Las Noticias de hoy 3 Diciembre 2020

Enviado por adminideas el Jue, 03/12/2020 - 12:27

20 frases de los santos sobre la importancia de la oración

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 03 de diciembre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Audiencia general: Catequesis completa, la bendición, “dimensión esencial de la oración”

Consejo de Cardenales: Nueva reunión online

SAN FRANCISCO JAVIER: Francisco Fernandez Carbajal

Evangelio del jueves: Una vida edificada sobre roca

“La lucha contra la soberbia ha de ser constante”: San Josemaria

Conocerle y conocerte (XI): ​Sois una carta de Cristo: Nicolás Álvarez de las Asturias

Retiro de diciembre #DesdeCasa

Esa corriente trinitaria de Amor: Giulio Maspero

‘Si perdemos el ánimo no sabremos si el camino del futuro es un túnel o un pozo’: Escrito por Víctor Küppers

¿Qué dirige mi vida los sentimientos o la razón? La sana prudencia: Juan Luis Selma

Una mala ley de Educación: Jesús Ortiz López

Los jueces defienden la libertad religiosa en Estados Unidos y en Francia: Salvador Bernal

¿Qué es la Novena de la Inmaculada?

Carta abierta a diputados partidarios de la eutanasia: Juan Moya

Spot navideño de Disney: "El amor es una brújula": Alfonso Mendiz

Adviento 2020: Josefa Romo

“Vuelve a encontrarte. Sé tú misma”.: Jesús Martínez Madrid

Libertad sin límites: Domingo Martínez Madrid

La ONU presiona a Malawi : Jesús D Mez Madrid

El idioma y el individuo :  Antonio García Fuentes

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Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

 

ROME REPORTS

 

Audiencia general: Catequesis completa, la bendición, “dimensión esencial de la oración”

Dios siempre bendice a los hombres

DICIEMBRE 02, 2020 13:13GABRIEL SALES TRIGUEROAUDIENCIA GENERAL

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(zenit – 2 dic. 2020).- En la audiencia general, el Papa Francisco ha descrito la bendición como una “dimensión esencial de la oración”, y lo ha hecho apoyándose en el libro del Génesis, donde Dios bendice toda la creación: “Las primeras páginas de la Biblia es un continuo repetirse de bendiciones”.

​La audiencia general de hoy, 2 de diciembre de 2020, ha sido emitida desde la biblioteca del Palacio Apostólico vaticano, sin fieles, en prevención frente a la COVID-19. A lo largo de la misma, el Santo Padre ha continuado con el ciclo de catequesis sobre la oración, centrándose en el tema “La bendición” (Lectura: Ef. 1, 3-6). Al comienzo de la catequesis, el Papa ha subrayado que Dios bendice, pero también lo hacen los hombres, y con prontitud se descubre que “la bendición posee una fuerza especial, que acompaña para toda la vida a quien la recibe, y dispone el corazón del hombre a dejarse cambiar por Dios”.

La huella inalterable de Dios

El Pontífice ha señalado cómo la obra “buena y bella” creada por Dios al principio se “alterará” y el ser humano “se convertirá en una criatura degenerada, capaz de difundir el mal y la muerte por el mundo”.

Sin embargo, añade, “nada podrá cancelar nunca  la primera huella de Dios, una huella de bondad que Dios ha puesto en el mundo, en la naturaleza humana, en todos nosotros: la capacidad de bendecir y el hecho de ser bendecidos”. El Señor no se ha equivocado “con la creación y tampoco con la creación del hombre”: “La esperanza del mundo reside completamente en la bendición de Dios”.

Jesucristo es la bendición

Francisco subraya que “la gran bendición” de Dios para toda la humanidad es Jesucristo, que “nos ha salvado a todos”: “Él es la Palabra eterna con la que el Padre nos ha bendecido ‘siendo nosotros todavía pecadores’ (Rm 5,8) dice san Pablo: Palabra hecha carne y ofrecida por nosotros en la cruz”.

San Pablo “proclama con emoción el plan de amor de Dios” en su epístola a los Efesios. En esta línea, el Sucesor de Pedro indica que “no hay pecado que pueda cancelar completamente la imagen de Cristo presente en cada uno de nosotros. Ningún pecado puede cancelar esa imagen que Dios nos ha dado a nosotros. La imagen de Cristo. Puede desfigurarla, pero no puede quitarla de la misericordia divina”.

De este modo, “un pecador puede permanecer en sus errores durante mucho tiempo, pero Dios es paciente hasta el último instante, esperando que al final ese corazón se abra y cambie. Dios es como un buen padre y como una buena madre, también Él es una buena madre: nunca dejan de amar a su hijo, por mucho que se equivoque, siempre”.

El Obispo de Roma reitera que para Dios “somos más importantes que todos los pecados que nosotros podamos hacer”.

Después, apunta que es una experiencia intensa proclamar los “textos bíblicos de bendición” en prisiones o centros de desintoxicación, haciendo “sentir a esas personas que permanecen bendecidas no obstante sus graves errores, que el Padre celeste sigue queriendo su bien y esperando que se abran finalmente al bien”, aun cuando sus parientes cercanos les abandonan y juzgan “irrecuperables”.

​En esta línea, resalta que “Dios no puede cancelar en nosotros la imagen de hijo, cada uno de nosotros es hijo, es hija. A veces ocurren milagros: hombres y mujeres que renacen. Porque encuentran esta bendición que les ha ungido como hijos. Porque la gracia de Dios cambia la vida: nos toma como somos, pero no nos deja nunca como somos”.

Responder a la bendición de Dios

Citando el Catecismo, el Papa Francisco muestra cómo debemos responder a la “bendición de Dios”, que “nos ha enseñado a bendecir y nosotros debemos bendecir” con “oración de alabanza, de adoración, de acción de gracias”.

Sin embargo, “debemos bendecir todo en Él, bendecir a Dios”, a los “hermanos y “al mundo”: esta es la “raíz de la mansedumbre cristiana”. Vivimos en un mundo que “necesita bendición”, y “nosotros podemos” darla y recibirla.

Por último, el Santo Padre habla de toda esa gente que “está acostumbrada a maldecir, que tiene siempre en la boca, también en el corazón, una palabra fea, una maldición”. A ellos les anima a “pedir al Señor la gracia de cambiar esta costumbre” para tener un “corazón bendecido”.

A continuación, sigue la catequesis completa del Papa.

***

Catequesis 17. La bendición

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy nos detenemos en una dimensión esencial de la oración: la bendición. Continuamos las reflexiones sobre la oración. En las narraciones de la creación (cfr. Gen 1-2) Dios continuamente bendice la vida, siempre. Bendice a los animales (1,22), bendice al hombre y a la mujer (1,28), finalmente bendice el sábado, día de reposo y del disfrute de toda la creación (2,3).

Es Dios que bendice. En las primeras páginas de la Biblia es un continuo repetirse de bendiciones. Dios bendice, pero también los hombres bendicen, y pronto se descubre que la bendición posee una fuerza especial, que acompaña para toda la vida a quien la recibe, y dispone el corazón del hombre a dejarse cambiar por Dios (Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 61).

Al principio del mundo está Dios que “dice-bien”, bien-dice, dice-bien. Él ve que cada obra de sus manos es buena y bella, y cuando llega al hombre, y la creación se realiza, reconoce que “estaba muy bien” (Gen 1,31).

Poco después, esa belleza que Dios ha impreso en su obra se alterará, y el ser humano se convertirá en una criatura degenerada, capaz de difundir el mal y la muerte por el mundo; pero nada podrá cancelar nunca la primera huella de Dios, una huella de bondad que Dios ha puesto en el mundo, en la naturaleza humana, en todos nosotros: la capacidad de bendecir y el hecho de ser bendecidos

Dios no se ha equivocado con la creación y tampoco con la creación del hombre. La esperanza del mundo reside completamente en la bendición de Dios: Él sigue queriéndonos, Él el primero, como dice el poeta Péguy[1], sigue esperando nuestro bien.

La gran bendición de Dios es Jesucristo, es el gran don de Dios, su Hijo. Es una bendición para toda la humanidad, es una bendición que nos ha salvado a todos. Él es la Palabra eterna con la que el Padre nos ha bendecido “siendo nosotros todavía pecadores” (Rm 5,8) dice san Pablo: Palabra hecha carne y ofrecida por nosotros en la cruz.

San Pablo proclama con emoción el plan de amor de Dios y dice así: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado” (Ef 1,3-6).

No hay pecado que pueda cancelar completamente la imagen del Cristo presente en cada uno de nosotros. Ningún pecado puede cancelar esa imagen que Dios nos ha dado a nosotros. La imagen de Cristo. Puede desfigurarla, pero no puede quitarla de la misericordia de Dios. Un pecador puede permanecer en sus errores durante mucho tiempo, pero Dios es paciente hasta el último instante, esperando que al final ese corazón se abra y cambie.

Dios es como un buen padre y como una buena madre, también Él es una buena madre: nunca dejan de amar a su hijo, por mucho que se equivoque, siempre. Me viene a la mente las muchas veces que he visto a la gente hacer fila para entrar en la cárcel. Muchas madres en fila para entrar y ver a su hijo preso: no dejan de amar al hijo y ellas saben que la gente que pasa en el autobús dice “Ah, esa es la madre del preso”.

Y sin embargo no tienen vergüenza por esto, o mejor, tienen vergüenza pero van adelante, porque es más importante el hijo que la vergüenza. Así nosotros para Dios somos más importantes que todos los pecados que nosotros podamos hacer, porque Él es padre, es madre, es amor puro, Él nos ha bendecido para siempre. Y no dejará nunca de bendecirnos.

Una experiencia intensa es la de leer estos textos bíblicos de bendición en una prisión, o en un centro de desintoxicación. Hacer sentir a esas personas que permanecen bendecidas no obstante sus graves errores, que el Padre celeste sigue queriendo su bien y esperando que se abran finalmente al bien.

Si incluso sus parientes más cercanos les han abandonado, porque ya les juzgan como irrecuperables, para Dios son siempre hijos. Dios no puede cancelar en nosotros la imagen de hijo, cada uno de nosotros es hijo, es hija.

A veces ocurren milagros: hombres y mujeres que renacen.  Porque encuentran esta bendición que les ha ungido como hijos. Porque la gracia de Dios cambia la vida: nos toma como somos, pero no nos deja nunca como somos.

Pensemos en lo que hizo Jesús con Zaqueo (cfr. Lc 19,1-10), por ejemplo. Todos veían en él el mal; Jesús sin embargo ve un destello de bien, y de ahí, de su curiosidad por ver a Jesús, hace pasar la misericordia que salva.

Así cambió primero el corazón y después la vida de Zaqueo. En las personas marginadas y rechazadas, Jesús veía la indeleble bendición del Padre. Zaqueo es un pecador público, ha hecho muchas cosas malas, pero Jesús veía ese signo indeleble de la bendición del Padre y de ahí su compasión. Esa frase que se repite tanto en el Evangelio, “tuvo compasión”,  y esa compasión lo lleva a ayudarlo y cambiarle el corazón.

Es más, llegó a identificarse a sí mismo con cada persona necesitada (cfr. Mt 25,31-46). En el pasaje del “protocolo” final sobre el cual todos nosotros seremos juzgados, Mateo 25, Jesús dice: “Yo estaba hambriento, yo estaba desnudo, yo estaba en la cárcel, yo estaba en el hospital, yo estaba ahí…”.

Ante la bendición de Dios, también nosotros respondemos bendiciendo —Dios nos ha enseñado a bendecir y nosotros debemos bendecir—: es la oración de alabanza, de adoración, de acción de gracias.

El Catecismo escribe: “La oración de bendición es la respuesta del hombre a los dones de Dios: porque Dios bendice, el corazón del hombre puede bendecir a su vez a Aquel que es la fuente de toda bendición” (n. 2626). La oración es alegría y reconocimiento. Dios no ha esperado que nos convirtiéramos para comenzar a amarnos, sino que nos ha amado primero, cuando todavía estábamos en el pecado.

No podemos solo bendecir a este Dios que nos bendice, debemos bendecir todo en Él, toda la gente, bendecir a Dios y bendecir a los hermanos, bendecir el mundo: esta es la raíz de la mansedumbre cristiana, la capacidad de sentirse bendecidos y la capacidad de bendecir.

Si todos nosotros hiciéramos así, seguramente no existirían las guerras. Este mundo necesita bendición y nosotros podemos dar la bendición y recibir la bendición. El Padre nos ama. Y a nosotros nos queda tan solo la alegría de bendecirlo y la alegría de darle gracias, y de aprender de Él a no maldecir, sino bendecir.

Y aquí solamente una palabra para la gente que está acostumbrada a maldecir, la gente que tiene siempre en la boca, también en el corazón, una palabra fea, una maldición. Cada uno de nosotros puede pensar: ¿yo tengo esta costumbre de maldecir así? Y pedir al Señor la gracia de cambiar esta costumbre para que nosotros tengamos un corazón bendecido y de un corazón bendecido no puede salir una maldición. Que el Señor nos enseñe a no maldecir nunca sino a bendecir.

© Librería Editora Vaticana

Consejo de Cardenales: Nueva reunión online

Reforma de la Curia Romana

DICIEMBRE 02, 2020 11:49LARISSA I. LÓPEZCIUDAD DEL VATICANOPAPA FRANCISCO

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(zenit – 2 dic. 2020).- En la tarde de ayer, 1 de diciembre de 2020, a las 16 horas, tuvo lugar una nueva reunión del Consejo de Cardenales, desarrollada online a causa de la pandemia.

Los miembros de esta estructura creada en 2013 para ayudar al Santo Padre en la reforma de la Curia Romana se conectaron desde su residencia. El Papa Francisco también participó en la reunión desde la Casa de Santa Marta, informa la Oficina de Prensa de la Santa Sede en un comunicado.

Tras un breve saludo de Francisco, “se presentó a los participantes el nuevo miembro del Consejo, el cardenal Ambongo Besungu, arzobispo metropolitano de Kinshasa, y se hicieron algunas aportaciones sobre la vida de la Iglesia en los distintos continentes, en particular en la actual situación sanitaria”, se lee en el texto.

Asimismo, el secretario del Consejo de Cardenales “resumió los pasos dados en la redacción del texto de la nueva Constitución Apostólica, mientras que entretanto se están estudiando las observaciones, enmiendas y propuestas recibidas de los Dicasterios cuestionados en los últimos meses”.

De acuerdo al comunicado, la próxima reunión está prevista para el mes de febrero.

Reforma de la Curia Romana

En el encuentro anterior, celebrado el pasado mes de octubre, el Papa destacó que la reforma de la Curia Romana “ya está en marcha” y que hay cambios que ya son efectivos, “también en algunos aspectos administrativos y económicos”.

Los miembros del Consejo de Cardenales, conocido como C7, son los cardenales Pietro Parolin, secretario de Estado Vaticano; Giuseppe Bertello, presidente del Gobierno de la Ciudad del Vaticano; Óscar A. Rodríguez Maradiaga, arzobispo de Tegucigalpa, Honduras; Reinhard Marx, arzobispo de Munich, Alemania; Sean Patrick O’Malley, arzobispo de Boston, Estados Unidos; Oswald Gracias, arzobispo de Bomay, India; y Fridolin Ambongo Besungu, arzobispo metropolitano de Kinshasa, República Democrática del Congo; así como el secretario del Consejo, Mons. Marco Mellino.

 

SAN FRANCISCO JAVIER*

Memoria

— El celo apostólico de San Francisco Javier.

— Ganar nuevos apóstoles para Cristo.

— La eficacia apostólica de nuestra vida.

I. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?1. Estas palabras de Jesús se metieron hondamente en el alma de San Francisco Javier y le llevaron a un cambio radical de vida.

¿De qué servirían todos los tesoros de esta vida, si dejáramos pasar lo esencial? ¿Para qué querríamos éxitos y aplausos, triunfos y premios, si al final no encontráramos a Dios? Todo habría sido engaño, pérdida de tiempo: el fracaso más completo. Comprendió Javier el valor de su alma y de las almas de los demás, y Cristo llegó a ser el centro verdadero de su vida. Desde entonces, el celo por las almas fue en él «una apasionada impaciencia»2. Sintió en su alma el apremio incontenible de la salvación del mundo entero y estuvo dispuesto a dar su vida por ganar almas para Cristo3.

La impaciencia santa que consumió el corazón de San Francisco le hizo escribir, cuando se encontraba ya en el lejano Oriente, estas palabras que expresan bien lo que fue su vida: «... y los cristianos nativos, privados de sacerdotes, lo único que saben es que son cristianos. No hay nadie que celebre para ellos la Misa, nadie que les enseñe el Credo, el Padrenuestro... Por eso, desde que he llegado aquí, no me he dado momento de reposo: me he dedicado a recorrer las aldeas, a bautizar a los niños que no habían recibido aún este sacramento. De este modo, purifiqué a un número ingente de niños que, como suele decirse, no sabían distinguir la mano derecha de la izquierda. Los niños no me dejaban recitar el Oficio divino ni comer ni descansar, hasta que les enseñaba alguna oración»4.

El Santo contemplaba como nosotros hoy- el panorama inmenso de tantas gentes que no tienen quien les hable de Dios. Siguen siendo una realidad en nuestros días las palabras del Señor: La mies es mucha y los operarios, pocos5. Esto le hacía escribir a Javier, con el corazón lleno de un santo celo: «Muchos, en estos lugares, no son cristianos, simplemente porque no hay quien los haga tales. Muchas veces me vienen ganas de recorrer las Universidades de Europa, principalmente la de París, y de ponerme a gritar por doquiera, como quien ha perdido el juicio, para impulsar a los que poseen más ciencia que caridad, con estas palabras: “¡Ay, cuántas almas, por vuestra desidia, quedan excluidas del Cielo y se precipitan en el infierno!”.

»¡Ojalá pusieran en este asunto el mismo interés que ponen en sus estudios! Con ello podrían dar cuenta a Dios de su ciencia y de los talentos que se les han confiado. Muchos de ellos, movidos por estas consideraciones y por la meditación de las cosas divinas, se ejercitarían en escuchar la voz divina que habla en ellos y, dejando a un lado sus ambiciones y negocios humanos, se dedicarían por entero a la voluntad y al querer de Dios, diciendo de corazón: Señor, aquí me tienes; ¿qué quieres que haga? Envíame donde Tú quieras, aunque sea hasta la India»6.

Este mismo celo debe arder en nuestro corazón. Pero de modo ordinario el Señor quiere que lo ejercitemos allí donde nos encontramos: en la familia, en medio del trabajo, con nuestros amigos y compañeros. «Misionero. -Sueñas con ser misionero. Tienes vibraciones a lo Xavier: y quieres conquistar para Cristo un imperio. ¿El Japón, China, la India, Rusia..., los pueblos fríos del norte de Europa, o América, o África, o Australia?

»Fomenta esos incendios en tu corazón, esas hambres de almas. Pero no me olvides que eres más misionero “obedeciendo”. Lejos geográficamente de esos campos de apostolado, trabajas “aquí” y “allí”: ¿no sientes ¡como Xavier! el brazo cansado después de administrar a tantos el bautismo?»7. ¡Cuántas gentes con el corazón y el alma pagana encontramos en nuestras calles y plazas, en la Universidad, en el comercio, en la política ...!

II. Y les dijo: Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura8. Todos los cristianos debemos sentirnos urgidos a dar cumplimiento a estas palabras dondequiera que nos encontremos, con valentía, con audacia, como nos lo recuerda Juan Pablo II: «los cristianos estamos llamados a la valentía apostólica, basada en la confianza en el Espíritu»9. Miramos a nuestro alrededor y nos damos cuenta de que son muchedumbre los que no conocen aún a Cristo. Incluso muchos que fueron bautizados viven como si Cristo no los hubiera redimido, como si Él no estuviera realmente presente en medio de nosotros. ¡Cuántos andan hoy como aquellos que atraían la misericordia de Jesús, porque andaban como ovejas sin pastor10, sin una dirección precisa en sus vidas, desorientados, perdiendo lo mejor de su tiempo porque no saben a dónde ir! También nosotros nos llenamos de compasión, como hacía el Señor, por esas personas que, aunque humanamente parecen triunfar en ocasiones, están en el mayor de los fracasos porque no sienten ni se comportan como hijos de Dios que se dirigen hacia la Casa del Padre. ¡Qué pena si alguno dejara de encontrar al Maestro por nuestra omisión, por la falta de ese espíritu apostólico!

Debemos comunicar nuestro celo por las almas a otros para que a su vez sean mensajeros de la Buena Nueva que Cristo ha dejado al mundo. De mil formas diferentes, con unas palabras u otras, con una conducta ejemplar siempre, hemos de hacer eco a aquellas palabras que el Papa Juan Pablo II pronunció en el lugar de nacimiento de San Francisco, en Javier: «Cristo necesita de vosotros y os llama para ayudar a millones de hermanos vuestros a ser plenamente hombres y salvarse. Vivid con esos nobles ideales en vuestra alma y no cedáis a la tentación de las ideologías de hedonismo, de odio y de violencia que degradan al hombre. Abrid vuestro corazón a Cristo, a su ley de amor; sin condicionar vuestra disponibilidad, sin miedo a respuestas definitivas, porque el amor y la amistad no tienen ocaso»11, duran para siempre. Y si alguna vez no sabemos qué decir a nuestros amigos y parientes para que se sientan comprometidos en esta tarea divina, la más alegre de todas, pensemos en cómo fue ganado Javier para la empresa grande que el Señor le preparaba, mientras realizaba sus estudios: «¿Razones?... ¿Qué razones daría el pobre Ignacio al sabio Xavier?»12. Pocas y pobres para operar el cambio profundo en el alma del amigo. Hemos de ser audaces y confiar siempre en la gracia, en la ayuda de la Virgen y de los Santos Ángeles Custodios.

Pidamos al Señor que despierte en nosotros el amor ardiente que inflamó a San Francisco Javier en el celo por la salvación de las almas...13. Pidamos a Santa María que sean muchos los que arrastremos con nosotros para que se conviertan a su vez en nuevos apóstoles.

III. San Francisco Javier, como han hecho todas las almas santas, pedía siempre a los destinatarios de sus cartas «la ayuda de sus oraciones»14, pues el apostolado ha de estar fundamentado en el sacrificio personal, en la oración propia y en la de los demás. En todo momento, pero de modo particular si alguna vez las circunstancias nos impidieran llevar a cabo un apostolado más directo, hemos de tener muy presente la eficacia de nuestro dolor, del trabajo bien hecho, de la oración.

Santa Teresa de Lisieux, intercesora de las misiones, junto a San Francisco Javier, a pesar de no haber salido del convento sentía con fuerza el celo por la salvación de todas las almas, también las más lejanas. Experimentaba en su corazón las palabras de Cristo en la Cruz, tengo sed, y encendía su corazón en deseos de llegar a los lugares más apartados. «Quisiera escribe recorrer la tierra predicando vuestro Nombre y plantando, Amado mío, en tierra infiel vuestra gloriosa Cruz. Mas no me bastaría una sola misión, pues desearía poder anunciar a un tiempo vuestro Evangelio en todas las partes del mundo, hasta en las más lejanas islas. Quisiera ser misionera, no solo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo, y continuar siéndolo hasta la consumación de los siglos»15. Y cuando, encontrándose ya muy enferma, daba un breve paseo, y una hermana, al ver su fatiga, le recomendó descansar, respondió la Santa: «¿Sabe lo que me da fuerzas? Pues bien, ando para un misionero. Pienso que allá muy lejos puede haber uno casi agotado de fuerzas en sus excursiones apostólicas, y para disminuir sus fatigas, ofrezco las mías a Dios»16. Y hasta esos lugares llegó su oración y su sacrificio.

El celo por las almas también se ha de manifestar en todas las ocasiones. No pueden ser disculpa la enfermedad, la vejez o el aparente aislamiento. A través de la Comunión de los Santos podemos llegar muy lejos. Tan lejos como grande sea nuestro amor a Cristo. Entonces, la vida entera, hasta el último aliento aquí en la tierra, habrá servido para llevar almas al Cielo, como sucedió a San Francisco, que moría frente a las costas de China, anhelando poder llevar a esas tierras la Buena Nueva de Cristo. Ninguna oración, ningún dolor ofrecido con amor, se pierde: todos, de un modo misterioso pero real, producen su fruto. Ese fruto que un día, por la misericordia de Dios, veremos en el Cielo y nos llenará de una dicha incontenible.

1 Mc 8, 36. — 2 Juan Pablo II, Discurso en Javier, 6-XI-1982. — 3 Cfr. F. Zubillaga, Cartas y escritos de San Francisco Javier, BAC, Madrid 1953, 54, 4. — 4 Liturgia de las Horas. De las Cartas de San Francisco Javier a San Ignacio. — 5 Mt 9, 37. — 6 Liturgia de las Horas, loc. cit. — 7 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 315. — 8 Mc 16, 15. — 9 Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 7-XII-1990, n. 30. — 10 Mt 9, 36. — 11 Juan Pablo II, Discurso en Javier, cit. — 12 San Josemaría Escrivá, o. c., n. 798. — 13 Oración después de la comunión. — 14 Cfr. Juan Pablo II, Discurso en Javier, cit. — 15 Santa Teresa de Lisieux, Historia de un alma, ed. del P. Bruno de San José, El Monte Carmelo, 2ª. ed., Burgos 1974, XI, 13. — 16 Ibídem, XII, 9.

San Francisco nació en el castillo de Javier el 7 de agosto de 1506. Estudió en París, donde conoció a San Ignacio de Loyola. Fue uno de los miembros fundadores de la Compañía de Jesús. Ordenado sacerdote en Roma en 1537, se dedicó principalmente a llevar a cabo obras de caridad, En 1541 marchó a Oriente, y durante diez años evangelizó incansablemente la India y el Japón, convirtiendo a muchos. Murió el año 1552, en la isla de Shangchuan, en China.

 

 

Evangelio del jueves: Una vida edificada sobre roca

Evangelio del jueves de la 1° semana de Adviento y comentario al evangelio.

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Mt 7,21.24-27)

No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Por lo tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca. Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: se precipitaron contra aquella casa, y se derrumbó y fue tremenda su ruina.


Comentario

En los Evangelios, Jesús habla en repetidas ocasiones de la llegada del Reino de Dios. Algunos de sus contemporáneos pensaban que se trataba de un reino político, de la próxima restauración del antiguo poder de los reyes de Israel. Pero el Señor deja claro que es otro tipo de reino, que incluso está ya presente: “daos cuenta de que el Reino de Dios está ya en medio de vosotros” (Lc 7,21). Como explica Orígenes, Jesús es el reino en persona, Él mismo es el "misterio del reino de Dios" que fue ofrecido a los discípulos.

En el pasaje de la Misa de hoy, Jesús nos explica cómo podemos entrar en contacto con su persona, empleando algunos verbos. No entra en el reino quien dice, quien sólo habla pero no hace nada, quien solo se conforma con llamarse cristiano. Ese hombre no entrará.

En cambio, pueden entrar en su Reino quienes oyen sus palabras y las ponen en práctica. Una manera concreta de oír sus palabras, de escuchar la voluntad de Dios es leer la Palabra de Dios, por ejemplo con una atenta lectura del Evangelio todos los días; y luego, intentar poner en práctica lo que hemos escuchado o leído, haciendo nuestra la vida de Jesús.

“¿Quieres acompañar de cerca, muy de cerca, a Jesús?... Abre el Santo Evangelio y lee la Pasión del Señor. Pero leer sólo, no: vivir. La diferencia es grande. Leer es recordar una cosa que pasó; vivir es hallarse presente en un acontecimiento que está sucediendo ahora mismo, ser uno más en aquellas escenas”[1].

También la imagen de la edificación de la casa, que concluye esta enseñanza del Señor, representa de manera gráfica lo que ocurre en la vida de todo hombre. Todas las casas sufren lluvias, riadas y vientos, pero solo las vidas fundadas en la roca de la Vida de Jesucristo resistirán a los momentos difíciles y a los sufrimientos.


[1] San Josemaría, Vía Crucis, IXª estación.

 

 

“La lucha contra la soberbia ha de ser constante”

“Es muy grande cosa saberse nada delante de Dios, porque así es” (Surco, 260).

3 de diciembre

El otro enemigo, escribe San Juan, es la concupiscencia de los ojos, una avaricia de fondo, que lleva a no valorar sino lo que se puede tocar. Los ojos que se quedan como pegados a las cosas terrenas, pero también los ojos que, por eso mismo, no sabe descubrir las realidades sobrenaturales. Por tanto, podemos utilizar la expresión de la Sagrada Escritura, para referirnos a la avaricia de los bienes materiales, y además a esa deformación que lleva a observar lo que nos rodea –los demás, las circunstancias de nuestra vida y de nuestro tiempo– sólo con visión humana.

Los ojos del alma se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios. Es una tentación sutil, que se ampara en la dignidad de la inteligencia, que Nuestro Padre Dios ha dado al hombre para que lo conozca y lo ame libremente. Arrastrada por esa tentación, la inteligencia humana se considera el centro del universo, se entusiasma de nuevo con el seréis como dioses y, al llenarse de amor por sí misma, vuelve la espalda al amor de Dios.

(...) La lucha contra la soberbia ha de ser constante, que no en vano se ha dicho gráficamente que esa pasión muere un día después de que cada persona muera. Es la altivez del fariseo, a quien Dios se resiste a justificar, porque encuentra en él una barrera de autosuficiencia. Es la arrogancia, que conduce a despreciar a los demás hombres, a dominarlos, a maltratarlos: porque donde hay soberbia allí hay ofensa y deshonra(Es Cristo que pasa, 6)

 

 

 

Conocerle y conocerte (XI): ​Sois una carta de Cristo

La relación con Dios en nuestra oración está íntimamente unida a todas nuestras acciones en la vida cotidiana. Lo señaló Jesús en su predicación y lo recordaba siempre san Josemaría.

VIDA ESPIRITUAL01/12/2020

Al final del año 57, san Pablo escribe una carta a los cristianos que viven en Corinto. El apóstol es consciente de que en aquella comunidad algunos no le conocen, otros se habían dejado llevar por habladurías que lo desacreditaban, así que en gran parte del texto expone las características que debe tener quien es portador del Evangelio de Jesús. Sabemos también que, por aquella misma razón, había prometido volver a visitarles pronto pero, hasta ese momento, no había podido hacerlo. En este contexto encontramos una de las frases más bonitas de sus escritos. Pablo se pregunta, de manera retórica, si necesita enviar alguna carta de recomendación para que la comunidad lo conozca mejor, para ganarse nuevamente su estima. Y responde, lleno de fe en la acción de Dios en las personas, que su verdadera carta de recomendación es el corazón de cada uno de los cristianos de Corinto; afirma que es el mismo Espíritu Santo quien la escribe en sus almas, valiéndose de lo que san Pablo les había transmitido: «Es notorio que sois una carta de Cristo» (2 Co 3,3).

¿Cómo nos convertimos en esa «carta de Cristo»? ¿Cómo hace Dios para transformarnos poco a poco? «Todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, vamos siendo transformados en su misma imagen, cada vez más gloriosos, conforme obra en nosotros el Espíritu del Señor» (2 Co 3,18). Estas palabras de san Pablo desvelan el método del Espíritu Santo en nosotros. Se trata de hacernos gloriosamente semejantes a Cristo de modo progresivo, contando con el tiempo: esta es la dinámica propia de la vida espiritual.

Querer lo mismo que Jesús

Se comprende muy bien que una de las mayores preocupaciones de Jesús fuera que la oración, al ser un medio privilegiado para cultivar nuestra relación con Dios, no quedase como un elemento aislado en medio de las demás tareas, con poca fuerza para transformar la vida. Por eso Cristo, para insistir sobre esta necesidad de unir oración con transformación de la propia vida, en el Sermón de la Montaña dijo: «No todo el que me dice: "Señor, Señor", entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Muchos me dirán aquel día: "Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y hemos expulsado los demonios en tu nombre, y hemos hecho prodigios en tu nombre?" Entonces yo declararé ante ellos: "Jamás os he conocido (…)"» (Mt 7,21-23). Son unas palabras fuertes. No basta haberle seguido, ni siquiera haber hecho cosas grandes en nombre de Jesús. Se trata de algo mucho más profundo: saber conformarse a la voluntad de Dios.

No nos resulta difícil entender esas palabras de nuestro Señor. Si la oración es camino y expresión de una relación de amistad, entonces debe seguir las características propias de un amor de ese tipo. Entre los amigos se llega, como recuerdan los clásicos, al idem velle, idem nolle, a querer lo mismo y a rechazar lo mismo. La oración cambia nuestra vida porque nos lleva a sintonizar con los deseos del corazón de Cristo, a vibrar con su afán de almas, a buscar con ilusión agradar a nuestro Padre celestial. Si no fuese así, si la oración no nos llevara a esa gloriosa semejanza de la que hablaba san Pablo, sin darnos cuenta nuestra oración se podría transformar en algo similar a una terapia de autoayuda, con la finalidad de mantener en paz nuestro espíritu o de garantizarnos un espacio de soledad. En ese caso, aunque se traten de objetivos que pueden ser positivos, la oración no cumpliría su función principal: dar cauce a una auténtica relación de amistad con Cristo, llamada a transformar la vida.

Esta importante enseñanza de Jesús nos ofrece una pista para revisar la situación de nuestra oración. El criterio no será ya el sentimiento o el gusto espiritual que encuentro en mis ratos de oración; tampoco el número de propósitos que soy capaz de plantearme; ni siquiera el grado de concentración que he alcanzado. La oración, en cambio, podrá ser revisada a la luz del grado de transformación que trae a nuestra vida, a la luz de la progresiva superación de las incoherencias que se dan entre lo creemos y lo que, en último término, logramos vivir.

Una identificación que se da en el tiempo

El mismo san Pablo, que recibió la gracia de encontrarse con Jesús resucitado en el camino de Damasco, pone de manifiesto en otros textos cómo los primeros cristianos eran muy conscientes de que la meta de la oración era la identificación con Cristo. Así, exhortaba a los cristianos de Filipos a tener «los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5) y afirmaba con sencillez a los de Corinto que «nosotros tenemos la mente de Cristo» (1 Co 2,16). Ahora bien, tener los mismos sentimientos y la misma mente del Hijo de Dios es algo que no se puede conseguir solamente como fruto del esfuerzo personal o de la aplicación de unas técnicas de aprendizaje. Se trata de algo que es consecuencia, ciertamente, de la propia lucha por hacer el bien de la manera que lo haría Jesús, pero dentro de una experiencia de comunión, la propia del amor de amistad; así, mediante la gracia, nos abrimos a una asimilación de lo propio de Cristo.

En la medida en que es el efecto propio de una relación de amistad, la identificación con Cristo, fruto de la oración, es progresiva, requiere tiempo. Por eso recordaba san Josemaría que Dios lleva a las almas como por un plano inclinado, trabajando poco a poco en su interior y dándoles deseos y fuerzas de corresponder cada vez mejor a su amor: «En este torneo de amor no deben entristecernos las caídas, ni aun las caídas graves, si acudimos a Dios con dolor y buen propósito en el sacramento de la Penitencia. El cristiano no es un maníaco coleccionista de una hoja de servicios inmaculada. Jesucristo Nuestro Señor se conmueve tanto con la inocencia y la fidelidad de Juan y, después de la caída de Pedro, se enternece con su arrepentimiento. Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí, como a través de un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de subir un poco, día a día»[1]. Saber que las propias miserias –incluso las que más nos humillan– no son un obstáculo insuperable en el amor a Dios y en nuestro camino de identificación completa con él, nos llena de esperanza. Y nos llena también de estupor: ¿cómo es posible que sea verdad ese grito —una vez más de san Pablo— que asegura que nada «podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rm 8,39)?

La respuesta, que solo la oración nos permite percibir de modo completo, se encuentra en la primacía de la iniciativa divina: es Dios quien nos busca y nos atrae. El apóstol Juan, ya en los últimos años de su vida, lo recordaba con emoción: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero y envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4,10). Hacer oración es, pues, hacerse conscientes de que estamos en buenas manos y que nuestro amor –siempre imperfecto— es solo correspondencia al amor de Dios que nos precede, nos acompaña y nos sigue. La contemplación de ese amor es el mayor estímulo para recorrer ese plano inclinado de la identificación profunda con Jesucristo.

Para crecer siempre en el amor

Normalmente, en la vida cristiana, el paso del tiempo va unido al crecimiento personal. Por ello, la correspondencia al amor de Dios que ansiamos en la oración se suele manifestar en deseos de mejora, en un anhelo firme de apartar de nosotros lo que nos aparte de Cristo. De ahí que, quizá con relativa frecuencia, se nos haya enseñado a hacer oración de examen, pidiendo luz para detectar lo que no es propio de nuestra condición de hijos de Dios; hemos aprendido a formular propósitos concretos para –contando siempre con la ayuda de la gracia– aspirar a agradar al Señor, superando aspectos de nuestra vida que nos apartan aunque sea poco de él.

Sabemos muy bien que ese examen y esos propósitos no son un modo de querer conquistar las cosas por nuestra cuenta, sino que se trata de la manera verdaderamente humana de amar: quien desea agradar en todo a la persona amada se esfuerza por alcanzar la mejor versión de sí mismo. Sabiendo que Dios nos quiere como somos, deseamos amarle como él merece. Por eso buscamos, con una saludable tensión, luchar cada día un poco. No queremos caer en la tentación –¡tan fácil!– de justificar nuestras debilidades, olvidando que con su muerte y resurrección Cristo nos ha obtenido la gracia suficiente para vencer nuestros pecados[2].

Cuando san Josemaría era un joven sacerdote, muchos obispos le pedían que predicara durante días de retiro espiritual o ejercicios espirituales. Entonces, algunos le acusaron de predicar «ejercicios de vida y no de muerte»[3]. Estaban acostumbrados a que, en aquellas jornadas, se reflexionase sobre todo en el destino eterno de cada uno y se sorprendían de que san Josemaría hablase también muy ampliamente sobre cómo vivir coherentemente la propia vocación. Esto pone de manifiesto una importante característica de la misión del Opus Dei: enseñar a materializar la vida espiritual, evitando que la oración se convierta en una dimensión independiente y aislada en la vida de las personas; o, como dice san Josemaría, «apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas»[4].

Aunque en nuestros ratos de oración no siempre experimentemos sensiblemente el amor de Dios –algunas veces sí que lo haremos– en realidad está allí siempre presente y operante. Si a ese amor sumamos la lucha en lo que el Señor nos vaya indicando, nuestra vida –nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestras intenciones, nuestras obras– se transformará progresivamente. Llegaremos a ser para los demás Cristo que pasaipse Christus.

Amarle en el prójimo

En una ocasión, un escriba preguntó a Jesús: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». Recordamos muy bien su respuesta: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento. El segundo es como este: amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,36-38).De esta manera, con pocas palabras, Jesús explicó para siempre la unión del amor a Dios con el amor al prójimo. Y se trata de una enseñanza que el Señor quiso seguir insistiendo hasta los últimos instantes antes de subir definitivamente al cielo. Incluso cuando, ya resucitado, se encuentra con Pedro a orillas del mar de Galilea, Jesús responde a las promesas de amor de quien fuera el primer Papa con un invariable: «Apacienta mis ovejas» (cf. Jn 21,15-17).

El motivo último de la unión de ambos mandamientos y, por tanto, de la necesidad de aprender a amar a Cristo en los demás, la encontramos explicado por el mismo Jesús con gran fuerza en la descripción que hace del juicio final. Allí pone de manifiesto que la razón se encuentra en la unión profunda que él ha establecido con cada hombre: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber» (Mt 25,35). En efecto, como enseña el Concilio Vaticano II, «el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre»[5]. Es imposible amarle sin amar también al prójimo, sin aprender a amarle también en el prójimo.

La oración, cuando es auténtica, nos lleva a preocuparnos de los demás; de los que tenemos más cerca y de los que más sufren. Nos lleva a saber convivir con todos y a dar cabida en nuestro corazón también a los que no piensan como nosotros, procurando siempre su bien, con frecuentes detalles de servicio. En ella encontramos fuerzas para perdonar y luces para amar cada vez mejor y de modo más concreto a todos, saliendo de nuestros egoísmos y comodidades, sin temor a complicarnos santamente la vida. Como nos recuerda el papa Francisco, «el mejor modo de discernir si nuestro camino de oración es auténtico será mirar en qué medida nuestra vida se va transformando a la luz de la misericordia»[6]. Adquirir un corazón compasivo y misericordioso, como el de Jesús —imagen perfecta del corazón del Padre— es el fruto último de nuestra vida de oración, señal cierta de nuestra identificación con Cristo.

Nicolás Álvarez de las Asturias / Photo: Ava Sol - Unsplash


[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 75

[2] Cf. san Juan Pablo II, Enc. Veritatis splendor, nn. 102-103.

[3] Cf. Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. 2, pp. 675-680.

[4] San Josemaría, Conversaciones, n. 114.

[5] Concilio Vaticano II, Const. pastoral Gaudium et spes, n. 22.

[6] Francisco, Ex. Ap. Gaudete et exsultate, n. 105.

Retiro de diciembre #DesdeCasa

Esta guía es una ayuda para hacer por tu cuenta el retiro mensual, allí dónde te encuentres, especialmente en caso de imposibilidad de asistir en el oratorio o iglesia donde habitualmente nos reunimos para orar.

ÚLTIMAS NOTICIAS01/12/2020

∙ Descarga el retiro mensual #DesdeCasa (PDF)

1. Introducción
2. Meditación I: “El triunfo de Cristo en la humildad”
3. Meditación II sobre la Humanidad Santísima del Señor.
4. Charla. Sagrada Familia, santificar la vida en familia: educar en las virtudes a los hijos
5. Lectura espiritual
6. Examen de conciencia


 

1. Introducción al retiro mensual de diciembre

Adviento

En el Adviento la Santísima Trinidad renueva sus promesas sobre nuestra vida y las lleva a cabo. Lo que Dios sigue haciendo es salvarnos, querernos, de un modo sorprendente y maravilloso: la Encarnación. Somos hechos hijos de Dios, e invitados ahora a aumentar el sentido de nuestra filiación divina, a introducirnos en la vida de Dios uniéndonos a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor Jesucristo, persona divina hecho hijo de María y José.

Al contemplar a Dios Niño necesitado de los cuidados de un hogar, somos invitados a dar gracias por la familia y renovar la vida familiar bajo la intercesión de la Sagrada Familia.

Recogimiento

El retiro mensual es un apartamiento momentáneo de las tareas cotidianas, unas horas de oración sosegada en las que miramos a Dios, al mundo y a nosotros mismos. No es fácil encontrar el momento en los ritmos que la vida familiar y profesional marca en estos tiempos de pandemia.

Es necesario buscar el momento. Darse el tiempo. Dedicar un rato señalado a Nuestro Señor. Encontrar el lugar tranquilo, libre de distracciones y conquistar el silencio interior. Abandonar otras tareas, apagar el móvil y abrir un cuaderno donde anotar ideas, decisiones, deseos, jaculatorias que nos conduzcan a la presencia de Dios, a una conversación filial y amorosa con la Santísima Trinidad.


2. Primera meditación: “El triunfo de Cristo en la humildad” (30 min)

Enlace para leer la homilía del fundador del Opus Dei sobre la Navidad.


3. Segunda meditación: Humanidad Santísima del Señor.

A. Lectura de Uno de los nuestros: la Encarnación.

B. Lectura de Textos sobre el Adviento (1): Para tomarlo en nuestros brazos.


4. Charla. Sagrada Familia, santificar la vida en familia: educar en las virtudes a los hijos.

Se proponen tres respuestas de san Josemaría a preguntas de madres y padres sobre la educación de sus hijos:

A. Comprender a los hijos.

B. Formar a los hijos en la sobriedad.

C. Los hijos, el principal trabajo profesional de los padres.


5. Lectura. La figura histórica de Jesús

¿Quién es Jesús? ¿qué sabemos de Él? El autor de este artículo define la figura de Cristo como "una piedra de escándalo para la razón".


6. Examen de conciencia

1. ¿Doy gracias a Dios por el don de la filiación divina? ¿Trato a Dios como un Padre lleno de Amor misericordioso, que ha enviado a su Hijo para salvarnos? ¿Trato al Espíritu Santo para que crezca mi vida de hijo de Dios? ¿Manifiesto mi alegría en la caridad con que trato a los demás?

2. ¿Pido a Jesucristo que me ayude a dirigirme a Dios Padre con plena confianza? ¿Contemplo en su palabra y en sus obras el modelo de mi santidad? “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8, 14). ¿Acudo al Espíritu Santo para llamar con confianza a mi Padre Dios?

3. ¿Leo y medito diariamente el Santo Evangelio? En mi oración, ¿intento meterme en la narración evangélica, como un personaje más, y confrontar mi vida con la del Señor? ¿Enseño a leer el Evangelio a mis amigos?

4. ¿Me admiro al pensar en los años de vida oculta del Señor, que iluminan mi quehacer cristiano corriente en medio del mundo? ¿Me doy cuenta de que el trabajo escondido de Jesucristo es una llamada a vivir cara a Dios, con alegría y generosidad?

5. ¿Estoy dispuesto a cumplir en todo, como Jesucristo, la voluntad de Nuestro Padre Dios que desea lo mejor para mí? ¿He dado al Señor mi corazón por entero? ¿Hay algo que no responde a mi condición de cristiano, y que impide que esté más cerca de Dios?

6. La Santísima Virgen exclama en el Magnificat: “Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador” (Lc 1, 46-47). ¿Vivo el Adviento como tiempo de preparación alegre a la venida del Señor?

7. “Y vinieron presurosos y encontraron a María y a José y al Niño reclinado en el pesebre” (Lc 2, 16). ¿Pongo los medios para lograr un ambiente de preparación para la Navidad en mi hogar?

8. Dice el Evangelio que Jesús vivía sujeto a José y a María, y que su madre “conservaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón” (Lc 2, 51). ¿Pido a María, Madre de Jesús y Madre nuestra, que me ayude a purificar mi corazón, para vivir alegremente la Navidad?

Acto de contrición

Esa corriente trinitaria de Amora c

El Misterio de la Trinidad cambia en profundidad nuestra mirada sobre el mundo, porque revela cómo el Amor es el tejido mismo de la realidad.

LA LUZ DE LA FE15/01/2018

Los cristianos reconocemos el origen de todo lo que existe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Se llega a ser cristiano a través del bautismo en el nombre de las tres Personas divinas. Y todo en nuestra vida está marcado por el signo de la Cruz, «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», según las palabras del propio Jesús (Cfr. Mt 28,19). Pero ¿qué significa esta fe en la Trinidad para nuestra vida? ¿Cómo se traduce en nuestra existencia diaria, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestro descanso?

SE LLEGA A SER CRISTIANO A TRAVÉS DEL BAUTISMO EN EL NOMBRE DE LAS TRES PERSONAS DIVINAS; PERO ¿QUÉ SIGNIFICA ESTA FE EN LA TRINIDAD PARA NUESTRA VIDA?

Aunque solo en el cielo comprenderemos hasta qué punto la Trinidad es nuestro verdadero hogar, hasta qué punto nuestra vida «está escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3), la fe cristiana nos pone ya ahora en camino hacia este Misterio, que contiene la respuesta a todas nuestras preguntas; que nos dice quiénes somos en realidad. El Misterio de la Trinidad cambia en profundidad nuestra mirada sobre el mundo, transfigura nuestra existencia: lo que, tomado por sí mismo, sería banal o insignificante se ilumina desde dentro. Nos detendremos aquí, de entre los muchos aspectos de la fe en la Trinidad, en dos que están fuertemente entrelazados entre sí: la profundidad del Misterio y el valor divino del amor humano.

El Misterio de los misterios

Desde las primeras generaciones de cristianos, los teólogos, los santos y quienes han vivido una auténtica e intensa experiencia de Dios tienen una predilección especial por su Misterio, el Misterio de la Trinidad (Mysterium Trinitatis). También en la vida diaria se habla con frecuencia de misterio, aunque en el sentido de una realidad de difícil acceso, como saber quién es el criminal en una novela de intriga, o cuál es la solución de una ecuación o de un problema difícil. En todos estos casos el término se refiere a los límites de nuestra capacidad de conocer. En cambio, cuando se habla de Misterio de Dios, la cuestión ya no nos concierne solamente a nosotros, sino sobre todo a Él mismo y a su infinita profundidad. El Misterio de Dios no es insondable porque sea oscuro sino, al contrario, porque es demasiado luminoso: los ojos de nuestra inteligencia se deslumbran al mirarlo, como sucede cuando uno mira hacia el sol en pleno día.

Una piadosa leyenda medieval, representada también en magníficas obras pictóricas, cuenta que un día san Agustín paseaba por la playa, intentando comprender cómo es posible que Dios sea uno y trino, y encontró un niño que con un pequeño cubo vertía el agua del mar en un agujero excavado en la arena, con intención de meter el mar en el agujero. El gran Padre de la Iglesia intentó hacerle ver lo imposible de su pretensión; el chico le respondió que más absurdo aún era intentar comprender el Misterio de la Trinidad. El Misterio de Dios es como la inmensidad del mar, como la luz cegadora del sol. Ante el «océano del amor infinito», la única respuesta verdaderamente razonable es «sumergirse» confiadamente[1], «bucear en ese mar inmenso»[2].

En una de sus catequesis, san Josemaría lo explicaba con una fórmula verdaderamente eficaz, a propósito de cómo hablar sobre Dios: «Y cuando (…) te digan que no entienden la Trinidad y la Unidad, les respondes que tampoco yo la entiendo, pero que la amo y la venero. Si comprendiera las grandezas de Dios, si Dios cupiera en esta pobre cabeza, mi Dios sería muy pequeño..., y, sin embargo, cabe –quiere caber– en mi corazón, cabe en la hondura inmensa de mi alma, que es inmortal»[3]. Un Dios totalmente comprensible no sería misterio, sería poca cosa. En cambio, la paradoja cristiana consiste en el hecho de que, aunque la Trinidad infinita no puede ser comprendida por nuestra inteligencia, a la vez habita en nosotros, en nuestro corazón.

"¡SEÑOR, GRACIAS PORQUE ERES TAN GRANDE QUE NO ME CABES EN LA CABEZA, Y GRACIAS TAMBIÉN PORQUE ME CABES EN EL CORAZÓN!" (SAN JOSEMARÍA)

La dificultad para comprender el Misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo no se debe a que sea un absurdo, sino a que es un Misterio de Amor: una comunión de Personas. Nuestro Dios es Misterio porque es Amor: todo en Él es Don perfecto y eterno. Y el mundo creado es expresión de ese Amor. A través del mundo, y de las personas que nos rodean, podemos comprender por qué es necesaria la fe para acceder a esta verdad, que incluso los más grandes filósofos no han podido encontrar sin la Revelación. No se trata de creer en lo absurdo, sino de entrar en la dimensión personal, cosa que solo logramos cuando abrimos el corazón. «¡Señor, gracias porque eres tan grande que no me cabes en la cabeza, y gracias también porque me cabes en el corazón!»[4]

¿Por qué Dios se oculta en su Misterio? En realidad no es que se oculte: incluso entre los seres humanos sucede que la intimidad del alma de otro solo se puede conocer a través de un acto voluntario de revelación de lo que uno tiene en el corazón, como los recuerdos, los sueños, las preocupaciones o los miedos. Aunque desde fuera se pueda intuir algo, para que otro acceda a lo que verdaderamente se encuentra dentro de nosotros es necesaria una “revelación” de nosotros mismos; y es necesario también que quien participa de esa “revelación” logre comprenderla, asimilarla. No nos debe extrañar que el Misterio de Dios nos supere: nuestros ojos deben acostumbrarse poco a poco a su luz. Por eso, si en la vida de cada día es necesario aprender «siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro»[5], ante el Misterio de la Trinidad, la primera actitud a asumir es la de la humildad y el profundo respeto, porque se entra en el espacio de la Libertad y del Don, esa Libertad y Don que son precisamente el origen del Amor, de todo amor.

El Amor de los amores

NUESTRO DIOS ES UNO Y TRINO PRECISAMENTE PORQUE ES AMOR ABSOLUTO, SIN RESERVAS, SIN CONDICIONES: EL AMOR CON EL QUE TODOS SOÑAMOS

«No hay más amor que el Amor», anotaba san Josemaría en 1931[6]. La inmersión en la profundidad del Misterio del Dios uno y trino nos lleva a leer el mundo y la historia a su luz, que es la «luz verdadera» (Jn 1,9): como si pasáramos de intentar descifrar un texto en la penumbra a leerlo a pleno sol, y descubriéramos que no estábamos entendiendo prácticamente nada. «Dios es amor» (1 Jn 4,16) porque es una comunión eterna de tres Personas, que se entregan recíprocamente, sin reservas: tres Personas unidas de modo absoluto y eterno por una relación de don total y libre de Sí. El sentido del mundo y de la existencia de cada hombre reposa en esa libertad auténtica, esa «corriente trinitaria de Amor»[7].

El Padre, en efecto, genera al Hijo dándole todo lo que Él mismo es, y no simplemente algo que posee. La primera Persona divina es Padre con todo su ser, Padre sin límites, de modo que el Hijo generado por Él no solo se le parece, sino que es una sola cosa con Él: es Dios mismo en su eternidad y su infinitud. El Hijo, Imagen perfecta del Padre, se entrega de nuevo a Él, es decir, responde al don que recibe dándose Él mismo totalmente al Padre, como este se le ha entregado. Y el Don que el Padre y el Hijo se intercambian eternamente es el Espíritu Santo, tercera Persona de la Trinidad. El Espíritu Santo es el Amor que une a las primeras dos Personas, y es Dios, porque es una sola cosa con ellos. Así, nuestro Dios es uno y trino precisamente porque es Amor absoluto, porque es Don perfecto, sin reservas, sin condiciones: el Amor con el que todos soñamos.

San Agustín, aunque llegó a darse cuenta de la limitación de nuestros conceptos, lo explicó de un modo que permite asomarse a esta vida íntima de la Trinidad. El amor, escribió en su tratado sobre la Trinidad, implica siempre la presencia de un amante, de un amado y de su amor[8]. Análogamente, para que se pueda hablar de don, debe haber alguien que da, otro que recibe y también aquello mismo que se da: el don, el regalo. Solo con esta tríada hay Amor. Y cuando el Amor o el Don es infinito, y por tanto entra en el espacio del Misterio de Dios, estos tres términos son infinitos y perfectos. De modo que nuestro Dios es uno y trino precisamente porque es Amor. De este Amor sin límites surge, y hacia él se dirige, «el deseo que todos nosotros tenemos de infinito, la nostalgia que todos nosotros tenemos de lo eterno»[9].

DIOS ES TODO ÉL FELICIDAD QUE QUIERE COMUNICARSE, Y POR ESO HA CREADO TODAS LAS COSAS: PARA INTRODUCIRNOS EN SU ALEGRÍA INFINITA

Uno de los modos en que los cristianos acompañan el Nombre de la Trinidad es beatissima: felicísima. Dios es todo Él felicidad que quiere comunicarse, y por eso ha creado todas las cosas: para introducirnos en su alegría infinita. El mundo en el que vivimos, y la existencia de cada uno, tiene su origen en ese eterno Don recíproco que es la Vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El hombre existe, pues, en la medida en que es amado por las tres Personas divinas. Y por eso su valor es infinito. Desde esta luz, «nos parecen admirables tanto el origen como el fin de la creación, que consisten en el amor. Un amor absolutamente desinteresado, porque Dios no tiene ninguna necesidad de nosotros: somos nosotros quienes tenemos necesidad de Él»[10].

Si el mundo surge del desbordamiento del Amor de las tres Personas divinas, el sentido de la vida de quien cree en la Trinidad es el amor. Y por eso todo verdadero amor remite, en su núcleo más íntimo, a la Trinidad, como ha explicado recientemente el Papa Francisco, retomando las enseñanzas de san Juan Pablo II[11]. Así, la importancia fundamental de la familia para la fe cristiana no está ligada solo a la dimensión moral o a consideraciones sociológicas. La misma relación fecunda de los esposos es imagen que guía en el encuentro con el Misterio de la Trinidad: «el Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente»[12].

El cristiano, pues, sabe que el primer principio de cualquier cosa no es una unidad abstracta o una idea universal, sino una comunión de Personas: una comunión radiante de felicidad. El fondo de la realidad, lo que es más verdadero, se encuentra en las relaciones interpersonales. Qué sea la felicidad es un misterio que se empieza a desvelar precisamente ahí; el sentido de la vida se juega a esa profundidad. La amistad, el servicio de los demás, la fraternidad, el amor en todas sus formas, no son solo palabras bonitas o prácticas positivas sugeridas por un buen corazón. El cultivo cuidadoso de las relaciones interpersonales resulta el acto más realista y eficaz, la mejor inversión posible: porque el fundamento de la realidad es trinitario. El pecado, por contraste, es esencialmente superficial: no ve lo que verdaderamente cuenta, y lleva a inversiones pésimas. El pecado se cierra al otro, lo descarta; supone, en fin, una verdadera miopía existencial, de la que todos necesitamos irnos curando. La revelación de la Trinidad y la fe que se despliega a partir de este Misterio es colirio para nuestros ojos: nos habla de cómo ganar verdaderamente en la vida, y de cómo ganar a todos para la Vida.

EL FONDO DE LA REALIDAD SE ENCUENTRA EN LAS RELACIONES INTERPERSONALES; QUÉ SEA LA FELICIDAD ES UN MISTERIO QUE SE EMPIEZA A DESVELAR PRECISAMENTE AHÍ

La mirada de los santos, que se saben pecadores como todos, se mueve entre el Cielo y la tierra; reconoce que la verdadera realización de sí se encuentra en el amor y en el servicio: ahí se libera el acceso a la realidad más auténtica. Los mismos gestos de afecto, como los abrazos; o los de cortesía, como darse la mano, se hacen eco del amor de la Trinidad, porque significan el deseo o la disponibilidad para ser uno en el otro, como las personas divinas son una en la otra. «El que me ha visto a mí ha visto al Padre», dice Jesús a Felipe (Jn 14,9). Quien ve al Hijo ve al Padre, porque el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre: son todo Amor. Así es la vida de la Trinidad, la vida a la que Dios nos llama: la vida misma del Padre es dar su vida al Hijo; la vida misma del Hijo es agradecer la vida al Padre; el Espíritu Santo es Él mismo esa Vida para el Otro.

Surge así otra dimensión de la contemplación del mundo a la luz de la Trinidad: si el principio de todas las cosas es nuestro Dios, entonces en el origen y en el destino de la realidad se encuentra el Amor del Padre por el Hijo y del Hijo por el Padre. La Escritura nos lo deja entrever en el aletear del Espíritu de Dios sobre las aguas (cfr. Gn 1,2): el Amor de la Trinidad abraza el universo. Y, de un modo más explícito, retomando el relato de la creación a la luz de la encarnación del Verbo, el prólogo del cuarto Evangelio dice que «todo se hizo por Él» (Jn 1,3): en todo se refleja la Filiación de Cristo, y a Él se ordena todo (cfr. Ef 1,10). Las estrellas lejanas, el mar profundo, las montañas más altas o las flores más bellas, todos hablan del don absoluto que el Padre vierte en la generación del Hijo: todo es icono de esta relación eterna de amor. Toda la creación habla de Cristo, como dice la liturgia, parafraseando a san Pablo: «Ahora se cumple el designio del Padre: hacer de Cristo el corazón del mundo»[13].

De aquí nace la posibilidad de contemplar el mundo y la historia, en sus dimensiones más cotidianas y prosaicas, como lugar de encuentro con Dios, como tarea filial confiada al hombre por el Padre, en Cristo. A la luz de la Trinidad el cristiano se puede reconocer como “socio” de Dios, como heredero en Cristo de todas las cosas, colaborando con Él para llevar todo al Padre, con una profunda gratitud por su don: siendo todo él agradecimiento. Este es el corazón de toda Misa, el acto eucarístico más auténtico, a través del cual la creación vuelve a la relación con su origen, a la Trinidad.

María y la Trinidad

San Josemaría confiaba en una ocasión: «Trato de llegar a la Trinidad del Cielo por esa otra trinidad de la tierra: Jesús, María y José. Están como más asequibles»[14]. El amor de los tres de la Sagrada Familia, sus relaciones de don recíproco, le guiaba en la contemplación de la Trinidad beatísima, remontando el río en búsqueda de la fuente, desde los amores hasta el Amor de los amores.

Santa María es quien mejor ha realizado este retorno a Dios, esta restitución en Cristo del mundo a la Trinidad. La existencia de María es trinitaria; está completamente transfigurada de amor: María recibe su ser, y lo entrega de nuevo al Padre en Cristo gracias al Espíritu Santo, que es el Amor mismo y que la ha cubierto con su sombra (Cfr. Lc 1,35). María es criatura, María es una mujer de Palestina, pero todo en Ella está impregnado del Amor que constituye la relación eterna entre el Padre y el Hijo. Así Ella es Señora de la creación y de la historia: todo se ha confiado a su Corazón inmaculado, porque nadie conoce mejor que ella el mundo, nadie lo transforma mejor que ella, a través de su diálogo íntimo y familiar con cada persona de la Trinidad. Con Ella podemos vivir «en el seno de la Trinidad (…) adentrarnos en el Padre y descubrir nuevas dimensiones que iluminan las situaciones concretas y las cambian»[15], que llevan a «hacer de Cristo el corazón del mundo».

Giulio Maspero

 


Lecturas para profundizar

Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 232-267.

Juan Pablo II, Audiencias del 19 enero al 26 enero 2000 (En las fuentes y en el estuario de la historia de la salvaciónLa gloria de la Trinidad en la creaciónLa gloria de la Trinidad en la historia)

Benedicto XVI, Angelus 7 abril 2009

Francisco, Angelus 22 mayo 2016


Barron, R. Catolicismo: un viaje al corazón de la fe (cap. 3. El inefable misterio de Dios: “Aquello mayor que lo cual nada puede pensarse”), Doubleday, 2013 (orig. Catholicism: a Journey to the Heart of the Faith).

Daniélou, J. La Trinidad y el misterio de la existencia, Paulinas, 1969 (orig. La Trinité et le mystère de l’existence).

Daniélou, Dios y nosotros (cap. VI "El Dios de los místicos"), Cristiandad 2003 (orig. Dieu et nous).

Guardini, El SeñorMeditaciones sobre la persona y la vida de Jesucristo (VI.6: “En el Espíritu Santo”) Cristiandad, 2006 (orig. Der Herr, Betrachtungen über die Person und das Leben Jesu Christi).

Lewis, C.S. Mero cristianismo (IV. “Más allá de la personalidad: o primeros pasos en la doctrina de la trinidad”) Rialp, 1995 (orig. Mere Christianity).

Maspero, G. La Trinidad explicada hoy, Rialp 2017 (orig. Uno perché trino. Breve introduzione al trattato su Dio).

Ratzinger, J. El Dios de los cristianos, Salamanca, Sígueme, 2009 (orig. Der Gott Jesu Christi. Betrachtungen über den Dreieinigen Gott).

Ratzinger, Dios y el mundoCreer y vivir en nuestra época (II.11 “Sobre la Trinidad”) Galaxia Gutenberg, 2002 (orig. Gott und die Welt. Glauben und Leben in unserer Zeit).

San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, nn. 85-86 ("La Eucaristía y el misterio de la Trinidad").

Trese, L. J. La fe explicada (cap. III: “La unidad y trinidad de Dios. ¿Cómo es que son tres?”) Rialp 2014 (orig. Faith explained)

 


[1] Benedicto XVI, Enc. Spe Salvi (30-XI-2007), n. 12.

[2] San Josemaría, notas en una reunión familiar, 14-VI-1974 (Catequesis en América, 1974, vol. I, 449, AGP, Biblioteca, P04).

[3] San Josemaría, notas en una reunión familiar, 9-II-1975 (Catequesis en América, 1975, vol. III, 75, AGP, Biblioteca, P04).

[4] Ibidem.

[5] Francisco, Ex. Ap. Evangelii Gaudium (24-XI-2013), n. 169.

[6] San Josemaría, Camino, n. 417. Cfr. comentario de la edición crítico-histórica.

[7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 85.

[8] San Agustín, De Trinitate, 8.10.14.

[9] Francisco, Audiencia, 27-XI-2013.

[10] Jean Daniélou, La Trinità e il mistero dell’esistenza, Queriniana, Brescia 1989, 44.

[11] Cfr. Francisco, Ex. Ap. Amoris Laetitia (19-III-2016), n. 63. Cfr. San Juan Pablo II, Angelus, 7-VI-1998.

[12] Francisco, Amoris Laetitia, n. 11.

[13] Así reza la versión italiana de la antífona tercera en las vísperas de la feria I de la semana IV del salterio del Tiempo Ordinario.

[14] San Josemaría, “Consumados en la unidad”, en En diálogo con el Señor, edición crítico-histórica, Rialp, Madrid 2017, 422.

[15] Francisco, Evangelii Gaudium, n. 283.

‘Si perdemos el ánimo no sabremos si el camino del futuro es un túnel o un pozo’

Escrito por Víctor Küppers

“Nos rodean muchos problemas y agobios que no son excusas, son obstáculos reales. Pero si nos fijamos solo en la dificultad, no avanzamos…”

Víctor Küppers es profesor de la Universidad Internacional de Cataluña y de la Universidad de Barcelona. Da clases de dirección comercial, pero en su faceta de consultor y formador pone el foco en la dirección vital en conferencias sobre ‘Vivir con entusiasmo’ que llenaban los auditorios de toda España antes del coronavirus. Ahora sus sesiones se titulan ‘De perdidos al río: porque la alternativa es peor’. Una ducha de ánimo para sobreponerse a las inclemencias de la pandemia y sus circunstancias.

Víctor Küppers ni es un gurú, ni coach, ni experto. Es un juntaideas con talento para servirlas en público y provocar un cambio de ánimo en el fondo interior de las personas de las gradas. La verdadera revolución de las sonrisas no está en las tazas de desayuno horteras que inundan los souvenirs. Más bien está en el zumo de la psicología positiva que este hombre exprime sin purpurinas hasta convertir sus enseñanzas en jugo de vida sana.

Lleva casi dos décadas removiendo el gallinero hablando, entre otras cosas, de vivir con entusiasmo. Hasta que el coronavirus ha calado hasta la médula, y ahora ha matizado su discurso para hablar de ánimo, de actitud, de avanzar como se pueda entre la maleza de esta selva que nos ha puesto el mundo patas arribas.

Küppers no ofrece ni recetas, ni mundos ideales, porque el universo es complejo y él no hace demagogia. Lo suyo es un realismo aferrado a las cosas buenas en medio de un Guernica. Más aristotélico que platónico. Mucha gente paga por oír su compendio de sentido común diseñado para reflexionar en pause. Rompe moldes: “Lo de querer es poder es mentira, como hemos visto estos días”. Insiste en que “la vida no es Instagram” pero, aun así, puede ser todo lo maravillosa que queramos si la enfocamos con el zoom de lo positivo que también salpica cualquier biografía.

Antes del coronavirus usted llenaba auditorios hablando de ‘vivir con entusiasmo’. Cuando todo el país ha sufrido los arañazos de una pandemia, ¿ha cambiado su discurso?

Yo estaba acostumbrado a hacer sesiones sobre ánimo y actitud ante personas que no tenían ningún motivo para quejarse. Salvo en conferencias para ciertas ONG, colegios y hospitales, en mi trabajo, que se orienta sobre todo a las empresas, siempre pensaba que la gente, mayoritariamente, se quejaba de tonterías: que si el coche no me lo cambian, que si tengo mucha carga laboral, que si me valoran mal por objetivos… La gente no tenía problemas graves, y entonces yo iba muy motivado a animarlos a fijarse en lo importante, valorar lo que tenían, y crecer sin estancarse. Pero todos hemos vivido esta sensación de precipicio. Hemos empezado a tener problemas graves, y ahora me centro en hablar de enfocar las dificultades con realismo y con el ánimo suficiente para no pararnos nunca.

¿Cómo es el público que tiene ante su pantalla estos días?

Ahora trabajo con personas que sí tienen problemas suficientes como para perder el ánimo: empresas que no ven claro su futuro, personas que están sufriendo la enfermedad, o que la han vivido muy de cerca en sus casas… Suelo leer todo lo que se dice sobre Psicología positiva, y tengo una cierta frustración, porque no encuentro muchas enseñanzas nuevas. Últimamente me cuesta encontrar palabras y reflexiones que puedan motivar a mirar al frente con optimismo realista. En mis sesiones de estos días trato de emplear las mejores palabras que tengo, y las que más me convencen, pero sé que están cojas. Estamos en una situación muy compleja que roza la hecatombe.

¿Y cómo aconseja llevar con ánimo este contexto general?

Le he dado muchas vueltas a eso, porque no quiero hacer demagogia. Lo de “si quieres, puedes” es mentira. Hay muchas palabras bonitas que están en el aire, pero no son ciertas. Querer no es poder, porque todos tenemos nuestras limitaciones. Tampoco es cierto que de las crisis salimos fortalecidos, porque del desastre del coronavirus hay muchas personas que saldrán peor. Lo vemos cada día. Y eso de que toda crisis es una oportunidad… ¡Depende! Ningún experto en Psicología positiva anima a sonreír siempre y a estar contentos las 24 horas de cada jornada. No. Tenemos derecho a estar cabreados o preocupados puntualmente. La cuestión es no perder el ánimo. Sí, es cierto que esto está siendo muy duro, pero si perdemos el ánimo, nos paramos, dejamos de caminar, y ya da igual si el camino es un túnel o un pozo.

¿Cómo conseguimos cimentar ese ánimo?

En primer lugar, entendiendo la importancia de acertar en el enfoque de los problemas. No podemos evitar tener preocupaciones e incertidumbres… Somos humanos, y tenemos emociones. Pero las emociones se tienen que gobernar. No nos podemos dejar llevar por el miedo o el pánico.

¿Cómo?

Sin exagerar las preocupaciones. Si vemos los telediarios es fácil caer en una depresión. Los medios descubrieron hace tiempo que el miedo genera audiencia… Debemos salir del bucle que nos rodea de que todo va mal: la caída del PIB, el crecimiento del desempleo, un país estancado… Entrar en ese tornado nos paraliza para sacar lo mejor que llevamos dentro. Yo no sé si saldremos o no saldremos de esta, lo que sí sé es que si cuidamos el ánimo lo tendremos más fácil. Si nos pasamos los días hablando de brotes y rebrotes, se bloquearán nuestras capacidades de supervivencia.

¿Y si nos cuesta encontrar enfoques positivos que motiven nuestras acciones?

Para dar lo mejor de nosotros mismos necesitamos pensar en positivo y hoy, para eso, hay que obligarse.

Nos rodean muchos problemas y agobios que no son excusas, son obstáculos reales. Pero si nos fijamos solo en la dificultad, no avanzamos. Miremos nuestra familia, los amigos, los compañeros… Busquemos ilusiones realistas y evitemos anticipar los horizontes negros antes de que lleguen, porque somos muy de eso. Hay estudios que demuestran que los viernes somos más felices que los domingos, y eso que los domingos, por lo general, no se trabaja. Pero el viernes pensamos en el fin de semana, y el domingo, en la semana que comienza. Valoremos la naturaleza, un paseo… ¡Quién nos iba a decir que apreciaríamos tanto salir a pasear cuando empezaron las fases de la desescalada! Hacer ejercicio ayuda mucho a mantener el ánimo y evitar enfocarlo todo en la parte oscura de la vida. Sé que suenan a consejos tópicos, pero son los que nos funcionan a todos. En el fondo, se trata de pensar en positivo, porque la alternativa es terrible…

Si a alguien le ha pillado la pandemia sin una estructura sólida que le ayude a crecerse, ¿cómo se arma el ánimo?

Empezando por hacer balance, como cuando hay una guerra: qué tenemos, qué nos falta, cuál es el horizonte, cómo doy el siguiente paso… Veamos que quizás la familia funciona, que estoy en un ERTE, pero no me han echado del trabajo; que tengo la hipoteca avanzada, que estoy bien de salud… Y luego anotemos también lo malo, pero con el enfoque de solucionar lo que se pueda, no para tirarnos los trastos a nuestra propia cabeza. Es el momento de ser pragmáticos. Si buscamos una salida por el lado exclusivamente emocional, quizás caigamos en la demagogia, que no sirve para nada. Si la buscamos por el otro lado, el único camino es una revolución… A pesar del mapa real que tenemos entre manos, hay focos positivos que nos ayudarán siempre a levantar la mirada, aunque cuando miremos arriba, a quien maneja las riendas del país, temamos que no sean capaces de afrontar esta situación y eso genere un plus de desconfianza.

¿Hemos aprendido a sobrevivir mejor con el primer round de la pandemia?

Nos ha pasado como cuando ves muy cerca un accidente de coche, y empiezas a conducir con más prudencia. Nos hemos llevado un buen susto, y la castaña nos ha servido para valorar lo importante.

Quizás hemos dicho más ‘te quieros’ en cinco meses que en los últimos cinco años. Nos hemos dado cuenta de la importancia de volver a lo básico: cuidar bien a nuestros mayores, porque quizás pronto no estén; valorar las cosas pequeñas, disfrutar de lo cotidiano… ¡Lo de siempre es fabuloso! No hace falta viajar a las Maldivas. Ni comprarlo todo a todas horas. No hacen falta tantas cosas para ser feliz. En el camino hemos admitido que somos frágiles, y eso nos pone en nuestro verdadero lugar.

Entrevista de Álvaro Sánchez León, en clubinfluencers.com.

 

 

¿Qué dirige mi vida los sentimientos o la razón? La sana prudencia​​​​​​​

Escrito por Juan Luis Selma

Dejar que los sentimientos o las modas dirijan nuestras vidas es renunciar a ser libres

Ulises tiene que atravesar el mar de las sirenas de regreso a su hogar. Estas atraían a los marineros con la belleza y dulzura de su canto, y los desdichados navegantes, embelesados, perecían ahogados. Por consejo de Circe, Ulises hace que sus tripulantes se taponen los oídos con cera, así pueden evitar la fatal atracción. Pero él, que quiere escucharlas, se hace atar al mástil del barco. Es consciente de su debilidad y pone los medios para no caer en ella. En muchas ocasiones se ensalza en la Odisea la prudencia de su héroe y no solo su fortaleza.

La prudencia somete la pasión a la razón, a lo justo y bueno, a lo que nos hace mejores y, por lo tanto, felices. Dejar que sean los sentimientos, las modas o las meras impresiones quienes dirijan nuestras vidas es renunciar a ser libres, a la dignidad de la persona que, por encima de los irracionales, está enriquecida por la razón.

El Evangelio nos relata la escena de diez doncellas que acompañan a la novia en la espera del esposo: “El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: '¡Qué llega el esposo, salid a su encuentro!'. Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: ‘Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas’.

Lo único que las distingue es el acierto de llevar aceite de repuesto. Las insensatas se pierden la alegría del banquete. La enseñanza es que la prudencia ayuda a la felicidad.

Unos esposos prudentes saben guardar el aceite del amor, lo alimentan con el cariño diario, con las constantes atenciones. Defienden su corazón para el otro. No tontean con los compañeros de trabajo; el anillo nupcial que libre y gustosamente se entregaron, les recuerda que su vida está comprometida. No se ponen a prueba, pues son conscientes de su fragilidad.

Los creyentes debemos ser agradecidos por el don de la fe y ser consecuentes. No hacerlo es arriesgarse a perderla. Si no vivimos lo que creemos, acabaremos por pensar como vivimos. Nos tornaremos tibios y al final nos reiremos de los grandes ideales que enriquecieron nuestra vida, seremos irónicos, corrosivos. Daremos pena.

Ante la expansión del coronavirus y el nuevo confinamiento, la prudencia nos lleva a cuidar las distancias, a no poner en peligro nuestra salud; pero también a fortalecer nuestra espiritualidad. No es lógico, consecuente, que consideremos esencial ir al supermercado, a la farmacia… y no a la Iglesia.

Ahora es tiempo de rezar más, de vivir con más intensidad la fe, de acudir a la Eucaristía y a la confesión: lo necesitamos. Si creo, tengo la obligación de acudir al Dueño y Señor de la vida para implorar que ponga final a este tiempo de pandemia. También de poner en servicio de la sociedad todos los talentos que he recibido. En la presencia de Dios debería preguntarme: ¿qué más puedo hacer en estos momentos tan cruciales?, ¿es prudente encerrarme, aislarme, dejarme llevar por el miedo y olvidarme de los demás?

“Ser prudentes es dejar que la verdad del ser de Dios y del mundo, hondamente experimentadas, se conviertan en regla y medida del propio querer y obrar” (Pieper). Los cristianos debemos ser una lámpara encendida, sería triste que, por una falsa prudencia, nos apaguemos, dejemos el mundo a oscuras. Podemos dar criterio, aconsejar, corregir, alentar y acompañar.

Servir a la sociedad desde el buen ejercicio de la profesión y con el testimonio de nuestra fe. La razón, iluminada por la fe y fortalecida por la gracia, nos hará felizmente prudentes, pondremos en práctica aquello que pensamos es lo mejor, y no quedaremos paralizados por la “prudencia de la carne”. Pidamos a Dios esta sana prudencia para los que nos gobiernan. 

Juan Luis Selma

 

Una mala ley de Educación

Jesús Ortiz López

Manifestación de Más Plurales.

He pasado por un colegio de religiosas que lucía en su verja cientos de lazos naranja y un cartel grande en la entrada con el texto «Stop a la Ley Celáa». Y como este, otros miles de colegios en toda España. Es el grito de los colegios concertados,  los de educación especial o los privados, ante el rodillo de una ley con peores intenciones de lo que algunos piensan.

La llamada Ley Celáa ha pasado el trámite parlamentario en el Congreso sin consenso, sin consulta, y por un solo voto de mayoría. Su determinación es establecer la escuela pública y laica. Pero esto va contra la legislación y las recomendaciones internacionales que defienden la libertad de los padres para elegir la educación de sus hijos, rechazan el adoctrinamiento, y defienden el pluralismo como un valor social.

1. La Declaración Universal de Derechos Humanos trata el derecho a la educación en los siguientes términos: implantar la enseñanza primaria gratuita, garantizar la obligatoriedad de la enseñanza, determinar su contenido mínimo y respetar la libertad de los padres para elegir una educación que esté de acuerdo con sus propias convicciones, según recoge la profesora Carolina Ugarte en un artículo en el Diario Las Provincias del 14 noviembre 2020.

2. Recuerda que el derecho a la educación tiene una doble dimensión social y de libertad, y por ello indica que son los estados los que deben garantizar su cumplimiento. Así el artículo 13 del Pacto Internacional de Derechos EconómicosSociales y Culturales señala: «Los Estados se comprometen a respetar la libertad de los padres de escoger para sus hijos escuelas distintas de las creadas por las autoridades públicas». En definitiva, la educación en libertad y la educación como derecho social es parte del contenido del derecho a la educación.

3. El artículo 27 de la Constitución española señala que todos tienen derecho a la educación. Se reconoce la libertad de enseñanza. Y añade: «Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones». Obviamente ese derecho en sentido estricto es de los alumnos como personas con necesidades intelectuales, morales y religiosas, y que los padres son quienes se encargan primariamente de su educación y formación e instrucción

Impulsar la educación requiere avanzar en el aumento de la autonomía pedagógica, organizativa y de gestión de los centros educativos; una autonomía que se debe mostrar en la toma de decisiones sobre recursos humanos, materiales y financieros, y naturalmente en su proyecto educativo.

El programa PISA en sus sucesivas ediciones, señala la relación que existe entre el incremento de la autonomía de los centros y la mejora de los resultados de los alumnos, algo que nos sitúa lejos de otros países. Además el informe TALIS de la OCDE en su última edición de 2018 señala que el 21% de centros de Educación Primaria en España tiene autonomía para seleccionar y contratar profesorado, aunque está lejos del 90 % de Dinamarca, Bélgica, Inglaterra y Suecia, señala la profesora Carolina Ugarte.

Desde hace tiempo en España carecemos de un pacto nacional en educación estable fruto del debate pedagógico, centrado en el alumno pues el objetivo último es la formación integral de la persona. Pero ese pacto no puede alcanzarse si desde el Gobierno no hay voluntad de lograr de consenso que busque la colaboración eficaz entre los expertos en educación, los responsables de la elaboración de las políticas educativas y por supuesto de las familias. Todo esto está ausente en la ley que se tramita sin consenso y con sospechosa urgencia.

En cambio, llama la atención las declaraciones de la presidenta de la CEAPA, Leticia Cardenal, que defiende una escuela pública, laica y gratuita, y por eso considera que la LOMLOE o ley Celáa es estupenda. Defiende que solo debe haber dos tipos de escuela: pública mayoritaria y privada minoritaria que cuesta más dinero a los padres.

Por eso, según ella, debe desaparecer la concertada a pesar de que la cuarta parte de las familias la prefieren sobre las otras, un pequeño dato que por lo visto puede ignorarse. Entiende que la escuela concertada y diferenciada ¡es cuestión de creencias!, y no le gusta que se mantengan con dinero público.

La señora Cardenal rechaza las escuelas diferenciadas porque le parecen un atraso, cuando los expertos internacionales en educación cuestionan las ventajas académicas y educativas de la indiferenciada. Parece que aún mantiene el tópico de que el dinero público es para la escuela estatal, porque sería la más social e igualitaria. ¿Y si las familias quieren clase de religión? -que no es catequesis confesional-, pues que sea fuera del horario escolar, y que tienen que ceder, añade. En realidad la presidenta no parece que represente a los padres de alumnos ni que sea partidaria del consenso sino del rodillo

 

Los jueces defienden la libertad religiosa en Estados Unidos y en Francia

Salvador Bernal

Coney Barrett junto a Donald Trump. Vídeo de la Casa Blanca.

Siento repetirme. Pero me preocupa mucho el retroceso de las libertades políticas y el declive del estado de derecho. La llamada ética de los procedimientos, mal que les pese a los fundamentalistas de todo género, resulta quizá prioritaria hoy en el mundo. Sin hipocresías ni embudos, como los de la Eurocámara, que no para de hablar de los derechos humanos en el mundo, pero está ciega a la decadencia en el propio continente, y no sólo en Hungría o Polonia: tampoco estamos finos los países del Mediterráneo.

En las democracias, los jueces siguen siendo guardianes de los derechos humanos. Pero no deja de ser penoso que sea preciso acudir demasiadas veces a las instancias jurisdiccionales ante la tendencia autocrática de tantos gobernantes occidentales. Con el inconveniente de que, cuando llega la sentencia, los juzgadores se ven forzados más de lo deseable a reconocer que el proceso no tiene ya objeto, porque han cambiado las circunstancias o las leyes.

Entre las libertades más amenazadas en el mundo están las que afectan a la religión. No es cosa sólo de las repúblicas islámicas, de China o la India o de algunos países africanos. Aflora también, aun con el pretexto de la pandemia, en Italia, Francia o Estados Unidos.

En esta última nación, el Tribunal Supremo acaba de votar a favor de la demanda del grupo judío ortodoxo Agudath Israel of America y la diócesis católica de Brooklyn, contra los límites a la asistencia a servicios religiosos establecida por el estado de Nueva York: una auténtica victoria de la libertad de culto, contra un gobernador demócrata, Andrew Como. Aunque pudiera parecer ilógico, los ataques a los cristianos suelen proceder del partido que se presenta como defensor de toda minoría.

El Tribunal Supremo se declara no competente para valorar las decisiones de carácter médico establecidas para evitar contagios. Pero sí para juzgar las desigualdades manifiestas de criterios en una misma zona de riesgo: así se deduce cuando en un barrio “rojo” o “naranja” se permiten sólo 10 ó 25 personas a la vez con independencia de la capacidad del lugar de culto, mientras actividades comerciales consideradas esenciales no tienen límites o se les aplican otros más amplios.

El ponente, Neil Gorsuch, considera que la constitución no se puede sortear ni siquiera en una pandemia: las restricciones gubernamentales vienen a prohibir de hecho que muchos asistan a servicios religiosas: “golpean el corazón mismo de la garantía de libertad religiosa de la Primera Enmienda”. Por otra parte, entiende que es arbitrario señalar como esenciales negocios relativos a ropa, bebida o viajes, “mientras que ejercicios religiosos tradicionales no lo son. Ese es exactamente el tipo de discriminación que prohíbe la Primera Enmienda".

El presidente del Tribunal John Roberts, incluido habitualmente entre los conservadores, votó en contra de la posición mayoritaria, porque las medidas cautelares no son ya necesarias, al no estar ya en zona limitada los edificios religiosos de los demandantes. Pero admite que las restricciones pueden violar la cláusula constitucional del libre ejercicio de la religión. Los otros tres disidentes, Stephen Breyer, Elena Kagan y Sonia Sotomayor, consideran que la gravedad del covid-19 justifica las medidas. La nueva juez, Amy Coney Barrett ha sido fiel a sus antiguos principios en favor de la libertad religiosa. En casos anteriores, planteados en California, Kentucky y Nevada –con gobernador demócrata también-, se admitieron las restricciones porque eran menos severas y se aplicaban prácticamente por igual a entidades o empresas seculares.

No parece el caso del presidente francés. Su gobierno se empeñó en imponer el límite de treinta fieles en misa, incluso si se trataba de catedrales, con capacidad para más de mil... La prohibición absoluta había contado en su día con un criticado refrendo del Consejo de Estado, la más alta jurisdicción contencioso-administrativa. Eran momentos críticos de la pandemia.

Los obispos no renuncian a la celebración eucarística, y no están conformes con una migaja insólita, después de haber propuesto a las autoridades civiles una medida cautelar prudente: distancia de cuatro metros entre fieles, hasta un tercio de la capacidad total de cada templo; por eso, presentaron ante el Consejo de Estado la demanda urgente (“référés-liberté”) prevista para fragrantes violaciones de los derechos constitucionales.

En este contexto, no fue nada oportuna la afirmación del primer ministro Jean Castex: “los lugares de culto son lugares de contaminación”. Para el arzobispo de París, Michel Aupetit, la medida es ridícula: contradice todo sentido común, porque no se entiende que lo permitido a las grandes superficies se prohíba a la Iglesia. Como argumentó el abogado, en la Fnac de Ternes (París), un cartel permite la presencia de 604 personas en un local, manifiestamente más pequeño que la conocida iglesia de san Sulpicio: la discriminación salta a la vista. Y, en el plano de los creyentes, Aupetit recuerda la antigua escena de los mártires cristianos de Abitinia (en actual Túnez), revivida por Benedicto XVI al comienzo de su pontificado, al clausurar el congreso eucarístico de Bari: Sine dominico non possumus.

Se comprende que el Consejo de Estado haya rechazado esas restricciones a las celebraciones religiosas. En una decisión hecha pública la mañana del domingo 29, el juez que conoce las urgencias las ha considerado desproporcionadas. Y da un plazo de tres días al gobierno para que establezca un dispositivo más conforme con la libertad de culto.

 

¿Qué es la Novena de la Inmaculada?

 

¿Qué es la novena de la Inmaculada?

Es una devoción cristiana que consiste en prepararse interiormente para la fiesta de la Inmaculada los nueve días previos. Se celebran misas especiales, se reza el Sto. Rosario u otras devociones marianas, pero en cualquier caso, lo más importante es vivirla personalmente. En algunos lugares empieza el 29 de noviembre, y otros el 30, según se incluya o no el día de la fiesta.

 

Ofrecemos algunos textos, seleccionados en nueve apartados distintos, uno para cada día de la novena. Los apartados acaban con una breve oración compuesta por san Josemaría, dirigida a Nuestra Madre del Cielo.

 

La Costumbre

La Novena de la Inmaculada es una costumbre que ha cristalizado en la Iglesia para preparar la gran solemnidad del 8 de diciembre. Se aconseja que cada uno la viviera personalmente, del modo que considere más oportuno; poniendo más empeño en la conversación asidua con la Virgen, con un delicado esmero en la oración, la mortificación, el trabajo profesional; y procurando que los parientes, amigos y conocidos se acerquen a Jesucristo por medio de nuestra Madre.

 

30 DE NOVIEMBRE – “María, la llena de gracia” 
1 DE DICIEMBRE – “Madre de todos, de cada uno”

2 DE DICIEMBRE – “María, Maestra de oración”

3 DE DICIEMBRE – “María, Mujer de fe. Maestra de fe”

4 DE DICIEMBRE – “María, Madre del Amor Hermoso”

5 DE DICIEMBRE – “Santa María, Esperanza nuestra. Maestra de esperanza”

6 DE DICIEMBRE -“María, refugio y fortaleza nuestra”

7 DE DICIEMBRE – “María, Maestra de vida ordinaria”

8 DE DICIEMBRE – “Santa María, Reina de los Apóstoles”

 

 Descargar la novena a la Inmaculada  en pdf, en epub y en formato para Kindle.

 

 

Carta abierta a diputados partidarios de la eutanasia

Estimados señores diputados, escribirles esta carta puede ser una ingenuidad por mi parte y una pérdida de tiempo; también porque no tengo ningún ascendiente especial sobre ninguno de ustedes. Soy sacerdote y doctor en Medicina. Sin embargo, porque quiero creer en la nobleza y rectitud de conciencia de muchos hombres de bien -de los que no hay que excluir a nadie, mientras no se demuestre lo contrario- me animo a hacerlo.

La dedicación a las política y el encargo que ustedes desempeñan es de una gran responsabilidad, porque de cómo lo lleven a cabo dependerá hacer un gran bien, contribuyendo al bien común de la sociedad, o -Dios no lo quiera- un gran mal si no lo desempeñan con criterios adecuados.

 

La vida -queramos o no-, en último término la hemos recibido de Dios, a través de nuestros padres. Somos administradores, no dueños absolutos. Por eso no tenemos derecho a disponer de ella a nuestro antojo. No existe, no puede existir, el derecho a provocar la muerte propia o ajena. Lo que sí existe es el deber de respetar y cuidar toda vida humana, que no pierde su valor esencial por la enfermedad o la ancianidad. La existencia del hombre y la mujer se engrandece cuando sabemos vivir y morir con la dignidad inviolable de toda persona humana. Por el contrario se envilece si no sabemos o no queremos vivir y morir de acuerdo con esa dignidad. Además, al menos los cristianos reconocemos el valor sobrenatural del dolor y la enfermedad, unidos a la muerte de Jesucristo en la Cruz, que aceptó libremente para redimirnos y manifestarnos su amor incondicional.

¡No aprueben la mal llamada eutanasia, mal llamada porque provocar la muerte nunca será una "buena muerte" -que eso significa eutanasia-, sino todo lo contrario!. Mitigar el dolor, sí, sin caer en el ensañamiento terapéutico. Matar o pedir ser matado, no, nunca.

¿Han pensado seriamente el cargo de conciencia que les acompañará durante toda su vida si dan su voto a esa ley? ¿Quieren pasar a la historia como cooperadores necesario de la legalización del suicidio asistido y permitir, en la práctica, que algunos médicos, prostituyendo su profesión que es para curar o al menos aliviar, induzcan a recibirla a pacientes que aún podrían vivir años?¿Son conscientes de la esquizofrenia que supone, en plena pandemia con miles de muertos, facilitar la muerte artificial de muchos más? ¿No les parece evidente que esa ley, de aprobarse, llevará inevitablemente a que algunos médicos irresponsables dejen de atender adecuadamente a enfermos de Covid?

¿Conocen ustedes algún otro país del mundo que cuando debería poner sus esfuerzos en sacarlo adelante, por la gravísima situación económica y sanitaria, dedique su tiempo a ensombrecer aún mucho más la esperanza de vida? ¿No se dan cuenta de que la verdadera a compasión por el enfermo está en curar, aliviar, acompañarle a él y a su familia, tratarle con interés y afecto, facilitar la atención espiritual si el enfermo lo desea... ? Nunca en quitarle la vida, aunque lo pidiera por el dolor o la angustia, que en gran parte desaparecería si se le atiende bien.

Quizás no se den cuenta de que constituirse en dueños de la vida y de la muerte no es algo que nos corresponda a nosotros, los hombres, sino a Dios. No somos nosotros los que debemos decidir quién no puede nacer (aborto) y quién no debe seguir viviendo (eutanasia). Arrogarse ese poder supone un desquiciamiento moral muy grande.

Debemos confiar que no pocos de ustedes sean capaces de reflexionar, y no dar su voto a una ley injusta e inicua, inhumana, materialista y atea. Sería la negación del 5º mandamiento, que a todos incumbe, no solo a los creyentes.

Como el no robar, no mentir, etc. Los Diez Mandamientos son válidos para todos los hombres de todas las épocas y creencias, porque se fundamentan en la dignidad de ser humano, que a la vez debe reconocer su condición de criatura, que no tiene en sí misma la razón de su existencia, sino en su Dios y Creador, al que tendremos que dar cuenta un día de todas nuestras acciones.

Pongan su esfuerzo en mejorar la medicina paliativa, que tanto ayuda a sobrellevar el dolor y la enfermedad. Tengan la satisfacción de poner los medios necesarios para ayudar a bien morir -lo contrario de la eutanasia- a muchas personas, que en realidad, como decía, no desean morir, sino ser bien atendidos, materialmente y humanamente. Identifíquense con el buen samaritano de la parábola -del que ha hablado el Papa recientemente-, y no con los que pasan de largo, y menos aún con los que podrían haber rematado al herido, si no lo hubiera socorrido ese buen samaritano.

La eutanasia es el fracaso de la medicina y el fracaso del legislador del que ya nadie se podrá fiar: quien no valora la muerte y es capaz de aprobarla, pierde toda credibilidad para hablar de cómo organizar la sociedad. Es también el fracaso de toda creencia en la trascendencia, lo que empobrece y llena de pesimismo las relaciones humanas, rebajándolas  a un nivel puramente pragmático y economicista, en el que han desaparecido valores absolutos. La noble tarea de gobernar se  pierde, se deslegitima porque no busca el bien común, sino lo que parezca que conviene a los propios intereses.

Señor diputado, aún está a tiempo de votar en conciencia, decir NO y presentar una alternativa positiva a esa vergonzosa ley.

Juan Moya

Rector del Real Oratorio del Caballero de Gracia

 

Spot navideño de Disney: "El amor es una brújula"

Disney ha lanzado una campaña de Navidad que ha emocionado a muchas familias en Estados Unidos. Se trata de una historia que recorre varias generaciones, y en la que se palpa un amor genuino entre una abuela y su nieta

El spot arranca en 1940, cuando una niña de pocos años, Lola, recibe de su padre un sorprendente regalo navideño: un muñeco de Micky Mouse, emblema de la Compañía, que por aquella época empezaba a hacerse famoso. Damos un salto de varias décadas -estamos en 2005- y Lola es ahora una abuela septuagenaria que, en el día de Navidad, regala a su nieta un muñeco idéntico de Micky Mouse. Sin duda, Disney quiere sugerir que sus famosos personajes siguen viviendo en el corazón de las nuevas generaciones, por muy tecnológicas que sean. 

En un tenue transcurrir del tiempo, vemos varias Navidades compartidas entre las dos, con una nieta que cada vez es más adolescente, más joven, más mujer. Año tras año, decoran la casa con estrellas y viven la Navidad con la ilusión renovada. Un día, el Micky Mouse que le regaló Lola pierde una de sus grandes orejas, y la nieta desecha el regalo, sin darse cuenta de que, con ello, ha herido profundamente los sentimientos de su abuela… 

No quiero destripar el final. Te invito a que lo veas y comprendas el mensaje de la preciosa canción que se escucha de fondo: “Love is a Compass” (“El amor es una brújula”), compuesta por la cantante británica Griff. La versión española está interpretada por Ana Guerra, y se ha retitulado “Tu amor es la guía”. 

Como señala Tasia Filippatos, vicepresidenta de Disney para toda Europa: “La Navidad es un momento para dar. Nuestro objetivo era contar una historia universal que inspire al público a través de la familia, del amor entre generaciones y de las tradiciones navideñas”.

Ciertamente, la Navidad es una buena época para la publicidad con valores. Ojalá tuviéramos una publicidad así los doce meses del año.

Maravilla la iluminación de  calles y plazas de los distintos pueblos y ciudades de España durante las cuatro semanas que preceden a la Navidad, el Adviento litúrgico.

¿Qué sentido tiene? La costumbre arranca de una tradición: la espera de la venida del Señor, el Señor de la Historia, el Salvador. El gozo por en la espera de la venida de Cristo se expresa con luces y villancicos, con dulces y comidas de hermandad, con  regalos. Ni el coronavirus nos puede quitar, a los cristianos, la espera alegre de la Navidad, que es la celebración de la aparición del Hijo de Dios en la tierra: “acampó entre nosotros” ( Jn, 1, 14). Adviento es la espera de la venida de El Salvador, que vino  hecho niño para que nadie le tema y nos inspire el amor que salva. El sentido cristiano de la Navidad se revive de modo místico en la oración frente al pesebre, físico o mental; entonces, se reciben las gracias que Jesucristo nos alcanzó al nacer como hombre en Belén, en la pobreza de  un mísero Portal. Él es nuestro Redentor. Él es el Amor que llena. Uno de los villancicos que mejor retrata el tiempo litúrgico de Adviento, quizá sea el de Carmelo Erdozáin:  “La Virgen sueña caminos,/ está a la espera; /la Virgen sabe que el Niño/ está muy cerca. /De Nazaret a Belén /hay una senda, /por ella van los que creen/ en las promesas./ Los que soñáis y esperáis /la Buena Nueva, /abrid las puertas al Niño, /que está muy cerca. /El Señor cerca está, /Él viene con la paz. /El Señor cerca está, / Él trae la verdad. (…)”

Josefa Romo

 

 

“Vuelve a encontrarte. Sé tú misma”.

El pontífice, Francisco, tiene muy presente el grito a Europa de san Juan Pablo II en Santiago de Compostela el 9 de noviembre de 1982, durante su visita a la península ibérica: “vuelve a encontrarte. Sé tú misma”. También Francisco quiere decir a Europa: “Tú, que has sido una fragua de ideales durante siglos y ahora parece que pierdes tu impulso, no te detengas a mirar tu pasado como un álbum de recuerdos. (...) Europa, ¡vuelve a encontrarte! Vuelve a descubrir tus ideales, que tienen raíces profundas. ¡Sé tú misma! No tengas miedo de tu historia milenaria, que es una ventana abierta al futuro más que al pasado. No tengas miedo de tu anhelo de verdad, que desde la antigua Grecia abrazó la tierra, sacando a la luz los interrogantes más profundos de todo ser humano; de tu sed de justicia, que se desarrolló con el derecho romano y, con el paso del tiempo, se convirtió en respeto por todo ser humano y por sus derechos; de tu deseo de eternidad, enriquecido por el encuentro con la tradición judeo-cristiana, que se refleja en tu patrimonio de fe, de arte y de cultura”.

En la carta del papa se advierte también el eco de la exhortación postsinodal Ecclesia in Europa de 2003, que abordaba más bien los procesos de evangelización y recristianización de una sociedad secularizada tras la Ilustración. Sólo echo de menos una posible referencia al gran discurso del cardenal Ratzinger en Subiaco, el 1 de abril de 2005, menos de tres semanas antes de su elección, al recibir el premio “San Benito por la promoción de la vida y de la familia en Europa”.

Jesús Martínez Madrid

 

 

Libertad sin límites

 

 

Dicho así, esta frase suena a libertinaje, a barbarie juvenil, a desmadre. Y esto porque pocas personas entienden lo que significa de verdad ser libre. Es sorprendente la cantidad de gente que no entiende lo que significa la libertad.

 

Es más, hay muchos padres buenos, que procuran educar bien a sus hijos, maestros que procuran enseñar bien a sus alumnos y que sin duda en algún momento les han dicho: libres sí, vale, pero todo tiene un límite. Y Victor Frankl, que sabía mucho del sentido de la vida -quien no ha leído “El hombre en busca de sentido”- sugería que, en paralelo a la estatua de la libertad de Manhattan, debería haber una estatua a la responsabilidad en la costa este.

 

Si entendemos bien lo que es la libertad, nos daremos cuenta de que el concepto de responsabilidad o de límites está ya en la propia definición, porque la libertad -la libertas de que habla san Agustín- es la capacidad de dirigirme hacia el sentido último de mi vida, que es la unión con Dios en la eternidad. San Agustín dirá que es el efectivo dominio de los propios actos para ordenarlos al bien de la persona. No es exactamente lo mismo que el libre arbitrio o capacidad de elegir, del que disfruta cualquier persona sin más problemas.

 

Pero hay que tener muy presente que si elijo modos de hacer contrarios al sentido de mi vida, estoy cayendo en esclavitudes. Por lo tanto, lo que es importante es saber detectar las cosas que me son perniciosas. Esto o lo otro me hace daño, no me deja avanzar por el camino de mi vida. Hay que limitar las esclavitudes. Pero la libertad no tiene límites. La libertas auténtica cuanto más grande mejor. A esa libertad no se le puede poner límites. No hay que tener miedo a la libertad, y el sentido de responsabilidad está dentro de esa libertad verdadera.

 

 

Domingo Martínez Madrid

 

 

La ONU presiona a Malawi  

Los legisladores de Malawi se enfrentan a una fuerte presión para liberalizar las leyes sobre el aborto del país durante el actual período de sesión parlamentaria. Los líderes religiosos están pidiendo que se archive el Proyecto de ley de interrupción del embarazo. Mientras tanto, las organizaciones con fuentes de financiamiento internacional, y las entidades de la ONU, están coordinando para asegurar que se apruebe el proyecto de ley.

Actualmente, Malawi permite el aborto solo para salvar la vida de la madre.  El proyecto de ley propuesto permitiría hacer abortos “seguros” y “legales” en casos de anomalías en el feto, casos de violación o incesto y si se dice que el embarazo amenaza la salud física o mental de la madre.  La Christian Medical and Dental Fellowship (Asociación Médica y Dental Cristiana) de Malawi señaló que excepciones similares en cuestiones de salud han “llevado a otros países a practicar efectivamente el aborto a petición”. También es notorio que si bien la excepción por violación e incesto tiene un límite de 16 semanas de gestación, no existe tal restricción en la excepción por motivos de salud.

Un proyecto de ley similar se presentó en 2017, un año después de que una Comisión de Leyes Especiales publicara un informe en el que se pedían cambios en las leyes de aborto del país.  La Comisión de Leyes citó a la organización internacional pro-aborto Ipas, con sede en los EE.UU., para que proporcionara los fondos para el proyecto.

Una de las defensoras más abiertas del proyecto de ley es Emma Kaliya, presidente de la Coalición para la Prevención de Abortos Inseguros (COPUA).  COPUA fue establecida en 2010 con el apoyo de Ipas, después de que Ipas junto con el Ministerio de Salud de Malawi y la Organización Mundial de la Salud (OMS) hicieron una evaluación estratégica nacional sobre el aborto.

Otro grupo clave de defensa y promoción en apoyo del proyecto de ley es el Centre for Solutions Journalism(CSJ), también con sede en Malawi y que recibe fondos de Ipas, COPUA y Amplify Change, una organización que promueve el aborto y otros proyectos de “salud y derechos sexuales y reproductivos” en los países en desarrollo con fondos de Dinamarca, los Países Bajos, Suecia, el Reino Unido y otras fundaciones con sede en países occidentales.

Jesús D Mez Madrid

 

 

El idioma y el individuo 

 

                                ¿Qué soy y por qué soy? Imagino que al menos, los que tengan un poco desarrollado su caletre, se habrán hecho esta o similar pregunta. Y la respuesta a mi entender es escueta y firme, “soy lo que es mi idioma”; puesto que sin un idioma, el mono humano, seríamos algo así, “como un trozo de carne carentes de cerebro o con éste tan atrofiado que sería eso sólo, carne”; y ese es el destino de la especie, hasta tanto se llegue, a lo que algunos muy avanzados, ya apuntan, o sea; a la transmisión telepática y donde ya las palabras no sean necesarias, puesto que las ideas, se podrán transmitir de cerebro a cerebro y con lo que representaría esa maravilla, si es que llega; que de hecho ya hay ensayos “más o menos científicos o circenses” que demuestran esa transmisión y que algunos hemos visto desarrollarse en determinados escenarios públicos.

                                Entonces y por lógica, nuestra verdadera nacionalidad y patria, es y será siempre el idioma; lógico el que ese “mono humano”, quiera saber más de un idioma y arrimarse cada vez más al más hablado de este “minúsculo planeta”; puesto que ello le capacita para entenderse cada vez con más personas u homínidos aún en desarrollo, puesto que no olvidemos que “el mono humano seguimos en ese desarrollo que emprendiéramos en la noche de los tiempos; y que por cuanto padecemos, aún no podemos presumir de muchos desarrollo”; de ahí el por qué, “lo de mono humano”.

                                Como tuve la desgracia de nacer en uno de los países “más brutos” del planeta en que vivo; no entendí ni entiendo y cada vez entenderé menos, las luchas idiotas por imponer, “idiomas vernáculos”, que como mucho y como ya he señalado en muchos de mis artículos, sólo sirven para “andar por casa”, puesto que “los vernaculandeses por muy brutos que sean”; comprenderán sin “devanarse mucho sus licuados sesos”, que su idioma vernáculo, sólo les sirve para lo dicho, puesto que nada más pisar la calle en que viven, han de recurrir al idioma nacional y por pura necesidad humana; o más aún si se trata de “negocios” por el lógico interés del dinero.

                                España, tiene una historia ya muy larga y muy turbulenta, por cuanto siempre o casi siempre, aquí han dominado, “políticos muy brutos, muy fanáticos o muy ladrones”; y nunca se han preocupado de lo que un buen político o estadista tiene la obligación primordial de emprender y lograr implantar; o sea, una cultura general que forme a sus gentes, de forma en que se consideren, como “ciudadanos del mundo, y no de la aldea o población donde vinieron a nacer”; de ahí provienen todos los males de España, que para mayor vergüenza, es de las tres naciones más antiguas en su conformación como tal, “nación de pueblos”; ya que, sólo son más viejas en la historia “del mono humano”; China y Japón.

                                Nuestro idioma nacional, es EL ESPAÑOL, no el castellano, como aún muchos cerriles quieren imponer; ¿Por qué? Sencillo; hubo unos muy inteligentes reyes, “Isabel y Fernando, los católicos”; que si bien y como tales, cometieran errores, no así en dotar a todos sus reinos de un idioma común; para lo que encargaron a un gran intelectual de su tiempo, Elio Antonio de Lebrija(1), que hiciera una gramática, con el contenido de las principales palabras “de sus reinos” (luego ya Colón, en su primer viaje trae tres nuevas palabras del Caribe; “cacique, hamaca, canoa”, lo que continuará después con infinitas más que vienen de fuera o nacen aquí) en las que hay muchos miles de palabras musulmanas; o sea y terminando; que el “castellano aquel, es el que aún conservan los judíos “o ladinos”  por interés propio; judíos que expulsaron estos mismos reyes también por intereses; y de esto ya va para seis siglos.

                                Como disparate máximo y en contra de toda lógica de la máxima inteligencia, los muy brutos políticos que hoy nos asolan, han impuesto en la nueva época tras la muerte de “la dictadura de Franco”, nada menos que ocho leyes nuevas de educación, las que hay ido imponiendo unos y aboliendo otros, que ya siguen diciendo que tan pronto manden los no conformes hoy, la eliminan tan pronto entren en el poder; igualmente “este potaje de políticos de panza y bolsillo”, que dicen gobernar España, permiten mediante nueva ley (que por lógica es una fuera de la ley constitucional) el que “los vernaculandeses”, impongan en sus feudos, su idioma “vernaculandés”, por encima del nacional y constitucional, y lo hacen, “por testículos” (dicho así porque es más fino) sin tener en cuenta, “el lastre que le echan a todos los que se formen, en este nuevo potaje de definiciones verbales. Digamos de paso, que aquí, andan “a porrazos y a tiros simulados”, porque también, aquí, “la Justicia”, no puede ser como exige una democracia verdadera, o sea libre e independiente, sino que los jueces, los han de elegir los partidos y según el poder de los votos que obtengan. Lo lamentable y bochornoso es que, “los jueces y fiscales tragan”, lo que se comenta por sí sólo.

                                Dejo aquí, mi desolado boceto de lo que es mi país hoy, diciendo simplemente que… “El Canciller de Hierro, Otto Von Bismark se quedó muy corto cuando calificó a España y los españoles, como desastre mundial, mientras él, unificaba al también “potaje alemán de reinos y reinillos”, para convertirlo en la gran Alemania que después llegó a ser. Pero la realidas es que España sigue aguantando, su ya pandémica plaga de malos políticos.

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(1)Antonio Martínez de Cala y Xarana (Lebrija, 1441-Alcalá de Henares, 5 de julio de 1522), más conocido como Elio Antonio de Nebrijade Nebrixa o de Lebrija, fue un humanista español que gozó de gran fama ya como colegial en el Real Colegio de España de Bolonia. Ocupa un lugar destacado en la historia de la lengua española por ser el autor de la primera gramática castellana (la Gramática castellana), publicada en 1492 (tres meses antes del descubrimiento de América), de un primer diccionario latino-español ese mismo año y de otro español-latino hacia 1494, con bastante anticipación dentro del ámbito de las llamadas lenguas vulgares.

 

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes