Las Noticias de hoy 11 Enero 2021

Enviado por adminideas el Lun, 11/01/2021 - 12:53

IMÁGENES SOBRE LA VIDA ® Frases de la vida y reflexiones

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 11 de enero de 2021       

Indice:

ROME REPORTS

El Papa: el mundo necesita unidad y hermandad para superar la crisis

Ángelus. Nuestra vida está marcada por la misericordia de Dios

EE.UU., Francisco: no a la violencia, es hora de remediarla

Hacia la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

LLAMADA DE LOS PRIMEROS DISCÍPULOS: Francisco Fernandez Carbajal

“Te ha de urgir la caridad de Cristo”: San Josemaria

Fuerzas invisibles: los ángeles, el demonio y el infierno: Santiago Sanz

Tiempo ordinario: el domingo, día del Señor y alegría de los cristianos: Carlos Ayxelà

Las manifestaciones dualistas y el ser humano: encuentra.com

El comienzo de la vida humana

Los actos humanos: Ricardo Sada y Alfonso Monroy

Einstein y los Reyes Magos: Ernesto Juliá

La herencia física y espiritual de la familia: Acción Familia

Aborto lícito: Ángel Cabrero Ugarte

Valoración bioética de la sedación hasta la muerte en pacientes con ELA: Germán Cerdá e Ignacio Ventura

El hecho de ser mujer: Domingo Martínez Madrid

Los grupos de aborto que respaldaron a Biden : Xus D Madrid

​ La batalla en defensa de la vida : Jesús Martínez Madrid

¿Normal integración?: Suso do Madrid

Pensamientos y reflexiones 283: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

El Papa: el mundo necesita unidad y hermandad para superar la crisis

Entrevista del Papa con el canal italiano Tg5, difundida la noche del 10 de enero: desde la pandemia a la defensa de la vida y los débiles, y el valor de la unidad en la política y la Iglesia, Francisco se detiene en los grandes temas de actualidad al comienzo del nuevo año e invita a todos a vacunarse y a redescubrir el valor de la fe como un don de Dios.

 Vatican News

Redescubrirnos más unidos, más cercanos a los que sufren, sentirnos como hermanos para superar juntos la crisis mundial causada por la pandemia. Al principio de la entrevista con Tg5, Francisco reiteró que "uno nunca sale de una crisis igual que antes, nunca. Salimos mejor o salimos peor". Para el Papa, "hay que hacer la revisión de todo. Los grandes valores siempre están ahí en la vida, pero los grandes valores deben ser traducidos a la vida del momento". A continuación, enumera una serie de situaciones dramáticas, desde los niños que sufren de hambre y no pueden ir a la escuela hasta las guerras que trastornan muchas zonas del planeta. "Las estadísticas de las Naciones Unidas", subraya, "son aterradoras en esto. Advierte que, si salimos de la crisis "sin ver estas cosas, la salida será otra derrota". Y será peor. Veamos sólo estos dos problemas: los niños y las guerras".

La vacunación es una acción ética, no una opción

El Papa responde entonces a una pregunta del periodista Fabio Marchese Ragona sobre las vacunas. "Yo - afirma - creo que éticamente todos deben tomar la vacuna. No es una opción, es una acción ética. Porque juegas con tu salud, juegas con tu vida, pero también juegas con la vida de los demás. Y explica que en los próximos días las vacunas comenzarán en el Vaticano y él también ha hecho una "reservación" para esto. "Sí, debe hacerse", repite, "si los médicos lo presentan como algo que puede ir bien y que no tiene peligros especiales, ¿por qué no tomarlo? Hay una negación suicida en esto que no puedo explicar". Para el Pontífice, este es el momento de "pensar en el nosotros y borrar el yo por un período de tiempo, ponerlo entre paréntesis. O nos salvamos todos con el "nosotros" o nadie se salva". Sobre esto habla largamente ofreciendo su reflexión sobre el tema que le es tan querido de la fraternidad. "Este - observa - es el desafío: hacerme cercano al otro, cercano a la situación, cercano a los problemas, hacerme cercano a la gente". El enemigo de la cercanía es "la cultura de la indiferencia"... Se habla, señala, "de una saludable indiferencia ante los problemas, pero la indiferencia no es saludable. La cultura de la indiferencia destruye, porque me distancia".

Es el "tiempo del nosotros" para superar la crisis

"La indiferencia nos mata, porque nos distancia. En cambio, la palabra clave para pensar en las formas de salir de la crisis es la palabra "cercanía". Si no hay unidad, no hay cercanía, advierte el Papa, "se pueden crear tensiones sociales incluso dentro de los Estados". Así, habla de la "clase dirigente" en la Iglesia como en la vida política. En este momento de crisis, exhortó, "toda la clase dirigente no tiene derecho a decir yo... debe decir nosotros y buscar la unidad frente a la crisis". En este momento, reafirma con fuerza, "un político, un pastor, un cristiano, un católico, incluso un obispo, un sacerdote, que no tiene la capacidad de decir nosotros en lugar de yo, es porque no está a la altura de la situación". Y añade que "los conflictos en la vida son necesarios, pero en este momento deben dar lugar a unas vacaciones", dar lugar a la unidad "del país, de la Iglesia, de la sociedad".

El aborto es un asunto humano antes que religioso

Francisco señaló que la crisis causada por la pandemia ha exacerbado aún más la "cultura del descarte" de los más débiles, ya sean pobres, migrantes o ancianos. Se centra especialmente en el drama del aborto que descarta a los niños no deseados. "El problema del aborto", advierte, "no es un problema religioso, es un problema humano, pre-religioso, es un problema de ética humana" y luego religioso. "Es un problema que incluso un ateo debe resolver en su conocimiento." "¿Es correcto", pregunta el Pontífice, "acabar con una vida humana para resolver un problema, cualquier problema? ¿Es correcto contratar a un asesino a sueldo para resolver un problema?"

El Capitolio, aprendiendo de la historia: nunca la violencia

El Papa no deja de comentar los dramáticos acontecimientos en el Capitolio el pasado 6 de enero. Confesó que estaba "asombrado", considerando la disciplina del pueblo de los Estados Unidos y la madurez de su democracia. Sin embargo, señala, incluso en las realidades más maduras, siempre hay algo malo cuando hay "gente que toma un camino contra la comunidad, contra la democracia, contra el bien común". Ahora que esto ha estallado, continúa, ha sido posible "ver bien" el fenómeno y "poner el remedio". Francisco condenó la violencia: "Debemos reflexionar y comprender bien y para no repetir, aprender de la historia", estos "grupos para-regulares que no están bien insertados en la sociedad, tarde o temprano realizarán estas situaciones de violencia".

La fe, un regalo para pedirle al Señor

El Papa finalmente responde cómo él personalmente está experimentando las restricciones debido a la pandemia. Confiesa que se siente "enjaulado", se detiene en los viajes, cancelados para evitar las multitudes, habla de la esperanza de visitar Irak. En este tiempo, dedica más tiempo a la oración, a hablar por teléfono y reitera lo importante que fueron para él algunos momentos, como la Statio Orbis en San Pedro el pasado 27 de marzo, "una expresión de amor a todas las personas" y que hace que uno "vea nuevas formas de ayudarse mutuamente". Así, ofrece una reflexión sobre la fe en el Señor, la cual - dice - es ante todo "un regalo". "Para mí", dice, "la fe es un regalo, ni tú, ni yo, ni nadie puede tener fe por su propia fuerza: es un regalo que el Señor te da", que no se puede comprar. Retomando entonces un pasaje del Deuteronomio, el Papa Francisco exhorta a invocar la "cercanía de Dios". Esta cercanía "en la fe es un regalo que debemos pedir". La entrevista concluye con la esperanza de que en 2021 "no haya desperdicio, que no haya actitudes egoístas" y que la unidad pueda prevalecer sobre el conflicto.

 

Ángelus. Nuestra vida está marcada por la misericordia de Dios

Este 10 de enero, día de la solemnidad del Bautismo del Señor, el Papa Francisco participó en el rezo del Ángelus. Jesús, “baja al río para sumergirse en nuestra misma condición”, afirmó.

Ciudad del vaticano

El Papa Francisco comenzó su alocución mostrando cómo la liturgia nos lleva desde el nacimiento de Jesús, la visita de los Magos hasta la orilla del río Jordán, donde encontramos a Jesús como adulto. “La Liturgia nos hace realizar un salto de unos treinta años, treinta años de los que sabemos una cosa: fueron años de vida escondida, que Jesús pasó en familia, obedeciendo a los padres, estudiando y trabajando”.

Vida escondida

El Papa afirma: “Impresiona que el Señor haya pasado así la mayor parte del tiempo en la Tierra, viviendo la vida de todos los días, sin aparecer. Es un bonito mensaje para nosotros: nos revela la grandeza de lo cotidiano, la importancia a los ojos de Dios de cada gesto y momento de la vida, también el más sencillo y escondido”.

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Ángelus del 10 de enero de 2021

El paso a la vida pública

La vida pública de Jesús, subraya el Papa, comienza con el bautismo en el río Jordán. Quizá la primera pregunta es ¿Por qué Jesús se hace bautizar? Francisco responde: “Realmente Jesús no lo necesitaba. De hecho, Juan Bautista trata de oponerse, pero Jesús insiste. ¿Por qué? Porque quiere estar con los pecadores: por eso se pone a la fila con ellos y cumple su mismo gesto. Y lo hace con la actitud del pueblo, con su actitud, que como dice un himno litúrgico: ‘se acercó desnudo el alma y desnudo los pies’.  El alma desnuda, es decir, sin cubrir nada, tan pecaminosa. Este es el gesto que Jesús hace y desciende Baja al río para sumergirse en nuestra misma condición”.

“En el primer día de su ministerio, afirma el Papa, Jesús nos ofrece así su “manifiesto programático”. Nos dice que no nos salva desde lo alto, con una decisión soberana o un acto de fuerza, sino viniendo a nuestro encuentro y tomando consigo nuestros pecados. Es así como Dios vence el mal del mundo: bajando y haciéndose cargo”.

Francisco prosiguió: “Es así como Dios vence el mal del mundo: bajando y haciéndose cargo. Es también la forma en la que nosotros podemos levantar a los otros: no juzgando, no insinuando qué hacer, sino haciéndonos cercanos, com-padeciendo, compartiendo el amor de Dios. La cercanía es el estilo de Dios hacia nosotros; Él mismo se lo dijo a Moisés. Piensa: ¿qué gente tiene a sus dioses tan cerca como tú me tienes a mí? La cercanía es el estilo de Dios hacia nosotros”

El rostro de Dios es misericordia

El Obispo de Roma llama la atención sobre lo que sucede en el Jordán: “Después de este gesto de compasión de Jesús, sucede algo extraordinario, los cielos se abren y se desvela finalmente la Trinidad. El Espíritu Santo desciende en forma de paloma (cfr Mc 1,10) y el Padre dice a Jesús: «Tú eres mi Hijo muy querido» (v. 11). Dios se manifiesta cuando aparece la misericordia, porque ese es su rostro”.

En este contexto, Jesús es proclamado Hijo, subraya Francisco: Jesús se hace siervo de los pecadores y es proclamado Hijo; baja sobre nosotros y el Espíritu desciende sobre Él. Amor llama amor. Vale también para nosotros: en cada gesto de servicio, en cada obra de misericordia que realizamos Dios se manifiesta y fija su mirada en el mundo.

“Pero incluso antes de hacer algo, insiste el Papa, nuestras vidas están marcadas por la misericordia que nos ha llegado. Estamos salvados, pero de forma gratuita. La salvación es gratis. Es el libre acto de misericordia de Dios hacia nosotros. Sacramentalmente esto se hace el día de nuestro Bautismo, pero incluso los que no están bautizados siempre reciben la misericordia de Dios, porque Dios está ahí, esperando. Espera a que se abran las puertas de los corazones. Se acerca, diría, nos acaricia con su misericordia”.

EE.UU., Francisco: no a la violencia, es hora de remediarla

El Papa comenta el asalto al Congreso de los EE.UU. en previsión de una entrevista con el Canal 5, que se emitirá mañana por la tarde. Para entender "y no repetir", dice, debemos "aprender de la historia". También habla de la elección ética de vacunarse y espera que todos lo hagan.

Vatican News

(Actualización 10 de enero)

Los eventos en el Capitolio también le sorprendieron, aunque ninguna sociedad en el fondo puede considerarse inmune a los impulsos subversivos dentro de sí misma. Durante una entrevista con Canal 5 Francisco habló de lo que pasó el 6 de enero, cuando los manifestantes pro-Trump irrumpieron en el Congreso de los Estados Unidos.

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"Me sorprendió porque es un pueblo tan disciplinado en la democracia", es el comentario del Papa en la anticipación de la entrevista que el canal Mediaset emitirá mañana por la noche. Sin embargo, Francisco señala que incluso "en las realidades más maduras siempre hay algo que no funciona", hay gente "que toma un camino contra la comunidad, contra la democracia, contra el bien común".

La violencia es ciertamente condenable, continúa el Papa, "debe condenarse - dice - este movimiento así, sin importar el pueblo". Ningún pueblo, continúa, "puede presumir de no tener un día, un caso de violencia" y por lo tanto se trata de "comprender bien para no repetir, y aprender de la historia". En cualquier caso, concluye Francisco, la comprensión es fundamental "porque así se puede poner un remedio".

Durante la entrevista, Francisco también habló de la elección ética de vacunarse contra el coronavirus que desencadenó la pandemia, con la esperanza de que todos lo hagan por respeto a la vida y la salud de los demás. El Papa también anunció que se ha reservado el suero para las vacunas que se administrarán en las próximas semanas.

Hacia la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

Para el pastor Odair Pedroso Mateus, Secretario general adjunto interino del Consejo Mundial de Iglesias (CMI) y Director de la Comisión Fe y Constitución, el próximo encuentro ecuménico, en el ámbito de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos tendrá que ajustarse este año a la emergencia sanitaria causada por el coronavirus

Vatican News

El camino de oración trazado en el opúsculo de la "Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos", que se celebrará del 18 al 25 de enero, "puede ayudarnos a permanecer unidos como comunidad, incluso en este momento en que estamos obligados a respetar las reglas de la distancia física para proteger a los más débiles".

Rezar en comunión estrecha con nuestros hermanos

Así lo manifiesta el pastor Odair Pedroso Mateus, Secretario general adjunto interino del Consejo Mundial de la Iglesias (CMI) y Director de la Comisión Fe y Constitución, sobre el próximo encuentro ecuménico, que este año tendrá que ajustarse a la emergencia sanitaria del coronavirus. Según el pastor:

“La oración implica a menudo una especie de aislamiento personal, para centrar nuestras mentes y corazones en el amor de Cristo (…). Sin embargo, cuando rezamos por la unidad, entramos en una comunión más estrecha con nuestros hermanos y hermanas en Cristo”

Comunidad de Grandchamp en Suiza

Organizada desde 1968 por el Consejo Mundial de Iglesias y el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos de este año fue preparada por la comunidad monástica femenina de Grandchamp en Suiza. Las religiosas, que siguen la regla de Taizé, eligieron como tema "Permanezcan en mi amor: darán mucho fruto (Cfr. Jn 15, 5-9)" para expresar la vocación a la oración, a la reconciliación y a la unidad de la Iglesia y del género humano que caracteriza a la Comunidad de Grandchamp.

Itinerarios de reconciliación entre los cristianos

Hoy en día hay cincuenta mujeres consagradas en esta comunidad, que incluye a mujeres de diferentes edades y tradiciones eclesiales y de diferentes países y continentes, todas ellas comprometidas en la búsqueda de itinerarios de reconciliación entre los cristianos, dentro de la familia humana y con respeto a toda la creación.

El tema y la redacción de los textos de la Semana de Oración de este año permitieron a estas religiosas compartir la experiencia y la sabiduría de su vida contemplativa injertada en el amor del Señor y hablar del fruto de esta oración: una comunión más profunda con sus hermanos y hermanas en Cristo y una mayor solidaridad con toda la creación.

"No siempre es fácil permanecer en Cristo, permanecer en su amor", dice la Hermana Anne-Emmanuelle Guy, de la Comunidad Grandchamp. Y añade:

“La vida cotidiana en la comunidad me permite poner a prueba mi amor por los demás y por Dios. De hecho, ¿cómo puedo decir que amo a Dios si no amo a mi hermana, mi hermano, que vive a mi lado?”

Modalidades del nuevo año

Este año, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos se llevará a cabo bajo las reglas anti-Covid. Si bien la pandemia sigue extendiéndose por todo el mundo, el Consejo Mundial de Iglesias informa que se están llevando a cabo los preparativos finales para uno de los mayores eventos de oración del mundo que reúne a comunidades cristianas de muchas tradiciones en los cinco continentes. Y aunque las preocupaciones por la salud pública limitarán las reuniones, el evento ecuménico seguirá ofreciendo a las Iglesias la oportunidad de reunirse en torno a la oración.

Breve historia

La propuesta de celebrar la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos del 18 al 25 de enero se remonta a 1908 y fue del Padre Paul Wattson. La razón de esta fecha obedece al hecho de incluirla entre la fiesta de la Cátedra de San Pedro y la de la Conversión de San Pablo.

En el hemisferio sur, donde el mes de enero suele ser período de vacaciones, las Iglesias lo celebran en otras fechas, como por ejemplo en tiempo de Pentecostés (tal como lo sugiere el movimiento Fe y Constitución de 1926). Un período igualmente simbólico para la unidad de la Iglesia.

 

 

LLAMADA DE LOS PRIMEROS DISCÍPULOS

— El Señor llama a los discípulos en medio de su trabajo. A nosotros nos llama también en nuestros quehaceres, y nos deja en ellos para que los santifiquemos y le demos a conocer.

— La santificación del trabajo. El ejemplo de Cristo.

— Trabajo y oración.

I. Después del Bautismo, con el que inaugura su ministerio público, Jesús busca a aquellos a quienes hará partícipes de su misión salvífica. Y los encuentra en su trabajo profesional. Son hombres habituados al esfuerzo, recios, sencillos de costumbres. Al pasar junto al mar de Galilea -se lee en el Evangelio de la Misa1-, vio a Simón y a Andrés, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: Seguidme, y os haré pescadores de hombres. Y cambia la vida de estos hombres.

Los Apóstoles fueron generosos ante la llamada de Dios. Estos cuatro discípulos –Pedro, Andrés, Juan y Santiago– conocían ya al Señor2, pero es este el momento preciso en el que, respondiendo a la llamada divina, deciden seguirle del todo, sin condiciones, sin cálculos, sin reservas. Así la siguen hoy muchos en medio del mundo, con entrega total en un celibato apostólico. Desde ahora, Cristo será el centro de sus vidas, y ejercerá en sus almas una indescriptible atracción. Jesucristo los busca en medio de su tarea ordinaria, como hizo Dios con los Magos –según hemos contemplado hace pocos días–: por aquello que les podía ser más familiar, el brillo de una estrella; como llamó el Ángel a los pastores de Belén, mientras cumplen con su deber de guardar el ganado, para que fueran a adorar al Niño Dios y acompañaran aquella noche a María y a José...

En medio de nuestro trabajo, de nuestros quehaceres, nos invita Jesús a seguirle, para ponerle en el centro de la propia existencia, para servirle en la tarea de evangelizar el mundo. «Dios nos saca de las tinieblas de nuestra ignorancia, de nuestro caminar incierto entre las incidencias de la historia, y nos llama con voz fuerte, como un día lo hizo con Pedro y con Andrés: Venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum (Mt 4, 19), seguidme y yo os haré pescadores de hombres, cualquiera que sea el puesto que en el mundo ocupemos»3. Nos elige y nos deja –a la mayor parte de los cristianos, los laicos– allí donde estamos: en la familia, en el mismo trabajo, en la asociación cultural o deportiva a la que pertenecemos... para que en ese lugar y en ese ambiente le amemos y le demos a conocer a través de los vínculos familiares, o de las relaciones de trabajo, de amistad...

Desde el momento en que nos decidimos a poner a Cristo como centro de nuestra vida, todo cuanto hacemos queda afectado por esa decisión. Debemos preguntarnos si somos consecuentes ante lo que significa que el trabajo se convierta en el lugar para crecer en esa amistad con Jesucristo, mediante el desarrollo de las virtudes humanas y de las sobrenaturales.

II. El Señor nos busca y nos envía a nuestro ambiente y a nuestra profesión. Pero quiere que ese trabajo sea ya diferente. «Me escribes en la cocina, junto al fogón. Está comenzando la tarde. Hace frío. A tu lado, tu hermana pequeña –la última que ha descubierto la locura divina de vivir a fondo su vocación cristiana– pela patatas. Aparentemente –piensas– su labor es igual que antes. Sin embargo, ¡hay tanta diferencia!

»—Es verdad: antes “solo” pelaba patatas; ahora, se está santificando pelando patatas»4.

Para santificarnos con los quehaceres del hogar, con las gasas y las pinzas del hospital (¡con esa sonrisa habitual ante los enfermos!), en la oficina, en la cátedra, conduciendo un tractor o delante de las mulas, limpiando la casa o pelando patatas..., nuestro trabajo debe asemejarse al de Cristo, a quien hemos contemplado en el taller de José hace unos días, y al trabajo de los apóstoles, a quienes hoy, en el Evangelio de la Misa, vemos pescando. Debemos fijar nuestra atención en el Hijo de Dios hecho Hombre mientras trabaja, y preguntarnos muchas veces: ¿qué haría Jesús en mi lugar?, ¿cómo realizaría mi tarea? El Evangelio nos dice que todo lo hizo bien5, con perfección humana, sin chapuzas; y eso significa hacer el trabajo con espíritu de servicio a sus vecinos, con orden, con serenidad, con intensidad; entregaría los encargos en el plazo convenido, remataría su trabajo artesano con amor, pensando en la alegría de los clientes al recibir un trabajo sencillo, pero perfecto; se fatigaría... También realizó Jesús su quehacer con plena eficacia sobrenatural, pues a la vez, con ese mismo trabajo, estaba realizando la redención de la humanidad, unido a su Padre con amor y por amor, unido a los hombres también por amor a ellos6, y lo que se hace por amor, compromete.

Ningún cristiano puede pensar que, aunque su trabajo sea aparentemente de poca importancia –o así lo juzguen con ligereza algunos, con sus comentarios superficiales–, puede realizarlo de cualquier modo, con dejadez, sin cuidado y sin perfección. Ese trabajo lo ve Dios y tiene una importancia que nosotros no podemos sospechar. «Me has preguntado qué puedes ofrecer al Señor. —No necesito pensar mi respuesta: lo mismo de siempre, pero mejor acabado, con un remate de amor, que te lleve a pensar más en Él y menos en ti»7.

III. Para un cristiano que vive cara a Dios, el trabajo debe ser oración –pues sería una gran pena que «solo» pele patatas, en vez de santificarse mientras las pela bien–, una forma de estar a lo largo del día con el Señor, y una gran oportunidad de ejercitarse en las virtudes, sin las cuales no podría alcanzar la santidad a la que ha sido llamado; es, a la vez, un eficaz medio de apostolado.

Oración es conversar con el Señor, elevar el alma y el corazón hasta Él para alabarle, darle gracias, desagraviarle, pedirle nuevas ayudas. Esto se puede llevar a cabo por medio de pensamientos, de palabras, de afectos: es la llamada oración mental y la oración vocal; pero también se puede hacer por medio de acciones capaces de transmitir a Dios lo mucho que queremos amarle y lo mucho que lo necesitamos. Así pues, oración es también todo trabajo bien acabado y realizado con visión sobrenatural8, es decir, con la conciencia de estar colaborando con Dios en la perfección de las cosas creadas y de estar impregnando todas ellas con el amor de Cristo, completando así su obra redentora, cumplida no solo en el Calvario, sino también en el taller de Nazaret.

El cristiano que está unido a Cristo por la gracia convierte sus obras rectas en oración; por eso es tan importante la devoción del ofrecimiento de obras por las mañanas, al levantarnos, en la que, con pocas palabras, le decimos al Señor que toda la jornada es para Él; renovarlo luego algunas veces durante el día, y principalmente en la Santa Misa, es de gran importancia para la vida interior. Pero el valor de esta oración que es el trabajo del cristiano dependerá del amor que se ponga al realizarlo, de la rectitud de intención, del ejercicio de la caridad, del esfuerzo para acabarlo con competencia profesional. Cuanto más actualicemos la intención de convertirlo en instrumento de redención, mejor lo realizaremos humanamente, y más ayuda estaremos prestando a toda la Iglesia. Por la naturaleza de algunos trabajos, que exijan una gran concentración de la atención, no será fácil tener la mente con frecuencia en Dios; pero, si nos hemos acostumbrado a tratarle, buscándole de modo esforzado, Él estará como «una música de fondo» de todo lo que hacemos. Desempeñando así nuestras tareas, trabajo y vida interior no se interrumpirán, «como el latir del corazón no interrumpe la atención a nuestras actividades de cualquier tipo que sean»9. Por el contrario, trabajo y oración se complementan, como se enlazan con armonía las voces y los instrumentos. El trabajo no solo no entorpece la vida de oración, sino que se convierte en su vehículo. Se cumple entonces lo que le pedimos en esa hermosa oración10 al Señor: Actiones nostras, quaesumus, Domine, aspirando praeveni et adiuvando prosequere: ut cuncta nostra oratio et operatio a te semper incipiat, et per te coepta finiatur: que todo nuestro día, nuestra oración y nuestro trabajo, tomen su fuerza y empiecen siempre en Ti, Señor, y que todo lo que hemos comenzado por Ti llegue a su fin11.

Si Jesucristo, a quien hemos constituido en centro de nuestra existencia, está en el trasfondo de todo lo que realizamos, nos resultará cada vez más natural aprovechar las pausas que hay en toda labor para que esa «música de fondo» se transforme en auténtica canción. Al cambiar de actividad, al permanecer con el coche parado ante la luz roja de un semáforo, al acabar un tema de estudio, mientras se consigue una comunicación telefónica, al colocar las herramientas en su sitio..., vendrá esa jaculatoria, esa mirada a una imagen de Nuestra Señora o al Crucifijo, una petición sin palabras al Ángel Custodio, que nos reconfortan por dentro y nos ayudan a seguir en nuestro quehacer.

Como el amor sabe encontrar recursos, es ingenioso, sabremos poner algunas «industrias humanas», algunos recordatorios, que nos ayuden a no olvidarnos de que a través de lo humano hemos de ir a Dios. «Pon en tu mesa de trabajo, en la habitación, en tu cartera..., una imagen de Nuestra Señora, y dirígele la mirada al comenzar tu tarea, mientras la realizas y al terminarla. Ella te alcanzará –¡te lo aseguro!– la fuerza para hacer, de tu ocupación, un diálogo amoroso con Dios»12.

1 Mc 1, 14-20. — 2 Cfr. Jn 1, 35-42. — 3 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, Rialp, 1ª ed., Madrid 1973, 45. — 4 ídem, Surco, Rialp, 3ª ed., Madrid 1986, n. 498. — 5 Mc 7, 37. — 6 Cfr. J. L. Illanes, La santificación del trabajo, Palabra, 5ª ed., Madrid 1974, p. 77 ss. — 7 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 495. — 8 Cfr. R. Gómez Pérez, La fe y los días, Palabra, 3ª ed., Madrid 1973, pp. 107-110. — 9 San Josemaría Escrivá, Carta 15-X-1948. — 10 Enchiridion Indulgentiarum, Políglota Vaticana, Roma 1968, n. 1. — 11 Cfr. S. Canals, Ascética meditada, Rialp, 15ª ed., Madrid 1981, p. 142. — 12 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 531.

 

 

“Te ha de urgir la caridad de Cristo”

Necesitas vida interior y formación doctrinal. ¡Exígete! –Tú –caballero cristiano, mujer cristiana– has de ser sal de la tierra y luz del mundo, porque estás obligado a dar ejemplo con una santa desvergüenza.

11 de enero

–Te ha de urgir la caridad de Cristo y, al sentirte y saberte otro Cristo desde el momento en que le has dicho que le sigues, no te separarás de tus iguales –tus parientes, tus amigos, tus colegas–, lo mismo que no se separa la sal del alimento que condimenta. Tu vida interior y tu formación comprenden la piedad y el criterio que ha de tener un hijo de Dios, para sazonarlo todo con su presencia activa. Pide al Señor que siempre seas ese buen condimento en la vida de los demás. (Forja, 450)

Un cristiano no puede detenerse sólo en problemas personales, ya que ha de vivir de cara a la Iglesia universal, pensando en al salvación de todas las almas.

De este modo, hasta esas facetas que podrían considerarse más privadas e íntimas –la preocupación por el propio mejoramiento interior– no son en realidad personales: puesto que la santificación forma una sola cosa con el apostolado. Nos hemos de esforzar, por tanto, en nuestra vida interior y en el desarrollo de las virtudes cristianas, pensando en el bien de toda la Iglesia, ya que no podríamos hacer el bien y dar a conocer a Cristo, si en nosotros no hubiera un empeño sincero por hacer realidad práctica las enseñanzas del Evangelio.

Impregnados de este espíritu, nuestros rezos, aun cuando comiencen por temas y propósitos en apariencia personales, acaban siempre discurriendo por los cauces del servicio a los demás. Y si caminamos de la mano de la Virgen Santísima, Ella hará que nos sintamos hermanos de todos los hombres: porque todos somos hijos de ese Dios del que Ella es Hija, Esposa y Madre.

Los problemas de nuestros prójimos han de ser nuestros problemas. La fraternidad cristiana debe encontrarse muy metida en lo hondo del alma, de manera que ninguna persona nos sea indiferente. María, Madre de Jesús, que lo crió, lo educó y lo acompañó durante su vida terrena y que ahora está junto a El en los cielos, nos ayudará a reconocer a Jesús que pasa a nuestro lado, que se nos hace presente en las necesidades de nuestros hermanos los hombres. (Es Cristo que pasa, 145)

 

 

Fuerzas invisibles: los ángeles, el demonio y el infierno

Los ángeles aparecen como «espíritus destinados a un servicio» (Hb 1,14) que se puede resumir en dos acciones: alabar incesantemente a Dios y cuidar de los hombres, ejerciendo así una participación en la providencia salvífica de Dios.

LA LUZ DE LA FE08/10/2019

Hoy en día nos vemos fácilmente inducidos a pensar que solo existe lo que cae bajo nuestra experiencia, que el mundo verdaderamente real está constituido por lo que se ve y se toca, ya sea directamente o bien virtualmente a través de la pantalla de un dispositivo. A la vez, nos damos cuenta de que hay cosas que suceden en este mundo que es muy difícil que se deban únicamente a causas visibles y experimentables, dada su entidad fuera de lo común. Es decir, suceden cosas visibles y tangibles que tienen su origen en algo que ni se ve ni se toca. Y esto, tanto para lo bueno como para lo malo. En el primer caso comentamos: esto no es humano, es divino, o sea, es súper-humano, demasiado bueno para ser solamente humano (por ejemplo, un milagro); en el otro caso decimos: esto es diabólico, o sea, es demasiado malo para deberse solo y exclusivamente al poder de un individuo (por ejemplo, un asesinato brutal). En ambos casos, pensamos que sin una fuerza sobrehumana no se pueden llevar a cabo determinadas acciones.

Seres puramente espirituales

La creencia en la existencia de fuerzas invisibles ha supuesto desde antiguo un reto para la razón humana. En nuestra sociedad avanzada, cuando parece que se trata de una creencia destinada a desaparecer por su presunto carácter mítico y simbólico, misteriosamente reaparece de modos diversos en la cultura (en el cine o la literatura), e incluso en los testimonios de personas que narran hechos portentosos que atribuyen a seres que están más allá de nuestra percepción sensible (lo cual puede aplicarse tanto a la oración de intercesión como a las prácticas esotéricas o al espiritismo).

Un conocido exegeta del siglo pasado afirmaba, en su intento de desmitificar el Nuevo Testamento para hacerlo más creíble al hombre contemporáneo, que no podía encender la luz eléctrica o escuchar la radio y seguir creyendo en el mundo de los ángeles y de los demonios. ¿Qué diría si hubiera conocido internet, las redes sociales y los smartphones? El avance tecnológico, que nos permite dominar cada vez más nuestros límites espacio-temporales, ¿es algo que nos aleja o tal vez nos acerca al mundo puramente espiritual? ¿Qué dice la fe cristiana de todo esto?

EL NUEVO TESTAMENTO NOS LOS MUESTRA ACOMPAÑANDO LOS MOMENTOS MÁS IMPORTANTES DE LA VIDA DE CRISTO Y DE LA IGLESIA NACIENTE

Ante semejante cuestión, lo primero es admitir con claridad que, mientras es necesario afirmar la existencia de Dios para dar razón de la existencia del mundo, pues Él lo ha creado, no se puede decir lo mismo de otros seres, aunque sean superiores a nosotros. Basado en que solo Dios es Creador, el cristianismo ha descartado desde el principio la idea de divinidades intermedias como si Dios, que es puro espíritu, no pudiera tener ninguna relación con lo que es lejano a él, o sea, lo material.

De todos modos, aunque solo Dios es necesario, el cristianismo, que compartía elementos de otras cosmovisiones, consiguió poco a poco encontrar una explicación racional a la existencia de seres puramente espirituales. En este punto, la reflexión de Santo Tomás fue de gran ayuda, pues en la época patrística suscitó numerosas controversias. Gracias a su metafísica del ser, el Aquinate consiguió explicar que es posible que existan seres creados puramente espirituales[1]. Alguno podría pensar que esto se da ya plenamente en el alma humana, pero el hombre tiene una naturaleza que es también corpórea. Así como en la creación de Dios hay seres puramente materiales, y otros compuestos de materia y espíritu, es muy conveniente, según el principio del orden del universo y de la perfección de la misma creación, que haya seres creados puramente espirituales[2].

La mediación para llegar a Dios

En realidad, estas reflexiones tienen su punto de arranque y de llegada en la narración bíblica de la Historia de la Salvación, en la cual aparecen junto a Dios, único Señor y Creador, otros seres cuya fuerza e influjo, positivo o negativo, se hacen notar en este mundo. Los ángeles aparecen como «espíritus destinados a un servicio» (Hb 1,14), que se puede resumir simbólicamente en dos actividades: cantar y volar[3]. Ellos cantan, es decir, alaban incesantemente a Dios, constituyendo los coros celestiales a los que la liturgia de la Iglesia se une de muchos modos. Por eso no es de extrañar que, cuando se devalúa la dimensión litúrgico-sacramental de la fe, la doctrina de los ángeles quede arrinconada. Por otro lado, los ángeles vuelan, es decir, son enviados por Dios para cuidar de los hombres, ejerciendo así una participación en la providencia salvífica de Dios. Así, el Nuevo Testamento nos los muestra acompañando los momentos más importantes de la vida de Cristo y de la Iglesia naciente. De modo análogo, custodian la vida de cada persona e institución, de ahí que la tradición cristiana hable de la existencia de un ángel de la guarda[4]. La visión cristiana, pues, está caracterizada por la mediación: la grandeza del Creador se muestra precisamente en que su proyecto está pensado para cumplirse con el concurso de sus criaturas libres. Y cuanto más elevadas, serán mayormente partícipes de su gobierno sobre la creación. También nosotros experimentamos que es más fácil hacer directamente las cosas que conseguir que otros libremente las hagan, pero esto último es signo de mayor perfección, como muestra, por ejemplo, la experiencia de gobierno en una familia o en instituciones de diverso tipo.

Por todo esto se entiende que también los ángeles, como seres personales y libres, hayan tenido, por así decir, su propia historia, de la que la Biblia nos dice de modo escueto que algunos se han rebelado contra Dios para siempre[5]. En realidad, la existencia del diablo y sus secuaces, afirmada por la Iglesia desde el principio y confirmada en nuestros días en diversas ocasiones por el papa Francisco[6], constituye la cara oculta de un mensaje de esperanza: el mal que todos vemos en el mundo, y no solo el que es producido por otros, sino también el que nosotros mismos cometemos, es algo que nos supera, que en cierto sentido proviene de un principio que está más allá («no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal») y, a la vez, que no es divino y, por tanto, no es originario, no es necesario. Como es sabido, los relatos de tantas tradiciones culturales tratan de explicar el origen del bien y del mal que hay en nuestro mundo –y dentro de nosotros–, y para ello, acuden a una oposición originaria de principios contrarios. Esto significa que el mal es tan radical como el bien, que siempre ha estado, está y estará ahí, y que, en definitiva, no puede ser sanado. Esto aboca ineludiblemente a una visión desesperada del ser humano[7].

SOLO EL BIEN ES ORIGINARIO, MIENTRAS QUE LA EXISTENCIA DEL MAL ES EL RESULTADO DEL USO TORCIDO DE LA LIBERTAD DE LAS CRIATURAS

El cristianismo dice, sin embargo, que solo el bien es originario, y que la existencia del mal, que nadie puede negar, ha sido el resultado del uso torcido de la libertad de las criaturas, en primer lugar, de las angélicas. Por eso experimentamos con fuerza el poder del mal en el mundo y en la Historia, de manera que a veces parece invencible. El anuncio esperanzado cristiano es la afirmación de que Dios ha puesto un remedio, que Dios mismo ha asumido ese mal en su Hijo, encarnado y muerto en una cruz, para que todos aquellos que se unan a él puedan vencerlo, asociándose al triunfo pascual de su resurrección. Ese triunfo, tras la Ascensión de Jesucristo a los cielos, se muestra en la historia tantas veces pequeño y vulnerable, e incluso invisible, pero es real, crece misteriosamente y solo al final se mostrará con todo su esplendor. Dios mismo no deja de ofrecer manifestaciones visibles de su poder en su providencia salvífica en la historia, mediante los sacramentos, la efusión de sus múltiples gracias que actúan de modo más o menos escondido pero real en la vida de las personas, sirviéndose del concurso de los ángeles, de los santos, y de tantas personas.

Misericordia e infierno

Si Dios es tan bueno y misericordioso que toma la iniciativa para curar a sus criaturas, ¿por qué no hace lo mismo con los ángeles caídos? Parece un contrasentido hablar de sanación y sostener, como hace la Iglesia, la existencia del infierno como castigo perpetuo para los demonios y para todos aquellos hombres que mueren alejados de Dios. Parece que el infierno implica eternizar lo que precisamente la fe cristiana dice que no es eterno, sino que tiene un origen en la historia. Si el mal ha comenzado, se supone que también tendrá un término, para que al final, como dice San Pablo, «Dios sea todo en todos» (1Co 15,28). De hecho, ya desde Orígenes, no han faltado dentro de la Iglesia en épocas distintas, también en nuestros días, voces que, inspirándose en esas palabras de San Pablo, se han alzado para sugerir una reconciliación universal al final de los tiempos. Si Dios es misericordioso, ¿cómo puede permitir que haya personas que sean condenadas para siempre lejos de Él?

Sin embargo, algo dentro de nosotros nos dice que la vida de las personas, humanas o angélicas, goza de un don inestimable, que es la libertad, un don que Dios mismo ha dado y no puede quitar sin violentar la naturaleza de lo que él mismo ha creado. No puede ser que Dios no se tome en serio la libertad de sus criaturas. Y, a la vez, dentro de nosotros hay un fuerte sentido de la justicia, que clama porque el impenitente mal cometido no quede impune[8]; algo nos dice que no puede suceder que triunfe la inmoralidad, como por desgracia sucede tantas veces en la historia de nuestro mundo, donde no se hace siempre justicia, más aún, se cometen auténticas injusticias que son parte de ese mal del que venimos hablando. Si Dios es realmente Dios, omnipotente y bueno, no puede tratar del mismo modo a quien se ha comportado según el bien y a quien se ha empecinado sin arrepentimiento en cometer males terribles[9]. Esta es una convicción de las grandes tradiciones religiosas de la humanidad: que Dios es remunerador. Ciertamente el castigo tiene en esta tierra una clara finalidad medicinal, pero cuando se acaba el tiempo para entrar en la dimensión definitiva de la existencia, también acaba el tiempo del arrepentimiento, pues la decisión se ha hecho de algún modo eterna: he aquí el enorme poder de la libertad.

El cristianismo, un dualismo de libertades

En efecto, nos encontramos, a fin de cuentas, ante el misterio de la libertad, tanto de Dios como de sus criaturas. Dios ha creado libremente, sin constricciones, de modo que la existencia de las criaturas es fruto de una libre voluntad divina de amar y ser amado. Un filósofo moderno explicaba cómo precisamente la omnipotencia se manifiesta de un modo mayor en la creación de seres libres[10]. Se trata de un riesgo que Dios ha querido correr, como decía san Josemaría[11], pues la libertad de sus criaturas es real, y prueba de ello es que pueden elegir no solo no amar, sino incluso odiar a su Creador, y ello no solo por un espacio de tiempo, sino también para siempre. Por eso, Benedicto XVI hablaba de nuestra libertad como de una «omnipotencia a la inversa»[12]. El hombre es realmente dueño de su libertad, y puede decidir emplearla para el odio y la destrucción.

LA EXISTENCIA DE LOS ÁNGELES ES FRUTO DE UNA LIBRE VOLUNTAD DIVINA DE AMAR Y SER AMADO

Por eso, es verdad que el cristianismo, en cierto sentido, es un dualismo, pues sostiene que la Historia es el escenario de un drama, de una lucha entre el bien y el mal, entre la gracia y el pecado. Sin embargo, no dice que ambos poderes sean de igual categoría, sino que más bien uno de ellos permite la existencia del otro sin aniquilarlo. Se trata, como dice Ratzinger, de un dualismo de libertades o existencial, pero de ningún modo de un dualismo ontológico[13]. Solo el bien es originario.

Comenzábamos afirmando que para muchos solo existe lo que se experimenta por medio de los sentidos. También sugeríamos que quizá nuestros avances tecnológicos expresen de alguna manera un acercamiento a una condición de vida que supera los límites espacio-temporales de nuestra condición en este mundo. Como hemos tratado de mostrar, la existencia de fuerzas invisibles nos lleva a considerar que, en virtud de nuestra espiritualidad, que incluye el gran don de la libertad, no estamos necesariamente abocados al mundo de una experiencia visible pero caduca, sino que poseemos un ser abierto a un mundo asimismo real pero más amplio, el mundo de la esperanza. Esta realidad se manifiesta a los ojos de la fe, entremezclada con este mundo, donde bien y mal conviven y crecen juntos –como el trigo y la cizaña de la parábola de Jesús (cfr. Mt 13,24-30)– y que se manifestará plenamente al final de la Historia, cuando llegue el tiempo de la siega y el Señor del mundo juzgue con misericordia a sus criaturas libres.

Santiago Sanz


Lecturas recomendadas

E. Peterson, El libro de los ángeles, Rialp, Madrid 1957.

San Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, Palabra, Madrid 1990, pp. 157-170.

Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 30-X-2007.

S.-T. Bonino, Angels and Demons. A Catholic Introduction, The Catholic University of America Press, Washington D.C. 2016.


[1] «Aun cuando en el ángel no haya composición de forma y de materia, sin embargo, sí se da en él el acto y la potencia. Esto resulta evidente si partimos del análisis de las cosas materiales, en las cuales se encuentra una doble composición. La primera, la de la materia y la forma, a partir de las cuales se constituye alguna naturaleza, y la naturaleza compuesta de esta forma no es su propio ser, sino que el ser es su acto. Por eso, la misma naturaleza se relaciona con su ser como la potencia con el acto. Por lo tanto, suprimida la materia, y suponiendo que la forma subsista sin materia, todavía permanece la relación de la forma con su mismo ser, tal como la potencia se relaciona con el acto. Este tipo de composición es el que hay que entender en los ángeles […]. En Dios, sin embargo, el ser y aquello por lo que es no son cosas distintas, como quedó demostrado. Por lo tanto, sólo Dios es acto puro» (Santo Tomás de Aquino, STh, I, q. 50, a.2, ad 3).

[2] Cfr. Santo Tomás de Aquino, STh, I, q. 50, a. 1; q. 51, a. 1.

[3] Estas expresiones se encuentran en J. Ratzinger, Allgemeine Schöpfungslehre, Regensburg 1976, pp. 61-64.

[4] «Nadie podrá negar que cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida» (San Basilio, Contra Eunomio, 3,1).

[5] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 391-392.

[6] «No aceptaremos la existencia del diablo si nos empeñamos en mirar la vida solo con criterios empíricos y sin sentido sobrenatural. Precisamente, la convicción de que este poder maligno está entre nosotros, es lo que nos permite entender por qué a veces el mal tiene tanta fuerza destructiva. Es verdad que los autores bíblicos tenían un bagaje conceptual limitado para expresar algunas realidades y que en tiempos de Jesús se podía confundir, por ejemplo, una epilepsia con la posesión del demonio. Sin embargo, eso no debe llevarnos a simplificar tanto la realidad diciendo que todos los casos narrados en los evangelios eran enfermedades psíquicas y que en definitiva el demonio no existe o no actúa. Su presencia está en la primera página de las Escrituras, que acaban con la victoria de Dios sobre el demonio (cfr. Papa Francisco, Homilía, 11-X-2013). De hecho, cuando Jesús nos dejó el Padrenuestro quiso que termináramos pidiendo al Padre que nos libere del Malo. La expresión utilizada allí no se refiere al mal en abstracto y su traducción más precisa es “el Malo”. Indica un ser personal que nos acosa. Jesús nos enseñó a pedir cotidianamente esa liberación para que su poder no nos domine» (Papa Francisco, Exhort. Ap., Gaudete et exsultate, 19-III-2018, n. 160).

[7] Cfr. Benedicto XVI, Audiencia general, 3-XII-2008.

[8] «Hay algo en la misma conciencia moral del hombre que reacciona ante la pérdida de una tal perspectiva: ¿El Dios que es Amor no es también Justicia definitiva? ¿Puede Él admitir que estos terribles crímenes pueden quedar impunes? ¿La pena definitiva no es en cierto modo necesaria para obtener el equilibrio moral en la tan intrincada historia de la humanidad? ¿Un infierno no es en cierto sentido “la última tabla de salvación” para la conciencia moral del hombre?» (Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janés, Barcelona 1994, p. 194).

[9] «Puede haber personas que han destruido totalmente en sí mismas el deseo de la verdad y la disponibilidad para el amor. Personas en las que todo se ha convertido en mentira; personas que han vivido para el odio y que han pisoteado en ellas mismas el amor. Ésta es una perspectiva terrible, pero en algunos casos de nuestra propia historia podemos distinguir con horror figuras de este tipo. En semejantes individuos no habría ya nada remediable y la destrucción del bien sería irrevocable: esto es lo que se indica con la palabra infierno» (Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 3-X-2007, n. 46).

[10] Cfr. S. Kierkegaard, Diario, vol. 1, VII A 181 (edición de C. Fabro, Morcelliana, Brescia 1962, pp. 512-513).

[11] «Dios ha querido que seamos cooperadores suyos, ha querido correr el riesgo de nuestra libertad» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 113); cfr. Ídem., «Las riquezas de la fe», en Los domingos de ABC, 2-XI-1969, pp. 4-7.

[12] Benedicto XVI, Mensaje Urbi et orbi, 25-XII-2012.

[13] Cfr. S. Sanz, Joseph Ratzinger y la doctrina de la creación. Los apuntes de Münster de 1964 (II). Algunos temas fundamentales, «Revista Española de Teología» 74 (2014), pp. 201-248 [231].

Tiempo ordinario: el domingo, día del Señor y alegría de los cristianos

"¡No tengáis miedo de dar vuestro tiempo a Cristo!". Este consejo de san Juan Pablo II se refiere principalmente al domingo, día de descanso en familia y día de adoración a Dios. Nuevo editorial de la serie sobre el año litúrgico.

AÑO LITÚRGICO16/01/2016

El domingo es un día especial de la semana. Nos saca de la rutina de las jornadas, que a veces nos pueden resultar tan parecidas. Durante el domingo podemos realizar actividades muy diversas. Sin embargo, hay algo decisivo en este día, que es un don del Señor, para poder tratarle, para celebrar con Él su resurrección, el acontecimiento que nos ha introducido en una vida nueva. San Juan Pablo II nos invitó a redescubrir el domingo como un tiempo especial para Dios: «¡No tengáis miedo de dar vuestro tiempo a Cristo! Sí, abramos nuestro tiempo a Cristo para que él lo pueda iluminar y dirigir. Él es quien conoce el secreto del tiempo y el secreto de la eternidad, y nos entrega “su día” como un don siempre nuevo de su amor»[1].

TODOS LOS DOMINGOS VAMOS A MISA, PORQUE ES PRECISAMENTE EL DÍA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR.

Con razón se puede llamar a esta jornada la «pascua de la semana»[2]: su celebración da relieve a los seis días restantes. El domingo es «el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico»[3]; de ahí la insistencia de los Romanos Pontífices en cuidar su celebración: «todos los domingos vamos a Misa, porque es precisamente el día de la resurrección del Señor. Por ello el domingo es tan importante para nosotros»[4].

Santificado por la Eucaristía

Desde el inicio del cristianismo, el domingo reviste un significado especial: «La Iglesia, por una tradición apostólica, que tiene su origen en el mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón “día del Señor” o domingo»[5]. Es un día en el que el Señor habla especialmente a su Pueblo: «Caí en éxtasis un domingo y oí detrás de mí una gran voz»[6], dice el vidente del Apocalipsis. Es una jornada en la que los cristianos se reúnen «para la fracción del pan»[7], según recoge el libro de los Hechos, refiriéndose a la comunidad de Tróade. Celebrando juntos la Eucaristía, los creyentes se unían a la Pasión salvadora de Cristo, y cumplían aquel mandato de conservar este memorial, que entregarían a las generaciones sucesivas de cristianos como un tesoro: «Ego enim accepi a Domino, quod et tradidi vobis…Yo recibí del Señor lo que también os transmití», decía san Pablo a los de Corinto: «cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga»[8].

La carta apologética de San Justino mártir al emperador romano, a mediados del siglo II, nos muestra la perspectiva amplia que el domingo fue adquiriendo en la conciencia de la Iglesia: «Nos reunimos todos el día del sol porque es el primer día, en que Dios, sacando la materia de las tinieblas, creó el mundo; ese mismo día, Jesucristo nuestro Salvador resucitó de entre los muertos»[9]. Estas dos grandes obras divinas forman como un único retablo en el que Cristo resucitado ocupa el lugar central, pues Él es el principio de la renovación de todas las cosas. Por eso, la Iglesia pide a Dios en la Vigilia pascual que «todo el mundo experimente y vea cómo lo abatido se levanta, lo viejo se renueva y vuelve a su integridad primera, por medio de nuestro Señor Jesucristo, de quien todo procede»[10].

La celebración del domingo tiene un tono festivo, porque Jesucristo ha vencido al pecado, y quiere vencer en nosotros al pecado, romper las cadenas que nos alejan de Él, que nos encierran en el egoísmo y la soledad. Así, nos unimos a la exclamación jubilosa que la Iglesia propone para este día en la Liturgia de las horas: «Hæc est dies, quam fecit Dominus: exsultemus et lætemur in ea»[11]: ¡Este es el día que hizo el Señor, exultemos y gocémonos en él! Experimentamos el gozo de sabernos, por el bautismo, miembros de Cristo, que nos une en su glorificación al Padre, presentándole nuestras peticiones, nuestra contricción, nuestro agradecimiento.

¡QUÉ HERMOSO CUADRO TENEMOS CADA DOMINGO, CUANDO EN LAS PARROQUIAS Y DISTINTOS LUGARES DE CULTO SE REÚNEN LAS FAMILIAS CRISTIANAS!

Esta alegría del encuentro con el Señor que nos salva no es individualista: la celebramos siempre unidos a toda la Iglesia. Durante la Misa del domingo reforzamos la unidad con los demás miembros de nuestra comunidad cristiana, llegando a ser «un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo»[12]. Por eso, «la asamblea dominical es un lugar privilegiado de unidad»[13], de modo especial para las familias, que «viven una de las manifestaciones más cualificadas de su identidad y de su “ministerio” de “iglesias domésticas”, cuando los padres participan con sus hijos en la única mesa de la Palabra y del Pan de vida»[14]. ¡Qué hermoso cuadro tenemos cada domingo, cuando en las parroquias y distintos lugares de culto se reúnen las familias cristianas –padre, madre, hijos, incluso los abuelos– para adorar juntos al Señor y crecer en la fe acompañados!

 

Ser más ricos de las palabras de Dios

El carácter festivo de la celebración dominical se refleja en algunos elementos litúrgicos, como la segunda lectura antes del Evangelio, la homilía, la profesión de fe, y –excepto los domingos de Adviento y Cuaresma– el Gloria. Por supuesto, en esta Misa se aconseja de modo particular el canto, que refleja el gozo de la Iglesia ante la realidad de la resurrección del Señor.

La Liturgia de la Palabra dominical posee una gran riqueza, en la que la proclamación del Evangelio es central. Así, durante el tiempo ordinario y a lo largo de tres ciclos anuales, la Iglesia nos propone una selección ordenada de pasajes evangélicos, en la que recorremos la vida del Señor. Antes, hemos recordado la historia de nuestros hermanos mayores en la fe con la primera lectura del Antiguo Testamento durante el tiempo ordinario, que está relacionada con el Evangelio, «para poner de manifiesto la unidad de ambos Testamentos»[15]. La segunda lectura, también a lo largo de tres años, recorre las cartas de San Pablo y de Santiago y nos hace comprender cómo los primeros cristianos vivían según la novedad que Jesús nos ha venido a traer.

En conjunto, la Iglesia nos ofrece como buena Madre un abundante alimento espiritual de la Palabra de Dios, que solicita de cada uno la respuesta orante durante la Misa y luego la acogida serena en la vida. «Pienso que todos podemos mejorar un poco en este aspecto –dice el Papa–: convertirnos todos en mejores oyentes de la Palabra de Dios, para ser menos ricos de nuestras palabras y más ricos de sus Palabras»[16]. Para ayudarnos a asimilar este alimento, cada domingo el sacerdote pronuncia una homilía en la que explica, a la luz del misterio pascual, el significado de las lecturas del día, especialmente del Evangelio: una escena de la vida de Jesús, su diálogo con los hombres, sus enseñanzas salvadoras. De este modo, la homilía nos conduce a participar con intensidad en la Liturgia Eucarística, y a comprender que lo que celebramos se proyecta más allá del final de la Misa, para transformar nuestra vida diaria: el trabajo, el estudio, la familia…

Más que un precepto, una necesidad cristiana

La santa Misa es una necesidad para el cristiano. ¿Cómo podríamos prescindir de ella, si, como enseña el Concilio Vaticano II, «cuantas veces se renueva sobre el altar el sacrificio de la cruz, en que “nuestra Pascua, Cristo, ha sido inmolado” (1 Cor 5, 7), se efectúa la obra de nuestra redención»[17]? «Quoties sacrificium crucis, quo “Pascha nostrum immolatus est Christus” in altari celebratur, opus nostrae redemptionis exercetur»: la eficacia santificadora de la Misa no se limita al tiempo que dura su celebración, sino que se extiende a todos nuestros pensamientos, palabras u obras, de manera que es «el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano»[18]. Comenta también san Josemaría: «Quizá, a veces, nos hemos preguntado cómo podemos corresponder a tanto amor de Dios; quizá hemos deseado ver expuesto claramente un programa de vida cristiana. La solución es fácil, y está al alcance de todos los fieles: participar amorosamente en la Santa Misa, aprender en la Misa a tratar a Dios, porque en este Sacrificio se encierra todo lo que el Señor quiere de nosotros»[19].

«SINE DOMINICO NON POSSUMUS: NOSOTROS NO PODEMOS VIVIR SIN LA CENA DEL SEÑOR», DECÍAN LOS ANTIGUOS MÁRTIRES.

«Sine Dominico non possumus: nosotros no podemos vivir sin la cena del Señor», decían los antiguos mártires de Abitinia[20]. La Iglesia ha concretado esta necesidad en el precepto de participar en la Misa los domingos y las demás fiestas de precepto[21]. De este modo, vivimos el mandamiento incluido en el Decálogo: «Acuérdate del día sábado para santificarlo. Durante seis días trabajarás y harás todas tus tareas; pero el séptimo es día de descanso en honor del Señor, tu Dios»[22]. Los cristianos llevamos a plenitud este precepto al celebrar el domingo, día de la resurrección de Jesús.

El reposo del domingo

El domingo es un día para vivir más cerca del Señor. Dirigimos la mirada a nuestro Creador, reposando del trabajo habitual, como nos enseña la Biblia: «en seis días el Señor hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, pero el séptimo día descansó. Por eso el Señor bendijo el día sábado y lo declaró santo»[23]. Aunque tener un día a la semana para descansar puede justificarse por razones meramente humanas, como un bien para la persona, la familia y toda la sociedad, no hemos de olvidar que el mandamiento divino va más allá: «El descanso divino del séptimo día no se refiere a un Dios inactivo, sino que subraya la plenitud de la realización llevada a término y expresa el descanso de Dios frente a un trabajo “bien hecho” (Gen 1, 31), salido de sus manos para dirigir al mismo una mirada llena de gozosa complacencia»[24].

La misma revelación en el Antiguo Testamento añade otro motivo de la santificación del séptimo día: «Recuerda que fuiste esclavo en Egipto, y que el Señor te hizo salir de allí con el poder de su mano y la fuerza de su brazo. Por eso el Señor, tu Dios, te manda celebrar el día sábado»[25]. Justo por eso, porque la resurrección gloriosa de Cristo es el cumplimiento perfecto de las promesas del Antiguo Testamento y con ella ha llegado a su punto culminante la historia de la salvación, iniciada con los comienzos de género humano, los primeros cristianos empezaron a celebrar el día de la semana en que resucitó Jesucristo como el día de fiesta semanal santificado en honor del Señor.

La liberación prodigiosa de los israelitas es una figura de lo que Jesucristo hace con su Iglesia a través del misterio pascual: nos libra del pecado, nos ayuda a vencer nuestras malas inclinaciones. Por eso, podemos decir que el domingo es un día especial para vivir la libertad de los hijos de Dios: una libertad que nos lleva a adorar al Padre y a vivir la fraternidad cristiana empezando por los que tenemos más próximos a nosotros.

POR MEDIO DEL DESCANSO DOMINICAL, LAS PREOCUPACIONES Y LAS TAREAS DIARIAS PUEDEN ENCONTRAR SU JUSTA DIMENSIÓN.

«Por medio del descanso dominical, las preocupaciones y las tareas diarias pueden encontrar su justa dimensión: las cosas materiales por las cuales nos inquietamos dejan paso a los valores del espíritu; las personas con las que convivimos recuperan, en el encuentro y en el diálogo más sereno, su verdadero rostro»[26]. No se trata de no hacer nada o solo actividades de ninguna utilidad; al contrario: «la institución del Día del Señor contribuye a que todos disfruten del tiempo de descanso (...) suficiente que les permita cultivar su vida familiar, cultural, social y religiosa»[27]. Especialmente es un día para dedicar a la familia el tiempo y la atención que quizá no logramos prestarles suficientemente los otros días de la semana.

En definitiva, el domingo no es el día reservado a uno mismo, para centrarse en los propios gustos e intereses. «Desde la Misa dominical surge una ola de caridad destinada a extenderse a toda la vida de los fieles, comenzando por animar el modo mismo de vivir el resto del domingo. Si éste es día de alegría, es preciso que el cristiano manifieste con sus actitudes concretas que no se puede ser feliz “solo”. Él mira a su alrededor para identificar a las personas que necesitan su solidaridad»[28]. La Misa de los domingos es una fuerza que nos mueve a salir de nosotros mismos, porque la Eucaristía es el sacramento de la caridad, del amor de Dios y del prójimo por Dios. «El domingo –decía san Josemaría– va bien alabar a la Trinidad: gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo. Yo suelo añadir: y gloria a Santa María. Y... es una cosa pueril, pero no me importa nada: también a San José»[29].

Carlos Ayxelà


[1] San Juan Pablo II, Carta Apostólica Dies Domini, 31-V-1998, n. 7.

[2] San Juan Pablo II, Carta apostólica Novo millenio ineunte, 6-I-2001, n. 35.

[3] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, n. 106.

[4] Francisco, Audiencia, 5 de febrero de 2014.

[5] Sacrosanctum Concilium, n. 106.

[6] Ap 1, 10.

[7] Hch 20, 7.

[8] 1 Cor 11,23.27

[9] Apología I, 67, 7.

[10] Misal Romano, Vigilia Pascual, oración después de la 7ª lectura.

[11] Sal 117 (118), 24.

[12] Ef 4, 4-6.

[13] Dies Domini, n. 36.

[14] Ibidem.

[15] Introducción al Leccionario de la Misa, n. 106.

[16] Francisco, Discurso, 4-X-2013.

[17] Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, n. 3.

[18] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 87.

[19] Es Cristo que pasa, n. 88.

[20] Cfr. Dies Domini n. 46.

[21] Cfr. Código de Derecho Canónico, can. 1247.

[22] Ex 20, 8-10.

[23] Ex 20, 11.

[24] Dies Domini, n. 11.

[25] Dt 5, 15.

[26] Dies Domini, n. 67.

[27] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2184.

[28] Dies Domini, n. 72.

[29] San Josemaría, Apuntes tomados en una reunión familiar, 29-V-1974.

Las manifestaciones dualistas y el ser humano

El ser humano es una realidad compleja, que se manifiesta en diversas dualidades como son el cuerpo y el alma, la voluntad y la inteligencia, la interioridad y la exterioridad, el sujeto y el objeto, el individuo y la sociedad. Sin embargo, la vida del hombre es una tarea personal a realizar, que tiene su origen tanto en la generación de los padres, tanto en la acción creadora de su alma individual por parte de Dios, convirtiéndose en co-causas de un único principio de la persona.

Las diversas ciencias al tratar sobre los seres humanos solo abarcan un aspecto de su compleja realidad que le rebasa, cada una es verdadera, pero insuficiente para explicar lo que es la persona humana a la que no se le puede reducir solo a alguno de esos aspectos, ya sea físico, emocional o espiritual.

Un ejemplo de una visión dualista del hombre es el maniqueísmo. Surgido en Oriente fuera del ámbito bíblico y originado por el dualismo mazdeísta, individuaba la fuente del mal en la materia, en el cuerpo, y proclamaba la condena de todo lo que en el hombre la corporeidad se manifiesta sobre todo a través del sexo, y extendía la condena al matrimonio y a la convivencia conyugal, además, de las esferas del ser y del actuar en las que se expresa la corporeidad.

Actualmente se tiende a tener visiones reduccionistas de la persona humana. Hay quien realza su naturaleza corporal, relegando sus facultades superiores (Inteligencia y Voluntad) a segundo término. Se da una mentalidad materialista o conductista según la cual todos los estados humanos pueden ser provocados, controlados o corregidos a través de intervenciones corporales. Como consecuencia vivimos una cultura donde se busca la comodidad, el sentimentalismo, la espontaneidad, y se evita el malestar, el compromiso, el dolor, etc. Y se da un culto al cuerpo.

Otros opinan que nos reducimos a un determinismo genético. Es cierto que la genética determina una serie de predisposiciones o factores innatos, pero no por eso estamos determinados por la genética, ya que la personalidad es producto de lo dado, de lo aprendido, de lo ganado, de lo vivido. Es decir, somos producto de una vida biográfica que posee una intimidad diferente a la de todos los demás, aunque compartamos una vida biológica semejante.

Así tenemos los que quieren reducir los estados mentales a procesos fisiológicos, aunque están íntimamente relacionados y se afectan mutuamente, el ser humano es más que químicos, también tiene problemas emocionales, que se sitúan por encima de lo puramente fisiológico.

También se da el opuesto donde se considera al cuerpo malo y algo que hay que soportar y se da primacía a lo espiritual, independiente del cuerpo, que es algo añadido. Deja la afectividad como pasión irracional, y las relaciones y experiencias personales como subjetivas y emotivas. Su consecuencia es una primacía de los sentimientos donde el amor verdadero y la entrega generosa son subjetivos. Se afirma que hay que tener la voluntad espiritual para dominar y aplastar las fuerzas inferiores de la sensibilidad, dejando al hombre sin sentimientos; que son un gran bien para la persona humana.

Sin embargo, para los cristianos, el ser humano se distingue del resto de los seres de la creación por ser un ser personal encarnado, que posee una dignidad particular por ser el único amado por Dios por sí mismo y por estar destinado a la apertura a un diálogo con su Creador y con sus iguales, a través de un don de sí. Esto es que independientemente de la naturaleza heredada por nuestros padres (cuerpo), también gozamos de un ser espiritual que Dios nos comparte voluntariamente para que seamos el cúlmen de la creación e imagen suya (alma). Estas dos realidades constituyen una unidad indivisible, donde la espiritualidad da al cuerpo su dignidad, sentido y unidad.

La doctrina cristiana es la única que explica al ser humano como una unidad funcional de cuerpo y alma. Donde el cuerpo se adecua a la condición de persona humana a través de la evolución, y que llegado el momento Dios crea a la pareja primigenia Adán y Eva, como personas humanas, desde su concepción. Creados con una conciencia e intimidad propias, que les permite distinguirse de los demás seres, auto poseerse y tener la posibilidad libre de auto donarse por amor. En la naturaleza (genética) Dios ha inscrito su voluntad sobre lo que ha de ser el hombre.

 

 

El comienzo de la vida humana

La respuesta a la pregunta ¿Cuándo comienza la vida humana? sólo la puede responder la ciencia biológica, la cual tiene una respuesta precisa y bien fundamentada: al completarse la fecundación.

Con la fusión de una célula germinal paterna, con una célula germinal materna, se inicia el proceso constituyente de un nuevo individuo: El cigoto.

El significado biológico de la fecundación es la constitución de un nuevo patrimonio genético que de origen a un ser vivo; que en los seres humanos, no es simple reproducción porque junto a la generación de los padres existe una acción creadora de Dios que confiere la condición humana. Es decir, que se construye un cuerpo de una persona humana (cuerpo y alma), única e irrepetible, querida por Dios, desde el momento de su concepción hasta su muerte y durante el transcurso de su biografía, sin importar el momento que este viviendo y las condiciones de su biología.

La persona humana se entrega al otro, diferente en su sexualidad, en forma personal y por amor, reconociendo en el otro y en si mismo una ayuda propia a su dignidad, y descubre la maravilla de la procreación humana como don de Dios a través de su entendimiento: Desde el momento de la concepción la persona humana existe con toda la información necesaria para su desarrollo en su información genética, sin que haga falta añadir nada; información que permanecerá en todas sus células hasta el día que muera. Es decir, ya es lo que será.

