Las. Noticias de hoy 2 Noviembre 2020

Enviado por adminideas el Lun, 02/11/2020 - 12:47

Día de los fieles difuntos. | Black hair model, Spanish quotes, Hair color  tutorial

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 02 de noviembre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Ángelus: Las Bienaventuranzas son el camino de la santidad

Ángelus: Entablar negociaciones en la situación de Nagorno-Karabaj

Europa: El Papa Francisco reza por la unidad

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS*: Francisco Fernandez Carbajal

2 de noviembre: Todos los fieles difuntos

“Para nosotros la muerte es Vida”: San Josemaria

6 de noviembre: PDF, ePub y audio de la carta del Prelado

Retiro de noviembre #DesdeCasa

Conocerle y conocerte (X): ​Jesús está muy cerca: Lucas Buch

La unidad de vida y la misión de los fieles laicos en la Exhortación Apostólica Christifideles laici: Raúl Lanzetti

XXXI Domingo del tiempo ordinario: + Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

Oración, misa y misión cristiana: Ramiro Pellitero

Invitación a la paz social: Jesús Ortiz López

Hacer un alto en el camino: Silvia del Valle Márquez

El coronavirus también se propaga al hablar y al respirar: Julio Tudela Cuenca

Fratelli Tutti (I). ¿Qué es la deconstrucción?: José Martínez Colín.

Recuerda que eres polvo, y en polvo te convertirás: Plinio Corrêa de Oliveira

Morir con dignidad: Juan García. 

Reflexión en la Fiesta de los Santos  2020: Josefa Romo Garlito

La medicina requiere ver al paciente : Domingo Martínez Madrid

Memoria y verdad:  Suso do Madrid

La muerte… “en el día de la muerte”: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

Ángelus: Las Bienaventuranzas son el camino de la santidad

Palabras antes del Ángelus

NOVIEMBRE 01, 2020 13:21RAQUEL ANILLOANGELUS

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(zenit – 1 nov. 2020).- A las 12 del mediodía de hoy, 1 de noviembre de 2020, el Santo Padre Francisco se asoma a la ventana del estudio del Palacio Apostólico Vaticano para recitar el Ángelus con los fieles y peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro.

A continuación, siguen las palabras de Francisco, según la traducción oficial ofrecida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

***

Palabras antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En esta solemne fiesta de Todos los Santos, la Iglesia nos invita a reflexionar sobre la gran esperanza, la gran esperanza que se funda en la Resurrección de Cristo: Cristo ha resucitado y también nosotros estaremos con Él. Los santos y los beatos son los testigos más autorizados de la esperanza cristiana, porque la han vivido plenamente en su existencia, entre alegrías y sufrimientos, poniendo en práctica las Bienaventuranzas que Jesús predicó y que hoy resuenan en la liturgia (cf. Mt 5,1-12a). Las Bienaventuranzas evangélicas son, en efecto, el camino de la santidad. Me refiero ahora a dos Bienaventuranzas, la segunda y la tercera.

La segunda es esta: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados” (v. 4). Parecen palabras contradictorias, porque el llanto no es un signo de alegría y felicidad. Motivos de llanto y de sufrimiento son la muerte, la enfermedad, las adversidades morales, el pecado y los errores: simplemente la vida cotidiana, frágil, débil y marcada por las dificultades. Una vida a veces herida y probada por la ingratitud y la incomprensión. Jesús proclama bienaventurados a los que lloran por estas situaciones y, a pesar de todo, confían en el Señor y se ponen a su sombra. No son indiferentes ni tampoco endurecen sus corazones en el dolor, sino que esperan con paciencia en el consuelo de Dios. Y ese consuelo lo experimentan ya en esta vida.

En la tercera Bienaventuranza Jesús afirma: “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (v. 5). Hermanos y hermanas ¡la mansedumbre! La mansedumbre es característica de Jesús, que dice de sí mismo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). Mansos son aquellos que tienen dominio de sí, que dejan sitio al otro, que lo escuchan y lo respetan en su forma de vivir, en sus necesidades y en sus demandas. No pretenden someterlo ni menospreciarlo, no quieren sobresalir y dominarlo todo, ni imponer sus ideas e intereses en detrimento de los demás. Estas personas, que la mentalidad mundana no aprecia, son en cambio preciosas a los ojos de Dios, que les da en herencia la tierra prometida, es decir, la vida eterna. También esta bienaventuranza comienza aquí abajo y se cumplirá en el Cielo, en Cristo. La mansedumbre. En este momento de la vida, también mundial, donde hay tanta agresividad…Y también en la vida cotidiana, lo primero que sale de nosotros es la agresión, la defensa. Necesitamos mansedumbre para avanzar en el camino de la santidad. Escuchar, respetar, no agredir: mansedumbre.

Queridos hermanos y hermanas, elegir la pureza, la mansedumbre y la misericordia; elegir confiarse al Señor en la pobreza de espíritu y en la aflicción; esforzarse por la justicia y la paz, todo esto significa ir a contracorriente de la mentalidad de este mundo, de la cultura de la posesión, de la diversión sin sentido, de la arrogancia hacia los más débiles. Los santos y los beatos han seguido este camino evangélico. La solemnidad de hoy, que celebra a Todos los Santos, nos recuerda la vocación personal y universal a la santidad, y nos propone los modelos seguros de este camino, que cada uno recorre de manera única, de manera irrepetible. Basta pensar en la inagotable variedad de dones e historias concretas que se dan entre los santos y las santas: no son iguales, cada uno tiene su personalidad y ha desarrollado su vida en la santidad según su propia personalidad y cada uno de nosotros puede hacerlo, ir por ese camino. Mansedumbre, mansedumbre por favor e iremos a la santidad.

Esta inmensa familia de fieles discípulos de Cristo tiene una madre, la Virgen María. Nosotros la veneramos con el título de Reina de todos los Santos, pero es sobre todo la Madre, que enseña a cada uno a acoger y seguir a su Hijo. Que nos ayude a alimentar el deseo de santidad recorriendo el camino de las Bienaventuranzas.

 

 

Ángelus: Entablar negociaciones en la situación de Nagorno-Karabaj

Palabras después del Ángelus

NOVIEMBRE 01, 2020 15:25RAQUEL ANILLOANGELUS

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(zenit – 1 nov. 2020).- En este domingo festividad de Todos los Santos, el Papa ha saludado desde la ventana de su estudio a los peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro recordando a Michael McGivney, sacerdote diocesano y fundador de los Caballeros de Colón, que fue proclamado ayer beato en Hartford en los Estados Unidos de América.

“En este día de fiesta no olvidemos lo que está sucediendo en Nagorno-Karabaj”, recordó el Papa, reiterando su llamamiento a los dirigentes de las partes en conflicto a “intervenir lo antes posible para parar el derramamiento de sangre inocente”.

Rezando por las poblaciones del Mar Egeo, que fueron sacudidas por un fuerte terremoto.

Seguido saludó a los peregrinos reunidos en la plaza de san Pedro, saludando en particular a los participantes en la Carrera de los Santos promovida por la Fundación “Don Bosco en todo el mundo”.

Recordó la misa que celebrará mañana por la tarde en sufragio de los difuntos en el Cementerio Teutónico.

A continuación, siguen las palabras de Francisco, según la traducción oficial ofrecida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

***

Palabras después del Ángelus

Ayer en Hartford en los Estados Unidos de América, fue proclamado beato Michael McGivney, sacerdote diocesano y fundador de los Caballeros de Colón. Comprometido con la evangelización, se prodigó para atender las demandas de los necesitados, promoviendo la ayuda mutua. Que su ejemplo nos impulse a todos a testimoniar cada vez más el evangelio de la caridad. Un aplauso para el nuevo beato.

En este día de fiesta no olvidemos lo que está sucediendo en Nagorno-Karabaj donde a los enfrentamientos armados se suceden frágiles treguas, con un aumento trágico de las víctimas, destrucción de viviendas, infraestructuras y lugares de culto, involucración cada vez más grande de la población civil. ¡Es trágico!

Quisiera reiterar mi sincero llamamiento a los dirigentes de las partes en conflicto a “intervenir lo antes posible para parar el derramamiento de sangre inocente” (Enc. Fratelli tutti192). Que no piensen en resolver la controversia que les enfrenta con la violencia sino esforzándose en entablar negociaciones sinceras con la ayuda de la comunidad internacional. Por mi parte, estoy cerca de todos los que sufren e invito a pedir la intercesión de los santos para que haya una paz estable en la región.

También rezamos por las poblaciones del área del Mar Egeo, que hace dos días fueron sacudidas por un fuerte terremoto.

Saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de varios países, en particular saludo a los participantes en la Carrera de los Santos promovida por la Fundación “Don Bosco en todo el mundo”, que este año también compiten a distancia e individualmente. Aunque se lleve a cabo en pequeños grupos para respetar la distancia impuesta por la pandemia, este evento deportivo da una dimensión de fiesta popular a la celebración religiosa de Todos los Santos. Gracias por vuestra iniciativa y vuestra presencia.

Mañana por la tarde celebraré la misa en sufragio de los difuntos en el Cementerio Teutónico, lugar de sepultura de la Ciudad del Vaticano. Me uno así espiritualmente a los que en estos días en observancia de las normas sanitarias, que es importante, van a rezar a las tumbas de sus seres queridos en todas partes del mundo.

Os deseo a todos una buena fiesta en la compañía espiritual de los santos. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto.

 

 

Europa: El Papa Francisco reza por la unidad

Habla con Emmanuel Macron

NOVIEMBRE 01, 2020 11:24ANITA BOURDINPAPA FRANCISCO

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(zenit – 1 nov. 2020).- El Papa Francisco reza por la unidad de Europa. Lo dijo al inicio de la misa en Santa Marta, este sábado 31 de octubre de 2020, según indican fuentes extraoficiales. También habló el viernes con el presidente francés, Emmanuel Macron.

“En este tiempo en el que es necesaria tanta unidad entre nosotros, entre las naciones, oramos hoy por Europa, para que Europa pueda tener esta unidad, esta unidad fraterna que soñaron los padres fundadores de la Unión Europea”, habría dicho el Papa al inicio de la misa, y el Vaticano, cuestionado por Zenit, no lo niega.

El Papa Francisco también se reunió, el 29 de octubre, con el presidente francés Emmanuel Macron, a petición de este último, quien afirmó su compromiso de “luchar sin descanso contra el extremismo para que todos los franceses puedan vivir su fe en paz y sin miedo”, indicó el Elíseo.

“El Papa expresó a cambio su apoyo fraterno a los franceses”, añadió la presidencia, “en un momento en que los católicos de Francia estaban tan violentamente heridos y los franceses en su conjunto conmocionados”, por el atentado terrorista que hizo tres muerto en la basílica de Notre-Dame de l’Assomption en Niza, el jueves 29 de octubre por la mañana.

El Papa Francisco y el presidente francés comparten una “convergencia total de puntos de vista” sobre “el rechazo absoluto del terrorismo y la ideología del odio que divide, mata y pone en peligro la paz”, así como sobre la importancia del “diálogo entre religiones”, indica la misma fuente.

Se trataba, según la presidencia, de “las pruebas que atraviesa la humanidad”, de “África”, de “los países más pobres”, de una “tregua universal” de los conflictos y de una Europa “unida y solidaria”.

 

 

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS*

— El Purgatorio, lugar de purificación y antesala del Cielo.

— Podemos ayudar mucho y de muchas maneras a las almas del Purgatorio. Los sufragios.

— Nuestra propia purificación en esta vida. Desear ir al Cielo sin pasar por el Purgatorio.

I. En este mes de noviembre la Iglesia nos invita con más insistencia a rezar y a ofrecer sufragios por los fieles difuntos del Purgatorio. Con estos hermanos nuestros, que «también han sido partícipes de la fragilidad propia de todo ser humano, sentimos el deber que es a la vez una necesidad del corazón de ofrecerles la ayuda afectuosa de nuestra oración, a fin de que cualquier eventual residuo de debilidad humana, que todavía pudiera retrasar su encuentro feliz con Dios, sea definitivamente borrado»1.

En el Cielo no puede entrar nada manchado, ni quien obre abominación y mentira, sino solo los escritos en el libro de la vida2. El alma afeada por faltas y pecados veniales no puede entrar en la morada de Dios: para llegar a la eterna bienaventuranza es preciso estar limpio de toda culpa. El Cielo no tiene puertas escribe Santa Catalina de Génova, y cualquiera que desee entrar puede hacerlo, porque Dios es todo misericordia y permanece con los brazos abiertos para admitirlos en su gloria. Pero tan puro es el ser de Dios que si un alma advierte en sí el menor rastro de imperfección, y al mismo tiempo ve que el Purgatorio ha sido ordenado para borrar tales manchas, se introduce en él y considera una gran merced que se le permita limpiarlas de esta forma. El mayor sufrimiento de esas almas es el de haber pecado contra la bondad divina y el no haber purificado el alma en esta vida3. El Purgatorio no es un infierno menor, sino la antesala del Cielo, donde el alma se limpia y esclarece.

Y si no se ha expiado en la tierra, es mucho lo que el alma ha de limpiar allí: pecados veniales, que tanto retrasan la unión con Dios; faltas de amor y de delicadeza con el Señor; también la inclinación al pecado, adquirida en la primera caída y aumentada por nuestros pecados personales... Además, todos los pecados y faltas ya perdonados en la Confesión dejan en el alma una deuda insatisfecha, un equilibrio roto, que exige ser reparado en esta vida o en la otra. Y es posible que las disposiciones de los pecados ya perdonados sigan enraizadas en el alma a la hora de la muerte, si no fueron eliminadas por una purificación constante y generosa en esta vida. Al morir, el alma las percibe con absoluta claridad, y tendrá, por el deseo de estar con Dios, un anhelo inmenso de librarse de estas malas disposiciones. El Purgatorio se presenta en ese instante como la oportunidad única para conseguirlo.

En este lugar de purificación, el alma experimenta un dolor y sufrimiento intensísimos: un fuego «más doloroso que cualquier cosa que un hombre pueda padecer en esta vida»4. Pero también existe mucha alegría, porque sabe que, en definitiva, ha ganado la batalla y le espera, más o menos pronto, el encuentro con Dios.

El alma que ha de ir al Purgatorio es semejante a un aventurero al borde del desierto. El sol quema, el calor es sofocante, dispone de poca agua; divisa a lo lejos, más allá del gran desierto que se interpone, la montaña en que se encuentra su tesoro, la montaña en la que soplan brisas frescas y en la que podrá descansar eternamente. Y se pone en marcha, dispuesto a recorrer a pie aquella larga distancia, en la que el calor asfixiante le hace caer una y otra vez.

La diferencia entre ambos está en que aquella, a diferencia del aventurero, sabe con toda seguridad que llegará a la montaña que le espera en la lejanía: por sofocantes que sean, el sol y la arena no podrán separarla de Dios5.

Nosotros aquí en la tierra podemos ayudar mucho a estas almas a pasar más deprisa ese largo desierto que las separa de Dios. Y también, mediante la expiación de nuestras faltas y pecados, haremos más corto nuestro paso por aquel lugar de purificación. Si, con la ayuda de la gracia, somos generosos en la práctica de la penitencia, en el ofrecimiento del dolor y en el amor al sacramento del Perdón, podemos ir directamente al Cielo. Eso hicieron los santos. Y ellos nos invitan a imitarlos.

II. Podemos ayudar mucho y de distintas maneras a las almas que se preparan para entrar en el Cielo y permanecen aún en el Purgatorio, en medio de indecibles penas y sufrimientos. Sabemos que «la unión de los viadores con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe, antes bien..., se robustece con la comunicación de bienes espirituales»6. ¡Estemos ahora más unidos a los que nos han precedido!

La Segunda lectura de la Misa nos recuerda que Judas Macabeo, habiendo hecho una colecta, envió mil dracmas de plata a Jerusalén, para que se ofreciese un sacrificio por los pecados de los que habían muerto en la batalla, porque consideraba que a los que han muerto después de una vida piadosa les estaba reservada una gracia grande. Y añade el autor sagrado: es, pues, muy santo y saludable rogar por los difuntos, para que se vean libres de sus pecados7. Desde siempre la Iglesia ofreció sufragios y oraciones por los fieles difuntos. San Isidoro de Sevilla afirmaba ya en su tiempo que ofrecer sacrificios y oraciones por el descanso de los difuntos era una costumbre observada en toda la Iglesia. Por eso asegura el Santo, se piensa que se trata de una costumbre enseñada por los mismos Apóstoles8.

La Santa Misa, que tiene un valor infinito, es lo más importante que tenemos para ofrecer por las almas del Purgatorio9. También podemos ofrecer por ellas las indulgencias que ganamos en la tierra10; nuestras oraciones, de modo especial el Santo Rosario; el trabajo, el dolor, las contrariedades, etc. Estos sufragios son la mejor manera de manifestar nuestro amor a los que nos han precedido y esperan su encuentro con Dios; de modo particular hemos de orar por nuestros parientes y amigos. Nuestros padres ocuparán siempre un lugar de honor en estas oraciones. Ellos también nos ayudan mucho en ese intercambio de bienes espirituales de la Comunión de los Santos. «Las ánimas benditas del purgatorio. Por caridad, por justicia, y por un egoísmo disculpable ¡pueden tanto delante de Dios! tenlas muy en cuenta en tus sacrificios y en tu oración.

»Ojalá, cuando las nombres, puedas decir: “Mis buenas amigas las almas del purgatorio...”»11.

III. Esforcémonos por hacer penitencia en esta vida, nos anima Santa Teresa: «¡Qué dulce será la muerte de quien de todos sus pecados la tiene hecha, y no ha de ir al Purgatorio!»12.

Las almas del Purgatorio, mientras se purifican, no adquieren mérito alguno. Su tarea es mucho más áspera, más difícil y dolorosa que cualquier otra que exista en la tierra: están sufriendo todos los horrores del hombre que muere en el desierto... y, sin embargo, esto no las hace crecer en caridad, como hubiera sucedido en la tierra aceptando el dolor por amor a Dios. Pero en el Purgatorio no hay rebeldía: aunque tuvieran que permanecer en él hasta el final de los tiempos se quedarían de buen grado, tal es su deseo de purificación.

Nosotros, además de aliviarlas y de acortarles el tiempo de su purificación, sí que podemos merecer y, por tanto, purificar con más prontitud y eficacia nuestras propias tendencias desordenadas.

El dolor, la enfermedad, el sufrimiento, son una gracia extraordinaria del Señor para reparar nuestras faltas y pecados. Nuestro paso por la tierra, mientras esperamos contemplar a Dios, debería ser un tiempo de purificación. Con la penitencia el alma se rejuvenece y se dispone para la Vida. «No lo olvidéis nunca: después de la muerte, os recibirá el Amor. Y en el amor de Dios encontraréis, además, todos los amores limpios que habéis tenido en la tierra. El Señor ha dispuesto que pasemos esta breve jornada de nuestra existencia trabajando y, como su Unigénito, haciendo el bien (Hech 10, 38). Entretanto, hemos de estar alerta, a la escucha de aquellas llamadas que San Ignacio de Antioquía notaba en su alma, al acercarse la hora del martirio: ven al Padre (S. Ignacio de Antioquía, Epistola ad Romanos, 7: PG 5, 694), ven hacia tu Padre, que te espera ansioso»13.

¡Qué bueno y grande es el deseo de llegar al Cielo sin pasar por el Purgatorio! Pero ha de ser un deseo eficaz que nos lleve a purificar nuestra vida, con la ayuda de la gracia. Nuestra Madre, que es Refugio de los pecadores nuestro refugio, nos obtendrá las gracias necesarias si de verdad nos determinamos a convertir nuestra vida en un spatium verae paenitentiae, un tiempo de reparación por tantas cosas malas e inútiles.

1 Juan Pablo II, En el cementerio de la Almudena, Madrid 2-XI-1982. — 2 Cfr. Apoc 21, 27. — 3 Cfr. Santa Catalina de Génova, Tratado del Purgatorio, 12. — 4 San Agustín, Comentario a los Salmos, 37, 3. — 5 Cfr. W. Macken, El purgatorio, en revista Palabra, n. 244. — 6 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 49. — 7 Misal Romano, Lectura de la 2.ª Misa del día de los difuntos; 2 Mac 12, 43-44. — 8 Cfr. San Isidoro de Sevilla, Sobre los oficios eclesiásticos, 1. — 9 Cfr. Conc. de Trento, Sesión 25. — 10 Cfr. Pablo VI, Const. Apost. Sacrarum indulgentiarum recognitio, 1-I-1967, 5. — 11 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 571. — 12 Santa Teresa, Camino de perfección, 40, 9. — 13 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 221.

Después de la muerte no se rompen los lazos con quienes fueron nuestros compañeros de camino. Hoy dedicamos nuestras oraciones a todos aquellos que aún están purificándose en el Purgatorio de las huellas que dejaron en su alma los pecados. Hoy los sacerdotes pueden celebrar tres veces la Santa Misa en sufragio por quienes ya nos precedieron. Los fieles pueden ganar indulgencias y aplicarlas también por los difuntos.

 

 

 

2 de noviembre: Todos los fieles difuntos

Evangelio de la Conmemoración de todos los fieles difuntos y comentario al evangelio.

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Jn 14,1-6)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino. Tomás le dijo: — Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino? — Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida — le respondió Jesús—; nadie va al Padre si no es a través de mí».


Comentario

Después de celebrar ayer la fiesta dedicada a todas las personas que gozan de la presencia de Dios en el Cielo, la Iglesia nos invita a rezar hoy de modo especial por los difuntos.

El Evangelio seleccionado recoge una pequeña parte del diálogo de Jesús con sus apóstoles durante la Última Cena, en el que, a raíz de una pregunta de Tomás, les revela que solo a través de Él se puede llegar al Padre.

Podemos imaginar la inquietud e incertidumbre de los apóstoles ante los acontecimientos que están viviendo. Desde la preparación de la cena los días previos con las indicaciones concretas sobre el lugar de la celebración; el comienzo con el lavatorio de los pies y el mandato universal de amarse y servirse los unos a los otros como él hizo durante los tres años de enseñanza con ellos. El Maestro se ha mostrado en un modo especialmente solemne y, también, emotivo. Seguramente percibirían que estaban a las puertas de algo grande, quizá ese algo que no terminaban de entender desde que comenzaron gozosos a seguirle.

Es natural que los hombres, ante la muerte, sintamos también inquietud e incertidumbre. Incluso miedo. Es el momento final, aquel al que nos hemos preparado desde siempre y que sabemos que a todos nos llegará algún día. En este contexto, Jesús nos pide que confiemos en él. Que creamos en Él, porque no nos dejará solos en ese momento y nos llevará a su morada celestial. Por eso Jesús es el Camino, porque no somos nosotros quienes alcanzamos el cielo, sino que nos conduce Él.

Jesús es la Verdad porque en ese trance imponente de la muerte, todas las verdades que nos rodean se deshacen ante la única Verdad del amor de un Dios que da la vida por sus hijos y que solo espera que le acojamos. Por último, Jesús es también la Vida porque Él participa desde toda la eternidad de la vida divina junto a su Padre de la que, mediante su resurrección, nos dejó un testimonio inquebrantable a todos los hombres.

“Para nosotros la muerte es Vida”

Sigue adelante, con alegría, con esfuerzo, aun siendo tan poca cosa, ¡nada! –Con El, nadie te parará en el mundo. Piensa, además, que todo es bueno para los que aman a Dios: en esta tierra, se puede arreglar todo, menos la muerte: y para nosotros la muerte es Vida. (Forja, 1001)

2 de noviembreSi eres apóstol, la muerte será para ti una buena amiga que te facilita el camino. (Camino, 735)

A los "otros", la muerte les para y sobrecoge. -A nosotros, la muerte -la Vida- nos anima y nos impulsa.

Para ellos es el fin: para nosotros, el principio. (Camino, 738)

No tengas miedo a la muerte. -Acéptala, desde ahora, generosamente..., cuando Dios quiera..., como Dios quiera..., donde Dios quiera. -No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga..., enviada por tu Padre-Dios. -¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte! (Camino, 739)

Si no hubiera más vida que ésta, la vida sería una broma cruel: hipocresía, maldad, egoísmo, traición. (Forja, 1000).

 

6 de noviembre: PDF, ePub y audio de la carta del Prelado

El próximo 6 de noviembre se publicará en esta web una carta extensa del prelado del Opus Dei, también en versión audio.

DEL PRELADO01/11/2020

En un reciente mensaje, Mons. Fernando Ocáriz explicaba que "dentro de poco, os enviaré una carta extensa –con fecha 28 de este mes– sobre las características de la dedicación a la Obra según las distintas circunstancias personales".

Informamos que la carta estará disponible en esta web a partir del día 6 de noviembre, en diversos idiomas. Los usuarios de la web podrán descargar el libro digital en formato PDF, ePub y Mobi. El mismo día se publicará una versión en audio.

Retiro de noviembre #DesdeCasa

¿Quién ha dicho que no puedas hacer tu propio retiro desde casa? Aunque no estés con otras personas, ni acudas a un centro de la Obra, te facilitamos material para que hagas el retiro mensual en tu casa.

ÚLTIMAS NOTICIAS02/11/2020

∙ Descarga, en PDF, el material para el retiro mensual #DesdeCasa

1. Introducción
2. Meditación I: “El verdadero sentido de la vida”
3. Material sobre el trabajo para la meditación II.
4. Lectura espiritual
5. Examen de conciencia


1. Introducción al retiro mensual de noviembre

La Iglesia nos propone en el mes de noviembre la consideración de las realidades últimas –los novísimos–: muerte, juicio, infierno y cielo. Para el cristiano la muerte no es más que la puerta a la Vida (con mayúscula). Al Cielo. Por eso no nos asusta: nos está esperando el Señor, al que tratamos a diario y recibimos con frecuencia en la comunión. Sabemos que esta vida no termina, se transforma en una mejor, en la que podremos contemplar cara cara a Dios que colmará todos nuestros anhelos del corazón.

Así, peregrinamos por este mundo, con la vista puesta en el premio, con la urgencia de aprovechar el tiempo y ganar la vida eterna, porque nada hay más importante.

La cabeza en el cielo, los pies en la tierra. No podemos desentendernos ni del mundo ni de las realidades más materiales que son objeto de santificación: por eso meditaremos sobre el trabajo: con el que nos santificamos, santificamos a los demás y vamos preparando la llegada de la Jerusalén celeste. Con nuestro trabajo transformamos el mundo en uno mejor, cada vez más parecido al Cielo que tanto ansiamos.


2. Primera meditación: El verdadero sentido de la vida (30 min)

3. Segunda meditación: textos para meditar tomados del libro electrónico “Trabajar bien, trabajar por amor”

a) Capítulo X: Santificar con el trabajo.b) Capítulo XI: Unidad de vida en la profesión.


4. Lectura (15 minutos)

Opción A: Carta de Mons. Javier Echevarría, entonces prelado del Opus Dei, sobre la fiesta de todos los santos (noviembre de 2015).

Opción B: La otra parte de la historia: muerte y resurrección.


5. Preguntas para el examen de conciencia

1. El trabajo en sí mismo no es una pena, ni una maldición o un castigo (…). Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios (Es Cristo que pasa, n. 47). ¿Me apasiona dar forma al mundo a través de mi labor profesional y sé que a través de ella participo en la misión redentora de Cristo, también cuando enfrento el dolor y la cruz?

2. ¿Sé dar a mi trabajo un profundo sentido apostólico –es decir, viendo almas a las que hay que ayudar–, en la seguridad de que es un instrumento para acercar a mis amigos a Dios y a la Iglesia? ¿Aprovecho las ocasiones que me brinda mi trabajo para hacer un gran apostolado de la confesión?

3. ¿Me muevo en el mundo con la soltura de un hijo que sabe que su Padre se lo ha dado por heredad? ¿Quiero servir a través de mi trabajo a la sociedad en la que vivo? ¿Acabo los trabajos, aunque me cueste, sin dejarlos a medio hacer?

4. ¿Tengo conciencia de que para santificarme no basta con ofrecer a Dios mi trabajo, sino que debo esforzarme por realizarlo con amor, y procurar que esas tareas humanas se organicen de acuerdo con las exigencias de la ley moral: respeto a la dignidad de las personas, amor a la libertad, primacía de la caridad, justicia, etc.?

5. Dios, que es la hermosura, la grandeza, la sabiduría, nos anuncia que somos suyos, que hemos sido escogidos como término de su amor infinito. Hace falta una recia vida de fe para no desvirtuar esta maravilla, que la providencia divina pone en nuestras manos (Es Cristo que pasa, n. 32). ¿Procuro descubrir detrás de todo lo que sucede la mano providente de mi Padre Dios? ¿Transmito alegría y serenidad a mi alrededor, comentando el lado positivo de lo que ocurre, evitando dar importancia excesiva a los fracasos, animando a tener una visión de fe?

6. Pensar en la felicidad del Cielo, ¿me llena de esperanza para luchar contra lo que me impide la unión con Dios, consciente de que es el único esfuerzo que realmente vale la pena? Cuando aparece el desánimo, ¿lo combato considerando que Dios tiene más empeño que yo en llevarme al Cielo?

7. ¿La realidad de que un día moriré me sirve para aprovechar lo mejor posible el tiempo que Dios me concede? ¿Comprendo que aprovechar el tiempo significa vivir la caridad, es decir, vivir sirviendo a Dios y a los demás por Dios, con olvido de mí mismo?

8. ¿Me doy cuenta de que muchas devociones a nuestra Madre Santa María, por ejemplo el escapulario, el rezo del Avemaría o la Salve, etc., me disponen a recibir su protección maternal a la hora de morir?

9. Pido a la Madre de Dios que nos sepa, que nos quiera sonreír..., y nos sonreirá. Y, además, en la tierra premiará nuestra generosidad con el mil por uno: ¡el mil por uno, le pido! (Forja, n. 281). ¿Estoy convencido de que a mi Madre la Virgen le alegran los pasos que voy dando hacia la santidad, por más pequeños que me parezcan? ¿Descanso en su cariño por mí?

 

Conocerle y conocerte (X): ​Jesús está muy cerca

San Josemaría hablaba de un "quid divinum" -algo divino- que podemos descubrir a nuestro alrededor y en las cosas que hacemos. Entonces, se nos abre una nueva dimensión en la que compartimos todo con Dios.

VIDA ESPIRITUAL01/11/2020

«Cada día veo más claro lo cerca que está Jesús de mí en todos los momentos, le contaría detalles pequeñitos pero constantes, que ya ni me asombran, sino que se los agradezco y los espero constantemente»[1]. La carta de la beata Guadalupe a la que pertenece el anterior fragmento, en su sencillez, debió de suponer una gran alegría para su destinatario, san Josemaría. Aunque Guadalupe llevaba apenas seis años en el Opus Dei, aquellas líneas son un testimonio de cómo la vida de piedad que había emprendido miraba precisamente a facilitar una continua presencia de Dios, para «hacer de nuestra vida corriente una continua oración»[2].

La doctrina es evangélica. Jesús habló a sus discípulos en distintos modos sobre «la necesidad de orar siempre y no desfallecer» (Lc 18,1). En muchas ocasiones le vemos dirigirse a su Padre a lo largo del día, como ante la tumba de Lázaro (cfr. Jn 11,41-42) o cuando los apóstoles regresaron de su primera misión llenos de alegría (cfr. Mt 11,25-26). Ya resucitado, el Señor se acerca a sus discípulos en muy variadas circunstancias: cuando se alejan llenos de tristeza, camino de Emaús; cuando están llenos de miedo, en el Cenáculo; cuando vuelven al trabajo, en el mar de Galilea… E incluso durante los instantes antes de volver junto a su Padre, Jesús les aseguró: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

Los primeros cristianos eran muy conscientes de esa cercanía. Aprendieron a hacerlo todo para la gloria de Dios, como escribía san Pablo a los romanos: «Si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor; porque vivamos o muramos, somos del Señor» (Rm 14,8-10; cfr. 1Co 10,31). ¿Y nosotros? En un mundo tan acelerado como el nuestro, tan lleno de cosas por hacer, de fechas de entrega, de tráfico y de ruido, ¿es posible mantener constantemente nuestra «conversación en los cielos»[3]?

Por el motivo adecuado

Hay conversaciones silenciosas, como la de los amigos que caminan juntos, o la de los enamorados que se miran a los ojos. No necesitan palabras para compartir lo que llevan en el corazón. Sin embargo, no existe conversación sin atención a la persona que tenemos delante. Los teléfonos móviles han introducido en nuestra vida el extraño fenómeno de estar hablando con alguien y, a pesar de eso, pensar que quizá está más pendiente de otras conversaciones

El diálogo con Dios al que estamos llamados tiene que ver precisamente con esa atención. Una atención que no es excluyente, en cuanto podemos descubrir a Dios en muchas circunstancias y actividades que, aparentemente, tienen poco que ver con él. Algo similar hacían aquellos canteros que veían, tras las piedras que picaban, cosas tan distintas como la servidumbre del trabajo manual, el alimento de su familia o el esplendor de una catedral. Por eso, san Josemaría hablaba de la necesidad de «ejercitar las virtudes teologales y cardinales en el mundo, y llegar de esta manera a ser almas contemplativas»[4]. No se trata solamente de obrar de modo correcto, sino también de obrar por el motivo adecuado, que en este caso es buscar, amar y servir a Dios. Precisamente eso hace posible la presencia del Espíritu Santo en nuestras almas, vivificándola con las virtudes teologales. Así, en las mil y una elecciones de cada día podemos permanecer atentos a Dios y mantener viva nuestra conversación con él.

Al ir a trabajar por la mañana o al despertarnos para ir a clase; al llevar a los hijos al colegio o al atender a un cliente podemos preguntarnos: ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué me mueve a hacerlo bien? La respuesta que brotará enseguida será más o menos profunda, pero en todo caso puede ser una buena ocasión para añadir: Gracias, Señor, por contar conmigo. Quisiera servirte con esta actividad, y hacer presente en este mundo tu luz y tu alegría. Entonces, verdaderamente, nuestro trabajo nacerá del amor, manifestará el amor y se ordenará al amor[5].

Mirar con los ojos de Dios

«Se podrían enumerar muchos problemas que existen en la actualidad y que es preciso resolver, pero todos ellos solo se pueden resolver si se pone a Dios en el centro, si Dios resulta de nuevo visible en el mundo, si llega a ser decisivo en nuestra vida y si entra también en el mundo de un modo decisivo a través de nosotros»[6]. Ser contemplativos en medio del mundo significa que Dios ocupe el centro de nuestra existencia, en torno al cual gire todo lo demás. En otras palabras, que él sea el tesoro en que esté siempre fijo nuestro corazón, porque todo lo demás nos interesa solamente si nos une a él (cfr. Mt 6,21).

De este modo, nuestro trabajo será oración, porque sabremos ver en él la tarea que Dios nos ha confiado para cuidar y embellecer su creación, y para servir a los demás. Nuestra vida familiar será oración, porque veremos en nuestro cónyuge y en nuestros hijos (o en nuestros padres) un don que el mismo Dios nos ha hecho para que nos entreguemos a ellos, recordándoles siempre su valor infinito y ayudándoles a crecer. A fin de cuentas, eso mismo es lo que haría Jesús en Nazaret. ¿Con qué ojos vería su trabajo diario en el taller de José? ¿Qué sentido ocultaría para él esa labor cotidiana? ¿Y las mil pequeñas ocupaciones de la vida doméstica? ¿Y todo lo que hacía en común con sus vecinos?

Mirar las cosas con los ojos de la fe, descubrir el amor de Dios en nuestra vida, no quiere decir que dejen de afectarnos las contrariedades: el cansancio, los contratiempos, un dolor de cabeza, las malas jugadas que puedan ocasionarnos otras personas… No es que todo eso vaya a desaparecer. Lo que sucede es que, si vivimos centrados en Dios, sabremos unir todas esas realidades a la cruz de Cristo, donde encuentran su sentido al servicio de la redención. Una humillación puede ser oración si nos sirve para unirnos a Jesús y se convierte así en una ocasión de purificación. Lo mismo se puede decir de una enfermedad o de un fracaso profesional. En todo podemos encontrar a Dios, que es Señor de la historia, y en todo podemos abrazar la seguridad de que Dios abre siempre posibilidades de futuro, porque «todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28). Incluso un pequeño contratiempo como un atasco de tráfico de vuelta a casa puede ser oración, si lo convertimos en ocasión para poner en manos de Dios nuestro tiempo… y para interceder ante él por quienes comparten nuestra suerte.

Para alcanzar la contemplación en la vida corriente no debemos esperar lo extraordinario. «Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra»[7]. La mirada de la fe hace posible y convierte, por la caridad, nuestra vida entera en una continua conversación con Dios. Una mirada que nos permite vivir con un hondo realismo, pues nos descubre esa cuarta dimensión que es la del quid divinum –el algo divino– que existe en todo lo real.

La caldera y la conexión

«Cuando el hombre está completamente ocupado con su mundo, con las cosas materiales, con lo que puede hacer, con todo lo que es factible y le lleva al éxito, (…) entonces su capacidad de percibir a Dios se debilita, el órgano para ver a Dios se atrofia, resulta incapaz de percibir y se vuelve insensible. Ya no percibe lo divino, porque el órgano correspondiente se ha atrofiado en él, no se ha desarrollado»[8]. También es verdad lo contrario: la capacidad de mirar la realidad con los ojos de la fe se puede cultivar. Lo hacemos, en primer lugar, cuando pedimos esa luz, como los apóstoles: «¡Auméntanos la fe!» (Lc 17,5). Y lo hacemos también cuando nos detenemos, a lo largo de la jornada, a poner nuestra vida ante el Señor. Así pues, aunque deba ocupar el día entero, «la vida de oración ha de fundamentarse además en algunos ratos diarios, dedicados exclusivamente al trato con Dios»[9]. En definitiva, para tener nuestra atención habitualmente fija en Dios, necesitamos dedicar unos ratos a atender exclusivamente a él.

En una ocasión, san Josemaría explicó esta necesidad con el ejemplo de la calefacción de una casa: «Si tenemos un radiador, quiere decir que habrá calefacción. Pero sólo se caldeará el ambiente si está encendida la caldera... Luego necesitamos el radiador en cada momento, y además la caldera bien encendida. ¿De acuerdo? Los ratos de oración, bien hechos: son la caldera. Y además, el radiador en cada instante, en cada habitación, en cada lugar, en cada trabajo: la presencia de Dios»[10]. Tan importante es la caldera como los radiadores. Para que el calor de Dios llene nuestro día entero, necesitamos dedicar unos tiempos a encender y alimentar el fuego de su amor en nuestro corazón.

Otra imagen que puede servirnos es la de la conexión a internet. A menudo habremos contemplado los esfuerzos que hacen muchos por buscar cobertura cuando van de excursión o cuando están pasando un fin de semana en el campo. Igualmente, nos preocupamos de que esté activado el wifi en el teléfono móvil, con la esperanza de que se conecte tan pronto como detecte una red conocida. Ahora bien, que el teléfono esté abierto a recibir la señal no quiere decir que automáticamente la tenga, o que reciba todo tipo de mensajes. La señal llega a lo largo del día, cuando nos acercamos a esta red o a aquella, y los mensajes entran cuando alguien los envía. Nosotros ponemos lo que está de nuestra parte activando nuestro teléfono y luego esperamos que lleguen los mensajes.

De modo análogo, en los ratos de oración activamos el wifi de nuestra alma; le decimos a Dios: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1S 3,9). A veces nos hablará en esos ratos; otras veces reconoceremos su voz en mil detalles de nuestra jornada. En todo caso, esos tiempos de oración son una buena ocasión para poner en sus manos todo lo que hemos hecho o lo que vamos a hacer, aunque tal vez en el instante mismo de ponerlo por obra no hayamos levantado los ojos a Dios. Además, haber dedicado un tiempo exclusivo a Dios es la mejor muestra de que, efectivamente, tenemos el deseo de escucharle.

Ahora bien, a diferencia de lo que sucede con el teléfono, abrir el corazón no es algo que se puede dar por supuesto, que se hace una vez y queda así para siempre: es preciso disponerse a diario a escuchar a Dios, porque «lo encontramos en el presente, ni ayer ni mañana, sino hoy: “¡Ojalá oyerais hoy su voz!: No endurezcáis vuestro corazón” (Sal 95,7-8)»[11]. Si mantenemos este empeño cotidiano, Dios puede concedernos una maravillosa facilidad para vivir nuestro día a día en su presencia. Otras veces se nos hará más difícil. Pero, en cualquier caso, de aquellos momentos sacaremos fuerza y esperanza abundantes para proseguir con alegría nuestra lucha cotidiana, nuestro diario esfuerzo por encender el fuego, por abrir la conexión.

En todo lo que nos sucede

Son conocidas las palabras de san Josemaría en la homilía del campus: «Hijos míos, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres»[12]. Y enseguida añadía: «En un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día»[13]. En las mil actividades que llenan nuestra jornada nos espera Dios, para mantener con nosotros una conversación encantadora y para llevar a cabo su misión en el mundo. Pero, ¿cómo se puede entender eso?, ¿Cómo se vive?

Dios nos espera cada día para conversar tranquilamente sobre lo que llena nuestra vida, al igual que un padre o una madre que escucha las largas peroratas de su hijo de pocos años. Un niño pequeño cuenta lo que les ha sucedido en el colegio prácticamente a tiempo real. Parece que quisiera exprimir al máximo la maravillosa capacidad de recordar y expresar lo que ha vivido, contando los sucesos más nimios con todo lujo de detalles. Y sus padres le escuchan, y le preguntan cómo sucedió esto o aquello, qué dijo aquel otro niño…

De modo análogo, a Dios le interesa todo lo que nos sucede, con la peculiaridad de que, a diferencia de los padres de la tierra, él nunca se cansa de escucharnos, nunca se acostumbra a que le hablemos. Más bien somos nosotros los que a veces nos cansamos de dirigirnos a él, de buscar su presencia. Sin embargo, si mantenemos vivo ese deseo, «todo –personas, cosas, tareas– nos ofrece la ocasión y el tema para una continua conversación con el Señor»[14]. Todo puede convertirse en tema de conversación para hablar con Dios. Todo, absolutamente todo, podemos compartirlo con él.

Por otra parte, Dios nos espera en nuestro trabajo para seguir realizando en el mundo la obra de la redención, esto es, para seguir atrayendo el mundo hacia él. No se trata de yuxtaponer actividades piadosas a nuestro quehacer diario, sino de procurar conducir hacia Dios todos los ambientes de nuestro mundo: la familia, la política, la cultura, el deporte… todo. Para hacerlo necesitamos, en primer lugar, descubrir su presencia en todos esos lugares. Se trata, en definitiva, de ver nuestro trabajo como un don de Dios, como el modo concreto en que ponemos por obra su mandato de cuidar, de cultivar el mundo y de anunciar la buena nueva de que Dios nos quiere y nos ofrece su amor. Desde ese descubrimiento, procuraremos que todas nuestras acciones se conviertan en un servicio a los demás, en un amor como el que Jesús nos muestra y nos entrega cada día en la santa Misa. Al vivir de este modo, uniendo todas nuestras acciones al sacrificio de Cristo, realizamos plenamente la misión que el Señor quiso comunicarnos antes de volver junto al Padre (cfr. Jn 20,21).

***

En una entrevista, poco antes de la beatificación de Guadalupe Ortiz de Landázuri, preguntaron al Padre cuál era la fórmula de la santidad de aquella mujer. Lo resumió en pocas líneas: «La santidad no es llegar al final de la vida siendo perfectos, como ángeles, sino alcanzar la plenitud del amor. Como san Josemaría decía, se trataba de la lucha por transformar el trabajo, la vida ordinaria, en un encuentro con Jesucristo y en un servicio a los demás»[15]. La fórmula de la santidad se condensa, pues, en que todo responda a una misma motivación, en que todo tenga una misma meta: vivir con Cristo en medio del mundo llevando, con él, el mundo al Padre. Y eso es posible porque Jesús está muy cerca.

Lucas Buch // Photo: Gaelle Marcel - Unsplash


[1] Guadalupe Ortiz de Landázuri, Carta a san Josemaría, 1-IV-1946.

[2] San Josemaría, Carta 24-III-1930

[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 300.

[4] San Josemaría, Carta 8-XII-1949, n. 26.

[5] Cfr. san Josemaría, Es Cristo que Pasa, n. 48.

[6] Benedicto XVI, Homilía, 7-XI-2006.

[7] Francisco, ex. ap. Gaudete et Exsultate, n. 14.

[8] Benedicto XVI, Homilía, 7-XI-2006. En el texto, el Papa retoma un texto de san Gregorio Magno.

[9] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 119.

[10] San Josemaría, Apuntes de la predicación, 28-IX-1973.

[11] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2659.

[12] San Josemaría, Conversaciones, n. 113.

[13] Ibid., n. 114.

[14] San Josemaría, Carta 11-III-1940, n. 15.

[15] Mons. Fernando Ocáriz, entrevista 13-V-2019.

La unidad de vida y la misión de los fieles laicos en la Exhortación Apostólica Christifideles laici

Estudio de Raúl Lanzetti, de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, publicado en "Romana" nº 9 (1989).

TRABAJO27/05/2015

En la conclusión de la VII Asamblea Ordinaria del Sínodo de Obispos se daba casi por descontado que el enfoque de la unidad de vida, como testimonio esencial pedido al cristiano por el mundo contemporáneo, habría de encontrar un puesto de relevancia en la exhortación apostólica post-sinodal. En efecto, en la 5ª proposición, los Padres sinodales habían calificado esta exigencia como de «grandísima importancia»[1]; no sorprende, pues, que el Santo Padre, acogiendo tales indicaciones, haya querido hacer de ella uno de los ejes portadores del documento ya desde su apertura, allá donde en la falta de la unidad de vida se localiza una de las dificultades más importantes de superar, o sea una de las dos principales "tentaciones" del camino post-conciliar: «la tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas»[2].

El fin del presente estudio es el de ofrecer una visión de la articulación teológica y pastoral de dicha enseñanza. En el desarrollo del trabajo quedarán patentes, además, los puntos de coincidencia con la doctrina que, ya desde 1928, enseñó al respecto el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer[3]. Estamos, en efecto, ante un rasgo esencial de la vida espiritual de los fieles de la Prelatura del Opus Dei, como se refleja en el Codex Iuris Particularis[4]. Es obvio que la Christifideles laici considera el horizonte de la Iglesia entera, en la actuación pluriforme de su misterio de comunión, y que por tanto no se pueda esperar una completa superposición entre la doctrina del documento postsinodal y la de Mons. Escrivá. Sin embargo, existe un núcleo de convicciones esenciales en las que se verifica una estrecha afinidad, la cual merece ser explicitada.

A. La unidad de vida como exigencia de la misión de los laicos

1. Los motivos de una elección

En la Christifideles laici, la unidad de vida no aparece —como por otra parte no sucede en ningún texto magisterial[5]- como un tema abstracto, ni como una meta ideal para proponer a algunos aventajados en la vida espiritual. Se trata, al contrario, de una auténtica exigencia de la misma vida cristiana y de la misión de los laicos en el mundo contemporáneo, ya que está en relación con los grandes desafíos propuestos a la Iglesia por la situación actual de la familia humana.

En efecto, la descripción trazada en el n. 34 delinea una realidad del todo grave. Por una parte, el «continuo difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo»[6]. Desde este punto de vista el elemento característico nos lo da el hecho de que «la fe cristiana —aunque sobrevive en algunas manifestaciones tradicionales y ceremoniales—, tiende a ser arrancada de cuajo de los momentos más significativos de la existencia humana, como son los momentos del nacer, del sufrir y del morir»[7]. Si en estos momentos fundamentales y radicales de la vida humana no está presente la luz de la fe, es explicable «el afianzarse de interrogantes y de grandes enigmas, que, al quedar sin respuesta, exponen al hombre contemporáneo a inconsolables decepciones, o a la tentación de suprimir la misma vida humana que plantea esos problemas»[8]. Es la situación del llamado primer mundo.

Por otro lado, existen regiones y países en los que «se conservan hasta hoy muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristiana; pero este patrimonio moral y espiritual corre hoy el riesgo de ser desperdigado bajo el impacto de múltiples procesos, entre los que destacan la secularización y la difusión de las sectas»[9].

Todo esto hace necesaria una nueva evangelización, que pueda asegurar «el crecimiento de una fe límpida y profunda, capaz de hacer de estas tradiciones una fuerza de auténtica libertad»[10].

Ahora bien, el empeño apostólico de los laicos en tales ámbitos se hace particularmente urgente y decisivo: «les corresponde testificar cómo la fe cristiana —más o menos conscientemente percibida e invocada por todos— constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad»[11].

Para encontrar acentos similares en el Magisterio de la Iglesia, hace falta remontarse a otros momentos cruciales en la historia. Éstas que hemos descrito son, en efecto, circunstancias de crisis profunda, de cuya resolución positiva dependerá por mucho tiempo la vida de los hombres. En efecto, los interrogantes hoy abiertos hacen referencia al significado del nacer, del sufrir y del morir, o sea a las raíces mismas de cualquier cultura y civilización.

Se puede decir, entonces, que el horizonte apostólico de los laicos se ha radicalizado. Y es precisamente al proyectarse este salto de calidad en la misión de los laicos donde emerge la exigencia de la unidad de vida. En efecto, el testimonio de dicha «única respuesta plenamente válida» a los interrogantes actuales será posible, según Juan Pablo II, «si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad esa unidad de vida que en el evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud»[12].

En la lógica de lo que se ha puesto de relieve esto quiere decir que, antes aún que en los demás, el fiel laico deberá pensar en sí mismo, en el sentido de verificar hasta qué punto las dimensiones más profundas de su ser hombre encuentran en la fe su pleno significado; y de examinar hasta qué punto el propio comportamiento diario sale adelante con la luz y con la fuerza de tales convicciones.

Como confirmación de todo esto, el Santo Padre relaciona tales exigencias con el "grito apasionado" que se ha hecho casi emblemático de su pontificado: «¡No tengáis miedo! Abrid, es más, abrid de par en par las puertas a Cristo»[13]. Es como decir: ya que «los estados, los sistemas económicos y los políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo»[14], se confían a la responsabilidad, aunque no exclusiva, de los laicos, a ellos compete el abrir "los confines" de todas estas realidades a la potestad salvadora de Cristo. Esta percepción de los hechos nos trae a la cabeza el paradójico dato puesto de relieve por Juan XXIII en la Pacem in terris (11 de abril de 1963): «Es también un hecho evidente que, en las naciones de antigua tradición cristiana, las instituciones civiles florecen hoy con un indudable progreso científico y poseen en abundancia los instrumentos precisos para llevar a cabo cualquier empresa; pero con frecuencia se observa en ellas un debilitamiento del estímulo y de la inspiración cristiana. Hay quien pregunta, con razón, cómo puede haberse producido este hecho. Porque a la institución de esas leyes contribuyeron no poco, y siguen contribuyendo aún, personas que profesan la fe cristiana y que, al menos en parte, ajustan realmente su vida a las normas evangélicas. La causa de este fenómeno creemos que radica en la incoherencia entre su fe y su conducta. Es, por consiguiente, necesario que se restablezca en ellos la unidad del pensamiento y la voluntad, de tal forma que su acción quede animada al mismo tiempo por la luz de la fe y el impulso de la caridad»[15].

2. Cristología y síntesis vital en el Magisterio.

En esta línea es necesario dar relevancia a un dato decisivo para los desarrollos sucesivos. Se trata del núcleo cristológico de la unidad de vida. En efecto, la «única respuesta plenamente válida» a todos los interrogantes planteados por la existencia humana se encuentra en Jesucristo: «Solamente en el misterio del Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio del hombre», dice la constitución pastoral Gaudium et sepes (n. 22); y Juan Pablo II recuerda esta convicción de fe ya en la Encíclica Redemptor hominis (n. 8). La unidad de vida del fiel laico, así pues, deberá reflejar otra unidad que la precede y la hace posible: «El Hijo de Dios con su encarnación —citamos ahora la Gaudium et spes (n. 22)— se ha unido, en cierto modo, con todo hombre». Toda la naturaleza humana ha sido entonces «ensalzada a una dignidad sublime»[16]. Haciendo una lista de los aspectos más significativos de tal unión, la misma constitución pastoral enseña que el Hijo de Dios «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre»[17]. Así pues, contemplando en Jesús la naturaleza humana, encontramos también el pleno y definitivo significado de nuestra existencia. Por tanto, el fiel laico está llamado a ser consciente de esta "sublime dignidad" y a reflejarla, en la medida de lo posible, en la propia vida. Por esto la Christifideles laici concluye que, frente a los desafíos del mundo contemporáneo, «la síntesis vital entre el Evangelio y los deberes cotidianos de la vida que los fieles laicos sabrán plasmar, será el más espléndido y convincente testimonio de que, no el miedo, sino la búsqueda y la adhesión a Cristo son el factor determinante para que el hombre viva y crezca, y para que se constituyan nuevos modos de vida más conformes a la dignidad humana»[18].

En síntesis, sólo identificándose con Jesús el fiel laico podrá estar a la altura de esta radicalidad de misión que el mundo contemporáneo reclama.

3. La Encarnación como fundamento de la unidad de vida, en Mons. Escrivá.

En la predicación de Mons. Josemaría Escrivá, la llamada del cristiano a iluminar el mundo entero aparece como un principio fundante. En tal sentido, es significativo que ya en el n. 1 de Camino (publicado en 1939), se diese relevancia a esta exigencia: «Que tu vida no sea una vida estéril —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón»[19]. La expresión «unidad de vida» se encuentra ya en sus primeros escritos. En efecto, ya en 1940 escribía: «Cumplir la voluntad de Dios en el trabajo, contemplar a Dios en el trabajo, trabajar por amor de Dios y al prójimo, convertir el trabajo en medio de apostolado, dar a lo humano valor divino: esta es la unidad de vida sencilla y fuerte, que hemos de tener y enseñar»[20]. Y he aquí un texto de 1945: «No vivimos una doble vida, sino una unidad de vida sencilla y fuerte, en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones»[21]. En 1954 escribía: «Es esa unidad de vida la que nos lleva a que, siendo dos las manos, se unan en la oración y en el trabajo...: la acción es contemplación y la contemplación es acción, en unidad de vida»[22].

Pero son numerosísimos los textos que, de un modo u otro, hacen referencia a la relación entre Encarnación y unidad de vida[23]. Tomaremos sólo dos de ellos, que nos parecen particularmente pertinentes para nuestro fin. El primero dice así: «En rigor, no se puede decir que haya nobles realidades exclusivamente profanas, una vez que el Verbo se ha dignado asumir una naturaleza humana íntegra y consagrar la tierra con su presencia y con el trabajo de sus manos. La gran misión que recibimos, en el bautismo, es la corredención»[24].

El pasaje siguiente vuelve sobre el tema en un modo más amplio y particularizado: «No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo. Hablando con profundidad teológica, es decir, si no nos limitamos a una clasificación funcional; hablando con rigor, no se puede decir que haya realidades —buenas, nobles, y aun indiferentes— que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte. Porque en Cristo plugo al Padre poner la plenitud de todo ser, y reconciliar por El todas las cosas consigo, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la cruz»[25].

Son textos que se remontan a los años sesenta[26], pero su sintonía con los del Magisterio posterior resulta evidente. La conciencia subyacente es que toda la existencia del hombre se ilumina por el misterio de la Encarnación, en el sentido de que ninguna realidad humana ha quedado fuera de su alcance. Se deriva de aquí la necesidad de que el cristiano se deje iluminar por esta realidad y la exprese en la vida diaria.

B. La formación de los fieles laicos en la unidad de vida

1. La síntesis vital como fin de la formación.

La unidad de vida, exigencia fundamental de la misión de los laicos, tiene un lugar prioritario en su formación: «En el descubrir y vivir la propia vocación y misión, los fieles laicos han de ser formados para vivir aquella unidad con la que está marcado su mismo ser de miembros de la Iglesia y de ciudadanos de la sociedad humana»[27].

Después de esta afirmación de principio, la Christifideles laici explicita las consecuencias que se derivan de él: «En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida "espiritual", con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida "secular", es decir, la vida de familia, de trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el "lugar histórico" del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo concreto —como por ejemplo, la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura— son 'ocasiones providenciales para un "continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad'(Apostolicam actuositatem, 4)»[28].

Con un énfasis similar y un lenguaje bastante parecido se expresa el Beato Josemaría Escrivá en la homilía Amar al mundo apasionadamente, pronunciada en el campus de la Universidad de Navarra el 8 de octubre de 1967, casi un riepilogo del ministerio pastoral que había desarrollado desde los primeros momentos de la fundación del Opus Dei: «Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales»[29].

2. Dimensión personal de la unidad de vida.

Entre los muchos aspectos que se podrían subrayar en los textos citados, destaca de un modo particular el carácter estrictamente personal de la unidad de vida, en el sentido de que tal realidad tiene como sujeto exclusivo a la persona. Y aquí se imponen dos reflexiones, que se implican mutuamente.

Por una parte, en negativo, se debe excluir la comunidad —ya sea eclesial o civil— como sujeto de la unidad de vida. La Iglesia y la comunidad política —en cuanto realidades colectivas— están en función de la persona. La constitución pastoral Gaudium et spes (n. 76) dice que «son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre». Así pues, la unidad de vida sería fatalmente malentendida si se le pusiese a la comunidad como sujeto: se iría hacia una teocracia o hacia la restauración del regalismo, de tal modo que se conceda a la estructura eclesiástica o a la civil el primado sobre el cuerpo social. La improponibilidad de tales hipótesis salta a la vista.

En positivo, sin embargo, se debe evidenciar el carácter de totalidad que asume la unidad de vida. En efecto, en la posición de la persona como sujeto de aquella son asumidos todos los aspectos de la existencia humana: de un modo emblemático, el ser miembro de la Iglesia y ciudadano de la sociedad humana, como diría la Christifideles laici; o el alma y el cuerpo, la carne y el espíritu, según la terminología empleada por Mons. Escrivá. Así pues, la unidad de vida se constituye en cada cristiano como un encuentro entre dos totalidades: la del entero existir humano —«todo sector de la actividad y de la existencia»[30]- y la del misterio de Cristo, como plenitud de la revelación y de la realización histórica del designio de Dios[31]. Y dicho encuentro es, precisamente, el arraigamiento del "sarmiento" —el fiel laico— en la "vid", que es Cristo: verdadero leit-motiv de toda la exhortación apostólica, junto al de la centralidad de la persona[32].

De dichas premisas Mons. Escrivá obtenía con ejemplar coherencia todas las consecuencias. En efecto, considerar a la persona como "lugar" de la unidad de vida comporta la exigencia de respetar la libertad personal, por lo que respecta tanto a las legítimas opciones temporales como sobre todo a la apertura total del cristiano en su enfrentarse a Cristo. Entre sus varias expresiones al respecto, es necesario subrayar la siguiente: «Si interesa mi testimonio personal, puedo decir que he concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son características de una conciencia cristiana»[33].

3. Los diferentes aspectos de la formación de los fieles laicos.

Desde esta perspectiva, la formación en la unidad de vida tiene como finalidad el alcanzar la maduración personal de la síntesis vital y de la integralidad en la formación: «Dentro de esta síntesis de vida se sitúan los múltiples y coordinados aspectos de la formación integral de los fieles laicos»[34].

Del aspecto espiritual de la formación se hablará más adelante. Por lo que respecta a la formación doctrinal, la Christifideles laici indica la necesidad de una profundización. Más allá de aquel carácter de globalidad y plenitud que deben caracterizar a la catequesis como tal, los fieles laicos deberán recibir una formación doctrinal específica que les haga capaces de cristianizar la cultura, dando una «respuesta a los eternos interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy»[35]. La conexión establecida entre la formación de los laicos y la necesidad de ofrecer una respuesta a los desafíos planteados a la Iglesia por la cultura contemporánea subraya que el fiel laico no está tan sólo llamado a vivir esta unidad, sino también a expresarla con palabras y con hechos, en el empeño por dar razón de la esperanza que está en él y en abrir a los demás el sendero de su encuentro personal con Cristo.

Sigue la llamada a la formación en la doctrina social de la Iglesia, que retoma la proposición 22 del Sínodo[36]. Es bastante indicativo que la Christifideles laici haya querido retomar el grande y sugestivo tema del crecimiento en los valores humanos, citando en la carta un texto conciliar: «Finalmente, en el contexto de la formación integral y unitaria de los fieles laicos es particularmente significativo, por su acción misionera y apostólica, el crecimiento personal en los valores humanos. Precisamente en este sentido el Concilio ha escrito: «(Los laicos) tengan también muy en cuenta la competencia profesional, el sentido de la familia y el sentido cívico, y aquellas virtudes relativas a las relaciones sociales, es decir, la probidad, el espíritu de justicia, la sinceridad, la cortesía, la fortaleza de ánimo, sin las cuales ni siquiera puede haber verdadera vida cristiana» (Apostolicam actuositatem, 4)»[37].

También este aspecto aparece muy presente en la predicación y en los escritos del Beato Josemaría Escrivá, que situaba a Cristo, perfectus homo, como fundamento y modelo de la plenitud humana para el cristiano. Destaca en este sentido una homilía del 6 de septiembre de 1941, dedicada a las virtudes humanas. He aquí dos pasajes decisivos: «Cierta mentalidad laicista y otras maneras de pensar que podríamos llamar pietistas, coinciden en no considerar al cristiano como hombre entero y pleno. Para los primeros, las exigencias del Evangelio sofocarían las cualidades humanas; para los otros, la naturaleza caída pondría en peligro la pureza de la fe. El resultado es el mismo: desconocer la hondura de la Encarnación de Cristo, ignorar que el Verbo se hizo carne, hombre, y habitó en medio de nosotros (Jn 1, 14)»[38]. «Si aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere —insisto— muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a El, que es perfectus Deus, perfectus homo»[39],

Leamos, finalmente, el párrafo conclusivo del número 60 de la Christifideles laici, que nos pone ante el aspecto central y sintético de la formación en la unidad de vida, esto es, el espiritual, del que trataremos ahora: «Los fieles laicos, al madurar la síntesis orgánica de su vida —que es a la vez expresión de la unidad de su ser y condición para el eficaz cumplimiento de su misión—, serán interiormente guiados y sostenidos por el Espíritu Santo, como Espíritu de unidad y de plenitud de vida»[40].

C. La caridad, principio dinámico de la unidad de vida

1. El "puesto privilegiado" de la formación espiritual

La enseñanza de la Christifideles laici sobre la formación espiritual es concisa en la expresión, pero cargada de singular densidad en el contenido: «Sin duda la formación espiritual ha de ocupar un puesto privilegiado en la vida de cada uno, llamado como está a crecer ininterrumpidamente en la intimidad con Jesús, en la conformidad con la voluntad del Padre, en la entrega a los hermanos en la caridad y en la justicia. Escribe el Concilio: «Esta vida de íntima unión con Cristo se alimenta en la Iglesia con las ayudas espirituales que son comunes a todos los fieles, sobre todo con la participación activa en la sagrada liturgia; y los laicos deben usar estas ayudas de manera que, mientras cumplen con rectitud los mismos deberes del mundo en su ordinaria condición de vida, no separen de la propia vida la unión con Cristo, sino que crezcan en ella desempeñando su propia actividad de acuerdo con el querer divino» (Apostolicam actuositatem, 4)»[41].

La unidad de vida aparece aquí como noción y realidad global, que supera la dicotomía entre interioridad y actividad, entre vida espiritual y apostolado. El fundamento, como ya hemos visto, es el misterio de la Encarnación. En este cuadro, al hablar de la vida espiritual, la Christifideles laici no se pone como ante una alternativa en la que es necesario realizar una elección, sino que expresa un orden en el camino hacia la actuación de tal síntesis de vida. Este dato parece decisivo, porque hace comprender que el "puesto privilegiado" de la formación espiritual adquiere significado dentro de una visión genética de la unidad de vida; lo que quiere decir que dicha formación es, en cierto sentido, la base sobre la que se apoyan los otros aspectos de la formación y es, al mismo tiempo, la estructura que soporta la totalidad de la formación de los fieles laicos.

Con esta observación se quiere dar relieve también a la especificidad de la formación espiritual de los laicos, en el sentido de que ella debe mantenerse necesariamente abierta, desde dentro de sí misma, hacia los demás aspectos de la formación, y no cerrarse ni absolutizarse en los propios contenidos. Por ejemplo, si los valores humanos adquiriesen significado tan sólo en cuanto factores simplemente atrayentes en la relación con los demás, como simple anzuelo de apostolado, y al mismo tiempo toda la sustancia de la vida espiritual fuese colocada en el alma espiritual, entonces estaría claro que no nos encontramos ante una propuesta de unidad de vida, sino tan sólo ante una yuxtaposición accidental —instrumental— del hombre y del cristiano. Así pues, la formación espiritual indispensable para los fieles laicos no puede buscar cualquier fuente de inspiración, prescindiendo de la propia relación orgánica con los otros ambientes de la formación integral (doctrinal, social, valores humanos); sino que deberá tener en cuenta esta esencial exigencia de comunión con la totalidad del existir.

Es en este sentido en el que quiere expresarse la Christifideles laici, aun en su concisión, indicando los trazos fundamentales de una espiritualidad que dé vida a una síntesis capaz de superar toda posible fractura en la existencia diaria de los fieles laicos. La llave maestra es la unión con Cristo, como se expresa el decreto Apostolicam actuositatem, o la intimidad con Cristo, como dice la Christifideles laici. En qué pueda consistir tal unión se especifica por la indicación de que la actividad humana se desarrolla «según el querer divino»[42]. Para profundizar debidamente en este punto retomaremos un pasaje del número precedente de la Christifideles laici.

2. Unión con Cristo y unidad de vida en los fieles laicos.

«El sarmiento arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el "lugar histórico" del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos»[43].

En la interpretación de este texto hace falta recordar sobre todo que la unidad de vida en el cristiano deriva de la unión con Cristo. En efecto, el enraizamiento en la Vid —que es Jesús— es lo que da "fruto" en cada ámbito de la vida de los fieles laicos. Ahora bien, en el cuadro de la formación espiritual va incluido el principio en torno al cual dicha unión con Cristo se puede desarrollar hasta alcanzar la unidad de vida. La respuesta de la Christifideles laici a dicha pregunta sería esta: sólo en la gradual y constante identificación con el amor de Jesús al Padre y a su diseño salvífico, el fiel laico llevará a cumplimiento la unidad de la propia existencia. En efecto, lo que se debe manifestar y realizar en la vida diaria no es el amor del cristiano en cuanto hombre, sino la «caridad de Jesucristo por la gloria del Padre y en servicio de los hermanos». Así pues, dicha síntesis vital no se da sobre la base, por decirlo así, de una "composición" entre las exigencias del propio yo y las de Jesús, sino más bien a fuerza de negarse a sí mismo para reencontrar en Cristo toda la propia existencia. Dicha afirmación merece ser profundizada en sus fundamentos.

A este respecto se recuerda, sobre todo, la plena participación del Hijo de Dios en la naturaleza y en la historia humana. En este sentido, es significativo el texto de la Gaudium et spes que retoma la Christifideles laici (n. 15) al plantear la índole secular de los fieles laicos: «El mismo Verbo encarnado quiso participar de la convivencia humana (...). Santificó los vínculos humanos, en primer lugar los familiares, donde tienen su origen las relaciones sociales, sometiéndose voluntariamente a la leyes de su patria. Quiso llevar la vida de un trabajador de su tiempo y de su región»[44]. Así pues, el punto de partida está constituido por la unión de Dios con todo el hombre y toda su existencia. Nada de lo que es bueno en el hombre ha quedado como extraño a dicha unión, ya que «naciendo de María Virgen, Él se ha hecho verdaderamente uno de nosotros, similar a nosotros en todo menos en el pecado»[45]. Todo el horizonte de la vida humana ha sido asumido por el Verbo de Dios.

Pero lo que es más característico de Jesús no es tanto esta asunción de la "materia", por llamarla así, de nuestra existencia, como el "espíritu" con que la asumió. El Verbo de Dios ha querido hacerse hombre para participar en nuestra historia y para redimirnos desde dentro de ella. Él quiso entrar en el corazón del drama de nuestro vivir sobre la tierra —de nuestra relación vital con Dios rota por el pecado— con el fin de establecer la paz, la comunión con Dios Padre, e instaurar la unión fraterna entre los hombres pecadores[46]. Y dicha obra redentora ha sido un acto de obediencia a la voluntad —al designio misericordioso— de Dios, sostenido por el mismo amor del Hijo hacia el Padre (cfr. Mt 26, 39.42; Mc 14, 36; Lc 22, 42: Hebr 5, 7s). Ciertamente, la redención alcanza su propio culmen en el misterio pascual; pero la Cruz y la Resurrección no son momentos aislados en la vida de Jesús. El amor obediente del Hijo al Padre ilumina ya la misma Encarnación y toda la vida de Cristo aparece marcada por este continuo ocuparse de las "cosas del Padre" (cfr. Lc 2, 49). El Hijo ha sido "mandado por el Padre", y dicha misión está en el mismo centro del ser teándrico de Jesús y de toda su obra salvífica[47],

Pues bien, la identificación con el amor obediente de Jesucristo deberá llevar al fiel laico a asumir toda su existencia en la perspectiva de la redención, ya que —como dice la misma Christifideles laici (59b)— «todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el "lugar histórico" del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos». Así pues, la edificación de la unidad de vida es un proceso en el cual el fiel laico se aleja de sí mismo y se identifica con Cristo en su amor obediente al Padre, "recuperando" la propia existencia en el mundo en una perspectiva nueva. A este respecto, Mons. Escrivá ha escrito: «Obedecer a la voluntad de Dios es siempre, por tanto, salir de nuestro egoísmo; pero no tiene por qué reducirse principalmente a alejarse de las circunstancias ordinarias de la vida de los hombres, iguales a nosotros por su estado, por su profesión, por su situación en la sociedad»[48].

En síntesis, a través de los fieles laicos el amor redentor de Jesús actúa capilarmente en todos los espacios de la vida de los hombres: toda la creación, de este modo, es renovada.

3. Plenitud de la caridad y plenitud humana.

Todo esto habría que relacionarlo con el número 17 de la Chritifideles laici, titulado Santificarse en el mundo. En efecto, la búsqueda asidua de la identificación con el amor de Jesús no es otra cosa que la búsqueda de la santidad, de la plenitud de la caridad cristiana[49]. Desde este punto de vista se puede decir que la unidad de vida de los fieles laicos ha de ser buscada en el esfuerzo por vivir el cristianismo seriamente; de otro modo se quedará en una aspiración insatisfecha.

Por otra parte, si recordamos que la unidad de vita se pone como condición de la misión en el mundo contemporáneo, o sea como el camino que hace posible a los demás hombres recuperar el sentido y la dignidad de la existencia[50], entonces la búsqueda de la santidad no parecerá una especie de lujo refinado, sino una urgencia vital para el crecimiento de la Iglesia de nuestro tiempo.

Esta conciencia palpitaba con fuerza en la caridad pastoral de Mons. Escrivá y en su vigoroso anuncio de la doctrina sobre la santidad en medio del mundo: «Quizá alguno de vosotros piense que me estoy refiriendo exclusivamente a un sector de personas selectas. No os engañéis tan fácilmente, movidos por la cobardía o por la comodidad. Sentid, en cambio, la urgencia divina de ser cada uno otro Cristo, ipse Christus, el mismo Cristo; en pocas palabras, la urgencia de que nuestra conducta discurra coherente con las normas de la fe, pues no es la nuestra —ésa que hemos de pretender— una santidad de segunda categoría, que no existe. Y el principal requisito que se nos pide —bien conforme a nuestra naturaleza—, consiste en amar: la caridad es el vínculo de la perfección (Col 3, 14); caridad, que debemos practicar de acuerdo con los mandatos explícitos que el mismo Señor establece: amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (Mt 22, 37), sin reservarnos nada. En esto consiste la santidad»[51].

Hace falta, pues, rechazar una tentación: la de imaginar esta plenitud cristiana, que lleva consigo la plenitud humana, como algo que necesariamente se impone con sonoridad a nivel de opinión pública. Sin excluir que en algún caso pueda suceder así, esto no sucederá en la inmensa mayoría de los fieles laicos, sin que esto signifique una disminución de la eficacia de su testimonio en la historia. Juan Pablo II escribe al respecto: «Ante la mirada iluminada por la fe se descubre un grandioso panorama: el de tantos y tantos fieles laicos —a menudo inadvertidos o incluso incomprendidos; desconocidos por los grandes de la tierra, pero mirados con amor por el Padre—, hombres y mujeres que, precisamente en la vida y actividades de cada jornada, son los obreros incansables que trabajan en la viña del Señor; son los humildes y grandes artífices —por la potencia de la gracia de Dios, ciertamente— del crecimiento del Reino de Dios en la historia»[52].

De este carácter paradójico de la santidad y de la unidad de vida fue heraldo tenaz el Beato Josemaría Escrivá. La percepción inicial, como siempre, es cristológica: la vida escondida de Jesús rebosa una fuerza ejemplar: «Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo. Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius (Mt 13, 55), el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende: ¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya, la vida común del pueblo de su tierra. Era el faber, filius Mariæ (Mc 6, 3), el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas (Jn 12, 32)»[53].

De dicha simplicidad de una existencia plenamente santificada en el mundo Nuestra Señora es el modelo emblemático: «A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando: bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, el Señor responde: bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (Lc 11, 27-28). Era el elogio de su Madre, de su fiat (Lc 1, 38), del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada.

»Al meditar estas verdades, entendemos un poco más la lógica de Dios; nos damos cuenta de que el valor sobrenatural de nuestra vida no depende de que sean realidad las grandes hazañas que a veces forjamos con la imaginación, sino de la aceptación fiel de la voluntad divina, de la disposición generosa en el menudo sacrificio diario»[54].

En este marco el trabajo humano asume el significado más profundo: eje de la existencia humana sobre la tierra, constituye también el núcleo de la vida espiritual, el "lugar" de la identificación con aquella vida de trabajo que llevó Jesús en el amor obediente a la voluntad del Padre, en espíritu de oración: «Al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora. Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara. Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por Él, herederos de sus promesas»[55].

Así pues, el trabajo no es simplemente "actividad"; sería reductivo ponerlo en relación tan sólo con el sujeto que lo lleva a cabo, sin considerar que todo trabajo en el mundo forma parte además —para lo bueno y para lo malo— de un conjunto de relaciones más vasto, algunas veces de auténticas iniciativas colectivas de amplio alcance. Es esto siempre participación responsable en el esfuerzo de la humanidad. Y el cristiano está llamado a llevarlo a cabo orientándolo al reino de Dios y haciendo partícipes de esta misma tensión a todos los demás hombres, comenzando por los propios colegas. También a este respecto la sensibilidad de Mons. Escrivá se revela agudísima, al poner en evidencia el papel del trabajo en la corredención: «Puesto que hemos de comportarnos siempre como enviados de Dios, debemos tener muy presente que no le servimos con lealtad cuando abandonamos nuestra tarea; cuando no compartimos con los demás el empeño y la abnegación en el cumplimiento de los compromisos profesionales; cuando nos puedan señalar como vagos, informales, frívolos, desordenados, perezosos, inútiles... Porque quien descuida esas obligaciones, en apariencia menos importantes, difícilmente vencerá en las otras de la vida interior, que ciertamente son más costosas. Quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho, y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho (Lc 16, 10). No estoy hablando de ideales imaginarios. Me atengo a una realidad muy concreta, de importancia capital, capaz de cambiar el ambiente más pagano y más hostil a las exigencias divinas, como sucedió en aquella primera época de la era de nuestra salvación»[56].

Este texto nos remite a las consideraciones iniciales. El mundo contemporáneo plantea desafíos radicales a la misión de la Iglesia. La reflexión sinodal ha identificado esta urgencia de síntesis vital con la misión de los fieles laicos, llamados a iluminar a todos los hombres con el amor de Cristo, que sostiene la existencia diaria del cristiano en medio del mundo.

Raúl Lanzetti

Universidad Pontificia de la Santa Cruz

[1] El texto completo, transcrito de la misma Ex. Ap. Christifideles laici (17a) decía así: «La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional y social ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión con Dios en Cristo».

[2] Ex. Ap. Christifideles laici, 2i.

[3] Entre los muchos títulos de la bibliografía sobre el tema, se pueden citar esencialmente: ILLANES, J.L., Mundo y santidad, Madrid 1984, pp. 80-90, 222-225; CASCIARO, J.M., La santificación del cristiano en medio del mundo: AA.VV., "Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei", Pamplona 1985, pp. 161-168; CELAYA, I. DE, Unidad de vida y plenitud cristianaibid., pp. 321-340; Vocación cristiana y unidad de vida, in AA.VV., La misión del laico en la Iglesia y en el mundo, Pamplona 1987, pp. 951-965; RODRÍGUEZ, P., Vocación Trabajo Contemplación, Pamplona 1986, pp. 118-122, 212-218; HERRANZ, J., L'unità di vita del laico: "Studi Cattolici" 312 (febbraio 1987), pp. 103-108; TORELLÓ, G.B., La santità dei laici: AA.VV., "Chi sono i laici. Una teologia della secolarità", Milano 1987, pp. 81-109.

[4] «Spiritus Operis Dei aspectus duplex, asceticus et apostolicus, ita sibi adaequate respondet, ac cum charactere saeculari Operis Dei intrinsice et harmonice fusus ac compenetratus est, ut solidam ac simplicem vitæ —asceticæ, apostolicæ, socialis et professionalis— unitatem necessario secum ferre ac inducere semper debeat» (Tit. III, cap.I., n. 79 §1: DE FUENMAYOR, A.—GÓMEZ-IGLESIAS, V.—ILLANES, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Pamplona 1989, p. 639. La cursiva es nuestra).

[5] La exigencia de la unidad de vida ha sido subrayada muchas veces por el Magisterio, que la ha desarrollado gradualmente y en diversos contextos. Los lugares fundamentales al respecto me parecen ser los siguientes: JUAN XXIII, Enc. Pacem in terris (11-IV-1963): AAS 55 (1963) 297; CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes (7-XII-1965), n. 43: EV 1 (1985) n. 1454; PABLO VI, Ex. Ap. Evangelii nuntiandi (8-XII-1975), n. 20: AAS 68 (1976) 19. Ha sido ésta también solicitada para los presbíteros (cfr. Presbyterorum Ordinis, 14) y los religiosos (cfr. Decr. Perfectæ caritatis, 18).

[6] Ex. Ap. Christifideles laici, 34a.

[7] Ibid. [8] Ibid. [9] Ex. Ap. Christifideles laici, 34b.

[10] Ibid. [11] Ex. Ap. Christifideles laici, 34d.

[12] Ibid. [13] JUAN PABLO II, Homilía al comienzo del ministerio de Supremo Pastor de la Iglesia (22 de octubre de 1978): AAS 70 (1978) 947.

[14] Ibid. [15] AAS 55 (1963) 297. Versión castellana de El Magisterio pontificio contemporáneo, II, BAC, Madrid 1992.

[16] CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, 22.

[17] Ibid. [18] Ex. Ap. Christifideles laici, 34g.

[19] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 1.

[20] Cit. por RODRíGUEZ, P., o.c., p. 212.

[21] Ibid. [22] Ibid. p. 213. La cursiva es nuestra.

[23] Ver la bibliografía señalada en la nota 3.

[24] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 120.

[25] Ibid., n. 112.

[26] El primero de los últimos dos textos citados ha sido sacado de la homilía pronunciada el día de la Ascensión de 1966 (19 de mayo); el segundo pertenece a la homilía de la Pascua de 1967 (26 de marzo). Cfr. ibid., nn. 117 y 102 (a pie de página).

[27] Ex. Ap. Christifideles laici, 59a.

[28] Ibid., 59b.

[29] Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 114.

[30] Ex. Ap. Christifideles laici, 59b.

[31] Cfr. ibid. [32] Ver, de modo particular, la insistencia del n. 58 sobre este tema.

[33] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 99.

[34] Ex. Ap. Christifideles laici, 60a.

[35] Ibid., 60c.

[36] «Para que los laicos puedan realizar activamente este noble propósito en la política (es decir, el propósito de hacer reconocer y estimar los valores humanos y cristianos), no bastan las exhortaciones, sino que es necesario ofrecerles la debida formación de la conciencia social, especialmente en la doctrina social de la Iglesia, la cual contiene principios de reflexión, criterios de juicio y directrices prácticas (cfr. Congregación para la doctrina de la Fe, Instr. sobre la libertad cristiana y la liberación, 72). Tal doctrina ya debe estar presente en la instrucción catequética general, en las reuniones especializadas y en las escuelas universidades. Esta doctrina social de la Iglesia es, sin embargo, dinámica, es decir adaptada a las circunstancias de los tiempos y lugares. Es un derecho y deber de los pastores proponer los principios morales también sobre el orden social, y deber de todos los cristianos dedicarse a la defensa de los derechos humanos; sin embargo, la participación activa en los partidos políticos está reservada a los laicos» (Ex. Ap. Christifideles laici, 60d).

[37] Ex. Ap. Christifideles laici, 60e

[38] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, n. 74.

[39] Ibid., n. 75.

[40] Ex. Ap. Christifideles laici, 60f.

[41] Ibid., 60b.

[42] CONC. VATICANO II, Decr. Apostolicam actuositatem, 4.

[43] Ex. Ap. Christifideles laici, 59b.

[44] CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, 32.

[45] Ibid., 22.

[46] Cfr. CONC. VATICANO II, Decr. Ad gentes, 3.

[47] Dicha verdad permea toda la predicación de Mons. Escrivá: «Este fuego, el deseo ardiente de cumplir el decreto salvífico del padre, informa toda la vida de Cristo, ya desde su nacimiento en Belén» (Es Cristo que pasa, ed. cit., n. 95). Sobre ella se apoya su propuesta de santidad en medio del mundo: «Desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres: el Señor quiere que muchas almas encuentren su camino en los años de vida callada y sin brillo» (ibid., 20).

[48] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 20.

[49] Es significativo en este sentido el fragmento inicial: «La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas. De nuevo el Apóstol nos amonesta diciendo: "Todo cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre" (Col 3, 17). Refiriendo estas palabras del apóstol a los fieles laicos, el Concilio afirma categóricamente: "Ni la atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben ser algo ajeno a la orientación espiritual de la vida" (Apostolicam actuositatem, 4)» (Ex. Ap. Christifideles laici, 17a).

[50] Cfr. Ex. Ap. Christifideles laici, 3ss.

[51] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, n. 6.

[52] Ex. Ap. Christifideles laici, 17b.

[53] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 14.

[54] Ibid., n. 172.

[55] Ibid., nn. 47 y 48.

[56] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, nn. 62 y 63.

XXXI Domingo del tiempo ordinario

 

Todos los santos.

 

Mt 5,1. 12a

 

El Dia del Señor, este domingo es solemnidad de todos los santos. Los santos son aquellos hombres y mujeres que han vivido el misterio pascual de Cristo muerto y resucitado que celebramos en la Eucaristía. Todos han tenido como carnet de identidad las bienaventuranzas. Han vivido con los sentimientos del Corazón de Cristo, con ese corazón ilimitadamente bueno que refleja las bienaventuranzas.

 

1.     La Iglesia ha recogido en esta fiesta la intercesión de todos los santos, todos amigos de Dios y por tanto amigos nuestros que nos ayudan en el camino de la vida a alcanzar la santidad que han alcanzado ellos. Los santos son los mejores hijos de la Iglesia y han vivido cumpliendo la voluntad de Dios. Nunca han falsificado el Amor, que es vivir en el pecado. Se han abierto a la gracia de Dios sin condiciones.

 

2.     El programa de la santidad es Jesús resucitado, que refleja en su costado abierto las bienaventuranzas como el camino de vivir en los proyectos de su Corazón que subsisten de edad en edad. Las bienaventuranzas se viven cuando se contempla al Señor y vivimos cumpliendo su voluntad en la vida cotidiana.

 

3.     El único error que existe en la vida es no ser santo. Es la vocación de todo cristiano por el bautismo. No es el lujo de unos cuantos. Es la exigencia de vivir sembrando claridades, como lo refleja el corazón del que vive de las bienaventuranzas.

 

 

+ Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

 

 

Oración, misa y misión cristiana

Posted: 31 Oct 2020 11:37 AM PDT

 

Pintura de Marc Chagall (Museo M. Ch., Niza, Francia) 

¿Qué tiene que ver nuestra oración con la oración de Jesús? ¿Se refiere esto a que su oración es modelo de la nuestra o que nos enseña a hacer oración? Sí, pero no solo eso. Todo en nuestro oración, que se puede hacer sencillamente como un diálogo con Dios, tiene que ver con la de Jesús. Lo ha explicado el Papa Francisco en su audiencia general del 28 de octubre. 

Se ha fijado especialmente en la oración de Jesús el día de su bautismo en el río Jordán. Allí quiso ir, él, que no tenía pecado alguno de que lavarse, en obediencia a la voluntad del Padre. Y no se quedó al otro lado del río en la orilla, como diciendo: yo soy el santo, y vosotros sois los pecadores. Se puso a la cabeza de los penitentes, “en un acto de solidaridad con nuestra condición humana”. Esto es siempre así, constata el Papa: “Nunca rezamos solos, siempre rezamos con Jesús”. Un tema muy querido también para el Papa emérito Benedicto. 


 

La oración del Hijo de Dios

Así lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica y lo recoge Francisco: “La oración filial, que el Padre esperaba de sus hijos va a ser vivida por fin por el propio Hijo único en su Humanidad, con los hombres y en favor de ellos” (n. 2599). 

El evangelio de san Lucas relata que, cuando Jesús se estaba bautizando, puesto en oración, se abrió como una brecha en el cielo y se oyó la voz del Padre: “Tú eres mi Hijo; yo hoy te he engendrado” (lc 3, 22). Y observa el Papa que esta sencilla frase encierra un inmenso tesoro, porque nos hace intuir algo del misterio de Jesús y de su corazón siempre dirigido al Padre: 

“En el torbellino de la vida y el mundo que llegará a condenarlo, incluso en las experiencias más duras y tristes que tendrá que soportar, incluso cuando experimenta que no tiene dónde recostar la cabeza (cfr. Mt 8, 20), también cuando el odio y la persecución se desatan a su alrededor, Jesús no se queda nunca sin el refugio de un hogar: habita eternamente en el Padre” 

Añade Francisco que esa oración personal de Jesús “en Pentecostés se convertirá por gracia en la oración de todos los bautizados en Cristo”. Y por eso nos aconseja que si alguna vez nos sentimos incapaces de rezar, indignos de que Dios nos escuche, debemos pedirle a Jesús que rece por nosotros, que vuelva a enseñar sus llagas a Dios Padre, en nombre nuestro

Si tenemos esa confianza, nos asegura el Papa, de alguna manera escucharemos dirigidas a nosotros, esas palabras: “Tú eres el amado de Dios, tú eres hijo, tú eres la alegría del Padre de los cielos”. 

En definitiva, “Jesús nos ha regalado su propia oración, que es su diálogo de amor con el Padre. Nos lo dio como una semilla de la Trinidad, que quiere echar raíces en nuestro corazón. ¡Acojámoslo! Acojamos este don, el don de la oración. Siempre con Él. Y no nos equivocaremos” 

Hasta aquí las palabras de Francisco en su catequesis del miércoles. A partir de aquí podemos profundizar sobre cómo se relaciona nuestra oración con la del Señor, y cómo eso se relaciona con la misa, que siempre tiene algo de “fiesta”. Y cómo finalmente, eso nos lleva a participar de la misión de la Iglesia. Vayamos por pasos, de la mano del teólogo Joseph Ratzinger. 

 

Nuestra oración de hijos en el Hijo

1. El contenido de la oración de Jesús –­oración de alabanza y de acción de gracias, de petición y reparación– se despliega desde la íntima conciencia de su filiación divina y su misión redentora. 

Por eso Ratzinger observaba –en la perspectiva del punto del Catecismo citado por Francisco– que el contenido de la oración de Jesús se concentra en la palabra Abba, palabra con la que los niños hebreos llamaban a sus padres (equivalente a nuestro “papá”). Se trata de la seña de identidad más clara de Jesús en el Nuevo Testamento, así como de la expresión sintética más clara de toda su esencia. En el fondo esa palabra expresa el asentimiento esencial a su ser Hijo. Por eso el Padrenuestro es una extensión del Abba trasladada al nosotros de sus fieles (cf. La fiesta de la fe, Bilbao 1999, pp. 34-35). 

 

Así es. La oración cristiana, nuestra oración, tiene como fundamento vivo y centro propio la oración de Jesús. En ella se enraíza, de ella vive y la prolonga sin superarla, puesto que la oración de Jesús, que es nuestra “cabeza”, precede a la nuestra, la sostiene y le otorga la eficacia de Su misma oración.  Es la nuestra una oración de hijos "en el Hijo". 

 

Esto es posible por la acción del Espíritu Santo, que nos une a todos en el Señor, en su cuerpo (místico) que es la Iglesia: "En la comunión en el Espíritu Santo la oración cristiana es oración en la Iglesia". "En la oración, el Espíritu Santo nos une a la Persona del Hijo Unico, en su humanidad glorificada. Por medio de ella y en ella, nuestra oración filial comulga en la Iglesia con la Madre de Jesús (cf Hch 1, 14)" (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2672 y 2673).

 
En la misa Dios se hace presente

2. Pues bien, continúa Ratzinger, desde la unión con la oración de Jesús, –es decir, desde la conciencia de nuestra participación en la filiación divina en comunidad con Cristo–, la misa prolonga esa oración de Jesús en la vida cotidiana. Y entonces -afirma- el mundo se puede convertir en fiesta

¿Qué es una fiesta? Una fiesta, dirá años después Benedicto XVI, es “un acontecimiento en el que todos están, por así decirlo, fuera de sí mismos, más allá de sí mismos, y así consigo mismos y con los demás” (Discurso a la curia romana, 22-XII-2008). 

Pero –nos podríamos preguntar ahora nosotros– ¿qué sentido tendría convertir el mundo en una “fiesta” en circunstancias como las actuales, en medio de una pandemia, de una complicada crisis económica, de injusticias y violencias, incluso en nombre de Dios, que dejan por todas partes rastros de dolor y de muerte? 

Más preguntas: ¿Qué queremos significar los cristianos cuando decimos que “celebramos” la misa? ¿Y por qué la misa tiene que ver con una fiesta? Y encontramos esta respuesta: no, ciertamente, en un sentido superficial de la palabra fiesta, que suele asociarse al bullicio y a la diversión, un tanto inconscientes, de quien se distancia de los problemas; sino por un motivo bien diverso: porque en la misa, escribe Ratzinger, nos situamos en torno a Dios, que se hace presente en medio de nosotros

Eso nos da una alegría serena, compatible con el claroscuro de la fe, con el dolor e incluso con la muerte, porque sabemos que tampoco la muerte tiene la última palabra. Esa última palabra solo es el amor, que no muere nunca. 

Así explicaba el Papa Benedicto, en este largo párrafo que merece ser transcrito, lo que acontece en la liturgia cristiana: 

“Él [Dios) está presente. Él entra en medio de nosotros. Se ha rasgado el cielo y esto hace luminosa la tierra. Esto es lo que hace alegre y abierta la vida, y une a unos y otros en una alegría que no se puede comparar con el éxtasis de un festival rock. Friedrich Nietzsche dijo en cierta ocasión: ‘El arte no consiste en organizar una fiesta, sino en encontrar personas capaces de alegrarse en ella’. Según la Escritura, la alegría es fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5, 22) (…) La alegría es parte integrante de la fiesta. La fiesta se puede organizar; la alegría no. Sólo se puede ofrecer como don; (…) El Espíritu Santo nos da la alegría. Y él es la alegría. La alegría es el don en el que se resumen todos los demás dones. Es la manifestación de la felicidad, de estar en armonía consigo mismo, lo cual sólo puede derivar de estar en armonía con Dios y con su creación. La alegría, por su propia naturaleza, debe irradiarse, debe comunicarse. El espíritu misionero de la Iglesia no es más que el impulso de comunicar la alegría que nos ha sido dada” (Discurso a la curia romana, 22-XII-2008). 

 
La misa, acontecimiento central de la vida cristiana

3. Respecto a la eucaristía, cabe recordar que ya la comida pascual judía tenía un fuerte carácter a la vez familiar, sagrado y festivo. En ella se combinaban dos importantes aspectos. Un aspecto de sacrificio. pues se comía del cordero ofrecido a Dios e inmolado sobre el altar. Y un aspecto de comunión, comunión con Dios y con los otros, manifestada en el compartir y beber el pan y el vino, después de bendecidos, como signo de alegría y de paz, de acción de gracias y renovación de la Alianza (cf. La fiesta de la fe, pp. 72-74). 

La misa asume lo esencial de todo ello y lo supera como “actualización” sacramental (es decir, por medio de signos que manifiestan una acción divina real, en la que colaboramos) de la muerte y resurrección del Señor para nuestra salvación. 

En ella pedimos por todos, los vivos y sanos y los enfermos, también por los difuntos. Y ofrecemos nuestros trabajos, penas y alegrías por el bien de todos. 

Nuestra fe nos asegura que Dios gobierna la historia y estamos en sus manos, sin que nos ahorre el esfuerzo por mejorarlo, por encontrar la solución a los problemas y a las enfermedades, por hacer un mundo mejor. Y así la misa es la expresión central del sentido cristiano de la vida.

Nuestra fe nos da también un sentido a la muerte como un paso definitivo a la vida eterna con Dios y los santos. Lloramos, como es natural, a los que perdemos de vista en la tierra. Pero no los lloramos desesperadamente, como si esa pérdida fuera irreparable o definitiva, porque sabemos que no lo es. Tenemos fe en que, si han sido fieles, están mejor que nosotros. Y esperamos un día reunirnos con ellos para celebrar, ya sin límites, nuestro encuentro. 

 

Desde la oración y la misa, a la misión

4. Retomemos la línea de Ratzinger. Rezar ­es un acto de afirmación del ser, en unión con el “Sí” de Cristo a la propia existencia, a la del mundo, a la nuestra. Un acto que nos capacita y nos purifica para participar en la misión de Cristo. 

En esa identificación con el Señor –con su ser y su misión– que es la oración, el cristiano encuentra su identidad, insertada (¡atención!) en su ser Iglesia. Y, para ilustrar esta realidad profunda de la oración, señala Ratzinger:  

“Partiendo de esta idea, la teología de la Edad Media estableció como objetivo de la oración, y de la conmoción del ser que en ella se produce, que el hombre se transformara en ‘anima ecclesiastica’, en encarnación personal de la Iglesia. Es identidad y purificación al mismo tiempo, dar y recibir en lo más profundo de la Iglesia. En ese movimiento se hace nuestro el idioma de la madre, aprendemos a hablar en él y por él, de manera que sus palabras van volviéndose nuestras palabras: la entrega de la palabra de ese milenario diálogo de amor con aquél que quería volverse una sola carne con aquélla, se convierte en el don del habla, por el cual me entrego verdaderamente a mí mismo y justamente así soy devuelto por Dios a todos los otros, entregado y libre” (Ibid., 38-39). 

Por eso, concluye Ratzinger, si nos preguntamos cómo aprendemos a rezar, deberíamos responder: aprendemos a rezar rezando “con” otros y con la madre. 

Así es siempre, en efecto, y podemos ir concluyendo por nuestra parte. La oración del cristiano, una oración siempre unida a la Cristo (aunque no nos demos cuenta de ello) es una oración en el "cuerpo" de la Iglesia, aunque uno esté físicamente solo y rece individualmente. Su oración es siempre eclesial, si bien en ocasiones esto se manifiesta y lleva a cabo de modo público, oficial e incluso solemne. 

La oración cristiana, siempre personal, tiene formas diversas: desde la participación también externa en la oración de la Iglesia durante la celebración de los sacramentos (sobre todo de la misa), hasta la oración litúrgica de las horas. Y, de modo más básico y asequible a todos, la oración “privada” del cristiano –mental o vocal–, ante un sagrario, ante un crucifijo o sencillamente desgranada en medio de las actividades ordinarias, en la calle o en el autobús, en el trabajo o en la vida familiar, social y cultural. 

También la piedad popular de las procesiones y peregrinaciones puede y debe ser camino y expresión de oración. 

Por medio de la oración se llega a la contemplación y a la alabanza de Dios y de su obrar, que deseamos permanezca con nosotros, de modo que el nuestro sea fructuoso. 

Para que la eucaristía se haga vida de nuestra vida se necesita la oración. 

La oración –que tiene siempre un componente de adoración– precede, acompaña y sigue a la misa. La oración cristiana es signo e instrumento de cómo la misa se “introduce” en la vida y convierte la vida en una celebración, en una fiesta. 

 

Desde ahí podemos comprender, finalmente, cómo nuestra oración, siempre unida a la de Cristo, es, no solamente una oración “en” la Iglesia, sino que además nos prepara y fortalece para participar en la misión de la Iglesia. 

 
La vida cristiana, convertida en “vida de oración” y trasformada por la misa, se traduce en servicio a las necesidades materiales y espirituales de los demás. Y mientras vivimos y crecemos como hijos de Dios en la Iglesia, participamos en su edificación y en su misión, gracias a la oración y a la eucaristía. Nada de esto son simples teorías o imaginaciones, sino realidades hechas posibles por la acción del Espíritu Santo.

 

Lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica: el Espíritu Santo "prepara la Iglesia para el encuentro con su Señor, recuerda y manifiesta a Cristo a la fe de la asamblea; hace presente y actualiza el misterio de Cristo por su poder transformador; finalmente, el Espíritu de comunión une la Iglesia a la vida y a la misión de Cristo"

 

Invitación a la paz social

Jesús Ortiz López

No vivimos en paz a causa del Covid-19 pero también por el clima político enrarecido que excluye el bien común. La tentación escuchada a veces consiste en decir que todos los políticos son iguales: demasiada generalidad y por tanto falsa. Los que detentan el Gobierno actual son los principales responsables del ambiente social irrespirable.

La agenda del Gobierno actual tiene demasiados frentes abiertos en cuestiones capitales para la sociedad, como son la ley de la eutanasia, la ampliación del aborto a las adolescentes, la asfixia de las escuelas concertadas -la mayoría católicas-, que exigen ahora de los ciudadanos una mayor conciencia de lo mucho que está en juego, que es la libertad con sus principales manifestaciones. La prensa libre está trabajando para informar de esos planes más o menos liberticidas. Los ciudadanos tenemos que responsabilizarnos de que vamos a encontrar pocos apoyos para frenar las maniobras del Gobierno que padecemos.

El cardenal Carlos Osoro acaba de presentar en ABC unas ideas importantes que merecen ser conocidas por los fieles y por la gente sensata que sostenemos nuestra convivencia pacífica, cada vez más amenazada. Me parece que es una importante campanada para cambiar el rumbo peligroso que se nos impone, y lograr la paz social. Señala que el problema desde hace tiempo se llama España en cuanto se ha cuestionado con fuerza la propia historia: «Tenemos por delante de nosotros un problema llamado España. Se trata de un problema cultural y moral. Necesitamos metas elevadas que ayuden a alzar el vuelo, que dignifiquen la noble tarea de la política, que eleven las conciencias y que inyecten la vida social con virtudes públicas y privadas». 

Entre otras observaciones el arzobispo de Madrid destaca que vivimos un tiempo de incertidumbre, miedo y desconcierto. Considera que: «No se puede estar comenzando siempre como quien inicia todo desde cero, ayuno de toda tradición. No podemos permitirnos que cada generación comience a pensar España, a construir la sociedad, a descubrir la verdad, o a realizar el bien desde la nada».  Advierte que: «No nos hemos dado cuenta del giro copernicano que se ha producido en los últimos cuarenta años: algunos siguen luchando contra unos molinos de viento que ya ni siquiera existen». Tome nota la Ley de Memoria histórica.

No podemos quedarnos paralizados en unas quejas estériles: «La sociedad civil tiene su propia palabra y su responsabilidad en esta hora. La ha ejercido de manera meritoria durante la pandemia. Debe recuperarla con el ejemplo: demandando de los políticos cordura y comportándose responsablemente».

Las personas son o deberían ser lo primero y más ante la pandemia aunque hay más. El autoritarismo y el rodillo están de sobra: «Debemos anteponer -escribe- el sufrimiento de las personas a las ideologías. Tenemos que cultivar la tradición y la memoria, pero también es preciso el perdón y ciertas dosis de olvido».

Es la hora de acabar con el sectarismo, el enfrentamiento cainita, los muros y cordones, y construir puentes. «También queremos ayudar a rebajar el envilecimiento de la actividad pública, suscitando cordura y generando una convivencia respetuosa, contagiando valores públicos y privados y promoviendo toda forma de encuentro y de diálogo, como hemos hecho en varias ocasiones reuniendo a políticos de todo signo».

Y termina apelando «A todos los hombres y mujeres de la inteligencia y de la acción política os invito a que nos ayudéis a ensanchar la mirada y el horizonte». 

El cardenal Osoro escribe con la autoridad moral de su misión y no como una enseñanza magisterial, pues se dirige a todos los españoles en esta etapa penosa. Es un mensaje profundo y claro para la mayoría silenciosa que sostiene nuestro proyecto de convivencia social, amenazado ahora por el sectarismo, la mentira y el rodillo. Señor Cardenal, gracias por esas luminosas palabras.

 

 

Hacer un alto en el camino

Silvia del Valle Márquez

Podemos hacerlos reflexionar con preguntas puntuales para que ellos, al responderlas, piensen en los hechos de forma muy objetiva y piensen también en sus acciones e intenciones.

En este tiempo tan difícil que estamos viviendo, me he dado cuenta que es muy necesario hacer un alto en el camino y evaluar todo lo bueno que tenemos, lo que Dios nos ha regalado, la salud, la familia, etc.

¿Por qué digo esto?

Porque en el ambiente social pesa más lo malo, lo negativo, lo triste, lo que está mal y esto nos hace mucho daño.

Y nosotros como papás tenemos la responsabilidad de educar a nuestros hijos y formarles una conciencia recta para que puedan ver objetivamente los acontecimientos y puedan formarse un criterio recto de todo, por eso aquí te dejo mis 5 Tips para lograrlo.

PRIMERO. Es necesario dar tiempo para analizar.
Es muy bueno que acostumbremos a nuestros hijos, desde muy pequeños, a darse tiempo para analizar los acontecimientos.

Como niños es difícil que por sí solos lo hagan ya que los niños corren y juegan; y solo podemos captar su atención es por esto que debemos propiciar estos momentos de reflexión y análisis, sobre todo con nuestra guía.

Podemos hacerlos reflexionar con preguntas puntuales para que ellos, al responderlas, piensen en los hechos de forma muy objetiva y piensen también en sus acciones e intenciones.

SEGUNDO. Es necesario discernir.
Una vez que hemos enseñado a nuestros hijos a analizar sus actos y los hechos concretos debemos enseñarlos a discernir, es decir, debemos lograr que nuestros hijos puedan distinguir lo bueno de lo malo.

Esto es un proceso y por esto nosotros debemos propiciar que se haga un ejercicio cotidiano en la vida de nuestros hijos.

Para esto debemos nosotros enseñarles lo que es bueno y lo que es malo en cada hecho para que poco a poco nuestros hijos aprendan a discernir.

TERCERO. Es necesario poner en contexto.
Vale la pena enseñar a nuestros hijos a ver el contexto en el que suceden los hechos ya que puede cambiar por completo el discernimiento que hacemos.

Y para eso es necesario hacerles ver ese contexto en los hechos que vamos viviendo.

Así poco a poco podrán ellos darse cuenta de los contextos en los que suceden los hechos que viven cada día.

CUARTO. Es necesario comunicar lo que pensamos.
Es muy importante que nuestros hijos puedan comunicar su forma de pensar, lo que les gusta y lo que no les gusta y qué mejor lugar para hacerlo que en familia.

Para eso hay que propiciar espacios de dialogo y de exposición de sus ideas.

Y para eso nuestros hijos deben aprender de nosotros, es necesario que seamos capaces de dar nuestras opiniones de forma respetuosa y ordenada, así nuestros hijos sabrán que podemos estar de acuerdo o no con los demás pero que todo debe suceder dentro del marco del respeto.

Y QUINTO. Es necesario fundamentar lo que pensamos.
Cuando damos nuestra opinión es necesario argumentarla y nuestros hijos deben aprender poco a poco a hacerlo.

Para esto es necesario que les enseñemos a encontrar las razones, los porqués de las cosas y a saber expresarlos de forma clara para evitar confusiones.

Con todo esto lograremos que nuestros hijos tengan una conciencia recta y que sean capaces de expresar lo que piensan en cualquier contexto o circunstancia.

El coronavirus también se propaga al hablar y al respirar

 

Existe una abrumadora evidencia científica que soporta la vía inhalatoria como la principal forma de transmisión del virus, e insiste en la necesidad de modificar las recomendaciones vigentes sobre su prevención.

Los malos datos epidemiológicos de la evolución de la pandemia de la Covid-19 en el mundo y, específicamente en España, suponen un desafío para la labor de científicos y autoridades de salud pública. La incapacidad para controlar los rebrotes de la pandemia, meses después de su aparición, tras los que se han acumulado experiencia, medios y tiempo de reacción, debe cuestionar seriamente a cuantos están implicados en su control.
En estos días hemos leído en los periódicos que responsables la OMS, como la directora general de Salud Pública, María Neira, no pueden precisar cuáles son las causas de la expansión de esta segunda ola de la pandemia en España, no pudiendo determinar, tras analizar la situación desde hace varias semanas, qué es lo que está fallando para que los datos de incidencia de la enfermedad sean los peores de Europa. (1)

COVID-19 y medios de transmisión

Las recomendaciones que la OMS y otros organismos internacionales como los Centros de Control de Enfermedades estadounidenses (CDC) han mantenido hasta ahora,

se basan en que la Covid-19 se propagaría principalmente entre personas en contacto cercano, alrededor de 2 metros, y a través de gotitas respiratorias producidas cuando una persona infectada tose, estornuda o habla (2)
Esta posición ha propugnado que las medidas de prevención contra la expansión del virus se hayan basado en mantener la distancia social de 2 metros y evitar la infección por contacto con fómites, insistiéndose en el lavado de manos y desinfección de superficies.
Sin embargo, resulta difícil de explicar la alta contagiosidad del virus Sars-Cov-2 solo teniendo en cuenta estos mecanismos de transmisión.
En cuanto a la transmisión por contacto, a través de fómites, según consta en la información científico-tecnica publicada por el Ministerio de Sanidad el pasado 28 de agosto,“No existen estudios experimentales que traten de emular las condiciones naturales utilizando un inóculo similar al que se encuentra en las gotas respiratorias (por similitud con el virus de Influenza se calcula del orden de 10-100 copias de RNA), por lo que realmente se desconoce el tiempo en el que las superficies permanecerán contaminadas tras haber estado en contacto con las secreciones respiratorias de un enfermo. Hasta el momento no se ha descrito ningún caso por transmisión exclusiva a través de fómites.” (3)
Durante meses, numerosos científicos han insistido en la probabilidad de transmisión del coronavirus a través de partículas virales aéreas de menos de 5 micras de tamaño, conocidas como aerosoles, y presionaron a las agencias de salud para que lo reconocieran, sin éxito hasta la fecha.
El pasado 1 de abril, un prestigioso panel de científicos de la Academia Nacional de Ciencias (NAS), liderado por Harvey Fineberg, exdecano de la Escuela de Salud Pública de Harvard y presidente del Comité Permanente de NAS sobre Enfermedades Infecciosas Emergentes y Amenazas a la Salud del Siglo XXI, escribió en una carta a Kelvin Droegemeier, jefe de la Oficina de Política Científica y Tecnológica de la Casa Blanca, comunicándole los resultados de una investigación que mostraba que el coronavirus se puede propagar no solo al estornudar o toser, es decir con gotas de saliva de hasta 1 mm de tamaño, sino también al hablar, o posiblemente incluso simplemente al respirar, lo que implicaría microgotas o aerosoles de menos de 5 micras (4)
Se afirmaba en esa carta que «si bien la investigación específica [del coronavirus] actual es limitada, los resultados de los estudios disponibles son consistentes con la aerosolización del virus en la respiración normal… La investigación actualmente disponible respalda la posibilidad de que [el coronavirus] se propague a través de bioaerosoles generados directamente por la exhalación de los pacientes».
Posteriormente, el pasado 6 de julio, 239 científicos publicaron una carta en la que instaban a la Organización Mundial de la Salud y otras organizaciones de salud pública a modificar algunos aspectos relacionados con la información suministrada acerca de la probabilidad de que las personas pudieran contraer el virus de las microgotas que flotaban en el aire, o aerosoles. (5)
En su escrito, los científicos insistían en lo siguiente: «La orientación actual de numerosos organismos nacionales e internacionales se centra en el lavado de manos, el mantenimiento del distanciamiento social y las precauciones frente a las gotas de saliva. La mayoría de las organizaciones de salud pública, incluida la Organización Mundial de la Salud, no reconocen la transmisión por el aire, excepto los procedimientos que generan aerosoles realizados en entornos de atención médica. El lavado de manos y el distanciamiento social son apropiados, pero, en nuestra opinión, insuficientes para brindar protección contra la transmisión de virus a través de microgotas respiratorias liberadas al aire por personas infectadas».

El manejo de la información pública, el principio de prudencia y el rigor científico

Al igual que en anteriores ocasiones, con la tardanza en el reconocimiento tanto de la capacidad de contagio por parte de individuos asintomáticos como en la necesidad de utilizar mascarillas de protección facial, el esperado pronunciamiento de la OMS incluyendo los aerosoles entre los posibles medios de transmisión de la Covid-19 y no solo por gotas de mayor tamaño, no se ha producido hasta hoy.

Sin embargo, los Centros de Control de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos actualizaron su información a este respecto el pasado 18 de septiembre, incluyendo los aerosoles, por fin, como una probable vía de transmisión de la enfermedad. Pero, extrañamente, el lunes siguiente, día 21, se retiró la mencionada actualización, volviendo a la información previamente mostrada, que excluía esta vía de contagio. En la página web de los CDC figuraba la leyenda siguiente que trataba de explicar la eliminación de la actualización:
“Una versión preliminar de los cambios propuestos a estas recomendaciones se publicó por error en el sitio web oficial de la agencia. Los CDC están actualizando sus recomendaciones con respecto a la transmisión aérea del SARS-CoV-2 (el virus que causa Covid-19)” (2)
¿A qué pudo deberse realmente esta rectificación, que suponía seguir de espaldas a las numerosas evidencias en favor de la vía de transmisión por aerosoles? No lo sabemos, pero puede pensarse en presiones para no reconocer una evidencia que podría obligar a modificar demasiadas cosas en las estrategias de prevención de la pandemia, así como a la necesidad de reconocer graves errores.

Por fin, el pasado día 5 de Octubre, los CDC incluyen definitivamente en sus guías sobre la COVID-19 la posibilidad de transmisión por aerosoles, corrigiendo su posición previa al respecto y aportando una evidencia más para que la OMS y los organismos reguladores modifiquen las guías de prevención para la contención de la pandemia. (6)

Pero adicionalmente a ello, también el pasado día 5 aparece un artículo en la prestigiosa revista Science en el que se insiste en la necesidad de reconocer la transmisión aérea por aerosoles que los autores definen como partículas de menos de 100 micras de tamaño, ampliando así el criterio establecido hasta ahora que definía que las partículas de los aerosoles eran de 5 micras o menos. Todo ello porque dichas partículas son susceptibles de permanecer en el aire y diseminarse propagando el virus. Los firmantes del artículo de Science (7) manifiestan que existe una abrumadora evidencia científica que soporta la vía inhalatoria como la principal forma de transmisión del virus, e insiste en la necesidad de modificar las recomendaciones vigentes sobre su prevención.

El principio bioético de prudencia aconseja tener en cuenta las evidencias que, aun no siendo incontestables por la limitación de datos disponibles, pueden suponer una mejora significativa en la prevención de la extensión descontrolada de una pandemia como la actual. Las evidencias existen y han sido suscritas por numerosos científicos, por lo que ignorarlas resulta una actitud científicamente inexplicable dada la gravedad del proceso.

Aerosoles y medidas de protección

El reconocimiento de los aerosoles como vía de transmisión de la Covid-19, obligaría a modificar muchas de las estrategias de prevención actualmente implementadas. El lavado de manos y el mantenimiento de la distancia de 2 metros entre personas, aun siendo herramientas eficaces, deberían reconocerse como totalmente insuficientes. La implementación del uso de mascarillas eficaces de protección de modo obligatorio debería reconocerse, en tal caso, como un instrumento preventivo de primera magnitud. E insistimos en lo de “eficaces” porque, si el virus viaja en microgotas de menos de 5 micras, las mascarillas de tela y todas las no homologadas estarían proporcionando una falsa sensación de protección y contribuyendo a la expansión incontrolada de la infección. La obligación de utilizar mascarillas de probada eficacia, como las quirúrgicas o las FFP2, sería una medida imprescindible si finalmente se reconocen las evidencias científicas que apuntan a esta vía de transmisión como la más importante en la actual pandemia.
La modificación en las recomendaciones sobre el uso de mascarilla en determinadas circunstancias, como restaurantes o locales cerrados, se haría imprescindible para evitar el contagio por acumulación de aerosoles por falta de renovación del aire.
Además de los cambios que este reconocimiento obligaría a adoptar, añadiríamos la necesidad de reconocer un error de estrategia más a sumar a los ya mencionados de la tardanza en el reconocimiento de la transmisión por asintomáticos y la necesidad del uso de la mascarilla en toda circunstancia.
¿Puede ser este el motivo por el que los organismos oficiales, OMS incluida, se resisten a mostrar las evidencias disponibles a la población, por riesgo de inducir a la adopción de medidas que puedan restar popularidad o votos?
El derecho a la información veraz constituye uno de los pilares del ejercicio del principio de autonomía de la población, pero, sobre todo, es uno de los instrumentos principales para el desarrollo de políticas de salud eficaces.
Apelamos nuevamente desde aquí a la necesidad de reconocer con urgencia las evidencias científicas disponibles en cuanto a las vías de transmisión del virus Sars-Cov-2 e implementar los cambios necesarios para frenar la extensión de la pandemia.

Julio Tudela Cuenca

Observatorio de Bioética

Universidad Católica de Valencia

Fratelli Tutti (I). ¿Qué es la deconstrucción?

Escrito por José Martínez Colín.

El papa Francisco escribió “Fratelli Tutti” para invitarnos a amar más allá de las barreras de la geografía y del espacio, para profundizar en una fraternidad abierta.

1) Para saber

En este mes de octubre, en la víspera de la fiesta de san Francisco de Asís, el papa dio a conocer su tercera encíclica precisamente en la ciudad de Asís. La quiso titular con una frase que utilizaba el santo para dirigirse a todos los hermanos y las hermanas: «Fratelli tutti», “Todos los hermanos”. El papa le tiene especial devoción a este santo, tanto es así que eligió el nombre de Francisco en honor a él.

El papa Francisco escribió esta encíclica para invitarnos a amar más allá de las barreras de la geografía y del espacio, para profundizar en lo esencial de una fraternidad abierta, de tal manera que nos permita reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de su cercanía física. Así, dedica esta nueva encíclica a la fraternidad y a la amistad social. san Francisco, que se sentía hermano del sol, del mar y del viento, se sabía todavía más unido a los que eran de su propia carne; sembró paz por todas partes y caminó cerca de los pobres, de los abandonados, de los enfermos, de los descartados, de los últimos.

2) Para pensar

El papa nos advierte de un peligro actual que afecta a la fraternidad: el deconstruccionismo. Es un término complejo, pero que lleva a manipular las sociedades. Es un peligro que nos conduce a un consumismo y a un individualismo. Observa el papa que cuando una persona se olvida de la historia, del bagaje cultural que lo acompaña, de las tradiciones, es fácilmente manipulable. Perder el sentido de la historia lleva a la disgregación. Hoy en día va invadiendo una especie de deconstruccionismo donde se olvida de la historia y se pretende un “borrón y cuenta nueva” para comenzar de cero. Esa “deconstrucción” quita de significado a conceptos fundamentales con los que se ha construido toda una cultura. Por ejemplo, los conceptos de familia, matrimonio, derecho, justicia, hombre, mujer, sexo, amor, libertad, Dios, espíritu, etc. Se pretende quitarles su verdadero significado para ponerlo otro, aunque éste fuese caprichoso y así poder usarlo para provecho propio y justificar cualquier acción.

Pero sin historia, sin experiencias, sin la riqueza espiritual y humana que se ha transmitido a lo largo de las generaciones, dice el papa, la persona se queda vacía, desarraigada. Así funcionan las ideologías de distintos colores, que destruyen, o deconstruyen, todo lo que sea diferente y de ese modo pueden reinar sin oposiciones. Es una nueva forma de colonización cultural.

3) Para vivir

Para detener el peligro del deconstruccionismo es preciso defender las raíces verdaderas sobre las que se ha desarrollado la cultura cristiana y no encerrarse en una ideología falsa. Eso no lleva a estar abiertos y soñar con una única humanidad en la verdad, en que todos nos amemos: “es un secreto para soñar y hacer de nuestra vida una hermosa aventura”, dice el papa Francisco.

Si reconocemos la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad. Saber que nadie puede pelear la vida aisladamente, siempre se necesita una comunidad que nos sostenga y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. ¡Qué importante es soñar juntos!, concluye el papa.

Recuerda que eres polvo, y en polvo te convertirás

​ Tumba de Philippe Pot (1428-1493) desempeñó un papel destacado en la corte de Borgoña antes de unirse al rey de Francia Luis XI, quien lo nombró gran senescal de Borgoña.

En el día de los fieles difuntos: “recuerda que eres polvo, y en polvo te convertirás“. Esto nos hace dar una dimensión exacta a todas las cosas de esta vida.

El día de los fieles difuntos representa para nosotros mucho e, incluso, muchísimo. Porque es por excelencia el día en el cual rezamos por todos los fieles y todas las almas que por ventura estén en el Purgatorio. Pero es también el día en que la Iglesia –con aquel tacto que les propio y que tiene cualquier cosa de absolutamente inconfundible‒ nos recuerda la realidad de la muerte.

Ella parece abrir un precipicio bajo nuestros pies y nos hace ver una multitud de almas que se encuentran en estado de pena, de sufrimiento. Y, por otro lado, la miseria de la muerte, la destrucción de la muerte, la aniquilación de la muerte, la miseria del alma cuando ella no va directamente al Cielo.

De vez en cuando debemos meditar sobre la muerte, para que comprendamos lo que hay de profundamente real en aquella advertencia que el sacerdote hace a los fieles el Miércoles de Ceniza: “recuerda que eres polvo, y en polvo te convertirás“. No somos otra cosa que polvo y volveremos a ser polvo.

Eso nos hace dar una dimensión exacta a todas las cosas de esta vida. Todos nosotros, en este momento, podemos estar movidos por deseos muy diversos. ¿Pero que son esos los verdaderos deseos, cuando uno calcula lo que uno es? ¡Es una cosa tremenda!

La muerte puede sobrevenirnos en cualquier momento.

Contenidos

Si soy algo tan inconsistente; si un coágulo que parte de mi talón puede acabar con todos mis deseos, todas mis aspiraciones, todos los movimientos que tengo en relación a las cosas de esta vida; si soy tan, tan débil que, en último análisis, sé que moriré; cuando paso por un cementerio, veo que allí mi destino está fijado: es volverme polvo.

La meditación sobre la muerte es benéfica para crear desapegos, humillar orgullos y hacer comprender que podemos ir de un momento a otro ante el juicio de Dios.

​ La resurrección de los muertos antes del Juicio Final

Pregunto: ¿no es buena esta meditación para refrigerar muchos ardores, para crear muchos desapegos, para humillar mucho orgullo y hacer comprender que nosotros podemos comparecer de un momento a otro ante el juicio de Dios vivo? ¡De un momento a otro! Porque, ¿quién de nosotros sabe llegará a casa hoy? ¿Quién de nosotros sabe si dentro de una hora no estará siendo juzgado por Dios? ¿Y que no estará siendo quemado por las llamas del Purgatorio?

Es el momento de ir a rezar por los difuntos y de meditar unos instantes

Ahora, sin esas incertidumbres la vida no tiene ninguna grandeza. Nada es bello, nada en la vida es atractivo, a no ser con un paño mortuorio como fondo. Porque es sólo por el contraste que el hombre conoce el valor de las cosas esta vida. Y es sólo por el contraste en con esta miseria fundamental, que uno comprende como todo cuanto queremos aquí, en esta vida, es poco, y que la grandeza de otro destino nos espera.

La “civilización” moderna tiene pavor al luto porque en el fondo, tiene miedo de morir. Y por eso no quiere el luto.

Nosotros debemos encarar la muerte con serenidad, con grandeza, inclusive en lo que ella tiene de aflictivo y de tremendo.

Existe una miseria grandiosa de la muerte, por donde uno podría decir lo siguiente: el ser inteligente, capaz de morir, capaz de pasar por tan gran catástrofe, tiene una tal capacidad de grandeza, que ciertamente otra vida y otro destino lo esperan. Y en eso entonces, comprender bien toda nuestra grandeza.

Rezar por las almas del purgatorio por las cuales nadie incluye en sus oraciones.

Esta es la lección que los muertos nos dan y que la muerte nos da. Es una lección de profundidad, una lección de fuerza de alma, una lección de coraje, una lección de grandeza, que es incomparable.

Antiguamente había reportajes que describían la muerte de alguna persona, y decían: “por fin, expiró y la majestad de la muerte revistió sus trazos”. Era una idea muy bonita.

Recemos por las almas del Purgatorio que más estén abandonadas y por las cuales nadie reza; almas que tal vez tengan mil años que cumplir todavía, en el fuego, etc. y que nadie reza por ellas. Recemos por ellas y pidámosles que nos obtengan la comprensión, el amor y el entusiasmo por todas las sombras con que la muerte enriquece la estética del Universo y los panoramas verdaderos de la vida humana.

Plinio Corrêa de Oliveira

 

Morir con dignidad

Adjunto una nota en forma de carta que hoy, mañana y puede durante todo el mes te pueda ayudar a vivir, a morir con dignidad y a tener muy presentes a familiares y amigos que nos han dejado. Es cuando aparece la luz serena de la muerte, que confirma el derecho que nos ampara a morir en paz, algo que está muy lejos de la asepsia propia de los tanatorios, que hacen del fallecido un producto expuesto tras un cristal. La placidez exige el derecho a morir rodeado de nuestros seres queridos; el de recibir o no la ayuda espiritual que cada cual crea precisa; el de beneficiarnos de la medicina paliativa, que no solo consiste en ahorrar malestares físicos con inyecciones de morfina, sino en reconfortar el ánimo gracias a la preparación psicológica de sus especialistas que, por desgracia, apenas llegan a la mitad de los agonizantes de nuestro país.

Una muerte llevada con humanidad es incompatible con la práctica veterinaria que imponen las leyes de eutanasia, eso que llaman legislación para una “muerte digna” (¿se dan cuenta de que la perversión del lenguaje hace que el aborto se interprete como un derecho, que el suicidio parezca la consumación de una vida reglada por el sentido común, que la eutanasia se perciba como un gesto de humanidad…? Es la barbarie disfrazada con un vestido de seda). Un hombre, una mujer, en cada una de sus etapas (niño, joven, adulto, anciano) no es como un perro fiel al que, en un gesto de comprensible piedad, se le suministra un veneno placentero cuando ya no puede comportarse como el animal de compañía que es. Ni siquiera el deseo manifestado con lucidez por parte del individuo debería hacer posible la implicación directa de terceras personas (médicos, enfermeros, jueces, abogados e, incluso, la misma familia) en la aceleración de la muerte, mediante la suministración de las toxinas precisas para que el corazón deje de latir. La Ley, entonces, se habrá consagrado a la cosificación del agonizante, a la justificación de la eutanasia de los impedidos de mente o cuerpo, a la racionalización de la “muerte asistida” de los niños. Habrá abierto la veda del desesperado, del descorazonado, del deprimido, del descreído, del mudo, del solitario, del improductivo… Habrá permitido que nos miremos los unos a los otros con desconfianza, que llegar a la vejez o caer gravemente enfermo sea una doble amenaza, un teatro siniestro en el que unos inyectan para que otros hagan mutis por el foro como si fuesen hormigas a las que se les administra un pisotón.

Insisto en la belleza de la muerte enfrentada ­por su protagonista y sus acompañantes con la delicadeza del momento más trascendental, en el que no existe nadie, ¡nadie!, que no merezca una mano que le sostenga, una voz que le apacigüe, una atención que disuelva todas las angustias innecesarias, una presencia que le conduzca a ese instante en el que, de pronto, llega la placidez.

Juan García. 

 

 

Reflexión en la Fiesta de los Santos  2020

 Este año, la Fiesta de Todos los Santos reviste una peculiaridad antes nunca vivida: cuando tantos esperaban esos días para depositar flores a sus difuntos en el cementerio y ofrecer, allí, una oración por sus almas, para muchos ha resultado imposible por el confinamiento.

 Los santos son personas con gran amor a Dios, que  rebosa en amor al prójimo. En la Fiesta de Todos los Santos, se celebra, también, a los santos anónimos, que son una pléyade. Es día de alegría porque, seguro, que, entre ellos, hay algún familiar nuestro o amigo querido. Un día especial para pensar en Dios y en el Cielo. El Día 2, cuando la Iglesia conmemora a los Fieles Difuntos, es día esperanza, porque  la muerte no es el final del camino. Nos dirigimos a nuestra Patria, el Cielo,  con la confianza puesta en Dios, que es Amor.  Evoco estas palabras de San Pablo: “ Para mí, la vida es Cristo, y el morir, una ganancia (…) Deseo morir para estar con Cristo, porque es mucho mejor … ” ( Filipenses, 1,ss). La vida es Cristo porque Cristo es Dios y sólo Dios puede llenar el corazón.  Dios es Amor, un amor paternal, desinteresado, misericordioso, que perdona y nos quiere a cada uno  como si no hubiera otros. La experiencia de la maternidad permite vislumbrarlo. Las madres queremos a cada hijo como si fuera único, y nuestro amor, como el de Dios, no depende de la correspondencia o la conducta del hijo: si no hay complacencia, no falta la benevolencia ni la luz de la esperanza. El amor de Dios nunca falla: somos nosotros los que fallamos cuando no correspondemos a su amor.

Josefa Romo Garlito

 

 

La medicina requiere ver al paciente 

La atención médica debe ser presencial, o no es atención médica. Es gravísimo lo que estamos viviendo en España con un estoicismo llamativo, en medio de las quejas de todo el mundo, pero ya casi admitiendo como irremediable la atención telefónica.

No soy médico, pero recojo la opinión de todos los médicos con los que he hablado, que sufren por la actual atención sanitaria en España, invocando las medidas de protección contra el coronavirus. Para protegernos, hay que salir al paso de la enfermedad; y para ello, hay que ver al enfermo.

Es una realidad que no deberíamos tolerar: llamar  por teléfono como diez o doce veces – comunicando, no descuelgan, etc. – para, si se tiene suerte, decir a la recepcionista que el médico de Atención Primaria le telefonee cuando pueda. Y por teléfono llama el médico, cuando puede y a la hora que puede: él tiene un trabajo que realizar, pero también los pacientes lo tienen, y están en vilo pendientes de recibir esa llamada telefónica, a veces con auténtica angustia.

La medicina requiere ver al paciente, no ejercerla por teléfono. Me contaba Alberto, un amigo médico de Atención Primaria – al que llamamos todavía médico de cabecera, o médico de familia - , ya jubilado, que está sufriendo lo indecible viendo el panorama actual. Y me contaba que una vez le llamó un paciente por unas molestias en la garganta, cuando trabajaba de médico rural: fue a verle, estaba mejor de la garganta, pero le palpó y vio que tenía ¡tétanos!, enviándole urgentemente al hospital, y gracias a eso salvó la vida. Por teléfono le podía haber recetado un jarabe o unas pastillas, y hubiera muerto en pocas horas.

Domingo Martínez Madrid

 

 

Memoria y verdad

La libertad de la Iglesia en una sociedad en la que priman la polarización y la confrontación, también sobre el pasado inmediato, pasa también por la clarificación y el reconocimiento público de su papel en nuestra historia reciente.

Cuando algunos se empeñan en socavar las bases de la Transición y se silencia, e incluso tergiversa, el protagonismo de la Iglesia en aquel período, el Presidente de la Conferencia Episcopal, cardenal Juan José Omella, ha recordado en unas declaraciones que “tanto la Iglesia española, con el Cardenal Tarancón y todo el episcopado al frente, apoyó decididamente ese paso a la democracia”, del mismo modo que lo hizo el Rey, que a juicio del Cardenal Omella “se jugó mucho en aquellos años” para asegurar la reconciliación y el avance de nuestra sociedad hacia el futuro.

Suso do Madrid

 

 

La muerte… “en el día de la muerte”

 

                                Hoy es, “el día de los muertos o difuntos”, según el rito cristiano del papado de Roma; hoy se consumirán infinidad de millones, en el adorno y cuido de las sepulturas de los muertos; que ya no necesitan nada; “si acaso una sentida oración o recuerdo agradecido para aquellos que en realidad lo merecieron”. Por ello yo y hace ya muchos años que digo a los míos, que a mí, “las flores mientras esté vivo” (después cremado y mis cenizas al viento o como abono para cualquier árbol), y después, lo que arriba cito y digo; todo lo demás me sobra. Pero el rito a los muertos, siempre fue un gran negocio para muchos “vivos”; y de ello nos habla la “historia del mono humano”, desde que se escribe la misma; y ello, tras organizarse en tribus, ritos, religiones y costumbres, que hoy al inteligente, simplemente les hace sonreír muy piadosamente.

                                ¿Pero qué es la muerte y sobre todo ese miedo ancestral a un hecho, que es tan natural como el nacer? Sobre todo la ignorancia “del mono humano”, la que bien explotada por “los monos listos”; le hizo hacer lo que hace y lo que siente; sin nunca atreverse a analizar la realidad, de dos hechos de la vida, como es “el nacer y el morir” y aceptar ambos como lo que son, o sea dos hechos inmutables.

                                Por lo que sea y desde que “el mono” aprendió a pensar y deducir; fue creyente en un “Dios supremo”; luego después, en que habría “algo después de la muerte”, para compensar de la dureza de esta vida y que pese a las comodidades adquiridas, sigue siendo dura por demás (“cosas éstas que las religiones explotaron y explotan con todo el aprovechamiento material que pueden”).

                                Por todo ello, “la no muerte y la continuidad en una vida superior”, se fue implantando en todas las creencias humanas; salvo en los que se dicen “ateos que yo dudo lo sean en realidad”. En nuestra cultura occidental; lo dice Pitágoras, a sus discípulos (que eran de ambos sexos)… “No temáis a la muerte… es sólo un tránsito en la vida”; también es el propio Cristo, el que dice… “Nadie que no nazca de nuevo entrará en el reino de mi Padre” (las citas son de memoria); lo que queda claro es que para nacer de nuevo, hay que morir primero.

                                Es por lo que la teoría de “la reencarnación” puede ser la realidad ansiada y esperada por “todos los que no quieren morir”; y que yo en mis muchas lecturas sobre estos “obscuros temas”, me inspiró en un trabajo titulado; “Discurso a la Sabiduría”, que el interesado podrá leer en mi Web, en “Trabajos Literarios”. Y si he dicho los que no quieren morir, es que pienso que habrá muchos otros, en que con esta sola vida, consideran que le es más que suficiente, y prefieren desaparecer en la nada, cuando llegue esa muerte, que para ellos, será una liberación de lo sufrido en esta vida, que en general, no es lo agradable que hubiesen deseado.

                                En mi caso, debo decir que “yo asumo y acepto mí ya larga vida que anda ya en su ochenta y dos años”; y que hoy, me es indiferente nacer o no nacer de nuevo, cosa ésta, que si es verdad el que estamos sometidos a una ley superior, no me sirve para nada, puesto que… “lo que tenga que ser será”; por otra parte en varias ocasiones he estado al borde de la muerte, puesto que sufrí tres infartos; y tengo instalados cinco muelles o “Stents”; y además yo creo haber estado muerto, una hora de tiempo o algo más; si bien debo decir que me encuentro muy bien con arreglo a mi edad y que todo mi organismo funciona bien, o muy bien; en especial mi cerebro, que lo siento mucho más fuerte que nunca; “incluso conservo íntegra la abundante cabellera con que la naturaleza me dotó”. Por fortuna, la cirugía no ha tenido que “cortar” nada en mi piel, por lo que sigo con ella bastante íntegra, salvo las arrugas, no muchas, y alguna que otra pequeña verruga, que deduzco son cosas de la edad. A pesar de todo, soy enfermo crónico, por hipertensión, arritmia, algo de ácido úrico y un poquito de glucosa; pero todo ello y gracias a la medicina, está bien controlado; y mi organismo, funciona bastante bien con arreglo a mi edad.

                                Estuve muerto y se lo cuento por si les sirve para algo: “Un anochecer y tras subir despacio los veintiún escalones que hay hasta llegar a mi vivienda, al entrar en ella y dejar en una silla la prenda de abrigo, noté un especie de mareo y caída al suelo (sin dolor alguno y pese al chichón que el golpe me produjo en la cabeza) estuve inconsciente algo más de una hora, no sentí nada de miedo o dolor; al contrario, sentía estar en un lugar muy agradable y muy a gusto; tan es así que no me hubiera importado quedarme allí; yo no vi “luces ni personas, ni sentí voz alguna, reitero, sólo un bienestar nunca sentido en mi vida”; de aquel desvanecimiento, me sacaron las voces de la mujer que cuida mi casa (vivo solo) y las de uno de mis nietos (Alberto que vive en el piso de arriba) los que asustados y por su propia voluntad, ya habían llamado a la ambulancia de auxilio y de la Seguridad Social Española; yo me incorporé “algo desorientado y sin oponer resistencia”, me llevaron al hospital, donde estuve varios días, me hicieron exploraciones varias… “pero no supieron decirme en concreto qué es lo que me había ocurrido y el porqué de ello”. Por ello yo pienso y digo, “que estuve muerto pero muy a gusto y confortable por demás”, por lo que deduzco que si eso es la muerte, es un paso no agradable sino agradabilísimo.

                      Y he dicho que he sufrido tres infartos; por cuanto así los dictaminaron los cardiólogos que me atendieron, pero yo los pasé consciente plenamente, sin ningún dolor de los que dicen anuncian los mismos; y viendo operar a los médicos a mi alrededor sin sentir otras molestias, que “el cableado” que te colocan; y la incomodidad propia del hospital, donde dejas de ser individuo, para convertirte en “un cuerpo”, al que los técnicos de allí, quieren reparar o recuperar todo lo posible, cosa que es de agradecer y valorar al máximo posible.

                      Y por último, lo que me impulsa a escribir este artículo y es lo que sigue: “La muerte es el fin de una sinfonía, en la que la vejez es un movimiento importante y tan bello como cualquier otro” (Margarita Rivière, en “La aventura de Envejecer” (Editorial Plaza y Janés: 1987)… Es el libro que estoy leyendo y que recomiendo tanto a hombres como a mujeres; ayuda mucho a reconocerse como viejos, pero no acabados; ni mucho menos. “El vino viejo, el jamón y el queso viejos, son de los que mejor saben y gustan al que sabe saborearlos”.

                               

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes

 

 

 

Jaén: 31 de Octubre del 2019