Las Noticias de hoy 16 Noviembre 2020

Enviado por adminideas el Lun, 16/11/2020 - 12:50

La iglesia evangélica La Trinitat ayuda a 372 familias en  Dénia - Protestante Digital

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 16 de noviembre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa en la IV Jornada Mundial de los Pobres

Ángelus: El Señor encomienda a cada uno un capital de acuerdo con sus capacidades.

Ángelus: Costa de Marfil celebra la Jornada Nacional por la Paz

Mensaje del Papa para la IV Jornada Mundial de los Pobres

EL SEÑOR NUNCA NIEGA SU GRACIA: Francisco Fernandez Carbajal

“Dios no se cansa de nuestras infidelidades”: San Josemaria

Buscar soluciones para curar enfermedades en los países más pobres

Trabajo y descanso: F. J. López Díaz C. Ruiz Montoya

El derecho de los padres a la educación de sus hijos (II): J.A. Araña  C.J. Errázuriz

La vocación natural de la familia es la educación de los hijos

Una Luz al final del camino: Ernesto Juliá

El poder del Amor. La última palabra: José Martínez Colín.

Relativismo en el Magisterio de la Iglesia

Vacuna y esperanza: Ana Teresa López de Llergo

La vida con o sin drogas: Lucía Legorreta

Existe cierta tensión: Suso do Madrid

La oposición a la declaración de derechos humanos: Jesús D Mez Madrid

Barrett ofrece una imagen plenamente realizada: Jesús Domingo Martínez

Despeja equívocos y temores acerca de los cuidados paliativos: JD Mez Madrid

Más de lo mismo… el pueblo no existe: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

Homilía del Papa en la IV Jornada Mundial de los Pobres

Texto completo

NOVIEMBRE 15, 2020 12:29REDACCIÓN ZENITPAPA FRANCISCO

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(zenit – 15 nov. 2020).- El Papa Francisco ha presidido la Santa Misa dominical en la basílica de San Pedro con motivo de la IV Jornada Mundial de los Pobres.

Hoy, domingo 15 de noviembre de 2020, a las 10 horas, la Eucaristía ha sido transmitida en vivo con comentarios en español en la página de Facebook de zenit, en el portal de Vatican News y en el canal de YouTube del medio vaticano.

A continuación, sigue la homilía completa del Papa Francisco.

***

Homilía del Santo Padre

La parábola que hemos escuchado tiene un comienzo, un desarrollo y un desenlace, que iluminan el principio, el núcleo y el final de nuestras vidas.

El comienzo. Todo inicia con un gran bien: el dueño no se guarda sus riquezas para sí mismo, sino que las da a los siervos; a uno cinco, a otro dos, a otro un talento, “a cada cual según su capacidad” (Mt 25,15).

Se ha calculado que un único talento correspondía al salario de unos veinte años de trabajo: era un bien superabundante, que entonces era suficiente para toda una vida. Aquí está el comienzo: también para nosotros todo empezó con la gracia de Dios —todo, inicia siempre con la gracia, no con nuestras fuerzas— con la gracia de Dios, que es Padre y ha puesto tanto bien en nuestras manos, confiando a cada uno talentos diferentes.

Somos portadores de una gran riqueza, que no depende de cuánto poseamos, sino de lo que somos: de la vida que hemos recibido, del bien que hay en nosotros, de la belleza irreemplazable que Dios nos ha dado, porque somos hechos a su imagen, cada uno de nosotros es precioso a sus ojos, cada uno de nosotros es único e insustituible en la historia. Así nos mira Dios, así nos trata Dios.

Qué importante es recordar esto: En demasiadas ocasiones, cuando miramos nuestra vida, vemos sólo lo que nos falta y nos quejamos de lo que no tenemos. Entonces cedemos a la tentación del “¡ojalá!”: ¡ojalá tuviera ese trabajo, ojalá tuviera esa casa, ojalá tuviera dinero y éxito, ojalá no tuviera ese problema, ojalá tuviera mejores personas a mi alrededor!…

Pero la ilusión del “ojalá” nos impide ver lo bueno y nos hace olvidar los talentos que tenemos. Sí, tú no tienes aquello, pero tienes esto, y el “ojalá” hace que olvidemos esto. Pero Dios nos los ha confiado porque nos conoce a cada uno y sabe de lo que somos capaces; confía en nosotros, a pesar de nuestras fragilidades. También confió en aquel siervo que ocultó el talento: Dios esperaba que, a pesar de sus temores, también él utilizara bien lo que había recibido.

En concreto, el Señor nos pide que nos comprometamos con el presente sin añoranza del pasado, sino en la espera diligente de su venida. Esa nostalgia fea, que es como un humor amarillo, un humor negro que envenena el alma y hace que siempre mire hacia atrás, siempre a los demás, pero nunca a las propias manos, a las posibilidades de trabajo que el Señor nos ha dado, a nuestras condiciones, incluso a nuestra pobreza.

Así llegamos al centro de la parábola: es el trabajo de los sirvientes, es decir, el servicio. El servicio es también obra nuestra, el esfuerzo que hace fructificar nuestros talentos y da sentido a la vida: de hecho, no sirve para vivir el que no vive para servir. Necesitamos repetir esto, repetirlo muchas veces: No sirve para vivir el que no vive para servir. Debemos meditar esto: No sirve para vivir el que no vive para servir.

¿Pero cuál es el estilo de servicio? En el Evangelio, los siervos buenos son los que arriesgan. No son cautelosos y precavidos, no guardan lo que han recibido, sino que lo emplean. Porque el bien, si no se invierte, se pierde; porque la grandeza de nuestra vida no depende de cuánto acaparamos, sino de cuánto fruto damos.

Cuánta gente pasa su vida acumulando, pensando en estar bien en vez de hacer el bien. ¡Pero qué vacía es una vida que persigue las necesidades, sin mirar a los necesitados! Si tenemos dones, es para ser nosotros dones para los demás. Y aquí, hermanos y hermanas, nos preguntamos: ¿Sigo las necesidades, solamente, o soy capaz de mirar a los que tienen necesitad? ¿A quién está necesitado? ¿Mi mano es así [abierta] o así [cerrada]?

Cabe destacar que los siervos que invierten, que arriesgan, son llamados “fieles” cuatro veces (vv. 21.23). Para el Evangelio no hay fidelidad sin riesgo. “Pero, Padre, ¿ser cristiano significa correr riesgos?” ― “Sí, queridos, arriesgar. Si no te arriesgas, terminarás como el tercer siervo: enterrando tus capacidades, tus riquezas espirituales y materiales, todo”.

Arriesgar: no hay fidelidad sin riesgo. Ser fiel a Dios es gastar la vida, es dejar que los planes se trastoquen por el servicio. “Yo tengo este plan, pero si sirvo…”. Deja que se trastoque el plan, tú sirve”. Es triste cuando un cristiano juega a la defensiva, apegándose sólo a la observancia de las reglas y al respeto de los mandamientos. Esos cristianos “comedidos” que nunca dan un paso fuera de las normas, nunca, porque tienen miedo al riesgo.

Y estos, permítanme la imagen, estos que se cuidan tanto que nunca se arriesgan, estos comienzan en la vida un proceso de momificación del alma, y terminan siendo momias. Esto no es suficiente, no basa observar las normas; la fidelidad a Jesús no se limita simplemente a no equivocarse; es negativo esto. Así pensaba el sirviente holgazán de la parábola: falto de iniciativa y creatividad, se escondió detrás de un miedo estéril y enterró el talento recibido. El dueño incluso lo calificó como “malo” (v. 26). A pesar de no haber hecho nada malo, pero tampoco nada bueno. Prefirió pecar por omisión antes de correr el riesgo de equivocarse.

No fue fiel a Dios, que ama entregase totalmente; y le hizo la peor ofensa: devolverle el don recibido. “Tú me has dato esto, yo te doy esto”, nada más. En cambio, el Señor nos invita a jugárnosla generosamente, a vencer el miedo con la valentía del amor, a superar la pasividad que se convierte en complicidad.

Hoy, en estos tiempos de incertidumbre, en estos tiempos de fragilidad, no desperdiciemos nuestras vidas pensando sólo en nosotros mismos, con esa actitud de indiferencia. No nos engañemos diciendo: “Hay paz y seguridad” (1 Ts 5,3). San Pablo nos invita a enfrentar la realidad, a no dejarnos contagiar por la indiferencia.

Entonces, ¿cómo podemos servir siguiendo la voluntad de Dios? El dueño le explica esto al sirviente infiel: “Debías haber llevado mi dinero a los prestamistas, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses” (v. 27). ¿Quiénes son los “prestamistas” para nosotros, capaces de conseguir un interés duradero? Son los pobres.

No lo olviden: los pobres están en el centro del Evangelio; el Evangelio no puede ser entendido sin los pobres. Los pobres tienen la misma personalidad que Jesús, que siendo rico se despojó de todo, se hizo pobre, se hizo pecado, la pobreza más fea. Los pobres nos garantizan un rédito eterno y ya desde ahora nos permiten enriquecernos en el amor. Porque la mayor pobreza que hay que combatir es nuestra carencia de amor. La mayor pobreza para combatir es nuestra pobreza de amor.

El Libro de los Proverbios alaba a una mujer laboriosa en el amor, cuyo valor es mayor que el de las perlas: debemos imitar a esta mujer que, según el texto, “tiende sus brazos al pobre” (Pr 31,20): esta es la mayor riqueza de esta mujer. Extiende tu mano a los necesitados, en lugar de exigir lo que te falta: de este modo multiplicarás los talentos que has recibido.

Se aproxima la Navidad, tiempo de celebraciones. Cuántas veces, la pregunta que mucha gente se hace es: “¿Qué puedo comprar? ¿Qué más puedo tener? Necesito ir a las tiendas a comprar”. Digamos la otra palabra, “¿Qué puedo dar a los demás?”, para ser como Jesús, que se dio a sí mismo y nació propiamente en aquel pesebre.

Llegamos así al final de la parábola: habrá quien tenga abundancia y quien haya desperdiciado su vida y permanecerá siendo pobre (cf. v. 29). Al final de la vida, en definitiva, se revelará la realidad: la apariencia del mundo se desvanecerá, según la cual el éxito, el poder y el dinero dan sentido a la existencia, mientras que el amor, lo que hemos dado, se revelará como la verdadera riqueza.

Todo eso se desvanecerá, en cambio el amor emergerá. Un gran Padre de la Iglesia escribió: “Así es como sucede en la vida: después de que la muerte ha llegado y el espectáculo ha terminado, todos se quitan la máscara de la riqueza y la pobreza y se van de este mundo. Y se los juzga sólo por sus obras, unos verdaderamente ricos, otros pobres” (S. Juan Crisóstomo, Discursos sobre el pobre Lázaro, II, 3). Si no queremos vivir pobremente, pidamos la gracia de ver a Jesús en los pobres, de servir a Jesús en los pobres.

Me gustaría agradecer a tantos fieles siervos de Dios, que no dan de qué hablar sobre ellos mismos, sino que viven así, sirviendo. Pienso, por ejemplo, en D. Roberto Malgesini. Este sacerdote no hizo teorías; simplemente, vio a Jesús en los pobres y el sentido de la vida en el servicio.

Enjugó las lágrimas con mansedumbre, en el nombre de Dios que consuela. En el comienzo de su día estaba la oración, para acoger el don de Dios; en el centro del día estaba la caridad, para hacer fructificar el amor recibido; en el final, un claro testimonio del Evangelio.

Este hombre comprendió que tenía que tender su mano a los muchos pobres que encontraba diariamente porque veía a Jesús en cada uno de ellos. Hermanos y hermanas: Pidamos la gracia de no ser cristianos de palabras, sino en los hechos. Para dar fruto, como Jesús desea. Que así sea.

© Librería Editorial Vaticana

Ángelus: El Señor encomienda a cada uno un capital de acuerdo con sus capacidades.

Palabras antes del Ángelus

NOVIEMBRE 15, 2020 12:40RAQUEL ANILLOANGELUS

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(zenit – 15 nov. 2020).- A las 12 del mediodía de hoy, 15 de noviembre de 2020, el Santo Padre Francisco se asomó a la ventana del estudio del Palacio Apostólico Vaticano para recitar el Ángelus con los fieles y peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro.

A continuación, siguen las palabras de Francisco, según la traducción oficial ofrecida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

***

Palabras antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este penúltimo domingo del año litúrgico, el Evangelio nos presenta la famosa parábola de los talentos (cf. Mt 25, 14-30). Forma parte del discurso de Jesús sobre los últimos tiempos, que precede inmediatamente a su pasión, muerte y resurrección. La parábola —la hemos escuchado— cuenta de un rico señor que debe partir y, previendo una larga ausencia, encomienda sus bienes a tres de sus siervos: al primero le encomienda cinco talentos, al segundo dos, al tercero uno. Jesús especifica que la distribución se hace “según la capacidad de cada uno” (v. 15). Así hace el Señor con todos nosotros: nos conoce bien, sabe que no somos iguales y no quiere privilegiar a nadie en detrimento de otros, sino que encomienda a cada uno un capital de acuerdo con sus capacidades.

Durante la ausencia del amo, los dos primeros siervos se esforzaron hasta el punto de duplicar la suma que se les había encomendado. No así el tercer siervo, que esconde su talento en un hoyo: para evitar peligros, lo deja allí, a salvo de los ladrones, pero sin hacerlo fructífero. Llega el momento del regreso del amo, que pide cuentas a sus siervos. Los dos primeros presentan el buen fruto de sus esfuerzos; han trabajado, y el amo los elogia, los recompensa y los invita a participar en su fiesta, en su alegría. El tercero, sin embargo, al darse cuenta de que está en falta, inmediatamente empieza a justificarse diciendo: «Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste, por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento bajo tierra; aquí tienes lo que es tuyo» (vv. 24-25). Se defiende de su pereza acusando a su amo de ser “duro”. Esta es una costumbre que también nosotros tenemos: muchas veces nos defendemos acusando a los demás. Pero ellos no tienen la culpa, la culpa es nuestra, el defecto es nuestro. Y este siervo acusa a los demás, acusa al amo, para justificarse. A menudo también nosotros hacemos lo mismo. Entonces el amo le recrimina: le llama siervo “malo y perezoso” (v. 26); hace que le quiten su talento y lo echen de su casa.

Esta parábola vale para todos, pero, como siempre, especialmente para los cristianos. También hoy es muy actual, hoy que es la Jornada de los Pobres, en la que la Iglesia nos dice a los cristianos: “Tiende la mano al pobre, tiende tu mano al pobre”. No estás solo en la vida, hay gente que te necesita; no seas egoísta, tiende la mano al pobre.

Todos hemos recibido de Dios un “patrimonio” como seres humanos, una riqueza humana, del tipo que sea. Y como discípulos de Cristo, también hemos recibido la fe, el Evangelio, el Espíritu Santo, los sacramentos, y tantas otras cosas. Estos dones hay que emplearlos para hacer el bien, el bien en esta vida, como servicio a Dios y a los hermanos. Y hoy la Iglesia te dice, nos dice: “Utiliza lo que te ha dado Dios y mira a los pobres. Mira, hay muchos, también en nuestras ciudades, en el centro de nuestra ciudad, hay muchos. ¡Haz el bien!”.

A veces pensamos que ser cristianos es no hacer el mal. Y no hacer el mal es bueno. Pero no hacer el bien no es bueno. Tenemos que hacer el bien, salir de nosotros mismos y mirar, mirar a quienes tienen más necesidad. Hay mucha hambre, incluso en el corazón de nuestras ciudades, y tantas veces entramos en esa lógica de la indiferencia: el pobre está ahí y miramos para el otro lado. Tiende tu mano al pobre: es Cristo. Sí, algunos dicen: “Estos sacerdotes, estos obispos que hablan de los pobres, de los pobres… ¡Nosotros queremos que nos hablen de la vida eterna!”. Escuchad, hermano y hermana, los pobres están en el centro del Evangelio. Es Jesús quien nos ha enseñado a hablar a los pobres, es Jesús quien ha venido por los pobres. Tiende tu mano al pobre. Has recibido muchas cosas, ¿y dejas que tu hermano, tu hermana, muera de hambre?

Queridos hermanos y hermanas, que cada uno diga en su corazón esto que Jesús nos dice hoy, que repita en su corazón: “Tiende tu mano al pobre”. Y Jesús nos dice otra cosa: “Sabes, el pobre soy yo”. Jesús nos dice esto: “El pobre soy yo”.

La Virgen María recibió un gran don: Jesús; pero no se lo guardó para sí misma sino que se lo dio al mundo, a su pueblo. Aprendamos de ella a tender la mano a los pobres.

 

 

Ángelus: Costa de Marfil celebra la Jornada Nacional por la Paz

Palabras después de la oración mariana

NOVIEMBRE 15, 2020 15:34RAQUEL ANILLOANGELUS

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(zenit – 15 nov. 2020).-  Después del rezo del Ángelus de este domingo 15 de noviembre de 2020, el Papa Francisco se dirigió a los fieles reunidos en la plaza de San Pedro.

El Santo Padre expresó su solidaridad y oración por la población de Filipinas después de las inundaciones por el paso del tifón. También dirigió su pensamiento a Costa de Marfil que celebra hoy la Jornada Nacional por la Paz, en un contexto de tensiones y recordó el incendio que sufrió ayer un hospital de Rumanía que provocó varias víctimas.

A continuación, siguen las palabras de Francisco, según la traducción oficial ofrecida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

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Palabras después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Con la oración, estoy cerca de las poblaciones de las Filipinas, que sufren a causa de la destrucción y, sobre todo, de las inundaciones provocadas por un fuerte tifón. Expreso mi solidaridad a las familias más pobres y expuestas a estas calamidades, y mi apoyo a cuantos se esfuerzan por socorrerlas.

Mi pensamiento se dirige a continuación a Costa de Marfil, que celebra hoy la Jornada Nacional de la Paz, en un contexto de tensiones sociales y políticas que, lamentablemente, han provocado numerosas víctimas. Me uno a la oración para obtener del Señor el don de la concordia nacional, y exhorto a todos los hijos e hijas de ese querido país a colaborar responsablemente en la reconciliación y en una convivencia serena. Animo, especialmente, a los diversos actores políticos a que restablezcan un clima de confianza recíproca y diálogo en la búsqueda de soluciones justas que tutelen y promuevan el bien común.

Ayer, en una estructura hospitalaria de Rumanía en la que estaban ingresados varios pacientes afectados por el coronavirus, estalló un incendio que provocó varias víctimas. Expreso mi cercanía y rezo por ellas. Oremos por ellas.

Os saludo a todos vosotros, fieles de Roma y peregrinos procedentes de diversos países. No os olvidéis, que suene hoy en nuestro corazón esta voz de la Iglesia: “Tiende tu mano al pobre. Porque, sabes, el pobre es Cristo”.

Me alegro en especial por la presencia del Coro de Voces Blancas de Hösel (Alemania). ¡Gracias por vuestros cantos!

Os deseo a todos un buen domingo y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!

 

 

Mensaje del Papa para la IV Jornada Mundial de los Pobres

15 de noviembre de 2020

NOVIEMBRE 15, 2020 09:00REDACCIÓN ZENITPAPAS

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(zenit – 13 junio 2020).- Con motivo de la IV Jornada Mundial de los Pobres, que se celebra el XXXIII domingo del Tiempo Ordinario –este año el 15 de noviembre de 2020– y cuyo tema “Tiende tu mano al pobre” (Sir. 7:32), el Papa Francisco ha escrito un mensaje.

​Publicamos a continuación el texto completo de Francisco, titulado “Tiende tu mano al pobre” .

***

Mensaje del Papa Francisco

Tiende tu mano al pobre” (cf. Sir 7,32)

“Tiende tu mano al pobre” (cf. Sir 7,32). La antigua sabiduría ha formulado estas palabras como un código sagrado a seguir en la vida. Hoy resuenan con todo su significado para ayudarnos también a nosotros a poner nuestra mirada en lo esencial y a superar las barreras de la indiferencia. La pobreza siempre asume rostros diferentes, que requieren una atención especial en cada situación particular; en cada una de ellas podemos encontrar a Jesús, el Señor, que nos reveló estar presente en sus hermanos más débiles (cf. Mt 25,40).

​1. Tomemos en nuestras manos el Eclesiástico, también conocido como Sirácida, uno de los libros del Antiguo Testamento. Aquí encontramos las palabras de un sabio maestro que vivió unos doscientos años antes de Cristo. Él buscaba la sabiduría que hace a los hombres mejores y capaces de escrutar en profundidad las vicisitudes de la vida. Lo hizo en un momento de dura prueba para el pueblo de Israel, un tiempo de dolor, luto y miseria causado por el dominio de las potencias extranjeras. Siendo un hombre de gran fe, arraigado en las tradiciones de sus antepasados, su primer pensamiento fue dirigirse a Dios para pedirle el don de la sabiduría. Y el Señor le ayudó.

Desde las primeras páginas del libro, el Sirácida expone sus consejos sobre muchas situaciones concretas de la vida, y la pobreza es una de ellas. Insiste en el hecho de que en la angustia hay que confiar en Dios: “Endereza tu corazón, mantente firme y no te angusties en tiempo de adversidad. Pégate a él y no te separes, para que al final seas enaltecido. Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, y sé paciente en la adversidad y en la humillación. Porque en el fuego se prueba el oro, y los que agradan a Dios en el horno de la humillación. En las enfermedades y en la pobreza pon tu confianza en él. Confía en él y él te ayudará, endereza tus caminos y espera en él. Los que teméis al Señor, aguardad su misericordia y no os desviéis, no sea que caigáis” (2,2-7).

​2. Página tras página, descubrimos un precioso compendio de sugerencias sobre cómo actuar a la luz de una relación íntima con Dios, creador y amante de la creación, justo y providente con todos sus hijos. Sin embargo, la constante referencia a Dios no impide mirar al hombre concreto; al contrario, las dos cosas están estrechamente relacionadas.

Lo demuestra claramente el pasaje del cual se toma el título de este Mensaje (cf. 7,29-36). La oración a Dios y la solidaridad con los pobres y los que sufren son inseparables. Para celebrar un culto que sea agradable al Señor, es necesario reconocer que toda persona, incluso la más indigente y despreciada, lleva impresa en sí la imagen de Dios. De tal atención deriva el don de la bendición divina, atraída por la generosidad que se practica hacia el pobre. Por lo tanto, el tiempo que se dedica a la oración nunca puede convertirse en una coartada para descuidar al prójimo necesitado; sino todo lo contrario: la bendición del Señor desciende sobre nosotros y la oración logra su propósito cuando va acompañada del servicio a los pobres.

​3. ¡Qué actual es esta antigua enseñanza, también para nosotros! En efecto, la Palabra de Dios va más allá del espacio, del tiempo, de las religiones y de las culturas. La generosidad que sostiene al débil, consuela al afligido, alivia los sufrimientos, devuelve la dignidad a los privados de ella, es una condición para una vida plenamente humana. La opción por dedicarse a los pobres y atender sus muchas y variadas necesidades no puede estar condicionada por el tiempo a disposición o por intereses privados, ni por proyectos pastorales o sociales desencarnados. El poder de la gracia de Dios no puede ser sofocado por la tendencia narcisista a ponerse siempre uno mismo en primer lugar.

Mantener la mirada hacia el pobre es difícil, pero muy necesario para dar a nuestra vida personal y social la dirección correcta. No se trata de emplear muchas palabras, sino de comprometer concretamente la vida, movidos por la caridad divina. Cada año, con la Jornada Mundial de los Pobres, vuelvo sobre esta realidad fundamental para la vida de la Iglesia, porque los pobres están y estarán siempre con nosotros (cf. Jn 12,8) para ayudarnos a acoger la compañía de Cristo en nuestra vida cotidiana.

4. El encuentro con una persona en condición de pobreza siempre nos provoca e interroga. ¿Cómo podemos ayudar a eliminar o al menos aliviar su marginación y sufrimiento? ¿Cómo podemos ayudarla en su pobreza espiritual? La comunidad cristiana está llamada a involucrarse en esta experiencia de compartir, con la conciencia de que no le está permitido delegarla a otros. Y para apoyar a los pobres es fundamental vivir la pobreza evangélica en primera persona. No podemos sentirnos “bien” cuando un miembro de la familia humana es dejado al margen y se convierte en una sombra. El grito silencioso de tantos pobres debe encontrar al pueblo de Dios en primera línea, siempre y en todas partes, para darles voz, defenderlos y solidarizarse con ellos ante tanta hipocresía y tantas promesas incumplidas, e invitarlos a participar en la vida de la comunidad.

​Es cierto, la Iglesia no tiene soluciones generales que proponer, pero ofrece, con la gracia de Cristo, su testimonio y sus gestos de compartir. También se siente en la obligación de presentar las exigencias de los que no tienen lo necesario para vivir. Recordar a todos el gran valor del bien común es para el pueblo cristiano un compromiso de vida, que se realiza en el intento de no olvidar a ninguno de aquellos cuya humanidad es violada en las necesidades fundamentales.

5. Tender la mano hace descubrir, en primer lugar, a quien lo hace, que dentro de nosotros existe la capacidad de realizar gestos que dan sentido a la vida. ¡Cuántas manos tendidas se ven cada día! Lamentablemente, sucede cada vez más a menudo que la prisa nos arrastra a una vorágine de indiferencia, hasta el punto de que ya no se sabe más reconocer todo el bien que cotidianamente se realiza en el silencio y con gran generosidad. Así sucede que, sólo cuando ocurren hechos que alteran el curso de nuestra vida, nuestros ojos se vuelven capaces de vislumbrar la bondad de los santos “de la puerta de al lado”, “de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios” (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 7), pero de los que nadie habla. Las malas noticias son tan abundantes en las páginas de los periódicos, en los sitios de internet y en las pantallas de televisión, que nos convencen que el mal reina soberano. No es así. Es verdad que está siempre presente la maldad y la violencia, el abuso y la corrupción, pero la vida está entretejida de actos de respeto y generosidad que no ​sólo compensan el mal, sino que nos empujan a ir más allá y a estar llenos de esperanza.

6. Tender la mano es un signo: un signo que recuerda inmediatamente la proximidad, la solidaridad, el amor. En estos meses, en los que el mundo entero ha estado como abrumado por un virus que ha traído dolor y muerte, desaliento y desconcierto, ¡cuántas manos tendidas hemos podido ver! La mano tendida del médico que se preocupa por cada paciente tratando de encontrar el remedio adecuado. La mano tendida de la enfermera y del enfermero que, mucho más allá de sus horas de trabajo, permanecen para cuidar a los enfermos. La mano tendida del que trabaja en la administración y proporciona los medios para salvar el mayor número posible de vidas. La mano tendida del farmacéutico, quién está expuesto a tantas peticiones en un contacto arriesgado con la gente. La mano tendida del sacerdote que bendice con el corazón desgarrado. La mano tendida del voluntario que socorre a los que viven en la calle y a los que, a pesar de tener un techo, no tienen comida. La mano tendida de hombres y mujeres que trabajan para proporcionar servicios esenciales y seguridad. Y otras manos tendidas que podríamos describir hasta componer una letanía de buenas obras. Todas estas manos han desafiado el contagio y el miedo para dar apoyo y consuelo.

7. Esta pandemia llegó de repente y nos tomó desprevenidos, dejando una gran sensación de desorientación e impotencia. Sin embargo, la mano tendida hacia el pobre no llegó de repente. Ella, más bien, ofrece el testimonio de cómo nos preparamos a reconocer al pobre para sostenerlo en el tiempo de la necesidad. Uno no improvisa instrumentos de misericordia. Es necesario un entrenamiento cotidiano, que proceda de la conciencia de lo mucho que necesitamos, nosotros los primeros, de una mano tendida hacia nosotros.

​Este momento que estamos viviendo ha puesto en crisis muchas certezas. Nos sentimos más pobres y débiles porque hemos experimentado el sentido del límite y la restricción de la libertad. La pérdida de trabajo, de los afectos más queridos y la falta de las relaciones interpersonales habituales han abierto de golpe horizontes que ya no estábamos acostumbrados a observar. Nuestras riquezas espirituales y materiales fueron puestas en tela de juicio y descubrimos que teníamos miedo. Encerrados en el silencio de nuestros hogares, redescubrimos la importancia de la sencillez y de mantener la mirada fija en lo esencial. Hemos madurado la exigencia de una nueva fraternidad, capaz de ayuda recíproca y estima mutua. Este es un tiempo favorable para “volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo […]. Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad […]. Esa destrucción de todo fundamento de la vida social termina enfrentándonos unos con otros para preservar los propios intereses, provoca el surgimiento de nuevas formas de violencia y crueldad e impide el desarrollo de una verdadera cultura del cuidado del ambiente” (Carta enc. Laudato si’, 229). En definitiva, las graves crisis económicas, financieras y políticas no cesarán mientras permitamos que la responsabilidad que cada uno debe sentir hacia al prójimo y hacia cada persona permanezca aletargada.

8. “Tiende la mano al pobre” es, por lo tanto, una invitación a la responsabilidad y un compromiso directo de todos aquellos que se sienten parte del mismo destino. Es una llamada a llevar las cargas de los más débiles, como recuerda san Pablo: “Mediante el amor, poneos al servicio los unos de los otros. Porque toda la Ley encuentra su plenitud en un solo precepto:Amarás a tu prójimo como a ti mismo. […] Llevad las cargas los unos de los otros” (Ga5,13-14; 6,2). El Apóstol enseña que la libertad que nos ha sido dada con la muerte y la resurrección de Jesucristo es para cada uno de nosotros una responsabilidad para ponernos al servicio de los demás, especialmente de los más débiles. No se trata de una exhortación opcional, sino que condiciona de la autenticidad de la fe que profesamos.

​El libro del Eclesiástico viene otra vez en nuestra ayuda: sugiere acciones concretas para apoyar a los más débiles y también utiliza algunas imágenes evocadoras. En un primer momento toma en consideración la debilidad de cuantos están tristes: “No evites a los que lloran” (7,34). El período de la pandemia nos obligó a un aislamiento forzoso, incluso impidiendo que pudiéramos consolar y permanecer cerca de amigos y conocidos afligidos por la pérdida de sus seres queridos. Y sigue diciendo el autor sagrado: “No dejes de visitar al enfermo” (7,35). Hemos experimentado la imposibilidad de estar cerca de los que sufren, y al mismo tiempo hemos tomado conciencia de la fragilidad de nuestra existencia. En resumen, la Palabra de Dios nunca nos deja tranquilos y continúa estimulándonos al bien.

9. “Tiende la mano al pobre” destaca, por contraste, la actitud de quienes tienen las manos en los bolsillos y no se dejan conmover por la pobreza, de la que a menudo son también cómplices. La indiferencia y el cinismo son su alimento diario. ¡Qué diferencia respecto a las generosas manos que hemos descrito! De hecho, hay manos tendidas para rozar rápidamente el teclado de una computadora y mover sumas de dinero de una parte del mundo a otra, decretando la riqueza de estrechas oligarquías y la miseria de multitudes o el fracaso de naciones enteras. Hay manos tendidas para acumular dinero con la venta de armas que otras manos, incluso de niños, usarán para sembrar muerte y pobreza. Hay manos tendidas que en las sombras intercambian dosis de muerte para enriquecerse y vivir en el lujo y el desenfreno efímero. Hay manos tendidas que por debajo intercambian favores ilegales por ganancias fáciles y corruptas. Y también hay manos tendidas que, en el puritanismo hipócrita, establecen leyes que ellos mismos no observan.

En este panorama, “los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe” (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 54). No podemos ser felices hasta que estas manos que siembran la muerte se transformen en instrumentos de justicia y de paz para el mundo entero.

10. “En todas tus acciones, ten presente tu final” (Sir7,36). Esta es la expresión con la que elSirácida concluye su reflexión. El texto se presta a una doble interpretación. La primera hace evidente que siempre debemos tener presente el fin de nuestra existencia. Acordarse de nuestro destino común puede ayudarnos a llevar una vida más atenta a quien es más pobre y no ha tenido las mismas posibilidades que nosotros. Existe también una segunda interpretación, que evidencia más bien el propósito, el objetivo hacia el que cada uno tiende. Es el fin de nuestra vida que requiere un proyecto a realizar y un camino a recorrer sin cansarse. Y bien, la finalidad de cada una de nuestras acciones no puede ser otro que el amor. Este es el objetivo hacia el que nos dirigimos y nada debe distraernos de él. Este amor es compartir, es dedicación y servicio, pero comienza con el descubrimiento de que nosotros somos los primeros amados y movidos al amor. Este fin aparece en el momento en que el niño se encuentra con la sonrisa de la madre y se siente amado por el hecho mismo de existir. Incluso una sonrisa que compartimos con el pobre es una fuente de amor y nos permite vivir en la alegría. La mano tendida, entonces, siempre puede enriquecerse con la sonrisa de quien no hace pesar su presencia y la ayuda que ofrece, sino que sólo se alegra de vivir según el estilo de los discípulos de Cristo.

En este camino de encuentro cotidiano con los pobres, nos acompaña la Madre de Dios que, de modo particular, es la Madre de los pobres. La Virgen María conoce de cerca las dificultades y sufrimientos de quienes están marginados, porque ella misma se encontró dando a luz al Hijo de Dios en un establo. Por la amenaza de Herodes, con José su esposo y el pequeño Jesús huyó a otro país, y la condición de refugiados marcó a la sagrada familia durante algunos años. Que la oración a la Madre de los pobres pueda reunir a sus hijos predilectos y a cuantos les sirven en el nombre de Cristo. Y que esta misma oración transforme la mano tendida en un abrazo de comunión y de renovada fraternidad.

Roma, en San Juan de Letrán, 13 de junio de 2020,
memoria litúrgica de san Antonio de Padua.

Francisco

EL SEÑOR NUNCA NIEGA SU GRACIA

— Aumentar el fervor de la oración en momentos de oscuridad.

— La dirección espiritual, camino normal por el que Dios actúa en el alma.

— Fe y sentido sobrenatural en este medio de crecimiento interior.

I. Ocurrió -leemos en el Evangelio de la Misa1que al llegar a Jericó había un ciego sentado junto al camino mendigando.

Algunos Padres de la Iglesia señalan que este ciego a las puertas de Jericó es imagen «de quien desconoce la claridad de la luz eterna»2, pues en ocasiones el alma puede sufrir también momentos de ceguera y de oscuridad. El camino despejado que vislumbró un día se puede tornar desdibujado y menos claro, y lo que antes era luz y alegría ahora son tinieblas, y una cierta tristeza pesa sobre el corazón. Muchas veces esta situación está causada por pecados personales, cuyas consecuencias no han sido del todo zanjadas, o por la falta de correspondencia a la gracia: «quizá el polvo que levantamos al andar –nuestras miserias– forma una nube opaca, que impide el paso de la luz»3; en otras ocasiones, el Señor permite esa difícil situación para purificar el alma, para madurarla en la humildad y en la confianza en Él. En esa situación es lógico que todo cueste más, que se haga más difícil, y que el demonio intente hacer más honda la tristeza, o aprovecharse de ese momento de desconcierto interior.

Sea cual sea su origen, si alguna vez nos encontramos en ese estado, ¿qué haremos? El ciego de Jericó –Bartimeo, el hijo de Timeo4– nos lo enseña: dirigirnos al Señor, siempre cercano, hacer más intensa nuestra oración, para que tenga piedad y misericordia de nosotros. Él, aunque parece que sigue su camino y nosotros quedamos atrás, nos oye. No está lejos. Pero es posible que nos suceda lo que a Bartimeo: Y los que iban delante le reprendían para que se callara. El ciego encontraba cada vez más dificultades para dirigirse a Jesús, como nosotros «cuando queremos volver a Dios, esas mismas flaquezas en las que hemos incurrido, acuden al corazón, nublan el entendimiento, dejan confuso el ánimo y querrían apagar la voz de nuestras oraciones»5. Es el peso de la debilidad o del pecado, que se hace sentir.

Tomemos ejemplo del ciego: Pero él gritaba mucho más: Hijo de David, ten piedad de mí. «Ahí lo tenéis: aquel a quien la turba reprendía para que callase, levanta más y más la voz; así también nosotros (...), cuanto mayor sea el alboroto interior, cuanto mayores dificultades encontremos, con más fuerza ha de salir la oración de nuestro corazón»6.

Jesús se paró en el camino cuando daba la impresión de que seguía hacia Jerusalén y mandó que llamaran al ciego. Bartimeo se acercó y Jesús le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Ut videam, que vea, Señor. Y Jesús le dijo: Ve, tu fe te ha salvado. Y al instante vio, y le seguía, glorificando a Dios.

A veces será difícil conocer las causas por las que el alma pasa esa situación difícil en que todo parece costar más. No sabremos quizá su origen, pero sí el remedio siempre eficaz: la oración. «Cuando se está a oscuras, cegada e inquieta el alma, hemos de acudir, como Bartimeo, a la Luz. Repite, grita, insiste con más fuerza, “Domine, ut videam!” —¡Señor, que vea!... Y se hará el día para tus ojos, y podrás gozar con la luminaria que Él te concederá»7.

II. Jesús, Señor de todas las cosas, podía curar a los enfermos –podía obrar cualquier milagro– del modo que estimara oportuno. A algunos los curó con una sola frase, con un simple gesto, a distancia... A otros por etapas, como al ciego del que nos habla San Juan8... Hoy es muy frecuente que dé la luz a las almas a través de otros. Cuando los Magos se quedaron en tinieblas al desaparecer la estrella que les había guiado desde un lugar tan lejano, hacen lo que el sentido común les dicta: interrogar a quien debía saber dónde había nacido el rey de los judíos. Le preguntan a Herodes. «Pero los cristianos no tenemos necesidad de preguntar a Herodes o a los sabios de la tierra. Cristo ha dado a su Iglesia la seguridad de la doctrina, la corriente de gracia de los Sacramentos; y ha dispuesto que haya personas para orientar, para conducir, para traer a la memoria constantemente el camino (...). Por eso, si el Señor permite que nos quedemos a oscuras, incluso en cosas pequeñas; si sentimos que nuestra fe no es firme, acudamos al buen pastor (...), al que, dando su vida por los demás, quiere ser, en la palabra y en la conducta, un alma enamorada: un pecador quizá también, pero que confía siempre en el perdón y en la misericordia de Cristo»9.

Nadie, de ordinario, puede guiarse a sí mismo sin una ayuda extraordinaria de Dios. La falta de objetividad con que nos vemos a nosotros mismos, las pasiones... hacen difícil, quizá imposible, encontrar esos senderos, a veces pequeños, pero seguros, que nos llevan en la dirección justa. Por eso, desde muy antiguo, la Iglesia, siempre Madre, aconsejó ese gran medio de progreso interior que es la dirección espiritual. No esperemos gracias extraordinarias, en los días corrientes y en aquellos en que más necesitamos luz y claridad, si no quisiéramos utilizar aquellos medios que el Señor ha puesto a nuestro alcance. ¡Cuántas veces Jesús espera la sinceridad y la docilidad del alma para obrar el milagro! Nunca niega el Señor su gracia si acudimos a Él en la oración y en los medios por los cuales derrama sus gracias.

Santa Teresa, con la humildad de los santos, escribía: «Había de ser muy continua nuestra oración por estos que nos dan luz. ¿Qué seríamos sin ellos entre tan grandes tempestades como ahora tiene la Iglesia?»10. Y San Juan de la Cruz señalaba igualmente: «El que solo quiere estar, sin arrimo y guía, será como el árbol que está solo y sin dueño en el campo, que por más fruta que tenga, los viadores se la cogerán y no llegará a sazón.

»El árbol cultivado y guardado con los buenos cuidados de su dueño, da la fruta en el tiempo que de él se espera.

»El alma sola sin maestro, que tiene virtud, es como el carbón encendido que está solo; antes se irá enfriando que encendiendo»11.

No dejemos de acudir al Señor, con una oración más intensa cuanto mayores sean los obstáculos interiores o externos que tratan de impedir que nos dirijamos a Jesús que pasa a nuestro lado. No dejemos de acudir a esos medios normales, por los que Él obra milagros tan grandes.

III. Nuestra intención al acercarnos a la dirección espiritual es la de aprender a vivir según el querer divino. En el mismo San Pablo, a pesar del inicio extraordinario de su vocación, Dios quiso después seguir con él el camino normal, es decir, formarle y transmitirle su voluntad a través de otras personas. Ananías le impuso las manos y al instante cayeron de sus ojos una especie de escamas y recobró la vista12.

En quien nos ayuda vemos al mismo Cristo, que enseña, ilumina, cura y da alimento a nuestra alma para que siga su camino. Sin este sentido sobrenatural, sin esta fe, la dirección espiritual quedaría desvirtuada. Se transformaría en algo completamente distinto: un intercambio de opiniones, quizá. Este medio es una gran ayuda y presta mucha fortaleza cuando lo que realmente deseamos es averiguar la voluntad de Dios sobre nosotros e identificarnos con ella. No busquemos en la dirección espiritual a quien pueda resolver nuestros asuntos temporales; nos ayudará a santificarlos, nunca a organizarlos ni a resolverlos. No es esa su misión.

La conciencia de que, a través de aquella persona que cuenta con una gracia particular de Dios, nos acercamos al mismo Cristo, determinará nuestra confianza, la delicadeza, la sencillez y la sinceridad en este medio. Bartimeo se acercó a Jesús como quien camina hacia la Luz, a la Vida, a la Verdad, al Camino. Así nosotros, porque esa persona es un instrumento del Señor, a través de quien nos comunica gracias semejantes a las que habríamos obtenido si nos hubiéramos encontrado con Él en los caminos de Palestina. En la continuidad de la dirección espiritual se va forjando el alma; y, poco a poco, con derrotas y con victorias, vamos construyendo el edificio sobrenatural de la santidad: «¿Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? —Un ladrillo, y otro. Miles, Pero, uno a uno. —Y sacos de cemento, uno a uno. Y sillares, que suponen poco, ante la mole del conjunto. —Y trozos de hierro. —Y obreros que trabajan, día a día, las mismas horas...

»¿Viste cómo alzaron aquel edificio de grandeza imponente?... —¡A fuerza de cosas pequeñas!»13. Un cuadro se pinta pincelada a pincelada, un libro se escribe página a página, con amor paciente, y una maroma capaz de aguantar grandes pesos está tejida por un sinfín de hebras finas.

Si llevamos bien este medio de dirección espiritual, nos sentiremos como Bartimeo, que seguía en el camino a Jesús glorificando a Dios, lleno de alegría.

1 Lc 18, 35-43. — 2 Cfr. San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, 1, 2, 2. — 3 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 34. — 4 Mc 10, 46-52. — 5 San Gregorio Magno, o. c., 1, 2, 3. — 6 Cfr. Ibídem, 1, 2, 4. — 7 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 862. — 8 Cfr. Jn 9, 1 ss. — 9 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 34. — 10 Santa Teresa, Vida, 13, 10. — 11 San Juan de la Cruz, Dichos de luz y de amor, Apostolado de la Prensa, Madrid 1966, pp. 958-964. — 12 Cfr. Hech 9, 17-18. — 13 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 823.

 

 

“Dios no se cansa de nuestras infidelidades”

Ser pequeño: las grandes audacias son siempre de los niños. ¿Quién pide... la luna? ¿Quién no repara en peligros para conseguir su deseo? “Poned” en un niño “así”, mucha gracia de Dios, el deseo de hacer su Voluntad (de Dios), mucho amor a Jesús, toda la ciencia humana que su capacidad le permita adquirir... y tendréis retratado el carácter de los apóstoles de ahora, tal como indudablemente Dios los quiere. (Camino, 857)

16 de noviembreLa filiación divina es el fundamento del espíritu del Opus Dei. Todos los hombres son hijos de Dios. Pero un hijo puede reaccionar, frente a su padre, de muchas maneras. Hay que esforzarse por ser hijos que procuran darse cuenta de que el Señor, al querernos como hijos, ha hecho que vivamos en su casa, en medio de este mundo, que seamos de su familia, que lo suyo sea nuestro y lo nuestro suyo, que tengamos esa familiaridad y confianza con El que nos hace pedir, como el niño pequeño, ¡la luna!

Un hijo de Dios trata al Señor como Padre. Su trato no es un obsequio servil, ni una reverencia formal, de mera cortesía, sino que está lleno de sinceridad y de confianza. Dios no se escandaliza de los hombres. Dios no se cansa de nuestras infidelidades. Nuestro Padre del Cielo perdona cualquier ofensa, cuando el hijo vuelve de nuevo a El, cuando se arrepiente y pide perdón. Nuestro Señor es tan Padre, que previene nuestros deseos de ser perdonados, y se adelanta, abriéndonos los brazos con su gracia.

Mirad que no estoy inventando nada. Recordad aquella parábola que el Hijo de Dios nos contó para que entendiéramos el amor del Padre que está en los cielos: la parábola del hijo pródigo.

Cuando aún estaba lejos, dice la Escritura, lo vio su padre, y enterneciéronsele las entrañas y corriendo a su encuentro, le echó los brazos al cuello y le dio mil besos. Estas son las palabras del libro sagrado: le dio mil besos, se lo comía a besos. ¿Se puede hablar más humanamente? ¿Se puede describir de manera más gráfica el amor paternal de Dios por los hombres? (Es Cristo que pasa, 64)

 

 

Buscar soluciones para curar enfermedades en los países más pobres

La Universidad de Navarra ha impulsado el Instituto de Salud Tropical, un centro donde se investigarán enfermedades de países en desarrollo en colaboración con equipos de especialistas y universidades de 17 países.

INICIATIVAS15/12/2011

El Instituto de Salud Tropical de la Universidad de Navarra , promovido al igual que el CIMA a través de la Fundación para la Investigación Médica Aplicada, pretende encontrar soluciones a problemas que afectan a los países más pobres, especialmente a mujeres y niños. Estas enfermedades están presentes en cerca de 150 países, afectan a más de 1.000 millones de personas en África, América latina y Asia, por lo que provocan gran impacto socio-sanitario.

 

​Matías Jurado, Gerente del Instituto de Salud Tropical; Francisco Errasti Goenaga, Director General de la FIMA; Paul Alain Nguewa, Director del Instituto de Salud Tropical; y Javier Amo Fernández de Ávila, Consejero Delegado de Alpha Plus.

El Instituto de Salud Tropical está formado por 3 unidades de investigación que se centran en el estudio de enfermedades parasitarias, bacterianas y víricas. Inicialmente aborda 3 patologías, la enfermedad de Chagas, la brucelosis y la leishmaniasis. “Promueve una investigación científica orientada a mejorar la prevención y control, el diagnóstico y tratamiento de estas dolencias, con el fin de contribuir a su erradicación. El objetivo es ayudar a los países en desarrollo a participar en el estudio de estas enfermedades, fomentar la formación de sus científicos y agentes sanitarios y transferir conocimientos tecnológicos. Actualmente, el grupo de trabajo colabora con 20 centros de investigación y universidades de 15 países”, explica el Dr. Paul Nguewa, director del centro. Se prevé que el equipo de científicos que trabajan en estas pandemias cuente con

más 50 profesionales, entre investigadores y técnicos.

 

​Equipo de Enfermedad de Chagas 

El nuevo centro nace de la experiencia de la Universidad de Navarra que, a través de las facultades de Ciencias Farmacia Medicina Enfermería , del CIMA, del Centro de Investigación en Farmacobiología Aplicada (CIFA) y de la Clínica Universidad de Navarra , investiga desde hace décadas en algunas de las llamadas “enfermedades olvidadas”.

Primeras iniciativas solidarias

Francisco Errasti, director de la Fundación para la Investigación Médica Aplicada (FIMA); y el dr. Paul A. Nguewa y Matías Jurado, director y gerente del Instituto de Salud Tropical, respectivamente, expusieron los objetivos del instituto y las primeras acciones realizadas, entre las que se encuentran un acuerdo de colaboración con Alpha Plus y otro con Vodafone.

 

​Equipo del Instituto de Salud Tropical 

"Todos podemos colaborar con la investigación biomédica", asegura Francisco Errasti, director general de CIMA y miembro de la junta directiva del Instituto de Salud Tropical. Esta entidad ha firmado un acuerdo de colaboración con la gestora de fondos Alpha Plus por el cual se dona la mitad de la comisión de gestión del plan de pensiones AP Horizonte para financiar la investigación en enfermedades del Tercer Mundo. Traspasar el plan es gratuito y se mantienen las mismas ventajas fiscales, a la vez que se contribuye sin ningún coste ni esfuerzo a este proyecto. Además, los clientes de Vodafone también pueden colaborar enviando un SMS con la palabra CIMA al 28052. El importe íntegro (1,2€) del mensaje se donará al proyecto.

50 profesionales para tres unidades de investigación

El Instituto de Salud Tropical tendrá más de 50 profesionales y tendrá tres unidades de investigación en cinco laboratorios. Más de mil millones de personas sufren una o varias enfermedades tropicales:

 

​Equipo de Laboratorio de Vacunas

Enfermedad de Chagas. Afecta a 10 millones de personas. Se transmite a humanos por la picadura de un insecto (chinches del género Triatoma). Sólo existe tratamiento para la fase aguda y con fármacos tóxicos y mal tolerados. Provoca, en fase crónica, daños en el corazón, esqueleto y puede conducir a un fallo cardíaco.

Brucelosis  (Fiebre de Malta). El 80% de la población está en riesgo de contraer esta enfermedad infecciosa por exposición a animales domésticos afectados. Por eso, es imprescindible el control animal. Causa fiebre, artritis, debilidad general, etc.

Leishmaniasis. Cada año se diagnostican 2 millones de casos. Son enfermedades producidas por parásitos y se transmiten por la picadura de flebotomo (pequeño mosquito). Hay pocos fármacos y tóxicos. Puede afectar al hígado y al bazo.

​ Instituto de Salud Tropical de la Universidad de Navarra

​ "Una investigación del Instituto de Salud Tropical ha sido premiada en una conferencia internacional"

Trabajo y descanso

La llamada divina a trabajar incluye la necesidad del descanso. Como se deduce del relato de la creación, «la alternancia entre trabajo y descanso, propia de la naturaleza humana, es querida por Dios mismo».

TRABAJO

«El hombre tiene que imitar a Dios tanto trabajando como descansando, dado que Dios mismo ha querido presentarle la propia obra creadora bajo la forma del trabajo y del descanso» [1].

Estas palabras de Juan Pablo II hacen referencia al relato de la Creación, primer «evangelio del trabajo» [2]. El autor sagrado, después de narrar cómo Dios, durante seis días, da la existencia al cielo, a la tierra y a todo su ornato, concluye: "Terminó Dios en el día séptimo la obra que había hecho, y descansó en el día séptimo de toda la obra que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó, porque ese día descansó Dios de toda la obra que había realizado en la creación" [3].

A partir de entonces, corresponde al hombre perfeccionar esa obra divina mediante su trabajo [4], sin olvidar que él es también criatura, fruto del amor de Dios y llamado a la unión definitiva con Él. El descanso del día séptimo, que Dios santifica, tiene para el hombre un hondo significado: además de una necesidad, es tiempo apropiado para reconocer a Dios como autor y Señor de todo lo creado, y anticipo del descanso y alegría definitivos en la Resurrección.

LA FAMILIA, ESPACIO ESPIRITUAL, ES UNA ESCUELA PARA APRENDER A DESCANSAR PENSANDO EN LOS DEMÁS.

Una vida que transcurriese sumergida en los afanes del trabajo, sin considerar el fundamento del que todo proviene y el sentido –el fin– hacia el que todo tiende, «correría el peligro de olvidar que Dios es el Creador, del cual depende todo» [5], y hacia el cual todo se orienta.

Hacer todo para la gloria de Dios –la unidad de vida– es vivir con fundamento sólido y con sentido y fin sobrenaturales, es descansar en la filiación divina dentro del propio trabajo y convertir el descanso en servicio a Dios y a los demás [6].

Situar el trabajo y el descanso

El trabajo es un don de Dios y la misma creación es ya una llamada [7]: el hecho de que Dios llame a la existencia a una criatura libre, y la cree por amor, lleva implícita una vocación a corresponder. El trabajo es ámbito de encuentro entre la libertad creadora de Dios y la libertad del hombre, lugar de respuesta, y por tanto de oración hecha obras y de contemplación. Viendo la mano de Dios en todas las cosas, y especialmente en los demás hombres y en sí misma, la criatura se esfuerza para llevar todo a la perfección querida por Dios, buscando así su propia plenitud.

La invitación divina a trabajar es consecuencia de un corazón de Padre que quiere contar con la colaboración de sus hijos. El esfuerzo que esa tarea conlleva ha de ser humilde, filial, respuesta de amor y no iniciativa autónoma que busque la propia gloria.

Se podría aplicar al trabajo aquella imagen de nuestro Padre, en la que un pequeño se acerca a un grupo pescadores que tiraban de la red con enorme fuerza: agarró la cuerda con sus manecitas y comenzó a tirar con evidente torpeza. Aquellos pescadores rudos, nada refinados, debieron de sentir su corazón estremecerse y permitieron que el pequeño colaborase; no lo apartaron, aunque más bien estorbaba [8].

Dios conoce bien a sus criaturas. Al mismo tiempo que nos invita a colaborar con Él, sabe que nuestra naturaleza es frágil y quebradiza. La llamada divina a trabajar incluye la necesidad del descanso. Como se deduce del relato de la creación, «la alternancia entre trabajo y descanso, propia de la naturaleza humana, es querida por Dios mismo» [9].

SABIENDO QUE SOMOS DE DIOS Y QUE NO NOS PERTENECEMOS, TENEMOS LA RESPONSABILIDAD DE CUIDAR LA SALUD, DE ESTAR EN CONDICIONES DE DAR A DIOS TODA LA GLORIA.

Esta necesidad parte, en primer lugar, de la limitación física. Sobrestimar las propias fuerzas o un espíritu de sacrificio mal entendido podrían dar lugar a daños en la salud que Dios no quiere y que, a la larga, condicionarían la disponibilidad para servirle. Sin embargo, en algún momento, el Señor puede pedirnos mayor desgaste, situaciones que exijan un desprendimiento heroico incluso de la propia salud para cumplir su Voluntad.

Don Álvaro, saliendo a la calle con cuarenta grados de fiebre para buscar medios económicos, mientras se levantaban los edificios de Villa Tevere, es un ejemplo de ese amor sin condiciones.

Pero, por el mismo motivo –servir a Dios–, es bueno dedicar el tiempo necesario al descanso, como nuestro Padre ha señalado en numerosas ocasiones: Me parece, por eso, oportuno recordaros la conveniencia del descanso. Si llegara la enfermedad, la recibiremos con alegría, como venida de la mano de Dios; pero no podemos provocarla con nuestra imprudencia: somos hombres, y necesitamos reponer las fuerzas de nuestro cuerpo [10].

Sería una pena que, pudiendo descansar, mermaran las fuerzas por falta de reposo. Sabiendo que somos de Dios y que no nos pertenecemos, tenemos la responsabilidad de cuidar la salud, de estar en condiciones de dar a Dios toda la gloria.

El descanso es también una necesidad espiritual, «es una cosa sagrada, siendo para el hombre la condición para liberarse de la serie, a veces excesivamente absorbente, de los compromisos terrenos y tomar conciencia de que todo es obra de Dios» [11].

Salir de las exigentes solicitaciones –plazos, proyectos, riesgos, incertidumbres– que demanda el trabajo profesional, facilita el sosiego necesario para redimensionar la existencia y la propia tarea.

Saber despegarse periódicamente de esos reclamos supone, en ocasiones, un acto de abandono en el Señor, y contribuye a relativizar la importancia material de lo que hacemos, «persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio» [12].

Trabajamos por fidelidad, por amor, para que Dios se sirva –ha querido servirse– de nuestra entrega, sin atribuirnos la eficacia: ni el que planta es nada, ni el que riega, sino el que da el crecimiento, Dios [13]. La interrupción de la tarea habitual ayuda a valorar la desproporción entre nuestra aportación personal y los frutos de santidad y de apostolado que produce.

Si somos objetivos, con la objetividad que dan la fe y el trato con el Señor, veremos que también el esfuerzo que ponemos en el trabajo es don de Dios que sostiene, guía y empuja. El trabajo profesional –en el laboratorio, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia–, siendo el eje de la santidad, y la actividad que de algún modo estructura la existencia, no debe absorber otras facetas igualmente importantes.

«Por tanto, si después de seis días de trabajo el hombre busca un tiempo de distensión y de más atención a otros aspectos de la propia vida, esto responde a una auténtica necesidad, en plena armonía con la perspectiva del mensaje evangélico» [14]. Dedicar tiempo a la familia, a los amigos; emplearlo para incrementar la formación y la cultura y para tratar al Señor con más calma suponen también excelentes ocasiones para buscar la santidad en las que «las preocupaciones y las tareas diarias pueden encontrar su justa dimensión: las cosas materiales por las cuales nos inquietamos dejan paso a los valores del espíritu; las personas con las que convivimos recuperan, en el encuentro y en el diálogo más sereno, su verdadero rostro» [15].

El descanso responde también, por tanto, a la necesidad de vigilar, de pararse a rectificar el rumbo para poner a Dios en el centro y descubrirle en los demás. Las Convivencias, un paseo con la familia, los ratos de oración, las tertulias, los tiempos de retiro..., cada uno de estos ejemplos, a su modo, está en consonancia con esa necesidad y contiene notas esenciales de lo que significa descansar con sentido.

Reponer fuerzas en el cuerpo y en el espíritu: un cambio de actividad –el descanso no es no hacer nada–, que se distancia de las preocupaciones diarias, situándolas en su justa medida.

Esto es particularmente importante en ambientes donde una competitividad desmesurada, movida muchas veces por el deseo de gloria humana, tiende a absorber tal cantidad de tiempo y energías que hacen difícil atender otras obligaciones. El obrar de Dios es el modelo del obrar humano. Si Dios tomó respiro el día séptimo, también el hombre debe reponerse y hacer que quienes están a su lado, especialmente los más necesitados, recobren aliento [16].

«En esta perspectiva, el descanso dominical y festivo adquiere una dimensión profética, afirmando no sólo la primacía absoluta de Dios, sino también la primacía y la dignidad de la persona en relación con las exigencias de la vida social y económica, anticipando, en cierto modo, los cielos nuevos y la tierra nueva, donde la liberación de la esclavitud de las necesidades será definitiva y total. En resumen, el día del Señor se convierte así también, en el modo más propio, en el día del hombre» [17].

Anticipo de la Resurrección

Con la plenitud de la Revelación, en Cristo, el trabajo y el descanso alcanzan una comprensión más plena, insertados en la dimensión salvadora: el descanso como anticipo de la Resurrección ilumina la fatiga del trabajo como unión a la Cruz de Cristo.

«Mi Padre sigue obrando todavía... (Jn 5, 17); obra con la fuerza creadora, sosteniendo en la existencia al mundo que ha llamado de la nada al ser, y obra con la fuerza salvífica en los corazones de los hombres, a quienes ha destinado desde el principio al descanso (Hb 4, 1; 9-16) en unión consigo mismo, en la casa del Padre (Jn 14, 2)» [18].

Así como en Cristo, Cruz y Resurrección forman una unidad inseparable, aunque sean dos acontecimientos históricos sucesivos, análogamente, el trabajo y el descanso deben estar integrados en unidad vital. Por eso,más allá de la sucesión temporal, del cambio de ocupación que supone el descanso respecto al trabajo, se descansa en el Señor, se descansa en la filiación divina.

Esta nueva perspectiva introduce el descanso junto al propio trabajo, como una tarea filial, sin quitar al trabajo lo que tiene de esfuerzo y fatiga. Lo que queda excluido es otro género de cansancio bien distinto, que se deriva de trabajar por el orgullo de buscar como meta suprema la afirmación personal, o de trabajar sólo por motivos humanos. Ese cansancio, Dios no lo quiere: En vano madrugáis, y os vais tarde a descansar los que coméis el pan de fatigas [19].

Descansad, hijos, en la filiación divina. Dios es un Padre, lleno de ternura, de infinito amor. Llamadle Padre muchas veces, y decidle –a solas– que le queréis, que le queréis muchísimo: que sentís el orgullo y la fuerza de ser hijos suyos [20].

Esa fuerza de ser hijos de Dios conduce a un trabajo más sacrificado, a una mayor abnegación, hasta abrazar la Cruz de cada día con la fuerza del Espíritu Santo, para cumplir ahí la Voluntad de Dios, sin desfallecer; permite trabajar sin descanso, porque el cansancio del trabajo pasa a ser redentor. Entonces, vale la pena empeñarse con todas las energías en la tarea porque ya no sólo se están obteniendo frutos materiales, sino que se está llevando el mundo a Cristo.

Cuando se trabaja con esa disposición, más allá del esfuerzo humano de hacer fructificar los talentos, aparece el fruto sobrenatural de paz y alegría: Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor [21], y la fecundidad apostólica: Muy bien, siervo bueno, porque has sido fiel en lo poco, ten potestad sobre diez ciudades [22].

Por lo tanto, el trabajo «no puede consistir en el mero ejercicio de las fuerzas humanas en una acción exterior; debe dejar un espacio interior, donde el hombre, convirtiéndose cada vez más en lo que por voluntad divina tiene que ser, se va preparando a aquel “descanso” que el Señor reserva a sus siervos y amigos» [23].

En el episodio de la Transfiguración se narra que seis días después de anunciar su Pasión y muerte, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los condujo a un monte alto, a ellos solos. Y se transfiguró ante ellos [24]. Santo Tomás, comentando este pasaje, relaciona el día séptimo en el que Dios descansó de la obra creadora con el séptimo día –seis días después– en que el Señor se manifestó a sus discípulos para mostrarles un anticipo de la Resurrección gloriosa, para que, levantando la mirada, no se quedasen en una visón terrena [25]. Los tres discípulos, admirados ante la contemplación de la gloria, ante la presencia del fin al que están llamados, expresan la alegría de descansar en el Señor y con el Señor: qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas [26] –afirma Pedro–, viviendo anticipadamente la alegría y la paz del Cielo. Ese momento no iba a perpetuarse todavía. Sin embargo, la luz y la paz del Tabor serán fuerza para continuar el camino que, pasando por la Cruz, conduce a la Resurrección.

También nosotros hallamos descanso en el abandono filial: la paz y la serenidad de quien sabe que detrás del cansancio, las dificultades y las preocupaciones propias de nuestra condición terrena, hay un Padre eterno y omnipotente, que nos sostiene. Trabajar con visión de eternidad evita preocupaciones inútiles y desasosiegos infecundos y anima cualquier tarea con el deseo de ver definitivamente el rostro de Cristo.

TRABAJAR CON VISIÓN DE ETERNIDAD EVITA PREOCUPACIONES INÚTILES Y DESASOSIEGOS INFECUNDOS.

Santificar el descanso, y especialmente el domingo –paradigma del descanso cristiano que celebra la Resurrección del Señor–, ayuda a descubrir el sentido de eternidad y contribuye a renovar la esperanza: «el domingo significa el día verdaderamente único que seguirá al tiempo actual, el día sin término que no conocerá ni tarde ni mañana, el siglo imperecedero que no podrá envejecer; el domingo es el preanuncio incesante de la vida sin fin que reanima la esperanza de los cristianos y los alienta en su camino» [27].

Santificar el descanso y las diversiones

Los primeros cristianos vivían su fe en un ambiente hedonista y pagano. Desde el principio, se dieron cuenta de que no se puede compatibilizar el seguimiento de Cristo con formas de descansar y de divertirse que pervierten y deshumanizan.

San Agustín, en referencia a espectáculos de este tipo, decía en una homilía: «Niégate a ir, reprimiendo en tu corazón la concupiscencia temporal, y mantente en una actitud fuerte y perseverante» [28]. No es extraño que se repitan ahora, en ambientes neopaganos, manifestaciones clamorosas de esa indigencia espiritual.

Es preciso discernir «entre los medios de la cultura y las diversiones que la sociedad ofrece, los que estén más de acuerdo con una vida conforme a los preceptos del Evangelio» [29].

No se trata de permanecer en un ambiente cerrado. Es necesario ponerse en marcha, con iniciativa, con valentía, con verdadero amor a las almas, de modo que cada uno nos esforcemos para transmitir en los ambientes sociales el sentido y el gozo cristiano del descanso. Como nos recordaba don Álvaro, es una labor importante para cada uno la creación de lugares en los que impere un tono cristiano en las relaciones sociales, en las diversiones, en el aprovechamiento del tiempo libre [30].

Jesús, María y José nos muestran cómo hay en la vida familiar tiempo para el descanso y para la fiesta: iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua [31]. La familia, espacio espiritual, es una escuela para aprender a descansar pensando en los demás. Para ello conviene programar bien las vacaciones, emplear los tiempos de descanso para estar con los hijos, para conocerles bien y conversar con ellos, para jugar con los más pequeños...

ES PRECISO APRENDER A PASARLO BIEN EN FAMILIA, SIN CAER EN LA SOLUCIÓN FÁCIL DE DEJAR A LOS MÁS JÓVENES SOLOS FRENTE AL TELEVISOR O NAVEGANDO EN INTERNET.

Es preciso aprender a pasarlo bien en familia, sin caer en la solución fácil de dejar a los más jóvenes solos frente al televisor o navegando en Internet. En este sentido, seleccionar en la televisión cuáles son los programas más interesantes y verlos junto a los hijos, o enseñar a utilizar el ordenador con sobriedad, sabiendo en cada momento para qué se usa –principalmente como herramienta de trabajo–, adquieren hoy una importancia no pequeña.

El Evangelio de San Lucas muestra también cómo el niño Jesús, movido por el Espíritu Santo, aprovecha la subida a Jerusalén con motivo de la fiesta de la Pascua para iluminar a los hombres: Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas [32].

El descanso no es una interrupción de la tarea apostólica. Al contrario, abre nuevas posibilidades, nuevas ocasiones de profundizar en la amistad y conocer personas y ambientes a los que llevar la luz de Cristo.

El Concilio Vaticano II anima a todos los cristianos a esta imponente labor: a cooperar «para que las manifestaciones y actividades culturales colectivas, propias de nuestro tiempo, se humanicen y se impregnen de espíritu cristiano» [33].

La Iglesia está necesitada de personas que actúen, con mentalidad laical, en este campo de la nueva evangelizaciónUrge recristianizar las fiestas y costumbres populares. –Urge evitar que los espectáculos públicos se vean en esta disyuntiva: o ñoños o paganos. Pide al Señor que haya quien trabaje en esa labor de urgencia, que podemos llamar “apostolado de la diversión” [34].

F. J. López Díaz

C. Ruiz Montoya


1. Juan Pablo II, Litt. enc. Laborem exercens, 14-IX-1981, n. 25.

2. Ibid.

3. Gn 2, 1-3.

4. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 307.

5. Juan Pablo II, Litt. apost. Dies Domini, 31-V-1998, n. 65.

6. A solas con Dios, n. 29.

7. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2566.

8. Amigos de Dios, n.14.

9. Juan Pablo II, Litt. apost. Dies Domini, 31-V-1998, n. 65.

10. De nuestro Padre, Carta 15-X-1948, n. 14.

11. Juan Pablo II, Litt. apost. Dies Domini, 31-V-1998, n. 65.

12. Juan Pablo II, Litt. enc. Laborem exercens, 14-IX-1981, n. 25.

13. 1 Cor 3, 7.

14. Juan Pablo II, Litt. apost. Dies Domini, 31-V-1998, n. 67.

15. Ibid.

16. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2172.

17. Juan Pablo II, Litt. apost. Dies Domini, 31-V-1998, n. 68.

18. Juan Pablo II, Litt. enc. Laborem exercens, 14-IX-1981, n. 25.

19. Sal 127 [126], 2.

20. A solas con Dios, n. 221.

21. Mt 25, 21 y 23.

22. Lc 19, 17.

23. Juan Pablo II, Litt. enc. Laborem exercens, 14-IX-1981, n. 25.

24. Mt 17, 1-4.

25. Cfr. Santo Tomás, In Matth. Ev., XVII, 1.

26. Mt 17, 4.

27. Cfr. Juan Pablo II, Litt. apost. Dies Domini, 31-V-1998, n. 26.

28. San Agustín, Sermo 88, 17.

29. Juan Pablo II, Litt. apost. Dies Domini, 31-V-1998, n. 68.

30. Don Álvaro, Cartas de Familia (1), n. 386.

31. Lc 2, 41.

32. Lc 2, 47.

33. Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 61.

34. Camino, n. 975.

 

El derecho de los padres a la educación de sus hijos (II)

En este texto se explica que, junto con la familia, también el Estado y la Iglesia poseen obligaciones ineludibles en el campo de la educación.

FAMILIA18/01/2011

En el artículo precedente se habló del fundamento natural del derecho de los padres a la educación de sus propios hijos, y del carácter universal e irrenunciable de ese derecho.

Ciertamente, de esa consideración es fácil pasar a entender la escuela como prolongación de la labor formativa que se ha de llevar a cabo en el propio hogar. Y, sin embargo, hay que afirmar que no sólo los padres son legítimamente competentes en cuestiones que tienen que ver con la educación: el Estado, y también la Iglesia, por otros títulos, poseen obligaciones ineludibles en este campo.

La función del estado en materia de educación

Son múltiples las razones que justifican el interés de los poderes públicos por la enseñanza. Desde el punto de vista práctico, es un hecho contrastado a nivel internacional que el crecimiento efectivo de la libertad y el progreso socio-económico de las sociedades se basa en la necesidad de que los poderes públicos garanticen un cierto nivel cultural en la población; pues una sociedad compleja sólo podrá funcionar correctamente si se da una adecuada distribución de la información y los conocimientos proporcionados para su oportuna gestión; así como la suficiente comprensión de las virtudes y de las normas que posibilitan la convivencia civil y condicionan los comportamientos individuales y colectivos.

Basta pensar, por ejemplo, en la importancia de combatir el analfabetismo para mejorar la justicia social, para entender que el Estado tiene poderes, funciones y derechos indeclinables en materia de promoción y difusión de la educación, a la que todo hombre tiene un derecho inalienable (1).

Esto justifica, como concreta exigencia del bien común, que el ordenamiento estatal establezca ciertos niveles de enseñanza cuyo eficaz aprovechamiento puede legítimamente condicionar el acceso a determinadas carreras universitarias o a otros tipos de actividades profesionales.

En este contexto, se puede plantear el problema de si las competencias de los padres y las del Estado resultan desacordes o incompatibles o, por el contrario, pueden llegar a ser complementarias. En todo caso, cabe preguntarse: ¿cómo se relacionan entre sí?, ¿hasta dónde puede legislar el Estado sin suplantar el derecho de los padres, o cuándo podría intervenir para garantizar los derechos de los niños frente a sus padres?

En realidad, se trata de cuestiones que no tocan la función que, de suyo, respecto a la enseñanza, corresponde al Estado. Sin embargo, contrariamente a lo que sería deseable, se observa una tendencia en los poderes públicos, que se viene manifestando en muchos países al menos desde el siglo XVIII, a asumir de modo cada vez más exclusivo la función educativa, alcanzando en ocasiones niveles de monopolio casi total de la escuela.

En el fondo de este interés se encuentra la pretensión de extender a todas las personas una ética única, que correspondería a una moral ciudadana cuyo contenido estaría formado por unos mínimos principios éticos de validez universal y compartidos por todos; y que en los casos más extremos ha caído en una concepción casi totalitaria, pues pretende sustituir al ciudadano en la responsabilidad de poseer un propio juicio de moralidad y de conciencia, impidiendo otros proyectos o estilos de vida que no sean los promovidos desde la opinión pública creada o sostenida por el Estado.

El instrumento para impulsar estos objetivos ha sido la defensa a ultranza de la enseñanza neutra en la llamada escuela pública, el aislamiento o el ahogo económico de las iniciativas de enseñanza nacidas en el seno de la sociedad civil o, de modo indirecto, el establecimiento por la legislación estatal de requisitos de homologación o programación general con tal grado de concreción y exhaustividad que eliminan en la práctica las posibilidades de especificidad de las alternativas de carácter social, dando lugar por la vía de los hechos a un monopolio sobre la educación, o a la existencia puramente formal del pluralismo escolar.

En estos contextos, se puede afirmar que la pretendida neutralidad de los programas estatales es sólo aparente, pues implican una concreta posición ideológica. Además, en Occidente, se puede constatar que ese tipo de iniciativas suelen estar relacionadas con el deseo de emancipar la cultura humana de toda concepción religiosa, o con el afán de relativizar bienes morales que son fundamentales, como el sentido de la afectividad y del amor, de la maternidad, el derecho a la vida desde el primer instante de la concepción hasta la muerte natural...

En los últimos años, esta postura ha sido reforzada al aplicar a la escuela principios más propios del ámbito universitario, como la libertad de cátedra y de expresión de quien se dedica a la función docente. De ese modo, la libertad educativa se ve restringida a la presunta libertad que tendría el profesor para expresar sus ideas y formar a su capricho a sus alumnos, como una concesión que le ha delegado el Estado.

En el fondo de esos modos de concebir la libertad se aprecia un profundo pesimismo acerca de las posibilidades de la persona humana y de la capacidad de los padres, y de la sociedad en general, para garantizar una formación en la virtud y en la responsabilidad ciudadana a los hijos.

Las dificultades se superan cuando se considera que la escuela cumple una función de suplencia respecto de los padres, y que «los poderes públicos tienen el deber de garantizar este derecho de los padres y de asegurar las condiciones reales de su ejercicio» (2), es decir, deben ser guiados por el principio de subsidiariedad.

La libertad de enseñanza

La defensa del derecho de los padres a la educación de los hijos en el ámbito escolar, sea respecto a la extralimitación de los poderes públicos, sea respecto a las pretensiones ideologizantes del profesor, es lo que usualmente se denomina libertad de enseñanza o también libertad de educación. Es el mismo derecho natural de los padres visto desde la perspectiva de la relaciones con el Estado o con otros agentes educativos.

La libertad de enseñanza es, por tanto, un derecho humano que tiene como sujeto a los padres de familia para educar a sus hijos según sus preferencias, que pueden ser de todo tipo (3): desde cuestiones que afectan al currículo (la elección de los idiomas, o de los deportes que se practican), hasta metodológicas o pedagógicas (donde entra, por ejemplo, la enseñanza diferenciada u otros aspectos de índole más bien disciplinar).

Lógicamente, cabe en este campo la orientación religiosa: es normal que un padre desee educar a su hijo en su misma fe, de un modo coherente con lo que cree y practica. No se trata, pues, de una cuestión confesional o ideológica, sino del mismo derecho natural de los padres.

Esta libertad garantiza que serán ellos quienes se ocuparán de la educación de sus hijos, bien por sí mismos, bien eligiendo las escuelas u otros medios que consideren oportunos o necesarios, o también creando sus propios centros de educación. El Estado tiene evidentes funciones de promoción, de control, de vigilancia. Y eso exige igualdad de oportunidades entre la iniciativa privada y la del Estado: vigilar no es poner obstáculos, ni impedir o coartar la libertad (4).

En cualquier caso, este derecho no se limita al ámbito doméstico, sino que justamente tiene como objeto propio la enseñanza, que satisface la obligación legítimamente impuesta por el poder público acerca de llevar a cabo una instrucción mínima del menor, es decir, durante todo el tiempo en que el hijo se encuentre bajo la tutela de sus padres.

En consecuencia, la libertad de enseñanza no versa sobre cualquier tipo de educación, sino que se refiere a las actividades educativas que tienen una concreta relevancia social, de modo que la educación recibida por el menor de edad tenga valor jurídico. La libertad de enseñanza conlleva, por tanto, admitir que no sólo la escuela estatal es capaz de certificar el cumplimiento de la obligación de la instrucción mínima establecida legítimamente por el poder público.

Durante este tiempo de minoría de edad, la actividad de los profesores no se rige por la libre transmisión de conocimientos ni por la libertad de investigación propia del ámbito y quehacer universitario; los profesores actúan principalmente como delegados de los padres, poniendo a su servicio el talento profesional que poseen para cooperar con ellos en el tipo de educación que quieren proporcionar a sus hijos.

En el ámbito de la escuela, la actividad docente del profesor es una actividad que habría que calificar de “paterna”, nunca una actividad ideológica. La libertad de enseñanza se rebela ante el cambio de paradigma que implica la sustitución del principio según el cual la escuela actúa como delegada de los padres, por aquel otro que sostiene que la escuela actúa como agente ideológico-administrativo de los poderes estatales.

El deber de intervenir en el ámbito público en materia de educación

Todos los ciudadanos, y de modo especial los padres, individualmente o unidos en asociaciones, pueden y deben intervenir en el ámbito público cuando está en juego la educación, aspecto fundamental del bien común.

Hay dos puntos capitales en la vida de los pueblos: las leyes sobre el matrimonio y las leyes sobre la enseñanza; y ahí, los hijos de Dios tienen que estar firmes, luchar bien y con nobleza, por amor a todas las criaturas

 

(5).

Esta firmeza, que corresponde soberanamente a la familia fundada en el matrimonio, se apoya en una potestad que es originaria –no concedida por el Estado, ni por la sociedad, sino anterior a ellos pues tiene su fundamento en la naturaleza humana– y, por tanto, debe aspirar a ver reconocido el derecho propio de los padres a educar a los hijos por sí mismos o el derecho para delegar dicha actividad en quienes deseen poner su confianza, en tanto que manifestación de la subjetividad social de la familia, y ámbito de soberanía frente a otros poderes que pretendan interferir en dicha actividad. Tal actitud por parte de los padres requiere a su vez gran espíritu de responsabilidad e iniciativa.

J.A. Araña

C.J. Errázuriz


1. Cfr. Juan Pablo II, Alocución a la UNESCO , 2-VI-1980; Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Libertatis conscientia , n. 92.

2. Catecismo de la Iglesia Católica , n. 2229.

3. Cfr. Ibid .

4. San Josemaría, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer , n. 79.

5. San Josemaría, Forja , n. 104.

​ El derecho de los padres a la educación de sus hijos (I).

La vocación natural de la familia es la educación de los hijos

Durante la audiencia general el Papa Francisco habló de la dimensión educativa de la familia. Dijo que los padres deben aprender a exigir a los hijos, con paciencia pero sin exasperarlos.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA20/05/2015

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy deseo reflexionar sobre la educación de los hijos como vocación natural de la familia.

La alianza educativa está en crisis en nuestros días. Está rota. Los síntomas son muchos: por una parte hay tensiones y desconfianza entre padres y educadores; por otra parte, cada vez son más los “expertos" que pretenden ocupar el papel de los padres, los cuales quedan relegados a un segundo lugar.

Es necesario favorecer la armonía, el diálogo y la colaboración entre los diversos agentes de la educación. El papel de los padres es insustituible, solo ellos pueden compensar algunos errores. Sin embargo, a veces se encuentran paralizados por miedo a equivocarse, ante la complejidad de la vida actual y las nuevas exigencias de sus hijos.

La Iglesia está llamada a acompañar la misión educativa de los padres, sobre todo con la luz de la Palabra de Dios, que funda la familia sobre el amor. El mismo Jesús recibió una educación familiar, que le ayudó a crecer en edad, sabiduría y gracia.

Si la educación familiar recobra su protagonismo, muchas cosas cambiarán para bien. Es hora de que los padres y las madres regresen de su exilio –se han exiliado de la educación de los hijos– y se impliquen plenamente en la educación de sus hijos.


Saludos

Saludo a los peregrinos de lengua española. En primer lugar, quiero saludar al nuevo Presidente del CELAM, el Cardenal de Bogotá, recientemente electo en la Asamblea. ¡Buen trabajo! También saludo a los fieles de la Archidiócesis de Toledo, acompañados por su Pastor, Mons. Braulio Rodríguez Plaza –saben hacer rumor ustedes, ¿eh?–, así como a los grupos venidos de España, México, Argentina, Panamá. Chile y otros países latinoamericanos. Pidamos al Señor que dé a los padres la confianza, la libertad y el valor necesarios para cumplir fielmente su misión educativa. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

 

 

Una Luz al final del camino

Ernesto Juliá

photo_cameraEspectáculo de luz en el Santuario de Fátima.

Es la Luz que algunos cristianos poco creyentes, y no practicantes, añoran y descubren de nuevo al final de su vida. Otros, por desgracia, la rechazan, y se quedan solos y a oscuras.

Carballedo: “El patriotismo es una virtud cívica que implica sacrificios”

La compañía con Cristo que vive el creyente, aunque en algún momento pueda presentarse en medio de tinieblas y oscuridades, se nubla o desaparece en las personas que han dejado de relacionarse con Dios, con el mismo Dios que les ha creado y que de una forma u otra les espera en la muerte.

Al estar bautizado una luz queda indeleble en el alma de esa persona. Una luz, un palpitar que no le avasalla, que no le quita en ningún momento la libertad. Y que viene a ser como un recuerdo de las palabras de una madre que le ha enseñado a rezar, que él puede escuchar o rechazar y hacer oídos sordos al susurrar de ese clamor. No deja de ser nunca hijo de su madre; no deja tampoco de ser hijo de Dios.

Esta oración de un soldado ruso, que no descarto que hubiera sido bautizado habiendo nacido seguramente en el seno de una familia ortodoxa, es en mi opinión un testimonio muy vivo de lo que acabamos de señalar. A muy pocos minutos del asalto que acabó con su vida dejó escrito:

“¡Escucha, oh Dios! En mi vida no he hablado ni una sola vez contigo,

Pero hoy me vienen ganas de hacer fiesta.

Desde pequeño me han dicho siempre que Tú no existes…

Y yo, como un idiota, lo he creído (…)

En este instante he comprendido que terrible es el engaño.

No sé, oh Dios, si me darás tu mano,

Pero te digo que Tú me entiendes.

¿No es algo raro que en medio de un espantoso infierno

se me haya aparecido la luz y te haya descubierto?

No tengo nada más que decirte,

Me siento feliz, pues te he conocido.

Pero, ¿qué me pasa? ¿Lloro?

Me tengo que ir.

¡Qué bien se estaba contigo!

“Y si bien hasta ahora no he sido tu amigo, cuando vaya,

¿me dejarás entrar? (…)

Sólo ahora he comenzado a ver con claridad.

Qué raro, ahora la muerte no me da miedo”.

En el alma de este soldado, y en los momentos que fueron los últimos de su vida en la tierra, un cañonazo que hace saltar una trinchera cercana, despierta en su alma el aroma de Dios oculto en su corazón desde el bautismo.

Algo semejante, sin necesidad de ningún especial sobresalto emocional, ha sucedido a muchas personas que vivían su increencia sin aceptar del todo su condición, y que, en algún que otro momento de sus años, han elevado un recuerdo, quizá ni siquiera una oración, a una imagen de Cristo o de la Virgen, y que han despertado a Cristo en su corazón, acercándose a morir. 

“Hace tanto tiempo” con un profundo sentido de melancolía, de haber perdido el tiempo, un bautizado, profesor de universidad, se enfrentó con su anunciada muerte.  Llevaba muchos años sin elevar su corazón a Dios, sin pararse en una iglesia; sin siquiera pensar en el más allá de la muerte. Trató de convencerse de que todo se acababa con la muerte. La nostalgia del Ave María aprendida de los labios de su madre, despertó en su espíritu la nostalgia de Dios, la persona y el amor de Cristo, y el futuro de la Resurrección. Murió llorando.

El bautizado que abandona su fe se puede construir mundos propios, ideales propios, etc., etc., pero nunca se hará con el profundo sentido de su propia vida personal. Acabará siendo un individuo, pero no tendrá la vivencia de ser persona, enraizado con su creador, con sus propios padres. En el fondo, con una corriente real de vida.

Quizá intentará terminar su recorrido por este mundo haciendo esfuerzos para refugiarse viéndose como fruto de una evolución sin objetivo alguno, y podría pensar que no le preocupa en absoluto la muerte: no sería extraño: a los que ya están muertos, a los que han dejado de pensar, la muerte no tiene ya nada que decirles, salvo que es el fin definitivo de su existencia, que en la tierra se acaba todo, y nublar así su horizonte para siempre: sería su propio infierno.

Esta es la situación en la que se encuentran no pocos bautizados que han abandonado la fe y que han querido arrancar a Dios, a Cristo, definitivamente de sus propias vidas y tienen todavía que morir. El Señor no les abandona, y sale a su encuentro como el buen samaritano. El asaltado por los bandidos ha podido rechazar la presencia del buen samaritano; pero al final se dejó ayudar.

Así ha pasado en más de una ocasión en estos de tiempos de pandemia. Un hombre de 85 años alejado del Señor desde su boda –más de 55 años- vio pasar a una sacerdote en uno de esos hospitales de campaña. No hablaba desde hacía varias semanas. Hizo un geste con los ojos a la enfermera que lo atendía. Buena cristiana, la mujer llamó enseguida al sacerdote, y le explicó lo que había sucedido. El cura se hizo con la situación, y le preguntó al hombre si quería pedir perdón al Señor por sus pecados. Los ojos del enfermo respondieron afirmativamente. Llevaba semanas sin pronunciar palabra.

Después de recibir la Unción de los Enfermos, el sacerdote comenzó a rezar una Avemaría en acción de gracias. El hombre abrió la boca, ante la sorpresa de la enfermera, y recitó también el Avemaría. Media hora después, cerró los ojos, y murió.

El poder del Amor. La última palabra

Escrito por José Martínez Colín.

Ahora que muchos han aprovechado este tiempo para recibir algunas clases de modo virtual, el papa Francisco nos invita a aprender a través de una cátedra accesible a todos, incluso sin ningún medio electrónico.

 

1) Para saber.

Ahora que muchos han aprovechado este tiempo para recibir algunas clases de modo virtual, el papa Francisco nos invita a aprender a través de una cátedra accesible a todos, incluso sin ningún medio electrónico. La cátedra era el asiento desde el que se enseñaba. Y la cátedra que nos propone el papa es la Cruz. Si sabemos contemplarla, descubriremos cosas muy valiosas que nos ayudarán a orientar nuestra vida. Una enseñanza que resalta es reconocer el inmenso amor de Dios por nosotros. Por ello, nunca podremos sentirnos solos, abandonados o desesperados: somos amados por Dios.

En su oración pública, el Papa nos recordaba el pasaje en que los apóstoles, en la barca, temieron hundirse y acudieron a Jesús que dormía. Nuestro Señor les pregunta por qué tienen miedo o ¿Es que ya no tienen fe? Cada día hemos de saber responder a Dios, y ahora, con una respuesta de fe. Pero no sólo creyendo que Dios existe, sino además una fe que nos lleva a confiar absolutamente en Él.

2) Para pensar.

A veces pareciera que sería más fácil creer en Dios si experimentáramos su poder infinito. Pero nos quedaría un conocimiento de Dios incompleto, faltándole algo esencial: su Amor.

Un personaje supo descubrir el rostro de Dios, no en su poder, sino en su gran amor. Fue un militar romano no creyente que la tradición nos dice que se llamaba Longinos. En la crucifixión, una vez muerto Jesús en la Cruz, este centurión, para cerciorarse de su muerte, con su lanza, perforó el costado de Jesús, del cual salieron sangre y agua.

Longinos no era judío sino pagano; había visto a Jesús sufrir en la Cruz, y lo había escuchado perdonar a todos. Sintió de cerca su amor sin medida, y confesó: “Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios” (Mc 15,39). Mientras otros se burlaban de Jesús, Longinos cree en Jesús, y aunque lo ve desfigurado por los tormentos, sabe reconocer a Dios mismo, porque capta su Amor. No vio el poder físico, espectacular, sino el poder del Amor. Dios es omnipotente en el amor. Él es el Amor.

3) Para vivir

Para este tiempo, el papa Francisco nos aconseja, que como no se puede ir al templo, “tomemos dos cosas en la mano: el crucifijo y el Evangelio”. Por una parte, la cruz es la cátedra de Dios: “nos hará bien mirar al crucificado en silencio y conocer más a Jesús: no acusa, perdona todo, ora por todos, nos libera”. Y luego abramos el Evangelio. Así descubriremos cómo el amor de Dios logró cambiar nuestro miedo en confianza, nuestra angustia en esperanza. La Resurrección de Jesús nos dice que la última palabra no es la muerte, sino la vida.

La Pascua nos dice que Dios puede convertir todo en bien. Y esta no es una ilusión, porque la muerte y resurrección de Jesús no son una ilusión: ¡fue una verdad! Por eso en la mañana de Pascua se nos dice: “¡No tengáis miedo!” (cf. Mt 28,5). Aunque el mal no desaparezca, con Jesús Resucitado jamás naufragaremos.

El santo padre exhortó a que la alegre noticia: “¡Cristo, mi esperanza, ha resucitado!” anime especialmente a aquellos que se enfrentan a mayores sufrimientos y dificultades. Acudamos a la Virgen María para que nos ayude a creer firmemente y así reorientar nuestras vidas hacia Jesús.

Relativismo en el Magisterio de la Iglesia

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

NOTA DOCTRINAL sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política

La Congregación para la Doctrina de la Fe, oído el parecer del Pontificio Consejo para los Laicos, ha estimado oportuno publicar la presente Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política. La Nota se dirige a los Obispos de la Iglesia Católica y, de especial modo, a los políticos católicos y a todos los fieles laicos llamados a la participación en la vida pública y política en las sociedades democráticas.

I. Una enseñanza constante

 

1. El compromiso del cristiano en el mundo, en dos mil años de historia, se ha expresado en diferentes modos. Uno de ellos ha sido el de la participación en la acción política: Los cristianos, afirmaba un escritor eclesiástico de los primeros siglos, «cumplen todos sus deberes de ciudadanos».[1] La Iglesia venera entre sus Santos a numerosos hombres y mujeres que han servido a Dios a través de su generoso compromiso en las actividades políticas y de gobierno. Entre ellos, Santo Tomás Moro, proclamado Patrón de los Gobernantes y Políticos, que supo testimoniar hasta el martirio la «inalienable dignidad de la conciencia»[2]. Aunque sometido a diversas formas de presión psicológica, rechazó toda componenda, y sin abandonar «la constante fidelidad a la autoridad y a las instituciones»que lo distinguía, afirmó con su vida y su muerte que«el hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral»[3].

Las actuales sociedades democráticas, en las que loablemente[4] todos son hechos partícipes de la gestión de la cosa pública en un clima de verdadera libertad, exigen nuevas y más amplias formas de participación en la vida pública por parte de los ciudadanos, cristianos y no cristianos. En efecto, todos pueden contribuir por medio del voto a la elección de los legisladores y gobernantes y, a través de varios modos, a la formación de las orientaciones políticas y las opciones legislativas que, según ellos, favorecen mayormente el bien común.[5] La vida en un sistema político democrático no podría desarrollarse provechosamente sin la activa, responsable y generosa participación de todos, «si bien con diversidad y complementariedad de formas, niveles, tareas yresponsabilidades»[6].

Mediante el cumplimiento de los deberes civiles comunes, «de acuerdo con su conciencia cristiana»,[7] en conformidad con los valores que son congruentes con ella, los fieles laicos desarrollan también sus tareas propias de animar cristianamente el orden temporal, respetando su naturaleza y legítima autonomía,[8] y cooperando con los demás, ciudadanos según la competencia específica y bajo la propia responsabilidad.[9] Consecuencia de esta fundamental enseñanza del Concilio Vaticano II es que «los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la “política”; es decir, en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común»,[10] que comprende la promoción y defensa de bienes tales como el orden público y la paz, la libertad y la igualdad, el respeto de la vida humana y el ambiente, la justicia, la solidaridad, etc.

La presente Nota no pretende reproponer la entera enseñanza de la Iglesia en esta materia, resumida por otra parte, en sus líneas esenciales, en el Catecismo de la Iglesia Católica, sino solamente recordar algunos principios propios de la conciencia cristiana, que inspiran el compromiso social y político de los católicos en las sociedades democráticas.[11] Y ello porque, en estos últimos tiempos, a menudo por la urgencia de los acontecimientos, han aparecido orientaciones ambiguas y posiciones discutibles, que hacen oportuna la clarificación de aspectos y dimensiones importantes de la cuestión.

II. Algunos puntos críticos en el actual debate cultural y político

2. La sociedad civil se encuentra hoy dentro de un complejo proceso cultural que marca el fin de una época y la incertidumbre por la nueva que emerge al horizonte. Las grandes conquistas de las que somos espectadores nos impulsan a comprobar el camino positivo que la humanidad ha realizado en el progreso y la adquisición de condiciones de vida más humanas. La mayor responsabilidad hacia Países en vías de desarrollo es ciertamente una señal de gran relieve, que muestra la creciente sensibilidad por el bien común. Junto a ello, no es posible callar, por otra parte, sobre los graves peligros hacia los que algunas tendencias culturales tratan de orientar las legislaciones y, por consiguiente, los comportamientos de las futuras generaciones.

Se puede verificar hoy un cierto relativismo cultural, que se hace evidente en la teorización y defensa del pluralismo ético, que determina la decadencia y disolución de la razón y los principios de la ley moral natural. Desafortunadamente, como consecuencia de esta tendencia, no es extraño hallar en declaraciones públicas afirmaciones según las cuales tal pluralismo ético es la condición de posibilidad de la democracia[12]. Ocurre así que, por una parte, los ciudadanos reivindican la más completa autonomía para sus propias preferencias morales, mientras que, por otra parte, los legisladores creen que respetan esa libertad formulando leyes que prescinden de los principios de la ética natural, limitándose a la condescendencia con ciertas orientaciones culturales o morales transitorias,[13] como si todas las posibles concepciones de la vida tuvieran igual valor. Al mismo tiempo, invocando engañosamente la tolerancia, se pide a una buena parte de los ciudadanos – incluidos los católicos – que renuncien a contribuir a la vida social y política de sus propios Países, según la concepción de la persona y del bien común que consideran humanamente verdadera y justa, a través de los medios lícitos que el orden jurídico democrático pone a disposición de todos los miembros de la comunidad política. La historia del siglo XX es prueba suficiente de que la razón está de la parte de aquellos ciudadanos que consideran falsa la tesis relativista, según la cual no existe una norma moral, arraigada en la naturaleza misma del ser humano, a cuyo juicio se tiene que someter toda concepción del hombre, del bien común y del Estado.

3. Esta concepción relativista del pluralismo no tiene nada que ver con la legítima libertad de los ciudadanos católicos de elegir, entre las opiniones políticas compatibles con la fe y la ley moral natural, aquella que, según el propio criterio, se conforma mejor a las exigencias del bien común. La libertad política no está ni puede estar basada en la idea relativista según la cual todas las concepciones sobre el bien del hombre son igualmente verdaderas y tienen el mismo valor, sino sobre el hecho de que las actividades políticas apuntan caso por caso hacia la realización extremadamente concreta del verdadero bien humano y social en un contexto histórico, geográfico, económico, tecnológico y cultural bien determinado. La pluralidad de las orientaciones y soluciones, que deben ser en todo caso moralmente aceptables, surge precisamente de la concreción de los hechos particulares y de la diversidad de las circunstancias. No es tarea de la Iglesia formular soluciones concretas – y menos todavía soluciones únicas – para cuestiones temporales, que Dios ha dejado al juicio libre y responsable de cada uno. Sin embargo, la Iglesia tiene el derecho y el deber de pronunciar juicios morales sobre realidades temporales cuando lo exija la fe o la ley moral.[14] Si el cristiano debe «reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales»,[15] también está llamado a disentir de una concepción del pluralismo en clave de relativismo moral, nociva para la misma vida democrática, pues ésta tiene necesidad de fundamentos verdaderos y sólidos, esto es, de principios éticos que, por su naturaleza y papel fundacional de la vida social, no son “negociables”.

En el plano de la militancia política concreta, es importante hacer notar que el carácter contingente de algunas opciones en materia social, el hecho de que a menudo sean moralmente posibles diversas estrategias para realizar o garantizar un mismo valor sustancial de fondo, la posibilidad de interpretar de manera diferente algunos principios básicos de la teoría política, y la complejidad técnica de buena parte de los problemas políticos, explican el hecho de que generalmente pueda darse una pluralidad de partidos en los cuales puedan militar los católicos para ejercitar – particularmente por la representación parlamentaria – su derecho-deber de participar en la construcción de la vida civil de su País.[16] Esta obvia constatación no puede ser confundida, sin embargo, con un indistinto pluralismo en la elección de los principios morales y los valores sustanciales a los cuales se hace referencia. La legítima pluralidad de opciones temporales mantiene íntegra la matriz de la que proviene el compromiso de los católicos en la política, que hace referencia directa a la doctrina moral y social cristiana. Sobre esta enseñanza los laicos católicos están obligados a confrontarse siempre para tener la certeza de que la propia participación en la vida política esté caracterizada por una coherente responsabilidad hacia las realidades temporales.

La Iglesia es consciente de que la vía de la democracia, aunque sin duda expresa mejor la participación directa de los ciudadanos en las opciones políticas, sólo se hace posible en la medida en que se funda sobre una recta concepción de la persona.[17] Se trata de un principio sobre el que los católicos no pueden admitir componendas, pues de lo contrario se menoscabaría el testimonio de la fe cristiana en el mundo y la unidad y coherencia interior de los mismos fieles. La estructura democrática sobre la cual un Estado moderno pretende construirse sería sumamente frágil si no pusiera como fundamento propio la centralidad de la persona. El respeto de la persona es, por lo demás, lo que hace posible la participación democrática. Como enseña el Concilio Vaticano II, la tutela «de los derechos de la persona es condición necesaria para que los ciudadanos, como individuos o como miembros de asociaciones, puedan participar activamente en la vida y en el gobierno de la cosa pública»[18].

4. A partir de aquí se extiende la compleja red de problemáticas actuales, que no pueden compararse con las temáticas tratadas en siglos pasados. La conquista científica, en efecto, ha permitido alcanzar objetivos que sacuden la conciencia e imponen la necesidad de encontrar soluciones capaces de respetar, de manera coherente y sólida, los principios éticos. Se asiste, en cambio, a tentativos legislativos que, sin preocuparse de las consecuencias que se derivan para la existencia y el futuro de los pueblos en la formación de la cultura y los comportamientos sociales, se proponen destruir el principio de la intangibilidad de la vida humana. Los católicos, en esta grave circunstancia, tienen el derecho y el deber de intervenir para recordar el sentido más profundo de la vida y la responsabilidad que todos tienen ante ella. Juan Pablo II, en línea con la enseñanza constante de la Iglesia, ha reiterado muchas veces que quienes se comprometen directamente en la acción legislativa tienen la «precisa obligación de oponerse» a toda ley que atente contra la vida humana. Para ellos, como para todo católico, vale la imposibilidad de participar en campañas de opinión a favor de semejantes leyes, y a ninguno de ellos les está permitido apoyarlas con el propio voto.[19] Esto no impide, como enseña Juan Pablo II en la Encíclica Evangelium vitae a propósito del caso en que no fuera posible evitar o abrogar completamente una ley abortista en vigor o que está por ser sometida a votación, que «un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, pueda lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública».[20]

En tal contexto, hay que añadir que la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral. Ya que las verdades de fe constituyen una unidad inseparable, no es lógico el aislamiento de uno solo de sus contenidos en detrimento de la totalidad de la doctrina católica. El compromiso político a favor de un aspecto aislado de la doctrina social de la Iglesia no basta para satisfacer la responsabilidad de la búsqueda del bien común en su totalidad. Ni tampoco el católico puede delegar en otros el compromiso cristiano que proviene del evangelio de Jesucristo, para que la verdad sobre el hombre y el mundo pueda ser anunciada y realizada.

Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona. Este es el caso de las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia (que no hay que confundir con la renuncia al ensañamiento terapéutico, que es moralmente legítima), que deben tutelar el derecho primario a la vida desde de su concepción hasta su término natural. Del mismo modo, hay que insistir en el deber de respetar y proteger los derechos del embrión humano. Análogamente, debe ser salvaguardada la tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las leyes modernas sobre el divorcio. A la familia no pueden ser jurídicamente equiparadas otras formas de convivencia, ni éstas pueden recibir, en cuánto tales, reconocimiento legal. Así también, la libertad de los padres en la educación de sus hijos es un derecho inalienable, reconocido además en las Declaraciones internacionales de los derechos humanos. Del mismo modo, se debe pensar en la tutela social de los menores y en la liberación de las víctimas de las modernas formas de esclavitud (piénsese, por ejemplo, en la droga y la explotación de la prostitución). No puede quedar fuera de este elenco el derecho a la libertad religiosa y el desarrollo de una economía que esté al servicio de la persona y del bien común, en el respeto de la justicia social, del principio de solidaridad humana y de subsidiariedad, según el cual deben ser reconocidos, respetados y promovidos «los derechos de las personas, de las familias y de las asociaciones, así como su ejercicio».[21] Finalmente, cómo no contemplar entre los citados ejemplos el gran tema de la paz. Una visión irenista e ideológica tiende a veces a secularizar el valor de la paz mientras, en otros casos, se cede a un juicio ético sumario, olvidando la complejidad de las razones en cuestión. La paz es siempre «obra de la justicia y efecto de la caridad»;[22] exige el rechazo radical y absoluto de la violencia y el terrorismo, y requiere un compromiso constante y vigilante por parte de los que tienen la responsabilidad política.

III. Principios de la doctrina católica acerca del laicismo y el pluralismo

5. Ante estas problemáticas, si bien es lícito pensar en la utilización de una pluralidad de metodologías que reflejen sensibilidades y culturas diferentes, ningún fiel puede, sin embargo, apelar al principio del pluralismo y autonomía de los laicos en política, para favorecer soluciones que comprometan o menoscaben la salvaguardia de las exigencias éticas fundamentales para el bien común de la sociedad. No se trata en sí de “valores confesionales”, pues tales exigencias éticas están radicadas en el ser humano y pertenecen a la ley moral natural. Éstas no exigen de suyo en quien las defiende una profesión de fe cristiana, si bien la doctrina de la Iglesia las confirma y tutela siempre y en todas partes, como servicio desinteresado a la verdad sobre el hombre y el bien común de la sociedad civil. Por lo demás, no se puede negar que la política debe hacer también referencia a principios dotados de valor absoluto, precisamente porque están al servicio de la dignidad de la persona y del verdadero progreso humano.

6. La frecuentemente referencia a la “laicidad”, que debería guiar el compromiso de los católicos, requiere una clarificación no solamente terminológica. La promoción en conciencia del bien común de la sociedad política no tiene nada qué ver con la “confesionalidad” o la intolerancia religiosa. Para la doctrina moral católica, la laicidad, entendida como autonomía de la esfera civil y política de la esfera religiosa y eclesiástica – nunca de la esfera moral –, es un valor adquirido y reconocido por la Iglesia, y pertenece al patrimonio de civilización alcanzado.[23] Juan Pablo II ha puesto varias veces en guardia contra los peligros derivados de cualquier tipo de confusión entre la esfera religiosa y la esfera política. «Son particularmente delicadas las situaciones en las que una norma específicamente religiosa se convierte o tiende a convertirse en ley del Estado, sin que se tenga en debida cuenta la distinción entre las competencias de la religión y las de la sociedad política. Identificar la ley religiosa con la civil puede, de hecho, sofocar la libertad religiosa e incluso limitar o negar otros derechos humanos inalienables».[24] Todos los fieles son bien conscientes de que los actos específicamente religiosos (profesión de fe, cumplimiento de actos de culto y sacramentos, doctrinas teológicas, comunicación recíproca entre las autoridades religiosas y los fieles, etc.) quedan fuera de la competencia del Estado, el cual no debe entrometerse ni para exigirlos o para impedirlos, salvo por razones de orden público. El reconocimiento de los derechos civiles y políticos, y la administración de servicios públicos no pueden ser condicionados por convicciones o prestaciones de naturaleza religiosa por parte de los ciudadanos.

Una cuestión completamente diferente es el derecho-deber que tienen los ciudadanos católicos, como todos los demás, de buscar sinceramente la verdad y promover y defender, con medios lícitos, las verdades morales sobre la vida social, la justicia, la libertad, el respeto a la vida y todos los demás derechos de la persona. El hecho de que algunas de estas verdades también sean enseñadas por la Iglesia, no disminuye la legitimidad civil y la “laicidad” del compromiso de quienes se identifican con ellas, independientemente del papel que la búsqueda racional y la confirmación procedente de la fe hayan desarrollado en la adquisición de tales convicciones. En efecto, la “laicidad” indica en primer lugar la actitud de quien respeta las verdades que emanan del conocimiento natural sobre el hombre que vive en sociedad, aunque tales verdades sean enseñadas al mismo tiempo por una religión específica, pues la verdad es una. Sería un error confundir la justa autonomía que los católicos deben asumir en política, con la reivindicación de un principio que prescinda de la enseñanza moral y social de la Iglesia.

Con su intervención en este ámbito, el Magisterio de la Iglesia no quiere ejercer un poder político ni eliminar la libertad de opinión de los católicos sobre cuestiones contingentes. Busca, en cambio –en cumplimiento de su deber– instruir e iluminar la conciencia de los fieles, sobre todo de los que están comprometidos en la vida política, para que su acción esté siempre al servicio de la promoción integral de la persona y del bien común. La enseñanza social de la Iglesia no es una intromisión en el gobierno de los diferentes Países. Plantea ciertamente, en la conciencia única y unitaria de los fieles laicos, un deber moral de coherencia. «En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida “espiritual”, con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida “secular”, esto es, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento, arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de la acción y de la existencia. En efecto, todos los campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el “lugar histórico” de la manifestación y realización de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, situación, esfuerzo concreto –como por ejemplo la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura– constituye una ocasión providencial para un “continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad”».[25] Vivir y actuar políticamente en conformidad con la propia conciencia no es un acomodarse en posiciones extrañas al compromiso político o en una forma de confesionalidad, sino expresión de la aportación de los cristianos para que, a través de la política, se instaure un ordenamiento social más justo y coherente con la dignidad de la persona humana.

En las sociedades democráticas todas las propuestas son discutidas y examinadas libremente. Aquellos que, en nombre del respeto de la conciencia individual, pretendieran ver en el deber moral de los cristianos de ser coherentes con la propia conciencia un motivo para descalificarlos políticamente, negándoles la legitimidad de actuar en política de acuerdo con las propias convicciones acerca del bien común, incurrirían en una forma de laicismo intolerante. En esta perspectiva, en efecto, se quiere negar no sólo la relevancia política y cultural de la fe cristiana, sino hasta la misma posibilidad de una ética natural. Si así fuera, se abriría el camino a una anarquía moral, que no podría identificarse nunca con forma alguna de legítimo pluralismo. El abuso del más fuerte sobre el débil sería la consecuencia obvia de esta actitud. La marginalización del Cristianismo, por otra parte, no favorecería ciertamente el futuro de proyecto alguno de sociedad ni la concordia entre los pueblos, sino que pondría más bien en peligro los mismos fundamentos espirituales y culturales de la civilización.[26]

IV. Consideraciones sobre aspectos particulares

7. En circunstancias recientes ha ocurrido que, incluso en el seno de algunas asociaciones u organizaciones de inspiración católica, han surgido orientaciones de apoyo a fuerzas y movimientos políticos que han expresado posiciones contrarias a la enseñanza moral y social de la Iglesia en cuestiones éticas fundamentales. Tales opciones y posiciones, siendo contradictorios con los principios básicos de la conciencia cristiana, son incompatibles con la pertenencia a asociaciones u organizaciones que se definen católicas. Análogamente, hay que hacer notar que en ciertos países algunas revistas y periódicos católicos, en ocasión de toma de decisiones políticas, han orientado a los lectores de manera ambigua e incoherente, induciendo a error acerca del sentido de la autonomía de los católicos en política y sin tener en consideración los principios a los que se ha hecho referencia.

La fe en Jesucristo, que se ha definido a sí mismo «camino, verdad y vida» (Jn 14,6), exige a los cristianos el esfuerzo de entregarse con mayor diligencia en la construcción de una cultura que, inspirada en el Evangelio, reproponga el patrimonio de valores y contenidos de la Tradición católica. La necesidad de presentar en términos culturales modernos el fruto de la herencia espiritual, intelectual y moral del catolicismo se presenta hoy con urgencia impostergable, para evitar además, entre otras cosas, una diáspora cultural de los católicos. Por otra parte, el espesor cultural alcanzado y la madura experiencia de compromiso político que los católicos han sabido desarrollar en distintos países, especialmente en los decenios posteriores a la Segunda Guerra Mundial, no deben provocar complejo alguno de inferioridad frente a otras propuestas que la historia reciente ha demostrado débiles o radicalmente fallidas. Es insuficiente y reductivo pensar que el compromiso social de los católicos se deba limitar a una simple transformación de las estructuras, pues si en la base no hay una cultura capaz de acoger, justificar y proyectar las instancias que derivan de la fe y la moral, las transformaciones se apoyarán siempre sobre fundamentos frágiles.

La fe nunca ha pretendido encerrar los contenidos socio-políticos en un esquema rígido, conciente de que la dimensión histórica en la que el hombre vive impone verificar la presencia de situaciones imperfectas y a menudo rápidamente mutables. Bajo este aspecto deben ser rechazadas las posiciones políticas y los comportamientos que se inspiran en una visión utópica, la cual, cambiando la tradición de la fe bíblica en una especie de profetismo sin Dios, instrumentaliza el mensaje religioso, dirigiendo la conciencia hacia una esperanza solamente terrena, que anula o redimensiona la tensión cristiana hacia la vida eterna.

Al mismo tiempo, la Iglesia enseña que la auténtica libertad no existe sin la verdad. «Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente», ha escrito Juan Pablo II.[27] En una sociedad donde no se llama la atención sobre la verdad ni se la trata de alcanzar, se debilita toda forma de ejercicio auténtico de la libertad, abriendo el camino al libertinaje y al individualismo, perjudiciales para la tutela del bien de la persona y de la entera sociedad.

8. En tal sentido, es bueno recordar una verdad que hoy la opinión pública corriente no siempre percibe o formula con exactitud: El derecho a la libertad de conciencia, y en especial a la libertad religiosa, proclamada por la Declaración Dignitatis humanæ del Concilio Vaticano II, se basa en la dignidad ontológica de la persona humana, y de ningún modo en una inexistente igualdad entre las religiones y los sistemas culturales.[28] En esta línea, el Papa Pablo VI ha afirmado que «el Concilio de ningún modo funda este derecho a la libertad religiosa sobre el supuesto hecho de que todas las religiones y todas las doctrinas, incluso erróneas, tendrían un valor más o menos igual; lo funda en cambio sobre la dignidad de la persona humana, la cual exige no ser sometida a contradicciones externas, que tienden a oprimir la conciencia en la búsqueda de la verdadera religión y en la adhesión a ella».[29] La afirmación de la libertad de conciencia y de la libertad religiosa, por lo tanto, no contradice en nada la condena del indiferentísimo y del relativismo religioso por parte de la doctrina católica,[30] sino que le es plenamente coherente.

V. Conclusión

9. Las orientaciones contenidas en la presente Nota quieren iluminar uno de los aspectos más importantes de la unidad de vida que caracteriza al cristiano: La coherencia entre fe y vida, entre evangelio y cultura, recordada por el Concilio Vaticano II. Éste exhorta a los fieles a «cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno». Alégrense los fieles cristianos«de poder ejercer todas sus actividades temporales haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios».[31]

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la audiencia del 21 de noviembre de 2002, ha aprobado la presente Nota, decidida en la Sesión Ordinaria de esta Congregación, y ha ordenado que sea publicada.

Dado en Roma, en la sede de la Congregación por la Doctrina de la Fe, el 24 de noviembre de 2002, Solemnidad de N. S Jesús Cristo, Rey del universo.

+JOSEPH CARD. RATZINGER

Prefecto

+TARCISIO BERTONE, S.D.B.

Arzobispo emérito de Vercelli

Secretario

Notas

[1]CARTA A DIOGNETO, 5, 5, Cfr. Ver también Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2240.

 

[2]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Motu Proprio dada para la proclamación de Santo Tomás Moro Patrón de los Gobernantes y Políticos, n. 1, AAS 93 (2001) 76-80.

 

[3]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Motu Proprio dada para la proclamación de Santo Tomás Moro Patrón de los Gobernantes y Políticos, n. 4.

 

[4]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 31; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1915.

 

[5]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75.

 

[6]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 42, AAS 81 (1989) 393-521. Esta nota doctrinal se refiere obviamente al compromiso político de los fieles laicos. Los Pastores tienen el derecho y el deber de proponer los principios morales también en el orden social; «sin embargo, la participación activa en los partidos políticos está reservada a los laicos» (JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 69). Cfr. Ver también CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, 31-I-1994, n. 33.

 

[7]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76.

 

[8]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 36.

 

[9]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Decreto Apostolicam actuositatem, 7; Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 36 y Constitución Pastoral Gaudium et spes, nn. 31 y 43.

 

[10]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 42.

 

[11]En los últimos dos siglos, muchas veces el Magisterio Pontificio se ha ocupado de las cuestiones principales acerca del orden social y político. Cfr. LEÓN XIII, Carta Encíclica Diuturnum illud, ASS 20 (1881/82) 4ss; Carta Encíclica Immortale Dei, ASS 18 (1885/86) 162ss, Carta Encíclica Libertas præstantissimum, ASS 20 (1887/88) 593ss; Carta Encíclica Rerum novarum, ASS 23 (1890/91) 643ss; BENEDICTO XV, Carta Encíclica Pacem Dei munus pulcherrimum, AAS 12 (1920) 209ss; PÍO XI, Carta Encíclica Quadragesimo anno, AAS 23 (1931) 190ss; Carta Encíclica Mit brennender Sorge, AAS 29 (1937) 145-167; Carta Encíclica Divini Redemptoris, AAS 29 (1937) 78ss; PÍO XII, Carta Encíclica Summi Pontificatus, AAS 31 (1939) 423ss; Radiomessaggi natalizi 1941-1944; JUAN XXIII, Carta Encíclica Mater et magistra, AAS 53 (1961) 401-464; Carta Encíclica Pacem in terris AAS 55 (1963) 257-304; PABLO VI, Carta Encíclica Populorum progressio, AAS 59 (1967) 257-299; Carta Apostólica Octogesima adveniens, AAS 63 (1971) 401-441.

 

[12]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Centesimus annus, n. 46, AAS 83 (1991) 793-867; Carta Encíclica Veritatis splendor, n. 101, AAS 85 (1993) 1133-1228; Discurso al Parlamento Italiano en sesión pública conjunta, en L’Osservatore Romano, n. 5, 14-XI-2002.

 

[13]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 22, AAS 87 (1995) 401-522.

 

[14]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76.

 

[15]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75.

 

[16]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, nn. 43 y 75.

 

[17]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 25.

 

[18]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 73.

 

[19]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 73.

 

[20]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 73.

 

[21]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75.

 

[22]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2304

 

[23]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76.

 

[24]JUAN PABLO II, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz 1991: “Si quieres la paz, respeta la conciencia de cada hombre”, IV, AAS 83 (1991) 410-421.

 

[25]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 59. La citación interna proviene del Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 4

 

[26]Cfr. JUAN PABLO II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, en L’Osservatore Romano, 11 de enero de 2002.

 

[27]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Fides et ratio, n. 90, AAS 91 (1999) 5-88.

 

[28]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Declaración Dignitatis humanae, n. 1: «En primer lugar, profesa el sagrado Concilio que Dios manifestó al género humano el camino por el que, sirviéndole, pueden los hombres salvarse y ser felices en Cristo. Creemos que esta única y verdadera religión subsiste en la Iglesia Católica». Eso no quita que la Iglesia considere con sincero respeto las varias tradiciones religiosas, más bien reconoce «todo lo bueno y verdadero» presentes en ellas. Cfr. CONCILIO VATICANO II,Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 16; Decreto Ad gentes, n. 11; Declaración Nostra ætate, n. 2; JUAN PABLOII, Carta Encíclica Redemptoris missio, n. 55, AAS 83 (1991) 249-340; CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, DeclaraciónDominus Iesus, nn. 2; 8; 21, AAS 92 (2000) 742-765.

 

[29]PABLO VI, Discurso al Sacro Colegio y a la Prelatura Romana, en «Insegnamenti di Paolo VI» 14 (1976), 1088-1089).

 

[30]Cfr. PÍO IX, Carta Encíclica Quanta cura, ASS 3 (1867) 162; LEÓN XIII, Carta Encíclica Immortale Dei, ASS 18 (1885) 170-171; PÍO XI, Carta Encíclica Quas primas, AAS 17 (1925) 604-605; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2108; CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración Dominus Iesus, n. 22.

 

[31]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 43. Cfr. también JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 59.

Vacuna y esperanza

Ana Teresa López de Llergo

La vacuna estimula el sistema inmunológico del cuerpo de la persona vacunada, quien detecta esa muestra como una amenaza y la ataca.

Para lograr una vacuna se requiere un proceso científico que sigue reglas de investigación, aplicación, observación y comprobación de resultados. Si los resultados no son los esperados, es necesario volver a empezar. Este recomenzar ya no es desde cero sino a partir de la primera, segunda o “n” investigaciones anteriores. El proceso científico no es mágico donde se invoquen espíritus ni se cuelguen amuletos.

La esperanza es una virtud cuya característica es esperar. Por lo tanto, cuenta con una serie de condiciones adecuadas que producirán el efecto deseado en el futuro. La esperanza en producir una nueva vacuna ha de contar con el proceso científico. Otra vez no es cuestión de magia ni de buena suerte.

Un pueblo democrático como es participativo y plural, antes de participar y opinar, ha de conseguir un mínimo de conocimientos si es que desea ser positivo. Por eso, en este momento es pertinente tener nociones sobre lo que es una vacuna.

La vacuna requiere de un tiempo bastante prolongado para asegurar que ya responde a lo esperado. E incluso, cuando se logran resultados positivos, aún tiene que observarse a los vacunados porque hay efectos secundarios y muchas veces no son nada agradables.

La vacuna es un producto fabricado para generar inmunidad, contiene anticuerpos contra una enfermedad. A veces se trata de microorganismos muertos o atenuados en su virulencia. Otras veces son derivados de los microorganismos. En el caso del COVID-19 no hay un microorganismo sino un virus y es necesario decodificarlo, por eso, puede ser más tardado.

La vacuna estimula el sistema inmunológico del cuerpo de la persona vacunada, quien detecta esa muestra como una amenaza y la ataca. Así el organismo guarda ese registro, de tal modo que si esa persona se contagia ya tiene el programa para reaccionar con anticuerpos y combatir la enfermedad.

Las vacunas contra la influenza, contra el sarampión, contra la viruela y muchas más, llevan años de aplicación, y por lo tanto, se conocen los efectos, incluso los que resultan después de varios años. Esos mismos resultados han provocado ajustes en la fabricación. Pero esto ha llevado años de observación.

La administración de una vacuna nueva siempre está sometida a riesgos que solamente con el tiempo se pueden corregir. Por eso, hemos de agradecer a las personas que se prestan a que en ellas se hagan las pruebas. Libremente aceptan sufrir reacciones no predecibles. E incluso, aunque los resultados a corto plazo sean positivos y se aplique la vacuna aún se esperan reacciones a largo plazo. Y según sean se actuará.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) tiene el acervo de las vacunas autorizadas y vigila el uso que se les da, así como el de la fabricación, conservación, durabilidad y calendarios de vacunaciones. Así se controla a nivel mundial la prevención y extinción de infecciones.

El nombre de vacuna y vacunación viene de variolae vaccinae (viruela de la vaca). Edward Jenner lo da a conocer el año de 1798 en su obra “Una investigación sobre las causas y los efectos de las variolae vaccinae”, donde describe la protección que da la viruela bovina para desterrar la viruela humana. En 1881, Louis Pasteur para honrar a Jenner, propuso que se generalizaran los términos de vacuna y vacunación en las sucesivas inoculaciones.

Los primeros indicios de la práctica de la inoculación con viruela se registran en China en el siglo X. La primera práctica documentada se remonta al siglo XV y consistía en una insuflación nasal de un polvo constituido por fragmentos de pústulas secas molidas, a fin de lograr la inmunización de pacientes que sufrían tipos leves de viruela. Se conocen otras técnicas de insuflación en China durante los siglos XVI y XVII.

En 1718, Lady Mary Wortley Montagu supo que los turcos acostumbraban inocularse con pus de la viruela vacuna. Ella inoculó a sus propios hijos para protegerlos.

En 1796, durante el momento de mayor extensión del virus de la viruela en Europa, el médico rural inglés, Edward Jenner, observó que las recolectoras de leche adquirían ocasionalmente una especie de viruela bovina por el contacto continuado con estos animales, y quedaban protegidas contra la viruela común. Así se pudo comprobar que esta viruela bovina es una variante leve de la mortífera viruela humana.

Hasta entonces la viruela se prevenía por inoculación deliberada de cepas débiles del virus de la viruela humana obtenidas de epidemias con baja mortalidad. Estas inoculaciones desarrollaban la enfermedad con un riesgo de muerte bajo en comparación con las muertes causadas por epidemias de cepas más agresivas.

Jenner tomó viruela bovina en la granja de Sarah Nelmes e inyectó esta sustancia en el brazo de un niño de ocho años, James Phipps. El pequeño mostró síntomas de la infección de viruela bovina. Cuarenta y ocho días más tarde, Phipps se recuperó completamente de la enfermedad. Luego el doctor Jenner le inyectó al niño infección de viruela humana, y esta vez no mostró ningún síntoma o signo de enfermedad.

Como la inoculación con la variante bovina era mucho más segura que la inoculación con viruela humana, esta última se prohibió en Inglaterra en el año 1840. Desde entonces este procedimiento de vacunación fue extendiéndose por toda Europa y América, y a Edward Jenner se le reconoce como el padre de la inmunología moderna.

La segunda generación de vacunas fue introducida en la década de 1880 por Louis Pasteur, quien desarrolló vacunas para el cólera aviar y el ántrax.

La vida con o sin drogas

Lucía Legorreta

Tú eres quien decide si quieres una vida con o sin drogas. Libertad es decidir lo mejor para tu persona y para quienes te rodean.

Todos gozamos de una libertad propia que nos permite decidir qué hacer con nuestra vida. Esta libertad no debe depender de uso de sustancias.

El consumo de drogas no proporciona nada positivo a nadie, y las consecuencias son igual de graves tanto si hablamos de consumidores casuales como de habituales.

Es por ello que hoy quiero compartir contigo los daños colaterales y directos que produce el consumo de la droga, y sobre todo los daños sociales y personales cuando las personas empiezan a consumirla. Hay quien incluso los ha llamado los diez infiernos del consumo de drogas:

1. Adicción: es considerada como una adicción que afecta el funcionamiento del cuerpo, y en especial a nuestro cerebro. Una de las principales características es su capacidad de modificar los hábitos y conductas de las personas, convirtiéndolas en autómatas a favor de su consumo.

2. Síndrome de abstinencia: aparecen reacciones físicas y psicológicas cuando falta la droga, y dependiendo del tipo de sustancias pueden variar: decaimiento, depresión, desgana o episodios de nerviosismo, ansiedad y una pérdida progresiva del control de las emociones.

3. Deterioro del sistema nervioso central: este sistema dirige las funciones de todo tejido del cuerpo; recibe miles de respuestas sensoriales que transmite al cerebro por medio de la médula espinal. Por lo que una estimulación química puede producir una gran variedad de efectos sobre la función de este sistema nervioso. Incluso daños irreversibles en la coordinación, percepción sensorial y en el lenguaje.

4. Pérdida de autoestima y sentimiento de culpa: con el paso del tiempo la situación del consumidor se vuelve deplorable y surge un sentimiento de culpa y la pérdida de autoestima. Desaparece gradualmente cualquier sentimiento interno de amor por uno mismo y de esperanza.

5. Aumenta la probabilidad de adquirir nuevas enfermedades: como trastornos vasculares, cirrosis, hepatitis, ya que la droga va destrozando poco a poco importantes agentes funcionales de nuestro organismo.

6. Aislamiento: a medida que el consumidor de drogas avanza en su adicción, se aísla de su entorno más cercano, familiar, personal y profesional. El drogadicto vive por y para su dosis de droga, es la única prioridad en su vida.

7. Tendencias paranoicas: ya mencionamos que el cerebro es una de las víctimas de la ingesta de la droga, por lo que la pérdida de neurotransmisores llega a producir sensaciones paralelas y paranoias ligadas a la esquizofrenia.

8. Consecuencias económicas: la droga tiene un precio y consumir se vuelve caro. Se empieza a pedir dinero, a robar y esto repercute en la economía familiar y personal.

9. Debilita el sistema inmunológico: el consumidor se vuelve más indefenso contra infecciones o enfermedades.

10. Insomnio: aunque no parezca importante, el no dormir repercute en el descanso, lo que ocasiona que la persona esté más triste, irritable y estresada, afectando desde luego su personalidad y relaciones sociales.

Tú eres quien decide si quieres una vida con o sin drogas. Libertad es decidir lo mejor para tu persona y para quienes te rodean.

Existe cierta tensión

Existe cierta tensión dentro de las naciones de la Unión Europea sobre cuestiones sociales. En el discurso anual sobre el estado de la Unión ante el Parlamento Europeo, la presidenta Ursula von der Leyen desafió directamente a Polonia, donde algunas ciudades se habían declarado "zonas libres de ideología LGBT". “Las zonas libres de LGBTQI son zonas libres de humanidad”, dijo. También insistió en que las relaciones familiares, incluidos los matrimonios entre personas del mismo sexo o la paternidad de parejas del mismo sexo, deben ser reconocidas mutuamente dentro de la UE: "Si eres padre en un país, eres padre en todos los países". Anunció una próxima "estrategia para fortalecer los derechos LGBTQI" dentro de la UE.

La declaración fue vista en el contexto de la Comisión de Derechos Unalienables de Estados Unidos, que Pompeo fundó el año pasado para reafirmar una comprensión básica de los derechos humanos. Pompeo dijo que "el proyecto internacional de derechos humanos está en crisis", debido en parte al descuido de los derechos humanos básicos en favor de "preferencias políticas partidistas" y reclamos de "derechos nuevos y novedosos que a menudo entran en conflicto".

Desde el principio, la comisión fue criticada por grupos activistas pro-aborto y LGBT, algunos de los cuales incluso presentaron una demanda mucho antes de que se redactaran sus conclusiones. A pesar de sus temores, el informe final de la comisión se mantuvo neutral sobre el tema del aborto.

Suso do Madrid

 

 

La oposición a la declaración de derechos humanos

Estados Unidos acaba de emitir una declaración en la ONU en la que reafirma los derechos humanos fundamentales acordados desde hace mucho tiempo por los Estados miembros de la ONU desde la fundación del organismo mundial. Solo 57 países estuvieron de acuerdo con la declaración; 136 no se unieron a él.

La declaración fue bastante anodina, “… Volvemos a comprometernos hoy con la Declaración y su ideal fundacional de que ciertos principios son tan fundamentales como para aplicarse a todos los seres humanos, en todas partes y en todo momento. Reconocemos las muchas diferencias en nuestras tradiciones culturales, políticas, legales, religiosas y de otro tipo, pero reafirmamos las libertades y derechos fundamentales para todos y reafirmamos nuestro compromiso de honrar la dignidad de todas las personas, que es la base de nuestros compromisos en virtud de la DUDH. "

La Unión Europea no acepta nada de eso. La UE instó a sus estados miembros a no participar, según el Washington Post. Un diplomático europeo dijo que Estados Unidos estaba "eligiendo cuidadosamente" los derechos humanos a pesar de que la declaración era amplia, sobre principios y no específicos.

Parece que la oposición a la declaración provino principalmente de activistas del aborto y LGBT que se refirieron a la declaración como peligrosa para el progreso que han trabajado para lograr a través de los órganos de derechos humanos de la ONU.

Jesús D Mez Madrid

 

 

Barrett ofrece una imagen plenamente realizada

Un artículo reciente de The Guardian cuestionó si una persona designada por Trump respaldaría los intereses corporativos, lo que llevaría a más casos de empresas que violan las leyes de discriminación sexual en nombre de la religión.

Emily Martin, vicepresidenta de educación y justicia en el lugar de trabajo del National Women’s Law Center, un grupo que aboga por el acceso irrestricto al aborto, dijo lo siguiente: Las implicaciones podrían ser de gran alcance: mujeres solteras despedidas por quedar embarazadas o vivir fuera del matrimonio, mujeres que pierden sus trabajos después de usar fertilización in vitro. Una vida libre de discriminación en el trabajo y la escuela, o al comprar una propiedad, "todas esas preguntas realmente se verán afectadas directamente por este asiento de la corte", dijo Martin.

Y un artículo reciente de Associated Press cuestionó la participación de Barrett en un movimiento carismático cristiano, sugiriendo que se adhirió a la subordinación de las mujeres.

Sin embargo, la imagen que Barrett le mostró al país al aceptar la nominación en el Rose Garden lo contradice directamente. Rodeada por su esposo y siete hijos, Barrett ofrece una imagen plenamente realizada de una mujer profesional, una que ha elegido el matrimonio, los hijos y el avance profesional, y que es acogida ampliamente por las madres jóvenes trabajadoras de todo el país.

Pero esta "elección" contrasta con la falsa narrativa en la que las feministas liberales han insistido durante mucho tiempo, de que el aborto legal sin restricciones es necesario si las mujeres han de navegar con éxito por el empoderamiento económico y los logros profesionales.

La jueza Barrett y mujeres como ella ciertamente amenazan esta narrativa, así como el sustento de los grupos de aborto que ganan millones de dólares explotando a mujeres y niñas con embarazos no planeados.

Jesús Domingo Martínez

 

Despeja equívocos y temores acerca de los cuidados paliativos

 

“Morir en Paz: Paliativos vs Eutanasia” es el título del nuevo documental realizado por Goya Producciones en colaboración con la ACdP, la Fundación Telefamilia y la Fundación Cari Filii.

El documental responde a la pregunta de si en el tramo final de la vida es posible no sufrir, no tener miedos ni angustias, estar acompañados, ser tratados con cariño, tener paz, ver realizados nuestros últimos deseos. Los testimonios de doctores, enfermeras, psicólogos, voluntarios y familiares de enfermos muestran en esta cinta que eso no es una utopía, que es una realidad gracias a los Cuidados Paliativos.

Apoyado en su larga experiencia, el doctor Marcos Gómez, afirma que casi todos los que piden la eutanasia lo que en realidad desean es que les quiten el dolor, ignorando que hoy hay medios para eliminar el sufrimiento sin eliminar al sufriente. Para el Dr. Alvaro Gándara ésta es la forma civilizada y progresista de atender estas situaciones, y la sociedad tiene la obligación de hacerlo, como atiende a los pobres o a los niños no escolarizados.

El documental muestra casos de personas cuyas vidas conflictivas y desestructuradas son transformadas gracias al trato profesional y afectuoso de los equipos de paliativos, llegando incluso a resolver sus problemas personales y reconciliarse con viejos enemigos o familiares olvidados 

En la página web morienpaz.org se encontrará, además del documental, una serie de siete videos cortos con testimonios de expertos, que irán apareciendo gradualmente. La web ofrecerá también documentos e información sobre estos temas, aportados por entidades colaboradoras. Entre ellas figuran la Asociación Española de Bioética y Ética Médica (AEBI), la Asociación Latinoamericana de Cuidados Paliativos (ALCP) y la Fundación Jerôme Lejeune.

JD Mez Madrid

 

 

Más de lo mismo… el pueblo no existe

                                La política ha logrado el máximo de lo que quería, que no es otra cosa que “la satrapía”, de los sátrapas de hace milenios; pero con la mayor perfección; ya no necesitan apalear, encarcelar o incluso matar “al individuo díscolo”; ya han logrado, “la red tan perfecta como la de la araña”, en ella “nos envuelven y nos comen mediante la indefensión, el empobrecimiento y el total aislamiento, para que aún en vida no existas ni cuentes para nada, salvo para pagar impuestos”; y como es la táctica general, ya no hay partido que defienda al pueblo, “todos van a los mismos intereses y a los mismos medios, para controlar el dinero público y adueñarse del mismo, para con él, comprar todo lo comprable y que por lo que ocurre, todo está en venta”…¿Democracia esto? Es la mayor mentira política que se ha dicho en todos los tiempos. 

ENCUESTA NC-REPORT PARA 'LA RAZÓN': La ineptitud y el Covid desgastan a Sánchez: PSOE y Podemos han perdido un millón de votantes. (Periodista Digital 10-11-2020)

        Poco desgaste es para “las atrocidades” que están haciendo con nosotros “los indefensos”, que somos la mayoría de españoles, pero que debido a ello, contamos con la mayor cantidad de votos para cambiar gobiernos; esas cifras demuestran la enorme cantidad de “chupadores de dinero público” que aún hay en España. Pero dicho ello añado; la culpa mayor hoy, recae no sólo en los inútiles que dicen gobernar, sino con mucho mayor peso, en “la vendida, sobornada, comprada OPOSICIÓN POLÍTICA”, que pudiendo hacer un verdadero servicio a España (“Que para ello les paga”) se conchaban con el tirano y lo mantienen en su tiranía, sin sopesar, que éste que en estos asuntos “ni conocería a su padre y a su madre”, llegado el momento “les cortaría la cabeza a todos ellos, para seguir mandando como ellos lo dejan mandar hoy”. Esperemos que tan pronto convoquen elecciones, sepamos echar fuera de la política a todo aquel que por su actuación ya no merece estar en ella y sea del partido que sea, todos los que han tenido algún protagonismo decisivo, son culpables de la mayor traición que se le puede infringir a un pueblo indefenso, como somos los españoles y llevamos ya más de cuarenta años, que es la fecha en que se inició nuestra ruina.

RESPUESTA A UN CABREADO: Si amigo Nicasio: Yo estoy ya tan desazonado que creo vivir en otro planeta; y no sé qué responderte, salvo que yo no pienso vacunarme de nada; que mis defensas naturales me defiendan como hasta aquí; de cualquier forma ya cumplí hace dos meses 82 años, por tanto "mi espera a pasar al otro lado" ya debe ser corta; no tengo miedo alguno ni lo he tenido a "esto", sí a los que lo llevan, que parece que se han puesto de acuerdo para sólo crear miedo y terror y consecuentemente pobreza y todas las miserias que ella conlleva; veremos cómo se soluciona ello, ya que la gente "se está sublevando" como reflejan los informativos que nos dan, que no han de ser la verdad, pero sí que parecida. 12-11-2020

LA HOSTELERÍA Y LOS DIPUTADOS OTRO PRIVILEGIO:
LA DOBLE VARA DE MEDIR DEL EJECUTIVO: La última desvergüenza del Gobierno: los hosteleros a la ruina y la cafetería del Congreso, con precios de risa. Un café a 0,95 euros y una caña a 1,05 euros hasta el 2023 (Periodista Digital 11-11-2020)

            Esto y por poner una de las metáforas más groseras del vocabulario español, es esta… “Un limpiarse en los cortinones”: Estos indeseables y ya hay que meterlos a todos, los que gobiernan y los que no; no tienen escrúpulos, dignidad, decoro, responsabilidad alguna. Están viendo el maltrato a LA HOSTELERÍA ESPAÑOLA y a sus clientes todos, con las normas que tienen que aguantar unos y otros, y ellos continúan, disfrutando de precios y servidores, que les pagamos los ya cuasi esclavizados españoles. ¿Qué calificativo podemos dar a este hecho… por qué no cierran también la cafetería del Congreso y tantas otras como hay en la infinidad de “palacios” gubernamentales, y que los servicios se los traigan de fuera, para que vivan los hosteleros más cercanos al menos?

PSOE ha pactado con Bildu traicionado a sus muertos y faltando a su palabra?

El apoyo de los golpistas de ERC y los herederos de la ETA a los presupuestos del Gobierno socialcomunista conlleva un alto precio. Y estos «codiciosos arribistas sin límites» como les ha llamado Carlos Herrera a Pedro Sánchez y Pablo Iglesias están más que dispuestos a pagarlo. No debería sorprendernos. En marzo de 2014 Periodista Digital desveló por primera vez el vídeo en el que entonces tertuliano Iglesias elogiaba a la ETA el 6 de junio de 2013 en una ‘herriko taberna’ de Pamplona. «Han blanqueado a este banda, han normalizado a quien sigue sin condenar los atentados de la ETA…», afirmaba indignado Carlos Herrera en su editorial de las 6 h y 7 h en COPE”. (Periodista Digital 12-11-2020).

 

            EL PODER AL PRECIO QUE SEA: Con sólo esta frase, se retrata al asqueroso político que traga con lo que sea, simplemente por mantenerse en el sillón, aunque éste y como ocurriera cuando llegó al poder; fue por el mismo sistema de comprar los votos necesarios “al precio que sea”, aunque con ello, traicionara todo lo traicionable que exista en las leyes de un Estado, al que se roba lo que sea menester, en favor de quienes lo que quieren es que desaparezca ese Estado, y como ocurriera tras el “Califato de Córdoba”, se convierta en coras musulmanas, o pequeños reinos, a los que hubo que conquistar de nuevo, a sangre y fuego, para simplemente volver a completarse lo que era el reino visigodo, anterior a la invasión musulmana. O sea y valga la metáfora; “Destejer de nuevo el lento y costoso velo de Penélope”, salvo que aquella realidad fue un destejer a costa de ni se sabe la cantidad de vidas y latrocinios que costó a los desgraciados españoles que tuvieron que soportar más de siete siglos aquella invasión islámica”. Y cuyos desastres los está “tejiendo de nuevo” una plaga de malditos políticos, que ocasionarán daños incalculables, hasta “reconstruir de nuevo esta siempre desgraciada España”… ¿cuánta sangre costará todo ello? La historia lo dirá; como hoy dice lo del famoso velo de aquella reina griega; que fue así. “La historia cuenta que mientras Ulises estaba en la guerra, su esposa se quedó en el palacio esperándole porque nunca perdió la esperanza de que algún día regresaría. Pero todos los pretendientes querían ser el rey de Ítaca. Penélope ante las continuas insistencias de éstos, recurrió al siguiente artificio: puso como condición que, cuando terminara de tejer un velo daría al fin la respuesta solicitada. Más el día decisivo nunca llegaba porque por la noche destejía lo hecho...Cuando los pretendientes descubrieron el engaño ya era demasiado tarde porque Ulises ya estaba en el palacio dispuesto a tomar venganza”...?

 

La humanidad sigue totalmente “ayuna” de estadistas; hombres y mujeres de Estado, que de verdad sepan gobernar a los pueblos, cargando sobre sus espaldas la responsabilidad que conlleva el cargo (“cargo viene de carga”) e impongan la verdadera “justicia distributiva” que necesita la Humanidad, que contando hoy, “con todos los medios técnicos” para facilitar una vida mejor para todos, ha degenerado en lo que es hoy el planeta, un lugar donde las diferencias y distancias, cada vez son mayores, como así lo son los abusos e impunidades que ningún gobernante trata de reducir.

            LA VERDAD… es la herida que más duele … y no cicatriza.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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