Las Noticias de hoy 17 Diciembre 2020

Enviado por adminideas el Jue, 17/12/2020 - 12:49

Frases En Contra De La Eutanasia – Indígena

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 17 de diciembre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Audiencia general: Catequesis completa, “La oración de intercesión”

Audiencia general: La oración que “ruega por todos sin excluir a nadie”

Ecología: El Papa Francisco recibe un premio internacional

Misión 4.7 y el Pacto Educativo Global: Videomensaje del Papa

LA NAVIDAD, JUNTO A SAN JOSÉ: Francisco Fernandez Carbajal

"¡Déjale que te exija!": San Josemaria

Felicitación navideña del Prelado (2020)

En donde se oculta Dios: Diego Zalbidea

San José, el trabajo y la paternidad: Ramiro Pellitero

Tregua de Navidad con los fundamentalistas: Salvador Bernal

La asignatura de religión, garantía de la libertad de los alumnos: Juan José Corazón

La Navidad en el cine – Cómo ha reflejado el cine el Nacimiento de Jesús: Alfonso Méndiz

CAMINANDO HASTA BELEN: Magui del Mar

Peligro de muerte: Ángel Cabrero Ugarte

San José, esposo y padre:  José Mª López Ferrera

Por la vida frente al gran engaño de la eutanasia: Jesús Ortiz López

Crisis antropológica: Ana Teresa López de Llergo

Vigilias por la Vida en Adviento:  Josefa Romo

“También viviremos con Él”: Pedro García

Leyes como la de educación: Jesús Domingo Martínez

Traidores, renegados, jueces y leyes: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

Audiencia general: Catequesis completa, “La oración de intercesión”

“Quien no ama al hermano no reza seriamente”

DICIEMBRE 16, 2020 12:32GABRIEL SALES TRIGUEROAUDIENCIA GENERAL

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(zenit – 16 dic. 2020).- En la audiencia general, el Papa Francisco ha abordado la oración de intercesión en la que Dios “nos toma, nos bendice y después nos parte y nos da para el hambre de todos”.

​La audiencia general de hoy, 16 de diciembre de 2020, ha sido emitida desde la biblioteca del Palacio Apostólico vaticano, sin fieles, en prevención frente a la COVID-19. A lo largo de la misma, el Santo Padre ha continuado con el ciclo de catequesis sobre la oración, centrándose en el tema “La oración de intercesión” (Lectura: Ef. 6, 18-20).

Misión del cristiano

El Papa ha explicado que “quien reza no deja nunca el mundo a sus espaldas”, pues una oración que no abarca “las alegrías y los dolores, las esperanzas y las angustias de la humanidad” se convierte en una acción “decorativa”, “superficial, de teatro” e “intimista”.

Asimismo, indica que la necesidad de “retirarnos en un espacio” dedicado a “nuestra relación con Dios” no significa “evadirse de la realidad”, pues “todo cristiano está llamado a convertirse, en las manos de Dios, en pan partido y compartido. Es decir una oración concreta, que no sea una evasión”.

Puerta abierta

El Pontífice comenta que los hombres y las mujeres “de oración” buscan “escuchar mejor la voz de Dios”, y “en lo secreto de la propia habitación”, abren la “puerta de su corazón” para los que oran sin saber que lo hacen, los que no rezan pero “llevan dentro un grito sofocado” y para los que “se han equivocado y han perdido el camino”.

​Del mismo modo, describe el corazón del orante como “compasivo, que reza sin excluir a nadie”, es la “voz de esa gente que sube a Jesús” con intercesiones. Ora por todos, carga “sobre sus hombros dolores y pecados”, es como “una antena de Dios en este mundo. En cada pobre que llama a la puerta, en cada persona que ha perdido el sentido de las cosas, quien reza ve el rostro de Cristo”.

Intercesión

Francisco destaca que la “verdadera oración” es la de rezar “en sintonía con la misericordia de Dios. Misericordia en relación con nuestros pecados, que es misericordioso con nosotros, pero también misericordia con todos aquellos que han pedido rezar por ellos, que [por los cuales] queremos rezar en sintonía con el corazón de Dios”. En el tiempo de la Iglesia, continúa, “la intercesión cristiana participa de la de Cristo”, es la significación de la “comunión de los santos” porque “Cristo delante del Padre es intercesor, reza por nosotros”.

Igualmente, prosigue, “quien no ama al hermano no reza seriamente”, sino que “finge rezar”, ya que la oración “solamente se da en espíritu de amor”, nunca de odio ni indiferencia.

Orar por la humanidad

Para el Obispo de Roma un orante “movido por el Espíritu Santo” reza por cada persona sin emitir juicios ni hacer selecciones, “reza por los pecadores” porque sabe que “no es demasiado diferente” de ellos. También ha recuperado la parábola del fariseo y el publicano para sentenciar que “todos somos hermanos en una comunidad de fragilidad, de sufrimientos y en el ser pecadores”.

El mundo “va adelante gracias a esta cadena de orantes que interceden y que son en su mayoría desconocidos… ¡pero no para Dios! Hay muchos cristianos desconocidos que, en tiempo de persecución, han sabido repetir las palabras de nuestro Señor: ‘Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen’ (Lc 23,34)” .

Oración de intercesión de la Iglesia

​El Sucesor de Pedro recuerda que el buen pastor sigue “siendo padre también cuando sus hijos se alejan y lo abandonan”, permanece en el servicio también con quien se ensucia las manos, pues “no cierra el corazón delante de quien quizá lo ha hecho sufrir”.

La Iglesia también practica la oración de intercesión, resalta, sobre todo quien goza de responsabilidad como padres, educadores, ministros, superiores.., pues “se trata de mirar con los ojos y el corazón de Dios, con su misma invencible compasión y ternura. Rezar con ternura por los otros”.

Por último, el Papa Francisco expresa que “todos somos hojas del mismo árbol: cada desprendimiento nos recuerda la gran piedad que debemos nutrir, en la oración, los unos por los otros”.

A continuación, sigue la catequesis completa del Santo Padre.

***

Catequesis 19. La oración de intercesión.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Quien reza no deja nunca el mundo a sus espaldas. Si la oración no recoge las alegrías y los dolores, las esperanzas y las angustias de la humanidad, se convierte en una actividad “decorativa”, una actitud superficial, de teatro, una actitud intimista. Todos necesitamos interioridad: retirarnos en un espacio y en un tiempo dedicado a nuestra relación con Dios. Pero esto no quiere decir evadirse de la realidad. En la oración, Dios “nos toma, nos bendice, y después nos parte y nos da”, para el hambre de todos. Todo cristiano está llamado a convertirse, en las manos de Dios, en pan partido y compartido. Es decir una oración concreta, que no sea una evasión.

Así los hombres y las mujeres de oración buscan la soledad y el silencio, no para no ser molestados, sino para escuchar mejor la voz de Dios. A veces se retiran del mundo, en lo secreto de la propia habitación, como recomendaba Jesús (cfr. Mt 6,6), pero, allá donde estén, tienen siempre abierta la puerta de su corazón: una puerta abierta para los que rezan sin saber que rezan; para los que no rezan en absoluto pero llevan dentro un grito sofocado, una invocación escondida; para los que se han equivocado y han perdido el camino… Cualquiera puede llamar a la puerta de un orante y encontrar en él o en ella un corazón compasivo, que reza sin excluir a nadie. La oración es nuestro corazón y nuestra voz, y se hace corazón y voz de tanta gente que no sabe rezar o no reza, o no quiere rezar o no puede rezar: nosotros somos el corazón y la voz de esta gente que sube a Jesús, sube al Padre, como intercesores. En la soledad de quien reza —ya sea la soledad de mucho tiempo o la soledad de media hora— por rezar, se separa de todo y de todos para encontrar todo y a todos en Dios. Así el orante reza por el mundo entero, llevando sobre sus hombros dolores y pecados. Reza por todos y por cada uno: es como si fuera una “antena” de Dios en este mundo. En cada pobre que llama a la puerta, en cada persona que ha perdido el sentido de las cosas, quien reza ve el rostro de Cristo.

El Catecismo escribe: ‘Interceder, pedir en favor de otro es […] lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios’ (n. 2635). Esto es muy bonito. Cuando rezamos estamos en sintonía con la misericordia de Dios. Misericordia en relación con nuestros pecados, que es misericordioso con nosotros, pero también misericordia con todos aquellos que han pedido rezar por ellos, que [por los cuales] queremos rezar en sintonía con el corazón de Dios. Esta es la verdadera oración. En sintonía con la misericordia de Dios, ese corazón misericordioso. ‘En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos’ (ibid.). ¿Qué quiere decir que se participa en la intercesión de Cristo, cuando yo intercedo por alguien o rezo por alguien? Porque Cristo delante del Padre es intercesor, reza por nosotros, y reza haciendo ver al Padre las llagas de sus manos; porque Jesús físicamente, con su cuerpo está delante del Padre. Jesús es nuestro intercesor, y rezar es un poco hacer como Jesús; interceder en Jesús al Padre, por los otros. Esto es muy bonito.

A la oración le importa el hombre. Simplemente el hombre. Quien no ama al hermano no reza seriamente. Se puede decir: en espíritu de odio no se puede rezar; en espíritu de indiferencia no se puede rezar. La oración solamente se da en espíritu de amor. Quien no ama finge rezar, o él cree que reza, pero no reza, porque falta precisamente el espíritu que es el amor. En la Iglesia, quien conoce la tristeza o la alegría del otro va más en profundidad de quien indaga los “sistemas máximos”. Por este motivo hay una experiencia del humano en cada oración, porque las personas, aunque puedan cometer errores, no deben ser nunca rechazadas o descartadas.

Cuando un creyente, movido por el Espíritu Santo, reza por los pecadores, no hace selecciones, no emite juicios de condena: reza por todos. Y reza también por sí mismo. En ese momento sabe que no es demasiado diferente de las personas por las que reza: se siente pecador, entre los pecadores, y reza por todos. La lección de la parábola del fariseo y del publicano es siempre viva y actual (cfr. Lc 18,9-14): nosotros no somos mejores que nadie, todos somos hermanos en una comunidad de fragilidad, de sufrimientos y en el ser pecadores. Por eso una oración que podemos dirigir a Dios es esta: “Señor, no es justo ante ti ningún viviente (cfr. Sal 143,2) —esto lo dice un salmo: ‘Señor, no es justo ante ti ningún viviente’, ninguno de nosotros: todos somos pecadores—, todos somos deudores que tienen una cuenta pendiente; no hay ninguno que sea impecable a tus ojos. ¡Señor ten piedad de nosotros!”. Y con este espíritu la oración es fecunda, porque vamos con humildad delante de Dios a rezar por todos. Sin embargo, el fariseo rezaba de forma soberbia: “Te doy gracias, Señor, porque yo no soy como esos pecadores; yo soy justo, hago siempre…”. Esta no es la oración: esto es mirarse al espejo, a la realidad propia, mirarse al espejo maquillado de la soberbia.

El mundo va adelante gracias a esta cadena de orantes que interceden, y que son en su mayoría desconocidos… ¡pero no para Dios! Hay muchos cristianos desconocidos que, en tiempo de persecución, han sabido repetir las palabras de nuestro Señor: ‘Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen’ (Lc 23,34).

El buen pastor permanece fiel también delante de la constatación del pecado de la propia gente: el buen pastor continúa siendo padre también cuando sus hijos se alejan y lo abandonan. Persevera en el servicio de pastor también en relación con quien lo lleva a ensuciarse las manos; no cierra el corazón delante de quien quizá lo ha hecho sufrir.

La Iglesia, en todos sus miembros, tiene la misión de practicar la oración de intercesión, intercede por los otros. En particular tiene el deber quien está en un rol de responsabilidad: padres, educadores, ministros ordenados, superiores de comunidad… Como Abraham y Moisés, a veces deben “defender” delante de Dios a las personas encomendadas a ellos. En realidad, se trata de mirar con los ojos y el corazón de Dios, con su misma invencible compasión y ternura. Rezar con ternura por los otros.

Hermanos y hermanas, todos somos hojas del mismo árbol: cada desprendimiento nos recuerda la gran piedad que debemos nutrir, en la oración, los unos por los otros. Recemos los unos por los otros: nos hará bien a nosotros y hará bien a todos. ¡Gracias!

© Librería Editora Vaticana

Audiencia general: La oración que “ruega por todos sin excluir a nadie”

Ciclo sobre la oración

DICIEMBRE 16, 2020 09:50GABRIEL SALES TRIGUEROAUDIENCIA GENERAL

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(zenit – 16 dic. 2020).- En la audiencia general de esta mañana, el Papa Francisco ha destacado que “la oración verdadera no nos evade de la realidad”, sino que “cualquiera puede encontrar en la persona orante un corazón compasivo que ruega por todos sin excluir a nadie”.

​Hoy, 16 de diciembre de 2020, el Santo Padre ha presidido la audiencia general en la biblioteca del Palacio Apostólico vaticano, transmitida en directo, de nuevo sin fieles, como medida de prevención frente a la COVID-19, y ha proseguido con la serie de catequesis sobre la oración, bajo el argumento “La oración de intercesión”.

En sus palabras en español, el Papa se ha centrado en el orante que reza a Dios para la intercesión de todas las personas, que presenta al Señor “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren”.

Pan partido para la vida del mundo

Francisco ha señalado que “todos necesitamos tiempos y espacios de silencio y soledad para la relación con Dios, para escuchar su voz”. En la oración, añade, Él “nos bendice y nos hace pan partido y repartido para la vida del mundo”.

En esta línea, apunta que la oración de intercesión “abre las puertas del corazón de quien reza por los demás”, una puerta “abierta para los que rezan sin saberlo, para los que no rezan pero esconden un grito sofocado en su interior, para los que se equivocaron y no encuentran el rumbo”. El orante es como “una antena de Dios, que está en sintonía con su misericordia y ve a Cristo en los rostros de las personas por las que reza”, indica.

Comunión fraternal

El Obispo de Roma explica que la oración hace experimentar “que todos somos hermanos, que pertenecemos a la misma humanidad frágil y pecadora”. El que reza, continúa, “lo hace por todos” y también “por sí mismo”.

Del mismo modo aclara que todos los miembros de la Iglesia tienen la “misión de practicar la oración de intercesión”, sobre todo los que gozan de un rol de responsabilidad, como son los “padres, educadores, sacerdotes, superiores de comunidad”.

Este tipo de oración, concluye, “nos ayuda a mirar a los otros con los ojos y el corazón de Dios, con su misma ternura y compasión”.

Ecología: El Papa Francisco recibe un premio internacional

De la asociación Accademia Kronos

DICIEMBRE 16, 2020 15:26LARISSA I. LÓPEZPAPA FRANCISCO

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(zenit – 16 dic. 2020).- El 4º Premio Internacional de la Asociación para la Protección del Medio Ambiente Accademia Kronos fue otorgado este año al Papa Francisco – entre otros – según informó Vatican News el 15 de diciembre de 2020.

Este premio, de acuerdo al medio de comunicación vaticano, reconoce en el concepto de ecología integral expresado por el Papa, particularmente en la encíclica Laudato si’, “una nueva visión que puede convertirse en un faro”.

El Santo Padre ha sido premiado por “haber puesto en el centro de su acción pontificia el tema de la ecología integral y el patrimonio cultural compartido en una lógica de desarrollo sostenible y solidaridad universal, dirigiéndose a cada persona que habita nuestro Planeta”, se lee en la carta que anuncia el premio. Su trabajo subraya “el deber de hacer la parte de todos dentro de la Casa Común”.

Este premio internacional se titula “Io faccio la mia parte” (“Yo hago mi parte”), y consiste en una pequeña escultura hecha de material reciclado, que representa un colibrí de una fábula africana: se cuenta que, durante un incendio forestal, mientras todos los animales huían hacia el río, el colibrí voló en dirección opuesta llevando una gota de agua en su pico y diciendo “hago mi parte”.

El mensaje del Papa va más allá de la ecología por su intensidad y universalidad, explica el abogado Ottavio Maria Capparella, jefe de la Oficina Jurídica de la Asociación y delegado para las relaciones institucionales con el Vaticano. Y este mensaje es simple y accesible para todos, añade.

En una carta dirigida al Francisco el 16 de noviembre, el presidente de la Asociación Franco Floris, rindió homenaje al magisterio del Papa, que había “dirigido los llamamientos necesarios, no sólo a las instituciones y a los poderosos de la tierra, sino a todos los que viven en nuestro planeta, confiándoles el deber de hacer ‘su parte’, incluso a través de acciones cotidianas”.

 

 

Misión 4.7 y el Pacto Educativo Global: Videomensaje del Papa

Educación como acto de esperanza

DICIEMBRE 16, 2020 14:38LARISSA I. LÓPEZPAPA FRANCISCO

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(zenit – 16 dic. 2020).- El Papa Francisco ha enviado un videomensaje a los participantes de la reunión celebrada hoy, 16 de diciembre de 2020, en la Casina Pío IV del Vaticano, con motivo del lanzamiento de la Misión 4.7 y el Pacto Educativo Global, sobre el tema “La educación es un acto de esperanza”.

En sus palabras, el Santo Padre ha destacado que la educación “es siempre un acto de esperanza que, desde el presente, mira al futuro”, no existe “la educación estática”.

Esperanza en medio de la pandemia

Francisco remarca que este ha sido “un año extraordinario de sufrimiento por la pandemia de COVID-19; un año de aislamiento obligado y exclusión, de angustia y crisis espirituales y de no pocas muertes, y de una crisis educativa sin precedentes” y que “más de mil millones de niños han enfrentado interrupciones en su educación”.

Otros cientos de millones de ellos “se han quedado atrás en las oportunidades de desarrollo social y cognitivo. Y en muchos lugares, las crisis biológica, psíquica y económica han empeorado mucho por las crisis políticas y sociales aparejadas”.

El Pontífice insiste en que el encuentro de este día es “un acto de esperanza para que los impulsos de odio, divisiones e ignorancia puedan y sean superados a través de una nueva buena onda, digamos así, una nueva buena onda de oportunidades educativas basadas en la justicia social y en el amor mutuo, un nuevo pacto global para la educación lanzado ya en octubre con alguno de los presentes”.

Asegurar derecho a la educación

Después, el Sucesor de Pedro apuntó que las Naciones Unidas “ofrecen una oportunidad única para que los gobiernos y la sociedad civil del mundo se unan tanto en la esperanza como en la acción por una nueva educación”. Y remitió que hace setenta y cinco años que los fundadores de la UNESCO pidieron “asegurar a todos el pleno e igual acceso a la educación, la posibilidad de investigar libremente la verdad objetiva y el libre intercambio de ideas y conocimientos (…)”.

En este sentido, el Papa Francisco observa que, aunque el que el pacto educativo mundial se ha quebrado en el mundo actual, “los gobiernos se han comprometido nuevamente a poner en práctica estas ideas mediante la adopción de la Agenda 2030 y de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, en sinergia con el pacto global sobre la educación”.

Civilización de amor, belleza y unidad

En el centro de estos Objetivos de Desarrollo Sostenible “está el reconocimiento de que la educación de calidad para todos es una base necesaria para proteger nuestro hogar común y fomentar la fraternidad humana”. Tal y como lo hace el el pacto global para la educación, el ODS 4 “compromete a todos los gobiernos a ‘garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad, como asimismo promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida, y esto para todos’”.

Finalmente, Francisco expone que “el pacto global para la educación y la misión 4.7 trabajarán juntos por la civilización del amor, la belleza y la unidad” y pide: “No se olviden de los ancianos y de los abuelos portadores de los valores humanos más decisivos”.

A continuación, sigue el texto completo del Papa.

***

Videomensaje del Santo Padre

La educación es un acto de esperanza

Señoras y señores:

La educación es siempre un acto de esperanza que, desde el presente, mira al futuro. No existe la educación estática. La reunión de hoy en la Casina Pío IV es un acto de esperanza y solidaridad generacional, de esperanza y solidaridad intergeneracional. Los jóvenes líderes y los educadores globales se están reuniendo desde todas partes del mundo para promover un nuevo tipo de educación, que permita superar la actual globalización de la indiferencia y la cultura del descarte. Dos grandes males de nuestra cultura, la indiferencia y el descarte.

Este ha sido un año extraordinario de sufrimiento por la pandemia de COVID-19; un año de aislamiento obligado y exclusión, de angustia y crisis espirituales y de no pocas muertes, y de una crisis educativa sin precedentes. Más de mil millones de niños han enfrentado interrupciones en su educación. Cientos de millones de niños se han quedado atrás en las oportunidades de desarrollo social y cognitivo. Y en muchos lugares, las crisis biológica, psíquica y económica han empeorado mucho por las crisis políticas y sociales aparejadas.

Ustedes se han reunido hoy en un acto de esperanza; un acto de esperanza para que los impulsos de odio, divisiones e ignorancia puedan y sean superados a través de una nueva buena onda, digamos así, una nueva buena onda de oportunidades educativas basadas en la justicia social y en el amor mutuo, un nuevo pacto global para la educación lanzado ya en octubre con alguno de los presentes. Ante todo, les agradezco por reunirse hoy para hacer crecer nuestras esperanzas y planes compartidos en una nueva educación que fomente la trascendencia de la persona humana, el desarrollo humano integral y sostenible, el dialogo intercultural y religioso, la salvaguardia del planeta, los encuentros por la paz y la apertura a Dios.

Las Naciones Unidas ofrecen una oportunidad única para que los gobiernos y la sociedad civil del mundo se unan tanto en la esperanza como en la acción por una nueva educación. Cito con gusto el mensaje de reconocimiento de san Pablo VI a las Naciones Unidas, dice así: “Vosotros habéis cumplido, señores, y estáis cumpliendo una gran obra: Enseñar a los hombres la paz. Las Naciones Unidas son la gran escuela donde se recibe esta educación”. La Constitución de la UNESCO, adoptada en 1945 al final de la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, reconoció que “puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”. Hace setenta y cinco años que los fundadores de la UNESCO pidieron “asegurar a todos el pleno e igual acceso a la educación, la posibilidad de investigar libremente la verdad objetiva y el libre intercambio de ideas y conocimientos… a fin de que los pueblos se comprendan mejor entre sí y adquieran un conocimiento más preciso y verdadero de sus respectivas vidas” (Preámbulo).

En nuestro tiempo, en el que el pacto educativo mundial se ha quebrado, veo con satisfacción que los gobiernos se han comprometido nuevamente a poner en práctica estas ideas mediante la adopción de la Agenda 2030 y de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, en sinergia con el pacto global sobre la educación.

En el corazón de los Objetivos de Desarrollo Sostenible está el reconocimiento de que la educación de calidad para todos es una base necesaria para proteger nuestro hogar común y fomentar la fraternidad humana. Tal como el pacto global para la educación, así también fundamentalmente, el ODS 4 compromete a todos los gobiernos a “garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad, como asimismo promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida, y esto para todos”.

El pacto global para la educación y la misión 4.7 trabajarán juntos por la civilización del amor, la belleza y la unidad. Permítanme decirles que espero que ustedes sean los poetas de una nueva belleza humana, una nueva belleza fraterna y amigable, como de la salvaguardia de la tierra que pisamos. No se olviden de los ancianos y de los abuelos portadores de los valores humanos más decisivos. Gracias por lo que hacen y, por favor, no se olviden de rezar por mí. Gracias.

© Librería Editora Vaticana

 

LA NAVIDAD, JUNTO A SAN JOSÉ

— La misión de José.

— El trato de José con Jesús.

— Acudir a José para que nos enseñe a vivir junto a María y a Jesús.

I. Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo1.

Hoy nos presenta el Evangelio de la Misa la genealogía de Jesús por parte de José. Entre los judíos, como entre los demás pueblos de origen nómada, el árbol genealógico tenía una importancia capital. La persona estaba ligada y era conocida fundamentalmente por el clan o la tribu a la que pertenecía más que por el lugar donde habitaba2.

En el pueblo hebreo se añadía la circunstancia de pertenecer al pueblo elegido por el vínculo de la sangre.

Entre los hebreos, las genealogías se hacían por vía masculina. José, al ser esposo de María, era el padre legal de Jesús y llevaba consigo las obligaciones de un verdadero padre.

Era José, como María, de la casa y familia de David3, de donde nacería el Mesías, según había sido prometido por Dios: suscitaré de tu linaje después de ti, al que saldrá de tus entrañas y afirmaré su reino. Él edificará casa a mi nombre, y yo restableceré su trono para siempre4. Así, Jesús, que era descendiente de David a través de María, fue empadronado en la casa real por medio de José, pues, «el que vino al mundo debió ser empadronado según el uso del mundo»5.

José será también el encargado de imponer el nombre al Verbo encarnado, según el mandato recibido de Dios: tú le pondrás por nombre Jesús6.

Dios había previsto que su Hijo naciera de la Virgen, en una familia como tantas otras, y que en ella se desarrollara humanamente. La vida de Jesús había de ser igual a la de los demás hombres: debía nacer indefenso, necesitado de un padre que le protegiera y le enseñara lo que todos los padres enseñan a sus hijos.

En el cumplimiento de su misión de custodio de María y de padre de Jesús habría de estar toda la esencia de la vida de José y su último sentido. Vino al mundo para hacer de padre de Jesús y de esposo castísimo de María, de la misma manera que cada hombre viene al mundo con un peculiar encargo de Dios, en el cual radica todo el sentido de su vida.

Cuando el Ángel le reveló el misterio de la concepción virginal de Jesús, aceptó plenamente su misión, a la que permanecería fiel hasta su muerte. Su misión en la vida consistiría en ser cabeza de la Sagrada Familia.

Toda la gloria y la felicidad de San José consistió en haber sabido entender lo que Dios quería de él y en haberlo llevado a cabo fielmente hasta el final.

Hoy, en nuestra oración, le contemplamos junto a la Virgen, que está encinta, próxima ya a dar a luz a su Hijo Unigénito. Y hacemos el propósito de vivir la Navidad cerca de José: un lugar tan discreto y privilegiado a un mismo tiempo: «¡Qué bueno es José! —Me trata como un padre a su hijo. —¡Hasta me perdona, si cojo en mis brazos al Niño y me quedo, horas y horas, diciéndole cosas dulces y encendidas!...»7.

II. «A San José –leemos en un sermón de San Agustín– no solo se le debe el nombre de padre, sino que se le debe más que a otro alguno»8. Y luego añade el santo doctor: «¿Cómo era padre? Tanto más profundamente cuanto más casta fue su paternidad. Algunos pensaban que era padre de Nuestro Señor Jesucristo, de la misma forma que son padres los demás, que engendran según la carne... Por eso dice San Lucas: se pensaba que era padre de Jesús. ¿Por qué solo se pensaba? Porque el pensamiento y el juicio humanos se refieren a lo que suele suceder entre los hombres. Y el Señor no nació del germen de José. Sin embargo, a la piedad y a la caridad de José le nació un hijo de la Virgen María, que era Hijo de Dios»9.

El amor de San José a la Virgen fue muy grande. «Debió quererla mucho y con gran generosidad cuando, sabiendo su deseo de mantener la consagración que había hecho a Dios, accedió a desposarse, prefiriendo renunciar a tener sucesión antes que vivir separado de aquella a la que tanto amaba»10. Fue el suyo un amor limpio, delicado, profundo, sin mezcla de egoísmo, respetuoso. Dios mismo había sellado su unión de modo definitivo (ya estaban unidos por los esponsales y por eso el ángel dijo: no temas recibir a María, tu esposa) con un nuevo vínculo todavía más fuerte, que era el común destino en la tierra para cuidar del Mesías.

¿Cómo sería el trato de José con Jesús? «José amó a Jesús como un padre ama a su hijo, le trató dándole lo mejor que tenía. José, cuidando de aquel Niño, como le había sido ordenado, hizo de Jesús un artesano: le transmitió su oficio. Por eso los vecinos de Nazaret hablarán de Jesús, llamándole indistintamente faber y fabri filius (Mc 6, 3; Mt 13, 55): artesano e hijo del artesano. Jesús trabajó en el taller de José y junto a José. ¿Cómo sería José, cómo habría obrado en él la gracia, para ser capaz de llevar a cabo la tarea de sacar adelante en lo humano al Hijo de Dios?

»Porque Jesús debía parecerse a José: en el modo de trabajar, en rasgos de su carácter, en la manera de hablar. En el realismo de Jesús, en su espíritu de observación, en su modo de sentarse a la mesa y de partir el pan, en su gusto por exponer la doctrina de una manera concreta, tomando ejemplo de las cosas de la vida ordinaria, se refleja lo que ha sido la infancia y la juventud de Jesús y, por tanto, su trato con José»11.

De la mano de José podemos entrar en la ya cercana Navidad. Él solo nos pide sencillez y humildad para contemplar a María y a su Hijo. Los soberbios no tienen entrada en aquella pequeña gruta de Belén.

III. «El cansancio –decía Juan Pablo II en la Misa de Nochebuena– llena los corazones de los hombres, que se han adormecido, lo mismo que se habían adormecido no lejos los pastores, en los valles de Belén. Lo que ocurre en el establo, en la gruta de la roca tiene una dimensión de profunda intimidad: es algo que ocurre entre la Madre y el Niño que va a nacer. Nadie de fuera tiene entrada. Incluso José, el carpintero de Nazaret, permanece como un testigo silencioso. Ella sola es plenamente consciente de su maternidad. Y solo Ella capta la expresión propia del vagido del Niño. El nacimiento de Cristo es ante todo su misterio, su gran día. Es la fiesta de la Madre»12.

Y solo Ella ha penetrado realmente en el misterio de la Navidad, de la Redención.

Entre María y Jesús existe una relación absolutamente única y particular de la que nadie ha participado, ni el mismo José, que es solo «un testigo silencioso», en palabras del Papa. José contempla admirado, callado y respetuoso al Niño y a la Madre. Fue el primero, después de María, en contemplar al Hijo de Dios hecho hombre. Nadie ha experimentado jamás la felicidad de tener en sus brazos al Mesías, que en nada se distingue de cualquier otro niño.

Con todo, el misterio que contempla José también le impone unos límites, que él no rebasó en ningún momento; con María es distinto, porque «el misterio concernía, sobre todo, a la Madre y al Hijo; José participó de él después, cuando ya existía la profunda y misteriosa relación entre Jesús y la Virgen. José participó del misterio por el conocimiento que le fue dado mediante la revelación del ángel en orden a la misión que debía cumplir cerca de aquellos dos seres excepcionales»13.

San José presenció luego la llegada de los pastores, quizá les invitó a que entraran sin timideces y a que besaran al Niño. «Les vio asomarse a la gruta entre tímidos y curiosos, contemplar al Niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre (Lc 2,12); les oyó explicar a la Virgen la aparición del ángel, que les comunicó el nacimiento del Salvador en Belén y la señal por la que le conocerían, y cómo una multitud de ángeles se habían reunido con el primero y habían glorificado a Dios y prometido en la tierra paz a los hombres de buena voluntad (...). Él también contempló la felicidad de Aquella que era su esposa, de la maravillosa mujer que le había sido confiada. Él vio y se gozó de ello, cómo Ella contempla a su Hijo; vio su dicha, su amor desbordante, cada uno de sus gestos, tan llenos de delicadeza y significación»14.

Si tratamos a José en estos pocos días que faltan para la Navidad, él nos ayudará a contemplar ese misterio inefable del que fue testigo silencioso: a María, que tiene en sus brazos al Hijo de Dios hecho hombre.

San José comprendió muy pronto que toda la razón de ser de su vida era aquel Niño, precisamente en cuanto niño, en cuanto era un ser necesitado de ayuda y de protección, y también María, de la que el mismo Dios le había encargado que la recibiera en su casa y le diera protección. ¡Cómo agradecería Jesús todos los desvelos y atenciones que José tuvo con María! Se entiende bien que, después de la Virgen Santísima, sea la criatura más llena de gracia. Por eso, la Iglesia le ha tributado siempre grandes alabanzas, y ha recurrido a él en las circunstancias más difíciles. Sancte Ioseph, ora pro eis, ora pro me!, San José ruega por ellos (por esas personas que más queremos), ruega por mí (porque también yo necesito tu ayuda). En cualquier necesidad, el Santo Patriarca, junto con la Santísima Virgen, atenderá nuestras súplicas. Hoy le pedimos que nos haga sencillos de corazón para saber tratar a Jesús Niño.

1 Mt 1, 16. — 2 Cfr. Santos Evangelios, EUNSA, notas a Mt 1, 1 y Mt 1, 6. — 3 Lc 2, 4. — 4 2 Sam 7, 12-13. — 5 San Ambrosio, Coment. al Evangelio de San Lucas, 1, 3.  6 Mt 1, 21. — 7 San Josemaría Escrivá, Santo Rosario, Tercer misterio de gozo. — 8 San Agustín, Sermón 51, 26. — 9 Ibídem, 27-30.  10 F. Suárez, José, esposo de María, Madrid 1982, p. 89.  11 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 55.  12 Juan Pablo II, Homilía durante la Misa de Nochebuena de 1978. — 13 F. Suárez, o. c., p. 106. — 14 Ibídem, pp. 108-109.

 

"¡Déjale que te exija!"

Dios nos quiere infinitamente más de lo que tú mismo te quieres... ¡Déjale, pues, que te exija! (Forja, 813)

17 de diciembre

El Señor conoce nuestras limitaciones, nuestro personalismo y nuestra ambición: nuestra dificultad para olvidarnos de nosotros mismos y entregarnos a los demás. Sabe lo que es no encontrar amor, y experimentar que aquellos mismos que dicen que le siguen, lo hacen sólo a medias. Recordad las escenas tremendas, que nos describen los evangelistas, en las que vemos a los Apóstoles llenos aún de aspiraciones temporales y de proyectos sólo humanos. Pero Jesús los ha elegido, los mantiene junto a Él, y les encomienda la misión que había recibido del Padre.

También a nosotros nos llama, y nos pregunta, como a Santiago y a Juan: Potestis bibere calicem, quem ego bibiturus sum? (Mt XX, 22): ¿Estáis dispuestos a beber el cáliz –este cáliz de la entrega completa al cumplimiento de la voluntad del Padre– que yo voy a beber? Possumus! (Mt XX, 22); ¡Sí, estamos dispuestos!, es la respuesta de Juan y de Santiago. Vosotros y yo, ¿estamos seriamente dispuestos a cumplir, en todo, la voluntad de nuestro Padre Dios? ¿Hemos dado al Señor nuestro corazón entero, o seguimos apegados a nosotros mismos, a nuestros intereses, a nuestra comodidad, a nuestro amor propio? ¿Hay algo que no responde a nuestra condición de cristianos, y que hace que no queramos purificarnos? Hoy se nos presenta la ocasión de rectificar. (Es Cristo que pasa, 15)

 

 

Felicitación navideña del Prelado (2020)

Mensaje de Mons. Fernando Ocáriz con ocasión de la solemnidad del Nacimiento de Jesús.

CARTAS PASTORALES Y MENSAJES16/12/2020

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Este año la celebración de la Navidad adquiere un tono peculiar, consecuencia de la emergencia sanitaria mundial que estamos viviendo. Quizá llevemos hasta Belén, para poner ante la Sagrada Familia, también alguna preocupación o sufrimiento particular.

Contemplar al Niño Jesús en el pesebre o en brazos de su Madre, en un entorno lleno de limitaciones, también materiales, nos ayuda a ver con los ojos de la fe el sentido divino y humano de todo lo que sucede, procurando descubrir también en las presentes circunstancias el amor de Dios por cada una y cada uno. Jesús Niño nos llama a vivir con un corazón libre, desprendido de las cosas de esta tierra, que sabe descubrir lo verdaderamente importante.

Pongamos estas intenciones en manos de san José, especialmente en este Año santo que el Papa acaba de convocar.

Con mi bendición más cariñosa, os deseo una muy feliz Navidad.

vuestro Padre

Navidad 2020

 

En donde se oculta Dios

En la discreción y en el silencio de los sacramentos nos espera Jesús para que le abramos libremente nuestra alma.

OTROS15/12/2020

Hay un gran revuelo en el Monte de los Olivos. A empujones han llevado hasta allí a una mujer que había sido sorprendida con un hombre que no era su marido. Es fácil imaginar el dolor de Jesús pensando en el sufrimiento de esa pobre mujer y en la ceguera de esos hombres: ¡Qué poco conocen a su Padre Dios! En realidad la arrastran hasta allí para tender a Jesús una emboscada: «Moisés en la Ley nos mandó lapidar a mujeres así; ¿tú qué dices?» (Jn 8,5). En el fondo no les interesa la respuesta; aquellos hombres, utilizando las leyes de Dios, quieren una justificación a su personal sentencia ya dictada. Por eso no serán capaces de entender el primer gesto lleno de elocuencia que el Señor les ofrece: «Jesús, se agachó y se puso a escribir con el dedo en la tierra» (Jn 8,6). Después se incorpora y, con claridad, les dice: «El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero» (Jn 8,7). Y, al final, vuelve a inclinarse y a escribir en el polvo que estaba bajo sus pies.

 

Discretas acciones y gestos

En este pasaje vemos que Jesús, aunque se pone de pie para hablar públicamente, cuando desea escribir algo que responda personalmente a la vida de aquella mujer lo hace inclinado en el suelo. Esa suele ser la forma mediante la cual se comunica con nosotros: agachado, escondido, como ocultando su divinidad en discretas acciones y pequeños gestos. A veces nos cuesta valorar lo que está escrito en la tierra; en numerosas ocasiones no somos capaces de reconocerle ahí. Aquello pasa tan desapercibido que el evangelista no nos ha contado ni siquiera lo que Jesús escribió. El Hijo de Dios aparece en la escena –de la misma manera como lo hace también en nuestra vida– pero no quiere imponer su presencia, ni su opinión, ni siquiera quiere especificar de manera indudable una correcta interpretación de la ley de Moisés, tal como se lo pedían. Jesús «no cambió la historia constriñendo a alguien o a fuerza de palabras, sino con el don de su vida. No esperó a que fuéramos buenos para amarnos, sino que se dio a nosotros gratuitamente. Y la santidad no es sino custodiar esta gratuidad»[1].

Quizá muchas veces nos hemos preguntado por qué Dios no se manifiesta más claramente, por qué no habla más alto. A lo mejor incluso hemos querido rebelarnos ante esta forma suya de ser e ingenuamente hemos buscado corregirla. Benedicto XVI nos prevenía ante aquella tentación, haciéndonos ver que se repite constantemente a lo largo de la historia: «Cansado de un camino con un Dios invisible, ahora que Moisés, el mediador, ha desaparecido, el pueblo pide una presencia tangible, palpable, del Señor, y encuentra en el becerro de metal fundido hecho por Aarón, un dios que se hace accesible, manipulable, a la mano del hombre. Esta es una tentación constante en el camino de la fe: eludir el misterio divino construyendo un dios comprensible, que corresponda a los propios esquemas, a los propios proyectos»[2].

Deseamos no sucumbir a esa tentación. Nos gustaría maravillarnos y adorar al Dios escondido en las situaciones que vivimos cada día, en las personas que nos rodean, en los sacramentos a los que acudimos con frecuencia como la confesión y la santa Misa. Queremos encontrar a Jesús en esta tierra nuestra donde escribe, con su propia mano, palabras de cariño y esperanza. Por eso le pedimos comprender sus razones para actuar de esa forma, le rogamos tener la sabiduría para valorar el misterio de ese respeto exquisito de nuestra libertad. En la escena evangélica vemos que Jesús no se enfada ni con la mujer que había pecado ni con los acusadores que le tendieron una trampa. Se pone en medio de ambos y toma consigo las piedras, los gritos, la condena. Nos puede venir a la mente lo que narra el libro de los Reyes cuando nos dice que Dios no está en el viento fuerte que parte las rocas, ni en el terremoto, ni en el fuego; Dios es un susurro de brisa suave. Ahí lo encontró Elías y ahí queremos descubrirlo nosotros (cfr. 1 R 19,11-13).

 

Cuando parece demasiado vulnerable

Puede suceder que esta forma de ser de Dios nos inquiete. Podemos pensar que ese silencio hace muy fácil que sus derechos sean pisoteados, nos puede venir la idea de que ese mecanismo resulta demasiado arriesgado, que lo hace demasiado vulnerable. Efectivamente, Dios nos ha dado un grado tan alto de libertad que podemos realmente escoger nuestros caminos, tan distintos unos de otros, usando la voluntad auxiliada por su gracia. Pero si podemos alguna vez ofender a Dios no es porque él sea demasiado susceptible. Al contrario, es muy confiado, muy libre en las relaciones que establece con nosotros. Puede parecer fácil pasar por encima del amor que en realidad merece, pero eso sucede porque ha querido poner su corazón en el suelo para que nosotros pisemos blando. El Señor no sufre ni se siente ofendido por lo que eso supone para sí, sino por el daño que nos hace a nosotros mismos. A las mujeres que lloraban camino al Calvario, Jesús les advierte: «No lloréis por mí, llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos» (Lc 23,28.31).

Sin embargo, lo más sorprendente es que el Señor no se queja, no se enfada, no se cansa. Incluso, si alguna vez le hemos dejado poco espacio en nuestro corazón, no se aleja dando un portazo. Dios siempre se queda cerca, sin hacer ruido, como oculto en los sacramentos, con la esperanza de que volvamos a permitirle hospedarse plenamente en nuestra alma cuanto antes.

Es verdad que, como Jesús nos ofrece una y otra vez su amor, pueden ser muchas las veces en que le fallamos. Pero a él no le preocupa lo inmensa que sea la llaga de su corazón si eso la convierte en la puerta para que entremos y descansemos en su amor. Dios no es ingenuo y, por eso, nos ha dicho que lo hace de mil amores: «Mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,30). A los hombres, sin embargo, tanta bondad nos puede sobrepasar y podemos, incluso inconscientemente, reaccionar con cierto descreimiento. Podemos no llegar a comprender la verdadera magnitud de ese regalo. En palabras de san Josemaría, puede suceder que los hombres «rompen el yugo suave, arrojan de sí su carga, maravillosa carga de santidad y de justicia, de gracia, de amor y de paz. Rabian ante el amor, se ríen de la bondad inerme de un Dios que renuncia al uso de sus legiones de ángeles para defenderse»[3].

 

La cercanía de la confesión

Volviendo a la escena del Monte de los Olivos, en donde habían tendido una trampa a Jesús, podemos ver que aunque aquella mujer no se había respetado a sí misma, sus acusadores no han sido capaces de reconocer en ella a una hija de Dios. Pero Cristo la mira de otra forma. ¡Qué diferencia entre la mirada de Jesús y la nuestra! «A mí, a ti, a cada uno de nosotros, Él nos dice hoy: “Te amo y siempre te amaré, eres precioso a mis ojos”»[4]. Santa Teresa de Jesús, de alguna manera, experimentó esa mirada divina con frecuencia: «Considero yo muchas veces, Cristo mío, cuán sabrosos y cuán deleitosos se muestran vuestros ojos a quien os ama, y Vos, bien mío, queréis mirar con amor. Paréceme que una sola vez de este mirar tan suave a las almas que tenéis por vuestras, basta por premio de muchos años de servicio»[5]. La mirada de Cristo no es candorosa sino profunda y, por eso mismo, comprensiva, llena de futuro. «Oye cómo fuiste amado cuando no eras amable; oye cómo fuiste amado cuando eras torpe y feo; antes, en fin, de que hubiera en ti cosa digna de amor. Fuiste amado primero para que te hicieras digno de ser amado»[6].

En el sacramento de la confesión comprobamos que a Jesús le basta el arrepentimiento para creer firmemente que le amamos. Le bastó el de Pedro y le basta el nuestro: «Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero» (Jn 21,17). Al acercarnos al confesionario, en aquellas palabras y gestos que dan forma al sacramento, estamos diciendo a Jesús: «Te he ofendido de nuevo, he vuelto a buscar la felicidad fuera de ti, he despreciado tu cariño, pero Señor, sabes que te quiero». Entonces escuchamos nítidamente, como lo hizo aquella mujer: «Tampoco yo te condeno» (Jn 8,11). Y nos llenamos de paz. Si a veces podemos pensar que Dios ha tomado pocas precauciones para no ser ofendido por nosotros, todavía más fácil nos lo ha puesto para ser perdonados por él. Un padre de la Iglesia pone estas palabras en los labios de Jesús: «Esta cruz no es mi aguijón, sino el aguijón de la muerte. Estos clavos no me infligen dolor, lo que hacen es acrecentar en mí el amor por vosotros. Estas llagas no provocan mis gemidos, lo que hacen es introduciros más en mis entrañas. Mi cuerpo al ser extendido en la cruz os acoge con un seno más dilatado pero no aumenta mi sufrimiento. Mi sangre no es para mí una pérdida, sino el pago de vuestro precio»[7].

Por todo esto, deseamos ser muy finos con esta delicadeza con la que nos trata Dios. Nos preocupa la mera posibilidad de abusar de tanta confianza. No nos gusta rebajar lo sagrado, transformarlo tan solo en una rutina para cumplir cada cierto tiempo. El sacramento de la confesión ha sido ganado con la sangre de Jesús y no queremos dejar de agradecerla, también con los hechos. Queremos escuchar siempre ese perdón divino, por lo que se nos hace fácil remover cualquier obstáculo para sabernos otra vez mirados y empujados hacia el futuro por Dios.

La Misa de Jesús es nuestra Misa

Santo Tomás de Aquino explica el valor que tiene la salvación obrada por Jesús en el Calvario: «Cristo, al padecer por caridad y por obediencia, presentó a Dios una ofrenda mayor que la exigida como recompensa por todas las ofensas del género humano»[8]. Y esa misma ofrenda sanadora la podemos ofrecer como si fuera nuestra propia ofrenda; Cristo nos la regala cada día en la celebración de la Eucaristía. Por eso a san Josemaría le gustaba decir que es «"nuestra" Misa»[9], de cada uno de nosotros y de Jesús. ¡Qué fácil es, si queremos, ser corredentores! ¡Qué fácil es cambiar el curso de la historia junto a él!

San Agustín, al contemplar la escena del evangelio que hemos meditado, notaba que «sólo dos se quedan allí: la miserable y la Misericordia. Cuando se marcharon todos y quedó sola la mujer, levantó los ojos y los fijó en ella. Ya hemos oído la voz de la justicia; oigamos ahora también la voz de la mansedumbre»[10]. Qué suavidad la de Jesús para invitarla a la santidad. Ya no va a estar sola en su lucha. Sabrá siempre que la mirada de Jesús la acompaña. Una vez que hemos gustado esa suavidad no queremos vivir de otra forma: «Te he paladeado y me muero de hambre y de sed»[11]. Qué natural es entonces tratar con esa suavidad y respeto a Jesús presente en la Eucaristía. No supone distancia, ni es mera educación o cortesía protocolaria; es cariño verdadero, hecho de libertad y de admiración. Hasta en la manera de acercarnos a comulgar, en el silencio ante el Sagrario o en las genuflexiones pausadas descubrimos una oportunidad de corresponder a tanto amor derramado por cada uno. No son más que muestras de la pureza interior que deseamos y que tantas veces habremos pedido a la Virgen rezando la comunión espiritual.

En la santa Misa comprobamos de manera especial que «cuando Él pide algo, en realidad está ofreciendo un don. No somos nosotros quienes le hacemos un favor: es Dios quien ilumina nuestra vida, llenándola de sentido»[12]. ¡Cuántas gracias nos gustaría darle a Dios por hacer tan asequible la santidad! Así es fácil vernos, como aquella mujer, lanzados hacia la esperanza por Jesús: «Vete y a partir de ahora no peques más» (Jn 8,11). Esa es la mejor noticia posible. Jesús la ha convencido de que el pecado no es inevitable, no es su destino, no es la última palabra. Hay una luz fuera del túnel que, en nuestro caso, llega vigorosamente a través de los sacramentos. Ya nadie la condena, ¿por qué habría de condenarse ella a sí misma? Ahora sabe que, fortalecida por Jesús, puede volver, hacer feliz a su marido, ser ella misma muy feliz.

Diego Zalbidea


[1] Francisco, Homilía en la Misa de Nochebuena 24-XII-2019.

[2] Benedicto XVI, Audiencia 1-VI-2011.

[3] San Josemaría,Es Cristo que pasa, n. 185.

[4] Francisco, Homilía en la Misa de Nochebuena 24-XII-2019.

[5] Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, 14.

[6] San Agustín, Sermón 142.

[7] San Pedro Crisólogo, Sermón 108: PL 52, 499-500.

[8] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 48, a. 2, co.

[9] San Josemaría, Camino, n. 533.

[10] San Agustín, Tratado sobre el evangelio de San Juan, 33, 5-6.

[11]San Agustín, Confesiones, X, 38.

[12] Fernando Ocáriz, Luz para ver y fuerza para querer, ABC, 18-IX-2018.

San José, el trabajo y la paternidad

Posted: 14 Dec 2020 01:51 AM PST

​¿Qué significado tiene el trabajo y qué significa ser padre? Son dos temas que aborda el Papa Francisco en la parte final de su carta Patris corde (8-XII2020) sobre san José. Continuamos aquí la invitación a la lectura de la carta que iniciamos hace unos días.

Desde León XIII (cf. enc. Rerum novarum, 1891), la Iglesia propone a san José como modelo de trabajador y patrono de los trabajadores. Al contemplar la figura de san José, dice Francisco en su carta, se comprende mejor el significado del trabajo que da dignidad, y el lugar del trabajo en el plan de la salvación. Por otra parte, hoy nos conviene a todos una reflexión sobre la paternidad.


El trabajo y el plan de la salvación 

“El trabajo –escribe el Papa– se convierte en participación en la obra misma de la salvación, en oportunidad para acelerar el advenimiento del Reino, para desarrollar las propias potencialidades y cualidades, poniéndolas al servicio de la sociedad y de la comunión. El trabajo se convierte en ocasión de realización no solo para uno mismo, sino sobre todo para ese núcleo original de la sociedad que es la familia” (Patris corde, n. 6). 

Cabe subrayar aquí dos referencias interconectadas: una es la relación del trabajo con la familia. La otra es la situación actual, no solo la pandemia sino el marco más amplio, que pide revisar nuestras prioridades en relación con el trabajo. Así escribe Francisco: 

“La crisis de nuestro tiempo, que es una crisis económica, social, cultural y espiritual, puede representar para todos un llamado a redescubrir el significado, la importancia y la necesidad del trabajo para dar lugar a una nueva ‘normalidad’ en la que nadie quede excluido. La obra de san José nos recuerda que el mismo Dios hecho hombre no desdeñó el trabajo. La pérdida de trabajo que afecta a tantos hermanos y hermanas, y que ha aumentado en los últimos tiempos debido a la pandemia de Covid-19, debe ser un llamado a revisar nuestras prioridades” (Ibid.). 

La sombra del Padre 

En la ultima parte de su carta, el Papa se detiene a considerar que José supo ser padre “en la sombra” (cita el libro de polaco Jan Dobraczyński, La sombra del Padre, de 1977, publicado en castellano por la editorial Palabra, Madrid 2015). 

Pensando sobre esta “sombra del padre” o en la que está el padre, podemos considerar que nuestra cultura postmoderna experimenta las heridas causadas por una rebelión contra la paternidad, explicable si se tienen en cuenta muchas pretensiones de paternidad que no fueron o no supieron ser lo que debían; pero una rebelión contra la paternidad es inaceptable en sí misma, porque forma parte esencial de nuestra humanidad y todos la necesitamos. Hoy, en efecto, necesitamos, por todas partes, padres, volver al padre. 

En la sociedad de nuestro tiempo, observa Francisco, los niños a menudo parecen no tener padre. Y añade que también la Iglesia necesita padres, entiéndase en sentido literal, buenos padres de familia, y también en un sentido más amplio, padres espirituales de otros (cf. 1 Co 4, 15; Ga 4, 19). 

¿Qué significa ser padre? Explica el Papa de forma sugerente: “Ser padre significa introducir al niño en la experiencia de la vida, en la realidad. No para retenerlo, no para encarcelarlo, no para poseerlo, sino para hacerlo capaz de elegir, de ser libre, de salir” (n. 7). Y piensa que la palabra “castísimo” que pone junto a José la tradición cristiana expresa esa “lógica de libertad” que todo padre debe tener para amar de una manera verdaderamente libre. 

Observa Francisco que todo esto no lo consideraría san José ante todo como un “auto-sacrificio”, lo que podría dar pie a una cierta frustración; sino simplemente como don de sí mismo, como fruto de la confianza. Por eso el silencio de san José no da lugar a quejas sino a gestos de confianza. 

Del “sacrificio” al don de sí mismo 

He aquí una ulterior profundización sobre la relación entre sacrificio y generosidad por amor, en una perspectiva que podría llamarse de humanismo cristiano o de antropología cristiana:

El mundo necesita padres, rechaza a los amos, es decir: rechaza a los que quieren usar la posesión del otro para llenar su propio vacío; rehúsa a los que confunden autoridad con autoritarismo, servicio con servilismo, confrontación con opresión, caridad con asistencialismo, fuerza con destrucción. Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio”. 

Para sacarle buen partido a este argumento, a nuestro juicio conviene tener presente el significado, más bien negativo y empobrecedor, que hoy tiene en la calle la palabra “sacrificio”. Por ejemplo, cuando decimos: “Si no queda más remedio, haremos un sacrificio para conseguir esto...”. O cuando expresamos que aquello no nos gusta o esa persona no nos cae bien, pero “haciendo un sacrificio” podemos soportarlo. 

Esto se puede ver como resultado de la descristianización de la cultura; puesto que desde una perspectiva cristiana, el sacrificio no tiene primeramente esa connotación triste, negativa o derrotista, sino al contrario: es algo que vale la pena, porque detrás de eso está la vida y la alegría. Con todo, ninguna madre o ningún padre que hace lo que debe hacer piensa que lo hace “por sacrificio”, o prestando un favor con mucho esfuerzo por su parte, puesto que “no hay otro remedio”. 

 Al perderse la perspectiva cristiana (es decir, la fe en que Cristo triunfó en la cruz, y por eso la cruz es fuente de serenidad, confianza y alegría), hoy la palabra “sacrificio” suena a cosa triste e insuficiente. Lo expresa bien el Papa cuando propone superar la “lógica [meramente humana] del sacrificio”. En efecto, el sacrificio sin el sentido pleno que le da la perspectiva cristiana, conlleva algo de opresor y autodestructivo. 

De hecho, a propósito de la generosidad que requiere toda paternidad, añade el Papa algo que ilumina la hoja de ruta de las vocaciones eclesiales: “Cuando una vocación, ya sea en la vida matrimonial, célibe o virginal, no alcanza la madurez de la entrega de sí misma deteniéndose solo en la lógica del sacrificio, entonces en lugar de convertirse en signo de la belleza y la alegría del amor corre el riesgo de expresar infelicidad, tristeza y frustración”. 

Así es. Y esto puede ponerse en relación con el sentido verdadero de la libertad cristiana, que supera no solo la mentalidad de los sacrificios del Antiguo Testamento, sino también la tentación de un “moralismo voluntarista”. 

Lo ha explicado bien Joseph Ratzinger-Benedicto XVI en diversas ocasiones, a propósito del pasaje de Rm 12, 1 (sobre el “culto espiritual”). Es un error querer salvarse, purificarse o redimirse por los propios esfuerzos. El mensaje del Evangelio propone aprender a vivir día a día el ofrecimiento de la propia vida en unión con Cristo, en el marco de la Iglesia y sobre el centro de la Eucaristía (cf. concretamente Audiencia general, 7-I-2009). 

Esto nos parece que ilumina lo que dice la carta de Francisco, formulado en términos que puede aceptar cualquier persona, no solo un cristiano, a la vez que se sitúa en camino hacia la plenitud de lo cristiano: la paternidad debe estar abierta a los nuevos espacios de la libertad de los hijos. Por cierto que esto supone la preocupación del padre y de la madre para formar los hijos en la libertad y la responsabilidad. 

Vale la pena transcribir este párrafo, situado casi al final de la carta: “Cada niño lleva siempre consigo un misterio, algo inédito que sólo puede ser revelado con la ayuda de un padre que respete su libertad. Un padre que es consciente de que completa su acción educativa y de que vive plenamente su paternidad solo cuando se ha hecho ‘inútil’, cuando ve que el hijo ha logrado ser autónomo y camina solo por los senderos de la vida, cuando se pone en la situación de José, que siempre supo que el Niño no era suyo, sino que simplemente había sido confiado a su cuidado”.

 

Tregua de Navidad con los fundamentalistas

Salvador Bernal

 

Sucedió en Belén

No sé por qué, al ver las calles iluminadas y leer noticias sobre tantas fiestas en el mundo con motivo de la Navidad, a pesar de la pandemia, me vienen a la cabeza tantos fundamentalismos –religiosos o laicos-, que rompen la armonía y destruyen la convivencia: provocan demasiados conflictos, también bélicos, casi ya endémicos en algunas regiones del mundo.

Con frecuencia es preciso esperar o distanciarse un poco, para entender qué está pasando. Lo solemos comprobar los aficionados a caminar por las montañas: lomas cercanas nos impiden ver las crestas a las que nos dirigimos. Por esto, cumplen un gran papel informativo los corresponsales o, en general, la lectura de prensa extranjera.

En esa perspectiva, he leído no pocos comentarios de quienes recuerdan aquello de Astérix sobre los romanos respecto de los españoles del siglo XXI: podríamos echar a perder algo tan envidiable y envidiado como la lengua que hablan millones de personas en el mundo.

También los franceses deberían prestar más atención a la perplejidad que suscitan fuera de sus fronteras por su obsesión con la laicité, que llevan a extremos absurdos: imponen legalmente principios contrarios, pues chocan con la neutralidad religiosa del Estado que parecen propugnar. No digo que no se den cuenta, pues han acuñado un término difícilmente traducible, laicard, para referirse a los fundamentalistas que defienden posiciones tan radicales que acaban negando la libertad de quienes no piensan como ellos.

En estos días que preceden a la Navidad, me permito soñar con sociedades auténticamente libres y pacíficas, sin fundamentalismos. No me parece tópico: junto con los nacionalismos radicales son hoy el mayor enemigo de la paz. Además, coinciden frecuentemente en las mismas personas, quizá portadores de un rasgo de la cultura contemporánea que lo favorece: el excesivo sentimentalismo, que arrumba la primacía de la razón.

Han pasado ya unos quince años desde la lección de Benedicto XVI en el aula magna de la universidad de Ratisbona. Las palabras del pontífice suscitaron una reacción insólita que, en gran medida, confirmaba su tesis. Porque puso un simple ejemplo histórico dentro de un discurso profundo sobre las relaciones entre razón y fe, indispensable para superar la crisis cultural de Europa y Occidente. Lo había propuesto en su memorable diálogo con Jürgen Habermas cuando era aún cardenal. El eje de su tesis, repetida antes y después en diversas ocasiones, es que una fe sin razón produce casi necesariamente fundamentalismo. También una razón sin fe puede decaer en radicalismo laicista que lleva a la dictadura del relativismo.

Mucho se ha avanzado en los últimos años en materia de diálogo interreligioso. No ha sido obstáculo –al contrario- la doctrina de la inculturación de la fe, especialmente subrayada por Juan Pablo II: “Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida”. Porque la inculturación de las convicciones cristianas no es unidireccional, como muestra la historia.

Misterio de la Navidad: el nacimiento del Hijo de Dios en la pobreza y desamparo de Belén es lo más alejado que pueda darse del seguimiento de una divinidad omnipotente o grandiosa: lo es, pero oculta en la kénosis, en el abajamiento radical de la Encarnación. Fe teologal y razón humana pugnan por entender y explicar un misterio que cambió el signo de la historia. Porque el creyente debe estudiar y pensar, aun conociendo sus límites: de hecho, ante el pesebre la posible soberbia intelectual deja paso a la sencillez de espíritu. Al contrario, superficialidad y sentimentalismo no son valores cristianos. Menos aún por el riesgo de acabar en violencia o en imposición fundamentalista.

Jesús nace sin nada en Belén. Como expresó lúcidamente el Concilio Vaticano II, en la declaración Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, 11, “Cristo, que es Maestro y Señor nuestro, manso y humilde de corazón, atrajo pacientemente e invitó a los discípulos. Es verdad que apoyó y confirmó su predicación con milagros, para excitar y robustecer la fe de los oyentes, pero no para ejercer coacción sobre ellos”.

La asignatura de religión, garantía de la libertad de los alumnos

Juan José Corazón

Cartel para elegir la asignatura de Religión.

Uno de los ámbitos en los que la persona se va autorrealizando como ser humano, es la dimensión religiosa.

En esta dimensión hay opciones diversísimas y en la elección de alguna de esas opciones los alumnos ejercitan su libertad, a la que tienen derecho todos los hombres.

Cuando el que tiene que optar es un menor, su carencia de plena capacidad para decidir por sí mismo se completa con la ayuda de la decisión de sus padres.

Esa decisión de los padres va dependiendo de la edad de los hijos, de tal modo que los padres deciden más o menos y con el consenso de su hijo según su edad. Eso es lo normal, así debe ser y está muy bien que así sea.

La dimensión religiosa es tan sagrada, que es el ámbito en el que el alumno dispone de las mayores posibilidades de ejercer la propia libertad, ya sea por medio de la decisión de sus padres o por sí mismo.

En esa decisión, tan importante por su trascendencia, cabe todo: la enseñanza de la religión católica, la enseñanza de otra religión o la no enseñanza de ninguna religión.

¡Claro! Así lo ha expresado la Iglesia Católica con su declaración del derecho a la libertad religiosa en el último concilio ecuménico Vaticano II  (Dignitatis Humanae), así lo afirman todas las declaraciones internacionales de los derechos de la persona y todas las declaraciones de derechos de los ciudadanos incluidas en las constituciones de los estados.

¡Vaya! La supresión de la asignatura de religión, de la nueva ley de educación en España, no es solamente la supresión de una asignatura. Es la imposición para todos en la enseñanza de una opción: la no religión. Es, en consecuencia, la supresión de la libertad en la que padres y alumnos pueden elegir con libertad y sin coacciones.

La Navidad en el cine – Cómo ha reflejado el cine el Nacimiento de Jesús

LA NAVIDAD EN EL CINE

Las mejores secuencias para 14 episodios del Nacimiento

Se acerca la Navidad, tal vez el momento de la vida de Jesús más celebrado en todas las culturas; y, sin embargo, es un pasaje muy breve de los Evangelios: apenas sale en unos 20 versículos de S. Lucas y otros tantos de S. Mateo. En comparación con el total de los 4 Evangelios (cerca de 4.000 versículos: entre los 678 de S. Marcos y los 1.151 de S. Lucas), es verdaderamente muy poco.

Por Alfonso Méndiz, Jesucristo en el cine

Parece claro que los evangelistas quisieron centrar la redacción de sus libros en la vida pública del Señor: sus discursos y enseñanzas, su atención a los enfermos, sus milagros y prodigios, y –más extensamente- su pasión, muerte y resurrección.

Ciertamente, esa parte es la más importante, pues expone la doctrina cristiana y habla de un Dios Redentor, que nos da ejemplo de conducta y nos ama hasta dar la vida en el mayor de los suplicios. Pero esa imagen todopoderosa, divina y trascendente de Jesús se completa maravillosamente con la imagen de un Dios Niño, que se humilla por amor nuestro y se hace hombre para darnos ejemplo de vida. No se puede decir cuál de las dos imágenes nos conmueve más, ni cuál muestra mayor afecto a la humanidad.

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Lo cierto es que ese Dios inerme e indefenso, que es concebido –milagrosamente– en las entrañas de una virgen, que pasa nueve mese en el seno de su Madre, y que nace en la más absoluta pobreza, es el más vivo ejemplo de Amor y de Humildad.

Y no sólo eso: también es la muestra más clara de que Jesús es hombre como nosotros, en todo igual a nosotros (concepción, gestación, nacimiento) y, por tanto, verdaderamente un Dios hecho hombre: el auténtcio Mediador entre nosotros y Dios. Por eso hacía falta que los Evangelios recogieran también esa parte. Y por eso los hombres contamos los días desde su nacimiento: paradójicamente, desde aquel en que no le dimos cobijo en nuestra posada.

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SIGNIFICADO SIMBÓLICO DE LA NAVIDAD

El cine ha reflejado extensamente esas escenas del Nacimiento de JesúsCada película ha puesto el acento en una u otra secuencia, y en uno u otro aspecto: la actitud contemplativa de María, el papel decisivo de José, la audacia y generosidad de los Magos, la crueldad y arrogancia de Herodes.

 

 

 

 

 

       

Casi todas las películas sobre Jesús han contado la escena de su Nacimiento. Pero hay una que nos ha dejado una clara interpretación simbólica de este hecho. La historia más grande jamás contada (G. Stevens, 1965), comienza con la imagen de un fresco en una iglesia cualquiera: Jesús, con los brazos abiertos en señal de acogida (y también como Maestro en actitud de enseñar), abre el filme de modo simbólico.

Pero más aún que esta imagen, lo que adelanta el carácter simbólico de este arranque cinematográfico es el texto que oímos en off: los primeros versículos del Evangelio de S. Juan. “En Él estaba la Vida, y la Vida era la Luz de los hombres”. Ese símbolo –la luz– llena de significado todas las imágenes que siguen. Primero vemos una Estrella (la luz que guía hacia Belén). Después, la estrella se convierte en una vela que ilumina una gruta a oscuras. Entonces oímos las siguientes palabras de S. Juan: “Y la Luz resplandece en las tinieblas, pero las tinieblas no la comprendieron”.

Al mismo tiempo, nos damos cuenta de que esa tenue luz (como es tenue la vida de un recién nacido) está en la mano de José y está iluminando un mundo a oscuras: el interior de la cueva de Belén. Finalmente, la luz ilumina la mano de un Niño –intuimos que es la de Jesús– que tiene ya el gesto de enseñar. Esa mano se convirete en una esfera luminosa (¿el Sol? ¿la Sagrada Forma?) hasta que unas fanfarrias anuncian no se sabe si la llegada del Mesías o la arrogancia del Rey Herodes, al que inmediatamente vamos a ver.

Una preciosa representación simbólica de todo el pasaje de la Navidad, que da pie a una interesante reflexión teológica.

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Los capítulos que vamos a poder ver son los siguientes:

1. Dudas de José y anuncio del Ángel en sueños

2. Empadronamiento de César Augusto

3. Preparativos del viaje. La Virgen decide ir con José

4. Las penalidades del viaje a Belén

5. No había sitio para ellos en la posada

6. Acogidos en una gruta. Jesús nace en el pesebre

7. La adoración de los pastores

8. Los Magos preparan su viaje

9. La Estrella guía a los Magos hacia Belén

10. Los Magos en Jerusalén. Entrevista con Herodes

11. Adoración de los Magos al Niño Dios

12. ¿Cuándo llegaron los Magos a Belén?

13. El aviso en sueños a José y la matanza de los Inocentes

14. El recuerdo de Belén en la vida de la Virgen

Fuente: Alfonso Méndiz

CAMINANDO HASTA BELEN

Autora: Magui del Mar

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

Poeta Mexicana

Voy caminando a Belén…mi alma rebosa alegría,

veré a la Virgen María y al amable San José

y en el pesebre, yo sé, entre pajas recostado

estará el Dios-Humanado…¿No es milagro por ventura

que baje Dios de su altura, como indefenso bebé?.

Me pregunto al caminar ¿qué regalo llevaré?

en mi senda encontraré la ocasión de preparar

lo que le quiero ofrendar: las espinas del olvido,

la ingratitud que me ha herido, el llanto que he derramado

cuando en su Amor no he confiado…o no lo supe apreciar.

También haré un ramillete de las flores del camino…

de sonrisas: rico vino… la amistad: bello tesoro…

y le diré ¡cuánto añoro! estar a sus pies postrada.

Nada me consuela…¡nada! Si de El no estoy muy cerquita…

Sintiéndome pequeñita, su gran amor atesoro.

Al acercarme al pesebre, con ternura…de rodillas,

diré palabras sencillas: “Estoy aquí, mi Señor,

de la vida eres Autor y hoy te veo cual tierno niño.

Yo te ofrezco mi cariño…como Dios, mi adoración,

te dejo mi corazón...¡recíbelo, por favor!”

Derechos Reservados.

 

MAGUI DEL MAR 

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

ruizrmagui@gmail.com

 

 

Peligro de muerte

Ángel Cabrero Ugarte

Eutanasia.

Una conversación entre amigos me llevó al conocimiento de una temática que nunca me había interesado y que, después de la conversación, seguía sin interesarme excesivamente. Hablaba uno de ellos de que había heredado de su padre una pistola. La tenía en casa, pero era consciente de que estaba prohibido tener armas de fuego sin permiso. Alguien le dijo que preguntara a la Guardia Civil, pero era consciente de que cualquier declaración de su pertenencia supondría que se la confiscaran de inmediato y quizá con una multa.

Si lo pensamos un poco, con cierta distancia, nos damos cuenta en seguida de que eso tiene una lógica. No parece sensato que un particular tenga en su casa un arma de fuego, porque, aunque no tenga ni la más mínima intención de usarla para nada, también puede ocurrir que un día, en un ataque de miedo, coja el arma para defenderse de un ladrón, por ejemplo. El peligro, en un caso así, de disparar a aquel hombre, es grande, porque cualquier persona puede perder la cabeza. Por lo tanto, sin duda es mejor que no haya ninguna opción a la posesión de armas. Ya sabemos que en EE. UU. no es así, y supongo que, a todos, aquí, nos parece una barbaridad.

Pues resulta que ahora los parlamentarios españoles, con mayoría suficiente, votan a favor de la eutanasia. Se acabó la preocupación por la vida de las personas. Esa preocupación habitual y lógica en todos los individuos normales de que no se muera este señor que ha tenido un accidente, o este hermano que se ha puesto muy grave por el coronavirus, o mi hijo que se ha estrellado con la moto. Normal. Es lo natural, aun sabiendo, todos los que tenemos fe, que la muerte nos lleva a la eternidad, pero nos parece lógico que esa persona moribunda o muy grave pueda seguir viviendo, sobre todo si Dios lo quiere así.

Pero ahora los médicos son dioses que pueden decidir sobre la vida de una persona. Sí, nos dirán que es decisión del paciente, y yo les recuerdo que cualquier persona con dos dedos de frente procura evitar un suicidio, y que la autoridad tiene obligación de oponerse, entre otras cosas porque se intuye que en todo suicidio hay un momento de desesperación, de obnubilación, de ceguera. Se ponen todos los medios, incluso la violencia, para esa persona no se quite la vida.

Ahora ya no; ahora, por decisión del parlamento, jugamos con la vida de las personas. Le damos permiso al médico para que quite la vida a un paciente. ¿Qué es el enfermo quien lo pide? En nuestra vida podemos pedir muchas tonterías y muchas barbaridades ante las que una persona sensata no nos haría caso. La vida es sagrada, no está en manos de los hombres, y aunque haya alguien que se deje llevar por la locura, no se lo permitimos, porque hay otros medios de ayudar a un enfermo.

Ahora que los medios paliativos han dado pasos de gigante, que se puede ayudar a los enfermos con tantos medios útiles, lo único que se les ocurre a los parlamentarios españoles, mayoría, es matar. Ya sabemos que esto lo han hecho en otros países europeos, pero no son de ambiente católico, no se puede esperar demasiado de ellos. Y la pregunta es: ¿se puede esperar de nosotros, católicos, semejante barbaridad? Y la respuesta es que en España ya no son católicos la mayoría, aun cuando hay muchos y muy buenos que sí lo son.

Conclusión: las personas en la medida en que pierden sus ideas religiosas pueden terminar en barbaridad incontables. Esto es el principio. Y, por lo tanto, los que nos sentimos verdaderamente seguidores de Jesucristo deberíamos pensar en qué se nos ocurre para influir más en el ambiente.

San José, esposo y padre

(Romance) por José Mª López Ferrera

En el año de San José convocado por el Papa Francisco

 

La hechura de san José

no era de hombre acabado

sino de joven robusto,

esbelto, grácil y sano

desacorde a las pinturas

y dibujos realizados

donde su augusta figura

muestra perfiles de anciano.

 

Su corazón de doncel,

hondamente traspasado,

no podía comprender

de María el embarazo

hasta que Dios le hizo ver

los planes para él trazados

de esposo más bueno y fiel,

padre del Hijo adoptado.

 

La mirada de sus ojos

fue testigo de aquel parto

asomada al gran misterio,

como don privilegiado,

en una estancia muy pobre

indigna de quien tenía

designios, del Padre Eterno,

redentores de lo humano.

 

Las manos del Patriarca,

que lo eran de artesano,

acariciaron la piel

de aquel Niño soberano,

y con brazos vigorosos

suavemente lo acunaron

acurrucado, en el pecho,

al calor de su regazo.

 

La Virgen que lo quería

con amor enamorado,

se sentía protegida

y se dejaba guiar    

por quien, de Dios el mandato,

detentaba jefatura

en la Sagrada Familia

aunque, de ella, el menos santo.

 

 

Con sus pies recorrería,

de ida y venida los pasos,

a cada lugar que fuesen

necesarios los trabajos,

ya de pedidos o arreglos,

manipulando herramientas

rudimentarias de entonces,

hasta agotarle el cansancio.

 

Si había taller en la casa

y material necesario,

conformaría modelos

 útiles en el mercado:

puertas, mesas, sillas, muebles,

arados, yugos y ruedas,

bien para usos domésticos

o para empleo en el campo.

 

Un Jesús adolescente

como aprendiz operario

ayudaría a san José,

padre y maestro forjado,

hasta entender las tareas

que llevaban entre manos,

ganándose así el sustento

que obtenían a diario.

 

  Cuando este padre bendito

cumplió en la vida los años,

Santa María y Jesús

supieron hacer muy suyo

el oro de su legado

y tomó Jesús las riendas,

como Hombre perfecto que es,

de cuanto quedó a su cargo.

 

Entregó el alma feliz

porque era justo y santo

y como María y Jesús,

en el último suspiro

lo arroparon en sus brazos,

siendo Ellos lo más excelso,

patrón de la buena muerte

para siempre fue invocado.

 

 

 

Salvo a la Virgen María

Jesús a nadie amó tanto,

y al cielo lo llevaría

como Él, resucitado,

para tenerlo en la gloria

y cogerse de su mano,

igual que cuando era Niño,

en eternidad jugando. 

 

Mas cuando llegó María,

de la Asunción lo más alto,

ya Reina del Paraíso

en su carroza volando,

disculpe la Trinidad

por lo que voy a decir:

Nuestra Señora le dio

a José el primer abrazo.    

 

 

Por la vida frente al gran engaño de la eutanasia

Jesús Ortiz López

Lona contra la eutanasia.

Un reciente artículo de Manuel González Barón, catedrático de Oncología y Medicina Paliativa expone con argumentos y larga experiencia clínica que la eutanasia no es la solución de nada, en contra de lo que la presión del poder y la ideología reductiva quieren hacernos creer. La solución humana son los cuidados paliativos frente a una Ley cruel e inhumana, como ha dicho el Cardenal Cañizares.

Escribe que en el tramo final de la vida y ante el dolor:  «importa más la calidad que la cantidad de vida: una conversación franca y sincera, en la que emergen los posibles recursos del paciente para afrontar el sufrimiento, una despedida con sus seres queridos, tener la ocasión de perdonarse a sí mismo, perdonar y pedir perdón, dar las gracias, mostrar y recibir amor, dejar un legado, recordar momentos felices, poder hacer balance... De esta forma se puede llegar al final de manera natural con serenidad y paz con todos, y con Dios también si se es creyente».

Hay que quietarse la careta y admitir que la eutanasia y el suicidio asistido es la gran mentira de la cultura de muerte, y la demolición de la dignidad de las personas. Es la gran manipulación a escala española sobre una sociedad que pierde progresivamente los valores humanos, y se conforma con ir tirando, aceptando que la engañen.

Cuando alguien tiene la tentación de quitarse la vida es porque no encuentra en quién apoyarse, ni percibe lo importante que es él para algunas personas cercanas o incluso desconocidas. El suicidio es un grito de socorro para que alguien le atienda, le tome de la mano, y le transmita algo de esperanza, si hace falta con mucha energía, porque está en juego mucho más de lo que cree en ese momento.

La conocida película «¡Qué bello es vivir!» ha tratado con delicadeza el grave problema del suicidio. Recordemos que el protagonista George Bailey está con el agua al cuello. Es un buen tipo, ha creado un banco para ayudar a la gente, pero en un momento dado no puede hacer frente a los pagos. El malvado señor Potter se aprovecha de sus problemas de hundirlo más, y el desperado Bailey va a un puente, dispuesto a arrojarse al río. Pero viene a él Clarence, un ángel que tiene con él la oportunidad de ganarse sus alas. Lo hará mostrando a Bailey cómo habría sido la vida de su familia y amigos si él no hubiera existido: no se habría casado con Mary ni habría ayudado a tantas personas.

Como otras obras de arte, este film tiene raíces en un episodio de la vida del director Frank Kapra, allá por el año 1935, cuando se encontraba seriamente enfermo. Por lo visto recibió entonces la visita de alguien que cambió su vida, del que nunca supo su nombre, que le dijo: «Es usted un cobarde. Y lo que es más triste, una ofensa a Dios. ¿Oye a ese hombre?» (se refería a Hitler, que hablaba en la radio) «¿A cuántos habla? ¿15, 20 millones? ¿Y cuánto tiempo? ¿20 minutos? Usted puede hablar a cientos de millones, durante 2 horas. Y en la oscuridad. Sus talentos, señor Capra, no son suyos por derecho propio. Dios se los ha dado. Cuando no los usa, ofende a Dios y a la humanidad. Que tenga un buen día». Capra tomó conciencia de su responsabilidad como director de cine para transmitir esperanza cuando parece que todo se derrumba. Ese curioso discurso le llevó al confesionario y le devolvió las ganas de vivir encontrando el sentido de la vida.

Ley que mata la esperanza

Con la Ley de la eutanasia se mata la esperanza de muchas personas y se les empuja al abismo, engañadas y quizá acomplejadas por ser un peso para la familia y para la sociedad. Hecha la ley, hecha la trampa porque la experiencia de los países donde se ha impuesto se convierte en un tobogán por el que son empujados los ancianos, enfermos incurables, y los niños con alguna deformidad. Así la sociedad no gasta y puede vivir en el consumo y además sólo pasean por las calles gente guapa con algún niño precioso y algún perro. Todo idílico aunque la conciencia de algunos familiares y otros médicos guarde la mentira de su vida bajo siete sellos.

No hay razón alguna para imponer la eutanasia pues la sociedad tiene aún raíces y costumbres cristianas, muchas más de las que supone el anticristianismo inoculado por algunos políticos, educadores, pensadores, artistas, y escritores. La eutanasia, palabra mentirosa y maldita donde las haya, no es la solución para nadie y envilece a la sociedad que se deshumaniza con ella, engañándose con un barniz de solidaridad y de identificación ecologista con la naturaleza endiosada.

El remedio lo sabemos todos y consiste en favorecer los cuidados paliativos aunque sean más caros que el veneno introducido con una cánula o una jeringuilla. La medicina actual tiene buenos recursos y técnicas para tratar con humanidad a los enfermos al final de su vida. Junto con el personal sanitario están los familiares con humanidad y la atención espiritual, que viene a ser lo más importante para recuperar el sentido de la vida, del sufrimiento, y de la Cruz para los que creen en Jesucristo, que son una mayoría de españoles. Por todo ello es preciso avanzar mucho más en los cuidados paliativos superando una ley mortífera y la deshumanización que quieren imponer algunos políticos.

Para terminar es preciso reconocer con pena que esta ley de la eutanasia no responde a ninguna demanda social sino al rodillo del poder, a inconfesables proyectos inhumanos, y por ello ningún razonamiento les hará cambiar el rumbo destructivo de la vida. Luego, Dios dirá.

Crisis antropológica

Ana Teresa López de Llergo

Evidencias de lo poco que nos valoramos se muestra en lo poco que nos cuidamos, por eso, ni una nueva vida importa ni tampoco una vida que ha dejado huella, de allí las consignas facilitadoras del aborto y la eutanasia.

Llevamos varios años, desde el final del siglo pasado, hablando de que estamos en un cambio de época. Es verdad, nos damos cuenta de sucesos históricos, descubrimientos que han revolucionado muchos fundamentos del modo de vida. Y, la pandemia actual lo ha acelerado todo, en toda la faz de la Tierra. Sin embargo, lo más importante es la actitud humana frente a sí mismo, eso es inaudito.

Para darse un cambio hace falta declinar. Si no se toca fondo, no hace falta cambiar. Los seres humanos con sus enfoques empujan a un futuro para salir de lo actual. Todo lo presente nos grita la urgencia de salir y corregir. La gota que derrama el vaso es la crisis antropológica. Una crisis donde no se sabe “quién soy”.

Evidencias de lo poco que nos valoramos se muestra en lo poco que nos cuidamos, por eso, ni una nueva vida importa ni tampoco una vida que ha dejado huella, de allí las consignas facilitadoras del aborto y la eutanasia. Pero no todo es pérdida, la economía se privilegia… Y, entre el aborto y la eutanasia, quienes no saben “quién soy” y “ya sé quién quiero ser” está el pingüe negocio del cambio “trans”, fabulosa industria.

Muchos hechos convergen para llegar al tiempo crítico nuestro. Hay pensadores que propagan sus ideas, sin embargo, en el siglo XIX encontramos tres personas sumamente influyentes, pues resquebrajaron la estructura científica desarrollada durante siglos y cambiaron percepciones y modos de vivir. Son Darwin, Marx y Nietzsche.

Darwin publica en 1859 el origen de las especies. Sostiene que los diferentes tipos de plantas, animales y otros seres vivos provienen de otros organismos diferentes que existieron antes y fueron cambiando. La selección natural es la causa de la aparición del hombre. Nadie duda de la evolución, pero no se sabe cómo se produce, cuáles son sus causas, y cómo se efectúa. Algunos utilizan estos planteamientos para fundamentar el ateísmo naturalista opuesto a la creación. Darwin cambia la visión de la ciencia y del hombre.

En 1871, Darwin publica El origen del hombre. En este libro afirma que la selección natural es la causa de la aparición del hombre, de modo semejante a la aparición de los demás vivientes. Añade que los humanos no ocupan un lugar especial en la naturaleza y que las facultades espirituales proceden de la materia por evolución.

La evolución como verdad única automáticamente elimina a la naturaleza de cada especie, porque todo es cambio. Esta idea digerida sin ningún contrapeso puede explicarnos tantas posturas de personas que en la actualidad se conciben o como del sexo opuesto o como de otras especies de animales.

Inicialmente Marx coincide con las teorías que Darwin expone en el origen de las especies, después las rechaza y elabora su propia teoría. Pone en el centro de su filosofía la importancia de lo material, la clave será la relación que el hombre tenga con el mundo, por medio del trabajo. Es materialista se caracteriza por el desarrollo de la historia y de la sociedad en función de la realidad económica. Esto deja una huella profunda porque prácticamente en la actualidad el planteamiento económico está en el trasfondo de muchas decisiones.

El hombre es un ser histórico que se construye a sí mismo satisfaciendo sus necesidades en el medio que le rodea. Esta interrelación inicial con el ambiente se convierte en una actividad humana modificadora del mismo, mediante el trabajo, por lo cual Marx afirma que más que las necesidades biológicas y vitales, al hombre lo impulsan a actuar, la satisfacción de su fuerza productiva, y así se convierte en motor de la historia.

El hombre se produce a si mismo por el trabajo y a la vez es un producto del trabajo. En el proceso histórico el hombre se crea a sí mismo. El hombre construye su libertad y realización desde el trabajo. Pero el trabajo está condicionado por las formas de producción imperantes y por los medios disponibles.

Queda incipiente la idea de que la dignidad de la persona no procede de ella misma sino de su producción laboral. La consecuencia de esta idea es lo inservible que puede ser una persona que ya no trabaja. Esto abre la puerta a la legitimidad de la eutanasia.

Marx detesta la religión. Por eso, también se explica que en gobiernos de corte marxista haya una auténtica persecución contra las ideas religiosas y contra los edificios u obras de arte que la recuerden.

Nietzsche lleva al nivel más radical las ideas de los dos pensadores citados. Sostenía que todo acto o proyecto humano está motivado por la "voluntad de poder". La voluntad de poder no es tan sólo el poder sobre otros, sino el poder sobre uno mismo, algo que es necesario para la creatividad. Esa capacidad se manifiesta en la autonomía del superhombre, en su creatividad, empuje y logro. Esta idea es el abono perfecto del individualismo ahora imperante.

Nietzsche ve la moral cristiana como antinatural pues atrofia los instintos. Propone una moral que se basa en la búsqueda del poder, y una vez alcanzado hay progreso y es posible el crecimiento espiritual y material. Esto sólo lo alcanzan los más fuertes, los que consiguen sus propósitos.

Habla de la muerte de Dios porque afirma que quien verdaderamente es un dios, es el hombre que logra los planteamientos de su voluntad. Esto también explica la emancipación de cualquier tipo de obligación o compromiso.

Todos estos planteamientos son plataformas de las crisis biológicas, psicológicas, sociales y religiosas de las personas contemporáneas. La desvinculación es una consecuencia que está mutilando a las personas.

Las instituciones están en crisis: el matrimonio, la familia, la maternidad y la paternidad. Por eso, peligra la vida desde la concepción hasta la muerte. El sexo alejado de las reglas de respeto y la fidelidad. La ayuda mutua entre naciones es una utopía.

Todo ello es insostenible. Lo que sigue es un resurgimiento.

Vigilias por la Vida en Adviento

Con ocasión del Adviento, en varias iglesias  de la Archidiócesis de Valladolid se han organizado “vigilias de oración por la vida”.  En el domingo “Gaudete”, el Obispo Auxiliar, Monseñor Argüello. Secretario de la Conferencia Episcopal Española, presidió la Vigilia en la Sede de la Patrona de Valladolid, la iglesia de San Lorenzo. En su Homilía, reparó en la particularidad de esta Navidad diferente, “quizá con menos ropaje exterior”, que recuerda la sencillez de la Navidad primera. Animó a poner el belén en nuestras casas.  Tras resaltar la importancia del Evangelio de la Vida, dijo: “Vayamos a lo esencial,  para que, desde lo esencial, podamos decir a nuestros contemporáneos que es esencial para nuestro propio futuro como sociedad, cuidar la vida, promover la vida, acoger la vida en época de invierno demográfico; porque el mismo Dios quiso hacerse carne, nacer y habitar entre nosotros y experimentar  el sufrimiento”. Evocando a san Juan de la Cruz ante el Pesebre, exclamó: «¡En sus ojos nuestras lágrimas; en nuestro corazón, su alegría; en su carne quiso acoger nuestra muerte para que podamos experimentar la alegría serena de la vida eterna vivida con esperanza! ». Hizo referencia al sufrimiento ante la enfermedad de las personas muy queridas cuando se cree inútil, porque, quizá, “no se está cerca de la Cruz Gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo”, el cualen su sufrimiento y resurrección ha vencido definitivamente a la muerte”. Con la petición propia del Adviento, «¡Maranatha!», exclamó: “Ven, Señor Jesús”. Manifestó:“Está cerca y,  aunque experimentamos que la alegría no es plena, sabemos que la promesa del Señor se cumple y vendrá a nuestro encuentro pleno y definitivo en su Segunda Venida, y experimentaremos la alegría plena. Deseamos su venida para que resplandezca la verdad, la justicia y la paz”. 
[Youtube: (Sábado. I Vísperas del III Domingo de Adviento "Gaudete" (19 ...]

En la monición de entrada, una mujer joven puntualizó: “Es tiempo de espera y de preparación para la venida del Señor, que ha entrado en comunión con cada uno de nosotros.  Su amor nos impulsa a responder como María, acogiendo la vida con asombro, reconociendo la dignidad de cada persona, amada de modo infinito por Dios”. Rememoró las palabras del Papa: " El primer derecho de una persona es su vida ". Por ello, "la atención a la vida humana en su totalidad se ha convertido en los últimos tiempos en verdadera prioridad del magisterio de la Iglesia (…). Cada niño no nacido, pero condenado injustamente a ser abortado, tiene el rostro del Señor,  quien ya antes de nacer, y después apenas ya nacido experimentó el rechazo del mundo (…). La situación paradójica se ve en el hecho de que, mientras se atribuyen a las personas nuevos derechos, a veces aunque supuestos, no siempre se tutela la vida como valor primario y derecho primordial de cada hombre” ( Papa Francisco).  En las Preces, se imploró por los gobiernos y los legisladores,  para que protejan eficazmente la vida desde su inicio hasta su fin natural; por  los niños no nacidos y por los ancianos e impedidos, para que nadie cuestione LA DIGNIDAD Y VALOR DE SU VIDA; por las mujeres que están sufriendo el trauma del aborto; “por los ancianos y enfermos, para que reciban el cariño, acompañamiento y cuidados que necesitan, y se respete su vida hasta su fin natural”. También, por los enfermos de Covid y el fin de la pandemia. 

 Josefa Romo

 

“También viviremos con Él”

Para vivir profundamente la muerte y vivir ya en la muerte el palpitar de la eternidad, el creyente ha de morir radicalmente al pecado.

La luz abre el alma para vivir la muerte de la propia muerte; la redención de la muerte. Y así, en la muerte de quien vive con Cristo y muere al pecado, la vida adquiere su verdadero sentido, su pleno sentido. Manifiesta que ha valido la pena vivir, sufrir, amar, servir, vencer el pecado. Y presenta el verdadero rostro de Dios en el día del juicio:

“¿No brilla en tu alma el deseo de que tu Padre Dios se ponga contento cuando te tenga que juzgar? (Camino, 746); y se compagina con esa disposición que el mismo Josemaría Escrivá recordó apenas un mes antes de su propia muerte: “De la otra vida nos separa un diafragma tan tenue, que vale la pena estar siempre dispuestos a emprender ese viaje con alegría” (22-V-1975).

San Pablo expresa con nitidez esta situación en su carta a los Romanos: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él” (cfr. Rm, 6, 3-11). Me parece bueno que en estos días de preparación (adviento) de la Navidad tengamos un pensamiento sobre la muerte.

Pedro García

 

Leyes como la de educación

Leyes como la de educación que aboga por la supresión de derechos fundamentales de los padres. Leyes como la de educación que supone ignorar el derecho de los ciudadanos a establecer centros de enseñanza con su propio ideario y su respectivo proyecto educativo. Leyes como la de educación que discrimina de manera ignominiosa a los niños disminuidos condenándoles a vegetar en aulas en las que han de convivir en inferioridad manifiesta. Leyes como la de la eutanasia que supone un atentado abyecto contra la vida y una flagrante falta de justicia, de respeto y de solidaridad para con los mayores en situaciones precarias.

Leyes que permiten que menores puedan abortar, sin que siquiera sus padres tengan conocimiento del hecho, cuando a esas adolescentes se les exige la autorización paterna para perforarse el lóbulo de una oreja. Leyes que cercenan la vida del concebido y lo hacen con la misma borreguil adhesión con la que defienden, pretendidamente, la vida del toro de lidia o ponen el grito en el cielo por la muerte de un perro.

Leyes aprobadas por el voto de diputados infames que dejan -suponiendo que los tengan- sus planteamientos personales, éticos, ideológicos y hasta morales, en la puerta de la Carrera de San Jerónimo y arteramente se escudan en la lealtad a su partido, mientras pisotean sus propias lealtades si es que no carecen de ellas. Diputados infames que por ende y desde un punto de vista político, votan sabiendo que gran parte de lo que votan, es claramente anticonstitucional. Diputados infames a los que quizás vaya siendo hora de desenmascarar… Además de pagarles el sueldo que, para muchos, es de lo que se trata.

Jesús Domingo Martínez

 

Traidores, renegados, jueces y leyes

 

                                Como cada año ocurre, ha venido “la conmemoración de la Constitución española”; y como siempre vienen las nubes de hipócritas, a envolver esa “ley de leyes” (no olvidemos este detalle y otro muy importante, que sin orden y justicia no funciona nada y así estamos en España) en una especie de “suave y nociva venda aislante puesto que todos chupan del desorden imperante y vengan días y vengan ollas”. Mientras España se pudre en unos desgobiernos, que sólo se preocupan de los intereses de sus componentes y el resto de españoles, quedamos indefensos y muchos ya en la basura de la indigencia y abandono total.

                                Como esa ley madre y el idioma oficial (que es EL ESPAÑOL y no “el castellano”, como gran cantidad de parásitos quieren seguir diciendo es “el oficial” y que he razonado aquí múltiples veces y hoy no quiero hacerlo una vez más)… son los dos elementos (Ley madre e idioma) principales para marchar en la vida, veamos lo que de ellos dicen ciertos hechos que aquí están matando a la nación y que todos eluden el darle su denominación correcta.

            Del Diccionario de la Real Academia  saco algunas aclaraciones de palabras que no se usan hoy y deben emplearse cada vez más, vista la situación que padecemos. TRAIDOR: Falta que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener. f. Der. Delito cometido por civil o militar que atenta contra la seguridad de la patria. RENEGADO: A pesar de las demasiadas palabras que da “la academia”, se puede resumir todo en los casos políticos, que el renegado es quién reniega de un hecho que antes ha afirmado bien con un juramento o una promesa, ante quienes le otorgan un mando transitorio, sea de la categoría que sea; y el que todos juran o prometen, pero que la mayoría no cumplen; luego entonces, estamos manejados por traidores y renegados; y ello queda más que claro, por muchas vueltas que se le den a nuestro riquísimo idioma ESPAÑOL, que esos “renegados y traidores” lo retuercen de infinitas maneras, para querer hacernos ver que “la noche es día, que lo blanco es negro, o que lo dulce es salado”; y como dice el dicho… “La verdad es la verdad la diga Agamenón o su porquero”; o la que yo empleo para ciertos hechos, para de alguna manera revolver las tripas a los indeseables y que es la siguiente… “La verdad es la herida que más duele… y no cicatriza”; puesto que no debe olvidarse, que “la palabra es la mejor y más potente arma con que contamos el ser humano, siempre que sepamos emplearla en cada momento; y la palabra es lo que más teme el tirano, y es por ello por lo que crucificaron “al cristo cristiano y a todos los demás cristos que lo fueron, son y lo serán”.

            A tenor de todo ello no es explicable todo lo que ocurre aquí. Habiendo jueces, fiscales, leyes, y todos los auxiliares que tiene o debe tener un Estado, que de verdad merezca ser así denominado y donde todo está liado, revuelto, como en el tiempo de Romanones… “Vosotros haced las leyes y dejadme a mí que yo haré los reglamentos”; lo que da lugar a que el pueblo diga sus sentencias que no sirven para nada, pero que quedan circulando por tiempos largos como las siguientes… “Pleitos tengas y los ganes… La justicia es un cachondeo… La mayor y más miserable de las pobrezas, es la del juez o fiscal que venden o alquilan su toga”, etc.

            Por ello ese pueblo que piensa por sí mismo, ya no cree en nadie y ve con impotencia lo que ya algunos intelectuales denunciaron en su tiempo, como por ejemplo lo que se dice a continuación.

Abusos y tiranías en gran parte del actual mundo: El mundo ha retrocedido a los tiempos medievales de los "señores de horca y cuchillo", que como tales, hacen en sus feudos, lo que les da la gana, ya que son "dueños de vidas y haciendas"; y como ello se ha extendido tanto y a tantos, unos se tapan a los otros y esto no tiene solución, puesto que el siervo (que no pueblo) está sujeto al capricho de los nuevos señores feudales; todo lo demás es mentira. “La mierda tapa a la mierda y así todo latrocinio, robo o abusos mil, son tapados y consentidos por todos los que dicen gobernar esta ya mierda de mundo”, que nos dicen ha progresado; pero ¿en qué?

“Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican, no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un auto-sacrificio, entonces podrá afirmar sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada." Ayn Rand (1950)  

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes