Las Noticias de hoy 21 Septiembre 2020

Enviado por adminideas el Lun, 21/09/2020 - 12:52

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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 21 de septiembre de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Ángelus: Dios llama a todos y recompensa con su amor

Ángelus: El Papa recuerda el Congreso Eucarístico pospuesto por COVID-19

Banco Farmacéutico: El Papa llama a la globalización de los tratamientos médicos

SAN MATEO, APÓSTOL Y EVANGELISTA*: Francisco Fernandez Carbajal

“Señor, de verdad quiero ser santo”: San Josemaria

21 de septiembre: San Mateo, apóstol y evangelista

Un motivo sobrenatural:

La divinidad de Jesucristo: Jorge Loring, S.J

El amor de Cristo es seguro: Monseñor José H. Gomez

Los «censores» de Dios: + César Franco Obispo de Segovia

La veracidad no está de moda: José Morales Martín

Sobre el papel de los afectos en la vida de oración: Ricardo Sada

 La otra cara de la vida: José Manuel Belmonte

Las convicciones religiosas no hacen a nadie ciudadano de segunda.: Suso do Madrid

A los 75 años de Hiroshima : Xus D Madrid

La dignidad del día a día : JD Mez Madrid

El ministerio “de incultura”, el empobrecimiento  y más: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

Ángelus: Dios llama a todos y recompensa con su amor

Palabras del Papa antes de la oración mariana

SEPTIEMBRE 20, 2020 13:04LARISSA I. LÓPEZANGELUS

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(zenit – 20 sept. 2020).- El Papa Francisco recordó en el Ángelus que Dios nos llama “a trabajar para Él en su campo “y nos da como única recompensa su amor, la amistad de Jesús, que es el todo para nosotros”.

A las 12 del mediodía de hoy, 20 de septiembre de 2020, el Santo Padre se asomó a la ventana del estudio del Palacio Apostólico Vaticano para recitar el Ángelus con los fieles y peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro.

En concreto, Francisco ha reflexionado sobre el Evangelio de hoy (Mt 20,1-16), que narra la parábola de los trabajadores llamados a jornal por el dueño de una viña, en el que “Jesús nos muestra el sorprendente modo de actuar de Dios, representado en dos actitudes del dueño: la llamada y la recompensa”.

Dios llama siempre

El Papa señaló que ese dueño “representa a Dios, que llama a todos y llama siempre, a cualquier hora”. También hoy “nos sigue llamando a cada uno, a cualquier hora, para invitarnos a trabajar en su Reino”. El Señor “no está encerrado en su mundo, sino que ‘sale’, (…), “sale continuamente a la búsqueda de las personas, porque quiere que nadie quede excluido de su plan de amor”, subrayó.

En este sentido, aclaró que la Iglesia debe ser como Dios, “siempre en salida”, pues “cuando la Iglesia no está en salida, se enferma”. Y explicó que, efectivamente, las “enfermedades” de la Iglesia se deben a que “no está en salida”: “Es verdad que cuando una sale corre el riesgo de un accidente, pero es mejor una Iglesia accidentada por haber salido a anunciar el Evangelio que una Iglesia enferma por estar encerrada”.

Dios paga el máximo

Después, el Pontífice se refirió a la recompensa, apuntando que Dios “siempre paga el máximo, no se queda a mitad del pago, paga todo”. Jesús no está hablando del trabajo y del salario justo, “sino del Reino de Dios y de la bondad del Padre celestial, que sale continuamente y paga lo máximo a todos”.

Dios, como el dueño de la viña, “no mira el tiempo y los resultados, sino la disponibilidad y la generosidad con la que nos ponemos a su servicio”. Su actuar “va más allá de la justicia y se manifiesta en la Gracia. Todo es Gracia, nuestra salvación es Gracia, nuestra santidad es Gracia. Donándonos la Gracia, Él nos da más de lo que merecemos.”

Y recordó que el primer santo canonizado en la Iglesia fue el Buen Ladrón, que “robó el Cielo en el último momento de su vida”: “Quien piensa en sus propios méritos, fracasa, el que se confía con humildad a la misericordia del Padre, de ser último, como el buen ladrón, pasa de último a primero (cfr. v. 16)”.

A continuación, siguen las palabras del Papa, según la tradición oficial ofrecida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

***

Palabras antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La página del Evangelio de hoy (cfr. Mt 20,1-16) narra la parábola de los trabajadores llamados a jornal por el dueño de una viña. A través de esta historia, Jesús nos muestra el sorprendente modo de actuar de Dios, representado en dos actitudes del dueño: la llamada y la recompensa.

En primer lugar, la llamada. El dueño de la viña sale en cinco ocasiones a la plaza y llama a trabajar para él: a las seis, a las nueve, a las doce, a las tres y a las cinco de la tarde. Es conmovedora la imagen de este dueño que sale varias veces a la plaza a buscar trabajadores para su viña. Ese dueño representa a Dios, que llama a todos y llama siempre, a cualquier hora. Dios actúa así también hoy: nos sigue llamando a cada uno, a cualquier hora, para invitarnos a trabajar en su Reino. Este es el estilo de Dios, que hemos de aceptar e imitar. Él no está encerrado en su mundo, sino que “sale”: Dios siempre está en salida, buscándonos; no está encerrado. Dios sale, sale continuamente a la búsqueda de las personas, porque quiere que nadie quede excluido de su plan de amor.

También nuestras comunidades están llamadas a salir de los varios tipos de “fronteras”, que pueden existir, para ofrecer a todos la palabra de salvación que Jesús vino a traer. Se trata de abrirse a horizontes de vida que ofrezcan esperanza a cuantos viven en las periferias existenciales y aún no han experimentado, o han perdido, la fuerza y la luz del encuentro con Cristo. La Iglesia debe ser como Dios: siempre en salida; y cuando la Iglesia no sale, se pone enferma de tantos males que tenemos en la Iglesia. ¿Por qué estas enfermedades en la Iglesia? Porque no sale. Es cierto que cuando uno sale existe el peligro de que tenga un accidente. Pero es mejor una Iglesia accidentada por salir, por anunciar el Evangelio, que una Iglesia enferma por estar encerrada. Dios sale siempre, porque es Padre, porque ama. La Iglesia debe hacer lo mismo: siempre en salida.

La segunda actitud del dueño, que representa la de Dios, es su modo de recompensar a los trabajadores: ¿cómo paga Dios? El dueño se pone de acuerdo con los primeros obreros, contratados por la mañana, para pagarles “un denario” (v. 2). En cambio, a los que llegan a continuación les dice: “Os daré lo que sea justo”(v. 4). Al final de la jornada, el dueño de la viña ordena que a todos les sea dada la misma paga, es decir, un denario. Quienes han trabajado desde la mañana temprano se indignan y se quejan del dueño, pero él insiste: quiere dar el máximo de la recompensa a todos, incluso a quienes llegaron los últimos (vv. 8-15). Dios siempre paga el máximo. No se queda a mitad del pago. Paga todo. Y aquí se comprende que Jesús no está hablando del trabajo y del salario justo, que es otro problema, sino del Reino de Dios y de la bondad del Padre celestial que sale continuamente a invitar y paga el máximo salario a todos.

De hecho, Dios se comporta así: no mira el tiempo y los resultados, sino la disponibilidad, mira la generosidad con la que nos ponemos a su servicio. Su actuar es más que justo, en el sentido de que va más allá de la justicia y se manifiesta en la Gracia. Todo es Gracia. Nuestra salvación es Gracia. Nuestra santidad es Gracia. Donándonos la Gracia, Él nos da más de lo que merecemos. Y entonces, quien razona con la lógica humana, la de los méritos adquiridos con la propia habilidad, pasa de ser el primero a ser el último. “Pero yo he trabajado mucho, he hecho mucho en la Iglesia, he ayudado tanto, ¿y me pagan lo mismo que a este que ha llegado el último?”. Recordemos quién fue el primer santo canonizado en la Iglesia: el Buen Ladrón. “Robó” el Cielo en el último momento de su vida. Esto es Gracia, así es Dios, también con todos nosotros. El que piensa en sus propios méritos, fracasa; quien se confía con humildad a la misericordia del Padre, pasa de último -como el Buen Ladrón- a primero (cfr. v. 16).

Que María Santísima nos ayude a sentir todos los días la alegría y el estupor de ser llamados por Dios a trabajar para Él en su campo, que es el mundo, en su viña, que es la Iglesia. Y de tener como única recompensa su amor, la amistad de Jesús.

 

 

Ángelus: El Papa recuerda el Congreso Eucarístico pospuesto por COVID-19

Se celebrará en Hungría en 2021

SEPTIEMBRE 20, 2020 13:34LARISSA I. LÓPEZANGELUS

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(zenit – 20 sept. 2020).- Después del Ángelus de este domingo, 20 de septiembre 2020, el Papa Francisco ha recordado que, antes de la pandemia, estaba previsto que en los últimos días se celebrase el Congreso Eucarístico Internacional, en Budapest, Hungría.

El Santo Padre explicó que el Congreso ha sido pospuesto al próximo año 2021, del 5 al 12 de septiembre, también en Budapest. “Continuemos, unidos espiritualmente, el camino de preparación, encontrando en la Eucaristía la fuente de la vida y de la misión de la Iglesia”, indicó.

Igualmente, en sus palabras después de la oración mariana, se refirió a que hoy es el día de la Universidad Católica del Sagrado Corazón en Italia: “Invito a sostener esta importante institución cultural, llamada a dar nuevo vigor a un proyecto que ha sabido abrir la puerta del futuro a muchas generaciones de jóvenes”, dijo.

“Es muy importante que las nuevas generaciones se formen en el cuidado de la dignidad humana y de la casa común.”, añadió.

Por último, Francisco saludó a la gente de Roma y a los peregrinos de varios países presentes en la plaza de San Pedro.

A continuación, siguen las palabras del Papa, según la tradición oficial ofrecida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

***

Palabras del Papa después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

Según los programas hechos antes de la pandemia, en los días pasados tendría que haberse celebrado el Congreso Eucarístico Internacional en Budapest. Por ello, deseo dirigir mi saludo a los Pastores y a los fieles de Hungría, y a todos los que esperaban con fe y alegría este evento eclesial. El Congreso ha sido aplazado hasta el año que viene, del 5 al 12 de septiembre, siempre en Budapest. Continuemos, unidos espiritualmente, el camino de preparación, encontrando en la Eucaristía la fuente de la vida y de la misión de la Iglesia.

Hoy se celebra en Italia el Día por la Universidad Católica del Sagrado Corazón. Invito a sostener esta importante institución cultural, llamada a dar nuevo vigor a un proyecto que ha sabido abrir la puerta del futuro a muchas generaciones de jóvenes. Es muy importante que las nuevas generaciones se formen en el cuidado de la dignidad humana y de la casa común.

Saludo a los romanos y a los peregrinos de varios países: familias, grupos parroquiales, asociaciones y demás fieles.

Deseo a todos un buen domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta la vista.

 

Banco Farmacéutico: El Papa llama a la globalización de los tratamientos médicos

Discurso del Santo Padre

SEPTIEMBRE 20, 2020 11:55LARISSA I. LÓPEZPAPA FRANCISCO

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(zenit – 20 sept. 2020)-. El Papa Francisco, en la audiencia con los miembros del Banco Farmacéutico celebrada ayer, 19 de septiembre de 2020, abogó por la globalización de los tratamientos médicos.

​La Fundación Banco Farmacéutico es una institución que nació en el año 2000 y se ocupa de recolectar medicamentos de donadores e industrias para distribuirlas en miles de infraestructuras caritativas para la atención de personas pobres que no pueden adquirir estos medicamentos.

En su discurso, el Santo Padre denunció la “marginación farmacéutica” que “crea una brecha adicional entre las naciones y entre los pueblos”.

​“En el plano ético, si existe la posibilidad de curar una enfermedad con un medicamento, éste debería estar al alcance de todos, de lo contrario se comete una injusticia”, insistió.

Francisco propuso “globalizar el tratamiento”, esto es, “la posibilidad de acceso a esos medicamentos que podrían salvar tantas vidas para todas las poblaciones”. Y, para ello, “necesitamos un esfuerzo común, una convergencia que involucre a todos”.

En cuanto a la situación provocada por la COVID-19, el Pontífice describió que “sería triste si al proporcionar la vacuna se diera prioridad a los más ricos, o si esta vacuna se convirtiera en propiedad de esta o aquella nación, y ya no fuera de todos. Debe ser universal, para todos”.

A continuación, sigue el discurso completo del Papa.

***

Discurso del Santo Padre

Os doy la bienvenida. Agradezco al Presidente de la Fundación Banco Farmacéutico las cordiales palabras que me ha dirigido. Como ha recordado, este año se cumple el vigésimo aniversario del nacimiento del Banco Farmacéutico: ¡muchas felicidades! Desde esa primera intuición, se ha recorrido un largo camino. Además de estar presentes en Italia, también operáis en otros países.

​Quien vive en la pobreza, es pobre en todo, incluso en las medicinas, y por lo tanto su salud es más vulnerable. A veces se corre el riesgo de no poder recibir tratamiento por falta de dinero o porque algunas personas en el mundo no tienen acceso a ciertos medicamentos. También existe una «marginalidad farmacéutica». Y esto hay que decirlo. Así se crea una brecha más entre las naciones y entre los pueblos. Desde el punto de vista ético, si existe la posibilidad de curar una enfermedad con un medicamento, éste debería estar al alcance de todos, de lo contrario se comete una injusticia. Demasiadas personas, demasiados niños siguen muriendo en el mundo porque no pueden tener ese medicamento, o esa vacuna, que está disponible en otras regiones. Conocemos el peligro de la globalización de la indiferencia. La globalización de la indiferencia. Os propongo, en cambio, globalizar el tratamiento, es decir, la posibilidad de acceso a esos medicamentos que podrían salvar tantas vidas para todas las poblaciones. Y para ello necesitamos un esfuerzo común, una convergencia que involucre a todos. Vosotros sois el ejemplo de este esfuerzo común.

​Espero que la investigación científica pueda avanzar para buscar siempre nuevas soluciones a viejos y nuevos problemas. El trabajo de muchos investigadores es inestimable y representa un magnífico ejemplo de cómo el estudio y la inteligencia humana son capaces de generar, en la medida de lo posible, nuevos caminos de tratamiento y curación.

Las empresas farmacéuticas, sosteniendo la investigación y orientando la producción, pueden contribuir generosamente a una distribución más equitativa de los medicamentos.

Los farmacéuticos están llamados a prestar un servicio de atención cercana a los más necesitados, y con ciencia y conciencia trabajan por el bien integral de quienes acuden a ellos.

También los gobernantes están llamados a construir, mediante decisiones legislativas y financieras, un mundo más justo en el que no se abandone a los pobres, o peor todavía en el que se descarten.

​La reciente experiencia de la pandemia, además de una gran emergencia sanitaria en la que ya ha muerto casi un millón de personas, se está traduciendo en una grave crisis económica, que sigue generando personas y familias pobres que no saben cómo salir adelante. Al mismo tiempo que se presta asistencia caritativa, se trata de combatir también esta pobreza farmacéutica, en particular con una amplia difusión en el mundo de las nuevas vacunas. Repito que sería triste si al proporcionar la vacuna se diera prioridad a los más ricos, o si esta vacuna se convirtiera en propiedad de esta o aquella nación, y ya no fuera de todos. Debe ser universal, para todos.

Queridos amigos, muchas gracias por vuestro servicio a los más débiles. Gracias por lo que hacéis. La Jornada de la recogida de medicamentos es un ejemplo importante de cómo la generosidad y el compartir los bienes pueden mejorar nuestra sociedad y dar testimonio de ese amor en la cercanía que el Evangelio nos exige (cf. Jn 13,34). Bendigo a todos vosotros aquí presentes, a vuestras familias; bendigo y pido a Dios que os bendiga a todos vosotros que, como dijo el presidente, sois de diferentes religiones. Pero Dios es el padre de todo y pido: Dios bendiga a todos vosotros, a vuestras familias, vuestro trabajo, vuestra generosidad. Y como los sacerdotes siempre piden, os pido que recéis por mí. Gracias

© Librería Editorial Vaticano

SAN MATEO, APÓSTOL Y EVANGELISTA*

Fiesta

— Correspondencia de San Mateo a la llamada del Señor. Nuestra correspondencia.

— La alegría de la vocación.

— Una vocación esencialmente apostólica.

I. San Marcos, San Lucas y el propio San Mateo narran la vocación de este inmediatamente después de la curación del paralítico de Cafarnaún. Probablemente el mismo día o al siguiente, se dirigió Jesús a la orilla del mar seguido de una gran muchedumbre1. Y en el camino pasó delante del lugar donde se pagaban los tributos por el tránsito de mercancías de una región a otra. Cafarnaún, además de un pequeño puerto de mar, era ciudad fronteriza con la región de Perea, al otro lado del Jordán.

Mateo, como publicano, estaba al servicio de Herodes y, sin ser funcionario, era arrendatario de los impuestos. Este oficio era mal visto, incluso despreciado, por el pueblo, aunque a la vez apetecido por la facilidad de enriquecimiento que proporcionaba. Es de suponer que este publicano era de buena posición, pues pudo dar un gran banquete en su casa, al que asistió un grandísimo número de publicanos Y otros que los acompañaban a la mesa2.

Al pasar Jesús, le invitó a que le siguiera. Y dejadas todas las cosas se levantó y le siguió3. Se trata de una respuesta rápida y generosa. Mateo, que debía conocer al Maestro de otras ocasiones, esperó este gran momento, y a la primera insinuación no dudó en dejarlo todo para seguir a Jesús. Solo Dios sabe lo que vio aquel día en Mateo, y solo el Apóstol sabrá lo que contempló en Jesús para dejar inmediatamente la mesa de las recaudaciones y seguirle. «Y al mostrar una decisión pronta y desprenderse así de golpe de todas las cosas de la vida, atestiguaba muy bien, por su perfecta obediencia, que le había llamado el Señor en el momento oportuno»4. El instante y la situación en los que el Señor se insinúa en el alma pidiendo una entrega sin reservas son los que Dios tiene previstos en su Providencia, y son por tanto los más oportunos. A veces lo hará a una temprana edad, y a esos pocos años, para esa persona, corresponde el mejor momento para seguir la llamada del Señor. Otras, Cristo llama en la madurez y en las circunstancias familiares, de trabajo, etc., más diversas. Con la vocación, Dios acompaña la gracia para responder prontamente y ser fieles hasta el final. Además, puede suceder que, cuando se dice que no al Señor en espera de decirle sí más adelante, en un tiempo que subjetivamente parezca más oportuno, ese momento no se presente, porque toda resistencia a la gracia endurece el corazón5. También es posible que el Señor no pase una segunda vez: que no haya una segunda repetición de la llamada amorosa. Esto llevaba a San Agustín a animar a todos los fieles a corresponder a la gracia cuando Dios la da; y añadía: Timeo Jesum praetereuntem et non redeuntem, temo que Jesús pase y no vuelva6.

En todos nosotros se fija el Maestro, cualesquiera que sean nuestra edad y condición. Sabemos bien que Jesucristo pasa cerca de nuestra vida, nos mira y se dirige a nosotros de manera singular. Nos invita a seguirle más de cerca, y a la vez nos deja en la mayoría de los casos metidos en la entraña de la sociedad, del trabajo, de la familia... «Piensa en lo que dice el Espíritu Santo, y llénate de pasmo y de agradecimiento: “elegit nos ante mundi constitutionem” nos ha elegido, antes de crear el mundo, “ut essemus sancti in conspectu eius!” para que seamos santos en su presencia.

»Ser santo no es fácil, pero tampoco es difícil. Ser santo es ser buen cristiano: parecerse a Cristo. El que más se parece a Cristo, ese es más cristiano, más de Cristo, más santo.

»Y ¿qué medios tenemos? Los mismos que los primeros fieles, que vieron a Jesús, o lo entrevieron a través de los relatos de los Apóstoles o de los Evangelistas»7.

II. San Mateo, para celebrar y agradecer su vocación, dio un gran banquete, al que invitó a sus amigos, a muchos de los cuales se les consideraba o eran pecadores. Este gesto refleja la alegría del nuevo Apóstol por su vocación, que es un gran bien del que es preciso alegrarse siempre. Si nos fijamos solo en la renuncia que lleva consigo toda invitación de Dios a seguirle con paso más firme, si miramos solo lo que hay que dejar y no el don de Dios, el bien que va a llevar a cabo en nosotros y a través de nosotros, podría venir la tristeza, como al joven rico que no quiso dejar sus riquezas y se marchó triste8. Solo pensó en lo que dejaba. No llegó a conocer la maravilla de estar con Cristo y de ser su instrumento para cosas grandes. «Quizá ayer eras una de esas personas amargadas en sus ilusiones, defraudadas en sus ambiciones humanas. Hoy, desde que Él se metió en tu vida ¡gracias, Dios mío!, ríes y cantas, y llevas la sonrisa, el Amor y la felicidad dondequiera que vas»9.

La vida de quien ha sido llamado por Cristo y todos lo hemos sido no puede ser como la de aquel personaje que Jesús nombra cuando ya parece terminada la parábola del hijo pródigo: el hermano mayor que ha permanecido en la finca del padre, que ha sido buen trabajador, que no ha salido de los límites de la hacienda paterna... que ha sido fiel, pero sin alegría, sin caridad con su hermano menor, que por fin acaba de volver. Es la imagen viva del justo que no acierta a comprender que poder servir a Dios y gozar de su amistad y presencia es ya una continua fiesta. No entiende que en el servicio a Dios está ya la misma recompensa, que el mismo servir es reinar. Dios espera de nosotros un servicio alegre, no de mala gana ni forzado, pues Dios ama al que da con alegría10. Hay siempre suficientes motivos de fiesta, de acción de gracias, de estar alegres, cuando estamos sirviendo al Señor, cuando decimos sí a sus llamadas.

San Mateo se convirtió en un testigo excepcional de la vida y de los hechos del Maestro. Un poco más tarde sería elegido uno de los Doce para seguir al Señor en todos sus pasos: escuchó sus palabras y contempló sus milagros, estuvo entre los íntimos que celebraron la Última Cena y asistió a la institución de la Eucaristía, oyó el testamento del Señor en el Mandamiento del amor y acompañó a Cristo al Huerto de los Olivos, donde empezaría, con los otros discípulos, un calvario de angustia, especialmente por haber abandonado también a Jesús. Después, muy poco después, saboreó la alegría de la Resurrección y, antes de la Ascensión, recibió el mandato de llevar la Buena Nueva hasta los confines de la tierra. Más tarde, también con los discípulos y la Santísima Virgen, recibió el fuego del Espíritu Santo, en Pentecostés. Al escribir su Evangelio recordaría tantos momentos gratos junto al Maestro. Comprendió que su vida cerca de Cristo había valido la pena. ¡Qué diferencia si se hubiera quedado aquella mañana amarrado al telonio de los impuestos y no hubiera sabido seguir a Jesús que pasaba! Nuestra vida, ¡bien lo sabemos!, solo vale la pena si la vivimos junto a Cristo, en una correspondencia cada día más fiel. Si ante cada llamamiento que nos hace Jesús para vivir más cerca de Él respondemos con prontitud y alegría.

III. Al banquete que dio Mateo asistieron sus amigos y muchos conocidos. Algunos eran publicanos. Los fariseos y los escribas murmuraban entre sí, y decían a los discípulos de Jesús: ¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores?11. San Jerónimo, en una nota al margen del texto y en tono jocoso, anota que aquello debió ser un festín de pecadores.

El Maestro asistió al banquete en casa del nuevo discípulo. Y lo haría de buen grado, con gusto, aprovechando aquella oportunidad para ganarse la simpatía de los amigos de Mateo. Jesús, a quien le llegaron los comentarios malintencionados de los fariseos, les respondió con una enseñanza llena de sabiduría y de sencillez: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos12. Muchos de los asistentes al banquete se sintieron acogidos por el Señor, y pasado un tiempo se bautizarían y serían cristianos fieles. A nosotros nos enseña el Señor con su ejemplo a estar abiertos a todos para ganarlos a todos. «El diálogo de salvación no quedó condicionado por los méritos de aquellos a quienes se dirigía, ni tampoco por los resultados favorables o contrarios: no tienen necesidad de médico los que están sanos... El diálogo de salvación se abrió, se ofrece a todos; se abrió para todos los hombres sin discriminación alguna...»13. Nadie nos debe ser indiferente; cuanto mayor sea la necesidad, mayor ha de ser nuestro empeño apostólico, mayores los medios humanos y sobrenaturales que hemos de emplear. Examinemos hoy en nuestra oración si tenemos un trato acogedor con todos; también con aquellos que parecen estar más lejos de nuestras ideas y de nuestro modo cristiano de pensar y de ver la vida.

«Tienes razón. Desde la cumbre me escribes en todo lo que se divisa y es un radio de muchos kilómetros, no se percibe ni una llanura: tras de cada montaña, otra. Si en algún sitio parece suavizarse el paisaje, al levantarse la niebla, aparece una sierra que estaba oculta.

»Así es, así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros... Los haréis, a través de las montañas, al golpe de vuestras pisadas»14.

Agradezcamos hoy al Apóstol el Evangelio que nos legó, leámoslo con piedad para conocer cada vez mejor a Jesús y aprender a amarle con toda nuestra alma.

1 Mc 2, 13. — 2 Lc 5, 29. — 3 Mt 9, 9. — 4 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 30, 1. — 5 Cfr. F. Suárez, La Virgen Nuestra Señora, Rialp, 6.ª ed., Madrid 1966, pp. 78-79. — 6 Sagrada Escritura, Santos Evangelios, EUNSA, 2.ª ed., Pamplona 1985, nota a Lc 18, 35-43. — 7 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 10. — 8 Cfr. Lc 18, 18. — 9 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 81. — 10 2 Cor 9, 7. — 11 Lc 5, 30. — 12 Mt 9, 12. — 13 Pablo VI, Enc. Ecclesiam suam, 6-VIII-1964. — 14 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 928.

San Mateo, Apóstol y Evangelista, nació en Cafarnaún, y cuando Jesús lo llamó para formar parte del grupo de los Doce ejercía el oficio de recaudador de impuestos. La Tradición es unánime en reconocerlo como autor del primer Evangelio, escrito en arameo y traducido poco después al griego. Según la Tradición predicó y sufrió martirio en Oriente, quizá en Persia.

 

 

“Señor, de verdad quiero ser santo”

Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso. -Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. -Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón. (Camino, 1)

21 de septiembre

Procuremos fomentar en el fondo del corazón un deseo ardiente, un afán grande de alcanzar la santidad, aunque nos contemplemos llenos de miserias. No os asustéis; a medida que se avanza en la vida interior, se perciben con más claridad los defectos personales. Sucede que la ayuda de la gracia se transforma como en unos cristales de aumento, y aparecen con dimensiones gigantescas hasta la mota de polvo más minúscula, el granito de arena casi imperceptible, porque el alma adquiere la finura divina, e incluso la sombra más pequeña molesta a la conciencia, que sólo gusta de la limpieza de Dios. Díselo ahora, desde el fondo de tu corazón: Señor, de verdad quiero ser santo, de verdad quiero ser un digno discípulo tuyo y seguirte sin condiciones. Y enseguida has de proponerte la intención de renovar a diario los grandes ideales que te animan en estos momentos. (Amigos de Dios, 20)

 

 

21 de septiembre: San Mateo, apóstol y evangelista

Evangelio de la festividad de san Mateo, apóstol y evangelista, y comentario al evangelio.

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Mt 9, 9-13)

Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió.

Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos.

Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?».

Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores».


Comentario

¡Qué tiene la mirada de Jesucristo que cambia radicalmente el corazón, lo transforma, lo sana!

Jesús atraviesa las callejuelas de Cafarnaúm y va decidido al lugar donde trabaja Leví, el publicano, el recaudador de impuestos para los romanos, el odiado por sus propios conciudadanos, el despreciado, el traidor.

Se detiene, no tiene prisa, y le mira.

Con esos ojos misericordiosos, como nadie le había mirado antes.

Y le abrió el corazón, lo hizo libre, lo sanó, lo llenó de esperanzas.

En esos ojos Leví vio la mirada de Dios que ve más allá de lo que ven nuestros ojos.

Más allá de las apariencias, de nuestros pecados, de nuestros fracasos, de nuestra indignidad.

En Leví, Jesús ve a Mateo.

Ve su historia de amor, de servicio, de entrega, de fidelidad, de felicidad.

También hoy, cada día, Jesús quiere fijar su mirada en nosotros.

“Es la espera de Dios, que ama a los hombres, que nos busca, que nos quiere tal como somos —limitados, egoístas, inconstantes—, pero con la capacidad de descubrir su infinito cariño y de entregarnos a El enteramente” (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 151).

Nosotros, que estamos también sentados en nuestro banco, buscando ser felices a nuestra manera, acumulando tiempo y bienes para nosotros mismos, incapaces de darnos a los demás, cansados de que pasen los días sin atrevernos a arriesgar.

El encuentro de Jesús con Mateo nos interpela y demanda nuestra confianza: si Jesús pudo transformar a un recaudador en un servidor, a un traidor en su amigo íntimo, también puede transformarnos a nosotros, pecadores, en hijos de Dios, en sus amigos íntimos.

Para ello debemos hacer como Mateo: sentirnos en peligro, enfermos, necesitados de esa mirada que infunde esperanza porque ve en cada uno, pecadores, al hombre soñado por Dios.

 

 

Un motivo sobrenatural

¿Qué es "Santificar el trabajo"? En este artículo se explica que es darle un motivo, un porqué: un amor a Dios y a los demás por Dios que influye radicalmente en la misma actividad, impulsando a realizarla bien, con competencia y perfección.

TRABAJO02/06/2009

Decía San Josemaría que el espíritu del Opus Dei recoge la realidad hermosísima de que cualquier tarea digna y noble en lo humano, puede convertirse en un quehacer divino.

La vida de muchas personas ha experimentado un giro al conocer esta doctrina, y a veces solamente al oír hablar de santificación del trabajo. Hombres y mujeres que trabajaban con horizontes sólo terrenos, de dos dimensiones, y se entusiasman al saber que su trabajo profesional puede adquirir una dimensión trascendente, relieve de vida eterna. ¿Cómo no pensar en el gozo de aquel personaje del Evangelio que al encontrar un tesoro escondido en un campo, fue y vendió todo lo que tenía para comprar aquel campo?[1]

El Espíritu Santo hizo descubrir a San Josemaría este tesoro en la doctrina del Evangelio, especialmente en los largos años de la vida de Jesús en Nazaret, años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol[2], porque esos años ocultos del Señor no son algo sin significado, ni tampoco una simple preparación de los años que vendrían después: los de su vida pública. Desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres[3].

Gracias a la luz de Dios, el Fundador del Opus Dei enseñó constantemente que el trabajo profesional es realidad santificable y santificadora. Verdad sencilla y grandiosa que el Magisterio de la Iglesia ha enseñado sobre todo a partir del Concilio Vaticano II[4], y recogido después en el Catecismo, señalando que «el trabajo puede ser un medio de santificación y de animación de las realidades terrenas en el Espíritu de Cristo»[5].

«Con sobrenatural intuición» –ha afirmado Juan Pablo II–, «el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo»[6].

Nuestro Fundador ha sido instrumento querido por Dios para difundir esta doctrina abriendo perspectivas inmensas a la santidad personal de multitud de cristianos y para la santificación de la sociedad humana desde dentro, es decir, desde el entramado mismo de las relaciones profesionales que la configuran.

 

​'El trabajo acompaña inevitablemente la vida del hombre sobre la tierra'.

 

Esta semilla dará los frutos que el Señor espera si nosotros ponemos el empeño necesario para meditarla en la presencia de Dios y ponerla en práctica con su ayuda, porque la santificación del trabajo no es sólo una idea que basta explicar para que se aprenda; es un ideal que se busca y se conquista por amor a Dios, conducidos por su gracia.

SENTIDO DEL TRABAJO

Desde el comienzo de la Sagrada Escritura, en el libro del Génesis, se nos revela el sentido del trabajo. Dios, que hizo buenas todas las cosas, «quiso libremente crear un mundo "en estado de vía" hacia su perfección última»[7], y creó al hombre ut operaretur[8], para que con su trabajo «prolongase en cierto modo la obra creadora y alcanzase su propia perfección»[9].

Como consecuencia del pecado, el trabajo está acompañado de fatiga y muchas veces de dolor[10]. Pero al asumir nuestra naturaleza para salvarnos, Jesucristo Nuestro Señor ha transformado la fatiga y el dolor en medios para manifestar el amor y la obediencia a la Voluntad divina y reparar la desobediencia del pecado. Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius (Mt 13, 55), el hijo del carpintero. (...) Era el faber, filius Mariae (Mc 6, 3), el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas (Jn 12, 32)[11].

Junto a esta realidad del trabajo de Jesucristo, que nos muestra la plenitud de su sentido, hemos de considerar que por gracia sobrenatural hemos sido hechos hijos de Dios formando una sola cosa con Jesucristo, un solo cuerpo. Su Vida sobrenatural es vida nuestra, y nos ha hecho partícipes de su sacerdocio para que seamos corredentores con Él.

Esta profunda unión del cristiano con Cristo ilumina el sentido de todas nuestras actividades y, en particular, del trabajo. En las enseñanzas de San Josemaría, el fundamento de la santificación del trabajo, es el sentido de la filiación divina, la conciencia de que Cristo quiere encarnarse en nuestro quehacer[12].

Toda esta visión cristiana del sentido trabajo, se compendia en las siguientes palabras: El trabajo acompaña inevitablemente la vida del hombre sobre la tierra. Con él aparecen el esfuerzo, la fatiga, el cansancio: manifestaciones del dolor y de la lucha que forman parte de nuestra existencia humana actual, y que son signos de la realidad del pecado y de la necesidad de la redención. Pero el trabajo en sí mismo no es una pena, ni una maldición o un castigo: quienes hablan así no han leído bien la Escritura Santa. (...) El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su domino sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad. Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios (...). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora[13].

SANTIFICAR LA ACTIVIDAD DE TRABAJAR

 

'El trabajo se santifica de hecho cuando se realiza por amor a Dios'.

 

Una expresión de San Josemaría, que salía con frecuencia de sus labios y de su pluma, nos adentra en el espléndido panorama de la santidad y del apostolado en el ejercicio de un trabajo profesional: para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo[14].

Son tres aspectos de una misma realidad, inseparables y ordenados entre sí. Lo primero es santificar –hacer santo– el trabajo, la actividad de trabajar[15]. Santificar el trabajo es hacer santa esa actividad, hacer santo el acto de la persona que trabaja.

De esto dependen los otros dos aspectos, porque el trabajo santificado es también santificador: nos santifica a nosotros mismos, y es medio para la santificación de los demás y para empapar la sociedad con el espíritu cristiano. Conviene, por tanto, que nos detengamos a considerar el primer punto: qué significa hacer santo el trabajo profesional.

Un acto nuestro es santo cuando es un acto de amor a Dios y a los demás por Dios: un acto de amor sobrenatural –de caridad–, lo cual presupone, en esta tierra, la fe y la esperanza. Un acto así es santo porque la caridad es participación de la infinita Caridad, que es el Espíritu Santo[16], el Amor subsistente del Padre y del Hijo, de modo que un acto de caridad es un tomar parte en la Vida sobrenatural de la Santísima Trinidad: un tomar parte en la santidad de Dios.

En el caso del trabajo profesional, hay que tener en cuenta que la actividad de trabajar tiene por objeto las realidades de este mundo –cultivar un campo, investigar una ciencia, proporcionar servicios, etc.– y que, para ser humanamente buena y santificable, ha de ser ejercicio de las virtudes humanas. Pero esto no basta para que sea santa.

 ​'

Es imprescindible buscar de un modo u otro la presencia de Dios'.

El trabajo se santifica de hecho cuando se realiza por amor a Dios, para darle gloria –y, en consecuencia, como Dios quiere, cumpliendo su Voluntad: practicando las virtudes cristianas informadas por la caridad–, para ofrecerlo a Dios en unión con Cristo, ya que «por Él, con Él y en Él, a Ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria»[17].

Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás santificado el trabajo[18]. Con estas breves palabras el fundador del Opus Dei muestra la clave de la santificación del trabajo. La actividad humana de trabajar se santifica cuando se lleva a cabo por un motivo sobrenatural.

Lo decisivo no es, por tanto, que salga bien, sino que trabajemos por amor a Dios, ya que esto es lo que busca en nosotros: Dios mira el corazón[19]. Lo decisivo es el motivo sobrenatural, la finalidad última, la rectitud de intención de la voluntad, el realizar el trabajo por amor a Dios y para servir a los demás por Dios. Se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios, operatio Dei, opus Dei.[20].

CUALIDADES DEL MOTIVO SOBRENATURAL

El motivo sobrenatural es sincero si influye eficaz y radicalmente en el modo de trabajar, llevando a cumplir nuestra tarea con perfección, como Dios quiere, dentro de las limitaciones personales con las que Él cuenta.

El motivo sobrenatural que hace santo el trabajo, no es algo que simplemente se yuxtapone a la actividad profesional, sino que es un amor a Dios y a los demás por Dios que influye radicalmente en la misma actividad, impulsando a realizarla bien, con competencia y perfección, porque no podemos ofrecer al Señor algo que, dentro de las pobres limitaciones humanas, no sea perfecto, sin tacha, efectuado atentamente también en los mínimos detalles: Dios no acepta las chapuzas. No presentaréis nada defectuoso, nos amonesta la Escritura Santa, pues no sería digno de El (Lv 22, 20). Por eso, el trabajo de cada uno, esa labor que ocupa nuestras jornadas y energías, ha de ser una ofrenda digna para el Creador, operatio Dei, trabajo de Dios y para Dios: en una palabra, un quehacer cumplido, impecable[21].

Una "buena intención" que no impulsara a trabajar bien, no sería una intención buena, no sería amor a Dios. Sería una intención ineficaz y hueca, un débil deseo, que no alcanza a superar el obstáculo de la pereza o de la comodidad. El verdadero amor se plasma en el trabajo.

Poner un motivo sobrenatural no es tampoco añadir algo santo a la actividad de trabajar. Para santificar el trabajo no es suficiente rezar mientras se trabaja, aunque –cuando es posible hacerlo– es una señal de que se trabaja por amor a Dios, y un medio para crecer en ese amor.

Más aún, para santificar el trabajo poniendo un motivo sobrenatural, es imprescindible buscar de un modo u otro la presencia de Dios, y muchas veces esto se concreta en actos de amor, en oraciones y en jaculatorias, a veces con ocasión de una pausa o de otras circunstancias que ofrece el ritmo del trabajo. Para esto son de gran ayuda las industrias humanas.

 

El amor a Dios hace grandes las cosas pequeñas'.

Pero vale la pena insistir en que no hay que quedarse ahí, porque santificar el trabajo no consiste esencialmente en realizar algo santo mientras se trabaja, sino en hacer santo el mismo trabajo poniendo el motivo sobrenatural que configura esa actividad y la empapa tan profundamente que la convierte en un acto de fe, esperanza y caridad, transformando el trabajo en oración.

Otra consecuencia importante de que la raíz de la santificación del trabajo se encuentra en el motivo sobrenatural, es que todo trabajo profesional es santificable, desde el más brillante ante los ojos humanos hasta el más humilde, pues la santificación no depende del tipo de trabajo sino del amor a Dios con que se realiza. Basta pensar en los trabajos de Jesús, María y José en Nazaret: tareas corrientes, ordinarias, semejantes a las de millones de personas, pero realizadas con el amor más grande.

«La dignidad del trabajo depende no tanto de lo que se hace, cuanto de quien lo ejecuta, el hombre, que es un ser espiritual, inteligente y libre»[22]. La mayor o menor categoría del trabajo depende de su bondad en cuanto acción espiritual y libre, es decir, del amor electivo del fin, que es acto propio de la libertad.

 

Conviene no olvidar que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara. Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor[23].

El amor a Dios hace grandes las cosas pequeñas: los detalles de orden, de puntualidad, de servicio o de amabilidad, que contribuyen a la perfección del trabajo. Hacedlo todo por Amor. –Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. –La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo[24].

Quien comprende que el valor santificador del trabajo depende esencialmente del amor a Dios con que se lleva a cabo, y no de su relieve social y humano, aprecia en mucho las cosas pequeñas, especialmente las que pasan inadvertidas a los ojos de los demás, porque sólo las ve Dios.

Por el contrario, trabajar por motivos egoístas, como el afán de autoafirmación, de lucirse o de realizar por encima de todo los propios proyectos y gustos, o la ambición de prestigio por vanidad, o de poder o de dinero como meta suprema, impide radicalmente santificar el trabajo, porque equivale a ofrecerlo al ídolo del amor propio.

Estos motivos se presentan pocas veces en estado puro, pero pueden convivir con intenciones nobles e incluso sobrenaturales, permaneciendo latentes –quizá durante largo tiempo– como los posos de cieno en el fondo de un agua limpia. Sería una imprudencia ignorarlos, porque en cualquier momento –quizá con ocasión de una dificultad, una humillación o un fracaso profesional– pueden revolverse y enturbiar toda la conducta. Es preciso detectar esos motivos egoístas, reconocerlos sinceramente y combatirlos purificando la intención con oración, sacrificio, humildad, servicio generoso a los demás, cuidado de las cosas pequeñas...

Volvamos la mirada una y otra vez al trabajo de Jesús en los años de su vida oculta, para aprender a santificar nuestra tarea. Señor, concédenos tu gracia. Ábrenos la puerta del taller de Nazaret, con el fin de que aprendamos a contemplarte a Ti, con tu Madre Santa María, y con el Santo Patriarca José –a quien tanto quiero y venero–, dedicados los tres a una vida de trabajo santo. Se removerán nuestros pobres corazones, te buscaremos y te encontraremos en la labor cotidiana, que Tú deseas que convirtamos en obra de Dios, obra de Amor[25].

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[1] Cfr. Mt 13, 44.

[2] Es Cristo que pasa, n. 14.

[3] Ibidem, n. 20.

[4] Cfr. Const. dogm. Lumen gentium, nn. 31-36; Const. past. Gaudium et spes, nn. 33-39; Decr. Apostolicam actuositatem, nn. 1-3, 7.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2427.

[6] Juan Pablo II, Homilía, 17-V-1992. Cfr. también, entre otros textos: Discurso, 19-III-1979; Discurso, 12-I-2002, n. 2.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 310.

[8] Gn 2, 15. Cfr. Gn 1, 28.

[9] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2427. Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, nn. 34 y 35.

[10] Cfr. Gn 3, 18-19.

[11] Es Cristo que pasa, n. 14.

[12] Ibidem, n. 174.

[13] Ibidem, n. 47.

[14] Conversaciones, n. 55. Cfr. Es Cristo que pasa, n. 45; Amigos de Dios, n. 120.

[15] Cfr. Juan Pablo II, Litt. enc. Laborem exercens, 14-IX-1981, n. 6.

[16] Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, q. 24, a. 7 c.

[17] Misal Romano, Canon de la Misa.

[18] Camino, n. 359.

[19] 1 Sam 16, 7.

[20] Conversaciones, n. 10.

[21] Amigos de Dios, n. 55.

[22] Juan Pablo II, Discurso, 3-VII-1986, n. 3.

[23] Es Cristo que pasa, n. 48.

[24] Camino, n. 813.

[25] Amigos de Dios, n. 72.

La divinidad de Jesucristo

Jesús, por ser salvador, es Dios, ya que sólo Dios, por su perfección puede salvar. Cristo salva como Dios con su naturaleza humana y hace partícipes a los hombres de su salvación gracias a su naturaleza humana.

Los evangelistas escriben desde su fe en que Jesús es Hijo de Dios. Así lo afirma Marcos al principio de su Evangelio, y San Juan al final del suyo.

La expresión Hijo de Dios no siempre supone divinidad, según el uso de esta expresión entre los judíos. Pero el Profesor de la Universidad Gregoriana de Roma, José Caba, S.I. , demuestra, en uno de sus libros, cómo en algunos pasajes de los Evangelios se expresa claramente la divinidad de Cristo(336).

Jesucristo se presenta como Dios. Ningún otro fundador de religiones ha tenido tal osadía.

Mahoma, Buda, Confucio, Lao-Tse, Zarathustra o Zoroastro(337) presentaron una religión más o menos moralizante, pero ninguno de ellos pretendió ser Dios(338).

Jesucristo dijo que él era Dios.

Repetidas veces se presentaba a sí mismo como Dios: «Yo no soy de este mundo»(339); «Yo existía antes que el mundo existiese»(340); «Quien me ve a Mí, ve al Padre»(341); «El Padre y Yo somos una misma cosa»(342) . Es como decir: los dos somos de la misma naturaleza. Yo soy Dios como el Padre.

Los textos en que Jesucristo muestra su inferioridad respecto al Padre, son siempre refiriéndose a su naturaleza humana.

Como Cristo tenía dos naturalezas, de Dios y de hombre, los textos del Evangelio unas veces se refieren a Jesucristo como Dios, y otras a Jesucristo como hombre. Que Jesucristo fue verdadero hombre es clarísimo: pasaba hambre y por eso se acercaba a la higuera a ver si tenía higos; pasaba sed y le pedía a la samaritana que le diera agua del pozo; se cansaba y se quedaba dormido en la barca, etc. etc.

Jesucristo se llamaba a sí mismo El Hijo del Hombre . Así aparece ochenta y dos veces en los Evangelios; y siempre en boca de Jesús . Es una alusión al nombre que el profeta Daniel daba al Mesías.

Pero Jesucristo también tenía naturaleza divina como se deduce de multitud de textos. Repetidas veces se llama Hijo de Dios .

Pero esta filiación divina de Jesucristo es de distinta manera que la del resto de los hombres. Por eso hace esta distinción: «Mi Padre y vuestro Padre»(343). Mientras los hombres somos hijos adoptivos, Jesucristo es Hijo natural, es decir, de la misma naturaleza del Padre: tiene la misma naturaleza divina.

Los hijos siempre tienen la misma naturaleza que sus padres: el hijo de un pez es pez, el hijo de un pájaro es pájaro, el hijo de un hombre es hombre, el hijo de Dios es Dios.

Nosotros somos hijos por adopción(344). Jesucristo lo es por generación. Por eso se llama «Hijo Unigénito»(345) . . Dice San Pablo que Cristo «siendo de naturaleza divina no alardeó de su dignidad, sino que prescindiendo de su categoría de Dios, tomó naturaleza de hombre»(346). Y añade San Pablo que Jesucristo «no consideró usurpación el ser igual a Dios»(347), pues ya lo era por naturaleza.

Por eso, al hacerse también semejante a los hombres, «se anonadó a sí mismo», es decir, se rebajó al asumir la naturaleza de hombre siendo Dios como era.

32,12. El Apóstol Santo Tomás llamó a Jesús : «Señor mío y Dios mío»(348). Jesús no le hizo rectificar como si aquello fuera una exageración.

