Las Noticias de hoy 13 Julio 2020

Enviado por adminideas el Lun, 13/07/2020 - 12:36

 

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 13 de julio de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Ángelus: “Depende de nosotros cómo acoger la Palabra de Dios”

Ángelus: El Papa Francisco dice su “dolor” al pensar en Santa Sofía

Día del Mar: Mensaje del cardenal Peter K.A. Turkson a los marineros

LOS PADRES Y LA VOCACIÓN DE LOS HIJOS: Francisco Fernandez Carbajal

“La castidad es una virtud”: San Josemaria

Conocerle y conocerte (III): En compañía de los santos: Carlo de Marchi

Trabajo y descanso: F. J. López Díaz.  C. Ruiz Montoya

Cómo aprovechar las vacaciones: Álvaro del Portillo

La dignidad del matrimonio: Juan José Corazón 

La ausencia de Dios genera soledad en los jóvenes: Acción Familia

¡QUE TE CONOZCAN  DIOS!: Magui del Mar

Las frases de mi silencio: Blanca Sevilla

¿Silencio de Dios, o silenciar a Dios?: Ernesto Juliá

El virus y las cosas pequeñas: Alberto Delgado 

La pornografía como adicción: Lucía Legorreta

Libertad, igualdad y fraternidad en familia: Ana Teresa López de Llergo

Todo embrión humano merece nuestro respeto: Jesús Martínez Madrid

Ha superado todos esos obstáculos: Jaume Catalán Díaz

Datos para rezar: Jesús D Mez Madrid

Mantener empleos: Jesús Domingo Martínez

Y más pruebas de que no saben gobernar: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

ALTA EN EL BOLETIN: boletin-help@ideasclaras.org

BAJA BOLETÍN: boletin-unsubscribe@ideasclaras.org

 

ROME REPORTS

 

 

Ángelus: “Depende de nosotros cómo acoger la Palabra de Dios”

Palabras antes del Ángelus

(zenit – 12 julio 2020).- A las 12 del mediodía de este domingo, 12 de julio de 2020, el Papa Francisco se ha asomado a la ventana del estudio del Palacio Apostólico vaticano para recitar el Ángelus con los fieles y peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro.

El Papa nos habla de las distintas maneras de recibir la Palabra de Dios, según la tierra donde caiga la semilla”. Recordó que” la parábola del sembrador es un poco la “madre” de todas las parábolas, porque habla de la escucha de la Palabra”, invitando a “escuchar la Palabra de Dios y a leerla aconsejando llevar con vosotros un pequeño Evangelio… Y así, leed cada día un fragmento, para que estéis acostumbrados a leer la Palabra de Dios, y entender bien cuál es la semilla que Dios te ofrece, y pensar con qué tierra la recibo”.

A continuación sigue la traducción de las palabras del Papa al introducir el Ángelus ofrecida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

***

Palabras del Papa

Queridos hermanos y hermanas,

¡buenos días! En el Evangelio de este domingo (cfr Mt 13,1-23) Jesús cuenta a una gran multitud la parábola del sembrador, que todos conocemos muy bien, que lanza la semilla en cuatro tipos diferentes de terreno. La Palabra de Dios, representada por las semillas, no es una Palabra abstracta, sino que es Cristo mismo, el Verbo del Padre que se ha encarnado en el vientre de María. Por lo tanto, acoger la Palabra de Dios quiere decir acoger la persona de Cristo, el mismo Cristo.

Hay distintas maneras de recibir la Palabra de Dios. Podemos hacerlo como un camino, donde en seguida vienen los pájaros y se comen las semillas. Es la distracción, un gran peligro de nuestro tiempo. Acosados por tantos chismorreos, por tantas ideologías, por las continuas posibilidades de distraerse dentro y fuera de casa, se puede perder el gusto del silencio, del recogimiento, del diálogo con el Señor, tanto como para arriesgar perder la fe, estamos distraidos de todo por las cosas mundanas.

O podemos acoger la Palabra de Dios como un pedregal, con poca tierra. Allí la semilla brota en seguida, pero también se seca pronto, porque no consigue echar raíces en profundidad. Es la imagen del entusiasmo momentáneo pero que permanece superficial, no asimila la Palabra de Dios. Y así, ante la primera dificultad, un sufrimiento, una turbación de la vida, esa fe todavía débil se disuelve, como se seca la semilla que cae en medio de las piedras.

Podemos, también, acoger la Palabra de Dios como un terreno donde crecen arbustos espinosos. Y las espinas son el engaño de la riqueza, del éxito, de las preocupaciones mundanas… Ahí la Palabra se ahoga y no trae fruto.

Finalmente, podemos acogerla como el terreno bueno. Aquí, y solamente aquí la semilla arraiga y da fruto. La semilla que cae en este terreno fértil representa a aquellos que escuchan la Palabra, la acogen, la guardan en el corazón y la ponen en práctica en la vida de cada día.

La parábola del sembrador es un poco la “madre” de todas las parábolas, porque habla de la escucha de la Palabra. Nos recuerda que la Palabra de Dios es una semilla que en sí misma es fecunda y eficaz; y Dios la esparce por todos lados con generosidad, sin importar el desperdicio. ¡Así es el corazón de Dios! Cada uno de nosotros es un terreno sobre el que cae la semilla de la Palabra, ¡sin excluir a nadie! La Palabra es dada a cada uno de nosotros. Podemos preguntarnos: yo, ¿qué tipo de terreno soy? ¿Me parezco al camino, al pedregal, al arbusto? Pero, si queremos, podemos convertirnos en terreno bueno, labrado y cultivado con cuidado, para hacer madurar la semilla de la Palabra. Está ya presente en nuestro corazón, pero hacerla fructificar depende de nosotros, depende de la acogida que reservamos a esta semilla. A menudo estamos distraídos por demasiados intereses, por demasiados reclamos, y es difícil distinguir, entre tantas voces y tantas palabras, la del Señor, la única que hace libre. Por esto es importante acostumbrarse a escuchar la Palabra de Dios, a leerla. Y vuelvo, una vez más, a ese consejo: llevad siempre con vosotros un pequeño Evangelio, una edición de bolsillo del Evangelio, en el bolsillo, en el bolso… Y así, leed cada día un fragmento, para que estéis acostumbrados a leer la Palabra de Dios, y entender bien cuál es la semilla que Dios te ofrece, y pensar con qué tierra la recibo.

La Virgen María, modelo perfecto de tierra buena y fértil, nos ayude, con su oración, a convertirnos en terreno disponible sin espinas ni piedras, para que podamos llevar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos.

 

 

Ángelus: El Papa Francisco dice su “dolor” al pensar en Santa Sofía

La basílica cristiana que se ha convertido en museo podría servir de mezquita

(zenit – 12 julio 2020).- El Papa Francisco dice su “dolor” al pensar en Santa Sofía y Estambul (Turquía), después del Ángelus de este domingo, 12 de julio de 2020, en la Plaza de San Pedro.

El Papa agregó espontáneamente algunas palabras al texto planeado, después de la oración del Ángelus, desde la ventana del estudio del Vaticano que da a la Plaza de San Pedro. “Sono molto addolorato”, dijo el Papa Francisco, en su estilo simple y efectivo: que se puede traducir por: “Estoy muy dolido”.

Acababa de mencionar el Día Internacional del Mar y agregó: “Y el mar me lleva un poco lejos en mis pensamientos: a Estambul. Pienso en Santa Sofía y estoy muy dolido”.

La gran basílica cristiana de Constantinopla dedicada a Cristo “Sabiduría de Dios” fue construida en el siglo IV y luego reconstruida en el siglo VI. Sirvió como una mezquita del siglo XV, bajo Mehmet II, después de la toma de Constantinopla por los otomanos.

A partir de 1934, sirvió como museo, en un espíritu de diálogo, secularismo y universalismo: Mustafa Kemal Atatürk quería “ofrecerlo a la humanidad”, hizo desmontar los grandes paneles circulares con el nombre de ‘Alá, Mahoma y los califas: ya no se usaba para el culto musulmán.

Hace dos días, el 10 de julio, un decreto del Consejo de Estado turco decidió reasignarlo al culto musulmán, a partir del viernes 24 de julio.

La decisión anunciada como probable había provocado muchas protestas de antemano, en nombre del diálogo y la tolerancia, en particular la de los patriarcas de Constantinopla, Bartolomé I, y de Moscú, Cirilo, transmitidos por los medios de comunicación del Vaticano, UNESCO y Francia.

El Papa Francisco visitó la iglesia de Santa Sofía el 29 de noviembre de 2014. El Papa se detuvo particularmente bajo el mosaico de la Virgen en majestad.

Al final de esta visita a la basílica bizantina, el Papa escribió en el libro de visitas, en griego y latín: “Αγία Σοφία του Θεού” y “Quam dilecta tabernacula tua Domine”. Salmo 83 , es decir, en griego “Santa Sabiduría de Dios” y en latín: “Cuán adorables son tus moradas, Señor”. Salmo 83

 

 

Día del Mar: Mensaje del cardenal Peter K.A. Turkson a los marineros

Segundo domingo de julio

(zenit – 12 julio 2020).- Este domingo se celebra el Día del Mar, como es tradición, el segundo domingo de julio, cerca de la fiesta de la Virgen del Carmen (16 de julio), patrona de los marineros, para recordar y rezar, de una manera especial, por la gente de mar que trabaja lejos de su país, de sus seres queridos y de la Iglesia local.

Por este motivo, el cardenal Peter K.A. Turkson, prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, ha escrito un mensaje a los marineros y trabajadores del mar, quienes conscientes de la difícil situación generada por la propagación del COVID-19 han decidido posponer la celebración a una fecha posterior. 

Este año, la celebración del Domingo del Mar debería “haber sido un acontecimiento gozoso”, por la celebración del centenario prevista para el mes de octubre en Glasgow, Escocia, (ahora aplazada hasta 2021), ha señalado monseñor Turkson. Sin embargo, “coincide con un momento histórico, insólito y particularmente difícil”. Por ello, el prefecto lamenta: “Nuestro sentimiento está con los familiares y los amigos de las innumerables víctimas del coronavirus (entre ellos muchos marinos) y nos sentimos afligidos y desorientados por las incertidumbres con respecto al futuro”. 

Familias marineras de Glasgow

El motivo por el que se iba a celebrar el centenario en Glasgow se remonta a Peter Anson, un reverendo anglicano que tenía su parroquia en el barrio marítimo de Glasgow (Escocia), quien padecía y veía padecer aquellas familias marineras que trabajaban mucho.

Con largas estancias en la mar sin ver a la familia, con salarios ínfimos, que apenas daban para subsistir a una familia, el padecimiento de este religioso –convertido al catolicismo– fue en aumento. El reverendo Anson, conocedor y seguidor de los postulados de la activista social Mary Richmond aplicó su método y creó un lugar de ayuda y protección para todos los trabajadores que tienen que ver con el mundo de la mar.

Apostolado del Mar

En 1920, este reverendo fundó el que seria el primer “Apostolado del Mar” que más tarde, el 31 de enero de 1997, el Papa san Juan Pablo II, constituiría como Organización Internacional de la Iglesia Católica (Stella Maris) en su carta apostólica  Motu Proprio Stella Maris sobre el apostolado marítimo.

Las Stella Maris velan por la atención integral a los marinos y sus familias, independientemente de su raza, credo, lengua, nacionalidad y género. Actualmente hay en el mundo 1302 centros dedicados a los marinos, 146 con residencia y están repartidos en 89 países. En España, de 37 diócesis costeras el Apostolado del Mar está implantado en diez de ellas.

***

Mensaje del cardenal Peter K.A. Turkson

Estimados hermanos y hermanas en Cristo, queridos capellanes, voluntarios, amigos y simpatizantes de Stella Maris,

Este año, la celebración del Domingo del Mar debería haber sido un acontecimiento gozoso, por la celebración del centenario prevista para el mes de octubre en Glasgow, Escocia, (ahora aplazada hasta 2021). Sin embargo, coincide con un momento histórico, insólito y particularmente difícil, que el Papa Francisco ha descrito con las siguientes palabras: “Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos[1].

Nuestro sentimiento está con los familiares y los amigos de las innumerables víctimas del coronavirus (entre ellos muchos marinos) y nos sentimos afligidos y desorientados por las incertidumbres con respecto al futuro.

La pandemia del COVID-19 obligó a numerosos países a imponer un confinamiento obligatorio y a cerrar muchas empresas, en un intento de impedir la difusión del virus. Aun así, la industria marítima prosiguió su actividad, añadiendo una multitud de retos a la vida de los marinos, que de por sí ya suele ser bastante problemática, y situándoles en el frente de la lucha contra el coronavirus.

Los buques, que transportan alrededor del 90% de los productos que nos permiten llevar una vida normal en estas difíciles circunstancias, como productos farmacéuticos o equipamientos médicos, siguieron navegando. Antes del cierre total, la industria de los cruceros intentó convencer a los gobiernos y a las autoridades portuarias de que mantuvieran abiertos los puertos y permitieran desembarcar, de forma segura, a sus pasajeros. Al mismo tiempo, intentó frenéticamente hallar formas de contener la propagación de infecciones entre los pasajeros y la tripulación de barcos que se habían convertido en incubadoras del COVID-19.

A pesar de que los marinos desempeñan un papel fundamental en la economía mundial, contribución importante y necesaria que las organizaciones e instituciones han intentado enfatizar durante la crisis del COVID-19, las actuales legislaciones y la política dominante no les ha otorgado la consideración que se merecen. Por esta razón, el Domingo del Mar es una oportunidad, que se nos brinda, para revalorizar el papel de los marinos y recordar algunos de los problemas que afectan negativamente su vida; problemas que se ven agudizados por la sospecha y el temor al contagio.

En una situación de emergencia sin precedentes como la que estamos viviendo, los miembros de la tripulación, que ya habían transcurrido entre seis y diez meses embarcados, han tenido que soportar un grave inconveniente: la ampliación de su período de trabajo. Esto conlleva un aumento de la fatiga personal y una prolongada ausencia de sus seres queridos y de la comodidad de sus hogares. Los 100.000 marinos que cada mes, según estimaciones, finalizan sus contratos y están impacientes por regresar a casa, no han podido hacerlo debido al brote de la COVID-19 y posterior cierre de las fronteras nacionales y cancelación de vuelos. Igualmente, miles de marinos que estaban preparados para embarcarse con un nuevo contrato, se quedaron confinados en hoteles y dormitorios en todo el mundo, teniendo a menudo que depender de instituciones caritativas para satisfacer sus necesidades básicas, como alimentación, higiene, adquisición de tarjetas SIM, etc..

Debido a la imposibilidad de obtener licencia para bajar a tierra y del acceso limitado al puerto para llevar a cabo visitas a bordo, los marinos embarcados sufren el aislamiento y un grave estrés psicofísico, que lleva a muchas tripulaciones al borde de la desesperación, llegando incluso a cometer suicidio.

Nos llegan noticias de muchos marinos con problemas médicos, graves y potencialmente letales, no relacionados con el COVID-19. Sin embargo, necesitan recibir con urgencia atención médica en los hospitales en tierra, tratamientos que, lamentablemente, se les negaron o se retrasaron hasta que pudieron ser trasladados en camilla. Además, los marinos que regresaron a casa después de un largo y dramático viaje, han tenido que someterse a cuarentena, o han sido víctimas de discriminación en su propio país porque son considerados portadores del coronavirus.

Debemos también lamentar el hecho de que, mientras los marinos garantizan, con dedicación y enormes sacrificios personales, el continuo funcionamiento de las cadenas de suministro, algunos armadores, agencias de tripulaciones y directivos sin escrúpulos, utilizan la excusa de la pandemia para ignorar sus obligaciones hacia estos marinos, negándose a garantizarles sus derechos laborales, los salarios adecuados y la promoción de un entorno laboral seguro para todos.

Según un informe, durante los tres primeros meses de 2020 se ha registrado un incremento del 24% en el número de ataques e intentos de secuestro por parte de piratas, con respecto al mismo período de 2019. Al parecer, el coronavirus no ha logrado detener los robos a mano armada, que siguen representando una amenaza para los marinos y añaden así ulterior ansiedad y motivo de preocupación a existencias, ya bajo presión por la incertidumbre causada por el virus.

Además de las experiencias antes mencionadas, que describen un medio de subsistencia peligroso, debemos considerar ahora que los marinos se enfrentan a la real amenaza de perder este precario medio de vida, ya que para muchos se traducirá en la pérdida total de ingresos y la incapacidad de asumir responsabilidades sociales y domésticas, como por ejemplo el pago de facturas, la educación de las personas a su cargo y el bienestar de la familia.

Habida cuenta de lo anteriormente expuesto, la celebración del Domingo del Mar, especialmente por parte de los cristianos, es un llamamiento a la “opción preferencial por los pobres” marinos, una opción a vivir en solidaridad con ellos. San Juan Pablo II calificó la solidaridad como una “virtud” y la definió “un compromiso irrenunciable por el bien del prójimo”. Esta debería ser nuestra actitud hacia estos marinos, puesto que las personas que son pobres, no solo porque exponen constantemente su vida al peligro, sino porque lo hacen para garantizar los movimientos de mercancías en favor de una economía mundial sana, merecen verdaderamente nuestra estima y nuestra gratitud.

Por esta razón, deseamos proponeros nuevamente el mensaje del Secretario General de la Organización Marítima Internacional (OMI), Kitack Lim: “No estáis solos. No os hemos olvidado”.

No estáis solos: los capellanes y los voluntarios de Stella Maris están con vosotros, dondequiera que estéis; no necesariamente sobre una pasarela, sino a través de una “capellanía virtual” que se mantiene en contacto con vosotros gracias a las redes sociales, siempre disponibles para responder a vuestra llamada, para escucharos y rezar por vuestro bienestar y el de vuestras familias. 

No os hemos olvidado: los capellanes y los voluntarios de Stella Maris estarán con vosotros durante los próximos meses, cuando se pondrá a prueba vuestra capacidad de resiliencia, e intentaremos responder a vuestras necesidades materiales y espirituales. Estaremos siempre a vuestro lado, aliviando vuestras preocupaciones, defendiendo vuestros derechos y luchando contra la discriminación.

No estáis solos. No os hemos olvidado: el próximo mes de agosto, la intención de la oración universal que expresa la gran preocupación del Papa Francisco por la humanidad y la misión de la Iglesia, está dedicada al mundo marítimo. Se invitará a todas las comunidades católicas del mundo a rezar por todos los que trabajan y viven del mar, entre ellos, los marinos, los pescadores y sus familias.

Encomendamos a María, Estrella del Mar, el bienestar de la gente de mar, el compromiso y la dedicación de los capellanes y de los voluntarios y rezamos a Nuestra Señora para que nos proteja de todos los peligros, especialmente de la calamidad del COVID-19.

Cardenal Peter K.A. Turkson
Prefecto

***

El Domingo del Mar se suele celebrar el segundo domingo de julio, para recordar y rezar, de una manera especial, por la gente de mar que trabaja lejos de su país, de sus seres queridos y de la Iglesia local. Conscientes de la difícil situación generada por la propagación del COVID-19, algunas Stella Maris nacionales han decidido posponer la celebración a una fecha posterior. Por esta razón, este mensaje se puede utilizar en cualquier otro momento.

[1] Momento extraordinario de oración, 27 de marzo de 2020.

 

 

LOS PADRES Y LA VOCACIÓN DE LOS HIJOS

— Libertad plena para seguir a Cristo. La vocación es un honor inmenso.

— Dejar a los padres, cuando llega el momento oportuno, es ley de vida.

— Desear lo mejor para los hijos.

I. Quien ama a su padre o a su madre más que a Mí, no es digno de Mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a Mí, no es digno de Mí, leemos en el Evangelio de la Misa1. Al decidirnos libremente a seguir al Señor por entero, entendemos que han de ceder otros planes: padre, madre, novio, novia... El llamamiento de Dios es lo primero, lo demás debe quedar en segundo término.

Las palabras de Jesús no entrañan ninguna oposición entre el primero y el cuarto mandamiento, pero señalan el orden que ha de seguirse. Debemos amar a Dios con todas nuestras fuerzas a través de la peculiar vocación recibida; y también hemos de amar y respetar –en teoría y en la práctica– a los padres que Dios nos ha dado, con quienes tenemos una deuda tan grande. Pero el amor a los padres no puede anteponerse al amor a Dios; de ordinario no tiene por qué plantearse la oposición entre ambos, pero si en algún caso se llegara a dar, habría que recordar aquellas palabras de Cristo adolescente en el Templo de Jerusalén: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que Yo esté en las cosas de mi Padre?2, respuesta de Jesús a María y a José, que le buscaban angustiados, y que constituye una enseñanza para los hijos y para los padres: los hijos, para aprender que no se puede anteponer el cariño familiar al amor de Dios, especialmente cuando el Señor pide un seguimiento que lleva consigo una total entrega; los padres, para saber que sus hijos son de Dios ante todo, y que Él tiene derecho a disponer de ellos, aunque en alguna ocasión esto suponga un sacrificio grande a los padres3.

Triste decisión sería aquella que llevara a desoír a Dios para no disgustar a los padres, y más triste consuelo sería el de los padres, pues, como dice San Bernardo, «su consuelo es la muerte del hijo»4. Difícilmente podrían haberle causado un daño mayor.

Al Señor solo se le puede seguir con la libertad nacida del desprendimiento más pleno: libertad de corazón, que no anda prendido en melancolías y añoranzas, en flojos sentimientos que conducen a una entrega a medias; libertad también que conlleva la necesaria autonomía para cumplir la voluntad de Dios. No se gana nada con una decisión a medias, con un corazón dividido. Puede ocurrir en algunos casos que la decisión de seguir por entero al Señor no sea comprendida por los propios parientes: porque no la entiendan, porque se hayan forjado otros planes, legítimos, o porque no quieran participar en la renuncia que les corresponde. Debemos contar con ello, y, aunque seguir a Cristo cause dolor a los padres, hemos de entender entonces que la fidelidad a la propia vocación es el mayor bien para nosotros y para la familia entera. En toda circunstancia, siendo muy firmes al propio camino, tenemos que querer a nuestros padres mucho más que antes de la llamada; debemos pedir mucho por ellos, para que comprendan que «no es un sacrificio, para los padres, que Dios les pida sus hijos; ni, para los que llama el Señor, es un sacrificio seguirle.

»Es, por el contrario, un honor inmenso, un orgullo grande y santo, una muestra de predilección, un cariño particularísimo, que ha manifestado Dios en un momento concreto, pero que estaba en su mente desde toda la eternidad»5. Es el mayor honor que el Señor puede hacer a una familia, una de las mayores bendiciones.

II. Quien ha entregado su corazón por completo al Señor, lo recupera más joven, más grande y más limpio para querer a todos. El amor a los padres, a los hermanos..., pasa entonces por el Corazón de Cristo, y de ahí sale enriquecido.

Señala Santo Tomás de Aquino que Santiago y Juan son alabados porque siguieron al Señor abandonando a su padre, y no lo hicieron porque este los incitase al mal, sino porque «estimaron que su padre podría pasar la vida de otro modo, siguiendo ellos a Cristo»6. El Maestro había estado cerca de sus vidas, los había llamado, y desde entonces todo lo demás se situó en segundo lugar. En el Cielo encontrarán los padres una especial gloria, fruto en buena parte de la correspondencia de sus hijos a la llamada de Dios: la vocación es un bien y una bendición para todos.

La vocación es iniciativa divina; Él sabe bien qué es lo mejor para el llamado y para la familia. Muchos padres aceptan incondicionalmente, con alegría, la voluntad de Dios para sus hijos y dan gracias cuando alguno de ellos es llamado para seguir a Cristo; otros adoptan actitudes muy diversas, alimentadas por varios motivos: lógicos y comprensibles unos, con mezcla de egoísmo otros. Con la excusa de que sus hijos son demasiado jóvenes –para seguir la llamada de Dios, no para tomar otras decisiones también comprometidas–, o de que carecen de la necesaria experiencia, se dejan llevar por la grave tentación a que aludía Pío XII: «aun entre aquellos que se jactan de la fe católica, no faltan muchos padres que no se resignan a la vocación de sus hijos, y combaten sin escrúpulos la llamada divina con toda clase de argumentos, incluso con medios que pueden poner en peligro, no solo la vocación a un estado más perfecto, sino la conciencia misma y la salvación eterna de aquellos que debían serles tan queridos»7. Olvidan que ellos son «colaboradores de Dios», y que es ley de vida que los hijos abandonen el hogar paterno también para formar un nuevo hogar, o simplemente por motivos de trabajo, de estudio. Muchas veces, aún jóvenes, se marchan a vivir a otro lugar, sin que ocurra ninguna catástrofe. En otras ocasiones, son las mismas familias quienes fomentan esta separación para el bien de los hijos. ¿Por qué han de poner trabas en el seguimiento de Cristo? Él «no separa jamás a las almas»8.

III. Los buenos padres desean siempre lo mejor para sus hijos. Son capaces de llevar a cabo los mayores sacrificios por su bien humano. Y, ¡cómo no!, por su bien sobrenatural. Se sacrifican para que crezcan llenos de salud, para que mejoren en sus estudios, para que tengan buenos amigos..., para que vivan según el querer de Dios, lleven una vida honrada y cristiana. Para eso los llamó Dios al matrimonio; la educación de los hijos es un querer expreso de Dios en sus vidas; es de ley natural.

En el Evangelio encontramos muchas peticiones en favor de los hijos: una mujer que sigue con perseverancia a Jesús hasta que cura a su hija9, un padre que le pide que expulse al demonio que atormenta a su hijo10, el jefe de la sinagoga de Cafarnaún, Jairo, que espera con impaciencia al Señor porque su única hija de doce años está a punto de morir11... Es ejemplar la decisión con que la madre de Santiago y Juan se acerca a Cristo para pedirle algo que ellos no se habían atrevido a pedir. Sin pensar en sí misma, se acercó a Jesús, le adoró, y manifestó querer pedirle una gracia12. ¡Cuántas madres y cuántos padres a lo largo de los siglos han pedido para sus hijos bienes y favores, que jamás se hubieran atrevido a solicitar para ellos mismos! El Señor, comprensivo ante este cariño tan grande de madre, no lo rechaza, pero se dirige a los dos hermanos para darles el mayor honor que puede tener un hombre: compartir con Él la propia copa, su mismo destino, su misma misión.

Los padres deben pedir lo mejor para sus hijos, y lo mejor es seguir la propia llamada, lo que Dios tiene dispuesto para cada uno. Este es el gran secreto para ser felices en la tierra y llegar al Cielo, donde nos espera un gozo sin límite y sin fin. Sin embargo, desde el punto de vista de cada llamada considerada en sí misma, es verdad que la castidad en el celibato por amor a Dios es la vocación más grande: «La Iglesia, durante toda su historia, ha defendido siempre la superioridad de este carisma –de virginidad o celibato– frente al del matrimonio, por razón del vínculo singular que tiene con el Reino de Dios»13. ¡Cuántas vocaciones a una entrega plena ha concedido Dios a los hijos por la generosidad y la petición de los padres! Es más, el Señor se vale de ordinario de los mismos padres para crear un clima idóneo donde pueda crecer y desarrollarse la semilla de la vocación: «Los esposos cristianos –afirma el Concilio Vaticano II– son para sí mismos, para sus hijos y demás familia, cooperadores de la gracia y testigos de la fe. Son para sus hijos los primeros predicadores y educadores de la fe; los forman con su palabra y su ejemplo para la vida cristiana y apostólica, les ayudan prudentemente a elegir su vocación y fomentan con todo esmero la vocación sagrada cuando la descubren en sus hijos»14. No pueden ir más allá, pues no les compete discernir si tienen o no vocación; únicamente han de formar bien su conciencia, y han de ayudarles a descubrir su camino, sin forzar su voluntad.

Una vocación en medio de la familia comporta una especial confianza y predilección del Señor para todos. Es un privilegio, que es necesario proteger –especialmente con la oración– como un gran tesoro. Dios bendice el lugar donde nació una vocación fiel: «no es sacrificio entregar los hijos al servicio de Dios: es honor y alegría»15.

1 Mt 10, 34; 11, 1. — 2 Lc 2, 49. — 3 Cfr. Sagrada Biblia, Santos Evangelios, I, EUNSA, Pamplona 1983, notas a Mt 10, 34-37 y Lc 2, 49. — 4 San Bernardo, Epístola 3, 2. — 5 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 18. — 6 Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2 q. 101, a. 4 ad 1. — 7 Pío XII, Enc. Ad catholici sacerdotii, 20-XII-1935. — 8 Cfr. San Josemaría Escrivá, Surco, n. 23. — 9 Mt 15, 21-28. — 10 Mt 17, 14-20. — 11 Mt 9, 18-26. — 12 Mt 20, 20-21. — 13 Juan Pablo II, Exhort. Apost. Familiaris consortio, 22-XI-1981, n. 16. — 14 Conc. vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, 11. — 15 Cfr. San Josemaría Escrivá, Surco, n. 22.

 

 

“La castidad es una virtud”

Me escribías, médico apóstol: “todos sabemos por experiencia que podemos ser castos viviendo vigilantes, frecuentando los Sacramentos y apagando los primeros chispazos de la pasión sin dejar que tome cuerpo la hoguera. Y precisamente entre los castos se cuentan los hombres más íntegros, por todos los aspectos. Y entre los lujuriosos dominan los tímidos, egoístas, falsarios y crueles, que son características de poca virilidad”. (Camino, 124)

13 de julio

Tu comportamiento no ha de limitarse a esquivar la caída, la ocasión. No ha de reducirse de ninguna manera a una negación fría y matemática. ¿Te has convencido de que la castidad es una virtud y de que, como tal, debe crecer y perfeccionarse? No basta, insisto, ser continente, cada uno según su estado: hemos de vivir castamente, con virtud heroica. Esta postura comporta un acto positivo, con el que aceptamos de buena gana el requerimiento divino: praebe, fili mi, cor tuum mihi et oculi tui vias meas custodiant, entrégame, hijo mío, tu corazón, y extiende tu mirada por mis campos de paz.

Y te pregunto ahora: ¿cómo afrontas esta pelea? Bien conoces que la lucha, si la mantienes desde el principio, ya está vencida. Apártate inmediatamente del peligro, en cuanto percibas los primeros chispazos de la pasión, y aun previamente. Habla además enseguida con quien dirija tu alma; mejor antes, si es posible, porque, si abrís el corazón de par en par, no seréis derrotados. Un acto y otro forman un hábito, una inclinación, una facilidad. Por eso hay que batallar para alcanzar el hábito de la virtud, el hábito de la mortificación para no rechazar al Amor de los Amores.

Meditad el consejo de San Pablo a Timoteo: te ipsum castum custodi, para que también estemos siempre vigilantes, decididos a custodiar ese tesoro que Dios nos ha entregado. A lo largo de mi vida, a cuántas personas he oído exclamar: ¡ay, si hubiera roto al principio! Y lo decían llenas de aflicción y de vergüenza. (Amigos de Dios, 182)

 

 

Conocerle y conocerte (III): En compañía de los santos

Para aprender a orar pueden servirnos de ayuda aquellos hombres y mujeres que lo hicieron durante su vida: los santos. De manera especial, santa María.

VIDA ESPIRITUAL01/02/2020

Jesús sube por primera vez de manera pública hacia Jerusalén. Se dedica de lleno, finalmente, al anuncio del reino de Dios mediante sus palabras y sus milagros. Su fama, desde el prodigio obrado en las bodas de Caná, se iba extendiendo poco a poco. Es entonces cuando, oculto por el silencio y la oscuridad de la noche, un maestro judío bastante conocido se acerca para conversar con él (Jn 3,1). Nicodemo había sentido un terremoto en su interior cuando escuchó y vio a Cristo. Muchas cosas daban vueltas en su cabeza y prefería solucionarlas en la intimidad de una conversación cara a cara. Jesús, que conoce la sinceridad de su corazón, le dice rápidamente: «Si uno no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios» (Jn 3,5).

El diálogo sigue con lo que cualquiera de nosotros se hubiera preguntado: ¿qué significa eso? Si conozco el día exacto en que nací, incluso la hora, ¿cómo se puede nacer dos veces? Jesús, en realidad, estaba pidiendo a Nicodemo que no buscase solo comprender las cosas sino –más importante– que dejase entrar a Dios en su vida. Porque querer ser santo es como nacer otra vez, como ver todo con una nueva luz; en definitiva, ser una nueva persona: transformarnos, poco a poco, en el mismo Jesucristo, «dejando que su vida se manifieste en nosotros»[1]. Los santos ya han recorrido los caminos del reino de Dios: han subido sus montañas, han descansado en sus valles y también han experimentado los rincones un poco más oscuros. Por eso nos llenan de esperanza. Una manera de reconocer a Cristo es, precisamente, a través de los santos. Sus vidas pueden desempeñar un importante papel en el camino personal de todo bautizado que desee aprender a orar.

María ora cuando está alegre…

Las mujeres y hombres que nos han precedido son testigos de que el diálogo vital con Dios es realmente posible en medio de tantas idas y venidas que a veces nos pueden llevar a pensar lo contrario. Entre ellos, un testimonio fundamental es el de Santa María. Ella, debido a la tierna cercanía con su hijo Jesús en la vida cotidiana de una familia, tuvo la experiencia más viva de diálogo con el Padre. Y, como en toda casa, en el hogar de Nazaret había momentos buenos y momentos más difíciles; sin embargo, en medio de estados de ánimo muy diferentes, la Virgen siempre ora.

LA VIDA DE MARÍA NOS ENSEÑA A ORAR EN TODO MOMENTO

Ora, por ejemplo, cuando está alegre. Sabemos que, poco después de recibir el anuncio del ángel, María sale «deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá» (Lc 1,39) para visitar a su prima Isabel. Había recibido la noticia de que la familia crecería en número con un nuevo sobrino, lo cual era digno de ser festejado; mucho más si se trataba de un suceso inesperado, dada la edad de Isabel y de Zacarías. «La descripción que hace san Lucas del encuentro entre las dos primas está llena de emoción, y nos sitúa en un escenario de bendición y alegría»[2]; emoción a la que, de alguna manera, se une el Espíritu Santo revelando la presencia física del Mesías, tanto al Bautista como a su madre.

Isabel, apenas hubo entrado María a su casa, la alaba con afecto, utilizando palabras que se convertirán en una oración universal y a las que nosotros nos hacemos eco a diario, adentrándonos también en esa alegría: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!» (Lc 1,42). La Virgen, por su parte, responde con emoción al entusiasmo de su prima: «Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador». El Magnificat, nombre que la tradición ha dado a esta respuesta de nuestra Madre, nos enseña lo que es una oración de alabanza que se ha empapado de la palabra de Dios. Como señala Benedicto XVI: «María conocía bien las sagradas Escrituras. Su Magníficat es un tapiz tejido con hilos del Antiguo Testamento»[3]. Cuando sentimos nuestros corazones llenos de gratitud por un don que hemos recibido, es el momento de explayarnos con Dios en nuestra oración –tal vez con palabras de la Escritura– reconociendo las cosas grandes que ha hecho en nuestra vida. La acción de gracias es una actitud fundamental en la oración cristiana, especialmente en los momentos de alegría.

…y también en el dolor o en el desánimo.

Sin embargo, la Virgen ora también en momentos de oscuridad, cuando están presentes el dolor o la falta de sentido. Nos enseña, de esa manera, otra actitud fundamental de la oración cristiana, expresada de manera concisa pero luminosa en el relato de la muerte de Jesús: «Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre» (Jn 19,25). María, abrumada por el dolor, simplemente está. Ella no pretende salvar a su Hijo ni tampoco resolver la situación. No la vemos pedir cuentas a Dios por lo que no entiende. Solo procura no perderse ni una sola de las palabras que pronuncia Jesús, con un hilo de voz, desde la Cruz. Por eso, cuando recibe una nueva tarea la acepta sin demora: «Mujer, ahí tienes a tu hijo. Entonces dijo al discípulo: "¡He ahí a tu madre!"» (Jn 19,26-27). María está en manos de un dolor que, para muchos, es el más terrible que una persona puede experimentar: presenciar la muerte de un hijo. Sin embargo, mantiene la lucidez que le permite aceptar esta nueva llamada para acoger a Juan como hijo suyo y, con él, a nosotros, a los hombres y mujeres de todos los tiempos.

LOS ESCRITOS Y LA VIDA DE LOS SANTOS NOS AYUDAN A CULTIVAR NUESTRA AMISTAD CON DIOS, PUES ELLOS TAMBIÉN LO HICIERON

La oración dolorosa es ante todo un estar junto a la propia cruz, amando la voluntad de Dios; es saber decir  a las personas y a las situaciones que el Señor pone a nuestro lado. Orar es ver la realidad, aunque parezca particularmente oscura, partiendo de la certeza de que siempre hay un don en ella, de que siempre está Dios detrás. Así podremos ser capaces de acoger a las personas y a las situaciones repitiendo como María: «Aquí estoy» (Lc 1,38).

Por último, en la vida de la Virgen descubrimos otro estado de ánimo en el que ora, distinto al de la oscuridad del dolor. Vemos a María, junto a su esposo José, rezar también en un momento de angustia. Un día, mientras regresaban de su peregrinación anual al Templo de Jerusalén, advierten la ausencia de su hijo de doce años. Deciden volver en su búsqueda. Cuando finalmente le encuentran conversando con los maestros de la ley, María pregunta: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira cómo tu padre y yo, angustiados, te buscábamos» (Lc 2,48). También nosotros, muchas veces, nos podemos sentir angustiados cuando nos asalta una sensación de insuficiencia, de incumplimiento o de estar fuera de lugar. Nos puede parecer, entonces, que el mundo está equivocado: la vida, la vocación, la familia, el trabajo… Podemos llegar a pensar que el camino no es como yo esperaba. Los planes y sueños del pasado nos parecen ingenuos. Es reconfortante saber que María y José pasaron por esta crisis y que ni siquiera su angustiosa oración tuvo una respuesta clara y tranquilizadora: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre? Pero ellos no comprendieron lo que les dijo» (Lc 2,49-50).

Orar en esos momentos de angustia no nos asegura encontrar soluciones fáciles y rápidas. Entonces, ¿qué hacer? La Virgen nos enseña el camino: permanecer fieles a nuestra propia vida, volver a la situación normal y redescubrir la voluntad de Dios incluso cuando no la entendemos del todo. Y también, como María, podemos conservar todos estos eventos misteriosos y a veces oscuros en el corazón, meditándolos, es decir, observándolos con una actitud de oración. De este modo, poco a poco nos damos cuenta de que la presencia de Dios vuelve; experimentaremos que Jesús crece en nosotros y vuelve a hacerse visible (cfr. Lc 2,51-52).

Biografías que son como nuestras vidas

María es un testigo único de la cercanía con Dios que anhelamos, pero también lo son los santos, cada uno de manera personal y específica. «Cada santo es como un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios», enseña Benedicto XVI en un documento en el que sugiere algunos maestros: «San Ignacio de Loyola en su búsqueda de la verdad y en el discernimiento espiritual; san Juan Bosco y su pasión por la educación de los jóvenes; san Juan María Vianney y su conciencia de la grandeza del sacerdocio como don y tarea; san Pío de Pietrelcina y su ser instrumento de la misericordia divina; san Josemaría Escrivá y su predicación sobre la llamada universal a la santidad; la beata Teresa de Calcuta, misionera de la caridad de Dios para con los últimos»[4].

Humanamente es natural tener simpatía por ciertas maneras de ser, por personas que se dedican a tareas que nos atraen más o que hablan de una manera que nos llega directamente al corazón y a la mente. El conocimiento de la vida y las experiencias de un santo, junto a la lectura de sus escritos, son momentos privilegiados para cultivar una verdadera relación de amistad con él o ella. Por eso, si se subrayan solo los ejemplos extraordinarios de la vida y de la oración de los santos, corremos el riesgo de hacer que su ejemplo sea un poco más lejano y más difícil de seguir. «¿Os acordáis de Pedro, de Agustín, de Francisco? Nunca me han gustado esas biografías de santos en las que, con ingenuidad, pero también con falta de doctrina, nos presentan las hazañas de esos hombres como si estuviesen confirmados en gracia desde el seno materno», escribe san Josemaría, que siempre insistió en la importancia de no idealizar a las personas, ni siquiera a los santos canonizados por la Iglesia, como si hubieran sido perfectos. «No. Las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: luchaban y ganaban, luchaban y perdían. Y entonces, contritos, volvían a la lucha»[5]. Este enfoque realista hace que el testimonio de los santos sea mucho más creíble, precisamente porque son similares a cada uno de nosotros: entre los santos, dice el Papa Francisco, «puede estar nuestra propia madre, una abuela u otras personas cercanas (cfr. 2 Tm 1,5). Quizá su vida no fue siempre perfecta, pero aun en medio de imperfecciones y caídas siguieron adelante y agradaron al Señor»[6].

EL CURA DE ARS, SAN FELIPE NERI, SANTA TERESITA DE JESÚS O SAN JOSEMARÍA, PUEDEN SER GRANDES MAESTROS DE ORACIÓN

Nuestra perspectiva sobre la oración puede ser más completa cuando la vemos encarnada en la vida de las personas. La familiaridad con los santos nos ayuda a descubrir diferentes maneras de comenzar y recomenzar a orar de nuevo. Puede ofrecernos una nueva luz, por ejemplo, saber que el salmo 91 fue un gran consuelo para santo Tomás Moro durante los largos meses que pasó en la cárcel: «Bajo sus alas encontrarás refugio... Has puesto al Altísimo como asilo... Porque se ha unido a mí, lo libraré»[7]. El salmo que consoló a un mártir en la desolación de la prisión, ante la perspectiva de la muerte violenta y del sufrimiento de sus seres queridos, también puede señalarnos un camino de oración en las pequeñas y grandes contrariedades de la vida.

Asombra ser mirado por Dios

La familiaridad con los santos nos puede ayudar a descubrir a Dios en las cosas de cada día como ellos mismos lo hicieron. Podemos leer con admiración lo que descubrió san Juan María Vianney, el cura de Ars,aquel día en que se acercó a uno de sus feligreses, un campesino analfabeto, que pasaba largos ratos frente al sagrario. ¿Qué hace usted?, le preguntó el cura. Y el buen hombre respondió con sencillez: Yo le miro y él me mira. No hacía falta más. Aquella respuesta quedó como una enseñanza indeleble en el corazón de su párroco. «La oración contemplativa es mirada de fe, fijada en Jesús»[8], enseña el Catecismo de la Iglesia citando precisamente este episodio. Yo lo miro y –mucho más importante– él me mira. Dios nos mira siempre pero lo hace de una manera particular cuando levantamos los ojos y le devolvemos su mirada de amor.

Una experiencia parecida le sucedió a san Josemaría, que quedó tan impresionado que la relató muchas veces a lo largo de su vida. Cuando era un joven sacerdote, durante sus primeras experiencias pastorales, solía permanecer todas las mañanas en el confesionario, esperando a los penitentes. En cierto momento oyó un golpear de latas que lo inquietó y, sobre todo, lo intrigó. Un día, dejándose vencer por la curiosidad, el joven don Josemaría se escondió detrás de la puerta para ver quién era aquel misterioso visitante. Lo que presenció fue a un hombre que trasportaba unos cántaros de leche y que, desde la puerta abierta de la iglesia, se dirigía al Sagrario diciendo: Señor, aquí está Juan, el lechero. Se quedó allí un momento y se marchó. Esa persona sencilla, sin saberlo, ofreció un ejemplo de oración confiada que asombró al sacerdote y le llevó a repetir, como un estribillo constante: «Señor, aquí está Josemaría, que no sabe amarte como Juan el lechero»[9].

Los testimonios de tantos santos de diferentes épocas y ambientes nos confirman que es posible sentirse mirado con afecto por Dios, allí donde estamos y tal como somos. Lo dicen de manera creíble porque ellos mismos fueron los primeros en asombrarse de este descubrimiento.

 

Lo mismo dormidos que despiertos

Los santos, decíamos antes, nos ayudan también cuando los vemos débiles y cansados: «Ayer no pude rezar con atención dos Avemarías seguidas», confiaba san Josemaría un día, al final de su vida. «¡Si vieras cómo sufrí!; pero, como siempre, aunque me costaba y no sabía hacerlo, seguí rezando: ¡Señor, ayúdame!, le decía, tienes que ser Tú el que saques adelante las cosas grandes que me has confiado, porque ya te das cuenta de que yo no soy capaz de realizar ni siquiera las cosas más pequeñas: me pongo como siempre en tus manos»[10].

También el joven Felipe Neri rezaba: «Señor, mantén hoy tus manos sobre Felipe, porque, si no, Felipe te traiciona»[11]; y la beata Guadalupe Ortiz de Landázuri reconocía, en una carta, la falta de consuelos sensibles mientras oraba: «En el fondo está Dios; aunque, sobre todo en los ratos de oración, no le sienta casi nunca esta temporada... »[12]; por no hablar de santa Teresita de Lisieux, quien apuntaba: «Verdaderamente, estoy lejos de ser una santa, y nada lo prueba mejor que lo que acabo de decir. En vez de alegrarme de mi sequedad, debiera atribuirla a mi falta de fervor y de fidelidad. Debiera causarme desolación el hecho de dormirme (después de siete años) durante la oración y la acción de gracias. Pues bien, no siento desolación... Pienso que los niñitos agradan a sus padres lo mismo dormidos que despiertos. Pienso que, para hacer sus operaciones, los médicos duermen a sus enfermos»[13].

Por eso necesitamos el testimonio y la compañía de los santos: para convencernos cada día de que es posible y vale la pena cultivar nuestra amistad con el Señor, abandonándonos en sus manos: «Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo»[14].

Carlo de Marchi


[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 104.

[2] Palabras del Padre en Covadonga, 13-VII-2018.

[3] Benedicto XVI, Homilía, 18-XII-2005.

[4] Benedicto XVI, Verbum Domini, n. 48.

[5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 76.

[6] Francisco, Gaudete et exsultate, n. 3.

[7] Sal 91, 4.9.14. Cfr. Tomás Moro, Diálogo de la fortaleza contra la tribulación: El tercer libro de la obra, escrito durante el encarcelamiento en la Torre de Londres, está construido como una especie de comentario a los versículos del Salmo 91 (90).

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2715.

[9] Cfr. A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, Rialp, 1997, vol. I, Cap. VIII, p. 501.

[10] San Josemaría, 26-XI-1970, citado en J. Echevarría, Memoria del beato Josemaría, p. 25.

[11] Citado por Benedicto XVI en la audiencia del 1-VIII-2012.

[12] M. Montero, En Vanguardia: Guadalupe Ortiz de Landázuri, 1916-1975, Rialp, Madrid 2019, p. 94

[13] Santa Teresa de Lisieux, Historia de un alma: manuscritos autobiográficos, Manuscrito A, folio 76, r°.

[14] J. Ratzinger, “Dejar obrar a Dios”, en L’Osservatore Romano, 6-X-2002.

 

 

Trabajo y descanso

La llamada divina a trabajar incluye la necesidad del descanso. Como se deduce del relato de la creación, «la alternancia entre trabajo y descanso, propia de la naturaleza humana, es querida por Dios mismo».

TRABAJO19/04/2016

«El hombre tiene que imitar a Dios tanto trabajando como descansando, dado que Dios mismo ha querido presentarle la propia obra creadora bajo la forma del trabajo y del descanso» [1].

Estas palabras de Juan Pablo II hacen referencia al relato de la Creación, primer «evangelio del trabajo» [2]. El autor sagrado, después de narrar cómo Dios, durante seis días, da la existencia al cielo, a la tierra y a todo su ornato, concluye: "Terminó Dios en el día séptimo la obra que había hecho, y descansó en el día séptimo de toda la obra que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó, porque ese día descansó Dios de toda la obra que había realizado en la creación" [3].

A partir de entonces, corresponde al hombre perfeccionar esa obra divina mediante su trabajo [4], sin olvidar que él es también criatura, fruto del amor de Dios y llamado a la unión definitiva con Él. El descanso del día séptimo, que Dios santifica, tiene para el hombre un hondo significado: además de una necesidad, es tiempo apropiado para reconocer a Dios como autor y Señor de todo lo creado, y anticipo del descanso y alegría definitivos en la Resurrección.

LA FAMILIA, ESPACIO ESPIRITUAL, ES UNA ESCUELA PARA APRENDER A DESCANSAR PENSANDO EN LOS DEMÁS.

Una vida que transcurriese sumergida en los afanes del trabajo, sin considerar el fundamento del que todo proviene y el sentido –el fin– hacia el que todo tiende, «correría el peligro de olvidar que Dios es el Creador, del cual depende todo» [5], y hacia el cual todo se orienta.

Hacer todo para la gloria de Dios –la unidad de vida– es vivir con fundamento sólido y con sentido y fin sobrenaturales, es descansar en la filiación divina dentro del propio trabajo y convertir el descanso en servicio a Dios y a los demás [6].

Situar el trabajo y el descanso

El trabajo es un don de Dios y la misma creación es ya una llamada [7]: el hecho de que Dios llame a la existencia a una criatura libre, y la cree por amor, lleva implícita una vocación a corresponder. El trabajo es ámbito de encuentro entre la libertad creadora de Dios y la libertad del hombre, lugar de respuesta, y por tanto de oración hecha obras y de contemplación. Viendo la mano de Dios en todas las cosas, y especialmente en los demás hombres y en sí misma, la criatura se esfuerza para llevar todo a la perfección querida por Dios, buscando así su propia plenitud.

La invitación divina a trabajar es consecuencia de un corazón de Padre que quiere contar con la colaboración de sus hijos. El esfuerzo que esa tarea conlleva ha de ser humilde, filial, respuesta de amor y no iniciativa autónoma que busque la propia gloria.

Se podría aplicar al trabajo aquella imagen de nuestro Padre, en la que un pequeño se acerca a un grupo pescadores que tiraban de la red con enorme fuerza: agarró la cuerda con sus manecitas y comenzó a tirar con evidente torpeza. Aquellos pescadores rudos, nada refinados, debieron de sentir su corazón estremecerse y permitieron que el pequeño colaborase; no lo apartaron, aunque más bien estorbaba [8].

Dios conoce bien a sus criaturas. Al mismo tiempo que nos invita a colaborar con Él, sabe que nuestra naturaleza es frágil y quebradiza. La llamada divina a trabajar incluye la necesidad del descanso. Como se deduce del relato de la creación, «la alternancia entre trabajo y descanso, propia de la naturaleza humana, es querida por Dios mismo» [9].

SABIENDO QUE SOMOS DE DIOS Y QUE NO NOS PERTENECEMOS, TENEMOS LA RESPONSABILIDAD DE CUIDAR LA SALUD, DE ESTAR EN CONDICIONES DE DAR A DIOS TODA LA GLORIA.

Esta necesidad parte, en primer lugar, de la limitación física. Sobrestimar las propias fuerzas o un espíritu de sacrificio mal entendido podrían dar lugar a daños en la salud que Dios no quiere y que, a la larga, condicionarían la disponibilidad para servirle. Sin embargo, en algún momento, el Señor puede pedirnos mayor desgaste, situaciones que exijan un desprendimiento heroico incluso de la propia salud para cumplir su Voluntad.

Don Álvaro, saliendo a la calle con cuarenta grados de fiebre para buscar medios económicos, mientras se levantaban los edificios de Villa Tevere, es un ejemplo de ese amor sin condiciones.

Pero, por el mismo motivo –servir a Dios–, es bueno dedicar el tiempo necesario al descanso, como nuestro Padre ha señalado en numerosas ocasiones: Me parece, por eso, oportuno recordaros la conveniencia del descanso. Si llegara la enfermedad, la recibiremos con alegría, como venida de la mano de Dios; pero no podemos provocarla con nuestra imprudencia: somos hombres, y necesitamos reponer las fuerzas de nuestro cuerpo [10].

Sería una pena que, pudiendo descansar, mermaran las fuerzas por falta de reposo. Sabiendo que somos de Dios y que no nos pertenecemos, tenemos la responsabilidad de cuidar la salud, de estar en condiciones de dar a Dios toda la gloria.

El descanso es también una necesidad espiritual, «es una cosa sagrada, siendo para el hombre la condición para liberarse de la serie, a veces excesivamente absorbente, de los compromisos terrenos y tomar conciencia de que todo es obra de Dios» [11].

Salir de las exigentes solicitaciones –plazos, proyectos, riesgos, incertidumbres– que demanda el trabajo profesional, facilita el sosiego necesario para redimensionar la existencia y la propia tarea.

Saber despegarse periódicamente de esos reclamos supone, en ocasiones, un acto de abandono en el Señor, y contribuye a relativizar la importancia material de lo que hacemos, «persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio» [12].

Trabajamos por fidelidad, por amor, para que Dios se sirva –ha querido servirse– de nuestra entrega, sin atribuirnos la eficacia: ni el que planta es nada, ni el que riega, sino el que da el crecimiento, Dios [13]. La interrupción de la tarea habitual ayuda a valorar la desproporción entre nuestra aportación personal y los frutos de santidad y de apostolado que produce.

Si somos objetivos, con la objetividad que dan la fe y el trato con el Señor, veremos que también el esfuerzo que ponemos en el trabajo es don de Dios que sostiene, guía y empuja. El trabajo profesional –en el laboratorio, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia–, siendo el eje de la santidad, y la actividad que de algún modo estructura la existencia, no debe absorber otras facetas igualmente importantes.

«Por tanto, si después de seis días de trabajo el hombre busca un tiempo de distensión y de más atención a otros aspectos de la propia vida, esto responde a una auténtica necesidad, en plena armonía con la perspectiva del mensaje evangélico» [14]. Dedicar tiempo a la familia, a los amigos; emplearlo para incrementar la formación y la cultura y para tratar al Señor con más calma suponen también excelentes ocasiones para buscar la santidad en las que «las preocupaciones y las tareas diarias pueden encontrar su justa dimensión: las cosas materiales por las cuales nos inquietamos dejan paso a los valores del espíritu; las personas con las que convivimos recuperan, en el encuentro y en el diálogo más sereno, su verdadero rostro» [15].

El descanso responde también, por tanto, a la necesidad de vigilar, de pararse a rectificar el rumbo para poner a Dios en el centro y descubrirle en los demás. Las Convivencias, un paseo con la familia, los ratos de oración, las tertulias, los tiempos de retiro..., cada uno de estos ejemplos, a su modo, está en consonancia con esa necesidad y contiene notas esenciales de lo que significa descansar con sentido.

Reponer fuerzas en el cuerpo y en el espíritu: un cambio de actividad –el descanso no es no hacer nada–, que se distancia de las preocupaciones diarias, situándolas en su justa medida.

Esto es particularmente importante en ambientes donde una competitividad desmesurada, movida muchas veces por el deseo de gloria humana, tiende a absorber tal cantidad de tiempo y energías que hacen difícil atender otras obligaciones. El obrar de Dios es el modelo del obrar humano. Si Dios tomó respiro el día séptimo, también el hombre debe reponerse y hacer que quienes están a su lado, especialmente los más necesitados, recobren aliento [16].

«En esta perspectiva, el descanso dominical y festivo adquiere una dimensión profética, afirmando no sólo la primacía absoluta de Dios, sino también la primacía y la dignidad de la persona en relación con las exigencias de la vida social y económica, anticipando, en cierto modo, los cielos nuevos y la tierra nueva, donde la liberación de la esclavitud de las necesidades será definitiva y total. En resumen, el día del Señor se convierte así también, en el modo más propio, en el día del hombre» [17].

Anticipo de la Resurrección

Con la plenitud de la Revelación, en Cristo, el trabajo y el descanso alcanzan una comprensión más plena, insertados en la dimensión salvadora: el descanso como anticipo de la Resurrección ilumina la fatiga del trabajo como unión a la Cruz de Cristo.

«Mi Padre sigue obrando todavía... (Jn 5, 17); obra con la fuerza creadora, sosteniendo en la existencia al mundo que ha llamado de la nada al ser, y obra con la fuerza salvífica en los corazones de los hombres, a quienes ha destinado desde el principio al descanso (Hb 4, 1; 9-16) en unión consigo mismo, en la casa del Padre (Jn 14, 2)» [18].

Así como en Cristo, Cruz y Resurrección forman una unidad inseparable, aunque sean dos acontecimientos históricos sucesivos, análogamente, el trabajo y el descanso deben estar integrados en unidad vital. Por eso,más allá de la sucesión temporal, del cambio de ocupación que supone el descanso respecto al trabajo, se descansa en el Señor, se descansa en la filiación divina.

Esta nueva perspectiva introduce el descanso junto al propio trabajo, como una tarea filial, sin quitar al trabajo lo que tiene de esfuerzo y fatiga. Lo que queda excluido es otro género de cansancio bien distinto, que se deriva de trabajar por el orgullo de buscar como meta suprema la afirmación personal, o de trabajar sólo por motivos humanos. Ese cansancio, Dios no lo quiere: En vano madrugáis, y os vais tarde a descansar los que coméis el pan de fatigas [19].

Descansad, hijos, en la filiación divina. Dios es un Padre, lleno de ternura, de infinito amor. Llamadle Padre muchas veces, y decidle –a solas– que le queréis, que le queréis muchísimo: que sentís el orgullo y la fuerza de ser hijos suyos [20].

Esa fuerza de ser hijos de Dios conduce a un trabajo más sacrificado, a una mayor abnegación, hasta abrazar la Cruz de cada día con la fuerza del Espíritu Santo, para cumplir ahí la Voluntad de Dios, sin desfallecer; permite trabajar sin descanso, porque el cansancio del trabajo pasa a ser redentor. Entonces, vale la pena empeñarse con todas las energías en la tarea porque ya no sólo se están obteniendo frutos materiales, sino que se está llevando el mundo a Cristo.

Cuando se trabaja con esa disposición, más allá del esfuerzo humano de hacer fructificar los talentos, aparece el fruto sobrenatural de paz y alegría: Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor [21], y la fecundidad apostólica: Muy bien, siervo bueno, porque has sido fiel en lo poco, ten potestad sobre diez ciudades [22].

Por lo tanto, el trabajo «no puede consistir en el mero ejercicio de las fuerzas humanas en una acción exterior; debe dejar un espacio interior, donde el hombre, convirtiéndose cada vez más en lo que por voluntad divina tiene que ser, se va preparando a aquel “descanso” que el Señor reserva a sus siervos y amigos» [23].

En el episodio de la Transfiguración se narra que seis días después de anunciar su Pasión y muerte, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los condujo a un monte alto, a ellos solos. Y se transfiguró ante ellos [24]. Santo Tomás, comentando este pasaje, relaciona el día séptimo en el que Dios descansó de la obra creadora con el séptimo día –seis días después– en que el Señor se manifestó a sus discípulos para mostrarles un anticipo de la Resurrección gloriosa, para que, levantando la mirada, no se quedasen en una visón terrena [25]. Los tres discípulos, admirados ante la contemplación de la gloria, ante la presencia del fin al que están llamados, expresan la alegría de descansar en el Señor y con el Señor: qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas [26] –afirma Pedro–, viviendo anticipadamente la alegría y la paz del Cielo. Ese momento no iba a perpetuarse todavía. Sin embargo, la luz y la paz del Tabor serán fuerza para continuar el camino que, pasando por la Cruz, conduce a la Resurrección.

También nosotros hallamos descanso en el abandono filial: la paz y la serenidad de quien sabe que detrás del cansancio, las dificultades y las preocupaciones propias de nuestra condición terrena, hay un Padre eterno y omnipotente, que nos sostiene. Trabajar con visión de eternidad evita preocupaciones inútiles y desasosiegos infecundos y anima cualquier tarea con el deseo de ver definitivamente el rostro de Cristo.

TRABAJAR CON VISIÓN DE ETERNIDAD EVITA PREOCUPACIONES INÚTILES Y DESASOSIEGOS INFECUNDOS.

Santificar el descanso, y especialmente el domingo –paradigma del descanso cristiano que celebra la Resurrección del Señor–, ayuda a descubrir el sentido de eternidad y contribuye a renovar la esperanza: «el domingo significa el día verdaderamente único que seguirá al tiempo actual, el día sin término que no conocerá ni tarde ni mañana, el siglo imperecedero que no podrá envejecer; el domingo es el preanuncio incesante de la vida sin fin que reanima la esperanza de los cristianos y los alienta en su camino» [27].

Santificar el descanso y las diversiones

Los primeros cristianos vivían su fe en un ambiente hedonista y pagano. Desde el principio, se dieron cuenta de que no se puede compatibilizar el seguimiento de Cristo con formas de descansar y de divertirse que pervierten y deshumanizan.

San Agustín, en referencia a espectáculos de este tipo, decía en una homilía: «Niégate a ir, reprimiendo en tu corazón la concupiscencia temporal, y mantente en una actitud fuerte y perseverante» [28]. No es extraño que se repitan ahora, en ambientes neopaganos, manifestaciones clamorosas de esa indigencia espiritual.

Es preciso discernir «entre los medios de la cultura y las diversiones que la sociedad ofrece, los que estén más de acuerdo con una vida conforme a los preceptos del Evangelio» [29].

No se trata de permanecer en un ambiente cerrado. Es necesario ponerse en marcha, con iniciativa, con valentía, con verdadero amor a las almas, de modo que cada uno nos esforcemos para transmitir en los ambientes sociales el sentido y el gozo cristiano del descanso. Como nos recordaba don Álvaro, es una labor importante para cada uno la creación de lugares en los que impere un tono cristiano en las relaciones sociales, en las diversiones, en el aprovechamiento del tiempo libre [30].

Jesús, María y José nos muestran cómo hay en la vida familiar tiempo para el descanso y para la fiesta: iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua [31]. La familia, espacio espiritual, es una escuela para aprender a descansar pensando en los demás. Para ello conviene programar bien las vacaciones, emplear los tiempos de descanso para estar con los hijos, para conocerles bien y conversar con ellos, para jugar con los más pequeños...

ES PRECISO APRENDER A PASARLO BIEN EN FAMILIA, SIN CAER EN LA SOLUCIÓN FÁCIL DE DEJAR A LOS MÁS JÓVENES SOLOS FRENTE AL TELEVISOR O NAVEGANDO EN INTERNET.

Es preciso aprender a pasarlo bien en familia, sin caer en la solución fácil de dejar a los más jóvenes solos frente al televisor o navegando en Internet. En este sentido, seleccionar en la televisión cuáles son los programas más interesantes y verlos junto a los hijos, o enseñar a utilizar el ordenador con sobriedad, sabiendo en cada momento para qué se usa –principalmente como herramienta de trabajo–, adquieren hoy una importancia no pequeña.

El Evangelio de San Lucas muestra también cómo el niño Jesús, movido por el Espíritu Santo, aprovecha la subida a Jerusalén con motivo de la fiesta de la Pascua para iluminar a los hombres: Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas [32].

El descanso no es una interrupción de la tarea apostólica. Al contrario, abre nuevas posibilidades, nuevas ocasiones de profundizar en la amistad y conocer personas y ambientes a los que llevar la luz de Cristo.

El Concilio Vaticano II anima a todos los cristianos a esta imponente labor: a cooperar «para que las manifestaciones y actividades culturales colectivas, propias de nuestro tiempo, se humanicen y se impregnen de espíritu cristiano» [33].

La Iglesia está necesitada de personas que actúen, con mentalidad laical, en este campo de la nueva evangelizaciónUrge recristianizar las fiestas y costumbres populares. –Urge evitar que los espectáculos públicos se vean en esta disyuntiva: o ñoños o paganos. Pide al Señor que haya quien trabaje en esa labor de urgencia, que podemos llamar “apostolado de la diversión” [34].

F. J. López Díaz

C. Ruiz Montoya


1. Juan Pablo II, Litt. enc. Laborem exercens, 14-IX-1981, n. 25.

2. Ibid.

3. Gn 2, 1-3.

4. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 307.

5. Juan Pablo II, Litt. apost. Dies Domini, 31-V-1998, n. 65.

6. A solas con Dios, n. 29.

7. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2566.

8. Amigos de Dios, n.14.

9. Juan Pablo II, Litt. apost. Dies Domini, 31-V-1998, n. 65.

10. De nuestro Padre, Carta 15-X-1948, n. 14.

11. Juan Pablo II, Litt. apost. Dies Domini, 31-V-1998, n. 65.

12. Juan Pablo II, Litt. enc. Laborem exercens, 14-IX-1981, n. 25.

13. 1 Cor 3, 7.

14. Juan Pablo II, Litt. apost. Dies Domini, 31-V-1998, n. 67.

15. Ibid.

16. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2172.

17. Juan Pablo II, Litt. apost. Dies Domini, 31-V-1998, n. 68.

18. Juan Pablo II, Litt. enc. Laborem exercens, 14-IX-1981, n. 25.

19. Sal 127 [126], 2.

20. A solas con Dios, n. 221.

21. Mt 25, 21 y 23.

22. Lc 19, 17.

23. Juan Pablo II, Litt. enc. Laborem exercens, 14-IX-1981, n. 25.

24. Mt 17, 1-4.

25. Cfr. Santo Tomás, In Matth. Ev., XVII, 1.

26. Mt 17, 4.

27. Cfr. Juan Pablo II, Litt. apost. Dies Domini, 31-V-1998, n. 26.

28. San Agustín, Sermo 88, 17.

29. Juan Pablo II, Litt. apost. Dies Domini, 31-V-1998, n. 68.

30. Don Álvaro, Cartas de Familia (1), n. 386.

31. Lc 2, 41.

32. Lc 2, 47.

33. Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 61.

34. Camino, n. 975.

 

 

Cómo aprovechar las vacaciones

Álvaro del Portillo aconseja aprovechar el verano para intensificar los lazos de amistad y para recristianizar la diversión.

NOTICIAS03/08/2014

“Querría detenerme concretamente en una de las posibilidades que brindan las vacaciones: aprovecharlas para intensificar los lazos de amistad que nos unen a otras personas y para multiplicar el número de amigos, con el fin de acercarlos a Dios y los medios de formación de la Obra. 

Todos podemos y debemos llegar a más, porque la gracia que el Señor nos concede es abundantísima. Utilicemos para eso el apostolado epistolar -¡qué fecunda es la experiencia de nuestro Padre [san Josemaría]!- y todas las ocasiones que se nos presenten, hasta las que puedan parecer más anodinas, como los viajes, para intentar entablar una conversación apostólica con las personas con quienes coincidamos. 

No me olvidéis tampoco que, en estas épocas, mucha gente deja todavía más de lado al Señor. Desagraviemos, también porque quizá nosotros hubiéramos caído en las mismas faltas, de no habernos topado con Dios; alimentemos el deseo de recristianizar la diversión; pidamos que las almas salgan del fango y se conviertan. 

¡Qué panorama fascinador se nos presenta ante los ojos, para ser más fieles, más de Dios, más Opus Dei!” (Carta, 1-VII-1993, III, n. 253)

 

 

La dignidad del matrimonio

 Juan José Corazón 

Boda católica.

Cuenta el relato bíblico de la creación del ser humano que vio Dios que no era bueno que el hombre estuviera solo.

Esto lo entendemos bien, porque cuando alguien se siente solo, en una soledad no deseada, se siente infeliz.

Dios nos ha creado para ser felices y por este motivo nos ha hecho seres sociables.

Pero es tan grande el enriquecimiento personal, tanto para el varón como para la mujer, de todo lo que conlleva compartir la vida con esa complementariedad de lo femenino y lo masculino, que, a continuación, nos dice el libro del Génesis que Dios sumió en un profundo letargo a Adán, de modo tal que, al despertarle de su sueño, encontrara ante él a Eva. Y, entonces, lleno de alegría, al contemplar a la mujer, exclamó: ¡ésta sí que es carne de mi carne y huesos de mis huesos!

Esta exclamación de Adán, al saberse acompañado de Eva, evoca, obviamente, la verdad fundamental, siempre firmemente afirmada por la Iglesia de Jesucristo y, hoy, gracias a Dios, reconocida en casi todo el mundo, de la mismísima igualdad entre la dignidad del varón y de la mujer.

Pero vamos al sueño de Adán. Cualquiera entiende que Dios, para crear en su diversidad sexual al ser humano, no necesita dormirle para nada. Se trata de un lenguaje figurado y, por lo demás muy bello, utilizado para que todos los hombres de todas las épocas y culturas comprendamos que Dios, para satisfacer los anhelos más profundos de felicidad del varón, creó a la mujer de sus sueños y que, para satisfacer los anhelos más profundos de felicidad de la mujer, creó al hombre de sus sueños.

Jesucristo, luego, elevó esta maravillosa institución natural del matrimonio a la grandiosa dignidad de sacramento. 

 

 

La ausencia de Dios genera soledad en los jóvenes

 

Amplios e influyentes sectores de nuestra sociedad, afrontan su futuro personal y social como si Dios no existiese y no hubiese intervenido para nada en la historia humana. La consecuencia de esta “cerrazón inmanentista es la soledad del hombre: sin Dios se queda solo”

El Cardenal Antonio María Rouco Varela, ex-Arzobispo de Madrid, afirmó tiempo atrás, que ante una sociedad de espaldas a Dios, los jóvenes

“sienten más vertiginosamente esa soledad existencial que les rompe y desanima por dentro y los pierde por fuera”.

Juan Donoso Cortés

El Papa Juan Pablo II no dudó en hablar de la “apostasía silenciosa” de los europeos; el Papa Benedicto XVI, del triunfo del relativismo ético; los obispos españoles, de la secularización interna de la Iglesia.

El Arzobispo explicó que

“las jóvenes generaciones son las que sufren en sus vidas más fuertemente el impacto de esa corriente de pensamiento, de cultura y de vida, radicalmente laicista, que vuelve a caracterizar a amplios e influyentes sectores de nuestra sociedad, que no tienen reparos en afrontar su futuro personal y el futuro de la historia común como si Dios no existiese y no hubiese intervenido para nada en la historia humana”. La consecuencia de esta “cerrazón inmanentista es la soledad del hombre: sin Dios se queda solo”, precisó el Cardenal”. Madrid, 05 Dic. 06 (ACI)

Estas afirmaciones nos llevan a citar un trecho brillante de la obra del famoso polemista Juan Donoso Cortés (1809-1853), quien ya se preocupaba de este fenómeno y sus efectos en su “Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo”.

“Al compás mismo con que se disminuye la fe, se disminuyen las verdades en el mundo; y por esa causa la sociedad que vuelve la espalda a Dios ve ennegrecerse de súbito, con aterradora oscuridad, todos sus horizontes. Por esta razón, la religión ha sido considerada por todos los hombres y en todos los tiempos como el fundamento indestructible de las sociedades humanas (…)

“Según Jenofonte (sobre Sócrates), las ciudades y naciones más piadosas han sido siempre las más duraderas y más sabias”. Plutarco afirma que es cosa más fácil fundar una ciudad en el aire que constituir una sociedad sin la creencia en los dioses”. Rousseau, en el Contrato social (1.4 c.8), observa que jamás se fundó Estado ninguno sin que la religión le sirviese de fundamento. Voltaire dice (Tratado de la tolerancia c.20) que “allí donde hay una sociedad, la religión es de todo punto necesaria”.

Todas las legislaciones de los pueblos antiguos descansan en el temor de los dioses. Polibio declara que ese santo temor es todavía más necesario que en los otros en los pueblos libres.

“Entre los pueblos de la antigüedad, el romano fue el más grande, cabalmente porque fue el más religioso. Como César hubiera pronunciado un día en pleno Senado ciertas palabras contra la existencia de los dioses, luego al punto Catón y Cicerón se levantaron de sus sillas para acusar al mozo irreverente de haber pronunciado una palabra funesta a la República.

Las ciudades y naciones más piadosas han sido siempre las más duraderas y más sabias

“Cuéntase de Fabricio, capitán romano, que, como oyese al filósofo Cineas mofarse de la divinidad en presencia de Pirro, pronunció estas palabras memorables: ‘Plegue a los dioses que nuestros enemigos sigan esta doctrina cuando estén en guerra con la República'”.

 

El abandono de los Mandamientos y la desintegración de la familia

 

“La disminución de la fe, que produce la disminución de la verdad, no lleva consigo forzosamente la disminución, sino el extravío de la inteligencia humana. Misericordioso y justo a un tiempo mismo, Dios niega a las inteligencias culpables la verdad, pero no les niega la vida; las condena al error, mas no a la muerte.

“Por eso, todos hemos visto pasar delante de nuestros ojos esos siglos de prodigiosa incredulidad y de altísima cultura, que han dejado en pos de sí un surco, menos luminoso que inflamado, en la prolongación de los tiempos, y que han resplandecido con una luz fosfórica en la Historia.

“Poned, sin embargo, en ellos vuestros ojos; miradlos una vez y otra vez, y veréis que sus resplandores son incendios y que no iluminan sino porque relampaguean. Cualquiera diría que su iluminación procede de la explosión súbita de materias de suyo oscuras, pero inflamables, más bien que de las purísimas regiones donde se engendra aquella luz apacible, dilatada suavemente en las bóvedas del cielo, con soberano pincel, por un pintor soberano”.

 

 

¡QUE TE CONOZCAN  DIOS!