Las Noticias de hoy 23 Noviembre 2020

Enviado por adminideas el Lun, 23/11/2020 - 12:59

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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 23 de noviembre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

 Solemnidad de Cristo Rey: Homilía del Papa Francisco

Ángelus: Jesús, “pastor lleno de mansedumbre y misericordia”

Ángelus: Pensamiento por las familias en dificultades

LA VIUDA POBRE: Francisco Fernandez Carbajal

“Ocuparse de los demás y olvidarse de sí mismo”: San Josemaria

Mensaje del Prelado (22 noviembre 2020)

Ordenación de 27 diáconos: “Acoged, comprended, acompañad”

​ Vosotros sois la luz del mundo: Carlos Ayxelà

¿Conviene educar al niño en alguna religión?

Aprender a educar los sentimientos sigue siendo hoy una de las grandes tareas pendientes.: Alfonso Aguiló

Confía siempre en el Sagrado Corazón de Jesús: Sheila Morataya

¿Dónde están (escondidos) los intelectuales cristianos?: Miguel Ángel Quintana Paz

¿Existe el derecho a morir?: José Miguel Serrano Ruiz-Calderón

A L   F I N A L: MAGUI DEL MAR

Importancia de la Tradición: Plinio Corrêa de Oliveira

“Fratelli Tutti” (2). Erradicar la esclavitud: José Martínez Colín.

¿Abortar o ser madre?: Jaume Catalán Díaz

La asociación AMAL: JD Mez Madrid

A Sánchez le vale todo : Pedro García

TODO FUE DICHO TODO FUE DENUNCIADO: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPOR

 

Solemnidad de Cristo Rey: Homilía del Papa Francisco

 

La vida se posee entregándola

NOVIEMBRE 22, 2020 12:23LARISSA I. LÓPEZPAPA FRANCISCO

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(zenit – 22 nov. 2020)-. El Papa Francisco ha presidido la Misa en la Solemnidad de Cristo Rey, hoy, 22 de noviembre de 2020, a las 10 de la mañana, en el Altar de la Cátedra de la Basílica Vaticana.

​El Sucesor de Pedro considera que para realizar sueños grandes se parte “de las grandes decisiones, remarcando que la vida “es el tiempo de las decisiones firmes, fundamentales, eternas”: “Elecciones banales conducen a una vida banal, entonces, las elecciones grandes hacen grande la vida. En efecto, nosotros nos convertimos en lo que elegimos, para bien y para mal (…). Pero si optamos por Dios “nos volvemos cada día más amados y si elegimos amar nos volvemos felices”, indica.

Las obras de misericordia

En su homilía, el Santo Padre se ha referido al Evangelio en el que Jesús “Nos dice que el bien que hagamos a uno de sus hermanos más pequeños —hambrientos, sedientos, extranjeros, pobres, enfermos, encarcelados— se lo haremos a Él (cf. Mt 25,37-40)”.

De este modo, “nos entrega el Señor la lista de los dones que desea para las bodas eternas con nosotros en el Cielo. Son las obras de misericordia, que transforman nuestra vida en eternidad”. Respecto a ellas, Francisco llama a preguntarse si ponemos estas en práctica:”‘Yo estoy ahí’, te dice Jesús, ‘te espero ahí, donde no imaginas y donde quizás ni siquiera quieres mirar, ahí en los pobres’”.

Realizar los sueños de Dios

​En esta línea, el Papa invita a no renunciar “a los sueños grandes”, pues, “no estamos hechos para soñar con las vacaciones o el fin de semana, sino para realizar los sueños de Dios en este mundo. Él nos ha hecho capaces de soñar para abrazar la belleza de la vida”.

Y las obras de misericordia son las obras más bellas de la vida, “van al centro de nuestros grandes sueños. Si tienes sueños de gloria verdadera, no de la gloria del mundo que va y viene, sino de la gloria de Dios, este es el camino”, subraya.

“El Señor de la vida nos quiere llenos de vida y nos da el secreto de la vida: esta se posee solamente entregándola. Y esta es una regla de vida: la vida se posee, ahora y eternamente, sólo dándola”, aclara.

Obstáculos para las elecciones

A continuación, el Obispo de Roma se refiere a los obstáculos “que vuelven arduas las elecciones”, tales como “el miedo, la inseguridad, los porqués sin respuesta, tantos porqués”. Sin embargo, apunta, “el amor nos pide que vayamos más allá, que no nos quedemos sujetos a los porqués de la vida, esperando que llegue una respuesta del Cielo. La respuesta ha llegado, es la mirada del Padre que nos ama y nos ha enviado el Hijo”.

“El amor nos impulsa a pasar de los porqués al para quién, del por qué vivo al para quién vivo, del por qué me pasa esto al para quién puedo hacer el bien. ¿Para quién? No sólo para mí mismo: la vida ya está llena de decisiones que tomamos mirando nuestro beneficio (…)”, pero “corremos el riesgo de que pasen los años pensando en nosotros mismos sin comenzar a amar”, subraya.

Elegir lo que nos hace bien

​Por último, el Papa Francisco describe que lo que el Espíritu Santo sugiere al corazón no es “¿qué me apetece hacer?”, sino “¿qué te hace bien?”: “Aquí está la elección de cada día: ¿Qué quiero hacer o qué me hace bien? De esta búsqueda interior pueden nacer elecciones banales o elecciones de vida, depende de nosotros. Miremos a Jesús, pidámosle la valentía de elegir lo que nos hace bien, para seguir sus huellas en el camino del amor, y encontrar la alegría. Para vivir, no para ir tirando”, concluyó.

Al final de la celebración, antes de la bendición, ha tenido lugar el paso de la Cruz y el Icono de María Salus Populi Romani, símbolos de las Jornadas Mundiales de la Juventud, desde la representación de la juventud panameña hasta la juventud portuguesa.

A continuación, sigue la homilía completa del Papa Francisco.

***

Homilía del Santo Padre

​Lo que acabamos de escuchar es la última página del Evangelio de Mateo previa a la Pasión: Jesús, antes de entregarnos su amor en la cruz, nos deja su última voluntad. Nos dice que el bien que hagamos a uno de sus hermanos más pequeños —hambrientos, sedientos, extranjeros, pobres, enfermos, encarcelados— se lo haremos a Él (cf. Mt 25,37-40). Así nos entrega el Señor la lista de los dones que desea para las bodas eternas con nosotros en el Cielo. Son las obras de misericordia, que transforman nuestra vida en eternidad. Cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Las pongo en práctica? ¿Hago algo por quien lo necesita? ¿O hago el bien sólo a los seres queridos y a los amigos? ¿Ayudo al que no me puede devolver? ¿Soy amigo de un pobre? Y así, tantas preguntas que podemos hacernos. “Yo estoy ahí”, te dice Jesús, “te espero ahí, donde no imaginas y donde quizás ni siquiera quieres mirar, ahí en los pobres”. Yo estoy ahí, donde el pensamiento dominante —según el cual la vida va bien si me va bien a mí— no muestra interés. Yo estoy ahí, dice Jesús también a ti, joven que buscas realizar los sueños de la vida.

Yo estoy ahí, le dijo Jesús a un joven soldado hace algunos siglos. Tenía dieciocho años y todavía no estaba bautizado. Un día vio a un pobre que pedía ayuda a la gente, pero no la recibía porque “todos pasaban de largo”. Y aquel joven, “comprendió que, si los demás no tenían compasión, era porque el pobre le estaba reservado a él”, para él. Pero no tenía nada consigo, sólo su capa militar. Entonces la rasgó por la mitad y dio una mitad al pobre, sufriendo las burlas de algunos a su alrededor. La noche siguiente tuvo un sueño: vio a Jesús, vestido con el trozo de la capa con que había cubierto al pobre. Y lo escuchó decir: “Martín me ha cubierto con este vestido” (cf. Sulpicio Severo, Vida de san Martín de Tours, III). San Martín era un joven que tuvo aquel sueño porque lo había vivido, aun sin saberlo, como los justos del Evangelio de hoy.

​Queridos jóvenes, queridos hermanos y hermanas: No renunciemos a los sueños grandes.  No nos contentemos con lo que es debido. El Señor no quiere que recortemos los horizontes, no nos quiere aparcados al margen de la vida, sino en movimiento hacia metas altas, con alegría y audacia. No estamos hechos para soñar con las vacaciones o el fin de semana, sino para realizar los sueños de Dios en este mundo. Él nos ha hecho capaces de soñar para abrazar la belleza de la vida. Y las obras de misericordia son las obras más bellas de la vida. Las obras de misericordia van precisamente al centro de nuestros sueños grandes. Si tienes sueños de gloria verdadera, no de la gloria del mundo que va y viene, sino de la gloria de Dios, este es el camino. Lee el pasaje del Evangelio de hoy, y piensa en ello. Porque las obras de misericordia dan gloria a Dios más que cualquier otra cosa. Escuchar bien esto: las obras de misericordia dan gloria a Dios más que cualquier otra cosa. Al final seremos juzgados sobre las obras de misericordia.

Pero, ¿desde dónde se parte para realizar sueños grandes? De las grandes decisiones. El Evangelio de hoy también nos habla de esto. De hecho, en el momento del juicio final el Señor se basa en las decisiones que tomamos. Casi parece que no juzga: separa las ovejas de las cabras, pero ser buenos o malos depende de nosotros. Él sólo deduce las consecuencias de nuestras decisiones, las pone de manifiesto y las respeta. Entonces, la vida es el tiempo de las decisiones firmes, fundamentales, eternas. Elecciones banales conducen a una vida banal, elecciones grandes hacen grande la vida. En efecto, nosotros nos convertimos en lo que elegimos, para bien y para mal. Si elegimos robar nos volvemos ladrones, si elegimos pensar en nosotros mismos nos volvemos egoístas, si elegimos odiar nos volvemos furibundos, si elegimos pasar horas delante del móvil nos volvemos dependientes. Pero si optamos por Dios nos volvemos cada día más amados y si elegimos amar nos volvemos felices. Es así, porque la belleza de las decisiones depende del amor: no olvidar esto. Jesús sabe que si vivimos cerrados e indiferentes nos quedamos paralizados, pero si nos gastamos por los demás nos hacemos libres. El Señor de la vida nos quiere llenos de vida y nos da el secreto de la vida: esta se posee solamente entregándola. Y esta es una regla de vida: la vida se posee, ahora y eternamente, sólo dándola.

​Es verdad que hay obstáculos que vuelven arduas las elecciones: a menudo el miedo, la inseguridad, los porqués sin respuesta, tantos porqués. Sin embargo, el amor nos pide que vayamos más allá, que no nos quedemos sujetos a los porqués de la vida, esperando que llegue una respuesta del Cielo. La respuesta ha llegado, es la mirada del Padre que nos ama y nos ha enviado el Hijo. No, el amor nos impulsa a pasar de los porqués al para quién, del por qué vivo al para quién vivo, del por qué me pasa esto al para quién puedo hacer el bien. ¿Para quién? No sólo para mí mismo: la vida ya está llena de decisiones que tomamos mirando nuestro beneficio, para tener un título de estudios, amigos, una casa, para satisfacer los propios intereses, los propios pasatiempos. Pero corremos el riesgo de que pasen los años pensando en nosotros mismos sin comenzar a amar. Manzoni nos da un hermoso consejo: “Se debería pensar más en hacer el bien que en estar bien; y así se acabaría estando mejor” (Los novios, cap. XXXVIII).

Pero no sólo las dudas y los porqués son los que debilitan las grandes elecciones generosas, hay muchos más obstáculos, todos los días. Está la fiebre del consumo, que narcotiza el corazón con cosas superfluas. Se encuentra la obsesión por la diversión, que parece el único modo para evadir los problemas, y en cambio sólo pospone los problemas. Hay una fijación en la reclamación de los propios derechos, olvidando el deber de ayudar. Y también está la gran ilusión sobre el amor, que parece algo que hay que vivir a fuerza de emociones, cuando amar es sobre todo: don, elección y sacrificio. Elegir, especialmente hoy, es no dejarse domesticar por la homogeneización, es no dejarse anestesiar por los mecanismos de consumo que desactivan la originalidad, es saber renunciar al aparentar y al mostrarse. Elegir la vida es luchar contra la mentalidad del usar y tirar y del todo y rápido, para conducir la existencia hacia la meta del Cielo, hacia los sueños de Dios. Elegir la vida es vivir, y nosotros hemos nacido para vivir, no para ir tirando. Esto ha dicho un joven como vosotros [el beato Pier Giorgio Frassati]: “Yo quiero vivir, no ir tirando”.

Muchas elecciones surgen cada día en el corazón. Quisiera darles un último consejo para que se entrenen a elegir bien. Si nos miramos dentro, vemos que a menudo nacen en nosotros dos preguntas distintas. Una es: ¿Qué me apetece hacer? Es una pregunta que con frecuencia engaña, porque insinúa que lo importante es pensar en uno mismo y seguir todos los deseos e impulsos que uno tiene. Sin embargo, la pregunta que el Espíritu Santo sugiere al corazón es otra: no ¿qué me apetece hacer?, sino ¿qué te hace bien? Aquí está la elección de cada día: ¿Qué quiero hacer o qué me hace bien? De esta búsqueda interior pueden nacer elecciones banales o elecciones de vida, depende de nosotros. Miremos a Jesús, pidámosle la valentía de elegir lo que nos hace bien, para seguir sus huellas en el camino del amor, y encontrar la alegría. Para vivir, no para ir tirando.

© Librería Editorial Vaticana

Ángelus: Jesús, “pastor lleno de mansedumbre y misericordia”

Palabras antes del Ángelus

NOVIEMBRE 22, 2020 12:41RAQUEL ANILLOANGELUS

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(zenit – 22 nov. 2020).- A las 12 del mediodía de hoy, 22 de noviembre de 2020, el Santo Padre Francisco se asomó a la ventana del estudio del Palacio Apostólico Vaticano para recitar el Ángelus con los fieles y peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro.

A continuación, siguen las palabras de Francisco, según la traducción oficial ofrecida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

***

Palabras antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy celebramos la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo, que cierra el año litúrgico, la gran parábola en la que se despliega el misterio de Cristo: todo el año litúrgico. Él es el Alfa y el Omega, el comienzo y el cumplimiento de la historia; y la liturgia de hoy se centra en el “omega”, es decir, en el destino final. El sentido de la historia se comprende teniendo ante nuestros ojos su culminación: el final es también el fin. Y esto es precisamente lo que hace Mateo, en el Evangelio de este domingo (25, 31-46), colocando el discurso de Jesús sobre el juicio universal en el epílogo de su vida terrenal: Él, a quien los hombres están a punto de condenar, es en realidad el juez supremo. En su muerte y resurrección, Jesús se mostrará como el Señor de la historia, el Rey del universo, el Juez de todo. Pero la paradoja cristiana es que el Juez no reviste una realeza temible, sino que es un pastor lleno de mansedumbre y misericordia.

En efecto, Jesús, en esta parábola del juicio final, utiliza la imagen del pastor. Toma las imágenes del profeta Ezequiel, que hablaba de la intervención de Dios en favor del pueblo, contra los malos pastores de Israel (cf. 34, 1-10). Aquellos habían sido crueles, explotadores, prefiriendo alimentarse ellos mismos en lugar del rebaño; por lo tanto, Dios mismo promete cuidar personalmente de su rebaño, defendiéndolo de las injusticias y los abusos. Esta promesa de Dios para su pueblo se cumplió plenamente en Jesucristo, el Pastor, precisamente Él es el Buen Pastor. También Él mismo dice de sí: “Yo soy el buen pastor” (Jn 10, 11.14).

En la página evangélica de hoy, Jesús se identifica no sólo con el rey pastor, sino también con las ovejas perdidas. Podríamos hablar de una “doble identidad”: el rey-pastor, Jesús, se identifica también con las ovejas, es decir, con los hermanos más pequeños y necesitados. Y así indica el criterio del juicio: se efectuará sobre la base del amor concreto dado o negado a estas personas, porque él mismo, el juez, está presente en cada una de ellas. Él es juez, Él es Dios-hombre, pero Él es también el pobre, Él está escondido, está presente en la persona de los pobres que Él menciona precisamente allí. Jesús dice: «En verdad os digo que cuanto hicisteis (o no hicisteis) a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí lo hicisteis (o no lo hicisteis)» (vv. 40.45). Seremos juzgados por el amor. El juicio será por el amor. No por el sentimiento, no: por las obras, por la compasión que se hace cercanía y ayuda solícita.

¿Yo me acerco a Jesús presente en la persona de los enfermos, de los pobres, de los que sufren, de los presos, de los que tienen hambre y sed de justicia? ¿Me acerco a Jesús presente allí? Esta es la pregunta de hoy.

El Señor, pues, en el fin del mundo, pasará revista a su rebaño, y lo hará no sólo del lado del pastor, sino también del lado de las ovejas, con las que se ha identificado. Y nos preguntará: “¿Has sido un poco pastor, como yo?”. “¿Has sido pastor mío, de mí, que estaba presente en esa gente necesitada, o has sido indiferente?”. Hermanos y hermanas, guardémonos de la lógica de la indiferencia, de lo que viene inmediatamente a la mente: mirar a otra parte cuando vemos un problema. Recordemos la parábola del Buen Samaritano. Aquel pobre hombre, herido por los bandidos, tirado en el suelo, entre la vida y la muerte, estaba allí solo. Pasó un sacerdote, lo vio, y se fue, miró hacia otro lado. Pasó un levita, lo vio y miró hacia otro lado. ¿Soy yo, ante mis hermanos y hermanas necesitados, tan indiferente como este sacerdote, como este levita, y miro a otra parte? Seré juzgado por esto: por cómo me acerqué, por cómo miré a Jesús presente en la necesidad. Esta es la lógica, y no lo digo yo, lo dice Jesús: “Lo que hicisteis a éste, a éste, a éste, me lo habéis hecho a mí. Y lo que no hicisteis a éste, a éste, a éste, a éste, a mí no lo hicisteis, porque yo estaba allí”. Qué Jesús nos enseñe esta lógica, esta lógica de cercanía, de acercarnos a Él, con amor, en la persona de los que más sufren.

Pidamos a la Virgen María que nos enseñe a reinar en el servir. Nuestra Señora, asunta al Cielo, recibió la corona real de su Hijo, porque lo siguió fielmente —es la primera discípula— en el camino del Amor. Aprendamos de ella a entrar desde ahora en el Reino de Dios, por la puerta del servicio humilde y generoso. Y volvamos a casa solamente con esta frase: “Yo estaba presente allí. ¡Gracias!” o si no “Te has olvidado de mí”.

 

 

Ángelus: Pensamiento por las familias en dificultades

Palabras después después de la oración mariana

NOVIEMBRE 22, 2020 15:56RAQUEL ANILLOANGELUS

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(zenit – 22 nov. 2020).-   Después del rezo del Ángelus de este domingo 22 de noviembre de 2020, el Papa Francisco se dirigió a los fieles reunidos en la plaza de San Pedro.

Con un pensamiento por las regiones italianas de Campania y Basilicata que hace cuarenta años sufrieron un terremoto.

Saludando a las familias que lo están pasan do mal, por haber perdido el empleo y que pasan dificultades.

A continuación, siguen las palabras de Francisco, según la traducción oficial ofrecida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

***

Palabras después del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!

Deseo enviar un pensamiento especial a la población de Campania y de Basilicata, cuarenta años después del desastroso terremoto, que tuvo su epicentro en Irpinia y sembró muerte y destrucción. ¡Hace ya cuarenta años! Ese dramático acontecimiento, cuyas heridas, incluso las materiales, aún no han cicatrizado del todo, puso de relieve la generosidad y la solidaridad de los italianos. Lo atestiguan tantos hermanamientos entre los países afectados por el terremoto y los del norte y el centro, cuyos vínculos todavía existen. Estas iniciativas han favorecido el laborioso camino de la reconstrucción y, sobre todo, la fraternidad entre las diferentes comunidades de la Península.

Saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos, que a pesar de las dificultades actuales, y siempre respetando las reglas, habéis venido a la Plaza de San Pedro. Un saludo especial a las familias, que en este momento lo pasan peor. Pensad en esto, en tantas familias que pasan dificultades en este momento, porque no tienen trabajo, han perdido el empleo, tienen uno o dos hijos; y a veces, algo avergonzadas, no dejan que se sepa. Pero sed vosotros los que vayan a mirar donde hay necesidad. Donde está Jesús, donde Jesús está necesitado. ¡Hacedlo!

Os deseo a todos un buen domingo —también a los de la Inmaculada, que se hacen escuchar —. Y por favor no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

 

 

LA VIUDA POBRE

— No tener miedo a ser generosos sin límite.

— Entrega sin condiciones. No negarle nada al Señor.

— Generosidad de Dios.

I. Eran muchas las ofrendas que cada día se presentaban al Señor en el Templo de Jerusalén. Unas correspondían a los productos de la tierra en señal del supremo dominio divino sobre todo lo creado. Consistían en harina y aceite, espigas o pan cocido, sobre las que se depositaba incienso, expresando el deseo de que fueran agradables al Señor1. Parte de la oblación se quemaba sobre el altar, y parte era consumida por el sacerdote en el interior del Templo2. El holocausto era un sacrificio en el que la víctima (un cordero, un ave...), previamente sacrificada, se destruía completamente, casi siempre a través del fuego. Holocausto significaba precisamente que en el sacrificio la víctima se quemaba enteramente. En tiempos del Señor se ofrecía mañana y tarde, y por eso se llamaba sacrificio perpetuo3. Era figura del que había de venir, el sacrificio eucarístico.

También los judíos, como ofrenda a Dios y para el sostenimiento del Templo, depositaban sus limosnas en un lugar visible por todos, el gazofilacio. Un día Jesús se encontraba cerca de este lugar y miraba cómo la gente echaba en él monedas de cobre, y bastantes ricos echaban mucho4. Vio también cómo se acercaba una viuda pobre y echó dos pequeñas monedas5. San Marcos incluso nos ha señalado el valor de estas monedas: la cuarta parte de un as, una cantidad insignificante. Sin embargo, el Señor se conmovió al paso de esta mujer, pues supo enseguida todo lo que representaba para ella. Su ofrenda fue más importante para Dios que la de todos los demás. Aquella pobre viuda dio todo lo que tenía para vivir. Los demás habían echado de lo que les sobraba, esta de lo que le era necesario. Haría la ofrenda con mucho amor, con una gran confianza en la Providencia divina, y Dios la recompensaría incluso en sus días aquí en la tierra. «Ellos echaron mucho de lo mucho que tenían –comenta San Agustín–; ella echó todo lo que poseía. Mucho tenía, pues tenía a Dios en su corazón. Es más poseer a Dios en el alma que oro en el arca. ¿Quién echó más que la viuda que no se reservó nada para Sí?»6. A nosotros nos enseña hoy este pasaje que se lee en el Evangelio de la Misa a no tener miedo a ser generosos con Dios y con las obras buenas en servicio del Señor y de los demás, incluso a sacrificar aquello que nos parece necesario para la vida. ¡Qué poco nos es realmente necesario! A Dios hemos de ofrecerle lo que somos y lo que tenemos, sin reservarnos ni siquiera una parte pequeña para nosotros. Existe un antiguo refrán que viene a decir que a Dios se le conquista con la última moneda. ¿Hay algo en nuestro corazón que no sea del Señor? ¿Tiempo, bienes, amigos...? ¿Qué nos pide Jesús ahora? ¿Qué cosas deberíamos quizá cortar o dejarlas en segundo plano?

Tanta alegría le produjo al Señor aquel gesto de la mujer que enseguida sintió la necesidad de comunicarlo a sus discípulos7. Es el mismo gozo que experimenta su Corazón cuando nos entregamos del todo. «El Reino de Dios no tiene precio, y sin embargo cuesta exactamente lo que tengas (...). A Pedro y a Andrés les costó el abandono de una barca y de unas redes; a la viuda le costó dos moneditas de plata (cfr. Lc 21, 2); a otro, un vaso de agua fresca (cfr. Mt 10, 42)...»8.

II. El Señor, a lo largo de su predicación en los tres años de vida pública, y especialmente con su entrega a la Pasión y Muerte, llama a quienes le siguen a ofrecerse a Dios Padre, no ya por medio del sacrificio de animales, aves o frutos del campo, como en el Antiguo Testamento, sino de sí mismos. San Pablo lo recordará a los primeros cristianos de Roma: Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios: este es vuestro culto espiritual9. Especialmente en la Santa Misa, el cristiano puede y debe ofrecerse juntamente con Cristo, pues «para que la oblación, con la cual en este Sacrificio los fieles ofrecen al Padre celestial la víctima divina, alcance su pleno efecto (...) es preciso que se inmolen a sí mismos como hostias (...) y, deseosos de asemejarse a Jesucristo, que sufrió tan acerbos dolores, se ofrezcan como hostia espiritual con el mismo Sumo y eterno Sacerdote y por medio de Él mismo»10.

Esta entrega se realiza cada día, ordinariamente en pequeños actos que van desde el esmero en ofrecer el día al comenzar la jornada, hasta las atenciones que requiere la convivencia con los demás; con el corazón siempre dispuesto a lo que el Señor quiera pedirnos, con una disposición de no negarle nada. Nuestra entrega ha de ser plena, sin condiciones. En uno de los escritos más antiguos de la Cristiandad primitiva se dice que cuando un hombre llena de buen vino unas tinajas muy bien preparadas y de ellas deja algunas a medio llenar, si luego las revisa de nuevo, no examina las que dejó llenas –pues sabe que el vino allí guardado se conserva bien–, sino que mira las que están a medio llenar, pues teme con razón que se hayan agriado11. Lo mismo pasa con las almas. La «media entrega» acaba rompiendo la amistad con el Maestro. Solo una generosidad plena nos permitirá seguir el ritmo de sus pasos. De otra manera cada vez nos veríamos más distanciados y Él llegaría a ser solo una figura lejana y desdibujada. El cristiano, si quiere ser coherente con su fe, habrá de decidirse a ser de Dios sin reservas, sin dejar ningún campo fuera de Él. El Señor se constituye así en el centro de todos los afectos e ilusiones del discípulo. Esta entrega de lo que somos y tenemos se realiza cada día en la fidelidad, en pequeños detalles, a los compromisos que tenemos con el Señor y con los demás.

No temamos poner a disposición de Jesús todo lo que tenemos. No dudemos en darnos nosotros por entero. «Cuando los hipócritas planteen a vuestro alrededor la duda de si el Señor tiene derecho a pediros tanto, no os dejéis engañar. Al contrario, os pondréis en presencia de Dios sin condiciones, dóciles, como la arcilla en manos del alfarero (Jer 18, 6), y le confesaréis rendidamente: Deus meus et omnia! Tú eres mi Dios y mi todo»12.

III. Cuenta una antigua leyenda oriental que todo aquel que se encontraba con el rey estaba obligado a ofrecerle un presente. Un día un pobre campesino se encontró con el monarca. Y como no tenía cosa alguna que presentarle, tomó un poco de agua en el hueco de la mano y ofreció al soberano aquel sencillísimo obsequio. Al rey le agradó mucho la buena voluntad de aquel súbdito, y mandó –pues era un hombre espléndido– que le diesen como recompensa una escudilla llena de monedas de oro.

El Señor, más generoso que todos los reyes de la tierra, prometió el ciento por uno en esta vida, y luego la vida eterna13. Él nos quiere felices también en esta vida: quienes le siguen con generosidad obtienen, ya aquí en la tierra, un gozo y una paz que superan con mucho las alegrías y consuelos humanos. Esta alegría es un anticipo del Cielo, El tenerle cerca es ya la mejor retribución. «Es tan agradecido –escribe Santa Teresa–, que un alzar los ojos con acordarnos de Él no deja sin premio»14.

Cada día, el Señor espera la ofrenda sencilla de nuestros trabajos15 16, de las pequeñas dificultades que siempre encontraremos, de la caridad bien vivida, del tiempo gastado en favor de los demás, de la limosna generosa... En esta entrega diaria a los demás «es necesario andar más allá de la estricta justicia, según la ejemplar conducta de la viuda que nos enseña a dar con generosidad aun de aquello que pertenece a las propias necesidades. Sobre todo se debe tener presente que Dios no mide los actos humanos con una medida que se para en las apariencias del cuánto se ha dado. Dios mide según la medida de los valores interiores del cómo se pone a disposición del prójimo: medida según el grado de amor con el que nos damos libremente al servicio de los hermanos»17.

Nuestras ofrendas a Dios, muchas veces de tan poca importancia aparente, llegarán mejor hasta el Señor si lo hacemos a través de Nuestra Señora. «Aquello poco que desees ofrecer –recomienda San Bernardo–, procura depositarlo en aquellas manos de María, graciosísimas y dignísimas de todo aprecio, a fin de que sea ofrecido al Señor sin sufrir de Él repulsa»18.

1 Cfr. Lev 2, 1-2, 14-15. - 2 Cfr. Lev 6, 7-11. — 3 Cfr. Dan 8, 11. — 4 Mc 12, 41. — 5 Cfr. Lc 21, 1-4. — 6 San Agustín, Sermón 107 A. — 7 Cfr. Mc 12, 43. — 8 San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios. — 9 Rom 12, 1. — 10 Pío XII, Enc. Mediator Dei, 20-XI-1947, 25. — 11 Cfr. Pastor de Hermas, Mandamientos, 13, 5, 3. — 12 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 167. — 13 Cfr. Lc 18, 28-30. — 14 Santa Teresa, Camino de perfección, 23, 3. — 15 1 Cor 10, 31. — 16 Col 3, 17. — 17 Juan Pablo II, Homilía 10-XI-1985. — 18 San Bernardo, Homilía en la Natividad de la B. Virgen María, 18.

 

 

“Ocuparse de los demás y olvidarse de sí mismo”

Los verdaderos obstáculos que te separan de Cristo –la soberbia, la sensualidad...–, se superan con oración y penitencia. Y rezar y mortificarse es también ocuparse de los demás y olvidarse de sí mismo. Si vives así, verás cómo la mayor parte de los contratiempos que tienes, desaparecen (Via Crucis, Estación X. n. 4).

23 de noviembre

Hablas y no te escuchan. Y si te escuchan, no te entienden. ¡Eres un incomprendido!... De acuerdo. En cualquier caso, para que tu cruz tenga todo el relieve de la Cruz de Cristo, es preciso que trabajes ahora así, sin que te tengan en cuenta. Otros te entenderán. (Via Crucis, Estación III. n. 4).

¡Cuántos, con la soberbia y la imaginación, se meten en unos calvarios que no son de Cristo!

La Cruz que debes llevar es divina. No quieras llevar ninguna humana. Si alguna vez cayeras en este lazo, rectifica enseguida: te bastará pensar que El ha sufrido infinitamente más por amor nuestro. (Via Crucis, Estación V. n. 5).

Por mucho que ames, nunca querrás bastante.

El corazón humano tiene un coeficiente de dilatación enorme. Cuando ama, se ensancha en un crescendo de cariño que supera todas las barreras.

Si amas al Señor, no habrá criatura que no encuentre sitio en tu corazón. (Via Crucis, Estación VIII. n. 5).

 

Mensaje del Prelado (22 noviembre 2020)

En la solemnidad de Cristo Rey, mons. Ocáriz nos invita a meditar unas palabras de san Josemaría para dejar que Cristo reine también en nosotros.

CARTAS PASTORALES Y MENSAJES22/11/2020

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Ha pasado poco tiempo desde que os llegó la carta extensa sobre algunas características de nuestra dedicación en la Obra. Querría animaros a seguir releyendo y profundizando en ese escrito. También a los cooperadores y a quienes participáis en la labor de san Rafael os invito a leerla con detenimiento, pues os puede ayudar a conocer mejor la Obra y a considerarla más vuestra.

Seguid encomendando al Señor a los que ayer recibieron el diaconado en estas especiales circunstancias sanitarias. Recemos también por tanto sufrimiento que esta pandemia continúa causando en personas de todo el mundo.

Hoy, solemnidad de Cristo Rey, podemos meditar de nuevo aquellas palabras de san Josemaría: «Para que Él reine en mí, necesito su gracia abundante: únicamente así hasta el último latido, hasta la última respiración, hasta la mirada menos intensa, hasta la palabra más corriente, hasta la sensación más elemental se traducirán en un hosanna a mi Cristo Rey» (Es Cristo que pasa, n. 181).

Sentirnos personalmente lejos de este ideal no es motivo para considerarlo imposible ni para desalentarnos. Si ponemos lo que buenamente está de nuestra parte, la gracia de Dios, tal vez sin que lo percibamos, irá identificando poco a poco nuestro corazón con el de Jesucristo.

Con todo cariño os bendice

vuestro Padre

Roma, 22 de noviembre 2020

Ordenación de 27 diáconos: “Acoged, comprended, acompañad”

Mons. Juan Ignacio Arrieta ha conferido esta tarde la ordenación diaconal a 27 fieles del Opus Dei. "El reinado de Cristo es el servicio", ha dicho en su homilía.

ÚLTIMAS NOTICIAS21/11/2020

Mons. Juan Ignacio Arrieta ha conferido esta tarde la ordenación diaconal a 27 fieles del Opus Dei que proceden de Alemania, Rumanía, Brasil, Canadá, Inglaterra, Costa de Marfil, Eslovaquia, España, Japón, Kenia, México, Lituania, Nigeria y Perú. La ceremonia se ha celebrado en la iglesia del seminario internacional de la Prelatura en Roma, que lleva el título de Nuestra Señora de los Ángeles.

“Acoger, comprender, acompañar, querer… Estas son las actitudes que, de ahora en adelante, deben marcar aún más vuestra vida”, ha dicho Mons. Arrieta a los nuevos diáconos durante la homilía. “Todas ellas podrían resumirse en una: servir. Entregar a los demás lo más precioso que tenéis y que Dios mismo ha depositado en vuestras manos”.


El obispo consagrante ha recordado que “este es el núcleo de la fiesta que hoy celebramos. La solemnidad de Jesucristo Rey del Universo recuerda que el reinado del Hijo de Dios es el servicio” (la homilía completa puede leerse aquí).

El prelado del Opus Dei, Mons. Fernando Ocáriz, acompañaba a los diáconos desde el presbiterio y al terminar la ceremonia se ha dirigido a sus familias: “Deseo haceros llegar mi más calurosa felicitación y pediros que os mantengáis fuertes en la oración, acompañando a los nuevos diáconos en el periodo de formación que les llevará al sacerdocio. A los que podáis, espero veros en Roma el próximo mes de mayo. Finalmente, no puedo dejar de pensar en la alegría que en estos momentos tendrá san Josemaría en el Cielo. Acudamos a su intercesión para que los nuevos diáconos sean hombres que sepan acoger, comprender y querer a todas las almas. En este camino siempre contaréis con la mediación materna de la Santísima Virgen. Muchas felicidades”.

A causa de las medidas necesarias para contener la pandemia del coronavirus, la ceremonia se ha celebrado a puerta cerrada, aunque numerosas personas han podido seguirla por streaming.

Estos son los nombres de los nuevos diáconos: Francisco Javier Alfaro Gutiérrez, Mariano Almela Martínez, Pablo Álvarez Doreste, Juan Manuel Arbulú Saavedra, Francisco Javier Barrera Bernal, Alexsandro Bona, Branislav Borovský, Gaspar Ignacio Brahm Mir, Kevin de Souza, Borja Díaz de Bustamante de Ussia, Juan Diego Esquivias Padilla, Rafael Gil-Nogués, André Guerreiro, Alejandro Gutiérrez de Cabiedes Hidalgo de Caviedes, Casimir Kouassi N'gouan, Fernando López-Rivera Muñoz, Josemaría Mayora Padilla, José Ignacio Mir Montes, Jaime Moya Martín, Juan Prieto Álvarez, Héctor Razo Tena, Vytautas Jonas Saladis, Fadi Sarraf Chalhoub, Fumiaki Shinozaki, Marc Teixidor Viayna, Álvaro Tintoré Espuny y Obilor Bruno Ugwulali.


Homilía de Mons. Juan Ignacio Arrieta

Querido Padre, queridos ordenandos, queridos familiares y amigos:

La Solemnidad de Cristo Rey que empezamos a celebrar con esta Santa Eucaristía es ocasión para considerar brevemente –en medio de la situación que estamos viviendo– la misión de servicio y de caridad que la Iglesia os va a conferir con el diaconado.

En el Evangelio de San Mateo que acabamos de escuchar Jesús anuncia cómo será el Juicio Final, “cuando venga el Hijo del hombre en toda su gloria, y todos los ángeles con él, y se siente en el trono de su gloria y reúna ante si todas las naciones”.

El Señor se presenta en este texto como Pastor y como Rey, al mismo tiempo. Como Pastor, que durante años cuidó de sus ovejas, y ahora tiene que separarlas unas a la derecha y otras a la izquierda. Como Rey, también, que juzga a las que ha puesto a un lado y a otro. El propio Jesús dice que él mismo será el Rey que habrá de juzgar. Y luego juzga efectivamente a todas ellas, motivando la sentencia que da a cada una: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber…”.

El relato evangélico parece hacer notar que todas las ovejas reaccionarán entonces sorprendidas: ¿Cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, cuando con sed…? Ni unas ni otras habían terminado de comprender aún hasta qué punto era el mismo Cristo quien estaba en todas esas personas que unos y otros vamos encontrando a nuestro lado a lo largo de la vida, y que en todas esas situaciones suplicaba escondidamente una respuesta generosa.

Pero, lo que resulta aún más sorprendente –humanamente hablando–, es ver hasta qué punto el Señor, que es siempre justo y ecuánime, ha llegado a personalizar todos esos gestos; cómo ha tomado de modo tan personal, podemos decir, nuestras acciones con el prójimo, como actos de amor o de desamor dirigidos hacia su propia persona: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

Aquí declara el Señor hasta qué punto Él mismo se halla presente en cada uno de sus hijos, en quienes pone a nuestro lado, pero también en cuantos están físicamente lejos, porque, si estamos atentos, encontramos que también los lejanos están muy cerca de nosotros gracias a la Comunión de los Santos.

Una parte fundamental del progreso espiritual consiste precisamente en desentrañar ese misterio en la propia vida; como también, una parte central de la lucha del cristiano consiste en ponerlo por obra, cada día, en cada circunstancia, imitando el comportamiento de Jesús.

La señal cierta del amor que le tenemos a Él, en palabras de Santa Teresa, es guardar bien el amor al prójimo, pues, aunque no podamos medir cómo es nuestro amor a Dios, sí podemos ver cómo es nuestro amor a los demás.

Podéis imaginar la alegría que tengo de poder estar aquí para conferiros el diaconado en este contexto tan excepcional, en esta Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles que con tanto cariño y tanta fe quiso construir aquí nuestro Padre [san Josemaría, fundador del Opus Dei], y que en medio de divertidas vicisitudes fueron coloreando los que entonces vivían aquí. Hemos pasado juntos un estupendo mes de agosto en Tor d’Aveia, y pudimos disfrutar juntos tantas ocasiones que nos ofrece la vida en la Obra y que agradecemos al Señor como parte del ciento por uno.

Mentiría si digo que me sorprendió la llamada del Padre [Mons. Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei] cuando el pasado martes por la noche me pidió que oficiara hoy aquí esta ceremonia. La verdad es que, vista la situación general, aunque solo fuera por exclusión, desde hacía tiempo me iba encontrando yo mismo, cada vez más, páseme la expresión castrense, en situación de “imaginaria”, sabiendo que las probabilidades de tener que intervenir eran altas e iban en aumento. Y estoy muy contento, por lo demás, de poder hacerlo, aunque lamentando lógicamente que no pudieran salir las cosas tal como estaban planeadas. Gracias Padre por haberme dado esta oportunidad.

Los días que han rodeado esta ceremonia han sido en verdad complejos. La crisis sanitaria ha trastocado muchos planes y provocado tanto sufrimiento. Tampoco vosotros habéis estado al margen, pues al hecho de que vuestros familiares y amigos no pudieran estar aquí presentes se ha unido, hasta el último momento, en cada uno de vosotros, la incertidumbre de si ibais a poder recibir efectivamente la sagrada ordenación diaconal en la fecha de hoy. Pero mirando hacia atrás, todo eso os ha ayudado si duda a rezar más, a abandonaros en la voluntad del Señor, a prepararos mejor para recibir este Sacramento.

La solemnidad de Cristo Rey invita también a ver todos esos acontecimientos desde la perspectiva divina del Señor de la Historia, considerando que, como siempre a lo largo de todos los tiempos y de nuestra experiencia personal, Él saca fruto de cada situación, aunque a nosotros se nos escape entender bien cómo. Por eso, la confianza en Dios y en su amorosa Providencia en todo momento es refugio seguro: no solo ahora, en las circunstancias presentes llenas de desconcierto, sino como actitud permanente, para vivir siempre así: abandonados en los brazos de un Padre que nos ama con locura y que nos prepara un camino seguro. El fruto “seguro y sabroso” de ese abandono, como repetía san Josemaría, será el gaudium cum pace, esa alegría y esa paz que nada podrá quitar.

En la primera lectura hemos leído un resumen de lo que será vuestro ministerio como diáconos y, luego, como sacerdotes. «Buscaré las ovejas perdidas, haré volver las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas». Estáis llamados a salir al encuentro de la gente, a no regatear esfuerzo por las almas.

Con el Sacramento del Orden, el don de la vocación al Opus Dei que hace años recibisteis se va a “determinar” –como dice el Padre en su reciente Carta– de una manera nueva, que requerirá necesariamente en vosotros cierto esfuerzo de aprendizaje, en un ejercicio que os enriquecerá y que, con la gracia de Dios, ira desarrollando un nuevo modo de servir, esta vez como ministros de su gracia, a la Prelatura del Opus Dei, a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y a la Iglesia entera.

Acoger, comprender, acompañar, querer… Estas son las actitudes que de ahora en adelante deben marcar aún más vuestra vida. Todas ellas podrían resumirse en una: servir. Entregar a los demás lo más precioso que tenéis y que Dios mismo ha depositado en vuestras manos. A medida que vivimos pendientes de cuantos nos rodean, procurando mantener esa “juventud de alma” que el Padre nos pide, experimentamos hasta qué punto la felicidad depende de la entrega.

Este es el núcleo de la fiesta que hoy celebramos. La solemnidad de Jesucristo Rey del Universo recuerda que el reinado del Hijo de Dios es el servicio.

Queridos ordenandos, si alguien sabe lo que significa servir de forma abnegada son vuestros padres, que en algún caso habrán ya recibido su premio en el Cielo. Lo sabéis mejor que yo. Ellos se han desvivido por cada uno de vosotros. Supieron darse con gusto haciendo crecer en vosotros la semilla de la fe. Ahora, a la alegría que tendrán con vuestra ordenación, se une el dolor de no poder estar aquí junto a vosotros.

Quisiera por un momento dirigirme personalmente a ellos, a los padres, familiares y amigos de los que os ordenáis ahora que siguen la retransmisión de esta ceremonia. Como decía san Josemaría en ocasiones como esta, sabed que os siguen necesitando. No dejéis de apoyarles con vuestra oración, con vuestro cariño. Ofreced ahora por ellos y por el ministerio que inician hoy ese dolor de vuestra ausencia aquí, pero alegraos también mucho porque el Señor transforma eso en bienes y Él sabe tanto de generosidad.

Voy a terminar. El pasado miércoles, en sus catequesis sobre la oración, el Papa Francisco hablaba de la oración de la Virgen María, y de cómo surgía de allí su repuesta generosa. “María no dirige autónomamente su vida -decía el Papa-: espera a que Dios tome las riendas de su camino y le vaya guiando hacia donde quiere. Es dócil, y es con esta disponibilidad suya como prepara los grandes acontecimientos que envuelven a Dios en el mundo”.

En las manos de Nuestra Madre del Cielo –hoy que celebramos su Presentación en el Templo– ponemos ahora este mismo deseo de que Jesús tome las riendas de nuestra vida y, de modo particular, que El os guie siempre en los acontecimientos de vuestro ministerio.

​ Vosotros sois la luz del mundo

La fe es un regalo de Dios que nos cambia la vida. La serie de editoriales que ahora comenzamos con el título “La luz de la fe” —dirigida a creyentes, vacilantes y no creyentes abiertos a Dios— desea ayudar a descubrirlo, y a compartir el hallazgo.

LA LUZ DE LA FE09/05/2017

«El pueblo que yacía en tinieblas ha visto una gran luz; para los que yacían en región y sombra de muerte una luz ha amanecido» (Mt 4,16). De la mano del profeta Isaías, san Mateo presenta bajo el signo de la luz el inicio de la actividad apostólica del Señor en Galilea, tierra de transición entre Israel y el mundo pagano. Jesús, como profetizaba el anciano Simeón décadas antes con el Niño entre sus brazos, es «luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,32). Lo dirá el Señor de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). Con la luz de la fe, con la luz que es Él, la realidad adquiere su verdadera profundidad, la vida encuentra su sentido. Sin ella, al final parece que «todo se vuelve confuso, es imposible distinguir el bien del mal, la senda que lleva a la meta de aquella otra que nos hace dar vueltas y vueltas, sin una dirección fija»[1].

Son muchas las personas que, a veces sin saberlo, buscan a Dios. Buscan su felicidad, que solo pueden encontrar en Dios, porque su corazón está hecho por Él y para Él. «Ya estás tú en sus corazones —reza San Agustín—, en los corazones de los que te confiesan, y se arrojan en ti, y lloran en tu seno a vista de sus caminos difíciles (…) porque eres tú, Señor, y no un hombre de carne y sangre; eres tú, Señor, que los hiciste, quien los restablece y consuela»[2]. Sin embargo, también hay quienes esperan encontrar la felicidad en otra parte, como si el Dios de los cristianos fuera un competidor de sus ansias de felicidad. En realidad, le están buscando a Él: se encaran solo «con la sombra de Jesucristo, porque a Cristo no lo conocen, ni han visto la belleza de su rostro, ni saben la maravilla de su doctrina»[3].

SON MUCHAS LAS PERSONAS QUE, A VECES SIN SABERLO, BUSCAN A DIOS: SU CORAZÓN ESTÁ HECHO POR ÉL Y PARA ÉL.

—«¿Crees tú en el Hijo del Hombre?» —pregunta Jesús al ciego de nacimiento, que ha recobrado ya la vista. —«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» (Jn 9,35s). En todos los rincones del mundo hay hombres y mujeres que, en el fondo de la indiferencia u hostilidad que puedan mostrar hacia la fe, esperan quien les indique dónde está Dios, dónde está el que puede iluminar sus ojos y saciar su sed. Retratan bien su situación unas palabras que san Ireneo escribe sobre Abrahán: «Cuando, siguiendo el ardiente deseo de su corazón, peregrinaba por el mundo preguntándose dónde estaba Dios, y comenzó a flaquear y estaba a punto de desistir en la búsqueda, Dios tuvo piedad de aquel que, solo, le buscaba en silencio»[4]. A cada uno de ellos debemos llegarnos los cristianos, con el convencimiento humilde y sereno de que sabemos de Aquel a quien buscan (cfr. Jn 1,45s; Hch 17,23), aunque también nosotros constatemos tantas veces que aún no le conocemos bien. A todos los cristianos el Señor nos dice: «vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,14); «dadles vosotros de comer» (Mt 14,16).

Levadura de esta masa

El Evangelio «es una respuesta que cae en lo más hondo del ser humano. Es la verdad que no pasa de moda porque es capaz de penetrar allí donde nada más puede llegar»[5], porque alcanza a «iluminar toda la existencia del hombre»[6], a diferencia de los saberes humanos, que solo consiguen esclarecer algunas dimensiones de la vida. Sin embargo, esta luz que «brilla en las tinieblas» (Jn 1,5) se encuentra con frecuencia con la frialdad de un mundo que tiene por real solamente lo que se puede ver y tocar, lo que se deja ver a la luz de la ciencia o del consenso social. Por una inercia cultural de siglos, la fe se percibe a veces como «un salto que damos en el vacío, por falta de luz, movidos por un sentimiento ciego; o como una luz subjetiva, capaz quizá de enardecer el corazón, de dar consuelo privado, pero que no se puede proponer a los demás»[7].

Sin embargo, también aquí hay motivos para el optimismo. Benedicto XVI constataba ya hace unos años cómo la ciencia ha empezado a tomar conciencia de sus límites: «muchos científicos dicen hoy que de alguna parte tiene que venir todo, que debemos volver a plantearnos esa pregunta. Con ello vuelve a crecer también una nueva comprensión de lo religioso, no como un fenómeno de naturaleza mitológica, arcaica, sino a partir de la conexión interior del Logos»[8]: poco a poco va quedando atrás la idea, demasiado simple, de que creer en Dios es un recurso para cubrir lo que no sabemos. Se abre camino una concepción de la fe como la mirada que logra dar mejor cuenta del sentido del mundo, de la historia, del hombre y, a la vez, de su complejidad y misterio[9].

EL EVANGELIO «ES UNA RESPUESTA QUE CAE EN LO MÁS HONDO DEL SER HUMANO. ES LA VERDAD QUE NO PASA DE MODA PORQUE ES CAPAZ DE PENETRAR ALLÍ DONDE NADA MÁS PUEDE LLEGAR» (PAPA FRANCISCO)

Estas nuevas perspectivas traen consigo un desafío para la teología, la catequesis y, en definitiva, el apostolado personal: «la religiosidad tiene que regenerarse de nuevo en este gran contexto y encontrar así nuevas formas de expresión y de comprensión. El hombre de hoy no comprende ya sin más que la sangre de Cristo en la cruz es expiación por sus pecados (…); se trata de fórmulas que hay que traducir y captar de nuevo»[10]. En efecto, es tarea de la teología no solo profundizar en los distintos aspectos de la fe, sino también acercar cada generación al Evangelio. La teología y la catequesis no deben contemporizar, en el sentido de rebajar la fe a las miopías de cada época, pero están llamadas a hacer contemporáneo a Cristo: a acoger las inquietudes, el lenguaje y los desafíos de cada momento, no como un mal menor, sino como la materia y el ambiente en que Dios espera que hagamos un pan sabroso, un pan para alimentar a todos (cfr. Mt 14,16). «Fuimos invitados a ser levadura de esta masa concreta. Es cierto podrán existir “harinas” mejores, pero el Señor nos invitó a leudar aquí y ahora, con los desafíos que se nos presentan. No desde la defensiva, no desde nuestros miedos sino con las manos en el arado, ayudando a hacer crecer el trigo tantas veces sembrado en medio de la cizaña»[11].

La atención a la sensibilidad del presente no viene a añadirse desde fuera a la fidelidad al Evangelio, sino que forma parte esencial de ella. Para proteger la fe, para vivirla con sentido, y para ir por todo el mundo enseñándola (cfr. Mc 16,15), se hace necesario recibirla hoy de nuevo, percibirla y hacer que los demás la perciban como lo que verdaderamente es: un don de Dios que nos cambia la vida, que la llena de luz. «Algunos pasan por la vida como por un túnel, y no se explican el esplendor y la seguridad y el calor del sol de la fe»[12]. El esfuerzo por mostrar esa luz y calor de la fe está transido de una solicitud sincera por hacerse cargo de las perplejidades y las dudas de nuestros coetáneos, sin considerarlas de antemano como impertinencias o complicaciones. Así uno se pone en mejores condiciones de encontrar, en cada caso, las palabras adecuadas. Hay personas, escribía San Josemaría, «que no saben nada de Dios..., porque no les han hablado en términos comprensibles»[13]. Cuando alguien no entiende, puede ser porque quien les habla tampoco ha comprendido lo que explica, o no se ha hecho cargo de sus inquietudes, y habla, quizá sin querer, de un modo abstracto y despegado. A la vez, es bueno no olvidar que «nunca podremos convertir las enseñanzas de la Iglesia en algo fácilmente comprendido y felizmente valorado por todos. La fe siempre conserva un aspecto de cruz (…). Hay cosas que solo se comprenden desde esa adhesión que es hermana del amor, más allá de la claridad con que puedan percibirse las razones y argumentos»[14].

Los católicos pueden verse a veces criticados como gente de miras estrechas, por el hecho de que no se pliegan a ciertos postulados que el mundo da por buenos. Sin embargo, si no dejan que les invada el miedo o el resentimiento ante las descalificaciones, si procuran desentrañar la inquietud o la herida que late en una respuesta airada, si no se cansan de pensar nuevos modos de dar cuenta de su visión del mundo, de hecho serán reconocidos, cada uno a su nivel, como personas con «amplitud de horizontes (…); una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento (…); una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida»[15].

EL LENGUAJE QUE MUEVE NO ES NECESARIAMENTE EL DEL GRAN ORADOR, SINO EL DE QUIEN HABLA, DESDE SU MODO DE SER, CON SUS PALABRAS, DE SU EXPERIENCIA DE LA FE.

La serie de editoriales que ahora inicia se propone ilustrar cómo la fe responde a las aspiraciones más profundas del corazón del hombre del siglo XXI, cómo Cristo, en enseñanza del Concilio Vaticano II, «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre»[16]. Se quiere prestar atención a las dificultades que muchas personas encuentran —incluso cristianos con buena formación— para comprender el sentido de determinados aspectos de la fe, y para explicarlos a otros cuya fe se ha enfriado, o que querrían acercarse a ella. Se dirige, por tanto, a un público amplio: creyentes, vacilantes y no creyentes con apertura, quizá latente, a la fe. Las distintas cuestiones se abordan sin pretensión de exhaustividad, centrando el esfuerzo en recuperar accesos, en trazar nuevos caminos hacia puntos que pueden resultar menos claros hoy: mostrando, en fin, cómo la fe ilumina la realidad, y cómo se puede vivir la propia vida bajo esa luz. ¿Qué significa para mi vida, por ejemplo, que Jesucristo haya resucitado, o que Dios sea una Trinidad de personas? ¿En qué sentido la fe en la creación cambia la visión de la realidad? ¿Si el más allá no es un lugar físico, cómo pensar que sea tan real como el suelo que piso?

Donde está tu síntesis

Quien sigue un partido de tenis por la televisión no mejora con eso su forma física o su técnica: solo al jugar en la cancha entran en movimiento la técnica, el estilo, el golpe. De modo análogo, la formación doctrinal no se limita al acopio de conocimientos o de argumentos. Nos podemos beneficiar mucho de lo que leemos o estudiamos, pero no basta con retener: es necesario elaborar una comprensión propia de las cosas, hacerlas nuestras. «El estudio de la teología, no rutinario ni simplemente memorístico, sino vital, ayuda en gran medida a que lleguen a ser plenamente connaturales a la inteligencia las verdades de nuestra fe y a aprender a pensar en la fe y desde la fe. Sólo así se está en condiciones de valorar las múltiples cuestiones, en ocasiones complejas, que suscitan las ocupaciones profesionales y el desarrollo de la sociedad en su conjunto»[17].

La caridad, el amor fraterno, por el que vemos en cada hombre un hermano, es sin duda el testimonio más auténtico y luminoso de la fe: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros» (Jn 13,35). Cuando una persona se sabe querida de verdad, sin reservas, adivina el Amor de quien «nos amó primero» (1 Jn 4,19), un Amor que no es de este mundo, porque pasa por encima de tantas cosas —errores, antipatías, timidez, desconocimiento— que en el mundo llevan a la gente a ignorarse o a despreciarse. «A Dios se le puede ver con el corazón: la simple razón no basta»[18]: si la caridad, que habla al corazón, hace visible a Dios, su falta desdibuja su presencia en el mundo, y deslegitima al evangelizador; hace de él un falso profeta (Cfr. Mt 7,15). Sin embargo, la autenticidad que se espera hoy de un cristiano no se limita al testimonio de la caridad: se refiere también, en una medida importante, al modo personal y natural en que habla de Dios. Si uno tiene el hábito de pensar y de explicarse su propia fe, si ese diálogo interior nutre su oración y se nutre de ella, al hablar de Dios no transmitirá solo nociones teológicas o doctrinales: hablará de su experiencia, la de alguien que vive con Él y de Él. Por contraste, decía san Agustín, «pierde el tiempo predicando exteriormente la Palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior»[19]. Escuchar la Palabra de Dios es dejar que modele nuestro modo de pensar, de hablar, de vivir; que ilumine nuestras situaciones, intereses, encuentros; que se haga, en definitiva, nuestra.

LAS IDEAS DE OTROS PUEDEN AYUDARNOS MUCHO, PERO NO BASTA CON HACER ACOPIO DE ELLAS SI QUEREMOS HABLAR DE CORAZÓN A CORAZÓN.

«Donde está tu síntesis, allí está tu corazón», escribe el Papa, parafraseando una frase del Señor (cfr. Mt 6,21): «la diferencia entre iluminar el lugar de síntesis e iluminar ideas sueltas es la misma que hay entre el aburrimiento y el ardor del corazón»[20]. El lenguaje que mueve no es necesariamente el del gran orador, sino el de quien habla, desde su modo de ser, con sus palabras, de su experiencia de la fe. Por eso la formación doctrinal no está llamada a discurrir en un sector de nuestro saber, aislado del resto, sino a dialogar con todo lo que vivimos y somos, de modo que aun tomando tantas formas como personas, se pueda reconocer el mismo Espíritu en todas ellas. Así lo vemos en los santos, que nos hablan de Dios de mil modos, y así sucede con tantos santos escondidos. Si cada época —hoy quizá más— tiene sus Babeles, marañas de voces enfrentadas o discordantes (cfr. Gn 11,1-9), la pluralidad de lenguas del Espíritu Santo sigue ensanchándose en una «nueva Pentecostés»[21] allí donde hay cristianos que le escuchan, porque «si el Espíritu Santo no da interiormente la inteligencia, el hombre trabaja en vano (...): si el Espíritu Santo no acompaña el corazón del que oye, será inútil la palabra del doctor»[22].

Intenta beber de tu propia fuente

Se ha dicho que la cultura es lo que queda cuando uno olvida lo que estudió: es aquello que crece al cultivar la tierra de nuestra alma. «Nuestra formación no termina nunca»[23], solía decir san Josemaría: es necesario estudiar durante toda la vida, y hacerlo con la mentalidad evangélica y evangelizadora del agricultor (cfr. Mt 13,3-43). El cultivo es un trabajo paciente y sostenido, pero lleno de gratificaciones, cuando salen los primeros brotes, y cuando llegan los frutos. Junto al diálogo con Dios en la oración, y la disposición a conversar con los demás, facilita mucho ese cultivo la reflexión personal, por la que se adquiere una voz propia, auténtica, abierta. En ese diálogo interior, es necesario arar, sembrar, regar: ir dando forma a las ideas, buscar las palabras, aunque a veces salgan solo balbuceos. Las ideas de otros pueden ayudarnos mucho, pero no basta con hacer acopio de ellas si queremos hablar de corazón a corazón.

No se trata, pues, solamente de saber cosas, según una noción meramente cuantitativa del saber, sino de adquirir y renovar una mirada penetrante y apasionada sobre la realidad en toda su amplitud, es decir, con los demás y con Dios. La comprensión de la fe es tarea para cada uno, con sus modos: la profesora universitaria, el trabajador manual, la asistenta social, el auditor. Esta tarea intransferible no se añade al interés por conocer la fe, sino que le da forma: es una actitud por la que uno procura hacer suyo lo que oye, no solo en las obras, sino también en las ideas, en el lenguaje. «Soy un hombre de este tiempo si vivo sinceramente mi fe en la cultura de hoy, siendo uno que vive con los medios de comunicación de hoy, con los diálogos, con las realidades de la economía, con todo, si yo mismo tomo en serio mi propia experiencia e intento personalizar en mí esta realidad. Así estamos en el camino de hacer que también los demás nos entiendan. San Bernardo de Claraval, en su libro de reflexiones a su discípulo el Papa Eugenio, dijo: intenta beber de tu propia fuente, es decir, de tu propia humanidad. Si eres sincero contigo mismo y empiezas a ver en ti qué es la fe, con tu experiencia humana en este tiempo, bebiendo de tu propio pozo, como dice san Bernardo, también puedes decir a los demás lo que hay que decir»[24].

AUNQUE EL CRISTIANO TIENE LA RESPONSABILIDAD DE DEFENDER LA FE, SU ESPÍRITU DE FONDO NO ES EL DE QUIEN RECUPERA UN ESPACIO PERDIDO, SINO EL DE QUIEN SE SABE PARTE DE UNA SERENA CONQUISTA.

Quien se conduce así aprende de todas las conversaciones, no se arredra ante las objeciones, sino que las acepta como retos para comprender mejor su propia fe, para hacerse cargo de cómo piensan los demás, para percibir con ellos sus vértigos. Quien vive así escucha mucho, aprende con todos y de todos; concibe el diálogo, más que como una lucha por afianzar posiciones y rebatir argumentos, como un baile, en el que todo puede cooperar a esclarecer la realidad, aunque no sea siempre por la línea recta. «Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad. Se realiza por el gusto de hablar y por el bien concreto que se comunica entre los que se aman por medio de las palabras. Es un bien que no consiste en cosas, sino en las personas mismas que mutuamente se dan en el diálogo»[25].

Aunque el cristiano tiene la responsabilidad de defender la fe, su espíritu de fondo no es el de quien recupera un espacio perdido, sino el de quien se sabe parte de una serena conquista. Sabemos dónde está la felicidad que busca nuestro corazón y el de todos los hombres y mujeres. Y la buscamos con ellos: «de ti piensa mi corazón: “Busca su rostro”» (Sal 27,8). Qué paz nos da esa certeza, para dialogar con todos, como hermanos que buscan a quien yo busco, que comparten conmigo mucho más de lo que piensan; para crecer con ellos, sabiendo que a su tiempo se hará la luz: nuestros amigos descubrirán «ubi vera sunt gaudia», dónde se encuentra la verdadera alegría[26], y nosotros lo redescubriremos con ellos.

Carlos Ayxelà

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Lecturas para profundizar

Sigue una lista, no exhaustiva, de libros, artículos y documentos acerca del modo de hablar de la fe hoy. Se indican en primer lugar algunos textos del Magisterio reciente y de otros organismos de la Iglesia, y después textos de otros autores. En las próximas entregas de esta serie se indicarán también textos específicos sobre los respectivos temas.

Francisco, Enc. Lumen Fidei, 29-VI-2013.

Francisco, Ex. Ap. Evangelii Gaudium, 24-XI-2013, esp. capítulo 3, “El anuncio del evangelio”.

Francisco, Catequesis en el Año de la Fe, de marzo a diciembre 2013 (disponibles en vatican.va)

Benedicto XVI, Catequesis en el Año de la Fe (octubre 2012 – febrero 2013, disponibles en vatican.va; p.ej. “¿Cómo hablar de Dios?”, 28-XI-2012 [leer]; “El deseo de Dios”, 7-XI-2012 [leer]).

San Juan Pablo II, Carta Ap. Novo Millennio Ineunte, 6-I-2001 (leer)

San Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo (marzo 1985 – noviembre 1997, disponibles en vatican.vapdb)

Beato Pablo VI, Ex. Ap. Evangelii Nuntiandi, 8-XII-1975 (leer).

Catecismo de la Iglesia Católica (vatican.vaintratext) y Compendio del Catecismo (ebook)

Consejo Pontificio de la Cultura ¿Dónde está tu Dios? La fe cristiana ante la increencia religiosa, Valencia: Edicep, 2005 (leer).

Consejo Pontificio de la Cultura La vía pulchritudinis, camino de evangelización y de diálogo (leer).


Babendreier, J. La fe explicada hoy, Rialp, 2016 (The Faith Explained Today: Popular Edition)

Barron, R. Catolicismo: un viaje al corazón de la fe, Doubleday, 2013; disponible también en dvd (Catholicism: a Journey to the Heart of the Faith).

Biffi, G. Corso inusuale di catechesi (3 vols.) Elledici, 2006.

Burggraff, J. “La transmisión de la fe en la sociedad postmoderna”, en Burggraff, J. La transmisión de la fe en la sociedad postmoderna y otros escritos, Eunsa, 2015 (disponible en opusdei.org).

Chaput, Ch. Strangers in a Strange Land. Living the Catholic Faith in a Post-Christian World, Henry Holt, 2017.

Dolan, T. – Allen J. Un pueblo de esperanza. Conversaciones con Timothy Dolan, Palabra, 2015 (A People of Hope. The Challenges facing the Catholic Church and the Faith that can save it).

Hadjadj, F. La suerte de haber nacido en nuestro tiempo, Rialp, 2016 (L’aubaine d’être né en ce temps).

Hadjadj, F. ¿Cómo hablar de Dios hoy? Anti-manual de evangelización, Nuevo Inicio, 2013 (Comment parler de Dieu aujourd’hui? Anti-manuel d’évangelisation).

Hahn, S. La evangelización de los católicos. Manual para la misión de la Nueva Evangelización, Palabra, 2014 (Evangelizing Catholics).

Hahn, S. - Socías, J. La fe cristiana explicada. Introducción al catolicismo, Edibesa - MTF, 2015 (Introduction to Catholicism for Adults)

Ivereigh, A. - De la Cierva, Y. Cómo defender la fe sin levantar la voz. Respuestas civilizadas a preguntas desafiantes, Palabra, 2016 (Ivereigh, A. - Lopez, K. J. How to Defend the Faith without Raising your Voice).

San Josemaría, “Sed amigos sinceros y realizaréis un apostolado y un diálogo fecundos”, ABC, 17-V-1992 (leer).

Knox, R. El Credo a cámara lenta, Palabra, 2000 [3ª ed.] (The Creed in Slow Motion).

Lewis, C.S. Mero cristianismo, Rialp, 1995 (Mere Christianity).

Mora, J.M. “10 claves para comunicar la fe”.

Ratzinger, J. Dios y el mundo: creer y vivir en nuestra época, Galaxia Gutenberg, 2002 (Gott und die Welt. Glauben und Leben in unserer Zeit).

Ratzinger, J. “La nueva evangelización”, Conferencia en el Congreso de Catequistas y Profesores de Religión, Roma 10-XII-2000 (leer).

Trese, L.J. La fe explicada, Rialp, 2014 [28ª ed.] (Faith Explained).


[1] Francisco, Enc. Lumen Fidei (29-VI-2013), 3.

[2] San Agustín, Confesiones V.2.2.

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 179.

[4] San Ireneo de Lyon, Demostración de la predicación apostólica, 24 (Sources Chrétiennes 406, 117).

[5] Francisco, Ex. Ap. Evangelii Gaudium (24-XI-2013), 265.

[6] Francisco, Lumen Fidei, 4.

[7] Francisco, Lumen Fidei, 4.

[8] Benedicto XVI, Luz del mundo, Herder, Barcelona 2010, 145.

[9] Cfr. Benedicto XVI, Discurso en la Universidad de Ratisbona, 12-IX-2006.

[10] Benedicto XVI, Luz del mundo, 145.

[11] Francisco, Homilía, 2-II-2017.

[12] San Josemaría, Camino, 575.

[13] San Josemaría, Surco, 941.

[14] Francisco, Evangelii Gaudium, 42.

[15] Surco, 428.

[16] Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et Spes (7-XII-1965), 22.

[17] Javier Echevarría, Carta Pastoral con ocasión del Año de la Fe (29-XI-2012), 35.

[18] Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración, La esfera de los libros, Madrid 2007, 121.

[19] San Agustín, Sermón 179, 1.1.

[20] Francisco, Evangelii gaudium, 143.

[21] Surco, 213. Cfr. Hch 2,1-13.

[22] Santo Tomás de Aquino, Super Evangelium S. Ioannis, 14.6.

[23] San Josemaría, notas de una reunión familiar, 18-VI-1972 (citado en J. Echevarría, Carta sobre la nueva evangelización, 2-X-2011).

[24] Benedicto XVI, Discurso, 26-II-2009 (cfr. San Bernardo, De consideratione libri quinque ad Eugenium tertium, II.3.6. [PL 182, 745]).

[25] Francisco, Evangelii gaudium, 142.

[26] Misal Romano, domingo XXI del tiempo ordinario, oración colecta.

¿Conviene educar al niño en alguna religión?

Una joven madre me dijo: «No quiero enseñarle ninguna religión a mi hijo. No quiero influir sobre él; quiero que la elija por sí mismo cuando sea mayor.»

He aquí una frase que oí el otro día a una persona muy agradable e inteligente, y que cientos de veces he oído a cientos de personas. Una joven madre me dijo: «No quiero enseñarle ninguna religión a mi hijo. No quiero influir sobre él; quiero que la elija por sí mismo cuando sea mayor.» Ése es un ejemplo muy común de un argumento corriente, que frecuentemente se repite, y que, sin embargo, nunca se aplica verdaderamente. Por supuesto que la madre siempre estará influyendo sobre su hijo. De la misma manera, la madre podría haber dicho : «Espero que escogerá sus propios amigos cuando crezca; por eso no quiero presentarle ni a primas ni a primos.»

Pero la persona adulta en ningún caso puede escaparse a la responsabilidad de influir sobre el niño; ni siquiera cuando se impone la enorme responsabilidad de no hacerlo. La madre puede educar al hijo sin elegirle una religión; pero no sin elegirle un medio ambiente. Si ella opta por dejar a un lado la religión, está escogiendo ya el medio ambiente; y además, un medio ambiente funesto y contranatural.

La madre, para que su hijo no sufra la influencia de supersticiones y tradiciones sociales, tendrá que aislar a su hijo en una isla desierta y allí educarlo. Pero la madre está escogiendo la isla, el lago y la soledad; y, es tan responsable por obrar así como si hubiera escogido la secta de los mennonitas o la teología de los mormones.

Es completamente evidente, dicen, para quien piense durante dos minutos, que la responsabilidad de encauzar la infancia pertenece al adulto, por la relación existente entre éste y el niño, completamente aparte de las relaciones de religión e irreligión. Pero la gente que repite esta fraseología no la piensa dos minutos. No intentan unir sus palabras con una razón, con una filosofía. Han oído ese argumento aplicado a la religión, y nunca piensan en aplicarlo a otra cosa fuera de la religión.

Nunca piensan en extraer esas diez o doce palabras de su contexto convencional y tratar de aplicarlas a cualquier otro contexto. Han oído que hay personas que se resisten a educar a los hijos aun en su propia religión. Igualmente podría haber personas que se resistieran a educar a los hijos en su propia civilización.

Si el niño cuando sea mayor, puede preferir otro credo, es igualmente cierto que puede preferir otra cultura. Puede molestarse por no haber sido educado como un buen sueco burgués; puede lamentar profundamente no haber sido educado como un Sandzmanian. De la misma manera puede lamentar haber sido educado como un caballero inglés y no como un árabe salvaje del desierto. Puede (con la ayuda de una buena educación geográfica), mientras examina el mundo desde China al Perú, sentirse envidioso por la dignidad del código de Confucio o llorar sobre las ruinas de la gran civilización incaica.

Pero, evidentemente, alguien ha tenido que educarlo para llegar a ese estado de lamentar tal o cual cosa; y la responsabilidad más grave de todas es tal vez la de no guiar al niño hacia ningún fin.

Charlas, II, Acerca de las nuevas ideas (Obras completas I, Ed. Plaza Janés, p. 1099-1100).

 

Aprender a educar los sentimientos sigue siendo hoy una de las grandes tareas pendientes.

Entrevista con Alfonso Aguiló

Vicepresidente del Instituto Europeo de Estudios de la Educación (IEEE).

Aprender a educar los sentimientos sigue siendo hoy una de las grandes tareas pendientes. Muchas veces se olvida que los sentimientos son una poderosa realidad humana, y que -para bien o para mal- son habitualmente lo que con más fuerza nos impulsa o nos retrae en nuestro actuar.

Las personas que gozan de una buena educación afectiva suelen sentirse más satisfechas, son más eficaces y hacen rendir mejor su talento natural. En cambio, quienes no logran dominar bien su vida emocional, se debaten en constantes luchas internas que socavan su capacidad de pensar, de trabajar y de relacionarse con los demás. Sobre estas cuestiones entrevistamos hoy a Alfonso Aguiló, autor del libro Educar los sentimientos (Colección «Hacer Familia», Palabra, 1999).

EL OCASO DE UN MITO

– ¿Siendo tan importante la educación de los sentimientos, por qué tantas personas consideran el coeficiente intelectual como el principal indicador del talento personal?

– El asunto viene de antiguo. Desde comienzos del siglo XX, se difundió mucho la idea de que el coeficiente intelectual es un dato de partida invariable y decisivo en la vida de una persona. Afortunadamente, esa idea entró en crisis hace ya bastantes años, pues está claro que poseer un elevado coeficiente intelectual puede predecir tal vez quién obtendrá éxito académico -tal como suele evaluarse hoy en nuestro sistema educativo-, pero no mucho más. No es una garantía de éxito profesional, y mucho menos de una vida acertada y feliz.

Hay otras muchas capacidades que tienen más importancia, y entre ellas están las relativas a la educación de los sentimientos, como el conocimiento propio, el autocontrol y el equilibrio emocional, la capacidad de motivarse a uno mismo y a otros, el talento social, el optimismo, la capacidad para reconocer y comprender los sentimientos de los demás, etc.

– ¿Y al prestar tanta atención a la educación de los sentimientos, no cabe el riesgo de caer en una educación excesivamente sentimental?

– Son cosas distintas. Ser persona de mucho corazón, o poseer una profunda capacidad afectiva, no constituye en sí ningún peligro. Y si lo constituye, será en la misma medida en que resulta peligroso tener una gran fuerza de voluntad o una portentosa inteligencia: depende de para qué se utilicen.

Como es lógico, no se trata de sustituir a la razón por los sentimientos, ni tampoco lo contrario. Se trata de reconciliar cabeza y corazón, tanto en la familia como en las aulas o en las relaciones humanas en general.

RECONCILIAR CABEZA Y CORAZÓN

– ¿Y cómo puede buscarse ese equilibrio?

– De entrada, no podemos desacreditar el corazón porque algunos lo consideren simple sentimentalismo; ni la inteligencia porque otros la vean como un mero racionalismo; ni la voluntad porque otros la reduzcan a un necio voluntarismo. La clave está en encontrar una buena armonía.

Por ejemplo, en las últimas décadas se han declarado diversas cruzadas contra diferentes problemas que amenazan nuestra sociedad: fracaso escolar, alcoholismo, embarazos de adolescentes, drogas, violencia juvenil, etc. Sin embargo, una y otra vez se comprueba que suele llegarse demasiado tarde, cuando la situación ha alcanzado ya grandes proporciones y está fuertemente arraigada en la vida de esas personas.

Y eso sucede porque la información, siendo importante, por sí sola suele resolver muy poco. La mayoría de las veces el problema no es propiamente la droga, ni el alcohol, ni el fracaso escolar, sino las crisis afectivas que atraviesan esas personas, y que les llevan a buscar refugio en esos errores.

– ¿La solución entonces es educar mejor los sentimientos?

– En gran parte sí. Al hombre no siempre le basta con comprender lo que es razonable para luego, sólo con eso, practicarlo. El comportamiento humano está lleno de sombras y de matices que escapan al rigor de la lógica, y que campan por sus respetos moviendo resortes subconscientes de la voluntad y los sentimientos.

–  Pero tener mucho corazón a veces también traiciona…

– Está claro que hay numerosos vicios y defectos que pueden coexistir con un gran corazón. Hay gente de mucho corazón que son alcohólicos, irascibles, mentirosos o poco honrados. Pero de modo general puede decirse que la riqueza y la plenitud de una persona dependen en gran medida de su capacidad afectiva.

Lo más propiamente humano es ser una persona de corazón, pero sin dejar que éste nos tiranice. Es decir, sin considerarlo la guía suprema de nuestra vida, sino logrando que sea la inteligencia quien se encargue de educarlo. Educarlo para que nos lleve a apasionarnos con cosas grandes, con ideales por los que merezca la pena luchar. Es verdad que las pasiones hacen llorar y sufrir, pero no por eso han de ser algo negativo, porque ¿acaso se puede dar una buena clase, o sacar adelante un proyecto importante, o amar de verdad a otra persona, desde la indiferencia? Sin apasionamiento, ¿habrían existido los grandes hombres que han llenado de luz y de fuerza nuestra historia, nuestra literatura, nuestra cultura? Educar bien nuestras pasiones nos hace más humanos, más libres, más valiosos.

¿UNA REALIDAD OSCURA Y MISTERIOSA?

– ¿Y cree que la educación de los sentimientos es una tarea un tanto descuidada?

– Sí. Como ha señalado José Antonio Marina, la confusa impresión de que los sentimientos son una realidad oscura y misteriosa, poco racional, casi ajena a nuestro control, ha provocado en muchas personas un considerable desinterés por profundizar en su educación. Sin embargo, los sentimientos son influenciables, corregibles, estimulables. Pueden modelarse bastante más de lo que a primera vista parece.

Es cierto que la mayoría de los sentimientos no se pueden producir directa y libremente. No podemos generar sentimientos de alegría o de tristeza con la misma facilidad con que hacemos otros actos de voluntad (como gobernamos, por ejemplo, los movimientos de los brazos). Pero sí podemos influir en nuestra alegría o nuestra tristeza de modo indirecto, preparando el terreno en nuestro interior, estimulando o rechazando las respuestas afectivas que van surgiendo espontáneamente en nuestro corazón.

– Algunos consideran que eso es esconder los sentimientos espontáneos para sustituirlos por otros que en realidad no se tienen, y que por tanto son falsos, o al menos artificiales.

– Pienso que no debe verse así, pues lo que se busca no es el falseamiento de los sentimientos, sino construir nuestro propio estilo emocional. Debemos ser protagonistas de nuestra propia vida, en vez de pensar que estamos atados a un inexorable destino sentimental.

Si una persona advierte, por ejemplo, que está siendo dominada por sentimientos de envidia, o de egoísmo, o de resentimiento, lo que debe hacer es procurar contener esos sentimientos negativos, al tiempo que procura estimular los correspondientes sentimientos positivos. De esa manera, con el tiempo logrará que éstos acaben imponiéndose sobre aquéllos, y así irá transformando positivamente su propia vida emocional.

– ¿Y los sentimientos influyen en las virtudes?

-Cada estilo sentimental favorece unas acciones y entorpece otras. Por tanto, cada estilo sentimental favorece o entorpece una vida psicológicamente sana, y favorece o entorpece la práctica de las virtudes o valores que deseamos alcanzar. No puede olvidarse que la envidia, el egoísmo, la agresividad, o la pereza, son ciertamente carencias de virtud, pero también son carencias de la adecuada educación de los sentimientos que favorecen o entorpecen esa virtud. La práctica de las virtudes favorece la educación del corazón, y viceversa.

SER BUENA PERSONA

– ¿Y qué relación piensa usted que hay entre educación de los sentimientos y educación moral?

– Voy a contestarle partiendo de un ejemplo. Recuerdo una ocasión, hace tiempo, en que un profesor amigo mío, refiriéndose a un alumno suyo de once años, de aspecto simpático y despierto, me decía:

«Ese chico es realmente extraordinario, una persona de mucho talento…; es una lastima que no tenga buen corazón. Le gusta distraer a los demás, meterles en líos y después zafarse y quitarse él de en medio. Suele ir a lo suyo, aunque, como es listo, lo sabe disimular. Pero si te fijas bien, te das cuenta de que es egoísta hasta extremos sorprendentes.

Saca unas notas muy buenas, y tiene grandes dotes para casi todo. Lo malo es que parece disfrutar humillando a los que son más débiles o menos inteligentes, y se muestra insensible ante su sufrimiento. Y no pienses que le tengo manía. Es el más brillante de la clase, pero no es una buena persona. Me impresiona su cabeza, pero me aterra su corazón.»

Cuando observamos casos como el de ese chico, comprendemos enseguida que debe prestarse una atención muy particular a la educación moral. Y que una buena educación sentimental ha de ayudar, entre otras cosas, a aprender -en lo posible- a disfrutar haciendo el bien y sentir disgusto haciendo el mal.

– Eso no siempre es fácil. ¿Cómo puede lograrse?

– En nuestro interior hay sentimientos que nos empujan a obrar bien, y, junto a ellos, pululan también otros que son como insectos infecciosos que amenazan nuestra vida moral. Por eso debemos procurar modelar nuestros sentimientos para que nos ayuden lo más posible a sentirnos bien con aquello que nos ayuda a construir una vida personal armónica, plena, lograda. Y a sentirnos mal en caso contrario.

EL ATRACTIVO DEL BIEN

-Pero hay ocasiones en que hacer el bien no resulta nada atractivo…

– Es cierto, y por eso digo que hay que procurar educar los sentimientos para que ayuden lo más posible a la vida moral. Por ejemplo, si una persona siente desagrado al mentir, y satisfacción cuando es sincero, eso será una gran ayuda en su vida moral. Igual que si se siente molesto cuando es desleal, o egoísta, o perezoso, o injusto, porque todo eso le alejará de esos errores, y a veces con bastante más fuerza que muchos otros argumentos. De ahí la importancia de educar sabiendo mostrar con viveza el atractivo de la virtud y el bien.

– ¿Por qué es tan importante esa imagen?

– Si una persona logra formarse una idea atractiva de las virtudes que desea adquirir, y procura tener bien presentes esas ideas, es mucho más fácil que llegue a poseer esas virtudes. Logrará, además, que ese camino sea menos penoso y más satisfactorio. Por el contrario, si piensa constantemente en el atractivo de los vicios que desea evitar (un atractivo pobre y rastrero, pero que siempre existe, y cuya fuerza no debe menospreciarse), lo más probable es que el innegable encanto que siempre tienen esos errores le haga más difícil despegarse de ellos.

Por eso, profundizar en el atractivo del bien, representarlo en nuestro interior como algo atractivo, alegre y motivador, es más importante de lo que parece. Muchas veces, los procesos de mejora se malogran simplemente porque la imagen de lo que uno se ha propuesto llegar no es lo bastante sugestiva o deseable.

– ¿Entonces, con una óptima educación de los sentimientos, apenas costaría esfuerzo llevar una vida ejemplar?

– Está claro que de modo habitual costará menos. De todas formas, por muy buena que sea la educación de una persona, hacer el bien le supondrá con frecuencia un vencimiento, y a veces grande. Pero esa persona sabe bien que siempre sale ganando con el buen obrar.

 

Confía siempre en el Sagrado Corazón de Jesús

¡Cuánto ignoraba! En el dolor y sufrimiento que mi refugio es el Sagrado Corazón de Jesús.  ¡Ahora lo sé! 

Y tú, ¿estás pasando por un gran dolor?  El sufrimiento es parte de la vida, nadie se va a escapar de ello por mucho que lo intente. Recuerdo ahora aquella mujer en mi consulta que en voz alta decía como haciendo una oración:  

“Con este dolor Jesús, ha purificado mi corazón.  Le di las gracias porque comprendí que me atraía hacia Él.  Todo lo que pasaba era porque me quiere santa, que me ahorre el purgatorio y para que yo me diera cuenta que Su Gracia me sostiene.  Así que le dije: “Si pura me quieres Jesús, pura seré para Ti”. Ahora mismo no deseo nada más Dios mío.”  

El sufrimiento desde nuestra tradición cristiana obra en nuestra alma como una medicina de purificación.  

Cuando una persona ha decidido seriamente seguir, imitar y ser formado por Cristo, El Señor le mostrará cómo sufrió Él por la raza humana y le convertirá en alguien favorito, de su círculo. Por eso, cuando El Señor te permita vivir un gran dolor, un profundo sufrimiento, agradécele y ofrécele tu dolor para reparar por tantos pecados que se comenten hacia Él, especialmente en el sacramento de la eucaristía.  

Aunque parezca incoherente, es por medio del dolor y el sufrimiento como se conoce más íntimamente al Sagrado Corazón de Jesús.    

Muchas veces, El Señor te pedirá renunciar a algo o a alguien. Sacrificar a un hijo, como fue el caso de Abraham o regalar todo lo que se tiene a los pobres.   

Y,  ¿por qué Dios dará un regalo de tal dimensión a una persona para después pedirlo de regreso?   Simplemente porque Él es Dios. Y como Dios, la forma en la que moldeará o dará forma a cada alma solo la sabe Él.  Por eso, seguir a Cristo y conocerlo de verdad implicará pasar por la gran prueba de sentir el dolor de su Corazón cuando amaba y era despreciado por los hombres a los que amaba. “Se burlaban de mí y desgarraban mis vestiduras”. 

 La persona que con seriedad quiere amar a Jesucristo como Él quiere ser amado deberá estar dispuesta a los pedidos de Jesús que muchas veces, humanamente no harán sentido….   

El camino sobrenatural no se razona. Se acepta. Esa es la fe. 

 De manera que, a mayor presencia del sufrimiento en la vida cristiana, más bendecido, más agradecido, más consciente de ser escogido. Más convencido de saber que el sufrimiento es materia prima para servir al Salvador. Comprender esto, es una gracia para ayudar a madurar la propia fe y comprender con mayor claridad el misterio de la cruz; la locura de ser cristiano…. Amar a Cristo.   

No ha existido un corazón más bueno y más puro que el de Jesucristo mismo. Verdadero Dios y verdadero hombre.   Nadie sufrió más que Él. Por eso para poder comprender la intensidad de su amor por cada uno,   

Jesús permite situaciones que nos van a llevar a sentir mucho dolor en el corazón, incluso hasta el punto de la agonía.  Las lágrimas brotan copiosamente y Dios empieza a purificar ese corazón para que pueda servirle mejor.  Esta purificación es necesaria para seguir adentrándose en la intimidad de Jesús y para conocer su Purísimo y Dulcísimo Sagrado Corazón. 

Cuando no te resistes a la prueba a la que Dios te somete para purificar tu corazón y hacerte santo, lo imitas.   

Cuando, aunque no comprendas el para qué de esa situación, te abandonas en sus brazos y te sometes, lo imitas.  

Cuando sintiendo un inmenso dolor, lo ofreces al Padre, lo imitas. 

Puedes hacer mucho con tu sufrimiento ofrecido por la Iglesia, los sacerdotes, las familias, las benditas almas del purgatorio. Decía san Josemaría Escrivá: “Los que rezan y sufren, dejando acción para otros, no brillarán aquí en la tierra; ¡Pero qué corona radiante llevarán en el reino de la vida! ¡Bendito sea el ‘apostolado del sufrimiento’!”. 

Te  dejo con la siguiente reflexión  para que la lleves a tu propia oración:  

“Concédenos la gracia de encontrar en el divino Corazón de Jesús nuestra morada; y establece en nuestros corazones el lugar de tu reposo, para permanecer así íntimamente unidos: a fin de que un día te podamos alabar, amar y poseer por toda la eternidad en el Cielo, en unión con tu Hijo y con el Espíritu Santo y bajo la Mirada de Santa María. Así sea.” 

Sheila Morataya

 

 

¿Dónde están (escondidos) los intelectuales cristianos?

Escrito por Miguel Ángel Quintana Paz

​​​​​​​«Las vibrantes discusiones que caracterizaron la universidad medieval son hoy solo un recuerdo mortecino»

Hace tres días el joven filósofo Diego S. Garrocho publicó en el diario El Mundo una tribuna notable. Su título, ¿Dónde están los cristianos?, formulaba sin concesiones una preocupación: que en nuestros debates públicos, nuestras redes sociales, nuestras tertulias políticas y discusiones intelectuales, apenas cabe oír voces cristianas que muestren, verbigracia, «el vigor filosófico del Evangelio de Juan, el mérito sapiencial del Eclesiastés o la revolución moral de las epístolas de San Pablo».

«Hagan la lista», sugería Garrocho: «Está la izquierda cultural, el marxismo talmúdico, la socialdemocracia, el populismo de izquierdas, el de derechas, el liberalismo erudito, el de audiolibro, los ecologistas, la izquierda de derechas, la Queer Theory, los conservadores estetizantes, la tardoadolescencia revolucionaria, el extremo centro, los del carné de un partido, los del otro carné… Y está, por supuesto, el catolicismo excesivo y de bandería. Están todos, absolutamente todos en un ejercicio de afinación sinfónica, todos menos la intelectualidad cristiana».

Esta carencia, a juicio de nuestro pensador, él mismo cristiano (y, por tanto, el texto no deja de emanar cierto aire autocrítico), es grave. No siempre fue así: Garrocho recuerda debates recientes en que sí que supieron penetrar autores como el papa Benedicto XVI, o los filósofos Gianni Vattimo y Rémi Brague (todos ellos vivos, aunque ancianos; yo añadiría al recientemente fallecido René Girard). Su artículo concluye, pues, de forma tan punzante como bella: «Nadie ensaya a decir ya, ni tan siquiera como ejercicio intelectual, que a lo mejor es cierto que hay una dignidad singular en los que pierden, los que sufren y los que lloran, porque de ellos será lo que los cristianos reconocen desde hace siglos como el Reino. Así sea como hipótesis merecería la pena decirlo en alto alguna vez. Por pura probabilidad. No vaya a ser cierto».

Garrocho lanza, pues, un llamamiento a hablar más en cristiano. Y uno podría esperar que tal llamamiento chocase sobre todo con quienes se alegran de que el cristianismo quede fuera (o «fuerísima», según moderno superlativo) de nuestras batallas culturales: laicistas, podemia, modernez malasañera, cientificistas… Sin embargo, resulta revelador del estado de nuestra opinión pública que las principales críticas que tal texto ha recibido hayan procedido… de los propios cristianos.

Estos se han sentido (¿hace falta aclararlo, en el mundo de hoy?) ofendiditos con el planteamiento de este joven profesor. Han negado la mayor. No, ¡no es cierto que no haya autores cristianos produciendo pensamientos valiosos! En Twitter se han ocupado y todo de detallarle listas de notables.

Pero no solo Garrocho (a quien tuve la fortuna de conocer hace años en un congreso dedicado a Paul Ricoeur), sino cualquier persona culta conoce bien estos nombres. Lo que denuncia su artículo, pues, no es que no existan. Volvamos al título: lo que se pregunta es más preciso, ¿dónde están? Pues, desde luego, no son nombres que resuenen en nuestros diálogos públicos.

Ante esta evidencia, los críticos con el artículo que estamos comentando contraatacan: “Oh, cierto, pero ¡no es culpa nuestra, cristianos, si no estamos presentes en el mainstream! ¡Es culpa de quienes controlan este! Si nos excluyen, nos silencian, o si simplemente no se nos escucha, ¿qué responsabilidad nos puede caber?”.

Esta queja parece plausible hasta que uno recapacita sobre ella. Que es a lo que me gustaría invitar al amable lector aquí. Porque cabría ver ese lamento como razonable si procediera de algún grupo marginal, pongamos a los mormones o a los adventistas del Séptimo Día. O a los jugadores de bádminton. Todos ellos dependen, por sus escasos recursos, de la voz que les concedan los demás.

Pero ¿de verdad pueden miembros de la Iglesia católica quejarse de que «otros» les acallan? ¿No tiene tal iglesia hoy en España una red de colegios, de universidades, una cadena de radio, una de televisión, editoriales, asociaciones, organizaciones, institutos, congregaciones, edificios, museos… suficientes como para no depender de si «otros» te otorguen o no la palabra? ¿De veras se están empleando estos enormes recursos del modo óptimo que permitiría ir bien pertrechados a la guerra intelectual?

Mi impresión es la contraria. Todos esos talentos se están dilapidando de forma difícilmente perdonable (recordemos la parábola de los ídem). Y parte del problema es que ese desperdicio se ha convertido ya en una inercia que pasa desapercibida a los propios dilapidadores. De ahí que estos reaccionen del modo tan airado en que lo han hecho con el artículo del profesor Garrocho.

¿A qué me refiero cuando hablo de derroche de los recursos con que sí cuenta la Iglesia católica, pero que no se ven reflejados en su impacto intelectual? Empecemos hablando de los medios de comunicación de la Conferencia Episcopal: una de las cadenas radiofónicas más escuchadas del país, Cope, y una televisión con cierta presencia también, Trece TV.

Enciendo mi aparato de radio mientras redacto este artículo: se juega un partido de fútbol, así que los locutores lo narran exaltados, pespunteándolo todo de alguna que otra blasfemia (el término «hostia», no en su significado sacramental de «pieza redonda y delgada de pan ácimo», es la primera que detecto). No me parece algo definitivo (aunque la próxima vez que los obispos se quejen de que un artista o una revista satírica se mofa de su fe, me preguntaré por qué no ponen en su sitio también a sus propios empleados de Cope, por muy millonarios que sean los contratos de estos). Acudo a la parrilla general de esta cadena: ¿qué espacio se presta a debates intelectuales de empaque donde escuchar la voz cristiana? Me percato de la gran labor que Fernando de Haro o Pilar Cisneros realizan en su programa de tarde, algún que otro programa consagrado a asuntos de sacristía… y poco más.

Apago la radio, enciendo la tele, y mi sensación empeora. Trece TV ha decidido, por razones misteriosas, que repetir películas del Oeste antiguas constituye una excelente introducción al pensamiento cristiano actual. Pero no acierto a captar el porqué.

En cuanto Pablo Iglesias Turrión contó con una televisión, pequeña, financiada por la teocracia iraní, comenzó enseguida a producir debates en que exhibir sus ideas extremistas. Y en los que ir contactando con intelectuales afines o netamente adversarios. Debatir, incluso con gente muy contraria a ti, te da visibilidad (y bien que se la acabaron dando las teles de derecha a Iglesias). ¿Ha pensado alguna vez Trece TV en hacer algo tan sencillo como copiarles?

Es más, ¿por qué no inundar su parrilla de programas que expliquen el inmenso legado artístico, literario, musical del cristianismo? ¿Por qué no explicar, en formato audiovisual, las ideas de (por recordar solo los aquí citados) RatzingerBragueGirard? Reconozco que no tengo ni idea de si estos programas resultarían lucrativos en lo económico (no lo descartemos: como bien descubrió Pedro Navaja, aunque tarde, «la vida te da sorpresas»). Lo que es seguro es que esas emisiones resultarían lucrativas en lo intelectual. Y, por cierto, se puede difundir también este tipo de cosas en la radio (no nos hemos olvidado de ti y de tus locutores millonarios, Cadena Cope).

Trasladémonos de la comunicación de masas al mundo educativo. Prosiguiendo la pasión por el fútbol de la Cadena Cope, permítaseme hablar en primer lugar de «la cantera». ¿Salen preparados en el legado cristiano los jóvenes que pasan hasta 10, 12, 15 años en colegios católicos? ¿Conocen al dedillo (¡diez años dan para mucho!) los relatos bíblicos, las metáforas de los evangelios, los personajes del Antiguo Testamento? ¿Saben responder si se les pregunta por las virtudes teologales o, al menos, las cardinales? Mi experiencia, como profesor de Ética, es en este sentido decepcionante. A menudo debo explicar a mis alumnos, educados o no en escuelas cristianas, los protagonistas de nuestra civilización con el mismo detenimiento con que ellos deben explicarme a mí los personajes y aventuras de Harry Potter. Con el detalle, claro está, de que hay que salvar muchas distancias para sopesar siquiera una comparación como esta.

Una y otra vez he de preguntarme, pues, ¿qué han hecho día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año en esos centros educativos? Me repetiré (pero bien sabrá el amable lector que las repeticiones no son ajenas al estilo bíblico): ¡diez, quince años dan para mucho! Me responden algunos alumnos: clases de religión dedicadas a elaborar murales «por la paz». Charlas sobre lo importante que es ser buena persona. ¿Sabíais que es importante ser buena persona? Jesús te ama y la Virgen, también. Más murales con letras de colores en que ponga esto. Hay que ayudar a los pobres. Jesús vivió hace mucho tiempo. Pero te ama. A los pobres también. Hagamos una campaña de recogida de fondos. Por cierto, ¿no sería fantástico acompañarla de un mural?

No tengo nada, naturalmente, en contra de las campañas filantrópicas. (Sobre los murales evitaré, de momento, pronunciarme). Yo también recogía fondos mientras fui escolar, pues conté con la fortuna de que me educara un colegio católico. Pero justo por eso sé que en 10 años (13 en mi caso) da tiempo para aprender muchas más cosas. Soy el primero que disfruta el entusiasmo de un joven de 23 años, que está redescubriendo el valor de su civilización cristiana, cuando escucha por primera vez la ya citada parábola de los talentos. Pero uno añora los tiempos en que esas cosas bíblicas se conocían de sobra a semejante edad, y se podía partir de ellas para reflexionar más allá.

Terminaré hablando del otro extremo de nuestro sistema educativo: las universidades, en este caso las católicas. Son 16 en total, más dos facultades eclesiásticas. Y sin duda todas ellas cuentan con profesores e investigadores de nivel más que apreciable. Pero, de nuevo, ¿consiguen imbricarse en el debate social? ¿Generan discusiones que tengan repercusión fuera de ellas? ¿Introducen asuntos en redes sociales? 16 universidades dan pie a una red de invitaciones mutuas, de lecturas mutuas, de intercambios respectivos, pero ¿logran cada una de ellas entrar en diálogo con visiones cercanas, mas no idénticas por fuerza?

Mi impresión es que aquí ocurre lo contrario que describíamos en niveles educativos inferiores: mientras que en ellos el cristianismo queda a menudo diluido en frases vagas o bellas intenciones (y murales), cosas todas ellas que podría compartir cualquier persona de buena voluntad, en el ámbito universitario el enfoque se vuelve más cristiano, pero también más cerrado. No proliferan conversaciones entre ateos y cristianos en las facultades católicas. O entre cientificistas y humanistas. No son frecuentes los debates tampoco entre visiones contrapuestas de la fe. La moral cristiana no aprovecha para propagarse y demostrar su potencia en lucha intelectiva con otras visiones. Las vibrantes discusiones que caracterizaron la universidad medieval son hoy solo un recuerdo mortecino. Todo se despacha a menudo con un par de jornadas en que unos cuantos amigos repiten entre sí las ideas que ya todos ellos conocen; o algún homenaje simbólico a algún autor de renombre, que rara vez tiene más alumnos entre el público que ponentes invitados.

Seguramente he generalizado (es lo que tienen los análisis generales, como este, de la postergación del cristianismo en nuestra cultura). Seguramente hay alumnos que salen de sus escuelas católicas con una sólida formación desde Abraham a Maritain, desde el Génesis al Apocalipsis. Seguramente hay actos donde universidades eclesiásticas o religiosas se confrontan con los retos (y los intelectuales) de nuestro tiempo. Probablemente hay tardes en que Trece TV no emite un western.

Todo eso puede ser verdad y, aun así, la pregunta de Diego S. Garrocho con que iniciamos este artículo seguiría siendo pertinente. Así al menos la he visto yo; y un buen modo de mostrar que Diego y yo nos equivocamos sería que radios, televisiones, colegios, universidades, institutos, editoriales, museos católicos recogieran este guante. No como lo recoge una damisela ofendida; sino como un reto para batirse en duelo intelectual. Para demostrarnos a nosotros, a todos, que el cristianismo, dos mil años después, sigue aprovechando cualquier ocasión para ponerse de actualidad. Al igual Jesús, también él, aprovechó el mero hecho de sentir sed junto a un pozo de Samaria para pegar la hebra.

Miguel Ángel Quintana Paz
Profesor de Ética y Filosofía en la Universidad Europea Miguel de Cervantes.

 

 

¿Existe el derecho a morir?​​​​​​​

Escrito por José Miguel Serrano Ruiz-Calderón

El derecho a la muerte se define desde el olvido de la muerte, característica de la sociedad contemporánea. La defensa de la eutanasia, lejos de ser una contradicción con ese olvido, constituye su constatación

Afirmada como acto altruista y benevolente encubre la necesidad propia de olvidar el sufrimiento y la muerte, y la incapacidad de observar la muerte ajena. Como derecho, el derecho a la muerte se presenta como la prohibición del Derecho y la comunidad de interferir en el acto tanático para sí mismo o para otro. Pero como efecto se instaura un derecho de carácter social e indicación ética que constituye un riesgo para la vida dependiente.

1. La muerte, elemento definidor del animal humano

Oímos hablar constantemente del derecho a la muerte, o si se prefiere el derecho a morir o, mejor aún, el derecho a la muerte digna y observamos una ocultación permanente del significado de la muerte en la vida humana. Estamos probablemente ante una forma de mantener la ficción de una vida sin muerte y ante la precipitación de la situación del moribundo. Como si quisiésemos mantener la ficción de Epicuro, que tan poco resultado nos ha dado a lo largo de la Historia: Acostúmbrate a pensar Meneceo que cuando tÚ estas ella no está y que cuando ella está tu ya no estás. Por ello, la eutanasia lejos de suponer una objeción a la observación general desde la sociología de los cincuenta de que entre nosotros la muerte está ocultada, supone la ratificación de esta observación.

Robert Redeker en su obra “El eclipse de la muerte” contrapone esta ocultación con el sentido que tiene la muerte para la vida del hombre[1].

En línea con la filosofía más antigua, los dioses envidian a los hombres la muerte, o la más cercana, el hombre es el animal que muere, Redeker observa la muerte como el hecho definidor de la muerte.

El hombre muere, los animales no, y el hombre percibe la muerte a través de su amenaza y muy sustancialmente a través de la muerte del otro. Con la muerte del otro se descubre la banalidad de la afirmación de Epicuro: Meneceo la muerte está entre nosotros, aunque sea por el temor de que los seres amados desaparezcan con nuestro recuerdo, como señaló con más acierto San Agustín.

Además, y con gran importancia para nuestra cuestión, pues al fin y al cabo el Derecho es una parte importante de la idea de Orden[2] que construimos con dificultad, la muerte, su concepción, la relación con los muertos y con nuestra muerte está en la base de la civilización. La forma de tratar a la muerte o a los muertos es indicio de civilización y por esa razón nuestra civilización parece bárbara o, al menos, en proceso de barbarización.

Si no fuera por el lenguaje, por la representación, por el culto la muerte no sería otra cosa que un acontecimiento banal. Con el nacimiento puramente animal, la muerte puramente animal se repite miles de millones de veces. La muerte humana se humaniza en el rito y así civiliza. Recuérdese el texto de las Analectas “¿Cuál es la raíz de los ritos…? En las ceremonias, preferir la simplicidad al lujo; en los funerales, preferir el duelo a las convenciones”[3].

Pero junto al aspecto limitador de la muerte, que se define como una muerte que hay que controlar con la cultura, la muerte puede presentar un aspecto positivo de forma que es condición de la vida, al menos tal como la conocemos. Sin muerte no habría futuro, la sociedad, el planeta quedarían paralizados, envejecidos. Gracias a la muerte hay nacimientos y gracias a los nacimientos en palabras de Arendt hay futuro. Sin nacimientos no tendríamos esperanza seríamos una mera prolongación de un mundo paralizado[4].

También la muerte puede concebirse como un límite deseable a una vida que se percibe como un constante esfuerzo, donde el mito del progreso más que un mito aparece como una máscara encubridora que engaña al hombre. La vida no edulcorada, en las actuales circunstancias, con sus alegrías y penas, con la desaparición de los allegados, con el fenómeno de la vejez parece exigir un límite.

Surgiría la muerte como liberación, no sabemos si como contenido de un derecho, cuando se espera una vida mejor o también cuando se busca como alternativa a los sufrimientos o cansancio de la vida, como nos describe Cioran hablando no ya de la muerte sino del mismo suicidio[5].

2. La muerte ocultada

Si en línea con lo descrito con Robert Redeker y antes por los sociólogos como Philippe Aries nuestra realidad es la de una sociedad con muerte ocultada, la reivindicación del derecho a la muerte, la discusión sobre este, las sesiones dedicadas a cÓmo se muere en todo tipo de parlamentos parecen ser contradictorias con ese eclipse[6].

Es decir, la mayor dificultad que tenemos al intentar explicar el fenómeno cultural de la eutanasia, que se extiende sin límites en Occidente, es compaginar dos datos aparentemente opuestos.

Uno es el ya citado del ocultamiento de la muerte, que incluye a los agonizantes, a los muertos, a los cementerios y a la propia presencia de esta realidad tan humana, o si se quiere, tan definidora de lo humano.

La muerte se oculta como se oculta la vejez según una muy adecuada observación de Robert Redeker. El viejo disfrazado de adolescente, “el mayor” debe pasar de una juventud cosmética a desaparecer, de la forma más rápida e indolora posible.

De esta forma la muerte deja de ser un acontecimiento para el que nos preparamos, ya no nos preparamos ni para nuestra muerte ni para la muerte ajena[7].

Y ello aunque sabemos desde antiguo que como afirma della Rochefoucauld ni la muerte ni el sol se pueden contemplar directamente[8].

3. Derecho a morir

Pero la ocultación de la muerte coincide con el denominado “derecho a morir” que se ha convertido en el paradigma de los derechos, el derecho que completa todos los derechos. Y este derecho dista de estar oculto.

La aparente paradoja se resuelve precisamente en la supresión de la muerte como acontecimiento que da sentido a lo humano y en la desvalorización de todo dolor, entendido como un sinsentido, en un sistema que supuestamente sólo garantiza gozos.

El derecho a morir es realmente el derecho a eliminar las vidas sin sentido. Pues en su contenido es el derecho a la muerte medicamente administrada; como un elemento final del tratamiento.

La apuesta es peligrosa pues el número de vidas sin-sentido para uno mismo o para otros es ilimitado. No se sabe qué sentido tiene nada en el juego producción-consumo cuando surgen unos desechos de la producción y tantos no alcanzan los niveles de consumo aceptable.

Pero desde luego no tienen sentido ni las vidas de los sufrientes, ni la de los graves deficientes, ni la de los incurables y finalmente la de los viejos, entendidos como sujetos que están en una edad que ya no pueden imitar el juego del adolescente que disfruta sin límite.

De esta forma, al quitar la vejez, la muerte o el sufrimiento del horizonte del significado humano lo que se prepara es lo que el mismo autor ha denominado un geronticidio[9]. Siempre será por el bien de quien lo reciba, y es posible que en principio se mantengan las formalidades de la muerte voluntaria”.

En efecto, el acto de dar muerte se vuelve una acción veterinaria, pues sin la comprensión de la muerte lo humano vuelve a lo animal y este hecho se produce paradójicamente cuando en su proceso de liberación gnóstica el hombre se cree Dios. Ni Dios ni animal es el hombre en cuanto muere.

Lo veterinario en la muerte administrada al hombre que ya no puede comportarse como un Dios, pues se orina encima, babea, o no reconoce, explica una aparente incoherencia; en un momento en el que no se puede retribuir con la muerte. Es decir, la comunidad aparentemente no puede sancionar con la muerte un acto voluntario, cruel, que incluso provoque la muerte de muchas vidas insustituibles. Pero si puede administrar la muerte como un beneficio, evidentemente sin la crueldad del pasado, sin los simbolismos que condenaba el propio Aristóteles cuando aclaraba que la igualdad que restituía la justicia retributiva era analógica pues al que había obtenido una ventaja no se le hacía lo mismo.

No podemos matar como castigo, es decir, no tenemos una muerte jurídica, pero podemos matar como beneficio, es decir, tenemos una muerte extrajurídica pues la muerte se saca del derecho y quien la recibe no es ya tratado como un hombre, si hemos de seguir las afirmaciones de Heidegger de que son los hombres los únicos que mueren.

La muerte como beneficio que se otorga a un hombre ha sido también analizada por Redeker. Este autor francés, de nuevo en una tradición enraizada en lo mejor de nuestro pensamiento duda de los verdaderos motivos de ese beneficio.

Redeker nos previene de los verdaderos motivos de quien quiere aplicar la muerte como un beneficio para el que la recibe. Ambos son bastante incompatibles con el tratamiento humano a un humano.

“Detrás de la filantropía para evitar demasiado sufrimiento a los enfermos que hay que matar...o para ayudarles a partir dos fenómenos se ocultan: la psicología del débil que tiene miedo a sufrir viendo sufrir... y el odio estético de un determinado estado del hombre, la repugnancia ante un estado físico y mental alejado de la imagen que nuestro mundo difunde del hombre”[10].

La raíz ideológica del nuevo “derecho” que se construye respecto a una muerte que en el resto de la cultura se niega es el enfrentamiento entre la imagen que el sujeto construye de sí mismo, si se quiere la razón del engaño al que se somete al hombre, y la realidad de una vida humana que pese al enmascaramiento de la adolescencia prolongada debe terminar en la vejez primero y luego en la muerte.

4. Distopia y muerte

El modelo de lo que acontece fue previsto por las distopias que jalonan el siglo XX. Tanto en El Señor del mundo[11] de forma explícita como en Un mundo feliz[12] hay eutanasia algo disimulada en el segundo caso. La eutanasia es un medio de garantiza la supuesta filantropía ocultando la verdad del sufrimiento y de la muerte. Es un final casi necesario que sin embargo necesita eliminar lo específico humano.

En la discusión final de la novela de Aldous Huxley como en el magnífico dialogo del Gran Inquisidor[13] que aparece en la novela Los hermanos Karamazov parece claro lo que los poderes enmascaran detrás de su supuesta ley bonancible, la eliminación de la libertad pero esta eliminación de la libertad apunta al elemento principal que subyace a todo el proceso, la eliminación de la Naturaleza humana.

Si el hombre sufre porque es libre, la aplicación de las leyes científicas, como en el discurso articulado de Zamiatin en Nosotros[14], produce dos efectos elimina el sufrimiento con la condición de eliminar la libertad. La eutanasia juega con ambos conceptos.

La muerte apartado, con aspecto juvenil, desprovista de sufrimiento, contemplada de forma natural, como si la muerte humana fuera algo meramente natural, es descrita por Huxley. No se puede negar la similitud con la eutanasia.

Visto este proceso no cabe duda de que la argumentación del derecho a la muerte tiene un entorno ideológico que no se puede negar, so pena de no alcanzar la lucidez sobre lo que ocurre y acabaríamos así discutiendo sobre dosis de opiáceos o sistemas de asistencia que es precisamente de lo que no se trata.

El entorno de la expansión del derecho a la muerte es el de la incomprensión ante el sufrimiento por un lado, pero sobre todo la voluntad ideológica de desconocer la realidad de la vida humana necesariamente desfalleciente a partir de un determinado momento. La realidad de la vejez.

Se ha alabado mucho la voluntad de mantener un corazón joven, siguiendo el mito del romanticismo primero y del fascismo después, pero se ha entrado poco en el ridículo de no aprovechar la ancianidad en sus elementos alabados desde la Antigüedad y sustituirla por un remedo cosmético de una juventud de la que sólo se mantiene una cierta ignorancia idiota.

Precisamente si conectamos el abandono de la valoración de las virtudes de la edad madura con la eutanasia tenemos el fenómeno del geronticidio. El significado de la eutanasia no es sólo acortar e momento del dolor sino más precisamente acortar o eliminar un momento inevitable de la vida alargada.

Por eso la liberación que se supone que es la eutanasia es ante todo liberación de la naturaleza humana y en definitiva supone la eliminación del derecho. Lejos de tener en cuenta los conceptos de voluntad y pacto, o el concepto de voluntad, la eutanasia entra en el discurso de las vidas sin sentido.

No hay que temer un alboroto radical nihilista que llegue a la conclusión de que ninguna vida humana reducida a la producción consumo tiene sentido. No hay peligro. La eutanasia parte de la base de que hay una vida, que no calificamos ya de hedonismo por respeto a Epicuro, sino que sería puramente animal, en la reducción al goce, que tiene un sentido pleno y otras que no alcanzan ese nivel que no.

El propio Simon Leys en “Una carta abierta al Gobernador General” define las implicaciones sociales de la benevolencia esbozada hacia los deficientes y expresada en el homicidio médico. En efecto el Gobernador general de Australia Bill Hayden había pronunciado un discurso favorable a la eutanasia, en el que tras sentirse orgulloso de haber tenido una vida plena y satisfactoria temía que en algún momento la senilidad le robará su dignidad humana. Para ese momento esperaba la eutanasia. Contesta con sarcasmo Leys que el Gobernador General parece haber olvidado la diferencia ya definida por Pascal entre dignidad institucional y dignidad natural. Se pregunta cómo sabe el Gobernador General que en el orden de la grandeza natural la condición de un Bill Hayden senil, incoherente, amnésico e incontinente, en una silla de ruedas constituiría una degradación respecto a la plena humanidad que supuestamente ha alcanzado como Gobernador General.

Y entonces Leys, uno de los espíritus más finos del siglo XX pronuncia su sentencia “Una sociedad que deja de percibir que debería respetar la grandeza natural de un viejo, senil, incontinente y amnésico tanto como debe respetar la dignidad institucional de su Gobernador General simplemente ha abandonado el principio básico de la civilización y cruzado el umbral de la barbarie”.

Y más adelante encuentra la razón subyacente, en-mascarada por el “yo preferiría en su caso”. “Las generaciones sucesivas merecen ser liberadas de algunas cargas improductivas.” E insiste en su sarcasmo preguntándose si no deberíamos dotar a cada domicilio de unos cubos de basura donde los parientes ancianos pudiesen reciclarse higiénicamente en alimentos para mascotas[15].

Como el discurso sólo en algunas ocasiones tiene la claridad que critica Leys suele enmascararse bajo la reivindicación de un Derecho que en cierta medida se encubre bajo la apariencia de un derecho a la propia muerte, es decir, a un suicidio mediato.

5. Homicidio, Derecho y Ética médica

Al referirse al derecho a morir, que se adjetiva dignamente, no se reclama como es notorio el hecho inevitable de la muerte. Pedirla como derecho sería absurdo. Tampoco se limita esta reivindicación a exigir la abstención del otro, sea del médico o del gran Otro, la sociedad ante los actos de un individuo que avanza hacia la muerte dentro del curso natural.

Es decir, aunque pueda aparentarlo, no estamos ante una reivindicación de abstención médica, una libertad frente al poder médico, encarnado no ya en el viejo médico patriarcal (o paternalista que tanto monta) sino en el médico mero agente del único patriarca que se tolera en nuestra sociedad, el Estado.

En sentido estricto la reivindicación es que en de-terminadas circunstancias, que tienen que ver con el incumplimiento de una ilusión de vida que enmascara la realidad contemporánea, un médico mate a su paciente.

Es importante recalcar que esta reivindicación al ser jurídica y traducirse en la legislación no se pide respecto a uno mismo, como la retórica de casos como el de Ramon San Pedro nos hace creer, sino que se impone respecto a todos los miembros de una sociedad, o en el delirio contemporáneo, respecto a la Humanidad.

Esta es la notable paradoja del derecho. El juego de lo que los anglosajones llaman win/win no existe. Ciertamente la Justicia en abstracto viene bien a todos pero en concreto a algunos garantiza y a otros obliga en unas ocasiones y en general a todos obliga y a todos garantiza.

Esto tiene también algunas implicaciones que conviene considerar siempre en derecho pero que se pierden en el discurso de los derechos absolutos.

Cuando se pide el reconocimiento judicial o legislativo de un derecho no basta exigir una reivindicación con anhelo sino hay que encajarla, por así decirlo.

La primera forma de encajarla es, por supuesto, en el derecho mismo, por analogía o derivación lógica. Esto se puede hacer por las vías habituales de interpretación sobre textos o de forma “creativa”. Como veremos hay que ser muy creativo, como ocurre con muchos tribunales actuales, para derivar del Derecho, se entienda como se entienda, un derecho a morir y para ignorar la tradición jurídica de sancionar primero el suicidio, hasta el s XIX, luego el auxilio al suicidio y siempre el homicidio compasivo, incluso cuando la compasión es sincera.

También se requiere encajar el derecho concreto en el punto de vista sobre la Justicia que constituye todo Derecho, hay que justificar su relación con el bien común, en su acepción menor, es decir que no lo afecta negativamente, o en su forma más propia, es decir, que lo promueve.

El reconocimiento de un derecho, que no implica sin más una aspiración satisfecha, tiene por tanto efectos mucho más allá de quienes lo reclaman. El primero de estos efectos es obvio. Obliga a otros muy directamente y a todos en cierta forma. El segundo es que al implicar una visión del mundo, una antropología, un intento de explicación sobre la justicia estas opciones valorizan unas cosas y desvalorizan otras. Esta valorización y desvalorización es social, tiene efectos sobre otros y, por supuesto, afecta en cascada al Derecho.

Esto en sí nos es bueno ni malo. Es lo que es. Pero hay que tenerlo en cuenta cada vez que se incorpora al Derecho uno de estos derechos subjetivos o si se quiere cada vez que se inventa un derecho.

Esto de inventarse derechos, o incluso de inventarse todo el derecho es sabido que no le gusta al reaccionario. “La primera revolución estalló cuando se le ocurrió a algún tonto que el derecho se podía inventar”.

En este punto uno de los argumentos vulgares más utilizados y de mayor éxito, de nuevo recuerdo el caso San Pedro, es el que acusa a quienes se oponen al reconocimiento al derecho a la muerte digna de imponer una determinada moral. Supongo que será la moral de una interpretación estricta del principio, o mandato, o revelación, de ·”No matarás al inocente” y de la necesidad de su traducción en el derecho.

Mi argumento es que no incluir esta prohibición en el Derecho, aunque la única excepción sea vinculada a la voluntad de quien recibe el beneficio de la muerte, implica adoptar una noción de libertad, de vida, de hombre, de moral y de Derecho determinada. Así bien podríamos decir a algunos que nos imponen su moral.

Esta moral que se transmite al Derecho sin los habituales principios de salvaguarda o sin los critierios que han sostenido el Derecho occidental tiende a volverse absoluta. Es totalitaria, en la forma en que Aldous Huxley define el futuro Totalitarismo en su novela “Un Mundo Feliz”.

Se hace necesaria una digresión sobre esta peculiaridad moral que produce una legislación asfixiante centrada obviamente no en el propio perfeccionamiento, que es el oficio de la moral sino en el perfeccionamiento ajeno, fin de las leyes.

Aunque la base del nuevo derecho sea la apelación a los deseos-derechos naturales del sujeto liberado y este individuo liberado tiende a moralizar con radicalidad todas sus conductas, el habla, la estética, y los microgestos, el hecho es que precisamente por como advirtieron juristas de la talla de Francesco D’Agostino, la moral actual ha pasado a ser legislada y la legislación ha pulverizado toda línea de división entre lo privado y lo público que nos protegiese[16]. Como ese deseo-derecho no se apoya en lo existente en el Derecho, la moral o las costumbres sino que como todo movimiento revolucionario aspira a transformarlo, el efecto es un activismo asfixiante donde la expresión del moda del reivindicador, eso de “no nos impongas tu moral”, parece un sarcasmo.

6. Eutanasia y suicidio

Hemos dicho que el derecho a la muerte digna no puede confundirse con el suicidio pero también que el argumento de partida parece vincularse al argumento del suicidio como acto libérrimo en el que no debe inmiscuirse la moral social ni el derecho, y ello a pesar de que ambos ordenes normativos siempre han tenido mucho que decir sobre el suicidio.

Para tratar con lealtad esta cuestión del supuesto derecho a morir debemos asumir también algunos presupuestos que no están plenamente presentes en la hagiografía pro vida. Hay razones para desear la muerte., de hecho mucha gente la desea. Hay que considerar aquí el anhelo de la muerte como rasgo espiritual del misticismo, como en Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, como signo de agotamiento ante el mundo o como displicente valoración de este, realidad falsa, destierro o prisión. Es más pueden encontrarse razones para suicidarse, razones claramente razonables. De hecho el hombre que es el único animal que muere (al ser el único que es consciente de la muerte) es también quien tiene la exclusiva del suicidio. Frente a esta realidad universal no son del todo útiles las admoniciones morales extendidas desde antiguo y recogidas en el derecho inglés del Siglo XVIII. Quien se suicida actúa contra el instinto de conservación, contra la Ley de Dios y contra la ley del Rey. En concreto toma algo que no es suyo.

Precisamente porque el suicidio no es detenido por el instinto de conservación, se sobrepone a él, la sociedad en general, ha entendido que la disuasión del suicidio es una obligación social que incluye a todos. El camino opuesto es la epidemia de suicidios, románticos. Nihilistas, por el dolor o por el puro agotamiento de la vida sin sentido. El denominado derecho a morir dignamente trastoca este camino, lo invierte, desmonta una a una las barreras de prevención.

Ciertamente el derecho a la muerte digna se limita a unas causas específicas. Sólo quienes se encuentran en unas circunstancias determinadas accederán a estos derechos que no parece ni universal ni meramente voluntario. Las causas justificativas englobarán lo que en sentido clásico se llamaba el suicidio pusilánime.

Estas causas ligadas a la gravedad e irreversibilidad de la enfermedad y a los graves sufrimientos a ella asociados, se extienden en dos direcciones. Por un lado, hacia prescindir del acuerdo explícito del paciente. Por otro, hacia la extensión del concepto de vida que no merece vivirse.

Con la labor de zapa, o casi diría de asalto, del discurso eutanásico contra las barreras, al final poco queda de ellas.

Es más, termina por moralizarse el suicidio en ciertos casos, ante ciertos estados clínicos como antes sucedía en ciertos suicidios de honor, del guerrero ofendido o de la mujer ultrajada.

Por ejemplo, el suicido de honor de la mujer ultrajada, tal como se aplica en Roma enseña mucho de como una obligación socialmente impuesta puede presentarse como una liberación, o como una conducta excelente respaldada por un amplio consenso social[17].

Si la primera medida antisuicidio es no hacer su panegírico, la eutanasia tiene una presencia en la vida social, en los medios y en el debate público de efectos completamente opuestos a esa medida. Hay apóstoles de una forma de morir, más bien de esa forma reglada por la que se mata. Los defensores de esta práctica no son sujetos más o menos malditos, sino que están en la cresta de la ola.

El temor numinoso ante la muerte y ante el acto de matarse es sobrepasado con la eutanasia técnicamente dirigida, administrada, incluida en la cartera de servicios.

Esto a su vez elimina otros obstáculos como el temor personal al “paso suicida” que a tantos retiene precisamente por la presencia de un “natural” instinto de conservación.

Otras barreras en la práctica individual del suicidio, incluso por el que tiene la firme voluntad de cometerlo, son la prohibición jurídica y el reproche moral. En el mundo eutanásico desaparece de raíz. La eutanasia es un acto autónomo de una autonomía tanática que “se pone en marcha” cuando las alegrías de la vida, la su-puesta felicidad, el control del deber, el dominio sobre la enfermedad, la adolescencia perpetua ceden y la vida se manifiesta sólo para unos pocos, con toda su crudeza.

Si la sociedad apoya la eutanasia, si el medio empleado modificara el obstáculo que representa el temor numinoso, el obstáculo tan sólo podría ser el afecto cercano y natural de los familiares. Es decir, no dar el enorme disgusto de matarse. Ciertamente esto no disuade a muchos suicidas pero es significativo que esté al menos presente en las cartas de perdón y despedida.

Pero este obstáculo deja de serlo cuando el suicidio se describe como un bien para el beneficiario y sus familiares. Con un poco de esfuerzo manipulador, practicado por sus defensores, puede incluso aparecer para la mayoría en el disfraz de un acto solidario que evita sufrimientos y, no lo olvidemos, también costes. Emprendida la pendiente, nuestra sociedad suicida puede tender hacia una salida suicida o a un suicidio médico que, a su vez, es un homicidio.

Lo fundamental es en consecuencia que con la eutanasia, en general, tratamos de un homicidio de justificación suicida y esto es así en cuanto el concepto de cultura de la muerte incluye la eutanasia como un elemento de la autodeterminación del hombre.

Por eso la justificación no es sencillamente el corte de algún dolor intenso sino que el suicidio aparece como una libertad. Para ser mas precisos como la manifestación de la libertad completa.

Esta libertad es, como indica Dostoievski en los discursos de los hermanos Karamazov la libertad de Dios. La liberación completa de Dios lleva, sin embargo, a la esclavitud completa del hombre y esto es igualmente válido en el efecto totalitario que vimos en la sociedad del siglo XX como en la postotalitaria del XXI.

Por ello cuando se trata de discutir este derecho, presentado como el más valioso de los derechos de forma paradójica, la muerte como el mayor valor, han sido más agudos los literatos y los poetas en general que los tratadistas jurídicos, especialmente los que se han atrincherado en una especie de derecho natural absoluto a ser de una determinada forma, una forma que estaría al margen de las exigencias sociales y del derecho concreto, es decir, del único derecho que existe.

El derecho que se proclama tiene evidentemente una base nihilista que manifiesta con especial fuerza la tendencia eutanásica que sufrimos. La revuelta contra Dios que caracteriza el paso del XIX al XX impide concebir la vida en su sentido más profundo.

El poeta ruso, fallecido en el GULAG Ossip Mandelstam, que recordemos intentó suicidarse una vez, lo dice con claridad a su mujer y biógrafa Nadezhda, cuando ante la amenaza de la deportación a los campos de concentración esta ofrece el suicidio.

La vida es un don dice Ossip y la obligación del hombre es vivirla, la vida es un don incluso en las peores circunstancias y no deja de serlo aun cuando no se pueda alcanzar una felicidad prometida e ilusoria. Y debemos recordar que en el camino de esa felicidad, siempre futura, se ha privado durante el siglo XX a los hombres de los elementos más básicos de su propia vida. Dice Ossip, y corrobora Nadezhda, que la obligación del hombre es vivir, no ser feliz y, como más tarde, contesto ya en los setenta Nadezhda, en una entrevista en el NYTM, cuando se le decía que el cristiano debe vivir con esperanza “yo tengo esperanza en la vida eterna que se nos ha prometido”[18].

Esto puede parecer filosófico (es decir no cuantificable y entonces no juridificable). Pero entre considerar la vida como un don o considerarla un acto de autodeterminación que tiene su máxima realización en el propio homicidio no hay un punto intermedio o neutral. Nos deslizamos hacia el segundo con todas sus implicaciones y la única forma de reaccionar es afirmar lo primero.

La muerte, exactamente el suicidio como autodeterminación completa, cambia todo y afecta a lo más profundo de las relaciones e instituciones humanas. Reaparece la familia homicida y la sujeción de la vida humana, del reconocimiento como persona, a cierto grado de aptitud o felicidad.

La opción don o libertad autodeterminada es un base de civilización. Por eso cuando algunos grandes pensadores del XX y principios de XXI hablaron de cultura de la vida y cultura de la muerte dieron con la definición del debate o describieron la crucial elección a los que nos vemos abocados.

La construcción de la cultura de la muerte tiene una traducción jurídica en el derecho al suicidio (realmente al homicidio encubierto de suicidio) que se extiende por Europa y en general por el mundo que se llama desarrollado y tiene su punto nuclear no tanto en el concepto vida o persona, al que hemos dedicado grandes esfuerzos, sino en el concepto libertad.

Un error de juicio sobre la libertad, que es un error de juicio de la relación del hombre con el Creador, puede llevar como hemos dicho a sostener que el suicidio no es una libertad sino la libertad por excelencia. De ahí a considerar lo mismo respecto a la ayuda al suicidio o el suicidio administrado sólo hay un paso.

7. Vida y libertad

Fue Dostoievski, y sigo la lectura de Nadezhda Mandelstam, quien distinguió con mayor agudeza la libertad (freedom en ingles) como la posibilidad de hacer lo que se debe hacer y la libertad como licencia (license en inglés Svoevolie en ruso) que nos conduce a la noche del no ser[19].

Si como sociedad elegimos la noche del no ser el fin garantizado será aplicar esa inversión de los valores y nos encontramos con la paradoja.

Lo libre, lo moderno, lo actual, lo europeo, no es aceptar la vida, ayudar a su venida o desarrollo, paliarla en lo que los hombres podemos paliar, sino favorecer la muerte, ignorar el don de la vida y aceptarlo como una carga.

No podemos evitar el debate fundamental, manteniéndonos en la neutralidad de opciones, pues si la vida no es un don indisponible lo que se pone en marcha en la cultura social es la maquinaria de la muerte.

Y tenemos así la paradoja que consiste en que el camino de la libertad es el camino de la muerte sanitaria y esa muerte planificada, profesionalizada, se convierte en un derecho subjetivo; pero es un derecho que se aplica en nombre del paciente que le sustituye, que le presiona. La alternativa se va tornando una obligación cuando quienes tienen poder para ello entienden que lo debido es morirse.

Al echar la vista sobre el siglo XX comprobamos las veces que se ha esclavizado hasta la inanición en nombre de la felicidad.

Pues aquí aparece la máscara. Sin disparar la tasa de suicidios a las que nos acostumbramos en las fases agudas de las crisis nihilistas desde el siglo XIX aumenta la defensa y práctica del homicidio médicamente administrado.

Esta administración sanitaria del homicidio exige un juicio de adecuación del paciente al “tratamiento” y esclaviza mediante la ley al médico y a los pacientes que reúnen ciertas características objetivas. Se produce lo que hemos denominado pendiente deslizante lógica, lo que se defendió en nombre de la libertad, se aplica a quienes no pueden ejercerla.

Esta sujeción a la voluntad tanática del Estado, pues para todos en algún momento, pero para unos específicamente ahora, lo indicado es la muerte.

En efecto la tentación contemporánea del dejar hacer, de no implicarse en las decisiones amenazantes sobre la vida humana, ignora que cuando la muerte clínicamente administrada se convierte en un derecho todos resultan obligados respecto a ese derecho.

El llamado derecho a morir dignamente es infame cuando lejos de suponer una opción o no de tratamientos se convierte en la obligación de matar.

Si culturalmente parece que esta otra enorme estafa se ha impuesto entre nosotros y es cuestión de tiempo que nos alcance, me permito repetir las palabras de Nadezhda Mandelstam en los años setenta cuando nada hacía presagiar esperanza para Rusia.

“El camino de la libertad es duro, particularmente en tiempos como los nuestros pero si todo el mundo hubiese escogido el camino de la licencia, la humanidad hubiera dejado hace mucho de existir.

Si todavía existe es debido al hecho que el impulso creativo ha permanecido más fuerte que el destructivo. Si esto será así en el futuro no nos corresponde decirlo”[20].

Hasta aquí Nadezhda. Yo creo, sin embargo, sin riesgo de que se me tache de optimista, que nosotros aquí, precisamente, y cara al futuro inmediato, si tenemos mucho que desenmascarar, mucho que construir, mucho que paliar pero, sobre todo, mucho que vivir.

Sabemos que el derecho a la muerte difícilmente puede ser un derecho en sentido estricto, es decir, algo derivado de un convenio que vincula dos voluntades. En su momento Sergio Cotta en unas palabras que algunos no valoramos convenientemente señaló que en el pacto suicida resulta anulada totalmente una voluntad, sea la del médico sea la del paciente, y en ese sentido no puede ser jurídico[21].

Pero no podemos olvidar que el derecho a la muerte se inscribe en la lógica de la instrucción oficial, de la reglamentación benevolente que establece un Estado Total, que aplica una ideología única donde los viejos límites salvación-bien común, externo-interno, autónomo-heterónomo que marcaban la diferencia entre moral y derecho no existen. El Estado no admite límites aunque dice actuar en nombre no ya de una raza, de un pueblo o de una clase sino en nombre de una multitud de voluntades individuales que se reducen a una.

Por eso la regulación de la eutanasia tiene como efecto la total transformación de la deontología médica. De la función del médico.

Referencias

Andres González-Cobo, Ramon. Semper Dolens: historia del suicidio en Occidente. Barcelona: El Acantilado, 2015.

Arendt, Hannah. Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Alianza Editorial, 2006.

Benson, Hugh. Señor del Mundo. Madrid: Palabra, 2015.

Cioran, Emil. Syllogismes de l’amertume. Paris: Galli-mard, 1995.

Confucio. Analectas. Ed. Simon Leys. Trad. Simon Leys. Madrid: EDAF, 2013.

Cotta, Sergio. «Aborto ed eutanasia un confronto.» Ri-vista di Filosofia I dirito alla vita. Fascicolo speciale (1983): 5-23.

D’Agostino, Francesco. Bioética. Turín : Giapichelli, 1996.

de Mauny, Elisabeth. «The winter years of Nadezhda Mandelstam.» The New York Tmes 17 de febrero de 1982: 006045.

Dostoievski, Fiodor. El gran inquisidor y otros cuentos. Madrid: Siruela, 2010.

Gómez Dávila, Nicolás. Escolios a un texto implícito. Ma-drid: Siruela, 2001.

Huxley, Aldous. Un mundo feliz. Barcelona: Debolsillo, 2012.

Leys, Simon. «An Open Leter to the Gobernor-General.» Quadrant 39.9 (1995): 9.

Mandelstam, Nadezhda. Hope Abandoned. Londres: The Harvill Press, 2011.

Mandelstam, Nadiezhna. Contra toda esperanza. Barce-lona: Acantilado, 2012.

Redeker, Robert. Bienhereuse vieillesse. Paris: Editions du Rocher, 2015.

—. L’eclipse de la mort. Paris: Descleé de Brouwer, 2017.

Voegelin, Eric. The Collected Works. Order and History. Israel and Revelation. Vols. 14-18. Columbia: The Uni-versity of Missouri Press, 2001.

Zamiatin, Eugueni. Nosotros. Madrid: 2008, Akal.

José Miguel Serrano Ruiz-Calderón
Universidad Complutense de Madrid, España

Fuente: aebioetica.org.

 

[1] Redeker, R. l’eclipse de de la mort., Desclee de Brouwer, Paris, 2017, 89.

[2] Voegelin, E. The collected Works. Order and History. Israel and Revelation. The University of Missouri Press, Columbia, 2001, 10 ss.

[3] Confucio, Analectas, EDAF, Madrid, 2013. 50.

[4] Arendt, H. Los orígenes del totalitarismo. Alianza Editorial, Madrid, 2006.

[5] Cioran, E. Syllogysmes de l’amertume. Gallimard, Paris, 1995.

[6] Redeker, R. l’eclipse de de la mort., Desclee de Brouwer, Paris, 2017, 19.

[7] Redeker, R. l’eclipse de de la mort., Desclee de Brouwer, Paris, 2017, 60.

[8] Ibid., 148.

[9] Redeker, R. Bienhereuse vieillesse, Editions de Rocher, Paris, 2015.

[10] Redeker, R. l’eclipse de de la mort., Desclee de Brouwer, Paris, 2017, 169.

[11] Benson, H. El Señor del Mundo, Palabra, Madrid, 2015.

[12] Huxley, A. Un mundo feliz, Debolsillo Barcelona, 2012.

[13] Dostoievski, F. El gran Inquisidor y otros cuentos, Siruela, Madrid, 2010.

[14] Zamiatin, E. Nosotros, Akal, Madrid, 2008.

[15] Leys, S. ”An open letter to the Gobernor-General“. Quadrant, 39, 9, septiembre, 2015, 9.

[16] D’Agostino, F. Bioetica, Giapichelli, Turin, 1996.

[17] Andrés González-Cobo, R. Semper dolens . Historia del suicidio en Occidente. El Acantilado, Barcelona 2015, 123.

[18] De Mauny, E. The winters years of Nadezhda Mandelstam, The New York Times, 17 febrero 1982, 006045.

[19] Mandelstam, N. Hope Abandoned, The Harvill Press, Londres, 2011, 266.

[20] Mandelstam, N. Hope Abandoned, The Harvill Press, Londres, 2011, 282.

[21] Cotta, S. “Aborto ed eutanasia: un confronto”. Rivista di filosofía.(Il diritto alla vita fascicolo speciale) Einuaudi, Torino, 1983, 5-23.

 

 

A L   F I N A L

Autora: Magui del Mar

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

Poeta Mexicana.

 

Voy paso a paso y sin prisa, pero llegará el momento

tal vez pronto, lo presiento, que mi alma ante Ti se llegue

por más que al mundo se apegue...y llegando a tu presencia

veré de todo la ausencia cuando mi vida se siegue.

 

Siento temor y al instante veo que me das fortaleza,

pues encuentro la entereza y entonces sigo con bríos

y en los instantes sombríos que causar suele la muerte,

cerca de mí quiero verte, llenándome de firmeza.

 

Deseo llegar como un niño que a su Padre da los brazos...

estrechar más esos lazos...llenarme de gran confianza

y sintiendo esa esperanza que llegue a mi alma la luz

al contemplar a Jesús ¡y todo será bonanza!

 

Que vea tu bondad de Padre y recíbeme amoroso

llena mi alma de gozo cuando al final yo te encuentre;

te pido que seas clemente en esas horas de lucha...

por favor mi ruego escucha ¡muéstrate benevolente!

 

Derechos Reservados.

 

 

MAGUI DEL MAR

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

ruizrmagui@gmail.com

 

Importancia de la Tradición

¿Cómo hemos cambiado nuestro modo de ser y pensar sin advertirlo? En este artículo de 1969, Plinio Corrêa de Oliveira analiza esta “guerra cultural”, victoriosa gracias a la deformación del sentido de las palabras.

La Tradición tiene un papel de tal manera importante que, en mi opinión, sólo una palabra podría precederla. Es la palabra Religión.

La tradición es un valor muy alto del espíritu, y merece, en principio –bajo ciertos aspectos, por supuesto‒ preceder a (los conceptos) de familia y de propiedad.

En nuestras circunstancias particulares, por otra parte, la Tradición tiene un papel de tal manera importante que, en mi opinión, sólo una palabra podría precederla. Es la palabra Religión.

De hecho, la tradición hoy defiende los propios presupuestos de la civilización, y particularmente de la civilización perfecta que es la cristiana.

Me explico. Para no alargar demasiado las cosas, basta considerar las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Innumerables cambios han tenido lugar en este período en el pensar, sentir, vivir y actuar de los hombres.

Considerados estos cambios en su conjunto ‒y sin considerar las excepciones‒ es innegable que ellos se dirigen a una situación de violenta oposición con todas las tradiciones espirituales y culturales que recibimos.

Estas tradiciones siguen aún vivas, pero en todo momento alguna modificación las debilita. Por supuesto, si nadie se levanta en su defensa, a la larga perecerán. Ahora, la extinción de estas tradiciones importa, en mi opinión, en el mayor naufragio de la Historia.

Daré algunos ejemplos. Mostraré como las mejores tradiciones están siendo erosionados por distorsiones sofísticas de algunos conceptos, por lo demás, de alto valor:

‒ “Bondad“: según el sofisma moderno, quien es bueno jamás hace sufrir a los demás. Pero el esfuerzo hace sufrir. Por lo tanto, sólo es bueno quien no pide esfuerzos a los demás. La civilización cristiana, por el contrario, modeló a los pueblos de Occidente de acuerdo con el principio de que el esfuerzo es un requisito esencial para la dignidad, el decoro, el buen orden y la productividad de la vida. Si “bondad” es, en todos los campos, la abolición del esfuerzo, ¿no se priva implícitamente la vida de los valores sin los cuales ella no es digna de ser vivida? Y entonces, esta “bondad” hipertrofiada,  ¿no es el peor maleficio?

“Amor al niño”: de acuerdo con esta “bondad” endulzada y desfibrada, el amor al niño consiste en dispensarlo de todo esfuerzo.

‒ “Amor al niño“: de acuerdo con esta “bondad” endulzada y desfibrada, el amor al niño consiste en dispensarlo de todo esfuerzo. Esto se pretende conseguir por mil técnicas, cuyo efecto sería instruir y formar al niño sin ningún sacrificio para él. El aferrarse a esta idea va hasta a condenar los castigos escolares porque hacen sufrir al culpable, y condenar los premios porque pueden dar complejos a los vagabundos. Teniendo en cuenta que, según la tradición cristiana y el sentido común, uno de los propósitos esenciales de la educación es formar para la lucha de la vida a través del hábito del esfuerzo y del sacrificio, ¿qué es este “amor al niño”, sino una cruel deseducación?

‒ “Simplicidad“, “despretensión”: Simple serían aquellos que prefieren las cosas que no requieren mucho gusto, ni mucho esfuerzo. Sin pretensiones sería la persona que siente bienestar en ser vulgar. “Simplicidad” y “despretensión” van invadiendo cada vez más las costumbres de los jóvenes y adultos. Las reglas de cortesía y de trato; el modo de organizar una casa, de recibir, de vestirse, de hablar, van siendo cada vez más “simples” y “sin pretensiones”. Decoro, brillo, calidad, clase, prestigio, son valores de espíritu cada día menos aceptados. Ahora, ellos contienen muchos elementos de lo que la tradición nos ha legado de más precioso. Con esto, la vida se va tornado descolorida, los estímulos nobles se marchitan, los horizontes se acortan y la vulgaridad invade todo. Bajo el pretexto de la “simplicidad” y de “falta de pretensiones”, es la pereza más refinada que triunfa. Sí, la molicie refinada: el único “raffinement” que nos resta.

‒ “Espontaneidad“, “naturalidad“, “sinceridad“: estas disposiciones de alma llevarían a evitar otro tipo de esfuerzo: el de pensar, de querer, de refrenarse. Inducirían a dar rienda suelta a la sensación, a la fantasía, a la extravagancia, de todos modos. La Televisión, que excita, va matando así el libro, que invita a la reflexión; las ideas se van empobreciendo, y con ellos el vocabulario también. Hablar se reduce en ciertas ruedas a narrar en algunos vocablos básicos algunos tantos hechos elementales. Divertirse es saltar y dar gritos sin sentido. Y reír. Reír mucho, pero sin mucha razón para reír. Está claro que en materia sexual, incluso más que en otras, cualquier contención es rechazada. La “moral sexual” de algunas personas consiste en legitimar todos los excesos para evitar complejos. El pudor sería así el gran enemigo de la moral. El libertinaje, el camino para la normalidad.

‒ “Ideas amplias“: quien las tiene, debe pactar con todo. Obispos o gobernantes, maestros o padres que no acepten todos los disparates que acabo de mencionar, son déspotas de ideas estrechas, que quieren mantener el yugo de prejuicios ahora insostenibles.

De tanto callar sobre los valores fundamentales de la cultura y del espíritu, ellos desertarán la Tierra. De tanto desencadenar desórdenes, estos acabarán invadiendo y sumergiendo todo.

Pero alguien dirá, tal forma de ser, ¿no es la de una minoría de extravagantes y no de la mayoría? ¿No es verdad que ésta asiste desolada y conmocionada ante tales excesos? Desolada y sorprendida, sí, estoy de acuerdo. Pero pronto añado: también aplastada y sumisa. La historia de todos los “progresos” de esta década ha sido la siguiente:

  1. a) una minoría lanza una extravagancia “loca”;
  2. b) la mayoría siente escalofríos y protesta;
  3. c) la minoría insiste;
  4. d) la mayoría se va acostumbrando, adaptando y sujetando;
  5. e) mientras tanto la minoría prepara un nuevo escándalo;
  6. f) y este escándalo tendrá el mismo éxito.

Así la mayoría va entrando en este nuevo mundo, fascinada, con piel de gallina, hipnotizada, como el pajarito entra en la boca de la serpiente.

De tanto reducir la cortesía, ella morirá. De tanto acortar los trajes, desaparecerán. De tanto callar sobre los valores fundamentales de la cultura y del espíritu, ellos desertarán la Tierra. De tanto desencadenar desórdenes, estos acabarán invadiendo y sumergiendo todo.

¿Hay alguna forma de evitar esto, sino luchar por nuestra Tradición, portadora de todos los valores cristianos auténticos, o incluso simplemente humanos, que este huracán va destruyendo?

Plinio Corrêa de Oliveira

“Fratelli Tutti” (2). Erradicar la esclavitud

Escrito por José Martínez Colín.

Según un estudio publicado en el año 2000 podría haber unos 27 millones de esclavos en el mundo. En la actualidad existen entre 90 mil y 300 mil personas esclavas en Sudán.

1) Para saber

Aunque la esclavitud está oficialmente prohibida, sin embargo sigue existiendo. Según un estudio publicado en el año 2000 podría haber unos 27 millones de esclavos en el mundo. Según el Departamento de Estado de EUA, en la actualidad existen entre 90.000 y 300.000 personas esclavas en Sudán; también la hay en la India y Mauritania. Estos esclavos, hoy por hoy, son comprados y vendidos en unos mercados. En 1989, se podía comprar a una mujer o un niño en unos 90 dólares, luego su precio cayó hasta los 15 dólares. Se les obliga a cambiar su religión y a convertirse al islam, se les cambia el nombre por otros nombres árabes y son forzados a hablar una lengua que no conocen.

Por ello, el papa Francisco en su reciente encíclica “Fratelli Tutti” señala la esclavitud, en cualquiera de sus formas, como un flagelo que impide la fraternidad universal. Señala que en la raíz de la esclavitud se encuentra una concepción errónea de la persona humana que admite ser tratada como un objeto. El cristianismo viene a mostrar que la persona tiene una gran dignidad: la de ser hijos de Dios.

2) Para pensar

Emy era una linda niña de 5 años de edad. Vivía en los Estados Unidos de América. Su familia era muy cristiana. Ella amaba a su familia y admiraba los ojos azules de su padre, de su madre y de sus hermanos. Todos tenían ojos azules, menos ella. El sueño de Emy era tener ojos azules. Una noche, antes de dormir, le pidió a Dios que cuando se despertara, tuviera ojos azules.

Al despertar, corrió al espejo, miró y... sus ojos continuaban siendo color castaño muy oscuro. Se entristeció y lloró. Se preguntaba: “¿Acaso Dios no me oyó?”. Aunque renegó y no entendía, acabó por aceptarlo, confiando en Dios.

Emy siguió rezando y era muy generosa. Años después, la invitaron a ir como misionera a la India y aceptó encantada.

En la India había un mercado donde se vendían niños, y Emy se encargaría de entrar disfrazada, vestida como las mujeres del lugar, a ese lugar y comprar niños para salvarlos. Un día, una amiga misionera la miró disfrazada y dijo: “¡Emy! Estás perfecta, ¿ya pensaste que no podrías disfrazarte si tuvieses ojos azules como los de tu familia? ¡No cabe duda que Dios ha pensado en todo! Él te dio ojos oscuros, para que salvaras a muchos niños”.

Esa amiga no sabía cuánto lloró Emy por no tener ojos azules... Ahora Emy pudo entenderlo y le dio alegremente gracias a Dios por no tener ojos azules.

Todo está en el plan de Dios. Él conoce cada oración que rezamos. No podemos perder la paz si no nos gusta el color de nuestros ojos o cualquier otra cosa. Solo hay que confiar plenamente en él.

3) Para vivir

Existe una organización humanitaria “Christian Solidarity International” que se dedica a comprar esclavos para liberarlos, pagando 50 dólares por cada uno. Es necesario cuidar que las redes criminales, con las tecnologías informáticas, no engañen a jóvenes y niños.

La dignidad de la persona humana, al ser creada a imagen y semejanza de Dios, no permite ser propiedad de otro, ni ser tratada como un medio para obtener beneficios. El papa Francisco demanda luchar por erradicar la trata de personas y otras formas de esclavitud.

 

Te puede interesar: Fratelli Tutti (I). ¿Qué es la deconstrucción?

¿Abortar o ser madre?

Cuando una mujer o una chica joven se plantea la posibilidad de provocar un aborto porque está embarazada, tiene que decidir algo de grandísima importancia, por dos motivos.

En primer lugar, su decisión será vital para el ser humano que ya se va desarrollando en su seno. De ella depende la vida o la muerte de ese niño.

En segundo lugar, su decisión determinará si ella, en su vida, será madre o una mujer abortiva.

Si aborta, seguramente nadie irá por el mundo llamándole “mujer abortiva”. Evidentemente, yo tampoco. Pero será ella misma quien se considerará así durante toda su existencia en este mundo. Podríamos decir que será como un “pseudosuicidio” moral, espiritual y psicológico.

Ahora bien, si decide no abortar y dar a luz al niño, será madre también durante toda su existencia en este mundo.

Si decide ser madre, tendrá, con toda seguridad, todas las ayudas necesarias de las miles de instituciones que hoy existen, gracias a Dios, para ayudarle a salir adelante con una vida digna y educar bien a su hijo. Especialmente, las numerosas instituciones de la Iglesia Católica que a ello se dedican.

Jaume Catalán Díaz

 

La asociación AMAL

Es indudable que el problema de la inmigración es complejo, que hay cuestiones que son de largo recorrido, como puede ser el modo de ayudar a los países pobres. Somos conscientes del desorden que supone para las personas que viven en los lugares típicos de llegadas de pateras. De manera que no se puede despreciar la problemática que se produce. Por lo tanto, lo que sí parece necesario es que haya personas o instituciones que busquen soluciones a medio y largo plazo.

En este sentido me ha parecido de gran interés el planteamiento que se hace en un libro reciente, “Mujeres brújula”, de Isabel Sánchez, porque se vislumbra luz, se ven soluciones. Conoce diversas experiencias que se han desarrollado por el mundo. “Los promotores del proyecto AMAL, en Viena, han sido muy conscientes de esto. Esta organización austriaca fomenta la integración de familias de inmigrantes de Medio Oriente en Europa, tratando de poner remedio a los obstáculos que encuentran al llegar: desde el idioma hasta la incorporación al mercado laboral, y los acogen también culturalmente”.

Esto ocurre porque una mujer en Austria se da cuenta de la problemática y no se queda parada. “Y así comenzó a funcionar la asociación AMAL, promovida por mujeres del Opus Dei en Viena, junto con otras personas. Amal es una palabra árabe qué significa esperanza. La asociación acompaña sobre todo a familias de inmigrantes cristianos, en su mayoría de Siria e Irak, a los que el Estado austriaco ya ha concedido el estado de asilado y se van a quedar en el país”.

Esta es una de las historias que se cuentan en este libro tan sugerente, que puede ser ocasión para que otras muchas personas piensen en qué se puede hacer.

Isabel Sánchez, Mujeres brújula en un bosque de retos, Espasa 2020

JD Mez Madrid

 

 

A Sánchez le vale todo 

A Pedro Sánchez le vale todo. Una cosa y la contraria. Lo aprovecha todo cuando le viene bien. Ha acreditado sobradamente su capacidad para maniobrar en función de un interés inmediato, coyuntural, sin atender a lo que propuso, afirmó o prometió en ocasiones anteriores.

Han abundado, por ejemplo, estos últimos días los vídeos en los que se ve y escucha a Sánchez asegurando que nunca negociaría ni pactaría con Bildu, criticando a Podemos por querer controlar a los jueces, negando a Pepa Bueno que fuera a dar a Pablo Iglesias una vicepresidencia y el CNI....

Cambia de gesto, de actitud, de posiciones, todas las veces que haga falta. Desdice su palabra, incumple promesas sin rubor alguno.

Acorraló a la Comunidad de Madrid con motivo del coronavirus, para luego tener el ‘detalle’ de ir a reunirse con Isabel Díaz Ayuso, incluso desplazándose a la Puerta del Sol y firmando unos acuerdos, y finalmente lo incumplió todo e impuso con puño de hierro el estado de alarma.

Pedro Sánchez ha creado problemas graves con la Iglesia, empezando con las acusaciones por las inmatriculaciones, con la ley de eutanasia exprés, la de aborto libre que propugna Irene Montero, el plan de aplicar el IBI a la Iglesia y de cobrar el IVA, la reforma unilateral de la ley de educación que acaba de aprobarse, la persecución a la enseñanza concertada…

Convirtió en acto laico el homenaje a las víctimas del Covid, está dispuesto a desacralizar si hiciera falta la basílica del Valle de los Caídos, a pesar que en principio resulta intocable sin el visto bueno de la Iglesia, en aplicación de los acuerdos España Santa Sede.

Y resulta que en los mismos días se apresura a buscar una audiencia con el Papa Francisco.

Pedro García

 

 

TODO FUE DICHO TODO FUE DENUNCIADO

 

                                 Sí… ¿Y para qué sirvió, viendo “como marcha el carro”? Por ello hoy cuatro de junio de 2019, mejor saco del archivo, lo que escribiera y publicara en abril de 2012 y lo vuelvo a publicar como recuerdo amargo, de algo que no le buscan solución, ni los que permanecen “en el presupuesto de nuestros impuestos, viviendo opíparamente, ni los que visto cómo se pelean, los que aspiran a relevarlos”; puesto que como sarcasmo u ofensa máxima a un pueblo oprimido, los que se dicen “padres de la patria”, se han subido los altos e inmerecidos sueldos que les pagamos; en un 2,5 %, más lo que indique la subida del IPC oficial (se denuncia en programa mañanero protagonizado por mujeres en TV1, ayer); lo que es una nueva canallada; mientras el común del español, cada vez tiene más dificultades en llegar a fin de mes y cada vez más, abundan los indigentes, “el lumpen general, el tráfico de drogas, la degeneración familiar; lo que demuestra “el famoso juez de Granada, por todos conocido”; el que llanamente dice en la TV regional, que en sus juicios, casi la mitad de ellos, ya se refieren a que son “los hijos los que pegan y maltratan a sus padres y abuelos”; mientras los encargados de arreglar todo esto, hacen lo que hacen; incluso ahora, con “loas enormes a ese rey que dimitió pero que ha seguido actuando y que aún ahora y en el retiro que dice, va a seguir cobrando de nuestros impuestos lo que ya no merece”; sí “como dijeron no hace mucho… el español lo aguanta todo y así nos va… pero lo que no dicen es, que cuando se ha levantado un poco, lo han machacado y lo han vuelto a meter en el corral; eso sí, con toros, fútbol, alcohol y otras muchas drogas”: Amén.

 

En... “caída libre y sin paracaídas”

 

            Hoy y en “españilla” (antes España, luego “españa, españilla y españistán”) quizá sería mejor ser iletrado, analfabeto; y “no saber nada de nada”; puesto que intentar saber lo que ya ocurre aquí, es demencial... “esto es un territorio de locos, irresponsables, expoliadores o yo que sé, puesto que ya faltan palabras para entender o enjuiciar, lo que nos han echado encima a los españoles (la inmensa mayoría indefensos) en los ya más de treinta y cinco años de la nueva época, dicen que democrática, progresista y de justicia”... Imposible por otra parte, practicar la enseñanza china de “los tres monos” (ni ver, ni oír, ni hablar) somos occidentales (meridionales) y con una facilidad (gracias a Dios) de palabra y de ingenio, envidiables... lástima que junto a tantas “bondades”... prolifere tanto bandido como hay y que no existan (o no se empleen) las leyes que debieran existir para corregir (a tiempo) tanta devastación.

            Hoy los que dicen gobernar (“no se carcajeen de tal estrambote”) no pueden controlar la información que inunda el espacio informativo, que ya y afortunadamente... “no está (solo) en las rotativas de papel impreso, las emisoras de radio o de televisión... sino que están al alcance de todo aquel que tenga acceso a un ordenador y se conecte a Internet... y todo se lanza a la red tan pronto se tiene noticia de ello... y de ahí (y por ejemplo) que nos enterásemos que el rey estaba cazando elefantes “y otros bichos”... y lo supiésemos (posiblemente) antes que su propio hijo y heredero o de su propia esposa, la reina... lo que demuestra que hoy... “no se puede tapar nada” y afortunadamente.

            Pero como los que tienen “la fuerza del poder” y por cuanto ocurre, ya no temen a... “nada de nada”... hacen lo que mejor les viene en gana; y como saben que no responderán de nada... “siguen con la diligencia (sin conductor) a galope tendido por caminos peligrosos, los caballos desbocados y los pasajeros  (nosotros) en el estado imaginable y que quiere significar esta metáfora que se me ocurre mientras escribo”.

            Veamos lo que hoy me obliga a decir... “tantas barbaridades”, que no lo son, si nos atenemos... “a los cañonazos” (que no pinceladas y menos “brochazos”) de lo que seguidamente copio... unos trozos... sólo unos trozos.

                                “Ante la inmensa chapuza de unos PGE clamorosamente voluntaristas, en los que nada cuadra con nada, con unos ingresos inflados en 4.000 millones en la Seguridad Social, gastos en pensiones y desempleo infravalorados en 6.000, con las CCAA y ayuntamientos por libre, sin adaptar gastos a ingresos, una estimación de ingresos por IVA irreales y unas nuevas medidas que se pueden quedar en la mitad, la respuesta de los mercados ha sido demoledora. Debido a ello, un Rajoy en estado de pánico improvisó un “recorte” a boleo de 10.000 millones sin analizar una sola cifra en Sanidad y Educación. - Todas las medidas tomadas por Rajoy han oscilado entre la improvisación y el disparate, pero con un objetivo muy claro: proteger a toda costa los privilegios de la casta política y de la oligarquía financiera, aunque ello lleve a la ruina a las familias y a la economía productiva. - No tienen ni idea ni de los problemas de España ni de cómo gestionar la economía de esta nación. Pero Rajoy haría algo mucho peor que improvisar. Esperanza Aguirre, igual que Rosa Díez en el debate de investidura, ha realizado una propuesta que conseguiría de golpe el objetivo de reducción de déficit y permitiría además bajar impuestos: que las CCAA devuelvan las competencias de Justicia, Sanidad y Educación, con lo cual se obtendría un ahorro de 48.000 millones de euros, entre edificios, alquileres, altos cargos, políticos, asesores, conductores, etc… “Es imprescindible revisar de raíz el Estado de las autonomías”. La respuesta de este irresponsable fue inmediata: “Eso ni se plantea”. – La  disparatada gestión del Sistema Nacional de Salud: Los presupuestos de las CCAA para Sanidad en 2011 sumaban 57.400 millones, frente a 34.000 en 2002, cuando Aznar cometió el error histórico de completar su transferencia a estos irresponsables. Desde entonces, el coste de la Sanidad por habitante se incrementaría en un 67% y la calidad asistencial se hundiría. - Una de las leyendas urbanas más extendidas es que la calidad de la Sanidad Pública en España es excelente, lo que era rigurosamente cierto en los años 60 y 70 en incluso en los 80, pero, desde entonces, según el Health Consumer Index, la sanidad española comenzó a declinar y hoy se encuentra a la cola de Europa en el puesto número 22, por debajo de Portugal o Hungría - hay decenas de miles de metros cuadrados de consultas vacíos mientras se construyen hospitales innecesarios, así como miles de millones en aparatos infrautilizados”. Por si esto fuera poco, PSOE y PP decidieron dar asistencia  gratuita a todo bicho viviente, con papeles o sin papeles, y a sus familiares que vienen a España para tratarse de patologías graves. El cachondeo es tan espectacular que hay mafias de los países del Este especializadas en trasladar enfermos graves, soltarlos en las urgencias de los grandes hospitales, donde les regalamos tratamientos costosísimos. ¡Los imbéciles de los españoles los pagan con sus impuestos! ¿Pretende Rajoy poner fin a este caos y gestionar racionalmente?”

                                Hay mucho más; lo pueden leer en la siguiente dirección: http://www.cotizalia.com/opinion/disparate-economico/2012/04/16/rajoy-improvisa-el-copago-y-se-niega-a-reducir-el-estado-6898

                                Y una vez leído, analizado, meditado y “tragado”... ¿Qué podemos hacer? ¡Nada, absoluta

mente nada...! Como vengo diciendo ya hace mucho tiempo (años y años) estamos indefensos; y salvo que “ellos” quieran... lo que nos espera, es... “piensen en la diligencia de mi metáfora y el precipicio por la que la misma se despeñará”... y como suele ocurrir siempre, los culpables... “nunca estuvieron en la diligencia y seguirán luchando simplemente por sus poltronas”.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (Aquí mucho más)