Las Noticias de hoy 21 Diciembre 2020

Enviado por adminideas el Lun, 21/12/2020 - 12:45

Un belén napolitano original valorado en más de 24.000 euros se subastará  en Madrid

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 21 de diciembre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Ángelus: Y nosotros, ¿qué “sí” podemos decir?

Ángelus: Pensamiento especial por los trabajadores marítimos

GENEROSIDAD Y ESPÍRITU DE SERVICIO: Francisco Fernandez Carbajal

“Hemos de ser humildes”: San Josemaria

Video: Mons. Ocáriz felicita la Navidad

Navidad 2020

La vida sin Dios: José Brage

Tiempo de Navidad: la luz de Belén: Juan Rego

Fe y científicos del siglo XX

¿Es posible ser una buena persona sin creer en Dios?

Nuestra estrella es Cristo: Ernesto Juliá

La Navidad es la celebración del mayor acontecimiento histórico: Jorge Espinosa Cano.

Fratelli Tutti (VII). Sacar al “ángel cautivo”: José Martínez.

 Adviento en pandemia: Mario Arroyo.

La hecatombe de la bipolaridad social: Ana Teresa López de Llergo

Hijos de padres separados: Lucía Legorreta

La lección de la inocencia: Acción Familia

Jornadas 2020 por la vida : Josefa Romo

A cuenta de la eutanasia  : María Arranz 

La gratuidad de la enseñanza pública: Domingo Martínez Madrid

La Ley de Eutanasia: Jesús Martínez Madrid

LOTERÍA: El gran engaño y no el gran día: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

Ángelus: Y nosotros, ¿qué “sí” podemos decir?

Palabras antes de la oración mariana

DICIEMBRE 20, 2020 12:47RAQUEL ANILLOANGELUS

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(zenit – 20 dic. 2020).-  “Hágase en mí según tu palabra”. Es la última frase de la Virgen en este último domingo de Adviento, y es la invitación a dar un paso concreto hacia la Navidad. Porque si el nacimiento de Jesús no toca la vida nuestra, la tuya, la mía, la de todos, pasa en vano. Son palabras del Papa en el Ángelus de este último domingo de Adviento.

A continuación, siguen las palabras de Francisco en el Ángelus, según la traducción oficial ofrecida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

***

Palabras antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este cuarto y último domingo de Adviento, el Evangelio nos propone una vez más la historia de la Anunciación. “Alégrate- dice el ángel a María- concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Lc 1, 28. 31).

Parece un anuncio de alegría pura, destinado a hacer feliz a la Virgen: ¿Quién entre las mujeres de esa época no soñaba con convertirse en la madre del Mesías? Pero, junto con la alegría, esas palabras predicen a María una gran prueba. ¿Por qué? Porque en aquel momento estaba “desposada” (v. 27) con José.

En una situación como esa, la Ley de Moisés establecía que no debía haber relación ni cohabitación. Por lo tanto, si tenía un hijo, María habría transgredido la Ley, y las penas para las mujeres eran terribles: se preveía la lapidación (cf. Dt 22, 20-21).

 

Ciertamente el mensaje divino habrá colmado el corazón de María de luz y fuerza; sin embargo, se encontró ante una decisión crucial: decir “sí” a Dios, arriesgándolo todo, incluso su vida, o declinar la invitación y seguir con su camino ordinario.

¿Qué hace? Responde así: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Hágase: este es el famoso fiat tde María. Pero en la lengua en que está escrito el Evangelio, no es simplemente un “suceda”.

La expresión verbal indica un fuerte deseo, indica la voluntad de que algo se cumpla. En otras palabras, María no dice: “Si tiene que hacerse, que se haga.., si no puede ser de otra manera…».No es resignación.

No, no expresa una aceptación débil y sometida, expresa un deseo fuerte, un deseo vivo. No es pasiva, sino activa. No sufre a Dios, se adhiere a Dios. Es una enamorada dispuesta a servir a su Señor en todo e inmediatamente.

Podría haber pedido más tiempo para pensarlo, o más explicaciones sobre lo que pasaría; quizás podría haber puesto algunas condiciones… En cambio, no se toma tiempo, no hace esperar a Dios, no aplaza.

¡Cuántas veces – ahora pensemos en nosotros- cuántas veces nuestra vida está hecha de aplazamientos, incluso nuestra vida espiritual! Por ejemplo: sé que me hace bien rezar, pero hoy no tengo tiempo… “mañana, mañana, mañana, mañana…” Aplazamos las cosas: mañana lo hago; sé que ayudar a alguien es importante – sí, tengo que hacerlo, lo haré mañana- Es la misma cadena de los mañana…Aplazar las cosas.

Hoy, a las puertas de la Navidad, María nos invita a no aplazar, a decir “sí”.  “¿Tengo que rezar?”, “Sí, y rezo”. “¿Tengo que ayudar a los demás?”. “Sí”. ¿Cómo hacerlo? Lo hago. Sin aplazar. Cada “sí” cuesta. Cada “sí” cuesta pero siempre es menos de lo que le costó a ella ese “sí” valiente, ese “sí”, decidido, ese “hágase en mí según tu palabra” que nos trajo la salvación.

Y nosotros ¿qué “sí” podemos decir? En estos tiempos difíciles, en lugar de quejarnos de lo que la pandemia nos impide hacer, hagamos algo por los que tienen menos: no el enésimo regalo para nosotros y nuestros amigos, sino para una persona necesitada en la que nadie piensa.

Y otro consejo: para que Jesús nazca en nosotros, preparemos el corazón: vayamos a rezar. No nos dejemos “arrastrar” por el consumismo: “Tengo que comprar los regalos, tengo que hacer esto y lo otro…” Ese frenesí por hacer tantas cosas… lo importante es Jesús.

El consumismo, hermanos y hermanas, nos ha secuestrado la Navidad. No hay consumismo en el pesebre de Belén: allí está la realidad, la pobreza, el amor. Preparemos el corazón como hizo María: libre del mal, acogedor, dispuesto a acoger a Dios

“Hágase en mí según tu palabra”. Es la última frase de la Virgen en este último domingo de Adviento, y es la invitación a dar un paso concreto hacia la Navidad. Porque si el nacimiento de Jesús no toca nuestra vida, -la mía, la tuya, la de todos- si no toca la vida pasa en vano. En el Ángelus también nosotros diremos ahora: «Hágase en mí según tu palabra«: que la Virgen nos ayude a decirlo con nuestra vida, con la actitud de estos últimos días para prepararnos bien a la Navidad.

 

Ángelus: Pensamiento especial por los trabajadores marítimos

Palabras después del Ángelus

DICIEMBRE 20, 2020 16:08RAQUEL ANILLOANGELUS

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(zenit – 13 dic. 2020).- Después de la oración del Ángelus de este domingo 20 de diciembre de 2020, el Papa ha saludado a los peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro. Ha recordado a los trabajadores marítimos bloqueados en las naves que no pueden regresara sus casas.

Invitando a visitar los belenes expuestos bajo la columnata.

A continuación, siguen las palabras de Francisco, según la traducción oficial ofrecida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

Palabras después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, la pandemia del coronavirus ha causado un pesar especial a los trabajadores marítimos. Muchos de ellos – se estima que unos cuatrocientos mil en todo el mundo – están bloqueados en las naves fuera de los términos de sus contratos y no pueden regresar a casa. Pido a la Virgen María, Stella Maris, que consuele a estas personas y a todos aquellos en situaciones difíciles, e insto a los gobiernos a hacer todo lo posible para que puedan volver a estar con sus seres queridos.

Este año los organizadores han tenido la buena idea de montar la exposición “Cien belenes” bajo la columnata. Son muchos los belenes que sirven como catequesis de la fe al pueblo de Dios. Os invito a visitar los nacimientos bajo la columnata, para entender cómo la gente procura a través del arte mostrar cómo nació Jesús. Los belenes que están bajo la columnata son una gran catequesis de nuestra fe.

Os saludo a todos, romanos y peregrinos de varios países, familias, grupos parroquiales, asociaciones y fieles. La Navidad, que ya está cerca, sea para cada uno ocasión de renovación interior, de oración, de conversión, de pasos adelante en la fe y de fraternidad entre nosotros.

Miremos a nuestro alrededor, miremos sobre todo a los indigentes: el hermano que sufre, dondequiera que esté, nos pertenece. Es Jesús en el pesebre: el que sufre es Jesús. Pensemos un poco en esto.

Y que la Navidad sea una cercanía a Jesús en este hermano y en esta hermana. Está allí, en el hermano necesitado, el pesebre al que tenemos que ir con solidaridad. Este es el belén viviente: el belén en el que realmente encontraremos al Redentor en las personas de los necesitados. Caminemos, pues, hacia la Noche Santa y esperemos el cumplimiento del misterio de la Salvación.

Os deseo a todos un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí.

¡Buen almuerzo y hasta pronto!

 

GENEROSIDAD Y ESPÍRITU DE SERVICIO

— Generosidad y espíritu de servicio de María.

— Hemos de imitar a la Virgen. Detalles de generosidad y de servicio con los demás.

— El premio a la generosidad.

I. Por aquellos días, María se levantó, y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel1.

La Virgen se da del todo a lo que Dios le pide. En un momento sus planes personales –los tendría– quedan en un rincón para hacer lo que Dios le propone. No puso excusas. Desde el primer momento, Jesús es el ideal único y grandioso para el que vive.

Nuestra Señora manifestó una generosidad sin límites a lo largo de toda su existencia aquí en la tierra. De los pocos pasajes del Evangelio que se refieren a su vida, dos de ellos nos hablan directamente de su atención a los demás: fue generosa con su tiempo para atender a su prima Santa Isabel hasta que nació Juan2; estuvo preocupada por el bienestar de los demás, como nos muestra su intervención en las bodas de Caná3. Fueron actitudes habituales en Ella. Mucho tendrían que decirnos sus paisanos de Nazaret de los incontables detalles de María con ellos en la convivencia diaria.

La Virgen no piensa en sí misma, sino en los demás. Trabaja en las faenas de la casa con la mayor sencillez y con mucha alegría; también con gran recogimiento interior, porque sabe que el Señor está en Ella. Todo queda santificado en la casa de Isabel por la presencia de la Virgen y del Niño que va en su seno.

En María comprobamos que la generosidad es la virtud de las almas grandes, que saben encontrar la mejor retribución en el haber dado: habéis recibido gratis, dad gratis4. La persona generosa sabe dar cariño, comprensión, ayudas materiales..., y no exige que la quieran, la comprendan, la ayuden. Da, y se olvida de que ha dado. Ahí está toda su riqueza. Ha comprendido que es mejor dar que recibir5. Descubre que amar «es esencialmente entregarse a los demás. Lejos de ser una inclinación instintiva, el amor es una decisión consciente de la voluntad de ir hacia los otros. Para poder amar de verdad conviene desprenderse de todas las cosas y, sobre todo, de uno mismo, dar gratuitamente... Esta desposesión de uno mismo (...) es fuente de equilibrio. Es el secreto de la felicidad»6.

El dar ensancha el corazón y lo hace más joven, con más capacidad de amar. El egoísmo empobrece, hace el propio horizonte más pequeño. Cuanto más damos, más nos enriquecemos.

A la Virgen le suplicamos hoy que nos enseñe a ser generosos, en primer lugar con Dios, y luego con los demás, con quienes conviven o trabajan junto a nosotros, con quienes nos encontramos en las diversas circunstancias de la vida. Que sepamos darnos en el servicio a los demás, en la vida ordinaria de cada día.

II. Si sentimos que a pesar de nuestra lucha, aún nos puede el egoísmo, miremos hoy a la Virgen para imitarla en su generosidad y poder sentir la alegría de darnos y de dar. Necesitamos entender mejor que la generosidad enriquece y agranda el corazón y la posibilidad de recibir; el egoísmo, por el contrario, es como un veneno que destruye, con lentitud a veces y siempre con seguridad.

Junto a María percibimos que Dios nos ha hecho para la entrega, y que cada vez que nos «reservamos» para nuestros planes y para nuestras cosas, a espaldas de Él, morimos un poco. «El Reino de Dios no tiene precio, y sin embargo cuesta exactamente lo que tengas (...). A Pedro y a Andrés les costó el abandono de una barca y de unas redes; a la viuda le costó dos moneditas de plata...»7. Todo lo que tenían, como en nuestro caso.

Lo «nuestro» se salva precisamente cuando lo entregamos. «Tu barca –tus talentos, tus aspiraciones, tus logros– no vale para nada, a no ser que la dejes a disposición de Jesucristo, que permitas que Él pueda entrar ahí con libertad, que no la conviertas en un ídolo. Tú solo, con tu barca, si prescindes del Maestro, sobrenaturalmente hablando, marchas derecho al naufragio. Únicamente si admites, si buscas, la presencia y el gobierno del Señor, estarás a salvo de las tempestades y de los reveses de la vida. Pon todo en las manos de Dios: que tus pensamientos, las buenas aventuras de tu imaginación, tus ambiciones humanas nobles, tus amores limpios, pasen por el corazón de Cristo. De otro modo, tarde o temprano, se irán a pique con tu egoísmo»8.

Cada uno, donde y como Dios le llame, ha de hacer como aquella mujer de Betania que muestra su gran amor por el Señor rompiendo un frasco de nardo puro de gran precio9. Es la muestra exterior de su gran amor por el Señor. Esta mujer no quiere reservarse nada, ni para sí, ni para nadie. Es un gesto de entrega sin reservas, de amistad, de ternura profunda por Cristo. La casa se llenó de la fragancia del perfume. De nosotros también quedarán las muestras de amor y entrega a Cristo. Solo eso. Lo demás se irá perdiendo y pasará como agua de río.

La generosidad con Dios se ha de manifestar en la generosidad con los demás: lo que hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis10.

Es propio de la generosidad saber olvidar con prontitud los pequeños agravios que se pueden producir durante la convivencia diaria; sonreír y hacer la vida más amable a los demás, aunque se estén padeciendo contradicciones; juzgar con medida ancha y comprensiva a los demás; adelantarse en los servicios menos agradables del trabajo y de la convivencia; aceptar a los demás como son, sin estar excesivamente pendientes de sus defectos; un pequeño elogio, con el que, en ocasiones, podemos hacer mucho bien; dar un tono positivo a nuestra conversación y, si es el caso, a alguna posible corrección que debamos hacer; evitar la crítica negativa, frecuentemente inútil e injusta; abrir horizontes –humanos y sobrenaturales– a nuestros amigos, etc. Sobre todo, hay que facilitar el camino a quienes nos rodean para que se acerquen más a Cristo. Es lo mejor que podemos dar.

Todos los días tenemos un tesoro para distribuir. Si no lo damos, lo perdemos; si lo repartimos, el Señor lo multiplica. Si estamos atentos, si contemplamos su vida, Él nos descubrirá ocasiones de servir voluntariamente donde, quizá, pocos quieran hacerlo. Como Jesús en la Última Cena, que lavó los pies a sus discípulos11, no nos detendremos ante los trabajos más molestos, que son con frecuencia los más necesarios, y cargaremos con las ocupaciones menos gratas. Aprenderemos que las ocasiones de servir se hacen realidad con sacrificio, como fruto de una actitud interior de abnegación y de renuncia; nos daremos cuenta de que para encontrar estas oportunidades de servicio es necesario buscarlas: pensando en el modo de ser de quienes conviven o trabajan con nosotros, en aquello que necesitan, en qué podemos serles útiles. El egoísta, que pasa el día lejos de Dios, solo se da cuenta de sus propias necesidades y de sus caprichos.

La Virgen no solo fue generosa con Dios en grado sumo, sino también con todas aquellas personas con las que se encontró en su vida terrena. También de Ella se puede decir que pasó haciendo el bien12. Lo mismo deberían decir de cada uno de nosotros.

III. El Señor recompensa aquí, y luego en el Cielo, nuestras muestras, siempre pobres, de generosidad. Pero siempre colmando la medida. «Es tan agradecido, que un alzar los ojos con acordarnos de Él no deja sin premio»13.

En la Sagrada Escritura encontramos múltiples testimonios de la generosidad sobrenatural de Dios en relación a la generosidad del hombre. La viuda de Sarepta dio un puñado de harina... y un poco de aceite14 y recibe harina y aceite inagotables. La viuda del Templo echa dos monedas pequeñas, y Jesús comenta: ha echado en el cepillo más que nadie15. El siervo que procuró hacer rendir los talentos recibidos, oirá de boca del Señor: Puesto que has sido fiel en lo poco, recibirás el gobierno de diez ciudades16.

Un día Pedro le dijo: Ya ves que nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido. Y Jesús le contestó: En verdad os digo que ninguno que haya dejado casa, mujer, hermanos, padres o hijos por amor al reino de Dios, dejará de recibir mucho más en este siglo y la vida eterna en el venidero17.

Quien tiene en cuenta hasta la más pequeña de nuestras oraciones, ¿cómo podrá olvidar la fidelidad de un día tras otro? Quien multiplicó panes y peces por una multitud que le sigue unos días, ¡qué no hará por los que hayan dejado todo para seguirle siempre! Si estos necesitaran un día una gracia especial para seguir adelante, ¿cómo podrá negarse Jesús? Él es buen pagador.

El Señor da el ciento por uno por cada cosa dejada por su amor. Además, quien sigue a Jesús así, no solo se está enriqueciendo cien veces en esta vida, sino que está predestinado. Al final oirá la voz de Jesús a quien ha servido a lo largo de su vida: Ven, bendito de mi Padre, al cielo que te tenía prometido18. Oír estas palabras de bienvenida a la eternidad ya habría compensado la generosidad. Se entra en la eternidad de la mano de Jesús y de María.

1 Evangelio de la Misa, Lc 1, 39-40. — 2 Lc 1, 31. — 3 Jn 2, 1 ss. — 4 Mt 10, 8.  5 Hech 20, 35. — 6 Juan Pablo II, Alocución, 1-VI-1980. — 7 San Gregorio Magno, Hom. 5 sobre los Evangelios. — 8 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 21. — 9 Jn 12, 3. — 10 Mt 25, 40. — 11 Cfr. Jn 13, 4-17. — 12 Hech 10, 38. — 13 Santa Teresa, Camino de perfección, 23, 3. — 14 1 Re 17, 10 ss. — 15 Mc 12, 38. — 16 Lc 19, 16-17. — 17 Lc 18, 28-30. — 18 Cfr. Mt 25, 34.

 

 

“Hemos de ser humildes”

Tú has de obedecer —o has de mandar— poniendo siempre mucho amor (Forja, 629).

21 de diciembre

Pertransiit benefaciendo. ¿Qué hizo Jesucristo para derramar tanto bien, y sólo bien, por donde quiera que pasó? Los Santos Evangelios nos han transmitido otra biografía de Jesús, resumida en tres palabras latinas, que nos da la respuesta: erat subditus illis, obedecía. Hoy que el ambiente está colmado de desobediencia, de murmuración, de desunión, hemos de estimar especialmente la obediencia.

Soy muy amigo de la libertad, y precisamente por eso quiero tanto esa virtud cristiana. Debemos sentirnos hijos de Dios, y vivir con la ilusión de cumplir la voluntad de nuestro Padre. Realizar las cosas según el querer de Dios, porque nos da la gana, que es la razón más sobrenatural.

El espíritu del Opus Dei, que he procurado practicar y enseñar desde hace más de treinta y cinco años, me ha hecho comprender y amar la libertad personal. Cuando Dios Nuestro Señor concede a los hombres su gracia, cuando les llama con una vocación específica, es como si les tendiera una mano, una mano paterna llena de fortaleza, repleta sobre todo de amor, porque nos busca uno a uno, como hijas e hijos suyos, y porque conoce nuestra debilidad. Espera el Señor que hagamos el esfuerzo de coger su mano, esa mano que El nos acerca: Dios nos pide un esfuerzo, prueba de nuestra libertad. Y para saber llevarlo a cabo, hemos de ser humildes, hemos de sentirnos hijos pequeños y amar la obediencia bendita con la que respondemos a la bendita paternidad de Dios. (Es Cristo que pasa, 17)

 

 

Video: Mons. Ocáriz felicita la Navidad

“Que nuestra entrega sea un intento de imitar al Señor, especialmente ahora en Navidad, entregándonos a los demás, sirviendo a los demás”. Palabras del prelado del Opus Dei con ocasión de la Navidad 2020.

 

Navidad 2020

Vídeos, audios y textos para meditar sobre la Navidad, y felicitación navideña de Mons. Fernando Ocáriz.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA21/12/2020

​El Papa Francisco besa al Niño Jesús.

Recursos para vivir la Navidad
1. Vídeos sobre la Navidad
2. Textos del Papa, San Josemaría y Mons. Fernando Ocáriz sobre la Navidad
3. Textos para meditar sobre la Navidad
4. Villancicos para disfrutar durante las navidades
5. Preguntas, respuestas y artículos de interés sobre la Navidad
6. Audios para rezar en Navidad


Vídeos sobre la Navidad

• El Niño Jesús de San Josemaría: Siendo un joven sacerdote, San Josemaría tenía devoción a una talla del Niño Jesús: le mecía, le cantaba y bailaba con él. “Me gusta verte chiquitín –le decía– para hacerme la ilusión de que me necesitas”.

 

• El belén que puso Dios: El Papa Francisco anima a los cristianos a mantener la costumbre de poner un belén en cada casa para celebrar la Navidad.

 

• “Aquí Pasó” (5): Navidad.

 

• Prelado del Opus Dei (2020): “Que nuestra entrega sea un intento de imitar al Señor, especialmente ahora en Navidad, entregándonos a los demás, sirviendo a los demás”.

 


Textos del Papa, San Josemaría y Mons. Fernando Ocáriz sobre la Navidad

• «El hermoso signo del pesebre»: Carta apostólica del Papa Francisco sobre el significado y el valor del belén.

• Cuatro consejos del Papa Francisco para vivir mejor la Navidad.

 

Cuatro consejos del Papa Francisco para vivir mejor la Navidad.

 

 Felicitación navideña del prelado (2020): Jesús Niño nos llama a vivir con un corazón libre, desprendido de las cosas de esta tierra, que sabe descubrir lo verdaderamente importante.

• El Nacimiento de Jesús: texto y audios de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio.

 Rezar ante el belén como un personaje más: textos de san Josemaría para contemplar el nacimiento de Jesús (disponible en PDF, ePub y Mobi).

• Venite adoremus: Libro electrónico de Mons. Echevarría sobre la Navidad, que recoge fragmentos de las cartas que entre 2006 y 2016 escribió a los fieles del Opus Dei.

• Libro electrónico: “Homilías de Navidad de Benedicto XVI”: Descargar ePub - Descargar Mobi y “Homilías de Benedicto XVI sobre la Epifanía”: Descargar ePub - Descargar Mobi


 

Textos para meditar sobre la Navidad

• El Belén perenne del Sagrario (texto y audio): en este artículo de Guillaume Derville se recuerda que los Magos llevaron oro, incienso y mirra. ¿Y qué llevamos nosotros al Niño Jesús?: El trabajo de todas las actividades humanas.

 La puerta de la humildad: “Venid a mí, que soy manso y humilde de corazón”. Dios se ha hecho pequeño, para que podamos ser grandes, con la grandeza verdadera: la humildad de corazón.

• Un tierno silencio de Navidad: artículo de Guillaume Derville.

• Tiempo de Navidad: la luz de Belén: editorial de la serie Año Litúrgico, contenido en el libro «El tiempo de una presencia».

• Vida de María (VII): El nacimiento de Jesús.


Villancicos para disfrutar durante las navidades

• Navidad en 22 villancicos: Audios de varios villancicos y documento con letras de canciones navideñas populares.

• Villancicos del mundo (nuestra lista de Spotify).

• Letras de Navidad (también en PDF): Luis Ramoneda, filólogo, escritor, poeta y crítico literario, ha seleccionado varios textos literarios navideños.

• Érase una vez... otra nueva Navidad... Relatos y poemas de Navidad de autores noveles y escritores consagrados en una sencilla publicación.


Preguntas, respuestas y artículos de interés sobre la Navidad

• ¿Qué pasó en Belén?: Preguntas y respuestas de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra sobre la historicidad y la doctrina de los acontecimientos que celebramos en Navidad.

• ¿Cuál es el origen de nuestras tradiciones navideñas?

• ¿Por qué se celebra la Navidad? ¿Jesucristo nació un 25 de diciembre? ¿Cómo sucedió? ¿Los Reyes Magos existieron? Aquí tienes la respuesta a algunas de las preguntas más habituales sobre la Navidad.

• La Encarnación: Es la demostración por excelencia del Amor de Dios hacia los hombres, pues la Segunda Persona de la Santísima Trinidad —Dios— se hace partícipe de la naturaleza humana en unidad de persona.


 

Audios para rezar en Navidad

• El Nacimiento de Jesús: capítulo II del Evangelio de San Lucas que narra el Nacimiento de Jesús (editado por la Fundación Maiestas).

 

• Homilía de Navidad “El triunfo de Cristo en la humildad” (texto y audio), pronunciada por san Josemaría, fundador del Opus Dei, el 24 de diciembre de 1963, y publicada en “Es Cristo que pasa”.

 

• Prelado del Opus Dei (2020)“Que nuestra entrega sea un intento de imitar al Señor, especialmente ahora en Navidad, entregándonos a los demás, sirviendo a los demás”.

La vida sin Dios

Dios es un Padre amoroso que creó al hombre para alcanzar la felicidad. Pero el hombre desobedeció y se prefirió a sí mismo antes que al Amor de Dios.

LA LUZ DE LA FE31/05/2018

El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica comienza con esta pregunta: «¿Cuál es el designio de Dios para el hombre?» Y responde: «Dios, infinitamente bienaventurado y perfecto en sí mismo, en un designio de pura bondad, ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida Bienaventurada»[1]. Es decir, Dios ha creado al hombre para que sea feliz, y el camino para lograrlo es estar con Él (cfr. Mc 3,13), participar de su vida bienaventurada. A esa dicha se dirigen todas las enseñanzas de Jesús: «Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud» (Jn 15,11). Dios Padre, como todos los padres del mundo, lo que quiere de sus hijos es que sean felices.

EL DESIGNIO DE AMOR PLENO DIOS ESTÁ INSCRITO EN LO MÁS ÍNTIMO DE NUESTRO SER: EL HOMBRE BUSCA, DESEA Y PERSIGUE LA FELICIDAD EN TODO SU OBRAR

Este designio de Dios, anhelo de amor pleno, está inscrito en lo más íntimo de nuestro ser: el hombre busca, desea y persigue la felicidad en todo su obrar y, especialmente, en todos sus deseos y amores. Hace ya veintitrés siglos que Aristóteles se dio cuenta de esto, y escribió, en el primer capítulo de su Ética a Nicómaco, que todos los hombres estamos de acuerdo en que la felicidad es el bien supremo, en vistas al cual elegimos todos los demás bienes (salud, éxito, honor, dinero, placeres, etc.)[2].

La realidad

En teoría, cualquiera sabe esto, y podría decir: «yo, lo que quiero, es ser feliz». Y sin embargo algo falla, porque con frecuencia el hombre no consigue alcanzar la felicidad. Quizás hemos tenido la experiencia de mirar las caras de la gente a nuestro alrededor durante un viaje en metro o autobús y hemos podido descubrir rostros marcados por la tristeza, la angustia y el dolor. «Los hombres mueren y no son felices», sentenciaba con cierto pesimismo un escritor ateo del siglo XX. Y puede que nos hayamos preguntado interiormente: «Señor, ¿qué pasa?».

El plan de la Creación incluía nuestra felicidad, pero algo falló. No siempre conseguimos ser felices y, a menudo, quizás por eso mismo, tampoco logramos hacer felices a los demás. Es más, no raramente causamos sufrimientos unos a otros, actuando de una manera cruel y perversa. Con frecuencia, hemos de decir: «Señor, ¡ten piedad de tu pueblo! Señor, ¡perdón por tanta crueldad!»[3], como rezaba el papa Francisco durante la visita a Auschwitz-Birkenau en la Jornada Mundial de la Juventud de 2016. Más tarde, esa misma noche, al dirigirse a la multitud desde la ventana del arzobispado, añadió: «He estado en Auschwitz, en Birkeanu. ¡Cuánto dolor, cuánta crueldad! Pero, ¿es posible que nosotros los hombres, creados a semejanza de Dios, seamos capaces de hacer estas cosas?».

¿Qué pasa? ¿Por qué tanta gente no es feliz? ¿Por qué realidades que prometen tanta felicidad –la amistad, los lazos familiares, las relaciones sociales, las cosas creadas- son a veces fuente de tanta insatisfacción, amargura y tristeza? ¿Cómo es posible que los hombres seamos capaces de producir tanto daño? Las respuestas a estas punzantes y dolorosas preguntas se concentran en una palabra: el pecado.

Enemigo de la felicidad

Etimológicamente, la palabra «pecado» viene del latín peccatum, que significa: «delito, falta o acción culpable». En griego, la lengua del Nuevo Testamento, «pecado» se dice hamartia, que significa: «fallo de la meta, no dar en el blanco», y se aplicaba especialmente al guerrero que fallara el blanco con su lanza. Por último, en hebreo la palabra común para «pecado» es jattáʼth, que también significa errar en el sentido de no alcanzar una meta, camino, objetivo o blanco exacto.

EL PLAN DE LA CREACIÓN INCLUÍA NUESTRA FELICIDAD, PERO 'ALGO' FALLÓ

Así pues, un primer sentido del pecado es errar el blanco. Lanzamos una flecha dirigida a la felicidad, pero fallamos el tiro. En este sentido el pecado es un error, una trágica equivocación y, a la vez, un engaño: buscamos la felicidad donde no está (como la fama o el poder), tropezamos en nuestro camino hacia ella (por ejemplo, acumulando bienes superfluos que ciegan nuestro corazón a las necesidades de los demás) o, peor aún, confundimos nuestro anhelo de felicidad con otro amor (como el caso de un amor infiel). Pero siempre, detrás del pecado está la búsqueda de un bien –real o aparente- que pensamos que nos hará felices. No comprenderemos el pecado mientras no sepamos detectar el anhelo de felicidad insatisfecho que lo genera. Como advirtió Nuestro Señor: «Del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez» (Mc 7,21-22). A veces, un deseo vehemente de algo que es pecado procede de una carencia en el deseo fundamental de amor, que provoca angustia y tristeza, y que se piensa –erróneamente- resolver de ese modo. Por ejemplo, quien se siente poco querido y carece de vínculos afectivos firmes, ya sea con Dios, la propia familia o los amigos, fácilmente reaccionará con desconfianza y agresividad, incluso con injusticia, ante las pretensiones ajenas, para protegerse y asegurarse; o buscará un sucedáneo de ese amor en las relaciones de usar y tirar, el placer o las cosas materiales.

Solo el amor de Dios sacia[4]. Benedicto XVI lo expresó así: «La felicidad es algo que todos quieren, pero una de las mayores tragedias de este mundo es que muchísima gente jamás la encuentra, porque la busca en lugares equivocados. La clave para esto es muy sencilla: la verdadera felicidad se encuentra sólo en Dios. Necesitamos tener el valor de poner nuestras esperanzas más profundas solamente en Dios, no en el dinero, la carrera, el éxito o en nuestras relaciones personales sino en Dios. Sólo Él puede satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón»[5]. En cambio, cuando nos olvidamos de Él, es fácil que aparezcan la frustración, la tristeza y la desesperación, consecuencias de un corazón insatisfecho. Por eso, resulta lleno de sentido el consejo de san Josemaría: «No olvides, hijo, que para ti en la tierra sólo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado»[6].

Ofensa a Dios, Padre amoroso

El Compendio del Catecismo define el pecado como «una ofensa a Dios, a quien desobedecemos en vez de responder a su amor»[7]. Mucha gente sin embargo se plantea: «¿De verdad que a Dios le importa o le afecta lo que yo hago, incluso lo que yo pienso? ¿Cómo puedo yo hacer daño a Dios? ¿Acaso puede Dios sufrir, padecer? ¿Cómo puedo yo ofender a Dios, que es absolutamente trascendente?».

EN GRIEGO, LA PALABRA «PECADO» SE DICE HAMARTIA, QUE SIGNIFICA: «FALLO DE LA META, NO DAR EN EL BLANCO»

Si por ofensa entendemos causar un daño, evidentemente a Dios no le puede ofender nada de lo que hagamos. Nada de lo que yo haga daña a Dios. Pero Dios es Amor, es un Padre lleno de amor por sus hijos, y puede compadecerse de nosotros. Más aún, Dios se ha hecho uno de los nuestros, para tomar sobre sí nuestros pecados y redimirnos. Lo explicaba Benedicto XVI en su segunda encíclica: «Bernardo de Claraval acuñó la maravillosa expresión: Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis. Dios no puede padecer, pero puede compadecer. El hombre tiene un valor tan grande para Dios que se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús. Por eso, en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor participado de Dios»[8]. San Pablo empleará una frase fuerte para referirse al misterio de Cristo: «al que no conocía el pecado, [Dios] lo hizo pecado en favor nuestro» (2 Cor 5,21).

En cierto modo, Dios sufre con nuestro pecado porque nos hace daño a nosotros. Él no es un ser caprichoso que convierte en pecado acciones de suyo indiferentes, y las prohíbe para que le demostremos nuestra obediencia evitándolas, sino un Padre amoroso que nos indica aquello que nos puede hacer daño e impedir la felicidad a la que estamos llamados. Sus mandamientos se podrían comparar a un manual de instrucciones del hombre –conviene tener en cuenta que el contenido de este manual ha sido inscrito de algún modo en la naturaleza creada del hombre, y se dirige espontáneamente a su conciencia, sin necesidad de abrir las páginas del manual– para alcanzar la felicidad propia y no estorbar la ajena.

El pecado lesiona el amor que Dios nos tiene, ese amor que quiere hacernos felices. De algún modo, cuando pecamos, es como si Dios se lamentara entre lágrimas: «¿Pero qué haces, hijo mío? ¿No te das cuenta de que eso te hace daño, a ti y a mis otros hijos? ¡No lo hagas! ¡No te engañes! ¡Mira que ahí no encuentras lo que añoras, la felicidad, sino todo lo contrario! ¡Hazme caso!». Es en este sentido que se dice que el pecado es «una ofensa a Dios, a quien desobedecemos en vez de responder a su amor»[9]. Ofendemos su amor, lo ponemos en entredicho con nuestras obras pecaminosas.

Conviene añadir que Dios nunca se enfada con nosotros. Nunca toma represalias, ni siquiera cuando pecamos. En esos momentos, es como si estuviera sufriendo con nosotros y por nosotros en Cristo. Decía Clemente de Alejandría que, «en su gran amor por la humanidad, Dios va tras el hombre como la madre vuela sobre el pajarillo cuando éste cae del nido; y si la serpiente lo está devorando la madre revolotea alrededor gimiendo por sus polluelos (cfr. Deut 32,11). Así Dios busca paternalmente a la criatura, la cura de su caída, persigue a la bestia salvaje y recoge al hijo, animándole a volver, a volar hacia el nido»[10]. ¡Así es Dios!

NO COMPRENDEREMOS EL PECADO MIENTRAS NO SEPAMOS DETECTAR EL ANHELO DE FELICIDAD INSATISFECHO QUE LO GENERA

Dios está como el padre de la parábola del hijo pródigo, oteando el horizonte por si ve regresar al hijo pecador (cfr. Lc 15,11-19). El pecado nos aleja de Dios. Pero eso no es verdad por parte de Dios, sino por parte nuestra. Son abundantes los pasajes del Evangelio en los que Jesucristo busca el trato con los pecadores, y los defiende ante los ataques de los escribas y fariseos. Dios no se aleja de nosotros, no deja de amarnos. La distancia se crea en nuestro corazón, de la piel hacia dentro. Pero Dios sigue pegado a nosotros. Somos nosotros los que nos cerramos a su amor. Y basta un paso por nuestra parte para que su misericordia entre en nuestras almas. «Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos» (Lc 15,20). El pecado es el enemigo número uno de la felicidad, pero tiene poco poder ante la misericordia de Dios: «Todos somos pecadores. Pero él nos ama, nos ama»[11]. Esa es nuestra esperanza.

Atentado a la solidaridad humana

Después de hablar de la ofensa a Dios, el Compendio añade que el pecado, todo pecado, «hiere la naturaleza del hombre y atenta a la solidaridad humana»[12]. En realidad, ambos elementos están unidos, pues el hombre es social por naturaleza. Pero fijémonos en la segunda parte: atenta a la solidaridad humana. Ante esta afirmación algunos se cuestionan: «¿Por qué es malo el pecado personal si no incumbe a otras personas, si no hago daño a nadie?». En realidad, ya hemos visto que, con el pecado, siempre hago daño a alguien: a mí mismo. Y, precisamente por eso, ofendo a Dios. Pero ahora se trata de ver que todo pecado, aun el más oculto, hiere a la unidad de los seres humanos.

El Génesis describe cómo el primer pecado rompe el hilo de la amistad que unía a la familia humana. Tras la caída, se nos muestra al hombre y a la mujer como si se apuntaran mutuamente con su dedo acusador: «La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí» (Gen 3,12), dice Adán. Su relación, antes marcada por el asombro amoroso, pasa a estar bajo el signo del deseo y el dominio: «Tendrás ansia de tu marido, y él te dominará» (Gen 3,12), dice Dios a Eva[13].

NO OLVIDES, HIJO, QUE PARA TI EN LA TIERRA SÓLO HAY UN MAL, QUE HABRÁS DE TEMER, Y EVITAR CON LA GRACIA DIVINA: EL PECADO (SAN JOSEMARÍA)

San Juan Pablo II lo explicaba así: «Puesto que con el pecado el hombre se niega a someterse a Dios, también su equilibrio interior se rompe y se desatan dentro de sí contradicciones y conflictos. Desgarrado de esta forma el hombre provoca casi inevitablemente una ruptura en sus relaciones con los otros hombres y con el mundo creado»[14]. En efecto, quien se deja llevar por pecados internos de rencor o crítica ya está tratando injustamente a los demás, y es imposible que no se manifieste externamente en la omisión del amor debido al prójimo, o incluso en faltas externas de caridad con él; quien comete pecados de impureza, aunque sean interiores, corrompe su capacidad de mirar y, por tanto, de amar, y ya está tratando a los demás, al menos a algunos, como objetos, y no como personas; quien solo piensa egoístamente en su beneficio, difícilmente podrá dejar de cometer injusticias y maltratar el medioambiente que comparte con los demás. En definitiva, el pecado introduce una división interna en el hombre, una pérdida de libertad tal, que «no es raro que haga lo que no quiere y deje de hacer lo que querría llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad»[15].

El pecado siembra la división en el corazón de los hombres y se interpone en su caminar conjunto hacia la felicidad. Ante su crudeza, se podría insinuar la tentación del pesimismo y la tristeza, sobre todo si dejáramos de mirar a Cristo. Contemplar el paso de Jesús cargando con la Cruz, doloroso pero sereno, frágil pero majestuoso, nos llena de esperanza y de optimismo, porque por muy grandes que sean nuestras miserias y pecados, ahí está Él, que con «su caída nos levanta, [con] su muerte nos resucita. A nuestra reincidencia en el mal, responde Jesús con su insistencia en redimirnos, con abundancia de perdón. Y, para que nadie desespere, vuelve a alzarse fatigosamente abrazado a la Cruz»[16].

José Brage


[1] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n.1.

[2] Cfr. Aristóteles, Ética a Nicómaco, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid 2002, nn. 1095-1097.

[3] Francisco, Visita a Auschwitz, 29-VIII-2016.

[4] Cfr. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 361.

[5] Benedicto XVI, Discurso a los alumnos del Colegio Universitario Santa María de Twickenham, Londres, 17-IX-2010.

[6] San Josemaría, Camino, n. 386.

[7] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 392.

[8] Benedicto XVI, Enc. Spe Salvi (30-XI-2007), n. 39.

[9] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 392.

[10] Clemente de Alejandría, Protréptico, 10.

[11] Francisco, Palabras desde la ventana del Arzobispado de Cracovia durante la Jornada Mundial de la Juventud, 29-VIII-2016.

[12] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 392.

[13] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica en el n. 400.

[14] San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Reconciliatio et Paenitentia (2.XII.1984), n. 15.

[15] Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes (7.XII.1965), n. 9.

[16] San Josemaría, Via Crucis, VIIª estación.

Tiempo de Navidad: la luz de Belén

Dentro de la serie de editoriales sobre el Año Litúrgico, publicamos uno referente a la Navidad, momento en el que recordamos que Jesús nació "para iluminar nuestro camino sobre la tierra".

AÑO LITÚRGICO26/12/2015

Cristo, redentor del mundo, Unigénito del Padre, nacido inefablemente del Padre antes de todos los tiempos, «Christe, redemptor omnium, / ex Patre, Patris Unice, / solus ante principium / natus ineffabiliter»[1]. Estas palabras, las primeras que la Iglesia pronuncia cada año al inicio del tiempo de Navidad, nos introducen en la vida íntima de Dios. Las celebraciones litúrgicas durante estos días, los ratos de meditación delante del Belén, la vida familiar más intensa, nos quieren ayudar a contemplar a la Palabra que se ha hecho Niño; a mirarlo «con las disposiciones humildes del alma cristiana» que no quiere «reducir la grandeza de Dios a nuestros pobres conceptos (...) sino comprender que ese misterio, en su oscuridad, es una luz que guía la vida de los hombres»[2].

Una luz que nos lleva al Padre

«Dios es luz»[3]: en Él no hay oscuridad. Cuando interviene en la historia de los hombres, las tinieblas se disipan. Por eso, en el día de Navidad cantamos: «lux fulgebit hodie super nos, quia natus est nobis Dominus»[4]; una luz nos envolverá en su resplandor, porque el Señor ha nacido para nosotros.

«DIOS ES LUZ»: EN ÉL NO HAY OSCURIDAD. CUANDO INTERVIENE EN LA HISTORIA DE LOS HOMBRES, LAS TINIEBLAS SE DISIPAN.

Jesucristo, el Verbo Encarnado, nace para iluminar nuestro camino en la tierra; nace para mostrarnos el rostro amable del Padre y revelar el misterio de un Dios que no es un ser solitario, sino Padre, Hijo y Espíritu Santo. En la eternidad el Padre genera al Hijo en un acto perfectísimo de Amor que hace del Verbo el Hijo Amado: del «Padre de las luces»[5] procede Aquel que es «Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero»[6]. Aunque esa generación de Luz es inefable y nuestros ojos no pueden percibirla aquí en la tierra, el Señor no nos ha dejado en las tinieblas: nos ha dejado un signo en el que atisbar algo de tal misterio. Ese signo es el nacimiento virginal de Jesús en la noche de Belén.

«La virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación. Jesús no tiene como Padre más que a Dios»[7]. El único Hijo de María es el Unigénito del Padre; el nacido inefablemente del Padre antes de todos los tiempos, nace también de modo inefable de una Madre Virgen. Por eso, la Iglesia canta «talis partus decet Deus»[8], un nacimiento así de admirable convenía a la dignidad de Dios. Se trata de un misterio que revela, a los que son humildes, el resplandor de la gloria divina[9]. Si nos acercamos al Niño con sencillez, como la de los pastores que acuden con premura a la gruta[10], o como la de los Magos que «postrándose le adoraron»[11], podremos reconocer, en la luz que irradia la faz del Niño, el reverberar de su generación eterna.

El inicio del camino hacia la Pascua

«Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre porque no había sitio para ellos en la posada»[12]. Es fácil imaginar la alegría que María había experimentado desde el momento de la Anunciación. Un gozo que iría creciendo conforme pasaban los días y el Hijo de Dios se iba formando en su seno. Sin embargo, a Nuestra Señora y a san José no se les ahorró toda amargura. La noche santa del nacimiento del Redentor está marcada por la dureza y la frialdad del corazón humano: «vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron»[13]. De este modo, si el nacimiento sin dolor anticipaba la gloria del Reino, anticipaba también la “hora” de Jesús, en la que daría su vida por amor a las criaturas: «Sus brazos -lo admiramos de nuevo en el pesebre- son los de un Niño: pero son los mismos que se extenderán en la Cruz, atrayendo a todos los hombres»[14].

LA NOCHE SANTA DEL NACIMIENTO DEL REDENTOR ESTÁ MARCADA POR LA DUREZA Y LA FRIALDAD DEL CORAZÓN HUMANO: «VINO A LOS SUYOS, PERO LOS SUYOS NO LE RECIBIERON».

En la liturgia del tiempo de Navidad, la Iglesia nos invita a recordar el inicio de aquella pasión de Amor de Dios por los hombres que culmina con la celebración anual de la Pascua. De hecho, a diferencia de la Pascua anual, la fiesta de la Natividad del Señor no comenzó a celebrarse litúrgicamente hasta bien entrado el siglo IV, conforme el calendario reflejaba cada vez más la unidad de todo el misterio de Cristo. Por eso, al celebrar el nacimiento de Jesús y dejarnos tocar por su ternura de Niño, el sentido de su venida a la tierra se actualiza, como canta aquel villancico que tantos recuerdos traía a san Josemaría: «Yo bajé a la tierra para padecer». La Navidad y la Pascua están unidas no solo por la luz, sino también por la potencia de la Cruz gloriosa.

«Dum medium silentium… Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía y la noche se encontraba en la mitad de su carrera, tu Palabra omnipotente, cual implacable guerrero, descendió del cielo, desde el trono real»[15]. Son palabras del libro de la Sabiduría, que hacen referencia inmediata a la Pascua antigua, al Éxodo en que fueron liberados los israelitas. La liturgia las emplea con frecuencia en el tiempo de Navidad para presentarnos, a través de contrastes, la figura del Verbo que viene a la tierra. El que es inabarcable se circunscribe en el tiempo; el Dueño del mundo no encuentra sitio en su mundo; el Príncipe de la Paz desciende como «implacable guerrero» desde su trono real. De este modo, podemos comprender que el nacimiento de Jesús es el fin de la tiranía del pecado, el inicio de la liberación de los hijos de Dios. Jesús nos ha liberado del pecado gracias a su misterio Pascual. Es la “hora” que atraviesa y guía toda la historia humana.

Jesús toma una naturaleza como la nuestra, con sus debilidades, para liberarnos del pecado a través de su muerte. Esto solo se puede comprender desde el amor, pues el amor pide la unión, pide compartir la misma suerte que la persona amada: «La única norma o medida que nos permite comprender de algún modo esa manera de obrar de Dios es darnos cuenta de que carece de medida: ver que nace de una locura de amor, que le lleva a tomar nuestra carne y a cargar con el peso de nuestros pecados»[16]

A DIOS «NO LE IMPORTAN LAS RIQUEZAS, NI LOS FRUTOS NI LOS ANIMALES DE LA TIERRA, DEL MAR O DEL AIRE, PORQUE TODO ESO ES SUYO; QUIERE ALGO ÍNTIMO, QUE HEMOS DE ENTREGARLE CON LIBERTAD: DAME, HIJO MÍO, TU CORAZÓN» (SAN JOSEMARÍA).

El Señor quiso tener un corazón de carne como el nuestro para traducir al lenguaje humano la locura del amor de Dios por cada una, por cada uno. Por eso, la Iglesia se regocija al exclamar: «Puer natus est nobis»[17], nos ha nacido un Niño. Porque Él es el Mesías esperado por el pueblo de Israel, su misión tiene un alcance universal. Jesús nace para todos, «se ha unido, en cierto modo, con todo hombre»[18], no se avergüenza de llamarnos “hermanos” y quiere alabar con nosotros la bondad del Padre. Es lógico que en los días de la Navidad vivamos de modo especial la fraternidad cristiana, que queramos a todas las personas sin hacer distinciones de proveniencia o capacidades. Hemos de acoger el amor liberador de Jesús, que nos saca de la esclavitud de nuestras malas inclinaciones, derrumba los muros entre los hombres, para hacernos finalmente «hijos en el Hijo»[19].

Un misterio que ilumina a la familia

«Las fiestas en torno al misterio de la Encarnación (Anunciación, Navidad, Epifanía) conmemoran el comienzo de nuestra salvación y nos comunican las primicias del misterio de la Pascua»[20]. Estas primicias provienen siempre del contacto con Jesús, de las relaciones que se crean en torno al Niño que, como las de cualquier niño que viene al mundo, son en primer lugar relaciones familiares. La luz del Niño se extiende, pues, en primer lugar a María y a José, y desde ellos a todas las familias.

Dentro del tiempo de Navidad, la fiesta de la Sagrada Familia nos recuerda que las familias cristianas están llamadas a reflejar la luz del hogar de Nazaret. Son un don del Padre celestial, que quiere que haya en el mundo oasis en los que el amor haya sido liberado de la esclavitud del egoísmo. Las lecturas de la fiesta proponen algunos consejos para hacer santa la vida familiar: «revestíos de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga queja contra otro; como el Señor os ha perdonado, hacedlo así también vosotros»[21]. Se trata de actitudes concretas para hacer realidad esa gran paradoja del Evangelio: que solo la renuncia y el sacrificio conducen al verdadero amor.

La octava de Navidad se cierra con la solemnidad de Santa María Madre de Dios. Esta fiesta empezó a celebrarse en Roma, posiblemente en relación con la dedicación de la iglesia de Santa María ad martyres, situada en el Pantheon. Esta celebración nos trae a la memoria que el Hijo de Dios es también Hijo de aquella que creyó en las promesas de Dios[22], y que Él se ha hecho carne para redimirnos. Así, pocos días después festejamos el Nombre de Jesús, ese nombre en el que encontramos consuelo en nuestra oración, pues nos recuerda que el Niño que adoramos se llama Jesús porque nos salva de nuestros pecados[23].

La salvación para todos los hombres

Los últimos días del ciclo de Navidad conmemoran la fuerza expansiva de la Luz de Dios, que quiere reunir a todos los hombres en la gran familia de Dios. El rito romano conmemoraba antiguamente en la fiesta del Bautismo del Señor también la “manifestación” a los Magos de Oriente -primicias de los gentiles- y las bodas de Caná, primera manifestación de la gloria de Jesús a sus discípulos. Aunque la liturgia romana celebra hoy estas “epifanías” en días distintos, quedan algunos ecos de esa tradición que han conservado las liturgias orientales. Uno de ellos es una antífona del mismo 6 de enero: «Hoy la Iglesia se ha unido a su celestial Esposo, porque en el Jordán Cristo la purifica de sus pecados; los magos acuden con regalos a las bodas del Rey y los invitados se alegran por el agua convertida en vino»[24].

En la solemnidad de la Epifanía la Iglesia invita a seguir el ejemplo de los Magos, que perseveran en la búsqueda de la Verdad, no tienen miedo a preguntar cuando pierden la luz de la estrella y encuentran su propia grandeza adorando al Niño recién nacido. Como ellos, también nosotros queremos darle todo lo mejor, conscientes de que dar es propio de enamorados y que al Señor «no le importan las riquezas, ni los frutos ni los animales de la tierra, del mar o del aire, porque todo eso es suyo; quiere algo íntimo, que hemos de entregarle con libertad: dame, hijo mío, tu corazón (Pr 23, 26)»[25].

Festejar el Bautismo

La fiesta del Bautismo del Señor cierra el tiempo de Navidad. Nos invita contemplar a Jesús que se abaja para santificar las aguas, para que en el sacramento del Bautismo nos podamos unir a su Pascua: «Nosotros, con el Bautismo, somos inmersos en esa fuente inagotable de vida que es la muerte de Jesús, el más grande acto de amor de toda la historia»[26]. Por eso, como dice el papa Francisco, es natural que recordemos con alegría la fecha en que recibimos este sacramento: «Conocer la fecha de nuestro Bautismo es conocer una fecha feliz. El riesgo de no conocerla es perder la memoria de lo que el Señor ha hecho con nosotros; la memoria del don que hemos recibido»[27]. Así hacía San Josemaría, que cada 13 de enero recordaba con agradecimiento a sus padrinos y al mismo sacerdote que le había bautizado[28]. En uno de sus últimos cumpleaños en la tierra, al salir del oratorio de Santa María de la Paz después de haber celebrado la Misa, se detuvo un momento ante la pila bautismal, la besó, y apostilló: «Me da mucha alegría besarla. Aquí me hicieron cristiano».

Cada tres años, en el primer domingo después del Bautismo del Señor se proclama el evangelio de las bodas de Caná. Al inicio del Tiempo Ordinario, se nos recuerda que la luz que resplandeció en Belén y en el Jordán no es un paréntesis en nuestra vida, sino una fuerza transformadora que quiere llegar a toda la sociedad a partir de su núcleo, las relaciones familiares. La transformación del agua en vino nos sugiere que las realidades humanas, incluido el trabajo de cada día bien hecho, se pueden transformar en algo divino. Jesús nos pide que llenemos las tinajas «usque ad summum»[29], que con la ayuda de su gracia colmemos hasta el borde nuestros esfuerzos, para que nuestra vida adquiera valor sobrenatural. En esta tarea de santificar la labor cotidiana encontramos de nuevo a Santa María: la misma que nos ha mostrado al Niño en Belén, nos dirige hacia el Maestro con aquel consejo seguro: «¡Haced lo que Él os diga!»[30].

Juan Rego


[1] Himno Christe, redemptor omnium, I Vísperas de Navidad.

[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 13.

[3] 1 Jn 1, 5.

[4] Cfr. Misal Romano, Natividad del Señor, Ad Missam in aurora, Antífona de entrada (Cfr. Is 9, 2.6).

[5] St 1, 17.

[6] Símbolo Niceno-Constantinopolitano.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 503.

[8] Himno Veni, Redemptor Gentium.

[9] Cfr. Hb 1, 3.

[10] Cfr. Lc 2,16.

[11] Mt 2, 11.

[12] Lc 2, 6-7.

[13] Jn 1, 11.

[14] Es Cristo que pasa, n. 38.

[15] Sb 18, 14-15.

[16] Es Cristo que pasa, n. 144.

[17] Cfr. Misal Romano, Natividad del Señor, Ad Missam in die, Antífona de entrada (Cfr. Is 9, 6).

[18] Concilio Vaticano II, Const. Past. Gaudium et spes, n. 22.

[19] Ibidem.

[20] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1171.

[21] Col 3, 12-13 (2ª lectura de la fiesta de la Sagrada Familia).

[22] Cfr. Lc 1, 45

[23] Mt 1, 21.

[24] Antífona ad BenedictusLaudes del 6 de enero.

[25] Es Cristo que pasa, n. 35.

[26] Francisco, Audiencia general, 8-I-2014.

[27] Ibidem.

[28] Cfr. A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. I, Rialp, Madrid 1997, pp. 14-15.

[29] Jn 2, 7.

[30] Jn 2, 5.

 

Fe y científicos del siglo XX

[Solo algunos de los muchos]

WERNHER VON BRAUM(n. 1912)

Ingeniero e inventor. Dedicado desde temprana edad a la Astronáutica. Alemán, en 1955 toma la ciudadanía americana. Autor del emplazamiento en órbita del primer satélite estadounidense Explorer I. Es llamado «rocket genius», el genio de los cohetes. Trabaja como directivo en la NASA, en los proyectos del cohete Saturno y en el proyecto Apolo (cohete tripulado a la Luna). Posee un profundo sentido religioso:

«Los materialistas del siglo XIX y sus herederos los marxistas del siglo XX nos dicen que el creciente conocimiento científico de la creación permite rebajar la fe en un Creador. Pero toda nueva respuesta ha suscitado nuevas preguntas. Cuanto más comprendemos la complejidad de la estructura atómica, la naturaleza de la vida o el camino de las galaxias, tanto más encontramos nuevas razones para asombrarnos ante los esplendores de la creación divina… El hombre tiene necesidad de fe como tiene necesidad de paz, de agua y de aire… Tenemos necesidad de creer en Dios!»


ALEXIS CARREL (1873 – 1944)

«Yo quiero creer, yo creo todo aquello que la Iglesia Católica quiere que crea mas y, para hacer esto, no encuentro ninguna dificultad, porque no encuentro en la verdad de la Iglesia ninguna oposición real con los datos seguros de la ciencia.»

«Yo no soy filósofo ni teólogo; hablo y escribo solamente como hombre de ciencia».

«Los leyes de la Naturaleza son inducidas de la observación sistemática de los hechos. Y para someterse a ellas deben observarse reglas que son análogas a las de la moral cristiana. Está, por lo tanto, bien claro que las leyes observadas de este modo son idénticas a la voluntad de Dios, puesto que el Creador del mundo es Él».

Ver sección FE Y CIENCIA


LECOMTE DU NOUY

Físico Químico (1883-1947)

«Que aquellos que, sinceros y honestos. no admiten la necesidad de una fuerza organizadora trascendente, se limiten a decir: no sé. Pero que se abstengan de influir en los demás. Aquellos que, sin prueba alguna se esfuerzan sistemáticamente en destruir la idea de Dios, obran de un modo vil y anticientífico. Lejos de ser apoyado y ayudado por una creencia indestructible en Dios, como otros hombres de ciencia a quienes envidio, me dispuse para la vida con el escepticismo destructor que entonces estaba de moda. Me han sido precisos treinta años de laboratorio para llegar a convencerme de que aquellos que tenían el deber de iluminarme, aun sólo reconociendo su ignorancia, no habían mentido deliberadamente. Mi convicción actual es racional. He llegado a ella por los caminos de la biología y de la física y estoy convencido de que resulta imposible a todo hombre de ciencia que reflexione, no llegar a la misma conclusión. a menos que sea ciego u obre de mala fe. Pero el camino que yo he seguido es tortuoso; no es bueno. Y para evitar a los otros la inmensa pérdida de tiempo en los esfuerzos que yo he realizado, me levanto violentamente contra el espiritu maléfico de los malos pastores.»


JORDAN, Pascual (n. 1902)

Físico y naturalista, conocido por sus trabajos en mecánica cuántica.

«No sin razón he titulado este libro El hombre de ciencia ante el problema religioso. Su intención era explicar cómo todos los impedimentos, todos los mitos que la ciencia antigua había levantado para obstruir el camino de acceso a la religión hoy han desaparecido.

«Ese muro levantado por la filosofía materialista ayudada por la antigua ciencia, excluye al pensador científico del dominio espiritual de la fe religiosa. Pero la moderna ciencia al debilitar los presupuestos cientiticos de la filosofía materialista, ha dejado de lado ese muro.

«…La afirmación de la concepción determirtista de que Dios se había quedado sin trabajo en una naturaleza que seguía su curso regularmente, ha perdido ahora su fundamento. (…) En la innumerable cantidad de resultados siempre nuevos e indeterminados se puede ver la acción, la voluntad, el señorio de Dios.

«No afirmamos que la accion de Dios en la naturaleza se haya hecho científicamente visible o denostrable (…) sino que, en lo que concierne a la fe religiosa, la nueva física ha negado aquella negación: ha probado que son erróneas aquellas concepciones de la vieja ciencia que habían sido aducidas antes como pruebas en contra de la existencia de Dios.

«Pero ahí encuentra sus límites la pretensión de este libro; de ningún modo era tarea suya exponer lo que nos espera, si de hecho nos adentrantramos por ese camino que vuelve a estar libre. Nos conformamos con haber mostrado que el camino está expedito. La competencia del autor termina ahí. Nos quedamos ante la religión sin hablar de ella más de lo necesario, para reconocer ese camino cuya viabilidad intentábamos examinar».


MARAÑON, Gregorio (1887-1960)

«Es evidente que la ciencia, a pesar de sus progresos increíbles, no puede ni podrá nunca explicarlo todo. Cada vez ganará nuevas zonas a lo que hoy parece inexplicable; pero las rayas fronterizas del saber, por muy lejos que se eleven, tendrán siempre delante un infinito mundo misterioso a cuya puerta llamará angustioso nuestro ¿por qué?, sin que nos den otra respuesta que una palabra: Dios. El hombre dotado de auténtica sabiduría, está siempre enfrentado quiéralo o no, con la divinidad: huirla sólo conduce a la superstición de la ciencia misma y, por tanto, a dejar de avanzar para dar vueltas sin fin.»


ROBERT JASTROW

Astrónomo, director del Goddard Institute of Space Studies de la NASA.

La causa del Universo no puede ser investigada estudiando sólo causas y efectos dentro del Universo. Citando a mi amigo Steven Katz, profesor del Dartmouth College, «el extremismo de la ciencia moderna consiste en rechazar la teleología, la causa final; pero, con todo, hemos de reconocer que la teleología es un concepto metafísico, cuya última realidad no puede ser afirmada ni negada a base de evidencias empíricas.

Para el científico que ha vivido de la creencia en el poder de la razón, la historia de la ciencia concluye como una pesadilla. Ha escalado la montaña de la ignorancia y está a punto de conquistar el pico más alto; y cuando está trepando el último peñasco salen a darle la bienvenida un montón de teólogos que habían estado sentados allí arriba durante bastantes siglos».


JOHN ECCLES

Neurobiólogo, director del departamento de Bioquímicade la Univ. De Cambridge

LA SUPERSTICIÓN MATERIALISTA

Tengo grandes esperanzas de que pronto remontemos el largo y profundo bache de monismo materialista que se había extendido sobre el mundo intelectual como una oscura niebla que apagaba toda la brillantez y luminosidad de los ideales y de la capacidad creadora de los seres humanos. Confío en que podremos recuperarnos, mantener relaciones más sanas con el misterio de la existencia y liberarnos cada vez más de esta tiranía de las afirmaciones dogmáticas de los materialistas, que sólo pueden conducir a la desesperanza y al nihilismo. Me agradaría contemplar una vuelta a la esperanza y a los valores y a un sentido más alto de la vida, e incluso a una concepción de la vida humana donde Dios esté presente.

Creo que el materialismo hipotético es aún la creencia más extendida entre los científicos. Pero no contiene más que una promesa: que todo quedara explicado, incluso las formas más íntimas de la experiencia humana, en términos de células nerviosas… Esto no es más que un tipo de fe religiosa; o mejor, es una superstición que no está fundada en evidencias dignas de consideración. Cuanto más progresamos a la hora de comprender la conformación del cerebro humano, más clara resulta la singularidad del ser humano respecto a cualquier otra cosa del mundo materiales.


NORMAN GEISLER

El ateísmo siempre ha tenido dificultades en el campo de la ética. Por una parte desean mantener algún fundamento ético objetivo para atacar a Dios desde el problema del mal; pero a la vez quieren proclamar la subjetividad de las normas éticas en términos de sociedad o de individuo. Por una parte, el ateo no querría separarse de los teístas cuando condenan las atrocidades nazis o el holocausto nuclear; pero a la vez, quieren mantener que todo depende de las circunstancias. ¿Cabe estar en ambas partes a la vez?

El primer Manifiesto humanista (1930) fue firmado entre otros filósofos ateos por Dewey, declaraba que era inaceptable para la ciencia moderna cualquier garantía sobrenatural o cósmica de los valores humanos. El segundo Manifiesto (1973), firmado por Asimov, Skinner, Julian Huxley y Monod, decía también que los valores morales se originan en la experiencia humana. La ética es autónoma y de situación…, procede de la necesidad y el interés. La vida humana tiene sentido porque nosotros creamos y desarrollamos nuestro futuro.

Pero la conducta y hasta el mismo lenguaje de estos ateos traiciona su rechazo de una moral absoluta. Esta incoherencia aparece en los citados Manifiestos. Allí se leen fuertes imperativos como: «Este mundo debe renunciar a los resortes de la violencia» o «es un imperativo planetario reducir el nivel de gastos bélicos y destinar esas riquezas a usos pacíficos y populares». El segundo Manifiesto invoca un cometido «que trasciende iglesias, estados, partidos, clases o razas».

¿Qué es esto sino un modo de formular su creencia en valores morales absolutos a través de un lenguaje humanista? Este es un síntoma más del colapso del ateísmo moderno.


DAVID MARTINA

«Algunos de los sociólogos más distinguidos de la presente generación no son en absoluto antirreligiosos: Daniel Bell, por ejemplo, escribe sobre el retorno de lo sagrado. Talcott Parsons de Harvard, que ha sido quizás el más influyente sociólogo, era un creyente y no sólo simpatizante. De hecho, una vez que hablé con él me dijo que si uno quiere llegar a conocer todo lo que invoca la sociología, puede escuchar la Pasión según San Mateo de Bach: allí están todos los temas de poder y sacrificio, y de cohesión social, y del enfrentamiento del individuo con la autoridad… y de cómo puede emerger la fe en medio de toda esta contradicción. Todo esto ha modificado gradualmente el ambiente de la sociología, desde las posturas radicales de Durkheim y Weberio.


ROBERT JASTROW

EL PRINCIPIO ANTROPICO

Según la imagen del Universo que están proponiendo los astrónomos y otros científicos, una pequeña variación en alguna de las circunstancias del mundo natural -por ejemplo, en las relaciones entre las energías de las fuerzas naturales o en las propiedades de las partículas elementales- habría determinado un Universo donde no podría darse la vida ni el hombre. Este análisis puede hacerse a partir de la energía nuclear y también desde la energía del campo electromagnético, la fuerza de gravedad o cualquier otra constante del Universo material; y se llega a la conclusión de que en un Universo ligeramente distinto no podría haber vida ni personas humanas. Por tanto, según los físicos y astrónomos, aparece el Universo como construido dentro de unos limites muy estrechos, de modo que el hombre pueda habitar en él. Esta conclusión se denomina principio antrópico y, en mi opinión, es la conclusión más teísta que puede proporcionar la ciencia.


BORIS CROYS (n. 1947)

Autor de modelos matemáticos de administración económica para el Instituto Politécnico de Leningrado.

«Como he tratado de mostrar, la dimensión universal ha estado siempre presente en la tradición cristiana de Rusia, incluso en aquellas ocasiones en que estaba siendo pervertida. Por esto, es de esperar que esta misma dimensión esté cada vez más presente en el futuro una vez que los rusos lleguen a conocer mejor su filosofía y su teología» (texto de 1990)


NATHANSON, BERNARD (N. 1927)

Ha sido llamado el «Rey del aborto». Ha dirigido personalmente 75.000 abortos. Ha realizado el aborto de su propio hijo. En su libro «La mano de Dios» (Ed. Palabra 1997), cuenta su conversión al catolicismo todo lo que hoy sucede en el mundo del aborto, en un «testimonio brutalmente honesto por un médico relevante.


MARGENAU, Henry

ALGO MAS QUE MERA EVOLUCIÓN

Casi todo el mundo admite claramente que el Universo ha tenido un comienzo y aunque hay algunos, como Carl Sagan, que en astronomía son vivamente antirreligiosos, otros, como Robert Jastrow, que trabajan en el mismo campo, no lo son. Y Jastrow es más prestigioso que Sagan como científico y como físico. Sagan es un publicista, Jas trow es un físico que-ha investigado la materia de la que habla. Y Jas trow es un hombre religioso. Le puedo relatar una anécdota: mi última entrevista con un químico famoso, Laars Onsager, el premio Nobel. Era vecino mío porque tenía una granja en New Hampshire y nos veíamos bastante. Es más, yo estuve en el hospital por una enfermedad muy grave y necesitaba una trasfu sión. A la media hora, él se había presentado allí y ofreció su sangre y lo que hiciese falta. Era una bellísi ma persona. Un día de otoño fuimos a verle a su granja y me dejó leer un escrito suyo sobre algunos procesos químicos relacionados con la evolu ción. Lo leí aquella misma noche y a la mañana siguiente salimos a dar un paseo por el bosque. En septiembre los bosques de plátanos de Indias están espléndidos. Me pidió mi opi nión sobre el trabajo que me había dejado y, en medio de aquella con versación, le pregunté qué le pare cía la evolución y si era darwinista.

-Bueno, contestó. Si, yo pienso que sí.

-Y piensas que la evolución tiene lugar por casualidad?

-Nunca lo he pensado desde el punto de vista filosófico -dijo-; pero supongo que si.

Entonces cogí del suelo una hoja de árbol; era roja y dorada en los bordes, perfectamente simétrica. Se la mostré y añadí: ¿Piensas que esto es sólo el resultado de la supervivencia del más fuerte? ¿Por qué ha caído al suelo lo que debía sobrevivir? ¿No eres capaz de apreciar la belleza de esta cosa? ¿Y no significa eso que elementos como belleza, y quizá designio, están involucrados en el proceso evolutivo? ¿Por qué razón iba a sobrevivir una hoja de árbol que va a pudrirse en el suelo?

El respondió: Sí, pienso que en la evolución hay algo más que la mera supervivencia del mejor adaptado, algo más que mutaciones y azar.

Fue la última vez que lo vi, porque falleció dos días más tarde.

Es absolutamente irracional rechazar la noción de un Creador apelando a la ciencia. La ciencia ha demostrado de modo definitivo que no es contradictoria la creación de la nada.


HENRY MARGENAU

Colaborador de Einstein, Heisenberg y Scheoedinger. Físico de la Universidad de Yale,fundador de tres importantes revistas científicas, ocho doctorados honoris causa, presidente de la American Association of the Philosophie et Science.


JOHN VON NEUMANN, 1903-1957

John von Neumann es un matemático húngaro considerado por muchos como la mente más genial del siglo XX, comparable solo a la de Albert Einstein. A pesar de ser completamente desconocido para el «hombre de la calle», la trascendencia práctica de su actividad científica puede vislumbrarse al considerar que participó activamente en el Proyecto Manhattan, el grupo de científicos que creó la primera bomba atómica, que participó y dirigió la producción y puesta a punto de los primeros ordenadores o que, como científico asesor del Consejo de Seguridad de los Estados Unidos en los años cincuenta, tuvo un papel muy destacado (aunque secreto y no muy bien conocido) en el diseño de la estrategia de la guerra fría. Nicholas Kaldor dijo de él «Es sin duda alguna lo más parecido a un genio que me haya encontrado jamás».

Nació en Budapest, Hungría, hijo de un rico banquero judío. Tuvo una educación esmerada. Se doctoró en matemáticas por la Universidad de Budapest y en químicas por la Universidad de Zurich. En 1927 empezó a trabajar en la Universidad de Berlín. En 1932 se traslada a los Estados Unidos donde trabajará en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton.

Sus aportaciones a la ciencia económica se centran en dos campos:

Es el creador del campo de la Teoría de Juegos. En 1928 publica el primer artículo sobre este tema. En 1944, en colaboración con Oskar Morgenstern, publica la Theory of Games and Economic Behavior. La teoría de juegos es un campo en el que trabajan actualmente miles de economistas y se publican a diario cientos de páginas. Pero además, las formulaciones matemáticas descritas en este libro han influido en muchos otros campos de la economía. Por ejemplo, Kenneth Arrow y Gerard Debreu se basaron en su axiomatización de la teoría de la utilidad para resolver problemas del Equilibrio General. En 1937 publica A Model of General Economic Equilibrium», del que E. Roy Weintraub dijo en 1983 ser «el más importante artículo sobre economía matemática que haya sido escrito jamás». En él relaciona el tipo de interés con el crecimiento económico dando base a los desarrollos sobre el «crecimiento óptimo» llevado a cabo por Maurice Allais, Tjalling C. Koopmans y otros

Hacia el final de su vida se convirtió al catolicismo.

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¿Es posible ser una buena persona sin creer en Dios?

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Los agnósticos que conozco suelen estar muy preocupados con una pregunta: ¿es posible ser una buena persona sin creer en Dios?

El solo hecho de que se planteen la cuestión muestra que efectivamente son buenas personas: gente como el Conde Drácula o Cruella de Vil no estaba excesivamente preocupada de cosas como ésa. Sin embargo, me temo que la pregunta no sea demasiado importante.

Nosotros somos buenos o malos según con quien nos comparemos: probablemente seamos buenos, si tenemos en frente a Pol Pot o a Goebbels, y saldremos bastante mal parados si nos comparamos con Tomás Moro o con Teresa de Calcuta. Algo así parece dar a entender la respuesta de Jesús al joven rico, cuando le dice que “nadie es bueno, sino sólo Dios”.

Por otra parte, nuestros agnósticos no suelen ser tales. En sentido estricto, agnóstico es aquél que no afirma ni niega la existencia de Dios. Simplemente dice que no sabe si hay algo semejante. En cambio, aquéllos de nuestros amigos que se declaran agnósticos, se sentirían muy ofendidos si los caracterizáramos de esa manera. Casi todos admiten la existencia de un Ser Superior. Lo que no tienen claro es que ese Ser tenga todos los atributos que nosotros le asignamos, que haya hablado a los hombres a través de Moisés y los Profetas, o que se haya encarnado, muerto y resucitado, y —además— que la Iglesia y los sacramentos sean obra suya, que los milagros existan y otras cosas semejantes. Es decir, no son propiamente agnósticos, sino más bien deístas, gente que cree en un Dios, pero que piensa que no se ocupa de los asuntos humanos. Sólo en un sentido muy amplio los podemos llamar agnósticos. La diferencia, sin embargo, que presentan con los deístas al estilo Voltaire, estriba en que no están demasiado convencidos de su deísmo. Son personas que se cuestionan constantemente. Además, con frecuencia no sólo son muy respetuosos de la religión, sino que incluso se interesan enormemente por ella. En eso tenemos una diferencia importante: a muchos católicos la religión nos interesa un comino. Lo que nos interesa es Dios. Si adherimos a una religión, es sólo porque creemos que ha sido inventada por Dios mismo. Es decir, tenemos un interés indirecto en ella. La aceptamos simplemente porque estamos convencidos de que lo que dice es verdad.

Además, es frecuente que los agnósticos digan: “me gustaría creer, pero no puedo”. Esto es un excelente comienzo, al menos para encontrarse con el cristianismo, que dice que la fe es un don divino. Con nuestras luces podemos llegar a la existencia de Dios y a saber muy pocas cosas más sobre Él (como que es uno, eterno, etc.). Para saber más, Él mismo tiene que tomar la iniciativa, en dos sentidos: primero, entregándonos una información que nos resulta inaccesible por nuestras propias fuerzas (la Revelación); segundo, dándonos una especial ayuda para asentir a esas verdades. Esa ayuda es lo que llamamos fe. A veces los cristianos se comportan como si la fe fuese algo que poseyeran por familia o por el hecho de haber nacido en un lugar determinado. Y no es así, tal como la existencia de los agnósticos se encarga de recordarlo: la fe es un regalo.

Es un hecho que hay bastantes millones de personas en el mundo que —salvo que les suceda algo muy excepcional— no tienen la más mínima posibilidad de tenerla: ni siquiera han oído hablar de cosas como la fe. Esto no sólo pasa en países de continentes lejanos, sino en muchos ambientes de Nueva York, Amsterdam u otras grandes ciudades. ¿Quiere decir esto que Dios no trata a todos por igual? Efectivamente es así: basta con leer la parábola de los talentos. De esta circunstancia algunos deducen que no es necesario hablar de Dios y del cristianismo a estas personas, ya que están de buena fe y, por tanto, pueden alcanzar la salvación. Me parece que es un planteamiento erróneo. La cuestión no es si se salvan o no, sino una de muy distinto tipo. Si Dios existe y se ha revelado ¿no es una pena que haya personas que no lo sepan? Aunque tuviéramos plena certeza de que alcanzarán la vida eterna, resultaría justificado hablarles de Dios, como es conveniente hablarles de la rueda o la penicilina. Una vida con la rueda y la penicilina es objetivamente preferible a una vida que ignore estos maravillosos descubrimientos. Con Dios pasa lo mismo. Si el cristianismo es verdadero, una vida con mandamientos, ángeles, perdón de los pecados, Iglesia, muerte y resurrección, es algo que no conviene perderse: es el máximo avance en materia de civilización. Por razones que no conocemos, Dios ha querido que los hombres lleguen a estas cosas pasando por el contacto con otros seres humanos que les hablen de ellas. Este contacto es necesario, aunque no suficiente, pues, como vimos, la fe (la capacidad de aceptar esas cosas) es un regalo.

Sin embargo, a nuestro alrededor hay personas que no están en la situación de ciertos tibetanos o neopaganos. Ellos han oído hablar de las verdades de la fe cristiana, aunque sea en el catecismo de niños o en algún funeral de una tía vieja. Con todo, no creen. Una posibilidad es que simplemente Dios les haya negado ese don. Otra, más sencilla, es pensar que hay algunos obstáculos que les impiden acogerlo. Estos obstáculos no necesariamente dependen de ellos. En algún caso sí: un amigo mío (q. e. p. d.), que vivía en un país a muchos kilómetros de distancia, pasó en su vida períodos de creencia o agnosticismo que coincidían perfectamente con el grado de fidelidad matrimonial que presentaba. Pero no siempre las cosas son tan sencillas. A veces es una determinada educación, marcada por el cientificismo, o algunas indigestiones filosóficas padecidas en la adolescencia. Otras tienen que ver con los traumas que les ha dejado una instrucción religiosa inadecuada o, al menos, poco apta para su personal psicología. Todo esto es muy complicado y no somos los encargados de dar juicios definitivos, lo que no significa que omitamos prestar una ayuda a esas personas.

Pienso que hay tres formas muy concretas de prestar un apoyo a quienes pasan por esa situación.

La primera consiste en ayudarlos a descubrir si acaso hay en su conducta algo que objetivamente constituye un obstáculo para reconocer la divinidad y las exigencias que impone. En el caso de mi amigo, la cosa era bastante clara y el remedio muy identificable, aunque no siempre la gente quiera ponerlo en práctica.

La segunda consiste en animarlos a tomarse en serio sus preguntas y buscar la respuesta a las mismas. Esta respuesta puede ser trabajosa y supone estudio y diálogo. En ocasiones, más que contestar uno sus preguntas, habrá que estimularlos a que ellos mismos busquen la respuesta. El cristiano no es una «rokola», en donde uno encaja una pregunta y sale una respuesta de modo automático, al modo en que empieza una canción después de que alguien ha depositado una moneda. A veces hay gente que pregunta por el placer de preguntar. En ese caso, la cura que requieren no es una respuesta brillante, sino la indicación de una serie de libros (ojalá bien aburridos) que pueden leer para hallar una respuesta.

El filósofo letón Valdis Turins me contó una vez su experiencia con los escépticos. Se daba cuenta de que acudían a él como moscas, llenos de preguntas ingeniosas y objeciones sutiles. Cuando les daba una respuesta, se retiraban derrotados (¡no les interesaba una respuesta, sino ponerlo en aprietos, de lo contrario se habrían puesto contentos de encontrar una verdad!) Al día siguiente volvían con nuevos bríos y nuevas objeciones. Con el tiempo, se dio cuenta de que la mejor respuesta era el silencio. Además, en su caso, había una solución casi infalible. Como durante la época comunista los filósofos letones casi siempre tenían que pasar largas temporadas en la cárcel, ya que eran personajes ingratos para el régimen, sucede que esas personas, tarde o temprano, tendrían muchas horas disponibles para enfrentarse con sus preguntas en una celda solitaria. En esos casos, o se preocupaban de hallar ellos mismos una respuesta o enloquecían. Como el instinto de supervivencia suele ser más profundo que la vanidad, terminaban por abandonar el escepticismo.

La tercera ayuda es, a mi juicio, la más importante: animarlos a pedir auxilio, o sea, a rezar. Pero ¿cómo van a rezar a un Dios que ni siquiera saben si los oye? Exactamente así. Nadie está impedido de rezar como lo hacía ese trágico ateo: “Dios, si es que hay Dios, salva mi alma, si es que tengo alma”. Esto tiene varias ventajas. La primera tiene que ver con los creyentes, que de esa manera son apartados de la arrogancia de pensar que “ellos” son los encargados de llevar a la fe a los que no la tienen, cuando su misión, en el mejor de los casos, consiste en ayudarlos a despejar ciertos obstáculos. La segunda se relaciona con el hecho de que así la cuestión queda mejor centrada. En efecto, ya no se trata de si uno es o no una buena persona, sino de abrirse a una realidad que nos supera. Además, de paso elimina un obstáculo frecuente en los agnósticos. Ellos saben que son personas que están “en búsqueda”, lo que es verdad. Pero como en nuestro tiempo el hecho de estar en búsqueda tiene mucho más prestigio que el de haber encontrado, resulta muy fácil que se enamoren de su búsqueda y del halo prestigioso que la rodea, y se olviden de que esa búsqueda apunta a una meta, a Dios. Si lo encontrarán o no, es algo que ignoramos, pero sí es importante que sepan que la suya es una situación intermedia, que tarde o temprano debería llevar a reconocer que los creyentes son unos ilusos, o que los ateos han sido ciegos. Y si llegan a aceptar la existencia de Dios, concluirán que —si los deístas tienen razón— los adherentes al cristianismo están creyendo más cosas de las necesarias, es decir, son supersticiosos. En cambio, si el cristianismo está en lo cierto, habría que pensar que los deístas se están perdiendo algo importante.

Del libro: Una locura bastante razonable

Nuestra estrella es Cristo

Ernesto Juliá

El Papa Francisco, besando una imagen del Niño Jesús.

Hermosa María, / dice el sol vencido /

de Vos ha nacido/ el Sol que podía/

dar al mundo el día/ que ha deseado.  

Esto dijo humillado/ a María el sol,

porque vio en sus brazos/ otro Sol mayor

Lope de Vega estuvo inspirado al escribir estos versos.

Cristo es en verdad la Luz que ilumina a este pueblo humano que tantas veces habita en tinieblas, y quiere que su sonrisa, su llanto, su sueño en Belén nos abra los ojos para que podamos descubrir todo lo grande y bello que palpita a nuestro alrededor y en el corazón de tantos hombres y mujeres con quienes compartimos nuestro vivir.

 Con la luz de los ojos del Señor reconoceremos también nuestros pecados, nos arrepentiremos de haberle ofendido y querido mal, pediremos perdón en el sacramento de la Confesión, y daremos a Cristo la alegría de perdonarnos, y le pediremos que tenga paciencia y compasión de la Iglesia y de la sociedad.

En los momentos en los que vivimos, podemos recordar unas palabras de Juan Pablo II en la Navidad de 1990, que están tan vigentes ahora como entonces.

“La noche continúa, pero la Luz de Cristo está con los hombres. Está con los hombres en Europa; sobre los muros abatidos de las contraposiciones ideológicas y políticas, se dejan entrever para los creyentes desafíos y horizontes apretados. Sí, el futuro europeo estará impregnado de prodigiosa vitalidad espiritual siempre que el hedonismo y el materialismo práctico sean superados, y siempre que caigan también, hechas añicos, las barreras que separan entre sí a los seguidores del Redentor. Unidad en la Iglesia y entre todos los creyentes en Cristo: he ahí el compromiso de los cristianos con miras a construir la nueva Europa en el III Milenio”.

La estrella que ha guiado a los Reyes Magos hasta Belén, es ahora el Sol de Cristo. Él es el Camino, es la Luz que alumbra el Camino, y la meta a la que el Camino conduce. Solo necesitamos abrir bien los ojos para que la Fe nos ayude a descubrir a Dios hecho hombre en el Niño Jesús.

Caído se le ha un clavel

hoy a la Aurora del seno,

¡qué glorioso que está el heno,

porqué ha caído sobre él!

Góngora se superó a sí mismo en este poema de Navidad.  Es en el heno de nuestra alma, en nuestra Fe, en nuestra Esperanza, en nuestra Caridad, donde el esplendor del Sol, el Clavel de la Aurora, toda la Luz del portal de Belén, donde el clavel sigue vivo anhelando que lo descubramos, lo contemplemos y nos embriague con su aroma.

El entonces cardenal Ratzinger nos lo recuerda hablándonos del buey y del asno.

“El buey y el asno no son simples productos de la piedad y de la fantasía, sino que se han convertido en ingredientes del acontecimiento navideño. En Isaías leemos:  “El buey conoce al propietario, y el asno el pesebre del amo; pero Israel no conoce y mi pueblo no comprende”.  Los Padres de la Iglesia vieron en estas palabras una profecía referida al nuevo pueblo de Dios, a la Iglesia compuesta de judíos y paganos, que eran como bueyes y asnos, sin inteligencia ni conocimiento. Pero el Niño en el pesebre les ha abierto los ojos, de forma que ahora conocen la voz del propietario, la voz de su Señor”. Y luego nos aplica a todos ese símil con estas palabras: “nosotros, que ante lo eterno somos como bueyes y asnos, a quienes en esa Noche Santa se les han abierto los ojos, para que reconozcan en el pesebre a su Señor” (Alfa y Omega, 13-I-2000)

Y con la Virgen Santísima y el Santo Patriarca José, Santa Navidad. 

ernesto.julia@gmail.com

 

La Navidad es la celebración del mayor acontecimiento histórico

Escrito por Jorge Espinosa Cano.

La celebración del nacimiento de Jesús es un hecho histórico al grado que los calendarios y sus referencias al pasado la situaron como el año cero.

Aunque ahora se ha ido perdiendo un tanto esta idea, la realidad es que la celebración del nacimiento de Jesús es un hecho que universalmente se fue aceptando como el gran acontecimiento histórico al grado que los calendarios y sus referencias al pasado situaron el nacimiento de Jesús como el año cero, esto fue promovido desde el siglo IV por un monje llamado Dionisio y se generalizó durante el siglo XI en Europa, y a partir de entonces se habló de lo acontecido antes y después de Cristo, aunque hoy ante una corriente de un laicismo anticristiano se pretende cambiar dicha nomenclatura.

Pero para nuestra cultura occidental a la cual estamos insertados los mexicanos la influencia de las celebraciones de la Navidad han constituido una parte muy importante de nuestro acontecimiento social, independientemente de tener o no fe en lo que proclama la Iglesia de que Jesús es el salvador.

La mexicanización de la Navidad se vio muy impulsada por las llamadas posadas, las posadas son una serie de festividades que se llevan a cabo en México desde tiempos de la Colonia. Su origen es de carácter religioso, en el que se representa el peregrinar de José y María en su camino a Belén, pero desde finales del siglo XVIII forman parte de la cultura popular al ser organizadas por las familias con los tradicionales cantos, rezos y las piñatas de siete picos, los dulces y platillos exquisitos, que después fueron perdiendo en muchos casos su sentido tradicional y se convirtieron en simples fiestas.

Hoy sin embargo nos encontramos frente a una situación completamente inédita e inimaginable al principio de este año, y todo el enfoque de las fiestas navideñas deberá ser completamente diferente, y sobre todo porque es precisamente en estos días cuando la pandemia del COVID-19 ha tomado una fuerza relevante sembrando gran preocupación en la mayor parte de la sociedad, no solamente de México sino del mundo entero.

De ahí que sería muy bueno replantearnos dos cosas; en primer lugar la oportunidad de recordar el auténtico sentido de la Navidad, para los creyentes como una enorme oportunidad de profundizar en el sentido de lo que significa el recuerdo de la venida de Jesús desde el punto de vista espiritual y de la realidad de la vida de cada uno, pero para la sociedad no creyente o distante de la fe no deja también de ser una gran oportunidad para reflexionar sobre las características humanas del mensaje de Jesús en el orden del amor al prójimo, que se debería reflejar en una situación de paz, de justicia y de orden que necesariamente nos conduciría a una sociedad con mayores oportunidades de progreso y mejor calidad de vida para todos.

Los medios electrónicos nos proporcionan la oportunidad de permanecer en contacto con nuestros parientes y amigos inclusive de forma visual, y aunque desde luego nunca será lo mismo que la presencia física, al menos nos permite una cierta cercanía y el intercambio de ideas y de mensajes de amistad y amor que nos permitirán compartir estas fiestas navideñas.

Deseo a todos que el espíritu renovador que trajo Jesús al mundo nos mueva a trabajar por ser mejores personas, y nos impulse a comprometernos también en luchar porque la paz y la justicia se hagan una realidad, y podamos ejercer una influencia vigorosa y positiva para que los gobernantes asuman las decisiones que sean para provecho de los ciudadanos y no solamente de los que se encuentran en el poder.

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Fratelli Tutti (VII). Sacar al “ángel cautivo”

Escrito por José Martínez.

La persona humana es como ese “ángel cautivo” que falta liberarlo para que alcance su plenitud: la educación se dedica a lograr sacar lo mejor de cada uno.

1) Para saber

Un día, el papa Julio II miraba a Miguel Ángel, uno de los más grandes escultores de todos los tiempos, atormentándose por tallar rápidamente un bloque del mármol. Él le preguntó:

—Pero, ¿por qué esculpe tan fuertemente?

Miguel Ángel le contestó:

—¿Acaso no ve que hay un ángel cautivo en ese trozo de mármol? Lo que hago es apurarme para tratar de liberarlo.

La persona humana es como ese “ángel cautivo” que falta liberarlo para que alcance su plenitud: la educación se dedica a lograr sacar lo mejor de cada uno, que cada una de las potencias humanas se vaya perfeccionando. Y así como los músculos del cuerpo pueden ir adquiriendo fuerza a base de ejercicios, también el alma tiene sus “músculos”, sus facultades, que han de irse perfeccionando y los ejercicios que lo consiguen son los actos virtuosos, sean, por ejemplo, de fortaleza, de templanza o justicia. Cuando se han ejercitado suficientemente, se puede decir que la persona es virtuosa. Teniendo en cuenta, afirma el papa Francisco, en su carta “Fratelli tutti”, que cada virtud debe tener una apertura a la unión con otras personas. Es decir, han de tener presente la caridad, pues de otro modo, sólo serían virtudes aparentes, y no serán capaces de construir la vida en común. Por ello decía santo Tomás de Aquino que la templanza de una persona avara ni siquiera es virtuosa (cfr. n.91).

2) Para pensar

Nuestros actos nos van modelando, nos forman, haciendo que seamos de determinada forma, sea para bien o para mal. Así es como se adquieren las virtudes o los vicios. Decía una persona que si la ataban con un hilo de seda, se reía, pues fácilmente los rompía. Si eran tres, otro tanto. Pero si le ataban con mil hilitos de seda, ya no los podría romper.

De semejante manera sucede con los malos hábitos, que son cuerdas que nos esclavizan. Esas cuerdas están formadas por los hilitos de seda de los actos pecaminosos que parecen pequeños y sin importancia al comienzo. Desarraigar la costumbre, dejada por un mal acto, es fácil. No tanto después del segundo acto. Pero mucho más difícil después del vigésimo y hasta heroico después del milésimo. Esta es la razón por la que el pecado es malo, por el daño que nos produce y no tanto por ser declarado como tal. El pecado no es malo porque se ha dicho que es malo, sino que es pecado porque es dañino para la persona y por eso se declaró malo.

San Buenaventura, con otras palabras, explicaba que las otras virtudes, sin la caridad, estrictamente no cumplen los mandamientos «como Dios los entiende». En cambio, si nuestros actos van acompañados de la caridad, nos vamos formando hacia el bien.

3) Para vivir

La altura espiritual de una vida humana, señala el papa, está marcada por el amor, que es el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana. Sin embargo, hay creyentes que piensan que su grandeza está en la imposición de sus ideologías al resto, o en la defensa violenta de la verdad, o en grandes demostraciones de fortaleza. Todos los creyentes necesitamos reconocer esto: lo que nunca debe estar en riesgo es el amor, el mayor peligro es no amar y por ello lo primero siempre es y será el amor.

 

Adviento en pandemia

Escrito por Mario Arroyo.

La pandemia constituye una ocasión privilegiada para vivir más intensamente el adviento, el espacio para preparar la Navidad, pues nos recuerda nuestra limitación y fragilidad.

En tiempos de pandemia se nota más vivamente la necesidad de un Salvador o, dicho de otra forma, se palpa de modo tangible la limitación e insuficiencia humana. La pandemia constituye una ocasión privilegiada para vivir más intensamente el adviento, el espacio para preparar la Navidad, pues nos recuerda nuestra limitación y fragilidad, la precariedad de nuestras posibilidades.

Ciertamente nuestra fragilidad no es impotencia. La sociedad rápidamente se organizó y estableció ciertos protocolos de seguridad y funcionamiento. Los laboratorios desataron una frenética carrera para elaborar la vacuna, y a un año de distancia del inicio de la pesadilla, si bien pervive la crisis, el panorama no es tan desolador. Sin embargo, nos ha servido para darnos cuenta de que muchas veces todos nuestros avances científicos y tecnológicos, todo nuestro poderío económico, pueden aparecer impotentes frente a un enemigo inesperado y sorpresivo, que a la postre es minúsculo. La precariedad y fragilidad de la existencia se tornan evidentes.

Digamos que ese clima es propicio para una vivencia auténtica del adviento. Tiempo de espera, de expectativa, que se solapa armoniosamente con la espera del fin de la pandemia. ¿Qué es lo que esperamos? En el adviento esperamos un Salvador, que paradójicamente ya vino, pero todavía no es patente el fruto de su venida. Pudiera parecer incluso un fracaso, pues vino para salvar al mundo, y hoy la humanidad está moralmente sumida en el pecado, atemorizada físicamente por una enfermedad. El cuadro no podría ser más desalentador.

Sin embargo, la espera desde el ángulo de la fe no podría ser más gozosa. Profesamos que Cristo ya vino, que nuestro Salvador llegó y no fracasó, por el contrario, nos salvó, aunque todavía no se manifiesten plenamente los frutos de esa salvación, solo sus indicios claros. Esa es la alegría que precede a la Navidad, la certeza, que solo puede dar la fe, de que el mal ha sido vencido de manera definitiva, de una vez y para siempre. Pero ahora estamos en el periodo de la historia en el cual se anhela la segunda venida del Salvador, aquella en la cual lo ganado en la primera se manifieste de modo contundente e irrevocable.

Por ello, el clima espiritual de la Iglesia es análogo a la ansiosa espera de Israel por su Mesías. Análogo, pero más agudo, porque palpamos de modo tangible nuestra limitación, primero moral, ahora, gracias a la pandemia, física. Es patente cómo una y otra vez intentamos “arreglar el mundo” sin conseguirlo, cómo cada generación de hombres debe luchar contra sus propios demonios, en una especie de agotadora carrera sin fin que remeda la tragedia de Sísifo. A veces parecen flaquear nuestros recursos morales, victimas del cansancio, la desesperanza y el desaliento. Si a ello se añade la incertidumbre respecto a la salud, se torna más urgente la necesidad de elevar los ojos al cielo y clamar pidiendo ayuda, reconociendo que nosotros solos no podemos. Una vez más, como siempre, necesitamos de Dios.

El adviento es el tiempo en el que por excelencia tenemos una mayor lucidez y clarividencia de nuestra necesidad de Dios o, dicho a la inversa, de nuestra insuficiencia. Pero, al mismo tiempo, es la ocasión de la esperanza por excelencia, porque tenemos la seguridad de lo que aún no poseemos y anhelamos con fe. Para quien vive bien el adviento no hay duda, Dios vendrá en el momento más oportuno, a enjugar toda lágrima y dar fin a la titánica lucha por crear un lugar armonioso para vivir, donándonos la vida eterna. Esta esperanza sobrenatural, con mayúscula, nos ayuda a sobrellevar las otras esperanzas, con minúscula, que de alguna forma penden de ella; por ejemplo, la inmediata esperanza de alcanzar el fin de la pandemia y volver a nuestra vida normal.

En cualquier caso, el adviento nos recuerda que la verdadera vida no es esta, surcada por limitaciones, sino la vida eterna, donde ya no hay sombra del ocaso, ya no hay temor de perder lo que Cristo gratuitamente nos ha donado, de una vez y para siempre. A nosotros nos toca, en este tiempo de inmediata preparación para la Navidad, fomentar en nuestro interior ese anhelo del Salvador.

 

La hecatombe de la bipolaridad social

Ana Teresa López de Llergo

El respeto a los derechos humanos es muy loable. Y el primer derecho que sustenta a los demás es el derecho a la vida.

Con bipolaridad no me refiero al fenómeno que sufren algunas personas al vivir periódicamente cambios drásticos y opuestos en su estado de ánimo.

Con base en ese fenómeno personal, aplico la bipolaridad a actitudes y consideraciones opuestas que al exponerse afectan profundamente a la sociedad en general y a cada ciudadano en particular.

Cuando se lanzan en los medios ideas contrarias, me parece que para ser más conscientes de lo que podemos ocasionar, podemos agrupar a nuestros receptores en tres tipos: personas centradas, personas inseguras y personas mal intencionadas.

Las personas centradas son aquellas que cuidan a su familia, tienen trabajo y buenas relaciones sociales. En principio reciben mensajes contradictorios y detectan las incongruencias. Pueden o no poner medios para contrarrestar las influencias destructoras.

Las personas inseguras se inquietan con ese tipo de noticias y no saben cuál de esos extremos es el aceptable. Por lo tanto, pueden tomar un camino equivocado o se paralizan y no actúan. Estos grupos empobrecen a la sociedad, pues no aportan o son volubles e inconstantes por falta de criterio. Son materia segura para la manipulación y son presa de líderes oportunistas. En este grupo pueden caber los niños y los jóvenes que aún no tienen conocimientos suficientes y están en proceso de formación.

Las personas mal intencionadas se aprovechan de la ingenuidad o de la inseguridad de los demás y ven el modo de sacar provecho. O, definitivamente ya son parte de grupos deshonestos que incitan a los demás a seguirles, los extorsionan y los someten con amenazas. En este grupo están las personas que construyen las falacias.

Las personas centradas no hacen caso de las noticias confusas, pero pueden llegar a ser minoritarias y sufrir las agresiones de los demás. Así la sociedad va perdiendo la aportación de los buenos ciudadanos y, las buenas influencias.

Las personas inseguras, por temor, es más fácil que engrosen las filas del tercer grupo. Con lo cual aumentarán los miembros de la sociedad que requieren reeducación y mucho seguimiento para impedir sus tropelías. A este grupo se debe gran parte de la difusión de mensajes contradictorios, y que por su ignorancia secundan los errores que más adelante se exponen.

A continuación, podemos analizar algunos planteamientos de los que todos somos testigos.

Indignan las violaciones, cada vez más frecuentes, que sufren incontables mujeres, niñas y niños. A la vez, las propuestas educativas para la niñez imponen el supuesto derecho de gozar del ejercicio de la sexualidad desde esas tempranas edades, y se les instruye en el modo de hacerlo. Con lo cual, desde pequeños adoptan esos hábitos y crecen ejercitándolos. Obviamente, cuando llegan a la juventud han atrofiado el gobierno de sus pasiones y aplican sin control sus apetencias. La supuesta educación los ha incapacitado para la reflexión y el autogobierno sobre sus pasiones. Simplemente actúan porque así lo han hecho, con el beneplácito de sus maestros y las omisiones de sus padres. Y violan.

La libertad es uno de los derechos humanos que se defienden con vehemencia. Y es legítimo hacerlo. A la vez, muchas voces defienden el derecho al consumo de drogas. Los veraces expertos en salud dan testimonio de los funestos estragos que ocasionan el consumo indiscriminado de las drogas: los hacen dependientes y agresivos si no satisfacen sus deseos. La contradicción está en la imposibilidad de compaginar la libertad y la dependencia.

Se defiende el derecho a un trabajo bien remunerado para que toda persona pueda satisfacer adecuadamente sus necesidades y sostener a su familia. A la vez, encontramos el recorte a los recursos económicos para la educación. Con lo cual nos encontramos con un contingente de profesores mal capacitados, incapaces de otorgar una educación de calidad a las generaciones futuras. Al egresar los alumnos no podrán realizar bien su trabajo y difícilmente lo conservarán. Con lo cual en la sociedad habrá exceso de desempleados por incapacidad.

El respeto a los derechos humanos es muy loable. Y el primer derecho que sustenta a los demás es el derecho a la vida. A la vez, la presión para despenalizar el aborto se escuda en reales o supuestas injusticias cometidas a las mujeres gestantes. Los argumentos se apoyan en falacias que defienden como verdades y, todo esto lo quieren legalizar. Con lo cual el Derecho se convierte en un pseudo derecho. No lo apoya la verdad sino la mentira, porque una mujer gestante nunca es autónoma, está profundamente vinculada a su hijo.

Otra agresión al derecho a la vida es la eutanasia. Nunca los problemas de salud o los provocados por la edad pueden poner fin a la vida humana.

La justicia es una demanda social indiscutible para alcanzar la paz. Una de las condiciones para facilitar la paz son los convenios donde las dos partes se ponen de acuerdo. Por ejemplo, los contratos laborales son un medio para garantizar la justicia e impedir el enriquecimiento injusto por cualquiera de las partes. A la vez, muchas veces encontramos contratantes que no pagan el salario justo o los contratados que no realizan el trabajo debidamente o substraen bienes que no les pertenecen. A la vez se admira a quienes tienen la sagacidad de violar los convenios.

La salud es un derecho importantísimo que se ha de considerar en la sociedad. El ejercicio de la profesión de los profesionales de la salud siempre ha de caracterizarse por la honestidad y la entrega al servicio de los pacientes. A la vez, hay médicos o terapistas que mercantilizan a sus pacientes y les hacen dependientes cuando ya están sanos. Otras veces, la industria farmacéutica eleva el precio de las medicinas a costa de la atención a personas con escasos recursos.

La conclusión es: ¿Para que no haya criminales se legaliza el crimen?

Hijos de padres separados

Lucía Legorreta

Lo mejor que pueden hacer los padres que han decidido divorciarse es pensar en sus hijos y ponerlos por delante.

Es deber de los padres educar a los hijos, para que crezcan en la responsabilidad de sí mismos y quienes los rodean. Para que los hijos sepan escuchar y obedecer, los padres deben hacerlo de una manera firme pero amorosa.

De aquí, que la relación entre padres e hijos debe ser equilibrada, deberes y derechos de unos hacia otros. No es una tarea fácil, sobre todo para papás y mamás que solo ven a sus hijos por la noche cuando vuelven cansados del trabajo.

Y más difícil se vuelve cuando los padres están separados. Han tenido dificultades y han tomado la decisión de alejarse el uno del otro. Pero ¿qué sucede con los hijos? ¿Qué pasa por aquellas mentes pequeñas y de adolescentes cuando se dan cuenta que la pareja que los formó ya no está junta?

Muchas veces el o los hijos son tomados como rehenes, el padre le habla mal de la madre y viceversa. Esto causa en ellos grandes conflictos.

Papá o mamá; matrimonios separados, nunca, nunca, deben tomar al hijo como rehén. No pretendas que tu hijo te demuestre su amor, ignorando, criticando o dejando de ver a tu excónyuge.

Si han tomado esta difícil decisión, sea cual fueren los motivos, los hijos no deben de llevar el peso de esta separación. Que los hijos no sean utilizados como armas contra el otro cónyuge.

Que los hijos crezcan escuchando que la madre habla bien del padre, aunque no estén juntos. Y que el padre habla bien de la madre. Para los matrimonios separados esto debe muy importante, sé que es difícil, pero puede lograrse.

Los hijos de padres separados deben ver que sus padres se tratan bien entre sí, que son dos personas adultas y maduras, que dejan a un lado sus diferencias y heridas por el bien de sus hijos.

La madurez, apertura, forma y cariño con que actúen ambos ante los hijos y entre ellos serán decisivos para la futura relación; siempre serán papá y mamá, aunque ya no estén juntos.

Recuerda las siguientes reglas de oro:
- Nunca hables mal del padre o la madre cuando el niño esté presente.
- Acepta ante los niños que el divorcio es un fracaso, no te justifiques o minimices lo que ha sucedido.
- Evita sentirte culpable y empezar a compensar con cosas materiales.
- El que haya ocurrido un divorcio no significa que no deba haber disciplina en la educación de tus hijos.
- No les tengas lástima a tus hijos o a otros niños por el hecho de ser hijos de padres divorciados.
- No pretendas que tus hijos te demuestren su amor, volviéndose en contra de tu expareja.

Lo mejor que pueden hacer los padres que han decidido divorciarse es pensar en sus hijos y ponerlos por delante. Es algo que siempre te lo agradecerán. De lo contrario, sólo sembrarás rencores y tristezas que acabarán alejándote de lo que más quieres en tu vida: tus propios hijos.

La lección de la inocencia

Uno de los elementos más bellos de la inocencia es la capacidad de soñar. Es la búsqueda instintiva de un mundo maravilloso, de un mundo más allá de lo visible.

Un lector de El Mercurio escribió hace un tiempo la siguiente carta:

Contenidos

 

Le debo informar al señor Ministro que millones de niños sí esperan al Viejo Pascuero cada Navidad. No le quitamos la capacidad de soñar a nuestros hijos tan sólo porque otros ya no la tienen“.

Al leer estas líneas, recordé un artículo que había leído hace algunos años, y que constituye un saludable refrigerio para los días tan materializados en que vivimos

* * *

En una mañana de Septiembre del año 1897, el Redactor Jefe del periódico neoyorquino “The Sun” encontró sobre su mesa de trabajo la siguiente carta de una niña de 8 años:

Niña pregunta por existencia de Santa Claus

Estimado Señor Redactor:

Tengo ocho años de edad, algunas de mis amigas siempre me dicen que no existe el Viejito Pascuero. Sin embargo mi Padre afirma que si esa existencia “The Sun” la confirma, entonces es que existe el Viejito Pascuero. Por favor dígame la verdad: ¿existe realmente el Viejito Pascuero?

Virginia O’Hanlon

Respuesta del Redactor del diario

Francis Church , Redactor de “The Sun”, con reluctancia e indecisión tomo para sí la tarea de responder a la carta de Virginia. Entretanto habiendo comenzado a escribir, las palabras saltaron rápidas sobre el papel, y así surgió la siguiente carta:

La inocencia busca de modo instintivo un mundo maravilloso, un mundo más allá de lo visible.

Virginia:

Tus amigas no tienen razón. Ellas sufren una enfermedad pésima y que más tarde les traerá muchos dolores. Ten cuidado para que esa enfermedad no te coja. Se trata de una enfermedad del alma. Nosotros los adultos la llamamos incredulidad, espíritu de crítica, falta de inocencia. Tus amigas y otras personas que intentaron convencerte piensan que son sabias y experimentadas, porque sólo admiten como real aquello que pueden ver con los ojos y tocar con las manos. ¡Sin embargo ellas no saben cuan poco es eso!

Ahora pequeña Virginia, imagina todo ese inmenso Globo terrestre con sus lagos y montañas, con sus ríos y mares, y flotando sobre nuestras cabezas el cielo infinito con sus miríadas y miríadas de estrellas. Imagina cuantas especies de seres existen en el mar, en los aires y sobre la tierra. El hombre es apenas uno entre millares de seres y además ¡cuán pequeño! Delante de las inmensidades del universo, él es poco más que un abejorro o una hormiga. ¿Cómo entonces puede el hombre ver todo lo que existe y con su pequeño entendimiento querer explicar todas las cosas?

Sí, Virginia, ¡existe el Viejito Pascuero! Con tanta certeza como existen el cariño y la alegría, el amor y la bondad, los cuales sin embargo no podemos ver con los ojos, ni palpar con nuestras manos. Pero todo eso existe. Tú misma ya los experimentaste. ¿Y no traen ellos belleza y alegría en tu vida?

¡Ah, como sería triste el mundo sin el Viejito Pascuero! Tan triste como si no hubiese más Virginias, como si no existiesen más los cuentos de hadas, los ángeles, las canciones, las historias infantiles escritas por los poetas. O si, por el contrario, sólo hubiese gente que jamás se encanta con nada, que jamás sonríe. Entonces estaríamos todos perdidos. Y aquella luz eterna que jamás se apaga, con la cual los niños iluminan el mundo y que acompaña a todo niño que nace, esta se apagaría para siempre.

¡¿No creer en el Viejito Pascuero?! Entonces nadie más necesitaría creer en hadas y ángeles. Tú podrías convencer a tu padre que colocase vigías delante de cada chimenea en la Noche de Navidad, para que ellos pudiesen coger al Viejito Pascuero.

¿Qué quedaría entonces probado si ellos no lo viesen descender por la chimenea? Nadie ve al viejito Pascuero. Eso, sin embargo, no prueba que no exista. Las cosas que en este mundo son verdaderamente reales no las pueden ver ni los niños ni los adultos. ¿Ya viste alguna vez danzar un hada sobre los prados floridos? El hecho de que no la hayas visto no prueba que el hada no dance en los prados. Nadie puede comprender las maravillas invisibles del universo.

Tú puedes desmontar un cascabel de un niño para ver cómo se produce propiamente el ruido de las piedrecitas que se entrechocan. Sin embargo, sobre el mundo invisible hay un velo extendido, el cual no puede ser rasgado ni aun por el hombre más fuerte de la tierra y ni siquiera por la fuerza conjunta de todos los hombres fuertes de todas las épocas. Solamente la Fe y la Caridad pueden levantar un poquito la punta de este velo y así contemplar la belleza y esplendor sobrenatural que se esconden detrás de él.

¿Será todo eso realidad? ¡Oh, Virginia sobre la tierra nada hay más real ni más verdadero que eso! ¡Gracias a Dios que el Viejito Pascuero vive y vivirá eternamente! En los próximos mil años “ ¡Oh, qué digo, pequeña Virginia “, en los próximos diez mil años multiplicados por otros tantos mil años, el Viejito Pascuero continuará haciendo que los corazones puros de los niños se alegren y batan con más fuerza en la bendecida noche de Navidad.

Publicado en Catolicismo n° 576 Diciembre de 1998 –

Nota: Desde el punto de vista de la Doctrina Católica, cabrían algunas ponderaciones e incluso restricciones que hacer al texto reproducido. Por ejemplo, él parece equiparar la existencia de los ángeles, cuya existencia es cierta por la Fe, con las hadas y otros seres imaginarios. Sin embargo tales ponderaciones son más o menos intuitivas, y lo que se quiere resaltar es sólo la necesidad de la creencia en un mundo sobrenatural y maravilloso que encontraremos plenamente en el Cielo, en oposición a una cierta mentalidad materialista moderna, para la cual sólo tiene existencia real lo que es palpable.

 

Jornadas 2020 por la vida 

Al menos en una decena de iglesias en la ciudad de Valladolid, se han realizado jornadas en diciembre para rezar por la vida.  En San Lorenzo, la iglesia de la Patrona,  estuvo presidida  por Monseñor Argüello, Obispo Auxiliar de Valladolid y Secretario General de la CEE. En su Homilía, reparó en la particularidad de esta Navidad diferente, “quizá con menos ropaje exterior”, que recuerda la sencillez de la Navidad primera. Animó a poner el belén en nuestras casas.  Tras resaltar la importancia del Evangelio de la Vida, dijo: “Vayamos a lo esencial,  para que, desde lo esencial, podamos decir a nuestros contemporáneos que es esencial para nuestro propio futuro como sociedad, cuidar la vida, promover la vida, acoger la vida en época de invierno demográfico; porque el mismo Dios quiso hacerse carne, nacer y habitar entre nosotros y experimentar  el sufrimiento”. Hizo referencia al sufrimiento ante la enfermedad de las personas muy queridas cuando se cree inútil, porque, quizá, “no se está cerca de la Cruz Gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo”, el cualen su sufrimiento y resurrección ha vencido definitivamente a la muerte”. Con la petición propia del Adviento, «¡Maranatha!», exclamó: “Ven, Señor Jesús”. Manifestó:“ sabemos que la promesa del Señor se cumple y vendrá a nuestro encuentro pleno y definitivo en su Segunda Venida, y experimentaremos la alegría plena.”.[Youtube: (Sábado. I Vísperas del III Domingo de Adviento "Gaudete" (19 ...]

En la monición de entrada, una mujer rememoró las palabras del Papa: " El primer derecho de una persona es su vida La atención a la vida humana en su totalidad se ha convertido en los últimos tiempos en verdadera prioridad del magisterio de la Iglesia (…). La situación paradójica se ve en el hecho de que, mientras se atribuyen a las personas nuevos derechos, a veces aunque supuestos, no siempre se tutela la vida como valor primario y derecho primordial de cada hombre” ( Papa Francisco). En las Preces, se ha implorado por  los niños no nacidos y por los ancianos e impedidos, para que nadie cuestione LA DIGNIDAD Y VALOR DE SU VIDA, reciban la atención amorosa de su familia y del médico y “se respete siempre su vida”. Se ha rezado también por los enfermos de Covid y el fin de la pandemia.

 Josefa Romo

 

A cuenta de la eutanasia  

 

La actitud del gobierno en relación con la Ley de Eutanasia cuando todos estamos sufriendo por la muertes por Covid y estamos confinados y calladitos, me produce un auténtico dolor. Me parece  una falta de respeto a los ciudadanos, a quienes dice que " nadie quedará atrás ". No sobra nadie, todos merecemos el respeto a nuestra vida, un derecho. Seguramente, esta medida permitirá subir las pensiones porque seremos menos. Por favor, seamos sensatos. Como madre, como hija y como médico he dedicado mi vida a la atención a pequeños y mayores, y no puedo entender, desde una perspectiva seria y responsable, decantarse por la eutanasia: el avance de la medicina ha hecho posible la erradicación del dolor. Los enfermos físicos y psíquicos lo que necesitan es atención, cuidados,  acompañamiento y sentirse queridos. La solución humana y verdaderamente de progreso son los cuidados paliativos. 

María Arranz 

La gratuidad de la enseñanza pública

La escuela pública actual cuenta con buenas instalaciones y unos recursos materiales que no tienen nada que envidiar a los de la mayoría de las escuelas privadas. Otra cosa es que se cuide menos el mantenimiento, pues en este aspecto el propietario privado suele ser más diligente. Pero, en lugar de presumir de buenas instalaciones, los “defensores” de la enseñanza pública se dedican a airear los casos de algún colegio donde se ha empezado el curso en unos barracones por no haberse terminado las aulas a tiempo. Como si eso fuera lo representativo del sector público.

Sin duda, la gratuidad de la enseñanza pública en todos los niveles es una gran baza frente a una enseñanza concertada donde las familias suelen pagar algún tipo de complemento en la enseñanza obligatoria, porque el concierto no lo cubre todo, y deben asumir el coste total en la no obligatoria. Pero esto no puede transformarse en el único argumento para atraer a las familias, que en muchos casos están dispuestas a pagar en busca de la excelencia académica.

Y es en este punto de la excelencia académica donde el marketing de la escuela pública lo tiene más difícil. Sin duda, también dentro del sector estatal hay variedad de centros, algunos excelentes y otros muy mejorables. Pero, en el conjunto de la enseñanza, en la escuela concertada hay menos abandono escolar, menos repetidores y un mayor porcentaje de titulados en Bachillerato. En esto influye también la procedencia social del alumnado. Pero tampoco hay que olvidar que al escolarizar a más de dos de cada tres alumnos la enseñanza estatal siempre va a ser más heterogénea.

Un buen marketing  de la enseñanza púbica debería  caracterizarse por hablar bien de su alumnado. Sin embargo, en vez de destacar el variado origen social de sus alumnos y los logros obtenidos, el mensaje lanzado a la opinión pública insiste en que la enseñanza estatal –a diferencia de la concertada– acumula los alumnos con mayores necesidades especiales, los de origen inmigrante y los que van más retrasados.  No se puede decir que sea el argumento más convincente para atraerse a las familias.

Y eso es lo que debe promover el marketing de la enseñanza estatal. En lugar de pedir nuestra adhesión ideológica, buscar la fidelización del cliente satisfecho. Una defensa de la enseñanza pública basada en el victimismo y la queja, no es muy productiva, excepto para la batalla política.

Domingo Martínez Madrid

 

La Ley de Eutanasia

Esta ley, la Ley de Eutanasia, se ha aprobado acortando plazos, sin debate social, sin escuchar a los expertos y desechando las recomendaciones de organismos consultivos del estado como el Consejo de Bioética. Y se ha aprobado sin que exista una ley de cuidados paliativos que garantice su acceso a toda la población, provocando así una situación de verdadera desigualdad social. Tampoco se ha tenido en cuenta la experiencia de los pocos países donde se ha legalizado la eutanasia, donde se ha visto cómo presiona a las personas más vulnerables. Muchos españoles de cualquier creencia y condición concuerdan con la petición de nuestros obispos a cuantos tienen responsabilidad en la toma de estas graves decisiones para que actúen en conciencia, teniendo en cuenta la verdad y justicia. El 16 fue un día para rezar por ello, y para renovar el compromiso incansable a favor de la vida en cualquier circunstancia.

La vida es siempre un don, mientras la eutanasia es siempre un fracaso. Los obispos destacan la gravedad de que el estado cambie sus fines

Jesús Martínez Madrid

 

 

LOTERÍA: El gran engaño y no el gran día

 

                                El martes es el “gran día de la prueba”; y fue fijado así por cuanto por cuanto es el gran día de recaudar masivamente impuestos (pienso) y sin riesgo alguno para el voraz recaudador; tan es así que todos los países fomentan y monopolizan el gran negocio, que incluso en Europa, se ha hecho como continental y hay una brutal lotería europea que se prodiga enormemente cada semana.

                                Y el político buscó este día, por cuanto es la víspera del día que yo entiendo como el del “gran engaño”, por cuanto de señuelo y engaño tienen todos los jolgorios y excesos de esa bacanal cual es la actual navidad”; y también en el que las masas se dislocan y se olvidan de todo pensando en los millones del gran engaño y que nunca le llegan al iluso; o sea el día de “la lotería de Navidad”, que es el 22 de diciembre. Hecho que da cuerda a la invasión de informadores, que lo tienen “chupado”, para entretener al máximo y por varios días a la masa de individuos y así los aíslan de todos los problemas que les pueden ocupar o preocupar mentalmente; en este señalado día; que como ahora mismo, disimula y aparta los infinitos problemas de España y en especial, el último hecho que es la ruina que nos ha traído el “virus chino”.

                                Por otra parte este día “grande” es el día más grande en que la Hacienda Pública, extrae los mayores ingresos diarios de cada año, puesto que en este  día y debido a los impuestos que se quedan de la lotería, yo estimo que se queda con el cincuenta por ciento del valor del sorteo;ya que además, estudiado al máximo, la mayoría de los reintegros que devuelve ese día, los ilusos jugadores se los van a jugar en el otro señuelo cual es la denominada “lotería del niño”, en la que ya y por los mismos motivos, el Estado “se llevará hasta el manso”;  y es por lo que yo mismo (supongo que muchos más) no jugamos a la lotería o loterías españolas (hay muchas) ya que en general, los juegos de azar, a los únicos que son rentables son a los inventores o mejor dicho, a los que explotan el negocio de forma monopolista; de ahí que el Estado no permita competencia, salvo a “la de los ciegos” y que como sabemos, fue así por obra y gracia del tan criticado Caudillo Franco, que les regaló (lo fundó en 1938) el monopolio, lo que luego después lo han ampliado hasta donde les ha dado la gana y de ahí la potencia de “los ciegos españoles y asociados”.

                                La mejor lotería y como decían las personas sensatas de cuando yo era niño, la sintetizaban con la siguiente e ilustrativa frase: “La economía es la mejor lotería”. Lo que tristemente, lo han cambiado los que están destruyendo al mundo y de paso a sus habitantes, con la imposición del consumo criminal que ya devasta a la incivilización actual; pero de esto “no interesa que hablemos”; es mejor seguir “lo que aquel fraile del cuento decía sobre San Antón o la virgen” y caiga quién caiga. Y cuya metáfora o cuento reproduzco a continuación.

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                                Viejo chiste de aquella pareja de fornicadores, en la que el fornicador y en el momento máximo del clímax sexual y ante el grito de alarma de la fornicada, responde ya sin freno humano… “Da igual si sale con barbas San Antón y sino la ejem, ejem” (hay muchas versiones que el lector busque la que más guste).

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes