Las Noticias de hoy 28 Diciembre 2020

Enviado por adminideas el Lun, 28/12/2020 - 12:36

La familia es el lugar privilegiado para vivir la fe | Catholic-Link

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 28 de diciembre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Ángelus: El Papa convoca un año especial dedicado a la familia

Ángelus: El Papa Francisco expresa su cercanía a las familias en dificultad

A los jóvenes de Taizé: “Desarrollar una cultura de encuentro y fraternidad”

EL MARTIRIO DE LOS INOCENTES: Francisco Fernandez Carbajal

“Delante de Dios, tú eres un niño”: San Josemaria

¿Un Dios que deja hacer? El mal y el dolor: Antonio Ducay

Vosotros sois la luz del mundo: Carlos Ayxelà

Rouco y su Nuevo Testamento: "los sacrificados por el aborto son los nuevos Santos Inocentes"

¿Intelectuales cristianos o/y Cristianos intelectuales? (I): Ernesto Juliá

El laicismo y la ausencia de lo sublime: Robert Ritchie

​¿Sobrevivirá Barcelona? : Mariano Gomá   

Los qué, por qué y para qué de la marihuana: Norma Mendoza Alexandry

Un adviento diferente y en familia: Silvia del Valle Márquez.

“Vuelve a encontrarte. Sé tú misma”.: Pedro García

¿Vivirá Europa sin raíces cristianas?: Juan García. 

Ley que ignora la calidad: Xus D Madrid

Debería destacar: Domingo Martínez Madrid

¿NAVIDAD   O… “CONSUMIDAD”?: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

Ángelus: El Papa convoca un año especial dedicado a la familia

A partir del 19 de marzo

DICIEMBRE 27, 2020 13:02RAQUEL ANILLOANGELUS

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(zenit – 27 dic. 2020).- El Papa Francisco promulga un Año de la Familia, un año de reflexión sobre “Amoris laetitia” (19 de marzo de 2021 – 26 de junio de 2022), para ayudar a las familias cristianas a convertirse en “levadura de una nueva humanidad y de solidaridad concreta y universal”.

El Santo Padre anunció la noticia antes de la oración del Ángelus de este domingo de la Sagrada Familia, 27 de diciembre de 2020, desde la biblioteca privada del Palacio Apostólico Vaticano.

Francisco recordó las “tres palabras” necesarias para que una familia permanezca unida e instó a no terminar el día sin “hacer las paces” cuando hemos tenido una discusión.

AB

A continuación, siguen las palabras de Francisco, según la traducción oficial ofrecida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

***

Palabras antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Pocos días después de la Navidad, la liturgia nos invita a contemplar a la Sagrada Familia de Jesús, María y José. Es hermoso pensar en el hecho de que el Hijo de Dios ha querido tener, como todos los niños, la necesidad del calor de una familia. Precisamente por esto, porque es la familia de Jesús, la de Nazaret es la familia-modelo, en la que todas las familias del mundo pueden hallar su sólido punto de referencia y una firme inspiración. En Nazaret brotó la primavera de la vida humana del Hijo de Dios, en el instante en que fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno virginal de María. Entre las paredes acogedoras de la casa de Nazaret se desarrolló en un ambiente de alegría la infancia de Jesús,

rodeado de la solicitud maternal de María y los cuidados de José, en el que Jesús pudo ver la ternura de Dios (cf. Carta apost. Patris corde, 2).

A imitación de la Sagrada Familia, estamos llamados a redescubrir el valor educativo del núcleo familiar, que debe fundamentarse en el amor que siempre regenera las relaciones abriendo horizontes de esperanza. En la familia se podrá experimentar una comunión sincera cuando sea una casa de oración, cuando los afectos sean serios, profundos, puros, cuando el perdón prevalezca sobre las discordias, cuando la dureza cotidiana del vivir sea suavizada por la ternura mutua y por la serena adhesión a la voluntad de Dios. De esta manera, la familia se abre a la alegría que Dios da a todos aquellos que saben dar con alegría. Al mismo tiempo, halla la energía espiritual para abrirse al exterior, a los demás, al servicio de sus hermanos, a la colaboración para la construcción de un mundo siempre nuevo y mejor; capaz, por tanto, de ser portadora de estímulos positivos; la familia evangeliza con el ejemplo de vida. Es cierto, en cada familia hay problemas, y a veces también se discute. “Padre, me he peleado…”; somos humanos, somos débiles, y todos tenemos a veces este hecho de que peleamos en la familia. Os diré una cosa: si nos peleamos en familia, que no termine el día sin hacer las paces. “Sí, he discutido”, pero antes de que termine el día, haz las paces. Y sabes ¿por qué? Porque la guerra fría del día siguiente es muy peligrosa. No ayuda. Y luego, en la familia hay tres palabras, tres palabras que hay que custodiar siempre: “Permiso”, “gracias”, “perdón”. “Permiso”, para no entrometerse en la vida de los demás. Permiso: ¿puedo hacer algo? ¿Te parece bien que haga esto? Permiso. Siempre, no ser entrometidos. Permiso, la primera palabra. “Gracias”: tantas ayudas, tantos servicios que nos hacemos en la familia: dar siempre las gracias. La gratitud es la sangre del alma noble. “Gracias”. Y luego, la más difícil de decir: “Perdón”. Porque siempre hacemos cosas malas y m”chas veces alguien se siente ofendido por esto: “Perdóname”, “perdóname”. No olvidéis las tres palabras: “permiso”, “gracias”, “perdón”. Si en una familia, en el ambiente familiar hay estas tres palabras, la familia está bien

Al ejemplo de evangelizar con la familia nos invita precisamente la fiesta de hoy volviéndonos a presentar el ideal del amor conyugal y familiar, tal y como quedó subrayado en la Exhortación apostólica Amoris laetitia, cuyo quinto aniversario de promulgación tendrá lugar el próximo 19 de marzo. Y habrá un año de reflexión sobre la Amoris laetitia y será una oportunidad para profundizar en los contenidos del documento [19 de marzo 2021-junio 2022].

Estas reflexiones se pondrán a disposición de las comunidades eclesiales y de las familias, para acompañarlos en su camino. A partir de ahora invito a todos a sumarse a las iniciativas que se impulsarán durante el Año y que serán coordinadas

por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. Encomendamos este camino con las familias de todo el mundo a la Sagrada Familia de Nazaret, en particular a San José, esposo y padre solícito.

Que la Virgen María, a la que ahora nos dirigimos con la oración del Ángelus, obtenga a las familias de todo el mundo sentirse cada vez más fascinadas por el ideal evangélico de la Sagrada Familia, de modo que se conviertan en levadura de nueva humanidad y de una solidaridad concreta y universal.

 

Ángelus: El Papa Francisco expresa su cercanía a las familias en dificultad

Palabras después del Ángelus

DICIEMBRE 27, 2020 15:32RAQUEL ANILLOANGELUS

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(zenit – 27 dic. 2020).- El Papa Francisco ha manifestado su cercanía a las familias que han perdido seres queridos por la pandemia, y a las familias del personal médico, tras la oración del Ángelus de este domingo 27 de diciembre de 2020, desde la biblioteca del Palacio Apostólico Vaticano

A continuación, siguen las palabras de Francisco, según la traducción oficial ofrecida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

***

Palabras después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Os saludo a todos vosotros, familias, grupos y fieles, que seguís la oración del Ángelus a través de los medios de comunicación social. Mi pensamiento va en particular a las familias que en estos meses han perdido a un familiar o han sido puestas a dura prueba por las consecuencias de la pandemia. Pienso también en los médicos, los enfermeros y todo el personal sanitario cuyo gran compromiso en primera línea en la lucha contra la propagación del virus ha tenido repercusiones significativas sobre su vida familiar.

Hoy encomiendo al Señor todas las familias, especialmente las más probadas por las dificultades de la vida y por las heridas del malentendido y la división. Que el Señor, nacido en Belén, les conceda a todas la serenidad y la fuerza para caminar unidas por el camino del bien.

Y no olvidéis estas tres palabras que ayudarán tanto a vivir la unidad en la familia: “permiso” —para no ser entrometidos, respetar a los demás—, “gracias” —agradecernos mutuamente en la familia— y “perdón” cuando hacemos algo malo. Y este “perdón” —o cuando se discute— por favor decirlo antes de que termine el día: hacer las paces antes de que termine el día.

Os deseo a todos un feliz domingo y por favor no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

 

A los jóvenes de Taizé: “Desarrollar una cultura de encuentro y fraternidad”

“tener esperanza en los buenos y malos tiempos”

DICIEMBRE 27, 2020 11:52REDACCIÓN ZENITPAPA FRANCISCO

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(zenit – 27 dic. 2020).- “Que a lo largo de este año continuéis desarrollando una cultura de encuentro y fraternidad y caminéis juntos hacia este horizonte de esperanza desvelado por la resurrección de Cristo”: este es el mensaje dirigido por el El Papa Francisco a los jóvenes participantes en el encuentro de Taizé.

El Papa Francisco publicó, el 26 de diciembre de 2020, en francés, un mensaje a los jóvenes participantes en el 43 ° encuentro europeo acogido por la comunidad de Taizé (Francia).

Este encuentro se lleva a cabo del 27 de diciembre de 2020 al 1 de enero de 2021 sobre el tema: “tener esperanza en los buenos y malos tiempos”. La reunión se llevará a cabo en línea este año debido a la pandemia. Pero “al mismo tiempo, está extendiendo este encuentro a los jóvenes de todos los continentes”, observó el mensaje.

De hecho, la reunión europea de Turín se ha pospuesto un año. Por ello, se invita a los jóvenes de entre 18 y 30 años a participar en una etapa sin precedentes de la “Peregrinación de la confianza en la tierra” en Taizé.

Por primera vez, el encuentro europeo de jóvenes tiene lugar en Taizé y en todo el mundo en línea.

Se ofrece un programa en línea para los jóvenes de todas partes del mundo que deseen participar en esta iniciativa, individualmente o en grupo. El comprende:

  • Oraciones comunes al mediodía y por la noche
  • Reflexión bíblica y pequeños grupos para compartir
  • Varios talleres de reflexión cada tarde
  • Vigilia de oración por la paz en la tarde del 31 de diciembre

Hay dos formas diferentes de participar en esta reunión. Los detalles y procedimientos de registro se pueden encontrar en esta página

AB

Mensaje del Papa Francisco, comunicado por el Card. Parolin 

Queridos jóvenes

Desde hace más de cuarenta años, la comunidad de Taizé prepara cada año un encuentro europeo en una ciudad importante del continente y han participado varias generaciones de jóvenes. El Papa Francisco está feliz, una vez más este año, de unirse a ustedes en pensamiento y oración. La situación sanitaria que no permite, esta vez, semejante encuentro, ha mostrado creatividad e imaginación: aunque dispersos, están conectados de una manera sin precedentes gracias a los nuevos medios de comunicación. Y al mismo tiempo, está extendiendo este encuentro a los jóvenes de todos los continentes. Que estos días en los que rezáis juntos y os apoyáis mutuamente en la fe y la confianza os ayuden a “tener esperanza en los buenos y malos tiempos” como subraya el tema del mensaje que os acompañará a lo largo del año 2021.

El mismo hecho de “encontraros”, aunque excepcionalmente lo hagáis de forma virtual, ya os pone en el camino de la esperanza. Como reiteró el Santo Padre en su encíclica Fratelli tutti , “nadie puede afrontar la vida en aislamiento. Necesitamos una comunidad que nos apoye, nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia adelante”( n. 8 ). No seas de los que siembran la desesperación y suscitan una desconfianza constante, eso sería neutralizar la fuerza de la esperanza que nos ofrece el Espíritu de Cristo Resucitado. Al contrario, déjate habitar por esta esperanza, te dará el valor para seguir a Cristo y trabajar juntos con y por los más desfavorecidos, en particular aquellos que tienen dificultades para afrontar las dificultades del momento presente. “La esperanza es atrevida, sabe mirar más allá de la comodidad personal, las pequeñas seguridades y las compensaciones que estrechan el horizonte, para abrirse a grandes ideales que hacen la vida más bella y más digna. ¡Caminemos con esperanza!” ( Fratelli tutti, n. 55). Que a lo largo de este año sigan desarrollando una cultura de encuentro y fraternidad y caminar juntos hacia este horizonte de esperanza desvelado por la resurrección de Cristo.

El Santo Padre bendice a todos y cada uno de vosotros, queridos jóvenes, también bendice a los hermanos de la comunidad de Taizé, así como a vuestras familias y a todos aquellos que en todo el mundo participan con la comunidad de Taizé en este encuentro internacional.

+ Cardenal Pietro Parolin
Secretario de Estado de Su Santidad

 Copyright – Librería Editorial del Vaticano

 

 

EL MARTIRIO DE LOS INOCENTES

— El dolor, una realidad de nuestra vida. Santificación del dolor.

— La cruz de cada día.

— Los que sufren con sentido de corredención serán consolados por Nuestro Señor. Nosotros debemos compadecernos y ayudar a sobrellevar las dificultades y dolores de nuestros hermanos.

I. Herodes, al ver que los Magos le habían engañado, se irritó en extremo, y mandó matar a todos los niños que había en Belén y toda su comarca, de dos años para abajo, con arreglo al tiempo que cuidadosamente había averiguado de los Magos1.

No hay explicación fácil para el sufrimiento, y mucho menos para el de los inocentes. El relato de San Mateo que leemos en la Misa de hoy, nos muestra el sufrimiento, a primera vista inútil e injusto, de unos niños que dan sus vidas por una Persona y por una Verdad que aún no conocen.

El sufrimiento escandaliza con frecuencia y se levanta ante muchos como un inmenso muro que les impide ver a Dios y su amor infinito por los hombres. ¿Por qué no evita Dios todopoderoso tanto dolor aparentemente inútil?

El dolor es un misterio y, sin embargo, el cristiano con fe sabe descubrir en la oscuridad del sufrimiento, propio o ajeno, la mano amorosa y providente de su Padre Dios que sabe más y ve más lejos, y entiende de alguna manera las palabras de San Pablo a los primeros cristianos de Roma: para los que aman a Dios, todas las cosas son para bien2, también aquellas que nos resultan dolorosamente inexplicables o incomprensibles.

Tampoco podemos olvidar que la felicidad mejor y nuestro bien más auténtico no son siempre los que soñamos y deseamos. Nos es difícil contemplar los acontecimientos en su auténtica perspectiva: siempre observamos una parte muy pequeña de la verdadera realidad; solo vemos la realidad de aquí abajo, la inmediata. Tendemos a mirar la existencia terrena como la definitiva, y no con poca frecuencia consideramos el tiempo aquí en la tierra como el momento en que debieran realizarse y ser saciadas las ansias de perfecta felicidad que nuestro corazón encierra. «Hoy, veinte siglos más tarde, seguimos conmoviéndonos al pensar en los niños degollados y en sus padres. Para los niños, el tránsito fue rápido; en el otro mundo conocerían enseguida por quién habían muerto, cómo le habían salvado, y la gloria que les esperaba. Para los padres, el dolor sería más largo, pero cuando murieran, comprenderían también cómo Dios, que estaba en deuda con ellos, paga las deudas con creces. Unos y otros sufrieron para salvar a Dios de la muerte...»3.

El dolor se presenta de muchas formas, y en ninguna de ellas es espontáneamente querida por nadie. Sin embargo, Jesús proclama bienaventurados4 (dichosos, felices, afortunados) a los que lloran, es decir, a quienes en esta vida llevan algo más de cruz: enfermedad, incapacidad, dolor físico, pobreza, difamación, injusticia... Porque la fe cambia de signo al dolor, que, junto a Cristo, se convierte en una «caricia de Dios», en algo de gran valor y fecundidad.

Estos fueron rescatados de entre los hombres como primicias ofrecidas a Dios y al Cordero. Estos acompañan al Cordero dondequiera que va5.

II. La Cruz, el dolor y el sufrimiento, fue el medio que utilizó el Señor para redimirnos. Pudo servirse de otros medios, pero quiso redimirnos precisamente por la Cruz. Desde entonces el dolor tiene un nuevo sentido, solo comprensible junto a Él.

El Señor no modificó las leyes de la creación: quiso ser un hombre como nosotros. Pudiendo suprimir el sufrimiento, no se lo evitó a sí mismo. Aunque alimentó milagrosamente a muchedumbres enteras, Él quiso pasar hambre. Compartió nuestras fatigas y nuestras penas. El alma de Jesús experimentó todas las amarguras: la indiferencia, la ingratitud, la traición, la calumnia, el dolor moral en grado sumo al cargar con los pecados de la humanidad, la infamante muerte de cruz. Sus adversarios estaban admirados por lo incomprensible de su conducta: Salvó a otros –decían en tono de burla– y a sí mismo no puede salvarse6.

Después de la Resurrección, los Apóstoles serían enviados al mundo entero para dar a conocer los beneficios de la Cruz. Era preciso que el Mesías padeciera esto7, explicará el mismo Señor a los discípulos de Emaús.

El Señor quiere que evitemos el dolor y que luchemos contra la enfermedad con todos los medios a nuestro alcance; pero quiere, a la vez, que demos un sentido redentor y de purificación personal a nuestros sufrimientos y dolores; también a los que nos parecen injustos o desproporcionados. Esta doctrina llenaba de alegría a San Pablo en su prisión, y así se lo manifestaba a los primeros cristianos de Asia Menor: Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia8.

No les santifica el dolor a aquellos que sufren en esta vida a causa de su orgullo herido, de la envidia, de los celos, etc. ¡Cuánto sufrimiento fabricado por nosotros mismos! Esa cruz no es la de Jesús, sino que surge precisamente por estar lejos de Él. Esa cruz es nuestra, y es pesada y estéril. Examinemos hoy en nuestra oración si llevamos con garbo la Cruz del Señor.

Frecuentemente esa Cruz consistirá en pequeñas contrariedades que se atraviesan en el trabajo, en la convivencia: puede ser un imprevisto con el que no contábamos, el carácter de una persona con la que necesariamente hemos de convivir, planes que debemos cambiar a última hora, instrumentos de trabajo que se estropean cuando más nos eran necesarios, dificultades producidas por el frío o el calor, incomprensiones, una pequeña enfermedad que nos hace estar con menos capacidad de trabajo ese día...

El dolor –pequeño o grande–, aceptado y ofrecido al Señor, produce paz y serenidad; cuando no se acepta, el alma queda desentonada y con una íntima rebeldía que se manifiesta enseguida al exterior en forma de tristeza o de mal humor. Ante la Cruz pequeña de cada día hemos de tomar una actitud decidida y cargar con ella. El dolor puede ser un medio que Dios nos envía para purificar tantas cosas de nuestra vida pasada, o para ejercitar las virtudes y para unirnos a los padecimientos de Cristo Redentor, que, siendo inocente, sufrió el castigo que merecían nuestros pecados.

Los mártires inocentes proclaman tu gloria en este día, Señor, pero no de palabra, sino con su muerte; concédenos por su intercesión testimoniar con nuestra vida la fe que profesamos de palabra9.

III. Los niños inocentes murieron por Cristo, siguiendo así al Cordero sin mancha, a quien alaban diciendo: «Gloria a Ti, Señor»10.

Los que padecen con Cristo tendrán como premio el consuelo de Dios en esta vida y, después, el gran gozo de la vida eterna. Muy bien, siervo bueno y fiel..., ven a participar de la alegría de tu Señor11 nos dirá Jesús al final de nuestra vida, si hemos sabido vivir las alegrías y las penas junto a Él.

A los bienaventurados, Dios enjugará las lágrimas de sus ojos y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni llantos, ni fatigas, porque todo habrá pasado ya12. La esperanza del Cielo es una fuente inagotable de paciencia y de energía para el momento del sufrimiento fuerte. De igual modo el saber por la fe que nuestros dolores y penas son de enorme utilidad a otros hermanos nuestros, nos ayudará a sobrellevar con garbo esos sufrimientos y fatigas.

En relación a lo que Dios nos tiene preparado, nos debe parecer ligero el peso de nuestras aflicciones13. Además, quienes ofrecen su dolor son corredentores con Cristo, y Dios Padre derrama siempre sobre ellos un gran consuelo, que les llena de paz en medio de sus sufrimientos. Porque, así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así abunda también nuestra consolación por medio de Cristo14. San Pablo se siente consolado por la misericordia divina, y esto le permite consolar y sostener a los demás. Nuestro Padre Dios está siempre muy cerca de sus hijos, los hombres, pero especialmente cuando sufren.

La fraternidad entre los hombres nos mueve a ejercer unos con otros este ministerio de consolación y ayuda: Consolaos mutuamente15, pedía San Pablo. Porque hay mil cosas que tienden a separarnos, pero el dolor une.

Pero nos sucede en ocasiones que ante una situación dolorosa no sabemos cómo acertar. Quizá si nos recogemos un instante en oración y nos preguntamos qué haría el Señor en esas mismas circunstancias tengamos abundante luz. A veces bastará hacer un rato de compañía a esa persona que sufre, conversar con ella en tono positivo, animarla a que ofrezca su dolor por intenciones concretas, ayudarle a rezar alguna oración, escucharla, etcétera.

Cuando en estos días tantas personas se olvidan del sentido cristiano de estas fiestas, nosotros pondremos la luz y la sal de las pequeñas mortificaciones, bien seguros de que así damos una alegría al Señor y contribuimos a acercar a Belén a otras almas.

La contemplación frecuente de María junto a la Cruz de su Hijo nos enseñará a ofrecer nuestros dolores y sufrimientos, y a tener una gran compasión de los que sufren. Pidamos hoy que nos enseñe a santificar el dolor, uniéndolo al de su Hijo Jesús. Pidamos a estos Santos Inocentes que nos ayuden a amar la mortificación y el sacrificio voluntario, a ofrecer el dolor y a compadecernos de quienes sufren.

1 Mt 2, 16. — 2 Rom 8, 28. — 3 F. J. Sheed, Conocer a Jesucristo, Epalsa, Madrid 1981, 3ª ed., p. 73. — 4 Mt 5, 5. — 5 Antífona de la comunión. Apoc. 14, 4. — 6 Mt 27, 42. — 7 Cfr. Lc 24, 26. — 8 Col 1, 24. — 9 Oración colecta de la Misa. — 10 Antífona de entrada. — 11 Cfr. Mt 25, 3. — 12 Apoc 21, 3-4. — 13 Cfr. 2 Cor 4, 17. — 14 2 Cor 1, 5. — 15 Cfr. 1 Tes 4, 8.

 

 

“Delante de Dios, tú eres un niño”

Delante de Dios, que es Eterno, tú eres un niño más chico que, delante de ti, un pequeño de dos años. Y, además de niño, eres hijo de Dios. –No lo olvides. (Camino, 860)

28 de diciembre

Si os fijáis, existe una gran diferencia cuando se cae un niño y cuando se cae una persona mayor. Para los niños, la caída de ordinario no tiene importancia: ¡tropiezan con tanta frecuencia! Y si se les escapan unos lagrimones, su padre les explica: los hombres no lloran. Así se concluye el incidente, con el empeño del chico por contentar a su padre.

(…) Si procuramos portarnos como ellos, los trompicones y fracasos -por lo demás inevitables- en la vida interior no desembocarán nunca en amargura. Reaccionaremos con dolor pero sin desánimo, y con una sonrisa que brota, como agua limpia, de la alegría de nuestra condición de hijos de ese Amor, de esa grandeza, de esa sabiduría infinita, de esa misericordia, que es nuestro Padre. He aprendido, durante mis años de servicio al Señor, a ser hijo pequeño de Dios. Y esto os pido a vosotros: que seáis quasi modo geniti infantes, niños que desean la palabra de Dios, el pan de Dios, el alimento de Dios, la fortaleza de Dios, para conducirnos en adelante como hombres cristianos. (Amigos de Dios, 146)

 

¿Un Dios que deja hacer? El mal y el dolor

¿Por qué existe el mal? ¿Qué sentido tiene el dolor? ¿Por qué Dios permite el mal? Estas son las preguntas que toda persona se hace en algún momento de la vida. Hacen referencia a uno de los grandes misterios del hombre.

LA LUZ DE LA FE24/10/2018

La existencia del mal en el mundo, especialmente en sus formas más agudas y difíciles de entender, es una de las causas más frecuentes del abandono de la fe. Ante sucesos que parecen claramente injustos y sin sentido y frente a los que nos sentimos impotentes, surge de modo natural la pregunta de cómo puede Dios permitirlo. ¿Por qué el Señor, que es bueno, que es omnipotente, deja que ocurran males semejantes? ¿Por qué personas sencillas, que acarrean ya mucho peso en la vida, deben cargar con el drama de una tragedia imprevista, como un desastre natural?¿Por qué Dios no interviene? Son preguntas que no dirigimos al mundo, ni tampoco a nuestros semejantes, sino a Dios, porque confesamos que Él es el Creador y el Señor del mundo [1].

Estas cuestiones, en cierta manera, desbordan los confines de la Revelación y penetran en el misterio de Dios mismo; al fin y al cabo, nada hay en la creación que escape a la sabiduría y a la voluntad de Dios. Del mismo modo que no podemos abarcar la infinita bondad de Dios, tampoco podemos sondear completamente sus proyectos. Por eso, muchas veces, la mejor actitud ante el mal y el dolor es la del abandono confiado en Dios, que siempre “sabe más” y “puede más”.

Pero es también natural que tratemos de iluminar el oscuro misterio del mal, de modo que la fe no se apague por la experiencia de la vida, sino que, precisamente en esos momentos, siga siendo luz clara en nuestro camino, «lámpara para mis pasos» (Sal 119,105).

El mal procede de la libertad creada

Dios no ha creado un mundo cerrado, al que sólo tenga acceso Él, ni tampoco ha hecho el mundo perfecto. Lo ha hecho abierto a muchas posibilidades y perfectible, y ha creado a los hombres y a las mujeres para que lo habiten y lo completen con su ingenio. Nos ha hecho inteligentes y libres y nos ha dado espacio para desarrollar esos talentos. En ese sentido Dios, al llamarnos a la existencia, nos pone a prueba: nos encarga la tarea de hacer el bien según nuestras posibilidades. Y eso es, con frecuencia, una tarea fatigosa. «Negociad hasta que vuelva» (Lc 19,13): como en la conocida parábola de Jesús, los talentos no se pueden enterrar o esconder: cada uno está llamado a hacer fructificar su vida, a desarrollar lo que recibimos. Pero a menudo no lo hacemos, o incluso hacemos todo lo contrario, nos proponemos voluntariamente cosas malas y las llevamos a cabo: somos, muchas veces, culpables.

EL VERDADERO MAL, EL QUE MÁS HEMOS DE TEMER: EL PECADO. DE ÉL PROVIENEN LOS OTROS MALES DE UN MODO O DE OTRO

La humanidad lo fue desde el principio, desde aquel acto que fue cabeza de los demás males. Todo lo que hay de mal en el mundo gira en torno a esto: al mal uso de la libertad, a la capacidad que tenemos de destruir las obras de Dios: en nosotros mismos, en los demás, en la naturaleza. Cuando lo hacemos nos privamos de Dios, se oscurece nuestro corazón, e incluso podemos hacer que nuestra vida o la de otros se conviertan en un infierno. Este es el verdadero mal, el que más hemos de temer: el pecado. De él provienen los otros males de un modo o de otro.

El sufrimiento como prueba o purificación

Pero entonces ¿el mal es siempre el fruto directo de la culpa? Primero hay que aclarar qué es el mal. En sí mismo no es más que la otra cara del bien, la cara que la realidad muestra cuando el bien falta, cuando lo que debería ser no es y lo que tendría que estar presente no lo está. El mal es privación, no tiene entidad positiva, es negatividad, y necesita agarrarse al bien para existir[2]. Sufrimos cuando experimentamos esa ausencia de lo bueno. Desde luego, la culpa, nuestra o de los demás, produce siempre un daño; sin embargo, no siempre que sufrimos un daño lo sufrimos por haber sido culpables.

En la Sagrada Escritura el libro de Job trata con profundidad este problema. Los amigos de Job quieren persuadirlo de que las desgracias que el Señor le ha enviado son consecuencia de sus pecados, de su injusticia. Aunque no pocas veces sea así, porque los delitos merecen un castigo –algo lógico según el orden humano y también según el divino–, el caso de Job nos muestra que también los justos y los inocentes sufren. Refiriéndose a este libro sagrado san Juan Pablo II escribió: «Si es verdad que el sufrimiento tiene un sentido como castigo cuando está unido a la culpa, no es verdad, por el contrario, que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y que tenga carácter de castigo»[3]. De hecho, para Job su sufrimiento supuso una prueba para su fe, de la que salió fortificado. En ocasiones Dios nos prueba, pero siempre nos da su gracia para vencer y busca el modo de que podamos crecer en el amor, que es el sentido último del bien.

Otras veces el sufrimiento tiene un sentido de purificación. Así sucedió con Israel en el tiempo de Moisés, cuando el pueblo era voluble y caprichoso. Dios lo purificó con un largo viaje a través del desierto, y así lo fue formando hasta que fue capaz de entrar en la tierra prometida y reconocer la fidelidad de Dios a su palabra. Con frecuencia, el sufrimiento adquiere –en la Providencia divina– un valor semejante, purificador. Existen personas que, enfrascadas en el ajetreo de la vida, no se plantean las preguntas decisivas hasta que una enfermedad, o un revés económico o familiar, les lleva a interrogarse más a fondo. Y es frecuente que se opere un cambio, una conversión, o una mejora, o una apertura a la necesidad del prójimo. Entonces el sufrimiento es también pedagogía de Dios, que quiere que el hombre no se pierda, que no se disipe en las delicias del camino o entre los afanes mundanos. Por tanto, aunque hay una medida de mal en la vida de cada uno con la que cuenta la Providencia divina, ese mal se revela en último término servicio al bien del hombre.

El sufrimiento en la naturaleza

En esta luz adquiere también un cierto sentido el sufrimiento natural, ese que está presente y como inscrito en nuestro entorno creado: la fatiga del crecimiento para saber más y progresar, la caducidad de los seres, que envejecen y mueren, la falta de armonización en los fenómenos naturales (que se imponen como destruyendo el orden de la creación). Sufrimientos que no podemos evitar, que no dominamos ni controlamos, que están ahí, inscritos en la naturaleza.

CUANDO CONTEMPLAMOS UNA NATURALEZA DESATADA HEMOS DE PENSAR QUE EL SEÑOR NOS PRESENTA ALLÍ LA FIGURA DE UN MUNDO EN EL QUE NO PUEDE REINAR

En ocasiones se trata de males necesarios para que puedan subsistir otros bienes. Santo Tomás pone el ejemplo del león que no podría conservar su vida si no diera caza al asno o a algún otro animal[4]. Pero, con frecuencia, se nos ocultan los bienes que puedan tener relación con los sucesos trágicos de la naturaleza. No es fácil entender por qué Dios los permita, ni por qué ha creado un universo donde está implicada la destrucción y que, a veces, no parece estar regido por la Bondad y el Amor. Una posible luz viene del hecho de considerar que, en general, la destrucción originada por los fenómenos naturales, tiene que ver, según el designio creador, con nuestra libertad y con la capacidad que tenemos de rechazar a Dios.

El hábitat en que vivimos y que tantas veces nos maravilla con su belleza –el mundo físico– puede también convertirse en un lugar horrible, de modo semejante a como nuestro corazón, hecho para amar a Dios y tener el Cielo dentro, puede también llegar a ser un lugar triste y oscuro: si se abandona, si se deja llevar por las semillas que planta el diablo. De modo que, cuando contemplamos una naturaleza desatada que causa destrucción sin miramientos ni atisbos de justicia, hemos de pensar que el Señor nos presenta allí la figura de un mundo en el que no puede reinar y de un corazón que rechaza el amor y la justicia. La profunda relación entre la Creación y el hombre, que fue puesto como cabeza para que la custodiase (cfr. Gén 2,15), se muestra también en ese desorden.

Los hombres y también «la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto» (Rm 8,22), porque participa del proyecto creador y redentor de Dios. Ella también «tiene la esperanza de ser liberada de la corrupción» y «participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21).

El sufrimiento redentor

Pero sin duda lo que ilumina de modo más importante el sentido del mal es la Cruz de Jesús. Y junto a la Cruz, la Resurrección. Su Cruz nos indica que el sufrimiento puede ser el signo y la prueba del amor. Más aún, que puede ser la vía de la destrucción del pecado. Porque en la Cruz de Jesús el amor de Dios lavó los pecados del mundo. El pecado no resiste, no puede resistir, al amor que se abaja y se humilla por el bien del pecador. Como expresa un famoso personaje creado por Dostoievski, «la humildad del amor es una terrible fuerza, la más fuerte de todas, a la cual no hay nada que se asemeje»[5].

En la Cruz, el sufrimiento de Jesús es redentor porque su amor al Padre y a los hombres no retrocede ante el rechazo y la injusticia humanas. Él dio su vida por los pecadores, los sirvió con su entrega total, y así su Cruz se convirtió en fuente de vida para ellos.

También nuestros sufrimientos pueden ser redentores, cuando son fruto del amor o se transforman por el amor. Entonces participan de la Cruz de Cristo. Como enseñaba san Josemaría, el sufrimiento es fuente de vida: de vida interior y de gracia para uno mismo y para los demás[6]. En realidad, no es el sufrimiento en cuanto tal lo que redime, sino la caridad presente en él.

Ya en lo humano el amor tiene capacidad de modelar la vida: la madre que no escatima esfuerzos por la felicidad de sus hijos, el hermano que se sacrifica por el hermano necesitado, el soldado que se juega la vida por su pelotón. Son ejemplos que perviven en la memoria y honran a sus protagonistas. Cuando ese amor está motivado y fundado en la fe, entonces, además de ser algo hermoso, es también divino: participa de la Cruz y es canal de la gracia que proviene de Cristo. Allí el mal se transforma en bien, mediante la acción del Espíritu Santo, don que procede de la Cruz de Jesús.

La última carta

Pero a todo lo que se ha dicho hasta ahora para intentar explicar el sentido del mal se podría añadir una consideración conclusiva. Y es que, aunque el mal está presente en la vida del hombre sobre la tierra, Dios tiene siempre en su mano una última carta, es siempre el último jugador por lo que se refiere a la vida de cada uno. Dios nos quiere, nos aprecia, y por eso se reserva la última carta, que es la esperanza del mundo: su amor creador omnipotente. El amor que se manifiesta también en la resurrección de Jesucristo.

Pues por grandes e incomprensibles que lleguen a ser los dramas de la vida, mucho mayor es el poder creador y re-creador de Dios. La vida es tiempo de prueba y, cuando se acaba, empieza lo definitivo. Este mundo es pasajero. Sucede con él como con el ensayo de un concierto: quizá alguien se olvidó el instrumento y otro no se aprendió bien la partitura y un tercero está desafinando. Para eso están los ensayos. Es el tiempo de ajustar, de armonizar instrumentos, de adaptarse al director de la orquesta. Luego, al fin, llega el gran día, cuando todo está ya listo, y el concierto tiene lugar en una sala fastuosa, en medio del alborozo y de la emoción general.

La vida de Cristo no muestra sólo el amor de Dios sino también su poder, el poder de devolver con creces todo aquello que no correspondió a la justicia, todo aquello en lo que pareció que Dios no estaba presente, allí donde le dejó hacer al mal y al dolor más allá de lo que llegamos entonces a comprender. Jesús experimentó también su momento de abandono (cfr. Mc 15,34), lo sufrió con amor, y a la Cruz le siguió una eterna gloria. El último libro de la Escritura, el Apocalipsis, nos habla de un Dios que «enjugará toda lágrima» (Ap 21,4) porque Él hace nuevas todas las cosas (cfr. Ap 21,5) y será fuente de una felicidad sobreabundante.

¿Cómo ayudar a los que sufren?

En muchas ocasiones, ante el dolor ajeno nos sentimos impotentes y solamente podemos hacer lo mismo que el buen samaritano (cfr. Lc 10,25-37): ofrecer cariño, escuchar, acompañar, estar al lado; es decir, no pasar de largo. Algunas obras de arte retratan al buen samaritano y al hombre asaltado con el mismo rostro. Y puede interpretarse como que Cristo cura y, a la vez, es curado. Cada uno de nosotros somos, o podemos ser, el buen samaritano que cura las heridas de otro, y en ese momento somos Cristo. Pero a veces también necesitamos que nos curen porque algo nos ha herido –una mala cara, una mala contestación, un amigo que nos ha dejado– y somos curados por un buen samaritano, que puede ser el mismo Cristo cuando acudimos a Él en la oración, o una persona cercana que se convierte en Cristo cuando nos escucha. Y nosotros somos Cristo para los demás, porque cada uno de nosotros somos imagen y semejanza de Dios.

El sufrimiento permanece siempre como un misterio, pero un misterio que por la acción salvadora de Nuestro Señor nos puede abrir hacia los demás: «En todas partes hay chicos abandonados o porque los abandonaron cuando nacieron o porque la vida los abandonó, la familia, los padres y no sienten el afecto de la familia. ¿Cómo salir de esa experiencia negativa de abandono, de lejanía de amor? Hay un solo remedio para salir de esas experiencias: hacer aquello que yo no recibí. Si tú no recibiste comprensión, sé comprensivo con los demás. Si no recibiste amor, ama a los demás. Si sentiste el dolor de la soledad, acércate a aquellos que están solos. La carne se cura con la carne y Dios se hizo carne para curarnos a nosotros. Hagamos lo mismo nosotros con los demás»[7].

Muchas personas han sentido la caricia de Dios justamente en los momentos más difíciles: los leprosos acariciados por santa Teresa de Calcuta, los tuberculosos a los que confortaba material y espiritualmente san Josemaría o los moribundos tratados con respeto y amor por san Camilo de Lelis. Esto también nos dice algo sobre el misterio del dolor en la existencia humana: son momentos en que la dimensión espiritual de la persona puede desplegarse con fuerza si se deja abrazar por la gracia del Señor, dignificando hasta las situaciones más extremas.

Antonio Ducay


[1] Cfr. Juan Pablo II, Carta Apostólica Salvifici Doloris, n. 9.

[2] Cfr. J. Ratzinger, Dios y el mundo, Creer y vivir en nuestra época, Barcelona 2005, p. 120.

[3] Juan Pablo II, Carta Apostólica Salvifici Doloris, n. 11.

[4] Cfr. San Tommaso d’Aquino, Summa Theologiae, I, q. 48, a. 2 ad 3

[5] Los hermanos Karamazov, Colihue, Buenos Aires 2006, p. 447.

[6] Cfr. S. Josemaría, Via Crucis, Estación XII.

[7] Papa Francisco, Discurso en el estadio Kerasani de Nairobi, 27-XI-2015.

Vosotros sois la luz del mundo

La fe es un regalo de Dios que nos cambia la vida. La serie de editoriales que ahora comenzamos con el título “La luz de la fe” —dirigida a creyentes, vacilantes y no creyentes abiertos a Dios— desea ayudar a descubrirlo, y a compartir el hallazgo.

LA LUZ DE LA FE09/05/2017

«El pueblo que yacía en tinieblas ha visto una gran luz; para los que yacían en región y sombra de muerte una luz ha amanecido» (Mt 4,16). De la mano del profeta Isaías, san Mateo presenta bajo el signo de la luz el inicio de la actividad apostólica del Señor en Galilea, tierra de transición entre Israel y el mundo pagano. Jesús, como profetizaba el anciano Simeón décadas antes con el Niño entre sus brazos, es «luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,32). Lo dirá el Señor de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). Con la luz de la fe, con la luz que es Él, la realidad adquiere su verdadera profundidad, la vida encuentra su sentido. Sin ella, al final parece que «todo se vuelve confuso, es imposible distinguir el bien del mal, la senda que lleva a la meta de aquella otra que nos hace dar vueltas y vueltas, sin una dirección fija»[1].

Son muchas las personas que, a veces sin saberlo, buscan a Dios. Buscan su felicidad, que solo pueden encontrar en Dios, porque su corazón está hecho por Él y para Él. «Ya estás tú en sus corazones —reza San Agustín—, en los corazones de los que te confiesan, y se arrojan en ti, y lloran en tu seno a vista de sus caminos difíciles (…) porque eres tú, Señor, y no un hombre de carne y sangre; eres tú, Señor, que los hiciste, quien los restablece y consuela»[2]. Sin embargo, también hay quienes esperan encontrar la felicidad en otra parte, como si el Dios de los cristianos fuera un competidor de sus ansias de felicidad. En realidad, le están buscando a Él: se encaran solo «con la sombra de Jesucristo, porque a Cristo no lo conocen, ni han visto la belleza de su rostro, ni saben la maravilla de su doctrina»[3].

SON MUCHAS LAS PERSONAS QUE, A VECES SIN SABERLO, BUSCAN A DIOS: SU CORAZÓN ESTÁ HECHO POR ÉL Y PARA ÉL.

—«¿Crees tú en el Hijo del Hombre?» —pregunta Jesús al ciego de nacimiento, que ha recobrado ya la vista. —«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» (Jn 9,35s). En todos los rincones del mundo hay hombres y mujeres que, en el fondo de la indiferencia u hostilidad que puedan mostrar hacia la fe, esperan quien les indique dónde está Dios, dónde está el que puede iluminar sus ojos y saciar su sed. Retratan bien su situación unas palabras que san Ireneo escribe sobre Abrahán: «Cuando, siguiendo el ardiente deseo de su corazón, peregrinaba por el mundo preguntándose dónde estaba Dios, y comenzó a flaquear y estaba a punto de desistir en la búsqueda, Dios tuvo piedad de aquel que, solo, le buscaba en silencio»[4]. A cada uno de ellos debemos llegarnos los cristianos, con el convencimiento humilde y sereno de que sabemos de Aquel a quien buscan (cfr. Jn 1,45s; Hch 17,23), aunque también nosotros constatemos tantas veces que aún no le conocemos bien. A todos los cristianos el Señor nos dice: «vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,14); «dadles vosotros de comer» (Mt 14,16).

Levadura de esta masa

El Evangelio «es una respuesta que cae en lo más hondo del ser humano. Es la verdad que no pasa de moda porque es capaz de penetrar allí donde nada más puede llegar»[5], porque alcanza a «iluminar toda la existencia del hombre»[6], a diferencia de los saberes humanos, que solo consiguen esclarecer algunas dimensiones de la vida. Sin embargo, esta luz que «brilla en las tinieblas» (Jn 1,5) se encuentra con frecuencia con la frialdad de un mundo que tiene por real solamente lo que se puede ver y tocar, lo que se deja ver a la luz de la ciencia o del consenso social. Por una inercia cultural de siglos, la fe se percibe a veces como «un salto que damos en el vacío, por falta de luz, movidos por un sentimiento ciego; o como una luz subjetiva, capaz quizá de enardecer el corazón, de dar consuelo privado, pero que no se puede proponer a los demás»[7].

Sin embargo, también aquí hay motivos para el optimismo. Benedicto XVI constataba ya hace unos años cómo la ciencia ha empezado a tomar conciencia de sus límites: «muchos científicos dicen hoy que de alguna parte tiene que venir todo, que debemos volver a plantearnos esa pregunta. Con ello vuelve a crecer también una nueva comprensión de lo religioso, no como un fenómeno de naturaleza mitológica, arcaica, sino a partir de la conexión interior del Logos»[8]: poco a poco va quedando atrás la idea, demasiado simple, de que creer en Dios es un recurso para cubrir lo que no sabemos. Se abre camino una concepción de la fe como la mirada que logra dar mejor cuenta del sentido del mundo, de la historia, del hombre y, a la vez, de su complejidad y misterio[9].

EL EVANGELIO «ES UNA RESPUESTA QUE CAE EN LO MÁS HONDO DEL SER HUMANO. ES LA VERDAD QUE NO PASA DE MODA PORQUE ES CAPAZ DE PENETRAR ALLÍ DONDE NADA MÁS PUEDE LLEGAR» (PAPA FRANCISCO)

Estas nuevas perspectivas traen consigo un desafío para la teología, la catequesis y, en definitiva, el apostolado personal: «la religiosidad tiene que regenerarse de nuevo en este gran contexto y encontrar así nuevas formas de expresión y de comprensión. El hombre de hoy no comprende ya sin más que la sangre de Cristo en la cruz es expiación por sus pecados (…); se trata de fórmulas que hay que traducir y captar de nuevo»[10]. En efecto, es tarea de la teología no solo profundizar en los distintos aspectos de la fe, sino también acercar cada generación al Evangelio. La teología y la catequesis no deben contemporizar, en el sentido de rebajar la fe a las miopías de cada época, pero están llamadas a hacer contemporáneo a Cristo: a acoger las inquietudes, el lenguaje y los desafíos de cada momento, no como un mal menor, sino como la materia y el ambiente en que Dios espera que hagamos un pan sabroso, un pan para alimentar a todos (cfr. Mt 14,16). «Fuimos invitados a ser levadura de esta masa concreta. Es cierto podrán existir “harinas” mejores, pero el Señor nos invitó a leudar aquí y ahora, con los desafíos que se nos presentan. No desde la defensiva, no desde nuestros miedos sino con las manos en el arado, ayudando a hacer crecer el trigo tantas veces sembrado en medio de la cizaña»[11].

La atención a la sensibilidad del presente no viene a añadirse desde fuera a la fidelidad al Evangelio, sino que forma parte esencial de ella. Para proteger la fe, para vivirla con sentido, y para ir por todo el mundo enseñándola (cfr. Mc 16,15), se hace necesario recibirla hoy de nuevo, percibirla y hacer que los demás la perciban como lo que verdaderamente es: un don de Dios que nos cambia la vida, que la llena de luz. «Algunos pasan por la vida como por un túnel, y no se explican el esplendor y la seguridad y el calor del sol de la fe»[12]. El esfuerzo por mostrar esa luz y calor de la fe está transido de una solicitud sincera por hacerse cargo de las perplejidades y las dudas de nuestros coetáneos, sin considerarlas de antemano como impertinencias o complicaciones. Así uno se pone en mejores condiciones de encontrar, en cada caso, las palabras adecuadas. Hay personas, escribía San Josemaría, «que no saben nada de Dios..., porque no les han hablado en términos comprensibles»[13]. Cuando alguien no entiende, puede ser porque quien les habla tampoco ha comprendido lo que explica, o no se ha hecho cargo de sus inquietudes, y habla, quizá sin querer, de un modo abstracto y despegado. A la vez, es bueno no olvidar que «nunca podremos convertir las enseñanzas de la Iglesia en algo fácilmente comprendido y felizmente valorado por todos. La fe siempre conserva un aspecto de cruz (…). Hay cosas que solo se comprenden desde esa adhesión que es hermana del amor, más allá de la claridad con que puedan percibirse las razones y argumentos»[14].

Los católicos pueden verse a veces criticados como gente de miras estrechas, por el hecho de que no se pliegan a ciertos postulados que el mundo da por buenos. Sin embargo, si no dejan que les invada el miedo o el resentimiento ante las descalificaciones, si procuran desentrañar la inquietud o la herida que late en una respuesta airada, si no se cansan de pensar nuevos modos de dar cuenta de su visión del mundo, de hecho serán reconocidos, cada uno a su nivel, como personas con «amplitud de horizontes (…); una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento (…); una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida»[15].

EL LENGUAJE QUE MUEVE NO ES NECESARIAMENTE EL DEL GRAN ORADOR, SINO EL DE QUIEN HABLA, DESDE SU MODO DE SER, CON SUS PALABRAS, DE SU EXPERIENCIA DE LA FE.

La serie de editoriales que ahora inicia se propone ilustrar cómo la fe responde a las aspiraciones más profundas del corazón del hombre del siglo XXI, cómo Cristo, en enseñanza del Concilio Vaticano II, «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre»[16]. Se quiere prestar atención a las dificultades que muchas personas encuentran —incluso cristianos con buena formación— para comprender el sentido de determinados aspectos de la fe, y para explicarlos a otros cuya fe se ha enfriado, o que querrían acercarse a ella. Se dirige, por tanto, a un público amplio: creyentes, vacilantes y no creyentes con apertura, quizá latente, a la fe. Las distintas cuestiones se abordan sin pretensión de exhaustividad, centrando el esfuerzo en recuperar accesos, en trazar nuevos caminos hacia puntos que pueden resultar menos claros hoy: mostrando, en fin, cómo la fe ilumina la realidad, y cómo se puede vivir la propia vida bajo esa luz. ¿Qué significa para mi vida, por ejemplo, que Jesucristo haya resucitado, o que Dios sea una Trinidad de personas? ¿En qué sentido la fe en la creación cambia la visión de la realidad? ¿Si el más allá no es un lugar físico, cómo pensar que sea tan real como el suelo que piso?

Donde está tu síntesis

Quien sigue un partido de tenis por la televisión no mejora con eso su forma física o su técnica: solo al jugar en la cancha entran en movimiento la técnica, el estilo, el golpe. De modo análogo, la formación doctrinal no se limita al acopio de conocimientos o de argumentos. Nos podemos beneficiar mucho de lo que leemos o estudiamos, pero no basta con retener: es necesario elaborar una comprensión propia de las cosas, hacerlas nuestras. «El estudio de la teología, no rutinario ni simplemente memorístico, sino vital, ayuda en gran medida a que lleguen a ser plenamente connaturales a la inteligencia las verdades de nuestra fe y a aprender a pensar en la fe y desde la fe. Sólo así se está en condiciones de valorar las múltiples cuestiones, en ocasiones complejas, que suscitan las ocupaciones profesionales y el desarrollo de la sociedad en su conjunto»[17].

La caridad, el amor fraterno, por el que vemos en cada hombre un hermano, es sin duda el testimonio más auténtico y luminoso de la fe: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros» (Jn 13,35). Cuando una persona se sabe querida de verdad, sin reservas, adivina el Amor de quien «nos amó primero» (1 Jn 4,19), un Amor que no es de este mundo, porque pasa por encima de tantas cosas —errores, antipatías, timidez, desconocimiento— que en el mundo llevan a la gente a ignorarse o a despreciarse. «A Dios se le puede ver con el corazón: la simple razón no basta»[18]: si la caridad, que habla al corazón, hace visible a Dios, su falta desdibuja su presencia en el mundo, y deslegitima al evangelizador; hace de él un falso profeta (Cfr. Mt 7,15). Sin embargo, la autenticidad que se espera hoy de un cristiano no se limita al testimonio de la caridad: se refiere también, en una medida importante, al modo personal y natural en que habla de Dios. Si uno tiene el hábito de pensar y de explicarse su propia fe, si ese diálogo interior nutre su oración y se nutre de ella, al hablar de Dios no transmitirá solo nociones teológicas o doctrinales: hablará de su experiencia, la de alguien que vive con Él y de Él. Por contraste, decía san Agustín, «pierde el tiempo predicando exteriormente la Palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior»[19]. Escuchar la Palabra de Dios es dejar que modele nuestro modo de pensar, de hablar, de vivir; que ilumine nuestras situaciones, intereses, encuentros; que se haga, en definitiva, nuestra.

LAS IDEAS DE OTROS PUEDEN AYUDARNOS MUCHO, PERO NO BASTA CON HACER ACOPIO DE ELLAS SI QUEREMOS HABLAR DE CORAZÓN A CORAZÓN.

«Donde está tu síntesis, allí está tu corazón», escribe el Papa, parafraseando una frase del Señor (cfr. Mt 6,21): «la diferencia entre iluminar el lugar de síntesis e iluminar ideas sueltas es la misma que hay entre el aburrimiento y el ardor del corazón»[20]. El lenguaje que mueve no es necesariamente el del gran orador, sino el de quien habla, desde su modo de ser, con sus palabras, de su experiencia de la fe. Por eso la formación doctrinal no está llamada a discurrir en un sector de nuestro saber, aislado del resto, sino a dialogar con todo lo que vivimos y somos, de modo que aun tomando tantas formas como personas, se pueda reconocer el mismo Espíritu en todas ellas. Así lo vemos en los santos, que nos hablan de Dios de mil modos, y así sucede con tantos santos escondidos. Si cada época —hoy quizá más— tiene sus Babeles, marañas de voces enfrentadas o discordantes (cfr. Gn 11,1-9), la pluralidad de lenguas del Espíritu Santo sigue ensanchándose en una «nueva Pentecostés»[21] allí donde hay cristianos que le escuchan, porque «si el Espíritu Santo no da interiormente la inteligencia, el hombre trabaja en vano (...): si el Espíritu Santo no acompaña el corazón del que oye, será inútil la palabra del doctor»[22].

Intenta beber de tu propia fuente

Se ha dicho que la cultura es lo que queda cuando uno olvida lo que estudió: es aquello que crece al cultivar la tierra de nuestra alma. «Nuestra formación no termina nunca»[23], solía decir san Josemaría: es necesario estudiar durante toda la vida, y hacerlo con la mentalidad evangélica y evangelizadora del agricultor (cfr. Mt 13,3-43). El cultivo es un trabajo paciente y sostenido, pero lleno de gratificaciones, cuando salen los primeros brotes, y cuando llegan los frutos. Junto al diálogo con Dios en la oración, y la disposición a conversar con los demás, facilita mucho ese cultivo la reflexión personal, por la que se adquiere una voz propia, auténtica, abierta. En ese diálogo interior, es necesario arar, sembrar, regar: ir dando forma a las ideas, buscar las palabras, aunque a veces salgan solo balbuceos. Las ideas de otros pueden ayudarnos mucho, pero no basta con hacer acopio de ellas si queremos hablar de corazón a corazón.

No se trata, pues, solamente de saber cosas, según una noción meramente cuantitativa del saber, sino de adquirir y renovar una mirada penetrante y apasionada sobre la realidad en toda su amplitud, es decir, con los demás y con Dios. La comprensión de la fe es tarea para cada uno, con sus modos: la profesora universitaria, el trabajador manual, la asistenta social, el auditor. Esta tarea intransferible no se añade al interés por conocer la fe, sino que le da forma: es una actitud por la que uno procura hacer suyo lo que oye, no solo en las obras, sino también en las ideas, en el lenguaje. «Soy un hombre de este tiempo si vivo sinceramente mi fe en la cultura de hoy, siendo uno que vive con los medios de comunicación de hoy, con los diálogos, con las realidades de la economía, con todo, si yo mismo tomo en serio mi propia experiencia e intento personalizar en mí esta realidad. Así estamos en el camino de hacer que también los demás nos entiendan. San Bernardo de Claraval, en su libro de reflexiones a su discípulo el Papa Eugenio, dijo: intenta beber de tu propia fuente, es decir, de tu propia humanidad. Si eres sincero contigo mismo y empiezas a ver en ti qué es la fe, con tu experiencia humana en este tiempo, bebiendo de tu propio pozo, como dice san Bernardo, también puedes decir a los demás lo que hay que decir»[24].

AUNQUE EL CRISTIANO TIENE LA RESPONSABILIDAD DE DEFENDER LA FE, SU ESPÍRITU DE FONDO NO ES EL DE QUIEN RECUPERA UN ESPACIO PERDIDO, SINO EL DE QUIEN SE SABE PARTE DE UNA SERENA CONQUISTA.

Quien se conduce así aprende de todas las conversaciones, no se arredra ante las objeciones, sino que las acepta como retos para comprender mejor su propia fe, para hacerse cargo de cómo piensan los demás, para percibir con ellos sus vértigos. Quien vive así escucha mucho, aprende con todos y de todos; concibe el diálogo, más que como una lucha por afianzar posiciones y rebatir argumentos, como un baile, en el que todo puede cooperar a esclarecer la realidad, aunque no sea siempre por la línea recta. «Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad. Se realiza por el gusto de hablar y por el bien concreto que se comunica entre los que se aman por medio de las palabras. Es un bien que no consiste en cosas, sino en las personas mismas que mutuamente se dan en el diálogo»[25].

Aunque el cristiano tiene la responsabilidad de defender la fe, su espíritu de fondo no es el de quien recupera un espacio perdido, sino el de quien se sabe parte de una serena conquista. Sabemos dónde está la felicidad que busca nuestro corazón y el de todos los hombres y mujeres. Y la buscamos con ellos: «de ti piensa mi corazón: “Busca su rostro”» (Sal 27,8). Qué paz nos da esa certeza, para dialogar con todos, como hermanos que buscan a quien yo busco, que comparten conmigo mucho más de lo que piensan; para crecer con ellos, sabiendo que a su tiempo se hará la luz: nuestros amigos descubrirán «ubi vera sunt gaudia», dónde se encuentra la verdadera alegría[26], y nosotros lo redescubriremos con ellos.

Carlos Ayxelà

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Lecturas para profundizar

Sigue una lista, no exhaustiva, de libros, artículos y documentos acerca del modo de hablar de la fe hoy. Se indican en primer lugar algunos textos del Magisterio reciente y de otros organismos de la Iglesia, y después textos de otros autores. En las próximas entregas de esta serie se indicarán también textos específicos sobre los respectivos temas.

Francisco, Enc. Lumen Fidei, 29-VI-2013.

Francisco, Ex. Ap. Evangelii Gaudium, 24-XI-2013, esp. capítulo 3, “El anuncio del evangelio”.

Francisco, Catequesis en el Año de la Fe, de marzo a diciembre 2013 (disponibles en vatican.va)

Benedicto XVI, Catequesis en el Año de la Fe (octubre 2012 – febrero 2013, disponibles en vatican.va; p.ej. “¿Cómo hablar de Dios?”, 28-XI-2012 [leer]; “El deseo de Dios”, 7-XI-2012 [leer]).

San Juan Pablo II, Carta Ap. Novo Millennio Ineunte, 6-I-2001 (leer)

San Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo (marzo 1985 – noviembre 1997, disponibles en vatican.vapdb)

Beato Pablo VI, Ex. Ap. Evangelii Nuntiandi, 8-XII-1975 (leer).

Catecismo de la Iglesia Católica (vatican.vaintratext) y Compendio del Catecismo (ebook)

Consejo Pontificio de la Cultura ¿Dónde está tu Dios? La fe cristiana ante la increencia religiosa, Valencia: Edicep, 2005 (leer).

Consejo Pontificio de la Cultura La vía pulchritudinis, camino de evangelización y de diálogo (leer).


Babendreier, J. La fe explicada hoy, Rialp, 2016 (The Faith Explained Today: Popular Edition)

Barron, R. Catolicismo: un viaje al corazón de la fe, Doubleday, 2013; disponible también en dvd (Catholicism: a Journey to the Heart of the Faith).

Biffi, G. Corso inusuale di catechesi (3 vols.) Elledici, 2006.

Burggraff, J. “La transmisión de la fe en la sociedad postmoderna”, en Burggraff, J. La transmisión de la fe en la sociedad postmoderna y otros escritos, Eunsa, 2015 (disponible en opusdei.org).

Chaput, Ch. Strangers in a Strange Land. Living the Catholic Faith in a Post-Christian World, Henry Holt, 2017.

Dolan, T. – Allen J. Un pueblo de esperanza. Conversaciones con Timothy Dolan, Palabra, 2015 (A People of Hope. The Challenges facing the Catholic Church and the Faith that can save it).

Hadjadj, F. La suerte de haber nacido en nuestro tiempo, Rialp, 2016 (L’aubaine d’être né en ce temps).

Hadjadj, F. ¿Cómo hablar de Dios hoy? Anti-manual de evangelización, Nuevo Inicio, 2013 (Comment parler de Dieu aujourd’hui? Anti-manuel d’évangelisation).

Hahn, S. La evangelización de los católicos. Manual para la misión de la Nueva Evangelización, Palabra, 2014 (Evangelizing Catholics).

Hahn, S. - Socías, J. La fe cristiana explicada. Introducción al catolicismo, Edibesa - MTF, 2015 (Introduction to Catholicism for Adults)

Ivereigh, A. - De la Cierva, Y. Cómo defender la fe sin levantar la voz. Respuestas civilizadas a preguntas desafiantes, Palabra, 2016 (Ivereigh, A. - Lopez, K. J. How to Defend the Faith without Raising your Voice).

San Josemaría, “Sed amigos sinceros y realizaréis un apostolado y un diálogo fecundos”, ABC, 17-V-1992 (leer).

Knox, R. El Credo a cámara lenta, Palabra, 2000 [3ª ed.] (The Creed in Slow Motion).

Lewis, C.S. Mero cristianismo, Rialp, 1995 (Mere Christianity).

Mora, J.M. “10 claves para comunicar la fe”.

Ratzinger, J. Dios y el mundo: creer y vivir en nuestra época, Galaxia Gutenberg, 2002 (Gott und die Welt. Glauben und Leben in unserer Zeit).

Ratzinger, J. “La nueva evangelización”, Conferencia en el Congreso de Catequistas y Profesores de Religión, Roma 10-XII-2000 (leer).

Trese, L.J. La fe explicada, Rialp, 2014 [28ª ed.] (Faith Explained).


[1] Francisco, Enc. Lumen Fidei (29-VI-2013), 3.

[2] San Agustín, Confesiones V.2.2.

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 179.

[4] San Ireneo de Lyon, Demostración de la predicación apostólica, 24 (Sources Chrétiennes 406, 117).

[5] Francisco, Ex. Ap. Evangelii Gaudium (24-XI-2013), 265.

[6] Francisco, Lumen Fidei, 4.

[7] Francisco, Lumen Fidei, 4.

[8] Benedicto XVI, Luz del mundo, Herder, Barcelona 2010, 145.

[9] Cfr. Benedicto XVI, Discurso en la Universidad de Ratisbona, 12-IX-2006.

[10] Benedicto XVI, Luz del mundo, 145.

[11] Francisco, Homilía, 2-II-2017.

[12] San Josemaría, Camino, 575.

[13] San Josemaría, Surco, 941.

[14] Francisco, Evangelii Gaudium, 42.

[15] Surco, 428.

[16] Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et Spes (7-XII-1965), 22.

[17] Javier Echevarría, Carta Pastoral con ocasión del Año de la Fe (29-XI-2012), 35.

[18] Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración, La esfera de los libros, Madrid 2007, 121.

[19] San Agustín, Sermón 179, 1.1.

[20] Francisco, Evangelii gaudium, 143.

[21] Surco, 213. Cfr. Hch 2,1-13.

[22] Santo Tomás de Aquino, Super Evangelium S. Ioannis, 14.6.

[23] San Josemaría, notas de una reunión familiar, 18-VI-1972 (citado en J. Echevarría, Carta sobre la nueva evangelización, 2-X-2011).

[24] Benedicto XVI, Discurso, 26-II-2009 (cfr. San Bernardo, De consideratione libri quinque ad Eugenium tertium, II.3.6. [PL 182, 745]).

[25] Francisco, Evangelii gaudium, 142.

[26] Misal Romano, domingo XXI del tiempo ordinario, oración colecta.

Rouco y su Nuevo Testamento: "los sacrificados por el aborto son los nuevos Santos Inocentes"

Coincidiendo la Fiesta de la Sagrada Familia con el Día de los Santos Inocentes, el cardenal arzobispo de Madrid, monseñor Antonio María Rouco Varela, aseguró que los no nacidos sobre los que se cometió un aborto "son los nuevos 'Santos Inocentes' de la época contemporánea".

La intervención de Rouco Varela comenzó con el agradecimiento a "las luminosas y estimulantes palabras" que el Papa Benedicto XVI dirigió desde la Plaza de San Pedro de Roma, en el marco del rezo dominical del Ángelus, a los congregados en Madrid pero que nadie pudo escuchar por una serie de problemas técnicos.

Varón y mujer

   Rouco insistió en que el modelo de vivir en familia es la Sagrada Familia de Nazareth: "la posibilidad de vivir la familia en la integridad y belleza de su ser como comunidad indisoluble de amor y de vida, fundada en la donación esponsal del varón a la mujer y de la mujer al varón y, por ello, esencialmente abierta al don de la vida: a los hijos".

   Así, constató, que la celebración en la Plaza de Colón tiene como objetivo preservar "este modelo de la verdadera familia, cuya actualidad no pasa nunca". En este punto recordó las palabras de Juan Pablo II acerca de que "¡El futuro de la humanidad pasa por la familia!" y las de Benedicto XVI sobre que la familia "es la principal agencia de paz".

   "Estamos convencidos, por la gracia de Dios -la gracia que a todos se ofrece y que a nadie rechaza, a no ser que ella misma sea rechazada- de que no sólo es posible concebir, ordenar y vivir el matrimonio y la familia de forma muy distinta a la que en tantos ambientes de nuestra sociedad está de moda y que dispone de tantos medios y oportunidades mediáticas, educativas y culturales para su difusión, sino que, además, es la que responde a las exigencias más hondas y auténticas de amor y de felicidad que anidan en el corazón del hombre", aseveró.

Amor de un padre y una madre

   Concretamente, aseguró que los niños "necesitan de sus padres". "Necesitan del amor de un padre y de una madre para poder ser engendrados, traídos al mundo, criados y educados conforme a la dignidad que les es propia desde el momento en el que son concebidos en el vientre materno: la dignidad de personas, llamadas a ser hijos de Dios", agregó.

   También tuvo palabras para la realidad del aborto y señaló que "estremece el hecho y el número de los que son sacrificados por la sobrecogedora crueldad" de esta práctica, que calificó como "una de las lacras más terribles de nuestro tiempo tan orgulloso de sí mismo y de su progreso".

   Concretamente, coincidiendo la Fiesta de la Sagrada Familia con el Día de los Santos Inocentes -que recuerda la orden de Herodes de matar a todos los niños menores de dos años nacidos en Belén (Judea) con el fin de deshacerse del recién nacido Jesús de Nazaret- aseguró que los no nacidos sobre los que se cometió un aborto "son los nuevos 'Santos Inocentes' de la época contemporánea".

El difícil camino de la familia

   Finalmente, el cardenal se refirió a las muchas dificultades de toda índole -económicas, sociales, jurídicas y culturales, morales y espirituales- que se interponen en el camino de la plena realización de la vocación de esposos y de padres cristianos en las actuales circunstancias e insistió en que para afrontarlas hay que mirar y seguir el modelo de la Sagrada Familia de Nazareth, "siempre luminoso y siempre actual".

   Así, dijo a los esposos presentes, es un "reto formidable" vivir en la actualidad el matrimonio "como os lo pide la voluntad de Dios", dado que "la cultura del relativismo egoísta, del interés y de la competencia de todos contra todos, y la cultura de la muerte son muy poderosas".

   "El lenguaje de la creación es claro e inequívoco respecto al matrimonio: un varón y una mujer, el esposo y la esposa que se aman para siempre y ¡dan la vida!", declaró Rouco, quien consideró, recordando el discurso de Navidad del Papa Benedicto XVI a la Curia Romana, que "es necesario que haya algo como una ecología del hombre, entendida en el sentido justo", refiriéndose al valor insustituible de la ley natural como garantía del bien de la persona humana y de la familia.

   Finalmente, el cardenal instó a los presentes a "vivir el matrimonio y la familia como la Sagrada Familia de Nazareth", a "dar testimonio ante el mundo de la alegría honda y duradera que trae la familia cristiana" y a, como urgente, "vencer la cultura de la muerte con la cultura de la vida". "¡No hay duda! ¡el futuro de la humanidad pasa por la familia, la familia cristiana!", concluyó.

 

 

¿Intelectuales cristianos o/y Cristianos intelectuales? (I)

Ernesto Juliá

Belén Monumental de Alcalá de Henares.

Hemos vivido en la Iglesia con un cierto temblor de espíritu estos días de Navidad. Hemos leído: “El pueblo que habita en tinieblas ha visto una gran Luz”. ¿La ha visto de verdad?¿Hemos transmitido los creyentes en Cristo, Dios y hombre verdadero, esa Luz del Cielo que nos habla del amor de Dios, de arrepentirnos de nuestros pecados, de convertirnos en verdaderos hijos de Dios en Cristo? ¿Hemos abierto los ojos para acercarnos al Niño y a la Vida Eterna, el Cielo; y así no alejarnos nunca de Él, que sería el infierno?

Podemos, ERC y Bildu retiran su enmienda ‘antidesahucios’

Este es, en mi opinión, el fondo del problema cuando se debate sobre los intelectuales cristianos o cristianos intelectuales, como prefieren algunos.

El debate está abierto, y en mi opinión seguirá abierto en la medida en que los cristianos creyentes seamos conscientes de una cuestión de fondo: la dificultad y, a la vez, la necesidad de no separar las dos formas de conocimiento que todo ser humano tiene: la Fe y la Razón.  Si las separamos dividimos al hombre y a los hombres; cada parte se quedará con su verdad, que no será nunca la Verdad.

Esta es una cuestión siempre abierta en el panorama de pensamiento de un intelectual cristiano, o si se prefiere, de un cristiano intelectual, que sea consciente de que Dios ha dejado la creación en nuestras manos, y nos ha dado los instrumentos y las indicaciones para que podamos vivir ese maravilloso encargo.

Las indicaciones son los mandamientos de la ley de Dios –ley natural- y el mandamiento nuevo de Jesucristo –que nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado y nos ama; ambos son la base base de la Moral. Y los instrumentos son la Fe y la Razón, alimentadas en y con los Sacramentos, y sostenidas en las verdades de la Fe. Así el cristiano que piense, sea más o menos intelectual, se moverá a razonar y hacer lo posible con su vida, para iluminar la vida de las personas, de la sociedad, de las naciones, de los pueblos con la Verdad de la Fe y de la Razón que Jesucristo ha dado al hombre y al mundo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Esta fue y sigue siendo la ímproba tarea que los cristianos -más o menos intelectuales- hemos desarrollado a lo largo de los siglos. Y digo cristianos y no Iglesia, para evitar que por Iglesia muchos entiendan solamente al papa, a obispos, a sacerdotes, a religiosos, a monjas, etc., cuando la tarea de alumbrar el mundo con la luz de Dios, la luz de Cristo, es misión que el Señor nos ha encomendado a todos –hombres y mujeres; laicos y sacerdotes; seglares y religiosos; jóvenes y mayores; casados y solteros-, los que creemos que Jesucristo es Dios, Hijo de Dios, Dios y hombre verdadero.

Y he escrito “alumbrar” el mundo, no simplemente dialogar con el mundo. Los cristianos hemos evangelizado todas las culturas con las que nos hemos encontrado y lo hemos hecho leyéndoles el Evangelio eterno de Jesucristo y abriendo su cultura a la luz y a las enseñanzas de Jesucristo. Si se pretende leer el Evangelio y mirar “al futuro con espíritu moderno y abrirlo a la cultura moderna” como algunos eclesiásticos y seglares “intelectuales” desean, no se conseguiría otra cosa que su “cristianismo” desapareciera de la faz de la tierra, como hemos podido constatar en buena parte del Occidente desarrollado.

Un cristiano sin Fe y sin Razón, sin Dogma y sin Moral cristianos, nada tiene que transmitir al mundo que cualquier otro hombre con un poco de sentimiento no pueda hacer. Y en subrayar este punto me parece que coinciden los diversos participantes en el intercambio de ideas, más que debate, que se ha abierto.

Torralba señala: “lo que falta es que la maduración en la fe vaya acompañada de la correspondiente profundización existencial e intelectual, es decir, ayudar a los jóvenes a vivir y a pensar por si mismo”-

Brugarolas, hablando de los intelectuales de los primeros siglos, reconoce que “eran conscientes de poseer la única riqueza estrictamente necesaria para construir una cultura cristiana: la fe que fecunda la inteligencia y la caridad, el amor en vertical hacia Dios del que nace el amor horizontal hacia los hombres”.

¿Puede un cristiano intelectual dimitir de su misión, por aquello del “espíritu del siglo” o porque eso de la “moral cristiana” ya no se lleva? Puede, sin duda, pero no debe: dejaría de ser intelectual cristiano, y dejaría de actuar como cristiano.

Por desgracia, esa superficial falta de fe lleva a hablar, en algunos ambientes de la Iglesia, de la conveniencia de separar la “pastoral” de la “doctrina”. La pastoral se convierte entonces en un entretenimiento sin compromiso alguno, en el que todos somos “hermanos” y pretendemos llevarnos bien. Se alimentan algunos sentimientos en el orden social: los pobres, los migrantes, los discapacitados, etc.; y se deja vacía la inteligencia, que ya no se dirige a un Dios Uno y Trino, y no oye hablar de los Misterio de la Fe, ni de la Moral, que son la luz de un mundo en tinieblas.

Arana recoge un hecho que ilustra muy bien esta falta de Fe y de Razón que hace prácticamente imposible la acción de los cristianos intelectuales en la sociedad:

“Un colega mío, catedrático de filosofía de universidad, se ofreció a impartir clases en una catequesis de Confirmación. Muy pronto el responsable de la misma lo llamó a capítulo. “Pero, ¿qué me dicen que estás enseñando a los chavales?” “Pues…los misterios de la Fe: Trinidad, Encarnación, Redención.” “No, no, ¡qué barbaridad!  Lo que tienes que enseñarles es que Jesús los ama…” “Pero, padre, ¿se da cuenta usted que estos chicos ya saben resolver integrales y estudian biología molecular?” Imposible fue que entrara en razón. Mi amigo tuvo que dimitir de su cometido. (seguirá)    

ernesto.julia@gmail.com

 

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El laicismo y la ausencia de lo sublime


La febril e intensiva actividad de la vida moderna es a menudo una tentativa de ocultar los efectos de languidez de la acedia.

La sociedad laica es la consecuencia lógica de una sociedad predominantemente materialista.

Al hablar de sociedad laica, no pretendemos afirmar que Dios es negado. Por el contrario, se permite e incluso se alienta la creencia personal en Dios, siempre y cuando se limite a la esfera personal.

Una sociedad laica en general es oficialmente depurada de todas las referencias a una realidad más allá de nuestro mundo naturalista y materialista.

Existe una indiferencia o confusión acerca de lo que constituye el sentido de la vida.

El secularismo, afirma Plinio Corrêa de Oliveira, es una curiosa forma de ateísmo que

“afirma que es imposible tener certeza de la existencia de Dios y, en consecuencia, que el hombre debe actuar en el ámbito temporal como si Dios no existiera. En otros términos, que debe actuar como una persona que ha destronado a Dios”.

El laicismo y la crisis del hombre actual

Esta sociedad secular “liberadora” inevitablemente deja un vacío profundo en el alma del hombre moderno, que causa una gran frustración y desolación, instaurando lo que muchos han llamado un desierto espiritual.

Este rechazo no puede dejar de traer tristeza y hasta desesperación

Esta actitud recuerda el estado que Santo Tomás de Aquino llama acedia y que define como el cansancio de las cosas santas y espirituales, y la consiguiente tristeza de vivir.

Como ser espiritual, el hombre aquejado de acedia niega sus apetitos espirituales “no quiere ser lo que Dios quiere que sea”, señala Josef Pieper , “y esto significa que él no quiere ser lo que en realidad, y en última instancia, debe ser” .

Este rechazo no puede dejar de traer tristeza y hasta desesperación.

La versión moderna de la acedia incluye un cansancio y una reserva en relación a todas las cosas espirituales.

Es la conciencia alejándose de las cosas santas y espirituales, así como de un régimen cultural donde existan metas sublimes o ideales religiosos. Estos son vistos con desconfianza y simplemente no se les considera parte importante de nuestras vidas.

La febril e intensiva actividad de la vida moderna es a menudo una tentativa de ocultar los efectos de languidez de la acedia, el desánimo y la falta de alegría.

Robert Ritchie

¿Sobrevivirá Barcelona? 

Suelo ser optimista y no me entristezco fácilmente pero como barcelonés de nacimiento y siempre practicante estoy seriamente preocupado por la frágil situación de mi ciudad y la peligrosa deriva que su rumbo está tomando.

Tan solo puedo llegar a entender que la Barcelona de antes era una ciudad desbordada en que todo estaba sobredimensionado, pues las oleadas de turistas en busca de belleza, clima, calidad de vida, arquitectura y Gaudí provocaron un feroz crecimiento de la oferta hotelera y la voracidad del crucerismo marítimo reventaba la ciudad de visitantes fugaces. Si a todo ello le sumamos un transporte aéreo a precios de saldo ya tendremos el complemento perfecto para el colapso generalizado.

Barcelona era desde el siglo XIX una ciudad tranquila, elegante y cosmopolita en la que, a pesar de la pobreza de los suburbios de la inmigración y cinturón industrial, la gente paseaba su elegancia y la cultura de sus instituciones y estructuras organizativas, círculos, clubs y liceos.

Pero héte aquí que la aparición en el tiempo de tres dragones exterminadores no solo han destruido la sobredimensión sino que han arrasado sin contemplaciones todo lo bueno y sosegado que tenía Barcelona. Veamos:

El Covid, ese  virus importado sin permiso cogió desprevenido al país, el drama de la muerte en soledad y el total secuestro y confinamiento de la población, no solo ha mostrado nuestra debilidad, el deficiente gobierno de España y las frágiles estructuras sanitarias en recursos materiales y profesionales, sino que en el caso de Barcelona también ha acabado con la estructura turística, comercial y hostelera en la que equivocadamente los ciudadanos habíamos basado nuestra estrella y esplendor. Grandes superestructuras portuarias y aeroportuarias paralizadas, centenares de hoteles y restaurantes cerrados y miles de terrazas vacías y desiertas con la única compañía de otros tantos miles de persianas bajadas del pequeño comercio de ámbito familiar.

Pero, desde los últimos años, Barcelona padece un gobierno municipal resultante de un catastrófico error democrático con el equipo más indocumentado de su historia, con un conjunto de partidos abiertamente anti sistema y populista que anda plagado de personajes cuyo único valor es haber tenido la suerte de haber llegado hasta ahí sin dar un palo al agua en su vida

Un equipo así está liderado por la señora Colau, conocida como la reina del escrache a la que Barcelona le entregó la vara de mando sin tener idea del tesoro que se ponía en sus manos y que años después la población permanece horrorizada de cómo se pueden destruir tantas cosas en tan poco tiempo, de cómo la elegancia y la clase se arrastra por los charcos de la suciedad que acarrea la marginalidad, cuánta historia y cultura entregada a las zarpas de la horterada chabacana, fiestas y tradiciones al servicio del insulto y el mal gusto  de los llamados artistas de lo grotesco.

Un urbanismo y proyecto de ciudad inexistente por incompetencia política en la toma de decisiones por lo que cabe preguntarse ¿Qué directrices puede inspirar un gobierno iletrado y cómo se puede entonces encargar algo brillante a un equipo de técnicos que han huido despavoridos o permanecen ocultos?

Pues si la alcaldesa Colau lidera esa banda municipal, qué puede esperar Barcelona más que la mediocridad y el ostracismo, violencia, drogadicción, marginalidad y ocupación urbana. Y así las cosas, ese segundo dragón abrasa a Barcelona, por los incompetentes personajes que han pasado de la calle al trono sin siquiera haber conocido ninguna estación de tránsito intermedio con lo cual solo hemos conseguido llenar nuestro palacio de inmundicia.

Triste escenario para la voracidad draconiana, aunque el tercer dragón, el más viejo y dañino hace ya una década que expulsa fuego y esparce veneno en todos los sectores de la población catalana. Y también se reconoce su figura y su maldad con el nombre de procés, alimentada su podredumbre con una falsa voluntad de un pueblo que tan solo ha usurpado la pacífica convivencia de los ciudadanos de Cataluña.

Desde hace décadas en manos de clanes corruptos y criminales ( Fiscalía dixit) y en la última época ante los escándalos con el desvío de ingentes cantidades de dinero público para la financiación ilegal de partidos, instituciones y personas. Con el 3% como estandarte, el dragón debe mutar a nuevas maldades contagiosas como el derecho a decidir, tramposos referéndums y un secesionismo suicida al que le falta músculo y mayorías. Una exigua y falsa superioridad en la composición del Parlament producto de una injusta ley que reparte mal los votos territoriales, ofrece un espejo en donde la realidad se deforma hasta reflejar un conjunto de mamarrachos que actúan basados en una autoridad que no tienen. Tan solo hay que observar la surrealista escena de presentar como iconos a los responsables de todo el caos en prisión o fugados al extranjero, o a los que quedan chaqueteando por una silla o un refugio donde enterrar sus responsabilidades por haber estado cometiendo un auténtico genocidio cultural que algún día la historia tendrá que abordar.

La pregunta que se debe formular todo barcelonés, catalán, español y europeo es: ¿Será capaz la ciudad de Barcelona de sobrevivir al Covid, a la Sra. Colau y al dramático procés? ¿Tendrá cimiento suficiente en la riqueza de su propia historia o en su hoy maltrecha cultura si consigue además despertar a una nueva burguesía?

¿Y seremos capaces los catalanes de remontar el vuelo sin complejos, ni divisiones ni enfermizos estados de iluminación y odio que deberíamos encerrar bajo llave en los rincones del olvido?

No puedo finalizar sin que brote en mí el optimismo de siempre y creo poder afirmar que sobreviviremos a los dragones Covid, Colau y procés, aún a sabiendas que en el futuro nada será igual que antes, pero el mediterráneo seguirá acariciando nuestra piel, el sol nos dará el calor meridional, recuperaremos nuestra histórica elegancia y cultura y, hasta Gaudí, Pla, Dalí y todos los que se fueron volverán a pasear entre nosotros. A pesar de cualquier catástrofe Barcelona sobrevivirá.    

Mariano Gomá   

 

 

Los qué, por qué y para qué de la marihuana

Norma Mendoza Alexandry

La iniciativa aprobada no atiende los daños a la salud surgidos por el consumo cada vez mayor de la marihuana, no atiende los efectos en las familias y en los jóvenes que consumen drogas.

Comienzo por decir a los lectores que –Hace mucho tiempo, todos teníamos un significado: sabíamos que teníamos un significado porque teníamos una mamá y un papá que nos lo decían, un Dios que nos ama y una sociedad que nos necesitaba.

Hoy, la gran mayoría de las personas pueden solamente contar con los dedos de una mano el número de personas a quienes les importa el otro. En la mayoría de los casos se percibe que a nadie le importamos realmente, ¿qué estará pasando?

Con la destrucción de la familia: padre–madre–hijos–hermanos, de la Iglesia y de la sociedad solidaria a nuestro alrededor, las razones que las personas tenían tradicionalmente para su propia existencia están en peligro de quedarse en el pasado y el resultado es predecible: cada vez hay más personas que sienten desolación, depresión, ansiedad, abatimiento, abuso de drogas y muerte.

Hemos llegado a una época en donde más importa la ‘cultura del descarte’ como lo percibe la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), la cual en su comunicado No. 116/20 declara que;

“Acerca del uso recreativo de la marihuana y de otros productos psicoactivos derivados del cannabis, los profesionales de la salud y otras numerosas personas que han sido consumidores atestiguan que su uso en cualquier cantidad y presentación, reduce significativamente el dominio sobre sus propias acciones, y pone al consumidor en situación de riesgo grave para sí y para otros.”

Es muy dudoso que las personas que componen el Senado de la República Mexicana en su sesión plenaria del 19 de noviembre hayan llegado muy preparados y hayan leído y estudiado previamente a quienes han desglosado cabalmente y/o a dirigentes que hayan experimentado realmente el impacto de esta droga en la sociedad, sus efectos, sus derivaciones, etc. o solamente se estén guiando por la corriente ideológica de la ‘cultura de la muerte’ y del libertinaje sin ton ni son.

Veamos lo que dicen los expertos en esta materia. Hubo un enfrentamiento intelectual entre dos eminentes expertos que confrontaron su experiencia y que partieron de la siguiente pregunta: ¿Poseen las personas la libertad de rendir su propia libertad?

Uno de los expertos, cuya teoría es semejante a la decisión tomada por la Cámara de Senadores, es Milton Friedman, Premio Nobel Economía en el año 1976. Él decía que “el problema de donde surge la ‘despenalización’ es por la “demanda”. La ilegalidad crea ganancias obscenas que financian tácticas de muerte por los lores de las drogas, la ilegalidad conduce a la corrupción de funcionarios en aplicación de la ley, la ilegalidad monopoliza los esfuerzos de fuerzas de la ley honestas que necesitan recursos para luchar contra delitos más simples como robo, atraco o agresión”, pero una de sus razones principales para la legalización es que “la guerra a las drogas socava la libertad humana y la libertad individual”. Nos preguntamos ¿Cuál es el concepto de ‘libertad’ al que aduce Friedman? Ya que el consumo de una droga hace esclavo al consumidor. Y más adelante dice que “legalizar las drogas, reducirá simultáneamente la cantidad de delitos y aumentará la calidad de la aplicación de la ley”, sin embargo, reconoce que “los adictos cometen de un tercio a la mitad de todos los delitos en Estados Unidos”.

En respuesta a la teoría de Friedman, William J. Bennett, quien fue Director de la Oficina de Política Nacional para Control de Drogas y después Ministro de Educación en EEUU, responde a Friedman que no es nada nueva su teoría de la legalización y que ésta no lleva a ninguna solución del problema.

Responde que la premisa básica en esta propuesta de ‘legalización’ es que utilizar las leyes nacionales para luchar contra las drogas es demasiado costoso. Pero, dice que “la verdadera pregunta que debe hacerse, y que es totalmente ignorada por los defensores de la despenalización es ¿Cuál es el costo de no ejecutar las leyes contra las drogas?” Él mismo contesta a esta pregunta argumentando que están de acuerdo muchos otros académicos en que “los costos potenciales de legalizar la droga serán tan grandes que harán un desastre de las políticas públicas… En definitiva, se incrementará el uso de la droga, aumentarán los costos del seguro a la salud, habrá más accidentes causados por la droga…”.

La mayoría de los adictos no desean ayuda hasta que se ven obligados, y esto es a menudo bajo el sistema de justicia, lo cual se cree que es la base del problema. Y continúa con su análisis diciendo “La mayoría de los adictos no cometen delitos por causa de su hábito, sino que ya estaban involucrados en actividad delictiva previamente a su hábito en la droga y aunque las drogas sean legales, ¿qué evidencia se tiene de que el usuario habitual de droga no continuará cometiendo algún delito? Quienes consumen una droga (en este caso, la marihuana en su uso ‘lúdico’), siempre buscarán otra droga, o consumir cada vez más de la que esté a su alcance, y no ha habido hasta hoy ningún plan de despenalización que tenga una estrategia para satisfacer dicho apetito”.

Bennett agrega contradiciendo a Friedman que “A menos que estés dispuesto a distribuir la droga libre y ampliamente, siempre habrá un mercado negro para vender más barato que el que es controlado. Y en cuanto a los potenciales adictos, a los niños en edad escolar y a mujeres embarazadas, siendo estos quienes encontrarán más facilidad y más accesibilidad por la condonación legal, es obvio que ésta no aporta ninguna mejora.

Yo –dice Bennett– “permanezco como ardiente defensor de nuestras leyes nacionales en contra del uso ilegal de las drogas, debido a que yo creo que el uso de las drogas es erróneo.” “El costo moral de la legalización es enorme, pero es un costo que aparentemente descansa fuera del limitado ámbito de prescripciones de política liberal”. Notemos la similitud de estas declaraciones con las decisiones que toma nuestro Poder Ejecutivo y el Senado de la República.

Si hubiera un debate público, habría una decisión mucho más cabal sobre la operación de políticas que pudiera considerarse, y podría ser mucho más exitosa que cualquier decisión que ahora está siendo llevada a cabo de manera tan simple: la legalización. Por supuesto que no hay una sola estrategia como nos hacen creer aquí. Existe la versión libertaria de virtualmente ninguna restricción gubernamental o muy limitada. En el otro extremo está el total control del gobierno sobre producción y venta. Pero en medio de estas, debe existir otra estrategia mucho más inteligente de evitar problemas del abuso y adicción que derivan en violencia, corrupción, enfermedad y sufrimiento.

Los obispos de la Iglesia católica en México, en la Declaración Conjunta sobre el don de la vida y la dignidad humana, señalan que:

“La iniciativa aprobada no atiende los daños a la salud surgidos por el consumo cada vez mayor de la marihuana, no atiende los efectos en las familias, por los jóvenes que consumen drogas tampoco contribuye a inhibir y reducir la exposición a sustancias estupefacientes. Vemos una señal de una política de estado que ignora al débil y descarta a quienes deberían ser más tutelados. La legalización de un estupefaciente sea este u otro, significa voltear la vista e ignorar las necesidades reales de la sociedad, y más aún en el contexto actual de la pandemia del COVID-19, la crisis económica y la crisis de inseguridad.”

“Observamos a la cultura de la muerte que está golpeando fuerte y repetidamente el corazón del pueblo mexicano y que se manifiesta entre otras formas en los esfuerzos por legalizar los estupefacientes y otras drogas, a pesar de sus efectos nocivos en las personas y en las familias.”

Pensemos si realmente lo que necesita nuestra familia, nuestra sociedad, nuestro país es la legalización de una droga para que aumenten los consumidores y en consecuencia, más productores. ¿Es el Estado nuestro protector o nuestro enemigo?

Un adviento diferente y en familia

Escrito por Silvia del Valle Márquez.

Inicia el adviento porque se acerca Navidad, pero ahora lo viviremos muy diferente porque podremos reflexionar sobre el por qué existe esta época de preparación.

Como cada año, comenzamos el Adviento con gran ilusión porque se acerca la Navidad, pero en esta ocasión lo viviremos en una condición muy diferente que nos da la oportunidad de reflexionar sobre el por qué existe esta época de preparación para llegar a la Navidad.

A veces pienso que sería más fácil sólo celebrar la Navidad, pero estoy segura que el celebrar con fervor el Adviento traerá grandes frutos para nuestra familia, sobre todo en el plano espiritual, así que aquí te dejo 5 Tips para vivir un Adviento más espiritual en familia.

PRIMERO. Investiga que significa Adviento.
Esto es básico para poder vivir de forma integral esta época previa a la Navidad.

En muchas ocasiones ni nosotros sabemos a ciencia cierta para qué sirve.

Recordemos que nadie da lo que no tiene, por eso es necesario estar convencidas para convencer a nuestra familia.

Este tiempo que estamos viviendo es propicio para la preparación ya que al estar con la restricción de actividades nos da tiempo para vivir esta preparación con más ánimo y más de corazón.

SEGUNDO. Prepara material didáctico.
Cuando tenemos hijos pequeños es bueno hacer algunas gráficas o láminas donde nuestros pequeñitos puedan entender el verdadero sentido del Adviento.

Si nuestros hijos ya son más grandes podemos buscar lecturas, películas y material que nos permitan contagiarlos de este ambiente de recogimiento y preparación que debemos vivir en familia.

Es bueno también seguir un calendario de Adviento que nos ayude a ir meditando y realizando acciones concretas para prepararnos mejor y si es en familia es mucho mejor.
TERCERO. Ten lista la corona.
En muchas ocasiones sólo ponemos la corona de Adviento por costumbre pero es necesario hacer conciencia de lo que significa y a lo que nos estamos comprometiendo al ponerla.

Para esto es muy bueno que nuestros hijos nos ayuden a ponerla.

Conforme vamos acomodando las velas podemos ir platicando con ellos sobre el sentido que tiene la preparación para recibir a Jesús en nuestro corazón.

También debemos estar atentas a prender las velas cada domingo y hacer la pequeña ceremonia en familia.

Si no la hemos puesto, aún es tiempo. No importa que enciendas la primera vela entre semana, lo importante es que te animes a prepararte para el nacimiento de Jesús en tu corazón.

CUARTO. Vive los propósitos de Adviento.
Es muy sencillo entender esto porque es una forma de ir preparando el alma para recibir a Jesús.

Es como si vamos a tener una fiesta y vamos limpiando la casa poco a poco para que el día que llegan los invitados este digna de ellos.

Imagínate con este invitado que es el Rey de reyes, nuestro corazón debe estar reluciente y por eso debemos trabajar durante este tiempo para lograrlo.

Dios ve nuestras intenciones así que aunque no logremos hacer muy notorios nuestros cambios de actitud, es importante si hacer todo lo que esté en nuestras manos para lograrlo.

Y QUINTO. Nuestro ejemplo es importantísimo.
Si nuestros hijos ven en nosotros una actitud diferente, llena de Amor de Dios por los demás, dispuesta a servir a todos sin esperar nada a cambio, seguro que ellos desearan hacer lo mismo porque esa alegría que se irradia, se contagia en nuestra familia.

Y sobre todo un Adviento más espiritual y menos materialista, donde lo más importante sea ir puliendo nuestra alma para que esté lista y preparada para recibir a Jesús en ella.

Debemos empezar a vivir el Adviento nosotros para que nuestra familia llegue a vivirlo también.

Nosotras como mamás somos el pilar de la familia, pero los papás son el corazón de la familia así que los papás también deben estar incluidos en la vivencia de esta época de Adviento.

“Vuelve a encontrarte. Sé tú misma”.

“Resuenan hoy con gran actualidad las palabras de san Juan Pablo II en el Acto europeo en Santiago de Compostela: Europa, “vuelve a encontrarte. Sé tú misma”. ¿Recuerdan?

Estas palabras de Juan Pablo II, recientemente citadas por el papa Francisco, me han hecho pensar teniendo a la vista las últimas noticias de hechos ocurridos en suelo europeo: el atentado de un islamista en la catedral de Niza que ha provocado varios muertos;  los sacrilegios cometidos en algunas iglesias de Madrid y otros lugares de España y otros países europeos, con destrozos de Sagrarios y el robo de Hostias Consagradas;  la obstinación de algunos políticos para quitar Cruces, especialmente en España, que han estado en lugares públicos de nuestro país durante muchos años y generaciones en cruces de caminos y en rincones que han abierto la mirada de millones de caminantes hacia el Cielo.

Se habla poco de las raíces cristianas de Europa, que ni siquiera habían sido recogidas al intentar redactar una Constitución para la Unión Europea hace varios años, que si mal no recuerdo entre los que se opusieron estaba el estos días fallecido Valéry Giscard, y que tampoco se recuerdan a menudo entre intelectuales cristianos.

Para rememorar esas raíces he vuelto a leer el discurso de Juan Pablo II en el Acto Europeo con representantes de varios países de la Unión Europea que se celebró el último día, 9 de noviembre de 1986, de su estancia en Santiago.

Pedro García

 

 

¿Vivirá Europa sin raíces cristianas?

Se habla mucho de la influencia de Europa en todo el mundo en el plano político, en la economía y más especialmente ahora en la expansión de la técnica que ha cambiado el panorama de la vida en tantos países de los cinco continentes.

En cambio, se habla poco de los miles y miles de hombres y de mujeres –sacerdotes y laicos, religiosos y profesionales, familias y solteros- de casi todas las naciones europeas que han anunciado a Jesucristo en casi todos los países del mundo; y han dado su vida sembrando la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y han enseñado los Sacramentos y los Mandamientos de una vida cristiana, a millones y millones de familias.

Y se habla todavía menos de esas raíces, y no se reconoce que con la herencia griega y romana sin la Fe y la Moral de Cristo, que iluminó la inteligencia de romanos, eslavos, godos, sajones y demás pueblos germanos etc.; y la sangre y el testimonio de los cristianos, jamás se hubiera construido Europa.

Con el silencio sobre sus raíces cristianas, la Constitución de la Unión Europea pretendió, seguramente, desvincularse de esas raíces, y ha descubierto el aborto, el “matrimonio” homosexual, la eutanasia, el suicidio, el debacle de la familia, el desprecio del hombre. Y ha descubierto también el vacío de vivir sin Dios al olvidar y retirar del horizonte de su pensamiento, a Jesucristo, Hijo de Dios, Dios y hombre verdadero.

Juan García. 

 

 

 

Ley que ignora la calidad

Uno de los días previos a la aprobación de la ley Celaá un amigo me  comentaba que lo que más le sorprende y le indigna es que dicha ley ignora la calidad, que atiende a otras finalidades, y que eso en una ley de enseñanza es dramático, porque es como cavar su tumba, y la de millones de españoles empobrecidos educativamente durante años, si la ley sale adelante y si está en vigor unos cuantos años, que está por ver.

Y es que calidad en la educación es sinónimo de no ahogar la enseñanza concertada. Los datos son concluyentes, año tras año, sobre los resultados académicos en los centros concertados, por encima de la enseñanza estatal. Quien argumenta que hay que mejorar la calidad de la enseñanza estatal está en lo cierto, y yo me uno a ese deseo, si se llega al fondo de la cuestión y no se defienden falacias. La calidad no es contraria a la libertad, sino compañera de viaje.

La calidad educativa también va unida a la defensa del castellano, por nuestra historia, cultura y, también, por la extensión mundial del español, que en un mundo globalizado adquiere mayor importancia cultural y profesional.

Garantizar la calidad en una ley educativa es darse cuenta de que no es momento ahora de embarcarse en una reforma educativa, con sus costes y cambios, cuando estamos inmersos en una gran crisis sanitaria, laboral y económica, que hacen aconsejable no acometer reformas ahora. Pero Rufián y otros pueden más que estos argumentos.

Soy de los que defiendo que, en materia educativa, tendría que haber estabilidad en las leyes, mediante pactos duraderos entre los principales partidos políticos, y no estar cambiando la legislación según gobierne el PSOE o el PP, aunque claramente son los socialistas los más amigos de legislar sobre la educación cuando llegan al poder.

La ley Celaá tiene muchos agujeros. Demasiada prisa, más que sospechosa, porque no se sostiene en pie. Si algo se debe pedir a la educación es que contribuya a mejorar la calidad, no ser moneda de cambio de cesiones políticas conocidas o inconfesables.

Xus D Madrid

 

 

Debería destacar

En lugar de estar clamando siempre contra “los recortes”, debería destacar que la escuela pública gasta más en su hijo.  Al erario público el alumno de la escuela estatal le cuesta en torno a  6.400 euros frente a los 3.250 del alumno de la enseñanza concertada, es decir, casi el doble. Las familias que escogen la concertada aportan también algo de su bolsillo, pero sin llegar a cubrir esa diferencia. Y ese distinto gasto entre ambos sectores podría transformarse en una mejor atención al alumno en la pública.

La escuela pública puede alegar también que cuenta con un profesorado más seleccionado y mejor pagado. Los profesores de la escuela pública en buena parte han sido reclutados por oposición, lo que en principio garantizaría mejor su idoneidad. Su sueldo es netamente superior al que la Administración paga a los profesores de la concertada, y su jornada lectiva semanal, inferior. Lo que puede volverse en contra de la enseñanza pública es que el profesor, al gozar de la inamovilidad del funcionario, no pueda ser despedido por mal que lo haga, a diferencia del de la privada.

Es verdad que el sueldo no lo es todo, y que hay buenos profesores que preferirán la enseñanza concertada por ser menos conflictiva y contar con alumnos de mayor nivel socioeconómico. Pero no puede decirse que los profesores de la pública estén discriminados. Entre otras cosas, porque en la escuela pública la ratio de alumnos por aula suele ser inferior a la de la concertada, lo que favorecería una atención más personalizada.

Domingo Martínez Madrid

 

¿NAVIDAD   O… “CONSUMIDAD”?

 

            Viendo el desmadre de consumo y que cada  año va aumentando, en un afán que es imposible calificar sintetizando una palabra que lo señale; y como la de “navidad” ya es absurdo emplearla, se me ha ocurrido la de “consumidad”; puesto que analizando lo que el  fondo de la primera palabra (navidad) es y significa y lo que en realidad se practica con la “corteza enorme con que se ha envuelto esa palabra”; esa definición ya carece de sentido. Veamos el por qué de ello.

            Esta fiesta, ya nada tiene de religiosa y menos de cristiana… ha vuelto a ser lo que dicen  fue en tiempos en que se conmemoraba a otros dioses y hace milenios, para celebrar “la muerte de un ciclo y el nacimiento de otro”…  o sea, ese momento en que, coincide el día  más corto con la noche más larga y a partir del mismo, el día “la luz divina”; empieza a ganar tiempo a las tinieblas… “de los  infiernos humanos, que no divinos”. Era y sigue siendo, la conmemoración del solsticio de invierno; al igual que se conmemora el de verano, con esas hogueras tan multirrepetidas en todas las  culturas; que es la conmemoración de lo contrario; o sea el día más largo con la noche más corta, que en esos momentos empieza a ganar a la luz del sol y se celebra con lumbres u hogueras que en algunos lugares duran toda la noche, quizá con la ilusión de ganar luz a las tinieblas que van avanzando desde ese momento, en un ciclo normal y corriente y que  marca… “el inmutable reloj del tiempo y que puso en marcha el Creador o  la Creación” (el nombre no altera el significado, de ese Ser o Fuerza inconmensurable). Tengamos presente que el ciclo es inverso, si nos encontramos en España o en Chile; puesto que cuando aquí es invierno, allí es verano.

            Y digo que nada tiene este fiesta de religiosa o cristiana;  puesto que si analizamos lo que dicen quiere significar; desembocamos en el absurdo; puesto que desde niños se nos dijo, que era el nacimiento del Hijo de Dios…  pero resulta que en este mundo, ese  niño nace en el hogar de un humilde carpintero, de  una mujer del pueblo llano (“divinizada después”) y ese nacimiento, no se produce ni en su propia casa, puesto que el parto les viene en un viaje obligatorio y según se nos dice; tiene que nacer en una cuadra o pesebre, habitado por ganados malolientes y por tanto rodeado de más estiércol que otra cosa… ¿Qué cenarían si es que pudieron cenar aquellos progenitores?... imaginémoslo y veamos que lo más probable es que no cenaran nada.

            Si luego seguimos la vida de Jesús el Cristo, sus prédicas y sus enseñanzas…  dudo mucho que tengamos motivos para  justificar ese derroche  en aumento, que desde hace ya muchos años, se realiza en “honor” de  un hecho y una religión que nada predicó sobre todo ello;  por tanto estos excesos de hoy, podrán rememorar a aquellas otras fiestas “paganas”, de milenios atrás, pero nunca a Cristo y al Cristianismo.

            Hoy el dios moderno, se denomina “consumo”, pero no consumo necesario o  con cierta largueza o abundancia; se  entiende que hay que consumir hasta el máximo posible o incluso contrayendo deudas o incluso gastando lo que más adelante, muchos van a necesitar. Pareciera como si  en vez de la  conmemoración de un  ciclo anual y natural; se conmemorara “el fin del  mundo”… o el fin de la persona, que pareciera que nunca más  se va a ver en otra como la de esos momentos; que ya no son momentos o una cena o comida… Ahora se empiezan con comidas anteriores y posteriores; y todo  ello dura casi un mes… con la traca final, del día de los reyes magos, donde  ya es el colofón de todos los consumos  habidos  y por  haber.

            Consumos y derroches que para qué enumerar… baste decir que en este año y en España, algunos podrán comprar, “a peso de oro”…  “un vino de cueva con burbujas” y que  en Francia denominan “champán”; en cuya botella han añadido un gramo de polvo de oro puro… supongo que para darle “más vigor y riqueza”, a aquellos que indudablemente lo van a comprar y luego presumir de ello… “pues no faltaba  más”.

En fin…  yo y como la mayoría, somos impotentes, pues cualquiera se enfrenta a la mujer y a la familia; así es que a aguantar  una nochebuena más (que será  mala para el cuerpo y por mucho que se aguante uno, ante tanto manjar)… y luego a estar comiendo varios días, de las sobras que van a quedar como cada año… en que se cena, “recordando al hijo de dios” (adrede y con minúsculas)… pues desde muchos años atrás no lo entendía… pero a hora mucho menos. De lo que sí me he librado  hace muchos años, es de lo de  “las doce uvitas de fin de año”… normalmente antes de  las once de la noche, estoy o durmiendo o leyendo en la cama… hasta que viene el sueño… “por lo de las campanadas de media noche, no paso… cuando suenan en mi reloj de carillón… ya estoy durmiendo”. Por lo demás, “que cada cual haga lo que quiera y luego que aguante las consecuencias; que es lo que muchos harán o no harán; al final, me recuerda a un colega amigo, que murió “la nochebuena” a consecuencias “del condumio y bebida que ingirió”, esa noche que no fue ni buena para él, ni para su familia; Amén.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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