Las Noticias de hoy 24 Diciembre 2020

Enviado por adminideas el Jue, 24/12/2020 - 12:39

La imagen puede contener: texto que dice "Cristina Vaquero ¡Feliz Navidad!"

Ideas  Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 24 de diciembre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Audiencia general: “Catequesis sobre la Navidad”

Audiencia general: Reflexiones para “vivir mejor” la Navidad

ESPERANDO A JESÚS: Francisco Fernandez Carbajal

“Dios se humilla”: San Josemaria

Érase una vez... otra nueva Navidad...

Navidad: Mensaje de Amor: encuentra.com

Navidad: Dios está aquí

Meditaciones: 25 de diciembre

“Una Navidad diferente”: El cardenal Felipe Arizmendi Esquivel,

La Navidad, un caso provida: Ana Teresa López de Llergo

Mitos sobre la felicidad: Lucía Legorreta

TROVAS NAVIDEÑAS: Magui del Mar

Compras navideñas: Mario Arroyo.

Los medios de comunicación y la libertad de expresión: Raúl Espinoza

Urbanidad.: Jose Luis Velayos

Vacunar a los agricultores: Jesús Domingo Martínez

Una Navidad encerrados en casa: Juan José Corazón

Navidad 2020, alegría intocable: Josefa Romo

No sería la primera vez: JD Mez Madrid

La enseñanza en España: Pedro García

Que los servicios públicos funcionen bien: José Morales Martín

Los muertos por el virus chino y los otros : Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

Audiencia general: “Catequesis sobre la Navidad”

“Ha nacido el Salvador, que es Cristo el Señor”

DICIEMBRE 23, 2020 12:45GABRIEL SALES TRIGUEROAUDIENCIA GENERAL

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(zenit – 23 dic. 2020).- En la audiencia general, el Papa Francisco ha ofrecido algunos “puntos de reflexión en preparación a la celebración de la Navidad”, cuya liturgia nocturna dará a conocer “el anuncio del ángel a los pastores” de que “ha nacido el Salvador, que es Cristo el Señor”.

La audiencia general de hoy, 23 de diciembre de 2020, ha sido emitida desde la biblioteca del Palacio Apostólico vaticano, sin fieles, en prevención frente a la COVID-19. A lo largo de la misma, el Santo Padre ha interrumpido el ciclo de catequesis sobre la oración para centrarse en el tema de la Navidad (Lectura: Lc. 2, 4-7).

Verdadero sentido

​Recordando que “también nosotros nos movemos espiritualmente hacia Belén” como los pastores, el Papa describe la Navidad como una “fiesta universal” que del mismo modo despierta “fascinación” en los que no creen y resulta “un evento decisivo, un fuego perenne” para los cristianos. Igualmente ha denunciado que la Navidad se confunda con “cosas efímeras” o se reduzca a algo “sentimental o consumista”, abundante en regalos pero “pobre de fe cristiana y también pobre de humanidad”, problema del que ya habló anteriormente. Es necesario, añade, “frenar” esta incapacidad de “captar el núcleo incandescente de nuestra fe” que es Dios hecho hombre.

Reflexión

Por otro lado, el Pontífice ha llamado a una reflexión sobre la “dramaticidad de la historia en la cual los hombres” pecadores buscan la verdad, la misericordia y la redención, y también sobre la “bondad de Dios” que nos comunica la “Verdad que salva” y nos hace partícipes “de su amistad y de su vida”, todo sin “mérito nuestro” sino por pura gracia.

Asimismo, ha explicado que Dios no nos mira “desde arriba” ni siente “asco por nuestra miseria”, sino que ha “asumido plenamente nuestra naturaleza”, sin dejar nada fuera “excepto el pecado”. Toda la humanidad, continúa, “está en Él” y esto es “esencial para comprender la fe cristiana”.

La Navidad es como la “fiesta del Amor encarnado” y “nacido por nosotros en Jesucristo”, que es la “luz de los hombres que resplandece en las tinieblas” y da sentido a la “existencia humana y a la historia entera”.

Catequesis del pesebre

El Obispo de Roma insiste en otro modo de prepararse para esta fiesta litúrgica: “meditar un poco en silencio delante del pesebre”, que es “una catequesis de esta realidad”, siguiendo la enseñanza de san Francisco de Asís y contemplar la escena como un niño, dejándonos invadir por la “forma maravillosa en la que Dios ha querido venir al mundo”.

Después de pedir la gracia de este misterio, Francisco ha rememorado una conversación que tuvo con unos científicos que le hablaban de los grandes avances de la robótica, tecnología programada para solucionar cualquier situación, menos una: “estos robots no podrán” tener ternura, algo que Dios “nos trae” y de lo que “tenemos mucha necesidad”.

Si la pandemia “nos ha obligado a estar más distantes”, concluye, “Jesús, en el pesebre, nos muestra el camino de la ternura para estar cerca, para ser humanos”.

A continuación, sigue la catequesis completa del Papa Francisco.

***

Catequesis sobre la Navidad.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En esta catequesis, en los días previos a la Navidad, quisiera ofrecer algunos puntos de reflexión en preparación a la celebración de la Navidad. En la Liturgia de la Noche resonará el anuncio del ángel a los pastores: “No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,10-12).

Imitando a los pastores, también nosotros nos movemos espiritualmente hacia Belén, donde María ha dado a luz al Niño en un establo,  “porque —dice San Lucas— no tenían sitio en el alojamiento” (2,7). La Navidad se ha convertido en una fiesta universal, y también quien no cree percibe la fascinación de esta festividad. El cristiano, sin embargo, sabe que la Navidad es un evento decisivo, un fuego perenne que Dios ha encendido en el mundo, y no puede ser confundido con las cosas efímeras. Es importante que no se reduzca a fiesta solamente sentimental o consumista. El domingo pasado llamé la atención sobre este problema, subrayando que el consumismo nos ha secuestrado la Navidad. No: la Navidad no debe reducirse a fiesta solamente sentimental o consumista, rica de regalos y de felicitaciones pero pobre de fe cristiana, y también pobre de humanidad. Por tanto, es necesario frenar una cierta mentalidad mundana, incapaz de captar el núcleo incandescente de nuestra fe, que es este: “Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14). Y esto es el núcleo de la Navidad, es más: es la verdad de la Navidad; no hay otra.

La Navidad nos invita a reflexionar, por una parte, sobre la dramaticidad de la historia, en la cual los hombres, heridos por el pecado, van incesantemente a la búsqueda de verdad, a la búsqueda de misericordia, a la búsqueda de redención; y, por otro lado, sobre la bondad de Dios, que ha venido a nuestro encuentro para comunicarnos la Verdad que salva y hacernos partícipes de su amistad y de su vida. Y este don de gracia: esto es pura gracia, sin mérito nuestro. Hay un Santo Padre que dice: “Pero mirad de este lado, del otro, por allí: buscad el mérito y no encontraréis otra cosa que gracia”. Todo es gracia, un don de gracia. Y este don de gracia lo recibimos a través de la sencillez y la humanidad de la Navidad, y puede quitar de nuestros corazones y de nuestras mentes el pesimismo, que hoy se ha difundido todavía más por la pandemia. Podemos superar ese sentido de pérdida inquietante, no dejarnos abrumar por las derrotas y los fracasos, en la conciencia redescubierta de que ese Niño humilde y pobre, escondido e indefenso, es Dios mismo, hecho hombre por nosotros. El Concilio Vaticano II, en un célebre pasaje de la Constitución sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, nos dice que este evento nos concierne a cada uno de nosotros: “El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado” (Const. past. Gaudium et spes, 22). Pero Jesús nació hace dos mil años, ¿y me concierne a mí? — Sí, te concierne a ti y a mí, a cada uno de nosotros. Jesús es uno de nosotros: Dios, en Jesús, es uno de nosotros.

Esta realidad nos dona tanta alegría y tanta valentía. Dios no nos ha mirado desde arriba, desde lejos, no ha pasado de largo, no ha sentido asco por nuestra miseria, no se ha revestido con un cuerpo aparente, sino que ha asumido plenamente nuestra naturaleza y nuestra condición humana. No ha dejado nada fuera, excepto el pecado: lo único que Él no tiene. Toda la humanidad está en Él. Él ha tomado todo lo que somos, así como somos. Esto es esencial para comprender la fe cristiana. San Agustín, reflexionando sobre su camino de conversión, escribe en sus Confesiones: “Todavía no tenía tanta humildad para poseer a mi Dios, al humilde Jesús, ni conocía las enseñanzas de su debilidad” (Confesiones VII, 8). ¿Y cuál es la debilidad de Jesús? ¡La “debilidad” de Jesús es una “enseñanza”! Porque nos revela el amor de Dios. La Navidad es la fiesta del Amor encarnado, del amor nacido por nosotros en Jesucristo. Jesucristo es la luz de los hombres que resplandece en las tinieblas, que da sentido a la existencia humana y a la historia entera.

Queridos hermanos y hermanas, que estas breves reflexiones nos ayuden a celebrar la Navidad con mayor conciencia. Pero hay otro modo de prepararse, que quiero recordaros a vosotros y a mí, que está al alcance de todos: meditar un poco en silencio delante del pesebre. El pesebre es una catequesis de esta realidad, de lo que se hizo ese año, ese día, que hemos escuchado en el Evangelio. Para esto, el año pasado escribí una Carta, que nos hará bien retomar. Se titula Admirabile signum, “Signo admirable”. Siguiendo las huellas de San Francisco de Asís, nos podemos convertir un poco en niños y permanecer contemplando la escena de la Natividad, y dejar que renazca en nosotros el estupor por la forma “maravillosa” en la que Dios ha querido venir al mundo. Pidamos la gracia del estupor: delante de este misterio, de esta realidad tan tierna, tan bella, tan cerca de nuestros corazones, el Señor nos dé la gracia del estupor, para encontrarlo, para acercarnos a Él, para acercarnos a todos nosotros.

Esto hará renacer en nosotros la ternura. El otro día, hablando con algunos científicos, se hablaba de inteligencia artificial y de los robots… Hay robots programados para todos y para todo, y esto va adelante. Y yo les dije: “¿pero qué es eso que los robots no podrán hacer nunca?”. Ellos han pensado, han hecho propuestas, pero al final quedaron de acuerdo en una cosa: la ternura. Esto los robots no podrán hacerlo. Y esto es lo que nos trae Dios, hoy: una forma maravillosa en la que Dios ha querido venir al mundo, y esto hace renacer en nosotros la ternura, la ternura humana que está cerca a la de Dios. ¡Y hoy necesitamos mucho la ternura, tenemos mucha necesidad de caricias humanas, frente a tantas miserias! Si la pandemia nos ha obligado a estar más distantes, Jesús, en el pesebre, nos muestra el camino de la ternura para estar cerca, para ser humanos. Sigamos este camino. ¡Feliz Navidad!

© Librería Editora Vaticana

Audiencia general: Reflexiones para “vivir mejor” la Navidad

Resumen en español

DICIEMBRE 23, 2020 09:54GABRIEL SALES TRIGUEROAUDIENCIA GENERAL

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(zenit – 23 dic. 2020).- En la audiencia general de esta mañana, con “la celebración de la Navidad a las puertas”, el Papa Francisco ha querido compartir con los fieles de todo el mundo una serie de reflexiones para “vivir mejor el nacimiento del Señor”.

​Hoy, 23 de diciembre de 2020, el Santo Padre ha presidido la audiencia general en la biblioteca del Palacio Apostólico vaticano, transmitida en directo, de nuevo sin fieles, como medida de prevención frente a la COVID-19, y ha hecho un paréntesis en el ciclo de catequesis sobre la oración para centrarse en el tema de la Navidad. En sus palabras en español, el Papa ha invitado a imitar a los pastores a la hora de obedecer “al anuncio del ángel” e ir “espiritualmente también nosotros a Belén, donde en la pobreza de una gruta, María dio a luz al Salvador del mundo”.

Sentido de la Navidad

El Pontífice ha destacado que actualmente la Navidad es una “fiesta universal” con un “encanto” que también perciben “los que no tienen fe”. Para los cristianos, se trata del “acontecimiento decisivo, que no puede ser confundido con lo que es banal y efímero”.

No se trata, matiza, de una “fiesta sentimental, consumista, llena de regalos, pero vacía de fe”. En esta línea, Francisco indica la necesidad de dejar aparte la “mentalidad mundana, incapaz de entender que la verdad fundamental de nuestra fe es el misterio de Dios que se hizo hombre, en todo igual a nosotros, menos en el pecado”.

Invitación litúrgica

El Obispo de Roma explica que la fiesta de la Navidad “nos invita a contemplar, por una parte, el drama del mundo, en el que el hombre herido por el pecado busca misericordia y salvación, y por otra, la bondad de Dios que vino a su encuentro, para hacerlo participar de su amistad y de su vida”.

En este tiempo de sufrimiento e incerteza por causa de la pandemia, concluye, “la presencia de Dios en el niño recién nacido en Belén, indefenso, humilde y pobre, nos libra del sentido de fracaso, de impotencia y de pesimismo que llevamos dentro, y nos descubre el verdadero significado de la existencia humana y de la historia, porque Jesús se revela como luz que disipa las tinieblas y nos abre el horizonte de la alegría y de la esperanza”.

ESPERANDO A JESÚS

— María. Recogimiento. Espíritu de oración.

— Nuestra oración. Aprender a tratar a Jesús. Necesidad de la oración.

— Humildad. Trato con Jesús. Jaculatorias. Acudir a San José, maestro de vida interior.

IPor la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos en el camino de la paz1. Jesús es el Sol que ilumina nuestra existencia. Todo lo nuestro, si queremos que tenga sentido, ha de hacer referencia a Él.

De modo muy especial y extraordinario, la vida de la Virgen está centrada en Jesús. Lo está singularmente en esta víspera del nacimiento de su Hijo. Apenas podemos imaginar el recogimiento de su alma.

Así estuvo siempre, y así debemos aprender a estar nosotros, ¡tan dispersos y tan distraídos por cosas que carecen de importancia! Una sola cosa es verdaderamente importante en nuestra vida: Jesús, y cuanto a Él se refiere.

María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón2su madre guardaba estas cosas en su corazón3. Por dos veces el Evangelista hace referencia a esta actitud de la Virgen frente a los acontecimientos que iban ocurriendo.

La Virgen conserva y medita. Sabe de ese recogimiento interior en el que es posible valorar y guardar los acontecimientos, grandes y pequeños, de su vida. En su intimidad, enriquecida por la plenitud de gracia, reina aquella armonía primitiva en la que el hombre fue creado. Ningún lugar mejor para guardar y ponderar esa acción divina excepcional en el mundo de la que Ella es testigo.

Después del pecado original, el alma pierde el dominio de los sentidos y la orientación natural hacia las cosas de Dios. En la Virgen no fue así; en nosotros, sí. En Ella, por haber sido preservada de la mancha original, todo era armonía, como en los comienzos. Es más, estaba embellecida por la presencia, del todo singular y extraordinaria, de la Santísima Trinidad en su alma.

María está siempre en oración, porque todo lo hace en referencia a su Hijo: cuando habla a Jesús, hace oración (eso es la oración, «hablar con Dios»), y cada vez que le mira (también eso es oración, mirar con fe a Jesús Sacramentado, realmente presente en el Sagrario), y cuando le pide o le sonríe (¡tantas veces!), o cuando pensaba en Él. Su vida estuvo determinada por Jesús, y a Él se orientaban permanentemente sus sentimientos.

Su recogimiento interior fue constante. Su oración se fundía con su misma vida, con el trabajo y la atención a los demás. Su silencio interior era riqueza, y plenitud, y contemplación.

Nosotros le pedimos hoy que nos dé este recogimiento interior necesario para ver y tratar a Dios, muy cercano también a nuestras vidas.

IIHoy sabréis que viene el Señor, y mañana contemplaréis su gloria4.

La Virgen nos alienta en esta víspera del Nacimiento de su Hijo a no dejar jamás la oración, el trato con el Señor. Sin oración estamos perdidos, y con ella somos fuertes y sacamos adelante nuestras tareas.

Entre otras muchas razones, «debemos orar también porque somos frágiles y culpables. Es preciso reconocer humilde y realmente que somos pobres criaturas, con ideas confusas (...), frágiles y débiles, con necesidad continua de fuerza interior y de consuelo. La oración da fuerzas para los grandes ideales, para mantener la fe, la caridad, la pureza, la generosidad; la oración da ánimo para salir de la indiferencia y de la culpa, si por desgracia se ha cedido a la tentación y a la debilidad; la oración da luz para ver y juzgar los sucesos de la propia vida y de la misma historia desde la perspectiva de Dios y desde la eternidad. Por esto, ¡no dejéis de orar! ¡No pase un día sin que hayáis orado un poco! ¡La oración es un deber, pero también es una alegría, porque es un diálogo con Dios por medio de Jesucristo!»5.

Hemos de aprender a tratar cada vez mejor al Señor a través de la oración mental –esos ratos, como ahora, que dedicamos a hablarle calladamente de nuestros asuntos, a darle gracias, a pedirle ayuda..., ¡a estar con Él!– y mediante la oración vocal, quizá también con oraciones aprendidas cuando éramos pequeños. No encontraremos a lo largo de nuestra vida a nadie que nos escuche con tanto interés y con tanta atención como Jesús; nadie ha tomado nunca tan en serio nuestras palabras como Él. Nos mira, nos atiende, nos escucha con extremado interés cuando hacemos nuestra oración.

La oración es siempre enriquecedora. Incluso en ese diálogo «mudo» ante el Sagrario en el que no decimos palabras: basta mirar y sentirse mirado. ¡Qué diferencia de la frecuente palabrería de muchos hombres, que nada dicen porque nada tienen que comunicar! De la abundancia del corazón habla la boca. Si el corazón está vacío, ¿qué podrán decir las palabras? Y si está enfermo de envidia, de sensualidad, ¿qué contenido tendrá el diálogo? De la oración, sin embargo, salimos siempre con más luz, con más alegría, con más fuerza. Poder hacer oración es uno de los dones más grandes del hombre: ¡hablar y ser escuchado por su Creador! ¡Hablar con Él y llamarle Amigo!

En la oración hemos de hablar al Señor con toda sencillez. «Pensar y entender lo que hablamos y con quién hablamos, y quiénes somos los que osamos hablar con tan gran Señor, pensar esto y otras cosas semejantes de lo poco que le habemos servido y lo mucho que estamos obligados a servir, es oración mental; no penséis que es otra algarabía ni os espante el nombre»6.

Algunos pueden pensar que la oración es extraordinariamente difícil de hacer, o que es para personas especiales. En el Santo Evangelio podemos ver una gran variedad de tipos humanos que se dirigen al Señor con confianza: Nicodemo, Bartimeo, los niños, con quienes el Señor se goza especialmente, una madre, un padre que tiene un hijo enfermo, un ladrón, los Magos, Ana, Simeón, los amigos de Betania... Todos ellos, y nosotros ahora, hablamos con Dios.

III. En la oración, es importante la perseverancia y las buenas disposiciones: entre ellas, la fe y la humildad. No podemos llegar a la oración como el fariseo de aquella parábola dirigida a algunos que confiaban en sí mismos y despreciaban a los demás7. El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: Oh Dios, te doy las gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones... Ayuno dos veces por semana... Enseguida nos damos cuenta de que el fariseo ha entrado al Templo sin amor. Él es el centro de sus pensamientos y el objeto de su propia estimación. Y, en consecuencia, en vez de alabar a Dios se alaba a sí mismo. No hay amor en su oración, no hay tampoco caridad; no hay humildad. No necesita a Dios.

Por el contrario, podemos aprender mucho de la oración del publicano, humilde, atenta –con la mente fija en la persona con quien hablamos–, confiada. Procurando que no sea monólogo en el que nos damos vueltas a nosotros mismos, recordando situaciones sin referirlas a Dios, o dejando incontrolada la imaginación, etcétera.

El fariseo, por falta de humildad, se marchó del Templo sin haber hecho oración. Hasta en eso se puso de manifiesto su oculta soberbia.

El Señor nos pide sencillez, que reconozcamos nuestras faltas, y le hablemos de nuestros asuntos y de los suyos. «Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?”—¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio.

»En dos palabras: conocerle y conocerte: “tratarse”»8.

«Et in meditatione mea exardescit ignis —Y, en mi meditación se enciende el fuego. —A eso vas a la oración: a hacerte una hoguera, lumbre viva, que dé calor y luz.

»Por eso, cuando no sepas ir adelante, cuando sientas que te apagas, si no puedes echar en el fuego troncos olorosos, echa las ramas y la hojarasca de pequeñas oraciones vocales, de jaculatorias, que sigan alimentando la hoguera. —Y habrás aprovechado el tiempo»9.

Sobre todo al principio, y a veces por temporadas, nos ayudará el servirnos de un libro, como el cojo se sirve de sus muletas, para ir adelante en nuestra oración. Así hicieron también muchos santos. «Si no era acabando de comulgar, jamás osaba comenzar a tener oración sin libro; que tanto temía mi alma estar sin él en oración, como si con mucha gente fuera a pelear. Con este remedio, que era como una compañía o escudo en que había de recibir los golpes de los muchos pensamientos, andaba consolada»10.

Habitualmente, nuestra oración debe concluir en precisos propósitos de mejora. Preguntaremos con sinceridad al Señor: ¿qué deseas de mí en este asunto concreto que he estado considerando?, ¿cómo puedo mejorar yo ahora en esta virtud?, ¿qué debo proponerme de cara a los próximos meses para cumplir tu Voluntad?

Ninguna persona de este mundo ha sabido tratar a Jesús como su Madre y, después de su Madre, San José, quien debió pasar largas horas mirándole, hablando con Él, tratándolo con toda sencillez y veneración. Por esto, «quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no errará en el camino»11.

Al terminar nuestra oración contemplamos a José muy cerca de María, lleno de atenciones y de delicadezas hacia Ella. Jesús va a nacer. Él ha preparado lo mejor que ha podido aquella gruta. Le pedimos nosotros que nos ayude a preparar nuestra alma, a no estar dispersos y distraídos cuando tenemos tan cerca a Jesús.

1 Evangelio de la Santa Misa, Lc 1, 78-79. — 2 Lc 2, 19. — 3 Lc 2, 51. — 4 Antífona del Invitatorio del día 24. — 5 Juan Pablo IIAudiencia con los jóvenes, 14-III-1979. — 6 Santa TeresaCamino de perfección, 25, 3. — 7 Lc 18, 9 ss. — 8 San Josemaría EscriváCamino, n. 91. — 9 Ibidem, n. 92. — 10 Santa TeresaVida, 4, 7. — 11 Ibídem, 6, 3.

 

 

 

“Dios se humilla”

Y en Belén nace nuestro Dios: ¡Jesucristo! –No hay lugar en la posada: en un establo. –Y su Madre le envuelve en pañales y le recuesta en el pesebre. (Luc., II, 7.)

24 de diciembre

Frío. –Pobreza. –Soy un esclavito de José. –¡Qué bueno es José! –Me trata como un padre a su hijo. –¡Hasta me perdona, si cojo en mis brazos al Niño y me quedo, horas y horas, diciéndole cosas dulces y encendidas!... Y le beso –bésale tú–, y le bailo, y le canto, y le llamo Rey, Amor, mi Dios, mi Único, mi Todo!... ¡Qué hermoso es el Niño y qué corta la decena! (Santo Rosario, misterios gozosos, 3)

Comienza estando en el seno de su Madre nueve meses, como todo hombre, con una naturalidad extrema. De sobra sabía el Señor que la humanidad padecía una apremiante necesidad de El. Tenía, por eso, hambre de venir a la tierra para salvar a todas las almas, y no precipita el tiempo. Vino a su hora, como llegan al mundo los demás hombres. Desde la concepción hasta el nacimiento, nadie ‑salvo San José y Santa Isabel‑ advierte esa maravilla: Dios que viene a habitar entre los hombres.

La Navidad está rodeada también de sencillez admirable: el Señor viene sin aparato, desconocido de todos. En la tierra sólo María y José participan en la aventura divina. Y luego aquellos pastores, a los que avisan los ángeles. Y más tarde aquellos sabios de Oriente. Así se verifica el hecho trascendental, con el que se unen el cielo y la tierra, Dios y el hombre.

¿Cómo es posible tanta dureza de corazón, que hace que nos acostumbremos a estas escenas? Dios se humilla para que podamos acercarnos a El, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de su humildad.

Grandeza de un Niño que es Dios: su Padre es el Dios que ha hecho los cielos y la tierra, y El está ahí, en un pesebre, quia non era eis locus in diversorio, porque no había otro sitio en la tierra para el dueño de todo lo creado. (Es Cristo que pasa, 18)

 

Érase una vez... otra nueva Navidad...

La Navidad es una fuente de inspiración literaria. Y la literatura es una fuente de inspiración navideña. La Oficina de Información del Opus Dei en España ha recopilado varios relatos y poemas de Navidad de autores noveles y escritores consagrados en una sencilla publicación en la que late con letras el espíritu de la Navidad cristiana.

ÚLTIMAS NOTICIAS

Érase una vez... otra nueva Navidad... (Descarga en PDF)

Índice

● Una mujer en Navidad. Miguel Aranguren

● Milagro de Navidad. Pepe Álvarez de las Asturias

● La duda. Angelina Lamelas

● Solo testimonio. José María Cortés Saavedra

● El pecado del indiano. José María Blanco Corredoira

● La flauta de caña. Luis Ramoneda

● Cuento de Navidad. Marta Chacón

● Presentación del Portal. Carmelo Guillén

● El camello. Enrique García-Máiquez

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1. UNA MUJER EN NAVIDAD Miguel Aranguren (1970), es uno de los escritores españoles que ha publicado a más temprana edad, autor de once novelas publicadas, de varias páginas en la prensa escrita y responsable del proyecto Excelencia Literaria (que comenzó en el curso 2004-05).

Era mi madre la que sugería sacar las cajas del altillo. Aunque faltaban unas semanas para Navidad, su propuesta nos despertaba la impaciencia por decorar la casa. En la papelería compraba cartulinas de colores, unas tijeras sin punta y un bote de cola con el fin de que entretuviésemos las tardes del final de noviembre enhebrando cadenetas y recortando angelotes para las ventanas de nuestra habitación. Después arreglaba las cabezas tronzadas de los pastores del Nacimiento, y nos pedía que eligiésemos un Rey Mago al que ir acercando al portal con nuestras buenas acciones. Días más tarde, nos ayudaba en el ceremonial de escribir a sus Majestades de Oriente misivas repletas de sueños y disparates –en una ocasión, abusando de su omnipotencia, les pedí un chimpancé– que ella se encargaba de echar al buzón y cuyo contenido casi nunca se correspondía con los regalos que nos llegaban el seis de enero, por más que aquellas chucherías que adornaban los zapatos colmarán todas nuestras aspiraciones.

La Navidad está ligada a la presencia de mi madre y a la de otras mujeres que convertían y convierten estas fechas en un oasis de paz, en una reconciliación con la vida y una llamada cierta a la esperanza.

No comparto la mayor de quienes identifican las Fiestas con tristeza y ausencias. Es cierto que en las reuniones familiares reparamos en quienes ya no se sientan a la mesa, pero no es menos verdad que hay sillas dispuestas para los recién llegados (hijos, nietos, sobrinos, yernos, nueras...).

Mientras haya una mujer dispuesta a celebrarla, la Navidad seguirá siendo ese faro que da luz al resto de los meses.

Mi abuela materna aprovecha la excusa de Nochevieja para sacar de un baúl lo que queda de los viejos disfraces, y nos coloca un sombrero de chirigota a cada uno de los que vamos a su casa a comer las uvas. Hace unos años Rosario vivía con ella. Rosario era una cocinera de las de antes: mal genio y corazón de oro. A los postres se llevaba una ovación cerrada por sus guisos, incluso cuando ya estaba demasiado mayor para andar entre fogones.

En casa de mi abuela paterna había un regalo para cada uno de sus catorce hijos, de sus trece hijos políticos, sus ochenta y ocho nietos y sus más de cuarenta biznietos. Aquello sí que era la suma de la delicadeza y el detalle, pues llevaba en la cabeza los gustos de cada uno de los miembros de tan inmensa familia.

Aunque las mujeres ahora tienen menos tiempo que mis abuelas, no escatiman esfuerzos para celebrar los misterios que suceden entre la noche del veinticuatro de diciembre y la mañana del seis de enero, prueba de que estas fiestas tienen que ver con la anchura del corazón de sus protagonistas. Para que nadie se quede sin regalo hay mujeres que hacen horas extras de almacén después de la oficina, con una lista bien trabajada sobre los gustos y aficiones de la gente a la que quieren.

Por mediación de las mujeres, la Navidad sigue representando fantasía. Si algún día se declararan en huelga de celebraciones y dejaran la Navidad en manos de los hombres, me temo que estas fiestas no pasarían de la prosaica lotería y el buen vino.

2. MILAGRO DE NAVIDAD Pepe Álvarez de las Asturias. Madrid, 1965. Es creativo publicitario de profesión y escritor por vocación. Autor del libro “Lo que de verdad importa” (Ed. Lunwerg). Ha escrito numerosos relatos breves y una novela, “Bienvenido, Mister Paz” (Ed. Códice), de tema satírico político; y cientos de artículos de opinión.

 

​Foto: Flickr - EsititxuCarton

Magda no creía en la Navidad. La verdad es que Magda no creía ya en casi nada. De sus envejecidos y harapientos cincuenta años había pasado treinta en la calle. Indigente, la llamaban. Escoria de la escoria, se definía ella. Había sido adicta a casi todo, aunque en los últimos años sólo le restaba ya la adicción al vino barato y a su propia soledad. Por la noche dormía, pero no soñaba; porque la escoria sólo puede permitirse soñar con escoria y, para eso, mejor no soñar. No pedía nada a la vida, pues sabía que la vida ya nada le iba a dar. Si acaso, abandonarla definitivamente de una vez. Morir. Morir. Morir. «Dios mío, deja que me muera. Deja que me muera… por favor…».

Habían pasado ya treinta años. Treinta años desde que le arrebataron a su bebé, a su niña, a su vida. Incapacitada, la declararon. ¿Incapacitada para qué? ¿Para querer a su hija más que a su vida? ¿Para darle todo el amor que una madre puede dar, que es todo el amor del mundo? Se la quitaron. Se la llevaron. Y con ella se llevaron también su corazón y su cordura. Lo único que le dejaron fue una foto, descolorida ya por el paso del tiempo y de sus manos ásperas y ennegrecidas (¡pero qué guapa era, tan regordeta! Y con esos dos lunares detrás de la oreja, que eran como la tierra y la luna, le gustaba pensar. «Tú eres la tierra, mi amor. Y yo la luna, que para eso estoy loca. Y la tierra no puede vivir sin la luna. Y la luna no puede vivir sin la tierra»). Pero la luna se quedó sola. Y, durante treinta años, esa foto fue su único puente con la cordura (esa foto y una desgastada imagen de la Geperudeta, con su azucena, su Niño y su infinita dulzura). Y durante treinta años, la esperanza de volver a ver a su niña fue su única razón para seguir viva. Aunque sólo fuera para morir entre sus brazos, como ella había nacido entre los suyos, aquella Nochebuena treinta años atrás.

Pero esa noche, también Nochebuena, todo apuntaba a que iba a ser su última noche. La pulmonía ya no huía del alcohol, como otras veces, y la fiebre subía en proporción inversa a la temperatura. Abrazada a la foto de su niña y a la imagen de su Madre, Magda lloró. Llanto de sangre y hielo. De sangre y de dolor por la vida vivida; de helada tristeza por no poder morir en brazos de su niña. Apenas escuchó la furibunda sirena de la ambulancia del Samur. Apenas sintió el pinchazo en su brazo calloso. Sin embargo, en su nebulosa, sí notó la mano de la enfermera cogiendo la suya. Firme y cariñosa. Y también percibió la infinita dulzura de aquellos labios tiernos besando su mejilla como sólo una hija es capaz de besar a una madre. Y en ese preciso instante, sus ojos ya casi cerrados por la muerte inminente, Magda pudo ver los dos pequeños lunares que la enfermera tenía, casi ocultos, detrás de su oreja. Y un instante antes de entregarse a la muerte, Magda sonrió. Y su sonrisa dibujó una palabra, apenas un susurro, un último suspiro rebosante de viva esperanza: «…María…».

3. LA DUDA Angelina Lamelas. Santander, 1935. Es una escritora y periodista, considerada una de las mejores cuentistas literarias españolas. Su obra, intimista y piadosa con el ser humano, está basada en recuerdos y raíces en los que afloran fantasía e imaginación. Ha ganado los más importantes premios literarios de narrativa breve, como la Hucha de Oro o el Clarín de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles.

Marcos y yo éramos pequeños. Sobre todo Marcos, que aún no había hecho la primera comunión, no podía saltar más de cinco escalones a la vez y le daba miedo el perchero del pasillo entre dos luces.

Se acercaba el día de los Reyes Magos y en mi clase un grupo de sabihondos quería a toda costa que dejáramos de creer, y contaban historias sobre que si eran los padres los que compraban los juguetes. Mi duda era pequeñita, casi recién nacida. Sonreía tranquilo al pensar que mi padre no hubiera tenido bastante dinero para comprar el columpio del año pasado, y la bicicleta, y el mecano.

Lancé la duda sobre la mesa cuando empezábamos a comer:

-¿Sabéis?... En mi colegio hay niños que dicen que los Reyes son los padres...

Mi madre se atragantó por la sorpresa, pero se repuso cuando mi padre le dio dos o tres golpecitos en la espalda.

-¡Bah! No hagáis caso. Recuerdo que en mi colegio también hubo unas niñas que lo dijeron. Lo inventaron porque ellas se portaban tan mal que nunca les traían nada; es la eterna historia de los resentidos, que intentan hacer la pascua a todo el mundo.

-¿Qué quiere decir resentidos? -preguntó Marcos.

Yo ya lo había entendido.

-Gente a la que no le salen bien las cosas y quiere estropear las de los demás.

Mi duda se hizo casi microscópica con aquella explicación. Pero quería tener argumentos para hacer callar al grupo rebelde de mi clase. Me escondería para ver a los Reyes Magos. Sí; me escondería. La noche del cuatro, desvelado, nervioso, concebí el plan. Que me preguntara después el mala idea de Pepe Alonso si yo los había visto alguna vez. Que me lo preguntara...

Mi hermano Marcos estaba asustado, tembloroso:

-No vayas, Rodrigo. Ya sabes que si te ven no te dejan nada...

-No me verán, descuida. Pienso esconderme muy bien.

-Te verán. Ellos ven más que nosotros. ¡Como son magos!...

-Bueno, pues me arriesgo. Si los veo me compensa quedarme sin patines...

-¿Y sin libros de Salgari y el avión a escala?...

A punto estuve de claudicar y quedarme en la cama como el miedica de Marcos. Los libros de Salgari y el avión a escala pesaban mucho en la balanza de las decisiones. Pero mi nombre me obligaba. Yo no podía llamarme como el Cid Campeador y no ganar la batalla a los resentidos de mi clase, como decía mi madre. Ya vería el pelotillero de Pepe Alonso, que antes era amigo mío y ahora me miraba con aire de suficiencia.

Y llegó la tarde del cinco. Larga, larguísima tarde, en que las agujas del reloj parecen pegadas a la esfera con engrudo. Marcos andaba cambiando a última hora su lista de regalos. Ya no quería una caja de juegos reunidos. Prefería una máquina de fotos. Luego cambió la máquina de fotos por una pecera con un pez raya. Tuvo que escribir cinco o seis notas porque ninguna le parecía lo bastante bien para compensar su falta de decisión. Al final le dicté yo una que empezaba así: “Perdonen Sus Majestades por tanta molestia...” Y la pusimos en una ventana de la sala. Bajo una piedra de esas con el bisonte de Altamira.

A la hora de la cena no pude probar bocado. Todo lo achacaron a una indigestión de piñones y peladillas. Mientras estábamos en la mesa subió la portera a traer un pavo de parte de no sé quién y a decir eso que tiene tan poca gracia de que este año ella sabía de muy buena tinta que los Reyes venían muy pobres.

¡Qué noche, Señor! No acababa de cuajar. Ya en la cama oí llamar al sereno lo menos quince veces. A Marcos se le cerraban los ojos y no ayudaba nada en la espera. De pronto se despertó sobresaltado para decir que estaba oyendo pisadas de camellos en el balcón:

-Pues yo no he oído nada. Y, además, los camellos se quedan en la calle y ellos suben con escaleras de cuerda por la fachada.

-Bueno, pues algo he oído...

-Calla. Ahora me lo parece a mí también...

Mi objetivo era el arcón del vestíbulo. Tenía que quitar una fotografía de boda de mis padres y una cosa que no sé cómo se llama y que hacen las abuelas con ganchillo. Como chirriaban las junturas, había cogido el aceite de engrasar la máquina de coser y, de víspera, estuve untándolas un buen rato. Estaba orgulloso de este detalle, que me parecía digno de la mejor película de espionaje.

-No vayas, Rodrigo -susurró Marcos cuando me vio asir el picaporte.

-Estoy decidido. Deséame suerte, hermano -le pedí, porque me parecía una frase fascinante, un poco dramática.

-Su-er-te -balbuceó el pequeño.

Mil gusanitos me recorrían la espalda. Mil. En el estómago notaba el peso de una bota de ogro. Entreabrí la puerta y eché a correr veloz, pero silencioso, gracias a mis pies descalzos. Cuando me vi dentro del arcón estuve un buen rato sin atreverme a levantar la tapa y mirar.

Había luz en la sala. La luz azul de una lámpara que casi nunca se encendía. Y unos segundos después los vi. Se me cerró la tapa del arcón. Cuando la levanté de nuevo, temblando, se veía la mitad de Melchor, vestido de verde y blanco, la corona de Gaspar y sus melenas y a Baltasar entero, inclinado sobre la pecera y el pez de Marcos. ¡Qué altos, qué extraterrestres y qué magos me parecieron!... Baltasar encendió un cigarrillo, pero lo hizo con una estrella, y formaba coronas de humo que se deshacían en el aire. Mucho mejor que esos aros corrientes que sabe hacer papá.

Se acercaron despacio a la puerta, y desde el fondo del arcón oí la voz de mi padre, que se despedía muy bajito, como en misa:

-Gracias por todo, Paco. Ha sido estupenda tu colaboración.

-Hombre, yo encantado. Además, ya sabes: hoy por tus hijos, mañana por los míos...

-Recuerdos a Enriqueta -añadió mi madre.

No sé el tiempo que permanecí en el arcón envejeciendo. Me acordaba de los chicos de mi clase, de lo que había dicho mi madre sobre los resentidos, de Marcos, que me esperaba y seguiría oyendo camellos en el balcón.

Cuando llegué al cuarto le encontré sentado en mi cama, tiritando de expectación:

-¿Los viste?... ¿Te vieron?... ¿Son auténticos?...

-Son auténticos.

-¿Ves? Yo estaba seguro. Cuenta, cuenta...

Y conté. Los colores de sus capas, su enorme estatura, las coronas de humo que hacía Baltasar...

Y seguí contando sin llorar porque los hombres no lloran.

Una lágrima se había quedado junto a mi infancia en el arcón del vestíbulo.

4. SÓLO TESTIMONIO José María Cortés Saavedra

La algarabía de la calle le despertó, era casi la hora de la comida que hoy sería especial; quizá poca cosa, un turroncillo de postre, lo que para él ya era un manjar. La postura y el sillón relativamente, solo relativamente, no habían contribuido a mejorar sus, ya de por sí, maltrechos huesos. Pese a eso, le alegró escuchar los villancicos que cantaban los niños. Oír villancicos siempre le provocaba un regustillo interior tirando a emoción, la Navidad era alegría, de eso estaba convencido, pero ahora tenía que transmitir esa esperanza a Juan, pensó retomando machaconamente la idea con la que se quedó dormido.

 

​Foto: Flickr - JSogo

Su llamada a primera hora de la mañana le dejó de piedra. No sabía nada de Juan desde hacía años, muchos años. Bueno, no exactamente, porque saber sí que sabía, como sabía media España: era habitual de la prensa del corazón y, últimamente, de todos los medios que trataban el tema de la corrupción.

¡Qué curiosa es la vida!, masculló. Cómo puede llevarte desde el aparente éxito social, económico y laboral al desastre más absoluto. Posiblemente una cosa traiga la otra, y todo sea consecuencia de algo. Conforme se sucedían los éxitos, Juan se fue distanciando de sus amigos de siempre, de sus costumbres y, aparentemente, hasta de sus creencias profundas. Recordó alguna discusión al respecto, que contribuyó a distanciarles más o, al menos, más rápidamente.

Y esta mañana, recibió su inesperada y sorprendente llamada, destrozado, hundido y, se diría, que derrotado. ¡Eso nunca! Se corrigió a sí mismo, nadie debería sentirse así jamás. Desde el mismo instante en que le contó todo lo sucedido, en su mente sólo cabía la idea de cómo le podía ayudar, ¿qué le tenía que decir? ¿Qué actitud debía adoptar? ¿Qué, qué y qué…? Encomendó el asunto, él se creía incapaz. Era en estas ocasiones de impotencia cuando, casi mecánicamente, acudía al Espíritu Santo, de Quien, por otro lado, no solía acordarse habitualmente. ¡Qué ingrato soy!, se dijo a sí mismo, con sincero propósito de enmienda.

Quedaron para después de la comida, en el hospital este suele ser un momento tranquilo. Se las ingenió para no tener otras visitas y que los suyos no estuvieran. Prestó poca atención a los platos, no vio ni el postre especial de Navidad…sólo pensaba en Juan, en la dramática situación, y, sobre todo, en qué podría decirle para aliviarle algo.

Llegó en el momento convenido, pálido, demacrado. Absolutamente irreconocible, física y moralmente. La antigua prepotencia dejaba ahora paso a un abatimiento palpable, ciertamente rezumaba la derrota total. Con más detalle le fue relatando una a una todas sus desastrosas peripecias, cómo se abandonó a un mundo implacable, insensible en el que todo valía con tal de tener más que el de al lado. Más dinero, más poder, más adulaciones, más, mas… y más. La familia dejó de contar para Juan, buscó otras cosas. Llegaron los primeros conflictos con su mujer y sus hijos. Se portó como un auténtico sinvergüenza, sus abogados trabajaron duro para asfixiarlos…Y, como de repente, todo el castillo de naipes se derrumbó. Atrapado en la corrupción, todas las deudas, y todo el mal que había hecho se volvían una y otra vez contra él.

-Lo peor no es eso,- le dijo entre lágrimas-, mi hijo está en paradero desconocido desde hace una semana. Ya ha tenido varias sobredosis, nunca me preocupé de él, ni de nadie, abandoné a todos y ahora no tengo nada.

-No, Juan, no eso no. Sí tienes, tienes mucho más de lo que imaginas, quizá más que antes…-le dijo sin saber cómo.

-Todo lo he perdido, ni siquiera puedo dirigirme a un Dios del que llevo años renegando.

-Precisamente esa es tu fuerza, y por eso no eres un derrotado. Trató de hacerle ver con convicción. Esta noche nace también para ti.

Como pudo se incorporó, le chirriaron todos sus huesos, cada vez más debilitados. Agarrándose al gotero, se aproximó a Juan y le abrazó. Hablaron mucho hasta la hora de la merienda, recordaron la juventud. Juan se fue con una cara distinta, con esperanza y cierta paz y alegría.

Pronto llegaría su familia. Los villancicos se oían más nítidos, agarró la muleta, venció los dolores y con esfuerzo se acercó a la ventana, contempló las montañas y a los niños…y con fuerza proclamó: ¡Gracias Señor, gracias por todo lo que me has dado y por permitirme ayudar!

5. EL PECADO DEL INDIANO José María Blanco Corredoira. Madrid, 1968. Ha publicado Todo un verano (Viravolta, 2002)"; Madrid no tiene arreglo (Sílex, 2007) y Añoranza de guerra. La novela de un viejo soldado y prisionero de la División Azul (La Esfera de los Libros, 2011). Ha colaborado asiduamente con el Semanario Alba, La Gaceta, Expansión y otros medios escritos. Ha ejercido la abogacía y la docencia.

En la parroquia de San Miguel pocos habían renunciado al sueño de embarcar con rumbo a América. Para que Celestino Moure pudiera alcanzar a comprar el pasaje del vapor que zarpaba del puerto de La Coruña con destino a La Habana, tuvo que ir a segar a Castilla durante varias temporadas. Fueron muchos los jornales de segador que fue ahorrando hasta disponer de aquellos duros de plata que le permitieran abandonar la servidumbre de la tierra.

En una mañana de septiembre de 1923 Celestino Moure dejaba San Miguel con la congoja de ver cómo su madre quedaba sola, sin otra compañía que la de su única hermana. En su despedida le prometió que volvería antes de que pasaran diez años.

La única certeza para aquel mozo de dieciocho años era una dirección en La Habana con el nombre de un paisano que ya se había establecido por su cuenta. Gracias a aquella amistad pudo encontrar un primer empleo de repartidor de gaseosas. Los meses se sucedieron con la misma cadencia que las cartas que recibía de casa. Cada una de ellas era un aliento, pero con el tiempo –a medida que iban pasando los años- éstas cartas suponían también un recordatorio de su promesa primera.

En Cuba contrajo algunas deudas: quiso abonar la cuota que le relevaba de la obligación de servir al Rey en la milicia. De no haberlo hecho se habría convertido en prófugo para la justicia española y tendría, entonces, mucho más complicado su regreso a España.

Un benefactor yanqui que había conocido en la isla lo llevó con él a Panamá. Allí comenzó una nueva vida de tendero que le fue convirtiendo en un comerciante próspero. Pero el precio de aquella nueva vida se reflejaba ya en sus cabellos canos. Más de veinte años habían pasado desde que dejara la aldea de sus padres y abuelos. Su madre envejecía sola con la única satisfacción de saber que su hijo estaba bien y que cada mes de diciembre le enviaba un paquete más grande con preciosos tejidos y algunas golosinas del Caribe.

Celestino se convirtió en el respetado señor Moure, alcanzó a tener más de veinte supermercados en los verdaderos inicios de este negocio. Su madre era ya una anciana decepcionada y triste que ni siquiera se tomaba la molestia en abrir los muchos paquetes que le mandaba su hijo.

En la navidad de 1964, cuarenta y un años después de su marcha, Celestino Moure aterrizó en Galicia después de tomar varios vuelos y de cruzar un océano de olvido. Doña Remedios había muerto uno días antes, tras muchos meses de silencio y penumbra. Dicen que el remordimiento que sintió “El Panameño” –como ya le llamaban en su pueblo- fue grande. Su único consuelo lo encontró bajo la misma imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro con la que habían crecido sus ojos cada domingo; y en el cariño de sus vecinos. Éstos le descubrieron el destino de sus muchos envíos. Su madre iba repartiendo entre ellos aquellos paquetes haciéndoles creer que así lo quería su hijo.

Una sencilla placa recuerda a Celestino Moure como al hombre que donó los fondos para muchas obras del pueblo; de entre ellas, la nueva casa de la Virgen, la reconstruida iglesia de San Miguel.

6. LA FLAUTA DE CAÑA Luis Ramoneda. Cervera , 1954. Licenciado en Filología Románica por la Universidad de Zaragoza. Es autor de libros de poemas, de literatura infantil y juvenil, de narrativa. Es colaborador en diversas revistas culturales: ejerce la crítica de libros en Aceprensa y en www.clubdellector.com. Ha obtenido dos premios de relatos cortos.

Lo que más dolió a Daniel después de la discusión con Amós fue que este le rompiera la flauta, labrada por su tío Jacob. Al atardecer, en cuanto el rebaño estuvo en el redil, buscó un rincón en la majada, extendió la manta entre la paja y se durmió. Sin embargo, bien entrada la fría noche, lo desveló el canto armonioso de sus amigos del soto: el jilguero, la calandria, el ruiseñor, la oropéndola y la tímida alondra entonaban una sinfonía de trinos.

El zagal se levantó, solo estaba Leví, para guardar el rebaño, que le contó lo sucedido:

 

​Foto: Flickr - LuisRodriguez

 

–A media noche, se nos han aparecido unos ángeles para anunciarnos que acababa de nacer el Mesías cerca de Belén. Se han ido todos a adorarlo.

Daniel salió corriendo hacia Belén. Al llegar a la cañada, lo sorprendió el resplandor de una gran estrella, suspendida sobre un alcor. Aceleró sus pasos hacia allá y no tardó en oír las voces de un coro invisible y en ver a sus compañeros y a otros pastores de aquellos parajes reunidos alrededor de una gruta iluminada por el lucero que lo había guiado.

En la cueva, había un mozo apuesto y una muchacha hermosa como un rosal, que tenía en su regazo a un recién nacido de ojos perfectos. Los pastores se acercaban tímidamente, adoraban al Niño-Dios y le ofrecían pequeños obsequios, que la madre agradecía con una sonrisa y San José guardaba en un rincón de la cueva, calentada por un buey y un pollino.

Mientras se acercaba, Daniel buscó algún presente en el zurrón, pero solo encontró un trozo de queso rancio y su flauta rota. Al llegar junto al Niño Jesús, se arrodilló y gruesos lagrimones resbalaron por sus sucias mejillas.

–¿Qué te ocurre buen pastorcillo? –le preguntó la Virgen con su voz suave como las brisas de abril.

–Señora, no tengo nada que ofrecer a vuestro hijo, tan sólo mi pequeña flauta rota, que ya nunca podré usar.

–No te apures, siéntate a mi lado. Me gusta tu flauta rota, la guardaré. A mi hijo también le agradará, porque es el regalo de tu buen corazón. Y le dio un beso como antaño hacía su madre.

Daniel se sentó a los pies del pollino, que rebuznó discretamente, y la Virgen susurró algo a San José, que salió de la cueva.

El coro invisible seguía cantando, llegaban otras gentes a adorar al Niño-Dios. Cuando se fueron los últimos visitantes, los ángeles se callaron para que la Sagrada Familia descansara. Daniel, fatigado por tantas emociones, se adormiló, pero la Virgen le susurró suavemente.

–¿Te gustaría acompañarme con la flauta, para que mi hijo se duerma mientras le canto una nana?

–Sí, Señora, pero mi flauta está rota.

–No te preocupes, te daré una mejor, que ha fabricado mi noble esposo.

Daniel se puso de pie y, en el silencio de la luminosa noche, se escuchó una voz, alegre como las flores primaverales –acompañada por el son de una flauta, limpio como el rocío–, y el aplauso de los ángeles.

7. CUENTO DE NAVIDAD Marta Chacón

María puso la mano sobre su vientre y esperó. Una sonrisa juguetona bailaba en sus labios. No tuvo que esperar mucho. En seguida, una patadita sacudió su mano. La risa de María hizo levantar la cabeza a José, que se afanaba en colocar los arreos a la mula.

―No sé quién es peor de los dos ―dijo, blanca sonrisa asomando por entre la barba morena―. Vaya par.

―Es que siempre hace eso. En cuanto pongo la mano, pum. Mira.

María cogió la mano de José y la apoyó sobre su ombligo. El Niño, deseoso de hacer reír a su Madre, la golpeó suavemente con un pie. La cara de José se iluminó de alegría.

 

​Foto: Flickr - RubiFlorez

 

―Sois incorregibles, los dos.

Abrazó a su mujer, y al Niño dentro de ella, maravillado una vez más de su increíble regalo. Dios le había confiado esta preciosa, dulce, alegre y perfecta muchacha. Y la custodia de Su Hijo. Rezó, pidiendo una vez más estar a la altura.

―Hala, en marcha. Tenemos mucho camino hasta llegar a Belén.

María pensó por un momento, recordando dónde había dado Su Hijo con el pie, y colocó la mano de nuevo en su abdomen. Jesús apoyó la mejilla sobre esa mano, y se durmió, soñando que muy pronto vería la sonrisa de Su Madre.

Al pasar junto a unas viejas que sacaban agua del pozo, saludaron. Las mujeres esperaron a que se perdieran de vista por el camino, para empezar a comentar. Especulaban sobre cuando nacería el bebé.

―Está muy alto todavía, faltan unas semanas, acordaron.

No sabían que Jesús quería estar lo más cerca posible del corazón de Su Madre.

8. EL CAMELLO Enrique García-Máiquez es poeta. Tiene publicados cuatro libros. Además mantiene una columna de opinión en los periódicos del Grupo Joly. Ha publicado dos volúmenes de artículos: De ida y vuelta y Un paso atrás .

El camello del rey Mago

era, al principio, un caballo;

pero andar por los desiertos

de noche tras un lucero,

pasar calor, pasar frío,

perderse por mil caminos

y no comer buena paja,

sin duda, le jorobaba…

Así que llegó a Belén

más camello que corcel.

Pero al Niño-Dios le emboba

la forma de su joroba

y le hace más gracia que

Los regalos que hace el rey.

El caballo, entonces, piensa

esta profunda sentencia:

“Si por Jesús me jorobo,

la joroba es mi tesoro”.

Y se marchó tan feliz,

con joroba por ahí.

Navidad: Mensaje de Amor

Dios nos manifiesta que su entrega a los hombres no tiene límites. Jesús revela a un Dios que se oculta en la pequeñez, desciende a la debilidad completa y se deja vencer.

Es nuestro mundo al revés. Y es un mensaje de amor. Estamos de nuevo en esta lógica de amor de un Dios que desciende, y desciende a lo más bajo. Un Dios que se humilla. Nos encontramos ante un Dios que se hace pequeño y pobre, que ocupa el último puesto, el puesto del niño. El niño simboliza a todos los que no pueden desenvolverse solos, el pobre representa a los que tienen «hambre y sed», los que están encarcelados o en una tierra extranjera. «Cuánto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40). Es un misterio sobrecogedor que el mismo Dios –la grandeza, la belleza y el poder absoluto– se oculte en el más pequeño, en el más débil, en el que sufre más.

Dios nos manifiesta desde el misterio de la Navidad que su entrega a los hombres no tiene límites. Está dispuesto a compartir nuestras necesidades y nuestros sufrimientos. Por eso oculta la gloria de su divinidad y se hace presente en un Niño. Toma libremente el camino descendente para sanarnos en lo más hondo de nuestro ser y atraernos al corazón de su amor trinitario.

Isaías había anunciado ya la ternura del Mesías: «No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha que se extingue». Su misión consistirá en «llevar la Buena Nueva a los pobres, curar los corazones oprimidos, anunciar la libertad a los cautivos y la liberación a los presos»

Jesucristo ofrece a todos los hombres el don de una nueva vida, que consiste esencialmente en una nueva amistad con Dios. No excluye a nadie, por pobre y pequeño que sea. Se muestra cercano a los afligidos y abatidos, a los enfermos e ignorantes, a los marginados y condenados: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso». Los débiles y despreciados de toda clase descubren en Jesús una felicidad inesperada. Se ha acabado el tiempo de la soledad, de la vergüenza y de la humillación. Sienten cómo son acogidos, cómo se les devuelve una dignidad en la que ya no creían.

Jesús se hace amigo de los niños y de los pobres, e incluso se identifica con ellos. El niño simboliza a todos los que no pueden desenvolverse solos, el pobre representa a los que tienen «hambre y sed», los que están encarcelados o en una tierra extranjera. «Cuánto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40). Es un misterio sobrecogedor que el mismo Dios –la grandeza, la belleza y el poder absoluto– se oculte en el más pequeño, en el más débil, en el que sufre más.

La lógica del amor

Los hombres solemos admirar a una persona importante y grande, pero también la tememos. Ordinariamente es más fácil amar a alguien que es débil y que nos necesita. Quizá sea esta una de las razones por las que Jesucristo se hace pequeño y vulnerable: quiere entrar en comunión con nosotros. Nos enseña así que la lógica del amor es distinta de la de la razón o del poder: amar es ponerse al alcance del otro.

En su paso por la tierra, Jesucristo perdona los pecados a los que se arrepienten de ellos; al mismo tiempo nos revela la alegría de Dios al perdonar; nos muestra a un Dios que se «conmueve» ante nuestro destino. La parábola de la oveja extraviada, por ejemplo, nos da a conocer la felicidad del pastor que recupera su pequeño animal; no dice nada sobre el «estado anímico» de la oveja: cuando el pastor la encuentra, se la coloca, rebosante de alegría, sobre los hombros.

En la narración de la mujer pobre que ha perdido una moneda, Jesús nos lleva de nuevo más allá de la escena cotidiana. El desvalimiento y la angustia de esta pobre mujer son una imagen de otro dolor, en este caso infinito: el «dolor» del mismo Dios en su búsqueda del hombre perdido. A través de la protagonista de la parábola, Jesús nos habla de Dios que está removiendo cielo y tierra para encontrar lo que está perdido. Y la alegría de la mujer al encontrar su moneda es la felicidad de Dios por haber encontrado al hombre desviado».

Padre misericordioso

La historia del hijo pródigo expresa el mismo hecho con la máxima claridad. Cuando el padre ve a su hijo volver a él –descamisado, flaco y mugriento–, corre a abrazarle, sin juzgarle, sin hacerle reproches, sin ni siquiera decirle «te perdono». El padre sólo tiene un deseo: recuperar a su hijo, vivir en comunión con él. Este deseo es más fuerte que las heridas que el joven le ha provocado.

Así ama Dios a los hombres. Baja del cielo para liberarles de su culpa y su miseria. No es nuestro amor la causa y la medida del perdón divino. Es el amor misericordioso y absolutamente gratuito de Dios el que, por el contrario, tiende a provocar nuestro amor contrito y agradecido.

Cuando Jesucristo comienza su ministerio público, Juan el Bautista declara que no es digno de ponerse de rodillas ante Él para desatarle la correa de sus sandalias`. Más tarde, una mujer pecadora lava con sus lágrimas los pies del Mesías, y María de Betania los unge con un valioso perfume . Estos gestos, por pequeños que sean, parecen adecuados en el trato con un Dios que se ha hecho hombre, ya que expresan mucho respeto y un gran amor.

Maestro que sirve

Sin embargo, poco antes de la pasión vemos a Jesús arrodillado ante los apóstoles lavando sus pies. En lugar de servir al maestro, es ahora el maestro quien sirve a sus discípulos. De esta manera les da a entender que el Reino prometido ya ha llegado el Reino en el que el mismo Señor «se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá».

Estamos de nuevo en esta lógica de amor de un Dios que desciende, y desciende a lo más bajo. Un Dios que se humilla». Nos encontramos ante un Dios que se hace pequeño y pobre, que ocupa el último puesto, el puesto del niño o del esclavo. En la cultura judaica de aquel tiempo, era normalmente el esclavo el que lavaba los pies a su señor. «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve».

Jesús –como se canta en un villancico navideño- bajó «a la tierra para padecer». Nos ha prestado el máximo servicio con su muerte en la cruz. Allí escuchamos la última palabra del amor, si es que puede tenerla el amor. Que Dios se haya revelado definitivamente en un crucificado es algo que contradice todas las expectativas humanas. Es «escándalo para los judíos, locura para los gentiles». Dios pobre, se pone de rodillas como un simple criado, se deja atacar e injuriar, ya crucificado. Es un escándalo. Es nuestro mundo al revés. Y es un mensaje de amor.

Jesús revela a un Dios que se oculta en la pequeñez, desciende a la debilidad completa y se deja vencer. Su descenso se inicia cuando toma la naturaleza humana, se manifiesta claramente en el lavatorio de los pies y culmina en la pasión y la muerte. «Hemos visto su gloria», exclama San Juan, refiriéndose principalmente a la gloria de la cruz. La «gloria de Dios» es el amor.

Es el descenso de Dios por amor al hombre (kenosis) en la pasión de Jesús lo que comienza a exaltar a Jesús (cfr. Jn 12, 32). De este modo se cumple en Jesús la paradoja que se cumple en todo amor auténtico: es la entrega y el empequeñecerse a sí mismo por el bien del otro, lo que más engrandece a una persona.

Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra

Dar gloria a Dios -«en el Cielo», cantan los Ángeles en Belén-, pero también en la tierra, no es simplemente una forma de hablar, sino una forma de vivir. Dios nos llama a un estilo de vida completamente nuevo: nos invita a entrar en su Reino, no sólo después de la muerte, sino aquí y ahora. Para quien ha comprendido esto, la unión con Cristo llega a ser más importante que cualquier otra cosa. Una pequeña anécdota lo ilustra de un modo gráfico: en una ocasión, preguntaron a un párroco por uno de sus feligreses: «¿Quién es el señor que acaba de salir de la iglesia?» Y el párroco contestó: «Es uno de mis ancianos que vive en comunión con Dios y que, además, hace zapatos»

Vivir con Dios es una experiencia liberadora; es como si una persona hubiera atravesado el Mar Rojo, haciendo el paso de la esclavitud a la libertad. Tiene ahora una nueva conciencia de sí misma, siente un gran alivio y un amor que corresponde a los deseos más profundos de su corazón. El hombre no se contenta con soluciones pasajeras. No quiere vivir cien años, sino para siempre. No quiere ser un poco feliz, sino plenamente. El único camino para lograrlo es la comunión con Cristo.

Una persona libre sabe liberar también a los demás. Despierta la vida de los que le han sido confiados, y ayuda a cada uno a crecer según su propio ritmo.

No es verdad que la fe en la vida eterna haga insignificante la vida terrena. Por el contrario, sólo si la medida de nuestra vida es la eternidad, también esta vida sobre la tierra es grande y su valor inmenso. Estamos llamados a vivir en íntima comunión con Dios y con los demás hombres, y a convertir así toda nuestra existencia en una alabanza al Creador. De este modo podemos anticipar la realidad del Reino de Dios. En otras palabras, nuestra vida tiene la seriedad de un «ensayo general» de lo que haremos por toda la eternidad: transparentar el amor, la bondad y la misericordia divinas.

No se trata de una relación externa entre la tierra y el cielo, tal como un niño puede entender las enseñanzas religiosas: si cumples la voluntad de Dios en este mundo, recibirás un premio en el otro. Hay más bien una conexión interna y necesaria entre nuestra actuación aquí y allá. Si una persona no llegara a ser «alabanza de su gloria», sería un cuerpo extraño en el cielo.

Conviene estar preparados para la «representación final» cuando se realice plenamente el plan creador de Dios. Lo que vamos a hacer después de nuestra vida no debería cogernos por sorpresa. Por eso es tan importante darnos cuenta de que los acontecimientos que vivimos constituyen el lugar de cita con Dios en cada momento. Dar gloria al Señor en la tierra es descubrir y comunicar, aquí y ahora, la felicidad del cielo: «alabamos tu nombre por siempre, ahora y en la eternidad», rezamos en el Te Deum.

El sentido del misterio de Belén, del humanarse de Dios Hijo, haciéndose Niño, pequeño, desvalido, se podría resumir así: «Dios nos llama a su propia bianeventuranza» (CEC, n. 1719). Por eso, el Ángel les dice a los pastores: «¡Alegraos!, os anuncio una gran noticia, que lo será para todo el pueblo…»

 

Navidad: Dios está aquí

Hoy brillará la luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor. Es el gran anuncio que conmueve en este día a los cristianos y que, a través de ellos, se dirige a la Humanidad entera. Dios está aquí.

TEXTOS PARA ORAR21/12/2014

Hoy brillará la luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor. Es el gran anuncio que conmueve en este día a los cristianos y que, a través de ellos, se dirige a la Humanidad entera. Dios está aquí.

Es Cristo que pasa, 12

Dios ha querido necesitar de los hombres

Cuando llegan las Navidades, me gusta contemplar las imágenes del Niño Jesús. Esas figuras que nos muestran al Señor que se anonada, me recuerdan que Dios nos llama, que el Omnipotente ha querido presentarse desvalido, que ha querido necesitar de los hombres. Desde la cuna de Belén, Cristo me dice y te dice que nos necesita, nos urge a una vida cristiana sin componendas, a una vida de entrega, de trabajo, de alegría.

Es Cristo que pasa, 18

La Navidad está rodeada también de sencillez admirable: el Señor viene sin aparato, desconocido de todos. En la tierra sólo María y José participan en la aventura divina. Y luego aquellos pastores, a los que avisan los ángeles. Y más tarde aquellos sabios de Oriente. Así se verifica el hecho trascendental, con el que se unen el cielo y la tierra, Dios y el hombre.

Es Cristo que pasa, 18

Navidad. Me escribes: "al hilo de la espera santa de María y de José, yo también espero, con impaciencia, al Niño. ¡Qué contento me pondré en Belén!: presiento que romperé en una alegría sin límite. ¡Ah!: y, con El, quiero también nacer de nuevo..."

—¡Ojalá sea verdad este querer tuyo!

Surco, 62

¿Qué nos dice?

Estamos en Navidad. Los diversos hechos y circunstancias que rodearon el nacimiento del Hijo de Dios acuden a nuestro recuerdo, y la mirada se detiene en la gruta de Belén, en el hogar de Nazareth. María, José, Jesús Niño, ocupan de un modo muy especial el centro de nuestro corazón. ¿Qué nos dice, qué nos enseña la vida a la vez sencilla y admirable de esa Sagrada Familia?

Es Cristo que pasa, 22

Al pensar en los hogares cristianos, me gusta imaginarlos luminosos y alegres, como fue el de la Sagrada Familia. El mensaje de la Navidad resuena con toda fuerza: "Gloria a Dios en lo más alto de los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad" (Lc II, 14). "Que la paz de Cristo triunfe en vuestros corazones", escribe el apóstol (Col III, 15).

Es Cristo que pasa, 22

Jesús nació en una gruta de Belén, dice la Escritura, "porque no hubo lugar para ellos en el mesón".

—No me aparto de la verdad teológica, si te digo que Jesús está buscando todavía posada en tu corazón.

Forja, 274

En la intimidad de tu alma

Llégate a Belén, acércate al Niño, báilale, dile tantas cosas encendidas, apriétale contra el corazón...

—No hablo de niñadas: ¡hablo de amor! Y el amor se manifiesta con hechos: en la intimidad de tu alma, ¡bien le puedes abrazar!

Forja, 345

Cristo fue humilde de corazón (Cfr. Mt 11, 29). A lo largo de su vida no quiso para El ninguna cosa especial, ningún privilegio. Comienza estando en el seno de su Madre nueve meses, como todo hombre, con una naturalidad extrema. De sobra sabía el Señor que la humanidad padecía una apremiante necesidad de El. Tenía, por eso, hambre de venir a la tierra para salvar a todas las almas: y no precipita el tiempo. Vino a su hora, como llegan al mundo los demás hombres. Desde la concepción hasta el nacimiento, nadie -salvo San José y Santa Isabel- advierte esa maravilla: Dios que viene a habitar entre los hombres.

Grandeza de un Niño que es Dios: su Padre es el Dios que ha hecho los cielos y la tierra, y El está ahí, en un pesebre, quia non erat eis locus in diversorio (Lc 2, 7), porque no había otro sitio en la tierra para el dueño de todo lo creado.

Es Cristo que Pasa, 18

Nuestro Señor se dirige a todos los hombres, para que vengan a su encuentro, para que sean santos. No llama sólo a los Reyes Magos, que eran sabios y poderosos; antes había enviado a los pastores de Belén, no ya una estrella, sino uno de sus ángeles (Lc II, 9). Pero, pobres o ricos, sabios o menos sabios, han de fomentar en su alma la disposición humilde que permite escuchar la voz de Dios.

Es Cristo que pasa, 33

Por tu nombre...

Considerad con qué finura nos invita el Señor. Se expresa con palabras humanas, como un enamorado: Yo te he llamado por tu nombre... Tú eres mío (Is XLIII, 1). Dios, que es la hermosura, la grandeza, la sabiduría, nos anuncia que somos suyos, que hemos sido escogidos como término de su amor infinito. Hace falta una recia vida de fe para nos desvirtuar esta maravilla, que la Providencia divina pone en nuestras manos. Fe como la de los Reyes Magos: la convicción de que ni el desierto, ni las tempestades, ni la tranquilidad de los oasis nos impedirán llegar a la meta del Belén eterno: la vida definitiva con Dios.

Es Cristo que pasa, 32

Meditaciones: 25 de diciembre

Reflexión para meditar el 25 de diciembre. Los temas propuestos son: ​​Contemplar con fe el misterio de la Navidad; Dios ha querido necesitar de los hombres; Nuestra contemplación ante el belén

MEDITACIONES25/12/2020

– Contemplar con fe el misterio de la Navidad

– Dios ha querido necesitar de los hombres

– Nuestra contemplación ante el belén


«UN NIÑO nos ha nacido, un hijo se nos ha dado»[1]. Se han cumplido los anhelos que hemos tenido durante el Adviento: Dios se ha hecho hombre. El mundo ya no está a oscuras. Jesús ha venido, y «los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios»[2]. Un Niño sonríe ante nuestra silenciosa adoración. Nuestra mirada se cruza con la del recién nacido. Todo es luz y limpio mirar que se mete en nuestra alma y disipa las tinieblas del pecado.

San Josemaría recomendaba «mirar al Niño, Amor nuestro, en la cuna. Hemos de mirarlo, sabiendo que estamos delante de un misterio. Necesitamos aceptar el misterio por la fe y, también por la fe, ahondar en su contenido. Para esto, nos hacen falta las disposiciones humildes del alma cristiana: no querer reducir la grandeza de Dios a nuestros pobres conceptos, a nuestras explicaciones humanas, sino comprender que ese misterio, en su oscuridad, es una luz que guía la vida de los hombres»[3]. Los cielos y la tierra han sido creados por el Niño que yace en el pesebre. Él fundó la redondez del orbe y su plenitud. ¡Qué locura de amor la de Jesús! El que vive en los cielos está recostado sobre pajas; el que llena y sostiene todo con su presencia ha tomado carne como la nuestra. Podemos tomar en brazos a aquel que nos creó: este es el gran misterio que la Navidad pone delante de nuestra mirada.

Hay rumores de fiesta. Venid y veréis, nos han dicho; venid y veréis el prodigio. Pastores y reyes, ricos y pobres, poderosos y débiles se aprietan en torno a la cuna. También nosotros queremos acercarnos, postrarnos ante esta criatura indefensa, mirar a María y a José, que están cansados pero felices como quizá no ha habido nadie en la tierra. No nos cabe en la cabeza un misterio tan grande: Dios se ha revestido de nuestra carne.


CÓMO NOS gustaría agradecer que Dios se haya hecho cercano, tocable, vulnerable. Nos atrevemos a besar al Rey del universo, de quien no podían hacerse imágenes en la antigua alianza y, sin embargo, ahora se ha convertido en uno de los nuestros. Adeste, fideles Venite, adoremus... Nuestro cantar de estos días es también invitación, llamada. A nosotros nos llamaron, hemos visto, y ahora nuestro corazón se goza: ahí está Dios Niño. «Reconoce, cristiano, tu dignidad –dice San León Magno–; has sido hecho partícipe de la naturaleza divina: no quieras degradarte con tu antigua vileza. Acuérdate de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. Acuérdate de que, arrancado a la potestad de las tinieblas, has sido trasladado a la luz y al reino de Dios»[4]. El Dios todopoderoso se nos presenta como un niño recién nacido en la cueva de Belén; «ni siquiera nace en la casa de sus padres, sino en el camino, para mostrar en realidad que nacía como de prestado en esa humanidad suya que tomó»[5].

«Cuando llegan las Navidades –decía san Josemaría–, me gusta contemplar las imágenes del Niño Jesús. Esas figuras que nos muestran al Señor que se anonada, me recuerdan que Dios nos llama, que el Omnipotente ha querido presentarse desvalido, que ha querido necesitar de los hombres. Desde la cuna de Belén, Cristo me dice y te dice que nos necesita, nos urge a una vida cristiana sin componendas, a una vida de entrega, de trabajo, de alegría. No alcanzaremos jamás el verdadero buen humor, si no imitamos de verdad a Jesús; si no somos, como él, humildes. Insistiré de nuevo: ¿habéis visto dónde se esconde la grandeza de Dios? En un pesebre, en unos pañales, en una gruta. La eficacia redentora de nuestras vidas sólo puede actuarse con la humildad, dejando de pensar en nosotros mismos y sintiendo la responsabilidad de ayudar a los demás»[6].


A ESE DIOS escondido lo adoraremos estos días cada vez que nos acerquemos a besar y acariciar al Niño. Hecho pobre por nosotros, yace entre pajas; le daremos calor, le abrazaremos con cariño. ¡Quién no se acerca a Dios! ¡Quién no se aproxima al Niño, ahora que tiende sus brazos hacia nosotros, ahora que necesita de nuestro cuidado! En estos días, no tendremos ojos más que para ese nacimiento. Como los pastores, dejado el rebaño, nos acercamos humildes a la cuna.

Son días para vivir en familia, especialmente aptos para la contemplación. Podemos orar delante del pesebre y adorar a Dios en silencio. ¡Se purifican tantas cosas durante unos días en que los actos de amor son tan intensos! «Conservad en vuestra Navidad –decía san Pablo VI– el carácter de fiesta hogareña. Cristo al venir al mundo santificó la vida humana, en su primera edad, la infancia; santificó la familia, y en especial la maternidad; santificó el hogar humano, el nido de los afectos naturales más entrañables y universales (...). Procurad celebrar vuestra Navidad, a ser posible, con vuestros seres queridos, dad el regalo de vuestro afecto, de vuestra fidelidad a esa familia de la que habéis recibido la existencia»[7].

De frente al pesebre, junto a María y José, comprobamos que «Dios no te ama porque piensas correctamente y te comportas bien; Él te ama y basta. Su amor es incondicional, no depende de ti. Puede que tengas ideas equivocadas, que hayas hecho de las tuyas; sin embargo, el Señor no deja de amarte. ¿Cuántas veces pensamos que Dios es bueno si nosotros somos buenos, y que nos castiga si somos malos? Pero no es así. Aun en nuestros pecados continúa amándonos. Su amor no cambia, no es quisquilloso; es fiel, es paciente. Este es el regalo que encontramos en Navidad: descubrimos con asombro que el Señor es toda la gratuidad posible, toda la ternura posible. Su gloria no nos deslumbra, su presencia no nos asusta. Nació pobre de todo, para conquistarnos con la riqueza de su amor»[8]. La Virgen Santísima y san José son nuestra primera familia con la que queremos vivir esta nueva Navidad.


[1] Natividad del Señor, Misa del día, Antífona de entrada.

[2] Ibíd., Antífona de comunión.

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 13.

[4] San León Magno, Sermón I en la Natividad del Señor, 3.

[5] San Gregorio Magno, Homilías sobre los evangelios, 8.

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 18.

[7] San Pablo VI, Audiencia general, 18-XII-1963.

[8] Francisco, Homilía, 24-XII-2019.

“Una Navidad diferente”

Estar más cerca de Dios

DICIEMBRE 23, 2020 09:15    

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El cardenal Felipe Arizmendi Esquivel, obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas, y responsable de la Doctrina de la Fe en la Conferencia del Episcopado Mexicano, ofrece su reflexión semanal, titulada “Una Navidad diferente”.

VER

Por la agudización de la pandemia COVID 19, las fiestas navideñas tienen un sabor muy diferente al de otros años. No sólo está muy restringida la participación física en las celebraciones religiosas, según las normas de cada lugar, sino que toda la actividad humana está muy afectada. La economía de la mayoría ha sufrido un gravísimo deterioro; pero lo más preocupante son los peligros para la salud y la vida de todos.

En la arquidiócesis de Toluca, donde resido, como las autoridades civiles han decretado el “semáforo rojo”, que indica el incremento desmedido de contagios, se ha determinado cerrar los templos durante todo este tiempo navideño, celebrar las Misas sin presencia física de fieles, y sólo transmitirlas por los diferentes medios, así como posponer bautismos, primeras comuniones, confirmaciones, quince años y bodas. Todo por cuidar la salud de la comunidad. Por tanto, no se permiten las tradiciones de esta época, como las hacíamos en forma habitual. En las celebraciones del Papa en Roma se han impuesto también muchas restricciones. El peligro de enfermar y morir por el SARS-CoV2 es real, aunque a estas fechas no falten personas que no le quieren dar la importancia que merece.

PENSAR

El Papa Francisco, en su catequesis del 19 de diciembre de 2018, expresó algo que es válido para todos los tiempos: la Navidad está centrada en Jesús y en el estilo de vida que escogió.

“Observemos la primera Navidad de la historia para descubrir los gustos de Dios. Esa primera Navidad de la historia estuvo llena de sorpresas. La sorpresa más grande es: el Altísimo es un niño pequeño. ¿Quién lo habría esperado? La Navidad es celebrar lo inédito de Dios, o mejor dicho, es celebrar a un Dios inédito, que cambia nuestra lógica y nuestras expectativas. Celebrar la Navidad es, entonces, dar la bienvenida a las sorpresas del Cielo en la tierra. La Navidad de Jesús no ofrece el calor seguro de la chimenea, sino el escalofrío divino que sacude la historia. La Navidad es la revancha de la humildad sobre la arrogancia, de la simplicidad sobre la abundancia, del silencio sobre el alboroto. Navidad es preferir la voz silenciosa de Dios al estruendo del consumismo. Si sabemos estar en silencio frente al Belén, la Navidad será una sorpresa para nosotros, no algo que ya hayamos visto. Estar en silencio ante el Belén: esta es la invitación para Navidad. Tómate algo de tiempo, ponte delante del Belén y permanece en silencio. Y sentirás, verás la sorpresa.

Desgraciadamente, sin embargo, nos podemos equivocar de fiesta, y preferir las cosas usuales de la tierra a las novedades del Cielo. Si la Navidad es solo una buena fiesta tradicional, donde nosotros y no Él estamos en el centro, será una oportunidad perdida. Por favor, ¡no mundanicemos la Navidad! No dejemos de lado al Festejado, como entonces, cuando “vino entre los suyos, y los suyos no le recibieron” (Jn 1,11). No será Navidad si buscamos el resplandor del mundo, si nos llenamos de regalos, comidas y cenas, pero no ayudamos al menos a un pobre, que se parece a Dios, porque en Navidad Dios vino pobre”.

En su alocución del domingo pasado, con ocasión del Angelus, el Papa nos insistió en ser portadores navideños para los pobres y para cuantos sufren:

“En estos tiempos difíciles, en lugar de quejarnos de lo que la pandemia nos impide hacer, hagamos algo por los que tienen menos: no el enésimo regalo para nosotros y nuestros amigos, sino para una persona necesitada en la que nadie piensa. Y otro consejo: para que Jesús nazca en nosotros, preparemos el corazón: vayamos a rezar. No nos dejemos arrastrar por el consumismo: “Tengo que comprar los regalos, tengo que hacer esto y lo otro…” Ese frenesí por hacer tantas cosas…, cuando lo importante es Jesús. El consumismo nos ha secuestrado la Navidad. No hay consumismo en el pesebre de Belén: allí está la realidad, la pobreza, el amor. Preparemos el corazón como hizo María: libre del mal, acogedor, dispuesto a acoger a Dios.

La Navidad sea para cada uno ocasión de renovación interior, de oración, de conversión, de pasos adelante en la fe y de fraternidad entre nosotros. Miremos a nuestro alrededor, miremos sobre todo a los indigentes: el hermano que sufre, dondequiera que esté, nos pertenece. Es Jesús en el pesebre: el que sufre es Jesús. Pensemos un poco en esto. Y que la Navidad sea una cercanía a Jesús en este hermano y en esta hermana. Está allí, en el hermano necesitado, el pesebre al que tenemos que ir con solidaridad. Este es el belén viviente: el belén en el que realmente encontraremos al Redentor, en las personas de los necesitados”.

ACTUAR

Acojamos de buen corazón lo que, inspirado plenamente en la sagrada Escritura, nos dice el Papa. Que nuestra Navidad sea estar más cerca de Dios, más unidos en nuestra familia, y con algún detalle de amor a personas que están en peores condiciones que nosotros. Si no podemos acudir a los templos, el pesebre vivo es tu familia, son los pobres.

La Navidad, un caso provida

Ana Teresa López de Llergo

La Navidad nos muestra el hogar maravilloso de María y José desviviéndose por Jesús recién nacido. La calidez de sus relaciones suple con creces la pobreza y el frío de los corazones que no les dieron posada.

Nuevamente, como cada año, estamos preparando la fiesta del 25 de diciembre, por el nacimiento de un Niño. Y aunque algunos quieran borrar este rastro al felicitar por “las fiestas”, este suceso es una apoteosis de la vida humana.

Para los creyentes, este día tiene un significado profundísimo porque nos anuncia una serie de predicciones tan trascendentales que ningún otro suceso puede ofrecer un cambio íntimo tan radical. Es así, ningún otro hecho lo puede, ni remotamente, asemejar.

Para quienes no conocen esta historia, no la creen o la han descartado, les resulta incómoda porque a quienes no saben el por qué de la Navidad les sugiere informarse, y eso les complica la vida, tendrían que dedicar un tiempo a ello y salir de la modorra de lo acostumbrado.

Para los que no creen, lo incómodo puede deberse a que no les interesa investigar aquello que ven como un absurdo y les resulta pérdida de tiempo.

Para quienes fueron creyentes, prefieren ignorar el asunto porque no quieren enfrentar la posibilidad de haberse equivocado.

Sin embargo, tengan cualquier de las posturas mencionadas, todos se encuentran ante evidencias insólitas. Incluso los creyentes, a propósito de la celebración, pueden hacer examen y ver si un acontecimiento tan grande realmente les recuerda propósitos de mejora que han de renovar.

El relato de la primera Navidad sucede hace dos mil años, está en la Sagrada Biblia, donde se conserva idéntico. Su mensaje excede lo común y corriente. Durante dos mil años tiene mucho que decir y así seguirá interpelándonos. Esta permanencia sin variación se debe a que abarca toda realidad y toda excepción. Hecho muy distinto al de los productos humanos que tienen necesidad de ajustarse, siempre son miopes y no consideran variables que aparecerán en el futuro.

Ocurre un embarazo virginal, en él convergen la voluntad de Dios y la voluntad de una mujer: María. Y el primer mensaje provida consiste en la revaloración de la vida humana ante el hecho de que Dios Hijo asuma la naturaleza humana y ello sea la vía para adoptarnos como hijos del Padre. Está implícita la doble dignidad de la persona: la primera se debe al hecho de la posibilidad de tal unión y que se lleva a cabo en ese momento; la segunda a la consecuencia de esa unión que es la salvación de quienes acepten tal ayuda.

Todos los derechos humanos lo son por encontrar su punto de partida en esa dignidad, por eso son invariables. Los derechos que no aceptan este apoyo fluctúan y están sujetos a la volubilidad humana.

Al relato de este maravilloso alumbramiento le antecede otro relato de un embarazo extraordinario. Isabel, prima de María, anciana y estéril desde su juventud, ya tiene seis meses de estar esperando el nacimiento de su hijo. María comprende la necesidad de ayuda de su parienta y acude a su casa.

El texto original dice: “Apenas llegó tu saludo [de María] a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno.” (Luc. 1, 44)
El segundo mensaje provida lo encontramos en ese diálogo entre las dos primas al momento de su encuentro y la reacción que cada una detecta en el hijo que llevan dentro de sí. La criatura de Isabel, de seis meses, salta en su seno ante la presencia de la criatura, de muy pocos días, en el seno de María. Ambas criaturas son personas, la de Isabel manifiesta alegría. La de María merece el apelativo de Señor.

Estos acontecimientos desmienten tantas falacias propagadas para justificar dos crímenes gravísimos contra la vida humana. Las falacias tratan de convencer que la criatura en el seno materno aún no es persona y que el deterioro en la ancianidad acarrea una disminución en el valor personal.

Los argumentos cada vez son más sofisticados y las palabras se seleccionan para distorsionar y encubrir el grave crimen de eliminar una vida humana. Al recién concebido se le ha llamado producto, últimamente también fenómeno y se afirma que no es un ser vivo. Esta mentira, como todas las demás, acarrea problemas complicadísimos de resolver. En este caso no hay explicación para saber cómo un fenómeno produce un bebé vivo cuando nace.

El relato de la Biblia desmiente el calificativo de fenómeno, porque un fenómeno no tiene sensaciones ni sensibilidad, como lo muestra el niño de seis meses en el seno de Isabel quien capta la voz de María y la presencia de un nuevo ser, por eso responde con júbilo.

Además, al minimizar el hecho y cambiar las palabras, buscan ocultar el crimen, y dan un giro descomunal para hablar del derecho al aborto. Desgraciadamente este planteamiento lo adoptan muchas mujeres como un recurso para liberarse de una consecuencia no deseada debida a una relación sexual.

Lo que siempre se oculta, pero que hiere íntimamente a la mujer que aborta, son los problemas de salud que tarde o temprano aparecen y, los problemas de conciencia al negar la gravedad de lo que han cometido a otro ser humano indefenso, en su propio cuerpo. El cuerpo de la madre se vuelve un campo de batalla donde muere el inocente.

La sociedad que defiende el aborto está enferma, y como no quiere curarse, abre las puertas a la justificación de otros crímenes, entonces aparece la propuesta de la eutanasia. En este caso no se niega la vida humana, pero se cubre con un disfraz de humanismo y, la falacia habla del deterioro de la vida digna, y se da paso a la opción de acelerar la muerte.

El auténtico enfoque es la valoración de la vida humana en todas sus etapas y en todas las circunstancias. Por eso, la manera de afrontar adecuadamente el deterioro de la vida en los ancianos consiste en la aplicación de cuidados paliativos. Estos ayudan al cuerpo, y a la vez, ofrecen sustento para los auxilios espirituales. Así los ancianos podrán aceptar su deterioro de manera positiva y, rechazar la idea del suicidio o la propuesta del suicidio asistido, si se llegaran a presentar.

Para terminar, podemos subrayar que la Navidad nos muestra el hogar maravilloso de María y José desviviéndose por Jesús recién nacido. La calidez de sus relaciones suple con creces la pobreza y el frio de los corazones que no les dieron posada. Estar cerca de ellos nos ofrece un contagio muy benéfico.

Mitos sobre la felicidad

Lucía Legorreta

Tu herencia influirá en un 50%, el resto lo harás tú. No te dejes llevar por la publicidad ni pienses en sucesos para ser feliz. El dinero tampoco te la dará. La felicidad es un camino… nunca una meta.

Actualmente leemos y escuchamos sobre la felicidad. En lo personal es un tema sobre el cual he investigado y leído, ya que me interesa conocer más sobre lo que realmente nos hace felices a hombres y mujeres. Sin embargo, existen algunos mitos que me gustaría compartir contigo:

LA FELICIDAD SE LLEVA EN LOS GENES:

La teoría de que la felicidad es una herencia que se recibe a través de los genes no es cierto. Si aceptamos esto, implica que, si la genética no nos ha favorecido, estamos condenados a la negatividad y al pesimismo, mientras que a otras todo le parecería bien.

Las investigaciones en parejas de gemelos, tanto idénticos como mellizos educados de igual forma y con las mismas oportunidades, concluyeron que aproximadamente el 50% de la felicidad es heredada genéticamente y el otro 50% es aprendida.

Por lo tanto, la felicidad es una suma de la naturaleza con la cual nacemos, pero la otra mitad dependerá de nuestras decisiones y actitud con que vivamos lo que nos ocurre a lo largo de los años.

LA FELICIDAD LA ALCANZARÉ CUANDO...

La publicidad nos bombardea con mensajes para convencernos de que determinados bienes nos darán felicidad: al manejar un coche te sientes contento, al comprar una casa la familia está feliz, al utilizar cierto perfume tendrás éxito con el otro sexo.

O bien, en un plano personal, pensamos que, al encontrar pareja, un mejor trabajo, cambiarnos de ciudad o cuando los hijos se gradúen… seremos más felices.

Los expertos en el tema afirman que estas promesas, aunque sean gratificantes, una vez que se alcancen, no harán que la persona sea feliz por mucho tiempo, ya que una vez que pasa la novedad, el sentimiento de insatisfacción vuelve a hacer acto de presencia y se necesitará otro deseo hacia el que proyectarse.

Esto es, se consume más tiempo persiguiendo otras cosas que disfrutando de las que ya se tienen. La realización personal no se puede someter a condiciones, que la vida cambia y tendremos altas y bajas. Aceptar estos altibajos es lo que nos puede proporcionar bienestar y felicidad.

EL DINERO DA FELICIDAD.

Es importante aclarar que las personas que viven en pobreza extrema, por supuesto que serán más felices si aumenta su nivel de ingreso.

Sin embargo, a partir de un nivel de ingresos suficiente, engrosar la cuenta bancaria no aporta más sensación de este sentimiento. Esto ha sido sustentado por estudios realizados en diversos países del mundo, en los cuales cuando una persona que gana lo suficiente, el incremento de dinero no lo hará sentirse mejor.

En resumen, el dinero no da la felicidad, siempre y cuando tengamos suficiente para atender nuestras necesidades básicas. Si carecemos de ingresos para pagar la hipoteca, satisfacer las facturas o llenar el refrigerados, en ese caso el dinero sí da la tranquilidad necesaria para vivir con más satisfacción.

Por lo tanto, ¿quieres ser feliz? Tu herencia influirá en un 50%, el resto lo harás tú. No te dejes llevar por la publicidad ni pienses en sucesos para ser feliz. El dinero tampoco te la dará. La felicidad es un camino… nunca una meta.

 

 

TROVAS NAVIDEÑAS

kAutora: Magui del Mar

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

Poeta Mexicana

 

Villancicos Navideños

que perfuman ya el ambiente,

hacen realidad los sueños

ante el nuevo SOL naciente.

 

Niñito Jesús que naces

en el alma que está herida,

con tu amor, sé, satisfaces,

la sed del alma afligida.

 

Al Niñito-Dios preparo 

una cunita en mi alma.

me pongo bajo su amparo…

eso me traerá la calma.

 

Derechos Reservados.

 

MAGUI DEL MAR 

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

ruizrmagui@gmail.com

 

 

Compras navideñas

Escrito por Mario Arroyo.

El placer de gastar es uno de los gustos más refinados de nuestra naturaleza humana. La crisis sanitaria puede frenar nuestro furor consumista, pero sólo en forma relativa.

El placer de gastar es uno de los gustos más refinados de nuestra naturaleza humana. La navidad –paradójicamente– suele ser el tiempo más socorrido para cultivar tal placer, aunque, ciertamente, este año quizá tengamos algún reparo en regalarnos las consabidas visitas a las plazas comerciales, que añaden al gusto de comprar, el de pasear y soñar. La crisis sanitaria puede frenar nuestro furor consumista, pero sólo en forma relativa. Con ocho meses de pandemia a nuestra espalda, seguramente que ya habremos aprendido a manejarnos con soltura en Amazon o Mercado Libre.

Ahora bien, puede asomarse tímidamente en la conciencia la incómoda pregunta: “¿está mal comprarse algo excesivamente caro?, ¿darse un gusto caro, un capricho?”. Hace un tiempo me formulaba esta cuestión una alumna que, en realidad, se sentía incómoda con las compras excesivamente costosas de su hermana. Intuía que algo andaba mal, pero no era capaz de formularlo. De hecho, se trataba de una cuestión de sensibilidad, ella la tenía, pero su hermana carecía de ella.

¿Está mal comprarse algo excesivamente costoso en navidad? La pregunta no va por el lado de la curiosa paradoja, por la cual, el nacimiento de un niño pobre, desamparado, en la miseria más absoluta, es conmemorado con una febril fiesta consumista. No va tampoco por el lado de catalogar a las acciones con el esquema, no siempre airoso, de si son o no pecado. Más que un asunto de complicadas argumentaciones, lejos también de cultivar emotivos sentimientos superficiales, se trata de una cuestión de sensibilidad, y esa se tiene o se carece de ella, pero su carencia denota una aguda pobreza espiritual.

Dos parámetros permiten encuadrar el problema: ¿quién lo gasta?, y ¿en qué contexto lo gasta? Es decir, no es lo mismo un gasto excesivo por parte de un adolescente pudiente, que el mismo gasto realizado por un hombre que inaugura así su jubilación, es decir, con toda una vida de trabajo a sus espaldas y cuando ya su familia ha salido adelante y está convenientemente situada. No es lo mismo un gasto grande en una sociedad desarrollada, donde apenas se percibe la pobreza, como podría ser Noruega o Suiza, que en Latinoamérica, donde la pobreza campea a cada esquina de las calles, gritando su presencia, pues es ineludible.

Así, probablemente manejar un Ferrari en el norte de Italia, en Suiza o en Dubái no resulte escandaloso; pero hacerlo en las calles de México o Lima sí que lo es. Supone gritar a los mendigos que pululan por las calles nuestra cruel indiferencia a su difícil situación. Manifiesta ausencia de empatía por sus problemas y una marcada indolencia social. Todo ello cauterizado con el pobre argumento: “no le hago mal a nadie, pago mis impuestos”. Ciertamente, el que puede poseer algún artículo lujoso probablemente obtuvo sus medios honestamente, pero darse un lujo que además es notorio, frente a personas que no tienen asegurada su subsistencia, un techo digno, una asistencia sanitaria conveniente, supone perder una especie de sentido social, la sensibilidad por el contexto. Dicha sensibilidad percibe que algunos gastos son insultantes en determinados entornos, como los de la pobreza endémica de Latinoamérica.

¿Cómo saber si me estoy pasando de los gastos? No es sencillo. No hay una tabla rígida. Pero algunas preguntas nos pueden ayudar. Si el regalo en cuestión cuesta más dinero del que puede ganar el empleado de mi casa –cocinera, chofer, afanadora– o mi oficina –personal de intendencia– en un año de trabajo, claramente es un gasto exorbitante. No debemos pensar que esto es imposible, ni siquiera infrecuente; revisando precios, uno puede ver cómo no bastan tres años de trabajo, con el sueldo mínimo, para comprar algunos bolsos Louis Vuitton, Gucci o Dolce & Gabanna.

En cualquier caso, el mensaje es claro: es bueno pararse a pensar un momento antes de hacer un gasto caro, considerando el entorno social. Conviene recordar, a tal efecto, que lo importante es el detalle, el mostrarle a una persona como es valiosa para nosotros, no cuanto gastamos, ni la marca que compramos. Poder hacer un gasto no significa automáticamente que sea la mejor elección realizarlo; privarnos de ese gusto, pudiendo dárnoslo, supone poseer una delicada conciencia social.

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Los medios de comunicación y la libertad de expresión

Raúl Espinoza

El Tribunal Judicial les dio la razón a los medios de comunicación con la razón de que por encima y ante todo estaba la libertad de expresión.

En estos tiempos en que en nuestro país se debate el vital tema de la libertad de expresión, haciendo énfasis en que los medios de comunicación corren un grave peligro, he recordado un par de filmes que ilustran bastante al respecto.

El primero se titula El Washington Post. Los Oscuros secretos del Pentágono (2017) con las brillantes actuaciones de Meryl Streep y Tom Hanks. La trama gira en torno a la Guerra de Vietnam. El antecedente es que resultaba altamente sospechoso que esa guerra en la península de Indochina por 30 años se fuera prolongando y cada vez se enviaran más tropas y armamento, sobre todo, durante las presidencias de John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson y Richard Nixon.

Algunos corresponsales de guerra se intercambiaron información y, en especial, uno de ellos con acceso a material clasificado, tomó abundante documentación confidencial. Con un equipo de colaboradores fue fotocopiado y regresado al poco tiempo. Posteriormente, se entregó una copia tanto al New York Times como al Washington Post.

El primero que se lanzó a publicar parte del material fue el New York Times. El presidente Nixon se enfureció, llevó el caso al Tribunal Judicial y de inmediato se dictó sentencia impidiendo al periódico que continuara publicando dicho material confidencial.

Entonces, la Directora del Washington Post, Katerine Graham, en 1971, decidió con gran valentía y determinación que había que dar la batalla por la libertad de prensa y por salvarles la vida a miles y miles de jóvenes estadounidenses que combatían en Vietnam, porque se sabía que Nixon mentía sobre el impacto de los bombardeos en este país.

El Tribunal Superior citó a juicio tanto a los directores de este periódico como a los del Times. En un principio la batalla parecía perdida por la fuerte presión que ejercían el Ejército y el presidente Nixon. El Gobierno aducía que, al revelar esa información, se ponía en riesgo la estabilidad y los planes del Estado. Finalmente, el Tribunal Judicial les dio la razón a los medios de comunicación con la razón de que por encima y ante todo estaba la libertad de expresión.

De 1955 a 1975 la Guerra de Indochina se volvió cada vez más cruenta y al presidente Nixon no le quedó más remedio que dictar la orden de abandonar Laos, Camboya y Vietnam ante el impetuoso avance de las tropas del Vietnam del Norte, de China y Rusia. Fue una vergonzosa derrota al orgullo de Estados Unidos, el gran vencedor de la Segunda Guerra Mundial. Absurdamente fue el argumento de más peso por el que la Casa Blanca se negaba a dejar una guerra que a todas luces, desde un principio, se veía perdida.

Al año siguiente, en 1972, el presidente Nixon –del Partido Republicano– ordenó espiar las oficinas del Partido Demócrata. Una noche se tomaron indebidamente documentos y se colocaron micrófonos ocultos en el edificio llamado “Watergate”. Nunca supusieron que fueran sorprendidos por policías quienes de inmediato los detuvieron y les sometieron a un detallado interrogatorio. La sorpresa fue que revelaron –algunos de ellos– que habían sido enviados directamente desde la oficina del presidente Nixon.

Un par de reporteros, Robert Woodward y Carl Bernstein, del Washington Post solicitaron a su directora, Katerine Graham darle seguimiento a esta información. Y, en otro acto de audacia, esta insigne personalidad autorizó de inmediato que comenzaran las investigaciones hasta sus últimas conclusiones.

Toda esta génesis y evolución se aprecia en el filme Todos los Hombres del Presidente (1976) haciendo referencia a que prácticamente todo el gabinete estaba implicado en el caso “Watergate”. Los actores principales son Robert Redford y Dustin Hoffman.

El trasfondo es que Richard Nixon ambicionaba reelegirse y necesitaba urgentemente información sobre los planes generales de la campaña del Partido Demócrata.
Cuando este par de reporteros comenzaron a publicar información, el presidente Nixon negaba los hechos. Pero eran tan patentes las evidencias, que un colaborador del gabinete presidencial privadamente decidió revelar información confidencial a estos periodistas. Por discreción se le llamaba “Garganta Profunda”.

Esta información se fue publicando poco a poco en El Post. Nixon no tuvo otra opción que solicitar la renuncia de varios secretarios de Estado. Luego el Tribunal Judicial llamó a rendir cuentas a figuras clave de su gabinete.

Y, finalmente, conociendo que el presidente Nixon tenía en su poder las famosas “cintas de Watergate” en las que se contenían conversaciones importantes y privadas de Nixon con los principales miembros de su gabinete sobre este escandaloso caso, fue llamado a declarar ante el Tribunal Superior de Justicia. Cuando esto ocurrió, Nixon tomó la decisión de renunciar a la presidencia el 9 de agosto de 1974.

En 1986 publicó, sus Memorias, así como su libro No más Vietnam. Habiendo dejado de ser presidente, Nixon –como Licenciado en Derecho– intentó volver a la práctica de la abogacía sin poder conseguirlo debido a que fue expulsado del Colegio de Abogados, además de que fue incapacitado para el desempeño de su profesión en todo Estados Unidos. Sin duda, un triste final para quien fuera vicepresidente de 1953 a 1961 y, luego, el Primer Mandatario de la Nación más poderosa del orbe (1969-1974).

 

Urbanidad.

La urbanidad es el comportamiento acorde con los buenos modales, lo  que demuestra buena educación y respeto hacia los demás.

Los buenos modales son costumbres relacionadas con la cortesía, que se mantienen desde hace tiempo en la sociedad. Tienen importancia, pues favorecen la sociabilidad. Son lo contrario de la grosería, la cual viene a ser una forma de agresividad.

La modestia forma parte de los buenos modales; se trata de normas morales y buenas costumbres socialmente establecidas, y en especial en el aspecto sexual. Si el corazón está vertido hacia Dios, el individuo hace lo posible para vestirse de manera decente, apropiada. Pero si para él (o ella) lo más importante es el yo, se vestirá de una forma que llame la atención, con poca o ninguna consideración respecto a las consecuencias que ello conlleve.

El nudismo no entra dentro de lo que se considera buenos modales (a no ser que el desnudarse sea necesario, como por ejemplo, para una exploración médica). Las imágenes de desnudos se procesan más rápidamente en el cerebro que las de personas vestidas, y la intensidad de la reacción es mayor en los varones que en las mujeres. En un desnudo, lo que primero le llama la atención al varón es la cara; en el caso de la mujer, la atención es más global. Por otra parte, la forma de vestir, las insinuaciones gestuales, la procacidad en el hablar pueden provocar reacciones cerebrales similares a la visión de un desnudo.

Podría hablarse de adicción al sexo, ya que en el caso de la visión de un desnudo, las estructuras cerebrales más implicadas son el estriado ventral, la amígdala cerebral y la corteza cingular, que son áreas también activas en los procesos de adicción a sustancias químicas.

Hay una urbanidad referente al sexo. ¿Es correcto, es racional,  el fenómeno del “cross – dressing” (“drag-king, drag-queen”)? La cuestión no es la misma si se trata de algo jocoso o de broma o que si es en serio. El transvestismo está cercano a la transexualidad, en la cual incluso la conectividad cerebral es distinta que la del individuo normal.

Existe una urbanidad en las comidas. No es correcto comer saltándose las normas sociales en vigor. Incluso cuando uno está solo, conviene comer de modo correcto, simplemente como una forma de respetarse a uno mismo. Los animales no entienden de urbanidad, pues comen cuando lo necesitan, y no comen más de lo que sea necesario; en cambio, el ser humano puede sobrepasarse en este sentido.

Existe una urbanidad litúrgica, académica, en el deporte, en el ámbito jurídico, etc., que no son más que normas establecidas que hacen más digna y agradable la actividad en concreto. La urbanidad académica es similar a la litúrgica: por ejemplo, en los cortejos académicos el rector magnífico desfila en último lugar, como el obispo en los cortejos litúrgicos. No en balde, la Universidad tiene un origen eclesiástico.

También podría hablarse de una urbanidad social: ¿no está por delante la ancianidad con respecto a la juventud y la niñez? ¿no es cortesía que un hombre ceda el asiento a una mujer? ¿no es urbanidad dejar la acera a la persona de más edad que la edad propia?¿no es delicadeza con los demás beber sin hacer ruidos? Los ejemplos son múltiples.

Hay una urbanidad de la piedad, que se refiere al modo de comportarse ante Dios y la Virgen y los santos, así como en un lugar sagrado.

Pudiera decirse que con la urbanidad se reprime la confianza. Pero no son incompatibles: la confianza no está reñida con los buenos modales. Los comportamientos maleducados no significan confianza.

 

 

Vacunar a los agricultores

“Si el campo era esencial antes también lo debe ser para la vacuna: Piden que se les incluya en el segundo turno de vacunaciones” leía el titular de una nota de Agronegocios el pasado día 21.

Diversas organizaciones agrarias capitaneadas por COAG Castilla y León, han pedido a las autoridades sanitarias que los agricultores y ganaderos sean también incluidos en el grupo de trabajadores esenciales, que según todos los indicios se vacunarán en un segundo turno tras el personal sanitario, mayores y personal de residencias.

Recuerda que los payeses no pararon ni un segundo en su labor de proveer de alimentos a toda la población española que permaneció en sus casas para eludir los contactos sociales y luchar así contra el coronavirus, por lo que resulta evidente que su función en el desarrollo de la sociedad es “incuestionable” y como tal debe ser también considerada por las autoridades sanitarias, según indicaba la organización agraria en un comunicado.

De hecho, recuerdan que en otros países que ya están vacunando a los agricultores y ganadores, como en Estados Unidos, donde engrosan el grupo de “trabajadores esenciales” con preferencia a la hora de ser vacunados.

Si durante el confinamiento algunos Presidente Autonómicos llegaron a señalar que “el campo ha demostrado una vez mas que es uno de los principales activos de la sociedad”. Y el mismo ministro de Agricultura Luis Planas, lo confirmaba también: “No me cansaré de decirlo, los agricultores y los ganaderos están demostrando un comportamiento extraordinario en unas circunstancias tremendamente difíciles”. Por tanto, ¿a qué esperamos?

Por todo ello, las organizaciones insisten en que “los payeses no pararon ni un segundo en su labor de proveer de alimentos a toda la población. No hubo desabastecimiento, no hubo desmayo, no hubo ninguna duda de que se trataba de sacar adelante un país”. Además, es bueno recordarlo también, en los ratos libres los agricultores y ganaderos ponían sus tractores a disposición de los ayuntamientos para desinfectar de coronavirus aquellas zonas que se consideraban más calientes en los potenciales contagios, por lo que reclaman el segundo turno para ser vacunados. Creo que lo merecen.

Jesús Domingo Martínez

 

 

Una Navidad encerrados en casa

Juan José Corazón

Belén napolitano del monasterio de San José y Santa Ana.

Todos o casi todos nos ilusionamos, cuando llegan estas fechas de alegría y fiestas de la Navidad, para poner en casa nuestro Belén y el pesebre que nos recuerda el lugar donde quiso nacer Jesús, el Hijo de Dios hecho Hombre.

Es verdad. Esta Navidad la vamos a pasar, probablemente, más encerrados en casa que nunca. Pero, tal vez podamos decidir en qué casa queremos quedarnos encerrados. Puede ser en nuestra propia casa -la de siempre, que ya la tenemos tan manida- pero también podemos aprovechar estas circunstancias para que nuestro encerramiento sea, no en nuestra propia casa, sino en la casa de Dios.

Allí, en aquel pesebre donde estuvo recostado Cristo niño, podemos pasar momentos muy agradables.

Si le miramos, a la vez que le miran María y José, seguramente en la penumbra de las luces navideñas que acompañan al Nacimiento, tal vez podemos ver un pequeño Niño que nos sonríe ante la vida a la que acaba de nacer.

 

Navidad 2020, alegría intocable

Dichosos tiempos aquellos en que la familia se reunía entera para celebrar la Nochebuena, el nacimiento de Cristo, nuestro Salvador. Ahora, con la dichosa “pandemia”, unida a la dispersión de miembros de la familia en tantos casos, muchas reuniones familiares quedan truncadas. Con todo, las circunstancias no pueden quitarnos la alegría por el nacimiento del Redentor. Aunque sea en la distancia, no dejaremos de comunicarnos y de sentirnos unidos; afortunadamente, existe el teléfono, el móvil y la tableta: reuniones “on line”; pero, al fin y al cabo, reuniones.

La alegría de los cristianos es intocable: la Humanidad estaba perdida por el pecado; pero Dios, el ofendido, se compadeció de nosotros y Él mismo tomó nuestra naturaleza para restaurarnos la gracia perdida. Llevamos la semilla del pecado; pero, también, un resorte espiritual que puede tirar de nosotros hacia arriba, llenarnos de esperanza en una vida que será plena y totalmente feliz en la vida eterna: entonces, la familia estará reunida para siempre, y sólo faltarán los que, voluntariamente, se hayan apartado de la senda recta.  Ha nacido Cristo, ha nacido Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios. Él es nuestra salvación, el motivo de nuestra esperanza. Nada ni nadie puede quitarnos la alegría, aunque pueda haber alguna añoranza. Navidad, tiempo para contemplar, amar y gozar mientras se cantan o escuchan sublimes villancicos: “Noche de Paz”, “Adestes fideles”…

Josefa Romo

 

 

No sería la primera vez

No sería la primera vez que el Consejo de Derechos Humanos de la ONU critica las leyes pro-vida de Estados Unidos.

Durante la última revisión en 2015, cuatro países criticaron la Enmienda Helms, una ley federal que prohíbe el uso de fondos estadounidenses para realizar abortos en el extranjero o para obligar a médicos en el extranjero a realizar un aborto.

Noruega, los Países Bajos, Bélgica y el Reino Unido pidieron al gobierno de los Estados Unidos que pague por un “aborto seguro” en casos de violación, incesto y cuando la vida de una madre está en peligro. Los países sugirieron que la administración Obama hiciera esto sin acudir al Congreso para cambiar o aclarar la enmienda Helms. Le dijeron a la administración Obama que simplemente diera una nueva interpretación a la enmienda Helms, para permitir que los fondos estadounidenses paguen el aborto en esos casos.

Se espera que la administración Trump rechace estas y otras recomendaciones similares. La administración copatrocinó la Declaración de Consenso de Ginebra a favor de la vida. La declaración internacional sobre la salud de la mujer y la protección de la familia afirma categóricamente que el aborto no es un derecho internacional y que no existe una obligación internacional de financiar el aborto.

Desde su retiro del Consejo, el gobierno de los Estados Unidos ya no tiene la capacidad de influir en las decisiones y resoluciones del Consejo. Pero continúa criticando a otros países durante el Examen Periódico Universal. También presenta su propio informe al consejo.

En el Examen Periódico Universal, cada país de la Asamblea General de la ONU presenta su historial de derechos humanos a los miembros más amplios de la ONU en el Consejo de Derechos Humanos. La rotación de los 193 estados miembros de la ONU dura aproximadamente cinco años. Esta será la tercera vez que Estados Unidos informa al Consejo de Derechos Humanos.

JD Mez Madrid

 

La enseñanza en España

La enseñanza en España tiene notables deficiencias, como destacan todo tipo de organismos y datos académicos. La concertada obtiene mejores resultados y, por ese motivo y porque los padres están en su derecho de que se eduque a sus hijos según estiman oportuno, hay un notable arraigo de este tipo de enseñanza. Y puesto que la enseñanza es un servicio público, que se financia con nuestros impuestos, los centros concertados tienen derecho a recibir fondos públicos, cumpliendo los requisitos legales básicos.

Si esto es tan evidente, llama la atención que escuchemos o leamos el argumento, a raíz de la polémica ‘ley Celaá’, de que quien quiera ir a un centro escolar privado, que se lo pague él, es decir que pague con sus impuestos los puestos escolares públicos y la enseñanza que él desea: nada de concertar la enseñanza.

Tan servicio público presta un centro concertado como uno estatal o autonómico. Sin embargo, los enemigos de la libertad y los que quieren imponer unas ideas desde la infancia esgrimen falsos argumentos para descalificar, orillar y castigar a la enseñanza concertada.

Se pueden contratar los servicios de agua o de basuras en una ciudad con una empresa privada, en vez de ser gestionados por el ayuntamiento, pero ahí los dictadores no tienen mayor interés, puesto que no están en juego las ideas o los valores al distribuir agua o recoger la basura.

Y así llegamos a la conclusión, que es clara, aunque voceros de todo tipo se empeñen en decirnos lo contrario: dictadores envueltos de apariencia democrática por haber salido elegidos en las urnas quieren imponer sus ideas a través del servicio público que es la enseñanza.

Ni siquiera admiten como argumento para respetar la enseñanza concertada que un puesto en la concertada cuesta a las arcas públicas la mitad que uno en la pública, como si nos sobrara el dinero.

Pedro García

 

 

Que los servicios públicos funcionen bien

Lo que deseamos todos es que los servicios públicos funcionen bien: tenemos derecho porque pagamos impuestos. El Estado está para servir con sus bienes e ingresos a los ciudadanos.

No obstante, hay diversas formas de prestar esos servicios públicos: por parte de los propios organismos públicos, aprobando convenios con entidades privadas, o concertando plazas. Además, quien pueda y quiera puede acogerse a entidades privadas que dan esos servicios, en vez de acudir a los servicios públicos a los que se tiene derecho. Por ejemplo, en materia sanitaria, en centros asistenciales o residencias de ancianos,  o en materia educativa.

Las residencias de ancianos son, en su mayoría, privadas, porque el Estado no llega a cubrir esa necesidad social, y conseguir una plaza en una residencia pública es una odisea. Hay residencias públicas con gestión pública, residencias públicas con gestión privada, residencias privadas y plazas públicas en residencias privadas.

Las deficiencias actuales en la atención sanitaria pública, con tardanzas imperdonables, está llevando a contratar muchos seguros privados, y de hecho hay un aumento en estos meses.

Son servicios públicos prestados de diversa manera, con notables carencias por parte del Estado para lo que algunos consideramos una cobertura mínima – por ejemplo, a los más necesitados económicamente -, puesto que tampoco hay que esperar que todo nos lo resuelva el Estado.

José Morales Martín

 

 

 

Los muertos por el virus chino y los otros 

                                Sobre “las cárceles y las muy abusivas prohibiciones que nos han puesto por ley los inútiles políticos actuales, que a pesar de ello, manejan el mundo”, se está demostrando que no controlan el virus chino, y que por el contrario, al paralizar la vida social y económica, están ocasionando mucho más daño que el propio virus, que como se dice más abajo y “tabulando muertos”; es simplemente una enfermedad más y la que hay que soportar, hasta que “el virus”, nos inmunice con nuestras propias defensas ya inoculadas y por tanto fortalecidas. “En todas las guerras hay muertos y heridos y esta, digan lo que digan, es una guerra más”. ¿Provocada por quién? De momento quieren que se mantenga el misterio, pero “el virus no nació espontáneo”. Nació en China y los chinos no han dado explicaciones suficientes de la expansión del mismo.

              MONTESQUIEU Y EL VIRUS CHINO: Lo que están haciendo los políticos bajo “la cortina de la pandemia”, ya lo denunció Montesquieu, hace cientos  de años, con esta sentencia: “NO EXISTE TIRANÍA PEOR QUE LA EJERCIDA A LA SOMBRA DE LAS LEYES CON APARIENCIA DE JUSTICIA”… “Y es por lo que los españoles aún seguimos en la cárcel que nos impusieron, para… “salvarnos la vida”; y aún siguen”.

            EL ALCOHOL MATA MUCHO MÁS QUE EL VIRUS CHINO: “Un nuevo estudio publicado en la revista médica británica Lancet determinó que el alcohol es una droga más peligrosa que el crack y la heroína, cuando se evalúan los daños al consumidor y a los demás en conjunto. Los científicos colocaron al alcohol como el más dañino en general y consideraron que es casi tres veces más dañino que la cocaína y el tabaco. La Organización Mundial de la Salud calcula que los riesgos asociados al alcohol provocan 2,5 millones de muertes por año a causa de enfermedades cardíacas y hepáticas, accidentes de tránsito, suicidios y cáncer. Los científicos evaluaron el daño según nueve criterios sobre el perjuicio al consumidor y siete criterios sobre el perjuicio a los demás. Luego se les otorgó un puntaje que iba hasta el cien, siendo cien la droga más peligrosa y cero la que no hacía ningún daño. Los científicos descubrieron que el alcohol era la más dañina, con un puntaje de 72, seguido por la heroína con 55 puntos y el crack con 54. La marihuana recibió 20 puntos. Les dejo la dirección que es>>>>>>>

http://www.democracynow.org/es/2010/11/1/titulares#12  donde pueden leerlo.

                        LOS MUERTOS POR EL VIRUS CHINO: En todo el mundo. El pasado 28 de septiembre la cantidad de muertes por la enfermedad llegó al triste hito del millón con América Latina y el Caribe a la cabeza. https://www.bbc.com/mundo/noticias-51705060 A la vista de ello, ¿Por qué tanto miedo y tanto abuso de los inútiles políticos que nos manejan y que no nos quieren dejar vivir?

                        Simplemente; ¡Han encontrado un arma muy útil para tener controlada a la masa de dominados, que con el miedo que han logrado meterles en el cuerpo, consiguen incluso que algunos vivan, ya aterrorizados; mientras ellos, toman medidas “a lo loco” y sin dar cuentas a nadie, nos controlan ya hasta “la hora de mear o cagar” y además presumen de que, “nos están salvando la vida”.

                        La astucia del indeseable presidente de gobierno, es de tal calibre, que ha logrado, pasarle el problema, a los imbéciles presidentes autonómicos, los que engreídos con “el nuevo poder que les han regalado”; cada uno hace y deshace según su capricho y así, aparte de mal gobernados, nos tienen ya “locos” con la infinidad de normas que en definitiva no solucionan nada, puesto que es evidente, que el “virus chino”, sigue matando a los que tiene que matar; los que se contaminan en general la inmensa mayoría lo superan; y esa realidad que es ya más que evidente, no la quieren ver los inútiles que nos manejan, que están destruyendo a España, mucho más que lo haría el “virus chino”, si lo dejaran circular de forma que no paralice, como ha paralizado, la vida social y económica, cosa que han hecho en otros países y allí mueren los que tienen que morir, o sea, como en cualquier guerra; y esto es una guerra, a la que falta ponerle nombre.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes