Las Noticias de hoy 19 Noviembre 2020

Enviado por adminideas el Jue, 19/11/2020 - 13:14

La educación, la última frontera.

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 19 de noviembre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Audiencia general: Catequesis completa, la silenciosa oración de María

Audiencia general: María, “mujer de oración”

España: Oración del Papa por las víctimas del coronavirus

LAS LÁGRIMAS DE JESÚS: Francisco Fernandez Carbajal

"Calma, deja que corra el tiempo": San Josemaria

Vida de María (III): Presentación de la Virgen: J.A. Loarte

Enseñanzas de san Josemaría acerca de la santificación del trabajo profesional: Vicente Bosch

La sorprendente conversión de un jinete portugués

¿Qué es el Adviento y cuándo empieza?

Merece máximo respeto la autoridad religiosa que respeta al poder civil: Salvador Bernal

Traductores: Mario Arroyo.

Entre la libertad de prensa y el derecho a la información: José de Jesús Castellanos

Ley Celaá (LOMLOE): Jorge Hernández Mollar

La libertad de enseñanza en la Constitución: Juan Andrés Muñoz es profesor de Derecho Constitucional.

Una ley de muy mala educación: + Jesús Sanz Montes, ofm. Arzobispo de Oviedo

REFLEXIONES PRÁCTICAS DE FRATELLI TUTTI: Alberto García-Mina

Que se escuche en la calle: JD Mez Madrid

Frente a la dictadura de repúblicas laicas: Domingo Martínez Madrid

Fraternidad universal  : Juan García. 

¿Qué ha cambiado de los robos de siempre?: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

Audiencia general: Catequesis completa, la silenciosa oración de María

“María, mujer de oración”

NOVIEMBRE 18, 2020 13:25GABRIEL SALES TRIGUEROAUDIENCIA GENERAL

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(zenit – 18 nov. 2020).- En la audiencia general, el Papa Francisco ha propuesto imitar la figura de la Virgen María como “mujer orante”, destacando que la oración de María es “silenciosa”.

​La audiencia general de hoy, 18 de noviembre de 2020, ha sido emitida desde la biblioteca del Palacio Apostólico vaticano, sin fieles, como medida de prevención frente a la COVID-19. A lo largo de la misma, el Santo Padre ha continuado con el ciclo de catequesis sobre la oración bajo el tema “La Virgen María, mujer de oración” (Lectura: Lc 2, 39-40.51). Al comienzo de la catequesis, el Papa ha señalado que la Virgen rezaba, “cuando el mundo todavía la ignora, cuando es una sencilla joven prometida con un hombre de la casa de David”. Aunque “está ya llena de gracia e inmaculada desde la concepción”, todavía ignoraba su “sorprendente y extraordinaria vocación” y el “mar tempestuoso que tendrá que navegar”.

María, abierta a la voluntad de Dios

Francisco ha indicado que la Virgen no “dirige autónomamente su vida”, pues espera que Dios “tome las riendas de su camino y la guíe donde Él quiera”. Ella “es dócil, y con su disponibilidad predispone los grandes eventos que involucran a Dios en el mundo” y el Catecismo recuerda su “presencia constante y atenta en el designio amoroso del Padre y a lo largo de la vida de Jesús”.

También ha explicado cómo el “he aquí” de María en la Anunciación, “pequeño e inmenso” gesto que  “hace saltar de alegría a toda la creación”, ha estado precedido en la historia de la salvación de otros tantos “he aquí”, de “muchas obediencias confiadas, de muchas disponibilidades a la voluntad de Dios”.

Asimismo, ha afirmado que “no hay mejor forma de rezar que ponerse como María en una actitud de apertura, de corazón abierto” al Padre: “Señor, lo que Tú quieres, cuando Tú quieres y como Tú quieres. Es decir, al corazón abierto a la voluntad de Dios”.

Y el Señor “siempre responde”, “¡Cuántos creyentes viven así su oración! Los que son más humildes de corazón, rezan así: con la humildad esencial, digamos así; con humildad sencilla”, no “enfadándose porque los días están llenos de problemas, sino yendo al encuentro de la realidad y sabiendo que en el amor humilde, en el amor ofrecido en cada situación, nos convertimos en instrumentos de la gracia de Dios”.

Se trata, efectivamente, de una “oración sencilla” poniendo “nuestra vida en manos del Señor: que sea Él quien nos guíe”. “Todos podemos rezar así, casi sin palabras”, apunta.

La oración calma la inquietud

“La oración sabe calmar la inquietud”, describe el Obispo de Roma, pero “nosotros somos inquietos, siempre queremos las cosas antes de pedirlas y las queremos en seguida”. Ademas, sostiene que “esta inquietud nos hace daño”, y la oración “sabe transformarla en disponibilidad”: “Cuando estoy quieto, rezo y la oración me abre el corazón y me vuelve disponible a la voluntad de Dios”.

Así es como lo ha hecho la Virgen María, señala el Papa Francisco, “en esos pocos instantes de la Anunciación, ha sabido rechazar el miedo, aun presagiando que su ‘sí’ le daría pruebas muy duras”.

El Pontífice ha expresado que “si en la oración comprendemos que cada día donado por Dios es una llamada, entonces agrandamos el corazón y acogemos todo”. Esto es, dice, lo importante, “pedir al Señor su presencia en cada paso de nuestro camino”, que “no nos deje solos, que no nos abandone en la tentación, que no nos abandone en los momentos difíciles”.

María acompaña en la oración

El Papa ha mostrado cómo la Virgen “acompaña en oración toda la vida de Jesús, hasta la muerte y la resurrección; y al final continúa, y acompaña los primeros pasos de la Iglesia naciente”. Del mismo modo, “reza con los discípulos que han atravesado el escándalo de la cruz. Reza con Pedro, que ha cedido al miedo y ha llorado por el arrepentimiento”.

Según Francisco, María está ahí con los discípulos, pero no es un sacerdote entre ellos, “es la Madre de Jesús que reza con ellos, en comunidad, como una de la comunidad. Reza con ellos y reza por ellos”.

La oración de la Virgen “precede el futuro que está por cumplirse”: “Por obra del Espíritu Santo se ha convertido en Madre de Dios (…)” y “rezando con la Iglesia naciente se convierte en Madre de la Iglesia, acompaña a los discípulos en los primeros pasos de la Iglesia en la oración, esperando al Espíritu Santo. En silencio, siempre en silencio. La oración de María es silenciosa”.

El Obispo de Roma recuerda el pasaje de las bodas de Caná y considera que “la presencia de María es por sí misma oración” y así “da luz a la Iglesia”. El Catecismo explica que “en la fe de su humilde esclava, el don de Dios encuentra la acogida que esperaba desde el comienzo de los tiempos”.

María, mujer y discípula

El Papa Francisco remarca que en Nuestra Señora, la “natural intuición femenina es exaltada por su singular unión con Dios en la oración”, y por ello se puede percibir en el Evangelio que a veces “desaparece, para después volver a aflorar en los momentos cruciales”.

La de María, subraya, es una presencia “silenciosa de madre y de discípula”. Es la primera discípula que “ha aprendido mejor las cosas de Jesús”, “siempre señalando con el dedo a Jesús”, con una “actitud típica de discípulo”.

María guarda en el corazón

El Santo Padre ha citado, remitiendo al Evangelio de Lucas, que la Virgen “guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón”, tanto en los momentos oscuros como en la alegría, “todo termina en su corazón, para que pase la criba de la oración y sea transfigurado por ella”.

Por último, Francisco comparte que sería “bonito si nosotros también podemos parecernos un poco a nuestra Madre”, “con el corazón abierto a la Palabra de Dios, con el corazón silencioso, con el corazón obediente, con el corazón que sabe recibir la Palabra de Dios y la deja crecer con una semilla del bien de la Iglesia”.

A continuación, sigue la catequesis completa de Francisco.

***

Catequesis 15. La Virgen María, mujer de oración

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro camino de catequesis sobre la oración, hoy encontramos a la Virgen María, como mujer orante. La Virgen rezaba. Cuando el mundo todavía la ignora, cuando es una sencilla joven prometida con un hombre de la casa de David, María reza. Podemos imaginar a la joven de Nazaret recogida en silencio, en continuo diálogo con Dios, que pronto le encomendaría su misión.

Ella está ya llena de gracia e inmaculada desde la concepción, pero todavía no sabe nada de su sorprendente y extraordinaria vocación y del mar tempestuoso que tendrá que navegar. Algo es seguro: María pertenece al gran grupo de los humildes de corazón a quienes los historiadores oficiales no incluyen en sus libros, pero con quienes Dios ha preparado la venida de su Hijo.

María no dirige autónomamente su vida: espera que Dios tome las riendas de su camino y la guíe donde Él quiere. Es dócil, y con su disponibilidad predispone los grandes eventos que involucran a Dios en el mundo. El Catecismo nos recuerda su presencia constante y atenta en el designio amoroso del Padre y a lo largo de la vida de Jesús (cfr. CCE, 2617-2618).

María está en oración, cuando el arcángel Gabriel viene a traerle el anuncio a Nazaret. Su “he aquí”, pequeño e inmenso, que en ese momento hace saltar de alegría a toda la creación, ha estado precedido en la historia de la salvación de muchos otros “he aquí”, de muchas obediencias confiadas, de muchas disponibilidades a la voluntad de Dios.

No hay mejor forma de rezar que ponerse como María en una actitud de apertura, de corazón abierto a Dios: “Señor, lo que Tú quieres, cuando Tú quieres y como Tú quieres”. Es decir, el corazón abierto a la voluntad de Dios. Y Dios siempre responde. ¡Cuántos creyentes viven así su oración! Los que son más humildes de corazón, rezan así: con la humildad esencial, digamos así; con humildad sencilla: “Señor, lo que Tú quieres, cuando Tú quieres y como Tú quieres”.

Y estos rezan así, no enfadándose porque los días están llenos de problemas, sino yendo al encuentro de la realidad y sabiendo que en el amor humilde, en el amor ofrecido en cada situación, nos convertimos en instrumentos de la gracia de Dios. Señor, lo que Tú quieres, cuando Tú quieres y como Tú quieres. Una oración sencilla, pero es poner nuestra vida en manos del Señor: que sea Él quien nos guíe. Todos podemos rezar así, casi sin palabras.

La oración sabe calmar la inquietud: pero, nosotros somos inquietos, siempre queremos las cosas antes de pedirlas y las queremos en seguida. Esta inquietud nos hace daño, y la oración sabe calmar la inquietud, sabe transformarla en disponibilidad. Cuando estoy inquieto, rezo y la oración me abre el corazón y me vuelve disponible a la voluntad de Dios.

La Virgen María, en esos pocos instantes de la Anunciación, ha sabido rechazar el miedo, aun presagiando que su “sí” le daría pruebas muy duras. Si en la oración comprendemos que cada día donado por Dios es una llamada, entonces agrandamos el corazón y acogemos todo. Se aprende a decir: “Lo que Tú quieres, Señor.

Prométeme solo que estarás presente en cada paso de mi camino”. Esto es lo importante: pedir al Señor su presencia en cada paso de nuestro camino: que no nos deje solos, que no nos abandone en la tentación, que no nos abandone en los momentos difíciles. Ese final del Padre Nuestro es así: la gracia que Jesús mismo nos ha enseñado a pedir al Señor.

María acompaña en oración toda la vida de Jesús, hasta la muerte y la resurrección; y al final continúa, y acompaña los primeros pasos de la Iglesia naciente (cfr. Hch 1,14). María reza con los discípulos que han atravesado el escándalo de la cruz. Reza con Pedro, que ha cedido al miedo y ha llorado por el arrepentimiento.

María está ahí, con los discípulos, en medio de los hombres y las mujeres que su Hijo ha llamado a formar su Comunidad. ¡María no hace el sacerdote entre ellos, no! Es la Madre de Jesús que reza con ellos, en comunidad, como una de la comunidad. Reza con ellos y reza por ellos. Y, nuevamente, su oración precede el futuro que está por cumplirse: por obra del Espíritu Santo se ha convertido en Madre de Dios, y por obra del Espíritu Santo, se convierte en Madre de la Iglesia.

Rezando con la Iglesia naciente se convierte en Madre de la Iglesia, acompaña a los discípulos en los primeros pasos de la Iglesia en la oración, esperando al Espíritu Santo. En silencio, siempre en silencio. La oración de María es silenciosa. El Evangelio nos cuenta solamente una oración de María: en Caná, cuando pide a su Hijo, para esa pobre gente, que va a quedar mal en la fiesta. Pero, imaginemos: ¡hacer una fiesta de boda y terminarla con leche porque no había vino! ¡Eso es quedar mal! Y Ella, reza y pide al Hijo que resuelva ese problema.

La presencia de María es por sí misma oración, y su presencia entre los discípulos en el Cenáculo, esperando el Espíritu Santo, está en oración. Así María da a luz a la Iglesia, es Madre de la Iglesia. El Catecismo explica: «En la fe de su humilde esclava, el don de Dios encuentra la acogida que esperaba desde el comienzo de los tiempos» (CCE, 2617).

En la Virgen María, la natural intuición femenina es exaltada por su singular unión con Dios en la oración. Por esto, leyendo el Evangelio, notamos que algunas veces parece que ella desaparece, para después volver a aflorar en los momentos cruciales: María está abierta a la voz de Dios que guía su corazón, que guía sus pasos allí donde hay necesidad de su presencia. Presencia silenciosa de madre y de discípula.

María está presente porque es Madre, pero también está presente porque es la primera discípula, la que ha aprendido mejor las cosas de Jesús. María nunca dice: “Venid, yo resolveré las cosas”. Sino que dice: “Haced lo que Él os diga”, siempre señalando con el dedo a Jesús. Esta actitud es típica del discípulo, y ella es la primera discípula: reza como Madre y reza como discípula.

“María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19). Así el evangelista Lucas retrata a la Madre del Señor en el Evangelio de la infancia.  Todo lo que pasa a su alrededor termina teniendo un reflejo en lo más profundo de su corazón: los días llenos de alegría, como los momentos más oscuros, cuando también a ella le cuesta comprender por qué camino debe pasar la Redención.

Todo termina en su corazón, para que pase la criba de la oración y sea transfigurado por ella. Ya sean los regalos de los Magos, o la huida en Egipto, hasta ese tremendo viernes de pasión: la Madre guarda todo y lo lleva a su diálogo con Dios. Algunos han comparado el corazón de María con una perla de esplendor incomparable, formada y suavizada por la paciente acogida de la voluntad de Dios a través de los misterios de Jesús meditados en la oración.

¡Qué bonito si nosotros también podemos parecernos un poco a nuestra Madre! Con el corazón abierto a la Palabra de Dios, con el corazón silencioso, con el corazón obediente, con el corazón que sabe recibir la Palabra de Dios y la deja crecer con una semilla del bien de la Iglesia.

© Librería Editora Vaticana

 

Audiencia general: María, “mujer de oración”

Ciclo sobre la oración

NOVIEMBRE 18, 2020 10:04GABRIEL SALES TRIGUEROAUDIENCIA GENERAL

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(zenit – 18 nov. 2020).- En la audiencia general de esta mañana, el Papa Francisco ha destacado que la Virgen María era una “mujer de oración” que “estaba en continuo diálogo con Dios desde antes de la Anunciación”.

Hoy, 18 de noviembre de 2020, el Santo Padre ha presidido la audiencia general en la biblioteca del Palacio Apostólico vaticano, transmitida en directo, de nuevo sin fieles, como medida de prevención frente a la COVID-19, y ha proseguido con el ciclo de catequesis sobre la oración, esta vez abordando el tema “La Virgen María, mujer de oración”.

​En sus palabras en español, el Papa se ha centrado en la figura de la Virgen, “llena de gracia e inmaculada antes de su concepción, y que estaba en continuo diálogo con Dios desde antes de la Anunciación”. Una “mujer de oración” que forma parte de la “multitud de los ‘humildes de corazón’, con los que Dios preparó la venida de su Hijo”.

María, sierva del Señor

El Pontífice ha remarcado que la madre de Jesús fue “siempre obediente a la voluntad de Dios, no dirigió su vida autónomamente”, sino que “dejó que la voz del Señor orientara su corazón y sus pasos”.

Algo que recuerda san Lucas al decir que Ella “conservaba en su corazón todo lo que le sucedía, y lo meditaba, llevándolo a su diálogo con Dios, para seguir con fiel obediencia el camino que Él le indicaba”, señala Francisco.

La Virgen en el designio divino

El Obispo de Roma ha explicado que, por su docilidad a Dios, María estuvo presente en el “designio providencial del Padre, y en los momentos culminantes de la vida de su Hijo Jesús”, “desde el anuncio del ángel hasta el misterio de su muerte y resurrección”.

En esta línea, el Sucesor de Pedro ha subrayado que la Virgen acompañó también “los primeros pasos de la Iglesia naciente, oraba con los discípulos de su Hijo y por ellos”. Y de esta manera, prosigue, “como por obra del Espíritu Santo se convirtió en Madre de Dios” y en “Madre de la Iglesia”, a la que acompaña todavía “con su oración y meditación, en su peregrinar hacia la Patria celestial”.

España: Oración del Papa por las víctimas del coronavirus

Mensaje transmitido por Mons. Auza

NOVIEMBRE 18, 2020 12:52LARISSA I. LÓPEZPAPA FRANCISCO

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(zenit – 18 nov. 2020)-. El Papa Francisco aseguró a los obispos españoles sus oraciones por las víctimas del coronavirus en un mensaje de condolencia transmitido a través del nuncio apostólico en España y Principado de Andorra, monseñor Bernardito Auza.

El prelado intervino el pasado 16 de noviembre de 2020 en la inauguración de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española (CEE) en curso, de modo telemático por la pandemia, del 16 al 20 de noviembre, con la participación física de 38 obispos en la sede de Madrid, y la participación virtual del resto de los miembros del episcopado.

“A todos ustedes, así como a las Iglesias particulares que presiden en la caridad, les comunico la sensible cercanía, el saludo y la bendición del Papa, a quien tengo el honor de representar en España. Muy particularmente a los enfermos en esta pandemia, así como el sentido pésame y la seguridad de las oraciones de sufragio de Su Santidad a todas las familias que han sufrido la pérdida de seres queridos”, expresó el nuncio en su saludo.

El contexto de la pandemia

Del mismo modo, Mons. Auza resaltó el “talante modélico” del Santo Padre “cuya actividad no ha parado, despierto con atención a las necesidades de la Iglesia y de las sociedades”. En este duro contexto de la COVID-19, continúa, Francisco, “con su afabilidad de todos conocida, decía así en una entrevista que concedió en la primera ola de la pandemia: ‘La gran preocupación mía –al menos la que siento en la oración– es cómo acompañar al pueblo de Dios y estar más cercano a él’ (Entrevista con Austen Ivereigh, 8/04/2020)”.

“Sé muy bien que está viva preocupación del Papa, también está en ustedes”, dijo a los pastores españoles, señalando que la Asamblea “será ocasión en la que, inmersos en esta situación, reflexionen en común sobre esta incidencia que ha traído el llorado deceso de muchas personas y tiene consecuencias en la vida de la Iglesia, muy en particular al interferir en la vital práctica sacramental y, por supuesto, en la vida social, en la cual se proyecta el luto, queda afectada la vida laboral y vemos surgir la dificultad económica”.

Reconocimiento y gratitud

Asimismo, expresó a los obispos el reconocimiento a los sacerdotes y consagrados y voluntarios que, “han realizado creativamente formas y maneras de llegar a los fieles” y condolencia por los sacerdotes que, “en su atención sacramental y de apoyo, sufriendo el contagio, no han superado la enfermedad y han fallecido”.

Del mismo modo, manifestó su sentimiento de gratitud, al personal sanitario, médicos, enfermeras y enfermeros, a las fuerzas del orden público y a todas aquellas colectividades profesionales que “nos facilitan el cada día con sus imprescindibles servicios que afectan a la manutención y sostenimiento digno”.

“Cuidar el ahora” para el mañana

“Esta situación de duración ahora incierta pasará. Por eso el Papa nos recuerda este principio: Con creatividad, ‘cuidar el ahora, pero para el mañana. Resérvense para mejores tiempos, porque en esos tiempos recordar esto que ha pasado nos ayudará. Cuídense para un futuro que va a venir. Y cuando llegue ese futuro, recordar lo que ha pasado les va a hacer bien’”, recuerda el representante pontificio.

Mons. Auza espera que este pensamiento aliente “los trabajos señalados en el programa de la presente Asamblea, los cuales afectan a la marcha inmediata de la Conferencia en su ordenamiento”.

Dejarse “contagiar por el amor”

Remitiendo de nuevo a las palabras del Obispo de Roma, el nuncio apostólico invitó a dejarse “contagiar por el amor, no por el virus”, y garantizó a los miembros de esta Conferencia Episcopal “mi oración para que sus trabajos incentiven la generosidad de los corazones”.

En este sentido, remarcó “la tarea que Cristo ha dado a los Santos Apóstoles y a sus sucesores, sacar a los hombres de las sombras atávicas que proyecta la experiencia de su vulnerabilidad, a fin de que, siempre consciente de su libertad, no quede a merced de ningún oscuro albur, ni pierda de la mano las riendas confundido en un porvenir incierto”.

LAS LÁGRIMAS DE JESÚS

— Jesús no queda indiferente ante la suerte de los hombres.

— Humanidad Santísima de Cristo.

— Tener los mismos sentimientos de Jesús.

I. Descendía Jesús por la vertiente occidental del monte de los Olivos dirigiéndose al Templo. Le acompañaba una multitud llena de fervor que gritaba alabanzas al Mesías. En un momento dado, Jesús se paró y contempló la ciudad de Jerusalén que se extendía a sus pies. Y al ver la ciudad lloró sobre ella1. Es un llanto inesperado que rompió la alegría de todos. En aquel instante, el Señor vio cómo quedaba destruida años más tarde la ciudad que tanto amaba, porque no conoció el tiempo de su visitación. El Mesías había estado por sus calles, había enseñado la Buena Nueva, sus habitantes habían visto milagros..., y siguieron igual. ¡Si conocieras en este día lo que puede traerte la paz! Pero ahora está oculto a tus ojos. Vendrán días en que tus enemigos te rodearán y te asediarán y te estrecharán por todas partes, y te arrasarán junto con tus hijos, porque no has conocido el tiempo en que Dios te ha visitado2.

A través de estas líneas se puede leer la angustia que oprimía el corazón del Señor. «Pero ¿por qué no entendía Jerusalén la gracia especialísima de conversión que se le ofrecía en aquel mismo día con el esplendor del triunfo de Jesús? ¿Por qué se obstinaba en cerrar los ojos a la luz? Ocasiones había tenido de reconocer a Jesús por su Mesías y su Redentor; esta que ahora se le da será la última. Si rechaza este postrer beneficio, todos los males descritos en la profecía caerán irremisiblemente sobre ella. Y rechazó, ¡oh dolor!, y todo se cumplió a la letra»3. El Señor se llena de aflicción, pues Él no queda indiferente ante la suerte de los hombres. Su pena es tan grande que sus ojos se cubrieron de lágrimas. Las palabras anteriores debieron de ser pronunciadas con un particular acento de dolor y de tristeza.

San Juan nos ha dejado constancia en otra ocasión de esas lágrimas de Jesús, que pueden ser tan consoladoras para nuestra alma. Llegó el Maestro a Betania, donde había muerto su amigo Lázaro. Allí se encontró con la hermana de Lázaro, María. Cuando Jesús la vio llorando se estremeció en su interior, se conmovió y dijo: ¿Dónde le habéis puesto? Le contestaron: Señor, ven y verás. En aquel momento Jesús da rienda suelta a su dolor por la muerte de aquel amigo, y comenzó a llorar. Los judíos presentes exclamaron: Mirad cómo le amaba4.

Jesús –perfecto Dios y hombre perfecto5– sabe querer a sus amigos, a sus íntimos y a todos los hombres, por los que dio la vida. Este amor que Jesús muestra en su aflicción es la expresión humana del amor que Dios tiene a los hombres, la manifestación sensible de la compasión con que nos mira. Y hoy, en este rato de oración, podemos contemplar la profundidad y la delicadeza de los sentimientos de Jesús, y comprender cómo Él no es indiferente a nuestra correspondencia a esa oferta de amistad y de salvación. No es indiferente a que vayamos cada día a visitarlo y permanezcamos junto a Él unos minutos delante del Sagrario; no es neutral ante el empeño diario por aumentar nuestra amistad con Él, ante el esfuerzo por vivir con esmero la caridad, por servirle en medio del mundo... ¡Tantas veces se hace el encontradizo con nosotros!

«El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente (...). El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo (...) debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe “apropiarse” y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo. Si se actúa en él este hondo proceso, entonces él da frutos no solo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha merecido tener tan grande Redentor (Misal Romano, Himno Exsultet de la Vigilia pascual), si Dios ha dado a su Hijo, a fin de que él, el hombre, no muera sino que tenga la vida eterna (cfr. Jn 3, 16)!»6. No dejemos de tratar cada día a Jesús que nos espera. En Él se encuentra el fin de nuestra vida.

II. La vida cristiana consiste en una amistad creciente con Cristo, en imitarle, en hacer nuestra su doctrina. Seguir a Jesús no consiste en detenerse en difíciles especulaciones teóricas, ni tampoco en la mera lucha contra el pecado, sino en amarle con obras y sentirnos amados por Él, «porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos»7. Él vive ahora en medio de nosotros: le vemos con los ojos de la fe, le hablamos en la oración, nos escucha apenas hemos levantado la voz o el corazón hacia Él; no es indiferente a nuestras alegrías y pesares, pues «se unió, en cierto modo, con cada hombre por su encarnación. Con manos humanas trabajó, con mente humana pensó, con voluntad humana obró, con corazón de hombre amó. Nacido de María Virgen se hizo de verdad uno de nosotros, igual que nosotros en todo menos en el pecado. Cordero inocente, mereció para nosotros la vida derramando libremente su sangre y en Él el mismo Dios nos reconcilió consigo y entre nosotros mismos y nos arrancó de la esclavitud del diablo y del pecado. Así cada uno de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí (Gal 2, 20)»8, por cada uno, como si no hubiera más hombres sobre la tierra. Su Humanidad Santísima es el puente que nos conduce a Dios Padre.

Hoy consideramos esas lágrimas de Jesús por aquella ciudad que tanto amó, pero que no conoció lo más importante de su historia: la visita del Mesías y los dones que llevaba para cada uno de sus habitantes. Y hemos de meditar también las ocasiones en las que nosotros personalmente le hemos llenado de aflicción por nuestros pecados, por las faltas de correspondencia a la gracia, por no haber sabido responder a tantas muestras de amistad. Y también las ocasiones en que nos ha echado de menos, como aquel día en que esperaba la vuelta de nueve leprosos que una vez curados se marcharon por otro camino y no volvieron. ¡Cuántas veces, quizá, ha quedado Jesús esperándonos!

Si no amamos a Jesús no podremos seguirle. Y para amarle hemos de meditar con frecuencia el Evangelio, donde se nos muestra profundamente humano y ¡tan cercano a todo lo nuestro! Unas veces le veremos cansado del camino9, sentado junto al pozo de Jacob, después de una larga caminata en un día caluroso, con sed real, que le dará ocasión para convertir a una mujer de Samaria y a muchos vecinos del pueblo de Sicar. Le contemplaremos con hambre, como el día en que, en el camino de Betania a Jerusalén, se acercó a una higuera que solo tenía hojas10; o agotado después de una jornada de intensa predicación a las gentes que no cesaban de acudir a Él, y era tal su cansancio que en medio incluso de un mar alborotado se quedó dormido sobre un cabezal en la popa11.

A lo largo de su vida irá aliviando las dolencias de quienes encuentra en su camino: vio una turba numerosa y sintió compasión de ellos, y curó a sus enfermos12. Aunque vino a salvar nuestras almas, no se olvida de los cuerpos. Para quererle y seguirle hemos de contemplarle: su vida es una inagotable fuente de amor, que hace fácil la entrega y la generosidad en su seguimiento. Y «cuando nos cansemos –en el trabajo, en el estudio, en la tarea apostólica–, cuando encontremos cerrazón en el horizonte, entonces, los ojos a Cristo: a Jesús bueno, a Jesús cansado, a Jesús hambriento y sediento. ¡Cómo te haces entender, Señor! ¡Cómo te haces querer! Te nos muestras como nosotros, en todo menos en el pecado: para que palpemos que contigo podremos vencer nuestras malas inclinaciones, nuestras culpas. Porque no importan ni el cansancio, ni el hambre, ni la sed, ni las lágrimas... Cristo se cansó, pasó hambre, estuvo sediento, lloró. Lo que importa es la lucha –una contienda amable, porque el Señor permanece siempre a nuestro lado– para cumplir la voluntad del Padre que está en los cielos (cfr. Jn 4, 34)»13.

III. El llanto de Jesús sobre Jerusalén encierra un profundo misterio. Ha expulsado demonios, curado enfermos, resucitado muertos, convertido a publicanos y pecadores, pero ante esta ciudad tropieza con la dureza de sus habitantes. Algo podemos entrever de lo que ocurría en su Corazón cuando hoy nos encontramos con la resistencia de tantos que se cierran a la gracia, a la llamada divina. «A veces, cara a esas almas dormidas, entran unas ansias locas de gritarles, de sacudirlas, de hacerlas reaccionar, para que salgan de ese sopor terrible en que se hallan sumidas. ¡Es tan triste ver cómo andan, dando palos de ciego, sin acertar con el camino!

»—Cómo comprendo ese llanto de Jesús por Jerusalén, como fruto de su caridad perfecta...»14.

Los cristianos proseguimos la obra del Maestro y participamos de los sentimientos de su Corazón misericordioso. Por eso, mirándole a Él, hemos de aprender a querer a nuestros hermanos los hombres, tratando a cada uno como es, en sus peculiares circunstancias, comprendiendo sus deficiencias cuando las haya, siendo siempre cordiales y estando disponibles para ayudar, para servir. De Cristo hemos de aprender a ser muy humanos, disculpando, alentando a seguir adelante, procurando –cada día– hacer la vida más grata y amable a los que comparten el mismo hogar, el mismo trabajo, idénticas aficiones, sacrificando los propios gustos, por legítimos que sean, cuando entorpecen la convivencia, interesándonos sinceramente por su salud y por su enfermedad... Y sobre todo nos preocupará especialmente el estado del alma de las personas que cada día tratamos, a quienes procuramos ayudar en su caminar hacia Cristo: a quienes están cerca de ti para que se aproximen más; a los que están lejos, para que emprendan el camino de vuelta hacia la casa del Padre. «No hay señal, no existe marca alguna que distinga mejor al cristiano, que el cuidado que tiene por sus hermanos»15, afirmaba San Juan Crisóstomo.

Hoy le pedimos a Nuestra Madre Santa María que nos dé un corazón semejante al de su Hijo, que no permanezca nunca indiferente ante la suerte de los que nos tratan cada día.

1 Lc 19, 41. — 2 Lc 19, 41-44. — 3 L. Cl. Fillion, Vida de Nuestro Señor Jesucristo, FAX, Madrid 1966, p. 713. — 4 Jn 11, 33-36. — 5 Símbolo Atanasiano. — 6 Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis, 4-III-1979, 10. — 7 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 102. — 8 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 22. — 9 Jn 4, 4. — 10 Cfr. Mc 11, 12-13. — 11 Mc 4, 38. — 12 Mt 14, 14. — 13 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 201.  14 ídem, Surco, n. 210. — 15 San Juan Crisóstomo, Homilía 6, 3.

 

 

"Calma, deja que corra el tiempo"

Estás intranquilo. -Mira: pase lo que pase en tu vida interior o en el mundo que te rodea nunca olvides que la importancia de los sucesos o de las personas es muy relativa. -Calma: deja que corra el tiempo; y, después, viendo de lejos y sin pasión los acontecimientos y las gentes adquirirás la perspectiva, pondrás cada cosa en su lugar y con su verdadero tamaño. Si obras de este modo serás más justo y te ahorrarás muchas preocupaciones. (Camino, 702)

19 de noviembre

No os asustéis, ni temáis ningún daño, aunque las circunstancias en que trabajéis sean tremendas, peores que las de Daniel en la fosa con aquellos animales voraces. Las manos de Dios son igualmente poderosas y, si fuera necesario, harían maravillas. ¡Fieles! Con una fidelidad amorosa, consciente, alegre, a la doctrina de Cristo, persuadidos de que los años de ahora no son peores que los de otros siglos, y de que el Señor es el de siempre.

Conocí a un anciano sacerdote, que afirmaba –sonriente– de sí mismo: yo estoy siempre tranquilo, tranquilo. Y así hemos de encontrarnos siempre nosotros, metidos en el mundo, rodeados de leones hambrientos, pero sin perder la paz: tranquilos. Con amor, con fe, con esperanza, sin olvidar jamás que, si conviene, el Señor multiplicará los milagros. (Amigos de Dios, 105)

 

Vida de María (III): Presentación de la Virgen

El día 21 celebramos la Presentación de la Virgen. María es ofrecida a Dios por sus padres, Joaquín y Ana, en el Templo de Jerusalén.

LA VIRGEN19/11/2020

​Giotto, La Presentación de María al templo, 1302-1305. Capilla Scrovegni, Padua.

► Descarga en PDF Vida de María (III): Presentación de la Virgen

Evangelio del 21 de noviembre, memoria de la Presentación de la Virgen María en el Templo y comentario al evangelio.

► Vida de María (III): Textos del Magisterio, Padres, santos, poetassobre la Presentación de la Virgen

► Libro electrónico “María, una vida junto a Jesús”


Fueron callados, como su humildad, los años de infancia de María Santísima. Nada nos dice la Sagrada Escritura. Los cristianos, sin embargo, deseaban conocer con más detalle la vida de María. Era una aspiración legítima. Y como los evangelios guardan silencio hasta el momento de la Anunciación, la piedad popular, inspirada en varios pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento, elaboró pronto algunas narraciones sencillas que luego se recogerían en el arte, en la poesía y en la espiritualidad cristiana.

Uno de estos episodios, quizá el más representativo, es la Presentación de la Virgen. María es ofrecida a Dios por sus padres, Joaquín y Ana, en el Templo de Jerusalén; lo mismo que otra Ana, madre del profeta Samuel, ofreció a su hijo para el servicio de Dios en el tabernáculo donde se manifestaba su gloria (cfr. 1 Sam 1, 21-28); igual que, años después, María y José llevarían a Jesús recién nacido al Templo para presentarlo al Señor (cfr. Lc 2, 22-38).

COMO LOS EVANGELIOS GUARDAN SILENCIO HASTA EL MOMENTO DE LA ANUNCIACIÓN, LA PIEDAD POPULAR, INSPIRADA EN VARIOS PASAJES DEL ANTIGUO Y NUEVO TESTAMENTO, ELABORÓ PRONTO ALGUNAS NARRACIONES SENCILLAS

En rigor, no hay una historia de estos años de la Virgen, sino lo que la tradición nos ha ido transmitiendo. El primer texto escrito que refiere este episodio —de él dependen los numerosos testimonios de la tradición posterior— es el Protoevangelio de Santiago , un escrito apócrifo del siglo II. Apócrifo significa que no pertenece al canon de los libros inspirados por Dios; pero esto no excluye que algunos de estos relatos tengan ciertos elementos verdaderos En efecto, despojado de los detalles posiblemente legendarios, la Iglesia incluyó este episodio en la liturgia: primero en Jerusalén, donde en el año 543 se dedicó la basílica de Santa María Nueva en recuerdo de la Presentación; en el siglo XIV, la fiesta pasó a Occidente, donde su conmemoración litúrgica se fijó el 21 de noviembre.

María en el Templo. Toda su belleza y su gracia —estaba llena de hermosura en el alma y en el cuerpo— eran para el Señor. Éste es el contenido teológico de la fiesta de la Presentación de la Virgen. Y en este sentido la liturgia le aplica algunas frases de los libros sagrados: en el tabernáculo santo, en su presencia, le di culto, y así me establecí en Sión. En la ciudad amada me dio descanso, y en Jerusalén está mi potestad. Arraigué en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad (Sir 24, 15-16).

Lo mismo que Jesús cuando fue presentado en el Templo, María continuaría viviendo con Joaquín y Ana una vida normal. Donde Ella estaba —sujeta a sus padres, creciendo hasta hacerse mujer—, allí estaba la llena de gracia (Lc 1, 28), con el corazón dispuesto para un servicio completo a Dios y a todos los hombres, por amor a Dios.

LA VIRGEN FUE MADURANDO ANTE DIOS Y ANTE LOS HOMBRES. NADIE NOTÓ NADA EXTRAORDINARIO EN SU COMPORTAMIENTO, AUNQUE, SIN DUDA, CAUTIVARÍA A QUIENES TENÍA ALREDEDOR, PORQUE LA SANTIDAD ATRAE SIEMPRE

La Virgen fue madurando ante Dios y ante los hombres. Nadie notó nada extraordinario en su comportamiento, aunque, sin duda, cautivaría a quienes tenía alrededor, porque la santidad atrae siempre; más aún en el caso de la Toda Santa. Era una doncella sonriente, trabajadora, metida siempre en Dios, y a su lado todos se sentían a gusto. En sus ratos de oración, como buena conocedora de la Sagrada Escritura, repasaría una y otra vez las profecías que anunciaban el advenimiento del Salvador. Las haría vida suya, objeto de su reflexión, motivo de sus conversaciones. Esa riqueza interior se desbordaría luego en el Magnificat, el espléndido himno que pronunció al escuchar el saludo de su prima Isabel.

Todo en la Virgen María estaba orientado hacia la Santísima Humanidad de Jesucristo, el verdadero Templo de Dios. La fiesta de su Presentación expresa esa pertenencia exclusiva de Nuestra Señora a Dios, la completa dedicación de su alma y de su cuerpo al misterio de la salvación, que es el misterio del acercamiento del Creador a la criatura.

Como cedro del Líbano crecí, como ciprés de los montes del Hermón. Crecí como palmera en Engadí, como jardín de rosas en Jericó, como noble olivo en la planicie, como plátano crecido junto al agua en las plazas (Sir 24, 17-19). Santa María hizo que en torno suyo floreciera el amor a Dios. Lo llevó a cabo sin ser notada, porque sus obras eran cosas de todos los días, cosas pequeñas llenas de amor.

J.A. Loarte

Enseñanzas de san Josemaría acerca de la santificación del trabajo profesional

Artículo de Vicente Bosch sobre el tema de la santificación del trabajo, elemento central del mensaje de san Josemaría Escrivá de Balaguer.

TRABAJO02/12/2016

​Foto: Álvaro García Fuentes.

Almudí Enseñanzas de san Josemaría acerca de la santificación del trabajo profesional

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El tema de la santificación del trabajo es central en la enseñanza de san Josemaría: el Opus Dei “es camino de santificación en el trabajo profesional”; el eje o el quicio de la santificación en medio del mundo

El Fundador del Opus Dei al hablar del trabajo cita muchos textos de la Sagrada Escritura, pero sobre todo se fija en el ejemplo de Jesús: el sentido de su trabajo no puede ser el de ocupar el tiempo o ser uno más de su conciudadanos hasta que iniciara su vida pública, «en manos de Jesús el trabajo (...) se convierte en tarea divina, en labor redentora, en camino de salvación»

El presente artículo es una síntesis y elaboración personal de la cuestión tratada en E. Burkhart – J. LópezVida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, vol 3, Rialp, Madrid 2013, pp. 134-221.

I. Contexto histórico y teológico

La noción de “trabajo” remite a toda actividad humana −intelectual y corporal− que, implicando esfuerzo y perseverancia, modifica y transforma el mundo. Expresa el dominio del hombre sobre la naturaleza. Es actividad productiva que, por transformar nuestro existir y el de las futuras generaciones, tiene importancia antropológica, social e histórica.

Aunque en nuestros días todas las ciencias humanas se ocupan del trabajo, el tema no fue objeto de reflexión filosófica hasta bien entrado el siglo XIX. El estudio del trabajo por parte de la teología inició el pasado siglo XX con las encíclicas papales, la teología francesa de las realidades terrenas, y, sobre todo, el documento conciliar Gaudium et spes. Su ubicación en el ámbito de la espiritualidad es más reciente e incide, obviamente, en la santificación de los fieles laicos. Aunque muchos no sean conscientes, el trabajo afecta a la persona en su interioridad: independientemente del producto, importa el cómo y el porqué de esa actividad.

El tema de la santificación del trabajo es central en la enseñanza de san Josemaría: el Opus Dei “es camino de santificación en el trabajo profesional”; el eje o el quicio de la santificación en medio del mundo. También el Catecismo de la Iglesia Católica afirma en el n. 2427 que «el trabajo puede ser un medio de santificación y de animación de las realidades terrenas en el espíritu de Cristo». ¿Cómo se ha llegado a tal afirmación?

El aprecio por el trabajo en el cristianismo tiene su raíz en la Sagrada Escritura. Lo que en síntesis nos transmite la Biblia acerca del trabajo −sin entrar en el análisis de los numerosos textos− es que el hombre recibe la naturaleza como un don de las manos de Dios, y “trabajándola” se realiza a sí mismo si descubre el sentido del don y abre su intención al absoluto, sin cerrarse en la sola satisfacción de los bienes finitos y en el afán de poseer. Esa actitud permite que el trabajo pueda convertirse en mediación para la comunión con Dios y con los hombres, en ocasión de encuentro con Dios. San Josemaría al hablar del trabajo cita muchos textos de la Sagrada Escritura (cfr. homilías En el taller de José y Trabajo de Dios), pero sobre todo se fija en el ejemplo de Jesús: el sentido de su trabajo no puede ser el de ocupar el tiempo o ser uno más de su conciudadanos hasta que iniciara su vida pública, «en manos de Jesús el trabajo (...) se convierte en tarea divina, en labor redentora, en camino de salvación» (Conversaciones, n. 55).

Los Padres y los antiguos escritores cristianos, fieles a la enseñanza bíblica, muestran una alta estima por el trabajo. Lo que en resumen nos transmiten es que el cristiano es tan trabajador como el pagano −aportando recursos para su familia y la sociedad−, pero, además de estar obligado por la fe a considerar la moralidad de su oficio, sabe encontrar en su actividad laboral el fin trascendente que marca su vida y que necesariamente le conduce a comportarse de un modo diverso de los paganos. Más tarde, el desarrollo de la vida monástica será la causa de que algunos escritores de ese ámbito presten atención al tema del trabajo, bajo un aspecto muy particular: su carácter ascético para evitar el ocio y unirse con la fatiga a los sufrimientos de Cristo. El ora et labora benedictino se entiende, sin embargo, como dos actividades complementarias que no se funden: no es el “convertir el trabajo en oración” como enseña san Josemaría. Además, el trabajo es visto como una “profesión” que caracteriza el ciudadano de la sociedad civil, fuente de preocupaciones que distraen del trato con Dios y dificulta la vida espiritual.

La mentalidad negativa hacia el trabajo −como obstáculo a la santidad− está muy bien reflejada en el conocido texto del duo genera christianorum del Decreto de Graciano, de mitad del siglo XII[1]. En los albores de la Edad Moderna, Lutero afirmó con rotundidad la universalidad del deber de trabajar para obedecer al mandato divino, aunque este paso −en principio positivo− está viciado por su polémico rechazo de la vida monástica (vida de contemplación = ocio) y por negar el valor de toda obra humana para la salvación.

Con la revolución industrial del siglo XIX se produce un profundo cambio en la consideración del trabajo, que ahora adquiere dimensiones éticas y sociológicas antes insospechadas. Los Papas dirigen su atención hacia el trabajo: León XIII con la enc. Rerum novarum (15-V-1891) y Pío XI con Quadragesimo anno (15-V-1931) proclaman exigencias de justicia en la organización laboral (derechos de los obreros, salario, relaciones trabajo-capital, etc.). Siendo cuestiones importantes, son, sin embargo, adyacentes al trabajo: éste reclama una consideración más profunda en cuanto actividad que tiene por objeto mejorar la creación y al hombre, temas que entran de lleno en la reflexión teológica. El primer tímido intento en teología espiritual es el de Tanquerey, que en su Compendio de teología ascética y mística (1923) incluye, entre los medios exteriores de perfección, la “santificación de las relaciones profesionales” (es decir, los deberes de justicia, prudencia y caridad que imponen la profesión)[2]. En cambio la “santificación del trabajo” aparece por primera vez en un discurso de Pío XI, del 31-I-1927:

«El secreto para gozar continuamente del encuentro con Cristo (…) es santificar el trabajo cotidiano, el mismo trabajo que llena todos los días y las horas de su vida, y de este modo suavizarlo. (…) Qui laborat orat, el que trabaja reza, lo cual significa hacer del trabajo oración (…). Hace falta bien poco para santificarse cuando se trabaja: basta la buena intención que dirija el trabajo a Dios y mantenga unidos a Dios (…)»[3].

La primera vez que en los apuntes manuscritos conservados de san Josemaría se hace referencia a la santificación del trabajo es el 28-III-1933, cuando anota: «el trabajo santifica»[4]. Pero sabemos que esos términos fueron empleados por san Josemaría desde la fundación del Opus Dei:

«Desde 1928 mi predicación ha sido que (…) el quicio de la espiritualidad específica del Opus Dei es la santificación del trabajo ordinario» (Conversaciones, n. 34).

Según el estudio de Burkhart-López, aunque haya una evidente afinidad entre la enseñanza de san Josemaría, el discurso de Pío XI en 1927 y otros autores de la época (Joseph Cardijn, fundador de la Jeunesse Ouvrière Chrétienne5[5], Raoul Plus, etc.), los conceptos no son idénticos debido a que: 1) estos últimos se refieren sólo al trabajo manual, que permite rezar mientras se trabaja, dejando fuera de ese ámbito el trabajo intelectual; 2) la finalidad de las J.O.C. estaba más centrada en la acción sindical, colectiva, para lograr mejores condiciones de trabajo, que en el mejoramiento personal con la actividad laboral[6].

A partir del magisterio de Pío XII (que introdujo el 1-V-1955 la fiesta de San José Obrero), y más todavía con Juan XXIII y Pablo VI, la atención al trabajo ya no se limita a cuestiones sociales sino que se dirige al trabajo mismo y a su papel en el plan divino de la Creación y de la Redención. Autores come Thils, Congar y Chenu contribuyeron con sus reflexiones a preparar la constitución conciliar Gaudium et spes, que enmarcó en los nn. 33-39 la actividad humana en el mundo, y abordó en el n. 67 la cuestión del trabajo señalando que «con el trabajo, el hombre (…) puede ejercer la caridad verdadera y cooperar en el perfeccionamiento de la creación divina. Más aún (…) se asocia a la obra misma de la redención de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad eminente trabajando con sus propias manos en Nazaret». La enseñanza de san Josemaría está en perfecta sintonía con estas palabras, que superan los planteamientos de la primera mitad del siglo XX para llegar a la base antropológica del trabajo. Después del Concilio, san Juan Pablo II expondrá en el último capítulo de Laborem exercens (14-IX-1981) algunos “elementos para una espiritualidad del trabajo” en línea con la enseñanza del Fundador del Opus Dei (participación en la obra creadora de Dios, el ejemplo del trabajo de Cristo en Nazaret, el sentido redentor del trabajo, etc.).

En definitiva, la enseñanza de san Josemaría sobre el trabajo irrumpe cuando ya el Magisterio hablaba de santificación del trabajo, pero su contenido va más a fondo transmitiendo ideas como: 1) conversión del mismo trabajo en oración; 2) eje de la santificación personal en medio del mundo; 3) elemento de cristianización de la sociedad.

II. La noción de trabajo en San Josemaría

En un largo texto de la homilía En el taller de José (Es Cristo que pasa, n. 47) encontramos los elementos de la noción de trabajo en san Josemaría:

a) La idea general de trabajo. El hombre fue creado por Dios para que trabajara, y su trabajo es participación en la obra creadora de Dios, con un triple sentido: 1º) perfeccionar la creación (hacer que el mundo refleje cada vez más su bondad; imitar a Dios en su trabajo de la creación); 2º) perfeccionarse a sí mismo (trabajar como Dios con sabiduría y amor, nos transforma, nos hace vivir una serie de virtudes); 3º) servir a los demás y a la sociedad (vínculo de unión a los demás; hacer del mundo un hogar para todos).

b) La distinción entre trabajo y fatiga. No son sinónimos; la fatiga aparece como consecuencia del pecado original, y acompaña la actividad de trabajar, pero hay que distanciarse de la visión del trabajo como de una pena de la que hay que librarse. Además, con Cristo, la fatiga y el dolor se transforman en instrumentos de redención.

c) La dignidad de todo trabajo. El cristianismo desbarató la idea griega de que el trabajo era una actividad servil, la forma ínfima de la actividad humana, indigna de los hombres libres que tienen su ideal en la filosofía (contemplación de la verdad, actividad intelectual −no manual−) y en las hazañas o gestas bélicas. La dignidad de los trabajos manuales está en la espiritualización de ese “contacto” con la materia. Por tanto, la dignidad del trabajo no depende de “aquello que se hace”, sino de la calidad de la acción espiritual: la «dignidad del trabajo está fundada en el Amor» (Es Cristo que pasa, n. 48).

d) Trabajo y “Trabajo profesional. Por profesional se entiende “oficio públicamente conocido”, que implica una formación profesional y comporta deberes, responsabilidades y derechos. No serían profesionales las actividades ejercidas para cultivar una afición o la práctica del deporte por diversión, aunque esas actividades cuesten esfuerzo y puedan reportar beneficio económico. El adjetivo “profesional” añade el matiz de “dedicación de la vida”. El Fundador del Opus Dei al hablar de trabajo profesional solía añadir intelectual o manual. Por último, dejamos constancia de que san Josemaría utilizaba el adjetivo “profesional” con un sentido análogo en dos tipos de actividades: la labor del sacerdote (tarea en sí misma santa, no profana, pero en cuyo ejercicio el sacerdote debe santificarse), y situaciones como enfermedad, vejez y desempleo.

III. El trabajo como realidad santificable y santificadora

«Al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora» (Es Cristo que pasa, n. 47).

«Para la gran mayoría de los hombres, ser santos supone santificar el propio trabajo, santificarse en el trabajo, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar sí a Dios en el camino de sus vidas» (Conversaciones, n. 55).

Con esta fórmula ternaria –“santificar el propio trabajo”, “santificarse en el trabajo”, y “santificar a los demás con el trabajo”, tres dimensiones de un único fenómeno– queda delimitada, desde el punto de vista de la espiritualidad, la realidad que estamos tratando. Veámosla más de cerca.

a) Santificar el propio trabajo

Santificar el trabajo significa hacer santa la acción de trabajar y, consecuentemente, el efecto exterior o producto de esa acción. La santificación del trabajo, en cuanto fuente −la acción de la persona−, es prioritaria respecto a los otros dos aspectos de santificación de las personas y de las estructuras del mundo, que son sus consecuencias: el trabajo santificado constituye la dimensión objetiva y es, al mismo tiempo, conditio sine qua non para el resto. Por trabajo santificado entendemos “obras realizadas en Cristo”, que construyen el mundo y santifican a la persona que las realiza, y, evidentemente, presupone estar en gracia de Dios y la intencionalidad de realizar esa tarea por Cristo, con Cristo y en Cristo. Si el sujeto no se inserta en el dinamismo del obrar santo y santificador de Cristo, no santificará nada, pues la acción humana de trabajar no santifica ex opere operato, por muy humanamente perfecto que sea el sujeto y por muy bien hecho que esté el trabajo. Hace falta la intención: la actividad de trabajar se hace santa cuando se realiza por un motivo sobrenatural −dirigir el mundo hacia Dios y darle gloria−; es decir, cuando la prioridad y primacía recae sobre el finis operantis −el motivo por el que se realiza el trabajo−, entonces, la causa final influye en la actividad y en el resultado del trabajo[7]. Si a un conductor de autobús de una línea urbana se le preguntara a mitad de trayecto “¿a qué se dedica usted?”, las respuestas podrían ser variadas: “¡ya ve: conduzco autobuses!”, sería quizá la más probable; tampoco extrañaría escuchar algo así como “saco la familia adelante conduciendo en este tráfico infernal”; estrechando el círculo de probabilidades se podría obtener un “procuro ser útil a la gente haciendo lo mejor posible este servicio público”; pero no debería pertenecer a otro planeta la contestación “intento santificarme conduciendo este autobús”. En la primera de las respuestas el conductor no se plantea ninguna finalidad: ejerce ese oficio y basta (quizá su padre y su abuelo ya trabajaban en esa misma empresa); en las otras tres, en cambio, se ve que el sujeto tiene una intención o finalidad, cada vez con más amplias miras, hasta llegar a la de santificarse, santificando esa actividad.

Otro elemento importante en la santificación del trabajo es la buena realización de esa actividad, la perfección humana del trabajo y la competencia profesional: «el trabajo de cada uno (…) ha de ser un ofrenda digna para el creador, operatio Dei, trabajo de Dios y para Dios: en una palabra, un quehacer cumplido, impecable» (Amigos de Dios, n. 55). La posible imperfección del trabajo jamás deberá ser consecuencia de la intención del sujeto, ya que el motivo sobrenatural tiende per se hacia una trabajo humanamente perfecto y sólo per accidens el trabajo santificado puede ser defectuoso.

Consecuencia no desdeñable del papel que juega la intención en la santificación del trabajo es la evidencia de que todo trabajo honesto es santificable. Todo trabajo honesto es santo cuando está imperado e informado por el amor a Dios y a los demás. Esa es la sustancia del “motivo sobrenatural” del que hablábamos. Si el modelo de todo trabajo es la Creación, conviene preguntarse cómo creó o trabajó Dios. Una respuesta nos la da la liturgia en unas palabras de la Plegaria Eucarística IV de la Santa Misa: «Te alabamos, Padre Santo, porque eres grande y porque hiciste todas las cosas con sabiduría y amor». Aquí está en síntesis la clave para santificar el trabajo: realizarlo con sabiduría (competencia profesional, estudio, orden, prudencia, etc.) y con amor (para la gloria de Dios y el servicio a los demás). Por tanto, si alguien nos preguntara “¿cuáles son las condiciones para poder santificar el trabajo?”, se tendrían que señalar estas cuatro: 1º) estar en gracia de Dios (en estado de pecado no se puede santificar nada); 2º) que el trabajo sea honesto y no sea contrario a la fe y a la moral; 3º) que haya un motivo sobrenatural, la intención de santificar esa actividad para la gloria de Dios; 4º) la perfección humana y competencia profesional.

b) Santificarse en el trabajo

El primer fruto del trabajo es inmanente: la autorrealización humana y sobrenatural del que trabaja. La acción de trabajar modifica en primer lugar al sujeto. Se trata de ese trabajo en sentido subjetivo −acción no transitiva− del que hablaba Laborem exercens. Indudablemente, la santificación del trabajo requiere que el sujeto viva toda una serie de virtudes: en primer lugar las teologales, puesto que sin fe y sin amor no es posible imitar a Jesús Obrero; pero también virtudes humanas como la laboriosidad, constancia, diligencia, paciencia, fortaleza, justicia, prudencia, mansedumbre, orden, etc. Y poner en práctica todo esto mientras se lleva a cabo la actividad laboral, evidentemente, perfecciona a quien realiza ese trabajo[8].

Ayuda, también, considerar que ese trabajo santificado no es sólo trabajo hecho “para” Dios, sino que, necesariamente, ese trabajo es “de” Dios, ya que es Él quien lo santifica. Es Él quien nos ha amado primero y hace posible que nuestro amor esté presente en la intencionalidad del trabajo. Es Cristo quien con su gracia hace fecundar la actividad humana del trabajador y la hace capaz de que pueda serle ofrecida, para que Él la asuma como propia y la asocie a su Cruz redentora. Todo esto gracias al sacerdocio común de los fieles, que pueden ofrecer sus vidas y actividades en ofrenda agradable a Dios a través del sacrificio del altar. En definitiva, el hombre cuando trabaja, además de transformar las cosas, realiza principalmente su ser, y realizar nuestro ser cristiano es lo que llamamos “santificarse”.

c) Santificar a los demás con el trabajo

El trabajo santificado –su dimensión objetiva– tiende a la reforma de los modos y estructuras de la convivencia, favoreciendo el desarrollo humano y sobrenatural de los hombres que participan en aquellas actividades y estructuras. Es decir, la capacidad que tiene el trabajo santificado de perfeccionar a la persona que lo realiza alcanza, también, a quienes son testigos de esa actuar y a quienes se benefician del producto de ese trabajo. El fruto de mi trabajo no sólo permanece en mí, en mi perfección, sino que se expande a las personas y a las cosas. Se supone, además, que cuando el cristiano trabaja no debe buscar la propia autoafirmación, sino que actúa con espíritu de servicio para contribuir al bien de los demás. El trabajo hecho por amor de Dios, santificado, es instrumento para santificar al prójimo. No cabe duda, por ejemplo, de que las relaciones con los colegas, cuando están llenas de caridad y simpatía, son instrumento de la gracia de Dios. Todo trabajo comporta una red de relaciones personales −colegas, clientes, representantes, usuarios, consumidores, etc.− que constituyen potenciales receptores del mensaje cristiano presente en un trabajo bien hecho por amor de Dios y de los demás, y cauce directo para el apostolado personal[9]. Por otra parte, el trabajo santificado y «santificante de quien lo realiza, coopera necesariamente no sólo a configurar un mundo justo, sino también a informarlo con la caridad de Cristo, a santificarlo»[10].

IV. Explicación de la frase ‘El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor’ (Es Cristo que pasa, n. 48)[11]

Las tres expresiones reflejan en modo completo lo que es “trabajar por amor”, nos dicen cómo se convierte la actividad de trabajar en algo santo. Se trabaja “por amor de Dios” cuando se dan a la vez las tres expresiones.

a) El trabajo nace del amor

Significa que es el amor a Dios lo que me lleva a trabajar (es decir, el sentido eficiente de la preposición “por”). Implica el ejercicio de la virtud de la laboriosidad, justo medio entre trabajar poco o nada y trabajar en exceso. La laboriosidad lleva a trabajar “cuantitativamente” en lo que se debe (en la profesión de cada uno) y “cualitativamente” con el esmero, orden y atención que nacen del amor. A la laboriosidad se opone la pereza, que san Josemaría considera como «el primer frente en el que hay que luchar» (Carta 24-III-1931, n. 10). En el extremo opuesto se coloca la “profesionalitis”, que consiste en no poner los debidos límites al trabajo para atender al descanso, a la familia y a otras relaciones necesarias. Por último, resulta importante considerar que la vocación profesional es parte importante de la vocación divina.

b) El trabajo manifiesta el amor

Si el amor se trasparenta en el modo de trabajar afecta también a los resultados, porque se trabaja con perfección e ilusión. Como Dios contempla ese trabajo, ha de ser «tarea santa y digna de Él: no sólo acabada hasta el detalle, sino llevada a cabo con rectitud moral, con hombría de bien, con nobleza, con lealtad, con justicia» (Carta 15-X-1948, n. 26). Aquí entran en juego conceptos como “perfección sobrenatural y humana”, “moral profesional”, “ilusión profesional”, y el “cuidado de las cosas pequeñas”, opuesto al “perfeccionismo” que busca la autocomplacencia o la aprobación de los demás más que agradar a Dios.

c) El trabajo se ordena al amor

Aquí la preposición de la frase “trabajar por amor” tiene sentido final: que Dios sea el fin último del trabajo, que la actividad de trabajar se ordene a la gloria de Dios (que sirva al reinado de Cristo y a la edificación de la Iglesia [no podemos desarrollar aquí la interesante cuestión del carácter eclesial del trabajo profesional de los laicos]). Ese trabajar para dar gloria a Dios lleva a contemplar a Dios en el trabajo. Cuando el cristiano realiza su trabajo profesional con perfección humana, con rectitud de intención, con amor y por amor, está de hecho rezando: todo su obrar −no sólo el pensamiento, sino también la acción física− manifiesta externamente la comunión con Dios que existe en su corazón, y esto constituye una verdadera oración que podríamos llamar “oración de las obras” (se reza con a través de las obras). El trabajo es acto de la persona en que el participan cuerpo y espíritu; es al hombre entero al que se dirige la Palabra de Dios, y el hombre responde con todo su ser -cuerpo y espíritu-, con su actividad, y esa respuesta es precisamente la oración.

Por tanto, la expresión “santificarse en el trabajo” no indica una simple conexión entre trabajo y oración, entre ocupación temporal y vida teologal: no se trata de una sobreposición de dos realidades, sino de la plena unión de ambas. El trabajo santificado y santificador no sólo es oración, sino verdadera oración contemplativa. Para san Josemaría, transformar el trabajo en oración significa tener alma contemplativa:

«Cuando respondemos generosamente a este espíritu, adquirimos una segunda naturaleza: sin darnos cuenta, estamos todo el día pendientes del Señor y nos sentimos impulsados a meter a Dios en todas las cosas, que, sin Él nos resultan insípidas. Llega un momento, en el que nos es imposible distinguir dónde acaba la oración y dónde comienza el trabajo, porque nuestro trabajo es también oración, contemplación, vida mística verdadera de unión con Dios –sin rarezas–: endiosamiento» (Carta 6-V-1945, n. 25, §2).

La contemplación en medio del mundo no es una contemplación de bajo nivel, de segunda categoría, sino verdadera oración contemplativa, pues nuestro mirar a Dios se realiza a través de los acontecimientos y circunstancias que entretejen la vida ordinaria. La contemplación en medio del mundo es una modalidad existencial de la oración contemplativa, una modalidad peculiar, presente en el carisma fundacional que recibió san Josemaría el 2-X-1928.

Vicente Bosch


[1] «Hay dos géneros de cristianos. Uno de ellos entregado al oficio divino y dedicado a la contemplación y oración, y alejado de todo ruido de lo temporal, que son los clérigos y devotos a Dios (…) Todos ellos Dios los eligió para sí. (…) Y esto simboliza la corona en la cabeza. (…) Existe otra especia de cristianos a la que pertenecen los laicos. Laós significa pueblo. A ellos se les permite poseer bienes temporales, pero sólo para su uso. Nada es, en efecto, más miserable que despreciar a Dios por el dinero. A ellos se les concede casarse, cultivar la tierra, juzgar causas, defender la propia causa, llevar ofertas al altar, pagar las décimas, y así podrán salvarse si evitan los vicios y hacen el bien» (Graciano, Decretum, Causa XII, q. 1, c. 7 [ed. Friedberg, Corpus Iuris canonici I, Akademische Druck, Graz 1959, col. 678]).

[2] Cfr. A. Tanquerey, Compendio de Teología Ascética y Mística, Palabra, Madrid 1990, pp. 323-325.

[3] Pío XII, Discurso, 31.1.1927, en Discorsi di Pio XI (a cura di D. Bertetto), Torino 1960, vol I, p. 675 (traducción de E. Burkhart – J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanaza de San Josemaría, vol III, Rialp, Madrid 2013, p. 143-144).

[4] Apuntes íntimos, n. 971, del 28.3.1933 (texto citado en Edición crítico-histórica de “Camino”, p. 368).

[5] Este autor definirá el trabajo como una «Misa prolongada» en la que los obreros ejercen plenamente su sacerdocio laico (cfr. Ph. Jourdan, La spiritualité du travail dans la Jeunesse Ouvrière Chrétienne [1925-1939], Roma 2006).

[6] Cfr. E. Burkhart – J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, vol 3, o.c., pp. 145-148.

[7] Cfr. F. Ocáriz, El concepto de santificación del trabajo, en Ídem, Naturaleza, gracia y gloria, Eunsa, Pamplona 2000, p. 267.

[8] San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 49 [ed. histórico-crítica, cit., pp. 358-359: «En esa tarea profesional vuestra, hecha cara a Dios, se pondrán en juego la fe, la esperanza y la caridad. Sus incidencias, las relaciones y problemas que trae consigo vuestra labor, alimentarán vuestra oración. El esfuerzo por sacar adelante la propia ocupación ordinaria, será ocasión de vivir esa Cruz que es esencial para el cristiano. La experiencia de vuestra debilidad, los fracasos que existen siempre en todo esfuerzo humano, os darán más realismo, más humildad, más comprensión con los demás. Los éxitos y las alegrías os invitarán a dar gracias, y a pensar que no vivís para vosotros mismos, sino para el servicio de los demás y de Dios».

[9] San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 49 [ed. histórico-crítica, cit., p. 358): «El trabajo profesional es también apostolado, ocasión de entrega a los demás hombres, para revelarles a Cristo y llevarles hacia Dios Padre, consecuencia de la caridad que el Espíritu Santo derrama en las almas. Entre las indicaciones que san Pablo hace a los de Efeso, sobre cómo debe manifestarse el cambio que ha supuesto su conversión, su llamada al cristianismo, encontramos esta: el que hurtaba, no hurte ya, antes bien trabaje, ocupándose con sus manos en alguna tarea honesta, para tener con qué ayudar a quien tiene necesidad (Ef 4, 28). Los hombres tienen necesidad del pan de la tierra que sostenga sus vidas, y también del pan del cielo que ilumine y dé calor a sus corazones. Con vuestro trabajo mismo, con las iniciativas que se promueven a partir de esa tarea, en vuestras conversaciones, en vuestro trato, podéis y debéis concretar ese precepto apostólico»[9] (Es Cristo que pasa, n. 49).

[10] F. Ocáriz, El concepto de santificación del trabajo, cit., p. 266.

[11] «Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y transitorio. (…) −Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor» (Es Cristo que pasa, n. 48 [ed. histórico-crítica, cit., p. 357]).

La sorprendente conversión de un jinete portugués

Su familia tenía una discoteca, pero su pasión siempre fueron los caballos. Miguel buscó a Dios en lugares equivocados. Pero al fin puede relatar la historia de su conversión, cómo conoció el Opus Dei y cómo un cáncer y una estancia en un hospital de Lisboa le acercaron a Dios.

EN PRIMERA PERSONA16/11/2020

​Miguel y María, en una foto reciente.

Me llamo Miguel, vivo en Lisboa y tengo 40 años. Nací en una familia muy normal con otros dos hermanos. Estudié hasta el 12º grado en la Escuela de Desarrollo Rural de Abrantes en el módulo de manejo de caballos.

Luego me fui a Francia para aprender con un jinete profesional. Siempre ha sido mi pasión. Fue un período intenso en el que hice de todo, desde las tareas más básicas de aseo hasta montar hermosos caballos. Mi madre solía decir que “era mi mili”: de hecho aprendí mucho y volví de Francia con cierta ingenuidad y arrogancia, pensando que ya era un gran jinete.

Mi formación cristiana se limitaba a la preparación para la primera comunión en la parroquia. Abandoné la práctica religiosa muy pronto, y dejé de ir a misa. Yo era uno de esos portugueses que no asistía a misa, pero que iba a Fátima todos los años...

UN ASTRÓLOGO MÉDIUM ME SUGIRIÓ IR A MISA NUEVE DÍAS SEGUIDOS...

Cuando regresé a Portugal me perdí completamente. Salía por la noche casi todos los días con diferentes amigos del mundo de los caballos del norte de Lisboa. Tenía varias amigas pero tenía la clara convicción de que nunca me comprometería con nadie.

Así, a los 22 años, había perdido la fe, aunque de alguna manera buscaba a Dios. Empecé a tener sesiones con un astrólogo médium, que tenía fama de ayudar a mucha gente.

Entre las muchas sugerencias que me dio, una fue sorprendente: ir a misa durante nueve días seguidos. Recuerdo ir en el coche hacia la iglesia tratando de recordar la oración del Credo, que ya había olvidado.

Un día oí a alguien decirme: “las brujas te envían a misa, pero nunca te dirán nada sobre la confesión”. Lo guardé en mi cabeza. Pero continué con mi vida nocturna: mis padres tenían una discoteca y la frecuentaba demasiado con mis amigos. Por otro lado, alimenté un gran afán de ser un buen profesional del caballo. Mi situación interior era la de una persona que vivía sin alegría y que competía constantemente por encumbrarme.

El Padre Hugo, la confesión y María

Un día, a mediados de 2011, por invitación de la prima de la que ahora es mi esposa (María), fui a almorzar con el Padre Hugo. Esa conversación tuvo un enorme impacto en mí. Tanto que le pedí inmediatamente que me confesara. Perdí una “tonelada” de peso en la confesión, y me di cuenta de que hasta entonces había vivido en la oscuridad.

ESA CONVERSACIÓN TUVO UN ENORME IMPACTO EN MÍ. TANTO QUE LE PEDÍ INMEDIATAMENTE QUE ME CONFESARA

Con mi conversión, mi relación con María se hizo más fuerte y sentí que ella era la persona con la que quería estar el resto de mi vida.

No mucho después, fui a visitarla a Alemania, donde hacia practicas de abogacía. Le compré un anillo y le pedí que se casara conmigo, algo que ella no esperaba. Un año más tarde celebramos la boda y hoy tenemos tres hermosos hijos.

 

​Antonio, con su familia, en Alemania

 

Mis amigos también notaron el cambio. Antonio era uno de los más cercanos. Lo conocí cuando volví de Francia. Somos muy amigos y aún hoy, aunque viva en Alemania donde es jinete, hablamos con mucha frecuencia. Un día lo desafié y le dije que tenía que cambiar de vida. Me pidió que le diera la medicina para ser feliz. Entonces comenzó un hermoso viaje que terminó con su acercamiento a la fe. Después de más de quince años volvió a confesarse, con el mismo sacerdote que yo.

La vocación y un diagnóstico de mieloma múltiple

Después del fulgor inicial de la conversión empecé a sentir que no progresaba como debía: el peso de mi vida pasada y las tendencias que luchaban contra mi deseo de una vida más plena -muchas de ellas apenas las detecta- no me dejaban mejorar. Tenía claro que necesitaba algún apoyo.

DESPUÉS DEL FULGOR INICIAL DE LA CONVERSIÓN EMPECÉ A SENTIR QUE NO PROGRESABA COMO DEBÍA

Fue entonces cuando un amigo me habló de las actividades de formación católica del Opus Dei. Rápidamente me di cuenta de que había encontrado mi vocación, porque además de tener la asistencia espiritual y la formación que necesitaba, había encontrado la manera de estar en la vida como un hijo de Dios, algo que tenía más sentido para mí: vivir cerca de Dios a través de mi familia, la dedicación a los demás y mi trabajo.

En 2019 me diagnosticaron un mieloma múltiple: lo que yo creía que era una lesión del omóplato derivada de mi profesión de jinete era, al final, un cáncer en la sangre, una enfermedad para la que todavía no hay cura.

A PARTIR DE ESE MOMENTO MI VIDA ADQUIRIÓ OTRO VALOR, LA ENFERMEDAD Y EL SUFRIMIENTO ME UNIERON COMO NUNCA ANTES CON JESÚS

Lo que se me ocurrió inmediatamente fue que si Jesús se entregó y murió por mí, ¿por qué no debería sufrir yo por él? Pensé que lo que sucediera sería para mi bien y para mi familia, así que Dios me concedió la gracia de no desesperarme ni enfadarme.

A partir de ese momento mi vida adquirió otro valor, la enfermedad y el sufrimiento me unieron a Jesús como nunca antes. Pude rezar y ofrecer todo esto por los que amo, por la Iglesia y por la Obra. Yo, que soy tan pequeño y carente de generosidad, ahora tenía mucho que ofrecer.

Internado en plena pandemia

Estuve internado en la IPO (Instituto Português de Oncología) de Lisboa en mayo de 2020, en plena pandemia de COVID-19. No podía recibir visitas. Me animó mucho conocer a una persona muy especial: el Padre Custodio, el capellán.

Le pedí diariamente la comunión. Las enfermeras y el personal de cuidados intensivos, que me cuidaron tan bien, se sorprendieron al ver que llamaba al sacerdote diariamente. Me sentí afortunado porque sabía que el sacerdote tenía otros deberes pastorales y estaba allí dedicándome ese tiempo.

 

​Miguel con el Padre Custodio, en el hospital

 

Pasé por momentos muy difíciles de dolor y de tratamientos complicados, como el autotrasplante de médula. Pero, en medio de todo aquello, recibí el apoyo y el cariño de María, el de mi familia, además de amigos, hermanos de la Obra y de muchas personas que rezaron por mí.

Llegar a un desafío tan difícil de la vida y poder decir que soy feliz, profundamente feliz, no tiene explicación. ¿Qué puede ser sino la gracia de Dios?

¿Qué es el Adviento y cuándo empieza?

 

¿Cómo y cuándo empieza a vivirse?

EL ADVIENTO

TIEMPO LITÚRGICO QUE PREPARA LA NAVIDAD

Expectación penitente, piadosa y alegre

La venida del Hijo de Dios a la Tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos (…).

 

 

Al celebrar anualmente la liturgia del Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida.
(Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 522 y 524)

 

 

Con el tiempo de Adviento, la Iglesia romana da comienzo al nuevo año litúrgico. El tiempo de Adviento gravita en torno a la celebración del misterio de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo.

 

A PARTIR DEL SIGLO IV

 

 

 

 

 

       

El origen y significado del Adviento es un tanto oscuro; en cualquier caso, el término adventus era ya conocido en la literatura cristiana de los primeros siglos de la vida de la Iglesia, y probablemente se acuñó a partir de su usoen la lengua latina clásica.

La traducción latina Vulgata de la Sagrada Escritura (durante el siglo IV) designó con el término adventus la venida del Hijo de Dios al mundo, en su doble dimensión de advenimiento en la carne –encarnación- y advenimiento glorioso –parusía-.

La tensión entre uno y otro significado se encuentra a lo largo de toda la historia del tiempo litúrgico del Adviento, si bien el sentido de “venida” cambió a “momento de preparación para la venida”.

Quizá la misma amplitud de las realidades contenidas en el término dificultaba la organización de un tiempo determinado en el que apareciera la riqueza de su mensaje. De hecho, el ciclo de adviento fue uno de los últimos elementos que entraron a formar parte del conjunto del año litúrgico (siglo V).

Parece ser que desde fines del siglo IV y durante el siglo V, cuando las fiestas de Navidad y Epifanía iban cobrando una importancia cada vez mayor, en las iglesias de Hispania y de las Galias particularmente, se empezaba a sentir el deseo de consagrar unos días a la preparación de esas celebraciones.

Dejando de lado un texto ambiguo atribuido a San Hilario de Poitiers, la primera mención de la puesta en práctica de ese deseo la encontramos en el canon 4 del Concilio de Zaragoza del año 380“Durante veintiún días, a partir de las XVI calendas de enero (17 de diciembre), no está permitido a nadie ausentarse de la iglesia, sino que debe acudir a ella cotidianamente” (H. Bruns, Canones Apostolorum et Conciliorum II, Berlín, 1893, 13-14). La frecuencia al culto durante los días que corresponden, en parte, a nuestro tiempo de adviento actual, se prescribe, pues, de una forma imprecisa.

 

UN TIEMPO DE PENITENCIA

 

 

 

 

       

Más tarde, los concilios de Tours (año 563) y de Macon (año 581) nos hablarán, ya concretamente, de unas observancias existentes “desde antiguo” para antes de Navidad. En efecto, casi a un siglo de distancia, San Gregorio de Tours (fallecido en el año 490) nos da testimonio de las mismas con una simple referencia.

Leemos en el canon 17 del Concilio de Tours que los monjes “deben ayunar durante el mes de diciembre, hasta Navidad, todos los días”.

El canon 9 del Concilio de Macon ordena a los clérigos, y probablemente también a todos los fieles, que “ayunen tres días por semana: el lunes, el miércoles y el viernes, desde San Martín hasta Navidad, y que celebren en esos días el Oficio Divino como se hace en Cuaresma“(Mansi, IX, 796 y 933).

Aunque la interpretación histórica de estos textos es difícil, parece según ellos que en sus orígenes el tiempo de adviento se introdujo tomando un carácter penitencial, ascético, con una participación más asidua al culto.

Sin embargo, las primeras noticias  a cerca de la celebración del tiempo litúrgico del Adviento, se encuentran a mediados del siglo VI, en la iglesia de Roma.

Según parece, este Adviento romano comprendía al principio seis semanas, aunque muy pronto -durante el pontificado de Gregorio Magno (590-604)-  se redujo a las cuatro actuales.

UNA DOBLE ESPERA

El significado teológico original del Adviento se ha prestado a distintas interpretaciones. Algunos autores consideran que, bajo el influjo de la predicación de Pedro Crisólogo (siglo V), la liturgia de Adviento preparaba para la celebración litúrgica anual del nacimiento de Cristo y sólo más tarde –a partir de la consideración de consumación perfecta en su segunda venida- su significado se desdoblaría hasta incluir también la espera gozosa de la Parusía del Señor.

No faltan, sin embargo, partidarios de la tesis contraria: el Adviento habría comenzado como un tiempo dirigido hacia la Parusía, esto es, el día en que el Redentor coronará definitivamente su obra. En cualquier caso, la superposición ha llegado a ser tan íntima que resulta difícil atribuir uno u otro aspecto a las lecturas escriturísticas o a los textos eucológicos de este tiempo litúrgico.

El Calendario Romano actualmente en vigor conserva la doble dimensión teológica que constituye al Adviento en un tiempo de esperanza gozosa:

“el tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es a la vez el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre” (Calendario Romano, Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario, 39).

 

Fuente: www.primeroscristianos.com

 

Merece máximo respeto la autoridad religiosa que respeta al poder civil

Salvador Bernal

photo_cameraMacron junto a su mujer y obispos franceses.

Cada día estoy más convencido de que no es buen camino en la batalla contra el coronavirus la imposición de recortes injustos a las libertades ciudadanas, porque yugulan la responsabilidad. Entre éstas, ocupa lugar preferente la religiosa, que no se limita al respeto de las convicciones personales. No parecen entenderlo así los gobernantes que limitan la permanencia de personas en lugares de culto mediante la fijación de un límite de aforo: obviamente, el riesgo de transmisión no depende de un mero criterio cuantitativo, sino de otras circunstancias, aunque el legislador intente curarse en salud con una cautela superflua: “dicha limitación no podrá afectar en ningún caso al ejercicio privado e individual de la libertad religiosa”.

En la lucha contra la pandemia, un país de veras democrático no debe limitar el ejercicio de la libertad de culto en contra de las autoridades religiosas; con mayor motivo cuando -especialmente en el caso de la jerarquía católica, que secunda las indicaciones siguiendo el ejemplo del papa Francisco- muestran su plena disposición a colaborar en el cumplimiento de las normas de prudencia establecidas.

A la vista de los sucedido en Francia, no se sabe ya quién tiene más miedo en estos momentos: si los ciudadanos, dispuestos a renuncias impensables por temor al contagio, o las autoridades civiles, aterradas ante las cotas de impopularidad reflejadas en los sondeos demoscópicos.

En el caso del país vecino, la situación es ciertamente compleja. La batalla sanitaria está coincidiendo con un rebrote del terrorismo islamista, que ha dado lugar a reacciones enérgicas del presidente Emmanuel Macron. Han sido valoradas muy negativamente por los musulmanes, también en otros países, incluso en la “europea” Turquía: hasta el punto de llegar a boicotear la compra de productos franceses.

Macron ha tratado de explicar su criterio, en una larga entrevista concedida a la emisora panárabe al-Jazeera. No puede por menos de subrayar la libertad de expresión, que incluye posibles blasfemias, pero en su mensaje a través de ese canal manifiesta que entiende y respeta a los que están "conmocionados" por las caricaturas que publicó la revista satírica Charlie Hebdo hace cinco años y ha reproducido ahora en el contexto del proceso contra los terroristas de Niza en 2016. Pero las críticas por parte de los líderes de países aliados poco sospechosos de fundamentalismo, como Jordania, muestran que el problema es más amplio.

El presidente francés insiste en que “lucha contra el separatismo islamista, nunca contra el Islam”, según afirmó en un carta al Financial Times, que le había acusado de de "estigmatizar, con fines electorales, a los musulmanes franceses" y de "mantener un clima de temor y sospecha hacia ellos". Y es que la cultura anglosajona no parece entender lo que Emmanuel Macron intenta explicar: Francia y su gobierno serían atacados por su laicidad, entendida como neutralidad del Estado, tanto para los musulmanes como para los cristianos, los judíos, los budistas, para todos: la autoridad nunca interviene en los asuntos religiosos, y garantiza el ejercicio de los correspondientes cultos. Pero en realidad, como afirma Florian Michel, profesor de la Sorbona, “el Estado francés interviene constantemente en la esfera religiosa, financiando a los profesores de centros privados confesionales, asegurando la conservación de las catedrales, legislando sobre el uso del fular, o tratando de organizar el ‘culto musulmán’”.

Menos aún se comprende esa tesis del no intervencionismo, cuando se acaban de prohibir los actos de culto en Francia, con excepción de las exequias. El Consejo de Estado –con una jurisdicción en lo administrativo propia de un Tribunal Supremo inapelable- ha rechazado la demanda de los obispos. Considera las medidas gubernamentales necesarias y proporcionadas. Ese criterio se aparta de una sentencia anterior al comienzo de la pandemia: a más miedo, menos libertad. Y no parece muy coherente, pues el mismo decreto oficial que prohíbe el culto, permite manifestaciones callejeras: exige sólo respeto de distancias y uso de mascarillas...

El problema se ha planteado también en algún territorio de Estados Unidos, pero la respuesta jurisdiccional fue favorable a la libertad, basada en la Primera Enmienda. Veremos ahora el recorrido de un nuevo caso: la prohibición del uso de una mascarilla en una escuela pública de un condado de Mississippi, con la leyenda “Jesús me ama”, cuando se han admitido otras muchas con textos variados: equipos deportivos, logos universitarios, frases de televisión, candidatos políticos, e incluso Black Lives Matter.

En la sociedad contemporánea, no suele ser pacífico el reconocimiento del hecho religioso, porque son poderosos los fundamentalismos: tanto islámicos como laicistas. De acuerdo con el último informe del Pew Research Center, las restricciones gubernativas batieron una marca negativa en 2018. Por desgracia, los cristianos siguen siendo los más perseguidos en el mundo, con violencias y obstáculos a su libertad en 145 países. De ahí la importancia de seguir luchando ante las grave

Traductores

Escrito por Mario Arroyo.

Una característica del traductor es su visión positiva. Requiere saber descubrir los puntos en común, las convergencias necesarias, muy útiles a la hora de construir los puentes del diálogo.

“Por eso, el traductor es un constructor de puentes”, pues, parafraseando a George Steiner, “No existe comprensión sin traducción”.

Recientemente, Francisco lanzó un desafío o #challenge a los jóvenes: “Vayan a buscar su herencia. El cristianismo los convierte en herederos de un patrimonio cultural insuperable del que deben tomar posesión. Apasiónense de esta historia que es de ustedes”. En el fondo se trataba de una urgente invitación a redescubrir sus raíces, y volver a poner en valor todo el rico acervo de la identidad cristiana. Lo hizo en un interesantísimo documento reciente, que ha pasado un tanto desapercibido, se trata de la “Carta Scripturae sacrae affectus”, del 30 de septiembre pasado.

Podrían resumirse en tres las ideas clave de la carta papal: Traducir, inculturar y construir puentes. Tres conceptos que adquieren el tono de un llamado urgente, en un papa preocupado por conectar con la cultura contemporánea, particularmente con los jóvenes, para transmitir el mensaje cristiano en su radical novedad e integridad. Lo curioso es que escoge como modelo, para este delicado momento, donde es primordial transmitir la rica herencia a la siguiente generación o perderla, a san Jerónimo, un hombre que murió hace 1600 años, pero cuyo ejemplo de vida cobra hoy peculiar relevancia.

El diagnóstico de la situación es doloroso. Al papa no le queda sino reconocer que entre los creyentes hay muchos “analfabetos bíblicos” que ignoran “el lenguaje bíblico, sus modos expresivos y las tradiciones culturales antiguas”. Se requiere la “mediación de un intérprete” que haga accesible la Palabra de Dios. Pero para ello no basta conocerla bien; es preciso tener un “amor apasionado por la Palabra de Dios”, es decir, por la Biblia o, dicho de otro modo, por Jesucristo. Y eso lo podemos aprender de san Jerónimo, conocedor, traductor y amante de la Biblia.

El amante de la Escritura debe conocerla bien, pero también debe entender lo más perfectamente posible a los destinatarios de esa Palabra. Como diría san Juan Pablo II, el evangelizador debe ser “experto en humanidad”. No basta conocer bien la Palabra de Dios, es necesario comprender también el mundo al que va dirigida, los corazones de las personas de nuestro tiempo. Sólo así la traducción se configura como “inculturación”, la cual no es una colonización, porque supone hacer propio el tesoro recibido. “Jerónimo logró inculturar la Biblia en la lengua y la cultura latina, y esta obra se convirtió en un paradigma permanente para la acción misionera de la Iglesia”. A nosotros nos toca inculturar la Palabra de Dios en el mundo de hoy, tarea no fácil.

Sin embargo, una característica del traductor es su visión positiva. Requiere saber descubrir los puntos en común, las convergencias necesarias, muy útiles a la hora de construir los puentes del diálogo. Por eso, señala el papa, “los valores y las formas positivas de cada cultura representan un enriquecimiento para toda la Iglesia. “El traductor no solo enseña, sobre todo aprende y descubre las inquietudes a las que puede dar respuesta su mensaje en la cultura de llegada”. En este sentido, “la Biblia necesita ser traducida constantemente a las categorías lingüísticas y mentales de cada cultura y de cada generación, incluso en la secularizada cultura global de nuestro tiempo”. Para ello, se precisa conocer muy bien esta cultura y ser capaz de descubrir puntos de encuentro con ella, y eso supone tener una mentalidad joven, abierta.

Francisco acentúa la aguda analogía que existe entre “traducción” y la “hospitalidad”, lingüística en este caso. La “traducción… está relacionada con toda la visión de la vida”. Sin ella las culturas están cerradas entre sí y no sería posible construir una cultura del encuentro. “Por eso, el traductor es un constructor de puentes”, pues, parafraseando a George Steiner, “No existe comprensión sin traducción”. Comprender, traducir, acoger, construir puentes. Esas son las labores que realizó san Jerónimo hace 1600 años, fueron fundamentales para tener la traducción Vulgata de la Biblia, “Atlas iconográfico” (Marc Chagall) de la cultura cristiana. Pero se precisa una nueva traducción que tienda puentes con la cultura global y secularizada de nuestro tiempo, que comprenda y acoja los anhelos de los jóvenes de hoy. Esa es labor del creyente, que debe ser, a un tiempo, amante de la Escritura y amante del mundo, al que va dirigida.

Entre la libertad de prensa y el derecho a la información

José de Jesús Castellanos

Los informadores tienen el deber de difundir informaciones relevantes de quienes por su cargo o función deben ser conocidas por la sociedad.

Entre los muchos temas que han surgido en torno a las elecciones en Estados Unidos, uno de gran interés fue el de la actitud de las televisoras que interrumpieron la emisión de una conferencia de prensa del presidente Trump, por considerar que estaba diciendo mentiras. Para unos, tal actitud fue calificada como censura, y para otros como un ejercicio de ética. El tema da para mucho.

Por una parte, se puede decir que las televisoras hicieron, simplemente, ejercicio de su libertad, pues teóricamente nada ni nadie los obliga, en razón de su libertad, a transmitir un programa, una noticia, un mensaje, etc. Por otra parte, se indica que las televisoras tienen el compromiso de difundir la verdad, y como consideraron que lo que decía el presidente norteamericano era una mentira, entonces no debían darle cabida a su mensaje.

La interrupción señalada no fue algo fortuito o improvisado, sino que ya había sido analizado y acordado previamente por las emisoras, de ahí la simultaneidad de la acción. Hubo, sin embargo, estaciones que no interrumpieron el mensaje de quien es la máxima autoridad de los Estados Unidos, hasta que entregue el poder. De esta manera, tanto partidarios como antagonistas de Trump se quedaron sin conocimiento pleno de la posición de su presidente en un momento electoral crítico.

Lo realizado por las televisoras forma parte de la confrontación y división existente en el país del norte, y aunque no es de ahora, tanto el presidente como los mismos medios se encargaron de prohijar, pues, como es sabido, la prensa de los Estados Unidos no es neutral, es partidista, así se define y así se declara. Quizá ocurra otro tanto con la televisión que abiertamente se maneja así.

Al respecto, es necesario distinguir entre el manejo de la información y la expresión de las opiniones. Quienes se definen como informadores tienen que transmitir con verdad aquello que les es comunicado, sin juzgar si es verdad, a menos que cuenten con las evidencias de que eso no es verdadero, en cuyo caso tienen la posibilidad de dar a conocer lo comunicado y contrastarlo con otras informaciones, a fin de que el receptor pueda contrastarlas y mantener su libertad de juicio. Ocultar una información proporcionada por una autoridad porque subjetivamente no se le considera verdadera y sin elementos de juicio, definitivamente es censura. Y esto es más grave cuando por antipatía o diferencias ideológicas se calla a un interlocutor que, quiérase o no, ocupa un cargo relevante en su país.

Sin embargo, cuando se actúa porque se es libre de informar o no informar, sin mayor compromiso con la fidelidad de difundir la información recibida, entonces se actúa al gusto. Por eso la visión pura de la libertad de prensa o información no es suficiente. Dicha concepción se enriquece cuando profesionalmente se asume un deber, guiado por criterios éticos. Y, todavía más, desde la concepción del derecho a la información: investigar, recibir y difundir hechos, ideas y juicios.

Si los periodistas tomaran las declaraciones de la mayoría de los políticos y las procesaran bajo el criterio de si son verdaderas o no, habría grandes huecos en el ámbito de la comunicación. La televisión, la radio y la prensa que dedican tanto tiempo al presidente Andrés Manuel López Obrador, tendrían muchos huecos, cuando ante informaciones duras, las rechaza porque tiene “otros datos”, nunca transparentados. Hoy por hoy se contabilizan las mentiras que dice en las mañaneras y, sin embargo, se difunden.

El presidente miente con las evidencias frente a él, como ha ocurrido cuando se le muestran los videos de lo dicho en otro momento, ya como candidato o como presidente, y lo niega. Y, sin embargo, sus dichos se difunden.

Afortunadamente, analistas, otros voceros, opinadores y especialistas lo suelen desmentir. Ése es el contrapeso que los medios de comunicación realizan y que, claro, no le gusta al presidente de aquí o de allá. Pero esta misma crítica sólo es posible cuando las mentiras se dan a conocer para ser evaluadas y criticadas.

Cuando el profesional se asume en el ejercicio del derecho a la información, no sólo reclama su derecho de manera unilateral, sino que entiende que tiene un deber de informar y que, al hacerlo, está realizando un acto de justicia informativa.

Cuando la televisión norteamericana acusó al presidente Trump de mentir cuando afirma que había fraude en algunas etapas de la elección en su país, de acuerdo con los datos o sospechas que tiene, habría que preguntarle a los medios si ellos tienen las pruebas de que no lo hubo, aunque ellos también sospechen que no fue así. Finalmente, allá existe una autoridad que emitirá un juicio respecto de los resultados.

Bien sabemos, por la historia, que tampoco en los Estados Unidos las elecciones han sido siempre limpias y, como en el caso de Kennedy, Nixon, George Bush y otros más, se han hecho señalamientos de actos fraudulentos o resultados inexactos. Que unos hayan preferido no llevar lejos tales sospechas o certezas, en aras de la unidad, es una cosa, pero eso no significa que no tenían el derecho de pedir que se investigara más a fondo.

En fin, los informadores tienen el deber de difundir informaciones relevantes de quienes por su cargo o función deben ser conocidas por la sociedad. Al mismo tiempo, cuentan con los medios para investigar y contrastar tales expresiones con hechos a los que ellos tengan acceso. De esa confrontación debe surgir el conocimiento de la verdad

 

                           Ley Celaá (LOMLOE)

 

“La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos” (Don Qujijote)

¿Cómo es posible que la Ministra de Educación Isabel Celaá, que educó libremente a sus hijas en un colegio concertado y católico del País Vasco  niegue ahora esa misma libertad  al resto de los españoles? Es una contradicción que solo produce desconcierto y una inevitable desconfianza hacia sus intenciones.

 

La pregunta es obligada: ¿tan descontentas están hoy sus hijas de haberse formado en un centro diferenciado y en la religión católica? Quizás ellas tengan la respuesta a lo paradójico de la persecución que hace hoy su madre, desde su alta responsabilidad, contra los colegios en la que se han educado.

 

Su inexpresiva e imperturbable imagen, es la demostración más palpable de que, por razones que se nos ocultan, su determinación es torpedear directamente la línea de flotación de la libertad de la que han gozado hasta ahora los padres para educar a sus hijos en centros en los que se garantice una formación integral desde el punto de vista académico, humanístico y religioso.

 

De esta forma nos hemos educado muchas generaciones de españoles durante la dictadura y después en la democracia, donde el nivel de calidad de los centros tanto públicos como privados se podía medir por los bajos índices de fracaso escolar y por las incontables promociones de estudiantes que terminaban brillantemente sus carreras profesionales en Universidades públicas o privadas con el consiguiente beneficio para sus familias y para la propia sociedad española.

 

Lo cierto es que desde 1970 España ha sufrido demasiados cambios en educación, como lo atestigua nada menos que siete leyes educativas, camino ya de la octava: LGE (1970), LOECE (1980), LODE (1985), LOGSE (1990), LOPEG (1995), LOE (2006) y LOMCE (2013). A esta sopa de siglas se añadirá finalmente  la LOMLOE o Ley Celaá que, si Dios no lo remedia, será aprobada en el pleno del Congreso del jueves día 19.

 

Todas estas leyes han sido fruto de intensos debates, discrepancias e incluso polémicas públicas y han venido impuestas por la mayoría parlamentaria de unos u otros partidos, nunca por un pacto de Estado como hubiera sido lo deseable. La actual Ley Celáa añade a esta nueva imposición ideológica de dirigismo claramente estatalista, unos factores que la hacen aún más alarmante.

 

 Su tramitación se produce en una situación de excepcionalidad de la vida normal de las instituciones del Estado como consecuencia de la pandemia y por lo tanto carece del  procedimiento y debate sosegado que la discusión de una ley de esta transcendencia exige. A esto se añade la falta de transparencia y cuenta además con el rechazo total de sectores de la comunidad educativa  como son las organizaciones de  colegios CECE y Escuelas Católicas, asociaciones de padres y  sindicatos representativos del sector e incluso  colectivos relacionados con la  educación especial que ven en peligro los centros dedicados a este tipo de alumnado.

 

Pero lo que ha encendido la llama de un incendio en las puertas de Ferraz ha sido la exclusión del castellano o español como lengua oficial del Estado, suprimiendo su carácter vehicular y contraviniendo taxativamente lo dispuesto en la propia Constitución en su art. 3: “El castellano es la lengua oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla”. Sorprende el argumento utilizado por la propia portavoz del grupo socialista en la Comisión de Educación: “la Constitución habla del castellano pero no del español…(sic)”

 

La Asociación de Academias de la Lengua Española, integrada por 23 miembros  que encabeza la Real Academia Española, ya se pronunció en el sentido de considerar indiferente que se hable de castellano o español, términos que son totalmente equiparables en la letra y el espíritu que sin lugar a dudas se manifiesta en este artículo de nuestra Carta Magna.

 

Pero esta Ley modifica también el régimen de conciertos cercenando el derecho de los padres a la libre elección de centro al suprimir la “demanda social” en la planificación escolar que no será tenida en cuenta por  las administraciones, obligándose a que existan solo plazas públicas para todos, aunque no se demanden. Así mismo se discrimina la educación diferenciada en el acceso a los fondos públicos, precisamente cuando está reconocida en otros países europeos y en EEUU como un modelo con resultados académicos y formativos muy eficientes para ambos sexos y que, la elección de los padres, puede y debe coexistir con el de la educación mixta en términos de igualdad.

 

Mediante sendas sentencias, el Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional ya se han pronunciado a favor de ambos modelos educativos -conciertos y diferenciada-. No tener en cuenta los argumentos de dicho Tribunal, es evidente que responde al objetivo de intentar reformar la Constitución de facto como pretenden hacerlo con la lengua española o la federalización de las CCAA en el caso de la gestión de la crisis sanitaria, al renunciar el gobierno a su coordinación y hacer dejación de sus funciones para debilitar  aun más el papel del Estado e incluso la figura de quien constitucionalmente lo representa.

 

Otros aspectos de la reforma como son el arrinconamiento cada vez mayor de la asignatura de religión o la “bien” programada inclusión de la ideología de género en los contenidos sobre sexualidad de la nueva asignatura de Valores éticos y cívico reflejan, junto con los anteriores argumentos, la apuesta ideológica del partido socialista y sus socios por enterrar el régimen democrático del 78 e implantar, sin prisas pero sin pausa, una república federal bolivariana en suelo europeo.

 

Al hilo de esta arriesgada revolución, el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha decía en su lengua castellana y española tan denostada hoy por esta ley: “La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos, con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar, por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”. Al menos, si no la vida, levantemos la voz para que no nos arrebaten la libertad.

 

Jorge Hernández Mollar

 

 

La libertad de enseñanza en la Constitución

El autor reflexiona sobre el derecho a la libertad de elección de centro escolar tras las manifestaciones de la ministra Celaá en las que lo desvinculaba de la Carta Magna. 

 Juan Andrés Muñoz

 20 noviembre, 2019 03:08

Puede ser conveniente, a la vista de las declaraciones de la ministra de Educación, Isabel Celaá, sobre la libertad de enseñanza, aclararle a ella y a la ciudadanía entera la manera en que esta libertad está reconocida en el texto constitucional.

Parece que la ministra manifestó el pasado jueves 13 de noviembre, en el Congreso de Escuelas Católicas, que la libertad de elección del tipo de centro para los hijos no emana del artículo 27 de la de la Constitución Española (CE). No debería ignorar la ministra que según el art. 10.2 de la CE: “Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España”.

Por otra parte hay que estar a la interpretación que el Tribunal Constitucional ha realizado del artículo 27 de la Constitución. Esta jurisprudencia forma un todo con dicho art. 27 y señala el alcance de todos sus enunciados.

Como en el futuro podrían hacerse otras afirmaciones falsas sobre el contenido del derecho a la educación y la libertad de enseñanza conviene hacer una exposición completa de los aspectos más relevantes del art. 27 CE para que sea más difícil confundir al personal. El art. 27 de la CE en su primer apartado, que es como un pórtico que precede a la enumeración de los derechos y libertades concretos en materia educativa, afirma: Todos tienen el derecho a la educación. Se reconoce la libertad de enseñanza.

No parece que plantee problemas la primera parte del enunciado: todos tienen el derecho a la educación. El acceso de todos a la educación —principalmente de aquellos que, según la CE, están en la edad establecida por la ley para recibir la educación básica que es obligatoria y gratuita (art. 27.4 CE)—, está garantizado; también para los alumnos extranjeros cuyos padres pudieran encontrarse en una situación ilegal. Si alguna deficiencia hubiera en el servicio público de la educación —público, que no es lo mismo que estatal— se debería quizás a una deficiente programación de la enseñanza; programación que en todo caso debería realizarse con la “participación efectiva de todos los sectores afectados” (art. 27.5 CE).

¿A quién reconoce la libertad de enseñanza la Constitución? A todos los sujetos que intervienen en el proceso educativo

¿A quién reconoce la libertad de enseñanza la Constitución? A todos los sujetos que intervienen en el proceso educativo y a la sociedad en su conjunto. La CE reconoce a los profesores la libertad de enseñanza en la medida en que les garantiza la libertad de cátedra (art. 20 c) CE), que por otra parte no es un derecho absoluto; ninguno lo es. La libertad de cátedra está establecida para impedir que los poderes públicos o los particulares puedan obstaculizar a los docentes en la investigación y la transmisión de la verdad.

La verdad de las cosas, y la actitud veraz del docente constituyen un límite objetivo a la libertad de cátedra. Por eso la STC 5/1981 en su FJ 9 ha establecido que “en los centros públicos de cualquier grado o nivel la libertad de cátedra […] habilita al docente para resistir cualquier mandato de dar a su enseñanza una orientación ideológica determinada, es decir, cualquier orientación que implique un determinado enfoque de la realidad natural, histórica o social dentro de los que el amplio marco de los principios constitucionales hacen posible. Libertad de cátedra es, en este sentido, noción incompatible con la existencia de una ciencia o una doctrina oficiales”.

La misma sentencia y en idéntico FJ, el TC estableció que “la neutralidad ideológica en los centro escolares públicos […] impone a los docentes que en ellos desempeñan su función una obligación de renuncia a cualquier forma de adoctrinamiento ideológico, que es la única actitud compatible con el respeto a la libertad de las familias que, por decisión libre o forzadas por las circunstancias, no han elegido para sus hijos centros docentes con una orientación ideológica determinada y explícita”.

La libertad de enseñanza en lo que se refiere a los alumnos se concreta en su capacidad para exigir el cumplimiento de los fines señalados a la educación en el art. 27.2 CE: “el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales”; también para resistir cualquier violación de sus derechos en el marco escolar: derecho a la integridad física y moral; respeto de su dignidad e identidad; derecho a que se respete su libertad de conciencia, sus convicciones religiosas, morales o ideológicas, así como su intimidad en lo que respecta a tales creencias y convicciones (art. 6. LODE). No creo que deba extenderme más.

La Constitución Española también reconoce la libertad de enseñanza de los padres. Se concreta esta libertad en la obligación para los poderes públicos de garantizar “el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que este de acuerdo con sus propias convicciones” (art. 27.3 CE); también en los centros públicos.

Pero no se trata solo de esto. Los padres tienen también libertad de optar por un modelo educativo, por un ideario o proyecto educativo mantenido por centros públicos o por centros de iniciativa social. Por eso los centros docentes públicos pueden mantener proyectos educativos distintos y los centros de iniciativa social idearios diversos. Este derecho a elegir centro docente es distinto al de elegir una formación religiosa o moral para los hijos: está enunciado en el art. 13.3 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales en estos términos: “Los Estados Parte [… ]se comprometen a respetar la libertad de los padres y, en su caso, de los tutores legales, de escoger para sus hijos o pupilos escuelas distintas de las creadas por las autoridades públicas, siempre que aquéllas satisfagan las normas mínimas que el Estado prescriba o apruebe en materia de enseñanza”.

El papel del Estado en relación con la libertad de enseñanza es promover la libertad y dotarla de medios para que sea efectiva

La libertad de creación de centros docentes que la CE reconoce en el art. 27.6 no tendría sentido si no fuera para satisfacer el derecho de elegir por parte de los padres. Ha sido el TC el que ha afirmado que la Constitución garantiza ese derecho a elegir al remitirse en el FJ 8 de la STC 5/81 al PIDESC. Y lo reconoció la LODE y la LOE que constituyen un desarrollo directo e inmediato de la CE en materia educativa.

Los padres tienen también reconocida la libertad de participar en el control y gestión de todos los centros sostenidos por la Administración con fondos públicos […] (art. 27. 7 CE).

He dejado para el final una libertad fundamental para la existencia de una sociedad democrática: la libertad para crear y dirigir centros de iniciativa social, distintos de los estatales. Esta libertad la reconoce el art. 27.6 CE: “Se reconoce a las personas físicas y jurídicas la libertad de creación de centros docentes, dentro del respeto a los principios constitucionales”. Esta libertad no consiste solo en crear sino también en dirigir los centros creados y en dotarlos de un ideario propio dentro del respeto a los principios y declaraciones de la Constitución”, según establece la STC 5/1981 (FJ 8).

La STC 77/85 FJ 20 estableció que “[…] es forzoso reconocer la existencia de un derecho de los titulares de centros docentes privados a la dirección de los mismos, derecho incardinado en la libertad de enseñanza de los titulares de dichos centros. Aparte de que el acto de creación o fundación de un centro no se agota en sí mismo, sino que tiene evidentemente un contenido que se proyecta en el tiempo y que se traduce en una potestad de dirección del titular[…].

¿Y cual es el papel de un Estado social y democrático de Derecho en relación con la libertad de enseñanza? Cumplir el mandato del art. 9.2 de la CE: promover la libertad, dotarla de medios para que sea efectiva; y esto conduce a dar cumplimiento a lo establecido el art. 27.9 de la CE: ayudar a lo centros docentes de iniciativa social que reúnan los requisitos que una ley justa establezca.

Juan Andrés Muñoz es profesor de Derecho Constitucional.

 

 

Una ley de muy mala educación

Era el umbral del nuevo siglo, del nuevo milenio también. Todo eran conjeturas con los relojes digitales y los dispositivos electrónicos cuyos chips se temían que saltaran por los aires con toda su información archivada al llegar la nueva calenda. Aquel año 2000 tuvo su pizca de incertidumbre dejándonos un poco en vilo hasta que engullimos las doce uvas al filo de entrar juntos en el uno de enero. Pero no pasó nada. Los temores milenaristas de quienes pensaban que acabaría el mundo, se fueron diluyendo con la misma rapidez como nos las indujeron los alarmistas que nunca faltan ante circunstancias que no controlamos. No obstante, hubo un mensaje -al menos uno-, que no tuvo esa inconsistencia, ni se vio afectado por el susto, la prisa o la improvisación. En aquel cambio de siglo y de milenio, alguien nos invitó a ver la historia toda desde una atalaya distinta.

San Juan Pablo II escribió una carta para decirnos lo que él veía y esperaba en aquel evento histórico de los dos mil años de cristianismo. La tituló Novo millennio ineunte, al comienzo del nuevo milenio. En sus primeras líneas nos dejó algo tan hermoso como consolador: se «nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro: “Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8)». Esta era la clave de la historia en sus tres tiempos verbales cuando es contemplada y vivida desde Jesucristo: el pasado, no recordado con rencor y pesadumbre, sino con gratitud; el presente, no abrazado con desdén o violencia, sino con pasión; y el futuro, no esperado con temor y zozobra, sino con confianza. Verdadera actitud de una visión cristiana de la historia, teniendo paz en medio de las dificultades, y gozar de libertad dentro de tanto intento cercenador de nuestros derechos y obligaciones.

Vivimos en un momento en el que hay quienes se afanan en un poder que se quiere perpetuar a cualquier precio, sin ningún principio moral, sino construido desde el engaño y la mentira, desde las alianzas con quienes deshacen la historia de un pueblo para falsearla, desde la inconfesable pretensión de imponernos sus postulados valiéndose de cualquier artimaña por obscena o tramposa que sea con tal de conseguir lo que se pretende, aunque sea censurando nuestros derechos más elementales.

Miran ellos la historia con los tres tiempos verbales completamente pervertidos en su relato: el pasado se mira con resentimiento, para reescribirlo diciendo que sucedió lo que a ellos les hubiera gustado, exhibiendo una honestidad demasiado deudora de sus flagrantes mentiras; el presente se construye desde el engaño de quien impunemente se contradice sin ningún rubor, diciendo digo donde dijeron diego, para sacar tajada de cualquier complicidad vendiéndose al mejor postor en sus torticeras patrañas usando de la insidia que enfrenta y divide un pueblo; y el futuro, se prepara desde la impostura excluyente de todo y de todos los que nos sean de los suyos, controlando el pensamiento, el sentimiento y la libertad, persiguiendo una educación que no coincida con su ideología.

De esta manera, el pasado, el presente y el futuro, usados como herramienta para cambiar la sociedad por parte de estos lacayos de sí mismos, reyezuelos advenedizos que nos imponen su dictadura inmoral, sus mentiras compulsivamente repetidas, su hoja de ruta revolucionaria. Nos lamentamos, pero también debemos saber reaccionar, contra el cerrojo legislativo en tiempos de pandemia que se nos quiere imponer con una ley de educación abusiva y totalitariamente impuesta, sin escuchar a nadie de los interesados (docentes, familias, asociaciones, sindicatos, alumnos). Si en España hay 19.184 centros escolares de la red estatal, 9.632 pertenecen a los centros concertados y privados. Hablamos de 4.400.000 alumnos en los primeros y de 2.140.000 en los segundos. Son demasiadas familias burladas, despreciadas, en nombre de una ideología que pretende labrar un futuro controlando la nueva generación domesticada para sus fines, una vez que han querido reescribir el pasado y pervertir el presente. Es conocida esta revolución que tanta muerte y destrucción ha descrito en su reciente historia.

+ Jesús Sanz Montes, ofm. Arzobispo de Oviedo

 

 

REFLEXIONES PRÁCTICAS DE FRATELLI TUTTI

El pasado 3 de octubre Francisco firmó la Encíclica Fratelli Tutti1 sobre la tumba de San Francisco de Asís. Su propósito es claro: “Entrego esta encíclica social como un humilde aporte a la reflexión para que, frente a diversas y actuales formas de eliminar o de ignorar a otros, seamos capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se quede en las palabras” (FT, n. 6).

La edición vaticana en pdf tiene 97 páginas2, con ocho capítulos, una breve introducción y un final con unas oraciones. No pretendo ni presentarla3 ni resumirla4. Mi propósito es hacer eco al santo Padre partiendo de algunas reflexiones prácticas nacidas de su lectura. Espero que estas ideas animen a leerla, y sirvan para regenerar conciencia y corazón. “Que el Señor pueda <devolvernos la vista> para redescubrir qué significa ser miembros de la familia humana”5. Y esa mirada nueva nos lance a acciones concretas para sembrar la caridad en todos los espacios en que vivimos, empezando por la familia, y abarcando todos los hombres; sin limitarnos a lo que personalmente podamos hacer, ya que “estamos invitados a convocar y encontrarnos en un <nosotros> que sea más fuerte que la suma de pequeñas individualidades; recordemos que <el todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas>” (FT n. 78). Ante el inmenso sueño que se nos muestra, aprestémonos a ser protagonistas, colaboradores de Jesus en su misión; nos ha convocado a través del Papa. Ante las dificultades, consideremos lo que la Madre Teresa de Calcuta decía: “A veces sentimos que lo que hacemos es una gota en el mar, pero el mar no sería el mismo si le faltara esa gota”.

Aconsejo leer otras intervenciones en las que el Papa aplica ideas de Fratelli Tutti en contextos actuales: la catequesis “Curar el mundo”6 durante la pandemia, el Mensaje para la IV Jornada Mundial de los Pobres7, la intervención en el Encuentro Internacional por la paz8 y el discurso al Presidente del Gobierno de España9.

1a reflexión práctica: conquistar la buena costumbre de leer al Papa

Surge del revuelo que la publicación ha causado en los medios de comunicación, y de la manipulación que algunos colectivos han hecho del contenido. Sorprende la prontitud con que muchos de esos titulares aparecieron, cuando se trata de un documento relativamente extenso y de contenidos diversos. Es un problema frecuente en los medios sometidos a la inmediatez de la noticia, y también a la ignorancia, que es atrevida; sin olvidar los que se mueven por intereses espurios, que no son pocos cuando quien habla es la Iglesia. La lectura atenta de la Encíclica nos proporcionará el antídoto contra este peligro.

Independientemente de ese beneficio, acoger las palabras del santo Padre es la respuesta adecuada de un hijo de la Iglesia. “La fidelidad al Romano Pontífice implica una obligación clara y determinada: la de conocer el pensamiento del Papa, manifestado en Encíclicas o en otros documentos, haciendo cuanto esté de nuestra parte para que todos los católicos atiendan al magisterio del Padre Santo, y acomoden a esas enseñanzas su actuación en la vida”10. Las enseñanzas del Papa están disponibles, basta un clic en www.vatican.va, gratis y casi al momento de producirse, ser pronunciadas o publicadas. Que sea asequible,

1 Descargar en: http://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20201003_enciclica…
2 Desde la página 79 se recogen las citas.
3 Ver el acto organizado por la Fundación Pablo VI; intervienen el secretario general de la Conferencia Episcopal, Mons. Luis Argüello, y el Rector de la Universidad Pontificia Comillas, Julio Martínez S.J. https://www.youtube.com/watch?v=SHi_W_p_QXY
4 Leer un esbozo en: https://www.aceprensa.com/religion/papa-francisco/fratelli-tutti-un-elevado-concepto-de-la-solidar…
5 Francisco, catequesis “Curar el mundo” (12.08.20).
6 Se trata de las 9 audiencias de los miércoles de agosto y septiembre de este año. En www.vatican.va etiqueta de Audiencias.
7 Mensaje para la IV Jornada Mundial de los Pobres (13.06.20), con el lema “Tiende tu mano al pobre”, que se celebrará el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario (15.11.20). En www.vatican.va etiqueta de Mensajes.
8 Encuentro internacional de oración por la paz: "Nadie se salva solo - paz y fraternidad" organizado por la Comunidad de sant'Egidio en la Basílica de Santa María de Aracoeli y en la Plaza del Campidoglio (20.10.20). En www.vatican.va etiqueta de homilías.
9 La audiencia tuvo lugar el 24 de octubre: en www.vatican.va etiqueta de Discursos.
10 san Josemaría Escrivá, Forja n. 633.

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no se traduce en que sea fácil; es necesario formular el propósito y empeñarse en el tiempo para conquistar la buena costumbre.

2a reflexión práctica: familiarizarse con la Doctrina Social de la Iglesia

A lo mejor es una laguna de nuestra formación cristiana. El Papa nos brinda un “botiquín de primeros auxilios” con la catequesis “Curar el mundo” (ref. nota 6). Una solución que necesitará ser reforzada según las circunstancias de cada uno. En esas enseñanzas encontraremos las luces que necesitamos. “La fe colma de motivaciones inauditas el reconocimiento del otro, porque quien cree puede llegar a reconocer que Dios ama a cada ser humano con un amor infinito y que <con ello le confiere una dignidad infinita>. A esto se agrega que creemos que Cristo derramó su sangre por todos y cada uno, por lo cual nadie queda fuera de su amor universal” (FT n. 85). El Papa se duele de la fe inmadura de muchos: “Todavía hay quienes parecen sentirse alentados o al menos autorizados por su fe para sostener diversas formas de nacionalismos cerrados y violentos, actitudes xenófobas, desprecios e incluso maltratos hacia los que son diferentes” (FT n. 86). Y propone una educación, a través de la catequesis y de la predicación, que “incluyan de modo más directo y claro el sentido social de la existencia, la dimensión fraterna de la espiritualidad, la convicción sobre la inalienable dignidad de cada persona y las motivaciones para amar y acoger a todos” (ídem). También esta formación corresponde a las familias, “llamadas a una misión educativa primaria e imprescindible. Ellas constituyen el primer lugar en el que se viven y se transmiten los valores del amor y de la fraternidad, de la convivencia y del compartir, de la atención y del cuidado del otro” (FT n. 114).

Seamos responsables y enriquezcamos nuestra fe. Un documento adecuado para familiarizarse con la Doctrina Social de la Iglesia es el Compendio elaborado por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”11. Tanto el índice general como el analítico permiten la búsqueda ágil de las diversas enseñanzas, expuestas de manera sintética, pero exhaustiva. Sin duda, la consulta que el Papa sugiere del capítulo IV, Los principios de la Doctrina Social de la Iglesia (n. 160-208)12, nos ayudará a entender las enseñanzas de Fratelli Tutti, y a asumir nuestra misión de cristianos de a pie, ciudadanos del mundo, iguales a los demás hombres, aportándolos. En primer lugar con nuestras obras, y con esa sabiduría adquirida “a la luz del Evangelio, de las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y de los principios de la doctrina social de la Iglesia” (ref. nota 12).

3a reflexión práctica: mantener en alerta la conciencia

“Ojos que no ven, corazón que no siente”, dice el refrán. “Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe”13. Aunque es difícil permanecer ciego ante las enfermedades que asolan el mundo, Francisco desea alertar nuestra conciencia, abriendo nuestro campo visual. Encontramos esas alertas en todos los capítulos, aparte de dedicar en exclusiva el capítulo 1o Las sombras de un mundo cerrado, a esta tarea. Es el caso de “<los exiliados ocultos>, que son tratados como cuerpos extraños en la sociedad” (FT n. 98). Llama así a los discapacitados; a los ancianos que ya no se valen y se consideran una carga. O el drama de la migración, al que dedica el capítulo 4o Un corazón abierto al mundo entero... “Si la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!”14. Recordar (poner de nuevo en el corazón) esos males sacudirá nuestra conciencia, la despertará del letargo y la hará responsable. Será luz capaz de orientar el comportamiento, para obrar rectamente y amar a todos y siempre. Impedirá que la indiferencia anide en el corazón, a que nos “acostumbremos a mirar para el costado, a pasar de lado, a ignorar las situaciones hasta que estas nos golpean directamente” (TF n. 64). Nos sacará del egoísmo, que mira solo el propio interés, al que nos avoca el individualismo, personal o de grupo, que cuando crece y se hace “radical es el virus más difícil de vencer” (FT n. 105).

11 “Compendio de la doctrina social de la Iglesia” fue publicado el 2 de abril de 2004, por encargo de san Juan Pablo II. Editado por la BAC-Planeta.
12 “A lo largo de los siglos, y a la luz del Evangelio, la Iglesia ha desarrollado algunos principios sociales que son fundamentales (cfr. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 160-208), principios que pueden ayudarnos a ir adelante, para preparar el futuro que necesitamos” (Francisco, audiencia general del miércoles 5 de agosto de 2020: catequesis “Curar el mundo”: 1. Introducción).

13 Francisco Exhort. ap. Evangelii gaudium n. 54 14 Mateo 6, 23

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Toca a cada uno cultivar una conciencia sensible ante estos males. Una vía es enumerarlos al hilo de la lectura de la Encíclica, apuntarlos y rememorarlos. Pe. al leer las noticias del día; al seguir el no de fallecidos por la pandemia, encomendémoslos para disfruten del Cielo; lo mismo a sus familias para que sean consoladas. Además, estamos en noviembre, mes de los difuntos, ganemos indulgencias y ofrezcamos ayuda cierta por ellas y por las almas del Purgatorio. Al encontrarnos con un pobre o sin techo, al menos mirémosle con cariño y acompañemos el gesto con una oración... Es el don divino de la Comunión de los santos: “Si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él. Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro”15.

4a reflexión práctica: educar un corazón abierto, a la medida del de Jesús

Francisco nos propone aprender a amar con las enseñanzas divinas recogidas en la Biblia, deteniéndose ampliamente en la parábola del Buen Samaritano. Dedica el capítulo 2o Un extraño en el camino, a este cuidado. “En el intento de buscar una luz en medio de lo que estamos viviendo, y antes de plantear algunas líneas de acción, propongo dedicar un capítulo a una parábola dicha por Jesucristo hace dos mil años” (FT n. 56). En otros capítulos vuelve a esa enseñanza. Meditemos repetidamente estos textos. Contemplemos con la luz del Espíritu Santo los distintos personajes, sus acciones... y apliquemos sus inspiraciones a nuestra vida diaria, porque es una historia que se repite. “Hoy, y cada vez más, hay heridos (...) Enfrentamos cada día la opción de ser buenos samaritanos o indiferentes viajantes que pasan de largo” (FT n. 69). El Señor se servirá de esos encuentros con Él para educar un corazón abierto, para moldearlo a imagen del suyo.

“No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”16. Soñemos con esa esperanza. Confiemos en Dios, y nos curará de “una de las enfermedades que tiene el mundo de hoy: la <cardioesclerosis>, corazones escleróticos, duros, que no saben expresar el amor y el cariño”17, hará nuestro corazón nuevo con su gracia. “Cristo confía en lo mejor del espíritu humano y con la parábola lo alienta a que se adhiera al amor, reintegre al dolido y construya una sociedad digna de tal nombre” (FT n. 71). Se acerca la fiesta de Cristo, Rey del Universo18. Escucharemos la parábola del Juicio final de Mateo 25 al proclamar el Evangelio. Jesús pone en boca del rey la condición para recibir en herencia su reino: vivir las obras de misericordia. “Quien las realiza demuestra haber acogido la realeza de Jesús, porque hizo espacio en su corazón a la caridad de Dios”19. Quien no vive para servir, no sirve para vivir. “El servicio siempre mira el rostro del hermano, toca su carne, siente su projimidad y hasta en algunos casos la <padece> y busca la promoción del hermano” (FT n. 115). Jesús reina sirviendo por amor, y espera que sus discípulos le imitemos.

5a reflexión práctica: ser protagonista de este sueño desde la autoestima del cristiano

El Papa reclama carta de ciudadanía para los creyentes, en especial para los cristianos. Yerran aquellos que piensan que saldremos mejores de este cambio de época sin contar con Dios. El capítulo 8 Las religiones al servicio de la fraternidad en el mundo, desarrolla esta idea. “Las distintas religiones, a partir de la valoración de cada persona humana como criatura llamada a ser hijo o hija de Dios, ofrecen un aporte valioso para la construcción de la fraternidad y para la defensa de la justicia en la sociedad” (FT n. 271). Sin negar la sana autonomía de vida social y política, la Iglesia “no <puede ni debe quedarse al margen> en la construcción de un mundo mejor ni dejar de <despertar las fuerzas espirituales> que fecunden toda la vida en sociedad (...) La Iglesia <tiene un papel público que no se agota en sus actividades de asistencia y educación> sino que procura <la promoción del hombre y la fraternidad universal>” (FT n. 276).

15 1 Corintios 12, 26-27.
16 Romanos 12, 2
17 Palabras del Papa en una entrevista en el canal católico de TV El Sembrador en diciembre de 2016. 18 Celebraremos la fiesta el domingo 22 de noviembre, último domingo del Año Litúrgico.
19 Francisco, Homilía de la fiesta de Cristo, Rey del Universo (23.11.2014).

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“Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar”20. Esta convicción de los cristianos del siglo II, cuando eran una minoría perseguida, apela a ocupar nuestro puesto. No está en los planes de Dios que huyamos; ha confiado la Creación a sus hijos para hacer el mundo más fraterno, y hacer presente su Reino de amor y verdad, de paz y justicia. Es propio de un cristiano tener una aguda conciencia social, cultivar una sensibilidad de buen ciudadano; porque pertenece a su misión: traer el mundo de vuelta a casa, salvar la obra de Dios, y sembrar la paz y la alegría que nos da Cristo. “No sólo ha de entender sus obligaciones éticas diciendo: <Debo guardarme del pecado>; sino: <Debo cuidarme de que al mundo le vaya bien>”21.

Francisco recuerda que esta misión exige una identidad cristiana sólida. “Para nosotros, ese manantial de dignidad humana y de fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo” (FT n. 277). Acaso el Evangelio no es el mensaje más noble que ha resonado en la tierra al proclamar el mandato de la caridad, extendido a todos, también a aquellos que no son ni piensan como nosotros. Vivir los derechos y obligaciones cívicas, emprender tareas en beneficio de los demás, no permanecer indiferente ante las situaciones injustas dispuesto a hacer lo que esté en su mano, aunque sea poco, recordar a todos el gran valor del bien común... son consecuencias de ser discípulos de Jesús. La fe encarnada, una identidad cristiana sólida, aportará luz para saber actuar en cada situación, y nos dará fuerza para hacerlo. “Si la música del Evangelio deja de sonar en nuestras casas, en nuestras plazas, en los trabajos, en la política y en la economía, habremos apagado la melodía que nos desafiaba a luchar por la dignidad de todo hombre y mujer” (FT n. 277). “Lo que es el alma para el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo” (ref. nota 20). Y cuando el alma enferma, el cuerpo se resiente. La fe es el gran activo del cristiano; saberse hijo amadísimo de Dios fundamenta nuestra autoestima. No arrinconemos el mayor tesoro, dejaríamos de aportar lo más valioso que recibimos y la gran Esperanza para la humanidad.

6a reflexión práctica: dilatar sin límites el amor, sin escamotear el bien común

La Encíclica es una llamada a reconocer, con fe y esperanza renovadas, que el amor que Dios infunde es el medio principal y más eficaz para que los hombres y los pueblos todos de la Tierra podamos vivir en paz, en unidad, en fraternidad. Hemos sido creados por amor y para amar, a imagen de Dios, que es amor22. No podemos hallar la felicidad, la propia perfección, en solitario, porque somos “con” y “para” los demás. El Papa advierte que “no pretende resumir la doctrina sobre el amor fraterno, sino detenerse en su dimensión universal, en su apertura a todos” (FT n. 6). El hombre es un ser relacional, social y político; el amor está llamado a permear todos los ámbitos de su existencia. “Por esa razón, el amor no sólo se expresa en relaciones íntimas y cercanas, sino también en <las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas>23” (FT n. 181). El amor social y la responsabilidad por el bien común son una forma excelente de la caridad. “Es caridad acompañar a una persona que sufre, y también es caridad todo lo que se realiza, aun sin tener contacto directo con esa persona, para modificar las condiciones sociales que provocan su sufrimiento. Si alguien ayuda a un anciano a cruzar un río, y eso es exquisita caridad, el político le construye un puente, y eso también es caridad” (FT n. 186). Para que nuestro mundo sea más humano, más digno y justo, necesitamos practicar el amor en la vida social –en la política, el trabajo, la economía, la cultura, las relaciones entre los pueblos– haciéndolo la norma constante y suprema de la acción.

“<La caridad social nos hace amar el bien común y nos lleva a buscar efectivamente el bien de todas las personas, consideradas no sólo individualmente, sino también en la dimensión social que las une>24” (FT n. 182). Es “una <fuerza capaz de suscitar vías nuevas para afrontar los problemas del mundo de hoy y para renovar profundamente desde su interior las estructuras, organizaciones sociales y ordenamientos jurídicos> (ref. nota 24)” (FT n. 183). Francisco nos llama a dilatar el amor sin límites: desde la familia, a los lugares de trabajo, a las asociaciones civiles intermedias, al pueblo, la nación y el Estado, hasta la

20 Así se expresaba un cristiano del siglo II, del que desconocemos su nombre, autor de “Cartas a Diogneto”. 21 Romano Guardini, El ocaso de la Edad moderna
22 1 Juan 4, 8.
23 Cita de Benedicto XVI, de su Encíclica social Caritas in veritate n. 2

24 Cita de Compendio de la Doctrina social de la Iglesia n. 207

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comunidad mundial. Y a no escamotear el deber de servir al bien común: de respetar y promocionar a las personas y los pueblos, y sus derechos fundamentales, sin excluir a nadie. A lo largo de Fratelli Tutti, desfilan estas ideas: el compromiso con la paz; con la vida; con la verdad; con la honradez; con la mejor política; con una adecuada organización de los poderes del Estado; con un sólido ordenamiento jurídico; con la tutela de la libertad religiosa y civil; con la salvaguarda del medioambiente; con la prestación de los servicios esenciales para el desarrollo integral de las personas: alimentación, techo, trabajo, educación y acceso a la cultura, salud...; con una correcta organización de la economía; con la cooperación de cada nación al progreso del mundo.... Detengámonos en esos compromisos que el Papa nos presenta iluminados por la Doctrina Social de la Iglesia; todos ellos “<provienen de la caridad que, según la enseñanza de Jesús, es la síntesis de toda la Ley (cf. Mateo 22,36-40)> (ref. nota 24)” (TF n. 181). Evidentemente, es un bien arduo de alcanzar porque exige buscar constantemente el bien de los demás como si fuese el bien propio, un verdadero ejercicio de caridad. “Exigen la decisión y la capacidad para encontrar los caminos eficaces que las hagan realmente posibles” (ídem).

7a reflexión práctica: ser amantes del diálogo y artesanos de la paz

El Papa propone asumir “<la cultura del diálogo como camino; la colaboración común como conducta; el conocimiento recíproco como método y criterio>25” (TF n. 285). En el capítulo 6o Diálogo y amistad social y 7o Caminos de reencuentro, desarrolla ampliamente la cultura del diálogo y la artesanía de la paz. Contienen explicaciones claras y consejos útiles, muy necesarios para cambiar la deriva en que estamos inmersos, al menos en España, y en tantos países. “Para encontrarnos y ayudarnos mutuamente necesitamos dialogar (...) El diálogo persistente y corajudo no es noticia como los desencuentros y los conflictos, pero ayuda discretamente al mundo a vivir mejor, mucho más de lo que podamos darnos cuenta” (TF n. 198). Las acciones posibles que despliega se convierten en invitaciones sencillas pero capaces de cambiar nuestra vida y las de los que nos rodean, superar los conflictos y cicatrizar las heridas. “Cada uno puede ser un fermento eficaz con su estilo de vida cotidiana. Las grandes transformaciones no son fabricadas en escritorios o despachos” (FT n. 231). Esa es nuestra aportación, juguemos nuestro papel en esta historia, escribamos la próxima página.

Traigo dos de esas invitaciones: “recuperar la amabilidad” (FT n, 222-224) y “sobre todo con los últimos” (FT n, 233-235). Me “sonaron” bien, espero que también a ti. Ojalá nos convirtamos en protagonistas de ese trato amable, lleno de caridad verdadera, no simple educación, y “seamos estrellas en medio de la oscuridad”; ojalá cuidemos de los últimos, de los pobres de cuerpo y de alma, buscando “la cercanía que nos hace amigos”, participando en tantas iniciativas de solidaridad, no solo dando sino dándose. “Cuánta gente pasa su vida acumulando, pensando en estar bien en vez de hacer el bien. ¡Pero qué vacía es una vida que persigue las necesidades, sin mirar a los necesitados! Si tenemos dones, es para ser nosotros dones para los demás”26.

8a reflexión práctica: tender la mano...

Francisco nos anima a vivir Fratelli Tutti en el día a día, a partir de lo pequeño. “Cada día se nos ofrece una nueva oportunidad, una etapa nueva (...) Hoy estamos ante la gran oportunidad de manifestar nuestra esencia fraterna, de ser otros buenos samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en vez de acentuar odios y resentimientos (...) Alimentemos lo bueno y pongámonos al servicio del bien” (FT n. 77).

Sin excusas, empezando por lo que buenamente podamos hacer. “Es posible comenzar de abajo y de a uno, pugnar por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria y del mundo, con el mismo cuidado que el viajero de Samaría tuvo por cada llaga del herido” (FT n. 78). Y sumando a cuantos más podamos. “Busquemos a otros y hagámonos cargo de la realidad que nos corresponde sin miedo al dolor o a la impotencia, porque allí está todo lo bueno que Dios ha sembrado en el corazón del ser humano” (ídem).

25 Cita del Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común, Abu Dabi (4 febrero 2019) n. 10. 26 Francisco, Homilía 15.11.20

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“Tender la mano es un signo: un signo que recuerda inmediatamente la proximidad, la solidaridad, el amor”27. El Papa nos convoca a componer con nuestras manos tendidas, enriquecidas con la alegría, una letanía de buenas obras. Todos podemos hacer algo más para mejorar el mundo. “Es necesario un entrenamiento cotidiano, que proceda de la conciencia de lo mucho que necesitamos, nosotros los primeros, de una mano tendida hacia nosotros” (ref. nota 27). La meditación de la Encíclica nos brindará la oportunidad de recuperar la esperanza que nace de ser y saberse muy amados de nuestro Padre Dios, que nos lanza a amar a los demás como lo que son, amados de Dios y “todos hermanos”, como Jesus desea. Este es un tiempo favorable.

27 Francisco, Mensaje para la IV Jornada Mundial de los Pobres.

 

 

Que se escuche en la calle

Ante el grave riesgo de la aprobación de la LOMLOE, nueva ley de Educación, sin consenso y sin escuchar a la comunidad educativa, La Plataforma de la Educación Concertada recuerda que una educación pública, plural y de calidad, no se logra legislando contra la enseñanza concertada y su diversidad de proyectos. La hostilidad de la LOMLOE hacia la concertada, señalan, crea un escenario de desigualdad de oportunidades para las familias.

También es preocupante que la Administración distribuya a los alumnos según una planificación arbitraria, al margen de las familias, o el control político de la educación y la imposición ideológica, que suponen una agresión a la libertad de conciencia. Ha llegado el momento de que la voz en favor de la libertad educativa, que no se ha podido oír en el parlamento, se escuche en la calle.

JD Mez Madrid

 

 

Frente a la dictadura de repúblicas laicas

La encíclica de Francisco sobre la fraternidad y la amistad social es particularmente necesaria hoy, en un mundo fragmentado –la globalidad es más engañosa de lo que parece-, con evidente crisis de liderazgos y falta de confianza de los ciudadanos en muchos de sus dirigentes. Hay que hacer un acto de fe profundo en el papa, y más bien contra corriente, para aceptar que la política sea cauce de la caridad social. Como en tantas épocas históricas, el deber ser está como en un horizonte brillante, demasiado alejado del ser. Pero Roma no puede renunciar a la esperanza...

La tragedia es que la atonía de criterios éticos fundamentales conduce casi necesariamente al empobrecimiento de la libertad humana, cuando no a su negación. Benedicto XVI repitió el retornelo de la “dictadura del relativismo”. Y tenía razón en Ratisbona, frente al escándalo de los biempensantes. Por eso, fue importante el hecho de que una figura del orbe musulmán -el juez Mohamed Mahmoud Abdel Salam, Secretario General del Alto Comité para la Fraternidad Humana- interviniese en el acto solemne de presentación de la encíclica del papa Francisco. Porque, cuando hablo de “repúblicas laicas”, no pienso sólo en la peculiar cruzada de Emmanuel Macron contra el “separatismo” y la integración forzosa del Islam en Francia. También son en el fondo laicas las repúblicas islámicas –no religiosas, aun confesionales- como tantos estados occidentales laicistas de derecho o de hecho.

Con su estilo literario, Francisco sintetiza en unos pocos verbos el espíritu cristiano ante los emigrantes: acoger, proteger, promover e integrar (n. 123). Podrían aplicarse al general trato con los demás, más allá de los duros movimientos de las poblaciones en nuestro tiempo. Dibujan un corazón abierto, tal vez el de un extraño que se convierte en próximo, como el buen samaritano, descrito una vez más en el capítulo II de la encíclica. Y mueven a comprender y querer, incluso a quienes no comprenden ni respetan nuestra libertad. Como es lógico, sin dejar de condenar la opresión.

Domingo Martínez Madrid

 

 

Fraternidad universal  

Aunque no deja de ejercer con firmeza su autoridad apostólica, el papa Francisco ha mostrado claramente a lo largo de su pontificado la necesidad del diálogo y el entendimiento entre hombres y pueblos. Por si alguno lo había olvidado, la encíclica Fratelli tutti se encarga, por así decir, de sistematizar el pensamiento y el impulso del pontífice a lo largo de los años en torno a esta manifestación esencial de la doctrina y la praxis cristianas.

En circunstancias normales, tal vez las gentes –especialmente en el mundo desarrollado- habrían recibido este nuevo texto pontificio con el distanciamiento y la prepotencia de quien no está dispuesto a recibir lecciones morales, porque confía solo en su razón y en su poder. Pero quizá la pandemia ha cambiado más de lo que parece el esquema: hemos descubierto que éramos demasiado vulnerables y que sólo una acción solidaria con la mirada puesta en el bien común sacará de veras a la humanidad del atolladero. Al contrario, el empecinamiento en la propia soberbia conduce necesariamente al fracaso, como estamos comprobando en España.

Papas santos bien cercanos intentaron enderezar el rumbo del mundo y de la Iglesia, con la excepcional aportación del Concilio Ecuménico convocado por Juan XXIII y clausurado por Pablo VI. Ambos iluminaron las conciencias con documentos precisos, como la encíclica Pacem in terris, auténtico tratado de los derechos humanos constructores de la concordia humana, o la Ecclesiam suam, carta magna quizá del diálogo apostólico. De la pasión de ambos participaban tanto los sucesores como obispos de Roma que decidieron adoptar por vez primera en la historia un nombre compuesto al ser elegidos para la sede petrina. Y continuaron el gran objetivo de aplicar la doctrina conciliar: unas pocas semanas el primero, y largos años Juan Pablo II. Y Benedicto y Francisco.

Juan García. 

¿Qué ha cambiado de los robos de siempre?

 

                           No, no ha cambiado apenas nada en, el “homo ladrón, sapiens o no”; el mono humano y desde el principio, descubrió, que robar era mucho más práctico que trabajar; por ello, el robo y todos los latrocinios que el robo conllevan, se estableció en los genes de ese mono humano, el que llegada la ocasión roba cuanto puede y trabaja lo menos que puede; y que es, ese establecido robo del subalterno, que roba “tiempo” ya que no le dejan robar otra cosa. ¿Qué hay excepciones? Sí, como se aplica en la metáfora, del “Grajo blanco”… Pero “¿cuantos grajos o cuervos blancos hay en las bandadas de estos carroñeros?

                           Si ese “mono” quiere robar mucho más y mejor, simplemente se une (como siempre hizo en el pasado) en bandas que organiza, para obtenidos los robos que pensó, luego se quede con la mejor parte. Qué es lo que estoy viendo, desde que, sé mirar y analizar lo que veo en cualquier organización de los homínidos de antes o de ahora”. Puesto que reitero lo que digo en mi titular… ¿Qué ha cambiado? La técnica y todos los adelantos, para llegar, a una sociedad en general súper rica “en medios”, pero la que mantiene a ingentes masas, en la ignorancia más atroz, unida a igual tipo de miserias humanas; y se roban medios necesarios para provecho de minorías y desastres de todo tipo que se siguen padeciendo, hoy que en realidad… “sobra de todo”.

                            La política ha logrado el máximo de lo que quería, que no es otra cosa que “la satrapía”, de los sátrapas de hace milenios; pero con la mayor perfección; ya que no necesitan apalear, encarcelar o incluso matar “al individuo díscolo”; ya han logrado, “la red tan perfecta como la de la araña”; en ella, “nos envuelven y nos comen mediante la indefensión, el empobrecimiento y el total aislamiento, para que aún en vida, no existas ni cuentes para nada, salvo para pagar impuestos”; y como es la táctica general, ya no hay partido que defienda al pueblo, “todos van a los mismos intereses y a los mismos medios, para controlar el dinero público y adueñarse del mismo; para con él, comprar todo lo comprable y que por lo que ocurre, todo está en venta”…¿Democracia esto? Es la mayor mentira política que se ha dicho en todos los tiempos. 

            Como prueba de los latrocinios que se hacen hoy en día, en forma de “leyes impuestas por la fuerza y sin escrúpulos algunos”; vean lo que nos espera en España para el nuevo ejercicio, si se aprueban los presupuestos, que se aprobarán, por cuanto “se comprará o sobornará todo lo que sea menester”.

ESPAÑA: El Gobierno tiene 1.200 asesores contratados a dedo, la mayor cifra de estos parásitos en la nueva época y que: Representarán un coste para el Estado de 65 millones en 2021, un 45% más de los 44,8 millones que la Administración gastó en cargos de confianza en 2018. Los Presupuestos Generales para 2021, elaborados por el Ejecutivo tras varios años de prórrogas continuadas, son los más expansivos en la historia del gasto público con la ayuda de la espectacular inflación de asesores y ministerios. Es la consecuencia, en plena contracción económica y laboral, de la creación de una estructura administrativa desconocida hasta ahora en el primer Gobierno de coalición (PSOE y Podemos)

Se trata del personal de confianza que se elige por 'enchufe' (cesa cuando sale el alto cargo que le ha nombrado), que no ha realizado prueba ni oposición alguna y que no concurre en una valoración de méritos académicos o profesionales. Es más, no se conocen sus nombres (no son públicos), es el secreto mejor guardado, ni sus condiciones económicas. (Vozpópuli 16-11-2020)

            Y esta es la realidad en la mayor parte del mundo, donde gánsteres y similares “bandas de bandidos”, se apoderan del dinero público mediante votaciones, que dicen son para defender a los pueblos, y por el contrario, arruinan las economías de todo tipo, puesto que las cargan con gastos insoportables y no productivos, ya que solo crean parásitos a vivir del trabajo productivo de los demás, a los que ya han “asado a impuestos”. Y esto no tiene arreglo o solución, puesto que en mayoría aplastante, todos actúan lo mismo.

                   En igual periódico arriba señalado, el prestigioso escritor y articulista Jesús Cacho, dedica un demoledor comentario al muy corrompido actual presidente del gobierno, al que le dice entre otras muchas cosas… “Pedro Sánchez que esta semana ha dado un gran paso para aprobar los PGE de 2021 sobre la base de blanquear y vender su alma a Bildu, pagando el precio que los herederos de ETA le han exigido, como hace una semana pagó el que ERC le reclamó (la exclusión del español como lengua vehicular en Cataluña) por idéntico motivo. “Sánchez paga con sangre el alquiler de Moncloa”, ha llegado a escribir Rosa Díez. Al día siguiente del rechazo de las enmiendas a la totalidad de los Presupuestos, el presidente dio el v/b para el traslado a cárceles vascas del asesino del concejal sevillano Alberto Jiménez-Becerril y de su esposa Ascensión García, uno de los atentados más viles y que más profundamente conmovieron a la sociedad española”.

            Y aquí no pasa nada, aquí no dimite nadie, cómo y por ejemplo en caso insólito acaba de dimitir el presidente de Perú, empujado por el pueblo que se ha echado a la calle de forma desesperada. Aquí, ni los  políticos que se sientan en el parlamento, junto a todos los ya degenerados, dejan sus escaños y se marchan del mismo, como protesta real de su impotencia, o en algunos casos, falta de dignidad, para provocar un cese del gobierno, que en cuantía total de la oposición, podrían hacer “mañana mismo”; y así decirles a sus electores, la tiranía que existe en España y que se prolonga por tiempo indefinido, a costa siempre, del trabajo y  los impuestos, que pagamos los que de verdad pagamos impuestos y trabajamos en España, que cada vez somos menos. ¿Qué creen todos los irresponsables que viven en España… qué esto lo arreglan estas bandas de indeseables? ¿Imagina alguien, incluido el rey, el desastre que se está preparando?

            ¡¡Pobre España, de nuevo un país rico, es llevado al desastre y a la miseria como en tantas otras épocas de su negra historia, fue llevada!!

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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