Las Noticias de hoy 23 Julio 2020

Enviado por adminideas el Jue, 23/07/2020 - 12:33

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 23 de julio de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Carta del Papa al joven español Álvaro Calvente, tras su peregrinación a Santiago

Pontificia Academia de la Vida: COVID-19, documento sobre las consecuencias de la crisis

CISTERNAS AGRIETADAS. EL PECADO: Francisco Fernandez Carbajal

“El amor limpio entre un hombre y una mujer”: San Josemaria

Conocerle y conocerte (V): Cómo nos habla Dios: José Brage

Os he llamado amigos (III): ​Dentro de un gran mapa de relaciones: María del Rincón Yohn

Desafíos de la evangelización en tiempos de pandemia: Ramiro Pellitero

Comentario al Evangelio: El tesoro escondido

XVII Domingo del tiempo ordinario.: + Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

Blaise Pascal

Derecho natural, democracia y cultura: Javier Hervada

En Educación ¿derechos y libertades o imposición?: Julia Gutiérrez Lerones

“Yo hago lo que quiero”: Monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas

La dignidad del no nacido: Enric Barrull Casals

Mártires de nuestros días: José Morales Martín

Miedo al “espíritu” del siglo: Domingo Martínez Madrid

Entregados al Estado: Jesús D Mez Madrid

El paro la peor pandemia, el derroche, la ruina y “Más”: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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  ROME REPORTS

 

Carta del Papa al joven español Álvaro Calvente, tras su peregrinación a Santiago

Con una discapacidad intelectual

(zenit – 22 julio 2020).- El Papa Francisco envió una carta al joven español Álvaro Calvente, de 15 años, cuya discapacidad intelectual no le ha impedido peregrinar con su padre y un amigo de la familia a Santiago de Compostela, en Galicia, al norte de España.

En la misiva, firmada el 20 de julio de 2020 de puño y letra por Francisco, le da las gracias por el testimonio de su viaje que ha compartido con personas de todo el mundo a través de su cuenta en Twitter @CaminodeAlvaro: “En medio de la pandemia que nos toca vivir, con tu sencillez, alegría y simplicidad fuiste capaz de poner en movimiento la esperanza de muchas de las personas que te cruzaste en el camino o por las redes sociales”, escribe el Papa.

El joven andaluz es el séptimo de diez hermanos y pertenece a la cuarta comunidad neocatecumenal de la parroquia de San Patricio, informó la diócesis de Málaga. El chico practica de la vida parroquial y “su vivencia alegre de la fe es un testimonio para todos los que lo conocen”, suscribe Antonio Moreno, periodista de la diócesis del sur de España.

Camino de Santiago

Álvaro e Ildefonso Calvente y Paco Millá salieron el 5 de julio de Sarria, para hacer el Camino de Santiago y “tener un encuentro con el Señor”, declararon en su cuenta de Twitter, desde la cual han compartido sus vivencias en las 6 etapas del camino francés y publicado fotos y vídeos, seguidos por miles de personas de todo el mundo. Los peregrinos llegaron a la catedral de Santiago el pasado lunes, 13 de julio.

Además, el joven peregrino propuso, en uno de sus vídeos, al Papa Francisco a comer a su casa, invitación que queda abierta, pero que no ha quedado sin respuesta tras la cariñosa misiva remitida por el Santo Padre.

Aprovechando el éxito suscitado de la cuenta de Twitter, los caminantes lanzaron una campaña de recogida de fondos para colaborar con el Cottolengo de Málaga (Casa del Sagrado Corazón), donde otro de los hijos de Ildefonso acude regularmente a hacer voluntariado. “Allí encuentran un hogar y una familia los preferidos de Dios: familias inmigrantes, desahuciados, ancianos, personas con discapacidad… que no tiene nada ni a nadie”.

Palabras del Papa

La carta del Papa dice así: “Recibí una carta de tu papá en la que me contaba que habían terminado de realizar el Camino de Santiago y cómo en sus mochilas no cargaban solo vuestras intenciones y preocupaciones, sino que también muchas personas ‘se les sumaron’ a la peregrinación pidiéndoles oraciones”.

“Gracias Álvaro por animarte a caminar e invitar a muchos a caminar contigo”, le anima el Santo Padre. “En medio de la pandemia que nos toca vivir, con tu sencillez, alegría y simplicidad fuiste capaz de poner en movimiento la esperanza de muchas de las personas que te cruzaste en el camino o por las redes sociales”.

Así, le dice: “Peregrinaste vos e hiciste peregrinar a muchos alentándolos a no tener miedo y a recuperar la alegría porque en el camino nunca vamos solos. El Señor camina siempre a nuestro lado. Gracias por vuestro testimonio y oraciones”.

 

 

Pontificia Academia de la Vida: COVID-19, documento sobre las consecuencias de la crisis

Lecciones y conversión

(zenit – 22 julio 2020).- La Pontificia Academia para la Vida (PAV) publica hoy Humana communitas en la era de la pandemia: consideraciones intempestivas sobre el renacimiento de la vida”, sobre las consecuencias de la crisis sanitaria causada por la COVID-19.

Se trata del segundo documento de la PAV, después del publicado el pasado 30 de marzo, titulado “Pandemia y hermandad universal”, dedicado a la emergencia mundial a raíz del coronavirus.

El texto comienza planteando una serie de cuestiones “¿Qué lecciones hemos aprendido? Más aún, ¿qué conversión de pensamiento y acción estamos dispuestos a experimentar en nuestra responsabilidad común por la familia humana? (Francisco, Humana Communitas, 6 de enero 2019)”.

De este modo, se divide en dos apartados, el primero que habla sobre “La dura realidad de las lecciones aprendidas” y el segundo, en torno a la necesidad de conversión, se denomina “Hacia una nueva visión: El renacimiento de la vida y la llamada a la conversión”.

Lección de fragilidad

En el primer apartado, la Academia de la Vida se refiere a “la lección de la fragilidad”, pues esta situación ha demostrado que “todos somos ‘frágiles’: radicalmente marcados por la experiencia de la finitud en la esencia de nuestra existencia, no sólo de manera ocasional”.

No obstante, la nota reconoce que esta fragilidad ha sido más evidente en el caso de los hospitalizados y “los que viven en la extrema pobreza al margen de la sociedad, especialmente en los países en desarrollo, los abandonados destinados al olvido en los campos de refugiados del infierno”.

Al mismo tiempo, la “dolorosa evidencia de la fragilidad de la vida puede también renovar nuestra conciencia de su naturaleza dada”.

Lección de finitud

Por otro lado, en este tiempo de pandemia, la Pontificia Academia también ha constatado que el fenómeno de la COVID-19 no es solo el resultado de “acontecimientos naturales”, pues lo que ocurre en la naturaleza surge “de una compleja intermediación con el mundo humano de las opciones económicas y los modelos de desarrollo, a su vez ‘infectados’ con un ‘virus’ diferente de nuestra propia creación”.

Todo esto “es el resultado, más que la causa, de la avaricia financiera, la autocomplacencia de los estilos de vida definidos por la indulgencia del consumo y el exceso”. Por eso, la institución vaticana asegura que “estamos llamados a reconsiderar nuestra relación con el hábitat natural, que “vivimos en esta tierra como administradores, no como amos y señores” y señalan que “se nos ha dado todo, pero la nuestra es sólo una soberanía otorgada, no absoluta. Consciente de su origen, lleva la carga de la finitud y la marca de la vulnerabilidad. Nuestro destino es una libertad herida”.

En este sentido, el contraste entre las circunstancias vividas en los países desarrollados y en vías de desarrollo pone de relieve “una paradoja estridente, al relatar, una vez más, la historia de la desproporción de la riqueza”

Así, el “aceptar los límites de nuestra propia libertad” implica abrir nuestros ojos a la realidad de los seres humanos que experimentan tales límites “en su propia carne”, esto es, “en el desafío diario de sobrevivir, para asegurarse las condiciones mínimas a la subsistencia, alimentar a los niños y miembros de la familia, superar la amenaza de enfermedades a pesar de no tener acceso a los tratamientos por ser demasiado caros”.

De este modo, el documento señala que las pérdidas de vidas en países pobres “podrían superarse mediante esfuerzos y políticas internacionales comprometidas”.

Lección de vulnerabilidad común

En este momento también debe prestarse más atención a “la interdependencia humana y a la vulnerabilidad común”, porque mientras los países “han sellado sus fronteras” e incluso algunos han practicado “un cínico juego de culpas recíprocas”, el virus “no reconoce fronteras”.

Es por ello que la Academia realiza un llamado a “una sinergia de esfuerzos” para intercambiar información, prestar ayuda y asignar recursos. Es necesario hacer un esfuerzo especial en el desarrollo de remedios y vacunas.

En este ámbito, de hecho, “la falta de coordinación y cooperación se reconoce cada vez más como un obstáculo para abordar la COVID-19”.

Asimismo, se resalta que la pandemia está aumentando “las desigualdades e injusticias ya existentes, y muchos países que carecen de los recursos y servicios para hacer frente adecuadamente a la COVID-19 dependen de la asistencia de la comunidad internacional”.

Ética del riesgo y conversión

Las lecciones de fragilidad, finitud y vulnerabilidad llevan “al umbral de una nueva visión: fomentan un espíritu de vida que requiere el compromiso de la inteligencia y el valor de la conversión moral”, continúa describiendo el “Humana communitas”.

En primer lugar, la conversión requiere llegar a una “renovada apreciación de la realidad existencial del riesgo: todos nosotros podemos sucumbir a las heridas de la enfermedad, a la matanza de las guerras, a las abrumadoras amenazas de los desastres”.

Por otro lado, advierten de que es preciso tener en cuenta que se trata de una pandemia que “nos insta a todos a abordar y remodelar las dimensiones estructurales de nuestra comunidad mundial que son opresivas e injustas, aquellas a las que en términos de fe se les llama ‘estructuras de pecado’”.

El llamamiento a la conversión, por tanto, se dirige a nuestra responsabilidad, ya que “su miopía es imputable a nuestra falta de voluntad de mirar la vulnerabilidad de las poblaciones más débiles a nivel mundial, y no a nuestra incapacidad de ver lo que es tan obviamente claro”.

Cooperación internacional

El texto apunta que el acceso a una atención de salud de calidad y a los medicamentos esenciales debe reconocerse como un derecho humano universal.

De esta premisa se desprende la conclusión de que es necesario el acceso universal “a las mejores oportunidades de prevención, diagnóstico y tratamiento, más allá de su restricción a unos pocos”, de manera que la distribución de una vacuna, una vez que esté disponible en el futuro, requeriría “el acceso para todos, sin excepciones”.

En segundo lugar, se confía en una “investigación científica responsable”, es decir, íntegra, libre de conflictos de intereses y basada en reglas de igualdad, libertad y equidad. “El bien de la sociedad y las exigencias del bien común en el ámbito de la atención de la salud se anteponen a cualquier preocupación por el lucro”, subraya la Academia, ya que “las dimensiones públicas de la investigación no pueden ser sacrificadas en el altar del beneficio privado”.

Asimismo, se remarca que esta crisis “pone de relieve lo mucho que se necesita una organización internacional de alcance mundial, que incluya específicamente las necesidades y preocupaciones de los países menos adelantados que se enfrentan a una catástrofe sin precedentes”.

Solidaridad responsable

Finalmente, la Pontificia Academia para la Vida alude la “promoción de una solidaridad responsable”, que sepa reconocer la igual dignidad de todas las personas, especialmente de las que están en situaciones de necesidad. En ella, “todos estamos llamados a hacer nuestra parte”, subraya el documento, motivo por el que se precisan estrategias políticas correctas y transparentes y procesos democráticos íntegros.

“Una comunidad responsable es aquella en la que las cargas de la cautela y el apoyo recíproco se comparten”, con miras al bienestar de todos, aclara el texto. El texto concluye invitando a una “actitud de esperanza” que va más allá de la resignación y la nostalgia del pasado: “Es hora de imaginar y poner en práctica un proyecto de convivencia humana que permita un futuro mejor para todos y cada uno”.

El documento completo de la Pontificia Academia para la Vida puede consultarse aquí.

 

 

CISTERNAS AGRIETADAS. EL PECADO

— El pecado es el mayor engaño que puede sufrir el hombre y el único y verdadero mal.

— Los efectos del pecado.

— La lucha contra las faltas veniales. Amor a la Confesión.

I. El pueblo judío, después de su experiencia en el desierto, conocía bien la importancia del agua. Encontrar agua en medio del desierto era hallar un tesoro, y se guardaban los pozos más que las joyas, pues de ellos dependía la vida. La Sagrada Escritura habla de Dios como de la fuente de las aguas vivas; el justo es como un árbol plantado junto al borde del agua viva1, que produce frutos incluso en tiempo de sequía2.

En el coloquio con la mujer samaritana, Jesús manifestó que Él es la fuente capaz de saciar a las almas con agua viva3. En la fiesta de los Tabernáculos o de las Tiendas, en la que los judíos recordaban su paso por el desierto acampando en tiendas, Jesús se presenta como el único que puede apagar la sed de las almas. En el último día –escribe San Juan–, el día más solemne de la fiesta, estaba allí Jesús y clamó: Si alguno tiene sed, venga a Mí, y beba quien cree en Mí. Como dice la Escritura, brotarán de su seno ríos de agua viva4. Solo Cristo puede calmar la sed de eternidad que Dios mismo ha puesto en nuestro corazón, solo Él puede hacer que nuestra vida sea fecunda. Muchos Santos Padres han visto en el costado abierto de Cristo, del que brota sangre y agua, el origen de los sacramentos5, que dan la vida sobrenatural.

En este contexto nos suenan con especial fuerza hoy en la oración las palabras del Profeta Jeremías al hablarnos del abandono de su pueblo y, en un sentido más amplio, del pecado de los hombres, de nuestros pecados: Espantaos, cielos, horrorizaos y pasmaos... Porque dos maldades ha cometido mi pueblo: me abandonaron a Mí, fuente de agua viva, y cavaron aljibes agrietados, que no pueden contener el agua6.

Todo pecado es separación de Dios. Se abandona por nada el agua viva que salta a la vida eterna; intento frustrado de apagar la sed en otras cosas, y muerte. Es el mayor engaño que puede sufrir el hombre, es el auténtico mal, puesto que arrebata la gracia santificante, la vida de Dios en el alma, que es el don más precioso que hemos recibido. El pecado es siempre «el derroche de nuestros valores más preciosos. Esta es la auténtica realidad, aun cuando parece, a veces, que precisamente el pecado nos permite obtener éxitos. El alejamiento del Padre lleva consigo una gran destrucción en quien lo realiza, en quien quebranta su voluntad, y disipa en sí mismo su herencia: la dignidad de la propia persona humana, la herencia de la gracia»7. El pecado convierte al alma en verdadero pedregal en el que es imposible que crezca la gracia y se desarrollen las virtudes; tierra seca, endurecida, llena de espinas, como nos mostraba el Evangelio de la Misa de ayer y volveremos a considerar mañana. El pecado –el abandono de la fuente de las aguas vivas para construir aljibes agrietados– significa la ruina del hombre.

II. Fuera de Dios, el hombre solo encontrará infelicidad y muerte; el pecado es un vano intento de guardar agua en un aljibe roto. «Ayúdame a repetirlo al oído de aquel, y del otro..., y de todos: el pecador, que tenga fe, aunque consiga todas las bienaventuranzas de la tierra, necesariamente es infeliz y desgraciado.

»Es verdad que el motivo que nos ha de llevar a odiar el pecado, aun el venial, el que debe mover a todos, es sobrenatural: que Dios lo aborrece con toda su infinidad, con odio sumo, eterno y necesario, como mal opuesto al infinito bien...; pero la primera consideración, que te he apuntado, nos puede conducir a esta última»8: la soledad que deja en el alma el pecado nos debe también mover a alejarnos de él. No sin razón se ha dicho que con mucha frecuencia «el camino del Infierno es ya un infierno».

El pecado endurece el alma para las cosas de Dios. En el Evangelio de la Misa9 dice Jesús, citando al Profeta Isaías: Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón... Basta echar una mirada a nuestro alrededor para ver, con pena, cómo estas palabras del Señor son también una realidad en muchos que han perdido el sentido del pecado y están como embrutecidos para las realidades sobrenaturales.

El pecado mortal aparta al hombre radicalmente de Dios, porque priva al alma de la gracia santificante; se pierden todos los méritos adquiridos por las buenas obras realizadas y deja al alma incapacitada para adquirir otros nuevos; queda en cierto modo sujeta a la esclavitud del demonio; disminuye la inclinación natural a la virtud, de tal manera que cada vez le es más difícil realizar actos buenos; en ocasiones tiene efectos también sobre el cuerpo: falta de paz, malhumor, desidia, voluntad floja para el trabajo...; se provoca un desorden en las potencias y afectos; produce un mal a toda la Iglesia y a todos los hombres y una separación de ellos, aunque externamente quede inadvertido: de la misma manera que todo justo que se esfuerza por amar a Dios eleva al mundo y a cada hombre, todo pecado «abaja consigo a la Iglesia y, en cierto modo, al mundo entero. En otras palabras, no existe pecado alguno, aun el más íntimo y secreto, que afecte exclusivamente a aquel que lo comete. Todo pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor daño, en todo el conjunto eclesial y en toda la familia humana»10.

Todo pecado está íntima y misteriosamente relacionado con la Pasión de Cristo. Nuestros pecados estuvieron presentes y fueron la causa de tanto dolor; ahora, en cuanto está de nuestra parte, crucifican de nuevo al Hijo de Dios11. «¡Cómo nos ama, y cuántos sacrificios, cuántas penas pasó por salvarnos, desde el pesebre hasta la cruz! ¿Qué nos dicen los misterios dolorosos del Rosario, las estaciones del Vía crucis, la Cruz, los clavos y la lanza, las heridas? Por nosotros, por cada uno de nosotros ha sufrido todo esto, solamente para abrirnos el acceso al Padre (Ef 2, 18), para obtenernos el perdón de los pecados y el derecho a la posesión de la vida eterna. Nosotros, en recompensa, pecamos y despreciamos todos sus sacrificios. Este fue su dolor más agudo durante la agonía en Getsemaní: previó con clarividencia divina con qué íbamos a corresponderle»12.

Con la ayuda y la misericordia divina, porque nadie está confirmado en gracia, el cristiano que sigue de cerca a Cristo no cae habitualmente en faltas graves. Pero el conocimiento de la propia debilidad ha de llevarnos a evitar con esmero las ocasiones de pecar, aun las más lejanas; a practicar la mortificación de los sentidos; a no fiarnos de la propia experiencia, de los años quizá de entrega, de una formación esmerada... Y hemos de pedir al Señor aborrecer todo pecado y toda falta deliberada, la finura de conciencia para detectar incluso las faltas leves y desear purificar el alma en la frecuente Confesión, para no perder el sentido del pecado, esa tremenda realidad que parece ajena a una buena parte de la sociedad a la que pertenecemos, porque ha dado la espalda a Dios.

Le decimos a Jesús: «¡Ayúdanos a vencer nuestra indiferencia y nuestro torpor! Danos el sentido del pecado. Crea en nosotros, Señor, un corazón puro, y renueva en nuestra conciencia un espíritu firme»13.

III. Para entablar una lucha decidida contra el pecado es preciso reconocer sin excusas ni disculpas nuestros errores diarios, llamándolos por su nombre, sin buscar justificaciones que impedirían el dolor y la contrición y la lucha por evitarlos: omisiones en nuestros deberes profesionales, en la fraternidad, en el trato con Dios; juicios negativos sobre los demás; ambiciones menos nobles o desordenadas: de ser el centro de los demás, de mandar, de tener más de lo que se necesita; movimientos de envidia, malhumor que se vierte en los demás; pocas atenciones en la vida de familia; deseos consentidos de ser servidos en vez de servir... Son verdaderos pecados veniales, porque la voluntad se resiste a secundar el querer de Dios, prefiriendo el propio capricho o el juicio propio en algo contrario a la voluntad de Dios, aunque no suponga una ruptura con Él. No se compagina el empeño por estar cada día más cerca de Jesucristo con admitir cosas que separan de Él. Cada falta venial deliberada es un paso atrás en nuestro camino hacia Dios; es entorpecer la acción del Espíritu Santo en el alma.

A nosotros, que estamos sedientos de Dios, que queremos dejar a un lado y aborrecer de verdad todo aquello que nos separa o retrasa, nos dice el mismo Jesús: Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba...

Esta agua viva que promete el Señor no se puede guardar en vasijas rotas por el pecado mortal o agrietadas por los pecados veniales. La Confesión restaura el alma, la purifica y la llena de gracia. Vayamos a este sacramento con contrición verdadera. Que podamos decir con el Salmista: ríos de lágrimas derramaron mis ojos porque no observaron tu ley14.

Le pedimos a Nuestra Madre Santa María, Refugio de los pecadores, que nos conceda la gracia de aborrecer todo pecado venial y un gran amor al sacramento de la Misericordia divina. Examinemos al terminar este rato de oración con qué frecuencia acudimos a este sacramento, con qué amor nos acercamos, qué empeño ponemos en los consejos recibidos.

1 Sal 1, 3. — 2 Jer 17, 5-8. — 3 Jn 4, 10-15. — 4 Jn 7, 37-38. — 5 Cfr. Misal Romano, Prefacio de la Misa del Sagrado Corazón de Jesús. — 6 Primera lectura. Año II. Jer 2, 12-13. — 7 Juan Pablo II, Homilía 16-III-1980. — 8 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 1024. — 9 Mt 13, 10-17 — 10 Juan Pablo II, Exhor. Apost. Reconciliatio et Poenitentia, 2-XII-1984, 16. — 11 Cfr. Heb 6, 6. — 12 B. Baur, En la intimidad con Dios, p. 68. — 13 Juan Pablo II, Homilía en la inauguración del Año Santo, 25-II-1983. — 14 Sal 118, 136.

 

 

“El amor limpio entre un hombre y una mujer”

Admira la bondad de nuestro Padre Dios: ¿no te llena de gozo la certeza de que tu hogar, tu familia, tu país, que amas con locura, son materia de santidad? (Forja, 689)

23 de julio

Y ahora, hijos e hijas, dejadme que me detenga en otro aspecto –particularmente entrañable– de la vida ordinaria. Me refiero al amor humano, al amor limpio entre un hombre y una mujer, al noviazgo, al matrimonio. He de decir una vez más que ese santo amor humano no es algo permitido, tolerado, junto a las verdaderas actividades del espíritu, como podría insinuarse en los falsos espiritualismos a que antes aludía. Llevo predicando de palabra y por escrito todo lo contrario desde hace cuarenta años, y ya lo van entendiendo los que no lo comprendían.

El amor, que conduce al matrimonio y a la familia, puede ser también un camino divino, vocacional, maravilloso, cauce para una completa dedicación a nuestro Dios. Realizad las cosas con perfección, os he recordado, poned amor en las pequeñas actividades de la jornada, descubrid –insisto– ese algo divino que en los detalles se encierra: toda esta doctrina encuentra especial lugar en el espacio vital, en el que se encuadra el amor humano. (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 121)

 

Conocerle y conocerte (V): Cómo nos habla Dios

El lenguaje de la oración es misterioso: no podemos controlarlo pero, poco a poco, experimentamos que cambia nuestro corazón.

VIDA ESPIRITUAL01/04/2020

Territorio de Perea, al este del Jordán, en la actual Jordania. En la cima de una colina elevada mil cien metros sobre el Mar Muerto se yergue, imponente, la fortaleza de Maqueronte. Allí, Herodes Antipas ha encarcelado a Juan el Bautista (cfr. Mc 6,17)[1]. La mazmorra, fría y húmeda, se encuentra excavada en la roca. Todo está oscuro. Reina el silencio. Un pensamiento atormenta a Juan: el tiempo pasa y Jesús no se manifiesta con la claridad que él esperaba. Ha tenido noticia de sus obras (cfr. Mt 11, 2), pero no parece hablar de sí mismo como el Mesías. Y, cuando le preguntan directamente, calla. ¿Es posible que Juan se haya equivocado? ¡Pero él lo vio claramente! ¡Vio al Espíritu bajar del cielo como una paloma y permanecer sobre él! (cfr. Jn 1,32-43). De manera que, intranquilo, manda a unos discípulos para que pregunten al Maestro: «¿Eres tú el que ha de venir, o esperamos a otro?» (Mt 11, 3).

Jesús responde de una forma inesperada. En lugar de dar una contestación directa, dirige la atención hacia sus obras: «Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio». Una respuesta un poco incierta pero suficientemente clara para quien conozca los signos que las antiguas profecías de la Sagrada Escritura habían anunciado como propios del Mesías y de su Reino: «¡Revivirán tus muertos, mis cadáveres se levantarán!» (Is 26,19); o «entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos» (Is 35,5). Por eso el Señor, animando a Juan a confiar, concluye: «Y bienaventurado el que no se escandalice de mí» (Mt 11,6).

En esta escena podemos reconocer la situación del hombre que, de manera similar a Juan, cree no escuchar a Dios en la oración. Es entonces cuando Jesús invita a cambiar de perspectiva, abandonando la búsqueda de certezas humanas, y entrar en ese misterioso juego en el que el Señor habla a través de sus obras y de la Sagrada Escritura. En aquellas palabras finales –«bienaventurado el que no se escandalice de mí»– descubrimos una llamada a perseverar con fe en la oración, aunque a veces Dios no nos responda como esperamos.

Gestos que pueden romper el silencio

ESTAR EN GUARDIA FRENTE A UNA LA TENTACIÓN DE PENSAR: SI DIOS NO ME RESPONDE, ¿PARA QUÉ REZAR?

Con frecuencia, quien comienza a orar ha de enfrentarse al aparente silencio de Dios: “Yo le hablo, le cuento mis cosas, le pregunto acerca de lo que debo hacer, pero él no me responde, no me dice nada”. Se trata de la antigua queja de Job: «Clamo a ti y no me respondes, permanezco ante ti y no me miras» (Jb 30,20). Es fácil entonces que aparezca el desconcierto: “Siempre he oído decir que la oración es diálogo pero a mí Dios no me dice nada. ¿Por qué? Si, como dicen, a las demás personas Dios les habla… ¿por qué a mí no? ¿Qué estoy haciendo mal?”. Son las dudas del hombre que ora que, en algunos momentos, pueden convertirse en una tentación contra la esperanza: “Si Dios no me responde, ¿para qué rezar?”. O, incluso, si ese silencio se interpreta como ausencia, en una tentación contra la fe: “Si Dios no me habla, entonces no está”.

¿Qué decir ante esto? En primer lugar, que negar la existencia de Dios a causa de su aparente silencio no es algo lógico. Dios podría elegir callar, por los motivos que fueran, y eso no añadiría nada a su existencia o no existencia, ni a su amor por nosotros. La fe en Dios –y en su bondad– está por encima de todo. En todo caso, puede ser una ocasión para implorar con el salmista, llenos de fe y confianza: «¡Dios mío! No estés callado, no guardes silencio, no te quedes quieto, ¡Dios mío!» (Sal 83,2).

Tampoco debemos dudar de nuestra capacidad de escuchar a Dios. Hay resortes en el interior del hombre que, con la ayuda de la gracia, le permiten escuchar el lenguaje de Dios, por más que esa capacidad esté oscurecida por el pecado original y por los propios pecados. El primer capítulo del Catecismo de la Iglesia Católica comienza precisamente con esta afirmación: “El hombre es capaz de Dios”. San Juan Pablo II lo explicaba así: “El hombre, como dice la tradición del pensamiento cristiano, es capax Dei: capaz de conocer a Dios y de acoger el don de sí mismo que él le hace. En efecto, creado a imagen y semejanza de Dios, está capacitado para vivir una relación personal con él”[2]; relación personal que toma la forma de un diálogo hecho de palabras y gestos[3]. Y, a veces, solo de gestos, como sucede también en el amor humano.

DIOS NOS HABLA PERMANENTEMENTE A TRAVÉS DE SUS OBRAS Y DE SU ACCIÓN EN NUESTRAS ALMAS

Así, por ejemplo, del mismo modo que entre dos personas un cruce de miradas puede constituir un silencioso diálogo –hay miradas que hablan–, la conversación confiada del hombre con Dios puede tomar también esa forma: la de «un mirar a Dios y sentirse mirado por Él. Como aquella mirada de Jesús a Juan, que decidió para siempre el rumbo de la vida del discípulo»[4]. Dice el Catecismo que «la contemplación es mirada de fe»[5] y, muchas veces, una mirada puede ser más valiosa y estar más cargada de contenido, de amor y de luz para nuestras vidas, que una larga sucesión de palabras. San Josemaría, precisamente hablando de la alegría que genera una vida contemplativa, afirmaba que «el alma rompe otra vez a cantar con cantar nuevo, porque se siente y se sabe también mirada amorosamente por Dios, a todas horas»[6]. Sentir esa mirada, y no solo saberse mirados, es un don que podemos implorar con humildad, como «mendigos de Dios»[7].

Jamás habló así hombre alguno

Santa Teresa de Calcuta decía que «en la oración vocal hablamos a Dios; en la mental, él nos habla a nosotros; se derrama sobre nosotros»[8]. Se trata de una manera de explicar lo inefable: Dios nos habla derramándose sobre nosotros. Y es que, en realidad, la oración tiene mucho de misterio. Este encuentro misterioso entre Dios y la persona que ora tiene lugar de muchas maneras, pero algunas de ellas no son evidentes a primera vista, totalmente comprensibles, o fácilmente constatables. El mismo Catecismo de la Iglesia nos lo advierte: «Tenemos que hacer frente a mentalidades de “este mundo” que nos invaden si no estamos vigilantes. Por ejemplo: lo verdadero sería sólo aquello que se puede verificar por la razón y la ciencia (ahora bien, orar es un misterio que desborda nuestra conciencia y nuestro inconsciente)»[9]. Como Juan Bautista, muchas veces ansiamos una evidencia que no siempre es posible en el terreno de lo sobrenatural.

El modo en el que Dios habla al alma nos excede, no podemos comprenderlo del todo: «Misterioso es para mí este saber; demasiado elevado, no puedo alcanzarlo» (Sal 139,6). En efecto, nuestro alfabeto no es el alfabeto de Dios, nuestro idioma no es su idioma, nuestras palabras no son sus palabras. Cuando Dios habla no necesita hacer vibrar cuerdas vocales, y el lugar donde se le escucha no es el oído, sino el punto más recóndito y misterioso de nuestro ser, que unas veces llamamos corazón y otras veces conciencia[10]. Dios habla con la realidad que él es y a la realidad que nosotros somos, del mismo modo que una estrella no se relaciona con otra estrella con palabras, sino con la fuerza de la gravedad. Dios no necesita hablarnos con palabras –aunque también pueda hacerlo–; le basta con sus obras y con la secreta acción del Espíritu Santo en nuestras almas, moviendo nuestro corazón, inclinando nuestra sensibilidad o iluminando nuestra mente para atraernos dulcemente hacia sí. Puede que, en un primer momento, no seamos ni siquiera conscientes de ello, pero el paso del tiempo nos ayudará a distinguir esos efectos suyos en nosotros: quizás nos habremos hecho más pacientes, o más comprensivos, o trabajaremos mejor, o valoraremos más la amistad… en definitiva, amaremos cada vez más a Dios.

Por eso, al hablar de la oración, el Catecismo de la Iglesia señala que «la transformación del corazón es la primera respuesta a nuestra petición»[11]. Una transformación generalmente lenta y paulatina, a veces imperceptible, pero totalmente cierta, que hemos de aprender a reconocer y a agradecer. Así lo hacía san Josemaría el 7 de agosto de 1931: «Hoy celebra esta diócesis la fiesta de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo. —Al encomendar mis intenciones en la Santa Misa, me di cuenta del cambio interior que ha hecho Dios en mí, durante estos años de residencia en la exCorte... Y eso, a pesar de mí mismo: sin mi cooperación, puedo decir. Creo que renové el propósito de dirigir mi vida entera al cumplimiento de la Voluntad divina»[12]. Ese cambio interior, reconocido en la oración, es un modo en el que habla Dios… ¡y qué modo! Entonces se entiende aquello que los alguaciles del Templo dijeron de Jesús: «Jamás habló así hombre alguno» (Jn 7,46). Dios habla como nadie más puede hacerlo: cambiando el corazón.

LOS FRUTOS DE PERSEVERAR CON AMOR EN NUESTROS RATOS DE ORACIÓN

La palabra de Dios es eficaz (cfr. Hb 4,12), nos cambia, su acción en el alma nos supera. Así lo dice el mismo Yaweh por boca de Isaías: «Tan elevados como son los cielos sobre la tierra, así son mis caminos sobre vuestros caminos y mis pensamientos sobre vuestros pensamientos. Como la lluvia y la nieve descienden de los cielos, y no vuelven allá, sino que riegan la tierra, la fecundan, la hacen germinar, y dan simiente al sembrador y pan a quien ha de comer, así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío, sino que hará lo que Yo quiero» (Is 55,9-11). Esta eficacia misteriosa nos invita también a la humildad, que “es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración”[13], porque nos ayuda a confiar y a abrirnos a la acción de Dios.

La tremenda libertad de Dios

Dios habla cuando quiere. No podemos poner raíles al Espíritu Santo. No está en nuestra mano dirigir su acción en nuestras almas. En una ocasión, san Josemaría señalaba que Jesucristo, presente en el Sagrario, «es un Señor que habla cuando quiere, cuando menos se espera, y dice cosas concretas. Después calla, porque desea la respuesta de nuestra fe y de nuestra lealtad»[14]. En efecto, se entra en oración no por la puerta del sentimiento –ver, oír, sentir– sino «por la puerta estrecha de la fe»[15], manifestada en el cuidado y la perseverancia que ponemos en nuestros ratos de oración; aunque a veces no lo veamos inmediatamente, estos siempre tienen fruto.

