Las Noticias de hoy 16 Enero 2020

Enviado por adminideas el Dom, 19/01/2020 - 17:29
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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 16 de enero de 2020       

 Indice:

ROME REPORTS

Francisco: La Iglesia no se cansa de acoger a todos “con corazón de madre”

“La Palabra no está encadenada”, sino lista para sembrarse – Catequesis completa

Oriente Medio: El amor del Señor, “fuente de la acción evangelizadora”

LA COMUNIÓN SACRAMENTAL: Francisco Fernandez Carbajal

“El dolor de corregir”: San Josemaria

«La Iglesia no se cansa de acoger con corazón de madre a todo hombre y mujer»

«Tu rostro, Señor, buscaré»: la fe en el Dios personal

El valor y la dignidad de la vida terminal. Prolegómenos filosóficos para una crítica de la eutanasia: Ignacio Sánchez Cámara

El Nombre de Dios: Jesús Ortiz López

En la familia se cultiva la violencia o la paz: Consuelo Mendoza

Alimentos preparados con esmero, una receta para la caridad: Nelson Fragelli

El valor de la humildad: Lucía Legorreta

Ataques a la familia: Ana Teresa López de Llergo

La Importancia de la Familia y de su Función en la Sociedad: Jesús Rosales Valladares

Represión y periodistas: Enric Barrull Casals

Muchos periodistas perseguidos:  Jesús Martínez Madrid

Un gesto de transparencia y colaboración:  Jesús Domingo Martínez

Ministros, ministros, ministros… “y lo que arrastran” : Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

 

Francisco: La Iglesia no se cansa de acoger a todos “con corazón de madre”

Palabras en español

enero 15, 2020 10:17Larissa I. LópezAudiencia General

(ZENIT – 15 enero 2020).- La casa romana de san Pablo “abierta a todos los que buscaban y querían recibir el anuncio y conocer a Jesús, es imagen de la Iglesia, que no obstante perseguida, incomprendida y encadenada, no se cansa de acoger con corazón de madre a todo hombre y mujer, para anunciarles el amor del Padre que se hizo visible en Jesús”.

Hoy, 15 de enero de 2020, en la audiencia general celebrada en el Aula Pablo VI, el Papa Francisco ha finalizado el ciclo de catequesis en torno al Libro de los Hechos de los Apóstoles. En concreto, ha meditado sobre la última etapa misionera de san Pablo en Roma.

El apóstol llegó a Roma “después de un largo viaje, lleno de amenazas y de peligros, pero también de la hospitalidad de los cristianos y de la consolación del Señor”, describió Francisco, y añadió que “este es también el viaje del Evangelio, que desde Jerusalén llega a Roma, de donde se extenderá al mundo entero”.

Allí, Pablo, aunque estaba prisionero, recibió el permiso de vivir en una casa particular “bajo custodia militar”. Este beneficio le permitió acoger libremente “a todos los que venían a encontrarlo, a los cuales anunciaba el Reino de Dios e instruía en el conocimiento de Cristo Jesús”, indicó el Papa.

Y agregó que entre estas personas había algunos judíos a los que el apóstol trataba de mostrar, “a partir de la Ley y los Profetas, la continuidad entre la «esperanza de Israel» y la novedad de Cristo, en quien Dios cumplió sus promesas al Pueblo elegido”.

Finalmente, el Pontífice subrayó que “los Hechos de los Apóstoles no se cierran con el martirio de Pablo, sino con la siembra abundante de la Palabra de Dios”.

 

“La Palabra no está encadenada”, sino lista para sembrarse – Catequesis completa

Final del ciclo de los Hechos de los Apóstoles

enero 15, 2020 12:36Larissa I. LópezAudiencia General

(ZENIT – 15 enero 2020).- En Roma, san Pablo estaba prisionero, pero era libre de hablar porque “la Palabra no está encadenada- es una Palabra lista para dejarse sembrar plenamente” y, por ello, el apóstol acoge en su casa a los que quieren recibir el anuncio del Reino de Dios y conocer a Cristo, indicó el Papa Francisco.

Hoy, 15 de enero de 2020, en la audiencia general celebrada en el Aula Pablo VI, el Santo Padre, ha concluido el ciclo de catequesis sobre los Hechos de los Apóstoles.

En concreto, Francisco centró su reflexión en el pasaje “Pablo recibía a todos los que acudían a él, predicaba el reino de Dios… con toda valentía y sin estorbo alguno» (Hechos 28:30-31). El encarcelamiento de Pablo en Roma y la fecundidad de la proclamación (De los Hechos de los Apóstoles, 28, 16.30-31).

Siembra de la Palabra

Así, Francisco describió que el viaje de Pablo, que es también el del Evangelio, es una prueba “de que las rutas de los hombres, si se viven en la fe, pueden convertirse en un espacio de tránsito de la salvación de Dios”, pues la Palabra de fe es “capaz de transformar las situaciones y de abrir caminos siempre nuevos”.

La llegada de Pablo a Roma, continúa explicando el Papa, marca el fin del relato de los Hechos de los Apóstoles, “que no se cierra con el martirio de Pablo, sino con la siembra abundante de la Palabra”, que comunica la salvación a todos.

Encuentro con judíos

En Roma, a Pablo se le concede vivir en una casa bajo custodia militar y se encuentra con judíos para hablarles sobre el Reino de Dios a través “de la ley de Moisés y de los profetas”.

Para Pablo, describe el Pontífice, el Evangelio, esto es, el anuncio de Cristo muerto y resucitado, constituye “el cumplimiento de las promesas hechas al pueblo elegido” (Israel).

No obstante, no todos están convencidos y Pablo “denuncia el endurecimiento del corazón del pueblo de Dios, causa de su condenación (cf. Is 6,9-10), y celebra con pasión la salvación de las naciones que, en cambio, se muestran sensibles a Dios y capaces de escuchar la palabra del Evangelio de la vida (cf. Hch 28,28)”, puntualizó.

“Evangelizadores valientes y gozosos”

Finalmente, el Santo Padre pidió que el Espíritu Santo “reavive en cada uno de nosotros la llamada a ser evangelizadores valientes y gozosos”.

Y también para que el Espíritu permita que los hogares se impregnen del Evangelio y se conviertan en “cenáculos de fraternidad” donde acojamos a Cristo, que “sale a nuestro encuentro en todo hombre y en todo tiempo”.

***

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy concluimos nuestra catequesis sobre los Hechos de los Apóstoles con la última etapa misionera de san Pablo: o sea Roma (cf. Hch 28,14).

El viaje de Pablo, que ha sido uno con el del Evangelio, es una prueba de que las rutas de los hombres, si se viven en la fe, pueden convertirse en un espacio de tránsito de la salvación de Dios, a través de la Palabra de fe que es un fermento activo en la historia, capaz de transformar las situaciones y de abrir caminos siempre nuevos.

Con la llegada de Pablo al corazón del Imperio, termina el relato de los Hechos de los Apóstoles, que no se cierra con el martirio de Pablo, sino con la siembra abundante de la Palabra. El final del relato de Lucas, centrado en el viaje del Evangelio en el mundo, contiene y recapitula todo el dinamismo de la Palabra de Dios, Palabra imparable que quiere correr para comunicar la salvación a todos.

En Roma, Pablo se encuentra ante todo con sus hermanos y hermanas en Cristo, que lo acogen y le infunden valor (cf. Hch 28,15) y cuya cálida hospitalidad hace pensar en lo mucho que se esperaba y deseaba su llegada. Después se le concede que viva por su cuenta bajo custodia militaris, es decir, con un soldado que le haga guardia, estaba en arresto domiciliario. A pesar de su condición de prisionero, Pablo puede encontrarse con los notables judíos para explicarles por qué se ha visto obligado a apelar al César y para hablarles del reino de Dios. Trata de convencerlos sobre Jesús, partiendo de las Escrituras y mostrando la continuidad entre la novedad de Cristo y la «esperanza de Israel» (Hechos 28, 20). Pablo se reconoce profundamente judío y ve en el Evangelio que predica, es decir, en el anuncio de Cristo muerto y resucitado, el cumplimiento de las promesas hechas al pueblo elegido.

Después de este primer encuentro informal que encuentra a los judíos bien dispuestos, sigue otro más oficial durante el cual, durante todo un día, Pablo anuncia el reino de Dios y trata de abrir a sus interlocutores a la fe en Jesús, partiendo «de la ley de Moisés y de los profetas» (Hch 28,23). Como no todos están convencidos, denuncia el endurecimiento del corazón del pueblo de Dios, causa de su condenación (cf. Is 6,9-10), y celebra con pasión la salvación de las naciones que, en cambio, se muestran sensibles a Dios y capaces de escuchar la palabra del Evangelio de la vida (cf. Hch 28,28).

En este punto de la narración, Lucas concluye su obra mostrándonos no la muerte de Pablo, sino el dinamismo de su predicación, de una Palabra que «no está encadenada» (2 Tm 2,9),-Pablo no tiene libertad de ir y venir, pero es libre de hablar porque la Palabra no está encadenada- es una Palabra lista para dejarse sembrar plenamente por el Apóstol. Pablo hace esto «con toda valentía y sin estorbo alguno» (Hch 28, 31), en una casa donde acoge a los que quieren recibir el anuncio del reino de Dios y conocer a Cristo. Esta casa abierta a todos los corazones que buscan es la imagen de la Iglesia que, aunque perseguida, incomprendida y encadenada, no se cansa de acoger con corazón de madre a cada hombre y a cada mujer para anunciarles el amor del Padre que se ha hecho visible en Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, al final de este itinerario, vivido juntos siguiendo la carrera del Evangelio en el mundo, que el Espíritu reavive en cada uno de nosotros la llamada a ser evangelizadores valientes y gozosos. Que nos permita también a nosotros, como a Pablo, impregnar de Evangelio nuestras casas y convertirlas en cenáculos de fraternidad, donde podamos acoger a Cristo vivo, que «sale a nuestro encuentro en todo hombre y en todo tiempo» (cf. II Prefacio de Adviento).

© Librería Editorial Vaticana

 

 

Oriente Medio: El amor del Señor, “fuente de la acción evangelizadora”

El Santo Padre a los visitantes de lengua árabe

enero 15, 2020 14:37Larissa I. LópezAudiencia General

(ZENIT – 15 enero 2020).- El Santo Padre afirmó que “la alegría del Evangelio brota del encuentro con Jesús”, de manera que, “cuando nos encontramos con el Señor nos inundamos de ese amor del que sólo Él es capaz, y ahí está la fuente de la acción evangelizadora”.

Hoy, 15 de enero de 2020, durante la audiencia general celebrada en el Aula Pablo VI, el Papa Francisco saludó a los peregrinos de lengua árabe, en particular a los procedentes de Oriente Medio.

Dado que el amor de Dios es la fuente de la citada acción evangelizadora, Francisco indicó que “no nos retenga el miedo a equivocarnos y el miedo a tomar nuevos caminos, porque nuestra pobreza no es un obstáculo, sino un instrumento precioso, porque la gracia de Dios ama manifestarse en la debilidad”.

En la catequesis de hoy, Francisco finalizó la serie de catequesis sobre el Libro de los Hechos de los Apóstoles, en la que reflexionó en torno a la última etapa misionera de san Pablo en Roma. Allí, aunque prisionero, obtuvo el permiso de vivir en una casa particular en la que acogía “a los que quieren recibir el anuncio del reino de Dios y conocer a Cristo” y les transmitía la Palabra de Dios.

 

 

LA COMUNIÓN SACRAMENTAL

— Jesucristo nos espera cada día.

— Presencia real de Cristo en el Sagrario. Ser consecuentes.

— El Señor nos sana y purifica en la Sagrada Comunión, y nos da las gracias que necesitamos.

I. Llegó un leproso a donde estaba Jesús1, se postró de rodillas, y le dijo: Si quieres puedes limpiarme. Y el Señor, que siempre desea el bien nuestro, se compadeció de él, le tocó y le dijo: Quiero, queda limpio. Y al momento desapareció de él la lepra y quedó limpio. «Aquel hombre se arrodilla postrándose en tierra –lo que es señal de humildad–, para que cada uno se avergüence de las manchas de su vida. Pero la vergüenza no ha de impedir la confesión: el leproso mostró la llaga y pidió el remedio. Su oración está además llena de piedad: esto es, reconoció que el poder curarse estaba en manos del Señor»2. En sus manos sigue estando el remedio que necesitamos.

El mismo Cristo nos espera cada día en la Sagrada Eucaristía. Allí está verdadera, real y sustancialmente presente, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Allí se encuentra con el esplendor de su gloria, pues Cristo resucitado no muere ya3. El Cuerpo y el Alma permanecen inseparables y unidos para siempre a la Persona del Verbo. Todo el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios está contenido en la Hostia Santa, con la riqueza profunda de su Santísima Humanidad y la infinita grandeza de su Divinidad, una y otra veladas y ocultas. En la Sagrada Eucaristía encontramos al mismo Señor que dijo al leproso: Quiero, queda limpio. El mismo que contemplan y alaban los ángeles y los santos por toda la eternidad.

Cuando nos acercamos a un Sagrario, allí le encontramos. Quizá hemos repetido muchas veces en su presencia el himno con el que Santo Tomás expresó la fe y la piedad de la Iglesia, y que tantos cristianos han convertido en oración personal:

Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de Ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto, pero basta con el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.

En la Cruz se escondía solo la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad; creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió el ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios; haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere, que te ame4.

Esta maravillosa presencia de Jesús en medio de nosotros debería renovar cada día nuestra vida. Cuando le recibimos, cuando le visitamos, podemos decir en sentido estricto: hoy he estado con Dios. Nos hacemos semejantes a los Apóstoles y a los discípulos, a las santas mujeres que acompañaban al Señor por los caminos de Judea y de Galilea. «Non alius sed aliter», no es otro, sino que está de otro modo, suelen decir los teólogos5. Se encuentra aquí, con nosotros: en cada ciudad, en cada pueblo. ¿Con qué fe le visitamos?, ¿con qué amor le recibimos?, ¿cómo disponemos nuestra alma y nuestro cuerpo cuando nos acercamos a la Comunión?

II. El cuerpo del leproso quedó limpio al sentir la mano de Cristo. Y nosotros podemos quedar divinizados al contacto con Jesús en la Comunión. Hasta los ángeles se asombran de tan gran Misterio. El Alma de Cristo está en la Hostia Santa, y todas sus facultades humanas conservan en ella las mismas propiedades que en el Cielo. Nada escapa a la mirada amable y amorosa de Cristo: ni la creación material, ni la gloria de los bienaventurados, ni la actividad de los ángeles. Él conoce el pasado, el presente, el porvenir. «Su vida eucarística es una vida de amor. Del Corazón de Cristo sube sin cesar el fervor de una caridad infinita. Toda la vida íntima del alma sacerdotal del Verbo encarnado –adoración, peticiones, acción de gracias, expiación– es inspirada por este amor sin límites»6. La Santísima Trinidad encuentra en Jesucristo presente en el Sagrario una gloria sin medida y sin fin.

Enseña Santo Tomás de Aquino7 que el Cuerpo de Cristo está presente en la Sagrada Eucaristía tal como es en sí mismo, y el Alma de Cristo con su inteligencia y voluntad; se excluyen solo aquellas relaciones que hacen referencia a la cantidad, pues no está Cristo presente en la Hostia Santa a la manera de una cantidad localizada en el espacio8. De un modo misterioso e inefable está con su Cuerpo glorioso.

