Las Noticias de hoy 7 Noviembre 2020

Enviado por adminideas el Sáb, 07/11/2020 - 12:37

RELIGIÓN 2º ESO

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 07 de noviembre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Medalla Milagrosa: El Papa bendecirá una estatua de la Virgen el 11 de noviembre

Consejo para el Diálogo Interreligioso: Mensaje a hindúes con motivo de Deepavali

Atentado en Niza: El Papa recibirá a las familias de las víctimas

SERVIR A UN SOLO SEÑOR: Francisco Fernandez Carbajal

Evangelio del sábado: Aspirar a los bienes más altos

"Portadores de Dios en todos los ambientes": San Josemaria

Carta del Prelado (28 octubre 2020)

Trabajar por amor: J. López

Un motivo sobrenatural

Las revoluciones modernas y ‘Dignitatis humanae’: Juan Luis Lorda

‘Si perdemos el ánimo no sabremos si el camino del futuro es un túnel o un pozo’: Víctor Küppers

XXXII Domingo del tiempo ordinario: + Francisco Cerro Chave Arzobispo de Toledo Primado de España

 Torres de Babel: Daniel Tirapu

EL DESAFIO: ETA: Jorge Hernández Mollar

 La declaración de vida en celebración de muertos: Norma Mendoza Alexandry

 ¿El aborto como un servicio de salud esencial?.: Xus D Madrid

Una encíclica escrita con Fe: Humanae Vitae.: JD Mez Madrid

​ La razón eutanasiada: Pedro García

Significados del acto conyugal: Valentín Abelenda Carrillo

Prohibido ser un católico y consecuente: Jesús Domingo Martínez

Lo que el tirano ha querido siempre: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

Medalla Milagrosa: El Papa bendecirá una estatua de la Virgen el 11 de noviembre

190 años de apariciones

NOVIEMBRE 06, 2020 13:42ANNE KURIAN-MONTABONEESPIRITUALIDADPAPA FRANCISCO

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(zenit – 6 nov. 2020).- El Papa Francisco bendecirá una estatua de la Virgen María representada en la Medalla Milagrosa en la Rue du Bac (París) el 11 de noviembre de 2020, en el Vaticano. Una Virgen que luego recorrerá Italia durante un año, para reconfortar en tiempos de pandemia.

Esta iniciativa tiene lugar con ocasión del 190 aniversario de las apariciones marianas a santa Catalina Labouré (1806-1876), según un comunicado de la familia religiosa de san Vicente de Paúl emitido por la Santa Sede este 6 de noviembre de 2020.

Una delegación encabezada por el superior general de los Lazaristas, el P. Tomaž Mavrič, será recibida por el Papa. El evento marcará el lanzamiento de la “Peregrinación de María”: del 1 de diciembre de 2020 al 22 de noviembre de 2021, la estatua será acogida en las comunidades vicencianas de todas las regiones de Italia.

En su nota, los organizadores recuerdan las palabras de la Virgen María, que se apareció a una Hija de la Caridad, Catalina Labouré, en la noche del 18 al 19 de julio de 1830: “Hija mía, los tiempos son muy malos; las desgracias caerán sobre Francia… el mundo entero se verá abrumado por desgracias de todo tipo. Pero venid al pie de este altar: allí se derramarán las gracias sobre todos los que las demanden… Llegará un momento en que el peligro será grande; parecerá como si todo estuviera perdido. Estaré contigo, ten confianza… Ten confianza, no te desanimes, estaré contigo”.

El 27 de noviembre de 1830, la Santísima Virgen se le apareció de nuevo a Catalina en la capilla de su convento. Llevaba en sus manos un pequeño globo dorado coronado por una cruz, que representa “el mundo entero, Francia y cada persona en particular”. De sus manos salían rayos, “símbolo de las gracias que derramo sobre aquellos que me las piden”, explica la Virgen María. Catalina vio entonces la invocación “Oh María concebida sin pecado, ruega por nosotros que recurrimos a ti” y oyó una voz que le pedía: “Haced acuñar una medalla sobre este modelo. Aquellos que lo lleven con confianza recibirán grandes gracias”.

“Incluso hoy, la Virgen María nos invita al pie del altar”, dicen los vicencianos, que desean, a través de esta peregrinación, dar testimonio del “amor misericordioso de Dios” en un mundo “profundamente turbado”. La estatua bendecida por el Papa será acogida en las distintas regiones de Italia durante tres días de celebraciones, con la participación de los jóvenes, los más pobres y los enfermos.

 

Consejo para el Diálogo Interreligioso: Mensaje a hindúes con motivo de Deepavali

Fiesta del 14 de noviembre

NOVIEMBRE 06, 2020 13:03REDACCIÓN ZENITCIUDAD DEL VATICANOESPIRITUALIDAD

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(zenit– 06 noviembre 2020).- El Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso ha enviado un mensaje titulado “Cristianos e hindúes: Reavivemos un clima positivo y esperanzador durante la pandemia de COVID-19 y después” a los hindúes, con motivo de la fiesta de Deepavali.

El mensaje, difundido hoy 6 de noviembre de 2020 y firmado por el presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, el cardenal Miguel Ángel Ayuso Guixot, y el secretario, Mons. Indunil Kodithuwakku Janakaratne Kankanamalage, también se ha enviado en hindi.

La fiesta de Diwali es celebrada por todos los hindúes y se conoce como Deepavali o “fila de lámparas de aceite”. Simbólicamente basado en una antigua mitología, representa la victoria de la verdad sobre la mentira, de la luz sobre la oscuridad, de la vida sobre la muerte, del bien sobre el mal.

La celebración en sí dura tres días que marcan el comienzo de un nuevo año, la reconciliación familiar, especialmente entre hermanos y hermanas, y la adoración a Dios.

Este año la fiesta será celebrada por muchos hindúes el 14 de noviembre. A continuación, sigue el mensaje completo.

***

Queridos amigos hindúes,

El Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso os saluda cordialmente y os desea lo mejor con motivo de Deepavali, que celebráis este año el 14 de noviembre. Ojalá, en medio de las dificultades de la pandemia de COVID-19, esta fiesta tan significativa disipe toda nube de miedo, ansiedad y preocupación, y llene vuestros corazones y mentes con la luz de la amistad, la generosidad y la solidaridad.

Con el Mensaje de Deepavali de este año, el Consejo Pontificio encargado de promover el diálogo y la cooperación interreligiosos continúa su acendrada tradición de felicitaros y brindaros algunas reflexiones puntuales. Este es el vigésimo quinto de dichos mensajes, que buscan reconocer, mantener y valorar los bienes presentes en nuestras tradiciones religiosas y patrimonios espirituales (cf. Nostra Aetate2).

Si bien representen un pequeño paso en la senda del aprecio y la cooperación interreligiosos, estos mensajes han mejorado y promovido a lo largo de los años el diálogo y la armonía entre hindúes y cristianos en diversos niveles. Proseguimos de buen grado esta noble tradición con el fin de forjar, fomentar y promover las relaciones mutuas entre hindúes y cristianos como medio de trabajar juntos para nuestro bien y el de toda la humanidad.

Este año, en medio de la pandemia de COVID-19, deseamos compartir con vosotros algunas reflexiones sobre la necesidad de fomentar un espíritu positivo y de esperanza en el futuro, incluso ante obstáculos aparentemente insuperables, desafíos socioeconómicos, políticos y espirituales, y ansiedad, incertidumbre y miedo generalizados.

Nuestros esfuerzos para lograrlo se basan en nuestra convicción de que Dios, que nos creó y nos sostiene, nunca nos abandonará. Un acicate al optimismo puede sonar poco realista para aquellos que han perdido a sus seres queridos o sus medios de vida o ambos.

Incluso la esperanza y la positividad más firmes pueden disiparse frente a las trágicas situaciones causadas por esta pandemia y sus graves repercusiones en la vida cotidiana, la economía, la atención sanitaria, la educación y las prácticas religiosas. Sin embargo, es precisamente la confianza en la Providencia divina lo que nos inspira a seguir siendo optimistas y a trabajar para reavivar la esperanza en medio de nuestras sociedades.

La pandemia, en efecto, ha producido una serie de cambios positivos en nuestra forma de pensar y vivir, a pesar del sufrimiento sin precedentes que ha causado en todo el mundo y de los confinamientos que han trastornado nuestra vida habitual. Las experiencias de sufrimiento y el sentido de responsabilidad recíproca han unido a nuestras comunidades en la solidaridad y la atención, en actos de bondad y compasión por los que sufren y los necesitados.

Esos signos de solidaridad nos han llevado a apreciar más profundamente la importancia de la coexistencia, del hecho de que nos pertenecemos unos a otros y que nos necesitamos unos a otros para el bienestar de todos y el de nuestra casa común. Como señalaba el Papa Francisco, “la solidaridad hoy es el camino para recorrer hacia un mundo post-pandemia, hacia la sanación de nuestras enfermedades interpersonales y sociales”, y “un camino para salir de la crisis mejores” (Audiencia General, 2 de septiembre de 2020).

Nuestras respectivas tradiciones religiosas nos enseñan a ser positivos y a tener esperanza incluso en medio de la adversidad. Si prestamos atención a esas tradiciones y enseñanzas religiosas, podemos esforzarnos, en medio de esta crisis mundial, por propagar lo que al Papa Francisco le gusta llamar “el contagio de la esperanza” (Mensaje Urbi et Orbi, 12 de abril de 2020) mediante gestos de cuidado, afecto, amabilidad, dulzura y compasión que son más contagiosos que el propio coronavirus.

Basándonos en esas tradiciones y enseñanzas religiosas, en nuestros valores compartidos y en nuestro compromiso para mejorar la humanidad, los cristianos e hindúes nos unamos a todas las personas de buena voluntad para trabajar en la construcción de una cultura de positividad y esperanza en el corazón de nuestras sociedades, no sólo en estos días difíciles sino también en el futuro que nos espera.

¡Os deseamos a todos un Feliz Deepavali!

 

Atentado en Niza: El Papa recibirá a las familias de las víctimas

Cuando la situación sanitaria lo permita

NOVIEMBRE 06, 2020 12:46ANNE KURIAN-MONTABONEPAPA FRANCISCO

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(zenit – 6 nov. 2020).- El Papa Francisco recibirá a las familias de las tres víctimas del atentado perpetrado en la basílica de Notre-Dame en Niza, anunció el presidente de la asociación Amitié France Italie, Paolo Celi, el 5 de noviembre de 2020, una semana después de la tragedia.

Nadine Devillers, de 60 años, Simone Barreto Silva, de 44 años, que acudieron a rezar a la iglesia, y el sacristán Vincent Loquès, de 54 años, fueron asesinados durante un ataque islamista el 29 de octubre.

En una declaración tomada por la agencia SIR de la Conferencia Episcopal Italiana, Paolo Celi declaró que el Pontífice se reunirá con sus familiares “tan pronto como la situación sanitaria lo permita”. “Gracias de todo corazón al Papa Francisco por su cercanía y afecto”, concluyó asegurando al Santo Padre sus oraciones.

“Un inmenso agradecimiento al Papa Francisco que ha aceptado recibir pronto a las familias de Nadine, Vincent y Simone”, dijo el alcalde de Niza, Christian Estrosi, en Twitter.

Pocas horas después del atentado, el director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede emitió un comunicado en el que deploraba este “momento de dolor en un momento de confusión”. “El terrorismo y la violencia nunca pueden ser aceptados”, escribió el portavoz del Vaticano.

Francisco, dijo Matteo Bruni, “está informado de la situación. Reza por las víctimas y sus seres queridos, para que cese la violencia, para que volvamos a considerarnos como hermanos y no como enemigos”.

Denunciando un ataque “que sembró la muerte en un lugar de oración y consuelo”, el Obispo de Roma también rezó para que “el querido pueblo francés pueda reaccionar unido”, respondiendo al mal “con el bien”.

Poco después, en un telegrama dirigido al obispo local monseñor André Marceau, el Papa Francisco se asoció “al sufrimiento de las familias afligidas” y pidió a Dios “que las consuele”. “Condenando enérgicamente tan violentos actos de terror”, el Santo Padre llamó al pueblo francés “a la unidad”.

 

 

SERVIR A UN SOLO SEÑOR

— Pertenecemos a Dios por entero.

— Unidad de vida.

— Rectificar la intención.

I. En la Antigüedad, el siervo se debía íntegramente a su señor. Su actividad llevaba consigo una dedicación tan total y absorbente que no cabía compartirla con otro trabajo u otro amo. Así se entienden mejor las palabras de Jesús, que leemos en el Evangelio de la Misa1Ningún criado puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará al otro, o preferirá a uno y despreciará al otro. Y concluye el Señor: No podéis servir a Dios y al dinero.

Seguir a Cristo significa encaminar a Él todos nuestros actos. No tenemos un tiempo para Dios y otro para el estudio, para el trabajo, para los negocios: todo es de Dios y a Él debe ser orientado. Pertenecemos por entero al Señor y a Él dirigimos nuestra actividad, el descanso, los amores limpios... Tenemos una sola vida, que se ordena a Dios con todos los actos que la componen. «La espiritualidad no puede ser nunca entendida como un conjunto de prácticas piadosas y ascéticas yuxtapuestas de cualquier modo al conjunto de derechos y deberes determinados por la propia condición; por el contrario, las propias circunstancias, en cuanto respondan al querer de Dios, han de ser asumidas y vitalizadas sobrenaturalmente por un determinado modo de desarrollar la vida espiritual, desarrollo que ha de alcanzarse precisamente en y a través de aquellas circunstancias»2.

Como el hilo sujeta las cuentas de un collar, así el deseo de amar a Dios, la rectitud de intención, dan unidad a todo cuanto hacemos. Por el ofrecimiento de obras pertenecen al Señor todas nuestras actividades de la jornada, las alegrías y las penas. Nada queda fuera del amor. «En nuestra conducta ordinaria, necesitamos una virtud muy superior a la del legendario rey Midas: él convertía en oro cuanto tocaba.

»—Nosotros hemos de convertir –por amor– el trabajo humano de nuestra jornada habitual, en obra de Dios, con alcance eterno»3.

El quehacer de todos los días, el cuidado de los instrumentos que empleamos en el trabajo, el orden, la serenidad ante las contradicciones que se presentan, la puntualidad, el esfuerzo que supone el cumplimiento del deber... es la materia que debemos transformar en el oro del amor a Dios. Todo está dirigido al Señor, que es quien da un valor eterno a nuestras obras más pequeñas.

II. El empeño por vivir como hijos de Dios se realiza principalmente en el trabajo, que hemos de dirigir a Dios; en el hogar, llenándolo de paz y de espíritu de servicio; y en la amistad, camino para que los demás se acerquen más y más al Señor. Con todo, en cualquier momento del día o de la noche debemos mantener ese empeño por ser, con la ayuda de la gracia, hombres y mujeres de una pieza, que no se comportan según el viento que corre o que dejan el trato con el Señor para cuando están en la iglesia o recogidos en oración. En la calle, en el trabajo, en el deporte, en una reunión social, somos siempre los mismos: hijos de Dios, que reflejan con amabilidad su seguimiento a Cristo en situaciones bien diversas: ya comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios4, aconsejaba San Pablo a los primeros cristianos. «Cuando te sientes a la mesa –comenta San Basilio a propósito de este versículo–, ora. Cuando comas pan, hazlo dando gracias al que es generoso. Si bebes vino, acuérdate del que te lo ha concedido para alegría y alivio de enfermedades. Cuando te pongas la ropa, da gracias al que benignamente te la ha dado. Cuando contemples el cielo y la belleza de las estrellas, échate a los pies de Dios y adora al que con su Sabiduría dispuso todas estas cosas. Del mismo modo, cuando sale el sol y cuando se pone, mientras duermas y despierto, da gracias a Dios que creó y ordenó todas estas cosas para provecho tuyo, para que conozcas, ames y alabes al Creador»5. Todas las realidades nobles nos deben llevar a Él.

De la misma manera que cuando se ama a una criatura de la tierra se la quiere las veinticuatro horas del día, el amor a Cristo constituye la esencia más íntima de nuestro ser y lo que configura nuestro actuar. Él es nuestro único Señor, al que procuramos servir en medio de los hombres, siendo ejemplares en el trabajo, en los negocios, a la hora de vivir la doctrina social de la Iglesia en los diversos ámbitos de nuestra actividad, en el cuidado de la naturaleza, que es parte de la Creación divina... No tendría sentido que una persona que tratara al Señor con intimidad no se esforzara a la vez, y como una consecuencia lógica, por ser cordial y optimista, por ser puntual en su trabajo, por aprovechar el tiempo, por no hacer chapuzas en su tarea...

El amor a Dios, si es auténtico, se refleja en todos los aspectos de la vida. De aquí que, aunque las cuestiones temporales tengan su propia autonomía y no exista una «solución católica» a los problemas sociales, políticos, etc., tampoco existan ámbitos de «neutralidad», donde el cristiano deje de serlo y de actuar como tal6. Por eso, el apostolado fluye espontáneo allí donde se encuentra un discípulo de Cristo, porque es consecuencia inmediata de su amor a Dios y a los hombres.

III. Los fariseos que escuchaban al Señor eran amantes del dinero y trataban de compaginar su amor a las riquezas y a Dios, al que pretendían servir. Por eso, se burlaban de Jesús. También hoy los hombres tratan, en ocasiones, de ridiculizar el servicio total a Dios y el desprendimiento de los bienes materiales, porque –como los fariseos– no solo no están dispuestos a ponerlo en práctica, sino que ni siquiera conciben que otros puedan tener esa generosidad: piensan, quizá, que pueden existir ocultos intereses en quienes de verdad han escogido, en medio del mundo o fuera de él, a Cristo como único Señor7.

Jesús pone al descubierto la falsedad de aquella aparente bondad de los fariseos: Vosotros -les dice- os hacéis pasar por justos delante de los hombres; pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que parece excelso ante los hombres, es abominable delante de Dios. El Señor señala con una palabra fortísima –abominable– la conducta de aquellos hombres faltos de unidad de vida que, con la apariencia de ser fieles servidores de Dios, estaban muy lejos de Él, como se reflejaba en sus obras: gustan pasear vestidos con largas túnicas y anhelan los saludos en las plazas, los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes, y devoran las casas de las viudas con el pretexto de largas oraciones...8. En realidad, poco o nada amaban a Dios; se amaban a sí mismos.

Dios conoce vuestros corazones. Estas palabras del Señor nos deben llenar de consuelo, a la vez que nos llevarán a rectificar muchas veces la intención para rechazar los movimientos de vanidad y de vanagloria, de tal modo que nuestra vida entera esté orientada a la gloria de Dios. Agradar al Señor ha de ser el gran objetivo de todas nuestras acciones. El Papa Juan Pablo I, cuando aún era Patriarca de Venecia, escribía este pequeño cuento, lleno de enseñanzas. A la entrada de la cocina estaban echados los perros. Juan, el cocinero, mató un ternero y echó las vísceras al patio. Los perros las comieron, y dijeron: «Es un buen cocinero, guisa muy bien».

Poco tiempo después, Juan pelaba los guisantes y las cebollas, y arrojó las mondaduras al patio. Los perros se arrojaron sobre ellas, pero torciendo el hocico hacia el otro lado dijeron: «El cocinero se ha echado a perder, ya no vale nada».

Sin embargo, Juan no se conmovió lo más mínimo por este juicio, y dijo: «Es el amo quien tiene que comer y apreciar mis comidas, no los perros. Me basta con ser apreciado por mi amo»9. Si actuamos de cara a Dios, poco o nada nos debe importar que los hombres no lo entiendan o que lo critiquen. Es a Dios a quien queremos servir en primer lugar y sobre todas las cosas. Luego resulta que este amor con obras a Dios es, a la vez, la mayor tarea que podemos llevar a cabo en favor de nuestros hermanos los hombres.

Nuestra Madre Santa María nos enseñará a enderezar nuestros días y nuestras horas para que nuestra vida sea un verdadero servicio a Dios. «No me pierdas nunca de vista el punto de mira sobrenatural. -Rectifica la intención, como se rectifica el rumbo del barco en alta mar: mirando a la estrella, mirando a María. Y tendrás la seguridad de llegar siempre a puerto»10.

1 Lc 16, 13-14. — 2 A. del Portillo, Escritos sobre el sacerdocio, Palabra, 4ª ed., Madrid 1976, p. 113. — 3 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 742. — 4 1 Cor 10, 31. — 5 San Basilio, Homilía in Julittam martirem. — 6 Cfr. I. Celaya, Unidad de vida y plenitud cristiana, Pamplona 1985, p. 335. — 7 Cfr. Sagrada Biblia, Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona 1983, nota a Lc 16, 13-14. — 8 Cfr. Lc 20, 45-47. — 9 Cfr. A. Luciani, Ilustrísimos señores, pp. 12 ss. — 10 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 749.

 

Evangelio del sábado: Aspirar a los bienes más altos

Evangelio del sábado de la XXXI semana del tiempo ordinario y comentario al evangelio.

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Lc 16, 9-15)

«Y yo os digo: haceos amigos con las riquezas injustas, para que, cuando falten, os reciban en las moradas eternas.

»Quien es fiel en lo poco también es fiel en lo mucho; y quien es injusto en lo poco también es injusto en lo mucho. Por tanto, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo vuestro?

»Ningún criado puede servir a dos señores, porque o tendrá aversión a uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas.

Oían todas estas cosas los fariseos, que eran amantes del dinero, y se burlaban de él. Y les dijo:

 

—Vosotros os hacéis pasar por justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que parece ser excelso ante los hombres es abominable delante de Dios.


Comentario

Las palabras del evangelio de la misa de hoy son en parte aplicación de la parábola del evangelio de ayer, aunque en el contexto amplio de todo el evangelio de Lucas. Por un lado, se anima a los discípulos a comportarse con la sabiduría que, imperfectamente, se refleja en la sagacidad de aquellos que solo funcionan por cálculos humanos. De hecho, la expresión «riqueza injusta» hace referencia a la riqueza desvinculada de la obtención de la verdadera justicia. Jesús nos pide que nos empeñemos en serio en alcanzar aquello que decimos querer alcanzar, poniendo todo lo demás al servicio de esa meta: las moradas eternas. Se trata, por tanto, de aprender a discernir cómo usar correctamente los bienes materiales.

A esta exhortación se le suman otras dos, que están en relación también con otros textos lucanos. El administrador responsable es el que presta atención a lo pequeño, pues a menudo es ahí por donde viene la ruina. Es en lo poco, en lo pequeño, donde se manifiesta y demuestra el interés y el amor verdaderos. También nos dice el texto que no podremos administrar bien los bienes eternos si no hemos sabido administrar bien los transitorios. Aspirar al cielo no quiere decir desentenderse del mundo. Estas enseñanzas se pueden sintetizar es esta frase: «no podéis servir a Dios y a las riquezas»; esto es, si lo que nos mueve es el dinero, Dios queda fuera. Solo uno de los dos polos puede ser rector de la vida entera.

Las últimas palabras de Jesús nos ponen sobre aviso. A Jesús le estaban escuchando «amantes del dinero» (Lc 16,14) y eso él lo veía, aunque por fuera se disimulase. Porque, ¿cuál es el valor de la limosna de un avaro o de un codicioso? Dios lo juzga. Y eso es lo verdaderamente determinante. De poco nos servirá el juicio positivo de los hombres sobre nosotros si realmente nuestro interior lo desdice. Jesús nos anima a purificar el corazón y renovar la mente, a examinar deseos e intenciones, porque es del corazón de donde salen las buenas y las malas obras.

 

 

"Portadores de Dios en todos los ambientes"

Cuando tengas al Señor en tu pecho y gustes de los delirios de su Amor, prométele que te esforzarás por cambiar el rumbo de tu vida en todo lo que sea necesario, para llevarle a la muchedumbre, que no le conoce, que anda vacía de ideales; que, desgraciadamente, camina animalizada. (Forja, 939)

7 de noviembre

Para que este mundo nuestro vaya por un cauce cristiano –el único que merece la pena–, hemos de vivir una leal amistad con los hombres, basada en una previa leal amistad con Dios. (Forja, 943)

Con frecuencia, siento ganas de gritar al oído de tantas y de tantos que, en la oficina y en el comercio, en el periódico y en la tribuna, en la escuela, en el taller y en las minas y en el campo, amparados por la vida interior y por la Comunión de los Santos, han de ser portadores de Dios en todos los ambientes, según aquella enseñanza del Apóstol: "glorificad a Dios con vuestra vida y llevadle siempre con vosotros"(Forja, 945)

Los que tenemos la verdad de Cristo en el corazón, hemos de meter esta verdad en el corazón, en la cabeza y en la vida de los demás. Lo contrario sería comodidad, táctica falsa.

Piénsalo de nuevo: a ti, ¿te pidió permiso Cristo para meterse en tu alma? –Te dejó la libertad de seguirle, pero te buscó Él, porque quiso. (Forja, 946)

Con obras de servicio, podemos preparar al Señor un triunfo mayor que el de su entrada en Jerusalén... Porque no se repetirán las escenas de Judas, ni la del Huerto de los Olivos, ni aquella noche cerrada... ¡Lograremos que arda el mundo en las llamas del fuego que vino a traer a la tierra!... Y la luz de la Verdad –nuestro Jesús– iluminará las inteligencias en un día sin fin. (Forja, 947)

 

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Carta del Prelado (28 octubre 2020)

En esta nueva carta pastoral, Mons. Fernando Ocáriz reflexiona acerca del espíritu del Opus Dei y de las características de la dedicación a la Obra de los fieles según las distintas circunstancias personales.

CARTAS PASTORALES Y MENSAJES06/11/2020

Descargar la carta en formato digital

ePub ►Carta del Prelado (28 octubre 2020)

Mobi ► Carta del Prelado (28 octubre 2020)

PDF ► Carta del Prelado (28 octubre 2020)

Escucha la lectura de la carta del Prelado (50 min). Disponible también en Spotify y Google Podcast.


Sumario de la Carta del Prelado (28 octubre 2020)
I. El don de la vocación
Una gracia soberana
Un mismo espíritu
Una misma misión apostólica
Unos mismos medios
Unidad y diversidad

Con toda nuestra vida
II. La vocación a la Obra como numeraria y numerario
Un corazón disponible
Un grupo clavado en la Cruz
III. La vocación a la Obra como numeraria auxiliar
La prioridad de la persona y de la familia
De todos los ambientes
Apostolado de los apostolados
IV. La vocación a la Obra como agregada y agregado
Con carácter propio
El buen olor de Cristo
V. Sacerdotes de la Prelatura
Al servicio de los demás
VI. Sobre el celibato apostólico de los numerarios y agregados
VII. La vocación a la Obra como supernumeraria y supernumerario
Es mucha gracia de Dios
Matrimonio y familia
Incidir cristianamente en el propio entorno
VIII. La vocación a la Obra como agregado y supernumerario de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

1. Con el centenario del nacimiento de la Obra en el horizonte, y pensando en el vasto panorama apostólico que el Señor nos pone ante los ojos, querría que meditásemos, pausadamente y con profundidad, en la enseñanza de san Josemaría sobre cómo se concreta para cada una y cada uno la universal vocación cristiana a la santidad. Desde el principio, nuestro Padre comprendió que la universalidad de la llamada comportaba la posibilidad de la plenitud del amor a Dios y a los demás también en medio del mundo; en nuestro mundo real, con sus luces y sombras.

I. El don de la vocación

Una gracia soberana

2. Dios elige y llama a todos: «Nos ha elegido en sí mismo, para que seamos santos y sin mancha en su presencia por el amor» (Ef 1,4). La conciencia y responsabilidad ante este don, mantenidas con juventud de alma, nos llevarán a colaborar en la santificación del mundo. En comunión con todos en la Iglesia, procuremos responder con generosidad a la determinación de esa vocación cristiana para cada uno de nosotros en el Opus Dei.

Veamos la grandeza de esta llamada, que llena nuestro caminar en este mundo con un sentido de eternidad, a pesar de nuestras limitaciones y errores, y de las dificultades que encontramos en el camino: «a pesar de los pesares», como solía decir nuestro Padre.

San Josemaría hablaba de «la gracia soberana de la vocación». No se trata de algo de un momento, sino de una gracia permanente: «Es una visión nueva de la vida (…) como si se encendiera una luz dentro de nosotros»; y es, a la vez, «un impulso misterioso», una «fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador»[1]. En pocas palabras, se trata de una gracia que abraza nuestra vida entera y que se manifiesta como luz y como fuerza. Luz, que nos hace ver el camino, lo que Dios quiere de nosotros; y fuerza, para ser capaces de responder a la llamada, decir que sí y seguir adelante en ese camino.

En una de sus cartas, nuestro Padre escribe que «en la vocación intervienen solamente la gracia de Dios –como causa propia– y la generosidad del interesado, movido por esta gracia»[2]. El Señor siempre quiere que nuestra libertad –con la gracia, que no nos quita la libertad, sino que la perfecciona– tenga un papel decisivo en la respuesta y, por tanto, en la configuración misma de la vocación. Una libertad que cuenta, para el previo discernimiento, también con la luz de los consejos de quienes pueden y deben darlos.

Un mismo espíritu

3. Todos en la Obra –cada uno en sus circunstancias personales– tenemos una misma vocación: llamada a ser y hacer el Opus Dei, con un mismo espíritu, con una misma misión apostólica, con unos mismos medios.

Todos tenemos el mismo espíritu, que nos mueve a santificar la vida ordinaria y, de un modo especial, el trabajo. «No hay en la tierra una labor humana noble que no se pueda divinizar, que no se pueda santificar. No hay ningún trabajo que no debamos santificar y hacer santificante y santificador»[3]. Este espíritu nos lleva a buscar la unión con Dios en lo que afrontamos en cada momento de nuestra vida. Por eso, la santificación del trabajo es quicio alrededor del cual gira, en correspondencia a la gracia, nuestra búsqueda de la santidad, de la identificación con Jesucristo.

Esto lleva consigo una visión positiva de las realidades terrenas, que son las que Dios nos ha dado. Amamos este mundo, sin ignorar lo que en él se opone al bien (cfr. 1 Jn 2,15). Sus inquietudes son también las nuestras y, si sus alegrías normalmente nos facilitan amarlo, sus tristezas nos deben conducir a amarlo todavía más. Qué consuelo y qué sentido de responsabilidad suscitan estas palabras de san Pablo: «Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Co 3, 22,23).

Y si la santificación del trabajo es quicio de nuestra santidad, el sentido de la filiación divina es fundamento. Filiación que es, por la gracia santificante, nuestra introducción en la vida divina de la Santísima Trinidad, como hijos del Padre en el Hijo por el Espíritu Santo. «Por la gracia bautismal hemos sido constituidos hijos de Dios. Con esta libre decisión divina, la dignidad natural del hombre se ha elevado incomparablemente: y si el pecado destruyó ese prodigio, la Redención lo reconstruyó de modo aún más admirable, llevándonos a participar todavía más estrechamente de la filiación divina del Verbo»[4].

Al ser fundamento, la filiación divina da forma a nuestra vida entera: nos lleva a rezar con confianza de hijos de Dios, a movernos por la vida con soltura de hijos de Dios, a razonar y decidir con libertad de hijos de Dios, a enfrentar el dolor y el sufrimiento con serenidad de hijos de Dios, a apreciar las cosas bellas como lo hace un hijo de Dios. En definitiva, la filiación divina «está presente en todos los pensamientos, en todos los deseos, en todos los afectos»[5]. Y se expande necesariamente en fraternidad. «El Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios» (Rm 8,16). Este testimonio es en nosotros el amor filial a Dios[6], que lleva consigo el amor fraterno. «Otros beben de otras fuentes. Para nosotros, ese manantial de dignidad humana y de fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo»[7].

Centro y raíz de nuestra vida espiritual, en fin, es el Sacrificio Eucarístico. Es raíz objetivamente, porque «la obra de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la Cruz, por medio del cual “Cristo, que es nuestra Pascua, ha sido inmolado” (1 Co 5,7)»[8].

Pero que subjetivamente la vida esté realmente centrada en la Eucaristía depende también de la personal correspondencia a la gracia: «Lucha para conseguir que el Santo Sacrificio del Altar sea el centro y la raíz de tu vida interior, de modo que toda la jornada se convierta en un acto de culto –prolongación de la Misa que has oído y preparación para la siguiente–, que se va desbordando en jaculatorias, en visitas al Santísimo, en ofrecimiento de tu trabajo profesional y de tu vida familiar»[9].

Del centro eucarístico de la vida cristiana surge también el desarrollo y la eficacia de la misión apostólica: «Si el centro de tus pensamientos y esperanzas está en el Sagrario, hijo, ¡qué abundantes los frutos de santidad y de apostolado!»[10].

Una misma misión apostólica

4. Tenemos la misma misión apostólica: estamos igualmente llamados a santificarnos y a colaborar con la misión de la Iglesia en la transformación cristiana del mundo; en nuestro caso, viviendo el espíritu del Opus Dei. La misión propia de la Obra solo puede ser comprendida adecuadamente dentro de la gran misión de la Iglesia, en la que «todos somos llamados a ofrecer a los demás el testimonio explícito del amor salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su cercanía, su Palabra, su fuerza, y le da un sentido a nuestra vida»[11].

Solo en la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, recibimos la fuerza para servir con fecundidad al mundo de nuestro tiempo. Por eso, aun con todos nuestros límites, compartimos los afanes, las preocupaciones y los sufrimientos de la Iglesia en cada época y en cada lugar. Cada una y cada uno podemos hacer nuestra aquella actitud de san Pablo: «¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase de dolor?» (2 Co 11,29).

5. La misión apostólica no se limita a unas determinadas actividades, porque desde el amor a Jesucristo todo lo podemos transformar en servicio cristiano a los demás. Cada uno realiza enteramente la misión de la Obra con su propia vida: en su familia, en su lugar de trabajo, en la sociedad en la que vive, entre sus amigos y conocidos. Por eso se entiende la insistencia de san Josemaría para que en la Obra se dé siempre «una importancia primaria y fundamental a la espontaneidad apostólica de la persona, a su libre y responsable iniciativa, guiada por la acción del Espíritu; y no a las estructuras organizativas»[12]. Y de ahí también que el apostolado principal en la Obra sea el de amistad y confidencia, realizado personalmente por cada una y cada uno.

A la luz de todo esto, se comprende mejor en qué sentido «todas las tareas apostólicas y los instrumentos para ponerlas en marcha, son onus et honor, carga y honor de todos: numerarios, agregados y supernumerarios, y también de los cooperadores»[13]. La misión apostólica la realizamos, por la comunión de los santos, todos juntos en todas partes. Por eso, refiriéndose a todos en la Iglesia, san Josemaría recuerda que «si ponemos los medios, seremos la sal, la luz y la levadura del mundo: seremos el consuelo de Dios»[14].

Unos mismos medios

6. Para llevar a cabo nuestra misión, Cristo es el camino. Y para seguirle como discípulos y apóstoles, todos en el Opus Dei tenemos los mismos medios: las mismas normas y costumbres de vida cristiana, y los mismos medios de formación espiritual y doctrinal. Según las circunstancias personales, se viven de un modo o de otro, pero el conjunto es siempre sustancialmente el mismo.

Conviene no perder de vista que se trata de medios –y no de fines– que conducen, por la gracia de Dios, a crecer en la vida contemplativa en medio de los afanes humanos, alimentados por la sobreabundancia de la vida en Cristo que nos dan los sacramentos, y muy especialmente la Sagrada Eucaristía.

Las prácticas de piedad son parte de un diálogo de amor que abarca toda nuestra vida y que nos llevan a un encuentro personal con Jesucristo. Son momentos en los que Dios nos espera para compartir su vida con la nuestra. El esfuerzo por cumplirlas nos libera, pues «la santidad tiene la flexibilidad de los músculos sueltos (…). La santidad no tiene la rigidez del cartón: sabe sonreír, ceder, esperar. Es vida: vida sobrenatural»[15].

De este modo, confiando en la misericordia de Dios, procuraremos vivir buscando siempre la perfección de la caridad, según el espíritu que Dios nos ha dado. Ser santos no es hacer cada vez más cosas o cumplir ciertos estándares que nos hayamos impuesto como tarea. El camino a la santidad, como nos explica san Pablo, consiste en corresponder a la acción del Espíritu Santo, hasta que Cristo esté formado en nosotros (cfr. Ga 4,19).

Unidad y diversidad

7. Nuestro Padre veía la labor de la Obra como «un solo tejido», compuesto por los distintos modos de vivir la misma vocación. Por eso insistía en que en la Obra no hay clases, ni miembros de primera o de segunda: ni por las distintas modalidades en que se vive la vocación, ni por el tipo de trabajo profesional que se desempeña. Como en cualquier realidad de carácter sobrenatural, lo esencial –que no se puede juzgar en esta tierra– es la correspondencia al amor de Dios.

San Josemaría expresaba esta unidad de vocación diciendo que la nuestra es «una sola vocación divina, un solo fenómeno espiritual, que se adapta con flexibilidad a las condiciones personales de cada individuo y a su propio estado. La identidad de vocación comporta una igualdad de dedicación, dentro de los límites naturales que imponen esas diversas condiciones»[16].

Como es natural, la unidad y diversidad en la Obra incluyen la relativa a hombres y mujeres: es unidad de espíritu, de misión apostólica y de medios, junto a la separación de actividades propias de unas y otros. Además, entre hombres y mujeres, en los asuntos comunes a toda la Obra, hay unidad de dirección a nivel central y regional. Los órganos de gobierno de hombres y de mujeres tienen idéntica iniciativa y responsabilidad. En determinados casos importantes establecidos por el Derecho, tienen la misma capacidad de aceptar o rechazar las propuestas del Prelado o, en las Regiones, las del Vicario regional.

Con toda nuestra vida

8. Podría parecer que algunos tienen mayor dedicación a la misión de la Obra que los demás. No es así. Todos viven con igual dedicación, porque ser y hacer el Opus Dei no consiste solo, ni principalmente, en colaborar en determinadas tareas o en las labores corporativas de apostolado. La vocación y la correspondiente misión abarcan toda nuestra vida, no solo una parte; toda la vida es ocasión y medio de encuentro con Jesucristo y de apostolado.

A propósito de esto mismo, escribía san Josemaría que nuestra llamada supone un «encuentro vocacional pleno, porque –cualquiera que sea el estado civil de la persona– es plena su dedicación al trabajo y al fiel cumplimiento de sus propios deberes de estado, según el espíritu del Opus Dei. Por esto, dedicarse a Dios en el Opus Dei no implica una selección de actividades, no supone dedicar más o menos tiempo de nuestra vida para emplearlo en obras buenas, abandonando otras. El Opus Dei se injerta en toda nuestra vida»[17]Encuentro vocacional pleno, omnicomprensivo de la propia vida, con plenitud de dedicación, pues en todo hay una llamada de Dios a amarle y a servir a los demás, con un amor que es libertad interior. Por eso, como comentaba don Álvaro, «exige la Obra una gran elasticidad: un mínimo de reglamento, porque es necesario; pero mínimo, para que la letra no mate el espíritu: Littera enim occidit, spiritus autem vivificat (2 Co 3,6)»[18].

9. Con estas páginas querría invitaros también a renovar el agradecimiento al Señor por el don de la vocación. Un agradecimiento gozoso, no solo por la belleza de la Obra, al considerarla tal como la quiere Dios en su conjunto, sino también al contemplar, cada una y cada uno, cómo esa belleza se hace plenamente presente en el modo personal en que cada fiel de la Prelatura vive esa misma vocación: como numerarios –en el caso de las mujeres, también como numerarias auxiliares–, como agregados, como supernumerarios o como socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

En este contexto, querría insistir en lo que os escribía hace unos meses: la experiencia de la debilidad personal propia y ajena, en comparación con la estupenda propuesta que la fe cristiana y el espíritu de la Obra nos presentan, no nos debe producir desánimo. Ante el desencanto que pueda producirnos la desproporción entre el ideal y la pobre realidad de nuestra vida, tengamos la seguridad de que podemos recomenzar cada día con la fuerza de la gracia del Espíritu Santo[19].

II. La vocación a la Obra como numeraria y numerario

10. «En el corazón de la Obra, los numerarios –llamados a una especial misión de servicio– saben ponerse a los pies de todos sus hermanos, para hacerles amable el camino de la santidad; para atenderles en todas sus necesidades del alma y del cuerpo; para ayudarles en sus dificultades y hacer posible, con su entregado sacrificio, el apostolado fecundo de todos»[20]. De este modo los numerarios dan vida a sus hermanos: su labor, «al mantener activo y despierto el espíritu en todos, trae como consecuencia una realidad extraordinaria de fraternidad y de unidad»[21].

En las numerarias y numerarios, la vocación al Opus Dei está determinada por el don del celibato apostólico y la plena disponibilidad para las tareas de formación y las labores apostólicas. Esta disponibilidad, entendida y realizada como una especial misión de servicio a los demás, se ve facilitada en principio por el hecho de que los numerarios viven en un centro de la Obra. Sin embargo, pueden presentarse muchas circunstancias que hagan conveniente que no sea así. Eso no afecta ni a su identidad ni a su misión, pues siempre se sabrán al servicio de todos los demás, residan donde residan.

Un corazón disponible

11. La disponibilidad de los numerarios para servir a los demás consiste en una auténtica disponibilidad del corazón: la libertad efectiva de vivir solo para Dios y, por Él, para los demás, unida a la voluntad de ocuparse de las tareas que en la Obra se necesiten.

Para unos, la disponibilidad se concretará en colaborar en tareas de formación y labores apostólicas, mientras se dedican a un trabajo profesional correspondiente a sus talentos, estudios y preferencias, para llevar allí la alegría del Evangelio. Para otros, se tratará de dedicarse como trabajo profesional a la administración de los centros de la Obra, o a tareas de formación, de gobierno, de dirección o de colaboración en actividades apostólicas.

Por otra parte, la disponibilidad no se limita a una actitud pasiva de hacer lo que me pidan, sino que se manifiesta en su plenitud cuando pensamos qué talentos hemos recibido de Dios para ponerlos a disposición de la misión apostólica; nos adelantamos, nos ofrecemos, con iniciativa. Por eso, la disponibilidad no es inmovilidad sino, al contrario, el deseo habitual de moverse al paso de Dios.

Es preciso entender y vivir la plena disponibilidad como libertad, en el sentido de no tener más atadura que el amor (es decir, no estar atados necesariamente a un trabajo, a un lugar de residencia, etc., sin dejar por eso de estar bien arraigados donde estemos). Lo que nos hace libres no son las circunstancias externas, sino el amor que llevamos en el corazón.

Como concreción de esa particular tarea de servicio, nuestro Padre ha previsto que la labor de gobierno en el Opus Dei recaiga en las numerarias y los numerarios. La dedicación a esos trabajos es necesaria, pues sostiene la vida del conjunto. Sin embargo, sería equivocado pensar que están más disponibles o que hacen más el Opus Dei quienes tienen esa dedicación a las tareas de gobierno o de formación. En este sentido, don Javier escribía en una de sus cartas: «No hay más remedio que algunas hijas y algunos hijos míos recorten su actividad profesional –o incluso la dejen de lado completamente, al menos por algún tiempo–, para dedicarse a ayudar a sus hermanos en la vida espiritual y dirigir la labor apostólica»[22].

Nuestro Padre expresa en muchos lugares esa plena disposición interior; por ejemplo: «Todos con vocación divina, los numerarios han de darse directamente e inmediatamente al Señor en holocausto, entregando todo lo suyo, su corazón entero, sus actividades sin limitación, su hacienda, su honra»[23]. Se trata precisamente de entregar libremente, para hacer la Obra, todas las actividades, sean las que sean, sin limitaciones. Como es obvio, hay a veces circunstancias que condicionan objetivamente la posibilidad de asumir algunos encargos o tareas en un determinado momento. Por eso, insisto en que lo importante es la disposición interior de plena disponibilidad a servir a los demás, por amor a Jesucristo.

Un grupo clavado en la Cruz

12. Recordemos también estas otras palabras de san Josemaría: «Nuestro Señor no quiere una personalidad efímera para su Obra: nos pide una personalidad inmortal, porque quiere que en ella –en la Obra– haya un grupo clavado en la Cruz: la Santa Cruz nos hará perdurables, siempre con el mismo espíritu del Evangelio, que traerá el apostolado de acción como fruto sabroso de la oración y del sacrificio»[24]. Nuestro Padre no indica quiénes forman este grupo clavado en la Cruz, pero don Álvaro, en la nota que comenta este párrafo, señala que ya se ven aquí anunciados o aludidos los diversos modos de vivir la vocación en la Obra. Por el contexto podemos pensar que, en este caso, se refiere sobre todo a los numerarios y numerarias.

En algunos otros lugares, san Josemaría se refiere también a los sacerdotes como especialmente clavados en la Cruz. Y es que, en realidad, clavados en la Cruz tenemos que estar todos, también los agregados y los supernumerarios, porque allí es donde encontramos al Señor, como dice nuestro Padre en palabras que expresan una profunda experiencia personal suya: «Tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo y, por eso, ser hijos de Dios»[25].

Aunque a las numerarias y numerarios tal vez pueda resultaros humanamente costoso dejar por un tiempo una previa profesión, para dedicaros profesionalmente a otro tipo de actividades (la administración de los centros de la Obra, el gobierno, la formación, la dirección o la colaboración en actividades apostólicas), se trata de un fecundo encuentro con la Cruz, lugar de la más profunda identificación con Cristo y fuente, muchas veces insospechada, de una gran alegría sobrenatural.

13. Cuando pedimos la admisión en la Obra conocemos y adoptamos libremente –¡por amor!– esta actitud de disponibilidad, que nos lleva a sumarnos a un proyecto divino. Al mismo tiempo, como todo en la vida espiritual, la efectiva maduración de la entrega va creciendo con el tiempo. Este crecimiento se da a través de la formación, de la vida interior y con diversas experiencias de disponibilidad –pequeños cambios de planes, encargos, etc.– que preparan el alma para grandes cambios, si fuesen necesarios. Como es natural, los directores siempre procuran contar previamente con el parecer de los interesados cuando se trata de encargos o cambios de entidad importante, aunque estos, manifestando con sencillez las dificultades que puedan ver, mantienen la disposición de estar para lo que haga falta, por amor a Dios y a las almas.

Lo decisivo, insisto, es que cada uno tenga esta disposición interior habitual de entrega a sus hermanos y a tantísimas otras personas que esperan nuestro servicio cristiano: «Levantad los ojos y mirad los campos que están dorados para la siega» (Jn 4,35).

Esta actitud es perfectamente compatible con una sana ambición profesional y con una preocupación lógica y responsable de sostenerse económicamente y de atender a las necesidades de nuestra familia sobrenatural. La disponibilidad para cambiar de tarea profesional, si la Obra lo requiere, precisamente para dedicarse a la formación de otros, va de la mano con la convicción de ser mujeres y hombres que quieren estar, como sus iguales, en los desafíos del mundo, porque su misión es ayudar a transformarlo y llevarlo a Dios. Y eso se hace también de un modo muy eficaz desde los puestos de dirección y de formación en la Obra.

Las numerarias y los numerarios vivís el don del celibato apostólico como plenitud de amor en Cristo, que abre a una paternidad y maternidad espirituales. Estáis llamados a ser un testimonio vivo de entrega total a Dios, en medio del mundo, con una disponibilidad plena al servicio de todos: enamorados de Jesús, de los demás y del mundo. Recibís una peculiar llamada a custodiar una familia sobrenatural y a preocuparos por vuestros hermanos.

Tenéis un horizonte amplísimo: con vuestra vida entregada, a veces quizá escondida y sin brillo humano, llegáis con fecundidad hasta el último rincón del mundo.

III. La vocación a la Obra como numeraria auxiliar

14. Las numerarias auxiliares tenéis una función especial de servicio, que desarrolláis creando y manteniendo el ambiente de hogar cristiano en los centros de la Obra. Hacéis realidad esta tarea con vuestro trabajo profesional, que en vuestro caso es la Administración. Como sabéis, no se trata solo de realizar una serie de tareas materiales, que en diversas medidas podemos y debemos hacer entre todos, sino de preverlas, organizarlas y coordinarlas de tal manera que el resultado sea precisamente ese hogar donde todos se sientan en casa, acogidos, afirmados, cuidados y, a la vez, responsables. Esto, que por lo demás tiene gran importancia para toda persona humana, repercute en la fisonomía y en el temple espiritual de la Obra entera, de todos y cada uno de sus miembros. Las mujeres os convertís así «en un apoyo insustituible y en una fuente de fuerza espiritual para los demás, que perciben la gran energía»[26] de vuestro espíritu.

La prioridad de la persona y de la familia

15. Con vuestro trabajo cuidáis y servís la vida en la Obra, poniendo la persona singular como foco y prioridad de vuestra labor. Esto es una expresión muy concreta de que la Obra es familia; una familia verdadera, no en sentido metafórico. Recordáis cómo nuestro Padre nos ha dicho tantas veces que los vínculos en la Obra son más fuertes que los de la sangre, cosa que tiene consecuencias también afectivas, de cariño mutuo.

San Josemaría consideraba con frecuencia que el trabajo de la Administración es el mismo que realizaba la Virgen. Por esto, el aire de familia de la Obra debe ser como un trasunto, como una continuación de lo que fue –aunque no lo hayamos visto, lo podemos imaginar– el ambiente del hogar de Nazaret.

Aunque al trabajo propio de la Administración de los centros se le llame de distintas maneras en las diferentes culturas, las numerarias auxiliares en realidad sois hermanas, madres, parte integrante de la familia, igual que el Padre y las demás hijas e hijos. Por la gracia que habéis recibido de Dios para cuidar a todos en la Obra, san Josemaría decía que –si hubiese podido– habría sido numeraria auxiliar. Os llamaba sus hijas pequeñas porque fuisteis las últimas en llegar a la Obra, y no por consideraros menores de edad. Al contrario, confiaba especialmente en vuestra fidelidad, madura y firme, para sacar adelante las grandes intenciones de la Obra.

De todos los ambientes

16. Es una estupenda realidad que las numerarias auxiliares procedéis de todos los ambientes. De hecho, a veces algunas se plantean la duda acerca de si Dios les pide ser numeraria o numeraria auxiliar. Un elemento a tener presente, entre otros, es la propia inclinación a las tareas más directamente orientadas al servicio y cuidado de las personas. Como es natural, el discernimiento depende, en último término, de cada una, con la orientación de la dirección espiritual y de las directoras.

En todo caso, se comprende que el trabajo de la Administración reviste una gran dignidad: la de dar y mantener el calor de hogar en una familia. Además, quienes trabajan en la Administración, «a través de esa profesión –porque lo es, verdadera y noble– influyen positivamente no sólo en la familia sino en multitud de amigos y de conocidos, en personas con las que de un modo u otro se relacionan, cumpliendo una tarea mucho más extensa a veces que la de otros profesionales»[27].

Apostolado de los apostolados

17. San Josemaría valoraba el trabajo de la Administración hasta el punto de considerarlo apostolado de los apostolados. Sin él, la Obra no podría salir adelante.

Es apostolado de los apostolados, en primer lugar, porque en sí mismo es un apostolado directísimo. Insisto en que no se limita a proporcionar unos servicios materiales, en sí mismos necesarios e importantes; sobre todo es que esa tarea, transformada en oración, influye muy directamente en la formación humana y espiritual de las personas del centro administrado. El ambiente que creáis forma, y forma mucho.

Vuestro trabajo bien realizado, en efecto, materializa un espíritu y lo comunica eficazmente por la vía de los hechos, de modo concreto y constante. Por eso procuráis dar la mayor profesionalidad posible al trabajo del hogar, como cada uno de mis hijos hace con su propia tarea. Y al elevarlo al horizonte del trabajo santificado, ponéis la competencia profesional directamente al servicio de las personas, convirtiéndolo en un factor de humanización y de inspiración para el trabajo profesional de todos.

En segundo lugar, el trabajo de la Administración es apostolado de los apostolados porque hace posibles los demás, actuando a modo de savia e impulso, especialmente en la medida en que procuráis transformarlo en diálogo con Dios. «Al trabajar en la Administración –os escribía san Josemaría–, participáis en todos los apostolados, colaboráis en toda la labor. Su buena marcha es una condición necesaria, el mayor de los impulsos para toda la Obra, si lo hacéis con amor de Dios»[28]. Se nota mucho cuando, en los comienzos del trabajo apostólico en un país o en una ciudad, aún no hay Administración; también se nota que, cuando ya la hay, la Obra toma más vida y más dinamismo. Además, como es lógico, las numerarias auxiliares colaboráis en muchas otras actividades apostólicas, en la medida en que os resulta posible en cada caso.

También decimos que la Administración es la columna vertebral de la Obra, porque sostiene todo el cuerpo, que de otro modo no se mantendría derecho. Esto es así, gracias a Dios; se trata de algo que debemos considerar y valorar siempre. Naturalmente, también constituís esta columna vertebral y este apostolado de apostolados las otras numerarias que trabajáis en la Administración.

Mis hijas numerarias auxiliares tenéis una misión entusiasmante: trasformar este mundo, hoy tan lleno de individualismo e indiferencia, en un auténtico hogar. Vuestra tarea, realizada con amor, puede llegar a todos los ambientes. Estáis construyendo un mundo más humano y más divino, porque lo dignificáis con vuestro trabajo convertido en oración, con vuestro cariño y con la profesionalidad que ponéis en el cuidado de las personas en su integridad.

IV. La vocación a la Obra como agregada y agregado

Con carácter propio

18. Los agregados hacéis el Opus Dei principalmente a través de un hondo apostolado personal en vuestro propio ambiente profesional y familiar, y colaborando con los numerarios en la atención de los demás fieles de la Obra. Manifestáis con vuestras vidas el carácter libérrimo que tiene la actividad apostólica de todo bautizado, llevándola adelante con todas las energías de un corazón célibe. Por esto podía deciros san Josemaría: «Os tengo envidia, vuestra entrega a Dios es total y plena como la mía, pero podéis llegar más lejos»[29]. ¿Qué quería decir con esto? Quería decir que lo principal es estar en medio del mundo, en medio de las actividades, de los trabajos, de las familias, para llevar ahí la vida cristiana.

Os encontráis en circunstancias muy variadas y os movéis en toda clase de ambientes profesionales. Vuestra vida se abre a un campo ilimitado de posibilidades en las que encarnar y difundir el espíritu del Opus Dei. Por la variedad de vuestros orígenes, llegáis a todo el tejido social; por la mayor permanencia en cada lugar, facilitáis el enraizamiento de los apostolados en el territorio; vuestro modo de vida os permite cultivar una gran diversidad de relaciones y hacerlo de un modo muy estable: familiares, profesionales, de vecindad, en el pueblo, ciudad o país donde residís. «Llegáis a más», como afirmaba san Josemaría, no solo en extensión del apostolado, sino en profundidad, también porque mostráis vivencialmente lo que supone una entrega a Dios en medio del mundo, con corazón indiviso.

Se entiende muy bien, por esto, que nuestro Padre deseara que los agregados fueseis el doble en número que los numerarios: porque lo principal es la labor en medio de las circunstancias ordinarias y de los trabajos propios de cada una y de cada uno.

Si alguno, planteándose su posible vocación a la Obra, dudase entre numerario o agregado, podría ser necesario hacerle ver que sería una equivocación pensar que ser numerario es más que ser agregado. Esto tiene mucha importancia en el discernimiento de la vocación. Hay casos en que la manera en la que se concreta la vocación a la Obra es evidente: por ejemplo, un hombre casado puede ser supernumerario, pero no agregado ni numerario. Sin embargo, hay otros casos menos evidentes, y el último discernimiento lo tiene que hacer la persona interesada: es ella la que experimenta lo que Dios le pide concretamente, dentro de una única y común vocación. Lógicamente, por prudencia, es muy oportuno aconsejarse en la dirección espiritual, y también con los directores, que conocen a la persona y desearán discernir con ella cuál es la voluntad de Dios.

El buen olor de Cristo

19. Refiriéndose concretamente a las agregadas y a los agregados, san Josemaría escribía: «A través de su trabajo –que a veces realizan en obras corporativas–, en todas las circunstancias de la sociedad, en todos los sitios, en los más diversos rincones de la tierra, llevan a todas partes, entre sus compañeros, el buen olor de Cristo; y se esfuerzan en orientar con sentido cristiano las tareas –tanto oficiales como privadas– sociales, profesionales, económicas, etc., de los que pertenecen a su propia clase y condición social. Y esto sin necesidad, ordinariamente, de que cambien de domicilio o de trabajo»[30]. Por eso, he escuchado directamente a don Javier afirmar –recogiendo una enseñanza de san Josemaría– que las agregadas y los agregados expresáis de un modo especialmente claro lo que es el Opus Dei, por la santificación de la vida ordinaria, del trabajo profesional y de la vida familiar, sin cambiar de sitio.

Los agregados en ocasiones trabajáis en obras corporativas de enseñanza o en otras actividades apostólicas. Sin embargo, no es ese vuestro principal modo de participar en la misión de la Obra, pues toda ella está en vuestras manos. A veces es necesario que asumáis esos encargos, pero lo principal es la santificación de la vida ordinaria, el trato de amistad y confidencia con la gente, y cuando sea el caso acompañar a vuestros amigos a los medios de formación de las labores de san Rafael y de san Gabriel… En una palabra, Dios os llama a ser levadura en medio de la masa. Lo importante en vosotros, insisto, es la labor en medio de las circunstancias ordinarias y de los trabajos propios de cada una y de cada uno.

V. Sacerdotes de la Prelatura

20. De entre los numerarios y agregados surgen las vocaciones al sacerdocio en la Obra, esenciales como los laicos en la realidad teológica y jurídica de la Prelatura. Esta llamada no es una coronación de la vocación a la Obra, sino un nuevo modo de vivirla, con «más obligación que los demás de poner el corazón en el suelo como una alfombra, para que sus hermanos pisen blando»[31].

Junto a lo propio del ministerio sacerdotal en la Iglesia –que tiene su centro en la Eucaristía–, los sacerdotes de la Prelatura se dedican principalmente al servicio ministerial de los demás fieles y a la atención sacerdotal de sus actividades apostólicas. Concretamente, por la peculiar misión pastoral de la Prelatura, se ocupan sobre todo de la celebración de los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, de la predicación de la Palabra de Dios, de la dirección espiritual y de una extensa tarea de formación doctrinal.

El hecho de que los sacerdotes de la Prelatura vivan, como los demás, el espíritu de la Obra, implica un cierto estilo sacerdotal: en su ministerio reflejan necesariamente la secularidad; respetan y promueven con gran delicadeza la responsabilidad y la iniciativa de los fieles laicos; actúan de manera sobrenatural para acercar las personas a Dios; fomentan en los demás la libertad de espíritu, que es amar; actúan con iniciativa para tener un abundante trabajo sacerdotal. Naturalmente, en la medida de lo posible, también colaboran en actividades de las diócesis.

Al servicio de los demás

21. Al comienzo de una de sus cartas, especialmente dirigida a sus hijos sacerdotes, san Josemaría escribía: «Os habéis ordenado, hijos míos sacerdotes, para servir. Dejadme que comience con el recuerdo de que vuestra misión sacerdotal es una misión de servicio. Os conozco, y sé que esta palabra –servir– resume vuestros afanes, vuestra vida toda, y es vuestro orgullo y mi consuelo: porque esa buena y sincera voluntad que tenéis –como vuestros hermanos laicos y vuestras hermanas– de estar ocupados siempre en hacer el bien a los demás, me da derecho a decir que sois gaudium meum, et corona mea (Flp 4, 1); mi gozo y mi corona»[32].

A los sacerdotes, el espíritu de servicio os mueve a sentiros y a ser en la práctica uno más entre vuestros hermanos, conscientes de que en la Obra hay «una sola clase, aunque esté formada por clérigos y laicos»[33]. Al mismo tiempo, con vuestro ejemplo y vuestra palabra, procuráis ser como despertadores de los deseos de santidad en los demás e instrumentos de unidad en la Obra. Siendo siempre muy cercanos a todos, procurad mantener un tono humano adecuado, la gravedad sacerdotal en el modo de presentaros, en las conversaciones, etc.

Hijos míos, si san Josemaría decía a todos que «es de Cristo de quien hemos de hablar, y no de nosotros mismos»[34], los sacerdotes os esforzáis especialmente por no brillar, por no ser protagonistas, procurando que el protagonismo y el brillo de vuestra vida sean los de Jesucristo, y que brillen en todo caso vuestras hermanas y vuestros hermanos. Para esto, como sabéis bien y procuráis vivir, es especialmente necesaria vuestra unión con Dios, vuestra oración y sacrificio alegre, en unidad de vida.

VI. Sobre el celibato apostólico de los numerarios y agregados

22. La vocación a la Obra en los numerarios y agregados, y numerarias y agregadas, comporta el celibato apostólico, que es un don de Dios y respuesta a ese don por correspondencia de amor al Amor. «Tened siempre presente que es el Amor –el Amor de los amores– el motivo de nuestro celibato»[35]. Por esto, no hay que considerar el celibato solo ni principalmente como una opción funcional, es decir, como algo adecuado para dedicarnos más a la labor de la Obra o para poder ir de un sitio a otro. Es verdad que el celibato hace eso posible o lo facilita, pero su motivo fundamental es el de ser un particular don de identificación con la vida de Cristo. «El celibato debe ser un testimonio de fe: la fe en Dios se hace concreta en esa forma de vida, que solo puede tener sentido a partir de Dios. Fundar la vida en él, renunciando al matrimonio y a la familia, significa acoger y experimentar a Dios como realidad, para así poderlo llevar a los hombres»[36].

El celibato apostólico no nos separa de los demás; pero al comportar un compromiso de corazón indiviso para Dios ha de notarse en un tenor de vida entregada, análogo al de una persona casada, que no se comporta como si no tuviera ningún compromiso de fidelidad a su consorte.

La vocación, vivida con radicalidad, a veces choca con los estándares del mundo. También aquí podemos aplicar estas palabras más generales de san Josemaría: «“Y ¿en un ambiente paganizado o pagano, al chocar este ambiente con mi vida, no parecerá postiza mi naturalidad?”, me preguntas. –Y te contesto: Chocará sin duda, la vida tuya con la de ellos; y ese contraste, por confirmar con tus obras tu fe, es precisamente la naturalidad que te pido»[37].

Renovemos siempre de nuevo el convencimiento de que el don del celibato apostólico manifiesta una predilección divina, una llamada a una especial identificación con Jesucristo, que comporta también, incluso humanamente, pero sobre todo sobrenaturalmente, más capacidad para querer a todo el mundo. De ahí que el celibato, que prescinde de la paternidad y de la maternidad físicas, haga posible una maternidad o paternidad espirituales mucho más grandes. Pero, en cualquier caso, estará de hecho más identificado con Cristo quien ame más al Señor, ya sea célibe o casado, pues también el matrimonio es un «camino divino en la tierra»[38].

VII. La vocación a la Obra como supernumeraria y supernumerario

Es mucha gracia de Dios

23. La mayor parte de los fieles del Opus Dei la formáis los supernumerarios, que procuráis santificar todas las facetas de vuestra vida, y de modo especial la vida matrimonial y familiar, puesto que ordinariamente sois personas casadas. En 1947, san Josemaría escribía así a sus hijos de España, contestando a unas consideraciones que había recibido sobre los supernumerarios: «Leí las notas de los supernumerarios. (…) En la próxima semana te devolveré las cuartillas, con alguna indicación concreta: de todas formas, adelanto que no podremos perder de vista que no se trata de la inscripción de unos señores en determinada asociación (…) ¡Es mucha gracia de Dios ser supernumerario!»[39]. Es Dios quien da la gracia: mucha gracia, dice san Josemaría; y una gracia grande: la de la vocación a la Obra. Para los supernumerarios, esta vocación comporta una ayuda especial para recorrer el propio camino de santificación: el marcado por el bautismo y, en la mayor parte de los casos, por la recepción del sacramento del matrimonio y la formación de una familia.

La llamada presupone una elección y se dirige, como he escrito antes, a una misión: ser y hacer el Opus Dei en la Iglesia. En la Instrucción de San Gabriel, refiriéndose a las supernumerarias y a los supernumerarios, escribe san Josemaría: «Yo veo esta gran selección actuante (…). Todos, cada uno sabiéndose escogido por Dios, para lograr su santidad personal en medio del mundo, precisamente en el lugar que en el mundo ocupa, con una piedad sólida e ilustrada, de cara al cumplimiento gustoso –aunque cueste– del deber de cada momento»[40]. Por tanto, no veamos nunca la vocación como un conjunto de exigencias, de obligaciones –aunque las tenga, lógicamente– sino, antes que nada, como una elección de Dios, como un gran don de Dios.

El horizonte que da sentido a vuestra misión es ser «una levadura que divinice a los hombres y, al hacerlos divinos, los haga al mismo tiempo verdaderamente humanos»[41]. Como Aquila y Priscila, que acogieron a san Pablo en Corinto (cfr. Hch 18,2) y que fueron quienes anunciaron el Evangelio a Apolo y a muchos más (cfr. Hch 18,26; Rm 16,3; 1 Co 16,19); como tantos de aquellos primeros cristianos que tenían una vida tan normal como la de sus contemporáneos y que, al mismo tiempo, eran sal de la tierra y luz de un mundo que estaba en tinieblas.

«Entre los supernumerarios, hay toda la gama de las condiciones sociales, de profesiones y de oficios. Todas las circunstancias y las situaciones de la vida son santificadas por esos hijos míos –hombres y mujeres–, que dentro de su estado y de su situación en el mundo, se dedican a buscar la perfección cristiana con plenitud de vocación»[42]. Fijaos en cómo insiste nuestro Padre en la plenitud de vocación. Por lo que se refiere a la variedad, es claro que se sigue del hecho de que la Obra es un camino de santificación y apostolado en la vida ordinaria; una vida ordinaria que admite toda la variedad de lo humano y honesto.

Matrimonio y familia

24. La vocación en la Obra como supernumerario se desarrolla en primer lugar en el ámbito familiar. «Vuestro primer apostolado está en el hogar»[43]. San Josemaría tenía la ilusión de que los hogares de los supernumerarios y de las supernumerarias fueran «luminosos y alegres», «centros de irradiación del mensaje evangélico»[44]. Esta es la herencia que dejáis a la sociedad. Por eso, también os escribía: «La formación que os da el Opus Dei os lleva a valorar la belleza de la familia, la obra sobrenatural que significa la fundación de un hogar, la fuente de santificación que se esconde en los deberes conyugales»[45].

Además, estáis llamados a influir positivamente en otras familias. En particular, ayudando a que su vida familiar tenga un sentido cristiano y preparando a la juventud para el matrimonio, para que muchos jóvenes se ilusionen y estén en condiciones de formar otros hogares cristianos, de los que puedan surgir también las numerosas vocaciones al celibato apostólico que Dios quiera.

También los solteros y los viudos –y, naturalmente, los matrimonios sin hijos– podéis ver en la familia un primer apostolado, pues siempre tendréis, de un modo u otro, un ambiente familiar que cuidar.

Incidir cristianamente en el propio entorno

25. San Josemaría veía en vosotros una gran movilización de cristianos, que irradia en su trabajo y en su entorno social el amor de Cristo, principalmente a través de su apostolado de amistad y confidencia. Y que, al hacerlo, contribuye también a mejorar las estructuras propias de la sociedad, haciéndolas cada vez más humanas y acordes con la vida de hijos de Dios, tomando una parte activa en la solución de los problemas de nuestro tiempo. «Hacéis un apostolado fecundísimo, cuando os esforzáis por orientar con sentido cristiano las profesiones, las instituciones y las estructuras humanas, en las que trabajáis y os movéis»[46].

Es claro que la vocación y la consiguiente misión de las supernumerarias y de los supernumerarios no se limita a vivir unas prácticas de piedad, asistir a unos medios de formación y participar en alguna actividad apostólica, sino que abarca toda vuestra vida, porque todo en vuestra vida puede ser encuentro con Dios y apostolado. Hacer el Opus Dei es hacerlo en la propia vida y, por la comunión de los santos, colaborar a realizarlo en todo el mundo. O, como nos recordaba en frase gráfica nuestro fundador, hacer el Opus Dei siendo cada uno Opus Dei.

Sentir la Obra como propia os lleva a tener un vivo interés por formaros, para llevar a Cristo a los demás y dar razón de vuestra fe. De hecho, «la formación que os da el Opus Dei es flexible: se adapta, como el guante a la mano, a vuestra situación personal y social. (…) Siendo en nosotros único el espíritu y únicos los medios ascéticos, se pueden y se deben hacer realidad en cada caso sin rigideces»[47].

La flexibilidad que evita las rigideces no significa que ser supernumerario comporte una menor exigencia de heroísmo o de radicalidad en el seguimiento de Jesucristo. Por eso, conviene que no nos fijemos tanto en la diversidad de circunstancias como en la esencia misma de lo que en esas circunstancias es llamada de Dios, misión dada por Dios. En cualquier situación, de lo que se trata es de estar con Jesucristo, de amar a Jesucristo, de trabajar con Jesucristo y de llevarlo a todas partes.

Cuando san Josemaría escribía que «los supernumerarios se dedican parcialmente al servicio de la Obra»[48], se refería a la disponibilidad material para las labores apostólicas concretas, y no a una parcialidad al hacer la Obra, ya que esta tarea, insisto de nuevo, se realiza con toda la vida. Por eso escribe también nuestro Padre, al hablar sobre la misión apostólica de las supernumerarias y supernumerarios: «No es este un apostolado ejercido de manera esporádica o eventual, sino habitualmente y por vocación, tomándolo como el ideal de toda la vida»[49].

Dios cuenta con que, espontáneamente y con iniciativa, os abráis en abanico y llevéis a todo tipo de personas la alegría del Evangelio. «En vuestra acción apostólica habéis de tener iniciativa, dentro del margen amplísimo que señala nuestro espíritu, para encontrar –en cada lugar, en cada ambiente y en cada tiempo– las actividades que mejor se acomoden a las circunstancias»[50].

Esta es la gran misión de mis hijas e hijos supernumerarios, que no tiene límites: «No deberá haber ningún pueblo, donde no irradie nuestro espíritu algún supernumerario»[51].

VIII. La vocación a la Obra como agregado y supernumerario de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz

26. «Vosotros sois tan del Opus Dei como yo», decía san Josemaría a los sacerdotes y diáconos, agregados y supernumerarios, de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que no están incardinados en la Prelatura.

Naturalmente, la llamada a la santidad en medio del mundo incluye también a los sacerdotes seculares incardinados en las diócesis. La vocación a la Obra es la misma: la llamada divina a buscar la santidad y ejercer el apostolado en las circunstancias y en el cumplimiento de los deberes propios de cada uno, con el mismo espíritu y los mismos medios ascéticos, y formando parte de la familia del Opus Dei.

La expresión jurídica de la pertenencia a la Obra es ciertamente diversa en los fieles de la Prelatura y en los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz no incardinados en la Prelatura. Sin embargo, la diversidad de vínculo jurídico (respectivamente, de jurisdicción o asociativo) no quita nada a la identidad de la llamada a tender a la santidad con el mismo espíritu y medios específicos del Opus Dei.

Esta diferencia jurídica permite que la llamada a la Obra no os saque de vuestro sitio, pues permanecéis incardinados en vuestras respectivas diócesis sin que cambie lo más mínimo la relación con vuestro Obispo y los restantes sacerdotes. Vuestra vocación refuerza y facilita, con los medios oportunos, el cumplimiento fiel y generoso de los compromisos sacerdotales y las tareas ministeriales, haciéndoos más amable vuestro camino de santidad. Además, os corresponde especialmente la promoción de las vocaciones sacerdotales, y estáis llamados a ser fermento de unidad con los Obispos y de fraternidad dentro del presbiterio de vuestra diócesis.

¡Cómo os animaba en este sentido nuestro Padre! «Procurad acompañaros, también humanamente. Tened un corazón de carne, que de carne es el corazón con el que amamos a Jesús y al Padre y al Espíritu Santo. Si veis apurado a alguno de vuestros hermanos, ¡id, id a él, no esperéis a que os llame!»[52].

Da alegría considerar que la santificación del trabajo –quicio de la vida espiritual– para los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz significa fundamentalmente santificar la actividad sacerdotal. En sus aspectos principales es ya objetivamente una actividad sagrada; pero, a la vez, como todo trabajo, es lugar y medio de santificación personal y de apostolado.

 


27. Nos vamos acercando al centenario de aquel 2 de octubre de 1928, en que Dios hizo ver la Obra a san Josemaría. Desde entonces, en el mundo y en la Iglesia –y, por tanto, también en la Obra– ha habido y sigue habiendo tantas alegrías y tantas penas.

El 27 de marzo de 1975, haciendo oración mientras predicaba, nuestro Padre rememoraba la relativamente breve historia del Opus Dei: «Un panorama inmenso: tantos dolores, tantas alegrías. Y ahora, todo alegrías, todo alegrías… Porque tenemos la experiencia de que el dolor es el martilleo del artista que quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un crucifijo, un Cristo, el alter Christus que hemos de ser. Señor, gracias por todo. ¡Muchas gracias!»[53].

La belleza de la vocación cristiana, tal como el Señor la ha concretado en la Obra para cada una y cada uno, nos ha de llenar de alegría: por un lado, de una sana alegría humana ante tantas personas y cosas buenas; por otro, muy especialmente de esa alegría sobrenatural que, como aseguraba nuestro Padre, tiene «raíces en forma de Cruz». Nos llena de gozo saber –considerémoslo de nuevo– que «la Santa Cruz nos hará perdurables, siempre con el mismo espíritu del Evangelio, que traerá el apostolado de acción como fruto sabroso de la oración y del sacrificio»[54].

Pedimos a la Virgen Santísima que nos bendiga y nos recuerde maternalmente que todos tenemos la Obra en nuestras manos. Así, secundando el querer de Dios y correspondiendo a su gracia, la historia que comenzó el 2 de octubre de 1928 continuará, a pesar de nuestra debilidad y de nuestros errores, hasta el fin de los tiempos: seguiremos trabajando con alegría, buscando poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, para gloria de Dios.

Con todo cariño os bendice

vuestro Padre

Roma, 28 de octubre de 2020


[1] Carta 9-I-1932, n. 9.

[2] Carta 12-XII-1952, n. 35.

[3] Carta 31-V-1954, n. 17.

[4] Carta 19-III-1967, n. 93.

[5] Amigos de Dios, n. 146.

[6] Cfr. Santo Tomás de Aquino, Comentario a la epístola a los Romanos, cap. 8, lec. 3.

[7] Francisco, Enc. Fratelli tutti, n. 277.

[8] Conc. Vaticano II, Const. Lumen gentium, n. 3.

[9] Forja, n. 69.

[10] Ibid., n. 835.

[11] Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium, n. 121.

[12] Conversaciones, n. 19.

[13] Carta 31-V-1954, n. 34.

[14] Es Cristo que pasa, n. 74.

[15] Forja, n. 156.

[16] Carta 24-XII-1951, n. 137.

[17] Carta 25-I-1961, n. 11.

[18] Beato Álvaro del Portillo, nota 135 a la Instrucción sobre la obra de San Miguel.

[19] Cfr. Mensaje, 20-VII-2020.

[20] Carta 29-IX-1957, n. 8.

[21] Ibid., n. 76.

[22] Javier Echevarría, Carta pastoral, 28-XI-1995, n. 16.

[23] Instrucción para la obra de San Gabriel, n. 113.

[24] Instrucción sobre el espíritu sobrenatural de la Obra, n. 28.

[25] Meditación, 28-IV-1963.

[26] San Juan Pablo II, Carta ap. Mulieris dignitatem, n. 30.

[27] Conversaciones, n. 88.

[28] Carta 29-VII-1965, n. 11.

[29] Tertulia, 15-IX-1962.

[30] Carta 29-IX-1957, n. 13.

[31] Carta 8-VIII-1956, n. 7.

[32] Ibid., n. 1.

[33] Ibid., n. 5.

[34] Es Cristo que pasa, n. 163.

[35] Instrucción para la obra de San Miguel, n. 84.

[36] Benedicto XVI, Discurso, 22-XII-2006.

[37] Camino, n. 380.

[38] Conversaciones, n. 92.

[39] Carta al Consejo General del Opus Dei, 18-XII-1947.

[40] Instrucción para la obra de San Gabriel, n. 9.

[41] Carta 9-I-1959, n. 7.

[42] Ibid., n. 10.

[43] Ibid., n. 53.

[44] Es Cristo que pasa, n. 30.

[45] Carta 9-I-1959, n. 53.

[46] Ibid., n. 17.

[47] Ibid., n. 33.

[48] Instrucción para la obra de San Gabriel, n. 23.

[49] Ibid., n. 15.

[50] Carta 24-X-1942, n. 46.

[51] Carta 9-I-1959, n. 13.

[52] Notas de una reunión familiar con sacerdotes, 26-X-1972, en Archivo general de la Prelatura, sección P04 1972, II, p. 767.

[53] Palabras tomadas de su predicación, en Archivo general de la Prelatura, sección P01 1975, p. 809.

[54] Instrucción sobre el espíritu sobrenatural de la Obra, n. 28.


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(Pro manuscrito)

Trabajar por amor

¿Para qué trabajamos? ¿sólo para subsistir? ¿para llevar adelante una vida sin problemas? La ocupación profesional tiene una relación directa con la felicidad, cuando nace y se ordena al amor, como se explica en este editorial.

TRABAJO07/10/2013

Foto: Rudijamikko

El hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor [1] . Al leer estas palabras de san Josemaría, es posible que dentro de nuestras almas surjan algunas preguntas que den paso a un diálogo sincero con Dios: ¿para qué trabajo?, ¿cómo es mi trabajo?, ¿qué pretendo o qué busco con mi labor profesional? Es la hora de recordar que el fin de nuestra vida no es hacer cosas sino amar a Dios. La santidad no consiste en hacer cosas cada día más difíciles, sino en hacerlas cada día con más amor [2] .

Mucha gente trabaja —y trabaja mucho—, pero no santifica su trabajo. Hacen cosas, construyen objetos, buscan resultados, por sentido del deber, por ganar dinero, o por ambición; unas veces triunfan y otras fracasan; se alegran o se entristecen; sienten interés y pasión por su tarea, o bien, decepción y hastío; tienen satisfacciones junto con inquietudes, temores y preocupaciones; unos se dejan llevar por la inclinación a la actividad, otros por la pereza; unos se cansan, otros procuran evitar a toda costa el cansancio...

Todo esto tiene un punto en común: pertenece a un mismo plano, el plano de la naturaleza humana herida por las consecuencias del pecado, con sus conflictos y contrastes, como un laberinto en el que el hombre que vive según la carne , en palabras de san Pablo — el animalis homo —, deambula, atrapado en un ir de aquí para allá, sin encontrar el camino de la libertad y su sentido.

Ese camino y ese sentido sólo se descubren cuando se levanta la mirada y se contempla la vida y el trabajo en esta tierra con la luz de Dios que ve desde de lo alto. La gente —escribe san Josemaría en Camino — tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos dimensiones. —Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen [3] .

EL TRABAJO NACE DEL AMOR

¿Qué significa entonces, para un cristiano, que el trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor? [4] . Primero conviene considerar a qué amor se refiere san Josemaría. Hay un amor llamado de concupiscencia , cuando se ama algo para satisfacer el propio gusto sensible o el deseo de placer ( concupiscentia ). No es éste el amor del que nace, en último término, el trabajo de un hijo de Dios, aunque muchas veces trabaje con gusto y le apasione su tarea profesional.

Un cristiano no ha de trabajar solo o principalmente cuando tenga ganas, o le vayan las cosas bien. El trabajo de un cristiano nace de otro amor más alto: el amor de benevolencia , cuando directamente se quiere el bien de otra persona ( benevolentia ), no ya el propio interés. Si el amor de benevolencia es mutuo se llama amor de amistad [5] , mayor cuanto se está dispuesto no sólo a dar algo por el bien de un amigo, sino a entregarse uno mismo: Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos [6] .

Los cristianos podemos amar a Dios con amor de amistad sobrenatural, porque Él nos ha hecho hijos suyos y quiere que le tratemos con confianza filial, y veamos en los demás hijos suyos a hermanos nuestros. A este amor se refiere el Fundador del Opus Dei cuando escribe que el trabajo nace del amor : es el amor de los hijos de Dios, el amor sobrenatural a Dios y a los demás por Dios: la caridad que ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado [7] .

Querer el bien de una persona no lleva a complacer siempre su voluntad. Puede ocurrir que lo que quiere no sea un bien, como sucede muy a menudo a las madres, que no dan a sus hijos todo lo que piden, si les puede hacer daño. En cambio, amar a Dios es siempre querer su Voluntad, porque la Voluntad de Dios es el bien.

Por eso, para un cristiano, el trabajo nace del amor a Dios, ya que el amor filial nos lleva a querer cumplir su Voluntad, y la Voluntad divina es que trabajemos [8] . Decía san Josemaría que por amor a Dios quería trabajar como un borrico de noria [9] . Y Dios ha bendecido su generosidad derramando copiosamente su gracia que ha dado innumerables frutos de santidad en todo el mundo.

Vale la pena, por tanto, que nos preguntemos con frecuencia por qué trabajamos. ¿Por amor a Dios o por amor propio? Puede parecer que existen otras posibilidades, por ejemplo, que se puede trabajar por necesidad. Esto indica no ir al fondo en el examen, porque la necesidad no es la respuesta última.

También hay que alimentarse por necesidad, para vivir, pero ¿para qué queremos vivir, para la gloria de Dios , como exhorta san Pablo [10] , o para la propia gloria? Pues para eso mismo nos alimentamos y trabajamos. Es la pregunta radical, la que llega al fundamento. No hay más alternativas. Quien se examina sinceramente, pidiendo luces a Dios, descubre con claridad dónde tiene puesto en último término su corazón al realizar las tareas profesionales. Y el Señor le concederá también su gracia para decidirse a purificarlo y dar todo el fruto de amor que Él espera de los talentos que le ha confiado.

EL TRABAJO MANIFIESTA EL AMOR

El trabajo de un cristiano manifiesta el amor, no sólo porque el amor a Dios lleva a trabajar, como hemos considerado, sino porque lleva a trabajar bien, pues así lo quiere Dios. El trabajo humano es, en efecto, participación de su obra creadora [11] , y Él —que ha creado todo por Amor— ha querido que sus obras fueran perfectas: Dei perfecta sunt opera [12] , y que nosotros imitemos su modo de obrar.

 

Foto: IanBCNorth

 

Modelo perfecto del trabajo humano es el trabajo de Cristo, de quien dice el Evangelio que todo lo hizo bien [13] . Estas palabras de alabanza, que brotaban espontáneas al contemplar sus milagros, obrados en virtud de su divinidad, pueden aplicarse también —así lo hace san Josemaría— al trabajo en el taller de Nazaret, realizado en virtud de su humanidad. Era un trabajo cumplido por Amor al Padre y a nosotros. Un trabajo que manifestaba ese Amor por la perfección con que estaba hecho. No sólo perfección técnica sino fundamentalmente perfección humana: perfección de todas las virtudes que el amor logra poner en ejercicio dándoles un tono inconfundible: el tono de la felicidad de un corazón lleno de Amor que arde con el deseo de entregar la vida.

La tarea profesional de un cristiano manifiesta el amor a Dios cuando está bien hecha. No significa que el resultado salga bien, sino que se ha intentado hacer del mejor modo posible, poniendo los medios disponibles en las circunstancias concretas.

Entre el trabajo de una persona que obra por amor propio, y el de esa misma persona, si comienza a trabajar por amor a Dios y a los demás por Dios, hay tanta diferencia como entre el sacrificio de Caín y el de Abel. Éste último trabajó para ofrecer lo mejor a Dios, y su ofrenda fue agradable al Cielo. De nosotros espera otro tanto el Señor.

 

Para un católico, trabajar no es cumplir, ¡es amar!: excederse gustosamente, y siempre, en el deber y en el sacrificio [14] Realizad pues vuestro trabajo sabiendo que Dios lo contempla: laborem manuum mearum respexit Deus Gn 31, 42). Ha de ser la nuestra, por tanto, tarea santa y digna de Él: no sólo acabada hasta el detalle, sino llevada a cabo con rectitud moral, con hombría de bien, con nobleza, con lealtad, con justicia [15] Entonces, el trabajo profesional no solo es recto y santo sino que se convierte en oración [16] .

Al trabajar por amor a Dios, la actividad profesional manifiesta de un modo u otro ese amor. Es muy probable que una simple mirada a varias personas que estén realizando la misma actividad, no sea suficiente para captar el motivo por el que la realizan. Pero si se pudiera observar con más detalle y atención el conjunto de la conducta en el trabajo —no sólo los aspectos técnicos, sino también las relaciones humanas con los demás colegas, el espíritu de servicio, el modo de vivir la lealtad, la alegría y las demás virtudes—, sería difícil que pasara inadvertido, si efectivamente existe en alguno de ellos, el bonus odor Christi [17] el aroma del amor de Cristo que informa su trabajo.

Al final de los tiempos —enseña Jesús— dos estarán en el campo: uno será tomado y el otro dejado. Dos mujeres estarán moliendo en el molino: una será tomada y la otra dejada [18] . Realizaban el mismo trabajo, pero no del mismo modo: uno era agradable a Dios y el otro no.

 

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Sin embargo, muchas veces el entorno materialista nos puede hacer olvidar que estamos llamados a la vida eterna y pensamos únicamente en los bienes inmediatos. Por este motivo afirma san Josemaría: trabajad cara a Dios, sin ambicionar gloria humana. Algunos ven en el trabajo un medio para conquistar honores, o para adquirir poder o riqueza que satisfaga su ambición personal, o para sentir el orgullo de la propia capacidad de obrar [19] .

En un clima así, ¿cómo no se va a notar que se trabaja por amor a Dios? ¿Cómo va a pasar inadvertida la justicia informada por la caridad, y no simplemente la justicia dura y seca; o la honradez ante Dios, no ya la honradez interesada, ante los hombres; o la ayuda, el favor, el servicio a los demás, por amor a Dios, no por cálculo...?

Si el trabajo no manifiesta el amor a Dios, quizá es que se está apagando el fuego del amor. Si no se nota el calor, si después de un cierto tiempo de trato diario con los colegas de profesión, no saben si tienen a su lado un cristiano cabal o solo un hombre decente y cumplidor, entonces quizá es que la sal se ha vuelto insípida [20] . El amor a Dios no necesita etiquetas para darse a conocer. Es contagioso, es difusivo de por sí como el mayor de los bienes. ¿Manifiesta mi trabajo el amor a Dios? ¡Cuánta oración puede manar de esta pregunta!

EL TRABAJO SE ORDENA AL AMOR

Un trabajo realizado por amor y con amor, es un trabajo que se ordena al amor: al crecimiento del amor en quien lo realiza, al crecimiento de la caridad, esencia de la santidad, esencia de la perfección humana y sobrenatural de un hijo de Dios. Un trabajo, por tanto, que nos santifica.

 

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Santificarse en el trabajo no es otra cosa que dejarse santificar por el Espíritu Santo, Amor subsistente intratrinitario que habita en nuestra alma en gracia, y nos infunde la caridad. Es cooperar con Él poniendo en práctica el amor que derrama en nuestros corazones al ejercer la tarea profesional. Porque si somos dóciles a su acción, si obramos por amor en el trabajo, el Paráclito nos santifica: acrecienta la caridad, la capacidad de amar y de tener una vida contemplativa cada vez más honda y continua.

Que el trabajo se ordena al amor, y por tanto a nuestra santificación, significa igualmente que nos perfecciona: que se ordena a nuestra identificación con Cristo, perfectus Deus, perfectus homo [21] ,perfecto Dios y perfecto hombre. Trabajar por amor a Dios y a los demás por Dios reclama poner en ejercicio las virtudes cristianas. Ante todo la fe y la esperanza, a las que la caridad presupone y vivifica. Y después las virtudes humanas, a través de las cuales obra y se despliega la caridad. La tarea profesional ha de ser una palestra donde se ejercitan las más variadas virtudes humanas y sobrenaturales: la laboriosidad, el orden, el aprovechamiento del tiempo, la fortaleza para rematar la faena, el cuidado de las cosas pequeñas...; y tantos detalles de atención a los demás, que son manifestaciones de una caridad sincera y delicada [22] . La práctica de las virtudes humanas es imprescindible para ser contemplativos en medio del mundo, y concretamente para transformar el trabajo profesional en oración y ofrenda agradable a Dios, medio y ocasión de vida contemplativa.

Contemplo porque trabajo; y trabajo porque contemplo [23] , comentaba san Josemaría en una ocasión. El amor y el conocimiento de Dios —la contemplación— le llevaban a trabajar, y por eso afirma: trabajo porque contemplo . Y ese trabajo se convertía en medio de santificación y de contemplación: contemplo porque trabajo .

Es como un movimiento circular —de la contemplación al trabajo, y del trabajo a la contemplación— que se va estrechando cada vez más en torno a su centro, Cristo, que nos atrae hacia sí atrayendo con nosotros todas las cosas, para que por Él, con Él y en Él sea dado todo honor y toda gloria a Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo [24] .

La realidad de que el trabajo de un hijo de Dios se ordena al amor y por eso le santifica, es el motivo profundo de que no se pueda hablar, bajo la perspectiva de la santidad —que en definitiva es la que cuenta—, de profesiones de mayor o de menor categoría.

La dignidad del trabajo está fundada en el Amor [25] Todos los trabajos pueden tener la misma calidad sobrenatural: no hay tareas grandes o pequeñas; todas son grandes, si se hacen por amor. Las que se tienen como tareas grandes se empequeñecen, cuando se pierde el sentido cristiano de la vida [26] .

Si falta la caridad, el trabajo pierde su valor ante Dios, por brillante que resulte ante los hombres. Aunque conociera todos los misterios y toda la ciencia,... si no tengo caridad, nada soy [27] , escribe san Pablo. Lo que importa es el empeño para hacer a lo divino las cosas humanas, grandes o pequeñas, porque por el Amor todas adquieren una nueva dimensión [28] .

J. López

[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 48.

[2] San Josemaría, Apuntes de la predicación (AGP, P10, n. 25), cit. por Ernst Burkhart y Javier López, Vida Cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría , Rialp, Madrid 2013, vol. II, p. 295.

[3] San Josemaría, Camino , n. 279.

[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 48.

[5] Cfr. Santo Tomás , S.Th II-II, q. 23, a. 1, c.

[6] Jn 15, 13.

[7] Rm 5, 5.

[8] Cfr. Gn 2, 15; 3, 23; Mc 6, 3; 2 Ts 3, 6-12.

[9] Cfr. San Josemaría, Camino, n. 998.

[10] Cfr. 1 Cor 10, 31.

[11] Juan Pablo II, Litt. Enc. Laborem exercens , 14-IX-1981, n. 25; Catecismo de la Iglesia Católica , n. 2460.

[12] Dt 32, 4 (Vg). Cfr. Gn 1, 10, 12, 18, 21, 25, 31. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica , n. 302.

[13] Mc 7, 37.

[14] San Josemaría, Surco , n. 527.

[15] San Josemaría, Carta 15-X-1948, n. 26, cit. por Ernst Burkhart y Javier López, Vida Cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría , Rialp, Madrid 2013, vol. III, p. 183.

[16] Cfr. San Josemaría, A migos de Dios , n. 65.

[17] 2 Cor 2, 15.

[18] Mt 24, 40-41.

[19] San Josemaría, Carta 15-X-1948, n. 18, cit. por Ernst Burkhart y Javier López, Vida Cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría , Rialp, Madrid 2013, vol. III, pp. 193-194.

[20] Cfr. Mt 5, 13.

[21] Símbolo atanasiano.

[22] Mons. Javier Echevarría, Carta pastoral, 4-VII-2002, n. 13.

[23] San Josemaría, Apuntes de la predicación, 2-XI-1964 (AGP, P01 IX-1967, p. 11), cit. por Ernst Burkhart y Javier López, Vida Cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría , Rialp, Madrid 2013, vol. III, p 197.

[24] Misal Romano , conclusión de la Plegaria Eucarística.

[25] San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 48.

[26] San Josemaría, Conversaciones , n. 109.

[27] 1 Cor 13, 2.

[28] San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 60.

 

Un motivo sobrenatural

¿Qué es "Santificar el trabajo"? En este artículo se explica que es darle un motivo, un porqué: un amor a Dios y a los demás por Dios que influye radicalmente en la misma actividad, impulsando a realizarla bien, con competencia y perfección.

TRABAJO02/06/2009

Decía San Josemaría que el espíritu del Opus Dei recoge la realidad hermosísima de que cualquier tarea digna y noble en lo humano, puede convertirse en un quehacer divino.

La vida de muchas personas ha experimentado un giro al conocer esta doctrina, y a veces solamente al oír hablar de santificación del trabajo. Hombres y mujeres que trabajaban con horizontes sólo terrenos, de dos dimensiones, y se entusiasman al saber que su trabajo profesional puede adquirir una dimensión trascendente, relieve de vida eterna. ¿Cómo no pensar en el gozo de aquel personaje del Evangelio que al encontrar un tesoro escondido en un campo, fue y vendió todo lo que tenía para comprar aquel campo?[1]

El Espíritu Santo hizo descubrir a San Josemaría este tesoro en la doctrina del Evangelio, especialmente en los largos años de la vida de Jesús en Nazaret, años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol[2], porque esos años ocultos del Señor no son algo sin significado, ni tampoco una simple preparación de los años que vendrían después: los de su vida pública. Desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres[3].

Gracias a la luz de Dios, el Fundador del Opus Dei enseñó constantemente que el trabajo profesional es realidad santificable y santificadora. Verdad sencilla y grandiosa que el Magisterio de la Iglesia ha enseñado sobre todo a partir del Concilio Vaticano II[4], y recogido después en el Catecismo, señalando que «el trabajo puede ser un medio de santificación y de animación de las realidades terrenas en el Espíritu de Cristo»[5].

«Con sobrenatural intuición» –ha afirmado Juan Pablo II–, «el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo»[6].

Nuestro Fundador ha sido instrumento querido por Dios para difundir esta doctrina abriendo perspectivas inmensas a la santidad personal de multitud de cristianos y para la santificación de la sociedad humana desde dentro, es decir, desde el entramado mismo de las relaciones profesionales que la configuran.

 

​'El trabajo acompaña inevitablemente la vida del hombre sobre la tierra'.

 

Esta semilla dará los frutos que el Señor espera si nosotros ponemos el empeño necesario para meditarla en la presencia de Dios y ponerla en práctica con su ayuda, porque la santificación del trabajo no es sólo una idea que basta explicar para que se aprenda; es un ideal que se busca y se conquista por amor a Dios, conducidos por su gracia.

SENTIDO DEL TRABAJO

Desde el comienzo de la Sagrada Escritura, en el libro del Génesis, se nos revela el sentido del trabajo. Dios, que hizo buenas todas las cosas, «quiso libremente crear un mundo "en estado de vía" hacia su perfección última»[7], y creó al hombre ut operaretur[8], para que con su trabajo «prolongase en cierto modo la obra creadora y alcanzase su propia perfección»[9].

Como consecuencia del pecado, el trabajo está acompañado de fatiga y muchas veces de dolor[10]. Pero al asumir nuestra naturaleza para salvarnos, Jesucristo Nuestro Señor ha transformado la fatiga y el dolor en medios para manifestar el amor y la obediencia a la Voluntad divina y reparar la desobediencia del pecado. Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius (Mt 13, 55), el hijo del carpintero. (...) Era el faber, filius Mariae (Mc 6, 3), el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas (Jn 12, 32)[11].

Junto a esta realidad del trabajo de Jesucristo, que nos muestra la plenitud de su sentido, hemos de considerar que por gracia sobrenatural hemos sido hechos hijos de Dios formando una sola cosa con Jesucristo, un solo cuerpo. Su Vida sobrenatural es vida nuestra, y nos ha hecho partícipes de su sacerdocio para que seamos corredentores con Él.

Esta profunda unión del cristiano con Cristo ilumina el sentido de todas nuestras actividades y, en particular, del trabajo. En las enseñanzas de San Josemaría, el fundamento de la santificación del trabajo, es el sentido de la filiación divina, la conciencia de que Cristo quiere encarnarse en nuestro quehacer[12].

Toda esta visión cristiana del sentido trabajo, se compendia en las siguientes palabras: El trabajo acompaña inevitablemente la vida del hombre sobre la tierra. Con él aparecen el esfuerzo, la fatiga, el cansancio: manifestaciones del dolor y de la lucha que forman parte de nuestra existencia humana actual, y que son signos de la realidad del pecado y de la necesidad de la redención. Pero el trabajo en sí mismo no es una pena, ni una maldición o un castigo: quienes hablan así no han leído bien la Escritura Santa. (...) El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su domino sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad. Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios (...). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora[13].

SANTIFICAR LA ACTIVIDAD DE TRABAJAR

 

​'El trabajo se santifica de hecho cuando se realiza por amor a Dios'.

 

Una expresión de San Josemaría, que salía con frecuencia de sus labios y de su pluma, nos adentra en el espléndido panorama de la santidad y del apostolado en el ejercicio de un trabajo profesional: para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo[14].

Son tres aspectos de una misma realidad, inseparables y ordenados entre sí. Lo primero es santificar –hacer santo– el trabajo, la actividad de trabajar[15]. Santificar el trabajo es hacer santa esa actividad, hacer santo el acto de la persona que trabaja.

De esto dependen los otros dos aspectos, porque el trabajo santificado es también santificador: nos santifica a nosotros mismos, y es medio para la santificación de los demás y para empapar la sociedad con el espíritu cristiano. Conviene, por tanto, que nos detengamos a considerar el primer punto: qué significa hacer santo el trabajo profesional.

Un acto nuestro es santo cuando es un acto de amor a Dios y a los demás por Dios: un acto de amor sobrenatural –de caridad–, lo cual presupone, en esta tierra, la fe y la esperanza. Un acto así es santo porque la caridad es participación de la infinita Caridad, que es el Espíritu Santo[16], el Amor subsistente del Padre y del Hijo, de modo que un acto de caridad es un tomar parte en la Vida sobrenatural de la Santísima Trinidad: un tomar parte en la santidad de Dios.

En el caso del trabajo profesional, hay que tener en cuenta que la actividad de trabajar tiene por objeto las realidades de este mundo –cultivar un campo, investigar una ciencia, proporcionar servicios, etc.– y que, para ser humanamente buena y santificable, ha de ser ejercicio de las virtudes humanas. Pero esto no basta para que sea santa.

 

​'Es imprescindible buscar de un modo u otro la presencia de Dios'.

 

El trabajo se santifica de hecho cuando se realiza por amor a Dios, para darle gloria –y, en consecuencia, como Dios quiere, cumpliendo su Voluntad: practicando las virtudes cristianas informadas por la caridad–, para ofrecerlo a Dios en unión con Cristo, ya que «por Él, con Él y en Él, a Ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria»[17].

Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás santificado el trabajo[18]. Con estas breves palabras el fundador del Opus Dei muestra la clave de la santificación del trabajo. La actividad humana de trabajar se santifica cuando se lleva a cabo por un motivo sobrenatural.

Lo decisivo no es, por tanto, que salga bien, sino que trabajemos por amor a Dios, ya que esto es lo que busca en nosotros: Dios mira el corazón[19]. Lo decisivo es el motivo sobrenatural, la finalidad última, la rectitud de intención de la voluntad, el realizar el trabajo por amor a Dios y para servir a los demás por Dios. Se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios, operatio Dei, opus Dei.[20].

CUALIDADES DEL MOTIVO SOBRENATURAL

El motivo sobrenatural es sincero si influye eficaz y radicalmente en el modo de trabajar, llevando a cumplir nuestra tarea con perfección, como Dios quiere, dentro de las limitaciones personales con las que Él cuenta.

El motivo sobrenatural que hace santo el trabajo, no es algo que simplemente se yuxtapone a la actividad profesional, sino que es un amor a Dios y a los demás por Dios que influye radicalmente en la misma actividad, impulsando a realizarla bien, con competencia y perfección, porque no podemos ofrecer al Señor algo que, dentro de las pobres limitaciones humanas, no sea perfecto, sin tacha, efectuado atentamente también en los mínimos detalles: Dios no acepta las chapuzas. No presentaréis nada defectuoso, nos amonesta la Escritura Santa, pues no sería digno de El (Lv 22, 20). Por eso, el trabajo de cada uno, esa labor que ocupa nuestras jornadas y energías, ha de ser una ofrenda digna para el Creador, operatio Dei, trabajo de Dios y para Dios: en una palabra, un quehacer cumplido, impecable[21].

Una "buena intención" que no impulsara a trabajar bien, no sería una intención buena, no sería amor a Dios. Sería una intención ineficaz y hueca, un débil deseo, que no alcanza a superar el obstáculo de la pereza o de la comodidad. El verdadero amor se plasma en el trabajo.

Poner un motivo sobrenatural no es tampoco añadir algo santo a la actividad de trabajar. Para santificar el trabajo no es suficiente rezar mientras se trabaja, aunque –cuando es posible hacerlo– es una señal de que se trabaja por amor a Dios, y un medio para crecer en ese amor.

Más aún, para santificar el trabajo poniendo un motivo sobrenatural, es imprescindible buscar de un modo u otro la presencia de Dios, y muchas veces esto se concreta en actos de amor, en oraciones y en jaculatorias, a veces con ocasión de una pausa o de otras circunstancias que ofrece el ritmo del trabajo. Para esto son de gran ayuda las industrias humanas.

 

​'

El amor a Dios hace grandes las cosas pequeñas'.

 

Pero vale la pena insistir en que no hay que quedarse ahí, porque santificar el trabajo no consiste esencialmente en realizar algo santo mientras se trabaja, sino en hacer santo el mismo trabajo poniendo el motivo sobrenatural que configura esa actividad y la empapa tan profundamente que la convierte en un acto de fe, esperanza y caridad, transformando el trabajo en oración.

Otra consecuencia importante de que la raíz de la santificación del trabajo se encuentra en el motivo sobrenatural, es que todo trabajo profesional es santificable, desde el más brillante ante los ojos humanos hasta el más humilde, pues la santificación no depende del tipo de trabajo sino del amor a Dios con que se realiza. Basta pensar en los trabajos de Jesús, María y José en Nazaret: tareas corrientes, ordinarias, semejantes a las de millones de personas, pero realizadas con el amor más grande.

«La dignidad del trabajo depende no tanto de lo que se hace, cuanto de quien lo ejecuta, el hombre, que es un ser espiritual, inteligente y libre»[22]. La mayor o menor categoría del trabajo depende de su bondad en cuanto acción espiritual y libre, es decir, del amor electivo del fin, que es acto propio de la libertad.

 

Conviene no olvidar que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara. Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor[23].

El amor a Dios hace grandes las cosas pequeñas: los detalles de orden, de puntualidad, de servicio o de amabilidad, que contribuyen a la perfección del trabajo. Hacedlo todo por Amor. –Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. –La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo[24].

Quien comprende que el valor santificador del trabajo depende esencialmente del amor a Dios con que se lleva a cabo, y no de su relieve social y humano, aprecia en mucho las cosas pequeñas, especialmente las que pasan inadvertidas a los ojos de los demás, porque sólo las ve Dios.

Por el contrario, trabajar por motivos egoístas, como el afán de autoafirmación, de lucirse o de realizar por encima de todo los propios proyectos y gustos, o la ambición de prestigio por vanidad, o de poder o de dinero como meta suprema, impide radicalmente santificar el trabajo, porque equivale a ofrecerlo al ídolo del amor propio.

Estos motivos se presentan pocas veces en estado puro, pero pueden convivir con intenciones nobles e incluso sobrenaturales, permaneciendo latentes –quizá durante largo tiempo– como los posos de cieno en el fondo de un agua limpia. Sería una imprudencia ignorarlos, porque en cualquier momento –quizá con ocasión de una dificultad, una humillación o un fracaso profesional– pueden revolverse y enturbiar toda la conducta. Es preciso detectar esos motivos egoístas, reconocerlos sinceramente y combatirlos purificando la intención con oración, sacrificio, humildad, servicio generoso a los demás, cuidado de las cosas pequeñas...

Volvamos la mirada una y otra vez al trabajo de Jesús en los años de su vida oculta, para aprender a santificar nuestra tarea. Señor, concédenos tu gracia. Ábrenos la puerta del taller de Nazaret, con el fin de que aprendamos a contemplarte a Ti, con tu Madre Santa María, y con el Santo Patriarca José –a quien tanto quiero y venero–, dedicados los tres a una vida de trabajo santo. Se removerán nuestros pobres corazones, te buscaremos y te encontraremos en la labor cotidiana, que Tú deseas que convirtamos en obra de Dios, obra de Amor[25].

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[1] Cfr. Mt 13, 44.

[2] Es Cristo que pasa, n. 14.

[3] Ibidem, n. 20.

[4] Cfr. Const. dogm. Lumen gentium, nn. 31-36; Const. past. Gaudium et spes, nn. 33-39; Decr. Apostolicam actuositatem, nn. 1-3, 7.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2427.

[6] Juan Pablo II, Homilía, 17-V-1992. Cfr. también, entre otros textos: Discurso, 19-III-1979; Discurso, 12-I-2002, n. 2.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 310.

[8] Gn 2, 15. Cfr. Gn 1, 28.

[9] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2427. Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, nn. 34 y 35.

[10] Cfr. Gn 3, 18-19.

[11] Es Cristo que pasa, n. 14.

[12] Ibidem, n. 174.

[13] Ibidem, n. 47.

[14] Conversaciones, n. 55. Cfr. Es Cristo que pasa, n. 45; Amigos de Dios, n. 120.

[15] Cfr. Juan Pablo II, Litt. enc. Laborem exercens, 14-IX-1981, n. 6.

[16] Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, q. 24, a. 7 c.

[17] Misal Romano, Canon de la Misa.

[18] Camino, n. 359.

[19] 1 Sam 16, 7.

[20] Conversaciones, n. 10.

[21] Amigos de Dios, n. 55.

[22] Juan Pablo II, Discurso, 3-VII-1986, n. 3.

[23] Es Cristo que pasa, n. 48.

[24] Camino, n. 813.

[25] Amigos de Dios, n. 72.

Las revoluciones modernas y ‘Dignitatis humanae’

Escrito por Juan Luis Lorda

La declaración ‘Dignitatis humanae’del Concilio Vaticano II afrontó uno de los grandes temas del diálogo de la Iglesia con la modernidad, provocó el cisma lefebvriano y fue objeto de un preciso discernimiento de Benedicto XVI

En 1972 Zhou Enlai, primer ministro de China con Mao, logró concertar la visita del presidente norteamericano Richard Nixon. En una conversación informal, se comentaron las revoluciones del pasado y del presente y se le preguntó a Zhou Enlai, que se había formado en París, qué pensaba de la revolución francesa. Contestó que “era demasiado pronto para saberlo”. La anécdota, recogida por el Financial Times, dio la vuelta al mundo y se consagró como icono del tempus lento de la sabiduría china. Solo mucho después un diplomático que hacía de intérprete entonces aclaró que Zhou Enlai no se refería a la revolución de 1789, sino a la de mayo de 1968.

Con eso, la anécdota perdió su encanto, pero no su verdad: tanto la revolución de 1789 como la de 1968 todavía operan sobre nuestra cultura y vida cristiana. Los procesos de las personas pueden durar decenios, pero los de la cultura pueden durar siglos. 

Siglos duró el proceso por el que se cristianizó el imperio romano, y siglos por los que se constituyeron las “naciones” europeas medievales con la conversión y desarrollo de los pueblos bárbaros, germánicos y eslavos. Después, en dos o tres siglos, las naciones se transformaron en estados monárquicos, con fronteras fijadas por guerras y matrimonios reales. Y desde el XVII, por los vaivenes de las guerras de religión, creció el deseo de que los gobiernos se fundaran en bases racionales y quedaran mejor protegidos los derechos de las personas frente a las arbitrariedades de los gobernantes: eligiendo a los gobernantes y dividiendo y limitando sus poderes. 

Dos historias y dos separaciones

Lo que era una utopía de conversación de salón, se convirtió en política con la independencia de los Estados Unidos (1775). Teniéndose que inventar a sí mismos, optaron por llevarlo a la práctica. Precisamente porque una parte relevante de la población americana provenía de disidentes huidos o expulsados de países confesionales (protestantes) como Inglaterra y Alemania, estaban de acuerdo en honrar a Dios y respetar al prójimo, pero también en que el estado no interfiriese para nada en las cuestiones religiosas. 

En Francia (1789), el proceso fue completamente distinto: en un momento de crisis económica e institucional, unas minorías iluminadas y audaces se hicieron con el estado y provocaron una transformación desde arriba, derribando la monarquía y sus apoyos: la nobleza y la Iglesia con las capas tradicionales. 

Los Estados Unidos nacieron con las iglesias voluntariamente separadas del Estado. En Francia, la Iglesia formaba parte del antiguo orden nacional, y la separación fue un enorme desgarro en la conciencia nacional forjada por los siglos: la nación se convertía en un estado teóricamente separado, pero prácticamente agresivo, porque quería disminuir el poder de la Iglesia, considerada como fuerza retrógrada y opuesta al progreso. El mismo esquema, aunque menos violento, se seguiría en España, Italia y las naciones americanas con la independencia.

Grandes objeciones

La Iglesia, como institución, quedó herida y a la defensiva. Era muy difícil creer en la sinceridad y honestidad de un proyecto donde no parecía haber sitio. Y era muy difícil creer que se trabajaba por los derechos del hombre cuando se conculcaban con tanta facilidad aludiendo a razones de estado.

Además, que el pueblo se constituyera como fuente de todo derecho y se diera a sí mismo las leyes resultaba hiriente a los oídos cristianos. Porque es Dios la fuente de la moral. Aunque no pasaba de ser una exageración retórica, porque en realidad, la mayor parte de los derechos no se crean, sino que en verdad se reconocen. Y también hería que se impusiera la libertad de cultos donde se rompía la unidad católica de las naciones, prefiriendo la opinión o el capricho de cada uno, y dando los mismos derechos a todos. Eso se juzgaba un relativismo inaceptable: la verdad no tiene los mismos derechos que el error. Así se expresaron los grandes Papas del siglo XIX. 

Efectos retardados de la Modernidad

En la conciencia católica ha pervivido la seguridad de conservar la esencia de las naciones cristianas, con la consiguiente herida y tristeza por las pérdidas y la nostalgia del pasado. Por eso se tardó mucho en entrar en el juego político y, en cierto modo, nunca se entró del todo. La misma nostalgia parecía mantener viva otra alternativa imposible. 

Esto tendría dos efectos negativos: uno, que los católicos tradicionales están acostumbrados a criticar o a hacer juicios morales, pero no a operar y defenderse eficazmente en el juego político democrático. Y otro, que tampoco están acostumbrados a evangelizar. Durante siglos se ha trabajado en la instrucción (catecismo) y mantenimiento del culto, pero apenas hay cauces, instituciones ni costumbre de evangelizar en los países europeos. Se predica dentro de las iglesias, pero no fuera de las iglesias. En el pasado, las naciones eran constitutivamente cristianas, y se esperaba que el estado arreglase las dificultades como una cuestión de orden público.  

El propósito del Concilio 

Desde que lo propuso Juan XXIII, el Concilio quiso resituar la Iglesia en el mundo moderno y relanzar la evangelización. También sería una operación de siglos. El ambiente más calmado y conciliador de la posguerra (doble posguerra) facilitaba el diálogo, aunque una parte importante de la Iglesia había quedado bajo dominio comunista, donde no había diálogo ninguno. 

Los grandes esfuerzos del Concilio llevaron a renovar la imagen de la Iglesia como misterio (Lumen gentium), superando una visión histórica, sociológica o canónica que también tiene. Esto ya era muy importante para situar la Iglesia en el mundo moderno por elevación. El otro gran documento Gaudium et spes intentaba entablar el diálogo con el mundo en algunos temas vitales; sin embargo, la propia historia de la confección de documento llevó a ver que lo que puede decir la Iglesia en los opinables campos de la familia, la economía, la política, la educación y la cultura, se basan en su conocimiento revelado sobre el ser humano. Enfoque en el que insistiría el pontificado de san Juan Pablo II. 

La tensión de ‘Dignitatis humanae’

Con el contexto que hemos puesto se entiende que el esfuerzo de posicionar la Iglesia en el mundo moderno llevara también a discernir los temas en conflicto, como la aceptación del pluralismo religioso o libertad de la conciencia ante la verdad también religiosa, y la separación de la Iglesia y el estado. Esto suponía la aceptación de la democracia como sistema válido de convivencia política. Y, de paso, la renuncia a la aspiración de una unidad nacional religiosa como objetivo de la acción cristiana. Si se daba tendría que ser por convicción, pero no por imposición. 

Ese cambio de aspiraciones y estrategia ya lo había propuesto Jacques Maritain en Humanismo integral. Y estaba asumido por los políticos cristianos que habían pensado y entrado en el juego democrático (Don Luigi Sturzo y la democracia cristiana italiana y alemana). 

Las afirmaciones de ‘Dignitatis humanae’

El decreto Dignitatis humanae comienza reconociendo la creciente preocupación moderna por la libertad, también en el terreno religioso. Después, manifiesta la singularidad de la fe cristiana como verdad revelada e insiste en que “todos los hombres están obligados a buscar la verdad”, pero también “la verdad no se impone de otra manera sino por la fuerza de la misma verdad”. Esto lleva a que la autoridad civil ha de proteger este proceso de libertad religiosa, concediendo un libre ejercicio y sin proscribir ningún ejercicio legítimo, mientras no perturbe el orden social. 

Precisamente por apoyarse en principios morales de la persona, puede afirmar que “deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo”.

El documento es muy matizado, pero era evidente que había, por lo menos, un cambio de enfoque. Así y con más severidad fue juzgado por varios obispos y principalmente por Marcel Lefebvre, que escribiría largamente sobre el tema y llegaría a la conclusión que la doctrina del Concilio se apartaba de la enseñanza establecida por la Iglesia y el Concilio había de ser considerado inválido. Esto provocaría, al final, un cisma, y un eco que no ha dejado de oírse y que alcanza también a muchos católicos no cismáticos. 

Distintas experiencias de la Iglesia

Hay que tener en cuenta que en Dignitatis humane concurrían experiencias muy distintas

a) la de los obispos de Estados Unidos, donde la separación es uno de los fundamentos del Estado y la Iglesia católica ha gozado de libertad desde el principio;

b) la de los obispos de los estados protestantes confesionales (Holanda, estados alemanes, Escocia, Suecia Noruega, Finlandia…) y de Inglaterra, donde la división de la Iglesia y el Estado permitió, desde mediados del siglo XIX, el desarrollo normal de la Iglesia católica, antes prohibido y penado;

c) la de los obispos de los países bajo dominio comunista, que veían en esa declaración una defensa de la Iglesia basada en derechos fundamentales de la persona; entre ellos, Karol Wojtyła;

d) apenas podían hablar (y hoy tampoco) los que estaban bajo dominio musulmán, que ganarían mucho si se reconociera la libertad religiosa en sus países;

e) en realidad, los países confesionales católicos eran muy pocos (y en régimen de excepción), sobre todo, España, Portugal y algunas naciones americanas en distinto grado. El resto vivía con mayor o menor acomodo y reconocimiento en regímenes democráticos con libertad religiosa y separación. 

El discurso a la curia de Benedicto XVI (2005)

El 22 de diciembre del 2005, en su primer año como Papa, Benedicto XVI dirigió una felicitación muy particular de Navidad a la curia romana. Aprovechó la ocasión para situar las cuestiones de más calado del pontificado: el juicio sobre la interpretación del Concilio, saliendo al paso de las aventuras rupturistas al mismo tiempo que de las críticas integristas. Se trata de un texto genial. 

De entrada, Benedicto XVI reconoce que ha habido una reforma, pero no una ruptura. Sin renunciar a ninguno de sus principios, se ha dado un cambio de enfoque doctrinal. Se refiere, evidentemente, a los matices que requieren los juicios de los Papas del XIX sobre el liberalismo, la separación entre Iglesia y Estado, y la libertad religiosa.

Estas son algunas frases: “Era necesario aprender a reconocer que, en esas decisiones, sólo los principios expresan el aspecto duradero, permaneciendo en el fondo y motivando la decisión desde dentro. En cambio, no son igualmente permanentes las formas concretas, que dependen de la situación histórica y, por tanto, pueden sufrir cambios. Así, las decisiones de fondo pueden seguir siendo válidas, mientras que las formas de su aplicación a contextos nuevos pueden cambiar. Por ejemplo, si la libertad de religión se considera como expresión de la incapacidad del hombre de encontrar la verdad y, por consiguiente, se transforma en canonización del relativismo, entonces pasa impropiamente de necesidad social e histórica al nivel metafísico, y así se la priva de su verdadero sentido, con la consecuencia de que no la puede aceptar quien cree que el hombre es capaz de conocer la verdad de Dios y está vinculado a ese conocimiento basándose en la dignidad interior de la verdad. Por el contrario, algo totalmente diferente es considerar la libertad de religión como una necesidad que deriva de la convivencia humana, más aún, como una consecuencia intrínseca de la verdad que no se puede imponer desde fuera, sino que el hombre la debe hacer suya sólo mediante un proceso de convicción. El concilio Vaticano II, reconociendo y haciendo suyo, con el decreto sobre la libertad religiosa, un principio esencial del Estado moderno, recogió de nuevo el patrimonio más profundo de la Iglesia”. Recuerda también que, en el inicio, la Iglesia, al mismo tiempo que reconocía la autoridad de los emperadores y rezaba por ellos, defendía su libertad religiosa frente a las pretensiones del estado romano. Por eso murieron tantos mártires: “Murieron también por la libertad de conciencia y por la libertad de profesar la propia fe, una profesión que ningún Estado puede imponer, sino que sólo puede hacerse propia con la gracia de Dios, en libertad de conciencia”. Y concluye: “Una Iglesia misionera, consciente de que tiene el deber de anunciar su mensaje a todos los pueblos, necesariamente debe comprometerse en favor de la libertad de la fe”

Juan Luis Lorda

Fuente: Revista Palabra

 

‘Si perdemos el ánimo no sabremos si el camino del futuro es un túnel o un pozo’

 

Escrito por Víctor Küppers

“Nos rodean muchos problemas y agobios que no son excusas, son obstáculos reales. Pero si nos fijamos solo en la dificultad, no avanzamos…”

Víctor Küppers es profesor de la Universidad Internacional de Cataluña y de la Universidad de Barcelona. Da clases de dirección comercial, pero en su faceta de consultor y formador pone el foco en la dirección vital en conferencias sobre ‘Vivir con entusiasmo’ que llenaban los auditorios de toda España antes del coronavirus. Ahora sus sesiones se titulan ‘De perdidos al río: porque la alternativa es peor’. Una ducha de ánimo para sobreponerse a las inclemencias de la pandemia y sus circunstancias.

Víctor Küppers ni es un gurú, ni coach, ni experto. Es un juntaideas con talento para servirlas en público y provocar un cambio de ánimo en el fondo interior de las personas de las gradas. La verdadera revolución de las sonrisas no está en las tazas de desayuno horteras que inundan los souvenirs. Más bien está en el zumo de la psicología positiva que este hombre exprime sin purpurinas hasta convertir sus enseñanzas en jugo de vida sana.

Lleva casi dos décadas removiendo el gallinero hablando, entre otras cosas, de vivir con entusiasmo. Hasta que el coronavirus ha calado hasta la médula, y ahora ha matizado su discurso para hablar de ánimo, de actitud, de avanzar como se pueda entre la maleza de esta selva que nos ha puesto el mundo patas arribas.

Küppers no ofrece ni recetas, ni mundos ideales, porque el universo es complejo y él no hace demagogia. Lo suyo es un realismo aferrado a las cosas buenas en medio de un Guernica. Más aristotélico que platónico. Mucha gente paga por oír su compendio de sentido común diseñado para reflexionar en pause. Rompe moldes: “Lo de querer es poder es mentira, como hemos visto estos días”. Insiste en que “la vida no es Instagram” pero, aun así, puede ser todo lo maravillosa que queramos si la enfocamos con el zoom de lo positivo que también salpica cualquier biografía.

Antes del coronavirus usted llenaba auditorios hablando de ‘vivir con entusiasmo’. Cuando todo el país ha sufrido los arañazos de una pandemia, ¿ha cambiado su discurso?

Yo estaba acostumbrado a hacer sesiones sobre ánimo y actitud ante personas que no tenían ningún motivo para quejarse. Salvo en conferencias para ciertas ONG, colegios y hospitales, en mi trabajo, que se orienta sobre todo a las empresas, siempre pensaba que la gente, mayoritariamente, se quejaba de tonterías: que si el coche no me lo cambian, que si tengo mucha carga laboral, que si me valoran mal por objetivos… La gente no tenía problemas graves, y entonces yo iba muy motivado a animarlos a fijarse en lo importante, valorar lo que tenían, y crecer sin estancarse. Pero todos hemos vivido esta sensación de precipicio. Hemos empezado a tener problemas graves, y ahora me centro en hablar de enfocar las dificultades con realismo y con el ánimo suficiente para no pararnos nunca.

¿Cómo es el público que tiene ante su pantalla estos días?

Ahora trabajo con personas que sí tienen problemas suficientes como para perder el ánimo: empresas que no ven claro su futuro, personas que están sufriendo la enfermedad, o que la han vivido muy de cerca en sus casas… Suelo leer todo lo que se dice sobre Psicología positiva, y tengo una cierta frustración, porque no encuentro muchas enseñanzas nuevas. Últimamente me cuesta encontrar palabras y reflexiones que puedan motivar a mirar al frente con optimismo realista. En mis sesiones de estos días trato de emplear las mejores palabras que tengo, y las que más me convencen, pero sé que están cojas. Estamos en una situación muy compleja que roza la hecatombe.

¿Y cómo aconseja llevar con ánimo este contexto general?

Le he dado muchas vueltas a eso, porque no quiero hacer demagogia. Lo de “si quieres, puedes” es mentira. Hay muchas palabras bonitas que están en el aire, pero no son ciertas. Querer no es poder, porque todos tenemos nuestras limitaciones. Tampoco es cierto que de las crisis salimos fortalecidos, porque del desastre del coronavirus hay muchas personas que saldrán peor. Lo vemos cada día. Y eso de que toda crisis es una oportunidad… ¡Depende! Ningún experto en Psicología positiva anima a sonreír siempre y a estar contentos las 24 horas de cada jornada. No. Tenemos derecho a estar cabreados o preocupados puntualmente. La cuestión es no perder el ánimo. Sí, es cierto que esto está siendo muy duro, pero si perdemos el ánimo, nos paramos, dejamos de caminar, y ya da igual si el camino es un túnel o un pozo.

¿Cómo conseguimos cimentar ese ánimo?

En primer lugar, entendiendo la importancia de acertar en el enfoque de los problemas. No podemos evitar tener preocupaciones e incertidumbres… Somos humanos, y tenemos emociones. Pero las emociones se tienen que gobernar. No nos podemos dejar llevar por el miedo o el pánico.

¿Cómo?

Sin exagerar las preocupaciones. Si vemos los telediarios es fácil caer en una depresión. Los medios descubrieron hace tiempo que el miedo genera audiencia… Debemos salir del bucle que nos rodea de que todo va mal: la caída del PIB, el crecimiento del desempleo, un país estancado… Entrar en ese tornado nos paraliza para sacar lo mejor que llevamos dentro. Yo no sé si saldremos o no saldremos de esta, lo que sí sé es que si cuidamos el ánimo lo tendremos más fácil. Si nos pasamos los días hablando de brotes y rebrotes, se bloquearán nuestras capacidades de supervivencia.

¿Y si nos cuesta encontrar enfoques positivos que motiven nuestras acciones?

Para dar lo mejor de nosotros mismos necesitamos pensar en positivo y hoy, para eso, hay que obligarse.

Nos rodean muchos problemas y agobios que no son excusas, son obstáculos reales. Pero si nos fijamos solo en la dificultad, no avanzamos. Miremos nuestra familia, los amigos, los compañeros… Busquemos ilusiones realistas y evitemos anticipar los horizontes negros antes de que lleguen, porque somos muy de eso. Hay estudios que demuestran que los viernes somos más felices que los domingos, y eso que los domingos, por lo general, no se trabaja. Pero el viernes pensamos en el fin de semana, y el domingo, en la semana que comienza. Valoremos la naturaleza, un paseo… ¡Quién nos iba a decir que apreciaríamos tanto salir a pasear cuando empezaron las fases de la desescalada! Hacer ejercicio ayuda mucho a mantener el ánimo y evitar enfocarlo todo en la parte oscura de la vida. Sé que suenan a consejos tópicos, pero son los que nos funcionan a todos. En el fondo, se trata de pensar en positivo, porque la alternativa es terrible…

Si a alguien le ha pillado la pandemia sin una estructura sólida que le ayude a crecerse, ¿cómo se arma el ánimo?

Empezando por hacer balance, como cuando hay una guerra: qué tenemos, qué nos falta, cuál es el horizonte, cómo doy el siguiente paso… Veamos que quizás la familia funciona, que estoy en un ERTE, pero no me han echado del trabajo; que tengo la hipoteca avanzada, que estoy bien de salud… Y luego anotemos también lo malo, pero con el enfoque de solucionar lo que se pueda, no para tirarnos los trastos a nuestra propia cabeza. Es el momento de ser pragmáticos. Si buscamos una salida por el lado exclusivamente emocional, quizás caigamos en la demagogia, que no sirve para nada. Si la buscamos por el otro lado, el único camino es una revolución… A pesar del mapa real que tenemos entre manos, hay focos positivos que nos ayudarán siempre a levantar la mirada, aunque cuando miremos arriba, a quien maneja las riendas del país, temamos que no sean capaces de afrontar esta situación y eso genere un plus de desconfianza.

¿Hemos aprendido a sobrevivir mejor con el primer round de la pandemia?

Nos ha pasado como cuando ves muy cerca un accidente de coche, y empiezas a conducir con más prudencia. Nos hemos llevado un buen susto, y la castaña nos ha servido para valorar lo importante.

Quizás hemos dicho más ‘te quieros’ en cinco meses que en los últimos cinco años. Nos hemos dado cuenta de la importancia de volver a lo básico: cuidar bien a nuestros mayores, porque quizás pronto no estén; valorar las cosas pequeñas, disfrutar de lo cotidiano… ¡Lo de siempre es fabuloso! No hace falta viajar a las Maldivas. Ni comprarlo todo a todas horas. No hacen falta tantas cosas para ser feliz. En el camino hemos admitido que somos frágiles, y eso nos pone en nuestro verdadero lugar.

Entrevista de Álvaro Sánchez León

XXXII Domingo del tiempo ordinario

 

 

Mt 5,1. 13

 

Poco a poco nos acercamos al final del año litúrgico. Todos los textos evangélicos tocan lo que se llama los novísimos, muerte, juicio y salvación o condenación.

Mateo narra la parábola de las diez vírgenes, diez doncellas. Cinco eran sensatas y cinco necias. Es un canto para estar preparados qué es lo que el Señor nos insiste. Es vivir con esperanza.

 

1.     El Señor viene en la noche. Su llamada es para que le esperemos como dice un prefacio de Adviento, velando en oración y cantando la alabanza. La actitud de saber esperar es siempre la de un corazón que escucha, como el aceite que ilumina nuestra vida. La enseñanza de esta parábola nos lanza a estar preparados, a vivirlo todo por Cristo con Él y en Él.

 

2.     Las cinco sensatas conocen al Esposo que viene en la noche, no para cogernos in fraganti, sino sabiendo que la fidelidad es necesaria en el amor. Tienen el aceite en el corazón que les da la fortaleza para no dormirse en la rutina. Son sensatas porque el amor les mantiene en vela y les hace vivir en la alegría de quien ha conocido el Amor.

 

3.     ¿Cual es el fallo de las necias? Son también cinco. El fallo garrafal es no darse cuenta de que hay que vivir la santidad aquí y ahora. No se puede aplazar la entrega pensando que al final se arreglará. Porque al final ya no hay arreglo. Se han desperdiciado demasiadas gracias. Ya no hay tiempo para más. Al final de la vida el que se salva sabe y el que no, no sabe nada, decía Calderón de la Barca en el gran teatro del mundo.

 

+ Francisco Cerro Chave Arzobispo de Toledo Primado de España

 

 Torres de Babel

Daniel Tirapu

photo_cameraImagen de la Encíclica del Papa Francisco Laudato Sí.

En su soberbia los gobernantes del mundo quisieron hacer una torre tan grande como Dios. Dios confundió o diversificó sus lenguas, no se entendieron y abandonaron el proyecto. Y desde entonces hay que ir a una academia de inglés.

En Copenhage se ha reunido el mundo para salvar la tierra, y no han llegado a un acuerdo, han quedado para el próximo año. Detrás de todo esto hay mucho negocio, grandes pelotazos sólo para iniciados o amigos de los poderosos. Consigues una empresa que emita menos co2 y te la compran las grandes compañías que emiten mucho y equilibran. Por otra parte, de qué sistema se sirven los antisistema para ir en gran número a esas reuniones, con material cuasibélico.

Parece que en el siglo XII Groenlandia producía hasta limones y que en el XVII el atlántico norte estaba congelado. El Papa ha propuesto que para la paz, cuidemos la creación, que Dios puso en nuestras manos.

Creo en la divina providencia que cuida amorosamente de las criaturas y especialmente del hombre, siempre que no se destruya la ecología moral, la moral natural, que empieza por respetar la vida del no nacido. Hay que descontaminar las inteligencias y los corazones. Pongámonos y pónganse a ello.

 

EL DESAFIO: ETA

Hacía tiempo que no me emocionaba ante una pantalla de cine o televisión, como lo he hecho después de “revivir” con toda intensidad y emoción la trágica y larga historia de los casi 50 años del terrorismo etarra  relatada con un rigor y profesionalidad encomiable en la serie “El Desafío: ETA”.

Hace unos días en una entrevista de las que suelen hacerse por las cadenas de televisión a pie de calle, me sorprendió, casi con espanto, que una joven al mostrarle el reportero una foto de Ortega Lara y preguntarle si lo reconocía, su repuesta fue: “creo que es un terrorista…”, no pude contener un gesto de indignación y me hice una pregunta ¿cómo hemos podido permitir que  nuestra historia más reciente no forme parte del saber y del conocimiento de nuestras jóvenes generaciones?

EL testimonio documentado de los expresidentes de gobierno, generales, coroneles, jefes, suboficiales y agentes de la sufrida y castigada Guardia Civil; el emotivo y dramático testimonio  de las víctimas de los asesinados por ETA; las declaraciones de los propios etarras, hombres y mujeres, arrepentidos algunos pero otros que aun siguen justificando todavía sus criminales acciones en defensa de su ilusorio y falso “conflicto político” y el sufrimiento de políticos, empresarios, funcionarios civiles y militares asesinados o secuestrados, reproducen un sentimiento encontrado de profunda pena – es inevitable contener las lágrimas ante tanto dolor- y de rabia contenida ante la frialdad que todavía demuestran quienes han despreciado la vida de tantos niños, mujeres y hombres masacrados sin la piedad y misericordia que ahora piden para sus propias víctimas, presos y familiares.

Todo este sufrimiento lo soportó España en la más absoluta soledad, no teníamos ni la comprensión ni la colaboración del resto de naciones europeas o de otros continentes, al contrario un país vecino como Francia, se convirtió en refugio de los asesinos y otros de Hispanoamérica como Venezuela, Cuba o Nicaragua también los acogieron. Solo el atentado terrorista del 11S en EEUU despertó la conciencia mundial de que estábamos ante un nuevo enemigo de la humanidad que utilizaba el terror como el arma más cobarde y repugnante contra el hombre.

España ya lo padecía desde hacía 40 años y  tuvo que ser esa cadena de atentados  en distintas partes del mundo la que nos ayudara a conseguir la cooperación internacional para poner fin al periodo más cruento de nuestra democracia. Irene Villa, víctima emblemática del terrorismo de ETA y a quien tuve el privilegio de conocer junto a su madre en un homenaje que le tributó el Ayuntamiento de Melilla decía en un reciente twitter: “Siempre se nos exigió generosidad, ser capaces de pasar página…creo que cumplimos nuestra parte con creces, lo que no se podrá hacer jamás es enterrar la memoria de tantos inocentes acribillados a tiros. Por eso, esas series son necesarias…”

El Papa Francisco en una visita a Paraguay pronunció estas palabras tan ilustrativas sobre el pasado y la historia de los pueblos: “Un Pueblo que olvida su pasado, sus raíces, no tiene futuro. Es un pueblo seco” y añadía “¡nunca más la guerra entre hermanos!; construyamos la paz del día a día, en el que todos participemos evitando palabras hirientes, actitudes prepotentes y fomentando el diálogo y la colaboración”.

Series como esta junto a la educación familiar y escolar ayudarán a que no se seque el alma y la mente de nuestras futuras generaciones de españoles.

Jorge Hernández Mollar

 

 La declaración de vida en celebración de muertos

Norma Mendoza Alexandry

Firmaron 32 gobiernos el documento Declaración del Consenso de Ginebra para declarar: “No existe un derecho internacional al aborto”.

Por fin se acaba de firmar un documento internacional en defensa de la vida y la familia. Este documento llamado Declaración del Consenso de Ginebra acaba de ser firmado por 32 gobiernos que se unieron para, sin ambigüedades, declarar que: “No existe un derecho internacional al aborto”. Los gobiernos firmantes, excepto México, representan un consistente movimiento de resistencia en contra de la presión de la burocracia de las Naciones Unidas y otras instancias que promueven un “derecho humano” al aborto, la cual ha aumentado significativamente durante la pandemia del COVID-19.

La Declaración afirma que “no existe obligación internacional por parte de los Estados para financiar o facilitar el aborto”. El evento fue copatrocinado por Estados Unidos, Brasil, Egipto, Indonesia y Uganda, y firmado por otros 26 países. Muchos otros, entre ellos México, hicieron caso omiso de esta Declaración.

Para tener éxito posterior en contra de la presión a favor del aborto e instituciones internacionales, para obtener éxito, los gobiernos comprometidos en la defensa de la vida del no nacido deberán trabajar juntos, uniendo sus voces soberanas para cerrar el alcance burocrático. Sin embargo, es necesario decir que ésta fue solamente una declaración, no un tratado internacional que vincule a los Estados.

La presión del cambio en el llamado “nuevo orden mundial” en el rubro de la mujer proviene de manera importante a partir de la Cuarta Conferencia Mundial de la Mujer en Beijing (Pekín), 1995. Aquí los temas tratados variaron sobre una definición de “familia” en donde fue inaceptable dar cualquier referencia a ‘esposo y esposa’, o al matrimonio entre un ‘hombre y una mujer’. También se habló de los bancos de esperma (para que parejas de lesbianas pudiesen tener hijos, y por supuesto, se trató el aborto a demanda y ‘derechos sexuales’).

Por el contrario, las necesidades de la mujer promedio en cualquier país en desarrollo, quienes verdaderamente experimentan falta de igualdad y protección, fueron olvidadas. Los puntos esenciales u objetivos a partir de esta Conferencia Mundial, en resumen, se han desarrollado en seis erróneas afirmaciones:

- La familia es una institución patriarcal anticuada perpetuada por varones para mantener en sometimiento a las mujeres.
- Los niños crecen mejor en cuidado infantil fuera del hogar que con su propia madre.
- Las mujeres deben ser animadas a dejar a sus hijos y trabajar fuera de casa para contribuir al PNB de su país.
- Las mujeres deben tener derecho a matar a sus hijos en su útero para no tener que trabajar en desventaja o con el inconveniente de las responsabilidades de la maternidad.
- La religión es un obstáculo para la realización completa de derechos humanos para las mujeres, ya que promueve la maternidad, la familia, el matrimonio y la represión sexual.
- La homosexualidad es natural y es una expresión válida de la sexualidad humana que debe ser legalizada, protegida, promovida y celebrada.

Estos seis puntos parecen una pesadilla o un cuento de ficción. Y si esto fue a partir de 1995, ¿qué ha pasado en los años que siguieron después? Es difícil resumir en un breve artículo lo sucedido en el ámbito internacional.

Lo que se puede afirmar es que se creó un nuevo paradigma de la familia. La llamada “perspectiva de género” es un concepto clave de la ‘reingeniería’ social anticristiana (llamada así por el P. Juan Claudio Sanahuja). Así, vemos que el objeto de esta reingeniería es la autorrealización de la mujer y según esta, los principales obstáculos que se oponen a esta son la familia y la maternidad. Lo femenino se anula a través de una “equidad e igualdad de género”. Este es un punto clave de la nueva sociedad que la corriente del Nuevo Orden Mundial impone.

En todo esto se basa el reconocimiento jurídico de la homosexualidad, el pseudoderecho al mal llamado ‘matrimonio’ entre personas del mismo sexo y la adopción de niños por estas parejas. Todo esto se aplica en los documentos internacionales con los vocablos: “formas de familia” o “familias” (en plural), y para quienes usan esta terminología, la familia ha dejado de tener como raíz la unión de un hombre con una mujer.

Volviendo a la Declaración del Consenso de Ginebra firmada apenas hace una semana en octubre de 2020, debemos decir que su importancia consiste en que nunca 32 gobiernos se habían unido para la defensa de la salud de la mujer y de la vida del no nacido. Deberá, por tanto, insistirse en la protección de todas las personas, incluyendo a los más vulnerables.

Durante este mismo mes de octubre, unos días antes de esta Declaración, en una reunión de la Organización de Estados Americanos (OEA, 20ª Asamblea General) fue firmada una declaración conjunta por las delegaciones de EEUU, Brasil, Guatemala, Honduras, Paraguay, Colombia, Bolivia, Sta. Lucía y Venezuela (con representación de Juan Guaidó, no del régimen de Maduro) en que declaran: “Cada ser humano tiene derecho a la vida, la libertad y la seguridad de su persona”, y afirman su propósito de defender “el soberano derecho de las naciones a hacer sus propias leyes en relación a la protección de la vida desde el momento de la concepción”. Nótese que tampoco firmó México esta declaración latinoamericana.

Estos países a través de sus delegaciones enfatizan además que “la familia es la unidad natural y fundamental de la sociedad y es titular de protección por la sociedad y el Estado” y declaran su compromiso de trabajar juntos para “proteger a la familia como fundacional de la sociedad y como fuente de salud, apoyo y cuidado a través de toda América”.

Esto nos hace reflexionar en la reciente salida de EEUU de la Organización Mundial de la Salud debido a la tendencia de esta organización a favor del aborto durante la crisis del coronavirus.

Hay que hacer énfasis en que México no firmó tampoco este acuerdo de la OEA quedando fuera de los propósitos internacionales de fortalecimiento de la familia y el derecho a la vida del no nacido. Siguiendo los oscuros propósitos del Nuevo Orden Mundial, nuestro país acaba de anunciar que se celebrará en México el “25º Aniversario de la Conferencia Mundial de la Mujer” de la que hablé al principio de este artículo, cuyo título será “Foro Generación Igualdad”. Este Foro es convocado por la Secretaría de Relaciones Exteriores y el Instituto Nacional de las Mujeres a realizarse el 31 de marzo del 2021 en la Ciudad de México.

Este Foro se realiza en el marco de la 74ª Asamblea de las Naciones Unidas por los gobiernos de México y Francia, proceso convocado por ONU Mujeres, a favor de la igualdad de género. “El Foro representa la oportunidad de acelerar la implementación de la Plataforma de Acción de Beijing… Constituye la ruta más completa para lograr la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres y niñas en los próximos años, en cumplimiento de la Agenda 2030 para el desarrollo sustentable”.

Con esto último, nos podemos dar cuenta claramente de la tendencia que sigue nuestro país, al rechazar la Declaración del Consenso de Ginebra a favor de la vida y la familia, y al mismo tiempo organizando con gran pompa el 25º Aniversario de la Conferencia Mundial de la Mujer que marcó y seguirá marcando un gran salto hacia el concepto de la ideología de género en el mundo.

No es raro que estemos ‘celebrando’ a nuestros muertos y al mismo tiempo causando tantas muertes a través de la imposición de leyes a favor del aborto y organizando un Foro con ideologías extrañas del “Orden Mundial” que nos dañan a todos.

 

 ¿El aborto como un servicio de salud esencial?.

Desde el comienzo de la pandemia, la burocracia de la ONU, encabezada por el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, y el director general de la organización mundial de la salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, ha promovido sistemáticamente el aborto como un servicio de salud esencial.

Solo los funcionarios de la administración Trump se han opuesto abierta y constantemente a esto. Incluso los países que se llaman a sí mismos provida - Brasil, Polonia y Hungría - se han mantenido al margen y han visto cómo el sistema de la ONU promueve el aborto.

Esto puede significar más problemas en las próximas negociaciones de aproximadamente una docena de resoluciones de la Asamblea General de la ONU que plantean preocupaciones pro-vida.

La Unión Europea, que favorece mantener el aborto en la política de la ONU, ha superado repetidamente los esfuerzos diplomáticos pro-vida de Estados Unidos.

En una votación reciente en la Asamblea General de la ONU, la Unión Europea pudo contar con más de 120 países de su lado. Todos votaron en contra de un intento de Estados Unidos de excluir el aborto de una resolución sobre la respuesta al coronavirus de la ONU. Lo mejor que Estados Unidos pudo conseguir fue que 30 países se abstuvieran de votar.

Y el cierre de la sede de la ONU ha dificultado aún más los esfuerzos diplomáticos pro-vida de Estados Unidos.

Al igual que otras empresas y oficinas gubernamentales, el coronavirus ha impuesto una especie de letargo. Los diplomáticos no se encuentran a diario. Las negociaciones se han reducido al mínimo y se llevan a cabo virtualmente.

La labor diplomática de la Asamblea General en las próximas semanas ya se ha visto gravemente afectada. Los diplomáticos ni siquiera han comenzado a hablar sobre las resoluciones que adoptarán este año. Para entonces, el año pasado se habían distribuido los borradores iniciales a las delegaciones.

Todo esto puede resultar en la agudización de las alineaciones diplomáticas preexistentes, especialmente porque muchos países pueden esperar el resultado de las elecciones estadounidenses. Si Trump es reelegido, será más fácil para los países alejarse de la esfera de influencia de la UE. Si no es reelegido, el Departamento de Estado de Estados Unidos se alineará con la Unión Europea y apoyará el aborto en la política de la ONU.

Xus D Madrid

 

Una encíclica escrita con Fe: Humanae Vitae.

Después de hacer referencia a las cambiantes condiciones de la sociedad –estamos en el año 1968, pocos meses después de la explosión sexual del mayo francés, Pablo VI, hoy san Pablo VI, se da cuenta de la necesidad de que la Iglesia alce la voz y transmitir al mundo entero, y en especial a todos los católicos, la ley de Dios, Creador y Padre.

¿Con qué disposición se enfrentó el Papa a esta necesidad? Lo escribe él mismo en el n. 4 de la encíclica, que recogemos íntegro:

“Estas cuestiones exigían del Magisterio de la Iglesia una nueva y profunda reflexión acerca de los principios de la doctrina moral del matrimonio, doctrina fundada sobre la ley natural, iluminada y enriquecida por la Revelación divina.

Ningún fiel querrá negar que corresponde al Magisterio de la Iglesia el interpretar también la ley moral natural. Es, en efecto, incontrovertible –como tantas veces han declarado nuestros predecesores- que Jesucristo, al comunicar a Pedro y a los Apóstoles su autoridad divina y al enviarlos a enseñar a todas las gentes sus mandamientos (cfr. Mt 28, 18-19), los constituía en custodios y en interpretes auténticos de toda ley moral, es decir, no sólo de la ley evangélica, sino también de la natural, expresión de la voluntad de Dios, cuyo cumplimiento fiel es igualmente necesario para salvarse (cfr. Mt 7, 21).

En conformidad con ésta su misión, la Iglesia dio siempre, y con más amplitud en los tiempos recientes, una doctrina coherente, tanto sobre la naturaleza del matrimonio como sobre el recto uso de los derechos conyugales y sobre las obligaciones de los esposos” (n. 17). 

JD Mez Madrid

 

La razón eutanasiada

Uno de los espectáculos más horrendos a los que puede asistir el hombre contemporáneo es el derrumbe generalizado de la razón. Se percibe en el debate (o falta de debate, más bien) sobre la eutanasia, en donde gentes ignaras con tribuna mediática o política han establecido que cualquier persona que se pronuncie en contra de este supuesto ‘derecho’ debe ser señalada, por estar en contra de la “libertad humana”. Sobrecoge que tamañas simplezas puedan proclamarse orgullosamente sin que nadie ose rechistar, por temor al anatema.

En primer lugar, habría que señalar que el concepto de ‘libertad’ no es unívoco, por mucho que así lo pretendan los ignaros. Existe una libertad aristotélica que nos ayuda a discernir moralmente en la búsqueda de la verdad; y existe una libertad degradada que permite al hombre deshacerse de todo cuanto lo limita y lo molesta, exaltando las pasiones más torpes y las ambiciones más egoístas, en aras de una individualidad soberana, autónoma, independiente de todo, excepto de sí misma. Es este segundo concepto degradado de libertad el que se suele enarbolar en el debate de la eutanasia; pero quienes lo enarbolan lo destruyen, incurriendo en una aporía insalvable.

Para demostrarlo, recurriremos a la autoridad de autores de la tradición liberal, para que no se diga que barremos para casa. Escribía John Stuart Mill en Sobre la libertad que «el principio de libertad no puede requerir que uno pueda ser libre de no ser libre». En efecto, salvo que hayamos decidido abrazarnos a la irracionalidad, habremos de reconocer (por mucho que defendamos el concepto más degradado de libertad) que ningún principio puede esgrimirse como fundamento de su destrucción. Y, al quitarnos la vida, estamos destruyendo la libertad que enarbolamos. A una conclusión similar llegaba Kant en su Fundamentación de la metafísica de la moral, donde recurre al ejemplo del suicidio para ilustrar el método que debe utilizarse para diagnosticar si una conducta subjetiva se ajusta al imperativo categórico. Aunque Kant es plenamente defensor de la libertad individual, considera que el hombre sólo debe obrar «según aquella regla de conducta que pueda convertirse en ley universal». Una persona en circunstancias difíciles puede por amor a sí misma desear acortar una vida que le augura más calamidades y sufrimientos que placeres y satisfacciones. Pero ¿puede este principio basado en el amor a uno mismo convertirse en ley universal de naturaleza? Kant sabe perfectamente que la ley universal de naturaleza nos indica –según señala Aristóteles– que el amor a uno mismo impulsa al hombre a conservar la vida y a resistir hasta el límite todo lo que pueda destruirle. Por lo que concluye que una ley universal que desease destruir la vida propia amparándose en el mismo impulso –el amor a uno mismo– que nos obliga a conservarla no resiste la prueba del imperativo categórico.

Pedro García

 

Significados del acto conyugal

Pablo VI subraya en el n. 12 de la Humanae Vitae. “Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador”.

 Pablo VI alzó realmente la voz; y lo hizo con Fe,  El último borrador del texto definitivo lo pasó a doce personas, cardenales, teólogos, profesores, y les pidió su parecer sobre la conveniencia de publicarla. De los doce, siete le dijeron que no lo hiciera; y cinco, que sí. Entre estos cinco estaba Karol Woytila, futuro Juan Pablo II. Pablo VI se marchó a Castelgandolfo, se recogió en meditación, y publicó la encíclica.

“Consideren, antes que nada, el camino fácil y amplio que se abriría a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad. No se necesita mucha experiencia para conocer la debilidad humana y para comprender que los hombres, especialmente los jóvenes, tan vulnerables en este punto tienen necesidad de aliento para ser fieles a la ley moral y no se les debe ofrecer cualquier medio fácil para burlar su observancia. Podría también temerse que el hombre, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoísta y no como a compañera, respetada y amada” (n. 17).

Han pasado ya 52 años de aquel momento; y la doctrina reafirmada en la encíclica sigue tan vigente, y tan necesaria de recordar como en el momento de su aparición; y quizá, casi seguro, más necesaria.  

Valentín Abelenda Carrillo

 

Prohibido ser un católico y consecuente

La campaña promovida en EE. UU. contra la jueza Barret es algo inaudito, no comparable con ninguna situación parecida. Ahora resulta que ser católico de verdad, con todas las consecuencias, es peligroso. Y se entiende. Las actitudes abiertamente cristianas de un personaje público son molestas para el resto del personal. En el país americano hay muchísimos católicos. En los puestos públicos de más relevancia pocos, han pasado desapercibidos. Pero ahora cuando se encuentran con un ejemplo abierto y notorio de lo que es ser católico ya no les parece admisible. En el fondo es sentir que les están afeando su pobreza de vida religiosa.

Biden manifestó su condición de católico con la intención innegable de atraerse votos. Pero ahora que Trump pone ante las cámaras a una mujer con familia numerosa y señas de identidad inconfundibles, Biden y los suyos se molestan y quieren incluso atacar la condición religiosa indiscutible de la jueza.

Esto no es más que otra manifestación de la hipocresía que existe en este mundillo y, en general, en el ambiente de la prensa de diverso tipo. Hay una mayoría amplia de personas que no practican ninguna religión y les daría igual que lo sepan o no sus amigos y conocidos. Pero lo que no admiten es que el listón se ponga muy por encima. Entonces molesta. Entonces la religión auténtica pasa a ser un peligro, algo sospechoso. Perece ser el caso de los Estados Unidos

Jesús Domingo Martínez

 

 

Lo que el tirano ha querido siempre

MONCLOA SE NIEGA A INFORMAR SOBRE LOS INVITADOS DEL PRESIDENTE DEL GOBIERNO ALEGANDO RAZONES DE SEGURIDAD: Pedro Sánchez invitó a varios amigos a Doñana a costa del dinero de todos los españoles. Los testigos relatan el trasiego de esos días alrededor de Las Marismillas: "Nunca habíamos visto tantos policías armados hasta los dientes y con los pasamontañas cociéndose al sol". (Periodista Digital 28-10-2020)

                        Un hecho bochornoso más y que demuestra como emplean el dinero público, quienes tienen como primera obligación, el administrarlo bien y emplearlo en hechos que puedan beneficiar a la economía española. Simplemente siento asco por estos indeseables al ver con la desidia que actúan y sin pudor ni vergüenza alguna.

MÁS DE LO MISMO:

Hace falta ser golfo para subirse el sueldo con la que está cayendo. Pues el socialista Pedro Sánchez lo acaba de hacer. El Gobierno socialcomunista se aplicará la subida de sueldos pactada para los funcionarios, un incremento del 0,9% que afectará al presidente y sus ministros. No les tiembla el pulso en estas cosas a los dirigentes del PSOE o de Podemos. En el verano, en medio de la catástrofe general, se fueron de vacaciones a cuenta del contribuyente y hasta se llevaron a sus amiguetes a comer langostinos ‘públicos’ a sitios como Doñana. (Periodista Digital 29-10-2020)

            Cómo dicen que nos subirán también a los pensionistas y en igual porcentaje, en mi caso me representa, unos 6,30 euros mensuales, muchísimos van a percibir menos de esta miseria; es claro que para ellos, “probos comunistas-socialistas, seguro que representa la justicia social, pura y equitativa; en cuanto a lo del malgasto, simplemente “pagamos el pueblo” con nuestros impuestos y ellos lo gastan como les da la gana”.

 

Querido y muy cabreado amigo:

        Gobernar debe ser muy difícil, puesto que "el mono humano" en general, roba, engaña, y quiere vivir del esfuerzo de otros; por ello ocurre lo que ocurre; ¿quién nos iba a decir que nos acordaríamos de los gobiernos de Franco, como mejores a los de estos parásitos? Y es así, sin que yo defienda LO MALO DE FRANCO, que también lo hubo en abundancia; así es que entiendo tus quejas; y por lo que me cuentas de Italia, me imagino que en todos los países existe la misma enfermedad, o sea, no vivir del sudor de nuestra frente, como creo que dijo Cristo, SINO DEL SUDOR DEL DE ENFRENTE Y MUCHO MEJOR QUE ÉL. Ya a mi vejez me voy convenciendo que esto no tiene arreglo, como no lo tuvo en el pasado; me consuela el que ya debe quedarme poco para estar en esta mierda de mundo, del que espero descansar... "quién sabe": Un abrazo y a seguir aguantando, es el sino del "mono humano". Lo de "Amaros los unos a los otros es mentira"; si acaso rige, LO DE AGUANTAROS LOS UNOS A LOS OTROS COMO PODÁIS Y SIN ASESINAROS MUCHO: AGF 31-10-2020

 

PALO A SU EGO: COPE revela un aterrador dato personal de Pedro Sánchez e incendia Moncloa. En Fin de Semana de Cristina López Schlichting: “goza con todo este oropel”. (Periodista Digital 01-11-2020)

            Aparte del incalificable desplante del dictador, en el parlamento, dónde días atrás se deja plantado al parlamento en pleno, se marcha por qué le da la gana y si acaso en los meses de “dictadura tiránica”, que ha logrado, por “los vendidos” parlamentarios que le han autorizado a tal dislate, ahora (si quiere) enviará cuando le dé la gana, a uno de “sus servidores”, para que “le quite las vergüenzas. Ahora desde esta emisora, se denuncian hechos de derroches en cuchipandas a amigos, en residencias oficiales y donde “el tirano” ha pasado vacaciones que no merece en absoluto. ¿Pero cómo puede funcionar un gobierno como este y haciendo lo que hace, no hay responsables en España? Al parecer no, en absoluto.

 

AUMENTA EN MÁS DE 200 ENCHUFADOS EL NÚMERO DE COLABORADORES QUE LLEGÓ A TENER MARIANO RAJOY: El despilfarro de Sánchez e Iglesias: 777 asesores que cuestan 56 millones al contribuyente. El presidente del Gobierno se ha subido tres veces el sueldo desde que llegó a La Moncloa en junio de 2018. (Periodista Digital 01-11-2020)

            No creo que se pueda justificar de ninguna de las maneras al fracasado Rajoy, puesto que poner comparaciones entre inútiles, simplemente es decir eso tan manido aquí en España, del, “y tú más”; pero lo que queda evidente, es que el dinero público en España, es como si aplicásemos como metáfora, “la entrada de Aladino en la cueva del tesoro de los ladrones”, que entrando en ella, se considera dueño de todo lo que allí hay y se lo adueña como propio; sigue siendo verdad lo que dijo aquella ministra indeseable, aún en el gobierno (Cármen Conde Poyatos) “EL DINERO PÚBLICO NO ES DE NADIE; y lo dijo en pleno parlamento; y como digo, “sigue de ministra”, España “no tiene nombre”, al menos como Estado Político… ¿Entonces qué es esto ya?

 Sánchez descarta romper con Podemos por miedo a que 'incendie' la calle(Vozpópuli 01-11-2020)

      Este indeseable ya dice lo que le parece, puesto que vive seguro, que ha llegado a mandar en “un inmenso rebaño de tontos, borregos, o idiotas de dos patas”; la realidad es que no pueden prescindir el uno del otro y tienen que seguir “como siameses sin cura posible”, puesto que tal como les ocurriría a estos, “si los separan los matan”, puesto que, ¿qué son ambos personajes y que categoría humana se les puede dar? Ninguna, no son nada, y cuando salgan de la Moncloa, desaparecerán “en la nada de donde partieron”; se comprobará ello; lo que ocurre es que con el dinero de contribuyente, saben comprarlo todo; y el poder hoy en España y a la vista está, “es una compra venta de mercancías cualquiera”.

VIRUS CHINO: Lo que están haciendo los políticos bajo “la cortina de la pandemia”, ya lo denunció Montesquieu, hace cientos  de años, con esta sentencia: “NO EXISTE TIRANÍA PEOR QUE LA EJERCIDA A LA SOMBRA DE LAS LEYES CON APARIENCIA DE JUSTICIA”… “Y es por lo que los españoles aún seguimos en la cárcel que nos impusieron, para “salvarnos la vida”; y aún siguen”. 15-05-2020

“TLT”: Techo, Lecho y Trabajo útil para la sociedad… Si la parte razonable del dinero público se aplicara a esta solución, creo firmemente que la mayor parte de problemas, no existirían en este pobre planeta.

¿POR QUÉ ESPAÑA NO EXISTE? El problema de España fue siempre y sigue siendo, el analfabetismo y el analfabestialismo; el gobernante de turno y salvo excepciones, fue siempre a lo suyo, o sea a enriquecerse él y los suyos, a costa de lo que sea; no pensaron nunca ni en su propio municipio, menos en su provincia o región, y mucho menos en el conjunto de España, que la consideraron simplemente como, “una muy rica vaca a ordeñar al máximo y caiga quién caiga”; de ahí las muchas catástrofes soportadas; y por cuanto estamos viendo, nos van a llevar a una más, y los responsables, nunca pagaron ni van a pagar; y lo estamos viendo por la infinidad de saqueadores que campan aquí, como si no hubiesen roto un plato en su vida. Por lo tanto para hacer España, hay primero que educar a las masas a que sepan ser españoles, cosa que aquí nunca se hizo. Lo que aquí ocurre, es trasladable a muchísimos otros países, “rotos como éste”. AGF 05-04-2020

 NOSOTROS EL PUEBLO: A nosotros, el pueblo, nos importan dos cojones, los políticos que sean; lo que queremos son verdaderos estadistas, o sea, hombres y mujeres de Estado, y que de verdad, vayan solucionando los verdaderos problemas de España, que no son de partido alguno; son de todos los españoles y eso se olvida totalmente. (7 MAYO 2019)

LOS GOBIERNOS Y SUS MIEDOS Y CONTROLES: Cualquier gobierno y desde tiempos remotos, lo que trata es de entretener a sus gobernados y que no piensen en la realidad en que viven y menos, en el expolio a que son sometidos; por ello "el pan y circo de la república y luego imperio romano"; y en el hoy, la drogadicción con el mal llamado "deporte" y todas las demás cosas y basuras que nos colocan, los "desinformativos afines al gobierno"; o sea y concretando, lo que dijo y quedó escrito el siglo pasado. "EL MUNDO ESTÁ GOBERNADO POR LA MENTIRA", (FRANÇOIS REVEL) y a lo que yo añado, "el miedo al individuo que piensa y que no quiere ser masificado", es considerado por el gobernante como peligroso y al que hay que eliminar.

 

Antonio García Fuentes
(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (Aquí mucho más)

Jaén: 02 de Noviembre del 2020