Así le ocurrió también muchas veces al fundador del Opus Dei; por ejemplo, el 16 de octubre de 1931, según nos lo relata él mismo: «Quise hacer oración, después de la Misa, en la quietud de mi iglesia. No lo conseguí. En Atocha, compré un periódico (el A.B.C.) y tomé el tranvía. A estas horas, al escribir esto, no he podido leer más que un párrafo del diario. Sentí afluir la oración de afectos, copiosa y ardiente. Así estuve en el tranvía y hasta mi casa»[16]. San Josemaría intenta, aparentemente sin éxito, hacer la oración en un lugar recogido. Sin embargo, pocos minutos después, en el bullicio de un tranvía lleno de gente, al empezar a leer las noticias del día, es arrebatado por la gracia de Dios y tiene «la oración más subida» que nunca tuvo, según sus propias palabras.

Muchos otros santos han sido testigos de esa libertad de Dios para hablar al alma cuando quiere. Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, lo explicaba con la imagen de la leña y el fuego. Muchas veces le había ocurrido que, a pesar de poner todo su esfuerzo –la leña–, finalmente la oración –el fuego– no brotaba. Escribe: “Me reía de mí y gustaba de ver la bajeza de un alma cuando no anda Dios siempre obrando en ella. (...) Aunque pone leña y hace eso poco que puede de su parte, no hay arder el fuego de su amor. (...) Entonces un alma, aunque se quiebre la cabeza en soplar y concertar los leños, parece que todo lo ahoga más. Creo es lo mejor rendirse del todo a que no puede nada por sí sola”[17], porque Dios habla cuando quiere.

Pero, a la vez, Dios nos ha hablado muchas veces; mejor, no deja en ningún momento de hablarnos. En cierto modo, aprender a orar es aprender a reconocer la voz de Dios en sus obras, como el mismo Jesús hizo ver a san Juan Bautista. El Espíritu Santo no cesa de actuar en nuestro interior, por eso san Pablo podía recordar a los Corintios que «nadie puede decir: “¡Señor Jesús!”, sino por el Espíritu Santo» (1 Cor 12,3). Eso nos llena de paz. Quien pierde esto de vista, puede caer fácilmente en la desesperanza: «Hay quienes buscan a Dios por medio de la oración, pero se desalientan pronto porque ignoran que la oración viene también del Espíritu Santo y no solamente de ellos»[18]. Para no desanimarnos nunca en la oración, es necesario tener una gran confianza en el Espíritu Santo y en su multiforme y misterioso actuar en nuestras almas: «El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo» (Mc 4,26).

José Brage


[1] Cfr. Flavio Josefo, Antigüedades judías, 18, 5, 2.

[2] San Juan Pablo II, Audiencia General, 26-VIII-1998.

[3] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2567.

[4] San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación el 9-I-1959; en Mientras nos hablaba en el camino, p. 98.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2715.

[6] San Josemaría, Homilía “Hacia la santidad”, Amigos de Dios, n. 307.

[7] Cfr. San Agustín, Sermón 56, 6, 9.

[8] Santa Teresa de Calcuta, El amor más grande, Urano, Barcelona, 2012, p. 23.

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2727.

[10] «La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella (GS 16)», Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1776.

[11] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2739.

[12] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 217, en Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid, 1997, tomo I, pp. 380-381.

[13] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2559.

[14] San Josemaría, Apuntes tomados en una reunión familiar el 18-VI-1972.

[15] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2656.

[16] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 334, en Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, I, p. 389.

[17] Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida, Monte Carmelo, Burgos, 1977, Cap. XXVII.

[18] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2726.

 

 

Os he llamado amigos (III): ​Dentro de un gran mapa de relaciones

Dejarnos querer por los demás es una manera de abrir espacio para Dios en nuestra vida. Jesús lo hizo hasta sus últimos momentos en la tierra.

OTROS03/07/2020

Los apóstoles corren despavoridos cuando los soldados apresan a Jesús. Tienen miedo e, impotentes, se niegan a presenciar el aparente fracaso del hombre en quien habían puesto toda su confianza. Suenan las cadenas al arrastrarse, el frío envuelve la noche y el juicio es claramente injusto. Las palabras son usadas de manera engañosa y el castigo es desproporcionado. Todas las miradas se posan sobre el cuerpo llagado de Cristo pidiendo su muerte. Un camino tortuoso, el peso de la cruz, la muchedumbre hostil que espera escuchar el golpe del martillo… hasta que alzan, por fin, el cuerpo del Señor. Desde su patíbulo solitario, Jesús observa con compasión a quienes no han querido acoger a Dios hecho hombre: «Mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor» (Lam, 1,12).

Tanto física como espiritualmente, Cristo durante su pasión sufrió «los mayores entre los dolores de la vida presente»[1]; sabe que no se le ha de ahorrar ningún padecimiento. Sin embargo, es sorprendente que Dios Padre no haya querido privar a su Hijo, ni siquiera en aquellos momentos, del consuelo que ofrece la amistad. Allí, al pie de la cruz, Juan mira con los mismos ojos que habían presenciado tantos momentos felices con su Maestro; ofrece a su amigo la misma presencia que los unió a lo largo de tantos caminos. Juan ha regresado y ha buscado a María; él, que había escuchado los latidos del corazón de Jesús en la Última Cena, no quiere dejar de ofrecer a Jesús su fiel amistad, un simple estar ahí. Y nuestro Señor encuentra alivio al mirar a María y al «discípulo a quien amaba» (Jn 19,26). En el Calvario, ante la mayor muestra del amor de Dios por los hombres, Jesús recibe a su vez esa muestra de amor humano. Tal vez en su alma resuenan las palabras que había pronunciado horas antes: «Os he llamado amigos» (Jn 15,15).

 

Afecto en dos direcciones

Muchas páginas del Evangelio nos hablan de los amigos de Jesús. Aunque generalmente no tengamos los detalles del proceso que debió haber fraguado esas profundas relaciones, las reacciones que conocemos dejan claro que allí había verdadero cariño mutuo. Recorriendo esos textos descubrimos que el Señor ha gozado de los amigos; su corazón de hombre no quiso prescindir de la reciprocidad del amor humano: «El Evangelio nos revela que Dios no puede estar sin nosotros: Él no será nunca un Dios sin el hombre»[2]. Por ejemplo, sabemos que Jesús se sintió siempre acogido y querido en la casa de sus amigos de Betania. Cuando Lázaro muere, las dos hermanas acuden con total confianza al Señor, incluso con palabras duras que manifiestan el trato íntimo que unía a Jesús con aquella familia: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano» (Jn 11,32).El amigo se conmueve ante el dolor de aquellas mujeres y no puede contener las lágrimas (Cfr. Jn 11,35). En aquella casa, Jesús podía descansar, se encontraba cómodo, podía hablar con franqueza: «¡Qué conversaciones las de la casa de Betania, con Lázaro, con Marta, con María!»[3].

EL CONSUELO DE LA AMISTAD ACOMPAÑÓ TAMBIÉN A LA CRUZ

Y así como muchos encontraron en Jesús a un verdadero amigo, también él disfrutó de lo que los otros le ofrecían. Se sentiría, por ejemplo, apoyado y consolado por las palabras impetuosas de Pedro –que nunca tenía problemas en manifestar sus sueños a viva voz– cuando vio que el joven rico cerraba su alma al amor: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mt 19,27). El gran cariño que Pedro sentía por el Señor le llevó a querer defender siempre con viveza a su amigo, también cambiando algún aspecto de su vida cuando el Señor, con la fuerza que solo permite la confianza, le corregía (Cfr. Mt, 16,21-23; Jn 13,9). Así como Jesús pudo descansar en la fuerza de Pedro, también encontraba reposo en la ternura valiente de Juan. ¡Cuántas conversaciones habría tenido con aquel discípulo adolescente! En el contexto de la Última Cena, somos testigos de cómo acoge sin vergüenza su gesto lleno de ternura, cuando se recuesta sobre su pecho con la confianza de quien conoce el corazón del amigo. Si bien Juan, durante la agonía de Jesús en el Huerto de los olivos, no fue capaz de mantenerse en vela, y huyó cuando prendieron al Señor, después supo arrepentirse y regresar. Juan experimentó que la amistad crece mucho con el perdón.

«De ordinario, miramos a Dios como fuente y contenido de nuestra paz: consideración verdadera, pero no exhaustiva. No solemos pensar, por ejemplo, que también nosotros “podemos” consolar y ofrecer descanso a Dios»[4]. La amistad verdadera se da siempre en ambas direcciones. Por eso, ante la experiencia personal de cuánto nos quiere Dios, la respuesta lógica es querer devolver ese afecto; abrir las puertas de nuestra inteligencia y quitar los seguros de nuestro corazón. Solo así podremos dar a Jesús todo el consuelo y amor del que somos capaces para que encuentre en nosotros lo que encontró en Pedro, en Juan o en sus amigos de Betania.

 

La amistad enriquece nuestra mirada

Si Jesús tenía muchos amigos y Dios se deleita con los hijos de Adán (cfr. Pr 8,31), es bueno que sintamos nosotros también esa necesidad plenamente humana. Podemos imaginar el extenso mapa de las conexiones humanas, en todos los tiempos y lugares; miles de millones de hombres y mujeres unidos por lazos que surgen al haber asistido a un mismo colegio, vivir en un mismo barrio, tener otras personas en común, etc. Las circunstancias de nuestra vida han hecho que nos encontremos con nuestros amigos y que hayamos desarrollado con ellos ese trato íntimo. Pensando en el inicio de cada una de nuestras amistades, podemos encontrar toda una serie de aparentes casualidades que nos unieron. No podemos dejar de dar gracias a Dios por el gran tesoro de haber querido que, en nuestro camino, no nos falte la compañía y el amor de los hombres.

JESÚS SE DEJABA QUERER POR SUS AMIGOS: MARTA, MARÍA, PEDRO, JUAN... CADA UNO A SU MODO

Y en medio de ese gran mapa de vínculos y relaciones, de entre todas las personas con quienes nos cruzamos en el transcurso de nuestra vida, Dios eligió algunas para que estuvieran más cerca de nosotros. Dios se sirve de nuestros amigos para abrirnos panoramas, para enseñarnos cosas nuevas o para descubrirnos el amor verdadero: «Nuestros amigos nos ayudan a comprender maneras de ver la vida que son diferentes a la nuestra, enriquecen nuestro mundo interior y, cuando la amistad es profunda, nos permiten experimentar las cosas en un modo distinto al propio»[5]. El escritor británico C.S. Lewis –que gozó de profundas amistades– afirmaba, con su peculiar sentido del humor, que la amistad no es un premio al buen gusto sino el medio por el cual Dios nos revela las bellezas de los demás y conocemos distintas miradas hacia mundo.

«Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20), nos dijo Jesús, y una manera en que lo hace es a través de las personas que nos quieren: «Los amigos fieles, que están a nuestro lado en los momentos duros, son un reflejo del cariño del Señor, de su consuelo y de su presencia amable. Tener amigos nos enseña a abrirnos, a comprender, a cuidar a otros, a salir de nuestra comodidad y del aislamiento, a compartir la vida. Por eso «un amigo fiel no tiene precio» (Si 6,15)»[6]. Contemplar la amistad desde esta perspectiva nos empuja a querer más y mejor a nuestros amigos, a mirarles como Jesús los mira. Y a ese esfuerzo ha de unirse también una lucha por dejarnos llamar amigos, puesto que no hay verdadera amistad donde no hay esa reciprocidad de amor[7].

Un don para uno y otro

La amistad es un don inmerecido, una relación cargada de desinterés, y por eso en ocasiones podemos caer en la trampa de pensar que no es tan necesaria. No han faltado quienes por un mal entendido deseo de agradar «solo a Dios» han mirado con recelo y desconfianza el consuelo de la amistad. El cristiano, sin embargo, sabe que tiene un único corazón para amar al mismo tiempo a Dios, a los hombres, y para recibir el amor de los demás. En una homilía predicada durante la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, san Josemaría señalaba: «Dios no nos declara: en lugar del corazón, os daré una voluntad de puro espíritu. No: nos da un corazón, y un corazón de carne, como el de Cristo. Yo no cuento con un corazón para amar a Dios, y con otro para amar a las personas de la tierra. Con el mismo corazón con el que he querido a mis padres y quiero a mis amigos, con ese mismo corazón amo yo a Cristo, y al Padre, y al Espíritu Santo y a Santa María. No me cansaré de repetirlo: tenemos que ser muy humanos; porque, de otro modo, tampoco podremos ser divinos»[8].

EL CAMINO HACIA EL CIELO ES UNA SENDA COMPARTIDA

No elegimos a nuestros amigos por motivos de utilidad o pragmatismo, pensando en que de esa relación vaya a producirse algún efecto; simplemente les queremos por ellos mismos, por lo que son. «La amistad verdadera –como la caridad, que eleva sobrenaturalmente su dimensión humana– es en sí misma un valor: no es medio o instrumento»[9]. Saber que la amistad es un don evita que caigamos en un «complejo de superhéroe»: aquel que piensa que debe ayudar a todos, sin darse cuenta de que también necesita de los demás. Nuestro camino al cielo no es una lista de objetivos por cumplir, sino una senda que compartimos con nuestros amigos, en la cual parte importante será aprender a acoger ese cariño que nos dan. La amistad requiere, por tanto, una buena dosis de humildad para reconocernos vulnerables y necesitados de afecto humano y divino. El amigo no se turba ni avergüenza, no se excusa ni incomoda. El amigo quiere y se deja querer. Eso hizo Jesús y eso hicieron los apóstoles.

A quienes son más introvertidos se les dificultará un poco abrir su corazón al otro, ya sea porque no sienten la necesidad de hacerlo o por temor a no ser comprendidos. Quienes son más extrovertidos quizás compartan muchas experiencias pero pueden tener mayores dificultades a la hora de enriquecer su propio mundo con las vivencias de los demás. En ambos casos, todos necesitamos una actitud de apertura y sencillez para dejar al amigo entrar en la propia vida e interioridad. Abrirnos al don de la amistad, aunque alguna vez pueda costar un poco, solo puede hacernos más felices.

***

Todos podríamos hacer una lista de las grandes lecciones que hemos aprendido de nuestros amigos. Con cada uno tenemos un trato particular, que puede arrojar luces sobre distintos rincones de nuestra alma. Al gran consuelo de sabernos queridos y acompañados, se une esa ilusión por hacer lo mismo por el otro. La amistad, afirmaba san Juan Pablo II, «indica amor sincero, amor en dos direcciones y que desea todo bien para la otra persona, amor que produce unión y felicidad»[10]. Saberse llamado amigo no puede conducirnos a la soberbia, sino al agradecimiento por ese don y al afán por acompañar al otro en su camino a la felicidad: «Nada hay que mueva tanto a amar como el pensamiento, por parte de la persona amada, de que aquel que le ama desea en gran manera ser correspondido»[11]. Cuando Jesús nos llama amigos lo hace también con ese carácter recíproco. «Jesús es tu amigo. —El Amigo. —Con corazón de carne, como el tuyo. —Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro... Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti»[12], nos recuerda san Josemaría. Y cada amistad es una ocasión para descubrir nuevamente el reflejo de esa amistad que Cristo nos brinda.

María del Rincón Yohn


[1] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, III, q. 46, a. 6.

[2] Francisco, Audiencia 7-VI, 2017.

[3] San Josemaría, Carta 24-X-1965.

[4] Javier Echevarría, Eucaristía y vida cristiana, Rialp, 2005, p. 203.

[5] Fernando Ocáriz, Carta pastoral 1-XI-2019, 8.

[6] Francisco, Christus Vivit, 151.

[7] Cfr. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q.23, a.1.

[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 166.

[9] Fernando Ocáriz, Carta pastoral 1-XI-2019, 18.

[10] Juan Pablo II, Discurso 18-II-198

[11] San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la segunda Epístola a los Corintios, 14.

[12] San Josemaría, Camino, n.422.

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Desafíos de la evangelización en tiempos de pandemia

Posted: 22 Jul 2020 07:55 AM PDT

En varios lugares se ha recogido una conferencia que Germán Carriquiry –secretario y vicepresidente de la Comisión pontificia para América Latina– pronunció el 8 de julio de 2020, con el título “Tareas y desafíos parala misión de la Iglesia en tiempos de pandemia”. Aunque se refiere directamente a Latinoamérica, sin duda sirven, cambiando o concretando lo que sea preciso, para otras regiones y países.

La pandemia supone ante todo, a su juicio, un punto de inflexión, en lo que el papa Francisco llama un cambio de época. “Los tiempos de incertidumbres –señala Carriquiry– han de ser de discernimiento y profecía”; es decir, ocasiones para reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros, que nos pide urgentemente detectar, convocar, compartir y aportar todo aquello que pueda servir para ayudar a quienes sufren las consecuencias más penosas de esta situación.

Propone concretamente siete puntos para la reflexión, el diálogo y la acción. Nos detenemos especialmente en los cuatro primeros: la compasión, el discernimiento, la evangelización y la conversión.

Compasión y misericordia

1. La pandemia plantea, en primer lugar lo que podríamos llamar una “compasión operativa” ante el reguero de sufrimientos por la pérdida del trabajo, el riesgo para la salud, la soledad. Lo demuestra la red de obras de misericordia, corporal y espiritual, que se siguen emprendiendo o que se han creado ante la nueva situación. Se trata de hacer realidad, una vez más, la imagen de la Iglesia como “hospital de campaña”. De hecho, testimonia Carriquiry, la Iglesia católica, a través de “sus comunidades, instituciones y grupos de cristianos, está dando un auténtico testimonio de compasión, compartiendo la pasión de su pueblo y socorriéndolo en lo posible ante sus necesidades más apremiantes”. Ahí están, por ejemplo, los comedores populares y los bancos de alimentos, que llegan a muchas necesidades que el Estado no es capaz de cubrir.

Pero no se trata solo de acudir a las necesidades de las personas y de las familias, sino también de “abrazar su vida, convertirse en compañía y sostén ante el naufragio, dar testimonio del amor de Dios que nunca nos abandona. Es una reafirmación muy concreta del amor preferencial por los pobres y los que sufren”. Y “sin una respuesta capilar de compasión, caridad y solidaridad, toda palabra de la Iglesia arriesgaría convertirse en palabrería tanto retórica cuanto superflua”. Esta propuesta debería, en efecto, ser asumida no solo por la Iglesia y cada una de sus instituciones o grupos, sino y ante todo personalmente, por parte de cada uno de nosotros, buscando modos y cauces para esa “creatividad de la caridad” que pide Francisco.

 

 

Sabiduría y discernimiento

2. En segundo lugar, esto implica “la sabiduría para interceptar, detectar y discernir las más profundas inquietudes, preguntas y anhelos que están emergiendo desde las fibras íntimas de las personas” de las familias y de los pueblos. Nadie debería distraerse de lo que está pasando, encerrándose en una indiferencia respecto de sí mismo o los demás, del destino personal y social. Pues, observa Carriquiry, “las experiencias fundamentales de la vida, muchas veces sorprendentes e imprevisibles, son como las grietas por donde emerge el misterio implicado en la realidad, no como algo oscuro, irracional, que no podemos controlar y dominar, sino como apertura connatural de la misma realidad”.

Y añade que la capa de nihilismo y el consumismo promovido por el liberalismo tecnocrático se está resquebrajando, mostrando la insuficiencia del dominio técnico y la búsqueda del placer cuando se buscan como fines en sí mismos. Ahora “la pandemia impone el silencio, el asombro, el desfonde de esa gran capa de censura y distracción de lo más humano en la vida de personas y pueblos”. De ahí surge, en efecto, la necesidad de demostrar “lo más humano”, sin quedarnos en los necesarios análisis sobre el desarrollo de la crisis y sus consecuencias económicas.

Es necesario –explica– reconocer “la conciencia de nuestra creaturalidad, de nuestra estructural fragilidad y finitud”. “Nadie puede seguir manteniendo anestesiado su corazón, provocado por preguntas irreprimibles sobre el temor de la enfermedad, del sufrimiento y la muerte”. Esas preguntas afectan al sentido de la vida, de un modo que concretamente el pueblo latinoamericano lleva en su corazón, “desde la matriz católica de su substrato cultural, y que expresa tanto en las diversas expresiones artísticas, literarias, poéticas como en la religiosidad popular”.

En este discernimiento encontramos, en efecto, numerosas pistas para colaborar a la evangelización con atención a los “signos de los tiempos”; es decir, a la realidad que nos rodea e interpela. Y de esta manera podemos encontrar modos de educar para el sentido, la gratuidad y la belleza (cf. Videomensaje de Francisco a “Scholas occurrentes”, 5-VI-2020) que comporta la vida cristiana cuando se vive con coherencia.

Notemos que no se trata solamente de la base humana de las virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza), desarrolladas ya desde los sabios griegos, sino de vivir ese discernimiento en clave cristiana (Carriquiry lo expresa señalando la matriz católica del substrato cultural latinoamericano). Esa matriz católica cuando es plenamente vivida arranca de la unión personal con Cristo, desde la oración y la vida sacramental, y desemboca en la responsabilidad que tiene un cristiano hacia todo lo que le rodea.

 

 

Evangelización y conversión

3. Con ello nos situamos ya en la tercera propuesta: urgir la responsabilidad evangelizadora; pues los cristianos somos “anunciadores de vida incluso en tiempos de muerte (cf. Francisco, Homilía en la vigilia pascual, 11-IV-2020). Esto no se refiere solo a la muerte física sino también a la “muerte social”, consecuencia de la inequidad y la exclusión, de las guerras y el hambre. Esto requiere sacudir la modorra que nos puede encerrar en la “gran burbuja de la indiferencia” (Discurso en Lampedusa, 8-VII-2013).

He ahi nuestra responsabilidad como cristianos: “Dios nos está llamando –apunta Carriquiry– a ser testigos, anunciadores y constructores de vida, de una vida buena, bella y verdadera, de una vida más humana para todos, no obstante, las enormes dificultades, obstáculos y resistencias”. No podemos quedarnos callados, concluye, porque sin renacimiento religioso y moral no habrá reconstrucción social.

4. Esto requiere a su vez, por parte nuestra, de una conversión en docilidad a la acción de Dios. Pues, en efecto, ante la pregunta tantas veces formulada estos meses sobre si saldremos mejores o peores de la pandemia, se impone una respuesta en un plano más profundo: “Sólo hombres y mujeres nuevos serán capaces de afrontar con realismo, razonabilidad y esperanza los tiempos nuevos, tremendamente difíciles, que seguirán a la pandemia”. O dicho de otro modo, “no podemos confiar nuestro futuro sólo a las estrategias del Estado y del mercado, por importantes que sean”.

Propone Carriquiry, con clarividencia antropológica, un “despertar de lo humano”, una “emergencia de lo humano” como base para la acción del Espíritu Santo en la misión cristiana. Se necesita un cambio de mentalidad y de vida que nos sitúe, a los cristianos, lejos de cualquier voluntarismo pelagiano, cansancio escéptico y moralismo meramente humano; pues son los que vivan en este horizonte que es fiel al hombre y fiel a Dios los que puedan liderar esta compleja reconstrucción.

Al mismo tiempo, aprecia en su debido valor las colaboraciones posibles de todos: las virtudes vividas a veces heroicamente en el hogar y en el trabajo, los pequeños gestos cotidianos, las comunicaciones virtuales, etc. Sin olvidar la otra cara de la moneda, que también nos afecta: la también posibilidad del egoísmo, la irresponsabilidad, la agresividad, el encierro en los propios intereses, la eutanasia encubierta, las cegueras ideológicas y polarizaciones políticas radicalizadas..., porque esos son los peores virus.

5. Ese punto cuarto se complementa con el siguiente, que se refiere a la “conversión pastoral y sinodal” en sentido estricto, es decir, la conversión personal de los “pastores” del pueblo de Dios, que por su oficio de mediadores tienen una mayor responsabilidad en el sentido de una mayor proximidad misericordiosa, solidaria y misionera hacia todos los miembros del pueblo de Dios (cf. Evangelii gaudium, 268).

 

 

Reconstrucción social, unidad y fraternidad

6. El sexto punto es la pregunta por el modo de contribuir a la reconstrucción social. Y aquí Carriquiry propone tres vías o niveles: la cultura de encuentro, la Doctrina Social de la Iglesia (cf. enc. Laudato si’) y la presencia de los católicos en la vida pública.

7. Mantener el horizonte de la unidad y fraternidad de los pueblos, como tarea propia de la Iglesia y de sus instituciones. “El papa Francisco nos interpela a mantener vivo el horizonte de la Patria Grande –un gran ideal de la contribución de América Latina a la cultura mundial– y a repensar y promover los caminos efectivos de su construcción”.

Carriquiry concluye recogiendo palabras del papa Francisco en su meditación sobre el episodio evangélico de la tempestad calmada (23-III-2020):

Es “tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás”. “Sigamos el ejemplo de las personas ejemplares, corrientemente olvidadas”, “la oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras”. Es el Señor que se despierta – en la tempestad de hoy como en la de ayer – “para despertar y avivar nuestra fe pascual”.

Compasión-misericordia, sabiduría-discernimiento, responsabilidad evangelizadora, conversión; reconstrucción social en el horizonte de la unidad y de la fraternidad. Como ya se ve, en su conjunto, la conferencia del doctor Carriquiry es una apelación a llevar a la práctica la fe cristiana con todas sus consecuencias, con la valentía y la decisión que exigen las circunstancias actuales.

Estos punto son buenos indicadores de la relación entre la dimensión humana y la dimensión espiritual, la social y la trascendente, todas ellas esenciales al cristianismo. Y precisamente por eso pueden ser reflexionados y vividos hoy especialmente a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia.

 

 

 

Comentario al Evangelio: El tesoro escondido

Evangelio del 17º domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A) y comentario al evangelio

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Mt 13,44-52)

El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo.

Asimismo el Reino de los Cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra.

Asimismo el Reino de los Cielos es como una red barredera que, se echa en el mar y recoge todo clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera. Así será el fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

¿Habéis entendido todo esto?

—Sí —le respondieron.

Él les dijo:

—Por eso, todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es como un hombre, amo de una casa, que saca de su almacén cosas nuevas y cosas antiguas.


Comentario

Jesús compara el Reino de los Cielos con un tesoro escondido bajo tierra. La reacción del hombre que lo encuentra no parece la más virtuosa, porque oculta su hallazgo al dueño del campo y empeña sus bienes para comprarle el terreno y quedarse con el tesoro por añadidura. Sin embargo, con la ambiciosa reacción del personaje de la parábola, Jesús subraya por contraste el enorme valor que tiene el Reino de Dios, un tesoro cuyo descubrimiento debería llenarnos de alegría y también de un decidido afán por hacerse con él.

En realidad, el tesoro del cristiano —o la perla preciosa a la que se refiere la siguiente parábola—, es Cristo mismo, que nos ofrece su amor y su amistad; por quien vale la pena posponerlo todo en la jerarquía de nuestros afectos e intereses. San Josemaría explicaba este sentido de la parábola así: “El tesoro. Imaginad el gozo inmenso del afortunado que lo encuentra. Se terminaron las estrecheces, las angustias. Vende todo lo que posee y compra aquel campo. Todo su corazón late allí: donde esconde su riqueza”[1]. Y añadía entonces el Fundador del Opus Dei: “Nuestro tesoro es Cristo; no nos debe importar echar por la borda todo lo que sea estorbo, para poder seguirle. Y la barca, sin ese lastre inútil, navegará derechamente hasta el puerto seguro del Amor de Dios”[2].

El Papa Francisco identificaba también el tesoro del campo con el amor de Jesús: “quien conoce a Jesús, quien lo encuentra personalmente, queda fascinado, atraído por tanta bondad, tanta verdad, tanta belleza, y todo en una gran humildad y sencillez. Buscar a Jesús, encontrar a Jesús: ¡este es el gran tesoro!” (…) Puedes cambiar efectivamente de tipo de vida, o bien seguir haciendo lo que hacías antes —aclara el Papa— pero  eres otro, has renacido: has encontrado lo que da sentido, lo que da sabor, lo que da luz a todo, incluso a las fatigas, al sufrimiento y también a la muerte”[3].

Jesús compara el Reino de los Cielos, a su vez, con una red barredera que abre sus brazos a todos sin distinción. Y al final, todos pasan también por un examen, un juicio, como el que hacen los pescadores con los peces en la orilla, para desechar los que no son buenos. Esta parábola es por tanto una metáfora del fin del mundo, del juicio final que precede a la posesión definitiva del Reino por parte de quienes lo han merecido durante su vida. La parábola de la red barredera se relaciona además con las anteriores del tesoro y la perla: precisamente porque el Reino (el amor de Cristo) es tan valioso como un tesoro o una perla finísima, por eso también se nos pedirá cuentas de cómo lo hemos buscado y amado en esta vida: “Que busques a Cristo. Que encuentres a Cristo. Que ames a Cristo”[4], solía recomendar san Josemaría a quienes trataba, animándoles a poner afán generoso en su amistad con Cristo, en su amor por Él.

“Es de notar —señala Santo Tomás de Aquino— que la bienaventuranza se otorga en proporción a la caridad y no en proporción a cualquier otra virtud”[5]. En definitiva, la mejor forma de comprar el tesoro en el campo o la perla preciosa, lo que nos hará realmente buenos peces, será nuestro amor a Dios y a los demás. Y de eso se nos juzgará: “a la tarde —escribió san Juan de la Cruz— te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado”[6].


[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 254.

[2] Ibídem.

[3] Papa Francisco, Ángelus, 27 de julio de 2014.

[4] San Josemaría, Camino, n. 382.

[5] Santo Tomás de Aquino, Sobre la caridad, 1, 204.

[6] San Juan de la Cruz, Avisos espirituales, n. 60.

 

 

XVII Domingo del tiempo ordinario.

 

Mt 13 44. 52.

 

Todo el evangelio se resume en el encuentro con Jesús como el tesoro de la vida, el Salvador, por el cual se vende todo con tal de poseerlo como lo mejor de la vida. Es un tesoro escondido. Exige buscarle con ahínco y tesón... Y una vez que se encuentra estar dispuesto a todo con tal de comprar el campo donde se halla el tesoro.

 

1.    Es una parábola encuadrada en las del Reino. De fondo está el encuentro de Jesús con el joven rico que no es capaz de seguirle y engrosa la patria de los tristes, de los que no se atreven a seguir a Jesús con todas las consecuencias. Son parábolas que hasta nos pueden rechinar. No es muy honesto el que encuentra un tesoro y por encima de todo, con tal de adquirirlo calla y reúne todo lo que tiene para comprar el campo por el tesoro que contiene.

 

2.    San Juan Crisóstomo cuenta que era muy corriente que los que iban a la guerra, pensando en que un día podrían volver escondían tesoros en campos y muros. Muchos tesoros se perdían al no volver sus amos. El texto de la lanzada de Juan indica lo mismo. En el muro de su cuerpo se ha abierto con la lanzada una brecha y se ha encontrado con el tesoro de su Corazón abierto. De aquí nace el asombro del evangelista. En el texto de Mateo al encontrar el tesoro en el campo lo que pretende es adquirirlo como sea por el tesoro que esconde.

 

3.    El tesoro y la perla expresan lo mismo, el Corazón de Cristo. En el fondo solo cuando descubrimos el tesoro, le damos el corazón. Es necesario vivir siempre abrazado al tesoro que es Jesús y que como decía San Pablo en su comparación... Todo lo estimo basura con tal de alcanzarlo.

 

+ Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

 

 

Blaise Pascal

"Sólo conozco dos tipos de personas razonables: las que aman a Dios de todo corazón porque le conocen, y las que le buscan de todo corazón porque no le conocen".

Blaise Pascal

(Clermont-Ferrand, Francia, 1623-París, 1662) Filósofo, físico y matemático francés. Su madre falleció cuando él contaba tres años, a raíz de lo cual su padre se trasladó a París con su familia (1630). Fue un genio precoz a quien su padre inició muy pronto en la geometría e introdujo en el círculo de Mersenne, la Academia, a la que él mismo pertenecía. Allí Pascal se familiarizó con las ideas de Girard Desargues y en 1640 redactó su Ensayo sobre las cónicas (Essai pour les coniques), que contenía lo que hoy se conoce como teorema del hexágono de Pascal.

La designación de su padre como comisario del impuesto real supuso el traslado a Ruán, donde Pascal desarrolló un nuevo interés por el diseño y la construcción de una máquina de sumar; se conservan todavía varios ejemplares del modelo que ideó, algunos de cuyos principios se utilizaron luego en las modernas calculadoras mecánicas.
En Ruán Pascal comenzó también a interesarse por la física, y en especial por la hidrostática, y emprendió sus primeras experiencias sobre el vacío; intervino en la polémica en torno a la existencia del horror vacui en la naturaleza y realizó importantes experimentos (en especial el de Puy de Dôme en 1647) en apoyo de la explicación dada por Torricelli al funcionamiento del barómetro.
La enfermedad indujo a Pascal a regresar a París en el verano de 1647; los médicos le aconsejaron distracción e inició un período mundano que terminó con su experiencia mística del 23 de noviembre de 1654, su segunda conversión (en 1645 había abrazado el jansenismo); convencido de que el camino hacia Dios estaba en el cristianismo y no en la filosofía, Blaise Pascal suspendió su trabajo científico casi por completo.

Pocos meses antes, como testimonia su correspondencia con Fermat, se había ocupado de las propiedades del triángulo aritmético hoy llamado de Pascal y que da los coeficientes de los desarrollos de las sucesivas potencias de un binomio; su tratamiento de dicho triángulo en términos de una «geometría del azar» lo convirtió en uno de los fundadores del cálculo matemático de probabilidades.
En 1658, al parecer con el objeto de olvidarse de un dolor de muelas, Pascal elaboró su estudio de la cicloide, que resultó un importante estímulo en el desarrollo del cálculo diferencial. Desde 1655 frecuentó Port-Royal, donde se había retirado su hermana Jacqueline en 1652. Tomó partido en favor de Arnauld, el general de los jansenistas, y publicó anónimamente sus Provinciales.

El éxito de las cartas lo llevó a proyectar una apología de la religión cristiana; el deterioro de su salud a partir de 1658 frustró, sin embargo, el proyecto, y las notas dispersas relativas a él quedaron más tarde recogidas en sus famosos Pensamientos (Pensées sur la religion, 1669). Aunque rechazó siempre la posibilidad de establecer pruebas racionales de la existencia de Dios, cuya infinitud consideró inabarcable para la razón, admitió no obstante que esta última podía preparar el camino de la fe para combatir el escepticismo. La famosa apuesta de Pascal analiza la creencia en Dios en términos de apuesta sobre su existencia, pues si el hombre cree y finalmente Dios no existe, nada se pierde en realidad.

La tensión de su pensamiento entre la ciencia y la religión quedó reflejada en su admisión de dos principios del conocimiento: la razón (esprit géométrique), orientada hacia las verdades científicas y que procede sistemáticamente a partir de definiciones e hipótesis para avanzar demostrativamente hacia nuevas proposiciones, y el corazón (esprit de finesse), que no se sirve de procedimientos sistemáticos porque posee un poder de comprensión inmediata, repentina y total, en términos de intuición. En esta última se halla la fuente del discernimiento necesario para elegir los valores en que la razón debe cimentar su labor

Algunas frases célebres de Blaise Pascal

  • Sólo conozco dos tipos de personas razonables: las que aman a Dios de todo corazón porque le conocen, y las que le buscan de todo corazón porque no le conocen.
  • Prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe. Porque si después no hay nada, evidentemente nunca lo sabré, cuando me hunda en la nada eterna; pero si hay algo, si hay Alguien, tendré que dar cuenta de mi actitud de rechazo.
  • El corazón tiene razones que la razón ignora.
  • La grandeza de un hombre está en saber reconocer su propia pequeñez.
  • La naturaleza tiene perfecciones para demostrar que es imagen de Dios e imperfecciones para probar que sólo es una imagen.
  • Dos excesos: excluir la razón, no admitir más que la razón.
  • La desgracia descubre al alma luces que la prosperidad no llega a percibir.
  • ¿Qué es el hombre dentro de la naturaleza? Nada con respecto al infinito. Todo con respecto a la nada. Un intermedio entre la nada y el todo.
  • Sólo hay dos clases de personas coherentes: los que gozan de Dios porque creen en él y los que sufren porque no le poseen.

 

Derecho natural, democracia y cultura

Sin libertad de enseñanza no hay verdadera democracia ni sociedad libre.

Hace siglos hubo un político romano, orador de arrebatada elocuencia, que, en ratos de ocio obligado, compuso algunas obras de filosofía política, todavía hoy leídas, en las que se inspiraron no pocos de los que en la época moderna lucharon –tan meritoriamente– por las libertades democráticas. Como filósofo que también era, no dejó de hacerse una de las preguntas fundamentales que plantea la democracia, esa forma de gobierno, que es una preciada conquista de la humanidad: ¿es todo objeto de votos? ¿tienen límites la libertad democrática y la voluntad popular? Pregunta tan consustancial con el régimen democrático, que es la misma que se hacen muchos pensadores modernos. A la vuelta de los siglos, el problema no ha cambiado. Es aquella vieja pregunta –aunque con matices nuevos– para la que cierto político español, un liberal, decía no tener respuesta. Este político no tenía respuesta, porque su ideario era liberal y para el liberalismo –que no debemos confundir con la democracia– no hay ni puede haber respuesta. Pero nuestro orador romano sí, la tenía. ¿Por qué el liberalismo no sabe ni puede responder a la cuestión? No tiene respuestas porque el liberalismo tiene entre sus fuentes el dogma rousseauniano de la bondad y de la infalibilidad de la voluntad general: lo que quiere la mayoría es necesariamente bueno y verdadero. Ciertamente, la mayoría ha cometido en los dos siglos que nos separan de Rousseau, los suficientes desaguisados como para que ni los más puros liberales crean ya en ese dogma. Pero siguen creyendo, si no en la bondad absoluta, al menos en la soberanía absoluta de la mayoría.

También nuestro filósofo romano creía en la democracia y en la mayoría. Pero sus maestros estoicos le descubrieron que el hombre –y por lo tanto también el pueblo– tiene un límite infranqueable, que si bien el pueblo es soberano, no lo es de modo absoluto, porque el hombre es, ciertamente, rector de sí mismo, pero antes que eso es un ser regido. No es el hombre, como quería el viejo Protágoras, la medida de todas las cosas. Es un ser libre, modelador de su destino, pero su libertad está gobernada por las exigencias objetivas de su propio ser. No es el hombre el criterio del bien y del mal, no es el pueblo el criterio de lo justo y de lo injusto; tal criterio es la ley natural.

Cicerón –que éste es nuestro romano– escribió, con la simplicidad propia de su estilo –de hace más de veinte siglos– una hermosa página al respecto, que conviene reproducir: Es absurdo pensar que sea justo todo lo determinado por las costumbres y las leyes de los pueblos. ¿Acaso también si son leyes de tiranos? Si los Treinta Tiranos de Atenas hubieran querido imponer sus leyes, o si todos los atenienses estuvieran a gusto con las leyes tiránicas ¿iban por eso a ser justas esas leyes? Creo que no serían más justas que aquella otra que dio nuestro interrey de que el dictador pudiera matar impunemente al ciudadano que quisiera, incluso sin formarle proceso. Hay un único derecho que mantiene unida la comunidad de todos los hombres, y está constituido por una sola ley, la cual ley es el criterio justo que impera o prohibe: el que la ignora, esté escrita o no, es injusto (…). Que si los derechos se fundaran en la voluntad de los pueblos, las decisiones de los príncipes y las sentencias de los jueces, sería justo el robo, justa la falsificación, justa la suplantación de testamentos, siempre que tuvieran a su favor los votos o los plácemes de una masa popular (…). Y es que para distinguir la ley buena de la mala no tenemos más norma que la de la naturaleza. No sólo lo justo y lo injusto, sino también todo lo que es honesto y lo torpe se discierne por la naturaleza. La naturaleza nos dio así un sentido común, que esbozó en nuestro espíritu, para que identifiquemos lo honesto con la virtud y lo torpe con el vicio. Pensar que eso depende de la opinión de cada uno y no de la naturaleza, es cosa de loco (De legibus, 1, 15-16.)

Claro que hoy se ha oscurecido tanto el concepto de ley natural, que no es posible tratar de la cuestión planteada sin dar un largo rodeo. Ruego al oyente que me acompañe en esta aparente divagación con su atención y cortesía; aunque el rodeo sea largo, la respuesta llegará.

1. La ley natural

Los fundadores de la ciencia jurídica europea –los llamados glosadores– fueron hombres en muchos aspectos geniales. Y por eso supieron escribir frases tan cortas y, a la vez, tan llenas de sentido, que la posteridad no ha podido menos que gastar bastante ingenio en meditarlas e interpretar su rico contenido. Y hay una de esas glosas que revela –contra lo escrito por algunos autores, que me atrevería a calificar de poco entendedores del alma de los medievales– un profundo conocimiento cristiano de la ley natural. Junto a los textos romanos –paganos– que nos hablan de la naturaleza como principio del ius naturale, la glosa en cuestión contiene una aclaración que vale por muchas páginas: natura, idest Deus. «La naturaleza, esto es Dios». No quería con esto nuestro glosador, ni situarse en una visión panteísta de resonancias más o menos estoicas, ni negar que la ley natural tenga como fundamento inmediato la naturaleza humana. Su intención fue glosar un texto pagano con la luz que la revelación cristiana proyecta sobre la ley natural. Ley natural, sí, fundada en la naturaleza humana, pero en una naturaleza humana que es creatura, obra de un Dios personal, que a través de ella manifiesta su Sabiduría y sus planes amorosos de felicidad y de bien para el hombre. La ley natural, penetrando en su fundamento último, nos aparece como razón y voluntad – ley– de Dios, fruto del poder, de la sabiduría y del amor divinos.

Porque la ley natural es inclinación grabada en la naturaleza del hombre procede de la acción creadora de Dios. No es la ley natural una superestructura impuesta al hombre, individual y socialmente considerado, unos mandatos, sin duda justos y buenos, pero, en definitiva, extrínsecos a su ser. La ley natural es ley constitutiva del hombre, una dimensión de su ser en relación a su desarrollo existencial.

La ley natural enlaza con el poder creador divino, porque es una ley inherente al ser del hombre y de la sociedad. Es éste –ley del ser– un matiz que importa resaltar, porque sin él deja de tener sentido hablar de ley natural.

El desarrollo existencial de la persona humana no es, primariamente, un simple sucederse de hechos, un mero acontecer. Reducir el desarrollo existencial del hombre al mero acontecer, es uno de los más brutales vaciamientos de la vida humana, porque equivale a despojarla de su sentido. Entonces sí que sería verdad que detrás del acontecer humano, detrás de la vida del hombre, no hay más que la nada. La existencia humana sin un sentido propio del ser mismo del hombre, no tiene bajo sí ni ante sí más que el no absoluto, en otras palabras, el vacío total. Decir, como escribía Ortega y Gasset –reflejando una tesis común a las diversas corrientes existencialistas–, que el hombre no es naturaleza –y naturaleza ordenada a unos fines– sino historia, no tiene otra consecuencia lógica que la vida sin sentido. Y esto lo ha visto con gran claridad Sartre. Cualquier fin que –de ser cierta tal tesis– quisiera el hombre ponerse como sentido de su existencia, sería pura artificialidad –por ser creación del hombre, sin base ontológica–, que al final no resultaría ser más que una máscara de cartón, o un ensueño vacío, sin otra realidad que el despertar en la frustracíón, como producto de la alienación más completa.

No es pura casualidad, ni sólo producto de la sofisticada artificiosidad de tantos aspectos de nuestra civilización, que la causa principal de alteraciones psicológicas sea hoy la frustración existencial, como ha puesto de relieve, más de una ocasión, el insigne psiquiatra austriaco Viktor Frankl (Vide, p. e., V. E. Frankl, Aggression und existentielle Frustration, en «Persona y Derecho» III (1976), Págs. 265 ss.) He aquí que una civilización que ha pretendido poner en primer plano la existencia, ha recogido la cosecha de la frustración existencial más profunda. Y es que ha cometido el más grave error en el que podía haber incurrido: olvidar que la existencia presupone la esencia. Vaciar la existencia de esencia, de naturaleza y de ley natural, es vaciar la misma existencia.

El orden moral –cuya expresión y principio rector es la ley natural– no puede entenderse, pues, como un orden extrínseco al hombre, porque es la dimensión orden del hombre como persona; en palabras de Del Portillo (A. DEL PORTILLO, Moral y Derecho, en «Persona y Derecho», I (1974), pág. 494), es el conjunto de exigencias que derivan de la estructura óntica del hombre en cuanto es un ser personal. Del mismo modo, el Derecho, natural representa la regla fundamental de la sociedad en cuanto humana. Es ahí donde, del modo más radical y profundo se entabla, en cada hombre y en cada sociedad, el famoso dilema hamletiano: ser o no ser.

Quizás algún oyente piense que me estoy yendo por las ramas. Tienen razón, aunque creo que más bien me he estado yendo por las raíces. En todo caso, ha sido una divagación calculada, porque esta es la idea que deseo poner sobre todo de relieve: que la ley natural es orden del ser del hombre y de la sociedad, el camino recto de nuestra perfección personal y social. Seguir o no seguir la ley natural, en nuestra vida personal y en la vida social, representa un radical ser o no ser, perfeccionarse o degradarse.

2. Democracia y ley natural

Después de todo cuanto llevo dicho, es muy posible que ustedes piensen que soy partidario de la ley natural, y quizás me encuentre en el riesgo de que me ocurra algo semejante a lo sucedido al predicador de la conocida y vieja anécdota –no la voy a repetir porque es muy conocida- uno de cuyos oyentes, a la pregunta de un curioso sobre qué había dicho sobre el pecado, resumió su sermón con la frase: Pues que no es partidario. Probablemente estoy en el peligro de que, al menos mentalmente, pueda alguien resumir cuanto he dicho hasta ahora sobre la ley natural con la frase contraria: Es partidario. Pues no, una de las cosas que me interesa dejar bien claro es que yo no soy partidario de la ley natural. Y por si acaso la conjunción negativa no ha quedado clara, quiero volver a repetirlo: no soy partidario de la ley natural. Es más, entiendo que nadie puede ser partidario de la ley natural.

Y me parece tanto más importante que esto quede claro, porque uno de los rasgos más acusados de la llamada mentalidad moderna es reducir el ámbito de los valores y los bienes supremos del, hombre a cuestión de partidismo. Se trata en definitiva, del relativismo, de la actitud que reduce –en el ámbito indicado– la verdad a una opinión, la certeza a un parecer, los valores objetivos a valores subjetivos. En esta línea de pensamiento sí que hay partidarios, si no propiamente de la ley natural, sí del Derecho natural: Stammler, Kaufmann o Maihoffer, pueden citarse como representantes de esta dirección.

Confío en que hayan adivinado el sentido de mi negativa a ser incluido entre los partidarios de la ley natural. No soy partidario de la ley natural, porque ésta pertenece al campo de la verdad y no de la opinión; de la ciencia, no de la opción; de la objetividad, no de la subjetividad. No es cuestión de partidismo, sino de certeza, de estudio y de conocimiento. La ley natural está fuera de todo partidismo; se puede seguir o rechazar, se puede afirmar –se debe diría yo– o se puede negar, pero no es de suyo objeto de opiniones ni de banderías. Yo tengo la certeza –por razón natural y por revelación divina– de que existe la ley natural. Sé, pues, que existe, no opino que existe, estoy cierto de ello. Y porque no opino, no soy partidario, que es adjetivo de opinión.

Punto éste que enlaza directamente con el tema planteado al principio. Ni la ley natural en bloque ni sus contenidos concretos son objeto de votos. A nadie se le ocurre poner a votación cuánto son dos y dos; o si no queremos aludir a cosas evidentes podemos acudir a la teoría de la relatividad, a la geometría euclidiana o a la física cuántica.

Las verdades objetivas no son producto de convenciones mayoritarias sino de estudio y de conocimiento de la realidad. ¿No es ridículo pensar que una verdad filosófica o científica pueda obtenerse por pactos o convenios? No muchos años antes de Jesucristo, cierto procónsul romano intentó algo parecido y vean cómo lo narra Cicerón en su diálogo sobre las leyes: Porque recuerdo haber oído contar a mi admirado Fedro, en Atenas, que tu amigo Gelio, al venir como procónsul a Grecia, después de haber sido pretor, conoció en una reunión a todos los filósofos que había entonces en Atenas, y que, con mucha insistencia, les propuso la idea de acabar de una vez con sus controversias: que si no estaban dispuestos a malgastar toda su vida en disputas, podría llegarse a un consenso, y que él les prometía su ayuda, por si era posible llegar a algún acuerdo. Eso sí que fue cosa de risa, Pomponio, y de la que siempre se burló todo el mundo (De legibus, 1, 20.)

El Derecho natural representa la objetividad de una regla de conducta y de una exigencia de justicia, que es inherente a la persona humana. No es objeto de opinión o de opción –repito– sino de conocimiento y de estudio; no es elección, sino verdad. Viene aquí como anillo al dedo un consejo de la Sagrada Escritura: No sigas la muchedumbre para obrar mal, ni en el juicio te acomodes al parecer del mayor número, si con ello te desvías de la verdad (Ex 23, 2.)

Los congresos científicos están llenos de discusiones, pero hasta ahora, que yo sepa, nunca se ha sometido a votación una teoría científica o el resultado de una investigación para determinar su verdad o su falsedad.

La ley natural pertenece al orden del ser, decíamos al principio; pertenece, pues, al orden de las realidades objetivas, de la ciencia. En otras palabras, la ley natural no es objeto de votaciones. La democracia es una forma de gobierno buena –sin duda la mejor y más deseable en nuestro contexto cultural– fundada, al igual que otras formas lícitas, en la ley natural. Es esta ley la que posibilita la democracia, porque la democracia se basa en la naturaleza del hombre y de la sociedad. Porque la democracia se funda en la ley natural, cuando de ella se separa, se corrompe y se transforma en esa corruptela que es la demagogia.

Una ley democráticamente establecida, si es contraria a la ley natural, es una injusticia y una tiranía (en realidad, no es democracia sino demagogia). Cuando hablamos de totalitarismos, de opresiones, de abusos de poder o de tiranía, tenemos una especial tendencia a imaginarnos a una persona o grupo minoritario de personas que impone la fuerza, la violencia –la injusticia en otras palabras– a la gran masa de la población. Y olvidamos que todo ello puede ser ejercido igualmente por un Parlamento o por una mayoría.

Negar esto, conceder a la democracia el carisma creador de la justicia y de la moral, es trastocar los términos del problema y manipular el término democracia, dándole un sentido que no es el propio.

Democracia es, propiamente, nombre de forma de gobierno. Forma, no contenido. Se refiere a la forma de acceder los gobernantes al poder, a la forma de dictar las leyes, a la forma de controlar el ejercicio del poder. Pero la forma no altera el contenido. Cuando afirmamos que las leyes positivas deben ser conformes a la ley natural aludimos a su contenido, y ello es válido, tanto para la ley dictada por un gobernante, como para la aprobada por un Parlamento o la establecida por referéndum o plebiscito. A todas las leyes, cualquiera que sea la forma de su establecimiento, es aplicable que deben ser justas. No sólo el gobernante puede ser injusto, también lo puede ser el pueblo en su conjunto.

La democracia, no menos que el gobierno personal, está sometida a la ley impresa en la naturaleza. He ahí el radical sinsentido de someter a votación normas o principios de Derecho natural. El divorcio democrático, el aborto democrático o una no menos democrática discriminación racial, serán democráticos, pero no dejarán de ser sinrazones, asesinatos e injusticias, y más que democráticos habrá que llamarlos demagógicos.

Hablaba antes de una manipulación de la palabra democracia; y, en efecto, cuando de la forma se pasa al contenido –como es tantas veces habitual en nuestros días– hay en realidad un enmascaramiento del fondo de la cuestión. Porque se llama democracia a otra cosa distinta: al relativismo y al antropocentrismo; al indiferentismo y al liberalismo; al sociologismo y al permisivismo. No entro en problemas políticos concretos, que no son de mi incumbencia en estos momentos. Sí debo entrar, y lo estoy haciendo, en temas de filosofía jurídica y política. También la democracia está sometida a la ley natural; la forma democrática de gobierno está para el amplísimo campo del legítimo pluralismo de la sociedad; para el ancho espacio de las legítimas opciones y opiniones, donde no hay dogmas. Pero no está para aquellas cosas que no son objeto de opinión ni de opción.

3. Democracia y libertad de enseñanza

No se me ocultan los graves problemas que la aplicación de este principio presenta de hecho a la democracia en cualquier sociedad. ¿Cómo garantizar el respeto de la ley natural si la ordenación de la sociedad depende, en último término, de las decisiones del pueblo? ¿Cómo limitar de hecho la soberanía de la voluntad popular, si es esa voluntad la que ha de establecer dichos límites? El problema planteado –no se les oculta a ustedes.– es de importancia decisiva. De no garantizarse el respeto a la ley natural, la democracia contendrá en sí el germen de su propia destrucción, de su inexorable conversión en demagogia –es decir, en forma de gobierno que lesione, por su dinámica, al bien común–, mientras el contexto social no tenga como base irrenunciable la ley natural.

Ya decía antes que la ley natural, por ser ley objetiva del ser humano, no es quebrantada sin que el hombre y la sociedad se degraden. Por eso, una democracia, en una sociedad que no respete los valores objetivos, será cauce, no de gobierno sino de desgobierno, no de desarrollo social sino de corrupción de la sociedad, no de la libertad sino del permisivismo, no del progreso sino del regreso a formas salvajes de vida. Más que democracia, será demagogia.

Sustituir la ley natural por los dictados de la mayoría y, por tanto, extender la democracia al sistema de reglas y valores fundamentales que han de regir la vida social en cuanto organizada en Estado, deja a la democracia desamparada frente a las fuerzas disolventes de la sociedad y de ella misma. Pero, sobre todo, deja a la democracia sin su última y más básica fundamentación.

Si –como pretende el liberalismo de rancio abolengo– todo se funda en la prevalencia de los votos, ¿en qué se fundamenta la democracia? La respuesta es tan obvia como inquietante: se funda en ella misma. Y digo que es inquietante, porque esto significa que carece de fundamento fuera de la pura voluntad del pueblo, a la que habría que calificar de arbitraria por cuanto carecería de un fundamento ulterior. Y a la voluntad arbitraria del hombre en política se la llama tiranía. De donde resultaría paradójicamente, que la democracia no sería otra cosa que la forma menos desagradable de tiranía. Afortunadamente la democracia no es eso; lejos de ser la forma menos mala de tiranía, de suyo es –o al menos puede ser– una excelente forma de gobierno.

Para los grandes clásicos de la filosofía política anteriores al liberalismo, la democracia tiene su fundamento sólido y claro: el Derecho natural, sobre el que se asienta la voluntad del pueblo de constituirse en democracia en lugar de otras formas, en sí mismas igualmente posibles; en versión de la teología, diríamos que todo poder, de modo último y radical, tiene su origen en Dios. Esto significa que, tanto desde el punto de vista filosófico, como desde el teológico, hay una clara distinción entre uso y abuso del poder, entre poder legítimo y tiranía. Y, al propio tiempo, que el Derecho natural es fundamento de la democracia –no como forma de gobierno necesaria, pero sí como forma posible– y en consecuencia anterior a ella e intangible por ella. El liberalismo originario, por el contrario, al quitar a la democracia su fundamento trascendente, desdibuja los límites entre legitimidad y tiranía y desguarnece a la democracia frente al riesgo de una desnaturalizada libertad.

¿Qué solución hay, entonces, para sacar a la democracia de esta situación crítica en la que se encuentra? No hay, digámoslo ante todo, una solución política; pretender buscarla sería querer encontrar esa especie de cuadratura del círculo que los antiguos expresaban con el dicho: ¿Quis custodiet custodes «¿Quién guardará a los guardianes?» Pero, además, cualquier intento de solución política sería contradictorio con la misma democracia, pues tal solución consistiría en la instauración de una especie de democracia limitada, esto es, mediante la sustracción a la decisión popular del campo de valores que se considera intangible. Ni de hecho ni teóricamente esta solución parece posible. No sólo el contexto social no admitiría tal solución, sino que tampoco eso sería verdadera democracia. Tanto en el campo personal como en el terreno político, la libertad humana comporta que se corra el riesgo de la libertad; es el hombre y la sociedad quienes deben asumir, en el acto más íntimo y más propiamente humano, los valores éticos, morales, y la ley natural. Y la democracia es una forma de gobierno –legítima– que otorga al cuerpo social entero el ejercicio de esa asumpción. Quien no quiera correr el riesgo de la libertad o entienda que los tiempos no están para correrlo, que no aspire a la democracia. La democracia limitada, no es, a mi juicio, una verdadera democracia.

No habiendo –no pudiendo haber– una solución política al problema planteado, hay, sin embargo, una solución, postulada por lo que es y representa la democracia: una solución social, que ustedes sin duda habrán adivinado: el pueblo debidamente educado, la cultura y, como transmisión de ella, la enseñanza. Dicho en breves palabras, la única solución es la educación de la sociedad en el bien y en los valores.

Claro que para que esto sea posible, la clave reside en que la enseñanza esté en manos de la sociedad y no del Estado, lo que equivale a decir, con otras palabras, que la clave está en la libertad de enseñanza.

La libertad de enseñanza, como derecho natural que es, debe ser respetada en cualquier forma legítima de gobierno, pero en un régimen democrático adquiere una importancia suprema por la misma concepción de la democracia.

Examinemos, como segunda parte de esta exposición, el tema que acabo de enunciar, refiriéndolo, claro está, a la democracia moderna.

Aunque parezca innecesario por obvio, no es inoportuno comenzar recordando cuál es la idea central que configura la democracia moderna: volver una y otra vez a los principios fundamentales es –en definitiva– la sana y prudente regla del buen gobierno que recogió la Declaración de Derechos del Buen Pueblo de Virginia. La democracia en sentido actual –el que aparece en el siglo XVIII– es, ciertamente, una forma de gobierno en la que el pueblo designa a sus gobernantes; pero es también –y principalmente– un régimen de libertad. Sin libertades personales y, de modo fundamental, sin la libertad de ser persona –en el sentido propio de esta palabra– no hay democracia, aunque haya votaciones. Sólo por votar no se es persona, ni las elecciones son la democracia; ambas cosas son instrumentos para la libertad y para la democracia, mas no son la democracia ni la libertad.

Un pueblo manipulado, unos ciudadanos masificados, por mucho que participen en asambleas y votaciones no forman un pueblo libre, ni son ciudadanos que vivan en libertad. Son marionetas del grupo manipulador, que convierte el régimen político en una dictadura oligárquica, aunque tenga la máscara de una democracia.

Por eso es regla elemental de una verdadera democracia el respeto a la libertad de pensamiento filosófico, científico y cultural y, con ella, la libertad de comunicación, de palabra. No sin razón, las Naciones Unidas acogieron como piezas clave de la Declaración de Derechos Humanos las cuatro libertades con cuyo enunciado Roosevelt resumió el ideario de los aliados en su lucha contra el totalitarismo: la libertad de palabra y de expresión, la libertad religiosa, la libertad de vivir sin miedo y la libertad de vivir a cubierto de la necesidad. Alguna de estas libertades, es cierto, pueden ser entendidas de modo incorrecto como lo ha hecho la filosofía liberal. Pero tienen también un modo correcto de entenderse y aplicarse.

He aquí un principio fundamental: no hay sociedad libre si la cultura y su transmisión están en manos del poder. Si el Estado se convierte en el sujeto de la cultura y en sus manos está el medio de su transmisión, que es la enseñanza, no es posible el hombre libre. Para construir una sociedad verdaderamente libre es indispensable que la ciencia y la cultura estén en manos de la propia sociedad. Esto es lo que, en su radicalidad, quieren decir las libertades sobre el pensamiento filosófico, científico y cultural, la libertad de las conciencias y la libertad religiosa. Los sistemas culturales, la ciencia, la decisión de vivir según conciencia, el culto, a Dios pertenecen a la persona, no al Estado, porque son aspectos de un derecho que está en la raíz de todos ellos: el derecho a ser persona.

Que tales libertades las tiene como propias la persona humana, lo muestra el hecho fundamental de que el Estado no es el sujeto de la cultura –del pensamiento–, de la conciencia moral, ni del acto radical de adhesión del hombre a Dios. Es el hombre, personalmente, su sujeto: quien piensa, quien tiene conciencia, quien primeramente está relacionado con Dios. Del hombre vienen y al hombre van. De la cultura, de la moralidad, de la religión el Estado no es agente, sino receptor. El Estado es también auxiliador, pero ayudando a la libertad, no sustituyéndola. De lo contrario, los términos se invierten: el Estado es agente y el hombre es receptor; entonces la libertad ha sido segada de raíz y la personalidad del hombre se esfuma.

Las libertades de pensamiento filosófico y científico, de las conciencias y religiosa, la libertad cultural en una palabra, tampoco son –políticamente hablando– libertades residuales. Se las concibe como libertades residuales cuando se entienden como meras ausencias de coacción, en cuya virtud el Estado no coaccionaría a quienes no siguiesen la cultura y las concepciones ofrecidas desde las estructuras oficiales. Esto no es libertad, sino simple tolerancia.

Para una sociedad libre es necesario que la cultura y su transmisión estén en posesión de la sociedad y no del Estado. En el caso de las libertades a que nos referimos, derecho o libertad significa que el sujeto de esos bienes –y por consiguiente de su transmisión– no es el Estado, sino la persona. Significa que el sistema de ideas, de cultura, de ciencia y de moralidad pertenecen a la persona y a su libre desarrollo. No hay peor encadenamiento de la persona y de la sociedad que el dirigismo cultural, o sea atribuir al Estado la función de dirigir la cultura y su transmisión.

La ilación entre las libertades nucleares enunciadas y la libertad de enseñanza es clara. Enseñar y educar no es otra cosa que transmitir el sistema de ideas, de cultura, de ciencia, de moralidad y de religión. Por consiguiente, las libertades de cultura, de las conciencias y religiosa quedan gravemente cercenadas –y reducidas a la triste condición de libertades residuales– sin verdadera libertad de enseñanza, lo que quiere decir que la enseñanza debe estar en manos de la sociedad, o sea, de los ciudadanos. Conclusión evidente: si el sujeto y agente de la cultura, de la moralidad y de la religión es el hombre y no el Estado, el sujeto y agente de la enseñanza es la persona, no el Estado. La transformación del Estado en sujeto y agente de la enseñanza, tanto cercenará la libertad cuanto suponga hacerse sujeto y agente primero y principal de la cultura.

La libertad de enseñanza no es, pues, un tema más o menos importante, sino un punto capital de la construcción y organización de una sociedad libre y de la estructuración política de una democracia en sentido moderno, es decir, de un régimen democrático de la libertad.

Y advierto, para evitar equívocos, que esto no significa el desarme ideológico del Estado, punto importante en el que no puedo detenerme ahora; significa sencillamente que las ideas no van del Estado a la sociedad, sino de la sociedad al Estado. Y a eso se le llama sociedad libre.

Hay quienes piensan que la democracia postula un Estado neutro, idea, no por vieja menos peregrina, que falsifica la democracia, porque contradice la esencia misma de la democracia. Estado neutro en efecto, o equivale a Estado vacío de cultura y de moral, o equivale –y es lo que más frecuentemente ocurre– a Estado relativista y agnóstico, esto es, confesionalmente laico. Si de lo primero se trata, quiere decir que se ha roto una pieza básica del sistema democrático: el paso de las opciones y corrientes sociales a las estructuras de gobierno. Lo que caracteriza la democracia es que las instancias ideológicas se generan en el pueblo y de ahí moldean las instituciones públicas, el gobierno y el Estado. Un Estado democrático no puede ser un Estado vacío –neutro–, salvo cuando de una sociedad vacía de ideas se tratase. Sólo rompiendo los cauces de trasvase de las instancias ideológicas –de las concepciones filosóficas, culturales, éticas– entre sociedad y Estado, puede éste quedare vacío; pero esta ruptura equivale a romper un factor básico de la democracia.

A su vez, un Estado neutro, en el sentido de laico –aparte de no ser neutro sino confesional, de confesionalidad laica– sólo tiene sentido en una democracia si el pueblo es, en su mayoría políticamente decisoria, laico. Pero en una sociedad minoritariamente laica o no socialmente laica, es claro que el Estado sólo será laico por una vía no democrática, pues es evidente que, en tal supuesto, no hay correlación ideológica entre Estado y sociedad, que es lo esencial de la democracia; luego la laicidad habrá debido de imponerse por una vía no democrática (oligárquica; v. gr., una oligarquía intelectual). La pieza de la neutralidad del Estado –en el sentido de laicismo– entendida como rasgo impuesto a su constitución es una pieza limitadora de la democracia, por cuanto rompe la ósmosis ideológica que debe existir entre sociedad y Estado. Lo democrático es que el Estado sea reflejo de la sociedad. Si la sociedad no es laicista, ¿cómo en una democracia el Estado puede serlo?

La verdadera estructura democrática rechaza la neutralidad laicista del Estado; éste no debe estar constituido –cuando tiene la forma democrática–, ni en neutral-laico ni bajo cualquier otra forma de confesionalidad cultural, moral o religiosa que impida la correlación Estado-Sociedad. Lo que pide la democracia es el Estado posibilitador de la libertad y el Estado abierto a la realidad social. Y esto es tanto más necesario en una sociedad plural, donde cabe que accedan al poder distintos grupos ideológicos. Hay quien piensa que la pluralidad social significa un Estado conformado de acuerdo con una especie de sincretismo medio. Pero esto no es lo democrático, pues la democracia es una forma de organización del Estado en la que la sociedad se desarrolle libre y plenamente; por ello lo democrático es que su organización permita el acceso al poder de las corrientes mayoritarias, las cuales desarrollen su programa de gobierno tanto más plenamente cuanto más mayoritarias sean, siempre respetando la libertad de las minorías. Si algo pide la democracia es la autenticidad del gobierno –es el pueblo el que se manifiesta auténticamente a través del gobierno libremente elegido–, siendo esto imposible si éste se viese obligado por una pieza constitucional sincretizadora a sustituir su ideario por un gelatinoso sincretismo.

Tres son, pues, las piezas fundamentales de la democracia: a) el Estado abierto; b) la posibilidad de acceso al poder de distintas opciones y corrientes; c) la libertad de mayorías y minorías. Y todo ello postula lo antes dicho: que las ideas no vayan –primariamente– del Estado a la sociedad, sino de la sociedad al Estado. De ahí la importancia capital de las libertades en el pensamiento, de las conciencias y religiosa. Son una exigencia de autenticidad democrática. Y como corolario, la importancia capital de la libertad de enseñanza; es también exigencia de autenticidad democrática.

Sin libertad de enseñanza no hay libertad de pensamiento y de conciencia; hay, en cambio, dirigismo cultural, pretensión de imponer desde el Estado una determinada concepción del mundo, del hombre y de la sociedad. Sin libertad de enseñanza no hay verdadera democracia ni sociedad libre. En todo caso habrá votaciones y asambleas, pero no libertad.

La libertad de enseñanza –decía– está al servicio de la libertad de concepciones culturales y de las conciencias, es su corolario necesario. Por lo tanto, carece de sentido, o más bien constituye un atentado frontal a esas libertades, no garantizar y sobre todo imponer una regulación de la iniciativa ciudadana que yugule, dificulte o haga muy difícil el mantenimiento de las convicciones filosóficas, morales y religiosas que constituyen el ideario de la escuela y lo que, frecuentemente, ha motivado su creación. En tales supuestos, no hay respeto a la libertad de enseñanza. como no lo hay a las libertades de pensamiento y de conciencia. Quienes crean un centro de enseñanza han de tener en sus manos los resortes de su dirección.

Nada de lo dicho debe interpretarse en el sentido de que el Estado deba desentenderse de la enseñanza y de la educación. Conlleva, sin embargo, que el Estado asuma su propio papel sin invadir el de la sociedad. Y este papel del Estado es el mismo que el que tiene respecto de las demás libertades: el Estado debe reconocer, garantizar y regular el ejercicio de la libertad de enseñanza.

Ante todo, reconocerla, y esto se hace, como paso imprescindible, asumiéndola como base de toda la legislación educativa y como principio fundamental del gobierno en materia de enseñanza. Ciertamente el Estado puede, y debe, asumir metas y objetivos concretos en el campo de la enseñanza, sin limitarse sólo a reconocer la libertad: puede ordenar esta materia, puede –y debe– ponerla al alcance de todos, pero todo ello ha de hacerse en función y en servicio de la libertad de enseñanza.

En segundo lugar, garantizándola, o dicho de otro modo, posibilitando su ejercicio. Y es aquí donde entra, en las circunstancias actuales, la necesaria ayuda del Estado a los ciudadanos, lo cual supone no limitarse a reconocer la libertad de enseñanza como una libertad meramente formal, sino sobre todo, como una libertad real.

4. La iniciativa privada

Es en este punto donde quisiera hacer unas pocas observaciones para precisar, con brevedad pero con la necesaria claridad, mi pensamiento.

Tengo la impresión de que el pensamiento político actual se ha encerrado –en su concepción del Estado y de sus funciones– en una vía muerta y que la práctica política, de consuno con la filosofía social, está dando muestras de una notable falta de imaginación y de inventiva. Me parece que ambos, pese a los deseos de modernizar sus concepciones y sus opciones, son epígonos de una dialéctica histórica, inaugurada en el siglo XVIII y hoy estéril y caduca: o individualismo o colectivismo. O iniciativa privada o iniciativa estatal.

El individualismo –por otro nombre el liberalismo orginario– contempla la sociedad como la coexistencia más o menos pacífica de ámbitos individuales que buscan su propio interés. En palabras de los filósofos liberales de mayor renombre, ámbitos individuales que buscan su propia felicidad. Se escinde así la actividad humana en dos grandes esferas de intereses, cuyos titulares son distintos: el interés personal o ámbito privado, cuyo titular y responsable es la persona; y el interés general o ámbito público, cuyo único titular y responsable sería el Estado. Desde esta perspectiva, la iniciativa privada es vista como una actividad directamente ordenada al bien particular, teñida de egocentrismo, aunque, al menos en ciertos aspectos, se trate de un egocentrismo noble, necesario y bueno. ¿Quién negará nobleza y bondad al afán del padre de familia por sacar adelante a sus hijos? Claro que, en ocasiones, se tratará de ese egoísmo que convierte al hombre en lobo para el hombre, o al menos en el hombre que se niega a ser guardián de su hermano.

Es bien sabido, además, que, para estos modos de entender la sociedad como coexistencia de individualismos, el Estado queda reducido a la flaca condición del Estado-guardián o Estado-gendarme; si acaso, se admitirá un proteccionismo defensivo de los particulares, que en nada palia la radical insolidaridad con que es entendida –con una visión deformadora– la iniciativa privada.

La alternativa colectivista, que históricamente nació casi simultáneamente con la que acabamos de exponer, bajo el nombre de socialismo, parte de la misma escisión entre el interés personal o ámbito privado y el interés general o ámbito público. Llega, en cambio, a la solución opuesta. Pues la acción del individuo es insolidaria –vienen a decir– el ámbito público, cuyo titular y responsable es el Estado, debe absorber totalmente al individuo, reducido a ser una mera parte del todo social. Uno de los primeros colectivistas, Morelly, anterior incluso a los que Marx llamó socialistas, utópicos, escribía en 1755 que el interés partícular y, en consecuencia, la propiedad privada eran una peste universal, fuentes de todos los vicios y de todos los males. Según su proyecto, que él presentaba como ley fundamental y sagrada de la naturaleza, todo ciudadano debía ser hombre público, sostenido, mantenido y ocupado a expensas del Estado. Para el colectivismo, el Estado es un Estado absorbente.

Individualismo o colectivismo, Estado-gendarme o Estado-absorbente: he aquí una dialéctica en la que la gran víctima es la libre acción ciudadana en beneficio del interés general o bien común. Incomprendida y adulterada en la visión individualista; incomprendida y suprimida en la concepción colectivista.

El encerramiento en esta dialéctica es aquella falta de imaginación política a la que antes me he referido. A mi parecer, lo que postula nuestro tiempo es una nueva concepción de las funciones del Estado y una purificación de aquella iniciativa privada que lo necesite.

Lo que reclama nuestra época es, por una parte, una iniciativa y una acción ciudadanas solidarias y socialmente responsables; y, por otra, el Estado posibilitador, en cuanto haga falta, de esa iniciativa y de esa acción, mediante la ayuda y el aporte de los bienes necesarios. Esta es, entiendo, la clave para construir una sociedad libre.

No es infrecuente que las palabras que expresan grandes principios, a fuerza de ser manipuladas o utilizadas con visión estrecha, terminen por ser entendidas de modo incorrecto o vaciadas parcialmente de su significación plena; y no podemos negar que algo de esto ha ocurrido con la expresión iniciativa privada. Son muchos los que la entienden hoy como perteneciente al mundo de las actividades mercantiles y económicas o poco más. Y sin embargo, la iniciativa privada abarca casi todos los campos de la actividad humana y constituye uno de los principios basilares de la recta organización de la sociedad.

Urge, en consecuencia, devolver a la iniciativa privada todo su sentido, para que, mejor conocida, sea más respetada. Si quisiera en pocas palabras mostrar el inmenso panorama que encierra y sus potencialidades, la definiría como el conjunto de actividades en orden al bien común de la sociedad, que nacen de las energías de las personas y son sostenidas por las personas.

Vista desde esta óptica –y sin caer en excesos panegíricos, que serían tan injustos como perniciosos–, fácilmente se comprende que la iniciativa privada ha sido el gran motor del progreso de la sociedad. Las ciencias, las artes, el comercio, la industria, la cultura, las Universidades y tantas cosas más han nacido de la iniciativa privada y de ella han recibido durante siglos la savia fecundante y la protección necesaria. Este Colegio Mayor que hoy nos acoge tan gentilmente es un testimonio incontestable de lo que acabo de decir.

La iniciativa privada no es el resultado de una circunstancia histórica más o menos feliz, sino energía y actividad que nace de la ley natural. El principio de subsidiariedad, defendido reiteradamente por el Magisterio de la Iglesia y hoy aceptado incluso por ciertas corrientes del socialismo liberal, no es otra cosa que la enseñanza y la defensa de que la ley natural es el origen de la iniciativa privada y, por ello, su respeto es uno de los principios básicos de la recta organización de la sociedad. Pero si esto es así, no podemos entenderla más que como el resultado de la captación de la ley natural, que es orden querido por Dios y, en consecuencia, como resultado de una recta conciencia ciudadana. Ciudadana, porque su finalidad es el bien común; recta conciencia, porque ha de ser resultado de la preocupación, no por el bien privado y personal, sino por el bien de los demás. En otras palabras, ha de ser el resultado del amor a todos los hombres y de la decisión de afrontar -con todos los riesgos y sacrificios que ello comporta—, los problemas de la sociedad.

La recta conciencia ciudadana comporta salir de sí mismo, de los límites de la propia vida personal ” para proyectarse en la solución de los problemas sociales y en la promoción del bien común. Es ahí donde radica uno de los principales títulos de legitimidad -hay otros de la iniciativa privada, porque ser. buen ciudadano no consiste en limitarse a cumplir las leyes o los deberes políticos cuando el Estado llama a cumplirlos. La buena ciudadanía es, sobre todo. la iniciativa, la positiva contribución con hechos al progreso de la sociedad y a la resolución de los problemas planteados. Es así como se abre esa amplia panorámica a que antes he hecho referencia: enseñanza, arte, cultura, industria, comercio, promoción humana, deporte, descanso, ciencia, etc.

Es tendencia enraizada distinguir -y la distinción es verdadera-, entre bien privado y bien común, a la vez que señalar a uno y otro como los campos respectivos de la iniciativa privada y de la acción estatal. Y en esto segundo es donde reside el fallo. La iniciativa privada no es sólo ni principalmente la acción al servicio del bien privado. Su nobleza y su carácter fundante del principio de subsidiariedad residen en su servicio al bien común, porque el bien común no es sólo fin del Estado, sino -y principalmente-, el fin de la sociedad, que por ley natural formamos todos. El bien común de la sociedad es nuestro bien; no hay problemas y dificultades, bienes o calamidades públicas que no nos afecten; la identidad de intereses con el resto de los hombres no permite que nos separe ninguna barrera.

Es más, el bien común es, como fin propio de la sociedad, el vínculo social básico que nos une; la sociedad es la unión de todos en esa tarea común. Se trata de comprender que, a nivel de nación o de comunidad internacional ocurre lo mismo que en las sociedades menores. Quienes se unen en una sociedad lo hacen para sacar adelante el bien común y la búsqueda del interés general. El titular del bien común y del interés general no es sólo el Estado, lo son principalmente los ciudadanos y lo es, por consiguiente, la acción ciudadana o iniciativa privada. La purificación de la iniciativa privada reside sobre todo en que sus protagonistas mejoren su visión con el colirio de la trascendentalidad de su misión: poner todas estas actividades al servicio del bien común de la sociedad. Cosa sencilla y prácticamente conseguida en las obras no lucrativas, en las que suelen llamarse obras sociales.

Mucho más difícil, casi tarea de titanes, es -como se comprende enseguida- hacer entender que las tareas lucrativas son y han de ser primariamente tareas al servicio del bien común y que el lucro obtenido no está sólo para el disfrute personal, sino también para el bien de la sociedad. En este punto confluyen dos aspectos de capital importancia. En primer lugar, que el egoísmo y el interés -que conduce tantas veces a la injusticia- es lo que da el golpe mortal a la iniciativa privada. En segundo término, y con ello nos elevamos a un plano superior, que la perfección de toda tarea humana -de acuerdo con la ley natural- reside en que sea realizada en servicio de los hombres, en que se ordene al progreso de la sociedad.

Responsabilidad social de la iniciativa privada y Estado garante y posibilitador de esa iniciativa son los dos aspectos complementarios para una sociedad auténticamente libre y solidaria. Libre, porque la primacía se atribuye al verdadero protagonista de la vida social, que es la persona, y a su autonomía. Solidaria, porque la acción ciudadana se ordena al bien común, que es el bien de todos.

5. Conclusión

Por eso decía antes que la libertad de enseñanza no puede quedarse en una libertad meramente formal. Su garantía por parte del Estado postula la necesaria ayuda, su conversión en libertad real. No entender esto, es encerrarse -lo repito una vez más-en una falta de imaginación política, cuando no constituye un ataque a la libertad de las conciencias y, en consecuencia, a la tarea de construir una sociedad en la libertad, en la justicia y en la solidaridad.

Por Javier Hervada, catedrático emérito de Derecho Natural de las Facultades de Derecho y Derecho Canónico de la Universidad de Navarra.

 

En Educación ¿derechos y libertades o imposición?

A estas alturas del siglo XXI en España se ponen en duda derechos/deberes y libertades propias de un Estado de Derecho, de un Estado democrático. Esto es así porque el Gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos no reconoce que todos tenemos derecho al ejercicio, promoción y defensa de lo que nos es más íntimo: la libertad y la vida trascendental.

España con su Carta Magna, la Constitución, había alcanzado un consenso en materia de educación que viene reflejado especialmente en sus artículos 16 y 27, inspirando leyes educativas que regulaban el ejercicio de derechos/deberes y libertades.

Pues bien, en estos momentos se agrava para los padres y madres ese ejercicio pues la Sra. Celaá, Ministra de Educación, tramita en el Parlamento su propuesta de Ley educativa, denominada LOMLOE, justo en el momento menos oportuno por la crisis sanitaria, social y económica de la Covid-19, poniendo en tela de juicio ese consenso ya que ha redactado su propuesta educativa de modo unilateral y arbitrario. Por tanto, lo que está en juego es la misma libertad con todas sus consecuencias.

Todo esto perjudica a la libertad de enseñanza, de elección de centro educativo y a la enseñanza de la religión en la escuela aplicando un laicismo excluyente que se había superado con la Constitución, algo que estoy segura que a la sociedad civil no le interesa pues como se demuestra en cada curso escolar la enseñanza de la religión católica viene refrendada por las familias en porcentajes altos (61%, cerca de 3.300.000 millones de alumnos), lo que pone de manifiesto que se la elige porque es fundamental para la educación integral de los hijos. Además, se la elige libremente pues nadie está obligado a cursar la materia.

La escuela debe ofrecer esta asignatura porque la educación integral es su finalidad. Pero esta educación, al no existir un Pacto de Estado, vuelve a estar sometida a los vaivenes de las ideologías de los partidos de turno, en este caso por el PSOE y Unidas Podemos que no aprecian su carácter académico. Hay que decir que fue voluntad del PSOE abandonar la mesa que estudiaba un Pacto Educativo de Estado.

En la gran mayoría de los países de Europa (exceptuando parte de Francia porque en Alsacia y Lorena la asignatura se basa en el Régimen Concordatario), existe la asignatura de religión en el currículo escolar, de modo estable y regular, con una carga lectiva semanal que en algunos de ellos llega a las 3 horas de clase, estando incluida de distintos modos.

Una vez más, el Gobierno evita fijarse en Europa o en los países que tienen un alto grado de desarrollo y de éxito escolar como es el caso de Finlandia, Dinamarca, Austria, Bélgica, Luxemburgo, Suecia, Reino Unido, Alemania, donde estas enseñanzas tienen carácter confesional, obligatorio o de posible exoneración en algunas regiones de estos países, incluso con valoración de exámenes públicos.

Por el contrario, nuestro Gobierno de coalición ignora el valor académico y la necesidad de cursar la asignatura de religión para el desarrollo integral y promoción cultural y social de la persona, limitando o dificultando su elección al proponer eliminar la materia alternativa a la religión, el valor de la nota media para la EBAU y las becas, la evaluación misma, dificulta su encaje en el horario escolar y peligra la carga lectiva que ya de por sí es insuficiente.

En primera instancia pertenece a las familias la reivindicación de su participación política en estos asuntos al ser las primeras y originarias responsables de la educación de sus hijos. La función del Estado ha de ser subsidiaria de la familia y el Gobierno se debe al cumplimiento del principio de subsidiariedad, y así ha de ser la presencia y apoyo a la familia por parte de la Iglesia y del profesor de religión.

Por ello, tanto las familias, como a nivel individual, asumimos esta responsabilidad en la educación integral de los hijos y reclamamos los derechos de la libertad de enseñanza, de elección de centro educativo, según las necesidades de cada uno, de educar a los hijos según las propias convicciones morales y religiosas.

Propongamos una presencia curricular de la asignatura de religión católica, de elección libre, seria y rigurosa, con una carga lectiva digna (2 horas semanales), con una asignatura alternativa también seria y rigurosa, que se mantenga el valor de la evaluación, que es un criterio pedagógico imprescindible en la enseñanza curricular y el valor de la nota para la media y las becas. Propongamos que la libertad de elegir centro educativo se mantenga, no permitiendo que la “demanda social” se elimine, todo ello porque en democracia prima la voluntad de las personas sobre las ideologías, estructuras, e instituciones.

Por Julia Gutiérrez Lerones, delegada de Enseñanza del arzobispado de Valladolid

 

“Yo hago lo que quiero”

“Eduquémonos para ser libres”.

Monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas,

Y responsable de la Doctrina de la Fe en la Conferencia del Episcopado Mexicano, analiza cada miércoles en zenit un tema de actualidad desde tres claves: Ver, pensar y actuar. Este miércoles, 22 de julio de 2020, el prelado mexicano reflexiona sobre la importancia de la responsabilidad y la educación en la libertad a la hora de contribuir a que la pandemia no continúe expandiéndose.

VER

Las autoridades sanitarias de los países han dado varias indicaciones para evitar tantos contagios por COVID-19, y así descartar más defunciones por esta pandemia. Sin embargo, muchas personas no quieren hacer caso y siguen viviendo como si nada pasara; hacen lo que quieren. Salen a la calle, van al mercado y a su trabajo sin protección. No falta quien organiza fiestas, en su casa o en otros espacios, sin ninguna precaución; se imaginan que son inmunes y nada les pasará. Algunos sacerdotes, con mucho celo pastoral, pero sin los debidos cuidados sanitarios, han estado muy cerca de su pueblo, atendiendo enfermos y celebrando misas exequiales; unos se han contagiado y otros han fallecido.

En días pasados, los noticieros de la televisión informaron de una organización social y política de Chiapas que difunde entre sus miembros que eso de la pandemia es mentira, que es una estrategia del gobierno para deshacerse de los ancianos, para que no le cueste tanto sostenerlos. Insisten en que no pasa nada y que cada quien siga llevando su vida como antes.

A muchos jóvenes nadie los detiene ni los convence de que se abstengan de ir a antros y a bares, de practicar su deporte favorito y de andar en lugares con gran concentración de personas, que pueden ser foco de infección. No les importa nada ni nadie, ni ellos mismos; hacen lo que quieren.

Es la misma tesis que manejan quienes siguen exigiendo libertad total para abortar, alegando sólo derechos de las mujeres a hacer lo que quieran con su cuerpo, sin tomar en cuenta el derecho del nuevo ser concebido en su vientre, que es una persona con los mismos derechos que los de su madre, y más porque es una persona inocente e indefensa. Los grupos activistas alegan mucho un derecho a hacer lo que quieran, sin tomar en cuenta los derechos de otras personas y de la misma sociedad. Su agresividad es destructiva.

PENSAR

Jesús dice: “Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderos discípulos míos, y conocerán la verdad y la verdad los hará libres… Les aseguro que quien comete pecado es esclavo del pecado… Si el Hijo los libera, serán libres de verdad” (Jn 8,31-32.34.36). Y el apóstol Pablo: “Para esta libertad, nos liberó Cristo. Por eso, manténganse firmes y no se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud” (Gál 5,1). Dice que, pudiendo hacer lo que quiera, se somete libremente al servicio de los demás: “Aunque soy libre y de nadie dependo, me he hecho esclavo de todos con tal de ganar a todos los que pueda” (1 Cor 9,19). Y el apóstol Pedro advierte: “Como gente libre, no empleen la libertad como pretexto para la maldad, sino úsenla como servidores de Dios” (1 Ped 2,16).

El Papa Francisco dice al respecto: “Cuando el ser humano se coloca a sí mismo en el centro, termina dando prioridad absoluta a sus conveniencias circunstanciales, y todo lo demás se vuelve relativo… Hay en esto una lógica que permite comprender cómo se alimentan mutuamente diversas actitudes que provocan al mismo tiempo la degradación ambiental y la degradación social” (Laudato si’, 122).

“Jóvenes amados por el Señor, ¡cuánto valen ustedes si han sido redimidos por la sangre preciosa de Cristo! Jóvenes queridos, ustedes ¡no tienen precio! ¡No son piezas de subasta! Por favor, no se dejen comprar, no se dejen seducir, no se dejen esclavizar por las colonizaciones ideológicas que nos meten ideas en la cabeza y al final nos volvemos esclavos, dependientes, fracasados en la vida. Ustedes no tienen precio: deben repetirlo siempre: no estoy en una subasta, no tengo precio. ¡Soy libre, soy libre! Enamórense de esta libertad, que es la que ofrece Jesús” (Christus vivit, 122).

ACTUAR

Aprendamos a educarnos para ser libres. Libre no es el que siempre hace lo que le da la gana, sin tener en cuenta a los demás, sino el que sabe dominarse a sí mismo, sabe controlar sus emociones, sus gustos y deseos, para proteger y ayudar a los demás, para no dañarlos, para hacerlos felices, aunque tenga que renunciar a sus instintos. Esta es la persona que vale, que genera confianza, que es constructiva y solidaria. Eduquémonos para ser libres. Seguir la palabra de Jesús nos hace libres, porque él nos dice qué nos sirve y qué nos daña, y nos ayuda a ser verdaderos dueños de nosotros mismos, no esclavos de nuestras pasiones.

 

La dignidad del no nacido

Desde hace ya mucho tiempo, debido, lamentablemente, a la permisividad de las legislaciones de muchos estados, nos obligan a convivir con una idea, que es una imposición, de que abortar un niño es lo mismo que quitarse un grano del cuerpo. El problema es que el grano no posee ninguna dignidad propia. Sin embargo, el niño, que ya vive, posee exactamente la misma dignidad que cualquier otro ser humano; la misma que posee aquél o aquella que, por depender de él o ella, le puede matar.

Dicen que la ley del aborto no es una imposición y que la mujer que no quiera abortar es libre de no hacerlo. El engaño del argumento es que la imposición no es para la mujer o el hombre cuya vida ya está, más o menos, resuelta y asegurada. La víctima de tal imposición es el niño que ya vive y, ante su indefensión, se le dice: no quiero que sigas viviendo.

Se trata de una argumentación radicalmente contraria a la dignidad del ser humano y no tiene en cuenta, para nada, que lo más valioso que poseemos los hombres y las mujeres es, precisamente, nuestra propia dignidad de ser seres humanos; y, en consecuencia, la obligación universal del respeto al primer derecho que se deriva de tal dignidad: el derecho a la vida y a seguir viviendo.

Un niño, aunque esté en el seno de su madre, ya es un niño. Con su personalidad propia y única, aunque su personalidad sea aún muy pequeñita e incluso ínfima; y su ser, tal como es, va creciendo y desarrollándose. Esto lo saben bien las madres y los padres.

Enric Barrull Casals

 

 

Mártires de nuestros días

Humanamente, ante una situación de prueba como la que estamos viviendo, es comprensible caer en la tentación de aguar el Evangelio y de creer que Dios nos ha abandonado. No es así. La realidad dolorosa de la persecución, que se ha cumplido en todos los momentos de la historia, nos interpela directamente y nos impulsa a no tener miedo de los que pueden matar el cuerpo, pero nunca el alma. No hay que temer a los que intentan extinguir el poder de la evangelización mediante la arrogancia y la violencia. De hecho, no pueden hacer nada contra el alma, es decir, contra la comunión con Dios. Nadie puede quitársela a los discípulos, porque es un regalo de Dios. El único temor que debe tener el discípulo es el de perder ese don divino, renunciando a vivir según el Evangelio, acomodándose en última instancia a lo que dicta el mundo.

Son muchos los que, en nuestro tiempo, sufren por el Evangelio. Son los mártires de nuestros días. Nuestra responsabilidad es conocer bien el martirio que ha acompañado siempre al cristiano, entender por qué su entrega y su sangre son semillas de nuevos cristianos, rezar expresamente por los que hoy siguen siendo perseguidos a causa de su fe, y levantar la voz para que el mundo no les siga ignorando y mirando para otro lado.

José Morales Martín

 

 

Miedo al “espíritu” del siglo

Quienes tienen miedo al “espíritu” del siglo, y no tienen ni la fe, ni la esperanza, ni la caridad de los primeros cristianos, ni de la Iglesia a lo largo de los siglos, para mantener firme la predicación sobre los pecados que impiden al hombre mirar al Cielo, descubrir el amor de Dios, arrepentirse del mal que se hacen, y le llevan a encerrarse en su propio infierno: soberbia, envidia, pereza, ira, avaricia, lujuria, gula, etc.; y de manera muy particular, quienes anhelan aguar toda la moral sexual que se ha vivido en la Iglesia, y pretenden aceptar toda práctica sexual: homosexualidad, adulterios, fornicación, etc. etc., bendiciendo, por ejemplo, uniones homosexuales.

Quienes quieren borrar toda conciencia de la necesidad del arrepentimiento, de volver a la casa del padre, de recorrer el camino del hijo pródigo, y no se convierten de su mal actuar: el Señor nos echa una capa de misericordia y con eso nos basta, dicen.

Quienes intentan, y ponen en marcha reuniones así llamadas “sinodales” –que nadie sabe exactamente qué son, en qué consisten y que misión tienen dentro de la Iglesia-, para poner en tela de juicio las enseñanzas de fe y de moral que la Iglesia ha vivido desde el primer siglo.

Quienes no mencionan a la Virgen Santísima, Madre de Dios y madre nuestra, y apenas recuerdan su Inmaculada Concepción, sin Pecado concebida; ni su Asunción al Cielo en cuerpo y alma gloriosos.

Al recordar esa situación de los que “quieren silenciar la Palabra de Dios, edulcorándola, aguándola o acallando a los que la anuncian”, el papa subraya que: “En este caso, Jesús anima a los Apóstoles a difundir el mensaje de salvación que les ha confiado”; y les insiste en que “tendrán que decir “a la luz del día”, esto es, abiertamente, y anunciar “desde las azoteas” –así dice Jesús-, es decir, públicamente, su Evangelio”.

Domingo Martínez Madrid

 

 

Entregados al Estado

Para Pierre Manent, la pandemia constituye tanto el final de la "fantasía europea" como de la globalización. Es necesario recuperar el marco nacional de la democracia para evitar la degeneración moral y política del liberalismo, sostiene en una entrevista para Le Fígaro (23-04-2020). Pero, sobre la situación actual, lo que teme es que se refuerce el poder del Estado.

"Nos hemos entregado al poder del Estado hace ya mucho tiempo, pero esta tendencia se ha agudizado en los últimos años. La espontaneidad del discurso público es objeto de una especie de censura previa, que excluye del debate las cuestiones más importantes de nuestra vida en común, e incluso de nuestras vidas personales, como la inmigración o las relaciones sexuales".

En una entrevista al mismo medio (11-04-2020), Rémi Brague mantiene que la situación creada por el coronavirus ha quebrado la primacía de la economía, posponiendo la búsqueda del lucro para atender a los más vulnerables. También ha revelado la ambivalencia del hombre ante la muerte. De un lado, el ser humano se enfrenta a ella y emplea todos los recursos a su alcance para detenerla; por otro, sin embargo, lo ve como algo supremo, distinto de cualquier otra experiencia.

En este sentido, explica cómo los numerosos fallecimientos quiebran uno de los ritos básicos de la cultura humana: los funerarios. Sin embargo, la ola de solidaridad evidencia que todavía las sociedades occidentales se encuentran impregnadas de valores religiosos: "Creer que se debe ayudar a las víctimas, independientemente de quiénes sean y, especialmente, sin tener en cuenta la religión que profesen, su puesto en la sociedad o su edad, es decir, simplemente porque esas personas son mi 'prójimo', es una creencia de origen cristiano".

Tanto Brague como Fabrice Hadjadj recomiendan afrontar la crisis con esperanza, no con optimismo, puntualizan. La esperanza, señala Hadjad en una entrevista (Le Fígaro, 9-04-2020), es la otra cara del grito, la mañana esplendorosa que nace tras las pesadillas.

Hadjadj, maestro de la paradoja, subraya lo irónico que resulta que una sociedad digitalizada, que solo parecía temer a los virus informáticos, se vea desbordada por un minúsculo microbio.

Jesús D Mez Madrid

 

 

El paro la peor pandemia, el derroche, la ruina y “Más”

“La tasa de paro real asciende al 31% si se cuentan ERTEs y cese de autónomos: El próximo día 28 el INE actualizará la tasa de paro correspondiente al segundo trimestre, en la que no computará ni a los afectados por ERTEs ni a los autónomos que se han acogido a prestación”. (Vozpópuli 16-07-2020)

            No darán nunca la cifra real, taparán todo lo que puedan y más; pero la realidad que ya es muy grave, será mucho peor cuando pase el verano, tal y como marcha el turismo nacional e internacional; donde y en la fecha en que estamos, abundantes negocios turísticos de playa (me encuentro en una bastante frecuentada en años anteriores) no es que vendan poco (que ya claman los que hay abiertos) sino que la realidad es que al día de hoy, muchos ni han abierto; o abren sólo el fin de semana.

 

Los costes de personal de RTVE se han disparado en 27 millones de euros en el último año: La corporación gastó 425 millones de euros en su plantilla en 2019, es decir, más del 40% del presupuesto de la corporación. Los gastos en personal aumentaron el 6,6% (Vozpópuli 16-07-2020)

            Esto confirma la invasión de nepotes y enchufados al dinero público, que los políticos (todos) han fomentado desde que entró “la nueva y ruinosa era”; y como no paran de engordar de ejércitos de parásitos a España, esta se encuentra ya en un extremo económico, que dudo se nivele en muchos lustros posteriores; sino al tiempo. www.jaen-ckudad.es (aquí mucho más)

VISITAS A UN CAMPUS O REUNIONES CON UN RECTOR Y JÓVENES EMPRENDEDORES SON ALGUNAS DE LAS EXCUSAS ESGRIMIDAS POR MONCLOA PARA TAPAR UN VIAJE MERAMENTE PARTIDISTA. El truco de Sánchez para enmascarar que recurrió nueve veces al avión oficial para acudir a mítines del PSOE. Cada hora de vuelo del Falcon sale por la 'módica' cifra cercana a los 6.000 euros. (Periodista Digital 17-07-2020)

          Si de verdad hubiese leyes de control y defensa del dinero público; este gasto se lo harían pagar a Sánchez, incluso con intereses de demora; puesto que solapadamente no es otra cosa que un robo al dinero del contribuyente. Si no hay castigo apropiado al delito, el delito no sólo permanece, sino que aumenta cada vez más; que es lo que ocurre en España, con la multitud de robos al dinero del contribuyente.

 

“EL VIRUS SE DESCONTROLA EN ZARAGOZA Y PONE A LA CAPITAL AL BORDE DEL CONFINAMIENTO: Pandemia: los contagios de coronavirus se disparan en Cataluña y Aragón. La cifra de contagios no deja de crecer en España: 580 en las últimas 24 horas”. (Periodista Digital 17-07-2020)

      Notemos y observemos que en las zonas “más vigiladas” y donde “las mascarillas las lleva todo el mundo”; los contagios siguen, lo que para mí significa que, “las mascarillas”, son una mentira más; y nos obligan a llevarlas, para seguir manteniendo y aumentando el miedo, y de paso, tener motivos para multar y recaudar dinero: El virus ataca a minorías “por lo que sea”; pero las inmensas mayorías son inmunes y a la vista están los porcentajes de contagiados, que en realidad es una ínfima parte de la población global. Si esto no lo valoran y siguen con los miedos, lo que van a crear es una catástrofe de incalculables efectos destructivos; o sea que el remedio es peor que la enfermedad.

“Vergonzoso vídeo de Carmen Calvo: 3 coches y 8 escoltas para ir de compras e incumple normas sanitarias: Escondida tras su mascarilla y una gorra, la vicepresidenta 'pasa' de las normas Covid-19”. Periodista Digital 18-07-2020

 

           Aquí en Andalucía ya los catalogaron como realmente son… ¿SOCIALISTAS…? ¡NO…SOCIALISTOS! En realidad se consideran una aristocracia igual a la que tanto critican; tienen los privilegios de esta y cargan al resto todo cuanto quieren y más. ¿Democracia esto? ¡Y una mierdaaa!, esto es ya una tiranía más y que infelizmente se va anquilosando, puesto que los que están en la mal llamada oposición, si llegan al poder, harán lo mismo.

 

“Los líderes europeos juegan con sus líneas rojas, pensiones y reforma laboral incluidas: Los jefes de Estado y de Gobierno han pasado toda la primera jornada tocando alguno de los puntos más polémicos que demuestran lo separadas que están las posiciones”. (El Confidencial 18-07-2020)

Hay que ir a la realidad y no vivir del cuento. Al final el dios DINERO; y el dinero quiere rentabilidad y no regala nada, claro que vista la realidad cruda y dura, los arruinados están así, por su propia culpa, de no saber gobernar y gastar a troche y moche, manteniendo ejércitos de parásitos que quieren que se los paguen otros. Así es que la verdad es la que es y no la que nos cuenta cada cual con las mentiras de siempre. www.jaen-ciudad.es(aquí más)

“La verdad es la herida que más duele… y no cicatriza”.

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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