Las Noticias de hoy 26 Octubre 2020

Enviado por adminideas el Lun, 26/10/2020 - 12:38

100 frases de San Agustín sobre el amor y la fe

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 26 de octubre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Ángelus: El verdadero amor de Dios se expresa en el amor al prójimo

Ángelus: Oración por Nigeria

MIRAR AL CIELO: Francisco Fernandez Carbajal

Evangelio del lunes: La misericordia de Cristo

“Oración constante, de la mañana a la noche”: San Josemaria

Conocerle y conocerte (VI): Un lenguaje más poderoso: José Brage

XXX Domingo del tiempo ordinario: + Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

 La unidad de vida y la misión de los fieles laicos en la Exhortación Apostólica Christifideles laici: Raúl Lanzetti

La fraternidad, don y tarea: Ramiro Pellitero

 El cristianismo primigenio como mensaje utópico original: Rosa Mª Almansa 

In-comunicación: Silvia del Valle Márquez

 ¿Qué tanto escuchas a tus hijos?: LaFamilia.info 

Género: destrucción de la familia rumbo al comunismo: Alvaro Fernández

​ La ideología de género rompe la familia:  + Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: Enrique Rojas. 

Derechos Humanos, un concepto en constante evolución: Acción Familia

¿Eutanasia?:  Jesús Martínez Madrid

Morir en paz: lección aprendida : JD Mez Madrid

Reacción de la escuela concertada:  Jesús Domingo Martínez

Consecuencias de la moción y la desastrosa realidad de España: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

Ángelus: El verdadero amor de Dios se expresa en el amor al prójimo

Palabras antes del Ángelus

OCTUBRE 25, 2020 12:53RAQUEL ANILLOANGELUS

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(zenit – 25 octubre 2020).- “La vida moral y religiosa no se puede reducir a la obediencia ansiosa y forzada, sino que debe tener el amor como principio”, advirtió el Papa Francisco durante el Ángelus de este domingo 25 de octubre de 2020.

Desde la ventana de su despacho en el Palacio Apostólico que da a la Plaza de San Pedro, el Papa también advirtió: “Mientras haya un hermano o hermana a quien cerremos el corazón, estaremos lejos de los discípulos que Jesús quiere que seamos”.

“Muchas veces nosotros descuidamos el escuchar al otro porque es aburrido o porque me quita tiempo, o de llevarlo, acompañarlo en sus dolores, en sus pruebas… ¡Pero siempre encontramos tiempo para chismorrear, siempre!”,  le dijo a la escasa multitud que acudió a pesar de las nuevas restricciones para combatir la propagación de la COVID-19.

El Papa nos invitó a no olvidar la “adoración” a Dios, en su meditación introduciendo la oración mariana.

AK

A continuación, siguen las palabras del Papa, según la traducción oficial ofrecida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

***

Palabras antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la página evangélica de hoy (cfr. Mt 22, 34-40), un doctor de la Ley pregunta a Jesús cuál es “el mandamiento mayor” (v. 36), es decir el mandamiento principal de toda la Ley divina. Jesús responde sencillamente: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (v. 37). Y a continuación añade: “El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (v. 39).

La respuesta de Jesús retoma y une dos preceptos fundamentales, que Dios ha dado a su pueblo mediante Moisés (cfr Dt 6, 5; Lv 19, 18). Y así supera la trampa que le han tendido para «ponerle a prueba» (v. 35). Su interlocutor, de hecho, trata de llevarlo a la disputa entre los expertos de la Ley sobre la jerarquía de las prescripciones. Pero Jesús establece dos fundamentos esenciales para los creyentes de todos los tiempos, dos fundamentos esenciales de nuestra vida. El primero es que la vida moral y religiosa no puede reducirse a una obediencia ansiosa y forzada. Hay gente que trata de cumplir los mandamientos de forma ansiosa o forzada, y Jesús nos hace entender que la vida moral y religiosa no puede reducirse a una obediencia ansiosa y forzada, sino que debe tener como principio el amor. El segundo fundamento es que el amor debe tender juntos e inseparablemente hacia Dios y hacia el prójimo. Esta es una de las principales novedades de la enseñanza de Jesús y nos hace entender que no es verdadero amor de Dios el que no se expresa en el amor al prójimo; y, de la misma manera, no es verdadero amor al prójimo el que no se deriva de la relación con Dios.

Jesús concluye su respuesta con estas palabras: “De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas” (v. 40). Esto significa que todos los preceptos que el Señor ha dado a su pueblo deben ser puestos en relación con el amor de Dios y del prójimo. De hecho, todos los mandamientos sirven para realizar, para expresar ese doble amor indivisible. El amor por Dios se expresa sobre todo en la oración, en particular en la adoración. Nosotros descuidamos mucho la adoración a Dios. Hacemos la oración de acción de gracias, la súplica para pedir alguna cosa…, pero descuidamos la adoración. Adorar a Dios es precisamente el núcleo de la oración. Y el amor por el prójimo, que se llama también caridad fraterna, está hecho de cercanía, de escucha, de compartir, de cuidado del otro. Y muchas veces nosotros descuidamos el escuchar al otro porque es aburrido o porque me quita tiempo, o de llevarlo, acompañarlo en sus dolores, en sus pruebas… ¡Pero siempre encontramos tiempo para chismorrear, siempre! No tenemos tiempo para consolar a los afligidos, pero mucho tiempo para chismorrear. ¡Estad atentos! Escribe el apóstol Juan: “Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4, 20). Así se ve la unidad de estos dos mandamientos.

En el Evangelio de hoy, una vez más, Jesús nos ayuda a ir a la fuente viva y que brota del Amor. Y tal fuente es Dios mismo, para ser amado totalmente en una comunión que nada ni nadie puede romper. Comunión que es un don para invocar cada día, pero también compromiso personal para que nuestra vida no se deje esclavizar por los ídolos del mundo. Y la verificación de nuestro camino de conversión y de santidad está siempre en el amor al prójimo. Esta es la verificación: si yo digo “amo a Dios” y no amo al prójimo, no va bien. La verificación de que yo amo a Dios es que amo al prójimo. Mientras haya un hermano o una hermana a la que cerremos nuestro corazón, estaremos todavía lejos del ser discípulos como Jesús nos pide. Pero su divina misericordia no nos permite desanimarnos, es más nos llama a empezar de nuevo cada día para vivir coherentemente el Evangelio.

Que la intercesión de María Santísima nos abra el corazón para acoger el “mayor mandamiento”, el doble mandamiento del amor, que resume toda la ley de Dios y de la que depende nuestra salvación.

 

 

Ángelus: Oración por Nigeria

Palabras después del Ángelus

OCTUBRE 25, 2020 14:22RAQUEL ANILLOANGELUS

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(zenit – 25 octubre 2020).- Después de la oración del Ángelus de este domingo 25 de octubre de 2020, el Papa Francisco ha manifestado su preocupación por los enfrentamientos en Nigeria pidiendo la oración por el cese de la violencia.

Saludando a continuación a los peregrinos reunidos en la Plaza San Pedro y anunciando para el 28 de noviembre un consistorio para el nombramiento de trece nuevos cardenales.

A continuación, siguen las palabras del Papa, según la traducción oficial ofrecida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

***

Palabras después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Sigo con particular preocupación las noticias que llegan desde Nigeria, sobre los enfrentamientos violentos sucedidos recientemente entre las fuerzas del orden y algunos jóvenes manifestantes. Recemos al Señor para que se evite siempre todo tipo de violencia, en la constante búsqueda de la armonía social a través de la promoción de la justicia y del bien común.

Os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos venidos de diferentes países: familias, grupos parroquiales, asociaciones y fieles. En particular, saludo al grupo “Célula de evangelización” de la parroquia San Miguel Arcángel en Roma; y también a los chicos de la Inmaculada, ¡que son bastantes hoy!

El próximo 28 de noviembre, en la vigilia del primer domingo de adviento, celebraré un Consistorio para el nombramiento de trece nuevos cardenales.

Recemos por los nuevos Cardenales, para que, confirmando su adhesión a Cristo, me ayuden en mi ministerio de Obispo de Roma, por el bien de todo el santo pueblo fiel de Dios.

A todos os deseo un feliz domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

 

MIRAR AL CIELO

— La mujer encorvada y la misericordia de Jesús.

— Lo que nos impide mirar al Cielo.

— Solo en Dios comprendemos la verdadera realidad de la propia vida y de todo lo creado.

I. En el Evangelio de la Misa1, San Lucas nos relata cómo Jesús entró a enseñar un sábado en la sinagoga, según era su costumbre. Y había allí una mujer poseída por un espíritu, enferma desde hacía dieciocho años, y estaba encorvada sin poder enderezarse de ningún modo. Y Jesús, sin que nadie se lo pidiera, movido por su compasión, la llamó y le dijo: Mujer, quedas libre de tu enfermedad. Y le impuso las manos, y al instante se enderezó y glorificaba a Dios.

El jefe de la sinagoga se indignó porque Jesús curaba en sábado. Con su alma pequeña no comprende la grandeza de la misericordia divina que libera a esta mujer postrada desde hacía tanto tiempo. Celoso en apariencia de la observancia del sábado prescrita en la Ley2, el fariseo no sabe ver la alegría de Dios al contemplar a esta hija suya sana de alma y de cuerpo. Su corazón, frío y embotado –falto de piedad–, no sabe penetrar en la verdadera realidad de los hechos: no ve al Mesías, presente en aquel lugar, que se manifiesta como anunciaban las Escrituras. Y no atreviéndose a murmurar directamente de Jesús, lo hace de quienes se acercan a Él: Seis días hay en los que es necesario trabajar; venid, pues, en ellos a ser curados y no en día de sábado. Y el Señor, como en otras ocasiones, no calla: les llama hipócritas, falsos, y contesta –recogiendo la alusión al trabajo– señalando que, así como ellos se daban buena prisa en soltar del pesebre a su asno o a su buey para llevarlos a beber aunque fuera sábado, a esta, que es hija de Abrahán, a la que Satanás ató hace ya dieciocho años, ¿no era conveniente soltarla de esta atadura aun en día de sábado? Aquella mujer, en su encuentro con Cristo recupera su dignidad; es tratada como hija de Abrahán y su valor está muy por encima del buey o del asno. Sus adversarios quedaron avergonzados, y toda la gente sencilla se alegraba por todas las maravillas que hacía.

La mujer quedó libre del mal espíritu que la tenía encadenada y de la enfermedad del cuerpo. Ya podía mirar a Cristo, y al Cielo, y a las gentes, y al mundo. Nosotros hemos de meditar muchas veces estos pasajes en los que la compasiva misericordia del Señor, de la que tan necesitados andamos, se pone singularmente de relieve. «Esa delicadeza y cariño la manifiesta Jesús no solo con un grupo pequeño de discípulos, sino con todos. Con las santas mujeres, con representantes del Sanedrín como Nicodemo y con publicanos como Zaqueo, con enfermos y con sanos, con doctores de la ley y con paganos, con personas individuales y con muchedumbres enteras.

»Nos narran los Evangelios que Jesús no tenía dónde reclinar su cabeza, pero nos cuentan también que tenía amigos queridos y de confianza, deseosos de acogerlo en su casa. Y nos hablan de su compasión por los enfermos, de su dolor por los que ignoran y yerran, de su enfado ante la hipocresía»3.

La consideración de estas escenas del Evangelio nos debe llevar a confiar más en Jesús, especialmente cuando nos veamos más necesitados del alma o del cuerpo, cuando experimentemos con fuerza la tendencia a mirar solo lo material, lo de abajo, y a imitarle en nuestro trato con las gentes: no pasemos nunca con indiferencia ante el dolor o la desgracia. Hagamos igual que el Maestro, que se compadece y pone remedio.

II. «Así encontró el Señor a esta mujer que había estado encorvada durante dieciocho años: no se podía erguir (Lc 13, 11). Como ella –comenta San Agustín– son los que tienen su corazón en la tierra»4; después de un tiempo han perdido la capacidad de mirar al Cielo, de contemplar a Dios y de ver en Él la maravilla de todo lo creado. «El que está encorvado, siempre mira a la tierra, y quien busca lo de abajo, no se acuerda de a qué precio fue redimido»5. Se olvida de que todas las cosas creadas han de llevarle al Cielo y contempla solo un universo empobrecido.

El demonio mantuvo dieciocho años sin poder mirar al Cielo a la mujer curada por Jesús. Otros, por desgracia, pasan la vida entera mirando a la tierra, atados por la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida6. La concupiscencia de la carne impide ver a Dios, pues solo lo verán los limpios de corazón7; esta mala tendencia «no se reduce exclusivamente al desorden de la sensualidad, sino también a la comodidad, a la falta de vibración, que empuja a buscar lo más fácil, lo más placentero, el camino en apariencia más corto, aun a costa de ceder en la fidelidad a Dios (...).

»El otro enemigo (...) es la concupiscencia de los ojos, una avaricia de fondo, que lleva a no valorar sino lo que se puede tocar. Los ojos que se quedan como pegados a las cosas terrenas, pero también los ojos que, por eso mismo, no saben descubrir las realidades sobrenaturales. Por tanto, podemos utilizar la expresión de la Sagrada Escritura, para referirnos a la avaricia de los bienes materiales, y además a esa deformación que lleva a observar lo que nos rodea –los demás, las circunstancias de nuestra vida y de nuestro tiempo– solo con visión humana.

»Los ojos del alma se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios (...). La existencia nuestra puede, de este modo, entregarse sin condiciones en manos del tercer enemigo, de la superbia vitae. No se trata solo de pensamientos efímeros de vanidad o de amor propio: es un engreimiento general. No nos engañemos, porque este es el peor de los males, la raíz de todos los descaminos»8. Ninguno de estos enemigos podrá con nosotros si tenemos la sinceridad necesaria para descubrir sus primeras manifestaciones, por pequeñas que sean, y suplicamos al Señor que nos ayude a levantar de nuevo nuestra mirada hacia Él.

III. La fe en Cristo se ha de manifestar en los pequeños incidentes de un día corriente, y ha de llevarnos a «organizar la vida cotidiana sobre la tierra sabiendo mirar al Cielo, esto es, a Dios, fin supremo y último de nuestras tensiones y nuestros deseos»9.

Cuando, mediante la fe, tenemos la capacidad de mirar a Dios, comprendemos la verdad de la existencia: el sentido de los acontecimientos, que tienen una nueva dimensión; la razón de la cruz, del dolor y del sufrimiento; el valor sobrenatural que podemos imprimir a nuestro trabajo diario y a cualquier circunstancia que, en Dios y por Dios, recibe una eficacia sobrenatural.

El cristiano no está cerrado en absoluto a las realidades terrenas; por el contrario, «puede y debe amar las cosas creadas por Dios. Pues de Dios las recibe, y las mira y respeta como objetos salidos de las manos de Dios»10, pero solo «usando y gozando de las criaturas en pobreza y con libertad de espíritu, entra de veras en posesión del mundo, como quien nada tiene y es dueño de todo: Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios (1 Cor 3, 22)»11. San Pablo recomendaba a los primeros cristianos de Filipos: Por lo demás, hermanos, cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de íntegro, de amable y de encomiable; todo lo que sea virtuoso y digno de alabanza, tenedlo en estima12.

El cristiano adquiere una particular grandeza de alma cuando tiene el hábito de referir a Dios las realidades humanas y los sucesos, grandes o pequeños, de su vida corriente. Cuando los aprovecha para dar gracias, para solicitar ayuda y ofrecer la tarea que lleva entre manos, para pedir perdón por sus errores... Cuando, en definitiva, no olvida que es hijo de Dios todas las horas del día y en todas las circunstancias, y no se deja envolver de tal manera por los acontecimientos, por el trabajo, por los problemas que surgen... que olvide la gran realidad que da razón a todo: el sentido sobrenatural de su vida. «¡Galopar, galopar!... ¡Hacer, hacer!... Fiebre, locura de moverse... Maravillosos edificios materiales...

»Espiritualmente: tablas de cajón, percalinas, cartones repintados... ¡galopar!, ¡hacer! —Y mucha gente corriendo: ir y venir.

»Es que trabajan con vistas al momento de ahora: “están” siempre “en presente”. —Tú... has de ver las cosas con ojos de eternidad, “teniendo en presente” el final y el pasado...

»Quietud. —Paz. —Vida intensa dentro de ti. Sin galopar, sin la locura de cambiar de sitio, desde el lugar que en la vida te corresponde, como una poderosa máquina de electricidad espiritual, ¡a cuántos darás luz y energía!..., sin perder tu vigor y tu luz»13.

Acudamos a la misericordia del Señor para que nos conceda ese don, vivir de fe, para poder andar por la tierra con los ojos puestos en el Cielo, con la mirada fija en Él, en Jesús,

1 Lc 13, 10-17. — 2 Cfr. Ex 20, 8. — 3 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 108. — 4 San Agustín, Comentario al Salmo 37, 10. — 5 San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, 31, 8. — 6 Cfr. 1 Jn 2, 16. — 7 Cfr. Mt 5, 8. — 8 San Josemaría Escrivá, o. c., 56. — 9 Juan Pablo II, Ángelus 8-XI-1979.  10 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 37. — 11 Ibídem. — 12 Flp 4, 8. — 13 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 837.

Evangelio del lunes: La misericordia de Cristo

Evangelio del lunes de la XXX semana del tiempo ordinario y comentario al evangelio.

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Lucas 13, 10-17)

Un sábado estaba enseñando en una de las sinagogas. Y había allí una mujer poseída por un espíritu enferma desde hacía dieciocho años, y estaba encorvada sin poder enderezarse de ningún modo. Al verla Jesús, la llamó y le dijo:

- Mujer, quedas libre de tu enfermedad

Y le impuso las manos, y al instante se enderezó y glorificaba a Dios. Tomando la palabra el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús curaba en sábado, decía a la muchedumbre:

- Hay seis días para trabajar, venid pues en ellos para ser curados y no un día de sábado.

El Señor le respondió:

- Hipócritas ¿cualquiera de vosotros no suelta del pesebre en sábado su buey o su asno y lo lleva a beber? Y a ésta, que es hija de Abraham, a la que Satanás ató hace ya 18 años, ¿no había que soltarla de esta atadura aún en día de sábado?

Y cuando decía esto, quedaban avergonzados todos sus adversarios, y toda la gente se alegraba por todas las maravillas que hacía.


Comentario:

La mujer que nos narra el Evangelio, llevaba casi veinte años encorvada sin poderse enderezar, pero se acerca a Dios, va a la sinagoga y su enfermedad la hace humilde. Cristo, que penetra los corazones, ve en aquella mujer un alma sencilla y purificada. Se dirige a ella imponiéndole las manos y le dice: 'Queda libre de tu mal'. Es una imagen preciosa del sacramento de la misericordia de Dios, de la confesión, en el que Jesús nos libra de las ataduras del pecado, bendiciéndonos con sus manos para librarnos del mal. ¡Qué profunda alegría la que sintió aquella mujer! Podía erguirse y levantar con facilidad la mirada al cielo. Su mirada se encontró con la mirada del Señor y lágrimas de gratitud surcaron su rostro.

El Evangelio relata a continuación la reacción airada del jefe de la sinagoga, que pone por delante de la misericordia la observancia de un precepto. Una reacción que escondía hipocresía, y que contrasta con la alegría de la gente al ver las maravillas que hacía Jesús. No quiere el diablo, el enemigo de nuestra santidad, que nos acerquemos al Corazón misericordioso de Jesús y pone toda clase de obstáculos -¡hasta citando la Palabra de Dios!-, pero hemos de reaccionar con firmeza, para ir al Señor y con sencillez mostrarle los nudos que atenazan el alma, para que los desate su misericordia.

Si guardáramos algún afecto al pecado, viviríamos encorvados sin poder levantar la vista al cielo, con la mirada baja, ocupados solamente de las cosas de la tierra, como si Dios no existiese. El afecto al pecado atenaza, provoca un replegamiento sobre nosotros mismos: el horizonte de la vida se estrecha y los mejores talentos se desaprovechan. El corazón del hombre ha nacido de Dios y tiene anhelos de infinito, de él. Puede conformarse con lo efímero, pero eso no calma su sed profunda, camina en círculo sin avanzar, se traiciona a sí mismo y los intentos de dar alguna utilidad a su vida se van marchitando y acaban siendo castillos de arena. Llenemos nuestro corazón de los verdaderos anhelos que nos dan plenitud, y que nos hacen ir erguidos, con la mirada en el cielo.

 

“Oración constante, de la mañana a la noche”

La verdadera oración, la que absorbe a todo el individuo, no la favorece tanto la soledad del desierto, como el recogimiento interior. (Surco, 460)

26 de octubreYo, mientras me quede aliento, no cesaré de predicar la necesidad primordial de ser alma de oración ¡siempre!, en cualquier ocasión y en las circunstancias más dispares, porque Dios no nos abandona nunca. No es cristiano pensar en la amistad divina exclusivamente como en un recurso extremo. ¿Nos puede parecer normal ignorar o despreciar a las personas que amamos? Evidentemente, no. A los que amamos van constantemente las palabras, los deseos, los pensamientos: hay como una continua presencia. Pues así con Dios.

Con esta búsqueda del Señor, toda nuestra jornada se convierte en una sola íntima y confiada conversación. Lo he afirmado y lo he escrito tantas veces, pero no me importa repetirlo, porque Nuestro Señor nos hace ver -con su ejemplo- que ése es el comportamiento certero: oración constante, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana. Cuando todo sale con facilidad: ¡gracias, Dios mío! Cuando llega un momento difícil: ¡Señor, no me abandones! Y ese Dios, manso y humilde de corazón, no olvidará nuestros ruegos, ni permanecerá indiferente, porque El ha afirmado: pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá(Amigos de Dios, 247)

 

 

Conocerle y conocerte (VI): Un lenguaje más poderoso

Dios habla en voz baja, pero constantemente; en la Sagrada Escritura -especialmente en los Evangelios- y también a través de nuestro interior.

VIDA ESPIRITUAL01/05/2020

Dios nos habla. Constantemente. Habla con palabras y también con obras. Su lenguaje es mucho más rico que el nuestro. Es capaz de pulsar secretos resortes en nuestro interior, sirviéndose, por ejemplo, de las personas o de los sucesos que nos rodean. Dios nos habla en la Escritura, en la Liturgia, a través del Magisterio de la Iglesia… Como nos mira siempre con amor, busca el diálogo con nosotros en cada acontecimiento, llamándonos siempre a ser santos. Por eso, para poder escuchar ese misterioso lenguaje divino, procuramos comenzar siempre nuestra oración con un acto de fe.

Desde dentro…

Dios habla actuando en nuestras propias potencias, que puede mover desde dentro: a nuestra inteligencia, a través de las inspiraciones; a nuestros sentimientos, a través de los afectos; a nuestra voluntad, a través de los propósitos. Por eso, como nos enseñó san Josemaría, al finalizar nuestra oración podemos decir: «Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación».

SE PUEDE RECONOCER SI ALGO VIENE DE DIOS CUANDO NOS EMPUJA A AMARLE MÁS A ÉL Y A LOS DEMÁS

Pero, al considerar esta realidad, puede presentarse una duda: «¿Y cómo puedo saber que es él quien me habla? ¿Cómo puedo saber que esos propósitos, afectos e inspiraciones no son simples ocurrencias, deseos y sentimientos míos?». La respuesta no es fácil. Orar es un arte que se aprende con el paso del tiempo y con la ayuda de la dirección espiritual. Pero sí podemos decir que viene de Dios todo lo que nos lleva a amar más a él y a los demás, a cumplir su voluntad, también cuando implica sacrificio y generosidad. Son muchas las personas habituadas a orar que pueden decir: «En mi oración pienso las mismas cosas que pienso a lo largo del día pero con una diferencia: al terminar, siempre lo hago con un “pero no se haga mi voluntad sino la tuya” en el corazón, y eso no me pasa en los otros momentos».

Dios habla, muchas veces, directamente al corazón, cuyo lenguaje conoce como nadie. Lo hace a través de deseos profundos que él mismo siembra. Por eso, escuchar a Dios muchas veces consiste en bucear en el propio corazón y tener la valentía de poner ante él nuestros anhelos, con la intención de discernir lo que nos lleva a cumplir su voluntad y lo que no. ¿Qué deseo realmente? ¿Por qué? ¿De dónde vienen estos impulsos? ¿A dónde me conducen? ¿Estoy engañándome, fingiendo que no están ahí e ignorándolos? Ante estas preguntas, normales en quien quiere vivir una vida de oración, el Papa Francisco nos recomienda: «Para no equivocarse hay que (…) preguntarse: ¿me conozco a mí mismo, más allá de las apariencias o de mis sensaciones?, ¿conozco lo que alegra o entristece mi corazón?»[1].

Además de hablar a nuestro corazón y a nuestra inteligencia, Dios también lo hace por medio de nuestros sentidos internos: habla a nuestra imaginación, suscitando una escena o una imagen; y habla a nuestra memoria, trayendo un recuerdo o unas palabras que pueden ser una respuesta a nuestra oración o una indicación de sus deseos. Así, por ejemplo, le ocurrió a san Josemaría el 8 de septiembre de 1931. Estaba rezando en la Iglesia del Patronato de Enfermos, sin muchas ganas –como él mismo nos dice–, con la imaginación suelta, «cuando me di cuenta de que, sin querer, repetía unas palabras latinas, en las que nunca me fijé y que no tenía por qué guardar en la memoria: Aún ahora, para recordarlas, necesitaré leerlas en la cuartilla, que siempre llevo en mi bolsillo para apuntar lo que Dios quiere (…) (instintivamente, llevado de la costumbre, anoté, allí mismo en el presbiterio, la frase, sin darle importancia):dicen así las palabras de la Escritura, que encontré en mis labios: “et fui tecum in omnibus ubicumque ambulasti, firmans regnum tuum in aeternum”: apliqué mi inteligencia al sentido de la frase, repitiéndola despacio. Y después, ayer tarde, hoy mismo, cuando he vuelto a leer estas palabras (pues, –repito– como si Dios tuviera empeño en ratificarme que fueron suyas, no las recuerdo de una vez a otra) he comprendido bien que Cristo-Jesús me dio a entender, para consuelo nuestro, que “la Obra de Dios estará con El en todas las partes, afirmando el reinado de Jesucristo para siempre”»[2].

Dios para hablarnos también puede servirse de las notas que tomamos en un curso de retiro o en un medio de formación, especialmente al releerlas en la oración tratando de captar su sentido. Allí quizás podremos descubrir un hilo conductor o repeticiones que nos den una pista de lo que el Señor quiere decirnos.

Un murmullo incesante

Es verdad que alguna vez el Señor habla claramente y de manera sobrenatural pero no suele ser lo común. Ordinariamente Dios habla bajito y por eso a veces no nos percatamos de los pequeños regalos –propósitos, afectos, inspiraciones– que nos ofrece en una oración sencilla. Nos puede ocurrir como al general sirio Amán que, cuando el profeta Eliseo le animó a bañarse siete veces en el río para que se curara de su lepra, se lamentaba diciendo: «Yo me imaginaba que saldría hasta mí y de pie invocaría el nombre del Señor, su Dios; pondría su mano donde está la lepra y me curaría de ella» (2 Re 5,11). Amán acudió al Dios de Israel, pero esperaba algo llamativo, incluso ruidoso. Afortunadamente, sus siervos le hicieron recapacitar: «Si el profeta te hubiera mandado algo difícil, ¿no lo habrías hecho? Cuánto más si te ha dicho: “lávate y quedarás limpio”» (2 Re 5,13). El general volvió para cumplir el consejo, aparentemente demasiado ordinario, y de este modo entró en contacto con el poder salvador de Dios. En la oración, conviene valorar esas pequeñas luces sobre lo ya sabido, las mociones del Espíritu Santo a lo de siempre, los afectos de pequeña intensidad, los propósitos fáciles, sin despreciarlos por prosaicos, ya que todo eso puede ser de Dios.

PARA RECONOCER LA VOZ DEL SEÑOR EN LA ORACIÓN ES NECESARIO EL RECOGIMIENTO Y, MUCHAS VECES, EL SILENCIO

A una pregunta sobre la oración, el cardenal Ratzinger respondió así: «Generalmente, Dios no habla demasiado alto, pero sí nos habla una y otra vez. Oírle depende, como es natural, de que el receptor –digamos– y el emisor estén en sintonía. Ahora en nuestro tiempo, con nuestro actual estilo de vida y forma de pensar, hay demasiadas interferencias entre los dos y sintonizar resulta particularmente difícil... Es obvio que Dios no habla demasiado alto; pero a lo largo de toda la vida sí nos habla por signos o sirviéndose de encuentros con otras personas. Basta simplemente con estar un poco atentos y no consentir que las cosas de fuera nos absorban completamente»[3]. Esta capacidad de atención tiene mucho que ver con el recogimiento interior –a veces también exterior– y es algo en que nos hemos de entrenar. Para percibir a Dios es necesario procurarnos momentos en los que pausamos el trajín cotidiano y afrontamos la fuerza de la soledad con él. Necesitamos silencio.

Lo cierto es que Dios nos habla de mil maneras. Puede ocurrir que estemos tan acostumbrados a sus dones que ya no nos demos cuenta, que no le reconozcamos, como ocurría a los paisanos de Jesús: «¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no viven entre nosotros?» (Mt 13,55-56). Hemos de pedir al Espíritu Santo que nos dilate las pupilas, nos abra los oídos, nos purifique el corazón y nos ilumine la conciencia para saber reconocer su murmullo incesante, ese rumor inmortal dentro de nosotros.

Dios ya nos ha hablado

Cuando Jesús responde a los discípulos de Juan el Bautista enumerando sus signos –«los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio» (Mt 11,5)– está anunciando el cumplimiento de las antiguas profecías de la Sagrada Escritura sobre el Mesías. Y es que Dios nos ha hablado y nos habla a cada uno, de manera eminente, a través de la Sagrada Escritura: «En los Libros Sagrados, el Padre que está en los cielos sale amorosamente al encuentro de sus hijos y conversa con ellos»[4]. Por eso, «la oración debe acompañar a la lectura de la Sagrada Escritura, para que se entable un diálogo entre Dios y el hombre; porque “a Él hablamos cuando oramos, y a Él escuchamos cuando leemos las palabras divinas” (San Ambrosio, off. 1, 88)»[5]. Las palabras de la Biblia no solo son inspiradas por Dios, son también inspiradoras de Dios.

De manera especial escuchamos a Dios en los Evangelios, que recogen las palabras y hechos de Nuestro Señor Jesucristo. Así lo recalca el autor de la Carta a los Hebreos: «En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio de su Hijo» (Hb 1,1-2). San Agustín consideraba que el Evangelio era «la boca de Cristo: está sentado en el Cielo, pero no deja de hablar en la tierra»[6]. Por eso nuestra oración vive de la meditación del Evangelio; leyendo, meditando, releyendo, grabando en la memoria, considerando una y otra vez sus palabras, Dios nos habla al corazón.

LA MEDITACIÓN CONTINUA DEL EVANGELIO AYUDA MUCHO A ENCONTRAR ESAS PALABRAS QUE DIOS NOS DIRIGE A CADA UNO

San Josemaría, siguiendo la tradición de la Iglesia, recomendaba continuamente escuchar a Dios a través de la meditación de los evangelios: «Yo te aconsejo que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá Él querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones»[7]. Nuestro esfuerzo se expresa en acciones concretas: imaginar la escena, intervenir en los pasajes, considerar un rasgo del Maestro, contarle lo que nos pasa… Y le sigue esa posible respuesta de Dios: indicarnos tal o cual cosa, suscitar mociones interiores en nuestra alma, hacernos caer en la cuenta de algo. Así se construye el diálogo con él.

En otra ocasión, san Josemaría también nos animaba a contemplar e imitar a Jesucristo con estas palabras: «Sé tú un personaje en aquella trama divina, y reacciona. Contempla los milagros de Cristo, oye el flujo y el reflujo de la muchedumbre en torno a Él, cambia palabras de amistad con los primeros Doce... Mira al Señor a los ojos y enamórate de Él, para ser tú otro Cristo»[8]. Contemplar, oír, cambiar palabras de amistad, mirar… son acciones que requieren despertar y poner en marcha nuestras facultades y sentidos, nuestra imaginación y nuestra inteligencia. Porque cada uno de nosotros está allí, en cada página del evangelio. Cada escena, cada acto de Jesús, está dando sentido e ilumina mi vida. Sus palabras se dirigen a mí y sostienen mi existencia.

José Brage


[1] Francisco, Ex. ap. Christus vivit, 25-III-2019, n. 285.

[2] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 273; en Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, tomo I, pp. 385-386.

[3] Joseph Ratzinger, La sal de la tierra, Palabra, Madrid, 1997, p. 33.

[4] Concilio Vaticano II, Const. dog. Dei Verbum, n. 21. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2700.

[5] Concilio Vaticano II, Const. dog. Dei Verbum, n. 25. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2653.

[6] San Agustín, Sermón 85, 1.

[7] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 253.

[8] San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 12-X-1947; en Mientras nos hablaba en el camino, pp. 36.

Foto: Benjamin Davies, on Unsplash.

XXX Domingo del tiempo ordinario

 

Mt 22, 30.40

 

A Jesús se le acercaba mucha gente. Su cercanía lo hacía cómplice. Su sabiduría atraía a muchos que desde distintas posturas buscaban lo que el Señor les indicaba. Eran preguntas del Corazón humano. A veces eran disputas de escuelas. Otras veces les encantaba el pegarse en la cresta unos a otros. Y le hacen a Jesús la pregunta del millón. ¿Cuál es el mandamiento principal de la ley?

 

1.     Jesús remite al Escucha Israel... Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser. Es el Amor Absoluto que exige una respuesta absoluta. Es un amor exigente en la respuesta porque es un Amor que lo ha dado todo... Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único.

 

2.     Semejante al primero es el amor al prójimo como a ti mismo. Por tanto, amarse a uno mismo desde el Amor de Dios, es saber que nadie puede dar lo que no tiene. Cómo vamos a dar paz, alegría, esperanza, entusiasmo… si no tenemos nada de lo que queremos dar. Cuidarse a uno mismo es invertir en un mejor servicio. Nadie puede dar lo que no tiene.

 

3.     Jesús lleva a plenitud la Ley. Cita literalmente el mandamiento principal. Amarás al Señor... Y al prójimo como a ti mismo. Jesús siempre coloca en su sitio la revelación del Amor del Padre que se expresa en los mandamientos de la Ley de Dios. Jesús lleva a plenitud los mandamientos. Siempre la novedad es vivirlo con los sentimientos de su Corazón.

 

+ Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

 

 

 La unidad de vida y la misión de los fieles laicos en la Exhortación Apostólica Christifideles laici

Estudio de Raúl Lanzetti, de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, publicado en "Romana" nº 9 (1989).

TRABAJO27/05/2015

En la conclusión de la VII Asamblea Ordinaria del Sínodo de Obispos se daba casi por descontado que el enfoque de la unidad de vida, como testimonio esencial pedido al cristiano por el mundo contemporáneo, habría de encontrar un puesto de relevancia en la exhortación apostólica post-sinodal. En efecto, en la 5ª proposición, los Padres sinodales habían calificado esta exigencia como de «grandísima importancia»[1]; no sorprende, pues, que el Santo Padre, acogiendo tales indicaciones, haya querido hacer de ella uno de los ejes portadores del documento ya desde su apertura, allá donde en la falta de la unidad de vida se localiza una de las dificultades más importantes de superar, o sea una de las dos principales "tentaciones" del camino post-conciliar: «la tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas»[2].

El fin del presente estudio es el de ofrecer una visión de la articulación teológica y pastoral de dicha enseñanza. En el desarrollo del trabajo quedarán patentes, además, los puntos de coincidencia con la doctrina que, ya desde 1928, enseñó al respecto el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer[3]. Estamos, en efecto, ante un rasgo esencial de la vida espiritual de los fieles de la Prelatura del Opus Dei, como se refleja en el Codex Iuris Particularis[4]. Es obvio que la Christifideles laici considera el horizonte de la Iglesia entera, en la actuación pluriforme de su misterio de comunión, y que por tanto no se pueda esperar una completa superposición entre la doctrina del documento postsinodal y la de Mons. Escrivá. Sin embargo, existe un núcleo de convicciones esenciales en las que se verifica una estrecha afinidad, la cual merece ser explicitada.

A. La unidad de vida como exigencia de la misión de los laicos

1. Los motivos de una elección

En la Christifideles laici, la unidad de vida no aparece —como por otra parte no sucede en ningún texto magisterial[5]- como un tema abstracto, ni como una meta ideal para proponer a algunos aventajados en la vida espiritual. Se trata, al contrario, de una auténtica exigencia de la misma vida cristiana y de la misión de los laicos en el mundo contemporáneo, ya que está en relación con los grandes desafíos propuestos a la Iglesia por la situación actual de la familia humana.

En efecto, la descripción trazada en el n. 34 delinea una realidad del todo grave. Por una parte, el «continuo difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo»[6]. Desde este punto de vista el elemento característico nos lo da el hecho de que «la fe cristiana —aunque sobrevive en algunas manifestaciones tradicionales y ceremoniales—, tiende a ser arrancada de cuajo de los momentos más significativos de la existencia humana, como son los momentos del nacer, del sufrir y del morir»[7]. Si en estos momentos fundamentales y radicales de la vida humana no está presente la luz de la fe, es explicable «el afianzarse de interrogantes y de grandes enigmas, que, al quedar sin respuesta, exponen al hombre contemporáneo a inconsolables decepciones, o a la tentación de suprimir la misma vida humana que plantea esos problemas»[8]. Es la situación del llamado primer mundo.

Por otro lado, existen regiones y países en los que «se conservan hasta hoy muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristiana; pero este patrimonio moral y espiritual corre hoy el riesgo de ser desperdigado bajo el impacto de múltiples procesos, entre los que destacan la secularización y la difusión de las sectas»[9].

Todo esto hace necesaria una nueva evangelización, que pueda asegurar «el crecimiento de una fe límpida y profunda, capaz de hacer de estas tradiciones una fuerza de auténtica libertad»[10].

Ahora bien, el empeño apostólico de los laicos en tales ámbitos se hace particularmente urgente y decisivo: «les corresponde testificar cómo la fe cristiana —más o menos conscientemente percibida e invocada por todos— constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad»[11].

Para encontrar acentos similares en el Magisterio de la Iglesia, hace falta remontarse a otros momentos cruciales en la historia. Éstas que hemos descrito son, en efecto, circunstancias de crisis profunda, de cuya resolución positiva dependerá por mucho tiempo la vida de los hombres. En efecto, los interrogantes hoy abiertos hacen referencia al significado del nacer, del sufrir y del morir, o sea a las raíces mismas de cualquier cultura y civilización.

Se puede decir, entonces, que el horizonte apostólico de los laicos se ha radicalizado. Y es precisamente al proyectarse este salto de calidad en la misión de los laicos donde emerge la exigencia de la unidad de vida. En efecto, el testimonio de dicha «única respuesta plenamente válida» a los interrogantes actuales será posible, según Juan Pablo II, «si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad esa unidad de vida que en el evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud»[12].

En la lógica de lo que se ha puesto de relieve esto quiere decir que, antes aún que en los demás, el fiel laico deberá pensar en sí mismo, en el sentido de verificar hasta qué punto las dimensiones más profundas de su ser hombre encuentran en la fe su pleno significado; y de examinar hasta qué punto el propio comportamiento diario sale adelante con la luz y con la fuerza de tales convicciones.

Como confirmación de todo esto, el Santo Padre relaciona tales exigencias con el "grito apasionado" que se ha hecho casi emblemático de su pontificado: «¡No tengáis miedo! Abrid, es más, abrid de par en par las puertas a Cristo»[13]. Es como decir: ya que «los estados, los sistemas económicos y los políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo»[14], se confían a la responsabilidad, aunque no exclusiva, de los laicos, a ellos compete el abrir "los confines" de todas estas realidades a la potestad salvadora de Cristo. Esta percepción de los hechos nos trae a la cabeza el paradójico dato puesto de relieve por Juan XXIII en la Pacem in terris (11 de abril de 1963): «Es también un hecho evidente que, en las naciones de antigua tradición cristiana, las instituciones civiles florecen hoy con un indudable progreso científico y poseen en abundancia los instrumentos precisos para llevar a cabo cualquier empresa; pero con frecuencia se observa en ellas un debilitamiento del estímulo y de la inspiración cristiana. Hay quien pregunta, con razón, cómo puede haberse producido este hecho. Porque a la institución de esas leyes contribuyeron no poco, y siguen contribuyendo aún, personas que profesan la fe cristiana y que, al menos en parte, ajustan realmente su vida a las normas evangélicas. La causa de este fenómeno creemos que radica en la incoherencia entre su fe y su conducta. Es, por consiguiente, necesario que se restablezca en ellos la unidad del pensamiento y la voluntad, de tal forma que su acción quede animada al mismo tiempo por la luz de la fe y el impulso de la caridad»[15].

2. Cristología y síntesis vital en el Magisterio.

En esta línea es necesario dar relevancia a un dato decisivo para los desarrollos sucesivos. Se trata del núcleo cristológico de la unidad de vida. En efecto, la «única respuesta plenamente válida» a todos los interrogantes planteados por la existencia humana se encuentra en Jesucristo: «Solamente en el misterio del Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio del hombre», dice la constitución pastoral Gaudium et sepes (n. 22); y Juan Pablo II recuerda esta convicción de fe ya en la Encíclica Redemptor hominis (n. 8). La unidad de vida del fiel laico, así pues, deberá reflejar otra unidad que la precede y la hace posible: «El Hijo de Dios con su encarnación —citamos ahora la Gaudium et spes (n. 22)— se ha unido, en cierto modo, con todo hombre». Toda la naturaleza humana ha sido entonces «ensalzada a una dignidad sublime»[16]. Haciendo una lista de los aspectos más significativos de tal unión, la misma constitución pastoral enseña que el Hijo de Dios «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre»[17]. Así pues, contemplando en Jesús la naturaleza humana, encontramos también el pleno y definitivo significado de nuestra existencia. Por tanto, el fiel laico está llamado a ser consciente de esta "sublime dignidad" y a reflejarla, en la medida de lo posible, en la propia vida. Por esto la Christifideles laici concluye que, frente a los desafíos del mundo contemporáneo, «la síntesis vital entre el Evangelio y los deberes cotidianos de la vida que los fieles laicos sabrán plasmar, será el más espléndido y convincente testimonio de que, no el miedo, sino la búsqueda y la adhesión a Cristo son el factor determinante para que el hombre viva y crezca, y para que se constituyan nuevos modos de vida más conformes a la dignidad humana»[18].

En síntesis, sólo identificándose con Jesús el fiel laico podrá estar a la altura de esta radicalidad de misión que el mundo contemporáneo reclama.

3. La Encarnación como fundamento de la unidad de vida, en Mons. Escrivá.

En la predicación de Mons. Josemaría Escrivá, la llamada del cristiano a iluminar el mundo entero aparece como un principio fundante. En tal sentido, es significativo que ya en el n. 1 de Camino (publicado en 1939), se diese relevancia a esta exigencia: «Que tu vida no sea una vida estéril —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón»[19]. La expresión «unidad de vida» se encuentra ya en sus primeros escritos. En efecto, ya en 1940 escribía: «Cumplir la voluntad de Dios en el trabajo, contemplar a Dios en el trabajo, trabajar por amor de Dios y al prójimo, convertir el trabajo en medio de apostolado, dar a lo humano valor divino: esta es la unidad de vida sencilla y fuerte, que hemos de tener y enseñar»[20]. Y he aquí un texto de 1945: «No vivimos una doble vida, sino una unidad de vida sencilla y fuerte, en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones»[21]. En 1954 escribía: «Es esa unidad de vida la que nos lleva a que, siendo dos las manos, se unan en la oración y en el trabajo...: la acción es contemplación y la contemplación es acción, en unidad de vida»[22].

Pero son numerosísimos los textos que, de un modo u otro, hacen referencia a la relación entre Encarnación y unidad de vida[23]. Tomaremos sólo dos de ellos, que nos parecen particularmente pertinentes para nuestro fin. El primero dice así: «En rigor, no se puede decir que haya nobles realidades exclusivamente profanas, una vez que el Verbo se ha dignado asumir una naturaleza humana íntegra y consagrar la tierra con su presencia y con el trabajo de sus manos. La gran misión que recibimos, en el bautismo, es la corredención»[24].

El pasaje siguiente vuelve sobre el tema en un modo más amplio y particularizado: «No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo. Hablando con profundidad teológica, es decir, si no nos limitamos a una clasificación funcional; hablando con rigor, no se puede decir que haya realidades —buenas, nobles, y aun indiferentes— que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte. Porque en Cristo plugo al Padre poner la plenitud de todo ser, y reconciliar por El todas las cosas consigo, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la cruz»[25].

Son textos que se remontan a los años sesenta[26], pero su sintonía con los del Magisterio posterior resulta evidente. La conciencia subyacente es que toda la existencia del hombre se ilumina por el misterio de la Encarnación, en el sentido de que ninguna realidad humana ha quedado fuera de su alcance. Se deriva de aquí la necesidad de que el cristiano se deje iluminar por esta realidad y la exprese en la vida diaria.

B. La formación de los fieles laicos en la unidad de vida

1. La síntesis vital como fin de la formación.

La unidad de vida, exigencia fundamental de la misión de los laicos, tiene un lugar prioritario en su formación: «En el descubrir y vivir la propia vocación y misión, los fieles laicos han de ser formados para vivir aquella unidad con la que está marcado su mismo ser de miembros de la Iglesia y de ciudadanos de la sociedad humana»[27].

Después de esta afirmación de principio, la Christifideles laici explicita las consecuencias que se derivan de él: «En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida "espiritual", con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida "secular", es decir, la vida de familia, de trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el "lugar histórico" del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo concreto —como por ejemplo, la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura— son 'ocasiones providenciales para un "continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad'(Apostolicam actuositatem, 4)»[28].

Con un énfasis similar y un lenguaje bastante parecido se expresa el Beato Josemaría Escrivá en la homilía Amar al mundo apasionadamente, pronunciada en el campus de la Universidad de Navarra el 8 de octubre de 1967, casi un riepilogo del ministerio pastoral que había desarrollado desde los primeros momentos de la fundación del Opus Dei: «Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales»[29].

2. Dimensión personal de la unidad de vida.

Entre los muchos aspectos que se podrían subrayar en los textos citados, destaca de un modo particular el carácter estrictamente personal de la unidad de vida, en el sentido de que tal realidad tiene como sujeto exclusivo a la persona. Y aquí se imponen dos reflexiones, que se implican mutuamente.

Por una parte, en negativo, se debe excluir la comunidad —ya sea eclesial o civil— como sujeto de la unidad de vida. La Iglesia y la comunidad política —en cuanto realidades colectivas— están en función de la persona. La constitución pastoral Gaudium et spes (n. 76) dice que «son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre». Así pues, la unidad de vida sería fatalmente malentendida si se le pusiese a la comunidad como sujeto: se iría hacia una teocracia o hacia la restauración del regalismo, de tal modo que se conceda a la estructura eclesiástica o a la civil el primado sobre el cuerpo social. La improponibilidad de tales hipótesis salta a la vista.

En positivo, sin embargo, se debe evidenciar el carácter de totalidad que asume la unidad de vida. En efecto, en la posición de la persona como sujeto de aquella son asumidos todos los aspectos de la existencia humana: de un modo emblemático, el ser miembro de la Iglesia y ciudadano de la sociedad humana, como diría la Christifideles laici; o el alma y el cuerpo, la carne y el espíritu, según la terminología empleada por Mons. Escrivá. Así pues, la unidad de vida se constituye en cada cristiano como un encuentro entre dos totalidades: la del entero existir humano —«todo sector de la actividad y de la existencia»[30]- y la del misterio de Cristo, como plenitud de la revelación y de la realización histórica del designio de Dios[31]. Y dicho encuentro es, precisamente, el arraigamiento del "sarmiento" —el fiel laico— en la "vid", que es Cristo: verdadero leit-motiv de toda la exhortación apostólica, junto al de la centralidad de la persona[32].

De dichas premisas Mons. Escrivá obtenía con ejemplar coherencia todas las consecuencias. En efecto, considerar a la persona como "lugar" de la unidad de vida comporta la exigencia de respetar la libertad personal, por lo que respecta tanto a las legítimas opciones temporales como sobre todo a la apertura total del cristiano en su enfrentarse a Cristo. Entre sus varias expresiones al respecto, es necesario subrayar la siguiente: «Si interesa mi testimonio personal, puedo decir que he concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son características de una conciencia cristiana»[33].

3. Los diferentes aspectos de la formación de los fieles laicos.

Desde esta perspectiva, la formación en la unidad de vida tiene como finalidad el alcanzar la maduración personal de la síntesis vital y de la integralidad en la formación: «Dentro de esta síntesis de vida se sitúan los múltiples y coordinados aspectos de la formación integral de los fieles laicos»[34].

Del aspecto espiritual de la formación se hablará más adelante. Por lo que respecta a la formación doctrinal, la Christifideles laici indica la necesidad de una profundización. Más allá de aquel carácter de globalidad y plenitud que deben caracterizar a la catequesis como tal, los fieles laicos deberán recibir una formación doctrinal específica que les haga capaces de cristianizar la cultura, dando una «respuesta a los eternos interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy»[35]. La conexión establecida entre la formación de los laicos y la necesidad de ofrecer una respuesta a los desafíos planteados a la Iglesia por la cultura contemporánea subraya que el fiel laico no está tan sólo llamado a vivir esta unidad, sino también a expresarla con palabras y con hechos, en el empeño por dar razón de la esperanza que está en él y en abrir a los demás el sendero de su encuentro personal con Cristo.

Sigue la llamada a la formación en la doctrina social de la Iglesia, que retoma la proposición 22 del Sínodo[36]. Es bastante indicativo que la Christifideles laici haya querido retomar el grande y sugestivo tema del crecimiento en los valores humanos, citando en la carta un texto conciliar: «Finalmente, en el contexto de la formación integral y unitaria de los fieles laicos es particularmente significativo, por su acción misionera y apostólica, el crecimiento personal en los valores humanos. Precisamente en este sentido el Concilio ha escrito: «(Los laicos) tengan también muy en cuenta la competencia profesional, el sentido de la familia y el sentido cívico, y aquellas virtudes relativas a las relaciones sociales, es decir, la probidad, el espíritu de justicia, la sinceridad, la cortesía, la fortaleza de ánimo, sin las cuales ni siquiera puede haber verdadera vida cristiana» (Apostolicam actuositatem, 4)»[37].

También este aspecto aparece muy presente en la predicación y en los escritos del Beato Josemaría Escrivá, que situaba a Cristo, perfectus homo, como fundamento y modelo de la plenitud humana para el cristiano. Destaca en este sentido una homilía del 6 de septiembre de 1941, dedicada a las virtudes humanas. He aquí dos pasajes decisivos: «Cierta mentalidad laicista y otras maneras de pensar que podríamos llamar pietistas, coinciden en no considerar al cristiano como hombre entero y pleno. Para los primeros, las exigencias del Evangelio sofocarían las cualidades humanas; para los otros, la naturaleza caída pondría en peligro la pureza de la fe. El resultado es el mismo: desconocer la hondura de la Encarnación de Cristo, ignorar que el Verbo se hizo carne, hombre, y habitó en medio de nosotros (Jn 1, 14)»[38]. «Si aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere —insisto— muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a El, que es perfectus Deus, perfectus homo»[39],

Leamos, finalmente, el párrafo conclusivo del número 60 de la Christifideles laici, que nos pone ante el aspecto central y sintético de la formación en la unidad de vida, esto es, el espiritual, del que trataremos ahora: «Los fieles laicos, al madurar la síntesis orgánica de su vida —que es a la vez expresión de la unidad de su ser y condición para el eficaz cumplimiento de su misión—, serán interiormente guiados y sostenidos por el Espíritu Santo, como Espíritu de unidad y de plenitud de vida»[40].

C. La caridad, principio dinámico de la unidad de vida

1. El "puesto privilegiado" de la formación espiritual

La enseñanza de la Christifideles laici sobre la formación espiritual es concisa en la expresión, pero cargada de singular densidad en el contenido: «Sin duda la formación espiritual ha de ocupar un puesto privilegiado en la vida de cada uno, llamado como está a crecer ininterrumpidamente en la intimidad con Jesús, en la conformidad con la voluntad del Padre, en la entrega a los hermanos en la caridad y en la justicia. Escribe el Concilio: «Esta vida de íntima unión con Cristo se alimenta en la Iglesia con las ayudas espirituales que son comunes a todos los fieles, sobre todo con la participación activa en la sagrada liturgia; y los laicos deben usar estas ayudas de manera que, mientras cumplen con rectitud los mismos deberes del mundo en su ordinaria condición de vida, no separen de la propia vida la unión con Cristo, sino que crezcan en ella desempeñando su propia actividad de acuerdo con el querer divino» (Apostolicam actuositatem, 4)»[41].

La unidad de vida aparece aquí como noción y realidad global, que supera la dicotomía entre interioridad y actividad, entre vida espiritual y apostolado. El fundamento, como ya hemos visto, es el misterio de la Encarnación. En este cuadro, al hablar de la vida espiritual, la Christifideles laici no se pone como ante una alternativa en la que es necesario realizar una elección, sino que expresa un orden en el camino hacia la actuación de tal síntesis de vida. Este dato parece decisivo, porque hace comprender que el "puesto privilegiado" de la formación espiritual adquiere significado dentro de una visión genética de la unidad de vida; lo que quiere decir que dicha formación es, en cierto sentido, la base sobre la que se apoyan los otros aspectos de la formación y es, al mismo tiempo, la estructura que soporta la totalidad de la formación de los fieles laicos.

Con esta observación se quiere dar relieve también a la especificidad de la formación espiritual de los laicos, en el sentido de que ella debe mantenerse necesariamente abierta, desde dentro de sí misma, hacia los demás aspectos de la formación, y no cerrarse ni absolutizarse en los propios contenidos. Por ejemplo, si los valores humanos adquiriesen significado tan sólo en cuanto factores simplemente atrayentes en la relación con los demás, como simple anzuelo de apostolado, y al mismo tiempo toda la sustancia de la vida espiritual fuese colocada en el alma espiritual, entonces estaría claro que no nos encontramos ante una propuesta de unidad de vida, sino tan sólo ante una yuxtaposición accidental —instrumental— del hombre y del cristiano. Así pues, la formación espiritual indispensable para los fieles laicos no puede buscar cualquier fuente de inspiración, prescindiendo de la propia relación orgánica con los otros ambientes de la formación integral (doctrinal, social, valores humanos); sino que deberá tener en cuenta esta esencial exigencia de comunión con la totalidad del existir.

Es en este sentido en el que quiere expresarse la Christifideles laici, aun en su concisión, indicando los trazos fundamentales de una espiritualidad que dé vida a una síntesis capaz de superar toda posible fractura en la existencia diaria de los fieles laicos. La llave maestra es la unión con Cristo, como se expresa el decreto Apostolicam actuositatem, o la intimidad con Cristo, como dice la Christifideles laici. En qué pueda consistir tal unión se especifica por la indicación de que la actividad humana se desarrolla «según el querer divino»[42]. Para profundizar debidamente en este punto retomaremos un pasaje del número precedente de la Christifideles laici.

2. Unión con Cristo y unidad de vida en los fieles laicos.

«El sarmiento arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el "lugar histórico" del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos»[43].

En la interpretación de este texto hace falta recordar sobre todo que la unidad de vida en el cristiano deriva de la unión con Cristo. En efecto, el enraizamiento en la Vid —que es Jesús— es lo que da "fruto" en cada ámbito de la vida de los fieles laicos. Ahora bien, en el cuadro de la formación espiritual va incluido el principio en torno al cual dicha unión con Cristo se puede desarrollar hasta alcanzar la unidad de vida. La respuesta de la Christifideles laici a dicha pregunta sería esta: sólo en la gradual y constante identificación con el amor de Jesús al Padre y a su diseño salvífico, el fiel laico llevará a cumplimiento la unidad de la propia existencia. En efecto, lo que se debe manifestar y realizar en la vida diaria no es el amor del cristiano en cuanto hombre, sino la «caridad de Jesucristo por la gloria del Padre y en servicio de los hermanos». Así pues, dicha síntesis vital no se da sobre la base, por decirlo así, de una "composición" entre las exigencias del propio yo y las de Jesús, sino más bien a fuerza de negarse a sí mismo para reencontrar en Cristo toda la propia existencia. Dicha afirmación merece ser profundizada en sus fundamentos.

A este respecto se recuerda, sobre todo, la plena participación del Hijo de Dios en la naturaleza y en la historia humana. En este sentido, es significativo el texto de la Gaudium et spes que retoma la Christifideles laici (n. 15) al plantear la índole secular de los fieles laicos: «El mismo Verbo encarnado quiso participar de la convivencia humana (...). Santificó los vínculos humanos, en primer lugar los familiares, donde tienen su origen las relaciones sociales, sometiéndose voluntariamente a la leyes de su patria. Quiso llevar la vida de un trabajador de su tiempo y de su región»[44]. Así pues, el punto de partida está constituido por la unión de Dios con todo el hombre y toda su existencia. Nada de lo que es bueno en el hombre ha quedado como extraño a dicha unión, ya que «naciendo de María Virgen, Él se ha hecho verdaderamente uno de nosotros, similar a nosotros en todo menos en el pecado»[45]. Todo el horizonte de la vida humana ha sido asumido por el Verbo de Dios.

Pero lo que es más característico de Jesús no es tanto esta asunción de la "materia", por llamarla así, de nuestra existencia, como el "espíritu" con que la asumió. El Verbo de Dios ha querido hacerse hombre para participar en nuestra historia y para redimirnos desde dentro de ella. Él quiso entrar en el corazón del drama de nuestro vivir sobre la tierra —de nuestra relación vital con Dios rota por el pecado— con el fin de establecer la paz, la comunión con Dios Padre, e instaurar la unión fraterna entre los hombres pecadores[46]. Y dicha obra redentora ha sido un acto de obediencia a la voluntad —al designio misericordioso— de Dios, sostenido por el mismo amor del Hijo hacia el Padre (cfr. Mt 26, 39.42; Mc 14, 36; Lc 22, 42: Hebr 5, 7s). Ciertamente, la redención alcanza su propio culmen en el misterio pascual; pero la Cruz y la Resurrección no son momentos aislados en la vida de Jesús. El amor obediente del Hijo al Padre ilumina ya la misma Encarnación y toda la vida de Cristo aparece marcada por este continuo ocuparse de las "cosas del Padre" (cfr. Lc 2, 49). El Hijo ha sido "mandado por el Padre", y dicha misión está en el mismo centro del ser teándrico de Jesús y de toda su obra salvífica[47],

Pues bien, la identificación con el amor obediente de Jesucristo deberá llevar al fiel laico a asumir toda su existencia en la perspectiva de la redención, ya que —como dice la misma Christifideles laici (59b)— «todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el "lugar histórico" del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos». Así pues, la edificación de la unidad de vida es un proceso en el cual el fiel laico se aleja de sí mismo y se identifica con Cristo en su amor obediente al Padre, "recuperando" la propia existencia en el mundo en una perspectiva nueva. A este respecto, Mons. Escrivá ha escrito: «Obedecer a la voluntad de Dios es siempre, por tanto, salir de nuestro egoísmo; pero no tiene por qué reducirse principalmente a alejarse de las circunstancias ordinarias de la vida de los hombres, iguales a nosotros por su estado, por su profesión, por su situación en la sociedad»[48].