La fecundación es el momento en que el espermatozoide del varón se fusiona con el ovulo de la mujer, células germinales (gametos) que poseen la mitad de la información genética (células haploides) necesaria para construir un mensaje genético completo y nuevo (característico de todas las células somáticas –diploides-), que forma el cigoto o embrión unicelular, que inicia una nueva vida personal, autosuficiente e independiente, aunque requiera de ciertas circunstancias para sobrevivir, como todos las necesitamos en cada momento de nuestro desarrollo.

La dotación genética de los seres humanos es de 46 cromosomas, de los cuales uno determina el sexo, con esta dotación genética o forma comienza un proceso sostenido, ordenado, autorregulado, unitivo, dinámico, diferenciado, coordinado, adaptable y continuo, de desarrollo preprogramado por Dios en el genoma humano, desde la concepción hasta la muerte, que no se agota en la configuración de la materia, ya que es capaz de operatividad y de autoconstrucción.

El cigoto es un ser humano con el programa activado para llegar a construirse en un organismo adulto. El engendrar de los padres, o la fecundación artificial, iniciada con el mutuo reconocimiento y la mutua activación de los gametos paterno y materno, maduros y en el medio adecuado, acaba tras un delicado proceso, en la formación de una célula con un fenotipo característico, el cigoto, o individuo que inicia su ciclo vital, dotado de una organización celular que lo constituye en una realidad propia y diferente de la realidad de los gametos, o materiales biológicos de partida; es un viviente y no simplemente una célula viva.

Durante las horas siguientes, el material genético y la membrana celular se preparan mediante fusión de fragmentos de diferentes tipos de membranas del espermio y del ovulo para producir la mebrana del cigoto modificando su estructura y su composición quimica; los componentes intracelulares se reorganizan formando una estructura polar que posee los ejes que establecerán la estructura corporal: ejes cabeza-cola y dorso-ventral.

El proceso de constitución del cigoto se regula a nivel molecular por el incremento en los niveles de calcio intracelular cerca del sitio donde se ha producido la fusión del espermatozoide, lo que induce a una serie de cambios coordinados armónicamente en el espacio y en el tiempo. El proceso constituyente de un nuevo individuo conlleva: El establecimiento de polarización y asimetria en el cigoto, cambios en la dotación genética recibida y el oocito, que se encontraba detenido en metafase de la segunda división meiótica antes de la fecundación, completa la meiosis después de la fusión con el espermatozoide y elimina el segundo corpúsculo polar; y se induce la formación de los microfilamentos que partiendo del pronúcleo paterno atraen al pronúcleo materno permitiendo el acercamiento y traslado de ambos al centro de la célula, donde establecen el huso mitótico y se produce la división que da origen a la organización de la siguiente etapa: Embrión de dos células. Los dos pronúcleos son ya el núcleo que porta el patrimonio genético del hijo, dando fin a la fecundación y comienzo al desarrollo embrionario. Es ya hombre desde el principio porque, lo que lo define no es su morfología o las funciones que es capaz de realizar, sino su constitución como individuo reflejada en el nuevo genoma cuya información comienza a emitirse en el entorno propio: Célula totipotente.

La esencia humana no se identifica sólo con el genoma recibido de los padres, sino también con su ser personal recibido por Dios, que crece como persona humana por los hábitos intelectuales y las virtudes morales, por lo tanto, la persona humana, no se reduce a vida sino que es “el que vive”.

 

 

Los actos humanos

Los actos humanos son aquellos que proceden de la voluntad deliberada del hombre; es decir, los que realiza con conocimiento y libre voluntad.

ÍNDICE:

2.1 Definición del acto humano.

2.2 División del acto humano.

2.3 Elementos del acto humano.

2.3.1 La advertencia.

2.3.2 El consentimiento.

2.4 El acto voluntario indirecto.

2.5 Obstáculos al acto humano.

2.5.1 Obstáculos por parte del conocimiento: la ignorancia.

A. Noción de ignorancia.

B. División de la ignorancia.

C. Principios morales sobre la ignorancia.

D. Deber de conocer la Ley Moral.

2.5.2 Obstáculos por parte de la voluntad.

A. El miedo.

B. Las pasiones.

C. La violencia.

D. Los hábitos.

2.6 La moralidad del acto humano.

2.6.1 El objeto.

2.6.2 Las circunstancias.

A. Noción.

B. Influjo de las circunstancias en la moralidad.

2.6.3 La finalidad.

2.6.4 Determinación de la moralidad del acto humano.

2.6.5 La ilicitud de obrar sólo por placer.

2.7 La recta comprensión de la libertad.

2.1 DEFINICIÓN DEL ACTO HUMANO

Los actos humanos son aquellos que proceden de la voluntad deliberada del hombre; es decir, los que realiza con conocimiento y libre voluntad (cfr. S.Th., I-II, q.1, a.1,c.). En ellos interviene primero el entendimiento, porque no se puede querer o desear lo que no se conoce: con el entendimiento el hombre advierte el objeto y delibera si puede y debe tender a él, o no. Una vez conocido el objeto, la voluntad se inclina hacia él porque lo desea, o se aparta de él, rechazándolo.

Sólo en este caso cuando intervienen entendimiento y voluntad el hombre es dueño de sus actos, y por tanto, plenamente responsable de ellos. Y sólo en los actos humanos puede darse valoración moral.

No todos los actos que realiza el hombre son propiamente humanos, ya que como hemos señalado antes, pueden ser también:

1) Meramente naturales: los que proceden de las potencias vegetativas y sensitivas, sobre las que el hombre no tiene control voluntario alguno, y son comunes con los animales: por ejemplo, la nutrición, circulación de la sangre, respiración, la percepción visual o auditiva, el sentir dolor o placer, etc.

2) Actos del hombre: los que proceden del hombre, pero faltando ya la advertencia (locos, niños pequeños, distracción total), ya la voluntariedad (por coacción física, por ejemplo), ya ambas (por ejemplo, en el que duerme).

2.2 DIVISIÓN DEL ACTO HUMANO

Por su relación con la moralidad, el acto humano puede ser:

1) Bueno o lícito, si está conforme con la ley moral (por ejemplo, el dar limosna).

2) Malo o ilícito, si le es contrario (por ejemplo, mentir).

3) Indiferente, cuando ni le es contrario ni conforme (por ejemplo, el caminar; cfr.2.6.1).

Aunque ésta es la división más importante, interesa señalar también que, en razón de las facultades que lo perfeccionan, el acto puede ser:

a) Interno: el realizado a través de las facultades internas del hombre, entendimiento, memoria, imaginación…, por ejemplo, el recuerdo de una acción pasada, o el deseo de algo futuro.

b) Externo: cuando intervienen también los órganos y sentidos del cuerpo (por ejemplo, comer o leer).

2.3 ELEMENTOS DEL ACTO HUMANO

LA ADVERTENCIA Y EL CONSENTIMIENTO

Ya hemos dicho que el acto humano exige la intervención de las potencias racionales, inteligencia y voluntad, que determinan sus elementos constitutivos: la advertencia en la inteligencia y el consentimiento en la voluntad.

2.3.1 LA ADVERTENCIA

Por la advertencia el hombre percibe la acción que va a realizar, o que ya está realizando. Esta advertencia puede ser plena o semiplena, según se advierta la acción con toda perfección o sólo imperfectamente (por ejemplo, estando semi-dormido).

Obviamente, todo acto humano requiere necesariamente de esa advertencia, de tal modo que un hombre que actúa a tal punto distraído que no advierte de ninguna manera lo que hace, no realizaría un acto humano.

No basta, sin embargo, que el acto sea advertido para que pueda ser imputado moralmente: en este caso es necesaria, además, la advertencia de la relación que tiene el acto con la moralidad (por ejemplo, el que advierte que está comiendo carne, pero no se da cuenta que es vigilia, realiza un acto humano que, sin embargo, no es imputable moralmente).

La advertencia, pues, ha de ser doble: advertencia del acto en sí y advertencia de la moralidad del acto.

2.3.2 EL CONSENTIMIENTO

Lleva al hombre a querer realizar ese acto previamente conocido, buscando con ello un fin. Como señala Santo Tomás (S. Th, I-II, q. 6, a. 1), acto voluntario o consentido es “el que procede de un principio intrínseco con conocimiento del fin”.

Ese acto voluntario –consentido- puede ser perfecto o imperfecto -según se realice con pleno o semipleno consentimiento- y directo o indirecto. Por la importancia que tiene en la práctica, estudiaremos con más detenimiento lo que se entiende por acto voluntario indirecto y directo.

2.4 EL ACTO VOLUNTARIO INDIRECTO

El acto voluntario indirecto se da cuando al realizar una acción, además del efecto que se persigue de modo directo con ella, se sigue otro efecto adicional, que no se pretende sino sólo se tolera por venir unido al primero (por ejemplo, el militar que bombardea una ciudad enemiga, a sabiendas de que morirán muchos inocentes: quiere directamente destruir al enemigo -voluntario directo-, y tolera la muerte de inocentes -voluntario indirecto-).

Es un acto, por tanto, del que se sigue un efecto bueno y otro malo, y por eso se le llama también voluntario de doble efecto.

Es importante percatarse de que no es un acto hecho con doble fin (por ejemplo, robar al rico para darle al pobre), sino un acto del que se siguen dos efectos: doble efecto, no doble fin.

«Robin Hood» o «Chucho el Roto» realizan acciones con doble fin: el fin inmediato es robar al rico, el fin mediato es darle ese dinero a los pobres. No es una acción de doble efecto, sino una acción con un fin propio y un fin ulterior.

Hay casos en que es lícito realizar acciones en que, junto a un efecto bueno se seguirá otro malo. Para que sea lícito realizar una acción de la que se siguen dos efectos, bueno uno (voluntario directo) y malo el otro (voluntario indirecto), es necesario que se reúnan determinadas condiciones:

1. Que la acción sea buena en sí misma, o al menos indiferente.

Así, nunca es lícito realizar acciones malas (por ejemplo, mentir, jurar en falso, etc.), aunque con ellas se alcanzaran óptimos efectos, ya que el fin nunca justifica los medios, y por tanto no se puede hacer el mal para obtener un bien.

Para saber si la acción es buena o indiferente habrá que atender, como se verá más adelante, a su objeto, fin y circunstancias.

2. Que el efecto inmediato o primero que se produce sea el bueno, y el malo sea sólo su consecuencia necesaria.

Es un principio que se deriva del anterior: es necesario que el buen efecto derive directamente de la acción, y no del efecto malo (por ejemplo, no sería lícito que por salvar la fama de una muchacha se procurara el aborto, pues el efecto primero es el aborto; no sería lícito matar a un inocente para después llegar hasta donde está el culpable, porque el efecto primero es la muerte del inocente).

3. Que uno se proponga el fin bueno, es decir, el resultado del efecto bueno, y no el malo, que solamente se tolera.

Si se intentara el fin malo, aunque fuera a través del bueno, la acción sería inmoral, por la perversidad de la intención. El fin malo sólo se tolera, por ser imposible separarlo del bueno, con disgusto o desagrado.

Ni siquiera es lícito intentar los dos efectos, sino únicamente el bueno, permitiendo el malo solamente por su absoluta inseparabilidad del primero (por ejemplo, el empleado que amenazado de muerte da el dinero a los asaltantes, ha de tener como fin salvar su vida, y no que le roben al patrón). Aun teniendo los dos fines a la vez, el acto sería inmoral.

4. Que haya un motivo proporcionado para permitir el efecto malo.

Porque el efecto malo -aunque vaya junto con el bueno y se le permita sólo de modo indirecto- es siempre materialmente malo, y el pecado material -en el que no existe voluntariedad de pecar- no se puede permitir sin causa proporcionada.

No sería lícito, por ejemplo, que para conseguir un pequeño arsenal de municiones del ejército enemigo haya que arrasar a todo un pueblo: el motivo no es proporcionado al efecto malo.

2.5 OBSTÁCULOS AL ACTO HUMANO

Se trata ahora de analizar algunos factores que afectan a los actos humanos, ya impidiendo el debido conocimiento de la acción, ya la libre elección de la voluntad; es decir, las causas que de alguna manera pueden modificar el acto humano en cuanto a su voluntariedad o a su advertencia y, por tanto, en relación con su moralidad.

Algunas de esas causas afectan al elemento cognoscitivo del acto humano (la advertencia), y otras al elemento volitivo (el consentimiento).

Estos obstáculos pueden incluso llegar a hacer que un “acto humano” pase a ser tan sólo “acto del hombre” (ver 2.1).

2.5.1 OBSTÁCULO POR PARTE DEL CONOCIMIENTO:

LA IGNORANCIA

A. Noción de ignorancia Por ignorancia se entiende falta de conocimiento de una obligación.

En Teología Moral suele definirse como la falta de la debida ciencia moral en un sujeto capaz; es decir, la ausencia de un conocimiento moral que se podría y debería tener. De este modo podemos distinguirla de:

– La nesciencia, o falta de conocimientos no obligatorios (por ejemplo, de la medicina en quienes no son médicos).

– La inadvertencia, o falta de atención actual a una cosa que se conoce habitualmente.

– El olvido, o privación –actual o habitual- de un conocimiento que se tuvo anteriormente.

– El error, o juicio equivocado sobre la verdad de una cosa.

B. División de la ignorancia La ignorancia puede ser vencible o invencible.

a) Ignorancia vencible: es aquella que se podría y debería superar, si se pusiera un esfuerzo razonable (por ejemplo, consultando, estudiando, pensando, etc.). Se subdivide en:

– Simplemente vencible: si se puso algún esfuerzo para vencerla, pero insuficiente e incompleto.

– Crasa o supina: si no se hizo nada o casi nada por salir de ella y, por tanto, nace de un grave descuido en aprender las principales verdades de la fe y la moral, o los deberes propios del estado y oficio.

– Afectada: cuando no se quiere hacer nada para superarla con objeto de pecar con mayor libertad; es, pues, una ignorancia plenamente voluntaria.

b) Ignorancia invencible: es aquella que no puede ser superada por el sujeto que la padece, ya sea porque de ninguna manera la advierte (por ejemplo, el aborígen que no advierte la ilicitud de la venganza), o bien porque ha intentado en vano de salir de ella (preguntando o estudiando).

En ocasiones puede equipararse a la ignorancia invencible el olvido o la inadvertencia (por ejemplo, el que come carne en el día de vigilia sin saberlo, de manera que no la comería si supiera).

La ignorancia invencible se da sobre todo en gente ruda e incivil. En una persona con preparación humana y escolar, la ignorancia en materia de fe y moral es casi siempre vencible.

C. Principios morales sobre la ignorancia

1. La ignorancia invencible quita toda responsabilidad ante Dios, ya que es involuntaria y por tanto inculpable ante quien conoce el fondo de nuestros corazones (por ejemplo, no peca el niño pequeño que sin saber hace una cosa mala). Es fácil entender este principio moral si se considera el adagio escolástico nihil volitum nisi praecognitum (“nada es deseado si antes no es conocido” Ver Dz. 1292).

2. La ignorancia vencible es siempre culpable, en mayor o menor grado según la negligencia en averiguar la verdad. Así, es mayor la responsabilidad de una mala acción realizada con ignorancia crasa, que con simplemente vencible. Consecuentemente, puede ser pecado mortal si nace de descuidos graves.

3. La ignorancia afectada, lejos de disminuir la responsabilidad, la aumenta, por la mayor malicia que supone.

D. Deber de conocer la Ley Moral

Como ya quedó señalado, la ignorancia puede a veces eximir de culpa y, en consecuencia, de responsabilidad moral. Sin embargo, es conveniente añadir que existe el deber de conocer la ley moral, para ir adecuando a ella nuestras acciones.

Ese conocimiento no debe limitarse a una determinada época de la vida, la niñez o la juventud, sino que ha de desarrollarse a lo largo de toda la existencia humana, haciendo una especial referencia al trabajo que cada uno desarrolla en la sociedad. De aquí se deriva el concepto de moral profesional, como una aplicación de los principios morales generales a las circunstancias concretas de un ambiente determinado. Por lo tanto, el deber de salir de la ignorancia adquiere especial obligatoriedad en todo lo que se refiere al campo profesional y a los deberes de estado de cada persona.

2.5.2 OBSTÁCULOS POR PARTE DE LA VOLUNTAD

Los obstáculos que dificultan la libre elección de la voluntad son: el miedo, las pasiones, la violencia y los hábitos.

A. El miedo Es una vacilación del ánimo ante un mal presente o futuro que nos amenaza, y que influye en la voluntad del que actúa.

En general, el miedo -aunque sea grande- no destruye el acto voluntario, a menos que su intensidad haga perder el uso de razón.

El miedo no es razón suficiente para cometer un acto malo, aunque el motivo sea considerable: salvar la propia vida, o la fama, etc. Sería ilícito, por ejemplo, renegar de la fe por miedo al castigo o a la muerte, o emplear medios anticonceptivos por temor a consecuencias graves en la salud ante un nuevo embarazo, etc.

Por el contrario, si a pesar del miedo el sujeto realiza la acción buena, es mayor el valor moral de esa acción.

A lo largo de la historia de la Iglesia se han dado incontables casos de personas con un natural más bien tímido y poco audaz que han superado el miedo para cumplir la voluntad de Dios. Es el caso, por ejemplo, de José de Arimatea que, siendo discípulo oculto de Cristo “por temor a los judíos” (Jn. 19, 38), sabe vencerse y dar la cara cuando otros huyen: reclama “audacter”, audazmente (Mc. 15, 43) de Pilato el cuerpo muerto del Señor.

A veces, sin embargo, el miedo puede excusar del cumplimiento de leyes positivas (es decir, de leyes puramente eclesiásticas) que mandan practicar un acto bueno, si causan gran incomodidad, porque en estos casos se sobreentiende que el legislador no tiene intención de obligar. Sería el caso, por ejemplo, de la esposa que para evitar un grave conflicto familiar deja de ayunar o de ir a Misa. Es una aplicación del principio que dice que las leyes positivas no obligan con grave incomodidad.

Nótese que se trata sólo de leyes positivas o meramente eclesiásticas. El cumplimiento de la ley divina -por ejemplo, amar a Dios sobre todas las cosas- obliga siempre, aún a costa de la propia vida (por ejemplo, los santos martirizados por negarse a incensar a los ídolos).

B. Las pasiones Designan las emociones o impulsos de la sensibilidad que inclinan a obrar o no obrar. Son componentes naturales del psiquismo humano, constituyen el lugar de paso entre la vida sensible y la vida del espíritu.

Ejemplos de pasiones son el amor y el odio, el deseo y el temor, la alegría, la tristeza y la ira.

Las pasiones son en sí mismas indiferentes, pero se convierten en buenas o malas según el objeto al que tiendan. Por eso, deben ser dirigidas por la razón y regidas por la voluntad, para que no conduzcan al mal.

Por ejemplo, la ira es santa si lleva a defender los bienes de Dios (es la ira de Jesucristo cuando expulsa a los vendedores del templo: cfr. Mc. 11, 15-19); el odio agrada a Dios si es odio al pecado; el placer es bueno si está regido por la recta razón. Si los objetos a que tienden las pasiones son malos, nos apartan del fin último: odio al prójimo, ira por motivos egoístas, placer desordenado, etc.

Si las pasiones se producen antes de que se realice la acción e influyen en ella, disminuyen la libertad por el ofuscamiento que suponen para la razón; incluso en arrebatos muy violentos, pueden llegar a destruir esa libertad (por ejemplo, el padre que llevado por la ira golpea mortalmente a su hijo pequeño).

Si se producen como consecuencia de la acción y son directamente provocadas, aumentan la voluntariedad (por ejemplo, el que recuerda las ofensas recibidas para aumentar la ira y el deseo de venganza).

Cuando surge un movimiento pasional que nos inclina al mal, la voluntad puede actuar de dos formas:

– Negativamente, no aceptándolo ni rechazándolo.

– Positivamente, aceptándolo o rechazándolo con un acto formal.

Para luchar eficazmente contra las pasiones desordenadas no basta una resistencia negativa, puesto que supone quedar expuesto al peligro de consentir en ellas. Es necesario rechazarlas formalmente llevando el ánimo a otra cosa: es el medio más fácil y seguro, sobre todo para combatir los movimientos de sensualidad y de ira.

El naturalismo es la falsa doctrina que invita a no poner ninguna traba a las pasiones humanas, bajo pretextos pseudo-psicológicos (dar origen a traumas, por ejemplo). Cae en el error base de olvidar que el hombre tiene, como consecuencia del pecado original, las pasiones desordenadas y proclives al pecado. La recta razón, como potencia superior, iluminada y fortalecida por la gracia, ha de someter y regir esos movimientos en el hombre.

C. La violencia Es el impulso de un factor exterior que nos lleva a actuar en contra de nuestra voluntad.

Ese factor exterior puede ser físico (golpes, etc.) o moral (promesas, halagos, ruegos insistentes e inoportunos, etc.), que da lugar a la violencia física o moral.

La violencia física absoluta -que se da cuando la persona violentada ha opuesto toda la resistencia posible, sin poder vencerla- destruye la voluntariedad, con tal de que se resista interiormente para no consentir el mal.

La violencia moral nunca destruye la voluntariedad pues bajo ella el hombre permanece en todo momento dueño de su libertad. La violencia física relativa disminuye la voluntariedad, en proporción a la resistencia que se opuso.

D. Los hábitos Muy relacionados con el consentimiento están los hábitos o costumbres contraídas por la repetición de actos, y que se definen como firme y constante tendencia a actuar de una determinada forma. Esos hábitos pueden ser buenos y en ese caso los llamamos virtudes, o malos, estos últimos constituyen los vicios.

El hábito de pecar -un vicio arraigado- disminuye la responsabilidad si hay esfuerzo por combatirlo, pero no de otra manera, ya que quien no lucha por desarraigar un hábito malo contraído voluntariamente se hace responsable no sólo de los actos que comete con advertencia, sino también de los inadvertidos: cuando no se combate la causa, al querer la causa se quiere el efecto.

Por el contrario, quien lucha contra sus vicios es responsable de los pecados que comete con advertencia, pero no de los que comete inadvertidamente, porque ya no hay voluntario en causa.

2.6 LA MORALIDAD DEL ACTO HUMANO

El acto humano no es una estructura simple, sino integrada por elementos diversos. ¿En cuáles de ellos estriba la moralidad de la acción? La pregunta anterior, clave para el estudio de la ciencia moral, se responde diciendo que, en el juicio sobre la bondad o maldad de un acto, es preciso considerar:

a) El objeto del acto en sí mismo,

b) las circunstancias que lo rodean, y

c) la finalidad que el sujeto se propone con ese acto.

Para dictaminar la moralidad de cualquier acción, hay que reflexionar antes sobre estos tres aspectos.

2.6.1 EL OBJETO

El objeto constituye el dato fundamental: es la acción misma del sujeto, pero tomada bajo su consideración moral.

Nótese que el objeto no es el acto sin más, sino que es el acto de acuerdo a su calificativo moral. Un mismo acto físico puede tener objetos muy diversos, como se aprecia en los ejemplos siguientes:

ACTO – OBJETOS DIVERSOS

– matar, asesinato

– defensa propia

– aborto

– pena de muerte hablar

– mentir

– rezar

– insultar

– adular

– bendecir

– difamar

– jurar

– blasfemar

La moralidad de un acto depende principalmente del objeto: si el objeto es malo, el acto es necesariamente malo; si el objeto es bueno, el acto es bueno si lo son las circunstancias y la finalidad.

Por ejemplo, nunca es lícito blasfemar, perjurar, calumniar, etc., por más que las circunstancias o la finalidad sean muy buenas.

Si el objeto del acto no tiene en sí mismo moralidad alguna (por ejemplo, pasear), la recibe de la finalidad que se intente (por ejemplo, para descansar y conservar la salud), o de las circunstancias que lo acompañan (por ejemplo, con una mala compañía).

La Teología Moral enseña que, aun cuando pueden darse objetos morales indiferentes en sí mismos ni buenos ni malos, sin embargo, en la práctica no existen acciones indiferentes (su calificativo moral procede en este caso del fin o de las circunstancias). De ahí que en concreto toda acción o es buena o es mala.

2.6.2 LAS CIRCUNSTANCIAS

A. Noción

Las circunstancias (circum-stare = hallarse alrededor) son diversos factores o modificaciones que afectan al acto humano. Se pueden considerar en concreto las siguientes (cfr. S. Th. I-II, q. 7, a. 3):

1) Quién realiza la acción (por ejemplo, peca más gravemente quien teniendo autoridad da mal ejemplo).

2) Las consecuencias o efectos que se siguen de la acción (un leve descuido del médico puede ocasionar la muerte del paciente).

3) Qué cosa: designa la cualidad de un objeto (por ejemplo, el robo de una cosa sagrada) o su cantidad (por ejemplo, el monto de lo robado).

4) Dónde: el lugar donde se realiza la acción (por ejemplo, un pecado cometido en público es más grave, por el escándalo que supone).

5) Con qué medios se realizó la acción (por ejemplo, si hubo fraude o engaño, o si se utilizó la violencia).

6) El modo como se realizó el acto (por ejemplo, rezar con atención o distraídamente, castigar a los hijos con exceso de crueldad).

7) Cuándo se realizó la acción, ya que en ocasiones el tiempo influye en la moralidad (por ejemplo, comer carne en día de vigilia).

B. Influjo de las circunstancias en la moralidad

Hay circunstancias que atenúan la moralidad del acto, circunstancias que la agravan y, finalmente, circunstancias que añaden otras connotaciones morales a ese acto. Por ejemplo, actuar a impulso de una pasión puede -según los casos- atenuar o agravar la culpabilidad. Insultar es siempre malo: pero insultar a un semejante es mucho menos grave que insultar a una persona enferma.

Es claro que en el examen de los actos morales sólo deben tenerse en cuenta aquellas circunstancias que posean un influjo moral. Así, por ejemplo, en el caso del robo, da lo mismo que haya sido en martes o en jueves, etc.

1) Circunstancias que añaden connotación moral al pecado, haciendo que en un sólo acto se cometan dos o más pecados específicamente distintos (por ejemplo, el que roba un cáliz bendecido comete dos pecados: hurto y sacrilegio). La circunstancia que añade nueva connotación moral es la circunstancia “qué cosa”, en este caso la cualidad del cáliz, que estaba consagrado (de robo se muda en robo y en sacrilegio).

2) Circunstancias que cambian la especie teológica del pecado haciendo que un pecado pase de mortal a venial o al contrario (por ejemplo, el monto de lo robado indica si un pecado es venial o mortal).

3) Circunstancias que agravan o disminuyen el pecado sin cambiar su especie (por ejemplo, es más grave dar mal ejemplo a los niños que a los adultos; es menos grave la ofensa que procede de un brote repentino de ira al hacer deporte, etc.).

2.6.3 LA FINALIDAD

La finalidad es la intención que tiene el hombre al realizar un acto, y puede coincidir o no con el objeto de la acción.

No coincide, por ejemplo, cuando camino por el campo (objeto) para recuperar la salud (fin). Si coincide, en cambio, en aquel que se emborracha (objeto) con el deseo de emborracharse (fin).

En relación a la moralidad, el fin del que actúa puede influir de modos diversos:

a) Si el fin es bueno, agrega al acto bueno una nueva bondad (por ejemplo, oír Misa -objeto bueno- en reparación por los pecados -fin bueno-).

b) Si el fin es malo, vicia por completo la bondad de un acto (por ejemplo, ir a Misa -objeto bueno- sólo para criticar a los asistentes -fin malo-).

c) Cuando el acto es de suyo indiferente el fin lo convierte en bueno o en malo (por ejemplo, pasear frente al banco -objeto indiferente- para preparar el próximo robo -fin malo-).

d) Si el fin es malo, agrega una nueva malicia a un acto de suyo malo (por ejemplo, robar -objeto malo- para después embriagarse -fin malo-).

e) El fin bueno del que actúa nunca puede convertir en buena una acción de suyo mala. Dice San Pablo: no deben hacerse cosas malas para que resulten bienes (cfr. Rom. 8,3); (por ejemplo, no se puede jurar en falso -objeto malo- para salvar a un inocente -fin bueno-, o dar muerte a alguien para liberarlo de sus dolores, o robar al rico para dar a los pobres, etc.).

2.6.4 DETERMINACIÓN DE LA MORALIDAD DEL ACTO HUMANO

El principio básico para juzgar la moralidad es el siguiente:

Para que una acción sea buena, es necesario que lo sean sus tres elementos: objeto bueno, fin bueno y circunstancias buenas; para que el acto sea malo, basta que lo sea cualquiera de sus elementos (“bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu”: el bien nace de la rectitud total; el mal nace de un sólo defecto; S. Th., I-II, q. 18, a. 4, ad. 3).

La razón es clara: estos tres elementos forman una unidad indisoluble en el acto humano, y aunque uno sólo de ellos sea contrario a la ley divina, si la voluntad obra a pesar de esta oposición, el acto es moralmente malo.

2.6.5 LA ILICITUD DE OBRAR SÓLO POR PLACER

La ilicitud de obrar sólo por placer es un principio moral que tiene en la vida práctica muchas consecuencias. Las premisas son las siguientes:

a) Dios ha querido que algunas acciones vayan acompañadas por el placer, dada la importancia para la conservación del individuo o de la especie.

b) Por eso mismo, el placer no tiene en sí razón de fin, sino que es sólo un medio que facilita la práctica de esos actos: “Delectatio est propter operationem et non et converso” (La delectación es para la operación y no al contrario: C.G., 3, c. 26).

c) Poner el deleite como fin de un acto implica trastocar el orden de las cosas señalado por Dios, y esa acción queda corrompida más o menos gravemente. Por ello, nunca es lícito obrar solamente por placer (por ejemplo, comer y beber por el sólo placer es pecado; igualmente realizar el acto conyugal exclusivamente por el deleite que lo acompaña; cfr. Dz. 1158 y 1159).

d) Se puede actuar con placer, pero no siendo el deleite la realidad pretendida en sí misma (por ejemplo, es lícito el placer conyugal en orden a los fines del matrimonio, pero no cuando se busca como única finalidad. Lo mismo puede decirse de aquel que busca divertirse por divertirse).

e) Para que los actos tengan rectitud es siempre bueno referirlos a Dios, fin último del hombre, al menos de manera implícita: “Ya comáis ya bebáis, hacedlo por la gloria de Dios” (I Cor. 10, 31). Si se excluye en algún acto la intención de agradar a Dios, sería pecaminoso, aunque esta exclusión de la voluntad de agradar a Dios hace el acto pecaminoso si se efectúa de modo directo, no si se omite por inadvertencia.

2.7 LA RECTA COMPRENSIÓN DE LA LIBERTAD

Una de las notas propias de la persona -entre todos los seres visibles que habitan la tierra sólo el hombre es persona- es la libertad. Con ella, el hombre escapa del reino de la necesidad y es capaz de amar y lograr méritos. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos: sólo en la libertad el hombre es “padre” de sus actos.

En ocasiones puede considerarse la libertad como la capacidad de hacer lo que se quiera sin norma ni freno. Eso sería una especie de corrupción de la libertad, como el tumor cancerígeno lo es en un cuerpo. La libertad verdadera tiene un sentido y una orientación:

La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar por sí mismo acciones deliberadas (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1731).

La libertad es posterior a la inteligencia y a la voluntad, radica en ellas, es decir, en el ser espiritual del hombre. Por tanto, la libertad ha de obedecer al modo de ser propio del hombre, siendo en él una fuerza de crecimiento y maduración en la verdad y la bondad. En otras palabras, alcanza su perfección cuando se ordena a Dios.

“Hasta que no llega a encontrarse definitivamente con su bien último que es Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por tanto de crecer en perfección o de flaquear y pecar. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de demérito” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1732).

A la libertad que engrandece se llama libertad de calidad. Esa libertad engrandece al hombre, por ser sequi naturam, es decir, en conformidad con la naturaleza, que no debemos entender como una inclinación de orden biológico, pues concierne principalmente a la naturaleza racional, caracterizada por la apertura a la Verdad y al Bien y a la comunicación con los demás hombres. En otras palabras, la libertad de calidad es posterior a la razón, se apoya en ella y de ella extrae sus principios. Exactamente al revés del concepto erróneo de libertad como libertad de indiferencia, en que la libertad está antes de la razón, y puede ir impunemente contra ella. Es la libertad que no está sujeta a norma ni a freno, aquella que postula la autonomía de la indeterminación. Un libertinaje ilusorio e inabarcable, pero destructivo del hombre y su felicidad.

Ricardo Sada y Alfonso Monroy

 

 

Einstein y los Reyes Magos

Ernesto Juliá

 

Albert Einstein

Con demasiada frecuencia convertimos estos días en torno a la Epifanía del Señor en una sencilla fiesta vinculada a los regalos, juguetes, etc., que los Reyes Magos, en su generosidad, obsequian a los niños que se han portado bien a lo largo del año, a la vez que se celebran buenas y santas reuniones de familia,

Releyendo la “Introducción al cristianismo”, del entonces profesor Joseph Ratzinger, me encontré con un texto sobre la visión de Dios de Einstein, que me ha llevado a escribir estas líneas.

El texto es el siguiente: “Einstein dijo una vez que en las leyes de la naturaleza “se manifiesta una inteligencia tan superior que frente a ella lo más significativo del pensar y del ordenar humanos es un destello completamente fútil”. A Einstein no le faltaba razón; pero ahora viene la pregunta.

¿De quién es esa “inteligencia”? ¿Es algo más que simple “inteligencia”; una “idea” suelta en una nube? ¿una explicación sencillamente matemática –obra humana- que otros consideran el “dios de los filósofos? 

Einstein, sigue Ratzinger, “rechaza el concepto personal de Dios por “antropomórfico”” y lo relaciona con la “religión del temor” y con la “religión moralista”, a las que opone la “religiosidad cósmica”; a su juicio es la única apropiada. Ésta se realiza, según él, en el “asombro extasiado ante la armonía de las leyes de la naturaleza”, en una “fe profunda en la razón de la estructura del mundo” y en el “anhelo por comprender aunque sólo sea un pequeño reflejo de la razón que se revela en este mundo”.

Ante el orden y la armonía del universo, Einstein no alcanza, o no quiso alcanzar, la realidad de un Ser que piensa el universo, y lo crea con esas leyes maravillosas.

Ese “asombro extasiado” de la “religiosidad cósmica” apenas pasa de ser una simple experiencia personal y subjetiva, que solo origina una idea abstracta: la “religiosidad cósmica”, con un “dios” –la “razón”, la “armonía”, o como se le quiera llamar- sin rostro, que es a lo más que llega un “diosecillo” inventado por el hombre.

Y ahora vienen los Reyes Magos. Sabios del oriente que contemplan el firmamento

Los Reyes Magos van mucho más allá; van al fondo de la cuestión. Ante los movimientos de la estrella descubren algo más que la armonía de las leyes de la naturaleza y del movimiento de los astros; descubren un lenguaje del Creador, y se ponen en mancha para descubrirlo. ¿Es su actuación un auténtico reto a la situación de algún científico, matemático, etc., que hoy encierra su inteligencia y su asombro ante la naturaleza, ante la creación, en un ateísmo infantil? Y digo infantil porque dudo mucho de que pueda darse un ateísmo maduro en una mente seria. Se da, si acaso, en una voluntad que diga a su mente: no saldré de mí mismo; no creeré.   Y no me refiero a la “fe humana” que le sirve a Einstein sencillamente para asombrarse, asombro que está al alcance de cualquier ser humano y ante cualquier cosa.

Los Reyes Magos son más serios. El firmamento les ha dado una señal. ¿Quién ha hablado? ¿Qué quiere decirles?  Y como seguramente algo sabrían de la escena de Moisés con Yahvé en el Sinaí, y de las palabras que Dios le dijo a Moisés: “Yo soy el que soy”, se pusieron en marcha.

Los tres de acuerdo siguieron los movimientos de la estrella, siguieron los guiños de Dios, un reflejo de las leyes de la naturaleza, y acabaron adorando al Dios, al Hijo de Dios que había creado el mundo y sus leyes, sonriéndoles en un pesebre en brazos de su Madre.

Me queda la pregunta. ¿No podría haber dado Einstein el salto de la lógica del hombre, y no quedarse en un asombro fútil provocado por una “fe humana”; y pasar al guiño de Dios y seguirlo, que eso es la Fe, y regalarle el oro, el incienso y la mirra de su ciencia matemática; y adorarle? Del asombro habría saltado al gozo eterno, a la Sabiduría de los Reyes Magos. Habían encontrado a un Niño, Dios hecho hombre, con Quien podían hablar de tú a Tú.

ernesto.julia@gmail.com

La herencia física y espiritual de la familia

Estamos permitiendo con nuestra inercia y despreocupación que la familia vaya siendo demolida paso a paso, sin comprender las consecuencias para nuestro País de la pérdida de este tesoro, de este fundamento de toda sociedad.

Cada hombre trae dentro de sí varias herencias. Somos la resultante biológica de un sin número de corrientes de vida que vinieron a tener en nosotros su punto de encuentro. Así como en una laguna existen aguas de diversos ríos que desembocan en ella, así existen en nosotros esas herencias. Somos recipientes en que varias corrientes del pasado se funden.

La herencia física, en primer lugar, se atestigua por la semejanza de los rasgos, por la transmisión de la salud y de los defectos, de la belleza y de la fealdad, de la gracia o del aburrimiento, de la elegancia o del desgarbo; todo es hereditario.

Conocemos a ciertas familias que se caracterizan por el buen gusto en el vestir; otras, por el mal gusto. Todo esto, aunque muy relacionado con la herencia física, lo está aún más con la mentalidad.

Tenemos entonces una realidad que cruza generaciones: la transmisión de un conjunto de predicados físicos y morales. Esta transmisión es el primer núcleo de lo que se llama tradición. Tradere significa entregar; es lo que se transmite, lo que se entrega. El primer dato de la tradición es la transmisión de caracteres físicos y morales.

Importancia de las tradiciones familiares

En cuanto a la herencia, el Santo Padre Pío XII tuvo una enseñanza de gran importancia, en el discurso del 5 de enero de 1941 al Patriciado y a la Nobleza Romana. El afirma:

“Grande y misteriosa cosa es la herencia, es decir, el paso a lo largo de una estirpe, perpetuándose de generación en generación, de un rico conjunto de bienes materiales y espirituales, la continuidad de un mismo tipo físico y moral que se conserva de padre a hijo, la tradición que a través de los siglos une a los miembros de una misma familia. Su verdadera naturaleza se puede desfigurar, sin duda, mediante teorías materialistas; pero también se puede y se debe considerar una realidad de tamaña importancia en la plenitud de su verdad humana y sobrenatural.

“No se negará, ciertamente, la existencia de un substrato material en la transmisión de los caracteres hereditarios; para sorprenderse de ello sería preciso olvidar la íntima unión de nuestra alma con nuestro cuerpo, y la elevada proporción en que dependen de nuestro temperamento físico aun nuestras propias actividades más espirituales. Por eso la moral cristiana no cesa de recordar a los padres las graves responsabilidades que les corresponden en ese sentido.

“Pero lo que más cuenta es la herencia espiritual transmitida, no tanto por medio de los misteriosos lazos de la generación material como por la acción continua de ese ambiente privilegiado que la familia constituye; por la lenta y profunda formación de las almas en la atmósfera de un hogar rico en altas tradiciones intelectuales, morales y, sobre todo, cristianas; por la mutua influencia entre aquellos que habitan una misma casa, influencia cuyos beneficiosos efectos se proyectan hasta el final de una larga vida, mucho más allá de los años de la niñez y de la juventud, en aquellas almas elegidas que saben fundir en sí mismas los tesoros de una preciosa herencia con la contribución de sus propias cualidades y experiencias.

Es éste el patrimonio, más valioso que ningún otro, que, iluminado por una Fe firme, vivificado por una fuerte y fiel práctica de la vida cristiana en todas sus exigencias, elevará, refinará y enriquecerá las almas de vuestros hijos”.

Esta gran e incomparable escuela de continuidad, incesantemente enriquecida por la elaboración de aspectos nuevos modelados según una tradición admirada, respetada y querida por todos los miembros de la familia, influye mucho en la elección de las actividades profesionales o de las responsabilidades que los individuos quieran ejercer en favor del bien, bien común.

De ello se desprende que, a menudo, hay linajes de profesionales provenientes del mismo tronco familiar, por donde la influencia de la familia penetra en el ámbito profesional.

Aborto lícito

Ángel Cabrero Ugarte

 

 Voz Postaborto.

El 30 de diciembre, por la noche, en el telediario, salieron imágenes del momento de la notificación de la aprobación del aborto en Argentina. Consternación era lo que se percibía en los que habían luchado meses en contra de esta ley. Y, sorprendentemente, lágrimas de emoción entre mujeres jóvenes proabortistas. Se sentían emocionadas de poder matar. Seguro que esas imágenes se pueden encontrar en algunas noticias en internet. No me lo invento y me dejaron muy pensativo. ¡Lágrimas de emoción y abrazos de felicitación!

Este es el grado de perversión al que lleva una tendencia, en los países occidentales, al egoísmo puro y duro. Después de un año -y lo que nos quede- de lucha contra el virus, en España hay regocijo por la aprobación de la eutanasia; en Argentina auténtica emoción por poder matar al no nacido. Y así podríamos seguir, porque no es el nuestro el primer país en aprobar la muerte del que sufre, ni es Argentina el primero -quizá sí en Sudamérica- en aprobar el asesinato del que quiere nacer.

Una vez más nos damos cuenta de que el político solo sigue los pasos que hay que dar para seguir siendo votado. Solo le importa mantenerse en el poder. Estudia la tendencia entre los votantes, y luego busca razonamientos donde los haya, para poder dar la cara. Por lo tanto, si el político merodea para saber qué piensa la gente, está claro que el problema es ese: qué piensa la gente. ¡Cómo es posible, que en nuestra sociedad haya mayoría de personas, votantes, a quienes les parezca bien matar al viejecito achacoso, o al enfermo sufriente!

Porque, ténganlo en cuenta quienes esto leen: los que votan en el parlamento votarían lo contrario si detectaran mayoría en contra de esas leyes. Por lo tanto, el problema gordo y preocupante es saber qué piensa una mayoría de gente sin formación, sin respeto a los demás, con una tendencia casi única de egoísmo, de vivir bien, de quitarse problemas. Cuáles son las mentiras que circulan y por qué, para que muchos caigan en el engaño sobre lo esencial.

No estamos hablando del salario mínimo, o de leyes sobre el trabajo o sobre la universidad, que también. Estamos hablando de la vida de las personas. Y los que aprueban estas leyes criminales tendrán una actitud crítica hipócrita sobre los nazis. Les suena muy mal, pero piensan de la misma manera: estas personas -niños no nacidos, viejos achacosos- nos sobran y terminamos con ellos. Y nos emocionamos hasta las lágrimas cuando vemos aprobada una ley semejante.

Dándole la vuelta al argumento, deberíamos pensar en cómo educar a las personas en la generosidad. Dar a los demás, darse a los otros, ayudar a los pobres, dedicar tiempo a los necesitados. Dedicamos demasiado tiempo a responder wasaps -generalmente sinsorgadas- como para poder cuidar a un anciano, el abuelo, el vecino, el amigo que ha terminado en una residencia de ancianos, y le gustaría tanto tener un ratito de conversación conmigo.

Estamos demasiado tiempo viendo series como para echar una mano en las actividades asistenciales que promueve mi parroquia. Muy ocupado como para ayudar en la formación de los que tienen menos medios. Cada vez que veo a un señor de mediana edad paseando al perro pienso que es difícil que en nuestra sociedad haya un número de gente como para emprender una campaña verdaderamente cristiana, de caridad, de asistencia, de cuidado, etc. Y claro, lo que sigue es el aborto, la eutanasia… Imagino que estarán contentos con el covid 19, que se ha llevado por delante a tanto estorbo.

 

Valoración bioética de la sedación hasta la muerte en pacientes con ELA

Esta situación sale a la luz pública cuando una mujer afectada por esta enfermedad, explicaba en diversos medios de comunicación que iba a ingresar en un hospital valenciano para acabar sus días y donar sus órganos para trasplante.

La paciente había rechazado las maniobras de reanimación en su documento de voluntades anticipadas y accedía a pasar los últimos días de su vida en el hospital para facilitar el trasplante.

Según los datos hechos públicos, el programa ha realizado 9 donaciones y 19 trasplantes desde 2016.

Esta situación, en la que una paciente con una enfermedad incurable, progresiva y muy limitante, decide acabar sus días sedada y con la intención de donar sus órganos para beneficio de otras personas, requiere una reflexión y valoración ética serena.

Lo primero, sin ninguna duda, es conocer las circunstancias específicas que rodean a esta enfermedad y algunos conceptos clínicos y técnicos que nos permitan abordar esta situación de una forma veraz, real y objetiva.

Definición, tratamiento y pronóstico

La Esclerosis Lateral Amiotrófica es una enfermedad neurodegenerativa incurable con afectación neuromuscular a nivel de las moto-neuronas, tanto superiores como inferiores.

Su prevalencia es de 3-5 casos por cada 100.000 habitantes.

Aproximadamente, el 20% de los pacientes manifiestan de forma temprana debilidad en los músculos bulbares, lo que les dificulta la capacidad para deglutir, masticar, toser, respirar y hablar.  En el 40% de los pacientes presentan daños en los músculos de las extremidades inferiores de forma temprana, manifestándose debilidad, emanciación, calambres y presentándose dolor muscular.

El rasgo patológico distintivo es la muerte de las neuronas del asta anterior de la médula espinal y las homólogas del tallo encefálico, que inervan la musculatura bulbar. Lo que provoca la denervación irremediable de las fibras musculares correspondientes.

No existen en la actualidad tratamientos curativos, y los fármacos utilizados tienen como objetivo retrasar la progresión de los síntomas, evitar complicaciones y hacer sentir más cómodo e independiente al paciente. El tratamiento más utilizado para retrasar los efectos devastadores se basa en bloquear la trasmisión glutamanérgica en el Sistema Nervioso Central (SNC). Estos tratamientos provocan efectos secundarios como fatiga, mareos, trastornos gastrointestinales, disminución de la función pulmonar y aumento de las enzimas hepáticas.

Para el control de los síntomas, se administran fármacos anticolinérgicos junto a tratamientos de terapia física.

Una vez comienza la dificultad para la deglución, se requerirá dieta semilíquida o líquida a través de sonda nasogástrica en casos de disfagia grave. Mas pronto o más tarde, será necesaria la implantación de un sistema de ventilación no invasiva, debido a la hipoventilación pulmonar consecuencia de la afectación de los músculos respiratorios. Según la evolución se planteará la necesidad de pasar a sistemas de ventilación invasiva (entubación endotraqueal o traqueotomía).

La ELA suele producir el fatal desenlace entre los 3 a 5 años tras el diagnóstico. Aunque en algunos casos se han descrito supervivencias superiores a los 10 años, y en casos muy excepcionales todavía más.

La ventilación asistida en el paciente de ELA

La aparición de debilidad de los músculos necesarios para la respiración y la tos, junto a las manifestaciones derivadas de la afectación bulbar, provocan el fallo respiratorio y son la principal causa de muerte de los pacientes de ELA.

La evolución inexorable hacia el fallo respiratorio, hoy en día, es posible retrasarla de forma eficiente mediante los sistemas de ventilación mecánica domiciliaria (VMD). Estos puedes ser invasivos o no invasivos. Los primeros requieren de entubación endotraqueal o directamente traqueotomía. Como es lógico, siempre que sea posible por las condiciones del paciente se prefieren los métodos de VMD no invasivos. Solo se plantea la traqueotomía cuando las técnicas no invasivas fracasan debido a la gravedad de la afectación bulbar.

Diferentes estudios demuestran un aumento significativo de la supervivencia de los pacientes de ELA con la VMD, tanto invasiva como no invasiva. Sin embargo, una vez insaturada supone para ellos, indefectiblemente, la necesidad de permanentemente vivir sujetos a este sistema de soporte vital.

La sedación como tratamiento paliativo. Síntomas refractarios y de difícil control

La sedación es una técnica ampliamente conocida y utilizada cotidianamente, en el ámbito clínico, para evitar

 el dolor y las molestias propias de la realización de determinadas pruebas o técnicas médicas. Consiste en la administración de una combinación de fármacos que disminuyen, hasta anular, la consciencia del paciente, y, por tanto, la percepción de dolor. Es, por supuesto, reversible y permite controlar con gran precisión la profundidad de ésta; hasta el punto de que es posible, en los niveles más superficiales de sedación, que los pacientes oigan e incluso que puedan responder a determinados estímulos u órdenes verbales

Además de esta sedación transitoria, existen dos tipos más de sedación: la sedación paliativa y la sedación terminal o de la agonía. En ninguno de estos tipos la intención de la medida es provocar la muerte, sino disminuir el nivel de consciencia para evitar el dolor y/o el sufrimiento.

La sedación paliativa y la terminal están indicadas ante la presencia de un síntoma refractario. Es decir, un síntoma físico o psíquico que no es posible revertir ni controlar con ningún tratamiento conocido, y que no puede ser adecuadamente controlado a pesar de los intensos esfuerzos por hallar un tratamiento tolerable, que no comprometa la conciencia del paciente y en un tiempo razonable. Es importante diferenciar éste de un síntoma de difícil control, que hace referencia a un síntoma que no responde a las medidas habituales, pero que sí podrían controlarse con medidas especiales o en manos expertas. En cuyo caso, antes de iniciar una sedación se debería recurrir a este abordaje específico y experto.

La sedación paliativa se instaura ante síntomas refractarios y en pacientes con expectativa de vida de semanas o meses y, por tanto, con la posibilidad de ajustar la profundidad de la sedación según sus necesidades, e incluso su reversión completa si el síntoma desapareciera, cosa poco frecuente.

La sedación terminal o de la agonía se instaura ante una situación de muerte inminente (horas o días) y sin expectativas de reversión ni recuperación de la consciencia del paciente.

En todos los tipos de sedación es necesario el consentimiento informado del paciente, bien sea implícito, explícito o delegado.

La eutanasia y el suicidio asistido

Se considera eutanasia cuando al paciente solicita que se le administren los medios necesarios -por acción u omisión- para provocarle la muerte, y estos medios son administrados por un profesional médico. Es decir, la eutanasia supone una acción u omisión encaminada a buscar la muerte de otra persona con la intención de aliviar un sufrimiento.

La diferencia con el suicidio asistido consiste fundamentalmente en que, en este último, al paciente se le suministran los medios necesarios para que el mismo pueda administrárselos. Es la propia persona la que utiliza unos medios que se le han proporcionado para ejecutar la acción u omisión que le provoque la muerte.

Ambas situaciones en la legislación española vigente son ilegales y en ningún caso pueden considerarse tratamientos paliativos.

Valoración ética de la sedación hasta la muerte en estos pacientes

Los pacientes de esclerosis lateral amiotrófica son muy tempranamente conscientes de su situación clínica y la evolución esperable de la misma, lo que supone que son conscientes de la necesidad, ineludible, de tomar decisiones de gran calado personal. Al fin y al cabo, son conscientes de la necesidad de gestionar su vida en esta situación sobrevenida.

En estas condiciones es de suma importancia y utilidad la puesta en marcha de un proceso de Planificación Anticipada de Decisiones (PDA). El PDA es un proceso voluntario de comunicación y deliberación entre una persona capaz y los profesionales sanitarios implicados en su atención, acerca de los valores, deseos y preferencias que quiere que se tengan en cuenta respecto a la atención sanitaria que recibirá como paciente, fundamentalmente en los últimos días de su vida. Este proceso puede concretarse, o no, en un Documento de Voluntades Anticipadas (DVA).

En el caso que nos ocupa, los pacientes de ELA, la decisión crucial será si, cuando la función de la musculatura torácica fracase y no sea posible mantener una ventilación espontánea suficiente para llevar a cabo las funciones vitales, el paciente acepta o rechaza la instauración de sistemas de ventilación mecánicos no invasivos. Sabiendo que su instauración supondrá que no podrá prescindir ya de estos medios de soporte el resto de su vida.

La ELA no afecta en la mayoría de los casos al discernimiento ni a la capacidad de autogestión.  El paciente es autónomo para rechazar o no, los tratamientos administrados incluso la aceptación para participar en ensayos clínicos, siempre y cuando, tenga la información suficiente y necesaria con la mayor claridad y calidad posible.

Si el paciente acepta la ventilación mecánica, superará la insuficiencia respiratoria como causa inmediata de la muerte, y podrá seguir su vida, con las limitaciones de estas medidas de soporte y la progresión de la enfermedad le impongan, hasta la muerte natural.

Desde el punto de vista ético, y ante la inminencia de la muerte irreversible, se puede adoptar, en conciencia, la decisión de renunciar a tratamientos, que signifiquen una prolongación precaria y penosa de la vida, sin que, por ello haya que interrumpir los cuidados normales que debe recibir un enfermo en tal caso.

En esta situación, cuando la dificultad respiratoria supusiera un sufrimiento grave para el paciente, se instauraría una sedación paliativa, con la única y exclusiva intención de evitar ese sufrimiento, hasta la llegada de la muerte natural por insuficiencia respiratoria y anoxia tisular. Y, por tanto, dentro de las indicaciones clínicas y éticas de prescripción de una sedación terminal.

Conclusiones

De todo lo expuesto, se puede concluir que:

Desde el punto de vista bioético, en los pacientes afectados de esclerosis lateral amiotrófica (ELA), en fases avanzadas de la enfermedad, con fracaso respiratorio irreversible que precisan de sistemas de ventilación mecánica para mantener la vida, es lícito éticamente rechazar estos medios. En cuyo caso, se les debe administrar una sedación terminal hasta la llegada de la muerte natural.

La renuncia a la ventilación asistida por parte del paciente acarreará la muerte por insuficiencia respiratoria.

Al no existir ningún tratamiento curativo, a lo que se renuncia es a unas medidas de soporte que mantendrían la vida del paciente en unas condiciones determinadas, sin detener ni mejorar la progresión de la enfermedad, y no exentas de complicaciones.

En estas circunstancias, la disnea no sería estrictamente un síntoma refractario, pues sería posible controlarla con la ventilación asistida. Eso sí, debería mantenerse el resto de su vida, sin ninguna esperanza de mejora en la evolución de su enfermedad

En ningún caso la sedación previa a la muerte natural puede considerarse eutanasia ni suicidio asistido, pues la intención es aliviar el sufrimiento y no provocar la muerte.

Siendo que algunos de los órganos de los pacientes de ELA son susceptibles de trasplante, es lícito, si el paciente así lo ha registrado en su documento de voluntades anticipadas (DVA), inmediatamente tras la muerte clínica del paciente extraer los órganos para dicha finalidad.

En resumen, en pacientes de ELA en fase avanzada, en los que la dificultad respiratoria es ya incontrolable y la única opción posible es la ventilación asistida, se podría rechazar esta medida, instaurándose una sedación hasta la muerte natural. Posteriormente, tras la muerte clínica, no hay ninguna objeción ética a la extracción de los órganos viables para trasplante, siempre y cuando, el paciente haya estado bien informado y asesorado de las consecuencias de su decisión, de las medidas alternativas, y haya expresado su deseo de donar sus órganos viables para trasplante. En estas circunstancias, esta actitud médica no tendría objeción moral ni legal alguna.       

Germán Cerdá e Ignacio Ventura

Observatorio de Bioética

El hecho de ser mujer

Las feministas clásicas dicen que si el sexo no es objetivo, es absurdo luchar contra las construcciones de género que oprimen a la mujer. La subjetivación absoluta de sexo y género perpetúa la dominación de las mujeres a través del patriarcado, la prostitución o los vientres de alquiler.

Lo interesante de este debate es que las feministas todavía sostienen que la autodeterminación se ejerce en relación a un hecho objetivo: el hecho de ser mujer, de tener unos determinados rasgos genéticos, hormonales y anatómicos. Un hecho, no un sentimiento o una imagen.

Domingo Martínez Madrid

Los grupos de aborto que respaldaron a Biden 

Las organizaciones a favor del aborto que apoyaron firmemente a Joe Biden en las recientes elecciones presidenciales de EE. UU. Esperan que, después de su toma de posesión, actúe de inmediato para desmantelar las políticas pro-vida promulgadas por el presidente Donald Trump. Incluso antes de que Biden se convirtiera en el nominado de su partido, habían reunido su lista de deseos.

El año pasado, cuando estaba surgiendo un candidato presidencial demócrata, una coalición de más de 90 grupos de “derechos reproductivos”, incluido Planned Parenthood, publicó un plan detallado para avanzar en su agenda tanto a nivel nacional como internacional. En agosto de este año, publicaron una lista de "primeras prioridades" para la próxima administración, comenzando con una orden ejecutiva que declara explícitamente el compromiso del presidente de expandir el acceso al aborto en los Estados Unidos y en todo el mundo.

Biden ya ha prometido rescindir la Política de la Ciudad de México, que se amplió bajo Trump para cubrir todos los fondos de salud global. También ha prometido restaurar los fondos para el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) y restablecer la membresía del país en la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Estados Unidos ya es el mayor contribuyente a la planificación familiar mundial, con un presupuesto estimado de $ 608 millones para planificación familiar y salud reproductiva en el año fiscal 2019. Las "primeras prioridades" de los grupos de aborto exigen que esa cantidad se aumente a $ 1.6 mil millones, incluyendo 111 millones de dólares para el UNFPA. Y busca conseguir fondos para el VIH/SIDA que tienen un presupuesto anual de más de $ 6 mil millones para la compra de productos anticonceptivos.

Xus D Madrid

 

La batalla en defensa de la vida 

Llamativa ha sido la ausencia de debate sobre la eutanasia en algunas formaciones, como Ciudadanos, que a diferencia de lo sucedido unos días antes con las cuentas públicas, no han tienen problema en aparecer en la foto junto a ERC o Bildu. Da una idea bastante precisa de la escala de valores de buen número de partidos que la economía suscite más controversia que esta otra ley, a la que se han opuesto solo PP y Vox, y de la que no es arriesgado vaticinar que provocará serias mutaciones sociológicas en España.

Por eso la batalla debe continuar. La eutanasia ha ido ganando sistemáticamente posiciones en la opinión pública porque se ha consolidado el falso dilema entre una muerte lenta y dolorosa, o la solución limpia de la eutanasia. Ahora toca poner freno a la peligrosa mentalidad según la cual, quien no produce se convierte en una carga pesada para los demás y por tanto.

Jesús Martínez Madrid

 

¿Normal integración?

Me voy a limitar a comentar la supuesta "integración" de los alumnos discapacitados, para lo cual la nueva ley Celaá pretende suprimir la educación especial e incorporarlos a la enseñanza normal.

Cuesta creer que esa intención sea el verdadero motivo de la supresión de esa enseñanza, porque es justamente ahí donde esos alumnos y alumnas se sienten verdaderamente integrados, con otros alumnos como ellos y con unos profesores dedicados exclusivamente a ellos.

Cuesta creerlo porque a nadie se le oculta que esos alumnos no podrán integrarse nunca en una enseñanza normal, por sus fuertes limitaciones psíquicas o intelectuales. Esto resulta obvio para cualquiera, y en especial para los padres, los profesores y los propios alumnos.  Jamás podrán seguir el ritmo de sus compañeros de curso, y no solo no se integrarán sino que inevitablemente se sentirán -en la medida en que sean capaces de sentir- desplazados, marginados, poco atendidos.

El profesor, aún con su mejor voluntad, no tendrá ni tiempo ni probablemente la capacidad pedagógica adecuada para atenderles como necesitan; y si lo intenta, desatenderá necesariamente a los demás alumnos. También es posible que los propios alumnos, al menos algunos, sin mala intención, no sintonicen con ellos y no les traten con todo el afecto y comprensión  que merecen y necesitan. La frustración y el desánimo serán inevitables para estos jóvenes, que probablemente no querrán volver al colegio.

El problema para los padres también será considerable, pues sufrirán viendo a sus hijos, y no entenderán porqué les han privado del ambiente adecuado en el que estaban contentos, tenían amigos, eran queridos y aunque lentamente iban adquiriendo algunos conocimientos y destrezas que les servirían -a no pocos- para desempeñar después algún trabajo manual o equivalente. ¿En qué otros países del mundo sucede algo semejante...?

Suso do Madrid

 

Pensamientos y reflexiones 283

 

Franco, “su valle” y sus huesos: Lo primero que habría que reconocer es que… “Ese valle y sus monumentos, ni es de los seguidores de Franco, ni tampoco de sus enemigos; ese valle, es del pueblo español; por cuanto lo pagó y con creces, con su sangre, sus esfuerzos y lágrimas; y con los impuestos pagados por el mismo y que lo hicieron posible”. Por tanto esa propiedad no debiera “moverse”, sin un plebiscito claro y honrado, donde pudieran decidir ese pueblo, como único heredero de esa propiedad”.

                                En cuanto “al enterramiento” de Franco en el mismo, nunca debió de haberse efectuado; y lo fue, no por otros intereses, que los de sus más acérrimos seguidores; que lo único que pretendieron con ello, fue el, “convertirlo casi como un dios” (igual que se hiciera en la historia con otros personajes); pero con el principal interés de que siguiera “el franquismo como tal”; y poder seguir viviendo como vivieron, los que indudablemente se aprovecharon de las ventajas de medrar adulando al dictador. Cosa ésta imposible, por cuanto y por lógica, el franquismo moriría tan pronto muriera Franco; y pese a que éste (iluso o con sus facultades muy mermadas) afirmara aquello tan absurdo de… “Lo dejo, o queda todo atado y bien atado”; puesto que, “atar el porvenir o futuro”; es de las mayores idioteces que puede pensar cualquier ser humano; puesto que ese porvenir o futuro, siempre es incierto; y nadie sabe lo que traerá ese “por llegar”; sólo se puede saber el pasado “o lo que pasó”, siempre y cuando los cronistas o historiadores, sean lo honrados que deben; y estén todo lo documentados que para ello es necesario.

                                En cuanto al tan discutido, “sepulcro para el dictador”; fue él mismo el que dejó dicho, que él y junto a su esposa, quería ser enterrado en “El Pardo”; donde ya tenían previsto el matrimonio, lugar y no sé si mausoleo; en el que y por esas cosas “del porvenir”; parece ser que van a reposar juntos, ya que allí ya está enterrada su esposa. (De mi artículo de igual titular: Septiembre 2019)

 

 Carta con un drogadicto ya muerto: Celebro que le convenza mi definición de lo que es o se entiende por amistad. Y sí, puede creer el símil que emplea, pero, de verdad.... ¿Se encuentra un amigo a lo largo de la vida... amigo, amigo, amigo, dispuesto a todo por amistad?; puede ser, pero un pensador (“quién sabe si fue mi otro yo”) me dijo un día fuerte y claro y tras diversas y abundantes experiencias:

         ¡Siéntete feliz si encuentras un amigo! ¡Si encuentras dos... siéntete un dios! Y si tres... ¡no, imposible, no los encontrarás! De las pocas verdades que hay en este mundo y en esta vida, es la madre, la propia madre... y algunas veces (pocas afortunadamente) hasta ella... ‘te falla o puede fallar’.

            Pero todo cuanto resalto en tinta ‘negrita’ no debe amilanar a aquel que ya ha entrado en el camino de su libertad, todo ello no es otra cosa que reconocer realidades de la vida y  así estar curado por si llegan esos dolorosos fallos, de la amistad y de la familia (somos seres mortales y de carne y hueso); por el contrario, nosotros y siempre que podamos, ‘tendamos una mano a quien verdaderamente la necesite’... pero... ¿cómo saberlo? Usted mismo cuenta cosas estremecedoras en esos relatos de vagabundo y pidiendo limosna y... ¡Somos humanos!, esa es nuestra miseria y al propio tiempo nuestra grandeza, pues siempre podemos superarnos, como usted está haciendo en este momento y...  Lo que importa.... no es el camino... es cómo se llega al final del mismo... la vida es larga.   Sus propias reflexiones son enseñanzas para usted mismo, con cuanto escribe sobre la libertad. Le gusta escribir, escriba (ya lo hace bien) y lleva razón, bajo mi punto de vista, pues coincido con ‘Vázquez Figueroa; cualquier oficio se aprende y si se practica, se perfecciona; lo que ocurre es que ‘todos no valemos para todo’, pero en usted se ha despertado el ansia de escribir... escriba, pero lea mucho y medite, escuche con atención al que sabe, pues qué duda cabe que es en ello, donde se perfecciona el oficio y se llega al estilo que cada cual llega a tener. Pero ojo, “escribir es sufrir”, no escriba nunca lo que no sienta o no tenga suficientemente claro... ¡¡Se estaría usted engañando a sí mismo y a quien le lea!! Y por otra parte, si piensa que escribir es ‘carrera fácil para ganar dinero y fama...’ ¡Olvídelo! La fama y el dinero son una cosa y la escritura bien hecha y que beneficia a la humanidad, son otra cosa muy diferente. Se debe escribir para ‘contentar uno a su propia alma’ y si luego ello transciende a ‘otras’, pues es que era el destino... ¡¡La fama es uno de los grandes cánceres de la sociedad moderna!!... mire a su alrededor, analice, quienes ‘son famosos’, haga una selección de valores verdaderamente enriquecedores para la humanidad y luego, cuente lo que queda... ¿Sorpresa?... no, realidad, ¡la fama tal y como se entiende hoy es comida para idiotas!... Los inteligentes y ya cultivados, no luchan por la fama y si les llega, suelen ocultarse mucho más que estar como ‘los famosos’, que siempre están... ¡con el culo al aire!.  Me he perdido... ¿por dónde iba?  Me dice en su carta que le gustan mis escritos por cuanto contienen... ‘ve, ya usted me está dando fama’ (gracias hombre). No le agrada la poesía, lo dudo, usted tiene sentimientos nobles y la poesía es lo mejor de la escritura, pero ocurre como en todo; hoy apenas si se puede leer poesía verdadera, pero la hay y ‘cada cual la entiende de una manera’. (De mi libro “Al infierno a través de las drogas, viaje de ida y vuelta”). 

SOBRE LA ENVIDIA: “El hombre envidia más que admira. Desprecia más que comprende. Y es desgraciado, más por su falta de generosidad, que por falta de cosa alguna que pueda faltarle, a lo largo de su existencia en este mundo… y ello es triste” (De mi libro “Pensando en… Andalucía” (epílogo) Julio 1986)

 

“TLT”: Techo, Lecho y Trabajo útil para la sociedad… Si la parte razonable del dinero público se aplicara a esta solución, creo firmemente que la mayor parte de problemas, no existirían en este pobre planeta.

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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