La Segunda Persona de la Trinidad Beatísima está allí, en el Sagrario que visitamos cada día, quizá muy cercano a la casa donde vivimos o muy próximo a la oficina donde trabajamos, en la Capilla de la Universidad, de un hospital o del aeropuerto; y está con el poder soberano de su Divinidad increada. Él, el Hijo Unigénito de Dios, ante quien tiemblan los Tronos y las Dominaciones, por Quien todo fue hecho, igual en poder, en sabiduría, en misericordia a las otras Personas de la Trinidad Beatísima, permanece perpetuamente con nosotros, como uno de los nuestros, sin dejar jamás de ser Dios. En verdad, en medio de vosotros está uno a quien no conocéis9. Absortos por nuestros negocios, por el trabajo, por las preocupaciones diarias, ¿pensamos con frecuencia que allí, muy cerca, al lado de nuestro hogar, habita realmente Dios misericordioso y omnipotente? Nuestro gran fracaso, el mayor error de nuestra vida, sería que se nos pudiesen aplicar en algún momento aquellas palabras que el Espíritu Santo puso en la pluma de San Juan: Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron10, porque estaban –podemos añadir– ocupados en sus cosas y en sus trabajos, asuntos todos que sin Él no tienen la menor importancia. Pero nosotros hacemos hoy el propósito firme de permanecer con un amor vigilante: alegrándonos mucho cuando divisamos los muros de una iglesia, realizando durante el día muchas comuniones espirituales, y actos de fe y de amor; y le expresaremos nuestros deseos de desagravio por quienes pasan a su lado sin dirigirse a Él.

III. Señor Jesús, bondadoso pelícano, límpiame, a mí inmundo, con tu Sangre, de la que una gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero11.

El Señor nos da en la Sagrada Eucaristía, a cada hombre en particular, la misma vida de la gracia que trajo al mundo por su Encarnación12. Si tuviéramos más fe se realizarían en nosotros los mismos milagros al contacto con su Santísima Humanidad: en cada Comunión nos limpiaría hasta lo más profundo del alma de nuestras flaquezas e imperfecciones. ¡Haz que yo crea más y más en Ti!, nos invita a clamar, a suplicar interiormente, el himno eucarístico. Si acudimos con fe, oiremos las mismas palabras que dirigió al leproso: Quiero, sé limpio. Otras veces veremos cómo se levanta ante las olas, como en Tiberíades, para apaciguar la tempestad. Y en el alma se hará también una gran calma, se llenará de paz.

Señor Jesús, bondadoso pelícano... En la Comunión el Señor no solo ofrece un alimento espiritual, sino que Él mismo se nos da como Alimento. Antiguamente se pensaba que cuando morían los polluelos del pelícano, este se abría el costado y alimentaba con su sangre a sus hijos muertos y así los volvía a la vida... Cristo nos da la vida eterna. La Comunión, recibida con las debidas disposiciones, suscita en el alma fervientes actos de amor, y nos transforma e identifica con Cristo. El Maestro viene a cada uno de sus discípulos con su amor personal, eficaz, creador y redentor. Se nos presenta como el Salvador de nuestras vidas, ofreciéndonos su amistad. Este sacramento es alimento insustituible de toda intimidad con Jesús.

En contacto con Cristo, el alma se purifica y allí encontramos el vigor necesario para ejercitar la caridad en los mil pequeños incidentes de cada jornada, para vivir ejemplarmente los propios deberes, para vivir la santa pureza, para realizar con valentía y espíritu de sacrificio el apostolado que Él mismo nos ha encomendado... En la Sagrada Eucaristía hallamos remedio para las faltas diarias, para salir adelante en esas pequeñas dejaciones y faltas de correspondencia, que no matan el alma pero que la debilitan y la conducen a la tibieza. La Comunión fervorosa nos impulsa eficazmente hacia Dios, por encima de las propias flaquezas y cobardías. Allí encontramos diariamente las fuerzas que necesitamos, el alimento imprescindible para el alma. La vida humana tiene en Cristo su realización, su prenda de vida eterna... «Cristo es el pan de vida. Y así como el pan ordinario está en proporción al hambre terrena, así Cristo es el pan extraordinario proporcionado al hambre extraordinaria, desmedida, del hombre, capaz, más aún, inquieto por abrirse a aspiraciones infinitas... Cristo es el pan de vida. Cristo es necesario a todos los hombres, a todas las comunidades»13. Sin Él, no podríamos vivir.

En la Sagrada Eucaristía nos espera Jesús para restaurar nuestras fuerzas: Venid a Mí todos los que andáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré14. Y fundamentalmente agobian y fatigan esas enfermedades que fuera de Cristo no tienen remedio. Venid todos: a nadie excluye Jesús: si alguien quiere acercarse a Mí, yo no lo echaré fuera15. Mientras dure el tiempo de la Iglesia militante, Jesús permanecerá con nosotros como la fuente de todas las gracias que nos son necesarias.

Con Santo Tomás de Aquino, podemos decirle a Jesús, presente en la Sagrada Eucaristía, cuando nos acerquemos a recibirle: «me acerco como un enfermo al médico de la vida, como un inmundo a la fuente de la misericordia, como un ciego a la luz de la claridad eterna, como un pobre y necesitado al Señor de cielos y tierra. Imploro la abundancia de tu infinita generosidad para que te dignes curar mi enfermedad, lavar mi impureza, iluminar mi ceguera, remediar mi pobreza y vestir mi desnudez, para que me acerque a recibir el Pan de los Ángeles, al Rey de reyes y Señor de señores con tanta reverencia y humildad, con tanta contrición y piedad, con tanta pureza y fe, y con tal propósito e intención como conviene a la salud de mi alma»16.

Nuestra Madre la Virgen nos impulsa siempre al trato con Jesús sacramentado: «Acércate más al Señor..., ¡más! —Hasta que se convierta en tu Amigo, en tu Confidente, en tu Guía»17.

1 Mc 1, 40-45. — 2 San Beda, Comentario al Evangelio de San Marcos. in loc. — 3 Rom 6, 9. — 4 Himno Adoro te devote. — 5 Cfr. M. M. Philipon, Nuestra transformación en Cristo, p. 116. — 6 Ibídem, p. 117. — 7 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, III, q. 76, a. 5, ad 3. 8 Cfr. Ibídem, III, q. 81, a. 4. — 9 Jn 1, 26. — 10 Jn 1, 11. — 11 Himno Adoro te devote. — 12 Cfr. Santo Tomás, o. c., I, q. 3, a. 79. 13 Pablo VI, Homilía 8-VIII-1976. 14 Mt 11, 28. — 15 Cfr. Jn 6, 37. 16 Misal Romano, Praeparatio ad Missam. — 17 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 680.

 

 

“El dolor de corregir”

Se esconde una gran comodidad –y a veces una gran falta de responsabilidad– en quienes, constituidos en autoridad, huyen del dolor de corregir, con la excusa de evitar el sufrimiento a otros. Se ahorran quizá disgustos en esta vida..., pero ponen en juego la felicidad eterna –suya y de los otros– por sus omisiones, que son verdaderos pecados. (Forja, 577)

El santo, para la vida de tantos, es "incómodo". Pero eso no significa que haya de ser insoportable.
–Su celo nunca debe ser amargo; su corrección nunca debe ser hiriente; su ejemplo nunca debe ser una bofetada moral, arrogante, en la cara del prójimo. (Forja, 578)
Por lo tanto, cuando en nuestra vida personal o en la de los otros advirtamos algo que no va, algo que necesita del auxilio espiritual y humano que podemos y debemos prestar los hijos de Dios, una manifestación clara de prudencia consistirá en poner el remedio oportuno, a fondo, con caridad y con fortaleza, con sinceridad. No caben las inhibiciones. Es equivocado pensar que con omisiones o con retrasos se resuelven los problemas.
La prudencia exige que, siempre que la situación lo requiera, se emplee la medicina, totalmente y sin paliativos, después de dejar al descubierto la llaga. Al notar los menores síntomas del mal, sed sencillos, veraces, tanto si habéis de curar como si habéis de recibir esa asistencia. En esos casos se ha de permitir, al que se encuentra en condiciones de sanar en nombre de Dios, que apriete desde lejos, y a continuación más cerca, y más cerca, hasta que salga todo el pus, de modo que el foco de infección acabe bien limpio. En primer lugar hemos de proceder así con nosotros mismos, y con quienes, por motivos de justicia o de caridad, tenemos obligación de ayudar: encomiendo especialmente a los padres, y a los que se dedican a tareas de formación y de enseñanza. (Amigos de Dios, 157)

 

 

«La Iglesia no se cansa de acoger con corazón de madre a todo hombre y mujer»

El Papa Francisco reflexionó sobre cómo San Pablo no cesó de predicar el Evangelio a pesar de estar prisionero en Roma: “Pablo recibió de la autoridad el beneficio de vivir por cuenta propia, en una casa particular. Esta situación le permitía recibir libremente a todos los que venían a encontrarlo, a quienes anunciaba el Reino de Dios e instruía en el conocimiento de Cristo Jesús”.

De la Iglesia y del Papa15/01/2020

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

Concluimos hoy el ciclo de catequesis sobre los Hechos de los Apóstoles reflexionando sobre la última etapa misionera de san Pablo en Roma, a donde llega después de un largo viaje, lleno de amenazas y de peligros, pero también de hospitalidad de los cristianos y consolación del Señor. Este es también el viaje del Evangelio, que desde Jerusalén llega a Roma, de donde se extenderá al mundo entero.

En esta ciudad, aun siendo prisionero, Pablo recibió de la autoridad el poder vivir por cuenta propia, en una casa particular, “bajo custodia militar”. Esta situación le permitía recibir libremente a todos los que venían a encontrarlo, a los cuales anunciaba el Reino de Dios e instruía en el conocimiento de Cristo Jesús. Entre ellos había también algunos judíos, a quienes trataba de mostrar, a partir de la Ley y los Profetas, la continuidad entre la «esperanza de Israel» y la novedad de Cristo, en quien Dios cumplió sus promesas al Pueblo elegido.

Los Hechos de los Apóstoles no se cierran con el martirio de Pablo, sino con la siembra abundante de la Palabra de Dios. La casa romana del Apóstol, abierta a todos los que buscaban y querían recibir el anuncio y conocer a Jesús, es imagen de la Iglesia, que no obstante perseguida, incomprendida, pecadora y encadenada, no se cansa de acoger con corazón de madre a todo hombre y mujer, para anunciarles el amor del Padre que se hizo visible en Jesús.

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Algunos recursos relacionados con esta catequesis del Papa sobre los Hechos de los Apóstoles

Catequesis previas sobre los Hechos de los Apóstoles.

¿Quién fue San Pablo y qué herencia dejó a la Iglesia?

Versión digital gratuita de los Evangelios.

La Biblia de la Universidad de Navarra se hace digital.

Nueve preguntas para entender qué es la Iglesia.

El fuego de los primeros cristianos (Editorial Vida cristiana).

Los primeros cristianos: consideraciones de San Josemaría.

 

«Tu rostro, Señor, buscaré»: la fe en el Dios personal

La fe cristiana es una fe con Rostro, una fe que dice: no estás solo en el mundo… hay Alguien que ha querido que existas, que te ha dicho «¡vive!».

La luz de la fe13/02/2018

«De ti piensa mi corazón: “Busca su rostro”. Tu rostro, Señor, buscaré» (Sal 27,8). Este verso del salmista responde a un motivo que recorre la Sagrada Escritura, desde el Génesis hasta el Apocalipsis[1]: toda la historia de Dios con los hombres, que sigue hoy su curso, entre los pliegues de sus páginas. En este anhelo se expresa, pues, algo que late también —de un modo más o menos explícito— en el corazón de los hombres y mujeres del siglo XXI. Porque si durante años podía parecer que el declive de la religión en el mundo occidental era imparable, que la fe en Dios era ya poco más que un mueble obsoleto frente a la cultura moderna y el mundo científico, de hecho sigue viva la búsqueda de Dios y de un sentido trascendente para la propia existencia.

Hoy se ha vuelto más difícil reconocer el rostro de un Dios personal, o advertir de modo vital su cercanía

En esta búsqueda de lo sagrado, no obstante, se ha dado un notable cambio cualitativo. El cuadro de las creencias es hoy más complejo y fragmentado que en el pasado. En la Iglesia católica ha caído la práctica y han aumentado quienes se declaran cristianos, pero no aceptan algunos aspectos de la doctrina de fe o de la moral. También se da una tendencia a mezclar libremente creencias diversas (por ejemplo, el cristianismo y el budismo). Ha aumentado el número de personas que dicen creer en una fuerza impersonal y no en el Dios de la fe cristiana, así como el de los miembros de las religiones no cristianas, especialmente orientales, o movimientos New Age. Para muchos, la imagen de lo divino se difumina en los contornos de una fuerza cósmica, de una fuente de energía espiritual o de un ser distante e indiferente. En definitiva, se puede decir que en la presente atmósfera cultural se ha vuelto más difícil reconocer el rostro de un Dios personal, considerar verdaderamente creíble el mensaje cristiano sobre el Dios que se ha hecho visible en Jesucristo, o advertir de modo vital su cercanía.

Si hay culturas en las que la visión impersonal de Dios se debe a que la fe cristiana ha tenido poco influjo sobre ellas, en el mundo occidental se trata más bien de un fenómeno cultural complejo: «un extraño olvido de Dios» por el que «parece que todo marche igualmente sin él»[2]. Este olvido, que no puede evitar un cierto «sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos»[3], se manifiesta entre otras cosas en la tendencia a concebir la religión desde una óptica individual, como un “consumo” de experiencias religiosas, en función de las propias necesidades espirituales. Aunque desde esta óptica es difícil comprender que Dios nos llama a una relación personal, tampoco lo facilitaba una concepción bastante extendida tiempo atrás, que veía la práctica religiosa fundamentalmente como una “obligación” o un mero deber exterior hacia Dios. Resulta iluminante en ese sentido la mirada penetrante del beato John Henry Newman sobre la historia: «cada siglo es como los demás, aunque a quienes viven en él les parece peor que cualquiera de los anteriores»[4].

El contexto en el que la fe cristiana se desenvuelve en la actualidad reviste, ciertamente, una nueva complejidad. Pero también hoy ―como ayer― es posible redescubrir la fuerza arrolladora de una fe con Rostro, una fe que nos dice: no estás solo en el mundo; hay Alguien que ha querido que existas, que te ha dicho «¡vive!» (cfr. Ez 16,6) y que te quiere feliz para siempre. El Dios de Jesucristo, al que se ha criticado de «haber rebajado la existencia humana, quitando novedad y aventura a la vida»[5], quiere realmente que tengamos vida, y vida en abundancia (cfr. Jn 10,10), es decir, una felicidad que nadie ni nada nos podrá quitar (cfr. Jn 16,22).

El misterio de un Rostro y los ídolos sin rostro

De modo especial en Occidente, algunas personas perciben hoy la espiritualidad y la religión como antagónicas: mientras en la “espiritualidad” perciben autenticidad y cercanía ―se trata de sus experiencias, de sus sentimientos―, en la religión ven sobre todo un cuerpo de normas y creencias que les resulta ajeno. La religión aparece así, quizá, como un objeto de interés histórico y cultural, pero no como una realidad esencial para la vida personal y social. Junto a otros factores, esto puede deberse a ciertas carencias en la catequesis, porque, de hecho, la fe cristiana está llamada a hacerse experiencia en la vida de cada uno, como lo son los encuentros interpersonales, la amistad, etc. «La vida interior ―escribía san Josemaría― si no es un encuentro personal con Dios, no existirá»[6]. En esa misma línea, ha escrito el Papa Francisco: «invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él»[7].

El encuentro con Dios no responde a la lógica inmediata de lo automático: no se accede a una persona como se accede a una web, siguiendo sencillamente un link

Este encuentro, sin embargo, no responde a la lógica inmediata de lo automático. No se accede a una persona como se accede a una web, siguiendo sencillamente un link; ni se descubre verdaderamente a una persona como se encuentra un objeto cualquiera. Incluso cuando parece que el hallazgo de Dios ha sido repentino, como sucede con algunas conversiones, los relatos de los conversos suelen mostrar cómo aquel paso se había venido preparando desde mucho tiempo antes, a fuego lento. El camino hacia la fe, y la vida misma del creyente, tiene mucho de espera paciente. «¡Debemos vivir a la espera de este encuentro!»[8]. Los vaivenes de la historia de la salvación ―tanto los que se relatan en la Escritura como los que vemos en la actualidad― muestran cómo Dios sabe esperar. Dios espera porque trata con personas. Pero también por eso, porque Él es Persona, el hombre debe aprender a esperar. «La fe, por su propia naturaleza, requiere renunciar a la posesión inmediata que parece ofrecer la visión; es una invitación a abrirse a la fuente de la luz, respetando el misterio propio de un Rostro, que quiere revelarse personalmente y en el momento oportuno»[9].

El episodio del becerro de oro en el desierto (Cfr. Ex 32,1-8) es una imagen perenne de esa impaciencia de los hombres con Dios. «Mientras Moisés habla con Dios en el Sinaí, el pueblo no soporta el misterio del rostro oculto de Dios, no aguanta el tiempo de espera»[10]. Se entienden así las advertencias insistentes de los profetas del Antiguo Testamento acerca de la idolatría[11], que atraviesan los siglos hasta hoy. Ciertamente, a nadie le gusta que le llamen idólatra: la palabra tiene una connotación de sumisión y de irracionalidad que la hace poco conciliadora. Sin embargo, es interesante observar que los profetas dirigían el término sobre todo a un pueblo creyente. Porque la idolatría no es solo ni principalmente un problema de «las gentes» que no invocan el Nombre de Dios (cfr. Jr 10,25): tiende a hacerse un lugar también en la vida del creyente, como una “reserva” por si Dios no fuera a llenar las expectativas del corazón, como si Dios no fuera suficiente. «Ante el ídolo, no hay riesgo de una llamada que haga salir de las propias seguridades, porque los ídolos «tienen boca y no hablan» (Sal 115,5). Vemos entonces que el ídolo es un pretexto para ponerse a sí mismo en el centro de la realidad, adorando la obra de las propias manos»[12]. Esta es, pues, la tentación: asegurarse un rostro, aunque no sea más que el nuestro, como en un espejo. «En lugar de tener fe en Dios, se prefiere adorar al ídolo, cuyo rostro se puede mirar, cuyo origen es conocido, porque lo hemos hecho nosotros»[13]. Se deja por imposible la búsqueda del Dios personal, del Rostro que quiere ser acogido, y se opta por rostros que elegimos nosotros: dioses “personalizados” ―con el sabor agridulce que a veces deja este adjetivo―; dioses «de plata y oro, de bronce y hierro, de madera y piedra, que ni ven, ni oyen, ni conocen» (Dn 5,23), pero que se prestan a nuestros deseos.

Dios espera porque trata con personas; pero también por eso, porque Él es Persona, el hombre debe aprender a esperar

Podemos vivir aferrados a esas seguridades durante un tiempo, más o menos largo. Pero es fácil que un revés profesional, una crisis familiar, un hijo problemático o una enfermedad grave hagan derrumbarse esa seguridad. «¿Dónde están los dioses que te hiciste? Que se levanten, si es que pueden salvarte» (Jr 2,28). El hombre se da cuenta entonces de que está solo en el mundo; como Adán y Eva en el paraíso tras el pecado, cae en la cuenta de que está desnudo, suspendido en el vacío (cfr. Gn 3,7). «Llega siempre un momento en el que el alma no puede más, no le bastan las explicaciones habituales, no le satisfacen las mentiras de los falsos profetas. Y, aunque no lo admitan entonces, esas personas sienten hambre de saciar su inquietud con la enseñanza del Señor»[14].

 

El Dios personal

¿En qué sentido el cristianismo puede superar las insuficiencias de los ídolos y saciar esa inquietud? Mientras para otras religiones o espiritualidades «Dios queda muy lejos, parece que no se da a conocer, no se hace amar»[15], el Dios cristiano «se ha dejado ver: en el rostro de Cristo vemos a Dios, Dios se ha hecho “conocido”»[16]. El Dios cristiano es el Alguien por quien suspira el corazón humano. Y Él mismo ha venido a mostrarnos su rostro: «lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos a propósito del Verbo de la vida (…) os lo anunciamos» (1 Jn 1,3). Cuando todas las seguridades humanas fallan, cuando la vida y su sentido se vuelven inciertos, entra en escena el «Verbo de la vida». Quien le rechaza queda como prisionero de su necesidad de amor[17]; quien le abre las puertas, y decide no agarrarse a sus propias seguridades o a su desesperación, quien se reconoce ante Él como un pobre enfermo, un pobre ciego, puede descubrir su rostro personal.

Ahora bien, ¿qué significa que Dios es persona, que tiene rostro? Y sobre todo, ¿tiene sentido esta pregunta? Cuando Felipe pide a Jesús que les muestre al Padre, responde el Señor: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9). El hecho de que Dios se haya hecho hombre en Jesús, de que a través de su humanidad se haya manifestado Dios en persona ―evento que es el centro mismo de la fe cristiana―, muestra que esta pregunta no designa una quimera sino que tiene una meta real.

Sin embargo, si Dios tiene rostro personal, si se ha revelado en Jesucristo, ¿por qué se esconde a nuestra mirada? «¿No lo daría uno todo con tal de que se le permitiera verlo andar por la calle, oír el timbre de su voz, penetrar su mirada, sentir su “poder”, percibir con la experiencia más íntima quién es él?»[18] ¿Por qué, si Dios vino al mundo, ha vuelto ahora a esconderse en su misterio? En realidad, el Génesis ―que no solo versa sobre los orígenes, sino también sobre los ejes mismos de la historia― muestra que es más bien el hombre quien se esconde de Dios por el pecado (cf. Gn 3,9-10).

Con todo, imaginando que Jesús se hubiera quedado en la tierra, ¿verdaderamente sería más personal la relación con Él? Cada uno dispondría, en el mejor de los casos, de unos pocos instantes en la vida para estar con Él. Unas palabritas, y una foto, como con los famosos... Admitiendo, pues, que Dios «se esconda»... se puede decir que lo hace precisamente porque quiere entablar una relación personal con cada hombre y cada mujer: de tú a tú, de corazón a corazón. En la relación con Dios sucede, en el modo más intenso posible, algo que es propio todas las relaciones personales: que nunca acabamos de conocer al otro del todo; que es necesario buscarle. «Sí, por detrás de las gentes te busco. / No en tu nombre, si lo dicen, / no en tu imagen, si la pintan. / Detrás, detrás, más allá»[19].

«El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9). La Encarnación de Dios hace de la personalidad humana un camino apto para acercarse al misterio del Dios personal. De hecho se trata del único camino, porque no conocemos de modo directo ningún otro modo de existencia personal. Al recorrerlo, sin embargo, es necesario evitar el antropomorfismo: la tendencia a describir un Dios a la medida del hombre, algo así como un ser humano agrandado, perfeccionado. Ya el hecho mismo de que Dios sea una Trinidad de personas muestra cómo su Ser personal desborda los marcos de nuestra propia experiencia; pero no la hace por eso inútil para intentar acercarnos a su Misterio, con las alas de la fe y de la razón[20].

Retomemos, pues, la pregunta: ¿Qué significa ser persona? Una persona se distingue de los seres no personales en que «se posee a sí misma por la voluntad y se comprende perfectamente por la inteligencia: es la trascendencia de un ser que puede decir “yo”»[21]. Trascendencia, porque el “yo” de cada persona ―incluso de quienes no pueden decir “yo”― hace de ella una realidad irreductible al resto del universo; por así decir, cada persona es un abismo. «Un abismo llama a otro abismo» (Sal 42,8), dice el verso de un salmo, en el que san Agustín reconoce el misterio de la persona humana[22]. Pues bien, decir que Dios es persona significa que se trata de un “Yo” que es dueño de sí y que es distinto de mí, pero que a la vez no está junto a mí como cualquier otra persona humana. Dios es, como decía también san Agustín en una expresión de una profundidad y belleza difíciles de superar, interior intimo meo: Él está más profundamente dentro de mí que yo mismo[23], porque se encuentra en el origen más profundo de mi ser. Es Él quien ha pensado en mí, y quien ya nunca dejará de hacerlo.

Dios está más profundamente dentro de mí que yo mismo, porque se encuentra en el origen más profundo de mi ser

Precisamente aquí se dibuja una frontera decisiva entre nuestro ser personal y el de Dios. Nuestra existencia es radicalmente dependiente de Dios: somos porque Él ha querido; nuestro ser está en sus manos. «En el comienzo de la filosofía occidental aparece repetidamente la cuestión del arjé, el principio de todas las cosas, y se le dan variadas y profundas respuestas. Pero hay solo una respuesta que responda realmente: darse cuenta religiosamente de que mi principio está en Dios. Digámoslo mejor: en la voluntad de Dios, dirigida hacia mí, de que he de ser, y ser el que soy»[24]. Dios ha decidido que yo exista, y sea precisamente tal como soy; por eso puedo aceptarme y considerarme un bien. Es lo que sucede cada vez que el hijo se descubre amado por sus padres, cada vez que una mirada, una sonrisa, un gesto le dice: «¡Para mí es bueno que existas!»[25]: se reconoce enteramente dependiente… y al mismo tiempo querido sin reservas.

«Él nos hizo y somos suyos» (Sal 100,3). Esta dependencia radical ¿supone una forma de dominio? Para responder afirmativamente haría falta decir que, cuando una madre sonríe a su hijo pequeño, lo hace con afán de dominarlo. ¿Es el dominio el único modo de relación entre personas? Más aún, ¿es el principal? Frente a la lógica del dominio se nos presenta enseguida otra más poderosa: la lógica del amor. Frente a la posición de quien dice a otro: «Tienes que ser como digo yo», se alza el grito más hondamente personal: «¡Es bueno que existas… como eres!». Esa es la palabra que se dirige a la persona amada, al hijo enfermo, al padre anciano, cuando se le afirma tal como es… y se le quiere.

Reconocer que yo no soy mi origen, pues, no supone sin más aceptar mi finitud: esa es una conclusión que se queda en la superficie de las cosas. En realidad, significa abrirme a la infinitud de Dios; significa reconocer que «en cuanto yo existo, somos dos. Mi existencia es en su misma esencia, relación. Solo subsisto porque soy pronunciado por otro. Reconocer esa absoluta dependencia es simplemente ratificar lo que soy. Solo existo porque soy amado. Y existir será para mí amar a mi vez, responder a la gracia con la acción de gracias»[26]. La Revelación cristiana nos da a conocer a un Dios que se rige por esta lógica. Un Dios que crea por Amor, por una sobreabundancia de Amor. Más: un Dios que es Amor. Y precisamente en el encuentro con él descubrimos nuestro rostro personal: descubrimos quiénes somos.

 

El rostro de Dios

«No somos el producto casual y sin sentido de la evolución ―apuntaba Benedicto XVI al ser elegido para la sede de Pedro―. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario»[27]. Esta realidad no es simplemente objeto de una captación intelectual. En otras palabras, no basta decir: «De acuerdo, ya lo entiendo». Es una chispa que enciende la vida entera: da una visión del cristianismo que supera en mucho la de un sistema intelectual y transforma la existencia desde su raíz.

Reconocer que yo no soy mi origen significa abrirme a la infinitud de Dios; reconocer que solo existo porque soy amado

Desde esta nueva visión, la oración adquiere un lugar central en la existencia, tal como vemos en la vida de Jesús[28]. Lejos de algunas concepciones que desfiguran su sentido, la oración no consiste en un vaciamiento de sí, ni en un servil acatamiento de una voluntad ajena. Lo ilustra bien el Papa Francisco, al describir cómo reza: «siento como si estuviera en manos de otro, como si Dios me estuviese tomando la mano. Creo que hay que llegar a la alteridad trascendente del Señor, que es Señor de todo, pero que respeta siempre nuestra libertad»[29]. La oración es, entonces, en primer lugar, descubrir que estamos con Dios: Alguien vivo, real, que no soy yo mismo; Alguien en quien descubro realmente quién soy, en quien descubro mi verdadero rostro.

Al reconocernos creados por Dios, pues, no nos sentimos negados, sino precisamente afirmados. Alguien nos ha dicho: «¡Es bueno que existas!». Y ese Alguien, además, lo ha ratificado y lo ha definido para siempre al dar su vida por cada uno de nosotros. La alternativa ante Dios no es someterse o rebelarse, sino cerrarse al amor o, sencillamente, dejarse amar para responder amando. Nuestro Origen es el Amor, y para el Amor hemos sido elegidos y llamados por Dios. Por eso, cuando en el cielo «veamos el rostro de Dios, sabremos que siempre lo hemos conocido. Ha formado parte, ha hecho, sostenido y movido, momento a momento, desde dentro, todas nuestras experiencias terrenas de amor puro. Todo lo que era en ellas amor verdadero, aun en la tierra era mucho más Suyo que nuestro, y solo era nuestro por ser Suyo»[30].

Lucas Buch - Carlos Ayxelá

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Lecturas para profundizar

Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium, 24-11-2013, nn. 264-267: “El encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva”).

Francisco, Enc. Lumen Fidei, 29-6-2013, nn. 8-39.

Benedicto XVI, Audiencia, 16-1-2013.

Consejo Pontificio para la Cultura, Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso (2003), Jesucristo, portador de agua viva. Una reflexión cristiana sobre la «Nueva Era» (acerca del cristianismo, ante el auge del New Age y otras espiritualidades).

Congregación para la doctrina de la fe (1989) Orationis Formas. Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana (acerca de la relación personal con Dios, como aspecto esencial de la oración cristiana)


Borghello, U. Liberare l’amore. La comune idolatria, l’angoscia in agguato, la salvezza cristiana, (caps. 2-4), Ares, 2009.

Burggraf, J. “La libertad, don y tarea” (disponible on-line), en Burggraf, J. La transmisión de la fe en la sociedad postmoderna y otros escritos, Eunsa, 2015.

Daniélou, J. Dios y nosotros, Cristiandad, Madrid 2003, cap. 2, “El Dios de los filósofos” (orig. Dieu et nous).

Guardini, R. La aceptación de sí mismo – Las edades de la vida, Guadarrama, Madrid 1962 (orig. Die Annahme seiner selbst).

Mundo y persona. Ensayos para una teoría cristiana del hombre, Encuentro, 2000. (orig. Welt und Person. Versuche zur christlichen Lehre vom Menschen)

Ratzinger, J. Introducción al cristianismo (I.4.2 “El Dios personal”) Sígueme, 2016 (orig. Einführung in das Christentum)

El Dios de los cristianos (I.1 “Dios tiene nombre”), Sígueme, 2009 (orig. Der Gott Jesu Christi. Betrachtungen über den Dreieinigen Gott).

Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo (I.1. “La unidad y la pluralidad de las religiones. El lugar de la fe cristiana en la historia de las religiones”) Sígueme, 2005 (orig. Glaube, Wahrheit, Toleranz. Das Christentum und die Weltreligionen)

― “Sobre el concepto de persona en teología”, en Ratzinger, J. Palabra en la Iglesia, Sígueme, 1976 pp. 165-180 (orig. “Zum Personverständnis in Theologie”). Disponible on-line en inglés.

 

Cuadro del editorial: Pedro y Juan corriendo al sepulcro, de Eugène Burnand.


[1] «Tendré que ocultarme de tu rostro, vivir errante y vagabundo por la tierra» (Gn 4,14); «No podrás ver mi rostro, pues ningún ser humano puede verlo y seguir viviendo» (Ex 33,20); «El Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su gracia» (Nm 6,25); ¿Por qué me escondes tu rostro y me tratas como a tu enemigo? (Jb 13,24); «¿Cuándo podré ir a ver el rostro de Dios?» (Sal 42,3); «No apartaré de vosotros mi rostro, porque soy misericordioso» (Jr 3,12); «Verán su rostro y llevarán su nombre grabado en la frente» (Ap 22,4).

[2] Benedicto XVI, Homilía, 21-VIII-2005.

[3] Ibídem.

[4] J.-H. Newman, Lectures on the Prophetical Office of the Church, Londres 1838, p. 429.

[5] Francisco, Enc. Lumen Fidei, 29-VI-2013, n. 2.

[6] Es Cristo que pasa, n. 174.

[7] Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium, 24-XI-2013, n. 3.

[8] Francisco, Audiencia general, 11-X-2017.

[9] Francisco, Lumen Fidei, n. 13.

[10] Ibídem.

[11] Cfr. por ejemplo Ba 6,45-51; Jr 2,28; Is 2,8; 37,19.

[12] Francisco, Lumen Fidei, n. 13.

[13] Ibídem.

[14] Amigos de Dios, n. 260

[15] Benedicto XVI, Lectio divina, 12-II-2010.

[16] Ibidem.

[17] Cfr. U. Borghello. Liberare l’amore, Milano, Ares 2009, p. 34.

[18] R. Guardini, El Señor, IV.6, “Revelación y misterio”.

[19] P. Salinas, La voz a ti debida en Poesías Completas, Barral 1971, p. 223.

[20] Con la imagen de las “alas” se refiere san Juan Pablo II a la fe y la razón, al inicio de su encíclica Fides et Ratio (14-IX-1998).

[21] J. Daniélou, Dios y nosotros, Cristiandad, Madrid 2003, p. 95 (el subrayado es nuestro).

[22] Cfr. San Agustín, Enarrationes in Psalmos, 41, nn. 13-14.

[23] San Agustín, Confesiones III.6.11.

[24] R. Guardini, La aceptación de sí mismo – Las edades de la vida, Guadarrama, Madrid 1962, p. 29.

[25] Esta es la definición que da del amor J. Pieper en su conocida obra Las Virtudes fundamentales, Rialp, Madrid 2012, pp. 435-444.

[26] J. Daniélou, Dios y nosotros, p. 108.

[27] Benedicto XVI, Homilía en la Misa de inicio del pontificado, 24-IV-2005.

[28] Cfr. Benedicto XVI, Audiencia, 30-XI-2011.

[29] S. Rubin, F. Ambrogetti, El Papa Francisco, 54.

[30] C. S. Lewis, Los cuatro amores, Rialp, Madrid 1991, p. 153.

 

 

El valor y la dignidad de la vida terminal. Prolegómenos filosóficos para una crítica de la eutanasia

Escrito por Ignacio Sánchez Cámara

La actitud que se adopte sobre la licitud de la eutanasia depende de la posición que se mantenga acerca del valor y la dignidad de la vida humana terminal

Los debates morales en nuestro tiempo adolecen de una anomalía derivada de la falta de posiciones básicas compartidas por los que intervienen en ellos. Sin embargo, no es imposible, aunque sí difícil, mantenerlos. Sobre la dignidad de la vida humana disputan, al menos, dos actitudes. Para una, la dignidad de la vida depende del mantenimiento de alguna cualidad decisiva, como la autonomía, la autodeterminación o la ausencia de sufrimientos intensos. Para otra, la dignidad, inherente a la persona desde su nacimiento hasta su muerte, no depende de ninguna cualidad o propiedad. Para ella, el sufrimiento no constituye una negación de la dignidad de la vida. Esta última resulta filosóficamente más correcta. En cualquier caso, no debe dejarse de lado la distinción entre la moral y el derecho.

1. Introducción

El objeto de este trabajo es la consideración acerca del valor y dignidad de la vida humana terminal. Su perspectiva es, pues, filosófica. Desde luego, no trata de imponer lo que uno debe o no hacer ni juzgar, ni menos condenar a nadie. Sólo aspira a un poco de claridad y, si acaso, a proponer lo que su autor considera mejor o menos malo. Cualquier decisión ante el sufrimiento humano previo a la muerte, ya sea de quien lo sufre, de sus familiares o de los profesionales de la sanidad que lo atienden, tendrían, en cualquier caso, atenuantes morales. Quien trata de evitar un mal y obra de buena fe puede, sin duda, equivocarse, pero no merece una condena incondicional. Si se participa en un debate hay que presuponer la buena fe en los intervinientes y, si no fuera el caso, lo mejor es abstenerse. Tampoco es buen principio la descalificación o el insulto.

Aunque no trato de entrar en los debates sobre la eutanasia y sólo permanecer en los preámbulos filosóficos sobre la dignidad de la vida humana en su etapa terminal, convendrá, quizá, hacer una mínima precisión conceptual. La eutanasia consiste en poner fin, intencionadamente, por acción o por omisión de medios ordinarios de mantenimiento, a la vida del paciente. Cabe hablar de eutanasia activa o pasiva. Pero evitar el encarnizamiento terapéutico o la utilización de procedimientos extraordinarios no tiene nada que ver con la eutanasia, ni activa ni pasiva, sino con la ortotanasia[1].

2. Anomalía de los debates morales contemporáneos

Los debates morales en nuestro tiempo padecen, como afirma Alasdair MacIntyre, una profunda anomalía. Nuestras discrepancias son radicales, pero lo más grave es que, con frecuencia, ignoramos la naturaleza de nuestras discrepancias. Utilizamos los mismos términos, pero les otorgamos sentidos diferentes y, en ocasiones, antagónicos. Según él, la crisis moral de nuestro tiempo se manifiesta en la inconmensurabilidad de las posiciones morales de quienes intervienen en los debates. Este hecho conduce a la imposibilidad de justificar las elecciones morales de cada persona frente a su interlocutor. Los debates morales contemporáneos serían, por esta razón, arbitrarios. No existen criterios comunes que permitan ordenar racionalmente las discusiones. La primacía la tiene, de hecho, el emotivismo (relativista), aunque los argumentos de (casi) todos los intervinientes apelen a la existencia de criterios objetivos. Según MacIntyre, las ex-presiones morales que utilizamos conservan la huella de una época anterior en la que sí existían pautas y criterios objetivos. Realiza un sugestivo análisis del proceso que ha conducido a que la cultura moderna haya llegado a ser emotivista, una cultura moderna cuyos personajes más expresivos son el esteta, el gerente y el terapeuta. El emotivismo es la consecuencia del fracaso del ideal ilustrado a la hora de justificar racionalmente la moral. El liberalismo contemporáneo no sería sino una manifestación, un síntoma más, de la moderna enfermedad emotivista.

La explicación se encuentra en el olvido y declive del aristotelismo, en la muerte de la teleología. Los preceptos de la moralidad sólo tienen sentido cuando se admite la idea de una naturaleza humana no educada y la idea de un telos o fin inherente a ella, que ésta deba alcanzar o cumplir. Pero al eliminar la modernidad la idea de un fin propio del hombre, todo el edificio moral clásico de raíz aristotélica se viene abajo.

“Los filósofos morales del siglo XVIII se enzarzaron en lo que era un proyecto destinado inevitablemente al fracaso. Por ello intentaron encontrar una base racional para sus creencias morales en un modo peculiar de entender la naturaleza humana, dado que, de una parte, eran herederos de un conjunto de mandatos morales, y, de otra, heredaban un concepto de naturaleza humana, lo uno y lo otro expresamente diseñados para que discrepasen entre sí. Sus creencias revisadas acerca de la naturaleza humana no alteraron esta discrepancia. Heredaron fragmentos incoherentes de lo que una vez fue un esquema coherente de pensamiento y acción y, como no se daban cuenta de su peculiar situación histórica y cultural, no pudieron reconocer el carácter imposible y quijotesco de la tarea a la que se obligaban”[2].

El análisis es inteligente y sugestivo, aunque acaso no haya que renunciar a seguir entablando debates, ya que aunque en ocasiones se diría que los intervinientes viven en mundos extraños e incomunicados, al fin no dejan de pertenecer a una misma tradición filosófica, aunque sus caminos se hayan separado hasta llegar a tener dificultad para encontrase y entenderse. Las discrepancias radicales no son lo mismo que un diálogo de sordos. Tal vez podamos comprobarlo a propósito de la eutanasia. Quizá quepa la posibilidad de encontrar argumentos comprensibles, e incluso, atendibles para las dos partes.

3. Los Derechos Humanos: fundamento y contenido

Es cierto que el contenido de los derechos humanos depende de la posición que se adopte sobre su fundamento (o, en su caso, sobre su falta de fundamento). No pueden coincidir en cuanto al contenido del derecho a la vida quienes, por ejemplo, entienden la vida como un don de Dios, indisponible para el hombre, que quienes la consideran como una propiedad de ciertos seres llamados vivos, debida al azar y, por ello, disponible para el hombre. Ello da lugar a posiciones divergentes en asuntos como el aborto o la eutanasia. Como ha expuesto José María Rodríguez Paniagua, el consenso acerca de los derechos humanos se sustenta bajo dos condiciones: la omisión de la cuestión de su fundamento y la eliminación del problema de la determinación del contenido.

Por mucho que se intente ocultar, la teoría de los derechos, que dista de ser el fruto de la modernidad sino que tiene raíces medievales, obtiene su fundamento genuino de una determinada concepción metafísica que sustenta una idea teleológica de la naturaleza humana. Los intentos de fundamentarlos en concepciones sociológicas, historicistas y positivistas fracasan. Una cosa es la explicación histórica del surgimiento de un valor o idea, y otra la cuestión del fundamento. No se debe confundir el problema de la genealogía con el del fundamento. Por otra parte, si sólo se trata de convicciones jurídicas o morales compartidas, basta con que algunos no las compartan para que se vengan abajo. Además, esta concepción omite que la verdadera cuestión moral no consiste en que algo, una acción, un principio, un valor, sean compartidos de hecho, sino en que deban ser compartidos. La cuestión del deber es la cuestión moral por excelencia. La claridad y coherencia de la concepción clásica de los derechos humanos, que los fundamenta en una concepción −religiosa o metafísica− teleológica de la naturaleza humana contrasta con la oscuridad y confusión actuales.

Como ha escrito Rodríguez Paniagua, “sólo Dios, en la concepción religiosa, sólo la moralidad, en la concepción subrogada o paralela, pueden contar como puntos de referencia definitiva para determinar lo que corresponde al hombre en cuanto hombre, al margen y por encima del Estado o de cualquier otra instancia”[3]. Los verdaderos fundamentos de la dignidad de la persona y de sus derechos son Dios o la metafísica. El resto, como la mayoría social, la lucha contra el dolor, la autodeterminación o la autoconsciencia, inevitablemente fracasan.

4. El valor y la dignidad de la vida humana terminal

El valor y la dignidad de la vida humana terminal dependerán de la idea que se tenga acerca del sentido de la vida en general, de su valor y dignidad y, con ellas, la idea de la moralidad[4]. No me referiré, al menos en principio, a la concepción religiosa en general o cristiana en particular. Kant y el utilitarismo gozan de elevado prestigio entre algunos de los más admirados filósofos contemporáneos, como Rawls y Habermas y, por lo tanto, entre la mayoría de quienes intervienen en los debates morales y jurídicos actuales. Pero Kant y los utilitaristas pueden llegar a conclusiones opuestas acerca de la licitud moral de la eutanasia. Jeremy Bentham afirmó que el criterio de la moralidad, de lo que está bien o mal en el orden moral, reside en el principio de utilidad, y ésta debe ser entendida como la tendencia “a producir un beneficio, ventaja, placer, bien o felicidad”, o a prevenir un daño, dolor, mal o desgracia”[5]. De esta manera asume, siguiendo la tradición hedonista del epicureísmo, la identificación entre el bien moral y el placer, y entre el mal moral y el dolor. A quien acepte esta premisa, no le será difícil argumentar en favor de la eutanasia. Suprimir el dolor, eliminando la vida sufriente y terminal, podría calificarse como un bien moral. En definitiva, dos son los argumentos principales que se esgrimen: la autonomía y la piedad[6].

Kant, por el contrario, no asume una ética consecuencialista, como la del utilitarismo, sino que entiende que el criterio de la moralidad se encuentra no en la acción ni en sus consecuencias ni en la intención o fin que se espera conseguir, no se encuentra en nada empírico, porque nada empírico puede proporcionar un imperativo categórico, es decir, absoluto e incondicionado, que pueda fundamentar el deber moral, sino en la actitud o disposición de ánimo de quien obra. Y piensa que quitarse la vida nunca puede ser conforme al deber y que quien, pese a no tener ya apego a la vida o incluso desea quitársela, si no lo hace y sólo por deber, entonces su máxima (el principio subjetivo del obrar) sí tiene un contenido moral[7]. Más adelante, examina Kant algunos ejemplos de deberes. Uno de ellos se refiere a la licitud del suicidio en el caso de padecer desgracias lindantes con la desesperación y niega toda posibilidad de que una máxima tal pueda ser conforme al deber, ya que “sería contradictoria y no podría subsistir como naturaleza”[8]. La idea del suicidio tampoco puede compadecerse con la idea de la “humanidad como fin en sí”.

“Si, para escapar a una situación dolorosa, se destruye él a sí mismo, hace uso de una persona como mero medio para conservar una situación tolerable hasta el fin de la vida. Mas el hombre no es una cosa; no es, pues, algo que pueda usarse como simple medio; debe ser considerado, en todas las acciones, como fin en sí. No puedo, pues, disponer del hombre, en mi persona, para mutilarle, estropearle, matarle”[9]

Sobre la inmoralidad del suicidio basada en la indisponibilidad de la vida humana argumenta santo Tomás de Aquino así:

“Pues en las cosas que no son del dominio de la voluntad, como las naturales y los bienes espirituales, es mayor pecado inferirse a sí mismo un daño: pues se peca más gravemente el que se mata a sí mismo que el que mata a otro”[10].

Peter Bieri entiende la dignidad humana bajo distintos aspectos, como encuentro, respeto, veracidad, autoestima, integridad moral, sentido de lo importante, reconocimiento de la finitud, para él, pero, sobre todo, como autonomía[11]. En realidad, el verdadero fundamento de la dignidad del hombre se encuentra en su autonomía. Siguiendo a Epicuro, afirma que “si la muerte es el final de todas las vivencias, no debemos temerla, pues solo se puede temer lo que se puede vivir”[12]. En el mismo sentido, escribió Wittgenstein: “Al igual que en la muerte el mundo no cambia sino que cesa. La muerte no es un acontecimiento de la vida. No se vive la muerte”[13].

En su último capítulo, se ocupa Bieri de la dignidad ante la muerte y ofrece un posible diálogo entre las dos posiciones, favorable y opuesta a la eutanasia. Aunque su posición se acerca, probablemente, más a la primera, no queda del todo claro ya que crea cuatro personajes: un enfermo terminal, su mujer y dos médicos. En realidad, lo fundamental de la argumentación a favor consiste en la defensa de la autonomía y la autodeterminación y, en definitiva, a la idea de que la pérdida de las capacidades y el sufrimiento socavan la dignidad. El breve debate entre los cuatro interlocutores es claro e instructivo. En cualquier caso, el autor apunta una posible paradoja:

“He comenzado el libro con el pensamiento: la dignidad de un ser humano es su autonomía como sujeto, su capacidad de decidir él mismo sobre su propia vida. Respetar su dignidad es respetar esta capacidad. El morir es el acontecer en cuyo trascurso se pierde la autonomía de un ser humano. ¿En qué sentido podemos, a pesar de ello, decidir nosotros mismos sobre este acontecer? ¿No es contradictorio hablar de una pérdida autónoma de la autonomía, de querer decidir nosotros mismos sobre la pérdida de la autodeterminación?”[14].

No puedo compartir su premisa de que el fundamento de la dignidad se encuentre en la autonomía y autodeterminación sin más. Por un lado, esa pretensión entrañaría la negación de la dignidad de todas las personas que carecen de autonomía, y no sólo de los enfermos terminales. Por otra, cabría invocar aquí la distinción kantiana entre libertad y arbitrio. La dignidad del hombre reside, para Kant, en su libertad, pero la libertad no es la pura indeterminación de la voluntad o el arbitrio sino la posibilidad de obrar confirme al deber, conforme a la ley moral. Desde luego, pienso que aunque alguien no pudiera ya hacer uso de su libertad, no perdería por ello su dignidad. ¿Dónde reside ésta, pues?

En el diálogo entre las cuatro personas antes mencionadas se reflejan las posiciones enfrentadas, fundamentalmente dos. Para una, la dignidad reside en la autodeterminación y la autonomía y obliga a respetar la voluntad del enfermo terminal por dos motivos: porque una vida sin autodeterminación es indigna y porque hay que respetar, ante todo, la voluntad del paciente. Con estas palabras lo expresa Sarah, la mujer del paciente:

“El bien supremo, inviolable, es la dignidad de un ser humano. El núcleo de esta dignidad no es la protección de la vida sino la autodeterminación. Usted pretende escatimar a mi marido el proceso de la muerte natural, que él deseaba para la situación actual”[15].

Para otra, la dignidad no depende del estado de la persona y al médico o enfermero no le está permitido acabar con la vida del paciente. En suma, aparecen dos concepciones divergentes de la dignidad. El médico que se opone a quitarle la vida afirma que “nuestra tarea es proteger la vida y no ponerle fin” y que “para mí, que he hecho el juramento hipocrático, el bien supremo es la protección de la vida”[16].

La vida humana terrena empieza en la concepción y termina con la muerte. Por lo tanto, la dignidad de la persona comienza en la concepción y concluye con la muerte, con independencia de la continuidad de la vida personal y su dignidad más allá de la muerte. Y no hay vidas más o menos dignas de ser vividas. No hay ninguna vida indigna ni carente de sentido.

Es curioso cómo la aceptación social del aborto, uno de los dos peores errores morales del siglo XX, según Julián Marías, ha sido muy superior a la de la eutanasia, acaso por la mayor visibilidad de la persona a la que se suprime la vida, y a pesar de que en el caso del aborto no existe el consentimiento de la víctima. Todo lo que precisa del eufemismo, declara por ello su indigencia moral. Así, se prefiere hablar de “muerte digna” o de “interrupción voluntaria del embarazo”. La eutanasia goza de algunos argumentos aparentes y prejuicios a su favor. Se cobija bajo la protección de la libertad y la autonomía. Si un hombre no desea continuar viviendo, habría que respetar su voluntad. Seríamos absolutamente libres para hacer todo aquello que no entrañe ningún daño a otro. Además, no se impone nada a nadie. Todos permanecemos libres. Quien la quiera, la tendrá a su disposición, y quien no, a nada estará obligado. Perfecta libertad. Y acaso el más extendido argumento sea la piedad, el cese del sufrimiento, el supremo mal, al parecer en nuestro tiempo[17].

Pero la realidad no favorece a sus defensores. La aceptación de la eutanasia niega la condición personal del hombre, y entiende que la vida no vale en sí misma, sino que se acepta a beneficio de inventario. Cuando el balance es negativo, se repudia. El dolor es un mal, pero no todo en el dolor es un mal. Ni tampoco es el único ni el peor mal. Cuando todos los valores superiores se niegan, sólo quedan el placer y la supresión del dolor. Muchos contemporáneos pretenden que la vida sea una permanente noche de juerga o un eterno jardín de infancia.

No hay ninguna vida humana indigna, ni la del joven sano y fuerte, ni la que se extingue por la edad y la enfermedad. Si no de otras fuentes, al menos deberíamos aprender de los horrores del nazismo. Eutanasia y eugenesia suelen ir de la mano. Frente a la eutanasia, se levanta el precepto “no matarás”, nunca, ni siquiera por compasión. La idea de un médico o enfermero homicidas constituye, en sí misma, un sinsentido. El fin de las profesiones sanitarias es la curación y la supresión, hasta donde es posible, del dolor. Y esto último es, cada vez, más real. Lo que necesita la vida que se acaba es amor, compañía y cuidados paliativos, no la inyección letal.

Estamos ante otro episodio de la equivocada relación entre medios y fines. La legalización de la eutanasia pretende que el fin de suprimir el dolor justifica el medio de acabar con la vida. Pero sabemos que esto no es así. Gregorio Marañón afirmó que ser liberal consiste en negar que el fin justifique los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin[18]. Y aquí, el medio es matar. Algo parecido podría decirse sobre la pena de muerte o la tortura. No es posible que el bien surja del mal.

En la valoración de la vida, no caben medias tintas. Nietzsche dijo: “¿Era esto la vida? Bien, que venga otra vez”. Sí a la vida, a toda vida, también a la vida terminal.

5. La dignidad de la persona

La dignidad pertenece a la persona, no a las especiales condiciones de su vida. Es legítimo buscar uno o varios elementos que definen la especificidad del hombre, ya sea la racionalidad, el lenguaje, la libertad, la auto-consciencia, el saberse mortal, la sociabilidad o la risa.

Decimos que el hombre es una realidad personal, que es persona. ¿Qué significa ser persona? ¿En qué consiste la personalidad? La idea de persona entraña la de la posesión de una especial dignidad. El hombre sería el único ser del mundo consistente en realidad personal. El resto de los animales y de los demás seres no son personas. Se trata de una realidad difícil de definir. Entre sus características fundamentales podemos mencionar la individualidad, la unidad, la intimidad, la apertura a la realidad social, la dimensión cultural e histórica, el conocimiento de sí misma, la vocación, el perfeccionamiento y la búsqueda y realización del ideal, la exigencia de autenticidad, la apertura a la trascendencia, la autonomía, la libertad y la responsabilidad.

La personalidad está vinculada a la inmortalidad, al destino eterno del hombre. La persona aspira a la vida perdurable y es ininteligible sin ella. A esta cuestión dedica Julián Marías los últimos capítulos de su libro La felicidad humana[19].

Sobre la persona son fundamentales las investigaciones de la fenomenología, y especialmente de Max Scheler, en obras como El puesto del hombre en el cosmos o De lo eterno en el hombre. El filósofo alemán considera al hombre como ens amans. Este aspecto de su obra lo ha analizado, con profundidad y acierto, Marta Albert[20].

Una persona puede haber perdido la mayoría de estos rasgos, pero nunca perderá su condición personal. Otra cosa conduciría a posiciones nihilistas y antihumanistas[21].

Tampoco el sufrimiento extremo y la desesperanza hacen perder al hombre su condición personal. Por el contrario, la capacidad de soportar el dolor y hacerle frente aumenta la dignidad de una vida. Lo que la hace menguar es, por el contrario, la cobardía.

La dignidad procede de la condición personal y, por ello, es igual para todas las personas. Todas poseen la misma dignidad. Lo que establece rangos y jerarquías es la forma en que cada uno vive. Hay formas más o menos valiosas de vida, pero no personas más o menos dignas que otras. Es preciso distinguir entre la dignidad de la vida y la dignidad de la persona[22].

La persona es digna porque es un fin en sí y nunca un medio. En este sentido, la eutanasia podría entrañar una despersonalización y deshumanización.

Existen dos concepciones sobre la dignidad. Para una, es algo condicionado por alguna circunstancia, como la salud o la autonomía. Para la otra, es absoluta e incondicionada y no puede perderse nunca.

6. El sentido del dolor

¿Puede el sufrimiento anular la dignidad de la vida? ¿Es indigna una vida extremadamente sufriente?

El dolor es una de las más profundas y misteriosas experiencias humanas. Ante el dolor, físico o espiritual, levantamos la vista hacia Dios. Y solo esto ya otorga un gran valor al sufrimiento humano. Sin embargo, es frecuente referirse al silencio de Dios ante el dolor de los inocentes, ante los campos de exterminio, ante la muerte de los niños, ante la enfermedad, la tortura y el hambre. ¿Por qué calló? ¿Por qué permitió? ¿Por qué calla? ¿Por qué permite? ¿Puede ser ese un Dios omnipotente y, a la vez, absolutamente bueno? Dolor humano y silencio de Dios.

Tal vez la primera observación que quepa hacer consista en negar que todo sea malo en el sufrimiento. Miguel de Unamuno decía que en el dolor nos hacemos y en el placer nos gastamos. Y Beethoven, creo que en la partitura de la Novena, escribió: A la alegría por el dolor. Al final de la Barcarola de los cuentos de Hoffmann, de Offenbach, se canta: “El amor nos hace grandes, y el llanto aún más”. La verdad nos hace libres, y el dolor grandes. Nadie ha sido más grande que Jesús abandonado en Getsemaní y luego clavado en lo alto del Gólgota.

El dolor ajeno nos mueve a la compasión, nos conmueve. El propio nos modela. El dolor es la forja del alma. No se puede esculpir sin dar golpes con el cincel. Cabría decir, parafraseando a Nietzsche, que un hombre vale en la medida de la cantidad de dolor que es capaz de soportar. Nada de esto significa que debamos buscar el dolor. No. Debemos evitarlo. Es un mal, pero repleto de cosas buenas. El dolor es un mal, pero sus consecuencias son casi siempre beneficiosas.

En este sentido, debe leerse el excelente ensayo El problema del dolor de C. S. Lewis, si estoy en lo cierto, uno de los más grandes escritores del siglo XX. Su tesis central es que Dios nos grita en el dolor. Dios no calla mientras sufrimos. Habla, incluso grita, precisamente a través de nuestro dolor. Lo que nos duele es la voz aguda de Dios que nos llama. Y nosotros, ignorantes, soberbios y sordos, aún hablamos de silencio de Dios... El dolor es el grito de Dios. Y habría que decirle a Él: Gracias, Dios mío, por el dolor que me envías, pues con él me has salvado. Él nos salvó con su dolor y nos continúa salvando con el nuestro.

El bien del hombre consiste en entregarse a Dios. Pero esto resulta extraordinariamente difícil. Sólo el bien puede proporcionar la felicidad. Por eso la desgra-cia es tan frecuente. Los felices son siempre pocos, pues pocos son los capaces de entregarse totalmente a Dios. Escribe Lewis: “No somos meras criaturas imperfectas que deban ser enmendadas. Somos, como ha señala-do Newman, rebeldes que deben deponer las armas. La primera respuesta a la pregunta de por qué nuestra curación debe ir acompañada necesariamente de dolor es, pues, que someter la voluntad reclamada durante tanto tiempo como propia entraña, no importa dónde ni cómo se haga, un dolor desgarrador”.

El primer principio de la educación consiste en “quebrar la voluntad del niño”. Esto se puede hacer bien o mal, con suave firmeza o con sórdida crueldad. Pero debe hacerse, pues sin ello no hay educación. El hombre no se ve obligado a quebrar su voluntad para entregarla a Dios mientras las cosas le van bien. El error moral viaja enmascarado y muchas veces no lo advertimos. El dolor, por el contrario, es transparente, nos asalta sin careta, nunca engaña. Nada apresa nuestra atención y absorbe nuestra conciencia como el dolor; ni siquiera el amor.

Escribe Lewis: “El dolor no es sólo un mal inmediatamente reconocible, sino una ignominia imposible de ignorar. Podemos descansar satisfechos en nuestros pecados y estupideces; cualquiera que haya observado a un glotón engullendo los manjares más exquisitos como si no apreciara realmente lo que come, deberá admitir la capacidad humana de ignorar incluso el placer. Pero el dolor, en cambio, reclama insistentemente nuestra atención. Dios susurra y habla a la conciencia a través del placer, pero le grita mediante el dolor: es su megáfono para despertar a un mundo sordo. El hombre malo y feliz no tiene la menor sospecha de que sus acciones no “responden”, de que no están en armonía con las leyes del universo”.

El dolor puede ser también el despertador de la fe. Dice un personaje del Cuento de invierno de Shakespeare: “Es necesario que despiertes tu fe. Entonces todo queda en calma”. En el fondo, la posibilidad de perfeccionarse a través de las tribulaciones forma parte de la vieja doctrina cristiana.

Es cierto, como reconoce Lewis, que el dolor como megáfono de Dios puede ser algo terrible y conducir a la rebelión definitiva y a la desesperación, pero también puede ser la única oportunidad del malvado para en-mendarse y, por lo tanto, salvarse. San Agustín nos enseñó que el alma sólo puede ser feliz cuando descansa en Dios, porque Él nos ha hecho para sí. En eso consiste ser criatura. Dice también san Agustín que Dios nos quiere dar cosas pero no podemos tomarlas porque tenemos las manos llenas de otras cosas. En este sentido el dolor es el manotazo que nos arrebata lo que más queremos, pero para que podamos recibir lo único que puede hacernos felices: la entrega total a Dios. Y esta entrega total no es posible sin el dolor. Así, tenía razón Beethoven: A la alegría, por el dolor. Y si alguien piensa que todo esto es una apología del dolor y del masoquismo, sólo le pediría que pensara un poco más.

Por otra parte, imaginémonos un mundo sin dolor. Un mundo así se vería privado de la mayor parte de las cosas buenas. Para empezar sería un mundo sin compasión y sin heroísmo, probablemente un mundo sin mérito moral. Pensemos en acciones realmente ejemplares. ¿Cuántas de ellas se habrían realizado en un mundo sin dolor? Como afirma Lewis, “el dolor proporciona una oportunidad para el heroísmo que es aprovechada con asombrosa frecuencia”.

El dolor no testimonia en contra de la bondad divina. A veces podemos tener la impresión de que a Dios se le ha ido la mano y de que tal vez hubiera bastado con una terapia más suave, pero para que tengamos las manos vacías debe quitarnos todo o, al menos, lo que más amamos. Una vez cumplida su función terapéutica, Dios nos puede devolver algo o mucho de lo que teníamos, incluso todo. Pero entonces ya lo poseeremos de otra manera, a la manera de la criatura, a la manera feliz. La ilusión de la autosuficiencia humana sólo puede quebrarse mediante el sufrimiento. El dolor es el último recurso de Dios para hacernos verdaderamente felices, es decir, buenos y sabios, y salvarnos. El dolor es el grito de Dios[23].

En absoluto, es correcto identificar el dolor con el sufrimiento físico. “Hay dolor verdadero cuando lo que el hombre experimenta es la presencia auténtica del mal, y los restantes dolores y sufrimientos y molestias son sólo signos, ecos o preámbulos del dolor”[24]. El dolor es el sentimiento de la presencia del mal.

Al final, se trata de elegir lo mejor, no tanto de juzgar y condenar. La moral consistiría así en la búsqueda del ideal, de lo mejor. Según Brentano, la respuesta a cuál es el fin justo consiste en elegir “lo mejor entre lo accesible”. Pero se trata de una respuesta oscura, pues hay que preguntar ¿qué significa eso de “lo mejor”?[25]. Entre nosotros, Julián Marías ha insistido en la relevancia moral del concepto de “lo mejor”[26].

7. Breve referencia al debate jurídico sobre la eutanasia

No entraré en el debate jurídico, pero sí haré una brevísima referencia a él. Una evaluación moral negativa de la eutanasia, derivada de la aceptación de la tesis de la dignidad incondicionada de toda vida humana con independencia de sus condiciones concretas, no entrañaría necesariamente la exigencia de su tipificación como delito. El ámbito de la moral no coincide con el jurídico. No todo lo inmoral ha de ser prohibido por el derecho.

El derecho ha de tener en cuenta la moral dominante, la llamada moral social. Cuando la opinión pública está dividida, el derecho ha de buscar, si es posible un término medio. El caso del aborto ha sido, en este sentido paradigmático. Para unos, es un crimen; para otros, un derecho. Las leyes deberían buscar, quizá, una vía media. Tal vez, suceda algo parecido con la eutanasia. Pero no hay que olvidar que cuando se trata de bienes jurídicos fundamentales, como la protección de la vida humana, la solución correcta parece clara.

Las posiciones divergentes sobre la eutanasia derivan de actitudes antagónicas sobre el hombre y la vida. No pueden coincidir quienes, por ejemplo, conciben la vida como un don de Dios, indisponible, por tanto, para el hombre, que quienes la consideran una mera propiedad inherente a ciertos seres. Si hay un derecho a la vida, no puede haber un deber de matar. Entre una concepción religiosa o metafísica y otra materialista o hedonista, es muy difícil encontrar un acuerdo. ¿Existe una vía media conciliadora? No parece que lo sea dejar la solución en manos de médicos, familiares y pacientes. En cualquier caso, los médicos no son meros servidores de la arbitrariedad del cliente o de un familiar en quien, eventualmente, haya podido delegar. Los médicos tienen obligaciones derivadas de la moral general y de la deontología profesional, incompatibles con la idea mercantil de que el cliente, es decir, el paciente, siempre tiene razón.

Otra cosa es que el Derecho deba tener en cuenta la moral social y atenerse a las convicciones dominantes. Pero la solución no es fácil cuando la opinión pública se encuentra radicalmente escindida. La clave se encuentra, como siempre, en la educación, y en la ejemplaridad de quienes poseen la autoridad espiritual, si es que hoy queda algún residuo de tal cosa. Pero nada tiene que ver la oposición a la eutanasia con la defensa del llamado encarnizamiento terapéutico, ni con la adopción de medidas excepcionales para mantener a toda costa la vida que se apaga.

El declive actual de la protección jurídica de la vida tiene mucho que ver con la propagación de una actitud antihumanista y, por tanto, antipersonalista. Lo que está en crisis no es ya la dignidad de la persona, sino la condición personal del hombre. Caminamos, tal vez y como mínimo, hacia una eutanasia sibilina y vergonzante. Y puede que este diagnóstico sea optimista. La crisis intelectual y moral, en suma, espiritual, de nuestro tiempo parece evidente. Pero no sólo de éste. Un personaje de Pérez Galdós, en La corte de Carlos IV, afirma: “la elevación de los tontos, ruines y ordinarios no es, como algunos creen, desdicha peculiar de los modernos tiempos”. Cuando luchan la verdad y la mentira, el bien y el mal, la belleza y la fealdad, lo justo no se encuentra en el término medio. No deberíamos olvidar nunca, y menos en estos tiempos extraviados, pero no desesperanzados, la vieja enseñanza de Antístenes: las ciudades sucumben cuando dejan de distinguir entre el bien y el mal.

8. Conclusión

La eutanasia entraña la asunción del principio de que hay vidas que no merecen ser vividas, que son, por ello, indignas. La eutanasia voluntaria conduce lógicamente a la eutanasia forzosa. ¿Es compatible la eutanasia, aun la voluntaria, con la dignidad de la vida terminal?

Si el hombre es cosa sagrada para el hombre, el hombre no puede matar al hombre ni cooperar a su suicidio, aunque se trate de un enfermo terminal.

De las dos concepciones acerca de la dignidad de la vida humana, una que la hace depender de ciertas condiciones o propiedades como la autonomía, la autodeterminación o la ausencia de intensos sufrimientos y otra que la estima absoluta e incondicionada, desde el nacimiento hasta la muerte, hay que preferir esta última. Ni el dolor ni la ausencia de ninguna otra cualidad inherente a la persona anulan su dignidad. Las vidas humanas y las personas pueden ser más o menos valiosas, pero todas poseen la misma dignidad. Estas consideraciones constituyen los prolegómenos filosóficos a toda teoría, moral y jurídica, sobre la eutanasia. La dignidad de la persona es incompatible con la licitud de la eutanasia.

Referencias

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Ignacio Sánchez Cámara
Universidad Rey Juan Carlos
Madrid, España

Fuente: aebioetica.org.

 

El Nombre de Dios

Jesús Ortiz López

 

photo_camera Crucifijo.

Los hombres religiosos musulmanes han buscado durante siglos los nombres de Alá y le reverencian con sumo respeto. No llegan ha encontrar el centésimo nombre de Dios, porque es inabarcable, y la búsqueda incesante los mantiene pendientes de Alá.

El pueblo hebreo sí tiene el Nombre de Dios, YHWH: Soy el que soy, que parece una tautología y sin embargo es lo más, el Ser Absoluto, la Aseidad, sin origen y no vinculado a nada ni nadie.

Los cristianos sabemos aún más: Dios no está en el Olimpo ajeno a los hombres porque ha decidido crearnos en el universo como hacen una madre y un padre que preparan la cuna para sus hijos antes de nacer. Jesucristo es la prueba máxima y definitiva del amor de Dios con sus hijos de adopción, verdaderos hijos en su Hijo Unigénito, un misterio también inefable que vivimos con naturalidad desde el Bautismo. Lo acabamos de celebrar en Navidad, al menos los que tienen viva la fe.

Dios es Dios

Conviene recordar el respeto que debemos al Nombre de Dios y a las cosas santas, como son los sacramentos como el Bautismo, la Eucaristía y el Matrimonio. Veo la portada de un disco de famosa que no guarda el respeto debido a las cosas santas. 

Aparece la cantante como un ser celestial rodeada de nubes, en medio de un halo de oro, con la paloma sobre su cabeza, y algún otro detalle desagradable e irreverente. Lástima que para vender discos recurran con falta de respeto y mucha frivolidad a referencias a Jesucristo y la Virgen.

El segundo mandamiento rechaza tomar el Nombre de Dios en vano como hacen tantas veces cantantes como Madonna o Rosalía. La formulación de este precepto del Decálogo menciona explícitamente poner a Dios por testigo de una falsedad el perjurio, pero implícitamente también comprende otros pecados que atentan al nombre de Dios, como pronunciar este nombre sin respeto, blasfemar contra Dios, o hacer juramentos no necesarios.

Faltas de respeto a Dios y al prójimo

La blasfemia consiste en palabras o acciones que expresan o implican menosprecio por Dios, la Santísima Virgen o las cosas santas. Por su propia materia, que es el menosprecio -e incluso el odio a Dios-, se trata de un pecado grave. Sin embargo, en ocasiones la blasfemia se pronuncia sin plena intención de ofender a Dios, cuando una determinada persona está movida por la ira o por el mal hábito culpablemente contraído, pero contra el que se está luchando; pero, si no se ha retractado de ese mal hábito, no disminuye la culpabilidad, sino que la aumenta.

También rechazamos las palabras irreverentes tan frecuentes en famosillos en entrevistas, películas y galas, además de las imágenes como las ya mencionadas, que mezclan lo sagrado con lo mundano e incluso erótico. Entre nosotros nadie persigue a los blasfemos e irreverentes pero merecen el rechazo personal directo y el social, por falta de respeto a las creencias de los demás. Sin respeto a lo sagrado
no hay respeto a las personas.

 

 

En la familia se cultiva la violencia o la paz

Consuelo Mendoza

El cuidado de lo que el niño o adolescente lleva a la escuela, debe iniciar en el hogar con la supervisión e interés de los padres.

Ante los niveles de violencia que vivimos en México, hemos perdido poco a poco la capacidad de asombro y conmiseración por quienes la sufren, se necesitan hechos tan trágicos como el que se vivió el viernes 10 de enero en el colegio Cervantes de Torreón para tocar las fibras de una sociedad adormecida que busca una respuesta para entender el porqué de un suceso tan escalofriante.

¿Qué explicación se le puede dar a lo inexplicable? Un pequeño de apenas 11 años, introduce dos armas a su colegio, dispara matando a su maestra, hiere a varios compañeros, para después darse un tiro y terminar con su vida. Se especula con varios motivos: situación familiar, falta de vigilancia en casa, videojuegos violentos, bulliyng pero el chico se ha llevado consigo la respuesta.

Tanto el gobernador de Coahuila, como otros políticos y líderes sociales han hecho declaraciones sobre el acontecimiento, manifestando la necesidad de reactivar el operativo de “mochila segura” y pidiendo en concreto a los padres de familia que tengan mayor vigilancia sobre sus hijos.

Paradójicamente, en el año que recién terminó, la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) calificó este operativo como una política criminalizante contra la niñez mexicana y emitió una recomendación para suspender su práctica, al secretario de Educación Esteban Moctezuma Barragán. (El Sol de México, 25 de agosto del 2019).

Ciertamente el cuidado de lo que el niño o adolescente lleva a la escuela, debe iniciar en el hogar con la supervisión e interés de los padres, y “mochila segura” debiera ser implementada en las escuelas siempre con la autorización, intervención y vigilancia de las sociedades de padres de familia en representación de los papás que son los primeros responsables de la educación de sus hijos, condición que pudiera ser poco probable si no se motiva y propicia la participación de los padres en los planteles escolares.

También es una realidad que la violencia se ha permeado en todo México, en todos los ambientes, en todos los estratos sociales, y las escuelas tanto públicas como privadas no son la excepción. Recuerdo cuando siendo presidenta de la UNPF visité a un buen amigo, director de una secundaria pública, y me mostró una tabla de aproximadamente 60 cm de diámetro, que contenía el producto de un día de revisión de mochilas. Fue impactante ver desde una pistola, cuchillos, dagas, navajas, hasta una serie de pequeños instrumentos fabricados para agredir, que yo no conocía.

¿Cómo hemos llegado a esto? El grado de violencia que vivimos en México nos habla de la carencia de valores de nuestra sociedad; intentando contenerla se realizan operativos, reglamentos, se brinda ayuda psicológica a las víctimas; pero nos hemos olvidado de atender a la familia que, como base de la sociedad, es el ámbito donde se cultivan la violencia o la paz, se fomentan y hacen vida los valores y donde se forman los ciudadanos.

Los padres de familia requieren la orientación necesaria para cumplir con su tarea educativa, la solución no es que les revisen la mochila a sus hijos, sino que les enseñen a ellos a ser mejores papás a través de escuelas para padres y además propiciar una mejor comunicación con los maestros e interacción con la escuela de sus hijos. La construcción de la paz es una tarea de todos, y si queremos erradicar la violencia desde la raíz, tendremos que empezar desde la casa y el colegio.

Si no queremos que este hecho se repita, es necesario redoblar esfuerzos y también el compromiso de todos los actores sociales y políticos. Nuestros niños no deben ser víctimas de una sociedad enferma y relativista ni de un gobierno que etiqueta, divide y ofrece dádivas en lugar de oportunidades.

El chico de Torreón logró llamar la atención de todos, para decirnos que estamos fallando, pero su memoria nos exige ser mejores padres, mejores ciudadanos, mejores personas.

 

 

Alimentos preparados con esmero, una receta para la caridad

La buena cocina denota la dedicación y el afecto indispensables para mantener la unión de la familia. Padres e hijos se consideran estimados al notar el cuidado en la preparación de los platos. Las comidas crean un ambiente capaz de influir en las relaciones personales.

La mesa es un fiel espejo del cariño de la esposa y madre

Se tornó común escuchar, incluso en familia, la siguiente exclamación: ¿Cocina? ¡Es cosa del pasado! El tiempo de las mañanas trabajosas junto al fogón, preparando platos rebuscados, es cosa del pasado. La simplificación se impone, los minutos son preciosos”.

Se propagó la idea de que el esmero en la preparación de las comidas, la selección de las recetas, la búsqueda de los ingredientes, y aún más la preparación de los platos, son desvelos inútiles.

Esa opinión es perjudicial para todos: no toma en consideración que la buena cocina denota la dedicación y el afecto indispensables para mantener la unión de la familia. Padres e hijos se consideran estimados al notar el cuidado en la preparación de los platos. Las comidas crean un ambiente capaz de influir en las relaciones personales. San Francisco de Sales decía que las comidas favorecen la condescendencia mutua que los cristianos debemos tener.

* * *

La mesa es un fiel espejo del cariño de la esposa y madre. Uno de mis amigos, Pedro Luis, se casó cerca de los 40 años. Mientras estaba soltero vivía con su madre, y ella le preparaba un almuerzo para llevarlo a la oficina donde trabajaba. Cada día los sándwiches eran diferentes, con bastante mantequilla, para ser consumidos con jugos de frutas frescas. Ella misma hacia los bizcochos o queques para el postre del hijo. Los colegas sentían el olor del buen café que salía del termo. Vaso, taza y cubiertos estaban ajustados en una cajita de cuero, todo envuelto en una gran servilleta de lino blanco, inmaculado, que le servía de mantel.

Ninguno de sus colegas tenía algo semejante. Ellos comían sus sándwiches envueltos en papel común y tomaban café en vasos de plástico, pero veían con delicias a Pedro Luis tomar su rápido almuerzo.

Entre tanto, a partir de cierto día, Pedro Luis comenzó a retirar de una bolsa de plástico sándwiches comprados en un supermercado. Como postre, una tableta de chocolate. Su café pasó a ser el de la máquina de la oficina. Y así pasaron tres, cinco días, con un Pedro Luis silencioso, masticando su vulgar merienda. Allá por el quinto día, uno de sus colegas le preguntó:

– “Pedro, ¿Qué pasó? ¿Te casaste?”

– “No, todavía no”. La madre estaba en el hospital por algunos días, curándose de un reumatismo.

He ahí como una simple comida transmite un mensaje de atención o de falta de afecto. Los colegas de Pedro Luis lo percibieron, y explicitaron una triste realidad actual: frecuentemente ciertas esposas, incluso diligentes, toman con negligencia los cuidados de la mesa.

* * *

Se engañan los que creen que la Iglesia, para evitar la gula, tomó el partido del ayuno y de la abstinencia como regla general para la sociedad. Éstos son justos y necesarios en los tiempos y condiciones propios a él destinados. Sin embargo, la Iglesia desde sus primeros siglos favoreció la elaboración de recetas culinarias como factor de perfeccionamiento de los pueblos.

El cristianismo benefició a todas las artes. Bajo su influencia la arquitectura alcanzó, con el gótico, esplendores nunca vistos por el mundo antiguo. La pintura con el Beato Angélico y la música con el canto gregoriano, llegaron a las más altas expresiones de lo sublime. Así también ocurrió con el arte culinario, que tuvo su gran desarrollo en los monasterios y abadías.

Los benedictinos de la abadía de Cluny, en Borgoña, tomaron como un deber el crear recetas para la preparación de pescados, huevos y verduras. (Ellos se abstenían de la carne). Cada día era servido un menú diferente en el gran refectorio de los monjes, lo que les obligó a reflexionar sobre los sabores y posibilidades alimenticias, saliendo así del primitivismo en que se encontraba la culinaria pagana. De Cluny datan los primeros libros de recetas, destinados a la educación de los pueblos todavía impregnados de barbarie.

Al penetrar los secretos gustativos de la Creación, los monjes sabían que sus buenos platos, al agradar al cuerpo, suscitarían virtudes del alma. Tenían en vista los deleites del maná, dado milagrosamente a los judíos en el desierto, cuando se dirigían a la Tierra Prometida. Especulaban sobre la excelencia del vino ofrecido por Nuestro Señor Jesucristo en las bodas de Caná: ¿No manifestaba Dios así el deseo de que los hombres también buscasen refinados sabores? ¿No generarían así en las almas movimientos virtuosos, análogos a las sensaciones gustativas del paladar?

“Dios estableció misteriosas y admirables relaciones entre ciertas formas, colores, sonidos, perfumes, sabores y ciertos estados de espíritu. Las artes pueden influenciar de modo intenso las mentalidades”. Este pensamiento de Plinio Corrêa de Oliveira, en Revolución y Contra-Revolución, fue por él repetido y desarrollado en innumerables conferencias y en la intimidad para sus amigos.

San Gregorio VII

San Gregorio VII, uno de los mayores Pontífices de la Iglesia católica

En la Edad Media –época católica por excelencia– existía en las abadías la costumbre de los grandes banquetes. Soberanos y monjes (estos en gran parte procedían de la nobleza) repartían así dones de Dios elaborados por el buen gusto. La sacralización de los ritos de los almuerzos llevaba a la unión espiritual, apaciguando los ánimos y disminuyendo las querellas. Los monjes elaboraban delicias por un deber de caridad, y junto con ellas una etiqueta, y con la etiqueta la elevación de las costumbres. La conversación y la cortesía se perfeccionaban. Se formaban en esa convivencia los ritos de la sociedad civil, que hicieron de Europa un modelo de civilización. ¿No es esa la más alta finalidad del acto de comer?

Los grandes abades de Cluny – San Odón, San Odilón, San Mayeul – tuvieron grandes cocineros. Santo Tomás de Aquino era apreciador de buenos platos y los consumía con entusiasmo. San Gregorio VII apreciaba las recetas preparadas con esmero. San Pío V tenía un cocinero de renombre, Bartolomeo Scappi, que dejó recetas culinarias en un conceptuado libro.

Casi todas las herejías bajo pretexto de oponerse a la gula y promover la austeridad, combatieron la calidad de los platos “a los cuales la Iglesia dio un alma”. Lutero, a pesar de ser un notorio glotón, fue de los que más demolió esta tradición.

En su excelente obra Gastronomie française, Jean-Robert Pitte muestra como “la tendencia sensual de Lutero no impidió a la Reforma Protestante – y más aún a la calvinista – de optar por la austeridad. Para comprenderlo, es necesario relacionar la actitud moral de los protestantes con la negación del Sacramento de la Confesión, que los obliga a vivir en sobresalto, manteniendo sus adeptos en constante inquietud”. Esta afirmación puede parecer sorprendente, pero es verosímil, pues la inquietud causada por el rechazo del Sacramento de la Confesión y la consecuente falta de certeza sobre el perdón, lleva al protestante a buscar una falsa austeridad, renunciando a un placer no sólo lícito, sino necesario para la elevación espiritual, como es la buena mesa.

En la película “Le diner de Babette” (La cena de Babette), premiado en Cannes en 1987, se encuentra un ejemplo simbólico de los males causados por el protestantismo a la culinaria cristiana, y en consecuencia a la convivencia social.

Hamburgues

La proliferación de MacDonald’s y en el fast food.

La evolución de esa actitud pesimista de los protestantes desembocó en nuestros días en la comida enlatada o en polvo, en la proliferación de MacDonald’s y en el fast food. La preparación de los platos deja de tener en vista a las almas y la convivencia humana, tornándose alimentación en masa. Se abandona el horno y el fogón, y se adopta la “línea de montaje alimenticia”, en la que las personas van en fila rellenando su bandeja, a la moda de las grandes fábricas. Es un tipo de alimentación que representa el triunfo de la materia sobre el espíritu.

* * *

Se cuenta que un francés, aficionado a la mesa, preguntó a un amigo si deseaba comer algo. Este le respondió: “No, no tengo hambre”. A lo que el francés replicó: “¿Pero Usted sólo come cuando tiene hambre?”

La concepción de muchos franceses, según la cual el buen plato alimenta sobre todo la convivencia de las almas, tiene mucho de verdadero. Con el fast food las formas de respeto por la dignidad del prójimo tienden a desaparecer.

A pesar de que parezca paradójico, aquellos que, sin necesidad, prefieren este tipo de comidas pueden cometer el pecado atribuido a los glotones, que al comer piensan apenas en satisfacer las apetencias del cuerpo. Con el fast food, se comete el pecado de los glotones sin haber comido.

Cierta vez una familia conocida mía, recibía a un viejo y querido amigo, venido de lejos, y a quien hacía mucho tiempo no veía. Ese amigo tenía una especial preferencia por tomar pato con almejas, y con este plato la familia lo aguardó. Momentos antes del almuerzo, alguien tuvo un sobresalto: “Estamos en Cuaresma, tiempo de abstinencia!”. Inquieto, sin otra comida para ofrecer dignamente al amigo, el jefe de familia consultó a un Canónigo de la Catedral. Constatado el olvido, y teniendo en vista las circunstancias, respondió el viejo sacerdote con toda seguridad: “Sirvan el pato. La caridad pasa delante del sacrificio en este caso. La penitencia debe ser hecha por cada uno, pero no impuesta a otros”.

La buena cocina y la mesa dignamente servida son preceptos de caridad cristiana.

Autor: Nelson Fragelli

 

El valor de la humildad

Lucía Legorreta​​

La humildad está relacionada con la aceptación de nuestros defectos, debilidades y limitaciones.

Tristemente encontramos a nuestro alrededor muchas personas soberbias, prepotentes, sabios por naturaleza, que fingen o pretenden ser mejores que los demás.

La gran mayoría estamos convencidos de que nuestra forma de ver la vida es la forma de ver la vida. Y que quienes ven las cosas diferentes a nosotros están equivocados.

Tenemos la tendencia a rodearnos de personas que piensan exactamente como nosotros, considerando que son las únicas listas y sensatas. Nos cuesta aceptar acciones, ideas, creencias y pensamientos diferentes a las nuestras.

Y aquí es donde entramos al tema de hoy: el valor de la humildad. Su contraparte: la soberbia que nos lleva a sentirnos superiores cada vez que nos comparamos con alguien, poniendo de manifiesto nuestro complejo de inferioridad.

De ahí surge la prepotencia, con la que la persona trata de demostrar que siempre tiene la razón. Emplea la vanidad, haciendo ostentación de sus méritos, virtudes y logros.

El gran generador de conflictos con otras personas es el orgullo, del cual me gustó esta afirmación de Irene Orce:
“El orgullo es un albañil especializado en la construcción de murallas que cuanto más nos protegen, más a la defensiva nos hacen vivir”.

Etimológicamente esta cualidad viene de humus, que significa tierra fértil. Es lo que nos permite adoptar una actitud abierta, flexible y receptiva para poder aprender aquello que todavía no sabemos.

La humildad está relacionada con la aceptación de nuestros defectos, debilidades y limitaciones.

Nos predispone a cuestionar aquello que hasta ahora habíamos dado por cierto. En el caso de que además seamos vanidosos o prepotentes, nos inspira simplemente a mantener la boca cerrada. Y sólo hablar de nuestros éxitos en caso de que nos pregunten. Es cierto que nuestras cualidades forman parte de nosotros, pero no son nuestras.

La paradoja de la humildad es que cuando se manifiesta, se corrompe o desaparece. La frase de en mi humilde opinión, no es más que nuestro orgullo disfrazado.

La verdadera práctica de esta virtud no se predica, se practica. En caso de existir, son los demás quienes la ven, nunca uno mismo.

Ser sencillo es el resultado de conocer nuestra verdadera esencia, más allá de nuestro ego. Y es que sólo cuando reflexionamos con profundidad, sabemos que no somos lo que pensamos, decimos o hacemos. Ni tampoco lo que tenemos o conseguimos.

Esta es la razón por las que las personas humildes, en tanto que sabios, pasan desapercibidas. A lo largo de mi vida, he constatado que las personas más inteligentes y cultas, son las más sencillas.

En la medida que cultivamos la modestia, nos es cada vez más fácil aprender las equivocaciones que cometemos, comprendiendo que los errores son necesarios para seguir creciendo y evolucionando.

De pronto ya no sentimos la necesidad de discutir, imponer nuestra opinión o tener la razón. Gracias a esta cualidad cada vez gozamos de mayor predisposición para escuchar nuevos puntos de vista, incluso cuando se oponen a nuestras creencias.

Y cuanto más indagamos, mayor es el reconocimiento de nuestra ignorancia, viendo claramente el camino hacia la sabiduría. Como bien lo dijo Sócrates: “Yo solo sé que no se nada”.

Comparto contigo algunos consejos para lograr vivir la humildad:

- Reconoce tu valor como persona.
- Sirve a los demás sin esperar recompensas ni halagos.
- Da las gracias al recibir ayuda de los demás.
- Dales mucha importancia a las amistades cercanas.
- Evita la presunción tanto de las cosas materiales, como de tus cualidades.
- Evita hablar de ti mismo.
- Alégrate de los éxitos de los demás.
- Aprecia las cualidades de todas las personas por más desagradables que nos parezcan.
- Reconoce tus fallas ante los demás.

Recuerda, la soberbia es sentirte superior a los demás, mientras que la humildad es olvidarte de ti mismo para darte a los demás.

 

 

Ataques a la familia

Ana Teresa López de Llergo

Los ataques a la familia se pueden estructurar, para efectos de su estudio, en dos grandes rubros: los derivados de las personas y los provenientes de los grupos sociales.

Los de las personas son ocasionados por las debilidades y los defectos. Nadie es perfecto, pero puede claudicar y cerrarse a la mejora, o puede voluntariamente dejar crecer los defectos hasta practicar los vicios cínicamente, sin tomar en cuenta su influencia negativa en los demás.

Los ataques de los grupos sociales se deben a la poca importancia que se da al cuidado de los miembros de la respectiva familia y priorizar las relaciones con personas con quien establecer negocios u otro tipo de vínculos. Otras causas pueden deberse a cuando las sociedades intermedias minimizan la importancia de la familia y tratan de sustituirla o destruirla en casos de grave malicia.

Los defectos personales no afectan tanto a los demás cuando son testigos del empeño personal por desterrarlos. Pero sí afectan cuando alguien claudica e incluso se deteriora más y tiene una actitud donde obliga a que le acepten tal cual es. Si los defectos producen violencia las circunstancias se agravan y casi siempre destruyen esa familia.

La malicia personal obliga a los demás a tomar medidas drásticas para evitar malos ejemplos o incluso para salvar la integridad de los miembros de la familia. En otros casos se desvirtúa la esencia de la familia porque se unen en la maldad, como sucede con familias donde sus miembros se dedican a negocios ilícitos.

La ignorancia de los miembros de una familia puede ser muy peligrosa porque se dejan embaucar por teorías destructivas como son el feminismo, las propuestas antivida o las que desdibujan la identidad personal como la ideología de género. Ante la ignorancia, en vez de ayudar a salir de ella, muchas veces el estado busca suplir a los padres y asume la educación de los hijos con el peligro que les adoctrinen para tener súbditos incondicionales e inermes.

Los ataques a la familia desde los grupos sociales son muy variados, como variados son esos grupos. Uno de los problemas más generalizado es el del poco tiempo que los padres dedican a los hijos o se dedican entre ellos. Cada vez es más frecuente que ambos trabajen, pero la carga es tan grande y tan urgente conservar el trabajo, que queda poco tiempo para convivir en casa. Así los hijos crecen como extraños, y el padre y la madre acaban alejándose. En estas circunstancias cualquier dificultad fácilmente provoca la ruptura. Por lo tanto, es apremiante que las empresas o cualquier institución laboral afronte el problema para resolverlo. Aunque no podemos ignorar la existencia de instituciones socialmente responsables que ya ponen medidas al respecto.

La ideología de género, promovida por instituciones poderosas internacionales o por los mismos gobiernos, al difundir el error de desconocer la parte biológica del ser humano e imponen la construcción social, ignoran las diferencias entre hombres y mujeres, y descartan lo natural. Los efectos son graves porque las personas no saben quiénes son ni cuál es su identidad. Se evita hablar de sexo y lo sustituyen por género.

A quienes sufren una disforia de género o cualquier problema relacionado con su identidad sexual, lógicamente no se les atiende adecuadamente. Cuando se diluyen las diferencias que existen entre hombres y mujeres, perdiéndose las riquezas de cada uno y su mutua complementariedad, surge la idea de hablar de “familias” con dos padres o dos madres. Así también se obscurece la naturaleza de la familia.

El feminismo queriendo defender a la mujer acaba desvalorizándola, haciendo creer que tiene que ser lo más parecida posible a un hombre. Con esto se da también un rechazo a la maternidad y todo lo que ella implica. Además, hay una camuflada incongruencia, se promueve una visión negativa del hombre presentándolo como un ser abusivo, violento, opresor de la mujer, y ¿se busca que ellas sean como ellos?

Se favorece una vivencia irresponsable de la sexualidad incluso en niños y adolescentes, que son inclinados a una iniciación sexual precoz, como un simple juego, entonces se dan conductas sexuales anormales que, más adelante, en la relación conyugal acarrearán serios problemas, o próximamente los embarazos de adolescentes, o muchas veces el alquiler de vientres donde las personas desconocerán su herencia.

Con todas estas tendencias, no es fácil encontrar políticas públicas a favor de la familia. Las personas se vuelven más vulnerables y manipulables, inermes ante el divorcio y a todo tipo de opciones sexuales.

Un capítulo sumamente importante es el de la influencia de los medios. Se han de abrir a la responsabilidad de informar o de entretener adecuadamente. La tragedia del colegio Cervantes de Torreón es un claro ejemplo de lo que los juegos violentos sugieren a los niños y adolescentes, y les inducen a vivir fuera de la realidad provocando desgracias irreparables.

¿Hay esperanza de un cambio? Siempre la hay, lo muestra el siguiente enlace de un documental de un minuto con el que un joven iraní de 20 años ganó un premio.

 

 

La Importancia de la Familia y de su Función en la Sociedad

Jesús Rosales Valladares

Cuando se afirma que la familia es la célula básica de la sociedad, se está reconociendo que su naturaleza, funciones y aportes, son fundamentales para el desarrollo económico y social de las naciones.

En efecto, una amplia mayoría de los antropólogos coinciden en que el ser humano casi siempre ha tendido a agruparse bajo formas familiares muy similares, procurando un sentido de pertenencia, seguridad, estabilidad y trascendencia. Independientemente del contexto geográfico, cultural e histórico, el ser humano ha escogido alguna modalidad familiar para procrear y cumplir con las funciones naturales y fundamentales de cuido, crianza y formación de los hijos.

Reconociendo ese papel fundamental de la familia, las Naciones Unidas acordó en 1993, que cada 15 de mayo se celebre el Día Internacional de la Familia, con el propósito de invitar a los Estados miembros a promover el estudio, la reflexión, la protección y el fortalecimiento de la familia en sus respectivos países.

 

Las familias son fundamentales para el desarrollo integral de la sociedad. Familias fuertes, saludables y sostenibles, derivan en sociedades fuertes, saludables y sostenibles (Ignasi de Bofarull, Instituto de Estudios Superiores de la Familia, Universidad Internacional de Cataluña). Por el contrario, un debilitamiento de las estructuras y dinámicas familiares impacta  desfavorablemente en la sociedad, al provocar  problemáticas que afectan los indicadores de bienestar en  los miembros de los hogares, especialmente de los menores de edad. Cuando los indicadores de bienestar se deterioran a nivel familiar -produciendo desatenciones en el cuidado de los niños, abandono escolar, aumento de adicciones, violencia intrafamiliar, entre otros- el Estado debe responder con programas y proyectos que mitiguen las diversas problemáticas, las cuales  pudieron evitarse o reducirse con una atención y protección oportunas a las familias especialmente vulnerables (Fernando Pliego, Universidad Nacional Autónoma de México).

El mundo de hoy enfrenta desafíos importantes. Las familias han reducido su tamaño, han cambiado sus conformaciones, y sus dinámicas se han vuelto mucho más complejas. Las tasas de natalidad se han reducido significativamente en muchos países, incluso llegando a niveles por debajo de la tasa de reemplazo generacional (2.1 hijos por mujer), la población adulta mayor ha crecido, pero las generaciones jóvenes y las personas en edad productiva  tienden, en los próximos años, a disminuir. Por su parte, los hogares monoparentales -principalmente jefeados por mujeres- han aumentado, elevando igualmente los problemas de pobreza asociados con esta realidad.

 

Desde la Comisión Económica y Social de las Naciones Unidas, desde la Unión Europea, y desde diversos foros internacionales de América Latina, cada vez más se plantea la necesidad de promover políticas familiares, con el objetivo de responder a las necesidades y desafíos que presentan las familias modernas. 

Se ha entendido que el tema de la familia no solo pertenece al ámbito de lo privado. Más bien, en los países occidentales es cada vez más frecuente encontrar posiciones que favorecen el hecho de que, el tema de familia, es también de interés y dominio del mundo público (sociedad, Estado, partidos políticos). El Estado interviene a través de políticas familiares, con el propósito de fortalecer a las familias, facilitar el cumplimiento de sus funciones naturales y sociales y contribuir al bienestar de sus miembros y el bien común de la sociedad. Pero las políticas familiares deben ser siempre coherentes y respetuosas para con la libertad de las familias (Carolina Montoro, Universidad de Navarra, y  Guillermo Barrios, Universidad Rey Juan Carlos de Madrid).

Una política pública con perspectiva familiar, refiere al conjunto de medidas o instrumentos de la política pública social que, de una manera articulada, global, trasversal e integral, están encaminadas a reconocer, apoyar, proteger y promocionar a la familia y las tareas insustituibles que lleva a cabo (Patricia Anaya, Universidad Nacional Autónoma de México).

En la actualidad, y a partir del trabajo que se ha realizado en diversos foros y encuentros internacionales, por parte de estudiosos de la realidad familiar y las políticas públicas de diversos países, desde las Naciones Unidas se ha recomendado trabajar en los países sobre los siguientes temas: Familia y combate a la pobreza, Conciliación de la vida familiar y la vida laboral, y Diálogo y encuentro intergeneracional. 

De igual forma se ha establecido la importancia de apoyar a las familias más vulnerables como lo son: las familias monoparentales, las que están a cargo alguna persona con discapacidad, las familias numerosas y las familias de migrantes.

Especial relevancia en políticas familiares deben  tener los temas de cuidado y desarrollo integral de la niñez, la nueva paternidad y la corresponsabilidad familiar, el apoyo a la maternidad y desarrollo infantil, inclusión y participación activa de los adultos mayores, reconocimiento y apoyo a las familias y promoción de las condiciones familiares que inciden más favorablemente en el bienestar de sus miembros y el bien común de la sociedad.

 

 

Represión y periodistas

De vez en cuando saltan a la opinión pública mundial casos excepcionales, como Liu Xiaobo, el premio Nobel de la paz chino muerto en 2017, o el juez turco Murat Arslan, premio Vaclav Havel 2017 de la Asamblea parlamentaria del Consejo de Europa. Ese triste fenómeno sucede también en otros países, como Arabia Saudita, donde sigue bajo sospecha el asesinato del periodista Jamal Khashoggi, colaborador de The Washington Post, que murió el año pasado en el consulado de Arabia en Estambul. Había sido nombrado “persona del año” por el semanario Time, junto con tantos colegas en peligro. En cambio, la muerte violenta en octubre de 2017 de la periodista Daphne Caruana Galizia, que investigaba sobre la corrupción en Malta, desató una grave crisis política, en vías de solución tras la reciente dimisión del primer ministro de ese pequeño Estado miembro de la Unión Europea.

La ONG para la libertad de prensa (CPJ), con sede en Nueva York, informó el 11 de diciembre sobre 48 periodistas encarcelados en China, uno más que en 2018. Muchos de estos reporteros son acusados de ser “enemigos del Estado” o de haber emitido “noticias falsas”. Como es natural, la diplomacia china insiste en que su país es un estado de derecho, gobernado por la ley, sin acepción de personas…, aunque sean periodistas.

En Turquía, 47 personas ligadas a la información están encarceladas, según CPJ. Ciertamente, son veinte menos que el año anterior, pero en ese tiempo se han cerrado más de cien medios de comunicación, con la consiguiente pérdida de empleos y la intimidación de los que siguen en su puesto de trabajo: decenas de periodistas están a la espera de juicio o de una apelación, mientras que otros han sido condenados en rebeldía y amenazados con ser detenidos si regresan a su país.

Enric Barrull Casals

 

 

Muchos periodistas perseguidos

Al terminar el año, suelen abundar los balances personales y colectivos de todo tipo. Entre otros, caben destacar los relativos a la violencia, justamente porque el nuevo año ha comenzado con una jornada dedicada a la paz. Se ha publicado el clásico mensaje papal, que esta vez tiene cierta carga ecológica. En cualquier caso, no deja de ser paradójico que el pacifismo sea uno de los valores más destacados en los sondeos de opinión, cuando no cesan los conflictos, algunos interminables, como el de Siria.

Muchas personas mueren por sus ideas. No voy a hablar de la persecución a los cristianos en tantos países, especialmente en repúblicas islamistas o totalitarias. La cristianofobia se cobra vidas de creyentes, además de atentar al fundamental derecho humano a la libertad religiosa. Así, la prensa internacional informa casi a diario de asesinatos de sacerdotes y personas consagradas.

Pero también se atenta contra otra libertad básica, la de expresión, con la violencia ejercida sobre los profesionales del periodismo. Dos países siguen llevando la palma de la represión, China y Turquía, aunque no es fácil tener datos firmes del continente amarillo, como en tantos otros temas: pero parece claro que es el país que procesa a más periodistas, así como a “blogueros” no profesionales, que tratan de actuar con una libertad que no agrada a Pekín. Por su parte, Ankara continúa utilizando profusamente la acusación de terrorismo, para condenar o barrer cualquier crítica al régimen autoritario de Erdogan.

Jesús Martínez Madrid

 

 

Un gesto de transparencia y colaboración

El Papa Francisco, hace aproximadamente un mes, ha abolido el secreto pontificio en casos de violencia sexual y abuso de menores cometidos por sacerdotes y ha cambiado también la ley para incluir entre los delitos más graves la posesión y difusión de imágenes pornográficas que involucren a menores de hasta 18 años de edad. En dos documentos históricos, frutos de la cumbre del pasado mes de febrero, el Papa especifica que la información se tratará de manera que se garantice la seguridad y confidencialidad establecidas por el Derecho Canónico, para proteger así la buena reputación y la privacidad de las personas implicadas, pero que esto no debe ser obstáculo para el cumplimiento de las obligaciones establecidas en cada lugar por la legislación estatal. Además establece que no pueda imponerse vínculo de silencio alguno a las personas que realizan las denuncias, los testigos y las víctimas directas de los abusos. Esto no quiere decir que a partir de ahora se vayan a hacer públicos documentos privados. Se trata de facilitar la colaboración con el Estado y con otros organismos que tengan derecho a acceder a dicha documentación.

Jesús Domingo Martínez

 

 

Ministros, ministros, ministros… “y lo que arrastran” 

 

                                Sigue siendo cierto el dicho de la sabiduría popular… “Mientras más gatos más ratones”. Este mundo se ha “burrocratizado” (de Burrocracia) tanto, que los presupuestos para tan enormes cargas, se comen todo lo que producen, “los que de verdad producen bienes tangibles y revertibles, en las sociedades que de verdad progresan”; el resto, ya lo dice la sabiduría popular con el dicho arriba reflejado. Lo que antecede lo reflejo con la desazón y tristeza de lo que ocurre en mi España, desde hace más de cuarenta años, que marcan, “la nueva época de progreso, que dicen los políticos”; aunque “la enfermedad del enchufismo al dinero público, es muy vieja en este viejo país”, donde todo el que puede… “tiró y tira con pólvora del rey”, que es otro dicho y viejo, decir popular, sobre cómo se malgastan o tiran los bienes públicos.

                                Y el último derroche absurdo y costosísimo, son, “las dos docenas de ministros, con que ya se compone el equipo (“o ya tropa”) ministerial, gracias al mercenario “premier”, que por las artes de “la sucia política actual”, tenemos aquí.

                                Un nuevo ministro, necesita en primer lugar, un nuevo “ministerio”; palacio, o casa enorme en España, la que hay que preparar para tan “alto empleado público”; luego y desde la lujosa cartera que les dan, hasta la tarjeta de visita, pasando por el lujoso mobiliario, coche blindado con chófer o “chóferes”, mecánicos y garajes, hasta llegar al ujier u ordenanza “para los recados”, hay “muchos otros etcéteras y todos cuestan mucho dinero”. Luego el ministro, necesita, “no sé cuántos secretarios”; estos otros muchos más “secretarios”; directores generales, coches oficiales en abundancia (cosa que en España es de escándalo) y estos en conjunto, “un regimiento de subalternos, que con “la manga ancha que aquí hay”; y con aquello de, “designación de por libre o por libre designación”; podemos imaginar, “la nueva nube de empleos que arrastra un ministerio cualquiera en esta tan rica España”; pero aquí no acaba todo.

                                Luego y por cada nuevo ministerio, hay que designar una delegación por cada una de las cincuenta provincias españolas, más las “dos plazas de soberanía (Ceuta y Melilla); lo que “arrastrará vete a saber cuántas nuevas huestes de empleados públicos, más todo el enorme gasto del montaje de los “nuevos aparatos”.

                                Tras ello vendrán las diecinueve autonomías en que se dividió el país; (17 más las dos ciudades norteafricanas) y donde, debido a la voracidad por colocar adictos, nepotes y demás “elementos”; crearán primero “un Consejero o nuevo ministro autonómico para entenderse con el nuevo ministerio; y tras esta nueva figura, todo cuanto arrastre de instalaciones, personal y demás elementos “ministeriales”.

                                Y finalmente, dentro de estas nuevas “nubes, borrascas, o tifones administrativos”; ¿Cuántos de los que allí han entrado, son “técnicos o entendidos en los nuevos cometidos a los que han puesto nombre y cuánto tiempo necesitan para ser de verdad operativos y útiles a la sociedad que desde el primer día les tendrá que pagar?

De temer o casi seguro, que suponiendo que el gobierno aguante los cuatro años a que tiene derecho, si lo deja “la menestra revulsiva de la oposición con que cargan”; se termina el largo período y la mayoría, “ni saben para qué están dónde los pusieron”; pero eso sí, cobrar han cobrado todos. O sea, todo un nuevo desastre a los que ya hay.

                                Reflejo algunas reflexiones ante la seguridad que servirán para que todo siga igual o peor, como demuestra lo que llevamos ya “sobre las espaldas”.

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DE LA FILOSOFÍA ORIENTAL: LAO TSE: de su libro TAO TE KING: En todo Estado, cuanto más estricta es la organización, más débil es la capacidad creadora de sus habitantes.

            Una vez cumplida la obra, retírate, tal es la ley del cielo.

            Producir y hacer crecer, producir sin apropiarse, actuar sin esperar, guiar sin constreñir, es la virtud suprema. (De esto los políticos no tienen ni idea) AGF

 

El 2 de febrero de 1905 nació en San Petersburgo la filósofa y escritora Alissa Zinovievna Rosenbaum, más conocida en el mundo de las letras bajo el seudónimo de Ayn Rand, y falleció en marzo de 1982 en New York (huyó muy pronto del comunismo soviético). Nunca fueron más oportunas las palabras de la autora de esa magnífica novela que es Atlas Shrugged, traducida al español como La rebelión de Atlas, una suerte de anticipo de lo que nos está pasando a los españoles, y en mayor o menor medida a todo el mundo: "Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican, no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un auto-sacrificio, entonces podrá afirmar sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada." Ayn Rand (1950)

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes