucarística que invita a rezar a Dios de esta manera”: «Aunque no necesitas nuestra alabanza, tú inspiras en nosotros que te demos gracias, para que las bendiciones que te ofrecemos nos ayuden en el camino de la salvación por Cristo, Señor nuestro». Y “la oración de alabanza nos sirve a nosotros”, porque, tal como la define el Catecismo, ella es una participación «en la bienaventuranza de los corazones puros que le aman en la fe antes de verle en la gloria». Así, “debe ser practicada no solo cuando la vida nos colma de felicidad, sino sobre todo en los momentos difíciles, en los momentos oscuros, cuando el camino sube cuesta arriba”.

Como Jesús, que en el momento de oscuridad alaba al Padre.

Es “para que aprendamos que, a través de esa cuesta, de ese sendero fatigoso, de esos pasajes arduos, se llega a ver un panorama nuevo, un horizonte más abierto”.

La alabanza es como respirar oxígeno puro: te purifica el alma, te hace mirar más allá, no quedas encerrado en el difícil y oscuro momento de las dificultades.

El centinela que nos hace avanzar con seguridad

La oración que San Francisco compuso al final de su vida, el “Cántico de las criaturas”, constituye una gran enseñanza sobre esto, explicó el Santo Padre. El Pobrecillo no lo compuso en un momento de alegría, en un momento de bienestar, sino al contrario, en medio de las dificultades. Estando ya “casi ciego”, sintiendo en su alma “el peso de una soledad que nunca antes había sentido”, pues el mundo no había cambiado desde el inicio de su predicación, y sintiendo además que se acercaban “los pasos de la muerte”. En ese momento que podría ser de “desilusión extrema” y de “percepción del propio fracaso”, Francisco “reza”. Reza alabando al Señor: “Laudato si’, mi Señor…”.

Francisco alaba a Dios por todo, por todos los dones de la creación, y también por la muerte, que con valentía la llama "hermana", "hermana muerte". Estos ejemplos de los santos, de los cristianos, también de Jesús, de alabar a Dios en los momentos difíciles, abren las puertas de un camino muy grande hacia el Señor y nos purifican siempre. La alabanza siempre purifica.

 

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13/01/2021

Audiencia General del 13 de enero de 2021

 

Los santos y las santas – concluyó el Pontífice – nos demuestran que se puede alabar siempre, en las buenas y en las malas, porque Dios es el Amigo fiel.

Este es el fundamento de la alabanza: Dios es el Amigo fiel y su amor nunca falla. Siempre Él está a nuestro lado, Él nos espera siempre.

Recordando a alguien que solía decir que Dios "es el centinela que está cerca de ti y te hace avanzar con seguridad", el Sumo Pontífice alentó a que, en los momentos difíciles y oscuros, “tengamos el coraje” de decir: "Bendito eres, oh Señor".

Alabar al Señor. Esto nos hará mucho bien.

Jornada Mundial del Enfermo, Papa: "Dar al que sufre el bálsamo de la cercanía"

En el marco de la 29° Jornada Mundial del Enfermo que se celebrará el póximo 11 de febrero, el Papa Francisco ha publicado un mensaje en el que recuerda la importancia de apoyar a quienes sufren una enfermedad "con el bálsamo de la cercanía", respetando su dignidad como Hijos de Dios y evitando caer en el "mal de la hipocresía". El Pontífice también dedica un pensamiento especial a "quienes padecen en todo el mundo los efectos de la pandemia del coronavirus", particularmente "a los más pobres y marginados".

Ciudad del Vaticano

El Papa Francisco ha dado a conocer su mensaje con motivo de la 29° Jornada Mundial del Enfermo que se celebrará el póximo 11 de febrero, memoria de la Bienaventurada Virgen María de Lourdes, cuyo tema "Uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos (Mt 23,8). La relación de confianza, fundamento del cuidado del enfermo", está inspirado en el pasaje evangélico en el que Jesús critica la hipocresía de quienes dicen, pero no hacen (cf. Mt 23,1-12). 

En su escrito, el Santo Padre afirma que esta Jornada "es un momento propicio para brindar una atención especial a las personas enfermas y a quienes cuidan de ellas, ya sea en los lugares destinados a su asistencia como en el seno de las familias y las comunidades" y dedica un pensamiento especial a "quienes sufren en todo el mundo los efectos de la pandemia del coronavirus", particularmente "a los más pobres y marginados".

Nadie es inmune al mal de la hipocresía

"La crítica que Jesús dirige a quienes «dicen, pero no hacen» es beneficiosa, siempre y para todos, porque nadie es inmune al mal de la hipocresía", explica Francisco subrayando que se trata de un mal muy grave que nos impide vivir la fraternidad universal a la que estamos llamados como Hijos de Dios.

 

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05/01/2021

Enero 2021. Video del Papa: “Ver en el otro a un hermano, una hermana”

En este sentido, el Pontífice puntualiza que ante la condición de necesidad de un hermano o una hermana, Jesús nos muestra un modelo de comportamiento totalmente opuesto a la hipocresía: "Propone detenerse, escuchar, establecer una relación directa y personal con el otro, sentir empatía y conmoción por él o por ella, dejarse involucrar en su sufrimiento hasta llegar a hacerse cargo de él por medio del servicio".

Por otra parte, el Papa hace hincapié en que la experiencia de la enfermedad "hace que sintamos nuestra propia vulnerabilidad" y, al mismo tiempo, la necesidad innata del otro: "Nuestra condición de criaturas se vuelve aún más nítida y experimentamos de modo evidente nuestra dependencia de Dios".

“La enfermedad impone una pregunta por el sentido, que en la fe se dirige a Dios; una pregunta que busca un nuevo significado y una nueva dirección para la existencia, y que a veces puede ser que no encuentre una respuesta inmediata. Nuestros mismos amigos y familiares no siempre pueden ayudarnos en esta búsqueda trabajosa”

La enfermedad siempre tiene un rostro

Asimismo, en su mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo 2021 marcada por la pandemia, el Santo Padre recuerda que la enfermedad siempre tiene un rostro, incluso más de uno: "Tiene el rostro de cada enfermo y enferma, también de quienes se sienten ignorados, excluidos, víctimas de injusticias sociales que niegan sus derechos fundamentales (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 22)".

 

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11/01/2021

Obispos de Alemania: "El suicidio asistido es inaceptable"

Francisco expresa que, por un lado, la pandemia actual ha sacado a la luz numerosas insuficiencias de los sistemas sanitarios y carencias en la atención de las personas enfermas: "Los ancianos, los más débiles y vulnerables no siempre tienen garantizado el acceso a los tratamientos, y no siempre es de manera equitativa".

La pandemia desata crisis y también generosidad

Y por otro, esta crisis sanitaria "ha puesto también de relieve la entrega y la generosidad de agentes sanitarios, voluntarios, trabajadores y trabajadoras, sacerdotes, religiosos y religiosas que, con profesionalidad, abnegación, sentido de responsabilidad y amor al prójimo han ayudado, cuidado, consolado y servido a tantos enfermos y a sus familiares": "Una multitud silenciosa de hombres y mujeres que han decidido mirar esos rostros, haciéndose cargo de las heridas de los pacientes, que sentían prójimos por el hecho de pertenecer a la misma familia humana", escribe el Papa.

El bálsamo de la cercanía

Y en este punto, el Pontífice destaca que la cercanía humana, "es un bálsamo muy valioso, que brinda apoyo y consuelo a quien sufre en la enfermedad".

“Como cristianos, vivimos la projimidad como expresión del amor de Jesucristo, el buen Samaritano, que con compasión se ha hecho cercano a todo ser humano, herido por el pecado. Estamos llamados a ser misericordiosos como el Padre y a amar, en particular, a los hermanos enfermos, débiles y que sufren (cf. Jn 13,34-35)”

En este contexto, Francisco recuerda la importancia de la solidaridad fraterna, que se expresa de modo concreto en el servicio y que puede asumir formas muy diferentes, todas orientadas a sostener al prójimo: «Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo».

En este compromiso -continúa el Papa- cada uno es capaz de "dejar de lado sus búsquedas, afanes, deseos de omnipotencia ante la mirada concreta de los más frágiles y buscar la promoción del hermano".

La importancia de la buena terapia y la relación de confianza

Otro de los aspectos que profundiza el Santo Padre en su mensaje es la importancia de que haya una buena terapia para el paciente enfermo. El Papa afirma que es decisivo el aspecto relacional, "mediante el que se puede adoptar un enfoque holístico hacia la persona enferma".

“Dar valor a este aspecto también ayuda a los médicos, los enfermeros, los profesionales y los voluntarios a hacerse cargo de aquellos que sufren para acompañarles en un camino de curación, gracias a una relación interpersonal de confianza. Se trata, por lo tanto, de establecer un pacto entre los necesitados de cuidados y quienes los cuidan; un pacto basado en la confianza y el respeto mutuos, en la sinceridad, en la disponibilidad, para superar toda barrera defensiva, poner en el centro la dignidad del enfermo, tutelar la profesionalidad de los agentes sanitarios y mantener una buena relación con las familias de los pacientes”

Francisco finaliza su mensaje enfatizando que el mandamiento del amor, que Jesús dejó a sus discípulos, también encuentra una realización concreta en la relación con los enfermos: "Una sociedad es tanto más humana cuanto más sabe cuidar a sus miembros frágiles y que más sufren, y sabe hacerlo con eficiencia animada por el amor fraterno. Caminemos hacia esta meta, procurando que nadie se quede solo, que nadie se sienta excluido ni abandonado", exhorta Francisco y concluye encomendando a "María, Madre de misericordia y Salud de los enfermos", a todas las "personas enfermas, los agentes sanitarios y quienes se prodigan al lado de los que sufren".

El Papa: los ministerios del Lector y del Acólito estén abiertos a las mujeres

Francisco está cambiando el Código de Derecho Canónico haciendo institucional lo que ya sucede por la práctica: el acceso de las mujeres laicas al servicio de la Palabra y el altar. La elección del Pontífice explicada en una carta al Cardenal Ladaria.

Vatican News

El Papa Francisco ha establecido con un motu proprio que los ministerios del Lector y del Acólito están en adelante también abiertos a las mujeres, de forma estable e institucionalizada con un mandato especial. Las mujeres que leen la Palabra de Dios durante las celebraciones litúrgicas o que realizan un servicio en el altar, como ministras o como dispensadoras de la Eucaristía, no son ciertamente una novedad: en muchas comunidades del mundo son ahora una práctica autorizada por los obispos. Sin embargo, hasta ahora todo esto se ha realizado sin un mandato institucional real y adecuado, en derogación de lo establecido por San Pablo VI, quien, en 1972, al abolir las llamadas "órdenes menores", había decidido mantener el acceso a estos ministerios reservados a los hombres sólo porque los consideraba preparatorios para un eventual acceso a las órdenes sagradas. Ahora el Papa Francisco, también a raíz del discernimiento que surgió de los últimos Sínodos de Obispos, quiso hacer oficial e institucional esta presencia femenina en el altar.

Con el motu proprio "Spiritus Domini", que modifica el primer párrafo del canon 230 del Código de Derecho Canónico y que se publica hoy, el Pontífice establece, por tanto, que las mujeres pueden acceder a estos ministerios y que se les atribuye también mediante un acto litúrgico que las institucionaliza.

Francisco especifica que quiso aceptar las recomendaciones que surgieron de varias asambleas sinodales, escribiendo que "se ha alcanzado en los últimos años un desarrollo doctrinal que ha puesto de relieve cómo ciertos ministerios instituidos por la Iglesia tienen como fundamento la condición común de los bautizados y el sacerdocio real recibido en el sacramento del bautismo". Por lo tanto, el Papa nos invita a reconocer que estos son ministerios laicos "esencialmente distintos del ministerio ordenado recibido en el sacramento del Orden".

La nueva formulación del canon reza: "Los laicos de una edad y unos dones determinados por decreto de la Conferencia Episcopal podrán ser empleados permanentemente, mediante el rito litúrgico establecido, en los ministerios de lectores y acólitos". Por lo tanto, se suprime la especificación "del sexo masculino" que se refería a los laicos y que estaba presente en el texto del Código hasta la modificación de hoy.

El motu proprio va acompañado de una carta dirigida al Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Luis Ladaria, en la que Francisco explica las razones teológicas de su elección. El Papa escribe que "en el horizonte de renovación trazado por el Concilio Vaticano II, hay un creciente sentido de urgencia hoy para redescubrir la corresponsabilidad de todos los bautizados en la Iglesia, y en particular la misión de los laicos". Y citando el documento final del Sínodo para el Amazonas, observa que "para toda la Iglesia, en la variedad de situaciones, es urgente que los ministerios sean promovidos y conferidos a hombres y mujeres... Es la Iglesia de los hombres y mujeres bautizados la que debemos consolidar promoviendo la ministerialidad y, sobre todo, la conciencia de la dignidad bautismal".

Francisco, en su carta al cardenal, después de recordar en las palabras de San Juan Pablo II que "con respecto a los ministerios ordenados la Iglesia no tiene en absoluto la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres", añade que "para los ministerios no ordenados es posible, y hoy parece oportuno, superar esta reserva". El Papa explica que "ofrecer a los laicos de ambos sexos la posibilidad de acceder a los ministerios de Acolitado y Lectorado, en virtud de su participación en el sacerdocio bautismal, aumentará el reconocimiento, también a través de un acto litúrgico (institución), de la preciosa contribución que desde hace tiempo muchísimos laicos, incluidas las mujeres, ofrecen a la vida y a la misión de la Iglesia". Y concluye que "la decisión de conferir estos cargos, que implican estabilidad, reconocimiento público y el mandato del obispo, también a las mujeres hace más efectiva la participación de todos en la labor de evangelización de la Iglesia".

La medida viene después de una profundización de la reflexión teológica sobre estos ministerios. La teología posconciliar ha redescubierto de hecho la relevancia del Lectorado y el Acolitado, no sólo en relación con el sacerdocio ordenado, sino también y sobre todo en referencia al sacerdocio bautismal. Estos ministerios forman parte de la dinámica de colaboración recíproca que existe entre los dos sacerdocios, y han puesto de relieve cada vez más su carácter propiamente "laico", vinculado al ejercicio del sacerdocio que pertenece a todos los bautizados como tales.

 

 

LA COMUNIÓN SACRAMENTAL

— Jesucristo nos espera cada día.

— Presencia real de Cristo en el Sagrario. Ser consecuentes.

— El Señor nos sana y purifica en la Sagrada Comunión, y nos da las gracias que necesitamos.

I. Llegó un leproso a donde estaba Jesús1, se postró de rodillas, y le dijo: Si quieres puedes limpiarme. Y el Señor, que siempre desea el bien nuestro, se compadeció de él, le tocó y le dijo: Quiero, queda limpio. Y al momento desapareció de él la lepra y quedó limpio. «Aquel hombre se arrodilla postrándose en tierra –lo que es señal de humildad–, para que cada uno se avergüence de las manchas de su vida. Pero la vergüenza no ha de impedir la confesión: el leproso mostró la llaga y pidió el remedio. Su oración está además llena de piedad: esto es, reconoció que el poder curarse estaba en manos del Señor»2. En sus manos sigue estando el remedio que necesitamos.

El mismo Cristo nos espera cada día en la Sagrada Eucaristía. Allí está verdadera, real y sustancialmente presente, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Allí se encuentra con el esplendor de su gloria, pues Cristo resucitado no muere ya3. El Cuerpo y el Alma permanecen inseparables y unidos para siempre a la Persona del Verbo. Todo el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios está contenido en la Hostia Santa, con la riqueza profunda de su Santísima Humanidad y la infinita grandeza de su Divinidad, una y otra veladas y ocultas. En la Sagrada Eucaristía encontramos al mismo Señor que dijo al leproso: Quiero, queda limpio. El mismo que contemplan y alaban los ángeles y los santos por toda la eternidad.

Cuando nos acercamos a un Sagrario, allí le encontramos. Quizá hemos repetido muchas veces en su presencia el himno con el que Santo Tomás expresó la fe y la piedad de la Iglesia, y que tantos cristianos han convertido en oración personal:

Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de Ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto, pero basta con el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.

En la Cruz se escondía solo la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad; creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió el ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios; haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere, que te ame4.

Esta maravillosa presencia de Jesús en medio de nosotros debería renovar cada día nuestra vida. Cuando le recibimos, cuando le visitamos, podemos decir en sentido estricto: hoy he estado con Dios. Nos hacemos semejantes a los Apóstoles y a los discípulos, a las santas mujeres que acompañaban al Señor por los caminos de Judea y de Galilea. «Non alius sed aliter», no es otro, sino que está de otro modo, suelen decir los teólogos5. Se encuentra aquí, con nosotros: en cada ciudad, en cada pueblo. ¿Con qué fe le visitamos?, ¿con qué amor le recibimos?, ¿cómo disponemos nuestra alma y nuestro cuerpo cuando nos acercamos a la Comunión?

II. El cuerpo del leproso quedó limpio al sentir la mano de Cristo. Y nosotros podemos quedar divinizados al contacto con Jesús en la Comunión. Hasta los ángeles se asombran de tan gran Misterio. El Alma de Cristo está en la Hostia Santa, y todas sus facultades humanas conservan en ella las mismas propiedades que en el Cielo. Nada escapa a la mirada amable y amorosa de Cristo: ni la creación material, ni la gloria de los bienaventurados, ni la actividad de los ángeles. Él conoce el pasado, el presente, el porvenir. «Su vida eucarística es una vida de amor. Del Corazón de Cristo sube sin cesar el fervor de una caridad infinita. Toda la vida íntima del alma sacerdotal del Verbo encarnado –adoración, peticiones, acción de gracias, expiación– es inspirada por este amor sin límites»6. La Santísima Trinidad encuentra en Jesucristo presente en el Sagrario una gloria sin medida y sin fin.

Enseña Santo Tomás de Aquino7 que el Cuerpo de Cristo está presente en la Sagrada Eucaristía tal como es en sí mismo, y el Alma de Cristo con su inteligencia y voluntad; se excluyen solo aquellas relaciones que hacen referencia a la cantidad, pues no está Cristo presente en la Hostia Santa a la manera de una cantidad localizada en el espacio8. De un modo misterioso e inefable está con su Cuerpo glorioso.

La Segunda Persona de la Trinidad Beatísima está allí, en el Sagrario que visitamos cada día, quizá muy cercano a la casa donde vivimos o muy próximo a la oficina donde trabajamos, en la Capilla de la Universidad, de un hospital o del aeropuerto; y está con el poder soberano de su Divinidad increada. Él, el Hijo Unigénito de Dios, ante quien tiemblan los Tronos y las Dominaciones, por Quien todo fue hecho, igual en poder, en sabiduría, en misericordia a las otras Personas de la Trinidad Beatísima, permanece perpetuamente con nosotros, como uno de los nuestros, sin dejar jamás de ser Dios. En verdad, en medio de vosotros está uno a quien no conocéis9. Absortos por nuestros negocios, por el trabajo, por las preocupaciones diarias, ¿pensamos con frecuencia que allí, muy cerca, al lado de nuestro hogar, habita realmente Dios misericordioso y omnipotente? Nuestro gran fracaso, el mayor error de nuestra vida, sería que se nos pudiesen aplicar en algún momento aquellas palabras que el Espíritu Santo puso en la pluma de San Juan: Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron10, porque estaban –podemos añadir– ocupados en sus cosas y en sus trabajos, asuntos todos que sin Él no tienen la menor importancia. Pero nosotros hacemos hoy el propósito firme de permanecer con un amor vigilante: alegrándonos mucho cuando divisamos los muros de una iglesia, realizando durante el día muchas comuniones espirituales, y actos de fe y de amor; y le expresaremos nuestros deseos de desagravio por quienes pasan a su lado sin dirigirse a Él.

III. Señor Jesús, bondadoso pelícano, límpiame, a mí inmundo, con tu Sangre, de la que una gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero11.

El Señor nos da en la Sagrada Eucaristía, a cada hombre en particular, la misma vida de la gracia que trajo al mundo por su Encarnación12. Si tuviéramos más fe se realizarían en nosotros los mismos milagros al contacto con su Santísima Humanidad: en cada Comunión nos limpiaría hasta lo más profundo del alma de nuestras flaquezas e imperfecciones. ¡Haz que yo crea más y más en Ti!, nos invita a clamar, a suplicar interiormente, el himno eucarístico. Si acudimos con fe, oiremos las mismas palabras que dirigió al leproso: Quiero, sé limpio. Otras veces veremos cómo se levanta ante las olas, como en Tiberíades, para apaciguar la tempestad. Y en el alma se hará también una gran calma, se llenará de paz.

Señor Jesús, bondadoso pelícano... En la Comunión el Señor no solo ofrece un alimento espiritual, sino que Él mismo se nos da como Alimento. Antiguamente se pensaba que cuando morían los polluelos del pelícano, este se abría el costado y alimentaba con su sangre a sus hijos muertos y así los volvía a la vida... Cristo nos da la vida eterna. La Comunión, recibida con las debidas disposiciones, suscita en el alma fervientes actos de amor, y nos transforma e identifica con Cristo. El Maestro viene a cada uno de sus discípulos con su amor personal, eficaz, creador y redentor. Se nos presenta como el Salvador de nuestras vidas, ofreciéndonos su amistad. Este sacramento es alimento insustituible de toda intimidad con Jesús.

En contacto con Cristo, el alma se purifica y allí encontramos el vigor necesario para ejercitar la caridad en los mil pequeños incidentes de cada jornada, para vivir ejemplarmente los propios deberes, para vivir la santa pureza, para realizar con valentía y espíritu de sacrificio el apostolado que Él mismo nos ha encomendado... En la Sagrada Eucaristía hallamos remedio para las faltas diarias, para salir adelante en esas pequeñas dejaciones y faltas de correspondencia, que no matan el alma pero que la debilitan y la conducen a la tibieza. La Comunión fervorosa nos impulsa eficazmente hacia Dios, por encima de las propias flaquezas y cobardías. Allí encontramos diariamente las fuerzas que necesitamos, el alimento imprescindible para el alma. La vida humana tiene en Cristo su realización, su prenda de vida eterna... «Cristo es el pan de vida. Y así como el pan ordinario está en proporción al hambre terrena, así Cristo es el pan extraordinario proporcionado al hambre extraordinaria, desmedida, del hombre, capaz, más aún, inquieto por abrirse a aspiraciones infinitas... Cristo es el pan de vida. Cristo es necesario a todos los hombres, a todas las comunidades»13. Sin Él, no podríamos vivir.

En la Sagrada Eucaristía nos espera Jesús para restaurar nuestras fuerzas: Venid a Mí todos los que andáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré14. Y fundamentalmente agobian y fatigan esas enfermedades que fuera de Cristo no tienen remedio. Venid todos: a nadie excluye Jesús: si alguien quiere acercarse a Mí, yo no lo echaré fuera15. Mientras dure el tiempo de la Iglesia militante, Jesús permanecerá con nosotros como la fuente de todas las gracias que nos son necesarias.

Con Santo Tomás de Aquino, podemos decirle a Jesús, presente en la Sagrada Eucaristía, cuando nos acerquemos a recibirle: «me acerco como un enfermo al médico de la vida, como un inmundo a la fuente de la misericordia, como un ciego a la luz de la claridad eterna, como un pobre y necesitado al Señor de cielos y tierra. Imploro la abundancia de tu infinita generosidad para que te dignes curar mi enfermedad, lavar mi impureza, iluminar mi ceguera, remediar mi pobreza y vestir mi desnudez, para que me acerque a recibir el Pan de los Ángeles, al Rey de reyes y Señor de señores con tanta reverencia y humildad, con tanta contrición y piedad, con tanta pureza y fe, y con tal propósito e intención como conviene a la salud de mi alma»16.

Nuestra Madre la Virgen nos impulsa siempre al trato con Jesús sacramentado: «Acércate más al Señor..., ¡más! —Hasta que se convierta en tu Amigo, en tu Confidente, en tu Guía»17.

1 Mc 1, 40-45. — 2 San Beda, Comentario al Evangelio de San Marcos. in loc. — 3 Rom 6, 9. — 4 Himno Adoro te devote. — 5 Cfr. M. M. Philipon, Nuestra transformación en Cristo, p. 116. — 6 Ibídem, p. 117. — 7 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, III, q. 76, a. 5, ad 3.  8 Cfr. Ibídem, III, q. 81, a. 4. — 9 Jn 1, 26. — 10 Jn 1, 11. — 11 Himno Adoro te devote. — 12 Cfr. Santo Tomás, o. c., I, q. 3, a. 79.  13 Pablo VI, Homilía 8-VIII-1976.  14 Mt 11, 28. — 15 Cfr. Jn 6, 37.  16 Misal Romano, Praeparatio ad Missam. — 17 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 680.

 

“No deis nunca paso al miedo o a la rutina”

Pasas por una etapa crítica: un cierto temor vago; dificultad en adaptar el plan de vida; un trabajo agobiador, porque no te alcanzan las veinticuatro horas del día, para cumplir con todas tus obligaciones... ¿Has probado a seguir el consejo del Apóstol: “hágase todo con decoro y con orden”?, es decir, en la presencia de Dios, con El, por El y sólo para El. (Surco 512)

14 de enero

¿Y cómo conseguiré -parece que me preguntas- actuar siempre con ese espíritu, que me lleve a concluir con perfección mi labor profesional? La respuesta no es mía, viene de San Pablo: trabajad varonilmente y alentaos más y más: todas vuestras cosas háganse con caridad. Hacedlo todo por Amor y libremente; no deis nunca paso al miedo o a la rutina: servid a Nuestro Padre Dios. 

Me gusta mucho repetir -porque lo tengo bien experimentado- aquellos versos de escaso arte, pero muy gráficos: mi vida es toda de amor / y, si en amor estoy ducho, / es por fuerza del dolor, / que no hay amante mejor / que aquel que ha sufrido mucho. Ocúpate de tus deberes profesionales por Amor: lleva a cabo todo por Amor, insisto, y comprobarás -precisamente porque amas, aunque saborees la amargura de la incomprensión, de la injusticia, del desagradecimiento y aun del mismo fracaso humano- las maravillas que produce tu trabajo. ¡Frutos sabrosos, semilla de eternidad!

Sucede, sin embargo, que algunos -son buenos, bondadosos- aseguran de palabra que aspiran a difundir el ideal hermoso de nuestra fe, pero en la práctica se contentan con una conducta profesional ligera, descuidada: parecen cabezas de chorlito. Si tropezamos con estos cristianos de boquilla, hemos de ayudarles con cariño y con claridad; y recurrir, cuando fuere necesario, a ese remedio evangélico de la corrección fraterna: si alguno, como hombre que es, cayere desgraciadamente en alguna falta, al tal instruidle con espíritu de mansedumbre, estando atento con uno mismo, para no caer en la misma tentación. Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo. (Amigos de Dios, nn. 68-69)

¿Entre Dios y yo?: Liturgia y sacramentos

La centralidad de Jesucristo en nuestra vida adquiere su sentido más pleno y real en la celebración litúrgica, cuando Dios se deja "rozar" por nosotros y nos trae el hoy de su salvación.

LA LUZ DE LA FE16/11/2019

 

Los cristianos creemos y anunciamos a Jesucristo, el Hijo de Dios que ha muerto y resucitado por todos y por cada uno de nosotros, insertándose en los aconteceres del linaje humano para hacer de ellos una historia de salvación. No podemos llegar a Dios Padre si no somos hechos hermanos de Cristo por el agua y el Espíritu, si no seguimos –de corazón– sus gestos y palabras.

Sintiendo hondamente esta realidad, Pablo VI, en el viaje más largo de su pontificado, pronunciaba ante una multitud reunida en Manila palabras que conmueven porque son un elogio encendido a Cristo que brotaba de su corazón: «Yo nunca me cansaría de hablar de Él; Él es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed; Él es nuestro pastor, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. Por nosotros habló, obró milagros, instituyó el nuevo reino en el que los pobres son bienaventurados, en el que la paz es el principio de la convivencia, en el que los limpios de corazón y los que lloran son ensalzados y consolados, en el que los que tienen hambre de justicia son saciados, en el que los pecadores pueden alcanzar el perdón, en el que todos son hermanos. ¡Jesucristo! Recordadlo: Él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su Nombre resuene hasta los confines de la tierra y por los siglos de los siglos».[1]

Que el núcleo del cristianismo sea la persona viva de Jesús, el Crucificado-Resucitado, nos invita a poner la lógica de nuestra identidad y de nuestra vida en conexión con Cristo que muere y resucita, y percibir que toda nuestra existencia lleva, día a día, una impronta pascual. Para entender esta profunda afirmación se requiere prestar una especial atención a la persona de Cristo en su íntima relación con el misterio litúrgico.

“Rozar” a Cristo en la liturgia

San Josemaría recordaba, en cierta ocasión, que «un obispo muy santo, en una de sus incesantes visitas a las catequesis de su diócesis, preguntaba a los niños por qué, para querer a Jesucristo, hay que recibirlo a menudo en la Comunión. Nadie acertaba a responder. Al fin, un gitanillo tiznado y lleno de mugre, contestó: “¡porque para quererlo, hay que rozarlo!”»[2]. Ese niño puso de relieve, sin proponérselo, una cuestión central: el roce de Cristo, o sea, dónde, cuándo y cómo el cristiano puede tener su personal experiencia del Resucitado. Porque para vivir como hijos en el Hijo, además de saber conceptualmente quién es Jesús, se precisa “rozarlo” es decir, que exista la posibilidad de tratarle de un modo real. Pero, ¿es esto viable? ¿con cuánto realismo?

LA LITURGIA ES EL LUGAR PRIVILEGIADO PARA VIVIR "LA EXPERIENCIA DE CRISTO", PARA CONOCERLE Y TRATARLE

“Experiencia” significa, aquí, conocer y sentir a Cristo vivo. Pues bien, en la Iglesia, tratar de esta experiencia equivale a hablar principalmente de la santa liturgia, como lugar privilegiado donde vivir esa pasión de lo divino, algo que para los cristianos no es opcional ni irrelevante, pues ser contemplativos en medio del mundo requiere crecer al calor de la Palabra de Dios y de la liturgia.

Experimentar el “hoy” de la salvación

Entonces, ¿es posible “rozar” hoy a Cristo tras su ascensión al cielo? Para dar respuesta a esta cuestión, ayuda contemplar un pasaje del libro del Éxodo donde se describe el deseo de Moisés por tener una experiencia más íntima de Dios: «Moisés exclamó: muéstrame tu gloria. Y el Señor respondió: Yo haré pasar todo mi esplendor ante ti (…), pero no podrás ver mi rostro, pues ningún ser humano puede verlo y seguir viviendo». Siendo Dios infinito, resulta imposible para el hombre abarcar su excelsitud; no obstante, el Señor añade: «cuando pase mi gloria, te colocaré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Luego retiraré mi mano y tú podrás ver mi espalda» (Ex 33,1-3). Participar en las acciones sagradas de la Iglesia podría compararse con esa hendidura desde la cual contemplar las sagradas especies, que –sin ser la espalda de Dios– son el sacramento de su verdadero Cuerpo y de su verdadera Sangre.

Otro texto que recoge una experiencia significativa es el pasaje de la hemorroisa. Aquella mujer toca con fe la orla del manto de Cristo y la fuerza del Señor la cura de su prolongada enfermedad. Llama la atención que la lámina que el Catecismo de la Iglesia Católica escoge para iniciar la exposición sobre la liturgia y los sacramentos sea la más antigua representación del pasaje de la hemorroísa en las catacumbas de san Marcelino y san Pedro. ¿Por qué motivo se elige esta imagen? La razón estriba en que los sacramentos de la Iglesia continúan ahora la obra de salvación que Cristo realizó durante su vida terrena. Los sacramentos son como fuerzas que salen del Cuerpo de Cristo para darnos la vida nueva de Cristo[3]. Lo enseñaba san Ambrosio con términos muy vivos y realistas: «oh Cristo, a quien encuentro vivo en tus sacramentos»[4]. Los términos claves de esta frase son “vivo” y “sacramentos”. Lo primero se refiere a la comparecencia del Resucitado, a su presencia real; lo segundo alude a las celebraciones litúrgicas. Y Ambrosio enlaza ambas realidades con el verbo encontrar. En las celebraciones se da el encuentro entre Cristo y la Iglesia. Por eso, es posible experimentar, aquí y ahora, el mismo poder divino del Hijo de Dios, que, trascendiendo la distancia geográfica y temporal, salva al hombre por entero, cuando la Iglesia celebra la liturgia de cada uno de los sacramentos.

EN LA LITURGIA SE PRODUCE EL ENCUENTRO ENTRE CRISTO Y LA IGLESIA, SU ESPOSA

Y en los sacramentos lo que vemos materialmente es agua, pan, vino, aceite, la luz, la cruz...; observamos unos gestos y escuchamos unas palabras. Son gestos y palabras que Jesús, al tomar nuestra naturaleza ­-al encarnarse-­, los asumió para hacerse presente a través de ellos con el fin de seguir curando, perdonando o enseñando[5]. Es una lógica que cuesta entender, como le costaba a Felipe y por eso el Señor tiene que ayudarle a comprenderlo con una cariñosa reprensión: «Felipe, quien me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14,9). Y esto no es algo que Cristo decida, sino algo que Cristo es. Que Él sea el gran Sacramento no proviene de su voluntad, sino de su ser, de su ontología. Derivadamente, la Iglesia es sacramento de Cristo y los sacramentos son sacramentos de la Iglesia. Se ha dicho pedagógicamente –con las limitaciones de un ejemplo– que, cuando se trata de alcanzar un objeto, la cabeza (Cristo) envía una orden al brazo (la Iglesia) para que los dedos (los sacramentos) lo tomen. Son los sacramentos, el organismo sacramental de la Iglesia.

Un contacto sacramental

La segunda pregunta planteaba qué tipo de contacto es el que se establece entre Cristo y nosotros. En la fe de la Iglesia, este contacto se llama mistérico o sacramental, lo cual quiere decir que acontece mediante un régimen de signos y símbolos.

La comunicación del misterio de Cristo a nosotros se realiza a través de mediaciones simbólicas, que son los ritos del culto cristiano: la celebración del bautismo, de la Eucaristía, del matrimonio... Todo tiene un significado en el universo simbólico de la liturgia, toda ella manifiesta la fe. Los sacramentos se llaman sacramentos de la fe.

La liturgia es una membrana sutil que pone en relación el misterio de Dios y el misterio del hombre. Esta membrana es una membrana de símbolos. El espacio de una catedral, ermita u oratorio; el tiempo de la aurora o del ocaso, de Navidad o de Cuaresma; los textos de la Biblia y las oraciones del Misal; los gestos de adorar de rodillas o de recibir la ceniza; la comunidad reunida en torno al altar; los cantos y aclamaciones, luces y colores, aromas y sabores..., todos estos –y aún otros más– son los símbolos cristianos en cuya celebración reverbera la insondable trascendencia de Dios, el poder de su amor salvífico. Estos símbolos son como fisuras a través de las cuales el Eterno ilumina nuestra cotidianidad hasta hacernos hombres y mujeres dignos de «servirle en su presencia»[6]. Por medio de ellos, Dios permite que pregustemos la liturgia de la Jerusalén del cielo. Participar definitivamente en ella será un día la consumación definitiva de nuestra vocación bautismal.

La connaturalidad con los símbolos de la liturgia es patrimonio de los cristianos. Al igual que una madre no mima a su hijo mediante el uso exclusivo de palabras, sino por medio de una rica gama de códigos maternos de comunicación, así también la celebración litúrgica invita al cristiano a participar en la acción sagrada con todas las posibilidades de su sensibilidad, con el alma y con el cuerpo, con todos sus sentidos: aclama la Palabra de Dios, venera al santísimo Sacramento, canta los himnos con los cuales los Ángeles alaban a Dios, ofrece incienso, gusta del pan y del vino consagrados, guarda silencio... De este modo, los signos del misterio de Cristo nos llevan como de la mano al misterio de Cristo y entonces todo el peso de verdad, que tiene ese misterio, lo percibimos en la envolvente de los ritos que lo celebran.

Y, además de la connaturalidad, el aprecio. Estimamos los humildes velos tras los cuales el Resucitado manifiesta y oculta su presencia. En este sentido, era san Agustín quien confesaba: «pero yo no era humilde, no tenía a Jesús humilde por mi Dios, ni sabía de qué cosa pudiera ser maestra su flaqueza»[7].

El realismo sacramental

Al comienzo nos preguntábamos también: ¿con cuánto realismo? Hemos de mencionar también el realismo sacramental, si queremos responder a la pregunta de hasta qué punto ese roce, ese contacto con Cristo es verdadero. Realismo sacramental quiere decir que, al participar en la liturgia, recibimos la mismísima realidad divina a través de los signos de la Iglesia. Los signos y símbolos litúrgicos están colmados de esa realidad, máxime en la Eucaristía. Decir que el contacto entre Cristo y la Iglesia es sacramental en nada merma la neta realidad de ese contacto.

EL CONTACTO ES SACRAMENTAL; ESTO ES, SE PRODUCE MEDIANTE SIGNOS Y SÍMBOLOS

El sustantivo contacto es un término que encontramos en las antiguas fuentes litúrgicas: «oh Dios, que en la participación de tu sacramento llegas hasta nosotros (contingis)», es decir, entras en contacto con nosotros, te acercas hasta alcanzarnos[8]. Dios contacta con nosotros y nosotros contactamos con Dios por medio de la participación en el misterio celebrado. Contactos físicos con el Señor los tuvieron santo Tomás, la hemorroisa o los leprosos; en nosotros, esos contactos son ahora sacramentales. No se trata de imaginar el pasado como algo que ahora está presente solo para la fe de los creyentes. La liturgia no dice: esto simbolizaimagina..., sino que afirma: esto es. No es un mero enunciado ¡es una noticia! Es un acontecer real.

Los Padres de la Iglesia subrayaron este realismo del misterio sacramental y lo han mostrado por medio de expresiones, como en el caso del Papa san León Magno, quien, comentando los efectos del bautismo sobre quien lo recibe, afirma: «el cuerpo del bautizado es carne del Crucificado»[9]. Fruto del punzante realismo sacramental, que late en esta expresión, es la apertura inmediata de un gran horizonte en la comprensión de quién es un cristiano: una identidad que abraza dimensiones que van desde el valor sagrado de su cuerpo, hasta la esperanza de gloria con la que será revestido; desde su condición de concorpóreo con Cristo, hasta la santidad de las relaciones esponsales (cfr. Ef 3,6). Son valores insospechados que, al brotar de la fuente inagotable que ofrece la Iglesia en sus sacramentos, enaltecen hasta el extremo la condición humana del bautizado.

De otra parte, en la tensión por narrar el misterio, los lenguajes no se excluyen, sino que se complementan mutuamente, y por eso la liturgia sabe intuir cuándo es el momento de la palabra, cuándo el del canto o del silencio, cuándo es el momento del gesto o cuándo la adoración; pero siempre es momento del arte, pues, al ser Dios la eterna Belleza, su acontecer sacramental –la liturgia– se constituye en arte de las artes. En ella, la verdad y el bien se muestran envueltos en la hermosura y, por eso, el decoro y el buen gusto comparecen siempre por ser elementos estructurantes de la acción sagrada. La experiencia de Dios discurre a través de esa via pulchritudinis, que es la celebración, cada una de las cuales es un acontecimiento de alta envergadura estética.

Para que la remisión que hacen los ritos al plus de significado sea notoria, se precisan celebraciones que irradien verdad y sencillez, autenticidad y dignidad. La celebración se realiza en la solemnidad de lo sencillo. Todo cuanto en ellas interviene no puede ser prosaico, ni suntuoso, sino límpido, noble y de buen gusto. Son las cualidades del decoro con el que la Esposa dedica su humilde homenaje al Esposo, su aprecio a lo que celebra: el amor salvífico desbordante de la santa Trinidad.

Felix María Arocena


[1] San Pablo VI, Homilía durante un viaje pastoral a Manila, 29-XI-1970.

[2] San Josemaría, Notas de una meditación12-IV-1937, en “Crecer para adentro”, p. 50 (AGP, Biblioteca, P12). Este prelado era don Manuel González, que había ocupado la sede de Málaga, y fue canonizado en el año 2016.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1066.

[4] San Ambrosio, Apologia prophetæ David 1, 2.

[5] San Josemaría recordaba la enseñanza de los Padres cuando decían que los sacramento son “huellas de la encarnación del Verbo” (cfr. San Josemaría Escrivá. Amar al mundo apasionadamente).

[6] Misal Romano, Plegaria eucarística II.

[7] San Agustín, Confesiones 7, 18.

[8] Cfr. Sacramentario Veronense 1256. El verbo latino contingo es un compuesto de tango (cum-tango), que significa tocar; contingere remite a “con-tactar”.

[9] San León Magno, Sermo 70, 4: “corpus regenerati fit caro Crucifixi”.

Un papa para un mundo nuevo

Escrito por Juan José Pérez-Soba

Toda su vida de pastor de Juan Pablo II está marcada por una originalidad asombrosa en muchos campos. De modo de todo especial en el de la familia, que le ha valido ser llamado por el Papa Francisco “el Papa de la familia”

Al recordarle en el centenario de su nacimiento, no hacemos solo un ejercicio de memoria, de algo que pasó, sino también de interpretación de una herencia viva que está presente entre nosotros. Lo veremos dentro del sentido profundo de la historia que marcó su existencia.

Recordarle significa reconocer una gran paternidad. Así se vio en la enorme conmoción que despertó su muerte. Una inmensa multitud, que sorprendió a todos, se reunió allí porque consideraba que había muerto algo suyo.

Contenido

Una herencia
Un cambio de época
La época de la posverdad
La mentira emotivista y la formación del sujeto cristiano
El mundo globalizado
La dificultad del diálogo
La unidad eclesial de lo doctrinal y lo pastoral
La mirada al futuro
Conclusión: un mensaje de esperanza

“¡No tengáis miedo!” Son palabras de un profeta, que no hace una mera exhortación para sacar a las personas de un temor que paraliza, sino que pide un seguimiento concreto de un camino que se abre. Para Juan Pablo II tenía el sentido de un grito que despierta, con el valor de vislumbrar una salida que llena de esperanza. Ambas cosas son las que reconocía después como una inspiración del Espíritu Santo como guía de su Pontificado:

“Cuando el 22 de octubre de 1978 pronuncié en la plaza de San Pedro las palabras «¡No tengáis miedo!», no era plenamente consciente de lo lejos que me llevarían a mí y a la Iglesia entera. Su contenido provenía más del Espíritu Santo, prometido por el Señor Jesús a los apóstoles como Consolador, que del hombre que las pronunciaba. Sin embargo, con el paso de los años, las he pronunciado en varias circunstancias”[1].

Esa llamada surgía de la fuerza de interpretar el tiempo presente, en el sentido verdaderamente teológico de los “signos de los tiempos” (cfr. Lc 12,56), para asumir en su ministerio petrino una postura de ser pionero, de abrir caminos nuevos para la Iglesia. En él no era algo ajeno a su existencia. Toda su vida de pastor está marcada por una originalidad asombrosa en muchos campos. De modo de todo especial en el de la familia, que le ha valido ser llamado por el Papa Francisco “el Papa de la familia”[2]. Al recordarle en el centenario de su nacimiento, no hacemos solo un ejercicio de memoria, de algo que pasó, sino también de interpretación de una herencia viva que está presente entre nosotros. Lo veremos dentro del sentido profundo de la historia que marcó su existencia.

Es cierto que la historia pondrá en su lugar la figura de Karol Wojtyła en toda su grandeza. Es difícil encontrar otro personaje que haya sido más influyente en el siglo XX. Su intervención decisiva en la caída del bloque comunista, que crece en importancia en la medida en que se conocen mejor los hechos[3], no nos debe hacer olvidar que no es sino una manifestación de una convicción fundamental en él: Jesucristo es el Señor de la historia[4]. Su visión de los acontecimientos no acababa en el comunismo, ni siquiera estaba obsesionado por él. Más bien miraba al año 2000 como signo de una nueva época a la que responder y que esa era su misión como le anunció el Cardenal Wyszyński[5].

Una herencia

Recordar a San Juan Pablo II, significa reconocer una gran paternidad. Así se vio en la enorme conmoción que despertó su muerte. Una inmensa multitud, que sorprendió a todos, se reunió allí porque consideraba que había muerto algo suyo. Tantas personas, que tenían que esperar horas para pasar unos segundos ante su féretro, no eran cristianos; pero percibían que estaban rindiendo un homenaje a un padre. Lo que se reconoce de un padre es una herencia como el testimonio de lo que permanece. Como enseña la parábola del hijo pródigo, la herencia de un padre, que se revela ante todo en la frase que dirige al hijo mayor: “todo lo mío es tuyo” (Lc 15,31), en el relato no consiste en una suma de dinero que puede dilapidarse, sino en el sentido de una vida que enseña a vivir. El hijo pequeño pensó que lo había perdido todo, el padre misericordioso le enseñó que la herencia de la filiación permanecía[6]. Debemos pensar un poco en qué significa esta herencia, para asombrarnos de la riqueza que San Juan Pablo II nos ha legado y que nos abre a un futuro.

En primer lugar, es imposible pensar en ella fuera de una historia. En eso se diferencia la herencia de un regalo. Este último significa un momento, la primera incluye la asunción de una vida, de todo aquello que la ha configurado. Esta distinción se vive en el modo de recibir la donación, el regalo incluye la gratitud, pero por algo no merecido, la herencia pide una responsabilidad ante la voluntad del testador que debe ser cumplida, llevada a una plenitud. Si no se ha merecido antes, es bueno que se comience a merecer después, tiene en sí un cierto sentido de justicia. Se basa en la característica que incluye la voluntad de quien otorga el testamento sobre el que lo recibe, como destinatario. El compromiso adquirido por una herencia es grande, requiere tiempo y empeño, nace de la conciencia de ser un continuador de una historia anterior. La razón de este vínculo es básicamente haber recibido la vida, y saber que otro ha vivido para nuestro bien. Ha querido que lo suyo fuera nuestro y de un modo irrevocable que marca un destino.

La herencia, por ello, no solo testifica el destino de un pasado, sino que está volcada al futuro. En gran medida, es un modo de anticipar un futuro con una base firme de la que se puede disponer. Aquí la relación de confianza es grande, el testador ha confiado algo valioso en otra persona, para que haciéndola suya, sea el principio de una nueva historia.

El vínculo que se establece es grande, en cierta medida, recibir un testamento es ponerse en el lugar del testador y conocer mejor su voluntad. Tal vez por ello, cuando los hebreos quisieron traducir al griego la palabra ברית (alianza)[7], usaron el término (…) que significa “testamento”. De aquí que hablemos de Antiguo Testamento y Nuevo Testamento, con lo que, ante todo, queremos significar una continuidad en una historia.

Hemos de reflexionar sobre la herencia del Santo Papa polaco, porque así podemos acercarnos a su visión de futuro. La pregunta pasa a ser central: ¿qué esperaría de nosotros en las circunstancias presentes que él no vivió? ¿Qué es lo que pudo intuir o prevenir de un futuro que hizo que recibiéramos una herencia tan rica? Supone en nosotros la tarea de querer vislumbrar algo de lo que nuestro Papa quiso dejar a la Iglesia.

No se trata de personalizar excesivamente, como si con Juan Pablo II se hubiera agotado la riqueza de la Iglesia. Todo lo contrario, por definición una herencia se añade a otros bienes ya recibidos por otras fuentes y es una invitación a un crecimiento posterior. Es muy extraño que lo que se hereda constituya lo único que se posee y excluya otros dones y, sobre todo, algunos ingresos propios. Reconocemos el valor real de una herencia cuando comparamos lo recibido de otros con lo que nosotros mismos hemos adquirido con nuestro trabajo. Podemos entender el esfuerzo que ha supuesto y el deseo de dejarlo como herencia. Además, la heredad recibida sirve para que el beneficiario crezca por su propia cuenta mejorando el legado. Es la manera noble de estar a la altura de lo que se ha heredado, de desarrollarlo como lo hubiera hecho el testador. En la medida en que se fundamenta en el “sentido de vivir”, sirve para la vida y, a partir de ella, da luz a los demás bienes que poseemos. Lo primero que se busca es que el heredero tenga esa vida plena que le deseaba su padre y eso incluye su capacidad de llevarla a cabo con plena libertad. Se trata de un último acompañamiento en el crecimiento del beneficiario, en un gesto que marca un destino. Lo que la Iglesia tiene como heredad de este Papa está destinado a hacerla crecer como Iglesia en su misión recibida de Cristo.

La herencia de un Papa tiene que ver con la vida, la vida de la Iglesia. Para eso es su magisterio, para que se haga vida. En particular, ante el enorme magisterio de Juan Pablo II los herederos no debemos repetirlo como una letra muerta, nuestra misión es sacar de él toda la vida que contiene. Eso se comprobará al contrastarlo con la realidad, al poder constatar la capacidad que tiene para iluminar situaciones nuevas que el Papa no supo intuir y que harán crecer el valor de la herencia. Es la manera de testificar su capacidad de generar vida, de descubrir muchas riquezas escondidas que son, además promesas de bienes futuros mayores.

Esto es lo que reconocemos de forma general en los autores que denominamos clásicos: son hombres que nos han dejado algo tan grande que constantemente genera nuevos comentarios y adquiere nuevas perspectivas. Sabe permanecer en los cambios, no como algo inalterable, sino como un referente que indica un camino a seguir, una dirección que todavía promete más y anticipa un futuro que está por llegar.

La herencia de nuestro santo tiene un claro sentido sapiencial. Ya en la homilía de inicio de Pontificado a la que nos hemos referido, puso el acento en una frase del Evangelio (Jn 2, 25) que podía parecer oculta; pero que a sus ojos era tan luminosa que la propone como la razón profunda de no tener miedo: “Cristo conoce «lo que hay dentro del hombre» ¡Sólo Él lo conoce!”[8]. Es necesario conocer el interior del hombre para poderle hablar al corazón y poder descubrir un camino. Se trata de un acceso a lo humano muy diverso de lo simplemente empírico. Requiere reconocer en él la existencia de un misterio. Es una de las reclamaciones personalistas más incisivas: “Frente al mundo sin profundidad del racionalismo, la Persona es la protesta del misterio”[9]. No puede haber una herencia más oportuna que saber descubrir en lo escondido el germen del futuro. Es expresión máxima de paternidad, como se muestra en el inicio del libro de los Proverbios “Escucha, hijo mío, los consejos de tu padre” (Prov 1, 8). En San Juan Pablo II siempre latía la intuición de que: “Gracias a la mediación de una filosofía que ha llegado a ser también verdadera sabiduría, el hombre contemporáneo llegará así a reconocer que será tanto más hombre cuanto, entregándose al Evangelio, más se abra a Cristo”[10].

La sabiduría connota una convicción interior que se convierte en una misión. No es difícil darse cuenta de las consecuencias: “Juan Pablo II no pedía aplausos, ni ha mirado nunca alrededor preocupado por cómo eran acogidas sus decisiones. Él ha actuado a partir de su fe y de sus convicciones y estaba también dispuesto a sufrir golpes”[11]. Siempre consciente de la necesidad de estar abierto a nuevas aportaciones, pues, el Papa Benedicto asegura de él que: “admiraba su disponibilidad a aprender”[12].

Un cambio de época

Tras la segunda guerra mundial, Romano Guardini escribió una obra fundamental: El ocaso de la Edad Moderna[13], con la que quería explicar el gran cambio de edad que se había producido y que eso era una oportunidad para la Iglesia, pues acababa así una larga época marcada por la división y la confrontación. Esto es debido a que la actividad teológica del pensador italiano empezó tras la primera guerra mundial, que cambió el panorama social con una radicalidad grande, todavía difícil de valorar, pero que supuso el fin de la denominada Teología liberal protestante. Por motivos históricos, la reacción teológica católica tardó un poco más y es la que contribuyó a la renovación conciliar.

El Concilio Vaticano II se centró en el diálogo con la modernidad como superación de la división de los cuatro siglos anteriores. Era una cuestión todavía por afrontar y fue importante hacerlo para provocar un cambio necesario de mentalidad; pero se hizo precisamente en el momento en el que la modernidad estaba en su ocaso. Por desgracia, no se percibe en los textos conciliares ningún atisbo de la postmodernidad que empieza a perfilar en los años 70 con Jean-François Lyotard[14] y que estallará con fuerza en los 80, hasta nuestros días.

Después de los años pasados, no se puede decir que la postmodernidad se haya asentado, su valor sigue siendo más de crítica a realidades ya periclitadas o en clara decadencia, que de propuesta de una forma nueva del mundo. Su carácter crítico se ha hecho semejante al del mayo del 68, una forma defensiva peculiar de no querer afirmar nada, para que nadie pueda desmentirlo.

Se incide sobre todo en propagar una sospecha sobre la razón humana en su capacidad de alcanzar la verdad, y en su valor de universalidad entre los hombres[15]. Era consecuencia en parte del descrédito en el que había caído, tras el proceso de descolonización de los años 50 y 60, el formalismo de una razón pretendidamente universal en algunos contenidos. Se percibía que había sido esta pretensión excesiva la que, en pro de la defensa de una civilización de corte occidental, había justificado un colonialismo a todas luces injusto e incapaz de ver en el pluriculturalismo una riqueza de la humanidad. Surgía así un principio opuesto a la orgullosa razón kantiana como argumento único de universalidad, o la pretensión enciclopédica de poder acumular todo el saber a partir de un orden arbitrario, como es el alfabético, fuera de cualquier referencia a la tradición[16]. En todo caso, ahora es la Iglesia la que defiende la potencialidad de la razón de ir más allá del cálculo o de la estadística. Sin esta capacidad el hombre no tendría acceso a su misterio, ignoraría lo principal de sí mismo[17].

Lo que se aprecia con la postmodernidad no es un pensamiento, ni unas directrices, sino un cierto modo de vivir, lo que se podía llamar “condición” que influye en múltiples ámbitos de la vida. Lo que la caracteriza es que cualquier referencia a la verdad está excluida y que conforma una concepción liquida de la vida que se expande en todas direcciones[18]. Se podría definir esta “liquidez vital” como no necesitar nada permanente que dirija la existencia, sino que basta con la disposición constante a adaptarse a lo exterior sin preguntarse las razones de ello.

Queda el vértigo interior de una constante mutación a la que responder con destreza[19]. Cualquier intento de sentar unos principios básicos parece un error de base. Esta velocidad de cambio solo es posible si se censura cualquier pregunta por la dirección del camino. Se generan así “los malestares de la modernidad”[20] que están fundados en la pérdida de los fines, lo que conduce a una mengua en la libertad. De aquí que aquello que promueve en la sociedad son éticas procedimentales que proponen protocolos para resolver los conflictos sin tener que argumentar sobre los contendidos. Basta con que se siga el procedimiento bien para que la resolución sea justa. Se abandonan los grandes ideales y se confía el cambio social a la aceptación del procedimiento. Se comprende que se abandona así cualquier referencia a la virtud y a lo que toque el corazón del hombre, porque todo se basa en una corrección exterior.

No estamos sino en el inicio de un proceso, cualquier cambio de época suele durar unos 150 años. En esas circunstancias, hay que evitar la identificación de que cualquier cambio es bueno, como ocurre en todo, hay cosas que sirven para mejorar y otras empeoran. En tiempos en que todo se mueve, es la dirección del horizonte la que permanece y permite tener una orientación y es lo que San Juan Pablo II asumió como su propia misión. Desde luego, hay que evitar el obrar al tanteo porque se avanza poco y mal, es importante lo que aparece como promesa y se experimenta como ocasión de crecimiento. En estas circunstancias lo esencial no es cambiar, sino renovar, generar algo en verdad nuevo[21]. Solo de esta forma se sale de lo “post-” para abrir algo positivo que en verdad construya. Es la perspectiva que la postmodernidad no ha sabido adoptar y que es una aportación social magnífica.

Es más, se trata de una clave apologética vital para el cristianismo. En la cultura postmoderna, sin necesidad alguna de explicación, ni de justificación, se presenta ante la sociedad todo lo cristiano como algo anclado en el pasado, que se puede observar con reconocimiento a modo de pieza de museo, pero que se debe rechazar con firmeza y son concesiones cuando se propone de algún modo como propuesta para el presente. Es lo que se denomina “postcristianismo” que caracteriza grandes sectores de nuestra cultura y que margina la propuesta cristiana sin escuchar sus razones[22]. O nuestro mensaje sabe tocar los corazones comunicando algo nuevo o directamente se le arroja a la esfera de lo irrelevante que no merece ni siquiera tomar en consideración.

La época de la posverdad

En esta situación cultural, el Papa Wojtyła entendió con toda claridad que la cuestión de fondo era la verdad. El Evangelio contiene una verdad de tal magnitud que excede todo lo que podamos imaginar[23]. Es un gran desafío para un hombre que no puede dominar esa potencia magnífica que le pide todo. La auténtica fidelidad al Evangelio es sacar de ella ese tesoro de novedad en respuesta a las circunstancias históricas que toca vivir.

En nuestro caso, la misma posibilidad de conocer la verdad y la fuerza que esto supone para el hombre es la que se ha de presentar con toda la novedad que esto representa en la vida personal. Se trata de un principio antropológico de comprender al hombre como: “ser que busca la verdad”[24]. Es una luz para nuestro presente. Como ha ocurrido tantas veces en la historia, sobre todo en las épocas de cambios, la propuesta relativista que intenta no hacer afirmaciones estables parece adecuada para ese tiempo. La manera de hacerlo es la reducción epistemológica de la verdad a opinión. La verdad, en vez de ser una instancia superior que une a los hombres, se considera una rigidez unificadora que impide la gestión adecuada y ágil de las opiniones todas equiparables y relativas. Lo verdaderamente importante sería articular el modo positivo de confrontar las diversas opiniones. Así ocurrió con los sofistas que redujeron la cuestión de la verdad a una gestión inteligente de las opiniones. La centralidad de la verdad en el Evangelio es de tal categoría que el cristianismo primitivo comprendió que debía superar la tentación escéptica, porque el Evangelio poseía una experiencia de absoluto que impedía cualquier reducción a lo que el hombre puede gestionar y que consistía, ante todo, en la llamada a la conversión[25].

La propuesta postmoderna ha dado un paso particular y, en coherencia con sus principios, ha inventado el termino “posverdad”. El Oxford English Dictionary la define como una situación en que “los hechos objetivos son menos determinantes que la apelación a la emoción o las creencias personales en el modelaje de la opinión pública”[26]. Para el Diccionario de la Real Academia Española es la “distorsión deliberada que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública”.

Es muy interesante ver que el término tiene una connotación negativa, de distorsión manipuladora y que el punto clave de ello es la emoción. Se ha aprendido que es fácil mover las emociones para que las personas acepten acríticamente cualquier cosa. Tampoco nos extraña el que la categoría cognoscitiva que se da a esa posverdad sea la de “creencia” en el sentido anglosajón del término: la suposición subjetiva de aquello que va a ocurrir en la que el sustrato emotivo es esencial[27].

Al final, la posverdad pasa a definirse como una “mentira emotiva”. Se concibe como vivir de apariencias, en una reducción total a opiniones, certezas débiles. Se basa en un uso meramente calculador de la razón que no sabe de fines[28]. Sirve mostrar apertura a las opiniones ajenas, antes de afirmar las propias, que siempre habría que poner en cuestión para ser tolerante y abierto. El choque de la posverdad es fuerte, su calificación negativa tiñe de sospecha la claridad de estos procedimientos. La corriente posmoderna es heredera de los “maestros de la sospecha”, Freud, Marx y Nietzsche[29], que anticiparon en muchos aspectos la crítica radical a las posiciones modernas, a partir de la suposición de que contenían males internos. Ahora se levanta la sospecha de la sospecha hasta considerar implícitamente que es la arbitrariedad de un poder la que siempre dirige estos procedimientos aparentemente positivos. La manipulación de la sociedad por medio de mensajes afectivos parece clara y que esto oculta una tasa de mentira y corrupción muy extendidos. Hasta hace algunos años todavía parecía sostenible la afirmación de que un sistema democrático de un Estado de Derecho era, de por sí, una buena vacuna contra la corrupción. Ahora es imposible pensar así, por la constatación amplísima de tasas de corrupción muy elevadas en casi todas las democracias occidentales. A pesar de ello, no se ha realizado todavía un análisis profundo del problema político que apunta, por todos sus indicios, a una deficiencia interna del sistema, aunque muchos se nieguen incluso a considerarlo una posibilidad.

Podríamos resumir la aportación profunda de la propuesta de san Juan Pablo II desde la impronta bíblica de la verdad. Propone la verdad como luz, no como una sentencia que se afirma. No es la conclusión de un proceso, sino la posibilidad del mismo. La analogía de la luz es aquí esencial[30], porque nos introduce en un sentido universal y concreto que comunica a los hombres. Se aprecia inmediatamente que resulta ridículo hablar de “mi luz” como si fuera algo privado, que no tuviera que ver nada con la luz de los demás. Una misma luz ilumina a todos los hombres.

Esta visión, que es clásica, se rompió con el nominalismo, en un tiempo de gran conmoción social. Es una propuesta radicalmente escéptica, sobre todo en lo que concierne al bien, con una propuesta del todo voluntarista: no hay más verdad del bien que el hecho de ser mandado: “bonum quia iusum”[31]. La libertad es puro arbitrio y solo puede ser limitada desde fuera. La consecuencia primera es un individualismo básico que se impone y que será la ruptura más profunda que sufrió la sociedad medieval[32]. Supuso la imposición del sistema político absolutista y la concepción secularizada de las relaciones humanas[33]. El fundamento nominalista de la corriente postmoderna está indicado por Umberto Eco que escribe El hombre de la rosa (1980), para mostrar la vigencia actual de esa visión bajomedieval. La correlación entre la imposibilidad de un conocimiento de la realidad y la necesidad de una hermenéutica personal sin otros referentes deja el campo abierto a una arbitrariedad de parte de quien detenta el poder y que busca romper los lazos humanos.

La perspectiva de la luz es antinominalista, la palabra es acción que ilumina[34] y no un término vacío de contenido arbitrario o convencional. Plantea también una antropología diversa y vinculada a la realidad del camino vital con grandes raíces bíblicas[35], ignorada absolutamente desde el nominalismo. Si se ha de caminar, la luz es imprescindible. En la oscuridad se puede caminar a tientas, pero es un modo muy malo de hacerlo. Se va muy despacio y sin seguridad, se ignora la situación y no se divisa el horizonte. Nadie duda de que no es un límite obligarnos a no chocar con las cosas; es principio de libertad de movimientos desde uno mismo en orden a recorrer el camino si está iluminado. Este es el sentido profundo de la afirmación “la verdad os hará libres” (Jn 8,32): que es una de las frases emblemáticas del Pontificado de nuestro Papa desde su inicio:

“Estas palabras encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad; y la advertencia, además, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo. También hoy, después de dos mil años, Cristo aparece a nosotros como Aquel que trae al hombre la libertad basada sobre la verdad, como Aquel que libera al hombre de lo que limita, disminuye y casi destruye esta libertad en sus mismas raíces, en el alma del hombre, en su corazón, en su conciencia”[36].

Desde la conciencia de estar en camino, la necesidad de una dirección aparece irrefutable. Es lo que podemos denominar el “síndrome de Alicia”, que se refiere a una escena del libro de Lewis Carroll, en la que la protagonista, que estaba caminando gozosa por el país maravilloso, se encuentra una bifurcación y se pregunta qué camino tomar. Este es el relato:

− [Alicia al Gato] “¿Podrías decirme, por favor, qué camino he de tomar para salir de aquí?”

− “Depende mucho del punto donde quieras ir” −contestó el Gato.

− “Me da casi igual dónde” −dijo Alicia.

− “Entonces no importa qué camino sigas” −dijo el Gato[37].

A todos resulta evidente que esa posición que hace que cualquier camino valga, no se puede tomar como la mejor de las situaciones. Por el contrario, todos consideramos de manera natural que Alicia se encuentra perdida; que es digna de lástima. Lo que necesita es ayuda para salir cuanto antes de ese dilema. En conclusión, no es indiferente el camino que se siga; pero, sobre todo, es urgente la necesidad de saber a dónde ir. Es la luz que permite distinguir los caminos. En el relato de la creación, lo primero creado es la luz (Gén 1, 3), porque vence las tinieblas que son “caos y confusión” (Gén 1, 2). Se necesita la luz para distinguir unas cosas de otras, que es lo que va a continuar Dios en su acción creadora. La lógica interna del relato inicial del Génesis es de unidad en la diferencia que es la que permite que exista un orden. Este no se debe a una imposición cuanto a un discernimiento del fin. Se trata de la verdad, la que ordena de una forma que es signo de sabiduría: “es propio del sabio ordenar”[38]. El rechazo de todo orden, la pretensión de transgredir todo lo ordenado como gesto de superioridad, es un modo prometeico de no darse cuenta de que previamente a cualquier esfuerzo humano existe algo dado que guía internamente nuestras decisiones[39]. Podemos decidir transgredir una norma, porque hemos reconocido que existe. No transgredimos nuestra decisión, sino algo previo a ella que no se constituye por ninguna decisión humana. Todo ello llena este primer relato para indicar el orden interior al que el hombre debe responder y que se manifiesta en la correlación entre las diez palabras que pronuncia Dios (“Dijo Dios”) y el Decálogo[40].

La luz tiene la característica de ser previa, no está en el dominio humano, sino que lo precede y lo ilumina. Evdokimov toma esa comparación para explicar la originalidad del amor en la experiencia humana como una realidad previa: “¿Queréis apresar la luz? Se os escapará de entre los dedos. Si existiese una fórmula del amor, en este momento se hubiera encontrado la fórmula del hombre”[41]. La verdad no se posee, más bien es ella la que nos posee y abre así al hombre a una tarea común en la que se sabe acompañado: “hay que considerar que la verdad misma siempre va a estar más allá de nuestro alcance. Podemos buscarla y acercarnos a ella, pero no podemos poseerla del todo: más bien, es ella la que nos posee a nosotros y la que nos motiva. En el ejercicio intelectual y docente, la humildad es asimismo una virtud indispensable, que protege de la vanidad que cierra el acceso a la verdad”[42]. Está clara la insuficiencia de una “luz privada” como es una linterna; es un mal remedo del sol. Sirve para no tropezar los pasos, pero no apunta a ningún horizonte. Es incapaz de iluminar algo común: un mismo sol ilumina a todos. Lo esencial es no cerrarse a la luz en lo que nos separaría de los demás y fomentaría actitudes excluyentes.

De aquí la importancia que el Salmo cuarto tiene en esta concepción, según la explicación que hallamos en Santo Tomás: “El salmista, después de haber dicho: «sacrificad un sacrificio de justicia» (Sal 4, 6), añade, para los que preguntan cuáles son las obras de justicia: «Muchos dicen: ¿Quién nos mostrará el bien?»; y, respondiendo a esta pregunta, dice: «La luz de tu rostro, Señor, ha quedado impresa en nuestras mentes», como si la luz de la razón natural, por la cual discernimos lo bueno y lo malo −tal es el fin de la ley natural−, no fuese otra cosa que la luz divina impresa en nosotros”[43].

Descubrimos el principio de la libertad, de un movimiento que parte de nosotros mismos, aunque responda a una luz que recibimos. Así lo explica nuestro Santo: “El hombre (...) debe hacer libremente el bien y evitar el mal. Para esto el hombre necesita poder distinguir el bien del mal”[44]. En este camino de distinción, podemos comprender que el encuentro con Cristo es esencial[45]. Toda la reflexión sobre el Lógos de los Padres tenía la intención de dar un valor único a ese evento de descubrir en Cristo, y solo en Él, la razón de la existencia[46]. La luz creadora se ve en un rostro personal: “La luz del rostro de Dios resplandece con toda su belleza en el rostro de Jesucristo, «imagen de Dios invisible» (Col 1, 15), «resplandor de su gloria» (Hb 1, 3), «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14): él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6). Por esto la respuesta decisiva a cada interrogante del hombre, en particular a sus interrogantes religiosos y morales, la da Jesucristo”[47]. Nos hallamos ante una verdad personal que nos llama, que solicita nuestra libertad y que es fuente de toda novedad.

La mentira emotivista y la formación del sujeto cristiano

Desde el siglo XVII al XX las grandes discusiones sobre el cristianismo y la cultura se centraron sobre fe y razón, lo que configuró la apologética durante esos siglos y la distinción que hacemos casi instantáneamentre entre creyentes y no creyentes. En la época postmoderna la cuestión es bien diferente, se basa en la verdad de un afecto vuelto hacia sí mismo, como nos lo enseña la posverdad. Toda la deriva romántica[48] de una emotividad que busca en la intensidad su único criterio, una vez que ha invadido la conciencia de las personas, conduce a dejarse llevar por la fascinación del instante, sin capacidad de orientar la vida. Nos queda el recurso de la sola gestión de los afectos de una forma inteligente[49].

Como hemos visto, la toma de conciencia de este emotivismo que invade el ámbito que antes se le concedía a la posverdad, ha conducido a constatar que lo que queda tras ella es una auténtica mentira. Que, cuando no se reconoce la verdad y su papel en la existencia humana, se abre la puerta a una manipulación manifiesta, sostenida por un manejo hábil de los afectos sociales. Precisamente esto afecta el ámbito que dejó libre el romanticismo, el público, pues, bien consciente de su impacto social en cuestiones tan relevantes como el nacionalismo, nunca supo iluminar la comunicabilidad de los afectos entre los hombres. La rígida división moderna entre una esfera pública utilitaria y una privada emotiva sigue siendo una fractura que debilita nuestra sociedad. El pensamiento “moderno” despreció los afectos en su capacidad de unir a los hombres y de fundar cualquier tipo de conocimiento común[50]. La corriente anglosajona inventó en consecuencia el término “creencia” para referirse a una posición subjetiva que actúa a modo de costumbre. Por lo dúctil de este término tan ambiguo, pronto se le abrió la puerta para alcanzar una preponderancia en muchas esferas de la existencia. Este tipo de “pensamiento débil”, sostenido en creencias ante todo subjetivas, influyó muy pronto en lo referente a la religión, como si fuera el lugar por excelencia de tales creencias privadas. San John Henry Newman articuló toda una gramática del asentimiento[51], para oponerse a esta postura que diluía lo genuinamente cristiano, en especial en lo que correspondía al carácter dogmático de la fe cristiana[52]. Salía al paso de una corriente muy importante en el anglicanismo; pero que también estaba en la base, con otros presupuestos, en la formulación de la Teología liberal protestante[53]. En ambos casos, frente a la que ellos presentaban como “rigidez” dogmática de una serie de afirmaciones inamovibles, proponían una evolución del cristianismo a modo de un “sentimiento religioso” al que subordinar los dogmas y los sacramentos cristianos. Es una concepción similar a la que llegará a configurar lo que se denomina “modernismo” en el catolicismo[54]. El santo inglés, por ello, también estudió detenidamente la evolución del dogma con una visión nueva de la historia[55].

A pesar de estos signos tan palmarios de una deformación afectiva del cristianismo, desde la teología no se ha sabido tomar en serio el desafío. En verdad, son pocos los estudios que afronten con profundidad la correlación entre la fe y el amor y que puedan aclarar el verdadero fundamento afectivo de la fe[56]. Es en la actualidad postmoderna donde el cristianismo se juega su papel social y su futuro. La fe es más que una creencia subjetiva, como el afecto propio de creer es más que una emoción, puesto que implica a la persona en totalidad[57]. La confusión entre ambos debilita la experiencia cristiana básica. No la golpea en un punto concreto, lo hace de forma global, porque impide una identificación fuerte con los contenidos de la revelación; para volcar la sensibilidad en una espiritualidad emocional y sin relación con la dogmática, muy centrada en “sentirse bien”. La correlación entre la fe, que incluye un vínculo personal con Dios y la forma como la revelación en cuanto comunicación divina es luz para toda la vida, es lo que conforma el sujeto cristiano. Esta es la gran cuestión emergente para el cristiano tras la mentira emotiva.

Estas son cuestiones que interesaron muy pronto a Karol Wojtyła, como se ve en su análisis del amor en Amor y responsabilidad, donde da una importancia decisiva a la relación “persona y amor” que denomina “análisis metafísico del amor”[58]. Todo ello en correlación con su modo de tratar el pudor en relación a la autoconciencia, que es tan característico suyo[59]. Es cierto que, en Persona y acción, donde se perfila claramente la cuestión del “sujeto ético”, esto es, la persona como sujeto de sus actos, el desarrollo afectivo, siendo relevante, todavía pide una profundización en cuanto a su aspecto relacional y comunicativo. Pero, sin duda, es el Papa Juan Pablo II el que da un paso decisivo al ofrecer al mundo sus Catequesis sobre el amor humano, que se denominan en su conjunto como “teología del cuerpo”[60].

Precisamente, una de las dificultades mayores para tratar los afectos es haberlos reducido a realidades simplemente sensitivas, no espirituales, por verlas ligadas al cuerpo. Comprender el valor espiritual del cuerpo, pide, al mismo tiempo, un reconocimiento del sentido estrictamente personal que tienen algunos afectos, sobre todo, en cuanto generan los vínculos entre las personas[61]. De aquí una superación de una concepción espiritualista de la conciencia, sin contacto con la corporeidad. Son los afectos los que conforman inicialmente la conciencia que surge marcada por una experiencia de amor, y es la base de la emergencia del sujeto[62]. De aquí un análisis delicado y profundo de la “redención del corazón”, a la vez espiritual y corporal, y de la virtud de la castidad como su lugar propio[63].

Son bases que nos sirven para la superación del emotivismo, que es, sin duda, la cuestión pastoral de más importancia en un futuro mediato, porque no es de solución pronta. Su atención pide una profundización de importantes aspectos humanos, en especial el de la virtud en su relación con los afectos, una tarea todavía por hacer[64]. Son temas que ya hallan su espacio en la encíclica Veritatis splendor, cuando destaca la subjetividad del cuerpo, al decir: “La persona, mediante la luz de la razón y la ayuda de la virtud, descubre en su cuerpo los signos precursores, la expresión y la promesa del don de sí misma, según el sabio designio del Creador”[65].

De modo particular, se ha de vencer el narcisismo con el que tantos viven sus emociones[66]. Se trata de una deformación de la dinámica del deseo[67], que se hace centrípeta y, en el fondo, avocada a la constante insatisfacción. Pensar la realidad desde la manera de sentirnos con nosotros mismos plantea directamente una dificultad grande en las relaciones con los demás, en especial la de entender los lazos sociales en su contenido[68]. Es una tergiversación grave de la propia intimidad, lo más contrario al don de sí que tanto ha propugnado Juan Pablo II como auténtica luz de la vida. Sin duda, nos hallamos ante uno de los motivos del impacto de la globalización cultural en las personas.

El mundo globalizado

Uno de los puntos principales de una novedad respecto al tiempo de Pontificado de San Juan Pablo II es la aparición de la globalización tras la caída del muro de Berlín y el desarrollo de la informática que también fue un factor importante para el cambio político. Es un fenómeno muy diverso de la unificación del mundo por las comunicaciones y la conciencia de unas relaciones internacionales más intensas, que fue la idea base de Pablo VI en su encíclica Populorumprogressio[69]. Ahora se trata de una unificación radical de dos condiciones sociales tan relevantes que hacen cambiar todas las demás. Se trata de la existencia de un mercado económico único, con las mismas reglas para todos, y un mismo Internet en todo el mundo. El panorama es a la vez universal y reducido: las mismas reglas para todos con una inmediatez en las comunicaciones. Este es el ideal de la globalización, que se impone como hecho incontrovertible, al que todos se han de adaptar, pues condiciona todo lo demás. Quien se quede fuera, deja de tener presencia social ni futuro alguno.

Se vive la paradoja de que estamos más comunicados, pero no más unidos. Existe una distancia grande entre lo que aparentemente se nos ofrece y lo que realmente es: “La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos”[70]. Las posibilidades a las que nos abre la técnica no tocan lo profundo del corazón del hombre y pueden dejarlo vacío, sin horizonte.

De nuevo nos sorprende que este fenómeno, que nace como hecho, y debería ser una aportación para la humanidad, ha hecho surgir reacciones contrarias o, al menos, fuertes reticencias respecto a las consecuencias negativas que genera. Lo postmoderno devora a sus propios hijos en la fascinación del instante y los critica con severidad. La “aldea global”[71] significa que las claves sociales tienden a igualarse e incluso reducirse, pero aglutinando a todos. Se habla de globalidad y no de universalidad, porque se trata de una realidad de hecho y no de derecho. El mercado y la informática son instrumentos en manos de todos; pero no exigen a priori una universalidad. La aportación principal de esa globalidad es la impresión de la inmediatez, ya sea en el tiempo, como en el hecho de la conexión. Nos aparece aquí la razón profunda de su debilidad: el olvido de las mediaciones y la necesidad de estas para la existencia de un sentido.

La Iglesia es experta en las mediaciones, porque son parte de la lógica de la donación divina. De aquí que haya desarrollado Juan Pablo II una idea fuerte de cultura, ligada al crecimiento de la persona[72] y dentro de un plano comunicativo, que aporta dos luces esenciales para iluminar la globalización.

1º El rechazo de un igualitarismo desmoralizante, que, al pretender que todas las culturas son iguales, no sabe medir que la cultura en sí misma es una realidad esencialmente moral, con sus avances y retrocesos, nunca en una posición equivalente. De aquí que el cristianismo deba imbuir las culturas, con el doble efecto de: purificarla de falsas adherencias y plenificarla en sus bondades. Esto hace del diálogo cultural el lugar para poder construir una verdadera “familia humana”. En cambio, la globalización, ya sea económica, como mediática, se basa en medios que piensan solo en el individuo, porque censuran lo que es específico de la persona.

2º Lo global, por carecer de su propio significado y quedarse en la facilidad del medio, tiende a justificar lo diverso, sin dar base a los vínculos y a la unión entre las personas. Es principio, por tanto, de fragmentación en la vida de las personas si no se apoya en otras instancias. Es una realidad que tener en cuenta por sus efectos perniciosos: “El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que desnaturaliza los vínculos familiares”[73]. La fascinación del fenómeno de pertenecer a un mundo global, tantas veces se vuelca en la sobrevaloración de lo ajeno y el desprecio de lo propio, a causa de una pérdida de las propias raíces culturales que se ignoran. Tiende, por ello, a diluir la identidad personal a base de fomentar constantemente cambios interiores y censurar cualquier certeza como una indebida “zona de seguridad”. En este sentido, ya nos advierte el Papa Francisco: “Lo real cede el lugar a la apariencia. En muchos países, la globalización ha significado un acelerado deterioro de las raíces culturales con la invasión de tendencias pertenecientes a otras culturas, económicamente desarrolladas pero éticamente debilitadas”[74].

La globalización, así entendida, se convierte en un instrumento que toma el emotivismo para su propia difusión. Importa más el medio que el contenido, porque se impone desde la apariencia de su inmediatez y la enormidad de presentarnos posibilidades sin fin. Es sencillo darnos cuenta de las consecuencias afectivas debidas a una globalización solo mediática. Las personas piensan que tienen miles de amigos, simplemente porque personas que no tienen otra cosa que hacer se incorporan a su cuenta en Facebook, Twitter, Instagram... Se favorecen este tipo de relaciones virtuales, tan fáciles por ser superficiales, en donde los contenidos afectivos son muy débiles y centrados en el propio yo. Olvida la verdad de la dinámica afectiva, para la que las mediaciones y los vínculos son parte esencial, que deben ser cuidados y fomentados por todas las instancias posibles[75].

El cuidado de la cultura es, en primer lugar, un cuidado del lenguaje: de la comunicación con los demás que nos permita crecer en la unión profunda con ellos, que es la auténtica comunión de personas[76].

La dificultad del diálogo

Karl Marx definía la ideología como el modo de transmitir lo inconfesable. Lo aplicaba al capitalismo en la forma que causaba, de forma aparentemente inocente, la alienación de la clase proletaria[77]. Por eso, tenía claro que es un obstáculo grande para el diálogo social. La conclusión se impone, aunque nosotros la tomemos desde una perspectiva personalista: no se puede dialogar con las ideologías, sino con las personas. En la actualidad es muy grande un peso ideológico de pequeños grupos de presión que dominan en gran medida las relaciones sociales. Hemos de considerarlo, de hecho, una grave dificultad para un diálogo social constructivo. Esto ocurre de modo particular con la ideología de género, de la que siempre hemos de destacar su condición ideológica que pretende esconder bajo una apariencia cientificista[78]. De nuevo, hemos de decir que muy pocas personas han tenido una sensibilidad mayor que la de Juan Pablo II sobre las ideologías. Se puede afirmar que comprendió muy bien que se trata de estrategias despersonalizantes con una finalidad manipuladora. Él las sufrió de forma devastadora con el nazismo y el comunismo; Pero también percibió con claridad que, detrás de nuestra sociedad occidental, obraban fuertes corrientes ideológicas con un deseo similar de “ingeniería social” demoledora. Así, tras la caída del muro, ya avisó muy pronto con una frase que causó polémica: “Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”[79].

Era consciente de la necesidad de un fármaco potente para una epidemia tan fuerte, cuyos efectos devastadores habían sembrado de víctimas el siglo XX. La forma como él asumió el personalismo actuaba como un principio anti ideológico[80]. Tener en cuenta como centro la persona, hace que las ideas no se absoluticen, sino que sirvan de cauce para una mejor “defensa de las personas” que debe ser un aliento social[81]. Para el personalismo francés el liberalismo individualista, funciona para estos efectos como una ideología perniciosa. Sin duda, la centralidad que el Papa polaco dio a la familia es por ver en ella una fuerza anti ideológica muy grande[82]. La familia es donde se transmite el lenguaje y, con él, los significados fundamentales que dan consistencia a los demás[83]. Es la base que liga la naturaleza y la cultura en una síntesis de gran valor, que pide ser reconocida.

La cuestión que hace emerger el problema comunicativo debido a la ideología es la necesidad de presupuestos éticos para el diálogo; porque no siempre se dan las condiciones para el mismo. Ya Jurgen Jabermas reflexionó sobre ello, para mostrar las dificultades reales que nuestra sociedad levanta respecto al diálogo[84]. Se habla mucho de él precisamente, porque tantas veces es verdaderamente difícil llevarlo a cabo y nunca se puede presuponer sin más.

En nuestro Santo, la exigencia del diálogo no es estratégica, sino que está anclada en una compresión antropológica en la que el diálogo configura la persona. Ya Karol Wojtyła asumió una auténtica filosofía dialógica, cuya fuente primera parece ser Franz Rosenzweig[85], que fue dado a conocer por Emmanuel Lévinas[86]. El pensamiento real del hombre nace del diálogo entre personas y, por eso mismo, está siempre abierto a nuevas riquezas y el misterio personal es parte de él. Es un camino que supera, tanto el racionalismo que busca solo un modo de conocer dominador, cuanto el emotivismo que no consigue que las personas se abran al enriquecimiento que procede del otro y que se produce, sobre todo, en una comunicación de amor.

En cambio, Karol Wojtyła tuvo siempre muy presente los “círculos de diálogo” que expuso Pablo VI y que tanto influyeron en el desarrollo del Concilio[87]. Su interpretación está relacionada con el imperativo de conversión que el Papa Montini aclaró en Evangelii nuntiandi para mostrar mejor el contexto real del diálogo cristiano[88]. Nace del deseo del corazón de Cristo que tiene en sí una luz de salvación. Su fundamento es hermoso, la verdad de la correlación entre palabra y amor como explica Ferdinand Ebner: “No habría conocimiento de la vida del espíritu, si ésta consistiera solamente en el amor y no también en la palabra. La palabra es el fundamento de todo conocimiento en general. Pero si el hombre hiciera consistir su vida sólo en la palabra y no también en el amor, se quedaría sin garantía e interna certeza de su realidad”[89].

Los círculos a los que se refiere son: todo lo humano, el diálogo interreligioso y el ecuménico, para acabar con el diálogo interno de la Iglesia[90]. Los tres primeros ámbitos son dimensiones que siempre tuvo presentes en su vida y a las que dedicó grandes esfuerzos. En todas ellas mostró el deseo de abrir caminos nuevos, con el interés de que se pudieran encontrar luces que ayudaran a profundizar en un diálogo que busca la unión de los corazones. Nunca pretendió resultados inmediatos, porque no se trata de una negociación. Por eso, aquí no nos interesa mostrar una lista de éxitos del Papa, sino más bien su búsqueda en seguir un camino largo en el que el cristiano no puede dejar de estar presente. Así podemos comprender su deseo de una Iglesia dialogante, pero desde la propia identidad que le ha dado Dios para que el diálogo sea auténtico y dirigido a la conversión del corazón.

En el diálogo ecuménico sus esfuerzos han sido reconocidos, ya sea con su especial sensibilidad eslava respecto de la ortodoxia[91], como, sobre todo, por la declaración conjunta católico-luterana sobre la justificación de 1999[92], que ha sido el último hito en la línea de acuerdos doctrinales. Más compleja ha sido la cuestión del diálogo interreligioso, por la cuestión de un aparente indiferentismo, siempre en relación con el encuentro de Asís (27-X-1986) que ha sido un referente mundial permanente[93]. Se ve que quiso abrir un camino en un diálogo todavía muy amplio que encauzar el valor de signo que, para él, servía para llamar la atención de que el diálogo entre los hombres se basa en un diálogo con Dios, más profundo en la oración, que no se puede olvidar.

Lo que me parece más relevante, por la novedad eclesial que encierra, es la clave de la familia como el principal en el diálogo social[94]. Se ha hecho evidente la extensión de las dificultades de comprensión sobre el tema en el mundo entero y que en tiempos de San Juan Pablo II centró la atención en torno a las Conferencias Internacionales del Cairo (1994) y Pekín (1995)[95], donde el papel de la Santa Sede fue especialmente relevante. Por encima de estos debates, sí podemos aprender la intención real que correspondía a nuestro Papa: él sabía muy bien el papel real de la familia en las relaciones humanas, por encima de las ideologías[96]. Se trata de entender que la valoración real de la familia es muy grande en la sociedad; mientras que, por una corrección política de fuerte carga ideológica, culturalmente está penalizado hablar de familia. Desde esta perspectiva, la familia no es un problema del que es mejor no hablar, sino un verdadero recurso por el que la Iglesia se hace presente en el mundo[97]. Son las familias cristianas las que dialogan con otras familias sobre las grandes cuestiones de la vida, en un acompañamiento verdadero que es tan consolador. Por medio de la familia, se experimenta la misericordia de Dios con los más débiles, porque no estamos solos[98]. Dios nos ha confiado a cada uno al cuidado de una familia, que recibe la misión de cultivar al hombre. La realidad de la comunión vivida de la familia fue para Karol Wojtyla el lugar de aprendizaje del cuidado de lo humanum.

El valor concreto de la familia en este campo es en el Papa polaco una advertencia frente a los sistemas formales que hacen del diálogo un procedimiento para acuerdos; sin una reflexión más profunda de cómo eso configura el sujeto humano, y más en especial el cristiano, siempre necesitado de una comunión de referencia. En particular, quisiera referirme a una de estas propuestas que está impregnando cada vez más el entramado social: me refiero a John Rawls con su Teoría de la justicia99[99]. Era la respuesta procedimental que el autor podía proponer en los años 70 para afrontar la nueva cuestión de la marginación social que emergía de nuevo tras la caída del sistema de economía keynesiano. A partir de la aprobación que despertaba la superación social de las diversas marginaciones: sexo, raza, cultura, y la coincidencia en la bondad de una sociedad capaz de hacer crecer una igualdad entre todos, propuso unas reglas y presupuestos para poder llevar a cabo un crecimiento en una justicia real para todos[100]. El procedimiento consiste fundamentalmente en dos puntos: 1º que nadie esté excluido de la toma de decisiones; 2º que se tome en cuenta como punto de partida la posición del más débil. Aunque nunca se ha aplicado en las cuestiones económicas, en cambio, se ha generalizado en nuestra sociedad mediante los principios de inclusión y de debilidad. Son sensibilidades nuevas que hay que tener en cuenta y que se han mitificado en el presente con una cierta “dictadura de las minorías”. Un grupo social reducido, que pueda presentarse como marginado, adquiere una relevancia social enorme, desproporcionada a su realidad. Juan Pablo II, por tomar en serio el diálogo, era muy sensible a todo aquello que se pusiese entre paréntesis en la comunicación entre los hombres. Lo consideraba un modo silencioso de reducir la experiencia fundamental que da contenido y riqueza al diálogo y vacíar así el corazón humano. En el caso de Rawls, esta reducción se produce en la experiencia del “bien”, que, para que no sea un obstáculo en el procedimiento debe ser “fina”[101], con un contenido débil de conveniencia social. De aquí que, en el fondo, produzca acuerdos aparentes, pero que no hacen crecer en el bien ni superar las propias debilidades[102]. Hemos de ser bien conscientes de este vaciamiento en la experiencia moral que está produciendo en nuestra sociedad la asunción acrítica de esos principios y la ambigüedad que se extiende detrás de algunas afirmaciones sobre la integración y la consideración de la debilidad de las personas, que nunca miran a ayudar a la persona a tener una vida plena.

La voz de nuestro Papa apuntaba a un diálogo diferente, capaz de acompañar a cada uno en el camino de bien que es el que promete un futuro al hombre. Su proclamación fue clara desde el inicio y el desarrollo de la historia no hizo sino confirmarlo: “¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!”[103]. Esta institución es el principio del diálogo y el crecimiento; quien la ignore estará empobreciendo la sociedad. Hemos de añadir que el punto primero donde esto se produce es la trasmisión de la fe. Donde existe una familia cristiana la fe se trasmite[104]. La Iglesia tiene que aprender de la familia para poder realizar una evangelización incisiva.

La unidad eclesial de lo doctrinal y lo pastoral

En San Juan Pablo II percibimos un enorme empeño pastoral, sin el cual son incomprensibles sus acciones, sus gestos y el camino que emprendió. Tantas de sus iniciativas han sido directamente pastorales con un grado grande de renovación eclesial. Su actividad pastoral de sacerdote, obispo, cardenal y Papa ha tenido una gran continuidad con una enorme originalidad en la forma de plantearse cómo realizar su propia misión como pastor[105]. Porque esta es la que centró siempre su vida, de aquí la posición de privilegio que tuvo para él desde sus inicios la pastoral familiar. Así lo refleja en uno de sus primeros discursos ya en el año 1979: “Haced todos los esfuerzos para que haya una pastoral familiar. Atended a campo tan prioritario con la certeza de que la evangelización en el futuro depende en gran parte de la «Iglesia doméstica». Es la escuela del amor, del conocimiento de Dios, del respeto a la vida, a la dignidad del hombre. Es esta pastoral tanto más importante cuanto la familia es objeto de tantas amenazas. Pensad en las campañas favorables al divorcio, al uso de prácticas anticoncepcionales, al aborto, que destruyen la sociedad”[106].

Una característica de su forma de ser pastor era su capacidad de reflexión. Ha sido un sacerdote y obispo lleno de iniciativas novedosas, porque no se ceñía a probar actividades, sino porque pensaba. Era una consecuencia de su participación en el Concilio, cuya convocatoria respondía a un interés predominantemente pastoral y cuya profundización teológica admiró a todos los que intervinieron en él. Así lo vivió con especial intensidad en la redacción de la constitución pastoral Gaudium et spes, que pedía una antropología teológica de base, con fuertes fundamentos[107]. Como es lógico, antes de actuar es necesario pensar, esto es muy luminoso si se trata de una lógica dirigida a la acción, no a la sola formulación de principios. Por eso, todos aquellos que nos hemos acercado a la impronta pastoral de San Juan Pablo II hemos comprendido que su herencia pasaba en primer lugar por una auténtica “conversión intelectual”, tendente a comprender el corazón del hombre y la vocación que recibe. Este presupuesto puede configurar lo que se ha de denominar una “pastoral adecuada”[108].

La posibilidad de unir su pensamiento con la pastoral se basaba en su epistemología de la experiencia que nos habla siempre del corazón del hombre[109]. No parte de lo abstracto, nunca pierde el contacto con lo concreto, de aquí que mueva desde dentro la intimidad humana. Es al corazón como habla Dios y donde el hombre le responde. Para tener corazón de pastor, hay que saber lo que mueve al hombre y le hace vivir. La cuestión fundamental pasa a ser la “vida abundante” (cfr. Jn 10, 10), no un programa de acciones exteriores. De forma natural, el pensamiento así concebido ilumina las acciones humanas en su sentido profundo. Se separa tanto de cualquier visión simplemente aplicativa de los principios, cuanto de una falsa “praxis creativa” que diera lugar a una verdad que el hombre creara de la nada, en el sentido que le dio Marx y que ha entrado en algunas concepciones pastorales[110].

En particular, aquí se evidencia la relevancia que tiene para nuestro autor “la verdad del amor”[111], con sus implicaciones eclesiológicas que le condujeron a proponer una “eclesiología de comunion”[112], que incide precisamente en la correlación entre la Iglesia y la familia en el sentido sapiencial que nos dejó dicho: “Entre los numerosos caminos [para la Iglesia], la familia es el primero y el más importante. Es un camino común, aunque particular, único e irrepetible, como irrepetible es todo hombre; un camino del cual no puede alejarse el ser humano”[113].

La vocación al amor pasa a ser la luz primera de cualquier pastoral en la Iglesia: “El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente”[114]. Desde luego que, con ello, no estaba expresando un principio teórico, sino la síntesis verdadera de su experiencia pastoral dirigida de modo directo a “enseñar a amar”: “Siendo aún un joven sacerdote aprendí a amar el amor humano. Éste es uno de los temas fundamentales sobre el que centré mi sacerdocio, mi ministerio desde el púlpito, en el confesionario, y también a través de la palabra escrita. Si se ama el amor humano, nace también la viva necesidad de dedicar todas las fuerzas a la búsqueda de un «amor hermoso»”[115].

Se ofrece así una idea novedosa de pastoral que tiene con el corazón del pastor: “es un deber de amor apacentar la grey del Señor”[116]. De aquí que ha de iluminar el corazón de las personas en la llamada al amor, porque es allí donde Dios habla a las personas y les abre el camino de salvación. No se trata de solucionar problemas, que es casi siempre una perspectiva miope que no mira el futuro, es cuestión más bien de guiar a las personas en el camino que Dios les abre. Que puedan reconocer ellas mismas el plan de Dios en sus vidas.

Como corresponde al buen pastor, se preocupa de que la grey se alimente de los buenos pastos del Evangelio y se aparte de aquellos que evitan la puerta que es Cristo (cfr. Jn 10, 7) Por ello, San Juan Pablo II llamaba la atención contra “las llamadas soluciones pastorales contrarias a las enseñanzas del Magisterio, y justificar una hermenéutica creativa[117]. Sabía bien ya entonces que ese “espacio creativo” supuestamente vacío de doctrina, es lo que algunos atribuían falsamente a la pastoral: como si en lo concreto se pudiera ir en contra de una norma moral enseñada en lo universal de forma prohibitiva. La perspectiva del amor sí que evita cualquier mal, es una luz que abre un camino donde las promesas de Dios son las que nos guían hacia un futuro de gloria y que nunca es la sola obra de nuestras manos. La pretensión creativa de la pastoral al modo ortopráxico marxista olvida la caridad como principio que siempre es respuesta a un amor que nos precede[118]. En vez de engendrar vida, pretende una autosalvación prometeica, que no abre a un futuro prometedor. La perspectiva del amor es bien diferente: “todo proviene de la caridad de Dios, todo adquiere forma por ella, y a ella tiende todo”[119].

La mirada al futuro

Pocas personas tenían fija la mirada al futuro más que Juan Pablo II. Precisamente por la fuerte concepción histórica que tenía, creía en la providencia con mucha fuerza, pero no era un visionario. De ningún modo quiso transmitir sueños vagos de lo que podía devenir. Su intención fue más bien disponerse para algo nuevo, que no conocía muy bien; pero que, sin duda, sabía presente entre nosotros. Podría repetir las palabras del profeta Isaías: “Pues bien, he aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocéis?” (Is 43, 19).

La auténtica novedad no se vislumbra en una civilización cuyas instituciones y su misma cultura ofrecen signos evidentes de decadencia. Que el cristianismo los asumiera sería una especie de suicidio cultural. En vez de ser un revulsivo para generar vida, la Iglesia sería una especie de canto fúnebre de algo que pasó. Se hace evidente en la marginación cultural absoluta de las confesiones protestantes que no plantean ninguna novedad al mundo; sino que van detrás de él repitiendo sus proclamas. Se convierten así en una voz irrelevante que no aporta nada, solo pone una vana esperanza en cambios exteriores para los de dentro, en una lógica de adaptación que es decididamentre regresiva. El hombre es un ser que tiene una capacidad enorme de adaptación a distintos entornos, pero lo hace siempre creativamente; transformándolo. Combate el frío con un iglú, lo edifica con hielo, porque el agua helada es un aislante térmico muy grande, conserva muy bien el calor. Una pura adaptación exterior, sin nuevas aportaciones, no engendra futuro.

La perspectiva de San Juan Pablo II tiene la fuerza de la novedad que nace de dentro y que es capaz de “inventar” ante las nuevas situaciones. Su experiencia Conciliar había sido decisiva en ese punto y le hacía ver que debía “volver a las fuentes”[120] como principio permanente de renovación. Quedarse en los cambios aparentes es no encontrar la vida que da la verdadera novedad y, tantas veces, perder el horizonte auténtico del camino abierto al futuro.

Su visión no era de solución de problemas, por lo que se alejaba decididamente del moralismo de pedir un mero cambio de actitudes, porque de esa pura reacción voluntarista no se saca nada. Su intención partía de entender que cada época tiene una propia comprensión por la que el hombre aprende a situarse en el mundo, que la sucesión entre las épocas se ha producido en la medida en que se presentaba una novedad con la fuerza suficiente de generar una cultura nueva. De aquí la importancia que tenía para él el ejemplo de Europa que nació del fin de una cultura decadente como fue la romana. Benedicto XVI, con una compresión semejante, lo presentaba mediante la figura de San Benito que, en medio de una sociedad decadente y mortecina, por la búsqueda de Dios fue capaz de generar nuevas claves culturales. Son estas las que extendieron el cristianismo, primero en las amplias capas campesinas romanas y, después, en los pueblos bárbaros de Gran Bretaña que serán, posteriormente, los evangelizadores del resto de Europa[121].

Todo el impulso de la providencia para comenzar el milenio el año 2000 en donde, con una exquisita perspectiva pastoral, organizó una preparación intensa y esperanzada, es el ejemplo más manifiesto de su forma de mirar el futuro como una misión que pide de nosotros lo mejor, también como reflexión. Su intención era abrirnos a un mar sin orillas, lleno de las promesas de Dios: “remad mar adentro” (Lc 5, 4)[122]

No es una tarea por realizar a modo de una empresa humana. Él se movía como un profeta que responde a Dios[123]. En particular, era bien consciente de ser “signo de contradicción” (cfr. Lc 2, 34). Es lo propio de cualquier llamada a la conversión que pide una negación de sí mismo. Es así como los profetas anunciaban la realidad de una acción de Dios capaz de renovar todas las cosas. Es la nueva temporalidad de las promesas divinas que pide “guardar la memoria” en referencia a la Alianza. Nuestro Santo, precisamente por su tensión al futuro, insistió en la “purificación de la memoria”[124] que, dentro de la fidelidad a una tradición, pide la fuerza de la misericordia y el perdón para poder renovar las personas. El objeto de la misericordia no son las ideas o los programas, sino la persona humana amada por Dios. Es posible un futuro cuando se crea un “corazón nuevo” un sujeto cristiano renovado y convertido. Es un cristiano que mira el futuro con esperanza, consciente de la continuidad con una historia de salvación de la que participa. Comprende la falsedad de la pretensión de ser creadores de esa historia como si pudiéramos empezar de cero.

Conclusión: un mensaje de esperanza

En nuestro tiempo han resurgido muchos temores que paralizan. El principal es el temor ante un cambio de un mundo que no sabe a dónde va. Un cierto sentido apocalíptico que se apodera de las personas, con el débil apoyo de confiar en que el futuro será irremediablemente mejor. La crisis del coronavirus ha hecho tambalear de nuevo esa pretendida imagen de fortaleza y nos ha puesto ante los ojos la posibilidad de un retroceso grave que afecte a todos. El futuro mismo parece puesto en cuestión y vacilante.

El Papa Juan Pablo II, con su llamada, daba una seguridad esperanzada. Él la ponía en un camino de santidad que es el testimonio creíble de la presencia transformadora del Evangelio en el mundo: “Ese temor de Dios es la fuerza del Evangelio. Es temor creador, nunca destructivo. Genera hombres que se dejan guiar por la responsabilidad, por el amor responsable. Genera hombres santos, es decir, a quienes pertenece en definitiva el futuro del mundo. Ciertamente André Malraux tenía razón cuando decía que el siglo XXI será el siglo de la religión o no será en absoluto”[125].

Juan José Pérez-Soba

Fuente: personayfamilia.es.

 

[1] JUAN PABLO II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janés, Barcelona 1994, 215. Hace una reflexión sobre la expresión en: ibidem, 28-30; 213-222. Es decir, al inicio y al fin del libro.

[2] FRANCISCO, Homilía en la canonización de los beatos Juan XXIII y Juan Pablo II, (27-IV-2014). Cfr. L.MELINA –C.A.ANDERSON (a cura di), San Giovanni Paolo II: il Papa della famiglia, Cantagalli, Siena 2014.

[3] Así lo anticipa tras consultar los archivos secretos comunistas: G. WEIGEL, Juan Pablo II: el final y el principio. La biografía más esperada del Papa que cambió el curso de la historia, Planeta, Barcelona 2014.

[4] Cfr. JUAN PABLO II, C. Enc. Redemptor hominis, n. 1: “El Redentor del hombre Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia”.

[5] Cfr. G. WEIGEL, Biografía de Juan Pablo II. Testigo de esperanza, Plaza & Janés, Barcelona 1999, 349.

[6] Es la enseñanza central de los dos textos principales en los que Juan Pablo II explica la parábola del hijo pródigo: cfr. JUAN PABLO II, C. Enc. Dives in misericordia, nn. 5-6; e ID., Ex.Ap. Reconciliatio et paenitentia, nn. 5-6.

[7] Cfr. J.L’HOUR, La morale de l’Alliance, Cerf, Paris 1985.

[8] JUAN PABLO II, Homilía en el comienzo del Pontificado, (22-X-1978).

[9] E. MOUNIER, Manifeste au service du personnalisme, en Œuvres, I, Éditions du Seuil, Paris 1961, 531: “Contre le monde sans profondeur des rationalismes, la Personne est la protestation du mystère”.

[10] JUAN PABLO II, C. Enc. Fides et ratio, n. 102.

[11] BENEDICTO XVI, “Se me ha hecho cada vez más claro que Juan Pablo II era un santo”, en W. REDZIOCH (ed.), Junto a Juan Pablo II Sus amigos y colaboradores nos hablan de él, BAC, Madrid 2014, 14. El Papa Raztinger lo expresa precisamente a partir de su intención de que (ib., 15): “no debía intentar imitarle, pero he tratado de seguir llevando adelante su herencia”.

[12] BENEDICTO XVI, “Se me ha hecho cada vez más claro que Juan Pablo II era un santo”, cit., 8.

[13] Cfr. R. GUARDINI, El ocaso de la Edad Moderna, Guadarrama, Madrid 1958, primera edición alemana en 1950.

[14] J.-F. LYOTARD, La condition postmoderne: rapport sur le savoir, Éditions le Minuit, Paris 1979.

[15] Como lo dice explícitamente: G.VATTIMO –P.A.ROVATTI, El pensamiento débil, Cátedra, Madrid 1988.

[16] Como lo explica: A.MACINTYRE, Three Rival Versions of Moral Enquiry: Encyclopaedia, Genealogy and Tradition, Duckworth, London 1990.

[17] Cfr. JUAN PABLO II, C. Enc. Fides et ratio, n. 83: “Las dos exigencias mencionadas conllevan una tercera: es necesaria una filosofía de alcance auténticamente metafísico, capaz de trascender los datos empíricos para llegar, en su búsqueda de la verdad, a algo absoluto, último y fundamental”. Contra la desconfianza en la razón: ibid., 55 y 61.

[18] Cfr. Z. BAUMAN, Liquid Love: On the Frailty of Human Bonds, Cambridge, Polity Press 2003.

[19] Cfr. A.LÓPEZ QUINTÁS, Vértigo y éxtasis, Rialp, Madrid 2006.

[20] Cfr. CH.TAYLOR, La ética de la autenticidad, Paidós, Barcelona 1994, 46.

[21] Cfr. J. GRANADOS, “«Trajo toda la novedad, al traerse a sí mismo»: apuntes para una teología de lo nuevo”, en J.J.PÉREZ-SOBA –E.STEFANYAN (a cura di), L’azione, fonte di novità. Teoria dell’azione e compimento della persona: ermeneutiche a confronto, Cantagalli, Siena 2010, 285-303.

[22] Ya la tiene en cuenta al distinguir como modelos éticos contrapuestos, el pagano, el cristiano y el secular: G. ABBÀ, Quale impostazione per la filosofia morale?, Las, Roma 1996, 217-236.

[23] Cfr. I. DE LA POTTERIE, La vérité dans saint Jean, Biblical Institute Press, Roma 1977.

[24] JUAN PABLO II, C. Enc. Fides et ratio, n. 102.

[25] Cfr. G. BARDY, La conversión au christianisme durant les premiers siècles, Aubier, Paris 1949.

[26] “Post-truth is an adjective defined as ‘relating to or denoting circumstances in which objective facts are less influential in shaping public opinion than appeals to emotion and personal belief’”.

[27] Ya sucede con: D. HUME, A Treatise of Human Nature, Book I, part IV, sec I, Penguin, London 1984, 232: “the all our reasonings concerning causes and effects are deriv’d form nothing but custom; and that belief is more properly an act of the sensitive, than of the cogitative part of our nature”.

[28] Cfr. de nuevo: D. HUME, A Treatise of Human Nature, Book II, Part III, Sec. III, cit., 462: “Reason is, and ought only to be the slave of the passions, and can never pretend to any other office than to serve and obey them”.

[29] Cfr. P.RICOEUR, Hermenéutica y psicoanálisis, Ediciones la Aurora, Buenos Aires 21984, 60.

[30] Cfr. P. DOMÍNGUEZ PRIETO, La analogía teológica: su posibilidad metalógica y sus consecuencias físicas, metafísicas y antropológicas, Publicaciones “San Dámaso”, Madrid 2009.

[31] Cfr. GUILLERMO DE OCKHAM, Quaestiones in librum secundum sententiarum, q. 4 e 5, H.

[32] Cfr. L. VEREECKE, Da Guglielmo d’Ockham a sant’Alfonso de Liguori. Saggi di storia della teologia morale moderna 1300-1787, Ed. Paoline, Milano 1990, 56.

[33] Cfr. G. LAGARDE, Naissance de l’ésprit laïque au déclin du Moyen Âge, 6 vol., Éd. Béatrice, Wien 1934-1946.

[34] Cfr. BENEDICTO XVI, Ex.Ap. Verbum Domini, n. 53: “en la historia de la salvación no hay separación entre lo que Dios dice y lo que hace; su Palabra misma se manifiesta como viva y eficaz (cfr. Heb 4,12), como indica, por lo demás, el sentido mismo de la expresión hebrea dabar”.

[35] Cfr. PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, Biblia y moral, n. 5: “En el corazón de la Primera Alianza el «camino» designa contemporáneamente un recorrido de éxodo (el acontecimiento liberador primordial) y un contenido didáctico, la Torah”.

[36] JUAN PABLO II, C. Enc. Redemptor hominis, n. 12. Cfr. ID., C. Enc. Veritatis splendor, n. 34.

[37] L. CARROLL, Alicia en el país de las maravillas, c. VI, Millenium, Madrid 1999, 62.

[38] “Sapientis est ordinare”, con esa frase comienza el libro de: SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa contra gentiles, l. 1, c. 1 (n. 2); es una cita de: ARISTÓTELES, Metafísica, l. 1, c. 2 (982a18).

[39] Cfr. L.MELINA, “¿Moralizar o des-moralizar la experiencia cristiana?”, en L.MELINA – J.NORIEGA – J.J.PÉREZ-SOBA, Una luz para el obrar. Experiencia moral, caridad y acción cristiana, Palabra, Madrid 2006, 49-67.

[40] Cfr. C. GRANADOS GARCÍA, El camino de la ley del Antiguo al Nuevo Testamento, Sígueme, Salamanca 2011.

[41] P. EVDOKIMOV, Sacramento dell’amore, Edizioni C.E.N.S., Sotto il Monte, Bergamo 31987, 121.

[42] BENEDICTO XVI, Discurso a los profesores universitarios jóvenes, El Escorial (España) (19-VIII-2011).

[43] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, I-II, q. 91, a. 2. Citada en: JUAN PABLO II, C.Enc. Veritatis splendor, n. 42. La encíclica se refiere al Salmo 4 desde esta visión en: prol. y n. 2.

[44] JUAN PABLO II, C. Enc. Veritatis splendor, n. 42.

[45] Cfr. I.DE LA POTTERIE, “Je suis la Voie, la Verité et la Vie (Jn 14,6)”, en Nouvelle Revue Théologique 88 (1966) 916-930.

[46] Cfr. P.DOMÍNGUEZ PRIETO, “La verdad que nos libera”, en J.J.PÉREZ-SOBA DIEZ DEL CORRAL –A.GARCÍA DE LA CUERDA –A.CASTAÑO FÉLIX (eds.), En la escuela del Logos. A Pablo Domínguez in memoriamI: P.DOMÍNGUEZ, La sabiduría de una enseñanza (textos filosóficos), Publicaciones “San Dámaso”, Madrid 2010, 75-95.

[47] JUAN PABLO II, C. Enc. Veritatis splendor, n. 2. Es el mismo argumento que siguen: BENEDICTO XVI, Discurso al Consejo Pontificio “Cor Unum” (23-I-2006): “se muestra, por una parte, la continuidad entre la fe cristiana en Dios y la búsqueda realizada por la razón y por el mundo de las religiones; pero, al mismo tiempo, destaca también la novedad que supera toda búsqueda humana, la novedad que sólo Dios mismo podía revelarnos; la novedad de un amor que ha impulsado a Dios a asumir un rostro humano, más aún a asumir carne y sangre, el ser humano entero” y FRANCISCO, C.Enc. Lumen fidei, n. 29: “El Antiguo Testamento ha combinado ambos tipos de conocimiento, puesto que a la escucha de la Palabra de Dios se une el deseo de ver su rostro. De este modo, se pudo entrar en diálogo con la cultura helenística, diálogo que pertenece al corazón de la Escritura. El oído posibilita la llamada personal y la obediencia, y también, que la verdad se revele en el tiempo; la vista aporta la visión completa de todo el recorrido y nos permite situarnos en el gran proyecto de Dios; sin esa visión, tendríamos solamente fragmentos aislados de un todo desconocido”.

[48] Cfr. J.J.PÉREZ-SOBA, “L’epopea moderna dell’amore romantico”, en AA.VV., Maschio e femmina li creò, Glossa, Milano 2008, 233-261.

[49] Como hace: D.GOLEMAN, Inteligencia emocional, Kairós, Barcelona 1996.

[50] Cfr. M.C. NUSSBAUM, Love’s Knowledge. Essays on Philosophy and Literature, Oxford University Press, New York, Oxford 1990, 335-364.

[51] Cfr. J. H. NEWMAN, An Essay in Aid of A Grammar of Assent, University of Notre Dame Press, Notre Dame –London ³1986, original de 1870.

[52] Como lo quiso mostrar: A. VON HARNACK, Das Wesen des Christentums, Christian Keiser Verlag, Gütersloh 1999, original de 1900.

[53] Cfr. F.D.E. SCHLEIERMACHER, Sulla religione. Discorsi alle persone colte che la disprezzano, en ID., Scritti Filosofici, Unione Tipografico-Editrice Torinese, Torino 1998, 111: “In questo modo, per acquistare il possesso della sua proprietà, la religione rinuncia a tutti i diritti su qualunche cosa appartenga alla morale e alla metafisica, e restituisce tutto ciò che le è stato imposto. (...) La sua essenza non è né pensiero né agire, ma intuizione e sentimento”.

[54] Condenado por la encíclica Pascendi (8-IX-1907) de San Pío X.

[55] Cfr. J.H.NEWMAN, Consulta a los fieles en materia doctrinal, Cátedra Newman - Centro de estudios Orientales y Ecuménicos “Juan XXIII”, Salamanca 2001, original de 1859.

[56] Lo destaca: P. SEQUERI, Sensibili allo Spirito. Umanesimo religioso e ordine degli affetti, Glossa, Milano 2001. Desde el punto de vista del amor y la revelación: G.LORIZIO, Le frontiere dell’amore. Saggi di teologia fondamentale, Lateran University Press, Roma 2009.

[57] Cfr. J. MOUROUX, Je crois en toi. Structure personnelle de la foi, Du Cerf, Paris 21961.

[58] En K.WOJTYLA, Amor y responsabilidad, Palabra, Madrid 2008, 91-124.

[59] Cfr. V.SOLOVIEV, La justification du bien. Essai de Philosophie Morale, Aubier, Paris 1939.

[60] Cfr. JUAN PABLO II, Hombre y mujer lo creó, Cristiandad, Madrid 2000; C.A.ANDERSON –J.GRANADOS, Called to Love: Approaching John Paul II’s Theology of the Body, Doubleday, New York 2009.

[61] Cfr. F.BOTTURI –C.VIGNA (eds.), Affetti e legami, Vita e Pensiero, Milano 2004.

[62] Cfr. P. GOMARASCA, La ragione negli affetti. Radice comune di logos e pathos, Vita e Pensiero, Milano 2007, 121-138.

[63] Cfr. F.J.CORTES BLASCO, El esplendor del amor esponsal y la communio personarum. La doctrina de la castidad en las Catequesis de San Juan Pablo II sobre El amor humano en el Plan Divino, Cantagalli, Siena 2018.

[64] Cfr. D.GRANADA CAÑADA, El alma de toda virtud“Virtus dependet aliqualiter ab amore”: una relectura de la relación amor y virtud en Santo Tomás, Cantagalli, Siena 2016.

[65] JUAN PABLO II, C. Enc. Veritatis splendor, n. 48. Cfr. L.MELINA –J.J.PÉREZ-SOBA (a cura di), La soggettività morale del corpo (VS 48), Cantagalli, Siena 2012.

[66] Que ya destacó en 1914 Sigmund Freud con su libro Introducción al narcisismo.

[67] Cfr. F. CIARAMELLI, La distruzione del desiderio. Il narcisismo nell’epoca del consumo di massa, Dedalo, Bari 2000.

[68] Cfr. C. LASCH, La cultura del narcisismo. L’individuo in fuga dal sociale in un’età di disillusioni collettive, Bompiani, Milano ³1988.

[69] Cfr. PABLO VI, C.Enc. Populoru progrssio, n. 17. Se refiere de forma directa a la descolonización: ibid., nn. 7-8.

[70] BENEDICTO XVI, C.Enc. Caritas in veritate, n. 19.

[71] Que ya explicaron: M. MCLUHAN –B.R.POWERS, La aldea global. Transformaciones en la vida y los medios de comunicación mundiales en el siglo XXI, Gedisa, Barcelona ³1995.

[72] Cfr. JUAN PABLO II, Discurso a la UNESCO, (2-VI-1980): “Cultura es aquello por lo que el hombre llega a ser más hombre, «es» más, accede más al ser”. Lo estudia: L.NEGRI, L’uomo e la cultura nel magistero di Giovanni Paolo II, Jaca Book, Milano 1988.

[73] FRANCISCO, Ex.Ap. Evangelii gaudium, n. 67.

[74] FRANCISCO, Ex.Ap. Evangelii gaudium, n. 62. Cfr. FRANCISCO, C. Enc. Laudato si’, n. 144: “La visión consumista del ser humano, alentada por los engranajes de la actual economía globalizada, tiende a homogeneizar las culturas y a debilitar la inmensa variedad cultural, que es un tesoro de la humanidad”.

[75] Cfr. F. BOTTURI, “Etica degli affetti?”, en F.BOTTURI –C.VIGNA (eds.), Affetti e legami, Vita e Pensiero, Milano 2004, 37-64.

[76] Cfr. S.GRYGIEL, Extra comunionem personarum nulla Philosophia, Lateran University Press, Roma 2002.

[77] Cfr. L.PÉREZ ADÁN, “Apunte sobre el concepto de alienación”, en Pensamiento 49 (1993) 309-319.

[78] FRANCISCO, Discurso en el encuentro con las familias, Manila (16-I-2015): “Estemos atentos a las nuevas colonizaciones ideológicas. Existen colonizaciones ideológicas que buscan destruir la familia. No nacen del sueño, de la oración, del encuentro con Dios, de la misión que Dios nos da. Vienen de afuera, por eso digo que son colonizaciones. No perdamos la libertad de la misión que Dios nos da, la misión de la familia”.

[79] JUAN PABLO II, C.Enc. Centesimus annus, n. 46.

[80] Cfr. J. LACROIX, Le personnalisme comme anti-idéologie, Presses Universitaires de France, Paris 1972.

[81] Cfr. E. MOUNIER, Qu’est-ce que le personnalisme?, Editions du Seuil, Paris 1946, 87: “Ainsi, l’attitude personnaliste se réduit parfois à une sorte d’éloquence sacrée. «Défendre la personne»”.

[82] Como lo percibió ya Chesterton cuando escribió: G.K.CHESTERTON, What’s wrong with the World, Feather Trail Press, New York 2009, cuya primera consideración es: “the homelessness of man”: ibidem, 8-27.

[83] Cfr. L.MELINA (a cura di), Il criterio della natura e il futuro della famiglia, Cantagalli, Siena 2011.

[84] Cfr. J. HABERMAS, Aclaraciones a la ética del discurso, Trotta, Madrid 2000.

[85] En: F.ROSENZWEIG, La estrella de la Redención, Sígueme, Salamanca 1997.

[86] Cfr. S. HABIB, Lévinas et Rosenzweig. Philosophies de la Révélation, PUF, Paris 2005.

[87] Cfr. PABLO VI, C. Enc. Ecclesiam suam, n. 35: “creemos poder clasificarlas a manera de círculos concéntricos alrededor del centro en que la mano de Dios nos ha colocado”.

[88] Cfr. PABLO VI, Ex.Ap. Evangelii nuntiandi, n. 10: “un total cambio interior, que el Evangelio designa con el nombre de metánoia, una conversión radical, una transformación profunda de la mente y del corazón”.

[89] Cfr. F. EBNER, La Palabra y las Realidades Espirituales. Fragmentos pneumatológicos, Caparrós, Esprit, Madrid 1995, 61.

[90] Cfr. PABLO VI, C.Enc. Ecclesiam suam, nn. 36-41.

[91] Sobre todo, en su encíclica Salvorum apostoli de 1985 sobre los santos Cirilo y Metodio.

[92] Cfr. P.BLANCO SARTO, “La Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación veinte años después”, en Teología y vida 60/2 (2019) 243-264.

[93] Cfr. G. WEIGEL, Biografía de Juan Pablo II. Testigo de esperanza, cit., 647-688.

[94] J.J.PÉREZ-SOBA (a cura di), La famiglia: chiave del dialogo Chiesa-mondo nel 50º della Gaudium et spes, Cantagalli, Siena 2016.

[95] Cfr. G. WEIGEL, Biografía de Juan Pablo II. Testigo de esperanza, cit., 950-955 y 1017-1024.

[96] Cfr. S. GRYGIEL –P. KWIATKOWSKI, L’amore e la sua regola. Karol Wojtyła e l’esperienza dell’«Ambiente» di Cracovia, Siena, Cantagalli 2009.

[97] Cfr. G.ROSSI, “Famiglia e trasmissione della fede”, en J.J.PÉREZ-SOBA (a cura di), La famiglia, luce di Dio in una società senza Dio. Nuova evangelizzazione e famiglia, Cantagalli, Siena 2014, 35-83.

[98] Cfr. P. BORDEYNE, “Il matrimonio, sacramento della misericordia divina”, en J.J.PÉREZ-SOBA (a cura di), Misericordia, verità pastorale, Cantagalli, Siena 2014, 123-140.

[99] Cfr. J. RAWLS, A Theory of Justice, Oxford University Press, New York, Oxford 1972.

[100] Para su propuesta: cfr. G.ABBÀ, Quale impostazione per la filosofia morale?, Las, Roma 1966, 104-129.

[101] Cfr. J.RAWLS, Justice as Fairness: a restatement, Belknap Press of Harvard University Press, Cambridge-London 2001.

[102] Cfr. B. DE FILIPPIS, Il problema della giustizia in Rawls, Edizioni Scientifiche Italiane, Roma 1992.

[103] Cfr. JUAN PABLO II, Ex.Ap. Familiaris consortio, n. 86.

[104] Cfr. M. EBERSTADT, How the West Really Lost God: A New Theory of Secularization, Templeton Press, West Conshohocken 2013.

[105] Cfr. L.MELINA –S.GRYGIEL (eds.), Amar el amor humano. El legado de Juan Pablo II sobre el Matrimonio y la Familia, Edicep, Valencia 2008.

[106] JUAN PABLO II, Discurso en la inauguración de la III Asamblea ordinaria del CELAM, Puebla (28-I-1979), IV, 1, a. Citado en: ID., Ex.Ap. Familiaris consortio, nn. 52 y 65.

[107] Cfr. G. TURBANTI, Un Concilio per il mondo moderno. La redazione della costituzione pastorale “Gaudium et spes” del Vaticano II, Il Mulino, Bologna 2000. Ver también:G.RICHI ALBERTI, Karol Wojtyła: un estilo conciliar. Las intervenciones de K. Wojtyła en el Concilio Vaticano II, Publicaciones San Dámaso, Madrid 2010.

[108] Cfr. L. GRYGIEL, “La pastorale adeguata di Karol Wojtyła, «amico della famiglia»”, en L. MELINA –C.A.ANDERSON (a cura di), San Giovanni Paolo II: il Papa della famiglia, cit., 13-24.

[109] Han reflexionado sobre ello: A.SCOLA, La experiencia humana elemental. La veta profunda del magistero de Juan Pablo II, Encuentro, Madrid 2005; J. M. BURGOS, La experiencia integral. Un método para el personalismo, Palabra, Madrid 2015.

[110] Cfr. el concepto de praxis de: I. ELLACURÍA –J. SOBRINO, Mysterium liberationis. Conceptos fundamentales de la teología de la liberación, II, Trotta, Madrid 1990, 580: “K. Marx y Fr. Engels le dieron el cuño definitivo, de forma que el concepto marxista es el punto de referencia necesario”. Es uno de los sentidos que presenta C. FLORISTÁN, “Acción Pastoral”, en C.FLORISTÁN –J.J.TAMAYO (Coor. y Dir.), Conceptos fundamentales de pastoral, Cristiandad, Madrid 1983, 21-36.

[111] Cfr. L. MELINA, Imparare ad amare. Alla scuola di Giovanni Paolo II e di Benedetto XVI, Cantagalli, Siena Madrid 2009, 41-47.

[112] Cfr. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta Communionis notio, (28-V-1992).

[113] JUAN PABLO II, Carta a las familias, n. 2.

[114] JUAN PABLO II, C.Enc. Redemptor hominis, n. 10. Cfr. M. T.CID VAZQUEZ, Persona, amor y vocación. Dar un nombre al amor o la luz del sí, Edicep, Valencia 2009.

[115] JUAN PABLO II, Cruzando el umbral de la esperanza, cit., 133.

[116] SAN AGUSTÍN, In Iohannis Evangelium Tractatus 123, 5 (CCL36,678): “Sit amoris officium pascere dominicum gregem”; citado en:JUAN PABLO II, Ex.Ap. Pastores dabo vobis, n. 24.

[117] JUAN PABLO II, C. Enc. Veritatis splendor, n. 56.

[118] Cfr. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Ins. Libertatis nuntius, X, 3: “En esta perspectiva, se substituye la ortodoxia como recta regla de la fe, por la idea de orto praxis como criterio de verdad”.

[119] BENEDICTO XVI, C. Enc. Caritas in veritate, n. 2.

[120] Así en: K.WOJTYŁA, La renovación en sus fuentes. Sobre la aplicación del Concilio Vaticano II, BAC, Madrid 1982; ID., Il rinnovamento della Chiesa e del mondo. Riflessioni sul Vaticano II: 1962-1966, G.MARENGO –A.DOBRZYŃSKI (edd.), Lateran University Press, Città del Vaticano 2014.

[121] Cfr. BENEDICTO XVI, Discurso con el mundo de la cultura en el Collège des Bernardens, (12-IX-2008).

[122] Con esa frase inicia su carta: JUAN PABLO II, C.Ap. Novo millenio ineunte, n. 1.

[123] Cfr. P. BOVATI, «Così parla il Signore». Studi sul profetismo biblico, EDB, Bologna 2008.

[124] Cfr. JUAN PABLO II, C.Ap. Novo millenio ineunte, n. 6.

[125] JUAN PABLO II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janés, Barcelona 1994, 221-222. Por lo que concluye: ibid., 222: “El Papa, que comenzó su pontificado con las palabras «¡No tengáis miedo!», procura ser plenamente fiel a tal exhortación, y está siempre dispuesto a servir al hombre, a las naciones, y a la humanidad entera en el espíritu de esta verdad evangélica”.

 

 

Amistad​​​​​​​

Escrito por Juan Manuel De Prada

La amistad, en contra de lo que algunos piensan, no precisa para brotar entre dos personas de ‘almas gemelas’; ni tampoco de gustos y pareceres unívocos

A veces nos tropezamos con mentecatos o fanáticos que nos reprochan tener amistad, en mayor o menor grado, con personas que el mentecato o fanático en cuestión juzga muy distintas a nosotros; y esto les causa gran pasmo, incluso escándalo o indignación. Sobre todo, cuando a su pasmo, escándalo o indignación nosotros respondemos con franca hilaridad, haciéndoles ver que su juicio parte de una premisa falsa. Pues lo que estas personas suelen hacer primeramente es ‘apropiarse’ de nosotros (o bien ‘proyectarse’ sobre nosotros), pretender que nosotros somos como ellos; para a continuación pasmarse, escandalizarse o indignarse, puesto que ellos no serían amigos de la persona de la que nosotros lo somos.

Pero lo cierto es que la amistad, en contra de lo que algunos piensan, no precisa para brotar entre dos personas de ‘almas gemelas’; ni tampoco de gustos y pareceres unívocos. Para probarlo bastaría mencionar la amistad de don Quijote y Sancho, que se funda precisamente en la disparidad de sus almas y en el contraste de sus gustos y pareceres. Pueden surgir amistades profundas y estrechísimas entre personas separadas por abismos ideológicos o de carácter que, a simple vista, parecen antagónicas, como ocurre con Sancho Panza y don Quijote; pero ese antagonismo aparente acaba generando formas de entendimiento que resultan imposibles entre personas muy parecidas que tratan de poseerse o engullirse la una a la otra.

En la amistad auténtica nunca hay afán de poseer o engullir el alma del amigo, ni de ser poseído o engullido por ella; no hay tendencia al dominio unilateral (a diferencia de lo que ocurre en ciertas formas degeneradas del amor), sino que se produce una atracción hacia lo que es distinto a nosotros y, por lo tanto, nos completa y perfecciona, al ayudarnos a descubrir nuestras carencias. Se pueden tener aspiraciones comunes, se puede coincidir en inquietudes e intereses (quiero decir en inclinaciones del alma, no en búsqueda de provechos materiales) y, sin embargo, ser muy distintos; y es allí, entre personas distintas aunque con aspiraciones comunes, donde surgen las amistades más fecundas.

Es verdad que Cicerón, en el célebre tratado que dedicó a esta cuestión, define la amistad como «omnium divinarum humanarumque rerum cum benevolentia et caritate consensio». Donde consensio suele traducirse −a mi juicio erróneamente− como un ‘consentimiento’ o conformidad en todas las cosas humanas y divinas; o, todavía peor, como un ‘consenso’ en el sórdido sentido transaccional que han acuñado nuestros políticos. Pero consensio significa, sobre todo, ‘entendimiento’, capacidad para aceptar lo que el otro piensa sobre las cosas divinas y humanas. De ahí que Cicerón añada que en este consensio deben intervenir la benevolencia y la caridad.

Ante quien piensa exactamente como nosotros no necesitamos de la benevolencia ni de la caridad, sino en todo caso de la condescendencia (pues, inevitablemente, acabamos considerándolo un pobre y pálido eco de nosotros mismos). Y con quien logramos un ‘consenso’ (en el sórdido sentido transaccional) tampoco empleamos benevolencia ni caridad; pues ambos sabemos que nuestro acuerdo se cifra en renuncias cínicas a cambio de provechos materiales. Sólo quienes son capaces de entenderse sin renunciar a sus principios requieren benevolencia y caridad para aceptar lo que el otro piensa, para admirar la lealtad que profesa a sus ideas; y, en fin, para no hurgar en heridas que puedan lastimarlo, para tener la delicadeza de no ofenderlo en aquellas cuestiones que nuestro amigo considera sagradas o irrenunciables.

Y así ocurre en el tratado de Cicerón, donde entre Lelio y sus yernos se produce un intercambio espiritual en el que aflora, de forma casi imperceptible, una suerte de autoridad compartida, un reconocimiento de la grandeza del otro, aunque no coincidamos con él siempre; o, sobre todo, porque no coincidimos con él siempre. Y aquello en lo que no coincidimos es, con frecuencia, lo que en él nos resulta más interpelador y sugestivo; y lo que nos servirá no para dimitir de nuestros gustos o pareceres, sino para aquilatarlos y completarlos y ofrecérselos así, mejorados, a nuestro amigo, sabiendo que a su vez le servirán para aquilatar y completar los suyos.

En otro pasaje de su obra, Cicerón cita esta sentencia de Arquitas Tarentino: «Ningún gozo daría contemplar el universo si no se pudiera comentarlo con un amigo». Pero ¿en qué se quedaría el gozo de ‘comentar’ el universo si nuestros comentarios fuesen tan sólo glosas repetidas y, por lo tanto, archisabidas?

Juan Manuel De Prada

 

 

La Madre y las mujeres

Jesús Ortiz López

WomenNOW.

Una semana después del nacimiento de Jesús en Belén, la Iglesia ha celebrado la Maternidad divina de María, como el mejor comienzo de un año nuevo cargado de esperanza, que tanta falta nos hace. María es siempre el espejo en el que las mujeres cristianas ven elevada su propia maternidad, en una comunidad de sentimientos que solo ellas experimentan, a la vez que los hombres aprenden a valorar su aportación a la familia y a la sociedad. Es una luz para el feminismo auténtico en su tarea de empoderamiento de las mujeres, como ahora se dice.

Apuntes al Congreso WomenNOW

La escritora y activista Gloria Steinem ha proclamado en el congreso WomenNOW celebrado en Santander que «la violencia más fuerte del mundo no es la que hay entre naciones, sino la que se produce dentro de los hogares patriarcales, contra las mujeres y niños» y que la jerarquía de la familia patriarcal prepara a las mujeres para creer que es algo natural.

Reconocer la misión de las mujeres

Steinem se presenta como una feminista moderada y alejada de la guerra de sexos que propugna un cambio generacional; por eso ella es acogida por instituciones liberales y conservadoras.

En España y Occidente nos tomamos en serio estos avances sociales para valorar más a las mujeres (no existe la mujer, como tampoco el hombre) con su misión necesaria en la familia y la sociedad. Una misión en sentido real como llamada a su libertad para aportar lo que solo ellas pueden hacer; no es por tanto un papel o una función mandada o impuesta desde fuera sino algo íntimo radicado en su condición femenina, por la cual se realizan como personas y crean el entramado más básico de la sociedad, mediante la maternidad, la filiación, y el espíritu de servicio generoso que vitaliza la sociedad; sin ellas la convivencia sería semejante a la puede darse entre robots sin alma.

Sin embargo, todo este conjunto de principios y realidades representa sólo la mitad del ser humano. También los hombres (no el hombre abstracto) son necesarios para crear familia mediante la paternidad vivida también con generosidad y sacrificio, y para que el entramado social se fortalezca frente a los ataques externos e internos llevados a cabo por las ideologías, esas tan denostadas pero nunca erradicadas, como podemos comprobar en la actualidad.

Qué pasa en otras culturas

De modo que la mayor parte de las sociedades occidentales toman buena nota del impulso feminista para que ellas aporten todo su carisma, y más aquellas que tienen raíces y sentido cristiano de las personas y del bien común. No ocurre así otras muchas sociedades y en otras culturas que todavía no han recibido -y menos asimilado- el mensaje del Evangelio de Jesucristo, raíz de la civilización occidental, con todas sus deficiencias pero con unos valores más elevados. Como botón de muestra me referiré a la experiencia de lo sucede en una parte de la cultura islámica dominante en medio mundo y con fuerza expansiva.

Conmovedora historia de dos mujeres afganas y de sus familias que contiene la conocida novela «Mil soles espléndidos» de Khaled Hosseini. Está basada en hechos reales con un sabor agridulce. Muestra la vida más que dura durante las guerras en Afganistán que dejan rastro de destrucción y de barbarie, rusos, talibanes, norteamericanos. Pero sobre todo el sufrimiento de dos mujeres Mariam y Laila que representan a miles de mujeres tratadas casi como animales.

Aunque el mundo musulmán tenga cosas buenas, por ejemplo la fe sencilla y perseverante en Alá, no obsta para que muchos hombres -que son demasiados- abusen de las mujeres como dueños de animales para su satisfacción y desahogar su ira y frustraciones; es el caso de Rashid que se casa con la joven Mariam y años después cuando ella no puede darle hijos se casa con Laila. Es el abuso institucionalizado sobre mujeres prisioneras en casa de su dueño, porque tiene poco de marido: solo las necesitan para reproducirse, cocinar y limpiar.

Los talibanes aparecen como bárbaros asesinos sembradores de muerte y destrucción. No es exageración pues reconozco que hay también muchos buenos musulmanes, pero es una minoría selecta y cultivada, sobre todo quienes conocen la vida y los valores de Occidente. Es el caso del autor, Khaled Hosseini, que vive y triunfa en Estados Unidos, después de vivir años en su Afganistán natal.

El buen progreso

Volviendo al congreso WomenNOW sería bueno que se pudiera celebrar en los países musulmanes para corregir las malas prácticas contra las mujeres, desde el propio hogar. Y no le falta razón a la historiadora Maary Bread al recordar la escena de la Odisea en que Telémaco, el hijo de Penélope y Odiseo, le dice a su madre: «Cállate, madre. La palabra es cosa de hombres. ¡Vuelve a tu habitación! Y ella obedece». En efecto, era un abuso en una estructura social todavía inmadura en la que dominaba la fuerza por encima de la razón y del corazón. Una sociedad, la troyana, que todavía no conoce la amplitud de la razón ni la riqueza de la fe en el Dios real. Llegará siglos más tarde Jesucristo, el deseado de las naciones, para mostrar la verdadera faz de Dios, justo y misericordioso, que ama a todos y les atrae con infinita paciencia.

Esto es lo que los cristianos celebramos en la Navidad cuando se nos hace patente la naturaleza de la familia humana integrada por Jesús Niño, María y José, en la que cada persona vive su misión divina inigualable en medio de grandes dificultades, y es capaz de salvar definitivamente a la humanidad. Todo lo demás es consecuencia, gracia de Dios y libre respuesta de las mujeres y de los hombres, que tantas veces nos equivocamos.

 

 

¿Qué es el Octavario por la Unidad de los Cristianos?

 

Son unos días de súplica a la Santísima Trinidad por la unidad

Tradicionalmente, la Semana de oración por la unidad de los cristianos se celebra del 18 al 25 de enero. Estas fechas fueron propuestas en 1908 por Paul Watson para cubrir el periodo entre la fiesta de san Pedro y la de san Pablo.

Son unos días de súplica a la Santísima Trinidad pidiendo el pleno cumplimiento de las palabras del Señor en la Última Cena: “Padre Santo, guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que sean uno como nosotros” (Juan 17,11). La oración de Cristo alcanza también a quienes nunca se han contado entre sus seguidores. Dice Jesús:

“Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño con un solo pastor” (Juan 10, 16).

En el Octavario por la Unión de los Cristianos pedimos por nuestros hermanos separados; hemos de buscar lo que nos une, pero no podemos ceder en cuestiones de fe y moral. Junto a la unidad inquebrantable en lo esencial, la Iglesia promueve la legítima variedad en todo lo que Dios ha dejado a la libre iniciativa de los hombres. Por eso, fomentar la unidad supone al mismo tiempo respetar la multiplicidad, que es también demostración de la riqueza de la Iglesia.

 

En el Concilio de Jerusalén, al tratar de los preceptos, los Apóstoles decidieron no imponer “más cargas que las necesarias” (Act XV, 28). Con ocasión de este octavario podemos dar un paso en ese identificarnos con los mismos sentimientos de Jesús. Concretar oración y mortificación pidiendo por la unidad de la Iglesia y de los cristianos. Este fue uno de los grandes deseos de Juan Pablo II (Encíclica Ut unum sint, nn. 1 a 4), y lo es asimismo de Benedicto XVI.

En estos días pedimos al Señor que acelere los tiempos de la ansiada unión de todos los cristianos. ¿La unión de los cristianos?, se preguntaba nuestro Padre. Y respondía: sí. Más aún: la unión de todos los que creen en Dios. Pero sólo existe una Iglesia verdadera. No hay que reconstruirla con trozos dispersos por todo el mundo (Homilía, Lealtad a la Iglesia).

La Iglesia es Santa porque es obra de la Santísima Trinidad. Es pueblo santo compuesto por criaturas con miserias: esta aparente contradicción marca un aspecto del misterio de la Iglesia. La Iglesia que es divina, es también humana, porque está formada por hombres y los hombres tenemos defectos, todos somos polvo y ceniza (Ecclo 17, 31), cita n.P.

Por nosotros mismos no somos capaces sino de sembrar la discordia y la desunión. Dios nos sostiene para que sepamos ser instrumentos de unidad, personas que saben disculpar y reaccionar sobrenaturalmente. Demostraría poca madurez el que, ante la presencia de defectos en cualquiera de los que pertenecen a la Iglesia, sintiese tambalearse su fe en la Iglesia y en Cristo. La Iglesia no está gobernada por Pedro, Pablo o Juan, sino por el Espíritu Santo. Jesús tuvo 12 Apóstoles, uno le falló…

Nuestro Señor funda su Iglesia sobre la debilidad –pero también sobre la fidelidad- de unos hombres, los Apóstoles, a los que promete la asistencia constante del Espíritu Santo.

La predicación del Evangelio no surge en Palestina por la iniciativa personal de unos cuantos. ¿Qué podían hacer los Apóstoles? No contaban nada en su tiempo; no eran ni ricos, ni cultos, ni héroes a lo humano., Jesús echa sobre los hombros de este puñado de discípulos una tarea inmensa, divina. No me elegisteis vosotros a mí, sino que soy yo el que os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto sea duradero, a fin de que cualquier cosa que pidieres al Padre en mi nombre, os la conceda (Juan 15,16).

Desde hace siglos la Iglesia está extendida por los cinco continentes; pero la catolicidad de la Iglesia no depende de la extensión geográfica, aunque esto sea un signo visible. La Iglesia era Católica ya en Pentecostés; nace Católica del Corazón llagado de Jesús. Ahora, como entonces, extender la Iglesia a nuevos ambientes y a nuevas personas requiere fidelidad a la fe, y obediencia rendida al Magisterio de la Iglesia.

Desde hace dos mil años, Jesucristo quiso construir su Iglesia sobre una piedra: Pedro, y el Sucesor de San Pedro en la cátedra de Roma es, por eso, el Vicario de Cristo en la tierra. Hemos de dar gracias a Dios porque ha querido poner al frente de la Iglesia un Vicario que la gobierne en su nombre. En estos días hemos de incrementar nuestra plegaria por el Romano Pontífice y esmerarnos en el cumplimiento de cuanto disponga.

San Pablo, a quien el Señor mismo llamó al apostolado, acude a San Pedro para confrontar su doctrina: “subí a Jerusalén para ver a Cefas, escribe a los Gálatas, y permanecí a su lado quince días”. (I,18).

El Octavario concluye conmemorando la conversión de San Pablo. El martirio de San Esteban, dice San Agustín, fue la semilla que logró la conversión del Apóstol. Dice textualmente: “Si Esteban no hubiera orado a Dios la Iglesia no tendría a Pablo” (cfr. S. Agustín, Serm, 315,7).

El principal obstáculo para la conversión, dice Scott Hahn son los mismos católicos… El principal apostolado que hemos de realizar en el mundo es contribuir a que dentro de la Iglesia se respire el clima de la auténtica caridad.

En el octavario del 2005 decía Juan Pablo II: Sin oración y sin conversión no hay ecumenismo. Podemos acudir a la Virgen María para ser más humildes y, por tanto, más fieles.

Cantar a la vida tras un año de lucha contra la muerte

Salvador Bernal

Xavier Argemí.

En estos días de comienzo de año, he tenido la sensación de que se publica mucho sobre la vida y la muerte, no siempre en relación con la pandemia. El mundo lo está pasando mal, y las perspectivas no son precisamente triunfalistas, pero se advierte con relativa fuerza la apuesta por la vida, por una vida buena, con mayor carga ética. No es tiempo de indiferencia o de nihilismo: se ha producido en la práctica cierta ruptura con esa tendencia del pensamiento postmoderno.

No me refiero a la política, tampoco a la española. Pero intuyo que buena parte de la sociedad da la espalda a sus dirigentes, porque los ve alejados de sus problemas y de sus ilusiones. Basta pensar en el momento elegido para tramitar una ley sobre la eutanasia, cuando habíamos redescubierto la responsabilidad respecto de los mayores y la necesidad de profundizar en la ética del cuidado.

 No se entiende, por eso, lejos de nuestras fronteras, el empeño del agonizante Donald Trump, por acelerar las ejecuciones de condenados a muerte por delitos federales. Rompía así una tradición de años, que coincidía también con el dato empírico del declive la pena de muerte en Estados Unidos. Una línea distante de la adoptada por Kazajistán, que camina hacia la abolición, tras aprobar una moratoria.

Ciertamente, la vida no es un derecho humano absoluto. Ninguno lo es. Lo muestra la realidad de tantos que ponen en peligro su existencia para contribuir al bien común, de modos muy diversos. Se ha repetido justamente a propósito de los diversos profesionales de la atención médica a los enfermos, que se juegan la vida de modo particular en tiempos de epidemia, como saben bien en África.

En otro orden de cosas, y aunque su trabajo no requiere un estatuto de servicio público, los periodistas cumplen una función esencial para la construcción de la convivencia. Muchos lo arriesgan todo, para sacar adelante una tarea no siempre fácil, sobre todo, en países con exigua tradición democrática. Son de hecho demasiados los que perdieron la libertad o la vida en 2020, como recuerda cada año la ONG Reporteros sin fronteras. Los últimos datos son semejantes a los de años precedentes: 50 homicidios en 2020, la mayoría en países en paz, y cerca de otros 400 en prisión: reflejan serios atentados al derecho a la información.

Algo semejante sucede con quienes dedican su vida a tareas religiosas en países de riesgo. También la agencia Fides publica anualmente su informe sobre los misioneros –en un sentido amplio del término- que mueren cada año. A ellos se añade este año los que han fallecido, no por actos violentos, sino por el riesgo que asumieron al atender su misión pastoral en tiempos de pandemia. No he conseguido datos actualizados de la Conferencia Episcopal Española, pero en junio iban por el centenar de fallecidos. Imagino que las cifras serán semejantes a las de Italia, según la información de Avvenire el 6 de enero: 204 desde que comenzó la pandemia, 80 en la segunda ola, cuatro en lo que va de año.

El 21 de diciembre Luis Luque publicaba en Aceprensa una entrevista con Xavier Argemí, joven catalán que sufre una enfermedad incurable -distrofia de Duchenne- y cuenta su experiencia personal en un libro: Aprendre a morir per poder viure. Petites coses que fan la vida meravellosa, ed. Rosa dels Vents. Hay muchos detalles quizá sencillos, que llenan de sentido la vida: una simple conversación tranquila, la contemplación del atardecer, la presencia de personas afectivamente cercanas. Los pilares fundamentales de su vida “son la familia, los amigos, el apoyo espiritual que esto engloba, el emocional, el psicológico, y la medicina; en concreto, ahora, los cuidados paliativos”. Y su ilusión, “aprovechar los minutos, días o años que me quedan, por hacer fácil la vida a los que están a mi lado y, a través del libro, a tanta gente como pueda”. Todo un gran canto a la vida, que manifiesta y apoya un rasgo que debería ser esencial en la nueva civilización que está a punto de brotar en medio de la pandemia.

Todo se refleja en los ojos: cólera, miedo, afecto o alegría

El hombre exterioriza sus ideas por los actos que realiza. Pero son menos evidentes en lo que podríamos llamar los imponderables de la apariencia humana: el aspecto, la actitud, la mirada.

​ Dom Guéranger

En esta sección se ha tratado muchas veces de ambientes que se relacionan con edificios, muebles, paisajes, etc.

Parece interesante subrayar que el principal elemento de cualquier ambiente es el hombre.

Esta verdad es evidente en lo que respecta a las ideas que el hombre exterioriza y a los actos que realiza.

Pero es acaso menos evidente en lo que podríamos llamar los imponderables de la apariencia humana: el aspecto, la actitud, la mirada.

Detengámonos en el análisis de la mirada humana.

Nuestra primera figura representa una de las personalidades más insignes del movimiento ultramontano francés del pasado siglo: Mons. Próspero Gueranger, O.S.B., fundador y Abad del famoso monasterio de Solesmes, restaurador de la Sagrada Liturgia, escritor eximio y gran amigo de Louis Veuillot.

La frente espaciosa, los rasgos destacados y vigorosos indican inteligencia y fuerte personalidad.

Pero todo cuanto estos rasgos puedan significar se resume, se condensa y admite su máxima expresión en los ojos.

Grandes ojos claros, luminosos, en los que jamás parece haberse reflejado ninguna clase de debilidad o flaqueza humanas. Grandes ojos que parecen hechos para la contemplación de lo más trascendental en esta vida y para los inmensos horizontes del Cielo.

Pero, al mismo tiempo, mirada de una invencible fuerza de penetración en relación con las cosas de la tierra, capaz de traspasar todas las apariencias, todos los sofismas, todos los artificios de los hombres, llegando hasta el fondo más recóndito de los acontecimientos, de los corazones.

Alma de varón justo y contemplativo, que mira a lo alto y profundo, porque vive inmerso en las claridades de un pensamiento lógico, iluminado por la fe de la más estricta ortodoxia.

Ante esa mirada vienen a la mente las hermosas palabras del Santo Padre Pío XII, en su alocución del 12 de Junio de 1953, a los miembros del ler Congreso Latino de Oftalmología:

“Todo se refleja en los ojos: no sólo el mundo visible, sino también las pasiones del alma. Incluso un observador superficial descubre en ellos los más variados sentimientos: cólera, miedo, odio, afecto, alegría, confianza o seriedad. El juego de todos los músculos de la cara se encuentra, de algún modo, concentrado y reunido en los ojos, como en un espejo”.

De los grandes ojos que Dom Guéranger mantenía tan abiertos hacia el Cielo y hacia esta vida, pasemos a la admirable expresión de unos ojos que la muerte cerró y que sólo se reabrirán “in novissimo die” para contemplar los esplendores temibles del Juicio Universal.

San Felipe Neri – Máscara mortuoria

*   *   *

Se trata de la admirable mascarilla funeraria de S. Felipe Neri, famoso apóstol de Roma en el siglo XVI.

Fue tal el vigor de su personalidad que su mascarilla mortuoria, por decirlo así, refleja todavía una finura, una fuerza y una ironía suave y ligera; y parece dispuesta a entreabrir los labios en una imperceptible sonrisa; pero la “mirada” es aquí la nota más expresiva, con una fijeza, una lucidez, una fuerza que traspasa no sólo los párpados, sino los velos de la muerte y del tiempo, dejando ver hasta el fondo la coherencia, la robustez y la fortaleza del alma que se fue. Fuerza, armonía, lógica de Santo, que mereció ver en el Cielo la luz clarísima de Dios.

Plinio Corrêa de Oliveira

El callejón sin salida y la crisis contemporánea

 “Osen (los paganos) decir aún que esa doctrina es opuesta a los intereses del Estado!

Cada vez más va quedando claro que nuestra sociedad camina hacia un callejón sin salida.

El deterioro moral de la familia; la de casi todas las instituciones, desde los tribunales, pasando por los políticos y hasta las instituciones religiosas.

¿Existe una solución para esta situación?

Atengámonos a la imagen de una sociedad en que todos los miembros fuesen buenos católicos, trazada por San Agustín:

imaginemos “un ejército constituido de soldados como los forma la doctrina de Jesucristo; gobernadores, maridos, esposos, padres, profesores, siervos, reyes, jueces, contribuyentes, cobradores de impuestos ¡como los quiere la doctrina cristiana! ¡Y osen (los paganos) decir aún que esa doctrina es opuesta a los intereses del Estado! Por el contrario, es necesario reconocer sin duda que ella es una gran salvaguarda para el Estado, cuando es fielmente observada” (Epístola CXXXVII al. 5 ed. Marcellinum, cap. II, nº15).

San Luis María Grignion de Montfort, la devoción mariana y la crisis contemporánea

Así, en una sociedad en la que se practican los Mandamientos de la Ley de Dios como un fenómeno general, es inevitable que ella acabe estructurándose bien, porque con el estado de gracia viene la sabiduría; y con la sabiduría todas las cosas entran en orden.

Sin la gracia, nada funciona. Y si alguna cosa funciona, es peor que si ella no funcionara.

La civilización contemporánea, para llamarla de una manera generosa, se construyó sobre el rechazo de la gracia. Ella ha alcanzado algunos resultados estrepitosos, por ejemplo, en Estados Unidos.

Sin embargo, esos resultados acaban devorando al hombre. Nuestra época ha generado individuos afectados por psicosis de todo tipo.

¿Por qué?

Porque es un estado de cosas construido por el hombre, que parece ser una afirmación del hombre, pero que devora al hombre.

Es decir, el hombre sin la gracia o no construye nada, o construye una cárcel, una cámara de torturas, un palacio de delicias en el cual el sufre más que si estuviese en un campo de concentración.

Este abandono de la gracia, y del propio Dios, llevó a deterioro moral de los individuos y de la sociedad. Llevados por el orgullo y la impureza, los hombres acaban construyendo una con la doctrina católica.

El hombre virtuoso, el hombre humilde, del hombre puro, tiene apetencia de una sociedad de acuerdo a la doctrina católica. Pero una persona que se entrega al vicio del orgullo o al vicio de la impureza, comienza a formarse en ella una incompatibilidad con varios aspectos de la obra de Dios: una incompatibilidad con el carácter jerárquico de la sociedad civil o el carácter jerárquico de la Iglesia.

Después, comienza a rechazar el carácter jerárquico de la familia y finalmente toda y cualquier jerarquía. Es el camino del igualitarismo hasta llegar al comunismo.

​ Cada vez más va quedando claro que nuestra sociedad camina hacia un callejón sin salida.

De un modo análogo, el hombre impuro tiene todos los elementos para incompatibilizarse con el orden establecido por Dios.

La impureza lo lleva a un total liberalismo: incompatibilidad con cualquier regla, con cualquier freno, con la existencia de una ley que circunscriba el trasborde de sus sentidos.

De ahí al rechazo de cualquier autoridad y al propio principio de la autoridad, es sólo un paso.

Entonces, a partir de la impureza y del orgullo, el hombre comienza a construirse una visión diametralmente opuesta a la obra de Dios. Este proceso puede extenderse a lo largo de varias generaciones.

En última instancia, llega a la aceptación de la gnosis, que es la doctrina de la Revolución.

Así, el problema de la revolución y contrarrevolución es un problema moral; es una cuestión religiosa.

Y en una obra del Santo Doctor, dirigiéndose a la Iglesia Católica, exclama:

“Conduces e instruyes a los niños con ternura, a los jóvenes con vigor, a los ancianos con calma, como comporta la edad no sólo del cuerpo sino del alma.

“Sometes las esposas a sus maridos, por una casta y fiel obediencia, no para saciar la pasión, sino para propagar la especie y constituir la sociedad doméstica.

“Confieres autoridad a los maridos sobre las esposas, no para que abusen de la fragilidad de su sexo, sino para que sigan las leyes de un sincero amor.

“Subordinas los hijos a los padres por una tierna autoridad.

“Unes no sólo en sociedad, sino en una como que fraternidad ciudadanos a ciudadanos, las naciones a las naciones, y a los hombres entre sí, por el recuerdo de sus primeros padres.

“Enseñas a los reyes a velar por los pueblos, y prescribes a los pueblos que obedezcan a los reyes.

“Honra, a quien el afecto, a quien el respeto, a quien el temor, a quien el consuelo, a quien la advertencia, a quien el estímulo, a quien la corrección, a quien la reprimenda, a quien el castigo; y haces saber de qué modo, que si no todas las cosas se deben a todos, a todos se debe la caridad y a nadie la injusticia”. (De Moribus Ecclesiae, cap. XXX, nº63).

Oír misa entera…

Á Oír misa entera…

Angel Cabrero Ugarte

 

Santa Misa en una parroquia.

Es una expresión que borraría de los catecismos y libros de espiritualidad, porque es manifiestamente empobrecedora. Los católicos, cuando vamos a la iglesia los domingos, o cualquier otro día de fiesta o no fiesta, no vamos a oír: vamos esencialmente a participar, porque tenemos alma sacerdotal. Vamos a unirnos a la cruz de Cristo, con afán redentor, y vamos a recibir el cuerpo de Cristo.

Oímos la liturgia de la palabra, pero solo oír sería una pobreza notoria, aunque hay que reconocer que es lo que hay. Se oye y luego, con más o menos oficio, el celebrante nos explica la Palabra de Dios. Pero esa Palabra, esa predicación, nos debe llevar a una comprensión de lo que hacemos a continuación, que es participar, con alma sacerdotal (cfr. CEC 1121) en el sacrificio de Jesucristo.

Es un poco triste que haya que estar recordando que es obligatorio ir a misa los domingos. Es desalentador que haya que insistir en que hay días de precepto en los que es obligatorio participar en la Santa Misa. El buen cristiano, comprometido, va a misa todos los días, por lo tanto, nadie tiene que explicarle si es obligatorio tal día o tal otro. Pero tenemos todavía un porcentaje importante de cristianos que lo son por los pelos. Cristianos de cumplimiento. Algo es algo, porque otros han dejado de cumplir.

Pero no podemos olvidar que, si algunos han dejado de cumplir, de practicar, es porque han pasado por la fase de cristianos de cumplimiento, sin profundizar, sin que nadie les haya explicado con detenimiento y con reiteración lo que es la Santa Misa, lo que significa participar en el sacrificio eucarístico, etc. Si han ido a misa por obligación y se han encontrado con que más de la mitad del tiempo que ha estado en la iglesia ha consistido en escuchar una homilía muy poco atrayente, lo que ocurre es que, ante la más mínima excusa, no va ni el domingo.

En estos días pasados, de fiestas navideñas, nos damos cuenta de este desorden de cumplimientos. Cuando lo que vale es, únicamente, si es obligatorio o no ir a misa el día de Navidad, por ejemplo, quiere decir que ese cristiano entiende muy poco y la Navidad ha dejado de ser una fiesta cristiana por excelencia, para ser un tiempo reuniones familiares y de regalos.

Recientemente he leído una novela muy interesante, “Los días luminosos”, de Zsuzsa Bánk, con una historia inusual, cuajada de personajes vivos y originales, en donde la protagonista principal, que vive en una cabaña a las afueras de una ciudad alemana pequeña, con su hija, pendientes de su marido que pasa meses fuera por el trabajo, se las arregla como puede para sobrevivir. Esa mujer no deja la misa del domingo. Se deja caer a lo largo de la historia, larga, en varios momentos, sin ningún matiz aleccionador, su empeño por no dejar su misa.

En el mundo literario que nos rodea, tan agnóstico, tan vacío de valores, me ha alegrado leer una historia en la que pasa de todo, pero al menos hay una protagonista que valora la misa, que reza a la Virgen, todo con la mayor naturalidad.

Creo que hay una cultura de los Sagrado, de la liturgia, sobre todo, de la celebración eucarística, que hay que potenciar, porque es inútil dar por supuesto que la gente sabe.

Sucesos, armas, poder, efectos. A propósito del Capitolio

Ana Teresa López de Llergo

Las armas son aparatos diseñados para defendernos, atacar o amedrentar; sin embargo, nuestras acciones y nuestras palabras también son armas.

Las decisiones de las personas siempre tienen repercusiones. A propósito de la pandemia algunos lo han dicho. También lo podemos decir ante el triste espectáculo de algunos ciudadanos en el Capitolio de Estados Unidos. Detrás hay decisiones humanas.

Y no sólo decisiones de quienes están directamente involucrados con esos sucesos, sino decisiones de quienes informan y decisiones de quienes recibimos esa información.

Muchas veces hablamos de armas y solamente pensamos en los aparatos diseñados para defendernos, o para atacar o amedrentar. Y hemos de advertir que no solamente esos instrumentos producen tales efectos, nuestras acciones y nuestras palabras también son armas. Según las utilicemos harán bien o mal.

Un gesto puede desacreditar a una persona, también las palabras –habladas o escritas– pueden hacerlo. Los comunicadores saben utilizarlas y son auténticas armas en sus manos. Como tienen seguidores, pueden mover a muchísimas personas. No se diga si quien habla es un gobernante, en él se ha depositado la tarea de dirigir y haga lo que haga, influye para bien o para mal, porque los ciudadanos están atentos.

El mundo ha sido testigo de una barbarie, en una época que se suponen superados algunos hechos, y no, los volvemos a cometer. Una auténtica horda agredió el Capitolio de Washington. Un sitio emblemático, digno, representativo de orden y justicia. Atacado por una “masa” incitada. Cada una de esas personas, estoy segura, han sido honorables. Pero, incitadas por su líder cometieron tropelías, envalentonadas por una multitud perdieron la razón.

Mucho más graves son los efectos de la barbarie cuando se trata de un país líder de la democracia.

Los actores de este triste suceso son: un presidente que fue electo por una irrefutable mayoría, pero sin espíritu crítico ante sus acciones, no pudo ver las señales contemporáneas, el poder del pasado lo embriagó y enardeció a sus seguidores. Cada persona así incitada se hace una “pieza” irreflexiva, un “elemento” de la masa. Este es un hecho al alcance de cualquier persona, lo hemos de prevenir. Es muy grave actuar sin medir las consecuencias, estoy convencida de que nadie quería muertes y hubo cinco, todos fueron causantes.

La comunicación y los comunicadores también tienen sus armas y sus efectos. Saben que los destinatarios caemos en el sensacionalismo, al menos en un primer momento. Por eso, proliferan las noticias espectaculares, incluso las magnifican. También quienes las recibimos tan intempestivamente detenemos el juicio. Espero que esa suspensión sea momentánea.

Ante hechos así que seguirán dándose, hemos de recordar, porque eso ha sucedido en el pasado, que siempre en cualquiera de los dos bandos hay héroes. Desgraciadamente, de momento no llaman la atención porque la prudencia y la honestidad nunca son espectaculares.

En toda la maraña de información, había un espacio pequeño en una primera plana. Se reproducían las palabras del vicepresidente Mike Pence: “Para aquellos que causaron estragos en nuestro Capitolio hoy, ustedes no ganaron. La violencia nunca gana. La libertad gana. Y esta sigue siendo la casa del pueblo”.

Días después, añadieron otras palabras de Pence cuando se reanudó la sesión: “Al reunirnos nuevamente en esta cámara, el mundo volverá a ser testigo de la resistencia y la fuerza de nuestra democracia. Porque incluso a raíz de la violencia y el vandalismo sin precedentes en este Capitolio, los representantes electos del pueblo de los Estados Unidos se han reunido nuevamente el mismo día para apoyar y defender la Constitución de los Estados Unidos”.

A la vez, se reprodujeron las palabras de Mitch McConnell, líder de los senadores republicanos quien afirmó haber hecho el voto más importante en su vida. Convocó a desechar el intento de anular los resultados de las elecciones por estar basados en sospechas infundadas. Afirmó: “Si [a los votos] los invalidamos dañaremos a nuestra república para siempre”, y pidió a sus compañeros de bancada “un compromiso compartido con la verdad, un respeto compartido hacia las reglas básicas de nuestro sistema”. La Constitución y el estado de derecho fueron defendidos. Este es el modo de actuar para un fiel ciudadano.

Al inicio de la siguiente semana del altercado, Melania Trump manifestó su desacuerdo con los irrespetuosos actos cometidos en el Capitolio. Y hace un llamado al pueblo estadounidense a ser actores pacíficos en el cambio de gobierno.

Queda claro que todos nuestros actos tienen efectos e influyen. Sin embargo, los actos de los servidores públicos, como son los gobernantes y los comunicadores, llegan a muchas más personas y dejan una huella honda en seguidores o detractores. Si incitan al odio provocaran odio, si incitan a la desconfianza la sociedad se debilitará. Si se magnifican los hechos violentos y sólo eso se publica, el pueblo vive atemorizado, sin esperanza y, unos pocos siguen el ejemplo de los corruptos. Es necesario decir la verdad, pero eso no excluye relatar detalladamente los acontecimientos.

No cabe duda, también queda muy clara la necesidad de los contrapesos, del respeto a la moral y del fortalecimiento de las instituciones. Quien acumula el poder se engolosina y como tiene todos los recursos en sus manos, los aprovechará para eternizarse, y tendremos un tirano. El pasado nos enseña muchas acciones de personas que inician con grandes ideales de servicio y terminan acaparando el servicio para sí.

Dinero y felicidad

Lucía Legorreta

El egocentrismo, la codicia y la orientación traen una sensación de vacío, sin sentido, escasez e infelicidad; mientras que el altruismo, la generosidad y la orientación son fuente de plenitud, sentido, abundancia y felicidad.

El dinero puede darnos un estilo de vida muy cómodo y placentero, así como una falsa sensación de seguridad. Pero no puede comprar nuestra felicidad. Porque nuestro bienestar no depende de lo que tenemos, sino de quienes somos y de cómo nos sentimos.

Nos dejamos llevar por los bienes materiales, para terminar, dándonos cuenta de que las cosas importantes no pueden verse ni tocarse, sólo intuirse y sentirse. Muchas personas creen vivir en una pobreza material, cuando realmente lo que viven es una pobreza emocional.

El problema es que nunca es suficiente. De pronto tenemos más dinero, pero seguimos sintiéndonos tensos e irritados. Tenemos éxito y respetabilidad, pero seguimos sintiéndonos solos y tristes. Tenemos comodidades y seguridad, pero somos esclavos de nuestros miedos.

Cada vez más seres humanos están optando por llevar una existencia más tranquila, simple y sencilla. Te preguntarás ¿por qué?

¿De qué nos sirve lo que tenemos si no gozamos de tiempo para disfrutarlo? ¿De qué nos sirve pasar el día estresados y cansados? En concreto, ¿de qué nos sirve ganar mucho dinero si no somos felices?

Hay estudios muy interesantes realizados por el economista norteamericano George F. Loewenstein que se centró en los efectos emocionales que producen por un lado la codicia y por otro la generosidad. Los participantes de diferentes edades, sexos, razas y profesiones fueron divididos en dos grupos.

Todos recibieron $6,000 dólares cada uno. Al primer grupo se le pidió que en un plazo de dos meses se gastaran el dinero en regalos para sí mismos. Mientras que a los integrantes del segundo grupo se les dijo que usaran el dinero en regalos a otras personas.

Dos meses más tarde se obtuvieron resultados opuestos. La satisfacción del primer grupo había durado relativamente poco; tras el placer y la euforia inicial, volvían a su estado de ánimos normal. Con el paso de los días, incluso se sentían más tristes y vacíos.

Los miembros del segundo grupo se habían sentido mucho más satisfechos y plenos que los del primer. El hecho de pensar de qué manera podían utilizar el dinero para beneficiar a los demás, ya era motivo suficiente para que los participantes experimentaran un bienestar interno.

La conclusión fue que el egocentrismo, la codicia y la orientación al propio interés traen una sensación de vacío, sin sentido, escasez e infelicidad; mientras que el altruismo, la generosidad y la orientación al bien común son fuente de plenitud, sentido, abundancia y felicidad.

Este gran investigador corroboró de forma científica y empírica que a nivel emocional recibimos lo que damos.

La auténtica felicidad reside en nuestro interior. Cuando comprendamos esta verdad, dejaremos de desear muchas cosas materiales que no necesitamos.

Como bien dice Emile Henri Gauvreay: Hemos construido un sistema que nos persuade a gastar dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos para crear impresiones que no durarán en personas que no nos importan.

Piensa muy bien: ¿De qué vale el dinero si no somos felices?

Mejor disfruta de una vida sincera, abundante y plena.

El impacto de Filomena en el campo

Si hacemos un balance de los efectos del temporal de nieve, lluvia y frío extremo en el campo español, muy desiguales según zonas, pues en algunas áreas, los destrozos son cuantiosos, mientras que en otras la nieve puede ser incluso beneficiosa.

En algunas comunidades se ha visto muy perjudicadas todas las verduras al exterior, como coles o alcachofas, también en invernaderos que se han derrumbado bajo el peso de la nieve. En cambio en la Comunidad Murciana la valoración es como “muy positivas en general” las precipitaciones de los últimos días. La lluvia ha sido suave y continuada en toda la región, excepto donde ha caído la nieve durante días seguidos. El único problema que temen los profesionales del campo es el hielo que afecta a los cítricos y las hortalizas.

En otras zonas como Castilla y León, los ganaderos son los más afectados puesto que están más presentes en zonas de montaña y de sierra. Muchos tienen problemas para acceder a sus naves, granjas, y cuidar a sus animales, en este sentido, algunos productores lácteos están especialmente preocupados por la recogida de su producto ya que es imposible que los camiones cisterna circulen por sus zonas. Además, en algunos lugares el mercado de ganado se ha cancelado. También temen el hielo. “Podría dañar las parcelas tardías de colza y al sector hortofrutícola”, en cambio Filomena es una buena noticia para los pastos de montaña, aunque estos días no puedan salir a pastar los animales en régimen extensivo, y los embalses y el regadío que vive de ellos.

En Aragón, los peores daños se han producido en cultivos leñosos, sobre todo en olivar, además de los daños producidos en infraestructuras

En Andalucía, en general, Filomena ha dejado efectos positivos. En cuanto a la producción de hortaliza, el frío intenso puede bajar los rendimientos, pero los mayores problemas pueden darse por las dificultades en el transporte. Se retrasará considerablemente el tramo final de la recogida del olivar. En la zona fresera de Huelva, se temen los efectos que el bloqueo de camiones en determinadas zonas pueda dejar en la salida del producto hacia todo el país.

En la Comunidad Valenciana preocupa mucho la ola de frío y las temperaturas extremadamente bajas que podrían dañar plantaciones de cítricos y de hortalizas.

En Extremadura, el paso de Filomena ha sido muy tranquilo. Las precipitaciones han caído sobre todo en la zona Este, donde hay más pantanos y ganadería. Por tanto, muy positivo en líneas generales.

Finalmente en Cataluña se confirma que las nevadas y el temporal Filomena han afectado a un total de 35.000 hectáreas de cultivos de olivo y alerta que la duración de las bajas temperaturas y la magnitud del frío podrían llegar a provocar un tipo de afectación similar a las heladas de 2001, a pesar de que la superficie afectada en la actualidad es menos extensa. Las comarcas con mayores daños en olivo son las Garrigues, el Priorat, la Ribera d’Ebre, Segrià, Terra Alta y Urgell.

Jesús Domingo

 

Un momento decisivo en la política europea

La resolución "Sobre la prohibición de facto del derecho al aborto en Polonia"  representa un momento decisivo en la política europea. Solo 33 de los 187 miembros del Partido Popular Europeo votaron en contra de la resolución. La mayoría de los miembros del partido de centro-derecha se oponían anteriormente a políticas sociales tan extremas y al derecho internacional al aborto.

"Este es un perro que se muerde la cola, ya que las noticias falsas y la confusión sobre el aborto en Polonia han invadido literalmente el Parlamento Europeo en los últimos años", según Nicola Speranza, secretaria general de la Federación pro-vida y pro-familia de las asociaciones de familias católicas en Europa. Su organización tiene una larga historia de defensa pro-vida y pro-familia en el Parlamento Europeo.

Los miembros del Parlamento Europeo que anteriormente se hubieran opuesto a una resolución tan radical simplemente se abstuvieron, explicó Speranza. Incluso los partidos considerados de extrema derecha, que a menudo hablan de la competencia limitada de las instituciones de la UE, se abstuvieron.

“Esta resolución muestra lo lejos que puede estar el Parlamento Europeo de la realidad”, enfatizó Speranza quien dijo que aunque no es vinculante, la resolución ayudará a la industria del aborto a "forzar debates nacionales sobre temas que están completamente fuera de las competencias limitadas de la UE".

Suso do Madrid

 

El Parlamento de la UE ataca a Polonia 

El Parlamento Europeo ha adoptado una resolución que ataca directamente las leyes pro-vida de Polonia y afirma que el aborto es un derecho internacional.

La resolución, "Sobre la prohibición de facto del derecho al aborto en Polonia", criticó al Tribunal Constitucional polaco por dictaminar que el aborto eugenésico viola la constitución polaca. La resolución también criticó al partido gobernante polaco, Ley y Justicia, por el fallo.

La resolución cita a expertos de la ONU y dice que el acceso universal a “la salud y los derechos sexuales y reproductivos” es un derecho humano fundamental. Los expertos legales en Europa están indignados por la resolución.

Anna Kubacka, analista legal del grupo de expertos legales Ordo Iuris en Polonia, dijo al Friday Fax que "cualquier forma de presión" de las instituciones de la Unión Europea sobre el aborto es ilegal según el tratado de la Unión Europea.

Kubacka enfatizó que no existía el derecho internacional al aborto y que el consenso internacional está en contra de ese derecho. "La sentencia del Tribunal Constitucional cumple plenamente con la Constitución polaca y el derecho internacional", dijo.

La Constitución polaca protege la vida desde el momento de la concepción y la ley penal polaca castiga el aborto en todas las circunstancias excepto en una: el aborto eugenésico. El fallo del Tribunal Constitucional a principios de este año anuló esa única excepción.

Domingo Martínez Madrid

 

 

La semana laboral de cuatro días

El vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, lanzaba, a finales del pasado año, la idea de reducir la semana laboral a cuatro días, y que la estaba estudiando la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, como así ha confirmado.

Entre miembros podemitas del Gobierno anda el juego, una vez más con ocurrencias que buscan captar adeptos y votos entre los millones de españoles que no tienen trabajo o ven que peligra, y mucho, cada vez más mientras no se solucione la pandemia.

Las sucesivas encuestas de voto que se vienen realizando ofrecen un resultado coincidente: Podemos sigue descendiendo.  Eso es buena noticia para los que pensamos que es una formación demagógica y de populismo sectario, pero a la vez es peligrosa, porque puede ser un acicate que incentive en Iglesias y su equipo a lo que de verdad saben hacer, que es populismo sectario sin estudio ni rigor.

La solución al problema de empleo es avanzar en crear empleo y que sea de mayor calidad, no repartir el poco que hay entre la población. Es, una vez más, el populismo tardo-comunista de repartir precariedad, en vez de trabajar para incrementar el empleo y que sea de mejor calidad, evitando la temporalidad excesiva.

Además, es otro frente que pone en evidencia la confrontación entre PSOE y Podemos en materias decisivas. No es una cuestión precisamente accesoria. El  ministro de Seguridad  Social lo ha descartado, porque “no hay margen” para reducir la semana laboral a cuatro días, aludiendo a los niveles de productividad y competitividad de nuestro país.

Jesús D Mez Madrid

El mono humano y sus monumentos 

 

                                No se sabe el por qué, pero una vez que se dice bajaron de los árboles aquellos primeros monos que aún debieron tener rabo, del que aún “a nosotros los actuales monos”, nos queda un resto al final de la espina dorsal. Desarrollada su primitiva inteligencia y ya armados lo suficiente, instalados con suficientes comodidades; dominadas todas las manadas o tribus de “monos más débiles”; los esclavizaron y los obligaron a trabajar para los más fuertes (“más o menos hoy seguimos lo mismo, digan lo que digan y lo digan como quieran); después buscaron “dioses y un Dios absoluto”, y progresando cada vez más; “los fuertes”, por la que conocemos como “ley de la fuerza”, decidieron establecer escalas superiores para establecer el dominio de cada vez, “más monos”; para lo que hubieron de establecer, parafernalias de sacerdotes y reyes que harían imponer, como “descendientes o representantes del cielo y con los máximos poderes sobre vidas y haciendas de aquellos otros débiles monos”, que bajo el poder “del cree o muere”, siguieron trabajando y acumulando riquezas para sus dueños.

                                Estos llenos de orgullo y creyéndose de verdad, “superiores y privilegiados”, decidieron crear monumentos cada vez más grandes y ostentosos, unos para sí mismos y sus allegados, otros para los sacerdotes del Dios o dioses, y otros para reunir a “sus rebaños de los monos pobres”, en grandes recintos para que disfrutaran de los espectáculos que gratuitamente (aunque siempre los pagaron y pagan los más débiles) les ofrecían “sus señores”, y a los que había que agradecer “tan grandes dádivas”; así, desde las acumulaciones de grandes piedras en diferentes alineaciones, (Stonegen en Inglaterra) los numerosos y variados dólmenes por grandes partes del mundo, las monstruosos por lo grandes, agrupaciones de templos fabulosos (como Angkor (en la hoy Camboya) pirámides, pagodas, catedrales y todo cuanto más ostentoso, fueron construyendo, aunque entre medias, se les muriesen de hambre, los que con su trabajo construyeron todo; y así hemos llegado hasta esos monstruosos edificios que denominan “rascacielos” (y que no rascan nada) de tantos cientos de metros de altura y tan altísimos costos, que sólo, “los monos más ricos los pueden costear”, incluso como los hoy riquísimos jeques del desierto, han construido en sus desiertos, campos de césped tan frondosos como los que pueda haber en los países alpinos, como igualmente hasta pistas de patinaje o de esquí, aunque fuera de las mismas, se pueda cocer o freír un huevo, sólo con la calor del asfixiante sol de sus desiertos. O lo que hoy hacen las denominadas grandes potencias, regidas igualmente por monos humanos, y que dedican enormes recursos, para ir a dominar planetas en el espacio, pretendiendo incluso “sembrar o plantar tomates al costo que sea”, mientras aquí en “el planeta de los monos humanos” (Lo que me recuerda la famosa película, “el planeta de  los simios” y la que se puede interpretar como premonición o profecía) media humanidad, aún no tiene ni agua potable para sus imprescindibles y mínimas necesidades de aseo, sanidad, limpieza y alimentación. Aquí una parte de los poderosos monos humanos, hasta planifican un nuevo canal que comunique el mar Caribe ccon el más grande de los océanos; y tantas y tantas cosas más, que analizando todo y buscando lógicas “humanas”, tienes que echarte a reír puesto que ya para llorar, tus ojos no tienen fuerza ni para soltar una sólo lágrima, puesto que se secaron ya totalmente.

                                Todos los monos que han llegado a manejar este miserable planeta, han olvidado o no quieren saber, que en el Universo, todo nace para morir y que hasta mueren las galaxias, según nos aseguran los entendidos.

                                Y todo ello me llama a reflexionar y por cuantas ruinas hoy hay y yo he visto, pienso en las que desaparecieron y en las que desaparecerán, como por ejemplo hoy solo queda “una maravilla”, de las siete u ocho catalogadas del mundo antiguo de nuestra civilización, occidental, y que son las pirámides de Egipto, pero que hoy en visión cercana, no son otra cosa que montones de piedras, ya carcomidas por los elementos y que terminarán desapareciendo como otros cientos o miles de más pequeñas ya ha desaparecido y sus restos está dispersos o bajo las arenas del desierto.

                                Termino viendo con la imaginación, esas obras que los vagabundos de playa, hacen con las arenas de la misma y que sorprenden por su belleza, pero que esos vagabundos las emplean para pedir elegantemente una limosna par sobrevivir en este perro mundo; o las otras de hielo que en China hacen cada año, o algún país nórdico y europeo, que ha logrado “un hotel de hielo, que se derretirá al llegar la primavera, pero que por lo visto e rentable, por cuanto no le faltan los monos adinerados, que quieran vivir la aventura de los esquimales en sus iglús de hielo.

                                Y al final de yo terminar esa “película o sueños a que mi cerebro me ha llevado” y quedo perplejo pensando… ¿Qué somos, por qué somos y para qué somos, esta incomprensible plaga de bichos humanos, que vinimos a nacer aquí? Nada de lo que he visto, leído e imaginado me responde para que me satisfaga; pero eso sí, quedo tranquilo, muy tranquilo, puesto que yo simplemente soy cuasi inexistente efecto que procede de una inconmensurable Causa, de la que no sabemos nada, absolutamente nada.

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes