Las Noticias de hoy 19 Diciembre 2020

Enviado por adminideas el Sáb, 19/12/2020 - 13:00

Por la dignidad de las personas. David Muñoz* | SomosNadie.com

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 19 de diciembre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

MENSAJE DEL SANTO PADRE

El Papa al ‘Theologisches Studienjahr’: “Sois testigos” de una “fe vivida”

Adviento: Tercera y última predicación del cardenal Cantalamessa

Obispos europeos piden combatir COVID-19 respetando libertad religiosa

INFANCIA ESPIRITUAL: Francisco Fernandez Carbajal

“Sin Él no podemos nada”: San Josemaria

Un susurro en el alma: el silencio de Dios: Marco Vanzini - Carlos Ayxelá

Necesidad de una estrella: encuentra.com

El más grande, El más pequeño: Sheila Morataya

Evangelio del domingo: He aquí la esclava del Señor

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO.: + Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

“Los cuidados paliativos mejoran la calidad de vida del paciente, aumentan su supervivencia y además ahorran costes en la asistencia sanitaria”: María Salanova

La despenalización de la eutanasia en España: 9 razones a favor y 9 respuestas: Diego Poole Derqui

Trabajo: Daniel Tirapu

Vivir en la alegría: Silvia del Valle Márquez.

No tengo tiempo: Lucía Legorreta

El amor no se acaba, se abandona: Salvador I. Reding.

La Navidad empieza por casa: LaFamilia.info 

La batalla contra la concertada: Juan García. 

LA “NUEVA”  NAVIDAD.:  Amparo Tos Boix, Valencia.

La producción, divulgación y el consumo de pornografía.: Domingo Martínez Madrid

El discurso de “Navidad” que iniciara Franco y…: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

MENSAJE DEL SANTO PADRE
FRANCISCO
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
54 JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

1 DE ENERO DE 2021

 

La cultura del cuidado como camino de paz

 

1. En el umbral del Año Nuevo, deseo presentar mi más respetuoso saludo a los Jefes de Estado y de Gobierno, a los responsables de las organizaciones internacionales, a los líderes espirituales y a los fieles de diversas religiones, y a los hombres y mujeres de buena voluntad. A todos les hago llegar mis mejores deseos para que la humanidad pueda progresar en este año por el camino de la fraternidad, la justicia y la paz entre las personas, las comunidades, los pueblos y los Estados.

El año 2020 se caracterizó por la gran crisis sanitaria de COVID-19, que se ha convertido en un fenómeno multisectorial y mundial, que agrava las crisis fuertemente interrelacionadas, como la climática, alimentaria, económica y migratoria, y causa grandes sufrimientos y penurias. Pienso en primer lugar en los que han perdido a un familiar o un ser querido, pero también en los que se han quedado sin trabajo. Recuerdo especialmente a los médicos, enfermeros, farmacéuticos, investigadores, voluntarios, capellanes y personal de los hospitales y centros de salud, que se han esforzado y siguen haciéndolo, con gran dedicación y sacrificio, hasta el punto de que algunos de ellos han fallecido procurando estar cerca de los enfermos, aliviar su sufrimiento o salvar sus vidas. Al rendir homenaje a estas personas, renuevo mi llamamiento a los responsables políticos y al sector privado para que adopten las medidas adecuadas a fin de garantizar el acceso a las vacunas contra el COVID-19 y a las tecnologías esenciales necesarias para prestar asistencia a los enfermos y a los más pobres y frágiles[1].

Es doloroso constatar que, lamentablemente, junto a numerosos testimonios de caridad y solidaridad, están cobrando un nuevo impulso diversas formas de nacionalismo, racismo, xenofobia e incluso guerras y conflictos que siembran muerte y destrucción.

Estos y otros eventos, que han marcado el camino de la humanidad en el último año, nos enseñan la importancia de hacernos cargo los unos de los otros y también de la creación, para construir una sociedad basada en relaciones de fraternidad. Por eso he elegido como tema de este mensaje: La cultura del cuidado como camino de paz. Cultura del cuidado para erradicar la cultura de la indiferencia, del rechazo y de la confrontación, que suele prevalecer hoy en día.

2. Dios Creador, origen de la vocación humana al cuidado

En muchas tradiciones religiosas, hay narraciones que se refieren al origen del hombre, a su relación con el Creador, con la naturaleza y con sus semejantes. En la Biblia, el Libro del Génesis revela, desde el principio, la importancia del cuidado o de la custodia en el proyecto de Dios por la humanidad, poniendo en evidencia la relación entre el hombre (’adam) y la tierra (’adamah), y entre los hermanos. En el relato bíblico de la creación, Dios confía el jardín “plantado en el Edén” (cf. Gn 2,8) a las manos de Adán con la tarea de “cultivarlo y cuidarlo” (cf. Gn 2,15). Esto significa, por un lado, hacer que la tierra sea productiva y, por otro, protegerla y hacer que mantenga su capacidad para sostener la vida[2]. Los verbos “cultivar” y “cuidar” describen la relación de Adán con su casa-jardín e indican también la confianza que Dios deposita en él al constituirlo señor y guardián de toda la creación.

El nacimiento de Caín y Abel dio origen a una historia de hermanos, cuya relación sería interpretada —negativamente— por Caín en términos de protección o custodia. Caín, después de matar a su hermano Abel, respondió así a la pregunta de Dios: «¿Acaso yo soy guardián de mi hermano?» (Gn 4,9)[3]. Sí, ciertamente. Caín era el “guardián” de su hermano. «En estos relatos tan antiguos, cargados de profundo simbolismo, ya estaba contenida una convicción actual: que todo está relacionado, y que el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás»[4].

3. Dios Creador, modelo del cuidado

La Sagrada Escritura presenta a Dios no sólo como Creador, sino también como Aquel que cuida de sus criaturas, especialmente de Adán, de Eva y de sus hijos. El mismo Caín, aunque cayera sobre él el peso de la maldición por el crimen que cometió, recibió como don del Creador una señal de protección para que su vida fuera salvaguardada (cf. Gn 4,15). Este hecho, si bien confirma la dignidad inviolable de la persona, creada a imagen y semejanza de Dios, también manifiesta el plan divino de preservar la armonía de la creación, porque «la paz y la violencia no pueden habitar juntas»[5].

Precisamente el cuidado de la creación está en la base de la institución del Shabbat que, además de regular el culto divino, tenía como objetivo restablecer el orden social y el cuidado de los pobres (cf. Gn 1,1-3; Lv 25,4). La celebración del Jubileo, con ocasión del séptimo año sabático, permitía una tregua a la tierra, a los esclavos y a los endeudados. En ese año de gracia, se protegía a los más débiles, ofreciéndoles una nueva perspectiva de la vida, para que no hubiera personas necesitadas en la comunidad (cf. Dt 15,4).

También es digna de mención la tradición profética, donde la cumbre de la comprensión bíblica de la justicia se manifestaba en la forma en que una comunidad trataba a los más débiles que estaban en ella. Por eso Amós (2,6-8; 8) e Isaías (58), en particular, hacían oír continuamente su voz en favor de la justicia para los pobres, quienes, por su vulnerabilidad y falta de poder, eran escuchados sólo por Dios, que los cuidaba (cf. Sal 34,7; 113,7-8).

4. El cuidado en el ministerio de Jesús

La vida y el ministerio de Jesús encarnan el punto culminante de la revelación del amor del Padre por la humanidad (cf. Jn 3,16). En la sinagoga de Nazaret, Jesús se manifestó como Aquel a quien el Señor ungió «para anunciar la buena noticia a los pobres, ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dejar en libertad a los oprimidos» (Lc 4,18). Estas acciones mesiánicas, típicas de los jubileos, constituyen el testimonio más elocuente de la misión que le confió el Padre. En su compasión, Cristo se acercaba a los enfermos del cuerpo y del espíritu y los curaba; perdonaba a los pecadores y les daba una vida nueva. Jesús era el Buen Pastor que cuidaba de las ovejas (cf. Jn 10,11-18; Ez 34,1-31); era el Buen Samaritano que se inclinaba sobre el hombre herido, vendaba sus heridas y se ocupaba de él (cf. Lc 10,30-37).

En la cúspide de su misión, Jesús selló su cuidado hacia nosotros ofreciéndose a sí mismo en la cruz y liberándonos de la esclavitud del pecado y de la muerte. Así, con el don de su vida y su sacrificio, nos abrió el camino del amor y dice a cada uno: “Sígueme y haz lo mismo” (cf. Lc 10,37).

5. La cultura del cuidado en la vida de los seguidores de Jesús

Las obras de misericordia espirituales y corporales constituyen el núcleo del servicio de caridad de la Iglesia primitiva. Los cristianos de la primera generación compartían lo que tenían para que nadie entre ellos pasara necesidad (cf. Hch 4,34-35) y se esforzaban por hacer de la comunidad un hogar acogedor, abierto a todas las situaciones humanas, listo para hacerse cargo de los más frágiles. Así, se hizo costumbre realizar ofrendas voluntarias para dar de comer a los pobres, enterrar a los muertos y sustentar a los huérfanos, a los ancianos y a las víctimas de desastres, como los náufragos. Y cuando, en períodos posteriores, la generosidad de los cristianos perdió un poco de dinamismo, algunos Padres de la Iglesia insistieron en que la propiedad es querida por Dios para el bien común. Ambrosio sostenía que «la naturaleza ha vertido todas las cosas para el bien común. [...] Por lo tanto, la naturaleza ha producido un derecho común para todos, pero la codicia lo ha convertido en un derecho para unos pocos»[6]. Habiendo superado las persecuciones de los primeros siglos, la Iglesia aprovechó la libertad para inspirar a la sociedad y su cultura. «Las necesidades de la época exigían nuevos compromisos al servicio de la caridad cristiana. Las crónicas de la historia reportan innumerables ejemplos de obras de misericordia. De esos esfuerzos concertados han surgido numerosas instituciones para el alivio de todas las necesidades humanas: hospitales, hospicios para los pobres, orfanatos, hogares para niños, refugios para peregrinos, entre otras»[7].

6. Los principios de la doctrina social de la Iglesia como fundamento de la cultura del cuidado

La diakonia de los orígenes, enriquecida por la reflexión de los Padres y animada, a lo largo de los siglos, por la caridad activa de tantos testigos elocuentes de la fe, se ha convertido en el corazón palpitante de la doctrina social de la Iglesia, ofreciéndose a todos los hombres de buena voluntad como un rico patrimonio de principios, criterios e indicaciones, del que extraer la “gramática” del cuidado: la promoción de la dignidad de toda persona humana, la solidaridad con los pobres y los indefensos, la preocupación por el bien común y la salvaguardia de la creación.

* El cuidado como promoción de la dignidad y de los derechos de la persona.

«El concepto de persona, nacido y madurado en el cristianismo, ayuda a perseguir un desarrollo plenamente humano. Porque persona significa siempre relación, no individualismo, afirma la inclusión y no la exclusión, la dignidad única e inviolable y no la explotación»[8]. Cada persona humana es un fin en sí misma, nunca un simple instrumento que se aprecia sólo por su utilidad, y ha sido creada para convivir en la familia, en la comunidad, en la sociedad, donde todos los miembros tienen la misma dignidad. De esta dignidad derivan los derechos humanos, así como los deberes, que recuerdan, por ejemplo, la responsabilidad de acoger y ayudar a los pobres, a los enfermos, a los marginados, a cada uno de nuestros «prójimos, cercanos o lejanos en el tiempo o en el espacio»[9].

* El cuidado del bien común.

Cada aspecto de la vida social, política y económica encuentra su realización cuando está al servicio del bien común, es decir del «conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección»[10]. Por lo tanto, nuestros planes y esfuerzos siempre deben tener en cuenta sus efectos sobre toda la familia humana, sopesando las consecuencias para el momento presente y para las generaciones futuras. La pandemia de Covid-19 nos muestra cuán cierto y actual es esto, puesto que «nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos»[11], porque «nadie se salva solo»[12] y ningún Estado nacional aislado puede asegurar el bien común de la propia población[13].

* El cuidado mediante la solidaridad.

La solidaridad expresa concretamente el amor por el otro, no como un sentimiento vago, sino como «determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos»[14]. La solidaridad nos ayuda a ver al otro —entendido como persona o, en sentido más amplio, como pueblo o nación— no como una estadística, o un medio para ser explotado y luego desechado cuando ya no es útil, sino como nuestro prójimo, compañero de camino, llamado a participar, como nosotros, en el banquete de la vida al que todos están invitados igualmente por Dios.

* El cuidado y la protección de la creación.

La encíclica Laudato si’ constata plenamente la interconexión de toda la realidad creada y destaca la necesidad de escuchar al mismo tiempo el clamor de los necesitados y el de la creación. De esta escucha atenta y constante puede surgir un cuidado eficaz de la tierra, nuestra casa común, y de los pobres. A este respecto, deseo reafirmar que «no puede ser real un sentimiento de íntima unión con los demás seres de la naturaleza si al mismo tiempo en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos»[15]. «Paz, justicia y conservación de la creación son tres temas absolutamente ligados, que no podrán apartarse para ser tratados individualmente so pena de caer nuevamente en el reduccionismo»[16].

7. La brújula para un rumbo común

En una época dominada por la cultura del descarte, frente al agravamiento de las desigualdades dentro de las naciones y entre ellas[17], quisiera por tanto invitar a los responsables de las organizaciones internacionales y de los gobiernos, del sector económico y del científico, de la comunicación social y de las instituciones educativas a tomar en mano la “brújula” de los principios anteriormente mencionados, para dar un rumbo común al proceso de globalización, «un rumbo realmente humano»[18]. Esta permitiría apreciar el valor y la dignidad de cada persona, actuar juntos y en solidaridad por el bien común, aliviando a los que sufren a causa de la pobreza, la enfermedad, la esclavitud, la discriminación y los conflictos. A través de esta brújula, animo a todos a convertirse en profetas y testigos de la cultura del cuidado, para superar tantas desigualdades sociales. Y esto será posible sólo con un fuerte y amplio protagonismo de las mujeres, en la familia y en todos los ámbitos sociales, políticos e institucionales.

La brújula de los principios sociales, necesaria para promover la cultura del cuidado, es también indicativa para las relaciones entre las naciones, que deberían inspirarse en la fraternidad, el respeto mutuo, la solidaridad y el cumplimiento del derecho internacional. A este respecto, debe reafirmarse la protección y la promoción de los derechos humanos fundamentales, que son inalienables, universales e indivisibles[19].

También cabe mencionar el respeto del derecho humanitario, especialmente en este tiempo en que los conflictos y las guerras se suceden sin interrupción. Lamentablemente, muchas regiones y comunidades ya no recuerdan una época en la que vivían en paz y seguridad. Muchas ciudades se han convertido en epicentros de inseguridad: sus habitantes luchan por mantener sus ritmos normales porque son atacados y bombardeados indiscriminadamente por explosivos, artillería y armas ligeras. Los niños no pueden estudiar. Los hombres y las mujeres no pueden trabajar para mantener a sus familias. La hambruna echa raíces donde antes era desconocida. Las personas se ven obligadas a huir, dejando atrás no sólo sus hogares, sino también la historia familiar y las raíces culturales.

Las causas del conflicto son muchas, pero el resultado es siempre el mismo: destrucción y crisis humanitaria. Debemos detenernos y preguntarnos: ¿qué ha llevado a la normalización de los conflictos en el mundo? Y, sobre todo, ¿cómo podemos convertir nuestro corazón y cambiar nuestra mentalidad para buscar verdaderamente la paz en solidaridad y fraternidad?

Cuánto derroche de recursos hay para las armas, en particular para las nucleares[20], recursos que podrían utilizarse para prioridades más importantes a fin de garantizar la seguridad de las personas, como la promoción de la paz y del desarrollo humano integral, la lucha contra la pobreza y la satisfacción de las necesidades de salud. Además, esto se manifiesta a causa de los problemas mundiales como la actual pandemia de Covid-19 y el cambio climático. Qué valiente decisión sería «constituir con el dinero que se usa en armas y otros gastos militares “un Fondo mundial” para poder derrotar definitivamente el hambre y ayudar al desarrollo de los países más pobres»[21].

8. Para educar a la cultura del cuidado

La promoción de la cultura del cuidado requiere un proceso educativo y la brújula de los principios sociales se plantea con esta finalidad, como un instrumento fiable para diferentes contextos relacionados entre sí. Me gustaría ofrecer algunos ejemplos al respecto.

— La educación para el cuidado nace en la familia, núcleo natural y fundamental de la sociedad, donde se aprende a vivir en relación y en respeto mutuo. Sin embargo, es necesario poner a la familia en condiciones de cumplir esta tarea vital e indispensable.

— Siempre en colaboración con la familia, otros sujetos encargados de la educación son la escuela y la universidad y, de igual manera, en ciertos aspectos, los agentes de la comunicación social[22]. Dichos sujetos están llamados a transmitir un sistema de valores basado en el reconocimiento de la dignidad de cada persona, de cada comunidad lingüística, étnica y religiosa, de cada pueblo y de los derechos fundamentales que derivan de estos. La educación constituye uno de los pilares más justos y solidarios de la sociedad.

— Las religiones en general, y los líderes religiosos en particular, pueden desempeñar un papel insustituible en la transmisión a los fieles y a la sociedad de los valores de la solidaridad, el respeto a las diferencias, la acogida y el cuidado de los hermanos y hermanas más frágiles. A este respecto, recuerdo las palabras del Papa Pablo VI dirigidas al Parlamento ugandés en 1969: «No temáis a la Iglesia. Ella os honra, os forma ciudadanos honrados y leales, no fomenta rivalidades ni divisiones, trata de promover la sana libertad, la justicia social, la paz; si tiene alguna preferencia es para los pobres, para la educación de los pequeños y del pueblo, para la asistencia a los abandonados y a cuantos sufren»[23].

— A todos los que están comprometidos al servicio de las poblaciones, en las organizaciones internacionales gubernamentales y no gubernamentales, que desempeñan una misión educativa, y a todos los que, de diversas maneras, trabajan en el campo de la educación y la investigación, los animo nuevamente, para que se logre el objetivo de una educación «más abierta e incluyente, capaz de la escucha paciente, del diálogo constructivo y de la mutua comprensión»[24]. Espero que esta invitación, hecha en el contexto del Pacto educativo global, reciba un amplio y renovado apoyo.

9. No hay paz sin la cultura del cuidado

La cultura del cuidado, como compromiso común, solidario y participativo para proteger y promover la dignidad y el bien de todos, como una disposición al cuidado, a la atención, a la compasión, a la reconciliación y a la recuperación, al respeto y a la aceptación mutuos, es un camino privilegiado para construir la paz. «En muchos lugares del mundo hacen falta caminos de paz que lleven a cicatrizar las heridas, se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia»[25].

En este tiempo, en el que la barca de la humanidad, sacudida por la tempestad de la crisis, avanza con dificultad en busca de un horizonte más tranquilo y sereno, el timón de la dignidad de la persona humana y la “brújula” de los principios sociales fundamentales pueden permitirnos navegar con un rumbo seguro y común. Como cristianos, fijemos nuestra mirada en la Virgen María, Estrella del Mar y Madre de la Esperanza. Trabajemos todos juntos para avanzar hacia un nuevo horizonte de amor y paz, de fraternidad y solidaridad, de apoyo mutuo y acogida. No cedamos a la tentación de desinteresarnos de los demás, especialmente de los más débiles; no nos acostumbremos a desviar la mirada[26], sino comprometámonos cada día concretamente para «formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros»[27].

Vaticano, 8 de diciembre de 2020

Francisco

 


[1] Cf. Videomensaje con motivo de la 75.ª Sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, 25 septiembre 2020.

[2] Cf. Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 67.

[3] Cf. La fraternidad, fundamento y camino para la paz”. Mensaje para la celebración de la 47.a Jornada Mundial de la Paz1 enero 2014 (8 diciembre 2013), 2.

[4] Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 70.

[5] Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 488.

[6] De officiis, 1, 28, 132: PL 16, 67.

[7] K. Bihlmeyer - H. Tüchle, Church History, vol.1, Westminster, The Newman Press, 1958, pp. 373-374.

[8] Discurso a los participantes en el Congreso organizado por el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral en el 50.o aniversario de la Carta encíclica “Populorum progressio (4 abril 2017).

[9] Mensaje a la 22.ª Sesión de la Conferencia de las Partes de la Convención marco de las Naciones Unidas sobre el cambio climático (COP22), 10 noviembre 2016. Cf. Grupo de Trabajo interdicasterial de la Santa Sede sobre la Ecología Integral, En camino para el cuidado de la casa común. A cinco años de la Laudato si’, LEV, 31 mayo 2020.

[10] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 26.

[11] Momento extraordinario de oración en tiempos de pandemia, 27 marzo 2020.

[12] Ibíd.

[13] Cf. Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 8153.

[14] S. Juan Pablo II, Carta. enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 38.

[15] Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 91.

[16] Conferencia del Episcopado Dominicano, Carta pastoral Sobre la relación del hombre con la naturaleza (21 enero 1987); cf. Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 92.

[17] Cf. Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 125.

[18] Ibíd., 29.

[19] Cf. Mensaje a los participantes en la Conferencia internacional “Los derechos humanos en el mundo contemporáneo: conquistas, omisiones, negaciones”, Roma, 10-11 diciembre 2018.

[20] Cf. Mensaje a la Conferencia de la ONU para la negociación de un instrumento jurídicamente vinculante sobre la prohibición de las armas nucleares que conduzca a su total eliminación, 23 marzo 2017.

[21] Videomensaje para la Jornada Mundial de la Alimentación, 16 octubre 2020.

[22] Cf. Benedicto XVI, “Educar a los jóvenes en la justicia y la paz”. Mensaje para la celebración de la 45.a Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2012 (8 diciembre 2011), 2; “Vence la indiferencia y conquista la paz”. Mensaje para la celebración de la 49.a Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2016 (8 diciembre 2015), 6.

[23] Discurso a los Diputados y Senadores de UgandaKampala, 1 agosto 1969.

[24] Mensaje para el lanzamiento del Pacto Educativo, 12 septiembre 2019.

[25]  Carta. enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 225.

[26]Cf. Ibíd., 64.

[27] Ibíd., 96; cf. “La fraternidad, fundamento y camino para la paz”. Mensaje para la 47.ª Jornada Mundial de la Paz1 enero 2014 (8 diciembre 2013), 1.

 

 

 


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El Papa al ‘Theologisches Studienjahr’: “Sois testigos” de una “fe vivida”

Saludo del Santo Padre

DICIEMBRE 18, 2020 14:13LARISSA I. LÓPEZPAPA FRANCISCO

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(zenit – 18 dic. 2020).- El Papa Francisco recibió en audiencia a los estudiantes y responsables del Theologisches Studienjahr de la Abadía de la Dormición de la Santísima Virgen María en Jerusalén en la mañana de hoy, 18 de diciembre de 2020.

​Cada año, el Theologisches Studienjahr permite a unos 20 estudiantes de Teología de habla alemana estudiar en Jerusalén durante dos semestres. A lo largo de este periodo, forman una comunidad de vida y aprendizaje en la casa de estudios “Beit Josef” en las afueras de la Ciudad Vieja de Jerusalén.

No obstante, tal y como señaló el Santo Padre en sus palabras a los estudiantes, debido a la actual pandemia, este año, por primera vez, “el programa de estudio no puede desarrollarse en Tierra Santa, sino que se lleva a cabo en el Pontificio Ateneo San Anselmo de Roma”.

Francisco ha destacado que el Studienjahr supone “una oportunidad para que los estudiantes de Teología católicos y protestantes conozcan los sitios bíblicos y se encuentren con las Iglesias orientales, así como con el mundo judío e islámico”. Aunque este año no sea posible vivir la experiencia de Tierra Santa, “el estudio profundo de la Sagrada Escritura, el ecumenismo y el diálogo interreligioso seguirán siendo siempre un rasgo distintivo de vuestro programa”.

​Para el Obispo de Roma, como jóvenes que estudian Teología, “sois testigos para vuestros compañeros y para los hombres y mujeres de hoy de la importancia de Dios en la vida y de la plenitud que aporta una fe vivida”.

El Pontífice también deseó a los presentes que este Theologisches Studienjahr “sea una etapa importante en vuestro camino formativo, espiritual y humano, y que después de este ‘exilio’ tengáis pronto la oportunidad de conocer de cerca la ‘tierra prometida’, los lugares santos de la Biblia”.

A continuación, sigue el texto completo del saludo del Papa.

***

Saludo del Santo Padre

Queridos amigo, ¡buenos días!

Me alegro de dar la bienvenida a todos vosotros, estudiantes y responsables del Theologisches Studienjahr de la Abadía de la Dormición de la Santísima Virgen María en Jerusalén. Debido a la actual pandemia, este año, por primera vez, el programa de estudio no puede desarrollarse en Tierra Santa, sino que se lleva a cabo en el Pontificio Ateneo San Anselmo de Roma. La divina Providencia nos ha concedido así esta ocasión de encontrarnos en el Vaticano.

​El Studienjahr es una oportunidad para que los estudiantes de Teología católicos y protestantes conozcan los sitios bíblicos y se encuentren con las Iglesias orientales, así como con el mundo judío e islámico. Aunque este año no podáis vivir la experiencia de Tierra Santa, al estar casi en el “exilio” – como lo define el Padre Schnabel – el estudio profundo de la Sagrada Escritura, el ecumenismo y el diálogo interreligioso seguirán siendo siempre un rasgo distintivo de vuestro programa. Estoy convencido de que Roma también os ofrecerá varias posibilidades por lo que respecta a este objetivo.

Como jóvenes que estudian Teología, sois testigos para vuestros compañeros y para los hombres y mujeres de hoy de la importancia de Dios en la vida y de la plenitud que aporta una fe vivida. Será vuestra tarea entrar en diálogo con un mundo en el que parece haber cada vez menos espacio para la religión. Una tarea que compartimos con todos los creyentes de las diferentes religiones, sabiendo que hacer presente a Dios es un bien para nuestras sociedades. Estamos convencidos de que las religiones ofrecen una valiosa contribución para la construcción de la fraternidad y para la defensa de la justicia en la sociedad. Y por otro lado, creemos que cuando, por varios motivos se quiere expulsar a Dios de la sociedad, se acaba por adorar ídolo y seguida el hombre se pierde. (cf. Enc. Fratelli tutti, 271; 274)

Espero que este Theologisches Studienjahr sea una etapa importante en vuestro camino formativo, espiritual y humano, y que después de este “exilio” tengáis pronto la oportunidad de conocer de cerca la “tierra prometida”, los lugares santos de la Biblia. Cuando dentro de una semana celebremos la Santa Navidad todos seremos peregrinos en espíritu en la gruta de Belén. Que Emmanuel os llene de su alegría y su paz, y os haga verdaderos testigos del Dios-con-nosotros. Que el Señor os bendiga y os guarde a vosotros y a todos vuestros seres queridos. Y por favor no os olvidéis de rezar por mí.

© Librería Editorial Vaticana

Adviento: Tercera y última predicación del cardenal Cantalamessa

“Vino a morar entre nosotros”

DICIEMBRE 18, 2020 13:39LARISSA I. LÓPEZCIUDAD DEL VATICANO

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(zenit – 18 dic. 2020).- En su tercera y última predicación de Adviento antes de Navidad, el cardenal Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, propuso el tema: “Vino a morar entre nosotros”, informa Vatican News.

En el último encuentro de este viernes, 18 de diciembre de 2020, el cardenal Cantalamessa propuso ante todo el grito amargo de Juan Bautista que resonó en el Evangelio del tercer domingo de Adviento: “En medio de ustedes está aquel a quien no conocen”.

​Y remitió a la bendición extraordinaria Urbi et Orbi del Santo Padre el pasado 27 de marzo. En su mensaje, tras leer el Evangelio de la tormenta calmada, Francisco cuestionó en qué había consistido la “poca fe” que Jesús reprocha a los discípulos: “Los discípulos de hoy cometeríamos el mismo error que los Apóstoles y mereceríamos el mismo reproche que Jesús si en la violenta tormenta que se ha abatido sobre el mundo con la pandemia olvidáramos que no estamos solos en la barca y a merced de las olas”.

“Dios está con nosotros”

De este modo, el purpurado ha afirmado que “la fiesta de la Navidad nos permite ampliar el horizonte: del mar de Galilea a todo el mundo, de los Apóstoles a nosotros”.

Asimismo, al explicar que “Dios está con nosotros”, aclaró que está “del lado del hombre, su amigo y aliado contra las fuerzas del mal”. Por ello, “debemos redescubrir el significado primordial y simple de la encarnación del Verbo, más allá de todas las explicaciones teológicas y los dogmas construidos sobre ella”.

“¡Dios vino a morar entre nosotros! Quiso hacer de este acontecimiento su propio nombre: Enmanuel, Dios con nosotros”, matizó.

Además, el cardenal Cantalamessa repasó las controversias cristológicas del siglo V para redescubrir la paradoja y el escándalo encerrado en la afirmación: “El Verbo se hizo carne”, que significa “la perfecta unión de la divinidad y la humanidad en la persona de Cristo”, “la única cosa nueva bajo el sol”, como la define san Juan Damasceno.

A continuación, de acuerdo al medio vaticano, se refirió a la experiencia de Agustín y recordó que señala el camino para superar el obstáculo, a saber, “deponer el orgullo y aceptar la humildad de Dios”.

“La humildad proporciona la clave para entender la encarnación. Se necesita poco poder para lucirse; se necesita mucho, sin embargo, para retirarse a un lado o borrarse. Dios es este poder ilimitado de escondimiento de sí mismo: Se despojó de sí mismo, tomando la forma de siervo… se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte”, agregó.

Dios es amor y humildad

El predicador de la Casa Pontificia apuntó que “el amor crea dependencia respecto de la persona amada, una dependencia que no humilla, pero que hace feliz”. Por ello, considera que las dos frases “Dios es amor” y “Dios es humildad” son como dos caras de la misma moneda.

Además, definió el significado de la palabra humildad aplicada a Dios que “no consiste en ser pequeños (se puede ser pequeño de hecho sin ser humilde); no consiste en considerarse pequeños (esto puede depender de una mala idea de uno mismo); no consiste en proclamarse pequeños (se puede decir sin creerlo); consiste en hacerse pequeños y hacerse pequeños por amor, para elevar a los demás. En este sentido, verdaderamente humilde solo es Dios”.

Navidad, fiesta de humildad

El sacerdote capuchino habló también de san Francisco de Asís, quien entendió este concepto sin muchos estudios, y en cuyas alabanzas “al Dios Altísimo”, en cierto momento, se dirige a Dios diciéndole: “¡Tú eres humildad!”.

En este sentido, agregó: “La Navidad es la fiesta de la humildad de Dios. Para celebrarla con espíritu y verdad debemos hacernos pequeños, como debemos abajarnos para entrar por la estrecha puerta que introduce en la basílica de la Natividad en Belén”.

Después, el cardenal Cantalamessa expuso que “es relativamente fácil creer en algo grandioso y divino, cuando se espera en un futuro indefinido” y que “es más difícil cuando se debe decir, ‘¡Ahí está! ¡Es él!’ El hombre está tentado de decir inmediatamente: ¿Eso es todo?”.

En su opinión, “Juan el Bautista nos ha dejado su misma tarea profética: seguir gritando: `¡En medio de ustedes hay uno que no conocen!’”, puesto que “inauguró la nueva profecía” que no consiste en anunciar una salvación futura, sino en revelar la presencia de Cristo en la historia.

“Cristo no está presente en la historia simplemente porque se escribe y se habla continuamente de él, sino porque ha resucitado y vive según el Espíritu. No sólo intencionalmente, sino realmente. La evangelización comienza aquí”, describió.

El sacramento de la pobreza

Tras referirse a Pablo como complemento de lo que enseña Juan, abordó  la distinción entre el hecho de la encarnación y el modo de la misma, entre su dimensión ontológica y la existencial, con el fin de alumbrar sobre el problema actual de la pobreza y la actitud de los cristianos hacia ella: “Ayuda a dar un fundamento bíblico y teológico a la elección preferencial de los pobres, proclamada en el Concilio Vaticano II. Los Padres conciliares – escribió Jean Guitton, observador laico en el Vaticano II – han redescubierto el sacramento de la pobreza, es decir, la presencia de Cristo bajo las especies de los que sufren”.

“El ‘sacramento’ de la ¡pobreza! Son palabras fuertes, pero fundamentadas. Si, en efecto, por el hecho de la encarnación, el Verbo ha asumido, en cierto sentido, a cada hombre (así pensaban algunos Padres griegos), por el modo en que se ha realizado, ha asumido, a título particularísimo, al pobre, al humilde, al que sufre”, prosiguió.

Iglesia de los pobres

​El cardenal mencionó a san Juan XXIII, quien, con ocasión del Concilio, acuñó la expresión “Iglesia de los pobres”, que reviste un significado que va más allá de lo que se entiende habitualmente: “¡La Iglesia de los pobres no sólo está formada por los pobres de la Iglesia! Los pobres son de Cristo, no porque se declaren pertenecientes a él, sino porque él los declaró pertenecientes a sí mismo, los declaró su cuerpo. Esto no quiere decir que sea suficiente ser pobre y hambriento en este mundo para entrar automáticamente en el reino final de Dios. Las palabras: ‘Vengan benditos de mi Padre’ están dirigidas a aquellos que han cuidado de los pobres, no necesariamente a los propios pobres, por el simple hecho de que han sido materialmente pobres en la vida”.

El Papa, padre de los pobres

A partir de esta reflexión el predicador reveló que “la Iglesia de Cristo es inmensamente más amplia de lo que dicen los números y las estadísticas”. De ello se deduce que “el Papa, y con él los demás pastores de la Iglesia, es verdaderamente el ‘padre de los pobres’”.

Y recordó de nuevo a san Juan XXIII cuando en su mensaje de Navidad de 1962, elevaba su oración pidiendo a la “Palabra Eterna del Padre, Hijo de Dios y María”, que renovara, en el secreto de las almas, el admirable prodigio de su nacimiento.

De acuerdo a Vatican News, Cantalamessa concluyó esta última prédica de Adviento invitando a hacer nuestra esta oración: “Pero, en la dramática situación en la que nos encontramos, añadamos también la súplica ardiente de la liturgia navideña: ‘Rey de los pueblos, esperado por todas las naciones, piedra angular que unes a los pueblos en uno: Ven y salva al hombre que has formado de la tierra’. Ven y levanta de nuevo a la humanidad exhausta por la larga prueba de esta pandemia”.

 

Obispos europeos piden combatir COVID-19 respetando libertad religiosa

A la Comisión Europea

DICIEMBRE 18, 2020 17:02REDACCIÓN ZENITIGLESIA LOCAL

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(zenit – 18 dic. 2020).- Los obispos europeos instan a la Comisión Europea a que se consulte con las iglesias y comunidades religiosas antes de decidir cualquier estrategia o medida preventiva para evitar el contagio de la COVID-19.

Con ocasión de la última reunión del Comité Permanente de la e la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Unión Europea (COMECE), el martes 15 de diciembre de 2020, los obispos debatieron, entre otras cuestiones, la estrategia de la Comisión Europea sobre “Mantenerse a salvo de COVID-19 durante el invierno”, informa un comunicado del organismo eclesial.

Si bien acoge con satisfacción los esfuerzos por adoptar un enfoque coordinado y sostenible de la UE ante la actual pandemia, la COMECE insta a las instituciones europeas a que consulten con las iglesias y las comunidades religiosas, especialmente al examinar las recomendaciones que tengan repercusiones en las cuestiones religiosas.

Tras la publicación de la estrategia de la Comisión Europea “Mantenerse a salvo de COVID-19 durante el invierno” el miércoles 2 de diciembre de 2020, la COMECE recuerda el compromiso descrito en el artículo 17 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea (TFUE).

En este contexto, se reafirma en un comunicado, es particularmente crucial consultar a las iglesias y comunidades religiosas cuando en los documentos de la UE se prevén referencias que también se refieren a cuestiones religiosas.

En el documento aprobado por la Comisión Europea se recomienda a los Estados Miembros que “en el caso de las ceremonias, consideren la posibilidad de evitar las grandes audiencias o el uso de las transmisiones en línea, por televisión o por radio, […] y prohíban el canto coral”. Aunque comprende la preocupación que subyace a la recomendación, la COMECE no puede apoyar el método por el que han optado las instituciones de la UE para proporcionar esa orientación.

Asimismo, la COMECE también desea subrayar que el artículo 17.1 del TFUE subraya la competencia nacional exclusiva para determinar la relación entre la Iglesia y el Estado y la no injerencia de la UE en esta relación.

El padre Manuel Barrios Prieto, Secretario General de la COMECE declara que “la falta de competencia de la UE debería ser una razón más para que las instituciones de la UE hagan participar a las autoridades religiosas cuando examinen recomendaciones no vinculantes sobre cuestiones relacionadas con las celebraciones religiosas, respetando plenamente la libertad de religión”.

Como subrayaron los presidentes de todas las Conferencias Episcopales de la UE en su reciente mensaje a la UE y a los Estados miembros, “un elemento crucial para la Iglesia en muchos Estados miembros durante la pandemia es el respeto a la libertad de religión de los creyentes, […] en pleno cumplimiento de los requisitos sanitarios”.

Las recomendaciones no vinculantes de la UE en este asunto, especialmente si se adoptan sin consultar a las iglesias y comunidades religiosas, pueden poner en peligro los esfuerzos realizados en los últimos meses por los Estados miembros de la UE, junto con las iglesias locales y las comunidades religiosas, para garantizar que se apliquen medidas sanitarias durante las celebraciones, evitando al mismo tiempo las violaciones de la libertad religiosa.

 

INFANCIA ESPIRITUAL

— Hacerse como niños delante de Dios.

— Infancia espiritual y filiación divina. Humildad y abandono en Dios.

— Virtudes propias de este camino de infancia: docilidad y sencillez.

I. Nos dice San Marcos que le presentaban a Jesús unos niños para que les impusiera las manos; pero los discípulos les reñían1.

Detrás de estos niños podemos ver a sus madres, empujando suavemente a los pequeños delante de ellas. Jesús debía crear a su alrededor un clima de bondad y de sencillez atrayente. Estas mujeres se sienten dichosas de que Jesús imponga sus manos sobre ellos y estén cerca de Él.

La pugna entre estas mujeres y los discípulos, que querían mantener un cierto orden, es el prólogo a una enseñanza profunda de Cristo. En medio del forcejeo de unas y las protestas de los otros, que quieren alejar a los niños, Jesús se enfada con los discípulos. Él está a gusto con estas criaturas: Dejad que los niños se acerquen a mí, y no se lo impidáis, dice, porque de estos es el Reino de Dios. En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y abrazándolos, los bendecía, imponiéndoles las manos2. Los niños y sus madres habían ganado la partida: aquel día se marcharon felices a sus casas.

Hemos de acercarnos a Belén con las disposiciones de los niños: con sencillez, sin prejuicios, con el alma abierta de par en par. Es más, es necesario hacerse como un niño para entrar en el Reino de los Cielos: si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos3, dirá el Señor en otra ocasión, mientras coloca a un pequeño delante de todos.

El Señor no recomienda la puerilidad, sino la inocencia y la sencillez. Ve en los niños rasgos y actitudes esenciales para alcanzar el Cielo y, en esta vida, para entrar en el reino de la fe. El niño carece de todo sentimiento de suficiencia.

El niño necesita constantemente de sus padres, y lo sabe; es fundamentalmente un ser necesitado. Así debe ser el cristiano delante de su Padre Dios: un ser que es todo necesidad. El niño vive con plenitud el presente y nada más; la enfermedad del adulto es vivir con excesiva inquietud por el «mañana», dejando vacío el «hoy», que es lo que debe vivir con toda intensidad.

Aquel gesto con los pequeños debió ganar a más de una mujer de las presentes que, quizá, con el afán de situar a sus hijos en primera fila, no habían prestado demasiada atención a las palabras que Jesús dirigía al auditorio.

Jesús nos enseña en este pasaje el camino de la infancia espiritual, para que nos abramos del todo a Dios y seamos eficaces en el apostolado:

«Ser pequeño: las grandes audacias son siempre de los niños. —¿Quién pide... la luna? —¿Quién no repara en peligros para conseguir su deseo?

»—“Poned” en un “niño” así, mucha gracia de Dios, el deseo de hacer su Voluntad (de Dios), mucho amor a Jesús, toda la ciencia humana que su capacidad le permita adquirir... y tendréis retratado el carácter de los apóstoles de ahora, tal como indudablemente Dios los quiere»4.

II. Pocos días antes de la Pasión, los príncipes de los sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que hacía, y a los niños que le aclamaban..., se irritaron y le dijeron: ¿Oyes lo que dicen estos? Jesús les respondió: Sí; ¿no habéis leído nunca: de la boca de los pequeños y de los niños de pecho te preparaste la alabanza?5. A lo largo de todo el Evangelio encontramos este mismo pensamiento: se escoge lo pequeño para confundir a lo grande. Abre la boca de los que saben menos, y cierra la de los que parecían sabios.

Jesús acepta abiertamente la confesión mesiánica de estos niños; ellos son los que ven con claridad el misterio de Dios allí presente. Solo puede recibirse el reino de Dios con esta actitud.

Nosotros los cristianos, al reconocer a Jesús en la gruta de Belén como al Mesías prometido desde antiguo, hemos de hacerlo con el espíritu, la sencillez y la audacia de los pequeños: «Niño, enciéndete en deseos de reparar las enormidades de tu vida de adulto»6. Esas «enormidades» que cometimos cuando, por la dureza de nuestro corazón, perdimos la sencillez interior y la visión clara de Jesucristo, y le dejamos de alabar, cuando más esperaba Él nuestra confesión abierta de la fe en un clima de tanta incomprensión para las cosas de Dios.

Hacerse interiormente como niños, siendo mayores, puede ser tarea costosa: requiere reciedumbre y fortaleza en la voluntad, y un gran abandono en Dios. Este abandono, que lleva consigo una inmensa paz, solo se consigue cuando quedamos indefensos ante el Señor. «Hacernos niños: renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia: reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños»7.

III. Esta vida de infancia es posible si tenemos enraizada nuestra conciencia de hijos de Dios. El misterio de la filiación divina, fundamento de nuestra vida espiritual, es una de las consecuencias de la Redención. Nosotros somos ya ahora hijos de Dios8 e importa mucho hacernos conscientes de esta realidad maravillosa, para tratar a Dios con espíritu filial, de buen hijo. La adopción divina implica una transformación que sobrepasa inmensamente la simple adopción humana: esto tiene de más la adopción divina que la humana: «por medio del don de la gracia, Dios hace idóneo al hombre que adopta, para recibir la herencia celestial; el hombre, por el contrario, no hace idóneo a aquel a quien adopta, sino más bien elige para adoptar a quien era ya idóneo»9.

Al ser hijos de Dios somos herederos de la gloria. Vamos a procurar ser dignos de tal herencia y tener con Dios una piedad filial, tierna y sincera.

El camino de la infancia espiritual lleva consigo un trato de una confianza sin límites en Dios nuestro Padre. En una familia, el padre interpreta al hijo pequeño el mundo extraño; el pequeño se siente débil, pero sabe que su padre lo defenderá y por eso vive y camina confiado. El niño sabe que junto a su padre nada le puede faltar, nada malo puede sucederle. Su alma y su mente están abiertas sin prejuicios ni recelos a la voz de su padre. Sabe que, aunque se hayan burlado de él, cuando llegue a casa su padre nunca se burla, porque lo comprende.

Los niños no son demasiado sensibles al ridículo, que tantas empresas paraliza, ni tienen esos temores y falsos respetos humanos que engendran la soberbia y la preocupación por el «qué dirán».

El niño cae frecuentemente, pero se levanta con prontitud y ligereza; cuando se vive vida de infancia, las mismas caídas y las flaquezas son medios de santificación. Su amor es siempre joven porque olvida con facilidad las experiencias negativas: no las almacena en su alma, como hace quien tiene alma de adulto.

«Se llaman niños –comenta San Juan Crisóstomo– no por su edad, sino por la sencillez de su corazón»10.

La sencillez es quizá la virtud que resume y coordina las demás facetas de esa vida de infancia que el Señor nos pide. Hemos de ser –dice San Jerónimo– «como el niño que os propongo de ejemplo... no piensa una cosa y dice otra distinta, así también vosotros, porque si no tuvieseis tal inocencia y pureza de intención no podréis entrar en el reino de los cielos»11.

Se manifiesta la sencillez en el trato amable, cordial y sin afectación con los demás. Es virtud muy apreciada en las relaciones humanas, pero a veces difícil de encontrar.

Consecuencia de la vida de infancia es la docilidad. «Niño, el abandono exige docilidad»12. Según su etimología, es dócil quien está dispuesto y preparado a ser enseñado; y así debe estar el cristiano ante los misterios de Dios y de las cosas que a Él se refieren. Se sabe muy en el comienzo de esos conocimientos y tiene el alma abierta a la formación, con deseos siempre de conocer la verdad. Quien tiene alma de adulto da por sabidas muchas cosas, que en realidad desconoce; cree saber, pero se ha quedado en lo externo, en la apariencia, sin ahondar en el saber profundo, que influye inmediatamente en las obras. Cuando Dios lo mira, lo ve repleto de su ignorancia y cerrado al verdadero conocimiento.

Qué maravilla sería si un día, niños al fin, aprendiéramos cosas tan corrientes para un cristiano como, por ejemplo, rezar bien el Padrenuestro, o participar verdaderamente en la Santa Misa, o santificar el trabajo de cada día, o ver en las personas que nos rodean almas que se deben salvar, o... ¡tantas cosas que damos por sabidas con demasiada frecuencia!

Aprendamos a ser niños delante de Dios. «Y todo eso lo aprendemos tratando a María (...). Porque María es Madre, su devoción nos enseña a ser hijos: a querer de verdad, sin medida; a ser sencillos, sin esas complicaciones que nacen del egoísmo de pensar solo en nosotros; a estar alegres, sabiendo que nada puede destruir nuestra esperanza. El principio del camino que lleva a la locura del amor de Dios es un confiado amor a María Santísima»13.

1 Mc 10, 13. — 2 Mc 10, 14-16. — 3 Mt 18, 3. — 4 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 857. — 5 Mt 21, 15-16. — 6 San Josemaría Escrivá, oc., n. 861. — 7 ídem, Es Cristo que pasa, 143. — 8 1 Jn 3, 2. — 9 Santo Tomás, Suma Teológica, 3, q. 23, a. 1, c. — 10 San Juan Crisóstomo, en Catena Aurea, vol III, p. 20. — 11 San Jerónimo, Comentario al Evangelio de San Mateo, 3, 18, 4. — 12 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 871. — 13 ídem, Es Cristo que pasa, 143.

 

“Sin Él no podemos nada”

Cuando sientas el orgullo que hierve dentro de ti –¡la soberbia!–, que te hace considerarte como un superhombre, ha llegado el momento de exclamar: ¡no! Y así, saborearás la alegría del buen hijo de Dios, que pasa por la tierra con errores, pero haciendo el bien. (Forja, 1054)

19 de diciembre

¿Veis qué necesario es conocer a Jesús, observar amorosamente su vida? Muchas veces he ido a buscar la definición, la biografía de Jesús en la Escritura. La encontré leyendo que, con dos palabras, la hace el Espíritu Santo: Pertransiit benefaciendo. Todos los días de Jesucristo en la tierra, desde su nacimiento hasta su muerte, fueron así: pertransiit benefaciendo, los llenó haciendo el bien. Y en otro lugar recoge la Escritura: bene omnia fecit: todo lo acabó bien, terminó todas las cosas bien, no hizo más que el bien.

Tú y yo entonces, ¿qué? Una mirada para ver si tenemos algo que enmendar. Yo sí que encuentro en mí mucho que rehacer. Como me veo incapaz por mí solo de obrar el bien, y como nos ha dicho el mismo Jesús que sin El no podemos nada, vamos tú y yo al Señor, a implorar su asistencia, por medio de su Madre, con estos coloquios íntimos, propios de las almas que aman a Dios. No añado más porque es cada uno de vosotros el que tiene que hablar, según su propia necesidad. Por dentro y sin ruido de palabras, en este mismo momento, mientras os doy estos consejos, aplico personalmente la doctrina a mi propia miseria. (Es Cristo que pasa, 16)

 

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Un susurro en el alma: el silencio de Dios

El silencio es a menudo el «lugar» en el que Dios nos espera: para que logremos escucharle a Él, en vez de escuchar el ruido de nuestra propia voz.

LA LUZ DE LA FE19/03/2018

El libro del Éxodo cuenta cómo Dios se apareció a Moisés en el Sinaí en el resplandor de su gloria: la montaña entera se sacudía violentamente, Moisés hablaba y Dios le respondía entre los truenos y rayos (Ex 19,16-22). Todo el pueblo escuchaba impresionado por el poder y la majestad de Dios. Aunque hay otras teofanías semejantes que marcan la historia de Israel[1], la mayor parte de las veces Dios se manifestaba de otro modo a su Pueblo: no en el resplandor de la luz, sino en el silencio, en la oscuridad.

Unos siglos después de Moisés, el profeta Elías, huyendo de la persecución de Jezabel, emprende una vez más el camino hacia el monte santo, impulsado por Dios. Escondido en una cueva, el profeta ve los mismos signos de la teofanía del Éxodo: el terremoto, el huracán, el fuego. Pero Dios no estaba allí. Después del fuego, dice el escritor sagrado, hubo «un ruido como el de una brisa suave». Elías se cubrió el rostro con el manto y salió al encuentro de Dios. Y fue entonces cuando Dios le habló (cfr. 1 R 19,9-18). El texto hebreo dice literalmente que Elías oyó «el ruido o la voz de un silencio (demama) suave».

LA DIFICULTAD PARA CAPTAR LA CERCANÍA DE DIOS ES UNA EXPERIENCIA COMÚN A CREYENTES Y A NO CREYENTES, AUNQUE ADQUIERA FORMAS DIVERSAS EN UNOS Y OTROS

La versión griega de los Setenta y la Vulgata han traducido «una brisa suave», probablemente para evitar la aparente contradicción entre ruido o voz, de una parte, y silencio, de otra. Pero lo que significa la palabra demama es precisamente el silencio. Con esta paradoja el autor sagrado sugiere, pues, que el silencio no está vacío, sino lleno de la presencia divina. «El silencio custodia el misterio»[2], el misterio de Dios. Y la Escritura nos invita a entrar en este silencio si queremos encontrarle.

Qué débil susurro escuchamos de Él

Este modo de hablar de Dios nos resulta, sin embargo, difícil. Los salmos lo manifiestan con elocuencia: «¡Dios mío! No estés callado, no guardes silencio, no te quedes quieto, ¡Dios mío!» (Sal 83,2). «¿Por qué escondes tu rostro?» (Sal 44,25) «¿Por qué han de decir las naciones: “Dónde está su Dios”?» (Sal 115,2). A través del texto sagrado, Dios mismo pone estas preguntas en nuestros labios y en nuestro corazón: quiere que se las digamos, que las meditemos en la forja de la oración. Son preguntas importantes. Por un lado, porque apuntan directamente al modo en que Él se revela habitualmente, a su lógica: nos ayudan a entender cómo buscar su Rostro, cómo escuchar su voz. Por otro, porque muestran que la dificultad para captar la cercanía de Dios, especialmente en las situaciones difíciles de la vida, es una experiencia común a creyentes y a no creyentes, aunque adquiera formas diversas en unos y otros. La fe y la vida de la gracia no hacen evidente a Dios; también el creyente puede experimentar la aparente ausencia de Dios.

QUIEN HA COMPRENDIDO LAS PALABRAS DEL SEÑOR, COMPRENDE SU SILENCIO, PORQUE AL SEÑOR SE LE CONOCE EN SU SILENCIO (SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA)

¿Por qué Dios calla? A menudo, las Escrituras nos presentan su silencio, su lejanía, como una consecuencia de la infidelidad del hombre. Así se explica, por ejemplo, en el Deuteronomio: «Este pueblo se va a prostituir yendo en pos de dioses extranjeros de la tierra en que va a entrar. Me abandonará y quebrantará la alianza que pacté con él (…). Pero yo en ese día ocultaré irremisiblemente mi rostro por toda la maldad que habrá hecho al haberse vuelto en pos de dioses extranjeros» (Dt 31,16-18). El pecado, la idolatría, es como una cortina que hace opaco a Dios, que impide verle; es como un ruido que le hace inaudible. Y Dios espera entonces con paciencia, detrás de esa pantalla que ponemos entre nosotros y Él, a la espera de un momento oportuno, para volver a nuestro encuentro. «No apartaré de vosotros mi rostro, porque soy misericordioso» (Jr 3,12).

Más que callarse Dios, pues, sucede con frecuencia que no le dejamos hablar, que no le escuchamos, porque hay demasiado ruido en nuestra vida. «No sólo existe la sordera física, que en gran medida aparta al hombre de la vida social. Existe un defecto de oído con respecto a Dios, y lo sufrimos especialmente en nuestro tiempo. Nosotros, simplemente, ya no logramos escucharlo; son demasiadas las frecuencias diversas que ocupan nuestros oídos. Lo que se dice de Él nos parece pre-científico, ya no parece adecuado a nuestro tiempo. Con el defecto de oído, o incluso la sordera, con respecto a Dios, naturalmente perdemos también nuestra capacidad de hablar con Él o a Él. Sin embargo, de este modo nos falta una percepción decisiva. Nuestros sentidos interiores corren el peligro de atrofiarse. Al faltar esa percepción, queda limitado, de un modo drástico y peligroso, el radio de nuestra relación con la realidad en general»[3].

Sin embargo, a veces no se trata de que el hombre esté sordo para Dios: parece más bien que Él no escucha, que permanece pasivo. El libro de Job, por ejemplo, muestra cómo también las oraciones del justo en la adversidad pueden quedarse, por un tiempo, sin obtener respuesta de Dios. «¡Qué débil susurro escuchamos de Él!» (Jb 26,14). La experiencia diaria de cada hombre muestra también en qué medida la necesidad de recibir de Dios una palabra o ayuda queda a veces como tendida en el vacío. La misericordia de Dios, de la que tanto hablan las Escrituras y la catequesis cristiana, puede hacerse a veces difícil de percibir a quien pasa por situaciones dolorosas, marcadas por la enfermedad o la injusticia, en las que aun rezando no parece obtenerse una respuesta. ¿Por qué Dios no escucha? ¿Por qué, si es un Padre, no viene en mi ayuda, ya que puede hacerlo? «La lejanía de Dios, la oscuridad y problemática sobre Él, son hoy más intensas que nunca; incluso nosotros, que nos esforzamos por ser creyentes, tenemos con frecuencia la sensación de que la realidad de Dios se nos ha escapado de las manos. ¿No nos preguntamos a menudo si Él sigue sumergido en el inmenso silencio de este mundo? ¿No tenemos a veces la impresión de que, después de mucho reflexionar, sólo nos quedan palabras, mientras la realidad de Dios se encuentra más lejana que nunca?»[4].

En el corazón de la Revelación, más que en cualquiera de nuestras experiencias, es la historia de Jesús mismo la que nos introduce con mayor profundidad en el misterio del silencio de Dios. A Jesús, que es el verdadero justo, el siervo fiel, el Hijo amado, no se le ahorran los tormentos de la pasión y de la Cruz. Su oración en Getsemaní recibe como respuesta el envío de un ángel para consolarlo, pero no la liberación de la tortura inminente. Tampoco deja de asombrar que Jesús rece en la Cruz con estas palabras del salmo 22: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? Lejos estás de mi salvación, de mis palabras suplicantes» (Sal 22,2). El hecho de que quien no conoció pecado (2 Cor 5,21) haya experimentado de este modo el sufrimiento pone de manifiesto cómo los dolores que marcan a veces de manera dramática la vida de los hombres no pueden ser interpretados como signos de reprobación por parte de Dios, ni su silencio como ausencia o lejanía.

 

A Dios se le conoce en su silencio

Al pasar junto a un ciego de nacimiento, los apóstoles hacen una pregunta que pone de manifiesto un modo frecuente de pensar entonces: «¿Quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego?» (Jn 9,1). Aunque hoy resultaría extraño oír algo así, en realidad la pregunta no se encuentra tan lejos como parece de una mentalidad frecuente, por la que el sufrimiento, del tipo que sea, es visto como una especie de destino ciego ante el que no cabe más que la resignación, una vez han fracasado los intentos de quitarlo. Jesús corrige a los apóstoles: «Ni pecó este ni sus padres, sino que eso ha ocurrido para que las obras de Dios se manifiesten en él» (Jn 9,3). Dios permanece a veces en silencio, aparentemente inactivo e indiferente a nuestra suerte, porque quiere abrirse camino en nuestra alma. Solo así se entiende, por ejemplo, que permitiera el sufrimiento de san José, en la incertidumbre acerca de la maternidad inesperada de Santa María (cfr. Mt 1,18-20), pudiendo haber «programado» las cosas de otro modo. Dios estaba preparando a José para algo grande. Él «no perturba nunca la alegría de sus hijos, si no es para prepararles un gozo más seguro y grande»[5].

DIOS PERMANECE A VECES EN SILENCIO, APARENTEMENTE INACTIVO E INDIFERENTE A NUESTRA SUERTE, PORQUE QUIERE ABRIRSE CAMINO EN NUESTRA ALMA

Escribía san Ignacio de Antioquía que «quien ha comprendido las palabras del Señor, comprende su silencio, porque al Señor se le conoce en su silencio»[6]. El silencio de Dios es a menudo para el hombre el «lugar», la posibilidad y la premisa para escuchar a Dios, en vez de escucharse solo a sí mismo. Sin la voz silenciosa de Dios en la oración, «el yo humano acaba por encerrarse en sí mismo, y la conciencia, que debería ser eco de la voz de Dios, corre el peligro de reducirse a un espejo del yo, de forma que el coloquio interior se transforma en un monólogo, dando pie a mil autojustificaciones»[7]. Pensándolo bien, si Dios hablara e interviniera continuamente en nuestra vida para resolver problemas, ¿no debemos admitir que fácilmente trivializaríamos su presencia? ¿No acabaríamos, como los dos hijos de la parábola (cfr. Lc 15,11-32), prefiriendo nuestros beneficios a la alegría de vivir con Él?

«El silencio es capaz de abrir un espacio interior en lo más íntimo de nosotros mismos, para hacer que allí habite Dios, para que su Palabra permanezca en nosotros, para que el amor a Él arraigue en nuestra mente y en nuestro corazón, y anime nuestra vida»[8]. Con la búsqueda, con la oración confiada ante las dificultades, el hombre se libera de su autosuficiencia; pone en movimiento sus recursos interiores; ve cómo se fortalecen las relaciones de comunión con los demás. El silencio de Dios, el hecho de que no intervenga siempre de un modo inmediato para resolver las cosas del modo en que querríamos, despierta el dinamismo de la libertad humana; llama al hombre a hacerse cargo de su propia vida o de la de los demás, y de sus necesidades concretas. La fe es por eso «la fuerza que en silencio, sin hacer ruido, cambia el mundo y lo transforma en el reino de Dios, y la oración es expresión de la fe (...). Dios no puede cambiar las cosas sin nuestra conversión, y nuestra verdadera conversión comienza con el “grito” del alma, que implora perdón y salvación»[9].

En la enseñanza de Jesús, la oración aparece como un diálogo entre el hombre como hijo y el Padre del Cielo, en el que la petición ocupa un lugar muy importante (cfr. Lc 11,5-11; Mt 7,7-11). El niño sabe que su Padre siempre le escucha, pero que lo que le está asegurado no es tanto una especie de salida del sufrimiento o la enfermedad, como el don del Espíritu Santo (Lc 11,13). La respuesta con la que Dios siempre viene en ayuda del hombre es el Don del Espíritu-Amor. Esto nos puede saber a poco, pero es un regalo mucho más precioso y fundamental que cualquier solución terrena a los problemas. Es un regalo que debe ser aceptado en la fe filial y que no elimina la necesidad del esfuerzo humano para enfrentarse a las dificultades. Con Dios, los «valles oscuros» que a veces tenemos que cruzar no se iluminan automáticamente; seguimos caminando, con miedo quizá, pero un miedo confiado: «No temo ningún mal, porque Tú estás conmigo» (Sal 23,4).

SI DIOS HABLARA E INTERVINIERA CONTINUAMENTE EN NUESTRA VIDA PARA RESOLVER PROBLEMAS, ¿NO DEBEMOS ADMITIR QUE FÁCILMENTE TRIVIALIZARÍAMOS SU PRESENCIA?

Este modo de hacer de Dios, que despierta la decisión y la confianza del hombre, se puede reconocer en la forma en que Dios ha realizado su Revelación en la historia. Podemos pensar en la historia de Abraham, que deja su país y se pone en camino hacia una tierra desconocida, fiándose de la promesa divina, sin saber adónde Dios le lleva (cfr. Gn 12,1-4); o en la confianza del Pueblo de Israel en la salvación de Dios, incluso cuando todas las esperanzas humanas parecen haberse hundido (cfr. Est 4,17a-17kk); o en la huida serena de la Sagrada Familia a Egipto (cfr. Mt 2,13-15) cuando Dios parece someterse a los caprichos de un monarca provinciano... En ese sentido, pensar que la fe resultaba más sencilla a los testigos de la vida de Jesús no se corresponde con la realidad, porque ni siquiera a esos testigos se les ahorró la seriedad de la decisión de creer o no en Él, de reconocer en Él la presencia y la acción de Dios[10]. Hay numerosos pasajes del Nuevo Testamento en los que se ve con claridad cómo esta decisión no era obvia[11].

Ayer como hoy, a pesar de que la Revelación de Dios ofrece auténticos signos de credibilidad, el velo de la inaccesibilidad de Dios no se elimina por completo; sus silencios continúan desafiando al hombre. «La existencia humana es un camino de fe y, como tal, transcurre más en la penumbra que a plena luz, con momentos de oscuridad e, incluso, de tinieblas. Mientras estamos aquí, nuestra relación con Dios se realiza más en la escucha que en la visión»[12]. Esto no es solo una expresión del hecho de que Dios es siempre más grande que nuestra inteligencia, sino también de la lógica de apelación y respuesta, de don y tarea, con la que quiere conducir nuestra historia: la de todos y la personal de cada uno. A fin de cuentas, pues, están en relación mutua la forma de revelarse de Dios y la libertad que tenemos por ser imagen suya. La Revelación de Dios permanece en un claroscuro que permite la libertad de elegir abrirnos a Él o permanecer cerrados en nuestra autosuficiencia. Dios es «un Rey con corazón de carne, como el nuestro; que es autor del universo y de cada una de las criaturas, y que no se impone dominando: mendiga un poco de amor, mostrándonos, en silencio, sus manos llagadas»[13].

 

La nube del silencio

Con su oración en la Cruz ―«Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46)― Jesús «hace suyo ese grito de la humanidad que sufre por la aparente ausencia de Dios y lleva este grito al corazón del Padre. Al orar así en esta última soledad, junto con toda la humanidad, nos abre el corazón de Dios»[14]. En efecto, el salmo con el que Jesús clama al Padre da paso, tras los lamentos, a un gran horizonte de esperanza (cfr. Sal 22,20-32)[15]; un horizonte que Él tiene ante la mirada, aun en medio de su agonía. «En tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,44), dice al Padre antes de expirar. Jesús sabe que la entrega de su vida no cae en el vacío, que cambia la historia para siempre, aunque parezca que el mal y la muerte son la última palabra. Su silencio en la Cruz puede más que los gritos de quienes le condenan. «Mira, hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5).

JESÚS SABE QUE LA ENTREGA DE SU VIDA NO CAE EN EL VACÍO, QUE CAMBIA LA HISTORIA PARA SIEMPRE, AUNQUE PAREZCA QUE EL MAL Y LA MUERTE SON LA ÚLTIMA PALABRA

«La fe es también creerle a Él, creer que es verdad que nos ama, que vive, que es capaz de intervenir misteriosamente, que no nos abandona, que saca bien del mal con su poder y con su infinita creatividad. Es creer que Él marcha victorioso en la historia (…), que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá»[16]. Con sus silencios, Dios hace crecer la fe y la esperanza de los suyos: les hace nuevos, y hace con ellos «nuevas todas las cosas». A cada uno y cada una toca responder al silencio suave de Dios con un silencio atento, un silencio que escucha, para descubrir «cómo obra misteriosamente el Señor» en nuestro corazón, «y cuál es la nube, (…) el estilo del Espíritu Santo para cubrir nuestro misterio. Esta nube en nosotros, en nuestra vida, se llama silencio. El silencio es precisamente la nube que cubre el misterio de nuestra relación con el Señor, de nuestra santidad y nuestros pecados»[17].

Marco Vanzini - Carlos Ayxelá

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Lecturas para profundizar

Consejo Pontificio para la Cultura (2004), ¿Dónde está tu Dios? La fe cristiana ante la increencia religiosa.

Francisco, Homilía en Santa Marta, 20-XII-2013 (“Cuando el silencio es música”).

Francisco, Homilía en Santa Marta, 10-VI-2016 (“El silencio sonoro”).

Benedicto XVI, Homilía, 6-X-2006 (Silencio y contemplación).

Benedicto XVI, Audiencia, 7-III-2012 (“Oración y silencio: Jesús, maestro de oración”).

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Guardini, R. Cartas sobre la formación de sí mismo, Palabra, 2017 (carta 8: “El alma”) (orig: Briefe über Selbstbildung).

Izquierdo, C. “Palabra (y silencio) de Dios”Scripta Theologica 41 (2009/3) 945-960.

Lewis, C. S. Una pena en observación, Anagrama, 2007 (orig. A Grief Observed).

Newman. J. H. “Cristo oculto del mundo”, en Sermones parroquiales 4, Encuentro, 2010 (orig. “Christ Hidden from the World”Parochial and Plain sermons 4)

― “Cristo manifestado en el recuerdo”, en Sermones parroquiales 4, Encuentro, 2010 (orig. “Christ Manifested in Remembrance”Parochial and Plain sermons 4)

Ordeig. M. “Búsqueda, recogimiento... El valor del silencio”Palabra, febrero 2018.

Ratzinger, J. “¿Estamos salvados? O Job habla con Dios”, en Ser Cristiano, Desclée de Brouwer, 2007 pp. 15-38 (edición anterior: Ser Cristiano, Sígueme 1967, 13-28). (orig. Vom Sinn des Christseins).

― La angustia de una ausencia. Tres meditaciones sobre el Sábado santo, 30 días, 3-2006 (orig. Meditationen zur Karwoche).

Sarah, R. La fuerza del silencio, Palabra 2017 (orig. La force du silence).

Thibon, G. L’ignorance étoilée, Fayard, 1974 (cap. 13. “La présence absente”).


[1] Cfr. por ejemplo Gn 18,1-15; 1 R 18,20-40, Is 6,1-13.

[2] Francisco, Homilía en Santa Marta, 20-XII-2013.

[3] Benedicto XVI, Homilía, 10-IX-2006.

[4] J. Ratzinger, “¿Estamos salvados? O Job habla con Dios”, en Ser Cristiano, Sígueme 1967, p. 19.

[5] A. Manzoni, Los novios (I promessi sposi), cap. 8.

[6] Ignacio de Antioquía, Carta a los efesios, XV, 2 (Sources chrétiennes 10, p. 84-85).

[7] Benedicto XVI, Homilía, 6-II-2008.

[8] Benedicto XVI, Audiencia, 7-III-2012.

[9] Benedicto XVI, Homilía, 21-X-2007.

[10] Cfr. R. Guardini, El Señor, IV.6, “Revelación y misterio”.

[11] Cfr. por ejemplo Jn 6,60-68; 8,12-20; 9,1-41.

[12] Benedicto XVI, Angelus, 12-III-2006.

[13] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 179.

[14] Benedicto XVI, Homilía, 6-II-2008.

[15] Así sucede con frecuencia en los salmos: el salmista se queja ante Dios ―«¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome? ¿hasta cuándo me esconderás tu rostro?» (Sal 13,2-3)―, pero no pierde la fe en Él: «Yo confío en tu misericordia; mi corazón se goza en tu salvación. Cantaré al Señor por el bien que me hace» (v. 6).

[16] Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium (24-XI-2013), n. 78.

[17] Francisco, Homilía en Santa Marta, 20-XII-2013.

Necesidad de una estrella

El tema de la luz domina las solemnidades de la Navidad y de la Epifanía, que antiguamente -y aún hoy en Oriente- estaban unidas en una sola y gran «fiesta de la luz». En el clima sugestivo de la Noche santa apareció la luz; nació Cristo, «luz de los

Homilías del Santo Padre Juan Pablo II

Domingo 6 de enero de 2002

1. «Lumen gentium (…) Christus, Cristo es la luz de los pueblos» (Lumen gentium, 1).

El tema de la luz domina las solemnidades de la Navidad y de la Epifanía, que antiguamente -y aún hoy en Oriente- estaban unidas en una sola y gran «fiesta de la luz». En el clima sugestivo de la Noche santa apareció la luz; nació Cristo, «luz de los pueblos». Él es el «sol que nace de lo alto» (Lc 1, 78), el sol que vino al mundo para disipar las tinieblas del mal e inundarlo con el esplendor del amor divino. El evangelista san Juan escribe: «La luz verdadera, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9).

«Deus lux est, Dios es luz», recuerda también san Juan, sintetizando no una teoría gnóstica, sino «el mensaje que hemos oído de él» (1 Jn 1, 5), es decir, de Jesús. En el evangelio recoge las palabras que oyó de los labios del Maestro: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8, 12).

Al encarnarse, el Hijo de Dios se manifestó como luz. No sólo luz externa, en la historia del mundo, sino también dentro del hombre, en su historia personal. Se hizo uno de nosotros, dando sentido y nuevo valor a nuestra existencia terrena. De este modo, respetando plenamente la libertad humana, Cristo se convirtió en «lux mundi, la luz del mundo». Luz que brilla en las tinieblas (cf. Jn 1, 5).

2. Hoy, solemnidad de la Epifanía, que significa «manifestación», se propone de nuevo con vigor el tema de la luz. Hoy el Mesías, que se manifestó en Belén a humildes pastores de la región, sigue revelándose como luz de los pueblos de todos los tiempos y de todos los lugares. Para los Magos, que acudieron de Oriente a adorarlo, la luz del «rey de los judíos que ha nacido» (Mt 2, 2) toma la forma de un astro celeste, tan brillante que atrae su mirada y los guía hasta Jerusalén. Así, les hace seguir los indicios de las antiguas profecías mesiánicas: «De Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel…» (Nm 24, 17).

¡Cuán sugestivo es el símbolo de la estrella, que aparece en toda la iconografía de la Navidad y de la Epifanía! Aún hoy evoca profundos sentimientos, aunque como tantos otros signos de lo sagrado, a veces corre el riesgo de quedar desvirtuado por el uso consumista que se hace de él. Sin embargo, la estrella que contemplamos en el belén, situada en su contexto original, también habla a la mente y al corazón del hombre del tercer milenio. Habla al hombre secularizado, suscitando nuevamente en él la nostalgia de su condición de viandante que busca la verdad y anhela lo absoluto. La etimología misma del verbo desear -en latín, desiderare- evoca la experiencia de los navegantes, los cuales se orientan en la noche observando los astros, que en latín se llaman sidera.

3. ¿Quién no siente la necesidad de una «estrella» que lo guíe a lo largo de su camino en la tierra? Sienten esta necesidad tanto las personas como las naciones. A fin de satisfacer este anhelo de salvación universal, el Señor se eligió un pueblo que fuera estrella orientadora para «todos los linajes de la tierra» (Gn 12, 3). Con la encarnación de su Hijo, Dios extendió luego su elección a todos los demás pueblos, sin distinción de raza y cultura. Así nació la Iglesia, formada por hombres y mujeres que, «reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido el mensaje de la salvación para proponérselo a todos» (Gaudium et spes, 1).

Por tanto, para toda la comunidad eclesial resuena el oráculo del profeta Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura: «¡Levántate, brilla (…), que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! (…) Y caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora» (Is 60, 1. 3).

4. De este singular pueblo mesiánico que es la Iglesia, vosotros, amadísimos hermanos, sois constituidos pastores mediante la ordenación episcopal de hoy. Cristo os convierte en ministros suyos y os llama a ser misioneros de su Evangelio. Algunos de vosotros ejerceréis este «ministerio de la gracia de Dios» (Ef 3, 2) como representantes pontificios en algunos Estados: tú, monseñor Giuseppe Pinto, en Senegal y Mauritania; tú, monseñor Claudio Gugerotti, en Georgia, Armenia y Azerbaiyán; tú, monseñor Adolfo Tito Yllana, en Papúa Nueva Guinea; y tú, monseñor Giovanni d»Aniello, en la República democrática del Congo.

Otros serán pastores de Iglesias particulares: tú, monseñor Daniel Mizonzo, guiarás la diócesis de Nkayi, en la República del Congo; y tú, monseñor Louis Portella, la de Kinkala, en la misma República del Congo. A ti, monseñor Marcel Utembi Tapa, te he confiado la diócesis de Mahagi-Nioka, en la República democrática del Congo; y a ti, monseñor Franco Agostinelli, la de Grosseto, en Italia. Tú, monseñor Amândio José Tomás, ayudarás, como obispo auxiliar, al arzobispo de Évora, en Portugal.

Por último, tú, monseñor Vittorio Lanzani, como delegado de la Fábrica de San Pedro, proseguirás tu servicio a la Iglesia aquí, en el Vaticano, en esta basílica patriarcal tan querida para ti.

5. Hace un año, en esta fiesta de la Epifanía, al final del Año santo, entregué idealmente a la familia de los creyentes y a toda la humanidad la carta apostólica Novo millennio ineunte, que comienza con la invitación de Cristo a Pedro y a los demás: «Duc in altum, rema mar adentro».

Vuelvo a aquel momento inolvidable, amadísimos hermanos, y os entrego de nuevo a cada uno este texto programático de la nueva evangelización. Os repito las palabras del Redentor: «Duc in altum». No tengáis miedo a las tinieblas del mundo, porque quien os envía es «la luz del mundo» (Jn 8, 12), «el lucero radiante del alba» (Ap 22, 16).

Y tú, Jesús, que un día dijiste a tus discípulos: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 14), haz que el testimonio evangélico de estos hermanos nuestros resplandezca ante los hombres de nuestro tiempo. Haz eficaz su misión para que cuantos confíes a su cuidado pastoral glorifiquen siempre al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5, 16).

Madre del Verbo encarnado, Virgen fiel, conserva a estos nuevos obispos bajo tu constante protección, para que sean misioneros valientes del Evangelio; fiel reflejo del amor de Cristo, luz de los pueblos y esperanza del mundo.

«EL CRISTIANISMO NO SE SIENTE EXTRAÑO AL MUNDO»

Al mediodía del día 6, solemnidad de la Epifanía del Señor, el Papa se asomó a la ventana de su estudio que da a la Plaza de San Pedro para rezar el Angelus con los fieles y peregrinos allí reunidos.

Juan Pablo II afirmó que en la fiesta de la Epifanía, el Evangelio de San Mateo habla de «una misteriosa «estrella», que guió a los Magos hasta Jerusalén y después a Belén, donde adoraron al Niño Jesús. (.) Recuerda el rico símbolo de la luz, muy presente en la Navidad. Dios es luz y el Verbo hecho hombre es «luz del mundo», luz que guía el camino de las gentes: «lumen gentium»».

«Esta gran verdad animaba a mi venerado predecesor Pablo VI cuando hace exactamente 40 años realizó su histórica peregrinación a Tierra Santa. Precisamente el 6 de enero de 1964, en Belén, en la Basílica de la Natividad, pronunció unas palabras memorables. Entre otras cosas dijo: «Miramos al mundo con inmensa simpatía. Si el mundo se siente extraño al cristianismo, el cristianismo no se siente extraño al mundo». (.) Desde aquel lugar en el que nació el Príncipe de la Paz, exhortó a los responsables de las naciones a una colaboración cada vez más estrecha para «instaurar la paz en la verdad, en la justicia, en la libertad y en el amor fraterno»».

«Hago mías de todo corazón -continuó- estas palabras del siervo de Dios Pablo VI. (.) Que con la ayuda materna de la Virgen todos los seres humanos puedan llegar a Cristo, Luz de la verdad, y el mundo progrese por el camino de la justicia y de la paz».

MARIA NOS AMA COMO A SU DIVINO HIJO

CIUDAD DEL VATICANO, 7 GEN 2004 (VIS).-«La maternidad divina de María» fue el tema de la primera catequesis de Juan Pablo II en 2004 pronunciada durante la audiencia general de los miércoles, celebrada en el Aula Pablo VI.

«¡María, Madre de Dios!. Esta verdad de fe profundamente ligada a las fiestas navideñas se evidencia de forma particular en la liturgia del primer día del año, solemnidad de Santa María Madre de Dios. María es la Madre del Redentor, la mujer elegida por Dios para realizar el proyecto salvífico centrado en el misterio de la encarnación del Verbo Divino».

«Toda la existencia de María está ligada estrechamente a la de Jesús. En Navidad Ella ofrece a Jesús a la humanidad. En la cruz, en el momento supremo del cumplimiento de la misión redentora, será Jesús quien entregará a su Madre como don para cada ser humano, como herencia preciosa de la redención. Las palabras del Señor crucificado a su fiel discípulo Juan constituyen su testamento. El confía su Madre a Juan y al mismo tiempo consigna al apóstol y a todos los creyentes al amor de María».

«En estos últimos días de Navidad -concluyó el Santo Padre- detengámonos a contemplar en el Nacimiento la silenciosa presencia de la Virgen al lado del Niño Jesús. Ella nos reserva el mismo amor, el mismo cuidado que tuvo para su Hijo divino. Dejemos por lo tanto que sea Ella quien guíe nuestros pasos en el nuevo año».

 

 

El más grande, El más pequeño

¿Cómo es el Belén que puso Dios hace más de dos mil años en los que nació Nuestro Redentor, Rey Salvador y del Universo?

Puedo imaginar a su madre, una jovencísima María mirando asombrada  a Dios  y derritiéndose como madre al contemplar por primera vez la carita de su pequeño hijo, que dependía de sus cuidados, y a la vez era… “verdadero Dios y verdadero hombre”.

¡Qué gran misterio y regalo para la humanidad!

“Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado;
le ponen en el hombro el distintivo del rey y proclaman su nombre:
«Consejero admirable, Dios fuerte,
Padre que no muere, príncipe de la Paz.”
(Isaías 9, 5)

Por un momento imagino que estoy allí, en medio de ese grupo de pastores que ha llegado a verlo. Puedo mirar a José a su lado, o quizá colocado un poco detrás de María para mirar también anonadado a este hijo que en el mismo instante  de verlo lo sintió carne de su carne y sangre de su sangre.

Puedo ver a José, tembloroso y maravillado, arrodillarse ante Dios y tomarlo entre sus brazos para proteger a su hijo, verdadero Dios y verdadero hombre.

El Belén que puso Dios es así: un hombre y una mujer llena de gracia, que aman a Dios sobre todas las cosas; que son almas de profunda oración y que por lo mismo viven para alabar a Dios y para hacer su voluntad con sus vidas.  Por ello María y José ya no son sólo dos personas. Ahora son dos santas personas por la belleza interior de sus almas, por la entrega de su corazón y por la valentía de su sí.

El sí de Santa María, el momento más importante de la historia… el que cambió el destino de nuestras almas.

Se me llenan los ojos de lágrimas y siente mi corazón un gran agradecimiento hacia Ella…. ¿cómo no mirarla? ¿cómo no amarla? ¿cómo no acompañarla con mi sufrimiento cuando Ella sufrió más que ninguna mujer en el mundo?

El sí de San José…. Ilusionado, enamoradísimo de Santa María… con un corazón tremendamente bueno (tanto que fue llamado hombre justo) … elevado hacia Dios…. ¿cómo no admirarlo y quererlo? ¿cómo no respetarlo? ¿cómo no amarlo con intensidad y aprender a ser humilde desde alguien que olvido de inmediato el orgullo para hacer la voluntad de Dios?

Creo que de eso se trata la vida, el adviento y la Navidad. De soltarlo todo y tomarse unos días para mirar nuestro año, revisar la vida y tratar de encontrar si hice lo que Dios me pedía, me gustara o no. Si abracé todo con amor. Si no hui a la cruz. Si no me queje. Si aprendí a ser humilde. Si deje a un lado el por qué para dejar el pasar al:  “sí, he aquí la esclava, el esclavo, que hace lo que Tú quieras, Mi Dios.”

Gracias, gracias, gracias.

Algunas preguntas que te puedes hacer hoy pueden ser:

  • ¿Qué hay en mi corazón que no me sirve para dar Gloria a Dios?
  • ¿Cuánto he crecido en el amor?
  • ¿A quiénes tengo que pedir perdón?
  • ¿De qué forma quiero preparar mi corazón para que Jesús habite con toda su Presencia y toda su Dulzura?
  • ¿Cómo estoy ayudando a José y a María?
  • Jesús ven, aquí estoy esperándote…

Sheila Morataya

Evangelio del domingo: He aquí la esclava del Señor

Comentario del domingo de la 4° semana de Adviento (Ciclo B).

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Lc 1,26-38)

En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. La virgen se llamaba María.

Y entró donde ella estaba y le dijo:

— Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo.

Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo. Y el ángel le dijo:

— No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin.

María le dijo al ángel:

— ¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón?

Respondió el ángel y le dijo:

— El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios. Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible.

Dijo entonces María:

 

— He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia.


Comentario

Con el correr de este tiempo de Adviento se ha ido encendiendo en nuestro corazón el deseo de acoger al Señor que viene a nosotros. Ya faltan sólo unos días para que festejemos la Navidad. Ahora vivimos de cerca los acontecimientos que precedieron al nacimiento de Jesús, y hoy en concreto la liturgia de la Iglesia nos invita a meditar el anuncio que el ángel Gabriel hizo a santa María de los planes que Dios tenía para ella en la historia de la salvación.

San Josemaría gustaba de entrar en ella, como en todas las de Evangelio, para vivirla desde dentro, como un personaje más: “No olvides, amigo mío, que somos niños. La Señora del dulce nombre, María, está recogida en oración. Tú eres, en aquella casa, lo que quieras ser: un amigo, un criado, un curioso, un vecino... –Yo ahora no me atrevo a ser nada. Me escondo detrás de ti y, pasmado, contemplo la escena…”.

El ángel se dirige a María con las palabra: Jaire, kejaritoméne! –según el texto griego. El término jaire es un saludo que literalmente significa: “alégrate”. En efecto, siempre que Dios está cerca, una alegría serena invade el alma. “La misma palabra –hace notar Benedicto XVI– reaparece en la Noche Santa [del nacimiento de Jesús] en labios del ángel, que dijo a los pastores: ‘Os anuncio una gran alegría’ (cf. Lc 2, 10).

Vuelve a aparecer en Juan con ocasión del encuentro con el Resucitado: ‘Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor’ (Jn 20, 20). En los discursos de despedida en Juan hay una teología de la alegría que ilumina, por decirlo así, la hondura de esta palabra: ‘Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría’ (Jn 16, 22)”.

La palabra jaire está relacionada en griego con járis (que significa “gracia”), porque la alegría es inseparable de la gracia. María “ha sido abundantemente objeto de la gracia” (v. 28), que eso significa literalmente el término kejaritoméne, traducido por “llena de gracia”. Dios la había escogido para ser madre de su Hijo hecho hombre y, por eso, en atención a los méritos de Cristo, había sido preservada del pecado original desde el momento en que fue concebida por sus padres.

El Señor le anuncia que concebirá y dará a luz un niño, que llevará el nombre de Jesús (es decir, Salvador). Será el Mesías prometido, aquel que recibirá “el trono de David”, y, aún más, el “Hijo del Altísimo”, el “Hijo de Dios” verdadero.

Lo concebirá virginalmente, sin concurso de varón, por obra y gracia del Espíritu Santo: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (v. 35). Durante la peregrinación del pueblo de Dios por el desierto camino de la tierra prometida, la presencia del Señor se manifestaba a través de la nube que cubría el santuario, ahora será el Espíritu Santo el que cubrirá con su sombra ese Santuario de la presencia de Dios que es el cuerpo de María.

Por eso, sigue diciendo el ángel, “el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios” (v. 35). El adjetivo “santo”, por la posición en la que aparece en el texto griego original y en esta traducción, va calificando el modo de nacer: “nacerá santo”, en posible alusión a su nacimiento virginal.

María, diciendo sencillamente que “sí” se convierte en la madre del Hijo de Dios hecho hombre. Benedicto XVI observa que “los Padres de la Iglesia han expresado a veces todo esto diciendo que María habría concebido por el oído, es decir, mediante su escucha. A través de su obediencia la palabra ha entrado en ella, y ella se ha hecho fecunda”.

También a través de la escucha de la palabra de Dios y la obediencia sin condiciones a lo que el Señor nos dice podremos acoger en nuestros corazones a Jesús que viene, participando junto con María y José en el gozo del nacimiento del Mesías largamente esperado.

 

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO.

 

Lc 1,26.38

 

Meditar el evangelio con tres puntos.

 

María es la gran protagonista del Adviento por su humildad. Ella le esperó con inefable amor de Madre.

 

1.     El Adviento con María que lleva en su seno virginal la esperanza deseada, es una llamada a la alegría. Alegrarse de que Dios quiera venir a vivir nuestra vida, para que nosotros vivamos la suya. Todo lo humano es digno de ser vivido, porque lo puedo vivir unido a Cristo.

 

2.     La llamada del arcángel Gabriel de parte de Dios, es a no tener miedo. El Señor cumple sus promesas aunque se haga esperar y nos conduce con su bondad y misericordia, que nos acompañan todos los días de nuestra vida.

 

3.     El misterio de la Navidad es creer con María, que para Dios nada hay imposible y vivir cantando el Magníficat, porque Dios se manifiesta y se hace presente en nuestras pobrezas.

  

+ Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

 

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Los cuidados paliativos mejoran la calidad de vida del paciente, aumentan su supervivencia y además ahorran costes en la asistencia sanitaria”

Expertos defienden el valor de los cuidados paliativos en una jornada organizada por la Universidad de Navarra en el día previo a la votación de la nueva ley de eutanasia

De izquierda a derecha, Carla Reigada, José María Torralba, Carlos Centeno y Marina Martínez, ponentes de la jornada. FOTO: Manuel Castells

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16/12/20 17:05 María Salanova

Final del formulario

“En contra del mito, los cuidados paliativos no consisten en drogarse con morfina hasta el final”. La doctora Ana Serrano, médico de Cuidados Paliativos de la Clínica Universidad de Navarra, ha analizado los principales mitos de los cuidados paliativos como un tratamiento destinado solo para enfermos agonizantes, en el último momento de su vida. En realidad, son parte del proceso integral del tratamiento de los pacientes, donde deberían “intervenir todos los profesionales y en el lugar que el paciente prefiera, también en su casa”.

Serrano ha participado, junto con otros expertos, en una jornada organizada por el Instituto Core Curriculum de la Universidad de Navarra titulada “Ciencia y valores de los cuidados paliativos”. Un encuentro que tiene lugar un día antes de que se vote en el Congreso la nueva ley de eutanasia.  

Por su parte, el doctor Carlos Centeno, director de Medicina Paliativa de la Clínica y del equipo de investigación Atlantes del Instituto Cultura y Sociedad, ha recordado que más de veinte ensayos clínicos analizan cómo los cuidados paliativos mejoran la calidad de vida del paciente, disminuyen su nivel de ansiedad y depresión, mejorando su ánimo; además de suponer un ahorro de costes en la asistencia hospitalaria. “La medicina paliativa no se centra sólo en el tratamiento de la enfermedad, sino que ofrece una atención integral, incluyendo a la familia”, ha señalado.

En este sentido, la psicóloga clínica de Cuidados Paliativos Marina Martínez ha explicado que “casi todo el mundo tiene un conocido enfermo en estas situaciones, y podemos pensar que les puede molestar nuestra presencia. Sin embargo, endríamos que dar el paso de acompañarlos con autenticidad, cercanía y respeto". 

Falta de debate

El doctor Centeno ha abordado la eutanasia reclamando comprensión ante los enfermos y familiares que piden ayuda para morir. A la vez, ha explicado que “cuando se les escucha abiertamente lo que piden es seguridad de asistencia, ayuda para librarse del dolor, miedo o angustia, y no prolongar sus sufrimientos. Y en todo esto podemos ayudar”. Asimismo, el doctor Centeno ha llamado la atención sobre la falta de debate ante la próxima votación de la ley de eutanasia, que se ha tramitado con rapidez y sin espacio para que los expertos expongan su visión como, por ejemplo, la del Comité Nacional de Bioética.

La jornada, que ha contado con más de 500 participantes, ha concluido  con el análisis de la aportación de los cuidados paliativos a la sociedad en una mesa redonda en la que han intervenido Carla Reigada, trabajadora social e investigadora del grupo Atlantes, y José María Torralba, director del Instituto Core Curriculum, quien ha destacado que en la actividad de cuidar a otra persona resplandece de modo particular la dignidad humana. “El problema -ha señalado- es la mentalidad utilitarista dominante, para la que cuidar es malgastar el tiempo, porque la vida se ve en clave de rendimiento y éxito. Nuestra sociedad reclama recuperar la conciencia de que somos seres débiles, necesitados de cuidado".

 

La despenalización de la eutanasia en España: 9 razones a favor y 9 respuestas

Escrito por Diego Poole Derqui

Ante el argumento de que con la eutanasia se evita un sufrimiento inútil, caben al menos dos tipos de respuestas: una más práctica y otra más filosófica. La primera es el recurso a los cuidados paliativos y a la atención y el cariño de familiares y del personal sanitario. La segunda es una respuesta filosófica sobre el sentido del sufrimiento

El acceso universal a los cuidados paliativos es la respuesta principal a la eutanasia. Hoy en día se puede morir sin apenas dolor físico y sin dolor moral cuando se muere rodeado del cariño y la atención de los familiares y del personal sanitario. Así se puede vivir una muerte digna en su más profundo sentido. Si se permite la eutanasia y no se fomentan los cuidados paliativos como alternativa, no lo dudemos, los que más solicitarán la eutanasia serán los más pobres y los que no tienen a nadie que les cuide.

1. Qué entendemos por eutanasia

2. Argumentos a favor de la eutanasia

1. La carga de la prueba no les corresponde a los que defienden la eutanasia
2. Argumento de la libertad
3. Argumento de la dignidad
4. La mayoría de la gente desea su permisión, y en un país democrático hemos de atender la voluntad de la mayoría
5. La eliminación del dolor es uno de los principales fines, si no el principal, de la medicina y de la moral
6. Con la prohibición de la eutanasia se nos impone a todos una ética religiosa, especialmente la cristiana
7. la eutanasia reduce los gastos sociales, que se pueden destinar a los que desean vivir
8. La eutanasia ya existe en España. Mejor regularla
9. Evitar el sufrimiento inútil

3. Argumentos en contra de la eutanasia

1. Sobre la carga de la prueba
2. Sobre el argumento de la libertad
    a) Libertad del paciente
    b) Libertad del personal sanitario y del resto de la sociedad
    c) La noción de libertad que manejan los defensores de la eutanasia es parcial y discutible
3. Sobre el argumento de la dignidad
4. Sobre el argumento de que la mayoría de la gente prefiere su permisión
5. Sobre el argumento de la razón de ser de la profesión sanitaria y de la moral
6. Sobre el argumento de la imposición de una visión religiosa en un estado laico
7. Sobre el argumento de que eutanasia reduce los gastos sociales
8. Sobre el argumento de la mayor seguridad al regularlo
9. Sobre la evitación del sufrimiento

4. Conclusión

1. Qué entendemos por eutanasia

En este trabajo exponemos nueve razones a favor de la despenalización de la eutanasia y nueve posibles respuestas correlativas a cada una de esas razones. Pero antes conviene dejar claro lo que entendemos por eutanasia.

Eutanasia, como es sabido, significa etimológicamente buena muerte. ¿Y quién no desea para sí una buena muerte, una muerte digna? Para la mayoría de la gente una muerte es buena cuando no va acompañada de dolor físico o moral; cuando la autonomía del paciente se mantiene y se respeta hasta el último momento; cuando uno muere acompañado por las personas queridas; cuando uno muere reconciliado con todos y con Dios, etc. En este sentido es lógico que la inmensa mayoría se manifieste a favor de una muerte “digna”, y si le preguntan si está a favor de la eutanasia, diga que sí. Además, todos estamos en contra del “ensañamiento terapéutico”, de alargar con medios extraordinarios la vida de un enfermo terminal que ya no desea vivir.

Sin embargo, la cuestión no es tan sencilla como parece a primera vista. Para comprender qué significa la “despenalización” de la eutanasia en España, lo primero que hay que saber es cómo está penalizada. Y lo segundo, ser conscientes de que no sólo se quiere despenalizar, sino convertirla en un derecho, con las consiguientes obligaciones del sistema sanitario (público y privado) hacia quien reclama la eutanasia.

Por eutanasia entendemos aquí la provocación activa de la muerte de otra persona que libremente la solicita motivada, en principio, por un sufrimiento psíquico o físico que le hace desear la muerte más que la vida.

Actualmente está sancionada en el párrafo 4 del artículo 143 del código penal enmarcado en el título I (Del homicidio y sus formas). Este artículo regula cuatro tipos de comportamientos relacionados con el suicidio: la inducción, la cooperación necesaria, la ejecutiva (u homicidio consentido), y la eutanasia, entendida como un tipo atenuado de los dos anteriores.

Art. 143
1. El que induzca al suicidio de otro será castigado con la pena de prisión de cuatro a ocho años.
2. Se impondrá la pena de prisión de dos a cinco años al que coopere con actos necesarios al suicidio de una persona.
3. Será castigado con la pena de prisión de seis a diez años si la cooperación llegara hasta el punto de ejecutar la muerte.
4. El que causare o cooperare activamente con actos necesarios y directos a la muerte de otro, por la petición expresa, seria e inequívoca de éste, en el caso de que la víctima sufriera una enfermedad grave que conduciría necesariamente a su muerte, o que produjera graves padecimientos permanentes y difíciles de soportar, será castigado con la pena inferior en uno o dos grados a las señaladas en los números 2 y 3 de este artículo.

Como puede apreciarse, en los párrafos uno a tres del art. 143, desde la inducción al suicidio hasta ejecutar la muerte de una persona que libremente la solicita (homicidio consentido), se va incrementando la pena sucesivamente, y en el párrafo cuarto se regula un caso atenudos de los dos párrafos anteriores cuando se den una de estas dos circunstancias: enfermedad grave que conduce necesariamente a la muerte, o una enfermedad que sin conducir a la muerte conlleva “padecimientos permanentes y difíciles de soportar”. Es este cuarto párrafo el que sanciona la eutanasia, con una sanción atenuada de la cooperación al suicidio. Si el atenuante se aplica sobre el párrafo segundo (el que coopera con actos necesarios al suicidio, por ejemplo, trayéndole un veneno o una pistola para que el enfermo se pegue un tiro), la pena quedaría en casi nada: entre 0 y 1 año. Y si el atenuante se aplica sobre el párrafo tercero (matando directamente al enfermo), la sanción podría ser entre 1 y 3 años. En cualquier caso, lo cierto es que las estadísticas oficiales sólo recogen nueve condenas por asistencia al suicidio entre 2016 y 2018 y además no distingue específicamente qué tipo de conducta dentro de 143[1]. Podemos decir, por tanto, que aun estando todavía en vigor el 143, en la práctica la eutanasia no tiene casi sanción penal.

La novedad, por tanto, no consiste tanto en la despenalización de la eutanasia, como en su conversión en un derecho, con las consiguientes obligaciones del sistema sanitario.

En lo que sigue a continuación, cuando hablamos de razones a favor o en contra de la eutanasia, nos referimos a razones a favor y en contra de la conversión en derecho a ser matado cuando una persona tenga un grave sufrimiento físico o moral y lo solicita libremente. Aquí se pueden añadir condiciones: que sea mayor de edad, que solicite al menos dos vece en un intervalo de quince días, que no sufra una enfermedad psíquica, etc. Pero todas estas condiciones, como ya ha sucedido en Holanda o en Bélgica, muy fácilmente se irán desvaneciendo, como veremos a lo largo de este trabajo.

2. Argumentos a favor de la eutanasia

1. La carga de la prueba no les corresponde a los que defienden la eutanasia

Muchos de los que defienden la eutanasia argumentan que a ellos no les corresponde la carga de la prueba de la licitud de la eutanasia, pues al tratarse de una libertad, corresponde probarla a los que restringen dicha libertad, no a los que la reivindican.

2. Argumento de la libertad

Permitir la eutanasia es una libertad, supone reconocer un derecho para el que quiera ejercitarlo. No se obliga a nadie a ejercer esta libertad. Cada uno es dueño de su cuerpo, de su vida y de su muerte; cada cual es libre de hacer con su vida lo que quiera con tal de que no perjudique a los demás. Nadie está obligado a vivir, y menos, a sufrir, y nadie puede imponer a otros su visión del sentido de la vida ni del sufrimiento. Aquí sólo están implicadas dos personas que actúan con plena libertad: quien solicita su muerte y quien accede a practicarla (el personal sanitario conservará su derecho a objetar de conciencia).

3. Argumento de la dignidad

Los que defienden la eutanasia apelan a la dignidad. La esencia de la dignidad, dicen, es la autonomía, la capacidad de decidir sobre uno mismo. Igualmente, atenta contra la dignidad el obligar a la gente a morirse en condiciones inhumanas, de un sufrimiento prolongado provocado por una enfermedad que conduce irremediablemente a la muerte. En suma, la vida humana es tanto más digna cuanto más plena de salud y autoconciencia. El dolor y la enfermedad incurable suponen un deterioro de la propia dignidad.

4. La mayoría de la gente desea su permisión, y en un país democrático hemos de atender la voluntad de la mayoría

Según la mayoría de las encuestas realizadas en España en 2019, entre un 75 y el 85% está a favor de la despenalización de la eutanasia.

5. La eliminación del dolor es uno de los principales fines, si no el principal, de la medicina y de la moral

Algunos dicen que la eutanasia contraviene el fundamento de la profesión sanitaria, que es curar, no matar; y más todavía, contraviene una máxima ética fundamental: no matarás. Pero, los defensores de la eutanasia alegan que es no contrario a la finalidad de la medicina ni de la moral el ayudar a morir al que lo solicita cuando ya no soporta su vida, pues el principal fin de la medicina es lograr una vida sana eliminando el dolor físico; y el de la moral, eliminar el dolor psíquico o moral[2]. Los médicos están para garantizar una vida sin dolor, no para alargarla a toda costa. Y la ética, dicen, estudia el modo de asegurar el máximo bienestar para el mayor número de personas. Una acción es "buena" cuando beneficia a la mayor cantidad de personas y perjudica al menor número

6. Con la prohibición de la eutanasia se nos impone a todos una ética religiosa, especialmente la cristiana

El rechazo de la eutanasia, al menos en España, está completamente influido por la ética de la Iglesia católica, que nos quiere imponer a todos su catecismo, además lo quiere imponer sobre una población que en su mayoría ya no es católica[3].

Esta imposición, contradice además el principio de laicidad del Estado y su neutralidad ante las convicciones religiosas. La negación del derecho a la eutanasia es una manifestación más de la intolerancia de los ultraconservadores. El nivel de tolerancia de una sociedad se mide en función del respeto hacia las conductas cuyas razones no compartimos.

7. La eutanasia reduce los gastos sociales, que se pueden destinar a los que desean vivir.

Si respetamos la voluntad de un enfermo terminal que ya no desea vivir, estamos ahorrando considerables gastos sanitarios y de pensiones, que se pueden destinar a los que sí desean vivir.

Además, en España, como en la mayoría de los países occidentales, la pirámide poblacional está tan invertida, que actualmente hay un jubilado por cada tres trabajadores, y de seguir la tendencia que llevamos, en veinte años habrá un jubilado por cada trabajador. En 2019 había en España casi 10 millones de jubilados, y sólo en pensiones, sin contar gastos médicos, el Estado destina unos 150.000.000.000 de euros cada año (casi un 40% de los gastos totales anuales del Estado. Un porcentaje que se ha duplicado desde el 21% del total que representaban en 1996). Con esta tendencia, dentro de veinticinco años, el gasto en pensiones se incrementará un 50%. El servicio de estudios de BBVA estima que para mediados de siglo serán necesarios nada menos que 28,5 millones de cotizantes, casi diez millones más que en la actualidad, para garantizar la sostenibilidad del sistema

Este problema sólo se puede paliar de tres maneras: fomentando la natalidad, favoreciendo la inmigración o multiplicando la eutanasia. Parece que la vía más fácil y más barata es la tercera.

8. La eutanasia ya existe en España. Mejor regularla

La eutanasia ya se practica en España. De hecho, como hemos dicho antes, son poquísimos los casos que han llegado a los tribunales en estos últimos cinco años, y casi todos se han saldado con la impunidad de los responsables.

Los que defienden la eutanasia argumentan que es mejor regularla, con unas condiciones y organismos de control, de manera que se garantice el consentimiento del paciente, se eviten los abusos del personal sanitario (véase el caso del doctor Montes), y se asegure una muerte rápida y sin dolor. El argumento es similar al del aborto: mejor un aborto realizado por un especialista, con controles sanitarios adecuados, a un aborto clandestino, que pone en peligro la vida de la madre.

9. Evitar el sufrimiento inútil

Es un argumento muy unido al de la dignidad. Nadie quiere sufrir inútilmente en los últimos días de su vida. ¿Por qué no poner punto final voluntariamente antes de entrar en fase terminal? Además, nadie quiere dejar como último recuerdo de sí mismo una imagen un cuerpo consumido, de una mente sin luz y de una agonía innecesaria.

3. Argumentos en contra de la eutanasia

Cada uno de los siguientes argumentos se corresponde con los que acabamos de exponer en el capítulo anterior en defensa de la eutanasia.

1. Sobre la carga de la prueba

En la eutanasia se cuestiona no sólo el valor de la libertad, sino también el de la misma vida. Es lógico, por tanto, que quien quiera matar a otra persona, justifique su comportamiento. Por tanto, la carga de la prueba corresponde al que quiere suprimir la vida, no al que la defiende.

Por otra parte, como ahora veremos, es al menos cuestionable el que con la prohibición de la eutanasia se restrinja la libertad de quien la solicita.

2. Sobre el argumento de la libertad

Para responder al argumento de que la prohibición de la eutanasia es contraria a la libertad, hay que distinguir dos libertades: la del paciente y la del personal sanitario, y además hay que cuestionar la noción de libertad que manejan.

a) Libertad del paciente

El manifiesto La vie pas la mort suscrito por más de 175 asociaciones francesas especializadas en cuidados paliativos dice entre otras cosas:

«Muy pocos pacientes nos dicen que quieren morir, menos aun cuando están debidamente atendidos y acompañados».

«Además, cuando piden la muerte, muchos quieren significar una cosa muy distinta de la voluntad de morir. Pedir la muerte significa casi siempre no querer vivir en condiciones tan difíciles. ¿Pedir la muerte porque se sufre es realmente una elección libre? En cambio, los cuidados paliativos restauran la libertad del paciente al final de su vida al controlar tanto el dolor como el sufrimiento mental»[4].

Al permitir la eutanasia, se pone a los enfermos en la tesitura de decidir si quieren seguir siendo una carga para sus familiares. La permisión de la eutanasia supone un chantaje moral a los más débiles, a aquellas personas que se sienten un peso para la familia y para la sociedad, lo cual limita ciertamente su libertad. Fomenta su desesperanza, induciéndoles a rendirse en la lucha por la vida. De hecho, nuestro código penal considera, ya no un suicidio asistido, sino un asesinato el cooperar en un suicidio de un menor o de una persona que tiene disminuidas sus facultades mentales. ¿Y cómo se encuentra una persona sufre y ve cercana su muerte?

Si se despenaliza la eutanasia, muchas personas serán invitadas a morirse por aquellos que no quieren molestarse por mantenerlas vivas. Ciertamente no de manera expresa, pero sí por el simple hecho de que el enfermo sabe que puede dejar de ser una carga para los demás. A veces serán sus propios familiares, que no quieren cuidarles, o peor, que tienen prisa en cobrar la herencia. También puede ser algún médico desaprensivo, que considera injustificado el empleo de tantos recursos en vidas “inútiles”.

Por contraste, en circunstancias normales, cuando vemos alguien sano que se quiere suicidar, vamos corriendo en su ayuda para darle razones que le hagan cambiar de opinión. Pero, con la eutanasia se da la paradoja de que se nos exige que respetemos su “decisión libre”, cuando la suya no es una decisión tan libre: está condicionada por muchísimas presiones.

Anne de la Tour, presidenta de la Sociedad Francesa de Acompañamiento y Cuidados Paliativos (que agrupa a 10.000 cuidadores y 6.000 voluntarios), hablando sobre la libertad de los moribundos, nos dice:

«Los pacientes evocan la muerte a menudo, la desean algunas veces, después dicen lo contrario y hablan de otra cosa, de proyectos y de esperanzas. Son ambivalentes, como lo es todo ser humano que trata de dar un sentido a su vida»[5].

b) Libertad del personal sanitario y del resto de la sociedad

Por lo que se refiere al personal sanitario, la constitución de la eutanasia como un derecho, genera siempre obligaciones, de modo análogo a como el derecho al aborto genera obligaciones en el personal sanitario, pues, aunque se regule el derecho a la objeción de conciencia, siempre quedarán excluidos del derecho a la objeción la actividad del personal sanitario que rodea la práctica de la eutanasia (auxiliares, limpiadores, administrativos, etc.)[6].

Pero no es sólo el personal sanitario está obligado a colaborar en este derecho: también lo están las fuerzas de seguridad, jueces y magistrados, asistentes sociales, maestros y profesores (que tendrán que enseñar cómo ejercer este nuevo “derecho”), etc.

c) La noción de libertad que manejan los defensores de la eutanasia es parcial y discutible

Entender la libertad sencillamente como la capacidad de elegir cualquier cosa en un momento determinado es contraria a la noción de libertad como la capacidad de elegir lo mejor. Cuántas veces, cada uno de nosotros, después de elegir algo, al darnos cuenta de los efectos nocivos de nuestra decisión, hemos dicho o pensado: “realmente esto no es lo que yo quería”.

Igualmente, esta consagración del respeto a la libertad, como valor supremo, presupone una antropología individualista liberal:

«Esta ayuda activa a morir que no quitaría ‘nada a nadie’ −dice Anne de la Tour− no existe más que en la ficción ultraliberal en la que cada uno no vive más que para sí mismo, ejerce solo su ‘soberanía’ y pretende ‘controlar’ todo. Pero ¿por qué cruel ironía estas condiciones, que nunca son plenamente logradas en el curso de la vida, lo serían de repente en el momento de la muerte?»[7]

3. Sobre el argumento de la dignidad

Tanto los que defienden la eutanasia como los que se oponen a ella invocan el respeto a la dignidad. Pero entienden por “dignidad humana” cosas diferentes. Los primeros entienden, como hemos visto, que una la dignidad de una vida reside en la consciencia y en la salud; los segundos, en cambio, defienden que la dignidad no depende de lo que a uno le pasa, sino de su actitud ante lo que le pasa.

El momento próximo a la muerte sigue siendo vida digna, que muchas veces constituye una parte decisiva de la propia biografía existencial. Acabar bien la vida es decisivo para cerrar con dignidad la propia historia. Son muchos los testimonios de familiares y cuidadores de moribundos que narran la intensidad de vida de esos momentos esenciales previos a la muerte: momentos de reconciliación con familiares y con Dios, de gratitud, de despedida, de amistad, etc.

En este sentido, para el que muere no hay una muerte digna o indigna, lo que hay es una vida digna o indigna hasta el momento de su muerte; y sin duda, para el que mata injustificadamente lo que hay es una vida indigna.

Y por supuesto la noción de dignidad difiere completamente entre los que creen que el hombre es criatura e hijo de Dios, y los que piensan que Dios no existe y que somos sólo un pedazo de materia que por azar piensa[8].

4. Sobre el argumento de que la mayoría de la gente prefiere su permisión

Sí, ciertamente la mayoría de la gente en España está a favor de la eutanasia. Pero están en contra del ensañamiento terapéutico, que no es lo mismo. En cualquier caso, el argumento de la mayoría no es un argumento decisivo para permitirla. Hitler accedió al poder democráticamente, y activó el programa Aktion T4, llevado a la práctica entre 1939 y 1941 por médicos y enfermeras durante el régimen nazi, para eliminar sistemáticamente a personas señaladas como enfermas incurables, niños con taras hereditarias o adultos improductivos. Se estima que fueron asesinadas más de 70.000 personas.

La democracia no se sostiene tanto por el respeto a las mayorías, como por el respeto hacia la común dignidad de los hombres. Un régimen verdaderamente democrático, antes de caracterizarse por la prevalencia de la opinión mayoritaria, se define por el respeto que tiene hacia todo ser humano. La democracia presupone un núcleo ético no relativista, y este núcleo está formado por los derechos humanos. Estos derechos son como las fronteras de la democracia, dentro de los cuales han de jugar las mayorías, sin salirse de su respeto y promoción. Los Parlamentos pueden debatir sobre el mejor modo de protegerlos y promoverlos, pero no pueden abolirlos, so pena de renunciar a ser verdaderamente democráticos. Uno es demócrata, ante todo en la medida en que respeta la común dignidad de todos los seres humanos. Son, por eso, tremendamente injustos y antidemocráticos los que defienden el aborto o la eutanasia, porque excluyen a otros hombres del derecho humano más básico, que es la vida, sobre el que se fundan todos los demás. Si en una sociedad de doce personas hay diez sádicos, ¿prescribe el consenso que los dos no sádicos deben ser torturados? O en una sociedad donde triunfa democráticamente la ideología nacional socialista, como fue la de Hitler, ¿qué validez tiene el consenso respecto al asesinato en masa de los judíos? El consenso sólo es legítimo cuando se funda sobre unas normas básicas sobre las que no se discute. Por eso dice Aristóteles, al tratar sobre los límites del discurso, que quien discute si se puede matar a la propia madre no merece razones sino azotes. Para entrar en el debate público, hace falta un mínimo de sensatez. No se discute sobre si hay que proteger los derechos humanos, sino sobre el mejor modo de hacerlo. Si no fuera así, sería correcto lo que escribió Georges Duchéne: «¡La verdad, la ley, el derecho, la justicia dependerían de cuarenta traseros que se levantan contra veintidós que se quedan sentados!»[9].

Una vez leí una breve reflexión sobre la diferencia entre el político y el ladrón: yo elijo al político, pero el ladrón me elige a mí. Y ciertamente, si la razón queda excluida como exigencia del debate público, nada puede impedir que la mayoría intente avasallar a las minorías. El relativismo, al separar por completo la voluntad y la verdad, confía las decisiones políticas a la pura voluntad, y a un equilibrio de intereses contrapuestos. El relativismo vuelve a poner en primer plano la máxima de de Hobbes: auctoritas, non veritas facit legem. Es la autoridad, el poder puro y duro, no la verdad, el único fundamento de la ley. Pero la fuerza sin razón se transforma en violencia. Da igual que sea la fuerza de la mayoría. Incluso, peor todavía, porque entonces tiene más fuerza. Puede aplicarse aquí lo que dice Tomás de Aquino sobre las pasiones que no son moderadas por la razón, que compara con un caballo corriendo, que si es ciego, cuanto más corre, tanto más violentamente tropieza y se daña[10].

Por otra parte, las encuestas sobre eutanasia recogen la opinión de sanos, no la de enfermos. Muy difícilmente podemos saber ahora lo que pensaremos en el umbral de la muerte, y qué desearemos realmente desearía en ese momento[11].

Hay toda una presión mediática que alimenta el miedo a la muerte dolorosa. Los casos de película, estilo Ramón Sanpedro, se convierten en la regla general.

La realidad es que ningún grupo de personas discapacitadas apoya el suicidio asistido. Ya con motivo del suicidio de Sampedro, las Asociaciones de Lesionados Medulares y Grandes Minusválidos de España, publicaron un comunicado en 1998 en el que aclaraban que «la gran mayoría de los discapacitados no solo no las comparten [las opiniones de Sampedro], sino que muestran una actitud totalmente contraria a su pensamiento». Y añaden «la tasa de suicidio en nuestro grupo es sensiblemente inferior a la del resto de la población». Frente a los que presentan las ideas de Sampedro sobre la vida y la muerte como representativas de los discapacitados, el comunicado afirma que «son únicamente opiniones muy particulares que no reflejan en absoluto las percepciones, sentimientos, intenciones e incluso objetivos que tiene globalmente nuestro colectivo». Por último, afirman que «la tasa de suicidio en nuestro grupo es sensiblemente inferior a la del resto de la población».

Hace años, una asociación de discapacitados británicos, Not Dead Yet, lanzó una campaña similar contra el suicidio asistido. Una de las principales dirigentes es Diane Coleman decía en un reportaje publicado en la revista neoyorquina The Village Voice: «Los minusválidos somos como el canario en la mina[12]. El asunto de la cooperación al suicidio y la eutanasia es una piedra de toque para nuestro país. Si se decide que los minusválidos, los enfermos crónicos o los terminales estamos mejor muertos, ¿quiénes serán los siguientes?». En este mismo artículo Coleman advertía que hay un riesgo de que no se proporcione a los minusválidos las ayudas para prevenir el suicidio que se aplican a los sanos. «Si uno de nosotros pide la muerte, los demás dan por supuesto que su decisión es racional. Los médicos subestiman de manera sistemática nuestra calidad de vida, en comparación con nuestras propias valoraciones»[13].

Lo que piden es ayuda para vivir su vida con la enfermedad, no para morir.

5. Sobre el argumento de la razón de ser de la profesión sanitaria y de la moral

Todavía en muchas Facultades de Medicina de las universidades españolas todos los estudiantes, antes de licenciarse, pronuncian solemnemente el juramento hipocrático. Es un texto breve de apenas ocho líneas. Entre otras cosas juran:

“Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me soliciten, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo; tampoco administraré abortivo a mujer alguna. Por el contrario, viviré y practicaré mi arte de forma santa y pura”.

La palabra profesión viene del latín professionis, que alude a la acción y al resultado de profesar, entendido como manifestar una adhesión a unos valores, a unas normas que definen el oficio al que uno consagra buena parte de su vida.

Dedicarse a la profesión médica supone adherirse al valor de la vida y de la salud como norma suprema de actuación en el propio oficio. Lo cual no supone estar a favor del dolor y del sufrimiento para conservar la vida. Sino a favor de suprimir, o al menos paliar, el sufrimiento del enfermo: suprimir la enfermedad o al menos el dolor, no suprimir al enfermo.

Toda profesión responde a una vocación, y en el caso del personal sanitario y de los cuidadores, la de curar, aliviar y acompañar al paciente en su enfermedad. Posiblemente no haya en España una profesión que requiera más tiempo de estudio y de preparación que la de los médicos, y que al mismo tiempo esté peor pagada en proporción al esfuerzo que invierten en su formación. ¿Y por qué todavía tantos jóvenes desean ser médicos? Porque la profesión médica es quizá la más vocacional de las que existen en el mundo. Nada produce más satisfacción a una persona como hacer un gran bien a otra, y no hay mayor bien que la vida misma. Preservar la vida y paliar el sufrimiento es un ideal precioso por el que tanta gente ha empleado y desea emplear los mejores recursos de su vida.

Ahora, en cambio, si se obliga al sistema sanitario a prestar el “servicio” de la muerte al que lo solicita, se está pervirtiendo la profesión médica. Pensemos en la crisis de autopercepción de su propio oficio que puede experimentar un médico que a brazo partido se emplea a fondo para salvar una vida en una planta de un hospital, mientras que en la planta de más abajo otros colegas causan la muerte a petición. En suma, despenalizar la eutanasia termina por trivializar el esfuerzo y la lucha cotidiana por la vida en la que se emplean los profesionales de la salud.

Y más grave todavía: se rompe la tradicional confianza del paciente con el médico. Es una actitud universal la confianza de los pacientes que se abandonan en manos del personal sanitario: se toman todo los que les prescriben (con una fe ciega en su dictamen); se privan, con gran sacrificio, de lo que los médicos les indican… En cambio, cuando se permite la eutanasia, se rompe esta confianza. Es sabido, por ejemplo, que la legalización de la eutanasia en Holanda está causando una estampida de enfermos y ancianos hacia otros países de la Unión Europea, porque no se fían de los médicos holandeses. La legalización de la eutanasia «dinamitaría las relaciones entre pacientes y profesionales sanitarios, volvería a los enfermos responsables únicos de su propia y doliente existencia, garantizándoles más soledad que libertad, y ensancharía el poder político más allá de los límites propios de un Estado de Derecho»[14].

Hoy en día hay medicamentos y técnicas para paliar prácticamente todos los dolores sin matar al enfermo. Un desafío de los médicos, de los investigadores, y de los poderes públicos es hacer extensivos esos cuidados paliativos a todos los que sufren. Además, si no se lucha por extender estos cuidados, se dará la paradoja de que los más pobres serán los que más sufran al no poder afrontar los gastos de los cuidados terminales, y los que más solicitarán la eutanasia.

Yo pienso que la eutanasia, de aprobarse, se debería practicar únicamente en centros especializados en la muerte, que en ningún caso se llamen centros de salud, con personal preparado para matar y que no se llamen médicos ni personal sanitario.

Por lo que se refiere al objeto de la ética o de la moral, decir que su fin es la mayor felicidad del mayor número, entendiendo además la felicidad como mero bienestar fisiológico, responde a un planteamiento moral utilitarista, que es sectario y reduccionista. La razón de ser de la ética no es suprimir el dolor moral, ni físico, ni psíquico, sino ayudarnos a ser mejores personas, con dolor o sin él. La ética es la disciplina filosófica que estudia (y al mismo tiempo la vida en que se encarna esa teoría) el comportamiento en cuanto a lo bueno y lo malo para el hombre como hombre. Lo bueno para cada ser es que exista y se realice, que cumpla su naturaleza. El bien tiene siempre razón de fin. Una cosa o un ser son buenos en la medida en realizan su naturaleza. Hay, pues, una finalidad o un sentido que precede y vincula a cada ser. Por eso, sólo se puede hablar de bien y de mal, de progreso y retroceso, si lo seres están previamente “finalizados”, es decir, si tienen un fin o un sentido. Estudiar la bondad o maldad de los actos humanos presupone, por tanto, un sentido de dichos actos, una orientación gracias a la cual se puedan calificar como actos rectos o desviados en la medida en que los actos nos conduzcan al fin o nos desvíen de él. Si todo fuera completamente fruto del azar, nada tendría sentido, porque nada tendría un fin que realizar.

6. Sobre el argumento de la imposición de una visión religiosa en un estado laico

Ciertamente la religión cristina enseña que hay que la vida es sagrada y que nadie puede quitársela, pero también enseña que el robo está mal, la violación, el esclavismo, la tortura… No creer en la verdad del cristianismo no es razón suficiente para justificar todo lo que el cristianismo condena.

Contra los cristianos se opone la crítica de que sus soluciones son "confesionales", en supuesta contradicción con soluciones "racionales". Y así sucede con la eutanasia: se dice, "tú lo defiendes, porque eres católico, pero estamos en una sociedad laica..."[15]. Con semejante actitud parece que se da más peso aquellas personas que defienden sus teorías sin tener convicciones de ningún tipo. Parece que los que no están convencidos de nada son más modernos, más tolerantes, más independientes, más intelectuales, más neutrales, más libres... En cambio, una laicidad positiva, que respete verdaderamente la racionalidad del diálogo social, no puede marginar a nadie que presente razones que justifiquen sus preferencias, porque, como dice Gian Enrico Rusconi, «laicidad de la democracia coincide con el espacio público democrático, dentro del cual los ciudadanos, creyentes o no creyentes, intercambian sus argumentos y buscan acuerdos, sin pedirse razones de autoridad de sus propias verdades de fe o de sus convicciones en general. Lo que importa es la capacidad recíproca de persuasión y la observancia leal de los procedimientos»[16]. En este sentido es todavía más conocida que la opinión de Habermas sobre las razones públicas de las personas creyentes.

7. Sobre el argumento de que eutanasia reduce los gastos sociales

Aquí nada se puede objetar. Ciertamente la eutanasia reduce gastos sociales, pero a qué precio. La esclavitud también los reduce. El exterminio en masa también.

8. Sobre el argumento de la mayor seguridad al regularlo

Ante el argumento de que es mejor una eutanasia controlada con requisitos estrictos, supervisados por agentes imparciales y ejecutados por profesionales, que una eutanasia ilegal sin control alguno, podemos decir varias cosas:

En primer lugar, aquí no sólo se habla de permitir, sino de convertir en derecho, y por tanto, con las correlativas obligaciones del personal sanitario y del resto de la sociedad[17].

En segundo lugar, si la práctica es inmoral, como lo es por ejemplo la mutilación genital femenina, el hecho de practicarse con frecuencia no es un argumento para legalizarla. También es frecuentes el robo, el abuso de menores, el maltrato animal…

En tercer lugar, el hecho de convertirla en un derecho genera en la mayoría de la sociedad la percepción de que es una práctica buena. La mayoría tiende a identificar moralidad con legalidad. Es más, habrá enfermos que consideren una muestra de caridad el solicitar la muerte para dejar de ser una carga para la familia o para el sistema.

En cuarto lugar, la regulación no termina con la inseguridad de su práctica, antes bien, la aumenta. ¿Cuál será el criterio para determinar el nivel de sufrimiento que permite el acceso a la eutanasia?, ¿cómo determinar la existencia de consentimiento en un enfermo terminal que tiene disminuidas sus facultades mentales, como habitualmente las tiene en ese estado?, ¿por qué los menores no pueden acceder a la eutanasia si tienen una enfermedad incurable que también les genera sufrimiento y además durante más tiempo que un adulto?, ¿cómo determinar si un paciente es un enfermo psíquico y por tanto excluido del derecho a la eutanasia?, ¿si se puede administrar la sustancia mortífera en la propia casa, cuáles serán las medidas de control para que no se empleen en un crimen?[18], etc., etc.

Sobre la pendiente resbaladiza por la que se cae al convertir la eutanasia en un derecho, basta ver lo que ha sucedido en Bélgica y que tan claramente expone en este mismo libro el profesor Étienne Moreno.

9. Sobre la evitación del sufrimiento

Ante el argumento de que con la eutanasia se evita un sufrimiento inútil, caben al menos dos tipos de respuestas: una más práctica y otra más filosófica. La primera es el recurso a los cuidados paliativos y a la atención y el cariño de familiares y del personal sanitario. La segunda es una respuesta filosófica sobre el sentido del sufrimiento.

El acceso universal a los cuidados paliativos es la respuesta principal a la eutanasia. Hoy en día se puede morir sin apenas dolor físico y sin dolor moral cuando se muere rodeado del cariño y la atención de los familiares y del personal sanitario. Así se puede vivir una muerte digna en su más profundo sentido[19]. Si se permite la eutanasia y no se fomentan los cuidados paliativos como alternativa, no lo dudemos, los que más solicitarán la eutanasia serán los más pobres y los que no tienen a nadie que les cuide.

Por lo que respecta a la respuesta sobre sentido del dolor, conviene que nos detengamos un poco más.

El dolor y el sufrimiento surgen ante la percepción de aquello que es contrario a la propia voluntad[20]. Aunque a veces dolor y sufrimiento se emplean como términos sinónimos, conviene distinguirlos: el dolor es un mal físico, es una respuesta instintiva del organismo ante carencias o limitaciones. La capacidad de sentir dolor nos protege, porque nos avisa de nuestras necesidades: de resguardarnos del frío, de alimentarnos, de curar nuestras heridas… en suma, de conservar la vida. El dolor es un mecanismo al servicio de la vida. Todos los animales lo experimentan. El sufrimiento, en cambio, es exclusivo del ser racional: surge ante la percepción intelectual del mal físico o moral, propio o ajeno, y si es ajeno, tanto más intenso cuanto más amada la persona que lo sufre. Los animales tienen dolor, pero no sufren, porque no comprenden el dolor como un mal (aunque también experimenten un dolor instintivo por el dolor ajeno). El dolor físico, en el hombre, con facilidad se convierte en sufrimiento porque pone ante nuestros ojos la corruptibilidad de nuestro cuerpo. «A partir de un cierto grado de intensidad, el dolor corporal es ya, como tal, sufrimiento, es decir, cuando devora todas las perspectivas positivas o negativas de futuro»[21]. En cierta manera el dolor es un anuncio de la muerte, por eso fácilmente se convierte en sufrimiento. El sufrimiento también puede ser anterior al dolor, pues la mente es capaz de representarse un daño futuro, y así surge la angustia como una especie de sufrimiento, que es una perturbación del ánimo ante un mal futuro, imaginario o real. El sufrimiento es la reacción ante el dolor no comprendido, ante el dolor que se nos presenta sin sentido. No sufrimos, por ejemplo, cuando experimentamos el dolor del esfuerzo para ganar una medalla olímpica, o para perder peso en un gimnasio… porque es un dolor útil, un dolor con sentido. «Allí donde no se acierta a integrar una determinada situación dentro de un contexto de sentido, allí comienza el sufrimiento»[22].

Si la capacidad de sentir dolor es un estímulo para cuidar la vida, la capacidad de experimentar sufrimiento (propio o ajeno) es un aliciente para la búsqueda de sentido. Pocas personas hay tan superficiales como aquellas a las que nunca les ha faltado de nada y nunca han visto la muerte de cerca. En cierta manera se puede decir que la capacidad de sufrir es síntoma de salud del alma, lo mismo que la capacidad de sentir dolor es síntoma de salud del cuerpo. Quien no padece hambre cuando está desnutrido o no tiene sed cuando está deshidratado, está más enfermo que el hambriento o el sediento. Y lo mismo, el que no sufre cuando no comprende su dolor, el que se abandona estoicamente al destino sin interrogarse el porqué de su muerte, con una fría indiferencia, está enfermo del alma.

El sufrimiento es un catalizador de la propia madurez. Ciertamente no hay que buscarlo. Ya se ocupa la vida de traerlo. Pero no hay que huir de él ni esconderlo a toda costa. Es un error de la mentalidad contemporánea ocultar siempre el dolor y la muerte, para que la gente “no sufra”, porque en la medida en que se procura no pensar en la muerte, tampoco se piensa en la vida[23]. Así lo que se consigue es crear mentes acarameladas incapaces de lidiar con el dolor y la renuncia que toda vida lleva consigo cuando se vive como Dios manda. Hace años cuando se estrenó la película de la Pasión dirigida por Mel Gibson, fui al cine con mi hermana Patricia y sus hijos, y al terminar la película, su hijo más pequeño salió con la cara llena de lágrimas. A la salida del cine, una mujer recriminó a mi hermana por haber llevado a un niño de diez años a ver esa película. Mi hermana respondió a la señora: “lo malo no es llorar; lo malo es no llorar cuando se debe llorar”.

Ciertamente no lloraríamos sin comprendiéramos todo. El sufrimiento desaparece cuando se comprende plenamente su sentido. Y el sufrimiento sólo tiene sentido si puede integrarse en un contexto absoluto, donde al final ya no exista sufrimiento. Pero esto sólo es posible reconociendo la existencia de Dios como creador bueno, que domina hasta el último trazo de la historia. El sufrimiento tiene sentido si es relativo e instrumental para un fin bueno carente de sufrimiento. Como dice Stanislaw Grygiel: «El sufrimiento y la muerte llevan al hombre hacia el futuro, y solo en esta perspectiva es posible comprenderlos. Por lo tanto, no debemos inquietarnos por el hecho de que tantos seres humanos sufran, sino por el hecho de que no sepan sufrir»[24].

La experiencia del placer es síntoma de un bien para el cuerpo, que muchas veces no necesita del concurso de la razón, incluso suspende el uso de la razón. En cambio, el sufrimiento nos interpela, nos pide razones, nos hace pensar. El placer busca en el propio cuerpo (o en el de otros) un instrumento útil, en cambio en el sufrimiento el hombre se abre a los demás, demandado ayuda o consuelo, o prestándolo.

Junto al lecho del moribundo, la verdadera solidaridad no consiste en provocarle la muerte cuando no entiende el sentido de su dolor, sino en ayudarle a comprenderlo. No nos han enseñado a morir: durante toda la vida nos ha ocultado la muerte. Y la primera vez que nos topamos con ella es con la propia muerte. En ese momento, ante la novedad brutal, entramos en modo pánico, y antes de afrontarla serenamente, preferimos quitarnos la vida rápido y sin dolor.

No sólo hemos perdido el sentido religioso, que nos ayudaba en la vida y en la muerte, sino también el sentido deportivo de terminar una carrera, o el sentido del deber de culminar una misión. Evadirse del trance de la muerte mediante el suicidio es, en muchos casos, un signo de mediocridad. El mediocre sólo acepta un nivel de exigencia que cumpla holgadamente, con el que se sienta a gusto. No quiere sufrir la vergüenza de no "dar la talla". Y es que cuando el objetivo está por encima de uno, la lucha por alcanzarlo le hace crecer; pero si está por debajo, ni lucha ni crece, y además se envanece al pensar que "ya lo domina". Mientras el mediocre se fija en lo ya logrado, el magnánimo contempla lo que le falta. El mediocre huye de la saludable tensión de la existencia: la de estar tendiendo hacia Dios. Todavía recuerdo con emoción la muerte de Juan Pablo II: cuando se anunció a los jóvenes congregados en la plaza de San Pedro que el Papa acababa de morir, la reacción fue curiosamente de una larga ovación, porque Carol Wojtyla, como un campeón, había triunfado, había cruzado la meta de la vida terrena, para entrar en la Gloria. Como San Pablo, podía decir «He combatido el buen combate, he terminado la carrera, he guardado la fe, por lo demás, me queda la corona de justicia, con que en aquel día me pagará el Señor juez justo» (2 Tim 4,7.8)».

Es verdad, sin más allá y sin Dios, la vida no tiene sentido, y menos aún, el sufrimiento y la muerte. Por eso, en la defensa de la vida es preciso volver a hablar de Dios y del más allá, reavivar la esperanza, ayudar a comprender que esta vida es, como decían los antiguos, un “parto laborioso”, donde el hombre se está gestando para la Eternidad. El hombre puede ser abortado en el primero o en el segundo parto. Con el primero, se le priva de la vida terrena, y con el segundo, quizá también… de la vida eterna. Por contraste, la fe cristiana es fe en la verdadera supresión del sufrimiento. «Bienaventurados los que sufren, porque serán consolados»[25]. «Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y El habitará entre ellos y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos. El enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado. Y el que está sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y añadió: Escribe, porque estas palabras son fieles y verdaderas»[26].

4. Conclusión

En el fondo del debate sobre la conversión de la eutanasia en un derecho está el tema fundamental del sentido de la vida y de la muerte y de la responsabilidad de todos, no sólo del Estado, en el bien de los ciudadanos. Si la vida es el soporte y fundamento de todos los demás bienes que tenemos, ha de ser el bien más querido y protegido.

Cuando se trata de la vida, no hay margen para el error. La vida no es un videojuego que, cuando perdemos podemos recuperarla empezando de nuevo la partida. Nuestro ánimo es cambiante: cuántas veces uno ha deseado morirse y al cabo de unos días ha recobrado la ilusión de vivir.

Además, nadie vive sólo para sí mismo. El individualismo liberal moderno trata de convencernos de que nuestros derechos son esferas de dominio donde los demás son límites, ciertamente necesarios, para la expansión de una personalidad que sería completa si no tuviera deberes hacia los demás. Nuestra vida no es sólo nuestra: pertenece en cierta manera a todos. El individuo es un ser naturalmente indigente, y es indigente no por una suerte de lotería genética, sino precisamente para vivir en comunidad. Se podría decir que Dios nos hizo diferentes para que viviéramos juntos, porque entonces, dicho llanamente, cuadran las cuentas.

El individualista moderno no quiere depender de nadie, ni del prójimo ni de Dios. Considera la dependencia como una limitación existencial, no como una condición esencial del ser humano. El individualista, en el fondo, quiere ser autosuficiente, y no puede, lo que le provoca un sufrimiento inaguantable. Y esto es precisamente el inferno del hombre, no su liberación[27].

El Estado existe precisamente para garantizar esa solidaridad mínima en que consiste el Derecho. Si en el momento en que el hombre más necesita de los demás, se le priva o se le anima a privarse de su ayuda, está renegando de su propio fundamento. Además, se da la paradoja de que lo que se defiende en nombre de la libertad, se aplica a quienes apenas pueden ejercerla.

¿Qué podemos hacer ante la eutanasia? Lo primero, en mi opinión, es convencernos de que la actitud moral correcta no consiste sólo en saber dar, sino también en saber recibir, en dejare ayuda. Tan inmoral es no querer dar como no querer recibir nada. Y lo segunda, como dice Marta Albert: «abordar política y jurídicamente la atención sanitaria al final de la vida: la universalización de los cuidados paliativos, invirtiendo tanto como sea preciso para hacerla realidad. Los cuidados al paciente y a su familia durante el proceso final de la vida sí representan una ayuda real para el buen morir. En España se estima que no reciben los adecuados cuidados aproximadamente la mitad de quienes los necesitan. Si hay un derecho básico, prioritario y urgente que debamos garantizar a los pacientes al final de su vida es el acceso en condiciones de igualdad a los cuidados paliativos»[28].

Diego Poole Derqui
Profesor Titular de Filosofía del Derecho
Universidad Rey Juan Carlos (Madrid)

 

[1] Cf. Estadísticas de condenados publicada por el CGPJ: http://www.poderjudicial.es/cgpj/es/Temas/Estadistica-Judicial/Estadistica-por-temas/Datos-penales--civiles-y-laborales/Delitos-y-condenas/Condenados--explotacion-estadistica-del-Registro-Central-de-Penados-/

[2] Si ya nada hay que hacer sino simplemente mantener con los fármacos y la tecnología a quien es pura biología y sin ninguna biografía y, además, sin posibilidad de retorno, lo sensato es retirar la medicación en cuestión. Lo entiende hasta un niño. O lo entiende mejor, porque el niño carece de los prejuicios y embotamiento de los mayores” (Javier Sádaba, https://www.filco.es/creo-se-deberia-legalizar-la-eutanasia/)

[3] La Biblia, considerada por los cristianos un texto inspirado por Dios, recoge en numerosos pasajes que, de un modo u otro, prohíben quitarse la vida: 1 Samuel 2:6 «El Señor da la vida, y la quita; nos lleva al sepulcro, y nos rescata de él». Corintios 3:16: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: y ese templo sois vosotros». 1 Corintios 6:19-20: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Pues por precio habéis sido comprados; por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios». Eclesiastés 7:17: «No seas impío, ni seas necio. ¿Por qué has de morir antes de tu tiempo?». Éxodo 20:13: «No matarás». Génesis 9:6: «El que derrame sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada, porque a imagen de Dios hizo El al hombre». Eclesiastés 8:8: «No hay hombre que tenga potestad sobre el espíritu para retener el espíritu, ni potestad sobre el día de la muerte: y no valen armas en tal guerra; ni la impiedad librará al que la posee».

[4] Manfiesto La vie pas la morthttp://laviepaslamort.fr/. Apartado 4º

[5] Anne de la Tour, en el Dario Le Monde, publicado el 10 de marzo de 2018: "Débat sur l’euthanasie : «Défier la mort est plus facile de loin que de près»".

[6] El art. Ley Orgánica 2/2010, de 3 de marzo, de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo. El apartado 2 del artículo 19 establece: «Los profesionales sanitarios directamente implicados en la interrupción voluntaria del embarazo tendrán el derecho de ejercer la objeción de conciencia sin que el acceso y la calidad asistencial de la prestación puedan resultar menoscabadas por el ejercicio de la objeción de conciencia. El rechazo o la negativa a realizar la intervención de interrupción del embarazo por razones de conciencia es una decisión siempre individual del personal sanitario directamente implicado en la realización de la interrupción voluntaria del embarazo, que debe manifestarse anticipadamente y por escrito. En todo caso los profesionales sanitarios dispensarán tratamiento y atención médica adecuados a las mujeres que lo precisen antes y después de haberse sometido a una intervención de interrupción del embarazo».

[7] Anne de la Tour, en el Dario Le Monde, publicado el 10 de marzo de 2018: "Débat sur l’euthanasie : «Défier la mort est plus facile de loin que de près»".

[8] «Ambos bandos invocan la defensa de la DIGNIDAD humana pero, evidentemente, la entienden de manera diversa; existen dos grandes corrientes a la hora de interpretar y de dar sentido a la dignidad, e incluso a la noción de Derechos Humanos: la cristiana y la laica. Si no se explicita puede convertirse la discusión en un diálogo de sordos: es imposible el acuerdo si palabras iguales designan conceptos distintos». María Casado: http://www.bioeticayderecho.ub.edu/es/articulo-algunos-argumentos-para-el-debate-en-torno-la-eutanasia-por-maria-casado

[9] «La vérité, la loi, le droit, la justice dépendent de quarante croupions qui se lèvent contre vingtdeux qui restent assis!», DUCHÉNE, G., en La Commune. 18-V-1871

[10] TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica, I-II, q. 58, a.4 ad.3

[11] «Sería una ley escrita para los sanos, para apaciguar su miedo a un sufrimiento lejano y potencial, cuando los que están en la situación real e inmediata lo que reclaman es que se cumpla la promesa de aliviar el sufrimiento, de un fin de vida que siga siendo vida hasta el final y de una muerte humana que no les quite nunca su dignidad». Anne de la Tour, presidenta de la Sociedad Francesa de Acompañamiento y de Cuidados Paliativos (SFAP), que agrupa a 10.000 cuidadores y 6.000 voluntarios, 12 de marzo 2018) https://www.aceprensa.com/articles/los-expertos-en-cuidados-paliativos-no-apoyan-la-eutanasia/

[12] Durante siglos los mineros descendían a las minas de carbón con un canario en una jaula. El canario es un animal que sufre los efectos de los gases tóxicos mucho antes que los humanos. De tal forma que, si el canario mostraba síntomas de atolondramiento o incluso moría, era una señal clara de que se debía abandonar la mina a toda velocidad, ya que, aunque los humanos no lo notaran, se estaba produciendo una emanación de gases tóxicos que podía llegar a ser mortal para las personas. Pues algo similar sucede con los enfermos terminales: cuando se permite matarlos, todos estamos en peligro.

[13] Cf. “Los tetrapléjicos españoles desean vivir con dignidad”, en Aceprensa, 21 de enero de 1998, disponible en https://www.aceprensa.com/ciencia/los-tetrapl-jicos-espa-oles-desean-vivir-con-digni/

[14] ALBERT, M., “Nota del editor invitado: legalización de la eutanasia: lo que está en juego”, en Cuadernos de Bioética. 2019; 30(98), p. 21

[15] «Determinadas propuestas podrían acabar viéndose descalificadas como confesionales por el simple hecho de haber encontrado acogida en la doctrina o la moral de alguna de las religiones libremente practicadas por los ciudadanos. (...) Así podría estar ocurriendo en la opinión pública española cuando se plantea la defensa de la vida humana prenatal, la libre elección de centros escolares o la protección de la familia monogámica y heterosexual». OLLERO, A., España, ¿un estado laico?, Thomson Civitas, Madrid, 2005, p. 18.

[16] RUSCONI, G.E., Come se Dio non ci fosse, Ed. Einaudi, Torino, 2000, pág.7

[17] La diferencia entre una no penalización de la eutanasia y su conversión en derecho la explica muy bien Marta Albert en “Privacidad y derecho a morir”, en Bioétia y nuevos derechos, Ed. Comares, Madrid, 2016, pp. 204 y ss.

[18] El Gobierno de Holanda está ya tramitando la aprobación de una pastilla del suicidio o “píldora Drion” (que toma el nombre del teórico que planteó esta posibilidad) destinada a personas de más de 70 años que simplemente quieran acabar con su vida, ya estén sanas o enfermas.

[19] Cf. POOLE, D., “Una muerte digna, una muerte hermosa”, en Catholic.Net, febrero 2020. Ver aquí http://es.catholic.net/op/articulos/74119/una-muerte-digna-una-muerte-hermosa.html

[20] Por eso, desde una perspectiva religiosa, si todo lo que sucede en el mundo es porque Dios lo permite o lo quiere, si mi propia voluntad fuera perfectamente conforme con el orden de la justicia divina, nada podría contrariarme. Pero ningún hombre en este mundo tiene un entendimiento tan lúcido y una voluntad tan perfecta como para estar continua y plenamente identificada con la omnisciencia y la voluntad divinas. Cf. DE AQUINO, T, Suma Teológica, I, q.113, a.7, s

[21] SPAEMAN, R., “El sentido del sufrimiento. Distintas actitudes ante el dolor humano”. Publicado en Revista Atlántida nº 15. Recogido en Humanitas nº 37 (enero-marzo 2005) www.humanitas.cl

[22] SPAEMAN, R., “El sentido del sufrimiento. Distintas actitudes ante el dolor humano”. Publicado en Revista Atlántida nº 15. Recogido en Humanitas nº 37 (enero-marzo 2005) www.humanitas.cl

[23] Stanislaw Grygiel nos recuerda cómo Platón pone en boca de Sócrates, la identificación de la filosofía con la reflexión sobre la muerte y preparación para la misma: «Porque corren el riesgo -dice Sócrates- cuantos rectamente se dedican a la filosofía de que les pase inadvertido a los demás que ellos no se cuidan de ninguna otra cosa, sino de morir y de estar muertos. Así que, si eso es verdad, sin duda resultaría absurdo empeñarse durante toda la vida en nada más que eso, y, llegando el momento, que se irritaran de lo que desde mucho antes pretendían y se ocupaban». Fedón 64a

[24] GRYGIEL, S., “El sentido del sufrimiento en un mundo secularizado” en Humanitas, nº 29, Verano 2003 - año VIII, Universidad Católica de Chile

[25] Mt. 5:4-6

[26] Apocalipsis 21:4

[27] Hablando de la esencia del infierno, escribía Joseph Ratzinger: «Porque, hablando claro, el infierno consiste formalmente en que el hombre no quiere recibir nada, en que quiere ser autónomo. Es la expresión del enclaustramiento en el propio yo.

» Esta profundidad, este abismo consiste, pues, en que el hombre no quiere recibir ni tomar nada, en que sólo quiere permanecer en sí mismo, bastarse a sí mismo. Si esta actitud se lleva al extremo, el hombre se vuelve intocable y solitario. El infierno consiste en que el hombre quiere ser únicamente él mismo, y esto se lleva a cabo cuando se encierra en su yo. Por el contrario, ser de arriba, eso que llamamos cielo, consiste en que sólo puede recibirse, igual que el infierno consiste en querer bastarse a sí mismo. El «cielo» es esencialmente lo que uno no ha hecho ni puede hacer por sí mismo. Utilizando términos de escuela, alguien ha dicho que, como gracia, es donum indebitum et superadditum naturae (un don indebido y añadido a la naturaleza). El cielo, como cumbre del amor realizado, siempre es un regalo que se hace al hombre, pero el infierno es la soledad de quien rechaza el don, de quien rehúsa ser un mendigo y se encierra en sí mismo». RATZINGER, J., Introducción al cristianismo, Ed.Sígueme, Salamanca, 2005, pág. 259

[28] ALBERT, M., “Nota del editor invitado: legalización de la eutanasia: lo que está en juego”, en Cuadernos de Bioética. 2019; 30(98), pág. 20

 

Trabajo

Daniel Tirapu

Teletrabajo.

Parece ser que algunas de las primitivas comunidades cristianas esperaban la segunda venida del Señor de modo inmediato y por tanto se abandonaron a rezar, a no pecar y a no trabajar, porque la parousía era inminente. "Andaban en nada y se metían en todo".

Muy parecido a las franjas estrella de  de muchas cadenas, aunque estos pecan y no parece que esperen la parousía; es más, cobran y bastante, por no hacer nada y meterse en todo. El gobierno tiene un planteamiento parecido y los políticos también. Lo asombroso es que el país funciona.

Esto empieza a parecerse a Italia; el país funciona a pesar de los políticos. Gracias a que el bedel abre la puerta por la mañana, el profesor va a clase aunque sus alumnos empiecen a festejar el fin de cuatrimestre, los de la basura son puntuales, etc. . La ociosidad y la pereza son la madre de todos los vicios.

Me contaba un amigo que trabaja con un holandés; en las ocho horas en que trabajan, muchas veces no le habla su colega para nada no imprescindible. En España diríamos que es un sieso, aburrido, soso, frío. Leches, es un tío que trabaja ocho horas. En adviento es muy bueno aprender de nuestros colegas, buenos trabajadores que no se quejan de que si tienen que hacer o no hacer; que andan en su trabajo y no se meten en nada. Me lo digo a mí mismo, claro.

 

Vivir en la alegría

Escrito por Silvia del Valle Márquez.

Es importante que les enseñemos a nuestros pequeños a que deben ser alegres por lo que son y no por lo que tienen.

Este domingo del Gaudete, el domingo de la espera alegre, nos invita a vivir alegres a pesar de las circunstancias.

Y me pongo a pensar, ¿verdaderamente vivimos alegres? O dejamos que las circunstancias nos determinen y nos quiten la alegría del corazón.

Es importante que nosotros cuidemos a nuestros hijos y los eduquemos para vivir en la alegría que emana del Amor de Dios, por eso aquí les dejo mis 5 Tips para lograrlo.

PRIMERO. Que reconozcan lo que tienen y lo agradezcan.
Cuando uno se da cuenta de que tenemos lo que necesitamos y que no nos hace falta nada nos debe generar alegría y serenidad.

Además, es muy necesario que nuestros hijos sean agradecidos ya que de esta forma aprenderse a valorar lo que tiene y el esfuerzo que los otros hacen para que ellos tengan lo necesario y eso los debe hacer sentir bien y les debe dar felicidad.

El sentirse cuidados, protegidos y amados les debe dar felicidad.

SEGUNDO. Que no pierdan la capacidad de asombrarse.
Cuando podemos asombrarnos de lo que nos rodea perdemos la capacidad de ser felices porque ya no podemos reconocer lo bello que tenemos a nuestro alrededor y lo bueno que nos va pasando a lo largo de los días.

Debemos aprender a estar felices y dejar que los detalles nos asombren y también debemos enseñar a nuestros hijos a vivir con este estilo de vida.

Para eso es necesario que enseñemos a nuestros pequeños a ver las cosas como son y a no tener pena de asombrarse de ellas, a pesar de que los demás no lo hagan.

Si logramos que nuestros hijos sigan guardando la ilusión de que llegue su cumpleaños, la navidad y los reyes magos, entonces estaremos fomentando esa capacidad de asombro.

También es bueno que les eduquemos con el ejemplo y que vean que nosotros nos dejamos sorprender por los detalles que vamos teniendo a lo largo del día y que los compartimos con ellos de forma alegre.

TERCERO. Que se fijen en los pequeños detalles.
La vida está llena de detalles y si no podemos darnos cuenta de ellos es porque estamos muy agobiados y hemos perdido la capacidad de ser felices.

Es bueno ayudar a nuestros hijos a ser sensibles y darse cuenta de todos los pequeños detalles que le van dando sentido y sabor a la vida.

Que sepan verlos y agradecerlos, de esta forma no perderán la capacidad de asombrarse y serán más felices porque podrán disfrutar de cada momento y detalle que llegue a su vida.

Estos pequeños detalles no necesariamente tienen que ver con el tener, más bien tienen que ver con los detalles que mamá tiene con ellos, con una llamada de nuestros seres queridos, de los detalles que nuestros hermanos tienen a lo largo del día, etc.

Para darnos cuenta de ellos es necesario tener los ojos del alma bien abiertos para detectar las caricias que Dios nos regala por medio de los que nos rodean.

CUARTO. Que no pongan su alegría en lo que se acaba.
Es importante que les enseñemos a nuestros pequeños a que deben ser alegres por lo que son y no por lo que tienen.

Que la alegría es una virtud que debemos cultivar y que no debe depender de los demás.

El enojo y la alegría deben depender sólo de nosotros, nadie externo nos puede hacer cambiar la alegría y eso debemos enseñárselo a nuestros hijos.

Es importante lograr que nuestros hijos sean alegres porque tienen un día más de vida, porque Dios les da una familia, porque están rodeados de amor y en última instancia, deben ser alegres porque Dios les ha concedido la vida y eso es básico.

Y QUINTO. Que aprendan a encontrar la alegría en todo momento.
Las circunstancias que nos han tocado vivir no deben afectar el estado de animo de nuestros hijos. Sé que muchas veces son terribles, pero debemos educarlos para que sean felices y encuentren motivos de alegría en todo momento y bajo cualquier circunstancia.

Así será más fácil llevar la vida, porque estarán acostumbrados a ser felices con lo que Dios les dé, mucho o poco; grande o pequeño; con problemas o sin ellos, pues sabrán que todo lo que vivimos es un continuo don de Dios y que los tiempos difíciles Dios los permite para purificarnos un poco y los tiempos de bonanza Dios los permite para que sintamos su presencia y su caricia.

Que la alegría de esta época navideña inunde el corazón de nuestros hijos y de cada miembro de la familia y que podamos trasmitirla a los que más lo necesitan, a los más solos, a los que la tristeza invade su corazón para que seamos instrumentos del Amor de Dios y les contagiemos esa alegría que solo Dios da.

No tengo tiempo

Lucía Legorreta

La mejor manera de ordenar las prioridades es tener claro cuáles son nuestros valores. Qué es lo importante para ti.

Recuerdo muy bien como una amiga mía me dijo al terminar su día: hoy el día me vivió… yo no lo viví. Yo te pregunto ¿Cuántos días te viven? Te levantas muy temprano: la casa, los niños, el trabajo, las citas, la comida, el transporte, las compras, etc., etc., y cuando te das cuenta ya son las diez de la noche y el día ha terminado.

Constantemente nos quejamos de no tener tiempo. Está comprobado que las personas que realizan deporte y son activas en su vida privada, social y laboral, no disponen de más tiempo que los que no lo hacen, sencillamente se organizan mejor.

Nadie nos regala el tiempo y tampoco se puede comprar. A pesar de ser algo valioso, lo malgastamos, menospreciamos, y es imposible de recuperar.

La vida es única, y lo es porque el tiempo no tiene repetición. Debemos darle su verdadero valor: dime a qué dedicas tu tiempo y de diré quién eres.

Comparto contigo algunos consejos que pueden ayudarte a aprovechar mejor tu tiempo:

1. Orden de prioridades: la mejor manera de ordenar las prioridades es tener claro cuáles son nuestros valores. Qué es lo importante para ti. Si lo es la familia, tus hijos y tu pareja, el trabajo no puede estar presente los fines de semana. Si tus papás son importantes, dedícales tiempo. Si tu salud y bienestar te preocupan, dedícale tiempo.

2. Escríbelo: el cerebro tiene una capacidad ilimitada para guardar información, pero no podemos programarlo para todo, porque se satura. Mejor anota tus llamadas pendientes, citas, compras; las famosas listas te permiten dar un orden: qué, cómo, cuándo, dónde y a qué hora tengo que hacer las cosas. Al escribir los planes y pendientes aumenta la motivación y el compromiso con ellos.
Vivirás más tranquilo, ya que cuanto más planifiques, menos dejas en manos de la improvisación.

3. Atrévete a delegar: suponer dar a otros responsabilidades. Al delegar no sólo te vas a liberar, sino que vas a permitir que los que te rodean sean autónomos y se motiven.

4. Menos perfección: no existe la perfección, sólo la posibilidad de mejorar, crecer y superarse. Si eres una persona que nunca estás tranquila de como realizas tus actividades, lo único que conseguirás es vivir insatisfecho.
Tienes que aprender a diferenciar el límite entre lo que está realmente bien a lo perfecto, que como ya mencionamos no existe.

5. Estar concentrado: si tienes varias cosas que hacer, piensa que sólo puedes realizar una a la vez. Mejor céntrate en lo que tienes entre manos. Esto supone poner atención con los cinco sentidos, tratar de disfrutarla, vivir el presente.

6. Aprende a decir NO. Si alguien te pide un favor, tienes dos posibles respuestas: sí y no. No tienes la obligación de decir a toda persona que lo vas a hacer. Mejor utiliza frases cordiales y amables para declinar sino lo puedes hacer.

Te invito a vivir cada uno de tus días plenamente, aprovechando al máximo cada minuto, para que al final puedas afirmar: hoy viví plenamente, el día NO me vivió.

 

El amor no se acaba, se abandona

Escrito por Salvador I. Reding.

El verdadero amor no “se acaba”, se abandona, se destruye, no es un acabarse inherente al amor, sino un resultado de lo que sobre ese amor hacemos o dejamos de hacer.

Relaciones de años, de matrimonio caído en la rutina, o de alejamiento familiar (o hasta de amistad sincera), hacen pensar a muchos que el amor se acaba, que se pierde con el tiempo, y, es más, que ese es un proceso normal e irreversible, pero no, no lo es. El amor no se acaba, fue abandonado y se llega a destruirlo.

Tomemos un punto de referencia. Salvo el endurecimiento de un corazón, el amor por los hijos nunca se acaba, ni disminuye con el tiempo. Los hijos crecen, y del amor paterno-materno vivido en su cuidado, guía, educación y proporción de todo lo que necesitan en la vida, ellos crecen, empiezan a tener su propia actividad, sus amistades, sus intereses. Y luego se van, “hacen su vida”, se casan, se concentran en su propia familia, sus amigos, su trabajo, y hasta su distancia domiciliaria afecta. Pero el amor de sus padres nunca se acaba, y hasta se enriquece con los nietos. Hay una lección aquí, para el amor de pareja.

El amor de pareja, ese que lleva a la vida en común matrimonial, inicia con el cortejo, con el enamoramiento, con un gran esfuerzo de impresionar bien al otro. Pero no siempre es amor, veamos la diferencia. Esto es muy importante. Lo que pasa es que se confunde el interés, el atractivo femenino o masculino, la personalidad, y en especial el atractivo sexual con el amor. Para ponerme un nombre diferente de “enamoramiento”, digámoslo “encanto” por otra persona. Y este encanto, sí se puede desgastar, se puede acabar por diversas razones. Pero, insisto, no es amor. Y en general, en ese encanto es mayor el interés de poseer a la persona pretendida, que el de desear darle felicidad y bienestar: “quiero que sea para mí”.

El amor de pareja va mucho más allá del atractivo de la otra persona, es un interés especial, en el cual esa otra persona, y su bienestar y felicidad son más importantes que lo propio. Y por eso el ejemplo del amor a los hijos es útil: un buen padre tiene un mayor interés en sus hijos que en sí mismo.

El verdadero amor no “se acaba”, se abandona, se destruye, no es un acabarse inherente al amor, sino un resultado de lo que sobre ese amor hacemos o dejamos de hacer. El mal manejo de los conflictos (propios de toda relación humana), las crisis vividas, los celos, los arranques temperamentales, en los cuales se desea imponerse a como dé lugar sobre el otro, el ser amado, van diluyendo el amor, acabándolo y llegan a destruirlo. Pero, hay que insistir, que son las acciones y omisiones las que lo acaban. El acabarse el amor no es un proceso fatal de una relación de amor.

Cuando el interés en otra persona, el encanto se convierte en verdadero amor, se inicia en cortejos, en interés manifiesto del bien de la persona pretendida, pero si dicho trato se va dejando en el olvido, el amor se va abandonando. Por eso, para mantener viva “la llama del amor”, se precisa un constante esfuerzo de procurar ese bien del ser amado. Recuerdo una pareja mayor (70-75 años) que se trataba con permanente esfuerzo de seducir en todo aspecto a la otra persona. Su trato era amoroso y hasta muy elegante, y así, en una conversación nos dijo el señor que “tras cuarenta y cinco años de casados, puedo decirles que el matrimonio no es tan malo”, y ambos rieron y se tomaron de la mano.

No, el amor no se acaba, lo que sí se acaba o puede acabarse con el trato permanente, el cambio mental o espiritual (y hasta el físico) de las personas, la rutina y las dificultades vividas, es ese encanto original que confundimos con amor, porque sus causas se van esfumando.

El amor es una vivencia de la virtud teologal de la caridad (término, por cierto, muy mal entendido la mayoría de las veces). El amor se destruye cuando no lo conservamos en la vida diaria, con nuestras acciones y evitando las omisiones que el propio amor no merece; el amor se mantiene por nuestras mutuas conductas. Cuando el amor se basa en el del Señor Dios, el amor permanece para trascender a la muerte. Amemos así.

La Navidad empieza por casa

Por LaFamilia.info 

 

 

Se dice que “la caridad empieza por casa” y algo similar debe suceder con la Navidad. En esta época en la que somos llamados a vivir el amor, la paz y la fraternidad, debemos comenzar por dónde debe ser, por la familia.

La Navidad es la celebración del nacimiento de Jesús, que debe ser al mismo tiempo, un renacer en nuestra propia vida, un cambio que evidencie fe y coherencia. Por eso la Navidad es un momento de reconciliación, de paz interior, de amor. Y la primera esfera de acción debe ser la familia.

¿Qué le puedes regalar a tu familia?

Nos llenamos de satisfacción dar obsequios de navidad a los más necesitados, ¿pero cómo está nuestro propio círculo familiar? Tal vez podría estar igual o más necesitado: relaciones fracturadas, rencores entre familiares, problemas conyugales, falta de tiempo para los padres, abuelos o hijos, entre otros.  

Y es que en realidad no existe la familia perfecta como lo dice el Papa Francisco, quien asegura además que no hay que temerle a la imperfección, a la fragilidad, ni a los conflictos: «hay que aprender a afrontarlos de manera constructiva. Por eso, la familia en la que, con los propios límites y pecados, todos se quieren, se convierte en una escuela de perdón» asegura el Papa.

Así que esta época es la oportunidad para reflexionar sobre ese papel que cada quien tiene dentro del núcleo familiar y el lugar que le damos a nuestras realidades familiares, pues sin darnos cuenta, utilizamos mucho tiempo para otros asuntos y muy poco para aquellos con quienes compartimos nuestra vida y son los que le dan sentido a nuestra existencia.

El Padre Oscar Pezzarini en uno de sus artículos, escribía algunas preguntas que vale la pena destacarlas:

- ¿Cuántas veces nos dedicamos a salvar al mundo, en nuestras charlas, en nuestra imaginación, en nuestras discusiones, y lo que nos “sobra”, se lo dedicamos a la familia?

- ¿Cuántas horas invertidas en salvar nuestras tareas, nuestro negocio, nuestras amistades, nuestras diversiones, y es muy poco el tiempo que le damos a la familia?

- ¿Cuánto tiempo solemos tener para hablar con los demás, con los vecinos y amigos, pero para hablar de y en la familia, con nuestros padres o con nuestros hijos, siempre nos falta tiempo?

- ¿Cuánto tiempo utilizamos en compartir con los amigos y compañeros, pero muy pocas para estar con nuestros hermanos, para disfrutar de nuestra familia, para escuchar a nuestros padres, o siendo padres para interesarnos por lo que les pasa a nuestros hijos...?

Finalmente cabe anotar que nada hacemos con regalar juguetes y alimentos cuando en realidad somos distantes u ofensivos con los seres que nos rodean… La Navidad empieza por casa.

 

La batalla contra la concertada

La batalla contra la concertada -más allá de los inalienables derechos de los que se priva a los padres e incluso de los aspectos económicos que ahogan la iniciativa privada- esconde un objetivo de uniformidad ideológica y de intervención en contenidos que solamente busca el adoctrinamiento sectario de niños y jóvenes, objetivo que en centros privados, concertados o no, es mucho más difícil de conseguir que en la pública.

El destierro del español -además de que supone una genuflexión indigna ante el separatismo y que es muestra del odio a todo lo español de ciertos sectores y dando por descontado que a Sánchez y a Celaá les trae absolutamente sin cuidado en qué idioma se hable en Cataluña, en el País Vasco o en las Baleares- pretende camuflar el desbroce del terreno para que la separación de España y la pretensión de encerrar en un gueto  a quienes se sienten españoles, sea un paseo triunfal en un referéndum de independencia dentro de no demasiados años y que ahora, en voz de los propios separatistas, se perdería. 

Los planes de estudio -y sobre todo los contenidos en lengua y literatura, historia, biología y ciencias naturales- solamente son procedimientos para lavar el cerebro a generaciones incultas y prácticamente ayunas de criterios morales, en materias básicas para el conocimiento de la ley natural, de la ética más elemental en cuestiones referentes a la vida, al sexo o a la ideología de género y que se reservan desde los 6 años para una obligatoria educación sexual, saltando una vez más por encima de los derechos más connaturales a la paternidad.

Que los árboles de derechos inmediatos como la elección de centro, la libertad de los padres para determinar la educación de sus hijos o la de los ciudadanos para establecer centros educativos con su propio proyecto pedagógico, todos ellos irrenunciables, no escondan los segundos tiempos de una ley decisiva y cuyos nefastos resultados pueden llegar a ser bien visibles en las inmediatas generaciones.

Juan García. 

 

 

LA “NUEVA”  NAVIDAD.

Conforme se han ido acercando las fiestas navideñas sin desaparecer la temida pandemia del coronavirus, vemos y oímos que se ha acuñado y extendido la expresión “nueva Navidad”.

“Nueva”, según la RAE, es: “Que acaba de aparecer, que se ve por primera vez, que es diferente a lo que existía, que sustituye a una cosa de su misma clase…”.

La sociedad celebra la Navidad cada año condicionada por diversas circunstancias económicas, políticas…, pero el motivo de la fiesta siempre es el mismo, y por ello no tiene sentido hablar de “nueva” Navidad, porque en Navidad se conmemora el nacimiento de Jesucristo, Dios hecho hombre.

Amparo Tos Boix, Valencia.

 

 

La producción, divulgación y el consumo de pornografía.

Sobre la producción, divulgación y el consumo de pornografía, cabe recordar que el año pasado se registraron 115 millones de visitas diarias a uno de los mayores portales de pornografía. Los expertos advierten que, además del riesgo de adicción, la pornografía fomenta la violencia contra la mujer y contribuye al tráfico y explotación sexual de mujeres y niños. Ofrece una imagen muy distorsionada del sexo y muestra a la mujer como un objeto a merced de cualquier maltrato. Por eso está convirtiéndose en una de las puertas de entrada a la violencia de pareja, a los abusos sexuales y posiblemente a las violaciones en manada.

La creciente accesibilidad a la pornografía a edades cada vez más tempranas (un niño de 9 años con un dispositivo electrónico ya está recibiendo pornografía sin buscarla) pone de relieve el papel fundamental de la educación de nuestros niños e invita a las familias y a la sociedad a hablar sobre ello, fomentando el desarrollo integral de la sexualidad y la convivencia armónica de hombres y mujeres.

Edith Stein, gran defensora de la mujer en el siglo XX, afirmó que “el mundo no necesita lo que las mujeres tienen, el mundo necesita lo que las mujeres son”. También podemos decir lo mismo de los hombres. Es importante recordar que necesitamos el esfuerzo de todos, hombres y mujeres, para lograr este objetivo. Ojalá se renueve el compromiso de cada uno y cada una por promover vínculos saludables, donde el respeto y el reconocimiento del valor infinito de cada persona sean una realidad.

Domingo Martínez Madrid

 

El discurso de “Navidad” que iniciara Franco y…

 

            Que han seguido sus sucesores, más o menos con, “los mismos tintes”; puesto que, “al pueblo hay que pintarle y brochearle con la máxima suavidad para que vea que vivimos en uno de los mejores lugares del mundo-mundial; y más o menos y como hacía su padre, ha hecho el actual rey constitucional, Felipe VI, en esta Navidad”; y al que cada año, yo procuro verlo y oírlo, para ver cómo, “nos canta las bondades y soslaya la realidad, puesto que al rey, no le dejan que se moje, ya que entiendo que él no es el que escribe estos discursos, sino que se los dan escritos, para que los lea, se empape bien, y los desarrolle en el tiempo necesario, que requiera la escenificación correspondiente cada año, siguiendo la tramoya de los teatros”.

            Veremos que nos cuentan del desastre que ha producivo “el virus chino” y el hundimiento de la economía, que como escribí y mantengo, “el remedio es peor que la enfermedad”. Y he dicho en plural “veremos”; puesto que no es sólo el discurso del Jefe del Estado el que no harán tragar, sino que igualmente lo darán el presidente del gobierno y todos y cada uno de los presidente de las “diecinueve autonomías”; a todos ellos, es un suponer, los vamos a oír como el que oye llover, puesto que la realidad de España, es como para “echarse a temblar”.

            En todo discurso político (y éste lo es en profundidad) el que lo da o pronuncia, elude “todo lo espinoso de la realidad”, y lo cubre, con esas palabras agradables y pausadas que son empleadas, puesto que tocar y hablar de “la verdad”; no es político y menos conveniente, sencillamente, por cuanto… “La verdad es la herida que más duele y no cicatriza”; y la verdad de España no era lo que decía Franco en sus discursos, y que igualmente han continuado sus sucesores, que tan poco la abordan, con la crudeza que requieren “los tiempos”.

            Yo, la “nochebuena”, quedaba maravillado, al ir oyendo al monarca, en ese discurso tranquilo y sosegado, pero eludiendo la realidad de un país, nación, “u lo que ya seamos el conglomerado de españoles y sus tierras”; puesto que al irlo oyendo, me imaginaba que nos situaba “en un país de las maravillas o de casi Jauja”; y donde las tierras, todas fértiles y cultivadas, producían un bienestar envidiable y cuasi bucólico, donde los rebaños pactaban en prados o pastos jugosos, los pastores y pastoras, vivían felices en sus campos y pueblos; y los que contentos de su vida, luego regresaban a danzar felices en sus apacibles lares; donde sus proles nacían abundantes, sanas, bien educadas y con el porvenir asegurado, o resuelto sin problemas insolubles, o sea, “un cuento de hadas y el que de niños, nos llenaba de felicidad, imaginando aquellos personajes de fábula”. Pero no. España hoy es un país, cabreado en demasía, convulso, en lucha abierta por facciones, que se olvidan totalmente “lo español” y van a su medro, o por decirlo más claro aún, “a su panza y su bolsillo”; y “tiran para adelante como burros o bueyes de carga, sin arriero; y salga el sol por Antequera o por la isla del Hierro”; a ellos sólo les preocupa su negocio inmediato; y ni se les ocurre pensar ni en el presente y menos aún en el porvenir; y esa es para mí (hoy) la tierra donde vine a nacer en este planeta.

            Los españoles estamos ya no solo hartos, sino hastiados, de discursos, “elaborados con el cuidado que emplea el mejor de los joyeros” y que luego no sirven para nada. Lo que queremos (porque lo necesitamos) son verdaderos hombres y mujeres de Estado (estadistas); que sepan encauzar de una puñetera vez, este muy rico territorio, siempre saqueado, por quienes en definitiva, no saben administrar, ni un puesto de chucherías, instalado en un apeadero ferroviario.

HISTORIA DE ESTOS DISCURSOS:

                “La tradición del discurso navideño fue comenzada por el dictador, Francisco Franco, quien se dirigió por primera vez en la Nochevieja de 1937 a los «combatientes de España por la causa». Esa tradición se instauró de forma anual (excepto entre 1940 y 1945, en que no hubo discurso) y desde 1946 hasta 1974, dio un discurso cada fin de año, para mandar un mensaje a los españoles. El último sería en 1974, en el cual envió su «más cordial mensaje de felicitación navideña» en la que, entre otros asuntos, apeló a la unidad de la nación. Franco falleció el 20 de noviembre de 1975, y el siguiente discurso fue realizado por el ya rey Juan Carlos I. Éste, como contó el periodista Ramón Pérez-Maura, creyó que había que alejarse de él y trasladó la tradición al 24 de diciembre, día de Nochebuena.

El discurso continúa hoy en día siendo una tradición cada Nochebuena, en la que el monarca hace un balance de la situación económica, política, social y cultural del Reino, aludiendo siempre a la unidad de España y al diálogo. Con la abdicación del rey Juan Carlos, desde 2014 es su hijo, el rey Felipe VI, quien continúa dicha tradición”.

            Yo, entiendo que, si de 1940 y 1945 no hubo discurso, fue por que aquellos eran “los terribles años del hambre y tantas otras grandes miserias que atenazaban a la mayoría de españoles que sufrimos las terribles consecuencias de aquella horrorosa guerra civil, que digan lo que digan, “la perdió España entera por cuanto de decadencia hubo tras ella y que sólo sabemos los que tuvimos que soportarla”. Esperemos que, “las cuestas abajo que nos hacen rodar, no nos lleven de nuevo a situaciones como aquella y de las que la horrible historia de España, está bastante llena”.  Así es que… ¡¡OJO INÚTILES  POLÍTICOS QUE ESTAMOS MANTENIENDO!! Amén.

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

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