Las Noticias de hoy 26 Noviembre 2020

Enviado por adminideas el Jue, 26/11/2020 - 12:23

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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 26 de noviembre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Audiencia general: Catequesis completa, “La oración de la Iglesia naciente”

Día de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer: Palabras del Papa

BENDECID TODOS AL SEÑOR: Francisco Fernandez Carbajal

"Acabar bien las tareas": San Josemaria

Trabajo ordinario y cómo santificarlo (IV): Biblioteca de arte

Una revolución en la intimidad: Diego Zalbidea

17 preguntas sobre la Prelatura

EL ADVIENTO: primeroscristianos

Sobreprotección: Amores que asfixian: encuentra.com

Hachazo a la educación: Jesús Ortiz López

La mejor forma de comenzar el Adviento: LaFamilia.info 

Por un mundo más humano: Regino Navarro

La libertad de estar en la verdad: Juan José Corazón

Fratelli Tutti (3). Evitar una amistad aparente: José Martínez Colín.

Como era vista la muerte en los tiempos de fe y civilización cristiana

¡Libertad!: Jorge Hernández Mollar

 "Tu casa tiene algo que decirte": Alfonso Mendiz

La Familia: Valentín Abelenda Carrillo

¿Dónde queda la libertad de educación?: Jaume Catalán Díaz

Hombre y mujer; mujer y hombre. Una familia: Suso do Madrid

A los diputados partidarios de la eutanasia: José Morales Martín

Cuando el Estado aprenda a ser “Estado”: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

Audiencia general: Catequesis completa, “La oración de la Iglesia naciente”

Primeros pasos de los cristianos

NOVIEMBRE 25, 2020 13:13GABRIEL SALES TRIGUEROAUDIENCIA GENERAL

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(zenit – 25 nov. 2020).- En la audiencia general, el Papa Francisco se ha referido a los escritos apostólicos y al libro de los Hechos de los Apóstoles, que describen a las primeras comunidades cristianas, la Iglesia naciente, cuyos primeros pasos “estuvieron marcados por la oración”.

La audiencia general de hoy, 25 de noviembre de 2020, ha sido emitida desde la biblioteca del Palacio Apostólico vaticano, sin fieles, en prevención frente a la COVID-19. A lo largo de la misma, el Santo Padre ha continuado con el ciclo de catequesis sobre la oración, centrándose en el argumento “La oración de la Iglesia naciente” (Lectura: At 4,23-24.29.31).

Al comienzo de la catequesis, el Papa ha señalado que los citados textos bíblicos nos devuelven “la imagen de una Iglesia en camino” y “trabajadora” que “encuentra en las reuniones de oración la base y el impulso para la acción misionera”. Esta imagen, indica, “es punto de referencia para cualquier otra experiencia cristiana”.

“Coordenadas de la Iglesia”

El Pontífice ha explicado las “cuatro características esenciales de la vida eclesial”: “la escucha de la enseñanza de los apóstoles”, “la custodia de la comunión recíproca”, “la fracción del pan” y “la oración”. Estas nos recuerdan, que “la existencia de la Iglesia tiene sentido si permanece firmemente unida a Cristo”, esto es, “en la comunidad, en su Palabra, en la Eucaristía y en la oración”.

Del mismo modo, afirma cómo la predicación y las catequesis “testimonian las palabras y los gestos de Jesús: “las palabras y los gestos del Maestro; la búsqueda constante de la comunión fraterna preserva de egoísmos y particularismos; la fracción del pan realiza el sacramento de la presencia de Jesús en medio de nosotros: Él no estará nunca ausente, en la Eucaristía es Él. Él vive y camina con nosotros. Y finalmente la oración, que es el espacio del diálogo con el Padre, mediante Cristo en el Espíritu Santo”.

En esta línea, apunta que todo lo que en la Iglesia crece “fuera de estas coordenadas no tiene fundamento, es como una casa construida sobre arena ”. Para Francisco, “cualquier situación debe ser valorada a la luz” de estas cuatro características, y lo que no entra en ellas “está privado de eclesialidad, no es eclesial”.

La Iglesia “no es un mercado” ni un emprendimiento empresarial, sino “obra del Espíritu Santo, que Jesús nos ha enviado para reunirnos”. La Iglesia es “el trabajo del Espíritu en la comunidad cristiana, en la vida comunitaria, en la Eucaristía, en la oración, siempre”: “Es Dios quien hace la Iglesia, no el clamor de las obras. Es la palabra de Jesús la que llena de sentido nuestros esfuerzos. Es en la humildad que se construye el futuro del mundo”.

Sin Espíritu no está la Iglesia

En este sentido, Francisco sostiene que, para saber si una situación “es eclesial” o no, hay que preguntarse si están estas cuatro características y “cómo se desarrolla la vida” en las mismas: “si falta esto, falta Espíritu”, y si falta éste “nosotros seremos una bonita asociación humanitaria, de beneficencia, bien, bien, también un partido, digamos así, eclesial, pero no está la Iglesia”.

El Obispo de Roma recordó que la Iglesia no crece por estas cosas, ni por el “proselitismo, como cualquier empresa”, sino que lo hace por “atracción” que mueve el Espíritu Santo. Y apoya esta afirmación con las palabras de Benedicto XVI: “Si falta el Espíritu Santo, que es lo que atrae a Jesús, ahí no está la Iglesia. Hay un bonito club de amigos, bien, con buenas intenciones, pero no está la Iglesia, no hay sinodalidad”.

La oración, “motor de evangelización”

A continuación, el Papa Francisco ha descrito las reuniones de oración de las primeras comunidades como el “poderoso motor de la evangelización”, un lugar en el que se “experimenta en vivo la presencia de Jesús y es tocado por el Espíritu”. Los miembros de la comunidad primitiva, “pero esto vale siempre, también para nosotros hoy”, se dan cuenta que su “encuentro con Jesús no se detuvo en el momento de la Ascensión, sino que continúa en su vida”.

Ellos cuentan lo que “ha dicho y hecho el Señor” y “rezan para entrar en comunión con Él, todo se vuelve vivo”, la oración les “infunde luz y calor” y “el don del Espíritu hace nacer en ellos el fervor”.

El Espíritu Santo “anima todo”

El Sucesor de Pedro ha indicado también cómo la Iglesia primitiva estuvo “marcada por una sucesión continua de celebraciones, convocatorias, tiempos de oración tanto comunitaria como personal” y es el Espíritu Santo quien concede la fuerza a “los predicadores que se ponen en viaje, y que por amor de Jesús surcan los mares, enfrentan peligros, se someten a humillaciones”.

Asimismo, esclarece que la “raíz mística de toda la vida creyente” es que “Dios dona amor” y “pide amor”. El Espíritu, continúa, “lo anima todo”, y “todo cristiano que no tiene miedo de dedicar tiempo a la oración puede hacer propias las palabras del apóstol Pablo: ‘La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí’”.

Por último, Francisco declara que “la oración te hace consciente de esto. Solo en el silencio de la adoración se experimenta toda la verdad de estas palabras. Tenemos que retomar el sentido de la adoración. Adorar, adorar a Dios, adorar a Jesús, adorar al Espíritu”. La oración de la adoración, concluye, “es la oración que nos hace reconocer a Dios como principio y fin de toda la historia. Y esta oración es el fuego vivo del Espíritu que da fuerza al testimonio y a la misión”.

A continuación, sigue la catequesis completa del Santo Padre.

***

Catequesis 16. La oración de la Iglesia naciente

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Los primeros pasos de la Iglesia en el mundo estuvieron marcados por la oración. Los escritos apostólicos y la gran narración de los Hechos de los Apóstoles nos devuelven la imagen de una Iglesia en camino, una Iglesia trabajadora, pero que encuentra en las reuniones de oración la base y el impulso para la acción misionera.

La imagen de la comunidad primitiva de Jerusalén es punto de referencia para cualquier otra experiencia cristiana. Escribe Lucas en el Libro de los Hechos: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (2,42). La comunidad persevera en la oración.

Encontramos aquí cuatro características esenciales de la vida eclesial: la escucha de la enseñanza de los apóstoles, primero; segundo, la custodia de la comunión recíproca; tercero, la fracción del pan y, cuarto, la oración. Estas nos recuerdan que la existencia de la Iglesia tiene sentido si permanece firmemente unida a Cristo, es decir en la comunidad, en su Palabra, en la Eucaristía y en la oración.

Es el modo de unirnos, nosotros, a Cristo. La predicación y la catequesis testimonian las palabras y los gestos del Maestro; la búsqueda constante de la comunión fraterna preserva de egoísmos y particularismos; la fracción del pan realiza el sacramento de la presencia de Jesús en medio de nosotros: Él no estará nunca ausente, en la Eucaristía es Él. Él vive y camina con nosotros. Y finalmente la oración, que es el espacio del diálogo con el Padre, mediante Cristo en el Espíritu Santo.

Todo lo que en la Iglesia crece fuera de estas “coordenadas”, no tiene fundamento. Para discernir una situación tenemos que preguntarnos cómo, en esta situación, están estas cuatro coordenadas: la predicación, la búsqueda constante de la comunión fraterna —la caridad—, la fracción del pan —es decir la vida eucarística— y la oración.

Cualquier situación debe ser valorada a la luz de estas cuatro coordenadas. Lo que no entra en estas coordenadas está privado de eclesialidad, no es eclesial. Es Dios quien hace la Iglesia, no el clamor de las obras.

La Iglesia no es un mercado, la Iglesia no es un grupo de empresarios que van adelante con esta nueva empresa. La Iglesia es obra del Espíritu Santo, que Jesús nos ha enviado para reunirnos. La Iglesia es precisamente el trabajo del Espíritu en la comunidad cristiana, en la vida comunitaria, en la Eucaristía, en la oración, siempre.

Y todo lo que crece fuera de estas coordenadas no tiene fundamento, es como una casa construida sobre arena (cfr. Mt 7, 24-27).  Es Dios quien hace la Iglesia, no el clamor de las obras. Es la palabra de Jesús la que llena de sentido nuestros esfuerzos. Es en la humildad que se construye el futuro del mundo.

A veces, siento una gran tristeza cuando veo alguna comunidad que, con buena voluntad, se equivoca de camino porque piensa que hace Iglesia en mítines, como si fuera un partido político: la mayoría, la minoría, qué piensa este, ese, el otro… “Esto es como un Sínodo, un camino sinodal que nosotros debemos hacer”.

Yo me pregunto: ¿Dónde está el Espíritu Santo, ahí? ¿Dónde está la oración? ¿Dónde el amor comunitario? ¿Dónde la Eucaristía? Sin estas cuatro coordenadas, la Iglesia se convierte en una sociedad humana, un partido político —mayoría, minoría—, los cambios se hacen como si fuera una empresa, por mayoría o minoría… Pero no está el Espíritu Santo. Y la presencia del Espíritu Santo está precisamente garantizada por estas cuatro coordenadas.

Para valorar una situación, si es eclesial o no es eclesial, preguntémonos si están estas cuatro coordenadas: la vida comunitaria, la oración, la Eucaristía… [la predicación], cómo se desarrolla la vida en estas cuatro coordenadas. Si falta esto, falta el Espíritu, y si falta el Espíritu nosotros seremos una bonita asociación humanitaria, de beneficencia, bien, bien, también un partido, digamos así, eclesial, pero no está la Iglesia.

Y por esto la Iglesia no puede crecer por estas cosas: crece no por proselitismo, como cualquier empresa, crece por atracción. ¿Y quién mueve la atracción? El Espíritu Santo. No olvidemos nunca esta palabra de Benedicto XVI. “La Iglesia no crece por proselitismo, crece por atracción”. Si falta el Espíritu Santo, que es lo que atrae a Jesús, ahí no está la Iglesia. Hay un bonito club de amigos, bien, con buenas intenciones, pero no está la Iglesia, no hay sinodalidad.

Leyendo los Hechos de los Apóstoles descubrimos entonces cómo el poderoso motor de la evangelización son las reuniones de oración, donde quien participa experimenta en vivo la presencia de Jesús y es tocado por el Espíritu.

Los miembros de la primera comunidad —pero esto vale siempre, también para nosotros hoy— perciben que la historia del encuentro con Jesús no se detuvo en el momento de la Ascensión, sino que continúa en su vida. Contando lo que ha dicho y hecho el Señor —la escucha de la Palabra—, rezando para entrar en comunión con Él, todo se vuelve vivo. La oración infunde luz y calor: el don del Espíritu hace nacer en ellos el fervor.

Al respecto, el Catecismo tiene una expresión muy profunda. Dice así: “El Espíritu Santo, que recuerda así a Cristo ante su Iglesia orante, conduce a ésta también hacia la Verdad plena, y suscita nuevas formulaciones que expresarán el insondable Misterio de Cristo que actúa en la vida, los sacramentos y la misión de su Iglesia” (n. 2625)

Esta es la obra del Espíritu en la Iglesia: recordar a Jesús. Jesús mismo lo ha dicho: Él os enseñará y os recordará. La misión es recordar a Jesús, pero no como un ejercicio mnemónico. Los cristianos, caminando por los senderos de la misión, recuerdan a Jesús haciéndolo presente nuevamente; y de Él, de su Espíritu, reciben el “impulso” para ir, para anunciar, para servir.

En la oración, el cristiano se sumerge en el misterio de Dios que ama a cada hombre, ese Dios que desea que el Evangelio sea predicado a todos. Dios es Dios para todos, y en Jesús todo muro de separación es definitivamente derrumbado: como dice San Pablo, Él es nuestra paz, es decir “el que de los dos pueblos hizo uno” (Ef 2,14). Jesús ha hecho la unidad.

Así la vida de la Iglesia primitiva está marcada por una sucesión continua de celebraciones, convocatorias, tiempos de oración tanto comunitaria como personal. Y es el Espíritu que concede fuerza a los predicadores que se ponen en viaje, y que por amor de Jesús surcan los mares, enfrentan peligros, se someten a humillaciones.

Dios dona amor, Dios pide amor. Esta es la raíz mística de toda la vida creyente. Los primeros cristianos en oración, pero también nosotros que venimos varios siglos después, vivimos todos la misma experiencia.

El Espíritu anima todo. Y todo cristiano que no tiene miedo de dedicar tiempo a la oración puede hacer propias las palabras del apóstol Pablo: “La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2, 20). La oración te hace consciente de esto.

Solo en el silencio de la adoración se experimenta toda la verdad de estas palabras. Tenemos que retomar el sentido de la adoración. Adorar, adorar a Dios, adorar a Jesús, adorar al Espíritu. El Padre, el Hijo y el Espíritu: adorar. En silencio.

La oración de la adoración es la oración que nos hace reconocer a Dios como principio y fin de toda la historia. Y esta oración es el fuego vivo del Espíritu que da fuerza al testimonio y a la misión. Gracias.

© Librería Editora Vaticana

Día de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer: Palabras del Papa

Lucha por su dignidad

NOVIEMBRE 25, 2020 17:30LARISSA I. LÓPEZPAPA FRANCISCO

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(zenit – 25 nov. 2020)-. El Papa Francisco ha escrito un tweet en su cuenta con motivo del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer celebrado hoy, 25 de noviembre de 2020.

“A menudo las mujeres son ofendidas, golpeadas, violadas, inducidas a prostituirse… Si queremos un mundo mejor, que sea casa de paz y no patio de guerra, debemos hacer todos mucho más por la dignidad de cada mujer”, señala el Santo Padre.

Datos de la ONU

La Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) adoptó en el año 2000 la resolución, que designaba el 25 de noviembre como el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

El organismo internacional informa que actualmente, en todo el mundo, una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual, principalmente por parte de un compañero sentimental.

El número de llamadas a las líneas telefónicas de asistencia se ha quintuplicado en algunos países como consecuencia del incremento de las tasas de violencia de pareja provocado por la pandemia de COVID-19.

Asimismo, el 71% de las víctimas de la trata en todo el mundo son mujeres y niñas, y 3 de cada 4 de ellas son utilizadas para la explotación sexual.

Nivel de humanidad

Francisco ha defendido la dignidad de la mujer en numerosas ocasiones. Una de las últimas, tuvo lugar durante la Santa Misa del 1 de enero de 2020, Solemnidad de María Santísima. En su homilía, el Pontífice recordó también que “de cómo tratamos el cuerpo de la mujer, comprendemos nuestro nivel de humanidad”.

“Las mujeres son fuentes de vida”, subrayó, “sin embargo, son continuamente ofendidas, golpeadas, violadas, inducidas a prostituirse y a eliminar la vida que llevan en el vientre”.

“Toda violencia infligida a la mujer es una profanación de Dios, nacido de una mujer”, denunció el Papa.

 

BENDECID TODOS AL SEÑOR

— La naturaleza entera alaba a Dios. El Canto del Trium puerorum.

— Preparación y acción de gracias de la Misa.

— Jesús viene a visitarnos en la Comunión. Poner todos los medios para darle buena acogida.

I. Rocíos y escarchas, bendecid al Señor. // Hielo y frío, bendecid al Señor. // Luz y tinieblas, bendecid al Señor...1.

Una de las lecturas de estos días nos narra diversos pasajes del Libro de Daniel, y los Salmos responsoriales recogen el bellísimo Canto llamado de los tres jóvenes (Trium puerorum), utilizado en la Iglesia desde la antigüedad como himno de acción de gracias, introducido primero en la Santa Misa, y después fuera de ella, para fomentar la piedad de los fieles2.

Cuando los tres jóvenes judíos fueron condenados a morir en un horno ardiendo por negarse a adorar la estatua de oro erigida por el rey Nabucodonosor, oraron al Dios de sus padres, al Dios de la Alianza, que manifestó su santidad y magnificencia en tantos prodigios sobre el pueblo de Israel, y cantaron este himno que «suena como una llamada dirigida a las criaturas a fin de que proclamen la gloria de Dios Creador»3; esta gloria está ante todo en Dios mismo y, mediante la obra de la Creación, brota del seno mismo de la Divinidad y, «en cierto modo, se traslada fuera: a las criaturas del mundo visible y del invisible, según su grado de perfección»4.

Comienza el himno con una invitación a todas las criaturas a dirigirse a su Creador: Obras todas del Señor, bendecid al Señor: alabadle y ensalzadle por todos los siglos de los siglos. Los ángeles del Cielo dirigen la alabanza. Luego, los cielos, donde está la lluvia5, y todos los cuerpos celestes, el sol y la luna, las estrellas, aguaceros y rocío, los vientos, fuego y calor, frío y helada, rocío y escarcha, helada y nieves, noches y días, luz y tinieblas, relámpagos y nubes son invitados a alabar al Señor. La tierra con sus montes y colinas, sus fuentes, sus mares y ríos, ballenas y peces y todo lo que se mueve en las aguas; las aves del cielo, las bestias todas y los ganados son instados a bendecir al Señor.

El hombre, rey de la Creación, aparece el último, y por este orden: todos los hombres en general, el pueblo de Israel, los sacerdotes, los ministros del Señor, el pueblo judío, los justos, los santos y humildes de corazón. Por último, los mismos jóvenes judíos fieles al Señor (Ananías, Azarías y Misael) son llamados a cantar alabanzas al Creador6.

Para la acción de gracias después de la Misa, se añadió desde antiguo a este Cántico el Salmo 150, último del Salterio, en el que también se convoca a todos los seres vivientes para bendecir al Señor. Laudate Dominum in sanctis eius... Alabad al Señor en su templo, alabadlo en todo su firmamento. Alabadlo por sus obras magníficas, por su inmensa grandeza. Alabadlo tocando trompas, con arpas y cítaras, con tambores y danzas... ¡Todo ser viviente alabe al Señor!

Nuestra vida cristiana debe ser toda ella como un canto vibrante de alabanza, lleno de adoración, acciones de gracias y entrega amorosa. Por eso, en la acción de gracias de la Comunión, mientras que tenemos en nuestro corazón al Señor de Cielo y tierra, nos unimos a todo el universo en su pregón de agradecimiento al Creador.

II. La vida entera, pero especialmente los momentos después de haber comulgado, es un tiempo de alegría y de alabanza a Dios. Para dar gracias al Señor nos podemos unir interiormente a todas las criaturas que, cada una según su ser, manifiestan su gozo al Señor. «Hay que cantar desde ahora –comenta San Agustín–, porque la alabanza a Dios hará nuestra dicha durante la eternidad y nadie sería apto para esta ocupación futura si no se ejercitara alabando en las condiciones de la vida presente. Cantemos el Aleluya, diciendo unos a otros: alabad al Señor; y así prepararnos el tiempo de la alabanza que seguirá a la resurrección»7¡Alabad al Señor...! Nos unimos a todos los seres de la tierra, y a los santos y «los ángeles y los arcángeles, y con todos los coros celestiales cantamos sin cesar el himno de tu gloria ...»8.

Te adoro con devoción, Dios escondido9, le decimos a Jesús en la intimidad de nuestro corazón después de haber comulgado. En esos momentos hemos de frenar las impaciencias y permanecer recogidos con Dios que nos visita. Nada hay en el mundo más importante que prestar a ese Huésped el honor y la atención que se merece. Si somos generosos con el Señor y cuidamos esos diez minutos en su compañía, llegará un tiempo –quizá ya ha llegado– en el que esperaremos con impaciencia la Santa Misa y el momento de la Comunión. Las almas de todos los tiempos que han estado cerca de Dios han esperado con impaciencia ese momento inefable en el que tan próximos estamos de Dios. Así ocurría a San Josemaría Escrivá: durante la mañana daba gracias por la Misa que había celebrado, y por la tarde preparaba la Misa del día siguiente. Y era tal su amor que incluso durante la noche, cuando se interrumpía su sueño, su pensamiento se dirigía hacia la Misa que iba a celebrar al día siguiente y, con el pensamiento, el deseo de glorificar a Dios a través de aquel Sacrificio único. De este modo, el trabajo y las mortificaciones, las jaculatorias y las comuniones espirituales, los detalles de caridad, iban dirigidos como preparación o como obsequio en acción de gracias10.

Examinemos hoy con qué amor acudimos nosotros a la Santa Misa, donde tributamos a Dios la alabanza suprema, y con qué atención y esmero cuidamos de esos minutos que estamos con Él. Es una cortesía que no debemos descuidar jamás.

III. El Evangelio de la Misa11 nos recuerda la venida gloriosa de Cristo al fin de los tiempos: Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad, ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo temblarán. Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria, Ahora, en la Comunión, llega el mismo Hijo del Hombre a nuestro corazón para fortalecernos y llenarnos de paz. Viene como el Amigo tanto tiempo esperado. Y hemos de recibirlo como lo hicieron sus más íntimos: con la atención de María de Betania, con la alegría con que le acogió Zaqueo en su casa... «Parece que esto es lo correcto: si se recibe en casa a un amigo, a un invitado, se le atiende, es decir, se le da conversación, se le acompaña. No se le deja en la sala de visitas o en cualquier otro lugar de la casa, con el periódico, para que entretenga la espera hasta que nos venga bien atenderle. Sin duda sería de muy mala educación. Y si la persona que nos visitara fuera de tan gran categoría, que el solo hecho de venir a nuestra casa supusiera un honor muy por encima de nuestra condición y merecimientos, entonces la desatención no sería ya falta de educación, sino grosería incalificable»12. Hemos de tratar bien a Jesús, que tanto desea visitarnos en nuestra pobre casa. «Y no suele Su Majestad pagar mal la posada, si le hace buen hospedaje»13. Es una buena ocasión de unirnos a toda la Creación para alabar y dar gracias al Creador que, humilde, se queda sacramentalmente en nuestro corazón durante esos minutos.

La Iglesia, siempre Madre buena, nos ha aconsejado a sus hijos esas oraciones que han alimentado la piedad de tantos cristianos para ayudarnos, especialmente cuando nos sintamos pobres de palabras para dirigirnos a Jesús: el Himno Adoro te devote, el Trium puerorum, la Oración a Jesús Crucificado, las Invocaciones al Santísimo Redentor... Si al comulgar procuramos tener a mano algún devocionario –cuando sea posible– o algún Misal de los fieles, dispondremos de una buena ayuda para aprovechar ese tiempo que tanto va a influir luego a lo largo de todo el día. Muchas veces, la jornada depende de esos minutos junto a Jesús Sacramentado.

No dejemos de poner todos lo medios a nuestro alcance para mejorar nuestras disposiciones antes y después de haber comulgado. Cualquier esfuerzo que pongamos es siempre largamente recompensado. «Cuando recibas al Señor en la Eucaristía, agradécele con todas las veras de tu alma esa bondad de estar contigo.

»—¿No te has detenido a considerar que pasaron siglos y siglos, para que viniera el Mesías? Los patriarcas y los profetas pidiendo, con todo el pueblo de Israel: ¡que la tierra tiene sed, Señor, que vengas!

»—Ojalá sea así tu espera de amor»14.

1 Salmo responsorial. Año 1. Dan 3, 68 ss. — 2 Cfr. A. G. Martimort, La Iglesia en oración, Herder, 3ª ed., Barcelona 1987, p. 168. — 3 Juan Pablo II, Audiencia general 12-III-1986. — 4 Ibídem. — 5 Cfr. Gen 1, 7. — 6 Cfr. B. Orchard y otros, Verbum Dei, vol. II, notas a Dan 3, 51-90. — 7 San Agustín, cit. por D. de las Heras, Comentario ascético-teológico sobre los Salmos, p. 374. — 8 Misal Romano, Prefacio de la Misa. — 9 Himno Adoro te devote. — 10 Cfr. F. Suárez, El sacrificio del altar, p. 280. — 11 Lc 21, 20-28. — 12 F. Suárez, o. c., p. 274. — 13 Santa Teresa, Camino de perfección, 39. — 14 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 991.

 

"Acabar bien las tareas"

La santidad está compuesta de heroísmos. –Por tanto, en el trabajo se nos pide el heroísmo de "acabar" bien las tareas que nos corresponden, día tras día, aunque se repitan las mismas ocupaciones. Si no, ¡no queremos ser santos! (Surco, 529)

26 de noviembreMe has preguntado qué puedes ofrecer al Señor. –No necesito pensar mi respuesta: lo mismo de siempre, pero mejor acabado, con un remate de amor, que te lleve a pensar más en El y menos en ti. (Surco, 495)

Al reanudar tu tarea ordinaria, se te escapó como un grito de protesta: ¡siempre la misma cosa!

Y yo te dije: –sí, siempre la misma cosa. Pero esa tarea vulgar –igual que la que realizan tus compañeros de oficio– ha de ser para ti una continua oración, con las mismas palabras entrañables, pero cada día con música distinta.

Es misión muy nuestra transformar la prosa de esta vida en endecasílabos, en poesía heroica. (Surco, 500)

Pon en tu mesa de trabajo, en la habitación, en tu cartera..., una imagen de Nuestra Señora, y dirígele la mirada al comenzar tu tarea, mientras la realizas y al terminarla. Ella te alcanzará –¡te lo aseguro!– la fuerza para hacer, de tu ocupación, un diálogo amoroso con Dios. (Surco, 531)

 

Trabajo ordinario y cómo santificarlo (IV): Biblioteca de arte

Elisabetta, casada y con dos hijos, ha desarrollado una gran experiencia en el ámbito de la gestión de cursos de arte. Hoy gestiona dos grandes bibliotecas en Milán que pertenecen al Instituto de Arte.

EN PRIMERA PERSONA22/11/2020

“Cuando estaba en secundaria no me interesaba estudiar -cuenta Elisabetta-, pero tenía una excelente relación con los profesores, y estos me ayudaron a abrirme camino en el mundo”. Ahora, Elisabetta está casada, tiene dos hijos y es responsable de la biblioteca de un conocido instituto de arte milanés.

Milán - Barcelona, ida y vuelta

Su primera tarea consistió en ofrecer cursos y más tarde pasó a la gestión y coordinación del profesorado. Después de un tiempo en Barcelona, Elisabetta regresó a Milán para supervisar y gestionar los másters de formación avanzada. En 2007, conoció al que más tarde sería su marido y en 2013 se casaron.

Sobre su vocación al Opus Dei, cuenta Elisabetta: “Después de la boda sentí que el Señor me llamaba. Una llamada fuerte y clara pero a la vez delicada, no invasiva. Dije que sí, porque tenía dentro de mí el deseo de agradecer todos los dones recibidos y hacer de mi vida diaria una obra al servicio de Dios”.

La llegada de los niños

Filippo Maria, su primer hijo, llegó pronto: “El trabajo profesional era parte de mi vida -explica Elisabetta-, no quería dejarlo totalmente para dedicarme solo al hogar. Por eso, decidí seguir trabajando fuera de casa reduciendo el número de horas en la empresa”.

Hace unos meses, Elisabetta tuvo otro hijo, Edoardo María, que acabó por llenar definitivamente su jornada: “Algo que aprendí en la Universidad y me ayuda mucho es dedicar tiempo a la planificación del día: el menú, la lista de la compra, el plan de limpieza del hogar, el deporte, quedar con una amiga. Se trata de tener en la cabeza lo que tienes entre manos, para no perder el tiempo y el hilo de las cosas”.

Como muchas familias con niños pequeños, el final de la jornada es uno de los momentos más complejos, especialmente si ambos trabajan: “La noche trae consigo la organización de duchas, cenas, canciones de cuna... El vídeo El corazón del trabajo: la visión de san Josemaría me ayudó a encarar estos retos de manera optimista”.

Sonreír aunque cueste

Gestionar una gran biblioteca implica tener que tratar con muchos colegas y usuarios todos los días: “Cuando hay tensiones, trato de no enfadarme con el personal y de ser lo más comprensiva posible, imitando el ejemplo del Señor. Si no puedo, evito la confrontación inmediata, buscando antes la solución al problema que su responsable. Además, intento luchar por mantener siempre la sonrisa: sonreír aunque cueste”.

En todo esto, entre el trabajo y los niños pequeños, como muchas madres trabajadoras, Elisabetta trata de mantenerse en contacto constante con el Señor: “Mi vida interior es como un guante de goma -explica Isabel- que se adapta a los compromisos y a los momentos. Pongo algunas alarmas en el smartphone para acordarme de rezar pequeñas oraciones durante el día Pero trato de no perder la paz si no puedo hacer cada día todo lo que me he propuesto. Cuando me encuentro con dificultades que no consigo entender, siempre pienso en las palabras del beato Álvaro del PortilloDios sabe más”.

 

Una revolución en la intimidad

Jesús perdona a una mujer pecadora que unge sus pies y la lanza hacia la libertad que surge de un corazón limpio.

VIRTUDES25/11/2020

Jesús ha sido invitado de nuevo a comer. Su anfitrión había insistido mucho en que acudiese, ya que le ilusionaba agasajarlo con un banquete especial. Pero algo inesperado está a punto de truncar la celebración: una mujer que no había sido invitada aparece en la sala. Al fariseo dueño de la casa, que se llama Simón, le cambia el rostro. El momento es incómodo. Jesús, en cambio, parece como si la hubiera estado esperando porque sus ojos se han iluminado al verla. Ciertamente, conoce su alma mejor que ella misma y, por eso, conoce el dolor que llena su corazón; sabe que para amar e intentar ser amada ha recorrido caminos equivocados. Sabe que ella ha surcado barrancos y precipicios.

Los detalles de delicadeza de la mujer –cómo unge sus pies con perfume, con lágrimas y con besos– emocionan a Jesús. Por lo cual, acto seguido, trata de explicárselo con un ejemplo a Simón, quien había visto la escena de lejos, con ciertos reparos: «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y otro cincuenta. Como ellos no tenían con qué pagar, se lo perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le amará más?» (Lc 7,41-42). Aquella mujer ha aprendido a amar dejándose perdonar. Ahí reside su verdadera grandeza y, por eso, Jesús decide alabarla públicamente (cfr. Lc 7,44-46).

Nunca había sido tan fácil

Esa mujer siente, quizá por primera vez, el gozo de ser respetada. La mirada de Jesús es diferente a la de las demás personas. Se da cuenta de que ante él no necesita estar a la defensiva. Nunca ha visto unos ojos que se adentren tanto en su corazón y nunca ha sido tan fácil lograr que la quieran. Se cumple en ella la bienaventuranza que Jesús ha prometido a quienes se dejan limpiar el corazón (cfr. Mt 5,8); lo está aprendiendo rápidamente del maestro y nota ya los efectos: «Todas las criaturas se vuelven límpidas cuando se las mira a través de la Faz del más bello y más blanco de los lirios»[1]. Ella, de algún modo, consigue experimentar esa libertad con que Jesús la ama, consigue experimentar ese cariño que no ha necesitado ser forzado ni atrapado con trucos.

Durante años, esta mujer había desperdiciado los talentos que Dios le había regalado. Sin embargo, ahora se da cuenta de que está ante un nuevo inicio. Ahora puede ser la mujer sensible que en el fondo ha sido siempre, fuerte y vulnerable a la vez, serena y apasionada. Ahora puede ser ella misma. Porque uno de los grandes dramas de la impureza es estar convencidos de que no lograremos ser amados por quien verdaderamente somos y, en consecuencia, vender una apariencia para ser queridos. Pero esta es una tarea imposible sencillamente porque el amor no tiene precio. O es libre o no es. Por eso, cuando se entra en este chantaje, antes o después esa apariencia se esfuma y nos deja el regusto de haber sido engañados.

Asombrarse ante cada corazón

Para que crezca el amor, para que arraigue, es preciso hacerle espacio, a veces con esfuerzo, porque la santa pureza «es una rosa que solamente florece entre espinas»[2]. Quizá por eso a veces nos da miedo arriesgarnos al amor y tratamos de asegurarlo. De hecho, el corazón que se vuelve impuro renuncia a cultivar el amor en el espacio en el que nos podemos encontrar. No quiere arriesgarse a sufrir y prefiere de modo tiránico e irrespetuoso crear propias zonas de confort. A veces aquella motivación tiene un componente de compensación, algo de rabieta, quizá un enfado escondido. En ocasiones puede parecer que lo que conseguimos es amor, cuando en realidad estamos utilizando a la otra persona, aunque sea de manera virtual: le obligo a que me “quiera”, le fuerzo a que me haga sentir “valioso” o “valiosa”. Frente a la promesa del amor incondicional que nos ofrece Dios, el pecado es una farsa que nos empuja hacia la soledad.

Ante esto, la solución no es encerrarse, desanimarse, o pensar que ese tipo de amor es imposible. Más bien se trata de buscar el amor que Dios ha sembrado allí donde estamos, especialmente en las personas y en nuestras relaciones. En ese sentido, san Josemaría nos animaba a amar a los demás poniendo «generosamente nuestro corazón en el suelo, de modo que los otros pisen en blando, y les resulte más amable su lucha»[3]. Ese puede ser uno de los frutos –entre tantos otros– de la santa pureza: hacer más amable la vida de los demás. No se trata solo de evitar el pecado personal, sino de alcanzar una forma de mirar y de relacionarnos que ayude a que todos nos sintamos queridos a imagen del amor de Dios. El alma limpia cuida de la vulnerabilidad propia y ajena, se muestra con elegancia, busca ser querida libremente. Es verdad que nuestro corazón, puesto en el suelo, corre el riesgo de ser despreciado, pero esa es la única forma divina de amar y de recibir amor. La mujer y el hombre de corazón limpio saben mirar a los demás sin tolerar que se trafique con la imagen de Dios que hay en ellos.

Por todo lo anterior, podemos decir que Jesús ha revolucionado la libertad y el amor. Nos invita a custodiar la intimidad de los hijos y las hijas de Dios incluso con nuestra mirada y con nuestros pensamientos. Quiere que participemos del asombro que él mismo experimenta ante la dignidad de cada corazón. La intimidad es tierra sagrada en donde el cristiano se descalza.

Parte de nuestra misión

Una de las tareas de la santa pureza es custodiar –en nosotros y en los demás– algo precioso a los ojos de Dios y la mejor defensa de ese tesoro es estar enamorado. También es verdad que el deseo de vivir un amor limpio requerirá muchas veces volver a comenzar. Dejarse perdonar y dejarse querer son manifestaciones de una humildad, que entiende que la santa pureza y el amor de los demás son un don. «Dios, para entregarse a nosotros, elige a menudo caminos impensables, tal vez los de nuestros límites, los de nuestras lágrimas, los de nuestras derrotas»[4]. En la confesión nos dejamos amar como en ningún otro sitio. Quien se deja perdonar abre la puerta al amor más libre y es capaz de responder –ya ha empezado a hacerlo– con un amor a la medida del que recibe.

Además, habrá que tener en cuenta otra posible dificultad: que, algunas veces, incluso sin pensarlo, recibir algo gratis puede avergonzarnos. No estamos acostumbrados a que algo tan grande sea un regalo. Preferimos muchas veces saber que lo hemos conseguido con nuestras propias fuerzas porque eso nos hace autónomos, nos permite experimentar cierto poder; no queremos depender de otro en algo tan decisivo. Al contrario, quien ha aprendido a dejarse amar está convencido de que «no puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don»[5]. Lo más grande que podemos llegar a ser siempre es fruto de un don previo: «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19).

En todo caso, la santa pureza es necesaria para desarrollar cualquier misión apostólica. La evangelización se realiza gratuitamente. Si nuestro corazón no es limpio, no podremos entender esa donación en la que muchas veces los frutos no llegan cuando nosotros los planificamos sino cuando Dios dispone. El cariño verdadero y puro, núcleo de cualquier misión evangelizadora, no impone sus razones, no exige respuesta, no pasa factura por lo que ofrece; no distingue entre personas, no descarta a los hostiles, no se cansa de los lentos. Tampoco chantajea ni reprocha. En una palabra, el cariño verdadero es fiel.

***

Como siempre, basta mirar a Jesús para aprender a ser amados. Y no hay lección tan magistral como la que nos ofrece en la Eucaristía. Allí Jesús no se impone. Nadie es tan paciente. Nadie desea con tantas fuerzas que le queramos pero, al mismo tiempo, nadie lo dice tan bajito, como en un susurro apenas perceptible. Sabe que nuestra libertad es un gran regalo suyo, así que no quiere comprometerla por nada del mundo. Nadie valora tanto nuestra fragilidad –y la dignidad que encierra– como Jesús. Por eso, en nuestra ilusión por crecer en esta virtud es gratísimo a Dios que ofrezcamos cada uno de nuestros pasos, también los tropiezos y las derrotas. El dolor de Dios solo puede ser causado por nuestro sufrimiento y por la soledad en la que nos aísla. Bien podemos imitar a san Josemaría en sus deseos de ofrecer a la Virgen lo mejor que tenía: «Yo, a la Madre de Dios y Madre mía, la corono con mis miserias purificadas, porque no tengo piedras preciosas ni virtudes. –¡Anímate!»[6].

Diego Zalbidea


[1] Santa Teresa del Niño Jesús, Carta 105 a Celina.

[2] Santo Cura de Ars, Sermón sobre la penitencia.

[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 228.

[4] Francisco, Audiencia, 29-I-2020.

[5] Benedicto XVI, encíclica Deus Caritas est, n. 7.

[6] San Josemaría, Forja, n. 285.

 

17 preguntas sobre la Prelatura

¿Qué diferencia a una persona del Opus Dei de otro creyente? ¿por qué no hay más prelaturas? ¿los laicos también pertenecen a la Prelatura o sólo los sacerdotes? Planteamos las preguntas más habituales al profesor Carlos José Errázuriz, Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

PRELATURA PERSONAL26/11/2020

Sumario de las 17 cuestiones sobre la Prelatura

1. ¿Qué es una prelatura personal?

2. ¿Cómo se crea una prelatura personal?

3. ¿Desde cuándo hay prelaturas personales en la Iglesia?

4. ¿Cuántas prelaturas personales existen actualmente? ¿Por qué no hay más?

5. ¿En qué se parecen y en qué se diferencian las prelaturas personales respecto a las diócesis, a las órdenes religiosas y a los movimientos?

6. ¿Qué era el Opus Dei antes de ser prelatura? ¿En qué se diferencian los estatutos de 1950 de los actuales?

7. ¿Tiene el Opus Dei desde que es prelatura una mayor autonomía? ¿Se puede hablar del Opus Dei como de una iglesia dentro de la Iglesia?

8. ¿Cuál es la misión de la prelatura del Opus Dei? ¿Qué hay de peculiar en esa misión que no se encuentre en otras realidades de la Iglesia?

9. ¿Cómo se gobierna la prelatura del Opus Dei? ¿Quién la dirige?

10. ¿Cómo se financia el Opus Dei?

11. ¿De quién depende el prelado del Opus Dei? ¿Quién lo nombra?

12. ¿Los laicos pertenecen a la prelatura, o sólo los sacerdotes?

13. ¿Qué diferencia hay entre un católico corriente, más o menos practicante, y una persona del Opus Dei?

14. ¿Cómo es posible que se requiera una vocación específica para ser miembro de una prelatura?

15. ¿A qué se compromete una persona que se incorpora al Opus Dei?

16. A nivel institucional, ¿qué relaciones tiene el Opus Dei con la diócesis? En su labor pastoral, ¿obra de acuerdo, además, con los institutos religiosos y con otras realidades eclesiales?

17. ¿En qué se beneficia la diócesis con el trabajo de los fieles del Opus Dei?

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∙ Más información en la sección Prelatura personal.

Respuestas del profesor Carlos José Errázuriz, Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe.


1. ¿Qué es una prelatura personal?

Una prelatura personal es una parte de la Iglesia Católica, en el sentido de que está compuesta por determinados fieles y se halla estructurada de modo jerárquico, con un prelado que es su cabeza y principio de unidad y con sacerdotes y diáconos que colaboran con él. Lo específico de las prelaturas personales consiste en que promueven la vida cristiana y la tarea evangelizadora de la Iglesia de un modo complementario al de las diócesis, a las cuales siguen perteneciendo los fieles que forman parte de una prelatura personal.

La complementariedad de las prelaturas personales puede responder a variados motivos, siempre en relación con el bien espiritual de los fieles. Puede suceder, por ejemplo, que, con el deseo de favorecer una mayor participación de los emigrantes en la vida eclesial, se organice una prelatura con un clero preparado para atender sus necesidades específicas; o bien, como en el caso de la prelatura del Opus Dei, puede ocurrir que una realidad eclesial que nace de un carisma (es decir, de un don de Dios para la Iglesia) reúna en sí misma las características propias de una prelatura personal.

2. ¿Cómo se crea una prelatura personal?

Es la misma Iglesia, representada por el Papa, quien toma la decisión de crear una prelatura personal, habiendo consultado a las Conferencias Episcopales interesadas, con la intención de servir más eficazmente a las almas. Naturalmente esta decisión presupone que se den los elementos constitutivos de una prelatura personal: una comunidad de fieles, presidida por el Prelado, un clero que le ayuda pastoralmente y una razón eclesial específica.

3. ¿Desde cuándo hay prelaturas personales en la Iglesia?

Aunque existían precedentes similares de estructuras jerárquicas de tipo personal (como los vicariatos castrenses), la figura de las prelaturas personales es un fruto del impulso apostólico del Concilio Vaticano II que luego ha acogido el actual Código de Derecho Canónico. La primera que se erigió fue la prelatura del Opus Dei, en virtud de la Constitución Apostólica Ut sit de Juan Pablo II del 28 de noviembre de 1982.

4. ¿Cuántas prelaturas personales existen actualmente? ¿Por qué no hay más?

Actualmente sólo existe la prelatura personal del Opus Dei. El hecho de que no se hayan erigido hasta ahora otras se explica por la misma novedad de las prelaturas personales, que han de ofrecer garantías de solidez eclesial y deben insertarse armónicamente en las diócesis en las que actúen. Por lo demás, existen otras circunscripciones eclesiásticas, como los ordinariatos militares, dotadas de una configuración del mismo tipo, es decir, personal y complementaria a las diócesis.

5. ¿En qué se parecen y en qué se diferencian las prelaturas personales respecto a las diócesis, a las órdenes religiosas y a los movimientos?

Conviene tener presente que todas las realidades eclesiales de cualquier naturaleza participan de la misma vida y finalidad de la única Iglesia. Por tanto, todas están llamadas a vivir en la misma comunión eclesial y a tener relaciones de mutuo afecto.

Tanto las prelaturas personales como las diócesis son comunidades de fieles de naturaleza jerárquica. Las diócesis son Iglesias particulares y comprenden a todos los fieles en un determinado territorio. Las prelaturas personales viven y actúan dentro de una o de varias diócesis, con las que cooperan mediante el cumplimiento de su finalidad eclesial específica, en una relación de complementariedad.

Dentro de la Iglesia los fieles pueden constituir realidades de carácter asociativo que, sin ser comunidades de naturaleza jerárquica como las diócesis y las prelaturas, llevan a cabo una actividad eclesial con fines variados. Algunas, como las cofradías o asociaciones de caridad, no suponen una vocación específica en sus miembros. Otras, en cambio, presuponen que haya una llamada que hace participar en un carisma determinado. Las órdenes y congregaciones religiosas agrupan a fieles que, movidos por un carisma propio, dan en su vida y en su acción apostólica un testimonio público y oficial de la radicalidad del Evangelio.

Los movimientos son realidades asociativas de origen carismático que comprenden toda clase de fieles, en especial fieles laicos que viven en el mundo, y que establecen entre ellos vínculos de fraternidad y de apostolado ligados a su carisma.

6. ¿Qué era el Opus Dei antes de ser prelatura? ¿En qué se diferencian los estatutos de 1950 de los actuales?

Desde su misma fundación el 2 de octubre de 1928 el Opus Dei era ya esencialmente, aunque en estado germinal, lo mismo que vemos hoy desplegado: una parte de la Iglesia, compuesta por fieles y estructurada jerárquicamente en torno a una cabeza que fue primero el fundador, san Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote. Esta realidad eclesial universal necesitaba naturalmente ser reconocida por la Iglesia, y era preciso que la Santa Sede interviniera para configurarla como estructura jerárquica. Ha sido un proceso largo, lo que se entiende por tratarse de un fenómeno nuevo en la vida de la Iglesia.

Antes de la erección como prelatura personal, que constituye la figura que responde plenamente a la realidad del Opus Dei, éste había sido aprobado como instituto secular, lo que permitía reconocer que todos los fieles, sacerdotes y laicos, pertenecían a la misma realidad eclesial, y atribuía una cierta potestad al sacerdote que en ella hacía cabeza. Los estatutos de 1950 recogían fielmente la realidad del Opus Dei, pero, debiendo responder a la figura de instituto secular, mantenían elementos que no cuadraban con la realidad secular que es propia del carisma del Opus Dei. Estos elementos han desaparecido en sus estatutos como prelatura.

7. ¿Tiene el Opus Dei desde que es prelatura una mayor autonomía? ¿Se puede hablar del Opus Dei como de una iglesia dentro de la Iglesia?

Ninguna parte de la Iglesia constituye “una iglesia dentro de la Iglesia”, sino justamente lo contrario: cada parte promueve vínculos de comunión respecto a toda la Iglesia. Los fieles del Opus Dei, precisamente en cuanto tales, son y se sienten miembros vivos de la Iglesia universal y de sus diócesis respectivas, en cuya vida participan como los demás fieles: hay que tener en cuenta, además, que esta prelatura, a diferencia de lo que podría suceder en otras, no contempla algunos aspectos de la pastoral ordinaria (bautismos, confirmaciones, matrimonios, funerales, etc.), y en cambio dedica especial atención a la formación de sus fieles y de quienes se acercan a sus apostolados (encuentros y retiros espirituales, estudio de las ciencias sagradas, dirección espiritual personal, etc.)

La legítima autonomía del Opus Dei para llevar a cabo su misión eclesial, como por lo demás la autonomía que en diversos grados es propia de todo fiel y de cualquier realidad eclesial, es siempre autonomía en la comunión con la Iglesia universal y el Romano Pontífice, y con las Iglesias particulares y los Obispos diocesanos. En este sentido, el Opus Dei, en su actual configuración como prelatura, goza de la autonomía propia de los entes de la constitución jerárquica de la Iglesia (cuya cabeza es un sujeto con potestad episcopal), que es distinta de la autonomía propia de los entes de estructura asociativa.

8. ¿Cuál es la misión de la prelatura del Opus Dei? ¿Qué hay de peculiar en esa misión que no se encuentre en otras realidades de la Iglesia?

La misión de la prelatura del Opus Dei es la misma misión salvífica de toda la Iglesia, llevada a cabo conforme a un carisma específico de santificación y apostolado en el trabajo profesional y en el conjunto de la vida ordinaria. Lo peculiar de ese carisma y de esa misión, como sucede con cualquier carisma, proviene del don de Dios, primero a San Josemaría como fundador, luego a sus hijas e hijos espirituales, y también a todos los que de él participan en mayor o menor medida. El hecho de que ese carisma dé lugar a una prelatura no es fruto de una simple decisión basada en motivos de conveniencia, sino que deriva de la realidad misma de ese carisma, que comporta necesariamente la conformación de una comunidad de fieles jerárquicamente estructurada.

9. ¿Cómo se gobierna la prelatura del Opus Dei? ¿Quién la dirige?

Como en toda prelatura, el gobierno de la prelatura del Opus Dei corresponde a su prelado y a sus vicarios, que cuentan a diversos niveles con consejos en los que colaboran otros fieles, muchos de ellos laicos, tanto hombres como mujeres. Además, los fieles laicos dan una contribución decisiva en las tareas de organización y realización inmediata de la actividad formativa del Opus Dei.

10. ¿Cómo se financia el Opus Dei?

La prelatura del Opus Dei se financia como las diócesis u otras prelaturas, es decir ante todo con las aportaciones de sus mismos fieles y de otras personas que colaboran económicamente en su misión. Las iniciativas apostólicas ligadas a la prelatura en el ámbito de la educación, de la salud, de la promoción social, etc. – de las que la prelatura asume sólo la responsabilidad en lo que respecta a su vitalidad cristiana – se financian como las demás instituciones del mismo tipo en cada país.

11. ¿De quién depende el prelado del Opus Dei? ¿Quién lo nombra?

El prelado del Opus Dei y la misma prelatura dependen –como todas las circunscripciones eclesiásticas– de la Santa Sede, o sea del Romano Pontífice y del órgano que le ayuda en lo referente a las diócesis y prelaturas, es decir la Congregación para los Obispos.

El prelado del Opus Dei es nombrado por el Papa, tras seguir el procedimiento de determinación de la persona que está previsto en los estatutos de la prelatura; estos contemplan la intervención de fieles de la misma para pronunciarse sobre quién sería el sacerdote más indicado. El Romano Pontífice puede después llamar al prelado a recibir el sacramento del episcopado, que aunque no sea necesario, resulta muy congruente con su misión jerárquica de pastor. Así ha ocurrido con los dos primeros prelados, Mons. Álvaro del Portillo y Mons. Javier Echevarría.

12. ¿Los laicos pertenecen a la prelatura, o sólo los sacerdotes?

Tanto unos como otros pertenecen igualmente a la prelatura, en la que, como en toda la Iglesia y en cualquiera de sus partes, existe igualdad fundamental entre todos los fieles en cuanto a su dignidad y misión como cristianos, y al mismo tiempo se da una diversidad esencial por lo que respecta al sacerdocio. Esta diversidad fundamenta la cooperación orgánica entre sacerdotes y laicos en la misma misión de la Iglesia. Concebir la prelatura como una institución formada sólo por sacerdotes contradiría tanto la realidad del Opus Dei como la misma novedad e índole específica de las prelaturas. Esa concepción vería las prelaturas como asociaciones de sacerdotes incardinados en ellas, instituciones ciertamente muy importantes en la vida de la Iglesia, pero esencialmente distintas por su carácter asociativo y sólo clerical.

En cambio, la realidad del Opus Dei sí comprende una asociación de sacerdotes, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, inseparable de la prelatura. La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz concierne sólo a la vida espiritual de sus miembros: no a su trabajo pastoral, que no cambia por el hecho de pertenecer a ella. Forman parte de esta asociación los sacerdotes de la prelatura y otros sacerdotes diocesanos que han recibido también la vocación al Opus Dei para santificarse en su misma vocación sacerdotal, sin constituir un grupo aparte, sino procurando que su ministerio e inserción en la diócesis, su lugar propio en el servicio de la Iglesia, sean cada vez más fecundos, en plena y cordial obediencia a la autoridad del obispo diocesano, única autoridad eclesiástica de la que dependen, y en fraternal unión con todos los demás sacerdotes.

13. ¿Qué diferencia hay entre un católico corriente, más o menos practicante, y una persona del Opus Dei?

No hay ninguna, en cuanto una persona del Opus Dei es un católico corriente, que ha recibido una llamada específica dentro de su vocación cristiana para formar parte de una familia espiritual y para procurar ser mejor cristiano y colaborar en la misión de la Iglesia. Esa llamada no le distingue de los demás, pues no implica que su vida se transforme en un signo eclesial del seguimiento de Cristo, como es propio de la vocación de los religiosos. La secularidad es esencial para todos los fieles del Opus Dei, también para los que viven el celibato como parte de su vocación.

Obviamente si por católico corriente se entiende un católico que en su vida no está especialmente comprometido con el Señor y con la Iglesia, los fieles del Opus Dei procuran con todas sus fuerzas no reconocerse en ese tipo: es más, se saben llamados a recordar que lo corriente para los discípulos de Cristo debe ser seguirle incondicionalmente, con un estilo de vida que a veces puede resultar sorprendente para quien no lo comprenda desde una perspectiva plenamente cristiana.

14. ¿Cómo es posible que se requiera una vocación específica para ser miembro de una prelatura?

Naturalmente este requisito vocacional no es esencial en las prelaturas personales, las cuales pueden fundarse en circunstancias muy diversas, generalmente ligadas a vínculos sociales entre sus fieles.

Sin embargo, es posible que se requiera porque la misma realidad eclesial suponga una vocación específica, como sucede en el caso del Opus Dei. La Iglesia reconoce y favorece algo que proviene del Espíritu Santo, sin lo cual toda la prelatura del Opus Dei dejaría de existir.

15. ¿A qué se compromete una persona que se incorpora al Opus Dei?

La incorporación a la prelatura del Opus Dei está esencialmente unida a la vocación personal de ese fiel. De ahí que la incorporación comporta el compromiso de vivir todo aquello que se refiere a esa vocación. En sus manifestaciones externas este compromiso se sitúa siempre exclusivamente en el plano de la vida eclesial de la persona, sin entrar nunca en ámbitos de naturaleza temporal. Se trata de deberes que se refieren a la vida espiritual, a la propia formación, a la participación activa en las actividades apostólicas desarrolladas por la prelatura. Por tratarse sólo de ámbitos en los que un fiel goza de libertad para seguir uno u otro camino, el compromiso con la prelatura es perfectamente armónico con los deberes del fiel respecto a la Iglesia universal y a la Iglesia particular, y con otras obligaciones que naturalmente o por propia voluntad haya asumido. La vinculación al Opus Dei busca precisamente ayudarle a vivir el conjunto de sus deberes ordinarios, tanto en la Iglesia como en la sociedad civil.

Para algunos fieles, el compromiso comprende también el celibato apostólico y una mayor disponibilidad al servicio de las actividades apostólicas propias de la prelatura.

16. A nivel institucional, ¿qué relaciones tiene el Opus Dei con la diócesis? En su labor pastoral, ¿obra de acuerdo, además, con los institutos religiosos y con otras realidades eclesiales?

La vida de la prelatura se inserta, como parte viva, dentro de cada diócesis. Por eso, la prelatura está en constante relación con la diócesis y con el respectivo obispo. Además, es jurídicamente necesaria la intervención de éste para comenzar el trabajo de la prelatura en la diócesis o bien para abrir centros de la prelatura. Lo más importante, sin embargo, son los contactos permanentes que ayudan a la plena sintonía con la vida diocesana y con los objetivos pastorales del Obispo diocesano.

La prelatura del Opus Dei está en comunión con todas las realidades eclesiales presentes en la diócesis. Dentro de la legítima autonomía eclesial de cada una de esas realidades, la vida de la diócesis a la que todas pertenecen ofrece habitualmente múltiples ocasiones de contacto y colaboración. Conviene tener presente que el Opus Dei no constituye un grupo aparte dentro de la diócesis y no es ni actúa como una asociación, por lo que sus miembros pueden libremente participar en asociaciones de fieles de carácter secular.

El trabajo y la entera vida de las personas del Opus Dei, en la medida en que son fieles a su vocación, constituye una parte del bien espiritual y apostólico de la diócesis en que se desarrolla. Como es propio del carisma del Opus Dei, la aportación de sus fieles al bien de la diócesis – y lo mismo se puede decir de la aportación de la inmensa mayoría de los católicos – tiene por escenario la vida secular, o sea el ámbito familiar, cultural, económico, político, etc., en los cuales las personas del Opus Dei, gozando de la misma libertad y autonomía que cualquier otra persona, se empeñan en vivir a fondo según el Evangelio: es decir, en servir a los demás por Dios.

17. ¿En qué se beneficia la diócesis con el trabajo de los fieles del Opus Dei?

El trabajo y la entera vida de las personas del Opus Dei, en la medida en que son fieles a su vocación, constituye una parte del bien espiritual y apostólico de la diócesis en que se desarrolla. Como es propio del carisma del Opus Dei, la aportación de sus fieles al bien de la diócesis – y lo mismo se puede decir de la aportación de la inmensa mayoría de los católicos – tiene por escenario la vida secular, o sea el ámbito familiar, cultural, económico, político, etc., en los cuales las personas del Opus Dei, gozando de la misma libertad y autonomía que cualquier otra persona, se empeñan en vivir a fondo según el Evangelio: es decir, en servir a los demás por Dios.

 

 

EL ADVIENTO

TIEMPO LITÚRGICO QUE PREPARA LA NAVIDAD

Expectación penitente, piadosa y alegre

La venida del Hijo de Dios a la Tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos (…).

 

 

Al celebrar anualmente la liturgia del Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida.

(Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 522 y 524)

 

 

Con el tiempo de Adviento, la Iglesia romana da comienzo al nuevo año litúrgico. El tiempo de Adviento gravita en torno a la celebración del misterio de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo.

 

A PARTIR DEL SIGLO IV

 

 

 

 

 

       

El origen y significado del Adviento es un tanto oscuro; en cualquier caso, el término adventus era ya conocido en la literatura cristiana de los primeros siglos de la vida de la Iglesia, y probablemente se acuñó a partir de su usoen la lengua latina clásica.

La traducción latina Vulgata de la Sagrada Escritura (durante el siglo IV) designó con el término adventus la venida del Hijo de Dios al mundo, en su doble dimensión de advenimiento en la carne –encarnación- y advenimiento glorioso –parusía-.

La tensión entre uno y otro significado se encuentra a lo largo de toda la historia del tiempo litúrgico del Adviento, si bien el sentido de “venida” cambió a “momento de preparación para la venida”.

Quizá la misma amplitud de las realidades contenidas en el término dificultaba la organización de un tiempo determinado en el que apareciera la riqueza de su mensaje. De hecho, el ciclo de adviento fue uno de los últimos elementos que entraron a formar parte del conjunto del año litúrgico (siglo V).

Parece ser que desde fines del siglo IV y durante el siglo V, cuando las fiestas de Navidad y Epifanía iban cobrando una importancia cada vez mayor, en las iglesias de Hispania y de las Galias particularmente, se empezaba a sentir el deseo de consagrar unos días a la preparación de esas celebraciones.

Dejando de lado un texto ambiguo atribuido a San Hilario de Poitiers, la primera mención de la puesta en práctica de ese deseo la encontramos en el canon 4 del Concilio de Zaragoza del año 380“Durante veintiún días, a partir de las XVI calendas de enero (17 de diciembre), no está permitido a nadie ausentarse de la iglesia, sino que debe acudir a ella cotidianamente” (H. Bruns, Canones Apostolorum et Conciliorum II, Berlín, 1893, 13-14). La frecuencia al culto durante los días que corresponden, en parte, a nuestro tiempo de adviento actual, se prescribe, pues, de una forma imprecisa.

 

UN TIEMPO DE PENITENCIA

 

 

 

 

       

Más tarde, los concilios de Tours (año 563) y de Macon (año 581) nos hablarán, ya concretamente, de unas observancias existentes “desde antiguo” para antes de Navidad. En efecto, casi a un siglo de distancia, San Gregorio de Tours (fallecido en el año 490) nos da testimonio de las mismas con una simple referencia.

Leemos en el canon 17 del Concilio de Tours que los monjes “deben ayunar durante el mes de diciembre, hasta Navidad, todos los días”.

El canon 9 del Concilio de Macon ordena a los clérigos, y probablemente también a todos los fieles, que “ayunen tres días por semana: el lunes, el miércoles y el viernes, desde San Martín hasta Navidad, y que celebren en esos días el Oficio Divino como se hace en Cuaresma“(Mansi, IX, 796 y 933).

Aunque la interpretación histórica de estos textos es difícil, parece según ellos que en sus orígenes el tiempo de adviento se introdujo tomando un carácter penitencial, ascético, con una participación más asidua al culto.

Sin embargo, las primeras noticias  a cerca de la celebración del tiempo litúrgico del Adviento, se encuentran a mediados del siglo VI, en la iglesia de Roma.

Según parece, este Adviento romano comprendía al principio seis semanas, aunque muy pronto -durante el pontificado de Gregorio Magno (590-604)-  se redujo a las cuatro actuales.

UNA DOBLE ESPERA

El significado teológico original del Adviento se ha prestado a distintas interpretaciones. Algunos autores consideran que, bajo el influjo de la predicación de Pedro Crisólogo (siglo V), la liturgia de Adviento preparaba para la celebración litúrgica anual del nacimiento de Cristo y sólo más tarde –a partir de la consideración de consumación perfecta en su segunda venida- su significado se desdoblaría hasta incluir también la espera gozosa de la Parusía del Señor.

No faltan, sin embargo, partidarios de la tesis contraria: el Adviento habría comenzado como un tiempo dirigido hacia la Parusía, esto es, el día en que el Redentor coronará definitivamente su obra. En cualquier caso, la superposición ha llegado a ser tan íntima que resulta difícil atribuir uno u otro aspecto a las lecturas escriturísticas o a los textos eucológicos de este tiempo litúrgico.

El Calendario Romano actualmente en vigor conserva la doble dimensión teológica que constituye al Adviento en un tiempo de esperanza gozosa:

“el tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es a la vez el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre” (Calendario Romano, Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario, 39).

 

Fuente: www.primeroscristianos.com

Sobreprotección: Amores que asfixian

Padres sobreprotectores piensan que a mayor cantidad de cuidados, mayor es el afecto que entregan a sus hijos. ¡Gran error! El exceso de preocupación les dificulta el desarrollo de su personalidad.

Por instinto los papás tienden a proteger a sus hijos. Los ven pequeños, dependientes e indefensos y sienten la necesidad de abrazarlos cuando lloran, de prevenirlos de los peligros, de mostrarles lo que pueden y no pueden hacer, de atender a sus problemas cuando están tristes.

También se preocupan de que les pueda ocurrir algo: cuando duermen, especialmente si es recién nacido, se acercan a comprobar si respira bien; ante una fiebre, consultan al médico y curan sus heridas cuando caen. Es lo normal de un padre hacia su hijo.

Proteger más de la cuenta

Muchas veces, sin embargo, la atención normal se transforma en aprensión y algunos padres demuestran una preocupación excesiva. y más que proteger a los hijos los sobreprotegen.

¿Cómo? Cuidándolos más de la cuenta

Viven pendientes minuto a minuto de las necesidades del niño: si tiene hambre, si el clima está muy frío para él, si es hora de vestirlo, si se puede caer, si le toca bañarse…

Se desvelan al verlo triste o enfermo. No entienden que a veces prefiera estar solo en su pieza.

Cuando llega la edad de las obligaciones escolares, son los primeros en sentarse a hacerle las tareas. El resultado: niños caprichosos, habituados a una vida hecha, siempre protegidos, llenos de límites y recomendaciones. No llegan a conocer lo que es frustrarse ni tener contratiempos. Las responsabilidades, si las tienen, son compartidas.

¿Mal nacional?

Con mayor o menor intensidad es acertado decir que en Chile se tiende a sobreproteger a los hijos. «Casi como parte de nuestra idiosincrasia», afirman algunos. Muy distinto a otras culturas, como la norteamericana, donde la educación incentiva a los niños la autonomía des- de sus primeros años de vida. Basta recordar la sorpresa de algunas mamás locales cuando vuelve la amiga chilena que partió becada con el marido y cuyo hijo de dos años ya sabe comer solo, no usa pañales, toma la leche en vaso, y en general participa mucho más de los quehaceres diarios.

En nuestro país, en cambio, las mamás y muchas veces también las empleadas, exageran en atenciones y mimos, mucho más allá de lo conveniente para el desarrollo de la madurez e independencia de los niños.

«Uno lo puede ver en los colegios- asegura la educadora de párvulos M. Clara Valencia: Hay una tendencia generalizada a empequeñecer a los niños. Los padres exigen a sus hijos menos de lo que corresponde a su edad; no los dejan asumir responsabilidades para que vayan adquiriendo autonomía. Y los ven como niños aunque hayan entrado a la universidad».

Así llegamos a esta realidad:

– Niños de seis años que hay que vestir todas las mañanas para que no lleguen tarde al colegio.

– Muchos a los siete años todavía toman la leche en biberón.

– Niños que nunca ordenan sus cosas porque «para eso está la mamá». Escolares de diez años que esperan a la mamá para hacer juntos las tareas.

– Niños que almuerzan sólo lo que les gusta comer.

«Y los padres contemplan estas situaciones sintiendo que es lo normal en hijos que reciben mucho cariño», explica la psicóloga infantil Carmen Birke. Agrega: «Para ellos, amor y mimo son proporcionales, ya mayor cantidad de cuidados, mayor es el afecto que creen expresarle a sus hijos. No saben que al sobreprotegerlos de esa manera no les están ayudando a ser niños fuertes, seguros e independientes. Por el contrario, le están impidiendo un desarrollo armónico e ideal de su personalidad».

Cariño imprudente

Si se analiza las actitudes en que caen los padres sobreprotectores, éstas se pueden resumir en las siguientes premisas:

– No exigen a sus hijos de acuerdo a la edad que tienen.

Entre los 0 y los 6 años se deberían vivir una serie de etapas de crecimiento, desde caminar, dejar el chupete, comer solo, sacarse los pañales, hasta pasar de biberón a taza… Son avances que los padres sobreprotectores no alientan a sus hijos, a veces por comodidad, pero también por no exigirles. «Pobrecitos, si son tan chicos todavía», se les oye decir. Y dejan huella: porque el niño que no tuvo la necesidad de esforzarse de chico tiene dificultades para hacerlo cuando es mayor.

– Impiden que los niños asuman sus responsabilidades.

«Mamá es hora de que me vistas», «hoy me tienes que bañar», » ¿quién me va a ordenar mis juguetes?»…

Cuando los padres acostumbran a los hijos a hacerles todo, los niños se acostumbran a no hacer nada. Para la mamá puede ser más rápido y cómodo porque se asegura que las cosas quedan bien hechas -según ella-, pero es necesario irle traspasando responsabilidades al niño de a poco, dejarlo que se equivoque. Sólo con la práctica de hacer cosas va a poder desarrollar habilidades y adquirir hábitos.

– No educan hijos autónomos.

A los seis años, los niños adquieren sus primeras responsabilidades escolares. Importante es que se involucre. Hay que enseñarles desde el principio que es su responsabilidad y no de los padres el que lo cumpla.

Otro error frecuente

– Quieren solucionarle todos sus problemas. Los padres sobreprotectores no soportan la idea de que sus hijos sufran o experimenten frustraciones. Y si se les pierde un juguete, la mamá puede pasar la tarde buscándolo, mientras el «pobrecito» pasa la pena viendo televisión. Después, cuando pelean con algún amigo, es la mamá nuevamente la que hace de árbitro para enmendar la relación.

Así es difícil que el niño aprenda a reaccionar correctamente frente a situaciones de conflicto. Además, hay que recordar que en esta edad son los juguetes y los amigos, pero después los problemas son más complicados.

– Frenar los ímpetus de independencia. Para los niños de esta edad -sobre todo a los dos años cuando les viene una arremetida de independencia-, la vida es una aventura y si constantemente se les está mostrando el peligro y los riesgos que supone el salir a explorar, van adquiriendo una actitud temerosa y negativa frente al mundo. «Abríguese, que se puede resfriar», «cuidado con el perro que lo va a morder», «no se suba ahí que se puede caer». El freno permanente sobre los hijos los lleva a ir perdiendo confianza en sí mismos.

Causas frecuentes

Son varias las causas que pueden motivar a los padres sobreprotectores. Las más frecuentes son enumeradas por la psicóloga Carmen Birke:

– Los padres que han tenido un modelo de padres sobreprotectores, en cierta medida tienden a repetirlo porque es el único que conocen.

– Los padres no quieren repetir la falta de cariño que les tocó experimentar a ellos y se van al extremo opuesto de darlo todo y no exigir nada.

– Padres con alguna experiencia traumática previa que los hace adoptar una actitud sobreprotectora para evitar una repetición.

– El caso de padres adoptivos que buscan compensar la falta de paternidad biológica desviviéndose por el niño.

– Padres mayores que cumplen la tarea de abuelos regaladores más que educadores.

– Padres de un hijo único en quien concentran atenciones, cuidados, mimos, y todo el tiempo del que disponen.

– Padres con sentimiento de culpa: cuando el trabajo los mantiene gran parte del día lejos de la casa, compensan la ausencia con mimos excesivos, «pobrecito cómo lo voy a retar cuando estoy con él, si apenas lo veo».

Todos ellos son malcriadores. No asumen la educación del niño como un fierro que hay que forjar.

El otro extremo

¿Cómo saber cuánto se le puede exigir a los niños y cuándo hacerlo?

Así como se cae en sobreproteger a los hijos y se les asfixia con atenciones, la balanza puede irse al otro extremo donde los padres aceleran el proceso de crecimiento más allá de lo que les corresponde.

Ellos los impulsan a realizar las cosas solos y si los ven tímidos reaccionan fuerte: «Tienes que aprender a nadar antes que los demás», «vamos, salta sin miedo».

Ni tanto ni tan poco. Para educar no hay reglas ni recetas. Todo depende del niño, de su ambiente familiar, su personalidad, si tiene hermanos, su ubicación entre ellos…

Hay que observar… Saber si son felices o no, lo que pueden hacer, qué les cuesta más, qué les gusta.

Cada hijo es distinto y por ende hay que exigirle a su medida. Al que es más regalón y está siempre pidiendo ayuda o que le hagan las cosas, hay que ir enseñándole a hacer por sí mismo, de a poco y con paciencia, para que vaya adquiriendo autonomía.

Al hijo independiente, en cambio, que dice que es grande y puede hacer sus cosas solo, dejarlo crecer, proporcionándole también la seguridad que siempre necesita.

 

 

Hachazo a la educación

Jesús Ortiz López

Manifestación de Más Plurales.

El pasado domingo las calles de las principales ciudades han visto una caravana de coches con banderas «Stop Ley Celáa» para defender la libertad de la educación.  Pedimos «Más pluralidad. Más libertad. Más igualdad».

Más plurales

Esto tan sencillo es lo que demandan los agentes educativos: los padres para elegir el centro con libertad porque los hijos no son del Estado, y no quieren que les atrofien la conciencia; los profesores por discriminación y para no estar vigilados por un comisario político; los directivos de los colegios contra el rodillo ideológico que apartará el español como lengua vehicular e impondrá la ideología de género, anulando el ideario del centro. Y todos por la indignante falta de consenso, algo nunca visto. El proyecto tiene una deriva autoritaria que amenaza la igualdad, la libertad, y la pluralidad. Es una mala ley en todos los sentidos.

Estamos percibiendo que el Gobierno de Sánchez-Iglesias avanza al galope en su tarea de ingeniería social desde el poder para cambiar radicalmente la sociedad. Su objetivo es cambiar la Constitución, establecer una República, y formar ciudadanos subvencionados. Y una parte esencial del proyecto es la Ley de educación pilotada por Isabel Celáa, que ya ha pasado el trámite -nunca mejor dicho- en el Congreso.

Con ese totalitarismo encubierto se entiende que acaben con la educación diferenciada, la educación especial, las escuelas concertadas, la libertad de elección del centro educativo, el castellano como lengua vehicular en todo el Estado, y el MIR para los profesores que estarán condicionados por determinados gobiernos autonómicos nacionalistas.

Una democracia puede morir

En una entrevista reciente el conocido novelista, Ken Follet, advertía del peligro para una democracia cuando los ciudadanos no reaccionan. Manifestaba que las democracias pueden morir: lo vimos en Alemania y España en los años treinta. Las democracias pueden sucumbir, y son las personas quienes las matan. Y añadía: Yo creo que la libertad está amenazada y los responsables son los ciudadanos. En Turquía, hace poco, fueron los propios turcos quienes votaron que no querían seguir siendo libres. Por ello los ataques despreciables contra determinados puntos de vista políticos, que están llenos de odio, es algo muy característico de naciones que están en proceso de perder su libertad.

En nuestro entorno nacional vemos a dos hombres obsesionados con el poder, con grandes equipos de propaganda populista, que tienen cancha para imponer su plan. Ambos conquistan sus objetivos, aunque Iglesias es más astuto -y más letal- porque trabaja a medio plazo. Piensan que mediante la propaganda y la manipulación, los jóvenes se inclinarán al populismo podemita o a cualquiera de las izquierdas radicales y su efecto durará lustros. Porque Iglesias ha leído a Gramsci en contraste con Sánchez que lee poco y copia mucho, y su horizonte es a corto plazo y tiene fecha de caducidad.   

 

 

La mejor forma de comenzar el Adviento

LaFamilia.info 

 

Foto: Freepik 

El próximo domingo iniciamos el tiempo de Adviento, que son las cuatro semanas que antecede a la Navidad. Tiempo en el que nos preparamos espiritualmente para rememorar y celebrar la llegada del niño Jesús. Y nada mejor que darle la bienvenida a esta época con un excelente video (ver abajo) que nos ayudará a reflexionar en una actitud fundamental para este tiempo: la espera activa.

“Esperar es prepararse, despertar, ¡esperar es buscar! ponerse a la altura, dejar que Aquel a quien se espera vaya entrando en nuestra vida hasta volverla suya…” explica Mauricio Artieda en Catholic-link. Algo similar ocurre cuando esperamos una visita especial a nuestra casa, nos esmeramos por tener todo limpio y en orden para este momento. Por eso, el tiempo de espera a la Navidad no puede ser pasivo, en un momento para cultivar, cuidar y alimentar nuestra fe, y renovar nuestra vida. 

 

Las siguientes son algunas ideas para hacer del Adviento una verdadera vivencia personal:

 

1. Ayudaré en casa en aquello que más me cueste trabajo.

2. Me quejaré menos y reiré más.

3. Ayudaré a familiares, compañeros de trabajo y amigos, en algo que necesiten sin esperar nada a cambio.

4. Daré gracias a Dios por todo lo que me ha dado.

5. Haré una obra de caridad con niños y/o ancianos.

6. Haré algún sacrificio (algo que me cueste) y lo ofreceré por un necesitado.

7. Perdonaré a alguien que me haya ofendido, no guardaré más rencor.

8. Tendré un gesto amable con esa persona que tanto me cuesta.

9. No difundiré chismes ni crearé un mal ambiente.  

10. Abriré mi corazón a Jesús para que nazca en él.

 

Por un mundo más humano

Por Regino Navarro/LaFamilia.info - 18.11.2020

 

foto: freepik

 

Esta columna está conformada por frases de la encíclica Fratelli Tutti del papa Francisco. No pretenden ser una síntesis del pensamiento del Papa, sólo quieren ser una posible guía para hacer un mundo más humano.

 

1. Para que una sociedad tenga futuro es necesario que haya asumido un sentido respeto hacia la verdad de la dignidad humana.

 

2. La altura espiritual de una vida humana está marcada por el amor.

 

3. Un ser humano está hecho de tal manera que no se realiza, no se desarrolla ni puede encontrar su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás. Los otros son constitutivamente necesarios para la construcción de una vida plena.

 

4. Nuestra relación, si es sana y verdadera, nos abre a los otros que nos amplían y enriquecen.

 

5. Volvamos a promover el bien, para nosotros mismos y para toda la humanidad, y así caminaremos juntos hacia un crecimiento genuino e integral.

 

6. Quien no vive la gratuidad fraterna, convierte su existencia en un comercio ansioso, está siempre midiendo lo que da y lo que recibe a cambio. 

 

7. Hoy no suele haber ni tiempo ni energías disponibles para detenerse a tratar bien a los demás, a decir «permiso», «perdón», «gracias». Pero de vez en cuando aparece el milagro de una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en media de tanta indiferencia

 

8. Las relaciones digitales, que eximen del laborioso cultivo de una amistad, de una reciprocidad estable, e incluso de un consenso que madura con el tiempo, tienen apariencia de sociabilidad. No construyen verdaderamente un «nosotros. 

 

9. Al desaparecer el silencio y la escucha, convirtiendo todo en tecleos y mensajes rápidos y ansiosos, se pone en riesgo esta estructura básica de una sabia comunicación humana.

 

10. Nadie puede experimentar el valor de vivir sin rostros concretos a quienes amar.

 

11. El amor auténtico, que ayuda a crecer, y las formas más nobles de la amistad, residen en corazones que se dejan contemplar.

 

12. ¡Armemos a nuestros hijos con las armas del diálogo! ¡Enseñémosles la buena batalla del encuentro!

 

Selección de Regino Navarro Ribera

La libertad de estar en la verdad

Juan José Corazón

Poncio Pilatos.

Dijo Jesucristo a sus discípulos: “la verdad os hará libres”. Así funcionamos los cristianos por el mundo, libres y sin preocuparnos de que los demás sean también libres y, gracias a Dios, nos va muy bien.

Cuando nos topamos con personas a las que no les gusta la libertad de los otros, nos preocupa y mucho.

Podría pensarse que es por el temor a que vayan a cercenar nuestras posibilidades de llevar el Evangelio por el mundo entero; sin embargo, yo creo que no es, fundamentalmente, por este motivo, aunque también.

Ya está muy acostumbrada la Iglesia Católica, desde el principio del cristianismo, a los intentos de acallar la voz de sus hijos que propagan la fe. Pero así, sorprendentemente, va aumentando por el orbe creado el número de hombres y mujeres “de buena voluntad y que aman a Dios” inundando el mundo con la paz de Cristo.

Cuando alguien o algo se erige en poseedor de la verdad y, a la vez, desea, busca y consigue los medios para hacer desaparecer la libertad de los demás, es que no está plenamente convencido de que su verdad sea “de verdad, la verdad”; le da miedo que la verdad del otro sí que lo sea y, por tanto, anula su libertad.

Cuando Pilato decidió la muerte de Jesús en la Cruz, antes le preguntó: “¿y qué es la verdad?, a lo que Jesús ya no le respondió nada, pues Pilato sabía que Jesús era inocente; eso sí que era la verdad.

Claro, al que sabe que está en la verdad, no le da ningún miedo la libertad de los demás.

 

 

Fratelli Tutti (3). Evitar una amistad aparente

Escrito por José Martínez Colín.

El confinamiento que vivimos puede dificultar el trato, pero no ha de causar que nos encierre en nosotros mismos. Esta situación nos puede ayudar a valorar lo que es el trato personal.

1) Para saber.

“No dejes crecer la hierba en el camino de la amistad”, decía el filósofo Platón. Es preciso que ese camino se camine tanto que esté despejado. Si bien, el confinamiento que se está viviendo pudiera dificultar el trato, no ha de causar que nos encierre en nosotros mismos. Esta situación nos puede ayudar a valorar lo que es el trato personal.

Hemos sido creados para amar a Dios y a los demás. En esta vida podemos crecer como personas al irnos perfeccionando. Y uno de los actos que más nos perfecciona es el amor. Por ello, si nos encerráramos estaríamos frenando nuestro crecimiento. Una persona que no amara estaría frustrando su existencia. Una manera de vivir el amor es en la amistad verdadera.

El hecho de abusar de los medios de comunicación digitales, dice el papa Francisco, “pueden exponer al riesgo de dependencia, de aislamiento y de progresiva pérdida de contacto con la realidad concreta, obstaculizando el desarrollo de relaciones interpersonales auténticas” (Fratelli Tutti, n. 43). Un peligro que habrá que detectar para no olvidar la importancia del trato personal en la amistad.

2) Para pensar.

Cuenta la mitología que Zeus, para celebrar sus bodas, invitó a todos los animales. Acudieron todos a la cita excepto uno: la tortuga. Intrigado el dios por dicha ausencia, buscó a la tortuga y le preguntó:

—¿Cómo sólo tú, entre todos los animales, no viniste a mi festín?

—Quise quedarme en casa —respondió la tortuga. —Tú sabes: ¡Hogar familiar, hogar ideal! Hay que cuidarla.

—Así que te gusta mucho tu casa —replicó Zeus indignado. —¡Pues entonces te encerraré para siempre en tu casa!

Y desde entonces la tortuga lleva a cuestas su pequeño mundo. Lo mismo ocurre con quien no cultiva amistades: el horizonte en que se encierra se vuelve cada vez más reducido y será cada vez más difícil salir de él.

3) Para vivir.

Con cierta razón decía alguien que los amigos son aquellos extraños seres que nos preguntan cómo estamos y se esperan a oír la contestación.

La amistad va más allá que la simple cortesía o apariencia. Con las relaciones digitales puede suceder que sólo aparentan una sociabilidad. No siempre sucede, pero está el peligro que ese tipo de relación omita el cultivo de una amistad verdadera o una reciprocidad estable. Dice el papa Francisco que muchas veces esas relaciones digitales no construyen verdaderamente un “nosotros”, sino que suelen disimular y amplificar el mismo individualismo. La conexión digital no basta para tender puentes, no alcanza para unir a la humanidad. “Hacen falta gestos físicos, expresiones del rostro, silencios, lenguaje corporal, y hasta el perfume, el temblor de las manos, el rubor, la transpiración, porque todo eso habla y forma parte de la comunicación humana” (Ibid, n. 43).

Jesús, que es quien más nos ha amado y nos ama, nos recuerda el alto valor que tiene la amistad, al considerarse a sí mismo amigo de nosotros: “Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer” (Jn 15,15). Una invitación para también cultivar la amistad con Jesús y con los demás.

 

Como era vista la muerte en los tiempos de fe y civilización cristiana

A través de unos breves trechos de cartas escritas por Mozart, podemos apreciar un ambiente social en el cual era posible que los católicos tuvieran una concepción de la muerte muy diferente a la de nuestros días. Su espíritu de fe y dulzura contrasta tanto con nuestro pobre siglo XXI, que no resistí la tentación de reproducirlo.

Wolfgang Amadeus Mozart

Mozart tiene 22 años y hace un detallado relato a su padre de sus actividades, antes de felicitarle por su fiesta. Y he aquí que él añade, al final de su relato, esta profesión de fe, que se diría que fue sacada de algún salmo del Antiguo testamento:

“Tengo a Dios siempre delante de los ojos; reconozco su poder y temo su cólera, pero conozco también su amor, su compasión y su misericordia hacia sus criaturas. El no abandonará jamás a sus servidores”.

Esta fe muy segura, le vale su serenidad a respecto de la muerte. Algunos meses después de esta profesión de fe, su madre muere en París, a su lado. Escribe entonces:

“Mi querida mamá no está más. Dios la ha llamado a Sí: El quería verla, lo veo claramente, y es por eso que yo me he remitido a la voluntad de Dios. El me la había dado, El podía también tomármela. Dios lo ha querido así”.

Y anuncia la fatal noticia a su padre, que estaba en Salzburgo, invocando su sumisión completa y confiante en la voluntad de Dios, añadiendo:

Viena

“Su muerte, tan bella y tan simple, me permitió imaginar como ella sería dichosa un instante después. Cuanto ella es ahora mucho más feliz que nosotros, de suerte que yo habría deseado en ese momento partir con ella”.

Y más tarde todavía, esta última carta dirigida a su padre, del cual acaba de conocer el estado de salud alarmante:

“Como la muerte es la última etapa de nuestra vida, yo me he familiarizado desde hace algunos años con esta verdadera mejor amiga del hombre, de suerte que su imagen no solamente no tiene ya nada de aterrador, sino que tiene más bien cualquier cosa de tranquilizante y de consolador”.

Un poco más adelante en la misma carta prosigue:

“No me acuesto jamás por la noche sin pensar que al día siguiente quizá, aunque yo sea tan joven, no estaré más aquí. Y sin embargo ninguno de los que me conoce puede decir que yo sea apesadumbrado o triste en mi convivencia. Yo agradezco cada día a mi Creador por esta felicidad y la deseo cordialmente a cada uno de mis semejantes”.

Este bello relato me trae a la memoria aquella frase del poeta Rilke:

“Hay que aprender a morir; en eso consiste la vida: en preparar con tiempo la obra maestra de una muerte noble y digna, una muerte en la que el azar no tome parte, una muerte consumada, feliz y entusiasta, como sólo los santos supieron concebir”.

¡Libertad!

Los gritos de ¡libertad! que estos días hemos oído son el preludio de una rebeldía ciudadana frente al autoritarismo y la tiranía del poder que nos desgobierna.

¿Por qué Hitler y Stalin se “apoderaron” de la voluntad de sus pueblos arrastrándoles ciegamente hasta el exterminio de millones de seres humanos? Fascismo y comunismo, que adornaban la filosofía e ideología de uno y otro movimiento, fueron  las dos reacciones colectivistas que surgieron entre las dos grandes guerras del siglo pasado y que consiguieron reconvertir a las “personas” en súbditos del poder.

¿Fueron estos dos criminales los únicos responsables de la crueldad y matanzas  que inundaron la sangrienta historia de Alemania y Rusia? ¿No lo fueron también, el miedo y el acatamiento a los principios o ideologías que se impusieron desde una u otra concepción de la sociedad y que llegaron a despersonalizar a los ciudadanos privándoles de su capacidad y libertad de pensamiento, de expresión o  raciocinio frente a la opresión del Estado?

Ningún poder emanado del hombre puede apropiarse de lo más característico de su naturaleza, que es la libertad de ser él mismo, de elegir y decidir como y con quien se relaciona, de tener sus propias ideas, pensamientos o creencias. Los gritos de ¡libertad! que estos días hemos oído en la sesión del Congreso con ocasión de la tramitación de la Ley Celaá y los que  también se han oído en boca de los manifestantes que han inundado las calles de casi todas las ciudades de España, son el preludio de una rebeldía ciudadana frente al autoritarismo y la tiranía del poder  que nos desgobierna, aunque se le quiera disfrazar de una legitimidad parlamentaria.

Los sentimientos nacionalistas, la crisis económica, los abusos de poder de las clases dirigentes y la pobreza o miseria fueron los detonantes de las dos grandes guerras del siglo XX que dejaron más de cien millones de muertos. Precisamente la pandemia hace estragos hoy entre la última generación que vivió aquella tragedia, como si aquel sufrimiento no hubiera sido suficiente. Pero parecen reverdecer las mismas causas que originaron una de las mayores catástrofes de la historia del hombre.

¿No afloran los sentimientos nacionalistas en la España y en la Europa de hoy? ¿No estamos sumidos en una profunda crisis económica desde hace diez años agravada con la pandemia mundial? ¿No estamos sufriendo los abusos de un poder que, sin pudor alguno, desprecia la verdad, actúa con un nepotismo descarado y abomina de las ideas e incluso los pensamientos de quien no se somete a su dictado? ¿Es que no advertimos cómo crece la pobreza material, intelectual y espiritual en nuestra sociedad?

La libertad de poder educar a nuestros hijos donde creamos conveniente para el desarrollo e integrar su personalidad, la libertad de poder expresar y manifestar nuestras convicciones políticas, morales o religiosas, la libertad de sujetarnos a las leyes de la naturaleza para nacer, vivir o morir o la libertad de relacionarnos con personas o grupos afines social y culturalmente no es un don gracioso del Estado ni un derecho que pueda ser interpretado por el actual gobierno con mayor o menor flexibilidad o rigidez.

El Estado no puede conceder ningún derecho fundamental al hombre como persona, ya  que ésta los posee por su propia naturaleza y solo debe limitarse a reconocérselos o en su caso a protegerle contra quienes quieran privarle del ejercicio de alguno de ellos. Todo lo contrario de lo que este gobierno filocomunista hace cada día desde su ya descarado totalitarismo.

La libertad de movimientos, circulación o reunión, la privacidad de las comunicaciones, la de opinión en redes sociales y medios de comunicación o incluso la libertad religiosa están sufriendo fuertes limitaciones o amenazas al socaire de la epidemia que nos aflige. Aliarse con los enemigos de España y con quienes desprecian los más de cuarenta años de democracia y libertades que hemos disfrutado, está provocando un sentimiento de rechazo y rebeldía que anida cada vez con mayor fuerza en el corazón de millones de españoles.

Se están conculcando las más elementales reglas de la democracia y en una situación de excepcionalidad como la actual, el gobierno no cesa de golpear la vida de las instituciones y de los propios ciudadanos con Decretos y Leyes que impiden abusivamente a los sectores y ciudadanos afectados ser oídos y atendidos en sus demandas y reivindicaciones.

El Parlamento ya no es caja de resonancia del sentir popular, la Justicia se encuentra mediatizada y la desigualdad se extiende como una mancha de aceite en todo el territorio nacional. Cada Comunidad Autónoma se ha convertido en un territorio fronterizo para la lengua, la salud o la economía del resto de la troceada España.

Decía el Papa Juan XXIII en la encíclica Pacem in Terris que “la convivencia civil solo puede juzgarse ordenada, fructífera y congruente con la dignidad  humana si se funda en la verdad”. A “sensu” contrario, la mentira, el engaño y la confusión con la que Pedro Sánchez nos agobia cada día, además de ser un insulto a la inteligencia y a la dignidad que todo ciudadano se merece, fractura la convivencia civil y atenta contra nuestra libertad porque nos esclaviza… ¿es esto lo que persigue?

Jorge Hernández Mollar

 

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 "Tu casa tiene algo que decirte"

 

Comienzo hoy el análisis de algunas campañas con valores que nos animaron e inspiraron durante el confinamiento. Su mensaje sigue siendo actual, y por eso he querido compartirlas con vosotros. Ésta es la primera. Que la disfrutéis.

Durante casi tres meses, nos vimos confinados en nuestras casas sin poder salir a la calle. La pandemia nos hizo pasar más tiempo en el hogar que nunca antes en nuestras vidas. Por eso, algunas marcas –como IKEA– convirtieron el problema en oportunidad, haciéndonos descubrir la importancia que nuestra casa ha tenido en toda nuestra existencia, desde que nacimos. 

El spot dio voz a nuestro hogar, que nos habló en estos días tan complicados como un verdadero amigo: “Hola, soy tu casa. Soy tu hogar. Sigo siendo el espacio donde han crecido tus hijos, donde has celebrado las buenas noticias y te has refugiado de las malas. Soy el lugar donde eres tú mismo. ¿Te acuerdas de cuando nos conocimos?...” 

El famoso eslogan de la marca cobra ahora una inesperada actualidad y una entrañable emoción: “Ahora más que nunca, nada como el hogar para amue-blarnos la cabeza”.

Gracias por parar, por cambiar tu forma de trabajar y de vivir, por renunciar a tu ocio y pasar más tiempo con tus hijos, por buscar alternativas al abatimiento y por intentar siempre ser lo más positivo posible. “Muchas gracias por quedarte en casa”, resume Ikea en este anuncio que nos hace vivir, en una sucesión de imágenes, los momentos más emblemáticos que hemos compartido en nuestra casa. 

El hogar siempre ha sido nuestro refugio, pero ahora, además, va a ser nuestro mejor aliado para protegernos a nosotros y a los nuestros”, rezaba en aquel entonces un comunicado de la marca. Y añadía que el spot quería ser “un pequeño homenaje a nuestro hogar que va a ser el lugar que nos va a acoger y arropar durante las próximas semanas”. El lugar en el que de una manera sencilla e improvisada podremos disfrutar de nuestra familia poniendo mucha imaginación, todo el cariño de que somos capaces, y ejercitando nuestra paciencia con una gran dosis de buen humor. El anuncio termina con una voz maternal y femenina que asegura: “Yo soy tu hogar, y voy a estar para ti aguantando todo lo que venga. – Ikea”.

 

La Familia

A la pregunta: ¿Cuál es la naturaleza de la familia en el plan de Dios?, el compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, responde:

“En el plan de Dios, un hombre y una mujer, unido en Matrimonio, forman por sí mismos y con sus hijos, una familia. Dios ha instituido la familia y le ha dotado de su constitución fundamental. El Matrimonio y la familia están ordenados al bien de los esposos y la procreación y educación de los hijos. Entre los miembros de una familia se establecen relaciones personales y responsabilidades primarias. En Cristo la familia se convierte en Iglesia doméstica, porque es una comunidad de fe, de esperanza y de amor” (n. 456).

Y estos hombres, y estas mujeres, han llegado a la luna; han sido buenos samaritanos de tantas personas que han sido asaltados por todos los caminos. Han enseñado a amar a los demás, sin esperar nada a cambio a una generación tras otra.

Al cabo de miles, cientos de miles, millones de años, que sobre esto me da la impresión de ni los etnólogos ni los antropólogos llegarán a un acuerdo unánime, unos cuantos hombres y mujeres piensan - ¿es un verdadero pensamiento o es un simple capricho ilusorio? -, o mejor, deciden que dos hombres entre ellos y dos mujeres también entre ellas, pueden formar una “familia”. Esas uniones, ¿son verdaderamente una familia? ¿Qué clase de familia?

Entre ellos, y poniéndose más o menos de acuerdo, pueden firmar un contrato de servicios abierto a lo que sea, pueden establecer una asociación para usos múltiples, pero nunca pueden formar una familia. 

Valentín Abelenda Carrillo

 

¿Dónde queda la libertad de educación?

La Asamblea Plenaria de la CEE se ha clausurado con el grave asunto de la reforma educativa sobre la mesa. La nueva ley abre un sinfín de cuestiones que afectan, en primer lugar, a los docentes, con quienes no se ha contado, a los alumnos, que son los beneficiarios directos, con las familias, cuyo papel en el sistema educativo ha sido marginado, y con los centros, públicos, concertados y privados, que no han podido participar como deben en los trámites legislativos.

Es una Ley tramitada en tiempos de pandemia, como subrayan los obispos, lo que la convierte en un texto marcado por la excepcionalidad, en torno al que no ha existido un debate apropiado. La sociedad, verdadero sujeto de la educación, se ha visto desplazada por una concepción que otorga al Estado un protagonismo que no le corresponde.

Jaume Catalán Díaz

Hombre y mujer; mujer y hombre. Una familia

Así se recoge en el Génesis el comienzo de la vida del ser humano en esta tierra. Hombre y mujer; mujer y hombre.  En los planes del Creador estaba –y sigue estando- el que el hombre y la mujer, la mujer y el hombre, se amasen, y con ese amor le ayudasen a Él, a tener en la tierra otros hijos como ellos.

Y así se puso en marcha la historia del hombre sobre la tierra. Y de esa familia han seguido generación tras generación de hombres y mujeres poblando la tierra; y Dios, Creador y Padre, pudo ver con alegría, que el hombre y la mujer habían hecho caso a su indicación tan clara y precisa: “creced y llenad la tierra”. 

Con el pecado original, el hombre y la mujer decidieron no obedecer al Creador y montar su propia vida sobre ellos mismos. Los primeros padres se arrepintieron, pero la semilla del pecado quedó viva en sus hijos e hijas; y un hermano mató a otro hermano. Y siguieron creciendo familias, y multiplicándose entre alegrías y penas, cosas buenas y cosas malas; pero siempre familias, y a la primera unión de hombre y mujer le comenzaron a llamar “matrimonio”, porque había una matriz y una madre: y cuando llegaron los hijos, los nietos, los biznietos, se dieron cuenta de que el matrimonio había dado origen a una gran familia.

Con esta familia, vivida de diversas maneras a lo largo de los tiempos y en los todos los lugares del planeta, y siempre hombre-mujer, e hijos, si han venido, nacidos del hombre y de la mujer, el ser humano ha construido un sinfín de civilizaciones, ha levantado culturas de lo más diversas; y en medio de diferentes religiones ha mantenido siempre un vínculo con un Dios, con el que se consideraban religados y ante Quien se sentían culpables, por algún motivo que no acababan de entender muy bien: el pecado original.

Suso do Madrid

 

A los diputados partidarios de la eutanasia

Estimados señores diputados, escribirles esta carta puede ser una ingenuidad por mi parte y una pérdida de tiempo; también porque no tengo ningún ascendiente especial sobre ninguno de ustedes. Soy Presidente del CETAF en Girona, muy relacionado con la vida, tanto animal como vegetal. Sin embargo, porque quiero creer en la nobleza y rectitud de conciencia de muchos hombres de bien -de los que no hay que excluir a nadie, mientras no se demuestre lo contrario- me animo a hacerlo.

La dedicación a las política y el encargo que ustedes desempeñan es de una gran responsabilidad, porque de cómo lo lleven a cabo dependerá hacer un gran bien, contribuyendo al bien común de la sociedad, o -Dios no lo quiera- un gran mal si no lo desempeñan con criterios adecuados.

La vida -queramos o no-, en último término la hemos recibido de Dios, a través de nuestros padres. Somos administradores, no dueños absolutos. Por eso no tenemos derecho a disponer de ella a nuestro antojo. No existe, no puede existir, el derecho a provocar la muerte propia o ajena. Lo que sí existe es el deber de respetar y cuidar toda vida humana, que no pierde su valor esencial por la enfermedad o la ancianidad. La existencia del hombre y la mujer se engrandece cuando sabemos vivir y morir con la dignidad inviolable de toda persona humana. Por el contrario se envilece si no sabemos o no queremos vivir y morir de acuerdo con esa dignidad. Además, al menos los cristianos reconocemos el valor sobrenatural del dolor y la enfermedad, unidos a la muerte de Jesucristo en la Cruz, que aceptó libremente para redimirnos y manifestarnos su amor incondicional.

¡No aprueben la mal llamada eutanasia, mal llamada porque provocar la muerte nunca será una "buena muerte" -que eso significa eutanasia-, sino todo lo contrario!. Mitigar el dolor, sí, sin caer en el ensañamiento terapéutico. Matar o pedir ser matado, no, nunca.

¿Han pensado seriamente el cargo de conciencia que les acompañará durante toda su vida si dan su voto a esa ley? ¿Quieren pasar a la historia como cooperadores necesario de la legalización del suicidio asistido y permitir, en la práctica, que algunos médicos, prostituyendo su profesión que es para curar o al menos aliviar, induzcan a recibirla a pacientes que aún podrían vivir años?¿Son conscientes de la esquizofrenia que supone, en plena pandemia con miles de muertos, facilitar la muerte artificial de muchos más? ¿No les parece evidente que esa ley, de aprobarse, llevará inevitablemente a que algunos médicos irresponsables dejen de atender adecuadamente a enfermos de Covid?

José Morales Martín

 

Cuando el Estado aprenda a ser “Estado”

 

                                Días atrás se me ocurrió la frase con que hoy titulo; puesto que analizando lo que he visto y padecido a lo largo de mi ya larga vida; deduzco que todo cuanto ocurre en un Estado político; es precisamente por cuanto, “ese cuerpo social y humano”; no ha llegado nunca a un grado en que se puede considerar así, ya que en toda agrupación humana o “Estado”, sea grande o pequeño; cada cual tira para sus intereses; todo el mundo engaña, roba o incluso expolia lo que puede; y es claro que ese Estado termina por sucumbir o desaparecer, comido por sus propios parásitos; ya que al no controlar, eliminar, o educar a los componentes del mismo; vienen los desastres menores y mayores, hasta que se consume el desenlace final y se desintegra un cuerpo que al no llegar a la solidez precisa y necesaria; sucumbe y desaparece.

                                ¿Por qué ocurre ello? Por cuanto todos los intereses son de parte y en especial los de partido político, puesto que; “partido viene de parte” y siempre van a esos intereses partidistas en detrimento de todo lo demás; y lo hemos visto y padecido  mucho en nuestra España, que es “maestra en luchas intestinas y en el practicar los intereses más mezquinos y el caiga quién caiga, primero yo”. Da igual el sistema de gobierno que hayamos tenido o padecido; al final se impusieron y se imponen, las camarillas, las bandas o ejércitos de mercenarios; y que son los que han destruido siempre los pocos (si es que los hubo) intentos de verdadera justicia social y con una equidad, que limase hasta dejar “soportables”, las enormes desigualdades que aquí hubo siempre y que sigue habiéndolas, a pesar de la inundación de mentiras, con que quieren confundirnos, quienes dicen que nos gobiernan, sin reconocer el mangoneo que en realidad realizan siempre.

                                Robar y estafar al Estado, no es sólo el tan cacareado, “dinero negro que todo el que puede lo practica”; puesto que ya “asados a impuestos, cada cual se defiende de ellos como puede, puesto que lo hace en legítima defensa de un Estado ya demasiado tiránico y que en sus estamentos; no practica lo que pide a sus “súbditos”; pues esa es otra mentira, somos súbditos y no ciudadanos; puesto que nadie nos representa y menos nos defiende; la tan cacareada democracia que nos han impuesto, de ese sistema tiene bien poco; y sólo ateniéndonos a la modernización que hiciera hace siglos el Varón de Secondat; más conocido como “Montesquieu”.

                                Y no sólo se roba al Estado (o bienes comunes que aportamos para su mantenimiento con nuestros impuestos) el transitorio jefe político, que emplea aviones, palacios y dineros para grandes “gustos” propios, so pretexto de que son oficiales y necesarios; igualmente lo hacen infinidad de “altos y menos altos cargos”, con todo lo que pueden arramblar; y sin el menor pudor que les contenga; y así hasta el último de los empleados estatales (y sálvese el que pueda de todas las escalas de los millones que oficialmente viven del dinero público) el que si va, va tarde a su empleo, sale antes de hora; también muchas veces, a “hacer la compra de lo que sea y necesita”; no cumple con la diligencia que debe y encima, tiene oficialmente menos horas de trabajo que las tienen, los que se buscan la vida “fuera del empleo de Estado”.También tienen más vacaciones y muchas más, “cosas o cositas”, que el resto de habitantes de la nación; por tanto sí; se roba de infinitas formas, la marcha de un Estado, al que se llena de “parásitos” y a los que se mantiene, con la injusta y constante subida de impuestos. No entremos en sobornos y malversaciones de capitales, simplemente acudamos a lo enorme de lo que hay actualmente en los juzgados; y que vemos que se van dilatando y al final, los resultados no esperemos sean nada ejemplarizantes; y menos se recupere lo evadido de múltiples formas y maneras.

                                Sí; todo va mal por cuanto los Estados son ficticios y sigue imperando la ley del más fuerte y la peor del “derecho de conquista”; todo lo demás que nos dicen y pretenden explicarnos, son mentiras del grado que quieran, pero mentiras.

                                Finalmente reflejo algo de la civilización china en épocas de lucidez y en la que se escribió lo que sigue:

HACE 2700 AÑOS EN LA CIVILIZACIÓN CHINA: (Nota para copiar, difundir y leer de vez en cuando, con detenimiento y meditando cada una de las frases)  “Cuando cada ciudadano cuente como parte de la sociedad, y la sociedad pertenezca a todos por igual, los virtuosos y capaces serán elegidos para la acción pública. Los adultos dedicarán sus esfuerzos a las tareas usuales y la infancia será educada correctamente. Todos participarán en la responsabilidad social. Los recursos naturales serán utilizados para el bien común y no serán usurpados con fines egoístas. La gente procurará aplicar su habilidad en provecho público antes que en ganancias privadas. Será la Era del Gran Estado de Paz y Prosperidad”.

            Leído y meditado todo cuanto antecede, seguro que no hay que recurrir ni a Cristo, ni a Mahoma, menos a Marx, Engels, Mao, Fidel Castro… y tantos otros, o a ninguno de los posteriores a estas fecha y de que nos habla la historia; ya todo fue dicho, pero la práctica anda muy lejana de lo que se necesita, simplemente para hacer soportable la vida en este atormentado y desgraciado planeta, donde la política “de panza y bolsillo, sigue en primera línea, como en tiempos anteriores al Imperio Romano”. Amén.

 

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                      

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes