Las Noticias de hoy 31 Octubre 2020

Enviado por adminideas el Sáb, 31/10/2020 - 13:04

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 31 de octubre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Lucha contra la corrupción: Francisco recogió “el testigo” de Benedicto XVI

Papa Francisco: Tras la pandemia, “los fieles serán más auténticos”

EL MEJOR PUESTO: Francisco Fernandez Carbajal

Evangelio del sábado: andar en verdad

“Amor verdadero es salir de sí mismo”: San Josemaria

El cielo, el infierno, el purgatorio y la muerte. ¿Qué sucede al finalizar la vida?

Las iniciativas apostólicas de los fieles en el ámbito de la educación: Carlos J. Errázuriz M.

¿A quién pertenece el derecho de educar a los hijos: a los padres o al Estado?: Isabel Molina E. e Isis Barajas

 Clase de religión, real: Daniel Tirapu

Amar y hacer el amor. Consideraciones neurobiológicas.: Jose Luis Velayos

1 de noviembre: Todos los Santos

Corrupción: Ana Teresa López de Llergo

El hambre emocional: Lucía Legorreta

La devoción a los difuntos en el cristianismo primitivo: primeroscristianos

Nuestra peculiar y genial Primera Comunión: María Solano Altaba

A vueltas con el tema: José Manuel Belmonte.

La COVID-19 y el aborto: Jesús Martínez Madrid

La sedación paliativa: Xus D Madrid

Preocupaciones sobre el aborto: Enric Barrull Casals

Confrontación de ideas en torno a la eutanasia: Jaume Catalán Díaz

España y como siempre saqueada por filibusteros y mercenarios: Antonio García Fuentes 

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

Lucha contra la corrupción: Francisco recogió “el testigo” de Benedicto XVI

Entrevista a Francisco en ‘ADN Kronos’

OCTUBRE 30, 2020 16:07LARISSA I. LÓPEZPAPA FRANCISCOPAPAS

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(zenit – 30 oct. 2020)-. El Papa Francisco ha concedido una entrevista a la agencia de noticias italiana ADN Kronos en la que habla, entre otros temas, sobre la lucha contra la corrupción en el Vaticano y cómo recogió el “testigo” de Benedicto XVI, “continué su trabajo”, narra el Santo Padre.

Al ser preguntado por el periodista Gian Marco Chiocci, director de la citada agencia, sobre la corrupción en el Vaticano, Francisco declaró que se trata de un “antiguo mal que se ha transmitido y transformado a lo largo de los siglos”, pero que todo predecesor ha tratado de erradicar con los medios y el pueblo con el que contaba en cada momento.

“Desafortunadamente, la corrupción es una historia cíclica, se repite, luego alguien llega para limpiar y ordenar, pero después comienza de nuevo a la espera de que alguien más llegue para poner fin a esta degeneración”, explica el Papa.

La Iglesia, continúa, “es y sigue siendo fuerte, pero el tema de la corrupción es un problema profundo, que se pierde a lo largo de los siglos”.

“Ahora…te toca a ti”

En este sentido, el Pontífice cuenta que al principio de su pontificado visitó a Benedicto XVI. El papa emérito le entregó una caja grande y le dijo: “Todo está aquí”, “los actos con las situaciones más difíciles, he llegado hasta aquí, he intervenido en esta situación, he ahuyentado a esta gente y ahora… te toca a ti”.

De este modo, el actual Obispo de Roma, recogió “el testigo del Papa Benedicto, continué su trabajo”, relata.

Para el Papa Francisco, Benedicto es “un padre y un hermano”, al que escribe “filial y fraternalmente”. A menudo lo visito allí arriba (señala la dirección del monasterio Mater Ecclesiae justo detrás de San Pedro, ndr) y si recientemente lo veo un poco menos es solo porque no quiero cansarlo”.

Francisco y Benedicto

La relación entre ambos “es muy buena, muy buena, estamos de acuerdo en las cosas que hay que hacer”, describe Francisco. El papa emérito “es un hombre bueno, es la santidad hecha persona. No hay problemas entre nosotros, entonces cada uno puede decir y pensar lo que quiera”. ¿Sabe que se las arreglaron para decir que habíamos discutido, Benedicto y yo, sobre la tumba en la que él o yo debíamos ser enterrados?”, expuso a ADN Kronos.

En los últimos días, una cadena de oración ha circulado en las redes sociales, difundiendo el falso rumor del inminente fin de la vida del papa emérito, según declaraciones atribuidas a su secretario personal, Mons. Georg Ganswein. Esta noticia ha sido desmentida.

 

Papa Francisco: Tras la pandemia, “los fieles serán más auténticos”

Ante las restricciones de culto

OCTUBRE 30, 2020 17:12LARISSA I. LÓPEZPAPA FRANCISCO

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(zenit – 30 oct. 2020)-. Dado que la pandemia de COVID-19 pone a prueba la práctica de los fieles católicos, el Papa Francisco considera que “tal vez después de esta dura prueba, con estas nuevas dificultades, con el sufrimiento que entra en las casas, los fieles serán más verdaderos, más auténticos”.

El Santo Padre ha pronunciado estas palabras en una entrevista de la agencia de noticias italiana ADN Kronos publicada hoy, 30 de octubre de 2020. En ella habla, entre otros temas, sobre la lucha contra la corrupción en la Iglesia y cómo recogió el “testigo” de Benedicto XVI, así como sobre la situación de la COVID-19 y sus repercusiones para los católicos.

Estos “son días de gran incertidumbre, rezo mucho, estoy tan, tan cerca de los que sufren, rezo tanto, estoy tan, tan cerca de los que sufren, a través de la oración estoy con los que ayudan a los que sufren por razones de salud”, dijo refiriéndose a “los santos de la puerta de al lado”.

El Espíritu es quien llama

Sin hace comentarios en torno a las decisiones políticas que imponen restricciones al culto religioso Francisco compartió una historia que “me ha causado disgusto”. Escuchó de un obispo que dijo que con esta pandemia la gente “se ha deshabituado” de ir a la iglesia, “que nunca más volverán a arrodillarse ante un crucifijo o a recibir el cuerpo de Cristo”.

Y señaló que, si esas personas “vinieron a la iglesia por costumbre, es mejor que se queden en casa. Es el Espíritu Santo quien llama a la gente”.

“Tal vez después de esta dura prueba, con estas nuevas dificultades, con el sufrimiento que entra en las casas, los fieles serán más verdaderos, más auténticos, créame, así será”, expuso el Papa.

 

EL MEJOR PUESTO

— Los primeros puestos.

— Humildad de María.

— Frutos de la humildad.

I. Todos los días son buenos para hacer un rato de oración junto a la Virgen, pero en este, el sábado, son muchos los cristianos de todas las regiones de la tierra que procuran que la jornada transcurra muy cerca de María. Nos acercamos hoy a Ella para que nos enseñe a progresar en esa virtud fundamento de todas las demás, que es la humildad, pues ella «es la puerta por la que pasan las gracias que Dios nos otorga; es la que sazona todos nuestros actos, comunicándoles tanto valor, y haciendo que resulten y sean agradables a Dios. Finalmente, Ella nos constituye dueños del corazón de Dios, hasta hacer de Él, por decirlo así, nuestro servidor; pues nunca ha podido Dios resistir un corazón humilde»1. Es tan necesaria para la salvación que Jesús aprovecha cualquier circunstancia para ensalzarla.

El Evangelio de la Misa2 nos refiere que Jesús fue invitado a un banquete. En la mesa, como también ocurre frecuentemente en nuestros días, había lugares de mayor honor. Los invitados, quizá un tanto atropelladamente, se dirigían a estos puestos más considerados. Jesús lo observaba. Quizá cuando ya estaba terminando la comida, en los momentos en los que la conversación se hace más reposada, el Señor les dice: Cuando seas invitado a una boda, no te sientes en el primer puesto... Al contrario..., ve a sentarte en el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga: amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy honrado ante todos los comensales. Porque todo el que se ensalza será humillado; y el que se humilla será ensalzado.

Jesús se situaría probablemente en un lugar discreto o donde le indicó el que le había invitado. Él sabe estar, y a la vez se da cuenta de aquella actitud poco elegante, también desde el punto de vista humano, que adoptan los comensales. Estos, por otra parte, se equivocaron radicalmente porque no supieron darse cuenta de que el mejor puesto se encuentra siempre al lado de Jesús. Por llegar hasta allí, junto al Señor, es por lo que debieron porfiar. En la vida de los hombres se observa no pocas veces una actitud parecida a la de aquellos comensales: ¡cuánto esfuerzo para ser considerados y admirados, y qué poco para estar cerca de Dios! Nosotros pedimos hoy a Santa María, en este rato de oración y a lo largo del día, que nos enseñe a ser humildes, que es el único modo de crecer en amor a su Hijo, de estar cerca de Él. La humildad conquista el Corazón de Dios. «“Quia respexit humilitatem ancillae suae” —porque vio la bajeza de su esclava...

»—¡Cada día me persuado más de que la humildad auténtica es la base sobrenatural de todas las virtudes!

»Habla con Nuestra Señora, para que Ella nos adiestre a caminar por esa senda»3.

II. La Virgen nos enseña el camino de la humildad. Esta virtud no consiste esencialmente en reprimir los impulsos de la soberbia, de la ambición, del egoísmo, de la vanidad..., pues Nuestra Señora no tuvo jamás ninguno de estos movimientos y fue adornada por Dios en grado eminente con esta virtud. El nombre de humildad viene del latín humus, tierra, y significa, según su etimología, inclinarse hacia la tierra. La virtud de la humildad consiste esencialmente en inclinarse ante Dios y ante todo lo que hay de Dios en las criaturas4, reconocer nuestra pequeñez e indigencia ante la grandeza del Señor. Las almas santas «sienten una alegría muy grande en anonadarse delante de Dios, y reconocer prácticamente que Él solo es grande, y que en comparación de la suya, todas las grandezas humanas están vacías de verdad, y no son sino mentira»5. Este anonadamiento no empequeñece, no acorta las verdaderas aspiraciones de la criatura, sino que las ennoblece y les da nuevas alas, les abre horizontes más amplios. Cuando Nuestra Señora es elegida para ser Madre de Dios, se proclama enseguida su esclava6. Y en el momento en que escucha la alabanza de que es bendita entre todas las mujeres7 se dispone a servir a su prima Isabel. Es la llena de gracia8, pero guarda en su intimidad la grandeza que le ha sido revelada. Ni siquiera a José le desvela el misterio; deja que la Providencia lo haga en el momento oportuno. Llena de una inmensa alegría canta las maravillas que le han sucedido, pero las atribuye al Todopoderoso. Ella, de su parte, solo ha ofrecido su pequeñez y su querer9. «Se ignoraba a sí misma. Por eso, a sus propios ojos no contaba. No vivió pendiente de sí misma, sino pendiente de Dios, de su voluntad. Por eso podía medir el alcance de su propia bajeza, de su, a la vez, desamparada y segura condición de criatura, sintiéndose incapaz de todo, pero sostenida por Dios. La consecuencia fue el entregarse, el vivir para Dios»10. Nunca buscó su propia gloria, ni aparentar, ni primeros puestos en los banquetes, ni ser considerada, ni recibir halagos por ser la Madre de Jesús. Ella solo buscó la gloria de Dios.

La humildad se funda en la verdad, en la realidad; sobre todo en esta certeza: es infinita la distancia que existe entre la criatura y su Creador. Cuanto más se comprende esta distancia y el acercamiento de Dios con sus dones a la criatura, el alma, con la ayuda de la gracia, se hace más humilde y agradecida. Cuanto más elevada está una criatura más comprende este abismo; por eso la Virgen fue tan humilde. Ella, la Esclava del Señor, es hoy la reina del Universo. En Ella se cumplieron de modo eminente las palabras de Jesús al final de la parábola: el que se humilla, el que ocupa su lugar ante Dios y ante los hombres, será ensalzado. El que es humilde oye siempre a Jesús que le dice: amigo, sube más arriba. «Que sepamos ponernos al servicio de Dios sin condiciones y seremos elevados a una altura increíble; participaremos en la vida íntima de Dios, ¡seremos como dioses!, pero por el camino reglamentario: el de la humildad y la docilidad al querer de nuestro Dios y Señor»11.

III. La humildad nos hará descubrir que todo lo bueno que existe en nosotros viene de Dios, tanto en el orden de la naturaleza como en el de la gracia: Mi sustancia es como nada delante de Ti, Señor12, exclama el Salmista. Lo específicamente nuestro es la flaqueza y el error. A la vez, nada tiene que ver esta virtud con la timidez, con la pusilanimidad o la mediocridad. Lejos de apocarse, el alma humilde se pone en las manos de Dios, y se llena de alegría y de agradecimiento cuando Dios quiere hacer cosas grandes a través de ella. Los santos han sido hombres magnánimos, capaces de grandes empresas para la gloria de Dios. El humilde es audaz porque cuenta con la gracia del Señor, que todo lo puede; acude con frecuencia a la oración –es muy pedigüeño–, porque está convencido de la absoluta necesidad de la ayuda divina; es agradecido, con Dios y con sus semejantes, porque es consciente de las muchas ayudas que recibe; tiene especial facilidad para la amistad y, por tanto, para el apostolado... Y aunque la humildad es el fundamento de todas las virtudes, lo es de modo muy particular de la caridad: en la medida en que nos olvidamos de nosotros mismos, podemos preocuparnos de los demás y atender sus necesidades. Alrededor de estas dos virtudes se encuentran todas las demás. «Humildad y caridad son las virtudes madres –afirma San Francisco de Sales–; las otras las siguen como polluelos a su clueca»13. La soberbia, por el contrario, es la «raíz y madre» de todos los pecados, incluso de los capitales14, y el mayor obstáculo que el hombre puede poner a la gracia.

La soberbia y la tristeza andan con frecuencia de la mano15, mientras que la alegría es patrimonio del alma humilde. «Mirad a María. Jamás criatura alguna se ha entregado con más humildad a los designios de Dios. La humildad de la ancilla Domini (Lc 1, 38), de la esclava del Señor, es el motivo de que la invoquemos como causa nostrae laetitiae, causa de nuestra alegría. Eva, después de pecar queriendo en su locura igualarse a Dios, se escondía del Señor y se avergonzaba: estaba triste. María, al confesarse esclava del Señor, es hecha Madre del Verbo divino, y se llena de gozo. Que este júbilo suyo, de Madre buena, se nos pegue a todos nosotros: que salgamos en esto a Ella –a Santa María–, y así nos pareceremos más a Cristo»16.

1 Santo Cura de Ars, Sermón para el Domingo décimo después de Pentecostés. — 2 Lc 14, 1; 7-11. — 3 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 289. — 4 Cfr. R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, vol. II, p. 670. — 5 Ibídem. — 6 Cfr. Lc 1, 38. — 7 Lc 1, 42. — 8 Lc 1, 28. — 9 Cfr. Lc 1, 47-49. — 10 F. Suárez, La Virgen Nuestra Señora, pp. 138-139. — 11 A. Orozco, Mirar a María, Rialp, Madrid 1981, p. 238. — 12 Sal 38, 6. — 13 San Francisco de Sales, Epistolario, fragm. 17, en Obras selectas de..., BAC, Madrid 1953, p. 651. — 14 Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 162, aa. 7-8. — 15 Cfr. Casiano, Colaciones, 16. — 16 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 109.

 

 

Evangelio del sábado: andar en verdad

Evangelio del sábado de la XXX semana del tiempo ordinario y comentario al evangelio.

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Lc 14, 1.7-11)

Les proponía a los invitados una parábola, al notar como iban eligiendo los primeros puestos:

Cuando alguien te invite a una boda, no vayas a sentarte en el primer puesto, no sea que otro más distinguido que tú haya sido invitado por él y, al llegar el que os invitó a ti y al otro, te diga: «Cédele el sitio a éste», y entonces empieces a buscar, lleno de vergüenza, el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a ocupar el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga: «Amigo, sube más arriba». Entonces quedarás muy honrado ante todos los comensales. Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.


Comentario

Santa Teresa decía que la humildad es andar en verdad. Es la virtud que nos permite situarnos en la realidad de nosotros mismos, vivir en ella con serenidad y alegría. En la parábola que se nos propone en el Evangelio de hoy, Jesús nos indica cómo hacer para andar en la verdad de nosotros mismos. Nos hace ver que el modo más acertado para llegar a nuestra verdad es considerar nuestra vida desde la perspectiva de Dios.

En la imagen de los invitados al banquete que se lanzan ávidamente al primer lugar podemos ver reflejada la actitud de quien busca un reconocimiento prematuro, un estatus o situación de prestigio, sin pensar si realmente corresponde a la realidad de su condición. Es una actitud que, incluso desde un punto de vista meramente humano, resulta poco elegante. No pocas veces, la misma evolución espontánea de los acontecimientos acaba por revelar lo artificial que era esa posición, metiendo en crisis a la persona que había vivido fuera de su realidad, obligándola entonces a «buscar, lleno de vergüenza, el último lugar» (v. 9).

Pero con esta parábola el Señor no quiere limitarse a denunciar la vanidad, sino que desea sobre todo enseñarnos el camino para llegar a nuestra verdad. Por eso propone que no nos apresuremos a buscar un lugar de relieve o a pretender que se nos trate de una cierta manera. Nos anima a dejar que sea nuestro Padre Dios quien nos diga el «Amigo, sube más arriba» (v. 10), es decir, que nos diga que para Él somos siempre sus amigos y lo único que realmente cuenta es estar a su lado. Nuestra condición de hijos de Dios es la verdad más fundamental, desde la que podemos valorar y construir todo lo demás en nuestras vidas.

«Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado» (v 11). Santa María nos enseña a recorrer con gozo este camino que nos propone su Hijo: «ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso» (Lucas 1,48-49).

“Amor verdadero es salir de sí mismo”

La alegría cristiana no es fisiológica: su fundamento es sobrenatural, y está por encima de la enfermedad y de la contradicción. -Alegría no es alborozo de cascabeles o de baile popular. La verdadera alegría es algo más íntimo: algo que nos hace estar serenos, rebosantes de gozo, aunque a veces el rostro permanezca severo. (Forja, 520)

31 de octubreHay quien vive con amargura todo el día. Todo le causa desasosiego. Duerme con una obsesión física: que esa única evasión posible le va a durar poco. Despierta con la impresión hostil y descorazonadora de que ya tiene ahí otra jornada por delante.

Se han olvidado muchos de que el Señor nos ha colocado, en este mundo, de paso hacia la felicidad eterna; y no piensan que sólo podrán alcanzarla los que caminen, por la tierra, con la alegría de los hijos de Dios. (Surco, 305)

Amor verdadero es salir de sí mismo, entregarse. El amor trae consigo la alegría, pero es una alegría que tiene sus raíces en forma de cruz. Mientras estemos en la tierra y no hayamos llegado a la plenitud de la vida futura, no puede haber amor verdadero sin experiencia del sacrificio, del dolor. Un dolor que se paladea, que es amable, que es fuente de íntimo gozo, pero dolor real, porque supone vencer el propio egoísmo, y tomar el Amor como regla de todas y de cada una de nuestras acciones. (Es Cristo que pasa, 43)

 

 

El cielo, el infierno, el purgatorio y la muerte. ¿Qué sucede al finalizar la vida?

Algunas enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica sobre los qué sucede tras la muerte y sobre la buena costumbre de rezar por los familiares y amigos difuntos, especialmente indicadas para considerar en el mes de noviembre, especialmente en la conmemoración de los Fieles Difuntos.

PREGUNTAS SOBRE LA FE CRISTIANA30/10/2020

​Interior de la Capilla Sixtina. Foto: Wikipedia CC BY-SA 3.0.

Sumario

1. ¿Qué hay después de la muerte? ¿Dios juzga a cada persona por su vida?

2. ¿Quiénes van al cielo? ¿Cómo es el cielo?

3. ¿Qué es el purgatorio? ¿Es para siempre?

4. ¿Existe el infierno?

5. ¿Cuándo será el juicio final? ¿En qué consistirá?

6. Al final de los tiempos Dios ha prometido cielo nuevo y una tierra nueva ¿Qué debemos esperar?

7. ¿Por qué rezar por los difuntos? Explicaciones del Catecismo de la Iglesia Católica.


En los Libros Santos se llaman Novísimos a las cosas que sucederán al hombre al final de su vida, la muerte, el juicio, el destino eterno: el cielo o el infierno. La Iglesia los hace presentes de modo especial durante el mes de noviembre. A través de la liturgia, se invita a los cristianos a meditar sobre estas realidades.

1. ¿Qué hay después de la muerte? ¿Dios juzga a cada persona por su vida?

El Catecismo de la Iglesia católica enseña que «la muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo».

«Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de la purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre». En este sentido, San Juan de la Cruz habla del juicio particular de cada como señalando que «a la tarde, te examinarán en el amor». Catecismo de la Iglesia Católica, 1021-1022.

Meditar con San Josemaría

Todo se arregla, menos la muerte... Y la muerte lo arregla todo. Surco, 878.

Cara a la muerte, ¡sereno! Así te quiero. No con el estoicismo frío del pagano; sino con el fervor del hijo de Dios, que sabe que la vida se muda, no se quita. ¿Morir?... ¡Vivir! Surco, 876.

¡No me hagas de la muerte una tragedia!, porque no lo es. Sólo a los hijos desamorados no les entusiasma el encuentro con sus padres. Surco, 885.

El verdadero cristiano está siempre dispuesto a comparecer ante Dios. Porque, en cada instante —si lucha para vivir como hombre de Cristo—, se encuentra preparado para cumplir su deber. Surco, 875.

“Me hizo gracia que hable usted de la 'cuenta' que le pedirá Nuestro Señor. No, para ustedes no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino simplemente Jesús”. —Esta frase, escrita por un Obispo santo, que ha consolado más de un corazón atribulado, bien puede consolar el tuyo. Camino, 168.

2. ¿Quiénes van al cielo? ¿Cómo es el cielo?

El cielo es “el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha”. Y San Pablo escribe: “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por pensamiento de hombre las cosas que Dios ha preparado para los que le aman”. (1Cor 2, 9).

Después del juicio particular, los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados van al cielo. Viven en Dios, lo ven tal cual es. Están para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, gozan de su felicidad, de su Bien, de la Verdad y de la Belleza de Dios.

Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama el cielo. Es Cristo quien, por su muerte y Resurrección, nos ha “abierto el cielo”. Vivir en el cielo es “estar con Cristo” (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17). Los que llegan al cielo viven “en Él”, aún más, encuentran allí su verdadera identidad. Catecismo de la Iglesia católica, 1023-1026

Meditar con San Josemaría

Mienten los hombres cuando dicen “para siempre” en cosas temporales. Sólo es verdad, con una verdad total, el "para siempre" de la eternidad. —Y así has de vivir tú, con una fe que te haga sentir sabores de miel, dulzuras de cielo, al pensar en esa eternidad, ¡que sí es para siempre! Forja, 999.

Piensa qué grato es a Dios Nuestro Señor el incienso que en su honor se quema; piensa también en lo poco que valen las cosas de la tierra, que apenas empiezan ya se acaban... En cambio, un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia...! Y sin empalago: te saciará sin saciar. Forja, 995.

Si transformamos los proyectos temporales en metas absolutas, cancelando del horizonte la morada eterna y el fin para el que hemos sido creados —amar y alabar al Señor, y poseerle después en el Cielo—, los más brillantes intentos se tornan en traiciones, e incluso en vehículo para envilecer a las criaturas. Recordad la sincera y famosa exclamación de San Agustín, que había experimentado tantas amarguras mientras desconocía a Dios, y buscaba fuera de El la felicidad: ¡nos creaste, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti! Amigos de Dios, 208

En la vida espiritual, muchas veces hay que saber perder, cara a la tierra, para ganar en el Cielo. —Así se gana siempre. Forja, 998.

3. ¿Qué es el purgatorio? ¿Es para siempre?

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados.

Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: “Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado” (2 M 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos. Catecismo de la Iglesia católica, 1030-1032

Meditar con San Josemaría

El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con El. Surco, 889

No quieras hacer nada por ganar mérito, ni por miedo a las penas del purgatorio: todo, hasta lo más pequeño, desde ahora y para siempre, empéñate en hacerlo por dar gusto a Jesús. Forja, 1041.

“Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas”. —Luego, ¿el hombre pecador tiene su hora? —Sí..., ¡y Dios su eternidad! Camino, 734.

4. ¿Existe el infierno?

Significa permanecer separados de Él –de nuestro Creador y nuestro fin– para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno.

Morir en pecado mortal, sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios es elegir este fin para siempre.

La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno”. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.

Jesús habla con frecuencia de la gehenna y del fuego que nunca se apaga, reservado a los que, hasta el fin de su vida, rehúsan creer y convertirse, y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo.

Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran” (Mt 7, 13-14). Catecismo de la Iglesia católica, 1033-1036

Meditar con San Josemaría

No me olvidéis que resulta más cómodo —pero es un descamino— evitar a toda costa el sufrimiento, con la excusa de no disgustar al prójimo: frecuentemente, en esa inhibición se esconde una vergonzosa huida del propio dolor, ya que de ordinario no es agradable hacer una advertencia seria. Hijos míos, acordaos de que el infierno está lleno de bocas cerradas. Amigos de Dios, 161.

Un discípulo de Cristo nunca razonará así: “yo procuro ser bueno, y los demás, si quieren..., que se vayan al infierno”. Este comportamiento no es humano, ni es conforme con el amor de Dios, ni con la caridad que debemos al prójimo. Forja, 952

Sólo el infierno es castigo del pecado. La muerte y el juicio no son más que consecuencias, que no temen quienes viven en gracia de Dios. Surco, 890.

5. ¿Cuándo será el juicio final? ¿En qué consistirá?

La resurrección de todos los muertos, “de los justos y de los pecadores” (Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será “la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz [...] y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá “en su gloria acompañado de todos sus ángeles [...] Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda [...] E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna”. (Mt 25, 31. 32).

El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su advenimiento. Entonces Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6).

El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía “el tiempo favorable, el tiempo de salvación” (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la “bienaventurada esperanza” (Tt 2, 13) de la vuelta del Señor que “vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído” (2 Ts 1, 10). Catecismo de la Iglesia católica, 1038-1041

Meditar con San Josemaría

Cuando pienses en la muerte, a pesar de tus pecados, no tengas miedo... Porque El ya sabe que le amas..., y de qué pasta estás hecho. Si tú le buscas, te acogerá como el padre al hijo pródigo: ¡pero has de buscarle! Surco, 880.

“Conozco a algunas y a algunos que no tienen fuerzas ni para pedir socorro”, me dices disgustado y apenado. —No pases de largo; tu voluntad de salvarte y de salvarles puede ser el punto de partida de su conversión. Además, si recapacitas, advertirás que también a ti te tendieron la mano. Surco, 778.

El mundo, el demonio y la carne son unos aventureros que, aprovechándose de la debilidad del salvaje que llevas dentro, quieren que, a cambio del pobre espejuelo de un placer —que nada vale—, les entregues el oro fino y las perlas y los brillantes y rubíes empapados en la sangre viva y redentora de tu Dios, que son el precio y el tesoro de tu eternidad. Camino, 708.

Por salvar al hombre, Señor, mueres en la Cruz; y, sin embargo, por un solo pecado mortal, condenas al hombre a una eternidad infeliz de tormentos...: ¡cuánto te ofende el pecado, y cuánto lo debo odiar! Forja, 1002.

6. Al final de los tiempos Dios ha prometido cielo nuevo y una tierra nueva ¿Qué debemos esperar?

La Sagrada Escritura llama “cielos nuevos y tierra nueva” a esta renovación misteriosa que transformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de “hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10).

Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era “como el sacramento" (LG1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios. Ya no será herida por el pecado, las manchas, el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica de Dios será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

“Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres” (GS 39).

“No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios” (GS 39). Catecismo de la Iglesia Católica, 1043-1049.

Meditar con San Josemaría

Mientras vivimos aquí, el reino se asemeja a la levadura que cogió una mujer y la mezcló con tres celemines de harina, hasta que toda la masa quedó fermentada.
Quien entiende el reino que Cristo propone, advierte que vale la pena jugarse todo por conseguirlo: es la perla que el mercader adquiere a costa de vender lo que posee, es el tesoro hallado en el campo. El reino de los cielos es una conquista difícil: nadie está seguro de alcanzarlo, pero el clamor humilde del hombre arrepentido logra que se abran sus puertas de par en par. Es Cristo que pasa, 180

En esta tierra, la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a día. No soportamos los cristianos una doble vida: mantenemos una unidad de vida, sencilla y fuerte en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones.
Cristo nos espera. Vivamos ya como ciudadanos del cielo, siendo plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de dificultades, de injusticias, de incomprensiones, pero también en medio de la alegría y de la serenidad que da el saberse hijo amado de Dios. Es Cristo que pasa, 126.

El tiempo es nuestro tesoro, el “dinero” para comprar la eternidad. Surco, 882.


¿Por qué rezar por los difuntos? Explicaciones del Catecismo de la Iglesia Católica

En la Iglesia Católica el mes de noviembre, está iluminado de modo particular por el misterio de la comunión de los santos que se refiere a la unión y la ayuda mutua que podemos prestarnos los cristianos: quienes aún estamos en la tierra, los que ya seguros del cielo se purifican antes de presentarse ante Dios de los vestigios de pecado en el purgatorio y quienes interceden por nosotros delante de la Trinidad Santísima donde gozan ya para siempre. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha (Catecismo de la Iglesia Católica, 1024).

“Hasta que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando 'claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es'”.

Todos, sin embargo, aunque en grado y modo diversos, participamos en el mismo amor a Dios y al prójimo y cantamos en mismo himno de alabanza a nuestro Dios. (Catecismo, punto 954).

La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones 'pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados' (Catecismo, punto 958).

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo (Catecismo, punto 1030).

La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados (Catecismo, punto 1031).

Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos.

San Josemaría, en Surco

“El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con El” (Punto 889).

“¡Qué contento se debe morir, cuando se han vivido heroicamente todos los minutos de la vida! Te lo puedo asegurar porque he presenciado la alegría de quienes, con serena impaciencia, durante muchos años, se han preparado para ese encuentro” (Punto 893).

Más recursos

- Resúmenes de fe cristiana: Tema 11. Resurrección, Ascensión y Segunda venida de Jesucristo.
- Resúmenes de fe cristiana: Tema 16. Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna.
Oraciones por los difuntos (Devocionario)

Las iniciativas apostólicas de los fieles en el ámbito de la educación

Estudio de Carlos José Errazuri, de la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, publicado en "Romana" nº 11 (1990).

TRABAJO27/05/2015

Aspectos canónicos

En estas páginas pretendo afrontar en perspectiva canónica las cuestiones relativas al apostolado de los fieles en el campo de la educación. Trataré de las iniciativas educativas promovidas por los fieles, como fruto de su personal responsabilidad, en un sector vital para la conformación cristiana de la sociedad. Para comenzar este análisis, me parece oportuno una referencia a las fuentes, principalmente al nuevo Código de Derecho Canónico[1], interpretado a la luz de los documentos del Concilio Vaticano II que constituyen su inmediato y principal fundamento magisterial. El examen de estas fuentes y de otras referentes a la materia[2] será objeto de los dos primeros apartados del presente trabajo. Sobre estas bases se expondrá después, en el tercer y último apartado, un intento de sistematización de la materia.

1. Las iniciativas educativas de los fieles en el Código de Derecho Canónico

En una cuestión como la presente no podemos quedarnos satisfechos con la simple exégesis de cada precepto codicial o versículo conciliar, pues en vano se buscará un texto en el que confluyan todos los elementos en juego, y en el que se formule expresamente el derecho de los fieles a promover iniciativas escolares inspiradas en la fe cristiana. En una aproximación global y sistemática al Código y a los documentos del Vaticano II resulta fácil, en cambio, encontrar los fundamentos de este derecho. En este apartado expondré las principales bases codiciales. En el siguiente intentaré una profundización de ellos a la luz del Concilio.

El título del CIC sobre la educación católica se abre con el siguiente enunciado: «Los padres, así como aquellos que hacen sus veces, están obligados y tienen el derecho de educar a la prole; los padres católicos tienen también el deber y el derecho de escoger los medios y las instituciones a través de las que, según las circunstancias del lugar, puedan proveer mejor a la educación católica de los hijos» (can. 793 § 1). El texto distingue el nivel natural —relativo a todos los padres— y el sobrenatural —propio de los padres cristianos—, mostrando así la continuidad y la armonía entre las situaciones jurídicas de ambos niveles. En la segunda frase se declara el derecho-deber de educar cristianamente a la prole —formalizado de modo más amplio por otros cánones (cfr. can. 226 § 2, in fine; 774 § 2; y 1136)— desde un punto de vista particular: el de la elección de los medios e instituciones a través de los que se debe proveer a la educación católica de los hijos. La estrecha relación del medio principal para la educación de los hijos —la escuela— con la función de los padres, en relación a la cual aquélla tiene naturaleza auxiliar, se evidencia muy bien en el canon 796 § 1: «Entre los medios para realizar la educación, los fieles tengan en mucho las escuelas, que constituyen una ayuda primordial para los padres en el cumplimiento de su deber de educar»[3].

Debe sin embargo ampliarse la perspectiva, considerando, por una parte, que también aquellos fieles que no son padres ni hacen sus veces tienen derecho a participar en la labor educativa, incluidos los aspectos que se refieren a la transmisión del Evangelio; y, por otra parte, que la educación no termina con la escuela —entendida en el nuevo CIC solamente como la escuela inferior y media—, sino que comprende también el nivel universitario o, de modo más general, superior (cfr. can. 814)[4]. Por tanto, la posición jurídica del fiel respecto a la educación cristiana puede ser concebida de manera más general, como participación en la misión educativa de la Iglesia, a lo que hace referencia el can. 794 § 1: «De modo singular, el deber y derecho de educar compete a la Iglesia, a quien Dios ha confiado la misión de ayudar a los hombres para que puedan llegar a la plenitud de la vida cristiana». Respecto a este texto debe sin embargo evitarse toda interpretación reductiva que siga identificando en este sector a la Iglesia con su dimensión institucional, y que considere a los fieles como mera longa manus de la Jerarquía. En realidad, la participación de los fieles en la misión educativa de la Iglesia se configura como una función suya propia, que se apoya sobre la función y el derecho natural a educar que les corresponde. Una vez más nos encontramos con la continuidad entre el orden natural y el sobrenatural.

Desde el punto de vista de las instituciones, el CIC reconoce la existencia de iniciativas que, siendo realmente católicas (reapse catholica es la expresión utilizada tanto en el ámbito de las escuelas —cfr. can. 803 § 3— como en el de las universidades —cfr. can. 808—), no pueden usar el nombre de «católica», si no es con el consentimiento de la autoridad eclesiástica[5]. Estas escuelas o universidades efectivamente católicas comprenden obviamente las nacidas de la autónoma actividad de los fieles: más aún, son estas últimas las que se contemplan primariamente en esos cánones, ya que de por sí no plantea ningún problema el hecho de que las iniciativas educativas de la Iglesia en cuanto institución utilicen por regla general la denominación de «católica».[6] Otras disposiciones presuponen con mucha claridad que no puede identificarse escuela o universidad oficialmente católica —relacionada con la dimensión institucional de la Iglesia[7]- con escuela o universidad cuya inspiración sea verdaderamente católica. A la luz de esa distinción deben ser leídos, por ejemplo, los siguientes preceptos, en los que se evita la expresión «escuela católica»: «Los padres han de confiar sus hijos a aquellas escuelas en las que se imparta educación católica (...)» (can. 798)[8]; «Si no existen escuelas en las que se imparta una educación imbuida del espíritu cristiano, corresponde al Obispo diocesano procurar su creación.» (can. 802 § 1)[9]. Por otra parte, el can. 809, acerca de la solicitud de la Conferencia Episcopal para que existan en su territorio centros de estudios superiores verdaderamente católicos, prescinde con toda intención del empleo de la categoría de «universidad católica», y prefiere una descripción sustancial de su intrínseca identidad católica[10]. Y, fuera de los casos ya excepcionales en los que las escuelas y universidades públicas —del Estado o de otras instituciones seculares públicas— tengan dicha identidad católica, ¿de dónde van a proceder estas entidades educativas verdaderamente relacionadas con la fe —aparte las iniciativas de la misma Iglesia en cuanto institución— sino de la iniciativa privada de los fieles?

En la normativa del CIC sobre los deberes de los fieles y de los laicos se encuentran las bases jurídicas eclesiales de estas iniciativas. Pienso que el precepto más relevante a estos efectos es el can. 216, según el cual: «Todos los fieles, puesto que participan en la misión de la Iglesia, tienen derecho a promover y sostener la acción apostólica también con sus propias iniciativas, cada uno según su estado y condición; pero ninguna iniciativa se atribuya el nombre de católica sin contar con el consentimiento de la autoridad eclesiástica competente.» La educación cristiana constituye sin duda una actividad apostólica, y por lo tanto las iniciativas apostólicas educativas deben incluirse en la anterior formulación, que, bajo este aspecto, guarda relación con el derecho fundamental de anunciar el Evangelio, proclamado por el can. 211. Pero la educación cristiana integral no comprende sólo la educación religiosa y moral en sentido estricto, sino que incluye la formación humana integral[11], que no por eso cambia su propia índole de actividad situada —también jurídicamente— en el ámbito tradicionalmente denominado secular o temporal. Por tanto, resulta también pertinente el respectivo derecho de libertad en lo temporal al que se refiere el can. 227: «Los fieles laicos tienen derecho[12] a que se les reconozca en los asuntos terrenos aquella libertad que compete a todos los ciudadanos; sin embargo, al usar de esa libertad, han de cuidar de que sus acciones estén inspiradas por el espíritu evangélico, y han de prestar atención a la doctrina propuesta por el magisterio de la Iglesia, evitando a la vez presentar como doctrina de la Iglesia su propio criterio, en materias opinables.» Este derecho debe ser respetado por todos en la Iglesia, incluida obviamente la autoridad eclesiástica. Desde esta perspectiva, el reconocimiento de la autonomía eclesial de las empresas educativas promovidas por los mismos fieles lleva también consigo un reconocimiento de la libertad en lo temporal propia de los fieles implicados en ellas.

2. Las iniciativas educativas privadas de los fieles a la luz de la doctrina del Concilio Vaticano II

La disciplina del libro III del CIC en el campo educativo está especialmente inspirada —como es obvio— en la declaración Gravissimum educationis del Concilio Vaticano II, dedicada precisamente a la educación cristiana[13]. Así como de este texto conciliar y de la historia de su redacción no parece posible extraer muchas conclusiones sobre el estatuto jurídico-canónico de las escuelas y de las universidades católicas[14], tampoco es posible encontrar en él indicaciones inmediatas de índole jurídico-canónica respecto a la cuestión que nos ocupa. Sin embargo, existen varios elementos de relieve que pueden arrojar luz sobre el tema. Proceden del planteamiento global del documento, que no se organiza en torno a las instituciones educativas oficialmente católicas, sino en torno a la educación cristiana[15] y al papel de los diversos responsables de la educación —padres, sociedad e Iglesia—[16]. Por otra parte, antes de exponer la doctrina sobre las escuelas y sobre las universidades católicas, la Gravissimum Educationis trata de la doctrina de la Iglesia, respectivamente, sobre las escuelas y sobre las universidades en general[17]. De modo que la actividad de los católicos en el campo de la educación se contempla en toda su amplitud y en sus diversas modalidades, sin reducirla al ámbito de las entidades oficialmente católicas.

Por otro lado, en el n. 4 del mismo documento, que introduce el apartado sobre las escuelas y las universidades, el Concilio expone una distinción que me parece importante para hacerse cargo del problema en su totalidad. Entre los múltiples medios aptos para educar, se distinguen primero aquellos que la Gravissimum educationis considera como «propios» de la Iglesia, de los cuales sólo se menciona el ejemplo prioritario de la catequesis. Y luego se añade: «La Iglesia valora también y procura impregnar con su espíritu y elevar los otros medios, que pertenecen al patrimonio común de los hombres y que son particularmente adecuados para el perfeccionamiento moral y para la formación humana, como son los instrumentos de comunicación social, las múltiples sociedades de carácter cultural y deportivo, las asociaciones juveniles y en primer lugar las escuelas». El Concilio declara por lo tanto que las escuelas en cuanto tales son medios educativos que pertenecen al patrimonio común de los hombres. Su relación sustancial con los derechos naturales de la persona, así como con el derecho de libertad del cristiano en el ámbito temporal, constituye una lógica consecuencia jurídica de la concepción precedente.

Sin embargo, la doctrina de esta declaración debe ser iluminada por otros pasajes conciliares, que resultan más explícitos en materia de acción apostólica de los fieles. Este método de recíproca interconexión entre los documentos magisteriales, siempre necesario dada la unidad esencial del Magisterio, aparece particularmente eficaz cuando se trata del último Concilio ecuménico, cuyo mensaje goza de una peculiar coherencia de fondo. No es del caso analizar ahora su rica doctrina eclesiológica —contenida sobre todo en la constitución dogmática Lumen gentium y desarrollada por lo que se refiere al apostolado de los laicos en el decreto Apostolicam actuositatem—, acerca de la participación de todos los fieles por razón del bautismo en la misión salvífica de Cristo y de la Iglesia —en que se funda su derecho fundamental a difundir la Palabra de Dios—.

En este momento solamente querría insistir en la importancia de la doctrina de Apostolicam actuositatem, n. 24 en el ámbito de las iniciativas apostólicas de los fieles en el sector educativo[18]. Se debe tener presente la variedad de relaciones posibles de las iniciativas apostólicas de los laicos con la Jerarquía, como aparece en los sucesivos párrafos de aquel número. Prestaremos particular atención a lo que se dice en el último párrafo acerca de «las obras e instituciones de orden temporal». En lo que a ellas se refiere, «la función de la Jerarquía eclesiástica es enseñar e interpretar auténticamente los principios morales que deben observarse en las cosas temporales; tiene también el derecho de juzgar, tras madura consideración y con la ayuda de peritos, acerca de la conformidad de tales obras e instituciones con los principios morales, y dictaminar sobre cuanto sea necesario para salvaguardar y promover los fines de orden sobrenatural» (n. 24g). El entrelazamiento de orden espiritual —de la salus animarum— y orden secular exige por tanto no olvidar esta última modalidad de relación de ciertas iniciativas verdaderamente apostólicas —pero de naturaleza esencialmente temporal— con la autoridad eclesiástica. Y entre este tipo de iniciativas deben contarse desde luego las dirigidas a la educación integral de la persona. Éstas deben considerarse incluidas dentro de aquellas iniciativas que el decreto, en el número dedicado al apostolado de animación cristiana de lo temporal, describe en los siguientes términos: «Entre las obras de semejante apostolado sobresale la acción social de los cristianos, que el santo Concilio desea que se extienda hoy día a todo el ámbito temporal, también de la cultura» (n. 7e). No hay duda por tanto de que la doctrina conciliar concibe el apostolado de la cultura como una parte del apostolado de cristianización de lo temporal, en directa relación con el derecho de los fieles a iluminar con la Palabra de Dios todas las realidades humanas.

Merecen recordarse otros textos conciliares que me parecen particularmente útiles a efectos de nuestra investigación[19]. En el marco de las repetidas enseñanzas conciliares sobre la legítima autonomía del orden temporal[20], conviene tomar en consideración las llamadas a que se distinga entre los derechos y los deberes de los fieles en cuanto tales —es decir, en la Iglesia— y en cuanto ciudadanos —o sea, en la sociedad civil—. Así, la Lumen gentium dirige la siguiente llamada a los fieles: «Conforme lo exige la misma economía de la salvación, los fieles aprendan a distinguir con cuidado los derechos y deberes que les conciernen por su pertenencia a la Iglesia y los que les competen en cuanto miembros de la sociedad humana. Esfuércense en conciliarlos entre sí, teniendo presente que en cualquier asunto temporal deben guiarse por la conciencia cristiana, dado que ninguna actividad humana, ni siquiera en el dominio temporal, puede substraerse al imperio de Dios. En nuestro tiempo es sumamente necesario que esta distinción y simultánea armonía resalte con suma claridad en la actuación de los fieles, a fin de que la misión de la Iglesia pueda responder con mayor plenitud a los peculiares condicionamientos del mundo actual» (n. 36d). Y la Gaudium et spes subraya que: «Es de suma importancia, sobre todo allí donde existe una sociedad pluralista, tener un recto concepto de las relaciones entre la comunidad política y la Iglesia y distinguir netamente entre la acción que los cristianos, aislada o asociadamente, llevan a cabo a título personal, como ciudadanos de acuerdo con su conciencia cristiana, y la acción que realizan en nombre de la Iglesia, en comunión con sus pastores» (n. 76a).

Por otra parte, es oportuno recordar la distinción que, en el ámbito de los instrumentos de comunicación social —cuya analogía con las escuelas a estos efectos es bien patente[21]-, formula el decreto Inter mirifica, n. 14a: «para imbuir plenamente de espíritu cristiano a los lectores, créese y desarróllese también una prensa genuinamente católica, la cual —promovida y en dependencia directa de la misma autoridad eclesiástica, o bien de los católicos— ha de publicarse con la intención manifiesta de formar, consolidar y promover una opinión pública en consonancia con el derecho natural y las doctrinas y los preceptos católicos así como de difundir y exponer adecuadamente los hechos relacionados con la vida de la Iglesia». La doble modalidad indicada por el Concilio —dependencia de la autoridad eclesiástica o bien de los católicos— resulta perfectamente aplicable en el ámbito de las empresas educativas que tienen identidad católica.

Para completar este panorama de fuentes conciliares referentes a nuestro tema, debe señalarse el pasaje de la declaración Dignitatis humanæ, n. 4e, en el que se afirma: «en la naturaleza social del hombre y en la misma índole de la religión se funda el derecho por el que los hombres, movidos por su sentido religioso propio, pueden reunirse libremente o establecer asociaciones educativas, culturales, caritativas, sociales».

3. Hacia una sistematización: la participación de los fieles y de la Iglesia en cuanto institución en los aspectos humanos, doctrinales y pastorales de las iniciativas educativas efectivamente católicas.

Sobre la base de los datos recogidos en las fuentes es posible intentar una sistematización de esta materia. En las iniciativas educativas inspiradas por la fe católica se pueden diferenciar tres aspectos: la educación humana —naturalmente impregnada de espíritu cristiano—; la educación doctrinal-religiosa —o sea, la enseñanza de la religión o de la teología—; y la asistencia pastoral. Me propongo analizar aquí la participación de los fieles —en cuanto tales— y de la Iglesia como institución en cada una de estas tres componentes de la escuela o de la universidad efectivamente católica.

La dimensión humana de la educación —que es esencial en estas instituciones educativas— las asimila a todas las demás instituciones educativas —sean privadas o públicas—. Esta tesis —acogida por el Concilio Vaticano II en el mencionado pasaje de la declaración Gravissimum educationis, n. 4— es decisiva para la comprensión de toda la cuestión: una escuela o universidad sustancialmente católica es ante todo y esencialmente una escuela o una universidad como todas las demás. Su identidad católica no cambia su colocación natural en el ámbito de los medios educativos de los que dispone el hombre en cuanto tal para la transmisión del saber y de las otras dimensiones (morales, físicas, sociales, etc.) propias de la educación. Dicha colocación diferencia netamente estas instituciones de las iniciativas catequéticas, que son siempre esencial y constitutivamente propias de la Iglesia.

Por consiguiente, independientemente del sujeto eclesial que las promueve y del que dependen, todas las entidades escolares reapse catholicæ que obran en el campo de la educación humana a cualquier nivel pertenecen en cuanto tales al orden de las realidades temporales, y por lo tanto quedan inscritas, desde esta perspectiva, en el ámbito de aplicación del derecho secular. La tutela de los derechos y de los deberes fundamentales del hombre en materia educativa, que lleva a cabo las instituciones públicas civiles —en las que se concreta la protección del bien común de la sociedad civil en este campo— es la misma que existe para las iniciativas análogas de carácter educativo que no tienen finalidad de apostolado católico[22].

Sin embargo, no todas las empresas educativas de índole católica poseen el mismo estatuto canónico[23]. Es necesario en efecto distinguir entre las que dependen de los fieles y las que dependen de la Iglesia en cuanto institución. Nótese que el criterio de discernimiento no se refiere a la sustancia del empeño católico de la comunidad educativa, sino sólo a la dependencia jurídica de gobierno[24], es decir, se refiere a quién es el que tiene poderes y responsabilidad sobre el funcionamiento del ente en su dimensión propia de institución educativa.

Los primeros sujetos naturalmente responsables en materia de educación son los mismos padres. Esta prioridad está integrada en el orden de la justicia intraeclesial, de modo que el sujeto al que corresponden primariamente en la Iglesia la promoción y el funcionamiento de las iniciativas escolares —por lo menos de las inferiores y medias— son los mismos fieles que sean también padres[25]. Naturalmente, tienen necesidad de la colaboración de otros fieles[26] —maestros, directores de escuelas, personal administrativo, etc.— para poder ejercitar su natural competencia, pero el título primario de la intervención de los demás fieles es el de colaboradores de los mismos padres.

La función determinante de los padres en la educación y en las escuelas ha sido vivamente percibida, enseñada y promovida por el Beato Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei. Ya en 1939, en una carta dirigida a sus hijos, explicitaba esta dimensión de su trabajo apostólico en el campo educativo: «En vuestra labor, tened muy en cuenta a los padres. El colegio —o el centro docente de que se trate— son los chicos y los profesores y las familias de los chicos, en unidad de intenciones, de esfuerzo y de sacrificio»[27]. Y añadía: «Buscamos hacer el bien primero a las familias de los chicos, luego a los chicos que allí se educan y a los que trabajan con nosotros en su educación, y también nos formamos nosotros al formar a los demás. Los padres son los primeros y principales educadores (cfr. PÍO XI, Litt. enc. Divini illius Magistri, AAS, 22 [1930], pp. 59 ss.), y han de llegar a ver el centro como una prolongación de su familia. Para eso es preciso tratarles, hacerles llegar el calor y la luz de nuestra tarea cristiana. Tened en cuenta además que, de otra forma, podrían fácilmente destruir —por descuido, por falta de formación o por cualquier otro motivo— toda la labor que los profesores hagan con los estudiantes»[28].

En el caso de la educación superior, la relación con los padres es menor, pero existe otro título que permite afirmar la misma prioridad de la competencia de los fieles. En efecto, los cristianos que se dedican a la enseñanza y a la investigación universitaria son aquellos que primordialmente están llamados —por la misma esencia de su vocación profesional— a animar cristianamente estas áreas, y a hacerlo asociadamente, en virtud de las exigencias sociales que se derivan simultáneamente de la cultura y del apostolado[29].

Las iniciativas apostólicas de los fieles en la animación cristiana del orden temporal —por lo que se refiere a su esencial dimensión humana— constituyen naturalmente un ejercicio de sus derechos humanos en la esfera secular. En consecuencia, aunque sea posible a los fieles recurrir a vías canónicas para la organización de sus propias iniciativas[30], la vía más adecuada a la naturaleza de estas «organizaciones de tendencia» —como son denominadas en el derecho eclesiástico italiano[31]- es la del derecho secular. A la secularidad sustancial de cualquier iniciativa escolar de inspiración cristiana (aun aquellas canónicamente institucionalizadas[32]) se agrega entonces la secularidad del modo jurídico de organizar y de presentar la iniciativa. Esta opción aparece avalada por los mismos pasajes conciliares en los que se invita a distinguir entre los derechos de los cristianos en cuanto miembros de la Iglesia y en cuanto miembros de la misma ciudad terrena[33]. La dimensión verdaderamente apostólica de estas actividades no constituye motivo para que se deba privilegiar, en el momento de la institucionalización de la iniciativa, su nexo con la Iglesia, fundándose en la dimensión apostólica de la actividad. Esto puede incluso hacer menos eficaz —en último análisis también apostólicamente— la acción educativa, porque puede generar injustas discriminaciones por razones religiosas o alejar la participación adecuada —apostólicamente muy interesante— de los no católicos[34].

Se trata pues de aquellas «asociaciones de inspiración cristiana que actúan en lo temporal» de las que habla un documento de la Conferencia Episcopal Italiana de 1981[35]. Estas asociaciones pueden ser reconocidas por el ordenamiento civil de modos diversos, con tal que éstos manifiesten su naturaleza estrictamente secular[36]. En esto está interesada la misma comunidad eclesial, que sabe entonces que su misión apostólica se lleva a cabo según formas plenamente adecuadas a la secularidad de sus propios miembros laicos, formas que se demuestran particularmente eficaces también desde el punto de vista de la evangelización[37].

La dimensión apostólica de este ejercicio combinado de los derechos naturales de educar, de asociarse y de libertad religiosa no implica en absoluto que las respectivas organizaciones deban estar constituidas canónicamente. De hecho la mayor parte del apostolado de los laicos —o sea, del ejercicio de su derecho fundamental a comunicar la palabra de Dios— se realiza a través de vías y modalidades plenamente seculares, que no cambian su naturaleza por el espíritu cristiano y apostólico con que deben ser vividas por los bautizados.

También en este aspecto mi argumentación se inspira en la enseñanza de Mons. Escrivá, que ha puesto de manifiesto la secularidad de estas iniciativas apostólicas de los fieles en el ámbito de la educación. Por lo demás, esta nota caracteriza esencialmente las labores de apostolado promovidas por la Prelatura del Opus Dei en este sector (y en otros afines, como los de la asistencia social). En la misma carta ya citada, el Fundador del Opus Dei escribía: «Nuestro apostolado —repetiré mil veces— es siempre trabajo profesional, laical y secular; y esto deberá manifestarse, de modo inequívoco, como una característica esencial, también —y aun especialmente— en los centros de enseñanza que sean una actividad apostólica corporativa de la Obra. Siempre se tratará, pues, de centros promovidos por ciudadanos corrientes —miembros de la Obra o no—, como una actividad profesional, laical, en plena conformidad con las leyes del país, y obteniendo de las autoridades civiles el reconocimiento que se concede a las mismas actividades de los demás ciudadanos. Además, de ordinario se promoverán con la condición expresa de que no sean nunca considerados como actividades oficial u oficiosamente católicas, es decir, con dependencia directa de la jerarquía eclesiástica. No serán centros de enseñanza, que la Iglesia jerárquicamente fomenta y crea de distinto modos, conforme al derecho inviolable que le confiere su misión divina; sino iniciativas de los ciudadanos, en uso de su derecho de ejercer una actividad de trabajo en los distintos campos de la vida social, y, por tanto, en la enseñanza. Y en uso del derecho de los padres de familia, a educar cristianamente a sus hijos (...)»[38].

Teniendo en cuenta la independencia de estas iniciativas educativas de los fieles con respecto a la Jerarquía eclesiástica, puede surgir la preocupación por la tutela jurídica de su identidad sustancialmente católica. Esta preocupación es justificada, pero no debe oscurecer la naturaleza de las cosas. En efecto, cuando se trata de empresas que trabajan en lo temporal y en las cuales los fieles participan no en cuanto tales, sino a título de miembros de la sociedad civil, no tiene sentido pretender que la autoridad eclesiástica pueda asumir en ellas tareas de gobierno: eso, además de ser por completo imposible, iría contra la naturaleza misma de estas entidades. En este caso, bajo el aspecto del munus regendi, la Jerarquía sólo puede obrar a través de los respectivos fieles: imponiéndoles, si el caso lo requiriese, un determinado comportamiento que se considere necesario para tutelar la naturaleza verdaderamente católica de la actividad que se desarrolla. Pero la ejecución de ese mandato compete a los mismos fieles, que —unidos a otros ciudadanos que como verdaderos corresponsables, puedan estar involucrados en la tarea—, deberán buscar los medios para poner en práctica tales medidas.

De cualquier modo, la responsabilidad primera en la protección de la identidad cristiana de estas organizaciones compete a los mismos fieles interesados. Son ellos los que deberán trazar las vías jurídicas —cláusulas estatutarias y contractuales, procedimientos internos, etc.— que tengan eficacia ante el ordenamiento civil y permitan hacer respetar a todos —también judicialmente— la tendencia ideal que anima a la institución[39]. Por consiguiente, la mayor contribución de la legislación de la Iglesia respecto a estas iniciativas consiste en reconocerlas como tales, o sea, también como ámbitos de legítima libertad de los cristianos en lo temporal (cfr. can. 227)[40]. La alternativa de absorberlas de cualquier modo en la organización eclesiástica para proteger mejor su relación sustancial con la Iglesia privaría a esta última y a la sociedad civil de un medio de apostolado y de promoción humana en plena sintonía con los propósitos conciliares. Es necesario en cambio confiar en estas iniciativas autónomas, y también ayudarlas mediante el oportuno servicio pastoral. Al mismo tiempo, no puede falsearse la libertad de los fieles con respecto a la Iglesia en cuanto institución, como si esa libertad implicase un debilitamiento de los lazos de comunión en la fe o un menor empeño en la obediencia al Magisterio. En ese caso no habría ya un comportamiento eclesial verdadero y se deberían tomar eventualmente las oportunas medidas de protección de la fe común.

Por otra parte, en este campo adquiere particular importancia el munus docendi de la Jerarquía. Esto ha sido claramente expresado por el decreto Apostolicam actuositatem, n. 24g. Tratándose, sobre todo, de iniciativas relacionadas con la transmisión de la verdad, la función del Magisterio reviste una importancia particular. Los fieles están siempre obligados a adherirse y a llevar a la práctica las enseñanzas magisteriales que puedan tener relación con la tarea educativa (contenidos de las disciplinas que se enseñan, moralidad de las investigaciones o prácticas realizadas, etc.). Todas las medidas jurídicas de tutela de la integridad de la fe y de las costumbres pueden ser aplicadas si es necesario en relación con los fieles implicados (aunque no pueden afectar directamente a la estructura escolar de índole secular en cuanto tal).

Pero la función docente de la autoridad eclesiástica que según mi parecer está dotada de mayor incidencia práctica para tutelar el carácter verdaderamente católico de las escuelas y de las universidades es el juicio moral sobre materias temporales, función enunciada también en el párrafo recién citado del decreto sobre el apostolado de los laicos. La Jerarquía, en efecto, puede y a veces debe pronunciarse con autoridad docente —no jurisdiccional— sobre la conformidad evangélica de determinadas iniciativas educativas[41]. Esta posibilidad, ciertamente extrema pero de gran eficacia eclesial, debe evitarse naturalmente por todos los medios posibles. Sin embargo, no se puede olvidar que el principal recurso jurídico con que cuenta la Jerarquía para llevar adelante las negociaciones que se consideren adecuadas con los responsables de los entes educativos consiste precisamente en la posibilidad de formular un juicio negativo que aclare la situación ante la comunidad de fieles y la sociedad civil. Cuando las circunstancias muestren que no hay otra vía para aclarar la situación, la formulación de un juicio de este tipo constituirá un verdadero deber —también jurídico— de la autoridad eclesiástica: vendrá reclamado por el derecho de los fieles a conservar la propia fe y por el derecho de todo hombre respecto a la Palabra de Dios.

Todo esto naturalmente no pretende en absoluto negar la competencia de la Iglesia en cuanto institución para asumir responsabilidades directas en el terreno educativo. En primer lugar, la Iglesia puede garantizar oficialmente, bajo el aspecto doctrinal y moral, la identidad católica de determinadas iniciativas educativas, sin que ello deba comportar la institucionalización eclesiástica de esas iniciativas. Por tanto, éstas se configuran plenamente como organizaciones de derecho secular, en las que la Jerarquía no es titular de potestad de gobierno[42]. La implicación institucional queda así limitada —de modo bastante congruente con las finalidades más propias de la Iglesia en cuanto tal— a lo que es la dimensión religiosa y moral de las actividades[43]. Frente a situaciones que vayan en contra del ideal católico de estas iniciativas, la potestad jurídica de la Jerarquía podrá ejercitarse a través de la ruptura del vínculo que se había instaurado, declinando la específica responsabilidad que había asumido.

El vínculo con la Iglesia como institución puede reforzarse más aún, asumiendo la misma actividad educativa en cuanto tal, que se estructura entonces como forma de presencia institucional de la Iglesia en lo temporal. Conviene tener presente, sin embargo, que ni siquiera en este caso se verifica una transformación, que es imposible, de la dimensión humana de la educación en un aspecto de la misión de evangelización de la Iglesia. «Enseñar ciencias profanas con sentido cristiano no es institutum salutis, sino fructus salutis (entendiendo como tal el criterio cristiano, no la ciencia profana) que normalmente se desarrollará como actividad personal del fiel, aunque también pueda hacerse a través de centros oficiales creados por la autoridad eclesiástica en virtud de su función de fomento o en su caso de la función supletoria. En este último supuesto habría una organización e institucionalización del fructus salutis»[44]. Como consecuencia, «jurídicamente estas actividades están reguladas por el derecho canónico en cuanto a su carácter y estructura institucional eclesiales; pero en cuanto se desarrollan entretejidas en el orden secular, su regulación compete a la autoridad civil, estando amparadas por los derechos naturales o humanos que sean del caso (libertad religiosa, libertad de enseñanza, etc.) y por los principios propios del orden secular (v.gr. principio de subsidiariedad)»[45]. Entran en este ámbito las escuelas y las universidades dependientes de la autoridad eclesiástica —porque responden de ellas entidades canónicas estructuralmente pertenecientes a la Iglesia en cuanto institución (diócesis, parroquias, etc.)—; las gestionadas por otras personas jurídicas públicas —también con base asociativa, como los institutos religiosos[46]- cuya dependencia de la Jerarquía también convierte de algún modo en institucional el compromiso asumido en ellas por la Iglesia; y aquellas que, erigidas por quienquiera que sea, reciben un reconocimiento ad hoc por parte de la Jerarquía.

La intervención de la Iglesia en cuanto tal en este sector, perteneciente por su misma naturaleza al orden temporal, es de naturaleza subsidiaria —en el doble sentido de promoción y suplencia[47]- respecto a la intervención de los fieles, de modo análogo a como lo es la del Estado y de las otras instancias civiles respecto a cualquier particular[48]. Esto no quiere decir sin embargo que las iniciativas de la misma Iglesia en este campo —históricamente muy relevantes— no sigan siendo muy necesarias. Las circunstancias actuales requieren en todas partes una acción incisiva tanto por parte de los fieles —protagonistas naturales en este terreno— como por parte de la Iglesia en cuanto tal; pero la Iglesia debe obrar solícitamente no sólo a través de los propios centros escolares, sino también y sobre todo formando a los fieles, de modo que, entre otras consecuencias, puedan éstos ejercitar sus derechos para crear sus propios centros educativos católicos.

En las iniciativas educativas de inspiración católica, además del compromiso de educar cristianamente a la persona en todos las dimensiones humanas, debe existir —siempre con el debido respeto de la libertad de los destinatarios— el ofrecimiento de formación específicamente cristiana y de asistencia pastoral católica. No analizaré en este momento las múltiples cuestiones que se presentan en estas dos vertientes de las iniciativas educativas institucionalmente[49] católicas. Deseo tan sólo intentar individuar las grandes líneas de la acción de los fieles y de la Iglesia en cuanto tal en cada uno de estos campos.

La formación doctrinal-religiosa impartida en las escuelas y en la universidades, tanto en la enseñanza de la religión como en las disciplinas teológicas, no es una enseñanza que esté vinculada de suyo con el munus docendi jerárquico. En la actualidad existe sin embargo un nexo jurídicamente formalizado a través de la normativa de los can. 805 y 812 sobre los docentes, y del 827 sobre los libros de texto de cualquier nivel. En esta enseñanza se ejercita el derecho fundamental de los fieles a transmitir su conocimiento científico sobre la propia fe. Tratándose de iniciativas educativas dependientes de la misma Iglesia, esta docencia dependerá también —como el respectivo quehacer educativo en su conjunto— de la autoridad eclesiástica, que entonces se hace prioritariamente responsable de todo el proyecto educativo y de su realización. Pero pienso que tampoco en este caso se modifica la naturaleza no jerárquica de esta enseñanza. Conviene subrayar sin embargo que, dada la naturaleza de esta enseñanza, la autoridad de la Iglesia siempre es competente para dictar normas al respecto —obviamente respetando los derechos de los fieles interesados[50]-, en el ejercicio de su munus regendi en favor del bien común eclesial. Dichas normas valen para cualquier actividad educativa en la que los fieles puedan estar presentes pero, excepto en las iniciativas de las que es responsable la Iglesia en cuanto tal, deberán ser aplicadas por los mismos fieles, en uso de su libertad en el ámbito secular[51].

Por lo que concierne a la atención pastoral, por su misma naturaleza depende siempre de la Jerarquía (a diferencia del apostolado en su dimensión bautismal, que compete a todos los componentes de las comunidades educativas, y deberá ser ejercitado por cada uno según su propia función en las escuelas y en las universidades). Los capellanes, las parroquias universitarias y los demás centros en que se desarrolla la pastoral universitaria[52] y todas las iniciativas propiamente pastorales en el ámbito escolar deberán emanar de la Iglesia en cuanto institución, bien a través de la actuación directa de las estructuras pastorales —que nombren los capellanes, erijan parroquias o centros pastorales, etc.—, o bien a través de las competencias concedidas a otras instituciones canónicas —como los institutos religiosos— que, dotados de clero propio, puedan organizar la asistencia pastoral en las propias iniciativas escolares. Toda forma de atención pastoral deberá adecuarse a la índole propia de la organización de que se trate, respetando las legítimas determinaciones de los responsables, de modo que haya siempre la mayor armonía posible entre el proyecto educativo y la atención pastoral que se ofrezca.

Carlos J. Errázuriz M.

Profesor Ordinario de Derecho Canónico

Universidad Pontificia de la Santa Cruz

[1] En adelante será citado como CIC. Cada vez que se citen cánones sin explicitar la fuente, pertenecerán a este Código. Cuando se trate de los cánones del Código anterior para la Iglesia Latina —del 1917—, se utilizará la sigla CIC-17; y para los del reciente Codex Canonum Ecclesiarum Orientalium (promulgado con la Const. apost. Sacri Canones de Juan Pablo II, 18 de octubre de 1990; publicado en AAS 82 [1990] 1033-1363), se utilizará la sigla CCEO.

[2] Como la reciente Const. apost. Ex corde Ecclesiæ de Juan Pablo II sobre las Universidades Católicas, 15 de agosto de 1990.

[3] El can. 796 §1 contiene consecuencias respecto a lo que se refiere a la participación de los padres en las escuelas y las relaciones con los profesores. La importancia central de los padres en la escuela está subrayada claramente.

[4] La doctrina canónica ha puesto de relieve la diferencia que media entre la universidad católica (la única a la que ahora me refiero) y la universidad eclesiástica —distinción que constituye el cimiento de la nueva normativa canónica sobre la educación superior—: «la nueva legislación y su conceptualización legal de dos tipos distintos de universidad, deberían interpretarse a la luz de dos principios: 1) Ante todo el de la participación en la misión de la Iglesia en el mundo, a la que cooperan todos los fieles mediante sus iniciativas, en este caso a través de la creación de universidades. Esta participación no se encuentra expresamente mencionada en los can. 807 a 814, pero se funda en otros cánones. En efecto, ella aparece como la realización de un derecho basado en la condición adquirida al recibir el bautismo y la confirmación (can. 225). 2) Enseguida, el de una reserva hecha por la autoridad competente respecto al ejercicio de ese derecho de constituir universidades, en razón del mismo objeto de los estudios realizados en una universidad eclesiástica, reserva que explica la creación de un estatuto particular de universidad». (P. VALDRINI, Les universités catholiques: exercise d'un droit et contrôle de son exercise (canons 807-814), en "Studia Canonica", 23 [1989], pp. 450 s.). Sobre esta distinción conceptual en el nuevo ordenamiento legal universitario de la Iglesia, cfr. también H. SCHWENDENWEIN, Katholische Universitäten und kirchliche Facultäten. Begriffliche und kompetenzmäßige Klärungen in der neueren kirchlichen Rechtsentwicklung, en AA.VV., "Ecclesia Peregrinans. Josef Lenzenwerg zum 70. Geburtstag", a cargo de K. AMON, Wien 1986, pp. 379-389.

Para un cuadro general sobre la historia y sobre la situación actual de las universidades católicas en el derecho canónico —con útiles referencias bibliográficas—, cfr. la tesis doctoral de W. SCOTT ELDER III, Catholic Universities in current Church Law. Their Nature, Purpose and Control, Rome 1987.

[5] Se aplica así en este ámbito la regla general del can. 216, in fine. [6] Sin embargo, no existe una norma que les obligue a hacerlo: de por sí se trata de una cuestión de nombres.

[7] La comisión encargada de la redacción del nuevo CIC, después de un largo debate (cfr. Communicationes, 20 [1988], pp. 127 ss., 138, 141 ss., 173-175), ha optado por una definición alternativa de «escuela católica», que implica siempre un nexo con la Iglesia como institución (como se concluye sobre todo de la norma del can. 806 § 1, sobre las competencias específicas del Obispo diocesano respecto a las escuelas católicas): «Schola catholica ea intellegitur quam auctoritas ecclesiastica competens aut persona iuridica ecclesiastica publica moderatur, aut auctoritas ecclesiastica documento scripto uti talem agnoscit» (can. 803 § 1). Cuando los documentos de la Congregación para la Educación Católica hablan de escuelas católicas, es lógico que adopten el término en el sentido técnico del CIC, y que por tanto ofrezcan una visión del tema fácilmente relacionada con la acción de la Iglesia en cuanto institución (materia precisamente para la que es competente —a nivel universal— la mencionada Congregación). Así ocurre, por ejemplo, con el documento La scuola cattolica, 1977, en "Seminarium" 33 (1981) 15-41. Por eso, este documento, en los números 71 s., habla de que las escuelas católicas reciben un mandato de la Jerarquía en el sentido del decreto Apostolicam actuositatem (en adelante citado como AA), 24 del Concilio Vaticano II. Sin embargo, no sería legítimo deducir que otras formas de presencia de los cristianos en instituciones educativas efectivamente católicas resultan menos adecuadas: aunque éstas no puedan obviamente ser consideradas escuelas católicas en sentido canónico formal.

En el caso de las universidades católicas, el CIC no ofrece ninguna definición de su estatuto jurídico. El CIC, además de la ya citada norma sobre el uso del nombre universitas catholica (cfr. can. 808), se limita a declarar el derecho de la Iglesia a instituirlas y a fundarlas (cfr. can. 807), pero sin distinguir entre los distintos sujetos eclesiales que pueden intervenir, y sin ofrecer una noción canónica de universidad católica. Esta laguna ha sido colmada por la Constitución Apostólica Ex corde Ecclesiæ, cit., que, además de ofrecer una descripción de lo que constituye la naturaleza de una universidad católica en sentido sustancial (cfr. art.2), determina cuáles son las condiciones que ha de reunir una universidad para ser considerada formalmente católica a los efectos de la legislación eclesiástica (cfr. art. 3). Se distinguen tres categorías: las universidades erigidas o aprobadas por la Jerarquía eclesiástica (Santa Sede, Conferencia Episcopal u otra Asamblea de la Jerarquía católica, o bien el Obispo diocesano); las erigidas por un instituto religioso o por otras persona jurídica pública, con el consentimiento del Obispo diocesano; y las erigidas por otras personas eclesiásticas o laicas, con el consentimiento de la competente Autoridad eclesiástica, según las condiciones que se acuerden entre las partes. En una línea similar se coloca el can. 642 del CCEO, el cual aporta un concepto canónico mucho más restringido: se consideran universidades católicas únicamente las erigidas o aprobadas ya sea por la autoridad administrativa superior de una Iglesia sui iuris, habiendo consultado previamente a la Sede Apostólica, o bien por la misma Sede Apostólica. Queda claro entonces que finalmente se ha optado por un concepto canónico formal de universidad católica —análogo al de escuela católica—, que deja fuera de esta normativa aquellas iniciativas educativas verdaderamente católicas en las que no hay intervención oficial con la Jerarquía eclesiástica, y por tanto, un vínculo formal con la Iglesia en cuanto institución. Por lo demás, como se afirma en la Relatio de 1981, la mens del CIC es que puede cualquiera erigir una universidad verdaderamente católica en la Iglesia (cfr. "Communicationes" 15 [1983], p. 103), y no me parece que no debe estimarse que exista obligación canónica alguna en el sentido de que todas las iniciativas universitarias promovidas por los fieles tengan que convertirse en universidades católicas a efectos del art. 3 de la Const. ap. Ex corde Ecclesiæ. Se confirma así la distinción, propuesta por la doctrina, entre universidad católica en sentido material y en sentido formal (así se pronuncia J. HERVADA, Sobre el estatuto de las Universidades católicas y eclesiásticas, en AA.VV., "Raccolta di scritti in onore di Pio Fedele", vol. I, a cargo de G. Barberini, Perugia 1984, pp. 507-511).

[8] El iter de este canon fue muy laborioso: cfr. "Communicationes" 20 (1988) 223 ss. y sobre todo el texto del Schema Codicis Iuris Canonici (1980), can.753 (comparándolo con el del Schema canonum libri III de Ecclesiæ munere docendi [1977], can. 50 § 1). Finalmente se estimó que la sustancia de la educación católica debía prevalecer sobre cualquier otra consideración acerca de la organización de las escuelas (se eliminó por eso la mención de la escuela católica en sentido propio). Por lo demás, en los can. 1372-1374 del Código anterior estaba presente el mismo planteamiento sustancial —y no formal— de la cuestión.

[9] También en el CIC-17 el canon paralelo 1379 § 1, en relación con el can. 1373, manifestaba con idéntica claridad la índole subsidiaria de la intervención de la autoridad diocesana.

[10] Cfr. también el canon paralelo, el 1379 del CIC-17, que hablaba de Universitates doctrina sensuque catholico imbutæ. [11] Cfr. las enseñanzas de la encíclica Divini illius Magistri de Pío XI, 31 de diciembre de 1929 (en AAS 22 [1930] 55 ss.), a propósito de la relación de todas las disciplinas y aspectos de la educación con la fe y las costumbres. Sobre este punto, cfr. además, CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Dimensione religiosa dell'educazione nella scuola cattolica, 7-IV— 1988, en "Seminarium" 39 (1988) 163-211.

[12] De este derecho son en realidad titulares todos los fieles, aunque el ejercicio lo tengan condicionado —a veces fuertemente— por el estado eclesial (de clérigo o de religioso).

[13] En adelante se citará con la sigla GE.

[14] No se quiso dirimir la discusión del tema: después de haber descrito la sustancia del espíritu católico de una comunidad escolar, la GE, n. 9a, dice: «Aunque la escuela católica pueda adoptar distintas formas según las circunstancias locales, todas las escuelas que dependen de algún modo de la Iglesia han de conformarse a esta imagen de la escuela católica (...)». Sobre esta cuestión, cfr. G. Baldanza, Appunti sulla storia della Dichiarazione "Gravissimum Educationis": il concetto di Educazione e di Scuola Cattolica, en "Seminarium" 37 (1985) 13-54. Por otra parte, el n. 10a se refiere a una presencia veluti publica, stabilis atque universalis del pensamiento cristiano en la cultura a través de las universidades católicas, y es claro que con esa matizada alusión a la dimensión pública no se pretende resolver ninguna cuestión jurídica, sino sólo indicar una relevancia social de hecho.

[15] Cfr. n. 2, el cual a su vez presupone el n. 1, dedicado a la educación en general.

[16] Cfr. n. 3.

[17] Sobre las escuelas, cfr. nn. 5-9; sobre las universidades, cfr. n. 10.

[18] Cfr. J. HENDRICKS, Schola catholica, Ecclesia, Civilis Societas, en "Periodica" 76 (1987) 301-303, el cual muestra muy oportunamente la necesidad de interpretar la doctrina de GE a la luz de otros pasajes relevantes del Concilio sobre el apostolado de los laicos —especialmente AA, n. 24—.

[19] Los principales vienen oportunamente citados en la exposición de A. DEL PORTILLO sobre Los laicos y las Universidades de inspiración católica (en "Fieles y laicos en la Iglesia", Pamplona 1991, 3ª ed., pp. 244-248).

[20] Cfr. Const. dogm. Lumen gentium (en adelante LG), n. 36; Const. past. Gaudium et spes (en adelante GS), n. 76; AA, n. 7.

[21] Muestra esta analogía el texto, ya citado, de GE, n. 4.

[22] Así lo hace notar S. BERLINGÓ, La libertà della scuola confessionale, en AA.VV., "Studi di diritto ecclesiastico in tema di insegnamento", a cargo de S. GHERRO, Padova 1987, p. 45: «La específica connotación confesional que posea una escuela no es apta de suyo para evitar que se extienda a ella el fundamento de derecho constitucional común en que se apoya la libertad de los institutos homólogos de instrucción no confesional». De esto derivan muchas consecuencias relevantes desde el punto de vista de las ayudas de la sociedad civil a las escuelas y universidades de inspiración católica. No hacen falta privilegios, sino la normal justicia distributiva en el campo escolar.

[23] El derecho eclesiástico de los Estados no podrá dejar de reconocer también esta diversidad: cuando está directamente comprometida la Iglesia en cuanto tal, nos encontramos frente a un sujeto dotado de su propio ordenamiento jurídico de carácter universal, cuya autonomía ha sido reconocida clásicamente mediante el concepto de soberanía. No es pertinente ahora tratar sobre la relación entre derecho civil y derecho canónico en esta materia. Me limitaré a indicar que entonces surge la cuestión relativa a las relaciones institucionales entre la Iglesia y la comunidad política, cuestión que no tiene sentido tratándose de escuelas promovidas por los católicos en cuanto ciudadanos.

[24] El criterio de la creación también es importante, pero lo que en último término determina la naturaleza canónica de la institución es la existencia o no de un nexo actual con la Iglesia en cuanto institución.

[25] Esta participación de los padres en todas las escuelas —también en las formalmente católicas— la hace resaltar F. RETAMAL, La misión educadora de la Iglesia, en "Seminarium" 33 (1983) pp. 563 ss. Cfr. también F. MORRISEY, The Rights of Parents in the Education of their Children (can. 796-806), en "Studia canonica" 23 (1989) pp. 429-444.

Por otra parte, deben subrayarse en este campo los derechos de la familia como sociedad natural (y también su participación en la vida de la Iglesia): cfr. la Carta de los derechos de la familia, presentada por la Santa Sede el 24 de noviembre de 1983, en Enchiridion Vaticanum, Bologna 1987, vol. 9, 538-552.

[26] Los no católicos pueden participar en las iniciativas educativas esencialmente católicas. Es otra consecuencia del hecho de que esta realidad pertenezca a la esfera de lo temporal. Sin embargo —y ésta es la razón por la que sólo menciono a los fieles en el texto— la natural conditio sine qua non para la subsistencia de la identidad católica es la activa presencia de los fieles que vivifica sobrenaturalmente tales comunidades educativas. Su proporción es una cuestión de hecho, sobre la cual no pueden establecerse reglas a priori.

[27] Carta, 2-X-1939, n. 22.

[28] Ibid.

[29] Por lo demás, esta misma argumentación relativa a las funciones de los docentes es también aplicable, si bien de modo secundario, a las escuelas inferiores y medias, es decir, a las que están esencialmente dirigidas a una función de ayuda a los padres.

[30] De hecho puede utilizarse, por ejemplo, la vía de las asociaciones privadas de los fieles —tengan o no personalidad canónica privada— (cfr. can. 298 § 1 y 217, que enuncian entre los posibles fines de las asociaciones canónicas de fieles la animación cristiana de lo temporal). También son posibles fórmulas como las de las asociaciones públicas con mandato a las que se refiere el decreto AA, n. 24c, en las cuales el carácter público de la institución no impide la índole sustancialmente privada de la actividad que se desarrolla. En esta última hipótesis existe ciertamente un fenómeno mixto de presencia de la Iglesia en cuanto institución y de los fieles a título propio en la educación, pero en ella prevalecen, a mi juicio, la presencia y la consiguiente responsabilidad de los fieles asociados, con amplios ámbitos de autonomía eclesial. Por otra parte, para que la organización respectiva sea una realidad jurídico-canónica puede bastar el consentimiento o el reconocimiento de la autoridad eclesiástica (como por ejemplo está previsto por el can. 805 §1 y por el artículo 3 de la Const. apost. Ex corde Ecclesiæ). En tal caso la institución —en virtud de un acuerdo entre sus responsables y la Jerarquía eclesiástica— entra en el ámbito de la legislación eclesiástica sobre las escuelas o universidades católicas en sentido formal.

[31] En la doctrina eclesiástica italiana, cfr. F. SANTONI, Le organizzazioni di tendenza e i rapporti di lavoro, Milán 1983; M.G. MATTAROLO, Il rapporto di lavoro subordinato nelle organizzazioni di tendenza, Padova 1983; y G. LO CASTRO, Relazione (sobre el tema de las relaciones del trabajo en las organizaciones de tendencia), en AA. VV., "Rapporti di lavoro e fattore religioso", Nápoles 1988, pp. 47-72. Cfr. también JORGE OTADUY, La extinción del contrato de trabajo por razones ideológicas en los centros docentes privados, Pamplona 1985.

[32] Esta secularidad constitutiva suscita siempre la cuestión del reconocimiento civil de dichas escuelas y universidades, y no sólo a los efectos inherentes al reconocimiento de cualquier ente eclesiástico, sino también por múltiples exigencias de funcionamiento interno que se derivan de la competencia de la autoridad pública secular en este ámbito —compatibles con la naturaleza eclesial o eclesiástica de estas instituciones educativas con su consiguiente autonomía—.

[33] Cfr. LG, n. 36d y GS, n. 76a.

[34] A este motivo de eficacia alude LG, n. 36d.

[35] Cfr. Comisión Episcopal para el Apostolado de los laicos, de la CEI, Nota pastoral Criteri di ecclesialità dei gruppi, movimenti, associazioni, 22-V-1981, en "Enchiridion CEI", Bologna 1986, vol. 3, 597. Aunque este documento sea anterior al nuevo CIC, las consideraciones que contiene sobre esta cuestión permanecen plenamente vigentes, ya que se adecúan al reconocimiento conciliar —y también codicial (cfr. can. 227)— del derecho de libertad de los fieles en lo temporal. La nota pastoral describe tales asociaciones en los siguientes términos: «son aquéllas cuyos miembros, interpretando las distintas situaciones culturales, profesionales, sociales, políticas, a la luz de los principios cristianos, e interviniendo en ellas para hacerlas crecer con propósitos de auténtico y pleno humanismo, se comprometen exclusivamente a sí mismos en su propia acción, actuando siempre y solamente bajo la responsabilidad propia, personal y colectiva. Se trata de realidades asociativas que, aunque revisten una gran importancia como instrumentos concretos de una eficaz acción de los cristianos en el mundo, no presentan sin embargo una específica consistencia eclesial; entre otras cosas, pueden adherir a ellas o prestarles ayuda personas que comparten su ideal y sus programas, aunque no hagan suyo un determinado compromiso personal de fe y de vida eclesial». Y en una nota se añade: «Si bien se mira, se trata de organismos "civiles" más que "eclesiales" (...). En estos organismos se manifiesta más bien el derecho de libre asociación para finalidades que no se opongan a los valores fundamentales, derecho que es propio de la persona humana en cuanto tal y reconocido de ordinario como derecho constitucionalmente garantizado en los Estados verdaderamente democráticos». Por lo que se refiere a la relación con la autoridad eclesiástica, se precisa: «La autoridad pastoral de la Iglesia, en consecuencia, no asume una responsabilidad directa con respecto a ellas». Y se recuerda que la Jerarquía puede, y en ocasiones debe, tomar posiciones en relación a estas realidades, citando muy oportunamente el último párrafo de AA, n. 24.

[36] Por ejemplo la Asociación FAES (Famiglia e Società) —cuya inspiración ideal se remite «a la tradición cristiana, tal como se encuentra en la vida y en el buen sentido de tantas familias, y a algunas líneas características del ejemplo y de la enseñanza del Beato J. Escrivá»— trabaja en este sector en Italia a través de cooperativas de gestión escolar, mediante organismos jurídicos de carácter cooperativo de índole netamente secular (la cita está tomada de A. CIRILLO, voz FAES, en "Enciclopedia Pedagogica", Brescia 1989, vol. 3, col. 4727; en la voz completa se encontrará —col. 4726-4732— una información básica bastante completa, con bibliografía). Las fórmulas legales dependerán de la legislación de cada país y de lo que se considere en cada caso más conveniente.

[37] Por su claridad permítaseme una cita un tanto larga de la descripción de estas iniciativas hecha por G. DALLA TORRE: «son las constituidas y gestionadas por los particulares (sean personas físicas o personas jurídicas, entes con base asociativa o fundacional constituidos sólo civilmente, etc.), los cuales diseñan un proyecto educativo conforme a los principios católicos, pero que por una elección explícita no pretenden calificarse formalmente como "escuelas católicas", ni tienen en consecuencia el correspondiente reconocimiento de la competente autoridad eclesiástica (cfr. a este propósito lo dispuesto en el juego de los párrafos 1 y 3 del can. 803; cfr. también el can. 216). Estas últimas parecen constituir explicitaciones, en el campo concreto de la experiencia, de la enseñanza conciliar sobre la doble vía —oficial o jerárquica, o bien, personal y privada— que ha de recorrerse según el distinto modo de relacionarse la Iglesia con lo temporal. En razón de su calificación formal, que tiende a no involucrar a la Iglesia en actividades escolares que procuran sin embargo una educación católica, estas escuelas no están sujetas obviamente a las específicas disposiciones canónicas dictadas para las escuelas católicas, tanto a nivel universal como particular, y caen de lleno en la disciplina estatal. Eso no quiere decir naturalmente que los fieles —de los cuales esas iniciativas constituyen expresiones tangibles— no estén sujetos, también específicamente en el campo de la actividad educativa y de instrucción, a los vínculos comunes de obediencia hacia lo que los pastores declaran como maestros de la fe o disponen como cabeza de la Iglesia (cfr. can. 212, § 1)» (Scuola e "question scolaire". Sondaggi nella nuova codificazione canonica, en AA. VV., "Studi in memoria di Mario Condorelli", vol. I, Milano 1988, pp. 441 ss.). Cfr. también D. Le Tourneau, La prédication de la parole de Dieu et la participation des laïcs au "munus docendi": fondements conciliaires et codification, en "Ius Ecclesiæ" 2 (1990) 121.

[38] Carta, 2-X-1939, n. 23.

[39] Así por ejemplo en el FAES se ha previsto de este modo: «La Carta de los principios educativos formulada en 1977 ha sido acogida en el contrato y en el reglamento del personal y ha sido hecha formalmente propia por las distintas cooperativas de los padres de cada escuela como garantía de la finalidad ideal que configura el FAES como uno de esos entes particulares que la doctrina y la jurisprudencia definen como "Organizaciones de tendencia"» (ibid., cit.).

[40] Sobre este reconocimiento en relación a las universidades, A. DEL PORTILLO ha escrito: «parece muy oportuno que se proclame con toda claridad la posibilidad y la conveniencia de que los laicos creen, bajo su responsabilidad, Universidades y otros centros de enseñanza superior dedicados al cultivo de ciencias profanas según una concepción católica de la cultura» (Fieles y laicos en la Iglesia, cit., p. 247). Este reconocimiento es distinto del que hace que una iniciativa se transforme en oficialmente católica.

[41] Cfr. A. DE FUENMAYOR, El juicio de la Iglesia sobre materias temporales, en "Ius Canonicum" 12 (1972) 106-121.

[42] En esto la diferencia es neta respecto a la ya mencionada posibilidad de creación de asociaciones públicas de fieles con fines educativos.

[43] En esta línea se sitúa la responsabilidad que asume la Prelatura del Opus Dei respecto a determinadas iniciativas con fines educativos, asistenciales, etc., que promueve institucionalmente. Los Estatutos de esta estructura pastoral de la Iglesia declaran que la responsabilidad no se refiere nunca a los aspectos técnicos o económicos de las iniciativas, sino sólo a la vivificación cristiana mediante los oportunos medios de orientación y formación doctrinal y espiritual, así como a través de la adecuada asistencia pastoral. Se prevé también la posibilidad de una simple asistencia espiritual respecto a las iniciativas promovidas por los miembros de la Prelatura con otras personas (cfr. nn. 121-123 de los Estatutos, en A. DE FUENMAYOR — V.GÓMEZ-IGLESIAS — J.L. ILLANES, El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Pamplona 1989, p. 646).

Esto representa una opción plenamente legítima y muy congruente con la eclesiología conciliar. Sin embargo, el Fundador del Opus Dei nunca la ha presentado como si fuese la única posible en la Iglesia. Después de haberse referido al derecho de la Iglesia y de las Órdenes y Congregaciones religiosas de instituir centros de instrucción, precisando que no es un privilegio sino una carga, añadía: «El Concilio no ha pretendido declarar superadas las instituciones docentes confesionales; ha querido sólo hacer ver que hay otra forma —incluso más necesaria y universal, vivida desde hace tantos años por los socios [ahora, con la definitiva configuración jurídica de naturaleza no asociativa, fieles] del Opus Dei— de presencia cristiana en la enseñanza: la libre iniciativa de los ciudadanos católicos que tienen por profesión las tareas educativas, dentro y fuera de los centros promovidos por el Estado. Es una muestra más de la plena conciencia que la Iglesia tiene, en estos tiempos, de la fecundidad del apostolado de los laicos» (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 81).

[44] J. HERVADA, Elementos de Derecho Constitucional Canónico, Pamplona 1987, p. 207.

[45] J. HERVADA, Elementos para una teoría fundamental de la relación Iglesia-mundo, en "Vetera et Nova. Cuestiones de Derecho Canónico y Afines", vol. II, Pamplona 1991, p. 1136.

[46] Sobre las escuelas de los religiosos, en términos que alientan mucho su misión, cfr. el can. 801.

[47] Sobre este punto, cfr. A. DEL PORTILLO, Fieles y laicos en la Iglesia, cit., pp. 75-77; A. DE FUENMAYOR, El convenio entre la Santa Sede y España sobre Universidades de estudios civiles, Pamplona 1966, pp. 23 ss; J. L. GUTIÉRREZ, I diritti dei "christifideles" e il principio di sussidiarietà, en "Estudios sobre la organización jerárquica de la Iglesia", Pamplona 1987, pp. 67-82.

[48] El can. 802 constituye una confirmación eficaz de esta índole subsidiaria de la acción de la Jerarquía en este terreno, tanto porque condiciona la intervención del Obispo diocesano a la inexistencia de escuelas impregnadas de espíritu cristiano, como porque describe la intervención como «procurar su creación».

[49] Nótese que aquí el adverbio se refiere a la misma institución educativa —en cuanto que trasciende a los propios miembros— y no alude en cambio a la dimensión institucional de la Iglesia. Este equívoco en torno a la voz «institucional» es bastante frecuente. Cuando por ejemplo la Const. ap. Ex corde Ecclesiæ, art. 2 § 2 habla de un «compromiso institucional» asumido por los responsables de una universidad, el adjetivo institucional puede, o bien significar la misma institución universitaria —en este sentido toda universidad reapse catholica tiene ese empeño institucional—, o bien referirse al nexo con la Iglesia en cuanto institución, que solamente poseen las universidades formalmente católicas a que hace referencia el art. 3 de la misma Const. apostólica.

[50] Por ejemplo, sería del todo inadecuado pretender imponer determinados maestros de religión en los centros no dependientes de la Iglesia como institución (también por este motivo en el can. 805 se hacen cuidadosamente las distinciones entre nombrar o aprobar los profesores, y removerlos o exigir que sean removidos).

[51] Conviene notar a este propósito que se debe distinguir claramente entre los can. 804 y 805 —que se refieren a la educación religiosa católica en cualquier escuela— y el can. 806 —exclusivamente referido a las escuelas católicas en sentido codicial—. El sentido técnico-formal del can. 803 § 1 implica siempre —precisamente en virtud de la norma del can. 806— una vinculación jurisdiccional con la Iglesia; no tendría sentido un reconocimiento oficial como escuela católica si no comportase los efectos del can. 806. Como hace notar M. Condorelli como buen jurista —aunque su postura de fondo en la materia sea favorable a una defensa de la libertad religiosa en la Iglesia que no me parece compatible con la identidad confesional de la Iglesia—, los preceptos de los can. 804, 805, 827 § 2, etc., no resultan directamente aplicables a las escuelas no sujetas a la jurisdicción eclesiástica (entre las cuales están las dependientes de la autonomía privada de los fieles) (cfr. Educazione, cultura e libertà nel nuovo "Codex Iuris Canonici", en "Il Diritto Ecclesiastico" 94 [1983], I, p. 73 s.) Pero —añado yo— tales disposiciones son aplicables a través de la libre actividad de los fieles.

En el ámbito de las universidades católicas, los preceptos del CIC —sobre todo el can. 810 §1— se presentan como una invitación a que los responsables organicen el nombramiento y la remoción de los docentes de modo congruente con la identidad católica. Pero la operatividad jurídica de estas normas dependerá de los estatutos de la universidad, los cuales pueden contemplar una participación de gobierno de la autoridad eclesiástica —como deberá suceder en el caso de las universidades dependientes de la Iglesia en cuanto institución— o bien prescindir de tal participación, dejando así la aplicación del can. 810 §1 exclusivamente a la responsabilidad de los fieles y de las otras personas que posean los poderes jurídicos del caso. La reciente Const. ap. Ex corde Ecclesiæ ha contribuido a aclarar la normativa codicial, en la medida en que ha determinado qué universidades deben considerarse oficialmente católicas, estableciendo para ellas diversas exigencias de derecho universal (cfr. especialmente art. 2 § 3 y art. 5) que el derecho particular debe desarrollar (cfr. art 1 § 1). En las universidades no formalmente católicas, la exigencia de tutelar jurídicamente la identidad católica de la respectiva institución se dirige personalmente a los fieles afectados, de modo que sean ellos —los responsables— quienes pongan en práctica los mecanismos necesarios para que las universidades puedan funcionar como efectivamente católicas. No se pueden mezclar estas dos categorías: por ejemplo, pensando que sea posible una intervención jurídica de la Jerarquía en la vida interna de las universidades de inspiración cristiana constituidas sólo civilmente; o por el contrario, que no sea posible una intervención similar cuando existe una relación directa o indirecta de índole jurisdiccional entre la universidad y la autoridad eclesiástica. Vista la cuestión desde el punto de vista de los promotores, los fieles que actúen como ciudadanos no pueden pretender involucrar a la Iglesia como institución en sus iniciativas (de no ser obviamente que ella acepte y asuma la iniciativa); y los directivos y profesores de una iniciativa formalmente católica no pueden pretender que su autonomía operativa —que indudablemente existe, porque nunca se puede prescindir de los márgenes naturales de iniciativa de las personas directamente implicadas— lleve consigo una falta de reconocimiento del vínculo también de gobierno con las autoridades eclesiásticas competentes.

[52] Cfr. can. 813; Const. apost. Ex corde Ecclesiæ, art. 6.

¿A quién pertenece el derecho de educar a los hijos: a los padres o al Estado?

Derecho de educar a los hijos. ¿Quién debe prevalecer cuando los padres y el Estado no coinciden sobre el contenido, los métodos o las metas de la educación? ¿O cuando no están de acuerdo sobre el mejor modo de criar a los hijos en general?

Por Isabel Molina E. e Isis Barajas

En agosto de 2013, unas veinte personas, entre trabajadores sociales, policías y agentes especiales, rodearon la casa de la familia Wunderlichen Darmstadt, Alemania, para llevarse a sus cuatro hijos de entre 7 y 14 años. ¿El motivo? Los hijos de Dirk y Petra eran educados en casa por sus propios padres, actuando así en contra de la prohibición alemana de educar en el hogar. Estos padres estaban convencidos de que esta era la mejor formación que podían ofrecer a sus hijos, así que solicitaron a las autoridades la posibilidad de emigrar a otro país donde el homeschooling estuviera permitido, pero la petición fue denegada. Desde entonces, los niños Wunderlich acuden a un colegio público.

En otro orden, el año pasado los padres de Ashya King, un niño de cinco años con un tumor cerebral, lo sacaron de un hospital del Reino Unido sin el consentimiento de los médicos, pues querían llevárselo a la República Checa para someterlo a una terapia de protones, en vez de la radioterapia estándar disponible en el Reino Unido. Los padres de Ashya fueron arrestados por “secuestrar” a su propio hijo. Finalmente, pocos días después, las autoridades retiraron la orden de arresto y el niño pudo ser trasladado a Praga. En marzo de este año se publicó la noticia de que el niño parece estar curado gracias a la terapia de protones.

Estos son casos extremos de discrepancia entre los padres y el Estado, pero en España esta tensión también se ha puesto de manifiesto, por ejemplo, a raíz de la reclamación de los padres de poder objetar ante asignaturas como Educación para la Ciudadanía, de contar con la opción de elegir la asignatura de Religión en el centro de sus hijos, o de tener injerencia en los contenidos de la educación afectivo-sexual que reciben sus hijos en la escuela. También ante el hecho de que no se den conciertos a colegios de educación diferenciada en comunidades como Andalucía; o cuando el Tribunal Constitucional decidió que la libertad de enseñanza no incluía el derecho de los padres a educar a sus hijos en el hogar (homeschooling) aunque, en los últimos años, esta opción educativa ha venido creciendo en popularidad en España y en el mundo entero.

Una comunidad soberana
La profesora de Filosofía de la Universidad Católica de América, Melissa Moschella,especializada en derechos parentales, aseguraba en una ponencia presentada en septiembre del año pasado en la Universidad San Pablo CEU, “Derechos de los padres – Derechos de los hijos”, que la autoridad de los padres sobre sus propios hijos es natural y prepolítica (antecedente a la autoridad política) y, por consiguiente, la familia es una pequeña comunidad soberana dentro de la mayor comunidad política. Por tanto, “tiene el derecho de dirigir sus asuntos internos, libre de interferencia coercitiva externa, con la excepción de los casos de abuso y negligencia”. De igual manera, el nuevo presidente del Foro de la Familia, Mariano Calabuig, comenta a Misión que más que el derecho a educar a sus hijos, los padres tienen este deber, y “un deber nunca se puede ceder”. Es intransferible. Por eso, subraya que “el Estado debe proporcionar los medios para colaborar con los padres en la educación de sus hijos durante la edad escolar”. Pero, ¿de dónde surge este deber? Para Moschella procede de la relación biológica entre el hijo y sus padres, que es la relación personal más íntima que existe. “Los padres son la causa biológica […] de sus hijos, dándoles el fundamento genético y biológico para la existencia y la identidad”. Es una obligación desde el mismo momento de la concepción y se extiende durante toda la vida, pero es aún más fuerte en el periodo en que el hijo no ha alcanzado la madurez para tomar decisiones por sí mismo y es incapaz de sobrevivir por su propia cuenta. “La gestación humana, por así decirlo, no se completa a los nueve meses, sino que después de la gestación física hay un largo período de gestación psicológica, moral e intelectual, hasta que se desarrolla un ser humano maduro”, explica Moschella. De ahí que santo Tomás de Aquino pensara que, del mismo modo que antes del nacimiento el hijo está “en el seno de la madre”, después del nacimiento pero antes del uso de la razón, el hijo “está bajo el cuidado de sus padres, como contenido en un útero espiritual”.

La obligación y el derecho del Estado de promover el bien del individuo -en este caso, los hijos- va dirigida a ayudar a los padres a cumplir sus responsabilidades

Dice Moschella que seguramente en muchos aspectos otras personas podrían cuidar a los hijos tan bien o incluso mejor que sus padres biológicos, pero solo los padres biológicos pueden darle al niño “su propio amor”. Más aún, cuando falta ese amor, se “puede dañar al hijo”. Por eso, la responsabilidad de educar a los hijos solo se puede obviar cuando los padres no tienen la competencia necesaria para educarlo, es decir, si existen razones serias que aconsejan darlo en adopción. “En este caso –explica Moschella– cuando el hijo alcance la madurez, podrá entender que la decisión de darlo en adopción no fue un rechazo o un abandono, sino una muestra del amor de sus padres biológicos”.

Conflicto de intereses
Así las cosas, ¿quién debe prevalecer cuando no hay un acuerdo en el contenido o las metas de la educación? Calabuig está convencido de que no tendría por qué existir este conflicto, pero, en caso de que lo haya, “debe prevalecer la libertad de los padres”. Por eso dice Moschella que “cuando el Estado requiere que los hijos sean educados de un modo que los padres consideren dañoso o inadecuado, el Estado está impidiendo el cumplimiento de las obligaciones paternales, y por tanto violando la integridad de los padres y, potencialmente, dañando a los hijos también”.

“Asignaturas como Educación para la Ciudadanía, educación sexual o Religión deben quedar a la libre elección de los padres. Su opinión es la que debe prevalecer”, concluye Calabuig. “Las familias no deben permitir que el Estado u otros agentes externos a la educación se introduzcan en la formación de sus hijos y, menos todavía, en un asunto tan personal como es la educación sexual que es lo que pretenden los defensores de la ideología de género”, añade. ¿Significa esto que el Estado no tiene derecho a intervenir en la educación de los hijos? La cuestión es que la obligación y el derecho del Estado de promover el bien del individuo –en este caso, los hijos– es una obligación secundaria a la obligación de los padres y que va dirigida a ayudar a los padres a cumplir sus responsabilidades.

 

¿Libertad educativa?
¿Es actualmente el Estado un facilitador de la libertad de los padres de educar a sus hijos? Mariano Calabuig, nuevo presidente del Foro de la Familia, afirma que el Estado será un facilitador o un impedimento de acuerdo con la interpretación que haga de la Constitución el partido que gobierne. “En el apartado 3 del artículo 27 dice textualmente: ‘Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones’. Existiendo grupos políticos que consideran que la educación debe ser única e impartida por el Estado, es evidente la pérdida de la libertad de elección del centro. Un ejemplo es Andalucía, donde no hay conciertos en los colegios de educación diferenciada. La Junta de Andalucía desprecia a los padres que desean ese tipo de educación para sus hijos. Jamás ha habido en España una auténtica libertad para que las familias puedan acceder al modelo educativo deseado”.

 Clase de religión, real

Daniel Tirapu

photo_cameraCartel para elegir la asignatura de Religión.

Dedicado a mis hermanas gemelas docentes, especialmente a Isabel. Basado en hechos muy reales.
Joseba era sordomudo y quería asistir a clase de religión en el Instituto. Pero era menor de edad y necesitaba el permiso de sus padres. La profesora se lo dijo, pero Joseba asistía a clase sin el permiso de sus padres. La situación era un poco tensa, él asistía a clase, pero no tenía el permiso de sus padres.

Sus padres, quizás guardasen un mal recuerdo de sus clases de religión, o podrían pensar que bastante desgracia tenía su hijo como para asuntos religiosos trascendentes.

Joseba seguía asistiendo a la clase de religión, es más,  convenció a Jokin, también sordomudo pero con permiso paterno, para que fuese a clase. La profesora comentaba los milagros de Jesús, los ciegos ven, los sordos oyen, los mudos hablan...el tal joseba y su amigo JoKin, hablan continuamente, pero como no se les oye...se ríen, todo por señas,,,la profesora les llama los cotorros.

A comienzos de diciembre el padre apareció por el Instituto, habló con la profesora, se excusó y firmó el permiso para que su hijo asista a las clases de religión.

  Amar y hacer el amor. Consideraciones neurobiológicas.

     Amar es darse. El acto matrimonial es expresión del amor de los cónyuges. Viene a ser la culminación del amor, en que cada cónyuge entrega su cuerpo (con su alma, ya que el cuerpo no es sin el alma) al otro, lo que lleva a la consecuencia en muchos casos a una prolongación de la vida, la asombrosa aparición de hijos.

     Sin embargo, hacer el amor, según hoy algunos entienden, es meramente copular. Es  tomar al otro como un objeto, no como una persona. De esta forma, se banaliza y se desprestigia el amor, se hace más animal que humano.

     Amar es darse al cónyuge, a los hijos, a los amigos, a los demás, a Dios. Y todo dentro de un orden. Orden en que el amor a Dios es lo primero y esencial.

En los grandes místicos, como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, ese amor les era infundido por el Creador. Llegaban al arrobo místico, expresión del amor a Dios en sumo grado, metido su ser personal en su mayor intimidad  en Dios (“Vivo sin vivir en mí”).

     Si hay amor verdadero ha de durar siempre, pues esa es la intención del amante. No se trata de un sentimentalismo fofo, sino de una realidad permanente, que aspira al para siempre. El amor de verdad intuye eternidad.

     Jesucristo hablaba además del amor a los enemigos, cuestión difícil, pero mandato del Señor.

     Lo último es el amor a sí mismo. A este respecto, decía el beato Carlo Acutis: “La tristeza es dirigir la mirada hacia uno mismo; la felicidad es dirigir la mirada a Dios”. En este mismo sentido, también decía: “Non io, ma Dio” (no yo, sino Dios).

     Amar también es respetar y cuidar la naturaleza. Es mimar el entorno, actitud que termina siendo  beneficiosa para la sociedad, y en consecuencia, para uno mismo.

     Los matices son innumerables.

     Son cosas distintas el enamoramiento y el amor. En el primero se liberan en el cerebro una serie de neurotrasmisores y hormonas que refuerzan la situación, tales como la serotonina, la noradrenalina, la  oxitocina, la dopamina. Cada una de estas sustancias se forman en zonas distintas del cerebro.

Cada uno de estos compuestos químicos está relacionado con diversas vivencias, con diversas situaciones. De hecho, en la depresión hay una menor formación de serotonina; no en balde  la serotonina ha sido denominada como la “hormona de la felicidad”. En cambio, la noradrenalina es la “hormona del estrés”. La oxitocina está relacionada con la sensación de conexión, de vínculo, tal como ocurre en la lactancia, en que el hipotálamo materno segrega más oxitocina. Y la dopamina  tiene relación con la sensación de placer.

     El amor es una situación más firme que el enamoramiento;  por eso, la neurobiología del amor es distinta. En el enamoramiento se da una “explosión hormonal”; sin embargo, en el amor la situación hormonal es más estable. Esto explica que sean diferentes la bioquímica del enamoramiento y la bioquímica del amor. No son  biológicamente iguales.

     Pero tanto el amor como el enamoramiento son asuntos plenamente humanos, y por tanto, no se pueden reducir a biología o a química pura. No hay más que pensar en el amor de Romeo y Julieta, o en el de los cónyuges ancianos, o en los arrobos de amor a Dios de los grandes místicos. Hay poca bioquímica en todos estos casos.

    

1 de noviembre: Todos los Santos

Evangelio de la Solemnidad de todos los Santos (Ciclo A) y comentario al evangelio.

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Mt 5,1-12a)

Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo:

—Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.

Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.

Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas de antes de vosotros.


Comentario

Hoy la Iglesia conmemora a todas aquellas personas que vivieron la amistad con Dios en su caminar terreno y entraron por eso en su gloria. Algunos santos son elevados a los altares como modelos de virtud y amor de Dios. Pero muchos otros dejaron día a día una impronta de santidad que pasó quizá desapercibida a ojos humanos, pero que nunca escapa a la mirada atenta y amorosa de Dios.

“Todos los Santos es la fiesta de la santidad discreta, sencilla —comentaba Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei—. La santidad sin brillo humano, que parece no dejar rastro en la historia; y que, sin embargo, brilla ante el Señor y deja en el mundo una siembra de Amor de la que no se pierde nada”[1].

Como evangelio de la Misa de este día de todos los Santos, la liturgia eligió el pasaje de las bienaventuranzas según san Mateo, como para subrayar que ellas son el equivalente de la santidad, tanto de aquella que se hace famosa, por decirlo así, y destinada a algunos, como de aquella que solo es conocida plenamente en el Cielo.

Los evangelios recogen dos versiones del discurso de Jesús sobre las bienaventuranzas: la de Lucas, con sus cuatro bienaventuranzas y cuatro ayes, y la de Mateo, que es la que contemplamos hoy y que incluye nueve bienaventuranzas. Mateo nos muestra a Jesús enseñando al pueblo, sentado en lo alto de un monte, rememorando a Moisés, que entregó a los israelitas las tablas de la Ley después de permanecer en lo alto del monte Sinaí junto a Dios. Jesús baja a la tierra y enseña con autoridad, para llevar a plenitud aquella primera ley e invita a los hombres a ser perfectos como el Padre celestial (cfr. Mt 5,48).

Cada una de las bienaventuranzas, con su lenguaje desconcertante, han suscitado numerosos comentarios a lo largo de la historia de la Iglesia. A modo de síntesis, el Catecismo explica que sobre todo “las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad” [2]. Jesús es el principal bienaventurado y dichoso porque vivió en la tierra en unión amorosa con el Padre, que es la mayor dicha, por encima de cualquier tribulación.

Por eso las bienaventuranzas son un compendio de la santidad y una llamada a la misma, ya que “iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos”[3].

Jesús nos invita, en palabras del Papa Francisco, a “que emprendamos el camino de las Bienaventuranzas. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de seguir todos los días este camino que nos lleva al cielo, nos lleva a la familia, nos lleva a casa. Así que hoy vislumbramos nuestro futuro y celebramos aquello por lo que nacimos: nacimos para no morir nunca más, ¡nacimos para disfrutar de la felicidad de Dios! El Señor nos anima y a quien quiera que tome el camino de las Bienaventuranzas dice: ‘Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos’ (Mt 5,12). ¡Que la Santa Madre de Dios, Reina de los santos, nos ayude a caminar decididos por la senda de la santidad! Que Ella, que es la Puerta del Cielo, lleve a nuestros amados difuntos a la familia celestial”[4].


[1] Mensaje del Prelado, 1 de Noviembre de 2017.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1717.

[3] Ídem.

[4] Papa Francisco, Ángelus, 1 de Noviembre de 2018.

   

 

Corrupción

Ana Teresa López de Llergo

La corrupción moral solamente se da en las personas, y para desterrarla conviene conocer las causas.

Con frecuencia cuando se repite muchas veces una palabra se desdibuja su sentido inicial. Por ejemplo, en nuestro país, donde abunda el espíritu crítico y el buen humor, una palabra puede usarse para expresar lo contrario al contenido original.

Otras veces, al usar exageradamente una palabra se pone de moda y se aplica para todo como si fuera un adjetivo. Esta es una tendencia propia de la creatividad humana. Nos lo muestra la investigación etimológica donde se rastrea el origen de las palabras y su aplicación a lo largo del desarrollo de los pueblos.

Algo así sucede con la palabra corrupción. Su sentido profundo es tremendo pues hace referencia a la desintegración de un sujeto. La filosofía griega, desde sus inicios, aplicó esta palabra para indicar que algo había perdido su unidad original, se había disgregado, lo que existía ya no es así pues se degradó.

Por lo tanto, la corrupción está profundamente vinculada a las nociones de fractura, de cambio para empeorar, de desunión. Actualmente todos estos sentidos permanecen, pero además la corrupción fundamentalmente enfatiza la degradación moral. Por eso, la corrupción se aplica a las personas que son traidoras, mentirosas, ladronas, asesinas, hipócritas… Y, lo peor es que ahora tienen tanto poder que son intocables, porque han escalado los puestos más altos del poder.

Obviamente, la corrupción duele más cuando la persona que lo es tiene un cargo representativo, pues de alguna manera arroja ese fango a sus subalternos. Esto es tremendo ya que se comete la injusticia de calificar así a muchos honestos. Y es probable culpar a un inocente.

En una democracia, el cargo representativo es por elección del pueblo que considera a esa persona digna de asumir ese sitio, muestra ser la mejor. Al fallar en el ejercicio de la tarea arrastra a los seguidores a un desencanto enorme, o los inclina a emularlo o a combatirlo con las mismas armas. El resultado, en cualquier caso, es de un profundo deterioro de la sociedad civil.

La corrupción moral solamente se da en las personas, y para desterrarla conviene conocer las causas. Sin estos datos es muy difícil promover el cambio de raíz, se podrán utilizar paliativos, pero no habrá realmente un combate eficaz.

La primera causa de la corrupción tiene dos vertientes: una es la capacidad que las personas tenemos de elegir, de aplicar nuestra libertad; la otra es la dificultad de optar por el bien porque el mal también nos atrae. Por lo tanto, todos tenemos la posibilidad del bien y del mal. Dicho de otro modo: todos podemos ser corruptos.

Luego hay muchas causas segundas. Menciono algunas: el mal ejemplo recibido en la infancia deja una huella profunda y desconcertante; las malas amistades; la comercialización de lo que degrada a la persona como la pornografía, el juego adictivo, el alcohol, las drogas, el confort exagerado, la industria del entretenimiento inadmisible; el ambiente social que promueve o permite la inmoralidad y, sobre todo la falta de educación.

Cuando una institución se pervierte o hay un desaguisado, no siempre viene de la irrupción de un extraño, casi siempre hay alguien dentro que lo planea todo o al menos es un “soplón” que indica por dónde pueden atacar. Un dato muy claro, al respecto, lo mostró la investigación que hicieron hace algunos años en la ciudad de Nueva York, para eliminar la inseguridad en el metro. También los maleantes para cometer un asalto en una casa, consiguen información de algún miembro de la familia o de un trabajador o una empleada, para cometer su fechoría.

La educación es básica para fortalecer a las personas en hábitos buenos y en criterio claro. Por eso, cuando alguien quiere tener seguidores para que le ayuden en sus fechorías, lo primero que hacen es buscar personas carentes de educación. O cuando tienen un puesto en el gobierno tratan de falsificar la educación. Estos datos han de tenerlos muy en cuenta las personas que promueven el bien.

La educación ha de incidir en tres aspectos de la persona: en la inteligencia para que sepan distinguir el bien del mal; en la voluntad para que aprendan a tener una conducta buena y así adquieran virtudes; en el trato con las personas para establecer relaciones respetuosas y comprensivas ante las diferencias.

La finalidad de la educación es forjar hábitos buenos. Con ellos cada persona puede minimizar la tendencia a incursionar en el mal, inclinación de la que hablamos al principio. Con las virtudes es más fácil vencer la tentación de ver, oír o visitar ambientes nocivos que degradan y dejan huella.

Con las virtudes se puede tener la fortaleza de resistir las propuestas de las malas compañías, e incluso de convencerlas de dejar de vivir con esas costumbres. Incluso, pueden adquirir la madurez para darse cuenta de que sus padres u otros seres queridos cometen ilícitos, y sin dejar de quererlos, poner los medios para ayudarles a superar esas costumbres. Esto no es imposible, pero requiere mucha madurez.

Desgraciadamente los testimonios actuales son muy tristes. La corrupción se ha institucionalizado en algunas familias y se propagan formas de vida de padres a hijos y se heredan cárteles o negocios fuera de la ley. Unos y otros se encubren.

La amistad verdadera hay que recuperarla. Es aquella en la que las personas se ayudan a ser mejores. Todas las relaciones en las que se incita a las trasgresiones, a los malos hábitos o a cometer ilícitos son auténticos fraudes porque distorsionan las relaciones humanas.

 

El hambre emocional

Lucía Legorreta

Debemos ser conscientes que en nuestra sociedad la comida es importante.

Todos hemos sentido en algún momento el hambre fisiológica, ese vacío en el estómago que nos llama a comer. ¿Pero en que consiste el hambre emocional? ¿La has sentido o la sientes en tu vida?

Como su nombre lo indica, el hambre emocional es un trastorno alimentario que está muy relacionado con las emociones y los sentimientos que experimentamos. Es la manera en la que las emociones afectan nuestra forma de comer, ya sea mucho o poco, por lo que siempre va ligada al tema del peso, pero no necesariamente a la obesidad, ya que hay personas que pierden kilos por angustia.

Así, de manera repentina, puedes sentir una necesidad de comer, pero ni siquiera sabes porque es esta urgencia. Después de haberte saciado con lo primero que encuentras, se experimenta un sentimiento de culpa por lo que se ha consumido.

Comparto contigo las diferencias entre el hambre fisiológica y el hambre emocional:

El hambre emocional, también conocido como ingesta emocional es un trastorno de la alimentación, y según los expertos es una conducta des adaptativa y desequilibrada motivada básicamente por factores psicológicos, biológicos y familiares, por lo que la comida se convierte en un refuerzo positivo a corto plazo, con el fin desesperado de mejorar un estado bajo de ánimo.

Es así como los atracones de comida se convierten en una herramienta fácil para aliviar a corto plazo la tristeza, el estrés, la ansiedad o el aburrimiento. Pero a medio y a largo plazo, provocan un aumento de sentimientos negativos, de forma que se recurre a la comida como consuelo, para intentar controlar el estado de ánimo y sentirse mejor. Se entra en un círculo vicioso del que puede ser complicado salir sin la ayuda de un especialista.

Debemos ser conscientes que en nuestra sociedad la comida es importante. Sin embargo, en ocasiones le damos un valor equivocado: si te portas bien te doy dulces, vamos a festejar comiendo, es decir, se utiliza como premio o castigo.

¿Cómo puedo cambiar el hábito de comer emocionalmente?

Identifica exactamente lo que te motiva a empezar a comer: un lugar, una emoción, situación, persona. En ese momento distrae tu mente con alguna actividad saludable: tomar agua, dar un paseo, hacer ejercicio, escuchar música, respirar, dibujar, algo que te relaje y te haga pensar en otra cosa. Trata de escribir cómo te sientes en ese momento.

Como ya hemos comentado, la comida puede convertirse en un alivio temporal a un problema, sentimiento o emoción mucho más profundo. Lo importante es detectar esa emoción o problema que te está afectando.

Sino puedes hacerlo solo, busca ayuda de un especialista, para que esa hambre emocional que domina tu vida, pueda desaparecer y goces realmente de la comida.

La devoción a los difuntos en el cristianismo primitivo

 

Mes de noviembre

“Estos que visten estolas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido…? Éstos son los que vienen de la gran tribulación y han lavado sus estolas y las han blanqueado en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios, y le adoran día y noche en su templo.
(Apocalipsis 7,13-15)

 

Honor y respeto a los difuntos

La Iglesia Católica, ya desde la época de los primeros cristianos, siempre ha rodeado a los muertos de una atmósfera de respeto sagrado. Esto y las honras fúnebres que siempre les ha tributado permiten hablar de un cierto culto a los difuntos: culto no en el sentido teológico estricto, sino entendido como un amplio honor y respeto sagrados hacia los difuntos por parte de quienes tienen fe en la resurrección de la carne y en la vida futura.

El cristianismo en sus primeros siglos no rechazó el culto para con los difuntos de las antiguas civilizaciones, sino que lo consolidó, previa purificación, dándole su verdadero sentido trascendente, a la luz del conocimiento de la inmortalidad del alma y del dogma de la resurrección; puesto que el cuerpo —que durante la vida es “templo del Espíritu Santo” y “miembro de Cristo” (1 Cor 6,15-9) y cuyo destino definitivo es la transformación espiritual en la resurrección— siempre ha sido, a los ojos de los cristianos, tan digno de respeto y veneración como las cosas más santas.

Este respeto  se ha manifestado, en primer lugar, en el modo mismo de enterrar los cadáveres.

 

Vemos, en efecto, que a imitación de lo que hicieron con el Señor José de Arimatea, Nicodemo y las piadosas mujeres, los cadáveres eran con frecuencia lavados, ungidos, envueltos en vendas impregnadas en aromas, y así colocados cuidadosamente en el sepulcro.

En las actas del martirio de San Pancracio se dice que el santo mártir fue enterrado “después de ser ungido con perfumes y envuelto en riquísimos lienzos”; y el cuerpo de Santa Cecilia apareció en 1599, al ser abierta el arca de ciprés que lo encerraba, vestido con riquísimas ropas.

Pero no sólo esta esmerada preparación del cadáver es un signo de la piedad y culto profesados por los cristianos a los difuntos, también la sepultura material es una expresión elocuente de estos mismos sentimientos. Esto se ve claro especialmente en la veneración que desde la época de los primeros cristianos se profesó hacia los sepulcros: se esparcían flores sobre ellos y se hacían libaciones de perfumes sobre las tumbas de los seres queridos.

 

Las catacumbas

En la primera mitad del siglo segundo, después de tener algunas concesiones y donaciones,los cristianos empezaron a enterrar a sus muertos bajo tierra. Y así comenzaron las catacumbas. Muchas de ellas se excavaron y se ampliaron alrededor de los sepulcros de familias cuyos propietarios, recién convertidos, no los reservaron sólo para los suyos, sino que los abrieron a sus hermanos en la fe.

Andando el tiempo, las áreas funerarias se ensancharon, a veces por iniciativa de la misma Iglesia. Es típico el caso de las catacumbas de San Calixto: la Iglesia asumió directamente su administración y organización, con carácter comunitario.

Con el edicto de Milán, promulgado por los emperadores Constantino y Licinio en febrero del año 313, los cristianos dejaron de sufrir persecución.

Podían profesar su fe libremente, construir lugares de culto e iglesias dentro y fuera de las murallas de la ciudad y comprar lotes de tierra sin peligro de que se les confiscasen.

Sin embargo, las catacumbas siguieron funcionando como cementerios regulares hasta el principio del siglo V, cuando la Iglesia volvió a enterrar exclusivamente en la superficie y en las basílicas dedicadas a mártires importantes.

Pero la veneración de los fieles se centró de modo particular en las tumbas de los mártires; en realidad fue en torno a ellas donde nació el culto a los santos. Sin embargo, este culto especialísimo a los mártires no suprimió la veneración profesada a los muertos en general. Más bien podría decirse que, de alguna manera, quedó realzada.

En efecto: en la mente de los primeros cristianos, el mártir, víctima de su fidelidad inquebrantable a Cristo, formaba parte de las filas de los amigos de Dios, de cuya visión beatifica gozaba desde el momento mismo de su muerte: ¿qué mejores protectores que estos amigos de Dios?

Los fieles así lo entendieron y tuvieron siempre como un altísimo honor el reposar después de su muerte cerca del cuerpo de algunos de estos mártires, hecho que recibió el nombre de sepultura ad sanctos.Por su parte, los vivos estaban también convencidos de que ningún homenaje hacia sus difuntos podía equipararse al de enterrarlos al abrigo de la protección de los mártires.

Consideraban que con ello quedaba asegurada no sólo la inviolabilidad del sepulcro y la garantía del reposo del difunto, sino también una mayor y más eficaz intercesión y ayuda del santo.Así fue como las basílicas e iglesias, en general, llegaron a constituirse en verdaderos cementerios, lo que pronto obligó a las autoridades eclesiásticas a poner un límite a las sepulturas en las mismas.

 

Funerales y sepultura

Pero esto en nada afectó al sentimiento de profundo respeto y veneración que la Iglesia profesaba y siguió profesando a sus hijos difuntos. De ahí que a pesar de las prohibiciones a que se vio obligada para evitar abusos, permaneció firme en su voluntad de honrarlos.

 

Y así se estableció que, antes de ser enterrado, el cadáver fuese llevado a la Iglesia y, colocado delante del altar, fuese celebrada la Santa Misa en sufragio suyo. Esta práctica, ya casi común hacia finales del s. IV y de la que San Agustín nos da un testimonio claro al relatar los funerales de su madre Santa Mónica en sus Confesiones, se ha mantenido hasta nuestros días.

San Agustín también explicaba a los cristianos de sus días cómo los honores externos no reportarían ningún beneficio ni honra a los muertos si no iban acompañados de los honores espirituales de la oración: “Sin estas oraciones, inspiradas en la fe y la piedad hacia los difuntos, creo que de nada serviría a sus almas el que sus cuerpos privados de vida fuesen depositados en un lugar santo. Siendo así, convenzámonos de que sólo podemos favorecer a los difuntos si ofrecemos por ellos el sacrificio del altar, de la plegaria o de la limosna” (De cura pro mortuis gerenda, 3 y 4).

Comprendiéndolo así, la Iglesia, que siempre tuvo la preocupación de dar digna sepultura a los cadáveres de sus hijos, brindó para honrarlos lo mejor de sus depósitos espirituales. Depositaria de los méritos redentores de Cristo, quiso aplicárselos a sus difuntos, tomando por práctica ofrecer en determinados días sobre sus tumbas lo que tan hermosamente llamó San Agustín sacrificium pretii nostri, el sacrifico de nuestro rescate.

Ya en tiempos de San Ignacio de Antioquia y de San Policarpo se habla de esto como de algo fundado en la tradición. Pero también aquí el uso degeneró en abuso, y la autoridad eclesiástica hubo de intervenir para atajarlo y reducirlo. Así se determinó que la Misa sólo se celebrase sobre los sepulcros de los mártires.

 

Los difuntos en la liturgia

Por otra parte, ya desde el s. III es cosa común a todas las liturgias la memoria de los difuntos. Es decir, que además de algunas Misas especiales que se ofrecían por ellos junto a las tumbas, en todas las demás sinaxis eucarísticas se hacía, como se sigue haciendo todavía, memoria —memento— de los difuntos.

 

Este mismo espíritu de afecto y ternura alienta a todas las oraciones y ceremonias del maravilloso rito de las exequias. La Iglesia hoyen día recuerda de manera especial a sus hijos difuntos durante el mes de noviembre, en el que destacan la “Conmemoración de todos los Fieles Difuntos”, el día 2 de noviembre, especialmente dedicada a su recuerdo y el sufragio por sus almas; y la “Festividad de todos los Santos”, el día 1 de ese mes, en que se celebra la llegada al cielo de todos aquellos santos que, sin haber adquirido fama por su santidad en esta vida, alcanzaron el premio eterno, entre los que se encuentran la inmensa mayoría de los primeros cristianos.

+ info –  Las CATACUMBAS

 

 

Nuestra peculiar y genial Primera Comunión

 

photo_cameraPrimera comunión.

La iglesia estaba tan vacía que había eco. A pesar de que en Madrid solo se permite un tercio del aforo en las celebraciones, sobraban la mayoría de los 88 asientos disponibles en esa peculiar celebración de la Primera Comunión de nuestro hijo, peculiar porque en las fotos que conservaremos en el álbum familiar no aparece rodeado de decenas de compañeros de clase.

Peculiar porque en la mayoría de las fotos durante la celebración, él lleva mascarilla y Padre Manuel también. Peculiar porque a la salida de Misa, todos los allí reunidos nos dispersamos: tíos, abuelos, primos (solo los que viven en Madrid capital, claro… los de fuera del municipio, aunque estuvieran en el colindante, no tenían permiso para rebasar las ficticias fronteras de cada ayuntamiento, so pena de multa), solo pudieron acompañarnos en la iglesia, porque nosotros somos familia numerosa y ya colmamos el cupo de seis previsto para cualquier forma de reunión.

Peculiar también porque los días precedentes estuvieron marcados por la incertidumbre. Primero llegó un “niño confinado”, que significa que confinaron su clase por un positivo y, aunque no hay prácticamente contagios en las aulas, a uno le queda la duda. Pero esa prueba pasó. Peculiar porque solo tres días antes de la comunión llegó a casa una hermana con fiebre. Con ese sexto sentido que da la maternidad, las muchas enfermedades ya capeadas y esos conocimientos rudimentarios en pediatría que acabamos adquiriendo, sabíamos que aquello no era Covid, a pesar del fiebrón, el dolor de garganta y de cabeza. Pero cualquiera se fía en los tiempos que corren. Y claro, ahora ya no hacen test como antes porque “el protocolo” dice que…

Tuve que tirar de persuasión con el amable médico del centro de salud: “verá, es que no es tan fácil que nos confinemos todos a la espera de saber si la niña es positivo o no porque tenemos la Comunión de su hermano en solo tres días. Y claro, si es positivo, tenemos que volver a cancelar la celebración. Y

ya nos la cancelaron en mayo y, de nuevo en septiembre”. Y yo no hacía más que pensar en mi hijo, sediento como estaba de comulgar por fin, y en cómo iba a encajar el pobre la “tercera No Comunión”. Le debimos dar pena al médico, porque nos citó para una PCR rápida que, como había preconizado el ojo clínico de madre que tengo, dio negativo. “Aunque, que sea negativo no garantiza que no sea positivo”, me dicen. Pero ya ni oigo, porque tengo mi negativo debajo del brazo y, si nada se tuerce, en los dos días lectivos que faltan, tendremos comunión. Y nada se torció, entre otras cosas porque tuvimos a un equipo de “rezadores” de esos estupendos.

Y llegó el día, el gran día. Y descubrimos que celebrar la Comunión en tiempos de Covid, aunque hayamos echado mucho en falta a la familia extendida, con la que solo pudimos compartir una videollamda, no está tan mal. Porque nuestro hijo se sentó de verdad a la mesa con Jesús, participó en la Eucaristía con una intensidad y una cercanía que nunca podremos agradecer suficiente a Padre Manuel, comprendió que la verdadera fiesta la estaba viviendo frente al altar, y que la otra, la del Candy Bar, la comilona, la tarta decorada, es divertida pero accesoria.

Y me doy cuenta de que este día se va a quedar marcado en su corazón con una intensidad inusitada, porque no hubo agobios por los preparativos, porque nadie se estresó porque la comida estuviera en su punto o los invitados llegaran a tiempo, porque centramos toda la atención en lo importante. Así que gracias a Dios, en primer lugar, y a todos los que lo han hecho posible, en la parroquia de Nuestra Señora del Camino, en Madrid, en especial a Padre Manuel, porque la Primera Comunión fue tan peculiar como genial.

María Solano Altaba

Decana de la Facultad de Humanidades del CEU San Pablo

A vueltas con el tema

Es tan sutil  el Ego que encuentra formas que pueden sonar bien, porque se dirigen a quien espera, solución a sus problemas.

Sugiere que por dinero, otros solucionen los miedos e imprevistos, que a veces suceden. Pretende ayudar, simulando colaborar generosamente con la libertad de cada uno, cuando lo que intenta es programar y controlar tu vida.

Lo quiere todo, menos que las personas sean capaces de pensar, sean responsables y elijan ser  libres.

El dinero y el poder se sirven de la propaganda y de los medios, para sus ideas y sus fines.

Por eso la vida enseña, cada día, que el orgullo suele ser experto en crear problemas donde no los hay.

Con la que está cayendo, desde las plataformas subvencionadas, intentan hacer ruido para justificar su pretendida utilidad. Las batallas sutilmente "inducidas" desde los despachos, suelen tener un fondo más ideológico que humano. En todos los países suele ser así. El problema comienza según Montesquieu, cuando se abandonan o corrompen "sus normas y principios".

Entonces, "aquí, como en la Alemania nazi, hemos asumido que hay vidas que hacen insostenible el Estado del bienestar. Y que sobran", comenta Fernando Palmero  en el Mundo día 23/10.

           1) El 28 de septiembre, más de lo mismo.

Ese día muchos colectivos feministas, de distintas partes del mundo, han querido establecer el "Día del aborto libre y seguro".

Al parecer, no es suficiente el ejercicio diario de la ley de la "libertad sexual y reproductiva", en base a la cual vienen eligiendo lo que quieren, pero como va siendo costumbre que haya un día para todo, pues que se establezca el 28S para eso. Lo importante es tener un día para celebrarlo, salir y festejar.

En España el 5 de julio se celebra la entrada en vigor de las leyes del aborto (1985, 2010) que han supuesto la pérdida de 2 millones de vidas, además de las secuelas psicológicas en mujeres y hombres, por dicha causa. Y de ellas nadie habla.

A nivel mundial, se estima el aborto en un 22% de los embarazos, es decir 46 millones anuales. Son, la principal causa de muerte, a nivel mundial, -a veces se olvida-.

 Así que el tema viene de lejos y de muchos frentes oficiales, sobre todo del "nido" de Naciones Unidas, que reparte consejos y dinero por el ancho mundo.

El secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, en junio,  aseguró al gobierno de Estados Unidos que no promovería el aborto durante la pandemia de COVID-19. Se lo dijo al director interino de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional.  ¿Por qué? Porque le habían dado "un toque" por ello. Así que era una disculpa de Guterres debida, según  V. Abelenda Carrillo, a una carta de enérgica protesta del director interino de la citada Agencia, John Barsa quejándose de que se había incluido un manual de la ONU sobre "salud sexual y reproductiva" al hablar de la pandemia de COVID-19. Al parecer, el manual, también pedía que se obligue a los médicos y proveedores de salud a derivar a un aborto, aún en contra de su conciencia.

Las conclusiones de las respuestas a la encuesta de  Gailup, (empresa de análisis y asesoría, con sede en Washington), dicen que se debe "mejorar la formación en biología, derecho y razonamiento moral". La mayoría de respuestas al estudio, encargado por la Universidad de Notre Dame, coinciden en que el aborto es un tema más personal que político, y que la mayoría "no ha pensado (en él) detenidamente". 

      2) En España: las menores podrán abortar sin consentimiento de sus progenitores, según Irene Montero.  

Efectivamente, sin venir a cuento, el día 7 de octubre, la Ministra de Igualdad,  dice  que quiere derogar la ley existente para que las menores puedan abortar sin consentimiento de los padres. Abre el debate y la polémica para reformar la Ley Orgánica de la Interrupción Voluntaria del Embarazo, aprobada en 2010, y la limitación que incluye a dicha ley, la Ley de Autonomía del Paciente, de 2015. Suprimir la obligación existente actualmente para que las jóvenes menores de edad, puedan abortar sin autorización de sus progenitores.

La Ministra del partido, socio del Gobierno, lo dijo claramente en el Congreso de Diputados: "Reivindicamos el derecho a la interrupción del embarazo...como tantas voces verdes y moradas (?), en todos los rincones del mundo, el derecho de todas las mujeres a decidir sobre sus cuerpos y reivindicamos una maternidad libremente decidida y sobre todo una vida sexual plena y libre".

Cada uno es libre y puede decir y decidir lo que quiera. Ahora bien, no parece casualidad que sean las ministras, B. Aído anteriormente y ahora Montero, las más preparadas para -olvidándose de ayudar a las madres embarazadas (sean menores o no-, ofrecerles la decisión del aborto y el pago de la operación a costa del contribuyente, sin contar siquiera con los padres.

La joven madre que quiera seguir adelante con su embarazo, según la ministra de IGUALDAD, que se busque los medios o acuda a sus padres para salir adelante. (Para eso los padres sí tienen que estar ahí).

¿Otro derecho para que las y los jóvenes tengan "una vida sexual plena y libre"? Según eso, cada persona es su cuerpo, y  "todas las mujeres tienen derecho a decidir sobre sus cuerpos". Nadie entonces, ¿es responsable ni de lo que hace ni de sus elecciones respecto a otro ser humano? ¿Ni cuando haya una vida inocente en juego?

Tal vez la pregunta previa sea ¿hay o no "otra vida" en el interior del vientre de la madre, o como dice la Ministra de Igualdad, en su cuerpo? Es que puede ser que se esté obligando a la ciudadanía a aceptar que en la mujer embarazada "no hay nada". Pero si en la embarazada no hay un ser vivo en desarrollo y en camino...¿se pueda celebrar un día en su honor? ¡Parece una paradoja!

           3) Desde 1988, el 15 de octubre, es el Día Mundial Internacional de la Concienciación sobre la Muerte Gestacional, Perinatal y Neonatal.

  Es el día del Recuerdo del Embarazo y la Pérdida Infantil. Se inició a solicitud de un grupo de padres en duelo, al gobierno federal y a los gobernadores de los 50 estados de USA.

Actualmente, el día 15 de octubre de cada año, familias y organizaciones suelen reunirse para tomar consciencia del problema, pues 1 de cada 4 mujeres no llevan su embarazo a término natural.

Se busca, en cierta forma, "rendir un homenaje a las parejas que han sufrido la muerte de su bebé durante el período de gestación o una vez que se ha llevado a cabo el nacimiento. Y, por supuesto, también se pretende que los profesionales de la salud estén formados y preparados para atender a los padres que han perdido a su bebé".

 Luego, para entendernos llanamente: 1) hay una vida, dentro de la madre, que no es ella, ni su cuerpo, y puede no llegar a buen término por motivos naturales,(genéticos, medioambientales, accidentales, etc.) y entonces se intenta "ayudar a los padres por la pérdida del bebé"; 2) Que a esa vida en camino, la hayan eliminado ¡Nadie quiere saber nada!. En consecuencia, a la madre(joven o no) no se la ayuda, a pesar de las secuelas terribles que puede sufrir, y el estado endosa a la familia y la sociedad el coste de lo que suceda.

Habrá que añadir que, siendo menor de edad, si los padres de la embarazada -no saben del aborto-,  que, según la Ministra, se pretende -por ley- que no tengan siquiera que otorgar su consentimiento, se deja sin apoyo, sin consuelo y abandonada a su suerte, a la hija menor de edad de una familia, y al bebé. ¿Cabe mayor desamparo que el de la familia, el de la madre y el del bebe? ¡todos los niños merecen ser amados!

Una mujer, madre, y además médico y por ello defensora de la vida y de la libertad, no quiere que se siga confundiendo a la ciudadanía. ¡Hay alternativas! Por eso ha saltado a la palestra, Gador Joya, que comienza diciendo: "cuando yo estaba estudiando medicina, no tenía en mente terminar siendo una activista".  Merece la pena escuchar su razonamiento en "Alto y claro" .

https://youtu.be/vmgbHx7z3jc

           4)  Nunca debe olvidarse lo que se es y lo que vale.

Es verdad que "nadie es perfecto", como escribió el japonés Ototake, pero todos somos "esencialmente únicos, distintos, irrepetibles  porque somos seres espirituales, infinitos y eternos". Hemos escogido estar aquí para aprender, vivir unas experiencias  y crecer, agradeciendo a la vida lo que nos da y ayudando a los demás.

El gran problema de la sociedad del bienestar es que la educación, la economía y todo, tiende a igualar, por comodidad, por egoísmo o por miedo, olvidando que cada persona es única y diferente, y como tal debe ser respetada.

 

Las diferentes culturas a lo largo de la Historia van en esa dirección, pero se intenta ocultar las diferencias, y a veces, al diferente.

El Presidente de Alemania, Roman Herzog, expresó su opinión sobre los Derechos Humanos en un ensayo publicado en el diario semanal Die Zeit de Hamburgo, diciendo: las culturas del hinduismo, confucionismo, budismo, islamismo, cristianismo, y sus sistemas filosóficos característicos, han establecido una ética de la humanidad con la regla siguiente: "No hagas nunca a otros lo que no quieres que te hagan a ti". Los derechos fundamentales del hombre fluyen directamente de esa regla de oro que señala el deber de evitar el mal a los demás.

De ahí nace el altruismo, el desapego, el compartir, ser solidario, el amor, la alegría, y la raíz misma de la paz, que es todo lo contrario del miedo y del afán de dominio. Esa es la verdad de nuestra esencia, que no siente el poder y ni quienes se afanan en imponer que todo sea blanco o negro, según su egoico canon ético, basado en lo material, la apariencia, lo cuantitativo y no en lo cualitativo y esencial.

Esa discriminación es creerse con capacidad para decidir sobre otro, desde la concepción hasta la vejez. Puede ser porque no se desea, o porque tenga algo que lo hace diferente, aunque  sea compatible con la vida.

Nadie está aquí de más, porque sea diferente. Humanidad agotada y caduca, lo piensa y lo ejecuta.

La diversidad física y funcional es enriquecedora y tiene un sentido profundo para su propia persona, y/o para su entorno. social. Un ser humano puede haber escogido vivir esta experiencia, o desear que su entorno evolucione creciendo en consciencia y en amor. El amor no es estático, ni termina en el acto de nacer, tener salud y ser rico. Es crecer: "haz a los otros lo que desearías que te hicieran a ti o contigo".

Siempre se puede aprender, de hecho el día 20 de octubre tenía lugar en Madrid la IV jornadas sobre el tratamiento de la discapacidad en los medios de comunicación, porque no es un tema solo de familia, sino social.

Y el 22 de octubre en Ginebra, 31 países firmaban el rechazo a considerar "derecho humano" al aborto. “Hoy dejamos un marcador claro; las agencias de la ONU ya no pueden reinterpretar y malinterpretar el lenguaje acordado sin rendir cuentas". Dijo el Secretario de Servicios Humanos y de Salud (HHS) en Estados Unidos.

Tal vez quien trata de potenciar las "voces verdes o moradas" del mundo, es capaz de escuchar una voz más profunda si "aguza el oído del corazón". Porque de hecho Ken Follett, ha escrito: "es curioso cómo las necesidades de los niños relegan todo lo demás a un segundo plano...al menos en el caso de las mujeres" (Las tinieblas y el alba).

 En todo caso, muchas personas que viven o han convivido con un hijo o una persona con capacidades diferentes, terminan reconociendo y escribiendo que "son maestros", que les han enseñado la lección más maravillosa de la vida y lo han hecho por amor y con amor. Puedes ver la misma idea en el diálogo de Elizabeth Méndez y Emilio Carrillo.

https://youtu.be/fB73nZAwgbk

José Manuel Belmonte.

 

La COVID-19 y el aborto

Desde el comienzo de la pandemia de COVID-19, la Organización Mundial de la Salud ha sostenido que la salud sexual y reproductiva, y el aborto específicamente, deben ser una parte esencial de las respuestas gubernamentales a la crisis de salud. El Secretario General de la ONU ha seguido su ejemplo y continúa promoviendo el aborto durante la emergencia sanitaria mundial.

Es posible que el gobierno de Estados Unidos no haya recibido muchos votos de apoyo, pero varias delegaciones expresaron su solidaridad con las preocupaciones pro-vida de Estados Unidos.

Irak dijo que la resolución sobre COVID-19 no era un lugar "adecuado" para abordar temas sociales sensibles.

Libia dijo que "salud sexual y reproductiva" era "terminología controvertida". Su diplomático dijo que la ONU no debería utilizar este lenguaje “contra nuestro país” y afirmó su derecho a redactar una legislación acorde con las prioridades nacionales y de acuerdo con su patrimonio cultural.

Guatemala también hizo una reserva sobre el lenguaje sobre salud sexual y reproductiva, diciendo que “podría interpretarse erróneamente” como que incluye el derecho al aborto.

Rusia se distanció de las “conferencias de revisión” de la ONU que son conocidas por promover el aborto, las personas LGBT y la autonomía sexual de los niños. 

La Santa Sede expresó su preocupación por los problemas pro-vida en la pandemia de COVID-19 de manera más amplia.

El nuncio apostólico, el arzobispo Gabriele Caccia, representante personal del Papa Francisco ante las Naciones Unidas, planteó preocupaciones sobre el aborto, la subrogación, la esterilización, las preocupaciones éticas con el desarrollo de nuevas vacunas y el derecho a la vida de las personas mayores.

Jesús Martínez Madrid

 

 

La sedación paliativa

Después de una larga argumentación técnica concluye que existe una “falta de justificación, no solo ética y legal, sino también sanitaria y social, para crear un derecho a la eutanasia y/o auxilio al suicidio”.

El Comité de Bioética no desconoce que todas las personas tienen derecho a no sufrir dolor, incluso en los momentos de mayor vulnerabilidad. Sin embargo existen otros recursos, como la sedación paliativa en algunos supuestos de sufrimiento existencial, que son más acordes con la dignidad de quien padece el sufrimiento 

Coincidiendo con la aparición de este Informe del Comité de Bioética, se ha hecho pública una declaración de más de un centenar de eminentes juristas españoles que piden que se retire esta iniciativa legislativa. Consideran que “envuelta en equívocas palabras y pulsiones emotivas circunstanciales, constituye una grave amenaza a la seguridad de los más mayores y enfermos de nuestra sociedad”. Se podría decir más alto pero no más claro.

Xus D Madrid

 

 

Preocupaciones sobre el aborto

Citando preocupaciones sobre el aborto, la administración Trump votó en contra de una resolución de la ONU sobre la pandemia de COVID-19.

En medio de un coro de reservas y una votación enconada, la Asamblea General de la ONU adoptó una resolución largamente esperada sobre el coronavirus. Estados Unidos citó una larga lista de preocupaciones, incluida la inserción del controvertido término "salud sexual y reproductiva".

"No aceptamos referencias a la salud sexual y reproductiva", dijo el diplomático estadounidense Jason Mack, señalando el uso de la frase para legitimar el aborto como un "servicio de salud" 

“No existe el derecho internacional al aborto, ni hay ningún deber por parte de los Estados de financiar o facilitar el aborto”, explicó 

Fueron necesarios siete meses de negociaciones para que se votara la resolución. Aun así, los Estados miembros no pudieron suavizar todas sus diferencias, sin embargo, solo Estados Unidos e Israel terminaron votando en contra de la resolución. Otras delegaciones expresaron reservas en lugar de votar en contra.

Entre las razones citadas para votar en contra de la resolución, Mack también citó el sesgo antiisraelí y la disputa en curso del gobierno de Estados Unidos con la Organización Mundial de la Salud. La resolución habla muy bien del organismo de salud mundial, mientras que Estados Unidos ha sido crítico con su respuesta a la pandemia y ha iniciado una retirada de la organización internacional.

Estados Unidos sometió a votación el párrafo sobre "salud reproductiva". La votación fracasó por un amplio margen. Solo tres países se alinearon con el gobierno de EE. UU. Ciento veintidós alineados con la Unión Europea, contra las posiciones provida de Estados Unidos. Más de cincuenta países se abstuvieron o no votaron.

Alemania, hablando en nombre de la Unión Europea, criticó el intento de Estados Unidos de eliminar "salud sexual y reproductiva". El delegado dijo que envió una "señal terrible". Citando las directrices de la Organización Mundial de la Salud durante la pandemia, su declaración decía que la salud reproductiva era un "servicio de salud esencial".

Australia, hablando en nombre de 42 países principalmente de Europa y América Latina, también se quejó de la solicitud de Estados Unidos de eliminar "salud sexual y reproductiva". El Reino Unido dijo que la salud sexual y reproductiva es "vital" para la respuesta de la ONU al COVID-19. Así están las cosas relacionadas con “la vida de los no nacidos”.

Enric Barrull Casals

 

 

Confrontación de ideas en torno a la eutanasia

En la opinión pública hay escaso debate, confrontación de ideas en torno a la eutanasia, en parte porque noto que unos reclaman la eutanasia como solución y otros andan escasos de argumentos para defender la vida en la fase terminal.

Quienes defienden la eutanasia apelan a que no haya ensañamiento terapéutico. Eso no lo defiende ni la Iglesia ni quienes defienden la vida: es más, el mencionado documento señala el deber de evitar el ensañamiento.

Se apela a la compasión, de que para no sufrir es mejor morir. Los cuidados paliativos han mejorado tanto que se puede evitar el sufrimiento en gran medida. El enfermo necesita afecto y compañía hasta el final, y tal vez es la comodidad de familiares o médicos lo que lleva a claudicar.

Seamos sinceros: hay mucha soledad, más ahora con la pandemia, y ese es el terreno abonado para que la eutanasia se presente como solución.

La eutanasia no es la solución, sino un reflejo del utilitarismo y, a veces, del escaso esfuerzo  -pereza mental y práctica– para defender la vida de los más débiles, que dentro de un tiempo probablemente seremos los que leemos estas líneas.

Jaume Catalán Díaz

 

 

España y como siempre saqueada por

 filibusteros y mercenarios

 

  Del discurso del rey al congreso de LA EMPRESA (Periodista Digital 27-10-2020): El rey "hace lo que puede o le dejan", pero ha debido decir que los grandes problemas no los soluciona una de las partes, puesto que para solucionarlos hay que escuchar con atención a la otra parte; y es entre esas dos partes (opuestas generalmente) donde pueden resultar soluciones, sino totales, pero sí llevaderas. Como no se soluciona nada, es en "el ordeno y mando tiránico", que emplea "este aprendiz de gobernante, que nunca ha gobernado nada, puesto que en la vida civil, que es dónde se hace, el hombre o la mujer, no ha hecho nada nunca, salvo vivir del dinero público"; y la realidad que padecemos lo demuestra con creces; y el rey, si es que de verdad, "se cree que nos encarna a los españoles", se lo tiene que decir en privado o en público, sino... ¿para qué lo queremos? Casi todos los problemas MATERIALES tienen solución, si es que hay justicia... "que esa es otra carencia aquí".

CARADURAS SIN FRONTERAS: Los indecentes lujos de Pedro Sánchez y Begoña Gómez en Roma: Falcon, 10 coches y un Maserati. Los refinados gustos del 'matrimonio presidencial' español”. (Periodista Digital 27-10-2020)

            Demuestra todo ello lo que ya es costumbre en “el nuevo emperador de la Moncloa”. O sea que, “el gasto y lujos que importan si paga el pueblo”. ¿Al pueblo? Pues “ajo y agua” (diminutivos que los universitarios emplean para decir, a joderse y aguantarse)  pero eso sí, “el emperador no duerme y dicta medios para salvarnos la vida de un virus que seguro no tiene, “ni puta idea”. Que los dioses lo salven a él.

LA PENÚLTIMA CHORRADA DE LA CONSORTE DE PABLO IGLESIAS: El Ministerio de Irene Montero denuncia la ‘opresión del color rosa’ sobre las niñas españolas. En informe titulado ‘Publicidad y campañas navideñas de juguetes: ¿promoción o ruptura de estereotipos y roles de género?’ (Periodista Digital 27-10-2020)

            Aquí hay una muestra evidente, de la “inteligencia” de la “hornada de ministros, presidente incluido”, a los que les estamos pagando sueldos y lujos que no merecen, mientras el empobrecimiento de los españoles, avanza a pasos agigantados hacia miserias mayores, que iremos viendo a no tardar mucho. Y mientras la oposición parlamentaria, “tocándose los cojones y barriendo para su panza y su bolsillo siempre”, lo que nos augura un porvenir que se aproxima cada vez más, “a los de Ahití”.

La Fiscalía rechaza investigar a Ábalos por el Delcygate: lo ve "un acto diplomático": “No olvidemos que la citada vicepresidenta no llegó a entrar en territorio español, sino que se mantuvo en la zona de tránsito”, dice un informe del ministerio público remitido al Supremo. (Vozpópuli 27-10-2020)

¿Pero cómo un fiscal al que se le paga precisamente para que fiscalice, puede impedir esa investigación en un país que se dice civilizado y democrático? ¿Qué tipo de justicia hay ya en España? ¿Quién es capaz de responder en idioma español y del que hablamos los del pueblo llano? Esto ya decir que es "república bananera", considero que es elogioso para la realidad que nos han echado encima. Y lo de “la zona de tránsito”, no olvidemos que aparte de la persona, había docenas de maletas, presumiblemente cargadas con valores incalculables, que “alguien las llevaría a alguna otra parte de España, para que siguiera camino a “dónde fuera”. ¿Y no se investiga todo eso?

EMILIO CALATAYUD “JUEZ DE MENORES”: Posiblemente, este juez español, sea el único… juez, juez, juez; y si bien su actividad como tal, en Granada, la ejerce y dedica  principalmente para juzgar a “menores”, a los que logra reintegrar en la sociedad como elementos útiles, no imponiendo multas dinerarias, sino obligaciones a tenor con los delitos cometidos; pero también en sus ya abundantes declaraciones (“que él no busca, sino que lo buscan”) incluye a los mayores, y nos da unas lecciones, que desde luego son las de un verdadero juez, preocupado porque la sociedad, vuelva o tome los caminos que llevan a una mucho mejor convivencia de la que hoy nos encontramos, en “el lodazal” en que nos han metido, los que dicen gobernarnos. Vean y difundan lo que declara en XLSEMANAL nº 1721 DEL 18 AL 24 de octubre, está en la red: www.xlsemanal.com/personajes/20201020/juez-menores-jovenes-coronavirus-emilio-calatayud-segunda-ola-comportamiento.html

Nuevo récord de empleo público: 3.337.000 asalariados en plena pandemia y en la peor crisis económica: Ese dato equivale a casi el 21% del conjunto de los asalariados españoles. (Vozpópuli 28-10-2020)

            Para valorar este desastre de “burrocracia española, que no burocracia”, sólo hay que decir que en los gobiernos de Franco y para toda España, había menos empleados públicos que hoy tiene la autonomía de Andalucía (Y entonces no había ordenadores y otros elementos que hoy sobran); lo que demuestra el abuso de los políticos, creando nuevos organismos, covachas o covachuelas y empleos ficticios nombrados a dedo, pero que pagamos con nuestros impuestos, los ya esquilmados súbditos españoles. En la actualidad y sólo en el gobierno central, hay más de dos docenas de ministros y ministras; imaginemos lo que en este último desastre han creado los irresponsables que nos han arruinado y que presumen haber creado unos presupuestos para 2021 con subidas aún más confiscatorias que las que ya padecemos. Y lo repulsivo, es que “los gallineros parlamentarios”, sólo se preocupan de sus intereses más inmediatos, mientras la economía española “simplemente se cae a pedazos”. ¿Hasta cuándo todos estos disparates ya criminales?

“TLT”: Techo, Lecho y Trabajo útil para la sociedad… Si la parte razonable del dinero público se aplicara a esta solución, creo firmemente que la mayor parte de problemas, no existirían en este pobre planeta.

Antonio García Fuentes (Escritor y filósofo) www.jaen-ciudad.es (aquí más)