Las Noticias de hoy 9 Diciembre 2020

Enviado por adminideas el Mié, 09/12/2020 - 12:38

Por qué Papa Francisco eligió el día de San José para iniciar su  pontificado?

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    miércoles, 09 de diciembre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

El Papa confía Roma y el mundo a la protección de la Inmaculada

Ángelus: “La gracia de Dios es ofrecida a todos”

El Papa Francisco convoca a un año dedicado a san José

EL CAMINO DE LA MANSEDUMBRE: Francisco Fernandez Carbajal

Meditaciones: miércoles de la 2ª semana de Adviento

“La oración, como el latir del corazón”: San Josemaria

Audio de Mons. Ocáriz: “Preparar en Adviento el regalo de la nueva Navidad”

Catequesis en una recóndita ciudad de Venezuela

Navidad: ¿Dónde está Dios? De Belén a nuestros días, pasando por Auschwitz: José Antonio García-Prieto

Familia amable y numerosa: Ángel Cabrero Ugarte

Conciencia y verdad: Cardenal Joseph Ratzinger

ESCUELA PARA PADRES  81 Preguntas sobre la responsabilidad de los padres con hijos NiNi o problemáticos. : Francisco Gras

Pandemia y porno: Mario Arroyo.

El idioma español, una de nuestras mayores riquezas mundiales: Juan José Corazón

Inmaculada 2020: Josefa Romo

Camino de santidad cristiana: el matrimonio,: Pedro García

Las mujeres no necesitan sacrificar el matrimonio y los hijos: Jaume Catalán Díaz

El cielo se está cayendo:  Jesús Martínez Madrid

"Curar si es posible, cuidar siempre": JD Mez Madrid

DOS ENCUENTROS Y UNA ORACIÓN: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

El Papa confía Roma y el mundo a la protección de la Inmaculada

Acto de veneración privada y Misa

DICIEMBRE 08, 2020 11:09LARISSA I. LÓPEZPAPA FRANCISCO

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(zenit – 8 dic. 2020).- En la mañana de hoy, el Papa Francisco ha rezado frente a la estatua de la Inmaculada y a la imagen de María Salus Popoli Romani, encomendando a Roma y al mundo a la protección de la Virgen.

El Santo Padre realizó esta mañana un acto de veneración privada a la Madre de Dios frente a la estatua de la Santísima Virgen María Inmaculada ubicada en la plaza de España de Roma, luego ha rezado y celebrado la Santa Misa en la basílica de Santa María La Mayor.

Así informó el director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Matteo Bruni: “A las 7 de esta mañana, en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, el Santo Padre ha ido a la plaza de España, en Roma, para un acto de veneración en forma privada a María Inmaculada”.

Al amanecer de este 8 de diciembre, bajo la lluvia, el Pontífice ha depositado un ramo de rosas blancas en la base de la columna donde se encuentra la estatua de la Virgen María y “se ha dirigido a Ella en oración, para que vele con amor sobre Roma y sus habitantes, confiándole a Ella a todos los que en esta ciudad y en el mundo están afligidos por la enfermedad y el desánimo”, se lee en el comunicado de Bruni.

Asimismo, la nota indica que poco antes de las 7:15 horas, el Papa dejó la Plaza de España y se dirigió a Santa María La Mayor “donde ha rezado ante el icono de María Salus Popoli Romani y ha celebrado la Misa en la capilla de la Natividad. Luego regresó al Vaticano”.

Ángelus: “La gracia de Dios es ofrecida a todos”

Palabras antes del Ángelus

DICIEMBRE 08, 2020 13:13RAQUEL ANILLOANGELUS

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(zenit – 8 dic. 2020).- En el Ángelus de este día en el que festejamos la fiesta de la Inmaculada Concepción, el Papa comienza su meditación con estas palabras: “La fiesta litúrgica de hoy celebra una de las maravillas de la historia de la salvación: la Inmaculada Concepción de la Virgen María”.

Dios nos ha “elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados”, añadió, y nos invitó a “acoger el hoy para decir “no” al mal y “sí” a Dios” y abrirse a su gracia..

A continuación, siguen las palabras de Francisco en el Ángelus, según la traducción oficial ofrecida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

***

Palabras antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La fiesta litúrgica de hoy celebra una de las maravillas de la historia de la salvación: la Inmaculada Concepción de la Virgen María. También ella fue salvada por Cristo, pero de una forma extraordinaria, porque Dios quiso que desde el instante de la concepción la madre de su Hijo no fuera tocada por la miseria del pecado. Y por tanto María, durante toda su vida terrena, estuvo libre de cualquier mancha de pecado, ha sido la “llena de gracia” (Lc 1,28), como la llamó el ángel, y disfrutó de una singular acción del Espíritu Santo, para poder mantenerse siempre en su relación perfecta con su hijo Jesús; es más, era la discípula de Jesús: la Madre y la discípula. Pero el pecado no estaba en Ella.

En el magnífico himno que abre la Carta a los Efesios (cfr. 1,3-6.11-12), San Pablo nos hace comprender que cada ser humano es creado por Dios para esa plenitud de santidad, para esa belleza de la que la Virgen fue revestida desde el principio. La meta a la cual estamos llamados es también para nosotros don de Dios, el cual —dice el apóstol— nos ha «elegido en Él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados» (v. 4); eligiéndonos de antemano (cfr. v. 5), en Cristo, para estar un día totalmente libres del pecado. Y esta es la gracia, es gratis, es un don de Dios.

Y lo que para María fue al inicio, para nosotros será al final, después de haber atravesado el “baño” purificador de la gracia de Dios. Lo que nos abre la puerta del paraíso es la gracia de Dios, recibida por nosotros con fidelidad. Todos los santos y las santas han recorrido este camino. También los más inocentes estaban marcados por el pecado original y lucharon con todas las fuerzas contra sus consecuencias. Ellos han pasado a través de la “puerta estrecha” que conduce a la vida (cfr. Lc 13,24). ¿Y vosotros sabéis quién es el primero de quien tenemos la certeza de que haya entrado en el paraíso, lo sabéis? Un “poco bueno”: uno de los dos que fueron crucificados con Jesús. Se dirigió a Él diciendo: “Jesús, acuérdate de mí cuando vayas a tu Reino”. Y Él respondió: “hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,42-43). Hermanos y hermanas, la gracia de Dios es ofrecida a todos; y muchos que sobre esta tierra son últimos, en el cielo serán los primeros (cfr. Mc 10,31).

Pero atención. No vale hacerse los astutos: posponer continuamente un serio examen de la propia vida, aprovechando la paciencia del Señor —Él es paciente, Él nos espera, Él está siempre para darnos la gracia—. Nosotros podemos engañar a los hombres, pero a Dios no, Él conoce nuestro corazón mejor que nosotros mismos. ¡Aprovechemos el momento presente! Este sí es el sentido cristiano de aprovechar el día: no disfrutar la vida en el momento fugaz, no, este es el sentido mundano. Sino acoger el hoy para decir “no” al mal y “sí” a Dios; abrirse a su Gracia, dejar finalmente de plegarse sobre uno mismo arrastrándose en la hipocresía. Mirar a la cara la propia realidad, así como somos; reconocer que no hemos amado a Dios y no hemos amado al prójimo como deberíamos, y confesarlo. Esto es empezar un camino de conversión pidiendo en primer lugar perdón a Dios en el Sacramento de la Reconciliación, y después reparar el mal hecho a los otros. Pero siempre abiertos a la gracia. El Señor llama a nuestra puerta, llama a nuestro corazón para entrar con nosotros en amistad, en comunión, para darnos la salvación.

Y este es para nosotros el camino para convertirnos en “santos e inmaculados”. La belleza incontaminada de nuestra Madre es inimitable, pero al mismo tiempo nos atrae. Encomendémonos a ella, y digamos una vez para siempre “no” al pecado y “sí” a la Gracia.

 

 

El Papa Francisco convoca a un año dedicado a san José

Carta apostólica ‘Patris corde’

DICIEMBRE 08, 2020 13:35LARISSA I. LÓPEZDOCUMENTOSPAPA FRANCISCO

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(zenit – 8 dic. 2020).- A través de la Carta Apostólica Patris corde (Con corazón de padre), el Papa Francisco recuerda el 150 aniversario de la declaración de san José como Patrono de la Iglesia Universal y, con motivo de esta ocasión, a partir de hoy y hasta el 8 de diciembre de 2021 se celebra un año dedicado especialmente a él.

Además, por medio de un Decreto y de acuerdo con la voluntad del Santo Padre, la Penitenciaría Apostólica ha decidido conceder la Indulgencia Plenaria hasta el 8 de diciembre de 2021 en las condiciones habituales: confesión sacramental, comunión eucarística y oración según las intenciones del Papa.

Figura extraordinaria y humana

En esta Carta Apostólica el Santo Padre habla de la importancia de esta “figura extraordinaria, tan cercana a nuestra condición humana” e indica cómo la pandemia de COVID-19  ha  demostrado que “nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. […]”, señala Francisco.

“Todos pueden encontrar en san José —el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad”. San José “nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en ‘segunda línea’ tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación. A todos ellos va dirigida una palabra de reconocimiento y de gratitud”, se lee en el documento.

A continuación, sigue la Carta Apostólica completa del Papa.

***

CARTA APOSTÓLICA

PATRIS CORDE

DEL SANTO PADRE FRANCISCO

CON MOTIVO DEL 150.° ANIVERSARIO

DE LA DECLARACIÓN DE SAN JOSÉ

COMO PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL

 

CON CORAZÓN DE PADRE: así José amó a Jesús, llamado en los cuatro Evangelios “el hijo de José”.[1]

Los dos evangelistas que evidenciaron su figura, Mateo y Lucas, refieren poco, pero lo suficiente para entender qué tipo de padre fuese y la misión que la Providencia le confió.

Sabemos que fue un humilde carpintero (cf. Mt 13,55), desposado con María (cf. Mt 1,18; Lc 1,27); un “hombre justo” (Mt 1,19), siempre dispuesto a hacer la voluntad de Dios manifestada en su ley (cf. Lc 2,22.27.39) y a través de los cuatro sueños que tuvo (cf. Mt 1,20; 2,13.19.22). Después de un largo y duro viaje de Nazaret a Belén, vio nacer al Mesías en un pesebre, porque en otro sitio “no había lugar para ellos” (Lc 2,7). Fue testigo de la adoración de los pastores (cf. Lc 2,8-20) y de los Magos (cf. Mt 2,1-12), que representaban respectivamente el pueblo de Israel y los pueblos paganos.

Tuvo la valentía de asumir la paternidad legal de Jesús, a quien dio el nombre que le reveló el ángel: “Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). Como se sabe, en los pueblos antiguos poner un nombre a una persona o a una cosa significaba adquirir la pertenencia, como hizo Adán en el relato del Génesis (cf. 2,19-20).

En el templo, cuarenta días después del nacimiento, José, junto a la madre, presentó el Niño al Señor y escuchó sorprendido la profecía que Simeón pronunció sobre Jesús y María (cf. Lc 2,22-35). Para proteger a Jesús de Herodes, permaneció en Egipto como extranjero (cf. Mt 2,13-18). De regreso en su tierra, vivió de manera oculta en el pequeño y desconocido pueblo de Nazaret, en Galilea —de donde, se decía: “No sale ningún profeta” y “no puede salir nada bueno” (cf. Jn 7,52; 1,46)—, lejos de Belén, su ciudad de origen, y de Jerusalén, donde estaba el templo. Cuando, durante una peregrinación a Jerusalén, perdieron a Jesús, que tenía doce años, él y María lo buscaron angustiados y lo encontraron en el templo mientras discutía con los doctores de la ley (cf. Lc 2,41-50).

Después de María, Madre de Dios, ningún santo ocupa tanto espacio en el Magisterio pontificio como José, su esposo. Mis predecesores han profundizado en el mensaje contenido en los pocos datos transmitidos por los Evangelios para destacar su papel central en la historia de la salvación: el beato Pío IX lo declaró “Patrono de la Iglesia Católica”,[2] el venerable Pío XII lo presentó como “Patrono de los trabajadores”[3] y san Juan Pablo II como “Custodio del Redentor”.[4] El pueblo lo invoca como “Patrono de la buena muerte”.[5]

Por eso, al cumplirse ciento cincuenta años de que el beato Pío IX, el 8 de diciembre de 1870, lo declarara como Patrono de la Iglesia Católica, quisiera —como dice Jesús— que “la boca hable de aquello de lo que está lleno el corazón” (cf. Mt 12,34), para compartir con ustedes algunas reflexiones personales sobre esta figura extraordinaria, tan cercana a nuestra condición humana. Este deseo ha crecido durante estos meses de pandemia, en los que podemos experimentar, en medio de la crisis que nos está golpeando, que “nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. […] Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos”.[6] Todos pueden encontrar en san José —el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad. San José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en “segunda línea” tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación. A todos ellos va dirigida una palabra de reconocimiento y de gratitud.

  1. Padre amado

La grandeza de san José consiste en el hecho de que fue el esposo de María y el padre de Jesús. En cuanto tal, “entró en el servicio de toda la economía de la encarnación”, como dice san Juan Crisóstomo.[7]

San Pablo VI observa que su paternidad se manifestó concretamente “al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio al misterio de la Encarnación y a la misión redentora que le está unida; al haber utilizado la autoridad legal, que le correspondía en la Sagrada Familia, para hacer de ella un don total de sí mismo, de su vida, de su trabajo; al haber convertido su vocación humana de amor doméstico en la oblación sobrehumana de sí mismo, de su corazón y de toda capacidad en el amor puesto al servicio del Mesías nacido en su casa”.[8]

Por su papel en la historia de la salvación, san José es un padre que siempre ha sido amado por el pueblo cristiano, como lo demuestra el hecho de que se le han dedicado numerosas iglesias en todo el mundo; que muchos institutos religiosos, hermandades y grupos eclesiales se inspiran en su espiritualidad y llevan su nombre; y que desde hace siglos se celebran en su honor diversas representaciones sagradas. Muchos santos y santas le tuvieron una gran devoción, entre ellos Teresa de Ávila, quien lo tomó como abogado e intercesor, encomendándose mucho a él y recibiendo todas las gracias que le pedía. Alentada por su experiencia, la santa persuadía a otros para que le fueran devotos.[9]

En todos los libros de oraciones se encuentra alguna oración a san José. Invocaciones particulares que le son dirigidas todos los miércoles y especialmente durante todo el mes de marzo, tradicionalmente dedicado a él.[10]

La confianza del pueblo en san José se resume en la expresión “Ite ad Ioseph”, que hace referencia al tiempo de hambruna en Egipto, cuando la gente le pedía pan al faraón y él les respondía: “Vayan donde José y hagan lo que él les diga” (Gn 41,55). Se trataba de José el hijo de Jacob, a quien sus hermanos vendieron por envidia (cf. Gn 37,11-28) y que —siguiendo el relato bíblico— se convirtió posteriormente en virrey de Egipto (cf. Gn 41,41-44).

Como descendiente de David (cf. Mt 1,16.20), de cuya raíz debía brotar Jesús según la promesa hecha a David por el profeta Natán (cf. 2 Sam 7), y como esposo de María de Nazaret, san José es la pieza que une el Antiguo y el Nuevo Testamento.

  1. Padre en la ternura

José vio a Jesús progresar día tras día “en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres” (Lc 2,52). Como hizo el Señor con Israel, así él “le enseñó a caminar, y lo tomaba en sus brazos: era para él como el padre que alza a un niño hasta sus mejillas, y se inclina hacia él para darle de comer” (cf. Os 11,3-4).

Jesús vio la ternura de Dios en José: “Como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor siente ternura por quienes lo temen” (Sal 103,13).

En la sinagoga, durante la oración de los Salmos, José ciertamente habrá oído el eco de que el Dios de Israel es un Dios de ternura,[11] que es bueno para todos y “su ternura alcanza a todas las criaturas” (Sal 145,9).

La historia de la salvación se cumple creyendo “contra toda esperanza” (Rm 4,18) a través de nuestras debilidades. Muchas veces pensamos que Dios se basa sólo en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad. Esto es lo que hace que san Pablo diga: “Para que no me engría tengo una espina clavada en el cuerpo, un emisario de Satanás que me golpea para que no me engría. Tres veces le he pedido al Señor que la aparte de mí, y él me ha dicho: “¡Te basta mi gracia!, porque mi poder se manifiesta plenamente en la debilidad”” (2 Co 12,7-9).

Si esta es la perspectiva de la economía de la salvación, debemos aprender a aceptar nuestra debilidad con intensa ternura.[12]

El Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo, mientras que el Espíritu la saca a la luz con ternura. La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros. El dedo que señala y el juicio que hacemos de los demás son a menudo un signo de nuestra incapacidad para aceptar nuestra propia debilidad, nuestra propia fragilidad. Sólo la ternura nos salvará de la obra del Acusador (cf. Ap 12,10). Por esta razón es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios, especialmente en el sacramento de la Reconciliación, teniendo una experiencia de verdad y ternura. Paradójicamente, incluso el Maligno puede decirnos la verdad, pero, si lo hace, es para condenarnos. Sabemos, sin embargo, que la Verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona. La Verdad siempre se nos presenta como el Padre misericordioso de la parábola (cf. Lc 15,11-32): viene a nuestro encuentro, nos devuelve la dignidad, nos pone nuevamente de pie, celebra con nosotros, porque “mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado” (v. 24).

También a través de la angustia de José pasa la voluntad de Dios, su historia, su proyecto. Así, José nos enseña que tener fe en Dios incluye además creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero Él tiene siempre una mirada más amplia.

  1. Padre en la obediencia

Así como Dios hizo con María cuando le manifestó su plan de salvación, también a José le reveló sus designios y lo hizo a través de sueños que, en la Biblia, como en todos los pueblos antiguos, eran considerados uno de los medios por los que Dios manifestaba su voluntad.[13]

José estaba muy angustiado por el embarazo incomprensible de María; no quería “denunciarla públicamente”,[14] pero decidió “romper su compromiso en secreto” (Mt 1,19). En el primer sueño el ángel lo ayudó a resolver su grave dilema: “No temas aceptar a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,20-21). Su respuesta fue inmediata: “Cuando José despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado” (Mt 1,24). Con la obediencia superó su drama y salvó a María.

En el segundo sueño el ángel ordenó a José: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y huye a Egipto; quédate allí hasta que te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo” (Mt 2,13). José no dudó en obedecer, sin cuestionarse acerca de las dificultades que podía encontrar: “Se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, donde estuvo hasta la muerte de Herodes” (Mt 2,14-15).

En Egipto, José esperó con confianza y paciencia el aviso prometido por el ángel para regresar a su país. Y cuando en un tercer sueño el mensajero divino, después de haberle informado que los que intentaban matar al niño habían muerto, le ordenó que se levantara, que tomase consigo al niño y a su madre y que volviera a la tierra de Israel (cf. Mt 2,19-20), él una vez más obedeció sin vacilar: “Se levantó, tomó al niño y a su madre y entró en la tierra de Israel” (Mt 2,21).

Pero durante el viaje de regreso, “al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí y, avisado en sueños —y es la cuarta vez que sucedió—, se retiró a la región de Galilea y se fue a vivir a un pueblo llamado Nazaret” (Mt 2,22-23).

El evangelista Lucas, por su parte, relató que José afrontó el largo e incómodo viaje de Nazaret a Belén, según la ley del censo del emperador César Augusto, para empadronarse en su ciudad de origen. Y fue precisamente en esta circunstancia que Jesús nació y fue asentado en el censo del Imperio, como todos los demás niños (cf. Lc 2,1-7).

San Lucas, en particular, se preocupó de resaltar que los padres de Jesús observaban todas las prescripciones de la ley: los ritos de la circuncisión de Jesús, de la purificación de María después del parto, de la presentación del primogénito a Dios (cf. 2,21-24).[15]

En cada circunstancia de su vida, José supo pronunciar su “fiat”, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní.

José, en su papel de cabeza de familia, enseñó a Jesús a ser sumiso a sus padres, según el mandamiento de Dios (cf. Ex 20,12).

En la vida oculta de Nazaret, bajo la guía de José, Jesús aprendió a hacer la voluntad del Padre. Dicha voluntad se transformó en su alimento diario (cf. Jn 4,34). Incluso en el momento más difícil de su vida, que fue en Getsemaní, prefirió hacer la voluntad del Padre y no la suya propia[16] y se hizo “obediente hasta la muerte […] de cruz” (Flp 2,8). Por ello, el autor de la Carta a los Hebreos concluye que Jesús “aprendió sufriendo a obedecer” (5,8).

Todos estos acontecimientos muestran que José “ha sido llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente ‘ministro de la salvación”.[17]

  1. Padre en la acogida

José acogió a María sin poner condiciones previas. Confió en las palabras del ángel. “La nobleza de su corazón le hace supeditar a la caridad lo aprendido por ley; y hoy, en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente, José se presenta como figura de varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María. Y, en su duda de cómo hacer lo mejor, Dios lo ayudó a optar iluminando su juicio”.[18]

Muchas veces ocurren hechos en nuestra vida cuyo significado no entendemos. Nuestra primera reacción es a menudo de decepción y rebelión. José deja de lado sus razonamientos para dar paso a lo que acontece y, por más misterioso que le parezca, lo acoge, asume la responsabilidad y se reconcilia con su propia historia. Si no nos reconciliamos con nuestra historia, ni siquiera podremos dar el paso siguiente, porque siempre seremos prisioneros de nuestras expectativas y de las consiguientes decepciones.

La vida espiritual de José no nos muestra una vía que explica, sino una vía que acoge. Sólo a partir de esta acogida, de esta reconciliación, podemos también intuir una historia más grande, un significado más profundo. Parecen hacerse eco las ardientes palabras de Job que, ante la invitación de su esposa a rebelarse contra todo el mal que le sucedía, respondió: “Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?” (Jb 2,10).

José no es un hombre que se resigna pasivamente. Es un protagonista valiente y fuerte. La acogida es un modo por el que se manifiesta en nuestra vida el don de la fortaleza que nos viene del Espíritu Santo. Sólo el Señor puede darnos la fuerza para acoger la vida tal como es, para hacer sitio incluso a esa parte contradictoria, inesperada y decepcionante de la existencia.

La venida de Jesús en medio de nosotros es un regalo del Padre, para que cada uno pueda reconciliarse con la carne de su propia historia, aunque no la comprenda del todo.

Como Dios dijo a nuestro santo: “José, hijo de David, no temas” (Mt 1,20), parece repetirnos también a nosotros: “¡No tengan miedo!”. Tenemos que dejar de lado nuestra ira y decepción, y hacer espacio —sin ninguna resignación mundana y con una fortaleza llena de esperanza— a lo que no hemos elegido, pero está allí. Acoger la vida de esta manera nos introduce en un significado oculto. La vida de cada uno de nosotros puede comenzar de nuevo milagrosamente, si encontramos la valentía para vivirla según lo que nos dice el Evangelio. Y no importa si ahora todo parece haber tomado un rumbo equivocado y si algunas cuestiones son irreversibles. Dios puede hacer que las flores broten entre las rocas. Aun cuando nuestra conciencia nos reprocha algo, Él “es más grande que nuestra conciencia y lo sabe todo” (1 Jn 3,20).

El realismo cristiano, que no rechaza nada de lo que existe, vuelve una vez más. La realidad, en su misteriosa irreductibilidad y complejidad, es portadora de un sentido de la existencia con sus luces y sombras. Esto hace que el apóstol Pablo afirme: “Sabemos que todo contribuye al bien de quienes aman a Dios” (Rm 8,28). Y san Agustín añade: “Aun lo que llamamos mal (etiam illud quod malum dicitur)”.[19] En esta perspectiva general, la fe da sentido a cada acontecimiento feliz o triste.

Entonces, lejos de nosotros el pensar que creer significa encontrar soluciones fáciles que consuelan. La fe que Cristo nos enseñó es, en cambio, la que vemos en san José, que no buscó atajos, sino que afrontó “con los ojos abiertos” lo que le acontecía, asumiendo la responsabilidad en primera persona.

La acogida de José nos invita a acoger a los demás, sin exclusiones, tal como son, con preferencia por los débiles, porque Dios elige lo que es débil (cf. 1 Co 1,27), es “padre de los huérfanos y defensor de las viudas” (Sal 68,6) y nos ordena amar al extranjero.[20] Deseo imaginar que Jesús tomó de las actitudes de José el ejemplo para la parábola del hijo pródigo y el padre misericordioso (cf. Lc 15,11-32).

  1. Padre de la valentía creativa

Si la primera etapa de toda verdadera curación interior es acoger la propia historia, es decir, hacer espacio dentro de nosotros mismos incluso para lo que no hemos elegido en nuestra vida, necesitamos añadir otra característica importante: la valentía creativa. Esta surge especialmente cuando encontramos dificultades. De hecho, cuando nos enfrentamos a un problema podemos detenernos y bajar los brazos, o podemos ingeniárnoslas de alguna manera. A veces las dificultades son precisamente las que sacan a relucir recursos en cada uno de nosotros que ni siquiera pensábamos tener.

Muchas veces, leyendo los “Evangelios de la infancia”, nos preguntamos por qué Dios no intervino directa y claramente. Pero Dios actúa a través de eventos y personas. José era el hombre por medio del cual Dios se ocupó de los comienzos de la historia de la redención. Él era el verdadero “milagro” con el que Dios salvó al Niño y a su madre. El cielo intervino confiando en la valentía creadora de este hombre, que cuando llegó a Belén y no encontró un lugar donde María pudiera dar a luz, se instaló en un establo y lo arregló hasta convertirlo en un lugar lo más acogedor posible para el Hijo de Dios que venía al mundo (cf. Lc 2,6-7). Ante el peligro inminente de Herodes, que quería matar al Niño, José fue alertado una vez más en un sueño para protegerlo, y en medio de la noche organizó la huida a Egipto (cf. Mt 2,13-14).

De una lectura superficial de estos relatos se tiene siempre la impresión de que el mundo esté a merced de los fuertes y de los poderosos, pero la “buena noticia” del Evangelio consiste en mostrar cómo, a pesar de la arrogancia y la violencia de los gobernantes terrenales, Dios siempre encuentra un camino para cumplir su plan de salvación. Incluso nuestra vida parece a veces que está en manos de fuerzas superiores, pero el Evangelio nos dice que Dios siempre logra salvar lo que es importante, con la condición de que tengamos la misma valentía creativa del carpintero de Nazaret, que sabía transformar un problema en una oportunidad, anteponiendo siempre la confianza en la Providencia.

Si a veces pareciera que Dios no nos ayuda, no significa que nos haya abandonado, sino que confía en nosotros, en lo que podemos planear, inventar, encontrar.

Es la misma valentía creativa que mostraron los amigos del paralítico que, para presentarlo a Jesús, lo bajaron del techo (cf. Lc 5,17-26). La dificultad no detuvo la audacia y la obstinación de esos amigos. Ellos estaban convencidos de que Jesús podía curar al enfermo y “como no pudieron introducirlo por causa de la multitud, subieron a lo alto de la casa y lo hicieron bajar en la camilla a través de las tejas, y lo colocaron en medio de la gente frente a Jesús. Jesús, al ver la fe de ellos, le dijo al paralítico: ‘¡Hombre, tus pecados quedan perdonados!’” (vv. 19-20). Jesús reconoció la fe creativa con la que esos hombres trataron de traerle a su amigo enfermo.

El Evangelio no da ninguna información sobre el tiempo en que María, José y el Niño permanecieron en Egipto. Sin embargo, lo que es cierto es que habrán tenido necesidad de comer, de encontrar una casa, un trabajo. No hace falta mucha imaginación para llenar el silencio del Evangelio a este respecto. La Sagrada Familia tuvo que afrontar problemas concretos como todas las demás familias, como muchos de nuestros hermanos y hermanas migrantes que incluso hoy arriesgan sus vidas forzados por las adversidades y el hambre. A este respecto, creo que san José sea realmente un santo patrono especial para todos aquellos que tienen que dejar su tierra a causa de la guerra, el odio, la persecución y la miseria.

Al final de cada relato en el que José es el protagonista, el Evangelio señala que él se levantó, tomó al Niño y a su madre e hizo lo que Dios le había mandado (cf. Mt 1,24; 2,14.21). De hecho, Jesús y María, su madre, son el tesoro más preciado de nuestra fe.[21]

En el plan de salvación no se puede separar al Hijo de la Madre, de aquella que “avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente su unión con su Hijo hasta la cruz”.[22]

Debemos preguntarnos siempre si estamos protegiendo con todas nuestras fuerzas a Jesús y María, que están misteriosamente confiados a nuestra responsabilidad, a nuestro cuidado, a nuestra custodia. El Hijo del Todopoderoso viene al mundo asumiendo una condición de gran debilidad. Necesita de José para ser defendido, protegido, cuidado, criado. Dios confía en este hombre, del mismo modo que lo hace María, que encuentra en José no sólo al que quiere salvar su vida, sino al que siempre velará por ella y por el Niño. En este sentido, san José no puede dejar de ser el Custodio de la Iglesia, porque la Iglesia es la extensión del Cuerpo de Cristo en la historia, y al mismo tiempo en la maternidad de la Iglesia se manifiesta la maternidad de María.[23] José, a la vez que continúa protegiendo a la Iglesia, sigue amparando al Niño y a su madre, y nosotros también, amando a la Iglesia, continuamos amando al Niño y a su madre.

Este Niño es el que dirá: “Les aseguro que siempre que ustedes lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25,40). Así, cada persona necesitada, cada pobre, cada persona que sufre, cada moribundo, cada extranjero, cada prisionero, cada enfermo son “el Niño” que José sigue custodiando. Por eso se invoca a san José como protector de los indigentes, los necesitados, los exiliados, los afligidos, los pobres, los moribundos. Y es por lo mismo que la Iglesia no puede dejar de amar a los más pequeños, porque Jesús ha puesto en ellos su preferencia, se identifica personalmente con ellos. De José debemos aprender el mismo cuidado y responsabilidad: amar al Niño y a su madre; amar los sacramentos y la caridad; amar a la Iglesia y a los pobres. En cada una de estas realidades está siempre el Niño y su madre.

  1. Padre trabajador

Un aspecto que caracteriza a san José y que se ha destacado desde la época de la primera Encíclica social, la Rerum novarum de León XIII, es su relación con el trabajo. San José era un carpintero que trabajaba honestamente para asegurar el sustento de su familia. De él, Jesús aprendió el valor, la dignidad y la alegría de lo que significa comer el pan que es fruto del propio trabajo.

En nuestra época actual, en la que el trabajo parece haber vuelto a representar una urgente cuestión social y el desempleo alcanza a veces niveles impresionantes, aun en aquellas naciones en las que durante décadas se ha experimentado un cierto bienestar, es necesario, con una conciencia renovada, comprender el significado del trabajo que da dignidad y del que nuestro santo es un patrono ejemplar.

El trabajo se convierte en participación en la obra misma de la salvación, en oportunidad para acelerar el advenimiento del Reino, para desarrollar las propias potencialidades y cualidades, poniéndolas al servicio de la sociedad y de la comunión. El trabajo se convierte en ocasión de realización no sólo para uno mismo, sino sobre todo para ese núcleo original de la sociedad que es la familia. Una familia que carece de trabajo está más expuesta a dificultades, tensiones, fracturas e incluso a la desesperada y desesperante tentación de la disolución. ¿Cómo podríamos hablar de dignidad humana sin comprometernos para que todos y cada uno tengan la posibilidad de un sustento digno?

La persona que trabaja, cualquiera que sea su tarea, colabora con Dios mismo, se convierte un poco en creador del mundo que nos rodea. La crisis de nuestro tiempo, que es una crisis económica, social, cultural y espiritual, puede representar para todos un llamado a redescubrir el significado, la importancia y la necesidad del trabajo para dar lugar a una nueva “normalidad” en la que nadie quede excluido. La obra de san José nos recuerda que el mismo Dios hecho hombre no desdeñó el trabajo. La pérdida de trabajo que afecta a tantos hermanos y hermanas, y que ha aumentado en los últimos tiempos debido a la pandemia de Covid-19, debe ser un llamado a revisar nuestras prioridades. Imploremos a san José obrero para que encontremos caminos que nos lleven a decir: ¡Ningún joven, ninguna persona, ninguna familia sin trabajo!

  1. Padre en la sombra

El escritor polaco Jan Dobraczyński, en su libro La sombra del Padre,[24] noveló la vida de san José. Con la imagen evocadora de la sombra define la figura de José, que para Jesús es la sombra del Padre celestial en la tierra: lo auxilia, lo protege, no se aparta jamás de su lado para seguir sus pasos. Pensemos en aquello que Moisés recuerda a Israel: “En el desierto, donde viste cómo el Señor, tu Dios, te cuidaba como un padre cuida a su hijo durante todo el camino” (Dt 1,31). Así José ejercitó la paternidad durante toda su vida.[25]

Nadie nace padre, sino que se hace. Y no se hace sólo por traer un hijo al mundo, sino por hacerse cargo de él responsablemente. Todas las veces que alguien asume la responsabilidad de la vida de otro, en cierto sentido ejercita la paternidad respecto a él.

En la sociedad de nuestro tiempo, los niños a menudo parecen no tener padre. También la Iglesia de hoy en día necesita padres. La amonestación dirigida por san Pablo a los Corintios es siempre oportuna: “Podrán tener diez mil instructores, pero padres no tienen muchos” (1 Co 4,15); y cada sacerdote u obispo debería poder decir como el Apóstol: “Fui yo quien los engendré para Cristo al anunciarles el Evangelio” (ibíd.). Y a los Gálatas les dice: “Hijos míos, por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en ustedes” (4,19).

Ser padre significa introducir al niño en la experiencia de la vida, en la realidad. No para retenerlo, no para encarcelarlo, no para poseerlo, sino para hacerlo capaz de elegir, de ser libre, de salir. Quizás por esta razón la tradición también le ha puesto a José, junto al apelativo de padre, el de “castísimo”. No es una indicación meramente afectiva, sino la síntesis de una actitud que expresa lo contrario a poseer. La castidad está en ser libres del afán de poseer en todos los ámbitos de la vida. Sólo cuando un amor es casto es un verdadero amor. El amor que quiere poseer, al final, siempre se vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz. Dios mismo amó al hombre con amor casto, dejándolo libre incluso para equivocarse y ponerse en contra suya. La lógica del amor es siempre una lógica de libertad, y José fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre. Nunca se puso en el centro. Supo cómo descentrarse, para poner a María y a Jesús en el centro de su vida.

La felicidad de José no está en la lógica del auto-sacrificio, sino en el don de sí mismo. Nunca se percibe en este hombre la frustración, sino sólo la confianza. Su silencio persistente no contempla quejas, sino gestos concretos de confianza. El mundo necesita padres, rechaza a los amos, es decir: rechaza a los que quieren usar la posesión del otro para llenar su propio vacío; rehúsa a los que confunden autoridad con autoritarismo, servicio con servilismo, confrontación con opresión, caridad con asistencialismo, fuerza con destrucción. Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio. También en el sacerdocio y la vida consagrada se requiere este tipo de madurez. Cuando una vocación, ya sea en la vida matrimonial, célibe o virginal, no alcanza la madurez de la entrega de sí misma deteniéndose sólo en la lógica del sacrificio, entonces en lugar de convertirse en signo de la belleza y la alegría del amor corre el riesgo de expresar infelicidad, tristeza y frustración.

La paternidad que rehúsa la tentación de vivir la vida de los hijos está siempre abierta a nuevos espacios. Cada niño lleva siempre consigo un misterio, algo inédito que sólo puede ser revelado con la ayuda de un padre que respete su libertad. Un padre que es consciente de que completa su acción educativa y de que vive plenamente su paternidad sólo cuando se ha hecho “inútil”, cuando ve que el hijo ha logrado ser autónomo y camina solo por los senderos de la vida, cuando se pone en la situación de José, que siempre supo que el Niño no era suyo, sino que simplemente había sido confiado a su cuidado. Después de todo, eso es lo que Jesús sugiere cuando dice: “No llamen ‘padre’ a ninguno de ustedes en la tierra, pues uno solo es su Padre, el del cielo” (Mt 23,9).

Siempre que nos encontremos en la condición de ejercer la paternidad, debemos recordar que nunca es un ejercicio de posesión, sino un “signo” que nos evoca una paternidad superior. En cierto sentido, todos nos encontramos en la condición de José: sombra del único Padre celestial, que “hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5,45); y sombra que sigue al Hijo.

***

“Levántate, toma contigo al niño y a su madre” (Mt 2,13), dijo Dios a san José.

El objetivo de esta Carta apostólica es que crezca el amor a este gran santo, para ser impulsados a implorar su intercesión e imitar sus virtudes, como también su resolución.

En efecto, la misión específica de los santos no es sólo la de conceder milagros y gracias, sino la de interceder por nosotros ante Dios, como hicieron Abrahán[26] y Moisés,[27] como hace Jesús, “único mediador” (1 Tm 2,5), que es nuestro “abogado” ante Dios Padre (1 Jn 2,1), “ya que vive eternamente para interceder por nosotros” (Hb 7,25; cf. Rm 8,34).

Los santos ayudan a todos los fieles “a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”.[28] Su vida es una prueba concreta de que es posible vivir el Evangelio.

Jesús dijo: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29), y ellos a su vez son ejemplos de vida a imitar. San Pablo exhortó explícitamente: “Vivan como imitadores míos” (1 Co 4,16).[29] San José lo dijo a través de su elocuente silencio.

Ante el ejemplo de tantos santos y santas, san Agustín se preguntó: “¿No podrás tú lo que éstos y éstas?”. Y así llegó a la conversión definitiva exclamando: “¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva!”.[30]

No queda más que implorar a san José la gracia de las gracias: nuestra conversión.

A él dirijamos nuestra oración:

Salve, custodio del Redentor

y esposo de la Virgen María.

A ti Dios confió a su Hijo,

en ti María depositó su confianza,

contigo Cristo se forjó como hombre.

Oh, bienaventurado José,

muéstrate padre también a nosotros

y guíanos en el camino de la vida.

Concédenos gracia, misericordia y valentía,

y defiéndenos de todo mal. Amén.

Roma, en San Juan de Letrán, 8 de diciembre, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, del año 2020, octavo de mi pontificado.

FRANCISCO

_____________________

[1] Lc 4,22; Jn 6,42; cf. Mt 13,55; Mc 6,3.

 

[2] S. Rituum Congreg., Quemadmodum Deus (8 diciembre 1870): ASS 6 (1870-71), 194.

 

[3] Cf. Discurso a las Asociaciones cristianas de Trabajadores italianos con motivo de la Solemnidad de san José obrero (1 mayo 1955): AAS 47 (1955), 406.

 

[4] Exhort. ap. Redemptoris custos (15 agosto 1989): AAS 82 (1990), 5-34.

 

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, 1014.

 

[6] Meditación en tiempos de pandemia (27 marzo 2020): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (3 abril 2020), p. 3.

 

[7] In Matth. Hom, V, 3: PG 57, 58.

 

[8] Homilía (19 marzo 1966): Insegnamenti di Paolo VI, IV (1966), 110.

 

[9] Cf. Libro de la vida, 6, 6-8.

 

[10] Todos los días, durante más de cuarenta años, después de Laudes, recito una oración a san José tomada de un libro de devociones francés del siglo XIX, de la Congregación de las Religiosas de Jesús y María, que expresa devoción, confianza y un cierto reto a san José: “Glorioso patriarca san José, cuyo poder sabe hacer posibles las cosas imposibles, ven en mi ayuda en estos momentos de angustia y dificultad. Toma bajo tu protección las situaciones tan graves y difíciles que te confío, para que tengan una buena solución. Mi amado Padre, toda mi confianza está puesta en ti. Que no se diga que te haya invocado en vano y, como puedes hacer todo con Jesús y María, muéstrame que tu bondad es tan grande como tu poder. Amén”.

 

[11] Cf. Dt 4,31; Sal 69,17; 78,38; 86,5; 111,4; 116,5; Jr 31,20.

 

[12] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 88, 288: AAS 105 (2013), 1057, 1136-1137.

 

[13] Cf. Gn 20,3; 28,12; 31,11.24; 40,8; 41,1-32; Nm 12,6; 1 Sam 3,3-10; Dn 2; 4; Jb 33,15.

 

[14] En estos casos estaba prevista la lapidación (cf. Dt 22,20-21).

 

[15] Cf. Lv 12,1-8; Ex 13,2.

 

[16] Cf. Mt 26,39; Mc 14,36; Lc 22,42.

 

[17] S. Juan Pablo II, Exhort. ap. Redemptoris custos (15 agosto 1989), 8: AAS 82 (1990), 14.

 

[18] Homilía en la Santa Misa con beatificaciones, Villavicencio – Colombia (8 septiembre 2017): AAS 109 (2017), 1061.

 

[19] Enchiridion de fide, spe et caritate, 3.11: PL 40, 236.

 

[20] Cf. Dt 10,19; Ex 22,20-22; Lc 10,29-37.

 

[21] Cf. S. Rituum Congreg., Quemadmodum Deus (8 diciembre 1870): ASS 6 (1870-71), 193; B. Pío IX, Carta ap. Inclytum Patriarcham (7 julio 1871): l.c., 324-327.

 

[22] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 58.

 

[23] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 963-970.

 

[24] Edición original: Cień Ojca, Varsovia 1977.

 

[25] Cf. S. Juan Pablo II, Exhort. ap. Redemptoris custos, 7-8: AAS 82 (1990), 12-16.

 

[26] Cf. Gn 18,23-32.

 

[27] Cf. Ex 17,8-13; 32,30-35.

 

[28] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 42.

 

[29] Cf. 1 Co 11,1; Flp 3,17; 1 Ts 1,6.

 

[30] Confesiones, 8, 11, 27: PL 32, 761; 10, 27, 38: PL 32, 795.

 

 

EL CAMINO DE LA MANSEDUMBRE

— Jesús, modelo de mansedumbre que hemos de imitar.

— La mansedumbre se apoya en una gran fortaleza de espíritu.

— Frutos de la mansedumbre. Su necesidad para la convivencia y el apostolado.

I. El texto del profeta Isaías en la Primera lectura de la Misa1, como el Salmo responsorial2, nos invitan a contemplar la grandeza de Dios, frente a esa debilidad nuestra que conocemos por la experiencia de repetidas caídas. Y nos dicen que el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia3, y quienes esperan en Él renuevan sus fuerzas, les nacen alas como de águila, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse4.

El Mesías trae a la humanidad un yugo y una carga, pero ese yugo es llevadero porque es liberador y la carga no es pesada, porque Él lleva la parte más dura. Nunca nos agobia el Señor con sus preceptos y mandatos; al contrario, ellos nos hacen más libres y nos facilitan siempre la existencia. Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré, nos dice Jesús en el Evangelio de la Misa. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera5. Se propone a Sí mismo el Señor como modelo de mansedumbre y de humildad, virtudes y actitudes del corazón que irán siempre juntas.

Se dirige Jesús a aquellas gentes que le siguen, maltratadas y abatidas como ovejas sin pastor6, y se gana su confianza con la mansedumbre de su corazón, siempre acogedor y comprensivo.

La liturgia de Adviento nos propone a Cristo manso y humilde para que vayamos a Él con sencillez, y también para que procuremos imitarle como preparación de la Navidad. Solo así podremos comprender los sucesos de Belén; solo así podremos hacer que quienes caminan junto a nosotros nos acompañen hasta el Niño Dios.

A un corazón manso y humilde, como el de Cristo, se abren las almas de par en par. Allí, en su Corazón amabilísimo, encontraban refugio y descanso las multitudes; y también ahora se sienten fuertemente atraídas por Él, y en Él hallan la paz. El Señor nos ha dicho que aprendamos de Él. La fecundidad de todo apostolado estará siempre muy relacionada con esta virtud de la mansedumbre.

Si observamos de cerca a Jesús, le vemos paciente con los defectos de sus discípulos, y no tendrá inconveniente en repetir una y otra vez las mismas enseñanzas, explicándolas detalladamente, para que sus íntimos, lentos y distraídos, conozcan la doctrina de la salvación. No se impacienta con sus tosquedades y faltas de correspondencia. Verdaderamente, Jesús, «que es Maestro y Señor nuestro, manso y humilde de corazón, atrajo e invitó pacientemente a sus discípulos»7.

Imitar a Jesús en su mansedumbre es la medicina para nuestros enfados, impaciencias y faltas de cordialidad y de comprensión. Ese espíritu sereno y acogedor nacerá y crecerá en nosotros en la medida en que tengamos más presencia de Dios y consideremos con más frecuencia la vida de Nuestro Señor. «Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación, que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: este lee la vida de Jesucristo»8. Especialmente la contemplación de Jesús nos ayudará a no ser altivos y a no impacientarnos ante las contrariedades.

No cometamos el error de pensar que ese «mal carácter» nuestro, manifestado en ocasiones y circunstancias bien determinadas, depende de la forma de ser de quienes nos rodean. «La paz de nuestro espíritu no depende del buen carácter y benevolencia de los demás. Ese carácter bueno y esa benignidad de nuestros prójimos no están sometidos en modo alguno a nuestro poder y a nuestro arbitrio. Esto sería absurdo. La tranquilidad de nuestro corazón depende de nosotros mismos. El evitar los efectos ridículos de la ira debe estar en nosotros, y no supeditarlo a la manera de ser de los demás. El poder de superar nuestro mal carácter no ha de depender de la perfección ajena, sino de nuestra virtud»9.

La mansedumbre se ha de poner especialmente de manifiesto en aquellas circunstancias en las que la convivencia puede resultar más dificultosa.

II. La mansedumbre no es propia de los blandos ni de los amorfos; está apoyada, por el contrario, sobre una gran fortaleza de espíritu. El mismo ejercicio de esta virtud implica continuos actos de fortaleza. Así como los pobres son los verdaderamente ricos según el Evangelio, los mansos son los verdaderos fuertes. «Bienaventurados los mansos porque ellos, en la guerra de este mundo, están amparados contra el demonio y contra los golpes de las persecuciones del mundo. Son como vasos de vidrio recubiertos de paja o heno, que no se quiebran al recibir los golpes. La mansedumbre es como un escudo muy fuerte contra el que se estrellan y rompen los golpes de las agudas saetas de la ira. Van vestidos con vestidura de algodón muy suave que los defiende sin molestar a nadie»10.

La materia propia de esta virtud es la pasión de la ira, en sus muchas manifestaciones, a la que modera y rectifica de tal forma que no se enciende sino cuando sea necesario y en la medida en que lo sea.

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Ante la majestad de Dios, que se ha hecho Niño en Belén, todo lo nuestro adquiere sus justas proporciones, y lo que podría convertirse en una gran contrariedad se queda en su exacta medida; la contemplación del nacimiento de Jesús nos sirve para avivar nuestra oración, extremar la caridad y no perder la paz. Junto a Él aprendemos a ser justos al valorar, en su presencia, los diversos incidentes de la vida ordinaria, a callar en otras ocasiones, a sonreír, a tratar bien a los demás, a esperar el momento oportuno para corregir una falta. También a salir en defensa de la verdad y de los intereses de Dios y de nuestros hermanos con toda la fuerza que sea necesaria. Porque a la mansedumbre, íntimamente relacionada con la humildad, no se opone una cólera santa ante la injusticia. No es mansedumbre lo que sirve de pabellón a la cobardía.

La ira es justa y santa cuando se guardan los derechos de los demás; de modo especial, la soberanía y la santidad de Dios. Vemos a Jesús santamente airado frente a los fariseos y los mercaderes del Templo11. Encuentra el Señor el Templo convertido en una cueva de ladrones, en un lugar falto de respeto, dedicado a otras cosas que nada tenían que ver con la adoración a Dios. El Señor se enfada terriblemente, y lo demuestra con sus palabras y sus hechos. Pocas escenas nos han dejado los Evangelistas con tanta fuerza como esta.

Y junto a la santa ira de Jesús con quienes prostituyen aquel santo lugar, su gran misericordia con los necesitados. Al mismo tiempo se acercaron a Él, en el Templo, varios ciegos y cojos, y los curó12.

III. La mansedumbre se opone a las estériles manifestaciones de violencia, que en el fondo son signos de debilidad (impaciencias, irritación, mal humor, odio, etcétera), a los desgastes inútiles de fuerzas por enfados que no tienen razón de ser, ni por su origen –muchas veces estriba este en pequeñeces, que podían haber pasado con una sonrisa o un silencio–, ni por sus resultados, porque nada arreglan.

De la falta de esta virtud provienen las explosiones de mal humor entre los esposos, que van corroyendo poco a poco el verdadero amor; se origina también la irascibilidad y sus funestas consecuencias en la educación de los hijos; la falta de paz en la oración, porque en vez de hablar con Dios se rumian agravios; en la conversación, la cólera debilita enseguida los argumentos más sólidos. El dominio de sí mismo –que forma parte de la verdadera mansedumbre– es el arma de los fuertes; nos contiene de hablar demasiado pronto, de decir palabras que hieren y que luego nos hubiera gustado no haber pronunciado nunca. La mansedumbre sabe esperar el momento oportuno y matiza los juicios, con lo que adquieren toda su fuerza.

La falta habitual de mansedumbre es fruto de la soberbia, y solo produce soledad y esterilidad a su alrededor. «Tu mal carácter, tus exabruptos, tus modales poco amables, tus actitudes carentes de afabilidad, tu rigidez (¡tan poco cristiana!), son la causa de que te encuentres solo, en la soledad del egoísta, del amargado, del eterno descontento, del resentido, y son también la causa de que a tu alrededor, en vez de amor, haya indiferencia, frialdad, resentimiento y desconfianza.

»Es necesario que con tu buen carácter, con tu comprensión y tu afabilidad, con la mansedumbre de Cristo amalgamada a tu vida, seas feliz y hagas felices a todos los que te rodean, a todos los que te encuentren en el camino de la vida»13.

Los mansos poseerán la tierra. Primero se poseerán a sí mismos, porque no serán esclavos de sus impaciencias y de su mal carácter; poseerán a Dios, porque su alma se halla siempre dispuesta para la oración, en un clima de continua presencia de Dios; poseerán a los que les rodean, porque un corazón así es el que gana amistad y cariño, imprescindibles en la convivencia diaria y en todo apostolado. A nuestro paso por el mundo hemos de dejar el buen aroma de Cristo14: nuestra sonrisa habitual, una calma serena, buen humor y alegría, caridad y comprensión.

Examinemos nuestra disposición al sacrificio necesario para hacer agradable la vida de los demás; si somos capaces de ceder el juicio propio, sin pretender tener siempre razón; si sabemos reprimir el genio y pasar por alto los roces de toda convivencia. Este tiempo de Adviento es buena ocasión para reforzar esta actitud del corazón. Lo conseguiremos si tratamos con más frecuencia a Jesús, a María y a José; si luchamos cada día por ser más comprensivos con quienes nos rodean; si procuramos sin descanso limar nuestras propias asperezas; si sabemos acudir al Sagrario para tratar con el Señor los asuntos que más nos preocupan.

1 Cfr. Is 40, 25-31. — 2 Sal 102, 1-2. 8. 10. — 3 Sal 102, 8. — 4 Is 40-31. — 5 Mt 11, 28-30. — 6 Mt 9, 36. — 7 Conc. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, 11. — 8 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 2. — 9 Casiano, Constituciones, 8. — 10 F. de Osuna, Tercer abecedario espiritual, III, 4. — 11 Cfr. Jn 2, 13-17. — 12 Mt 21, 14. — 13 S. Canals, Ascética Meditada, pp. 72-73.— 14 Cfr. 2 Cor 2, 15.

 

Meditaciones: miércoles de la 2ª semana de Adviento

Reflexión para meditar en el miércoles de la segunda semana de Adviento. Los temas propuestos son: cansancio y desánimo; mansedumbre y humildad de corazón; llevar el yugo del Señor es suave.

VIDA CRISTIANA09/12/2020

– Cansancio y desánimo

– Mansedumbre y humildad de corazón

– Llevar el yugo del Señor es suave


EL EVANGELIO de la Misa de hoy recoge una consoladora invitación de Jesús a sus discípulos: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). Jesús se hace cargo del cansancio de los suyos, agotados por el ajetreo de la primera misión apostólica. En la vida es normal que lleguen momentos de fatiga o desánimo, ocasionados por el desgaste natural de los días, por las contradicciones que pueden generarlos roces con los demás o por nuestros propios defectos. Lo que al comienzo hacíamos con ilusión, de repente se vuelve más cuesta arriba; o también empezamos a notar que nuestras capacidades se hacen más limitadas.

En esas circunstancias, es lógico que hagamos lo mismo que hacía Jesús cuando visitaba el hogar de sus amigos en Betania o cuando decía a sus discípulos: «Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco» (Mc 6,31). Evitar o remediar la tensión y el agobio que puede conllevar el ritmo de vida actual es una manera de servir a Dios y a las almas: dormir las horas apropiadas, hacer ejercicio u otros planes de descanso, dar periódicamente un paseo más largo para cambiar de aire y reponer las fuerzas, etc.

Además de lo anterior, es el Señor mismo quien desea ser nuestro reposo. Así nos lo indica claramente: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). «Jesús está en una actitud de invitación, de conocimiento y de compasión por nosotros; es más, de ofrecimiento, de promesa, de amistad, de bondad, de remedio a nuestros males, de confortador, y todavía más, de alimento, de pan, de fuente de energía y de vida»[1]. Dios nos recuerda que en la oración y en la adoración también podemos encontrar descanso para nuestra alma.


JESÚS continúa su predicación con un consejo que revela el secreto para descansar en medio de las dificultades de la vida: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29). Para no cargar sobre nuestros hombros pesos que no vienen de Dios, el Señor nos invita a identificarnos con Él en esos dos aspectos concretos: en su humildad y en su mansedumbre.

«Humildad no es una palabra cualquiera, una modestia cualquiera, sino una palabra cristológica. Imitar a Dios que se rebaja hasta mí, que es tan grande que se hace mi amigo, sufre por mí, muere por mí. Esta es la humildad que es preciso aprender, la humildad de Dios»[2]. Para acercarnos a ella, san Pablo daba un consejo práctico: actuar siempre «considerando cada uno a los demás como superiores» (Flp 2,13). Además de la humildad, Jesús también invita a que lo imitemos en su mansedumbre, que «implica de nuevo (…) configurarnos con Él, encontrar este espíritu de ser mansos, sin violencia, de convencer con el amor y con la bondad»[3]. Jesús había ya recomendado esta virtud en la segunda bienaventuranza: «Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra» (Mt 5,5). «Si vivimos tensos, engreídos ante los demás, terminamos cansados y agotados. Pero cuando miramos sus límites y defectos con ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que ellos, podemos darles una mano y evitamos desgastar energías en lamentos inútiles»[4].

Pidamos al Señor que nos dé la gracia, en este tiempo de Adviento, para imitarlo en su humildad y en su mansedumbre. Así podremos llenar de serenidad y sosiego el ambiente en el que nos movemos, nuestra casa y nuestro trabajo. Entonces seremos también descanso para los demás, como lo es Él para nosotros.


EL SEÑOR concluye sus enseñanzas con un consejo en apariencia paradójico: «Llevad mi yugo sobre vosotros» (Mt 11,29). Jesús está hablando sobre descanso, sobre encontrar alivio, y recomienda tomar un yugo. «¿En qué consiste este “yugo”, que en lugar de pesar aligera, y en lugar de aplastar alivia? –se pregunta Benedicto XVI–. El “yugo” de Cristo es la ley del amor, es su mandamiento, que ha dejado a sus discípulos (cf. Jn 13, 34; 15, 12). El verdadero remedio para las heridas de la humanidad –sea las materiales, como el hambre y las injusticias, sea las psicológicas y morales, causadas por un falso bienestar– es una regla de vida basada en el amor fraterno, que tiene su manantial en el amor de Dios. Por esto es necesario abandonar el camino de la arrogancia, de la violencia utilizada para ganar posiciones de poder cada vez mayor, para asegurarse el éxito a toda costa»[5].

Jesús nos propone un intercambio: dejar en sus manos lo que nos pesa y tomar nosotros su carga. El yugo de Cristo, su seguimiento desde el pesebre hasta la Cruz y la resurrección, no es un camino imposible ni penoso. «La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. –Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada»[6].

En el tiempo del Adviento contemplamos que Dios se fijó en la humildad de María al elegirla para que fuera su Madre. Ella es el mejor ejemplo de imitación de Dios en su humildad y mansedumbre: «María glorifica el poder del Señor, que derribó del solio a los poderosos y ensalzó a los humildes. Y canta que en Ella se ha realizado una vez más esta providencia divina: “porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava, por tanto ya desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones”. María se muestra santamente transformada, en su corazón purísimo, ante la humildad de Dios»[7].


[1] San Pablo VI, Homilía, 12-VI-1977

[2] Benedicto XVI, Discurso, 4-III-2011.

[3] Benedicto XVI, Discurso, 4-III-2011.

[4] Francisco, Ex. ap. Gaudete et exsultate, n. 72.

[5]Benedicto XVI, Ángelus, 3-VII-2011.

[6] San Josemaría, Camino, n. 758.

[7] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 96.

“La oración, como el latir del corazón”

Si de veras deseas ser alma penitente –penitente y alegre–, debes defender, por encima de todo, tus tiempos diarios de oración –de oración íntima, generosa, prolongada–, y has de procurar que esos tiempos no sean a salto de mata, sino a hora fija, siempre que te resulte posible. No cedas en estos detalles. Sé esclavo de este culto cotidiano a Dios, y te aseguro que te sentirás constantemente alegre. (Surco, 994)

¿Cómo va tu vida de oración? ¿No sientes a veces, durante el día, deseos de charlar más despacio con El? ¿No le dices: luego te lo contaré, luego conversaré de esto contigo?

En los ratos dedicados expresamente a ese coloquio con el Señor, el corazón se explaya, la voluntad se fortalece, la inteligencia ‑ayudada por la gracia‑ penetra, de realidades sobrenaturales, las realidades humanas. Como fruto, saldrán siempre propósitos claros, prácticos, de mejorar tu conducta, de tratar finamente con caridad a todos los hombres, de emplearte a fondo ‑con el afán de los buenos deportistas‑ en esta lucha cristiana de amor y de paz.

La oración se hace continua, como el latir del corazón, como el pulso. Sin esa presencia de Dios no hay vida contemplativa; y sin vida contemplativa de poco vale trabajar por Cristo, porque en vano se esfuerzan los que construyen, si Dios no sostiene la casa.

Para santificarse, el cristiano corriente ‑que no es un religioso, que no se aparta del mundo, porque el mundo es el lugar de su encuentro con Cristo‑ no necesita hábito externo, ni signos distintivos. Sus signos son internos: la presencia de Dios constante y el espíritu de mortificación. En realidad, una sola cosa, porque la mortificación no es más que la oración de los sentidos. (Es Cristo que pasa, nn. 8-9)

Audio de Mons. Ocáriz: “Preparar en Adviento el regalo de la nueva Navidad”

Meditación del prelado del Opus Dei sobre el Adviento. En este audio, considera los efectos del ‘Fiat’ -el “así sea”- de la Virgen y de cómo ella se preparó para acoger a su Hijo.

HOMILÍAS07/12/2020

 


“Preparad los caminos del Señor, enderezad sus sendas” (Mc 1,3). La liturgia del Adviento nos propone estas palabras de Isaías –proféticas– respecto a Juan Bautista, como vemos también en el evangelio. El Adviento es una espera y una preparación, no una espera pasiva, sino una preparación para la llegada del Señor.

Celebraremos en la Navidad, precisamente, la Encarnación, el Nacimiento del Hijo de Dios hecho un niño, para nosotros. Ya nos tenemos que ir preparando para contemplar este misterio extraordinario que es una manifestación –sobre todo– del amor de Dios por nosotros, de la entrega del Señor por nosotros. Quien es omnipotente, quien es el Creador, el Infinito, se quiere hacer un niño pequeño para nosotros y por nosotros.

Tenemos que ir preparándonos, precisamente, para recibir -con la novedad que la Navidad nos propone de nuevo cada año- este don de Dios con un enorme agradecimiento. También sabemos bien que la liturgia del Adviento hace referencia a esa segunda venida del Señor al final de los tiempos que, de alguna manera, se adelanta para cada persona con su propia muerte, con el final del paso por la tierra. Algo que no nos tiene que dar miedo, sino que nos tiene que hacer sentir también nuestra propia vida como una preparación, como un adviento: que va a venir el Señor a recogernos. Toda nuestra existencia es, de algún modo, un tiempo de espera hasta ese día en el que Jesús vendrá para llevarnos junto a sí.

Un tiempo de espera activa. Nuestro caminar hacia Belén tiene que ser un buscar a Jesús en todas las dimensiones de nuestra vida ordinaria. Pero para eso hay que “enderezar sus sendas”. ¿Qué significa “enderezar sus sendas”? Significa, para nosotros, quitar obstáculos a la venida del Señor a nosotros, a nuestras almas, a nuestra vida.

¿Y qué obstáculos encontramos? Muchos. Cada uno podemos ver: ¿qué hay en mi vida que sea, de alguna manera, un obstáculo para que el Señor venga más? Por decirlo de otro modo, ¿qué obstaculiza el abrir mi alma, mi día, mi vida corriente para que entre más el Señor plenamente con su fuerza, con su gracia, con su bien, con su alegría? Dicho de otro modo, todo se puede resumir en un obstáculo grande que es nuestro propio yo, la propia soberbia con la que tendremos que luchar siempre, sin desalentarnos, cuando la veamos surgir.

Es, en el fondo, la conversión. Una conversión que es, sí, fruto de nuestro esfuerzo, pero sobre todo, de la gracia de Dios. Una gracia de Dios que nos tiene que dar luz para ver en qué tenemos que mejorar, en qué tenemos que abrir más el camino a la venida del Señor a nuestra vida. Y, a la vez, la fuerza que el Señor nos da con su gracia, para que podamos realizarlo, para que podamos corresponder.

Por eso, ver nuestras limitaciones, nuestros límites, no nos tiene que desalentar. Nos tiene que dar, de alguna manera, alegría, no porque sean límites, sino porque son una luz que nos permite mejorar, que nos permite abrirnos más al don de Dios. Y, sobre todo, ver esta gracia de Dios, esta luz de Dios como fruto, como consecuencia, de algo tan grande como es el amor omnipotente de Dios por cada uno de nosotros, que se nos manifiesta ahora en esa venida –que esperamos, a la que nos preparamos activamente– de Dios hecho un niño por nosotros y para nosotros.

Meditar en la venida del Señor a nosotros nos lleva también lógicamente a pensar en la Eucaristía, porque es donde encontramos toda la fuerza –cada día, si queremos cada día– para abrir el alma a esa venida que es ya una realidad plena en la comunión, que como dice un Padre la Iglesia –concretamente san León Magno, en un texto que también la liturgia recoge alguna vez– “la participación del cuerpo y de la sangre de Cristo no hace otra cosa sino convertirnos en lo que recibimos”[1]. Nos va identificando con Jesucristo, porque este “abrir los caminos”, este “enderezad las sendas”, este “prepararnos para la venida del Señor”, es prepararnos para identificarnos con Él. Y eso lo hacemos fundamentalmente en la Eucaristía –¡lo hace Él en la Eucaristía! –para que esa identificación sea real, para que nuestro pensamiento esté de acuerdo con el pensamiento del Señor, para que nuestras reacciones ante las personas o ante las circunstancias, sean las reacciones que tiene el Señor.

Que nos identifiquemos con Jesucristo, también durante el Adviento, pensando en la sencillez del Niño, en la disponibilidad del Niño, en el dejarse manejar del Niño ¿por quién? Pues nada menos que por la Virgen santísima.

Y así entramos, en otro aspecto que yo querría que fuese objeto de nuestra oración, para pedirle a la Virgen –se lo pedimos ahora– que también, con ocasión de la gran solemnidad de la Inmaculada Concepción, ella nos acompañe. En realidad, que nosotros la acompañemos en el camino hacia Belén para encontrar más intensamente a Jesucristo –una vez más considerado, contemplado– como expresión de su amor infinito hecho un niño por nosotros.

Ella, María, concebida sin mancha alguna, llena de gracia. Este “llena de gracia” se lo dice como nombre el Arcángel en la Anunciación: “Dios te salve, llena de gracia” (Lc 1,26). Después le dirá también “María” cuando le diga “no tengas miedo, María” (Lc 1,30), pero el saludo es como si fuera su nombre propio: “Llena de gracia”. ¿“Llena de gracia” qué es? Su significado original es: completamente transformada por la gracia. Así la contemplamos, sabiendo además que es Madre nuestra, Madre de Dios desde el momento de la Encarnación y Madre nuestra.

[Esta escena] le hacía exclamar a san Josemaría –con una admiración que queremos hacer nuestra–: “Más que tú solo Dios”. Mirando a la Virgen, diremos: “Más que tú solo Dios”. Ella recibe una vocación sorprendente. Pregunta para saber bien de qué se trata. Y cuando el Ángel se lo explica, está la respuesta de plena dedicación: Fiat! “Hágase”. “Hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1,38).

El primer Adviento es ya la espera del nacimiento del Señor desde que está en su seno virginal. En esta contestación de la Virgen vemos –como decía el Papa Francisco en una homilía– que la plenitud de gracia transforma el corazón, y lo hace capaz de realizar ese acto tan grande, el Fiat! de la Virgen, que cambiará la historia de la humanidad (Francisco, 8-XII-2015). Esa palabra: “hágase”.

También nosotros tenemos que responder así al Señor: “Hágase”. Porque todos tenemos una vocación muy precisa. San Pablo, en un texto –que seguramente habremos, muchos o todos, meditado, alguna vez o con frecuencia– de la epístola a los Efesios, dice que el Señor Dios “nos eligió antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos y sin mancha en su presencia por el amor” (Ef 1,4).

Es interesante ese texto en latín, porque cuando dice “sin mancha”, aunque significa lo mismo, dice: “inmaculados”. Nosotros “inmaculados”, realmente, no somos inmaculados, sino que nos llama a que lleguemos a ser inmaculados. ¿Y cómo? Por el amor, dice. Por el amor... Por eso, esa llamada universal a la santidad que san Josemaría predicó desde siempre –y que el Concilio Vaticano II recogió con solemnidad– no es una santidad de no tener defectos, de ser super perfectos o para estar en un museo... Es más bien la santidad que consiste en el amor, en la plenitud del amor. Porque podremos con la gracia de Dios amar a Dios cada vez más, a pesar de nuestras limitaciones, aunque sigamos teniendo defectos y limitaciones: amar a Dios y amar a los demás.

Benedicto XVI, en la encíclica “Deus Caritas est”, se preguntaba: ¿es posible amar a Dios a quien no vemos? Ciertamente, podría haber hecho una exposición filosófica y teológica para responder a esta pregunta, pero se limitó a la respuesta sintética fundamental. ¿Es posible amar a Dios a quien no vemos? En realidad, “Dios se ha hecho visible en Jesucristo”. Ahí tenemos que volcarnos: en contemplar al Señor, a Jesucristo, en el Evangelio, en nuestra misma oración personal. Porque también así podremos tener la fuerza de querer más a los demás, también de imitar a la Virgen santísima.

Es impresionante cómo, inmediatamente después de la Anunciación, inmediatamente después de haberse hecho –con ese fíat!– Madre de Dios, lo primero que, podremos decir así, se le ocurre a la Virgen es pensar en su prima. Porque el ángel le había dicho que su prima estaba esperando un niño, pero no le había dicho que fuese a verla. Aquello era un signo de la omnipotencia de Dios, porque era una prima ya anciana. Y la Virgen enseguida se da cuenta de que su prima necesitaría ayuda y se pone en camino. Y se pone en camino no para dar un saludo, para estar unas horas o unos días. ¡Está meses, meses…!

Vamos a pedirle a la Virgen que ella nos obtenga del Señor una gracia que nos mueva, primero, a descubrir las necesidades de los demás y, después, a tener la decisión, el deseo y la eficacia para servir, para ayudar, para sentir las necesidades de los demás como nuestras.

Y vemos a la Virgen Inmaculada, fruto de esa plenitud de gracia, cómo también sabe descubrir las necesidades en Caná. Están invitados el Señor, sus discípulos y la Virgen a aquellas bodas. La Virgen es la única que se da cuenta de que está faltando el vino. Podemos decir: es una cosa tan material… pero era importante para los novios, para que no quedasen mal. La Virgen descubre hasta esas pequeñas cosas y es por amor, por su plenitud de gracia.

Madre, nosotros no tenemos una plenitud de gracia, pero queremos con tu ayuda parecernos a ti para así parecernos más a Jesucristo. Prepararnos para recibir en este Adviento el regalo de la nueva Navidad, haciendo que nuestra vida sea un regalo para los demás, y especialmente para los que más lo necesiten. Hay tantas personas que viven solas, tantos enfermos, gente aislada, tantas personas que por la pandemia están sufriendo serias dificultades económicas, en sus familias.

Acudimos, para terminar, a la mediación materna de María, para que ella nos guíe con José también en nuestro camino hacia ese Belén constante de nuestro encuentro personal con Jesucristo.


[1]S. León Magno, Sermón 12 sobre la pasión del Señor, 3, 7: PL 54, 357

Catequesis en una recóndita ciudad de Venezuela

Hace más de 35 años Evelyn conoció la Obra en Maracaibo. Junto a su marido marcharon a una ciudad fronteriza de Venezuela para trabajar como médicos. Allí descubrieron la gran necesidad de catequistas, tanto de primera Comunión como para preparar a los novios para el matrimonio.

EN PRIMERA PERSONA09/12/2020

Apure es un estado de los llanos venezolanos dedicado a la agricultura y ganadería. Sin embargo, muchos factores hacen que sea uno de los más pobres, inseguros y desatendidos del país. Se encuentra en la frontera con Colombia y a más de 400 kilómetros de Caracas.

Neudo, mi esposo, y yo somos médicos. En octubre de 1989, vinimos a hacer el internado rural a la población de Guasimal, una comunidad del estado llanero. El pueblo tiene una plaza enmarcada por la medicatura rural, un colegio y una construcción techada que sirve como capilla. Apenas cuenta con una carretera pavimentada.

Tres años sin primeras comuniones por falta de catequistas

Aunque nos emocionó pensar que tendríamos el Santísimo cerca y escucharíamos misa con frecuencia, la realidad era que el sacerdote asistía apenas tres días al año para las fiestas de la Virgen del Carmen, cuando impartía los sacramentos. Nos dijeron que hacía más de tres años que no había primeras comuniones por falta de catequistas.

Nos entregaron las llaves de la capilla por si queríamos rezar, pero lo primero que hicimos fue limpiarla. Una imagen de la Virgen y las campanas facilitaban la convocatoria. Al terminar las jornadas de trabajo en el ambulatorio, nos íbamos a rezar el rosario. Primero nos acompañaron las dos enfermeras, y a los tres días ya asistían siete señoras de la comunidad.

Nuestra primera misa en San Fernando, la capital de Apure, fue un poco accidentada porque nos quedaba lejos y el transporte público era deficiente. Llegamos tarde a la catedral, y nos sugirieron ir a otra iglesia. Caminamos 20 minutos y allí estaba un sacerdote de unos 60 años de edad. Se trataba del obispo de la diócesis, quien nos confesó y nos dio el encargo de llevar la hoja dominical a quienes acudieran al rosario en Guasimal. Nos ofrecimos para preparar a los niños de la escuela para la primera Comunión.

Preparamos a 27 niños. Dos maestras nos ayudaban con el rosario de las tardes y nos acompañaban a la misa los domingos. Antes de la primera Comunión, nos trasladaron a otra población y no pudimos asistir a la ceremonia, pero logramos el objetivo.

Estuvimos en varias poblaciones del estado y se notaba la ausencia de formación por la falta de sacerdotes y la penetración de otras creencias. Fuimos a Caracas un breve tiempo para la especialización en Dermatología de mi esposo. Pero en enero de 1991, regresamos a San Fernando de Apure, ya con nuestro primer hijo en camino.

Mi historia con don Álvaro del Portillo

Seguiré contando nuestro intenso apostolado, pero este inciso es necesario. Una supernumeraria joven, con poco más de dos años de formación, médico, en tierra de misión y sin centro de la Obra cercano podría parecer una historia poco prometedora. Por aquel entonces la comunicación no era tan rápida como es ahora y menos en este estado fronterizo. No podía acudir a los medios de formación y atesoraba el “acopio” que hice durante mi corta estadía en Caracas y Maracaibo. Entonces decidí escribirle todos los meses cartas a don Álvaro, entonces prelado del Opus Dei, contándole cómo estaba. Las escribía y las guardaba.

Tenía una vecina amiga, de la Legión de María, y luego supe que su comadre ayudaba a la residencia Resolana a buscar jóvenes en el llano que estuvieran interesadas en las becas que ofrecía en Caracas el colegio Los Samanes, obra corporativa. Una noche mi vecina me toca la puerta y me dice: “Mire, la está buscando una gente suya de Caracas”. Mi sorpresa fue que eran una numeraria y una agregada que estaban haciendo la promoción de las becas, pero no sabían que había una supernumeraria viviendo en Apure. Coincidimos luego en la Misa y les entregué las cartas que eran para don Álvaro. Ellas se quedaron conmovidas, pues se iban al día siguiente. Me regalaron la estampa del recién beatificado Josemaría Escrivá.

Don Álvaro tuvo la gentileza de enviarme unas líneas de vuelta a mis múltiples cartas recordándome que en la Obra nunca estamos solos y alentándome a la fidelidad. Continué escribiéndole siempre muchas cartas, pero especialmente por cada hijo que venía. Cuando nació mi hijo Álvaro, recibí una cuartilla de su parte para que supiera que encomendaba en misa a “todos los Álvaros hijos de sus hijas”.

Cursos de formación para matrimonios

El espíritu de servicio para atender almas y cuerpos nos llevaba a emprender y Dios se aprovechaba de ello. Un día coincidimos con un sacerdote dominico que nos invitó a colaborar con los esposos Irimar y Juan Gómez en los cursos prematrimoniales. Al comienzo dábamos la charla de los métodos naturales de planificación familiar y luego de moral cristiana. En 1992, se realizaban de tres a cinco cursos al año y en 1994 se formaliza la Pastoral Familiar.

El vicario de la diócesis nos contactó para encargarnos la dirección de cursos prematrimoniales. Así se incrementaron estos encuentros mensuales con promedio de 15 a 20 parejas en cada uno.

Varios de esos matrimonios se integraban luego a nuestro equipo de formadores. El abogado, que colaboraba en aspectos legales del matrimonio, al casarse sumó a su esposa para dictar talleres de economía del hogar. Pero además hicimos familia: de sus tres hijos, dos son nuestros ahijados de confirmación.

Otro matrimonio –ella, abogado, y él, electricista– también se incorporaron al equipo. De sus tres hijos, uno es nuestro ahijado de bautismo. Otra pareja de abogados que hizo el curso con nosotros en 2001 también nos pidió apadrinar a su hijo. Y así varios matrimonios jóvenes se han sumado. Algunos se han ido del país, pero formamos una gran familia en pro de la formación matrimonial.

Y su marido volvió...

Paralelamente, cerca de mi casa hice un grupo con señoras para estudiar la doctrina católica, el cual mantuvimos cerca de cinco años. Una de ellas perdió a su única hija en un accidente de tránsito y se alejó de Dios, su marido se abandonó al alcohol y se habían alejado. Una noche estuvo en mi casa y me increpaba sobre la fe, la esperanza y el abandono en Dios. Estaba muy negada a aceptar la voluntad de Dios y fue toda una noche de preguntas y respuestas. Un diálogo interesante en el que yo también estaba a prueba. Después de eso yo la llamaba, le escribía hasta que volvió a la formación.

En las clases les explicaba que la oración movía montañas y si era persistente, hacía cambiar lo que parecía imposible. Ella empezó a rezar y su esposo no solo volvió, sino que hasta ayudaba al sacerdote en la misa. Hoy día es una gran amiga y aunque no está en Venezuela, ella y las otras señoras conformamos un grupo por WhatsApp, en el que seguimos estudiando doctrina e incorporando gente. La pandemia nos ha impedido reunirnos, pero por esta vía seguimos en contacto con las que ya no viven aquí.

*****

En nuestros 31 años en Apure ha habido muchos frutos: hemos visto crecer a nuestros ocho hijos (uno de ellos ya en el cielo), hemos dado salud con nuestro trabajo profesional y hemos formado matrimonios en esta tierra de misión. Esto nos sigue fortaleciendo en la esperanza, en la lucha cotidiana y en el deseo de acercar almas a Dios.

Navidad: ¿Dónde está Dios? De Belén a nuestros días, pasando por Auschwitz

José Antonio García-Prieto

Belén Monumental de Alcalá de Henares.

Estamos a las puertas de Navidad: “En el mundo cristiano, festividad anual en la que se conmemora el nacimiento de Jesucristo”. Con esta sencillez, lo dice el Diccionario de la Lengua. Los creyentes glosamos: Jesucristo, nacido en Belén creemos que es Dios y, en consecuencia, la única Persona que, siendo hombre también, merece adoración.   

La pregunta que da título a este artículo: “Navidad: ¿Dónde está Dios?” no pretende ser retórica, ni propia de un increyente o de un agnóstico - también podrían hacerla- sino, por paradójico que resulte, fue la pregunta de los primeros creyentes. Así lo refiere el evangelista Mateo: Unos Magos llegaron de Oriente a Jerusalén, preguntando: ¿Dónde está el rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle. Nadie adora a un recién nacido ni al hombre más encumbrado de la tierra, porque sólo al Señor tu Dios adorarás, como rebatirá Jesús al Maligno. De ahí, que la pregunta de los sabios de Oriente fuera esa: sabemos que Dios ha nacido, pero ¿dónde está?, porque hemos perdido la señal por la que se nos ha manifestado y hemos creído: la luz de su estrella.                                                                    

Han pasado 21 siglos desde que aquella pregunta resonara en Jerusalén, tras la primera Navidad. Y hoy, a pocos días de su conmemoración, en medio de tantas desazones a causa de la pandemia, parece como si quisiera escaparse también del corazón del creyente: pero Señor, ¿dónde estás? ¿Es posible que, en medio de tanto dolor y penurias mundiales, tú hayas venido a la tierra y sigas en medio de nosotros?  Si los Magos perdieron la luz que los guiaba, nosotros corremos el peligro de perder la razón de ser de la Navidad, ante hechos tan extremos y contrapuestos como estamos viviendo, y tan difíciles de conciliar y de encontrarles un sentido.

Pero ya la primera Navidad conoció también esos extremos: la alegría de los Magos al creer en Dios y adorarlo en un pesebre y, en contraposición, el desgarro interior de tantas madres ante la muerte de sus hijos, fruto de la soberbia y el poder de un tirano llamado Herodes, que quiso matar a Dios en los niños. Y obligado a huir a Egipto en brazos de su madre, Dios se hizo emigrante con los emigrantes de hoy y de todos los tiempos. Los gritos oídos en Belén y su comarca por la matanza de los inocentes, se antojan un anticipo de los oídos a lo largo de la historia, ante tantos sufrimientos de la Humanidad. Por eso, frente al aparente sinsentido del dolor y de la muerte, puede surgir hoy la misma interpelación: ¿Dónde está Dios? ¿Puedo yo festejar su nacimiento cuando reina tanta desazón por doquier? ¿Sigue Dios con nosotros? La pregunta permanece en el aire, como lo prueba lo sucedido el siglo pasado en Auschwitz que, por su sinrazón, a más de uno podría  recordarle la locura de  la matanza de Herodes.

Lo cuenta Élie Wiesel, judío nacido en Rumanía, que sobrevivió a los campos de exterminio en Auschwitz y Buchenwald. Galardonado con el Premio Nobel de la Paz, en 1986, refiere en su libro “La Noche” el ahorcamiento, en el campo de concentración, de tres hombres, uno de ellos apenas un chaval jovencísimo. Dejemos hablar a Elie Wiesel:

"Los SS parecían más preocupados, más inquietos que de costumbre. Colgar a un chaval delante de miles de espectadores no era un asunto sin importancia. (...) Los tres cuellos fueron introducidos al mismo tiempo en los nudos corredizos”

Los dos hombres murieron pronto, pero el joven vivió algo más “luchando entre la vida y la muerte, agonizando bajo nuestra mirada. Y tuvimos que mirarle a la cara. Cuando pasé frente a él seguía todavía vivo. (…). Escuché al mismo hombre detrás de mí: -¿Dónde está Dios? Y en mi interior escuché una voz que respondía: "¿Dónde está? Pues aquí, aquí colgado, en esta horca...", concluye Weizel en este pasaje de “La Noche”. Podemos añadir nosotros: Mucho antes también, Dios estuvo colgado en la Cruz intercediendo por aquel muchacho y por todos, para ofrecernos su salvación. Se hizo emigrante con los emigrantes y  fue ajusticiado siendo inocente.        

Volvemos al hoy de la pandemia. Que el sufrimiento y las obligadas restricciones por motivos sanitarios, no impidan la alegría de Navidad. Dios se ha hecho hombre para compartir también todas nuestras penas, como el poeta francés Paul Claudel -vuelto a la fe precisamente en la Noche de Navidad de 1886-, expone bellamente con estas palabras: ““Dios no ha venido a suprimir el sufrimiento. Ni siquiera ha venido a explicarlo. Ha venido a llenarlo con su presencia. Quedan muchas cosas oscuras; pero hay una cosa, al menos, que no podemos decirle a Dios: ‘Tú no sabes lo que es sufrir’”. Así, Dios, al haberlo hecho suyo, ilumina su sentido, que es la mejor explicación: la de los hechos, sin necesidad de palabras. La fe arroja luces de consuelo y esperanza si aceptamos que el Salvador ha llenado y redimido con su presencia todo sufrimiento humano.

Asediados como seguimos por el Covid-19, hablamos de tantas cosas de cara a la Navidad -número de personas consentido en reuniones familiares, los aforos y desplazamientos permitidos, los horarios limitados...- y podemos dejar en sordina al gran Protagonista: al Dios nacido en Belén. Si allí no encontró morada en el mesón, hoy corre el peligro de no encontrarla en el lugar central que le corresponde. No permitamos que tantas dificultades provocadas por la pandemia, nos impidan recibir al Señor de Belén. Porque entonces, al dolor ya presente -y no es poco- se sumaría otro mayor: el del vacío de nuestro corazón. Un místico alemán del siglo XVI, Ángel Silesius, decía: "Aunque Cristo nazca mil o diez mil veces en Belén, de nada te valdrá si no nace por lo menos una vez en tu corazón". Y casi con idénticas palabras, también el Papa Francisco, en la fiesta de Reyes de 2017: “No sirve de nada saber que Jesús ha nacido, si no ha nacido en nuestro corazón…¿Nació en tu corazón?”. También Dios “nace” y está en todo corazón que quiera acogerlo. No está prohibido quitarse las mascarillas del corazón: impaciencias, egoísmos, prepotencias… Ojalá nos animemos a hacerlo, para dejarle entrar en nuestras vidas y respirar más libremente la suya divina.

Quiera Dios que el crisol de tantos reveses desde marzo pasado y, aún en estos días de Navidad, lejos de atenuar nuestra fe la purifique y haga que sepamos difundirla a nuestro alrededor. Y al lucir de nuevo la estrella como sucedió con los Magos de Oriente recobremos, si la hubiésemos perdido, la alegría. Así lo deseo para todos porque para todos sin excepción nació Dios en Belén: ¡Felices fiestas de Navidad!      

Familia amable y numerosa

Ángel Cabrero Ugarte

 

Familia.

El libro “El señor Marbury”, de Antonio Paredes, no sé si se podría llamar novela, porque no tiene trama de tal, y tampoco vamos a tildarlo de biografía, aunque a eso huele más. Nos quedaremos con narrativa, pero se puede decir, antes que nada, que es un libro único. Sí, porque hoy en día no se ven muchas familias numerosas por la vida, y ninguna en novelas o en películas. Es como si fuera algo malo o rechazable. Por eso me ha gustado más, porque es un libro distinto, que no sorprende excesivamente a quienes conocemos familia numerosas.

Hoy hablar de familia numerosa es decir, casi siempre, familia católica. Y en la familia Marbury lo normal es ir a misa los domingos y rezar por la noche, etc. De estas cosas se habla con total naturalidad y, por el contrario, que difícil es encontrar una novela o una película en las que, como natural, aparezca un ambiente cristiano, concretamente católico.

Claro, las cosas que ocurren en una familia así son divertidas, amables, con un nivel importante de comprensión, pero sobre todo son divertidas, porque de los defectos surge una carcajada, de los excesos, una mirada amorosa. De la pereza un aspaviento de “y yo más”, porque pereza hay en las familias, y hay que erradicarla con paciencia, con dotes de educación que no se improvisan.

El libro está lleno de anecdotillas divertidas que surgen de la ingenuidad de una niña de 5 años. Las preguntas despreocupadas que una niña de 8 años le hace a su madre, para el espectador ajeno son de partirse de risa, porque la ingenuidad de la infancia es algo maravilloso. No es que haga falta comprensión, ni necesita corrección, simplemente uno se ríe. Y así es este libro y por eso no podemos desechar la probabilidad de que el noventa por ciento sea biográfico. Aunque tenga algún retoquillo literario.

Es ingenuidad, naturalidad y frescura que solo se puede dar en una familia de cinco mujeres, mamá y cuatro niñas, y un hombre, que en ningún momento pretende hacerse el jefe o el educador. Más bien observa.

Me parece que es el tipo de libro que muestra un ejemplo bello, con los defectos lógicos de unos y otros, pero con la armonía de la caridad que lo funda todo. Una historia así es tan anormal en la literatura moderna que, aunque no sea más que por original, hay que leerla. No busquemos una perfección habitual en la literatura, aunque el autor escribe muy bien, no es el caso de que vayamos a encontrar una historia con un final sorprendente. No. Es una historia normalita, con la normalidad que hay en un hogar con cuatro niñas en edad infantil.

Me he divertido. Además, es claramente atrayente e imitable. La actitud de apertura a la vida y de capacidad de sacrificio es atrayente. Aunque el autor ha situado la historia en una ciudad inglesa, huele totalmente a ciudad española. Como mucho podríamos pensar en Italia, pero con los datos del autor y los gustos del personal, sabemos que es España y, por otra parte, en pocos lugares te Europa te vas a encontrar una familia numerosa del estilo, por desgracia.

Lo recomiendo totalmente, especialmente a novios o recién casados. A veces hace falta un baño de buen humor y sensatez, con un toquecillo trascendente, para entender muchas cosas y animarse a ser heroico. Porque los héroes de hoy son los padres capaces de más de dos hijos.

Conciencia y verdad

“Cuando lo moral es una realidad interior y el hombre se eleva interiormente por encima de sí mismo, la moralidad y la libertad dejan de ser antagónicas para convertirse en realidades que se basan la una en la otra y se requieren recíprocamente”

      En el actual debate sobre la naturaleza propia de la moralidad y sobre las modalidades de su conocimiento, la cuestión de la conciencia se ha convertido en el punto crucial de la discusión, sobre todo en el ámbito de la teología moral católica. El debate gira en torno a los conceptos de libertad y de norma, de autonomía y de heteronomía, de autodeterminación y de determinación desde el exterior mediante la autoridad. En él a la conciencia se la presenta como el baluarte de la libertad frente a las limitaciones de la existencia impuestas por la autoridad. En dicho contexto están contrapuestas de este modo dos concepciones del catolicismo: por una parte, la comprensión renovada de su esencia, que explica la fe cristiana partiendo de la libertad y como principio de la libertad, y por otra, un modelo superado, “preconciliar”, que somete la existencia cristiana a la autoridad, la cual mediante normas regula la vida hasta en sus aspectos más íntimos y trata de esta manera de mantener un poder de control sobre los hombres. Así pues “moral de la conciencia” y “moral de la autoridad” parecen contraponerse entre sí como dos modelos incompatibles; la libertad de los cristianos se pondría a salvo apelándose al principio clásico de la tradición moral, según el cual la conciencia es la norma suprema que siempre se debe seguir, incluso frente a la autoridad. Y si la autoridad en este caso: el Magisterio eclesiástico quiere tratar de la moral, desde luego que puede hacerlo, pero solamente proponiendo elementos para que la conciencia se forme un juicio autónomo, si bien aquélla ha de tener siempre la última palabra. Algunos autores conectan este carácter de última instancia, propio de la conciencia, a la fórmula según la cual la conciencia es infalible.

      Llegados aquí se puede presentar una contradicción. Ni que decir tiene que siempre se ha de seguir un dictamen claro de la conciencia, o que por lo menos, nunca se puede ir contra él. Pero otra cuestión es, si el juicio de conciencia, o lo que se toma como tal, tiene también siempre razón, es decir, si es infalible. Si así fuera, querría decir que no existe ninguna verdad, por lo menos en materia de moral y religión, es decir en el ámbito de los fundamentos de nuestra existencia. Desde el momento que los juicios de conciencia se contradicen, se tendría sólo una verdad del sujeto, que se reduciría a su sinceridad. No habría ni puerta ni ventana que pudiera llevarnos del sujeto al mundo circunstante y a la comunión de los hombres.

      Aquel que tenga el valor de llevar esta concepción hasta sus últimas consecuencias llegará a la conclusión de que no existe ninguna verdadera libertad y que lo que suponemos que son dictámenes de la conciencia, no son en realidad más que reflejos de las condiciones sociales. Esto tendría que llevar al convencimiento de que la contraposición entre libertad y autoridad deja algo de lado; que tiene que haber algo aún más profundo, si se quiere que libertad y, por consiguiente, humanidad tengan un sentido. La conciencia errónea

Una conversación sobre la conciencia errónea y algunas primeras conclusiones

      De esta manera se ha hecho evidente que la cuestión de la conciencia nos lleva al centro del problema moral, de la misma manera que la cuestión de la existencia humana. Ahora quisiera tratar de exponer la referida cuestión, no como reflexión rigurosamente conceptual, sino más bien de forma narrativa, como hoy se dice, contando antes que nada la historia de mi acercamiento personal a este problema. La primera vez que fui consciente de la cuestión, en toda su urgencia, fue al principio de mi actividad académica. Una vez, un colega más anciano, muy interesado en la situación del ser cristiano en nuestro tiempo, opinaba en una discusión que había que dar gracias a Dios por haber concedido a tantos hombres la posibilidad de ser no creyentes en buena conciencia. Si se les hubiera abierto los ojos y se hubieran hecho creyentes, no habrían sido capaces, en un mundo como el nuestro, de llevar el peso de la fe y sus deberes morales. Sin embargo, y puesto que recorren un camino diferente en buena conciencia, pueden igualmente alcanzar la salvación. Lo que me asombró de esta afirmación no fue tanto la idea de una conciencia errónea concedida por Dios mismo para poder salvar con esta estratagema a los hombres, la idea, por así decir, de una ceguera mandada por Dios mismo para la salvación de estas personas. Lo que me turbó fue la concepción de que la fe es un peso difícil de sobrellevar y que sólo pueden soportarlo naturalezas particularmente fuertes: casi una forma de castigo, y siempre un conjunto oneroso de exigencias difíciles de afrontar. Según esta concepción, la fe, en lugar de hacer más accesible la salvación, la dificulta. Así pues, tendría que ser feliz precisamente aquel a quien no se le carga con el peso de tener que creer y de tener que someterse al yugo moral, que conlleva la fe de la Iglesia Católica. La conciencia errónea, que permite vivir una vida más fácil e indica un camino más humano sería por lo tanto la verdadera gracia, el camino normal hacia la salvación. La no verdad, el quedarse lejos de la verdad, sería para el hombre mejor que la verdad. No sería la verdad lo que le liberaría, sino más bien tendría que liberarse de ella. Dentro de su propia casa el hombre estaría más en las tinieblas que en la luz; la fe no sería un don del buen Dios, sino más bien una maldición. Así las cosas, ¿cómo puede la fe provocar gozo? Más aún, ¿quién podría tener el valor de transmitir la fe a los demás? ¿No será mejor ahorrarles este peso o incluso mantenerlos lejos de él? En los últimos decenios, concepciones de este tipo han paralizado visiblemente el impulso de la evangelización: quien entiende la fe como una carga pesada, como una imposición de exigencias morales, no puede invitar a los otros a creer; más bien prefiere dejarles en la presunta libertad de su buena fe.

      Quien hablaba de esta manera era un sincero creyente, mejor dicho: un católico riguroso, que cumplía con su deber con convicción y escrupulosidad. Sin embargo, expresaba de esta manera una modalidad de experiencia de fe, que puede sólo inquietar y cuya difusión podría ser fatal para la fe. La aversión, que llega a ser traumática en muchos, contra lo que consideran un tipo de catolicismo “preconciliar” deriva, en mi opinión, del encuentro con una fe de este tipo, que hoy casi no es más que un peso. Aquí sí que surgen cuestiones de la máxima importancia: ¿Puede verdaderamente una fe semejante ser un encuentro con la verdad? La verdad sobre el hombre y sobre Dios, ¿es de veras tan triste y tan pesada, o en cambio la verdad no consiste, precisamente, en la superación de un legalismo similar?

      ¿Es que no consiste en la libertad? ¿Pero adónde conduce la libertad? ¿Qué camino nos indica? En la conclusión tendremos que volver a estos problemas fundamentales de la existencia cristiana hoy; pero antes es menester volver al núcleo central de nuestro tema, a la conciencia. Como ya he dicho, lo que me asustó del argumento antes mencionado fue sobre todo la caricatura de la fe, que yo creí entrever. Sin embargo, reflexionando desde otro ángulo, me pareció que era falso incluso el concepto de conciencia del que se partía. La conciencia errónea protege al hombre de las onerosas exigencias de la verdad y así la salva...: esta era la argumentación. Aquí la conciencia no se presenta como la ventana desde la que el hombre abarca con su vista la verdad universal, que nos funda y sostiene a todos y que una vez reconocida por todos hace posible la solidaridad del querer y la responsabilidad. En esta concepción la conciencia no es la apertura del hombre hacia el fundamento de su ser, la posibilidad de percibir lo más elevado y esencial. Más bien parece ser el cascarón de la subjetividad, en el que el hombre se puede esconder huyendo de la realidad. Está aquí presupuesto, precisamente, el concepto de conciencia del liberalismo. La conciencia no abre las puertas al camino liberador de la verdad, la cual o no existe en absoluto o es demasiado exigente para nosotros. La conciencia es la instancia que nos exime de la verdad. Se transforma en la justificación de la subjetividad, que ya no se deja poner en discusión, y así como en la justificación del conformismo social, que como mínimo común denominador entre las diferentes subjetividades, tiene como tarea el hacer posible la vida en la sociedad. Desaparece el deber de buscar la verdad, como también las dudas sobre las tendencias generales predominantes en la sociedad y todo lo que en ella se ha vuelto costumbre. Es suficiente estar convencido de las propias opiniones, así como adaptarse a las de los demás. El hombre queda reducido a sus convicciones superficiales que, cuanto menos profundas sean tanto mejor para él.

      Lo que en un principio me había parecido sólo marginalmente claro, en esta discusión, se me mostró en toda su evidencia algo después, durante una disputa entre colegas, a propósito del poder de justificación de la conciencia errónea. Alguien objetó a esta tesis que, si esto tuviera un valor universal, entonces hasta los miembros de las SS nazis estarían justificados y tendríamos que buscarlos en el paraíso. Estos, efectivamente, llevaron a cabo sus atrocidades con fanática convicción y también con una absoluta certeza de conciencia. A lo que otro respondió con la máxima naturalidad, que realmente era así: no hay ninguna duda de que Hitler y sus cómplices, que estaban profundamente convencidos de su causa, no hubieran podido obrar de otra manera y que por lo tanto, por mucho que sus acciones hayan sido objetivamente espantosas, a nivel subjetivo, se comportaron moralmente bien. Desde el momento que ellos siguieron su conciencia, por deformada que estuviera, se tendría que reconocer que su comportamiento era para ellos moral y por lo tanto no se pondría en tela de juicio su salvación eterna. Después de esta conversación tuve la absoluta certeza de que había algo que no cuadraba en esta teoría sobre el poder justificativo de la conciencia subjetiva, con otras palabras: tuve la seguridad de que un concepto de conciencia que llevaba a conclusiones semejantes tenía que ser falso. Una firme convicción subjetiva y la consiguiente falta de dudas y escrúpulos no justifican absolutamente al hombre. Unos treinta años después, encontré sintetizadas en las lúcidas palabras del sicólogo Albert Gorres las intuiciones, que desde hacía mucho tiempo también yo trataba de articular a nivel conceptual. Su elaboración pretende constituir el núcleo de esta aportación. Gorres nos dice que el sentimiento de culpa, la capacidad de reconocer la culpa pertenece a la esencia misma de la estructura sicológica del hombre. El sentimiento de culpa, que rompe con una falsa serenidad de conciencia y que se puede definir como una protesta de la conciencia contra mi existencia satisfecha de sí misma, es tan necesario para el hombre como el dolor físico, como síntoma, que permite reconocer las disfunciones del organismo. Quien ya no es capaz de percibir la culpa está espiritualmente enfermo, es “un cadáver viviente, una máscara de teatro” como dice Gorres. “Son los monstruos, que entre otros brutos, no tienen ningún sentimiento de culpa. Quizá Hitler, Himmler o Stalin carecían totalmente de él. Quizá los padrinos de la mafia no tengan ninguno, o quizá los tengan bien escondidos en el desván. También los sentimientos de culpa abortados... Todos los hombres tienen necesidad de sentimientos de culpa”.

      Por lo demás una simple hojeada a la Sagrada Escritura habría podido prevenir de semejantes diagnósticos y de semejante teoría de la justificación mediante la conciencia errónea. En el salmo 19,13 encontramos esta afirmación, que merece siempre ponderación: “¿Quién será capaz de conocer los deslices? Límpiame de los que se me ocultan”. Aquí no se trata de objetivismo veterotestamentario, sino de la más profunda sabiduría humana: dejar de ver las culpas, el enmudecimiento de la voz de la conciencia en tan numerosos ámbitos de la vida es una enfermedad espiritual mucho más peligrosa que la culpa, que uno todavía está en condiciones de reconocer como tal. Quien no es capaz de reconocer que matar es pecado, ha caído más bajo de quien todavía puede reconocer la maldad de su comportamiento, ya que se ha alejado mucho más de la verdad y de la conversión. No por nada en el encuentro con Jesús, quien se autojustifica aparece como el que verdaderamente está perdido. Si el publicano, con todos sus innegables pecados, es más justificable ante Dios que el fariseo con todas sus obras verdaderamente buenas (Lc, 18, 9-14), esto sucede no porque los pecados del publicano dejen de ser verdaderamente pecados y las buenas obras del fariseo, buenas obras. Esto no significa de ningún modo que el bien que hace el hombre no sea bien ante Dios y que el mal no sea mal ante El y ni siquiera que esto no sea en el fondo tan importante. La verdadera razón de este juicio paradójico de Dios se entiende precisamente a partir de nuestra cuestión: el fariseo ya no sabe que también él tiene culpas. Está completamente en paz con su conciencia. Pero este silencio de la conciencia lo hace impenetrable para Dios y para los hombres. En cambio el grito de la conciencia, que no da tregua al publicano, hace que sea capaz de verdad y de amor. Por esto Jesús puede obrar con éxito en los pecadores, porque estos no se han vuelto impermeables, escudándose en una conciencia errónea, a ese cambio que Dios espera de ellos, así como de cada uno de nosotros. El en cambio no puede tener éxito con los “justos”, precisamente porque a ellos les parece que no tienen necesidad de perdón, ni de conversión; efectivamente su conciencia ya no les acusa, si no que más bien los justifica.

      Algo análogo podemos encontrar también en San Pablo, el cual nos dice que los gentiles conocen muy bien, incluso sin ley, lo que Dios espera de ellos (Rom 2,1-16). Toda la teoría de la salvación mediante la ignorancia se viene abajo en este versículo: en el hombre está inevitablemente presente la verdad, una verdad del Creador, la cual fue puesta luego por escrito en la revelación de la historia de la salvación. El hombre puede ver la verdad de Dios, por ser él un ser creado. No verla es pecado. Deja de ser vista sólo cuando no se quiere ver. Este rechazo de la voluntad, que impide el conocimiento, es culpable. Por eso, si la lucecita no se enciende, ello es debido a una negación deliberada de todo lo que no deseamos ver.

      Llegados a este punto de nuestras reflexiones es posible sacar las primeras consecuencias para responder a las cuestiones sobre la naturaleza de la conciencia. Ahora podemos ya decir: no se puede identificar la conciencia del hombre con la autoconciencia del yo, con la certidumbre subjetiva de sí mismo y del propio comportamiento moral. Este conocimiento, puede ser por una parte un mero reflejo de las opiniones difundidas en el ambiente social. Por otra parte puede derivar de una falta de autocrítica, de una incapacidad de escuchar las profundidades del espíritu. Todo lo que ha salido a la luz después del hundimiento del sistema marxista en la Europa Oriental, confirma este diagnóstico. Las personalidades más atentas y nobles de los pueblos por fin liberados hablan de una enorme devastación espiritual, que ha tenido lugar en los años de la deformación intelectual. Notan una torpeza del sentimiento moral, que representa una pérdida y un peligro mucho más grave que los daños económicos ocurridos. El nuevo patriarca de Moscú lo denunció de manera impresionante al principio de su ministerio, en el verano de 1990: La capacidad de percepción de los hombres, que han vivido en un sistema basado en la mentira, se había obscurecido, según él. La sociedad había perdido la capacidad de misericordia y los sentimientos humanos se habían desvanecido. Toda una generación estaba perdida para el bien, para acciones dignas del hombre. “Tenemos el deber de encarrilar la sociedad a los valores morales eternos”, es decir: el deber de desarrollar nuevamente en el corazón de los hombres el sentido auditivo, casi atrofiado para escuchar las sugerencias de Dios. El error, la “conciencia errónea”, sólo a primera vista es cómoda. Si no se reacciona, el enmudecimiento de la conciencia lleva a la deshumanización del mundo y a un peligro mortal.

      Dicho con otras palabras: la identificación de la conciencia con el conocimiento superficial, la reducción del hombre a su subjetividad no libera en absoluto, sino que esclaviza; nos hace totalmente dependientes de las opiniones dominantes a las que incluso va rebajando de nivel día tras día. Quien hace coincidir la conciencia con las convicciones superficiales, la identifica con una seguridad seudorracional entreverada de autojustificaciones, conformismo y pereza. La conciencia se degrada a mecanismo de desculpabilización, mientras que lo que representa verdaderamente es la transparencia del sujeto para lo divino y por lo tanto también la dignidad y la grandeza específicas del hombre. La reducción de la conciencia a la certidumbre subjetiva significa al mismo tiempo la renuncia a la verdad. Cuando el salmo, anticipando la visión de Jesús sobre el pecado y la justicia, ruega por la liberación de las culpas no conscientes, está llamando la atención sobre esta conexión. Desde luego se debe seguir la conciencia errónea. Sin embargo aquella renuncia a la verdad, ocurrida precedentemente y que ahora se toma la revancha, es la verdadera culpa, una culpa que en un primer momento mece al hombre en una falsa seguridad para después abandonarlo en un desierto sin senderos.

Newman y Sócrates: guías para la conciencia

      Me gustaría ahora hacer una breve digresión. Antes de intentar formular respuestas coherentes a las cuestiones sobre la naturaleza de la conciencia, es preciso que ampliemos un poco las bases de la reflexión, más allá de la dimensión personal de la que hemos partido. A decir verdad, no tengo intención de desarrollar aquí un docto tratado sobre la historia de las teorías de la conciencia, argumento sobre él que recientemente se han publicado diferentes estudios. En cambio preferiría seguir tratando la materia de modo ejemplificador y por decir así, narrativo. Para empezar detengámonos por un momento en el Cardenal Newman, cuya vida y obra podrían muy bien definirse como un único y gran comentario al problema de la conciencia. Pero ni siquiera aquí podremos estudiar a Newman de manera particularizada. En este marco no podemos detenernos en las particularidades del concepto newmaniano de conciencia. Quisiera sólo indicar el lugar que la idea de conciencia tiene en el conjunto de la vida y del pensamiento de Newman. Las perspectivas así adquiridas ahondarán en los problemas actuales y abrirán conexiones con la historia, es decir, conducirán a los grandes testigos de la conciencia y a los orígenes de la doctrina cristiana sobre la vida según la conciencia. ¿Quién no recuerda, a propósito del tema “Newman y la conciencia” la famosa frase de la Carta al Duque de Norfolk: “Si yo tuviera que llevar la religión a un brindis después de una comida lo que no es muy oportuno hacer desde luego brindaría por el Papa. Pero antes por la conciencia y después por el Papa...”. Según la intención de Newman esto tenía que ser en contraposición con las afirmaciones de Gladstone un claro reconocimiento del papado, pero también contra las deformaciones ultramontanas una interpretación del papado, el cual es entendido correctamente sólo cuando es considerado conjuntamente a la primacía de la conciencia, por lo tanto no contrapuesto a ella, sino más bien garantizado y fundado sobre ella. Comprender esto es difícil para el hombre moderno, que piensa a partir de la contraposición entre autoridad y subjetividad. Para él la conciencia está de parte de la subjetividad y es expresión de la libertad del sujeto, mientras que la autoridad parece limitar, amenazar o hasta negar dicha libertad. Así, pues, tenemos que profundizar más para aprender a comprender de nuevo una concepción, en la que este tipo de contraposición ya no es válido.

      Para Newman el término medio que asegura la conexión entre los dos elementos de conciencia y de la autoridad es la verdad. No dudo en afirmar que la idea de verdad es la idea central de la concepción intelectual de Newman; la conciencia ocupa un lugar central en su pensamiento precisamente porque en el centro está la verdad. Con otras palabras: la centralidad del concepto de conciencia va unida en Newman con la precedente centralidad del concepto de verdad y se puede comprender sólo partiendo de ésta. La presencia preponderante de la idea de conciencia en Newman no significa que, en el siglo XIX y en contraposición con el objetivismo de la neoescolástica, él haya sostenido una filosofía o teología de la subjetividad. Desde luego es verdad que en Newman el sujeto encuentra una atención que no había recibido, en el ámbito de la teología católica, quizá desde los tiempos de San Agustín.

      Pero se trata de una atención en la línea de San Agustín, y no en la de la filosofía subjetivista de la modernidad. Al ser elevado a cardenal, Newman confesó que toda su vida había sido una batalla contra el liberalismo.

      Podríamos añadir: también contra el subjetivismo en el cristianismo, tal y como él lo encontró en el movimiento evangélico de su época y que, a decir verdad, constituyo para él la primera etapa de aquel camino de conversión que duró toda su vida. La conciencia no significa para Newman que el sujeto es el criterio decisivo frente a las pretensiones de la autoridad, en un mundo en que la verdad está ausente y que se sostiene mediante el compromiso entre exigencias del sujeto y exigencias del orden social. Más bien la conciencia significa la presencia perceptible e imperiosa de la voz de la verdad dentro del sujeto mismo; la conciencia es la superación de la mera subjetividad en el encuentro entre la interioridad del hombre y la verdad procedente de Dios. Es significativo el verso que Newman compuso en Sicilia en 1833: “Me gusta elegir y entender mi camino. Ahora en cambio rezo: ¡Señor, guíame tú!”. La conversión al catolicismo no fue para Newman una elección determinada por el gusto personal, por necesidades espirituales subjetivas. Así se expresaba en 1844, cuando estaba todavía, por así decir, en el umbral de la conversión: “Nadie puede tener una opinión más desfavorable que la mía sobre el estado actual de los católicos-romanos”. Lo que para Newman, en cambio, era importante era el tener que obedecer más a la verdad reconocida que a su propio gusto, incluso el enfrentamiento con sus propios sentimientos, con los vínculos de amistad y de una formación común. Me parece significativo que Newman, en la jerarquía de las virtudes subraye la primacía de la verdad sobre la bondad o, para expresarnos más claramente: que ponga de relieve la primacía de la verdad sobre el consenso, sobre la capacidad de acomodo de grupo. Por lo tanto diría que cuando hablamos de un hombre de conciencia, nos referimos a alguien dotado de las citadas disposiciones interiores. Es aquel que, si el precio es la renuncia a la verdad, nunca comprará el consenso, el bienestar, el éxito, la consideración social, la aprobación de la opinión dominante. En esto Newman se relaciona con el otro gran testigo inglés de la conciencia: Tomás Moro, para el que la conciencia no fue de ninguna manera la expresión de una testarudez subjetiva o de terco heroísmo. El mismo se colocó entre aquellos mártires angustiados que solamente después de indecisiones y muchas preguntas se obligaron a sí mismos a obedecer a la conciencia: a obedecer a esa verdad, que tiene que estar en mayor altura de cualquier instancia social y de cualquier forma de gusto personal. Se nos presentan pues dos criterios para discernir la presencia de una auténtica voz de la conciencia: ésta no coincide con los propios deseos y los propios gustos; no se identifica con lo que socialmente es más ventajoso, con el consenso de grupo o con las exigencias del poder político o social.

      Aquí nos es de utilidad echar un vistazo a la problemática actual. El individuo no puede pagar su progreso, su bienestar con una traición a la verdad conocida. Ni siquiera la humanidad entera puede hacerlo. Tocamos aquí el punto verdaderamente crítico de la modernidad: la idea de verdad ha sido eliminada en la práctica y sustituida por la de progreso. El progreso mismo “es” la verdad. Sin embargo, en esta aparente exaltación se queda sin dirección y se desvanece. Efectivamente, si no hay ninguna dirección todo podría ser lo mismo: progreso como regreso. La teoría de la relatividad formulada por Einstein, concierne como tal al mundo físico. Pero a mí me parece que puede describir oportunamente también la situación del mundo espiritual de nuestro tiempo. La teoría de la relatividad afirma que dentro del universo no hay ningún sistema fijo de referencia. Cuando ponemos un sistema como punto de referencia y partiendo de él tratamos de medir el todo, en realidad se trata de una decisión nuestra, motivada por el hecho de que sólo así podemos llegar a algún resultado. Sin embargo la decisión habría podido ser diferente de lo que fue. Lo que se ha dicho, a propósito del mundo físico, refleja también la segunda revolución copernicana en nuestra actitud fundamental hacia la realidad: la verdad como tal, lo absoluto, el verdadero punto de referencia del pensamiento ya no es visible. Por eso, tampoco desde el punto de vista espiritual, hay ya un arriba y un abajo. En un mundo sin puntos fijos de referencia dejan de existir las direcciones. Lo que miramos como orientación no se basa en un criterio verdadero en sí mismo, sino en una decisión nuestra, últimamente en consideraciones de utilidad. En un contexto “relativista” semejante, una ética teleológica o consecuencialista se vuelve al final nihilista, aunque no lo perciba. Y todo lo que en esta concepción de la realidad es llamado “conciencia”, si lo estudiáramos a fondo vemos que no es más que un modo eufemístico para decir que no hay ninguna conciencia, en sentido propio, es decir, ningún “consaber” con la verdad. Cada uno determina por sí mismo sus propios criterios y en la universal relatividad, nadie puede ni siquiera ayudar a otro en este campo, y menos aún prescribirle nada.

      Está clara pues, la extrema radicalidad de la actual disputa sobre la ética y su centro, la conciencia. Me parece que un paralelo adecuado en la historia del pensamiento se puede encontrar en la disputa entre Sócrates-Platón y los Sofistas. En ella se pone a prueba la decisión crucial entre dos actitudes fundamentales: por una parte, la confianza de que el hombre tiene la posibilidad de conocer la verdad, y por otra parte una visión del mundo en la que el hombre crea por sí mismo los criterios para su vida. El hecho de que Sócrates, un pagano, haya podido llegar a ser, en un cierto sentido, el profeta de Jesucristo, encuentra, a mi modo de ver, su justificación en esta cuestión fundamental. Ello supone que se ha concedido al modo de filosofar inspirado en él, un privilegio histórico salvífico, llamémoslo así, y que se le ha hecho molde adecuado para el Logos cristiano, por tratarse de una liberación a través de la verdad y por la verdad. Si prescindimos de las contingencias históricas, en las que se desarrolló la controversia de Sócrates, se advierte en seguida lo mucho que en el fondo aunque con argumentos diferentes y otra terminología afecta a la misma cuestión ante la que nos encontramos nosotros hoy. La renuncia a admitir la posibilidad de que el hombre conozca la verdad lleva en primer lugar a un uso puramente formalista de las palabras y los conceptos. A su vez la pérdida de los contenidos lleva a un mero formalismo de los juicios, ayer como hoy. En muchos ambientes uno no se pregunta, hoy, qué piensa un hombre. Se tiene ya preparado un juicio sobre su pensamiento, en la medida en que se le puede catalogar con unas de las correspondientes etiquetas formales: conservador, reaccionario, fundamentalista, progresista, revolucionario. La catalogación en un esquema formal hace que sea superflua la confrontación con los contenidos. Se puede ver lo mismo, y de manera todavía más clara, en el arte: lo que una obra de arte expresa es totalmente indiferente; puede exaltar a Dios o al Diablo; el único criterio es su realización técnico-formal. Hemos llegado así al punto verdaderamente candente de la cuestión: cuando los contenidos ya no cuentan, cuando lo que predomina es una mera praxología, la técnica se convierte en el criterio supremo. Pero esto significa que el poder, ya sea revolucionario o reaccionario, se convierte en la categoría que domina todo. Esta es precisamente la forma perversa de la semejanza con Dios, de la que habla la narración del pecado original: el camino de una mera capacidad técnica, el camino del puro poder es contrafacción de un ídolo y no realización de la semejanza con Dios. Lo específico del hombre, en cuanto hombre, consiste en su interrogarse no sobre el “poder” sino sobre el “deber”, en abrirse a la voz de la verdad y de sus exigencias. En mi opinión este fue el contenido último de la investigación socrática y éste es también el sentido más profundo del testimonio de todos los mártires: atestiguan la capacidad de verdad del hombre como límite de todo poder y garantía de su semejanza divina. Es precisamente en este sentido en que los mártires son los grandes testigos de la conciencia de la capacidad concedida al hombre de percibir, además del poder, también el deber, y por eso de abrir el camino al verdadero progreso, al verdadero ascenso.

Dos niveles de la conciencia

    a) Anamnesis

      Después de todas estas correrías a través de la historia del pensamiento, ha llegado el momento de sacar conclusiones, es decir, de formular un concepto de conciencia. La tradición medieval había individuado, justamente, dos niveles del concepto de conciencia, que se tienen que distinguir cuidadosamente, pero que también tienen que estar siempre en relación. Muchas tesis inaceptables sobre el problema de la conciencia, me parece que dependen del hecho que se ha desatendido, o la distinción o la correlación entre los dos elementos. La corriente principal de la escolástica ha llamado a los dos niveles de la conciencia con los conceptos de sindéresis y de conciencia. El término sindéresis llegó a la tradición medieval sobre la conciencia desde la doctrina estoica del microcosmos. Pero no quedó claro su significado exacto y así llegó a ser un obstáculo para un esmerado desarrollo de la reflexión sobre este aspecto esencial de la cuestión global acerca de la conciencia. Quisiera por eso, sin entrar en el debate sobre la historia del pensamiento, sustituir este término problemático por el concepto platónico, mucho más claramente definido, de anamnesis, el cual no sólo tiene la ventaja de ser lingüísticamente más claro, más profundo y más puro, sino que también y sobre todo de concordar con temas esenciales del pensamiento bíblico y con la antropología desarrollada a partir de la Biblia. Con el término anamnesis se debe entender aquí, lo que, precisamente, San Pablo, en el segundo capítulo de la carta a los Romanos, expresó con estas palabras: “Cuando los paganos, que no tienen Ley, hacen espontáneamente lo que ella manda, aunque la Ley les falte, son ellos su propia Ley; y muestran que llevan escrito dentro el contenido de la Ley cuando la conciencia aporta su testimonio...” (2,14s.). La misma idea se encuentra desarrollada de modo impresionante en la gran regla monástica de San Basilio. Podemos leer allí: “El amor de Dios no depende de una disciplina impuesta desde fuera, sino que está constitutivamente inscrito en nosotros como capacidad y necesidad de nuestra naturaleza racional”. San Basilio, acuñando una expresión que después será importante en la mística medieval, habla de la “chispa del amor divino que ha sido escondida en lo más íntimo de nuestro ser”. En el espíritu de teología de San Juan, sabe que el amor consiste en cumplir los mandamientos y que, por lo tanto, la chispa del amor, infusa por el Creador en nosotros, significa esto: “Hemos recibido interiormente una originaria capacidad y prontitud para cumplir todos los mandamientos divinos... Estos no son algo que se nos impone desde fuera”. Es la misma idea, que a este propósito, también afirma San Agustín, llevándola a su núcleo esencial: “En nuestros juicios no sería posible decir que una cosa es mejor que otra si no tuviéramos imprimido dentro de nosotros un conocimiento fundamental del bien”. Esto significa, que el primer nivel ontológico, llamémoslo así, del fenómeno de la conciencia consiste en el hecho que ha sido infundido en nosotros algo semejante a una originaria memoria del bien y de lo verdadero (las dos realidades coinciden); que hay una tendencia íntima del ser del hombre, hecho a imagen de Dios, hacia todo lo que es conforme a Dios. Desde su raíz el ser del hombre advierte una armonía con algunas cosas y se encuentra en contradicción con otras. Esta anamnesis del origen, que deriva del hecho que nuestro ser está constituido a semejanza de Dios, no es un saber ya articulado conceptualmente, un cofre de contenidos que están esperando sólo que los saquen. Es, por decir así, un sentimiento interior, una capacidad de reconocimiento, de modo que quien es interpelado, sino está interiormente replegado en sí mismo, es capaz de reconocer dentro de sí su eco. Él se da cuenta: “Esto es a lo que propende mi naturaleza y lo que ella busca”. Sobre esta anamnesis del Creador, que se identifica con el fundamento mismo de nuestra existencia, se basa la posibilidad y el derecho de la misión. El Evangelio puede, es más, tiene que ser predicado a los gentiles, porque ellos mismos, en su interior, lo esperan (cfr. Is 42,4). En efecto, la misión se justifica si los destinatarios, en el encuentro con la palabra del Evangelio, reconocen: “He aquí, esto es precisamente lo que yo esperaba”. En este sentido San Pablo puede decir que los paganos “son ellos su propia Ley”, no en el sentido de la idea moderna y liberalista de autonomía, que impide toda trascendencia del sujeto, sino en el sentido mucho más profundo de que nada me pertenece menos que mi mismo yo, que mi yo personal es el lugar de la más profunda superación de mí mismo y del contacto con aquello de lo que provengo y hacia lo que me dirijo. En estas frases San Pablo expresa la experiencia que había tenido como misionero entre los paganos y que ya antes Israel tuvo que experimentar en relación con los denominados “temerosos de Dios”. Israel había podido adquirir experiencia en el mundo pagano de lo que los apóstoles de Jesucristo encontraron nuevamente confirmado: su predicación respondía a una expectativa. Esta salía al encuentro a un conocimiento fundamental antecedente sobre los elementos constantes y esenciales de la voluntad de Dios, que fueron puestos por escrito en los mandamientos, pero que es posible encontrar en todas las culturas y que puede ser explicado más claramente cuando menos intervenga un poder cultural arbitrario en la deformación de este conocimiento primordial. Mientras más vive el hombre en el temor de Dios confróntese la historia de Cornelio más se vuelve concreta y claramente eficaz esta anamnesis. Tomemos de nuevo en consideración una idea de San Basilio: el amor de Dios, que se concreta en los mandamientos, no se nos impone desde fuera subraya este Padre de la Iglesia por el contrario nos es infuso precedentemente. El sentido del bien ha sido imprimido en nosotros, declara San Agustín. A partir de esto podemos ahora comprender correctamente el brindis de Newman antes por la conciencia y sólo después por el Papa. El Papa no puede imponer a los fieles católicos ningún mandamiento sólo porque él lo quiera o porque lo considere útil. Una concepción moderna y voluntarista semejante de la autoridad puede solamente deformar el auténtico significado teológico del papado. De este modo, la verdadera naturaleza del ministerio de San Pedro se ha vuelto totalmente incomprensible en la época moderna precisamente porque en este horizonte mental se puede pensar a la autoridad sólo con categorías que ya no permiten ningún puente entre sujeto y objeto. Por eso todo lo que no procede del sujeto puede ser sólo una determinación impuesta desde fuera. Pero las cosas se presentan totalmente diferentes partiendo de una antropología de la conciencia, como hemos tratado de delinear poco a poco en estas reflexiones. La anamnesis infusa en nuestro ser necesita, por decir así, una ayuda externa para llegar a ser consciente de sí misma. Pero este “desde fuera” no es, de ningún modo, nada que se contraponga, es más bien algo dirigido hacia ella: tiene una función mayéutica, no le impone nada desde fuera, pero lleva a cabo lo que es propio de la anamnesis, su interior y específica apertura a la verdad. Cuando se habla de la fe y de la Iglesia, cuyo radio que parte del Logos redentor se extiende más allá del don de la creación, tenemos que tener en cuenta, sin embargo, una dimensión todavía más vasta, que está desarrollada sobre todo en la literatura de San Juan. San Juan conoce la anamnesis del nuevo “nosotros”, en el que participamos mediante la incorporación en Cristo (un solo cuerpo, es decir, un único yo con él). En diferentes momentos del Evangelio se encuentra que ellos comprendieron mediante un acto de la memoria. El encuentro original con Jesús ofreció a sus discípulos lo que ahora todas las generaciones reciben mediante su encuentro fundamental con el Señor en el bautismo y en la eucaristía: la nueva anamnesis de la fe, que análogamente a la anamnesis de la creación, se desarrolla en un diálogo permanente entre la interioridad y la exterioridad. En contraste con la pretensión de los doctores gnósticos, los cuales querían convencer a los fieles que su fe ingenua habría tenido que ser comprendida y aplicada de manera totalmente diferente, San Juan pudo afirmar: “Vosotros no necesitáis otros maestros, desde el momento que, como ungidos (bautizados) tenéis ya conocimiento” (cfr. 1Jn 2,20-27). Esto no significa que los creyentes posean una omnisciencia de hecho, sino que indica más bien la certeza de la memoria cristiana. Esta naturalmente aprende sin intermisión, pero partiendo de su identidad sacramental, llevando a cabo interiormente un discernimiento entre lo que es un desarrollo de la memoria y lo que es una destrucción o una falsificación de la misma. Hoy nosotros, justo en la crisis actual de la Iglesia, estamos experimentando de una manera nueva, la fuerza de esta memoria y la verdad de la palabra apostólica: lo que lleva al discernimiento de los espíritus, más que las directivas de la jerarquía, es la capacidad de orientación de la memoria de la fe sencilla. Sólo en este contexto se puede comprender correctamente la primacía del Papa y su correlación con la conciencia cristiana. El significado auténtico de la autoridad doctrinal del Papa consiste en el hecho de que él es el garante de la memoria. El Papa no impone desde fuera sino que desarrolla la memoria cristiana y la defiende. Por ello, el brindis por la conciencia ha de preceder al del Papa, porque sin conciencia no habría ningún papado. Todo el poder que él tiene es poder de la conciencia: servicio al doble recuerdo, sobre el que se basa la fe y que tiene que ser continuamente purificada, ampliada y defendida contra las formas de destrucción de la memoria, que está amenazada tanto por una subjetividad que ha olvidado el propio fundamento, como por las presiones de un conformismo social y cultural.

    b) Conscientia

      Después de estas consideraciones sobre el primer nivel esencialmente ontológico del concepto de conciencia, tenemos que pasar ahora a su segunda dimensión, el nivel del juzgar y del decidir, que en la tradición medieval fue denominado con el único término de conscientia-conciencia. Presumiblemente esta tradición terminológica ha contribuido no poco a la moderna limitación del concepto de conciencia. Desde el momento que Santo Tomás, por ejemplo, llama con el término “conscientia” solo a este segundo nivel, es coherente desde su punto de vista que la conciencia no sea ningún “habitus”, es decir, ninguna cualidad estable inherente al ser del hombre, sino más bien un “actus”, un evento que se cumple. Naturalmente, Santo Tomas presupone como dato el fundamento ontológico de la anamnesis (synderesis); describe esta última como una íntima repugnancia hacia el mal y una íntima atracción hacia el bien. El acto de la conciencia aplica este conocimiento básico a las situaciones particulares. Según Santo Tomás este se subdivide en tres elementos: reconocer (recognocere), testimoniar (testificari) y por último juzgar (iudicare). Se podría hablar de interacción entre una función de control y una función de decisión. Partiendo de la tradición aristotélica Santo Tomás concibe este proceso según el modelo de un razonamiento deductivo, de tipo silogístico. Sin embargo, señala con fuerza lo específico de este conocimiento de las acciones morales, cuyas conclusiones no derivan sólo del mero conocimiento o razonamientos. En este ámbito si una cosa es reconocida o no reconocida siempre depende también de la voluntad, que cierra el camino al reconocimiento o bien encamina hacia él. Ello depende, pues, de una impronta moral ya dada, que por consiguiente puede ser o ulteriormente deformada o mayormente purificada. También en este nivel, el de juzgar (el de la conscientia en sentido estricto) vale el principio que también la conciencia errónea obliga. Esta afirmación es plenamente inteligible en la tradición del pensamiento de la escolástica. Nadie puede obrar contra sus convicciones, como ya había dicho San Pablo (Rom 14,23). Sin embargo que la convicción adquirida sea obviamente obligatoria en el momento en que se actúa, no significa ninguna canonización de la subjetividad. No es nunca una culpa seguir las convicciones que nos hemos formado, al contrario deben seguirse.

      Pero del mismo modo puede ser una culpa que uno haya llegado a formarse convicciones tan equivocadas y haya pisoteado la repulsión hacia ellas que advierte la memoria de su ser. La culpa, pues, se encuentra en otro lugar, más en lo profundo, no en el acto del momento, no en el juicio que en ese momento da la conciencia, sino en esa desatención hacia mi mismo ser, que me impide de oír la voz de la verdad y sus sugerencias interiores. Por esta razón, también los criminales que obran con convicción siguen siendo culpables. Estos ejemplos macroscópicos no deben servir para tranquilizarnos, sino más bien para despertarnos y hacer que tomemos en serio la gravedad de la súplica: “Límpiame de los que se me ocultan” (Sal 19,13).

Epílogo

      Al final de nuestro camino queda todavía abierta la cuestión de la que hemos partido: la verdad, por lo menos tal y como nos la presenta la fe de la Iglesia, ¿no es quizá demasiado alta y difícil para el hombre? Después de todas las consideraciones que hemos venido haciendo, podemos responder ahora: por supuesto, el camino alto y arduo que conduce a la verdad y al bien no es un camino cómodo. Es un desafío al hombre. Pero quedarse tranquilamente encerrados en sí mismos no libera, antes bien, actuando así nos malogramos y nos perdemos. Escalando las alturas del bien, el hombre descubre cada vez más la belleza, que hay en la ardua fatiga de la verdad y descubre también que justo en ella está para él la redención. Pero con esto no hemos dicho todavía todo. Disolveríamos el cristianismo en un moralismo si no estuviese claro un anuncio, que supera nuestro propio hacer. Sin tener que gastar demasiadas palabras, ello puede resultar evidente en una imagen sacada del mundo griego, en la que podemos ver al mismo tiempo cómo la anamnesis del Creador nos empuja dentro de nosotros hacia el Redentor y cómo cada hombre puede reconocerlo como Redentor, desde el momento que él responde a nuestras más íntimas expectativas. Me refiero a la historia de la expiación del matricidio de Orestes. Este cometió el homicidio como un acto conforme a su conciencia, hecho que el lenguaje mitológico describe como obediencia a la orden del dios Apolo. Pero ahora es perseguido por las Erinias, a las que hay que ver como personificación mitológica de la conciencia, que desde la memoria profunda le reprocha, atormentándolo, que su decisión de conciencia, su obediencia a la “orden divina” era en realidad culpable. Todo lo trágico de la condición humana emerge en esta lucha entre los “dioses”, en este conflicto íntimo de la conciencia. En el tribunal sacro, la piedra blanca del voto de Atenea lleva a Orestes la absolución, la purificación, por cuya gracia las Erinias se transforman en Euménides, en espíritus de la reconciliación. En este mito está representado algo más que la superación del sistema de la venganza de la sangre a favor de un justo ordenamiento jurídico de la comunidad. Hans Urs von Balthasar ha expresado de la siguiente manera este algo más: “...la gracia apaciguadora es siempre para él, el restablecimiento común de la justicia, no la del antiguo tiempo carente de gracia de las Erinias, sino la de un derecho lleno de gracia”. En este mito percibimos la voz nostálgica de que la sentencia de culpabilidad objetivamente justa de la conciencia y la pena interiormente lacerante que se deriva, no son la última palabra, sino que hay un poder de la gracia, una fuerza de expiación, que puede cancelar la culpa y hacer que la verdad sea finalmente liberadora. Se trata de la nostalgia de que la verdad no se reduzca sólo a interrogarnos con exigencia, sino que también nos transforme mediante la expiación y el perdón. Mediante ellas como dice Esquilo “la culpa es lavada” y nuestro mismo ser se transforma desde el interior, más allá de nuestras capacidades. Ahora bien, ésta es precisamente la novedad específica del cristianismo: el Logos, la Verdad en persona, es también al mismo tiempo la reconciliación, el perdón que transforma más allá de todas nuestras capacidades e incapacidades personales. En esto consiste la verdadera novedad, sobre la que se funda la más grande memoria cristiana, la cual es también, al mismo tiempo, la respuesta más profunda a lo que la anamnesis del Creador aguarda de nosotros. Allí donde no sea suficientemente proclamado o percibido este centro del mensaje cristiano, allí la verdad se transforma de hecho en un yugo, que resulta demasiado pesado para nuestros hombros y del que tenemos que tratar de liberarnos. Pero la libertad obtenida de este modo está vacía. Nos transporta a la tierra desolada de la nada y así se destruye ella misma. El yugo de la verdad se ha hecho “blando” (Mt 11,30), cuando la Verdad ha llegado, nos ha amado y ha quemado nuestras culpas en su amor. Sólo cuando conocemos y experimentamos interiormente todo esto, adquirimos la libertad de escuchar con gozo y sin ansia el mensaje de la conciencia.

Cardenal Joseph Ratzinger

 

ESCUELA PARA PADRES  81 Preguntas sobre la responsabilidad de los padres con hijos NiNi o problemáticos. 

  • 52 Preguntas sobre los hijos NiNi
  • 29 Preguntas sobre los padres de los hijos NiNi         

¿Los padres tienen responsabilidades, sobre la situación de sus hijos NiNi? Claro que la tienen y en la mayoría de los casos, son responsables cien por cien, de esa actitud de los hijos, principalmente hasta que estos cumplen los 18 años, se emancipan o dejan el hogar familiar. Si no los han educado bien, que quieren que sean. Los hijos son casi siempre lo que los padres han hecho con ellos. Para contestar a esta pregunta y poder tomar las medidas convenientes, lo primero es conocer las respuestas al cuestionario adjunto, posteriormente analizarlas en profundidad, para corregir los defectos encontrados y posteriormente, diseñar un plan para manejar la situación, proponiéndolo o negociándolo con el hijo NiNi.

Ningún padre puede dar a sus hijos, lo que no tiene. Si los padres no tienen una buena y sólida formación, además de la práctica de las virtudes y valores humanos, será muy difícil o casi imposible, que puedan transmitir cosas positivas a sus hijos, por lo tanto sus hijos, saldrán como quieran salir. No es de extrañar que se conviertan en NiNi, si es que quieren y nadie se lo impide.

Ser NiNi es un proceso que suele empezar, desde que los hijos son muy jóvenes, no es una cosa que se produce de la noche a la mañana. Nadie se levanta un día y dice: A partir de ahora, voy a ser NiNI. Ni voy a estudiar, ni voy a trabajar. La mayoría de las veces, ser NiNi es debido a que se lo han consentido los padres, incluso porque les hace gracia y dicen: Que hagan lo que yo no pude hacer. Y se quedan tan anchos, sin saber a lo que están condenando a su querido hijo.

Hasta que las mujeres irrumpieron en el mercado laboral y en las universidades, muchas de ellas se quedaban en casa sin hacer nada, hasta que se casaran. Eran las llamadas “Hijas de familia”. Había también unos pocos “señoritos” que estaban sin hacer nada, esperando heredar las fincas o negocios de los padres. Ambos fueron los primeros NiNi, pues ni estudiaban, ni trabajaban.

Los padres deben adaptar estas preguntas al caso específico de sus hijos, según su edad, sexo, comportamiento, situación económica, país, ciudad y lugar y ambiente en el que viven. También sirven las preguntas, para los casos de los hijos que sin ser NiNi, son problemáticos. Es una forma para que los padres puedan medir su responsabilidad, en la educación de los hijos y para que saquen conclusiones, de lo que han hecho y lo que pueden corregir y mejorar.

Preguntas sobre los hijos NiNi

  1. ¿Qué edad tiene el hijo NiNi?
  2. ¿Hace cuánto tiempo que dejó los estudios?
  3. ¿Qué estudios completó y cuánto le falta para conseguir alguna titulación, que le pudiera servir, para su vida futura profesional?
  4. ¿Puede completar los estudios, si es que le falta hacerlo?
  5. ¿Quiere hacer algunos estudios, pero no puede, por capacidad física, mental o económica?
  6. ¿Cual es el valor financiero de su activo intelectual, como posible trabajador o empresario?
  7. ¿Con qué frecuencias asistía o faltaba a sus estudios?
  8. ¿A qué tipos de escuela ha ido?
  9. ¿Cuántas veces ha cambiado de escuela?
  10. ¿Cuáles eran las cifras de deserciones en esas escuelas, y a que años empezaban las deserciones?
  11. ¿Tiene alguna razón para ser NiNi?
  12. ¿Tiene angustias, desalientos, sufrimientos, males, etc. producidos por su falta de conocimientos o por un influjo negativo de la sociedad?
  13. ¿Está muy influenciado externamente, por las nuevas técnicas y programas de autoayuda, autoestima, autosuperación, autocapacitación, autoeducación, autorrealización, autodesarrollo, autocontrol y otras teorías sobre el potencial humano?
  14. ¿Está influenciado por un ambiente negativo o dañino, que no le permite tener un conocimiento suficiente y adecuado y le impide discernir el modo correcto de pensar y actuar?
  15. ¿Tiene signos externos de situaciones profundas de descontento, amargura, tristeza, depresiones, etc.?
  16. ¿Pertenece a algún grupo, que son influenciados por la práctica de  presiones sociales, técnicas de fanatismo, engaño colectivo, depravación sectaria, etc.?
  17. ¿Se da cuenta que su posición de NiNi le deja una tristeza interna, que le hace sentirse inconsistente, teniendo que reconocer, que eso le ha hecho renunciar al disfrute de la practica de las virtudes y valores humanos y que solamente le sirve, para obtener felicidades furtivas, engañosas y frágiles?
  18. ¿Cree que tiene sentido de culpa, por el estilo de vida que lleva, al no querer estudiar ni trabajar y vivir a cuenta de otros, o considera que debe hacerlo, si es que puede?
  19. ¿Busca, aprecia y disfruta con lo grande, lo bueno, lo bello y lo justo?
  20. ¿Se ha convertido el solo en NiNi o han sido las circunstancias, las que le han llevado a serlo?
  21. ¿Han influido sus padres con su mal ejemplo, la pasividad, permisividad, etc. para que el hijo sea NiNi?
  22. ¿Se organiza para buscar trabajo y no lo encuentra?
  23. ¿Qué clase de ejemplo, positivo o negativo, le han dado sus hermanos mayores o menores, si es que los tiene?
  24. ¿Cuál es el ambiente de trabajo y estudios en su casa y en la de sus familiares y amigos?
  25. ¿Consume bebidas alcohólicas u otras drogas?
  26. ¿En la zona que vive se ven en las calles, durante las horas de trabajo y escuela, a personas en edad de  trabajar o estudiar?
  27. ¿Tiene una holgada situación económica, motivada por herencias, premios, etc. que le permiten vivir sin estudiar, ni trabajar?
  28. ¿Qué tipo de vida hace, cuando no va a trabajar, ni a estudiar?
  29. ¿Si gana algún dinero esporádicamente, se queda con él o entrega parte para sufragar los gastos de la casa? ¿Qué parte?
  30. ¿Qué horarios realiza, desde la mañana a la noche?
  31. ¿Tiene novia o pareja?
  32. ¿Cómo paga los gastos originados por el noviazgo o por los de la pareja, si es que la tiene?
  33. ¿Cómo esta el mercado de trabajo, para los de su misma formación escolar o profesional?
  34. ¿Se ausenta de la casa durante temporadas? En su caso ¿Dónde, con quién, a qué y cómo va?
  35. ¿Cómo es su estado de salud física y mental?
  36. ¿Ha tenido encuentros con la policía, de los que han resultado sanciones? ¿Qué tipo de sanciones? ¿Cómo han terminado esos encuentros?
  37. ¿Ha tenido relaciones con los juzgados juveniles, reformatorios, escuelas especiales, etc.?
  38. ¿Ha sufrido algún trauma físico, mental, económico, de gran injusticia u opresión, que le ha hecho tomar la decisión de ser NiNi?
  39. ¿Ha tenido enfermedades o accidentes, relacionados con el tipo de vida de NiNi?
  40. ¿Cuáles es, su relación con la religión?
  41. ¿Está aislado o es comunicativo en sus relaciones familiares?
  42. ¿En familia tiene buen carácter o es agresivo?
  43. ¿Con quién se lleva bien de sus familiares o amigos?
  44. ¿Tiene alguna persona de referencia positiva o negativa para él?
  45. ¿Ha tenido conversaciones o tutoría con algún sacerdote, pastor, rabino o imán, según la religión que practiquen?
  46. ¿Cuáles han sido los resultados, de las evaluaciones de los sicólogos y si le han puesto algún plan, para corregir los posibles problemas?
  47. ¿Manipula a los padres o a uno de ellos con graves amenazas, falsas promesas, mentiras, invenciones, mimos exagerados, produciendo lástima, etc.?
  48. ¿Se aprovecha el hijo NiNi de alguno de los cónyuges por su mal ejemplo, carácter más permisivo o pasivo, ingenuidad, indiferencia o comodidad, ante la resolución de los problemas?
  49. ¿El hijo NiNi utiliza para sus propios fines el distanciamiento, incomunicación o despreocupación de sus padres?
  50. ¿Tiene familiares o amigos, que encubren sus ausencias a los estudios y sus tiempos de estar sin hacer nada fuera de su casa, o le dan dinero para sufragar sus gastos?
  51. ¿Cree que su situación cambiará, si le llega una ayuda inesperada de alguna parte desconocida y por eso la está esperando?
  52. ¿Tiene algún proyecto de vida, que requiera un tiempo de espera? Por ejemplo: ¿Está esperando a que le llamen de Hollywood porque se cree artista? ¿Está esperando un donativo, para realizar su proyecto particular de salvar a la humanidad, a las ballenas o similar?

Preguntas sobre los padres de los hijos NiNi

  1. ¿Qué edades tienen los padres?
  2. ¿Cuál es la situación económica y profesional de los padres?
  3. ¿Sus padres le han enseñado la práctica de las virtudes y valores humanos, especialmente: La disciplina, el orden, la obediencia, el respeto, etc.?
  4. ¿Sabían, querían y podían, educarle integralmente para que no fuera NiNi?
  5. ¿Los padres consienten que el hijo NINi, no entregue sus posibles ingresos o parte de ellos, o lo impone él?
  6. ¿Quién le da el dinero para sus gastos personales, de ropa, salidas, etc.?
  7. ¿Le compran a su hijo aparatos electrónicos, como teléfonos, TV. computadora, Internet y pagan los servicios mensuales correspondientes?
  8. ¿Son conscientes ambos cónyuges, de que su hijo NiNi les está manipulando y lo consienten?
  9. ¿Le han tolerado sus padres, o uno de ellos, las manipulaciones, rabietas, amenazas, caprichos, exigencias, fantasías, extravagancias, tiranías, obstinaciones, etc.?
  10. ¿Las diferencias conyugales se hacen públicas delante de los hijos o familiares, expresadas con violencia, gritos, malos tratos físicos, verbales o mentales, infidelidades, etc.?
  11. ¿Cual es la relación de sus padres con la religión?
  12. ¿Los padres han realizado consultas con algún sacerdote, pastor, rabino o imán según la religión que practiquen, bien sean los mismos con los que ha hablado su hijo, o sean otros?
  13. ¿Los padres hablaron con los maestros, consejeros o sicólogos escolares, cuando su hijo estaba en la escuela?
  14. ¿Cuales son los artículos que ha leído, del blog www.micumbre.com relacionados con la educación de los hijos y sobre los hijos y padres NiNi?
  15. ¿Han comentado con su hijo NiNi alguno de estos artículos? ¿Cuáles?
  16. ¿Cual es la relación de compromiso matrimonial pasada, presente y futura de los padres?
  17. ¿Los padres pueden mantener gratuita e indefinidamente a su hijo NiNi?
  18. ¿Los gastos que produce el hijo NiNi, impide a sus padres llevar una vida razonable y hacer ahorros para su vejez o para una emergencia?
  19. ¿Qué condiciones han negociado con su hijo, para que se ponga a estudiar o a trabajar?
  20. ¿Han observado en su habitación o entre sus pertenencias, alguna ropa o aparatos que no corresponde con el dinero que le da la familia, ni con la vida que aparentemente lleva?
  21. ¿Consideran que tener un hijo NiNi, es un signo de riqueza para deslumbrar a la familia y a las amistades, y así demostrarles que no es necesario que sus hijos estudien o trabajen?
  22. ¿Le han notado signos externos, de que haya consumido alcohol o drogas?
  23. ¿Le han amenazado a su hijo, de no seguirle encubriendo su vida licenciosa o fuera de la ley, si fuera ese el caso?
  24. ¿Le han amenazado con echarle de la casa, si no se pone a estudiar o a trabajar?
  25. ¿Aceptan en su casa, las vistas de las amistades perniciosas de sus hijos?
  26. ¿Le han propuesto ayudarle provisionalmente a pagar los estudios, hasta que encuentre el trabajo que le permita realizarse económicamente?
  27. ¿Cuáles son las principales diferencias que tiene el hijo NiNi, en comparación con otros hermanos que estudian o trabajan?
  28. ¿Le han explicado reiterativamente y con ejemplo contundentes, el desgraciado futuro que espera a los hijos NiNi?
  29. ¿Están de acuerdo o en desacuerdo ambos cónyuges, en las decisiones que han tomado o que tienen que tomar, relacionadas con el hijo NiNi?

Con las respuestas a estas preguntas, pueden empezar a hacer un profundo análisis para ver en primer lugar, cuáles son los fallos de los padres y así, poder posteriormente encontrar las soluciones que resuelvan el problema de su hijo NiNi. También pueden llevarlas donde algún experto en este tema, para que con su colaboración, les ayuden a encontrar la forma de arreglar el problema.

Si tienen algunas preguntas adicionales, agradeceré que me las envíen, para en su caso, escribir un segundo articulo.

Si tiene algún comentario, por favor escriba a francisco@micumbre.com

 

Pandemia y porno

Escrito por Mario Arroyo.

Hay estudios que muestran cómo el subconsciente encuentra en el sexo una forma de gestionar el miedo. La tendencia erótica sería una forma de lidiar con la pandemia.

De acuerdo con Statista, en México el consumo de porno se ha incrementado durante la pandemia, según Pornhub ha crecido en todo el mundo, ¿simple casualidad?, ¿menos tiempo de traslados y más tiempo de ocio? Hay estudios que muestran cómo el subconsciente encuentra en el sexo una forma de gestionar el miedo. La tendencia erótica sería una forma de lidiar con la pandemia. Ahora bien, ¿es solo eso? ¿Por qué el 36.8% de hombres y el 25.5% de mujeres han consumido más pornografía durante la pandemia? ¿No nos revela ese dato una radiografía espiritual de la sociedad? ¿No manifiesta una carencia afectiva, cuando no un gran vacío en lo profundo del corazón? ¿Por qué se forma ese vacío que el consumo de pornografía inútilmente intenta llenar?

Es interesante contrastarlo con otro tipo de actividades. En Estados Unidos se ha incrementado la dedicación a la lectura un 33%, llegando a un 40% por parte de los Millennials. En Finlandia tiene un incremento semejante, ocupando el cuarto lugar de las actividades realizadas durante el tiempo libre en la pandemia. El empleo del tiempo libre, en qué ocupamos la forzosa inactividad o encerramiento, nos avoca a enfrentarnos a nosotros mismos. ¿En qué empleamos el tiempo en el que estamos solos? La pornografía pareciera ser una triste manera de huir de nosotros mismos, un vano intento de no mirar el abismo de nuestra soledad.

El ocio, el encerramiento, el cambio de rutina, la incertidumbre son realidades que nos enfrentan con quienes somos realmente. Es muestra de una inmensa pobreza espiritual encauzar esas experiencias hacia el porno. No solo por la oscura industria que lo respalda, ni por la dolorosa servidumbre que supone el vicio, verdadera cadena forjada por uno mismo. Manifiesta una evidente carencia de creatividad, verdadera miseria espiritual. Puede afirmarse, sin temor a exagerar, que la persona esclavizada por el porno tiene un espíritu caído. Si esa experiencia se replica hasta el punto de representar una tendencia nacional, un marcador social consistente, podemos reconocer la presencia de una enfermedad espiritual en la sociedad.

Más que lamentos estériles, serían útiles alternativas creativas para el ocio, para esos momentos en los que estamos solos, con nosotros mismos. Lo primero sería reconocer la enfermedad, sea en ámbito personal como social y darle la relevancia que merece. No es inocuo que una persona no encuentre mejor manera de “matar el tiempo”, no es banal que en la sociedad funcione como una especie de sedante moral. La inmensa cantidad de energía, creatividad e iniciativas que se empantanan dentro del marasmo del sexo no son irrelevantes. La dimensión de ese negocio turbio, las vidas convertidas en objetos, las mujeres usadas y explotadas por esa industria claman al cielo. No es sólo cuestión de interés personal, por el contrario, supone una lacra social que debemos primero encarar, para después gestionar y resolver.

No podemos permanecer inactivos. Es doloroso contemplar cómo las mejores energías de la juventud y la madurez fenecen en la nada, anegadas por los lazos del porno. Es preciso anticiparse, pues esa industria funciona a base de una férrea esclavitud espiritual de los que la producen, pero también en los consumidores, pues genera la dependencia propia de una droga dura. Entre más esclavos y más profunda sea la cadena, más negocio genera. Para ello, el modelo del negocio debe enganchar a los consumidores desde la infancia.

La propuesta a este desafío es triple. Fomentar una educación integral para el amor. Una educación que vaya más allá de técnicas para evitar embarazos y ETS, mostrando la dimensión afectiva y espiritual de la persona humana. En segundo lugar, fomentar un ocio creativo y atractivo, que ayude a eludir la tentación de caer en la barata y fácil respuesta del porno. Generar aficiones, de preferencia culturales, artísticas, deportivas, creativas, como herramienta educativa fundamental. De esta manera, cuando tenga un momento de ocio, cuando me encuentre solo, conmigo mismo, tendré alternativas. En tercer lugar, insistir en el carácter espiritual de la persona, no callarlo como si fuera un tabú. Tener en forma el alma es el mejor remedio, pues lleva a estar en paz y a gusto con uno mismo, sin necesidad de recurrir al porno.

El idioma español, una de nuestras mayores riquezas mundiales

Juan José Corazón

El idioma español en el mundo.

El idioma español destaca, a nivel mundial, por ser detrás del inglés, el idioma más estudiado en el mundo entero. En internet, también destaca en las redes, ya que se trata de una de las lenguas con mayor cantidad de usuarios.

Desarticulado grupo criminal que robaba mercancía de camiones

Es uno de los idiomas que más se emplean en las relaciones internacionales. En el ámbito empresarial, turístico y deportivo está considerado como vía de comunicación privilegiada.

El idioma español es el idioma que, principalmente, se habla en España y en Latinoamérica. Su inmensa expansión por todo el planeta hace que, hoy día, sea la segunda de las lenguas más populares del mundo después del inglés, porque la lengua española es la segunda lengua que se habla mayoritariamente en todo el planeta.

¿Cómo podemos privar de esta grandísima riqueza a nuestras generaciones futuras en España, como hace ahora la nueva ley de educación, suprimiéndola como lengua vehicular en todos los centros de enseñanza?

¿No estamos todos de acuerdo en que lo que nos une es bueno y hay que fomentarlo?

¡Vaya!  Esta nueva ley de educación, que ahora algunos quieren aprobar, no parece muy favorable a que vivamos unidos y comprendiéndonos unos a otros y desea suprimir lo que, desde hace siglos, nos ha ayudado tanto para estar unidos y entendernos.

¡Claro!, lo que nos une a los demás, si es bueno, nos hace mejores. Por eso dijo Jesucristo: “que sean uno como Tú, Padre, eres en Mí y Yo en Ti”.

“Comunicarse mutuamente las cosas (…) es señal de amor fraterno, de entrañable parentesco y de sincero afecto”. Esto lo dejó escrito un gran santo de los primeros siglos del cristianismo, de los que llamamos padres de la Iglesia (San Juan Crisóstomo).

Por el contrario, lo que nos separa, casi siempre nos hace peores.

Inmaculada 2020

¡Qué importante, la Madre! ¿Hay algún corazón que pueda medirse en amor  con el de una madre? Sólo Dios lo supera. Y sólo la Madre de Dios aventaja en amor a todas las madres. Es La Inmaculada. Su celebración, el 8 de diciembre, es solemnidad en toda España y en Latinoamérica, sin que el Covid haya podido borrar la alegría de esta fiesta tan entrañable.  Poetas, pintores, músicos, orfebres y escultores tienen a la Virgen entre sus obras maestras. Hace años, el 8 de diciembre se celebraba, también, el “Día de la Madre”.  La Virgen es Madre de Dios y Madre nuestra. Como nos sucede a todas las madres, se complace en los hijos buenos; pero, a ninguno le regatea ni una pizca de amor. A Ella, acudimos: “ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte” ( Avemaría), y sentimos el alivio que da la confianza en una Madre buena y poderosa ante Dios. La Virgen, como Madre nuestra, es un regalo precioso de Jesús en la Cruz. Por especial privilegio, fue concebida sin pecado original, y no estuvo en poder del demonio en ningún momento. Se le anticiparon los méritos de la Redención.

La Inmaculada es la Patrona de España. En palabras de san Juan Pablo II, “España es “tierra de María”. La Inmaculada también es Patrona de la Infantería desde 1892 ( el año pasado, en recuerdo del milagro del Empel – 1585 -, los alumnos de la Academia de Toledo  costearon un cuadro precioso de la Inmaculada). España fue, es y será siempre de María. Su mano poderosa de “Reina y Madre de Misericordia” vela por los españoles.

Muchas mujeres celebran su onomástica el día de la Inmaculada, y son incontables las que se llaman María (del Carmen, del Pilar, de las Mercedes…, o, simplemente, María). Es el nombre más bello, y emociona a quienes lo ponen en sus labios desde el corazón. Una canción susurra: “Miles de ermitas pequeñitas, / cobijan tu imagen, Señora;/ (…) Miles de jóvenes llevan,/ tu nombre bonito, María;/ (…) / Por dentro el alma se llena/ de gracia que es vida de Dios;/ te llevan, María, en el nombre,/ te llevan en el corazón./ (…) Son muchas las cosas hermosas,/ que hizo el poder del Señor;/ Tú eres la flor más bonita,/ la estrella que brilla mejor”.

Josefa Romo

 

 

Camino de santidad cristiana: el matrimonio,

Una de las cosas grandes que la Iglesia Católica enseña a los cristianos es que nuestras vidas, la que cada uno ha elegido libremente vivir, tiene un sentido trascendente, más allá de la simple y mejor o peor supervivencia en el mundo material y social.

Jesucristo lo resumió haciendo una maravillosa síntesis de la Ley y Los Profetas: “Amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a uno mismo”, proponiéndonos este ideal como recorrido vital que nos llevará a la salvación eterna.

La Iglesia a esto le llama vocación cristiana o vocación a la santidad; y universal, porque es común para todos y, por tanto, adaptable a las circunstancias de la vida de cada uno.

Es obvio que, para la mayoría y para el común de los mortales, estas circunstancias de vida son el matrimonio y la formación de un hogar y una familia. Así ha sido siempre, así es y así seguirá siendo, de tal modo que, para los cristianos que están casados, su matrimonio ya no es simplemente un reconocimiento social de una unión de un varón y una mujer, que además pueden tener hijos. Es algo mucho más grandioso, es camino de santidad; es, por lo tanto, verdadera vocación cristiana y llamada de Dios, que va haciendo de la vida de ese varón, de esa mujer y de esos hijos, “amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”.

El valor de esa unión como vocación a la santidad de los bautizados es tan grande, que Cristo lo elevó a la dignidad de sacramento, con independencia de que se realice o no su reconocimiento social.

Pedro García

 

 

Las mujeres no necesitan sacrificar el matrimonio y los hijos

La jueza Barrett y mujeres como ella amenazan la narrativa feminista, así como el sustento de los grupos de aborto que ganan millones de dólares explotando a mujeres y niñas con embarazos no planeados.

Del presidente del Fondo de Acción de Planned Parenthood, Alexis McGill Johnson: Este asiento debe ser ocupado por alguien que comprenda que está en una línea que no puede ver, extendiéndose directamente detrás de ella a través del juez Ginsburg y todas las mujeres que lucharon por su privilegio de estar allí. Mujeres cuyo sacrificio significa que ella tiene control sobre su propia carrera, su propia vida, su propio cuerpo. Mujeres cuya libertad, la reconozca o no, está ligada a la suya. Nada en el historial de Barrett sugiere que ella luchará por esas mujeres, pero seguro que lo haremos.

Lamentablemente, es una línea muy larga de mujeres víctimas del daño del aborto de la retórica de “mi cuerpo, mi elección” de los defensores del aborto. En 2019, Planned Parenthood informó haber practicado abortos en 345.000 mujeres; desde la legalización del aborto en 1973, más de 61 millones de bebés han sido abortados en los Estados Unidos.

Barrett señaló correctamente en su declaración que el juez Ginsburg rompió el techo de cristal haciendo grandes avances para poner fin a la discriminación laboral de las mujeres. Sin embargo, lo que demuestra el juez Barrett es que las mujeres no necesitan sacrificar el matrimonio y los hijos para hacer lo mismo.

Jaume Catalán Díaz

 

 

El cielo se está cayendo

Según los grupos pro abortos, el cielo se está cayendo; sí, eso es lo que sucederá si la nominada del presidente Trump, Amy Coney Barrett, es confirmada ante la Corte Suprema, decían. No solo se podría restringir gravemente el aborto, sino que las mujeres volverán a verse expulsadas de las salas de juntas y en la cocina descalzas y embarazadas.

Recordamos que el fallecimiento de la jueza de la Corte Suprema, Ruth Bader Ginsburg, intensificó una elección presidencial nacional ya muy divisiva. Si bien el aborto es siempre un tema electoral importante, la designación de Barrett, que podía llevar a la Corte Suprema a una mayoría conservadora, tiene grupos de mujeres liberales que emplean tácticas atemorizantes y advierten que los derechos de las mujeres se reducirán drásticamente.

“El presidente Trump y sus aliados republicanos han dejado en claro que quieren que la Corte Suprema anule Roe v. Wade y anule la Ley del Cuidado de Salud a Bajo Precio y muchos derechos civiles cruciales. Al nominar a la jueza Amy Coney Barrett, se acercarán un paso más al cumplimiento de esos objetivos... Barrett ha marcado posiciones extremas sobre estos temas que pondrían todas estas cosas en riesgo", dijo EMILY's List en un comunicado. Durante los últimos 15 años, la Lista de EMILY ha destinado $ 600 millones para ayudar a elegir candidatos que apoyen el derecho al aborto.

"En este momento sin precedentes, y mientras la nación todavía está de luto y rindiendo homenaje a las tremendas contribuciones del juez Ginsburg al avance de la igualdad, el presidente Donald Trump ha nominado a un reemplazo que destriparía el legado del juez Ginsburg y haría retroceder cinco décadas de avance por los derechos reproductivos" dijo Nancy Northup, presidenta y directora ejecutiva del Centro de Derechos Reproductivos en un comunicado emitido después de la nominación de Barrett. Cabe recordar también que el Centro de Derechos Reproductivos trabaja a nivel mundial para derogar las leyes pro-vida.

Jesús Martínez Madrid

 

 

"Curar si es posible, cuidar siempre"

La vulnerabilidad humana, señala la carta "Samaritanus bonos", es el fundamento de la "ética del cuidado" y lo que da sentido a las profesiones sanitarias: a ellas se les confía "la misión de una fiel custodia de la vida humana hasta su cumplimiento natural". Indica que el papel de los profesionales de la medicina y la enfermería no puede reducirse a la capacidad de curar al enfermo, sino que debe haber un horizonte antropológico y moral más amplio. Por eso, "cuando la curación es imposible o improbable, el acompañamiento médico, de enfermería, psicológico y espiritual es un deber ineludible".

Con palabras de Juan Pablo II en un discurso de 2004, el documento enuncia este principio: "Curar si es posible, cuidar siempre", y lo glosa así: "Incurable no es nunca sinónimo de in-cuidable". Cuidar incluye acompañamiento, que contribuye a sostener al paciente terminal, para que no caiga en la desesperación. "El miedo al sufrimiento y a la muerte, y el desánimo que se produce, constituyen hoy en día las causas principales de la tentación de controlar y gestionar la llegada de la muerte, aun anticipándola, con la petición de la eutanasia o del suicidio asistido".

El documento distingue entre los cuidados paliativos, las leyes sobre el "final de la vida" y la llamada asistencia médica a la muerte, frente a las legislaciones de algunos países, que contemplan todo como partes para una misma solución. La CDF precisa: "Estas previsiones legislativas constituyen un motivo de confusión cultural grave, porque hacen creer que la asistencia médica a la muerte voluntaria es parte integrante de los cuidados paliativos y que, por lo tanto, es moralmente lícito pedir la eutanasia o el suicidio asistido".

JD Mez Madrid

 

 

DOS ENCUENTROS Y UNA ORACIÓN

 

            Ocurrió en la mañana del pasado 26 de Diciembre y esos dos encuentros con dos amigos, producen este artículo el que dejo plasmado en un corto relato, real como la vida misma. Debo decir que un encuentro fue con alguien a quién desconozco y que me escribe y el otro es de alguien cercano y al que conozco hace ya medio siglo o más. El primero y que sigue mis escritos, me escribe una carta; el segundo y tras un corto diálogo sobre el tema, me sonríe y me da un obsequio inesperado pero valioso: Veamos todo ello.

            “... Déjate de repetir la mitología de los pobres judíos "gaseados" y quemados al igual que de los gitanos y demás incluso de los españoles ... aun tienes tiempo para leer cosas que tiran por el suelo el mito más grande de la historia de la humanidad: el famoso "holocausto".  Si tienes tiempo y ganas de entretenerte, puedes ir al subforo de historia y leer el tema "Revisionismo del "holocausto" ... leerás, claro, cosas a favor de ese mito y cosas mías y de otros en contra y con muchos razonamientos. Mira, una simple pregunta de matemáticas: si un cadáver se tarda en quemar dos horas, y quedan muchos restos, (si puedes pregunta en un crematorio) ... ¿cuanto tiempo se tardarán en quemar 360 cadáveres?  Estoy de acuerdo contigo en muchas cosas, pero en esto "holocausto" y "nazis malos" y lo de los "lujos" de Castro, para nada... si eres cristiano practicante Feliz Navidad y próspero año Nuevo", y si no lo eres, yo en tu lugar saldría al monte a buscar espárragos trigueros... Cordiales saludos: “Atila”.

            A tan original misiva y en la que se refiere a mis artículos, añadiendo cosas que yo no he dicho tal y como él las refleja... sonrío de buena gana y le respondo cuanto sigue, ya que me place hilvanar cuanto arriba digo.

            Querido "Atila rey de ninguno de los unos, ni de los otros": Sé con plena seguridad que todo en este mundo gira sobre  la mentira interesada del individuo; el que siempre dirá lo que le conviene y ocultará lo que le perjudica... pero es sobre esas montañas de mentiras como podemos opinar los que nos atrevemos a opinar públicamente e incluso dejar escritas esas opiniones, que en mi caso son bastante sinceras; y de ninguna manera pretendo el que sean "puras", puesto que yo y como otro cualquiera soy de carne y hueso y "tengo mis debilidades", aunque depuradas en gran cantidad de ellas pero las tengo y por causas propias de “la especie”.
                 HOLOCAUSTO JUDÍO Y OTROS MUCHOS: Para mí es "holocausto", el simple asesinato de un inocente y que con ello se destroce una familia, caso que conozco en mis propias carnes como hijo único de un desgraciado fusilado en la terrible guerra civil española... por tanto cuando me hablan de cientos, miles o millones de muertos; yo simplemente pienso en "mi holocausto" y se me enclavijan todos los músculos de mi rostro y algunas veces ello termina en una risa de tal significado, que incluso eludo el mirarme al espejo, vaya a que lo que allí vea me asuste o incluso me horrorice o aterrorice. El asesinado duele sólo a sus deudos, por tanto es individualmente como se debe analizar: y un millón de muertos, son un millo de individualidades.
                   En cuanto a ser creyente en Dios (o como se le quiera denominar a esa inconmensurable fuerza creadora y destructiva que rige y manda en El Universo)... Sí, lo sigo siendo y creo que esa creencia es la que aún me sostiene en esta pequeña esfera en que se desenvuelve "nuestro mísero mundo"; tan es así que tuve que idearme mis propias oraciones para encontrar algo de paz cuando y por necesidad tengo que pronunciarlas.
                  Y curiosamente y hoy mismo cuando abro tu escrito y viniendo de casa de mi barbero, que me ha liberado de las últimas greñas del 2009; me encuentro a un viejo amigo, trece años mayor que yo pero igualmente vital como aún yo me mantengo; y hablando "de estas cosas de los miedos a la vida y de Dios y los dioses"; se echa mano a la cartera y me regala, el mejor regalo que yo he recibido en estas navidades pasadas y en la mayoría de las anteriores. Se trata de una cartulina blanca plastificada de 10 X 7,5 cm. y en la que en caracteres bastante grandes y en color negro dice.

Dios mío, ilumina con tu luz, el camino que me queda por recorrer, que pueda hacerlo gozando de una mente lúcida y con las fuerzas necesarias para valerme por mí mismo, sin estorbar a nadie. Amén."

                    Automáticamente y al leer tal texto, le he dado mis más expresivas gracias a este ya anciano hombre; simultáneamente "se me han cargado las pilas" y he guardado esa tarjeta en mi cartera... y la que me va a acompañar mientras yo viva, para "echar mano a ella cuando lo precise". Y mira por dónde... tu escrito y ese hecho, me han dado totalmente realizado éste artículo que en su momento enviaré a publicar como hago con el resto de... "mis monsergas, ladrillos o sermones": gracias pues a ti también. Saludos cordiales.

            NOTA FINAL: Ese texto sugiero lo copien y difundan cuanto puedan; supongo que a muchos les será grato conocerlo y tenerlo.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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