Las Noticias de hoy 5 Noviembre 2020

Enviado por adminideas el Jue, 05/11/2020 - 13:10

 

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 05 de noviembre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Audiencia general: Características de la oración cristiana

Audiencia general: Catequesis completa, “Jesús, maestro de oración”

‘Motu Proprio’ del Papa sobre la fundación de Institutos de Vida Consagrada

AMIGO DE LOS PECADORES: Francisco Fernandez Carbajal

Evangelio del jueves: “He venido a llamar a los pecadores”

“Hemos de amar la Santa Misa”: San Josemaria

Relativismo, verdad y fe: Ángel Rodríguez Luño

EL TRABAJO, UN TEMA RECUPERADO POR LA TEOLOGIA ESPIRITUAL: José Luis Illanes

El cielo, la muerte, el purgatorio. ¿Qué son los Novísimos?

Los sueños se construyen juntos: Oscar Fidencio Ibáñez Hernández

 Unión civil de dos homosexuales (II): Rosa Corazón

 La acallada labor de la Iglesia Católica en favor del medio ambiente: Mª del Ángel Iglesias

 “Sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte”:  J. José Alviar 

 Cuidar a los que sufren y no matarlos: David Vicente Casado

 ¿Una democracia que promueve la muerte?: Gregorio Guitián 

 También el papa Francisco sueña con una nueva Europa : Salvador Bernal

Lolo, a la santidad por el periodismo: María Solano Altaba

La tiene tomada con la escuela concertada: Jesús Martínez Madrid

​ Ser católico de verdad resulta molesto: Domingo Martínez Madrid

De la razón y la de la fe, sin relativismos: Jesús Domingo Martínez

El derecho a la vida de las personas mayores: Jesús D Mez Madrid

Día mundial del ahorro y… El consumismo: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

Audiencia general: Características de la oración cristiana

Ciclo sobre la oración

NOVIEMBRE 04, 2020 10:39GABRIEL SALES TRIGUEROAUDIENCIA GENERAL

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(zenit – 4 nov. 2020).- En la audiencia general de esta mañana, el Papa Francisco ha destacado que “el ejemplo de Jesús nos lleva a deducir algunas características de la oración cristiana”.

Hoy, 4 de noviembre de 2020, el Santo Padre ha presidido la audiencia general en la biblioteca del Palacio Apostólico vaticano, transmitida en directo sin fieles, como medida de prevención frente a la COVID-19, y ha proseguido con el ciclo de catequesis sobre la oración, esta vez abordando el tema “Jesús, maestro de oración”.

En sus palabras en español, el Papa se ha centrado en la figura de Jesús como “maestro que, con su ejemplo, nos enseña a orar”: “Es interesante ver que, aun en los momentos de mayor entrega a los pobres y enfermos, siempre dedicó tiempos para la oración, para retirarse y estar a solas con el Padre”, remarcó.

Características de la oración

El Pontífice ha subrayado que, efectivamente, este ejemplo de Jesús nos enseña algunas características de la oración cristiana. En primer lugar, es un “medio para ofrecer a Dios toda la jornada, nos dispone a la escucha y al encuentro, nos abre un horizonte grande y nos ensancha el corazón”.

Después, ha explicado cómo la oración es un “arte que se debe practicar con insistencia, con perseverancia”. “Requiere una disciplina, un ejercicio” que “nos hace fuertes en la tribulación y nos da la gracia de estar sostenidos por Aquel que nos ama y nos protege siempre”.

Otra característica es la soledad: “Todos necesitamos un espacio de silencio para cultivar la propia vida interior y encontrar el sentido a lo que hacemos”, remarcó. Sin vida interior “nos volvemos superficiales, inquietos, ansiosos; huimos de la realidad y huimos de nosotros mismos”.

Finalmente, el Obispo de Roma apuntó que la oración nos ayuda a percibir “que todo viene de Dios y hacia Él se dirige, y nos enseña a relacionarnos con Él y con todo lo creado”.

 

Audiencia general: Catequesis completa, “Jesús, maestro de oración”

“Abandonarse en las manos del Padre”

NOVIEMBRE 04, 2020 13:36GABRIEL SALES TRIGUEROAUDIENCIA GENERAL

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(zenit – 4 nov. 2020).- En la audiencia general, el Papa Francisco propuso el ejemplo de Jesús como “maestro de oración” e indicó que la oración del Hijo de Dios, finalmente, “es abandonarse en las manos del Padre”, como lo hizo en el huerto de los olivos.

La audiencia general de hoy, 4 de noviembre de 2020, ha sido emitida desde la biblioteca del Palacio Apostólico vaticano, sin fieles, como medida de prevención frente a la COVID-19. A lo largo de la misma, el Santo Padre ha continuado con el ciclo de catequesis sobre la oración reflexionando, efectivamente, sobre el tema “Jesús, maestro de oración” (Lectura Mc 1,32.34-38).

Antes de comenzar, Francisco se ha referido ante las cámaras al hecho de tener que transmitir la audiencia de nuevo desde la biblioteca “para defendernos de la COVID” y ha advertido la necesidad de “estar muy atentos a las indicaciones de las autoridades”, tanto políticas como sanitarias, “para defendernos de esta pandemia”.

Del mismo modo, ha ofrecido al Señor “esta distancia entre nosotros por el bien de todos”, y ha invitado a pensar y rezar por los enfermos, “aquellos que entran en los hospitales ya como descartados”, por los médicos, enfermeros y enfermeras, voluntarios y “tanta gente que trabaja con los enfermos en este momento”, arriesgando la vida “por amor al prójimo, como una vocación”.

Jesús recurre “a la fuerza de la oración”

El Papa ha recordado cómo Jesús “recurre constantemente a la fuerza de la oración”. “Los Evangelios nos lo muestran cuando se retira a lugares apartados para rezar”, tratándose de “observaciones sobrias y discretas, que dejan solo imaginar esos diálogos orantes”.

“Estos testimonian claramente que, también en los momentos de mayor dedicación a los pobres y a los enfermos, Jesús no descuidaba nunca su diálogo íntimo con el Padre”, sentía la “necesidad de reposar en la comunión trinitaria, de volver con el Padre y el Espíritu”.

Para el Pontífice, “la oración de Jesús es una realidad misteriosa, de la que intuimos solo algo, pero que permite leer en la justa perspectiva toda su misión”. Por ejemplo, prosigue, un sábado, la ciudad de Cafarnaún se transforma en un “hospital de campaña” en el que Jesús sana a los enfermos, pero antes del alba, “desaparece, se retira a un lugar solitario y reza”.

“La oración es el timón que guía la ruta de Jesús” y “las etapas de su misión no son dictadas por los éxitos”, sino que “la vía menos cómoda es la que traza el camino de Jesús, pero que obedece a la inspiración del Padre” que Él escucha y “acoge en su oración solitaria”, describió.

Primacía 

Asimismo, el Obispo de Roma subrayó que, como señala el Catecismo, “Con su oración, Jesús nos enseña a orar” (n. 2607). De su ejemplo, por tanto, pueden extraerse algunas características de la oración cristiana.

En esta línea, reconoció que, ante todo, la oración presenta “una primacía”: es “el primer deseo del día”, “restituye un alma a lo que de otra manera se quedaría sin aliento”: “Un día vivido sin oración corre el riesgo de transformarse en una experiencia molesta, o aburrida: todo lo que nos sucede podría convertirse para nosotros en un destino mal soportado y ciego”, apuntó.

Escucha y encuentro con Dios

La oración, continuó, consiste sobre todo en la “escucha y encuentro con Dios”, de modo que los problemas de todos los días “no se convierten en obstáculos, sino en llamamientos de Dios mismo a escuchar y encontrar a quien está de frente”.

Así, orar “tiene el poder de transformar en bien lo que en la vida de otro modo sería una condena”, de “abrir un horizonte grande a la mente y de agrandar el corazón”.

Arte para practicar la insistencia

La segunda característica, prosiguió el Papa Francisco, muestra cómo la oración “es un arte para practicar con insistencia”. “Todos somos capaces de oraciones episódicas, que nacen de la emoción de un momento”, pero Jesús nos educa en otro tipo de oración “que conoce una disciplina, un ejercicio y se asume dentro de una regla de vida”.

“Una oración perseverante produce una transformación progresiva, hace fuertes en los períodos de tribulación, dona la gracia de ser sostenidos por Aquel que nos ama y nos protege siempre”, agregó.

Soledad 

Otra característica de la oración de Jesús es la soledad. El Santo Padre sostiene que “toda persona necesita de un espacio para sí misma” en el que pueda “cultivar la propia vida interior, donde las acciones encuentran un sentido”, pues “sin vida interior nos convertimos en superficiales, inquietos, ansiosos”, somos “hombres y mujeres siempre en fuga”.

Además, el Sucesor de Pedro explicó que la oración de Jesús “es el lugar donde se percibe que todo viene de Dios y a Él vuelve” y que rezar “nos ayuda a encontrar la dimensión adecuada, en la relación con Dios, nuestro Padre, y con toda la creación”.

Abandono en Dios

La oración de Cristo es, finalmente, “abandonarse en las manos del Padre, como Jesús en el huerto de los olivos, en esa angustia: ‘Padre si es posible…, pero que se haga tu voluntad’”.

Para el Obispo de Roma “es bonito”, “cuando nosotros estamos inquietos, un poco preocupados, y el Espíritu Santo nos transforma desde dentro y nos lleva a este abandono en las manos del Padre”.

A continuación, sigue la catequesis completa de Francisco.

***

Catequesis – 13. Jesús, maestro de oración

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Lamentablemente hemos tenido que volver a esta audiencia en la Biblioteca y esto para defendernos de los contagios del COVID. Esto nos enseña también que tenemos que estar muy atentos a las indicaciones de las autoridades, tanto de las autoridades políticas como de las autoridades sanitarias, para defendernos de esta pandemia.

Ofrecemos al Señor esta distancia entre nosotros por el bien de todos y pensemos, pensemos mucho en los enfermos, en aquellos que entran en los hospitales ya como descartados, pensemos en los médicos, en los enfermeros, las enfermeras, los voluntarios, en tanta gente que trabaja con los enfermos en este momento: ellos arriesgan la vida pero lo hacen por amor al prójimo, como una vocación. Rezamos por ellos.

Durante su vida pública, Jesús recurre constantemente a la fuerza de la oración. Los Evangelios nos lo muestran cuando se retira a lugares apartados a rezar. Se trata de observaciones sobrias y discretas, que dejan solo imaginar esos diálogos orantes. Estos testimonian claramente que, también en los momentos de mayor dedicación a los pobres y a los enfermos, Jesús no descuidaba nunca su diálogo íntimo con el Padre. Cuanto más inmerso estaba en las necesidades de la gente, más sentía la necesidad de reposar en la Comunión trinitaria, de volver con el Padre y el Espíritu.

En la vida de Jesús hay, por tanto, un secreto, escondido a los ojos humanos, que representa el núcleo de todo. La oración de Jesús es una realidad misteriosa, de la que intuimos solo algo, pero que permite leer en la justa perspectiva toda su misión. En esas horas solitarias – antes del alba o en la noche-, Jesús se sumerge en su intimidad con el Padre, es decir en el Amor del que toda alma tiene sed. Es lo que emerge desde los primeros días de su ministerio público.

Un sábado, por ejemplo, la pequeña ciudad de Cafarnaún se transforma en un “hospital de campaña”: después del atardecer llevan a Jesús a todos los enfermos, y Él les sana. Pero, antes del alba, Jesús desaparece: se retira a un lugar solitario y reza. Simón y los otros le buscan y cuando le encuentran, le dicen: “¡Todos te buscan!”. ¿Qué responde Jesús?: “Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido” (cfr Mc 1, 35-38). Jesús siempre está más allá, más allá en la oración con el Padre y más allá, en otros pueblos, otros horizontes para ir a predicar, otros pueblos.

La oración es el timón que guía la ruta de Jesús. Las etapas de su misión no son dictadas por los éxitos, ni el consenso, ni esa frase seductora “todos te buscan”. La vía menos cómoda es la que traza el camino de Jesús, pero que obedece a la inspiración del Padre, que Jesús escucha y acoge en su oración solitaria.

El Catecismo afirma: “Con su oración, Jesús nos enseña a orar” (n. 2607). Por eso, del ejemplo de Jesús podemos extraer algunas características de la oración cristiana.

Ante todo posee una primacía: es el primer deseo del día, algo que se practica al alba, antes de que el mundo se despierte. Restituye un alma a lo que de otra manera se quedaría sin aliento. Un día vivido sin oración corre el riesgo de transformarse en una experiencia molesta, o aburrida: todo lo que nos sucede podría convertirse para nosotros en un destino mal soportado y ciego. Jesús sin embargo educa en la obediencia a la realidad y por tanto a la escucha.

La oración es sobre todo escucha y encuentro con Dios. Los problemas de todos los días, entonces, no se convierten en obstáculos, sino en llamamientos de Dios mismo a escuchar y encontrar a quien está de frente. Las pruebas de la vida cambian así en ocasiones para crecer en la fe y en la caridad. El camino cotidiano, incluidas las fatigas, adquiere la perspectiva de una “vocación”. La oración tiene el poder de transformar en bien lo que en la vida de otro modo sería una condena; la oración tiene el poder de abrir un horizonte grande a la mente y de agrandar el corazón.

En segundo lugar, la oración es un arte para practicar con insistencia. Jesús mismo nos dice: llamad, llamad, llamad. Todos somos capaces de oraciones episódicas, que nacen de la emoción de un momento; pero Jesús nos educa en otro tipo de oración: la que conoce una disciplina, un ejercicio y se asume dentro de una regla de vida. Una oración perseverante produce una transformación progresiva, hace fuertes en los períodos de tribulación, dona la gracia de ser sostenidos por Aquel que nos ama y nos protege siempre.

Otra característica de la oración de Jesús es la soledad. Quien reza no se evade del mundo, sino que prefiere los lugares desiertos. Allí, en el silencio, pueden emerger muchas voces que escondemos en la intimidad: los deseos más reprimidos, las verdades que persistimos en sofocar, etc. Y sobre todo, en el silencio habla Dios.

Toda persona necesita de un espacio para sí misma, donde cultivar la propia vida interior, donde las acciones encuentran un sentido. Sin vida interior nos convertimos en superficiales, inquietos, ansiosos – ¡qué mal nos hace la ansiedad! Por esto tenemos que ir a la oración; sin vida interior huimos de la realidad, y también huimos de nosotros mismos, somos hombres y mujeres siempre en fuga.

Finalmente, la oración de Jesús es el lugar donde se percibe que todo viene de Dios y Él vuelve. A veces nosotros los seres humanos nos creemos dueños de todo, o al contrario perdemos toda estima por nosotros mismos, vamos de un lado para otro. La oración nos ayuda a encontrar la dimensión adecuada, en la relación con Dios, nuestro Padre, y con toda la creación.

Y la oración de Jesús finalmente es abandonarse en las manos del Padre, como Jesús en el huerto de los olivos, en esa angustia: “Padre si es posible…, pero que se haga tu voluntad”. El abandono en las manos del Padre. Es bonito cuando nosotros estamos inquietos, un poco preocupados y el Espíritu Santo nos transforma desde dentro y nos lleva a este abandono en las manos del Padre: “Padre, que se haga tu voluntad”.

Queridos hermanos y hermanas, redescubramos, en el Evangelio, Jesucristo como maestro de oración, y sigamos su ejemplo. Os aseguro que encontraremos la alegría y la paz.

© Librería Editora Vaticana

 

 

‘Motu Proprio’ del Papa sobre la fundación de Institutos de Vida Consagrada

Deben ser aprobados por el Vaticano

NOVIEMBRE 04, 2020 15:24LARISSA I. LÓPEZDOCUMENTOSPAPA FRANCISCO

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(zenit – 4 nov. 2020).- La Carta Apostólica del Papa Francisco en forma de Motu Proprio, Authenticum charismatis, sobre la fundación de Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica por parte de los obispos diocesanos, ha sido publicada hoy, 4 de noviembre de 2020, por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

Este documento -dado en el Laterano, el 1 de noviembre de 2020, Solemnidad de Todos los Santos- estipula que el reconocimiento de cualquier nuevo Instituto de Vida Consagrada o Sociedad Apóstolica a nivel diocesano tendrá que ser sometido en adelante a la aprobación de la Santa Sede: anteriormente, la opinión del Vaticano era solo consultiva.

Canon 579

Con esta nueva resolución, que entra en vigor el próximo 10 de noviembre, el Santo Padre modifica el canon 579 del Código de Derecho Canónico, que anteriormente estipulaba que “los obispos diocesanos, cada uno en su propio territorio, pueden erigir institutos de vida consagrada por decreto formal, siempre que se haya consultado a la Sede Apostólica”. En la actualidad, los obispos diocesanos solo pueden hacerlo “previa licencia escrita” de la Santa Sede.

El Motu Proprio indica que “los fieles tienen derecho a ser advertidos por los pastores sobre la autenticidad de los carismas y la fiabilidad de los que se presentan como fundadores”.

De este modo, “el discernimiento sobre la eclesialidad y la fiabilidad de los carismas es una responsabilidad eclesial de los Pastores de las Iglesias particulares”, los obispos.

Se trata de valorar “la conveniencia de erigir nuevos Institutos de Vida Consagrada y nuevas Sociedades de Vida Apostólica” para “responder a los dones que el Espíritu suscita en la Iglesia particular, acogiéndolos generosamente con acción de gracias; al mismo tiempo, hay que evitar que ‘surjan imprudentemente Institutos inútiles o no dotados del suficiente vigor’”, indica el texto.

Acompañar a los pastores

Es responsabilidad de la Sede Apostólica “acompañar a los pastores en el proceso de discernimiento que conduce al reconocimiento eclesial de un nuevo Instituto o de una nueva Sociedad de derecho diocesano”.

Tal y como afirma la Exhortación Apostólica Vita consecrata “la vitalidad de los nuevos Institutos y Sociedades ‘debe ser discernida por la autoridad de la Iglesia, a la que corresponde realizar los necesarios exámenes tanto para probar la autenticidad de la finalidad que los ha inspirado, como para evitar la excesiva multiplicación de instituciones análogas entre sí, con el consiguiente riesgo de una nociva fragmentación en grupos demasiado pequeños’ (n. 12)”.

Por lo tanto, los nuevos Institutos de Vida Consagrada y las nuevas Sociedades de Vida Apostólica “deben ser reconocidos oficialmente por la Sede Apostólica, que es la única a la que compete el juicio definitivo”.

Don de la Iglesia universal

“El acto de la erección canónica por el obispo trasciende el ámbito diocesano y lo hace relevante para el más vasto horizonte de la Iglesia universal”, se lee en el documento.

Esto sucede, porque, por su propia naturaleza, todo Instituto de Vida Consagrada o Sociedad de Vida Apostólica, aunque surja en el contexto de una Iglesia particular, “como don a la Iglesia, no es una realidad aislada o marginal, sino que pertenece íntimamente a ella, está en el corazón de la Iglesia como elemento decisivo de su misión” (Carta a los Consagrados, III, 5)”.

A continuación, sigue el texto completo de la Carta Apostólica Authenticum charismatis del Papa Francisco.

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Carta apostólica en forma de Motu Proprio Authenticum charismatis con la cual se modifica el can. 579 del Código de Derecho Canónico

“Un signo claro de la autenticidad de un carisma es su eclesialidad, su capacidad para integrarse armónicamente en la vida del santo Pueblo fiel de Dios para el bien de todos”. (Exhortación. Ap. Evangelii gaudium, 130). Los fieles tienen derecho a ser advertidos por los Pastores sobre la autenticidad de los carismas y la fiabilidad de los que se presentan como fundadores.

El discernimiento sobre la eclesialidad y la fiabilidad de los carismas es una responsabilidad eclesial de los Pastores de las Iglesias particulares. Se expresa en el cuidado esmerado de todas las formas de vida consagrada y, en particular, en la decisiva tarea de valorar la conveniencia de erigir nuevos Institutos de Vida Consagrada y nuevas Sociedades de Vida Apostólica. Es debido responder a los dones que el Espíritu suscita en la Iglesia particular, acogiéndolos generosamente con acción de gracias; al mismo tiempo, hay que evitar que “surjan imprudentemente Institutos inútiles o no dotados del suficiente vigor” (Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Perfectae caritatis, 19).

Es responsabilidad de la Sede Apostólica acompañar a los Pastores en el proceso de discernimiento que conduce al reconocimiento eclesial de un nuevo Instituto o de una nueva Sociedad de derecho diocesano. La Exhortación Apostólica Vita consecrata afirma que la vitalidad de los nuevos Institutos y Sociedades “debe ser discernida por la autoridad de la Iglesia, a la que corresponde realizar los necesarios exámenes tanto para probar la autenticidad de la finalidad que los ha inspirado, como para evitar la excesiva multiplicación de instituciones análogas entre sí, con el consiguiente riesgo de una nociva fragmentación en grupos demasiado pequeños” (n. 12). Los nuevos Institutos de Vida Consagrada y las nuevas Sociedades de Vida Apostólica, por lo tanto, deben ser reconocidos oficialmente por la Sede Apostólica, que es la única a la que compete el juicio definitivo.

El acto de la erección canónica por el obispo trasciende el ámbito diocesano y lo hace relevante para el más vasto horizonte de la Iglesia universal. En efecto, natura sua, todo Instituto de Vida Consagrada o Sociedad de Vida Apostólica, aunque haya surgido en el contexto de una Iglesia particular, “como don a la Iglesia, no es una realidad aislada o marginal, sino que pertenece íntimamente a ella, está en el corazón de la Iglesia como elemento decisivo de su misión” (Carta a los Consagrados, III, 5).

Con esta perspectiva dispongo la modificación del can. 579, que es reemplazado por el siguiente texto: Episcopi dioecesani, in suo quisque territorio, instituta vitae consecratae formali decreto valide erigere possunt, praevia licentia Sedis Apostolicae scripto data.

Lo deliberado con esta Carta Apostólica en forma de Motu proprio, ordeno que tenga valor firme y estable, no obstante, cualquier cosa contraria, aunque sea digna de mención especial, y que sea promulgado mediante la publicación en L’Osservatore Romano, entrando en vigor el 10 de noviembre de 2020 y luego publicado en el comentario oficial de los Acta Apostolicae Sedis.

Dado en el Laterano, el 1 de noviembre del año 2020, Solemnidad de Todos los Santos, el octavo de mi Pontificado.

FRANCISCO

© Librería Editora Vaticana

 

AMIGO DE LOS PECADORES

— Son los enfermos quienes tienen necesidad de médico. Jesús ha venido a curarnos.

— La oveja perdida. La alegría de Dios ante nuestras diarias conversiones.

— Jesucristo sale muchas veces a buscarnos.

I. Leemos en el Evangelio de la Misa1 que publicanos y pecadores se acercaban a Cristo para oírle. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: este recibe a los pecadores y come con ellos.

Meditando la vida del Señor podemos ver con claridad cómo toda ella manifiesta su absoluta impecabilidad. Más aún, Él mismo preguntará a quienes le acusan: ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?2, y «durante toda su vida, lucha con el pecado y con todo lo que engendra pecado, comenzando por Satanás, que es padre de la mentira... (cfr. Jn 8, 44)»3.

Esta batalla de Jesús contra el pecado y contra sus raíces más profundas no le aleja del pecador. Muy al contrario, lo aproxima a los hombres, a cada hombre. En su vida terrena Jesús solía mostrarse particularmente cercano de quienes, a los ojos de los demás, pasaban por «pecadores» o lo eran de verdad. Así nos lo muestra el Evangelio en muchos pasajes; hasta tal punto que sus enemigos le dieron el título de amigo de publicanos y de pecadores4. Su vida es un constante acercamiento a quien necesita la salud del alma. Sale a buscar a los que precisan ayuda, como Zaqueo, en cuya casa Él mismo se invitó: Zaqueo, baja pronto -le dice-, porque hoy me hospedaré en tu casa5. El Señor no se aleja, sino que va en busca de los más distanciados. Por eso acepta las invitaciones y aprovecha las circunstancias de la vida social para estar con quienes no parecían tener puestas sus esperanzas en el Reino de Dios. San Marcos nos indica cómo después del llamamiento de Mateo, muchos publicanos y pecadores estaban a la mesa con Jesús y con sus discípulos6. Y Cuando los fariseos murmuran de esta actitud, Jesús responde: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos...7. Aquí, sentado con estos hombres que parecen muy alejados de Dios, se nos muestra Jesús entrañablemente humano. No se aparta de ellos; por el contrario, busca su trato. La manifestación suprema de este amor por quienes se encuentran en una situación más apurada tuvo lugar en el momento de dar su vida por todos en el Calvario. Pero en este largo recorrido hasta la Cruz, su existencia es una manifestación continua de interés por cada uno, que se expresa en estas palabras conmovedoras: El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino a servir...8. A servir a todos: a quienes tienen buena voluntad y están más preparados para recibir la doctrina del Reino, y a quienes parecen endurecidos para la Palabra divina.

La meditación de hoy nos debe llevar a aumentar nuestra confianza en Jesús cuanto mayores sean nuestras necesidades; especialmente si en alguna ocasión sentimos con fuerza la propia flaqueza: Cristo también está cercano entonces. De igual forma, pediremos con confianza por aquellos que están alejados del Señor, que no responden a nuestro desvelo por acercarlos a Dios y que aun parece que se distancian más. «¡Oh, qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío –exclama Santa Teresa–: que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad!»9.

II. Jesucristo andaba constantemente entre las turbas, dejándose asediar por ellas, aun después de caída ya la noche10, y muchas veces ni siquiera le permitían un descanso11. Su vida estuvo totalmente entregada a sus hermanos los hombres12, con un amor tan grande que llegará a dar la vida por todos13. Resucitó para nuestra justificación14; ascendió a los Cielos para prepararnos un lugar15; nos envía su Espíritu para no dejarnos huérfanos16. Cuanto más necesitados nos encontramos, más atenciones tiene con nosotros. Esta misericordia supera cualquier cálculo y medida humana; es «lo propio de Dios, y en ella se manifiesta de forma máxima su omnipotencia»17.

El Evangelio de la Misa continúa con esta bellísima parábola, en la que se expresan los cuidados de la misericordia divina sobre el pecador: Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la carga sobre los hombros muy contento; y al llegar a casa reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: ¡Felicitadme! he encontrado la oveja que se me había perdido. «La suprema misericordia –comenta San Gregorio Magno– no nos abandona ni aun cuando lo abandonamos»18. Es el Buen Pastor que no da por definitivamente perdida a ninguna de sus ovejas.

Quiere expresar también aquí el Señor su inmensa alegría, la alegría de Dios, ante la conversión del pecador. Un gozo divino que está por encima de toda lógica humana: Os digo que así también habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse, como un capitán estima más al soldado que en la guerra, habiendo vuelto después de huir, ataca con más valor al enemigo, que al que nunca huyó pero tampoco mostró valor alguno, comenta San Gregorio Magno; igualmente, el labrador prefiere mucho más la tierra que, después de haber producido espinas, da abundante mies, que la que nunca tuvo espinas pero jamás dio mies abundante19. Es la alegría de Dios cuando recomenzamos en nuestro camino, quizá después de pequeños fracasos en esas metas en las que estamos necesitados de conversión: luchar por superar las asperezas del carácter; optimismo en toda circunstancia, sin dejarnos desalentar, pues somos hijos de Dios; aprovechamiento del tiempo en el estudio, en el trabajo, comenzando y terminando a la hora prevista, dejando a un lado llamadas por teléfono inútiles o menos necesarias; empeño por desarraigar un defecto; generosidad en la mortificación pequeña habitual... Es el esfuerzo diario para evitar «extravíos» que, aunque no gravemente, nos alejan del Señor.

Siempre que recomenzamos, cada día, nuestro corazón se llena de gozo, y también el del Maestro. Cada vez que dejamos que Él nos encuentre somos la alegría de Dios en el mundo. El Corazón de Jesús «desborda de alegría cuando ha recobrado el alma que se le había escapado. Todos tienen que participar en su dicha: los ángeles y los escogidos del Cielo, y también deben alegrarse los justos de la tierra por el feliz retorno de un solo pecador»20Alegraos conmigo..., nos dice. Existe también una alegría muy particular cuando hemos acercado a un amigo o a un pariente al sacramento del perdón, donde Jesucristo le esperaba con los brazos abiertos.

Señor -canta un antiguo himno de la Iglesia-, has quedado extenuado, buscándome: //¡Que no sea en vano tan grande fatiga!21.

III. Y cuando la encuentra, la carga sobre los hombros muy contento...

Jesucristo sale muchas veces a buscarnos. Él, que puede medir en toda su hondura la maldad y la esencia de la ofensa a Dios, se nos acerca; Él conoce bien la fealdad del pecado y su malicia, y sin embargo «no llega iracundo: el Justo nos ofrece la imagen más conmovedora de la misericordia (...). A la Samaritana, a la mujer con seis maridos, le dice sencillamente a ella y a todos los pecadores: Dame de beber (Jn 3, 4-7). Cristo ve lo que ese alma puede ser, cuánta belleza –la imagen de Dios allí mismo–, qué posibilidades, incluso qué “resto de bondad” en la vida de pecado, como una huella inefable, pero realísima, de lo que Dios quiere de ella»22.

Jesucristo se acerca al pecador con respeto, con delicadeza. Sus palabras son siempre expresión de su amor por cada alma. Vete y no peques más23, advertirá solamente a la mujer adúltera que iba a ser apedreada. Hijo mío, ten confianza, tus pecados te son perdonados24, dirá al paralítico que, tras incontables esfuerzos, había sido llevado por sus amigos hasta la presencia de Jesús. A punto de morir, hablará así al Buen Ladrón: En verdad, en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso25. Son palabras de perdón, de alegría y de recompensa. ¡Si supiéramos con qué amor nos espera Cristo en cada Confesión! ¡Si pudiéramos comprender su interés en que volvamos!

Es tanta la impaciencia del Buen Pastor que no espera a ver si la oveja descarriada vuelve al redil por su cuenta, sino que sale él mismo a buscarla. Una vez hallada, ninguna otra recibirá tantas atenciones como esta que se había perdido, pues tendrá el honor de ir a hombros del pastor. Vuelta al redil y «pasada la sorpresa, es real ese más de calor que trae al rebaño, ese bien ganado descanso del pastor, hasta la calma del perro guardián, que solo alguna vez, en sueños, se sobresalta y certifica, despierto, que la oveja duerme más acurrucada aún, si cabe, entre las otras»26. Los cuidados y atenciones de la misericordia divina sobre el pecador arrepentido son abrumadores.

Su perdón no consiste solo en perdonar y olvidar para siempre nuestros pecados. Esto sería mucho; con la remisión de las culpas renace además el alma a una vida nueva, o crece y se fortalece la que ya existía. Lo que era muerte se convierte en fuente de vida; lo que fue tierra dura es ahora un vergel de frutos imperecederos.

Nos muestra el Señor en este pasaje del Evangelio el valor que para Él tiene una sola alma, pues está dispuesto a poner tantos medios para que no se pierda, y su alegría cuando alguno vuelve de nuevo a su amistad y a su cobijo. Y este interés es el que hemos de tener para que los demás no se extravíen y, si están lejos de Dios, para que vuelvan.

1 Lc 15, 1-10. — 2 Jn 8, 46. — 3 Juan Pablo II, Audiencia general 10-II-1988. — 4 Cfr. Mt 11, 18-19. — 5 Cfr. Lc 19, 1-10. — 6 Cfr. Mc 2, 13-15. — 7 Cfr. Mc 2, 17.— 8 Mc 10, 45. — 9 Santa Teresa, Exclamaciones, n. 8. — 10 Cfr. Mc 3, 20. — 11 Cfr. Ibídem. — 12 Cfr. Gal 2, 20. — 13 Cfr. Jn 13, 1. — 14 Cfr. Rom 4, 25. — 15 Cfr. Jn 14, 2. — 16 Cfr. Jn 14, 18 — 17 Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 30, a. 4. — 18 San Gregorio Magno, Homilía 36 sobre los Evangelios. — 19 Cfr. ídem, Homilía 34 sobre los Evangelios, 4. — 20 G. Chevrot, El Evangelio al aire libre, pp. 84-85. — 21 Himno Dies irae. — 22 F. Sopeña, La Confesión, pp. 28-29. — 23 Jn 8, 11. — 24 Mt 9, 2. — 25 Lc 24, 43. — 26 F. Sopeña, o. c. p. 36.

 

Evangelio del jueves: “He venido a llamar a los pecadores”

Evangelio del jueves de la XXXI del tiempo ordinario y comentario al evangelio.

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Lc 15,1-10)

Se le acercaban todos los publicanos y pecadores para oírle. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:

—Éste recibe a los pecadores y come con ellos.

Entonces les propuso esta parábola:

—¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que se perdió hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso, y, al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: «Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió». Os digo que, del mismo modo, habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión.

»¿O qué mujer, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una luz y barre la casa y busca cuidadosamente hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas y les dice: «Alegraos conmigo, porque he encontrado la dracma que se me perdió». Así, os digo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.


Comentario

Una de las cosas que más llaman la atención en el caminar de Jesús es que ninguno de aquellos que eran considerados pecadores se sentía rechazado por Nuestro Señor. Lucas lo expresa así: «Se le acercaban todos los publicanos y pecadores». Para todos tenía palabras, un corazón acogedor y misericordia, a todos ellos los animaba a tomarse en serio su relación con Dios, porque la acogida y la misericordia no cierran los ojos a la necesidad de rechazar el pecado y obrar el bien. Una acogida que era, al mismo tiempo, entrega: «Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8). Es la renovación del amor primero: «Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1Jn 4,19).

Aquellos publicanos y pecadores se supieron buscados y llamados por Jesús. Ora así Nuestro Señor: «Cuando estaba con ellos yo los guardaba en tu nombre. He guardado a los que me diste» (Jn 17,12). Y lo hizo como el pastor que sale a buscar a las ovejas: porque el Padre nos ha puesto en sus manos, porque sabe a qué estamos llamados y nos ama con amor divino, porque quiere que nadie se pierda. Ese mismo amor es el que nos pide cuando nos nombra emisarios suyos: «Los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar» (Lc 10,1). Jesús quiere que quienes le sigan compartan su mismo corazón.

Los ejemplos que pone el Señor son un desafío a la lógica humana. No es fácil que un pastor abandone a todo un rebaño para buscar una sola oveja si hay riesgo para las otras. Pero Jesús Buen Pastor lo hace: esa es la realidad de su preocupación por todos y cada uno. Y su empeño por atraernos al Padre es como el de una mujer que ha extraviado el sustento diario de su familia: su esfuerzo de búsqueda es proporcional al amor por los suyos. Jesús nos anima a crecer en amor verdadero por nuestro prójimo, amor también por su vida eterna. Ese amor dará como fruto oración, inventiva y empeño por ayudarnos mutuamente a identificar lo que nos aleja de Dios y a crecer en deseos de tener un corazón limpio.

 

 

“Hemos de amar la Santa Misa”

Lucha para conseguir que el Santo Sacrificio del Altar sea el centro y la raíz de tu vida interior, de modo que toda la jornada se convierta en un acto de culto –prolongación de la Misa que has oído y preparación para la siguiente–, que se va desbordando en jaculatorias, en visitas al Santísimo, en ofrecimiento de tu trabajo profesional y de tu vida familiar... (Forja, 69)

5 de noviembre

No comprendo cómo se puede vivir cristianamente sin sentir la necesidad de una amistad constante con Jesús en la Palabra y en el Pan, en la oración y en la Eucaristía. Y entiendo muy bien que, a lo largo de los siglos, las sucesivas generaciones de fieles hayan ido concretando esa piedad eucarística. Unas veces, con prácticas multitudinarias, profesando públicamente su fe; otras, con gestos silenciosos y callados, en la sacra paz del templo o en la intimidad del corazón.

Ante todo, hemos de amar la Santa Misa que debe ser el centro de nuestro día. Si vivimos bien la Misa, ¿cómo no continuar luego el resto de la jornada con el pensamiento en el Señor, con la comezón de no apartarnos de su presencia, para trabajar como El trabajaba y amar como El amaba? Aprendemos entonces a agradecer al Señor esa otra delicadeza suya: que no haya querido limitar su presencia al momento del Sacrificio del Altar, sino que haya decidido permanecer en la Hostia Santa que se reserva en el Tabernáculo, en el Sagrario. (Es Cristo que pasa, nn. 153-154)

 

Relativismo, verdad y fe

Ofrecemos un artículo del profesor de Teología D. Ángel Rodríguez Luño sobre un tema de actualidad

ÚLTIMAS NOTICIAS01/03/2007

SUMARIO

1. La fe cristiana ante el desafío del relativismo.— 2. El relativismo religioso.— 3. El relativismo ético-social.— 4. Los problemas antropológicos del relativismo.

1. La fe cristiana ante el desafío del relativismo

Las presentes reflexiones toman como punto de partida algunas enseñanzas de Benedicto XVI, aunque no pretenden hacer una exposición completa de su pensamiento [1]. En diversas ocasiones y con diversas palabras, Benedicto XVI ha manifestado su convicción de que el relativismo se ha convertido en el problema central que la fe cristiana tiene que afrontar en nuestros días [2]. Algunos medios de comunicación han interpretado esas palabras como referidas casi exclusivamente al campo de la moral, como si respondiesen a la voluntad de calificar del modo más duro posible a todos los que no aceptan algún punto concreto de la enseñanza moral de la Iglesia Católica. Esta interpretación no corresponde al pensamiento ni a los escritos de Benedicto XVI. Él alude a un problema mucho más hondo y general, que se manifiesta primariamente en el ámbito filosófico y religioso, y que se refiere a la actitud intencional profunda que la conciencia contemporánea —creyente y no creyente— asume fácilmente con relación a la verdad.

La referencia a la actitud profunda de la conciencia ante la verdad distingue el relativismo del error. El error es compatible con una adecuada actitud de la conciencia personal con relación a la verdad. Quien afirmase, por ejemplo, que la Iglesia no fue fundada por Jesucristo, lo afirma porque piensa (equivocadamente) que ésa es la verdad, y que la tesis opuesta es falsa. Quien hace una afirmación de este tipo piensa que es posible alcanzar la verdad. Los que la alcanzan —y en la medida en que la alcanzan— tienen razón, y los que sostienen la afirmación contradictoria se equivocan.

La filosofía relativista dice, en cambio, que hay que resignarse al hecho de que las realidades divinas y las que se refieren al sentido de la vida humana, personal y social, son sustancialmente inaccesibles, y que no existe una única vía para acercarse a ellas. Cada época, cada cultura y cada religión ha utilizado diversos conceptos, imágenes, símbolos, metáforas, visiones, etc. para expresarlas. Estas formas culturales pueden oponerse entre sí, pero con relación a los objetos a los que se refieren tendrían todas igual valor. Serían diversos modos, cultural e históricamente limitados, de aludir de modo muy imperfecto a unas realidades que no se pueden conocer. En definitiva, ninguno de los sistemas conceptuales o religiosos tendría bajo algún aspecto un valor absoluto de verdad. Todos serían relativos al momento histórico y al contexto cultural, de ahí su diversidad e incluso oposición. Pero dentro de esa relatividad, todos serían igualmente válidos, en cuanto vías diversas y complementarias para acercarse a una misma realidad que sustancialmente permanece oculta.

En un libro publicado antes de su elección como Romano Pontífice, Benedicto XVI se refería a una parábola budista [3]. Un rey del norte de la India reunió un día a un buen número de ciegos que no sabían qué es un elefante. A unos ciegos les hicieron tocar la cabeza, y les dijeron: "esto es un elefante". Lo mismo dijeron a los otros, mientras les hacían tocar la trompa, o las orejas, o las patas, o los pelos del final de la cola del elefante. Luego el rey preguntó a los ciegos qué es un elefante, y cada uno dio explicaciones diversas según la parte del elefante que le habían permitido tocar. Los ciegos comenzaron a discutir, y la discusión se fue haciendo violenta, hasta terminar en una pelea a puñetazos entre los ciegos, que constituyó el entretenimiento que el rey deseaba.

Este cuento es particularmente útil para ilustrar la idea relativista de la condición humana. Los hombres seríamos ciegos que corremos el peligro de absolutizar un conocimiento parcial e inadecuado, inconscientes de nuestra intrínseca limitación (motivación teórica del relativismo). Cuando caemos en esa tentación, adoptamos un comportamiento violento e irrespetuoso, incompatible con la dignidad humana (motivación ética del relativismo). Lo lógico sería que aceptásemos la relatividad de nuestras ideas, no sólo porque eso corresponde a la índole de nuestro pobre conocimiento, sino también en virtud del imperativo ético de la tolerancia, del diálogo y del respeto recíproco. La filosofía relativista se presenta a sí misma como el presupuesto necesario de la democracia, del respeto y de la convivencia. Pero esa filosofía no parece darse cuenta de que el relativismo hace posible la burla y el abuso de quien tiene el poder en su mano: en el cuento, el rey que quiere divertirse a costa de los pobres ciegos; en la sociedad actual, quienes promueven sus propios intereses económicos, ideológicos, de poder político, etc. a costa de los de­más, mediante el manejo hábil y sin escrúpulos de la opinión pública y de los demás resortes del poder.

¿Qué tiene que ver todo esto con la fe cristiana? Mucho. Porque es esencial al Cristianismo el autopresentarse como religio vera, como religión verdadera [4]. La fe cristiana se mueve en el plano de la verdad, y ese plano es su espacio vital mínimo. La religión cristiana no es un mito, ni un conjunto de ritos útiles para la vida social y política, ni un principio inspirador de buenos sentimientos privados, ni una agencia ética de cooperación internacional. La fe cristiana ante todo nos comunica la verdad acerca de Dios, aunque no exhaustivamente, y la verdad acerca del hombre y del sentido de su vida [5]. La fe cristiana es incompatible con la lógica del "como si". No se reduce a decirnos que hemos de comportarnos "como si" Dios nos hubiese creado y, por consiguiente, "como si" todos los hombres fuésemos hermanos, sino que afirma, con pretensión veritativa, que Dios ha creado el cielo y la tierra y que todos somos igualmente hijos de Dios. Nos dice además que Cristo es la revelación plena y definitiva de Dios, «resplandor de su gloria e impronta de su sustancia» [6], único mediador entre Dios y los hombres [7], y por lo tanto no puede admitir que Cristo sea solamente el rostro con que Dios se presenta a los europeos [8].

Quizá conviene repetir que la convivencia y el diálogo sereno con los que no tiene fe o con los que sostienen otras doctrinas no se opone al Cristianismo; más bien es verdad todo lo contrario. Lo que es incompatible con la fe cristiana es la idea de que el Cristianismo, las demás religiones monoteístas o no monoteístas, las místicas orientales monistas, el ateísmo, etc. son igualmente verdaderos, porque son diversos modos cultural e históricamente limitados de referirse a una misma realidad que ni unos ni otros en el fondo conocen. Es decir, la fe cristiana se disuelve si en el plano teórico se evade la perspectiva de la verdad, según la cual quienes afirman y niegan lo mismo no pueden tener igualmente razón, ni pueden ser considerados como representantes de visiones complemen­tarias de una misma realidad.

2. El relativismo religioso

La fuerza del Cristianismo, y el poder para configurar y sanar la vida personal y colectiva que ha demostrado a lo largo de la historia, consiste en que implica una estrecha síntesis entre fe, razón y vida [9], en cuanto la fe religiosa muestra a la conciencia personal que la razón verdadera es el amor y que el amor es la razón verdadera [10]. Esa síntesis se rompe si la razón que en ella debería entrar es relativista. Por ello dijimos al inicio que el relativismo se ha convertido en el problema central que la evangelización tiene que afrontar en nuestros días. El relativismo es tan problemático porque, aunque no llega a ser una mutación epocal de la condición y de la inteligencia humanas, sí comporta un desorden generalizado de la intencionalidad profunda de la conciencia respecto de la verdad, que tiene manifestaciones en todos los ámbitos de la vida.

En primer lugar existe hoy una interpretación relativista de la religión. Es lo que actualmente se conoce como "teología del pluralismo religioso". Esta teoría teológica afirma que el pluralismo de las religiones no es sólo una realidad de hecho, sino una realidad de derecho. Dios querría positivamente las religiones no cristianas como diversos caminos a través de los cuales los hombres se unen a Él y reciben la salvación, independientemente de Cristo. Cristo a lo más tiene una posición de particular importancia, pero es sólo uno de los caminos posibles, y desde luego ni exclusivo ni inclusivo de los demás. Todas las religiones serían vías parciales, todas podrían aprender de las demás algo de la verdad sobre Dios, en todas habría una verdadera revelación divina.

Esa posición descansa sobre el presupuesto de la esencial relatividad histórica y cultural de la acción salvífica de Dios en Jesucristo. La acción salvífica universal de la divinidad se realizaría a través de diversas formas limitadas, según la diversidad de pueblos y culturas, sin identificarse plenamente con ninguna de ellas. La verdad absoluta de Dios no podría tener una expresión adecuada y suficiente en la historia y en el lenguaje humano, siempre limitado y relativo. Las acciones y las palabras de Cristo estarían sometidas a esa relatividad, poco más o menos como las acciones y palabras de las otras grandes figuras religiosas de la humanidad. La figura de Cristo no tendría un valor absoluto y universal. Nada de lo que aparece en la historia podría tener ese valor [11]. No nos detenemos ahora en explicar los diversos modos en que se ha pretendido justificar esta concepción [12].

De estas complejas teorías se ocupó la encíclica Redemptoris Missio [13] de Juan Pablo II y la declaración Dominus Iesus [14]. Es fácil darse cuenta de que tales teorías teológicas disuelven la cristología y relativizan la revelación llevada a cabo por Cristo, que sería limitada, incompleta e imperfecta [15], y que dejaría un espacio libre para otras revelaciones independientes y autónomas [16]. Para los que sostienen estas teorías es determinante el imperativo ético del diálogo con los representantes de las grandes religiones asiáticas, que no sería posible si no se aceptase, como punto de partida, que esas religiones tienen un valor salvífico autónomo, no derivado y no dirigido a Cristo. También en este caso el relativismo teórico (dogmático) obedece en buena parte a una motivación de orden práctico (el imperativo del diálogo). Estamos, pues, ante otra versión del conocido tema kantiano de la primacía de la razón práctica sobre la razón teórica.

Se hace necesario aclarar que lo que acabamos de decir en nada prejuzga la salvación de los que no tienen la fe cristiana. Lo único que se dice es que también los no cristianos que viven con rectitud según su conciencia se salvan por Cristo y en Cristo, aunque en esta tierra no le hayan conocido. Cristo es el Redentor y el Salvador universal del género humano. Él es la salvación de todos los que se salvan.

3. El relativismo ético-social 

Pasamos a ocuparnos del relativismo ético-social. Esta expresión significa no sólo que el relativismo actual tiene muchas y evidentes manifestaciones en al ámbito ético-social, sino también — y principalmente — que se presenta como si estuviese justificado por razones ético-sociales. Esto explica tanto la facilidad con que se difunde cuanto la escasa eficacia que tienen ciertos intentos de combatirlo.

Veamos cómo formula Habermas esa justificación ético-social. En la sociedad actual encontramos un pluralismo de proyectos de vida y de concepciones del bien humano. Este hecho nos plantea la siguiente alternativa: o se renuncia a la pretensión clásica de pronunciar juicios de valor sobre las diversas formas de vida que la experiencia nos ofrece; o bien se ha de renunciar a defender el ideal de la tolerancia, para el cual cada concepción de la vida vale tanto como cualquier otra o, por lo menos, tiene el mismo derecho a existir [17]. La misma idea la expresa de modo más sintético un conocido jurista argentino: «Si la existencia de razones para modos de vida no fuese utilizada para justificar el empleo de la coacción, la tolerancia sería compatible con los compromisos más profundos» [18]. La fuerza de este tipo de razonamientos consiste en que históricamente ha sucedido muchas veces que los hombres hemos sacrificado violentamente la libertad sobre el altar de la verdad. Por eso, con un poco de habilidad dialéctica no es difícil hacer pasar por defensa de la libertad actitudes y concepciones que en realidad caen en el extremo opuesto de sacrificar violentamente la verdad sobre el altar de la libertad.

Esto se ve claramente en el modo en que la mentalidad relativista ataca a sus adversarios. A quien afirma, por ejemplo, que la heterosexualidad pertenece a la esencia del matrimonio, no se le dice que esa tesis es falsa, sino que se le acusa de fundamentalismo religioso, de intolerancia o de espíritu antimoderno. Menos aún se le dirá que la tesis contraria es verdadera, es decir, no se intentará demostrar que la heterosexualidad nada tiene que ver con el matrimonio. Lo característico de la mentalidad relativista es pensar que esta tesis es una de las tesis que hay en la sociedad, junto con su contraria y quizá con otras más, y que en definitiva todas tienen igual valor y el mismo derecho a ser socialmente reconocidas. A nadie se obliga a casarse con una persona del mismo sexo, pero quien quiera hacerlo debe poder hacerlo. Es el mismo razonamiento con el que se justifica la legalización del aborto y de otros atentados contra la vida de seres humanos que, por el estado en que se encuentran, no pueden reivindicar activamente sus derechos y cuya colaboración no nos es necesaria. A nadie se le obliga a abortar, pero quien piense que debe hacerlo, debe poder hacerlo.

Se puede criticar a la mentalidad relativista de muchas formas, según las circunstancias. Pero lo que nunca se debe hacer es reforzar, con las propias palabras o actitudes, lo que en esa mentalidad es más persuasivo. Es decir: quien ataca el relativismo no puede dar la impresión de que está dispuesto a sacrificar la libertad sobre el altar de la verdad. Más bien se debe demostrar que se es muy sensible al hecho, de suyo bastante claro, que el paso desde la perspectiva teórica a la perspectiva ético-política ha de hacerse con mucho cuidado. Una cosa es que sea inadmisible que los que afirman y niegan lo mismo tengan igualmente razón, otra cosa sería decir que sólo los que piensan de un determinado modo pueden disfrutar de todos los derechos civiles de libertad en el ámbito el Estado. Se debe evitar toda confusión entre el plano teórico y el plano ético-político: una cosa es la relación de la conciencia con la verdad, y otra bien distinta es la justicia con las personas. Siguiendo esta lógica se podrá mostrar después, de modo creíble, que de una afirmación que pretende decir cómo son las cosas, es decir, de una tesis especulativa, sólo cabe decir que es verdadera o que es falsa. Las tesis especulativas no son ni fuertes ni débiles, ni privadas ni públicas, ni frías ni calientes, ni violentas ni pacíficas, ni autoritarias ni democráticas, ni progresistas ni conservadoras, ni buenas ni malas. Son simplemente verdaderas o falsas. ¿Qué pensaríamos de quien al exponer una demostración matemática o una explicación médica, empezase a decir que esos conocimientos científicos tienen sólo una validez privada, o que constituyen una teoría muy democrática? Si hay completa certeza de que un fármaco permite detener un tumor, se trata de una verdad médica, a secas, y no hay nada más que añadir. En cambio a una forma de concebir los derechos civiles o la estructura del Estado sí cabe calificarla de autoritaria o democrática, de justa o injusta, de conservadora o reformista. A la vez hay que recordar que existen realidades, como el matrimonio, que son a la vez objeto de un conocimiento verdadero y de una regulación práctica según justicia. En caso de conflicto, hay que encontrar el modo de salvar tanto la verdad cuanto la justicia con las personas, para lo cual se ha de tener muy en cuenta — entre otras cosas — el aspecto "expresivo" o educativo de las leyes civiles [19].

En el Discurso del 22 de diciembre de 2005, Benedicto XVI ha distinguido con mucha nitidez la relación de la conciencia con la verdad de las relaciones de justicia entre las personas. Transcribo un párrafo muy significativo: «Si la libertad de religión es considerada como expresión de la incapacidad del hombre para encontrar la verdad, y por tanto se convierte en canonización del relativismo, entonces se eleva impropiamente tal libertad del plano de la necesidad social e histórica al nivel metafísico y se le priva de su auténtico sentido. La consecuencia es que no puede ser aceptada por quien cree que el hombre es capaz de conocer la verdad de Dios y está vinculado por ese conocimiento, en virtud de la dignidad interior de la libertad. Algo completamente diferente es considerar la libertad de religión como una necesidad que deriva de la convivencia humana; más aún, como una consecuencia intrínseca de la verdad, que no puede ser impuesta desde el exterior, sino que tiene que ser asumida por el hombre sólo mediante el proceso de la convicción. El Concilio Vaticano II, al reconocer y asumir con el Decreto sobre la libertad religiosa un principio esencial del Estado moderno, retomó el patrimonio más profundo de la Iglesia» [20].

Benedicto XVI da muestras de un fino discernimiento cuando reconoce que en el Concilio Vaticano II la Iglesia hizo suyo un principio ético-político del Estado moderno, y que lo hizo recuperando algo que pertenecía a la tradición católica. Su posición está llena de matices. Y así aclara que «quien esperaba que con este "sí" fundamental a la edad moderna iban a desaparecer todas las tensiones y que esa "apertura al mundo" transformase todo en armonía pura, había minimizado las tensiones interiores y las contradicciones de la misma edad moderna; había infravalorado la peligrosa fragilidad de la naturaleza humana, que es una amenaza para el camino del hombre en todos los períodos de la historia». Y si afirma que «no podía ser la intención del Concilio abolir esta contradicción del Evangelio en relación a los peligros y errores del hombre» [21], dice también que es un bien hacer todo lo posible por evitar «las contradicciones erróneas o superfluas con el fin de presentar a este mundo nuestro las exigencias del Evangelio con toda su grandeza y pureza» [22]. Y señalando el fondo del problema, añade que «el paso dado por el Concilio hacia la edad moderna, que de manera bastante imprecisa se ha presentado como "apertura al mundo", pertenece en definitiva al problema perenne de la relación entre fe y razón, que se muestra siempre con formas nuevas» [23].

El razonamiento de Benedicto XVI muestra un modo de hacer frente de modo justo y matizado a una posición tremendamente insidiosa como es el relativismo ético-social.

4. Los problemas antropológicos del relativismo

Hemos dicho que el relativismo en el campo ético-social se apoya en una motivación de orden práctico: quiere permitir hacer algo a quien lo desea, sin hacer daño a los demás, y esto sería una ampliación de la libertad. Pero el valor de esa motivación es sólo aparente. La mentalidad relativista comporta un profundo desorden antropológico, que tiene costes personales y sociales muy altos. La naturaleza de este desorden antropológico es bastante compleja y altamente problemática. Aquí voy a mencionar sólo dos problemas.

El primero es que la mentalidad relativista está unida a una excesiva acentuación de la dimensión técnica de la inteligencia humana, y de los impulsos ligados a la expansión del yo con los que esa dimensión de la inteligencia está relacionada, lo que lleva consigo la depresión de la dimensión sapiencial de la inteligencia y, por consiguiente, de las tendencias transitivas y trascendentes de la persona, con las que esta segunda dimensión de la inteligencia está emparentada.

Lo que aquí se llama dimensión técnica de la inteligencia humana, y que otros autores llaman con otros nombres [24], es la evidente y necesaria actividad de la inteligencia que nos permite orientarnos en el medio ambiente, garantizando la subsistencia y la satisfacción de las necesidades básicas. Acuña conceptos, capta relaciones, conoce el orden de las cosas, etc. con la finalidad de dominar y explotar la naturaleza, fabricar los instrumentos y obtener los recursos que necesitamos. Gracias a esta función de la inteligencia las cosas y las fuerzas de la naturaleza se hacen objetos dominables y manipulables para nuestro provecho. Desde este punto de vista conocer es poder: poder dominar, poder manipular, poder vivir mejor.

La función sapiencial de la inteligencia mira, en cambio, a entender el significado del mundo y el sentido de la vida humana. Acuña conceptos no con la finalidad de dominar, sino de alcanzar las verdades y las concepciones del mundo que puedan dar respuesta cumplida a la pregunta por el sentido de nuestra existencia, respuesta que a la larga nos resulta tan necesaria como el pan y el agua.

La sistemática huida o evasión del plano de la verdad, que hemos llamado mentalidad relativista, comporta un desequilibrio de estas dos funciones de la inteligencia, y de las tendencias que les están ligadas. El predominio de la función técnica significa el predominio a nivel personal y cultural de los impulsos hacia los valores vitales (el placer, el bienestar, la ausencia de sacrificio y de esfuerzo), a través de los cuales se afirma y se expande el yo individual. La depresión de la función sapiencial de la inteligencia comporta la inhibición de las tendencias transitivas, es decir, de las tendencias sociales y altruistas, y sobre todo un empequeñecimiento de la capacidad de autotrascendencia, por lo que la persona queda encerrada en los límites del individualismo egoísta. En términos más sencillos: el afán ansioso de tener, de triunfar, de subir, de descansar y divertirse, de llevar una fácil y placentera, prevalece con mucho sobre el deseo de saber, de reflexionar, de dar un sentido a lo que se hace, de ayudar a los demás con el propio trabajo, de trascender el reducido ámbito de nuestros intereses vitales inmediatos. Queda casi bloqueada la trascendencia horizontal (hacia los demás y hacia la colectividad) y también la vertical (hacia los valores ideales absolutos, hacia Dios).

El segundo problema está estrechamente vinculado con el primero. La falta de sensibilidad hacia la verdad y hacia las cuestiones relativas al sentido del vivir lleva consigo la deformación, cuando no la corrupción, de la idea y de la experiencia de la libertad; de la propia libertad en primer lugar. No puede extrañar que la consolidación social y legal de los modos de vida congruentes con el desorden antropológico del que estamos hablando se fundamenten siempre invocando la libertad, realidad ciertamente sacrosanta, pero que hay que entender en su verdaderos sentido. Se invoca la libertad como libertad de abortar, libertad de ignorar, libertad de no saber hablar más que con palabras soeces, libertad de no deber dar razón de las propias posiciones, libertad de molestar y, ante todo y sobre todo, libertad de imponer a los demás una filosofía relativista que todos tendríamos que aplaudir como filosofía de la libertad. Quien le niega el aplauso será sometido a un proceso de linchamiento social y cultural muy difícil de aguantar. Pienso que estas consideraciones pueden ayudar a entender en qué sentido Benedicto XVI ha hablado de "dictadura del relativismo".

Todo esto también tiene mucho que ver, negativamente, con la fe cristiana. Quien piensa que existe una verdad, y que esa verdad se puede alcanzar con certeza aun en medio de muchas dificultades, quien piensa que no todo puede ser de otra manera, es decir, quien piensa que nuestra capacidad de modelar culturalmente el amor, el matrimonio, la generación, la ordenación de la convivencia en el Estado, etc. tiene límites que no se pueden superar, piensa, en definitiva, que existe una inteligencia más alta que la humana. Es la inteligencia del Creador, que determina lo que las cosas son y los límites de nuestro poder de transformarlas. El relativista piensa lo contrario. El relativismo parece un agnosticismo. Quien pueda pensarlo coherentemente hasta el final lo verá mucho más afín al ateísmo práctico. No me parece compatible la convicción de que Dios ha creado al hombre y a la mujer, con la idea de que puede existir un matrimonio entre personas del mismo sexo. Esto sólo sería posible si el matrimonio fuese simplemente una creación cultural: nosotros lo estructuramos hace siglos de un modo, y ahora somos libres de estructurarlo de otro modo.

El relativismo responde a una concepción profunda de la vida que trata de imponer. El relativista piensa que el modo de alcanzar la mayor felicidad que es posible lograr en este pobre mundo nuestro, que siempre es una felicidad fragmentaria y limitada, es evadir el problema de la verdad, que sería una complicación inútil y nociva, causa de tantos quebraderos de cabeza. Pero esta concepción se encuentra con el problema de que los hombres, además de desear ser felices, de querer gozar, de aspirar a carecer de vínculos para movernos a nuestro antojo, tenemos también una inteligencia, y deseamos conocer el sentido de nuestro vivir. Aristóteles inició su Metafísica diciendo que todo hombre, por naturaleza, desea saber [25]. Y Cristo añadió que «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios» [26].

El deseo de saber y el hambre de la palabra que procede de la boca de Dios son inextinguibles, y ningún aparato comunicativo o coercitivo podrá hacerlos desaparecer de la vida humana. Por eso estoy convencido de que la hora actual es una hora llena de esperanza y de que el futuro es mucho más prometedor de lo que parece. Con las presentes reflexiones, que no quieren ser negativas, sólo se ha pretendido exponer con seriedad y realismo el aspecto de la presente coyuntura que Benedicto XVI ha llamado relativismo, así como su incidencia en la práctica y difusión de la fe cristiana en el mundo actual.

Notas

[1] Aquí tendremos en cuenta los siguientes textos: Ratzinger, J., Fede, verità, tolleranza. Il Cristianesimo e le religioni del mondo, Cantagalli, Siena 2003 (trad. española: Fe, verdad y tolerancia, Ed. Sígueme, Salamanca 2005); la homilía de la "Missa pro eligendo Romano Pontifice" celebrada en la basílica vaticana el 18 de abril de 2005, y el importantísimo Discurso de Benedicto XVI a la Curia Romana con ocasión de la Navidad, del 22 de diciembre 2005.

[2] Cfr. por ejemplo Ratzinger, J., Fede, verità, tolleranza. Il Cristianesimo e le religioni del mondo, cit., p. 121. Se vea también la homilía antes mencionada del 18 de abril de 2005.

[3] Cfr. Ratzinger, J., Fede, verità, tolleranza..., cit., pp. 170 ss.

[4] Cfr. ibid., pp. 170-192.

[5] Decimos que el conocimiento de Dios que nos da la fe no es exhaustivo porque en el Cielo conoceremos a Dios muchísimo mejor. Sin embargo, lo que nos dice la Revelación es verdadero, y es todo lo que Dios ha querido darnos a conocer de Sí mismo. No hay otra fuente para conocer más verdades acerca de Dios. No hay otras revelaciones.

[6] Hb 1, 3.

[7] Cfr. 1 Tm 2, 5.

[8] Ésta es la tesis defendida a principios del siglo XX por E. Troeltsch. Cfr. L’assolutezza del cristianesimo e la storia delle religioni, Morano, Napoli 1968.

[9] Esta es una idea muy presente a lo largo de libro antes citado Fede, verità e tolleranza...

[10] Cfr. Ratzinger, J., Fede, verità e tolleranza..., cit., p. 192.

[11] Una exposición y defensa de la tesis pluralista puede encontrarse en: Knitter, P., No Other Name? A Critical Survey of Christian Attitudes towards the World Religions, Orbis Books, Maryknoll (NY) 1985; Hick, J., An Interpretation of Religion. Human Responses to Tracendent, Yale University Press, London 1989; Amaladoss, M., The pluralism of Religions and the Significance of Christ, en Id., Making All Things New: Dialogue, Pluralism and Evangelisation in Asia, Gujarat Sahistya Prakash, Anand 1990, pp. 243-268; Id., Mission and Servanthood, «Third Millennium» 2 (1999) 59-66; Id., Jésus Christ, le seul sauveur, et la mission, «Spiritus» 159 (2000) 148-157; Id., "Do Not Judge..." (Mt 7:1), «Jeevadhara» 31/183 (2001) 179-182; Wilfred, F., Beyond Settled Foundations. The Journey of Indian Theology, Madras 1993.

[12] Unos afirman que el Verbo no encarnado, Lógos ásarkos o Lógos cósmico, desarrolla una acción salvífica mucho más amplia que la del Verbo Encarnado, es decir, que la del Lógos énsarkos (Cfr. por ejemplo Dupuis, J., Verso una teologia del pluralismo religioso, Queriniana, Brescia 1997, p. 404). Otros dicen en cambio que es el Espíritu Santo quien despliega una acción salvífica separada e independiente de la de Cristo, y fundamentan en el Espíritu Santo el valor salvífico autónomo de las religiones no cristianas y la verdadera revelación contenida en ellas.

[13] Cfr. Juan Pablo II, Carta encíclica "Redemptoris missio" sobre la permanente validez del mandato misionero, 7-XII-1990.

[14] Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración "Dominus Iesus" sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, 6-VIII-2000.

[15] Cfr. Dupuis, J., Verso una teologia del pluralismo religioso, cit., pp. 367 y 403.

[16] Cfr. ibid., pp. 332 y 342.

[17] Cfr. Habermas, J., Teoria della morale, Laterza, Roma - Bari 1995, p. 88 (original: Erläuterungen zur Diskursethik, Suhrkamp, Frankfurt am Main 1991).

[18] Nino, C.S., Ética y derechos humanos. Un ensayo de fundamentación, Ariel, Barcelona 1989, p. 195.

[19] Se llama aspecto "expresivo" de las leyes civiles al hecho innegable de que las leyes, además de permitir o de prohibir algo, expresan una concepción del hombre, de la vida, del matrimonio, y así tienen un efecto educativo de signo positivo o negativo.

[20] Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana con ocasión de la Navidad, 22-XII-2005.

[21] Ibidem.

[22] Ibidem.

[23] Ibidem.

[24] Philipp Lersch la llama función intelectual, y denomina función espiritual de la inteligencia a la que nosotros llamamos función sapiencial. Cfr. Lersch, Ph., La estructura de la personalidad, 4ª ed., Scientia, Barcelona 1963, pp. 399-404.

[25] Cfr. Aristóteles, Metafísica, I, 1: 980 a 1.

[26] Mt 4, 4.

EL TRABAJO, UN TEMA RECUPERADO POR LA TEOLOGIA ESPIRITUAL

“La santificación del trabajo. El trabajo en la historia de la espiritualidad”. Libro escrito por el teólogo José Luis Illanes. Décima Edición revisada y actualizada.

ÚLTIMAS NOTICIAS25/11/2011

El carácter secular es propio y peculiar de los laicos... A los fieles corrientes pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando según el querer de Dios los asuntos temporales. Viven en el mundo, es decir, en todas y cada una de las actividades de la vida familiar y social con las que su existencia forma un único tejido“(1). Con estas palabras, la Constitución Lumen gentium perfila, en su capítulo cuarto, las notas distintivas del laicado como elemento integrante del pueblo de Dios.

Superaba así el Concilio Vaticano II una descripción puramente negativa de la condición propia de los laicos (los que no son ni clérigos ni religiosos), para dar paso a una descripción positiva en la que se subrayan, de una parte, la pertenencia al pueblo de Dios y la incorporación a Cristo, y, de otra, la realización de una misión en el mundo, en el núcleo mismo de las estructuras temporales (2).

El esfuerzo de penetración teológica en la comprensión y descripción del laicado, que supuso la elaboración de la Constitución Lumen gentium y que se refleja a lo largo de todo el capítulo cuarto de esa Constitución, encuentra su lógica prolongación en el capítulo quinto: la llamada universal a la santidad. „Todos los fieles -proclama el Concilio-, cualquiera que sea el estado o régimen de su vida, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad... Todos los fieles, en cualquier condición de vida, de oficio o de circunstancia, y precisamente por medio de todo eso, se pueden santificar cada día más, siempre que todo sea recibido con fe de la mano del Padre celestial; siempre que se coopere con la voluntad divina al manifestar a todos, incluso en un servicio temporal, la caridad con que Cristo amó al mundo“(3).

Una frase resulta especialmente significativa dentro del párrafo que se acaba de citar: el inciso donde se aclara que no solo se puede aspirar a la santidad desde cualquier estado de vida, sino que debe aspirarse „precisamente por medio de ese estado de vida“. Poco antes, y aludiendo a quienes se dedican al trabajo manual, los Padres conciliares habían escrito: „los que viven entregados al trabajo, con frecuencia duro, conviene que a través de esa misma tarea humana busquen su perfección“(4). La conexión entre esas afirmaciones de la Constitución Lumen gentium es clara: si los seglares, por vocación divina, deben estar en las estructuras temporales, ha de ser ahí donde encuentren los medios para su santificación. El trabajo, la tarea humana, se presenta así como algo que se injerta hondamente en el terreno de lo sobrenatural(5).

Esta formulación de la Lumen gentium encuentra su aplicación y complemento en otros documentos conciliares, en los que se nos ofrecen los elementos centrales para una reflexión sobre el valor santificador del trabajo:

a) De una parte, en efecto, esos documentos recogen y glosan aquellos aspectos del dogma cristiano que fundamentan la dignidad del trabajo humano. Quizá ninguna frase más gráfica en este sentido que el siguiente párrafo de la Constitución Gaudium et spes : „Una cosa es cierta para los creyentes: que el trabajo humano, individual o colectivo, es decir el conjunto ingente de los esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios... Esta enseñanza vale igualmente para los quehaceres más ordinarios. Porque los hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para si y su familia, realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia“(6). En suma, la actividad humana, el trabajo, forma parte del orden querido por Dios, que no es un orden estático, sino dinámico; un orden, pues, que refleja la perfección de Dios no solo por el mero hecho de ser, es decir, por su simple estar hecho, sino por su obrar (7).

b) De otra, esos mismos documentos prolongan esas perspectivas dogmáticas y cósmicas, que se acaban de señalar, para, ya a un nivel más inmediatamente antropológico, poner de manifiesto la importancia del trabajo para la perfección del hombre, también para su perfección sobrenatural. El documento del Vaticano II donde este aspecto se encuentra más desarrollado es el Decreto Apostolicam actuositatem , en los párrafos destinados a perfilar algunos de los rasgos generales de la vida espiritual de los seglares: „Los laicos deben servirse de estos auxilios (las diversas prácticas espirituales y la liturgia), de tal modo que, al cumplir como es debido las funciones propias del mundo en las circunstancias ordinarias de la vida, no separen la unión con Dios de su vida personal, sino que crezcan en esa unión realizando su trabajo según la voluntad de Dios... La vida espiritual de los laicos debe tomar su nota peculiar a partir del estado de matrimonio y familia, de celibato o viudedad, de la situación de enfermedad, de la actividad profesional y social. No dejen, pues, de cultivar con asiduidad las cualidades y dotes que, adecuadas a esas situaciones, les han sido dadas, y hagan uso de los dones recibidos en propiedad del Espíritu Santo“(8).

El magisterio pontificio de los años transcurridos desde la celebración del Concilio Vaticano II ha reiterado y prolongado esas enseñanzas (9). No es necesario proceder ahora a documentar ese hecho; nos limitaremos, pues, simplemente a algunas citas significativas de los dos pontífices que, junto con el breve pontificado de Juan Pablo I, cubren el lapso de tiempo que va desde la década de los sesenta hasta nuestros días, Pablo VI y Juan Pablo II.

En palabras breves e incisivas, Pablo VI en la Encíclica Populorum progressio -publicada, como se recordara, poco mas de un año después de la terminación del Vaticano II- ponía en relación trabajo y obra creadora: „Dios, habiendo adornado al hombre con el intelecto, el pensamiento y los sentidos, le ha dado los instrumentos necesarios para que, la obra que Él había incoado, en cierto modo la completara y perfeccionara“ (10). Y, en otro momento, desde una perspectiva no ya dogmática sino espiritual, comentaba: „no solo hay que convertir la profesión en algo bueno, no solo se la debe santificar, sino que la misma profesión ha de ser considerada como santificante, como algo que perfecciona. No es necesario salirse del propio camino para mejorar, para ser digno del Evangelio y de Cristo. Basta quedarse allí, permanecer allí. Es decir: basta dedicar a los propios deberes esa atencion y fidelidad que convierten al hombre en una persona buena, honesta, justa, ejemplar“(11).

Juan Pablo II ha desarrollado esas perspectivas, tanto las dogmáticas como las espirituales, en diversos momentos, y especialmente en uno de los documentos más emblemáticos de su pontificado, la Encíclica Laborem exercens . La densidad del documento -el más amplio de los dedicados al trabajo por el magisterio eclesiástico- nos exime de un comentario detenido. Limitémonos a recordar que toda la Encíclica quiere ser como una glosa del „evangelio“, es decir, de la buena nueva sobre el trabajo que implica la fe cristiana, en referencia a dos ejes fundamentales: la narración del Génesis sobre la creación del hombre como ser llamado a dominar la tierra y el testimonio de Jesucristo y la realidad concreta de su trabajo en Nazaret. De ahí la intensidad de muchas de sus frases sintéticas, de entre las que reproducimos una: „Si la Iglesia considera como deber suyo pronunciarse sobre el trabajo desde el punto de vista de su valor humano y del orden moral en el cual se encuadra (...), contemporáneamente ve como un deber suyo particular la formación de una espiritualidad del trabajo, que ayude a todos los hombres a acercarse a través de él a Dios, Creador y Redentor“ (12).

El alcance doctrinal y la trascendencia histórica de afirmaciones como las que acabamos de citar se advertirá más claramente si recordamos que, apenas unos años antes, un lenguaje semejante hubiera resultado inconcebible: la teología espiritual ignoraba, en efecto, el tema del trabajo o, si lo mencionaba, era solo marginal o tangencialmente. Baste remitir a tres de los más conocidos manuales de teología espiritual de la época a la que aludimos. Tanquerey, en su Compendio de Teología Ascética y Mística (primera edición, 1923), apenas dedica tres páginas al tema de la santificación del trabajo, y eso dentro del capítulo titulado „Santificación de la vida de relación“. En Las tres edades de la vida interior , de Garrigou-Lagrange (primera edición, 1938), o en la Theologia spiritualis del profesor de la Gregoriana J. de Guibert (primera edición, 1937), del trabajo ni siquiera se habla; la misma suerte corre el tema de los deberes de estado. Los ejemplos podrían multiplicarse.

¿Cómo puede haberse producido ese olvido?, ¿qué factores lo explican? Aunque volveremos sobre algunos aspectos de este problema en páginas posteriores, podemos ya ahora apuntar un esbozo de respuesta, aludiendo a tres factores, entre otros que podrían mencionarse.

Ese olvido parece vinculado, en primer lugar, al influjo ejercido sobre la teología espiritual por planteamientos surgidos a partir de la experiencia monástico-religiosa. Expliquémonos bien. Todas las espiritualidades que a lo largo de los siglos han ido floreciendo en la Iglesia, se justifican por si mismas en la medida de su fidelidad al Evangelio, de la que es garantía la aprobación de la Jerarquía eclesiástica. Los fallos o carencias son imputables, más bien, a la reflexión teológica posterior, que, en más de una ocasión, puede haber pecado de unilateralidad, al no abordar el problema en su conjunto, por encerrarse en perspectivas parciales. Fue eso lo que, en nuestro caso concreto, condujo, durante bastante tiempo, a considerar la espiritualidad cristiana solo -o al menos preponderantemente- desde el prisma del apartamiento del mundo y no también desde la óptica propia de quien está inserto en él, olvidando o dejando de lado, en la práctica, los valores propios de la experiencia laical y, por tanto, el trabajo en cuanto actividad u ocupación secular (13).

La experiencia monástica -sea en general, sea especialmente en la tradición benedictina- implicaba, ciertamente, una valoración de la actividad manual. Y en los siglos medievales, el desarrollo de las corporaciones y de la sociedad en general apuntó en más de un momento a una valoración del trabajo profesional, que, en la época del Renacimiento y del humanismo, se amplió, incluso desde una perspectiva más formalmente especulativa. La ruptura del universo cristiano que se produjo a raíz de la reforma protestante, y la crispación de posturas en que esa ruptura desembocó, trajo consigo -y este es el segundo de los factores a los que deseábamos aludir- una paralización de esos gérmenes. La teología postridentina y barroca, que supo advertir y valorar otras realidades temporales, ignoró en cambio el trabajo e incluso, en más de un momento, se dejó condicionar por un aristocratismo que lo excluía o lo minusvaloraba.

Todo ello se vio agravado -tercer factor- por la fractura que, como consecuencia de un complejo proceso histórico, se produjo, a partir del siglo XVIII, entre mundo civil y mundo eclesiástico, entre filosofía y teología, entre vivir humano y espiritualidad cristiana. En la génesis y desarrollo de ese proceso influyeron realidades y planteamientos muy diversos, tanto positivos, como neutros o ambivalentes e incluso negativos. Sin entrar ahora en mayores precisiones (14), digamos solo, y de forma muy esquemática, que ese proceso desembocó en fractura como consecuencia de la presencia y la acción de ideologías, de cuño deísta o ateo, que conciben la vida humana como una realidad cerrada en sí misma, relegando, por tanto, la religión, y todo lo relacionado con ella, al orden de lo insignificante o, incluso, de lo perjudicial.

La realidad fue que, de hecho, se llegó no solo -lo que resulta de por sí suficientemente grave- a actitudes que se limitaban a yuxtaponer entre vida de trabajo y vida cristiana, sino, peor aún, a planteamientos que presuponian que entre ambas dimensiones reina una verdadera oposición, como lo denunciaba Pablo VI, en un artículo publicado en 1960, cuando era todavía el Cardenal Montini: „Religión y trabajo. Existe hoy algo que no solo distingue, sino que separa estas dos expresiones de la vida humana: a veces se ignoran, en ocasiones se miran con suspicacia, otras se oponen mutuamente. Con frecuencia conviven sin ayudarse, sin fundirse en una espiritualidad homogénea, sin entrecruzarse en una equilibrada armonía. Cuando son impulsadas a un acercamiento, lo hacen con temor. Si se les obliga a estar juntas, una obstaculiza la segunda; y la segunda profana a la primera. Se diría que no están hechas para ir de acuerdo. Se diría, incluso, que la oposición surgida en la mentalidad trabajadora contra la religión supone algo profundo, irreductible“ (15).

Ningún desarrollo, ninguna realización le son dados al hombre de una vez para todas, puesto que la historia implica el actualizarse incesante de nuestra libertad, pero el reconocimiento de la posibilidad de una síntesis armónica entre trabajo y espiritualidad es ya una adquisición a nivel de la conciencia cristiana, como testimonian los textos del Concilio Vaticano II antes citados, encuadrados como están en ese esfuerzo de la Iglesia por „dar una más plena definición de sí misma“(16). Podemos hablar así de una nueva situación teológica, de una recuperación por parte de la teología y, concretamente, por parte de la teología espiritual del valor específicamente cristiano y teologal del trabajo.

Si antes nos interrogábamos acerca de las causas que pueden explicar el olvido del tema del trabajo por parte de la teología espiritual que nos ha precedido, podemos ahora preguntarnos: ¿qué hechos concretos han provocado esa recuperación?, ¿qué factores han motivado esa mayor profundización en el mensaje de Cristo que ha llevado a reconocer el valor santificador del trabajo?

Todo intento de explicación o reconstrucción histórica es empresa arriesgada ya que los elementos en juego son múltiples y variados y resulta difícil reducirlos de algún modo a unidad. Esa dificultad aumenta si se trata de explicar procesos de vida cristiana en los que -así lo reconoce todo pensador creyente- está presente, aunque sea de modo imperceptible, la acción de Dios. „El Espíritu Santo es quien da su espiritualidad al nuevo pueblo de Dios“, escribe Schmaus en su tratado sobre la Iglesia (17). El Espíritu Santo es quien anima y hace crecer el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia; los grandes cambios, los grandes movimientos no se producen en la Iglesia por el mero juego de fuerzas naturales, ni tan siquiera por el simple esfuerzo humano en meditar sobre la palabra de Dios, sino que es la acción soberana del Espíritu la que mueve los hilos de una trama que va encaminando a la Iglesia hacia esa medida de la plenitud de Cristo en la que tiene su meta.

La toma de conciencia a la que nos hemos referido presupone esa realidad, constituye uno de esos pasos por los que la Iglesia, asumiendo todos y cada uno de los momentos de su pasado, los integra en un deseo de mayor fidelidad a Cristo y a la palabra que Él nos ha transmitido, manifestando así, con su propio vivir, la presencia viva del Espíritu. Porque -digámoslo con palabras del Beato Josemaría Escrivá- „la Iglesia, que es un organismo vivo, demuestra su vitalidad con el movimiento inmanente que la anima. Este movimiento es, muchas veces, algo más que una mera adaptación al ambiente: es una intromisión en él, con ánimo positivo y señorial. La Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, no transita por este mundo como a través de una carrera de obstáculos, para ver cómo puede esquivarlos o para seguir los meandros abiertos según la línea de menor resistencia, sino que, por el contrario, camina sobre la tierra con paso firme y seguro, abriendo Ella camino“ (18).

No es, pues, mediante una investigación puramente erudita, y menos aún, con una consideración meramente conceptual como conseguiremos explicarnos la historia de la Iglesia. Es necesario saber mirar con ojos penetrantes, con ojos de fe, esa historia, estando atentos tanto a los grandes acontecimientos como al desenvolverse concreto del existir. Newman ha mostrado ya suficientemente la importancia de la práctica, de la experiencia, de la vida, en el desarrollo de la doctrina católica (19). Y si esto es verdad en todos los terrenos, lo es de modo muy especial en el terreno de la doctrina espiritual. Toda pretensión de ofrecer una explicación acabada pecaría, por eso, inevitablemente, de unilateral.

Pero una vez dicho todo eso, y teniéndolo presente, nada impide que, sin pretensiones de exhaustividad, apuntemos algunos de los acontecimientos y realidades que han estado en juego en el proceso de toma de conciencia sobre el valor cristiano y, más concretamente, santificador del trabajo. Recordemos, por ejemplo, los movimientos culturales y sociales de inspiración cristiana surgidos como respuesta ante los problemas planteados por la revolución industrial y por la descristianización de amplias masas de población, ya que condujeron, aunque en ocasiones por vía indirecta, a interrogarse sobre la vida espiritual como fundamento de la acción. Evoquemos también a los estudios teológicos, bíblicos y patrísticos, nacidos, en más de una ocasión, como apoyo o contribución a experiencias apostólicas o pastorales. Mencionemos además, aunque su perspectiva sea diversa, diversos intentos de reflexión filosófica, de inspiración cristiana, en diálogo crítico con las filosofías del trabajo surgidas a partir de los inicios de la revolución industrial.

Y finalmente, aunque en más de un caso entrecruzándose con todo lo anterior, las realidades e iniciativas espirituales, fruto de esa acción por la que el Espíritu Santo, que sopla donde quiere y como quiere (20), continúa haciendo resonar a lo largo de la historia, con acentos a la vez perennes y nuevos, la palabra de Cristo.

En esta última línea se sitúan el acontecimiento y la realidad en la que vamos a centrar la atención en este libro: el nacimiento del Opus Dei en 1928 y su posterior desarrollo y difusión, y, más concretamente, su espíritu. El mensaje proclamado y la labor realizada por su Fundador, el Beato Josemaría Escrivá, han sido, en efecto, uno de los caminos elegidos por el Espíritu Santo para promover la renovación de la vida cristiana en y a través de las tareas seculares e impulsar el reconocimiento tanto intelectual como vital del valor santificador del trabajar humano.

Juan Pablo II quiso dejar constancia de ello en la homilía que pronunció el 17 de mayo de 1992, con ocasión de la Beatificación del Fundador del Opus Dei. „Con sobrenatural intuición -fueron sus palabras-, el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación“. En una sociedad en la que la fuerza técnica y la riqueza material corren el riesgo de convertirse en un ídolo, „el nuevo Beato -continuó diciendo- nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. „Todas las cosas de la tierra -enseñaba-, también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios“(21).

Toda beatificación constituye un reconocimiento de la santidad de vida de la persona a la que se refiere. Las palabras pronunciadas por Juan Pablo II indican que, en el caso de Josemaría Escrivá, ese acto eclesial y litúrgico implicaba, a la vez, el reconocimiento de la trascendencia histórica y pastoral de un mensaje. Mejor dicho, la confirmación de esa trascendencia, puesto que, en realidad, había sido ya amplia y reiteradamente reconocida en años anteriores, en especial desde que, en las décadas de 1940 y 1950, el Opus Dei recibiera las oportunas aprobaciones pontificias. Las declaraciones públicas en ese sentido fueron particularmente numerosas en la segunda parte de la década de 1970, a raíz del fallecimiento de Beato Josemaría, acaecido en junio de 1975. De entre los diversos testimonios de ese período, resultará útil citar dos, especialmente significativos desde una perspectiva espiritual.

El primero proviene de un artículo que el Cardenal Albino Luciani, poco después Juan Pablo I, publicó el 25 de junio de 1978 y en el que, bajo el título „Buscando a Dios en el trabajo cotidiano“, glosaba algunos rasgos de la espiritualidad del Opus Dei, acudiendo, para mostrar su relevancia histórica, a la comparación con uno de los grandes santos de la época moderna: San Francisco de Sales, bien conocido por su preocupación por promover la vida espiritual de los cristianos corrientes, entregados a las tareas seculares. „Escrivá de Balaguer -escribía el entonces Patriarca de Venecia- supera en muchos aspectos a Francisco de Sales. Este también propugna la santidad para todos, pero parece enseñar solamente una espiritualidad de los laicos, mientras Escrivá quiere una espiritualidad laical. Es decir, Francisco sugiere casi siempre a los laicos los mismos medios practicados por los religiosos con las adaptaciones oportunas. Escrivá es más radical: habla de materializar -en buen sentido- la santificación. Para él, es el mismo trabajo material lo que debe transformarse en oración y santidad“ (22).

El segundo está tomado de un texto, aparecido un mes después del fallecimiento del Beato Josemaría, que tiene por autor al Cardenal Sebastiano Baggio, en aquel momento Prefecto de la Congregación para los Obispos, y conocedor del Fundador del Opus Dei desde el año mismo en que este fijó su residencia en Roma, es decir, desde 1946. „Es evidente -escribe- que la vida, la obra y el mensaje del Fundador del Opus Dei constituyen en la historia de la espiritualidad cristiana un viraje, o, más exactamente, un capítulo nuevo y original, si consideramos esa historia -y así debe ser- como un camino rectilíneo bajo la guía del Espíritu Santo“. A lo largo de la historia de la Iglesia -comenta-, no han faltado predicadores o directores de almas que han invitado a todos los hombres, cualquiera que fuera su situación en la vida, a seguir a fondo el camino de Cristo, pero -añade- „lo que continúa siendo revolucionario en el mensaje espiritual de Mons. Escrivá de Balaguer es la manera práctica de orientar hacia la santidad cristiana a hombres y mujeres de toda condición, en una palabra: al hombre de la calle (...)“. Ese modo de concretar, en la práctica, el mensaje al que acabamos de referirnos se basa -continúa- „en tres novedades características de la espiritualidad del Opus Dei: 1) los seglares no deben abandonar ni despreciar el mundo, sino quedarse dentro, amando y compartiendo la vida de sus conciudadanos; 2) quedándose en el mundo, deben saber descubrir el valor sobrenatural de todas las normales circunstancias de su vida, incluidas las más prosaicas y materiales; 3) en consecuencia, el trabajo cotidiano -es decir, el que ocupa la mayor parte del tiempo y caracteriza la personalidad de la mayoría de las personas- es lo primero que han de santificar y el primer instrumento de su apostolado“ (23).

Con relativa frecuencia en testimonios como los mencionados, o en otros de la misma época, al glosar la figura del Beato Josemaría y de su mensaje, se hace alusión a la importancia de su contribución al proceso de renovación eclesial que había terminado por confluir en el Concilio Vaticano II y, especialmente, en su proclamación de la llamada a la santidad y al apostolado en y a través de las ocupaciones seculares (24). En el momento del fallecimiento del Beato Josemaría Escrivá habían transcurrido solo diez años desde la conclusión del Concilio, y era lógico que acudiera espontáneamente a la memoria el recuerdo del gran acontecimiento conciliar para situar con relación a él hechos, acontecimientos y doctrinas. Ahora, casi treinta años después y en el momento del tránsito del segundo al tercer milenio de la era cristiana, el horizonte se ha hecho más complejo, aunque el Concilio sigue siendo un punto decisivo de referencia (25).

En todo caso, nuestra intención no es tanto buscar antecedentes de acontecimientos concretos, cuanto situarnos ante un gran ideal, la santificación del trabajo humano, considerando la luz y el impulso que, a ese efecto, implica el mensaje proclamado por el Fundador del Opus Dei. Vamos, pues, a lo largo de este ensayo, a exponer algunos de los rasgos fundamentales de ese espíritu, considerándolo, primero, en términos generales -lo que implicará aportar algunos datos que ayuden a situarlo en el contexto de la historia de la espiritualidad cristiana (26)- y analizándolo, después, de forma más detallada.

Notas

1 CONC. VATICANO II, Const. Lumen gentium, n. 31.

2 Sobre la comprensión del laico o cristiano corriente que implican los textos del Concilio Vaticano lI, los desarrollos espirituales y los estudios que confluyeron en las declaraciones conciliares, así como los debates posteriores y la reafirmación y profundización en la doctrina del Vaticano II realizadas por la Asamblea del Sínodo de Obispos celebrado en 1987 y la sucesiva Exhortación apostólica Christifideles laici, puede encontrarse información ybibliografía en nuestro estudio La discusión teológica sobre la noción delaico, en „Scripta Theologica” 22 (1990) 771-789 (recogido después en J. L.ILLANES, Laicado y sacerdocio, Pamplona 2000).

3 CONC. VATICANO II, Const. Lumen gentium, nn. 40 y 41.

4 Ibid., n. 41.

5 Para un desarrollo de esa idea, ver nuestro estudio La llamada universal a la santidad, en„Nuestro Tiempo“ 162 (1967) 611-630, donde el tema es analizado teniendo a la vista precisamente textos tanto del Concilio Vaticano II como del Fundador del Opus Dei (recogido luego en J. L. ILLANES, Mundo y santidad, Madrid 1984, pp. 65-96).

6 CONC. VATICANO II, Const. Gaudium et spes, n.34.

7 Cfr. SANTO TOMÁS DE AQUlNO, Summa Theologiae, 1, q. 103, a.6.

8 CONC. VATICANO II, Decr. Apostolicam actuositatem, n. 4.

9 Para un análisis más detenido de la enseñanza del Vaticano II, ver R. M. NUBIOLA, Trabajo y redención en la „Gaudium et spes“, Terrassa (Barcelona) 1993, y H. FITTE, Lavoro umano e redenzione. Riflessione teologica dalla „Gaudium et spes“ a la „Laborem exercens“, Roma 1996, en ambos casos con buena bibliografía

10 PABLO VI, Enc. Populorum progressio, n. 27; ver también el n. 28 donde recuerda a la vez el carácter ambivalente que, como toda realidad temporal, intrahistórica, tiene el trabajo. La Populorum progressio fue promulgada el 26-III-1967.

11 ÍDEM, Discurso a la Asociación de Juristas Católicos, 15-XII-1963 (en Insegnamenti di Paolo VI, Tipografía Políglota Vaticana, I, 1963, p. 609). Como puede advertirse, el pasaje que citamos no es posterior sino contemporáneo del Vaticano II; textos posteriores del mismo pontífice, en H. FITTE, Lavoro umano e redenzione, cit., pp. 244-249.

12 JUAN PABLO II, Enc. Laborem exercens, n. 24. Sobre esta Encíclica, junto a nuestro ensayo Trabajo, historia y persona. Elementos para una teología del trabajo en la„Laborem exercens“, en „Scripta Theologica“ 15 (1983) 205-231 (recogido en J.L. ILLANES, Ante Dios y en el mundo. Apuntes para una teología del trabajo, Pamplona 1997, pp. 143-178), pueden consultarse, entre otros estudios, AA. VV., Estudios sobre la „Laborem exercens“, Madrid 1987; E. COLOM Y F. WURMSER, El trabajo en JUAN PABLO II, Madrid 1995; H. FITTE, Lavoro humano e redenzione, cit., pp. 251-273, con amplia bibliografía.

13 Durante largo tiempo, afirmaba Henri Sanson, „el aspecto ascético del trabajo ha ocultado su significación humana“ (Spiritualité de la vie active, Le Puy 1957, p. 212; ver también páginas 9-11). Jacques Maritain (Le paysan de la Garonne, París 1966,pp. 73-79; versión castellana: El campesino del Garona, Bilbao 1967, pp. 80-85 )expresaba un juicio análogo afirmando que, por una errada interpretación del dicho de algunos grandes místicos -alude a la expresión „desprecio del mundo”- la teología espiritual ha estado afectada, en ocasiones de forma patente, otras larvada, por un maniqueísmo práctico que hacía imposible una apreciación positiva de las realidades seculares, y, por tanto, del trabajo profesional que el cristiano realiza en medio del mundo y sabiéndose parte del mundo.

14 De ese proceso, y más concretamente de la distinción entre secularización, secularidad y secularismo -por acudir a términos emblemáticos y usuales-, nos hemos ocupado ya con detalle en otros momentos, especialmente en Cristianismo, historia, mundo, Pamplona 1973, e Historia y sentido. Estudios de teología de lahistoria, Madrid 1997.

15 Un grande problema del giorno: Religione e lavoro, en „L’Osservatore Romano”, 1-IV-1960,p. 3. Cinco años más tarde, ya Pontífice y en plena celebración del Concilio Vaticano II,pronunciaba unas palabras, dirigidas a los participantes en un congreso de jóvenes obreros, en las que cabe detectar un eco de ese diagnóstico de la situación, unido a la invitación a superarla: „Toca a vosotros llevar, volver a llevar a Cristo al mundo del trabajo y, especialmente, a las nuevas promociones de trabajadores. No se trata de hacer una propaganda fanática, ni de adoptar posturas de beatos, ni mucho menos de encerrarse en círculos cerrados, o de sentirse ajeno a la participación de la vida obrera. Se trata de no privar, a esa vida del trabajo, de su dignidad espiritual, de sus derechos religiosos y morales; se trata de infundir en el trabajo el sentido cristiano yhumano, que lo ennoblece, lo fortifica, lo purifica, lo conforta y lo llena de buenos sentimientos de solidaridad y amistad, y ayuda a defender los propios intereses económicos y profesionales con espíritu de justicia y de comprensión para el bien común. ¿No es vuestra fe, vuestra conciencia cristiana, vuestra certeza religiosa, la que os da el sentido más alto, más seguro, más alegre dela vida? He aquí para qué sirve la fe: ¡sirve para la vida!“ (Discurso al IX congreso nacional de la juventud de la Associazione Católica dei Lavoratori Italiani, ACLI, pronunciado el 5 de enero de 1965; en lnsegnamenti di Paolo VI, vol. III, 1965, pp. 16-17).

16 PABLO VI,Discurso de apertura a la Segunda Sesión del Concilio Vaticano II, AAS, 54 (1963), p. 847.

17 Katholische Dogmatik, párr. 170 (edición castellana, tomo IV, Madrid 1960, p. 315).

18 BEATO JOSEMARÍA ESCRIVÁ, La Constitución apostólica „Provida Mater Ecclesia“ y el Opus Dei, Madrid 1949, p. 7 (se trata de una conferencia pronunciada en 1948 en la sede

madrileña de la Asociación Católica de Propagandistas, y luego publicada en edición aparte).

19 Véase su Essay on the Development of Christian Doctrine, a lo largo de toda la obra y quizá

especialmente las páginas que, al principio de la obra, dedica a poner de manifiesto la conexión entre desarrollo dogmático y fe auténticamente vivida.

20 Cfr. Jn 3,8.

21 JUAN PABLO II, Homilia en la Misa de Beatificación del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, 17-V-1992; expresiones parecidas en el Breve pontificio de Beatificación. Ambos textos pueden consultarse en „Romana. Bollettino della Prelatura della Santa Croce e Opus Dei“ 8 (1992) 18-20 y 11-15.

22 A. LUCIANI, Cercando Dio nel lavoro quotidiano, en „II Gazzettino“, Venecia, 25-VII-1978.

23 S. BAGGIO, Opus Dei: una svolta nella spiritualitá, en „Avvenire“, Milán, 26-VII-1975.Declaraciones análogas se encuentran en escritos publicados por otras muchas personalidades eclesiásticas; remitamos, a modo de ejemplo, a los testimonios, dados en esas mismas fechas, de diversos cardenales: SERGIO PIGNEDOLI, Mons. Escrivá de Balaguer: un esemplaritá spirituale, en „Il Veltro“, Roma 19 (1975) 275-282; MARCELO GONZÁLEZ MARTÍN, ¿Cuál sería su secreto?, en „ABC” suplemento dominical, Madrid, 24-VIII-1975; JULlUS ROSALES, Msgr. Escrivá: Profile of a saint, en „Philippines Evening Express“, Manila, 26-VI-1976; AGNELO ROSSI, Mensagem universal de Mons. Escrivá, en „O Estado de S. Paulo“, Sao Paulo, 27-VI y 4-VII-1976; FRANZ KÖNIG, Il significato dell’Opus Dei, en „Corriere

della Sera“, Milán, 9-XI-1975; JOHN CARBERRY, The Work of God, en „The Priest“,

Huntington (Indiana), VI-1979; LUIS APONTE, La santidad del pueblo de Dios, una pasión de Mons. Escrivá de Balaguer, en „El Visitante de Puerto Rico“, San Juan de Puerto Rico, 11-II-1979; PIETRO PARENTE, Le radici della spiritualitá del fondatore dell’Opus Dei, en „L’Osservatore Rornano“, 24-VI-1979.

24 Así lo hizo, entre otros, el propio JUAN PABLO II, por ejemplo, en una homilía pronunciada

durante una Misa celebrada el 19 de agosto de 1979, en la que participaba un numeroso grupo de fieles del Opus Dei: „Vuestra institución -afirmó- tiene como finalidad la santificación de la vida permaneciendo en el mundo, en el propio puesto de trabajo y de profesión: vivir el Evangelio en el mundo, viviendo ciertamente inmersos en el mundo, pero para transformarlo y redimirlo con el propio amor a Cristo . Realmente es un gran ideal el vuestro, que desde los

comienzos se ha anticipado a esa teología del laicado, que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del postconcilio” (el original italiano de esa homilía se encuentra en „L’Osservatore Romano“, 20/21-VIII-1979; su traducción castellana, en „L’Osservatore Romano“, edición en español, 26-VIII-1979). Unos años antes, siendo todavía el Cardenal Karol Wojtvla, había tenido ocasión de aludir al Opus Dei en relación precisamente al tema que nos ocupa: el trabajo. Fue en una conferencia pronunciada en 1974, sobre el tema La evangelización y

el hombre interior, y en la que, después de haber puesto de manifiesto que el crecimiento del hombre pasa a través del crecimiento interior, se preguntaba cómo se entrelaza el desarrollo humano con el progreso de la técnica y de la praxis que de ella deriva: „¿De qué manera, en definitiva, dominando la faz de la Tierra, podrá el hombre plasmar en ella su rostro espiritual?“. Acto seguido continuó: „Podremos responder a esta pregunta con la expresión -tan feliz y ya

tan familiar a gentes de todo el mundo- que Mons. Escrivá de Balaguer ha difundido desde hace tantos años: „santificando cada uno el propio trabajo, santificándose en el trabajo y santificando a los otros con el trabajo“.“ Una versión castellana de esta conferencia está recogida en el libro La fe de la Iglesia. Textos del Card. Karol WojiyIa, Pamplona 1979; las frases citadas están en pp. 94-95.

25 A él remite expresamente JUAN PABLO II en los documentos que destinó a enmarcar el Gran Jubileo del año 2000: el destinado a orientar su preparacion y celebración yel encaminado a glosar su clausura, es decir, la Carta apost. Tertio millennio adveniente y la Carta. apost. Novo millennio ineunte. En ambos documentos (cfr., especialmente, nn. 18-20 del primero y n. 3 y 57 del segundo), lo presenta, en efecto, como acontecimiento decisivo en la historia de la Iglesia del siglo XX y como impulso y orientación para la actividad apostólica futura.

26 A lo largo de las páginas que siguen emplearemos varias veces las expresiones "espíritu“,„espiritualidad“ y „espiritualidades“. No es nuestra intención entrar en discusiones sobre la significación estricta de tales vocablos, baste aclarar que el punto de partida de toda reflexión sobre estos temas es la unidad esencial de la espiritualidad cristiana: no hay cristianismo fuera de la identificación con Cristo. Por lo demás, el significado con que en cada lugar empleamos esas voces se deduce claramente del contexto. Sobre este punto, ver lo que hemos escrito en Mundo y santidad, cit., pp. 194-208.

El cielo, la muerte, el purgatorio. ¿Qué son los Novísimos?

En los Libros Santos se llaman Novísimos a las cosas que sucederán al hombre al final de su vida, la muerte, el juicio, el destino eterno: el cielo o el infierno. La Iglesia los hace presentes de modo especial durante el mes de noviembre. A través de la liturgia, se invita a los cristianos a meditar sobre estas realidades.

Algunas enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la buena costumbre de rezar por los familiares y amigos difuntos.

  1. ¿Qué hay después de la muerte? ¿Dios juzga a cada persona por su vida?

El Catecismo de la Iglesia católica enseña que «la muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo» «Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de la purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre». En este sentido, San Juan de la Cruz habla del juicio particular de cada como diciendo que «a la tarde, te examinarán en el amor». Catecismo de la Iglesia Católica, 1021-1022.

San Josemaría

Todo se arregla, menos la muerte… Y la muerte lo arregla todo. Surco, 878.
Cara a la muerte, ¡sereno! Así te quiero. No con el estoicismo frío del pagano; sino con el fervor del hijo de Dios, que sabe que la vida se muda, no se quita. ¿Morir?… ¡Vivir! Surco, 876.

¡No me hagas de la muerte una tragedia!, porque no lo es. Sólo a los hijos desamorados no les entusiasma el encuentro con sus padres. Surco, 885.

El verdadero cristiano está siempre dispuesto a comparecer ante Dios. Porque, en cada instante si lucha para vivir como hombre de Cristo, se encuentra preparado para cumplir su deber. Surco, 875.

«Me hizo gracia que hable usted de la ‘cuenta’ que le pedirá Nuestro Señor. No, para ustedes no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino simplemente Jesús». —Esta frase, escrita por un Obispo santo, que ha consolado más de un corazón atribulado, bien puede consolar el tuyo. Camino, 168.

  1. ¿Quiénes van al cielo? ¿Cómo es el cielo?

El cielo es «el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha”. San Pablo escribe: «Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por pensamiento de hombre las cosas que Dios ha preparado para los que le aman». (1Cor 2, 9).

Después del juicio particular, los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados van al cielo. Viven en Dios, lo ven tal cual es. Están para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, gozan de su felicidad, de su Bien, de la Verdad y de la Belleza de Dios.

Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama el cielo. Es Cristo quien, por su muerte y Resurrección, nos ha “abierto el cielo”. Vivir en el cielo es «estar con Cristo» (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17). Los que llegan al cielo viven «en Él», aún más, encuentran allí su verdadera identidad. Catecismo de la Iglesia católica, 1023-1026.

San Josemaría

Mienten los hombres cuando dicen «para siempre» en cosas temporales. Sólo es verdad, con una verdad total, el «para siempre» de la eternidad. —Y así has de vivir tú, con una fe que te haga sentir sabores de miel, dulzuras de cielo, al pensar en esa eternidad, ¡que sí es para siempre! Forja, 999.

Piensa qué grato es a Dios Nuestro Señor el incienso que en su honor se quema; piensa también en lo poco que valen las cosas de la tierra, que apenas empiezan ya se acaban… En cambio, un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia…! Y sin empalago: te saciará sin saciar. Forja, 995.

Si transformamos los proyectos temporales en metas absolutas, cancelando del horizonte la morada eterna y el fin para el que hemos sido creados —amar y alabar al Señor, y poseerle después en el Cielo—, los más brillantes intentos se tornan en traiciones, e incluso en vehículo para envilecer a las criaturas. Recordad la sincera y famosa exclamación de San Agustín, que había experimentado tantas amarguras mientras desconocía a Dios, y buscaba fuera de El la felicidad: ¡nos creaste, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti! Amigos de Dios, 208

En la vida espiritual, muchas veces hay que saber perder, cara a la tierra, para ganar en el Cielo. —Así se gana siempre. Forja, 998.

  1. ¿Qué es el purgatorio? ¿Es para siempre?

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados.

Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: «Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado» (2 M 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos. Catecismo de la Iglesia católica, 1030-1032.

San Josemaría

El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con El. Surco, 889

No quieras hacer nada por ganar mérito, ni por miedo a las penas del purgatorio: todo, hasta lo más pequeño, desde ahora y para siempre, empéñate en hacerlo por dar gusto a Jesús. Forja, 1041.

«Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas». —Luego, ¿el hombre pecador tiene su hora? —Sí…, ¡y Dios su eternidad! Camino, 734.

  1. ¿Existe el infierno?

Significa permanecer separados de Él –de nuestro Creador y nuestro fin- para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno.

Morir en pecado mortal, sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios es elegir este fin para siempre.

La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, «el fuego eterno». La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.

Jesús habla con frecuencia de la gehenna y del fuego que nunca se apaga, reservado a los que, hasta el fin de su vida, rehúsan creer y convertirse, y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo. La pena principal del infierno es «la separación eterna de Dios, en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.

Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión:»Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran» (Mt 7, 13-14). Catecismo de la Iglesia católica, 1033-1036.

San Josemaría

No me olvidéis que resulta más cómodo —pero es un descamino— evitar a toda costa el sufrimiento, con la excusa de no disgustar al prójimo: frecuentemente, en esa inhibición se esconde una vergonzosa huida del propio dolor, ya que de ordinario no es agradable hacer una advertencia seria. Hijos míos, acordaos de que el infierno está lleno de bocas cerradas. Amigos de Dios, 161.

Un discípulo de Cristo nunca razonará así: «yo procuro ser bueno, y los demás, si quieren…, que se vayan al infierno». Este comportamiento no es humano, ni es conforme con el amor de Dios, ni con la caridad que debemos al prójimo. Forja, 952
Sólo el infierno es castigo del pecado. La muerte y el juicio no son más que consecuencias, que no temen quienes viven en gracia de Dios. Surco, 890.

  1. ¿Cuándo será el juicio final? ¿En qué consistirá?

La resurrección de todos los muertos, «de los justos y de los pecadores» (Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será «la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz […] y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación» (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá «en su gloria acompañado de todos sus ángeles […] Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda […] E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.» (Mt 25, 31. 32.

El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su advenimiento. Entonces Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6).

El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía «el tiempo favorable, el tiempo de salvación» (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la «bienaventurada esperanza» (Tt 2, 13) de la vuelta del Señor que «vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído» (2 Ts 1, 10). Catecismo de la Iglesia católica, 1038-1041.

San Josemaría

Cuando pienses en la muerte, a pesar de tus pecados, no tengas miedo… Porque El ya sabe que le amas…, y de qué pasta estás hecho. Si tú le buscas, te acogerá como el padre al hijo pródigo: ¡pero has de buscarle! Surco, 880.

“Conozco a algunas y a algunos que no tienen fuerzas ni para pedir socorro”, me dices disgustado y apenado. —No pases de largo; tu voluntad de salvarte y de salvarles puede ser el punto de partida de su conversión. Además, si recapacitas, advertirás que también a ti te tendieron la mano. Surco, 778.

El mundo, el demonio y la carne son unos aventureros que, aprovechándose de la debilidad del salvaje que llevas dentro, quieren que, a cambio del pobre espejuelo de un placer —que nada vale—, les entregues el oro fino y las perlas y los brillantes y rubíes empapados en la sangre viva y redentora de tu Dios, que son el precio y el tesoro de tu eternidad. Camino, 708.

Por salvar al hombre, Señor, mueres en la Cruz; y, sin embargo, por un solo pecado mortal, condenas al hombre a una eternidad infeliz de tormentos…: ¡cuánto te ofende el pecado, y cuánto lo debo odiar! Forja, 1002.

  1. Al final de los tiempos Dios ha prometido cielo nuevo y una tierra nueva ¿Qué debemos esperar?

La Sagrada Escritura llama «cielos nuevos y tierra nueva» a esta renovación misteriosa que transformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1, 10).

Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era «como el sacramento» (LG1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios. Ya no será herida por el pecado, las manchas, el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica de Dios será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.
«Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo.

Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres»(GS 39).

«No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios» (GS 39). Catecismo de la Iglesia Católica, 1043-1049.

San Josemaría

Mientras vivimos aquí, el reino se asemeja a la levadura que cogió una mujer y la mezcló con tres celemines de harina, hasta que toda la masa quedó fermentada.

Quien entiende el reino que Cristo propone, advierte que vale la pena jugarse todo por conseguirlo: es la perla que el mercader adquiere a costa de vender lo que posee, es el tesoro hallado en el campo. El reino de los cielos es una conquista difícil: nadie está seguro de alcanzarlo, pero el clamor humilde del hombre arrepentido logra que se abran sus puertas de par en par. Es Cristo que pasa, 180.

En esta tierra, la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a día. No soportamos los cristianos una doble vida: mantenemos una unidad de vida, sencilla y fuerte en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones.

Cristo nos espera. Vivamos ya como ciudadanos del cielo, siendo plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de dificultades, de injusticias, de incomprensiones, pero también en medio de la alegría y de la serenidad que da el saberse hijo amado de Dios. Es Cristo que pasa, 126.

El tiempo es nuestro tesoro, el «dinero» para comprar la eternidad. Surco, 882.

¿Por qué rezar por los difuntos?

Catecismo de la Iglesia Católica

En la Iglesia Católica el mes de noviembre, está iluminado de modo particular por el misterio de la comunión de los santos que se refiere a la unión y la ayuda mutua que podemos prestarnos los cristianos: quienes aún estamos en la tierra, los que ya seguros del cielo se purifican antes de presentarse ante Dios de los vestigios de pecado en el purgatorio y quienes interceden por nosotros delante de la Trinidad Santísima donde gozan ya para siempre. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha (Catecismo de la Iglesia Católica, 1024).

«Hasta que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando `claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es'».

Todos, sin embargo, aunque en grado y modo diversos, participamos en el mismo amor a Dios y al prójimo y cantamos en mismo himno de alabanza a nuestro Dios. (Catecismo, punto 954).

La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones ‘pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados’ (Catecismo, punto 955).

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo (Catecismo, punto 1030).

La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados (Catecismo, punto 1031).

Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos.

San Josemaría, en Surco

“El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con El» (Punto 889).

“¡Qué contento se debe morir, cuando se han vivido heroicamente todos los minutos de la vida! Te lo puedo asegurar porque he presenciado la alegría de quienes, con serena impaciencia, durante muchos años, se han preparado para ese encuentro» (Punto 893).

www.opusdei.es

 

Los sueños se construyen juntos

En una época donde la incertidumbre, el miedo y la posverdad nos llevan a dudar de todo, a desconfiar de los demás, a aislarnos; y en ese proceso a ser víctimas de la costumbre, o de la manipulación de redes sociales que a través de inteligencia artificial nos imponen lo que vemos y escuchamos, así es fácil que nos olvidemos de los sueños, o de mantener nuestros sueños guardados.

Hace algunos años se atribuyó a John Lennon una frase en el contexto de su lucha por promover la paz: “Un sueño que sueñas solo es sólo un sueño. Un sueño que soñamos juntos es una realidad.” Quizá haya gente que piense que los sueños se construyen solos, o que al compartirlos no se realicen, sin embargo, la verdad es que los sueños no se pueden construir solos, es necesario compartirlos y en ese compartir se hacen realidad.

En el contexto de la pandemia, el Papa Francisco en su reciente encíclica Fratelli Tutti nos recuerda: “Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. ¡Qué importante es soñar juntos!”.

Recuperar la capacidad de hacer realidad sueños entre muchos es revalorar nuestra capacidad de buscar alternativas a los problemas de nuestra época, implica construir procesos de bien común, esto es, definir objetivos comunes entre varios y trabajar para lograrlos; y en ese esfuerzo libramos una batalla que nos permite derrotar al aislamiento, a la incertidumbre, al miedo y a la posverdad.

Recientemente escuché una charla de Eduardo Galeano donde explica ¿para qué sirven las utopías? (según concepto de Fernando Birri), básicamente para caminar hacia ellas. Un mundo dominado por el miedo o el pesimismo es un mundo que te paraliza, que te lleva a esconderte, atrincherarte; al contrario, si tu contemplas la utopía en el horizonte, te lleva a dar pasos concretos en esa dirección, te mueve, caminas y construyes paso a paso una nueva realidad que además te aleja del miedo y la parálisis.

He visto como idealistas han construido organizaciones para llevar infraestructura a lugares remotos en la Sierra de Chihuahua, a través de compartir sus sueños con indígenas, instituciones y organizaciones, pudieron hacer realidad sistemas de agua para comunidades que llevan siglos sin tener acceso al agua en sus viviendas.

También fui testigo recientemente de la organización de varias comunidades agrícolas que se unieron en defensa del agua en una presa que pretendía ser vaciada por la autoridad federal, hombres y mujeres, fueron capaces de enfrentar al ejército y a la guardia nacional para evitar que se llevaran el agua que les es necesaria para su subsistencia.

Frente a la emergencia de muchas familias que quedaron sin trabajo por la pandemia, vi a laicos organizarse en las diócesis junto con empresas para llevar alimentos a quienes no tienen, a empresarios llevando equipo de protección a médicos y enfermeros en hospitales, fundando bancos de alimentos, y a autoridades de gobierno coordinándose con empresarios y organismos de la sociedad para generar mecanismos de apoyo al empleo.

En todos estos casos el aislamiento, el miedo y la incertidumbre pudieron paralizar a la gente, sin embargo, la solidaridad y un objetivo común los llevó a construir alternativas de solución a problemas concretos, quizá sin darse cuenta empezó un proceso colectivo de construir sueños juntos.

En momentos en que la pandemia nos obliga a convivir más con la familia, podemos compartir nuestros sueños; La necesidad de reducir nuestras interacciones presenciales nos lleva a tener interacciones virtuales más cercanas, y de esta manera el alcance de nuestra solidaridad no está limitado por el territorio, hay que atrevernos a soñar juntos para construir nuevas realidades.

Oscar Fidencio Ibáñez Hernández

 

 Unión civil de dos homosexuales (II)

photo_cameraEl Papa Francisco y Evgeny Afineevsky.

Continúo la segunda parte de mi primer artículo. 

¿QUÉ DERECHOS PUEDE RECONOCER LA LEY CIVIL A ESTE TIPO DE UNIÓN, DÁNDOLE UN RECONOCIMIENTO Y UN VALOR JURÍDICO?

Puede, por ejemplo, admitir:

  1. El derecho a acompañarle al médico, al hospital, estar en sus últimos momentos de vida.
  2. El derecho a la herencia, de tal modo que si una persona homosexual, con unión civil reconocida jurídicamente, tiene patrimonio y carece de herederos legítimos, que son los familiares consanguíneos hasta el cuarto grado en línea colateral -por ejemplo, los primos hermanos- y muere intestado, esto es, sin haber otorgado testamento, en lugar de que le herede el Estado, le heredaría el otro u otra homosexual, por permitirlo la ley.
  3. Derechos a la pensión de viudedad, si se ha cotizado el tiempo establecido; a continuar en el arrendamiento de la vivienda o del local de negocio, por subrogación; aplicación de agravantes, atenuantes y eximentes en la comisión de un delito; efecto de recusación, abstención e inhibición, en el ámbito procesal, etc.

Pero no equipar la unión civil con el matrimonio, porque esencialmente es distinto.

DOCTRINA DE LA IGLESIA EN RELACIÓN A LAS UNIONES DE HOMOSEXUALES:

  1. EL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA AFIRMA:

“Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas. No eligen su condición homosexual; ésta constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la Cruz del Señor las dificultades que puedan encontrar a causa de su condición” (Ref. Catecismo de la Iglesia Católica, pto. 2358).

Me remito y animo a leer todos los puntos del Catecismo de la Iglesia Católica sobre esta cuestión (ptos. 2357 a 2359), a los que se puede acceder gratuitamente mediante el siguiente enlace:

  1. EL CARDENAL RATZINGER, CON LA APROBACIÓN DEL PAPA SAN JUAN PABLO II, en el documento “Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales” del que entresaco, expongo y deduzco algunas importantes consideraciones, que señalo a continuación:

Es injusta la aprobación de las relaciones homosexuales como es injusta la discriminación de las personas homosexuales.

Tener tendencias homosexuales no es pecado; ejercitar la homosexualidad, sí. Es inmoral este tipo de unión.

Es preciso distinguir entre tolerar un mal y aprobarlo, siempre con el debido cuidado por parte de padres, educadores, el Estado, para que no perjudique a otros.

Con el reconocimiento civil a esas uniones de homosexuales hay que tener en cuenta que el Estado tiene el deber de promover y tutelar la institución matrimonial, esencial para el bien común. Sería contrario a la recta razón otorgar las mismas garantías jurídicas a ese tipo de unión que al matrimonio.

Una cosa es el comportamiento homosexual como fenómeno privado y otra, como comportamiento público, legalmente previsto y aprobado, que podría conllevar obscurecer principios morales fundamentales y perjudicar al matrimonio, perdiendo la noción de lo que realmente es el matrimonio.

El bien común exige que las leyes reconozcan, favorezcan y protejan la unión matrimonial como base de la familia, célula primaria de la sociedad.

Equiparar las uniones homosexuales al matrimonio significaría no solamente aprobar un comportamiento desviado y convertirlo en un modelo para la sociedad actual, sino también ofuscar valores fundamentales que pertenecen al patrimonio común de la humanidad. La Iglesia no puede dejar de defender tales valores para bien de los hombres y de toda la sociedad.

Por ello, recomiendo leer “Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales” del 3 de junio de 2003, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Cardenal Ratzinger, Prefecto, aprobadas por el Papa San Juan Pablo II. 

Para más información, me remito a mis dos últimos libros sobre el Matrimonio: “Matrimonio, Hoy. Proyecto de toda una vida” (bibliotecaonline) y "Nulidades Matrimoniales. Lo que hay que saber antes y después de casarse” (Editorial Logos)

VIVIR LA CASTIDAD

Cuando Dios dio a Moisés las tablas de la Ley en el Monte Sinaí, le comunicó al hombre las claves para lograr la plenitud humana y llegar al Cielo. Posteriormente, la Iglesia las recogió en los Diez Mandamientos, que explica con detalle el Catecismo de la Iglesia Católica, al que me remito de nuevo.

Dos mandamientos se refieren a la castidad, virtud a vivir por todos, cada cual según su estado.

Los homosexuales, igual que todos, no están exentos de vivir la castidad. Las tendencias no son pecados; los actos, sí.

¿PUEDE SER NULO UN MATRIMONIO CON UN HOMOSEXUAL?

Sí, perfectamente. La causa sería: “Incapacidad para asumir las obligaciones esenciales del Matrimonio por causas de naturaleza psíquica”, de acuerdo con el canon 1093, 3 del Código de Derecho Canónico.

¿Siempre? Hay que ver caso por caso.

Rosa Corazón

Doctora en Derecho

 

 La acallada labor de la Iglesia Católica en favor del medio ambiente

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Llama la atención la escasa repercusión pública de las acciones de los Papas

La enorme mediatización del fenómeno Thumberg, tan denostado como elogiado, contrasta enormemente con las acciones que desde hace décadas han venido realizándose desde otras instancias a las que no se ha prestado igual atención teniendo todas ellas en común la llamada al cuidado del medio ambiente.

 

Así, merece la pena resaltar la llevada a cabo por la Iglesia Católica en numerosas conferencias, encíclicas o discursos desde antes de PabloVI[1] hasta el Papa Francisco. Sin pretender generalizar respecto a la conducta de los medios de comunicación, es un hecho objetivo la diferencia existente entre la atención prestada por éstos hacia Greta Thumberg y la escasa repercusión de las acciones de los Papas que merece la pena dar a conocer por la profundidad de éstas a diferencia de lo ocurrido con la joven sueca.

Desde que en el seno de la Organización de Naciones Unidas (ONU) se impulsase la celebración de Jornadas Mundiales sobre el Medio Ambiente, la participación de los máximos representantes de la Iglesia Católica fue activa y en el Mensaje de Su Santidad Pablo VI sobre el Medio Ambiente con motivo de la I Conferencia llamaba la atención sobre la relación entre el progreso técnico y científico y su repercusión en un mundo globalizado sobre la naturaleza: “¿cómo ignorar los desequilibrios provocados en la biosfera mediante la explotación, sin orden, de las reservas físicas del planeta, incluso con la finalidad de producir cosas útiles, así como, el derroche de las reservas naturales no renovables, la contaminación del suelo, del agua, del aire, del espacio, con sus atentados a la vida vegetal y animal?”.

En la Carta Apostólica de 14 de mayo de 1971 Octogesima Adveniens dirigida al Cardenal Maurice Roy con ocasión del 18º aniversario de la Encíclica Rerum Novarum dedica un apartado especial “medio ambiente” En la misma podemos leer y comprobar su preocupación por la explotación imprudente que no conduce sino a que la naturaleza sea destruida siendo el hombre autor y víctima. Junto a ello advierte: “No sólo el ambiente físico constituye una amenaza permanente: contaminaciones y desechos, nuevas enfermedades, poder destructor absoluto; es el propio consorcio humano el que la persona no domina ya, creando de esta manera para el mañana un ambiente que podría resultarle intolerable. Problema social de envergadura que incumbe a la familia humana toda entera.”.

Karol Józef Wojtyła no fue ajeno a la amenaza sobre el medio ambiente. Adjetivó la “crisis ecológica” como crisis moral. Su Mensaje “the ecological crisis: a common responsibility “escrito el 8 de diciembre de 1989 para la celebración de la XXIII Jornada Mundial para la Paz de 1 de enero de 1990, comienza haciendo referencia a que uno de los factores que amenazan la paz mundial es la “falta de respeto a la naturaleza”, cuestión ligada a los valores éticos de la sociedad

El cardenal Ratzinger “en la Encíclica Caritas in veritate subrayó que el desarrollo humano integral está estrechamente relacionado con los deberes que se derivan de la relación del hombre con el entorno natural, considerado como un don de Dios para todos, cuyo uso comporta una responsabilidad común respecto a toda la humanidad, especialmente a los pobres y a las generaciones futuras”. Evoca las palabras de Leon XIII y de Juan Pablo II cuando recuerda que en la (encíclica) Rerum Novarum señaló que «debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, [el hombre] corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación». Bastante desconocido es que el Papa Benedicto colocó paneles solares sobre el Hall Pablo VI del Vaticano, que cultivó cientos de acres de bosques climáticos en Bükk en Hungría o que contrató un “papamóvil” híbrido. En Per una Ecología dell’Uomo escrita en 2012 reeditada en inglés bajo el título The Garden of God: Toward a Human Ecology”, se refiere en la primera parte del libro al Amazonas: “a Fountain of Life” o al Ártico: “mirror of Life”, en la segunda, el desastre de Chernobyl.

 

La amenaza, la degradación del llamado “pulmón de la tierra”, la Amazonía, ya era objeto de enorme preocupación por parte de la Iglesia Católica, además de por las serias y graves repercusiones sobre la población indígena que habita en la zona: sus vidas se ven afectadas por la explotación abusiva de los recursos naturales del bosque amazónico como tiempo después el actual Pontífice Francisco I pondrá de relieve en su “Querida Amazonía” y antes en Laudato Si.

Creemos que motivos comerciales (¿qué vende más?) e ideológicos (¿” interesa” destacar el papel de la Iglesia Católica?) explican esta falta de atención a la contribución y a la constante llamada por la preservación del medio que nos rodea. Por ahora -por razones de espacio- no podemos traer más a colación, pero hemos dejado señalados algunos de los escritos que conviene conocer. Un deber nos queda: el de intentar llenar estas lagunas. Valga este pequeño comentario como aportación en tanto seguimos acabando un trabajo expresamente sobre esta cuestión en el que intentamos demostrar la enorme labor de aquélla, digna de elogio a la vez que tratamos de profundizar en las causas que han llevado a silenciar su obra.

Mª del Ángel Iglesias es profesora del seminario “Conflictos y Crímenes Internacionales” de la Escuela de Humanidades de UNIR

[1] Tomamos a SS Pablo VI como punto de partida ya que fue durante su Papado cuando comienza a gestarse la creación de un derecho internacional sobre el medio ambiente. Como mencionaremos después, la llamada a la concienciación es resaltada por algunos autores con respecto a Juan XXIII y otros antecesores.

 “Sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte”  

 

Sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte

 

“El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo” Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes, 18.

  

A la inquietud del hombre por su propia fragilidad y finitud la revelación responde con luces profundas. Afirma, en primer lugar, que el origen del enigma –la muerte tal como la conocemos, penosa y trágica- está íntimamente vinculado con la entrada del pecado en la historia humana“por medio de un solo hombre entró el pecado en el mundo” -dice S. Pablo en alusión a la caída original- “y a través del pecado la muerte” .

Sin embargo, la revelación asevera también -y esto es más importante aun- que ni la muerte ni el pecado tienen la última palabra sobre el hombre. El ser humano no está condenado, pues, a vivir “sin esperanza ni Dios” ; puede estar seguro de que su anhelo de vida tiene respuesta en los proyectos amorosos de Dios.

 

La esperanza del Antiguo Testamento

Los primeros indicios que hallamos en el Antiguo Testamento, de una vida después de la muerte, consisten en dos términos: el sheol, “lugar” donde habitan los refaim, las sombras de los hombres difuntos . Este primer esbozo, tenue, del destino postmortal humano, adquiere con el tiempo mayor relieve y color: así, en algunos Salmos, el hombre justo expresa la confianza de que Dios le libere del sheol:

“No abandonarás mi alma en el sheol”

“Dios rescatará mi alma, me arrancará de las manos del sheol” .

 

La esperanza veterotestamentaria de un triunfo sobre la muerte cristaliza finalmente en dos líneas: la de la pervivencia del alma y la de la resurrección de la carne en el último día. Por un lado, el libro de Sabiduría afirma que el núcleo de la persona -el alma (psykhé)- es imperecedero, y capaz de recibir una recompensa al término de la vida mortal. Asegura que las almas de los justos difuntos “están en la paz”, “en las manos de Dios”, mientras advierte a los impíos que tras su muerte “irán temblando a dar cuenta de sus pecados, y sus iniquidades les acusarán cara a cara”.

Por otra parte, otros libros tardíos del Antiguo Testamento –Daniel y 2 Macabeos– anuncian firmemente la resurrección en el último día: los justos y los que padecen martirio por mantenerse fieles a Dios –dicen- pueden esperar una resurrección para la “vida”, mientras que los impíos sólo pueden aguardar una resurrección para el “oprobio” .

En realidad, las dos líneas bíblicas son complementarias: las alusiones al alma inmortal se pueden entender como referidas al estado en que queda el sujeto humano enseguida después de morir, y las menciones de la resurrección corporal como referidas al estado definitivo –reconstituido- del hombre al final de la historia.

 

La esperanza cristiana

El Nuevo Testamento derrama una luz más completa sobre el misterio de la muerte. Por un lado, confirma su conexión primigenia con el mysterium inqiuitatis; la muerte es, en palabras de San Pablo, el “salario del pecado” : consecuencia, señal y recordatorio de la pecaminosidad humana; una especie de anti-sacramento. Pero por otra parte, la revelación neotestamentaria anuncia la Buena Nueva de la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado.

El Hijo de Dios, encarnándose, padeciendo, muriendo y resucitando, ya ha vencido la muerte. Ha cambiado radicalmente su signo negativo; no sólo porque ha mostrado la muerte como la puerta que conduce una vida imperecedera, sino también porque, de modo maravilloso, ha hecho de la muerte una vía de comunión con su propia Persona. Para su discípulo, morir significa “estar con Cristo” , “volver junto al Señor” , morar con Él en la casa del Padre .

De este modo radical, la muerte –aun conservando su aspecto doloroso- pierde su aguijón y adquiere un rostro más amable: es “la hermana muerte” , camino de encuentro con Cristo, el Padre, y el Espíritu Santo. “¡No me hagas de la muerte una tragedia! porque no lo es. Sólo a los hijos desamorados no les entusiasma el encuentro con sus padres” S. Josemaría Escrivá, Camino, 355.

Esta concepción positiva -eminentemente cristológica- de la muerte, estuvo en la base de la firme actitud de los mártires en tiempos de persecución: estaban dispuestos a padecer y morir por su fe, convencidos de que su sufrimiento y muerte les iba a proporcionar una oportunidad para participar en la pasión, muerte, y resurrección del Señor.

Emociona hallar, debajo del deseo de martirio de esos cristianos, un ardiente amor a Jesús:

“Fuego y cruz, y manadas de fieras, quebrantamientos de mis huesos, descoyuntamientos de miembros, tribulaciones de todo mi cuerpo, tormentos atroces del diablo, vengan sobre mí, a condición sólo de que yo alcance a Cristo” S. Ignacio de Antioquía, Ad Romanos, 5, 3.

 

Amaban la muerte, porque amaban a Cristo.  El aprecio sobrenatural por la muerte informa el pensamiento cristiano de todos los tiempos, capacitándolo para mirar de frente al mysterium mortis sin terror, a diferencia de muchas filosofías paganas de la Antigüedad. Como afirma el Catecismo de la Iglesia católica, la muerte puede ser contemplada desde la fe como “la última Pascua del cristiano” : punto de tránsito de la vida terrena a la vida eterna junto al Señor, con la gozosa perspectiva de resucitar con Él en el último día.

 

Meditación de la muerte

De maneras diversas, los cristianos a lo largo de la historia han reflexionado acerca de la pervivencia del núcleo espiritual de la persona humana. El alma, que sobrevive a la descomposición del cuerpo, puede -a pesar de su estado incompleto, que aguarda la resurrección de la carne – experimentar, después de la muerte, el gozo de la comunión con la Trinidad, los ángeles y los santos, o bien –en caso de imperfección- un proceso de purificación previa al gozo celestial, o bien –en el caso del pecador empedernido- la pena de separación eterna de Dios y las criaturas santas.

El Papa Benedicto XII (s. XIV) declara:

“Definimos… que las almas (de los que mueren en gracia)… inmediatamente después de la muerte -y de la purificación, para los que tienen necesidad de ella-, aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del juicio final… estuvieron, están y estarán en el Cielo… con Cristo, en la compañía de los santos ángeles… Definimos, además, que las almas de los que mueren en estado de pecado mortal actual bajan inmediatamente después de la muerte al infierno, donde son atormentadas con penas infernales” .

 

Puede afirmarse, por tanto, que la retribución del individuo, por lo que se refiere a su contenido fundamental de unión o separación respecto a Dios, empieza justo tras la muerte. Como dice el Catecismo de la Iglesia católica, “la muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo” .

El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón , así como otros textos del Nuevo Testamento hablan de un último destino del alma que puede ser diferente para unos y para otros .

La doctrina del juicio particular aparece aquí como corolario de una verdad fundamental, de que los hombres, en el momento de su defunción, se sitúan ya en estados de salvación o no-salvación.

“Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre” Catecismo de la Iglesia católica, n. 1022.

 

El hecho de que con la vida mortal termina el tiempo disponible para dar respuesta a Dios –Sí o No-, constituye para el creyente un reclamo a la responsabilidad. “A la tarde te examinarán en el amor” ; no nos esperan más vidas, ni una segunda oportunidad, como propugnan las teorías reencarnacionistas . Saber esto -vislumbrar en el horizonte la llegada irrevocable de la muerte- nos mueve a trabajar con santa urgencia: “Los que andan en negocios humanos dicen que el tiempo es oro. —Me parece poco: para los que andamos en negocios de almas el tiempo es ¡gloria!” S. Josemaría Escrivá, Camino, 355

by  J. José Alviar  www.primeroscristianos.com

 Cuidar a los que sufren y no matarlos

Escrito por David Vicente Casado

 

La defensa de derechos como es el derecho a la vida no debería tener ni colores ni ideologías. Aquellos que nos dieron la vida necesitan luchar por la suya hasta el final, con justicia y dignidad

Bajo la premisa de «eliminar el sufrimiento, sí pero eliminar al que sufre, no»la ‘plataforma Los 7000’ ha recogido el sentir y el temor de más de 100 representantes de todos los ámbitos de la vida pública. Entre ellos, destacan políticos, periodistas, médicos y profesionales de los cuidados paliativos que, con su firma, dicen no a la decisión del actual Gobierno de imponer una ley que legalice la eutanasia.

Los firmantes sostienen que lo realmente importante para detener el sufrimiento del enfermo no es la muerte, sino la existencia de leyes que protejan la vida, principalmente la de los colectivos más vulnerables, como es el de nuestros mayores. Un trato digno y justo que asegure una asistencia médica y hospitalaria.

Necesitamos leyes que protejan la vida,
en especial, la de las personas mayores

Necesitamos con urgencia un plan de cuidados paliativos,
garantía necesaria para evitar el sufrimiento

Lo necesario, lo que la sociedad reclama, es ofrecer
a todo ser humano
un final digno y bienaventurado de su vida

Lo que realmente se ofrece es morir
entre sufrimientos o a manos del médico

La eutanasia forma parte del problema, no de la solución,
porque el fin para una vida digna es la conjunción de
la compañía solícita y de
los pertinentes cuidados paliativos

La polaridad política de un derecho fundamental

La defensa de derechos como es el derecho a la vida no debería tener ni colores ni ideologías. Sin embargo, convivimos con una izquierda que parece empeñada en rememorar viejos conflictos de las dos Españas. Pero ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

Francisco Vázquez ocupó la alcaldía de La Coruña con el PSOE durante nueve legislaturas, además de haber sido, entre otras responsabilidades, embajador de España ante la Santa Sede. Vázquez es una de las personalidades que han firmado el manifiesto. Afirma que «no hay nada más progresista que defender la vida y defender al débil» y reconoce  que el motivo fundamental para haber llegado a esta situación tan peligrosa es «el haber perdido la batalla conceptual».

Entrevista a Francisco Vázquez

José Luis Corcuera fue ministro del Interior con el Gobierno de Felipe González entre 1988 y 1993. Para él, el motivo de esta polarización reside en que nos encontramos con «un país donde, por desgracia, se ha abierto la veda que tratamos de cerrar en la Transición política española de 1978 y donde hay auténticos expertos en dividir a la sociedad».

Entrevista a José Luis Corcuera

María San Gil es actualmente vicepresidenta de la Fundación Villacisneros. Desarrolló su carrera política en el País Vasco, tanto en el Ayuntamiento de San Sebastián como en el Parlamento autonómico. Conoce muy de cerca lo que significan los totalitarismos. Por ello, no duda en asegurar que «tenemos un Gobierno totalitario que hace del aborto y la eutanasia sus banderas». Echa de menos «una oposición firme y contundente que defienda −ideológica y pedagógicamente− lo más sagrado que tenemos, que es la vida».

Entrevista a María San Gil

La necesidad de una sociedad bien informada

Está en nuestra mano responder con argumentos y desmontar las telarañas de la división y la confrontación que pretenden desde el Ejecutivo. Por ello, Rosa Visiedo, rectora de la Universidad CEU San Pablo, asegura que «no tener en cuenta que hay cuestiones que están por encima de cualquier consideración ideológica, como es el caso de la eutanasia, es una forma de manipulación que una sociedad bien informada no debería permitir».

Entrevista a Rosa Visiedo

A la cola de Europa en cuidados paliativos

La Organización Mundial de la Salud define los cuidados paliativos como «el enfoque que mejora la calidad de vida de pacientes y familias que se enfrentan a los problemas asociados con enfermedades avanzadas, a través de la prevención y alivio del sufrimiento por medio de la identificación temprana y evaluación y tratamiento del dolor y otros problemas, físicos, psicológicos y espirituales». Los firmantes del manifiesto abogan por la instauración de leyes que protejan la vida y den al enfermo un trato digno y justo.

Para Manuel Martínez-Sellés, presidente del Colegio de Médicos de Madrid, esta ley «resulta particularmente inoportuna en esta situación de pandemia». Además, refleja los datos que aporta nuestro país en cuidados paliativos: «En el último Atlas Europeo de Cuidados Paliativos se recomiendan dos servicios de cuidados paliativos por cada cien mil habitantes. Nosotros tenemos 0,6, es decir, no llegamos ni a la mitad».

Entrevista a Manuel Martínez-Sellés

Carmen Fernández de la Cigoña, directora del Instituto CEU de Estudios de la Familia, recuerda que los cuidados paliativos «atienden al enfermo de manera integral: reducen o eliminan el dolor, se preocupan por su estado anímico, buscan el acompañamiento espiritual de todos los que los solicitan, atienden a sus familias y las acompañan también, velan por sus distintas necesidades»

Entrevista a Carmen Fernández de la Cigoña

Aquellos que nos dieron la vida necesitan luchar por la suya hasta el final, con justicia y dignidad. Luchemos por ello y por ellos.

David Vicente Casado

 ¿Una democracia que promueve la muerte?

Escrito por Gregorio Guitián

 

Causa estupor el silencio con que se está manejando una ley de tan graves repercusiones como es la legalización de la eutanasia

En una democracia madura no se imponen subrepticiamente leyes por la pura fuerza de un puñado de votos, sino que se abren espacios de información y oportunidades para una conversación honesta, abierta y respetuosa que ayude a pensar bien lo que se pretende hacer. Y se actúa subrepticiamente cuando se aprovecha el ahogo causado por la pandemia para colar, sin apenas oposición, una ley como la de la eutanasia, que se está promoviendo para hacer legal y normal, no lo que conduce al bien común, sino pura y simplemente una ideología de muerte; de más muerte. Porque insinuar a la gente vulnerable que se podría quitar de en medio −promover el suicidio, en una palabra− no es un bien social. Y una ley de eutanasia de hecho hace eso.

El Congreso de los Diputados acaba de dar otro impulso a una ley orgánica de regulación de la eutanasia. Causa estupor el silencio con que se está manejando una ley de tan graves repercusiones, como se ha visto en los países de nuestro entorno en los que se han aprobado leyes semejantes.

«Una democracia madura abre espacios de información
y oportunidades para una conversación honesta
que ayude a pensar bien lo que se pretende hacer»

En efecto, siempre se ha pretendido que la legalización de la eutanasia se limitara a supuestos muy concretos y con criterios rigurosísimos −así se quiere hacer en España− y siempre se les ha ido de las manos, en algunos casos de manera tremenda, como en Holanda, donde las encuestas de la Fiscalía General de ese país señalaron que, en contra de lo prescrito por la ley, menos de la mitad de las eutanasias practicadas se comunicaban a la autoridad, el 40 por ciento se practicaban a enfermos incapaces, y el 15 por ciento a enfermos capaces sin su consentimiento.

Para colmo, precisamente la ley holandesa ha servido de inspiración para la que se pretende en España. Al final, las leyes que otorgan el poder de causar la muerte a otros legalmente terminan ampliando los supuestos como fruto de una indolora decadencia ética y tras cometerse numerosos abusos. Sin ir más lejos eso es lo que ha sucedido en España con la ley del aborto.

Parece insensible que en tiempos de tanta vulnerabilidad de las personas mayores en este país, cuando decenas de miles de familias han contemplado impotentes cómo un virus arrancaba de la noche a la mañana la presencia y la vida de sus mayores −sus padres, sus abuelos, sus hermanos, sus tíos, sus amigos− un gobierno empuje con una tenacidad digna de mejor causa una ley para reconocer un derecho de diseño «a la muerte digna».

«Se puede ser la persona más atea y antirreligiosa
del mundo y estar
en contra de una ley de eutanasia»

Esta ley es una huida por la salida de emergencia porque la auténtica compasión llevaría a empeñarse por mejorar el cuidado de las personas que sufren: «no hay enfermos “incuidables”, aunque sean incurables». Un mayor acceso a los cuidados paliativos podría aliviar enormemente el dolor de muchas personas. Aquí sí merece la pena un gran esfuerzo para extender estos cuidados a la población.

Por otra parte, no puedo evitar un cierto temor cuando se pide a un teólogo el parecer sobre una ley como ésta, y es que a veces se ha insinuado una sutil ecuación entre religiosidad y rechazo a la eutanasia. Quisiera resaltar aquí solamente esto: se puede ser la persona más atea y antirreligiosa del mundo y estar en contra de una ley de eutanasia. Solo basta pensar en los datos que alarmaron a la Fiscalía General de Holanda.

Además, se debe afirmar con toda claridad que la Iglesia Católica no necesita recurrir a ninguna revelación ni a ningún dogma para explicar racionalmente por qué no es un bien una ley de eutanasia. Prueba de ello es la breve nota que ha publicado recientemente la Conferencia Episcopal Española, cuyo expresivo título vuelvo a repetir aquí: «no hay enfermos “incuidables”, aunque sean incurables».

Como escribió el por dos veces presidente de la República de Uruguay, Dr. Tabaré Vázquez −político de izquierdas y, dicho sea de paso, reconocido miembro de la Gran Logia de la Masonería del Uruguay− en el texto con el que vetó la ley de despenalización del aborto en ese país, «el verdadero grado de civilización de una nación se mide por cómo se protege a los más necesitados. Por eso se debe proteger más a los más débiles. Porque el criterio no es ya el valor del sujeto en función de los afectos que suscita en los demás, o de la utilidad que presta, sino el valor que resulta de su mera existencia».

Gregorio Guitián es profesor de Teología Moral de la Universidad de Navarra

 También el papa Francisco sueña con una nueva Europa 

El Papa Francisco, bendiciendo la Plaza de San Pedro vacía.

En medio de tantos y tan graves acontecimientos que reclaman nuestra atención, han podido pasar inadvertidas efemérides de momentos importantes para la historia de la Iglesia en Europa, como el 40º aniversario de la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Unión Europea (COMECE), el 50º de las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y la Unión Europea y el 50º de la presencia de la Santa Sede como Observador Permanente ante el Consejo de Europa. Antes, se había celebrado el 70º aniversario de la memorable Declaración Schuman.

No ha sido así en Roma: el papa Francisco encomendó al cardenal secretario de Estado, Pietro Parolin, que atendiera a esos eventos, de acuerdo con el espíritu que le transmitió en una sentida y meditada carta, publicada por los servicios informativos vaticanos.

El pontífice tiene muy presente el grito a Europa de san Juan Pablo II en Santiago de Compostela el 9 de noviembre de 1982, durante su visita a la península ibérica: “vuelve a encontrarte. Sé tú misma”. También Francisco quiere decir a Europa: “Tú, que has sido una fragua de ideales durante siglos y ahora parece que pierdes tu impulso, no te detengas a mirar tu pasado como un álbum de recuerdos. (...) Europa, ¡vuelve a encontrarte! Vuelve a descubrir tus ideales, que tienen raíces profundas. ¡Sé tú misma! No tengas miedo de tu historia milenaria, que es una ventana abierta al futuro más que al pasado. No tengas miedo de tu anhelo de verdad, que desde la antigua Grecia abrazó la tierra, sacando a la luz los interrogantes más profundos de todo ser humano; de tu sed de justicia, que se desarrolló con el derecho romano y, con el paso del tiempo, se convirtió en respeto por todo ser humano y por sus derechos; de tu deseo de eternidad, enriquecido por el encuentro con la tradición judeo-cristiana, que se refleja en tu patrimonio de fe, de arte y de cultura”.

En la carta se advierte también el eco de la exhortación postsinodal Ecclesia in Europa de 2003, que abordaba más bien los procesos de evangelización y recristianización de una sociedad secularizada tras la Ilustración. Sólo echo de menos una posible referencia al gran discurso del cardenal Ratzinger en Subiaco, el 1 de abril de 2005, menos de tres semanas antes de su elección, al recibir el premio “San Benito por la promoción de la vida y de la familia en Europa”.

Del texto de Francisco a Pietro Parolin, me permito destacar los sueños del pontífice, que va desgranando en párrafos sucesivos. No es el menor, en tiempos de pandemia, el redescubrimiento de “ese camino de la fraternidad, que sin duda fue el que inspiró y animó a los Padres fundadores de la Europa moderna, a partir justamente de Robert Schuman”.

El papa sueña con “una Europa amiga de la persona y de las personas. Una tierra donde sea respetada la dignidad de todos, donde la persona sea un valor en sí y no el objeto de un cálculo económico o una mercancía”. A partir de ahí, se entiende el cuidado de la vida desde que surge en el seno materno hasta su fin natural, la responsabilidad ante el trabajo, la protección de los más frágiles y débiles...

Sueña “una Europa que sea una familia y una comunidad. Un lugar que sepa valorar las peculiaridades de todas las personas y los pueblos, sin olvidar que estos están unidos por responsabilidades comunes”. No otra cosa significa la familia “a partir de la diferencia fundamental entre hombre y mujer”. “Europa es una auténtica familia de pueblos, distintos entre sí, pero sin embargo unidos por una historia y un destino común. Los últimos años, y aún más la pandemia, han demostrado que nadie puede salir adelante solo y que un cierto modo individualista de entender la vida y la sociedad lleva solamente al desánimo y a la soledad”.

Sueña “una Europa solidaria y generosa. Un lugar acogedor y hospitalario, donde la caridad —que es la mayor virtud cristiana— venza toda forma de indiferencia y egoísmo”. El papa ha tratado por extenso la fraternidad en su última encíclica. Aquí el sueño europeo “significa particularmente hacerse disponible, cercana y diligente para sostener —a través de la cooperación internacional— a los otros continentes —pienso especialmente en África—, de modo que se resuelvan los conflictos en curso y se ponga en marcha un desarrollo humano sostenible”.

Sueña, en fin, “una Europa sanamente laica, donde Dios y el César sean distintos pero no contrapuestos. Una tierra abierta a la trascendencia, donde el que es creyente sea libre de profesar públicamente la fe y de proponer el propio punto de vista en la sociedad. Han terminado los tiempos de los confesionalismos, pero —se espera— también el de un cierto laicismo que cierra las puertas a los demás y sobre todo a Dios, porque es evidente que una cultura o un sistema político que no respete la apertura a la trascendencia, no respeta adecuadamente a la persona humana”.

 

 

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Lolo, a la santidad por el periodismo

photo_cameraBeato Lolo a la derecha.

A los periodistas nos suelen poner a caldo. Llevo una vida oyendo frases estereotipadas del tipo “mienten más que hablan”. Y yo, la verdad, es que siempre he estado un poco cansada de que nos critiquen tanto porque he tenido la fortuna de conocer a cientos de periodistas en mis años de profesión y he de decir que la inmensa mayoría cumple el requisito básico: ser buena persona. Lo explico a mis alumnos en cada oportunidad.

Un periodista que no fuera buena persona, no duraría mucho en el mercado: bastan un puñado de mentiras para que perdamos la credibilidad en él. Y hoy, con las redes sociales a todo trapo, la mentira dura poco. Cierto es, no lo discuto, que hay algunos reyes del entretenimiento televisivo que podrían hacer una revisión a fondo de su fundamentación ética, pero son solo un puñado. La inmensa mayoría de esta imprescindible profesión está compuesta por buenas personas que siente su labor como un deber al conjunto de la sociedad: conocer la realidad y transmitir la verdad para que la sociedad pueda comprender el mundo en el que vive.

Por eso me fascinó la vida de Lolo, el Beato Manuel Lozano Garrido cuyo ‘dies natalis’ celebramos el 3 de noviembre, tan pronto como la conocí. Porque me dije a mí misma que la carrera periodística de Lolo demostraba a pies juntillas que se puede ser periodista y santo a la vez. Y cuando me empapé de la vida de este personaje, casi contemporáneo nuestro, (1920-1971), un tipo divertido, interesado por el mundo, volcado con la sociedad que le rodeaba, descubrí, no solo que se puede ser periodista además de santo, sino que además se puede ser santo porque se es periodista.

Lo de Lolo son palabras mayores porque es la muestra perfecta de cómo cada minuto de la vida cotidiana se puede ofrecer a Dios. Y de la misma manera que Santa Teresita viajó con su oración por todo el mundo sin salir de Lisieux, Lolo tocó miles de corazones con su palabra sin salir de su habitación, sentado siempre en su sillón de ruedas. Pero eso es lo que tiene la palabra: que vuela con mucha facilidad sostenida sobre los más de 700 artículos de prensa que publicó Lolo en 24 medios distintos, con todos los géneros periodísticos habituales de la época, con las más diversas temáticas y para los más diversos públicos.

Lolo fue un grande en el periodismo de los años 50 y su alegría desbordante, su profesionalidad, su particular mirada sobre el mundo, convirtieron la mesa camilla de su casa en una verdadera mesa de redacción en la que se fraguaron importantes artículos y se regaron las amistades con los más reputados profesionales del momento.

Hoy, recordar a Lolo es recordar al buen periodista, al profesional comprometido con la verdad, al reportero que sabía el bien que hace la palabra, al director comprometido con el resto de las cabeceras de la época, a la persona abnegada que, haciendo de la necesidad virtud, supo colocar su máquina de escribir bajo el altar, para que el árbol de la vida que brota en cada Eucaristía pudiera crecer fecundo en su trabajo.

María Solano Altaba

Decana de la Facultad de Humanidades y CC. Comunicación.

Universidad CEU San Pablo

La tiene tomada con la escuela concertada

Este Gobierno la tiene tomada con la escuela concertada. Y lo está haciendo muy bien (si el mal puede hacerse bien) porque la sociedad, anestesiada por tanta pandemia, no se está dando cuenta. Lo está haciendo muy bien porque se trata de una escalada de acciones tan leves y aparentemente inconexas, que el fallecimiento de la concertada no se producirá de golpe, como el asesinato con quince puñaladas en el torax, sino de manera paulatina, como el que muere envenenado, día a día, año a año, con una cantidad imperceptible de veneno en la comida que hará que parezca un accidente. Y descubrir al asesino es siempre más difícil así.

“Haz que parezca un accidente”, nos explicaba José Amiguet, de la ACdP, en el último Congreso de Católicos y Vida Pública, celebrado justo antes de los tiempos del coronavirus, y dedicado a la necesaria defensa de la libertad de Educación, perseguida sin descanso incluso ahora, en tiempos de coronavirus, e imaginamos que también cuando pasen estos tiempos del coronavirus. Lo que nos mostraba Amiguet era cómo la astucia de los políticos acaba haciendo creer a la sociedad que realmente quería aquello que no quería. Pasó con la Religión: a base de quitarle fuerza en el currículo educativo y poner a los padres entre la espada y la pared, cada vez menos alumnos la fueron demandando y el Gobierno acabó utilizando el argumento de que la sociedad no pedía la asignatura de Religión cuando realmente había conducido a la sociedad por vericuetos tan complejos que favorecía el no solicitarla.

La última cucharadita de veneno contra la concertada ha venido en forma de anuncio –quizá, ojalá, sea una cortina de humo más de las que tanto utiliza este Gobierno con su equipo de marketing político– de una subida del 21% del IVA en educación. Colegios privados y concertados tendrán que aplicar el IVA por sus servicios, hasta ahora exentos de impuestos porque son considerados esenciales. La lógica con la que plantean la medida desde el PSOE y Podemos es tan antigua como la muy superada guerra de clases decimonónica, con esa falsa imagen de “los ricos”, cuando cualquier estadística demuestra que esa radiografía de los padres de la concertada y de buena parte de la educación privada está muy lejos de la realidad. Son padres de clase media que están dispuestos a invertir una parte importante de sus ingresos para garantizar su derecho a elegir el modelo educativo que desean para sus hijos. Son padres de clase media que pagan religiosamente sus impuestos (y con ellos el dinero que les daría derecho a su plaza en la enseñanza pública) pero que no gastan más que una pequeña parte de la educación púbica. Es más, el sistema público de educación no podría soportar un trasvase masivo de alumnos de la privada y concertada a la pública porque no tendría plazas suficientes.

Jesús Martínez Madrid

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Ser católico de verdad resulta molesto

La maquinaria publicitaria demócrata se empleó a fondo para decirle a la nación americana lo buen católico que es Joe Biden, su candidato. Se destaca su gran fe, la importancia que la fe tiene en la vida del exvicepresidente, no se hace ningún reparo en que una persona de fe guíe la nación, sino por el contrario, afirma que es bueno tener una persona religiosa en un cargo de tal magnitud. Esto manifiesta que en la sociedad americana esto tiene importancia.

Pero cuando surge la jueza Barret hay que pasarse al otro lado: esto es una exageración, tener siete hijos, dos adoptados de raza negra, colonizadores blancos por adoptar niños haitianos, han llegado a decir, una radical, ultra. Es decir, uno puede decir que es católico, pero cuando surge una mujer católica de verdad entonces es calificada de extremista y ultracatólica; ya es un peligro.

La prensa demócrata tiene ahora un problema: si para impedir la ratificación de la jueza la emprenden ahora contra su práctica religiosa, revelarán que sus elogios a la fe de Biden no pasan de mera estrategia publicitaria. Y eso puede ser muy perjudicial para la campaña. 

Lo gracioso es que en nuestro país tenemos más de lo mismo. Los ataques a Vox en gran medida tienen que ver con sus convicciones religiosas. Que sean antiabortistas, anti-eutanasia, defensores de la familia, son cosas que les llevan a los extremistas de izquierda a demonizarles. Son auténticos monstruos. Y es el motivo por el que los parlamentarios de Podemos han llegado a decir que el Rey supone un voto más a favor de Vox, porque entienden que el monarca es católico coherente, y eso les molesta.

Ser católico de verdad resulta molesto para muchas personas, y por eso también es verdad que en cuanto aparecen en la esfera pública personas que no tienen inconveniente es sentirse católicas, se remueven muchas conductas un tanto dormidas.

Domingo Martínez Madrid

 

De la razón y la de la fe, sin relativismos

“La mejor política, escribe el Papa en la Carta “Fratelli Tutti”, es una forma más preciosa de la caridad porque está al servicio del bien común”. Subraya que “la caridad está en el corazón de toda vida social sana y abierta”. Esta “caridad social” es mucho más que un sentimentalismo subjetivo, necesita la luz de la verdad, que es simultáneamente la de la razón y la de la fe, sin relativismos.

En este documento crucial de su pontificado, Francisco hace hincapié en la importancia del pueblo entendido como una categoría abierta que recoge la memoria compartida de una comunidad, cuya fortaleza le permite abrirse al diálogo y acoger al diferente, generando un enriquecimiento fecundo, algo bien distinto de los populismos. Para todo esto hace falta el concurso de Estado que respete el principio de subsidiariedad y una sociedad civil rica de iniciativas.

Jesús Domingo Martínez

 

 

El derecho a la vida de las personas mayores

El Nuncio Apostólico ante las Naciones Unidas, el Arzobispo Gabriele Caccia, pronunció una maravillosa declaración pro-vida en la Asamblea General de la ONU cuando el organismo internacional adoptó una resolución integral sobre la pandemia de COVID-19.

Estados Unidos e Israel votaron en contra de la resolución, y muchas otras delegaciones hicieron fuertes reservas sobre este y aquel aspecto de la resolución. Estados Unidos citó su oposición al término "salud sexual y reproductiva" entre las razones por las que votó en contra de la resolución, así como el sesgo antiisraelí y su actual disputa con la Organización Mundial de la Salud. La resolución solo tiene elogios para la Organización Mundial de la Salud.

En lugar de criticar al gobierno de los EE. UU. Como la Unión Europea y supuestos aliados como Australia y el Reino Unido, la Santa Sede fue más mesurada en sus comentarios y expresó su solidaridad con las preocupaciones pro-vida de EE. UU., agregando una serie de otras preocupaciones pro-vida también, incluida la preocupación por el derecho a la vida de las personas mayores, la gestación subrogada, cuestiones éticas con los ensayos de la vacuna COVID-19, etc.

Curiosamente, ninguna otra delegación de la ONU planteó preocupaciones por el derecho a la vida de las personas mayores durante la pandemia de COVID-19. Es como un secreto muy bien guardado que los ancianos son, al final, desechables. Afortunadamente, la Santa Sede sigue actuando como conciencia de la humanidad.

Jesús D Mez Madrid

 

Día mundial del ahorro y… El consumismo

                               

“El Día Mundial del Ahorro se celebraba todos los años el 31 de octubre. Es un día en el que se pretende enseñar la importancia que tiene el ahorro en la economía de las familias y de manera personal en el individuo; e igualmente, EN EL ESTADO.

                                Origen: Este día surge en el año 1924 cuando se reunieron delegados de casi todos los países en el Congreso Internacional del Ahorro. Dicho Congreso se prolongó varias jornadas siendo finalizado el 31 de octubre de ese mismo año, fecha en que fue instituido el Día Mundial del Ahorro.

                                Concepto: Saber ahorrar es fundamental para el desarrollo de la persona desde niños. Los padres, los colegios, los centros de enseñanza deben enseñar a los niños desde muy pequeños la importancia que tiene para las personas tener un ahorro; y por supuesto saber ahorrar. Gracias al ahorro el día de mañana podremos conseguir nuestras metas, lograr una buena calidad de vida, mayor prevención, etc. El ahorro es una parte importante del presupuesto mensual. El aspecto principal antes de ahorrar es analizar la situación económica familiar. Para ello debemos de controlar que los gastos no sean mayores que los ingresos. Por ello se debe de realizar un ajuste y estabilización de nuestra economía y de la economía familiar”.

                                Pero es que el ahorro está “escrito en el libro de la vida en este planeta” y nos da fe de ello, el comportamiento de las abejas en sus colmenas, o el de las hormigas en sus hormigueros. Y si profundizamos mucho más; en todos los cuerpos donde se condensa la vida, todos (animal, insectos, plantas) ahorran cuanto pueden, para así, poder aguantar “las épocas duras” y que sus especies continúen y no desaparezcan.

                                Con la lógica aplastante que arriba he recopilado y que a mí particularmente me ha ido magníficamente, desde que con trece años me abrieron mi primera “libreta de ahorro infantil con hucha incorporada, en una de aquellas cajas de ahorro”… y quince años después yo las había abierto a mis tres hijos… ¿Cómo hoy no se celebra ese evento a todos los niveles? ¿Por qué se oculta este gran valor?

                                A la vista está; a los políticos empujados por los grandes intereses del mundo capitalista; se les obligó a “enterrar esta buena norma” e impusieron “EL CONSUMISMO”; gastar y gastar a más no poder e incluso,  “el compre hoy y pague mucho después; o sea el endeudarse incluso a lo loco; lo que ha acarreado la ruina de muchos que hoy lo lamentan ya tarde, las grandes deudas contraídas que incluso les ha ocasionado la pérdida de la imprescindible vivienda propia y que a muchos les ha llevado hasta el suicidio.

                                Los “templos del ahorro, fueron las denominadas “Cajas de Ahorro Benéficas”, que en gran cantidad de ellas fueron obra de La Iglesia Católica y que eran tuteladas por el Estado y con  un buen control sobre ellas y las que conllevaron después sus obras sociales y mantenimiento de muchas cosas más, entre las que destacaba el que  sus empleados fueran los mejor pagados de España. Un amigo me cuenta que llegaron a cobrar seis pagas extraordinarias cada año, o sea un mes la paga normal y al siguiente paga doble; y aunque hubiese “chanchullos” (en España eso es lo normal) pero nadaban en la abundancia y no sé qué quebrase ninguna. También el Estado español creó y fomentó la “Caja Postal”, cuyas libretas de ahorro eran operativas en cualquier estafeta de correos de toda la geografía nacional y que además todas ellas, sorteaban premios al ahorro, pagaban razonables intereses al ahorrador y prestaban de igual forma razonable a los que concedían créditos; cosa esta que ayudó a infinidad de españoles a prosperar y lograr la tan ansiada independencia económica. También en la etapa franquista (tan criticada y denostada por otros asuntos) los gobiernos de la dictadura, crearon y fomentaron varios bancos estatales, para controlar el dinero y evitar (por ejemplo) todos los abusos que la banca nos ha cargado hasta ahora y con la connivencia de la política establecida que es dominada por el gran capital y abusó y abusa de forma ya que “ni los usureros del medioevo”.

                                Todo esto “en un suma y sigue horrible y horrendo”; es lo que ha ocasionado la acumulación de capitales en pocos bolsillos y la miseria en una gran parte de la población que ha sido y sigue siendo exprimida por “hunos y por hotros”, sin que los que dicen gobernar intervengan en nada. Por si fuera poco todo lo esbozado en un boceto muy escueto y que se podría (los expertos debieran acometer) escribir en libros en lenguaje sencillo y comprensible para entendimiento de todos.

                                Hoy toda esa enorme obra de control y beneficiosa para el común del pueblo, ha sido liquidada de forma incluso delictiva (recordemos que se está juzgando esos delitos de papeles bancarios que no tenían dinero (preferentes) o esas tarjetas “negras” donde los que tenían que vigilar la buena marcha del dinero de otros, lo gastaban a manos llenas y como si tal cosa)… y “mientras los políticos en sus gallineros dicen que representan y defienden al pueblo”, mientras todo esto pasó y pasa y nos dicen que estamos en el progreso… ¿progreso de quién o quiénes?... “De los que administran impunemente y se aprovechan como queda demostrado hasta la saciedad”. Bueno, el juicio ha tenido lugar, pero “los han perdonado; estos angelitos no cometieron delito alguno; de bochorno”.

                                Así es que el que pueda que ahorre, puesto que está solo ante el Estado, el que nos quiere nada más que para ver lo que nos saca, puesto que si necesitas ayuda VERDADERA; te encontrarás sólo y desvalido, como ya hay demasiados millones en estado de pobreza, de ruina total o en la indigencia absoluta.

                                Entramos (dicen) en una nueva política, ya veremos lo que vamos a ver o padecer, puesto que no creo que todos los que van a seguir  peleándose en los gallineros políticos, tangan la menor idea… o ganas, de acometer las verdaderas reformas que necesita España y todos los demás países, pues yo dudo que haya uno que de verdad se gobierne basado en esas grandes palabras que significan, aparte la del AHORRO, las de EQUIDAD Y JUSTICIA; puesto que aplicando estos conceptos… Se acabarían las guerras y exterminios Y LA PLAGA DE LADRONES QUE ASOLAN TODO: “Amén de los amenses”.

Especial para la plaga de políticos que padecemos:

“TLT”: Techo, Lecho y Trabajo útil para la sociedad… Si la parte razonable del dinero público se aplicara a esta solución, creo firmemente que la mayor parte de problemas, no existirían en este pobre planeta.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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