Las Noticias de hoy 2 Enero 2021

Enviado por adminideas el Sáb, 02/01/2021 - 12:47

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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 02 de enero de 2021       

Indice:

ROME REPORTS

Mensaje del Santo Padre Francisco para la celebración de la LIV Jornada Mundial de la Paz

INVOCAR AL SALVADOR: Francisco Fernandez Carbajal

“Os apoyaréis unos a otros”: San Josemaria

Meditaciones: Santa María, Madre de Dios

Conocerle y conocerte (XII): ​Almas de oración litúrgica: Juan Rego

Santísimo Nombre de Jesús | Enero 3: es.catholic.net

Contemplar al Hijo – Lo esencial para Navidad: José Martínez Colín

2020: EL AÑO DE LA LIBERTAD INTERIOR: Sheila Morataya

¡ADIÓS 2020!: Magui del Mar

 DOMINGO SECUNDO DESPUÉS DE NAVIDAD.:  + Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

Meditación: domingo 2º de Navidad

¡FELIZ AÑO 2021!: Magui del Mar

Amistad: Daniel Tirapu

Hacer balance de vida en este año tan complicado: Silvia del Valle Márquez

El papel de la debilidad: Mario Arroyo.

 Defensa de la ciudadela del matrimonio: tep america

La Eucaristía y la pandemia: Domingo Martínez Madrid

Los jueces defienden la libertad religiosa:  Valentín Abelenda Carrillo

Las cuestiones LGBT en la ONU: José Morales Martín

BOMBEROS INCENDIARIOS.:  Amparo Tos Boix, Valencia.

Navidad es una lejana y “pagana” herencia : Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

Mensaje del Santo Padre Francisco para la celebración de la LIV Jornada Mundial de la Paz

Publicamos a continuación el texto del Mensaje del Santo Padre Francisco para la LIV Jornada Mundial de la Paz, que se celebra este viernes 1 de enero de 2021 y cuyo tema es «La cultura del cuidado como camino de paz»

 

Mensaje del Santo Padre

La cultura del cuidado como camino de paz

1.  En el umbral del Año Nuevo, deseo presentar mi más respetuoso saludo a los Jefes de Estado y de Gobierno, a los responsables de las organizaciones internacionales, a los líderes espirituales y a los fieles de diversas religiones, y a los hombres y mujeres de buena voluntad. A todos les hago llegar mis mejores deseos para que la humanidad pueda progresar en este año por el camino de la fraternidad, la justicia y la paz entre las personas, las comunidades, los pueblos y los Estados.

El año 2020 se caracterizó por la gran crisis sanitaria de COVID-19, que se ha convertido en un fenómeno multisectorial y mundial, que agrava las crisis fuertemente interrelacionadas, como la climática, alimentaria, económica y migratoria, y causa grandes sufrimientos y penurias. Pienso en primer lugar en los que han perdido a un familiar o un ser querido, pero también en los que se han quedado sin trabajo. Recuerdo especialmente a los médicos, enfermeros, farmacéuticos, investigadores, voluntarios, capellanes y personal de los hospitales y centros de salud, que se han esforzado y siguen haciéndolo, con gran dedicación y sacrificio, hasta el punto de que algunos de ellos han fallecido procurando estar cerca de los enfermos, aliviar su sufrimiento o salvar sus vidas. Al rendir homenaje a estas personas, renuevo mi llamamiento a los responsables políticos y al sector privado para que adopten las medidas adecuadas a fin de garantizar el acceso a las vacunas contra el COVID-19 y a las tecnologías esenciales necesarias para prestar asistencia a los enfermos y a los más pobres y frágiles.[1]

Es doloroso constatar que, lamentablemente, junto a numerosos testimonios de caridad y solidaridad, están cobrando un nuevo impulso diversas formas de nacionalismo, racismo, xenofobia e incluso guerras y conflictos que siembran muerte y destrucción.

Estos y otros eventos, que han marcado el camino de la humanidad en el último año, nos enseñan la importancia de hacernos cargo los unos de los otros y también de la creación, para construir una sociedad basada en relaciones de fraternidad. Por eso he elegido como tema de este mensaje: La cultura del cuidado como camino de paz. Cultura del cuidado para erradicar la cultura de la indiferencia, del rechazo y de la confrontación, que suele prevalecer hoy en día.

2. Dios Creador, origen de la vocación humana al cuidado

En muchas tradiciones religiosas, hay narraciones que se refieren al origen del hombre, a su relación con el Creador, con la naturaleza y con sus semejantes. En la Biblia, el Libro del Génesis revela, desde el principio, la importancia del cuidado o de la custodia en el proyecto de Dios por la humanidad, poniendo en evidencia la relación entre el hombre (’adam) y la tierra (’adamah), y entre los hermanos. En el relato bíblico de la creación, Dios confía el jardín “plantado en el Edén” (cf. Gn 2,8) a las manos de Adán con la tarea de “cultivarlo y cuidarlo” (cf. Gn 2,15). Esto significa, por un lado, hacer que la tierra sea productiva y, por otro, protegerla y hacer que mantenga su capacidad para sostener la vida.[2]  Los verbos “cultivar” y “cuidar” describen la relación de Adán con su casa-jardín e indican también la confianza que Dios deposita en él al constituirlo señor y guardián de toda la creación.

El nacimiento de Caín y Abel dio origen a una historia de hermanos, cuya relación sería interpretada —negativamente— por Caín en términos de protección o custodia. Caín, después de matar a su hermano Abel, respondió así a la pregunta de Dios: «¿Acaso yo soy guardián de mi hermano?» (Gn 4,9).[3] Sí, ciertamente. Caín era el “guardián” de su hermano. «En estos relatos tan antiguos, cargados de profundo simbolismo, ya estaba contenida una convicción actual: que todo está relacionado, y que el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás».[4]

3. Dios Creador, modelo del cuidado

La Sagrada Escritura presenta a Dios no sólo como Creador, sino también como Aquel que cuida de sus criaturas, especialmente de Adán, de Eva y de sus hijos. El mismo Caín, aunque cayera sobre él el peso de la maldición por el crimen que cometió, recibió como don del Creador una señal de protección para que su vida fuera salvaguardada (cf. Gn 4,15). Este hecho, si bien confirma la dignidad inviolable de la persona, creada a imagen y semejanza de Dios, también manifiesta el plan divino de preservar la armonía de la creación, porque «la paz y la violencia no pueden habitar juntas».[5]

Precisamente el cuidado de la creación está en la base de la institución del Shabbat que, además de regular el culto divino, tenía como objetivo restablecer el orden social y el cuidado de los pobres (cf. Gn 1,1-3; Lv 25,4). La celebración del Jubileo, con ocasión del séptimo año sabático, permitía una tregua a la tierra, a los esclavos y a los endeudados. En ese año de gracia, se protegía a los más débiles, ofreciéndoles una nueva perspectiva de la vida, para que no hubiera personas necesitadas en la comunidad (cf. Dt 15,4).

También es digna de mención la tradición profética, donde la cumbre de la comprensión bíblica de la justicia se manifestaba en la forma en que una comunidad trataba a los más débiles que estaban en ella. Por eso Amós (2,6-8; 8) e Isaías (58), en particular, hacían oír continuamente su voz en favor de la justicia para los pobres, quienes, por su vulnerabilidad y falta de poder, eran escuchados sólo por Dios, que los cuidaba (cf. Sal 34,7; 113,7-8).

4. El cuidado en el ministerio de Jesús

La vida y el ministerio de Jesús encarnan el punto culminante de la revelación del amor del Padre por la humanidad (cf. Jn 3,16). En la sinagoga de Nazaret, Jesús se manifestó como Aquel a quien el Señor ungió «para anunciar la buena noticia a los pobres, ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dejar en libertad a los oprimidos» (Lc 4,18). Estas acciones mesiánicas, típicas de los jubileos, constituyen el testimonio más elocuente de la misión que le confió el Padre. En su compasión, Cristo se acercaba a los enfermos del cuerpo y del espíritu y los curaba; perdonaba a los pecadores y les daba una vida nueva. Jesús era el Buen Pastor que cuidaba de las ovejas (cf. Jn 10,11-18; Ez 34,1-31); era el Buen Samaritano que se inclinaba sobre el hombre herido, vendaba sus heridas y se ocupaba de él (cf. Lc 10,30-37).

En la cúspide de su misión, Jesús selló su cuidado hacia nosotros ofreciéndose a sí mismo en la cruz y liberándonos de la esclavitud del pecado y de la muerte. Así, con el don de su vida y su sacrificio, nos abrió el camino del amor y dice a cada uno: “Sígueme y haz lo mismo” (cf. Lc 10,37).

5. La cultura del cuidado en la vida de los seguidores de Jesús

Las obras de misericordia espirituales y corporales constituyen el núcleo del servicio de caridad de la Iglesia primitiva. Los cristianos de la primera generación compartían lo que tenían para que nadie entre ellos pasara necesidad (cf. Hch 4,34-35) y se esforzaban por hacer de la comunidad un hogar acogedor, abierto a todas las situaciones humanas, listo para hacerse cargo de los más frágiles. Así, se hizo costumbre realizar ofrendas voluntarias para dar de comer a los pobres, enterrar a los muertos y sustentar a los huérfanos, a los ancianos y a las víctimas de desastres, como los náufragos. Y cuando, en períodos posteriores, la generosidad de los cristianos perdió un poco de dinamismo, algunos Padres de la Iglesia insistieron en que la propiedad es querida por Dios para el bien común. Ambrosio sostenía que «la naturaleza ha vertido todas las cosas para el bien común. […] Por lo tanto, la naturaleza ha producido un derecho común para todos, pero la codicia lo ha convertido en un derecho para unos pocos».[6] Habiendo superado las persecuciones de los primeros siglos, la Iglesia aprovechó la libertad para inspirar a la sociedad y su cultura. «Las necesidades de la época exigían nuevos compromisos al servicio de la caridad cristiana. Las crónicas de la historia reportan innumerables ejemplos de obras de misericordia. De esos esfuerzos concertados han surgido numerosas instituciones para el alivio de todas las necesidades humanas: hospitales, hospicios para los pobres, orfanatos, hogares para niños, refugios para peregrinos, entre otras».[7]

6.  Los principios de la doctrina social de la Iglesia como fundamento de la cultura del cuidado

La diakonia de los orígenes, enriquecida por la reflexión de los Padres y animada, a lo largo de los siglos, por la caridad activa de tantos testigos elocuentes de la fe, se ha convertido en el corazón palpitante de la doctrina social de la Iglesia, ofreciéndose a todos los hombres de buena voluntad como un rico patrimonio de principios, criterios e indicaciones, del que extraer la “gramática” del cuidado: la promoción de la dignidad de toda persona humana, la solidaridad con los pobres y los indefensos, la preocupación por el bien común y la salvaguardia de la creación.

* El cuidado como promoción de la dignidad y de los derechos de la persona.

«El concepto de persona, nacido y madurado en el cristianismo, ayuda a perseguir un desarrollo plenamente humano. Porque persona significa siempre relación, no individualismo, afirma la inclusión y no la exclusión, la dignidad única e inviolable y no la explotación».[8] Cada persona humana es un fin en sí misma, nunca un simple instrumento que se aprecia sólo por su utilidad, y ha sido creada para convivir en la familia, en la comunidad, en la sociedad, donde todos los miembros tienen la misma dignidad. De esta dignidad derivan los derechos humanos, así como los deberes, que recuerdan, por ejemplo, la responsabilidad de acoger y ayudar a los pobres, a los enfermos, a los marginados, a cada uno de nuestros «prójimos, cercanos o lejanos en el tiempo o en el espacio».[9]

* El cuidado del bien común.

Cada aspecto de la vida social, política y económica encuentra su realización cuando está al servicio del bien común, es decir del «conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección».[10] Por lo tanto, nuestros planes y esfuerzos siempre deben tener en cuenta sus efectos sobre toda la familia humana, sopesando las consecuencias para el momento presente y para las generaciones futuras. La pandemia de Covid-19 nos muestra cuán cierto y actual es esto, puesto que «nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos»[11], porque «nadie se salva solo»[12] y ningún Estado nacional aislado puede asegurar el bien común de la propia población.[13]

*  El cuidado mediante la solidaridad.

La solidaridad expresa concretamente el amor por el otro, no como un sentimiento vago, sino como «determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos».[14] La solidaridad nos ayuda a ver al otro —entendido como persona o, en sentido más amplio, como pueblo o nación— no como una estadística, o un medio para ser explotado y luego desechado cuando ya no es útil, sino como nuestro prójimo, compañero de camino, llamado a participar, como nosotros, en el banquete de la vida al que todos están invitados igualmente por Dios.

* El cuidado y la protección de la creación.

La encíclica Laudato si’ constata plenamente la interconexión de toda la realidad creada y destaca la necesidad de escuchar al mismo tiempo el clamor de los necesitados y el de la creación. De esta escucha atenta y constante puede surgir un cuidado eficaz de la tierra, nuestra casa común, y de los pobres. A este respecto, deseo reafirmar que «no puede ser real un sentimiento de íntima unión con los demás seres de la naturaleza si al mismo tiempo en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos».[15] « Paz, justicia y conservación de la creación son tres temas absolutamente ligados, que no podrán apartarse para ser tratados individualmente so pena de caer nuevamente en el reduccionismo».[16]

7. La brújula para un rumbo común

En una época dominada por la cultura del descarte, frente al agravamiento de las desigualdades dentro de las naciones y entre ellas,[17] quisiera por tanto invitar a los responsables de las organizaciones internacionales y de los gobiernos, del sector económico y del científico, de la comunicación social y de las instituciones educativas a tomar en mano la “brújula” de los principios anteriormente mencionados, para dar un rumbo común al proceso de globalización, «un rumbo realmente humano».[18] Esta permitiría apreciar el valor y la dignidad de cada persona, actuar juntos y en solidaridad por el bien común, aliviando a los que sufren a causa de la pobreza, la enfermedad, la esclavitud, la discriminación y los conflictos. A través de esta brújula, animo a todos a convertirse en profetas y testigos de la cultura del cuidado, para superar tantas desigualdades sociales. Y esto será posible sólo con un fuerte y amplio protagonismo de las mujeres, en la familia y en todos los ámbitos sociales, políticos e institucionales.

La brújula de los principios sociales, necesaria para promover la cultura del cuidado, es también indicativa para las relaciones entre las naciones, que deberían inspirarse en la fraternidad, el respeto mutuo, la solidaridad y el cumplimiento del derecho internacional. A este respecto, debe reafirmarse la protección y la promoción de los derechos humanos fundamentales, que son inalienables, universales e indivisibles.[19]

También cabe mencionar el respeto del derecho humanitario, especialmente en este tiempo en que los conflictos y las guerras se suceden sin interrupción. Lamentablemente, muchas regiones y comunidades ya no recuerdan una época en la que vivían en paz y seguridad. Muchas ciudades se han convertido en epicentros de inseguridad: sus habitantes luchan por mantener sus ritmos normales porque son atacados y bombardeados indiscriminadamente por explosivos, artillería y armas ligeras. Los niños no pueden estudiar. Los hombres y las mujeres no pueden trabajar para mantener a sus familias. La hambruna echa raíces donde antes era desconocida. Las personas se ven obligadas a huir, dejando atrás no sólo sus hogares, sino también la historia familiar y las raíces culturales.

Las causas del conflicto son muchas, pero el resultado es siempre el mismo: destrucción y crisis humanitaria. Debemos detenernos y preguntarnos: ¿qué ha llevado a la normalización de los conflictos en el mundo? Y, sobre todo, ¿cómo podemos convertir nuestro corazón y cambiar nuestra mentalidad para buscar verdaderamente la paz en solidaridad y fraternidad?

Cuánto derroche de recursos hay para las armas, en particular para las nucleares,[20] recursos que podrían utilizarse para prioridades más importantes a fin de garantizar la seguridad de las personas, como la promoción de la paz y del desarrollo humano integral, la lucha contra la pobreza y la satisfacción de las necesidades de salud. Además, esto se manifiesta a causa de los problemas mundiales como la actual pandemia de Covid-19 y el cambio climático. Qué valiente decisión sería «constituir con el dinero que se usa en armas y otros gastos militares “un Fondo mundial” para poder derrotar definitivamente el hambre y ayudar al desarrollo de los países más pobres».[21]

8. Para educar a la cultura del cuidado

La promoción de la cultura del cuidado requiere un proceso educativo y la brújula de los principios sociales se plantea con esta finalidad, como un instrumento fiable para diferentes contextos relacionados entre sí. Me gustaría ofrecer algunos ejemplos al respecto.

– La educación para el cuidado nace en la familia, núcleo natural y fundamental de la sociedad, donde se aprende a vivir en relación y en respeto mutuo. Sin embargo, es necesario poner a la familia en condiciones de cumplir esta tarea vital e indispensable.

– Siempre en colaboración con la familia, otros sujetos encargados de la educación son la escuela y la universidad y, de igual manera, en ciertos aspectos, los agentes de la comunicación social.[22] Dichos sujetos están llamados a transmitir un sistema de valores basado en el reconocimiento de la dignidad de cada persona, de cada comunidad lingüística, étnica y religiosa, de cada pueblo y de los derechos fundamentales que derivan de estos. La educación constituye uno de los pilares más justos y solidarios de la sociedad.

– Las religiones en general, y los líderes religiosos en particular, pueden desempeñar un papel insustituible en la transmisión a los fieles y a la sociedad de los valores de la solidaridad, el respeto a las diferencias, la acogida y el cuidado de los hermanos y hermanas más frágiles. A este respecto, recuerdo las palabras del Papa Pablo VI dirigidas al Parlamento ugandés en 1969: «No temáis a la Iglesia. Ella os honra, os forma ciudadanos honrados y leales, no fomenta rivalidades ni divisiones, trata de promover la sana libertad, la justicia social, la paz; si tiene alguna preferencia es para los pobres, para la educación de los pequeños y del pueblo, para la asistencia a los abandonados y a cuantos sufren».[23]

– A todos los que están comprometidos al servicio de las poblaciones, en las organizaciones internacionales gubernamentales y no gubernamentales, que desempeñan una misión educativa, y a todos los que, de diversas maneras, trabajan en el campo de la educación y la investigación, los animo nuevamente, para que se logre el objetivo de una educación «más abierta e incluyente, capaz de la escucha paciente, del diálogo constructivo y de la mutua comprensión».[24] Espero que esta invitación, hecha en el contexto del Pacto educativo global, reciba un amplio y renovado apoyo.

9. No hay paz sin la cultura del cuidado

La cultura del cuidado, como compromiso común, solidario y participativo para proteger y promover la dignidad y el bien de todos, como una disposición al cuidado, a la atención, a la compasión, a la reconciliación y a la recuperación, al respeto y a la aceptación mutuos, es un camino privilegiado para construir la paz. «En muchos lugares del mundo hacen falta caminos de paz que lleven a cicatrizar las heridas, se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia».[25]

En este tiempo, en el que la barca de la humanidad, sacudida por la tempestad de la crisis, avanza con dificultad en busca de un horizonte más tranquilo y sereno, el timón de la dignidad de la persona humana y la “brújula” de los principios sociales fundamentales pueden permitirnos navegar con un rumbo seguro y común. Como cristianos, fijemos nuestra mirada en la Virgen María, Estrella del Mar y Madre de la Esperanza. Trabajemos todos juntos para avanzar hacia un nuevo horizonte de amor y paz, de fraternidad y solidaridad, de apoyo mutuo y acogida. No cedamos a la tentación de desinteresarnos de los demás, especialmente de los más débiles; no nos acostumbremos a desviar la mirada,[26] sino comprometámonos cada día concretamente para «formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros».[27]

Vaticano, 8 de diciembre de 2020

FRANCISCO

 

INVOCAR AL SALVADOR

— Tratar al Señor con amistad y confianza.

— El nombre de Jesús. Jaculatorias.

— El trato con la Virgen María y con San José.

I. En la vida corriente, el llamar a una persona por su nombre indica familiaridad. «Suele suponer un paso decisivo en una amistad, aun casual, el que dos personas empiecen, sin esfuerzo y sin embarazo, a llamarse mutuamente por sus nombres de pila. Y cuando nos enamoramos, y todas nuestras experiencias se hacen más agudas y las cosas pequeñas significan tanto para nosotros, hay un nombre propio en el mundo que arroja un hechizo sobre nuestros ojos y oídos, cuando lo vemos escrito en la página de un libro o cuando lo oímos en una conversación; su simple encuentro nos estremece. Este sentido de amor personal fue el que personas como San Bernardo dieron al nombre de Jesús»1. También para nosotros el Señor lo es todo, y por eso le tratamos con toda confianza.

San Josemaría Escrivá nos aconseja: «Pierde el miedo a llamar al Señor por su nombre –Jesús– y a decirle que le quieres»2.

A un amigo le llamamos por su nombre. ¿Cómo no vamos a llamar a nuestro mejor Amigo por el suyo? Él se llama JESÚS, así lo había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno3. Dios mismo fijó su nombre por medio del Ángel. Con el nombre queda señalada su misión: Jesús significa Salvador. Con Él nos llega la salvación, la seguridad y la verdadera paz: Es el nombre superior a todo nombre, a fin de que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el infierno4.

¡Con cuánto respeto y con cuánta confianza a la vez hemos de repetirlo! También, y de modo especial, cuando nos dirigimos a Él en nuestra oración personal, como ahora: «Jesús, necesito...», «Jesús, yo querría...».

El nombre era de gran importancia entre los judíos. Cuando a alguien se le imponía un nombre se quería expresar lo que había de ser en el futuro. Si no se conocía el nombre de una persona, no se conocía a esta en absoluto. Tachar un nombre era suprimir una vida, y cambiarlo suponía alterar el destino de la persona. El nombre expresaba la realidad profunda de su ser.

Entre todos los nombres, el de Dios era el nombre por excelencia5. Este debe ser bendito ahora y siempre, desde la aurora al ocaso6, pues es digno de alabanza de la mañana a la noche7. En una de las peticiones del Padrenuestro rogamos precisamente que sea santificado el nombre del Señor.

En el pueblo judío, el nombre se imponía en la circuncisión, rito instituido por Dios para señalar como con una marca y contraseña a quienes pertenecían al pueblo elegido. Era la señal de la Alianza que Dios hizo con Abraham y su descendencia8, y prescribió que se realizase al octavo día del nacimiento. El incircunciso quedaba excluido del pacto y, por tanto, del pueblo de Dios.

En cumplimiento de este precepto, Jesús fue circuncidado al octavo día9, como decía la Ley. María y José cumplieron lo que estaba legislado. «Cristo se sometió a la circuncisión en el tiempo en que estaba vigente –dice Santo Tomás– y así su obra se nos ofrece como ejemplo a imitar, para que observemos las cosas que en nuestro tiempo están preceptuadas»10 11 y no busquemos situaciones de excepción o privilegio cuando no hay razón para ello.

II. Terminada la circuncisión de Jesús, sus padres, María y José, repetirían por vez primera el nombre de Jesús, llenos de una inmensa piedad y cariño.

Así hemos de hacer nosotros con frecuencia. Invocar su nombre es ser salvos12; creer en este nombre es llegar a ser hijos de Dios13; orar en este nombre es ser escuchados con toda seguridad: en verdad os digo que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo concederá14. En el nombre de Jesús se perdonan los pecados15 y las almas son purificadas y santificadas16. Anunciar este nombre constituye la esencia de todo apostolado17, pues Él «es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones»18. En Jesús encuentran los hombres aquello que más necesitan y de lo que están sedientos: salvación, paz, alegría, perdón de sus pecados, libertad, comprensión, amistad.

«¡Oh Jesús..., cómo te compadeces de los que te invocan!

¡Qué bueno eres con quienes te buscan!

¡Qué no serás para quienes te encuentran!...

Solo quien lo ha experimentado puede saber lo que encierra amarte a Ti, ¡oh Jesús!»19, exclamaba San Bernardo.

Al invocar el nombre del Señor, nos encontramos en algunas ocasiones como aquellos leprosos que, desde lejos, le dicen: Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros. Y el Señor les dice que se acerquen, y los curará enviándolos a los sacerdotes20. O tendremos que repetirle, porque también nosotros estamos ciegos para tantas cosas, las palabras del ciego de Jericó: Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí. «¿No te entran ganas de gritar a ti, que estás también parado a la vera del camino, de ese camino de la vida, que es tan corta; a ti, que te faltan luces; a ti, que necesitas más gracias para decidirte a buscar la santidad? ¿No sientes la urgencia de clamar: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí? ¡Qué hermosa jaculatoria, para que la repitas con frecuencia!»21.

Invocando el Santísimo Nombre de Jesús desaparecerán muchos obstáculos y sanaremos de tantas enfermedades del alma que a menudo nos aquejan.

«Que tu nombre, oh Jesús, esté siempre en el fondo de mi corazón y al alcance de mis manos, a fin de que todos mis afectos y todas mis acciones vayan dirigidas a ti (...). En tu nombre, ¡oh Jesús!, tengo remedio para corregirme de mis malas acciones y para perfeccionar las defectuosas; también, una medicina con que preservar de la corrupción mis afectos o sanarlos, si ya estuvieran corrompidos»22.

Las jaculatorias harán más vivo el fuego de nuestro amor al Señor, y aumentarán nuestra presencia de Dios a lo largo del día. Otras veces, mirando al Señor, Dios hecho Niño por amor nuestro, le diremos llenos de confianza: Dominus iudex noster, Dominus legifer noster, Dominus rex noster; ipse salvabit nos23. Señor, Jesús, en ti confiamos, en ti confío.

III. Junto al nombre de Jesús hemos de tener en nuestros labios los de María y de José: los nombres que más veces debió pronunciar el mismo Señor.

La piedad de los primeros cristianos da al nombre de María diversos significados: Muy amada, Estrella del Mar, Señora, Princesa, Luz, Hermosa...

Es San Jerónimo quien la llama Stella Maris, Estrella del Mar; Ella nos guía a puerto seguro en medio de todas las tempestades de la vida.

Con mucha frecuencia hemos de tener este nombre salvador en nuestros labios, pero de modo especial en la necesidad y en las dificultades. En nuestro caminar hacia Dios vendrán tormentas, que el Señor permite para purificar nuestra intención y para que crezcamos en las virtudes; y es posible que, por fijarnos demasiado en los obstáculos, asome la desesperanza o el cansancio en la lucha. Es el momento de recurrir a María, invocando su nombre. «Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas con los escollos de la tentación, mira a la estrella, llama a María. Si te agitan las olas de la soberbia, de la ambición o de la envidia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, la avaricia, o la impureza impelen violentamente la nave de tu alma, mira a María. Si turbado con la memoria de tus pecados, confuso ante la fealdad de tu conciencia, temeroso ante la idea del juicio, comienzas a hundirte en la sima sin fondo de la tristeza o en el abismo de la desesperación, piensa en María. En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir su ayuda intercesora no te apartes tú de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas. Si Ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto si Ella te ampara»24.

Invocaremos nosotros su nombre especialmente en el Avemaría, y también en las demás oraciones y jaculatorias que la piedad cristiana ha sabido crear a lo largo de los siglos, y que quizá nos enseñaron nuestras madres.

Y junto a Jesús y María, José. «Si toda la Iglesia está en deuda con la Virgen María, ya que por medio de Ella recibió a Cristo, de modo semejante le debe a San José una especial gratitud y reverencia»25.

Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía. Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.

¡Cuántos millones de cristianos habrán aprendido de labios de sus madres estas u otras jaculatorias parecidas, que luego han repetido hasta el final de sus días! No nos olvidemos nosotros de acudir diariamente, muchas veces, a esta trinidad de la tierra.

1 R. Knox, Tiempos y fiestas del año litúrgico, Madrid 1964, pp. 64-65. — 2 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 303. — 3 Cfr. Lc 2, 21. — 4 Flp 2, 9-10. — 5 Zac 14, 9. — 6 Sal 113, 2-3. — 7 Sal 9, 2. — 8 Cfr. Gen 17, 10-14. — 9 Lc 2, 21. — 10 Santo Tomás, Suma Teológica, 3, q. 37, a. l. — 11 Cfr. Hech 15, 1 ss. — 12 Cfr. Rom 10, 9. — 13 Cfr. Jn 1, 12. — 14 Jn 16, 23. — 15 1 Jn 2, 12. — 16 Cfr. 1 Cor 6, 11. — 17 Hech 8, 12. — 18 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 45. — 19 San Bernardo, Sermones sobre los cantares, 15. — 20 Cfr. Lc 17, 13. — 21 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 195. — 22 San Bernardo, l. c. — 23 Antífona ad tertiam, en la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. — 24 San Bernardo, Hom. sobre la Virgen Madre, 2. — 25 San Bernardino de Siena, Sermón

 

 

“Os apoyaréis unos a otros”

Si sabes querer a los demás y difundes ese cariño –caridad de Cristo, fina, delicada– entre todos, os apoyaréis unos a otros: y el que vaya a caer se sentirá sostenido –y urgido– con esa fortaleza fraterna, para ser fiel a Dios. (Forja, 148)

2 de enero

Llega la plenitud de los tiempos y, para cumplir esa misión, no aparece un genio filosófico, como Platón o Sócrates; no se instala en la tierra un conquistador poderoso, como Alejandro. Nace un Infante en Belén. Es el Redentor del mundo; pero, antes de hablar, ama con obras. No trae ninguna fórmula mágica, porque sabe que la salvación que ofrece debe pasar por el corazón del hombre. Sus primeras acciones son risas, lloros de niño, sueño inerme de un Dios encarnado: para enamorarnos, para que lo sepamos acoger en nuestros brazos.

Nos damos cuenta ahora, una vez más, de que éste es el cristianismo. Si el cristiano no ama con obras, ha fracasado como cristiano, que es fracasar también como persona. No puedes pensar en los demás como si fuesen números o escalones, para que tú puedas subir; o masa, para ser exaltada o humillada, adulada o despreciada, según los casos. Piensa en los demás ‑antes que nada, en los que están a tu lado‑ como en lo que son: hijos de Dios, con toda la dignidad de ese título maravilloso.

Hemos de portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios: el nuestro ha de ser un amor sacrificado, diario, hecho de mil detalles de comprensión, de sacrificio silencioso, de entrega que no se nota. Este es el bonus odor Christi, el que hacía decir a los que vivían entre nuestros primeros hermanos en la fe: ¡Mirad cómo se aman! (Es Cristo que pasa, 36)

 

 

Meditaciones: Santa María, Madre de Dios

Reflexión para meditar el 1 de enero. Los temas propuestos son: contemplar a María; la maternidad de María; recibir a Jesús como hizo María.

MEDITACIONES01/01/2021

– Contemplar a María

– La maternidad de María

– Recibir a Jesús como hizo María


EL EVANGELIO de la fiesta de hoy relata cómo los pastores acuden presurosos a encontrar al Niño y reconocen en él lo que les habían anunciado los ángeles. El texto está lleno de expresiones de admiración, asombro y sorpresa: maravillarse, glorificar, alabar, ponderar... La Navidad provoca en nosotros estos mismos sentimientos. Queremos aprovechar todo lo que sucede en el portal para disfrutar del amor de Dios que se quiere derramar en nuestros corazones. Hoy lo hacemos de la mano de la Madre de Dios, que es también nuestra madre.

«Virgen, Madre del Rey que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos»[1]. La salvación del mundo ha comenzado. El Rey del universo ha elegido a María para hacerla su madre. Este misterio no cabe fácilmente en nuestras cabezas, ni en nuestros pobres esquemas: Dios ha querido contar con el sí de una mujer, de una adolescente. La Virgen no se pregunta por qué había sido elegida precisamente ella, le basta saber que Dios está detrás, que es su voluntad. Y san Josemaría convierte este hecho en oración suya: «Señora, Madre nuestra: el Señor ha querido que fueras tú, con tus manos, quien cuidara a Dios: ¡enséñame –enséñanos a todos– a tratar a tu Hijo!»[2].

María contagia a su alrededor, en los belenes de ayer y de hoy, esta actitud de admiración. Todo lo que ve le lleva a dar gracias. No se detiene nunca para fijarse en ella, en los problemas, en las dificultades. Disfruta de la visita de los pastores, del cariño de su esposo, de la noche estrellada que ha contemplado este misterio. Y a su alrededor todos viven esta atmósfera de alegría. María es la mejor muestra de lo que hace Dios en los hombres y en las mujeres que se dejan querer.


«OH, DIOS, que por la maternidad virginal de santa María entregaste a los hombres los bienes de la salvación eterna, concédenos experimentar la intercesión de aquella por quien hemos merecido recibir al autor de la vida»[3]. Así reza la Oración Colecta de la Misa de hoy. Y podemos preguntarnos: ¿qué significa para mí que María sea Madre de Dios? ¿Cómo lo experimento personalmente? San Josemaría decía que «la Madre del Redentor nos precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión. Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios nos ayuda a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio alegre y sin fronteras. De este modo nuestra misión será fecunda, porque está modelada sobre la maternidad de María»[4]. Nuestra relación con Dios toma ejemplo de la vida de oración que tuvo María. Y ella está muy dispuesta a ayudarnos, pues «la Trinidad Santísima, al haber elegido a María como Madre de Cristo, Hombre como nosotros, nos ha puesto a cada uno bajo su manto maternal. Es Madre de Dios y Madre nuestra»[5].

Nos podemos preguntar, llenos de estupor, cómo es posible que se nos ofrezca una santidad como la de quien fue Madre de Dios: «¿Cómo podemos amar a Dios con toda nuestra mente si apenas podemos encontrarlo con nuestra capacidad intelectual? ¿Cómo amarlo con todo nuestro corazón y nuestra alma si este corazón consigue sólo vislumbrarlo de lejos y siente tantas cosas contradictorias en el mundo que nos oscurecen su rostro? Él ya no está lejos. No es desconocido. No es inaccesible a nuestro corazón. Se ha hecho niño por nosotros y así ha disipado toda ambigüedad. Dios se ha hecho don por nosotros. Se ha dado a sí mismo. Navidad se ha convertido en la fiesta de los regalos para imitar a Dios que se ha dado a sí mismo»[6]. Si acogemos ese don, si dejamos que el Señor nos regale su vida, seremos también nosotros don para los demás. Nos convertiremos, entonces, en regalo para Dios y para quienes nos rodean.


LOS ÁNGELES cantan a voces esta maravilla. Se asombran ellos mismos de que una mujer haya dado a luz al Hijo de Dios. No salen de su sorpresa y cantan el primer villancico de la historia: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace» (Lc 2,14). Entonan este canto de júbilo y se deleitan mirando a María, al Niño y a Dios Padre embelesado. Nuestras almas se serenan en el portal y descubrimos allí lo que llena de complacencia a Dios, lo que le enamora, lo que le entusiasma. Hemos venido corriendo, pero vamos recuperando el aliento. El suave canto de los ángeles es como una canción de cuna para dormir a Jesús y para acogernos a nosotros.

Nuestra experiencia nos ha demostrado muchas veces que no somos capaces de cumplir siempre y en todo la voluntad de Dios. Sin embargo, con la ayuda de la Virgen sí que podemos guardar su Palabra y ponderarla en nuestro corazón. Eso está a nuestro alcance. Así podemos estar seguros de que se cumplirá todo lo que nos ha dicho el Señor, su Palabra se puede encarnar en nuestras vidas, su sangre correrá por nuestras venas. Así lo aseguraba san Bernardo: «Toda la Trinidad gloriosa, y la misma persona del Hijo recibe de ella la sustancia de la carne humana, a fin de que no haya quien se esconda de su calor»[7].

Nosotros queremos calentarnos en esta noche fría dentro del portal. Nos gustaría que la oscuridad y la humedad no entraran en nuestra alma. Deseamos recibir a Jesús con la misma pureza, humildad y devoción con que lo hizo nuestra Madre; acoger su Palabra con la misma gracia y con igual alegría para derramarla, como ella, por el mundo entero.


[1] Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, Antífona de entrada.

[2] San Josemaría, Forja, n. 84.

[3] Oración Colecta.

[4] Francisco, Homilía, 1-I-2014.

[5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 275.

[6] Benedicto XVI, Homilía, 24-XII-2006.

[7] San Bernardo, Homilía en la octava de la Asunción, 2.

 

 

Conocerle y conocerte (XII): ​Almas de oración litúrgica

Algunas consideraciones de san Josemaría que nos puede ayudar a unirnos más a Dios y a la Iglesia en las distintas acciones litúrgicas.

VIDA ESPIRITUAL01/01/2021

Es abril de 1936 y en España hay mucha tensión social. Sin embargo, en la Academia DYA se procura mantener el clima habitual de estudio y de convivencia. En medio de aquellas extrañas jornadas, un residente cuenta por carta a sus padres que el día anterior habían ensayado canto litúrgico, ayudados por un profesor, en un ambiente que recordaba muy alegre[1]. En ese contexto particular, más allá de los buenos momentos que pasaban entre ellos, ¿por qué razón treinta universitarios, un domingo por la noche, estaban teniendo una clase de canto?

La respuesta la podemos encontrar un par de meses atrás, cuando san Josemaría incluyó en el plan de formación de la Academia precisamente algunas clases de canto gregoriano. Aunque sabemos que, como párroco en Perdiguera, san Josemaría solía celebrar Misa cantada, aquella inclusión curricular no respondía a una inclinación personal. Tampoco se debía a un interés erudito, consecuencia del conocimiento y desarrollo del Movimiento litúrgico en España. Esa decisión fue, más bien, fruto de su experiencia pastoral, movida solamente por el deseo de ayudar a aquellos jóvenes a que se convirtieran en almas de oración.

Es interesante observar un detalle de las tres publicaciones que en aquellos años treinta tenía san Josemaría entre manos, todas ellas dirigidas justamente a facilitar el diálogo con Dios: cada una de ellas respondía a una de las tres grandes formas de expresión de la oración cristiana. La primera se centraría en la meditación personal, otra fomentaría la piedad popular y la última animaría al lector a sumergirse en la oración litúrgica. El fruto de la primera iniciativa fue Consideraciones espirituales, base de su conocida obra Camino; el fruto de la segunda, fue el breve librito Santo Rosario; y para la tercera iniciativa, proyectó una obra que se titularía Devociones litúrgicas. Aunque la publicación de esta última obra estuvo anunciada para 1939, por diversas razones nunca llegó a ver la luz. Sin embargo, todavía se conserva el prólogo que había preparado don Félix Bilbao, obispo de Tortosa, y que lleva por título «¡Orad y orad bien!». En ese texto inédito se anima a los lectores a adentrarse, de la mano del autor del libro, en la liturgia de la Iglesia, para llegar a una «oración eficaz, jugosa, sólida, que les una íntimamente con Dios»[2].

Dar voz a la oración de la Iglesia

Para san Josemaría la liturgia no era un conjunto de preceptos dirigidos solamente a dar solemnidad a ciertas ceremonias. Sufría cuando el modo de celebrar los sacramentos y demás acciones litúrgicas no estaba verdaderamente al servicio del encuentro de las personas con Dios y con los demás miembros de la Iglesia. Una vez, tras asistir a una celebración litúrgica, escribió: «Mucho clero: el arzobispo, el cabildo de canónigos, los beneficiados, cantores, sirvientes y monagos… Magníficos ornamentos: sedas, oro, plata, piedras preciosas, encajes y terciopelos… Música, voces, arte… Y… ¡sin pueblo! Cultos espléndidos, sin pueblo»[3].

Este interés por el pueblo en la liturgia es profundamente teológico. En las acciones litúrgicas, la Trinidad interactúa con la Iglesia entera y no solo con una de sus partes. No es casualidad que la mayor parte de las reflexiones que san Josemaría dedicó en Camino a la liturgia se encuentren en el capítulo titulado La Iglesia. Para el fundador del Opus Dei, la liturgia era un lugar privilegiado donde experimentar la dimensión eclesial de la oración cristiana; allí es palpable el hecho de que nos dirigimos todos juntos a Dios. La oración litúrgica, siendo siempre personal, se abre a horizontes que van más allá de las circunstancias individuales. Si en la meditación personal somos nosotros el sujeto que habla, en la liturgia el sujeto es la Iglesia entera. Si en el diálogo a solas con Dios somos nosotros quienes hablamos como miembros de la Iglesia, en la oración litúrgica es la Iglesia quien habla a través de nosotros.

De este modo, aprender a decir el nosotros de las oraciones litúrgicas es una gran escuela para complementar las distintas dimensiones de nuestra relación con Dios. Allí uno se descubre un hijo más en esta gran familia que es la Iglesia. No sorprende, entonces, la clara exhortación de san Josemaría: «Tu oración debe ser litúrgica. –Ojalá te aficiones a recitar los salmos, y las oraciones del misal, en lugar de oraciones privadas o particulares»[4].

Aprender a rezar litúrgicamente requiere la humildad de recibir de otros las palabras que diremos. Requiere también el recogimiento del corazón para identificar y valorar las relaciones que nos unen a todos los cristianos. En este sentido, nos puede servir considerar que estamos rezando unidos a quienes están junto a nosotros en ese momento y también con los ausentes; con los cristianos del propio país, de los países vecinos, del mundo entero… También rezamos con los que nos han precedido y están purificándose o gozan ya de la gloria del cielo. De hecho, la oración litúrgica no es una fórmula anónima, sino que está llena «de rostros y de nombres»[5]; nos unimos a todas las personas concretas que forman parte de nuestra vida y que, como nosotros, viven «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo», partícipes en la vida de la Trinidad.

Dar cuerpo a la oración de la Iglesia

Sabemos que, para san Josemaría, la santificación del trabajo no consistía principalmente en intercalar oraciones durante el trabajo, sino sobre todo en convertir en oración la misma acción que se realiza mediante una atención en hacerlo por la gloria de Dios, empeñándose en la perfección humana, sabiéndose mirado amorosamente por nuestro Padre del cielo. De modo análogo, la oración litúrgica no consiste principalmente en decir oraciones durante las acciones litúrgicas, sino en realizar esas acciones rituales digneattente ac devote, con la dignidad, atención y devoción que merecen, estando presente en lo que se hace. No son solamente ocasiones para realizar actos individuales de fe, esperanza y caridad, sino acciones a través de las cuales la Iglesia entera expresa su fe, su esperanza y su caridad.

San Josemaría daba mucha importancia a este saber estar en los distintos actos de culto, a esta urbanidad de la piedad. La dignidad que requiere la oración litúrgica tiene mucho que ver con la gestión del propio cuerpo ya que, en cierto modo, allí se manifiesta en un primer momento lo que queremos hacer. La celebración de la santa Misa, acercarse a la Confesión, las bendiciones con el Santísimo, etc., comportan diversos movimientos de la persona, pues son oración en acción. La oración litúrgica, por tanto, supone también rezar con el cuerpo. Más aún, supone aprender a dar cuerpo, aquí y ahora, a la oración de la Iglesia. Y, lógicamente, aunque muchas veces sea el sacerdote quien tiene la misión de dar voz y manos a Cristo Cabeza, es la asamblea la que da voz y visibilidad a todo el Cuerpo Místico de Cristo. Saber que a través de nosotros se ve y se escucha la oración de los santos y de las almas del purgatorio es un buen estímulo para cuidar esa urbanidad de la piedad.

Además de dignidad, la oración litúrgica pide ser realizada con atención. En ese sentido, se podría decir que, ademásde concentrarnos en las palabras que decimos, es importante experimentar de la manera más profunda posible el momento que estamos viviendo: tener claro con quién estamos, por qué y para qué. Esta toma de conciencia exige una formación previa, que siempre se podrá mejorar. En palabras de san Josemaría: «Despacio. –Mira qué dices, quién lo dice y a quién. –Porque ese hablar de prisa, sin lugar para la consideración, es ruido, golpeteo de latas. Y te diré con Santa Teresa, que no lo llamo oración, aunque mucho menees los labios»[6].

Encuentro con cada Persona de la Trinidad

A pesar de las inevitables distracciones, debidas a nuestra fragilidad, en la oración litúrgica participamos en el misterioso pero real encuentro de toda la Iglesia con las tres personas de la Trinidad. Por eso, es enriquecedor aprender a distinguir cuándo nos dirigimos al Padre, al Hijo o al Espíritu Santo. Generalmente la liturgia nos suele situar de cara a Dios Padre, con sus rasgos propios, aunque frecuentemente sea invocado con un sencillo «Dios» o «Señor». Él es la fuente y origen de todas las bendiciones que la Trinidad derrama sobre este mundo y a él vuelven, a través de su Hijo, todas las alabanzas que las criaturas son capaces de expresar.

Porque lo que decimos al Padre lo decimos a través de Jesús, quien no está tanto delante de nosotros, sino con nosotros. El Verbo se ha encarnado para llevarnos al Padre y, por eso, descubrir su presencia a nuestro lado, como hermano que conoce y no se avergüenza de nuestra flaqueza, nos llena de consuelo y de audacia. Es más, la oración litúrgica, en cuanto oración pública de la Iglesia, nace de la oración de Jesús. No solo es continuación de su oración cuando estuvo sobre esta tierra, sino que es expresión, hoy y ahora, de su intercesión por nosotros en el cielo (cfr. Heb 7,25). Algunas veces encontramos también oraciones que se dirigen directamente a Jesús, llevando nuestra mirada hacia el Hijo en cuanto salvador. Por estos motivos, la oración litúrgica es una gran vía para sintonizar con el corazón sacerdotal de Jesucristo.

Y la oración que se dirige al Padre por el Hijo se realiza en el Espíritu Santo. Tener conciencia de la presencia de la tercera Persona de la Trinidad en la oración litúrgica es un gran regalo de Dios. El gran Desconocido, como lo llamaba san Josemaría, pasa externamente inadvertido, como la luz o como el aire que respiramos. Sin embargo, sabemos que sin luz no veríamos nada y sin aire nos ahogaríamos. El Espíritu Santo opera de una manera similar en el dialogo litúrgico. Aunque no nos solemos dirigir a él, sabemos que habita en nosotros y que, con gemidos inenarrables, nos mueve a dirigirnos al Padre con las palabras que nos enseñó Jesús. Su acción, por tanto, se manifiesta indirectamente. Más que en las palabras que decimos, o a quién se las decimos, el Espíritu se manifiesta en el cómo las decimos: está presente en los gemidos que se hacen canto y en los silencios que dejan trabajar a Dios en el interior de nuestro ser.

De la misma manera que la presencia del viento se percibe por los objetos que pone en movimiento, así podemos entrever la presencia del Espíritu Santo cuando experimentamos los efectos de su acción. Por ejemplo, un primer efecto de su actuar es cuando somos conscientes de estar rezando como hijas e hijos de Dios en la Iglesia. También lo experimentamos cuando se encarga de que la Palabra de Dios resuene en nuestro interior no como palabra humana sino como Palabra del Padre dirigida a cada uno. Sobre todo, el Espíritu Santo se manifiesta en la ternura y generosidad con las que el Padre y el Hijo se vuelcan sobre cada uno cuando en la celebración litúrgica nos perdonan, nos iluminan, nos fortalecen o nos hacen un regalo particular.

Por último, la acción del Espíritu Santo es tan íntima y necesaria que es quien hace posible que la acción litúrgica sea verdadera contemplación de la Trinidad, nos permite ver a la Iglesia entera y a Jesús mismo, cuando los sentidos nos dicen otra cosa. Es el Espíritu Santo quien nos descubre que el alma de la oración litúrgica no es el cumplimiento formal de una serie de palabras o movimientos exteriores, sino el amor con el que sinceramente deseamos servir y dejarnos servir. El Espíritu Santo nos hace participar de su misterio personal cuando aprendemos a disfrutar de un Dios que se abaja para servirnos, de modo que después podamos servir a los demás.

He vivido el Evangelio

No es extraño que uno de los términos más usados en la Escritura y en la Tradición para referirse a las acciones litúrgicas es el de servicio. Descubrir esta dimensión de servicio en la oración litúrgica tiene muchas consecuencias para la vida interior. No solo porque quien sirve por amor no se pone a sí mismo en el centro, sino también porque ver la liturgia como servicio es clave para poder transformarla en vida. Aunque parezca paradójico, en numerosas oraciones encontramos en los textos litúrgicos la exhortación a imitar en la vida ordinaria lo que hemos celebrado. Esta invitación no significa que debamos extender el lenguaje litúrgico a nuestras relaciones familiares y profesionales. Significa, en cambio, convertir en un programa de vida aquello que el rito nos ha permitido contemplar y vivir[7]. Por eso san Josemaría, en más de una ocasión, al contemplar la acción de Dios en su jornada exclamaba: «Verdaderamente, he vivido el Evangelio del día»[8].

Para vivir la liturgia del día y así trasformar nuestra jornada en servicio, en una Misa de veinticuatro horas, es necesario contemplar nuestras circunstancias personales a la luz de lo que hemos celebrado. En esta tarea, la meditación personal es insustituible. San Josemaría solía tomar notas de aquellas palabras o expresiones que le golpeaban durante la celebración de la Misa o en el rezo de la Liturgia de las Horas, hasta el punto de que un día escribió: «Ya no anotaré ningún salmo, porque habría que anotarlos todos, ya que en todos no hay más que maravillas, que el alma ve cuando Dios es servido»[9]. Es verdad que la oración litúrgica es fuente de oración personal, pero es igualmente cierto que sin la meditación es muy difícil asimilar personalmente la riqueza de la oración litúrgica.

En el silencio del tú a tú con Dios es donde, de ordinario, las fórmulas de la oración litúrgica adquieren una fuerza íntima y personal. En este sentido, el ejemplo de María es iluminante: ella nos enseña que, para poner por obra el fiat –hágase– de la liturgia, para transformarlo en servicio, es necesario dedicar tiempo a conservar personalmente «todas estas cosas en el corazón» (Lc 2,19).

Juan Rego


[1] Cfr. «Un estudiante en la Residencia DYA. Cartas de Emiliano Amann a su familia (1935-1936)», en Studia et Documenta, vol. 2, 2008, p. 343.

[2] Archivo General de la Prelatura, 77-5-3.

[3] Apuntes íntimos, n. 1590, 26-X-1938. Citado en Camino. Edición crítico-histórica, Rialp, Madrid, 2004, p. 677.

[4] San Josemaría, Camino, n. 86.

[5] Francisco, ex. ap. Evangelii gaudium, n. 274.

[6] San Josemaría, Camino, n. 85.

[7] Cfr. san Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 88.

[8] Cuaderno IV, n. 416, 26-XI-1931. Citado en Camino. Edición crítico-histórica, p. 298.

[9] Cuaderno V, n. 681, 3-IV-1932. Citado en Camino. Edición crítico-histórica, p. 297.

Santísimo Nombre de Jesús | Enero 3

Festividad: Enero 3

Honramos el Nombre de Jesús no porque creamos que existe un poder intrínseco escondido en las letras que lo componen, sino porque el nombre de Jesús nos recuerda todas las bendiciones que recibimos a través de Nuestro Santo Redentor. Para agradecer estas bendiciones reverenciamos el Santo Nombre, así como honramos la Pasión de Cristo honrando Su Cruz (Colvenerius, «De festo SS. Nominis», ix).

Descubrimos nuestras cabezas y doblamos nuestras rodillas ante el Santísimo Nombre de Jesús; Él da sentido a todos nuestros afanes, como indicaba el emperador Justiniano en su libro de leyes: «En el Nombre de Nuestro Señor Jesús empezamos todas nuestras deliberaciones». El Nombre de Jesús, invocado con confianza:

* Brinda ayuda a necesidades corporales, según la promesa de Cristo: «En mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien» (Marcos 16, 17-18). En el Nombre de Jesús los Apóstoles dieron fuerza a los lisiados (Hechos 3, 6; 9, 34) y vida a los muertos (Hechos 9, 40).

* Da consuelo en las aflicciones espirituales. El Nombre de Jesús le recuerda al pecador al padre del Hijo Pródigo y del Buen Samaritano; le recuerda al justo el sufrimiento y la muerte del inocente Cordero de Dios.

* Nos protege de Satanás y sus engaños, ya que el Demonio teme el Nombre de Jesús, Quien lo ha vencido en la Cruz.

* En el nombre de Jesús obtenemos toda bendición y gracia en el tiempo y la eternidad, pues Cristo dijo: «lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre.» (Juan 16, 23). Por eso la Iglesia concluye todas sus plegarias con las palabras: «Por Jesucristo Nuestro Señor», etc.

Así se cumple la palabra de San Pablo: «Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos.» (Fil 2, 10).

Un especial devoto del Santísimo Nombre fue San Bernardo, quien habla de él con especial ardor en muchos de sus sermones. Pero los promotores más destacados de esta devoción fueron San Bernardino de Siena y San Juan Capistrano. Llevaron consigo en sus misiones en las turbulentas ciudades de Italia una copia del monograma del Santísimo Nombre, rodeado de rayos, pintado en una tabla de madera, con el cual bendecían a los enfermos y obraban grandes milagros. Al finalizar sus sermones mostraban el emblema a los fieles y les pedían que se postraran a adorar al Redentor de la humanidad. Les recomendaban que tuviesen el monograma de Jesús ubicado sobre las puertas de sus ciudades y sobre las puertas de sus viviendas (cf. Seeberger, «Key to the Spiritual Treasures», 1897, 102). Debido a que la manera en que San Bernardino predicaba esta devoción era nueva, fue acusado por sus enemigos y llevado al tribunal del Papa Martín V. Pero San Juan Capistrano defendió a su maestro tan exitosamente que el papa no sólo permitió la adoración del Santísimo Nombre, sino que asistió a una procesión en la que se llevaba el Santo Monograma. La tabla usada por San Bernardino es venerada en Santa María en Ara Coeli en Roma.

El emblema o monograma que representa el Santísimo Nombre de Jesús consiste de las tres letras: IHS. En la mal llamada Edad Media el Nombre de Jesús se escribía: IHESUS; el monograma contiene la primera y la última letra del Santísimo Nombre. Se encuentra por primera vez en una moneda de oro del siglo VIII: DN IHS CHS REX REGNANTIUM (El Señor Jesucristo, Rey de Reyes). Algunos equivocadamente sostienen que las tres letras son las iniciales de «Jesús Hominum Salvator» (Jesús Salvador de los Hombres). Los jesuitas hicieron de este monograma el emblema de su Sociedad, añadiéndole una cruz sobre la H y tres clavos bajo ella. Consecuentemente se inventó una nueva explicación del emblema, pretendiendo explicar que los clavos eran originalmente una «V», y que el monograma significaba «In Hoc Signo Vinces» (En Esta Señal deben Conquistar), palabras que, de acuerdo a un registro muy antiguo, vio Constantino en los cielos bajo el signo de la Cruz antes de la batalla en el puente Milvian (312).

También se sostiene que Urbano IV y Juan XXII concedieron una indulgencia de treinta días a aquellos que añadieran el nombre de Jesús al Ave María o se hincaran, o por lo menos hicieran una venia con las cabezas al escuchar el Nombre de Jesús (Alanus, «Psal. Christi et Mariae», i, 13, and iv, 25, 33; Michael ab Insulis, «Quodlibet», v; Colvenerius, «De festo SS. Nominis», x). Esta afirmación puede ser cierta; pero fue gracias a los esfuerzos de San Bernardino que la costumbre de añadir el Nombre de Jesús al Ave María fue difundida en Italia, y de ahí a la Iglesia Universal. Pero hasta el siglo XVI era desconocida en Bélgica (Colven., op. Cit., x), mientras que en Bavaria y Austria los fieles aún añaden al Ave María las palabras: «Jesús Christus» (ventris tui, Jesús Christus). Sixto V (2 de julio de 1587) concedió una indulgencia de cincuenta días a la jaculatoria: «¡Bendito sea el Nombre del Señor!» con la respuesta «Ahora y por siempre», o «Amén». En el sur de Alemania los campesinos se saludan entre ellos con esta fórmula piadosa. Sixto V y Benedicto XIII concedieron una indulgencia de cincuenta días para todo aquél que pronuncie el Nombre de Jesús reverentemente, y una indulgencia plenaria al momento de la muerte. Estas dos indulgencias fueron confirmadas por Clemente XIII, el 5 de setiembre de 1759. Tantas veces como invoquemos el Nombre de Jesús y de María («¡Jesu!», «Maria»!) podremos ganar una indulgencia de 300 días, por decreto de Pío X, el 10 de octubre de 1904. Es también necesario, para ganar la indulgencia papal al momento de la muerte, pronunciar aunque sea mentalmente el Nombre de Jesús.

es.catholic.net

Contemplar al Hijo – Lo esencial para Navidad

Pbro. José Martínez Colín

  • Para saber

¿Cómo vivir mejor la Navidad? Una pregunta que muestra el deseo de vivir estos días navideños mejor dispuestos. El Papa Francisco nos sugiere para ello contemplar a Jesús en el signo hermoso del pesebre. Redescubrir que con Él lo tenemos todo.

Es una fiesta tan grande que la Iglesia no se limita a celebrarla sólo el 25 de diciembre, sino que le dedica varios días, el llamado “Tiempo de Navidad”, que llega hasta la fiesta del Bautismo del Señor, en esta ocasión, hasta el 10 de enero.

  • Para pensar

Un hombre rico tenía una gran pasión por el arte y había coleccionado grandes obras: desde Velázquez hasta Picasso. Era viudo y tenía un solo hijo, con el que las admiraba. Desgraciadamente, el hijo tuvo que ir a la guerra. Fue muy valiente y murió en el campo de batalla mientras rescataba a otro soldado. El padre sufrió profundamente su muerte. Acabada la guerra, en Navidad, un joven llegó a su casa con un gran paquete: “Señor, usted no me conoce, pero yo soy el soldado por quien su hijo dio la vida; murió al llevarme a un lugar seguro. Me hablaba mucho de usted y de su amor por el arte. Por ello aunque no soy gran artista le hice una pintura”. El padre abrió el paquete. Era el retrato de su hijo, pintado por el joven. El padre la contempló con profunda emoción y sus ojos se llenaron de lágrimas. Le ofreció pagarle lo que quisiera. “Oh no, señor, es un regalo, jamás podría pagarle lo que su hijo hizo por mí”. El padre colgó el retrato arriba de su chimenea y lo enseñaba a todas las visitas. El hombre murió años después y dejó en su testamento indicaciones sobre la subasta de sus pinturas. Empezó la subasta y había mucha gente importante. El subastador golpeó su mazo para dar inicio: “Empezaremos con este retrato del hijo. ¿Cuánto ofrecen?” Hubo un gran silencio. Una voz gritó: “Queremos ver las pinturas famosas. Olvídese de esa”. El subastador persistió: “¿Alguien ofrece algo por esta pintura?” Otra voz gritó con enojo: “Venimos por los Picasso y los Van Gogh”. El subastador continuaba: “La del hijo. ¿Quién se la lleva?” Finalmente una voz se oyó desde muy atrás de la habitación: “Yo doy doce dólares por la pintura”. Era el viejo jardinero del padre quien siendo un muy pobre, era lo único que podía ofrecer. “Tenemos $12 ¿Quién da más?”, gritó el subastador. La multitud enojada no quería la pintura del hijo. El subastador golpeó por fin el mazo: “Va una, van dos, VENDIDA por $12 dólares al señor del fondo”. El subastador soltó su mazo y dijo: “Lo siento mucho, damas y caballeros, pero la subasta llegó a su final”. “Pero, ¿y las pinturas?”, dijeron los interesados. Contestó el subastador: “Lo siento, el testamento indicaba que quien se llevara la pintura del hijo, se llevaría absolutamente todas las posesiones de este hombre, incluyendo las famosas pinturas. El hombre que aceptó la del HIJO, se queda con TODO”.

La alegoría nos señala que quien tiene a Jesús, el Hijo del Padre, lo tiene todo.

  • Para vivir

Como deseos para esta Navidad, el Papa Francisco ha rogado a la Virgen y a san José que nos alcancen del Niño Jesús “la gracia de que renazca en nuestro corazón la ternura, para abrazar con amor a todos, como verdaderos hermanos y hermanas”.

(articulosdog@gmail.com)

 

2020: EL AÑO DE LA LIBERTAD INTERIOR

Muchos vimos ilusionados la llegada de una nueva década. Muchos comieron las doce  uvas que prometen abundancia; otros revisaron y escribieron sus metas y propósitos y otros tantos cientos de miles quizá, trabajaron en el ya famoso “vision board” o “tablero de visión “ una herramienta utilizada por los coaches profesionales que te ayuda a enfocarte y concentrarte en lo que realmente quieres para hacerlo realidad.

¿Y quién hace realidad lo que sueñas o deseas? Piensas convencido que eres tú, usando tu cerebro. De manera crees que eres Dios, Todopoderoso y te olvidas  de Él.

Esta es una de las tantas formas engañosas en las que miles y miles de católicos han caído rendidos y han puesto su fe en ello diluyendo de esta forma su fe y confianza en un Salvador.  Pero de esto podré hablar más ampliamente en otra ocasión. Lo que quiero decir es que nadie, ni tú no yo sospechábamos que nos convertiríamos en una generación de la historia inolvidable. No por nuestra forma ejemplar de vivir como seres creados para el amor, sino por aquellos que vivieron una plaga que se llevó en un año a miles y miles de personas y que se llamó Corona virus. Es decir, la generación de la pandemia del coronavirus.

De todo lo vivido en el doloroso 2020 este virus es el protagonista y ser sin vida (por eso es virus) que se convirtió en el más poderoso del planeta.

Ha sido tanto su poder que la economía está devastada. Los ancianos han muerto como mangos que caen del árbol y los días para los que somos jóvenes se pegaban unos a otros lanzándonos a una agobiante espera del cuándo podemos volver a la normalidad.

En una época en la que “dejamos de creer en Dios y empezamos a creer en cualquier cosa”.
(Chesterton)

El mismo Dios nos puso un alto.

Leía que “ningún hombre es capaz de mover o inclinar la voluntad de Dios”(1) aunque estén convencidos de lo contrario.  Y lo que hemos vivido en el 2020 creamos o no creamos es la voluntad de Dios.  Una voluntad que ha sido así porque de alguna manera se ha cansado de ver a sus hijos que entronizaron la pura autodeterminación que es lo mismo que actuar según sea su voluntad y que como escribe Juan Manuel de Prada: “Ha convertido a los hombres de nuestro tiempo en amasijos de pulsiones  aberrantes que puedan asesinar a sus hijos en gestación o dejar morir a sus viejos en los modernos morideros llamados residencias o incluso matarlos con una inyección creyendo además que actúan piadosamente “.

Dios nos mira y quizá nos invita a buscar su Palabra Sagrada para que cada uno pueda reflexionar en aquellas palabras del Profeta Isaías: “..ay de los que a lo malo llaman bueno y a lo bueno malo; que hacen de la Luz tinieblas y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo”. 

Si eres católico y piensas que exagero quiere decir que también ya estás contaminado.

¿Cuál será la vacuna para acabar con esta tempestad espiritual llamada coronavirus?

Como en su día Dios hablo a Noé para que construyera un arca y salvará a su familia , creo que ahora mismo está llamando a cada uno para hacer lo mismo de cara al 2021 para lo que está en el mayor de los peligros: la familia.

Las siguientes preguntas pueden servir para comenzar tu diálgo con él:

¿Qué tipo de adorador quiero ser para Dios? ¿Cuánto le pediré en mi oración diaria el don de amarlo cada día más y más? ¿Qué tan capaz me estoy sintiendo de unir mi voluntad a la suya para que su plan eterno para mí se haga realidad?¿Y qué tal si me llevo el siguiente conjunto de palabras para meditarlas en mi oración y sacar unos propósitos concretos para ser un enorme hijo?

Pandemia: pecado

Pecado : purificación

Purificación: paz

Paz: Jesucristo

Jesucristo: Salvador del alma.

Porque al final no se nos preguntará cuánto triunfamos , cuánto acumulamos o cuánta fama tuvimos sino más bien “cuánto ore, cuánto ame, para conseguir el auxilio de Dios, para obrar el bien y perseverar, como es necesario para tener cosecha de trigo”. R Garrigou- Lagrange.

Qué la más Santa y llena de Gracia de todas las mujeres que han existido , la Madre de Jesús y Madre Nuestra nos auxilie para poder mirar lo que no hemos visto y empezar a vivir nuestra vida solamente para adorer a Dios.

Omnia in bonum.

  • Las tres edades de la vida interior, R Garrigou-Lagrange

 

Sheila Morataya

¡ADIÓS 2020!

 

Autora: Magui del Mar

La Dama azteca de la Pluma de Oro

Poeta mexicana

Diciembre 31 2020.

 

Un año que se va…dejando el alma

con lágrimas, angustias…¡tantas cosas!

Aunque hubo obscuridad…tardes brumosas...

el gran amor de Dios, nos dio la calma.

 

Vimos marchar a tanta…¡tanta gente!

2020 se va…pero nos deja

una luz de esperanza, que refleja

esa fe que en Dios…¡se hace patente!

 

Pido al Señor nos dé la fortaleza

que a nuestra alma devuelva la entereza

-esa entereza que rompió la pena-.

 

De nuevo de alegría nuestra alma llena,

confiando siempre en Dios, con vida plena

¡Descubrimos del mundo la belleza!.

 

Derechos Reservados.

MAGUI DEL MAR 

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

ruizrmagui@gmail.com

 

 

 

 DOMINGO SECUNDO DESPUÉS DE NAVIDAD.

 

Jn 1,1.8.

 

Meditar el evangelio con tres puntos.

 

Contemplar el misterio de la Navidad con los ojos de los niños y de los santos es enterarse de la auténtica navidad

 

1.     San Juan en su prólogo nos vuelve a insistir en que lo esencial es que ha puesto su tienda entre nosotros y hemos contemplado su Gloria.

 

2.     El drama de que viene a los suyos y los suyos no se enteraron, no le recibieron… es la historia de siempre. Acoger a Jesús es la perenne Navidad.

 

3.     Desde que el Verbo se hizo carne, todo lo humano es digno de ser vivido. Comparte su naturaleza divina con la nuestra, para que en este admirable intercambio compartamos con El, su filiación divina, lo que Él ha querido compartir con nosotros.

  

+ Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

 

Meditación: domingo 2º de Navidad

Reflexión para meditar el domingo de la segunda semana de Navidad. Los temas propuestos son: la Palabra se ha hecho carne para que podamos escucharla; vivir el evangelio de cada día; dedicar un momento del día a su lectura.

MEDITACIONES03/01/2021

– La Palabra se ha hecho carne para que podamos escucharla

– Vivir el evangelio de cada día

– Dedicar un momento del día a su lectura


«EN EL PRINCIPIO existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1,1). Hoy la liturgia proclama nuevamente, durante la Misa, el prólogo del evangelio de san Juan: un texto tan rico que vale la pena meditar varias veces para ahondar en su significado.

«Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). Toda la grandeza de Dios se ha concentrado en un niño recién nacido. Dios nos ha hablado, nos ha mandado su Palabra, se ha dirigido a cada uno. Pero su gloria no nos deslumbra; es sencilla, humilde, discreta. Quien no quiera escucharla no necesita taparse los oídos porque el Niño apenas emite algún sonido. Nace en un establo escondido para que nadie se sienta obligado a acompañarlo. Lo hallarán solo quienes desean libremente acogerlo.

Nosotros podemos pedir a la Virgen María, a san José y a nuestro ángel de la guarda que aumente nuestro deseo de tratar a este Niño, de dejarnos querer por él y de escuchar su frágil voz. Queremos llenarnos de la gracia y la verdad que contiene esta Palabra. Se nos ha dirigido un mensaje que deseamos custodiar: Dios nos ama, nos salva y quiere contar con nosotros para que su amor llegue hasta el último rincón de la tierra. «Emprendamos la marcha, vayamos a Belén, hacia ese Dios que ha venido a nuestro encuentro. Sí, Dios se ha encaminado hacia nosotros. No podríamos llegar hasta Él sólo por nuestra cuenta. La senda supera nuestras fuerzas. Pero Dios se ha abajado. Viene a nuestro encuentro. Él ha hecho el tramo más largo del recorrido. Y ahora nos pide: Venid a ver cuánto os amo. Venid a ver que yo estoy aquí»[1].


«LA GRACIA y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo –continúa diciendo el evangelio de san Juan–. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1,17). En Cristo podemos conocer la verdad y la bondad de Dios. Y para acercarnos a Jesucristo, para contemplar su Humanidad santísima, tratarlo como a un amigo y seguir sus huellas, necesitamos leer y meditar el evangelio.

San Josemaría tuvo una experiencia sorprendente por las calles de Madrid; escribe, un día de 1931: «Ayer por la mañana, en la calle de Santa Engracia, cuando iba yo a casa de Romeo, leyendo el cap. segundo de San Lucas, que era el que me correspondía leer, encontré a un grupo de obreros. Aunque yo iba bastante metido en mi lectura, oí que se decían en voz alta algo, sin duda preguntando qué leería el cura. Y uno de aquellos hombres contestó también en voz alta: “la vida de Jesucristo”. Como mis evangelios están en un libro pequeño, que llevo siempre en el bolsillo, y las cubiertas forradas con tela, no pudo aquel obrero acertar en su respuesta, más que por casualidad, por providencia. Y pensé y pienso que ojalá fuera tal mi compostura y mi conversación que todos pudieran decir al verme o al oírme hablar: éste lee la vida de Jesucristo»[2].

Leer la vida de Jesucristo nos ayuda a entrar en sintonía con el querer de Dios. Es una Palabra que no deja indiferente; tiene un poder transformador infinito porque está viva. Si la recibimos, nos cambia. Si la acogemos, nos vivifica. San Josemaría aconsejaba leer el evangelio con una actitud activa, para facilitar que la Palabra de Dios vaya configurando cada vez más nuestra realidad cotidiana: «Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra –obras y dichos de Cristo– no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia. –El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida»[3].


«EL VERBO era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre» (Jn 1,9). Impulsados por estas palabras de san Juan, hoy pedimos al Señor que el brillo de la verdad guíe nuestras vidas; que nos haga cada vez más capaces de reconocer, como dirigidas a cada uno, las palabras, gestos y acciones del Maestro; que aprendamos a meternos en las escenas de los evangelios para pasar el día con Jesús en su recorrido por Galilea y Judea. Queremos, así, ser testigos de sus milagros y curaciones; queremos escucharle hablar del amor incondicional e infinito de su Padre por nosotros.

Para entrar en la vida del Señor necesitamos dedicar un momento de nuestro día a leer el evangelio. Precisamente el Domingo de la Palabra de Dios ha sido instituido para que los cristianos recordemos, una vez más, el gran valor que esta Palabra ocupa en nuestra existencia cotidiana. «Hagamos espacio dentro de nosotros a la Palabra de Dios. Leamos algún versículo de la Biblia cada día. Comencemos por el Evangelio; mantengámoslo abierto en casa, en la mesita de noche, llevémoslo en nuestro bolsillo o en el bolso, veámoslo en la pantalla del teléfono, dejemos que nos inspire diariamente. Descubriremos que Dios está cerca de nosotros, que ilumina nuestra oscuridad y que nos guía con amor a lo largo de nuestra vida»[4]. Tal vez un buen propósito para este año que acaba de comenzar puede ser el de gustar y ver qué bueno es el Señor a través de las páginas del evangelio. Le pedimos al Espíritu Santo que aprendamos a escuchar allí el susurro divino que nos hace sentir acompañados, inspirados, comprendidos.

La Virgen María es la que mejor recibió esa Palabra y la hizo carne de su carne. En ella se cumplen a la perfección las palabras de san Juan: «A cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios» (Jn 1,12). María ha entendido que esa Palabra era para ella: aquel día en que vino a verla el arcángel san Gabriel y cada día de su vida.


[1] Benedicto XVI, Homilía, 24-XII-2009.

[2] San Josemaría, Apuntes íntimos, Cuaderno V, n. 521 (30-XII-1931).

[3] San Josemaría, Forja, n. 754.

[4] Francisco, Homilía en el Domingo de la Palabra de Dios, 26-I-2020.

 

¡FELIZ AÑO 2021!

 

 

Autora: Magui del Mar

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

Poeta mexicana

Enero 1º. Del 2021.

(Octava Real)

 

Eres 2021, ¡Bienvenido!

¿Qué nos ocultarás en tus arcanos?

¿Las penas curarás, del año ido?.

Traerás consuelo y paz, a los humanos?.

Deseo lo mejor a mis hermanos

que en la lucha han perdido un ser querido,

Dios dará fortaleza…¡estoy segura!.

y en luz convertirá…¡la noche obscura!

 

Aunque en el alma queden cicatrices

y entre tanto dolor ¡no hallen consuelo!,

Volverán, yo lo sé, a ser felices…

En tus Manos los pongo…¡Oh Dios del cielo!.

sé bien que con amor, Tú nos bendices:

¡Aparta de nosotros el flagelo!.

Y al empezar este Año es oportuno,

¡DESEARLES UN FELIZ…2021!.

 

Derechos Reservados.

 

MAGUI DEL MAR 

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

ruizrmagui@gmail.com

 

 

 

Amistad

Daniel Tirapu

Quien tiene un amigo tiene un tesoro. Es gracioso que facebook te diga si quieres agregar un amigo. Un amigo es mucho más que estar en una lista. Los amigos están, sin que les llames, en los momentos duros; cuando estás arriba y cuando pintan bastos. Los conocidos, vecinos, colegas son muchos.

Amigos de verdad, pocos, pero también con el tiempo, el corazón se va haciendo más grande y caben muchos amigos. Los padres deben ser amigos de sus hijos, los hermanos deben ser amigos. La amistad crece con la confidencia y se pierde con las indiscreciones.

Como todo amor verdadero, la amistad hay que trabajarla, cuidarla, regarla a diario. No hacen falta muchas palabras. y ser amigos de Dios es tener el mejor amigo, que no falla nunca. Te quiere más que tú mismo a ti, que ya es decir. Las amistades interesadas son poco interesantes.

Que tengáis y que tenga muchos y buenos amigos.

 

Hacer balance de vida en este año tan complicado

Silvia del Valle Márquez

Dios corrige al que ama y en muchas ocasiones permite pruebas fuertes para hacernos voltear los ojos a él, para que hagamos un alto en el camino y nos demos cuenta que él siempre está presente en nuestras vidas.

 

En este año en particular ha sido muy difícil para todos y ya que ha modificado nuestra vida de forma radical es muy necesario hacer un balance de vida.

Es importante hacerlo de forma personal y también familiar ya que es la mejor manera de darnos cuenta que, a pesar de todo, son más las cosas buenas que lo malo que hemos vivido.

Hoy te quiero compartir mis 5 Tips para hacer este balance de vida tanto personal como familiar.

PRIMERO. Medita un poco sobre todo lo que ha pasado en tu vida en este año.
Ahora que estamos a punto de terminar el año es bueno que nos demos un tiempo para pensar y hacer un recuento de lo que nos ha pasado este año.

Es un año fuera de serie, pero también debemos pensar que no todo lo que nos ha pasado es malo, estoy segura que han habido cosas muy buenas y que no hemos sabido valorar por el agobio de todo lo que implica la pandemia y las restricciones que ha traído consigo.

Es necesario darnos un tiempo para meditar y hacer una reflexión profunda también de nuestras actitudes frente a estos acontecimientos porque de ellos, la mayoría de las veces, no tenemos la contra pero de nuestras actitudes sí.

SEGUNDO. Haz una lista de los acontecimientos.
Como las palabras y los pensamientos, a veces se los lleva el viento, es bueno poner en papel esos acontecimientos para que los tengamos muy claros y bien identificados.

Una lista nos puede ayudar y así podríamos tenerlos en orden cronológico, esto nos puede ayudar a ubicarnos en el tiempo y el espacio y dimensionar la magnitud de cada uno, dándole su justo valor.

TERCERO. Pon lo bueno y lo malo de cada hecho.
Ahora toca el turno de ver lo bueno y lo malo. Antes solo pusimos los acontecimientos, ahora toca evaluar si fueron buenos o malos para nosotros.

Y es importante hacer este ejercicio en lo personal y luego en familia ya que a veces, los hechos los percibimos de una forma en lo personal pero para la familia resultan de otra.

Si confrontamos nuestras listas, nos podremos dar cuenta de que han sido más las cosas buenas que las malas porque Dios saca cosas buenas de cada acontecimiento de nuestras vidas, lo importante es que nosotros podamos ver la mano de Dios en cada momento de nuestra vida.

CUARTO. Agradece lo bueno y ofrece lo malo.
Ahora, ya identificado lo bueno y lo malo, hay que agradecerlo todo, cosa por cosa, de tal manera que demos gracias por lo bueno, porque nos ha traído alegrías y bendiciones; y lo malo porque nos ha edificado y nos ha permitido crecer como personas, como familia y nos ha fortalecido en la fe.

Dios corrige al que ama y en muchas ocasiones, permite pruebas fuertes para hacernos voltear los ojos a Él, para que hagamos un alto en el camino y nos demos cuenta que Él siempre está presente en nuestras vidas, sólo es cuestión de que le demos permiso de actuar.

Y QUINTO. Haz un álbum familiar de lo vivido este año.
Ahora es muy saludable que hagamos un álbum personal y familiar con imágenes de las cosas buenas que nos pasaron y también con imágenes de las cosas buenas que podemos sacar de lo difícil que vivimos este año, porque así nos daremos cuenta de que, a pesar de ellas, Dios nos ha cuidado, nos ha dado su ayuda y protección.

Así, cuando nos quiera asaltar el desánimo o la tristeza, tengamos este álbum y podamos ver con claridad que todo lo que nos pasa es por gracia y bendición de Dios y porque nos ama tanto que nos va purificando, nos va haciendo más aptos y agradables a Sus Ojos, por Amor.

Que este año que comienza nos traiga más bendiciones de parte de Dios y nos permita crecer en todos los sentidos, tanto personal como familiarmente, pero sobre todo que nos permita crecer en el Amor de Dios.

El papel de la debilidad

Escrito por Mario Arroyo.

José nos enseña que tener fe en Dios incluye además creer que él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad.

En su reciente carta “Patris corde” sobre san José, Francisco aborda un buen número de sugestivos temas. Pero uno particularmente interesante y oportuno, es su modo de presentar nuestras debilidades desde la óptica de la ternura divina. Su sobria prosa espiritual, que tiene el mérito de ser breve, nos redescubre una nueva forma de ver, marcadamente esperanzadora, nuestras debilidades, errores y fracasos. Transfigura de esta forma las páginas más oscuras de nuestra vida, para contemplarlas en una perspectiva de luz y de sentido.

“La historia de la salvación se cumple… a través de nuestras debilidades. Muchas veces pensamos que Dios se basa sólo en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad… debemos aprender a aceptar nuestra debilidad con inmensa ternura”. Aceptar nuestras limitaciones y nuestros errores, mirándolos con ternura, la ternura de Dios, nos ayuda a encontrarles un sentido y un papel, en nuestra vida y en la historia de la salvación.

¿No nos ha sucedido alguna vez que la angustiosa pregunta “por qué” nos atormenta? ¿Por qué lo ha permitido Dios?, ¿por qué me pasó a mí?, ¿por qué lo hice? Francisco nos invita a aceptar nuestra realidad, por dolorosa que parezca, a ponerla en las manos de Dios y a confiar: “Muchas veces ocurren hechos en nuestra vida cuyo significado no entendemos. Nuestra primera reacción es a menudo de decepción y rebelión. José deja de lado sus razonamientos para dar paso a lo que acontece y, por más misterioso que parezca, lo acoge, asume la responsabilidad y se reconcilia con su propia historia. Si no nos reconciliamos con nuestra historia, ni siquiera podremos dar el paso siguiente, porque siempre seremos prisioneros de nuestras expectativas y de las consiguientes decepciones… Sólo a partir de esta acogida, de esta reconciliación, podemos también intuir una historia más grande, un significado más profundo”.

Se trata de aceptar el hecho de que Dios, como buen alquimista, puede obtener bien a partir del mal, luz de la oscuridad, aprendiendo así a mirar “el reflejo de lo oscuro”. “El Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo, mientras que el Espíritu la saca a la luz con ternura. La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros. El dedo que señala y el juicio que hacemos de los demás son a menudo un signo de nuestra incapacidad para aceptar nuestra propia debilidad, nuestra propia fragilidad. Sólo la ternura nos salvará de la obra del Acusador. Por esta razón es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios especialmente en el sacramento de la Reconciliación”. La humilde confesión de nuestras faltas nos libera de ellas, al tiempo que nos conforta, mostrándonos cómo la vida sigue y cómo Dios puede apoyarse en nosotros, incluso cuando estamos caídos.

En efecto, la verdad de nuestra vida, con toda su crudeza y sus limitaciones, es tomada por Dios con inmensa ternura. En vez de “decirnos nuestras verdades” –como se dice popularmente–, nos reconstituye a partir de ellas. “La Verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona… viene a nuestro encuentro, nos devuelve la dignidad, nos pone nuevamente de pie, celebra con nosotros”. No es una verdad a la que debamos tener miedo, de la que debamos huir, pues al ser mirada con caridad, al ser perdonada y comprendida, nos une más íntimamente con Dios y nos hace más comprensivos con nuestros semejantes.

La confianza que tenemos puesta en Dios no está entonces tanto en pensar “que todo va a salir bien” o “que no habrá problemas”, sino en que a pesar de los tropiezos saldremos adelante y podremos servir a Dios y a los demás: “José nos enseña que tener fe en Dios incluye además creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero Él tiene siempre una mirada más amplia”. José nos enseña a no ser controladores, a no ser obsesivos, a confiar en la omnipotencia de Dios, que puede sacar cosas buenas, incluso mejores, de nuestras flaquezas.

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 Defensa de la ciudadela del matrimonio

​ El matrimonio de la Santísima Virgen con San José – Philippe de Champaigne

Los nuevos “defensores” del matrimonio no estarán contentos hasta que el estandarte sagrado del matrimonio indisoluble sea abatido y la bandera del arco iris sea puesta en su lugar.

Una de esas extrañas contradicciones de los liberales es que ellos pueden cambiar su posición cuando les conviene.

Fue en los años sesenta que comenzaron su brutal ataque contra el matrimonio. Las feministas odiaban la institución, porque decían que las “esclavizaba”. La liberación sexual debería extenderse a quienes lo quisieran.

Años ’60

Contenidos

 

Todo fue hecho para quitar el prestigio y la estima de esta querida institución. Pronto se puso de moda que las parejas vivieran juntas. Los resultados son bien conocidos.

La institución del matrimonio ha sufrido un daño inmenso. Vemos las consecuencias del amor “libre” en la proliferación de hogares monoparentales, divorcio, aborto, las prácticas anticonceptivas, enfermedades de transmisión sexual y los estilos de vida sexual con desvíos de todo tipo.

La guerra cultural y el matrimonio

La única forma en que el matrimonio puede defenderse valientemente es no ceder e insistir que es una unión permanente, excluyendo cualquier otra. Maridos y esposas valientes han resistido al ataque del amor “libre” de la revolución sexual y, aunque maltratado por la guerra cultural, el estandarte sagrado del matrimonio sigue flameando en la ciudadela a pesar de todo.

Ahora parece que aquellos que eran tan anti-matrimonio se han convertido en pro-matrimonio.

Libro: En Defensa de una Ley Superior (Libro gratis)

El “matrimonio” homosexual

Cuando el matrimonio se convierte en un obstáculo insalvable para la agenda sexual revolucionaria del amor “libre”, los liberales no tienen ningún problema en convertir el matrimonio en una institución que promueva su agenda, bajo la forma de un “matrimonio” homosexual.

​ Los que llamaban al matrimonio esclavitud en los años sesenta, está ensalzando las maravillas del “matrimonio” homosexual

Es por eso, la misma gente que promueve toda la gama de posiciones revolucionarias en materia sexual, está ensalzando las maravillas del “matrimonio” homosexual.

Los que llamaban al matrimonio esclavitud en los años sesenta, ahora insisten en su “derecho” a casarse.

Ellos no han cambiado sus posiciones sobre el aborto, la anti-concepción, el divorcio o el amor “libre”. Todavía apoyan con entusiasmo estas posiciones contrarias al matrimonio.

Veremos a esos liberales huyendo de la castidad, de la abstinencia, de la modestia y de la virginidad como los murciélagos huyen de la luz.

Sin embargo, ellos toman esta nueva posición porque saben que, mientras el estandarte sagrado del matrimonio indisoluble ondee en la ciudadela, la sociedad reconoce que la moral sigue existiendo.

Mientras la moral aún exista, el programa del amor “libre” encuentra un obstáculo que los liberales encuentran insoportable.

Es por eso quieren destruir la fortaleza no desde el exterior sino desde dentro. Tratan de eliminar los límites de exclusividad que hace que el matrimonio sea lo que es. Esa exclusividad que marca el patrimonio como una unión fructífera y permanente de un hombre y una mujer, deberá ser inclusiva y estéril.

Está en la naturaleza de las pasiones desenfrenadas el no aceptar ninguna restricción y condenar toda moralidad. Así, los nuevos “defensores” del matrimonio no estarán contentos hasta que el estandarte sagrado del matrimonio indisoluble sea abatido y la bandera del arco iris sea puesta en su lugar.

No estarán satisfechos hasta que toda y cualquier relación sexual, “géneros” y estilos de vida sean aceptados. Es decir, nunca serán felices, porque nunca la sexualidad desenfrenada trae la felicidad, sino sólo frustración, ansiedad y desilusión.

Fuente: tep america

 

La Eucaristía y la pandemia

Un buen número de personas, hombres y mujeres, mujeres y hombres, me han transmitido su pena de no haber podido vivir con la frecuencia y la normalidad que les hubiera gustado la gracia sacramental, en estos meses pandemia. No han encontrado confesores; no han podido vivir la Santa Misa por encontrar iglesias cerradas o cubierto ya el aforo previsto; no han encontrado sacerdote para poder acompañar a un anciano de la familia en el camino de bien morir en las manos de Dios, etc. Han vivido, en pocas palabras, como una cierta lejanía de la presencia de Dios, Cristo, en este mundo.

Con el recuerdo de esos hechos en la cabeza y en el corazón, me he encontrado estos días con las palabras de un eclesiástico que me han movido a escribir estas líneas. Quejándose de que alguien hubiera sentido esa “lejanía”, escribió:

 “En la situación que impedía la celebración de los sacramentos no hemos visto que hay otros modos a través de los cuales hemos podido hacer experiencia de Dios”.

“Es innegable que la Eucaristía es la fuente y el culmen de la vida cristiana (---) pero la Eucaristía no es la única posibilidad que tiene el cristiano de hacer la experiencia del misterio y para encontrarse con el Señor Jesús”.

Y concluye señalando que “esto no solamente indica que existe un cierto analfabetismo espiritual, sino que es también una prueba de lo inadecuado de nuestra actividad pastoral. Con mucha probabilidad en el reciente pasado nuestra actividad pastoral ha tratado de iniciar a los sacramentos y no de iniciar – a través de los sacramentos- a la vida cristiana”.

Domingo Martínez Madrid

 

 

Los jueces defienden la libertad religiosa

Es una lástima, pero es así, entre las libertades más amenazadas en el mundo están las que afectan a la religión. No es cosa sólo de las repúblicas islámicas, de China o la India o de algunos países africanos. Aflora también, aun con el pretexto de la pandemia, en Italia, Francia o Estados Unidos.

En esta última nación, el Tribunal Supremo acaba de votar a favor de la demanda del grupo judío ortodoxo Agudath Israel of America y la diócesis católica de Brooklyn, contra los límites a la asistencia a servicios religiosos establecida por el estado de Nueva York: una auténtica victoria de la libertad de culto, contra un gobernador demócrata, Andrew Como. Aunque pudiera parecer ilógico, los ataques a los cristianos suelen proceder del partido que se presenta como defensor de toda minoría.

El Tribunal Supremo se declara no competente para valorar las decisiones de carácter médico establecidas para evitar contagios. Pero sí para juzgar las desigualdades manifiestas de criterios en una misma zona de riesgo: así se deduce cuando en un barrio “rojo” o “naranja” se permiten sólo 10 ó 25 personas a la vez con independencia de la capacidad del lugar de culto, mientras actividades comerciales consideradas esenciales no tienen límites o se les aplican otros más amplios. 

El ponente, Neil Gorsuch, considera que la constitución no se puede sortear ni siquiera en una pandemia: las restricciones gubernamentales vienen a prohibir de hecho que muchos asistan a servicios religiosas: “golpean el corazón mismo de la garantía de libertad religiosa de la Primera Enmienda”. Por otra parte, entiende que es arbitrario señalar como esenciales negocios relativos a ropa, bebida o viajes, “mientras que ejercicios religiosos tradicionales no lo son. Ese es exactamente el tipo de discriminación que prohíbe la Primera Enmienda".

Valentín Abelenda Carrillo

 

Las cuestiones LGBT en la ONU

En los últimos tiempos los países han sido testigos de un fuerte resurgimiento de la defensa de lo LGBT en las negociaciones de la Asamblea General de la ONU.

La Unión Europea, Brasil, Canadá, Israel, los países nórdicos y el Reino Unido promovieron agresivamente la controvertida categoría de “orientación sexual e identidad de género” (SOGI) en las negociaciones de la ONU. Pidieron incorporar SOGI en las resoluciones de la ONU, sobre la protección de los niños contra el acoso y el derecho a la privacidad.

No está claro si la histórica oposición a SOGI por parte de la Santa Sede, los países de mayoría musulmana, así como las naciones africanas y caribeñas será suficiente para bloquearlos. La queja de muchos gobiernos es que los derechos especiales para LGBT tienden a estar por encima de otros derechos bien establecidos como la libertad de religión.

Los países llamados progresistas fueron especialmente inflexibles en la inclusión de un lenguaje para la recopilación de datos sobre el acoso, desglosado en orientación sexual e identidad de género, un esfuerzo apoyado por Estados Unidos.

Los expertos cuestionan si la orientación sexual y la identidad de género son categorías capaces de generar datos fiables. Científica y legalmente, son categorías fluidas y subjetivas. Y las encuestas sobre la discriminación basada en el estatus LGBT son ampliamente conocidas en la comunidad estadística por ser limitadas y sesgadas.

Pero las consecuencias de adoptar ese lenguaje son claras. Convertir la orientación sexual y la identidad de género en categorías estadísticas de la ONU, legitimará el trabajo del sistema de la ONU para incorporar las cuestiones LGBT en la agenda 2030. Y se traducirá en la presión de las agencias de la ONU y los donantes internacionales para establecer oficinas para rastrear datos LGBT y promover políticas LGBT en todos los países.

José Morales Martín

 

BOMBEROS INCENDIARIOS.

El título anterior nada tiene que ver con cualquier Cuerpo de Bomberos, grupos de personas que ponen en riesgo sus vidas por salvar las de sus conciudadanos , incluso a este sufrido planeta que es la Tierra.

Lo aplico a los gobiernos que, como el nuestro, al tiempo que se esfuerzan -es su obligación- en acabar con la pandemia, y hacen grandes esfuerzos por apagar esos “fuegos”, provocan y extienden otras “llamas” que arrasan vastos bosques de vidas humanas mediante el aborto y,  para terminar de controlar, ponen “fecha de caducidad” a los que sí nacimos, con la reciente ley de la eutanasia.

Amparo Tos Boix, Valencia.

 

 

Navidad es una lejana y “pagana” herencia 

 

NAVIDAD NO SE CELEBRÓ ASÍ AL PRINCIPIO y al igual que otras fiestas “religiosas”; que en nada tienen que ver con el Cristianismo; y mucho menos con “El Sermón del Monte”; que nos dejara Cristo y el que se puede leer, en el Evangelio de San Mateo; y el que para mí, es, “la verdadera constitución de la religión cristiana”.

            En la actualidad la Navidad se celebra el 25 de Diciembre y en consonancia con ancestrales celebraciones del solsticio de invierno (“día más corto noche más larga del ciclo anual”) y cuando otras creencias celebraban la venida del Sol nuevo o “nueva luz divina”; pero en la era cristiana no fue siempre así. La Iglesia de Jerusalén hasta el s. VI lo celebraba el seis de enero. La Iglesia Armenia continua celebrándolo en dicha fecha. Las Iglesias Ortodoxas, lo hacen el siete de enero; “pascua rusa”, que además se rigen por el calendario Juliano.

            Parece ser que uno de los que propuso la celebración de la Navidad el 25 de diciembre fue, Sexto Julio Africano, quien en el s. III argumentaba que la creación y la encarnación habían sucedido el 25 de marzo (en el equinoccio de primavera). Y consecuentemente el nacimiento del Salvador sería el 25 de diciembre (en el solsticio de invierno). Aunque era una persona brillante, Julio Africano no tenía mucha autoridad en la Iglesia, pero su opinión fue ganando importancia en el siglo IV, más cuando la Iglesia dejó de ser perseguida y pasó a constituirse en la religión del Imperio.

            Los romanos celebraban el 25 de diciembre la fiesta del “Nacimiento del Sol Invicto”, asociada al nacimiento de Apolo. Los cristianos asumieron esa fecha, y con mayor razón celebraron en la misma la Navidad; por tanto es una más (hay bastantes más) de las celebraciones o conmemoraciones, que los cristianos asimilaron de otras creencias o religiones y las hicieron “cristianas”, para de alguna manera mimetizar creencias y pasarlas a la nueva religión; entre ellas y en España, lo son las infinitas romerías de primavera, las hogueras o lumbres y las de otoño, todas ellas concuerdan con las cuatro estaciones de cada año y cuyos festejos se pierden en la noche de los tiempos.

            Las celebraciones de las lumbres u hogueras, es todo lo contrario a la de la Navidad, puesto que en ellas y por el contrario, lo que se celebra es el final del día más largo del año y cuando (solsticio de verano) las noches empiezan a ser más largas, o sea que “la luz se va y vuelven las tinieblas” y hay que iluminarlas con grandes hogueras nocturnas y acompañarlas de… “todos los goces carnales de que se puedan disfrutar”… y de ahí esos excesos en unas y en otras celebraciones y donde lo que priva es… “el comer, el beber y el fornicar todo cuanto se pueda”… lo demás, pues eso… “guardar las apariencias o cubrir los apetitos con los sucedáneos que los dulcifiquen… pero al final los ancestros se imponen y a los hechos me remito”… y el que no quiera verlos, pues allá cada cual con sus creencias y sentimientos, respetables por demás, quede ello claro.

            Pero lo que está claro para mí y espero que para otros muchos, es, “que el mundo no se acaba y pese a todo y a todos este planeta sigue y seguirá con todos sus monos bailando cada cual al son que le toquen, les dejen o les obliguen”; pero conviene recordar algunos consejos que vienen incluso de mucho antes de Cristo; el mejor de todos es, “el NADA EN EXCESO”; de los sabios griegos; o sea que, “permítase el gusto o los gustos que le sean placenteros, pero no sea idiota y no se cuele demasiado, puesto que seguro que “el exceso”, lo va a pagar y alguno excesivo se paga muy caro”; así pues páselo feliz en “la navidad” o en cualquier día del año, puesto que en realidad todos los días son lo mismo y con la variedad que el Padre Sol marca en cada momento en su rutina anual, y que se repite desde la noche de los tiempos; y así va a seguir hasta ni se sabe cuándo”. Y el otro consejo es que lean las enseñanzas del Maestro Pitágoras, que incluso enseñaba a respetar hasta los animales y las plantas; oigan y escuchen buenas músicas; y no esos “guirigáis” modernos que embrutecen más que satisfacen y vivan en definitiva, todo lo más felices que puedan… “pues la vida no son cuatro días como dicen los necios, ya se vive (al menos aquí en España y en Japón) más de treinta mil días; la mayoría de ellos “bastante largos…y no digamos sus noches”: Amén.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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