El Concilio II de Constantinopla declara autorizadamente que Cristo ha sido llamado Dios en este pasaje.

San Pablo afirma repetidas veces que Cristo es Dios: dice que es «de condición divina»(349); que «en él reside toda la plenitud de la divinidad»(350); le llama «Dios bendito»(351) y «gran Dios»(352). San Pablo transmite la creencia de la primera comunidad cristiana. De lo contrario los otros Apóstoles hubieran protestado. Por el contrario, todos decían lo mismo.

San Pedro lo llama Dios antes de recibir las llaves del Reino de los Cielos(353) y al principio de su Segunda Carta llama a Jesús , Dios y Salvador.

San Juan dice que Cristo es «Hijo Unico de Dios»(354), «verdadero Dios»(355).

San Pablo afirmaba: «Tanto ellos como yo, esto es lo que predicamos»(356).

Si los Apóstoles no hubieran creído que Cristo es Dios no hubieran dado la vida por él, pues nadie da la vida por lo que sabe que es mentira.

Los Testigos de Jehová niegan la divinidad de Cristo, y para ello han hecho una traducción de la Biblia que llaman del Nuevo Mundo , donde introducen palabras que no están en el texto original y que cambian el sentido de las frases en que se habla de la divinidad de Cristo . Esta introducción de palabras que cambian el sentido del texto original es un auténtico fraude. Esta Biblia de los Testigos de Jehová es una Biblia falsaria (ver n 6, 9).

32,13. Los judíos entendieron que Jesús se tenía por Dios, por eso querían quitarle la vida, por hacerse igual a Dios . «Te apedreamos por blasfemo, porque siendo hombre te haces Dios»(357). «Debe morir porque se hace Hijo de Dios»(358).

El pueblo judío era monoteísta y no concebía otro Dios que Yahvé. Cristo afirmaba claramente su divinidad. Por eso le llamaban blasfemo. También a Caifás le sonó a blasfemia la respuesta de Jesús en el Sanedrín afirmando que él era Hijo de Dios. Y por blasfemo lo condenaron a muerte. Si Cristo se hubiera llamado Hijo de Dios del mismo modo que Dios era Padre del resto de los hombres, aquello no tendría por qué haber sonado a blasfemia. Pero Cristo se identificaba con el Padre, pues tenía su misma naturaleza de Dios.

Todos los textos que los Testigos de Jehová citan para quitar a los católicos la fe en Cristo-Dios, se refieren a Cristo-Hombre. Ignorar los textos en que se afirma la divinidad de Cristo es no conocer la Biblia; o querer engañar, que es peor.

Los Testigos de Jehová no tienen derecho a llamarse cristianos, pues no creen que Cristo sea Dios. Por eso son excluidos del Consejo Mundial de las Iglesias Cristianas(359).

Dice San Juan : «Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre»(360). Jesús estaba convencido de ser Hijo de Dios en un sentido especial, único. Jesucristo llama a Dios su Padre de un modo familiar.

Utilizaba la palabra «abbá» que equivale a «papá».

El investigador alemán Joaquín Jeremías en su opúsculo «La oración del Señor» y en su libro «El mensaje esencial del Nuevo Testamento» da mucha importancia al término «abbá». Dice que «hasta hoy nadie ha podido aducir un solo caso dentro del judaísmo palestinense en que Dios sea invocado como «mi padre» por un individuo. Para la mentalidad judía hubiera sonado a irreverencia. Lo que hacía inimaginable el llamar a Dios con ese término coloquial. Es algo nuevo, excepcional, de lo que nunca se había tenido siquiera una sospecha. Nos hallamos frente a algo nuevo e inaudito, que rompe los moldes del judaísmo»(361).

Cristo es Hijo de Dios en un sentido real. No figurado: hombre santo, pero no de naturaleza divina. Por eso escribe San Agustín : «A quienes dicen que Jesucristo es Hijo de Dios en cuanto que es un hombre tan santo que merece ser llamado Hijo de Dios, a estos tales los expulsa de nuestra comunidad la institución católica»(362).

Algunos quieren rebajar la divinidad de Cristo . Para ellos Jesús sería un hombre divinizado en el sentido afectivo, no efectivo. Por eso en lugar de hablar de la divinidad de Cristo , prefieren hablar de la presencia de la divinidad en Cristo. Como si Cristo no fuera verdadero Dios, sino tan sólo un hombre en el que Dios resplandeció de modo excepcional. Pero si leemos el Evangelio sin prejuicios como dice Greeley , está claro que Cristo se siente unido al Padre de un modo excepcional y único: «Quien me ve a Mí ve al Padre»(363), pone San Juan en boca de Jesús.

Es más, Jesús se siente con autoridad para cambiar el Antiguo Testamento. Los Profetas de la Antigüedad apoyaban sus palabras en al autoridad de Dios. Decían: Así habla el Señor . Jesús habla en nombre propio, y se atreve a corregir la ley mosaica, por considerarse superior a ella.

Habla por derecho propio. «Se dijo a los antiguos, pero Yo os digo»(364).

Jesús habló con la suficiente claridad para que pudiéramos descubrir su divinidad, pero de un modo velado para no escandalizar a aquel pueblo, esencialmente monoteísta, que no podía aceptar a otro Dios que a Yahvé.

Por eso Jesús descubrió su divinidad paulatinamente . Afirmarla de golpe hubiera provocado escándalo.

Sólo al final de su vida desvela el misterio de su personalidad divina. Jesús respondió a Caifás que le preguntaba por su divinidad:

Tú lo has dicho , que es un modo de hablar, que significa: «Así es como tú dices»(365). Para ser cristiano es necesario creer que Jesucristo es el Hijo de Dios.Para ser cristiano es necesario creer que Jesucristo es el Hijo de Dios.

Estos textos han sido reproducido, con permiso del autor, del libro «Para Salvarte» de Jorge Loring, S.J.


(301) – JUAN LEAL, S.I.: Sinopsis de los cuatro Evangelios, 1ª, VII, 1. Ed. BAC. Madrid.

(302) – VITTORIO MESSORI: Hipótesis sobre Jesús, IV, 11. Ed. Mensajero. Bilbao, 1978

(303) – BRUGGEBOES: Jesucristo, introducción práctica al Evangelio, V. Ed. Verbo Divino. Estella

(304) – Primera Carta de SAN JUAN, 1:1-3

(305) – Evangelio de SAN LUCAS, 1:1s

(306) – DAVID FLUSSER: Jesús en sus palabras y en su tiempo. Ed. Cristiandad. Madrid, 1975

(307) – GEZA VERMES: Jesús el judío. Ed. Muchnik. Barcelona, 1980

(308) – ERNST KÄSEMANN: Essays on the New Testament. London, 1954

(309) – G. BORNKANMM: Gesú di Nazareth. Ed. Claudiana. Torino, 1977

(310) – Concilio Vaticano II: Dei Verbum: Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación, nº 19

(311) – SAN IRENEO: Adversus Haereses, III, 11, 8

(312) – Evangelio de SAN LUCAS, 1:3

(313) – PARENTE: De Dios al hombre, VIII, 2. Ed. Atenas. Madrid

(314) – JOSÉ M. CIURANA: La verdad del cristianismo, III, A, a1, c11, 2º. Ed. Bosch. Barcelona

(315) – JUAN MANUEL IGARTUA, S.I.: Los Evangelios ante la Historia, II, 3, a. Ed. Acervo. Barcelona.

(316) – JOSÉ Mª. CIURANA:En busca de las verdades fundamentales, III, A, b. Ed Bosch. Barcelona.

(317) – JOSÉ ANTONIO DE SOBRINO, S.I.: Así fue Jesús, IV, 2. Ed. BAC. Madrid, 1984

(318) – Concilio Vaticano II: Dei Verbum: Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación, nº11

(319) – SAN PABLO: Segunda Carta a Timoteo, 3:16

(320) – JORGE AUZOU: La tradición bíblica, XII, 1. Ed. FAX. Madrid

(321) – JUAN LEAL, S.I.: Sinopsis de los cuatro Evangelios, 1ª, I, 2. Ed. BAC. Madrid

(322) – Evangelio de SAN LUCAS, 1:3

(323) – Evangelio de SAN JUAN, 3:11; Primera Carta, 1:1

(324) – Evangelio de SAN JUAN, 19:35

(325) – ROBERT FEUILLET:Introducción a la Biblia: Nuevo Testamento vol. II, pg.309s. Ed. Herder.

(326) – Biblia de Jerusalén. Introducción a los Evangelios sinópticos, I. Ed. Desclée. Bilbao

(327) – FRANCISCO VIZMANOS,S.I.:Teología fundamental para seglares, nº.229. Ed.B.A.C. Madrid.

(328) – JOSÉ MANUEL HERNÁNDEZ:¡Jesucristo existió!.Publicaciones ACU.Ed.Sal Terrae.Santan.

(329) – FRANCISCO VIZMANOS,S.I.:Teología fundamental para seglares,nº.439. Ed. B.A.C. Madrid.

(330) – JUAN MANUEL IGARTUA,S.I.:Los Evangelios ante la Historia.Apéndice,2.Ed.Acervo, Madrid

(331) – Evangelio de SAN MATEO, 11:28

(332) – Biblioteca Nacional, Incunable nº 970

(333) – Carta a los Hebreos, 4:15

(334) – SAN PABLO: Segunda Carta a los Corintios, 5:21

(335) – Hechos de los Apóstoles, 10:38

(336) – JOSÉ CABA, S.I.: El Jesús de los Evangelios , IV, VII, X. Ed. BAC. Madrid, 1977.

(337) – JUAN MANUEL IGARTUA, S.I.: El Mesías: Jesús de Nazaret, III. Ed. Mensajero. Bilbao, 1986.

(338) – JOSÉ Mª CIURANA: La verdad del cristianismo, III, B. Ed. Bosch. Barcelona, 1980.

(339) – Evangelio de SAN JUAN, 8:23.

(340) – Evangelio de SAN JUAN, 17:5; 8:58.

(341) – Evangelio de SAN JUAN, 12:45; 14:9.

(342) – Evangelio de SAN JUAN, 10:30; 5:18.

(343) – Evangelio de SAN JUAN, 20:17.

(344) – SAN PABLO: Carta a los Romanos, 8:14s; 9:4.

(345) – Evangelio de SAN JUAN, 1:14,18; 3:16.

(346) – SAN PABLO: Carta a los Filipenses, 2:6.

(347) – SAN PABLO: Carta a los Filipenses, 2:7.

(348) – Evangelio de SAN JUAN, 20:28.

(349) – SAN PABLO: Carta a los Filipenses, 2:6.

(350) – SAN PABLO: Carta a los Colosenses, 2:9.

(351) – SAN PABLO: Carta a los Romanos, 9:5.

(352) – SAN PABLO: Carta a Tito, 2:13.

(353) – Evangelio de SAN MATEO, 16:16.

(354) – Primera Carta de SAN JUAN, 4:9.

(355) – Primera Carta de SAN JUAN, 5:20.

(356) – SAN PABLO: Primera Carta a los Corintios, 15:1-11.

(357) – Evangelio de SAN JUAN, 10:33.

(358) – Evangelio de SAN JUAN, 19:7.

(359) – Conseil Oecumenique des Eglises. Rapport de la Troisieme Assamblèe, pg.391. Neuchâtel.

(360) – Primera Carta de SAN JUAN, 2:22.

(361) – GREELEY: El mito de Jesús, V. Ed. Cristiandad. Madrid, 1973.

(362) – SAN AGUSTÍN: De agone christiano, 17, 19. MIGNE: Patrología Latina, 40, 300.

(363) – Evangelio de SAN JUAN, 14:9.

(364) – Evangelio de SAN MATEO, 5:21s.

(365) – JOSÉ L.MARTÍN DESCALZO:Vida y misterio de Jesús de Nazaret,1º,XVIII,5,K.Ed. Sígueme.

 

 

El amor de Cristo es seguro

En lo que escribo esta columna, los incendios forestales están devastando las regiones montañosas y las faldas de las colinas de las afueras de Los Ángeles, al mismo tiempo que otros incendios están también ardiendo en otras partes de California y en otros estados del oeste.

He estado orando por las familias que han sido desplazadas, por aquellos que han perdido la vida, por los que han quedado heridos y por aquellos que han perdido sus hogares y sus medios de vida, al igual que por los trabajadores de emergencia y por todos los que corren peligro.

Además, estoy orando por los dos ayudantes del alguacil que el sábado por la noche fueron víctimas de un tiroteo cruel y sin sentido, en Compton. Ese ataque es un trágico recordatorio de la violencia y de la inestabilidad social que se ha apoderado de nuestras ciudades este verano y de la necesidad que tenemos de unirnos como sociedad para abordar los problemas de la injusticia racial en nuestras comunidades.

Y todavía estamos lidiando con las consecuencias del coronavirus. En algunas partes del mundo, estamos viendo aparecer los primeros signos de la hambruna. Aquí en nuestra patria estamos enfrentando los efectos del bloqueo económico y social que ha mantenido cerradas las empresas, las escuelas y las iglesias durante seis meses ya.

Este ha sido un año inquietante, para todos nosotros, con tantas personas sufriendo por la pandemia, por los incendios, por la incertidumbre de nuestra economía y de la vida pública.

Nuestra fe está siendo probada. Y nos preguntamos entonces: ¿En dónde podemos depositar nuestra confianza? ¿Qué es lo que valoramos, qué es lo importante en nuestra vida?

Más allá de la enfermedad y de la muerte y de todas las alteraciones que ha causado en nuestra forma de vida, el coronavirus ha introducido una ansiedad y una “enfermedad” (una “incomodidad”) generalizada, toda la inseguridad y ansiedad que sentimos al desconocer cuándo o cómo terminará esta pandemia, ni cómo serán nuestra vida y nuestro mundo cuando finalmente termine.

Pero hay una cosa de la que siempre podremos estar seguros y es del amor que Jesucristo nos tiene en la cruz, lo cual es el significado de la fiesta que celebramos esta semana, la Exaltación de la Cruz.

La cruz nos muestra que somos amados hasta lo indecible y que nunca seremos abandonados, nunca seremos desamparados.

Por amor, Cristo fue enviado como un siervo a este mundo y lo entregó todo para que el mundo tuviera vida. Él sufrió en su cuerpo todos los males e injusticias que nos podamos imaginar. Él hizo esto para que el sufrimiento y la muerte no vuelvan a tener jamás la última palabra en nuestra existencia terrena.

Si Dios ha permitido estos largos meses de prueba, tal vez sea para renovar nuestra fe en su Providencia y nuestra determinación de depender totalmente de su amor.

Como bien sabemos, Dios tiene un plan para la creación, aunque a veces nos resulte difícil percibirlo o comprender su significado. Es especialmente cierto que tenemos que confiar en el plan de Dios en tiempos de sufrimiento o de enfermedad.

Pero tenemos que confiar en que Él está a cargo de la historia y de nuestra propia vida. Y, también, tenemos que llevar a cabo el plan de Dios y tratar de moldearnos de acuerdo a la voluntad que Dios tiene para nuestra vida.

La cruz nos muestra que nunca cargamos nuestras propias cruces nosotros solos, sino que caminamos con Jesús. Llevamos nuestra cruz con Él. Y todos vamos siguiendo a Jesús, juntos, caminando unos con otros en la Iglesia, en compañía de nuestros hermanos y nuestras hermanas.

Ninguno de nosotros puede lograr hacer este viaje de la vida él solo. Si algo hemos aprendido en estos tiempos de pandemia es que necesitamos confiar en Dios y seguir acercándonos a las personas que forman parte de nuestra vida, para fortalecer nuestros mutuos lazos de amistad y de amor.

Eso significa que debemos de cuidar unos de otros, que debemos prestar atención a las necesidades de la gente que nos rodea, y no solamente a sus necesidades materiales, sino también a sus necesidades espirituales.

Debemos salir de esta pandemia con una renovada confianza en Dios y también con una nueva conciencia de la responsabilidad que tenemos de servir a nuestros hermanos y hermanas, en su debilidad y pobreza, en sus luchas contra toda injusticia y ofensa a la dignidad humana.

Oren por mí esta semana y yo oraré por ustedes. Y en este momento en el que hay tanta confusión y dolor en nuestro mundo y en nuestra sociedad, tratemos de penetrar más profundamente en el misterio del amor que Nuestro Señor nos tiene y que podemos ver en su sacrificio en la cruz.

En su cruz encontramos la paz y la confianza en Dios, así como también la respuesta a los problemas del sufrimiento de nuestro mundo y de nuestra propia vida.

Y como esta semana también celebramos la memoria de Nuestra Señora de los Dolores, pidámosle a ella que interceda por todos los que están sufriendo y que ponga fin a esta pandemia. VN

 

 

Los «censores» de Dios

Los que llevamos mucho tiempo en la Iglesia pensamos que nuestros derechos de ciudadanía nos permiten juzgar el comportamiento de Dios. Creemos conocer bien sus intenciones, planes y modos de actuar. Incluso nos atrevemos a decirle a la cara lo que debe o no debe hacer. Como si fuéramos sus consejeros. Al final del libro de Job, cuando éste pierde la paciencia y se atreve a pedir cuentas a Dios influido por quienes se consideran sus amigos, Dios se muestra con toda su fuerza y sabiduría —bajo la imagen de la tormenta— para pedir cuentas a Job, que se ha atrevido a emplazar a Dios a un diálogo sobre su modo de proceder. «El que critica a Dios, que responda … si eres hombre, cíñete los lomos, voy a interrogarte y tú me instruirás», dice Dios a Job en una de sus firmes  interpelaciones.

En el evangelio de este domingo, la parábola de Jesús sobre los jornaleros que son enviados a trabajar en la viña, aparece también la figura de los «censores» de Dios. El propietario de la viña —imagen de Dios— tiene un comportamiento criticable según los que llevan trabajando desde el amanecer. Al final del día, cuando llega el momento de recibir el jornal, paga lo mismo a ellos que a los que fueron reclutados al atardecer y sólo han trabajado una hora. Esta injusticia es inadmisible, piensan ellos protestando contra el amo. No es lo mismo haber aguantado el peso del día y el bochorno que haber dedicado sólo una hora cuando ha cesado el calor.

La respuesta del amo —es decir, de Dios— no se hace esperar: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos» (Mt 20,1-16). En estas palabras, Jesús deja claro que Dios no es injusto cuando actúa con soberana libertad en sus asuntos. Dios puede ser desconcertante, imprevisible, pero no injusto. ¿Quién conoce sus planes para poder acusarlo? ¿O dónde estaba el hombre —dice el libro de Job— cuando cimentó la tierra?

Lo más llamativo de las palabras de Jesús son las que se refieren al fundamento de la crítica de quienes se atreven a juzgar a Dios: «¿O vas a tener tu envidia porque yo soy bueno?». El hombre —viene a decir Jesús en su parábola— sólo puede entender a Dios haciéndose bueno, ajustándose a la bondad de Dios, que es su esencia. Lo que nos impide entender a Dios son nuestras propias pasiones desordenadas que tendemos a proyectar sobre Dios para pedirle, en realidad, que actúe como nosotros. Es el Dios a la medida del hombre.

Es fácil escuchar o leer juicios sobre cómo actuaría uno si fuera Dios. Pretender ocupar el lugar de Dios es la tentación original del hombre, como narra el Génesis. Pero ya sabemos el fracaso al que conduce tal pretensión. Decía un maestro de vida espiritual que en el día del juicio prefería ser juzgado por Dios antes que por su propia madre. En la parábola de hoy, el juicio sucede al final del día, cuando los últimos son considerados como primeros, sin que ello signifique injusticia para los que llegaron a primera hora. También a estos se les paga lo prometido. Posiblemente para entender a Dios hay que situarse entre los últimos, los que más gratuitamente reciben su salario, los que se asombran ante la magnanimidad de un Dios que actúa con libertad en sus negocios, movido sólo por su amor. ¿Tendremos entonces envidia de Dios? ¿O es que nos creemos más deudores de su amor porque nos llamó a trabajar a su viña al amanecer? ¿No es suficiente recompensa haber soportado el peso del día y el bochorno trabajando para él?

 

+ César Franco Obispo de Segovia

 

 

La veracidad no está de moda

La veracidad no está de moda. Esto enreda mucho la convivencia. Solo estás a gusto en un grupo de amigos en quienes confías plenamente. Cuando ni se te ocurre pensar en que estén mintiendo. ¿Qué alguna vez han exagerado un poco? Bueno, está dentro del molde habitual de las conversaciones superficiales.

Lo malo es cuando se miente en conversaciones esenciales. Cuando se procura engañar, para salir de un atolladero, en cuestiones profesionales o familiares de importancia. Lo malo es cuando tienes la convicción de que un político te engaña,  si ves que mienten con toda tranquilidad. Y, lo que es peor, se llega a saber, con el tiempo, que aquello era falso y al escándalo del momento al saberlo, sigue un acostumbramiento.

Algunos, muchos, no creen en que exista la Verdad. No creen en que haya cosas totalmente objetivas, indiscutibles. Todo es relativo. No es lo mismo veracidad que Verdad, pero son conceptos primos hermanos. Cuando no se cree en la Verdad, no voy yo a preocuparme por la mía, por decir la verdad. ¡Es que no existe!

Moralmente hablando esto pasa por hacer caso omiso a la conciencia. La conciencia me dice lo que está bien y lo que está mal. ¡Bueno, bueno! Eso está ya pasado de moda. Todos sabemos que cada uno tiene su conciencia. Cada uno tiene su modo de ver las cosas.

“Por supuesto -dice Ratzinger-, el camino alto y arduo que conduce a la verdad y al bien no es un camino cómodo. Es un desafío al hombre. Pero quedarse tranquilamente encerrados en sí mismos no libera, antes bien, actuando así nos malogramos y nos perdemos. Escalando las alturas del bien, el hombre descubre cada vez más la belleza que hay en la ardua fatiga de la verdad y descubre también que justo en ella está para él la redención” (p. 49). 

José Morales Martín

 

 

Sobre el papel de los afectos en la vida de oración

Escrito por Ricardo Sada

Pretendemos ofrecer algunas ideas útiles tanto para la reflexión personal como para la formación que se imparte a personas que tienen ya cierto interés por la vida de oración

La oración es una actividad que involucra todas las facultades de la persona: inteligencia, voluntad, imaginación, sentimientos... También los afectos tienen un papel importante en la vida de oración pero, ¿cómo integrarlos armónicamente en nuestro diálogo con el Señor, para dirigirnos a Él con todas nuestras potencias?

Ofrecemos un artículo con algunas reflexiones útiles para preparar clases y charlas de vida cristiana sobre este tema.

 

Esquema

1. La oración involucra a la persona entera

2. Círculos concéntricos del siquismo humano

3. Los afectos en la tradición orante de la Iglesia

4. La imprescindible personalización

5. El encuentro con Jesús de Nazaret

a) Mirada
b) Rostro
c) Corazón

6. Recogimiento interior

1. La oración involucra a la persona entera

La oración involucra a la persona entera, sin ignorar ni disminuir ninguna de sus facultades o potencias: “el que ora es todo el hombre” (CEC, n. 2562). En este guion consideraremos algunas ideas sobre la oración resaltando uno de esos “componentes naturales del siquismo humano” (Ib): las pasiones, o emociones, sentimientos, afectos[1]. Pretendemos ofrecer algunas ideas útiles tanto para la reflexión personal como para la formación que se imparte a personas que tienen ya cierto interés por la vida de oración. Se acude a las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica y varios santos y doctores de la Iglesia, aunque sin pretender realizar una presentación sistemática o un estudio teológico.

Las pasiones son numerosas, pero “la más fundamental es el amor que la atracción del bien despierta” (CEC 1765). Por supuesto, el amor no es solo pasión, sino también acto o, mejor dicho, relación: una relación que llega al don de sí. En cualquier caso, hablar de afectos, sentimientos, pasiones o emociones en la oración será fundamentalmente hablar de amor. Prescindir de los afectos impediría que la totalidad de la persona fuera la que orara, pues nuestro ser –a la vez corpóreo y espiritual– tiene asegurado en ellos el puente que une ambos órdenes: “las pasiones… constituyen el lugar de paso y aseguran el vínculo entre la vida sensible y la vida del espíritu” (CEC, n. 1764).

Además, si al orar se prescindiera de los afectos, se podría correr el riesgo de plantear la relación con Dios de una manera desencarnada o de limitarla al mero cumplimiento de ciertos deberes. Faltaría la pasión del amor, que da a la oración encanto, alegría, embeleso. La vida espiritual aparecería entonces como una entrega lastrada.

Un amor meramente racional (la pura voluntad) no busca a Dios con amor afectivo, que incluye la ilusión, el gozo, la paz, el contento. Habitualmente, orar no debería resultar algo oneroso o agobiante, sino un quehacer grato, animante, deseado. Esto no quiere decir que se confunda el valor de la oración con los sentimientos que se experimentan: en la vida de oración hay también momentos en los que parecen faltar los afectos y los grandes maestros de espiritualidad han hablado de las purgaciones pasivas que el Señor permite en la vida de los santos. Sin embargo, lo que se quiere subrayar es que si la oración es de toda la persona, entonces en ella se integran los afectos con la inteligencia y la voluntad.

A lo largo de la Sagrada Escritura se puede descubrir cómo la oración involucra la dimensión afectiva de quien se dirige al Señor. A manera de ejemplo, se puede señalar cómo la oración de Moisés se presenta como un encuentro personal, entre dos amigos: «El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo» (Ex 33,11); el júbilo del Rey David al orar mientras conduce el Arca a Jerusalén (cfr. 2 S 6,14-23); de manera especial, la oración de los Salmos: «Descansa solo en Dios, alma mía, porque él es mi esperanza (…) Pueblo suyo, confiad en él, desahogad ante él vuestro corazón: Dios es nuestro refugio» (Sal 62,6.9), «mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua» (Sal 63,2), «mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?» (Sal 42,3), etc.; la plenitud de la oración de Cristo, que se llena de gozo antes de una oración de agradecimiento: «se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra…» (Lc 10,21), no esconde su pesar al dirigirse al Padre antes de la Pasión: «En medio de su angustia, oraba con más intensidad» (Lc 22,44), etc.

Lo que venimos diciendo puede corroborarse en los siguientes textos:

“El principio del amor es doble, pues se puede amar tanto por el sentimiento cuanto por el dictado de la razón. Por el sentimiento, cuando el hombre no sabe vivir sin aquello que ama. Por el dictado de la razón, cuando ama lo que el entendimiento le dice... Y nosotros debemos amar a Dios de los dos modos, también sentimentalmente”[2].

“En realidad, eros y agapé −amor ascendente y amor descendente− nunca llegan a separarse completamente. Cuanto más encuentran ambos, aunque en diversa medida, la justa unidad en la única realidad del amor, tanto mejor se realiza la verdadera esencia del amor en general (…). Él [Dios] ama, y este amor suyo puede ser calificado sin duda como eros que, no obstante, es también totalmente agapé[3].

“…en esto han de traducirse nuestros ratos de oración mental. Una conversación de enamorados, en la que no puede haber lugar para la desgana o para las distracciones. Un coloquio que se aguarda con impaciencia… que se desarrolla con delicadezas de alma enamorada”[4].

Antes de seguir adelante, intentemos visualizar el lugar que los afectos ocupan en la estructura del siquismo humano.

2. Círculos concéntricos del siquismo humano

Si nos estuviera permitido dibujar la estructura del siquismo humano −tarea por demás imposible, pues lo espiritual es irrepresentable−, trazaríamos círculos concéntricos. En el más externo aparecerían los cinco sentidos –vista, oído, tacto, olfato y gusto–, con los que se puede y se debe orar. Orar con los sentidos podría dar lugar a un amplio desarrollo: es lo que acontece, por ejemplo, con el incienso en una ceremonia litúrgica, con la sinfonía de colores de la vidriera de una catedral, con la música sagrada, con el beso a un crucifijo, etc., pero no nos detendremos por ahora en ello.

En el siguiente círculo concéntrico encontraríamos los apetitos sensitivos o emociones, cuyo empleo en la oración será parte del tema que nos ocupe en este guion. Luego aparecerían los sentidos internos, fundamentalmente la memoria y la imaginación, con toda una gama riquísima de sentimientos asociados, que son grandes aliados para la vida de oración, como se aludirá en estas páginas. Después, las facultades puramente espirituales: la inteligencia, que nos permite reflexionar sobre lo divino y lo humano, y la voluntad que, impulsada por la gracia, nos llevará al cumplimiento del querer de Dios: las decisiones, los propósitos. También lo espiritual de la persona se expresa en una suerte de afectos, más profundos y radicales, que retoman los anteriores.

Pero no termina ahí el mapa de nuestro siquismo. El círculo más interior es un misterio, el misterio de la persona, lo que realmente es y lo que en la Biblia se denomina, más de mil veces, corazón[5]. En realidad, toda oración, desde la más sencilla hasta la más sublime, debe proceder de ahí, de ese centro profundo, porque ahí está Dios: “Es el corazón el que ora. Si este está alejado de Dios, la expresión de la oración es vana” (CEC 2562).

Los afectos nos permiten acceder al corazón pues, como dijimos, son el puente entre la vida sensible y la vida del espíritu. Al estar situados “entre dos mundos”, el material y el espiritual, el punto de arranque será necesariamente el primero, pues Dios lleva al hombre al modo del hombre y el conocimiento empieza por el sentido. Para la oración afectiva será preciso, pues, partir de realidades sensibles. ¿Y cuál es esa realidad sensible principal que nos permite introducirnos en la vida del espíritu?

La respuesta es inmediata: Jesús de Nazaret: “Para acercarnos a Dios hemos de emprender el camino justo, que es la Humanidad Santísima de Cristo”[6]. Santo Tomás de Aquino lo explica diciendo que “debido a la debilidad de la mente humana, y del mismo modo que necesita ser conducida al conocimiento de las cosas divinas, así también necesita ser llevada al amor, como de la mano, por medio de algunas cosas sensibles que nos sean fácilmente conocidas, y entre ellas la principal es la Humanidad de Cristo, según lo que se dice en el Prefacio de Navidad: ‘Para que conociendo a Dios visiblemente seamos por Él arrebatados al amor de las cosas invisibles’”[7].

Como de la mano somos conducidos del amor humano al divino, sencillamente porque el Señor nos ha regalado el maravilloso instrumento de su Humanidad y a nosotros, que somos humanos, nos resultará fácil el acceso, desde ahí, a lo divino: “es gran cosa mientras vivimos y somos humanos, traerle humano”, exclama santa Teresa[8], y nos confía su propia experiencia: “comenzóme mucho mayor amor y confianza de este Señor en viéndole... veía que, aunque era Dios, que era hombre... y así, en todo se puede tratar y hablar con Vos como quisiéramos”[9].

La Humanidad Santísima de Cristo es la vía de acceso para la oración afectiva porque en Él, verdadero Dios y verdadero hombre, nos ha sido dado llegar a la unión de intimidad divina partiendo de algo tan familiar como cualquiera de quienes amamos: Jesús es uno de nosotros. De ahí que entre tantos motivos de agradecimiento al Señor por haber tomado nuestra carne no debamos olvidar este: haciéndose hombre nos ha simplificado notablemente nuestra referencia a lo divino.

3. Los afectos en la tradición orante de la Iglesia

Los maestros de espiritualidad han enseñado siempre la inseparabilidad entre la oración y los afectos. Una luminosa frase de san Juan Pablo II resume lo dicho por todos los grandes orantes. Define la oración como “verdadero y propio diálogo de amor”[10]. Un breve repaso de la historia lo confirma:

“La oración depende del amor” (PSEUDO-MACARIO, Homiliae 40, 1).

“La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él” (SAN AGUSTÍN, quaest. 64, 4).

“Por oración entiendo, no la que es solamente con la boca, sino la que surge del fondo del corazón (…). Por eso dice el salmista: Desde lo hondo grito a ti, Señor (Salmo 129, 1)” (SAN JUAN CRISÓSTOMO s. IV, Homilía sobre la incomprensibilidad de Dios, 5.)

“…no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (SANTA TERESA DE ÁVILA, Vida, 8, 2).

“...no está en pensar mucho, sino en amar mucho... no todas las personas son hábiles para pensar, mas todas lo son para amar” (SANTA TERESA DE ÁVILA, Vida 5, 2).

“Oración es subir el alma sobre sí y sobre todo lo criado, y juntarse con Dios y engolfarse en aquel piélago de infinita suavidad y amor” (FRAY LUIS DE GRANADA, Libro de la oración y la meditación).

“El demonio teme que se alcance por la oración un cierto grado de amor a Dios, porque sabe que cuando el alma llega a este grado ya no puede pertenecerle, o que si tiene la desgracia de alejarse de Dios, el recuerdo de la felicidad que ha probado en este amor le devolverá fácilmente a su deber” (SANTO CURA DE ARS, Proceso del Ordinario, 415)

“Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría” (SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS, Manuscritos autobiográficos C 25ro).

“Dios se acerca al alma de manera particular, conocida solamente por Dios y el alma. Nadie se da cuenta de esta unión misteriosa, es el amor que preside en esta unión y solamente el amor realiza todo. Jesús se da al alma de manera suave, dulce y en su profundidad está la serenidad” (SANTA FAUSTINA KOWALSKA, Diario, n. 622)

“Tu inteligencia está torpe, inactiva: haces esfuerzos inútiles para coordinar las ideas en la presencia del Señor: ¡un verdadero atontamiento! No te esfuerces, ni te preocupes. -Óyeme bien: es la hora del corazón” (SAN JOSEMARÍA, Camino, n. 103).

“¡Dios mío, enséñame a amar! - ¡Dios mío, enséñame a orar!” (SAN JOSEMARÍA, Forja, n. 66).

“Siempre he entendido la oración del cristiano como una conversación amorosa con Jesús, que no debe interrumpirse ni aun en los momentos en los que físicamente estamos alejados del Sagrario, porque toda nuestra vida está hecha de coplas de amor humano a lo divino..., y amar podemos siempre” (SAN JOSEMARÍA, Forja, n. 435).

“La oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar” (SAN JOSEMARÍA, Surco, n. 464).

4. La imprescindible personalización

El amor no puede darse sino entre personas concretas. No es posible estar enamorado de un código o de una abstracción. Por eso la oración, incluyendo su dimensión afectiva, se apoya en la fe en un Dios que es Persona: “la oración cristiana está siempre determinada por la estructura de la fe cristiana, en la que resplandece la verdad misma de Dios y de la criatura. Por eso se configura, propiamente hablando, como un diálogo personal, íntimo y profundo, entre el hombre y Dios (…) un éxodo del yo del hombre hacia el Tú de Dios. La oración cristiana es siempre auténticamente personal”[11].

Al ser un diálogo personal, íntimo y profundo, entre el hombre y Dios, un éxodo del yo hacia el  de Dios, la oración resulta, pues, profundamente personalista –encuentro de personas que existen, que viven, que son ellas mismas, que se miran, se hablan, se oyen–, y comporta siempre un éxtasis, un salir de uno mismo sin el cual el amor no se desarrolla. Aquí puede fracasar, y de hecho fracasa, la oración de muchos cristianos que han perdido el contacto con la Persona de Cristo. Quizá elucubran al orar, quizá razonan aspectos de la lucha ascética o mantienen monólogos que les aclaran ideas; quizá sus ratos de oración les sirven para organizar la jornada o sacar propósitos… pero, ¿encuentro personal?

Los afectos en la oración han de manifestarse entre personas concretas, no en torno a proyectos o realizaciones. Se trata de lograr la confianza y la seguridad de una Presencia amorosa[12]. Esta realidad permanece aún, como decimos, oculta para muchos. Pero aunque a veces lo logremos, siempre nos quedará algo por descubrir, al menos en toda su experiencia. Podríamos no conocer a Jesús así como conocemos a nuestros íntimos más íntimos. Podríamos conocer a la Persona de Jesús –aunque suene paradójico– impersonalmente.

Cada persona es una realidad singular. Y lo es, máximamente, Jesús de Nazaret. A diferencia de toda otra realidad, la persona −divina, angélica o humana− solo puede conocerse en persona, es decir, estableciendo con ella una relación directa, de modo que esa persona −en este caso, la Persona de Jesús− no sea ya un anónimo genérico sino un Tú específico. 

Sería ilusorio suponer que este guion ofrezca la clave para que el lector lo logre. La vivencia que manifiesta Pablo en la carta a los filipenses[13] −o cualquier otro hombre o mujer espiritual a lo largo de la historia− es una gracia muy especial. Porque la gracia del contacto personal, ininterrumpido, transformante, con el Dios hecho hombre, es un don singular del Espíritu Santo. La experiencia del Apóstol –y de cualquiera que haya saboreado dicho conocimiento personal– es un gran regalo del Cielo. Pero no se nos concederá si no lo intentamos seriamente.

5. El encuentro con Jesús de Nazaret

Camino privilegiado de la oración afectiva es el trato de amor con Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. Para lograrlo, intenta traerlo con la fe y el amor del pasado histórico (hombre que vivió en Palestina en fecha remota), para encontrarlo vivo y actuante en nuestro momento presente. O bien, bajarlo del cielo donde está a la derecha del Padre, a este instante nuestro que es el suyo, oyendo su respiración y el palpitar de su pecho.

Jesús Nazareno, el hijo de José, el rabbí Jeshua bar-Joseph. Los que lo vieron advertían que sus ojos eran de un color muy preciso, y que su voz poseía un timbre muy personal. Sus contemporáneos −especialmente los que se abrían a su mensaje y a su Persona− conocían muy bien las expresiones que adquiría su rostro ante situaciones determinadas y, quienes lo amaban aún más, como su Madre, sintonizaban perfectamente con el contenido de su corazón.

Los afectos, como dijimos, conectan el mundo sensible con el espiritual. De ahí que no podamos prescindir de lo material en la oración afectiva. Hemos de lograr, sirviéndonos de todas nuestras demás facultades, la realización del Rostro de Cristo, así como también percibir el sentido profundo de su mirada cuando nos mira –me mira–, descubriendo además el sentir de su corazón cuando lo vemos oculto en el Sagrario o lo acompañamos, orando, en cualquiera de los momentos de su vida…, o lo traemos, orando, a compartir nuestra situación presente[14].

a) Mirada

Captar la mirada que Jesús dirige al que ora supone una gran ayuda para la oración afectiva: “Oración, que se expresa frecuentemente en una mirada: mirarle y sentirse mirado”[15]. No conocemos a nadie si evadimos sistemáticamente su mirada. Y al revés: si cruzamos nuestra mirada con la de Jesús descubriremos un Amor siempre aguardando: “Si le miras, te bastará contemplar cómo te ama…”[16]. “¡Alcanzamos el estilo de las almas contemplativas, en medio de la labor cotidiana! Porque nos invade la certeza de que Él nos mira…”[17]. “El Maestro pasa, una y otra vez, muy cerca de nosotros. Nos mira...[18] San Juan Pablo II decía a los jóvenes: “¡Deseo que experimentéis la verdad de que Cristo os mira con amor!... Deseo a cada uno y a cada una que vosotros descubráis esta mirada de Cristo y que la experimentéis hasta el fondo…”[19].

Llegados a este punto podríamos pensar que cuanto hacemos en este modo de orar no son sino ejercicios imaginativos. Y sería verdad: eso son. Pero antes dijimos también que “el que ora es todo el hombre” (CEC, n. 2562). Dios cuenta con nuestras facultades y potencias para comunicarse con nosotros. En este caso, procuramos dirigir la mirada a Jesús y dejarnos mirar por Él apoyándonos en nuestra imaginación, informada por las virtudes infusas y los dones. Toda nuestra mente –por tanto, también la imaginación, la memoria, y las demás facultades– está inspirada por el Espíritu Santo. Emplear la imaginación en la oración, por tanto, es un medio para llegar a la unión con el Señor, para unirse a su voluntad. No se trata de hacer elaboraciones imaginativas complicadas o con una fuerte carga emotiva −en ocasiones, quienes están comenzando la vida de oración podrían caer en este equívoco−, sino simplemente de intentar contemplar a Jesús de Nazaret tal y como nos lo propone el Evangelio.

La mirada de Jesús es una mirada sutil, que se percibe tan solo en el claroscuro de la fe y se logra en el recogimiento y la quietud silenciosa. Entonces esa mirada nos dirá más que mil palabras. En los grandes espirituales llega a ser tan nítida que, al decir de Teresa, ellos con la sola mirada descubren la voluntad divina: “Como acá si dos personas se quieren mucho y tienen buen entendimiento, aun sin señas parece que entienden con solo mirarse; esto debe ser aquí que, sin ver nosotros, como de en hito en hito se miran estos dos amantes”[20]. La comunicación perfecta es propia del amor, y el amor hace tan inmediato el conocimiento que ni siquiera se precisa la expresión verbal[21]. De modo que en la oración afectiva muchas veces no será necesaria la pregunta: ¿qué tema llevo a mi oración? En realidad vamos fundamentalmente a estar con Él, porque eso es lo importante, y si algo sale de allí, bienvenido. El tema de nuestra oración será, habitualmente, Él: si hay otros, podrían ser aquellos que más nos conduzcan a su amor.

b) Rostro

Quien hace oración afectiva pasa casi insensiblemente de la mirada al rostro. Es como lograr que se complete el cuadro, porque el rostro dice más que la mirada: la integra. Explican los sabios que Dios no quiso dejar en el Evangelio dato alguno sobre la fisonomía de nuestro Redentor para que así Él fuera realizado en la personal formulación de cada corazón que lo buscara[22]. De ahí que esta labor sea más difícil que la de captar la mirada, porque el rostro completa la personificación de Jesús de acuerdo a nuestra semejanza con Él, de acuerdo a nuestra respuesta, a la docilidad que presentemos al Espíritu-Modelador. “Si quieres salvarte −enseña santo Tomás− mira el rostro de tu Cristo”[23].

La fisonomía divina de Jesús, aquella fisonomía íntima que los ángeles anhelaban contemplar, que nadie comprende y cuyos rasgos se adivinan a través de su Rostro humano cuando apareció en la tierra, es la misma fisonomía del Padre, así como su Corazón de carne deja traslucir para nosotros el insondable Amor divino. Al fin, toda nuestra eternidad consistirá tan solo en la visión intuitiva y sin mediación de Dios cara a cara; y esa cara del Padre la tenemos realizada ahora y por toda la eternidad en el Rostro de Jesús: “La luz del rostro de Dios resplandece con toda su belleza en el rostro de Jesucristo”[24].

Cada varón y cada mujer porta su propio rostro. La huella de los individuos en sus rostros facilita el conocimiento: el rostro es el espejo del alma. Sabemos algo de los otros cuando accedemos a sus expresiones corporales (miradas, gestos, sonrisas, llanto…), pero mucho más cuando somos capaces de identificar interioridad y rostro en la singularidad de su existencia como sujetos. El rostro facilita el mutuo conocimiento, la relación personal, la implicación recíproca, el diálogo respetuoso; en definitiva, el descubrimiento de lo que los demás en realidad son. El rostro viene a ser algo así como la llave de acceso al corazón. Por eso Dios quiso tener un rostro, un rostro humano. Jesús es el rostro del Padre: “Dios hizo brillar su luz en nuestros corazones para que resplandezca el conocimiento de Dios en la faz de Jesucristo”[25].

Podemos en ocasiones estar lejos de la verdad en la oración, pues en lugar de volvernos hacia Dios nos dirigimos a algo que imaginamos ser Dios. Debemos esforzarnos por buscar el verdadero Rostro de Jesús, para que nuestra relación con Él se verifique: de otra manera aguardaremos en vano el dulce sobresalto[26]. Muy a menudo, nuestra percepción de Jesús se limita a un estereotipo (o a varios) que hemos elaborado en nuestros contactos, en nuestras lecturas, y aun en nuestras experiencias personales. No es que resulten despreciables, porque esos moldes hacen referencia a verdades dogmáticas, a escenas de su vida o a representaciones artísticas de la pintura, la escultura o la cinematografía. No son inadecuadas pero sí incompletas: el Verbo de Dios encarnado no se encierra en fórmulas fijas o en representaciones estáticas. Él es único para cada uno, y es único e irrepetible en cada oración y en cada circunstancia de nuestra existencia. La oración personal supera clichés y descubre la riqueza infinita del Otro que se nos hace presente con la variabilidad de un Amor siempre nuevo. Si queremos encontrar a Jesús tal como Él es, debemos ir con nuestras armas abatidas, en actitud de fe viva, con sosiego y libertad de corazón, dispuestos a un encuentro de dos personas que deben ser en verdad ellas mismas. “Ese Cristo, que tú ves, no es Jesús. −Será, en todo caso, la triste imagen que pueden formar tus ojos turbios... −Purifícate. Clarifica tu mirada con la humildad y la penitencia. Luego... no te faltarán las limpias luces del Amor. Y tendrás una visión perfecta. Tu imagen será realmente la suya: ¡Él!”[27].

c) Corazón

En la oración afectiva −que es amor reconcentrado− no hay presencias que dificulten, ni mediaciones que recorten la comunicación: el flujo es limpiamente personal. El Señor resucitado está, actúa en lo más hondo del corazón, y está comunicando, a través de modos solo por Él previstos. De nosotros espera lo que podemos darle: la apertura de nuestro corazón que le haga posible unirlo al Suyo.

La oración afectiva no es mero sentimiento, aunque puede y debe incluirlo. Es bueno pulsar algunas fibras sensibles cuando oramos, para que se encienda la chispa entre el mundo sensible y el suprasensible. Podremos, por ejemplo, ayudarnos con las canciones limpias de amor humano (o las litúrgicas que nos ayuden más), así como con imágenes sagradas, especialmente las de Jesús crucificado o de la Santísima Virgen. O con las palabras de Jesús en el Santo Evangelio, escuchadas no en general, sino personalizadas: de Él a mí, de mí a Él; o con los apuntes de las luces que en otros momentos hallamos en nuestras notas personales.

Siendo tan fundamental el papel de los afectos en la oración, diremos, sin embargo, que el “verdadero y propio diálogo de amor” no se queda en la esfera de los apetitos sensitivos, sino que llega al corazón (de acuerdo al modo de entender corazón antes apuntado). La característica del amor verdadero es la unio affectus, tal como explica santo Tomás: el amor “lleva consigo la unión afectiva del amante y del amado, de modo que el amante juzga al amado como unido a él o como perteneciéndole, por lo que se mueve hacia él”[28]. Se distingue de la mera benevolencia, por la que podemos hacer un bien a otro (querer un bien para él), pero eso no significa sin más que lo amemos con la unión afectiva. “La benevolencia es un simple acto de la voluntad por la que deseamos un bien para otro, sin presuponer la mencionada unión afectiva (unione affectus) con él. Por tanto el amor, acto de la caridad, encierra la benevolencia pero añadiendo, en cuanto amor, unión afectiva (amor addit unionem affectus)”[29].

De manera que la oración afectiva no necesariamente se circunscribe al encuentro con la mirada, el rostro, las llagas, las palabras del Señor, sino que busca su Yo más íntimo, porque queremos unirnos a Él ahí, tener ahí su mismo sentir; lograr, en palabras del Catecismo, “el conocimiento interno del Señor para más amarle y seguirle” (CEC, n. 2715). Lo que buscamos es la con-cordia, la unión del corazones, la unio affectus.

Buscamos, pues, que el Corazón de Jesús y el nuestro latan con un mismo sentir, de modo que pueda irse dando un proceso unificador, “porque el que ama ya no posee su corazón, pues lo ha dado al Amado”[30]. Al final, el amor no es sino tener en el propio corazón todo y solo lo que tiene el corazón del Otro: el amor es unio affectus: “El amor es, en efecto, fuerza unitiva; y la paz es la unión de los corazones y de las voluntades”[31].

En los encuentros −y buscando la unio affectus, la unión de corazones−, consideremos que hay modos y modos de estar. Se puede estar físicamente cerca de alguien sin conectar con esa persona, por ejemplo, cuando nada nos liga al desconocido que viaja a nuestro lado en el autobús. Podemos incluso convivir mucho tiempo con otro, y hasta permanentemente, pero ese otro nos es indiferente. A tales personas les falta lo verdaderamente importante para estar realmente cerca: la unio affectus, la unión interior, la identidad de sentimientos y pensamientos, en una palabra, la identidad de mundos: “Y vale la pena amar al Señor. Vosotros habréis experimentado, como yo, que la persona enamorada se entrega segura, con una sintonía maravillosa, en la que los corazones laten en un mismo querer”[32].

El mejor ejemplo de la unión amorosa lo encontramos en el estar de María al pie de la Cruz; el Corazón de su Hijo y el suyo laten en un mismo querer. Si nos detenemos a contemplar lo que sucedía entre el Corazón de Ella y el de su Hijo, si captamos en el entrecruzarse de aquellas miradas el intenso flujo de amor silencioso, de unión de afecto, entenderemos algo mejor lo que supone realmente estar, lo que puede ser una intensísima oración sin palabras audibles[33].

Claro está que la unión de corazones entre María y Jesús no la aprendemos solo en el momento cumbre de la Pasión, ya que se dio siempre y se sigue dando ahora. Cómo sentiría Ella −pongamos por caso− al estrechar entre sus brazos al Niño, fundir su afecto íntimo con el afecto de Él. Adivinaría luego, instante tras instante, el motivo y la intensidad de sus acciones, dilatadas sus pupilas por la fe y el amor. Momentos de oración que, con nuestro ejercicio y las disposiciones interiores, seremos también nosotros capaces de experimentar: “¡Cómo sería la mirada alegre de Jesús!: la misma que brillaría en los ojos de su Madre…”[34].

En la contemplación de la Humanidad de Cristo y en la unión con su corazón no es extraño que el Señor nos asocie también al misterio de su pasión, y que esa unión con su cruz se manifieste −como en su Humanidad− también afectivamente. Son esos periodos, como nos enseñó san Josemaría, que aparecen en la vida, y que se suelen describir con expresiones como aridez, sequedad, oscuridad interior. O bien como tentaciones en la intimidad de la persona. En la vida de los santos se presentan y la teología espiritual los designa con términos duros pero elocuentes, como la “noche”. Es el momento de unirse al corazón de Cristo en el Getsemaní, en la cruz y descubrir ahí, con la luz de la fe, un grado de unión con Dios especialmente intenso. “Imaginamos que el Señor, además, no nos escucha, que andamos engañados, que sólo se oye el monólogo de nuestra voz. Como sin apoyo sobre la tierra y abandonados del cielo, nos encontramos. Sin embargo, es verdadero y práctico nuestro horror al pecado, aunque sea venial. Con la tozudez de la Cananea, nos postramos rendidamente como ella, que le adoró, implorando: Señor, socórreme (Mt 25,25). Desaparecerá la oscuridad, superada por la luz del Amor. (…) Con la claridad de Dios en el entendimiento, que parece inactivo, nos resulta indudable que, si el Creador cuida de todos -incluso de sus enemigos, ¡cuánto más cuidará de sus amigos! Nos convencemos de que no hay mal, ni contradicción, que no vengan para bien: así se asientan con más firmeza, en nuestro espíritu, la alegría y la paz, que ningún motivo humano podrá arrancarnos, porque estas visitaciones siempre nos dejan algo suyo, algo divino. Alabaremos al Señor Dios Nuestro, que ha efectuado en nosotros obras admirables (Cfr. Job 5,9), y comprenderemos que hemos sido creados con capacidad para poseer un infinito tesoro (cfr. Sab 7,14)”[35].

6. Recogimiento interior

“(Dios) esencial y presencialmente está escondido en el íntimo ser de tu alma (...) Quedando escondido con Él te sentirás como escondido (...) y le amarás y gozarás en escondido y te deleitarás con Él escondido” (SAN JUAN DE LA CRUZ, Cántico espiritual, B, 1, 6).

La oración afectiva exige ámbitos de recogimiento y silencio interior: “Hay que saber estar en silencio, crear espacios de soledad o, mejor, de encuentro reservado a una intimidad con el Señor”[36]. “El recogimiento es el secreto de la vida de oración... La dificultad de la oración está en saber recogerse. Logrado esto, se ha logrado todo”[37]. “Del recogimiento depende todo. Ninguna fatiga empleada en esta tarea resulta inútil. Y aunque todo el tiempo destinado a la oración transcurriese buscándolo, sería bien empleado, porque en sustancia el recogimiento es ya oración. Más aún, en los días de inquietud, de enfermedad o de gran cansancio, puede ser bueno alguna vez contentarse con esa oración de recogimiento”[38].

La importancia del recogimiento interior para la comunicación de intimidad con Dios se nos volverá patente si comprendemos esta verdad fundamental: Dios no está tanto fuera cuanto dentro de cada uno, y es ahí, dentro de nuestro yo, donde debemos lograr la identidad de quereres, la unio affectus. Si no conseguimos esos encuentros y esas uniones en nuestro ámbito interior, jamás lo lograremos en el entorno que nos circunda. Fue la experiencia de san Agustín: “¡Tarde te amé, oh hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Yo te buscaba fuera y Tú estabas dentro de mí. Y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre esas cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo...”[39]

El alma se recoge cuando, juntando todas sus potencias, entra en sí misma para encontrar al Señor allí. Debemos vigilar con celoso cuidado para que nunca abandonemos voluntariamente el control de nuestras facultades interiores, pues en tal caso perderíamos la conexión de nuestro corazón con el divino. Cuando, por ejemplo, permitimos que nuestra imaginación vague sin rumbo (o con un rumbo que nos daña), se produce en nuestra alma una dispersión de fuerzas que la incapacitan para entregarse, como debe, al solo ejercicio del amor. Este es el fin del recogimiento: unificar las fuerzas dispersas y perdidas en un vano despilfarro... para reconcentrarlas en Jesús, Huésped que habita en el interior de nuestras almas[40].

Como es claro, en todo el itinerario de la vida de oración, el gran protagonista es el Espíritu Santo. Es Él quien nos une a Cristo. Es Él quien nos introduce en la intimidad del amor de Dios y nos hace descubrir y vivir, de modo misterioso e inefable, la realidad de su amor infinito y de nuestra filiación divina. Por eso, el alma cristiana acudirá siempre al Espíritu Santo para que mueva nuestros corazones, como le pide la Iglesia en la preciosa secuencia de la Misa de Pentecostés.

Restablecida en la posesión de sí misma y en la unidad, puede entonces nuestra alma conversar amorosamente con su Huésped, que no cesa de invitarnos a las secretas comunicaciones. Pero estas solo serán posibles en el sosiego, en la atención exclusiva, en el recogimiento interior: “la verdadera oración −enseña san Josemaría−, la que absorbe a todo el individuo, no la favorece tanto la soledad del desierto como el recogimiento interior”[41].

Quien ora así descubre que el Amor divino está inclinado sobre él y, sintiéndose amado, ama. Ama con más intensidad cuanto más amado se sabe, y entonces da al Señor cuanto es y cuanto puede. El Señor responde con dones mayores, y todo resulta como un animado torneo de amor. Dijimos que en él no hay necesidad de pronunciar discursos, a veces ni siquiera palabras. La insuficiencia del lenguaje es corolario de la naturaleza del misterio de Dios, de la incapacidad del hombre para comprenderlo y del lenguaje humano para expresarlo. Por eso los espirituales precisan del símbolo y la comparación. Ellos piden prestadas las expresiones que menos mal lo hagan entender. San Josemaría hablaba de “estar borracho”, “loco de amor”, “besar las llagas”, “oír los latidos de su corazón”, “abrazar”, “hambre de ver a Jesús”, “meterse en la llaga del costado”, “amor arrebatador”, “hacer comedia ante Dios”, “deseo disparatado”, “sed de Dios”, “buscar sus lágrimas, su sonrisa, su rostro”...

Cuando el Espíritu Santo actúa intensamente con sus dones −y encuentra nuestra decidida colaboración−, los elementos de nuestro psiquismo se integran en el fondo de nuestro interior, donde Dios habita. Se crea así un espacio vital sagrado del que brota la felicidad, preludio de la contemplación eterna. La persona se entrega a Dios de una manera unificada, incluyendo aquellos elementos que con frecuencia parecen perder su órbita: las pasiones. Tal unificación vendría a ser como un eco remoto de la naturaleza íntegra que una vez tuvimos, perdida como consecuencia del pecado original. La orientación de todos los estratos de nuestro psiquismo hacia Dios –siempre bajo la acción soberanamente libre del Espíritu santificador–, proporciona ese principio integrador que trae consigo la paz profunda. Y al revés: “Cuando el mirar a Dios no es determinante, todo lo demás pierde su orientación”[42]

Ricardo Sada

Fuente: madurezpsicologica.com.

 

[1] Cabe diferenciar entre emociones, sentimientos y pasiones, pero dada la multitud de aspectos comunes entre ellas, aquí no las distinguiremos.

[2] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Super Ev. S. Matth., lect. 22, 4.

[3] BENEDICTO XVI, Enc. Deus est caritas, n. 7.

[4] BEATO ÁLVARO DEL PORTILLO, Carta pastoral, 1-XI-1987 en Cartas de familia, I, 331 (AGP, biblioteca).

[5] “El corazón es la morada donde yo estoy, o donde yo habito (según la expresión semítica o bíblica: donde yo "me adentro"). Es nuestro centro escondido, inaprensible, ni por nuestra razón ni por la de nadie; solo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro, ya que a imagen de Dios, vivimos en relación: es el lugar de la Alianza” (CEC, 2563).

[6] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, 299.

[7] Suma teológica, II-II, q.82, a.3, ad 2.

[8] Vida 22, 9.

[9] Id, 37, 6.

[10] Carta Novo millenio ineunte, n. 32. El contexto es muy elocuente: “Nosotros, que tenemos la gracia de creer en Cristo, revelador del Padre y Salvador del mundo, debemos enseñar a qué grado de interiorización nos puede llevar la relación con él. La gran tradición mística de la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, puede enseñar mucho a este respecto. Muestra cómo la oración puede avanzar, como verdadero y propio diálogo de amor, hasta hacer que la persona humana sea poseída totalmente por el divino Amado, sensible al impulso del Espíritu y abandonada filialmente en el corazón del Padre. Entonces se realiza la experiencia viva de la promesa de Cristo: « El que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él » (Jn 14,21)”.

[11] Carta Orationis formas, de la S. C. de la Doctrina de la fe, 15-X-1989. También sería válido hablar de oración en el sentido inverso: el  de Dios hacia el yo del hombre.

[12] Resulta llamativo que el Catecismo enseñe que no solo es la parte humana de Jesús la que nos desea, sino que ese deseo procede de las profundidades de Dios:“Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea” (CEC, 2560).

[13] “Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura con tal de ganar a Cristo” (Filipenses 3, 8).

[14] Lo que decimos aquí de la Persona de Jesús es perfectamente aplicable, mutatis mutandis, a María Santísima.

[15] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Carta, 29-IX-1957.

[16] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Forja, n. 875.

[17] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, n. 67.

[18] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Via Crucis, 8ª estación, n. 4.

[19] SAN JUAN PABLO II, Carta a los jóvenes y a las jóvenes en el año internacional de la juventud, n. 7.

[20] SANTA TERESA DE JESÚS, Vida 27, 10. Otros textos análogos de la santa: “No os pido ahora que penséis en Él, ni que saquéis muchos conceptos, ni que hagáis grandes y delicadas consideraciones con vuestro entendimiento; no os pido más que le miréis”. “Él, mirándome está. Los que oran están viendo que los mira”. La Santa une en una sola frase la actitud de Dios y del hombre: “Mire que le mira”.

[21] “La obediencia del corazón a Dios que llama es esencial a la oración, las palabras tienen un valor relativo” (CEC, 2570).

[22] “…vultum tuum, Domine, requiram! Muchas veces, cuando hago la oración solo, la hago a gritos, aunque sea oración mental. ¡Tengo hambre de conocer el rostro de Jesucristo!” (SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, en Crónica 1975, p. 764 (AGP, biblioteca)).

[23] Comentario a la Ep. a los Hebreos 12, 2.

[24] SAN JUAN PABLO II, Enc. Veritatis splendor, n. 2.

[25] 2 Corintios 4, 6.

[26] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, n. 296.

[27] SAN JOSEMARÍA ESCRIÁ, Camino, n. 212.

[28] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica, II-II, 27, 2.

[29] Ib.

[30] SAN JUAN DE LA CRUZ, Cántico B, 9, 2.

[31] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica II-II, q. 29, a. 3 ad 3.

[32] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, 220.

[33] La oración afectiva encuentra en la Pasión de Cristo, un manantial inagotable (SAN JOSEMARÍA, Via Crucis, Prólogo). Bastaría pensar, por ejemplo, en la conmoción que puede suponernos la contemplación de las Llagas de Cristo, que con tanta intensidad vivió san Josemaría según queda relatado en PEDRO RODRÍGUEZ, Camino, edición crítico-histórica, p. 459.

[34] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Surco, n. 95. San Juan Pablo II invita a lograr en el Rosario la unión con Jesús a través del corazón de María: “Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor” (Carta Rosaium Virginis Mariae, n. 12).

[35] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, nn. 304-305.

[36] SAN JUAN PABLO II, Homilía, 20-VIII-1980.

[37] JUAN BAUTISTA TORELLÓ, en el Prólogo de La vida en Dios, por un Cartujo, Rialp, Madrid 1956.

[38] ROMANO GUARDINI, Introduzione alla preghiera, Brescia 1948, p. 23.

[39] SAN AGUSTÍN, Confesiones, 10.

[40] Como inseparable compañera de la soledad de recogimiento está la soledad de ataduras, es decir, la libertad del corazón: “La sabiduría que conduce al conocimiento y, por tanto, al amor de Dios, florece en un corazón limpio” (SAN JUAN PABLO II, Homilía, 14-II-1980).

[41] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Surco, n. 469.

[42] BENEDICTO XVI, Audiencia general, 26 de septiembre de 2012.

 

 

 La otra cara de la vida

El día tiene dos caras, una menos brillante que la otra, pero no menos importante. Las monedas también las tienen, y su valor es único e inseparable. Las caras de la moneda, suelen denominarse "cara" y "cruz".

"Antes lo de la cara era literal, aunque lo de la cruz no tanto. Ahora por ejemplo con las monedas del euro, la cara es el dibujo y la cruz el lado donde está la cifra del valor -simbólico- de la moneda" (P.Horrillo).

En 1996 se estrenó la película estadounidense: "Las dos caras de la verdad", basada en la novela de William y dirigida por Gregory Hoblit, con Richard Gere. En el cartel anunciador, puede leerse: "tarde o temprano un hombre con dos caras, olvida cual es la real".

Después de escribir la semana pasada, sobre "La sincronía", me parecía necesario decir que la vida, también tiene dos caras. La sincronía no tiene  por qué ser siempre alegre, ni gozosa. Puede también ser dolorosa. Una y otra son igualmente importantes, aunque a veces se olvida. Las dos suceden para bien. Hoy pretendo hablar de la otra cara, es decir, de la "cruz".

La vida es hermosa y vale la pena, pero tiene dos caras. "La realidad no ha sido nunca blanca o negra" (A.Trapiello). Y esa realidad única, es cierta para todos, para quienes se sienten ricos, sanos y poderosos, y también para quienes se creen pobres, enfermos o desheredados.

Lo importante es la vida. Se trata de vivir la que toque en cada momento y ser feliz. Alguno, consciente de vivir en un momento brillante, alegre, emprendedor, puede soñar que la vida es solo eso y nunca le puede llegar la cara oscura, porque es muy poderoso. Pero, no hay más que ver el momento que estamos viviendo en este Planeta, a nivel mundial, con la pandemia.

El poeta y músico, libre como el viento que cantaba al despertar: "hoy puede ser un gran día", que había nacido en la calle, y fue capaz de recorrer cantando y despertando la consciencia de la agente de 165 países, no perseguía la gloria. Cantaba para vivir, como otros cantores han cantado: "ser feliz es mi color de identidad". A eso venimos y para eso estamos aquí.

Los sabios de cualquier época, y de diversas creencias, nos han enseñado a aceptar las dos caras de la vida, y aunque sea más fácil aceptar "la cara amable", las dos nos ayudan en nuestro desarrollo vital y consciencial.

Ciertamente no todo puede ser calificado bueno, pero podemos ver lo bueno en todo, incluso  en el dolor y la cara más difícil. La vida es un regalo y hay que aceptarla como se presenta cada día. "Nada te turbe. Nada te espante. Dios no se muda... quien a Dios tiene nada le falta", decía Teresa de Ávila.

No estamos aquí para quejarnos ni para juzgar nada ni a nadie. Si desterramos los juicios y las quejas, seremos felices. Se alejará de nosotros la tristeza, el miedo, el estrés y los conflictos emocionales. Ni la rendición, ni el desaliento, el abandono y la desidia, deben tener cabida en nuestra  mente ni en nuestra vida.  Así nos sentiremos tranquilos, sanos, altruistas, capaces de descubrir en los demás y en nosotros todo lo mejor: lo que somos y nos une.

Todo tiene un sentido profundo, tanto la alegría como el dolor. Aunque suene extraño, también lo tienen la compañía y la soledad, la salud y la enfermedad. Últimamente el gobierno y los medios de comunicación nos abruman hablando de "contagiados", y nos ofrecen estadísticas de porcentajes por comunidades. Como si todos los demás estuvieran sanos, o no existieran.

Sin embargo quiero recordar que, en España de un total de 3.078.350 personas que han sido valoradas oficialmente y tienen la consideración de discapacidad, 1.544.973 son hombres y 1.533.377 son mujeres. Entre estado de alarma, desescaladas, confinamientos, ¿qué ha sido de esos más de tres millones de personas?

Hasta finales de 2019, visitaba a algunas personas en el CAMF con regularidad. Incluso escribí de ellas en varias ocasiones. Desde entonces, como no podía ser de otra manera, me he abstenido de visitar a los amigos, respetado las recomendaciones y los protocolos.

Pues bien, después de nueve meses, pude por fin esta semana, visitar a un amigo en el CAMF, aquejado de ELA. Y pude hacerlo, gracias a que su hermana solicitó a la Dirección, que yo pudiera ir a visitarle, ya que ella, también con ELA y en su domicilio, estaba en cama, con vértigos.

Mi amigo, durante este tiempo no ha podido salir de su habitación, ni siquiera para ir al comedor. Tan solo tiene la compañía de su radio, sus pensamientos y sentimientos. No tiene televisión, ni ordenador, ni móvil, pues ha perdido la visión. No puede andar.

Constato (una vez más) que, en mi amigo Roberto no hay queja, de nada ni por nada. Dice que recuerda a los suyos y a los que se han ido. Siempre ha sido muy fuerte anímicamente. Está más delgado, pero no triste. Su estado es de total aceptación. Si llueve, hace sol o truena, le da igual.  Solo piensa en vivir cada día. Es como un junco, zarandeado, pero no roto.

Su aceptación no es resignación ni impotencia. Lo suyo es herencia. No es que no haya otro remedio para él. Su madre, su hermano y su sobrino (de 5 años), con ELA (o su variante la Ataxia), ya se han ido. Su amiga Azucena, tetrapléjica, también se fue en diciembre. El, descubrió su enfermedad a los 23 años, cuando estudiaba en Madrid, en la Universidad. Sabe lo que tiene, lo acepta y vive. ¡Le ha costado! No hay remedio, ni vacuna para su enfermedad. Como no depende de él, lo acepta. El virus y la pandemia le dan igual, aunque haya llegado al Centro donde está. Allí ha pasado la alarma y el confinamiento. Por supuesto, salimos a pasear con mascarilla. El, desde que se levanta va en silla de ruedas.

No puede leer el libro titulado "La enfermedad como camino". Su camino es vivir al minuto. El cuerpo le habla. Tiene días malos y peores, pero está a merced de la Vida, de la ayuda de los cuidadores. No tiene miedo, ¡vive! Su sentidos, su fuerza y su equilibrio físico se han deteriorado, pero está mental y anímicamente, lúcido.

En estos meses últimos, muchos conciudadanos han vivido situaciones muy profundas de "la otra cara de la vida", directamente o en algún familiar o conocido. La vida, como dice mi amigo "también tiene esa cara". La muerte forma parte de la vida, piensa en ella, claro, pero él dice que ella llega cuando tiene que llegar.   

Lo que pensamos, sentimos o hacemos, tiene repercusión en el universo, en este plano y en otros. "Maduramos con los daños, no con los años", dicen. Lo vivido por él y su familia, es ejemplo de la gran lección de Emilio Carrillo, que podéis  ver y escuchar  aquí en  poco más de 1 minuto.

https://youtu.be/TvWCd6Id6xs

No deberíamos olvidar que, además del Covid-19, hay otros enfermos en los hospitales, en los pueblos y ciudades, en los hogares. Sí hay vida: niños, familias, y personas que también necesitan ayuda o por lo menos que no se las olvide, porque en estos momentos están percibiendo y viviendo "la otra cara de la vida".

A los cuidadores, -familiares o profesionales-, a todos, ¡Gracias de corazón!

José Manuel Belmonte

 

 

Las convicciones religiosas no hacen a nadie ciudadano de segunda.

El propio Macron reconoció implícitamente el límite de su afirmación, pues con ella defendía el “derecho a blasfemar”, al añadir un comentario sobre los “discursos del odio”, intolerables en democracia, ya estén dirigidos contra un grupo étnico o contra las personas de determinada confesión. Cierto que la frontera con la libertad de expresión a veces es difusa. En el pasado Francia recurrió a la fórmula del laicismo, otorgando un papel abusivo al estado, que restringía cualquier manifestación religiosa en el espacio público. La fórmula ha quedado obsoleta y resulta contraproducente en una sociedad plural necesitada de diálogo, en la que unos deben asumir que la sátira cabe en democracia, y otros, aceptar que las convicciones religiosas no hacen a nadie ciudadano de segunda.

Suso do Madrid

 

 

A los 75 años de Hiroshima 

El Papa Francisco escribió una Carta dirigida al Gobernador de Hiroshima, en el 75 aniversario de la primera bomba atómica, lanzada sobre la ciudad japonesa durante la Segunda Guerra Mundial.

El Papa recordaba en el texto su viaje a Japón, el pasado mes de noviembre, como peregrino de la paz y que tiene especialmente presentes a las víctimas de aquellos terribles días de agosto de hace ahora tres cuartos de siglo.

Y es que la posesión y el uso con fines bélicos de armas nucleares es inmoral. Nunca ha estado más claro que, para que la paz florezca, es necesario que todos los pueblos depongan las armas de guerra, y especialmente las más poderosas y destructivas, capaces de paralizar y destruir ciudades y países enteros.

Ojalá que las voces proféticas de los supervivientes nos sirvan de advertencia a nosotros y a las generaciones futuras para que sigamos trabajando por la reconciliación y nunca más se repita una tragedia similar

Xus D Madrid

 

 

La dignidad del día a día 

El motivo me parece tan impresionante y, a la vez sencillo, como que es, casi exactamente, la misma vida a la que quiso someterse Dios hecho Hombre, Jesucristo, durante la mayor parte de su existencia en este mundo.

No quiso vivir en un grandioso palacio, personaje de grandes actos protocolarios y recibiendo a altas autoridades, porque sabía perfectamente que la mayor gloria que podía dar a Dios era ofrecerle su levantarse cada día, su desayuno, su ayudar en casa, su educación, su ir a comprar esto o lo otro, su estar con sus familiares y amigos, su trabajo, su último beso del día a su padre y a su Madre de “hasta mañana”.  Así lo confirmó en varias ocasiones Dios Padre, llamándole mi “hijo predilecto, mi hijo preferido”. Y además, ni más ni menos, dijo “en quien tengo mis complacencias”.

Pero Él, haciéndolo así, nos ha enseñado un truco y, no poco importante, y es que cada cosa que hacía, hasta las más pequeñas, daban Gloria a Dios y, por lo tanto, manifestaba su dignidad.

Al hacerlo así, podemos aprender que en cada cosa pequeña nuestra del día a día también podemos manifestar la grandísima dignidad de Dios. Verdaderamente vale la pena levantarse cada día, aunque nuestro frágil cuerpo nos pida un poquito más de sueño.

JD Mez Madrid

 

El ministerio “de incultura”, el empobrecimiento

 y más

 

 

La guerra entre Uribes y Lozano convierte el Ministerio de Cultura en un polvorín: (Vozpópuli 12-09-2020)

            Bueno, si lo convierten en un polvorín, explota y desaparece, ¿qué pierden España y los españoles? ¿Para qué sirve un ministerio que mantiene en la incultura más atroz a la mayoría de españoles, que son quienes lo mantienen? Así es que nada de preocuparse, si desaparece, “una nube de parásitos menos a mantener”; es triste, ¿pero?

La OCDE augura que España será el único país sin recuperación a corto plazo

(Vozpópuli 12-09-2020)

            Lógico, somos el país peor gobernado, más robado, donde la corrupción es lo normal no lo excepcional; donde la delincuencia de todo tipo ha establecido aquí todos sus cuarteles, donde se vende y circula la droga “como el agua corriente”, donde la política que nos maneja, no merece ni denominarse como tal… ¿Y cuántas cosas más?

SANTIAGO ABASCAL LLEVA EL MARTES AL CONGRESO SU LEY CONTRA BNG, ERC, JUNTS, BILDU, CUP Y CUALQUIER PARTIDO QUE PRETENDA "DESTRUIR LA UNIDAD DE ESPAÑA". VOX se pone en marcha para ilegalizar los partidos independentistas y antiespañoles. Quiere que zarrapastrosos, independentistas y enemigos de España también devuelvan todos los fondos públicos recibidos. (Periodista Digital 14-09-2020)

            Elemental que ya alguien con juicio, se enfrente a los problemas de esta España idiota, a la que hay que aplicar la siguiente metáfora…  ¿Dar de comer, entregarle armas y pagarle todos los gastos habidos y por haber, a quién trata de matarte o destruirte, eso puede ser legal en una nación, incluso medio civilizada? ¡No en absoluto! ¡Pero eso es lo que ocurre en España! ¿Es que aquí ni hay leyes, ni jueces que puedan intervenir y cortar por lo sano estas incalificables situaciones? Inexplicable, por mucho que lo quieran explicar, los que disfrutan de estas aberraciones o las mantienen, por cuanto como cómplices, les interesa.

 

Entrevista a Laureano Benitez Grande-Caballero: «El virus Covid-19 probablemente ha estado en todas las vacunas contra la gripe»: Laureano Benítez Grande-Caballero, colaborador de Periodista Digital, ha escrito ‘La Dictadura en tiempos del virus: acaba la vida, y empieza la supervivencia’, en el que pone en cuestión la verdad oficial sobre la pandemia «diseñada y planificada por la élite psico y sociopática obsesionada por el globalismo». (Periodista Digital 14-09-2020)

 

Desde un principio deduje que esto era una plaga producida políticamente para mejor dominio del "mono humano", que como tal, es asustadizo y proclive a ser aterrorizado; no me sorprende por tanto lo que este hombre afirma, y si además, los gérmenes de esta "peste", ya nos los introdujeron en anteriores vacunas, está claro el por qué unos se contagian y otros no, puesto que la realidad, es que "no es tan fiero el león como nos lo pintan"; pero los indeseables políticos (todos) han encontrado en ello, "un arma de dominio" y no quieren dejarla y hablar claro, que sería, suprimir todo el tinglado, y "que cada palo aguante su vela"; que de hecho ya algunos países están empleando ello, y dejando correr "el bicho", para que se detenga por su propio desgaste, como ocurrió siempre con las epidemias, que siempre, "venció el ser humano, con sus propias defensas, que se las da, la propia naturaleza".

 

PNV y PSE pactan pedir el acercamiento de los presos de ETA y la gestión de Prisiones: El acuerdo que sustenta al Gobierno de Urkullu contiene el compromiso de lograr un cambio de la política penitenciaria que incluya el "traslado de las personas presas a prisiones cercanas a su entorno familiar". (Vozpópuli 14-09-2020)

¡Sí!... "y que les den una paga vitalicia a costa del contribuyente español", por los méritos logrados, incluidos los asesinatos cometidos... Esto ya es de pesadilla y aquí... "ni el rey dice ni pío", los políticos, callan y a cobrar cada mes y mientras, España, se muere. www.jaen-ciudad.es(aquí más)

 

IMPUNIDAD JUDICIAL EN UN INFORME DE 300 PÁGINAS: La Fiscalía de Dolores Delgado, la del ‘Marlaska, maricón’, sale al rescate de Sánchez: no ve delito en la gestión del Gobierno con la pandemia. Defiende el estado de alarma como "único instrumento jurídico idóneo ante la situación de crisis acaecida". (Periodista Digital 15-09-2020)

  ¡¡Hombre por Dios!! ¿Juzgar a los mejores políticos que ha tenido España desde la época de Viriato? ¿Cuándo ha existido aquí una, “des élite” política, más inteligente, honrada, trabajadora, austera, preocupada por los problemas de España y dispuestos a darlo todo por la patria? ¡¡Nunca jamás!! Seguro que pasan a la historia, como la mejor época de esplendor que ha disfrutado Hispania desde que la designaron así, aquellos buenos comerciantes, cuáles fueron los fenicios. “Amén de los amenses. Y  que estos últimos fueron, los mejores celtíberos que aquí nacieron y murieron felices”. Propongo “solemnemente”, que el Valle de los Caídos, sea dedicado a las tumbas de esta pléyade de próceres que no nos merecemos, y cuyo lugar, sea bautizado con el nuevo nombre de… ¡VALLE DE LOS LEVANTADOS Y QUE LEVANTARON ESPAÑA! ¡Loor para toda esta grandeza que iluminará a todos los tiempos históricos de la patria! Amén.

VIRUS CHINO: Lo que están haciendo los políticos bajo “la cortina de la pandemia”, ya lo denunció Montesquieu, hace cientos  de años, con esta sentencia: “NO EXISTE TIRANÍA PEOR QUE LA EJERCIDA A LA SOMBRA DE LAS LEYES CON APARIENCIA DE JUSTICIA”… “Y es por lo que los españoles aún seguimos en la cárcel que nos impusieron, para “salvarnos la vida”; y aún siguen”. 15-05-2020

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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