Las Noticias de hoy 28 Noviembre 2020

Enviado por adminideas el Sáb, 28/11/2020 - 13:06

Escuelas Católicas denuncia el menosprecio del Gobierno y que imponga  comisarios políticos en clase - ReL

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 28 de noviembre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Festival de la Doctrina Social de la Iglesia: Videomensaje del Papa

HACIA LA CASA DEL PADRE: Francisco Fernandez Carbajal

“Aquí estoy, porque me has llamado”: San Josemaria

17 preguntas sobre la Prelatura

12 preguntas sobre el Opus Dei, 12 respuestas de San Josemaría

Nuevo libro de Mons. Fernando Ocáriz: “A la luz del Evangelio”

«Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» (La creación, I): Marco Vanzini

El Adviento: preparar el camino al Señor que viene

Evangelio del 1º domingo de Adviento (Ciclo B)

Novena a la Inmaculada Concepción

Science asegura que son mayores los contagios en los hogares que en los restaurantes y tiendas : BIOÉTICA PRESS

Rafael Navarro Valls, un maestro: Daniel Tirapu

Reformemos al Hombre: Plinio Corrêa de Oliveira

La despenalización de la eutanasia en España: 9 razones a favor y 9 respuestas: Escrito por Diego Poole Derqui

Compromiso y la conducta de los católicos en la vida política : +JOSEPH CARD. RATZINGER

Papa a CAL: ser católico en política no significa ser recluta de un grupo

“Esta Navidad, el mejor regalo eres tú”: Alfonso Mendiz

Insiste en promover el aborto : Suso do Madrid

Está a tiempo de votar en conciencia,: José Morales Martín

Matrimonio, familia. Hombre y mujer; mujer y hombre: JD Mez Madrid

Arte y música: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

Festival de la Doctrina Social de la Iglesia: Videomensaje del Papa

“Memoria del futuro”

NOVIEMBRE 27, 2020 11:54GABRIEL SALES TRIGUEROPAPA FRANCISCO

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(zenit – 27 nov. 2020).- El Papa Francisco envió un videomensaje a los participantes de la décima edición del Festival de la Doctrina Social de la Iglesia, a los que animó a seguir comprometidos con el “conocimiento y la formación” para ser “constructores de puentes” que no encuentran “muros sino rostros”.

El evento, titulado “Memoria del futuro”, se celebra del 26 al 29 de noviembre de 2020 en Verona, Italia. Se trata del primer Festival Nacional de la Doctrina Social de la Iglesia sin monseñor Adriano Vincenzi, el sacerdote veronés, por años guía de la Fundación Toniolo, el centro diocesano de investigación social, que fundó el Festival y durante nueve ediciones fue su principal animador.

Mons. Vincenzi murió a la edad de 68 años el 13 de febrero de este año. Este Festival será también el primero en difundirse no solo en Verona, sino como soñaba el prelado, que esté dirigido a toda Italia, indica Vatican News.

Tras su saludo, el Santo Padre ha señalado que el encuentro, “con su metodología creativa”, tiene la intención de confrontar “sujetos diferentes por sensibilidad y acción, pero convergentes en la construcción del bien común”.

Diferentes circunstancias

Francisco ha resaltado que la edición de este año es diferente por las circunstancias de la pandemia, “un escenario que comporta dificultades y graves heridas personales y sociales”. Asimismo, apunta que también es distinta por el fallecimiento de Adriano Vincenzi en febrero.

El Pontífice ha querido recordarle con el “rasgo distintivo de su servicio” que está en sintonía con palabras suyas en Fratelli tutti: “una gran nobleza es ser capaz de desatar procesos cuyos frutos serán recogidos por otros, con la esperanza puesta en las fuerzas secretas del bien que se siembra” (n. 196).

“Memoria del futuro”

El Papa ha indicado que el acto “nos invita a esa actitud creativa” que supone “frecuentar el futuro”. Para el cristiano, explica, el futuro significa “esperanza”, es la “vida redimida, la alegría del don del encuentro con el Amor trinitario”. En este sentido, la Iglesia significa “tener la mirada y el corazón creativos y escatológicos” sin ceder a la nostalgia, que es una “patología espiritual”.

Asimismo, ha destacado que no es la nostalgia, que “bloquea la creatividad y nos convierte en personas rígidas”, sino la memoria, “tan intrínsecamente ligada al amor y la experiencia”, la que se transforma en una de las “dimensiones más profundas de la persona humana”. Por eso, dice, la dinámica del cristiano no es retener el pasado sino “acceder a la memoria eterna del Padre”.

Comunión e intimidad

El Obispo de Roma sostiene que todos “hemos sido generados a la Vida en el Bautismo” y estamos “llamados a realizar la vida en comunión con Dios, en la intimidad de la oración” en su presencia, en “amor por las personas que encontramos”, esto es, en la “caridad”, y en la “madre tierra” significando un “proceso de transfiguración del mundo”.

“Y la Vida recibida en don es la misma vida de Cristo, y no podemos vivir como creyentes en el mundo sino manifestando su misma vida en nosotros”, describe. Inmersos en la vida del “Amor trinitario nos volvemos capaces de la memoria, de la memoria de Dios. Y sólo lo que es amor no cae en el olvido, precisamente porque encuentra su razón de ser en el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En este sentido, toda nuestra vida debe ser de alguna manera una liturgia, una anamnesis, una memoria eterna de la Pascua de Cristo”, agrega.

Compromiso con el pueblo de Dios

El Papa Francisco ha declarado que el significado de este festival es “vivir la memoria del futuro significa comprometerse a hacer de la Iglesia, el gran pueblo de Dios (cf. Lumen Gentium, 6), el principio y la semilla del reino de Dios en la tierra. Vivir como creyentes inmersos en la sociedad manifestando la vida de Dios que recibimos como don en el Bautismo, para que ahora tengamos memoria de esa vida futura en la que estaremos juntos ante el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”.

Esta es, continúa, una “nos ayuda a superar la tentación de la utopía, de reducir el anuncio del Evangelio a un simple horizonte sociológico o de que nos embarquen en el ‘marketing’ de las diversas teorías económicas o bandos políticos”.

De este modo, anota, es posible “fascinar el corazón y la mirada de las personas con el Evangelio de Jesús” y ayudar a que “fecunden proyectos de nueva economía inclusiva y de política capaz de amor”.

A continuación, sigue el mensaje completo de Francisco.

***

Mensaje del Santo Padre

Un cordial saludo al obispo y a todos vosotros los que participáis, en Verona y en las diversas ciudades italianas conectadas por internet, en el Festival de la Doctrina Social de la Iglesia que, con su metodología creativa, quiere iniciar una confrontación entre sujetos diferentes por sensibilidad y por acción, pero convergentes en la construcción del bien común.

Es una edición diferente a la habitual, porque estamos enfrentándonos a la pandemia todavía presente, un escenario que comporta dificultades y graves heridas personales y sociales.

Y es una edición algo diferente también porque, por primera vez, Don Adriano Vincenzi no está con vosotros para respaldar este evento formativo que ahora llega a su décima edición. Queremos recordarlo en el rasgo distintivo de su servicio, con palabras que están en sintonía con lo que escribí en la última Encíclica Fratelli tutti: «Una gran nobleza es ser capaz de desatar procesos cuyos frutos serán recogidos por otros, con la esperanza puesta en las fuerzas secretas del bien que se siembra (n. 196).

Este año el tema que habéis elegido es Memoria del Futuro. Suena un poco extraño pero es creativo: “Memoria del Futuro”. Nos invita a esa actitud creativa que podemos decir que es “frecuentar el futuro”.  Para nosotros los cristianos, el futuro tiene un nombre y este nombre es esperanza. La esperanza es la virtud de un corazón que no se cierra en la oscuridad, no se detiene en el pasado, no “se apaña” en el presente, sino que sabe ver el mañana. Para nosotros los cristianos, ¿qué significa el mañana? Es la vida redimida, la alegría del don del encuentro con el Amor trinitario. En este sentido, ser Iglesia significa tener la mirada y el corazón creativos y escatológicos sin ceder a la tentación de la nostalgia, que es una verdadera y propia patología espiritual.

Un pensador ruso, Ivanovic Ivanov, afirma que sólo existe lo que Dios recuerda. Por eso la dinámica de los cristianos no es retener con nostalgia el pasado, sino acceder a la memoria eterna del Padre; y esto es posible viviendo una vida de caridad. Por lo tanto, no la nostalgia, que bloquea la creatividad y nos convierte en personas rígidas e ideológicas incluso en el ámbito social, político y eclesial, sino la memoria, tan intrínsecamente ligada al amor y a la experiencia, que se convierte en una de las dimensiones más profundas de la persona humana.

Todos nosotros hemos sido generados a la Vida en el Bautismo. Hemos recibido el don de la vida que es la comunión con Dios, con los demás y con la creación. Así, pues, estamos llamados a realizar la vida en comunión con Dios, es decir, en la intimidad de la oración en la presencia del Señor, en el amor por las personas que encontramos, o sea, en la caridad, y finalmente por la madre tierra, lo que indica un proceso de transfiguración del mundo.

Y la Vida recibida en don es la misma vida de Cristo, y no podemos vivir como creyentes en el mundo sino manifestando su misma vida en nosotros. Injertados en la vida del Amor trinitario nos volvemos capaces de la memoria, de la memoria de Dios. Y sólo lo que es amor no cae en el olvido, precisamente porque encuentra su razón de ser en el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En este sentido, toda nuestra vida debe ser de alguna manera una liturgia, una anamnesis, una memoria eterna de la Pascua de Cristo.

He aquí, pues, el significado del Festival de este año: vivir la memoria del futuro significa comprometerse a hacer de la Iglesia, el gran pueblo de Dios (cf. Lumen Gentium, 6), el principio y la semilla del reino de Dios en la tierra. Vivir como creyentes inmersos en la sociedad manifestando la vida de Dios que recibimos como don en el Bautismo, para que ahora tengamos memoria de esa vida futura en la que estaremos juntos ante el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Esta actitud nos ayuda a superar la tentación de la utopía, de reducir el anuncio del Evangelio a un simple horizonte sociológico o de que nos embarquen en el “marketing” de las diversas teorías económicas o bandos políticos.

En el mundo con la fuerza y la creatividad de la vida de Dios en nosotros: así sabremos fascinar el corazón y la mirada de las personas con el Evangelio de Jesús, ayudaremos a que fecunden proyectos de nueva economía inclusiva y de política capaz de amor.

Quisiera dirigir unas palabras en particular a los diferentes actores de la vida social reunidos con ocasión del Festival: al mundo de los empresarios, de los profesionales, de los representantes del mundo institucional, de la cooperación, de la economía y de la cultura: seguid comprometiéndoos en el camino que Don Adriano Vincenzi trazó con vosotros para el conocimiento y la formación en la doctrina social de la Iglesia. Constructores de puentes: los que se reúnen aquí no encuentren muros sino rostros…

Y por favor no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.

© Librería Editora Vaticana

 

 

HACIA LA CASA DEL PADRE

— Anhelo del Cielo.

— La «divinización» del alma, de sus potencias y del cuerpo glorioso.

— La gloria accidental. Estar vigilantes.

I. Me mostró el río del agua de la vida claro como un cristal, procedente del trono de Dios y del Cordero. En medio de su plaza, y en una y otra orilla del río, está el árbol de la vida, que produce frutos doce veces (...). En ella estará el trono de Dios y del Cordero, y sus siervos le darán culto, verán su rostro y llevarán su nombre grabado en sus frentes1. La Sagrada Escritura acaba donde comenzó: en el Paraíso. Y las lecturas de este último día del año litúrgico nos señalan el fin de nuestro caminar aquí en la tierra: la Casa del Padre, nuestra morada definitiva,

El Apocalipsis nos enseña, mediante símbolos, la realidad de la vida eterna, donde se verá cumplido el anhelo del hombre: la visión de Dios y la felicidad sin término y sin fin. San Juan nos presenta en esta lectura el encuentro de quienes fueron fieles en esta vida: el agua es el símbolo del Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, representado por el río que surge del trono de Dios y del Cordero. El nombre de Dios sobre las frentes de los elegidos expresa su pertenencia al Señor2. En el Cielo ya no habrá noche: no será necesaria luz ni lámparas ni el sol, porque el Señor Dios alumbrará sobre ellos y reinará por los siglos de los Siglos3.

La muerte de los hijos de Dios será solo el paso previo, la condición indispensable, para reunirse con su Padre Dios y permanecer con Él por toda la eternidad. Junto a Él ya no habrá noche. En la medida en que vamos creciendo en el sentido de la filiación divina, perdemos el miedo a la muerte, porque sentimos con más fuerza el anhelo de encontrarnos con nuestro Padre, que nos espera. Esta vida es solo el camino hasta Él; «por eso es necesario vivir y trabajar en el tiempo llevando en el corazón la nostalgia del Cielo»4.

Muchos hombres, sin embargo, no tienen en su corazón esta «nostalgia del Cielo» porque se encuentran aquí satisfechos de su prosperidad y confort material y se sienten como si estuvieran en casa propia y definitiva, olvidando que no tenemos aquí morada permanente5 y que nuestro corazón está hecho para los bienes eternos. Han empequeñecido su corazón y lo han llenado de cosas que poco o nada valen, y que dejarán para siempre dentro de un tiempo no demasiado largo.

Los cristianos amamos la vida y todo lo que en ella encontramos de noble: amistad, trabajo, alegría, amor humano..., y no debe extrañarnos que a la hora de dejar este mundo experimentemos cierto temor y desazón, pues el cuerpo y el alma fueron creados por Dios para estar unidos y solo tenemos experiencia de este mundo. Sin embargo, la fe nos dará el consuelo inefable de saber que la vida se transforma, no se pierde; y al deshacerse la casa de nuestra habitación terrena, se nos prepara en el Cielo una eterna morada6. Después nos espera la Vida.

Los hijos de Dios quedarán maravillados en la gloria al ver todas las perfecciones de su Padre, de las que solo tuvieron un anticipo en la tierra. Y se sentirán plenamente en su casa, en su morada ya definitiva, en el seno de la Trinidad Beatísima7.

Por eso, podemos exclamar: «¡Si no nos morimos!: cambiamos de casa y nada más. Con la fe y el amor, los cristianos tenemos esta esperanza; una esperanza cierta. No es más que un hasta luego. Nos debíamos morir despidiéndonos así: ¡hasta luego!»8.

II. Los santos del Altísimo recibirán el reino y lo poseerán por los siglos de los siglos9.

En el Cielo todo nos parecerá enteramente joven y nuevo. Y esta novedad será tan impresionante que el viejo universo habrá desaparecido como un volumen enrollado10; y, sin embargo, el Cielo no será extraño a nuestros ojos. Será la morada que aun el corazón más depravado siempre anheló en el fondo de su ser. Será la nueva comunidad de los hijos de Dios, que habrán alcanzado allí la plenitud de su adopción. Estaremos con nuevos corazones y voluntades nuevas, con nuestros propios cuerpos transfigurados después de la resurrección. Y esta felicidad en Dios no excluirá las genuinas relaciones personales. «Ahí entran todos los amores humanos verdaderos, auténticamente personales: El amor de los esposos, aquel entre padre e hijos, la amistad, el parentesco, la limpia camaradería...

»Vamos todos caminando por la vida y, según pasan los años, son cada vez más numerosos los seres queridos que nos aguardan al otro lado de la barrera de la muerte. Esta se convierte en algo menos temeroso, incluso en algo alegre, cuando vamos siendo capaces de advertir que es la puerta de nuestro verdadero hogar en el que nos aguardan ya los que nos han precedido en el signo de la fe. Nuestro común hogar no es la tumba fría; es el seno de Dios»11.

Aquí nos encontramos con una pobreza desoladora para hacernos cargo de lo que será nuestra vida en el Cielo junto a nuestro Padre Dios. El Antiguo Testamento apunta la vida del Cielo evocando la tierra prometida, en la que ya no se sufrirán la sed y el cansancio, sino que, por el contrario, abundarán todos los bienes. No padecerán hambre ni sed, ni les afligirá el viento solano ni el sol, porque los guiará el que se ha compadecido de ellos, y los llevará a manantiales de agua12. Jesús, en el que tiene lugar la plenitud de la revelación, nos insiste una y otra vez en esta felicidad perfecta e inacabable. Su mensaje es de alegría y de esperanza en este mundo y en el que está por llegar.

El alma y sus potencias, y el cuerpo después de la resurrección, quedarán como divinizados, sin que esto suprima la diferencia infinita entre la creatura y su Creador. Además de contemplar a Dios tal como es en sí mismo, los bienaventurados conocen en Dios de modo perfectísimo a las criaturas especialmente relacionadas con ellos, y de este conocimiento obtienen también un inmenso gozo. Afirma Santo Tomás que los bienaventurados conocen en Cristo todo lo que pertenece a la belleza e integridad del mundo, en cuanto forman parte del universo. Y por ser miembros de la comunidad humana, conocen lo que fue objeto de su cariño o interés en la tierra; y en cuanto criaturas elevadas al orden de la gracia, tienen un conocimiento claro de las verdades de fe referentes a la salvación: la encarnación del Señor, la maternidad divina de María, la Iglesia, la gracia y los sacramentos13.

«Piensa qué grato es a Dios Nuestro Señor el incienso que en su honor se quema; piensa también en lo poco que valen las cosas de la tierra, que apenas empiezan ya se acaban...

«En cambio, un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia ... ! Y sin empalago: te saciará sin saciar»14.

III. En el Cielo veremos a Dios y gozaremos en Él con un gozo infinito, según la santidad y los méritos adquiridos aquí en la tierra. Pero la misericordia de Dios es tan grande, y tanta su largueza, que ha querido que sus elegidos encuentren también un nuevo motivo de felicidad en el Cielo a través de los bienes legítimos creados a los que el hombre aspira; es lo que llaman los teólogos gloria accidental. A esta bienaventuranza pertenecen la compañía de Jesucristo, a quien veremos glorioso, al que reconoceremos después de tantos ratos de conversación con Él, de tantas veces como le recibimos en la Sagrada Comunión..., la compañía de la Virgen, de San José, de los Ángeles, en particular del propio Ángel Custodio, y de todos los santos. Especial alegría nos producirá encontrarnos con los que más amamos en la tierra: padres, hermanos, parientes, amigos..., personas que influyeron de una manera decisiva en nuestra salvación...

Además, como cada hombre, cada mujer, conserva su propia individualidad y sus facultades intelectuales, también en el Cielo es capaz de adquirir otros conocimientos utilizando sus potencias15. Por eso será un motivo de gozo la llegada de nuevas almas al Cielo, el progreso espiritual de las personas queridas que quedaron en la tierra, el fruto de los propios trabajos apostólicos a lo largo del tiempo, la fecundidad sobrenatural de las contrariedades y dificultades padecidas por servir al Maestro... A esto se añadirá, después del juicio universal, la posesión del propio cuerpo, resucitado y glorioso, para el que fue creada el alma. Esta gloria accidental aumentará hasta el día del juicio universal16.

Es bueno y necesario fomentar la esperanza del Cielo; consuela en los momentos más duros y ayuda a mantener firme la virtud de la fidelidad. Es tanto lo que nos espera dentro de poco tiempo que se entienden bien las continuas advertencias del Señor para estar vigilantes y no dejarnos envolver por los asuntos de la tierra de tal manera que olvidemos los del Cielo. En el Evangelio de la Misa de hoy17, el último del año litúrgico, nos advierte Jesús: Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida, la preocupación del dinero y se os eche encima aquel día... Estad siempre despiertos... y manteneos en pie ante el Hijo del Hombre.

Pensemos con frecuencia en aquellas otras palabras de Jesús: Voy a prepararos un lugar18. Allí, en el Cielo, tenemos nuestra casa definitiva, muy cerca de Él y de su Madre Santísima. Aquí solo estamos de paso. «Y cuando llegue el momento de rendir nuestra alma a Dios, no tendremos miedo a la muerte. La muerte será para nosotros un cambio de casa. Vendrá cuando Dios quiera, pero será una liberación, el principio de la Vida con mayúscula. Vita mutatur, non tollitur (Prefacio I de Difuntos) (...). La vida se cambia, no nos la arrebatan. Empezaremos a vivir de un modo nuevo, muy unidos a la Santísima Virgen, para adorar eternamente a la Trinidad Beatísima, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que es el premio que nos está reservado»19.

Mañana comienza el Adviento, el tiempo de la espera y de la esperanza; esperemos a Jesús muy cerca de María.

1 Primera lectura. Año II. Apoc 22, 1-6. — 2 Cfr. Sagrada Biblia, EUNSA, Pamplona 1989, vol. XII, Apocalipsis, in loc. — 3 Apoc 22, 5. — 4 Juan Pablo II, Alocución 22-X-1985. — 5 Heb 13, 14. — 6 Misal Romano, Prefacio de difuntos. — 7 Cfr. B. Perquin, Abba, Padre, p. 343. — 8 San Josemaría Escrivá, en Hoja informativa sobre el proceso de beatificación de este Siervo de Dios, n. 1, p. 5. — 9 Primera lectura. Año I. Dan 7, 18. — 10 Apoc 6, 14. — 11 C. López-Pardo, Sobre la vida y la muerte, Rialp, Madrid 1973, p. 358. — 12 Is 49, 10. — 13 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, 1, q. 89, a. 8. — 14 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 995. — 15 Cfr. Santo Tomás, o. c., 1, q. 89, ad 1 ad 3, aa. 5 y 6; 3, q. 67, a. 2. — 16 Cfr. Catecismo Romano, 1, 13, n. 8. — 17 Lc 21, 34-36. — 18 Jn 14, 2. — 19 A. del Portillo, Homilía 15-VIII-1989, en Romana, n. 9, VII-XII-89, p. 243.

 

 

“Aquí estoy, porque me has llamado”

Ha llegado para nosotros un día de salvación, de eternidad. Una vez más se oyen esos silbidos del Pastor Divino, esas palabras cariñosas, “vocavi te nomine tuo” –te he llamado por tu nombre. Como nuestra madre, El nos invita por el nombre.

28 de noviembre

Más: por el apelativo cariñoso, familiar. –Allá, en la intimidad del alma, llama, y hay que contestar: “ecce ego, quia vocasti me” –aquí estoy, porque me has llamado, decidido a que esta vez no pase el tiempo como el agua sobre los cantos rodados, sin dejar rastro. (Forja, 7)

Un día –no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia–, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana –que es la razón más sobrenatural–, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que sólo desaparece cuando te apartas de El.

No me gusta hablar de elegidos ni de privilegiados. Pero es Cristo quien habla, quien elige. Es el lenguaje de la Escritura: elegit nos in ipso ante mundi constitutionem –dice San Pablo– ut essemus sancti (Eph I, 4). Nos ha escogido, desde antes de la constitución del mundo, para que seamos santos. Yo sé que esto no te llena de orgullo, ni contribuye a que te consideres superior a los demás hombres. Esa elección, raíz de la llamada, debe ser la base de tu humildad. ¿Se levanta acaso un monumento a los pinceles de un gran pintor? Sirvieron para plasmar obras maestras, pero el mérito es del artista. Nosotros –los cristianos– somos sólo instrumentos del Creador del mundo, del Redentor de todos los hombres. (Es Cristo que pasa, 1)

17 preguntas sobre la Prelatura

¿Qué diferencia a una persona del Opus Dei de otro creyente? ¿por qué no hay más prelaturas? ¿los laicos también pertenecen a la Prelatura o sólo los sacerdotes? Planteamos las preguntas más habituales al profesor Carlos José Errázuriz, Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

PRELATURA PERSONAL26/11/2020

Sumario de las 17 cuestiones sobre la Prelatura

1. ¿Qué es una prelatura personal?

2. ¿Cómo se crea una prelatura personal?

3. ¿Desde cuándo hay prelaturas personales en la Iglesia?

4. ¿Cuántas prelaturas personales existen actualmente? ¿Por qué no hay más?

5. ¿En qué se parecen y en qué se diferencian las prelaturas personales respecto a las diócesis, a las órdenes religiosas y a los movimientos?

6. ¿Qué era el Opus Dei antes de ser prelatura? ¿En qué se diferencian los estatutos de 1950 de los actuales?

7. ¿Tiene el Opus Dei desde que es prelatura una mayor autonomía? ¿Se puede hablar del Opus Dei como de una iglesia dentro de la Iglesia?

8. ¿Cuál es la misión de la prelatura del Opus Dei? ¿Qué hay de peculiar en esa misión que no se encuentre en otras realidades de la Iglesia?

9. ¿Cómo se gobierna la prelatura del Opus Dei? ¿Quién la dirige?

10. ¿Cómo se financia el Opus Dei?

11. ¿De quién depende el prelado del Opus Dei? ¿Quién lo nombra?

12. ¿Los laicos pertenecen a la prelatura, o sólo los sacerdotes?

13. ¿Qué diferencia hay entre un católico corriente, más o menos practicante, y una persona del Opus Dei?

14. ¿Cómo es posible que se requiera una vocación específica para ser miembro de una prelatura?

15. ¿A qué se compromete una persona que se incorpora al Opus Dei?

16. A nivel institucional, ¿qué relaciones tiene el Opus Dei con la diócesis? En su labor pastoral, ¿obra de acuerdo, además, con los institutos religiosos y con otras realidades eclesiales?

17. ¿En qué se beneficia la diócesis con el trabajo de los fieles del Opus Dei?

∙ Descarga este documento (PDF).

∙ Más información en la sección Prelatura personal.

Respuestas del profesor Carlos José Errázuriz, Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe.


1. ¿Qué es una prelatura personal?

Una prelatura personal es una parte de la Iglesia Católica, en el sentido de que está compuesta por determinados fieles y se halla estructurada de modo jerárquico, con un prelado que es su cabeza y principio de unidad y con sacerdotes y diáconos que colaboran con él. Lo específico de las prelaturas personales consiste en que promueven la vida cristiana y la tarea evangelizadora de la Iglesia de un modo complementario al de las diócesis, a las cuales siguen perteneciendo los fieles que forman parte de una prelatura personal.

La complementariedad de las prelaturas personales puede responder a variados motivos, siempre en relación con el bien espiritual de los fieles. Puede suceder, por ejemplo, que, con el deseo de favorecer una mayor participación de los emigrantes en la vida eclesial, se organice una prelatura con un clero preparado para atender sus necesidades específicas; o bien, como en el caso de la prelatura del Opus Dei, puede ocurrir que una realidad eclesial que nace de un carisma (es decir, de un don de Dios para la Iglesia) reúna en sí misma las características propias de una prelatura personal.

2. ¿Cómo se crea una prelatura personal?

Es la misma Iglesia, representada por el Papa, quien toma la decisión de crear una prelatura personal, habiendo consultado a las Conferencias Episcopales interesadas, con la intención de servir más eficazmente a las almas. Naturalmente esta decisión presupone que se den los elementos constitutivos de una prelatura personal: una comunidad de fieles, presidida por el Prelado, un clero que le ayuda pastoralmente y una razón eclesial específica.

3. ¿Desde cuándo hay prelaturas personales en la Iglesia?

Aunque existían precedentes similares de estructuras jerárquicas de tipo personal (como los vicariatos castrenses), la figura de las prelaturas personales es un fruto del impulso apostólico del Concilio Vaticano II que luego ha acogido el actual Código de Derecho Canónico. La primera que se erigió fue la prelatura del Opus Dei, en virtud de la Constitución Apostólica Ut sit de Juan Pablo II del 28 de noviembre de 1982.

4. ¿Cuántas prelaturas personales existen actualmente? ¿Por qué no hay más?

Actualmente sólo existe la prelatura personal del Opus Dei. El hecho de que no se hayan erigido hasta ahora otras se explica por la misma novedad de las prelaturas personales, que han de ofrecer garantías de solidez eclesial y deben insertarse armónicamente en las diócesis en las que actúen. Por lo demás, existen otras circunscripciones eclesiásticas, como los ordinariatos militares, dotadas de una configuración del mismo tipo, es decir, personal y complementaria a las diócesis.

5. ¿En qué se parecen y en qué se diferencian las prelaturas personales respecto a las diócesis, a las órdenes religiosas y a los movimientos?

Conviene tener presente que todas las realidades eclesiales de cualquier naturaleza participan de la misma vida y finalidad de la única Iglesia. Por tanto, todas están llamadas a vivir en la misma comunión eclesial y a tener relaciones de mutuo afecto.

Tanto las prelaturas personales como las diócesis son comunidades de fieles de naturaleza jerárquica. Las diócesis son Iglesias particulares y comprenden a todos los fieles en un determinado territorio. Las prelaturas personales viven y actúan dentro de una o de varias diócesis, con las que cooperan mediante el cumplimiento de su finalidad eclesial específica, en una relación de complementariedad.

Dentro de la Iglesia los fieles pueden constituir realidades de carácter asociativo que, sin ser comunidades de naturaleza jerárquica como las diócesis y las prelaturas, llevan a cabo una actividad eclesial con fines variados. Algunas, como las cofradías o asociaciones de caridad, no suponen una vocación específica en sus miembros. Otras, en cambio, presuponen que haya una llamada que hace participar en un carisma determinado. Las órdenes y congregaciones religiosas agrupan a fieles que, movidos por un carisma propio, dan en su vida y en su acción apostólica un testimonio público y oficial de la radicalidad del Evangelio.

Los movimientos son realidades asociativas de origen carismático que comprenden toda clase de fieles, en especial fieles laicos que viven en el mundo, y que establecen entre ellos vínculos de fraternidad y de apostolado ligados a su carisma.

6. ¿Qué era el Opus Dei antes de ser prelatura? ¿En qué se diferencian los estatutos de 1950 de los actuales?

Desde su misma fundación el 2 de octubre de 1928 el Opus Dei era ya esencialmente, aunque en estado germinal, lo mismo que vemos hoy desplegado: una parte de la Iglesia, compuesta por fieles y estructurada jerárquicamente en torno a una cabeza que fue primero el fundador, san Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote. Esta realidad eclesial universal necesitaba naturalmente ser reconocida por la Iglesia, y era preciso que la Santa Sede interviniera para configurarla como estructura jerárquica. Ha sido un proceso largo, lo que se entiende por tratarse de un fenómeno nuevo en la vida de la Iglesia.

Antes de la erección como prelatura personal, que constituye la figura que responde plenamente a la realidad del Opus Dei, éste había sido aprobado como instituto secular, lo que permitía reconocer que todos los fieles, sacerdotes y laicos, pertenecían a la misma realidad eclesial, y atribuía una cierta potestad al sacerdote que en ella hacía cabeza. Los estatutos de 1950 recogían fielmente la realidad del Opus Dei, pero, debiendo responder a la figura de instituto secular, mantenían elementos que no cuadraban con la realidad secular que es propia del carisma del Opus Dei. Estos elementos han desaparecido en sus estatutos como prelatura.

7. ¿Tiene el Opus Dei desde que es prelatura una mayor autonomía? ¿Se puede hablar del Opus Dei como de una iglesia dentro de la Iglesia?

Ninguna parte de la Iglesia constituye “una iglesia dentro de la Iglesia”, sino justamente lo contrario: cada parte promueve vínculos de comunión respecto a toda la Iglesia. Los fieles del Opus Dei, precisamente en cuanto tales, son y se sienten miembros vivos de la Iglesia universal y de sus diócesis respectivas, en cuya vida participan como los demás fieles: hay que tener en cuenta, además, que esta prelatura, a diferencia de lo que podría suceder en otras, no contempla algunos aspectos de la pastoral ordinaria (bautismos, confirmaciones, matrimonios, funerales, etc.), y en cambio dedica especial atención a la formación de sus fieles y de quienes se acercan a sus apostolados (encuentros y retiros espirituales, estudio de las ciencias sagradas, dirección espiritual personal, etc.)

La legítima autonomía del Opus Dei para llevar a cabo su misión eclesial, como por lo demás la autonomía que en diversos grados es propia de todo fiel y de cualquier realidad eclesial, es siempre autonomía en la comunión con la Iglesia universal y el Romano Pontífice, y con las Iglesias particulares y los Obispos diocesanos. En este sentido, el Opus Dei, en su actual configuración como prelatura, goza de la autonomía propia de los entes de la constitución jerárquica de la Iglesia (cuya cabeza es un sujeto con potestad episcopal), que es distinta de la autonomía propia de los entes de estructura asociativa.

8. ¿Cuál es la misión de la prelatura del Opus Dei? ¿Qué hay de peculiar en esa misión que no se encuentre en otras realidades de la Iglesia?

La misión de la prelatura del Opus Dei es la misma misión salvífica de toda la Iglesia, llevada a cabo conforme a un carisma específico de santificación y apostolado en el trabajo profesional y en el conjunto de la vida ordinaria. Lo peculiar de ese carisma y de esa misión, como sucede con cualquier carisma, proviene del don de Dios, primero a San Josemaría como fundador, luego a sus hijas e hijos espirituales, y también a todos los que de él participan en mayor o menor medida. El hecho de que ese carisma dé lugar a una prelatura no es fruto de una simple decisión basada en motivos de conveniencia, sino que deriva de la realidad misma de ese carisma, que comporta necesariamente la conformación de una comunidad de fieles jerárquicamente estructurada.

9. ¿Cómo se gobierna la prelatura del Opus Dei? ¿Quién la dirige?

Como en toda prelatura, el gobierno de la prelatura del Opus Dei corresponde a su prelado y a sus vicarios, que cuentan a diversos niveles con consejos en los que colaboran otros fieles, muchos de ellos laicos, tanto hombres como mujeres. Además, los fieles laicos dan una contribución decisiva en las tareas de organización y realización inmediata de la actividad formativa del Opus Dei.

10. ¿Cómo se financia el Opus Dei?

La prelatura del Opus Dei se financia como las diócesis u otras prelaturas, es decir ante todo con las aportaciones de sus mismos fieles y de otras personas que colaboran económicamente en su misión. Las iniciativas apostólicas ligadas a la prelatura en el ámbito de la educación, de la salud, de la promoción social, etc. – de las que la prelatura asume sólo la responsabilidad en lo que respecta a su vitalidad cristiana – se financian como las demás instituciones del mismo tipo en cada país.

11. ¿De quién depende el prelado del Opus Dei? ¿Quién lo nombra?

El prelado del Opus Dei y la misma prelatura dependen –como todas las circunscripciones eclesiásticas– de la Santa Sede, o sea del Romano Pontífice y del órgano que le ayuda en lo referente a las diócesis y prelaturas, es decir la Congregación para los Obispos.

El prelado del Opus Dei es nombrado por el Papa, tras seguir el procedimiento de determinación de la persona que está previsto en los estatutos de la prelatura; estos contemplan la intervención de fieles de la misma para pronunciarse sobre quién sería el sacerdote más indicado. El Romano Pontífice puede después llamar al prelado a recibir el sacramento del episcopado, que aunque no sea necesario, resulta muy congruente con su misión jerárquica de pastor. Así ha ocurrido con los dos primeros prelados, Mons. Álvaro del Portillo y Mons. Javier Echevarría.

12. ¿Los laicos pertenecen a la prelatura, o sólo los sacerdotes?

Tanto unos como otros pertenecen igualmente a la prelatura, en la que, como en toda la Iglesia y en cualquiera de sus partes, existe igualdad fundamental entre todos los fieles en cuanto a su dignidad y misión como cristianos, y al mismo tiempo se da una diversidad esencial por lo que respecta al sacerdocio. Esta diversidad fundamenta la cooperación orgánica entre sacerdotes y laicos en la misma misión de la Iglesia. Concebir la prelatura como una institución formada sólo por sacerdotes contradiría tanto la realidad del Opus Dei como la misma novedad e índole específica de las prelaturas. Esa concepción vería las prelaturas como asociaciones de sacerdotes incardinados en ellas, instituciones ciertamente muy importantes en la vida de la Iglesia, pero esencialmente distintas por su carácter asociativo y sólo clerical.

En cambio, la realidad del Opus Dei sí comprende una asociación de sacerdotes, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, inseparable de la prelatura. La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz concierne sólo a la vida espiritual de sus miembros: no a su trabajo pastoral, que no cambia por el hecho de pertenecer a ella. Forman parte de esta asociación los sacerdotes de la prelatura y otros sacerdotes diocesanos que han recibido también la vocación al Opus Dei para santificarse en su misma vocación sacerdotal, sin constituir un grupo aparte, sino procurando que su ministerio e inserción en la diócesis, su lugar propio en el servicio de la Iglesia, sean cada vez más fecundos, en plena y cordial obediencia a la autoridad del obispo diocesano, única autoridad eclesiástica de la que dependen, y en fraternal unión con todos los demás sacerdotes.

13. ¿Qué diferencia hay entre un católico corriente, más o menos practicante, y una persona del Opus Dei?

No hay ninguna, en cuanto una persona del Opus Dei es un católico corriente, que ha recibido una llamada específica dentro de su vocación cristiana para formar parte de una familia espiritual y para procurar ser mejor cristiano y colaborar en la misión de la Iglesia. Esa llamada no le distingue de los demás, pues no implica que su vida se transforme en un signo eclesial del seguimiento de Cristo, como es propio de la vocación de los religiosos. La secularidad es esencial para todos los fieles del Opus Dei, también para los que viven el celibato como parte de su vocación.

Obviamente si por católico corriente se entiende un católico que en su vida no está especialmente comprometido con el Señor y con la Iglesia, los fieles del Opus Dei procuran con todas sus fuerzas no reconocerse en ese tipo: es más, se saben llamados a recordar que lo corriente para los discípulos de Cristo debe ser seguirle incondicionalmente, con un estilo de vida que a veces puede resultar sorprendente para quien no lo comprenda desde una perspectiva plenamente cristiana.

14. ¿Cómo es posible que se requiera una vocación específica para ser miembro de una prelatura?

Naturalmente este requisito vocacional no es esencial en las prelaturas personales, las cuales pueden fundarse en circunstancias muy diversas, generalmente ligadas a vínculos sociales entre sus fieles.

Sin embargo, es posible que se requiera porque la misma realidad eclesial suponga una vocación específica, como sucede en el caso del Opus Dei. La Iglesia reconoce y favorece algo que proviene del Espíritu Santo, sin lo cual toda la prelatura del Opus Dei dejaría de existir.

15. ¿A qué se compromete una persona que se incorpora al Opus Dei?

La incorporación a la prelatura del Opus Dei está esencialmente unida a la vocación personal de ese fiel. De ahí que la incorporación comporta el compromiso de vivir todo aquello que se refiere a esa vocación. En sus manifestaciones externas este compromiso se sitúa siempre exclusivamente en el plano de la vida eclesial de la persona, sin entrar nunca en ámbitos de naturaleza temporal. Se trata de deberes que se refieren a la vida espiritual, a la propia formación, a la participación activa en las actividades apostólicas desarrolladas por la prelatura. Por tratarse sólo de ámbitos en los que un fiel goza de libertad para seguir uno u otro camino, el compromiso con la prelatura es perfectamente armónico con los deberes del fiel respecto a la Iglesia universal y a la Iglesia particular, y con otras obligaciones que naturalmente o por propia voluntad haya asumido. La vinculación al Opus Dei busca precisamente ayudarle a vivir el conjunto de sus deberes ordinarios, tanto en la Iglesia como en la sociedad civil.

Para algunos fieles, el compromiso comprende también el celibato apostólico y una mayor disponibilidad al servicio de las actividades apostólicas propias de la prelatura.

16. A nivel institucional, ¿qué relaciones tiene el Opus Dei con la diócesis? En su labor pastoral, ¿obra de acuerdo, además, con los institutos religiosos y con otras realidades eclesiales?

La vida de la prelatura se inserta, como parte viva, dentro de cada diócesis. Por eso, la prelatura está en constante relación con la diócesis y con el respectivo obispo. Además, es jurídicamente necesaria la intervención de éste para comenzar el trabajo de la prelatura en la diócesis o bien para abrir centros de la prelatura. Lo más importante, sin embargo, son los contactos permanentes que ayudan a la plena sintonía con la vida diocesana y con los objetivos pastorales del Obispo diocesano.

La prelatura del Opus Dei está en comunión con todas las realidades eclesiales presentes en la diócesis. Dentro de la legítima autonomía eclesial de cada una de esas realidades, la vida de la diócesis a la que todas pertenecen ofrece habitualmente múltiples ocasiones de contacto y colaboración. Conviene tener presente que el Opus Dei no constituye un grupo aparte dentro de la diócesis y no es ni actúa como una asociación, por lo que sus miembros pueden libremente participar en asociaciones de fieles de carácter secular.

 

El trabajo y la entera vida de las personas del Opus Dei, en la medida en que son fieles a su vocación, constituye una parte del bien espiritual y apostólico de la diócesis en que se desarrolla. Como es propio del carisma del Opus Dei, la aportación de sus fieles al bien de la diócesis – y lo mismo se puede decir de la aportación de la inmensa mayoría de los católicos – tiene por escenario la vida secular, o sea el ámbito familiar, cultural, económico, político, etc., en los cuales las personas del Opus Dei, gozando de la misma libertad y autonomía que cualquier otra persona, se empeñan en vivir a fondo según el Evangelio: es decir, en servir a los demás por Dios.

17. ¿En qué se beneficia la diócesis con el trabajo de los fieles del Opus Dei?

El trabajo y la entera vida de las personas del Opus Dei, en la medida en que son fieles a su vocación, constituye una parte del bien espiritual y apostólico de la diócesis en que se desarrolla. Como es propio del carisma del Opus Dei, la aportación de sus fieles al bien de la diócesis – y lo mismo se puede decir de la aportación de la inmensa mayoría de los católicos – tiene por escenario la vida secular, o sea el ámbito familiar, cultural, económico, político, etc., en los cuales las personas del Opus Dei, gozando de la misma libertad y autonomía que cualquier otra persona, se empeñan en vivir a fondo según el Evangelio: es decir, en servir a los demás por Dios.

12 preguntas sobre el Opus Dei, 12 respuestas de San Josemaría

San Josemaría responde a preguntas dirigidas por periodistas de distintos medios internacionales: ¿Cuáles son los grandes éxitos del Opus Dei? ¿Qué significa que es una "organización desorganizada"? ¿Cómo ve el futuro del Opus Dei? Recogemos aquí 12 respuestas acerca del Opus Dei.

EL OPUS DEI19/09/2019

​'Si se quiere buscar alguna comparación, la manera más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos'.

1. ¿Cómo y por qué fundó el Opus Dei?

2. ¿ Cuál es la misión central y los objetivos que tiene el Opus Dei?

3. ¿Alguna vez, al hablar de la realidad del Opus Dei, ha afirmado que es una "desorganización organizada". ¿Podría explicar a nuestros lectores el significado de esta expresión?

4. ¿ Cómo se ha desarrollado y ha evolucionado el Opus Dei desde su fundación?

5. ¿Cómo ve el futuro del Opus Dei?

6. ¿ No tiene el Opus Dei una orientación económica o política?

7. ¿ Puede pensarse que el Opus Dei tenga relación con las actividades o cargos que algunos de sus miembros tienen en empresas o grupos de cierta importancia?

8. ¿Cómo responde a quienes hablan de secretos en el Opus Dei? Algunos piensan que está organizado como una sociedad secreta .

9. ¿Por qué criterios mide usted el éxito o no del Opus Dei?

10. ¿El ambiente de España en los años 40-70 contribuyó al crecimiento del Opus Dei?

11. ¿Por qué si en Opus Dei cada individuo tiene la misma libertad que cualquier cristiano para tener y manifestar sus personales opiniones, algunos piensan que el Opus Dei es una organización monolítica en asuntos temporales?

12. ¿Cómo se inserta el Opus Dei en el Ecumenismo?


Preguntas y respuestas

1. ¿Cómo y por qué fundó el Opus Dei?

¿Por qué? Las obras que nacen de la voluntad de Dios no tienen otro porqué que el deseo divino de utilizarlas como expresión de su voluntad salvífica universal. Desde el primer momento la Obra era universal, católica. No nacía para dar solución a los problemas concretos de la Europa de los años veinte, sino para decir a hombres y mujeres de todos los países, de cualquier condición, raza, lengua o ambiente —y de cualquier estado: solteros, casados, viudos, sacerdotes—, que podían amar y servir a Dios, sin dejar de vivir en su trabajo ordinario, con su familia, en sus variadas y normales relaciones sociales.

¿Cómo se fundó? Sin ningún medio humano. Sólo tenía yo veintiséis años, gracia de Dios y buen humor. La Obra nació pequeña: no era más que el afán de un joven sacerdote, que se esforzaba en hacer lo que Dios le pedía.

2. ¿Cuál es la misión central y los objetivos que tiene el Opus Dei?

El Opus Dei pretende ayudar a las personas que viven en el mundo —al hombre corriente, al hombre de la calle—, a llevar una vida plenamente cristiana, sin modificar su modo normal de vida, ni su trabajo ordinario, ni sus ilusiones y afanes.

Por eso, en frase que escribí hace ya muchos años, se puede decir que el Opus Dei es viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo. Es recordar a los cristianos las palabras maravillosas que se leen en el Génesis: que Dios creó al hombre para que trabajara. Nos hemos fijado en el ejemplo de Cristo, que se pasó la casi totalidad de su vida terrena trabajando como un artesano en una aldea. El trabajo no es sólo uno de los más altos de los valores humanos y medio con el que los hombres deben contribuir al progreso de la sociedad: es también camino de santificación.

Si se quiere buscar alguna comparación, la manera más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos. Ellos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban seriamente la perfección a la que estaban llamados por el hecho, sencillo y sublime del Bautismo. No se distinguían exteriormente de los demás ciudadanos. Los fieles del Opus Dei son personas comunes; desarrollan un trabajo corriente; viven en medio del mundo como lo que son: ciudadanos cristianos que quieren responder cumplidamente a las exigencias de su fe.

Conversaciones, 24

3. ¿Alguna vez, al hablar de la realidad del Opus Dei, ha afirmado que es una "desorganización organizada". ¿Podría explicar a nuestros lectores el significado de esta expresión?

Quiero decir que damos una importancia primaria y fundamental a la espontaneidad apostólica de la persona, a su libre y responsable iniciativa, guiada por la acción del Espíritu; y no a las estructuras organizativas, mandatos, tácticas y planes impuestos desde el vértice, en sede de gobierno.

Un mínimo de organización existe, evidentemente, con un gobierno central, que actúa siempre colegialmente y tiene su sede en Roma, y gobiernos regionales. Pero toda la actividad de esos organismos se dirige fundamentalmente a una tarea: proporcionar a todos la asistencia espiritual necesaria para su vida de piedad, y una adecuada formación espiritual, doctrinal-religiosa y humana. Después, ¡patos al agua! Es decir: cristianos a santificar todos los caminos de los hombres, que todos tienen el aroma del paso de Dios.

Conversaciones, 19

4. ¿Cómo se ha desarrollado y ha evolucionado el Opus Dei desde su fundación?

Desde el primer momento el objetivo único del Opus Dei ha sido el que le acabo de describir: contribuir a que haya en medio del mundo hombres y mujeres de todas las razas y condiciones sociales que procuren amar y servir a Dios y a los demás hombres en y a través de su trabajo ordinario. Con el comienzo de la Obra en 1928, mi predicación ha sido que la santidad no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas. Las implicaciones de ese mensaje son muchas y la experiencia de la vida de la Obra me ha ayudado a conocerlas cada vez con más hondura y riqueza de matices. La Obra nació pequeña, y ha ido normalmente creciendo luego de manera gradual y progresiva, como crece un organismo vivo, como todo lo que se desarrolla en la historia.

Pero su objetivo y razón de ser no ha cambiado ni cambiará por mucho que pueda mudar la sociedad, porque el mensaje del Opus Dei es que se puede santificar cualquier trabajo honesto, sean cuales fueran las circunstancias en que se desarrolla.

Hoy forman parte de la Obra personas de todas las profesiones: no sólo médicos, abogados, ingenieros y artistas, sino también albañiles, mineros, campesinos; cualquier profesión: desde directores de cine y pilotos de reactores hasta peluqueras de alta moda. Para las personas del Opus Dei el estar al día, el comprender el mundo moderno, es algo natural e instintivo, porque son ellos —junto con los demás ciudadanos, iguales a ellos— los que hacen nacer ese mundo y le dan su modernidad.

Siendo éste el espíritu de nuestra Obra, comprenderá que ha sido una gran alegría para nosotros ver cómo el Concilio ha declarado solemnemente que la Iglesia no rechaza el mundo en que vive, ni su progreso y desarrollo, sino que lo comprende y ama. Por lo demás es una característica central de la espiritualidad que se esfuerzan por vivir —desde hace casi cuarenta años— la gente de la Obra, el saberse al mismo tiempo parte de la Iglesia y del Estado, asumiendo cada uno plenamente, por lo tanto, con toda libertad su individual responsabilidad de cristiano y de ciudadano.

Conversaciones, 26

5. ¿Cómo ve el futuro del Opus Dei?

El Opus Dei es todavía muy joven. Treinta y nueve años para una institución es apenas un comienzo. Nuestra tarea es colaborar con todos los demás cristianos en la gran misión de ser testimonio del Evangelio de Cristo; es recordar que esa buena nueva puede vivificar cualquier situación humana. La labor que nos espera es ingente. Es un mar sin orillas, porque mientras haya hombres en la tierra, por mucho que cambien las formas técnicas de la producción, tendrán un trabajo que pueden ofrecer a Dios, que pueden santificar. Con la gracia de Dios, la Obra quiere enseñarles a hacer de ese trabajo un servicio a todos los hombres de cualquier condición, raza, religión. Al servir así a los hombres, servirán a Dios.

Conversaciones, 57

6. ¿No tiene el Opus Dei una orientación económica o política?

Cada uno de sus miembros tiene plena libertad para pensar y obrar como le parezca mejor en este terreno. En todo lo temporal los files de la Obra son libérrimos: caben en el Opus Dei personas de todas las tendencias políticas, culturales, sociales y económicas que la conciencia cristiana puede admitir.

Yo no hablo nunca de política. Mi misión como sacerdote es exclusivamente espiritual. Por lo demás, aunque expresara alguna vez una opinión en lo temporal, las personas de la Obra no tendrían ninguna obligación de seguirla.

Conversaciones, 48

 

7. ¿Puede pensarse que el Opus Dei tenga relación con las actividades o cargos que algunos de sus miembros tienen en empresas o grupos de cierta importancia?

En modo alguno. El Opus Dei no interviene para nada en política; es absolutamente ajeno a cualquier tendencia, grupo o régimen político, económico, cultural o ideológico. Sus fines —repito— son exclusivamente espirituales y apostólicos. De sus fieles exige sólo que vivan en cristiano, que se esfuercen por ajustar sus vidas al ideal del Evangelio. No se inmiscuye, pues, de ningún modo en las cuestiones temporales. Si alguno no entiende esto se deberá quizá a que no entiende la libertad personal o a que no acierta a distinguir entre los fines exclusivamente espirituales para los que se asocian los miembros de la Obra y el amplísimo campo de las actividades humanas —la economía, la política, la cultura, el arte, la filosofía, etc.— en las que las personas del Opus Dei gozan de plena libertad y trabajan bajo su propia responsabilidad. Desde el mismo momento en que se acercan a la Obra, todos conocen bien la realidad de su libertad individual, de modo que si en algún caso alguno de ellos intentara presionar a los otros imponiendo sus propias opiniones en materia política o servirse de ellos para intereses humanos, los demás se rebelarían y lo expulsarían inmediatamente. El respeto de la libertad de sus miembros es condición esencial de la vida misma del Opus Dei. Sin él, no vendría nadie a la Obra. Es más. Si se diera alguna vez —no ha sucedido, no sucede y, con la ayuda de Dios, no sucederá jamás— una intromisión del Opus Dei en la política, o en algún otro campo de las actividades humanas, el primer enemigo de la Obra sería yo.

8. ¿Cómo responde a quienes hablan de secretos en el Opus Dei? Algunos piensan que está organizado como una sociedad secreta.

Desde 1928 mi predicación ha sido que la santidad no es cosa para privilegiados, que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, porque el quicio de la espiritualidad específica del Opus Dei es la santificación del trabajo ordinario. Hay que rechazar el prejuicio de que los fieles corrientes no pueden hacer más que limitarse a ayudar al clero, en apostolados eclesiásticos. Y advertir que, para lograr este fin sobrenatural, los hombres necesitan ser y sentirse personalmente libres, con la libertad que Jesucristo nos ganó. Para predicar y enseñar a practicar esta doctrina, no he necesitado nunca de ningún secreto. Las personas de la Obra abominan del secreto, porque son fieles corrientes, iguales a los demás: al adscribirse al Opus Dei no cambian de estado. Les repugnaría llevar un cartel en la espalda que diga: "que conste que estoy dedicado al servicio de Dios". Esto no sería laical, ni secular. Pero quienes tratan y conocen a los miembros del Opus Dei saben que forman parte de la Obra, aunque no lo pregonen, porque tampoco lo ocultan.

Conversaciones, 34

Informarse sobre el Opus Dei es bien sencillo. En todos los países trabaja a la luz del día, con el reconocimiento jurídico de las autoridades civiles y eclesiásticas. Son perfectamente conocidos los nombres de sus directores y de sus obras apostólicas. Cualquiera que desee información sobre nuestra Obra, puede obtenerla sin dificultad, poniéndose en contacto con sus directores o acudiendo a alguna de nuestras obras corporativas. Usted mismo puede ser testigo de que nunca ninguno de los dirigentes del Opus Dei, o los que atienden a los periodistas, han dejado de facilitarles su tarea informativa, contestando a sus preguntas o dando la documentación adecuada.

Ni yo, ni ninguno de los miembros del Opus Dei, pretendemos que todo el mundo nos comprenda o que comparta nuestros ideales espirituales. Soy muy amigo de la libertad y de que cada uno siga su camino. Pero es evidente que tenemos el derecho elemental de ser respetados.

Conversaciones, 30

9. ¿Por qué criterios mide usted el éxito o no del Opus Dei?

Cuando una empresa es sobrenatural, importan poco el éxito o el fracaso, tal como suelen entenderse de ordinario. Ya decía San Pablo a los cristianos de Corinto, que en la vida espiritual lo que interesa no es el juicio de los demás, ni nuestro propio juicio, sino el de Dios.

Ciertamente la Obra está hoy universalmente extendida: pertenecen a ella hombres y mujeres de cerca de setenta nacionalidades. Al pensar en ese hecho, yo mismo me sorprendo. No le encuentro explicación humana alguna, sino la voluntad de Dios, pues el Espíritu sopla donde quiere, y se sirve de quien quiere para realizar la santificación de los hombres. Todo eso es para mí ocasión de acción de gracias, de humildad, y de petición a Dios para saber siempre servirle.

Me pregunta también cuál es el criterio con que mido y juzgo las cosas. La respuesta es muy sencilla: santidad, frutos de santidad.

El apostolado más importante del Opus Dei, es el que cada socio [miembro] realiza con el testimonio de su vida y con su palabra, en el trato diario con sus amigos y compañeros de profesión. ¿Quién puede medir la eficacia sobrenatural de este apostolado callado y humilde? No se puede valorar la ayuda que supone el ejemplo de un amigo leal y sincero, o la influencia de una buena madre en el seno de la familia.

Quizá su pregunta se refiere a los apostolados corporativos que realiza el Opus Dei, suponiendo que en este caso se pueden medir los resultados desde un punto de vista humano, técnico: si una escuela de capacitación obrera consigue promover socialmente a los hombres que la frecuentan; si una universidad da a sus estudiantes una formación profesional y cultural adecuadas. Admitiendo que su pregunta tiene ese sentido, le diré que el resultado se puede explicar en parte porque se trata de labores realizadas por personas que ejercitan ese trabajo como una específica tarea profesional, para la que se preparan como todo el que desea hacer una labor seria. Esto quiere decir, entre otras cosas, que esas obras no se plantean con esquemas preconcebidos, sino que se estudian en cada caso las necesidades peculiares de la sociedad en la que se van a realizar, para adaptarlas a las exigencias reales.

Pero le repito que al Opus Dei no le interesa primordialmente la eficacia humana. El éxito o el fracaso real de esas labores depende de que, estando humanamente bien hechas, sirvan o no para que tanto los que realizan esas actividades como los que se benefician de ellas, amen a Dios, se sientan hermanos de todos los demás hombres y manifiesten esos sentimientos en un servicio desinteresado a la humanidad.

Conversaciones, 31

10. ¿El ambiente de España en los años 40-70 contribuyó al crecimiento del Opus Dei?

En pocos sitios hemos encontrado menos facilidades que en España. Es el país —siento decirlo, porque amo profundamente a mi Patria— donde más trabajo y sufrimiento ha costado hacer que arraigara la Obra. Cuando apenas había nacido, encontró ya la oposición de los enemigos de la libertad individual y de personas tan aferradas a las ideas tradicionales, que no podían entender la vida de los miembros del Opus Dei: ciudadanos corrientes, que se esfuerzan por vivir plenamente su vocación cristiana sin dejar el mundo.

Tampoco las obras corporativas de apostolado han encontrado especiales facilidades en España. Gobiernos de países donde la mayoría de los ciudadanos no son católicos, han ayudado con mucha más generosidad que el Estado español, a las actividades docentes y benéficas promovidas por miembros de la Obra. La ayuda que esos gobiernos concedan o puedan conceder a las obras corporativas del Opus Dei, como hace de modo habitual con otras obras semejantes, no suponen un privilegio, sino sencillamente el reconocimiento de la función social que realizan, ahorrando dinero al erario público.

En su expansión internacional, el espíritu del Opus Dei ha encontrado inmediato eco y honda acogida en todos los países. Si ha tropezado con dificultades ha sido por falsedades que venían precisamente de España e inventadas por españoles, por algunos sectores muy concretos de la sociedad española. En primer lugar la organización internacional de que le hablaba; pero eso parece seguro que es cosa pasada, y yo no guardo rencor a nadie. Luego están algunas personas que no entienden el pluralismo, que adoptan actitud de grupo, cuando no caen en una mentalidad estrecha o totalitaria, y que se sirven del nombre de católico para hacer política. Algunos de ellos, no me explico por qué —quizá por falsas razones humanas—, parecen encontrar un gusto especial en atacar al Opus Dei, y como cuentan con grandes medios económicos —el dinero de los contribuyentes españoles— sus ataques pueden ser recogidos por cierta prensa.

Me doy cuenta perfectamente de que usted está esperando nombres concretos de personas e instituciones. No se los daré, y espero que comprenda la razón. Ni mi misión ni la de la Obra son políticas: mi oficio es rezar. Y no quiero decir nada que pueda siquiera interpretarse como una intervención en política. Más aún, me duele mucho hablar de estas cosas. He callado durante casi cuarenta años, y si ahora digo algo es porque tengo la obligación de denunciar como absolutamente falsas las interpretaciones torcidas que algunos intentan dar de una labor que es exclusivamente espiritual. Por eso, si bien hasta ahora he callado, en lo sucesivo seguiré hablando, y, si fuera necesario, cada vez con más claridad.

Pero volviendo al tema central de su pregunta, si muchas personas de todas las clases sociales, también en España, han procurado seguir a Cristo con la ayuda de la Obra y según su espíritu, la explicación no se puede buscar en el ambiente o en otros motivos extrínsecos. Prueba de ello es que quienes afirman lo contrario con tanta ligereza, ven disminuir sus propios grupos; y las causas exteriores son las mismas para todos. Quizá sea también, humanamente hablando, porque ellos hacen grupo, y nosotros no quitamos la libertad personal a nadie.

Si el Opus Dei está bien desarrollado en España —como también en algunas otras naciones— puede ser una concausa el hecho de que nuestra labor espiritual se inició allí hace cuarenta años, y —como le expliqué antes— la guerra civil española y después la guerra mundial hicieron necesario aplazar el comienzo en otros países. Quiero hacer constar sin embargo que, desde hace años, los españoles son una minoría en la Obra.

No piense, repito, que no amo a mi país, o que no me alegra profundamente la labor que la Obra allí realiza, pero es triste que haya quien propague equívocos sobre el Opus Dei y España.

Conversaciones, 33

11. ¿Por qué si en Opus Dei cada individuo tiene la misma libertad que cualquier cristiano para tener y manifestar sus personales opiniones, algunos piensan que el Opus Dei es una organización monolítica en asuntos temporales?

No me parece que esa opinión esté realmente muy extendida. Bastantes de los órganos más cualificados de la prensa internacional han reconocido el pluralismo de la gente de la Obra.

Ha habido, ciertamente, algunas personas que han sostenido esa opinión errónea a la que usted se refiere. Es posible que algunos, por motivos de diverso tipo, hayan difundido esa idea, aun sabiendo que no corresponde a la realidad. Pienso que, en muchos otros casos, puede deberse a falta de conocimiento, ocasionada quizá por las deficiencias de información: no estando bien informados, no es de extrañar que personas que no tienen interés suficiente para entrar en contacto personal con el Opus Dei e informarse bien, atribuyan a la Obra como tal las opiniones de unos pocos.

Lo cierto es que nadie que esté medianamente informado sobre los asuntos españoles puede desconocer la realidad del pluralismo existente entre las personas de la Obra. Usted mismo seguramente podría citar muchos ejemplos.

Otro factor puede ser el prejuicio subconsciente de personas que tienen mentalidad de partido único, en lo político o en lo espiritual. Los que tienen esta mentalidad y pretenden que todos opinen lo mismo que ellos, encuentran difícil creer que otros sean capaces de respetar la libertad de los demás. Atribuyen así a la Obra el carácter monolítico que tienen sus propios grupos.

Conversaciones, 50

12. ¿Cómo se inserta el Opus Dei en el Ecumenismo?

Me pregunta usted también. Ya le conté el año pasado a un periodista francés —y sé que la anécdota ha encontrado eco, incluso en publicaciones de hermanos nuestros separados— lo que una vez comenté al Santo Padre Juan XXIII, movido por el encanto afable y paterno de su trato: "Padre Santo, en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad". El se rió emocionado, porque sabía que, ya desde 1950, la Santa Sede había autorizado al Opus Dei a recibir como asociados Cooperadores a los no católicos y aun a los no cristianos.

Son muchos, efectivamente —y no faltan entre ellos pastores y aun obispos de sus respectivas confesiones—, los hermanos separados que se sienten atraídos por el espíritu del Opus Dei y colaboran en nuestros apostolados. Y son cada vez más frecuentes —a medida que los contactos se intensifican— las manifestaciones de simpatía y de cordial entendimiento a que da lugar el hecho de que los fieles del Opus Dei centren su espiritualidad en el sencillo propósito de vivir responsablemente los compromisos y exigencias bautismales del cristiano.

El deseo de buscar la perfección cristiana y de hacer apostolado, procurando la santificación del propio trabajo profesional; el vivir inmersos en las realidades seculares, respetando su propia autonomía, pero tratándolas con espíritu y amor de almas contemplativas; la primacía que en la organización de nuestras labores concedemos a la persona, a la acción del Espíritu en las almas, al respeto de la dignidad y de la libertad que provienen de la filiación divina del cristiano; el defender, contra la concepción monolítica e institucionalista del apostolado de los laicos, la legítima capacidad de iniciativa dentro del necesario respeto al bien común: esos y otros aspectos más de nuestro modo de ser y trabajar son puntos de fácil encuentro, donde los hermanos separados descubren —hecha vida, probada por los años— una buena parte de los presupuestos doctrinales en los que ellos y nosotros, los católicos, hemos puesto tantas fundadas esperanzas ecuménicas.

Conversaciones, 22

 

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Nuevo libro de Mons. Fernando Ocáriz: “A la luz del Evangelio”

“Desearía que estas páginas ayudasen a la oración e invitasen a un contacto más directo con Jesucristo”, escribe el autor en la presentación del volumen.

DEL PRELADO27/11/2020

En sus páginas se ofrecen 120 textos breves, que buscan ayudar y acompañar al lector a meditar el Evangelio con actitud contemplativa y de escucha. El libro acaba de ser publicado en castellano por Ediciones Palabra. Además, en las próximas semanas aparecerá también en inglés (Scepter), francés (Le Laurier) y portugués (Quadrante). Más adelante está prevista la publicación en polaco e italiano.

Como el mismo autor explica en la introducción, el núcleo original de este libro “son algunas de las anotaciones tomadas en un cuaderno, desde 1977, como ideas para la predicación”.

Mons. Fernando Ocáriz adopta la perspectiva de quien reza como “hijo”. La filiación divina del cristiano (saberse y considerarse hijos de Dios), aparece en este libro como una fuente de significados que tocan y transforman al creyente.

Conocer a Jesucristo y estrechar los lazos con él, por la acción del Espíritu Santo, desbordará en una relación más verdadera con Dios-Padre y permitirá así responder como hijos a la vocación al amor a Dios y a los demás, a la libertad y a la alegría.

Ofrecemos en PDF, por gentileza de la editorial, la presentación, el índice –los 120 títulos de los textos- y las primeras páginas del libro.

«Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» (La creación, I)

Si el mundo antes transparentaba a Dios, hoy se ha vuelto, para muchos, opaco. Por qué la fe en la creación es aún decisiva en la era de la ciencia.

LA LUZ DE LA FE06/08/2017

«Cuando veo los cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas, que Tú pusiste, ¿qué es el hombre, para que de él te acuerdes, y el hijo de Adán, para que te cuides de él?» (Sal 8,4-5). La contemplación del mundo inspira asombro en los hombres de todas las épocas. También hoy, aunque podamos conocer bien las causas físicas de los colores de una puesta de sol, de un eclipse o de la aurora boreal, nos fascina presenciar estos fenómenos. Además, a medida que la ciencia avanza, se hace más patente la complejidad y la inmensidad que nos rodea, tanto por debajo de nuestra escala –desde la vida microscópica hasta las entrañas mismas de la materia– como por encima de ella, en las distancias y magnitudes de las galaxias, que sobrepasan la imaginación de cualquiera.

A MEDIDA QUE LA CIENCIA AVANZA, SE HACE MÁS PATENTE LA COMPLEJIDAD Y LA INMENSIDAD QUE NOS RODEA, TANTO POR DEBAJO COMO POR ENCIMA DE NUESTRA ESCALA

El estupor también nos puede captar de modo profundo al detenernos a considerar la realidad de nuestro yo: cuando uno se da cuenta de que existe, sin ser capaz de comprender del todo el origen de su vida, y de la conciencia que tiene de sí mismo. ¿De dónde vengo? –Aunque la velocidad con que se vive hoy en muchas partes del planeta lleva a eludir este tipo de preguntas, en realidad no son algo reservado a espíritus particularmente introspectivos: responden a una necesidad de dar con las coordenadas fundamentales, un sentido de la orientación que a veces puede adormecerse, pero que de un modo u otro, tarde o temprano, vuelve a aflorar en la vida de todos.

La búsqueda de un Rostro más allá del universo

La percepción del abismo de la propia conciencia o de la inmensidad del mundo puede limitarse a veces a experimentar un profundo vértigo. Sin embargo, la religiosidad de los hombres ha sondeado en todas las épocas más allá de estos fenómenos; ha buscado, de formas muy variadas, un Rostro que adorar. Por eso, ante el espectáculo de la naturaleza, dice el salmista: «Los cielos pregonan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Sal 19,2); y también, ante el misterio del yo, de la vida: «Te doy gracias porque me has hecho como un prodigio» (Sal 139,14). Durante siglos este paso desde el mundo visible hasta Dios se hacía con gran naturalidad. Pero el creyente se ve hoy a veces ante interrogantes que pueden causarle perplejidad: ¿no es esta búsqueda de un Rostro más allá del universo conocido una proyección del hombre, propia de un estadio superado de la humanidad? Los avances de la ciencia, aun cuando esta no disponga de respuesta para todas las preguntas y problemas, ¿no hacen de la noción de creación una suerte de velo de nuestra ignorancia? ¿No es, por lo demás, una cuestión de tiempo que la ciencia llegue a salir al encuentro de todas esas preguntas?

Sería un error descartar demasiado rápido estas cuestiones como impertinencias, o como síntomas de un escepticismo infundado. Sencillamente, ponen en evidencia cómo «la fe tiene que ser revivida y reencontrada en cada generación»[1]: también en el momento presente, en el que la ciencia y la tecnología han mostrado con creces todo lo que el hombre puede conocer y hacer por sí mismo, hasta el punto de que la idea de un orden anterior a nuestra iniciativa se ha vuelto a veces lejana y difícil de imaginar. Estas cuestiones, pues, requieren una consideración sosegada, que permita afianzar la propia fe, comprendiendo su sentido y su relación con la ciencia y la razón, para poder iluminar también a otros. Naturalmente, en un par de artículos solo es posible trazar algunas vías, sin agotar una cuestión que por sí misma incide en multitud de aspectos de la fe cristiana.

La revelación de la creación

En nuestro recorrido podemos partir sencillamente de la afirmación fundamental de la Biblia sobre el origen de todo lo que existe y, en particular, de cada persona a lo largo de la historia. Se trata de una afirmación muy concreta y fácil de enunciar: somos creación de Dios, fruto de su libertad, de su sabiduría y de su amor. «Todo cuanto quiere el Señor, lo hace en los cielos y en la tierra, en los mares y en los abismos» (Sal 135,6). «¡Qué numerosas son tus obras, Señor! Todas las hiciste con sabiduría. Llena está la tierra de tus criaturas» (Sal 104,24).

EL GÉNESIS NO AHORRA DETALLES SOBRE LOS MODOS EN QUE EL MAL Y EL DOLOR SE ABREN CAMINO DESDE MUY PRONTO, Y SIN EMBARGO AFIRMA REPETIDAMENTE QUE EL MUNDO ES ESENCIALMENTE BUENO

Sin embargo, a veces las afirmaciones más simples encubren las realidades más complejas. Si en la actualidad la razón humana percibe a veces borrosamente esta visión del mundo, tampoco llegó de un modo sencillo hasta ella. Históricamente, la noción de creación –en el sentido en que la Iglesia la recoge en el Credo– surgió solo en el curso de la revelación al pueblo de Israel. El apoyo de la Palabra divina permitió poner al descubierto los límites de las distintas concepciones míticas sobre los orígenes del cosmos y del hombre, para llegar más allá de las especulaciones de los brillantes filósofos griegos, y reconocer al Dios de Israel como el único Dios, que creó todo de la nada.

Un rasgo distintivo del relato bíblico es, pues, el hecho de que Dios cree sin partir de nada preexistente, con la sola fuerza de su palabra: «Dijo Dios: –haya luz. –Y hubo luz (…). –Hagamos al hombre a nuestra imagen (…) –Y creó Dios al hombre a su imagen» (Gn 1,3.26-27). También es propio de este relato el que en el origen no haya ningún rastro de mal: «Y vio Dios todo lo que había hecho; y he aquí que era muy bueno» (Gn 1,31). El propio Génesis no ahorra detalles sobre los modos en que el mal y el dolor se abren camino desde muy pronto en la historia. Con todo, y en abierto contraste con esta experiencia universal, la Biblia afirma repetidamente que el mundo es esencialmente bueno, que la creación no es una forma degradada de ser, sino un inmenso don de Dios. «El universo no surgió como resultado de una omnipotencia arbitraria, de una demostración de fuerza o de un deseo de autoafirmación. La creación es del orden del amor (…): «Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste, porque, si algo odiaras, no lo habrías creado» (Sb 11,24). Entonces, cada criatura es objeto de la ternura del Padre, que le da un lugar en el mundo. Hasta la vida efímera del ser más insignificante es objeto de su amor y, en esos pocos segundos de existencia, él lo rodea con su cariño»[2].

 

NUESTROS ANTEPASADOS NO TENÍAN MICROSCOPIO, ACELERADORES DE PARTÍCULAS O REVISTAS ESPECIALIZADAS, PERO QUIZÁ SABÍAN Y VEÍAN COSAS ESENCIALES QUE NOSOTROS PODEMOS HABER PERDIDO DE VISTA POR EL CAMINO

El inicio del evangelio de San Juan arroja también una luz decisiva sobre este relato. «En el principio existía el Verbo» (Jn 1,1), escribe el cuarto evangelista, retomando las primeras palabras del Génesis (Cfr. Gn 1,1). En el inicio del mundo está el logos de Dios, que hace de él una realidad profundamente racional, radicalmente llena de sentido. «Contigo está la sabiduría, que conoce tus obras, que estaba presente cuando hiciste el universo, y sabe lo que es agradable a tus ojos y conforme con tus mandamientos» (Sb 9,9). A propósito del término griego con que se designa al Verbo de Dios, explicaba Benedicto XVI: «Logossignifica tanto razón como palabra, una razón que es creadora y capaz de comunicarse, pero precisamente como razón. De este modo, san Juan nos ha brindado la palabra conclusiva sobre el concepto bíblico de Dios, la palabra con la que todos los caminos de la fe bíblica, a menudo arduos y tortuosos, alcanzan su meta, encuentran su síntesis. En el principio existía el logos, y el logos es Dios, nos dice el evangelista. El encuentro entre el mensaje bíblico y el pensamiento griego no era una simple casualidad»[3]. Todo diálogo presupone un interlocutor racional, con logos. Así, el diálogo con el mundo que empezaron a entablar los filósofos griegos era posible precisamente porque la realidad creada está transida de racionalidad, de una lógica muy simple y muy compleja a la vez. Este diálogo venía a encontrarse, pues, con la afirmación decidida de que el mundo «no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar»[4], sino de una inteligencia amorosa –un Ser personal– que trasciende el orden mismo del universo, porque lo precede.

 

El núcleo de los relatos de la creación

No es infrecuente que los relatos de la creación en el Génesis se perciban hoy como textos bellos y poéticos, llenos de sabiduría, pero quizá a fin de cuentas poco a la altura de la sofisticación y la seriedad metodológica que entretanto han adquirido la ciencia y la crítica literaria e histórica. Sin embargo, sería un error tratar con desdén a nuestros antepasados porque no tuvieran microscopio, aceleradores de partículas o revistas especializadas: olvidaríamos demasiado fácilmente que quizá sabían y veían cosas esenciales; cosas que nosotros podemos haber perdido de vista por el camino. Para comprender lo que una persona o un texto quieren decirnos es necesario atender a su modo de hablar, sobre todo si es distinto del nuestro. En este sentido, conviene tener en cuenta que, en los relatos de la creación, «la imagen del mundo queda delineada bajo la pluma del autor inspirado con las características de las cosmogonías del tiempo»; y que es en ese cuadro donde Dios inserta la novedad específica de su revelación a Israel y a los hombres de todos los tiempos: «la verdad acerca de la creación de todo por obra del único Dios»[5].

INCLUSO EN MEDIO DE LA IMPERFECCIÓN, DEL MAL, DEL DOLOR, EL CRISTIANO VE EN CADA SER UN REGALO QUE SURGE DEL AMOR Y QUE LLAMA AL AMOR: A DISFRUTAR, A RESPETAR, A CUIDAR, A TRANSMITIR

Con todo, se objeta con frecuencia que, si la noción de creación tuvo un papel en el pasado, hoy resulta ingenuo intentar proponerla de nuevo. La física moderna y los hallazgos acerca de la evolución de las especies habrían hecho obsoleta la idea de un creador que interviene para generar y dar forma al mundo: la racionalidad del universo sería, en el mejor de los casos, una propiedad interior a la materia, y hablar de otros agentes supondría desafiar la seriedad del discurso científico. Sin embargo, se hace así fácilmente, sin saberlo, una lectura literalista de la Biblia, que la Biblia misma descarta. Si, por ejemplo, se comparan los dos relatos sobre los orígenes, situados uno detrás de otro en los dos primeros capítulos del Génesis, se observan diferencias muy claras que no es posible atribuir a un descuido redaccional. Los autores sagrados eran conscientes de que no tenían que proporcionar una descripción detallada y literal acerca de cómo se produjo el origen del mundo y del hombre: procuraban expresar, a través del lenguaje y los conceptos de que disponían, algunas verdades fundamentales[6].

Cuando se acierta a comprender el lenguaje peculiar de estos relatos –un lenguaje primitivo, pero lleno de sabiduría y de profundidad–, se puede identificar su verdadero núcleo. Nos hablan de «una intervención personal»[7] que trasciende la realidad del universo: antes del mundo existe la libertad personal y la sabiduría infinita de un Dios creador. A través de un lenguaje simbólico, aparentemente ingenuo, se abre camino una profunda pretensión de verdad, que podríamos resumir así: todo esto lo hizo Dios, porque quiso[8]. La Biblia no pretende pronunciarse sobre los estadios de la evolución del universo y del origen de la vida, sino afirmar la «libertad de la omnipotencia»[9] de Dios, la racionalidad del mundo que crea, y su amor por este mundo. Se despliega así una imagen de la realidad, y de cada uno de los seres que la conforman, como «un don que surge de la mano abierta del Padre de todos»[10]. La realidad, a la luz de la fe en la creación, queda marcada en su entraña misma bajo el signo de la acogida. Incluso en medio de la imperfección, del mal, del dolor, el cristiano ve en cada ser un regalo que surge del Amor y que llama al amor: a disfrutar, a respetar, a cuidar, a transmitir.

Marco Vanzini / Carlos Ayxelá

Foto: Kurt K. Kreger (cc)


[1] J. Ratzinger, Dios y el mundo, Random House Mondadori, Barcelona 2002, 49.

[2] Francisco, Enc. Laudato si’ (24-V-2015), 77.

[3] Benedicto XVI, Discurso en la Universidad de Ratisbona (12-IX-2006).

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, 295.

[5] San Juan Pablo II, Audiencia, 29-I-1986.

[6] Junto a esas razones internas a la propia Biblia, el conocimiento sobre la forma correcta de interpretar el texto sagrado también se ha logrado a través del diálogo –no exento de tensiones, pero muy fructífero– entre la teología y la ciencia. En estos largos procesos es frecuente que se den excesos por ambas partes, que se alimentan mutuamente: una lectura fundamentalista de la Biblia, por la que se pretende hacerle decir más de lo que realmente dice, suele desacreditar al texto sagrado, de modo que la ciencia se considera autorizada a decir más de lo que realmente es capaz de decir sobre el origen y sentido de la realidad.

[7] J. Ratzinger, La fiesta de la fe, Desclée, Bilbao 1999, 25.

[8] Esta convicción estaba radicada fuertemente en la fe de Israel, como muestran las palabras de una madre a su hijo, antes del martirio: «Te suplico, hijo, que mires el cielo y la tierra, y viendo todo lo que hay en ellos reconozcas que Dios no los ha hecho de cosas ya existentes, y que lo mismo sucede con el género humano» (2 M 7,28).

[9] R. Guardini, La fine dell’epoca moderna. Il potere, Morcelliana, Brescia 1993, 17.

[10] Francisco, Laudato si’, 76.

El Adviento: preparar el camino al Señor que viene

Este domingo comienza el Adviento, un período de preparación para celebrar la Navidad.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA27/11/2020

 Vocación cristiana: audio y texto de la homilía de san Josemaría sobre el Adviento.

• Adviento con San Josemaría: textos breves del fundador del Opus Dei para orar sobre este tiempo del Año Litúrgico.


El Adviento, con el Evangelio

• Comentarios al Evangelio de los domingos de Adviento: (1) Evangelio del 1º domingo de Adviento (Ciclo B)


Tres textos para profundizar en el significado del Adviento

• Tiempo de Adviento: Preparar la venida del Señor. El Adviento nos invita a detenernos, en silencio, para captar la presencia de Dios. Son días en los que volver a considerar, con palabras de san Josemaría, que “Dios está junto a nosotros de continuo”.

• «El hermoso signo del pesebre». Carta apostólica del Papa Francisco sobre el significado y el valor del belén.

• Un tierno silencio de Navidad (Guillaume Derville): Reflexión sobre el valor del silencio: Adviento es el tiempo de la humilde espera del Salvador, de la plena alegría por su nacimiento.


• Beato Álvaro del Portillo

Textos sobre el Adviento (1): "Para tomarlo en nuestros brazos"

Textos sobre el Adviento (2): "La oración es nuestra fuerza"

Textos sobre el Adviento (3): "No desdeña alojarse en nuestros pobres corazones"

Textos sobre el Adviento (4): "Ir hacia Dios que viene"

Evangelio del 1º domingo de Adviento (Ciclo B)

Evangelio del 1° domingo de Adviento (Ciclo B) y comentario al evangelio

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Mc 13,33-37)

Estad atentos, velad: porque no sabéis cuándo será el momento. Es como un hombre que al marcharse de su tierra, y al dejar su casa y dar atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, ordenó también al portero que velase. Por eso: velad, porque no sabéis a qué hora volverá el señor de la casa, si por la tarde, o a la medianoche, o al canto del gallo, o de madrugada; no sea que, viniendo de repente, os encuentre dormidos. Lo que a vosotros os digo, a todos lo digo: ¡velad!

 


Comentario

Hemos entrado en el tiempo de Adviento, tiempo de conversión y preparación para la venida del Señor. Y en el evangelio de este domingo resuena la exhortación de Jesús dirigida a todos: “Estad atentos. ¡Velad!” (v. 33).

Para subrayar sus palabras, Jesús pone el ejemplo del señor de unas tierras que marcha a otro lugar y deja todo al cuidado de sus siervos. En especial, le encarga al portero que se quede velando y cuidando la casa hasta que su señor vuelva.

El papel del portero es importante porque si él se durmiera o despistara, podrían entrar ladrones en la casa y también en las tierras de su señor e incluso atacar a los siervos que han quedado a su cuidado. O podría volver su señor y no enterarse de ello.

San Agustín traducía la vigilancia del buen portero de la casa con estos consejos concretos referidos directamente a nuestra capacidad de amar: “Vela con el corazón, vela con la fe, con la caridad, con las buenas obras”[1].

Velar significa primordialmente querer a los demás, mirar a todos con cariño y comprensión, detectando las necesidades de los que nos rodean, y en las que podemos reconocer la venida de Jesús sin encontrarnos desprevenidos.

El papa Francisco explicaba este aspecto importante de nuestra vigilancia diciendo que “la persona que está atenta es la que, en el ruido del mundo, no se deja llevar por la distracción o la superficialidad, sino que vive de modo pleno y consciente, con una preocupación dirigida en primer lugar a los demás. Con esta actitud nos damos cuenta de las lágrimas y las necesidades del prójimo, y podemos percibir también sus capacidades y sus cualidades humanas y espirituales. La persona mira después al mundo, tratando de contrarrestar la indiferencia y la crueldad que hay en él y alegrándose de los tesoros de belleza que también existen y que deben ser custodiados. Se trata de tener una mirada de comprensión para reconocer tanto las miserias y las pobrezas de los individuos y de la sociedad, como para reconocer la riqueza escondida en las pequeñas cosas de cada día, precisamente allí donde el Señor nos ha colocado”[2].

Lo contrario de esta disposición atenta hacia los demás y de la vigilancia es el mal sueño y la negligencia. Es, en palabras de san Josemaría, “el sueño del egoísmo, de la superficialidad, desperdigando el corazón en mil experiencias pasajeras, evitando profundizar en el verdadero sentido de las realidades terrenas. ¡Mala cosa ese sueño, que sofoca la dignidad del hombre y le hace esclavo de la tristeza!”[3].

Dormirse mientras se vigila significa por tanto centrarse en el propio yo y sus apetencias y preocupaciones, sin percibir a los demás. Ese sueño siempre entristece y hace daño a los que queremos.

En cambio, concluía el Papa Francisco, “la persona vigilante es la que acoge la invitación a no dejarse abrumar por el sueño del desánimo, la falta de esperanza, la desilusión; y al mismo tiempo rechaza la llamada de tantas vanidades de las que está el mundo lleno y detrás de las cuales, a veces, se sacrifican tiempo y serenidad personal y familiar”[4].

La advertencia de Jesús a la vigilancia se traduce con la liturgia de hoy en un ejercicio habitual de la caridad con los demás, como preparación eficaz para su llegada. Sabiendo que Jesús no viene como un juez severo que nos quiera castigar, que vino al mundo como un niño indefenso y pobre, que pide ser acogido, que se conforma con un pesebre para animales y que viene para colmarnos de bendiciones y de gracia en brazos de su Madre y de san José.

 


[1] San Agustín, Sermón 93.

[2] Papa Francisco, Ángelus, 3 de diciembre de 2017.

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 147.

 

[4] Papa Francisco, ídem.

Novena a la Inmaculada Concepción

El 8 de diciembre se celebra la Solemnidad de la Inmaculada Concepción. Para preparar esta fiesta ofrecemos algunos textos y audios.

ÚLTIMAS NOTICIAS28/11/2020

• Descarga la Novena a la Inmaculada con textos de san Josemaría y el Papa Francisco (PDF). ¿Qué es la novena a la Inmaculada? El 8 de diciembre celebramos la belleza de la Virgen María y, como es una fiesta tan importante, la preparamos con nueve días de antelación. Te proponemos meditar diariamente el Evangelio, con ayuda de algunas ideas surgidas del cariño de san Josemaría y del Papa Francisco a la Virgen. Descarga disponible también en slideshare.

 

​Novena a la Inmaculada con textos de san Josemaría y el Papa Francisco.

 


El Evangelio, sobre la Inmaculada Concepción

• Audio: La Encarnación del Hijo de Dios: En el capítulo 1 de San Lucas se relata la Encarnación del Hijo de Dios, que comienza con la Anunciación del Arcángel San Gabriel a la Virgen María.

• Audio: La Anunciación: textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio.

• Comentario al Evangelio: Llena de gracia


Para contemplar y rezar a la Virgen María durante la Novena

• Vida de María (I): la Inmaculada Concepción: Textos sobre la vida de la Virgen, con los comentarios del Magisterio y de los Padres de la Iglesia.

• Oración del Papa Francisco a la Inmaculada Concepción (8.XII.2017)

• Textos de san Josemaría sobre la Inmaculada Concepción (disponible en PDFePub y en formato para Kindle).

• 150 aniversario del Dogma de la Inmaculada Concepción (2004) El 8 de diciembre se celebra la Inmaculada Concepción de María, patrona de España. En 1854, el Papa Pío IX proclamó que Dios había preservado inmune a la Virgen de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción.

Science asegura que son mayores los contagios en los hogares que en los restaurantes y tiendas : BIOÉTICA PRESS

Noticias / BIOÉTICA PRESS / Sida. VIH. Infecciones por otros virus

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Science asegura en un estudio que los contagios que se producen en los hogares son seis veces mayores que los que se dan en cualquier otro tipo de contactos. Por otro lado, destaca el poco riesgo de transmisión que existe en los restaurantes y en las tiendas que se vende al por menor.

Aunque son muy numerosas las noticias que nos van llegando sobre le SARS-CoV-2, lo que es acorde con lo que comentábamos hace unos días de que son alrededor de 400 artículos diarios los que se publican en la literatura científica sobre este virus. Pero a pesar de ello, nos parece de interés hacer referencia, aunque sea brevemente, a un artículo publicado en Science, el pasado 23 de octubre. En él se puntualizan algunos aspectos sobre cómo se difunde y lo poco que aún se sabe sobre ello, especialmente en lo que hace referencia a las diversas rutas de trasmisión, al papel que juegan los infectados asintomáticos o presintomáticos y a la susceptibilidad de transmisión a grupos específicos.

Entre las cosas, a nuestro juicio, de mayor de interés es lo que se refiere a un amplio estudio, que incluye 59.000 casos, llevado a cabo en Corea del Sur, en el que se determina que los contagios que se producen en los hogares son seis veces mayores que los que se dan en cualquier otro tipo de contactos, pues en ese país los contagios en los hogares suponen el 57% de todos los casos.

Otro aspecto importante a destacar es la existencia de lo que ellos denominan «sobredispersión (overdispersion)» en la transmisión del virus. La sobredispersión indica que hay más variación de la que se esperaba en la homogeneidad de la transmisión del virus, y que, en los contagios, y esto nos parece lo más importante, un pequeño número de contagiadores son responsables de la mayoría de las infecciones, sugiriéndose que menos del 10% de los contagiadores causan más del 80% de dichas infecciones.

Otro hecho a comentar, es que la sobredispersión implica que la mayoría de los individuos infectados no son, o son poco, transmisores, por lo que en las pautas que se siguen para evitar las infecciones habrá que tener en consideración especialmente los dos aspectos referidos: la trasmisión en los hogares y por los supercontagiadores.

Finalmente, se refiere a que en lo que conocemos sobre la transmisión del SARS-CoV-2 existen todavía importantes incertidumbres, llamando la atención sobre el relativo poco riesgo de transmisión que existe en los restaurantes y en las tiendas que se vende al por menor, ya que todavía no es evidente el impacto de las infecciones en que se dan esos lugares.

Nos parece que todo esto es de gran importancia, no solamente en la lucha contra la transmisión del SARS-CoV-2, sino también en las medidas que hay que tomar para evitar las graves consecuencias económicas que esta epidemia esta ocasionando.

Rafael Navarro Valls, un maestro

Daniel Tirapu

Rafael Navarro Valls.

Obviamente este trabajo es una aportación al homenaje del Profesor Navarro Valls, al que dedicaré unas líneas. Tuve el honor y la suerte de conocerle en la defensa de mi tesis doctoral sobre el matrimonio condicionado el 13 de junio de 1985. Desde entonces y especialmente desde 2002 en la sección de Derecho Canónico y Derecho Eclesiástico de la Real Academia de jurisprudencia y legislación, he tenido la suerte de trabajar con él y aprender, no sólo de su saber sino de su vivir.

Quizás el ideal de un Maestro, quedan y son pocos, sería el de quien enseña por el mero hecho de su existencia, suele decirse con los hombres y mujeres santos. Un modo de ser y de vivir, que el discípulo ve con admiración y algo de perplejidad fecunda que mueve a hacerse preguntas, que conducen a cambios de mente, de corazón y de manera de obrar.

En Navarro Valls su actividad científica no está desligada de sus preocupaciones y pasiones vitales: amor a la libertad, rigor y belleza en la construcción jurídica, atención a las nuevas corrientes, profundas convicciones como roca y flexibilidad del junco, una especial veneración a la conciencia personal , generosidad y fidelidad con sus amigos, colegas y discípulos.

Leí en una entrevista a su hermano Joaquín, portavoz de la Santa Sede, que le preguntaban si se consideraba amigo del Papa Juan Pablo II; el portavoz decía que para la amistad se necesita un cierto equilibrio entre los amigos, y para él el Papa estaba en otro nivel . A mí me pasa lo mismo con el Profesor Navarro Valls, me resulta inalcanzable y sólo espero seguir aprendiendo y aceptar como un regalo de la providencia, su cercanía.

Reformemos al Hombre

La estructuración del mundo debe realizarse de manera que no destruya ni comprima la personalidad de cada uno de los pueblos

Los intereses más fundamentales de la cultura humana exigen imperiosamente que la estructuración del mundo sea realizada de manera que no destruya ni comprima la personalidad de cada uno de los pueblos que, por disposición de la Divina Providencia, existen en este planeta.

Toda verdadera política debe ser delineada en función de la realidad, y siempre que las concepciones artificiales de los estadistas de gabinete abstraen de la realidad, ésta se venga destruyendo irremediablemente su obra.

Los problemas sociales son como las heridas: mientras más son comprimidos, tanto más se inflaman.

Es una realidad evidente, que cada pueblo tiene una personalidad colectiva. No existen tratados que destruyan esta realidad; ligas ni federaciones que se puedan olvidar impunemente de ella.

¿Se niega, se olvida, se suprime arbitrariamente la personalidad colectiva de un pueblo entero o de todos los pueblos de la tierra? La cultura es obra de esta personalidad. Cuando se perturba o se destruye la fuente, es indiscutible que las aguas brotarán escasas, turbias, dañinas.

¿Qué cultura nacerá, que civilización brotará, qué mundo se construirá sobre estas ruinas psicológicas?

La construcción de la Unión Europea se hizo en gran parte a espaldas de los pueblos que la constituyen. En los pocos países en que se consultó a la gente, el proyecto fue rechazado o consiguió ser aprobado por una minoría ínfima.

En otros países, como en España, los socialistas, entonces en el poder, se opusieron a cualquier plebiscito, con argumentos tan absurdos como “que ya habían pasado bastante susto” con el plebiscito que habían hecho sobre la OTAN. Otra herramienta utilizada para su aprobación fue de la presión internacional, como ocurrió en Irlanda.

La construcción de la Unión Europea se hizo en gran parte a espaldas de los pueblos que la constituyen.

* * *

San Agustín dice que el corazón humano fue hecho para el amor de Dios, y se agita inquieto hasta que no reposa en Él. Se podría decir que el mundo fue hecho para vivir en un orden determinado por Dios, y delira inquieto mientras no se estructura de acuerdo a este orden.

Dios, autor de la naturaleza, al organizarla como lo hizo, impuso al hombre implícitamente que no pudiese estructurar su vida de otro modo. Cualquier alteración de la inmutable naturaleza de las cosas es indirectamente una rebelión contra Dios. Es una violación del orden. Y, por lo tanto, un desorden.

Así como un desorden en el cuerpo humano se llama enfermedad, produce dolores y perturbaciones y causa finalmente la muerte; así también un desorden en el cuerpo social tiene que producir malestar, luchas y, finalmente, los grandes colapsos que son las guerras. Porque, donde no hay orden en los espíritus no puede haber paz, y la posible abundancia de los bienes materiales, lejos de ser un factor de concordia, puede aumentar al máximo los apetitos, las ambiciones, las discordias, generando un nuevo colapso. Más aún, en una situación de crisis como la que ocurre en Europa, puede suceder lo que dice el proverbio, “cuando falta el pan, todos pelean y nadie tiene razón”.

La Unión Europea nació bajo el pretexto de que se evitarían las guerras uniendo a todos los países del viejo continente. Sin embargo, la utopía no parece estar dando resultado. Y la crisis económica y financiera que padece está exacerbando los ánimos, al punto de que se habla de una posible guerra.

Lo que es necesario es una reforma del mundo. Pero la reforma del mundo supone la reforma del hombre. Mientras el hombre contemporáneo sea lo que es, cuanto mayores fueren sus obras, mayores serán las ruinas que acumulará en torno de sí. Su poder será el agente de su propia destrucción: enfermizo, incrédulo, egoísta, sin moral ni principios de ninguna especie, nada duradero podrá organizar.

La distinción y la mentalidad de un pueblo se manifiestan también en sus trajes típicos

El contagia con su enfermedad todas sus obras. La argamasa con que unimos las piedras de nuestros edificios contiene dinamita. Las vigas que sostienen nuestras casas tienen termitas. Mañana vendrá la justicia de Dios sobre nosotros y entonces veremos que todo será ruina.

¿Cuál es la solución?

Se trata de reconducir al hombre a las vías gloriosas de la civilización cristiana católica que abandonó y de conservar ‒no fijo y estable en el mismo punto, sino en marcha ascensional en ese camino, a la búsqueda de alturas siempre mayores‒ un orden cada vez más profundamente identificado con la naturaleza y rectificado por lo sobrenatural, sin los miasmas del desorden, de la avaricia, de la sensualidad, de la incredulidad que, tornando al hombre rebelde contra el orden de la naturaleza y los beneficios inestimables de la gracia, hacen de él un hijo de las tinieblas, un sombrío partidario del reino de la anarquía y de la ruina.

Las obras de este hombre serán necesariamente obras de ruina y de tinieblas. No se espere de él otra cosa. Su grandeza se medirá por la grandeza de sus crímenes y de sus devastaciones. Su gloria se medirá por el número de oprimidos que giman a sus pies. Esta siniestra parodia de la grandeza y de la gloria será la única que sus semejantes sabrán ver y aplaudir. Con hombres de este tipo las obras no pueden durar, y las que duren causarán horror.

Plinio Corrêa de Oliveira

La despenalización de la eutanasia en España: 9 razones a favor y 9 respuestas

Escrito por Diego Poole Derqui

 

Ante el argumento de que con la eutanasia se evita un sufrimiento inútil, caben al menos dos tipos de respuestas: una más práctica y otra más filosófica. La primera es el recurso a los cuidados paliativos y a la atención y el cariño de familiares y del personal sanitario. La segunda es una respuesta filosófica sobre el sentido del sufrimiento

El acceso universal a los cuidados paliativos es la respuesta principal a la eutanasia. Hoy en día se puede morir sin apenas dolor físico y sin dolor moral cuando se muere rodeado del cariño y la atención de los familiares y del personal sanitario. Así se puede vivir una muerte digna en su más profundo sentido. Si se permite la eutanasia y no se fomentan los cuidados paliativos como alternativa, no lo dudemos, los que más solicitarán la eutanasia serán los más pobres y los que no tienen a nadie que les cuide.

1. Qué entendemos por eutanasia

2. Argumentos a favor de la eutanasia

1. La carga de la prueba no les corresponde a los que defienden la eutanasia
2. Argumento de la libertad
3. Argumento de la dignidad
4. La mayoría de la gente desea su permisión, y en un país democrático hemos de atender la voluntad de la mayoría
5. La eliminación del dolor es uno de los principales fines, si no el principal, de la medicina y de la moral
6. Con la prohibición de la eutanasia se nos impone a todos una ética religiosa, especialmente la cristiana
7. la eutanasia reduce los gastos sociales, que se pueden destinar a los que desean vivir
8. La eutanasia ya existe en España. Mejor regularla
9. Evitar el sufrimiento inútil

3. Argumentos en contra de la eutanasia

1. Sobre la carga de la prueba
2. Sobre el argumento de la libertad
    a) Libertad del paciente
    b) Libertad del personal sanitario y del resto de la sociedad
    c) La noción de libertad que manejan los defensores de la eutanasia es parcial y discutible
3. Sobre el argumento de la dignidad
4. Sobre el argumento de que la mayoría de la gente prefiere su permisión
5. Sobre el argumento de la razón de ser de la profesión sanitaria y de la moral
6. Sobre el argumento de la imposición de una visión religiosa en un estado laico
7. Sobre el argumento de que eutanasia reduce los gastos sociales
8. Sobre el argumento de la mayor seguridad al regularlo
9. Sobre la evitación del sufrimiento

4. Conclusión

1. Qué entendemos por eutanasia

En este trabajo exponemos nueve razones a favor de la despenalización de la eutanasia y nueve posibles respuestas correlativas a cada una de esas razones. Pero antes conviene dejar claro lo que entendemos por eutanasia.

Eutanasia, como es sabido, significa etimológicamente buena muerte. ¿Y quién no desea para sí una buena muerte, una muerte digna? Para la mayoría de la gente una muerte es buena cuando no va acompañada de dolor físico o moral; cuando la autonomía del paciente se mantiene y se respeta hasta el último momento; cuando uno muere acompañado por las personas queridas; cuando uno muere reconciliado con todos y con Dios, etc. En este sentido es lógico que la inmensa mayoría se manifieste a favor de una muerte “digna”, y si le preguntan si está a favor de la eutanasia, diga que sí. Además, todos estamos en contra del “ensañamiento terapéutico”, de alargar con medios extraordinarios la vida de un enfermo terminal que ya no desea vivir.

Sin embargo, la cuestión no es tan sencilla como parece a primera vista. Para comprender qué significa la “despenalización” de la eutanasia en España, lo primero que hay que saber es cómo está penalizada. Y lo segundo, ser conscientes de que no sólo se quiere despenalizar, sino convertirla en un derecho, con las consiguientes obligaciones del sistema sanitario (público y privado) hacia quien reclama la eutanasia.

Por eutanasia entendemos aquí la provocación activa de la muerte de otra persona que libremente la solicita motivada, en principio, por un sufrimiento psíquico o físico que le hace desear la muerte más que la vida.

Actualmente está sancionada en el párrafo 4 del artículo 143 del código penal enmarcado en el título I (Del homicidio y sus formas). Este artículo regula cuatro tipos de comportamientos relacionados con el suicidio: la inducción, la cooperación necesaria, la ejecutiva (u homicidio consentido), y la eutanasia, entendida como un tipo atenuado de los dos anteriores.

Art. 143
1. El que induzca al suicidio de otro será castigado con la pena de prisión de cuatro a ocho años.
2. Se impondrá la pena de prisión de dos a cinco años al que coopere con actos necesarios al suicidio de una persona.
3. Será castigado con la pena de prisión de seis a diez años si la cooperación llegara hasta el punto de ejecutar la muerte.
4. El que causare o cooperare activamente con actos necesarios y directos a la muerte de otro, por la petición expresa, seria e inequívoca de éste, en el caso de que la víctima sufriera una enfermedad grave que conduciría necesariamente a su muerte, o que produjera graves padecimientos permanentes y difíciles de soportar, será castigado con la pena inferior en uno o dos grados a las señaladas en los números 2 y 3 de este artículo.

Como puede apreciarse, en los párrafos uno a tres del art. 143, desde la inducción al suicidio hasta ejecutar la muerte de una persona que libremente la solicita (homicidio consentido), se va incrementando la pena sucesivamente, y en el párrafo cuarto se regula un caso atenudos de los dos párrafos anteriores cuando se den una de estas dos circunstancias: enfermedad grave que conduce necesariamente a la muerte, o una enfermedad que sin conducir a la muerte conlleva “padecimientos permanentes y difíciles de soportar”. Es este cuarto párrafo el que sanciona la eutanasia, con una sanción atenuada de la cooperación al suicidio. Si el atenuante se aplica sobre el párrafo segundo (el que coopera con actos necesarios al suicidio, por ejemplo, trayéndole un veneno o una pistola para que el enfermo se pegue un tiro), la pena quedaría en casi nada: entre 0 y 1 año. Y si el atenuante se aplica sobre el párrafo tercero (matando directamente al enfermo), la sanción podría ser entre 1 y 3 años. En cualquier caso, lo cierto es que las estadísticas oficiales sólo recogen nueve condenas por asistencia al suicidio entre 2016 y 2018 y además no distingue específicamente qué tipo de conducta dentro de 143[1]. Podemos decir, por tanto, que aun estando todavía en vigor el 143, en la práctica la eutanasia no tiene casi sanción penal.

La novedad, por tanto, no consiste tanto en la despenalización de la eutanasia, como en su conversión en un derecho, con las consiguientes obligaciones del sistema sanitario.

En lo que sigue a continuación, cuando hablamos de razones a favor o en contra de la eutanasia, nos referimos a razones a favor y en contra de la conversión en derecho a ser matado cuando una persona tenga un grave sufrimiento físico o moral y lo solicita libremente. Aquí se pueden añadir condiciones: que sea mayor de edad, que solicite al menos dos vece en un intervalo de quince días, que no sufra una enfermedad psíquica, etc. Pero todas estas condiciones, como ya ha sucedido en Holanda o en Bélgica, muy fácilmente se irán desvaneciendo, como veremos a lo largo de este trabajo.

2. Argumentos a favor de la eutanasia

1. La carga de la prueba no les corresponde a los que defienden la eutanasia

Muchos de los que defienden la eutanasia argumentan que a ellos no les corresponde la carga de la prueba de la licitud de la eutanasia, pues al tratarse de una libertad, corresponde probarla a los que restringen dicha libertad, no a los que la reivindican.

2. Argumento de la libertad

Permitir la eutanasia es una libertad, supone reconocer un derecho para el que quiera ejercitarlo. No se obliga a nadie a ejercer esta libertad. Cada uno es dueño de su cuerpo, de su vida y de su muerte; cada cual es libre de hacer con su vida lo que quiera con tal de que no perjudique a los demás. Nadie está obligado a vivir, y menos, a sufrir, y nadie puede imponer a otros su visión del sentido de la vida ni del sufrimiento. Aquí sólo están implicadas dos personas que actúan con plena libertad: quien solicita su muerte y quien accede a practicarla (el personal sanitario conservará su derecho a objetar de conciencia).

3. Argumento de la dignidad

Los que defienden la eutanasia apelan a la dignidad. La esencia de la dignidad, dicen, es la autonomía, la capacidad de decidir sobre uno mismo. Igualmente, atenta contra la dignidad el obligar a la gente a morirse en condiciones inhumanas, de un sufrimiento prolongado provocado por una enfermedad que conduce irremediablemente a la muerte. En suma, la vida humana es tanto más digna cuanto más plena de salud y autoconciencia. El dolor y la enfermedad incurable suponen un deterioro de la propia dignidad.

4. La mayoría de la gente desea su permisión, y en un país democrático hemos de atender la voluntad de la mayoría

Según la mayoría de las encuestas realizadas en España en 2019, entre un 75 y el 85% está a favor de la despenalización de la eutanasia.

5. La eliminación del dolor es uno de los principales fines, si no el principal, de la medicina y de la moral

Algunos dicen que la eutanasia contraviene el fundamento de la profesión sanitaria, que es curar, no matar; y más todavía, contraviene una máxima ética fundamental: no matarás. Pero, los defensores de la eutanasia alegan que es no contrario a la finalidad de la medicina ni de la moral el ayudar a morir al que lo solicita cuando ya no soporta su vida, pues el principal fin de la medicina es lograr una vida sana eliminando el dolor físico; y el de la moral, eliminar el dolor psíquico o moral[2]. Los médicos están para garantizar una vida sin dolor, no para alargarla a toda costa. Y la ética, dicen, estudia el modo de asegurar el máximo bienestar para el mayor número de personas. Una acción es "buena" cuando beneficia a la mayor cantidad de personas y perjudica al menor número

6. Con la prohibición de la eutanasia se nos impone a todos una ética religiosa, especialmente la cristiana

El rechazo de la eutanasia, al menos en España, está completamente influido por la ética de la Iglesia católica, que nos quiere imponer a todos su catecismo, además lo quiere imponer sobre una población que en su mayoría ya no es católica[3].

Esta imposición, contradice además el principio de laicidad del Estado y su neutralidad ante las convicciones religiosas. La negación del derecho a la eutanasia es una manifestación más de la intolerancia de los ultraconservadores. El nivel de tolerancia de una sociedad se mide en función del respeto hacia las conductas cuyas razones no compartimos.

7. La eutanasia reduce los gastos sociales, que se pueden destinar a los que desean vivir.

Si respetamos la voluntad de un enfermo terminal que ya no desea vivir, estamos ahorrando considerables gastos sanitarios y de pensiones, que se pueden destinar a los que sí desean vivir.

Además, en España, como en la mayoría de los países occidentales, la pirámide poblacional está tan invertida, que actualmente hay un jubilado por cada tres trabajadores, y de seguir la tendencia que llevamos, en veinte años habrá un jubilado por cada trabajador. En 2019 había en España casi 10 millones de jubilados, y sólo en pensiones, sin contar gastos médicos, el Estado destina unos 150.000.000.000 de euros cada año (casi un 40% de los gastos totales anuales del Estado. Un porcentaje que se ha duplicado desde el 21% del total que representaban en 1996). Con esta tendencia, dentro de veinticinco años, el gasto en pensiones se incrementará un 50%. El servicio de estudios de BBVA estima que para mediados de siglo serán necesarios nada menos que 28,5 millones de cotizantes, casi diez millones más que en la actualidad, para garantizar la sostenibilidad del sistema

Este problema sólo se puede paliar de tres maneras: fomentando la natalidad, favoreciendo la inmigración o multiplicando la eutanasia. Parece que la vía más fácil y más barata es la tercera.

8. La eutanasia ya existe en España. Mejor regularla

La eutanasia ya se practica en España. De hecho, como hemos dicho antes, son poquísimos los casos que han llegado a los tribunales en estos últimos cinco años, y casi todos se han saldado con la impunidad de los responsables.

Los que defienden la eutanasia argumentan que es mejor regularla, con unas condiciones y organismos de control, de manera que se garantice el consentimiento del paciente, se eviten los abusos del personal sanitario (véase el caso del doctor Montes), y se asegure una muerte rápida y sin dolor. El argumento es similar al del aborto: mejor un aborto realizado por un especialista, con controles sanitarios adecuados, a un aborto clandestino, que pone en peligro la vida de la madre.

9. Evitar el sufrimiento inútil

Es un argumento muy unido al de la dignidad. Nadie quiere sufrir inútilmente en los últimos días de su vida. ¿Por qué no poner punto final voluntariamente antes de entrar en fase terminal? Además, nadie quiere dejar como último recuerdo de sí mismo una imagen un cuerpo consumido, de una mente sin luz y de una agonía innecesaria.

3. Argumentos en contra de la eutanasia

Cada uno de los siguientes argumentos se corresponde con los que acabamos de exponer en el capítulo anterior en defensa de la eutanasia.

1. Sobre la carga de la prueba

En la eutanasia se cuestiona no sólo el valor de la libertad, sino también el de la misma vida. Es lógico, por tanto, que quien quiera matar a otra persona, justifique su comportamiento. Por tanto, la carga de la prueba corresponde al que quiere suprimir la vida, no al que la defiende.

Por otra parte, como ahora veremos, es al menos cuestionable el que con la prohibición de la eutanasia se restrinja la libertad de quien la solicita.

2. Sobre el argumento de la libertad

Para responder al argumento de que la prohibición de la eutanasia es contraria a la libertad, hay que distinguir dos libertades: la del paciente y la del personal sanitario, y además hay que cuestionar la noción de libertad que manejan.

a) Libertad del paciente

El manifiesto La vie pas la mort suscrito por más de 175 asociaciones francesas especializadas en cuidados paliativos dice entre otras cosas:

«Muy pocos pacientes nos dicen que quieren morir, menos aun cuando están debidamente atendidos y acompañados».

«Además, cuando piden la muerte, muchos quieren significar una cosa muy distinta de la voluntad de morir. Pedir la muerte significa casi siempre no querer vivir en condiciones tan difíciles. ¿Pedir la muerte porque se sufre es realmente una elección libre? En cambio, los cuidados paliativos restauran la libertad del paciente al final de su vida al controlar tanto el dolor como el sufrimiento mental»[4].

Al permitir la eutanasia, se pone a los enfermos en la tesitura de decidir si quieren seguir siendo una carga para sus familiares. La permisión de la eutanasia supone un chantaje moral a los más débiles, a aquellas personas que se sienten un peso para la familia y para la sociedad, lo cual limita ciertamente su libertad. Fomenta su desesperanza, induciéndoles a rendirse en la lucha por la vida. De hecho, nuestro código penal considera, ya no un suicidio asistido, sino un asesinato el cooperar en un suicidio de un menor o de una persona que tiene disminuidas sus facultades mentales. ¿Y cómo se encuentra una persona sufre y ve cercana su muerte?

Si se despenaliza la eutanasia, muchas personas serán invitadas a morirse por aquellos que no quieren molestarse por mantenerlas vivas. Ciertamente no de manera expresa, pero sí por el simple hecho de que el enfermo sabe que puede dejar de ser una carga para los demás. A veces serán sus propios familiares, que no quieren cuidarles, o peor, que tienen prisa en cobrar la herencia. También puede ser algún médico desaprensivo, que considera injustificado el empleo de tantos recursos en vidas “inútiles”.

Por contraste, en circunstancias normales, cuando vemos alguien sano que se quiere suicidar, vamos corriendo en su ayuda para darle razones que le hagan cambiar de opinión. Pero, con la eutanasia se da la paradoja de que se nos exige que respetemos su “decisión libre”, cuando la suya no es una decisión tan libre: está condicionada por muchísimas presiones.

Anne de la Tour, presidenta de la Sociedad Francesa de Acompañamiento y Cuidados Paliativos (que agrupa a 10.000 cuidadores y 6.000 voluntarios), hablando sobre la libertad de los moribundos, nos dice:

«Los pacientes evocan la muerte a menudo, la desean algunas veces, después dicen lo contrario y hablan de otra cosa, de proyectos y de esperanzas. Son ambivalentes, como lo es todo ser humano que trata de dar un sentido a su vida»[5].

b) Libertad del personal sanitario y del resto de la sociedad

Por lo que se refiere al personal sanitario, la constitución de la eutanasia como un derecho, genera siempre obligaciones, de modo análogo a como el derecho al aborto genera obligaciones en el personal sanitario, pues, aunque se regule el derecho a la objeción de conciencia, siempre quedarán excluidos del derecho a la objeción la actividad del personal sanitario que rodea la práctica de la eutanasia (auxiliares, limpiadores, administrativos, etc.)[6].

Pero no es sólo el personal sanitario está obligado a colaborar en este derecho: también lo están las fuerzas de seguridad, jueces y magistrados, asistentes sociales, maestros y profesores (que tendrán que enseñar cómo ejercer este nuevo “derecho”), etc.

c) La noción de libertad que manejan los defensores de la eutanasia es parcial y discutible

Entender la libertad sencillamente como la capacidad de elegir cualquier cosa en un momento determinado es contraria a la noción de libertad como la capacidad de elegir lo mejor. Cuántas veces, cada uno de nosotros, después de elegir algo, al darnos cuenta de los efectos nocivos de nuestra decisión, hemos dicho o pensado: “realmente esto no es lo que yo quería”.

Igualmente, esta consagración del respeto a la libertad, como valor supremo, presupone una antropología individualista liberal:

«Esta ayuda activa a morir que no quitaría ‘nada a nadie’ −dice Anne de la Tour− no existe más que en la ficción ultraliberal en la que cada uno no vive más que para sí mismo, ejerce solo su ‘soberanía’ y pretende ‘controlar’ todo. Pero ¿por qué cruel ironía estas condiciones, que nunca son plenamente logradas en el curso de la vida, lo serían de repente en el momento de la muerte?»[7]

3. Sobre el argumento de la dignidad

Tanto los que defienden la eutanasia como los que se oponen a ella invocan el respeto a la dignidad. Pero entienden por “dignidad humana” cosas diferentes. Los primeros entienden, como hemos visto, que una la dignidad de una vida reside en la consciencia y en la salud; los segundos, en cambio, defienden que la dignidad no depende de lo que a uno le pasa, sino de su actitud ante lo que le pasa.

El momento próximo a la muerte sigue siendo vida digna, que muchas veces constituye una parte decisiva de la propia biografía existencial. Acabar bien la vida es decisivo para cerrar con dignidad la propia historia. Son muchos los testimonios de familiares y cuidadores de moribundos que narran la intensidad de vida de esos momentos esenciales previos a la muerte: momentos de reconciliación con familiares y con Dios, de gratitud, de despedida, de amistad, etc.

En este sentido, para el que muere no hay una muerte digna o indigna, lo que hay es una vida digna o indigna hasta el momento de su muerte; y sin duda, para el que mata injustificadamente lo que hay es una vida indigna.

Y por supuesto la noción de dignidad difiere completamente entre los que creen que el hombre es criatura e hijo de Dios, y los que piensan que Dios no existe y que somos sólo un pedazo de materia que por azar piensa[8].

4. Sobre el argumento de que la mayoría de la gente prefiere su permisión

Sí, ciertamente la mayoría de la gente en España está a favor de la eutanasia. Pero están en contra del ensañamiento terapéutico, que no es lo mismo. En cualquier caso, el argumento de la mayoría no es un argumento decisivo para permitirla. Hitler accedió al poder democráticamente, y activó el programa Aktion T4, llevado a la práctica entre 1939 y 1941 por médicos y enfermeras durante el régimen nazi, para eliminar sistemáticamente a personas señaladas como enfermas incurables, niños con taras hereditarias o adultos improductivos. Se estima que fueron asesinadas más de 70.000 personas.

La democracia no se sostiene tanto por el respeto a las mayorías, como por el respeto hacia la común dignidad de los hombres. Un régimen verdaderamente democrático, antes de caracterizarse por la prevalencia de la opinión mayoritaria, se define por el respeto que tiene hacia todo ser humano. La democracia presupone un núcleo ético no relativista, y este núcleo está formado por los derechos humanos. Estos derechos son como las fronteras de la democracia, dentro de los cuales han de jugar las mayorías, sin salirse de su respeto y promoción. Los Parlamentos pueden debatir sobre el mejor modo de protegerlos y promoverlos, pero no pueden abolirlos, so pena de renunciar a ser verdaderamente democráticos. Uno es demócrata, ante todo en la medida en que respeta la común dignidad de todos los seres humanos. Son, por eso, tremendamente injustos y antidemocráticos los que defienden el aborto o la eutanasia, porque excluyen a otros hombres del derecho humano más básico, que es la vida, sobre el que se fundan todos los demás. Si en una sociedad de doce personas hay diez sádicos, ¿prescribe el consenso que los dos no sádicos deben ser torturados? O en una sociedad donde triunfa democráticamente la ideología nacional socialista, como fue la de Hitler, ¿qué validez tiene el consenso respecto al asesinato en masa de los judíos? El consenso sólo es legítimo cuando se funda sobre unas normas básicas sobre las que no se discute. Por eso dice Aristóteles, al tratar sobre los límites del discurso, que quien discute si se puede matar a la propia madre no merece razones sino azotes. Para entrar en el debate público, hace falta un mínimo de sensatez. No se discute sobre si hay que proteger los derechos humanos, sino sobre el mejor modo de hacerlo. Si no fuera así, sería correcto lo que escribió Georges Duchéne: «¡La verdad, la ley, el derecho, la justicia dependerían de cuarenta traseros que se levantan contra veintidós que se quedan sentados!»[9].

Una vez leí una breve reflexión sobre la diferencia entre el político y el ladrón: yo elijo al político, pero el ladrón me elige a mí. Y ciertamente, si la razón queda excluida como exigencia del debate público, nada puede impedir que la mayoría intente avasallar a las minorías. El relativismo, al separar por completo la voluntad y la verdad, confía las decisiones políticas a la pura voluntad, y a un equilibrio de intereses contrapuestos. El relativismo vuelve a poner en primer plano la máxima de de Hobbes: auctoritas, non veritas facit legem. Es la autoridad, el poder puro y duro, no la verdad, el único fundamento de la ley. Pero la fuerza sin razón se transforma en violencia. Da igual que sea la fuerza de la mayoría. Incluso, peor todavía, porque entonces tiene más fuerza. Puede aplicarse aquí lo que dice Tomás de Aquino sobre las pasiones que no son moderadas por la razón, que compara con un caballo corriendo, que si es ciego, cuanto más corre, tanto más violentamente tropieza y se daña[10].

Por otra parte, las encuestas sobre eutanasia recogen la opinión de sanos, no la de enfermos. Muy difícilmente podemos saber ahora lo que pensaremos en el umbral de la muerte, y qué desearemos realmente desearía en ese momento[11].

Hay toda una presión mediática que alimenta el miedo a la muerte dolorosa. Los casos de película, estilo Ramón Sanpedro, se convierten en la regla general.

La realidad es que ningún grupo de personas discapacitadas apoya el suicidio asistido. Ya con motivo del suicidio de Sampedro, las Asociaciones de Lesionados Medulares y Grandes Minusválidos de España, publicaron un comunicado en 1998 en el que aclaraban que «la gran mayoría de los discapacitados no solo no las comparten [las opiniones de Sampedro], sino que muestran una actitud totalmente contraria a su pensamiento». Y añaden «la tasa de suicidio en nuestro grupo es sensiblemente inferior a la del resto de la población». Frente a los que presentan las ideas de Sampedro sobre la vida y la muerte como representativas de los discapacitados, el comunicado afirma que «son únicamente opiniones muy particulares que no reflejan en absoluto las percepciones, sentimientos, intenciones e incluso objetivos que tiene globalmente nuestro colectivo». Por último, afirman que «la tasa de suicidio en nuestro grupo es sensiblemente inferior a la del resto de la población».

Hace años, una asociación de discapacitados británicos, Not Dead Yet, lanzó una campaña similar contra el suicidio asistido. Una de las principales dirigentes es Diane Coleman decía en un reportaje publicado en la revista neoyorquina The Village Voice: «Los minusválidos somos como el canario en la mina[12]. El asunto de la cooperación al suicidio y la eutanasia es una piedra de toque para nuestro país. Si se decide que los minusválidos, los enfermos crónicos o los terminales estamos mejor muertos, ¿quiénes serán los siguientes?». En este mismo artículo Coleman advertía que hay un riesgo de que no se proporcione a los minusválidos las ayudas para prevenir el suicidio que se aplican a los sanos. «Si uno de nosotros pide la muerte, los demás dan por supuesto que su decisión es racional. Los médicos subestiman de manera sistemática nuestra calidad de vida, en comparación con nuestras propias valoraciones»[13].

Lo que piden es ayuda para vivir su vida con la enfermedad, no para morir.

5. Sobre el argumento de la razón de ser de la profesión sanitaria y de la moral

Todavía en muchas Facultades de Medicina de las universidades españolas todos los estudiantes, antes de licenciarse, pronuncian solemnemente el juramento hipocrático. Es un texto breve de apenas ocho líneas. Entre otras cosas juran:

“Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me soliciten, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo; tampoco administraré abortivo a mujer alguna. Por el contrario, viviré y practicaré mi arte de forma santa y pura”.

La palabra profesión viene del latín professionis, que alude a la acción y al resultado de profesar, entendido como manifestar una adhesión a unos valores, a unas normas que definen el oficio al que uno consagra buena parte de su vida.

Dedicarse a la profesión médica supone adherirse al valor de la vida y de la salud como norma suprema de actuación en el propio oficio. Lo cual no supone estar a favor del dolor y del sufrimiento para conservar la vida. Sino a favor de suprimir, o al menos paliar, el sufrimiento del enfermo: suprimir la enfermedad o al menos el dolor, no suprimir al enfermo.

Toda profesión responde a una vocación, y en el caso del personal sanitario y de los cuidadores, la de curar, aliviar y acompañar al paciente en su enfermedad. Posiblemente no haya en España una profesión que requiera más tiempo de estudio y de preparación que la de los médicos, y que al mismo tiempo esté peor pagada en proporción al esfuerzo que invierten en su formación. ¿Y por qué todavía tantos jóvenes desean ser médicos? Porque la profesión médica es quizá la más vocacional de las que existen en el mundo. Nada produce más satisfacción a una persona como hacer un gran bien a otra, y no hay mayor bien que la vida misma. Preservar la vida y paliar el sufrimiento es un ideal precioso por el que tanta gente ha empleado y desea emplear los mejores recursos de su vida.

Ahora, en cambio, si se obliga al sistema sanitario a prestar el “servicio” de la muerte al que lo solicita, se está pervirtiendo la profesión médica. Pensemos en la crisis de autopercepción de su propio oficio que puede experimentar un médico que a brazo partido se emplea a fondo para salvar una vida en una planta de un hospital, mientras que en la planta de más abajo otros colegas causan la muerte a petición. En suma, despenalizar la eutanasia termina por trivializar el esfuerzo y la lucha cotidiana por la vida en la que se emplean los profesionales de la salud.

Y más grave todavía: se rompe la tradicional confianza del paciente con el médico. Es una actitud universal la confianza de los pacientes que se abandonan en manos del personal sanitario: se toman todo los que les prescriben (con una fe ciega en su dictamen); se privan, con gran sacrificio, de lo que los médicos les indican… En cambio, cuando se permite la eutanasia, se rompe esta confianza. Es sabido, por ejemplo, que la legalización de la eutanasia en Holanda está causando una estampida de enfermos y ancianos hacia otros países de la Unión Europea, porque no se fían de los médicos holandeses. La legalización de la eutanasia «dinamitaría las relaciones entre pacientes y profesionales sanitarios, volvería a los enfermos responsables únicos de su propia y doliente existencia, garantizándoles más soledad que libertad, y ensancharía el poder político más allá de los límites propios de un Estado de Derecho»[14].

Hoy en día hay medicamentos y técnicas para paliar prácticamente todos los dolores sin matar al enfermo. Un desafío de los médicos, de los investigadores, y de los poderes públicos es hacer extensivos esos cuidados paliativos a todos los que sufren. Además, si no se lucha por extender estos cuidados, se dará la paradoja de que los más pobres serán los que más sufran al no poder afrontar los gastos de los cuidados terminales, y los que más solicitarán la eutanasia.

Yo pienso que la eutanasia, de aprobarse, se debería practicar únicamente en centros especializados en la muerte, que en ningún caso se llamen centros de salud, con personal preparado para matar y que no se llamen médicos ni personal sanitario.

Por lo que se refiere al objeto de la ética o de la moral, decir que su fin es la mayor felicidad del mayor número, entendiendo además la felicidad como mero bienestar fisiológico, responde a un planteamiento moral utilitarista, que es sectario y reduccionista. La razón de ser de la ética no es suprimir el dolor moral, ni físico, ni psíquico, sino ayudarnos a ser mejores personas, con dolor o sin él. La ética es la disciplina filosófica que estudia (y al mismo tiempo la vida en que se encarna esa teoría) el comportamiento en cuanto a lo bueno y lo malo para el hombre como hombre. Lo bueno para cada ser es que exista y se realice, que cumpla su naturaleza. El bien tiene siempre razón de fin. Una cosa o un ser son buenos en la medida en realizan su naturaleza. Hay, pues, una finalidad o un sentido que precede y vincula a cada ser. Por eso, sólo se puede hablar de bien y de mal, de progreso y retroceso, si lo seres están previamente “finalizados”, es decir, si tienen un fin o un sentido. Estudiar la bondad o maldad de los actos humanos presupone, por tanto, un sentido de dichos actos, una orientación gracias a la cual se puedan calificar como actos rectos o desviados en la medida en que los actos nos conduzcan al fin o nos desvíen de él. Si todo fuera completamente fruto del azar, nada tendría sentido, porque nada tendría un fin que realizar.

6. Sobre el argumento de la imposición de una visión religiosa en un estado laico

Ciertamente la religión cristina enseña que hay que la vida es sagrada y que nadie puede quitársela, pero también enseña que el robo está mal, la violación, el esclavismo, la tortura… No creer en la verdad del cristianismo no es razón suficiente para justificar todo lo que el cristianismo condena.

Contra los cristianos se opone la crítica de que sus soluciones son "confesionales", en supuesta contradicción con soluciones "racionales". Y así sucede con la eutanasia: se dice, "tú lo defiendes, porque eres católico, pero estamos en una sociedad laica..."[15]. Con semejante actitud parece que se da más peso aquellas personas que defienden sus teorías sin tener convicciones de ningún tipo. Parece que los que no están convencidos de nada son más modernos, más tolerantes, más independientes, más intelectuales, más neutrales, más libres... En cambio, una laicidad positiva, que respete verdaderamente la racionalidad del diálogo social, no puede marginar a nadie que presente razones que justifiquen sus preferencias, porque, como dice Gian Enrico Rusconi, «laicidad de la democracia coincide con el espacio público democrático, dentro del cual los ciudadanos, creyentes o no creyentes, intercambian sus argumentos y buscan acuerdos, sin pedirse razones de autoridad de sus propias verdades de fe o de sus convicciones en general. Lo que importa es la capacidad recíproca de persuasión y la observancia leal de los procedimientos»[16]. En este sentido es todavía más conocida que la opinión de Habermas sobre las razones públicas de las personas creyentes.

7. Sobre el argumento de que eutanasia reduce los gastos sociales

Aquí nada se puede objetar. Ciertamente la eutanasia reduce gastos sociales, pero a qué precio. La esclavitud también los reduce. El exterminio en masa también.

8. Sobre el argumento de la mayor seguridad al regularlo

Ante el argumento de que es mejor una eutanasia controlada con requisitos estrictos, supervisados por agentes imparciales y ejecutados por profesionales, que una eutanasia ilegal sin control alguno, podemos decir varias cosas:

En primer lugar, aquí no sólo se habla de permitir, sino de convertir en derecho, y por tanto, con las correlativas obligaciones del personal sanitario y del resto de la sociedad[17].

En segundo lugar, si la práctica es inmoral, como lo es por ejemplo la mutilación genital femenina, el hecho de practicarse con frecuencia no es un argumento para legalizarla. También es frecuentes el robo, el abuso de menores, el maltrato animal…

En tercer lugar, el hecho de convertirla en un derecho genera en la mayoría de la sociedad la percepción de que es una práctica buena. La mayoría tiende a identificar moralidad con legalidad. Es más, habrá enfermos que consideren una muestra de caridad el solicitar la muerte para dejar de ser una carga para la familia o para el sistema.

En cuarto lugar, la regulación no termina con la inseguridad de su práctica, antes bien, la aumenta. ¿Cuál será el criterio para determinar el nivel de sufrimiento que permite el acceso a la eutanasia?, ¿cómo determinar la existencia de consentimiento en un enfermo terminal que tiene disminuidas sus facultades mentales, como habitualmente las tiene en ese estado?, ¿por qué los menores no pueden acceder a la eutanasia si tienen una enfermedad incurable que también les genera sufrimiento y además durante más tiempo que un adulto?, ¿cómo determinar si un paciente es un enfermo psíquico y por tanto excluido del derecho a la eutanasia?, ¿si se puede administrar la sustancia mortífera en la propia casa, cuáles serán las medidas de control para que no se empleen en un crimen?[18], etc., etc.

Sobre la pendiente resbaladiza por la que se cae al convertir la eutanasia en un derecho, basta ver lo que ha sucedido en Bélgica y que tan claramente expone en este mismo libro el profesor Étienne Moreno.

9. Sobre la evitación del sufrimiento

Ante el argumento de que con la eutanasia se evita un sufrimiento inútil, caben al menos dos tipos de respuestas: una más práctica y otra más filosófica. La primera es el recurso a los cuidados paliativos y a la atención y el cariño de familiares y del personal sanitario. La segunda es una respuesta filosófica sobre el sentido del sufrimiento.

El acceso universal a los cuidados paliativos es la respuesta principal a la eutanasia. Hoy en día se puede morir sin apenas dolor físico y sin dolor moral cuando se muere rodeado del cariño y la atención de los familiares y del personal sanitario. Así se puede vivir una muerte digna en su más profundo sentido[19]. Si se permite la eutanasia y no se fomentan los cuidados paliativos como alternativa, no lo dudemos, los que más solicitarán la eutanasia serán los más pobres y los que no tienen a nadie que les cuide.

Por lo que respecta a la respuesta sobre sentido del dolor, conviene que nos detengamos un poco más.

El dolor y el sufrimiento surgen ante la percepción de aquello que es contrario a la propia voluntad[20]. Aunque a veces dolor y sufrimiento se emplean como términos sinónimos, conviene distinguirlos: el dolor es un mal físico, es una respuesta instintiva del organismo ante carencias o limitaciones. La capacidad de sentir dolor nos protege, porque nos avisa de nuestras necesidades: de resguardarnos del frío, de alimentarnos, de curar nuestras heridas… en suma, de conservar la vida. El dolor es un mecanismo al servicio de la vida. Todos los animales lo experimentan. El sufrimiento, en cambio, es exclusivo del ser racional: surge ante la percepción intelectual del mal físico o moral, propio o ajeno, y si es ajeno, tanto más intenso cuanto más amada la persona que lo sufre. Los animales tienen dolor, pero no sufren, porque no comprenden el dolor como un mal (aunque también experimenten un dolor instintivo por el dolor ajeno). El dolor físico, en el hombre, con facilidad se convierte en sufrimiento porque pone ante nuestros ojos la corruptibilidad de nuestro cuerpo. «A partir de un cierto grado de intensidad, el dolor corporal es ya, como tal, sufrimiento, es decir, cuando devora todas las perspectivas positivas o negativas de futuro»[21]. En cierta manera el dolor es un anuncio de la muerte, por eso fácilmente se convierte en sufrimiento. El sufrimiento también puede ser anterior al dolor, pues la mente es capaz de representarse un daño futuro, y así surge la angustia como una especie de sufrimiento, que es una perturbación del ánimo ante un mal futuro, imaginario o real. El sufrimiento es la reacción ante el dolor no comprendido, ante el dolor que se nos presenta sin sentido. No sufrimos, por ejemplo, cuando experimentamos el dolor del esfuerzo para ganar una medalla olímpica, o para perder peso en un gimnasio… porque es un dolor útil, un dolor con sentido. «Allí donde no se acierta a integrar una determinada situación dentro de un contexto de sentido, allí comienza el sufrimiento»[22].

Si la capacidad de sentir dolor es un estímulo para cuidar la vida, la capacidad de experimentar sufrimiento (propio o ajeno) es un aliciente para la búsqueda de sentido. Pocas personas hay tan superficiales como aquellas a las que nunca les ha faltado de nada y nunca han visto la muerte de cerca. En cierta manera se puede decir que la capacidad de sufrir es síntoma de salud del alma, lo mismo que la capacidad de sentir dolor es síntoma de salud del cuerpo. Quien no padece hambre cuando está desnutrido o no tiene sed cuando está deshidratado, está más enfermo que el hambriento o el sediento. Y lo mismo, el que no sufre cuando no comprende su dolor, el que se abandona estoicamente al destino sin interrogarse el porqué de su muerte, con una fría indiferencia, está enfermo del alma.

El sufrimiento es un catalizador de la propia madurez. Ciertamente no hay que buscarlo. Ya se ocupa la vida de traerlo. Pero no hay que huir de él ni esconderlo a toda costa. Es un error de la mentalidad contemporánea ocultar siempre el dolor y la muerte, para que la gente “no sufra”, porque en la medida en que se procura no pensar en la muerte, tampoco se piensa en la vida[23]. Así lo que se consigue es crear mentes acarameladas incapaces de lidiar con el dolor y la renuncia que toda vida lleva consigo cuando se vive como Dios manda. Hace años cuando se estrenó la película de la Pasión dirigida por Mel Gibson, fui al cine con mi hermana Patricia y sus hijos, y al terminar la película, su hijo más pequeño salió con la cara llena de lágrimas. A la salida del cine, una mujer recriminó a mi hermana por haber llevado a un niño de diez años a ver esa película. Mi hermana respondió a la señora: “lo malo no es llorar; lo malo es no llorar cuando se debe llorar”.

Ciertamente no lloraríamos sin comprendiéramos todo. El sufrimiento desaparece cuando se comprende plenamente su sentido. Y el sufrimiento sólo tiene sentido si puede integrarse en un contexto absoluto, donde al final ya no exista sufrimiento. Pero esto sólo es posible reconociendo la existencia de Dios como creador bueno, que domina hasta el último trazo de la historia. El sufrimiento tiene sentido si es relativo e instrumental para un fin bueno carente de sufrimiento. Como dice Stanislaw Grygiel: «El sufrimiento y la muerte llevan al hombre hacia el futuro, y solo en esta perspectiva es posible comprenderlos. Por lo tanto, no debemos inquietarnos por el hecho de que tantos seres humanos sufran, sino por el hecho de que no sepan sufrir»[24].

La experiencia del placer es síntoma de un bien para el cuerpo, que muchas veces no necesita del concurso de la razón, incluso suspende el uso de la razón. En cambio, el sufrimiento nos interpela, nos pide razones, nos hace pensar. El placer busca en el propio cuerpo (o en el de otros) un instrumento útil, en cambio en el sufrimiento el hombre se abre a los demás, demandado ayuda o consuelo, o prestándolo.

Junto al lecho del moribundo, la verdadera solidaridad no consiste en provocarle la muerte cuando no entiende el sentido de su dolor, sino en ayudarle a comprenderlo. No nos han enseñado a morir: durante toda la vida nos ha ocultado la muerte. Y la primera vez que nos topamos con ella es con la propia muerte. En ese momento, ante la novedad brutal, entramos en modo pánico, y antes de afrontarla serenamente, preferimos quitarnos la vida rápido y sin dolor.

No sólo hemos perdido el sentido religioso, que nos ayudaba en la vida y en la muerte, sino también el sentido deportivo de terminar una carrera, o el sentido del deber de culminar una misión. Evadirse del trance de la muerte mediante el suicidio es, en muchos casos, un signo de mediocridad. El mediocre sólo acepta un nivel de exigencia que cumpla holgadamente, con el que se sienta a gusto. No quiere sufrir la vergüenza de no "dar la talla". Y es que cuando el objetivo está por encima de uno, la lucha por alcanzarlo le hace crecer; pero si está por debajo, ni lucha ni crece, y además se envanece al pensar que "ya lo domina". Mientras el mediocre se fija en lo ya logrado, el magnánimo contempla lo que le falta. El mediocre huye de la saludable tensión de la existencia: la de estar tendiendo hacia Dios. Todavía recuerdo con emoción la muerte de Juan Pablo II: cuando se anunció a los jóvenes congregados en la plaza de San Pedro que el Papa acababa de morir, la reacción fue curiosamente de una larga ovación, porque Carol Wojtyla, como un campeón, había triunfado, había cruzado la meta de la vida terrena, para entrar en la Gloria. Como San Pablo, podía decir «He combatido el buen combate, he terminado la carrera, he guardado la fe, por lo demás, me queda la corona de justicia, con que en aquel día me pagará el Señor juez justo» (2 Tim 4,7.8)».

Es verdad, sin más allá y sin Dios, la vida no tiene sentido, y menos aún, el sufrimiento y la muerte. Por eso, en la defensa de la vida es preciso volver a hablar de Dios y del más allá, reavivar la esperanza, ayudar a comprender que esta vida es, como decían los antiguos, un “parto laborioso”, donde el hombre se está gestando para la Eternidad. El hombre puede ser abortado en el primero o en el segundo parto. Con el primero, se le priva de la vida terrena, y con el segundo, quizá también… de la vida eterna. Por contraste, la fe cristiana es fe en la verdadera supresión del sufrimiento. «Bienaventurados los que sufren, porque serán consolados»[25]. «Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y El habitará entre ellos y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos. El enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado. Y el que está sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y añadió: Escribe, porque estas palabras son fieles y verdaderas»[26].

4. Conclusión

En el fondo del debate sobre la conversión de la eutanasia en un derecho está el tema fundamental del sentido de la vida y de la muerte y de la responsabilidad de todos, no sólo del Estado, en el bien de los ciudadanos. Si la vida es el soporte y fundamento de todos los demás bienes que tenemos, ha de ser el bien más querido y protegido.

Cuando se trata de la vida, no hay margen para el error. La vida no es un videojuego que, cuando perdemos podemos recuperarla empezando de nuevo la partida. Nuestro ánimo es cambiante: cuántas veces uno ha deseado morirse y al cabo de unos días ha recobrado la ilusión de vivir.

Además, nadie vive sólo para sí mismo. El individualismo liberal moderno trata de convencernos de que nuestros derechos son esferas de dominio donde los demás son límites, ciertamente necesarios, para la expansión de una personalidad que sería completa si no tuviera deberes hacia los demás. Nuestra vida no es sólo nuestra: pertenece en cierta manera a todos. El individuo es un ser naturalmente indigente, y es indigente no por una suerte de lotería genética, sino precisamente para vivir en comunidad. Se podría decir que Dios nos hizo diferentes para que viviéramos juntos, porque entonces, dicho llanamente, cuadran las cuentas.

El individualista moderno no quiere depender de nadie, ni del prójimo ni de Dios. Considera la dependencia como una limitación existencial, no como una condición esencial del ser humano. El individualista, en el fondo, quiere ser autosuficiente, y no puede, lo que le provoca un sufrimiento inaguantable. Y esto es precisamente el inferno del hombre, no su liberación[27].

El Estado existe precisamente para garantizar esa solidaridad mínima en que consiste el Derecho. Si en el momento en que el hombre más necesita de los demás, se le priva o se le anima a privarse de su ayuda, está renegando de su propio fundamento. Además, se da la paradoja de que lo que se defiende en nombre de la libertad, se aplica a quienes apenas pueden ejercerla.

¿Qué podemos hacer ante la eutanasia? Lo primero, en mi opinión, es convencernos de que la actitud moral correcta no consiste sólo en saber dar, sino también en saber recibir, en dejare ayuda. Tan inmoral es no querer dar como no querer recibir nada. Y lo segunda, como dice Marta Albert: «abordar política y jurídicamente la atención sanitaria al final de la vida: la universalización de los cuidados paliativos, invirtiendo tanto como sea preciso para hacerla realidad. Los cuidados al paciente y a su familia durante el proceso final de la vida sí representan una ayuda real para el buen morir. En España se estima que no reciben los adecuados cuidados aproximadamente la mitad de quienes los necesitan. Si hay un derecho básico, prioritario y urgente que debamos garantizar a los pacientes al final de su vida es el acceso en condiciones de igualdad a los cuidados paliativos»[28].

Diego Poole Derqui
Profesor Titular de Filosofía del Derecho
Universidad Rey Juan Carlos (Madrid)

 

[1] Cf. Estadísticas de condenados publicada por el CGPJ: http://www.poderjudicial.es/cgpj/es/Temas/Estadistica-Judicial/Estadistica-por-temas/Datos-penales--civiles-y-laborales/Delitos-y-condenas/Condenados--explotacion-estadistica-del-Registro-Central-de-Penados-/

[2] Si ya nada hay que hacer sino simplemente mantener con los fármacos y la tecnología a quien es pura biología y sin ninguna biografía y, además, sin posibilidad de retorno, lo sensato es retirar la medicación en cuestión. Lo entiende hasta un niño. O lo entiende mejor, porque el niño carece de los prejuicios y embotamiento de los mayores” (Javier Sádaba, https://www.filco.es/creo-se-deberia-legalizar-la-eutanasia/)

[3] La Biblia, considerada por los cristianos un texto inspirado por Dios, recoge en numerosos pasajes que, de un modo u otro, prohíben quitarse la vida: 1 Samuel 2:6 «El Señor da la vida, y la quita; nos lleva al sepulcro, y nos rescata de él». Corintios 3:16: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: y ese templo sois vosotros». 1 Corintios 6:19-20: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Pues por precio habéis sido comprados; por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios». Eclesiastés 7:17: «No seas impío, ni seas necio. ¿Por qué has de morir antes de tu tiempo?». Éxodo 20:13: «No matarás». Génesis 9:6: «El que derrame sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada, porque a imagen de Dios hizo El al hombre». Eclesiastés 8:8: «No hay hombre que tenga potestad sobre el espíritu para retener el espíritu, ni potestad sobre el día de la muerte: y no valen armas en tal guerra; ni la impiedad librará al que la posee».

[4] Manfiesto La vie pas la morthttp://laviepaslamort.fr/. Apartado 4º

[5] Anne de la Tour, en el Dario Le Monde, publicado el 10 de marzo de 2018: "Débat sur l’euthanasie : «Défier la mort est plus facile de loin que de près»".

[6] El art. Ley Orgánica 2/2010, de 3 de marzo, de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo. El apartado 2 del artículo 19 establece: «Los profesionales sanitarios directamente implicados en la interrupción voluntaria del embarazo tendrán el derecho de ejercer la objeción de conciencia sin que el acceso y la calidad asistencial de la prestación puedan resultar menoscabadas por el ejercicio de la objeción de conciencia. El rechazo o la negativa a realizar la intervención de interrupción del embarazo por razones de conciencia es una decisión siempre individual del personal sanitario directamente implicado en la realización de la interrupción voluntaria del embarazo, que debe manifestarse anticipadamente y por escrito. En todo caso los profesionales sanitarios dispensarán tratamiento y atención médica adecuados a las mujeres que lo precisen antes y después de haberse sometido a una intervención de interrupción del embarazo».

[7] Anne de la Tour, en el Dario Le Monde, publicado el 10 de marzo de 2018: "Débat sur l’euthanasie : «Défier la mort est plus facile de loin que de près»".

[8] «Ambos bandos invocan la defensa de la DIGNIDAD humana pero, evidentemente, la entienden de manera diversa; existen dos grandes corrientes a la hora de interpretar y de dar sentido a la dignidad, e incluso a la noción de Derechos Humanos: la cristiana y la laica. Si no se explicita puede convertirse la discusión en un diálogo de sordos: es imposible el acuerdo si palabras iguales designan conceptos distintos». María Casado: http://www.bioeticayderecho.ub.edu/es/articulo-algunos-argumentos-para-el-debate-en-torno-la-eutanasia-por-maria-casado

[9] «La vérité, la loi, le droit, la justice dépendent de quarante croupions qui se lèvent contre vingtdeux qui restent assis!», DUCHÉNE, G., en La Commune. 18-V-1871

[10] TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica, I-II, q. 58, a.4 ad.3

[11] «Sería una ley escrita para los sanos, para apaciguar su miedo a un sufrimiento lejano y potencial, cuando los que están en la situación real e inmediata lo que reclaman es que se cumpla la promesa de aliviar el sufrimiento, de un fin de vida que siga siendo vida hasta el final y de una muerte humana que no les quite nunca su dignidad». Anne de la Tour, presidenta de la Sociedad Francesa de Acompañamiento y de Cuidados Paliativos (SFAP), que agrupa a 10.000 cuidadores y 6.000 voluntarios, 12 de marzo 2018) https://www.aceprensa.com/articles/los-expertos-en-cuidados-paliativos-no-apoyan-la-eutanasia/

[12] Durante siglos los mineros descendían a las minas de carbón con un canario en una jaula. El canario es un animal que sufre los efectos de los gases tóxicos mucho antes que los humanos. De tal forma que, si el canario mostraba síntomas de atolondramiento o incluso moría, era una señal clara de que se debía abandonar la mina a toda velocidad, ya que, aunque los humanos no lo notaran, se estaba produciendo una emanación de gases tóxicos que podía llegar a ser mortal para las personas. Pues algo similar sucede con los enfermos terminales: cuando se permite matarlos, todos estamos en peligro.

[13] Cf. “Los tetrapléjicos españoles desean vivir con dignidad”, en Aceprensa, 21 de enero de 1998, disponible en https://www.aceprensa.com/ciencia/los-tetrapl-jicos-espa-oles-desean-vivir-con-digni/

[14] ALBERT, M., “Nota del editor invitado: legalización de la eutanasia: lo que está en juego”, en Cuadernos de Bioética. 2019; 30(98), p. 21

[15] «Determinadas propuestas podrían acabar viéndose descalificadas como confesionales por el simple hecho de haber encontrado acogida en la doctrina o la moral de alguna de las religiones libremente practicadas por los ciudadanos. (...) Así podría estar ocurriendo en la opinión pública española cuando se plantea la defensa de la vida humana prenatal, la libre elección de centros escolares o la protección de la familia monogámica y heterosexual». OLLERO, A., España, ¿un estado laico?, Thomson Civitas, Madrid, 2005, p. 18.

[16] RUSCONI, G.E., Come se Dio non ci fosse, Ed. Einaudi, Torino, 2000, pág.7

[17] La diferencia entre una no penalización de la eutanasia y su conversión en derecho la explica muy bien Marta Albert en “Privacidad y derecho a morir”, en Bioétia y nuevos derechos, Ed. Comares, Madrid, 2016, pp. 204 y ss.

[18] El Gobierno de Holanda está ya tramitando la aprobación de una pastilla del suicidio o “píldora Drion” (que toma el nombre del teórico que planteó esta posibilidad) destinada a personas de más de 70 años que simplemente quieran acabar con su vida, ya estén sanas o enfermas.

[19] Cf. POOLE, D., “Una muerte digna, una muerte hermosa”, en Catholic.Net, febrero 2020. Ver aquí http://es.catholic.net/op/articulos/74119/una-muerte-digna-una-muerte-hermosa.html

[20] Por eso, desde una perspectiva religiosa, si todo lo que sucede en el mundo es porque Dios lo permite o lo quiere, si mi propia voluntad fuera perfectamente conforme con el orden de la justicia divina, nada podría contrariarme. Pero ningún hombre en este mundo tiene un entendimiento tan lúcido y una voluntad tan perfecta como para estar continua y plenamente identificada con la omnisciencia y la voluntad divinas. Cf. DE AQUINO, T, Suma Teológica, I, q.113, a.7, s

[21] SPAEMAN, R., “El sentido del sufrimiento. Distintas actitudes ante el dolor humano”. Publicado en Revista Atlántida nº 15. Recogido en Humanitas nº 37 (enero-marzo 2005) www.humanitas.cl

[22] SPAEMAN, R., “El sentido del sufrimiento. Distintas actitudes ante el dolor humano”. Publicado en Revista Atlántida nº 15. Recogido en Humanitas nº 37 (enero-marzo 2005) www.humanitas.cl

[23] Stanislaw Grygiel nos recuerda cómo Platón pone en boca de Sócrates, la identificación de la filosofía con la reflexión sobre la muerte y preparación para la misma: «Porque corren el riesgo -dice Sócrates- cuantos rectamente se dedican a la filosofía de que les pase inadvertido a los demás que ellos no se cuidan de ninguna otra cosa, sino de morir y de estar muertos. Así que, si eso es verdad, sin duda resultaría absurdo empeñarse durante toda la vida en nada más que eso, y, llegando el momento, que se irritaran de lo que desde mucho antes pretendían y se ocupaban». Fedón 64a

[24] GRYGIEL, S., “El sentido del sufrimiento en un mundo secularizado” en Humanitas, nº 29, Verano 2003 - año VIII, Universidad Católica de Chile

[25] Mt. 5:4-6

[26] Apocalipsis 21:4

[27] Hablando de la esencia del infierno, escribía Joseph Ratzinger: «Porque, hablando claro, el infierno consiste formalmente en que el hombre no quiere recibir nada, en que quiere ser autónomo. Es la expresión del enclaustramiento en el propio yo.

» Esta profundidad, este abismo consiste, pues, en que el hombre no quiere recibir ni tomar nada, en que sólo quiere permanecer en sí mismo, bastarse a sí mismo. Si esta actitud se lleva al extremo, el hombre se vuelve intocable y solitario. El infierno consiste en que el hombre quiere ser únicamente él mismo, y esto se lleva a cabo cuando se encierra en su yo. Por el contrario, ser de arriba, eso que llamamos cielo, consiste en que sólo puede recibirse, igual que el infierno consiste en querer bastarse a sí mismo. El «cielo» es esencialmente lo que uno no ha hecho ni puede hacer por sí mismo. Utilizando términos de escuela, alguien ha dicho que, como gracia, es donum indebitum et superadditum naturae (un don indebido y añadido a la naturaleza). El cielo, como cumbre del amor realizado, siempre es un regalo que se hace al hombre, pero el infierno es la soledad de quien rechaza el don, de quien rehúsa ser un mendigo y se encierra en sí mismo». RATZINGER, J., Introducción al cristianismo, Ed.Sígueme, Salamanca, 2005, pág. 259

[28] ALBERT, M., “Nota del editor invitado: legalización de la eutanasia: lo que está en juego”, en Cuadernos de Bioética. 2019; 30(98), pág. 20

 

Compromiso y la conducta de los católicos en la vida política 

 

La Congregación para la Doctrina de la Fe, oído el parecer del Pontificio Consejo para los Laicos, ha estimado oportuno publicar la presentNota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política. La Nota se dirige a los Obispos de la Iglesia Católica y, de especial modo, a los políticos católicos y a todos los fieles laicos llamados a la participación en la vida pública y política en las sociedades democráticas.
 

I. Una enseñanza constante 

1. El compromiso del cristiano en el mundo, en dos mil años de historia, se ha expresado en diferentes modos. Uno de ellos ha sido el de la participación en la acción política: Los cristianos, afirmaba un escritor eclesiástico de los primeros siglos, «cumplen todos sus deberes de ciudadanos».[1] La Iglesia venera entre sus Santos a numerosos hombres y mujeres que han servido a Dios a través de su generoso compromiso en las actividades políticas y de gobierno. Entre ellos, Santo Tomás Moro, proclamado Patrón de los Gobernantes y Políticos, que supo testimoniar hasta el martirio la «inalienable dignidad de la conciencia»[2]. Aunque sometido a diversas formas de presión psicológica, rechazó toda componenda, y sin abandonar «la constante fidelidad a la autoridad y a las instituciones» que lo distinguía, afirmó con su vida y su muerte que«el hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral»[3]

Las actuales sociedades democráticas, en las que loablemente[4] todos son hechos partícipes de la gestión de la cosa pública en un clima de verdadera libertad, exigen nuevas y más amplias formas de participación en la vida pública por parte de los ciudadanos, cristianos y no cristianos. En efecto, todos pueden contribuir por medio del voto a la elección de los legisladores y gobernantes y, a través de varios modos, a la formación de las orientaciones políticas y las opciones legislativas que, según ellos, favorecen mayormente el bien común.[5] La vida en un sistema político democrático no podría desarrollarse provechosamente sin la activa, responsable y generosa participación de todos, «si bien con diversidad y complementariedad de formas, niveles, tareas y responsabilidades»[6].  

Mediante el cumplimiento de los deberes civiles comunes, «de acuerdo con su conciencia cristiana»,[7] en conformidad con los valores que son congruentes con ella, los fieles laicos desarrollan también sus tareas propias de animar cristianamente el orden temporal, respetando su naturaleza y legítima autonomía,[8] y cooperando con los demás, ciudadanos según la competencia específica y bajo la propia responsabilidad.[9] Consecuencia de esta fundamental enseñanza del Concilio Vaticano II es que «los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la “política”; es decir, en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común»,[10] que comprende la promoción y defensa de bienes tales como el orden público y la paz, la libertad y la igualdad, el respeto de la vida humana y el ambiente, la justicia, la solidaridad, etc. 

La presente Nota no pretende reproponer la entera enseñanza de la Iglesia en esta materia, resumida por otra parte, en sus líneas esenciales, en el Catecismo de la Iglesia Católica, sino solamente recordar algunos principios propios de la conciencia cristiana, que inspiran el compromiso social y político de los católicos en las sociedades democráticas.[11] Y ello porque, en estos últimos tiempos, a menudo por la urgencia de los acontecimientos, han aparecido orientaciones ambiguas y posiciones discutibles, que hacen oportuna la clarificación de aspectos y dimensiones importantes de la cuestión.

II. Algunos puntos críticos en el actual debate cultural y político   

2. La sociedad civil se encuentra hoy dentro de un complejo proceso cultural que marca el fin de una época y la incertidumbre por la nueva que emerge al horizonte. Las grandes conquistas de las que somos espectadores nos impulsan a comprobar el camino positivo que la humanidad ha realizado en el progreso y la adquisición de condiciones de vida más humanas. La mayor responsabilidad hacia Países en vías de desarrollo es ciertamente una señal de gran relieve, que muestra la creciente sensibilidad por el bien común. Junto a ello, no es posible callar, por otra parte, sobre los graves peligros hacia los que algunas tendencias culturales tratan de orientar las legislaciones y, por consiguiente, los comportamientos de las futuras generaciones. 

Se puede verificar hoy un cierto relativismo cultural, que se hace evidente en la teorización y defensa del pluralismo ético, que determina la decadencia y disolución de la razón y los principios de la ley moral natural. Desafortunadamente, como consecuencia de esta tendencia, no es extraño hallar en declaraciones públicas afirmaciones según las cuales tal pluralismo ético es la condición de posibilidad de la democracia[12]. Ocurre así que, por una parte, los ciudadanos reivindican la más completa autonomía para sus propias preferencias morales, mientras que, por otra parte, los legisladores creen que respetan esa libertad formulando leyes que prescinden de los principios de la ética natural, limitándose a la condescendencia con ciertas orientaciones culturales o morales transitorias,[13] como si todas las posibles concepciones de la vida tuvieran igual valor. Al mismo tiempo, invocando engañosamente la tolerancia, se pide a una buena parte de los ciudadanos – incluidos los católicos – que renuncien a contribuir a la vida social y política de sus propios Países, según la concepción de la persona y del bien común que consideran humanamente verdadera y justa, a través de los medios lícitos que el orden jurídico democrático pone a disposición de todos los miembros de la comunidad política. La historia del siglo XX es prueba suficiente de que la razón está de la parte de aquellos ciudadanos que consideran falsa la tesis relativista, según la cual no existe una norma moral, arraigada en la naturaleza misma del ser humano, a cuyo juicio se tiene que someter toda concepción del hombre, del bien común y del Estado. 

3. Esta concepción relativista del pluralismo no tiene nada que ver con la legítima libertad de los ciudadanos católicos de elegir, entre las opiniones políticas compatibles con la fe y la ley moral natural, aquella que, según el propio criterio, se conforma mejor a las exigencias del bien común. La libertad política no está ni puede estar basada en la idea relativista según la cual todas las concepciones sobre el bien del hombre son igualmente verdaderas y tienen el mismo valor, sino sobre el hecho de que las actividades políticas apuntan caso por caso hacia la realización extremadamente concreta del verdadero bien humano y social en un contexto histórico, geográfico, económico, tecnológico y cultural bien determinado. La pluralidad de las orientaciones y soluciones, que deben ser en todo caso moralmente aceptables, surge precisamente de la concreción de los hechos particulares y de la diversidad de las circunstancias. No es tarea de la Iglesia formular soluciones concretas – y menos todavía soluciones únicas – para cuestiones temporales, que Dios ha dejado al juicio libre y responsable de cada uno. Sin embargo, la Iglesia tiene el derecho y el deber de pronunciar juicios morales sobre realidades temporales cuando lo exija la fe o la ley moral.[14] Si el cristiano debe «reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales»,[15] también está llamado a disentir de una concepción del pluralismo en clave de relativismo moral, nociva para la misma vida democrática, pues ésta tiene necesidad de fundamentos verdaderos y sólidos, esto es, de principios éticos que, por su naturaleza y papel fundacional de la vida social, no son “negociables”. 

En el plano de la militancia política concreta, es importante hacer notar que el carácter contingente de algunas opciones en materia social, el hecho de que a menudo sean moralmente posibles diversas estrategias para realizar o garantizar un mismo valor sustancial de fondo, la posibilidad de interpretar de manera diferente algunos principios básicos de la teoría política, y la complejidad técnica de buena parte de los problemas políticos, explican el hecho de que generalmente pueda darse una pluralidad de partidos en los cuales puedan militar los católicos para ejercitar – particularmente por la representación parlamentaria – su derecho-deber de participar en la construcción de la vida civil de su País.[16] Esta obvia constatación no puede ser confundida, sin embargo, con un indistinto pluralismo en la elección de los principios morales y los valores sustanciales a los cuales se hace referencia. La legítima pluralidad de opciones temporales mantiene íntegra la matriz de la que proviene el compromiso de los católicos en la política, que hace referencia directa a la doctrina moral y social cristiana. Sobre esta enseñanza los laicos católicos están obligados a confrontarse siempre para tener la certeza de que la propia participación en la vida política esté caracterizada por una coherente responsabilidad hacia las realidades temporales. 

La Iglesia es consciente de que la vía de la democracia, aunque sin duda expresa mejor la participación directa de los ciudadanos en las opciones políticas, sólo se hace posible en la medida en que se funda sobre una recta concepción de la persona.[17] Se trata de un principio sobre el que los católicos no pueden admitir componendas, pues de lo contrario se menoscabaría el testimonio de la fe cristiana en el mundo y la unidad y coherencia interior de los mismos fieles. La estructura democrática sobre la cual un Estado moderno pretende construirse sería sumamente frágil si no pusiera como fundamento propio la centralidad de la persona. El respeto de la persona es, por lo demás, lo que hace posible la participación democrática. Como enseña el Concilio Vaticano II, la tutela «de los derechos de la persona es condición necesaria para que los ciudadanos, como individuos o como miembros de asociaciones, puedan participar activamente en la vida y en el gobierno de la cosa pública»[18].  

4. A partir de aquí se extiende la compleja red de problemáticas actuales, que no pueden compararse con las temáticas tratadas en siglos pasados. La conquista científica, en efecto, ha permitido alcanzar objetivos que sacuden la conciencia e imponen la necesidad de encontrar soluciones capaces de respetar, de manera coherente y sólida, los principios éticos. Se asiste, en cambio, a tentativos legislativos que, sin preocuparse de las consecuencias que se derivan para la existencia y el futuro de los pueblos en la formación de la cultura y los comportamientos sociales, se proponen destruir el principio de la intangibilidad de la vida humana. Los católicos, en esta grave circunstancia, tienen el derecho y el deber de intervenir para recordar el sentido más profundo de la vida y la responsabilidad que todos tienen ante ella. Juan Pablo II, en línea con la enseñanza constante de la Iglesia, ha reiterado muchas veces que quienes se comprometen directamente en la acción legislativa tienen la «precisa obligación de oponerse» a toda ley que atente contra la vida humana. Para ellos, como para todo católico, vale la imposibilidad de participar en campañas de opinión a favor de semejantes leyes, y a ninguno de ellos les está permitido apoyarlas con el propio voto.[19] Esto no impide, como enseña Juan Pablo II en la Encíclica Evangelium vitae a propósito del caso en que no fuera posible evitar o abrogar completamente una ley abortista en vigor o que está por ser sometida a votación, que «un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, pueda lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública».[20] 

En tal contexto, hay que añadir que la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral. Ya que las verdades de fe constituyen una unidad inseparable, no es lógico el aislamiento de uno solo de sus contenidos en detrimento de la totalidad de la doctrina católica. El compromiso político a favor de un aspecto aislado de la doctrina social de la Iglesia no basta para satisfacer la responsabilidad de la búsqueda del bien común en su totalidad. Ni tampoco el católico puede delegar en otros el compromiso cristiano que proviene del evangelio de Jesucristo, para que la verdad sobre el hombre y el mundo pueda ser anunciada y realizada. 

Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona. Este es el caso de las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia (que no hay que confundir con la renuncia al ensañamiento terapéutico, que es moralmente legítima), que deben tutelar el derecho primario a la vida desde de su concepción hasta su término natural. Del mismo modo, hay que insistir en el deber de respetar y proteger los derechos del embrión humano. Análogamente, debe ser salvaguardada la tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las leyes modernas sobre el divorcio. A la familia no pueden ser jurídicamente equiparadas otras formas de convivencia, ni éstas pueden recibir, en cuánto tales, reconocimiento legal. Así también, la libertad de los padres en la educación de sus hijos es un derecho inalienable, reconocido además en las Declaraciones internacionales de los derechos humanos. Del mismo modo, se debe pensar en la tutela social de los menores y en la liberación de las víctimas de las modernas formas de esclavitud (piénsese, por ejemplo, en la droga y la explotación de la prostitución). No puede quedar fuera de este elenco el derecho a la libertad religiosa y el desarrollo de una economía que esté al servicio de la persona y del bien común, en el respeto de la justicia social, del principio de solidaridad humana y de subsidiariedad, según el cual deben ser reconocidos, respetados y promovidos «los derechos de las personas, de las familias y de las asociaciones, así como su ejercicio».[21] Finalmente, cómo no contemplar entre los citados ejemplos el gran tema de la paz. Una visión irenista e ideológica tiende a veces a secularizar el valor de la paz mientras, en otros casos, se cede a un juicio ético sumario, olvidando la complejidad de las razones en cuestión. La paz es siempre «obra de la justicia y efecto de la caridad»;[22] exige el rechazo radical y absoluto de la violencia y el terrorismo, y requiere un compromiso constante y vigilante por parte de los que tienen la responsabilidad política.

III. Principios de la doctrina católica acerca del laicismo y el pluralismo 

5. Ante estas problemáticas, si bien es lícito pensar en la utilización de una pluralidad de metodologías que reflejen sensibilidades y culturas diferentes, ningún fiel puede, sin embargo, apelar al principio del pluralismo y autonomía de los laicos en política, para favorecer soluciones que comprometan o menoscaben la salvaguardia de las exigencias éticas fundamentales para el bien común de la sociedad. No se trata en sí de “valores confesionales”, pues tales exigencias éticas están radicadas en el ser humano y pertenecen a la ley moral natural. Éstas no exigen de suyo en quien las defiende una profesión de fe cristiana, si bien la doctrina de la Iglesia las confirma y tutela siempre y en todas partes, como servicio desinteresado a la verdad sobre el hombre y el bien común de la sociedad civil. Por lo demás, no se puede negar que la política debe hacer también referencia a principios dotados de valor absoluto, precisamente porque están al servicio de la dignidad de la persona y del verdadero progreso humano.

6. La frecuentemente referencia a la “laicidad”, que debería guiar el compromiso de los católicos, requiere una clarificación no solamente terminológica. La promoción en conciencia del bien común de la sociedad política no tiene nada qué ver con la “confesionalidad” o la intolerancia religiosa. Para la doctrina moral católica, la laicidad, entendida como autonomía de la esfera civil y política de la esfera religiosa y eclesiástica – nunca de la esfera moral –, es un valor adquirido y reconocido por la Iglesia, y pertenece al patrimonio de civilización alcanzado.[23] Juan Pablo II ha puesto varias veces en guardia contra los peligros derivados de cualquier tipo de confusión entre la esfera religiosa y la esfera política. «Son particularmente delicadas las situaciones en las que una norma específicamente religiosa se convierte o tiende a convertirse en ley del Estado, sin que se tenga en debida cuenta la distinción entre las competencias de la religión y las de la sociedad política. Identificar la ley religiosa con la civil puede, de hecho, sofocar la libertad religiosa e incluso limitar o negar otros derechos humanos inalienables».[24] Todos los fieles son bien conscientes de que los actos específicamente religiosos (profesión de fe, cumplimiento de actos de culto y sacramentos, doctrinas teológicas, comunicación recíproca entre las autoridades religiosas y los fieles, etc.) quedan fuera de la competencia del Estado, el cual no debe entrometerse ni para exigirlos o para impedirlos, salvo por razones de orden público. El reconocimiento de los derechos civiles y políticos, y la administración de servicios públicos no pueden ser condicionados por convicciones o prestaciones de naturaleza religiosa por parte de los ciudadanos. 

Una cuestión completamente diferente es el derecho-deber que tienen los ciudadanos católicos, como todos los demás, de buscar sinceramente la verdad y promover y defender, con medios lícitos, las verdades morales sobre la vida social, la justicia, la libertad, el respeto a la vida y todos los demás derechos de la persona. El hecho de que algunas de estas verdades también sean enseñadas por la Iglesia, no disminuye la legitimidad civil y la “laicidad” del compromiso de quienes se identifican con ellas, independientemente del papel que la búsqueda racional y la confirmación procedente de la fe hayan desarrollado en la adquisición de tales convicciones. En efecto, la “laicidad” indica en primer lugar la actitud de quien respeta las verdades que emanan del conocimiento natural sobre el hombre que vive en sociedad, aunque tales verdades sean enseñadas al mismo tiempo por una religión específica, pues la verdad es una. Sería un error confundir la justa autonomía que los católicos deben asumir en política, con la reivindicación de un principio que prescinda de la enseñanza moral y social de la Iglesia. 

Con su intervención en este ámbito, el Magisterio de la Iglesia no quiere ejercer un poder político ni eliminar la libertad de opinión de los católicos sobre cuestiones contingentes. Busca, en cambio –en cumplimiento de su deber– instruir e iluminar la conciencia de los fieles, sobre todo de los que están comprometidos en la vida política, para que su acción esté siempre al servicio de la promoción integral de la persona y del bien común. La enseñanza social de la Iglesia no es una intromisión en el gobierno de los diferentes Países. Plantea ciertamente, en la conciencia única y unitaria de los fieles laicos, un deber moral de coherencia. «En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida “espiritual”, con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida “secular”, esto es, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento, arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de la acción y de la existencia. En efecto, todos los campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el “lugar histórico” de la manifestación y realización de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, situación, esfuerzo concreto –como por ejemplo la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura– constituye una ocasión providencial para un “continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad”».[25] Vivir y actuar políticamente en conformidad con la propia conciencia no es un acomodarse en posiciones extrañas al compromiso político o en una forma de confesionalidad, sino expresión de la aportación de los cristianos para que, a través de la política, se instaure un ordenamiento social más justo y coherente con la dignidad de la persona humana. 

En las sociedades democráticas todas las propuestas son discutidas y examinadas libremente. Aquellos que, en nombre del respeto de la conciencia individual, pretendieran ver en el deber moral de los cristianos de ser coherentes con la propia conciencia un motivo para descalificarlos políticamente, negándoles la legitimidad de actuar en política de acuerdo con las propias convicciones acerca del bien común, incurrirían en una forma de laicismo intolerante. En esta perspectiva, en efecto, se quiere negar no sólo la relevancia política y cultural de la fe cristiana, sino hasta la misma posibilidad de una ética natural. Si así fuera, se abriría el camino a una anarquía moral, que no podría identificarse nunca con forma alguna de legítimo pluralismo. El abuso del más fuerte sobre el débil sería la consecuencia obvia de esta actitud. La marginalización del Cristianismo, por otra parte, no favorecería ciertamente el futuro de proyecto alguno de sociedad ni la concordia entre los pueblos, sino que pondría más bien en peligro los mismos fundamentos espirituales y culturales de la civilización.[26] 

IV. Consideraciones sobre aspectos particulares  

7. En circunstancias recientes ha ocurrido que, incluso en el seno de algunas asociaciones u organizaciones de inspiración católica, han surgido orientaciones de apoyo a fuerzas y movimientos políticos que han expresado posiciones contrarias a la enseñanza moral y social de la Iglesia en cuestiones éticas fundamentales. Tales opciones y posiciones, siendo contradictorios con los principios básicos de la conciencia cristiana, son incompatibles con la pertenencia a asociaciones u organizaciones que se definen católicas. Análogamente, hay que hacer notar que en ciertos países algunas revistas y periódicos católicos, en ocasión de toma de decisiones políticas, han orientado a los lectores de manera ambigua e incoherente, induciendo a error acerca del sentido de la autonomía de los católicos en política y sin tener en consideración los principios a los que se ha hecho referencia.  

La fe en Jesucristo, que se ha definido a sí mismo «camino, verdad y vida» (Jn 14,6), exige a los cristianos el esfuerzo de entregarse con mayor diligencia en la construcción de una cultura que, inspirada en el Evangelio, reproponga el patrimonio de valores y contenidos de la Tradición católica. La necesidad de presentar en términos culturales modernos el fruto de la herencia espiritual, intelectual y moral del catolicismo se presenta hoy con urgencia impostergable, para evitar además, entre otras cosas, una diáspora cultural de los católicos. Por otra parte, el espesor cultural alcanzado y la madura experiencia de compromiso político que los católicos han sabido desarrollar en distintos países, especialmente en los decenios posteriores a la Segunda Guerra Mundial, no deben provocar complejo alguno de inferioridad frente a otras propuestas que la historia reciente ha demostrado débiles o radicalmente fallidas. Es insuficiente y reductivo pensar que el compromiso social de los católicos se deba limitar a una simple transformación de las estructuras, pues si en la base no hay una cultura capaz de acoger, justificar y proyectar las instancias que derivan de la fe y la moral, las transformaciones se apoyarán siempre sobre fundamentos frágiles. 

La fe nunca ha pretendido encerrar los contenidos socio-políticos en un esquema rígido, conciente de que la dimensión histórica en la que el hombre vive impone verificar la presencia de situaciones imperfectas y a menudo rápidamente mutables. Bajo este aspecto deben ser rechazadas las posiciones políticas y los comportamientos que se inspiran en una visión utópica, la cual, cambiando la tradición de la fe bíblica en una especie de profetismo sin Dios, instrumentaliza el mensaje religioso, dirigiendo la conciencia hacia una esperanza solamente terrena, que anula o redimensiona la tensión cristiana hacia la vida eterna. 

Al mismo tiempo, la Iglesia enseña que la auténtica libertad no existe sin la verdad. «Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente», ha escrito Juan Pablo II.[27] En una sociedad donde no se llama la atención sobre la verdad ni se la trata de alcanzar, se debilita toda forma de ejercicio auténtico de la libertad, abriendo el camino al libertinaje y al individualismo, perjudiciales para la tutela del bien de la persona y de la entera sociedad. 

8. En tal sentido, es bueno recordar una verdad que hoy la opinión pública corriente no siempre percibe o formula con exactitud: El derecho a la libertad de conciencia, y en especial a la libertad religiosa, proclamada por la Declaración Dignitatis humanæ del Concilio Vaticano II, se basa en la dignidad ontológica de la persona humana, y de ningún modo en una inexistente igualdad entre las religiones y los sistemas culturales.[28] En esta línea, el Papa Pablo VI ha afirmado que «el Concilio de ningún modo funda este derecho a la libertad religiosa sobre el supuesto hecho de que todas las religiones y todas las doctrinas, incluso erróneas, tendrían un valor más o menos igual; lo funda en cambio sobre la dignidad de la persona humana, la cual exige no ser sometida a contradicciones externas, que tienden a oprimir la conciencia en la búsqueda de la verdadera religión y en la adhesión a ella».[29] La afirmación de la libertad de conciencia y de la libertad religiosa, por lo tanto, no contradice en nada la condena del indiferentísimo y del relativismo religioso por parte de la doctrina católica,[30] sino que le es plenamente coherente.

V. Conclusión 

9. Las orientaciones contenidas en la presente Nota quieren iluminar uno de los aspectos más importantes de la unidad de vida que caracteriza al cristiano: La coherencia entre fe y vida, entre evangelio y cultura, recordada por el Concilio Vaticano II. Éste exhorta a los fieles a «cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno». Alégrense los fieles cristianos «de poder ejercer todas sus actividades temporales haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios».[31]   

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la audiencia del 21 de noviembre de 2002, ha aprobado la presente Nota, decidida en la Sesión Ordinaria de esta Congregación, y ha ordenado que sea publicada.  

Dado en Roma, en la sede de la Congregación por la Doctrina de la Fe, el 24 de noviembre de 2002, Solemnidad de N. S Jesús Cristo, Rey del universo. 

 

+JOSEPH CARD. RATZINGER
Prefecto 

+TARCISIO BERTONE, S.D.B.
Arzobispo emérito de Vercelli
Secretario

 


Notas

[1]CARTA A DIOGNETO, 5, 5, Cfr. Ver también Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2240. 

[2]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Motu Proprio dada para la proclamación de Santo Tomás Moro Patrón de los Gobernantes y Políticos, n. 1, AAS 93 (2001) 76-80. 

[3]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Motu Proprio dada para la proclamación de Santo Tomás Moro Patrón de los Gobernantes y Políticos, n. 4. 

[4]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 31; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1915. 

[5]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75. 

[6]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 42, AAS 81 (1989) 393-521. Esta nota doctrinal se refiere obviamente al compromiso político de los fieles laicos. Los Pastores tienen el derecho y el deber de proponer los principios morales también en el orden social; «sin embargo, la participación activa en los partidos políticos está reservada a los laicos» (JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 69). Cfr. Ver también CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, 31-I-1994, n. 33. 

[7]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76. 

[8]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 36. 

[9]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Decreto Apostolicam actuositatem, 7; Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 36 y Constitución Pastoral Gaudium et spes, nn. 31 y 43. 

[10]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 42. 

[11]En los últimos dos siglos, muchas veces el Magisterio Pontificio se ha ocupado de las cuestiones principales acerca del orden social y político. Cfr. LEÓN XIII, Carta Encíclica Diuturnum illud, ASS 20 (1881/82) 4ss; Carta Encíclica Immortale Dei, ASS 18 (1885/86) 162ss, Carta Encíclica Libertas præstantissimum, ASS 20 (1887/88) 593ss; Carta Encíclica Rerum novarum, ASS 23 (1890/91) 643ss; BENEDICTO XV, Carta Encíclica Pacem Dei munus pulcherrimum, AAS 12 (1920) 209ss; PÍO XI, Carta Encíclica Quadragesimo anno, AAS 23 (1931) 190ssCarta Encíclica Mit brennender Sorge, AAS 29 (1937) 145-167; Carta Encíclica Divini Redemptoris, AAS 29 (1937) 78ss; PÍO XII, Carta Encíclica Summi Pontificatus, AAS 31 (1939) 423ss; Radiomessaggi natalizi 1941-1944; JUAN XXIII, Carta Encíclica Mater et magistra, AAS 53 (1961) 401-464; Carta Encíclica Pacem in terris AAS 55 (1963) 257-304; PABLO VI, Carta Encíclica Populorum progressio, AAS 59 (1967) 257-299; Carta Apostólica Octogesima adveniens, AAS 63 (1971) 401-441. 

[12]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Centesimus annus, n. 46, AAS 83 (1991) 793-867; Carta Encíclica Veritatis splendor, n. 101, AAS 85 (1993) 1133-1228; Discurso al Parlamento Italiano en sesión pública conjunta, en L’Osservatore Romano, n. 5, 14-XI-2002.  

[13]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 22, AAS 87 (1995) 401-522. 

[14]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76. 

[15]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75. 

[16]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, nn. 43 y 75. 

[17]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 25. 

[18]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 73. 

[19]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 73. 

[20]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 73. 

[21]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75. 

[22]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2304 

[23]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76. 

[24]JUAN PABLO II, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz 1991: “Si quieres la paz, respeta la conciencia de cada hombre”, IV, AAS 83 (1991) 410-421. 

[25]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 59. La citación interna proviene del Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 4 

[26]Cfr. JUAN PABLO II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, en L’Osservatore Romano, 11 de enero de 2002. 

[27]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Fides et ratio, n. 90, AAS 91 (1999) 5-88. 

[28]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Declaración Dignitatis humanae, n. 1: «En primer lugar, profesa el sagrado Concilio que Dios manifestó al género humano el camino por el que, sirviéndole, pueden los hombres salvarse y ser felices en Cristo. Creemos que esta única y verdadera religión subsiste en la Iglesia Católica». Eso no quita que la Iglesia considere con sincero respeto las varias tradiciones religiosas, más bien reconoce «todo lo bueno y verdadero» presentes en ellas. Cfr. CONCILIO VATICANO II,Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 16; Decreto Ad gentes, n. 11; Declaración Nostra ætate, n. 2JUAN PABLOIICarta Encíclica Redemptoris missio, n. 55, AAS 83 (1991) 249-340; CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, DeclaraciónDominus Iesus, nn. 2; 8; 21, AAS 92 (2000) 742-765.  

[29]PABLO VI, Discurso al Sacro Colegio y a la Prelatura Romana, en «Insegnamenti di Paolo VI» 14 (1976), 1088-1089). 

[30]Cfr. PÍO IX, Carta Encíclica Quanta cura, ASS 3 (1867) 162; LEÓN XIII, Carta Encíclica Immortale Dei, ASS 18 (1885) 170-171; PÍO XI, Carta Encíclica Quas primas, AAS 17 (1925) 604-605; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2108; CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración Dominus Iesus, n. 22. 

[31]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 43. Cfr. también JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 59.

   

Papa a CAL: ser católico en política no significa ser recluta de un grupo

El Papa Francisco dirigió un mensaje a los miembros de la Academia de Líderes Católicos reunidos en Roma. Les recordó que “la política no es el mero arte de administrar el poder… Es una vocación de servicio…para la generación del bien común”

Manuel Cubías – Ciudad del Vaticano

Identidad del católico en la política

El Santo Padre comenzó planteando que la vocación del cristiano y en particular, la vocación política, nace en la comunidad. En la comunidad, el primer signo es la amistad entre los miembros, que se descubren por la encarnación de Jesucristo, “invitados a proponer misioneramente esa misma amistad a los demás para así dilatar la experiencia que denominamos “Iglesia”.

Francisco profundiza: “Ser católico comprometido en la política no significa ser un recluta de algún grupo, organización o partido, sino vivir dentro de una amistad, dentro de una comunidad”.  Este hecho se convierte en condición necesaria:

“Si tú al formarte en la Doctrina social de la Iglesia no descubres la necesidad en tu corazón de pertenecer a una comunidad… en la que puedas vivir la experiencia de ser amado por Dios, puedes correr el riesgo de lanzarte un poco a solas a los desafíos del poder, de las estrategias, de la acción, y terminar en el mejor de los casos con un buen puesto político pero solo, triste y manipulado”.

Objetivo de la política: construcción del bien común

Jesucristo nos aporta una mirada nueva de la realidad, en la que lo central es la “construcción del bien común”.

El Santo Padre habla sobre la dimensión política de la vida del cristiano, y cita a San Óscar Romero: “el cristiano verdadero debe preferir su fe y demostrar que su lucha por la justicia es por la justicia del Reino de Dios, y no otra justicia”.

El Evangelio nos hace libres

Estas palabras, afirma el Papa, “las pronunciaba Romero para que los fieles laicos fueran libres y no esclavos, para que reencontraran las razones por las que vale la pena hacer política pero desde el evangelio superando las ideologías”.

Continua el Santo Padre: “La política es una vocación de servicio… Solo concibiendo así la política esta colabora a que el pueblo se torne protagonista de su historia y evita que las así llamadas “clases dirigentes” crean que ellas son quienes pueden dirimirlo todo”.

Cambio de época en América Latina

Para el Papa hay tres sectores emblemáticos que muestran un cambio de época en América Latina y que potenciarían  construir un proyecto de futuro: “las mujeres, los jóvenes y los más pobres”.

El Obispo de Roma explica que las mujeres son significativas porque aportan esperanza: “la esperanza en Latinoamérica tiene un rostro femenino”. Los jóvenes, “porque en ellos habita la inconformidad y rebeldía que son necesarias para promover cambios verdaderos”. Los Pobres y marginados, pues en ellos la Iglesia encarna su opción preferencial.

Lugar de verificación del compromiso político

Para el Papa, las  mujeres, los jóvenes y los marginados “son protagonistas del cambio de época y sujetos de esperanza verdadera. Su presencia, sus alegrías y, en especial, su sufrimiento son una fuerte llamada de atención para quienes son responsables de la vida pública. En la respuesta a sus necesidades y demandas se juega en buena medida la verdadera construcción del bien común. Son un lugar de verificación de la autenticidad del compromiso católico en la política”.

El Papa Invita a mirar la política más allá de los discursos, por eso, mirar a las mujeres, los jóvenes y los marginados , en lo concreto, es mirarlos "como sujetos de cambio y no como meros objetos de asistencia".

Necesaria la presencia de católicos en la política

El Papa clama a una nueva presencia de los católicos en la vida política. No se trata de presentar nuevos rostros. Sino de presentar nuevas alternativas, que den voz a sectores de movimientos populares y que “expresen sus luchas auténticas”.

El Papa afirma que “hacer política inspirada en el evangelio desde el pueblo en movimiento puede convertirse en una manera potente de sanear nuestras frágiles democracias y de abrir el espacio para reinventar nuevas instancias representativas de origen popular”.

Una polifonía de compromisos

Francisco afirma con fuerza que “Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos diferentes.  Por eso, los invito a que vivan su fe con gran libertad. Sin creer jamás que existe una única forma de compromiso político para los católicos”.

Termina su alocución, recordando la figura de San Juan Diego y de la Virgen de Guadalupe: “Encomendémonos a su intercesión para que cuando las fuerzas nos falten al luchar por nuestro pueblo, recordemos que es precisamente en la debilidad que la fortaleza de Dios puede hacer su mejor trabajo (cf. 2 Co 12,9)”. 

 

“Esta Navidad, el mejor regalo eres tú”

La campaña navideña de Coca-Cola, titulada “La Carta”, es todo un canto a la inocencia y al amor familiar. Cuenta la apasionante aventura de un padre para conseguir llevar la carta de su hija hasta el Polo Norte, hasta la casa de Papa Nöel, antes de que sea demasiado tarde. Nuestro protagonista debe atravesar bosques, escalar laderas abruptas y navegar entre témpanos de hielo. ¿Lo conseguirá? 

Todos pensamos que sí, pero –de repente– vemos que el padre se queda sin poder entregar la carta… El anuncio, ya lo adelanto, acaba bien; y el regalo de la hija llega a tiempo. Porque en la Navidad, -ese es el mensaje de Coca-Cola- “lo más importante es estar presentes en la vida de las personas que nos importan”. 

Coca-Cola recupera en esta campaña el conocido “camión de reparto”, que apareció por vez primera en la Navidad de 1995. Y es que la firma está de aniversario: celebra el centenario de su primera campaña navideña. Con la actual, dirigida por el ganador del Oscar Taika Waitiki y producida por la agencia Wieden + Kennedy, quiere transmitirnos un mensaje familiar y optimista, y recordarnos a todos que el mejor regalo a nuestros seres queridos es compartir con ellos los detalles mágicos de la Navidad: hacernos presentes, dedicarles nuestra atención, y nuestra sonrisa, y nuestro cariño. Sobre todo, dedicarles tiempo. De ahí el lema de toda la campaña: “Esta Navidad, el mejor regalo eres tú”.

Como aconsejan los creadores del spot, “esta Navidad, regala algo que solo tú puedes dar. Ya sea en persona, a través de una videollamada o simplemente con un mensaje rápido: Sacar tiempo para tus seres queridos es lo que hace que la Navidad sea realmente la época más especial del año”. 

Eso mismo pienso yo. Por eso, con este artículo quiero desearos a todos ¡una familiar, entrañable y muy feliz Navidad!

 

Insiste en promover el aborto 

A pesar de la oposición de Estados Unidos, la maquinaria de la ONU insiste en promover el aborto, que va dependiendo de una, cada vez menor, supervisión de sus estados miembro. La reducción de la transparencia y la falta de rendición de cuentas durante el cierre de la ONU fueron explotadas para promover el aborto.

Desde el comienzo de la pandemia, la burocracia de la ONU, encabezada por su Secretario General, Antonio Guterres y el Director General de la organización mundial de la salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, ha promovido sistemáticamente el aborto como un servicio de salud esencial.

Sólo los funcionarios de la administración Trump se han opuesto abierta y sistemáticamente a esto. Incluso los países que se llaman a sí mismos pro-vida – Brasil, Polonia y Hungría – se han mantenido al margen y han visto cómo el sistema de la ONU promueve el aborto.

Esto puede significar más problemas en aproximadamente una docena de resoluciones de la Asamblea General que plantean preocupaciones pro-vida  durante las próximas negociaciones.

La Unión Europea, que favorece mantener el aborto en la política de la ONU, ha superado repetidamente los esfuerzos diplomáticos pro-vida de Estados Unidos.

En una votación reciente en la Asamblea General de la ONU, la Unión Europea contó con más de 120 países de su lado. Todos votaron en contra de un intento de Estados Unidos de excluir el aborto de una resolución sobre la respuesta al coronavirus de la ONU. Lo mejor que Estados Unidos pudo conseguir fue que 30 países se abstuvieran de votar.

Suso do Madrid

 

Está a tiempo de votar en conciencia,

¿Conocen ustedes, señores diputados del Parlamento Español partidarios de la eutanasia, algún otro país del mundo que cuando debería poner sus esfuerzos en sacarlo adelante, por la gravísima situación económica y sanitaria, dedique su tiempo a ensombrecer aún mucho más la esperanza de vida? ¿No se dan cuenta de que la verdadera a compasión por el enfermo está en curar, aliviar, acompañarle a él y a su familia, tratarle con interés y afecto, facilitar la atención espiritual si el enfermo lo desea... ? Nunca en quitarle la vida, aunque lo pidiera por el dolor o la angustia, que en gran parte desaparecería si se le atiende bien.

Quizás no se den cuenta de que constituirse en dueños de la vida y de la muerte no es algo que nos corresponda a nosotros, los hombres, sino a Dios. No somos nosotros los que debemos decidir quién no puede nacer (aborto) y quién no debe seguir viviendo (eutanasia). Arrogarse ese poder supone un desquiciamiento moral muy grande.

Debemos confiar que no pocos de ustedes sean capaces de reflexionar, y no dar su voto a una ley injusta e inicua, inhumana, materialista y atea. Sería la negación del 5º mandamiento, que a todos incumbe, no solo a los creyentes.

Como el no robar, no mentir, etc. Los Diez Mandamientos son válidos para todos los hombres de todas las épocas y creencias, porque se fundamentan en la dignidad de ser humano, que a la vez debe reconocer su condición de criatura, que no tiene en sí misma la razón de su existencia, sino en su Dios y Creador, al que tendremos que dar cuenta un día de todas nuestras acciones.

Pongan su esfuerzo en mejorar la medicina paliativa, que tanto ayuda a sobrellevar el dolor y la enfermedad. Tengan la satisfacción de poner los medios necesarios para ayudar a bien morir -lo contrario de la eutanasia- a muchas personas, que en realidad, como decía, no desean morir, sino ser bien atendidos, materialmente y humanamente. Identifíquense con el buen samaritano de la parábola -del que ha hablado el Papa recientemente-, y no con los que pasan de largo, y menos aún con los que podrían haber rematado al herido, si no lo hubiera socorrido ese buen samaritano.

La eutanasia es el fracaso de la medicina y el fracaso del legislador del que ya nadie se podrá fiar: quien no valora la muerte y es capaz de aprobarla, pierde toda credibilidad para hablar de cómo organizar la sociedad. Es también el fracaso de toda creencia en la trascendencia, lo que empobrece y llena de pesimismo las relaciones humanas, rebajándolas  a un nivel puramente pragmático y economicista, en el que han desaparecido valores absolutos. La noble tarea de gobernar se  pierde, se deslegitima porque no busca el bien común, sino lo que parezca que conviene a los propios intereses.

Señor diputado, aún está a tiempo de votar en conciencia, decir NO y presentar una alternativa positiva a esa vergonzosa ley.

José Morales Martín

 

 

Matrimonio, familia. Hombre y mujer; mujer y hombre

Los hijos, entre dos hombres o entre dos mujeres, no podrán llegar nunca; porque entre los dos hombres no hay ninguna matriz, ningún óvulo, ni ninguna madre, por mucho que uno de ellos quiera hacer de “madre”. Y entre las dos mujeres tampoco, porque hay matriz, hay óvulo, pero no hay ningún semen que fecunde el óvulo, por mucho que una de ellas quiera hacer de “padre”.

Y pretenden tener los derechos de la familia, y una legislación familiar, cuando su realidad nada tiene que ver con la Familia.

Usar esa palabra para referirse a esas uniones no es más que una manipulación del lenguaje.

 Matrimonio, familia. Hombre y mujer; mujer y hombre; así ha sido desde el primer hombre que asentó sus pies sobre esta tierra, y así será hasta la última mujer que haya visto morir a sus padres y no deje hijos.

JD Mez Madrid

 

 

Arte y música

 

                                ¿Qué es arte y qué es música? Para mí es todo lo que te conmueve y te lleva a estados súper humanos de paz y concordia con todo, incluido tú mismo y tu más profundo yo, o sea tu alma. Por tanto nada que no sea esto yo lo considero arte, sino todo lo contrario; conviene pues, no dejarse influir por necios y tontos de los que el mundo sigue estando lleno a rebosar.

                                No hay que valorar como positivo todo cuanto nos presentan como “moderno”, puesto que la mayoría no es otra cosa que modernas aberraciones de algo cuya escasez, ha sido notoria a lo largo de toda la historia del “mono humano”; y que hoy con tanta tecnología, está llegando a grados de locura incalificable ya.

                                Aún no habíanse iniciado los absurdos posteriores, cuando ya el propio “Cerbantes[i]”, es el que escribe lo que sigue: “El buen artista imita a la Naturaleza, el malo… la vomita”; lo que en tan corta oración, es un tratado de inteligencia máxima y humana por demás.

                                Muchos de los considerados “monstruos modernos”, cuyas creaciones son muy discutibles para el individuo que piensa y define por sí mismo, se han hecho famosos por cuanto su comercialización en base a propagandas absurdas, ha situado sus obras en precios astronómicos e incomprensibles; y como el negocio del dinero es así, tienen que mantener el mercado; por lo demás, muchas de esas obras “no pintarían nada en absoluto en el más triste de los retretes o urinarios públicos y humanos, donde los pobres diablos escriben sus repelentes ripios que no poemas”.

                                Ocurre con mucho de “lo moderno”, como en el cuento de aquel rey idiota, que se dejó convencer de que su sastre lo vistió con un traje invisible; y el que sometido a la admiración de sus más que idiotas súbditos, fue felicitado y vitoreado en público por tal vestimenta; hasta que un niño le gritó a la multitud la verdad latente, al decir… ¡¡Está desnudo!! Por ello, “desnudemos lo absurdo y que resalte la verdad lógica y que nos convenza a nosotros mismos de la realidad que vemos y no la que nos quieren hacer ver, los que siempre por interés, impusieron e imponen las infinitas mentiras que hacen al hombre más bruto que inteligente.

                                En la música ocurre ya algo espantoso, puesto que gritos y ruidos infernales, chirridos o crujidos absurdos, nos los quieren meter como músicas, e incluso en emisoras que se firman “de música clásica”;  nos ofrecen, obras que no las aceptarían ni los hotentotes más brutos, si es que quedan algunos en la profunda África negra. En cuanto al canto o cantantes modernos, digo igual, parece increíble que con el mejor de los instrumentos con que ha contado siempre el ser humano (su voz) se martiricen y se

 “droguen” a las masas, en esos recitales, muchos de ellos en nocturnidad y con alevosía, a las idiotas masas que dicen seguirlos y que los siguen, buscando no se sabe qué, salvo el eterno “huir” de su miserable realidad; que es lo que en la mayoría de “escapes”; es lo que hace o busca, el ser humano siempre que le dan ocasión, puesto que en grupo humano no sabe entenderse y en la soledad; simplemente se aterroriza puesto que no se encuentra a sí mismo; “con la maravilla que es el encontrarse uno mismo y su real realidad, que aunque sin importancia alguna, pero sí que tiene la grandeza de lo mínimo y casi inexistente, en esta maravilla cual es el denominado “ tiempo y espacio”; donde fuimos creados no en masas, sino, uno a uno y de ahí la importancia y el valor del individuo como tal y motor de todas las cosas”.

            Veamos algo poco conocido y que parte del hoy “famosísimo Picasso, que en un momento de quién sabe qué remordimientos, se confiesa”: PICASSO EN CARTA  O DI RECTAMENTE A GIOVANNI PAPINI CONFIESA:

PICASSO: Lo reconoce en unas declaraciones este artista, que amparado en “las nuevas chuminadas”, hizo una fabulosa fortuna, que no consiguió con su arte clásico, que también lo fue. En carta a Giovanni Papini, se confiesa de esta forma… “A fuerza de divertirme (está hablando de su época cubista) con todos estos juegos, con todas estas paparruchas, con todos estos rompecabezas, jeroglíficos y arabescos me he hecho célebre y muy rápidamente. Y la celebridad significa para un pintor; venta y ganancias, fortuna y riquezas. Y hoy como usted sabe, soy célebre, soy rico. Pero cuando estoy a solas conmigo mismo no tengo el valor de considerarme como artista en el sentido grande y antiguo de la palabra. Grandes pintores fueron Giotto, Ticiano, Rembrandt y Goya; yo soy solamente un entretenedor público que se ha aprovechado lo mejor que ha podido de la imbecilidad, la vanidad y la avidez de sus contemporáneos. La mía es una amarga confesión, más dolorosa de lo que se pueda parecer, pero tiene el mérito de ser sincera”.

                                ¿Qué se le puede añadir a todo ello? Por mi parte nada más.

 

[1] Miguel de Cerbantes Sa avedra, firmaba tal y como yo he escrito y hay firmas para comprobarlo en el archivo catedralicio, en la catedral de Jaén capital.

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes

 


[i] Miguel de Cerbantes Sa avedra, firmaba tal y como yo he escrito y hay firmas para comprobarlo en el archivo catedralicio, en la catedral de Jaén capital.