Las Noticias de hoy 12 Noviembre 2020

Enviado por adminideas el Jue, 12/11/2020 - 12:40

110 Frases de Dios (Cortas y poderosas)

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 12 de noviembre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Audiencia general: Catequesis completa, “La oración perseverante”

Audiencia general: Lecciones sobre la oración

 El Papa bendice estatua mariana de la Medalla Milagrosa

Informe McCarrick: El Papa renueva su cercanía a las víctimas

COMO CIUDAD AMURALLADA: Francisco Fernandez Carbajal

“Hambre y sed de Él y de su doctrina”: San Josemaria

Un apóstol que disfruta siempre: Diego Zalbidea

 1940-1945: años de formación y crecimiento: Onésimo Díaz

Carta ‘Samaritanus Bonus’

Fraternidad, discernimiento, comunicación: Ramiro Pellitero

 Fallece el sacerdote tetrapléjico Luis de Moya, gran defensor de la vida

REFLEXIÓN EN NOVIEMBRE: Josefa Romo Garlito

 Nuestra buena amiga la muerte: Ángel Cabrero Ugarte

Fiesta y cerebro.: J L. Velayos

 La formación de valores en los hijos.: Raúl Espinoza

 Espíritu de fe y laicismo en el arte funerario: Plinio Corrêa de Oliveira

 El igualitarismo explicado en toda su profundidad

Presiones para que liberalice las leyes sobre el aborto : Pedro García

Domund: nos ha pasado por alto: Jaume Catalán Díaz

Como lo más normal del mundo.: JD Mez Madrid

Esta es la “cosa interesante”: José Morales Martín

Sin orden ni justicia las tiranías políticas dueñas de todo: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

Audiencia general: Catequesis completa, “La oración perseverante”

“El cristiano que reza no teme nada”

NOVIEMBRE 11, 2020 13:08GABRIEL SALES TRIGUEROAUDIENCIA GENERAL

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(zenit – 11 nov. 2020).- En la audiencia general, el Papa Francisco ha propuesto “la oración perseverante” como característica común en las tres parábolas del Evangelio incluidas en el Catecismo de la Iglesia Católica: la del amigo inoportuno, la de la anciana y el juez inicuo y la del fariseo y el publicano.

​La audiencia general de hoy, 11 de noviembre de 2020, ha sido emitida desde la biblioteca del Palacio Apostólico vaticano, sin fieles, como medida de prevención frente a la COVID-19. A lo largo de la misma, el Santo Padre ha continuado con el ciclo de catequesis sobre la oración reflexionando, efectivamente, sobre el tema “La oración perseverante” (Lectura: Lc 11,9-13).

Antes de comenzar la catequesis, el Papa ha señalado que alguien le dijo “usted habla demasiado sobre la oración” y “no es necesario”. Ante el comentario, ha respondido que sí lo es, porque “si nosotros no rezamos, no tendremos la fuerza para ir adelante en la vida”.

Para el Sucesor de Pedro, “la oración es el oxígeno de la vida”, es “atraer sobre nosotros la presencia del Espíritu Santo que nos lleva siempre adelante. Por esto yo hablo tanto de la oración”, aclara.

El amigo inoportuno

Después, Francisco se ha referido a cómo Jesús dio ejemplo “de una oración continua, practicada con perseverancia” y a cómo el Catecismo (cfr. CCE, 2613) recuerda las tres parábolas contenidas en el Evangelio de Lucas que subrayan esta característica de la oración de Jesús.

En esta línea, ha subrayado que la oración debe ser ante todo “tenaz”, como la del personaje de la parábola que llega a casa de un amigo en mitad de la noche, de improviso, para pedirle pan y, aunque “el amigo responde: ‘¡no!’, porque ya está en la cama”, él insiste varias veces, “hasta que le obliga a alzarse y darle el pan”.

Se trata de una “petición tenaz”. “Dios es más paciente que nosotros, y quien llama con fe y perseverancia a la puerta de su corazón no queda decepcionado”, indica. “Dios siempre responde. Siempre. Nuestro Padre sabe bien qué necesitamos”.

De este modo, el Pontífice apunta que la insistencia en la oración “no sirve para informarle o convencerle, sino para alimentar en nosotros el deseo y la espera”.

La viuda y el juez

A continuación, el Obispo de Roma ha citado la parábola de la viuda “que se dirige al juez para que le ayude a obtener justicia”. Éste es corrupto, advierte, “un hombre sin escrúpulos” que, finalmente, “por la insistencia de la viuda, decide complacerla”.

El Papa Francisco narró cómo el juez piensa “es mejor que le resuelva el problema y me la quito de encima, y así no viene continuamente a quejarse”. Esta parábola “nos hace entender que la fe no es el impulso de un momento, sino una disposición valiente a invocar a Dios, también a ‘discutir’ con Él, sin resignarse delante del mal y la injusticia”.

El fariseo y el publicano

La tercera y última parábola a la que el Santo Padre ha remitido presenta “un fariseo y un publicano que van al templo a rezar”. El primero se dirige a Dios “presumiendo de sus méritos”, y el otro “se siente indigno incluso solo por entrar en el santuario”.

Sin embargo, expone el Sumo Pontífice, Dios no escucha la oración “de los soberbios, mientras que escucha la de los humildes”: “No hay verdadera oración sin espíritu de humildad”, ésta es la que “nos lleva a pedir en la oración”.

Rezar siempre

Francisco afirmó que el Evangelio es claro en su enseñanza de “rezar siempre”, aun cuando parezca que todo es en vano, que Dios es “sordo y mudo”, que “perdemos el tiempo” o que resulta “una ilusión, un cansancio estéril”. “Practicar la oración significa también aceptar ese cansancio”, insiste.

Es necesario ir adelante, “en los momentos malos” y en los que “no sentimos nada”. Así, el Papa ilustró cómo muchos santos y santas han experimentado “la noche de la fe y el silencio de Dios” y han sido perseverantes.

Rezar “en nombre de Jesús”

Asimismo, Francisco explicó que en esas noches de la fe “quien reza nunca está solo”, ya que Jesús no “es solo testigo y maestro de oración, es más”, nos acoge en la oración “para que nosotros podamos rezar en Él y a través de Él”. Esto es, prosigue, “obra del Espíritu Santo”.

El Evangelio invita a “rezar al Padre en nombre de Jesús”, y el Catecismo muestra que “la certeza de ser escuchados en nuestras peticiones se funda en la oración de Jesús”, remarca.

El Obispo de Roma subrayó cómo sin Jesús, “nuestras oraciones correrían el riesgo de reducirse a los esfuerzos humanos, destinados la mayor parte de las veces al fracaso”, y que “Él ha tomado sobre sí cada grito, cada lamento, cada júbilo, cada súplica…cada oración humana”.

Por último, el Pontífice clarificó que el Espíritu Santo “reza en nosotros, es aquel que nos lleva a rezar, nos lleva a Jesús”, Cristo, que “es todo para nosotros, también en nuestra vida de oración”. Es por esto, concluye, que “el cristiano que reza no teme nada, se encomienda al Espíritu Santo, que se nos ha dado como don y que reza en nosotros, suscitando la oración”.

A continuación, sigue la catequesis completa de Francisco.

***

Catequesis – 14. La oración perseverante

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Seguimos con las catequesis sobre la oración. Alguien me ha dicho: “Usted habla demasiado sobre la oración. No es necesario”. Sí, es necesario. Porque si nosotros no rezamos, no tendremos la fuerza para ir adelante en la vida. La oración es como el oxígeno de la vida. La oración es atraer sobre nosotros la presencia del Espíritu Santo que nos lleva siempre adelante. Por esto yo hablo tanto de la oración.

Jesús ha dado ejemplo de una oración continua, practicada con perseverancia. El diálogo constante con el Padre, en el silencio y en el recogimiento, es el fundamento de toda su misión. Los Evangelios nos cuentan también de sus exhortaciones a los discípulos, para que recen con insistencia, sin cansarse. El Catecismo recuerda las tres parábolas contenidas en el Evangelio de Lucas que subrayan esta característica de la oración (cfr. CCE, 2613) de Jesús.

La oración debe ser sobre todo tenaz: como el personaje de la parábola que, teniendo que acoger un huésped que llega de improviso, en mitad de la noche va a llamar a un amigo y le pide pan. El amigo responde: “¡no!”, porque ya está en la cama, pero él insiste e insiste hasta que no le obliga a alzarse y a darle el pan (cfr. Lc 11,5-8). Una petición tenaz. Pero Dios es más paciente que nosotros, y quien llama con fe y perseverancia a la puerta de su corazón no queda decepcionado. Dios siempre responde. Siempre. Nuestro Padre sabe bien qué necesitamos; la insistencia no sirve para informarle o convencerle, sino para alimentar en nosotros el deseo y la espera.

La segunda parábola es la de la viuda que se dirige al juez para que la ayude a obtener justicia. Este juez es corrupto, es un hombre sin escrúpulos, pero al final, exasperado por la insistencia de la viuda, decide complacerla (cfr. Lc 18,1-8). Y piensa: “Es mejor que le resuelva el problema y me la quito de encima, y así no viene continuamente a quejarse delante de mí”. Esta parábola nos hace entender que la fe no es el impulso de un momento, sino una disposición valiente a invocar a Dios, también a “discutir” con Él, sin resignarse delante del mal y la injusticia.

La tercera parábola presenta un fariseo y un publicano que van al Templo a rezar. El primero se dirige a Dios presumiendo de sus méritos; el otro se siente indigno incluso solo por entrar en el santuario. Pero Dios no escucha la oración del primero, es decir, de los soberbios, mientras escucha la de los humildes (cfr. Lc 18,9-14). No hay verdadera oración sin espíritu de humildad. Es precisamente la humildad la que nos lleva a pedir en la oración.

La enseñanza del Evangelio es clara: se debe rezar siempre, también cuando todo parece vano, cuando Dios parece sordo y mudo y nos parece que perdemos el tiempo. Incluso si el cielo se ofusca, el cristiano no deja de rezar. Su oración va a la par que la fe. Y la fe, en muchos días de nuestra vida, puede parecer una ilusión, un cansancio estéril. Hay momentos oscuros, en nuestra vida y en esos momentos la fe parece una ilusión.

Pero practicar la oración significa también aceptar este cansancio. “Padre, yo voy a rezar y no siento nada… me siento así, con el corazón seco, con el corazón árido”. Pero tenemos que ir adelante, con este cansancio de los momentos malos, de los momentos que no sentimos nada. Muchos santos y santas han experimentado la noche de la fe y el silencio de Dios —cuando nosotros llamamos y Dios no responde— y estos santos han sido perseverantes.

En estas noches de la fe, quien reza nunca está solo. Jesús de hecho no es solo testigo y maestro de oración, es más. Él nos acoge en su oración, para que nosotros podamos rezar en Él y a través de Él. Y esto es obra del Espíritu Santo.

Es por esta razón que el Evangelio nos invita a rezar al Padre en el nombre de Jesús. San Juan escribe estas palabras del Señor: “Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo” (14,13). Y el Catecismo explica que “la certeza de ser escuchados en nuestras peticiones se funda en la oración de Jesús” (n. 2614). Esta dona las alas que la oración del hombre siempre ha deseado poseer.

Cómo no recordar aquí las palabras del salmo 91, cargadas de confianza, que nacen de un corazón que espera todo de Dios: “Te cubrirá con su plumaje, un refugio hallarás bajo sus alas. Escudo y adarga es su lealtad. No temerás el terror de la noche, ni la saeta que de día vuela, ni la peste que avanza en las tinieblas, ni el azote que devasta a mediodía” (vv. 4-7). Es en Cristo que se cumple esta maravillosa oración, es en Él que encuentra su plena verdad.

Sin Jesús, nuestras oraciones correrían el riesgo de reducirse a los esfuerzos humanos, destinados la mayor parte de las veces al fracaso. Pero Él ha tomado sobre sí cada grito, cada lamento, cada júbilo, cada súplica… cada oración humana. Y no olvidemos el Espíritu Santo que reza en nosotros; es Aquel que nos lleva a rezar, nos lleva a Jesús. Es el don que el Padre y el Hijo nos han dado para proceder al encuentro de Dios. Y el Espíritu Santo, cuando nosotros rezamos, es el Espíritu Santo que reza en nuestros corazones.

Cristo es todo para nosotros, también en nuestra vida de oración. Lo decía San Agustín con una expresión iluminante, que encontramos también en el Catecismo: Jesús “ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza nuestra; a Él se dirige nuestra oración como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en Él nuestras voces; y la voz de Él, en nosotros” (n. 2616).

Es por esto que el cristiano que reza no teme nada, se encomienda al Espíritu Santo, que se nos ha dado como don y que reza en nosotros, suscitando la oración. Que sea el mismo Espíritu Santo, Maestro de oración, quien nos enseñe el camino de la oración.

© Librería Editora Vaticana

 

 

Audiencia general: Lecciones sobre la oración

Ciclo sobre la oración

NOVIEMBRE 11, 2020 10:21GABRIEL SALES TRIGUEROAUDIENCIA GENERAL

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(zenit – 11 nov. 2020).- En la audiencia general de esta mañana, el Papa Francisco ha destacado cómo Jesús “nos invita a la oración perseverante” y ha propuesto tres parábolas que ofrecen “algunas lecciones sobre la oración” en este sentido.

​Hoy, 11 de noviembre de 2020, el Santo Padre ha presidido la audiencia general en la biblioteca del Palacio Apostólico vaticano, transmitida en directo, sin fieles, como medida de prevención frente a la COVID-19, y ha proseguido con el ciclo de catequesis sobre la oración, esta vez abordando el tema “La oración perseverante”.

En sus palabras en español, el Papa se ha centrado en el ejemplo de Jesús. Su continuo diálogo con el Padre “en el silencio y el recogimiento, fue el fundamento de toda su misión”. Para “exhortarnos” a la perseverancia en la oración, destaca, Dios propone tres parábolas: “la del amigo inoportuno, la de la anciana y el juez inicuo y la del fariseo y el publicano”.

Lecciones sobre la oración

En esta línea, el Pontífice ha subrayado la paciencia con que Dios “escucha nuestra súplica, aun cuando conoce nuestra miseria mejor que nosotros”.

Asimismo, explica que “con su silencio, el Señor busca incitar en nosotros el deseo y la esperanza filial, y nos pide también la perseverancia fundada en la firmeza de la fe”.

Del mismo modo, la oración “necesita ser valiente, incluso hasta retar a Dios entre lágrimas, sin rendirnos nunca ante el mal y la injusticia”. Por último, continúa, orar “nos revela que la humildad y la verdadera contrición son el modo para acceder al corazón de Dios”.

La oración en el Evangelio

Francisco ha afirmado que el Evangelio “es claro”: “la oración es vital para no desfallecer, es una cuestión de fe”. A pesar de que “nos parezca a veces una fatiga inútil y que Dios enmudece ante nuestros ruegos, hemos de perseverar en la oración”, aclara.

A continuación, el Obispo de Roma volvió a remitir a la figura de Jesús para decir que “en esto no es solo un maestro y un ejemplo, sino que nos acoge en su oración”. “Él toma sobre sí cada grito, cada canto de júbilo, cada súplica; en definitiva, cada oración humana”, apuntó.

Finalmente, describió que cuando rezamos, la voz de Jesús “está en nosotros, de modo que todo lo que pidamos en su nombre sea para gloria de Dios Padre”.

 El Papa bendice estatua mariana de la Medalla Milagrosa

Que recorrerá Italia

NOVIEMBRE 11, 2020 14:15LARISSA I. LÓPEZPAPA FRANCISCO

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(zenit – 11 nov. 2020).- El Papa Franscico ha bendecido la “Sagrada efigie de la Bienaventurada Virgen Inmaculada de la Medalla Milagrosa” en el Vaticano.

La bendición de la imagen se produjo ante la presencia del superior general de la Congregación de la Misión, el padre Tomás Mavrič, en la mañana de hoy, 11 de noviembre de 2020, y tiene lugar con ocasión del 190 aniversario de las apariciones marianas a Santa Catalina Labouré (1806-1876).

De este modo, se da inicio simbólico a la peregrinación de la imagen por las regiones italianas que comenzará el próximo 1 de diciembre, para reconfortar en tiempos de pandemia.

Gesto del Papa

​El padre Valerio Di Trapani, superior del Colegio Apostólico Leonés de Roma y asistente nacional de los Grupos de voluntarios vicentinos, quien además es el coordinador de la iniciativa denominada “María Peregrina” habló en Radio Vaticano Italia sobre este gesto del Papa.

Para el sacerdote, la bendición de Francisco constituye un verdadero envío en esta misión, que durará al menos un año, y que llevará la imagen de “María peregrina” a las comunidades y parroquias de toda Italia que deseen acogerla.

Continúa la misión

“Me parece significativo y consolador en este tiempo de pandemia que María, Madre de la Iglesia, y con ella podríamos decir toda la Iglesia, no se aleje de su pueblo, sino que permanezca cerca de los que están en juicio”, expresó el padre Valerio.

Asimismo, describió que la de ahora es una misión con la que María continúa y que comenzó con las apariciones de 1830 a Catalina Labouré: la Virgen visita a su pueblo, lo bendice y nos recuerda que siempre estará con nosotros.

El presbítero explicó también que la familia religiosa de san Vicente de Paúl, organizadora, “no somos los creadores de esta iniciativa, sino que nos limitamos a responder a la llamada de María de hace 190 años que la Virgen sigue dirigiendo hoy en día”.

“Hoy sentimos que este tiempo de prueba es una oportunidad para decir que Dios está con nosotros, en medio de nosotros, y la Virgen María nos abre el camino para encontrarnos con Cristo y el Padre”, indicó.

Informe McCarrick: El Papa renueva su cercanía a las víctimas

Compromiso de la Iglesia

NOVIEMBRE 11, 2020 10:48GABRIEL SALES TRIGUEROAUDIENCIA GENERAL

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(zenit – 11 nov. 2020).- El Papa Francisco ha recordado que ayer martes 10 de noviembre de 2020 fue publicado el Informe McCarrick sobre el “doloroso caso” del ex cardenal Theodore Edgar McCarrick (Estados Unidos), realizado por el Vaticano.

Al final de la audiencia general de este miércoles, 11 de noviembre de 2020, el Santo Padre ha renovado su cercanía a todas las víctimas de abuso y ha subrayado el “compromiso de la Iglesia para erradicar este mal”.

Tras lanzar este mensaje y justo antes de los habituales saludos a los fieles de lengua italiana, el Papa ha guardado unos instantes de silencio.

El caso McCarrick

Theodore McCarrick fue acusado de abusar sexualmente de menores y adultos seminaristas y posteriormente expulsado tanto del Colegio Cardenalicio el 18 de julio de 2018 como de la Orden de obispos.

Francisco le retiró del estado clerical el 15 de febrero de 2019, por lo que desde ese momento tuvo prohibida la realización de cualquier acto sacerdotal (sería de ipso facto nulo), excepto de la absolución sacramental de una persona en inminente peligro de muerte.

La Santa Sede ha publicado el informe abarcando desde el año 1930 hasta el 2017. El documento trata del “conocimiento institucional y el proceso de adopción de decisiones de la Santa Sede” en relación con el ex cardenal. Fue redactado por la Secretaría de Estado a petición del Sumo Pontífice.

Sobre el ex cardenal

Theodore McCarrick fue creado cardenal por Juan Pablo II en el Consistorio del 21 de febrero de 2001. Como tal, participó en el cónclave de 2005 que eligió a Benedicto XVI. Habiendo cumplido 80 años el 7 de julio de 2010, no participó en la elección del Papa Francisco en marzo de 2013.

En junio de 2018, el actual Pontífice le suspendió de su cargo público y su título fue retirado. El Papa sugirió que presentara su renuncia al Colegio de Cardenales él mismo, y aceptó formalmente la misma el 27 de julio de 2018.

 

COMO CIUDAD AMURALLADA

— La caridad vivida entre los primeros cristianos.

— Fortaleza que otorga la caridad.

— Virtudes anejas a la caridad.

I. Una de las lecturas para la Misa de hoy nos propone la Epístola a Filemón, la más breve de las que escribió San Pablo, y una de las más entrañables. Es una Carta familiar enviada a un cristiano de Colosas acerca de un esclavo, Onésimo, huido de la casa de aquel y convertido a la fe en Roma por el celo del Apóstol. Es una muestra más, por otra parte, del espíritu universal del cristianismo primitivo, que acogía en su seno a personas pudientes, como Filemón, o a esclavos, como Onésimo. Así lo resalta San Juan Crisóstomo: «Aquila ejercía su profesión manual; la vendedora de púrpura, al frente de un taller; otro era guardia de una cárcel; otro centurión, como Cornelio; otro enfermo, como Timoteo; otro, Onésimo, era esclavo y fugitivo; y sin embargo nada de eso fue obstáculo para ninguno, y todos brillaron por su santidad: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, esclavos y libres, soldados y paisanos»1.

Es posible que en un principio pensara San Pablo retener a Onésimo en Roma a fin de que le ayudara2, pero pronto cambió de parecer y decidió devolverlo a Filemón, a quien le escribe para que le acoja como a hermano en la fe. El tono que emplea el Apóstol no es de mandato, aunque podría haberlo hecho dada su autoridad, sino de súplica humilde en nombre de la caridad. La súplica revela el gran corazón de Pablo: yo, este Pablo ya anciano, y ahora prisionero de Cristo Jesús, te suplico en favor de mi hijo Onésimo, a quien engendré entre cadenas, en otro tiempo inútil para ti, pero ahora útil para ti y para mí, a quien te devuelvo como si fuera mi corazón. Yo quisiera retenerlo para que me sirviera en tu lugar, mientras estoy entre cadenas por el Evangelio3.

Si en otro tiempo el esclavo fue inútil para su amo, pues se fugó, ahora será útil. El juego de palabras hace referencia al nombre de Onésimo (= útil), como si quisiera decir que, si es verdad que antes no hizo honor a su nombre, ahora sí; más aún, no solo se vuelve provechoso para el Apóstol, sino también para el propio Filemón, que ha de recibirle por ello como si se tratara del mismo Pablo en persona: si me tienes como hermano en la fe -le dice-, acógelo como si fuera yo mismo4. «Ved a Pablo escribiendo a favor de Onésimo, un esclavo fugitivo –dice San Juan Crisóstomo–: no se avergüenza de llamarlo hijo suyo, sus propias entrañas, su hermano, su bienamado. ¿Qué diría yo? Jesucristo se abajó hasta tomar a nuestros esclavos por hermanos suyos. Si son hermanos de Jesucristo, también lo son nuestros»5. En aquella época, bien conocida por la poca consideración, a veces ninguna, que se tenía hacia los esclavos, es donde alcanzan toda su fuerza estas palabras, y donde se vivió la caridad de tal manera que se explica que los primeros cristianos asombraran al mundo. Si esto hicieron los primeros cristianos, siguiendo el mandato de Jesús, ¿vamos nosotros a excluir de nuestro trato, de nuestra amistad a alguno por razones sociales, de raza, de educación...?

Con buen humor y con un gran afecto, le dice el Apóstol a Filemón: Si en algo te perjudicó o te debe algo, cárgalo a mi cuenta. Yo, Pablo, lo he escrito de mi puño y letra. Y añade: yo te lo pagaré, por no decirte que tú mismo te me debes. Le recuerda que si fueran a echar cuentas de verdad, el Apóstol saldría ganando, ya que Filemón debe a Pablo lo más preciado que tiene: su condición de cristiano.

Nosotros hemos de aprender de aquellos primeros cristianos a vivir la caridad con la hondura con que ellos la llevaron a la práctica, muy especialmente con nuestros hermanos en la fe –este debe ser nuestro primer apostolado– para que perseveren en ella, y con quienes se encuentran lejos de Cristo, para que a través de nuestro aprecio se acerquen a Él y le sigan.

II. Frater qui adiuvatur a fratre quasi civitas firma6. El hermano ayudado por su hermano es fuerte como una ciudad amurallada, leemos en el Libro de los Proverbios. En aquellos primeros tiempos, donde tantas dificultades externas encontraban quienes abrazaban la fe, la fraternidad era la mejor defensa contra todos los enemigos. Verdaderamente, la caridad bien vivida nos hace fuertes y seguros como una ciudad amurallada, como una plaza fuerte inexpugnable a todos los ataques. Las recomendaciones de vivir con delicadeza extrema el mandato del Señor son muy abundantes: Llevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo7, exhorta San Pablo a los Gálatas. Nuestra disposición ante los demás cuando los vemos agobiados, con una sobrecarga de trabajo, de dificultades, ha de ser siempre la de ayudar a sobrellevar esos fardos, muchas veces tan pesados. «Carga sobre ti –aconsejaba San Ignacio de Antioquía a su discípulo San Policarpo–, como perfecto atleta de Cristo, las enfermedades de todos»8.

Es esta una responsabilidad de todos los cristianos. Cada uno ha de estar atento siempre ante el bien de los demás, y muy especialmente de aquellos que, por diferentes razones, el Señor nos ha encomendado. «Estos son tus siervos, mis hermanos –escribe San Agustín–, que tú quisiste que fuesen hijos tuyos, señores míos, y a quienes me mandaste que sirviese si quería vivir contigo de ti»9. La preocupación por ayudar a los demás nos sacará de nosotros mismos y ensanchará nuestro corazón. Ni la falta de tiempo, ni el exceso de ocupaciones, ni el temor a complicarnos la vida, podrán justificar las omisiones en esta virtud. Consistirá frecuentemente en preocuparnos por su salud, por su descanso, por su alegría, y sobre todo por su fe. Los enfermos merecen una atención particular: compañía, interés verdadero por su curación, facilitarles el que ofrezcan al Señor su dolor y santifiquen la enfermedad, ayudarles a rezar según sus posibilidades...

La caridad bien vivida nos otorga una gran fortaleza ante obstáculos a veces semejantes a los que encontraron los primeros cristianos. Hemos de llegar hasta Dios bien unidos en la fe, guardándonos unos a otros, sin dejar que nadie sienta la dureza de la soledad en momentos más difíciles, por los que todos podemos pasar, «pues si una ciudad se defiende, y se ciñe de fuertes muros, y se protege por todas partes con una atenta vigilancia, pero un solo agujero queda sin defender por negligencia, por allí sin duda entrará el enemigo»10. No le dejemos entrar.

Con la ayuda de los demás seremos ciudad amurallada, plaza fuerte11, y llegaremos a donde solos no podemos, resistiremos más y mejor las dificultades que se presentan en el camino hacia Dios, pues –como dice la Escritura– la cuerda de tres hilos es difícil de romper12. La caridad es nuestra fortaleza. «“Frater qui adjuvatur a fratre quasi civitas firma” —El hermano ayudado por su hermano es tan fuerte como una ciudad amurallada,

»—Piensa un rato y decídete a vivir la fraternidad que siempre te recomiendo»13.

III. San Pablo no llegó a pedir directamente a Filemón la libertad de Onésimo, pero le insinúa con gran finura que se la conceda, sin quitarle mérito a su libre decisión. Le hace notar la generosidad que tuvo con él, para que tenga el mismo corazón para su esclavo, ahora su hermano en la fe. Termina diciéndole: Sé que harás aún más de lo que te digo. «Es la repetición del mismo testimonio que le había expresado al principio de su carta –comenta San Juan Crisóstomo–: Sabiendo que harás aún más de lo que te digo. Imposible imaginar nada más persuasivo; ninguna otra razón más convincente que esta tierna estima de la generosidad que Pablo le manifiesta, de modo que Filemón no podría resistir más a esta demanda»14. Es la delicadeza del que sabe pedir apoyado en una entrañable amistad que tiene como último fundamento la fe en Cristo.

La caridad lleva consigo una serie de virtudes anejas que son a la vez su apoyo y su defensa. Estas virtudes, a través de las cuales se manifiesta la misma caridad, son la lealtad, la gratitud, el respeto mutuo, la amistad, la deferencia, la afabilidad, la delicadeza en el trato... Vivir bien el Mandamiento del Señor nos exigirá muchas veces dominar nuestro estado de ánimo, fomentar la cordialidad, el buen humor, la serenidad, el optimismo. Por el contrario, los tonos desabridos e intemperantes, las faltas de educación, las impaciencias, el fijarse excesivamente en las deficiencias de los demás, los juicios negativos sobre otros, el descuido en el lenguaje... suelen revelar ausencia de finura interior, de vida sobrenatural, de unión con Dios.

San Juan nos ha dejado este resumen de lo que debe ser nuestra vida: En esto hemos conocido el amor, en que Él dio su vida por nosotros, y nosotros debemos dar la nuestra por nuestros hermanos15. Este entregar la vida por los demás ha de ser día a día, en medio del trabajo, en el hogar, con los amigos, con las personas con las que nos relacionamos. Así cumplimos el Mandamiento del Señor: que os améis unos a otros; como Yo os he amado, así también amaos mutuamente. En esto conocerán todos que sois mis discípulos: Si tenéis caridad unos para con otros16. Mediante este mandamiento, «Jesús ha diferenciado a los cristianos de todos los siglos de los demás hombres que todavía no han entrado en su Iglesia. Si nosotros, los cristianos, no manifestamos esta característica, terminaremos por confundir al mundo, perdiendo el honor de ser tenidos por hijos de Dios.

»En tal caso –como necios– no aprovechamos el arma tal vez más fuerte para dar testimonio de Dios en nuestro ambiente, congelado por el ateísmo paganizante, indiferente y supersticioso.

»Que el mundo pueda contemplar atónito un espectáculo de concordia fraterna y diga de nosotros –como de los que gloriosamente nos precedieron–: ¡Mirad cómo se aman!»17.

1 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 43. — 2 Cfr. Fil 13-14. — 3 Fil 9-13. — 4 Cfr. Sagrada Biblia, Epístolas de la cautividad, EUNSA, Pamplona 1986, vol. VIII, nota a Fil 6. — 5 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a Filemón, 2, 15-16. — 6 Prov 18, 19. — 7 Gal 6, 2. — 8 San Ignacio de Antioquía, Epístola a San Policarpo, 1, 3, — 9 San Agustín, Confesiones, 10, 4, 6. — 10 San Gregorio Magno, Moralia, 19, 21, 33. — 11 Cfr. Liturgia de las Horas, Domingo IV de Cuaresma. Preces de las II Vísperas. — 12 Eclo 4, 12. — 13 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 460. — 14 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a Filemón, 21. — 15 1 Jn 3, 16. — 16 Jn 13, 34-35. — 17 Ch. Lubich, Meditaciones, p. 46.

 

 

“Hambre y sed de Él y de su doctrina”

Sin vida interior, sin formación, no hay verdadero apostolado ni obras fecundas: la labor es precaria e incluso ficticia. –¡Qué responsabilidad, por tanto, la de los hijos de Dios!: hemos de tener hambre y sed de El y de su doctrina. (Forja, 892)

12 de noviembre

A veces, con su actuación, algunos cristianos no dan al precepto de la caridad el valor máximo que tiene. Cristo, rodeado por los suyos, en aquel maravilloso sermón final, decía a modo de testamento: «Mandatum novum do vobis, ut diligatis invicem» –un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros.

Y todavía insistió: «in hoc cognoscent omnes quia discipuli mei estis» –en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros.

–¡Ojalá nos decidamos a vivir como El quiere! (Forja, 889)

Si falta la piedad –ese lazo que nos ata a Dios fuertemente y, por El, a los demás, porque en los demás vemos a Cristo–, es inevitable la desunión, con la pérdida de todo espíritu cristiano. (Forja, 890)

Agradece de todo corazón al Señor las potencias admirables..., y terribles, de la inteligencia y de la voluntad con las que ha querido crearte. Admirables, porque te hacen semejante a El; terribles, porque hay hombres que las enfrentan contra su Creador.

A mí, como síntesis de nuestro agradecimiento de hijos de Dios, se me ocurre decirle, ahora y siempre, a este Padre nuestro: «serviam!» –¡te serviré! (Forja, 891)

 

 

Un apóstol que disfruta siempre

En un mundo lleno de actividad, san Josemaría nos propone una "lógica" sorprendente: primero, oración y mortificación; solo después, acción. Así podremos sintonizar mejor con el apostolado que quiere Dios.

OTROS10/11/2020

Un padre desesperado se acerca a Jesús porque su hijo está endemoniado. Es fácil comprender su frustración: «Pedí a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido» (Mc 9,18). Es posible que los apóstoles, en medio de esa conversación, se sintieran confundidos y un poco avergonzados al contemplar su ineficacia. En ocasiones anteriores habían podido expulsar demonios pero aquel día su experiencia no fue suficiente. De una manera similar, ¿cuántas veces a nuestra vida de apóstoles aparentemente no llegan los frutos que deseamos? ¿Cuántas veces Jesús tiene que repetirnos su reproche firme –«¡generación incrédula!» (Mc 9,19)– pero, a la vez, lleno de cariño e ilusión?

Jesús, sin embargo, no se queda en aquella observación, sino que añade rápidamente: «Os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza… nada os sería imposible» (Mt 17,20). Para lograr esa confianza, esa fe diminuta pero suficiente, es necesaria una vida centrada en la fuerza de Cristo. Y para ello solo tenemos un camino: «Esta raza no puede ser expulsada por ningún medio, sino con la oración» (Mc 9,29). En estas pocas frases se esconde el modo en que Dios quiere que colaboremos con su afán de salvar a todos los hombres. Jesús no busca dar simplemente una receta para nuestra eficacia sino mostrarnos un modo distinto de enfocar la tarea; Jesús nos habla de fe y de oración. Desde aquel momento, desde que comprendieron aquella lógica, los apóstoles se sienten capaces de afrontar cualquier desafío. Saben que la misión no depende solo de ellos. Son conscientes de que serán portadores de ese amor de Dios que ansía la felicidad de cada uno de sus hijos.

El sentido de ese primer lugar

Los que hayan tenido la suerte de participar en la canonización de san Josemaría, posiblemente no habrán olvidado un detalle entrañable que tuvo san Juan Pablo II durante la homilía. Pudieron escuchar, en aquel momento tan importante, un punto de Camino que habrían meditado muchas veces. Con su voz grave recordó: «Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en "tercer lugar", acción»[1]. En un mundo como el nuestro, marcado por el exceso de actividad, es un orden que nos sorprende. Y, sin embargo, tiene todo el sentido del mundo. Porque la oración y la mortificación –oración de los sentidos– en realidad nos abren a la acción de Dios, nos lanzan a la misión de Cristo. En la lógica de ese orden propuesto por san Josemaría late la fuerza del Espíritu Santo ya que solo él sabe pedir como nos conviene (cfr. Rm 8,26).

Si rezamos nos desprendemos de lo que hacemos nosotros, de nuestras seguridades. Si rezamos nos fiamos de Cristo, buscamos hacer su obra; manifestamos nuestro deseo de trabajar por él, con él y en él. No nos importan el cansancio, ni las dificultades, ni el éxito aparente o su ausencia. Si, por el contrario, priorizamos la acción, corremos el riesgo de pensar que somos nosotros los que transformamos a nuestros amigos. Entonces, nuestra inseguridad busca la seguridad en los resultados. Queremos tener la certeza de que lo estamos haciendo bien. Pero esa mirada es generalmente superficial, de corto alcance; a esa mirada posiblemente le falta el grano de mostaza del que habló Jesús a sus discípulos.

La tentación de ponernos a nosotros en primer lugar puede hacerse presente también, de modo más sutil, incluso en nuestra oración. Esto se da cuando pensamos que es necesario convencer a Dios, merecer los frutos o estar a la altura. Sin querer, a veces entendemos nuestra plegaria como algo que hacemos exclusivamente nosotros. Nos situamos enfrente de Cristo y no junto a él; o, mejor todavía, no nos situamos en él. No es difícil que, entonces, interpretemos nuestra oración o nuestra acción como una moneda para comprar frutos apostólicos. En sentido contrario, san Agustín explica que Dios «pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes, y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante»[2]. En definitiva, nuestra oración nos prepara para desear unirnos a los planes de Cristo, sean los que sean.

Puede ayudarnos a dar la vuelta a esa mentalidad comercial en la oración algo que narraba san Josemaría: «En 1940, en la playa de Valencia, pude ver cómo unos pescadores –recios, robustos– arrastraban la red hasta la arena. Un niño pequeño se había metido entre ellos, y tratando de imitarles, tiraba también de las redes. Era un estorbo: pero observé que la rudeza de aquellos hombres de mar se enternecía, y no apartaban al pequeñín, dejándole en su ilusión de ayudar en el esfuerzo. Os he contado muchas veces esta anécdota porque a mí me conmueve pensar que Dios Nuestro Señor nos deja a nosotros también poner la mano en sus obras, y nos mira con ternura al ver nuestro empeño en colaborar con Él»[3].

La oración nos ayuda precisamente a comprender el privilegio de esa elección, la suerte que nos ha tocado al participar en esa misión. Cristo quiere que nos sintamos colaboradores suyos y que, en nuestra pequeñez, lo seamos realmente. De que nos animemos a poner nuestras manos en las redes de Cristo «dependen muchas cosas grandes»[4]. Después, es él quien lo hará todo y, además, nos ofrece a menudo también el premio: «Ni tan siquiera vimos la batalla y, con todo, obtuvimos la victoria; fue el Señor quien luchó, y nosotros quienes hemos sido coronados»[5]. Cristo nos regala la capacidad de disfrutar de la misión, de llevarnos la mejor parte, de apuntarnos el tanto, también cuando algunas veces no veamos exteriormente los frutos. Dios ha prometido que sus elegidos «no trabajarán en vano» (Is 65,23) y su promesa debería bastarnos.

 

Para que sean felices

San Josemaría estaba a punto de abandonar uno de sus refugios durante la guerra civil española cuando dirigió la meditación en voz alta a los que le acompañaban. Les contó un proyecto que llevaba muy dentro: deseaba escribir, cuando fuera posible, un pequeño librito que titularía Tratado de la felicidad o, simplemente, De la felicidad. Les leyó el posible inicio: «Jesús y yo queremos que seas feliz, aquí y en el otro mundo»[6]. Aunque ese libro no llegó a ver la luz, ese comienzo vale la pena por sí solo. Así podría definirse nuestra misión como apóstoles: junto a Jesús, tratar de hacer felices a los demás.

Cristo desea hacernos canales de su gracia, de sus milagros; al llamarnos a su barca nos ha regalado la sed de su corazón. Todos tenemos, gracias al bautismo, alma sacerdotal, es decir, la capacidad de ser mediadores; nos ha enviado para dar fruto y para que nuestro fruto dure (cfr. Jn 15,16). Y justamente eso es lo que significa disfrutar: percibir o gozar los productos y utilidades de algo. Es posible que algunas veces nos fijemos solo en las dificultades. Es, entonces, la hora de rezar, de descubrir que el protagonista es el Espíritu Santo. Es el tiempo de la oración y del sacrificio que, aunque podrían parecer poco eficaces, en realidad son el remedio de los males más profundos que afligen al mundo. Otras veces, en cambio, sí veremos el fruto de nuestros esfuerzos y nos llenaremos de acciones de gracias. En ambos casos Dios quiere que gocemos de nuestra misión, que la saboreemos, que paladeemos el amor de Jesús por las almas.

Sucede que cuando rezamos nos vamos llenando de aquella locura de su corazón, la que le movió a abajarse hasta hacerse uno como nosotros; la locura que le llevó a Belén y que le condujo a la cruz; la locura que le mantiene en el sagrario esperándonos. «El celo es una chifladura divina de apóstol, que te deseo, y tiene estos síntomas: hambre de tratar al Maestro; preocupación constante por las almas; perseverancia, que nada hace desfallecer»[7]. Y, lleno de ese fervor, el apóstol se lanza a la aventura de compartir su experiencia, compartir la felicidad de Dios, la felicidad de un creador arrebatado por el frágil cariño de sus criaturas. Es tan sencillo acompañarle, perseverar junto a él: bastan la oración y el sacrificio, algo asequible, al alcance de cualquier fortuna.

 

El apostolado de soñar

El Papa nos pide «soñar cosas grandes, buscar horizontes amplios, atreverse a más, querer comerse el mundo, ser capaz de aceptar propuestas desafiantes»[8]. Soñar es gratis pero, para hacerlo, también hace falta que demos prioridad a la oración. En ese sentido, la santa Misa puede ser el lugar idóneo ya que se trata de la inmensa posibilidad que tenemos de introducirnos en la plegaria, en la entrega y en el agradecimiento de Jesucristo.

El beato Álvaro nos recuerda esta gran oportunidad, ya que «en la Santa Misa hallamos el remedio para nuestra debilidad, la energía capaz de superar todas las dificultades de la labor apostólica. Convenceos: para abrir en el mundo surcos de amor a Dios, ¡vivid bien la Santa Misa! Para llevar a cabo la nueva evangelización de la sociedad, que nos pide la Iglesia, ¡cuidad la Santa Misa! Para que el Señor nos mande vocaciones con divina abundancia y para que se formen bien, ¡acudid al Santo Sacrificio!: ¡importunad un día y otro al Dueño de la mies, bien unidos a la Santísima Virgen, llenando de peticiones vuestra Misa!»[9]. Cuando estamos de frente al altar del santo sacrificio es un momento ideal para soñar, para pedir sin cansarnos. Cuando rezamos con Cristo —y eso es lo que hacemos en la santa Misa— nos atrevemos nuevamente a lanzar la red en el mismo lugar donde tal vez ya hemos fracasado anteriormente, cuando trabajábamos solos.

El verdadero apóstol está centrado en su maestro y el solo hecho de trabajar en su viña, junto a él, es ya el mejor salario (cfr. Mt 20,1-16). Por eso, al invitar a otros para que se unan en su tarea, el apóstol ciertamente «insiste con ocasión y sin ella» (2 Tm 4,2), pero lo hace con la creatividad del amor que sugiere y que abre horizontes. Precisamente porque lo que desea es hacer felices a sus amigos, no les obliga. Si algún día tenemos que insistir, no estamos siendo pesados con los demás, puesto que no hacemos más que seguir el suave mandato de Cristo. El apóstol busca seguir el mismo estilo de un Dios enamorado pero respetuoso y delicado, enemigo de forzar ninguna conciencia; ese estilo es el que más atrae, el que más empuja.

San Josemaría también invitaba a la gente que le rodeaba a soñar en grande porque sabía que, cuando lo hacemos, nos encendemos, se enciende un fuego que nos da ánimos para poner en juego nuestros talentos. Por eso, nos equivocaríamos si contraponemos oración y acción. Sería igual de erróneo pensar que todo depende de la acción, como conformarnos con una oración que no nos moviera a hacer lo imposible por acercar a un alma a Jesús. Quizá esto segundo puede ser en ocasiones más difícil porque conocemos bien nuestras resistencias y nuestra tendencia a la comodidad. Sin embargo, nuestro trabajo de apóstoles, incluso cuando nos sentimos «siervos inútiles», siempre da fruto (cfr. Lc 17, 10).

Los frutos, pues, no se compran. No solo valen mucho más de lo que nunca podremos reunir, sino que ni siquiera están a la venta: son gratis y Dios los concede cuando quiere y como quiere, ya que «vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis» (Mt 6,8). Podríamos decir que los frutos se sueñan. En ese sentido, el principal fruto de la oración y de la mortificación se queda en nosotros. La relación con Jesús que puede surgir de ese abandono en él nos libera de la tentación de pensar que todo depende de nosotros.

Almas animosas

Puede suceder que, con más frecuencia de la que pensamos, vivamos nuestra misión con una perspectiva que tiene poco en cuenta los tiempos y los modos de Dios. Aquello nos puede suceder, por ejemplo, cuando la aparente falta de frutos nos quita la paz o nos entristece. Quizá puede manifestarse en la poca audacia para emprender iniciativas nuevas o cuando nos apegamos a algunos modos de hacer que nos dan seguridad. No es difícil que, entonces, a veces surja en nosotros la tendencia a reprochar a los demás su falta de compromiso o a juzgar interiormente. Pero estas actitudes no son propias de un apóstol porque no son las actitudes que tuvo Cristo. Al contrario, como dice santa Teresa, «conviene mucho no apocar los deseos, pues Su Majestad es amigo de almas animosas»[10]. El verdadero apóstol lo es veinticuatro horas al día. Ha comprendido con profundidad su misión y de dónde proviene la eficacia. Sabe que Dios cuenta con su libertad y que, al mismo tiempo, todo depende de la gracia, que es un misterio. Sueña con lo que el amor de Dios puede hacer en el mundo y procura poner todo lo que está de su parte por hacerlo presente entre la gente que tiene cerca.

San Josemaría, después de hablar del título del librito que quería escribir, relataba las líneas generales de su naciente proyecto: «Sin estilo machacón, sin el tono pretencioso de quien pretende escribir máximas, anotaría tres o cuatro ideas madres con lenguaje afectivo, familiar, que sonasen como confidencias en los oídos»[11]. Esa es nuestra misión: ayudar a Cristo a remover y caldear los corazones. Algo que exige, más que ninguna otra cosa, un ambiente de afecto, de cercanía y, en una palabra, de amistad.

* * *

Con la oración y con la mortificación nos liberamos de hacer solo nuestra misión y, en cambio, la sumamos a la de Cristo. Entendemos, por fin, su forma de salvar, su respeto exquisito de la libertad, su modo de invitar y su paciencia para esperar. Jesús nos libera de nosotros mismos para hacernos fecundos, felices, para que disfrutemos con su misión. Podemos acudir a la reina de los apóstoles, maestra de oración, para que nos ayude a disfrutar de esta inmensa alegría: «Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. –Y cómo logra»[12].

Diego Zalbidea


[1] San Josemaría, Camino, n. 82.

[2] San Agustín, Carta 130.

[3] San Josemaría, Carta 29-IX-1957, n. 65.

[4] San Josemaría, Camino, n. 755.

[5] San Juan Crisóstomo, Sobre el cementerio y la cruz, 2: PG 49, 396.

[6] San Josemaría, Crecer para adentro, p. 273.

[7] San Josemaría, Camino, n. 934.

[8] Francisco, ex. ap. Christus vivit, n. 15.

[9] Beato Álvaro, Carta 1-IV-1986.

[10] Santa Teresa de Jesús, Vida, 13, 2-3.

[11] San Josemaría, Crecer para adentro, p. 273.

[12] San Josemaría, Camino, n. 502.

 

 1940-1945: años de formación y crecimiento

El profesor de la Universidad de Navarra Onésimo Díaz acaba de publicar un libro titulado 'Expansión. El desarrollo del Opus Dei entre los años 1940 y 1945', que según su autor “trata de un periodo histórico sobre el que todavía queda mucho por investigar”.

ÚLTIMAS NOTICIAS12/11/2020

El libro muestra cinco años de la vida de la institución fundada por san Josemaría. Según Díaz, “al terminar la Guerra Civil española, Escrivá contaba con catorce hombres y dos mujeres para desarrollar el Opus Dei. La sede de la primera obra corporativa, la residencia DYA en la calle Ferraz, estaba en ruinas. Hacer el Opus Dei en aquellas circunstancias parecía una misión imposible.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial eran más de doscientos veinte varones y casi treinta mujeres quienes le seguían. En cinco años se abrieron centros, residencias y colegios mayores en las principales ciudades españolas”.

EXPANSIÓN ANALIZA LA VIDA COTIDIANA DE LOS PRIMEROS MIEMBROS DEL OPUS DEI ENTRE 1940 Y 1945

Publicado por Ediciones Rialp, este libro analiza la vida cotidiana de los primeros miembros del Opus Dei entre 1940 y 1945, años caracterizados por el temor a la posible entrada de España en la Segunda Guerra Mundial, por la carestía de la posguerra y también por la ilusión de los jóvenes del Opus Dei por extender entre familiares, amigos y conocidos un mensaje novedoso de búsqueda de la plenitud de la vida cristiana en medio del mundo.

 

​Una fotografía del año 1942, e El Rincón (Valladolid)

El autor destaca el entusiasmo de los jóvenes que siguieron a san Josemaría, la mayor parte estudiantes universitarios, que difundieron su mensaje por las ciudades españolas y prepararon la expansión internacional. Durante la Segunda Guerra Mundial, el ingeniero José Luis Múzquiz realizó un viaje a Portugal de nueve días por motivos profesionales; algunos ampliaron estudios en Suiza, como Francisco Ponz y Juan Jiménez Vargas; el científico José María González Barredo estuvo en Alemania, y el matemático Francisco Botella en Italia.

A lo largo del relato aparecen jóvenes universitarios que después jugaron un papel destacado en la historia española, como los banqueros Luis Valls y Rafael Termes, los ministros Laureano López Rodó y Alberto Ullastres, y el catedrático antifranquista Rafael Calvo Serer. Y también tienen un papel relevante figuras importantes de la vida del Opus Dei, como los sacerdotes Álvaro del PortilloJosé María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz y las mujeres Guadalupe Ortiz de Landazuri y Encarnita Ortega.

SE SENTÍAN PROTAGONISTAS DE ALGO IMPORTANTE EN UNAS CIRCUNSTANCIAS DIFÍCILES, DURANTE LA POSGUERRA ESPAÑOLA Y LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Según Díaz, “fueron años de formación intensa, de rumores e incomprensiones y también de deslumbramiento por la novedad del mensaje, tanto en el seno de la Iglesia como en la sociedad civil”.

El libro es resultado de una investigación en varios archivos, como el Archivo General de la Prelatura del Opus Dei en Roma, y el Archivo General de la Administración del Estado en Alcalá de Henares. Según el autor, “a través de los documentos trato de presentar la vida de unas personas que se sentían protagonistas de algo importante en unas circunstancias difíciles, durante la posguerra española y la Segunda Guerra Mundial”.

 

​En la residencia de la calle Jenner, marzo de 1942

 


Onésimo Díaz es doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco (1995) y doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad de la Santa Cruz (2013). Actualmente trabaja en la Universidad de Navarra como investigador del Grupo de Investigación en Historia Reciente y subdirector del Centro de Documentación y Estudios Josemaría Escrivá. Es autor de quince libros y más de treinta artículos en revistas de historia.

Carta ‘Samaritanus Bonus’

El Vaticano pide aclarar el equívoco cultural a la raíz de la eutanasia y el suicidio asistido, o sea, el concepto de “muerte digna”, y el de supuesta “compasión”. Lo hace en este nuevo documento titulado “El Buen Samaritano” sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida, disponible en libro electrónico (ePub, Mobi y PDF).

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA26/09/2020

Descargar la carta “Samaritanus Bonus” en formato digital

Gratis en iTunes iBooks - Gratis en Google Play Books
Descargar ePub (Descargar ePub en Bubok) - Descargar Mobi - Descargar PDF


 


Introducción
I. Hacerse cargo del prójimo
II. La experiencia viviente del Cristo sufriente y el anuncio de la esperanza
III. El “corazón que ve” del Samaritano: la vida humana es un don sagrado e inviolable
IV. Los obstáculos culturales que oscurecen el valor sagrado de toda vida humana
V. La enseñanza del Magisterio
La prohibición de la eutanasia y el suicidio asistido
La obligación moral de evitar el ensañamiento terapéutico
3. Los cuidados básicos: el deber de alimentación e hidratación
4. Los cuidados paliativos
5. El papel de la familia y los hospices
6. El acompañamiento y el cuidado en la edad prenatal y pediátrica
7. Terapias analgésicas y supresión de la conciencia
8. El estado vegetativo y el estado de mínima consciencia
9. La objeción de conciencia por parte de los agentes sanitarios y de las instituciones sanitarias católicas
10. El acompañamiento pastoral y el apoyo de los sacramentos
11. El discernimiento pastoral hacia quien pide la eutanasia o el suicidio asistido
12. La reforma del sistema educativo y la formación de los agentes sanitarios
Conclusión


Introducción

El Buen Samaritano que deja su camino para socorrer al hombre enfermo (cfr. Lc 10, 30-37) es la imagen de Jesucristo que encuentra al hombre necesitado de salvación y cuida de sus heridas y su dolor con «el aceite del consuelo y el vino de la esperanza».[1] Él es el médico de las almas y de los cuerpos y «el testigo fiel» (Ap 3, 14) de la presencia salvífica de Dios en el mundo. Pero, ¿cómo concretar hoy este mensaje? ¿Cómo traducirlo en una capacidad de acompañamiento de la persona enferma en las fases terminales de la vida de manera que se le ayude respetando y promoviendo siempre su inalienable dignidad humana, su llamada a la santidad y, por tanto, el valor supremo de su misma existencia?

El extraordinario y progresivo desarrollo de las tecnologías biomédicas ha acrecentado de manera exponencial las capacidades clínicas de la medicina en el diagnóstico, en la terapia y en el cuidado de los pacientes. La Iglesia mira con esperanza la investigación científica y tecnológica, y ve en ellas una oportunidad favorable de servicio al bien integral de la vida y de la dignidad de todo ser humano.[2] Sin embargo, estos progresos de la tecnología médica, si bien preciosos, no son determinantes por sí mismos para calificar el sentido propio y el valor de la vida humana. De hecho, todo progreso en las destrezas de los agentes sanitarios reclama una creciente y sabia capacidad de discernimiento moral[3] para evitar el uso desproporcionado y deshumanizante de las tecnologías, sobre todo en las fases críticas y terminales de la vida humana.

Por otro lado, la gestión organizativa y la elevada articulación y complejidad de los sistemas sanitarios contemporáneos pueden reducir la relación de confianza entre el médico y el paciente a una relación meramente técnica y contractual, un riesgo que afecta, sobre todo, a los países donde se están aprobando leyes que legitiman formas de suicidio asistido y de eutanasia voluntaria de los enfermos más vulnerables. Estas niegan los límites éticos y jurídicos de la autodeterminación del sujeto enfermo, oscureciendo de manera preocupante el valor de la vida humana en la enfermedad, el sentido del sufrimiento y el significado del tiempo que precede a la muerte. El dolor y la muerte, de hecho, no pueden ser los criterios últimos que midan la dignidad humana, que es propia de cada persona, por el solo hecho de ser un “ser humano”.

Ante tales desafíos, capaces de poner en juego nuestro modo de pensar la medicina, el significado del cuidado de la persona enferma y la responsabilidad social frente a los más vulnerables, el presente documento intenta iluminar a los pastores y a los fieles en sus preocupaciones y en sus dudas acerca de la atención médica, espiritual y pastoral debida a los enfermos en las fases críticas y terminales de la vida. Todos son llamados a dar testimonio junto al enfermo y transformarse en “comunidad sanadora” para que el deseo de Jesús, que todos sean una sola carne, a partir de los más débiles y vulnerables, se lleve a cabo de manera concreta.[4] Se percibe en todas partes, de hecho, la necesidad de una aclaración moral y de una orientación práctica sobre cómo asistir a estas personas, ya que «es necesaria una unidad de doctrina y praxis»[5] respecto a un tema tan delicado, que afecta a los enfermos más débiles en las etapas más delicadas y decisivas de la vida de una persona.

Diversas Conferencias Episcopales en el mundo han publicado documentos y cartas pastorales, con las que han buscado dar una respuesta a los desafíos planteados por el suicidio asistido y la eutanasia voluntaria – legitimadas por algunas legislaciones nacionales – con una específica referencia a cuantos trabajan o se recuperan dentro de los hospitales, también en los hospitales católicos. Pero la atención espiritual y las dudas emergentes, en determinadas circunstancias y contextos particulares, acerca de la celebración de los Sacramentos por aquellos que intentan poner fin a la propia vida, reclaman hoy una intervención más clara y puntual de parte de la Iglesia, con el fin de:

reafirmar el mensaje del Evangelio y sus expresiones como fundamentos doctrinales propuestos por el Magisterio, invocando la misión de cuantos están en contacto con los enfermos en las fases críticas y terminales (los familiares o los tutores legales, los capellanes de hospital, los ministros extraordinarios de la Eucaristía y los agentes de pastoral, los voluntarios de los hospitales y el personal sanitario), además de los mismos enfermos;

- proporcionar pautas pastorales precisas y concretas, de tal manera que a nivel local se puedan afrontar y gestionar estas situaciones complejas para favorecer el encuentro personal del paciente con el Amor misericordioso de Dios.

I. Hacerse cargo del prójimo

Es difícil reconocer el profundo valor de la vida humana cuando, a pesar de todo esfuerzo asistencial, esta continúa mostrándosenos en su debilidad y fragilidad. El sufrimiento, lejos de ser eliminado del horizonte existencial de la persona, continúa generando una inagotable pregunta por el sentido de la vida.[6] La solución a esta dramática cuestión no podrá jamás ofrecerse solo a la luz del pensamiento humano, porque en el sufrimiento está contenida la grandeza de un misterio específico que solo la Revelación de Dios nos puede desvelar.[7] Especialmente, a cada agente sanitario le ha sido confiada la misión de una fiel custodia de la vida humana hasta su cumplimiento natural,[8] a través de un proceso de asistencia que sea capaz de re-generar en cada paciente el sentido profundo de su existencia, cuando viene marcada por el sufrimiento y la enfermedad. Es por esto necesario partir de una atenta consideración del propio significado del cuidado, para comprender el significado de la misión específica confiada por Dios a cada persona, agente sanitario y de pastoral, así como al mismo enfermo y a su familia.

La experiencia del cuidado médico parte de aquella condición humana, marcada por la finitud y el límite, que es la vulnerabilidad. En relación a la persona, esta se inscribe en la fragilidad de nuestro ser juntos “cuerpo”, material y temporalmente finito, y “alma”, deseo de infinito y destinada a la eternidad. Nuestro ser criaturas “finitas”, y también destinadas a la eternidad, revela tanto nuestra dependencia de los bienes materiales y de la ayuda reciproca de los hombres, como nuestra relación originaria y profunda con Dios. Esta vulnerabilidad da fundamento a la ética del cuidado, de manera particular en el ámbito de la medicina, entendida como solicitud, premura, coparticipación y responsabilidad hacia las mujeres y hombres que se nos han confiado porque están necesitados de atención física y espiritual.

De manera específica, la relación de cuidado revela un principio de justicia, en su doble dimensión de promoción de la vida humana (suum cuique tribuere) y de no hacer daño a la persona (alterum non laedere): es el mismo principio que Jesús transforma en la regla de oro positiva «todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos» (Mt 7, 12). Es la regla que, en la ética médica tradicional, encuentra un eco en el aforismo primum non nocere.

El cuidado de la vida es, por tanto, la primera responsabilidad que el médico experimenta en el encuentro con el enfermo. Esta no puede reducirse a la capacidad de curar al enfermo, siendo su horizonte antropológico y moral más amplio: también cuando la curación es imposible o improbable, el acompañamiento médico y de enfermería (el cuidado de las funciones esenciales del cuerpo), psicológico y espiritual, es un deber ineludible, porque lo contrario constituiría un abandono inhumano del enfermo. La medicina, de hecho, que se sirve de muchas ciencias, posee también una importante dimensión de “arte terapéutica” que implica una relación estrecha entre el paciente, los agentes sanitarios, familiares y miembros de las varias comunidades de pertenencia del enfermo: arte terapéutica, actos clínicos y cuidado están inseparablemente unidos en la práctica médica, sobre todo en las fases críticas y terminales de la vida.

El Buen Samaritano, de hecho, «no sólo se acerca, sino que se hace cargo del hombre medio muerto que encuentra al borde del camino»[9]. Invierte en él no solo el dinero que tiene, sino también aquel que no tiene y que espera ganar en Jericó, prometiendo que pagará a su regreso. Así Cristo nos invita a fiarnos de su gracia invisible y nos empuja a la generosidad basada en la caridad sobrenatural, identificándose con cada enfermo: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40). La afirmación de Jesús es una verdad moral de alcance universal: «se trata de “hacerse cargo” de toda la vida y de la vida de todos»,[10] para revelar el Amor originario e incondicionado de Dios, fuente del sentido de toda vida.

Por este motivo, sobre todo en las estructuras hospitalarias y asistenciales inspiradas en los valores cristianos, es más necesario que nunca hacer un esfuerzo, también espiritual, para dejar espacio a una relación construida a partir del reconocimiento de la fragilidad y la vulnerabilidad de la persona enferma. De hecho, la debilidad nos recuerda nuestra dependencia de Dios, y nos invita a responder desde el respeto debido al prójimo. De aquí nace la responsabilidad moral ligada a la conciencia de todo sujeto que se hace cargo del enfermo (médico, enfermero, familiar, voluntario, pastor) de encontrarse frente a un bien fundamental e inalienable – la persona humana – que impone no poder saltarse el límite en el que se da el respeto de sí y del otro, es decir la acogida, la tutela y la promoción de la vida humana hasta la llegada natural de la muerte. Se trata, en este sentido, de tener una mirada contemplativa,[11] que sabe captar en la existencia propia y la de los otros un prodigio único e irrepetible, recibido y acogido como un don. Es la mirada de quién no pretende apoderarse de la realidad de la vida, sino acogerla así como es, con sus fatigas y sufrimientos, buscando reconocer en la enfermedad un sentido del que dejarse interpelar y “guiar”, con la confianza de quien se abandona al Señor de la vida que se manifiesta en él.

Ciertamente, la medicina debe aceptar el límite de la muerte como parte de la condición humana. Llega un momento en el que ya no queda más que reconocer la imposibilidad de intervenir con tratamientos específicos sobre una enfermedad, que aparece en poco tiempo como mortal. Es un hecho dramático, que se debe comunicar al enfermo con gran humanidad y también con confiada apertura a la perspectiva sobrenatural, conscientes de la angustia que la muerte genera, sobre todo en una cultura que la esconde. No se puede pensar en la vida física como algo que hay que conservar a toda costa – algo que es imposible -, sino como algo por vivir alcanzando la libre aceptación del sentido de la existencia corpórea: «sólo con referencia a la persona humana en su “totalidad unificada”, es decir, “alma que se expresa en el cuerpo informado por un espíritu inmortal”, se puede entender el significado específicamente humano del cuerpo».[12]

Reconocer la imposibilidad de curar ante la cercana eventualidad de la muerte, no significa, sin embargo, el final del obrar médico y de enfermería. Ejercitar la responsabilidad hacia la persona enferma, significa asegurarle el cuidado hasta el final: «curar si es posible, cuidar siempre (to cure if possible, always to care)».[13] Esta intención de cuidar siempre al enfermo ofrece el criterio para evaluar las diversas acciones a llevar a cabo en la situación de enfermedad “incurable”; incurable, de hecho, no es nunca sinónimo de “in-cuidable”. La mirada contemplativa invita a ampliar la noción de cuidado. El objetivo de la asistencia debe mirar a la integridad de la persona, garantizando con los medios adecuados y necesarios el apoyo físico, psicológico, social, familiar y religioso. La fe viva, mantenida en las almas de las personas que la rodean, puede contribuir a la verdadera vida teologal de la persona enferma, aunque esto no sea inmediatamente visible. El cuidado pastoral de todos, familiares, médicos, enfermeros y capellanes, puede ayudar al enfermo a persistir en la gracia santificante y a morir en la caridad, en el Amor de Dios. Frente a lo inevitable de la enfermedad, sobre todo si es crónica y degenerativa, si falta la fe, el miedo al sufrimiento y a la muerte, y el desánimo que se produce, constituyen hoy en día las causas principales de la tentación de controlar y gestionar la llegada de la muerte, aun anticipándola, con la petición de la eutanasia o del suicidio asistido.

II. La experiencia viviente del Cristo sufriente y el anuncio de la esperanza

Si la figura del Buen samaritano ilumina de luz nueva la práctica del cuidado, la experiencia viviente del Cristo sufriente, su agonía en la Cruz y su Resurrección, son los espacios en los que se manifiesta la cercanía del Dios hecho hombre en las múltiples formas de la angustia y del dolor, que pueden golpear a los enfermos y sus familiares, durante las largas jornadas de la enfermedad y en el final de la vida.

No solo en las palabras del profeta Isaías se anuncia la persona de Cristo como el hombre familiarizado con el dolor y el padecimiento (cfr. Is 53), si releemos las páginas de la pasión de Cristo encontramos también la experiencia de la incomprensión, de la mofa, del abandono, del dolor físico y de la angustia. Son experiencias que hoy golpean a muchos enfermos, con frecuencia considerados una carga para la sociedad; a veces no son comprendidos en sus peticiones, a menudo viven formas de abandono afectivo, de perdida de relaciones.

Todo enfermo tiene necesidad no solo de ser escuchado, sino de comprender que el propio interlocutor “sabe” que significa sentirse solo, abandonado, angustiado frente a la perspectiva de la muerte, al dolor de la carne, al sufrimiento que surge cuando la mirada de la sociedad mide su valor en términos de calidad de vida y lo hace sentir una carga para los proyectos de otras personas. Por eso, volver la mirada a Cristo significa saber que se puede recurrir a quien ha probado en su carne el dolor de la flagelación y de los clavos, la burla de los flageladores, el abandono y la traición de los amigos más queridos.

Frente al desafío de la enfermedad y en presencia de dificultades emotivas y espirituales en aquel que vive la experiencia del dolor, surge, de manera inexorable, la necesidad de saber decir una palabra de confort, extraída de la compasión llena de esperanza de Jesús sobre la Cruz. Una esperanza creíble, profesada por Cristo en la Cruz, capaz de afrontar el momento de la prueba, el desafío de la muerte. En la Cruz de Cristo –cantada por la liturgia el Viernes Santo: Ave crux, spes unica– están concentrados y resumidos todos los males y sufrimientos del mundo. Todo el mal físico, de los cuales la cruz, cual instrumento de muerte infame e infamante, es el emblema; todo el mal psicológico, expresado en la muerte de Jesús en la más sombría soledad, abandono y traición; todo el mal moral, manifestado en la condena a muerte del Inocente; todo el mal espiritual, destacado en la desolación que hace percibir el silencio de Dios.

Cristo es quien ha sentido alrededor de Él la afligida consternación de la Madre y de los discípulos, que “estaban” bajo la Cruz: en este “estar”, aparentemente cargado de impotencia y resignación, está toda la cercanía de los afectos que permite al Dios hecho hombre vivir también aquellas horas que parecen sin sentido.

Después está la Cruz: de hecho un instrumento de tortura y de ejecución reservado solo a los últimos, que parece tan semejante, en su carga simbólica, a aquellas enfermedades que clavan a una cama, que prefiguran solo la muerte y parecen eliminar el significado del tiempo y de su paso. Sin embargo, aquellos que “están” alrededor del enfermo no son solo testigos, sino que son signo viviente de aquellos afectos, de aquellas relaciones, de aquella íntima disponibilidad al amor, que permiten al que sufre reconocer sobre él una mirada humana capaz de volver a dar sentido al tiempo de la enfermedad. Porque en la experiencia de sentirse amado, toda la vida encuentra su justificación. Cristo ha estado siempre sostenido, en el camino de su pasión, por el confiado abandono en el amor del Padre, que se hacía evidente, en la hora de la Cruz, también a través del amor de la Madre. Porque el Amor de Dios se revela siempre, en la historia de los hombres, gracias al amor de quien no nos abandona, de quien “está”, a pesar de todo, a nuestro lado.

Si reflexionamos sobre el final de la vida de las personas, no podemos olvidar que en ellas se aloja con frecuencia la preocupación por aquellos que dejan: por los hijos, el cónyuge, los padres, los amigos. Un componente humano que nunca podemos descuidar y a los que se debe ofrecer apoyo y ayuda.

Es la misma preocupación de Cristo, que antes de morir piensa en la Madre que permanecerá sola, con un dolor que deberá llevar en la historia. En la crónica austera del Evangelio de Juan, es a la Madre a quien se dirige Cristo, para tranquilizarla, para confiarla al discípulo amado de tal manera que se haga cargo de ella: “Madre, ahí tienes a tu hijo” (cfr. Jn 19, 26-27). El tiempo del final de la vida es un tiempo de relaciones, un tiempo en el que se deben derrotar la soledad y el abandono (cfr. Mt 27, 46 y Mc 15, 34), en vista de una entrega confiada de la propia vida a Dios (cfr. Lc 23, 46).

Desde esta perspectiva, mirar al Crucificado significa ver una escena coral, en la que Cristo está en el centro porque resume en su propia carne, y verdaderamente transfigura, las horas más tenebrosas de la experiencia humana, aquellas en las que se asoma, silenciosa, la posibilidad de la desesperación. La luz de la fe nos hace captar, en aquella plástica y descarnada descripción que los Evangelios nos dan, la Presencia trinitaria, porque Cristo confía en el Padre gracias al Espíritu Santo, que apoya a la Madre y a los discípulos que “están” y, en este su “estar” junto a la Cruz, participan, con su humana dedicación al Sufriente, al misterio de la Redención.

Así, si bien marcada por un tránsito doloroso, la muerte puede convertirse en ocasión de una esperanza más grande, gracias a la fe, que nos hace partícipes de la obra redentora de Cristo. De hecho, el dolor es existencialmente soportable solo donde existe la esperanza. La esperanza que Cristo transmite al que sufre y al enfermo es la de su presencia, de su real cercanía. La esperanza no es solo un esperar por un futuro mejor, es una mirada sobre el presente, que lo llena de significado. En la fe cristiana, el acontecimiento de la Resurrección no solo revela la vida eterna, sino que pone de manifiesto que en la historia la última palabra no es jamás la muerte, el dolor, la traición, el mal. Cristo resurge en la historia y en el misterio de la Resurrección existe la confirmación del amor del Padre que no abandona nunca.

Releer, ahora, la experiencia viviente del Cristo sufriente significa entregar también a los hombres de hoy una esperanza capaz de dar sentido al tiempo de la enfermedad y de la muerte. Esta esperanza es el amor que resiste a la tentación de la desesperación.

Aunque son muy importantes y están cargados de valor, los cuidados paliativos no bastan si no existe alguien que “está” junto al enfermo y le da testimonio de su valor único e irrepetible. Para el creyente, mirar al Crucificado significa confiar en la comprensión y en el Amor de Dios: y es importante, en una época histórica en la que se exalta la autonomía y se celebran los fastos del individuo, recordar que si bien es verdad que cada uno vive el propio sufrimiento, el propio dolor y la propia muerte, estas vivencias están siempre cargadas de la mirada y de la presencia de los otros. Alrededor de la Cruz están también los funcionarios del Estado romano, están los curiosos, están los distraídos, están los indiferentes y los resentidos; están bajo la Cruz, pero no “están” con el Crucificado.

En las unidades de cuidados intensivos, en las casas de cuidado para los enfermos crónicos, se puede estar presente como funcionario o como personas que “están” con el enfermo.

La experiencia de la Cruz permite así ofrecer al que sufre un interlocutor creíble a quien dirigir la palabra, el pensamiento, a quien entregar la angustia y el miedo: a aquellos que se hacen cargo del enfermo, la escena de la Cruz proporciona un elemento adicional para comprender que también cuando parece que no hay nada más que hacer todavía queda mucho por hacer, porque el “estar” es uno de los signos del amor, y de la esperanza que lleva en sí. El anuncio de la vida después de la muerte no es una ilusión o un consuelo sino una certeza que está en el centro del amor, que no se acaba con la muerte.

III. El “corazón que ve” del Samaritano: la vida humana es un don sagrado e inviolable

El hombre, en cualquier condición física o psíquica que se encuentre, mantiene su dignidad originaria de haber sido creado a imagen de Dios. Puede vivir y crecer en el esplendor divino porque está llamado a ser a «imagen y gloria de Dios» (1 Cor 11, 7; 2 Cor 3, 18). Su dignidad está en esta vocación. Dios se ha hecho Hombre para salvarnos, prometiéndonos la salvación y destinándonos a la comunión con Él: aquí descansa el fundamento último de la dignidad humana.[14]

Pertenece a la Iglesia el acompañar con misericordia a los más débiles en su camino de dolor, para mantener en ellos la vida teologal y orientarlos a la salvación de Dios.[15] Es la Iglesia del Buen Samaritano,[16] que “considera el servicio a los enfermos como parte integrante de su misión”.[17] Comprender esta mediación salvífica de la Iglesia en una perspectiva de comunión y solidaridad entre los hombres es una ayuda esencial para superar toda tendencia reduccionista e individualista.[18]

Específicamente, el programa del Buen Samaritano es “un corazón que ve”. Él «enseña que es necesario convertir la mirada del corazón, porque muchas veces los que miran no ven. ¿Por qué? Porque falta compasión. Sin compasión, el que mira no se involucra en lo que observa y pasa de largo; en cambio, el que tiene un corazón compasivo se conmueve y se involucra, se detiene y se ocupa de lo que sucede».[19] Este corazón ve dónde hay necesidad de amor y obra en consecuencia.[20] Los ojos perciben en la debilidad una llamada de Dios a obrar, reconociendo en la vida humana el primer bien común de la sociedad.[21] La vida humana es un bien altísimo y la sociedad está llamada a reconocerlo. La vida es un don[22] sagrado e inviolable y todo hombre, creado por Dios, tiene una vocación transcendente y una relación única con Aquel que da la vida, porque «Dios invisible en su gran amor”[23] ofrece a cada hombre un plan de salvación para que podamos decir: «La vida es siempre un bien. Esta es una intuición o, más bien, un dato de experiencia, cuya razón profunda el hombre está llamado a comprender».[24] Por eso la Iglesia está siempre dispuesta a colaborar con todos los hombres de buena voluntad, con creyentes de otras confesiones o religiones o no creyentes, que respetan la dignidad de la vida humana, también en sus fases extremas del sufrimiento y de la muerte, y rechazan todo acto contrario a ella.[25] Dios Creador ofrece al hombre la vida y su dignidad como un don precioso a custodiar y acrecentar y del cual, finalmente, rendirle cuentas a Él.

La Iglesia afirma el sentido positivo de la vida humana como un valor ya perceptible por la recta razón, que la luz de la fe confirma y realza en su inalienable dignidad.[26] No se trata de un criterio subjetivo o arbitrario; se trata de un criterio fundado en la inviolable dignidad natural – en cuanto que la vida es el primer bien porque es condición del disfrute de todos los demás bienes – y en la vocación trascendente de todo ser humano, llamado a compartir el Amor trinitario del Dios viviente:[27] «el amor especialísimo que el Creador tiene por cada ser humano le confiere una dignidad infinita».[28] El valor inviolable de la vida es una verdad básica de la ley moral natural y un fundamento esencial del ordenamiento jurídico. Así como no se puede aceptar que otro hombre sea nuestro esclavo, aunque nos lo pidiese, igualmente no se puede elegir directamente atentar contra la vida de un ser humano, aunque este lo pida. Por lo tanto, suprimir un enfermo que pide la eutanasia no significa en absoluto reconocer su autonomía y apreciarla, sino al contrario significa desconocer el valor de su libertad, fuertemente condicionada por la enfermedad y el dolor, y el valor de su vida, negándole cualquier otra posibilidad de relación humana, de sentido de la existencia y de crecimiento en la vida teologal. Es más, se decide al puesto de Dios el momento de la muerte. Por eso, «aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador».[29]

IV. Los obstáculos culturales que oscurecen el valor sagrado de toda vida humana

Hoy en día algunos factores limitan la capacidad de captar el valor profundo e intrínseco de toda vida humana: el primero se refiere a un uso equivoco del concepto de “muerte digna” en relación con el de “calidad de vida”. Irrumpe aquí una perspectiva antropológica utilitarista, que viene «vinculada preferentemente a las posibilidades económicas, al “bienestar”, a la belleza y al deleite de la vida física, olvidando otras dimensiones más profundas – relacionales, espirituales y religiosas – de la existencia».[30] En virtud de este principio, la vida viene considerada digna solo si tiene un nivel aceptable de calidad, según el juicio del sujeto mismo o de un tercero, en orden a la presencia-ausencia de determinadas funciones psíquicas o físicas, o con frecuencia identificada también con la sola presencia de un malestar psicológico. Según esta perspectiva, cuando la calidad de vida parece pobre, no merece la pena prolongarla. No se reconoce que la vida humana tiene un valor por sí misma.

Un segundo obstáculo que oscurece la percepción de la sacralidad de la vida humana es una errónea comprensión de la “compasión”.[31] Ante un sufrimiento calificado como “insoportable”, se justifica el final de la vida del paciente en nombre de la “compasión”. Para no sufrir es mejor morir: es la llamada eutanasia “compasiva”. Sería compasivo ayudar al paciente a morir a través de la eutanasia o el suicidio asistido. En realidad, la compasión humana no consiste en provocar la muerte, sino en acoger al enfermo, en sostenerlo en medio de las dificultades, en ofrecerle afecto, atención y medios para aliviar el sufrimiento.

El tercer factor, que hace difícil reconocer el valor de la propia vida y la de los otros dentro de las relaciones intersubjetivas, es un individualismo creciente, que induce a ver a los otros como límite y amenaza de la propia libertad. En la raíz de tal actitud está «un neo-pelagianismo para el cual el individuo, radicalmente autónomo, pretende salvarse a sí mismo, sin reconocer que depende, en lo más profundo de su ser, de Dios y de los demás . Un cierto neo-gnosticismo, por su parte, presenta una salvación meramente interior, encerrada en el subjetivismo»,[32] que favorece la liberación de la persona de los límites de su cuerpo, sobre todo cuando está débil y enferma.

El individualismo, en particular, está en la raíz de la que se considerada como la enfermedad latente de nuestro tiempo: la soledad,[33] tematizada en algunos contextos legislativos incluso como “derecho a la soledad”, a partir de la autonomía de la persona y del “principio del permiso-consentimiento”: un permiso-consentimiento que, dadas determinadas condiciones de malestar o de enfermedad, puede extenderse hasta la elección de seguir o no viviendo. Es el mismo “derecho” que subyace a la eutanasia y al suicidio asistido. La idea de fondo es que cuantos se encuentran en una condición de dependencia y no pueden alcanzar la perfecta autonomía y reciprocidad son cuidados en virtud de un favor. El concepto de bien se reduce así a ser el resultado de un acuerdo social: cada uno recibe los cuidados y la asistencia que la autonomía o la utilidad social o económica hacen posible o conveniente. Se produce así un empobrecimiento de las relaciones interpersonales, que se convierten en frágiles, privadas de la caridad sobrenatural, de aquella solidaridad humana y de aquel apoyo social, tan necesarios, para afrontar los momentos y las decisiones más difíciles de la existencia.

Este modo de pensar las relaciones humanas y el significado del bien hacen mella en el sentido mismo de la vida, haciéndola fácilmente manipulable, también a través de leyes que legalizan las prácticas eutanásicas, procurando la muerte de los enfermos. Estas acciones provocan una gran insensibilidad hacia el cuidado de las personas enfermas y deforman las relaciones. En tales circunstancias, surgen a veces dilemas infundados sobre la moralidad de las acciones que, en realidad, no son más que actos debidos de simple cuidado de la persona, como hidratar y alimentar a un enfermo en estado de inconsciencia sin perspectivas de curación.

En este sentido, el Papa Francisco ha hablado de la «cultura del descarte».[34] Las victimas de tal cultura son los seres humanos más frágiles, que corren el riesgo de ser “descartados” por un engranaje que quiere ser eficaz a toda costa. Se trata de un fenómeno cultural fuertemente anti-solidario, que Juan Pablo II calificó como «cultura de la muerte» y que crea auténticas «estructuras de pecado».[35] Esto puede inducir a cumplir acciones en sí mismas incorrectas por el único motivo de “sentirse bien” al cumplirlas, generando confusión entre el bien y el mal, allí donde toda vida personal posee un valor único e irrepetible, siempre prometedor y abierto a la trascendencia. En esta cultura del descarte y de la muerte, la eutanasia y el suicidio asistido aparecen como una solución errónea para resolver los problemas relativos al paciente terminal.

V. La enseñanza del Magisterio

1. La prohibición de la eutanasia y el suicidio asistido

La Iglesia, en la misión de transmitir a los fieles la gracia del Redentor y la ley santa de Dios, que ya puede percibirse en los dictados de la ley moral natural, siente el deber de intervenir para excluir una vez más toda ambigüedad en relación con el Magisterio sobre la eutanasia y el suicidio asistido, también en aquellos contextos donde las leyes nacionales han legitimado tales prácticas.

Especialmente, la difusión de los protocolos médicos aplicables a las situaciones de final de la vida, como el Do Not Resuscitate Order o el Physician Orders for Life Sustaining Treatament – con todas sus variantes según las legislaciones y contextos nacionales, inicialmente pensados como instrumentos para evitar el ensañamiento terapéutico en las fases terminales de la vida – , despierta hoy graves problemas en relación con el deber de tutelar la vida del paciente en las fases más críticas de la enfermedad. Si por una parte los médicos se sienten cada vez más vinculados a la autodeterminación expresada por el paciente en estas declaraciones, que lleva a veces a privarles de la libertad y del deber de obrar tutelando la vida allí donde podrían hacerlo, por otra parte, en algunos contextos sanitarios, preocupa el abuso denunciado ampliamente del empleo de tales protocolos con una perspectiva eutanásica, cuando ni el paciente, ni mucho menos la familia, es consultado en la decisión final. Esto sucede sobre todo en los países donde la legislación sobre el final de la vida deja hoy amplios márgenes de ambigüedad en relación con la aplicación del deber de cuidado, al introducirse en ellos la práctica de la eutanasia.

Por estas razones, la Iglesia considera que debe reafirmar como enseñanza definitiva que la eutanasia es un crimen contra la vida humana porque, con tal acto, el hombre elige causar directamente la muerte de un ser humano inocente. La definición de eutanasia no procede de la ponderación de los bienes o los valores en juego, sino de un objeto moral suficientemente especificado, es decir la elección de «una acción o una omisión que por su naturaleza, o en la intención, causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor».[36] «La eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados».[37] La valoración moral de la eutanasia, y de las consecuencias que se derivan, no depende, por tanto, de un balance de principios, que, según las circunstancias y los sufrimientos del paciente, podrían, según algunos, justificar la supresión de la persona enferma. El valor de la vida, la autonomía, la capacidad de decisión y la calidad de vida no están en el mismo plano.

La eutanasia, por lo tanto, es un acto intrínsecamente malo, en toda ocasión y circunstancia. En el pasado la Iglesia ya ha afirmado de manera definitiva «que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio».[38] Toda cooperación formal o material inmediata a tal acto es un pecado grave contra la vida humana: «Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo. Se trata, en efecto, de una violación de la ley divina, de una ofensa a la dignidad de la persona humana, de un crimen contra la vida, de un atentado contra la humanidad».[39] Por lo tanto, la eutanasia es un acto homicida que ningún fin puede legitimar y que no tolera ninguna forma de complicidad o colaboración, activa o pasiva. Aquellos que aprueban leyes sobre la eutanasia y el suicidio asistido se hacen, por lo tanto, cómplices del grave pecado que otros llevarán a cabo. Ellos son también culpables de escándalo porque tales leyes contribuyen a deformar la conciencia, también la de los fieles. [40]

La vida tiene la misma dignidad y el mismo valor para todos y cada uno: el respeto de la vida del otro es el mismo que se debe a la propia existencia. Una persona que elije con plena libertad quitarse la vida rompe su relación con Dios y con los otros y se niega a sí mismo como sujeto moral. El suicidio asistido aumenta la gravedad, porque hace partícipe a otro de la propia desesperación, induciéndolo a no dirigir la voluntad hacia el misterio de Dios, a través de la virtud moral de la esperanza, y como consecuencia a no reconocer el verdadero valor de la vida y a romper la alianza que constituye la familia humana. Ayudar al suicida es una colaboración indebida a un acto ilícito, que contradice la relación teologal con Dios y la relación moral que une a los hombres para que compartan el don de la vida y sean coparticipes del sentido de la propia existencia.

También cuando la petición de eutanasia nace de una angustia y de una desesperación,[41] y «aunque en casos de ese género la responsabilidad personal pueda estar disminuida o incluso no existir, sin embargo el error de juicio de la conciencia – aunque fuera incluso de buena fe – no modifica la naturaleza del acto homicida, que en sí sigue siendo siempre inadmisible».[42] Dígase lo mismo para el suicidio asistido. Tales prácticas no son nunca una ayuda auténtica al enfermo, sino una ayuda a morir.

Se trata, por tanto, de una elección siempre incorrecta: «El personal médico y los otros agentes sanitarios – fieles a la tarea de “estar siempre al servicio de la vida y de asistirla hasta el final – no pueden prestarse a ninguna práctica eutanásica ni siquiera a petición del interesado, y mucho menos de sus familiares. No existe, en efecto, un derecho a disponer arbitrariamente de la propia vida, por lo que ningún agente sanitario puede erigirse en tutor ejecutivo de un derecho inexistente».[43]

Es por esto que la eutanasia y el suicidio asistido son siempre un fracaso de quienes los teorizan, de quienes los deciden y de quienes los practican.[44]

Son gravemente injustas, por tanto, las leyes que legalizan la eutanasia o aquellas que justifican el suicidio y la ayuda al mismo, por el falso derecho de elegir una muerte definida inapropiadamente digna solo porque ha sido elegida.[45] Tales leyes golpean el fundamento del orden jurídico: el derecho a la vida, que sostiene todo otro derecho, incluido el ejercicio de la libertad humana. La existencia de estas leyes hiere profundamente las relaciones humanas, la justicia y amenazan la confianza mutua entre los hombres. Los ordenamientos jurídicos que han legitimado el suicidio asistido y la eutanasia muestran, además, una evidente degeneración de este fenómeno social. El Papa Francisco recuerda que «el contexto sociocultural actual está erosionando progresivamente la conciencia de lo que hace que la vida humana sea preciosa. De hecho, la vida se valora cada vez más por su eficiencia y utilidad, hasta el punto de considerar como “vidas descartadas” o “vidas indignas” las que no se ajustan a este criterio. En esta situación de pérdida de los valores auténticos, se resquebrajan también los deberes inderogables de solidaridad y fraternidad humana y cristiana. En realidad, una sociedad se merece la calificación de “civil” si desarrolla los anticuerpos contra la cultura del descarte; si reconoce el valor intangible de la vida humana; si la solidaridad se practica activamente y se salvaguarda como fundamento de la convivencia».[46] En algunos países del mundo, decenas de miles de personas ya han muerto por eutanasia, muchas de ellas porque se quejaban de sufrimientos psicológicos o depresión. Son frecuentes los abusos denunciados por los mismos médicos sobre la supresión de la vida de personas que jamás habrían deseado para sí la aplicación de la eutanasia. De hecho, la petición de la muerte en muchos casos es un síntoma mismo de la enfermedad, agravado por el aislamiento y por el desánimo. La Iglesia ve en esta dificultad una ocasión para la purificación espiritual, que profundiza la esperanza, haciendo que se convierta en verdaderamente teologal, focalizada en Dios, y solo en Dios.

Más bien, en lugar de complacerse en una falsa condescendencia, el cristiano debe ofrecer al enfermo la ayuda indispensable para salir de su desesperación. El mandamiento «no matarás» (Ex 20, 13; Dt 5, 17), de hecho, es un sí a la vida, de la cual Dios se hace garante: «se transforma en la llamada a un amor solícito que tutela e impulsa la vida del prójimo».[47] El cristiano, por tanto, sabe que la vida terrena no es el valor supremo. La felicidad última está en el cielo. Así, el cristiano no pretenderá que la vida física continúe cuando la muerte está cerca. El cristiano ayudará al moribundo a liberarse de la desesperación y a poner su esperanza en Dios.

Desde la perspectiva clínica, los factores que más determinan la petición de eutanasia y suicidio asistido son: el dolor no gestionado y la falta de esperanza, humana y teologal, inducida también por una atención, humana, psicológica y espiritual a menudo inadecuada por parte de quien se hace cargo del enfermo.[48]

Es lo que la experiencia confirma: «las súplicas de los enfermos muy graves que alguna vez invocan la muerte no deben ser entendidas como expresión de una verdadera voluntad de eutanasia; estas en efecto son casi siempre peticiones angustiadas de asistencia y de afecto. Además de los cuidados médicos, lo que necesita el enfermo es el amor, el calor humano y sobrenatural, con el que pueden y deben rodearlo todos aquellos que están cercanos, padres e hijos, médicos y enfermeros».[49] El enfermo que se siente rodeado de una presencia amorosa, humana y cristiana, supera toda forma de depresión y no cae en la angustia de quien, en cambio, se siente solo y abandonado a su destino de sufrimiento y de muerte.

El hombre, en efecto, no vive el dolor solamente como un hecho biológico, que se gestiona para hacerlo soportable, sino como el misterio de la vulnerabilidad humana en relación con el final de la vida física, un acontecimiento difícil de aceptar, dado que la unidad de alma y cuerpo es esencial para el hombre.

Por eso, solo re-significando el acontecimiento mismo de la muerte – mediante la apertura en ella de un horizonte de vida eterna, que anuncia el destino trascendente de toda persona – el “final de la vida” se puede afrontar de una manera acorde a la dignidad humana y adecuada a aquella fatiga y sufrimiento que inevitablemente produce la sensación inminente del final. De hecho, «el sufrimiento es algo todavía más amplio que la enfermedad, más complejo y a la vez aún más profundamente enraizado en la humanidad misma».[50] Y este sufrimiento, con ayuda de la gracia, puede ser animado desde dentro con la caridad divina, como en el caso del sufrimiento de Cristo en la Cruz.

Por eso, la actitud de quien atiende a una persona afectada por una enfermedad crónica o en la fase terminal de la vida, debe ser aquella de “saber estar”, velar con quien sufre la angustia del morir, “consolar”, o sea de ser-con en la soledad, de ser co-presencia que abre a la esperanza.[51] Mediante la fe y la caridad expresadas en la intimidad del alma la persona que cuida es capaz de sufrir el dolor del otro y de abrirse a una relación personal con el débil que amplía los horizontes de la vida más allá del acontecimiento de la muerte, transformándose así en una presencia llena de esperanza.

«Llorad con los que lloran» (Rm 12, 15), porque es feliz quien tiene compasión hasta llorar con los otros (cfr. Mt 5, 4). En esta relación, en la que se da la posibilidad de amar, el sufrimiento se llena de significado en el com-partir de una condición humana y con la solidaridad en el camino hacia Dios, que expresa aquella alianza radical entre los hombres[52] que les hace entrever una luz también más allá de la muerte. Ella nos hace ver el acto médico desde dentro de una alianza terapéuticaentre el médico y el enfermo, unidos por el reconocimiento del valor trascendente de la vida y del sentido místico del sufrimiento. Esta alianza es la luz para comprender el buen obrar médico, superando la visión individualista y utilitarista hoy predominante.

2. La obligación moral de evitar el ensañamiento terapéutico

El Magisterio de la Iglesia recuerda que, cuando se acerca el término de la existencia terrena, la dignidad de la persona humana se concreta como derecho a morir en la mayor serenidad posible y con la dignidad humana y cristiana que le son debidas.[53] Tutelar la dignidad del morir significa tanto excluir la anticipación de la muerte como el retrasarla con el llamado “ensañamiento terapéutico”.[54] La medicina actual dispone, de hecho, de medios capaces de retrasar artificialmente la muerte, sin que el paciente reciba en tales casos un beneficio real. Ante la inminencia de una muerte inevitable, por lo tanto, es lícito en ciencia y en conciencia tomar la decisión de renunciar a los tratamientos que procurarían solamente una prolongación precaria y penosa de la vida, sin interrumpir todavía los cuidados normales debidos al enfermo en casos similares.[55] Esto significa que no es lícito suspender los cuidados que sean eficaces para sostener las funciones fisiológicas esenciales, mientras que el organismo sea capaz de beneficiarse (ayudas a la hidratación, a la nutrición, a la termorregulación y otras ayudas adecuadas y proporcionadas a la respiración, y otras más, en la medida en que sean necesarias para mantener la homeostasis corpórea y reducir el sufrimiento orgánico y sistémico). La suspensión de toda obstinación irrazonable en la administración de los tratamientos no debe ser una retirada terapéutica. Tal aclaración se hace hoy indispensable a la luz de los numerosos casos judiciales que en los últimos años han llevado a la retirada de los cuidados – y a la muerte anticipada – a pacientes en condiciones críticas, pero no terminales, a los cuales se ha decidido suspender los cuidados de soporte vital, porque no había perspectivas de una mejora en su calidad de vida.

En el caso específico del ensañamiento terapéutico, viene reafirmado que la renuncia a medios extraordinarios y/o desproporcionados «no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante la muerte»[56] o la elección ponderada de evitar la puesta en marcha de un dispositivo médico desproporcionado a los resultados que se podrían esperar. La renuncia a tales tratamientos, que procurarían solamente una prolongación precaria y penosa de la vida, puede también manifestar el respeto a la voluntad del paciente, expresada en las llamadas voluntades anticipadas de tratamiento, excluyendo sin embargo todo acto de naturaleza eutanásica o suicida.[57]

La proporcionalidad, de hecho, se refiere a la totalidad del bien del enfermo. Nunca se puede aplicar el falso discernimiento moral de la elección entre valores (por ejemplo, vida versus calidad de vida); esto podría inducir a excluir de la consideración la salvaguarda de la integridad personal y del bien-vida y el verdadero objeto moral del acto realizado.[58] En efecto, todo acto médico debe tener en el objeto y en las intenciones de quien obra el acompañamiento de la vida y nunca la consecución de la muerte[59]. En todo caso, el médico no es nunca un mero ejecutor de la voluntad del paciente o de su representante legal, conservando el derecho y el deber de sustraerse a la voluntad discordante con el bien moral visto desde la propia conciencia.[60]

3. Los cuidados básicos: el deber de alimentación e hidratación

Principio fundamental e ineludible del acompañamiento del enfermo en condiciones críticas y/o terminales es la continuidad de la asistencia en sus funciones fisiológicas esenciales. En particular, un cuidado básico debido a todo hombre es el de administrar los alimentos y los líquidos necesarios para el mantenimiento de la homeostasis del cuerpo, en la medida en que y hasta cuando esta administración demuestre alcanzar su finalidad propia, que consiste en el procurar la hidratación y la nutrición del paciente.[61]

Cuando la administración de sustancias nutrientes y líquidos fisiológicos no resulte de algún beneficio al paciente, porque su organismo no está en grado de absorberlo o metabolizarlo, la administración viene suspendida. De este modo, no se anticipa ilícitamente la muerte por privación de las ayudas a la hidratación y a la nutrición, esenciales para las funciones vitales, sino que se respeta la evolución natural de la enfermedad crítica o terminal. En caso contrario, la privación de estas ayudas se convierte en una acción injusta y puede ser fuente de gran sufrimiento para quien lo padece. Alimentación e hidratación no constituyen un tratamiento médico en sentido propio, porque no combaten las causas de un proceso patológico activo en el cuerpo del paciente, sino que representan el cuidado debido a la persona del paciente, una atención clínica y humana primaria e ineludible. La obligatoriedad de este cuidado del enfermo a través de una apropiada hidratación y nutrición puede exigir en algunos casos el uso de una vía de administración artificial,[62] con la condición que esta no resulte dañina para el enfermo o provoque sufrimientos inaceptables para el paciente.[63]

4. Los cuidados paliativos

De la continuidad de la asistencia forma parte el constante deber de comprender las necesidades del enfermo: necesidad de asistencia, de alivio del dolor, necesidades emotivas, afectivas y espirituales. Como se ha demostrado por la más amplia experiencia clínica, la medicina paliativa constituye un instrumento precioso e irrenunciable para acompañar al paciente en las fases más dolorosas, penosas, crónicas y terminales de la enfermedad. Los así llamados cuidados paliativos son la expresión más auténtica de la acción humana y cristiana del cuidado, el símbolo tangible del compasivo “estar” junto al que sufre. Estos tienen como objetivo «aliviar los sufrimientos en la fase final de la enfermedad y de asegurar al mismo paciente un adecuado acompañamiento humano”[64] digno, mejorándole – en la medida de lo posible – la calidad de vida y el completo bienestar. La experiencia enseña que la aplicación de los cuidados paliativos disminuye drásticamente el número de personas que piden la eutanasia. Por este motivo, parece útil un compromiso decidido, según las posibilidades económicas, para llevar estos cuidados a quienes tengan necesidad, para aplicarlos no solo en las fases terminales de la vida, sino como perspectiva integral de cuidado en relación a cualquier patología crónica y/o degenerativa, que pueda tener un pronóstico complejo, doloroso e infausto para el paciente y para su familia.[65]

La asistencia espiritual al enfermo, y a sus familiares, forma parte de los cuidados paliativos. Esta infunde confianza y esperanza en Dios al moribundo y a los familiares, ayudándoles a aceptar la muerte del pariente. Es una contribución esencial que compete a los agentes de pastoral y a toda la comunidad cristiana, con el ejemplo del Buen Samaritano, para que al rechazo le siga la aceptación, y sobre la angustia prevalezca la esperanza,[66] sobre todo cuando el sufrimiento se prolonga por la degeneración de la patología, al aproximarse el final. En esta fase, la prescripción de una terapia analgésica eficaz permite al paciente afrontar la enfermedad y la muerte sin miedo a un dolor insoportable. Este remedio estará asociado, necesariamente, a un apoyo fraternal que pueda vencer la sensación de soledad del paciente causada, con frecuencia, por no sentirse suficientemente acompañado y comprendido en su difícil situación.

La técnica no da una respuesta radical al sufrimiento y no se puede pensar que esta pueda llegar a eliminarlo de la vida de los hombres.[67] Una pretensión semejante genera una falsa esperanza, causando una desesperación todavía mayor en el que sufre. La ciencia médica es capaz de conocer cada vez mejor el dolor físico y debe poner en práctica los mejores recursos técnicos para tratarlo; pero el horizonte vital de una enfermedad terminal genera un sufrimiento profundo en el enfermo, que requiere una atención no meramente técnica. Spe salvi facti sumus, en la esperanza, teologal, dirigida hacia Dios, hemos sido salvados, dice San Pablo (Rm 8, 24).

“El vino de la esperanza” es la contribución específica de la fe cristiana en el cuidado del enfermo y hace referencia al modo como Dios vence el mal en el mundo. En el sufrimiento el hombre debe poder experimentar una solidaridad y un amor que asume el sufrimiento ofreciendo un sentido a la vida, que se extiende más allá de la muerte. Todo esto posee una gran relevancia social: «Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado, también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana».[68]

Debe, sin embargo, precisarse que la definición de los cuidados paliativos ha asumido en años recientes una connotación que puede resultar equívoca. En algunos países del mundo, las legislaciones nacionales que regulan los cuidados paliativos (Palliative Care Act) así como las leyes sobre el “final de la vida” (End-of-Life Law), prevén, junto a los cuidados paliativos, la llamada Asistencia Médica a la Muerte (MAiD), que puede incluir la posibilidad de pedir la eutanasia y el suicidio asistido. Estas previsiones legislativas constituyen un motivo de confusión cultural grave, porque hacen creer que la asistencia médica a la muerte voluntaria sea parte integrante de los cuidados paliativos y que, por lo tanto, sea moralmente lícito pedir la eutanasia o el suicidio asistido.

Además, en estos mismos contextos legislativos, las intervenciones paliativas para reducir el sufrimiento de los pacientes graves o moribundos pueden consistir en la administración de fármacos dirigidos a anticipar la muerte o en la suspensión/interrupción de la hidratación y la alimentación, incluso cuando hay un pronóstico de semanas o meses. Sin embargo, estas prácticas equivalen a una acción u omisión directa para procurar la muerte y son por tanto ilícitas. La difusión progresiva de estas leyes, también a través de los protocolos de las sociedades científicas nacionales e internacionales, además de inducir a un número creciente de personas vulnerables a elegir la eutanasia o el suicidio, constituye una irresponsabilidad social frente a tantas personas, que solo tendrían necesidad de ser mejor atendidas y consoladas.

5. El papel de la familia y los hospices

En el cuidado del enfermo terminal es central el papel de la familia.[69] En ella la persona se apoya en relaciones fuertes, viene apreciada por sí misma y no solo por su productividad o por el placer que pueda generar. En el cuidado es esencial que el enfermo no se sienta una carga, sino que tenga la cercanía y el aprecio de sus seres queridos. En esta misión, la familia necesita la ayuda y los medios adecuados. Es necesario, por tanto, que los Estados reconozcan la función social primaria y fundamental de la familia y su papel insustituible, también en este ámbito, destinando los recursos y las estructuras necesarias para ayudarla. Además, el acompañamiento humano y espiritual de la familia es un deber en las estructuras sanitarias de inspiración cristiana; nunca debe descuidarse, porque constituye una única unidad de cuidado con el enfermo.

Junto a la familia, la creación de los hospices, centros y estructuras donde acoger los enfermos terminales, para asegurar el cuidado hasta el último momento, es algo bueno y de gran ayuda. Después de todo, «la respuesta cristiana al misterio del sufrimiento y de la muerte no es una explicación sino una Presencia»[70] que se hace cargo del dolor, lo acompaña y lo abre a una esperanza confiada. Estas estructuras se ponen como ejemplo de humanidad en la sociedad, santuarios del dolor vivido con plenitud de sentido. Por esto deben estar equipadas con personal especializado y medios materiales específicos de cuidado, siempre abiertos a la familia: «A este respecto, pienso en lo bien que funcionan los hospices para los cuidados paliativos, en los que los enfermos terminales son acompañados con un apoyo médico, psicológico y espiritual cualificado, para que puedan vivir con dignidad, confortados por la cercanía de sus seres queridos, la fase final de su vida terrenal. Espero que estos centros continúen siendo lugares donde se practique con compromiso la “terapia de la dignidad”, alimentando así el amor y el respeto por la vida».[71] En estas situaciones, así como en cualquier estructura sanitaria católica, es necesaria la presencia de agentes sanitarios y pastorales preparados no solo bajo el perfil clínico, sino también practicantes de una verdadera vida teologal de fe y esperanza, dirigida hacia Dios, porque esta constituye la forma más elevada de humanización del morir.[72]

6. El acompañamiento y el cuidado en la edad prenatal y pediátrica

En relación al acompañamiento de los neonatos y de los niños afectados de enfermedades crónicas degenerativas incompatibles con la vida, o en las fases terminales de la vida misma, es necesario reafirmar cuanto sigue, siendo conscientes de la necesidad de desarrollar una estrategia operativa capaz de garantizar calidad y bienestar al niño y a su familia.

Desde la concepción, los niños afectados por malformaciones o patologías de cualquier tipo son pequeños pacientes que la medicina hoy es capaz de asistir y acompañar de manera respetuosa con la vida. Su vida es sagrada, única, irrepetible e inviolable, exactamente como aquella de toda persona adulta.

En el caso de las llamadas patologías prenatales “incompatibles con la vida” – es decir que seguramente lo llevaran a la muerte dentro de un breve espacio de tiempo – y en ausencia de tratamientos fetales o neonatales capaces de mejorar las condiciones de salud de estos niños, de ninguna manera son abandonados en el plano asistencial, sino que son acompañados, como cualquier otro paciente, hasta la consecución de la muerte natural; el comfort care perinatal favorece, en este sentido, un proceso asistencial integrado, que, junto al apoyo de los médicos y de los agentes de pastoral sostiene la presencia constante de la familia. El niño es un paciente especial y requiere por parte del acompañante una preparación específica ya sea en términos de conocimiento como de presencia. El acompañamiento empático de un niño en fase terminal, que está entre los más delicados, tiene el objetivo de añadir vida a los años del niño y no años a su vida.

Especialmente, los Hospices Perinatales proporcionan un apoyo esencial a las familias que acogen el nacimiento de un hijo en condiciones de fragilidad. En tales casos, el acompañamiento médico competente y el apoyo de otras familias-testigos, que han pasado por la misma experiencia de dolor y de pérdida, constituyen un recurso esencial, junto al necesario acompañamiento espiritual de estas familias. Es un deber pastoral de los agentes sanitarios de inspiración cristiana trabajar para favorecer la máxima difusión de los mismos en el mundo.

Todo esto se revela especialmente importante en el caso de aquellos niños que, en el estado actual del conocimiento científico, están destinados a morir inmediatamente después del parto o en un corto periodo de tiempo. Cuidar a estos niños ayuda a los padres a elaborar el luto y a concebirlo no solo como una pérdida, sino como una etapa de un camino de amor recorrido junto al hijo.

Desafortunadamente, la cultura hoy dominante no promueve esta perspectiva: a nivel social, el uso a veces obsesivo del diagnóstico prenatal y el afirmarse de una cultura hostil a la discapacidad inducen, con frecuencia, a la elección del aborto, llegando a configurarlo como una práctica de “prevención”. Este consiste en la eliminación deliberada de una vida humana inocente y como tal nunca es lícito. Por lo tanto, el uso del diagnóstico prenatal con una finalidad selectiva es contrario a la dignidad de la persona y gravemente ilícito porque es expresión de una mentalidad eugenésica. En otros casos, después del nacimiento, la misma cultura lleva a suspender, o no iniciar, los cuidados al niño apenas nacido, por la presencia o incluso solo por la posibilidad que desarrolle en el futuro una discapacidad. También esta perspectiva, de matriz utilitarista, no puede ser aprobada. Un procedimiento semejante, además de inhumano, es gravemente ilícito desde el punto de vista moral.

Un principio fundamental de la asistencia pediátrica es que el niño en la fase final de la vida tiene el derecho al respeto y al cuidado de su persona, evitando tanto el ensañamiento terapéutico y la obstinación irrazonable como toda anticipación intencional de su muerte. En la perspectiva cristiana, el cuidado pastoral de un niño enfermo terminal reclama la participación a la vida divina en el Bautismo y la Confirmación.

En la fase terminal del recorrido de una enfermedad incurable, incluso si se suspenden las terapias farmacológicas o de otra naturaleza destinadas a luchar contra la patología que sufre el niño, porque no son apropiadas a su deteriorada condición clínica y son consideradas por los médicos como fútiles o excesivamente gravosas para él, en cuanto causa de un mayor sufrimiento, no deben reducirse los cuidados integrales del pequeño enfermo, en sus diversas dimensiones fisiológica, psicológica, afectivo-relacional y espiritual. Cuidar no significa solo poner en práctica una terapia o curar; así como interrumpir una terapia, cuando esta ya no beneficia al niño incurable, no implica suspender los cuidados eficaces para sostener las funciones fisiológicas esenciales para la vida del pequeño paciente, mientras su organismo sea capaz de beneficiarse (ayuda a la hidratación, a la nutrición, a la termorregulación y todavía otras, en la medida en que estas se requieran para sostener la homeostasis corporal y reducir el sufrimiento orgánico y sistémico). La abstención de toda obstinación terapéutica, en la administración de los tratamientos juzgados ineficaces, no debe ser una retirada terapéutica en los cuidados, sino que debe mantener abierto el camino de acompañamiento a la muerte. Se debe considerar, también, que las intervenciones rutinarias, como la ayuda a la respiración, se administren de manera indolora y proporcionada, personalizando sobre el paciente el tipo de ayuda adecuada, para evitar que la justa preocupación por la vida contraste con la imposición injusta de un dolor evitable.

En este contexto, la evaluación y la gestión del dolor físico del neonato y del niño son esenciales para respetarlo y acompañarlo en las fases más estresantes de la enfermedad. Los cuidados personalizados y delicados, que hoy en día se llevan a cabo en la asistencia clínica pediátrica, acompañados por la presencia de los padres, hacen posible una gestión integrada y más eficaz de cualquier intervención asistencial.

El mantenimiento del vínculo afectivo entre los padres y el hijo es parte integrante del proceso de cuidado. La relación de cuidado y de acompañamiento padre-niño viene favorecida con todos los instrumentos necesarios y constituye la parte fundamental del cuidado, también para las enfermedades incurables y las situaciones de evolución terminal. Además del contacto afectivo, no se debe olvidar el momento espiritual. La oración de las personas cercanas, por la intención del niño enfermo, tiene un valor sobrenatural que sobrepasa y profundiza la relación afectiva.

El concepto ético/jurídico del “mejor interés del niño” – hoy utilizado para efectuar la evaluación costes-beneficios de los cuidados que se lleven a cabo – de ninguna manera puede constituir el fundamento para decidir abreviar su vida con el objetivo de evitarle sufrimientos, con acciones u omisiones que por su naturaleza o en la intención se puedan configurar como eutanásicas. Como se ha dicho, la suspensión de terapias desproporcionadas no puede conducir a la supresión de aquellos cuidados básicos necesarios para acompañarlo a una muerte digna, incluidas aquellas para aliviar el dolor, y tampoco a la suspensión de aquella atención espiritual que se ofrece a quienes pronto se encontrarán con Dios.

7. Terapias analgésicas y supresión de la conciencia

Algunos cuidados especializados requieren, por parte de los agentes sanitarios, una atención y competencias específicas para llevar a cabo la mejor práctica médica, desde el punto de vista ético, siempre conscientes de acercarse a las personas en su situación concreta de dolor.

Para disminuir los dolores del enfermo, la terapia analgésica utiliza fármacos que pueden causar la supresión de la conciencia (sedación). Un profundo sentido religioso puede permitir al paciente vivir el dolor como un ofrecimiento especial a Dios, en la óptica de la Redención;[73] sin embargo, la Iglesia afirma la licitud de la sedación como parte de los cuidados que se ofrecen al paciente, de tal manera que el final de la vida acontezca con la máxima paz posible y en las mejores condiciones interiores. Esto es verdad también en el caso de tratamientos que anticipan el momento de la muerte (sedación paliativa profunda en fase terminal),[74] siempre, en la medida de lo posible, con el consentimiento informado del paciente. Desde el punto de vista pastoral, es bueno cuidar la preparación espiritual del enfermo para que llegue conscientemente tanto a la muerte como al encuentro con Dios.[75] El uso de los analgésicos es, por tanto, una parte de los cuidados del paciente, pero cualquier administración que cause directa e intencionalmente la muerte es una práctica eutanásica y es inaceptable.[76] La sedación debe por tanto excluir, como su objetivo directo, la intención de matar, incluso si con ella es posible un condicionamiento a la muerte en todo caso inevitable.[77]

Se necesita aquí una aclaración en relación al contexto pediátrico: en el caso del niño incapaz de entender, como por ejemplo un neonato, no se debe cometer el error de suponer que el niño podrá soportar el dolor y aceptarlo, cuando existen sistemas para aliviarlo. Por eso, es un deber médico trabajar para reducir al máximo posible el sufrimiento del niño, de tal manera que pueda alcanzar la muerte natural en paz y pudiendo percibir lo mejor posible la presencia amorosa de los médicos y, sobre todo, de la familia.

8. El estado vegetativo y el estado de mínima consciencia

Otras situaciones relevantes son la del enfermo con falta persistente de consciencia, el llamado “estado vegetativo”, y la del enfermo en estado “de mínima consciencia”. Es siempre engañoso pensar que el estado vegetativo, y el estado de mínima consciencia, en sujetos que respiran autónomamente, sean un signo de que el enfermo haya cesado de ser persona humana con toda la dignidad que le es propia.[78] Al contrario, en estos estados de máxima debilidad, debe ser reconocido en su valor y asistido con los cuidados adecuados. El hecho que el enfermo pueda permanecer por años en esta dolorosa situación sin una esperanza clara de recuperación implica, sin ninguna duda, un sufrimiento para aquellos que lo cuidan.

Puede ser útil recordar lo que nunca se puede perder de vista en relación con semejante situación dolorosa. Es decir, el paciente en estos estados tiene derecho a la alimentación y a la hidratación; alimentación e hidratación por vías artificiales son, en línea de principio, medidas ordinarias; en algunos casos, tales medidas pueden llegar a ser desproporcionadas, o porque su administración no es eficaz, o porque los medios para administrarlas crean una carga excesiva y provocan efectos negativos que sobrepasan los beneficios.

En la óptica de estos principios, el compromiso del agente sanitario no puede limitarse al paciente sino que debe extenderse también a la familia o a quien es responsable del cuidado del paciente, para quienes se debe prever también un oportuno acompañamiento pastoral. Por lo tanto, es necesario prever una ayuda adecuada a los familiares para llevar el peso prolongado de la asistencia al enfermo en estos estados, asegurándoles aquella cercanía que los ayude a no desanimarse y, sobre todo, a no ver como única solución la interrupción de los cuidados. Hay que estar adecuadamente preparados, y también es necesario que los miembros de la familia sean ayudados debidamente.

9. La objeción de conciencia por parte de los agentes sanitarios y de las instituciones sanitarias católicas

Ante las leyes que legitiman –bajo cualquier forma de asistencia médica– la eutanasia o el suicidio asistido, se debe negar siempre cualquier cooperación formal o material inmediata. Estas situaciones constituyen un ámbito específico para el testimonio cristiano, en las cuales «es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 29). No existe el derecho al suicidio ni a la eutanasia: el derecho existe para tutelar la vida y la coexistencia entre los hombres, no para causar la muerte. Por tanto, nunca le es lícito a nadie colaborar con semejantes acciones inmorales o dar a entender que se pueda ser cómplice con palabras, obras u omisiones. El único verdadero derecho es aquel del enfermo a ser acompañado y cuidado con humanidad. Solo así se custodia su dignidad hasta la llegada de la muerte natural. «Ningún agente sanitario, por tanto, puede erigirse en tutor ejecutivo de un derecho inexistente, aun cuando la eutanasia fuese solicitada con plena conciencia por el sujeto interesado».[79]

A este respecto, los principios generales referidos a la cooperación al mal, es decir a acciones ilícitas, son reafirmados: «Los cristianos, como todos los hombres de buena voluntad, están llamados, por un grave deber de conciencia, a no prestar su colaboración formal a aquellas prácticas que, aun permitidas por la legislación civil, se oponen a la Ley de Dios. En efecto, desde el punto de vista moral, nunca es lícito cooperar formalmente con el mal. Esta cooperación se produce cuando la acción realizada, o por su misma naturaleza o por la configuración que asume en un contexto concreto, se califica como colaboración directa en un acto contra la vida humana inocente o como participación en la intención moral del agente principal. Esta cooperación nunca puede justificarse invocando el respeto a la libertad de los demás, ni apoyarse en el hecho de que la ley civil la prevea y exija. En efecto, los actos que cada cual realiza personalmente tienen una responsabilidad moral, a la que nadie puede nunca substraerse y sobre la que todos y cada uno serán juzgados por Dios mismo (cfr. Rm 2, 6; 14, 12)».[80]

Es necesario que los Estados reconozcan la objeción de conciencia en ámbito médico y sanitario, en el respeto a los principios de la ley moral natural, y especialmente donde el servicio a la vida interpela cotidianamente la conciencia humana.[81]Donde esta no esté reconocida, se puede llegar a la situación de deber desobedecer a la ley, para no añadir injusticia a la injusticia, condicionando la conciencia de las personas. Los agentes sanitarios no deben vacilar en pedirla como derecho propio y como contribución específica al bien común.

Igualmente, las instituciones sanitarias deben superar las fuertes presiones económicas que a veces les inducen a aceptar la práctica de la eutanasia. Y donde la dificultad para encontrar los medios necesarios hiciese gravoso el trabajo de las instituciones públicas, toda la sociedad está llamada a un aumento de responsabilidad de tal manera que los enfermos incurables no sean abandonados a su suerte o a los únicos recursos de sus familiares. Todo esto requiere una toma de posición clara y unitaria por parte de las Conferencias Episcopales, las Iglesias locales, así como de las comunidades y de las instituciones católicas para tutelar el propio derecho a la objeción de conciencia en los contextos legislativos que prevén la eutanasia y el suicidio.

Las instituciones sanitarias católicas constituyen un signo concreto del modo con el que la comunidad eclesial, tras el ejemplo del Buen Samaritano, se hace cargo de los enfermos. El mandamiento de Jesús, “cuidad a los enfermos” (Lc 10, 9), encuentra su concreta actuación no solo imponiendo sobre ellos las manos, sino también recogiéndolos de la calle, asistiéndolos en sus propias casas y creando estructuras especiales de acogida y de hospitalidad. Fiel al mandamiento del Señor, la Iglesia ha creado, a lo largo de los siglos varias estructuras de acogida, donde la atención médica encuentra una específica declinación en la dimensión del servicio integral a la persona enferma.

Las instituciones sanitarias “católicas” están llamadas a ser fieles testigos de la irrenunciable atención ética por el respeto a los valores fundamentales y a aquellos cristianos constitutivos de su identidad, mediante la abstención de comportamientos de evidente ilicitud moral y la declarada y formal obediencia a las enseñanzas del Magisterio eclesial. Cualquier otra acción, que no corresponda a la finalidad y a los valores a los cuales las instituciones católicas se inspiran, no es éticamente aceptable y, por tanto, perjudica la atribución de la calificación de “católica”, a la misma institución sanitaria.

En este sentido, no es éticamente admisible una colaboración institucional con otras estructuras hospitalarias hacia las que orientar y dirigir a las personas que piden la eutanasia. Semejantes elecciones no pueden ser moralmente admitidas ni apoyadas en su realización concreta, aunque sean legalmente posibles. De hecho, las leyes que aprueban la eutanasia «no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia. Desde los orígenes de la Iglesia, la predicación apostólica ha inculcado a los cristianos el deber de obedecer a las autoridades públicas legítimamente constituidas (cfr. Rm 13, 1-7, 1 P 2, 13-14), pero al mismo tiempo ha enseñado firmemente que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29)».[82]

El derecho a la objeción de conciencia no debe hacernos olvidar que los cristianos no rechazan estas leyes en virtud de una concepción religiosa privada, sino de un derecho fundamental e inviolable de toda persona, esencial para el bien común de toda la sociedad. Se trata, de hecho, de leyes contrarias al derecho natural en cuanto que minan los fundamentos mismos de la dignidad humana y de una convivencia basada en la justicia.

10. El acompañamiento pastoral y el apoyo de los sacramentos

El momento de la muerte es un paso decisivo del hombre en su encuentro con Dios Salvador. La Iglesia está llamada a acompañar espiritualmente a los fieles en esta situación, ofreciéndoles los “recursos sanadores” de la oración y los sacramentos. Ayudar al cristiano a vivirlo en un contexto de acompañamiento espiritual es un acto supremo de caridad. Simplemente porque «ningún creyente debería morir en la soledad y en el abandono»,[83] es necesario crear en torno al enfermo una sólida plataforma de relaciones humanas y humanizadoras que lo acompañen y lo abran a la esperanza.

La parábola del Buen Samaritano indica cual debe ser la relación con el prójimo que sufre, que actitudes hay que evitar – indiferencia, apatía, prejuicio, miedo a mancharse las manos, encerrarse en sus propias preocupaciones – y cuales hay que poner en práctica – atención, escucha, comprensión, compasión, discreción.

La invitación a la imitación, «Ve y haz también tú lo mismo» (Lc 10, 37), es una llamada a no subestimar todo el potencial humano de presencia, de disponibilidad, de acogida, de discernimiento, de implicación, que la proximidad hacia quien está en una situación de necesidad exige y que es esencial en el cuidado integral de la persona enferma.

La calidad del amor y del cuidado de las personas en las situaciones críticas y terminales de la vida contribuye a alejar de ellas el terrible y extremo deseo de poner fin a la propia vida. Solo un contexto de calor humano y de fraternidad evangélica es capaz de abrir un horizonte positivo y de sostener al enfermo en la esperanza y en un confiado abandono.

Este acompañamiento forma parte de la ruta definida por los cuidados paliativos y debe incluir al paciente y a su familia.

La familia, desde siempre, ha tenido un papel importante en el cuidado, cuya presencia, apoyo, afecto, constituyen para el enfermo un factor terapéutico esencial. Ella, de hecho, recuerda el Papa Francisco, «ha sido siempre el “hospital” más cercano. Aún hoy, en muchas partes del mundo, el hospital es un privilegio para pocos, y a menudo está distante. Son la mamá, el papá, los hermanos, las hermanas, las abuelas quienes garantizan las atenciones y ayudan a sanar».[84]

El hacerse cargo del otro o el hacerse cargo de los sufrimientos de otros es una tarea que implica no solo a algunos, sino que abraza la responsabilidad de todos, de toda la comunidad cristiana. San Pablo afirma que, cuando un miembro sufre, todo el cuerpo está sufriendo (cfr. 1 Cor 12, 26) y todo entero se inclina sobre el miembro enfermo para darle alivio. Cada uno, por su parte, está llamado a ser “siervo del consuelo” frente a las situaciones humanas de desolación y desánimo.

El acompañamiento pastoral reclama el ejercicio de las virtudes humanas y cristianas de la empatía (en-pathos), de la compasión (cum-passio), del hacerse cargo del sufrimiento del enfermo compartiéndolo, y del consuelo (cum-solacium), del entrar en la soledad del otro para hacerle sentirse amado, acogido, acompañado, apoyado.

El ministerio de la escucha y del consuelo que el sacerdote está llamado a ofrecer, haciéndose signo de la solicitud compasiva de Cristo y de la Iglesia, puede y debe tener un papel decisivo. En esta importante misión es extremadamente importante testimoniar y conjugar aquella verdad y caridad con las que la mirada del Buen Pastor no deja de acompañar a todos sus hijos. Dada la importancia de la figura del sacerdote en el acompañamiento humano, pastoral y espiritual de los enfermos en las fases terminales de la vida, es necesario que en su camino de formación esté prevista una preparación actualizada y orientada en este sentido. También es importante que sean formados en este acompañamiento cristiano los médicos y los agentes sanitarios, porque pueden darse circunstancias específicas que hacen muy difícil una adecuada presencia de los sacerdotes a la cabecera del enfermo terminal.

Ser hombres y mujeres expertos en humanidad significa favorecer, a través de las actitudes con las que se cuida del prójimo que sufre, el encuentro con el Señor de la vida, el único capaz de verter, de manera eficaz, sobre las heridas humanas el aceite del consuelo y el vino de la esperanza.

Todo hombre tiene el derecho natural de ser atendido en esta hora suprema según las expresiones de la religión que profesa.

El momento sacramental es siempre el culmen de toda la tarea pastoral de cuidado que lo precede y fuente de todo lo que sigue.

La Iglesia llama sacramentos «de curación»[85] a la Penitencia y a la Unción de los enfermos, que culminan en la Eucaristía como “viático” para la vida eterna.[86] Mediante la cercanía de la Iglesia, el enfermo vive la cercanía de Cristo que lo acompaña en el camino hacia la casa del Padre (cfr. Jn 14, 6) y lo ayuda a no caer en la desesperación,[87] sosteniéndolo en la esperanza, sobre todo cuando el camino se hace más penoso.[88]

11. El discernimiento pastoral hacia quien pide la eutanasia o el suicidio asistido

Un caso del todo especial en el que hoy es necesario reafirmar la enseñanza de la Iglesia es el acompañamiento pastoral de quien ha pedido expresamente la eutanasia o el suicidio asistido. Respecto al sacramento de la Reconciliación, el confesor debe asegurarse que haya contrición, la cual es necesaria para la validez de la absolución, y que consiste en el «dolor del alma y detestación del pecado cometido, con propósito de no pecar en adelante».[89] En nuestro caso nos encontramos ante una persona que, más allá de sus disposiciones subjetivas, ha realizado la elección de un acto gravemente inmoral y persevera en él libremente. Se trata de una manifiesta no-disposición para la recepción de los sacramentos de la Penitencia,[90] con la absolución, y de la Unción,[91] así como del Viático.[92] Podrá recibir tales sacramentos en el momento en el que su disposición a cumplir los pasos concretos permita al ministro concluir que el penitente ha modificado su decisión. Esto implica también que una persona que se haya registrado en una asociación para recibir la eutanasia o el suicidio asistido debe mostrar el propósito de anular tal inscripción, antes de recibir los sacramentos. Se recuerda que la necesidad de posponer la absolución no implica un juicio sobre la imputabilidad de la culpa, porque la responsabilidad personal podría estar disminuida o incluso no existir.[93] En el caso en el que el paciente estuviese desprovisto de conciencia, el sacerdote podría administrar los sacramentos sub condicione si se puede presumir el arrepentimiento a partir de cualquier signo dado con anterioridad por la persona enferma.

Esta posición de la Iglesia no es un signo de falta de acogida al enfermo. De hecho, debe ser el ofrecimiento de una ayuda y de una escucha siempre posible, siempre concedida, junto a una explicación profunda del contenido del sacramento, con el fin de dar a la persona, hasta el último momento, los instrumentos para poder escogerlo y desearlo. La Iglesia está atenta a escrutar los signos de conversión suficientes, para que los fieles puedan pedir razonablemente la recepción de los sacramentos. Se recuerda que posponer la absolución es también un acto medicinal de la Iglesia, dirigido, no a condenar al pecador, sino a persuadirlo y acompañarlo hacia la conversión.

También en el caso en el que una persona no se encuentre en las disposiciones objetivas para recibir los sacramentos, es necesaria una cercanía que invite siempre a la conversión. Sobre todo si la eutanasia, pedida o aceptada, no se lleva a cabo en un breve periodo de tiempo. Se tendrá entonces la posibilidad de un acompañamiento para hacer renacer la esperanza y modificar la elección errónea, y que el enfermo se abra al acceso a los sacramentos.

Sin embargo, no es admisible por parte de aquellos que asisten espiritualmente a estos enfermos ningún gesto exterior que pueda ser interpretado como una aprobación de la acción eutanásica, como por ejemplo el estar presentes en el instante de su realización. Esta presencia solo puede interpretarse como complicidad. Este principio se refiere de manera particular, pero no solo, a los capellanes de las estructuras sanitarias donde puede practicarse la eutanasia, que no deben dar escándalo mostrándose de algún modo cómplices de la supresión de una vida humana.

12. La reforma del sistema educativo y la formación de los agentes sanitarios

En el contexto social y cultural actual, tan denso en desafíos en relación con la tutela de la vida humana en las fases más críticas de la existencia, el papel de la educación es ineludible. La familia, la escuela, las demás instituciones educativas y las comunidades parroquiales deben trabajar con perseverancia para despertar y madurar aquella sensibilidad hacia el prójimo y su sufrimiento, de la que se ha convertido en símbolo la figura evangélica del Samaritano.[94]

A las capellanías hospitalarias se les pide ampliar la formación espiritual y moral de los agentes sanitarios, incluidos médicos y personal de enfermería, así como de los grupos de voluntariado hospitalario, para que sepan dar la atención humana y espiritual necesaria en las fases terminales de la vida. El cuidado psicológico y espiritual del paciente durante toda la evolución de la enfermedad debe ser una prioridad para los agentes pastorales y sanitarios, teniendo cuidado de poner en el centro al paciente y a su familia.

Los cuidados paliativos deben difundirse en el mundo y es obligatorio preparar, para tal fin, los cursos universitarios para la formación especializada de los agentes sanitarios. También es prioritaria la difusión de una correcta y meticulosa información sobre la eficacia de los auténticos cuidados paliativos para un acompañamiento digno de la persona hasta la muerte natural. Las instituciones sanitarias de inspiración cristiana deben preparar protocolos para sus agentes sanitarios que incluyan una apropiada asistencia psicológica, moral y espiritual como componente esencial de los cuidados paliativos.

La asistencia humana y espiritual debe volver a entrar en los recorridos formativos académicos de todos los agentes sanitarios y en las prácticas hospitalarias.

Además de todo esto, las estructuras sanitarias y asistenciales deben preparar modelos de asistencia psicológica y espiritual para los agentes sanitarios que tienen a su cargo los pacientes en las fases terminales de la vida humana. Hacerse cargo de quienes cuidan es esencial para evitar que sobre los agentes y los médicos recaiga todo el peso (burn out) del sufrimiento y de la muerte de los pacientes incurables. Estos tienen necesidad de apoyo y de momentos de discusión y de escucha adecuados para poder procesar no solo valores y emociones, sino también el sentido de la angustia, del sufrimiento y de la muerte en el ámbito de su servicio a la vida. Tienen que poder percibir el sentido profundo de la esperanza y la conciencia que su misión es una verdadera vocación a apoyar y acompañar el misterio de la vida y de la gracia en las fases dolorosas y terminales de la existencia.[95]

Conclusión

El misterio de la Redención del hombre está enraizado de una manera sorprendente en el compromiso amoroso de Dios con el sufrimiento humano. Por eso podemos fiarnos de Dios y trasmitir esta certeza en la fe al hombre sufriente y asustado por el dolor y la muerte.

El testimonio cristiano muestra como la esperanza es siempre posible, también en el interior de la cultura del descarte. «La elocuencia de la parábola del buen Samaritano, como también la de todo el Evangelio, es concretamente esta: el hombre debe sentirse llamado personalmente a testimoniar el amor en el sufrimiento».[96]

La Iglesia aprende del Buen Samaritano el cuidado del enfermo terminal y obedece así el mandamiento unido al don de la vida: «¡respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana!».[97] El evangelio de la vida es un evangelio de la compasión y de la misericordia dirigido al hombre concreto, débil y pecador, para levantarlo, mantenerlo en la vida de la gracia y, si es posible, curarlo de toda posible herida.

No basta, sin embargo, compartir el dolor, es necesario sumergirse en los frutos del Misterio Pascual de Cristo para vencer el pecado y el mal, con la voluntad de «desterrar la miseria ajena como si fuese propia».[98] Sin embargo, la miseria más grande es la falta de esperanza ante la muerte. Esta es la esperanza anunciada por el testimonio cristiano que, para ser eficaz, debe ser vivida en la fe implicando a todos, familiares, enfermeros, médicos, y la pastoral de las diócesis y de los hospitales católicos, llamados a vivir con fidelidad el deber de acompañar a los enfermos en todas las fases de la enfermedad, y en particular, en las fases críticas y terminales de la vida, así como se ha definido en el presente documento.

El Buen Samaritano, que pone en el centro de su corazón el rostro del hermano en dificultad, sabe ver su necesidad, le ofrece todo el bien necesario para levantarlo de la herida de la desolación y abrir en su corazón hendiduras luminosas de esperanza.

El “querer el bien” del Samaritano, que se hace prójimo del hombre herido no con palabras ni con la lengua, sino con los hechos y en la verdad (cfr. 1 Jn 3, 18), toma la forma de cuidado, con el ejemplo de Cristo que pasó haciendo el bien y sanando a todos (cfr. Hch 10, 38).

Curados por Jesús, nos transformamos en hombres y mujeres llamados a anunciar su potencia sanadora, a amar y a hacernos cargo del prójimo como él nos ha enseñado.

Esta vocación al amor y al cuidado del otro,[99] que lleva consigo ganancias de eternidad, se anuncia de manera explícita por el Señor de la vida en esta paráfrasis del juicio final: recibid en heredad el reino, porque estaba enfermo y me habéis visitado. ¿Cuándo, Señor? Todas las veces que habéis hecho esto con un hermano vuestro más pequeño, a un hermano vuestro que sufre, lo habéis hecho conmigo (cfr. Mt 25, 31-46).

El Sumo Pontífice Francisco, en fecha 25 de junio de 2020 ha aprobado esta Carta, decidida en la Sesión Plenaria de esta Congregación el 29 de enero de 2020, y ha ordenado su publicación.

Dada en Roma, desde la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 14 de julio de 2020, memoria litúrgica de san Camilo de Lelis.

Luis F. Card. Ladaria, S.I.

Prefecto

Giacomo Morandi

Arzobispo Titular de Cerveteri

Secretario

*Fuente oficial del documento


[1] Misal Romano reformado por mandato del Concilio Ecuménico Vaticano II, promulgado por la autoridad del papa Pablo VI, revisado por el papa Juan Pablo II, Conferencia Episcopal Española, Madrid 2017, Prefacio común VIII, p. 515.

[2] Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, Ed. Salterrae, Maliaño (Cantabria – España) 2017, n. 6.

[3] Benedicto XVI, Carta Enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), n. 22: AAS 99 (2007), 1004: «Si el progreso técnico no se corresponde con un progreso en la formación ética del hombre, con el crecimiento del hombre interior (cfr. Ef 3, 16; 2 Cor 4, 16), no es un progreso sino una amenaza para el hombre y para el mundo».

[4] Cfr. Francisco, Discurso a la Asociación Italiana contra las leucemias-linfomas y mielomas (AIL) (2 marzo 2019): L’Osservatore Romano, 3 marzo 2019, 7.

[5] Francisco, Exhort. Ap. Amoris laetitia (19 marzo2016), n. 3: AAS 108 (2016), 312.

[6] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Past. Gaudium et spes (7 diciembre 1965), n. 10: AAS 58 (1966), 1032-1033.

[7] Cfr. Juan Pablo II, Carta Ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), n. 4: AAS 76 (1984), 203.

[8] Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 144.

[9] Francisco, Mensaje para la XLVIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales (24 enero 2014): AAS 106 (2014), 114.

[10] Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 87: AAS 87 (1995), 500.

[11] Cfr. Juan Pablo II, Carta Enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), n. 37: AAS 83 (1991), 840.

[12] Juan Pablo II, Carta Enc. Veritatis splendor (6 agosto 1993), n. 50; AAS 85 (1993), 1173.

[13] Juan Pablo II, Discurso a los participantes al Congreso Internacional sobre “Los tratamientos de soporte vital y estado vegetativo. Progresos científicos y dilemas éticos” (20 marzo 2004), n. 7: AAS 96 (2004), 489.

[14] Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Placuit Deo (22 febrero 2018), n. 6: AAS 110 (2018), 430.

[15] Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 9.

[16] Cfr. Pablo VI, Mensaje en la última sesión pública del Concilio (7 diciembre 1965): AAS 58 (1966), 55-56.

[17] Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 9.

[18] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Placuit Deo (22 febrero 2018), n. 12: AAS 110 (2018), 433-434.

[19] Francisco, Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe (30 enero 2020): L’Osservatore Romano, 31 enero 2020, 7.

[20] Benedicto XVI, Carta Enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), n. 31: AAS 98 (2006), 245.

[21] Benedicto XVI, Carta Enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), n. 76: AAS 101 (2009), 707.

[22] Cfr. Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 49: AAS 87 (1995), 455: «El sentido más verdadero y profundo de la vida: ser un don que se realiza al darse».

[23] Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Dei Verbum (8 noviembre 1965), n. 2: AAS 58 (1966), 818.

[24] Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 34: AAS 87 (1995), 438.

[25] Cfr. Declaración conjunta de las Religiones Monoteístas Abrahámicas sobre las cuestiones del final de la vida, Ciudad del Vaticano, 28 octubre 2019: «Nos oponemos a cualquier forma de eutanasia -que es el acto directo, deliberado e intencional de quitar la vida - así como al suicidio médicamente asistido - que es el apoyo directo, deliberado e intencional para suicidarse porque contradicen fundamentalmente el valor inalienable de la vida humana y, por lo tanto, son inherente y consecuentemente erróneos desde el punto de vista moral y religioso, y deben ser prohibidos sin excepciones».

[26] Cfr. Francisco, Discurso al Congreso de la Asociación de Médicos Católicos Italianos en el 70 aniversario de su fundación (15 noviembre 2014): AAS 106 (2014), 976.

[27] Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 1; Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Dignitas personae (8 septiembre 2008), n. 8: AAS 100 (2008), 863.

[28] Francisco, Carta Enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), n. 65: AAS 107 (2015), 873.

[29] Con. Ecum. Vat. II, Const. Past. Gaudium et spes (7 diciembre 1965), n. 27: AAS 58 (1966), 1047-1048.

[30] Francisco, Discurso al Congreso de la Asociación de Médicos Católicos Italianos en el 70 aniversario de su fundación (15 noviembre 2014): AAS 106 (2014), 976.

[31] Cfr. Francisco, Discurso a la Federación Nacional de las Ordenes de Médicos Cirujanos y de los Odontólogos (20 septiembre 2019): L’Osservatore Romano, 21 septiembre 2019, 8: «Son formas apresuradas de tratar opciones que no son, como podría parecer, una expresión de la libertad de la persona, cuando incluyen el descarte del enfermo como una posibilidad, o la falsa compasión frente a la petición de que se le ayude a anticipar la muerte».

[32] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Placuit Deo (22 febrero 2018), n. 3: AAS 110 (2018), 428-429; cfr.Francisco, Carta Enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), n.162: AAS 107 (2015), 912.

[33] Benedicto XVI, Carta Enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), n. 53: AAS 101 (2009), 688: «Una de las pobrezas más hondas que el hombre puede experimentar es la soledad. Ciertamente, también las otras pobrezas, incluidas las materiales, nacen del aislamiento, del no ser amados o de la dificultad de amar».

[34] Cfr. Francisco, Exhort. Ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), n. 53: AAS 105 (2013), 1042; se puede ver también: Id., Discurso a la delegación del Instituto “Dignitatis Humanae” (7 diciembre 2013): AAS 106 (2014) 14-15; Id., Encuentro con los ancianos (28 septiembre 2014): AAS 106 (2014), 759-760.

[35] Cfr. Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 12: AAS 87 (1995), 414.

[36] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), II: AAS 72 (1980), 546.

[37] Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 65: AAS 87 (1995), 475; cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), II: AAS 72 (1980), 546.

[38] Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 65: AAS 87 (1995), 477. Es una doctrina propuesta de modo definitivo en la cual la Iglesia compromete su infalibilidad: cfr. Congragación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal ilustrativa de la fórmula conclusiva de la Professio fidei (29 junio 1998), n. 11: AAS 90 (1998), 550.

[39] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), II: AAS 72 (1980), 546.

[40] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2286.

[41] Cfr. ibidem, nn. 1735 y 2282.

[42] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), II: AAS 72 (1980), 546.

[43] Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 169.

[44] Cfr. ibidem, n. 170.

[45] Cfr. Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 72: AAS 87 (1995), 484-485.

[46] Francisco, Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe (30 enero 2020): L’Osservatore Romano, 31 enero 2020, 7.

[47] Juan Pablo II, Carta Enc. Veritatis splendor (6 agosto 1993), n. 15; AAS 85 (1993), 1145.

[48] Cfr. Benedicto XVI, Carta Enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), nn. 36-37: AAS 99 (2007), 1014-1016.

[49] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), II: AAS 72 (1980), 546.

[50] Juan Pablo II, Carta Ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), n. 5: AAS 76 (1984), 204.

[51] Cfr. Benedicto XVI, Carta. Enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), n. 38: AAS 99 (2007), 1016.

[52] Cfr. Juan Pablo II, Carta Ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), n. 29: AAS 76 (1984), 244: «No puede el hombre “prójimo” pasar con desinterés ante el sufrimiento ajeno, en nombre de la fundamental solidaridad humana; y mucho menos en nombre del amor al prójimo. Debe “pararse”, “conmoverse”, actuando como el Samaritano de la parábola evangélica. La parábola en sí expresa una verdad profundamente cristiana, pero a la vez tan universalmente humana».

[53] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), IV: AAS 72 (1980), 549-551.

[54] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2278; Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Carta de los Agentes sanitarios, Ciudad del Vaticano, 1995, n. 119; Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 65: AAS 87 (1995), 475; Francisco, Mensaje a los participantes en la reunión de la región europea de la Asociación Médica Mundial (7 noviembre 2017): «Y si sabemos que no siempre se puede garantizar la curación de la enfermedad, a la persona que vive debemos y podemos cuidarla siempre: sin acortar su vida nosotros mismos, pero también sin ensañarnos inútilmente contra su muerte»; Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 149.

[55] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2278; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), IV: AAS 72 (1980), 550-551; Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 65: AAS 87 (1995), 475; Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 150.

[56] Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 65: AAS 87 (1995), 476.

[57] Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 150.

[58] Cfr. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en un encuentro de estudio sobre la procreación responsable (5 junio 1987), n.1: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, X/2 (1987), 1962: «Hablar de “conflicto de valores o bienes” y de la consiguiente necesidad de llevar a cabo como una especie de “equilibrio” de los mismos, eligiendo uno y rechazando el otro, no es moralmente correcto».

[59] Cfr. Juan Pablo II, Discurso a la Asociación de Médicos Católicos Italianos (28 diciembre 1978): Insegnamenti di Giovanni Paolo II, I (1978), 438.

[60] Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 150.

[61] Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Respuesta a algunas preguntas de la Conferencia Episcopal Estadounidense acerca de la alimentación y la hidratación artificiales (1 agosto 2007): AAS 99 (2007), 820.

[62] Cfr. ibidem.

[63] Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 152: «La alimentación y la hidratación, aun artificialmente administradas, son parte de los tratamientos normales que siempre han de proporcionarse al moribundo, cuando no resulten demasiados gravosos o de ningún beneficio para él. Su indebida suspensión significa verdadera y propia eutanasia. “Suministrar alimento y agua, incluso por vía artificial, es, en principio, un medio ordinario y proporcionado para la conservación de la vida. Por lo tanto, es obligatorio en la medida y mientras se demuestre que cumple su propia finalidad, que consiste en procurar la hidratación y la nutrición del paciente. De este modo se evitan el sufrimiento y la muerte derivados de la inanición y la deshidratación”».

[64] Francisco, Discurso a la plenaria de la Pontificia Academia para la Vida (5 marzo 2015): AAS 107 (2015), 274, citando a: Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 65: AAS 87 (1995), 476. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2279.

[65] Cfr. [65] Francisco, Discurso a la Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida (5 marzo 2015): AAS 107 (2015), 275.

[66] Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 147.

[67] Cfr. Juan Pablo II, Carta Ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), n. 2: AAS 76 (1984), 202: «El sufrimiento parece pertenecer a la trascendencia del hombre; es uno de esos puntos en los que el hombre está en cierto sentido “destinado” a superarse a sí mismo, y de manera misteriosa es llamado a hacerlo».

[68] Benedicto XVI, Carta. Enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), n. 38: AAS 99 (2007), 1016.

[69] Cfr. Francisco, Exhort. Ap. Amoris laetitia (19 marzo 2016), n. 48: AAS 108 (2016), 330.

[70] C. Saunders, Velad conmigo. Inspiración para una vida en cuidados paliativos. Ed. Obra Social de la Caixa, 2011, p. 56.

[71] Francisco, Discurso a los participantes a la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe (30 enero 20202): L’Osservatore Romano, 31 enero 2020, 7.

[72] Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 148.

[73] Cfr. Pio XII, Allocutio. Trois questions religieuses et morales concernant l’analgésie (24 febrero 1957): AAS 49 (1957) 134-136; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), III: AAS 72 (1980), 547; Juan Pablo II, Carta Ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), n. 19: AAS 76 (1984), 226.

[74] Cfr. Pio XII, Allocutio. Iis qui interfuerunt Conventui internationali. Romae habito, a «Collegio Internationali Neuro-Psycho-Pharmacologico » indicto (9 septiembre 1958): AAS 50 (1958), 694; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), III: AAS 72 (1980), 548; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2779; Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 155: «Se da, además, la posibilidad de provocar con los analgésicos y los narcóticos la supresión de la conciencia del moribundo. Este uso merece una consideración particular. En presencia de dolores insoportables, resistentes a las terapias analgésicas habituales, en proximidad del momento de la muerte o en la previsión fundada de una crisis particular en ese momento, una seria indicación clínica puede conllevar, con el consentimiento del enfermo, el suministro de fármacos que suprimen la conciencia. Esta sedación paliativa profunda en la fase terminal, clínicamente fundamentada, puede ser moralmente aceptable siempre que se realice con el consenso del enfermo, se informe a los familiares, se excluya toda intencionalidad eutanásica y el enfermo haya podido satisfacer sus deberes morales, familiares y religiosos: “acercándose a la muerte, los hombres deben estar en condiciones de poder cumplir sus obligaciones morales y familiares y, sobre todo, deben poder prepararse con plena conciencia para el encuentro definitivo con Dios”. Por consiguiente, “no es lícito privar al moribundo de la conciencia propia sin grave motivo”».

[75] Cfr. Pio XII, Allocutio. Trois questions religieuses et morales concernant l’analgésie (24 febrero 1957): AAS 49 (1957) 145; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), III: AAS 72 (1980), 548; Juan Pablo II,Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 65: AAS 87 (1995), 476.

[76] Cfr. Francisco, Discurso al Congreso de la Asociación de Médicos Católicos Italianos en el 70 aniversario de su fundación (15 noviembre 2014): AAS 106 (2014), 978.

[77] Pio XII, Allocutio. Trois questions religieuses et morales concernant l’analgésie (24 febrero 1957): AAS 49 (1957) 146; Id., Allocutio. Iis qui interfuerunt Conventui internationali. Romae habito, a «Collegio Internationali Neuro-Psycho-Pharmacologico» indicto (9 septiembre 1958): AAS 50 (1958), 695; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), III: AAS 72 (1980), 548; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2779; Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 65: AAS 87 (1995), 476; Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 154.

[78] Cfr. Juan Pablo II, Discurso a los participantes al Congreso Internacional sobre «Los tratamientos de soporte vital y estado vegetativo. Progresos científicos y dilemas éticos» (20 marzo 2004), n. 3: AAS 96 (2004), 487: «Un hombre, aunque esté gravemente enfermo o se halle impedido en el ejercicio de sus funciones más elevadas, es y será siempre un hombre; jamás se convertirá en un “vegetal” o en un “animal”».

[79] Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 151.

[80] Ibidem, n. 151; cfr. Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 74: AAS 87 (1995), 487.

[81] Cfr. Francisco, Discurso al Congreso de la Asociación de Médicos Católicos Italianos en el 70 aniversario de su fundación (15 noviembre 2014): AAS 106 (2014), 977.

[82] Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 73 AAS 87 (1995), 486.

[83] Benedicto XVI, Discurso a los participantes al Congreso de la Pontificia Academia para la Vida sobre el tema “Junto al enfermo incurable y al moribundo: orientaciones éticas y operativas” (25 febrero 2008): AAS 100 (2008), 171.

[84] Francisco, Audiencia General (10 junio 2015): L’Osservatore Romano, 11 junio 2015, 8.

[85] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1420.

[86] Cfr. Rituale Romanum ex decreto Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani II instaruratum auctoritate Pauli PP. VI promulgatum, Ordo unctionis infirmorum eorumque pastoralis curae, Editio typica, Praenotanda, Typis Polyglotis Vaticanis, Civitate Vaticana 1972, n. 26; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1524.

[87] Francisco, Carta Enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), n. 235: AAS 107 (2015), 939.

[88] Cfr. Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 67: AAS 87 (1995), 478-479.

[89] Concilio de Trento, Ses. XIV, De sacramento penitentiae, cap. 4: DH 1676.

[90] Cfr. CIC, can. 987.

[91] Cfr. CIC, can. 1007: «No se dé la unción de los enfermos a quienes persisten obstinadamente en un pecado grave manifiesto».

[92] Cfr. CIC, can. 915 y can. 843 § 1.

[93] Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), II: AAS 72 (1980), 546.

[94] Cfr. Juan Pablo II, Carta Ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), n. 29: AAS 76 (1984), 244-246.

[95] Cfr. Francisco, Discurso a los presidentes de los Colegios de Médicos de España e Hispanoamérica (9 junio 2016): AAS108 (2016), 727-728. «La fragilidad el dolor y la enfermedad son una dura prueba para todos, también para el personal médico, son un llamado a la paciencia, al padecer-con; por ello no se puede ceder a la tentación funcionalista de aplicar soluciones rápidas y drásticas, movidos por una falsa compasión o por meros criterios de eficacia y ahorro económico. Está en juego la dignidad de la vida humana; está en juego la dignidad de la vocación médica».

[96] Juan Pablo II, Carta Ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), n. 29: AAS 76 (1984), 246.

[97] Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 5: AAS 87 (1995), 407.

[98] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 21, a. 3.

[99] Cfr. Benedicto XVI, Carta. Enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), n. 39: AAS 99 (2007), 1016: «Sufrir con el otro, por los otros; sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo».

 

Fraternidad, discernimiento, comunicación

Posted: 10 Nov 2020 04:52 AM PST

 

 

Trinidad (versión moderna del cuadro de Rublev), 
tomada del blog de Diego Fares (diegojavierfares.com)

¿Cómo relacionar la fraternidad universal con el anuncio y la comunicación de la fe por parte de los cristianos? 

1. En un libro publicado poco antes del Concilio Vaticano II, el joven teólogo Joseph Ratzinger se ocupó de La fraternidad de los cristianos (Salamanca 2004, original alemán de 1960). Es provechosa también ahora su lectura, a la luz de la encíclica Fratelli tutti. En el último capítulo de su libro, Ratzinger se pregunta cómo anunciar la fraternidad cristiana y promover la fraternidad universal. Y propone tres formas concretas del servicio cristiano a los “demás”: la misión, la caridad y el sufrimiento. 


Fraternidad y misión 

a) En primer lugar, la misión, en cumplimiento del encargo misionero de Jesucristo (cf. sobre todo Mt 28, 19). Ese encargo tiene, por un lado, un carácter público: hay que decirlo “a la luz” y “desde las azoteas” (Mt 10, 27), siguiendo el ejemplo de Jesús: “He hablado abiertamente ante todo el mundo. (...) y no he hablado nada a ocultas” (Jn 18, 20; cf. Mc 14, 49 par.). Por otra parte, están algunas exhortaciones a una cierta discreción o prudencia: “A vosotros se os ha dado el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas” (Mc 4, 11; cf. Mt 7, 6). 

Así lo interpreta Ratzinger: “La tarea de la Iglesia consiste en transmitir al mundo la palabra de Dios acontecida en Cristo, dar testimonio público ante el mundo de la obra salvadora llevada a cabo por Dios públicamente, de manera que todo el mundo pueda percibirla. Pero tiene que realizar este encargo con sacrosanta discreción” (p. 104). 

Sobre esto último (la discreción), observa que la Iglesia no puede engañar ni usar la demagogia, y además ha de aceptar que hay lugares en los que no debe echar a perder su palabra. Añade que esto implica plantear cómo presentar “lo santo” “hacia fuera”, por ejemplo, en la radio y en la televisión (de hecho a principios de los años cincuenta había tenido lugar en Alemania un debate sobre si se debía o no transmitir la misa por televisión). 

En la medida en que la Iglesia sea misionera, dice Ratzinger, tendrá cada vez más “fraternidad interna”, lo que necesita también para su misión de sembrar en el mundo el espíritu de fraternidad y de familia del Padre. Más adelante nos detendremos sobre esto. 

Caridad y sufrimiento 

b) En segundo lugar, Ratzinger señala que el encargo de los cristianos frente a los no cristianos es la caridad (el ágape), iluminando así el mundo con la fuerza atractiva y ejemplar del amor, sobre todo hacia los necesitados (cf. Mc 4 21; Mt 5 47; Flp 2, 15; Rm 5 6), y sin esperar nada a cambio, pues en ellos han de ver al mismo Cristo (cf. Mt 25, 31-46). 

c) Pero el deber más grande hacia los demás, por parte de los cristianos para los no cristianos es “seguir a su maestro en el sufrir por ellos” (p. 105). Así como el Maestro vino a servir, a “dar su vida en rescate por muchos” (mc 10, 45), lo mismo deben hacer sus discípulos. Llama la atención que Ratzinger subraye cómo Cristo habla de que este es un camino “estrecho”, para “pocos” (cf. Mt 7, 14), lo mismo que los obreros son pocos para la abundante mies Mt 8, 37) y también pocos los elegidos –aunque sean muchos los llamados– (cf. Mt 22, 14), un pequeño rebaño en medio de lobos (cf. Mt 10, 16). 

Los discípulos, señala el teólogo alemán, son pocos y deben ofrecerse por muchos. Especialmente cuando se cierran otros caminos, sigue siempre abierto “el camino real del sufrimiento vicario” (en vez o en lugar de otros). Así la Iglesia: “Cuando es llamada a sufrir por los demás, logra la culminación de su misión más íntima: el intercambio de destino con el hermano que yerra, para restituirle así la filiación y la plena fraternidad” (p. 106). Sostiene que la catolicidad de la Iglesia tiene que ver sobre todo con esta relación del sufrimiento de pocos en lugar de muchos, y no tanto con el número de discípulos, que con frecuencia puede esconder cristianos solo de nombre y apariencia. 

Así, con la prudencia, el amor y el sufrimiento la Iglesia traspasa todas las fronteras y se manifiesta verdaderamente “católica”. 

Discernimiento y anuncio del mensaje cristiano 

2. Detengámonos en la cuestión primera, la discreción o la prudencia, a la hora de anunciar la fe. Y, siguiendo la sugerencia del teólogo, recordemos cómo, en efecto, se trata de una constante en el comportamiento de Jesús y en la enseñanza a sus discípulos: su predicación en forma de parábolas (cf. Mc 4, 11) y al mismo tiempo abriéndose a la escucha y al diálogo con sus interlocutores (cf. Jn 4, 1-45); su firmeza y claridad cuando lo considera conveniente (cf. Mt 16, 23; 23, 33), y en otras ocasiones sus delicadas sugerencias (cf. Lc 7, 13; Jn 1, 47) o incluso su silencio (cf. Jn 8, 7); su mostrarse o esconderse, sus idas y venidas, su adaptarse en su trato ante diversos tipos de personas y circunstancias. Y su insistir en que hay que descubrir los signos de los tiempos (cf. Lc 12, 54-59), distinguir a los buenos por sus frutos (cf. Mt 7, 16-20), edificar sobre roca y no sobre arena (cf. 7, 24-27), imitar de algún modo tanto a las serpientes como a las palomas (cf. Mt 10, 16), guardar los verdaderos tesoros (cf. Lc 12, 16-21), valorar lo pequeño (Mt 25, 1-13).  

¿Qué significa todo esto en relación con nuestro anuncio de la fe? Si se trata de la actitud general del cristiano, individualmente o con otros, cabría responder que manifiesta la importancia, por un lado, de anunciar el mensaje evangélico “en serio”, sin abaratarlo ni falsearlo; y al mismo tiempo, eligiendo los modos, lugares y tiempos, como hacía Jesús, precisamente para acertar en la transmisión del mensaje. Esto nos habla, en una palabra, del discernimiento (del latin discernere, y del griego diákrisis: distinguir bajo las apariencias). 

En relación con la evangelización, el discernimiento requiere fidelidad tanto a la sustancia del mensaje cristiano (la Palabra de Dios que es verdad y amor) como a la forma de expresarlo. Una forma que depende de las situaciones personales; pues “lo justo” es lo que corresponde a cada persona. Eso –Dios lo sabe mejor que nadie– es precisamente la verdad junto con el amor, y de modos muy diversos. Y en relación con el anuncio de la fe, esto podría resumirse diciendo: hay que anunciar auténticamente la Palabra auténtica.  

En esta perspectiva de la prudencia cristiana (la palabra “prudencia” no significa lo que hoy puede parecer, retraerse de actuar o esconderse, sino que se refiere a la necesidad de valorar las situaciones y decidir las actuaciones convenientes, lo que a veces requiere actuar con valentia y sin dilaciones) o del discernimiento, se ha situado el Papa Francisco. Lo ha hecho en general, desde su documento programático Evangelii gaudium. Más concretamente, cuando se ha referido al discernimiento en relación con la santidad (cf. Exhort. Gustate et exsultate, nn. 166-177: discernimiento como necesidad imperiosa, siempre a la luz del Señor, como don sobrenatural que requiere la disposición a escuchar y la aceptación de la cruz). También en relación con el descubrimiento y seguimiento de la propia vocación (cf. Exhort. Christus vivit, capítulo 9). 

Discernimiento y comunicación de la fe 

3 ¿Qué decir de ello en relación con el mundo de la comunicación, de los “medios”? La persona necesita abrirse, entregarse y comunicarse con otros (cf. Enc. Fratelli tutti, 87). Se presenta aquí un campo amplio, del que saben los buenos profesionales de la comunicación, y del que no se puede prescindir a la hora de anunciar el evangelio. 

A ese campo pertenece, primero, lo que enlaza la comunicación con la antropología y la ética. Por ejemplo, presentar la verdad de lo acontecido con buen sentido crítico y a la vez evitando malinterpretarla interesadamente; respetar los ritmos de las personas, su dignidad e intimidad; llegar a tiempo o incluso adelantarse a posibles daños o perjuicios, y corregir los propios errores; impulsar, mediante la comunicación, la solidaridad y el bien común, la justicia y la paz, el diálogo y la educación, etc (cf. Ibid., 205). 

El campo de la ética de la comunicación se amplia cuando se trata de comunicar cuestiones en relación con la fe o la vida cristiana. Esto puede llevarse a cabo bien sea a título personal –todos podemos y debemos hacer opinión, y hoy esto se facilita por las tecnologías digitales– o profesional en relación con las propias competencias, bien sea en el ámbito más particular de la comunicación institucional de la Iglesia. Están en juego, para todos, la propia conciencia y los frutos de la comunicación, a nivel personal y sociocultural, local y universal. Y para los cristianos es, en efecto, un cauce importante para promover la amistad social y la fraternidad en su horizonte universal

 Fallece el sacerdote tetrapléjico Luis de Moya, gran defensor de la vida

Autor del libro "Sobre la marcha", supo llevar la severa discapacidad que padecía, consecuencia de un accidente de tráfico, “con paciencia, serenidad y buen humor”

Luis de Moya.

El sacerdote Luis de Moya, antiguo capellán de la Universidad de Navarra, falleció ayer en Pamplona a los 67 años, informa en un comunicado la universidad. En 1991 sufrió un grave accidente de tráfico por el que quedó tetrapléjico, pero la severa discapacidad que padecía no le impidió seguir con sus tareas pastorales. Gran defensor de la vida humana, en 1996 publicó Sobre la marcha, un libro con sus experiencias que se ha traducido a varios idiomas.

Carballedo: “El patriotismo es una virtud cívica que implica sacrificios”

Luis de Moya Anegón nació en Ciudad Real el 17 de agosto de 1953. En 1971 comenzó la carrera de Medicina en Madrid y un año después pidió la admisión en el Opus Dei. Entre 1975 y 1978 fue secretario del Colegio Mayor Moncloa de Madrid. Terminada la carrera, se trasladó a Roma para continuar sus estudios de Teología. En agosto de 1981 recibió la ordenación sacerdotal.

Tras defender la tesis doctoral en la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad de Navarra, en 1984 fue nombrado secretario del Consejo de Capellanía de la Universidad de Navarra y capellán de la Escuela de Arquitectura. Ese mismo año empezó a atender el Colegio Mayor Goroabe.

El 2 de abril de 1991 sufrió un grave accidente de tráfico a consecuencia del cual quedó tetrapléjico. Desde entonces residió en el Colegio Mayor Aralar. Continuó desarrollando diversos trabajos pastorales durante varios años en el campus de la Universidad de Navarra: capellán de la Escuela de Arquitectura y en la Facultad de Derecho, atención espiritual a residentes del Colegio Mator Belagua (Torre I), etc.

"Puedo pensar y amar"

En diciembre de 1996 vio la luz el libro Sobre la marcha, donde relata sus experiencias y reflexiones a raíz de su accidente: de ese libro se han publicado al menos seis ediciones y se ha traducido a varios idiomas.

Además, participó en programas de radio y televisión a favor de la defensa de la vida humana. En 2000 creó Fluvium, un portal católico con una clara finalidad evangelizadora: todas las semanas, enviaba sus ‘Novedades’ a más de cien mil suscriptores de todo el mundo. Recibía cientos de mails de gente que contactaba con él para pedir consejo o recibir una palabra de consuelo.

Miguel Ángel Marco, director del Colegio Mayor Aralar, lo define como una persona de carácter activo, recio y austero: “El accidente supuso para él un cambio de vida que describió así en una de sus entrevistas: ‘Me siento como un millonario que ha perdido solo 1.000 pesetas, porque puedo hacer lo más importante para un ser humano: pensar y amar’”.

Peregrinación a Lourdes 

Todos los días hasta el pasado 27 de octubre, en que fue internado en la Clínica Universidad de Navarra, concelebró con otro sacerdote la Santa Misa. “No le gustaba hacer alarde de piedad, pero era evidente el esfuerzo que le suponía estar todos los días a las 7 de la mañana en la capilla para hacer su oración antes de la Misa. Hasta hace poco, todos los veranos acudía en peregrinación a Lourdes, un largo viaje que le dejaba agotado pero muy contento. Con serenidad y sin cosas llamativas, fue aceptando las limitaciones propias de su condición; pasados los años, en confianza, decía que, a pesar de su estado, él no se cambiaría por nadie”, explica.

Especialmente en los últimos años, cuenta el director de Aralar, aprendió a dejarse cuidar con agradecimiento y a disfrutar de aficiones sencillas, “de las comidas de verano bajo una palmera en el Colegio Mayor Ayete; de los documentales de naturaleza, de las setas y, por supuesto, del Real Madrid”.

Con el paso del tiempo, su estado físico se fue deteriorando: “Lo supo llevar con paciencia, cada vez con más serenidad y buen humor. Nunca perdió la alegría. Su vida resultaba dura, sacrificada y monótona sólo para quienes la mirábamos de fuera, no para él. Vivía como un buen hijo de Dios, confiado en los brazos amorosos del Padre”.

REFLEXIÓN EN NOVIEMBRE

Josefa Romo Garlito

Noviembre tiene su encanto, aunque la lluvia moleste nuestras salidas o paseos. Cuando no había televisión ni  internet, a algunas niñas les encantaba, las tardes lluviosas de otoño, rodearse de libros de cuentos. Algunos padres leían, a sus hijos, vidas de santos o les compraban  libritos con relatos de la Biblia bellamente ilustrados  ( todavía es así en algunas familias).  Lo recuerdo, sobre todo, cuando, sentada a la camilla con un libro, veo caer la lluvia sobre los cristales de mi ventana.

Noviembre es “el mes de los difuntos” (este año, muchos se han ido sin despedida) e  invita a pensar en la Vida, la vida que nos espera tras la muerte transitoria corporal.  ¿Temer la muerte? Temor sólo a perder a Dios para siempre, a despilfarrar el tiempo por vivir lejos de Él y no amarle. Oí, a un sacerdote santo: “La muerte no existe para un cristianoes el comienzo de la Vida” ( Venerable Padre Tomás Morales, s.j). Si la fe se instala en el alma, el pensamiento de la muerte suscita esperanza. Como escribió  el sacerdote y periodista J.M Alimbau, “ es evidente que la fe,  la esperanza y el amor dan calidad de vida”. Santa Teresa suspiraba: “Tan alta vida espero, que muero porque no muero (…).El sacerdote y periodista José Luis Martín Descalzo definió así la muerte: “Morir sólo es morir. Morir se acaba./ Morir es una hoguera fugitiva./Es cruzar una puerta a la deriva/ Y encontrar lo que tanto se buscaba.Acabar de llorar y de hacer preguntas;/ ver al Amor sin enigmas ni espejos;/ descansar de vivir en la ternura/ tener la paz, la luz, la casa juntas/ y hallar, dejando los dolores lejos,/ la Noche-luz tras tanta noche oscura”. La eternidad es lo único seguro, aunque incierto el día. Cuando llegue nuestra hora,  se acabó nuestra historia, y lo que no hayamos hecho, sin hacer se queda ( los pecados de omisión no son menos graves). Para morir en paz, lo mejor es haber ejercido la misericordia de alguna manera, según se pueda, y haber cumplido nuestros deberes familiares, profesionales,  religiosos y sociales. Como digo a mis hijos, en las misiones populares insistían: “ Al final de la jornada, aquel que se salva sabe,  y el que no, no sabe nada”. Ojalá, al final de nuestra vida, pudiéramos decir como Cristo en la Cruz: “Todo está cumplido”.

 

 Nuestra buena amiga la muerte

Ángel Cabrero Ugart

photo_cameraTomás Moro.

Una expresión así parece adecuada en el mes que vivimos, ¡pero ya está! Más de uno puede ponerse un poco nervioso ante semejante afirmación, y me he encontrado artículos que, expresamente, se oponen a que alguien diga semejante cosa. Entendemos que algunos hayan sufrido con la muerte de un ser querido. Pero no pocos tienen mucho miedo a ponerse en semejante circunstancia. Y los tiempos que corren, con bastantes más muertos de lo que es normal -no sabemos si las cifras oficiales o las otras- nos hacen verla más de cerca.

Pero es san Josemaría quien nos lo dice en Camino: “Si eres apóstol, la muerte será para ti una buena amiga que te facilita el camino”. Claro, hay que ser apóstol, así cualquiera, pero eso de ser apóstol no está al alcance de todos. Es un paso más, por lo menos, a ser un buen cristiano. Y podemos pensar que un planteamiento semejante no deja de ser una utopía.

Eso pensaba quizá santo Tomás Moro, y escribía en su “Utopía”: “La manera en la que los utopienses aceptan la muerte es un capítulo de gran importancia para los improbables biógrafos de la isla ya que la muerte ilumina toda la vida. Mueren como han vivido, pues han hecho de la muerte un pensamiento profundo y vital, como faro en la oscuridad de la noche que los lleva a puerto seguro. En el constante recuerdo y celebración de los muertos, la población de Utopía tiene un instrumento pedagógico para que todos los habitantes se reafirmen en la práctica de la virtud” (p. 42).

Gracias a Dios no tenemos que irnos tan lejos y a la ficción para encontrar esos mismos sentimientos. El ejemplo de África Sendino, magistralmente transmitido en el libro de Pablo D’Ors, nos trae las vivencias de una persona de nuestro tiempo. Ella quiso contarlo, transmitía algunas notas que conseguía escribir en papel:

“Desde el principio de mi enfermedad comprendí que mi forma de encararla no era el resultado de una gran fortaleza psicológica, sino un don estrictamente sobrenatural. Desde ese primer momento supe que sólo tenía un deseo: cubrir este peregrinaje del mejor modo posible” (p. 60).

Entendemos por qué no es lo mismo la visión de la muerte para un creyente que para un agnóstico o ateo. El cristiano cuenta con la ayuda de la Gracia. El autor del libro, que acompañó a África en los últimos días, dice: “Si es cierto que los últimos días y hasta las últimas horas en la vida de una persona simbolizan bien lo que esa persona ha sido o ha querido hacer, entonces debo pensar que Sendino era lo que en el catolicismo se entiende por santo” (p. 15).

Entendemos pues, solo desde la fe, desde la vida en un ambiente cristiano, la expresión “nuestra buena amiga la muerte”, porque el discípulo de Cristo vive para la eternidad, y la realidad de la muerte, especialmente en tiempo de pandemia, nos ayuda a vivir con rectitud, con el convencimiento de que Dios quiere llevarnos al cielo. Y por eso noviembre es un mes dedicado especialmente a los difuntos, pues nuestras oraciones pueden servirles para el último empujoncito.

Rezamos por los difuntos, ayudamos a los enfermos, y los moribundos nos ayudan a nosotros: “Yo solía situarme a su lado fingiendo un aplomo del que carecía; decía dos o tres frases de compromiso para simular seguridad; pero luego me sentaba en la sillita que Sendino había dispuesto para sus visitas, frente a su butaca, y allí, al tenerla tan cerca, comprendía que una vez más Dios mismo me quería decir algo y, en esta ocasión, por medio de esa mujer” (p. 24).

 

Fiesta y cerebro.

 

La fiesta es algo positivo, pues es celebración, regocijo, asueto, descanso, alegría. Es la recompensa al trabajo. Por eso, es de Ley Natural el descanso semanal. Se dice en el Génesis que en el día séptimo Dios descansó del trabajo de la Creación.

Realmente, descansar no es no hacer nada, sino dedicarse a otras actividades, entre ellas, en el domingo y “fiestas de guardar”, a rezar más. Es el descanso dominical. El domingo es el primer día de la semana, cuestión que se refleja en los calendarios de las zonas anglosajonas; en cambio, en los calendarios de los países latinos es el último día de la semana. Para la Iglesia, siguiendo la tradición judía, es el primer día de la semana. La palabra domingo significa “día del Señor”, en honor a la resurrección de Jesús, que tuvo lugar ese día de la semana.

El organismo está continuamente trabajando. No se interrumpen los procesos metabólicos, la respiración, los movimientos cardíacos, etc. Igualmente, el cerebro no descansa totalmente en ningún momento del día o de la noche. Por ejemplo, en la fase de sueño REM, el encéfalo está muy activo, registrándose un electroencefalograma similar al de la vigilia; por eso tal fase se denomina de sueño paradójico, pues constituye una paradoja que el cerebro esté tan dinámico, como si estuviese en un estado parecido al de la vigilia. No es la fase del sueño que más descansa; en cambio, sí lo es la fase de sueño profundo o lento. El sueño REM es crucial, pues su falta puede provocar trastornos graves, de tipo físico e incluso psíquico.

Probablemente, como decía el Prof. Lugaresi (descubridor del insomnio familiar grave), la fase de sueño REM sea para “engrasar” la “maquinaria” nerviosa, con el fin de que siga funcionando a pleno rendimiento. Precisamente, en esta fase es cuando tienen lugar los ensueños. Cuando no se duerme en debida forma, la supresión del sueño REM lleva a consecuencias graves. Una de ellas es la gran afectación de la atención y de la memoria. Está comprobado que en los jóvenes que están continuamente de fiesta, que no duermen bien, que no descansan suficientemente, que intentan dormir durante el día y no por la noche, el rendimiento académico baja considerablemente.

Tradicionalmente, el domingo se celebra, no solo con la Misa, sino también con una comida especial, vistiéndose la mejor ropa, descansando físicamente, reuniéndose la familia para la comida, etc., etc. Es un día de alegría.

Se suele anticipar la fiesta (el festejo), celebrándola el sábado (y en bastantes casos, el viernes), a veces de forma excesiva, alocada, sin tino, por parte de algunos (en su mayoría jóvenes). Pero la borrachera, la sobredosis de droga, la falta crónica de sueño, etc. no constituyen la celebración de la fiesta. Aparte de las consideraciones morales, los excesos no descansan. Por otra parte, estos abusos, según se está viendo actualmente, llevan consigo la propagación de la pandemia del COVID19, no por el exceso en sí, sino en gran medida debido a la proximidad de las personas, lo que hace que se contagien más fácilmente. No vale decir que hacer lo que a uno le apetece no hace daño a nadie: las acciones personales (se hagan o no en grupo) tienen siempre repercusión social, provoquen o no epidemias. La libertad tiene como límite el posible daño o perjuicio de los demás.

 

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 La formación de valores en los hijos.

Raúl Espinoza

La superación personal, la autoestima, la alegría y la felicidad de las metas logradas forman un estrecho entramado que conducen a la autorrealización como personas.

Un error frecuente que recuerdo en mi adolescencia, cuando algún niño o joven no tenía buena conducta, era que los mayores de inmediato preguntaban: “¿En qué escuela estudia?”.

Pienso que hay que remontarse a la formación que los chicos han recibido de sus padres en su propio hogar.

La moderna pedagogía habla de la “Formación Integral de los hijos”. Es decir, señala que debe de abarcar no sólo el aspecto académico para que obtengan buenas calificaciones sino, también y sobre todo, el inculcarles buenos hábitos, como por ejemplo: el orden, el aprovechamiento del tiempo, la sobriedad y la sinceridad, el esfuerzo en el estudio y el trabajo, la generosidad y la justicia, la obediencia y el compañerismo, la responsabilidad, la alegría y el optimismo, etc.

La familia es la primera y principal escuela de virtudes y valores. En la familia se consigue que los hijos crezcan en esos valores porque están motivados por el verdadero amor. Dicho en otras palabras, no crecen en esas virtudes por un mero “voluntarismo” como “cumplir el deber por el deber mismo”. Porque llega el momento en que el niño o el adolescente se harta de que se le exija cumplir algo que no entiende ni comprende. De ahí la importancia de enseñarles a razonar. Que sepan que, por ejemplo, crecer en la virtud del orden redunda en su propio beneficio.

Recuerdo que cuando estaba en la primaria, con la ayuda y asesoría de mis padres, procuraba hacer las tareas bien. Un día tras otro. En las materias de Geografía, Historia y Gramática, mi madre me ayudaba. Pero en los difíciles problemas de Matemáticas, esperaba a que llegara mi padre, un poco más tarde, para resolverlos acertadamente. Ya después en la secundaria me valía por mí mismo porque se me había fomentado el hábito del estudio.

Otra norma o costumbre, era que mis seis hermanos y yo debíamos hacer, en primer lugar, las tareas escolares y después podríamos hacer un rato de deporte con los amigos o ver nuestro programa favorito en la televisión.

Cuando venía la temporada de exámenes trimestrales o finales, nos animaban a poner un particular esfuerzo para obtener buenas notas. Recuerdo la alegría que nos daba el pasar con buenas calificaciones al siguiente año escolar. Era la consecuencia lógica de ese esfuerzo mantenido.

Algunas veces recibíamos preceptoría académica de los profesores y, en otras ocasiones, conversaban privadamente con nuestros padres. De esta manera, se establecía un puente de comunicación “escuela-familia” para ayudarnos a mejorar también en la parte humana, además de la académica.

Otro aspecto fundamental es la formación en la fuerza de voluntad para conseguir las metas que se aspiran. Me refiero, por ejemplo, si una hija o un hijo quieren aprender a tocar un instrumento musical, practicar más un deporte para lograr incorporarse a la selección escolar o animarse a participar en un concurso de matemáticas, oratoria o poesía. La ayuda y el apoyo de los padres resultaba clave.

Me viene a la mente, cuando el hijo de un amigo mío mostró que tenía buen oído y particular habilidad para tocar el piano. Se le inscribió en una academia musical y, posteriormente, fue admitido en la orquesta del colegio. Esta orquesta de niños viajó por varias ciudades de Estados Unidos para dar conciertos. Tanto los padres como el hijo mostraban un gran gozo y satisfacción, además de que se crece en la virtud de la solidaridad y el compañerismo.

Todo ser humano está llamado a ser feliz. La superación personal, la autoestima, la alegría y la felicidad de las metas logradas forman un estrecho entramado que conducen a la autorrealización como personas.

Otro concepto fundamental es que los hijos deben sentirse queridos en cualquiera de las etapas de la vida en que se encuentren. A menudo ocurre que las manifestaciones de afecto se prodigan en la infancia, pero al llegar a la adolescencia, particularmente los padres, tienden a volverse más fríos y secos con sus hijos varones y eso es fuente innumerable de traumas y resentimientos. Me contaba un amigo que no recordaba la última vez que su padre le había dicho que lo quería, sino cuando estaba agonizando. Y esto me lo contaba con lágrimas de dolor.

Sin duda, la mejor herencia que se puede dejar en los hijos es que tengan una mentalidad optimista y ser alegres frente al mundo y a la vida porque el ejemplo de los padres ayuda a educar bien. En cuanto a la generosidad, tengo muy grabado el recuerdo de un buen amigo mío que hacía el mes de noviembre, les decía a sus hijos:

“–En diciembre –como todos los años– vamos a repartir ropa, buenos juguetes y dulces a los niños huérfanos. Vayan separando todo lo que piensen que se podría regalar, pero ¡qué esté en buen estado! Y despréndase de algún juguete que les guste especialmente porque eso les ayudará mucho a ustedes y a todos. Efectivamente, llegando la fecha acordada y que sus hijos veían los rostros llenos de alegría de los pequeños huérfanos, comentaban:

– “¡Qué feliz me siento! –comentaba la más pequeña– porque entregué esa muñeca que tanto me gusta a una niñita”. Y otro hijo decía: “¡Regalé un buen balón de futbol a un pequeño que noté que nunca le habían regalado algo parecido y con su cara de felicidad me sentí más contento yo que él!”.

En conclusión, la formación de los hijos es una tarea que no termina nunca y los frutos se aprecian y aquilatan a la vuelta de los años.

 Espíritu de fe y laicismo en el arte funerario

​ Tumba de piedra de Felipe Pot, senescal de Borgoña (siglo XV).

Una era de fe, y otra era de laicismo. Ambas mentalidades se ven en el contraste de las fotos de dos sepulturas

La primera foto reproduce la tumba de piedra de Felipe Pot, senescal de Borgoña (siglo XV).

Armado de pies a cabeza, con las manos puestas en actitud de oración, el guerrero parece estar apenas descansando, a la espera de las claridades de la resurrección.

A sus pies, un perro símbolo de la fidelidad y de la vigilancia.

Inmersos en profundo dolor, ocho “pleurants” “cuatro de cada lado- llevando los diversos blasones del muerto, lo cargan con veneración.

En este momento impresionante, el hombre se muestra en varios de sus estados de alma; el heroísmo, la piedad, la serenidad, la resignación y el dolor.

El conjunto está marcado por la fe. El guerrero parece estar pronto para presentarse ante Dios cargado de glorias militares, pero suplicando con humildad y confianza el perdón por sus faltas. Se tiene la impresión de que murió en paz, y hasta con una noble complacencia: el Cielo lo aguarda.

Por el contrario, los que quedan, lloran su partida. Las separaciones ocasionadas por la muerte son, en efecto, una prueba dolorosa por la cual todos deben pasar después del pecado original.

La angustia de nuestra sociedad ante la muerte

Las figuras muestran pesar, pero no desesperación. A pesar de su dolor, cargan llenas de conformidad y compostura el fardo pesado que tienen sobre los hombros: es que la resignación cristiana comunica a las almas una fuerza inquebrantable. En dicha foto, ninguna cruz, ninguna imagen se ve, sin embargo todo nos habla de religión.

​ La sepultura es una caja de mármol, en la que yacen los restos de Napoleón.

También en la segunda fotografía, ninguna cruz, ninguna imagen… y nada despierta en nuestra alma una impresión religiosa.

La sepultura es una caja de mármol, en la que yacen los restos de Napoleón.

Caja pesada, sólida, bien cerrada, tan bien cerrada, incluso, que tiene las características de lo definitivo. In perpetuum, se tiene la impresión, el Corso allí reposará. Nada hay que encamine el pensamiento hacia la idea de que una vida futura está reservada al hombre mortal.

Bien trabajado, bien lapidado, con las proporciones estudiadas por un geómetra seguro, el sepulcro tiene lo acabado, lo irreprensible de un epílogo bien hecho. Hay en él cualquier cosa que le da el aspecto perentorio de un punto final. El punto final de la vida del César del siglo XIX. Un punto final en que nada nos habla de la eternidad, y todo representa la frialdad implacable de la muerte.

Más atrás, unas figuras cuyos semblantes tanto pueden ser de Angeles como de genios paganos, parecen amedrentadas y contagiadas por la estabilidad de la muerte, y en nada ayudan para dar al ambiente algún contenido cristiano.

Era de fe, era de laicismo. El contraste de los tiempos se marca bien en el contraste de las sepulturas.

Plinio Corrêa de Oliveira

 El igualitarismo explicado en toda su profundidad

Panteísmo; igualdad política, social y económica absolutos; amor libre: este es el triple fin a que nos conduce un movimiento que dura ya más de cuatro siglos.

(del libro: Revolución y Contra-Revolución. El libro completo puede bajarse gratuitamente pulsando aquí)

3. La Revolución, el orgullo y la sensualidad “ Los valores metafísicos de la Revolución

Contenidos

 

Dos nociones concebidas como valores metafísicos expresan bien el espíritu de la Revolución: igualdad absoluta, libertad completa. Y dos son las pasiones que más la sirven: el orgullo y la sensualidad.

Al referirnos a las pasiones, conviene esclarecer el sentido en que tomamos el vocablo en este trabajo. Para mayor brevedad, conformándonos con el uso de varios autores espirituales, siempre que hablamos de las pasiones como fautoras de la Revolución, nos referimos a las pasiones desordenadas. Y, de acuerdo con el lenguaje corriente, incluimos en las pasiones desordenadas todos los impulsos al pecado existentes en el hombre como consecuencia de la triple concupiscencia: la de la carne, la de los ojos y la soberbia de la vida (cfr. I Jo. 2, 16).

  A. Orgullo e igualitarismo

La persona orgullosa, sujeta a la autoridad de otra, odia en primer lugar el yugo que en concreto pesa sobre ella.

En un segundo grado, el orgulloso odia genéricamente todas las autoridades y todos los yugos, y más aún el propio principio de autoridad, considerado en abstracto.

Y porque odia toda autoridad, odia también toda superioridad, de cualquier orden que sea.

​ El puño cerrado, símbolo de la rebelión contra todas las desigualdades.

El orgulloso odia genéricamente todas las autoridades y todos los yugos
En todo esto hay un verdadero odio a Dios (cfr. ítem. m, infra).

Este odio a cualquier desigualdad ha ido tan lejos que, movidas por él, personas colocadas en una alta situación la han puesto en grave riesgo y hasta perdido, sólo por no aceptar la superioridad de quien está más alto.

Más aún. En un auge de virulencia el orgullo podría llevar a alguien a luchar por la anarquía y a rehusar el poder supremo que le fuese ofrecido. Esto porque la simple existencia de ese poder trae implícita la afirmación del principio de autoridad, a que todo hombre en cuanto tal -y el orgulloso también- puede ser sujeto.

El orgullo puede conducir, así, al igualitarismo más radical y completo.

Son varios los aspectos de ese igualitarismo radical y metafísico:

a. Igualdad entre los hombres y Dios:

de ahí el panteísmo, el inmanentismo y todas las formas esotéricas de religión, que pretenden establecer un trato de igual a igual entre Dios y los hombres, y que tienen por objetivo saturar a estos últimos de propiedades divinas. El ateo es un igualitario que, queriendo evitar el absurdo que hay en afirmar que el hombre es Dios, cae en otro absurdo, afirmando que Dios no existe. El laicismo es una forma de ateísmo, y por tanto de igualitarismo. Afirma la imposibilidad de que se tenga certeza de la existencia de Dios. De donde, en la esfera temporal, el hombre debe actuar como si Dios no existiese. O sea, como persona que destronó a Dios.

b. Igualdad en la esfera eclesiástica:

Supresión del sacerdocio dotado de los poderes del orden, magisterio y gobierno, o por lo menos de un sacerdocio con grados jerárquicos.

c. Igualdad entre las diversas religiones:

Todas las discriminaciones religiosas son antipáticas porque ofenden la fundamental igualdad entre los hombres. Por esto, las diversas religiones deben tener un tratamiento rigurosamente igual.

El que una religión se pretenda verdadera con exclusión de las otras es afirmar una superioridad, es contrario a la mansedumbre evangélica e impolítico, pues le cierra el acceso a los corazones.

d. Igualdad en la esfera política:

supresión, o por lo menos atenuación, de la desigualdad entre gobernantes y gobernados. El poder no viene de Dios, sino de la masa que manda, a la cual el gobierno debe obedecer. Proscripción de la monarquía y de la aristocracia como regímenes intrínsecamente malos por ser anti-igualitarios. Sólo la democracia es legítima, justa y evangélica (cfr. San Pío X, Carta Apostólica “Notre Charge Apostolique”, 25.VIII.1910, A.A.S. vol. II, pp. 615-619).

e. Igualdad en la estructura de la sociedad:

supresión de las clases, especialmente de las que se perpetúan por la vía hereditaria. Abolición de toda influencia aristocrática en la dirección de la sociedad y en el tonus general de la cultura y de las costumbres. La jerarquía natural constituída por la superioridad del trabajo intelectual sobre el trabajo manual desaparecerá por la superación de la distinción entre uno y otro.

f. Abolición de los cuerpos intermedios

entre los individuos y el Estado, así como de los privilegios que son elementos inherentes a cada cuerpo social. Por más que la Revolución odie el absolutismo regio, odia más aún los cuerpos intermedios y la monarquía orgánica medieval. Es que el absolutismo monárquico tiende a poner a los súbditos, aun a los de más categoría, en un nivel de recíproca igualdad, en una situación disminuída que ya preanuncia la aniquilación del individuo y el anonimato, los cuales llegan al auge en las grandes concentraciones urbanas de la sociedad socialista. Entre los grupos intermedios que serán abolidos, ocupa el primer lugar la familia. Mientras no consigue extinguirla, la Revolución procura reducirla, mutilarla y vilipendiarla de todos los modos.

g. Igualdad económica:

nada pertenece a nadie, todo pertenece a la colectividad. Supresión de la propiedad privada, del derecho de cada cual al fruto integral de su propio trabajo y a la elección de su profesión.

h. Igualdad en los aspectos exteriores de la existencia:

​ Disminución en cuanto sea posible de la variedad en los trajes, en las residencias, en los muebles, en los hábitos, etc.

la variedad redunda fácilmente en la desigualdad de nivel. Por eso, disminución en cuanto sea posible de la variedad en los trajes, en las residencias, en los muebles, en los hábitos, etc.

i. Igualdad de almas:

la propaganda modela todas las almas según un mismo padrón, quitándoles las peculiaridades y casi la vida propia. Hasta las diferencias de psicología y de actitud entre los sexos tienden a menguar lo más posible. Por todo esto, desaparece el pueblo, que es esencialmente una gran familia de almas diversas pero armónicas, reunidas alrededor de lo que les es común. Y surge la masa, con su gran alma vacía, colectiva, esclava (cfr. Pío XII, Radiomensaje de Navidad de 1944 – Discorsi e Radiomessaggi, vol. VI, p. 239).

j. Igualdad en todo el trato social:

como entre mayores y menores, patrones y empleados, profesores y alumnos, esposo y esposa, padres e hijos, etc.

k. Igualdad en el orden internacional:

​ La Revolución, fundamentalmente igualitaria, sueñe con fundir todas las razas, todos los pueblos y todos los Estados

el Estado es constituido por un pueblo independiente que ejerce pleno dominio sobre un territorio. La soberanía es, así, en el Derecho Público, la imagen de la propiedad. Admitida la idea de pueblo, con características que lo diferencian de los otros, y la de soberanía, estamos forzosamente en presencia de desigualdades: de capacidad, de virtud, de número, etc. Admitida la idea de territorio, tenemos la desigualdad cuantitativa y cualitativa de los diversos espacios territoriales. Se comprende, pues, que la Revolución, fundamentalmente igualitaria, sueñe con fundir todas las razas, todos los pueblos y todos los Estados en una sola raza, un solo pueblo y un solo Estado (cfr. Parte I, cap. XI, 3).

l. Igualdad entre las diversas partes del país:

por las mismas razones y por un mecanismo análogo, la Revolución tiende a abolir en el interior de las patrias ahora existentes todo sano regionalismo político, cultural, etc.

m. Igualitarismo y odio a Dios:

Santo Tomás enseña (cfr. “Summa Contra Gentiles”, II, 45; “Summa Teologica”, I, q. 47, a. 2) que la diversidad de las criaturas y su escalonamiento jerárquico son un bien en sí, pues así resplandecen mejor en la creación las perfecciones del Creador. Y dice que tanto entre los Angeles (cfr. “Summa Teologica”, I, q. 50, a. 4) como entre los hombres, en el Paraíso Terrenal como en esta tierra de exilio (cfr. op. cit., I, q. 96, a. 3-4), la Providencia instituyó la desigualdad. Por eso, un universo de criaturas iguales sería un mundo en que se habría eliminado, en toda la medida de lo posible, la semejanza entre criaturas y Creador. Odiar, en principio, toda y cualquier desigualdad es, pues, colocarse metafísicamente contra los mejores elementos de semejanza entre el Creador y la creación, es odiar a Dios.

n. Los límites de la desigualdad:

claro está que de toda esta explanación doctrinaria no se puede concluir que la desigualdad es siempre y necesariamente un bien.

Todos los hombres son iguales por naturaleza, y diferentes sólo en sus accidentes. Los derechos que les vienen del simple hecho de ser hombres son iguales para todos: derecho a la vida, a la honra, a condiciones de existencia suficientes, al trabajo y, pues, a la propiedad, a la constitución de una familia, y sobre todo al conocimiento y práctica de la verdadera Religión.

Y las desigualdades que atenten contra esos derechos son contrarias al orden de la Providencia. Sin embargo, dentro de estos límites, las desigualdades provenientes de accidentes como la virtud, el talento, la belleza, la fuerza, la familia, la tradición, etc., son justas y conformes al orden del universo (cfr. Pío XII, Radiomensaje de Navidad de 1944 – Discorsi e Radiomessaggi, vol. VI, p. 239).

 

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Presiones para que liberalice las leyes sobre el aborto 

Los legisladores de Malawi se enfrentan a una fuerte presión para liberalizar las leyes de aborto del país durante la actual sesión parlamentaria. Los líderes religiosos están pidiendo que se archive el proyecto de ley de terminación del embarazo. Mientras tanto, organizaciones con fuentes de financiación internacionales, así como entidades de la ONU, se están coordinando para garantizar que se apruebe el proyecto de ley.

Actualmente, Malawi permite el aborto solo para salvar la vida de la madre. El proyecto de ley permitiría abortos “seguros” y “legales” en casos de anomalías fetales, casos de violación o incesto, y si se dice que el embarazo amenaza la salud física o mental de la madre. La Beca Cristiana de Medicina y Odontología de Malawi señaló que excepciones de salud similares han "llevado a otros países a practicar eficazmente el aborto a pedido". También es notable que si bien la excepción de violación e incesto tiene un límite de gestación de 16 semanas, no existe tal restricción en la excepción de salud.

En 2017 se presentó un proyecto de ley similar, un año después de que una Comisión de Leyes Especiales publicara un informe pidiendo cambios en las leyes de aborto del país. La Comisión de Derecho citó a la organización internacional pro-aborto Ipas, con sede en los EE. UU., Por proporcionar los fondos para el proyecto.

Uno de los defensores más abiertos del proyecto de ley propuesto es Emma Kaliya, presidenta de la Coalición para la Prevención de Abortos Inseguros (COPUA). COPUA se estableció en 2010 con el apoyo de Ipas, después de Ipas con el Ministerio de Salud de Malawi y la Organización Mundial de la Salud (OMS) para realizar una evaluación estratégica nacional sobre el aborto.

Otro grupo de defensa clave en apoyo del proyecto de ley es el Center for Solutions Journalism, también con sede en Malawi y que recibe fondos de Ipas, COPUA y Amplify Change, una organización que promueve el aborto y otros proyectos de "salud y derechos sexuales y reproductivos" en desarrollo países con financiación de Dinamarca, los Países Bajos, Suecia, el Reino Unido y otras fundaciones con sede en países occidentales.

Pedro García

 

Domund: nos ha pasado por alto

No quiero quitarle ni un ápice de importancia a la pandemia mundial que estamos viviendo desde que el coronavirus apareció en escena allá por enero de este infausto 2020. Pero tampoco podemos dejar de reseñar que el resto de los problemas, los que ya teníamos antes, no han desaparecido de la noche a la mañana. Más aún, muchos de ellos se han visto agravados por el olvido en el que caen cuando todos los focos de atención están puestos en el Covid. 

El problema del establecimiento de las agendas mediáticas es que los temas de interés fluctúan de una manera tan grosera que nos desconectan de la realidad en función de lo que “se estila” en determinado momento. Hace un año andábamos preocupadísimos con el cambio climático, acabábamos de sufrir en España unas inundaciones terribles, signo probable de esas perturbaciones provocadas por la intervención del hombre, y nos desayunábamos con un dantesco escenario de peces muertos en el Mar Menor. La figura del momento era una joven adolescente que recorría el mundo para concienciar sobre los problemas del planeta. Hoy tiramos sin reparos mascarillas de uso diario que tardarán años en descomponerse y todo viene en pack individual plastificado para evitar los contagios.

Con las misiones nos ocurre lo mismo. Cada año, el tercer domingo del mes de octubre es el que la Iglesia dedica a recaudar dinero para ayudar a los territorios en misión, aquellas regiones en las que nuestros hermanos no solo se esfuerzan por dar a conocer a Jesús allí donde no tienen la oportunidad sino que, en paralelo, llevan a cabo importantes labores sociales, con escuelas, hospitales, orfanatos e iniciativas de todo tipo que mejoran la vida de quienes más lo necesitan.

Pero me temo que este año, hemos estado todos tan aturdidos por el cornoavirus, tan centrados en nuestro mundo, en nuestros problemas, en nuestro confinamiento, que hemos dejado pasar una cita obligada con el conjunto de la humanidad, porque el Domund nos abre las puertas a realidades que no están en nuestra vida cotidiana, realidades que nos permiten poner en contexto lo que nos rodea, jerarquizar mejor nuestros problemas y dedica nuestra oración a lo verdaderamente importante para quitarle peso a lo que solo es urgente.

Jaume Catalán Díaz

 

 

Como lo más normal del mundo.

No son dos o tres pervertidos por ahí. Es lo que se lleva. Es a lo que se lleva cuando lo que han tenido desde muy jóvenes -desde los 10 o 12 años- es pornografía. Entonces ya no saben nada de relaciones humanas, de respeto a las personas, del amor que lleva al matrimonio…; de esas cosas no saben nada. En eso no piensan. No les cabe en esa cabeza llena de porquería, y ya no digamos en el corazón, que solo está al servicio de su perfecto egoísmo.

¿Y esto les pasa a todos? Gracias a Dios hay excepciones. Pero lo triste es que los muchachos, las chicas, que entienden algo del valor de la persona, de la maravilla de la entrega, de la riqueza del matrimonio, son pocos. Lo más habitual son jóvenes que pasan los años más interesantes de su vida, aquellos en lo que se puede fraguar un futuro apasionante, los pasan jugando, buscando placer. Como mucho son capaces de llegar a vivir con una o con uno, pero sin compromiso. Y, ya si eso, a los treinta y tantos, algunos piensan en casarse.

Creo que es importante, en este punto, evitar ningún juicio de nadie. Es muy difícil saber por qué esa chica no se ha casado, por qué este muchacho no ha tenido nunca una pareja medianamente estable. Sería juicio temerario meterse a hacer historias. Las circunstancias por las que han pasado pueden ser variadísimas.

Pero lo que vemos es que el sexo está al orden día. Es lo que se lleva y sería fácil encontrar incluso padres que facilitan que su hijo haga lo que quiera. Vamos que pueden ir con una chica recién conocida a su casa y meterse en su habitación. Y no porque sus padres no estén, como pasaba antes.

JD Mez Madrid

 

 

Esta es la “cosa interesante”

“La conciencia del pecado es y será siempre la conditio sine qua non del Cristianismo: si uno pudiera verse exento de ella ya no podría convertirse en cristiano. Esta es la prueba de que el (Cristianismo) es la más elevada de las religiones, el hecho de que ninguna otra haya expresado con igual profundidad y elevación el significado que para el hombre tiene el saberse sujeto al pecado. Sí, precisamente esa conciencia falta en el paganismo” (Kierkegaard. Diario íntimo).

La humanidad, ni existe ni tiene conciencia: es una palabra abstracta que apenas conecta con la realidad. Existen los hombres y las mujeres con Conciencia del Bien y del Mal; existe cada hombre y cada mujer con su conciencia –don y ley de Dios- para vivir en plena libertad el Bien y el Mal; existe una familia y otra familia fruto de esa conciencia de los padres que anhelan dar vida humana y sobrenatural a sus hijos, ayudándoles a ser hijos suyos e hijos de Dios en Cristo Jesús, y enseñándoles a pedir perdón por sus pecados a un Dios que les ama y que ha enviado a su Hijo para que dé su vida por ellos.

La Esperanza de construir una sociedad, una humanidad, en la que todos nos podamos entender, y que, de verdad, cada uno sea buen samaritano para todos los demás, no se va a conseguir dialogando sin saber de qué, y olvidándonos de que somos criaturas de Dios que es Padre. Y descubrir, y tener confianza, con Dios Padre solo la podemos alcanzar contemplando a Dios Hijo clavado en la Cruz para redimirnos de nuestros Pecados.

Por un así llamado “consenso”, y dialogando de lo que a cada uno se nos ocurre, también en religión, no vamos a ninguna parte. Solo Cristo da la vida para que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad”.

Esto es lo que nos ha trasmitido la Iglesia desde su fundación por Cristo Jesús, Dios y hombre verdadero, y a lo largo de toda su historia con la palabra de sus doctores, con la vida de sus santos y con la sangre de sus mártires. Así ha convertido gentes de todas las religiones nacidas desde el hombre, y les ha invitado a formar parte, con toda libertad, del Cuerpo de Cristo, y a amarse en, y desde, la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.

Y esta es la “cosa interesante”: la Palabra de Cristo, la Luz de Dios. La Iglesia, y en ella todos los que creyentes, está llamada a transmitir en este mundo envuelto en la oscuridad del egoísmo, del pecado de hombres y mujeres que se han dicho a sí mismo “yo soy mi dios”. Sólo asentada en esta “Luz”, la Iglesia podrá “seguir proponiendo cosas interesantes”: los tesoros del amor y del perdón, que Dios quiere regalar a todos los hombres de buena voluntad.

José Morales Martín

 

 

Sin orden ni justicia las tiranías políticas

 dueñas de todo

Sánchez decreta la prohibición total del español en las aulas catalanas para contentar a ERC. (Periodista Digital 05-11-2020)

        ¿Si el idioma ESPAÑOL (que no castellano) es de obligado uso en el territorio nacional, cómo un servidor del Estado, puede ordenar en contra de la Constitución; no hay jueces, fiscales y tribunales que de oficio, castiguen esta infracción? Si es eso así, el ex alcalde de Jerez, Pedro Pacheco, sigue llevando razón, cuando dijo aquello de que “esto es un cachondeo”. Por otra parte, los rebeldes catalanes, con su empecinamiento de imponer su lengua vernácula, metafóricamente es como si pudiendo viajar en un Mercedes, se empeñasen y viajar de bicicleta o en burro; puesto que su idioma y digan lo que quieran, sólo les vale “para andar por casa”, tan pronto pisan el escalón, tienen que emplear el ESPAÑOL DE TODOS LOS ESPAÑOLES; incluidos ellos, que también son dueños del idioma, y en el que ya nos entendemos más de SEISCIENTOS MILLONES DE TERRÍCOLAS… ¿Por qué no obligan a sus fabricantes a realizar toda su propaganda y comunicados en catalán? Sencillamente, “la pela es la pela” y su idioma no serviría para “cuidar la pela”.

TRIBUNALES: “La Audiencia Provincial de Sevilla investigaba una presunta malversación y prevaricación contra quince personas: PRESCRITA LA CAUSA CONTRA CHAVES (Expresidente de La Junta de Andalucía)  por el préstamo a Campocarne”. (Prensa diaria: VivaJaén 05-11-2020)

            Este asunto, arrastra desde 1999 y se trata de un préstamo de casi mil millones de pesetas, en lo que están implicados (se dice) “una quincena de personas”; o sea que el caso ha soportado ya veinte años sin ser juzgado y por ello “ha prescrito”; cosa esta que se repite en España, con gran frecuencia, donde “los encausados, o no se encausan por causas que se justifican, o desaparecen por cuanto el tiempo los limpia de cargos”; o sea que la justicia en España, funciona, a la velocidad, “más o menos”, como funcionaban las “galeras o carretas”, que colonizaron el Oeste Norteamericano; lo que nos tiene más que satisfechos a los sufridos españoles, que nos hacen aguantar, lo indecible, como “canta bien claro este caso” y tantos otros, que van apareciendo cuando llega el momento de “limpiar la era”.

LA CASA, POR DENTRO: Fotos prohibidas que hunden a Podemos: así es el lujoso interior del chalet de Iglesias y Montero. Vea las fotos en el artículo: cocina, salón o habitaciones de 'chic' decoración rústica y hasta lavandería. (Periodista Digital 09-11-2020)

            La vida “muelle” y sin riesgos, les gusta a todos los que van a la conquista del dinero sin reparar en nada; los políticos son expertos en ello, y esta pareja mucho más, puesto que ambos chupan en cantidad del dinero público, más “lo que pueda caer de orígenes diversos” (la prensa ha denunciado casos concretos) por ello, se esfuerzan al máximo en llegar al botín, el que defenderán “a vida o muerte” y de ahí las peleas que entre ellos mantienen, y siempre por lo mismo, “la panza y el bolsillo”, que digo yo. Lo incomprensible, es que cuando hay elecciones los elijan otra vez.

452 ASESORES 'A DEDO', LA MAYORÍA SIN FORMACIÓN: El séquito de asesores de Sánchez cuesta 16 millones de euros al año y la mitad ni fue a la universidad. (Periodista Digital 09-11-2020)

Este “delincuente ya” (Puesto que es un robo descarado de dinero público, lo digan las leyes o no. Lo dice LA LEY NATURAL) lo considero de peor calaña, que aquel desesperado que con un cuchillo de cocina, atraca al primer establecimiento que se le pone por delante y roba lo que puede; pues éste si lo cogen, irá a la cárcel, al otro y tantos otros como ya hay aquí, les dejan hacer lo que hacen… y nosotros a pagar. 

En un foro en publicado lo siguiente: “El verdadero motivo del cierre de la hostelería”: https://centrohistorico.info/el-verdadero-motivo-del-cierre-de-la-hosteleria/?unapproved=331&moderation-hash=07e3aafe5f446bb10dd0b261a6173af9#comment-331  Lo intuí al principio y lo he reflejado en diferentes artículos; esto es una TIRANÍA, que han logrado los políticos (todos los políticos de todos los países) para tener controlado y aterrorizado a una masa inculta, que no se da cuenta que esta es una epidemia más, que obra como las demás, y en la que morirán los que tienen que morir, pero que la inmensa mayoría sobrevivirá por cuanto no le ataca. ¿Cuántas son las víctimas en relación a la población total? INSIGNIFICANTES; otras mucha enfermedades seguro que causan más, pero lo ocultan, y criminalmente no nos dan nada más que los datos del VIRUS CHINO, que vete a saber la certeza de los mismos; si sigue esta tiranía, los suicidios que provocará, superarán a las víctimas del virus; pero lo terrible es que hasta los de la oposición, se unen sin rechistar a los gobiernos, sin sopesar siquiera que el ser humano, no es un perro, borrego, cabra, u otro animal tabulable, necesita vivir y vivir con los riesgos lógicos que tiene la vida en sí, y que son incalculables. Y por último, ¿Nadie se da cuenta que con todo lo que han hecho,, no han conseguido nada, que el virus chino sigue su marcha, por lo tanto de que presumen? Pero si no hay protestas en masa y con fuerte contenido, van a conseguir una sociedad de mendigos y pordioseros, que es lo que pretenden estos sin escrúpulos, mientras ellos se dan la vida padre y hacen lo que quieren con el dinero público 10-11-2020. VIRUS CHINO: Lo que están haciendo los políticos bajo “la cortina de la pandemia”, ya lo denunció Montesquieu, hace cientos  de años, con esta sentencia: “NO EXISTE TIRANÍA PEOR QUE LA EJERCIDA A LA SOMBRA DE LAS LEYES CON APARIENCIA DE JUSTICIA”… “Y es por lo que los españoles aún seguimos en la cárcel que nos impusieron, para “salvarnos la vida”; y aún siguen”.

NOSOTROS EL PUEBLO: A nosotros, el pueblo, nos importan dos cojones, los políticos que sean; lo que queremos son verdaderos estadistas, o sea, hombres y mujeres de Estado, y que de verdad, vayan solucionando los verdaderos problemas de España, que no son de partido alguno; son de todos los españoles y eso se olvida totalmente.

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí Más) 

 

Jaén: 10 de Noviembre del 2020