En síntesis, a través de los fieles laicos el amor redentor de Jesús actúa capilarmente en todos los espacios de la vida de los hombres: toda la creación, de este modo, es renovada.

3. Plenitud de la caridad y plenitud humana.

Todo esto habría que relacionarlo con el número 17 de la Chritifideles laici, titulado Santificarse en el mundo. En efecto, la búsqueda asidua de la identificación con el amor de Jesús no es otra cosa que la búsqueda de la santidad, de la plenitud de la caridad cristiana[49]. Desde este punto de vista se puede decir que la unidad de vida de los fieles laicos ha de ser buscada en el esfuerzo por vivir el cristianismo seriamente; de otro modo se quedará en una aspiración insatisfecha.

Por otra parte, si recordamos que la unidad de vita se pone como condición de la misión en el mundo contemporáneo, o sea como el camino que hace posible a los demás hombres recuperar el sentido y la dignidad de la existencia[50], entonces la búsqueda de la santidad no parecerá una especie de lujo refinado, sino una urgencia vital para el crecimiento de la Iglesia de nuestro tiempo.

Esta conciencia palpitaba con fuerza en la caridad pastoral de Mons. Escrivá y en su vigoroso anuncio de la doctrina sobre la santidad en medio del mundo: «Quizá alguno de vosotros piense que me estoy refiriendo exclusivamente a un sector de personas selectas. No os engañéis tan fácilmente, movidos por la cobardía o por la comodidad. Sentid, en cambio, la urgencia divina de ser cada uno otro Cristo, ipse Christus, el mismo Cristo; en pocas palabras, la urgencia de que nuestra conducta discurra coherente con las normas de la fe, pues no es la nuestra —ésa que hemos de pretender— una santidad de segunda categoría, que no existe. Y el principal requisito que se nos pide —bien conforme a nuestra naturaleza—, consiste en amar: la caridad es el vínculo de la perfección (Col 3, 14); caridad, que debemos practicar de acuerdo con los mandatos explícitos que el mismo Señor establece: amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (Mt 22, 37), sin reservarnos nada. En esto consiste la santidad»[51].

Hace falta, pues, rechazar una tentación: la de imaginar esta plenitud cristiana, que lleva consigo la plenitud humana, como algo que necesariamente se impone con sonoridad a nivel de opinión pública. Sin excluir que en algún caso pueda suceder así, esto no sucederá en la inmensa mayoría de los fieles laicos, sin que esto signifique una disminución de la eficacia de su testimonio en la historia. Juan Pablo II escribe al respecto: «Ante la mirada iluminada por la fe se descubre un grandioso panorama: el de tantos y tantos fieles laicos —a menudo inadvertidos o incluso incomprendidos; desconocidos por los grandes de la tierra, pero mirados con amor por el Padre—, hombres y mujeres que, precisamente en la vida y actividades de cada jornada, son los obreros incansables que trabajan en la viña del Señor; son los humildes y grandes artífices —por la potencia de la gracia de Dios, ciertamente— del crecimiento del Reino de Dios en la historia»[52].

De este carácter paradójico de la santidad y de la unidad de vida fue heraldo tenaz el Beato Josemaría Escrivá. La percepción inicial, como siempre, es cristológica: la vida escondida de Jesús rebosa una fuerza ejemplar: «Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo. Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius (Mt 13, 55), el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende: ¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya, la vida común del pueblo de su tierra. Era el faber, filius Mariæ (Mc 6, 3), el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas (Jn 12, 32)»[53].

De dicha simplicidad de una existencia plenamente santificada en el mundo Nuestra Señora es el modelo emblemático: «A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando: bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, el Señor responde: bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (Lc 11, 27-28). Era el elogio de su Madre, de su fiat (Lc 1, 38), del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada.

»Al meditar estas verdades, entendemos un poco más la lógica de Dios; nos damos cuenta de que el valor sobrenatural de nuestra vida no depende de que sean realidad las grandes hazañas que a veces forjamos con la imaginación, sino de la aceptación fiel de la voluntad divina, de la disposición generosa en el menudo sacrificio diario»[54].

En este marco el trabajo humano asume el significado más profundo: eje de la existencia humana sobre la tierra, constituye también el núcleo de la vida espiritual, el "lugar" de la identificación con aquella vida de trabajo que llevó Jesús en el amor obediente a la voluntad del Padre, en espíritu de oración: «Al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora. Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara. Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por Él, herederos de sus promesas»[55].

Así pues, el trabajo no es simplemente "actividad"; sería reductivo ponerlo en relación tan sólo con el sujeto que lo lleva a cabo, sin considerar que todo trabajo en el mundo forma parte además —para lo bueno y para lo malo— de un conjunto de relaciones más vasto, algunas veces de auténticas iniciativas colectivas de amplio alcance. Es esto siempre participación responsable en el esfuerzo de la humanidad. Y el cristiano está llamado a llevarlo a cabo orientándolo al reino de Dios y haciendo partícipes de esta misma tensión a todos los demás hombres, comenzando por los propios colegas. También a este respecto la sensibilidad de Mons. Escrivá se revela agudísima, al poner en evidencia el papel del trabajo en la corredención: «Puesto que hemos de comportarnos siempre como enviados de Dios, debemos tener muy presente que no le servimos con lealtad cuando abandonamos nuestra tarea; cuando no compartimos con los demás el empeño y la abnegación en el cumplimiento de los compromisos profesionales; cuando nos puedan señalar como vagos, informales, frívolos, desordenados, perezosos, inútiles... Porque quien descuida esas obligaciones, en apariencia menos importantes, difícilmente vencerá en las otras de la vida interior, que ciertamente son más costosas. Quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho, y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho (Lc 16, 10). No estoy hablando de ideales imaginarios. Me atengo a una realidad muy concreta, de importancia capital, capaz de cambiar el ambiente más pagano y más hostil a las exigencias divinas, como sucedió en aquella primera época de la era de nuestra salvación»[56].

Este texto nos remite a las consideraciones iniciales. El mundo contemporáneo plantea desafíos radicales a la misión de la Iglesia. La reflexión sinodal ha identificado esta urgencia de síntesis vital con la misión de los fieles laicos, llamados a iluminar a todos los hombres con el amor de Cristo, que sostiene la existencia diaria del cristiano en medio del mundo.

Raúl Lanzetti

Universidad Pontificia de la Santa Cruz

[1] El texto completo, transcrito de la misma Ex. Ap. Christifideles laici (17a) decía así: «La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional y social ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión con Dios en Cristo».

[2] Ex. Ap. Christifideles laici, 2i.

[3] Entre los muchos títulos de la bibliografía sobre el tema, se pueden citar esencialmente: ILLANES, J.L., Mundo y santidad, Madrid 1984, pp. 80-90, 222-225; CASCIARO, J.M., La santificación del cristiano en medio del mundo: AA.VV., "Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei", Pamplona 1985, pp. 161-168; CELAYA, I. DE, Unidad de vida y plenitud cristianaibid., pp. 321-340; Vocación cristiana y unidad de vida, in AA.VV., La misión del laico en la Iglesia y en el mundo, Pamplona 1987, pp. 951-965; RODRÍGUEZ, P., Vocación Trabajo Contemplación, Pamplona 1986, pp. 118-122, 212-218; HERRANZ, J., L'unità di vita del laico: "Studi Cattolici" 312 (febbraio 1987), pp. 103-108; TORELLÓ, G.B., La santità dei laici: AA.VV., "Chi sono i laici. Una teologia della secolarità", Milano 1987, pp. 81-109.

[4] «Spiritus Operis Dei aspectus duplex, asceticus et apostolicus, ita sibi adaequate respondet, ac cum charactere saeculari Operis Dei intrinsice et harmonice fusus ac compenetratus est, ut solidam ac simplicem vitæ —asceticæ, apostolicæ, socialis et professionalis— unitatem necessario secum ferre ac inducere semper debeat» (Tit. III, cap.I., n. 79 §1: DE FUENMAYOR, A.—GÓMEZ-IGLESIAS, V.—ILLANES, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Pamplona 1989, p. 639. La cursiva es nuestra).

[5] La exigencia de la unidad de vida ha sido subrayada muchas veces por el Magisterio, que la ha desarrollado gradualmente y en diversos contextos. Los lugares fundamentales al respecto me parecen ser los siguientes: JUAN XXIII, Enc. Pacem in terris (11-IV-1963): AAS 55 (1963) 297; CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes (7-XII-1965), n. 43: EV 1 (1985) n. 1454; PABLO VI, Ex. Ap. Evangelii nuntiandi (8-XII-1975), n. 20: AAS 68 (1976) 19. Ha sido ésta también solicitada para los presbíteros (cfr. Presbyterorum Ordinis, 14) y los religiosos (cfr. Decr. Perfectæ caritatis, 18).

[6] Ex. Ap. Christifideles laici, 34a.

[7] Ibid. [8] Ibid. [9] Ex. Ap. Christifideles laici, 34b.

[10] Ibid. [11] Ex. Ap. Christifideles laici, 34d.

[12] Ibid. [13] JUAN PABLO II, Homilía al comienzo del ministerio de Supremo Pastor de la Iglesia (22 de octubre de 1978): AAS 70 (1978) 947.

[14] Ibid. [15] AAS 55 (1963) 297. Versión castellana de El Magisterio pontificio contemporáneo, II, BAC, Madrid 1992.

[16] CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, 22.

[17] Ibid. [18] Ex. Ap. Christifideles laici, 34g.

[19] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 1.

[20] Cit. por RODRíGUEZ, P., o.c., p. 212.

[21] Ibid. [22] Ibid. p. 213. La cursiva es nuestra.

[23] Ver la bibliografía señalada en la nota 3.

[24] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 120.

[25] Ibid., n. 112.

[26] El primero de los últimos dos textos citados ha sido sacado de la homilía pronunciada el día de la Ascensión de 1966 (19 de mayo); el segundo pertenece a la homilía de la Pascua de 1967 (26 de marzo). Cfr. ibid., nn. 117 y 102 (a pie de página).

[27] Ex. Ap. Christifideles laici, 59a.

[28] Ibid., 59b.

[29] Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 114.

[30] Ex. Ap. Christifideles laici, 59b.

[31] Cfr. ibid. [32] Ver, de modo particular, la insistencia del n. 58 sobre este tema.

[33] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 99.

[34] Ex. Ap. Christifideles laici, 60a.

[35] Ibid., 60c.

[36] «Para que los laicos puedan realizar activamente este noble propósito en la política (es decir, el propósito de hacer reconocer y estimar los valores humanos y cristianos), no bastan las exhortaciones, sino que es necesario ofrecerles la debida formación de la conciencia social, especialmente en la doctrina social de la Iglesia, la cual contiene principios de reflexión, criterios de juicio y directrices prácticas (cfr. Congregación para la doctrina de la Fe, Instr. sobre la libertad cristiana y la liberación, 72). Tal doctrina ya debe estar presente en la instrucción catequética general, en las reuniones especializadas y en las escuelas universidades. Esta doctrina social de la Iglesia es, sin embargo, dinámica, es decir adaptada a las circunstancias de los tiempos y lugares. Es un derecho y deber de los pastores proponer los principios morales también sobre el orden social, y deber de todos los cristianos dedicarse a la defensa de los derechos humanos; sin embargo, la participación activa en los partidos políticos está reservada a los laicos» (Ex. Ap. Christifideles laici, 60d).

[37] Ex. Ap. Christifideles laici, 60e

[38] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, n. 74.

[39] Ibid., n. 75.

[40] Ex. Ap. Christifideles laici, 60f.

[41] Ibid., 60b.

[42] CONC. VATICANO II, Decr. Apostolicam actuositatem, 4.

[43] Ex. Ap. Christifideles laici, 59b.

[44] CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, 32.

[45] Ibid., 22.

[46] Cfr. CONC. VATICANO II, Decr. Ad gentes, 3.

[47] Dicha verdad permea toda la predicación de Mons. Escrivá: «Este fuego, el deseo ardiente de cumplir el decreto salvífico del padre, informa toda la vida de Cristo, ya desde su nacimiento en Belén» (Es Cristo que pasa, ed. cit., n. 95). Sobre ella se apoya su propuesta de santidad en medio del mundo: «Desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres: el Señor quiere que muchas almas encuentren su camino en los años de vida callada y sin brillo» (ibid., 20).

[48] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 20.

[49] Es significativo en este sentido el fragmento inicial: «La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas. De nuevo el Apóstol nos amonesta diciendo: "Todo cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre" (Col 3, 17). Refiriendo estas palabras del apóstol a los fieles laicos, el Concilio afirma categóricamente: "Ni la atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben ser algo ajeno a la orientación espiritual de la vida" (Apostolicam actuositatem, 4)» (Ex. Ap. Christifideles laici, 17a).

[50] Cfr. Ex. Ap. Christifideles laici, 3ss.

[51] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, n. 6.

[52] Ex. Ap. Christifideles laici, 17b.

[53] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 14.

[54] Ibid., n. 172.

[55] Ibid., nn. 47 y 48.

[56] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, nn. 62 y 63.

 

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La fraternidad, don y tarea

Posted: 24 Oct 2020 08:12 AM PDT

El objetivo es sugerir algunas pistas para la lectura o relectura de la encíclica Fratelli tuttisobre su trasfondo, unidad y trazos principales. Después de una introducción, pasamos a cuestiones de método y perspectiva, para terminar subrayando algunos aspectos de los contenidos (*). 

I. Introducción

La encíclica presenta la fraternidad como don y tarea. Don de Dios. Tarea a la que todos los hombres están llamados (hay una vocación universal a la fraternidad), aunque no lo sepan. Pero algo les dice por todas partes que el mundo solo puede funcionar con la fraternidad, con “este don que es el encuentro con la humanidad más allá del propio grupo” (n. 90). La fraternidad universal no se opone a la amistad a nivel personal, con tal que la amistad se abra realmente a la fraternidad universal. 

En una encíclica no hay por qué esperar “novedades” en el sentido sensacionalista. En este caso, además. el Papa afirma que recoge sustancialmente lo que ha dicho en ocasiones anteriores. Menos aún serían de esperar “novedades” en el ámbito teológico si se tiene un concepto demasiado estrecho de lo que es o no es teología (en relación exclusivamente con pronunciamientos dogmáticos o con principios morales fundamentales). 

Una encíclica tiene como objetivo orientar la vida, el pensamiento y la acción de los cristianos y en ese sentido con frecuencia aporta nuevas perspectivas o profundiza en las anteriores, incluso para la teología. En este caso, y como es lógico porque entra en la misión de la Iglesia en cuanto marco de la doctrina social de la Iglesia, Francisco siente el deber de orientar los verdaderos valores éticos y la conducta de las personas; también la de los no cristianos e incluso de los no creyentes, de todas las personas de buena voluntad. Por eso el Papa, que afirma haber sido inspirado especialmente por san Francisco de Asís, declara haber sido estimulado o motivado también por otras muchas personas, incluyendo no cristianos. 

De ahí que una gran parte del contenido y el lenguaje mismo del documento se presente de un modo abierto, desde los intereses y los problemas de todos, y con lenguaje que todos puedan comprender. Se apoya sobre la común dignidad humana y el presupuesto de que todos somos hijos del mismo Dios, padre y creador, y por eso hermanos y hermanas. Y esto, si se toma en serio, realmente constituye un principio “revolucionario” para el orden ético-social y jurídico. Al mismo tiempo, Francisco anuncia a Cristo y propone la fe cristiana como oferta de salvación para las personas y el mundo, a la luz de la parábola del Señor sobre el buen samaritano. 

Para nosotros, ese manantial de dignidad humana y de fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo. De él surge, para el pensamiento cristiano y para la acción de la Iglesia, el primado que se da a la relación, al encuentro con el misterio sagrado del otro, a la comunión universal con la humanidad entera como vocación de todos” (n. 273). 

“Encíclica social” no quiere decir que solamente trate de lo social y no de lo personal (es un binomio inseparable), o que se sitúe en una mera perspectiva humana o sociológica; sino que tiene especialmente en cuenta esas dimensiones. Critica lo que ni siquiera es humano y propone soluciones cuyo fundamento primero es antropológico y ético. A la vez, esas soluciones encuentran una plenitud en la fe cristiana realmente vivida. 

II. Cuestiones de método y perspectiva 

El método es el discernimiento, propio de la teología práctica. No requiere solo de principios generales, aunque también los hay, como referencias a la fe o a normas morales objetivas y criterios pastorales (de razón y de fe); sino que también hay que tener en cuenta la situación concreta, la realidad de las personas y de la sociedad. 

Esto implica la perspectiva ética: no solo la cristiana sino la de todas las personas sean creyentes o no. En diálogo con la ética y desde su fe y convicciones cristianas, Francisco subraya la responsabilidad que todos, ya como hombres y mujeres, tienen hacia los demás. Propone no solo una “Iglesia en salida” sino una "humanidad en salida" "postcovid", porque la pandemia ha puesto más de relieve los problemas sociales en todos los planos.  

De este modo elabora una propuesta moral o social de valor general, como es característico de la doctrina social de la Iglesia. En este caso es un propuesta vigorosa, desafiante y arriesgada, pues se “lanza al ruedo”, sabiendo que algunos no estarán de acuerdo en ciertas cosas, pero tratando de ayudar para el bien común, puesto que la misión evangelizadora de la Iglesia va asociada a la promoción humana. 

“La Iglesia –señala el Papa citando a Benedicto XVI– ‘tiene un papel público que no se agota en sus actividades de asistencia y educación’ sino que procura ‘la promoción del hombre y la fraternidad universal’ (Enc. Caritas in veritate, 11). La Iglesia –continúa Francisco– “no pretende disputar poderes terrenos, sino ofrecerse como un hogar entre los hogares —esto es la Iglesia—, abierto (...) para testimoniar al mundo actual la fe, la esperanza y el amor al Señor y a aquellos que Él ama con predilección” (Fratelli tutti, n. 276). 

Por consiguiente, la perspectiva ética debe complementarse e iluminarse desde una perspectiva teológico-pastoral. Porque la doctrina social de la Iglesia es un aspecto de la fe y de la evangelización. Por tanto, se trata también de una perspectiva teológica. La teología es “fe que busca entender”; pero fe viva, no puramente teórica ni tampoco fideísta; y requiere una razón plenamente humana, no meramente instrumental, pero tampoco racionalista. Por estos motivos la encíclica no se puede leer solamente ni principalmente desde las ciencias sociales, si bien propone orientaciones para asumir datos de las ciencias sociales. 

Como corresponde al género “encíclica”, el texto es una carta pastoral del Papa. Pertenece, pues, a su magisterio ordinario, al que se le debe al menos un religioso asentimiento como al magisterio de los obispos. Más en este caso, por ser el obispo de Roma, sucesor de Pedro y padre común de los fieles católicos, cuyo ministerio está al servicio de la unidad de la fe y de la comunión eclesial. Este asentimiento tendrá una intensidad diversificada, según las cuestiones tratadas y el tono en que se expresan. Junto con verdades de la fe definidas, o normas morales determinadas por la Iglesia, se recogen otras cuestiones de fe común y otras próximas a la revelación cristiana o consecuencias suyas. Algunas pueden considerarse en desarrollo dinámico: primacía del destino universal de los bienes, juicio moral sobre la pena de muerte, la cadena perpetua y la guerra, etc. 

Conviene tener en cuenta también el planteamiento intelectual del Papa, concretamente su perspectiva de las “polaridades” o “contrastes” de que consta la realidad, y que más bien han de verse como dimensiones que hay que considerar: identidad personal-diálogo con los demás, dimensión personal-dimensión social, dimensión local-dimensión universal, etc. Esas dimensiones se entienden con referencia a un nivel superior o más profundo, de donde reciben luz e impulso sin anular su mutua tensión, de una manera viva y dinámica, y casi nunca en el “justo medio” matemáticamente entendido. 

La polaridad más importante en este caso es el binomio constituido por la persona y la sociedad. Esto se expresa en su tensión mutua en el subtítulo de la encíclica: Fratelli tutti: ”sobre la fraternidad y la amistad social”. En el mismo documento se explica: “la fraternidad universal y la amistad social dentro de cada sociedad son dos polos inseparables y coesenciales. Separarlos lleva a una deformación y a una polarización dañina” (n. 142). 

Es decir: 1) "fraternidad” (y no solo sociedad o solidaridad), basada en una dimensión transcendente, como garantía de la dignidad humana que es valor absoluto y universal, previo a las decisiones y actuaciones humanas; 2) “amistad social” (y no solo amistad, que podría hacer referencia sin más a la relación entre dos personas o a un círculo más bien estrecho); se trata de una amistad que ha de abrirse a todos, como manifestación y camino de fraternidad universal. 

No se trata solo de que la amistad entre las personas “no esté cerrada” a la fraternidad universal, sino de que se abra positivamente a esa fraternidad, y de que la sociedad lo promueva y lo haga realmente factible. Pues el horizonte y el modelo de toda amistad está en esa comunión de todas las personas (con Dios y entre sí), por muy difícil o utópica que parezca. 

En este sentido se puede decir que un amor completo (atención) no es el amor personal de alguien hacia otro sin más, sino el amor que se abre a la comunión universal de las personas; y esto lo anuncia y lo hace posible de una manera plena el mensaje cristiano. El motivo es que, según la fe cristiana, el origen y la fuente viva y constante, el modelo y el ejemplo, y también la meta y la finalidad de todo amor es el que existe entre las personas de la Trinidad, del Dios uno y trino. 

III. Sobre los contenidos y propuestas 

La dinámica de esa polaridad o binomio fraternidad-amistad, se va desplegando en los sucesivos capítulos. A la vez se recorren, como cámara de cine en modo travelling, las etapas deldiscernimiento teológico-práctico, moral y pastoral, propio de la doctrina social: análisis y valoración, proyectos y propuestas de verificación. 

Las sombras obstaculizan la claridad (capítulo 1), pero no pueden destruir la luz (2). El horizonte sigue abierto (3), pero requiere la apertura del corazón (4, aquí se puede ver el centro del texto), la buena política entendida, en relación con una nueva economía, como alta tarea de servicio (5), la búsqueda de la verdad a través del diálogo y de la amistad (6), los caminos de reencuentro (7) y la ayuda de las religiones (8). 

Se hacen propuestas concretas, teniendo en cuenta las polaridades (las posiciones en las diversas cuestiones y sus correspondientes opuestos), e indicando orientaciones para avanzar (como propuestas del Papa para la reflexión y la acción). 

– Ante el individualismo, propone la apertura a la amistad y el compromiso de solidaridad, la defensa de la inalienable dignidad humana mediante la “indignación” frente la cultura del descarte, y la llamada a pensar y actuar conjuntamente, a nivel mundial (atendiendo a la vez a la responsabilidad personal, fomentada mediante la educación, y a la reforma de las estructuras sociales, ya que la interconexión de las cuestiones hace que los problemas no tengan soluciones parciales). 

–Favorece el uso inteligente de las tecnologías digitales, con una buena formación y defendiendo especialmente a los más frágiles, evitando la manipulación y la violencia. 

– Impulsa, como lo ha hecho continuamente Francisco, la acogida de los migrantes, en un marco de un proyecto más amplio global y matizado. 

–Promueve el cuidado de la tierra para todos, también para los pobres, en el contexto de una nueva economía enfocada realmente al bien común, y subrayando la necesidad de una conversión ecológica. 

–En nombre de una esforzada cultura de la vida, desea la abolición de la pena de muerte; rechaza la cadena perpetua (porque toda persona tiene el derecho a una segunda oportunidad y a la posibilidad del perdón); dice “nunca más la guerra”, como principio orientador (en una profundización doctrinal que avanza teniendo en cuenta las circunstancias actuales). 

–Señala el problema de la absolutización de la propiedad privada (porque hay una primacía del destino universal de los bienes); y promueve la cultura de la apertura y del encuentro, tanto a nivel personal como a nivel de países y continentes. 

–Igualmente, propone la aceptación de la referencia a Dios en la vida pública y también, por tanto, de la libertad religiosa, siempre de acuerdo con la dignidad humana y en contra de la violencia (Esto supone la aceptación de los cristianos como ciudadanos a título pleno, y no solo como minorías más o menos protegidas en algunos países musulmanes); valora el testimonio y la ayuda de las distintas religiones: “a partir de la valoración de cada persona humana como criatura llamada a ser hijo o hija de Dios, ofrecen un aporte valioso para la construcción de la fraternidad y para la defensa de la justicia en la sociedad” (n. 271). 

Para concluír, cabe señalar que, ante los análisis y propuestas de la encíclica, podrán y deberán debatirse las prioridades y los medios. Pero no se pueden desatender ni ocultar los problemas. Ni dejar que los resuelva el mero interés particular o la tentación de la comodidad, camino fácil por parte de quien quizá tiene sus necesidades suficientemente resueltas. Ni tampoco se puede cambiar la realidad, ni los fines que corresponden tanto a la sociedad como a la persona: el desarrollo integral, el bien común, el verdadero progreso humano. 

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(* Este texto, un poco retocado, corresponde a la intervención del autor de este blog en la mesa redonda que, con motivo de la publicación de la encíclica Fratelli tutti, tuvo lugar en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, el 23 de octubre de 2020.

 

 El cristianismo primigenio como mensaje utópico original

 

El cristianismo primigenio como mensaje utópico original

Rosa Mª Almansa: “con el mensaje cristiano la responsabilidad moral comienza a trascender los vínculos naturales”

El cristianismo nace, por vez primera, la idea de una responsabilidad por el otro que es universal, esto es, desligada de su vinculación a una comunidad concreta, estuviera basada en vínculos familiares o de sangre, étnicos o de origen común (idea de «pueblo»), sociales (referidos a los «pares» o a aquellos con los que se comparte un mismo estatus) o, incluso, religiosos.

Con el mensaje cristiano original nace, en cambio, la noción de «prójimo», y prójimo es, precisamente, cualquiera. La parábola del buen samaritano lo expresa con claridad. De esta forma, no se tendría obligación de hacer el bien únicamente a los miembros de la propia familia, grupo social o comunidad; esto es, a aquellos hacia quienes surge una identificación primaria.

Por el contrario, con el mensaje cristiano la responsabilidad moral comienza a trascender los vínculos naturales (territoriales y de sangre) y también los tejidos en torno a la preeminencia social (a través de la preocupación por el pobre, por el excluido, por el «pecador», por el «invisible»). Jesús se enfrenta a este salto entre el sentido restringido de los que eran considerados hasta entonces los «propios» y un nuevo sentido de inclusión que resulta ser universal.

 

Así, en el pasaje bíblico referente a la mujer cananea, Jesús la rechaza primero argumentando que «Dios me ha enviado sólo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel», pero seguidamente rectifica y la acepta, curando a su hija (Mt. 15: 21-28).

Es únicamente de esta forma como puede irse forjando la concepción de una comunidad propiamente espiritual, en el sentido de despojada de intereses o vínculos materiales concretos. Es este el reto trascendental que se presenta cuando Pedro y Pablo discuten en el concilio de Jerusalén acerca de conservar o no, para el nuevo credo, los ritos tradicionales judíos.

El hecho de que, finalmente, no fueran considerados necesarios para lograr la salvación permitió al cristianismo trascender su vinculación con una comunidad humana concreta y convertirse en un mensaje de salvación verdaderamente universal.

Por otro lado, el énfasis que hace Jesús en la solidaridad con el débil, personificado en las figuras del pobre, la mujer o el excluido, supone el inicio de un cuestionamiento de toda forma de poder concebida como afirmación de privilegios. Podría comenzar, así, un lento proceso histórico de reivindicación del poder de todos y cada uno, en el que la idea de comunidad esté basada, precisamente, en la afirmación de dicho poder legítimo, es decir, el de poder ser el que verdaderamente se es, desarrollando las posibilidades que nos son inherentes.

Así pues, todo poder que niegue este auténtico poder constituiría, de hecho, según la nueva cosmovisión cristiana, un sujeto de atribuciones ilegítimas; un cuestionamiento que dio pie, precisamente, a la erección de una Iglesia que, concebida como comunidad espiritual, se encontrara vigilante ante el ejercicio del poder temporal. 

Además, en la predicación cristiana original, Jesús comienza a cuestionar normas y tradiciones asentadas en pro de una defensa, aún confusa, de una inocencia humana que se va perfilando como primigenia. Su acercamiento a los niños y su apelación a que debemos ser como ellos apunta a una fe en el carácter auténtico del ser humano, anterior a su deformación por el pecado, y que puede ser recuperable («Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto»).

Y aunque insta claramente a la asunción de una fuerte responsabilidad individual («Vete y no peques más», le dice a la adúltera), no considera a la sociedad como legitimada para el castigo («Quien de vosotros esté libre de pecado, que tire la primera piedra»). En virtud de la ley superior del Amor, Él mismo perdona, abriendo el camino para la consideración de la inocencia humana, que podría reputarse pervertida transitoriamente por relaciones inauténticas. 

Por último, el cristianismo presenta otro rasgo completamente novedoso, tal y como subraya Karl Lowitz: acaba con la ausencia de sentido histórico de las sociedades antiguas, que poseían un sentido del tiempo circular, y normalmente vinculado a un pasado considerado mítico o arquetípico.

Al poner el énfasis en la salvación, en la futura redención humana, en el anunciado fin de los tiempos, comienza a relativizar cualquier construcción sociohistórica, considerada, en definitiva, transitoria. Esto supone poner los fundamentos imprescindibles para que el ser humano pueda contemplar desde «fuera», esto es, con distanciamiento crítico (en función de un fin compartido, que sirve de eje orientador para cuestionar lo presente), el medio social en el que se encuentra inserto y, con ello, poner las bases para trascenderlo.

¿Y en qué consistiría ese fin anunciado, que constituye la guía o referente para el cristiano, y en torno al cual únicamente puede construirse una comunidad espiritual? Ese fin está conformado en función de las dos normas básicas que, según Jesús afirma, resumían todas las demás: «Amar a Dios por encima de todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos».

Lo primero implica amor a lo universal, por encima de cualquier particularidad reduccionista, así como a lo que es por sí mismo, más allá de cualquier instrumentalización posible. El amor al prójimo como a nosotros mismos no podría entenderse sino de la misma manera. Una búsqueda de la «Jerusalén celeste» que, independientemente de su ubicación concreta (en la Tierra o la Trascendencia), marcará un referente utópico en función del cual orientar la experiencia histórica. 

Rosa Mª Almansa es doctora en Historia Contemporánea, profesora del Grado de Humanidades de UNIR que además imparte el Seminario Heridas del Mundo Actual que forma parte de la propuesta de la ESCUELA DE HUMANIDADES DE UNIR

 

In-comunicación

Silvia del Valle Márquez

En cambio, si el uso de la tecnología es por un objetivo en especial, será más fácil de controlar y dará mejores frutos.

En esta época de tanta comunicación nos cuesta trabajo pensar que estemos cada día más incomunicados a nivel familiar, pero así es.

Es bueno que nos demos tiempo para pensar un poco ¿cómo anda nuestra comunicación familiar? ¿Podemos hacer algo para mejorarla?

Los medios de comunicación y las redes sociales pueden ser nuestros aliados o nuestros enemigos, dependiendo de que uso les demos y de cómo los regulemos a nivel familiar.

Los dispositivos electrónicos cada día están más a nuestro alcance y a costos muy accesibles, por lo que cada vez es más fácil ver que en las familias pasa que están, físicamente todos en el mismo lugar, pero cada quien está en un lugar diferente ya que se la pasan en sus dispositivos impidiendo así una buena comunicación.

Esto implica hacer un cambio en nuestra forma de ver la vida y romper el paradigma de la comunicación y nos atrevamos a subirnos al tren de la tecnología para hacerla nuestra aliada.

Por eso hoy te dejo mis 5 Tips para lograr erradicar la incomunicación de nuestra familia.

PRIMERO: Que tus hijos tengan la tecnología que necesitan de acuerdo con su edad.
Es impresionante como, a veces, nos gana la mercadotecnia y caemos en la trampa de tener más que otros, sin importar que sea a costa de nuestra economía o que sea un daño para nuestros hijos.

Darles más dispositivos de los que necesitan nuestros hijos es perjudicial ya que provoca que tengan más tiempo y medios para perderlo en las redes sociales o en el internet ya que es seguro que no les darán un uso adecuado, por la falta de madurez o por no existir una necesidad real para el uso de esos dispositivos.

La ociosidad es la madre de todos los vicios y también aplica en la cuestión tecnológica. Si nuestros hijos tienen mucho tiempo libre en el uso de sus dispositivos habrá oportunidad de que hagan mal uso de ellos, entrando a paginas poco adecuadas o usando excesivamente aplicaciones y juegos que los pueden llegar a enviciar.

En cambio, si el uso de la tecnología es por un objetivo en especial, será más fácil de controlar y dará mejores frutos.

Recuerda que siempre debe ser adecuada a la edad de nuestros hijos.

SEGUNDO: Establece horarios para uso de la tecnología.
Aun cuando ahora se estudie por medio de los dispositivos y el internet, es necesario establecer horarios para uso de los mismos ya que también es necesario darles descanso a los ojos de nuestros hijos para evitar que se desgasten de más con el uso excesivo de las pantallas.

Podemos establecer los tiempos obligatorios de estudio y después tomar en cuenta que puedan usar sus dispositivos para algo de juego o esparcimiento, pero siempre con medida y con un horario bien definido.

Así nuestros hijos se pueden autorregular y nosotros debemos estar atentos a que esos tiempos se cumplan.

TERCERO: El tiempo de los alimentos es tiempo de convivencia.
Conforme van creciendo nuestros hijos es más difícil regular el uso de los dispositivos por lo que es bueno poner reglas de uso claras y una de ellas es que a las horas en que la familia se reúne tomar los alimentos no pueden llevar dispositivos a la mesa.

Nosotros implementamos una canasta para poner los celulares y tabletas a un lado. Esto nos funciona bien ya que así, si se pueden entablar conversaciones sin tener que atender las conversaciones virtuales.

Esto debe aplicar para todos los miembros de la familia, incluidos nosotros los papás. Es necesario que nos demos el tiempo de pasar momentos de convivencia y comunicación con nuestros hijos, escuchando lo que sienten y piensan y sobre todo sus necesidades a diario.

No hay mejor inversión de tiempo que esa.

CUARTO: Si tus hijos ya son más grandes, súbete al carro de la tecnología.
Cuando nuestros hijos crecen, la dinámica familiar cambia y nos tenemos que adaptar a las necesidades que van generando las actividades propias de cada uno.

Cuando estudian ya en la prepa o la universidad, los horarios de clases son muy diversos; y si trabajan con más razón por lo que la convivencia familiar se vuelve casi imposible.

Aquí es donde podemos ayudarnos de la tecnología para no perder el contacto. Podemos hacer un grupo familiar de WhatsApp que nos permita una comunicación fluida; pero tengamos cuidado de que no supla la convivencia presencial. Debemos tener claro que es un complemento y que las cosas más importantes se tratan en persona.

Ahora que no podemos viajar tanto, existen algunas plataformas nos permiten vernos y escucharnos todos al mismo tiempo y que en verdad que acortan distancias. También en este caso debemos cuidar de que no suplan la presencia, pero si nos ayudan a no sentirnos tan lejos en estas circunstancias adversas que vivimos.

Y QUINTO: Que sepan que siempre pueden comunicarse contigo.
Es de vital importancia que nuestros hijos sepan que estamos siempre disponibles para conversar de lo que necesiten, ya sea pedir un consejo, platicar sobre sus planes, exponernos sus necesidades o compartirnos sus sentimientos; pedirnos consejos o darnos alguna sugerencia, siempre estaremos ahí para escucharlos.

Es por esto que debe existir un canal de comunicación abierto y claro que de pie a entablar una buena y asertiva comunicación familiar.

Es muy probable que la sociedad meta ruido y quiera robarnos los momentos de convivencia, pero nosotros debemos defender esos tiempos de comunicación con mil estrategias creativas para que nuestra familia logre tener una dinámica comunicación adecuada y esto nos dé como resultado una unidad y estabilidad.

¡Si se puede! Solo es cuestión de creatividad y disposición de todos para mantenernos comunicados.

 ¿Qué tanto escuchas a tus hijos?

Por LaFamilia.info 

 

Foto: Freepik

 

Existe una necesidad innegable de ser escuchados, la cual disimuladamente implora el deseo de sentirnos valorados y apreciados por otros. Asimismo cuando alguien nos escucha, sentimos una sensación liberadora que aminora los problemas, pues el solo hecho de exteriorizar los sentimientos y desechar una buena carga de ansiedad, hace que las ideas tomen claridad.

 

De ahí la importancia de escuchar a los hijos, quienes se pueden comunicar por muchas vías, no solo por la palabra. Tal como explica Francisco Gras en su blog Escuela para Padres: “Los hijos continuamente están mandando mensajes de que quieren y necesitan ser escuchados, no sólo ser oídos. Mensajes que suelen ser enviados con el lenguaje corporal, con su comportamiento bueno o malo, utilizando a otros integrantes de la familia, etc. Piden continuamente un tiempo íntimo para poder preguntar, pues tienen demasiadas cosas para decir.”

 

Y agrega: “Los padres tienen que emplear las técnicas adecuadas para fomentar la escucha. A cualquier edad, los hijos tienen muchas cosas para decir y muy pocas personas adecuadas a quienes decírselas y que quieran escucharles. Los padres tienen que intentar que los hijos no busquen sustitutos inadecuados para que les escuchen. Tienen que estar en primera fila para cuando les necesiten, pero mucho mejor sería, que fuera antes de que los necesiten.” 

 

De otro lado, no hay que menospreciar las dificultades de los pequeños, pues olvidamos que los problemas toman la magnitud de quien los vive, por eso los asuntos de los niños tienen un nivel de complejidad acorde a su edad. Hay que evitar comentarios como: “no vale la pena”, “esos no son problemas”, “problemas los de papá y mamá”.

 

Ahora bien, es importante dejar claro que desde estas primeras edades estamos abonando el terreno para una muy buena comunicación cuando ya sean pre o adolescentes.

 

18 Conceptos para escuchar bien a los hijos

 

Cuántas discusiones se podrían ahorrar si antes de regañar a los hijos y exaltarse ante sus errores, primero se les dedicara unos minutos a escucharlos a saber lo que sienten, lo que piensan, los que les atemoriza, lo que les alegra, lo que les preocupa, lo que les pasa…

 

Escuchar a los hijos es uno de los mejores actos que podemos hacer por su formación integral; para lograrlo Francisco Gras -autor citado anteriormente y colaborador de LaFamilia.info-, proporciona las siguientes pautas para hacer de la escucha una maravillosa herramienta educativa en el desarrollo de los hijos:

 

1. Comunicar a los hijos que los padres, a todas horas y bajo cualquier circunstancia, siempre quieren y están dispuestos a escucharles y de forma muy positiva, para que se produzca un verdadero intercambio de sentimientos y no de interrogatorios o monosílabos, que la mayoría de las veces quieren decir, “déjame en paz y cállate”.

 

2. Hacerles participes en los temas familiares, de las alegrías, penas, discusiones, objetivos, planes, presupuestos, situación económica, etc. Esto les acostumbrará a ir dando sus opiniones, a ser cada vez más abiertos a darlas, y a los padres a tener que escucharles por haberles preguntado.

3. Demostrarles confianza al pedirles su opinión, y si es conveniente delegarles responsabilidades y decisiones, procedentes de sus opiniones.

4. Contarles cómo nos sentimos ante determinadas situaciones, en las que ellos estén implicados o no, para que vean que no es difícil expresar los sentimientos, opiniones, alegrías, cansancios y dificultades y que se adquiere una gran paz interior, cuando se comparten las cosas a su debido tiempo, circunstancias y personas.

5. Hablarles de que todos queremos ser escuchados, pero sin tener que ser juzgados y sentenciados continuamente, por nuestros actos u opiniones. Si los hijos tienen bien claro, que les vamos a escuchar sin juzgar, seguramente estarán más dispuestos a hablar, que a quedarse callados. Los padres deben fomentar estas situaciones, para escucharles con mucha atención. Es muy bueno empezar desde pequeños, con temas a su alcance mental, para crear costumbre.

6. Ponerles más atención cuando hay algún problema grave, que pueda ser por un mal comportamiento de los hijos, por un problema de los padres o de la familia en conjunto. Hay que escucharles muy atentamente, lo que quieren decir y cómo lo quieren decir.

7. No retrasarse en preguntar lo que haya que preguntar, aunque no quiera escuchar lo que supuestamente va a escuchar. Es preferible ser un padre que escucha, aunque duela, a ser un padre que ignora.

8. Exija escuchar las explicaciones que los hijos deban darle, quieran o no quieran, les guste o no les guste hacerlo. La autoridad paternal en materia familiar, moral y social, no debe ser disminuida, excluida, anulada ni abolida bajo ningún concepto y mucho menos, en función de lo que los padres tienen y deben escuchar.

9. Escuchen los cónyuges a los hijos, por separado o unidos, con la misma línea de amor y de exigencia hacia ellos, principalmente en las normas transcendentales de obligado cumplimiento personal, familiar, moral y social.

10. Escuchen bien a los hijos, pero tengan mucho cuidado, si les tienden la trampa de “divide y vencerás” o si ya conocen los puntos flacos de cada uno de los cónyuges, y siempre se dirigen hacia el más débil, para conseguir lo que con el otro cónyuge, no conseguirían. Si fuera necesario, escuchen como hacen los policías, haciendo uno de bueno y otro de malo, pero siempre unidos, por el bien de los hijos.

11. No tengan miedo de escuchar a sus hijos lo que tengan que decirles, pues como padres, tienen que estar a las duras y a las maduras. No hay nada entre padres e hijos, que con buena voluntad no pueda solucionarse. Las causas de los miedos y sus efectos devastadores, suelen ser productos de las dudas, justificadas o no. Pero los miedos la mayoría de las veces desaparecen, cuando se saben los verdaderos motivos que los han causado.

12. Dialogar con el lenguaje del silencio, suele ser muy efectivo. Muchas veces es necesario escuchar, sin hablar, ni una sola palabra, dejando paso a que los hijos se expliquen o desahoguen, sin interrumpirles en lo más mínimo. No se preocupen si los hijos empiezan con un monólogo, poco a poco irán abriéndose cada vez más, al pedir ellos mismos respuestas a sus preguntas.

13. Tengan en cuenta que las palabras dichas de más, enredan las que se han dicho justas, y las dichas de menos, confunden con lo que falta por decir.

 

14. Olvídense del orgullo equivocado, que no sirve nada más, que para crear o mantener enconos, pues los oídos de los padres, se han hecho para entender con amor y son la puerta de los grandes abrazos.

15. Tienen que aprender a perder un poco para ganar un mucho, aunque nada más oiga medias respuestas.

16. El secreto de saber escuchar bien, sirve para saber hablar bien.

17. Por muy amargo que sea el tener que escuchar, la clase de veneno que han elegido para suicidarse, poco a poco o muy deprisa, siempre se les podrá dar soluciones u opciones, para salir de los infiernos que producen determinadas adicciones.

18. Si el tema que escuchan requiere una respuesta inmediata, y si esta es muy grave o difícil, no duden en pedir un aplazamiento para estudiarla, consultarla y armarla antes de decirla. Si la dicen con precipitación, a lo peor ya no tiene remedio y se convierten en “esclavos de sus palabras y no, en dueños de sus silencios”.

Género: destrucción de la familia rumbo al comunismo

​ “La perspectiva del ‘género’ debe integrarse en los programas”

Su arma principal será la lingüística (la gramática normativa) que penetre en el lenguaje coloquial, alterando el sentido de las palabras y sus connotaciones emocionales, hasta crear en quien habla una nueva actitud espiritual. Si se cambian los valores, se modifica el pensamiento y nace así una cultura distinta.

Cómo no representarse inmediatamente los términos “interrupción del embarazo”, “salud sexual y reproductiva”, “anticoncepción de emergencia”, “preembrión”; así como los cambios aparentemente inocuos de la palabra “amante” o “concubina/o” por la palabra “compañero” o “pareja” y muchos más […] Se proponen desconstruir el lenguaje, las relaciones familiares, la reproducción, la sexualidad, la educación, la religión, la cultura, entre otras cosas.

La perversa ideología de género encuentra en la destrucción de la familia un paso necesario para lograr su meta revolucionaria: la utópica sociedad comunista.

Muchos identificaron la caída del marxismo con la caída del Muro de Berlín; pero China sigue bajo un régimen marxista y en Cuba no se ha visto aún la Hora Final de Castro.

Con la caída del Muro de Berlín, lo único que cayó fue la Unión Soviética; pero el marxismo, como materialismo histórico ateo que es, sigue gozando de muy buena salud. Porque si bien el marxismo como régimen de gobierno totalitario y como modelo económico se hizo pedazos en la vieja URSS, nadie puede negar que vestido de hedonismo, renace en una cultura, sino dominante, al menos influyente en muchos ambientes.

Es imponente el paralelismo encontrado entre la descripción del marxismo de Gramsci realizada por el Dr. Rafael Gambra en su libro Historia Sencilla de la Filosofía (Editorial RIALP, pág. 213, 21ª edición) y un documento publicado por la Conferencia Episcopal Peruana (CEP) titulado “Perspectiva de género: sus peligros y alcances”.

“Las últimas décadas han conocido (…) una evolución importante en la ideología (y la praxis) del marxismo. Se trata de la obra que el marxista Antonio Gramsci (1891-1937) escribió durante sus últimos años en las cárceles de la Italia fascista. En ella se da una moderación de las tesis rigurosas del materialismo histórico con fines más bien tácticos.

Para Gramsci las ideas y creencias no son simple emanación pasajera de la economía, sino que poseen una realidad que constituye la cultura en que cada hombre y cada pueblo vive inmerso.

La idea propulsora del pensamiento gramsciano es que la Revolución nunca se realizará verdaderamente mientras no se produzca, de forma en cierto modo orgánica y dialéctica, dentro de lo que Gramsci llama una cultura. Esta es la que habrá que desmontar y sustituir al propio tiempo que se utiliza.

“Quienes luchan por la vida y la familia, conocen los peligros de la perspectiva de género, y saben a que se refiere Gramsci cuando habla de ‘desmontar y sustituir una cultura al mismo tiempo que se utiliza’: en efecto, los promotores del género, proponen “desconstruir la famila ‒y por extensión la sociedad”, para luego rearmar la sociedad con parámetros marxistas.

“De acuerdo el folleto de la C.E.P., ‘para las ‘feministas de género’, éste ‘implica clase’, y la clase presupone desigualdad. Luchar más bien por desconstruir el género ‒los roles socialmente construidos‒ llevará mucho más rápidamente a la meta”. Esta meta consiste en “llegar a una sociedad sin clases de sexo”. Meta que coincide, obviamente, con los fines de la revolución marxista.

“Denunciar las ideas y el lenguaje hegemónico”

Lo increíble del caso, es que todo esto lo hacen con la complicidad de algunos sectores más bien “conservadores” o considerados “de derecha” por algunos.

El concepto desconstrucción es considerado por los activistas de género, como

“la tarea de denunciar las ideas y el lenguaje hegemónico (es decir aceptados universalmente como naturales), con el fin de persuadir a la gente para que crea que sus percepciones de la realidad son construcciones sociales.”

En el análisis que Gambra realiza sobre la obra de Gramsci y su marxismo cultural, señala que una revolución violenta siempre será efímera. Esto se debe a que el hombre vive dentro de una cultura, que “es un entramado de convicciones, sentimientos, emociones e ideas”[1].

“No hay un sólo defensor o defensora del género que no pase por pacifista, por víctima o por defensor/a de todas las víctimas de ataques y discriminaciones que impone la injusta sociedad en la que viven. La agenda de lucha, pasa por no violenta, pero en los hechos violenta las conciencias, lo cual es mucho peor. Queda claro asimismo, que para Gramsci, todo es creación histórica (“construcción cultural” en código de “género”) y no naturaleza.

El sexo salvaje y el género quieren destruir la familia y crear un nuevo orden mundial

En este sentido, cabe recordar que las feministas de género, consideran que el hombre y la mujer adultos son construcciones sociales; que en realidad el ser humano nace sexualmente neutral y que luego es socializado en hombre o mujer.

Esta socialización, dicen, afecta a la mujer negativa e injustamente. Por ello, las feministas proponen depurar la educación y los medios de comunicación de todo estereotipo y de toda imagen específica de género, para que los niños puedan crecer sin que se les exponga a trabajos “sexo-específicos”. Por eso hablan también de “roles socialmente construidos” cuando se refieren a las ocupaciones que una sociedad asigna a uno u otro sexo.

Sigue el Dr. Gambra:

“De aquí el interés de Gramsci por el cristianismo, al que considera germen vital de una cultura histórica, que penetra la mente y la vida de los hombres, sus reacciones profundas. Será preciso, para que la revolución sea orgánica y “cultural”, adaptarse a lo existente y, por la vía de la crítica y la autoconciencia, desmontar los valores últimos y crear así una cultura nueva.

“El ariete para esa transformación será el Partido, voluntad colectiva y disciplinada que tiende a hacerse universal. Su misión será la infiltración en la cultura vigente para transformarla en otra nueva materialista, al margen de la idea de Dios y de todo valor trascendente.

De acuerdo con Gambra,

su arma principal será la lingüística (la gramática normativa) que penetre en el lenguaje coloquial, alterando el sentido de las palabras y sus connotaciones emocionales, hasta crear en quien habla una nueva actitud espiritual. Si se cambian los valores, se modifica el pensamiento y nace así una cultura distinta.”

Cómo no representarse inmediatamente al llegar a este punto, los términos “interrupción del embarazo”, “salud sexual y reproductiva”, “anticoncepción de emergencia”, “preembrión”; así como los cambios aparentemente inocuos de la palabra “amante” o “concubina/o” por la palabra “compañero” o “pareja” y muchos más.

El denominador común es que todos esos términos llevan al error y a la confusión a grandes masas de personas que, como neófitos en estos temas, dejan de llamar a las cosas por su nombre sin la más mínima capacidad crítica y se tragan “lo que dice la tele”.

Comenta el documento de la Conferencia Episcopal Peruana que para desconstruir la sociedad, las feministas de género “proponen desconstruir el lenguaje, las relaciones familiares, la reproducción, la sexualidad, la educación, la religión, la cultura, entre otras cosas.

​ “La educación es una estrategia importante para cambiar los prejuicios sobre los roles del hombre y la mujer en la sociedad.

Estos cambios en el lenguaje son posibles, si se dan cambios en la educación:

La educación es una estrategia importante para cambiar los prejuicios sobre los roles del hombre y la mujer en la sociedad. La perspectiva del ‘género’ debe integrarse en los programas. Deben eliminarse los estereotipos en los textos escolares y concienciar en este sentido a los maestros, para asegurar así que niñas y niños hagan una selección profesional informada, y no en base a tradiciones prejuiciadas sobre el ‘género’”.

Después, que nadie se asombre si María Pía se “casa” con Ana Inés, o Ramón con Lorenzo, pues éste es el objetivo:

“El final de la familia biológica eliminará también la necesidad de la represión sexual. La homosexualidad masculina, el lesbianismo y las relaciones sexuales extramaritales ya no se verán en la forma liberal como opciones alternas, fuera del alcance de la regulación estatal, en vez de esto, hasta las categorías de homosexualidad y heterosexualidad serán abandonadas: la misma ‘institución de las relaciones sexuales’, en que hombre y mujer desempeñan un rol bien definido, desaparecerá. La humanidad podría revertir finalmente a su sexualidad polimorfamente perversa natural”.

Prosigue el Dr. Gambra:

El medio en que esta metamorfosis puede realizarse es el pluralismo ideológico de la democracia, que deja indefenso el medio cultural atacado, porque en ella sólo existen “opiniones” y todas son igualmente válidas. La labor se realizará actuando sobre los “centros de irradiación cultural” (universidades, foros públicos, medios de difusión, etc.) en los que, aparentando respetar su estructura y aún sus fines, se inoculará un criticismo que les lleve a su propia destrucción.

Si se logra infiltrar la democracia y el pluralismo en la propia Iglesia (que tiene en esa cultura el mismo papel rector que el Partido en la marxista), el éxito será fácil.

La democracia moderna será como una anestesia que imposibilitará toda reacción en el paciente, aun cuando esté informado del sistema por el que está siendo penetrada su mente.

“Vaya si son conocidos los nefastos resultados de la implantación del pluralismo y la tolerancia como valores absolutos en nuestras sociedades: nada se puede criticar si es políticamente correcto; todo se debe criticar si es políticamente incorrecto.

Nuestras endebles democracias se ven amenazadas día tras día por los personeros de la mentira y de la muerte, por el terrorismo ideológico y por sus principales aliadas, las mafias de la desinformación.

El odio a la Iglesia, es capaz de unir en este “pluralismo”, a un individuo como Ted Turner, paradigma del capitalista liberal, con el marxismo cultural, a cuyo servicio pone diariamente la CNN. Este odio se verifica también diversas organizaciones pseudocatólicas, como las “Católicas por el Derecho a Decidir” de triste memoria.

Y termina Gambra: “De aquí la revolución cultural, meta principal del actual marxismo, y movimientos como cristianos para el socialismo y otro semejantes que jalonan esto que se ha llamado la autodemolición de la Iglesia.”Es deber de todos los cristianos contribuir a evitar esa “autodemolizione” de la Iglesia ‒cuya estabilidad gracias a Dios, no depende de la voluntad humana‒, tan buscada por el marxismo cultural que ahora se viste con ropaje de “género”: otra alteración del lenguaje, esta vez para no asustar.

Fuente: Alvaro Fernández, Catholic.net (El artículo original ha sido resumido)


[1]“Si la revolución brota de un hecho violento o de una ocupación militar, siempre será superficial y precaria, y se mantendrá asimismo en un estado violento. El hombre no es una unidad que se yuxtapone a otras para convivir, sino un conjunto de interrelaciones activas y conscientes. Todo hombre vive inmerso en una cultura que es organización mental, disciplina del yo interior y conquista de una superior conciencia a través de una autocrítica, que será motor del cambio. La vida humana es un entramado de convicciones, sentimientos, emociones e ideas; es decir, creación histórica y no naturaleza”.

 

La ideología de género rompe la familia

¿En qué consiste la ideología de género, de la que oímos hablar continuamente? –El Papa (B16) acaba de referirse a ella, con tonos suaves pero profundamente alarmantes. La ideología de género destroza la familia, rompe todo lazo del hombre con Dios a través de su propia naturaleza, sitúa al hombre por encima de Dios, y entonces Dios ya no es necesario para nada, sino que hemos de prescindir de Él, porque Dios es un obstáculo para la libertad del hombre. La ideología de género es una filosofía, según la cual “el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza, que el hombre debe aceptar y llenar personalmente de sentido, sino un papel social del que se decide autónomamente, mientras que hasta ahora era la sociedad la que decidía” (B16). La frase emblemática de Simone de Beauvoir (1908-1986), pareja de Jean Paul Sartre: “Mujer no se nace, sino que se hace” expresa que el sexo es aquello que uno decide ser. Ya no valdrían las ecografías que detectan el sexo de la persona antes de nacer. Esperamos un bebé. ¿Es niño o niña? –La ecografía nos dice claramente que es niña. No. Lo que vale es lo que el sujeto decida. Si quiere ser varón, puede serlo, aunque haya nacido mujer. Y si quiere ser mujer puede serlo, aunque haya nacido varón. No se nace, se hace. Al servicio de esta ideología existen una serie de programas formativos, médicos, escolares, etc. que tratan de hacer “tragar” esta ideología a todo el mundo, haciendo un daño tremendo en la conciencia de los niños, adolescentes y jóvenes. La ideología de género no respeta para nada la propia naturaleza en la que Dios ha inscrito sus huellas: soy varón, soy mujer, por naturaleza. Lo acepto y lo vivo gozosamente y con gratitud al Creador. No. Relacionar con la naturaleza, y por tanto con Dios, mi identidad sexual es una esclavitud de la que la persona tiene que liberarse, según esta ideología equivocada. De aquí viene un cierto feminismo radical, que rompe con Dios y con la propia naturaleza, tal como Dios la ha hecho. Un feminismo que se va extendiendo implacablemente, incluso en las escuelas. La iglesia católica es odiada por los promotores de la ideología de género, precisamente porque se opone rotundamente a esto. “Ahora bien, si no existe la dualidad de hombre y mujer como dato de la creación, entonces tampoco existe la familia como realidad preestablecida por la creación” (B16). Y, sin embargo, una de las realidades más bonitas de la vida es la familia. La familia según su estructura originaria, donde existe un padre y una madre, porque hay un varón y una mujer, iguales en dignidad, distintos y complementarios. Donde hay hijos, que brotan naturalmente del abrazo amoroso de los padres. La apertura a la vida prolonga el amor de los padres en los hijos. Donde hay hermanos, y abuelos, y tíos, y primos, etc. ¡Qué bonita es la familia, tal como Dios la ha pensado! Dios quiere el bien del hombre, y por eso ha inventado la familia. Aunque la ideología de género intenta destruirla, la fuerza de la naturaleza y de la gracia es más potente que la fuerza del mal y de la muerte. La familia necesita la redención de Cristo, porque Herodes sigue vivo, y no sólo mata inocentes en el seno materno, sino que intenta mentalizar a nuestros niños, adolescentes y jóvenes con esta ideología, queriendo hacerles ver que hay “otros” tipos de familia. El Hijo de Dios nació y vivió en una familia y santificó los lazos familiares. La fiesta de la Sda. Familia de Nazaret en el contexto de la Navidad es una preciosa ocasión para dar gracias a Dios por nuestras respectivas familias, que son como el nido donde hemos nacido o donde crecemos y nos sentimos amados. Es ocasión para pedir por las familias que atraviesan dificultades, para echar una mano a la familia que tengo cerca y cuyas necesidades no son sólo materiales, sino a veces de sufrimientos por conflictos de todo tipo. La fiesta de la Sda. Familia de Nazaret, compuesta por Jesús, María y José es una oportunidad para reafirmar que sólo en la familia, tal como Dios la ha instituido, encuentra el hombre su pleno desarrollo personal y, por tanto, la felicidad de su corazón. En la familia está el futuro de la humanidad, en la familia que responde al plan de Dios. Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

 

LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS

Enrique Rojas. 

Educar es entusiasmar con los valores. Estamos en un unos momentos en el que mucha gente joven está perdida, sin saber a dónde ir. Estar perdido es no tener rumbo. Ir tirando a ver qué pasa. Veo mucha gente joven así. Y no hablo solo de nuestro país. McLuhan habló del planeta global.

 ¿Por dónde debemos empezar? Los edificios que no se caen son los que tienen unas bases firmes, unas raíces sólidas. Lo primero de todo es la formación. Educar convertir a alguien en persona. Educar es conseguir seres humanos con dignidad y criterio. Educar es seducir con modelos sanos, atractivos, coherentes y llenos de humanidad. Por ahí debemos comenzar. Ejemplos de vidas llenas de sentido, atractivas, que nos empujen, que arrastren nuestra conducta en esa dirección. Educar es atraer por encantamiento y ejemplaridad.

 El gran educador moderno está enfermo y con mal pronóstico: la televisión. Y no hay ningún indicador que nos diga que va a cambiar en positivo. Pero la primera fuente educativa, donde todo debe arrancar, es la familia. La familia debe ser una escuela en donde uno se sabe querido por lo es y no por lo que tiene. Una familia sana es la primera escuela donde uno recibe lecciones que no se olvidan.

 De niño, dos de mis asignaturas eran la Geografía y la Historia Sagrada. Y aunque yo nunca estudié en un colegio religioso (ese fue el criterio de mi padre, uno de los primeros psiquiatras españoles, que estudió en Alemania), ésta segunda me parecía impresionante: La historia de España me parecía apasionante e iba pasando y repasando el libro de Romeo de Armas: los Reyes Católicos, Felipe II, Carlos V,los viajes de Colón y el descubrimiento de América…

 En la segunda materia que comento,  veía las escenas pintadas sobre Abraham a pique de matar a su hijo Isaac con el cuchillo levantado o las disputas de Esaú y Jacob o la vida de José el undécimo hijo de Jacob vendido por sus hermanos y que terminó en casa de Putifar. Yo leía y mi imaginación volaba, porque en aquella época muchos libros de texto eran ilustrados y esto hacía más fácil comprender lo que allí se explicaba.

 En casa de mis padres la educación se prolongaba a lo largo del día y del fin de semana. Desde las normas básicas de urbanidad, pasando por los almuerzos, en donde todos hablaban; yo era el sexto de siete hermanos y además un poco tímido, con lo cual muchas veces me limitaba a escuchar y preguntar lo que no entendía. La figura de mi padre era la de un Catedrático de Universidad de aquel tiempo (él muere en l974), de una disciplina entonces relativamente incipiente, la Psiquiatría, formado en Alemania. Mi madre no era universitaria, pero era un pozo de sabiduría y sentido común y generosidad para dar y tomar. Los dos marcaron mi personalidad a fuego.

  Ahora, al repasar hechos y escenas, me lleno de agradecimiento a cada uno de ellos. Y veo como una panorámica de lo que debe de ser la educación en la familia. Esa es la primera universidad.

 Si la familia funciona, la persona va a tener un edificio construido con materiales resistentes. Allí está un mundo mágico y decisivo. Porque la primera piedra de la educación es la formación. Adquirir una buena formación en general es distinguir lo que es bueno de lo que es malo; tener criterio; saber a qué atenerse; discernimiento: aprender a penetrar en la realidad distinguiendo lo que es mejor y más positivo, para escoger ese camino.

La formación hospeda en su interior distintos ingredientes. Hay dos notas principales que no quiero dejarme en el tintero y plasmarlas cuanto antes: la formación humana y espiritual. La primera, aspira a que lleguemos a tener un comportamiento propio de seres humanos y dentro de ese plano se abren 3 grandes notas: inteligencia, afectividad y voluntad. Para mi ellas constituyen el subsuelo en donde debe arrancar la condición humana. Cada una de ellas tiene un largo recorrido.

La inteligencia es capacidad de síntesis, saber distinguir lo accesorio de lo fundamental. Desde pequeños hay que enseñar a pensar, a tener espíritu crítico y a formular argumentos que defienden nuestras ideas y creencias. Hay muchos tipos de inteligencias y en general unas y otras se llevan a la gresca, parece como si poseer unas, excluyera a otras: inteligencia teórica, práctica, social, analítica, sintética, discursiva, creativa, inteligencia emocional (tan de moda hoy, desde el libro de Goleman), fenicia, instrumental, matemática…e inteligencia para la vida (saber gestionar del mejor modo posible la propia trayectoria). Todas tiene un lugar común: captar las realidad desde diversos ángulos.

 La inteligencia se nutre de la lectura. Fomentar este hábito es esencial. Hoy a todos nos cuesta más, pues estamos en la era de la imagen. Pero hay que intentarlo. Un par de libros siempre cerca, alternándolos. Y la curiosidad como ingrediente esencial. La lectura es a la inteligencia, lo que el ejercicio físico es al cuerpo.

 Quiero hacer una mención especial al tema de la lectura por la importancia que ésta tiene. La visión panorámica nos da una imagen bastante precisa: el final de la Edad Media corresponde a una poesía representada por los cantares de gesta, las cántigas de escarnio, el mester de clerecía y el mester de juglaría. El siglo XVI representa a la poesía del siglo de oro con Lope de Vega a la cabeza. El siglo XVII es el teatro, que fue en su tiempo lo que sería hoy la televisión, pero en bueno. El siglo XVIII es el ensayo…en España la Ilustración fue mucho menor comparada con Francia o Alemania. El siglo XIX es la novela, que fue la gran educadora sentimental en nuestro país, con Pérez Galdós y Clarín como máximos exponentes. El XX es el siglo del periodismo: los grandes escritores plasmaron sus ideas en los periódicos, como fue el caso de Ortega y Julíán Marías. El XXI por el momento es el de internet y las comunicaciones.

 Solo un breve apunte en relación con la prensa. Mi suegro, Fabián Estapé (tiene más de 80 años) lee doce periódicos cada día, emplea casi toda la mañana en ello. Está claro que es importante estar bien informado, pero pienso que perdemos demasiado tiempo en ellos y en personas de media edad, hay que hacer una administración inteligente de la lectura de prensa.

 La afectividad: ese pura sangre que recorre nuestra persona y que se manifiesta a través de los sentimientos, las emociones y las pasiones. Tener una buena formación sentimental significa capacidad para dar y recibir amor. Uno de los puntos básicos en este sentido es aprender a expresar sentimientos: desde dar las gracias, mostrar afecto, saber que la palabra bien empleada en puente de comunicación: te quiero, te necesito, perdóname, ayúdame en este asunto, necesito hablar contigo, tengo un problema y necesito que me orientes…Todo eso cultiva, hace prosperar el mundo sentimental y le da fuerza y consistencia.

 En tercer lugar, la formación humana tiene un elemento decisivo, clave, de una importancia a la larga de gran alcance: la voluntad. ¿Qué es la voluntad, en qué consiste, qué características tiene?: Voluntad es capacidad para ponernos metas, objetivo y luchar a fondo por irlos consiguiendo. Con la voluntad no se nace, sino que uno la cultiva, la trata, se empeña por irla metiendo en la conducta personal, contra viento y marea. Voluntad es determinación, firmeza, esfuerzo deportivo por conquistar cimas de cierto nivel que nos ayuden a crecer como personas. Y ésta, a su vez, se compone de una serie de ingredientes que son muy importantes: orden, constancia y motivación. Yo le llamo a todos esos elementos la inteligencia instrumental, porque son las alas que le hacen volar alto a la inteligencia…las joyas de la corona. No hago lo que me apetece ni lo que me pide el cuerpo, sino lo que es mejor para mi, aquello que me hace crecer como persona.

 La formación espiritual significa la rebeldía del que no quiere vivir como un animal, sino como una persona. Hoy lo políticamente correcto es no creer en casi nada, todo light, ligero, liviano, sin compromiso con nada…es el postmodernismo: una vida sin valores ni convicciones, suspendida en el relativismo y la permisividad. La espiritualidad bien entendida nos hace crecer en humanidad y nos lleva a ver al otro en toda su dignidad. Expulsar a Dios de la vida personal, porque está de moda y se lleva y eso es lo que hay…no hace más libre ni a las personas ni a la sociedad.

 Eso lleva a lo que estamos viendo hoy tan a menudo, un vacío espiritual  enorme. Solo un profundo sentido espiritual de la vida, moderno, abierto, liberal…pero firme como la tierra sólida que pisamos, es capaz de cambiar en profundidad el corazón del ser humano. Esta sociedad está muy perdida en lo básico. Hablaría de esto con detalle, pero ahora dejo solo apuntada esta idea, para el que quiera recogerla. Pero lo resumiría de este modo: la persona espiritual lo juzga todo.

 Sarkozy ha hablado en la visita de Benedicto XVI a Francia de laicismo positivo: ser persona del siglo, pero sin renunciar a los valores imperecederos del hecho religioso y no dejarlo solo para el ámbito privado, pues es un bien público y social.

 ¡Qué tarea tan bonita y apasionante tenemos por delante los padres y los educadores! Vale la pena ponerse manos a la obra y llevarla a cabo. Lamentarse vale de poco, evita la úlcera de estómago y poco más. Somos los padres los primeros educadores. Los padres no podemos pretender que nuestros hijos vivan cosas que nosotros no practicamos. En la vida coherente de los padres está la base de una buena educación de los hijos: que entre lo que decimos y lo que hacemos exista una buena relación.

No quiero alargarme para no hacer muy extenso este artículo. Cuanto más vale una persona, más valora a los demás. Y al revés. No hay secretos para el éxito: éste se alcanza  con preparación progresiva, trabajando con minuciosidad sobre uno mismo, sacando lecciones de los fracasos y procurando tener un modelo de identidad, esos ejemplos de vida lejanos o cercanos, que tiran, arrastran, empujan en esa dirección, para conseguir hacer una pequeña obra de arte de la vida personal. Querer es poder. Voy contra corriente. No me importa, se que son tiempos difíciles, en donde hay mucha gente desorientada, pero que puede ser reconducida…

 En el libro de de Chesterton El hombre eterno el autor habla de ir contra corriente y dice lo siguiente: cuando uno va navegando por un río de cierto caudal a favor de la corriente, ésta le lleva a uno rápida y fluidamente, pero se corre el riesgo de ir tan bien, que uno se duerme y se puede caer al agua y ahogarse. Por el contrario, cuando uno está acostumbrado a ir contra corriente, hay que luchar y esforzarse y resistir y cada pequeña victoria es un triunfo…el agua salpica a la cara y es difícil seguir, pero la pasión por avanzar es mayor, así se fortalece la postura. Para ir contra corriente hoy hay que estar bien formado y tener ideas claras y criterios coherentes y sólidos, para no dejarse llevar por una sociedad herida por el consumismo y manipulada por los medios de comunicación.

 El ser humano es el capital más preciado. La crisis económica es nada comparada con la crisis moral. No saber para donde tirar, ni a qué atenerse, es mucho más grave. Una educación permisiva y relativista, se sitúa lejos de la voluntad y la buena orientación y destruye el vigor del alma y del cuerpo.

 

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Derechos Humanos, un concepto en constante evolución

​ La Revolución Francesa está en el origen de este “nuevo derecho” laicista, igualitario y liberal

El concepto de Derechos Humanos está siempre en proceso de creación, enriqueciéndose con los cambios históricos y dependiendo al mismo tiempo de ellos. El alcance de los conceptos de tolerancia y no–discriminación

Cuando escuchamos hablar de derechos humanos, imágenes contradictorias se agolpan en nuestra imaginación. Por una parte, nos parecen justos porque reprimirían delitos de ciertos grupos. Por otra parte, se nos presentan como un Leviatán que amenaza con aniquilar nuestros valores cristianos y a las personas que los sustentan, como con la implantación del aborto.

La utilización de un lenguaje que apela para la sensibilidad (como tolerancia, no-discriminación, derechos de las minorías, etc.), torna aún más confusos los objetivos últimos que se persiguen al implantar esos llamados “derechos humanos“, poco definidos.

Para ayudar a entender el problema, les ofrecemos un extracto del apéndice de nuestro libro “La Revolución Cultural: un smog que envenena a la familia chilena“, en el que se trata del concepto católico de estos derechos y del concepto laico y anticristiano, de ellos . El libro puede ser bajado gratuitamente aquí.

Los Derechos Humanos: un concepto en constante evolución

Contenidos

 

Para entender el alcance de los conceptos de tolerancia y no–discriminación promovidos por los ideólogos de la Revolución Cultural, importa conocer lo que éstos entienden por derechos humanos. Como sobre ellos se ha escrito y hablado mucho, haremos primero una breve síntesis de lo que al respecto enseña la doctrina católica tradicional.

La doctrina católica sobre la dignidad y los derechos de la persona humana

La doctrina católica nos muestra que, siendo Dios el Creador de todo lo que existe, es el verdadero y supremo Señor, a Quien corresponde un derecho absoluto sobre todo lo creado. Nuestro Señor Jesucristo, como Verbo de Dios y Redentor, es verdadero Rey del Universo por naturaleza y por conquista, y todos los hombres –individual y colectivamente– están bajo su autoridad. Fueron creados a Su imagen y semejanza, con inteligencia y voluntad libre, de donde provienen sus derechos y deberes, los cuales son universales y también fundamentales.

Entre esos derechos están los de profesar privada y públicamente la verdadera Religión, de buscar la verdad y, dentro de los límites del orden moral y del bien común, a manifestar y defender sus ideas; el derecho a la existencia, a la integridad física y a los medios indispensables para un nivel de vida digno; a constituir una familia y educar a sus hijos; a participar de la cultura y, por lo tanto, el derecho a la instrucción; de reunirse y asociarse, a la propiedad privada sobre los bienes, incluso los productivos; al trabajo y a un salario justo, en condiciones que no dañen la salud ni las buenas costumbres.

Todos esos derechos derivan de la naturaleza humana, pero ellos no son absolutos. En efecto, Dios dispuso que el hombre viva en sociedad, formando una comunidad a partir de la familia, célula matriz de toda la vida social, por lo cual el ejercicio de esos derechos debe ser regulado y limitado por las necesidades del bien común.

La necesidad de una autoridad

La sociedad para alcanzar el bien común necesita la existencia de una autoridad. Tanto la sociedad cuanto la autoridad que ella escoja, provienen de la naturaleza y, por tanto, de Dios mismo. [1] Tutelar los derechos de la persona humana y facilitarle el cumplimiento de sus deberes es el oficio esencial de todo poder público, para lo cual es esencial un orden jurídico que le sirva de apoyo externo, defensa y protección.

Por esto, el orden legal tiene un poder de coacción. La libertad de los ciudadanos debe ser limitada al imperativo moral de hacer el bien y evitar el mal. Los hombres tienen impresa en sus corazones la Ley, y de su cumplimiento es testigo su propia conciencia.[2]

Sin embargo, la autoridad no está libre de toda ley, pues su facultad de mandar nace de la recta razón, por lo cual sólo debe ser obedecida si se armoniza con la ley moral. Si las leyes u órdenes de los gobernantes la contradicen y se apartan así de la voluntad de Dios, no obligan en conciencia, pues “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”. [3] En tal caso, la autoridad deja de ser tal y degenera en tiranía.

La doctrina católica sobre el orden desigual y jerárquico de la creación

La misma naturaleza nos muestra que existen notables diferencias entre los hombres: de sabiduría, virtud, capacidad intelectual, situación social, posesión de bienes, etc., lo cual es deseado por Dios para que, cada uno en su lugar y ayudando a los demás, contribuya con el esfuerzo común y alcance su propia perfección.

Dice León XIII:

Así como en la Iglesia [Dios] ha instituido la variedad de grados jerárquicos y diversidad de ministerios, para que no todos fuesen apóstoles, ni todos doctores, ni todos pastores (I Cor. , 12, 29), así también ha determinado que en la sociedad civil haya distinción de órdenes diversos en dignidad, en derechos y en poder, para que el Estado, como la Iglesia, forme un solo cuerpo, compuesto de gran número de miembros, unos más altos que otros, pero todos necesarios entre sí y solícitos del bien común”. [4]

​ Pio XII

A su vez Pío XII enseñó:

En un pueblo digno de este nombre, todas las desigualdades, derivadas, no del capricho, sino de la naturaleza misma de las cosas, desigualdades de cultura, de riquezas, de posición social –sin perjuicio, naturalmente, de la justicia y de la mutua caridad– no son, en realidad, obstáculo alguno para que exista y predomine un auténtico espíritu de comunidad y de fraternidad. Más aún, esas desigualdades naturales, lejos de menoscabar en modo alguno la igualdad civil, confieren a ésta su legítimo significado, esto es, que, frente al Estado, cada ciudadano tiene el derecho de vivir honradamente su propia vida personal en el puesto y en las condiciones en que los designios y las disposiciones de la Providencia le han colocado”. [5]

Esa desigualdad de dignidad, poder, riqueza y derechos debe ser proporcionada y armónica, pues todos los hombres son iguales por naturaleza y diferentes sólo por sus accidentes. Por esta razón, las desigualdades que atenten contra los derechos fundamentales de la persona humana ya mencionados, son contrarias al orden natural establecido por Dios.

1– La doctrina liberal sobre derechos humanos: la “primera generación”

Con la ruptura de la unidad católica causada por la Reforma Protestante, surgieron las primeras reivindicaciones libertarias contra toda autoridad y especialmente contra Dios. León XIII sintetizó la secuencia de este afán de rebelión, explicando cómo surgió de ahí un “nuevo derecho” laicista, igualitario y liberal, contrario a las enseñanzas de la Iglesia:

Sin embargo, el pernicioso y deplorable afán de novedades promovido en el siglo XVI [el Protestantismo], después de turbar primeramente la religión cristiana, vino a trastornar como consecuencia obligada la filosofía, y de ésta pasó a alterar todos los órdenes de la sociedad civil. A esta fuente hay que remontar el origen de los principios modernos de una libertad desenfrenada, inventados en la gran revolución del siglo pasado [la Revolución Francesa] y propuestos como base y fundamento de un derecho nuevo, desconocido hasta entonces y contrario en muchas de sus tesis no solamente al derecho cristiano, sino incluso también al derecho natural.

“El principio supremo de este derecho nuevo es el siguiente: todos los hombres, de la misma manera que son semejantes en su naturaleza específica, son iguales también en la vida práctica. Cada hombre es de tal manera dueño de sí mismo, que por ningún concepto está sometido a la autoridad de otro.

Puede pensar libremente lo que quiera y obrar lo que se le antoje en cualquier materia. Nadie tiene derecho a mandar sobre los demás. En una sociedad fundada sobre estos principios, la autoridad no es otra cosa que la voluntad del pueblo, el cual, como único dueño de sí mismo, es también el único que puede mandarse a sí mismo. (…)

De este modo, como es evidente, el Estado no es otra cosa que la multitud dueña y gobernadora de sí misma. Y como se afirma que el pueblo es en sí mismo fuente de todo derecho y de toda autoridad, se sigue lógicamente que el Estado no se juzgará obligado ante Dios por ningún deber”. [6]

En el plano social, el primer error de esta concepción laica de los derechos humanos es el individualismo, que ofrece al ciudadano autonomía en el sentido que el Estado no pueda interferir en sus asuntos privados. Al mismo tiempo, desconoce los grupos sociales naturales intermedios, como la familia y el municipio, bajo el supuesto de que el sujeto de los derechos es el ciudadano, como un todo absoluto y aislado, por lo cual se habla a veces de “derechos individuales”.

Esta tesis aceptaba aún que los derechos humanos eran “naturales”, lo que fue contestado posteriormente por los círculos filosóficos y políticos revolucionarios del siglo XIX, dando lugar a la segunda generación de los derechos humanos.

2– La doctrina socialista de derechos humanos: “segunda generación”

Los regímenes comunistas sacrificaron la libertad pretendiendo asegurar a su población la igualdad

La búsqueda creciente de la igualdad, anhelada por los socialistas, introdujo la “segunda generación” de derechos humanos: los derechos económicos, sociales y culturales, también llamados “derechos–prestación”, los cuales, para “corregir” las desigualdades sociales, exigen las prestaciones (bienes o servicios) en el ámbito económico–social.

Si la igualdad jurídica era un axioma del individualismo liberal, la igualdad material, obsesión del socialismo, es el objeto de los derechos económicos, sociales y culturales de la “segunda generación”. El paso de la igualdad liberal a la igualdad socialista, se produjo dando al Estado un poder declaradamente interventor.

Durante la Revolución Francesa, el movimiento pre–comunista de Babeuf sostenía que “la igualdad no es sino una bella y estéril ficción legal” y reclamaba “la igualdad real o la muerte”. Exigía así una igualdad socio–económica. Con posterioridad, por las aberrantes doctrinas de Marx, bajo cuya influencia el Estado dejaría la neutralidad deseada por el liberalismo y pasaría a ejercer una función “correctora de las desigualdades sociales”, fue impuesta la igualdad de modo totalitario.

Así, los regímenes comunistas sacrificaron la libertad pretendiendo asegurar a su población la igualdad en la posesión de los bienes materiales. Los resultados producidos a lo largo del siglo XX fueron más de 100 millones de muertos, por guerras y revoluciones que de modo más o menos próximo tuvieron su origen en el concepto totalitario del Estado. Sin embargo, la igualdad total siguió siendo la utopía más anhelada por los revolucionarios.

3– La filosofía tribalista de derechos humanos: tercera generación

A partir de los años 70, la izquierda evolucionó hacia un nuevo concepto de los derechos humanos. Las exigencias de la mayoría oprimida cedieron lugar a los planteamientos de las minorías marginadas y contestatarias, que fueron llamadas derechos humanos en situación, o sea, propios de las categorías de hombres situados en una condición específica, a quienes se decía proteger. Para la conquista de esos derechos, se enfatiza la defensa colectiva de los intereses comunes de los varios grupos en cuestión. Así se constituyen los “frentes amplios” que presionan en conjunto al Poder Público en favor de sus reivindicaciones.

a) Feminismo: derechos de la mujer, perspectiva de género, derechos sexuales y reproductivos

El primer grupo que reclamó derechos situados fueron las feministas, que exigían que se reconociesen los derechos de la mujer. Esto derivó hacia la perspectiva de género de la ideología feminista radical, según la cual las diferencias entre hombres y mujeres no provienen de la naturaleza, sino de las condiciones culturales impuestas por los estereotipos machistas de la sociedad patriarcal tradicional.

El problema de los cuatro hermanos

Al declinar la lucha de clases, la perspectiva de género inició una lucha de sexos en toda la escala social, enunciando –con apoyo de gobiernos, organismos internacionales y medios de comunicación– nuevos derechos humanos, como los derechos sexuales y reproductivos, que incluyen los supuestos derechos al aborto, a la contracepción artificial y a la esterilización.

b) Otros grupos minoritarios

Otros grupos minoritarios que se creen marginados y que reclaman supuestos derechos son las prostitutas (libertad de comercio sexual), los drogadictos (derecho a recibir drogas gratuitas, jeringas y tratamientos médicos), los travestís (derecho a cambiar de sexo y registro de nacimiento), los homosexuales (a constituir una pareja con derechos análogos al matrimonio, cuando no a la adopción de niños por esas parejas) y los jóvenes rebeldes (a la autonomía frente a sus padres, acceso a la “educación sexual” y a los anticonceptivos, etc.).

Hasta los niños fueron incluidos en los grupos marginados y la Unicef promueve la difusión de sus derechos, obviamente no en el sentido de la Moral católica. ¡El único grupo del cual casi nadie defiende los derechos –y que al mismo tiempo sufre una constante amenaza, concretada incontables veces de forma criminal– es el niño que está por nacer!

Según esta ideología, los titulares de los derechos humanos de la tercera generaciónderechos de solidaridad o derechos de los pueblos, ya no son los individuos, sino ciertos grupos sociales que buscan crear una conciencia planetaria, así como instrumentos jurídicos y medios universales de control, por encima de la competencia de los Estados nacionales [7].

Las principales “conquistas” de la tercera generación de los derechos humanos

El mundo soñado por los defensores de esta tercera generación de derechos humanos, corresponde a la utopía de los partidos verdes de una sociedad planetaria, en la cual los Estados nacionales serían desmantelados, dando lugar a pequeñas comunidades en contacto con la naturaleza, inspiradas en la vida tribal de los indígenas.

Hace 30 años Plinio Corrêa de Oliveira denunció la tendencia tribalista del clero progresista

La transformación de la sociedad actual en ese conjunto de comunidades ecológicas supone el abandono de los patrones culturales y de los valores perseguidos por la sociedad occidental durante los Tiempos Modernos –el progreso, el Estado, el bienestar, la democracia representativa, la homogeneización de la humanidad a través de la educación y la cultura racionalista, etc., para lo cual propugnan una profunda modificación del propio hombre.

En 1951, el antropólogo francés Claude Lévi–Strauss, en un texto titulado Raza e Historia, que le fue encargado por la UNESCO, criticó el etnocentrismo colonialista de los europeos, por creerse superiores a los demás pueblos y no abrir terreno a la diferencia. Para él, el género humano no se conjugaría en un singular abstracto (el hombre, según el modelo racionalista occidental), sino en el plural concreto de la diversidad de etnias y culturas, porque “la identidad cultural es el núcleo vivo de la personalidad individual y colectiva”.

Tal contestación a los valores de la modernidad se abrió paso en las décadas siguientes, tomando fuerza social y política con la Revolución de la Sorbonne, en Mayo de 1968. Más tarde se convirtió en opción política con la fundación de los partidos verdes, que propician una sociedad de talla humana, sin complicaciones ni obligaciones, en el fondo derivada del perfil del bon sauvage de Rousseau.

En los años 70, el conocido pensador católico, Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, casi veinte años antes del derrumbe de los llamados “socialismos reales”, describía el paso siguiente hacia el cual se encaminaba la revolución igualitaria:

En las tribus, la cohesión entre los miembros es asegurada, sobre todo, por un pensar y sentir comunes, del cual derivan hábitos comunes y un querer común. En ellas la razón individual queda circunscrita a casi nada, es decir, a los primeros y más elementales movimientos que su estado atrofiado le consiente. ‘Pensamiento salvaje’ (cfr. Claude Lévy–Strauss, La pensée sauvage – Plon, París, 1969), pensamiento que no piensa y se vuelve sólo hacia lo concreto.

Tal es el precio de la fusión colectivista tribal. Al hechicero le incumbe mantener, en un plano místico, esta vida psíquica colectiva, por medio de cultos totémicos cargados de ‘mensajes’ confusos, pero ‘ricos’ en fuegos fatuos o hasta en fulguraciones provenientes muchas veces de los misteriosos mundos de la transpsicología o de la parapsicología. Por medio de la adquisición de esas ‘riquezas’ el hombre compensaría la atrofia de la razón.

De la razón, sí, otrora hipertrofiada por el libre examen, por el cartesianismo, etc., divinizada por la Revolución Francesa, utilizada hasta el más exacerbado abuso en toda la escuela de pensamiento comunista, y ahora, por fin, atrofiada y hecha esclava al servicio del totemismo transpsicológico y parapsicológico.” [8]

De la conjunción de ambas corrientes –la corriente antropológica defensora de la cultura primitiva de las sociedades aborígenes y la corriente ecológica defensora del medio ambiente– resultó una nueva ideología diferencialista (al mismo tiempo tribalista y planetaria) que promueve el desmantelamiento gradual del Estado–Nación a través de la concesión de crecientes derechos y autonomías a nuevas minorías de todo tipo (étnicas, lingüísticas, sexuales, de inmigrantes, etc.) en nombre del “derecho a la diferencia”.

Derecho a la diferencia: desmontando el Estado

La perspectiva de género corporifica la ideología feminista radical

En efecto, los derechos humanos de la tercera generación buscan introducir en los instrumentos jurídicos internacionales el “derecho a la diferencia” de las minorías, en especial de los pueblos indígenas. Son particularmente relevantes la “Declaración sobre Minorías”, de la ONU, la Convención nº 169 sobre Pueblos Indígenas y Tribales en Estados Independientes, de la Organización Internacional del Trabajo y, sobre todo, el proyecto de Declaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, también de la ONU.[9]

En el seno de dos organismos muy influyentes de las Naciones Unidas –los grupos de trabajo sobre los derechos de las minorías y sobre los derechos de los pueblos indígenas– hay una clara evolución a favor de considerar tanto a las diversas minorías, cuanto a los pueblos aborígenes, como titulares de un derecho a la autodeterminación.

Por ejemplo, en un reciente documento de trabajo, preparado por Asbjørn Eide y Erika­ Irene Daes, se reconoce que

mientras en la Declaración sobre Minorías y otros instrumentos a respecto de personas pertenecientes a minorías tienden a asegurar un espacio de pluralismo en integración, los instrumentos a respecto de los pueblos indígenas son destinados a permitir un alto grado de desarrollo autónomo.

Mientras la Declaración sobre Minorías coloca bastante énfasis en su participación efectiva en la sociedad más vasta de la cual la minoría hace parte (arts. 2.2 y 2.3), las medidas a respecto de los pueblos indígenas buscan transferir autoridad a dichos pueblos para que puedan tomar sus propias decisiones (Convención Nº169, arts. 7 y 8; proyecto de Declaración indígena, arts. 4, 23 y 31). El derecho a participar en la sociedad más vasta desempeña un papel secundario en el proyecto y es expresado apenas como un derecho opcional. Los pueblos indígenas tienen el derecho a participar plenamente, si así lo quieren”.

En un comentario que muestra claramente el cambio de rumbo en esta tercera generación, el documento observa que mientras

los derechos humanos en general tienen una función claramente integradora”, “los derechos de las minorías son formulados como los derechos de los individuos a preservar y desarrollar su propia identidad de grupo dentro del proceso de integración” y “los derechos indígenas (…) tienden a consolidar y fortalecer la separación de esos pueblos de otros grupos dentro de la sociedad”.[10]

Con los derechos humanos de tercera generación se incluye entre los instrumentos jurídicos internacionales el derecho a la diferencia de esas minorías, siendo relevantes diversas declaraciones sobre minorías indígenas emitidas por órganos de la ONU, que están en trámite para ser incorporadas a la legislación chilena mediante la ratificación por el Congreso.

Llevada a sus últimas consecuencias, tal reinterpretación de los derechos de las minorías en los Estados produce una erosión de la soberanía nacional, la cual es carcomida desde abajo por la autonomía de las minorías internas y desde arriba, por el deber de injerencia de los organismos internacionales en los asuntos internos.

De allí resulta una fragmentación de la sociedad, los cuales se subdividen, formando pequeños clanes y tribus urbanas o rurales, de la cual un efecto es la proliferación de tribus de barrio en diversas ciudades, no pocas veces conectadas con la delincuencia común.

La ideología de los derechos humanos: una ética en constante evolución

Es probable que con esta descripción de la ideología de los derechos humanos, algún lector se pregunte si con esta tercera generación habrá terminado su evolución, a lo cual debemos responder que, según sus defensores, éste es un proceso evolutivo sin fin y, por lo tanto, el actual paso no es más, que una etapa de él. En suma, es una concepción radicalmente relativista.

En este sentido, el Curso del Instituto de Estudios Políticos para América Latina y África (IEPALA), de Madrid, afirma que:

“— No existe un concepto apriorístico de los Derechos Humanos. El concepto de los Derechos Humanos está siempre en proceso de creación, enriqueciéndose con los cambios históricos y dependiendo al mismo tiempo de ellos.

“— Sólo se puede dar un concepto y una definición de los Derechos Humanos, que sea en consecuencia situacional: desde una determinada perspectiva histórica y desde una determinada cultura.

“— Los Derechos Humanos corresponden a unas determinadas estructuras político–sociales y culturales, propias de un determinado momento histórico, en una sociedad determinada. Son, por tanto, derechos culturalmente determinados.” Por tanto, “no existe un catálogo definitivo de derechos”.

A pesar de tal relatividad, según ese manual, “los Derechos Humanos tienden a constituirse en ese código ético o macroético, de carácter universal, que hoy se siente como necesario, vinculando a la humanidad en su conjunto, considerada como un todo unitario”[11]evidentemente pasando por encima de la nacionalidades y obligando a los países a modificar su legislación interna.


[1] Rom. 13, 1–6

[2] Rom. 2, 15

[3] Hec. Apost. 5, 29

[4] Enc. “Quod Apostolici Muneris“, Doc. Pont.– Docs. Pol., Ed. B.A.C., Madrid., 1958, pág. 67.

[5] Doctrina Pontificia – Docs. Políticos, Ed BAC, Madrid, 1958, pág. 876.

[6] León XIII, “Inmortale Dei“, Doc.Pont.– Doc. políticos, Ed. BAC, Madrid., 1958, págs. 203–204.

[7] “Curso sistemático de Derechos Humanos”, Instituto de Estudios Políticos para América Latina y Africa (IEPALA), accesible a través del site Internet www.iepala.es

[8] Plinio Corrêa de Oliveira, “Revolución y Contra–Revolución” (El libro puede bajarse gratuitamente, presionando el vínculo)

[9] Sobre esta materia consultar: Proyecto de Reforma Constitucional de Reconocimiento de Pueblos Indígenas, Boletín 2526–07 y 2534–07. Ver también, Proyecto de Reconocimiento Convención 169 – ONU, Boletín 233–10. Otro Proyecto de Reforma Constitucional relativa a los Pueblos Indígenas, Boletín 00513–07, fue rechazado en la Cámara de los Diputados el 17 de Octubre de 2000.

[10] Erika­ Irene Daes y Asbjørn Eide, “Working paper on the relationship and distinction between the rights of persons belonging to minorities and those of indigenous peoples“, COMMISSION ON HUMAN RIGHTS, Sub–Commission on the Promotion and Protection of Human Rights, Doc. Nº E/CN.4/Sub.2/2000/10., apartados 8 y 23

[11] “Curso sistemático de Derechos Humanos”, Instituto de Estudios Políticos para América Latina y Africa (IEPALA), www.iepala.es – apartado B.3 “Caracteres de los derechos humanos”.

 

¿Eutanasia?  

Estar en manos de dementes tiene su coste. Y no sólo en el PIB, en las cifras del paro o en empresas arruinadas. También en víctimas multilaterales de la pésima gestión sanitaria y de la normativa draconiana y chapucera que hemos aguantado y seguimos aguantando. Los efectos del mal gobierno provocan el estupor, inmediatamente antes de la depresión, cuando comprobamos en el día a día cuáles son las prioridades de esta cuadrilla de bandoleros al asalto del Estado. Los mismos que se fueron impúdicamente de vacaciones sin haber adecuado las leyes que permitieran hacer frente a la situación sin recurrir al estado de alarma, son los que a toda la velocidad, sin consulta ni diálogo con los sectores afectados, se empeñan en regurgitar leyes innecesarias que tienen el efecto de suscitar la discordia y generar nuevos problemas sin resolver ninguno de los que nos acucian.

La palma del dislate hay que otorgársela a la de eutanasia que ultima su tramitación en el Congreso. Ni siquiera la hecatombe de la pasada primavera les ha frenado ni parece que les va a frenar a del otoño: "Es improcedente y muestra una gran falta de sensibilidad que, cuando el país expresa un duelo inmenso por el gran número de personas que han perdido, y siguen perdiendo la vida por la pandemia, el Congreso de los Diputados tramite una ley de eutanasia".

Jesús Martínez Madrid

 

Morir en paz: lección aprendida

Me parece conveniente que durante esta semana, como preparación de la fiesta de Todos los Santos y del Día de los Difuntos, hagamos un reflexión sobre la muerte. Sin entrar en la guerra de cifras sobre el número de muertos que nos ha dejado la Covid-19, está claro que hemos aprendido una lección imprescindible: y es el poder valorar qué significa la buena muerte.

Hace años, en un extraordinario artículo del maestro Alejandro Llano en el semanario Alfa y Omega, recuerdo haber leído una de las mejores reflexiones sobre la muerte. El profesor Llano planteaba que, durante siglos, lo que pedían las personas era tener tiempo suficiente para prepararse para la muerte, que llegara “con previo aviso” para poder recorrer ese camino espiritual necesario en el final de la vida. De ahí la expresión popular “que Dios nos pille confesados”. Y también esa coletilla tan importante en las esquelas (y con un feo gerundio de continuidad) en la que se recuerda que el fallecido se marchó “habiendo recibido los santos sacramentos”. 

Es decir, a lo largo de la historia, “morir en paz”, con las “cosas del cielo” arregladas y rodeado de la familia, era lo que se consideraba una buena muerte. Por cierto, del dolor se hablaba poco. Quizá porque había mucho. Ahora, como no es tan habitual, el dolor se convierte en el centro de nuestra atención.

JD Mez Madrid

 

 

Reacción de la escuela concertada

Las enmiendas presentadas por los partidos de la coalición de gobierno, PSOE y Podemos, al proyecto de Ley de Educación de la Ministra Celaá han provocado una contundente reacción de la escuela concertada. Y no es para menos.

Una muestra del sectarismo de estas enmiendas fue la intervención del representante de Podemos, que se atrevió a decir que el sistema de conciertos supone una “anomalía” que hay que superar en nuestra democracia. Las 117 enmiendas conjuntas del PSOE y Podemos tienen una orientación clara: suprimir la libertad de elección de las familias como criterio para mantener o reducir aulas; acabar con la complementariedad de las redes estatal y concertada; incrementar el control por la Administración del proceso de admisión de alumnos; implantar la distribución forzosa del alumnado sin respetar la voluntad de las familias y reforzar el criterio de zonificación, entre otros aspectos no menos preocupantes.

Jesús Domingo Martínez

 

Consecuencias de la moción y la desastrosa

 realidad de España

                                La moción de censura que el jefe del partido VOX ha tenido el valor de presentar en la seguridad de que la perdería, hay que valorarla como un hecho valiente en relación a “la taimada y cobarde actuación de una clase política que como plaga, nos está devorando y los españoles nos estamos dejando devorar”, como si la cosa fuera “una ducha de agua de borrajas” y la que una vez secada no dejará rastro alguno; y lo que ya nos han echado encima, es algo tan catastrófico, que la gente lo nota y demuestra en sus rostros asustados, cuando no aterrorizados,  por algo que por inesperado, aún no ha producido la reacción de auto defensa lógica, que debiera surgir tras los, “mordiscos tan atroces como nos están dando día sí y día también”: Veamos

 ENTREVISTA AL LÍDER DE VOX EN 'ES LA MAÑANA' (ES RADIO): Abascal reconoce estar «afectado» por los «ataques personales» de Casado: «Me siento traicionado en la amistad». "Estoy verdaderamente indignado con él". (Periodista Digital 23-10-2020)

            Valoro el discurso de Abascal, de una valentía, que metafóricamente la equiparo a la aventura de Don Quijote cuando arremete lanza en ristre, contra los molinos, creyéndolos gigantes y no haciendo caso a Sancho que le advierte a gritos que son molinos y como tales, “no va a conseguir nada”. En este caso los molinos, son “los vendidos o comprados”, que cómodamente sentados en un parlamento que no merecen, se cierran, “en sus bolsillos y sus panzas”, y olvidándose de que todos representan allí a España, “la dejan destripada, arrasada y sin futuro; y sin remordimiento alguno, puesto que lo que defienden allí es su paga segura, después ya seguirán medrando donde puedan y tras tirar de la levita a quienes los requieran, para sus servicios mercenarios”. ¿Qué ha fracasado el jefe de VOX? Yo creo que no, puesto que en el trasfondo, queda su discurso, que nos lo dirige a TODOS LOS ESPAÑOLES; y que es como una llamada en clave de “SOS”, diciéndonos, “todo lo que he dicho prometo cumplirlo, si me dais los votos que necesito”; por tanto el reto os lo paso a vosotros y espero las próximas votaciones; “yo ya me he roto mis defensas ante los molinos de este parlamento”; así pues, esperemos las elecciones, que más pronto que tarde, llegarán. “El que ha quemado sus naves, es el jefe del PP, el que para mí, se ha cargado el partido”; y de momento lo que han conseguido, es que él, “buenísimo de Sánchez nos siga triturando, como ya ha hecho con España y haciéndonos caminar a un desastre que mejor ni pensarlo”.

            Si aquí no aparecen Estadistas (dicho con mayúscula y resaltando lo que en realidad es y significa esta palabra) “el muladar que hoy han convertido a España”, sólo va a producir, “moscas, mosquitos, lombrices y otros bichos, que dudo sirvan para el estiércol bueno y rico que necesita España para producir los frutos que necesitamos”; los que sepamos por adelantado, que no van a ser cosecha a obtener en un “año agrícola”, ni un lustro de igual calificación, o veinte posteriores; por tanto “métanse en sus duras seseras”, que aquí como no surja el líder que ante los poderosísimos ejércitos alemanes, le dijera a su pueblo aquellas palabras que han pasado a la historia… “Sólo sangre, sudor y lágrimas puedo ofreceros, pero venceremos”; lo dijo Churchill ante una invasión identificada, aquí es que, “ni se sabe la invasión que es y de dónde viene”; y con el terror en el cuerpo, sólo se puede esperar “la muerte por congelación”

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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