Las Noticias de hoy 17 Octubre 2020

Enviado por adminideas el Sáb, 17/10/2020 - 12:57

Carlos Mugica, el sacerdote que defendió a los pobres argentinos

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 17 de octubre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

75º aniversario de la FAO: Videomensaje del Papa

El Papa participará en evento interreligioso de oración por la paz

EL PECADO CONTRA EL ESPÍRITU SANTO: Francisco Fernandez Carbajal

Evangelio del sábado: Acoger al Espíritu Santo

“La escondida maravilla de la vida interior”: San Josemaria

“Fratelli Tutti”: 10 frases de la nueva encíclica del Papa Francisco

16 de octubre de 1931: “¡Abba, Padre!”

Carta ‘Samaritanus Bonus’

“Influencers vulnerables” para afrontar los desafíos del mundo

GANAR EN LA PRÓRROGA EL PARTIDO DE “LA BUENA MUERTE” (eu-thanatos): UN INIMAGINABLE BIEN SOCIAL: Alberto García-Mina Freire

XXIX Domingo del tiempo ordinario: + Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

Sánchez: un gobierno fuera de todo control moral: ForumLibertas

Vencer la tentación. El Complejo de Eróstrato: José Martínez Colín.

Crucifijos: Daniel Tirapu 

«El Domund nos permite creer en el ser humano»

El hogar dignifica: + Julián Barrio Barrio,Arzobispo de Santiago de Compostela

Domund 2020: “Las necesidades de la Iglesia en misiones se han multiplicado”

El aborto y el Embajador de los Estados Unidos en Ginebra: Jesús Martínez Madrid

Son incapaces de un compromiso vital : Enric Barrull Casals

La carta se quejaba del doble rasero: Valentín Abelenda Carrillo

El espejo uruguayo en la pandemia : Pedro García

ESPAÑA: LO QUE ES Y LO QUE PUDO SER: Antonio García Fuentes

 

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

75º aniversario de la FAO: Videomensaje del Papa

Derrotar el hambre y la pobreza

OCTUBRE 16, 2020 15:05LARISSA I. LÓPEZPAPA FRANCISCO

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(zenit – 16 oct. 2020)-. Con motivo del 75º aniversario de creación de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), el Papa Francisco ha enviado un videomensaje a los miembros de esta organización hoy, 16 de octubre de 2020.

En él, el Santo Padre destaca el tema propuesto para este año con ocasión de la Jornada Mundial de la Alimentación es significativo (“Cultivar, nutrir, preservar”, “Juntos. Nuestras acciones son nuestro futuro”), pues este señala la necesidad “de actuar conjuntamente y con la voluntad firme para poder generar iniciativas que mejoren nuestro entorno y promuevan la esperanza de muchas personas y de muchos pueblos”.

Apoyo a iniciativas

En este periodo de gran dificultad ocasionado por la pandemia de COVID-19, Francisco considera todavía más importante apoyar las iniciativas implementadas por organizaciones como la FAO, el Programa Mundial de Alimentos (WFP) y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) con el fin de promover “una agricultura sostenible y diversificada, sostener las pequeñas comunidades agrícolas y cooperar para el desarrollo rural de los países más pobres”.

Igualmente, lamenta la constatación de que, según las estadísticas más recientes de la FAO, “a pesar de los esfuerzos realizados en los últimos decenios, el número de personas que luchan contra el hambre y la inseguridad alimentaria crece, está creciendo y la actual pandemia agudizará todavía más esas cifras”.

El hambre, tragedia y vergüenza

Y subraya que “para la humanidad el hambre no es solo una tragedia, sino una vergüenza” causada “por una distribución desigual de los frutos de la tierra, a lo que se añade la falta de inversiones en el sector agrícola, las consecuencias del cambio climático y el aumento de los conflictos en distintas zonas del planeta”.

Además, “se desechan toneladas de alimentos”, realidades ante las que “no podemos permanecer insensibles o quedar paralizados”, ya que “todos somos responsables”.

Fondo mundial

Para el Pontífice, la crisis actual demuestra que se necesitan políticas y acciones concretas para erradicar el hambre en el mundo: “Una decisión valiente sería constituir con el dinero que se usa en armas y otros gastos militares ‘un Fondo mundial’ para derrotar definitivamente “el hambre y ayudar al desarrollo de los países más pobres”.

De este modo, como expresó en Fratelli tutti, “se evitarían muchas guerras y la emigración de tantos hermanos nuestros y sus familias que se ven obligados a abandonar sus hogares y sus países en busca de una vida más digna”.

A continuación, sigue el mensaje completo del Papa Francisco.

***

Videomensaje del Santo Padre

A Su Excelencia

El señor Qu Dongyu

Director general de la FAO

En el día en que la FAO celebra su 75º aniversario de creación, quiero saludar a usted y a todos los miembros que la componen. Su misión es hermosa e importante, porque ustedes trabajan con el objetivo de derrotar el hambre, la inseguridad alimentaria y la malnutrición.

El tema propuesto para este año con ocasión de la Jornada Mundial de la Alimentación es significativo: “Cultivar, nutrir, preservar”, y esto “Juntos. Nuestras acciones son nuestro futuro”.

Este tema destaca la necesidad de actuar conjuntamente y con la voluntad firme para poder generar iniciativas que mejoren nuestro entorno y promuevan la esperanza de muchas personas y de muchos pueblos.

A lo largo de estos 75 años, la FAO ha aprendido que no basta con producir alimentos, sino que también es importante garantizar que los sistemas alimentarios sean sostenibles y proporcionen dietas saludables y asequibles para todos. Se trata de adoptar soluciones innovadoras que puedan transformar la forma en que producimos y consumimos los alimentos para el bienestar de nuestras comunidades y de nuestro planeta, fortaleciendo así la capacidad de recuperación y la sostenibilidad a largo plazo.

Por eso, en este periodo de gran dificultad causada por la pandemia de Covid-19, es todavía más importante apoyar las iniciativas implementadas por organizaciones como la FAO, el Programa Mundial de Alimentos (WFP) y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) con vistas a promover una agricultura sostenible y diversificada, sostener las pequeñas comunidades agrícolas y cooperar para el desarrollo rural de los países más pobres.

Somos conscientes de que hay que responder a este desafío en una época que está llena de contradicciones: por un lado, somos testigos de un progreso sin precedentes en los diversos campos de la ciencia; por otro lado, el mundo se enfrenta a múltiples crisis humanitarias. Lamentablemente, constatamos que, según las estadísticas más recientes de la FAO, a pesar de los esfuerzos realizados en los últimos decenios, el número de personas que luchan contra el hambre y la inseguridad alimentaria crece, está creciendo y la actual pandemia agudizará todavía más esas cifras.

Para la humanidad el hambre no es sólo una tragedia sino una vergüenza. En su mayor parte, está causada por una distribución desigual de los frutos de la tierra, a lo que se añade la falta de inversiones en el sector agrícola, las consecuencias del cambio climático y el aumento de los conflictos en distintas zonas del planeta. Por otra parte, se desechan toneladas de alimentos. Ante esta realidad, no podemos permanecer insensibles o quedar paralizados. Todos somos responsables.

La crisis actual nos demuestra que se necesitan políticas y acciones concretas para erradicar el hambre en el mundo. En ocasiones las discusiones dialécticas o ideológicas nos llevan lejos de alcanzar este objetivo, y permitimos que hermanos y hermanas nuestros sigan muriendo por falta de alimento. Una decisión valiente sería constituir con el dinero que se usa en armas y otros gastos militares “un Fondo mundial” para poder derrotar definitivamente el hambre y ayudar al desarrollo de los países más pobres. De este modo, se evitarían muchas guerras y la emigración de tantos hermanos nuestros y sus familias que se ven obligados a abandonar sus hogares y sus países en busca de una vida más digna (cf. Fratelli tutti, nn. 189, 262).

Señor director general: Al manifestar mi deseo de que la labor de la FAO sea cada vez más incisiva y más fecunda, invoco la bendición de Dios sobre usted y quienes cooperan en esa misión esencial de cultivar la tierra, nutrir a los hambrientos y salvaguardar los recursos naturales, de modo que todos podamos vivir dignamente, con respeto y con amor. Muchas gracias.

© Librería Editora Vaticana

 

El Papa participará en evento interreligioso de oración por la paz

El próximo 20 de octubre

OCTUBRE 16, 2020 16:22LARISSA I. LÓPEZPAPA FRANCISCO

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(zenit – 16 oct. 2020)-. El Papa Francisco participará en el Encuentro de Oración por la paz en el Espíritu de Asís, que tendrá lugar en la tarde del 20 de octubre, bajo el título: “Nadie se salva solo – Paz y Fraternidad”, promovido por la Comunidad de Sant’Egidio.

Así ha informado hoy, 16 de octubre de 2020, el director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Matteo Bruni.

Se trata de un acto oración ecuménica “con las otras confesiones cristianas en la basílica romana de Santa María de Aracoeli” y “de la ceremonia posterior con los representantes de las grandes religiones del mundo en la plaza del Capitolio”, describe Bruni.

Situado en el centro de Roma, el Capitolio es la sede de la administración de la Ciudad Eterna. El Papa argentino lo visitó el 26 de marzo de 2019, por invitación de la alcaldesa Virginia Raggi.

Detrás del monumento a Víctor Manuel II, en la cima de la colina, la basílica de Santa María en Aracoeli data del siglo VI. Fue restaurada en el siglo XIII en estilo romántico-gótico.

Con Anne Kurian-Montabone

 

 

EL PECADO CONTRA EL ESPÍRITU SANTO

— Abiertos a la misericordia divina.

— La pérdida del «sentido del pecado».

— Junto a Cristo entendemos qué es verdaderamente el pecado. Delicadeza de conciencia.

I. San Lucas recoge en el Evangelio de la Misa de hoy una fuerte sentencia de Jesús: Todo el que diga una palabra contra el Hijo del Hombre, será perdonado; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no será perdonado1. San Marcos añade que esta blasfemia no tendrá perdón jamás; el que la cometa será reo de castigo eterno2.

San Mateo sitúa esta sentencia en un contexto que explica mejor las palabras del Señor3. Relata este Evangelista que la multitud, asombrada ante tantas maravillas, se preguntaba: ¿No será este el Hijo de David?4. Pero los fariseos, ante tantos prodigios que no pueden negar, no quieren rendir sus inteligencias ante esos hechos que todo el mundo conoce; no encuentran otra salida que atribuir al mismo demonio la acción divina de Jesús. Es tal la dureza de su corazón que, con tal de no ceder, están dispuestos a tergiversar radicalmente lo que resulta evidente para todos. Por eso murmuraban: Este no expulsa los demonios sino por Beelzebul, príncipe de los demonios. En esa cerrazón a la gracia y tergiversación de los hechos sobrenaturales consiste la blasfemia imperdonable contra el Espíritu Santo: en excluir la misma fuente del perdón5. Todo pecado, por grande que sea, puede ser perdonado, porque la misericordia de Dios es infinita; pero para que se otorgue ese perdón divino es necesario reconocer el pecado y creer en el perdón y en la misericordia del Señor, cercano siempre a nuestra vida. La cerrazón de aquellos fariseos impedía que la poderosa acción divina llegara hasta ellos.

Jesús llama a esta actitud pecado contra el Espíritu Santo. Y es imperdonable, no tanto por su gravedad y malicia, sino por la disposición interna de la voluntad, que anula toda posibilidad para el arrepentimiento. El que peca así, se sitúa, él mismo, fuera del perdón divino.

El Papa Juan Pablo II nos advierte de la extrema gravedad de esta actitud ante la gracia, que lleva consigo una deformación de la conciencia, pues «la blasfemia contra el Espíritu Santo es el pecado cometido por el hombre que reivindica un pretendido “derecho a perseverar en el mal” –en cualquier pecado– y rechaza la Redención. El hombre encerrado en el pecado, haciendo imposible por su parte la conversión y, por consiguiente, también la remisión de sus pecados, que considera no esencial o sin importancia para su vida»6.

Nosotros le pedirnos hoy al Señor una radical sinceridad y una verdadera humildad para reconocer nuestras faltas y pecados, también los veniales, que no nos acostumbremos a ellos, que seamos rápidos en acudir a Él y que nos perdone y deje nuestro corazón sensible a la acción del Espíritu Santo. Y a Nuestra Señora le pedimos el santo temor de Dios para no perder nunca el sentido del pecado, y la conciencia de los propios errores y flaquezas. «Cuando tenemos turbia la vista, cuando los ojos pierden claridad, necesitamos ir a la luz. Y Jesucristo nos ha dicho que Él es la Luz del mundo y que ha venido a curar a los enfermos»7.

II. Jesucristo nos dio a conocer plenamente al Espíritu Santo como una Persona distinta del Padre y del Hijo, como el Amor personal dentro de la Trinidad Beatísima, que es la fuente y modelo de todo amor creado8.

En todas las acciones de Jesús está presente el Espíritu, pero será en la Última Cena cuando el Señor hable de Él con más claridad, como de una Persona distinta del Padre y del Hijo, y muy cercano a la Redención del mundo. Jesús se refiere a Él como a un paráclito o consejero, esto es, un abogado y confortador. La palabra paráclito era usada en el mundo profano griego para referirse a una persona llamada a asistir o a hablar por otra, especialmente en los procesos legales. El Espíritu Santo tiene por eso una particular misión en lo que se refiere al juicio de la propia conciencia y a ese otro juicio tan especial de la Confesión, en el que el reo sale absuelto para siempre de sus culpas y lleno de una riqueza nueva.

La misericordia divina, que se ejerce por esta acción misteriosa y salvífica del Espíritu Santo, «encuentra en el hombre que se halla en esta condición (de falta de apertura a la acción de la gracia) una resistencia interior, como una impermeabilidad de la conciencia, un estado de ánimo que podría decirse consolidado en razón de una libre elección: es lo que la Sagrada Escritura suele llamar dureza de corazón (cfr. Sal 81, 13; Jer 7, 24; Mc 3, 5). En nuestro tiempo a esta actitud de mente y corazón corresponde quizá la pérdida del sentido del pecado»9.

Lo contrario a la dureza de corazón es la delicadeza de conciencia, que tiene el alma cuando aborrece todo pecado, incluso venial, y procura ser dócil a las inspiraciones y gracias del Espíritu Santo, que son incontables a lo largo del día. «Cuando uno tiene sano el olfato del alma –hacía notar San Agustín–, al instante percibe el mal olor de los pecados»10. ¿Somos sensibles nosotros a las ofensas que se hacen a Dios? ¿Reaccionamos con prontitud ante nuestras faltas y pecados?

III. En muchos hombres se va perdiendo el sentido del pecado, y, consiguientemente, el sentido de Dios. No es raro que en el cine, en la televisión, en comentarios de prensa se enjuicien ideas y hechos contrarios a la ley de Dios como asuntos normales, que a veces se deploran por sus consecuencias dañinas para la sociedad y para el individuo, pero sin referencia alguna al Creador. En otras ocasiones, se exponen estos hechos como sucesos que atraen la curiosidad pública, pero sin darles una mayor trascendencia: infidelidades matrimoniales, hechos escandalosos, difamaciones, faltas contra el honor, divorcios, estafas, prevaricaciones, cohechos... No faltan quienes, aun llamándose cristianos, se recrean en esas situaciones, las consideran con detenimiento, entrevistan a sus protagonistas... y parece como si no se atrevieran a llamarlas por su nombre. En todo caso, se suele olvidar lo más importante: la relación con Dios, que es lo que da el verdadero sentido a lo humano. Se juzga con criterios muy alejados del sentir de Dios, como si Él no existiera o no contara en los asuntos de la vida. Es un ambiente pagano generalizado, parecido al que encontraron los primeros cristianos, y que hemos de cambiar, como ellos hicieron.

En nuestra propia vida sentiremos el peso de nuestros pecados solo cuando consideremos esas faltas, ante todo, como ofensas a Dios, que nos separan de Él y nos vuelven torpes y sordos para oír al Paráclito, al Espíritu Santo, en el alma. Cuando las propias debilidades no se relacionan con el Señor, ocurre lo que ya hacía notar San Agustín: hay –afirma el Santo– quienes, al cometer cierta clase de pecados, se imaginan no pecar, porque dicen que no hacen mal a nadie11. ¡Qué gracia tan grande, por el contrario, sentir el peso de nuestras faltas, que nos llevará a hacer actos reiterados de contrición y a desear ardientemente la Confesión frecuente, donde el alma se purifica y se dispone para estar cerca de Dios! «Si no andáis encorvado y entristecido por el pecado, no le habéis conocido (el mal cometido) –enseña San Juan de Ávila–. Pesa el pecado: sicut onus grave gravatae sunt super me (Sal 37, 5). Más pesa el pecado que yo... ¿Qué cosa es el pecado? Una deuda insoluble, una carga insoportable que ni quintales pesan tanto»12. Y más adelante dice el Santo: «No hay carga tan pesada, ¿por qué no la sentimos? Porque no hemos sentido la bondad de Dios»13. San Pedro descubrió en la pesca milagrosa la divinidad de Cristo y su propia poquedad. Por eso se echó a los pies de Jesús y le dijo: Apártate de mí, Señor, que soy un pobre pecador14. Pedía al Señor que se apartara, porque le parecía que, con la oscuridad de sus flaquezas, no podría soportar su radiante luz. Y mientras sus palabras declaraban su indignidad, los ojos y toda su actitud rogaban a Jesús fervientemente que lo tomaran con Él para siempre.

La suciedad de los pecados necesita un término de referencia, y este es la santidad de Dios. El cristiano solo percibe el desamor cuando considera el amor de Cristo. De otro modo justificará fácilmente todas sus debilidades. Pedro, que ama a Jesús profundamente, sabrá arrepentirse de sus negaciones, precisamente con un acto de amor, que quizá nosotros también hemos empleado muchas veces: Domine -le dirá aquella mañana después de la segunda pesca milagrosa-, tu omnia nosti, tu scis quia amo te15. Señor, Tú sabes todas las cosas, Tú sabes que te amo. Así acudiremos al Señor con un acto de amor, cuando no hayamos correspondido al suyo. La contrición da al alma una gran fortaleza, devuelve la esperanza y proporciona una particular delicadeza para oír y entender a Dios.

Pidamos con frecuencia a Nuestra Madre Santa María, que tan dócil fue a las mociones del Espíritu Santo, que nos enseñe a tener una conciencia muy delicada, que no nos acostumbremos al peso del pecado y que sepamos reaccionar con prontitud ante el más pequeño pecado venial deliberado.

1 Lc 12, 10. — 2 Cfr. Mc 3, 29. — 3 Cfr. Mt 12, 32. — 4 Mt 12, 13. — 5 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 14, a. 3. — 6 Juan Pablo II, Enc. Dominum et vivificantem, 18-V-1986, 46. — 7 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 158. — 8 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Gaudium el spes, 24. — 9 Juan Pablo II, loc. cit., 47. — 10 San Agustín, Comentarios a los Salmos, 37, 9. — 11 Cfr. ídem, Sermón 278, 7. — 12 San Juan de Ávila, Sermón 25, para el Domingo 21 después de Pentecostés, en Obras completas, vol. II, p. 354. — 13 Ibídem, p. 355. — 14 Cfr. Lc 5, 8-9. — 15 Jn 21, 17.

 

Evangelio del sábado: Acoger al Espíritu Santo

Evangelio del sábado de la XXVIII semana del tiempo ordinario y comentario al evangelio.

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Lc 12, 8-12)

Os digo, pues: Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios, pero si uno me niega ante los hombres, será negado ante los ángeles de Dios.

Todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre podrá ser perdonado, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.

Cuando os conduzcan a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué razones os defenderéis o de lo que vais a decir, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir».


Comentario

Hoy leemos, en el Evangelio, unas palabras de Jesús que pueden suscitar interrogantes a quienes las leen: “al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará”.

El dicho del Señor es de una enorme profundidad y difícil de entender. En cualquier caso, subraya la centralidad del Espíritu Santo. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “nuestro nacimiento a la vida divina se nos da en el Espíritu Santo”[1].

Acoger al Espíritu Santo es acoger la vida. Rechazar el Espíritu Santo es rechazar la vida. No es que no haya perdón por parte del Señor, sino que al rechazar al Espíritu Santo se rechaza la salvación.

Y, al acoger al Espíritu Santo se acoge la salvación. Como dijo en una ocasión san Juan XXIII: “¡Oh, cada uno de los santos es una obra maestra de la gracia del Espíritu Santo!”[2].

Hagamos nuestro el consejo de san Josemaría: «Frecuenta el trato del Espíritu Santo –el Gran Desconocido– que es quien te ha de santificar»[3].

Es, como nos dice Jesús, el que nos enseña todo: “El Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir”.

El Paráclito nos va guiando por la vida para que luchemos por hacer el mayor bien que podamos. Porque como enseña san Pablo: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Romanos 5, 5). El modo más habitual de su actuación son sus inspiraciones que se escuchan en la intimidad del corazón. Muchas veces serán cosas pequeñas: una pequeña mortificación, una sonrisa, acabar bien un trabajo, etc. Así nos va guiando a la plenitud de la vida cristiana.


[1] Catecismo Iglesia Católica 694.

[2] Juan XXIII, Aloc. 5-VI-1960.

[3] San Josemaría, Camino 57.

“La escondida maravilla de la vida interior”

Hasta ahora no habías comprendido el mensaje que los cristianos traemos a los demás hombres: la escondida maravilla de la vida interior. ¡Qué mundo nuevo les estás poniendo delante! (Surco, 654)

17 de octubre¡Cuántas cosas nuevas has descubierto! –Sin embargo, a veces eres un ingenuo, y piensas que has visto todo, que estás ya enterado de todo... Luego, tocas con tus manos la riqueza única e insondable de los tesoros del Señor, que siempre te mostrará "cosas nuevas", si tú respondes con amor y delicadeza: y entonces comprendes que estás al principio del camino, porque la santidad consiste en la identificación con Dios, con ese Dios nuestro, que es infinito, inagotable. (Surco, 655)

Vamos a no engañarnos... –Dios no es una sombra, un ser lejano, que nos crea y luego nos abandona; no es un amo que se va y ya no vuelve. Aunque no lo percibamos con nuestros sentidos, su existencia es mucho más verdadera que la de todas las realidades que tocamos y vemos. Dios está aquí, con nosotros, presente, vivo: nos ve, nos oye, nos dirige, y contempla nuestras menores acciones, nuestras intenciones más escondidas.

Creemos esto..., pero ¡vivimos como si Dios no existiera! Porque no tenemos para El ni un pensamiento, ni una palabra; porque no le obedecemos, ni tratamos de dominar nuestras pasiones; porque no le expresamos amor, ni le desagraviamos...

–¿Vamos a seguir viviendo con una fe muerta? (Surco, 658)

 

 

“Fratelli Tutti”: 10 frases de la nueva encíclica del Papa Francisco

En el documento publicado el pasado 3 de octubre, el Santo Padre nos impulsa a reflexionar para que, “frente a diversas y actuales formas de eliminar o de ignorar a otros, seamos capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se quede en las palabras”. Compartimos algunas claves de su mensaje.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA16/10/2020

10 frases de “Fratelli Tutti” (Descárgala en formato digital)


1. Entre todos. Anhelo que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad. Entre todos: He ahí un hermoso secreto para soñar y hacer de nuestra vida una hermosa aventura. Nadie puede pelear la vida aisladamente. Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. ¡Qué importante es soñar juntos! Solos se corre el riesgo de tener espejismos, en los que ves lo que no hay; los sueños se construyen juntos. Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos. (Punto 8)

2. Devolver la esperanza. En el mundo actual los sentimientos de pertenencia a una misma humanidad se debilitan, y el sueño de construir juntos la justicia y la paz parece una utopía de otras épocas. Vemos cómo impera una indiferencia cómoda, fría y globalizada, hija de una profunda desilusión que se esconde detrás del engaño de una ilusión: creer que podemos ser todopoderosos y olvidar que estamos todos en la misma barca. Este desengaño que deja atrás los grandes valores fraternos lleva a una especie de cinismo. Esta es la tentación que nosotros tenemos delante, si vamos por este camino de la desilusión o de la decepción. El aislamiento y la cerrazón en uno mismo o en los propios intereses jamás son el camino para devolver esperanza y obrar una renovación, sino que es la cercanía, la cultura del encuentro. El aislamiento, no; cercanía, sí. Cultura del enfrentamiento, no; cultura del encuentro, sí. (Punto 30)

3. Reconstruir este mundo que nos duele. La parábola del buen samaritano es un ícono iluminador, capaz de poner de manifiesto la opción de fondo que necesitamos tomar para reconstruir este mundo que nos duele. Ante tanto dolor, ante tanta herida, la única salida es ser como el buen samaritano. Toda otra opción termina o bien al lado de los salteadores o bien al lado de los que pasan de largo, sin compadecerse del dolor del hombre herido en el camino. La parábola nos muestra con qué iniciativas se puede rehacer una comunidad a partir de hombres y mujeres que hacen propia la fragilidad de los demás, que no dejan que se erija una sociedad de exclusión, sino que se hacen prójimos y levantan y rehabilitan al caído, para que el bien sea común. (Punto 67)

4. Redescubrir la fraternidad. La fraternidad no es sólo resultado de condiciones de respeto a las libertades individuales, ni siquiera de cierta equidad administrada. Si bien son condiciones de posibilidad no bastan para que ella surja como resultado necesario. La fraternidad tiene algo positivo que ofrecer a la libertad y a la igualdad. ¿Qué ocurre sin la fraternidad cultivada conscientemente, sin una voluntad política de fraternidad, traducida en una educación para la fraternidad, para el diálogo, para el descubrimiento de la reciprocidad y el enriquecimiento mutuo como valores? Lo que sucede es que la libertad enflaquece, resultando así más una condición de soledad, de pura autonomía para pertenecer a alguien o a algo, o sólo para poseer y disfrutar. Esto no agota en absoluto la riqueza de la libertad que está orientada sobre todo al amor. (Punto 103)

5. Todos en la misma barca. Necesitamos desarrollar esta conciencia de que hoy o nos salvamos todos o no se salva nadie. La pobreza, la decadencia, los sufrimientos de un lugar de la tierra son un silencioso caldo de cultivo de problemas que finalmente afectarán a todo el planeta. Si nos preocupa la desaparición de algunas especies, debería obsesionarnos que en cualquier lugar haya personas y pueblos que no desarrollen su potencial y su belleza propia a causa de la pobreza o de otros límites estructurales. Porque eso termina empobreciéndonos a todos. (Punto 137)

6. Hacia una civilización del amor. A partir del «amor social» es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos. El amor social es una fuerza capaz de suscitar vías nuevas para afrontar los problemas del mundo de hoy y para renovar profundamente desde su interior las estructuras, organizaciones sociales y ordenamientos jurídicos. (Punto 183)

7. La importancia del diálogo. Acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto, todo eso se resume en el verbo “dialogar”. Para encontrarnos y ayudarnos mutuamente necesitamos dialogar. No hace falta decir para qué sirve el diálogo. Me basta pensar qué sería el mundo sin ese diálogo paciente de tantas personas generosas que han mantenido unidas a familias y a comunidades. El diálogo persistente y corajudo no es noticia como los desencuentros y los conflictos, pero ayuda discretamente al mundo a vivir mejor, mucho más de lo que podamos darnos cuenta. (Punto 198)

8. Artesanos de paz. Los procesos efectivos de una paz duradera son ante todo transformaciones artesanales obradas por los pueblos, donde cada ser humano puede ser un fermento eficaz con su estilo de vida cotidiana. Las grandes transformaciones no son fabricadas en escritorios o despachos. Entonces cada uno juega un papel fundamental en un único proyecto creador, para escribir una nueva página de la historia, una página llena de esperanza, llena de paz, llena de reconciliación. Hay una “arquitectura” de la paz, donde intervienen las diversas instituciones de la sociedad, cada una desde su competencia, pero hay también una “artesanía” de la paz que nos involucra a todos. (Punto 231)

9. Podemos perdonar. El perdón no implica olvido. Decimos más bien que cuando hay algo que de ninguna manera puede ser negado, relativizado o disimulado, sin embargo, podemos perdonar. Cuando hay algo que jamás debe ser tolerado, justificado o excusado, sin embargo, podemos perdonar. Cuando hay algo que por ninguna razón debemos permitirnos olvidar, sin embargo, podemos perdonar. El perdón libre y sincero es una grandeza que refleja la inmensidad del perdón divino. Si el perdón es gratuito, entonces puede perdonarse aun a quien se resiste al arrepentimiento y es incapaz de pedir perdón. (Punto 250)

10. Ir al encuentro. Pido a Dios que prepare nuestros corazones al encuentro con los hermanos más allá de las diferencias de ideas, lengua, cultura, religión; que unja todo nuestro ser con el aceite de la misericordia que cura las heridas de los errores, de las incomprensiones, de las controversias; la gracia de enviarnos, con humildad y mansedumbre, a los caminos, arriesgados pero fecundos, de la búsqueda de la paz. (Punto 254)


Link al libro electrónico de la encíclica “Fratelli Tutti”.

 

 

16 de octubre de 1931: “¡Abba, Padre!”

El 16 de octubre de 1931, envuelto en preocupaciones, san Josemaría rezaba en un tranvía de Madrid. Aquella oración –hecha en la calle– le llevó a comprender con especial hondura que era hijo de Dios. “Abba, Padre!”, rezó en voz alta.

RELATOS BIOGRÁFICOS16/10/2020

Relato recogido en 'El Fundador del Opus Dei (1)', de Andrés Vázquez de Prada.

El 16 de octubre fue jornada memorable, cuajada de oración. Uno de esos días en que apenas consiguió leer unas líneas del periódico, pues lo pasó arrebatado en unión contemplativa: “Día de Santa Eduvigis 1931: Quise hacer oración, después de la Misa, en la quietud de mi iglesia. No lo conseguí. En Atocha, compré un periódico (el A.B.C.) y tomé el tranvía. A estas horas, al escribir esto, no he podido leer más que un párrafo del diario. Sentí afluir la oración de afectos, copiosa y ardiente. Así estuve en el tranvía y hasta mi casa (...)”.

Cuando, más adelante, haya de dar detalles sobre la oración de ese día, “la oración más subida” que nunca tuvo, al explicar aquella extraordinaria gracia de unión con Dios yendo en un tranvía, deambulando por las calles, verá en ello una lección.

EL SEÑOR LE HIZO ENTENDER QUE LA CONCIENCIA DE LA FILIACIÓN DIVINA HABÍA DE ESTAR EN LA ENTRAÑA MISMA DE LA OBRA

El Señor le hizo entender que la conciencia de la filiación divina había de estar en la entraña misma de la Obra: “Sentí la acción del Señor, que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater! Estaba yo en la calle, en un tranvía [...]. Probablemente hice aquella oración en voz alta. Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir, el tiempo se pasó sin sentirlo. Me debieron tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca”.

En el mensaje del 2 de octubre de 1928, en la llamada a la santidad en medio del mundo, se volvía a repetir la vieja y nueva doctrina del evangelio: estote ergo vos perfecti, sicut et Pater vester caelestis perfectus est; sed perfectos, como lo es vuestro Padre celestial.

AQUEL DÍA QUISO DE UNA MANERA EXPLÍCITA, CLARA, TERMINANTE, QUE, CONMIGO, VOSOTROS OS SINTÁIS SIEMPRE HIJOS DE DIOS

En aquella jornada percibió, en la hondura misteriosa de la filiación divina, el alcance de aquella asombrosa realidad. No del modo en que había venido viviéndola hasta entonces sino proyectada dentro de su específica misión fundacional, como explicaba a sus hijos: “Os podría decir hasta cuándo, hasta el momento, hasta dónde fue aquella primera oración de hijo de Dios. Aprendí a llamar Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos..., en la calle y en un tranvía —una hora, hora y media, no lo sé—; Abba, Pater!, tenía que gritar. Hay en el Evangelio unas palabras maravillosas; todas lo son: nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo lo quisiera revelar (Matth XI, 27). Aquel día, aquel día quiso de una manera explícita, clara, terminante, que, conmigo, vosotros os sintáis siempre hijos de Dios, de este Padre que está en los cielos y que nos dará lo que pidamos en nombre de su Hijo [...]”.

Todavía en 1971, dando una meditación, revivía el recuerdo pasmoso de aquella jornada, que fue una confirmación de la cualidad inefable de ser hijo de Dios y también de que la Obra era, verdaderamente, Opus Dei: “Entendí que la filiación divina había de ser una característica fundamental de nuestra espiritualidad: Abba, Pater! Y que, al vivir la filiación divina, los hijos míos se encontrarían llenos de alegría y de paz, protegidos por un muro inexpugnable; que sabrían ser apóstoles de esta alegría, y sabrían comunicar su paz, también en el sufrimiento propio o ajeno. Justamente por eso: porque estamos persuadidos de que Dios es nuestro Padre”.


• Nuevos Mediterráneos (I): «Aquella primera oración de hijo de Dios»

• «Dale gracias por todo, porque todo es bueno»

• Amar al mundo apasionadamente (Reportaje multimedia)

 

Carta ‘Samaritanus Bonus’

El Vaticano pide aclarar el equívoco cultural a la raíz de la eutanasia y el suicidio asistido, o sea, el concepto de “muerte digna”, y el de supuesta “compasión”. Lo hace en este nuevo documento titulado “El Buen Samaritano” sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida, disponible en libro electrónico (ePub, Mobi y PDF).

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA26/09/2020

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Introducción
I. Hacerse cargo del prójimo
II. La experiencia viviente del Cristo sufriente y el anuncio de la esperanza
III. El “corazón que ve” del Samaritano: la vida humana es un don sagrado e inviolable
IV. Los obstáculos culturales que oscurecen el valor sagrado de toda vida humana
V. La enseñanza del Magisterio
La prohibición de la eutanasia y el suicidio asistido
La obligación moral de evitar el ensañamiento terapéutico
3. Los cuidados básicos: el deber de alimentación e hidratación
4. Los cuidados paliativos
5. El papel de la familia y los hospices
6. El acompañamiento y el cuidado en la edad prenatal y pediátrica
7. Terapias analgésicas y supresión de la conciencia
8. El estado vegetativo y el estado de mínima consciencia
9. La objeción de conciencia por parte de los agentes sanitarios y de las instituciones sanitarias católicas
10. El acompañamiento pastoral y el apoyo de los sacramentos
11. El discernimiento pastoral hacia quien pide la eutanasia o el suicidio asistido
12. La reforma del sistema educativo y la formación de los agentes sanitarios
Conclusión


Introducción

El Buen Samaritano que deja su camino para socorrer al hombre enfermo (cfr. Lc 10, 30-37) es la imagen de Jesucristo que encuentra al hombre necesitado de salvación y cuida de sus heridas y su dolor con «el aceite del consuelo y el vino de la esperanza».[1] Él es el médico de las almas y de los cuerpos y «el testigo fiel» (Ap 3, 14) de la presencia salvífica de Dios en el mundo. Pero, ¿cómo concretar hoy este mensaje? ¿Cómo traducirlo en una capacidad de acompañamiento de la persona enferma en las fases terminales de la vida de manera que se le ayude respetando y promoviendo siempre su inalienable dignidad humana, su llamada a la santidad y, por tanto, el valor supremo de su misma existencia?

El extraordinario y progresivo desarrollo de las tecnologías biomédicas ha acrecentado de manera exponencial las capacidades clínicas de la medicina en el diagnóstico, en la terapia y en el cuidado de los pacientes. La Iglesia mira con esperanza la investigación científica y tecnológica, y ve en ellas una oportunidad favorable de servicio al bien integral de la vida y de la dignidad de todo ser humano.[2] Sin embargo, estos progresos de la tecnología médica, si bien preciosos, no son determinantes por sí mismos para calificar el sentido propio y el valor de la vida humana. De hecho, todo progreso en las destrezas de los agentes sanitarios reclama una creciente y sabia capacidad de discernimiento moral[3] para evitar el uso desproporcionado y deshumanizante de las tecnologías, sobre todo en las fases críticas y terminales de la vida humana.

Por otro lado, la gestión organizativa y la elevada articulación y complejidad de los sistemas sanitarios contemporáneos pueden reducir la relación de confianza entre el médico y el paciente a una relación meramente técnica y contractual, un riesgo que afecta, sobre todo, a los países donde se están aprobando leyes que legitiman formas de suicidio asistido y de eutanasia voluntaria de los enfermos más vulnerables. Estas niegan los límites éticos y jurídicos de la autodeterminación del sujeto enfermo, oscureciendo de manera preocupante el valor de la vida humana en la enfermedad, el sentido del sufrimiento y el significado del tiempo que precede a la muerte. El dolor y la muerte, de hecho, no pueden ser los criterios últimos que midan la dignidad humana, que es propia de cada persona, por el solo hecho de ser un “ser humano”.

Ante tales desafíos, capaces de poner en juego nuestro modo de pensar la medicina, el significado del cuidado de la persona enferma y la responsabilidad social frente a los más vulnerables, el presente documento intenta iluminar a los pastores y a los fieles en sus preocupaciones y en sus dudas acerca de la atención médica, espiritual y pastoral debida a los enfermos en las fases críticas y terminales de la vida. Todos son llamados a dar testimonio junto al enfermo y transformarse en “comunidad sanadora” para que el deseo de Jesús, que todos sean una sola carne, a partir de los más débiles y vulnerables, se lleve a cabo de manera concreta.[4] Se percibe en todas partes, de hecho, la necesidad de una aclaración moral y de una orientación práctica sobre cómo asistir a estas personas, ya que «es necesaria una unidad de doctrina y praxis»[5] respecto a un tema tan delicado, que afecta a los enfermos más débiles en las etapas más delicadas y decisivas de la vida de una persona.

Diversas Conferencias Episcopales en el mundo han publicado documentos y cartas pastorales, con las que han buscado dar una respuesta a los desafíos planteados por el suicidio asistido y la eutanasia voluntaria – legitimadas por algunas legislaciones nacionales – con una específica referencia a cuantos trabajan o se recuperan dentro de los hospitales, también en los hospitales católicos. Pero la atención espiritual y las dudas emergentes, en determinadas circunstancias y contextos particulares, acerca de la celebración de los Sacramentos por aquellos que intentan poner fin a la propia vida, reclaman hoy una intervención más clara y puntual de parte de la Iglesia, con el fin de:

reafirmar el mensaje del Evangelio y sus expresiones como fundamentos doctrinales propuestos por el Magisterio, invocando la misión de cuantos están en contacto con los enfermos en las fases críticas y terminales (los familiares o los tutores legales, los capellanes de hospital, los ministros extraordinarios de la Eucaristía y los agentes de pastoral, los voluntarios de los hospitales y el personal sanitario), además de los mismos enfermos;

- proporcionar pautas pastorales precisas y concretas, de tal manera que a nivel local se puedan afrontar y gestionar estas situaciones complejas para favorecer el encuentro personal del paciente con el Amor misericordioso de Dios.

I. Hacerse cargo del prójimo

Es difícil reconocer el profundo valor de la vida humana cuando, a pesar de todo esfuerzo asistencial, esta continúa mostrándosenos en su debilidad y fragilidad. El sufrimiento, lejos de ser eliminado del horizonte existencial de la persona, continúa generando una inagotable pregunta por el sentido de la vida.[6] La solución a esta dramática cuestión no podrá jamás ofrecerse solo a la luz del pensamiento humano, porque en el sufrimiento está contenida la grandeza de un misterio específico que solo la Revelación de Dios nos puede desvelar.[7] Especialmente, a cada agente sanitario le ha sido confiada la misión de una fiel custodia de la vida humana hasta su cumplimiento natural,[8] a través de un proceso de asistencia que sea capaz de re-generar en cada paciente el sentido profundo de su existencia, cuando viene marcada por el sufrimiento y la enfermedad. Es por esto necesario partir de una atenta consideración del propio significado del cuidado, para comprender el significado de la misión específica confiada por Dios a cada persona, agente sanitario y de pastoral, así como al mismo enfermo y a su familia.

La experiencia del cuidado médico parte de aquella condición humana, marcada por la finitud y el límite, que es la vulnerabilidad. En relación a la persona, esta se inscribe en la fragilidad de nuestro ser juntos “cuerpo”, material y temporalmente finito, y “alma”, deseo de infinito y destinada a la eternidad. Nuestro ser criaturas “finitas”, y también destinadas a la eternidad, revela tanto nuestra dependencia de los bienes materiales y de la ayuda reciproca de los hombres, como nuestra relación originaria y profunda con Dios. Esta vulnerabilidad da fundamento a la ética del cuidado, de manera particular en el ámbito de la medicina, entendida como solicitud, premura, coparticipación y responsabilidad hacia las mujeres y hombres que se nos han confiado porque están necesitados de atención física y espiritual.

De manera específica, la relación de cuidado revela un principio de justicia, en su doble dimensión de promoción de la vida humana (suum cuique tribuere) y de no hacer daño a la persona (alterum non laedere): es el mismo principio que Jesús transforma en la regla de oro positiva «todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos» (Mt 7, 12). Es la regla que, en la ética médica tradicional, encuentra un eco en el aforismo primum non nocere.

El cuidado de la vida es, por tanto, la primera responsabilidad que el médico experimenta en el encuentro con el enfermo. Esta no puede reducirse a la capacidad de curar al enfermo, siendo su horizonte antropológico y moral más amplio: también cuando la curación es imposible o improbable, el acompañamiento médico y de enfermería (el cuidado de las funciones esenciales del cuerpo), psicológico y espiritual, es un deber ineludible, porque lo contrario constituiría un abandono inhumano del enfermo. La medicina, de hecho, que se sirve de muchas ciencias, posee también una importante dimensión de “arte terapéutica” que implica una relación estrecha entre el paciente, los agentes sanitarios, familiares y miembros de las varias comunidades de pertenencia del enfermo: arte terapéutica, actos clínicos y cuidado están inseparablemente unidos en la práctica médica, sobre todo en las fases críticas y terminales de la vida.

El Buen Samaritano, de hecho, «no sólo se acerca, sino que se hace cargo del hombre medio muerto que encuentra al borde del camino»[9]. Invierte en él no solo el dinero que tiene, sino también aquel que no tiene y que espera ganar en Jericó, prometiendo que pagará a su regreso. Así Cristo nos invita a fiarnos de su gracia invisible y nos empuja a la generosidad basada en la caridad sobrenatural, identificándose con cada enfermo: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40). La afirmación de Jesús es una verdad moral de alcance universal: «se trata de “hacerse cargo” de toda la vida y de la vida de todos»,[10] para revelar el Amor originario e incondicionado de Dios, fuente del sentido de toda vida.

Por este motivo, sobre todo en las estructuras hospitalarias y asistenciales inspiradas en los valores cristianos, es más necesario que nunca hacer un esfuerzo, también espiritual, para dejar espacio a una relación construida a partir del reconocimiento de la fragilidad y la vulnerabilidad de la persona enferma. De hecho, la debilidad nos recuerda nuestra dependencia de Dios, y nos invita a responder desde el respeto debido al prójimo. De aquí nace la responsabilidad moral ligada a la conciencia de todo sujeto que se hace cargo del enfermo (médico, enfermero, familiar, voluntario, pastor) de encontrarse frente a un bien fundamental e inalienable – la persona humana – que impone no poder saltarse el límite en el que se da el respeto de sí y del otro, es decir la acogida, la tutela y la promoción de la vida humana hasta la llegada natural de la muerte. Se trata, en este sentido, de tener una mirada contemplativa,[11] que sabe captar en la existencia propia y la de los otros un prodigio único e irrepetible, recibido y acogido como un don. Es la mirada de quién no pretende apoderarse de la realidad de la vida, sino acogerla así como es, con sus fatigas y sufrimientos, buscando reconocer en la enfermedad un sentido del que dejarse interpelar y “guiar”, con la confianza de quien se abandona al Señor de la vida que se manifiesta en él.

Ciertamente, la medicina debe aceptar el límite de la muerte como parte de la condición humana. Llega un momento en el que ya no queda más que reconocer la imposibilidad de intervenir con tratamientos específicos sobre una enfermedad, que aparece en poco tiempo como mortal. Es un hecho dramático, que se debe comunicar al enfermo con gran humanidad y también con confiada apertura a la perspectiva sobrenatural, conscientes de la angustia que la muerte genera, sobre todo en una cultura que la esconde. No se puede pensar en la vida física como algo que hay que conservar a toda costa – algo que es imposible -, sino como algo por vivir alcanzando la libre aceptación del sentido de la existencia corpórea: «sólo con referencia a la persona humana en su “totalidad unificada”, es decir, “alma que se expresa en el cuerpo informado por un espíritu inmortal”, se puede entender el significado específicamente humano del cuerpo».[12]

Reconocer la imposibilidad de curar ante la cercana eventualidad de la muerte, no significa, sin embargo, el final del obrar médico y de enfermería. Ejercitar la responsabilidad hacia la persona enferma, significa asegurarle el cuidado hasta el final: «curar si es posible, cuidar siempre (to cure if possible, always to care)».[13] Esta intención de cuidar siempre al enfermo ofrece el criterio para evaluar las diversas acciones a llevar a cabo en la situación de enfermedad “incurable”; incurable, de hecho, no es nunca sinónimo de “in-cuidable”. La mirada contemplativa invita a ampliar la noción de cuidado. El objetivo de la asistencia debe mirar a la integridad de la persona, garantizando con los medios adecuados y necesarios el apoyo físico, psicológico, social, familiar y religioso. La fe viva, mantenida en las almas de las personas que la rodean, puede contribuir a la verdadera vida teologal de la persona enferma, aunque esto no sea inmediatamente visible. El cuidado pastoral de todos, familiares, médicos, enfermeros y capellanes, puede ayudar al enfermo a persistir en la gracia santificante y a morir en la caridad, en el Amor de Dios. Frente a lo inevitable de la enfermedad, sobre todo si es crónica y degenerativa, si falta la fe, el miedo al sufrimiento y a la muerte, y el desánimo que se produce, constituyen hoy en día las causas principales de la tentación de controlar y gestionar la llegada de la muerte, aun anticipándola, con la petición de la eutanasia o del suicidio asistido.

II. La experiencia viviente del Cristo sufriente y el anuncio de la esperanza

Si la figura del Buen samaritano ilumina de luz nueva la práctica del cuidado, la experiencia viviente del Cristo sufriente, su agonía en la Cruz y su Resurrección, son los espacios en los que se manifiesta la cercanía del Dios hecho hombre en las múltiples formas de la angustia y del dolor, que pueden golpear a los enfermos y sus familiares, durante las largas jornadas de la enfermedad y en el final de la vida.

No solo en las palabras del profeta Isaías se anuncia la persona de Cristo como el hombre familiarizado con el dolor y el padecimiento (cfr. Is 53), si releemos las páginas de la pasión de Cristo encontramos también la experiencia de la incomprensión, de la mofa, del abandono, del dolor físico y de la angustia. Son experiencias que hoy golpean a muchos enfermos, con frecuencia considerados una carga para la sociedad; a veces no son comprendidos en sus peticiones, a menudo viven formas de abandono afectivo, de perdida de relaciones.

Todo enfermo tiene necesidad no solo de ser escuchado, sino de comprender que el propio interlocutor “sabe” que significa sentirse solo, abandonado, angustiado frente a la perspectiva de la muerte, al dolor de la carne, al sufrimiento que surge cuando la mirada de la sociedad mide su valor en términos de calidad de vida y lo hace sentir una carga para los proyectos de otras personas. Por eso, volver la mirada a Cristo significa saber que se puede recurrir a quien ha probado en su carne el dolor de la flagelación y de los clavos, la burla de los flageladores, el abandono y la traición de los amigos más queridos.

Frente al desafío de la enfermedad y en presencia de dificultades emotivas y espirituales en aquel que vive la experiencia del dolor, surge, de manera inexorable, la necesidad de saber decir una palabra de confort, extraída de la compasión llena de esperanza de Jesús sobre la Cruz. Una esperanza creíble, profesada por Cristo en la Cruz, capaz de afrontar el momento de la prueba, el desafío de la muerte. En la Cruz de Cristo –cantada por la liturgia el Viernes Santo: Ave crux, spes unica– están concentrados y resumidos todos los males y sufrimientos del mundo. Todo el mal físico, de los cuales la cruz, cual instrumento de muerte infame e infamante, es el emblema; todo el mal psicológico, expresado en la muerte de Jesús en la más sombría soledad, abandono y traición; todo el mal moral, manifestado en la condena a muerte del Inocente; todo el mal espiritual, destacado en la desolación que hace percibir el silencio de Dios.

Cristo es quien ha sentido alrededor de Él la afligida consternación de la Madre y de los discípulos, que “estaban” bajo la Cruz: en este “estar”, aparentemente cargado de impotencia y resignación, está toda la cercanía de los afectos que permite al Dios hecho hombre vivir también aquellas horas que parecen sin sentido.

Después está la Cruz: de hecho un instrumento de tortura y de ejecución reservado solo a los últimos, que parece tan semejante, en su carga simbólica, a aquellas enfermedades que clavan a una cama, que prefiguran solo la muerte y parecen eliminar el significado del tiempo y de su paso. Sin embargo, aquellos que “están” alrededor del enfermo no son solo testigos, sino que son signo viviente de aquellos afectos, de aquellas relaciones, de aquella íntima disponibilidad al amor, que permiten al que sufre reconocer sobre él una mirada humana capaz de volver a dar sentido al tiempo de la enfermedad. Porque en la experiencia de sentirse amado, toda la vida encuentra su justificación. Cristo ha estado siempre sostenido, en el camino de su pasión, por el confiado abandono en el amor del Padre, que se hacía evidente, en la hora de la Cruz, también a través del amor de la Madre. Porque el Amor de Dios se revela siempre, en la historia de los hombres, gracias al amor de quien no nos abandona, de quien “está”, a pesar de todo, a nuestro lado.

Si reflexionamos sobre el final de la vida de las personas, no podemos olvidar que en ellas se aloja con frecuencia la preocupación por aquellos que dejan: por los hijos, el cónyuge, los padres, los amigos. Un componente humano que nunca podemos descuidar y a los que se debe ofrecer apoyo y ayuda.

Es la misma preocupación de Cristo, que antes de morir piensa en la Madre que permanecerá sola, con un dolor que deberá llevar en la historia. En la crónica austera del Evangelio de Juan, es a la Madre a quien se dirige Cristo, para tranquilizarla, para confiarla al discípulo amado de tal manera que se haga cargo de ella: “Madre, ahí tienes a tu hijo” (cfr. Jn 19, 26-27). El tiempo del final de la vida es un tiempo de relaciones, un tiempo en el que se deben derrotar la soledad y el abandono (cfr. Mt 27, 46 y Mc 15, 34), en vista de una entrega confiada de la propia vida a Dios (cfr. Lc 23, 46).

Desde esta perspectiva, mirar al Crucificado significa ver una escena coral, en la que Cristo está en el centro porque resume en su propia carne, y verdaderamente transfigura, las horas más tenebrosas de la experiencia humana, aquellas en las que se asoma, silenciosa, la posibilidad de la desesperación. La luz de la fe nos hace captar, en aquella plástica y descarnada descripción que los Evangelios nos dan, la Presencia trinitaria, porque Cristo confía en el Padre gracias al Espíritu Santo, que apoya a la Madre y a los discípulos que “están” y, en este su “estar” junto a la Cruz, participan, con su humana dedicación al Sufriente, al misterio de la Redención.

Así, si bien marcada por un tránsito doloroso, la muerte puede convertirse en ocasión de una esperanza más grande, gracias a la fe, que nos hace partícipes de la obra redentora de Cristo. De hecho, el dolor es existencialmente soportable solo donde existe la esperanza. La esperanza que Cristo transmite al que sufre y al enfermo es la de su presencia, de su real cercanía. La esperanza no es solo un esperar por un futuro mejor, es una mirada sobre el presente, que lo llena de significado. En la fe cristiana, el acontecimiento de la Resurrección no solo revela la vida eterna, sino que pone de manifiesto que en la historia la última palabra no es jamás la muerte, el dolor, la traición, el mal. Cristo resurge en la historia y en el misterio de la Resurrección existe la confirmación del amor del Padre que no abandona nunca.

Releer, ahora, la experiencia viviente del Cristo sufriente significa entregar también a los hombres de hoy una esperanza capaz de dar sentido al tiempo de la enfermedad y de la muerte. Esta esperanza es el amor que resiste a la tentación de la desesperación.

Aunque son muy importantes y están cargados de valor, los cuidados paliativos no bastan si no existe alguien que “está” junto al enfermo y le da testimonio de su valor único e irrepetible. Para el creyente, mirar al Crucificado significa confiar en la comprensión y en el Amor de Dios: y es importante, en una época histórica en la que se exalta la autonomía y se celebran los fastos del individuo, recordar que si bien es verdad que cada uno vive el propio sufrimiento, el propio dolor y la propia muerte, estas vivencias están siempre cargadas de la mirada y de la presencia de los otros. Alrededor de la Cruz están también los funcionarios del Estado romano, están los curiosos, están los distraídos, están los indiferentes y los resentidos; están bajo la Cruz, pero no “están” con el Crucificado.

En las unidades de cuidados intensivos, en las casas de cuidado para los enfermos crónicos, se puede estar presente como funcionario o como personas que “están” con el enfermo.

La experiencia de la Cruz permite así ofrecer al que sufre un interlocutor creíble a quien dirigir la palabra, el pensamiento, a quien entregar la angustia y el miedo: a aquellos que se hacen cargo del enfermo, la escena de la Cruz proporciona un elemento adicional para comprender que también cuando parece que no hay nada más que hacer todavía queda mucho por hacer, porque el “estar” es uno de los signos del amor, y de la esperanza que lleva en sí. El anuncio de la vida después de la muerte no es una ilusión o un consuelo sino una certeza que está en el centro del amor, que no se acaba con la muerte.

III. El “corazón que ve” del Samaritano: la vida humana es un don sagrado e inviolable

El hombre, en cualquier condición física o psíquica que se encuentre, mantiene su dignidad originaria de haber sido creado a imagen de Dios. Puede vivir y crecer en el esplendor divino porque está llamado a ser a «imagen y gloria de Dios» (1 Cor 11, 7; 2 Cor 3, 18). Su dignidad está en esta vocación. Dios se ha hecho Hombre para salvarnos, prometiéndonos la salvación y destinándonos a la comunión con Él: aquí descansa el fundamento último de la dignidad humana.[14]

Pertenece a la Iglesia el acompañar con misericordia a los más débiles en su camino de dolor, para mantener en ellos la vida teologal y orientarlos a la salvación de Dios.[15] Es la Iglesia del Buen Samaritano,[16] que “considera el servicio a los enfermos como parte integrante de su misión”.[17] Comprender esta mediación salvífica de la Iglesia en una perspectiva de comunión y solidaridad entre los hombres es una ayuda esencial para superar toda tendencia reduccionista e individualista.[18]

Específicamente, el programa del Buen Samaritano es “un corazón que ve”. Él «enseña que es necesario convertir la mirada del corazón, porque muchas veces los que miran no ven. ¿Por qué? Porque falta compasión. Sin compasión, el que mira no se involucra en lo que observa y pasa de largo; en cambio, el que tiene un corazón compasivo se conmueve y se involucra, se detiene y se ocupa de lo que sucede».[19] Este corazón ve dónde hay necesidad de amor y obra en consecuencia.[20] Los ojos perciben en la debilidad una llamada de Dios a obrar, reconociendo en la vida humana el primer bien común de la sociedad.[21] La vida humana es un bien altísimo y la sociedad está llamada a reconocerlo. La vida es un don[22] sagrado e inviolable y todo hombre, creado por Dios, tiene una vocación transcendente y una relación única con Aquel que da la vida, porque «Dios invisible en su gran amor”[23] ofrece a cada hombre un plan de salvación para que podamos decir: «La vida es siempre un bien. Esta es una intuición o, más bien, un dato de experiencia, cuya razón profunda el hombre está llamado a comprender».[24] Por eso la Iglesia está siempre dispuesta a colaborar con todos los hombres de buena voluntad, con creyentes de otras confesiones o religiones o no creyentes, que respetan la dignidad de la vida humana, también en sus fases extremas del sufrimiento y de la muerte, y rechazan todo acto contrario a ella.[25] Dios Creador ofrece al hombre la vida y su dignidad como un don precioso a custodiar y acrecentar y del cual, finalmente, rendirle cuentas a Él.

La Iglesia afirma el sentido positivo de la vida humana como un valor ya perceptible por la recta razón, que la luz de la fe confirma y realza en su inalienable dignidad.[26] No se trata de un criterio subjetivo o arbitrario; se trata de un criterio fundado en la inviolable dignidad natural – en cuanto que la vida es el primer bien porque es condición del disfrute de todos los demás bienes – y en la vocación trascendente de todo ser humano, llamado a compartir el Amor trinitario del Dios viviente:[27] «el amor especialísimo que el Creador tiene por cada ser humano le confiere una dignidad infinita».[28] El valor inviolable de la vida es una verdad básica de la ley moral natural y un fundamento esencial del ordenamiento jurídico. Así como no se puede aceptar que otro hombre sea nuestro esclavo, aunque nos lo pidiese, igualmente no se puede elegir directamente atentar contra la vida de un ser humano, aunque este lo pida. Por lo tanto, suprimir un enfermo que pide la eutanasia no significa en absoluto reconocer su autonomía y apreciarla, sino al contrario significa desconocer el valor de su libertad, fuertemente condicionada por la enfermedad y el dolor, y el valor de su vida, negándole cualquier otra posibilidad de relación humana, de sentido de la existencia y de crecimiento en la vida teologal. Es más, se decide al puesto de Dios el momento de la muerte. Por eso, «aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador».[29]

IV. Los obstáculos culturales que oscurecen el valor sagrado de toda vida humana

Hoy en día algunos factores limitan la capacidad de captar el valor profundo e intrínseco de toda vida humana: el primero se refiere a un uso equivoco del concepto de “muerte digna” en relación con el de “calidad de vida”. Irrumpe aquí una perspectiva antropológica utilitarista, que viene «vinculada preferentemente a las posibilidades económicas, al “bienestar”, a la belleza y al deleite de la vida física, olvidando otras dimensiones más profundas – relacionales, espirituales y religiosas – de la existencia».[30] En virtud de este principio, la vida viene considerada digna solo si tiene un nivel aceptable de calidad, según el juicio del sujeto mismo o de un tercero, en orden a la presencia-ausencia de determinadas funciones psíquicas o físicas, o con frecuencia identificada también con la sola presencia de un malestar psicológico. Según esta perspectiva, cuando la calidad de vida parece pobre, no merece la pena prolongarla. No se reconoce que la vida humana tiene un valor por sí misma.

Un segundo obstáculo que oscurece la percepción de la sacralidad de la vida humana es una errónea comprensión de la “compasión”.[31] Ante un sufrimiento calificado como “insoportable”, se justifica el final de la vida del paciente en nombre de la “compasión”. Para no sufrir es mejor morir: es la llamada eutanasia “compasiva”. Sería compasivo ayudar al paciente a morir a través de la eutanasia o el suicidio asistido. En realidad, la compasión humana no consiste en provocar la muerte, sino en acoger al enfermo, en sostenerlo en medio de las dificultades, en ofrecerle afecto, atención y medios para aliviar el sufrimiento.

El tercer factor, que hace difícil reconocer el valor de la propia vida y la de los otros dentro de las relaciones intersubjetivas, es un individualismo creciente, que induce a ver a los otros como límite y amenaza de la propia libertad. En la raíz de tal actitud está «un neo-pelagianismo para el cual el individuo, radicalmente autónomo, pretende salvarse a sí mismo, sin reconocer que depende, en lo más profundo de su ser, de Dios y de los demás . Un cierto neo-gnosticismo, por su parte, presenta una salvación meramente interior, encerrada en el subjetivismo»,[32] que favorece la liberación de la persona de los límites de su cuerpo, sobre todo cuando está débil y enferma.

El individualismo, en particular, está en la raíz de la que se considerada como la enfermedad latente de nuestro tiempo: la soledad,[33] tematizada en algunos contextos legislativos incluso como “derecho a la soledad”, a partir de la autonomía de la persona y del “principio del permiso-consentimiento”: un permiso-consentimiento que, dadas determinadas condiciones de malestar o de enfermedad, puede extenderse hasta la elección de seguir o no viviendo. Es el mismo “derecho” que subyace a la eutanasia y al suicidio asistido. La idea de fondo es que cuantos se encuentran en una condición de dependencia y no pueden alcanzar la perfecta autonomía y reciprocidad son cuidados en virtud de un favor. El concepto de bien se reduce así a ser el resultado de un acuerdo social: cada uno recibe los cuidados y la asistencia que la autonomía o la utilidad social o económica hacen posible o conveniente. Se produce así un empobrecimiento de las relaciones interpersonales, que se convierten en frágiles, privadas de la caridad sobrenatural, de aquella solidaridad humana y de aquel apoyo social, tan necesarios, para afrontar los momentos y las decisiones más difíciles de la existencia.

Este modo de pensar las relaciones humanas y el significado del bien hacen mella en el sentido mismo de la vida, haciéndola fácilmente manipulable, también a través de leyes que legalizan las prácticas eutanásicas, procurando la muerte de los enfermos. Estas acciones provocan una gran insensibilidad hacia el cuidado de las personas enfermas y deforman las relaciones. En tales circunstancias, surgen a veces dilemas infundados sobre la moralidad de las acciones que, en realidad, no son más que actos debidos de simple cuidado de la persona, como hidratar y alimentar a un enfermo en estado de inconsciencia sin perspectivas de curación.

En este sentido, el Papa Francisco ha hablado de la «cultura del descarte».[34] Las victimas de tal cultura son los seres humanos más frágiles, que corren el riesgo de ser “descartados” por un engranaje que quiere ser eficaz a toda costa. Se trata de un fenómeno cultural fuertemente anti-solidario, que Juan Pablo II calificó como «cultura de la muerte» y que crea auténticas «estructuras de pecado».[35] Esto puede inducir a cumplir acciones en sí mismas incorrectas por el único motivo de “sentirse bien” al cumplirlas, generando confusión entre el bien y el mal, allí donde toda vida personal posee un valor único e irrepetible, siempre prometedor y abierto a la trascendencia. En esta cultura del descarte y de la muerte, la eutanasia y el suicidio asistido aparecen como una solución errónea para resolver los problemas relativos al paciente terminal.

V. La enseñanza del Magisterio

1. La prohibición de la eutanasia y el suicidio asistido

La Iglesia, en la misión de transmitir a los fieles la gracia del Redentor y la ley santa de Dios, que ya puede percibirse en los dictados de la ley moral natural, siente el deber de intervenir para excluir una vez más toda ambigüedad en relación con el Magisterio sobre la eutanasia y el suicidio asistido, también en aquellos contextos donde las leyes nacionales han legitimado tales prácticas.

Especialmente, la difusión de los protocolos médicos aplicables a las situaciones de final de la vida, como el Do Not Resuscitate Order o el Physician Orders for Life Sustaining Treatament – con todas sus variantes según las legislaciones y contextos nacionales, inicialmente pensados como instrumentos para evitar el ensañamiento terapéutico en las fases terminales de la vida – , despierta hoy graves problemas en relación con el deber de tutelar la vida del paciente en las fases más críticas de la enfermedad. Si por una parte los médicos se sienten cada vez más vinculados a la autodeterminación expresada por el paciente en estas declaraciones, que lleva a veces a privarles de la libertad y del deber de obrar tutelando la vida allí donde podrían hacerlo, por otra parte, en algunos contextos sanitarios, preocupa el abuso denunciado ampliamente del empleo de tales protocolos con una perspectiva eutanásica, cuando ni el paciente, ni mucho menos la familia, es consultado en la decisión final. Esto sucede sobre todo en los países donde la legislación sobre el final de la vida deja hoy amplios márgenes de ambigüedad en relación con la aplicación del deber de cuidado, al introducirse en ellos la práctica de la eutanasia.

Por estas razones, la Iglesia considera que debe reafirmar como enseñanza definitiva que la eutanasia es un crimen contra la vida humana porque, con tal acto, el hombre elige causar directamente la muerte de un ser humano inocente. La definición de eutanasia no procede de la ponderación de los bienes o los valores en juego, sino de un objeto moral suficientemente especificado, es decir la elección de «una acción o una omisión que por su naturaleza, o en la intención, causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor».[36] «La eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados».[37] La valoración moral de la eutanasia, y de las consecuencias que se derivan, no depende, por tanto, de un balance de principios, que, según las circunstancias y los sufrimientos del paciente, podrían, según algunos, justificar la supresión de la persona enferma. El valor de la vida, la autonomía, la capacidad de decisión y la calidad de vida no están en el mismo plano.

La eutanasia, por lo tanto, es un acto intrínsecamente malo, en toda ocasión y circunstancia. En el pasado la Iglesia ya ha afirmado de manera definitiva «que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio».[38] Toda cooperación formal o material inmediata a tal acto es un pecado grave contra la vida humana: «Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo. Se trata, en efecto, de una violación de la ley divina, de una ofensa a la dignidad de la persona humana, de un crimen contra la vida, de un atentado contra la humanidad».[39] Por lo tanto, la eutanasia es un acto homicida que ningún fin puede legitimar y que no tolera ninguna forma de complicidad o colaboración, activa o pasiva. Aquellos que aprueban leyes sobre la eutanasia y el suicidio asistido se hacen, por lo tanto, cómplices del grave pecado que otros llevarán a cabo. Ellos son también culpables de escándalo porque tales leyes contribuyen a deformar la conciencia, también la de los fieles. [40]

La vida tiene la misma dignidad y el mismo valor para todos y cada uno: el respeto de la vida del otro es el mismo que se debe a la propia existencia. Una persona que elije con plena libertad quitarse la vida rompe su relación con Dios y con los otros y se niega a sí mismo como sujeto moral. El suicidio asistido aumenta la gravedad, porque hace partícipe a otro de la propia desesperación, induciéndolo a no dirigir la voluntad hacia el misterio de Dios, a través de la virtud moral de la esperanza, y como consecuencia a no reconocer el verdadero valor de la vida y a romper la alianza que constituye la familia humana. Ayudar al suicida es una colaboración indebida a un acto ilícito, que contradice la relación teologal con Dios y la relación moral que une a los hombres para que compartan el don de la vida y sean coparticipes del sentido de la propia existencia.

También cuando la petición de eutanasia nace de una angustia y de una desesperación,[41] y «aunque en casos de ese género la responsabilidad personal pueda estar disminuida o incluso no existir, sin embargo el error de juicio de la conciencia – aunque fuera incluso de buena fe – no modifica la naturaleza del acto homicida, que en sí sigue siendo siempre inadmisible».[42] Dígase lo mismo para el suicidio asistido. Tales prácticas no son nunca una ayuda auténtica al enfermo, sino una ayuda a morir.

Se trata, por tanto, de una elección siempre incorrecta: «El personal médico y los otros agentes sanitarios – fieles a la tarea de “estar siempre al servicio de la vida y de asistirla hasta el final – no pueden prestarse a ninguna práctica eutanásica ni siquiera a petición del interesado, y mucho menos de sus familiares. No existe, en efecto, un derecho a disponer arbitrariamente de la propia vida, por lo que ningún agente sanitario puede erigirse en tutor ejecutivo de un derecho inexistente».[43]

Es por esto que la eutanasia y el suicidio asistido son siempre un fracaso de quienes los teorizan, de quienes los deciden y de quienes los practican.[44]

Son gravemente injustas, por tanto, las leyes que legalizan la eutanasia o aquellas que justifican el suicidio y la ayuda al mismo, por el falso derecho de elegir una muerte definida inapropiadamente digna solo porque ha sido elegida.[45] Tales leyes golpean el fundamento del orden jurídico: el derecho a la vida, que sostiene todo otro derecho, incluido el ejercicio de la libertad humana. La existencia de estas leyes hiere profundamente las relaciones humanas, la justicia y amenazan la confianza mutua entre los hombres. Los ordenamientos jurídicos que han legitimado el suicidio asistido y la eutanasia muestran, además, una evidente degeneración de este fenómeno social. El Papa Francisco recuerda que «el contexto sociocultural actual está erosionando progresivamente la conciencia de lo que hace que la vida humana sea preciosa. De hecho, la vida se valora cada vez más por su eficiencia y utilidad, hasta el punto de considerar como “vidas descartadas” o “vidas indignas” las que no se ajustan a este criterio. En esta situación de pérdida de los valores auténticos, se resquebrajan también los deberes inderogables de solidaridad y fraternidad humana y cristiana. En realidad, una sociedad se merece la calificación de “civil” si desarrolla los anticuerpos contra la cultura del descarte; si reconoce el valor intangible de la vida humana; si la solidaridad se practica activamente y se salvaguarda como fundamento de la convivencia».[46] En algunos países del mundo, decenas de miles de personas ya han muerto por eutanasia, muchas de ellas porque se quejaban de sufrimientos psicológicos o depresión. Son frecuentes los abusos denunciados por los mismos médicos sobre la supresión de la vida de personas que jamás habrían deseado para sí la aplicación de la eutanasia. De hecho, la petición de la muerte en muchos casos es un síntoma mismo de la enfermedad, agravado por el aislamiento y por el desánimo. La Iglesia ve en esta dificultad una ocasión para la purificación espiritual, que profundiza la esperanza, haciendo que se convierta en verdaderamente teologal, focalizada en Dios, y solo en Dios.

Más bien, en lugar de complacerse en una falsa condescendencia, el cristiano debe ofrecer al enfermo la ayuda indispensable para salir de su desesperación. El mandamiento «no matarás» (Ex 20, 13; Dt 5, 17), de hecho, es un sí a la vida, de la cual Dios se hace garante: «se transforma en la llamada a un amor solícito que tutela e impulsa la vida del prójimo».[47] El cristiano, por tanto, sabe que la vida terrena no es el valor supremo. La felicidad última está en el cielo. Así, el cristiano no pretenderá que la vida física continúe cuando la muerte está cerca. El cristiano ayudará al moribundo a liberarse de la desesperación y a poner su esperanza en Dios.

Desde la perspectiva clínica, los factores que más determinan la petición de eutanasia y suicidio asistido son: el dolor no gestionado y la falta de esperanza, humana y teologal, inducida también por una atención, humana, psicológica y espiritual a menudo inadecuada por parte de quien se hace cargo del enfermo.[48]

Es lo que la experiencia confirma: «las súplicas de los enfermos muy graves que alguna vez invocan la muerte no deben ser entendidas como expresión de una verdadera voluntad de eutanasia; estas en efecto son casi siempre peticiones angustiadas de asistencia y de afecto. Además de los cuidados médicos, lo que necesita el enfermo es el amor, el calor humano y sobrenatural, con el que pueden y deben rodearlo todos aquellos que están cercanos, padres e hijos, médicos y enfermeros».[49] El enfermo que se siente rodeado de una presencia amorosa, humana y cristiana, supera toda forma de depresión y no cae en la angustia de quien, en cambio, se siente solo y abandonado a su destino de sufrimiento y de muerte.

El hombre, en efecto, no vive el dolor solamente como un hecho biológico, que se gestiona para hacerlo soportable, sino como el misterio de la vulnerabilidad humana en relación con el final de la vida física, un acontecimiento difícil de aceptar, dado que la unidad de alma y cuerpo es esencial para el hombre.

Por eso, solo re-significando el acontecimiento mismo de la muerte – mediante la apertura en ella de un horizonte de vida eterna, que anuncia el destino trascendente de toda persona – el “final de la vida” se puede afrontar de una manera acorde a la dignidad humana y adecuada a aquella fatiga y sufrimiento que inevitablemente produce la sensación inminente del final. De hecho, «el sufrimiento es algo todavía más amplio que la enfermedad, más complejo y a la vez aún más profundamente enraizado en la humanidad misma».[50] Y este sufrimiento, con ayuda de la gracia, puede ser animado desde dentro con la caridad divina, como en el caso del sufrimiento de Cristo en la Cruz.

Por eso, la actitud de quien atiende a una persona afectada por una enfermedad crónica o en la fase terminal de la vida, debe ser aquella de “saber estar”, velar con quien sufre la angustia del morir, “consolar”, o sea de ser-con en la soledad, de ser co-presencia que abre a la esperanza.[51] Mediante la fe y la caridad expresadas en la intimidad del alma la persona que cuida es capaz de sufrir el dolor del otro y de abrirse a una relación personal con el débil que amplía los horizontes de la vida más allá del acontecimiento de la muerte, transformándose así en una presencia llena de esperanza.

«Llorad con los que lloran» (Rm 12, 15), porque es feliz quien tiene compasión hasta llorar con los otros (cfr. Mt 5, 4). En esta relación, en la que se da la posibilidad de amar, el sufrimiento se llena de significado en el com-partir de una condición humana y con la solidaridad en el camino hacia Dios, que expresa aquella alianza radical entre los hombres[52] que les hace entrever una luz también más allá de la muerte. Ella nos hace ver el acto médico desde dentro de una alianza terapéuticaentre el médico y el enfermo, unidos por el reconocimiento del valor trascendente de la vida y del sentido místico del sufrimiento. Esta alianza es la luz para comprender el buen obrar médico, superando la visión individualista y utilitarista hoy predominante.

2. La obligación moral de evitar el ensañamiento terapéutico

El Magisterio de la Iglesia recuerda que, cuando se acerca el término de la existencia terrena, la dignidad de la persona humana se concreta como derecho a morir en la mayor serenidad posible y con la dignidad humana y cristiana que le son debidas.[53] Tutelar la dignidad del morir significa tanto excluir la anticipación de la muerte como el retrasarla con el llamado “ensañamiento terapéutico”.[54] La medicina actual dispone, de hecho, de medios capaces de retrasar artificialmente la muerte, sin que el paciente reciba en tales casos un beneficio real. Ante la inminencia de una muerte inevitable, por lo tanto, es lícito en ciencia y en conciencia tomar la decisión de renunciar a los tratamientos que procurarían solamente una prolongación precaria y penosa de la vida, sin interrumpir todavía los cuidados normales debidos al enfermo en casos similares.[55] Esto significa que no es lícito suspender los cuidados que sean eficaces para sostener las funciones fisiológicas esenciales, mientras que el organismo sea capaz de beneficiarse (ayudas a la hidratación, a la nutrición, a la termorregulación y otras ayudas adecuadas y proporcionadas a la respiración, y otras más, en la medida en que sean necesarias para mantener la homeostasis corpórea y reducir el sufrimiento orgánico y sistémico). La suspensión de toda obstinación irrazonable en la administración de los tratamientos no debe ser una retirada terapéutica. Tal aclaración se hace hoy indispensable a la luz de los numerosos casos judiciales que en los últimos años han llevado a la retirada de los cuidados – y a la muerte anticipada – a pacientes en condiciones críticas, pero no terminales, a los cuales se ha decidido suspender los cuidados de soporte vital, porque no había perspectivas de una mejora en su calidad de vida.

En el caso específico del ensañamiento terapéutico, viene reafirmado que la renuncia a medios extraordinarios y/o desproporcionados «no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante la muerte»[56] o la elección ponderada de evitar la puesta en marcha de un dispositivo médico desproporcionado a los resultados que se podrían esperar. La renuncia a tales tratamientos, que procurarían solamente una prolongación precaria y penosa de la vida, puede también manifestar el respeto a la voluntad del paciente, expresada en las llamadas voluntades anticipadas de tratamiento, excluyendo sin embargo todo acto de naturaleza eutanásica o suicida.[57]

La proporcionalidad, de hecho, se refiere a la totalidad del bien del enfermo. Nunca se puede aplicar el falso discernimiento moral de la elección entre valores (por ejemplo, vida versus calidad de vida); esto podría inducir a excluir de la consideración la salvaguarda de la integridad personal y del bien-vida y el verdadero objeto moral del acto realizado.[58] En efecto, todo acto médico debe tener en el objeto y en las intenciones de quien obra el acompañamiento de la vida y nunca la consecución de la muerte[59]. En todo caso, el médico no es nunca un mero ejecutor de la voluntad del paciente o de su representante legal, conservando el derecho y el deber de sustraerse a la voluntad discordante con el bien moral visto desde la propia conciencia.[60]

3. Los cuidados básicos: el deber de alimentación e hidratación

Principio fundamental e ineludible del acompañamiento del enfermo en condiciones críticas y/o terminales es la continuidad de la asistencia en sus funciones fisiológicas esenciales. En particular, un cuidado básico debido a todo hombre es el de administrar los alimentos y los líquidos necesarios para el mantenimiento de la homeostasis del cuerpo, en la medida en que y hasta cuando esta administración demuestre alcanzar su finalidad propia, que consiste en el procurar la hidratación y la nutrición del paciente.[61]

Cuando la administración de sustancias nutrientes y líquidos fisiológicos no resulte de algún beneficio al paciente, porque su organismo no está en grado de absorberlo o metabolizarlo, la administración viene suspendida. De este modo, no se anticipa ilícitamente la muerte por privación de las ayudas a la hidratación y a la nutrición, esenciales para las funciones vitales, sino que se respeta la evolución natural de la enfermedad crítica o terminal. En caso contrario, la privación de estas ayudas se convierte en una acción injusta y puede ser fuente de gran sufrimiento para quien lo padece. Alimentación e hidratación no constituyen un tratamiento médico en sentido propio, porque no combaten las causas de un proceso patológico activo en el cuerpo del paciente, sino que representan el cuidado debido a la persona del paciente, una atención clínica y humana primaria e ineludible. La obligatoriedad de este cuidado del enfermo a través de una apropiada hidratación y nutrición puede exigir en algunos casos el uso de una vía de administración artificial,[62] con la condición que esta no resulte dañina para el enfermo o provoque sufrimientos inaceptables para el paciente.[63]

4. Los cuidados paliativos

De la continuidad de la asistencia forma parte el constante deber de comprender las necesidades del enfermo: necesidad de asistencia, de alivio del dolor, necesidades emotivas, afectivas y espirituales. Como se ha demostrado por la más amplia experiencia clínica, la medicina paliativa constituye un instrumento precioso e irrenunciable para acompañar al paciente en las fases más dolorosas, penosas, crónicas y terminales de la enfermedad. Los así llamados cuidados paliativos son la expresión más auténtica de la acción humana y cristiana del cuidado, el símbolo tangible del compasivo “estar” junto al que sufre. Estos tienen como objetivo «aliviar los sufrimientos en la fase final de la enfermedad y de asegurar al mismo paciente un adecuado acompañamiento humano”[64] digno, mejorándole – en la medida de lo posible – la calidad de vida y el completo bienestar. La experiencia enseña que la aplicación de los cuidados paliativos disminuye drásticamente el número de personas que piden la eutanasia. Por este motivo, parece útil un compromiso decidido, según las posibilidades económicas, para llevar estos cuidados a quienes tengan necesidad, para aplicarlos no solo en las fases terminales de la vida, sino como perspectiva integral de cuidado en relación a cualquier patología crónica y/o degenerativa, que pueda tener un pronóstico complejo, doloroso e infausto para el paciente y para su familia.[65]

La asistencia espiritual al enfermo, y a sus familiares, forma parte de los cuidados paliativos. Esta infunde confianza y esperanza en Dios al moribundo y a los familiares, ayudándoles a aceptar la muerte del pariente. Es una contribución esencial que compete a los agentes de pastoral y a toda la comunidad cristiana, con el ejemplo del Buen Samaritano, para que al rechazo le siga la aceptación, y sobre la angustia prevalezca la esperanza,[66] sobre todo cuando el sufrimiento se prolonga por la degeneración de la patología, al aproximarse el final. En esta fase, la prescripción de una terapia analgésica eficaz permite al paciente afrontar la enfermedad y la muerte sin miedo a un dolor insoportable. Este remedio estará asociado, necesariamente, a un apoyo fraternal que pueda vencer la sensación de soledad del paciente causada, con frecuencia, por no sentirse suficientemente acompañado y comprendido en su difícil situación.

La técnica no da una respuesta radical al sufrimiento y no se puede pensar que esta pueda llegar a eliminarlo de la vida de los hombres.[67] Una pretensión semejante genera una falsa esperanza, causando una desesperación todavía mayor en el que sufre. La ciencia médica es capaz de conocer cada vez mejor el dolor físico y debe poner en práctica los mejores recursos técnicos para tratarlo; pero el horizonte vital de una enfermedad terminal genera un sufrimiento profundo en el enfermo, que requiere una atención no meramente técnica. Spe salvi facti sumus, en la esperanza, teologal, dirigida hacia Dios, hemos sido salvados, dice San Pablo (Rm 8, 24).

“El vino de la esperanza” es la contribución específica de la fe cristiana en el cuidado del enfermo y hace referencia al modo como Dios vence el mal en el mundo. En el sufrimiento el hombre debe poder experimentar una solidaridad y un amor que asume el sufrimiento ofreciendo un sentido a la vida, que se extiende más allá de la muerte. Todo esto posee una gran relevancia social: «Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado, también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana».[68]

Debe, sin embargo, precisarse que la definición de los cuidados paliativos ha asumido en años recientes una connotación que puede resultar equívoca. En algunos países del mundo, las legislaciones nacionales que regulan los cuidados paliativos (Palliative Care Act) así como las leyes sobre el “final de la vida” (End-of-Life Law), prevén, junto a los cuidados paliativos, la llamada Asistencia Médica a la Muerte (MAiD), que puede incluir la posibilidad de pedir la eutanasia y el suicidio asistido. Estas previsiones legislativas constituyen un motivo de confusión cultural grave, porque hacen creer que la asistencia médica a la muerte voluntaria sea parte integrante de los cuidados paliativos y que, por lo tanto, sea moralmente lícito pedir la eutanasia o el suicidio asistido.

Además, en estos mismos contextos legislativos, las intervenciones paliativas para reducir el sufrimiento de los pacientes graves o moribundos pueden consistir en la administración de fármacos dirigidos a anticipar la muerte o en la suspensión/interrupción de la hidratación y la alimentación, incluso cuando hay un pronóstico de semanas o meses. Sin embargo, estas prácticas equivalen a una acción u omisión directa para procurar la muerte y son por tanto ilícitas. La difusión progresiva de estas leyes, también a través de los protocolos de las sociedades científicas nacionales e internacionales, además de inducir a un número creciente de personas vulnerables a elegir la eutanasia o el suicidio, constituye una irresponsabilidad social frente a tantas personas, que solo tendrían necesidad de ser mejor atendidas y consoladas.

5. El papel de la familia y los hospices

En el cuidado del enfermo terminal es central el papel de la familia.[69] En ella la persona se apoya en relaciones fuertes, viene apreciada por sí misma y no solo por su productividad o por el placer que pueda generar. En el cuidado es esencial que el enfermo no se sienta una carga, sino que tenga la cercanía y el aprecio de sus seres queridos. En esta misión, la familia necesita la ayuda y los medios adecuados. Es necesario, por tanto, que los Estados reconozcan la función social primaria y fundamental de la familia y su papel insustituible, también en este ámbito, destinando los recursos y las estructuras necesarias para ayudarla. Además, el acompañamiento humano y espiritual de la familia es un deber en las estructuras sanitarias de inspiración cristiana; nunca debe descuidarse, porque constituye una única unidad de cuidado con el enfermo.

Junto a la familia, la creación de los hospices, centros y estructuras donde acoger los enfermos terminales, para asegurar el cuidado hasta el último momento, es algo bueno y de gran ayuda. Después de todo, «la respuesta cristiana al misterio del sufrimiento y de la muerte no es una explicación sino una Presencia»[70] que se hace cargo del dolor, lo acompaña y lo abre a una esperanza confiada. Estas estructuras se ponen como ejemplo de humanidad en la sociedad, santuarios del dolor vivido con plenitud de sentido. Por esto deben estar equipadas con personal especializado y medios materiales específicos de cuidado, siempre abiertos a la familia: «A este respecto, pienso en lo bien que funcionan los hospices para los cuidados paliativos, en los que los enfermos terminales son acompañados con un apoyo médico, psicológico y espiritual cualificado, para que puedan vivir con dignidad, confortados por la cercanía de sus seres queridos, la fase final de su vida terrenal. Espero que estos centros continúen siendo lugares donde se practique con compromiso la “terapia de la dignidad”, alimentando así el amor y el respeto por la vida».[71] En estas situaciones, así como en cualquier estructura sanitaria católica, es necesaria la presencia de agentes sanitarios y pastorales preparados no solo bajo el perfil clínico, sino también practicantes de una verdadera vida teologal de fe y esperanza, dirigida hacia Dios, porque esta constituye la forma más elevada de humanización del morir.[72]

6. El acompañamiento y el cuidado en la edad prenatal y pediátrica

En relación al acompañamiento de los neonatos y de los niños afectados de enfermedades crónicas degenerativas incompatibles con la vida, o en las fases terminales de la vida misma, es necesario reafirmar cuanto sigue, siendo conscientes de la necesidad de desarrollar una estrategia operativa capaz de garantizar calidad y bienestar al niño y a su familia.

Desde la concepción, los niños afectados por malformaciones o patologías de cualquier tipo son pequeños pacientes que la medicina hoy es capaz de asistir y acompañar de manera respetuosa con la vida. Su vida es sagrada, única, irrepetible e inviolable, exactamente como aquella de toda persona adulta.

En el caso de las llamadas patologías prenatales “incompatibles con la vida” – es decir que seguramente lo llevaran a la muerte dentro de un breve espacio de tiempo – y en ausencia de tratamientos fetales o neonatales capaces de mejorar las condiciones de salud de estos niños, de ninguna manera son abandonados en el plano asistencial, sino que son acompañados, como cualquier otro paciente, hasta la consecución de la muerte natural; el comfort care perinatal favorece, en este sentido, un proceso asistencial integrado, que, junto al apoyo de los médicos y de los agentes de pastoral sostiene la presencia constante de la familia. El niño es un paciente especial y requiere por parte del acompañante una preparación específica ya sea en términos de conocimiento como de presencia. El acompañamiento empático de un niño en fase terminal, que está entre los más delicados, tiene el objetivo de añadir vida a los años del niño y no años a su vida.

Especialmente, los Hospices Perinatales proporcionan un apoyo esencial a las familias que acogen el nacimiento de un hijo en condiciones de fragilidad. En tales casos, el acompañamiento médico competente y el apoyo de otras familias-testigos, que han pasado por la misma experiencia de dolor y de pérdida, constituyen un recurso esencial, junto al necesario acompañamiento espiritual de estas familias. Es un deber pastoral de los agentes sanitarios de inspiración cristiana trabajar para favorecer la máxima difusión de los mismos en el mundo.

Todo esto se revela especialmente importante en el caso de aquellos niños que, en el estado actual del conocimiento científico, están destinados a morir inmediatamente después del parto o en un corto periodo de tiempo. Cuidar a estos niños ayuda a los padres a elaborar el luto y a concebirlo no solo como una pérdida, sino como una etapa de un camino de amor recorrido junto al hijo.

Desafortunadamente, la cultura hoy dominante no promueve esta perspectiva: a nivel social, el uso a veces obsesivo del diagnóstico prenatal y el afirmarse de una cultura hostil a la discapacidad inducen, con frecuencia, a la elección del aborto, llegando a configurarlo como una práctica de “prevención”. Este consiste en la eliminación deliberada de una vida humana inocente y como tal nunca es lícito. Por lo tanto, el uso del diagnóstico prenatal con una finalidad selectiva es contrario a la dignidad de la persona y gravemente ilícito porque es expresión de una mentalidad eugenésica. En otros casos, después del nacimiento, la misma cultura lleva a suspender, o no iniciar, los cuidados al niño apenas nacido, por la presencia o incluso solo por la posibilidad que desarrolle en el futuro una discapacidad. También esta perspectiva, de matriz utilitarista, no puede ser aprobada. Un procedimiento semejante, además de inhumano, es gravemente ilícito desde el punto de vista moral.

Un principio fundamental de la asistencia pediátrica es que el niño en la fase final de la vida tiene el derecho al respeto y al cuidado de su persona, evitando tanto el ensañamiento terapéutico y la obstinación irrazonable como toda anticipación intencional de su muerte. En la perspectiva cristiana, el cuidado pastoral de un niño enfermo terminal reclama la participación a la vida divina en el Bautismo y la Confirmación.

En la fase terminal del recorrido de una enfermedad incurable, incluso si se suspenden las terapias farmacológicas o de otra naturaleza destinadas a luchar contra la patología que sufre el niño, porque no son apropiadas a su deteriorada condición clínica y son consideradas por los médicos como fútiles o excesivamente gravosas para él, en cuanto causa de un mayor sufrimiento, no deben reducirse los cuidados integrales del pequeño enfermo, en sus diversas dimensiones fisiológica, psicológica, afectivo-relacional y espiritual. Cuidar no significa solo poner en práctica una terapia o curar; así como interrumpir una terapia, cuando esta ya no beneficia al niño incurable, no implica suspender los cuidados eficaces para sostener las funciones fisiológicas esenciales para la vida del pequeño paciente, mientras su organismo sea capaz de beneficiarse (ayuda a la hidratación, a la nutrición, a la termorregulación y todavía otras, en la medida en que estas se requieran para sostener la homeostasis corporal y reducir el sufrimiento orgánico y sistémico). La abstención de toda obstinación terapéutica, en la administración de los tratamientos juzgados ineficaces, no debe ser una retirada terapéutica en los cuidados, sino que debe mantener abierto el camino de acompañamiento a la muerte. Se debe considerar, también, que las intervenciones rutinarias, como la ayuda a la respiración, se administren de manera indolora y proporcionada, personalizando sobre el paciente el tipo de ayuda adecuada, para evitar que la justa preocupación por la vida contraste con la imposición injusta de un dolor evitable.

En este contexto, la evaluación y la gestión del dolor físico del neonato y del niño son esenciales para respetarlo y acompañarlo en las fases más estresantes de la enfermedad. Los cuidados personalizados y delicados, que hoy en día se llevan a cabo en la asistencia clínica pediátrica, acompañados por la presencia de los padres, hacen posible una gestión integrada y más eficaz de cualquier intervención asistencial.

El mantenimiento del vínculo afectivo entre los padres y el hijo es parte integrante del proceso de cuidado. La relación de cuidado y de acompañamiento padre-niño viene favorecida con todos los instrumentos necesarios y constituye la parte fundamental del cuidado, también para las enfermedades incurables y las situaciones de evolución terminal. Además del contacto afectivo, no se debe olvidar el momento espiritual. La oración de las personas cercanas, por la intención del niño enfermo, tiene un valor sobrenatural que sobrepasa y profundiza la relación afectiva.

El concepto ético/jurídico del “mejor interés del niño” – hoy utilizado para efectuar la evaluación costes-beneficios de los cuidados que se lleven a cabo – de ninguna manera puede constituir el fundamento para decidir abreviar su vida con el objetivo de evitarle sufrimientos, con acciones u omisiones que por su naturaleza o en la intención se puedan configurar como eutanásicas. Como se ha dicho, la suspensión de terapias desproporcionadas no puede conducir a la supresión de aquellos cuidados básicos necesarios para acompañarlo a una muerte digna, incluidas aquellas para aliviar el dolor, y tampoco a la suspensión de aquella atención espiritual que se ofrece a quienes pronto se encontrarán con Dios.

7. Terapias analgésicas y supresión de la conciencia

Algunos cuidados especializados requieren, por parte de los agentes sanitarios, una atención y competencias específicas para llevar a cabo la mejor práctica médica, desde el punto de vista ético, siempre conscientes de acercarse a las personas en su situación concreta de dolor.

Para disminuir los dolores del enfermo, la terapia analgésica utiliza fármacos que pueden causar la supresión de la conciencia (sedación). Un profundo sentido religioso puede permitir al paciente vivir el dolor como un ofrecimiento especial a Dios, en la óptica de la Redención;[73] sin embargo, la Iglesia afirma la licitud de la sedación como parte de los cuidados que se ofrecen al paciente, de tal manera que el final de la vida acontezca con la máxima paz posible y en las mejores condiciones interiores. Esto es verdad también en el caso de tratamientos que anticipan el momento de la muerte (sedación paliativa profunda en fase terminal),[74] siempre, en la medida de lo posible, con el consentimiento informado del paciente. Desde el punto de vista pastoral, es bueno cuidar la preparación espiritual del enfermo para que llegue conscientemente tanto a la muerte como al encuentro con Dios.[75] El uso de los analgésicos es, por tanto, una parte de los cuidados del paciente, pero cualquier administración que cause directa e intencionalmente la muerte es una práctica eutanásica y es inaceptable.[76] La sedación debe por tanto excluir, como su objetivo directo, la intención de matar, incluso si con ella es posible un condicionamiento a la muerte en todo caso inevitable.[77]

Se necesita aquí una aclaración en relación al contexto pediátrico: en el caso del niño incapaz de entender, como por ejemplo un neonato, no se debe cometer el error de suponer que el niño podrá soportar el dolor y aceptarlo, cuando existen sistemas para aliviarlo. Por eso, es un deber médico trabajar para reducir al máximo posible el sufrimiento del niño, de tal manera que pueda alcanzar la muerte natural en paz y pudiendo percibir lo mejor posible la presencia amorosa de los médicos y, sobre todo, de la familia.

8. El estado vegetativo y el estado de mínima consciencia

Otras situaciones relevantes son la del enfermo con falta persistente de consciencia, el llamado “estado vegetativo”, y la del enfermo en estado “de mínima consciencia”. Es siempre engañoso pensar que el estado vegetativo, y el estado de mínima consciencia, en sujetos que respiran autónomamente, sean un signo de que el enfermo haya cesado de ser persona humana con toda la dignidad que le es propia.[78] Al contrario, en estos estados de máxima debilidad, debe ser reconocido en su valor y asistido con los cuidados adecuados. El hecho que el enfermo pueda permanecer por años en esta dolorosa situación sin una esperanza clara de recuperación implica, sin ninguna duda, un sufrimiento para aquellos que lo cuidan.

Puede ser útil recordar lo que nunca se puede perder de vista en relación con semejante situación dolorosa. Es decir, el paciente en estos estados tiene derecho a la alimentación y a la hidratación; alimentación e hidratación por vías artificiales son, en línea de principio, medidas ordinarias; en algunos casos, tales medidas pueden llegar a ser desproporcionadas, o porque su administración no es eficaz, o porque los medios para administrarlas crean una carga excesiva y provocan efectos negativos que sobrepasan los beneficios.

En la óptica de estos principios, el compromiso del agente sanitario no puede limitarse al paciente sino que debe extenderse también a la familia o a quien es responsable del cuidado del paciente, para quienes se debe prever también un oportuno acompañamiento pastoral. Por lo tanto, es necesario prever una ayuda adecuada a los familiares para llevar el peso prolongado de la asistencia al enfermo en estos estados, asegurándoles aquella cercanía que los ayude a no desanimarse y, sobre todo, a no ver como única solución la interrupción de los cuidados. Hay que estar adecuadamente preparados, y también es necesario que los miembros de la familia sean ayudados debidamente.

9. La objeción de conciencia por parte de los agentes sanitarios y de las instituciones sanitarias católicas

Ante las leyes que legitiman –bajo cualquier forma de asistencia médica– la eutanasia o el suicidio asistido, se debe negar siempre cualquier cooperación formal o material inmediata. Estas situaciones constituyen un ámbito específico para el testimonio cristiano, en las cuales «es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 29). No existe el derecho al suicidio ni a la eutanasia: el derecho existe para tutelar la vida y la coexistencia entre los hombres, no para causar la muerte. Por tanto, nunca le es lícito a nadie colaborar con semejantes acciones inmorales o dar a entender que se pueda ser cómplice con palabras, obras u omisiones. El único verdadero derecho es aquel del enfermo a ser acompañado y cuidado con humanidad. Solo así se custodia su dignidad hasta la llegada de la muerte natural. «Ningún agente sanitario, por tanto, puede erigirse en tutor ejecutivo de un derecho inexistente, aun cuando la eutanasia fuese solicitada con plena conciencia por el sujeto interesado».[79]

A este respecto, los principios generales referidos a la cooperación al mal, es decir a acciones ilícitas, son reafirmados: «Los cristianos, como todos los hombres de buena voluntad, están llamados, por un grave deber de conciencia, a no prestar su colaboración formal a aquellas prácticas que, aun permitidas por la legislación civil, se oponen a la Ley de Dios. En efecto, desde el punto de vista moral, nunca es lícito cooperar formalmente con el mal. Esta cooperación se produce cuando la acción realizada, o por su misma naturaleza o por la configuración que asume en un contexto concreto, se califica como colaboración directa en un acto contra la vida humana inocente o como participación en la intención moral del agente principal. Esta cooperación nunca puede justificarse invocando el respeto a la libertad de los demás, ni apoyarse en el hecho de que la ley civil la prevea y exija. En efecto, los actos que cada cual realiza personalmente tienen una responsabilidad moral, a la que nadie puede nunca substraerse y sobre la que todos y cada uno serán juzgados por Dios mismo (cfr. Rm 2, 6; 14, 12)».[80]

Es necesario que los Estados reconozcan la objeción de conciencia en ámbito médico y sanitario, en el respeto a los principios de la ley moral natural, y especialmente donde el servicio a la vida interpela cotidianamente la conciencia humana.[81]Donde esta no esté reconocida, se puede llegar a la situación de deber desobedecer a la ley, para no añadir injusticia a la injusticia, condicionando la conciencia de las personas. Los agentes sanitarios no deben vacilar en pedirla como derecho propio y como contribución específica al bien común.

Igualmente, las instituciones sanitarias deben superar las fuertes presiones económicas que a veces les inducen a aceptar la práctica de la eutanasia. Y donde la dificultad para encontrar los medios necesarios hiciese gravoso el trabajo de las instituciones públicas, toda la sociedad está llamada a un aumento de responsabilidad de tal manera que los enfermos incurables no sean abandonados a su suerte o a los únicos recursos de sus familiares. Todo esto requiere una toma de posición clara y unitaria por parte de las Conferencias Episcopales, las Iglesias locales, así como de las comunidades y de las instituciones católicas para tutelar el propio derecho a la objeción de conciencia en los contextos legislativos que prevén la eutanasia y el suicidio.

Las instituciones sanitarias católicas constituyen un signo concreto del modo con el que la comunidad eclesial, tras el ejemplo del Buen Samaritano, se hace cargo de los enfermos. El mandamiento de Jesús, “cuidad a los enfermos” (Lc 10, 9), encuentra su concreta actuación no solo imponiendo sobre ellos las manos, sino también recogiéndolos de la calle, asistiéndolos en sus propias casas y creando estructuras especiales de acogida y de hospitalidad. Fiel al mandamiento del Señor, la Iglesia ha creado, a lo largo de los siglos varias estructuras de acogida, donde la atención médica encuentra una específica declinación en la dimensión del servicio integral a la persona enferma.

Las instituciones sanitarias “católicas” están llamadas a ser fieles testigos de la irrenunciable atención ética por el respeto a los valores fundamentales y a aquellos cristianos constitutivos de su identidad, mediante la abstención de comportamientos de evidente ilicitud moral y la declarada y formal obediencia a las enseñanzas del Magisterio eclesial. Cualquier otra acción, que no corresponda a la finalidad y a los valores a los cuales las instituciones católicas se inspiran, no es éticamente aceptable y, por tanto, perjudica la atribución de la calificación de “católica”, a la misma institución sanitaria.

En este sentido, no es éticamente admisible una colaboración institucional con otras estructuras hospitalarias hacia las que orientar y dirigir a las personas que piden la eutanasia. Semejantes elecciones no pueden ser moralmente admitidas ni apoyadas en su realización concreta, aunque sean legalmente posibles. De hecho, las leyes que aprueban la eutanasia «no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia. Desde los orígenes de la Iglesia, la predicación apostólica ha inculcado a los cristianos el deber de obedecer a las autoridades públicas legítimamente constituidas (cfr. Rm 13, 1-7, 1 P 2, 13-14), pero al mismo tiempo ha enseñado firmemente que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29)».[82]

El derecho a la objeción de conciencia no debe hacernos olvidar que los cristianos no rechazan estas leyes en virtud de una concepción religiosa privada, sino de un derecho fundamental e inviolable de toda persona, esencial para el bien común de toda la sociedad. Se trata, de hecho, de leyes contrarias al derecho natural en cuanto que minan los fundamentos mismos de la dignidad humana y de una convivencia basada en la justicia.

10. El acompañamiento pastoral y el apoyo de los sacramentos

El momento de la muerte es un paso decisivo del hombre en su encuentro con Dios Salvador. La Iglesia está llamada a acompañar espiritualmente a los fieles en esta situación, ofreciéndoles los “recursos sanadores” de la oración y los sacramentos. Ayudar al cristiano a vivirlo en un contexto de acompañamiento espiritual es un acto supremo de caridad. Simplemente porque «ningún creyente debería morir en la soledad y en el abandono»,[83] es necesario crear en torno al enfermo una sólida plataforma de relaciones humanas y humanizadoras que lo acompañen y lo abran a la esperanza.

La parábola del Buen Samaritano indica cual debe ser la relación con el prójimo que sufre, que actitudes hay que evitar – indiferencia, apatía, prejuicio, miedo a mancharse las manos, encerrarse en sus propias preocupaciones – y cuales hay que poner en práctica – atención, escucha, comprensión, compasión, discreción.

La invitación a la imitación, «Ve y haz también tú lo mismo» (Lc 10, 37), es una llamada a no subestimar todo el potencial humano de presencia, de disponibilidad, de acogida, de discernimiento, de implicación, que la proximidad hacia quien está en una situación de necesidad exige y que es esencial en el cuidado integral de la persona enferma.

La calidad del amor y del cuidado de las personas en las situaciones críticas y terminales de la vida contribuye a alejar de ellas el terrible y extremo deseo de poner fin a la propia vida. Solo un contexto de calor humano y de fraternidad evangélica es capaz de abrir un horizonte positivo y de sostener al enfermo en la esperanza y en un confiado abandono.

Este acompañamiento forma parte de la ruta definida por los cuidados paliativos y debe incluir al paciente y a su familia.

La familia, desde siempre, ha tenido un papel importante en el cuidado, cuya presencia, apoyo, afecto, constituyen para el enfermo un factor terapéutico esencial. Ella, de hecho, recuerda el Papa Francisco, «ha sido siempre el “hospital” más cercano. Aún hoy, en muchas partes del mundo, el hospital es un privilegio para pocos, y a menudo está distante. Son la mamá, el papá, los hermanos, las hermanas, las abuelas quienes garantizan las atenciones y ayudan a sanar».[84]

El hacerse cargo del otro o el hacerse cargo de los sufrimientos de otros es una tarea que implica no solo a algunos, sino que abraza la responsabilidad de todos, de toda la comunidad cristiana. San Pablo afirma que, cuando un miembro sufre, todo el cuerpo está sufriendo (cfr. 1 Cor 12, 26) y todo entero se inclina sobre el miembro enfermo para darle alivio. Cada uno, por su parte, está llamado a ser “siervo del consuelo” frente a las situaciones humanas de desolación y desánimo.

El acompañamiento pastoral reclama el ejercicio de las virtudes humanas y cristianas de la empatía (en-pathos), de la compasión (cum-passio), del hacerse cargo del sufrimiento del enfermo compartiéndolo, y del consuelo (cum-solacium), del entrar en la soledad del otro para hacerle sentirse amado, acogido, acompañado, apoyado.

El ministerio de la escucha y del consuelo que el sacerdote está llamado a ofrecer, haciéndose signo de la solicitud compasiva de Cristo y de la Iglesia, puede y debe tener un papel decisivo. En esta importante misión es extremadamente importante testimoniar y conjugar aquella verdad y caridad con las que la mirada del Buen Pastor no deja de acompañar a todos sus hijos. Dada la importancia de la figura del sacerdote en el acompañamiento humano, pastoral y espiritual de los enfermos en las fases terminales de la vida, es necesario que en su camino de formación esté prevista una preparación actualizada y orientada en este sentido. También es importante que sean formados en este acompañamiento cristiano los médicos y los agentes sanitarios, porque pueden darse circunstancias específicas que hacen muy difícil una adecuada presencia de los sacerdotes a la cabecera del enfermo terminal.

Ser hombres y mujeres expertos en humanidad significa favorecer, a través de las actitudes con las que se cuida del prójimo que sufre, el encuentro con el Señor de la vida, el único capaz de verter, de manera eficaz, sobre las heridas humanas el aceite del consuelo y el vino de la esperanza.

Todo hombre tiene el derecho natural de ser atendido en esta hora suprema según las expresiones de la religión que profesa.

El momento sacramental es siempre el culmen de toda la tarea pastoral de cuidado que lo precede y fuente de todo lo que sigue.

La Iglesia llama sacramentos «de curación»[85] a la Penitencia y a la Unción de los enfermos, que culminan en la Eucaristía como “viático” para la vida eterna.[86] Mediante la cercanía de la Iglesia, el enfermo vive la cercanía de Cristo que lo acompaña en el camino hacia la casa del Padre (cfr. Jn 14, 6) y lo ayuda a no caer en la desesperación,[87] sosteniéndolo en la esperanza, sobre todo cuando el camino se hace más penoso.[88]

11. El discernimiento pastoral hacia quien pide la eutanasia o el suicidio asistido

Un caso del todo especial en el que hoy es necesario reafirmar la enseñanza de la Iglesia es el acompañamiento pastoral de quien ha pedido expresamente la eutanasia o el suicidio asistido. Respecto al sacramento de la Reconciliación, el confesor debe asegurarse que haya contrición, la cual es necesaria para la validez de la absolución, y que consiste en el «dolor del alma y detestación del pecado cometido, con propósito de no pecar en adelante».[89] En nuestro caso nos encontramos ante una persona que, más allá de sus disposiciones subjetivas, ha realizado la elección de un acto gravemente inmoral y persevera en él libremente. Se trata de una manifiesta no-disposición para la recepción de los sacramentos de la Penitencia,[90] con la absolución, y de la Unción,[91] así como del Viático.[92] Podrá recibir tales sacramentos en el momento en el que su disposición a cumplir los pasos concretos permita al ministro concluir que el penitente ha modificado su decisión. Esto implica también que una persona que se haya registrado en una asociación para recibir la eutanasia o el suicidio asistido debe mostrar el propósito de anular tal inscripción, antes de recibir los sacramentos. Se recuerda que la necesidad de posponer la absolución no implica un juicio sobre la imputabilidad de la culpa, porque la responsabilidad personal podría estar disminuida o incluso no existir.[93] En el caso en el que el paciente estuviese desprovisto de conciencia, el sacerdote podría administrar los sacramentos sub condicione si se puede presumir el arrepentimiento a partir de cualquier signo dado con anterioridad por la persona enferma.

Esta posición de la Iglesia no es un signo de falta de acogida al enfermo. De hecho, debe ser el ofrecimiento de una ayuda y de una escucha siempre posible, siempre concedida, junto a una explicación profunda del contenido del sacramento, con el fin de dar a la persona, hasta el último momento, los instrumentos para poder escogerlo y desearlo. La Iglesia está atenta a escrutar los signos de conversión suficientes, para que los fieles puedan pedir razonablemente la recepción de los sacramentos. Se recuerda que posponer la absolución es también un acto medicinal de la Iglesia, dirigido, no a condenar al pecador, sino a persuadirlo y acompañarlo hacia la conversión.

También en el caso en el que una persona no se encuentre en las disposiciones objetivas para recibir los sacramentos, es necesaria una cercanía que invite siempre a la conversión. Sobre todo si la eutanasia, pedida o aceptada, no se lleva a cabo en un breve periodo de tiempo. Se tendrá entonces la posibilidad de un acompañamiento para hacer renacer la esperanza y modificar la elección errónea, y que el enfermo se abra al acceso a los sacramentos.

Sin embargo, no es admisible por parte de aquellos que asisten espiritualmente a estos enfermos ningún gesto exterior que pueda ser interpretado como una aprobación de la acción eutanásica, como por ejemplo el estar presentes en el instante de su realización. Esta presencia solo puede interpretarse como complicidad. Este principio se refiere de manera particular, pero no solo, a los capellanes de las estructuras sanitarias donde puede practicarse la eutanasia, que no deben dar escándalo mostrándose de algún modo cómplices de la supresión de una vida humana.

12. La reforma del sistema educativo y la formación de los agentes sanitarios

En el contexto social y cultural actual, tan denso en desafíos en relación con la tutela de la vida humana en las fases más críticas de la existencia, el papel de la educación es ineludible. La familia, la escuela, las demás instituciones educativas y las comunidades parroquiales deben trabajar con perseverancia para despertar y madurar aquella sensibilidad hacia el prójimo y su sufrimiento, de la que se ha convertido en símbolo la figura evangélica del Samaritano.[94]

A las capellanías hospitalarias se les pide ampliar la formación espiritual y moral de los agentes sanitarios, incluidos médicos y personal de enfermería, así como de los grupos de voluntariado hospitalario, para que sepan dar la atención humana y espiritual necesaria en las fases terminales de la vida. El cuidado psicológico y espiritual del paciente durante toda la evolución de la enfermedad debe ser una prioridad para los agentes pastorales y sanitarios, teniendo cuidado de poner en el centro al paciente y a su familia.

Los cuidados paliativos deben difundirse en el mundo y es obligatorio preparar, para tal fin, los cursos universitarios para la formación especializada de los agentes sanitarios. También es prioritaria la difusión de una correcta y meticulosa información sobre la eficacia de los auténticos cuidados paliativos para un acompañamiento digno de la persona hasta la muerte natural. Las instituciones sanitarias de inspiración cristiana deben preparar protocolos para sus agentes sanitarios que incluyan una apropiada asistencia psicológica, moral y espiritual como componente esencial de los cuidados paliativos.

La asistencia humana y espiritual debe volver a entrar en los recorridos formativos académicos de todos los agentes sanitarios y en las prácticas hospitalarias.

Además de todo esto, las estructuras sanitarias y asistenciales deben preparar modelos de asistencia psicológica y espiritual para los agentes sanitarios que tienen a su cargo los pacientes en las fases terminales de la vida humana. Hacerse cargo de quienes cuidan es esencial para evitar que sobre los agentes y los médicos recaiga todo el peso (burn out) del sufrimiento y de la muerte de los pacientes incurables. Estos tienen necesidad de apoyo y de momentos de discusión y de escucha adecuados para poder procesar no solo valores y emociones, sino también el sentido de la angustia, del sufrimiento y de la muerte en el ámbito de su servicio a la vida. Tienen que poder percibir el sentido profundo de la esperanza y la conciencia que su misión es una verdadera vocación a apoyar y acompañar el misterio de la vida y de la gracia en las fases dolorosas y terminales de la existencia.[95]

Conclusión

El misterio de la Redención del hombre está enraizado de una manera sorprendente en el compromiso amoroso de Dios con el sufrimiento humano. Por eso podemos fiarnos de Dios y trasmitir esta certeza en la fe al hombre sufriente y asustado por el dolor y la muerte.

El testimonio cristiano muestra como la esperanza es siempre posible, también en el interior de la cultura del descarte. «La elocuencia de la parábola del buen Samaritano, como también la de todo el Evangelio, es concretamente esta: el hombre debe sentirse llamado personalmente a testimoniar el amor en el sufrimiento».[96]

La Iglesia aprende del Buen Samaritano el cuidado del enfermo terminal y obedece así el mandamiento unido al don de la vida: «¡respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana!».[97] El evangelio de la vida es un evangelio de la compasión y de la misericordia dirigido al hombre concreto, débil y pecador, para levantarlo, mantenerlo en la vida de la gracia y, si es posible, curarlo de toda posible herida.

No basta, sin embargo, compartir el dolor, es necesario sumergirse en los frutos del Misterio Pascual de Cristo para vencer el pecado y el mal, con la voluntad de «desterrar la miseria ajena como si fuese propia».[98] Sin embargo, la miseria más grande es la falta de esperanza ante la muerte. Esta es la esperanza anunciada por el testimonio cristiano que, para ser eficaz, debe ser vivida en la fe implicando a todos, familiares, enfermeros, médicos, y la pastoral de las diócesis y de los hospitales católicos, llamados a vivir con fidelidad el deber de acompañar a los enfermos en todas las fases de la enfermedad, y en particular, en las fases críticas y terminales de la vida, así como se ha definido en el presente documento.

El Buen Samaritano, que pone en el centro de su corazón el rostro del hermano en dificultad, sabe ver su necesidad, le ofrece todo el bien necesario para levantarlo de la herida de la desolación y abrir en su corazón hendiduras luminosas de esperanza.

El “querer el bien” del Samaritano, que se hace prójimo del hombre herido no con palabras ni con la lengua, sino con los hechos y en la verdad (cfr. 1 Jn 3, 18), toma la forma de cuidado, con el ejemplo de Cristo que pasó haciendo el bien y sanando a todos (cfr. Hch 10, 38).

Curados por Jesús, nos transformamos en hombres y mujeres llamados a anunciar su potencia sanadora, a amar y a hacernos cargo del prójimo como él nos ha enseñado.

Esta vocación al amor y al cuidado del otro,[99] que lleva consigo ganancias de eternidad, se anuncia de manera explícita por el Señor de la vida en esta paráfrasis del juicio final: recibid en heredad el reino, porque estaba enfermo y me habéis visitado. ¿Cuándo, Señor? Todas las veces que habéis hecho esto con un hermano vuestro más pequeño, a un hermano vuestro que sufre, lo habéis hecho conmigo (cfr. Mt 25, 31-46).

El Sumo Pontífice Francisco, en fecha 25 de junio de 2020 ha aprobado esta Carta, decidida en la Sesión Plenaria de esta Congregación el 29 de enero de 2020, y ha ordenado su publicación.

Dada en Roma, desde la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 14 de julio de 2020, memoria litúrgica de san Camilo de Lelis.

Luis F. Card. Ladaria, S.I.

Prefecto

Giacomo Morandi

Arzobispo Titular de Cerveteri

Secretario

*Fuente oficial del documento


[1] Misal Romano reformado por mandato del Concilio Ecuménico Vaticano II, promulgado por la autoridad del papa Pablo VI, revisado por el papa Juan Pablo II, Conferencia Episcopal Española, Madrid 2017, Prefacio común VIII, p. 515.

[2] Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, Ed. Salterrae, Maliaño (Cantabria – España) 2017, n. 6.

[3] Benedicto XVI, Carta Enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), n. 22: AAS 99 (2007), 1004: «Si el progreso técnico no se corresponde con un progreso en la formación ética del hombre, con el crecimiento del hombre interior (cfr. Ef 3, 16; 2 Cor 4, 16), no es un progreso sino una amenaza para el hombre y para el mundo».

[4] Cfr. Francisco, Discurso a la Asociación Italiana contra las leucemias-linfomas y mielomas (AIL) (2 marzo 2019): L’Osservatore Romano, 3 marzo 2019, 7.

[5] Francisco, Exhort. Ap. Amoris laetitia (19 marzo2016), n. 3: AAS 108 (2016), 312.

[6] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Past. Gaudium et spes (7 diciembre 1965), n. 10: AAS 58 (1966), 1032-1033.

[7] Cfr. Juan Pablo II, Carta Ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), n. 4: AAS 76 (1984), 203.

[8] Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 144.

[9] Francisco, Mensaje para la XLVIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales (24 enero 2014): AAS 106 (2014), 114.

[10] Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 87: AAS 87 (1995), 500.

[11] Cfr. Juan Pablo II, Carta Enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), n. 37: AAS 83 (1991), 840.

[12] Juan Pablo II, Carta Enc. Veritatis splendor (6 agosto 1993), n. 50; AAS 85 (1993), 1173.

[13] Juan Pablo II, Discurso a los participantes al Congreso Internacional sobre “Los tratamientos de soporte vital y estado vegetativo. Progresos científicos y dilemas éticos” (20 marzo 2004), n. 7: AAS 96 (2004), 489.

[14] Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Placuit Deo (22 febrero 2018), n. 6: AAS 110 (2018), 430.

[15] Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 9.

[16] Cfr. Pablo VI, Mensaje en la última sesión pública del Concilio (7 diciembre 1965): AAS 58 (1966), 55-56.

[17] Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 9.

[18] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Placuit Deo (22 febrero 2018), n. 12: AAS 110 (2018), 433-434.

[19] Francisco, Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe (30 enero 2020): L’Osservatore Romano, 31 enero 2020, 7.

[20] Benedicto XVI, Carta Enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), n. 31: AAS 98 (2006), 245.

[21] Benedicto XVI, Carta Enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), n. 76: AAS 101 (2009), 707.

[22] Cfr. Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 49: AAS 87 (1995), 455: «El sentido más verdadero y profundo de la vida: ser un don que se realiza al darse».

[23] Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Dei Verbum (8 noviembre 1965), n. 2: AAS 58 (1966), 818.

[24] Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 34: AAS 87 (1995), 438.

[25] Cfr. Declaración conjunta de las Religiones Monoteístas Abrahámicas sobre las cuestiones del final de la vida, Ciudad del Vaticano, 28 octubre 2019: «Nos oponemos a cualquier forma de eutanasia -que es el acto directo, deliberado e intencional de quitar la vida - así como al suicidio médicamente asistido - que es el apoyo directo, deliberado e intencional para suicidarse porque contradicen fundamentalmente el valor inalienable de la vida humana y, por lo tanto, son inherente y consecuentemente erróneos desde el punto de vista moral y religioso, y deben ser prohibidos sin excepciones».

[26] Cfr. Francisco, Discurso al Congreso de la Asociación de Médicos Católicos Italianos en el 70 aniversario de su fundación (15 noviembre 2014): AAS 106 (2014), 976.

[27] Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 1; Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Dignitas personae (8 septiembre 2008), n. 8: AAS 100 (2008), 863.

[28] Francisco, Carta Enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), n. 65: AAS 107 (2015), 873.

[29] Con. Ecum. Vat. II, Const. Past. Gaudium et spes (7 diciembre 1965), n. 27: AAS 58 (1966), 1047-1048.

[30] Francisco, Discurso al Congreso de la Asociación de Médicos Católicos Italianos en el 70 aniversario de su fundación (15 noviembre 2014): AAS 106 (2014), 976.

[31] Cfr. Francisco, Discurso a la Federación Nacional de las Ordenes de Médicos Cirujanos y de los Odontólogos (20 septiembre 2019): L’Osservatore Romano, 21 septiembre 2019, 8: «Son formas apresuradas de tratar opciones que no son, como podría parecer, una expresión de la libertad de la persona, cuando incluyen el descarte del enfermo como una posibilidad, o la falsa compasión frente a la petición de que se le ayude a anticipar la muerte».

[32] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Placuit Deo (22 febrero 2018), n. 3: AAS 110 (2018), 428-429; cfr.Francisco, Carta Enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), n.162: AAS 107 (2015), 912.

[33] Benedicto XVI, Carta Enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), n. 53: AAS 101 (2009), 688: «Una de las pobrezas más hondas que el hombre puede experimentar es la soledad. Ciertamente, también las otras pobrezas, incluidas las materiales, nacen del aislamiento, del no ser amados o de la dificultad de amar».

[34] Cfr. Francisco, Exhort. Ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), n. 53: AAS 105 (2013), 1042; se puede ver también: Id., Discurso a la delegación del Instituto “Dignitatis Humanae” (7 diciembre 2013): AAS 106 (2014) 14-15; Id., Encuentro con los ancianos (28 septiembre 2014): AAS 106 (2014), 759-760.

[35] Cfr. Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 12: AAS 87 (1995), 414.

[36] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), II: AAS 72 (1980), 546.

[37] Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 65: AAS 87 (1995), 475; cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), II: AAS 72 (1980), 546.

[38] Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 65: AAS 87 (1995), 477. Es una doctrina propuesta de modo definitivo en la cual la Iglesia compromete su infalibilidad: cfr. Congragación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal ilustrativa de la fórmula conclusiva de la Professio fidei (29 junio 1998), n. 11: AAS 90 (1998), 550.

[39] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), II: AAS 72 (1980), 546.

[40] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2286.

[41] Cfr. ibidem, nn. 1735 y 2282.

[42] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), II: AAS 72 (1980), 546.

[43] Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 169.

[44] Cfr. ibidem, n. 170.

[45] Cfr. Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 72: AAS 87 (1995), 484-485.

[46] Francisco, Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe (30 enero 2020): L’Osservatore Romano, 31 enero 2020, 7.

[47] Juan Pablo II, Carta Enc. Veritatis splendor (6 agosto 1993), n. 15; AAS 85 (1993), 1145.

[48] Cfr. Benedicto XVI, Carta Enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), nn. 36-37: AAS 99 (2007), 1014-1016.

[49] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), II: AAS 72 (1980), 546.

[50] Juan Pablo II, Carta Ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), n. 5: AAS 76 (1984), 204.

[51] Cfr. Benedicto XVI, Carta. Enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), n. 38: AAS 99 (2007), 1016.

[52] Cfr. Juan Pablo II, Carta Ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), n. 29: AAS 76 (1984), 244: «No puede el hombre “prójimo” pasar con desinterés ante el sufrimiento ajeno, en nombre de la fundamental solidaridad humana; y mucho menos en nombre del amor al prójimo. Debe “pararse”, “conmoverse”, actuando como el Samaritano de la parábola evangélica. La parábola en sí expresa una verdad profundamente cristiana, pero a la vez tan universalmente humana».

[53] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), IV: AAS 72 (1980), 549-551.

[54] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2278; Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Carta de los Agentes sanitarios, Ciudad del Vaticano, 1995, n. 119; Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 65: AAS 87 (1995), 475; Francisco, Mensaje a los participantes en la reunión de la región europea de la Asociación Médica Mundial (7 noviembre 2017): «Y si sabemos que no siempre se puede garantizar la curación de la enfermedad, a la persona que vive debemos y podemos cuidarla siempre: sin acortar su vida nosotros mismos, pero también sin ensañarnos inútilmente contra su muerte»; Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 149.

[55] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2278; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), IV: AAS 72 (1980), 550-551; Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 65: AAS 87 (1995), 475; Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 150.

[56] Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 65: AAS 87 (1995), 476.

[57] Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 150.

[58] Cfr. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en un encuentro de estudio sobre la procreación responsable (5 junio 1987), n.1: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, X/2 (1987), 1962: «Hablar de “conflicto de valores o bienes” y de la consiguiente necesidad de llevar a cabo como una especie de “equilibrio” de los mismos, eligiendo uno y rechazando el otro, no es moralmente correcto».

[59] Cfr. Juan Pablo II, Discurso a la Asociación de Médicos Católicos Italianos (28 diciembre 1978): Insegnamenti di Giovanni Paolo II, I (1978), 438.

[60] Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 150.

[61] Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Respuesta a algunas preguntas de la Conferencia Episcopal Estadounidense acerca de la alimentación y la hidratación artificiales (1 agosto 2007): AAS 99 (2007), 820.

[62] Cfr. ibidem.

[63] Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 152: «La alimentación y la hidratación, aun artificialmente administradas, son parte de los tratamientos normales que siempre han de proporcionarse al moribundo, cuando no resulten demasiados gravosos o de ningún beneficio para él. Su indebida suspensión significa verdadera y propia eutanasia. “Suministrar alimento y agua, incluso por vía artificial, es, en principio, un medio ordinario y proporcionado para la conservación de la vida. Por lo tanto, es obligatorio en la medida y mientras se demuestre que cumple su propia finalidad, que consiste en procurar la hidratación y la nutrición del paciente. De este modo se evitan el sufrimiento y la muerte derivados de la inanición y la deshidratación”».

[64] Francisco, Discurso a la plenaria de la Pontificia Academia para la Vida (5 marzo 2015): AAS 107 (2015), 274, citando a: Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 65: AAS 87 (1995), 476. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2279.

[65] Cfr. [65] Francisco, Discurso a la Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida (5 marzo 2015): AAS 107 (2015), 275.

[66] Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 147.

[67] Cfr. Juan Pablo II, Carta Ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), n. 2: AAS 76 (1984), 202: «El sufrimiento parece pertenecer a la trascendencia del hombre; es uno de esos puntos en los que el hombre está en cierto sentido “destinado” a superarse a sí mismo, y de manera misteriosa es llamado a hacerlo».

[68] Benedicto XVI, Carta. Enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), n. 38: AAS 99 (2007), 1016.

[69] Cfr. Francisco, Exhort. Ap. Amoris laetitia (19 marzo 2016), n. 48: AAS 108 (2016), 330.

[70] C. Saunders, Velad conmigo. Inspiración para una vida en cuidados paliativos. Ed. Obra Social de la Caixa, 2011, p. 56.

[71] Francisco, Discurso a los participantes a la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe (30 enero 20202): L’Osservatore Romano, 31 enero 2020, 7.

[72] Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 148.

[73] Cfr. Pio XII, Allocutio. Trois questions religieuses et morales concernant l’analgésie (24 febrero 1957): AAS 49 (1957) 134-136; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), III: AAS 72 (1980), 547; Juan Pablo II, Carta Ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), n. 19: AAS 76 (1984), 226.

[74] Cfr. Pio XII, Allocutio. Iis qui interfuerunt Conventui internationali. Romae habito, a «Collegio Internationali Neuro-Psycho-Pharmacologico » indicto (9 septiembre 1958): AAS 50 (1958), 694; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), III: AAS 72 (1980), 548; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2779; Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 155: «Se da, además, la posibilidad de provocar con los analgésicos y los narcóticos la supresión de la conciencia del moribundo. Este uso merece una consideración particular. En presencia de dolores insoportables, resistentes a las terapias analgésicas habituales, en proximidad del momento de la muerte o en la previsión fundada de una crisis particular en ese momento, una seria indicación clínica puede conllevar, con el consentimiento del enfermo, el suministro de fármacos que suprimen la conciencia. Esta sedación paliativa profunda en la fase terminal, clínicamente fundamentada, puede ser moralmente aceptable siempre que se realice con el consenso del enfermo, se informe a los familiares, se excluya toda intencionalidad eutanásica y el enfermo haya podido satisfacer sus deberes morales, familiares y religiosos: “acercándose a la muerte, los hombres deben estar en condiciones de poder cumplir sus obligaciones morales y familiares y, sobre todo, deben poder prepararse con plena conciencia para el encuentro definitivo con Dios”. Por consiguiente, “no es lícito privar al moribundo de la conciencia propia sin grave motivo”».

[75] Cfr. Pio XII, Allocutio. Trois questions religieuses et morales concernant l’analgésie (24 febrero 1957): AAS 49 (1957) 145; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), III: AAS 72 (1980), 548; Juan Pablo II,Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 65: AAS 87 (1995), 476.

[76] Cfr. Francisco, Discurso al Congreso de la Asociación de Médicos Católicos Italianos en el 70 aniversario de su fundación (15 noviembre 2014): AAS 106 (2014), 978.

[77] Pio XII, Allocutio. Trois questions religieuses et morales concernant l’analgésie (24 febrero 1957): AAS 49 (1957) 146; Id., Allocutio. Iis qui interfuerunt Conventui internationali. Romae habito, a «Collegio Internationali Neuro-Psycho-Pharmacologico» indicto (9 septiembre 1958): AAS 50 (1958), 695; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), III: AAS 72 (1980), 548; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2779; Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 65: AAS 87 (1995), 476; Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 154.

[78] Cfr. Juan Pablo II, Discurso a los participantes al Congreso Internacional sobre «Los tratamientos de soporte vital y estado vegetativo. Progresos científicos y dilemas éticos» (20 marzo 2004), n. 3: AAS 96 (2004), 487: «Un hombre, aunque esté gravemente enfermo o se halle impedido en el ejercicio de sus funciones más elevadas, es y será siempre un hombre; jamás se convertirá en un “vegetal” o en un “animal”».

[79] Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 151.

[80] Ibidem, n. 151; cfr. Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 74: AAS 87 (1995), 487.

[81] Cfr. Francisco, Discurso al Congreso de la Asociación de Médicos Católicos Italianos en el 70 aniversario de su fundación (15 noviembre 2014): AAS 106 (2014), 977.

[82] Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 73 AAS 87 (1995), 486.

[83] Benedicto XVI, Discurso a los participantes al Congreso de la Pontificia Academia para la Vida sobre el tema “Junto al enfermo incurable y al moribundo: orientaciones éticas y operativas” (25 febrero 2008): AAS 100 (2008), 171.

[84] Francisco, Audiencia General (10 junio 2015): L’Osservatore Romano, 11 junio 2015, 8.

[85] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1420.

[86] Cfr. Rituale Romanum ex decreto Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani II instaruratum auctoritate Pauli PP. VI promulgatum, Ordo unctionis infirmorum eorumque pastoralis curae, Editio typica, Praenotanda, Typis Polyglotis Vaticanis, Civitate Vaticana 1972, n. 26; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1524.

[87] Francisco, Carta Enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), n. 235: AAS 107 (2015), 939.

[88] Cfr. Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 67: AAS 87 (1995), 478-479.

[89] Concilio de Trento, Ses. XIV, De sacramento penitentiae, cap. 4: DH 1676.

[90] Cfr. CIC, can. 987.

[91] Cfr. CIC, can. 1007: «No se dé la unción de los enfermos a quienes persisten obstinadamente en un pecado grave manifiesto».

[92] Cfr. CIC, can. 915 y can. 843 § 1.

[93] Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 1980), II: AAS 72 (1980), 546.

[94] Cfr. Juan Pablo II, Carta Ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), n. 29: AAS 76 (1984), 244-246.

[95] Cfr. Francisco, Discurso a los presidentes de los Colegios de Médicos de España e Hispanoamérica (9 junio 2016): AAS108 (2016), 727-728. «La fragilidad el dolor y la enfermedad son una dura prueba para todos, también para el personal médico, son un llamado a la paciencia, al padecer-con; por ello no se puede ceder a la tentación funcionalista de aplicar soluciones rápidas y drásticas, movidos por una falsa compasión o por meros criterios de eficacia y ahorro económico. Está en juego la dignidad de la vida humana; está en juego la dignidad de la vocación médica».

[96] Juan Pablo II, Carta Ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), n. 29: AAS 76 (1984), 246.

[97] Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 5: AAS 87 (1995), 407.

[98] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 21, a. 3.

[99] Cfr. Benedicto XVI, Carta. Enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), n. 39: AAS 99 (2007), 1016: «Sufrir con el otro, por los otros; sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo».

“Influencers vulnerables” para afrontar los desafíos del mundo

Abrazar los grandes retos, haciéndolos asumibles gracias las historias de mujeres brújula, que -con sus limitaciones- son un ejemplo para todos.

REVISTA DE PRENSA16/10/2020

Rome Reports Secretaria central del Opus Dei publica libro sobre mujeres vulnerables pero inspiradoras

Hay mujeres sencillas. Pocos las conocen y no aparecen en las portadas de los periódicos. Pero son mujeres reales, de carne y hueso y que tienen mucho que decir sobre los retos del siglo XXI.

A Tiziana casi la echan del banco donde trabajaba por quedarse embarazada por segunda vez. Ella consiguió cambiar la mentalidad de sus jefes gracias a pequeños gestos, paciencia, mucho trabajo... y después de sufrir mucho en silencio.

Mirar la vida con optimismo

Isabel Sánchez cuenta ésta y otras 79 historias en su libro “Mujeres Brújula en un bosque de retos”. Allí narra cómo algunas mujeres cambiaron la dinámica de entornos hostiles o contrarios. Una guía que ayuda a mirar la vida con optimismo.

Isabel Sánchez, autora de “Mujeres Brújula en un bosque de retos”:
“Lo que veo es que necesitamos amar al mundo apasionadamente, abrazar esos retos que todos tenemos, que pueden sonar muy grandes y hay que “hacerlos pequeños”, hay que meterlos en la sala de estar de nuestra casa. ¿Y quién nos lo mete, quién nos da una orientación? Pues historias verdaderas. Mujeres brújulas pero de carne y hueso que nos dicen sobre este reto grande yo tuve esta historia y reaccioné así”.

Isabel Sánchez recoge historias de superación, de audacia pero también de perdón. Es el caso de una mujer que logró perdonar a su marido tras abandonarla durante años con cinco hijos. O la historia de Anna, de Sídney, a quien le dieron la peor noticia posible. Anna tuvo que encajar el golpe y afrontar la última etapa de su vida con valentía. Tenía tres hijos.

Medicina contra el mito de la autosuficiencia

Isabel Sánchez eligió contar historias de mujeres ejemplares pero corrientes; de personas frágiles que no abrazan la cultura de la queja y ofrecen soluciones a los retos del mundo de hoy. Serían las “influencers vulnerables”. Dice que son la medicina contra el mito de creerse autosuficientes y la base para crear un mundo solidario.

Isabel Sánchez, autora de “Mujeres Brújula en un bosque de retos”: "Para eso necesitamos aceptar nuestras propias limitaciones, nuestros propios defectos, y aceptar los de los demás. Me parece que eso es ser solidarios. Acogernos como somos. Me parece que se nos educa en una cultura de la imagen en la que queremos corregir continuamente las imperfecciones, que no se noten, taparlas, que no se vean, y eso al final nos hace ansiosos”.

Isabel Sánchez ha podido recoger estas historias gracias a sus viajes en más de 50 países. Ella dirige el consejo de mujeres que asesora al prelado del Opus Dei y su trabajo le ha llevado por todo el mundo para conocer cómo las mujeres de esta institución han implantado su carisma de santidad en lo ordinario en cada país.

 

 

GANAR EN LA PRÓRROGA EL PARTIDO DE “LA BUENA MUERTE” (eu-thanatos): UN INIMAGINABLE BIEN SOCIAL

Dos noticias recientes avocan a acometer este propósito con urgencia. El 10 de septiembre el pleno del Congreso de los Diputados rechazó las enmiendas a la totalidad de PP y Vox a la proposición de Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia (LORE). El 22 de septiembre el Vaticano presentó la carta Samaritanus Bonus (El Buen Samaritano; puedes descargarla en: https://opusdei.org/es-es/article/samaritanus-bonus-eutanasia-cuidados-paliativos/), un documento sobre el cuidado de personas en las fases críticas y terminales de la vida.

La tramitación de la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia (LORE) fue aprobada el 12 de febrero del 2020. La crisis del COVID-19 ha retrasado los plazos, ya que el Gobierno deseaba sacar la ley en junio. Va con demora, pero a menos que se produzca un “milagro” la aprobación es cuestión de pocos meses. Por tanto, estamos ante una emergencia que no puede dejarnos indiferentes. Ninguna persona con espíritu cristiano o, al menos, con un mínimo de conciencia social, puede quedarse en banquillo. Esta prórroga del partido de “la buena muerte” (eso significa eutanasia en griego) hemos de jugarla… y ganarla por el bien de nuestro país y del mundo. En Portugal se ha aprobado a trámite proyectos similares al mismo tiempo que en España. Y la presión mediática y política en otros países es cada vez más fuerte.

La charla pretende tres objetivos: dar a conocer el documento del Vaticano para motivar una posterior lectura personal; establecer un diálogo con aquellos que están a favor de legislar sobre la eutanasia para reflexionar juntos sobre un asunto clave para el futuro de la humanidad; presentar la solución que la ciencia médica actual ofrece: los cuidados paliativos.

Sin olvidar que no estamos solos, Dios está con nosotros. Confiemos en su divina Misericordia, que pone límites al mal que provocamos y es fuente segura de nuestra esperanza. Acudamos a María, madre de la Misericordia y de la Esperanza, pidiéndole que interceda ante Jesús para que nos conceda esta gracia, que venza la cultura de la vida frente a la de la muerte. Octubre es el mes del Rosario. “No hay problema por más difícil que sea: sea temporal y, sobre todo, espiritual; sea que se refiera a la vida personal de cada uno de nosotros o a la vida de nuestras familias, del mundo o comunidades religiosas, o a la vida de los pueblos y naciones; no hay problema, repito, por más difícil que sea, que no podamos resolver ahora con el rezo del Santo Rosario” (palabras de Sor Lucia, vidente de Fátima). Con esta confianza lo rezamos.

Tres observaciones previas

Actualmente está legalizada la eutanasia y el suicidio asistido en Holanda (2001), Bélgica (2002), Luxemburgo (2009), Colombia (2015) y Canadá (2016). Además, el suicidio asistido está legalizado en Suiza, Alemania, Japón, en algunos estados de EE. UU. (Oregón, Whashington, Vermont, Colorado, Montana y California) y en uno de Australia (Victoria). Tenemos referencias valiosas sobre lo qué ha pasado en esos países. Sería una pena no conocerlos, o peor aún, esconderlos. Ese caso manifestaría una intención torticera, que dañaría el debate. No tratamos solo de ideas y teorías, ya que disponemos de historias reales que han sido contadas como aviso a navegantes. Se dice que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Pues va a ser que sí…

En el debate, se presenta a los partidos de “izquierda” como los defensores de la eutanasia; aunque no siempre es así: el partido Comunista luso ha votado en contra y defiende la alternativa de los cuidados paliativos; se acusa a la Iglesia de bestia negra por negar el derecho individual de elegir cómo morir y cuándo. Lo dicho no extraña. Lo que llama la atención es el hecho que se silencie el rechazo mayoritario de los profesionales de la medicina. En la declaración aprobada en la 70ª Asamblea General de la World Medical Association (Tbilisi, Georgia) en octubre 2019, se recoge: “la eutanasia, es decir, el acto deliberado de poner fin a la vida de un paciente, aunque sea por voluntad propia o a petición de sus familiares, es contraria a la ética”. La asociación más grande de EE. UU., la American Medical Association, reiteró en junio de 2019 la oposición de los médicos a la eutanasia, “imposible de controlar y un riesgo para la sociedad”. Es lo que las encuestas en ese país ponen de manifiesto. Y entre los médicos, los más reacios son los especialistas en cuidados paliativos y los oncólogos, aquellos que más presencian la muerte de sus pacientes y más peticiones de eutanasia reciben. También la Organización Mundial de la Salud (OMS) postula que “con el desarrollo de métodos modernos de tratamiento paliativo, no es necesaria la legalización de la eutanasia”.

Y la tercera observación es sobre lo que dicen las encuestas. El desconocimiento del público sobre estos temas es grande. Según se formule la pregunta, la respuesta podrá verse comprometida. Supongamos que la pregunta es: <Si fuese un enfermo terminal, ¿preferiría recibir tratamiento para eliminar el dolor o que un médico diese fin a su vida?>. ¿Cuántos desearían la eutanasia?

¿Cómo enfrentarse al sufrimiento insoportable?

“Cada año unas 4,5 millones de personas mueren en Europa con un gran sufrimiento derivado de la enfermedad, de los cuales 140.000 son niños” (según el Atlas de Cuidados Paliativos en Europa 2019, del ‘Programa ATLANTES’ del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra). Es una verdad incuestionable: hay enfermos que sufren tanto que desean la muerte. Y aunque no lo digan, ¿es piadoso dejarles sufrir sin poner remedio, no hacer todo lo posible para librarles de ello? Los movimientos pro-eutanasia han mostrado algunas de estas emotivas historias de personas sufrientes, que ocupaban las portadas de los medios, para conmover la conciencia social y abrir camino a su causa. Es bueno y necesario conmoverse ante el sufrimiento: “El sufrimiento no tiene ideología” (María Luisa Carcedo, ponente socialista de la LORE). En eso estamos de acuerdo, también la Iglesia: “No es una opción posible vivir indiferentes ante el dolor, no podemos dejar que nadie quede “a un costado de la vida”. Esto nos debe indignar, hasta hacernos bajar de nuestra serenidad para alterarnos por el sufrimiento humano. Eso es dignidad” (Francisco enc. Fratelli tutti n. 68). Y es un progreso de la humanidad investigar medidas que atenúen el sufrimiento lo más posible, liberando al enfermo de esa desesperación suicida. ¿Se ha llegado a alguna solución médica eficaz?

La única alternativa: los cuidados paliativos

Cicely Saunders fue la pionera de esta práctica médica, cuando fundó el St Christopher’s Hospice en Londres, en 1967, con el objetivo de enfrentarse al sufrimiento “total” del enfermo terminal o crónico. La medicina paliativa es el “cuidado total activo de los pacientes cuya enfermedad no responde a tratamiento curativo. El control del dolor y de otros síntomas y de problemas psicológicos, sociales y espirituales es primordial” (OMS). Esa atención incluye al enfermo, a sus familiares y cuidadores. E implica un equipo interdisciplinario, integrado por médicos, psicólogos, enfermeras, asistentes sociales, terapeutas ocupacionales y representantes de la pastoral, y voluntarios, especializados en estos enfermos. En estas cinco décadas de desarrollo, ha quedado probada su eficacia en más de 100 países. Para presentarlos, acudo al Dr. Marcos Gómez Sancho, referencia mundial de la medicina paliativa, ex presidente de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (entrevista de marzo 2018, puedes verla en: https://odresnuevos.es/2020/02/24/paliativos-salvados/). Son 10 minutos, intensos, que aportan luz clara al debate. La medicina paliativa es eficaz. Aliviar el dolor con los medicamentos disponibles es “hasta cierto punto sencillo”, lo “más difícil” es combatir el deterioro físico, el cansancio, la carga emocional, todos los síntomas que provocan malestar y el componente existencial, tanto de los pacientes como de sus familiares, declara el Dr. Carlos Centeno (director de Medicina Paliativa de la Clínica Universidad de Navarra). Los estudios registran que menos del 1% de los enfermos que son tratados en unidades de paliativos persisten en solicitar morir. Es el caso de Ester, con 55 años y un cáncer incurable. “Solamente sé que la desesperación era absoluta. Yo en ese momento si la eutanasia hubiese existido hubiese pedido que me matasen. Pedía cuchillas, pastillas, de todo, porque yo no podía vivir, no es que no quisiese, porque yo soy una persona vital que quiere vivir hasta el último momento, es que era imposible vivir con ese dolor”. El control de su dolor, el apoyo de su familia y los cuidados integrales que recibe a diario en el Hospital de cuidados Laguna (Madrid) le han devuelto la esperanza y todo porque, según explica a COPE, “cuando te cuidan adecuadamente te das cuenta de que tú no querías en realidad morir, lo que querías, es no sufrir” (Una historia relatada por Carmen Labayen en COPE: https://opusdei.org/es-es/article/cuidados-paliativos-hospital-laguna-cope/).

¿Qué pasa en nuestro país? Según “el Atlas de Cuidados Paliativos en Europa 2019”, España ocupa el 7º lugar de los 51 países estudiados por cifra total de unidades de servicios paliativos. Pero por la ratio por población (0,6 por 100.000 habitantes), bajamos al puesto 31 (la media europea está en 0,8; estamos al mismo nivel que naciones con menor PIB per cápita como Rumanía, Letonia o la República Checa, y por debajo de Portugal, Croacia, Eslovenia o Bulgaria). “Nos hemos estancado en los últimos ocho años mientras los países de nuestro entorno han ido progresando y en algunas comunidades incluso hay menos servicios que antes”, advierte Dr. Centeno. Cada año mueren alrededor de 80.000 españoles sin acceder a cuidados paliativos. Esta es una realidad sangrante. Es comprensible que algunos en su desesperación pidan morir. Pero matar al que sufre, no es una solución médica, sino mitigar su sufrimiento. Ni retrasar ni adelantar artificialmente la muerte, sino acompañar para bien morir. Para matar no se necesita ciencia, para aliviar los síntomas, sí. La medicina paliativa es la única solución, científica y humanizada, de una sociedad civilizada del siglo XXI. Lo progresista, lo que necesitamos, es que el Estado dedique recursos y personas a desarrollar una red de paliativos que progresivamente cubra las necesidades del país. Una demanda razonable, que no admite retraso, porque cada año serán más los enfermos desatendidos.

La eutanasia, ¿realmente es un progreso?

Remontémonos a la Antigua Grecia, al siglo IV a.C., Hipócrates (427-347 a.C.), para muchos el padre de la medicina, convirtió la medicina en una profesión, basada en los estudios clínicos. A él se debe el juramento hipocrático, al que sus alumnos se comprometían al comienzo de su instrucción. En el texto, que nos ha llegado por Galeno, griego que ejerció la medicina en Roma en el siglo II, se recoge: “estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa según mis facultades y a mi entender, evitando todo mal y toda injusticia. No accederé a pretensiones que busquen la administración de venenos, pesarios abortivos ni sugeriré a nadie cosa semejante. Pasaré mi vida y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza…”. Esta práctica médica fue un gran progreso para la humanidad. En esa misma época, Platón (427-347 a.C.) recomendaba a los gobernantes: “establecerás en el estado una disciplina y una jurisprudencia que se limite a cuidar de los ciudadanos sanos de cuerpo y alma; se dejará morir a quienes no sean sanos de cuerpo” (La República III). Como vemos, con Hipócrates la práctica médica fue contracorriente, comprometiéndose a no provocar la muerte intencionalmente ni bajo ningún supuesto. Con la expansión del cristianismo se reforzó, obedeciendo al mandato divino de “No matarás al inocente” (Éxodo 23, 7) revelado a Moisés, y al mandamiento nuevo de la caridad promulgado por Cristo.

La 2ª Asamblea General de la Asociación Médica Mundial en 1948, en Ginebra (Suiza), a raíz de los horrores de los crímenes médicos cometidos en la Alemania Nazi, revisó y actualizó el juramento hipocrático. ¿Por qué ahora se quiere orillar? ¿Por qué deshumanizar la medicina, el arte de curar, si es posible, y siempre de cuidar? Además, la eutanasia trae un frenazo al progreso del estudio médico, no solo de la medicina paliativa, a la que suplanta, sino de diversas enfermedades ligadas a la ancianidad, a la degeneración cerebral, etc. Justo lo que necesita nuestro tiempo, en que la esperanza de vida crece (en España: 80,87 hombres, 86,22 mujeres). Christopher de Bellaigue, enviado de The Guardian a Holanda, en un extenso artículo (18.01.2019) explicaba que la eutanasia es un servicio sanitario básico cubierto por la prima mensual que cada ciudadano paga a su aseguradora. Y se ha convertido en un negocio muy lucrativo. Las compañías de seguros pagan 3.000 € por una inyección letal, “evidentemente, prefieren pagar una cifra una tantum por matar a alguien, y no gastar una enorme cantidad de dinero en mantenerla, necesitada e improductiva, viva en una residencia”. ¿Para qué invertir en investigación si la eutanasia ofrece una “solución” más rápida, barata y definitiva al problema del sufrimiento?

Dos efectos perversos de la eutanasia: un golpe de gracia a la confianza del enfermo en el sistema sanitario y a la vocación médica

El respeto al juramento hipocrático, manifiesta la vocación del médico: “en el momento de ser admitido entre los miembros de la profesión médica, me comprometo solemnemente a consagrar mi vida al servicio de la humanidad (…) Desempeñaré mi arte con conciencia y dignidad. La salud y la vida del enfermo serán las primeras de mis preocupaciones (…) Tendré absoluto respeto por la vida humana. Aun bajo amenazas, no admitiré utilizar mis conocimientos médicos contra las leyes de la humanidad” (versión de 1948). Este compromiso pertenece a la misma esencia de la Medicina y ha afianzado la confianza del enfermo durante siglos. La eutanasia lo traiciona; no aplica remedios ni para sanar ni para cuidar, sino para acabar con el problema y con quien lo padece. Alegar que la eutanasia no es un acto médico no parece una conclusión arriesgada.

La congregación religiosa de los Hermanos de la Caridad (fundada en Gante en 1807 por el sacerdote Petrus Jozef Triest) fue pionera de la atención a los enfermos mentales en Bélgica. Ante la situación penosa de estos enfermos en los manicomios, en 1815 comenzó a abrir hospitales para ellos. Hoy tiene 15 hospitales, donde aporta el 60% de las camas psiquiátricas de Bélgica. En 2017, el consejo de administración de la entidad gestora aprobó aplicar la eutanasia. El detonante fue una multa impuesta a una residencia de ancianos católica en Flandes por haber rehusado la eutanasia a un residente de 74 años, enfermo de cáncer. A raíz de esta decisión, la autoridad central de la congregación de los Hermanos de la Caridad investigó, se manifestó en contra y reclamó al consejo que revocara la decisión. Este se negó. Stockman, Superior General, refiere lo que le sucedió en un viaje a Bélgica poco antes. “Vinieron a verme enfermeros con mensajes de pacientes que preguntaban si seguían estando seguros en nuestros centros” (ref Aceprensa 11.05.20). Es un ejemplo entre muchos de lo que está sucediendo en Holanda y Bélgica. Los enfermos no se fían del sistema sanitario ni de los médicos; de hecho, en Alemania, en la frontera con estos países, han proliferado hospitales geriátricos. Por algo será…

La eutanasia se vuelve contra el médico que la práctica. Ponte en su lugar, ¿no te verías afectado emocional y psicológicamente? Por otra, se constata una realidad: cuando se cruza esa línea roja, algo se rompe en el interior de la persona, se descalcifica su humanidad. No es una opinión, basta asomarse a la realidad. Lo hizo Hebert Hendin (catedrático de psiquiatría en el New York Medical Collegue y director médico de Suicide Prevention International; encontramos su “estancia” en Holanda en su libro “Seducidos por la muerte” (Planeta)). Escribía: “Casi la cuarta parte de los médicos admiten haber acabado con la vida de enfermos que no les habían dado su consentimiento, lo que, al menos en teoría, es ilegal en Holanda como en cualquier otra parte” (página 28). Se basaba en el informe Remmelink (fiscal general del Tribunal Supremo holandés), publicado en 1991 (en los ochenta fue despenalizada la eutanasia pág 79). Por desgracia, este porcentaje ha crecido y se acerca al 50%. En Bélgica, están en similar situación, como mostró un informe del Canadian Medical Association Journal: 120 enfermeras belgas de 248 encuestadas (48%) admitieron haber aplicado la eutanasia sin petición del paciente.

La legalización, un riesgo para los más vulnerables y conformadora de una sociedad insolidaria

Pensemos en las personas que podrían pedir la eutanasia en un estado en el que está legalizada. Uno de los padres de la eutanasia en Holanda, Boudewijn Chabot, psiquiatra y profesor (en 1991 fue procesado por asistir el suicidio de una mujer de 50 años completamente sana que decía sufrir “angustia existencial” tras haber perdido a dos hijos, uno por suicidio y otro por cáncer) nos situa. En el diario NRC Handelsblad (Junio.2016) manifestaba: “estoy preocupado por la velocidad a la que se lleva a cabo la eutanasia en pacientes psiquiátricos y con demencia”. Da el dato: “de 12 dementes en 2009 a 141 en 2016, y en pacientes psiquiátricos crónicos, de 0 a 60”. E incluso cuenta algún caso de personas dementes que no quieren morir y que son drogados y sedados por médicos y sus familiares. No son solo pacientes con dolores insufribles y sin remedio, en fase terminal, basta sufrir de un modo subjetivamente “insoportable” de cualquier malestar, por ejemplo, una fuerte depresión; no son solo mayores de edad, ahora se ha ampliado a los niños. El denominador común es la vulnerabilidad. Los más débiles, a menos que cuenten con recursos para tratarse fuera del país o con una familia que vele por ellos, están en riesgo.

¿Qué tipo de sociedad conforma? Willem Lemmens, profesor de Filosofía y Ética Moderna de la Universidad de Amberes (Bélgica) nos orienta. En una entrevista en el portal Crux en 2016, aseguraba que el clima moral en Bélgica ha cambiado drásticamente. Tras su legalización en el 2002, la visión de la eutanasia como un “derecho fundamental” y de la muerte como una “solución terapéutica” han adquirido más aceptación entre la gente. “La eutanasia es sacralizada, por así decirlo, y cada crítica es considerada inhumana, inmoral”, señala. Recuerda que “los psiquiatras a menudo son presionados para “otorgar” la eutanasia, a veces incluso por la familia del paciente”. Poco a poco, junto al derecho a “disponer de uno mismo” se cuela el derecho a “disponer del otro”. Carine Brochier, directora del Instituto Europeo de Bioética, subraya cómo la legalización de la eutanasia ha terminado por normalizarla hasta suprimir la inicial oposición a la ley: Bélgica no quiere abolir la eutanasia, a la que ya nadie se opone, ni siquiera el partido democristiano; es una demostración del enorme impacto de la legalización sobre la mentalidad de la sociedad. La cultura del descarte adquiere carta de ciudadanía, cada vez más insolidaria con el que sufre. Por otra, admitir la muerte como un proyecto vital disminuye el nivel de tolerancia al sufrimiento, a depender de cuidados y a la vulnerabilidad.

Esa mentalidad eutanásica transmite un mensaje social muy peligroso a los pacientes más graves y dependientes: <no solo tienes derecho a morir, si lo pides voluntaria y deliberadamente, sino que tienes el deber moral de morir>. Es una coacción normalmente silenciosa, a veces expresada, que erosiona la esperanza del paciente y acentúa la consideración de carga inútil para la familia y la sociedad. Si a ese sufrimiento del alma, se une el del cuerpo por el momento de la enfermedad y, además, la atención médica y asistencial es regular o descuidada, y las circunstancias familiares precarias, tenemos un coctel perfecto para inducir al paciente a solicitar el final de la vida. Los más vulnerables, los que sentirán más la presión, son los de menores recursos económicos, los abandonados de sus familias y los discapacitados. En 2013, Taro Aso, de 72 años, ministro de Finanzas y viceprimer ministro de Japón, sugirió que las autoridades deberían dejar que los ancianos de más de 60 años “se den prisa y se mueran” sin que el Estado pague el tratamiento de los que se encuentran en estado terminal; son una carga innecesaria para las finanzas de Japón. Aseguró que si padeciera una enfermedad mortal, rechazaría los cuidados públicos. “Me despertaría sintiéndome cada vez peor sabiendo que todo está siendo pagado por el Gobierno”, dijo en una reunión del Consejo Nacional sobre la reforma de la Seguridad Social. Sus palabras causaron gran revuelo en el país más envejecido del mundo. Casi un 25% (en España, 7º en el ranking, es el 22,7%) de los 128 millones de japoneses es mayor de 60 años (en los próximos 50 años podrían alcanzar el 40%). El suicidio demográfico genera un desequilibrio poblacional y un futuro incierto de las cuentas…

La eutanasia legal, una pendiente resbaladiza

Es un hecho que los promotores de la eutanasia legal en nuevos países niegan. La Ley se aprueba con condicionantes muy restrictivos, presuntamente para dar solución a casos extremos especialmente dramáticos. Con el paso del tiempo, algunos no se cumplen y no pasa nada. En Holanda, pe. era deber del médico consultar a otro colega especialista antes de tomar la decisión de la eutanasia como último recurso, y tenía que notificarlo oficialmente. Actualmente, alrededor de la mitad de los casos no se notifican, y en gran parte está causado por la omisión de la segunda opinión. Estos abusos llevan a rebajar las condiciones con sucesivas ampliaciones legales. Y así, la eutanasia acaba establecida como opción normal para casos de pacientes que desean morir, aunque no sean incurables en estado terminal; es admitida su aplicación a enfermos que sufren sufrimientos psíquicos o morales, no solo físicos; hay casos de enfermos inconscientes o dementes incapaces de dar su autorización; y, por último, en menores de edad. El Dr. Manuel Martínez-Sellés (catedrático y presidente del Colegio de Médicos de Madrid) describe esa deriva, que sucesivamente rompe límites “infranqueables” de la ley de eutanasia en Holanda (ref. su libro Eutanasia ed Rialp páginas 27-28).

Si abres la ventana y hay viento, la apertura aumenta, más aún si la ventana está deteriorada. La eutanasia legal contribuye a acentuar el problema. Theo Boer (teólogo protestante y bioeticista) apoyó la ley de la eutanasia en Holanda. Su experiencia en un Comité Regional de Revisión entre 2005 y 2014 le hizo cambiar de opinión: “he formado parte de la Comisión para la Eutanasia en Holanda y os digo: no cometáis nuestro error. La muerte asistida puede empujar a otros a pedirla. El solo hecho de ofrecer la eutanasia crea su demanda”. Al rebufo de la ampliación holandesa a menores mayores de 12 años, Bélgica abrió el debate en el 2013; lo facilitó el resultado de un sondeo: el 75% de la población lo apoyaba. Se aprobó en noviembre de ese año. Esta vez, no se fijaba una edad mínima, sino que se incluía la noción de “capacidad de discernimiento” del menor. Ahora es Holanda la que está deliberando romper la barrera de los 12 años…

En España tal vez no ocurra este deslizamiento, sencillamente porque al paso que vamos no será necesario. Eso es lo que se desprende de las enmiendas que, tanto PSOE y Podemos presentaron el miércoles 14 de octubre en el Congreso a su propia proposición de la LORE. La mayoría de sus propuestas para modificar el actual articulado de la norma están encaminadas a acelerar los procesos, rebajar los requisitos y ampliar todo lo posible la cobertura de lo que han denominado «prestación de ayuda a morir». Veremos en qué termina.

El argumento que no admite replica: el derecho a una muerte digna

Todos estamos de acuerdo que cualquier persona tiene derecho a una muerte digna, serena, en paz; con una atención médica adecuada que le permita unas condiciones, tanto de dolor físico como de sufrimiento moral, lo más llevaderas posibles, acompañada por sus seres queridos y no abandonada, confortada espiritualmente respetando su libertad de conciencia. La pandemia ha negado muchos de estos cuidados a los que han muerto en estos meses, y ha supuesto un enorme drama. Una muerte digna pertenece al derecho a la vida: nacer, vivir y morir acordes a nuestra dignidad de seres humanos. Esa dignidad es independiente de la calidad de vida. Y muchas veces se olvida. En caso contrario, despojaríamos de su dignidad y valor a personas que padecen graves limitaciones o duros sufrimientos psicofísicos, o bien su calidad de vida se deteriora por edad o enfermedad.

Por desgracia, algunas antropologías afirman que no todos los seres humanos son persona, pe. los retrasados mentales graves y quienes están en coma sin esperanza constituyen ejemplos de no-personas humanas; no son autoconscientes, racionales y capaces de concebir la posibilidad de reprobar y alabar, dicen. Por otra, se ha extendido en nuestra sociedad hedonista, individualista y utilitarista, la idea de que la vida no merece ser vivida en determinadas condiciones. En este punto, es importante recordar que la calidad de vida es un término subjetivo. Hay personas con gravísimas limitaciones que son felices, que tienen una actitud esperanzada y positiva de su situación y son un ejemplo de dignidad humana.

Admitir que existe un derecho a elegir cómo y cuándo morir es otra cuestión. El 30 de septiembre, el Comité de Bioética de España (CBE) deliberó y aprobó, por unanimidad y sin votos particulares, un informe en que rechaza los fundamentos de la LORE. Advirtió que no es válida, porque “existen sólidas razones sanitarias, éticas, legales, económicas y sociales para rechazar la transformación de la eutanasia en un derecho subjetivo y en una prestación pública” (informe en https://cope-cdnmed.agilecontent.com/resources/pdf/9/9/1602226331599.pdf).

Los promotores de la eutanasia magnifican el principio de autonomía. Decidir morir es un derecho del enfermo y un ejercicio valiente de libertad, dicen. La mayoría de aquellos que piden morir, lo hacen movidos por estar pasando por una situación muy penosa, al menos así lo piensan y sienten; están a merced de la depresión y de la desesperación… por el cansancio causado por una larga enfermedad crónica, por agravarse una discapacidad muy limitante, por sufrir una fuerte depresión (hasta un 42% de los pacientes terminales pueden padecer depresión), por estar dominado por el miedo ante el futuro de su enfermedad incurable… En cualquier caso, su libertad está disminuida, su capacidad de comprensión, raciocinio y juicio está debilitada, y su autonomía es deficitaria, precisamente por lo mismo que les lleva a rumiar que su existencia propiamente no se puede decir que sea humana. La merma en la autonomía de estos pacientes se manifiesta en la frecuencia con que fluctúan en su intención suicida y cambian su disposición según varíen sus circunstancias vitales por un adecuado o deficiente tratamiento o por cómo sea cuidado, según sea su impresión de haberse convertido en una carga para los demás, según sea la actitud del médico, según sean las reacciones de las personas cercanas, familiares y amigos; por eso es tan importante rodearles de afecto y cariño, de reconocimiento de su dignidad, de compresión y compañía. Concluyendo, por ser más débiles y vulnerables, deben ser protegidos de manera especial. Y ahí juega un papel decisivo la medicina paliativa. A esta persona dirige Cicely Saunders, la fundadora de los cuidados paliativos, estas palabras: “por muy difícil que sea la situación vamos a estar cerca de ti, porque tú nos importas, porque eres tú y no estamos aquí para ayudarte a morir, estamos aquí para ayudarte a vivir hasta que mueras”.

La carta “Samaritanus Bonus”, un documento sobresaliente

He dejado esta presentación para el final y he omitido citarlo en la exposición con el fin de dejar claro que resistirse a la eutanasia no incumbe solo a creyentes. Indudablemente el planteamiento cristiano sobre la eutanasia refuerza todo lo que se ha expuesto. Por eso animo a leer esta carta, que califico de documento sobresaliente. Es fruto de un trabajo serio de la Congregación para la Doctrina de la Fe. El Prefecto, el cardenal Luis Ladaria, explicó en la presentación que, en la plenaria de la Congregación de 2018, concluyeron la necesidad de elaborar un documento sobre el final de la vida. Han profundizado, en particular, en los temas de la atención de los enfermos desde un punto de vista teológico y antropológico, centrándose también en algunas cuestiones éticas relacionadas con la proporcionalidad de las terapias y con la objeción de conciencia, y el acompañamiento de los enfermos terminales.

Sus aportaciones, a partir de la parábola del Buen Samaritano (capítulo I) y de la contemplación de los sufrimientos de Cristo en la Cruz (capítulo II), son muy necesarias para recordar nuestra vocación al amor manifestado en el arte de cuidar, en especial al que sufre. Propone educar el corazón (capítulo III) capacitándolo para ver dónde hay necesidad de amor y obrar en consecuencia, para que podamos decir: “La vida es siempre un bien”, un don precioso a custodiar y acrecentar y del cual, finalmente, rendirle cuentas a Dios, nuestro creador y padre amoroso. Nos advierte de tres factores culturales (capítulo IV) que se dificultan a este hacerse cargo del enfermo. Y, acaba con 12 casos que se plantean en el acompañamiento al final de la vida (capítulo V).

Desconocer y dejar de aportar estas luces sería una triste omisión por nuestra parte. “La miseria más grande es la falta de esperanza ante la muerte”. Y su remedio es la buena nueva que Jesucristo, buen samaritano del hombre, nos revela. “El Evangelio de la vida no es exclusivamente para los creyentes: es para todos” (Juan Pablo II, Evangelium vitae, n. 101). Depende de nosotros que esta luz lo sea de cuantos quieran escucharnos.

 

XXIX Domingo del tiempo ordinario

 

Mt 22,15.21

 

Muchos que se acercaban a Jesús lo hacían con buena voluntad. Con un deseo sincero de lo que piensa Jesús. Otros no lo hacían con sencillez y sinceridad. Más bien iban a por él y tenerle de qué acusarle.

 

1.     Pagamos o no pagamos al César es siempre la pregunta del millón. La autonomía de lo religioso y lo civil será siempre difícil y debatido. Jesús como hace siempre coge el toro por los cuernos. No elude el problema. Se enfrenta a la realidad con la sabiduría de Dios.

 

2.     Parte de un gesto clarificador. La moneda tiene el rostro del César. Por tanto, demos al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Nunca podemos ampararnos en querer justificar nuestro no ser buen ciudadano, ni pagar los impuestos por nuestra condición religiosa. Es necesario potenciar que cuanto más religioso seamos más tenemos que demostrar que somos los mejores ciudadanos al servicio del bien común. Jesús lo deja claro.

 

3.     Cuando entramos en la recta final del término del año litúrgico, el evangelio de Jesús nos da unos criterios claros para responder a los grandes interrogantes de la vida en nuestra relación con la sociedad. Los criterios son claros. Sabiendo que estamos como ovejas rodeados de los que no tienen ningún interés por la verdad y la justicia.

 

+ Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

 

Sánchez: un gobierno fuera de todo control moral

 

15 octubre, 2020ForumLibertas.comEditorial

Las iniciativas del gobierno español, que aumentan los conflictos políticos y tensan a la sociedad, son múltiples y se acumulan en poco tiempo en una vorágine que tiende a la locura.

No contentos con relanzar la ley sobre la eutanasia pocos días después de que precisamente el Comité de Bioética de España, órgano asesor del gobierno, aprobara por unanimidad el acuerdo de rechazar el proyecto actual, los dos partidos del gobierno han presentado enmiendas a su propio articulado que destruyen las garantías que podían existir en una ley ya de por si peligrosa: se podrán saltar los plazos a criterio del médico, de manera que los periodos de reflexión de si uno quiere o no que lo maten saltan por los aires; se flexibiliza tanto la voluntad previamente expresada del enfermo, si  este no reúne la plenitud de facultades, que el volverse atrás, o lo que es peor el uso fraudulento de la ley es fácil. El hecho de que la eutanasia pueda practicarse en casa fuera de todo control y la total despenalización del delito, es una invitación a prescindir de vidas que a juicio de su entorno ya no merezcan ser vividas. Con esta ley la vida de gente mayor, sobre todo la más enferma y dependientes, estará en grave riesgo. Será fácil porque será legal llegar a la conclusión de que es mejor que se muera. Ante esta tesitura tan salvaje, lo mejor es que la nueva legislación, si llega a aprobarse, incluya un artículo que establezca que todo anciano que muera por la eutanasia no podrá haber testado en favor de los familiares cuidadores… para evitar tentaciones. Pero claro está que no se trata de esto sino de detener ese ejercicio inmoral de inhumanidad.

Pero es que además el gobierno pretende legislar que sólo con mayoría absoluta pueden ser elegidos los miembros del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Con esta medida el poder judicial, que en teoría es independiente de la política, permanecería en manos de la mayoría del gobierno de cada período, rompiendo el equilibrio, tal vez no del todo satisfactorio, pero equilibrio a fin de cuentas, al nombrarlo por la mayoría de las tres quintas partes de los diputados, lo que obliga a un amplio consenso. Se estableció constitucionalmente que 8 de sus miembros deben ser elegidos por aquella vía, pero no se dice nada de la docena restante, y es sobre esta mayoría que Sánchez quiere legislar, para elegirlos por mayoría simple. Pero no es tan fácil, el Tribunal Constitucional en 1986, cuando era presidente el juez Francisco Tomás y Valiente determinó que el Consejo no podía estar subordinado a las otras instancias del Estado y que, por tanto, la mayoría cualificada de las tres quintas partes del Congreso era en este sentido necesaria.

Vale la pena recordar la controversia de la UE con Polonia porque el gobierno legisla en términos que la Comisión Europea considera que resta la independencia a los jueces. Pues bien, el gobierno español, que no tiene una buena calificación en Europa por sus intromisiones sobre la independencia de la justicia, caso de la fiscal general del Estado, puede encontrarse con problemas en la UE en el delicado momento de la aprobación definitiva de los Fondos. De entrada, Polonia ya ha hecho oír su voz señalando a España en el sentido de que o “todos moros o todos cristianos”. Con su afán de dominio Sánchez complica la llegada de los fondos, y de paso aproxima a España a un modelo de democracia iliberal. Todo un precedente. Esto cada vez más se asemeja en términos postmodernos y por tanto light, al 1934 socialista como preludio del 1936.

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Para mostrar que carecen de límites morales, y por tanto políticos,  la ministra Irene Montero ha anunciado una enmienda a la ley del aborto que, entre otros cambios, introduciría la supresión de  la conformidad de los padres cuando una menor quiere abortar. También reiteraron sus ataques a la monarquía en una conferencia de prensa oficial junto con la ministra de Hacienda, si bien esta última defendió la monarquía constitucional. Mas atrás en el tiempo, pero no mucho, el gobierno lanzó un globo sonda para aumentar el IVA al 21% para las escuelas y la atención médica privada, lo que sería un duro golpe para la ya dañada enseñanza concertada y las mutuas y seguros privados de asistencia sanitaria.. Antes, han habido las iniciativas de una ley de memoria histórica en términos muy beligerantes, y otra ley de enseñanza que elude por completo el consenso.

Parece como si el gobierno quisiera inflamar la política y distraer de esta manera la atención de los dos focos específicos de nuestro presente y futuro, el Covid-19 y el desastre económico. Quizás sea esto, pero las leyes quedan y España se dirige a una situación de descontrol moral, que debemos detener.

Vencer la tentación. El Complejo de Eróstrato

Escrito por José Martínez Colín.

El complejo de Eróstrato que es el deseo de sobresalir a toda costa es una tentación permanente hoy en día. 

1) Para saber

La envidia, le decía Don Quijote a Sancho Panza, es raíz de infinitos males: “Todos los vicios, traen un no sé qué de deleite consigo, pero la envidia no trae sino disgustos, rencores y rabias”.

Una persona puede tener tentaciones de envidia, mas no por ello ya es envidiosa. Sólo quien acepta la envidia, es envidiosa. El Papa Francisco lamentó que muchas veces comenzamos a dialogar con la tentación, dialogamos con el diablo que nos presenta tentaciones y entonces perdemos. Exhortó a no dialogar nunca con el diablo. Jesús nos dio ejemplo cuando fue tentado por el diablo: no dialogó y lo venció con la palabra de Dios, rechazándolo enérgicamente: “¡Apártate, Satanás!”.

También hoy Satanás sigue en su intento de hacernos caer, a través de otras personas, trata de convencernos de que no son malas algunas obras que sí lo son. Nos invitan a experimentar la emoción de la transgresión. Hemos de tener la claridad para discernir aquello que nos perjudica, aunque nos cause atracción.

2) Para pensar

Una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo fue el Templo de Artemisa, construido en Éfeso hacia el año 550 a.C. Artemisa era considerada por el mundo griego como la diosa de la caza, los bosques, los animales, los nacimientos y protectora de la virginidad. En el mundo romano tomó el nombre de Diana.

Dicho templo era muy famoso y centro de adoradores. Pero hubo un pastor envidioso llamado Eróstrato que quiso apropiarse de la fama del templo. Y lo hizo de una forma muy ruin: incendiarlo y destruirlo. Cuando lo apresaron, el rey Artajerjes, antes de ordenar su muerte, lo sometió a tortura para saber los motivos de tan vil acto y así supo que era dejar su nombre en la memoria de todos, incluso después de muerto.

Entonces se intentó borrar su nombre de la historia; se prohibió bajo pena de muerte el mencionarlo. No se logró y aún se le recuerda en la historia, aunque sea por su mala acción. Sigue habiendo magnicidas y otros sujetos que son capaces de cualquier cosa por sus cinco minutos de gloria. Pensemos si a veces nuestros actos no estarán movidos por nuestra envidia o vanidad.

3) Para vivir

En un ámbito psicológico, bajo el nombre de “Complejo de Eróstrato” se define el trastorno de intentar sobresalir a toda costa. Hoy en día difícilmente se está a salvo, sobre todo en las redes sociales en que se expone ingenuamente la intimidad por un simple “Me gusta” ("like"). Así, el tal Eróstrato, sigue siendo actual contagiando a multitudes.

Importa saber detectar las tentaciones, pues suelen presentarse como amigas que nos ofrecen un bien, pero son traicioneras. La tentación invita a recorrer caminos alternativos a los de Dios, caminos que nos dan una sensación de autosuficiencia, de disfrute de la vida por uno mismo. No obstante, dice el Papa Francisco, “todo ello es una ilusión: bien pronto nos damos cuenta de que cuanto más nos alejamos de Dios, más nos sentimos indefensos e inermes ante los grandes problemas de la existencia”.

Para adquirir la fuerza necesaria para rechazar la tentación, ayuda mucho la práctica de renuncias que fortalecen la voluntad. Si acudimos además a la protección divina, la victoria estará de nuestro lado.

Crucifijos

Daniel Tirapu 

 

photo_cameraCrucifijo en un aula.

Me lo contó, a modo de chiste o anécdota, una destacada profesora de Derecho Canónico español el siguiente relato.

Un inspector italiano ve que en una clase de un colegio público hay un crucifijo: ·Es intolerable que esto siga así después de la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos humanos ( sentencia posteriormente revocada). Mañana vendré y espero que haya desaparecido", dijo. 

Al día siguiente ve dos crucifijos en en el aula. Exige la presencia del director del centro para amonestarle. El director del centro le dice: estos dos son ladrones, uno de ellos homosexual y el otro judío.

Atrévase a quitarlos.

 

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«El Domund nos permite creer en el ser humano»

 

​ De izquierda a derecha: monseñor Fidel Herráez, administrador apostólico de Burgos; D. Félix Sancho, presidente del Hereda San Pablo Burgos, pregonero del Domund de este año (en las manos sostiene la copa de la Basket Champions League, conseguida recientemente por el club); y José María Calderón, director nacional de Obras Misionales Pontificias (OMP) de España.

En el marco incomparable de la catedral de Burgos, que está celebrando su 800 aniversario, se celebró el pregón del Domund 2020, que pronunció Félix Sancho, presidente del Equipo ganador de la Basketball Champions League. El pregonero se mostró orgulloso de pertenecer a Burgos, una diócesis eminentemente misionera, y mostró los paralelismos y las diferencias entre el «equipo de los misioneros» y el equipo de baloncesto San Pablo Burgos. Aludiendo al lema del Domund de este año: «Aquí estoy, envíame», Sancho dijo que lo acoge y lo une al de su club para repetir juntos: «Aquí estoy, envíame más lejos que nunca».

«Pocas veces me he sentido tan interpelado por la responsabilidad y emocionado por la confianza que en mí ha sido depositada para pronunciar el ya tradicional pregón del Domund, acto que nos permite creer en el ser humano». Con estas palabras iniciaba el pregón del Domund 2020 el presidente del Club de Baloncesto Hereda San Pablo Burgos, que tuvo lugar ayer, jueves 15 de octubre, en la Catedral de Burgos. El arzobispo emérito y administrador apostólico de Burgos, monseñor Fidel Herráez y el director nacional de Obras Misionales Pontificias (OMP), secundaron al pregonero en un acto en el que la asistencia se vio limitada por las limitaciones de aforo.

El pregonero pronunció su discurso junto a la copa ganada en la Basketball Champions League que se exhibió en la catedral, como «una joya dentro de un joyero incomparable», según describió Sancho. El presidente del San Pablo Burgos agradeció a «las Obras Misionales Pontificias, por el privilegio que supone poder nombrar y exaltar la figura de las misiones y la labor que llevan a cabo alrededor de todo el mundo, más si cabe en los convulsos tiempos que vivimos». También el equipo que preside va «de país en país intentando conseguir una victoria y generando un poco de ilusión, pero en nada nos podemos comparar con esos misioneros que están ayudando a otras personas y que abandonan todo, su vida, sus cosas, por ir a otros países, a otras civilizaciones casi, y empezar de cero y ayudar a la gente». Comparando siempre el equipo de baloncesto con los misioneros dijo: «Nosotros intentamos dar ese punto de alegría de otra manera, pero nada que ver con el gran esfuerzo que hacen los misioneros».

Sancho afirmó ser creyente, pero añadió que todos «debemos ser sinceros, y reconocer y admirar profundamente a todos los que en su día pusieron a disposición de Dios y de la Iglesia, aquellos que un día dijeron «Aquí estoy, envíame» y que se dedican en cuerpo y alma a las misiones. Siento una profunda admiración por todas aquellas personas que un día decidieron salir de la comodidad de sus casas para aterrizar en los lugares en los que la necesidad es más notable, con el único y noble objetivo de ayudar al prójimo. Yo creo que esta acción es la acción más generosa que puede hacer cualquier ser humano».

En estos tiempos complicados, el presidente del SP Burgos dijo que «la pandemia nos ha puesto al límite de nuestras fuerzas atacando a familiares y amigos, mateniéndonos separados de nuestros seres queridos e impidiendo celebrar con ellos», por eso «debemos acordarnos de aquellas personas que dedican su tiempo y su esfuerzo a hacer del mundo un lugar a mejor. Los misioneros y misioneras sin duda los más altruistas de todos ellos».

El equipo de los misioneros

El director nacional de OMP dijo «don Félix es el presidente de un gran equipo que es el campeón de la Basketball Champions League, yo tengo la suerte de estar también en un buen equipo, que es el equipo de los misioneros que son campeones en amor, en entrega, en espíritu de servicio, en espíritu de sacrificio y por eso me siento muy unido a don Félix».

Por su parte, monseñor Herráez arzobispo emérito de Burgos, dijo refiriéndose a la elección del pregonero de este año que «es estupendo unir fe y vida concreta, creo que es lo que tenemos que ir haciendo siempre». El obispo definió como una «forma bella y original» que el pregón del Domund haya unido al equipo de baloncesto ganador de Europa, con el Domund.

El prelado subrayó que «a través de este pregón anunciamos el Domund, una realidad muy importante que nos une. No puede entenderse la vida cristiana sin la dimensión de universalidad, sin la dimensión del Domund, sin estar abierto a todos y saber que este anuncio que nos hizo Jesucristo es para todos y que esto lo han tomado muy en serio tantos miles de mujeres y de hombres a lo largo de nuestra historia».

«El Domund es una realidad muy importante para los cristianos y por el bien que se hace a la sociedad, anunciando una forma de vida que es la forma de vida de Jesucristo, que nos hace mejores, nos hace más felices a todos. Este pregón ha sido una realidad muy importante. Cuantos millones de hermanos y hermanas nuestras se ven beneficiados de esta realidad, del anuncio de Jesucristo con palabras y con obras, con realidad concretas», afirmó monseñor Fidel Herráez.

 

El hogar dignifica

El domingo 25 de octubre es el Día de las Personas sin Hogar enmarcado en la Campaña Nadie Sin Hogar, que acentúa las reivindicaciones en esta frase: “Y tú ¿qué dices? Di basta. Nadie Sin Hogar”. Esta jornada promovida por Cáritas busca concienciarnos ante la situación de las personas sin hogar y de las que se están viendo privadas de él por los desahucios. Todos tenemos el compromiso de reivindicar sus derechos y contribuir a transformar esa realidad. La casa “es una condición necesaria para que el hombre pueda venir al mundo, crecer, desarrollarse, para que pueda trabajar, educar y educarse, para que los hombres puedan construir esa unión más profunda y más fundamental que se llama familia[1].

El lema central de la Campaña este año refleja la situación por la que pasa este colectivo: “No tener casa mata. Sus sueños, sus oportunidades, su confianza, su salud… Sus derechos”. Estas exigencias se plasman en un Manifiesto en el que se pide a las autoridades la puesta en marcha de programas efectivos “para que se nos rebautice de nuevo, para dejar de ser una nada y formar parte de un todo. Un todo que luche aunando esfuerzos y en la misma dirección. No más silencios, no más dolor, no más vacíos”. Hemos vivido esta experiencia con motivo de la pandemia de la Covid-19.

El actuar profético del cristiano

La vida del cristiano y su actuación exigen la denuncia profética. Cáritas, como  entidad de la Iglesia Católica, lleva 28 años haciendo propia esta Campaña contando con la colaboración de otros colectivos y plataformas que trabajan en el campo de lo social, con el objetivo último de que toda persona viva con dignidad en un hogar propio, en paz y de manera permanente. Una apuesta que se hace efectiva, subrayando la centralidad absoluta de las personas en situación de sin hogar, y afirmando sus derechos de manera global: “Todos los derechos juntos, a la vez, todos los días, en todas partes”.

Los sin hogar no puedan quedar reducidos a una mera anécdota. Están en nuestra órbita, no en la luna aunque a veces sea la luz de la luna la que los acaricie entre sus cartones en nuestras calles o en los soportales. Esta Jornada busca remover nuestras conciencias y poner sobre la mesa las reivindicaciones de estas personas que precisan de nuestro apoyo de forma particular, y de las instituciones y administraciones competentes de forma general para solucionar este grave problema cuya consecuencia es que a diario a miles de personas duerman a la intemperie o en lugares insalubres. Con las distintas iniciativas se busca sensibilizar nuestras conciencias en la defensa de la dignidad de la persona humana para que pueda ejercer sus derechos, aunando la paz y la verdad, la justicia y el amor.

Deterioro de la condición de la persona sin hogar

Cáritas y las entidades promotoras de esta Campaña recuerdan que las condiciones de inseguridad y las dificultades para acceder o mantenerse en una vivienda generan en muchos casos problemas de ansiedad, de angustia, e incluso depresión: “La inestabilidad residencial impacta directamente en el bienestar emocional y en la salud psíquica de las personas que viven en hogares vulnerables, que tienen diez veces más riesgo de sufrir peor salud”, refiere el Manifiesto. Consideran que es urgente la anunciada ley estatal de garantía de acceso a la vivienda, donde se incluyan todas las situaciones de exclusión residencial/sinhogarismo dentro de una estrategia más amplia de políticas públicas basadas en el derecho humano a la vivienda.

Con motivo de la jornada de las Personas sin Hogar se nos pide trabajar en la medida de nuestras posibilidades pero sin ahorrar esfuerzo, para que estas personas puedan disponer de un hogar. Abrir nuestros ojos es percibir esta realidad tan hiriente que afecta cada vez a más personas a las que tenemos que hacer visibles y que exige de nosotros un compromiso sencillo pero constante. Con demasiada frecuencia a las personas sin techo las consideramos como algo marginal en nuestra sociedad, pensando incluso que afean la estética de nuestra convivencia, y sintiendo simplemente pena. Tenemos que  mirarlas con los ojos del corazón, es decir, con amor, sintiéndonos todos amados por Dios.

Os saluda con afecto y bendice en el Señor.

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela

 

 

Domund 2020: “Las necesidades de la Iglesia en misiones se han multiplicado”

La COVID desafía los modos tradicionales de ayuda a las misiones. En la rueda de prensa de presentación de la jornada del Domund -que se celebra este domingo 18 de octubre-, el director nacional de Obras Misionales Pontificias (OMP) ha advertido de las dificultades de este año por la pandemia tanto en las misiones como en la celebración de la campaña en España. Por su parte, el nuncio de Su Santidad en España, Bernardito Auza ha explicado cómo las nunciaturas garantizan que el dinero llega a su destino y hace crecer las Iglesias. El misionero comboniano Enrique Rosich ha dado fe de ello, con su experiencia de 40 años en misión en Chad, donde se ha enfrentado a un virus peor que el COVID: la guerra.

“Las huchas del Domund no podrán salir a la calle este año”, ha informado José María Calderón, director nacional de Obras Misionales Pontificias (OMP), institución organizadora de la campaña. Según ha explicado, las limitaciones de aforos en las Misas, la importancia de no salir de casa en estas circunstancias, la dificultad de que los misioneros visiten los colegios, las precauciones con el dinero en efectivo… Son grandes retos que ponen al Domund de este año ante un gran desafío: poder mantener la actividad misionera de la Iglesia en 1.115 territorios de misión, justo cuando más lo necesitan. “Las necesidades de la Iglesia en misiones se han multiplicado, es de verdadera necesidad”.

El año pasado, gracias al Domund se pudieron enviar 10.527.782,81€ a las misiones desde España, que junto con Estados Unidos, aportan más de la mitad del Fondo universal de esta campaña. Para poder seguir enviando ayudas a las misiones en este tiempo de pandemia, Obras Misionales Pontificias ha propuesto nuevas formas de colaborar con las misiones, que van más allá de las colectas de las Misas: Bizum (00500), tarjeta de crédito… Y hasta una carrera virtual solidaria.

Además, Calderón ha insistido en que colaborar con el Domund no es un simple acto de caridad, sino que se trata de participar en la misión de la Iglesia, con el dinero, el tiempo y la oración. Además, ha hecho hincapié en que la fórmula oficial que tiene la Iglesia para sostener su presencia y actividad en las misiones –África, Asia, Oceanía (excepto Australia) y algunas zonas de América Latina y central- es precisamente esta colecta del Domund. Y por ello, ha animado a no dejar de colaborar este año tan difícil, cuando las necesidades también han aumentado.
Las nunciaturas, garantía de que el dinero llega

El Nuncio de Su Santidad en España, monseñor Bernardito Auza, ha explicado cómo en su amplia trayectoria diplomática ha conocido de cerca el servicio que Obras Misionales Pontificias presta a la Iglesia universal, en especial con esta jornada del Domund. “El dinero ayuda a construir escuelas, parroquias, centros de salud allá donde los gobiernos no llegan”, ha explicado. De hecho, según ha recordado, en su tiempo de trabajo en Madagascar, “raro era el día en el que no invitaban al nuncio a inaugurar una escuela, o una parroquia”.

¿Y cómo llega el dinero desde el bolsillo de los españoles a los misioneros? “Los misioneros presentan peticiones de ayudas, que desde la nunciatura se estudian. No podemos financiar todos los proyectos, por ello establecemos una lista de proyectos prioritarios”, ha explicado. “Posteriormente, el nuncio envía los proyectos a la Congregación para la Evangelización de los Pueblos”  –el “ministerio” de la Santa Sede que se encarga de las misiones-. Tras ser examinados y aprobados por Obras Misionales Pontificias mundial, se indica a cada país qué misiones tienen que ser ayudadas, siempre a través de las nunciaturas. “Nosotros enviamos a los beneficiarios la suma correspondiente, y recibimos posteriormente un informe pastoral”.

Monseñor Auza ha subrayado la importancia de una Iglesia en salida, misionera, que se plasma, entre otras cosas, con el anuncio que hizo el Santo Padre el pasado febrero de ampliar la formación de los futuros diplomáticos del Vaticano con un año en las misiones. “Esperamos que el Domund sea para cada uno de los católicos un día para pensar en los otros”.
Desde Chad, confinados por un virus peor que el COVID

El misionero comboniano Enrique Rosich cree que ha tenido mucha suerte por vivir “en la Iglesia más joven de África”; el misionero ha conocido la primera generación de cristianos de este país. Y aunque todavía no hace 100 años de la llegada del primer misionero, hoy es una iglesia en crecimiento. En la diócesis de Doba, este comboniano es hoy el único blanco; en esta iglesia local trabajan 27 curas de 14 nacionalidades, dando forma concreta a la catolicidad de la Iglesia.

Rosich, que afirma que “cuando Dios quiere entrar en la vida de alguien lo hace de muchas maneras”, llegó a Chad cuando el país sufría una guerra civil y pocos misioneros se atrevían a ir allí. Durante la guerra, el misionero tuvo que vivir confinado por un virus distinto al del COVID: “las armas”. En ese momento, cuando no podía salir a evangelizar y se preguntaba qué sentido tenía estar allí encerrado, los cristianos chadianos le dieron la respuesta. “Antes éramos hermanos en Cristo, ahora somos hermanos en el sufrimiento”.

El misionero afirma que una de las ventajas de esta joven Iglesia es que no hay una tradición para decir “esto siempre se ha hecho así”, sino plena creatividad para que el Evangelio crezca. Enrique confiesa que “ha descubierto mejor a Jesús gracias a ellos”; un catequista le dijo una vez que “Jesús no cambia su palabra”, aunque sea difícil, como cuando te dice que tienes que “amar a los enemigos” (y el enemigo lleva un arma para matarte), y por eso, muchos le abandonan.

Los vídeos de la rueda de prensa pueden verse en el canal de YouTube de OMP España.

El aborto y el Embajador de los Estados Unidos en Ginebra

El Embajador de los Estados Unidos en Ginebra, Andrew Bremberg, envió una carta de ampollas a expertos en derechos humanos de las Naciones Unidas debido a su defensa del aborto. Los expertos de la ONU criticaron a los Estados Unidos que no calificaron el aborto como “esencial” durante la pandemia COVID-19.

“Esta es una perversión del sistema de derechos humanos y de los principios fundacionales de las Naciones Unidas”, lamentó el Embajador Bremberg en una carta etiquetada como la respuesta oficial de los Estados Unidos al Grupo de Trabajo de las Naciones Unidas sobre la Discriminación contra la Mujer y las Niñas, un grupo de cinco expertos independientes designados por el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas por tres años.

Los expertos de la ONU acusaron a los Estados Unidos que no calificaron el aborto como un servicio “esencial” durante la pandemia COVID-19 de violar los derechos reproductivos de las mujeres. La carta de Bremberg, fechada el 11 de agosto, calificó la interferencia de los expertos en política estadounidense como “extraña”, “absurda” e “inexplicable”.

La respuesta del Embajador Bremberg al grupo de trabajo también acusó a los expertos de la ONU de ignorar los continuos abusos contra los derechos humanos cometidos por el Partido Comunista Chino en Xinjiang, incluido el aborto forzado, la esterilización forzada y el control de la natalidad forzada.

“Se trata de abusos reales contra los derechos humanos, que implican a millones de mujeres y niñas y su salud, a escala industrial, dirigida a una minoría étnica y religiosa vulnerable”, dice la carta al grupo de trabajo.

Jesús Martínez Madrid

 

 

Son incapaces de un compromiso vital 

No sé si hay estadísticas fiables, pero por lo que vemos entre gente conocida, un número muy importante, desde luego más de la mitad de los jóvenes en edad de casarse, conviven, pero no se casan. O sea, son incapaces de un compromiso vital. No tienen libertad suficiente como para elegir un camino, como para decidir su vida. Se creerán más libres, pero es lo contrario, son esclavos de sus debilidades. Luego, algunos, un porcentaje pequeño, cuando llevan así un tiempo, deciden casarse. Por lo Iglesia en algunos casos. Y hay que prepararlos, advertirles, esto es para toda la vida.

Como ya son mayores, malamente tienen descendencia. Algunos no casados han tenido un hijo. Un juguete. Un juguete que luego crece y ya es menos juguete, y el niño crecidito juega con ellos, y se hace el caprichoso por excelencia. O sea, en su juego de pareja han dado a luz un ser que puede terminar en monstruo, por culpa de ellos. Ellos no entendieron de libertad y qué puede llegar a entender el chaval.

Y no hay más. Ni más descendencia, ni más familia. Y se hacen viejos y no tienen a nadie. Es la sociedad que construyen estos muchachos que alguna vez han pensado que son libres.

Enric Barrull Casals

 

 

La carta se quejaba del doble rasero

La carta, que el Embajador de los Estados Unidos en Ginebra, Andrew Bremberg, envió a expertos en derechos humanos de las Naciones Unidas, se quejaba del doble rasero del sistema de derechos humanos de la ONU. Todos los órganos de las Naciones Unidas que se ocupan de los derechos humanos, incluido el Secretario General, el Consejo de Derechos Humanos y la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, “han tenido notablemente silencio sobre este tema, aun cuando encuentran amplias oportunidades de opinar sobre asuntos de interés político interno estadounidense”, lamentó el Embajador Bremberg.

El Embajador Bremberg dijo que la injerencia del grupo de trabajo en la política del aborto interno de Estados Unidos era un ejemplo de por qué tanta gente ve el sistema de derechos humanos de las Naciones Unidas como “absolutamente roto”.

Advirtió a los expertos, a quienes llamó “guardianes autoproclamados”, que estaban socavando los derechos humanos y la democracia elevando sus preferencias políticas como “derechos”.

“Si realmente les preocupa la integridad del sistema de derechos humanos de las Naciones Unidas”, concluye la carta, “les instamos a reconsiderar el enfoque que les ha llevado a usted y a sus colegas a este triste punto, tan lejos del noble propósito para el que se fundó esta institución hace 75 años”.

La carta es la última salva en una disputa en curso entre la administración Trump y el sistema de la ONU sobre la promoción de la ONU del aborto durante la pandemia COVID-19.

En junio, el Secretario General de los Estados Unidos, Antonio Guterres, aseguró al gobierno de los Estados Unidos que no promovería el aborto durante la pandemia COVID-19. Guterres dijo al Director Interino de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, John Barsa, que la respuesta de las Naciones Unidas al virus COVID-19 “no promueve, y mucho menos impone, el aborto a nadie, ni está destinada a hacerlo”.  También dijo que cualquier esfuerzo de las Naciones Unidas en materia de atención de la salud “se otorga con pleno respeto a las leyes nacionales”.

La disculpa de Guterres siguió una carta fuertemente redactado  de Barsa quejándose de que las Naciones Unidas habían incluido un manual de las Naciones Unidas sobre “salud sexual y reproductiva” que promueve el aborto como un derecho humanitario como un derecho humanitario como “esencial” en la respuesta de las Naciones Unidas a la pandemia COVID-19. El manual también pide que los médicos y proveedores de salud obliguen a hacer referencia para el aborto contra su conciencia.

Valentín Abelenda Carrillo

 

 

El espejo uruguayo en la pandemia 

Lacalle, el Presidente de Uruguay, afrontó la grave crisis en todos los terrenos, el sanitario y el económico. Constituyó un consejo asesor y un equipo de 40 expertos, con cuyas recomendaciones tomó las decisiones pertinentes. No ha confinado obligatoriamente a la población, pese a que el anterior presidente, Tabaré Vázquez – del Frente Amplio, de izquierdas -, médico de profesión, defendió la necesidad de confinar obligatoriamente a la población.

Lacalle aprobó un Fondo Coronavirus, ante la grave situación económica generada. Se nutre, por ejemplo, del recorte de salarios del 20% del propio presidente, ministros, diputados y otros empleados públicos que ganen más de 1.600 euros al mes. Además, decidió cerrar diversos Consulados. Algo de todo esto se podría aplicar en España.

Entre las claves de la buena gestión de la pandemia en Uruguay, un pequeño país de 3,5 millones de habitantes y con un tercio de la superficie de España, una buena atención por parte de los médicos de cabecera y atención domiciliaria, para actuar con rapidez y evitar el colapso sanitario. En España hemos sufrido colapso y la atención es con frecuencia telefónica, para desesperación ciudadana.

Si se argumenta que Uruguay no tiene grandes urbes, y se olvida que la capital, Montevideo, es una urbe cosmopolita, con 1,3 millones de habitantes y 2 millones contando el área metropolitana.

Uruguay ha ido viendo la gran incidencia del coronavirus en países limítrofes o cercanos, como es el caso de Brasil o Argentina. Y ha tomado medidas. En España vimos cómo golpeaba el virus en Italia y el Gobierno lo consideraba lejano.

Cómo ha gestionado y gestiona la pandemia Uruguay es un espejo donde mirarnos. El recién elegido presidente del Colegio de Médicos de Madrid, Manuel Martínez Sellés, ha subrayado que las medidas que se han de tomar deben basarse en criterios médicos y clínicos. En Uruguay se está haciendo con excelentes resultados, y ojalá aquí se dejen los rifi-rafes políticos: que Pedro Sánchez asuma su responsabilidad, y sea capaz de olvidar que Luis Lacalle es de centro-derecha. Que aprenda algo.

Pedro García

 

 

ESPAÑA: LO QUE ES Y LO QUE PUDO SER

 

ESPAÑA SEGÚN LOS ESTUDIOSOS Y ALGÚN PENSADOR ILUSO QUE LE PREOCUPA SU TIERRA MADRE

 

            España es el tercer país o nación, más antiguo de los de todo el mundo, siendo los primeros, China y Japón; es claro que España es el primero de Europa.

“El pasado es bien conocido: España es uno de los cuerpos políticos  más antiguos: Acaso nació en el año  201 antes de Cristo, cuando durante la segunda guerra púnica entre Roma y Cartago, aniquilado  el ejército cartaginés en la decisiva batalla de Zama, se declaró la paz, Cartago abandonó Iberia, y ese territorio también  llamado Hispania, se convirtió  en provincia romana. España nació definitivamente al mundo con plena autonomía y autocracia (soberanía, diríamos hoy) en el año 545, cuando se creó el Reino Hispano Visigodo, que  incluso tenía una provincia gala (Septimania), y cuando poco después Leovigildo fijó la capital en Toledo, conquistó Málaga y Córdoba, fundó Victoriaco, la actual Vitoria, incorporó Galicia al Reino y promulgó el Liber Iudiciorum, ley común aplicable a  todos los territorios peninsulares. Iberia, Hispania, España, la  Nación española, o como queramos llamarla, es una comunidad política muy antigua, lleva muchos años existiendo como  tal”

 

       Gracián (Colectivo que reúne a 60 intelectuales y profesores de reconocido prestigio. (Publicado en diario ABC el 16 de Septiembre del 2006 – página 7)

 

SÉNECA EN SU OBRA: “DE LA BREVEDAD DE LA VIDA” escribe en su V parte, lo siguiente: “cuando vencido ya Pompeyo, padre, todavía el hijo atizaba en España el ardor de sus armas derrotadas”. Luengo entonces el nombre de España o Hispania (para el caso es lo mismo) era reconocido en Roma mucho antes de que naciera Cristo.

 

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EN EL POEMA DE MÍO CID Se nombra a España, como tal y lo que ya es significativo, puesto que ese libro data desde hace un milenio y las frases, son las siguientes:

            Presto mandadme un aviso a retaguardia. Toda España va a hablar del caso. (página 42)

            El Conde de Barcelona (por tanto un catalán) dice tras haber sido hecho prisionero por el Cid... “No he de probar bocado, por todo el oro que hay en España” (página 63)

            “Desde ese instante fue famoso en toda España Babieca”... el caballo del Cid (página 85)

            “Hoy los reyes de España son sus parientes” (Página 156 y a la terminación del

libro) (Libro: “POEMA DE MIO CID; de Juan Manuel Rodríguez: Profesor de la Universidad Central del Ecuador y el que cita a bastantes otros autores)

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            ¿Qué ocurre hoy en la España del 2020 mes de octubre? Ocurre lo de siempre en esta España de “analfabetos y analfabestias”; que no habiéndoseles enseñado a las masas, la verdadera Historia de esta península, que es larga y equiparable a la griega (por ejemplo) ya que hay que remontarse a la civilización tartésica (Tartesos o Tartessos) en la que se dice que las leyes de escribían en verso; que incluso en la Biblia, se indica que Salomón comerciaba con Tarsis (hoy parte de Andalucía); que incluso estos antiguos hispanos, prestaban dinero (plata) a los griegos de “Focea”. Y muchas cosas más, que aquí se han ido desarrollando a lo largo de muchos siglos, y “muchos individuos aquí nacidos y que ocupan destacados lugares en la Historia planetaria” de testimonio de sus saberes y artes; se llega a la aberrante situación en que aquí, “se enseña engañando al pobre escolar”; nada menos que, con casi, “veinte historias distintas”, debido a la calamidad de las autonomías (“autonosuyas según el famoso escritor valenciano Vizcaíno Casas”); que mucha de esa masa, considera “su enseña nacional”, por lo que hacen, uno o más equipos del deformador fútbol, u otros deportes modernos, que distan mucho de lo que por deporte entendieron los sabios que los fomentaron en la antigüedad; que la bandera nacional, la señalan y la deforman, “con el negro toro de Osborne”, etc. etc. etc.

            Y la consecuencia es que esta nación o país, está lleno de “apátridas integrales”, con núcleos de, “renegados o separatistas”, lo que da lugar, a que una nación magníficamente situada en la geografía mundial; muy rica en recursos y climas variadísimos, poco poblada por su extensión (tercer país europeo tras Rusia y Francia) gobernada o mejor dicho, mangoneada y robada, por series interminables de políticos de todos los tiempos, siempre ha estado atrasada… “en todo”, menos en religión católica; y hoy su situación, es más que de quiebra, puesto ya esa situación es incalificable, por todos los sentidos por los que se la quiera mirar; en vez de ser uno de los países más prósperos de todo el mundo, por lo que muy resumido arriba digo… por tanto, me quedo aquí y que cada cual con “su caletre”, que entre en el tema y deduzca lo que quiera o pueda y haga lo que debe, puesto que es “nuestra tierra madre”. Amén.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)