Las Noticias de hoy 11 Julio 2020

Enviado por adminideas el Sáb, 11/07/2020 - 12:28

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 11 de julio de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

La Santa Sede llama a una “urgente” cooperación para acoger a los desplazados

Argentina: El Papa expresa su cercanía a los sacerdotes villeros enfermos

Cardenal Turkson reconoce retos inherentes al considerar las “secuelas” de COVID-19

SAN BENITO, PATRÓN DE EUROPA*: Francisco Fernandez Carbajal

“No te olvides de la higuera maldecida”: San Josemaria

Conocerle y conocerte (II): De labios de Jesús: Nicolás Álvarez de las Asturias

El tesoro del tiempo: San Josemaria

Comentario al Evangelio: Parábola del sembrador

XV Domingo del tiempo ordinario.:+ Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

Los padecimientos de Cristo en mi carne’ (Col 1,24): Juan Luis Caballero

Rezar como el Papa Francisco: Lucas Buch

San Juan Pablo II en la canonización de Sam Josemaría: Daniel Tirapu 

Educar en la paciencia: Silvia del Valle Márquez

Disfruta ser papá: Infamilia

Funeral de las Víctimas del Coronavirus: Josefa Romo

La LOMLOE apunta la pública, "perspectiva de género", clase de religión y educación especial.: Juan García. 

El primer escalón: Domingo Martínez Madrid

Los “asquerosamente” ricos: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

La Santa Sede llama a una “urgente” cooperación para acoger a los desplazados

Ante las Naciones Unidas

(zenit – 10 julio 2020).- La Santa Sede, representada en la Organización de las Naciones Unidas por monseñor Ivan Jurkovič, considera “urgente” la cooperación en la comunidad internacional sobre el problema de los desplazados internos, protagonistas de una “tragedia invisible” que la pandemia de COVID-19 no ha hecho más que exacerbar.

Esta fue la petición de monseñor Ivan Jurkovič, observador permanente del Vaticano ante las Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales con sede en Ginebra, el pasado 9 de julio, en la 44ª sesión del Consejo para los Derechos Humanos, que se celebra hasta el 17 de julio en esta ciudad suiza.

Con el fin de una cooperación para los refugiados, el diplomático vaticano alienta la elaboración de un marco jurídico claro sobre las responsabilidades de los Estados que “asegure su protección efectiva, obtenga soluciones duraderas y, en última instancia, salve vidas humanas”.

Personas con historias y sufrimientos

En consonancia con el Mensaje del Papa Francisco para el Día Mundial de los Migrantes y Refugiados de 2020, monseñor Jurkovič señala que al igual que los migrantes y los refugiados, “las personas desplazadas no son meros números o estadísticas: son personas humanas, con historias, sufrimientos y aspiraciones personales”.

Y ha aclarado: “Sufrimiento agravado para quienes, entre ellos, tienen una discapacidad que encuentra dificultades aún mayores para acceder a la información y la asistencia humanitaria «con las consiguientes desigualdades y mayores riesgos para su protección”.

De este modo, el prelado considera fundamental tener en cuenta también las necesidades de los discapacitados, de modo que se garantice su seguridad y se promueva su plena participación en la vida de las sociedades de acogida, como se recomienda en las “Orientaciones pastorales sobre los desplazados internos” preparadas por el Dicasterio Vaticano para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.

Así, ha llamado a trabajar con ese fin a los Estados, para preparar más mecanismos de coordinación y mandatos más claros “basados en los principios de que todas las personas, independientemente de su situación migratoria, deben poder permanecer en sus tierras en paz y seguridad sin amenaza de desplazamiento”.

Consejo de Derechos Humanos

Hasta el 17 de julio, se celebra en Ginebra la 44ª sesión del Consejo para los Derechos Humanos. Este organismo tiene no menos de tres períodos ordinarios de sesiones por año, para un total de al menos 10 semanas. Se llevará a cabo en marzo (cuatro semanas), junio (tres semanas) y septiembre (tres semanas).

Si un tercio de los Estados miembros lo solicita, el Consejo de Derechos Humanos puede decidir en cualquier momento para celebrar un período extraordinario de sesiones para abordar las violaciones de los derechos humanos y las emergencias.

 

 

Argentina: El Papa expresa su cercanía a los sacerdotes villeros enfermos

Y a los vecinos de barrios populares

(zenit – 10 julio 2020).- El Papa Francisco expresa su cercanía a los vecinos de los barrios más pobres de Buenos Aires, Argentina, y a los sacerdotes villeros enfermos que los atienden en un videomensaje publicado en la cuenta de Twitter del Equipo de sacerdotes de barrios populares de Buenos Aires y gran Buenos Aires.

“Quiero estar cerca de ustedes en este momento, que sé que la están peleando con la oración y los médicos, ayudan”, dijo el Santo Padre en el video.

En sus palabras, el pontífice subrayó que “tres de los curas que trabajan entre ustedes están enfermos, pienso especialmente en el padre Bachi, el pionero de Villa Palito y que después trabajó en San Petersburgo, Puerta de Hierro, todos esos barrios a los cuales él le dedica su vida”.

Según informa Vatican News, el padre Basilicio “Bachi” Brítez es referente de los barrios populares del partido bonaerense de La Matanza en la diócesis de San Justo, y está internado desde el pasado 21 de junio afectado por la COVID-19.

Después, en su mensaje, Francisco indicó que: “estoy cerca de ustedes, que rezo por ustedes, que los acompaño en este momento”. Y, por último, exhortó a mantenerse “todo el pueblo de Dios junto a sus curas enfermos”, apuntando que “es el momento de dar testimonio por esos curas villeros, pedirle por la salud y seguir adelante”.

Solicitud de los “curas villeros” 

El pasado 28 de junio de 2020, los conocidos como “curas villeros” solicitaron al Gobierno de Argentina la presencia de ambulancias en las villas y barrios populares.

Asimismo, propusieron al Estado que brinde “unidades de traslado” a los barrios “que cuentan con la capacidad de organizarse como comunidad y asistir a los pacientes necesitados”.

Esta petición se realizó a través de la presentación de la declaración titulada“La imperiosa necesidad de la ambulancia en las villas y barrios populares” realizada en la citada fecha

 

 

Cardenal Turkson reconoce retos inherentes al considerar las “secuelas” de COVID-19

En declaraciones a ‘zenit’

(zenit – 10 julio 2020).- Aunque reconoce que hablar de las “secuelas” de la COVID-19 está resultando más complejo y difícil de lo que parecía en un principio, el cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson considera que lo que estamos aprendiendo de los países que han aplanado la curva de contagio puede enseñar valiosas lecciones a otros a nivel mundial.

Al mismo tiempo, reconoce que las futuras reacciones de cada país ante el virus serán diferentes, sobre todo porque la investigación de la vacuna está en marcha.

Así lo expresó el prefecto del Dicasterio para la Promoción del Desarrollo Humano Integral y presidente de la Comisión Vaticana para la COVID-19 a zenit durante la conferencia de prensa sobre “Preparar el futuro, construir la paz en el tiempo de la Covid-19”, celebrada con algunos periodistas acreditados en la Oficina de Prensa de la Santa Sede el 7 de julio de 2020 a las 11:30 horas.

Como de costumbre, la Oficina de Prensa tomó la temperatura de cada periodista con máscara al entrar, proporcionó desinfectante y estableció canales para entrar y salir de la sala. La prensa acreditada por el Vaticano (y el personal de la Oficina de Prensa) precisaba llevar mascarillas y sentarse en asientos designados, socialmente distanciados. El micrófono para hacer preguntas también fue desinfectado después de cada pregunta.

Junto con el cardenal Turkson intervinieron la hermana Alessandra Smerilli, coordinadora del Grupo de Trabajo de Economía de la Comisión Vaticana para la COVID-19 y profesora de Economía Política en la Facultad Pontificia de Ciencias de la Educación Auxilium y el Dr. Alessio Pecorario, coordinador del Grupo de Trabajo de Seguridad de la Comisión Vaticana para la COVID-19 y funcionario del Dicasterio para la Promoción del Desarrollo Humano Integral.

Dirigiéndose al cardenal Turkson, la edición inglesa de zenit señaló que en una entrevista inicial que hizo en el Vaticano cuando la Comisión COVID-19 fue instituida por el Papa Francisco, subrayó que “debemos considerar las secuelas de la COVID-19, para que no estar desprevenidos”.

Recordando estas palabras, zenit preguntó cómo -dada la posibilidad de que se produzcan segundas olas en algunos países, y cómo otros aún no tienen el virus bajo control- la Comisión puede hablar efectivamente de las “secuelas” del coronavirus.

“Es difícil”, contestó el cardenal Turkson a zenit.

“Como sabéis, el virus viaja a diferentes velocidades. En Italia, no solo hemos aplanado la curva, sino que está en descenso, por lo que prácticamente Italia ya no aparece en los titulares”.

“Ahora, los titulares”, expresó el cardenal, “son los Estados Unidos (EE.UU.), ni siquiera Nueva York, ahora son sobre Texas y Florida. También los vemos sobre el Amazonas… Brasil…”.

Diferentes países, reconoció el prefecto del Vaticano, están teniendo “diferentes experiencias” del virus ahora, después de reflexionar sobre cómo viajó: “China, en Wuhan… Luego pasó a Italia, luego a otros países de Europa. España. Luego a Nueva York”, apuntó, remarcando que allí otros estados de EE.UU. están teniendo mucho contagio, como Florida, Texas, entre otros.

“Así que”, preguntó entonces: “¿podemos hablar de ‘post’-COVID? ¿Cuándo podremos decir que la COVID ha terminado, y estamos tratando con un período post-COVID?”.

“Claramente, un período ‘Post-COVID’”, afirmó, “sería una experiencia igual a como ha sido la de COVID, es decir, una que ocurre en diferentes momentos, en diferentes países…”.

Pero la experiencia, subrayó el prelado ghanés, no será la misma, especialmente porque la investigación de la vacuna continúa y algunos países presumiblemente crearán una vacuna tan pronto como sea factible

Destacando las diferentes experiencias de país a país, de lugar a lugar, el líder de la Comisión COVID-19 destacó: “estamos viendo un caso. [Y] siempre que tenemos un caso, sabemos lo que estamos mirando, sabemos el impacto en la atención sanitaria, el impacto en el empleo, el impacto en la economía…”.

Siendo estos los fenómenos comunes en todo el mundo, subrayó que centrándose en ellos, “apuntando a los diferentes fenómenos”, son capaces de predecir mejor lo que sucederá bajo ciertas condiciones.

“Habiendo preparado esa investigación y los resultados para un caso”, explicó, “pueden aplicarse a otros casos, una vez que tengan esa misma experiencia”.

En su discurso, el cardenal Turkson dijo que la Iglesia apoya firmemente los proyectos de construcción de la paz que son esenciales para que las comunidades en conflicto y post-conflicto respondan al coronavirus.

Recordando que el Papa Francisco, el pasado noviembre en Nagasaki, expresó que debemos “romper el clima de desconfianza” y evitar la “erosión del multilateralismo”. En este sentido, el cardenal destacó que “en interés de construir una paz sostenible, debemos fomentar una ‘cultura del encuentro’ en la que hombres y mujeres se descubran unos a otros como miembros de una familia humana, compartiendo la misma creencia”.

“Solidaridad. Confianza. Encuentro. Bien común. No violencia”, enumeró, añadiendo: “Creemos que estos son los fundamentos de la seguridad humana real”.

El purpurado también indicó que “acoge con satisfacción” el reciente respaldo del Consejo de Seguridad de la ONU a un alto el fuego mundial.

“No podemos luchar contra la pandemia si estamos luchando o preparándonos para luchar, unos contra otros”, dijo, marcando: “¡También celebro el respaldo de 170 países al llamamiento de la ONU para silenciar las armas! Pero una cosa es llamar o respaldar una declaración de cese al fuego, otra cosa es implementarla”, lo cual, según él, requiere “congelar la producción y el comercio de armas”.

“Ahora, más que nunca”, continuó el cardenal Turkson, “es el momento de que las naciones del mundo pasen de la seguridad nacional por medios militares a la seguridad humana como principal preocupación de la política y las relaciones internacionales. Ahora es el momento de que la comunidad internacional y la Iglesia desarrollen planes audaces e imaginativos para una acción colectiva acorde con la magnitud de esta crisis”.

La conferencia de prensa fue transmitida en vivo en el canal de YouTube de Vatican News.

A continuación, sigue la traducción proporcionada por el Vaticano del discurso del cardenal Turkson:

***

Intervención del cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson

Como todos sabemos, nos enfrentamos a una de las peores crisis humanitarias desde la Segunda Guerra Mundial. Mientras el mundo toma medidas de emergencia para hacer frente a una pandemia y a una recesión económica mundiales, ambas reforzadas por una emergencia climática global, también debemos considerar las consecuencias para la paz de estas crisis interconectadas. La Comisión Vaticana para el COVID-19, especialmente a través del Grupo de Trabajo sobre Seguridad y Economía, ha analizado algunas de estas implicaciones. Permítanme destacar las siguientes:

Mientras que hoy en día se dedican sumas sin precedentes a gastos militares (incluyendo los grandes programas de modernización nuclear), los enfermos, los pobres, los marginados, y las víctimas de los conflictos son afectados tremendamente por la crisis actual. Las crisis interconectadas (salud, socio-economía y ecología) están ampliando la brecha no sólo entre los ricos y los pobres, sino también entre las zonas de paz, prosperidad y justicia ambiental y las zonas de conflicto, privación y devastación ecológica.

No puede haber curación sin paz. La reducción de los conflictos es la única posibilidad de reducir las injusticias y las desigualdades. La violencia armada y los conflictos y la pobreza están absolutamente vinculados en un ciclo que impide la paz, fomenta los abusos contra los derechos humanos y obstaculiza el desarrollo.

Celebro el reciente respaldo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a un alto el fuego mundial (1). No podemos luchar contra la pandemia si estamos luchando, o preparándonos para luchar, unos contra otros. ¡También celebro el apoyo de 170 países al llamamiento de las Naciones Unidas para que callen las armas! (2).  Pero una cosa es lanzar o apoyar una declaración de alto el fuego, otra cosa es ponerla en práctica. Para ello, necesitamos congelar la producción y el comercio de armas.

Las actuales crisis interconectadas que he mencionado (salud, socio-economía y ecología) demuestran la urgente necesidad de una globalización de la solidaridad que refleje nuestra interdependencia mundial. En las dos últimas décadas, la estabilidad y la seguridad internacionales se han deteriorado (3).  Parece que la amistad política y la concordia internacional son cada vez menos el bien supremo que las naciones desean y por el  que están dispuestas a comprometerse.

Lamentablemente, en lugar de estar unidos para el bien común frente a una amenaza  que no conoce fronteras, muchos líderes están ahondando las divisiones internacionales e internas. En este sentido, la pandemia, con los fallecimientos y otras  consecuencias sanitarias, la recesión económica y los conflictos, representa la tormenta perfecta. Necesitamos un liderazgo mundial que pueda reconstruir los lazos de unidad y al mismo tiempo rechazar el argumento de los chivos expiatorios, la recriminación mutua, el nacionalismo chovinista, el aislacionismo y otras formas de egoísmo. Como dijo el Papa Francisco el pasado noviembre en Nagasaki, debemos «romper el clima de desconfianza» y evitar la «erosión del multilateralismo»(4). En aras de la construcción de una paz sostenible, debemos fomentar una «cultura del encuentro» en la que hombres y mujeres se descubran unos a otros como miembros de una familia humana, compartiendo la misma creencia. Solidaridad. Confianza. Encuentro. Bien común. No-violencia. Creemos que estos son los fundamentos de la seguridad humana actual.

La Iglesia apoya firmemente los proyectos de construcción de la paz que son esenciales para que las comunidades en conflicto y post-conflicto respondan a la COVID-19. Sin el control de las armas, es imposible garantizar la seguridad. Sin seguridad, las respuestas a la pandemia son incompletas.

La pandemia de COVID-19, la recesión económica y el cambio climático hacen cada vez más evidente la necesidad de dar prioridad a la paz positiva sobre las estrechas nociones de seguridad nacional. El Papa Juan XXIII señalaba ya la necesidad de esta transformación al redefinir la paz en términos de reconocimiento, respeto, salvaguardia y promoción de los derechos de la persona humana (Pacem in terris, 139). Ahora, más que nunca, es el momento de que las naciones del mundo pasen de la seguridad nacional por medios militares a la seguridad humana como principal preocupación de la política y las relaciones internacionales. Ahora es el momento de que la comunidad internacional y la Iglesia elaboren planes audaces e imaginativos para una acción colectiva acorde con la magnitud de esta crisis. Ahora es el momento de construir un mundo que refleje mejor un enfoque verdaderamente integral de la paz, el desarrollo humano y la ecología.

¡Gracias!

(1)https://news.un.org/en/story/2020/07/1067552

(2) https://news.un.org/en/story/2020/06/1066982

(3) https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2019/09/27/190927b.html

(4) http://www.vatican.va/content/francesco/es/discursos/2019/noviembrer/documentos/papa- francesco_20191124_mensaje-armasnucleres-nagasaki.html

 

 

SAN BENITO, PATRÓN DE EUROPA*

Memoria

— Raíces cristianas de Europa.

— Necesidad de una nueva evangelización.

— Tarea de todos. Hacer lo que esté en nuestras manos.

I. Al conmemorar el quince centenario del nacimiento de San Benito, el Papa Juan Pablo II recordaba el «trabajo gigantesco» del santo, que contribuyó en gran manera a configurar lo que más tarde sería Europa1. Era un tiempo en el que «corrían gran peligro no solo la Iglesia, sino también la sociedad civil y la cultura. San Benito atestiguó, con insignes obras y con su santidad, la perenne juventud de la Iglesia». Además, «él y sus seguidores sacaron de la barbarie y llevaron a la vida civilizada y cristiana a pueblos bárbaros, y conduciéndolos a la virtud, al trabajo y al pacífico ejercicio de las letras, los unió en caridad a manera de hermanos»2. San Benito contribuyó en gran medida a forjar el alma y las raíces de Europa, que son esencialmente cristianas, sin las cuales no se entienden ni se explican nuestra cultura ni nuestro modo de ser3. La misma identidad europea «es incomprensible sin el Cristianismo», y «precisamente en él se hallan esas raíces comunes, de las que ha madurado la civilización del continente, su cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión constructiva a los demás continentes; en una palabra, todo lo que constituye su gloria»4.

Hoy estamos asistiendo, por desgracia, a un empeño decidido y sistemático que trata de eliminar lo más esencial de nuestras costumbres: su hondo sentido cristiano. «Por una parte, la orientación casi exclusiva hacia el consumo de los bienes materiales, quita a la vida humana su sentido más profundo. Por otra parte, el trabajo está volviéndose en muchos casos casi una coacción alienante para el hombre, sometido al colectivismo, y se separa, casi a cualquier precio, de la oración, quitando a la vida humana su dimensión ultraterrena»5. Parece en ocasiones como si pueblos enteros se encaminaran a una nueva barbarie, peor que la de tiempos pasados. El materialismo práctico «impone hoy al hombre su dominio de maneras muy diferentes y con una agresividad que a nadie excluye. Los principios más sagrados, que fueron guía segura de comportamiento de los individuos y de la sociedad, están siendo desplazados por falsos pretextos referentes a la libertad, la sacralidad de la vida, la indisolubilidad del matrimonio, el sentido auténtico de la sexualidad humana, la recta actitud hacia los bienes materiales, que el progreso ha traído»6. No parece exagerado pensar que en muchos lugares, si no llega el remedio oportuno, las ideas que están cristalizando darán lugar a una nueva sociedad pagana. Por influjo del laicismo, que prescinde de toda relación con Dios, en no pocas legislaciones civiles, los derechos y deberes del ciudadano se establecen sin ninguna relación con una ley moral objetiva. Y lo hacen compatible con una apariencia de bondad, que solo engaña a personas de escasa formación y a los que ya han perdido el sentido de la dignidad humana.

Ante esta situación, el Papa Juan Pablo II ha hecho múltiples llamadas a una nueva evangelización de Europa y del mundo, en la que estamos todos comprometidos. Examinemos hoy, en la festividad de San Benito, nuestro sentido cristiano de la vida y el espíritu apostólico que debe animar todos nuestros actos. No olvidemos que «en la proximidad del tercer milenio de la Redención, Dios está preparando una gran primavera cristiana, de la que ya se vislumbra su comienzo»7. Y nos quiere a nosotros como protagonistas de este renacer de la fe. Sentiremos la alegría de dar a conocer a Cristo a compañeros de trabajo, amigos, familiares... Y el Señor premiará ese esfuerzo con gracias abundantes que nos llevarán a una mayor intimidad con Él.

II. Muchos cristianos, ante un panorama que parece adverso, han preferido poner entre paréntesis, dejar a un lado, lo que podía chocar con la opinión más generalizada, que muchas veces se ha puesto a sí misma la etiqueta de «moderna» y de «progreso», y «a fuerza de poner entre paréntesis lo que nos molesta en un problema escribe un pensador de nuestros días, para no separarnos de nuestros compañeros, corremos el riesgo de enterrar en nosotros lo que es esencial»8, aquello que explica el sentido de nuestro vivir cotidiano.

Ningún cristiano puede permanecer al margen de las grandes cuestiones humanas que el mundo tiene planteadas. «No podemos cruzarnos de brazos, cuando una sutil persecución condena a la Iglesia a morir de inedia, relegándola fuera de la vida pública y, sobre todo, impidiéndole intervenir en la educación, en la cultura, en la vida familiar.

»No son derechos nuestros: son de Dios, y a nosotros, los católicos, Él los ha confiado... ¡para que los ejercitemos!»9.

Ante esta situación, cuyas consecuencias vemos todos los días, hemos de sentir la urgencia de recristianizar el mundo, ese mundo quizá pequeño en el que se desarrolla nuestra vida: «cada uno de nosotros ha de plantearse de verdad esta pregunta: ¿qué puedo hacer yo en mi ciudad, en mi lugar de trabajo, en mi escuela o en mi universidad, en esa agrupación social o deportiva de la que formo parte, etc. para que Jesucristo reine efectivamente en las almas y en las actividades? Pensadlo delante de Dios, pedid consejo, rezad... y lanzaos con santa agresividad, con valentía espiritual a conquistar para Dios ese ambiente»10.

La tarea de la recristianización de Europa y del mundo no se puede plantear como si solo fuera abordable por aquellos que tienen una influencia política o pública considerable. Por el contrario, es tarea de todos. Volvemos de nuevo a evangelizar este mundo nuestro cuando vivimos como quiere Dios: cuando los padres y madres de familia comenzando por su conducta, por ejemplo en la generosidad en el número de hijos, en el modo de tratar a quienes les ayudan en las tareas domésticas, a los vecinos... educan a sus hijos en el desprendimiento de sus cosas personales, en el sentido del deber, en la austeridad de vida, en el espíritu de sacrificio para el cuidado de los mayores y de los más necesitados... Cooperan en la recristianización de la sociedad los predicadores y catequistas que recuerdan, sin cansancio y sin reduccionismos oportunistas, todo el mensaje de Cristo; los colegios que, teniendo en cuenta los objetivos para los que fueron fundados, forman realmente en el espíritu cristiano; los profesionales que, aunque esto les acarree un cierto perjuicio económico, se niegan a prácticas inmorales: comisiones injustas, aprovechamiento desleal de informaciones reservadas, de influencias, intervenciones médicas que pugnan con la Ley de Dios, o inserciones publicitarias que ayudan a sostener emisoras o publicaciones claramente anticristianas... Y siempre el apostolado personal basado en la amistad, que es eficaz en toda circunstancia.

III. Existe un antiguo proverbio que dice: «más vale encender una cerilla que maldecir la oscuridad». Aparte de que no es propio de los hijos de Dios la queja sistemática sobre el mal, el clima pesimista y negativo, si los cristianos nos decidiéramos a llevar a cabo lo que está en nuestras manos, cambiaríamos el mundo de nuevo, como hicieron los primeros cristianos, pocos en número, pero con una fe viva y operativa. Es un gran error no hacer nada, por pensar quizá que se puede hacer poco. Una carta a un periódico alabando o agradeciendo un buen artículo, puede alentar al director de la publicación o al periodista a publicar otros en la misma línea; recomendar un buen libro puede ser el instrumento que utilice el Espíritu Santo para transformar un alma; expresar nuestra opinión con serenidad puede reafirmar a otro en su sentido cristiano... Todas nuestras acciones, con la gracia Dios, tienen repercusiones insospechadas.

Y hemos de contar con que hacer el bien es siempre más atractivo que el mal; y también con la ayuda de la Virgen y de los santos Ángeles Custodios para sacar adelante lo que nos proponemos, y con la fortaleza que otorga la ayuda de la Comunión de los Santos, que alcanza incluso a los que están más lejos. Son muchas las razones para ser optimistas, «con un optimismo sobrenatural que hunde sus raíces en la fe, que se alimenta de la esperanza y a quien pone alas el amor. Hemos de impregnar de espíritu cristiano todos los ambientes de la sociedad. No os quedéis solamente en el deseo: cada una, cada uno, allá donde trabaje, ha de dar contenido de Dios a su tarea, y ha de preocuparse –con su oración, con su mortificación, con su trabajo profesional bien acabado– de formarse y de formar a otras almas en la Verdad de Cristo, para que sea proclamado Señor de todos los quehaceres terrenos»11. Para esto aprovecharemos todas las situaciones, incluso los viajes por motivos de descanso o de trabajo, como hicieron los primeros cristianos, que «viajando o estableciéndose en regiones donde Cristo no había sido anunciado, testimoniaban con valentía su fe y fundaban allí las primeras comunidades»12.

A San Benito, le encomendamos hoy esta tarea de todos de recristianizar la sociedad, y le pedimos que sepamos proclamar con nuestra vida y nuestra palabra «la perenne juventud de la Iglesia». Sobre todo le pedimos esa santidad personal que está en la base de todo apostolado. «Veo amanecer señala el Papa Juan Pablo II- una nueva época misionera, que llegará a ser un día radiante y rica en frutos, si todos los cristianos y, en particular, los misioneros y las jóvenes Iglesias responden con generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de nuestro tiempo»13.

Santa María, Reina de Europa y del mundo, ruega por todos aquellos que se hallan en camino hacia Cristo... ruega por nosotros.

1 Juan Pablo II, Homilía 1-I-1980. — 2 Pío XII, Enc. Fulgens radiatur, en el Centenario de la muerte de San Benito, 21-III-1947. — 3 Cfr. L. Suárez. Raíces cristianas de Europa, Palabra, 2ª ed., Madrid 1986, pp. 16 ss. — 4 Juan Pablo II, Discurso en Santiago de Compostela, 9-XI-1982. — 5 ídem, Homilía en Nursia, 23-III-1980. — 6 ídem, Homilía en el Phoenix Park de Dublín, 29-IX-1979. — 7 ídem, Enc. Redemptoris missio, 7-XII-1990, n. 86. — 8 J. Guiton, Silencio sobre lo esencial, EDICEP, Valencia 1988, p. 20. — 9 San Josemaría Escrivá, Surco, Rialp, 3.ª ed., Madrid 1986, n. 310. — 10 A. del Portillo, Carta 2-X-1985. — 11 ídem, Carta 25-XII-1985, n. 10. — 12 Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, cit. 82. — 13 Ibídem, n. 92.

San Benito nació en Nursia (Italia) hacia el año 480. Después de haber recibido una esmerada formación en Roma comenzó a practicar la vida eremítica en Subiaco, donde reunió algunos discípulos; más tarde se trasladó a Casino. Allí fundó el célebre monasterio de Montecasino y escribió la Regla de la vida monástica, cuya difusión le valió el ser llamado «Padre de los monjes de Occidente». Influyó y sigue ejerciendo su influencia en muchas Constituciones de la vida religiosa. Murió en Montecasino el 21 de marzo del año 547, pero ya desde fines del siglo viii comenzó a celebrarse su fiesta en muchos lugares en el día de hoy. Pablo VI, en la Carta Apostólica Pacis nuntius (24-X-1964), proclamó a San Benito Patrón de Europa por el extraordinario influjo que ejerció personalmente y a través de sus monjes en establecer las raíces cristianas de este viejo continente. Juan Pablo II, con la Carta Apostólica Egregiae virtutis (31-XII-1980), proclamó a los Santos Cirilo y Metodio copatronos de Europa (cfr. Encíclica Slavorum Apostoli, 2-VI-1985).

 

 

“No te olvides de la higuera maldecida”

Aprovéchame el tiempo. -No te olvides de la higuera maldecida. Ya hacía algo: echar hojas. Como tú... -No me digas que tienes excusas. -No le valió a la higuera -narra el Evangelista- no ser tiempo de higos, cuando el Señor los fue a buscar en ella. -Y estéril quedó para siempre. (Camino, 354)

11 de julio

Volvemos al Santo Evangelio, y nos detenemos en lo que nos refiere San Mateo, en el capítulo veintiuno. Nos relata que Jesús, volviendo a la ciudad, tuvo hambre, y descubriendo una higuera junto al camino se acercó allí. ¡Qué alegría, Señor, verte con hambre, verte también junto al Pozo de Sicar, sediento! (...)

¡Cómo te haces entender, Señor! ¡Cómo te haces querer! Te nos muestras como nosotros, en todo menos en el pecado: para que palpemos que contigo podremos vencer nuestras malas inclinaciones, nuestras culpas. Porque no importan ni el cansancio, ni el hambre, ni la sed, ni las lágrimas... Cristo se cansó, pasó hambre, estuvo sediento, lloró. Lo que importa es la lucha -una contienda amable, porque el Señor permanece siempre a nuestro lado- para cumplir la voluntad del Padre que está en los cielos. (...)

Se llegó a la higuera, no hallando sino solamente hojas. Es lamentable esto. ¿Ocurre así en nuestra vida? ¿Ocurre que tristemente falta fe, vibración de humildad, que no aparecen sacrificios ni obras? ¿Que sólo está la fachada cristiana, pero que carecemos de provecho? Es terrible. Porque Jesús ordena: nunca jamás nazca de ti fruto. Y la higuera se secó inmediatamente. Nos da pena este pasaje de la Escritura Santa, a la vez que nos anima también a encender la fe, a vivir conforme a la fe, para que Cristo reciba siempre ganancia de nosotros. (Amigos de Dios 201-202)

 

 

Conocerle y conocerte (II): De labios de Jesús

En este segundo editorial de la serie se considera la iniciativa de Dios en la oración, que acude al encuentro del hombre y educa su corazón para que pueda entrar en relación con Él y descubra su condición de hijo amado de Dios.

VIDA ESPIRITUAL01/01/2020

Los primeros discípulos de Jesús vivían permanentemente fascinados y sorprendidos por su Maestro: enseñaba con autoridad, los demonios se le sometían, afirmaba que tenía potestad para perdonar los pecados, hacía milagros para que no dudaran… Un hombre tan sorprendente debía encerrar algún misterio. Uno de aquellos días, al alba, cuando están por comenzar otra agotadora jornada, los discípulos no encuentran a Jesús. Salen de casa preocupados y recorren la pequeña ciudad de Cafarnaún. Jesús no aparece. Finalmente, en una ladera que mira al lago, le descubren... ¡orando! (cfr. Mc 1,35).

El evangelista nos induce a pensar que no lo entendieron en un primer momento, pero enseguida pudieron comprobar que el episodio de Cafarnaún no era un hecho aislado. La oración formaba parte de la vida del Maestro tanto como la predicación, la atención a las necesidades de la gente o el descanso. Pero, mientras todas esas actividades les resultaban comprensibles e incluso admirables, aquellos tiempos de silencio les fascinaban, aunque no los entendían del todo. Solo tras un tiempo junto al Maestro se atrevieron a pedirle: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos» (Lc 11,1).

Non multa…

Conocemos la respuesta de Jesús a esa petición: la oración del Padrenuestro. Y alguno podría pensar que los discípulos debieron quedar decepcionados: ¿tan solo esas pocas palabras? ¿Eso es lo que hacía el Maestro durante largas horas? ¿Repetía siempre lo mismo? Podemos incluso imaginar que la respuesta de Jesús les debió saber a poco; hubieran deseado que Jesús siguiera enseñándoles. En ese sentido, el evangelio de san Mateo —a diferencia del de san Lucas— nos puede iluminar algo más, ya que sitúa la enseñanza del Padrenuestro en el contexto del Sermón de la Montaña: allí Cristo había señalado las condiciones principales de la oración, del trato verdadero con Dios. ¿Cuáles son esas condiciones?

LA RECTITUD DE INTENCIÓN, LA CONFIANZA Y LA SENCILLEZ SON TRES CONDICIONES PARA PODER DIRIGIRSE A DIOS

La primera es la rectitud de intención: se trata de dirigirse a Dios por Dios, no por otros motivos; desde luego, no hacerlo simplemente para que nos vean, ni para aparentar una bondad de la que carecemos (cfr. Mt 6,5). Dirigirnos a Dios porque él es un ser personal, que no debe ser instrumentalizado. Nos ha dado todo lo que poseemos, existimos por su amor, nos ha hecho hijos suyos, cuida tiernamente de nosotros y ha entregado su propia vida para salvarnos. Él no merece nuestra atención solo, ni principalmente, porque puede conseguirnos cosas. La merece… ¡porque es él! San Juan Pablo II, cuando era aún obispo de Cracovia, lo recordaba a los jóvenes: «¿Por qué oran todas las personas (cristianos, musulmanes, budistas, paganos)? ¿Por qué oran? ¿Por qué oran incluso los que creen no orar? La respuesta es muy sencilla. Oro porque hay Dios. Sé que hay Dios. Por eso oro»[1].

La segunda es la confianza: nos dirigimos a quien es Padre, Abbá. Dios no es un ser lejano, ni mucho menos un enemigo del hombre, al que habría que tener contento, aplacando su ira o sus exigencias constantemente. Él es el padre que se preocupa por sus hijos, que sabe lo que necesitan, que les da lo que más les conviene (cfr. Mt 6,8), que «tiene sus delicias con ellos» (cfr. Prov 8,31).

Se entiende así mejor la tercera de las condiciones de la oración, que es la que introduce la revelación del Padrenuestro: no usar demasiadas palabras (cfr. Mt 6,7). De esa manera podremos experimentar lo que nos recordaba el papa Francisco: «¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos!»[2]. Demasiadas palabras pueden aturdirnos y desviar nuestra atención. Así, en vez de mirar a Dios y descansar en su amor, existe el peligro de acabar prisioneros de nuestras necesidades urgentes, de nuestras angustias o de nuestros proyectos. Es decir, podemos terminar encerrados, sin que la oración nos abra verdaderamente a Dios y a su amor transformador.

Hay un adagio latino, non multa, sed multum[3], que san Josemaría usaba para referirse al modo de estudiar ya que recuerda la importancia de no dispersarse en muchas cosas —non multa—, sino de profundizar en lo esencial —sed multum—. Se trata de un consejo que sirve también para entender la enseñanza de Jesús sobre la oración. El Padrenuestro, en su brevedad, no es una lección decepcionante, sino auténtica revelación del modo en que resulta posible la conexión verdadera con Dios.

…sed multum

«A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y muda tu condición»[4]. Estas palabras de san Juan de la Cruz nos recuerdan que amar significa acompasarse con el otro, adivinar sus gustos y gozar en satisfacerlos, aprender —a veces con cierto sufrimiento— que no basta nuestra buena intención, sino que hay que aprender a acertar.

Y para amar a Dios, ¿cómo conseguiremos acertar? ¿Cómo sabremos sus gustos? El libro de Job pone de manifiesto aquella dificultad cuando, al final, humildemente dice: «Yo te preguntaré y tú me instruirás» (Jb 42,4). Se trata de la misma petición que siglos después dirigieron los discípulos a Jesús: «Enséñanos a orar». Aprender a rezar no es, pues, primariamente cuestión de técnica o de método. Ante todo, es apertura a un Dios que nos ha manifestado su verdadero rostro y que ha abierto para nosotros la intimidad de su corazón. Solo conociendo lo que anida en el corazón de Dios podremos orar verdaderamente, podremos amarle como él quiere ser amado. Y, a la luz de ese conocimiento, mudar la condición de nuestra oración, aprender a rezar de la mejor manera

El Padrenuestro es, pues, la gran instrucción de Jesús para que podamos sintonizar con el corazón del Padre. Por eso se ha hablado del carácter performativo de esta oración: son palabras que realizan en nosotros aquello que significan, son palabras que nos cambian. No son meramente frases para repetir: son palabras para educar nuestro corazón, para enseñarle a latir con los latidos de amor que agradarán a nuestro Padre del cielo.

LA ORACIÓN VA MÁS DE APERTURA Y DE DEJARSE TRANSFORMAR QUE DE UNA SIMPLE TÉCNICA O MÉTODO

Decir Padre y nuestro me sitúa existencialmente en la relación que configura mi vida. Repetir hágase tu voluntad me enseña a amar los planes de Dios y recitar perdona nuestras ofensas como también perdonamos a los que nos ofenden me ayuda a tener un corazón más misericordioso con los demás. «Las palabras nos instruyen y nos permiten entender lo que debemos desear y pedir nosotros. Y no como si con ellas fuésemos a convencer nosotros al Señor para obtener lo que pedimos»[5]. Recitando esta oración aprendemos a dirigirnos a Dios poniendo el acento en lo que es verdaderamente importante.

Meditar las distintas peticiones del Padrenuestro, quizás con la ayuda de algunos de los grandes comentarios antiguos —el de san Cipriano o el de santo Tomás[6]— o de otros más recientes como el del Catecismo de la Iglesia Católica, puede ser un buen modo de comenzar a renovar nuestra vida de oración y, así, vivir con mayor intensidad la historia de amor que tiene que ser nuestra vida.

Con palabras inspiradas

Los discípulos, testigos de la oración de Jesús, vieron también que él se dirigía a su Padre en muchas ocasiones con las palabras de los salmos. Así lo habría aprendido de su madre y de san José. Los salmos alimentaron su oración hasta en el momento supremo de su sacrificio en la cruz: «Elí, Elí, ¿lamma sabachtani?» reza el primer versículo del salmo 22 en arameo, tal y como lo pronunció Jesús en el momento en que se consumaba nuestra redención. San Mateo también recoge que en la Última Cena, «cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos» (Mt 26,30). ¿Qué himnos son esos con los que el mismo Cristo rezaba?

Durante la comida de Pascua, los judíos tomaban cuatro copas de vino, que representaban las cuatro promesas de bendición de Dios para su pueblo cuando fueron liberados de Egipto: «Os sacaré», «os libraré», «os redimiré» y «os tomaré» (Éx 6,6-7). Se bebían en cuatro distintos momentos durante la cena. Al mismo tiempo, se cantaban los himnos del Hallel, llamados así porque comenzaban con la palabra «hallel» («aleluya»)[7]. Seguramente Jesús recitó todos lleno de agradecimiento y alabando a Dios, su Padre, como un verdadero israelita, consciente del carácter inspirado de estas oraciones, en las que se condensan tanto la historia de amor de Dios por su pueblo, como las actitudes propias del corazón del hombre ante un Dios siempre más admirable: la alabanza, la adoración, la súplica, la petición de perdón…

No resulta extraño, pues, que los primeros cristianos siguieran este modo de rezar de Jesús, apoyados también en el consejo de san Pablo: «Llenaos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones, dando gracias siempre por todas las cosas a Dios Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 5,19-20). Al igual que las del Padrenuestro, las palabras de los salmos educaban sus corazones, abriéndolos a una relación auténtica con Dios. Descubrían, con asombro y agradecimiento, cómo aquellos versos habían prefigurado siempre la vida de Cristo. Y, sobre todo, comprendían que su corazón de hombre verdadero era el que mejor había sabido hacer suyas las alabanzas, peticiones y súplicas que en ellos se contienen. Desde entonces, «rezándolos en referencia a Cristo y viendo su cumplimiento en Él, los salmos son elemento esencial y permanente de la oración de su Iglesia. Se adaptan a los hombres de toda condición y de todo tiempo»[8]. También nosotros encontraremos en ellos «alimento sólido» (cfr. Hb 5,14) para nuestra oración.

LOS SALMOS Y LOS TEXTOS DE LA LITURGIA FORMAN UN TESORO CON EL QUE PODEMOS EDUCAR NUESTRO CORAZÓN PARA ACUDIR AL ENCUENTRO DEL MAESTRO

Y no solo los salmos. A estos se unieron enseguida distintas composiciones —«himnos y cánticos espirituales»— para alabar al Dios tres veces santo, que se les había revelado como comunión de personas, Padre, Hijo y Espíritu. Comenzó así la elaboración de las oraciones que se utilizarían en la liturgia o que alimentarían la piedad fuera de ella; el propósito era el de ayudarnos a dirigirnos a Dios con palabras adecuadas, que expresaran nuestra fe en él. Esas oraciones, fruto del amor de la Iglesia por su Señor, constituyen también un tesoro en el que podemos educar nuestro corazón. Por eso, escribía san Josemaría: «Tu oración debe ser litúrgica. —Ojalá te aficiones a recitar los salmos, y las oraciones del misal, en lugar de oraciones privadas o particulares»[9].

Bajo el soplo del Espíritu Santo

Todos hemos aprendido estudiando textos escritos. Por eso podemos entender que las palabras del Padrenuestro, de los salmos o de otras oraciones de la Iglesia son las que nos han educado en nuestro trato con Dios, aunque hasta ahora no lo hubiéramos pensado así. Sin embargo, la palabra de Dios tiene una característica propia: está viva y, por eso, puede aportar novedades insospechadas. La carta a los Hebreos nos recuerda que «la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de doble filo: entra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y descubre los sentimientos y pensamientos del corazón» (Hb 4,12).

Por eso, las mismas palabras, consideradas una y otra vez, no suenan siempre de la misma manera. Algunas veces se abren horizontes nuevos ante nuestros ojos, sin que sepamos explicar muy bien por qué: es la acción del Espíritu Santo que habla a nuestro interior. Lo explicaba, con precisión, san Agustín: «El sonido de nuestras palabras golpea vuestros oídos, pero el maestro está dentro (…). ¿Queréis una prueba, hermanos? ¿Acaso no habéis oído todos este sermón? ¡Cuántos no van a salir de aquí sin haber aprendido nada! En lo que de mí depende, he hablado a todos, pero aquellos a quienes no habla interiormente la Unción, a los que no enseña interiormente el Espíritu Santo, regresan con la misma ignorancia»[10].

Se percibe así la estrecha relación entre el Espíritu Santo, la palabra inspirada y nuestra vida de oración. Con razón la Iglesia lo invoca como el «Maestro interior», que educa nuestro corazón con las palabras que el mismo Jesús nos enseñó, haciéndonos descubrir en ellas horizontes siempre nuevos, para conocer mejor a Dios y así amarle cada día más.

* * *

«María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón» (Lc 2,19). La oración de nuestra Madre se nutría de su propia vida y de la meditación asidua de la Palabra de Dios; allí encontraba luz para ver con más profundidad las cosas que la rodeaban. En su cántico de alabanza —el Magnificat— percibimos hasta qué punto la Sagrada Escritura era el alimento constante de su oración. El Magnificat está entretejido de referencias a los salmos y a otras palabras de la Sagrada Escritura como el «cántico de Ana» (1Sam 2,1-11) o la visión de Isaías (Is 29,19-20), entre otros[11]. Con ese alimento preparaba el Espíritu Santo su sí incondicional a la embajada del ángel. A ella nos encomendamos para que también nosotros dejemos que la palabra divina eduque nuestro corazón y nos haga capaces de responder fiat! —¡hágase! ¡quiero!— a tantos planes que Dios tiene para nuestra vida.

Nicolás Álvarez de las Asturias


[1] K. Wojtyla, Ejercicios espirituales para jóvenes, BAC, Madrid 1982, p. 89.

[2] Francisco, Evangelii Gaudium, n. 264.

[3] Cfr. Camino, n. 333.

[4] San Juan de la Cruz, Dichos de amor y luz, 59.

[5] San Agustín, Carta 130.

[6] Cfr. San Cipriano, La unidad de la Iglesia, el padrenuestro, a Donato, Ciudad Nueva, Madrid 1991; Santo Tomás de Aquino, Obras catequéticas. Sobre el credo, Padrenuestro, Avemaría, decálogo y los siete sacramentos, Ediciones Eunate, Pamplona 1995, pp. 98-128.

[7]El Hallel se compone del pequeño Hallel, integrado por los salmos 113 (112) a 118 (117), y del gran Hallel, que es el salmo 136 (135), en el que se repite, en cada versículo, «porque es eterna su misericordia». Este último es el salmo con el que se concluye la cena pascual.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2597.

[9] Camino, n. 86.

[10] San Agustín, Tercera homilía sobre la I Carta de San Juan, 13.

[11] Además de los ya citados, también hay referencias a Habacuc 3,18; Job 12,19-20; 5,11-12 y Salmos 113,7; 136,17-23; 34,2-3; 111,9; 103,1; 89,11; 107,9; 34,10; 98,3; 22,9

 

 

El tesoro del tiempo

Homilía pronunciada el 9 de enero de 1956 por San Josemaría, un santo que supo percibir la trascendencia que el bueno uso del tiempo reviste para quien aspira a la santidad.

HOMILÍAS EN AUDIO10/01/2019

Cuando me dirijo a vosotros, cuando conversamos todos juntos con Dios Nuestro Señor, sigo en alta voz mi oración personal: me gusta recordarlo muy a menudo. Y vosotros habéis de esforzaros también en alimentar vuestra oración dentro de vuestras almas, aun cuando por cualquier circunstancia, como la de hoy por ejemplo, nos veamos precisados a tratar de un tema que no parece, a primera vista, muy a propósito para un diálogo de amor, que eso es nuestro coloquio con el Señor. Digo a primera vista, porque todo lo que nos ocurre, todo lo que sucede a nuestro lado puede y debe ser tema de nuestra meditación.

Tengo que hablaros del tiempo, de este tiempo que se marcha. No voy a repetir la conocida afirmación de que un año más es un año menos... Tampoco os sugiero que preguntéis por ahí qué piensan del transcurrir de los días, ya que probablemente —si lo hicierais— escucharíais alguna respuesta de este estilo: juventud, divino tesoro, que te vas para no volver... Aunque no excluyo que oyerais otra consideración con más sentido sobrenatural.

Tampoco quiero detenerme en el punto concreto de la brevedad de la vida, con acentos de nostalgia. A los cristianos, la fugacidad del caminar terreno debería incitarnos a aprovechar mejor el tiempo, de ninguna manera a temer a Nuestro Señor, y mucho menos a mirar la muerte como un final desastroso. Un año que termina —se ha dicho de mil modos, más o menos poéticos—, con la gracia y la misericordia de Dios, es un paso más que nos acerca al Cielo, nuestra definitiva Patria.

Al pensar en esta realidad, entiendo muy bien aquella exclamación que San Pablo escribe a los de Corinto: tempus breve est!, ¡qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! Estas palabras, para un cristiano coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un reproche ante la falta de generosidad, y como una invitación constante para ser leal. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno.

Abramos el Evangelio de San Mateo, en el capítulo veinticinco: el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que, tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo y a la esposa. De estas vírgenes, cinco eran necias y cinco prudentes. El evangelista cuenta que las prudentes han aprovechado el tiempo. Discretamente se aprovisionan del aceite necesario, y están listas, cuando les avisan: ¡eh, que es la hora!, mirad que viene el esposo, salidle al encuentro: avivan sus lámparas y acuden con gozo a recibirlo.

Llegará aquel día, que será el último y que no nos causa miedo: confiando firmemente en la gracia de Dios, estamos dispuestos desde este momento, con generosidad, con reciedumbre, con amor en los detalles, a acudir a esa cita con el Señor llevando las lámparas encendidas. Porque nos espera la gran fiesta del Cielo. Somos nosotros, hermanos queridísimos, los que intervenimos en las bodas del Verbo. Nosotros, que tenemos ya fe en la Iglesia, que nos alimentamos con la Sagrada Escritura, que gozamos porque la Iglesia está unida a Dios. Pensad ahora, os ruego, si habéis venido a estas bodas con el traje nupcial: examinad atentamente vuestros pensamientos. Yo os aseguro a vosotros —y me aseguro a mí mismo— que ese traje de bodas estará tejido con el amor de Dios, que habremos sabido recoger hasta en las más pequeñas tareas. Porque es de enamorados cuidar los detalles, incluso en las acciones aparentemente sin importancia.

Pero sigamos el hilo de la parábola. Y las fatuas, ¿qué hacen? A partir de entonces, ya dedican su empeño a disponerse a esperar al Esposo: van a comprar el aceite. Pero se han decidido tarde y, mientras iban, vino el esposo y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas, y se cerró la puerta. Al cabo llegaron también las otras vírgenes, clamando: ¡Señor, Señor, ábrenos!. No es que hayan permanecido inactivas: han intentado algo... Pero escucharon la voz que les responde con dureza: no os conozco. No supieron o no quisieron prepararse con la solicitud debida, y se olvidaron de tomar la razonable precaución de adquirir a su hora el aceite. Les faltó generosidad para cumplir acabadamente lo poco que tenían encomendado. Quedaban en efecto muchas horas, pero las desaprovecharon.

Pensemos valientemente en nuestra vida. ¿Por qué no encontramos a veces esos minutos, para terminar amorosamente el trabajo que nos atañe y que es el medio de nuestra santificación? ¿Por qué descuidamos las obligaciones familiares? ¿Por qué se mete la precipitación en el momento de rezar, de asistir al Santo Sacrificio de la Misa? ¿Por qué nos faltan la serenidad y la calma, para cumplir los deberes del propio estado, y nos entretenemos sin ninguna prisa en ir detrás de los caprichos personales? Me podéis responder: son pequeñeces. Sí, verdaderamente: pero esas pequeñeces son el aceite, nuestro aceite, que mantiene viva la llama y encendida la luz.

Desde la primera hora

El reino de los cielos se parece a un padre de familia, que al romper el día salió a alquilar jornaleros para su viña. Ya conocéis el relato: aquel hombre vuelve en diferentes ocasiones a la plaza para contratar trabajadores: unos fueron llamados al comenzar la aurora; otros, muy cercana la noche.

Todos reciben un denario: el salario que te había prometido, es decir, mi imagen y semejanza. En el denario está incisa la imagen del Rey. Esta es la misericordia de Dios, que llama a cada uno de acuerdo con sus circunstancias personales, porque quiere que todos los hombres se salven. Pero nosotros hemos nacido cristianos, hemos sido educados en la fe, hemos recibido, muy clara, la elección del Señor. Esta es la realidad. Entonces, cuando os sentís invitados a corresponder, aunque sea a última hora, ¿podréis continuar en la plaza pública, tomando el sol como muchos de aquellos obreros, porque les sobraba el tiempo?

No nos debe sobrar el tiempo, ni un segundo: y no exagero. Trabajo hay; el mundo es grande y son millones las almas que no han oído aún con claridad la doctrina de Cristo. Me dirijo a cada uno de vosotros. Si te sobra tiempo, recapacita un poco: es muy posible que vivas metido en la tibieza; o que, sobrenaturalmente hablando, seas un tullido. No te mueves, estás parado, estéril, sin desarrollar todo el bien que deberías comunicar a los que se encuentran a tu lado, en tu ambiente, en tu trabajo, en tu familia.

Me dirás, quizá: ¿y por qué habría de esforzarme? No te contesto yo, sino San Pablo: el amor de Cristo nos urge. Todo el espacio de una existencia es poco, para ensanchar las fronteras de tu caridad. Desde los primerísimos comienzos del Opus Dei he manifestado mi gran empeño en repetir sin descanso, para las almas generosas que se decidan a traducirlo en obras, aquel grito de Cristo: en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros. Nos conocerán precisamente en eso, porque la caridad es el punto de arranque de cualquier actividad de un cristiano.
El, que es la misma pureza, no asegura que conocerán a sus discípulos por la limpieza de su vida. El, que es la sobriedad, que ni siquiera dispone de una piedra donde reclinar su cabeza, que pasó tantos días en ayuno y retiro, no manifiesta a los Apóstoles: os conocerán como escogidos míos porque no sois comilones ni bebedores.

La vida limpia de Cristo era —como ha sido y será en todas las épocas— un bofetón para aquella sociedad de entonces, como ahora con frecuencia tan podrida. Su sobriedad, otro latigazo para los que estaban de banquete continuo, provocando el vómito después de comer para poder seguir comiendo, cumpliendo a la letra las palabras de Saulo: convierten su vientre en un dios.

La humildad del Señor era otro golpe, para aquel modo de consumir la vida ocupados sólo de sí mismos. Estando en Roma, he comentado repetidas veces, y quizá me lo habéis oído decir, que por debajo de esos arcos, hoy en ruinas, desfilaban triunfadores, vanos, engreídos, llenos de soberbia, los emperadores y sus generales vencedores. Y, al atravesar esos monumentos, quizá bajaban la cabeza por temor a golpear el arco grandioso con la majestad de sus frentes. Sin embargo, Cristo, humilde, no precisa tampoco: conocerán que sois mis discípulos en que sois humildes y modestos.

Querría haceros notar que, después de veinte siglos, todavía aparece con toda la fuerza de la novedad el Mandato del Maestro, que es como la carta de presentación del verdadero hijo de Dios. A lo largo de mi vida sacerdotal, he predicado con muchísima frecuencia que, desgraciadamente para tantos, sigue siendo nuevo, porque nunca o casi nunca se han esforzado en practicarlo: es triste, pero es así. Y está muy claro que la afirmación del Mesías resalta de modo terminante: en esto os conocerán, ¡en que os amáis los unos a los otros! Por eso, siento la necesidad de recordar constantemente esas palabras del Señor. San Pablo añade: llevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo. Ratos perdidos, quizá con la falsa excusa de que te sobra tiempo... ¡Si hay tantos hermanos, amigos tuyos, sobrecargados de trabajo! Con delicadeza, con cortesía, con la sonrisa en los labios, ayúdales de tal manera que resulte casi imposible que lo noten; y que ni se puedan mostrar agradecidos, porque la discreta finura de tu caridad ha hecho que pasara inadvertida.

No les había quedado un instante libre, argumentarían aquellas pobres, que van con las lámparas vacías. Les sobra la mayor parte del día a los obreros de la plaza, porque no se sienten obligados a prestar servicio, aunque la búsqueda del Señor es continua, es urgente, desde la primera hora. Aceptémosla, respondiendo que sí: y aguantemos por amor —que no es aguantar— el peso del día y del calor.

Rendir para Dios

Consideremos ahora la parábola de aquel hombre que, yéndose a lejanas tierras, convocó a sus criados y les entregó sus bienes. A cada uno le confía una cantidad distinta, para que la administre en su ausencia. Me parece muy oportuno fijarnos en la conducta del que aceptó un talento: se comporta de un modo que en mi tierra se llama cuquería. Piensa, discurre con aquel cerebro de poca altura y decide: fue e hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.

¿Qué ocupación escogerá después este hombre, si ha abandonado el instrumento de trabajo? Ha decidido irresponsablemente optar por la comodidad de devolver sólo lo que le entregaron. Se dedicará a matar los minutos, las horas, las jornadas, los meses, los años, ¡la vida! Los demás se afanan, negocian, se preocupan noblemente por restituir más de lo que han recibido: el legítimo fruto, porque la recomendación ha sido muy concreta: negotiamini dum venio; encargaos de esta labor para obtener ganancia, hasta que el dueño vuelva. Este no; éste inutiliza su existencia.

¡Qué pena vivir, practicando como ocupación la de matar el tiempo, que es un tesoro de Dios! No caben las excusas, para justificar esa actuación. Ninguno diga: dispongo sólo de un talento, no puedo lograr nada. También con un solo talento puedes obrar de modo meritorio. ¡Qué tristeza no sacar partido, auténtico rendimiento de todas las facultades, pocas o muchas, que Dios concede al hombre para que se dedique a servir a las almas y a la sociedad!

Cuando el cristiano mata su tiempo en la tierra, se coloca en peligro de matar su Cielo: cuando por egoísmo se retrae, se esconde, se despreocupa. El que ama a Dios, no sólo entrega lo que tiene, lo que es, al servicio de Cristo: se da él mismo. No ve —con mirada rastrera— su yo en la salud, en el nombre, en la carrera.

Mío, mío, mío..., piensan, dicen y hacen muchos. ¡Qué cosa más molesta! Comenta San Jerónimo que verdaderamente, lo que está escrito: para buscar excusas a los pecados (Ps CXL, 4), se realiza en esta gente que, al pecado de soberbia, añade la pereza y la negligencia.

Es la soberbia la que conjuga continuamente ese mío, mío, mío... Un vicio que convierte al hombre en criatura estéril, que anula las ansias de trabajar por Dios, que le lleva a desaprovechar el tiempo. No pierdas tu eficacia, aniquila en cambio tu egoísmo. ¿Tu vida para ti? Tu vida para Dios, para el bien de todos los hombres, por amor al Señor. ¡Desentierra ese talento! Hazlo productivo: y saborearás la alegría de que, en este negocio sobrenatural, no importa que el resultado no sea en la tierra una maravilla que los hombres puedan admirar. Lo esencial es entregar todo lo que somos y poseemos, procurar que el talento rinda, y empeñarnos continuamente en producir buen fruto.

Dios nos concede quizá un año más para servirle. No pienses en cinco, ni en dos. Fíjate sólo en éste: en uno, en el que hemos comenzado: ¡a entregarlo, a no enterrarlo! Esta ha de ser nuestra determinación.

Al pie de la viña

Erase un padre de familias, que plantó una viña, y la cercó de vallado, y cavando, hizo allí un lagar, edificó una torre, la arrendó después a ciertos labradores, y se ausentó a un país lejano.

Querría que meditáramos las enseñanzas de esta parábola, desde el punto de vista que nos interesa ahora. La tradición ha visto, en este relato, una imagen del destino del pueblo elegido por Dios; y nos ha señalado principalmente cómo, a tanto amor por parte del Señor, correspondemos los hombres con infidelidad, con falta de agradecimiento.

Concretamente pretendo detenerme en ese se ausentó a un país lejano. Enseguida llego a la conclusión de que los cristianos no debemos abandonar esta viña, en la que nos ha metido el Señor. Hemos de emplear nuestras fuerzas en esa labor, dentro de la cerca, trabajando en el lagar y, acabada la faena diaria, descansando en la torre. Si nos dejáramos arrastrar por la comodidad, sería como contestar a Cristo: ¡eh!, que mis años son para mí, no para Ti. No deseo decidirme a cuidar tu viña.

El Señor nos ha regalado la vida, los sentidos, las potencias, gracias sin cuento: y no tenemos derecho a olvidar que somos un obrero, entre tantos, en esta hacienda, en la que El nos ha colocado, para colaborar en la tarea de llevar el alimento a los demás. Este es nuestro sitio: dentro de estos límites; aquí hemos de gastarnos diariamente con El, ayudándole en su labor redentora.

Dejadme que insista: ¿tu tiempo para ti? ¡Tu tiempo para Dios! Puede ser que, por la misericordia del Señor, ese egoísmo no haya entrado en tu alma de momento. Te hablo, por si alguna vez sientes que tu corazón vacila en la fe de Cristo. Entonces te pido —te pide Dios— fidelidad en tu empeño, dominar la soberbia, sujetar la imaginación, no permitirte la ligereza de irte lejos, no desertar.

Les sobraba toda la jornada, a aquellos jornaleros que estaban en medio de la plaza; quería matar las horas, el que escondió el talento en el suelo; se va a otra parte, el que debía ocuparse de la viña. Todos coinciden en una insensibilidad, ante la gran tarea que a cada uno de los cristianos ha sido encomendada por el Maestro: la de considerarnos y la de portarnos como instrumentos suyos, para corredimir con El; la de consumir nuestra vida entera, en ese sacrificio gozoso de entregarnos por el bien de las almas.

La higuera estéril

También es San Mateo el que nos cuenta que Jesús volvía de Betania con hambre. A mí me conmueve siempre Cristo, y particularmente cuando veo que es Hombre verdadero, perfecto, siendo también perfecto Dios, para enseñarnos a aprovechar hasta nuestra indigencia y nuestras naturales debilidades personales, con el fin de ofrecernos enteramente —tal como somos— al Padre, que acepta gustoso ese holocausto.

Tenía hambre. ¡El Hacedor del universo, el Señor de todas las cosas padece hambre! ¡Señor, te agradezco que —por inspiración divina— el escritor sagrado haya dejado ese rastro en este pasaje, con un detalle que me obliga a amarte más, que me anima a desear vivamente la contemplación de tu Humanidad Santísima! Perfectus Deus, perfectus homo, perfecto Dios, y perfecto Hombre de carne y hueso, como tú, como yo.

Jesús había trabajado mucho la víspera y, al emprender el camino, sintió hambre. Movido por esta necesidad se dirige a aquella higuera que, allá distante, presenta un follaje espléndido. Nos relata San Marcos que no era tiempo de higos; pero Nuestro Señor se acerca a tomarlos, sabiendo muy bien que en esa estación no los encontraría. Sin embargo, al comprobar la esterilidad del árbol con aquella apariencia de fecundidad, con aquella abundancia de hojas, ordena: nunca jamás coma ya nadie fruto de ti.

¡Es fuerte, sí! ¡Nunca jamás nazca de ti fruto! ¡Cómo se quedarían sus discípulos, más si consideraban que hablaba la Sabiduría de Dios! Jesús maldice este árbol, porque ha hallado solamente apariencia de fecundidad, follaje. Así aprendemos que no hay excusa para la ineficacia. Quizá dicen: no tengo conocimientos suficientes... ¡No hay excusa! O afirman: es que la enfermedad, es que mi talento no es grande, es que no son favorables las condiciones, es que el ambiente... ¡No valen tampoco esas excusas! ¡Ay del que se adorna con la hojarasca de un falso apostolado, del que ostenta la frondosidad de una aparente vida fecunda, sin intentos sinceros de lograr fruto! Parece que aprovecha el tiempo, que se mueve, que organiza, que inventa un modo nuevo de resolver todo... Pero es improductivo. Nadie se alimentará con sus obras sin jugo sobrenatural.

Pidamos al Señor que seamos almas dispuestas a trabajar con heroísmo feraz. Porque no faltan en la tierra muchos, en los que, cuando se acercan las criaturas, descubren sólo hojas: grandes, relucientes, lustrosas. Sólo follaje, exclusivamente eso, y nada más. Y las almas nos miran con la esperanza de saciar su hambre, que es hambre de Dios. No es posible olvidar que contamos con todos los medios: con la doctrina suficiente y con la gracia del Señor, a pesar de nuestras miserias.

Os recuerdo de nuevo que nos queda poco tiempo: tempus breve est, porque es breve la vida sobre la tierra, y que, teniendo aquellos medios, no necesitamos más que buena voluntad para aprovechar las ocasiones que Dios nos ha concedido. Desde que Nuestro Señor vino a este mundo, se inició la era favorable, el día de la salvación, para nosotros y para todos. Que Nuestro Padre Dios no deba dirigirnos el reproche que ya manifestó por boca de Jeremías: en el cielo, la cigüeña conoce su estación; la tórtola, la golondrina y la grulla conocen los plazos de sus migraciones: pero mi pueblo ignora voluntariamente los juicios de Yavé.

No existen fechas malas o inoportunas: todos los días son buenos, para servir a Dios. Sólo surgen las malas jornadas cuando el hombre las malogra con su ausencia de fe, con su pereza, con su desidia que le inclina a no trabajar con Dios, por Dios. ¡Alabaré al Señor, en cualquier ocasión!. El tiempo es un tesoro que se va, que se escapa, que discurre por nuestras manos como el agua por las peñas altas. Ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto otro ayer. La duración de una vida es muy corta. Pero, ¡cuánto puede realizarse en este pequeño espacio, por amor de Dios!

No nos servirá ninguna disculpa. El Señor se ha prodigado con nosotros: nos ha instruido pacientemente; nos ha explicado sus preceptos con parábolas, y nos ha insistido sin descanso. Como a Felipe, puede preguntarnos: hace años que estoy con vosotros, ¿y aún no me habéis conocido?. Ha llegado el momento de trabajar de verdad, de ocupar todos los instantes de la jornada, de soportar —gustosamente y con alegría— el peso del día y del calor.

En las cosas del Padre

Pienso que nos ayudará a terminar mejor estas reflexiones un pasaje del Evangelio de San Lucas, en el capítulo segundo. Cristo es un niño. ¡Qué dolor el de su Madre y el de San José, porque —de vuelta de Jerusalén— no venía entre los parientes y amigos! ¡Y qué alegría la suya, cuando lo distinguen , ya de lejos, adoctrinando a los maestros de Israel! Pero mirad las palabras, duras en apariencia, que salen de la boca del Hijo, al contestar a su Madre: ¿por qué me buscabais?.

¿No era razonable que lo buscaran? Las almas que saben lo que es perder a Cristo y encontrarle pueden entender esto... ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi Padre?. ¿Acaso no sabíais que yo debo dedicar totalmente mi tiempo a mi Padre celestial?

Este es el fruto de la oración de hoy: que nos persuadamos de que nuestro caminar en la tierra —en todas las circunstancias y en todas las temporadas— es para Dios, de que es un tesoro de gloria, un trasunto celestial; de que es, en nuestras manos, una maravilla que hemos de administrar, con sentido de responsabilidad y de cara a los hombres y a Dios: sin que sea necesario cambiar de estado, en medio de la calle, santificando la propia profesión u oficio y la vida del hogar, las relaciones sociales, toda la actividad que parece sólo terrena.

Cuando tenía veintiséis años y percibí en toda su hondura el compromiso de servir al Señor en el Opus Dei, le pedí con toda mi alma ochenta años de gravedad. Le pedía más años a mi Dios —con ingenuidad de principiante, infantil— para saber utilizar el tiempo, para aprender a aprovechar cada minuto, en su servicio. El Señor sabe conceder esas riquezas. Quizá tú y yo llegaremos a poder decir: he entendido más que los ancianos, porque cumplí tus mandatos. La juventud no ha de equivaler a despreocupación, como peinar canas no significa necesariamente prudencia y sabiduría.

Acude conmigo a la Madre de Cristo. Madre Nuestra, que has visto crecer a Jesús, que le has visto aprovechar su paso entre los hombres: enséñame a utilizar mis días en servicio de la Iglesia y de las almas; enséñame a oír en lo más íntimo de mi corazón, como un reproche cariñoso, Madre buena, siempre que sea menester, que mi tiempo no me pertenece, porque es del Padre Nuestro que está en los Cielos.

 

Comentario al Evangelio: Parábola del sembrador

Evangelio del 15º domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A) y comentario al evangelio.

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Mt 13,1-23)

Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno a él una multitud tan grande, que tuvo que subir a sentarse en una barca, mientras toda la multitud permanecía en la orilla. Y se puso a hablarles muchas cosas con parábolas:

—Salió el sembrador a sembrar. Y al echar la semilla, parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron. Otra, en cambio, cayó en buena tierra y comenzó a dar fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta. El que tenga oídos, que oiga.

Los discípulos se acercaron a decirle:

—¿Por qué les hablas con parábolas?

Él les respondió:

—A vosotros se os ha concedido el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no se les ha concedido. Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo con parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Y se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:

Con el oído oiréis, pero no entenderéis;

con la vista miraréis, pero no veréis.

Porque se ha embotado el corazón de este pueblo,

han hecho duros sus oídos,

y han cerrado sus ojos;

no sea que vean con los ojos,

y oigan con los oídos,

y entiendan con el corazón y se conviertan,

y yo los sane.

Bienaventurados, en cambio, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Porque en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron.

Escuchad, pues, vosotros la parábola del sembrador. A todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino. Lo sembrado sobre terreno pedregoso es el que oye la palabra, y al momento la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda estéril. Y lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta.


Comentario

La parábola del sembrador es la primera de las siete que componen el discurso de las parábolas sobre el Reino de Dios en el evangelio de Mateo, y describe los distintos tipos de tierra en los que cae la semilla echada a voleo por el sembrador. Se trata de una gran metáfora de la predicación de la palabra de Dios a lo largo de la Historia. La parábola explica por qué la misma semilla del evangelio produce efectos tan diferentes en las personas: porque cada uno la recibe según sus disposiciones.

Con los tipos de suelo que puede encontrarse la semilla al caer, Jesús resume los tipos de personas que existen. De esta manera, no solo transmite un conocimiento muy valioso sobre cómo somos, sino que también nos interpela para examinar qué podemos hacer para mejorar nuestra correspondencia. El papa Francisco lo explicaba diciendo que “nuestro corazón, como un terreno, puede ser bueno y entonces la Palabra da fruto —y mucho— pero puede ser también duro, impermeable. Ello ocurre cuando oímos la Palabra, pero nos es indiferente, precisamente como en una calle: no entra”[1].

Entre la tierra buena y la mala está también el terreno pedregoso, que coincide con “el corazón superficial, que acoge al Señor, quiere rezar, amar y dar testimonio, pero no persevera, se cansa y no “despega” nunca —sigue diciendo el papa—. “Es un corazón sin profundidad, donde las piedras de la pereza prevalecen sobre la tierra buena, donde el amor es inconstante y pasajero. Pero quien acoge al Señor solo cuando le apetece, no da fruto”[2].

Por último, está lo que cae entre zarzas, que “son los vicios que se pelean con Dios, que asfixian su presencia: sobre todo los ídolos de la riqueza mundana, el vivir ávidamente, para sí mismos, por el tener y por el poder. Si cultivamos estas zarzas, asfixiamos el crecimiento de Dios en nosotros. Cada uno puede reconocer a sus pequeñas o grandes zarzas, los vicios que habitan en su corazón, los arbustos más o menos radicados que no gustan a Dios e impiden tener el corazón limpio. Hay que arrancarlos, o la Palabra no dará fruto, la semilla no se desarrollará”[3].

Los discípulos preguntaron a Jesús por qué hablaba en parábolas. El Maestro les hace ver que predica “los misterios del Reino”. Para los hombres son difíciles de entender directamente. Por eso emplea un lenguaje figurado, con imágenes cercanas a los oyentes y que se refieren veladamente a los misterios.

En su explicación a los discípulos, Jesús dice: “al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará” (v. 12). La frase nos inquieta porque parece una injusticia. En cambio, Jesús explica de esta manera que quien no recibe con buena voluntad el evangelio y la gracia, se hace incapaz para entenderlo y para recibir más. En cambio, quien se dispone dócilmente a dejarse transformar por la palabra de Dios —que eso hacían los discípulos— no solo recibe la gracia de la conversión, sino que se hace apto para recibir más gracia aún.

También sorprende la cita de Isaías que emplea Jesús: “no sea que vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan con el corazón y se conviertan, y yo los sane” (v. 15). En realidad, el Señor recurre aquí a la ironía, precisamente para lamentarse de que sus oyentes están cumpliendo, con su libre correspondencia, la profecía de Isaías, a pesar del afán que tiene el Señor por salvarlos. En efecto, aunque muchos veían los milagros que Jesús hacía y tenían quizá más capacidad que los doce para comprender sus palabras, libremente hacían oídos sordos al mensaje y se sumían en una ceguera voluntaria.


[1] Papa Francisco, Ángelus, 16 de julio de 2017.

[2] Ibidem.

[3] Ibidem.

 

XV Domingo del tiempo ordinario.

 

Mt 13,1-23.

 

Sembrar la vida y el amor es el oficio del Señor. Jesús hablaba en parábolas porque es el lenguaje sencillo y para todos los públicos. Las parábolas es el lenguaje de todos los pueblos y culturas para sacar sus moralejas, sus enseñanzas.

 

1.     Salió un sembrador a sembrar. Imagen que Jesús había contemplado muchas veces en las tierras de Galilea. Insiste Jesús en su deseo de sembrar, para decirnos que por parte de Dios no va a quedar la siembra. Ni por parte de la buena tierra que siempre acoge la semilla. La moraleja es siempre la actitud del corazón humano que sembrado de malas hierbas, de espinos y expuestos a que los pájaros se los coman. Aquí están nuestros deberes de acogida de la Palabra de Dios. Somos nosotros los que somos sembrados por su Amor y es el abrirse a su Amor lo que transforma nuestro hombre viejo en tierra buena.

 

2.     La parábola presenta tantos corazones, tantas formas de tierra como acogida o rechazo a su semilla. Es necesario abrirse a su Misericordia, sabiendo que su amor es el que cuando le dejamos entrar en nuestra vida, la hace fecunda y crece aun en medio de no pocas dificultades. La fecundidad de nuestra vida está en ser semilla buena que sembrado en los surcos de la vida vive cumpliendo la voluntad de Dios.

 

3.     En esta parábola está reflejada nuestra vida. Existen muchas experiencias de la siembra de Dios en nuestro corazón. Es verdad que nos perdemos y enredamos en tantas cosas que nos impiden crecer en el amor entregado al Señor. A veces los afanes de la vida, la mundanidad no dejan crecer la semilla nueva del amor. La infinita paciencia del Señor es admirable. No se deja vencer. Vuelve una y otra vez...pues no es culpa del sembrador ni culpa de la semilla la culpa estaba en el hombre y en cómo la recibía.

 

+ Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

 

 

‘Los padecimientos de Cristo en mi carne’ (Col 1,24)

Pablo lucha para que todos los hombres puedan entender el Evangelio, creer en él y llegar a ser perfectos en Cristo

En la Carta a los Colosenses, justo después del prólogo, leemos: “Ahora me alegro de mis su-frimientos por vosotros y completo lo que falta a los padecimientos de Cristo en mi carne en favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1, 24).

Para comprender bien esta afirmación, se debe tener presente el contexto general de la carta a los Colosenses, y realizar una traducción del texto original que sea respetuosa con la sintaxis de la frase.

El contenido de la Carta a los Colosenses

La Carta a los Colosenses pretende mostrar cómo se deben articular las componentes esenciales de la vida de los creyentes: se parte del misterio anunciado, Cristo, que es el fundamento sobre el que se edifica todo, para pasar a mostrar las consecuencias para la libertad y el obrar ético de los creyentes. Ciertamente, en el origen de este escrito hay una situación concreta vivida por los cristianos de Colosas, pero la carta no se limita a hablar de ella.

Después del habitual marco epistolar (Col 1, 1-2), encontramos un denso exordio (Col 1, 3-23), de contenido cristológico, en el que destaca un himno sobre la soberanía de Cristo (Col 1, 15-20). Como colofón a esas palabras leemos: “Vosotros, en otro tiempo, estabais también alejados y erais enemigos por vuestros pensamientos y malas acciones; ahora en cambio, por la muerte que Cristo sufrió en su cuerpo de carne, habéis sido reconciliados para ser admitidos a su presencia santos, sin mancha y sin reproche, a condición de que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza del Evangelio que habéis escuchado: el mismo que se proclama en la creación entera bajo el cielo, del que yo, Pablo, he llegado a ser servidor” (Col 1, 21-23).

Estos versículos sirven como introducción a lo que se va a desarrollar a continuación. Se habla, en concreto, de tres ideas, de las que ya se ha dado la fundamentación cristológica en el exordio, y que ahora se van a exponer según un orden lógico: se comienza por lo que constituye la base de la vida del creyente, el Evangelio −Jesucristo−, proclamado por Pablo y creído (Col 1, 24-2,5); se muestra, después, que es necesario resistir a todos los que puedan desviar de Cristo, en el que los creyentes han recibido todo (Col 2, 6-23); en tercer lugar, se exhorta a que los creyentes den testimonio de la renovación de su ser, de la santidad a la que han sido llamados en Cristo (Col 3, 1-4,1).

La carta concluye con un epílogo (Col 4, 2-6) y el marco epistolar (Col 4, 7-18). La primacía y la riqueza insondable de Cristo, de las que se han hablado especialmente en Col 1, 15-20, constituyen el hilo conductor de la argumentación y dan su consistencia al obrar de los creyentes.

El combate de Pablo por el anuncio del misterio

Col 1, 24 pertenece a la “sección” Col 1, 24-2,5. En esta parte de la carta se habla del “misterio”, desarrollando el argumento en torno a la lucha que Pablo libra por la Iglesia. El Apóstol no menciona sus sufrimientos solamente por dar noticias suyas, sino en aras de la argumentación que está llevando a cabo: quiere que quede clara la importancia que para él tienen el Evangelio y las personas a las que se lo anuncia. La idea es mostrar, con su propia vida, cómo el Evangelio es capaz de conformar la existencia de aquellos a los que está destinado: la urgencia de su combate, tal y como se refleja en Col 1, 24.29 y 2, 1, es debida a que la verdad del Evangelio se ve amenazada en Colosas. Pablo ya se ha expresado así en otros lugares (cfr. Ga 1-2; 2Co 1, 15-24; Flp 1, 12-26).

Al final de Col 1, 23 se ha dicho que Pablo es “servidor” del Evangelio. De aquí parte el desarrollo de Col 1, 24-2,5. En esta parte de la carta, el término “Evangelio”, usado hasta ahora (Col 1, 5.23), se sustituye por el de “misterio” (Col 1, 26.27; 2, 2). La explicación de esto pasa por poner de relieve la insistencia que, en estos versículos, se da al vocabulario de “conocimiento”: manifestar, dar a conocer, conocimiento, conocer, sabiduría, inteligencia, saber (en griego: phaneroognorizoepignosisepiginoskognosisginoskosophiasynesisoida). Aunque faltan aquí los términos revelar y revelación (apokalyptein y apokalypsis), que sí aparecen en el pasaje paralelo de Ef 3, la lógica de fondo hace referencia precisamente a esto último: Pablo ha comprendido por revelación que el contenido del Evangelio no es tan solo el itinerario y la mediación de Cristo, sino también su “presencia plena y definitiva entre los gentiles, presencia universal, factor de integración, unidad, vida, crecimiento, hasta el punto de hacer de los creyentes una entidad única, definida cristológicamente (el cuerpo de Cristo)” (Aletti, Colossiens, p. 137). La Iglesia universal forma parte del Evangelio, y por eso se usa la palabra misterio.

Los sufrimientos de Pablo por la Iglesia

Lo dicho hasta aquí muestra que Col 1-2 es la fundamentación cristológica y eclesiológica de lo que se va a decir en Col 3, 1-4, 1 sobre la vida del creyente. Idea central de la carta es la de la soberanía absoluta de Cristo, esto es, su primado sobre la creación y su primado en cuanto a la reconciliación-pacificación. Una lectura incorrecta de Col 1, 24 podría chocar precisamente contra esta afirmación, nítida y persistente a lo largo de la carta (Col 1, 19-20.22; 2, 9-10; 2, 13-14; 3, 1).

La traducción que respeta el orden sintáctico de Col 1, 24 es la que ya se ha dicho: “Ahora me alegro de mis sufrimientos (en tois pathemasin) por vosotros (yper ymon) y completo lo que falta a los padecimientos de Cristo (ton thlipseon tou Christou) en mi carne en favor de su cuerpo (yper tou somatos autou) que es la Iglesia”. Muchas biblias, sin embargo, traducen así: “Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo en favor de su cuerpo que es la Iglesia”. Esta segunda traducción cambia de lugar la expresión “en mi carne” y, al hacerlo, puede dar la impresión de que se está afirmando que le falta algo a la obra redentora de Cristo, algo que van a colmar los sufrimientos de Pablo. Y esto va contra la insistencia fundamental de la carta.

Los sufrimientos de Cristo ya se han acabado. Cristo está glorificado. Ha cumplido todo lo que debía cumplir. Su mediación es perfecta. El que sufre ahora es Pablo. Él debe llevar a término su propio itinerario, que él llama “padecimientos de Cristo en mi carne”. ¿Por qué los llama así? Porque está reproduciendo los de Cristo en su manera de vivir y sufrir a causa de/por el anuncio del Evangelio y por la Iglesia. El Apóstol no añade a la obra mediadora y salvadora de Cristo. Pero sí sufre por el bien de la Iglesia, por su solidez, por su constancia, por su crecimiento en el conocimiento de los tesoros desplegados por Dios en su Hijo. Pablo sufre por la Iglesia, que es el cuerpo de su Señor, del que él es servidor (diakonos). Pablo lucha para que todos los hombres puedan entender el Evangelio, creer en él y llegar a ser perfectos en Cristo.

Juan Luis Caballero
Profesor de Nuevo Testamento, Universidad de Navarra

Fuente: Revista Palabra

 

 

Rezar como el Papa Francisco

El Papa Francisco tiene un ‘estilo’ propio. De eso se ha dado cuenta hasta el observador más despistado: se nota en sus palabras, se nota en sus gestos, se nota en el modo en que se mueve por el mundo

Lo que no tanta gente ha descubierto es que ese ‘estilo’ se manifiesta también en su modo de rezar −es más, ‘nace’ de su oración. En estas páginas, vamos a acercarnos a ella para aprender a rezar como reza el Papa.

Cobel Ediciones ha editado Rezar como el papa Francisco del que, con autorización de su Autor, incluimos los Capítulos 1 al 5.

Presentación

«¿Cómo nació la Jornada Mundial de la Juventud?» Se lo preguntaron a San Juan Pablo II, que es quien las empezó. Y contestó: «Inicialmente, con ocasión del Año Jubilar de la Redención y luego con el Año Internacional de la Juventud, convocado por la Organización de las Naciones Unidas (1985), los jóvenes fueron invitados a Roma. Y éste fue el comienzo. Nadie ha inventado las jornadas mundiales de los jóvenes. Fueron ellos quienes las crearon»[1]. Los jóvenes, que siguen al Papa por el mundo, porque saben lo que el Papa piensa de ellos: «Vosotros sois la esperanza de la Iglesia y del mundo. ¡Vosotros sois mi esperanza!»[2].

La de Juan Pablo II no es una voz aislada en la Iglesia. Mientras el mundo nos dice «¡piensa en ti!», «¡disfruta al máximo con tus cosas!», «¡no mires al futuro!», el Papa nos sigue diciendo, ahora con acento argentino: «¡el mundo con vos puede ser distinto!»[3]. Ese ha sido el mensaje continuo del sucesor de Pedro. Benedicto XVI lo señalaba poco después de ser elegido: «no es verdad que la juventud piense sobre todo en el consumo y en el placer... ¡No es verdad que sea materialista y egoísta! Es verdad lo contrario: ¡los jóvenes quieren cosas grandes! Quieren que se detenga la injusticia. Quieren que se superen las desigualdades y que todos participen en los bienes de la tierra. Quieren que los oprimidos obtengan la libertad. Quieren cosas grandes. Quieren cosas buenas. Por eso, los jóvenes −vosotros lo sois− están de nuevo totalmente abiertos a Cristo»[4].

El corazón de un joven es una fuerza llena de futuro. Los viejos dicen: «Esto no tiene arreglo…»; mientras los jóvenes miran adelante y se ponen manos a la obra. No ven la magnitud de las dificultades, porque piensan que es mayor el amor que colma su corazón. El mundo paganizado −como los viejos− afirma irónico: «¿Futuro? ¡Vive el presente!». Sin embargo, el corazón joven no deja de estar inquieto, porque para un joven no hay presente que no esté en tensión hacia un futuro mejor, por el que vale la pena dar la vida.

El Papa cree en los jóvenes. Por eso nos invita este año a Cracovia. Es la tierra de san Juan Pablo II y de santa Faustina. Una tierra que ha visto el mal en su manifestación más cruenta y absurda −¡Auschwitz!−, y ha visto también la respuesta de Dios a ese mal: la revelación de la Divina Misericordia. Allá nos invita el Papa para confiarnos de nuevo, con Jesucristo, el futuro del mundo.

Nosotros queremos preparar ese viaje… a fondo. Y para eso, te proponemos esta selección de textos del Papa Francisco, junto con los que nos dirigió en la última Jornada Mundial de la Juventud. Podrás rezar una vez más con esas palabras y dejar que tu corazón vibre desde ya mismo con los horizontes que el Santo Padre nos abre.

Hemos querido añadir un artículo que nos ayude a entrar en profunda sintonía con el Papa. No queremos solo rezar con él, sino que pretendemos rezar como él. De ese modo, seremos capaces de ver —como él— lo que el Señor quiere decirnos en este preciso instante de la historia.

Rezar como el Papa Francisco

El Papa Francisco tiene un estilo propio. De eso se ha dado cuenta hasta el observador más despistado: se nota en sus palabras, se nota en sus gestos, se nota en el modo en que se mueve por el mundo. Lo que no tanta gente ha descubierto es que ese estilo se manifiesta también en su modo de rezar −es más, nace de su oración. En estas páginas, vamos a acercarnos a ella para aprender a rezar como reza el Papa.

¿Quién es Dios para el Papa Francisco?

Orar es hablar con Dios. Hasta ahí llegamos. Ahora bien, antes de hablar con alguien es muy importante saber quién es ese alguien. Eso no significa solo conocer su identidad (nombre y apellidos), sino quién es para nosotros. Por ejemplo, mi modo de hablar con Juan Pérez será muy distinto si ese Juan Pérez es mi profesor de Química, mi mejor amigo o simplemente el tipo que está sentado a mi lado en el metro. Por eso, antes de ver cómo es la oración del Papa tenemos que hacernos dos preguntas fundamentales: «¿Quién es Dios para Francisco?»; y, por otra parte: «¿Cómo se ve él ante Dios?».

Comencemos por la primera. En ocasiones, tenemos una imagen de Dios como nuestro Jefe: alguien que manda, que dice lo que hay que hacer… y que nos castiga si no lo hacemos. Frente a esa imagen, la que tiene el Papa es muy distinta. Una entrevista aparecida en 2010, cuando todavía era arzobispo de Buenos Aires, narra brevemente el momento en que, siendo muy joven, decidió entregar su vida a Dios. Corría el año 1953:

«Era 21 de septiembre y, al igual que muchos jóvenes, Jorge Bergoglio −que rondaba los 17 años− se preparaba para salir a festejar el Día del Estudiante con sus compañeros. Pero decidió arrancar la jornada visitando su parroquia. Era un católico practicante que frecuentaba la iglesia porteña de San José de Flores.

Cuando llegó, se encontró con un sacerdote que no conocía y que le transmitió una gran espiritualidad, por lo que decidió confesarse con él. Grande fue su sorpresa al comprobar que no había sido una confesión más, sino una confesión que despabiló su fe. Que le permitió descubrir su vocación religiosa, al punto que resolvió no ir a la estación de tren a encontrarse con sus amigos y volver a su casa con una firme convicción: quería… tenía que ser sacerdote.

“En esa confesión me pasó algo raro, no sé qué fue, pero me cambió la vida; yo diría que me sorprendieron con la guardia baja”, evoca más de medio siglo después. En verdad, Bergoglio tiene hoy su interpretación de aquella perplejidad: “Fue la sorpresa, el estupor de un encuentro; me di cuenta −dice− de que me estaban esperando. Eso es la experiencia religiosa: el estupor de encontrarse con alguien que te está esperando. Desde ese momento para mí, Dios es el que te ‘primerea’. Uno lo está buscando, pero Él te busca primero. Uno quiere encontrarlo, pero Él nos encuentra primero”»[5].

¿Quién es Dios para el Papa? ¿Un Jefe? ¿Un Poder? Más bien, un Amor que te precede, que se te adelanta: llega antes y está esperando a que te des cuenta.

En la vida de Jorge Mario Bergoglio, aquel encuentro con Jesús en 1953 es una experiencia fundamental. Ha vuelto sobre ella infinidad de veces, pues le cambió la vida. Una de esas ocasiones fue precisamente el 22 de septiembre de 2013, siendo ya Papa, en un encuentro con los jóvenes de Cerdeña. Allí había ido para venerar a la patrona de la isla, la Virgen de Bonaria. Entre bromas y veras, comentando la escena de la pesca milagrosa y el mandato de echar las redes a la derecha, expuso en breves trazos quién es Dios para él, y cuál es el secreto de su relación con Él. El texto es un poco largo, pero vale la pena leerlo entero… y con calma:

«Quiero contaros una experiencia personal. Ayer cumplí el sexagésimo aniversario del día en que sentí la voz de Jesús en mi corazón. Pero esto lo digo no para que hagáis una tarta aquí; no, no lo digo por eso. Pero es un recuerdo: sesenta años desde aquel día. No lo olvido nunca. El Señor me hizo sentir con fuerza que debía ir por ese camino. Tenía diecisiete años.

Pasaron algunos años antes de que esta decisión, esta invitación, llegase a ser concreta y definitiva. Después pasaron muchos años con algunos acontecimientos de alegría, pero muchos años de fracasos, de fragilidad, de pecado... sesenta años por el camino del Señor, siguiéndole a Él, junto a Él, siempre con Él. Sólo os digo esto: ¡no me he arrepentido! ¡No me he arrepentido! ¿Por qué? ¿Porque me siento Tarzán y soy fuerte para seguir adelante? No. No me he arrepentido porque siempre, incluso en los momentos más oscuros, en los momentos del pecado, en los momentos de la fragilidad, en los momentos del fracaso, he mirado a Jesús y me he fiado de Él, y Él no me ha dejado solo.

Fiaos de Jesús: Él siempre va adelante, Él va con nosotros. Pero, escuchad, Él no desilusiona nunca. Él es fiel, es un compañero fiel. Pensad, este es mi testimonio: estoy feliz por estos sesenta años con el Señor. Una cosa más: ¡seguid adelante!»[6].

Junto a su buen humor, queda claro en estas dos intervenciones quién es Dios para el Papa Francisco: el Amor que nos precede, el Amor que nos busca, el Amor que nos espera. Un Amor que siempre se adelanta, que primerea. ¿Por qué usa ese término tan extraño: primerea? Porque, según explica él mismo, es como el almendro, que florece el primero. En pleno mes de febrero, los árboles están desnudos. Todos… excepto los almendros, que lucen ya sus flores blancas. Así es también nuestro Dios. Como señala el apóstol Juan: «En esto consiste el Amor, en que Dios nos amó primero» (1Jn 4,10). Y no sólo primerea, sino que luego nos acompaña siempre, también en los momentos de pecado, de debilidad, de fracaso.

El 21 de septiembre de 1953, la vida del joven Jorge Mario cambió decisivamente. Lo que le removió no fue una «idea religiosa», ni siquiera un propósito tajante, sino un encuentro personal, con alguien vivo: «Tuve la certeza que en la persona de aquel sacerdote Dios me estaba esperando, antes de que yo diera el primer paso para ir a la iglesia. Nosotros le buscamos, pero es Él quien siempre se nos adelanta, desde siempre nos busca y es el primero que nos encuentra»[7]. Encontrar a Dios es la única manera de vivir en serio nuestra fe. Como escribía el Papa: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». Lo escribía el Papa Benedicto… y Francisco lo ha citado a menudo[8].

* * *

Ahora bien, junto a la sorpresa de encontrar a Jesús, vivo, en aquella confesión (lo que él llama el «estupor del encuentro»), fue definitivo para el Papa Francisco «el modo misericordioso con el que Dios lo interpeló»[9]. Lo pudimos oír aquel primer domingo en que se asomó a la Plaza de san Pedro para rezar el Ángelus. La plaza estaba repleta… como lo estaba la de Pío XII… y la via della Conciliazione… Las televisiones de todo el mundo retransmitían en directo. Ante semejante platea, ¿qué iba a decir el Papa? Todos escuchábamos atentos, y él «se limitó» a comentar el Evangelio de la Misa, el de la mujer sorprendida en adulterio a la que los escribas y fariseos proponen apedrear (Jn 8,1-11). Tras resolver con sencillez la situación, Jesús dice a la mujer: Vete y desde ahora no peques más. El Papa «se limitó» a comentarlo así:

«No olvidemos esta palabra: Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca. “Y, padre, ¿cuál es el problema?” El problema es que nosotros nos cansamos, no queremos, nos cansamos de pedir perdón. Él jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón.

No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros. Y aprendamos también nosotros a ser misericordiosos con todos»[10].

Son las dos columnas portantes del mensaje de Francisco a la Iglesia: el estupor del encuentro con Dios y el descubrimiento de su Misericordia, que nos lleva a tratar a los demás con idéntico Amor. Y eso, que él vivió hace ya tantos años, es lo que quiere que vivamos tú y yo. Por eso ha querido celebrar un Jubileo Extraordinario de la Misericordia. Y por eso nos invita ahora a Cracovia.

Esas dos ideas han sido su mensaje continuo desde que fue elegido Papa. Al escribir su primer documento largo, las recogía en modo personalísimo, fundidas en una invitación que dirige a cada uno −a ti y a mí− y que quizá es momento de acoger. Hay sin duda un pedazo de la oración del Santo Padre en este texto:

«Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque “nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor”[11]. Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: “Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores”. ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar “setenta veces siete” (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!»[12].

Nos hemos asomado a un primer aspecto: ¿quién es Dios para el Papa Francisco? Ahora hay que seguir adelante, con una segunda pregunta.

¿Quién es el Papa Francisco ante Dios?

En verano de 2013, el Santo Padre concedió una extensa entrevista a Antonio Spadaro. Comienza precisamente así: «Tengo una pregunta preparada, pero decido no seguir el esquema prefijado y la formulo un poco a quemarropa: “¿Quién es Jorge Mario Bergoglio?”».

Según cuenta Spadaro, el Papa se le quedó mirando en silencio. «Le pregunto si es lícito hacerle esta pregunta… Hace un gesto de aceptación y me dice: “No sé cuál puede ser la respuesta exacta…”». Tras un silencio, que cada uno puede imaginar más o menos prolongado, llegó la respuesta de Francisco:

«“Yo soy un pecador. Esta es la definición más exacta. Y no se trata de un modo de hablar o un género literario. Soy un pecador”.

El Papa sigue reflexionando, concentrado, como si no se hubiese esperado esta pregunta, como si fuese necesario pensarla más. “Bueno, quizá podría decir que soy despierto, que sé moverme, pero que, al mismo tiempo, soy bastante ingenuo. Pero la síntesis mejor, la que me sale más desde dentro y siento más verdadera es esta: “Soy un pecador en quien el Señor ha puesto los ojos”. Y repite: “Soy alguien que ha sido mirado por el Señor. Mi lema, Miserando atque eligendo, es algo que, en mi caso, he sentido siempre muy verdadero”»[13].

No es la primera vez que comenta su lema episcopal −ese que cada obispo elige antes de su consagración, en el que procura resumir su ministerio. El de Juan Pablo II se dirigía a María: Totus Tuus (Todo Tuyo); el de Benedicto XVI resumía su propio programa de vida: Cooperatores Veritatis (Cooperadores de la Verdad). El de Francisco proviene de un texto de san Beda el Venerable en que comenta la vocación de san Mateo. Tal como explicaba, siendo cardenal, a Sergio Rubin:

«A mí siempre me impresionó una lectura del breviario que dice que Jesús lo miró a Mateo en una actitud que, traducida, sería algo así como “misericordiando y eligiendo”. Ésa fue, precisamente, la manera en que yo sentí que Dios me miró durante aquella confesión. Y ésa es la manera con la que Él me pide que siempre mire a los demás: con mucha misericordia y como si estuviera eligiéndolos para Él; no excluyendo a nadie, porque todos son elegidos para el amor de Dios. “Misericordiándolo y eligiéndolo” fue el lema de mi consagración como obispo y es uno de los pivotes de mi experiencia religiosa: el servicio para la misericordia y la elección de las personas en base a una propuesta. Propuesta que podría sintetizarse coloquialmente así: “Mirá, a vos te quieren por tu nombre, a vos te eligieron y lo único que te piden es que te dejes querer”. Ésa es la propuesta que yo recibí»[14].

De nuevo, el Papa vuelve sobre aquel suceso del 21 de septiembre de 1953. Dios le estaba proponiendo lo mismo que a san Mateo, cuya fiesta se celebra precisamente en ese día: «Déjate perdonar, déjate querer por mí… y deja que Yo te elija para querer a los demás con ese mismo Amor».

Así pues, ¿quién es el Papa Francisco ante Dios? Un pecador que ha merecido la Misericordia de Dios, hasta el punto de ser elegido por Dios. ¿Elegido para qué? Para ser amado por Él, y para amar a los demás.

En sus viajes a Roma, siendo obispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio solía hospedarse en una residencia sacerdotal que hay en la via della Scrofa. Le gustaba ir a rezar a la iglesia de San Luis de los franceses, a escasos cincuenta metros. Ahí se encuentra un extraordinario cuadro de Caravaggio: La vocación de san Mateo. A la izquierda, un sorprendido Mateo, agarrado aún al dinero que recaudaba, no puede creer lo que ve. Jesús, a la derecha, le señala con un gesto fuerte, creador, y le dice: ¡Sígueme! ¡Cuántas veces rezó el Papa ante ese cuadro, identificándose con el publicano que era elegido para ser apóstol! Lo reconocía en una entrevista: «Ese dedo de Jesús, apuntando así… a Mateo. Así estoy yo. Así me siento. Como Mateo. (…) Esto es lo que yo soy: un pecador al que el Señor ha dirigido su mirada…Y esto es lo que dije cuando me preguntaron si aceptaba la elección de Pontífice. [Y murmura:] Peccator sum, sed super misericordia et infinita patientia Domini nostri Jesu Christi confisus et in spiritu paenitentiae accepto»[15].

El punto de partida de la oración del Papa es un modo de ver a Dios, y un modo de verse ante Dios. Reconocerse pecador −¿quién no lo es?− y descubrir que, mucho mayor que nuestro pecado, es el Amor de Dios que viene a buscarnos.

La necesidad de la oración

Como hemos visto, la vida del Papa Francisco se apoya en la doble experiencia de un Dios que primerea y que se acerca misericordiándonos para elegirnos. Hay quien se queja de estos términos un poco extraños, pero tienen toda la fuerza de un lenguaje que brota de la vida misma. Uno y otro trazan el camino por el que se ha desarrollado la vida de Jorge Mario Bergoglio y, ahora, el ministerio del Papa Francisco. ¿Qué hay en esos abrazos a los enfermos en la plaza de san Pedro?, ¿qué, tras las llamadas a una joven madre que le escribe angustiada, a un joven que le pide oraciones, a unas religiosas que celebran la Navidad?, ¿qué hay, sino el deseo de hacer presente ese Amor que se adelanta siempre, que está siempre esperándonos, que se alegra infinitamente de encontrarnos y que nos acoge en todo momento con una misericordia infinita? Todos sus gestos nacen del encuentro personal con Cristo.

Ahora bien, en todo esto, ¿qué papel juega la oración? ¿Qué tiene que ver con todo esto? Tiene todo que ver. Para el Papa, aquel encuentro con el Dios que primerea no es algo que sucedió una vez −corría el año 1953− y no se ha repetido más, sino algo que procura renovar a diario. En su opinión, toda experiencia religiosa debe tener esa dosis de estupor, la sorpresa de descubrir a Alguien −Alguien real− que es Amor y que nos antecede. El Papa habla de toda experiencia religiosa: desde una conversión fulminante hasta la oración de todos los días.

Desde luego, no es tarea fácil. Como apunta él mismo, «vivir hoy esa trascendencia es difícil por el ritmo vertiginoso de la vida, la rapidez de los cambios y la falta de una mirada de largo plazo». No es fácil, pero, por eso precisamente, «son importantes los remansos»[16]. Como en los torrentes de montaña, cuando el agua se detiene en un pequeño tramo, formando una poza más o menos profunda en la cual surge la vida, a la cual se acercan las bestias para beber, en torno a la cual crecen los árboles y la hierba. Un «remanso de paz», como se suele decir. Y bien, ¿qué son esos remansos en nuestro día, sino los tiempos que dedicamos exclusivamente a la oración?

Quienes viven en una gran ciudad saben lo difícil que resulta encontrar un «hueco»: un tiempo sin horarios ni entregas, sin coches ni bocinazos, sin llamadas, mails ni whatsapps. Lo difícil que es, en una palabra, encontrar ese silencio interior, que es la puerta de la oración. Con todo, aunque a veces la relegamos por falta de tiempo, hemos de reconocer que, otras muchas, dejamos la oración por falta de interés. Así de simple: falta-de-interés. Así de cutre. Así de simple. Así es la vida.

Así… hasta que pasa algo, o, como dice gráficamente el Papa, «hasta que uno pisa una cáscara de banana y se cae sentado. Que una enfermedad, que una crisis, que una desilusión, que algo que yo tenía planeado desde mi exitismo y no funcionó…»[17]. Entonces sí, nos paramos de golpe, frenados por un batacazo más o menos bestial. El problema es que, si no estamos habituados a los remansos, si habitualmente no hacemos más que deslizarnos como el agua por las torrenteras, ¿seremos capaces de manejarnos cuando de improviso se corte nuestro ritmo? ¿No nos quedaremos perplejos, paralizados y quejosos? ¡Cuántas vidas cristianas truncadas por el sufrimiento! ¡Cuántas crisis de fe por esos golpes que nos frenan en seco! Ciertamente, no es fácil descubrir en el dolor el Amor de Dios. No es fácil, sobre todo, si uno no ha procurado antes descubrirlo en sus manifestaciones más luminosas, si no ha procurado remansar las aguas de su alma en los tiempos dedicados a orar. Por eso, necesitamos esos remansos, necesitamos pararnos cada día a rezar.

Rezar es estar con Dios

¿Qué significa rezar para el Papa? Antonio Spadaro le hizo una pregunta parecida: «¿Cuál es su modo preferido de orar?». Y él contestó con sencillez: «Rezo el Oficio todas las mañanas. Me gusta rezar con los Salmos. Después, inmediatamente, celebro la misa. Rezo el Rosario». Según él mismo reconocía, le impresionó vivamente el modo en que Juan Pablo II rezaba a la Virgen el Santo Rosario, se dio cuenta de la seriedad que implicaba y comenzó a rezar a diario los quince misterios. Y sigue: «lo que verdaderamente prefiero es la Adoración vespertina (…). Por la tarde, entre las siete y las ocho, estoy ante el Santísimo en una hora de adoración»[18]. Ese es su modo preferido de orar: la adoración ante el Señor.

Ahora bien, ¿en qué consiste eso que llama adoración? En otra ocasión la definió como «una experiencia de claudicación, de entrega, donde todo nuestro ser entre en la presencia de Dios. Es allí donde se producirá el diálogo, la escucha, la transformación. Mirar a Dios, pero sobre todo sentirse mirado por Él». Y apuntaba, de nuevo: «cuando más vivo la experiencia religiosa es en el momento en que me pongo, a tiempo indefinido, delante del sagrario. A veces, me duermo sentado dejándome mirar. Siento como si estuviera en manos de otro, como si Dios me estuviese tomando la mano. Creo que hay que llegar a la alteridad trascendente del Señor, que es Señor de todo, pero que respeta siempre nuestra libertad»[19]. La oración es, entonces, en primer lugar, descubrir que estamos con Dios: Alguien vivo, real, que no soy yo mismo; Otro, más allá de mí mismo (eso significa alteridad trascendente). En definitiva, sentarnos y descubrir que Dios está ahí es ya orar.

Por supuesto, en las palabras del Papa hay algo más que llama la atención a quienes intentamos rezar todos los días: «a tiempo indefinido». Sí, quizá esto nos sorprenda. Otras veces, ha reconocido, «después de la misa de medianoche [en Navidad], he pasado algunas horas solo, en la capilla, antes de celebrar la Misa de la aurora»[20]. Pasar la noche en oración, rezar a tiempo indefinido… Nos sorprende, tal vez, porque imaginamos al Papa rezando como solemos hacer nosotros: con un libro entre las manos, leyendo algo en que procuramos ahondar, para aplicarlo a nuestra vida y concretarlo en propósitos de mejora y resoluciones… Imaginamos eso… ¡¡¡a tiempo indefinido??? ¡¡¡Debe ser agotador!!! Nos cuesta imaginar que alguien sea capaz de tamaño esfuerzo… y nos cuesta todavía más pensar que nosotros vayamos a serlo.

Pienso que el problema es que confundimos lo que nosotros hacemos −que en sentido estricto habría que llamar meditación−, con la oración de la que habla el Papa. Y no: la oración está un paso más allá de la meditación… o un paso más acá. No se trata de dar vueltas a un asunto, o intentar leer un libro más o menos abstruso, interesante o ameno. Eso es meditar. En cambio, orar consiste en el diálogo tú a tú, cara a cara con Dios, al que aspira la meditación; pero es también el diálogo, tú a tú, que a veces se nos da (porque es siempre un don de Dios) antes de empezar a meditar.

Hay días en que no tenemos fuerzas para nada: no podemos ni tomar un libro, ni hilvanar ideas… Días en que perdemos el tiempo de oración «pajareando», o en que sencillamente cerramos el libro y nos decimos: «para estar así, mejor ponerse a hacer otra cosa». Nos parece que, si no meditamos, da igual lo que hagamos. Y no es cierto. El Papa nos está abriendo su corazón al recordarnos: «¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva!»[21]Ser ante sus ojos, basta con eso. Y es algo que está al alcance de cualquiera: por cansados que estemos, por espesos, por obtusos… ser es algo que no nos cuesta —habitualmente— ningún esfuerzo.

Sin embargo, tenemos que reconocer que, en realidad, sí nos cuesta, y nos cuesta horrores. En un mundo lleno de noticias, de fotos colgadas en Facebook e Instagram, de exclusivas futbolísticas en Marca.com hemos perdido la capacidad de ser, sin más. En los pueblos pequeños todavía es frecuente contemplar a tres o cuatro paisanos sentados en un banco. Pueden pasar ahí horas. No hablan apenas (no hay mucho de qué hablar). No miran nada (no hay nada que ver). ¿Qué hacen ahí sentados? Nada. Se limitan a ser. Simplemente ser. Quizá es algo que hemos de aprender de nuevo.

En efecto, para dejarnos mirar por Dios, lo primero es pararnos. Dejar el móvil en otra habitación; no pensar en lo que tengo que hacer, en el mensaje que tengo que mandar, en el plan que hay que ajustar… Dejar todo eso en manos de Dios y entrar en su silencio. Entonces, solo entonces, podremos seguir adelante.

Y no es cuestión de fervor: no hay que sentir nada especial para sentarse delante de Dios. Es más, apunta el Papa que, precisamente cuando nos sentimos más fríos, «necesitamos detenernos en oración para pedirle a Él que vuelva a cautivarnos. Nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial. Puestos ante Él con el corazón abierto, dejando que Él nos contemple, reconocemos esa mirada de amor que descubrió Natanael el día que Jesús se hizo presente y le dijo: “Cuando estabas debajo de la higuera, te vi” (Jn 1,48)»[22]. No hay que hacer nada. Se trata sencillamente de respirar con calma, aparcar por un momento las mil cosas que tenemos que hacer y dejarse mirardejarse querer. Redescubrimos, así, el Amor de ese Dios que nos espera y nos sigue acompañando… también cuando falta el sentimiento, cuando pesa la debilidad, cuando hemos caído en el pecado.

Este estilo de oración no es particularmente original, a no ser porque se encuentra en el origen de la oración cristiana. Es la oración de Moisés, con quien Dios hablaba «cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (Ex 33,11), y es la oración de Cristo, que tantas veces «pasó toda la noche en oración a Dios» (Lc 6,12). Es la oración de tantos santos a lo largo de la historia: la oración de los Padres; la oración de santa Catalina, que oyó a Jesús decir: «piensa en Mí, que Yo pienso en ti»; la oración de san Felipe Neri, que pasaba las noches rezando en las catacumbas romanas; la oración de santa Teresa, que definía como un estar «muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama»; la oración de aquel campesino de Ars que respondió a su santo párroco cuando le preguntaba qué hacía ante el sagrario: «yo le miro y Él me mira»; la oración de san Josemaría, para quien «el diálogo, a veces, no es más que mirarse». Esos largos diálogos de silencio, que solo los enamorados entienden. En definitiva, es la oración que contempla la maravilla de Dios, y adora en silencio.

No es, pues, original, pero en la vida del Papa Francisco adquiere una cierta prioridad, tal vez por la relevancia que ha tenido aquella experiencia de Dios: la misma de hace sesenta años, que le sigue transformando cada día. Cada día. Y no es una exageración, ni una hermosa teoría: es la vida misma. Durante la primera reunión en Roma de los cardenales que están estudiando la reforma de la Curia (cardenales que vienen de los cinco continentes), el Servicio de Información del Vaticano anunciaba: «Sobre el trabajo del Consejo de los Cardenales, el Padre Lombardi [director de la Oficina de Prensa] ha informado que ayer el papa estuvo presente en las sesiones de la tarde, desde las 16.00 a las 19.00. “El Santo Padre va a rezar a la Capilla a las 19.00; este es el final de su participación, aunque los Cardenales pueden proseguir la reunión, si lo consideran oportuno”». No sé si lo consideran oportuno, o se suman a la oración del Papa. En todo caso, hay que convenir en que, por llena que tengamos la agenda, difícilmente encontraremos nosotros algo más urgente que una comisión de cardenales encargada de reformar la Curia...

¿De qué llena el Papa su oración?

Esta es la última pregunta que quisiera lanzar: ¿de qué está llena la oración del Papa? Hemos visto que la suya es una oración eminentemente adoradora y contemplativa. Pero no sólo. A fin de cuentas, la contemplación es un don, que no tenemos por qué recibir; y entretanto, ¿qué hace el Papa?

Sin ánimo de ser exhaustivo −a fin de cuentas, ¿quién puede saberlo?−, he encontrado alguna respuesta en distintas intervenciones del Romano Pontífice.

1. Recordar. En una ocasión, comentó: «La oración es para mí siempre una oración memoriosa, llena de memoria, de recuerdos, incluso de memoria de mi historia o de lo que el Señor ha hecho en su Iglesia o en una parroquia concreta. Para mí, se trata de la memoria de que habla san Ignacio en la primera Semana de los Ejercicios, en el encuentro misericordioso con Cristo Crucificado. Y me pregunto: “¿Qué he hecho yo por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo?”. Es la memoria de la que habla también Ignacio en la Contemplación para alcanzar amor, cuando nos pide que traigamos a la memoria los beneficios recibidos»[23].

¿Qué hacer, pues, en nuestra oración? Primero, recordar todas las cosas que Dios ha hecho por nosotros. ¡Qué distinta nuestra oración! A menudo, nos detenemos demasiado en lo que nos ha dolido, en lo que nos hace sufrir, o en nuestros pecados y flaquezas: en todo aquello que no funciona como debería en nuestra vida (o en la de las personas que nos rodean). Vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y vueltas a lo que va mal, a las heridas, a los fracasos. Olvidamos que «Él nos ha amado primero», y que el amor −¡ese Amor!− «cubre la multitud de los pecados» (1P 4,8). Por eso, la memoria del bien debe tener prioridad en la oración.

Esa memoria tiene que ver, en primer lugar, con el encuentro con Cristo crucificado. Así han comenzado a rezar muchos santos y santas, como santa Teresa, o san Ignacio: recordar la Cruz, ponernos delante de ella. Jesús está ahí. Y es Dios. Por eso, durante aquellas tres largas horas, mientras seguía vivo, podía pensar en cada una y en cada uno de nosotros. Veía nuestras caídas, nuestras debilidades, nuestras traiciones; veía todo el mal que iba a haber en el mundo. ¡El demonio se encargaba de recordárselo, para hacerle ver lo absurdo que era morir por alguien como tú o como yo…! Sin embargo, Jesús no cedió a la tentación. Permaneció clavado en la Cruz hasta que pudo decir: «Todo está cumplido» (Jn 19,30).

Recordar a Cristo crucificado es dejar que nos mire y nos diga: «Te conozco perfectamente, he visto todos y cada uno de tus pecados… y, conociéndote tan bien, creo que vale la pena seguir aquí, en esta Cruz, y dar mi vida por ti. ¡Qué maravilla que existas! ¡Qué contento estoy de haberte creado y de sufrir esta muerte por ti!». Por este cauce discurre la oración del Papa. En el mensaje que ha escrito para preparar la JMJ, nos pregunta:

«Y tú, querido joven, querida joven, ¿has sentido alguna vez en ti esta mirada de amor infinito que, más allá de todos tus pecados, limitaciones y fracasos, continúa fiándose de ti y mirando tu existencia con esperanza? ¿Eres consciente del valor que tienes ante Dios que por amor te ha dado todo? Como nos enseña San Pablo, “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores” (Rom 5,8). ¿Pero entendemos de verdad la fuerza de estas palabras?»[24].

El día que las entendamos a fondo, ¿quién podrá robarnos la esperanza? De ella nacerán la fuerza y los deseos de corresponder a ese Amor.

La oración memoriosa parte de la Cruz y alcanza, en segundo lugar, la Resurrección. El Papa ha comentado en varias ocasiones el mensaje del ángel a las santas mujeres que se habían acercado al sepulcro: «Jesús ha resucitado... Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea» (Lc 24,6.8). Y ellas «recordaron sus palabras». Igualmente, nosotros podemos hacer memoria de lo que el Señor nos ha dicho: en otros ratos de oración, o leyendo un libro; escuchando una homilía o hablando con un sacerdote, con un amigo…

Pero hay algo más: «Es −comenta el Papa− la invitación a hacer memoria del encuentro con Jesús»[25]. En efecto, Él mismo se aparecerá a las mujeres y les encargará: «id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán (Mt 28,10)». Galilea es el lugar donde Cristo había salido a su encuentro, donde vivieron los momentos más intensos con Él: el lugar de sus enseñanzas junto a lago y en el monte; de los milagros y de los largos ratos de oración; de la llamada y de la convivencia diaria…

Volver a Galilea significa recordar todas las cosas buenas que hemos vivido junto al Señor, los momentos en que le hemos sentido más cerca, en que hemos palpado su Amor. De eso nos anima el Papa a llenar nuestra oración: «hacer memoria de lo que Dios ha hecho por mí, por nosotros, hacer memoria del camino recorrido; y esto abre el corazón de par en par a la esperanza para el futuro. Aprendamos a hacer memoria de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas»[26].

Pero el Santo Padre no se queda en su propia memoria, sino que da todavía un paso más: «sobre todo, sé que el Señor me tiene en su memoria. Yo puedo olvidarme de Él, pero sé que Él jamás se olvida de mí»[27]. De nuevo, es algo hondamente radicado en la Escritura. Frente a los hombres, que tan a menudo claman a Dios por haberles dejado de lado, se alza la voz del Señor: «¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido» (Is 49,15).

Se trata de una memoria fundamental, que nos permite ir adelante cuando nuestra debilidad y nuestros fracasos se hacen más evidentes. Es la roca segura sobre la que apoyarnos, la verdad de que, pase lo que pase y hagamos lo que hagamos, somos hijos de Dios. Responde a aquella propuesta inicial de Dios: Él nos ha elegido por nuestro nombre, basta que nos dejemos querer. Sí, concluye el Papa: «es la memoria que me hace hijo y que me hace también ser padre»[28].

Como decíamos antes, Francisco mantiene viva en su oración la memoria de aquel encuentro primero con Dios, de aquel día en que descubrió que era Él quien le había estado buscando, y le esperaba, y le llevaba en el corazón. Eso es lo que le permite vivir —todavía hoy— como vive. Porque, en efecto, descubrir el Amor de Dios en concreto, personalmente, a mí, es lo que nos empuja a corresponder de todo corazón, amando a los demás: «Vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo»[29]. Y tú, ¿has vivido alguna vez esa experiencia del Amor que Dios te tiene?

2. Escuchar. La oración del Santo Padre está llena también de una atenta escucha a la Palabra que Dios le dirige desde el Evangelio. Tal como él mismo señala, si abordamos el Evangelio «de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a cautivarnos una y otra vez»[30]. Desde luego, no es algo que suceda enseguida, o que podamos apresurar −de eso tenemos experiencia. Con el Evangelio hay que ir por partes y serenamente, sin prisa.

Primero es necesario comprender el texto en su sentido original, lo cual no siempre es sencillo, y exige, siempre, silencio, calma y atención. Los textos de la Escritura son antiguos, y en muchos aspectos se insertan en una cultura distinta de la nuestra. Muchos de los gestos y palabras de Jesús responden a esa cultura... y reciben en la nuestra una interpretación distinta de la original, como cuando se dirige a su madre llamándola «mujer» (Jn 2,4), o le recuerda a una cananea que «no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (Mt 15,26). De ahí la importancia de tener en casa una buena edición de la Biblia, con notas y explicaciones abundantes; de ahí la importancia también de la homilía dominical y de preguntar al sacerdote cuando el sentido de un texto se nos hace más oscuro. Además, existen abundantes recursos e iniciativas para conocer mejor la Escritura[31].

En todo caso, lo principal es la actitud con la que nos acercamos a ella. El Papa Francisco habla de una serena atención, sin prisas. Hay que hacer silencio −por dentro y por fuera−, y huir de toda precipitación o ansiedad. Es cuestión de amor: «uno sólo le dedica un tiempo gratuito y sin prisa a las cosas o a las personas que ama; y aquí se trata de amar a Dios que ha querido hablar. A partir de ese amor, uno puede detenerse todo el tiempo que sea necesario, con una actitud de discípulo: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1S 3,9)»[32].

Una vez más, se trata de pararse, sentirse vivo ante Jesucristo y escuchar su Palabra. Con esto llegamos al segundo momento de esta actitud: acercarse al Evangelio dejándonos herir por él, abriéndonos para que nos interpele no en la teoría, sino real y personalmente. Para eso, en la presencia de Dios, «es bueno preguntar, por ejemplo: “Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? ¿Qué me molesta en este texto? ¿Por qué esto no me interesa?”, o bien: “¿Qué me agrada? ¿Qué me estimula de esta Palabra? ¿Qué me atrae? ¿Por qué me atrae?”»[33].

No deja de ser significativo que el Papa termine siempre preguntando al Señor, dejando que sea Él quien hable. Lo veíamos antes, a propósito de la oración memoriosa; lo vemos ahora ante la Escritura. Es una tarea exigente: a menudo sí escuchamos la voz de Jesús que se dirige a nosotros en un pasaje del Evangelio, pero entonces nos cerramos y no queremos oír, o lo aplicamos a otros en lugar de a nosotros mismos, o encontramos excusas que nos permitan diluir o suavizar el mensaje de Jesús —esa palabra, esa frase que nos ha herido cuando leíamos en silencio. Por eso es tan importante renovar cada día nuestra disposición de dejarnos decir cualquier cosa, lo que Dios quiera, aunque nos duela. Disponernos como Samuel, pronunciando antes de abrir el Evangelio aquellas palabras: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1S 3,9).

3. Interceder. La oración del Papa Francisco está también poblada por las vidas de tanta gente que acude a él. En la Evangelii gaudium dedica unos números preciosos a esta forma de orar que nos mueve a salir de nosotros mismos para servir y amar a quienes tenemos alrededor. Nuestra oración se llena entonces de los demás: preocupaciones y tristezas, alegrías e ilusiones. Así ha sido la oración de los grandes santos; la de San Pablo, por ejemplo, que escribe a su amada comunidad de Filipos: «En todas mis oraciones siempre pido con alegría por todos vosotros (...) porque os llevo dentro de mi corazón» (Flp1,4.7).

No se trata de «pasar lista», delante de Dios, de las personas que queremos, como intentando sacarle favores para cada uno… sino, más bien, de hablar de ellas con Dios. Despacio, amorosamente. Si lo hacemos así, nuestra oración se convertirá, en primer lugar, en agradecimiento por tantas cosas. Reconoceremos todo el bien que los demás encierran, todo el bien que hacen y todo el bien que están llamados a hacer. Jamás desesperaremos de un alma, mientras la amemos. Así se comporta Dios con nosotros y así aprendemos a comportarnos nosotros con los demás. Cuando intercedemos por ellos en la oración, nos metemos de algún modo en el corazón de Dios.

El modo en que el Papa vive esta intercesión salta a la vista en cualquiera de sus apariciones públicas, en las noticias que hemos tenido de su oración y de su interés por personas o comunidades concretas. Él mismo lo ha señalado: no es que logremos con nuestra oración “forzar” a Dios, sino que posibilitamos que su poder, su amor y su lealtad −que siempre se adelantan− «se manifiesten con mayor nitidez en el pueblo»[34].

Los tres aspectos que hemos repasado en la oración del Papa van en realidad íntimamente unidos: recordar la continua cercanía de Dios, dejarse interpelar por Cristo, compartir la vida entera −amistades, familia, necesidades, ilusiones− con Él. Los tres responden a un estilo único, que se podría resumir en esto: la actitud contemplativa de quien, a diario, se deja mirar por Dios, y deja que Él le muestre la inmensa maravillosa tarea que tiene por delante, para encender el mundo en Amor. Por eso, hay un aspecto más, que sin duda tiene que ver especialmente con los jóvenes.

4. Soñar. Lo decía el Papa ante una Plaza de san Pedro llena de peregrinos: «La vida no se nos da para que la conservemos celosamente para nosotros mismos, sino que se nos da para que la donemos. Queridos jóvenes, ¡tened un ánimo grande! ¡No tengáis miedo de soñar cosas grandes!»[35]. Soñar esas cosas grandes que Dios quiere hacer en el mundo.

En otra ocasión, delante de una plaza abarrotada de gente joven, decía con su marcado acento argentino:

«Una palabra que cayó fuerte: soñar. Un escritor latinoamericano decía que las personas tenemos dos ojos, uno de carne y otro de vidrio. Con el ojo de carne vemos lo que miramos, con el ojo de vidrio vemos lo que soñamos. Está lindo, ¿eh?

En la objetividad de la vida tiene que entrar la capacidad de soñar. Y un joven que no es capaz de soñar, está clausurado en sí mismo, está cerrado en sí mismo.

Cada uno a veces sueña cosas que nunca van a suceder, pero soñálas, deseálas, buscá horizontes, abrite, abrite a cosas grandes. No sé si en Cuba se usa la palabra, pero los argentinos decimos: “No te arrugués”. No te arrugués, abrite. Abrite y soñá.

Soñá que el mundo con vos puede ser distinto. Soñá que si vos ponés lo mejor de vos, vas a ayudar a que ese mundo sea distinto.

No se olviden, sueñen»[36].

Soñar con un mundo mejor, con un mundo en que reine el amor de Dios, el perdón, el servicio, la humildad, la sonrisa. A veces nos parece una cosa bonita… sencillamente imposible. Pero eso es porque no soñamos en la oración. Soñar en la oración es soñar con Dios, y, con Dios, nunca soñamos de más. Seguía el Papa ante aquel público:

«Por ahí se les va la mano y sueñan demasiado, y la vida les corta el camino. No importa: sueñen. Y cuenten sus sueños. Cuenten, hablen de las cosas grandes que desean, porque cuanto más grande es la capacidad de soñar, y la vida te deja a mitad camino, más camino has recorrido. Así que, primero, soñar»[37].

Cuando el Papa decía estas cosas, sabía a quién se dirigía. Eran los jóvenes de Cuba. Tal vez a nosotros nos parezca a veces difícil vivir como cristianos. Ciertamente, a veces no es fácil: en la universidad, con los amigos, en nuestra ciudad… Con todo, estoy seguro de que no tenemos ni la décima parte de las dificultades que tienen aquellos jóvenes cubanos. Y a ellos se dirigía el Papa con esa confianza. Soñar no es un esfuerzo vano, cuando lo hacemos con Dios. Con Él, «si vos ponés lo mejor de vos, vas a ayudar a que ese mundo sea distinto»; por eso, hemos de hablar con Él «de las cosas grandes» que deseamos, que llenan nuestro corazón, que nos gustaría poner por obra en este mundo nuestro.

El Papa Francisco nos invita a Cracovia para soñar juntos los sueños de Dios: encontrar a Jesucristo, descubrir personalmente cuánto nos ama, dejarnos interpelar con Él y soñar juntos un mundo mejor. El mundo que haremos tú y yo si vamos, con el sucesor de Pedro, hacia Jesús. Hacia Jesús, siempre de nuevo, de la mano de María.

Lucas Buch

 

[1] Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janés, Barcelona 1994, 134.

[2] Idem, 135.

[3] Papa Francisco, Discurso en el encuentro con los jóvenes de Cuba, 20.9.15.

[4] Benedicto XVI, Discurso en el encuentro con los peregrinos alemanes, 25.4.2005.

[5] S. Rubin, F. Ambrogetti, El Papa Francisco. Conversaciones con Jorge Bergoglio, Ediciones B, Barcelona 2013, 47-48. El subrayado es mío.

[6] Papa Francisco, Discurso en el encuentro con los jóvenes de Cerdeña, 22.9.2013.

[7] Papa Francisco, Mensaje para la XXXI Jornada Mundial de la Juventud, § 2.

[8] Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas est, 25.12.2005, n.1; cfr. Papa Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium, 24.11.2013, n. 7.

[9] S. Rubin, F. Ambrogetti, El Papa Francisco, 48.

[10] Papa Francisco, Ángelus, 17.3.2013.

[11] Pablo VI, Ex. Ap. Gaudete in Domino, 9.5.75, n. 22.

[12] Papa Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium, 24.11.2013, n. 3.

[13] Entrevista de A. Spadaro, s.j., publicada en «L'Osservatore Romano», edición semanal en lengua española, Año XLV, n. 39 (2.333) , 27.9.2013. El texto se puede encontrar en www.vatican.va.

[14] S. Rubin, F. Ambrogetti, El Papa Francisco, 51.

[15] Entrevista de A. Spadaro, s.j., publicada en «L'Osservatore Romano», 27.9.2013.

[16] S. Rubin, F. Ambrogetti, El Papa Francisco, 51.

[17] Ibid., 52.

[18] Entrevista de A. Spadaro, s.j., publicada en «L'Osservatore Romano», 27.9.2013.

[19] S. Rubin, F. Ambrogetti, El Papa Francisco, 54.

[20] Entrevista de A. Tornielli publicada en «La Stampa», 15.12.2013.

[21] Papa Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium, 24.11.2013, n. 264.

[22] Idem.

[23] Entrevista de A. Spadaro, s.j., publicada en «L'Osservatore Romano», 27.9.2013.

[24] Papa Francisco, Mensaje para la XXXI Jornada Mundial de la Juventud, § 2.

[25] Papa Francisco, Homilía en la Vigilia Pascual, 30.3.2013.

[26] Idem.

[27] Entrevista de A. Spadaro, s.j., publicada en «L'Osservatore Romano», 27.9.2013.

[28] Idem.

[29] Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas est, 25.12.2005, n. 39.

[30] Papa Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium, 24.11.2013, n. 264.

[31] Citaré, a modo de ejemplo, el estupendo libro de F. Varo, La Biblia para hipsters, Planeta, Barcelona 2015.

[32] Papa Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium, 24.11.2013, n. 146.

[33] Ibid., n. 153.

[34] Ibid., n. 283.

[35] Papa Francisco, Audiencia General, 24.4.13.

[36] Papa Francisco, Discurso en el encuentro con los jóvenes de Cuba, 20.9.15.

[37] Idem.

 

 

San Juan Pablo II en la canonización de Sam Josemaría

Daniel Tirapu 

San Juan Pablo II.

Homilía del santo padre Juan Pablo II en la misa de canonización del beato Josemaría Escrivá de Balaguer. “Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica” ha dicho el Papa a los asistentes de más de 80 países presentes en la Plaza de San Pedro.

1. "Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios" (Rm 8,14). Estas palabras del apóstol Pablo que acaban de resonar en nuestra asamblea, nos ayudan a comprender mejor el significativo mensaje de la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, que celebramos hoy. Él se dejó guiar dócilmente por el Espíritu, convencido de que sólo así se puede cumplir plenamente la voluntad de Dios.

Esta verdad cristiana fundamental era un tema recurrente de su predicación. En efecto, no dejaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para hacer que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios y la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia "santa y llena de Dios". "A ese Dios invisible —escribió—, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales" (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 114).

También hoy esta enseñanza suya es actual y urgente. El creyente, en virtud del bautismo, que lo incorpora a Cristo, está llamado a entablar con el Señor una relación ininterrumpida y vital.

2. "Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase" (Gn 2, 15). El libro del Génesis, como hemos escuchado en la primera lectura, nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la ‘labrase’ y ‘cuidase’. Los creyentes, actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana.

"La vida habitual de un cristiano que tiene fe - solía afirmar Josemaría Escrivá -, cuando trabaja o descansa, cuando reza o cuando duerme, en todo momento, es una vida en la que Dios siempre está presente" (Meditaciones, 3 de marzo de 1954). Esta visión sobrenatural de la existencia abre un horizonte extraordinariamente rico de perspectivas salvíficas, porque, también en el contexto sólo aparentemente monótono del normal acontecer terreno, Dios se hace cercano a nosotros y nosotros podemos cooperar a su plan de salvación. Por tanto, se comprende más fácilmente, lo que afirma el concilio Vaticano II, esto es, que "el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la construcción del mundo [...], sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber" (Gaudium et spes, 34).

3. Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el santo fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándoos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior.

Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis "sal de la tierra" (cf. Mt 5, 13) y brillará "vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt., 5, 16).

4. Ciertamente, no faltan incomprensiones y dificultades para quien intenta servir con fidelidad la causa del Evangelio. El Señor purifica y modela con la fuerza misteriosa de la Cruz a cuantos llama a seguirlo; pero en la Cruz – repetía el nuevo Santo - encontramos luz, paz y gozo: Lux in Cruce, requies in Cruce, gaudium in Cruce!

Desde que el 7 de agosto de 1931, durante la celebración de la santa misa, resonaron en su alma las palabras de Jesús: "Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32), Josemaría Escrivá comprendió más claramente que la misión de los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo sobre toda realidad humana, y sintió surgir de su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes. Acogió entonces sin vacilar la invitación hecha por Jesús al apóstol Pedro y que hace poco ha resonado en esta plaza: "Duc in altum!". Lo transmitió a toda su familia espiritual, para que ofreciese a la Iglesia una aportación válida de comunión y servicio apostólico. Esta invitación se extiende hoy a todos nosotros. "Rema mar adentro - nos dice el divino Maestro - y echad las redes para la pesca" (Lc 5, 4).

5. Pero para cumplir una misión tan ardua hace falta un incesante crecimiento interior alimentado por la oración. San Josemaría fue un maestro en la práctica de la oración, que consideraba una extraordinaria "arma" para redimir el mundo. Aconsejaba siempre: "Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en «tercer lugar», acción" (Camino, 82). No es una paradoja, sino una verdad perenne: la fecundidad del apostolado reside, ante todo, en la oración y en una vida sacramental intensa y constante. Éste es, en el fondo, el secreto de la santidad y del verdadero éxito de los santos.

Que el Señor os ayude, queridísimos hermanos y hermanas, a acoger esta exigente herencia ascética y evangelizadora. Os sostenga María, a quien el santo fundador invocaba como Spes nostra, Sedes Sapientiae, Ancilla Domini.

Que la Virgen haga de cada uno un testigo auténtico del Evangelio, dispuesto a dar en todo lugar una generosa contribución a la construcción del reino de Cristo. Que nos estimulen el ejemplo y las enseñanzas de san Josemaría para que, al final de nuestro peregrinar terreno, participemos también nosotros en la herencia bienaventurada del cielo. Allí, juntamente con los ángeles y con todos los santos, contemplaremos el rostro de Dios, y cantaremos su gloria por toda la eternidad.

 

 

Educar en la paciencia

Silvia del Valle Márquez

La paciencia es una virtud que debemos cultivar en todos, chicos y grandes; y durante toda la vida por lo que es genial si podemos comenzar desde pequeños.

Ya hemos hablado en algunas otras ocasiones de que nos ha tocado vivir un cambio de época y de que las generaciones actuales son cada vez más diferentes a nosotros.

Hoy les quiero compartir una inquietud que tengo, ya que por la contingencia que vivimos se ha acentuado la impaciencia de mis hijos, en este tiempo en que sólo podemos esperar ya que nada es seguro pues no sabemos cuándo va a terminar todo esto, hasta cuándo vamos a poder salir a la calle con seguridad, hasta cuándo podrán regresar a las clases normales, etc.

Por eso hoy te quiero compartir mis 5Tips para educar a nuestros hijos en la paciencia.

PRIMERO. Acostúmbralos a que esperen su turno.

Es necesario que nos armemos de valor para que podamos aguantar reclamos, berrinches y pataletas de nuestros hijos pequeños, y de los no tan pequeños también; ya que deben darse cuenta que no siempre lo que ellos quieren se puede hacer en el preciso momento que ellos quieren.

Es necesario que sepan esperar a que les toque, que sepan esperar hasta que sea hora de realizar una actividad, que sepan esperar hasta que sea tiempo de que salga la película o el juguete que tanto quieren.

Saber esperar es algo de gran importancia para toda la vida ya que muy pocas veces las cosas pasan como las imaginamos o en el tiempo que teníamos planeado.

Debemos hacer que sepan esperar, pero debe ser poco a poco y siempre de acuerdo con su edad y maduración.

Podemos empezar a educarlos en esta virtud haciendo que esperen su turno en el juego, haciendo que esperen unos minutos para comerse el dulce que quieren, que esperen unos minutos para ver el programa que les gusta, etc.

Todo es un proceso y debemos estar dispuestos a pasar con la mejor actitud. Recordemos que el ejemplo es mucho más educativo que las palabras.

SEGUNDO. Que sepan compartir lo que tienen.

Otra forma de fomentar la paciencia es que sepan compartir, ya que en muchas ocasiones el compartir implica dejar el yo para ir al nosotros y eso les puede generar ansiedad y los puede poner irritables.

Educar a nuestros hijos para que puedan convivir y compartir con los demás, les ayuda a fortalecer la voluntad y a ser más tolerantes, no por obligación sino por convencimiento.

TERCERO. No les des todo lo que te pidan.

Cuando nuestros hijos nos piden algo, en ocasiones dejamos todo para ir corriendo a darles lo que ellos tienen. Esto está mal, porque además de que estamos educando a nuestros hijos a que sean tiranos; los estamos acostumbrando a que todos debemos dejar todo para correr a atenderlos.

Es necesario que sepan esperar un poco, controlar sus impulsos y hacerlo con una buena actitud.

Aunque tengamos la posibilidad de darles a la primera lo que nos están pidiendo, es sano hacerlos esperar un poco o darles sólo lo necesario y que los lujos se los ganen con su buena actitud, su cooperación o ayudando al bienestar familiar.

CUARTO. Que aprendan a ganarse las cosas.

La sociedad actual nos ha metido la idea de que no podemos regañar o contradecir a nuestros hijos porque se trauman y no se desarrollan bien; pero esto es irreal, ya que es necesario ir educando y corrigiendo a nuestros hijos para que actúen conforme a la moral y las buenas costumbres.

Y eso implica que sepan contener sus impulsos y fortalecer su voluntad. En muchas ocasiones es casi imposible que tengan todo lo que quieren en el momento que desean, es por eso que debemos educarlos para saber esperar.

Otra forma de educar la paciencia es hacer que se ganen las cosas que son como "lujos", es decir, que no son indispensables para la vida cotidiana y que implican un esfuerzo extra, tanto para ellos como para nosotros para dárselos.

Podemos decirles que vamos a conquistar cada cosa o permiso que quieren tener y pedirles que hagan méritos, que ganen puntos o que ofrezcan su espera para conseguir un bien mayor.

Al darle este sentido más trascedente a la espera, nuestros hijos verán una oportunidad cada vez que tengan que esperar.

Y QUINTO. Que no te de miedo decir no.

Al final de cuentas, mientras nuestros hijos sean pequeños, ellos son nuestra responsabilidad y debemos ser valientes para saber decir no.

En muchas ocasiones es necesario decir no a un permiso, decir no a comprarles el dulce que tanto quieren, decir no a acudir a alguna actividad, etc. en aras de un bien mayor como puede ser su salud o el bienestar familiar.

Ellos, al principio pueden hacer berrinche o ponerse tercos, pero deben aprender a ser pacientes y comprensivos y aceptar lo que mamá y papá creen que es mejor para él.

En caso de que siga pensando que debe tener lo que pide, puede buscar darnos una justificación convincente de porque debe ser así.

Cada vez que los obligamos a justificar lo que nos pide lo estamos ayudando a pensar y a tener claras sus ideas y eso también es muy educativo.

Al final de cuentas la paciencia es una virtud que debemos cultivar en todos, chicos y grandes; y durante toda la vida por lo que es genial si podemos comenzar desde pequeños, así cuando nuestros hijos sean adolescentes, estarán entrenados para pasar de mejor manera la tormenta de hormonas que se les espera.

Recuerda, el ejemplo educa mucho más que las palabras. Seamos pacientes con nuestros hijos.

 

 

Disfruta ser papá

Infamilia

Si tienes el privilegio de ser padre disfruta de tus hijos. La excelente noticia es que educarlos y disfrutarlos implican una misma acción: pasar tiempo de calidad con ellos.

Ser padre es una experiencia que marca la vida de forma permanente y abre la puerta a un gran número de vivencias gratificantes en la convivencia diaria con los hijos.

Se sabe que el papel del padre es ser proveedor, pero no sólo de los bienes materiales que necesita, sino de aquellos bienes intangibles que permanecerán en la vida de su hijo o hija aun cuando él ya no esté. Es decir, cuidar de que no le falte alimentación balanceada y todo lo necesario para su salud física, pero además el contacto personal necesario para fortalecer el vínculo relacional con él o ella, que será el soporte para su identidad personal y su óptimo desarrollo emocional, según explica el Dr. Aquilino Polaino.

El fortalecimiento del vínculo inicia desde el nacimiento. La madre por naturaleza es quien alimenta, abraza y habla constantemente al bebé. Pero es necesaria una frecuente e intencionada interacción entre el padre y el hijo, que se da con el hecho de cargarlo, abrazarlo, hablarle, cantarle, enseñarle algún balbuceo o “gracia”. Más adelante, los niños se convierten en un “actores” que imitarán y reproducirán cuanto ven y oyen. Por eso es muy importante que el padre se deje ver y oír en casa, colaborando en las labores del hogar, interactuando con su madre, pero también propiciar el acompañamiento fuera de casa, dándole oportunidad de ver cómo se desenvuelve y lleva a la práctica los valores en los que cree. Tanto el niño como la niña tienen que tener referencias concretas y cotidianas de su padre. Así aprenden lo que es la verdadera masculinidad y no la que es presentada por los medios de comunicación.

Una figura paterna cercana dará la confianza al hijo y a la hija. En la adolescencia empezará a “tomar sus propias decisiones”. La interacción continúa siendo muy importante, propiciando el diálogo sobre temas importantes, compartiendo algún deporte o afición, que les permitan compartir pequeñas dificultades, éxitos y fracasos, alegrías y tristezas. Todo esto contribuye a la educación de la afectividad que jugará un papel determinante en su comportamiento para toda la vida.

También contribuye a la educación de la afectividad la forma cotidiana de expresar o no los padres el cariño entre ellos y de cada uno hacia sus hijos; la adecuada carga afectiva que conlleva una instrucción, una felicitación, un regaño; expresar una sonrisa, un guiño, un abrazo son lecciones que se aprenden día con día.

La “renuncia” a ser padre es en realidad una pérdida irreparable tanto para el hijo como para el mismo padre, que de hecho no ocurre nunca. Es decir, aunque no se ejerza la paternidad ni se desarrolle una relación afectiva, la relación no deja de existir natural ni biográficamente. La paternidad, maternidad y filiación son un sello que queda en la persona. Eres padre de alguien, hijo de alguien. Tarde o temprano esta realidad aflora.

Por otro lado, tú, papá, ¡necesitas de tus hijos! Sobra decir que son tu motor y alegría. Si tienes el privilegio de ser padre disfruta de tus hijos. La excelente noticia es que educarlos y disfrutarlos implican una misma acción: pasar tiempo de calidad con ellos. Definitivamente también te educas a ti mismo cuando te das la oportunidad de escucharlos, de jugar con ellos y buscar el modo de procurarles la mejor convivencia. Recuerda que los hijos crecen y sus etapas vitales pasan. Cada etapa tiene sus retos y oportunidades, y pasarán. Tenlo presente y aprovecha cada circunstancia al máximo. El tiempo disfrutado en familia es lo mejor con lo que al final nos quedamos.

 

Funeral de las Víctimas del Coronavirus

Impactó el  Funeral por las víctimas del coronavirus en la catedral de la Almudena. Un acierto de la Conferencia Episcopal Española, porque son miles las víctimas del coronavirus muertos sin la compañía de los suyos – muchísimos, hijos de la Iglesia- , y sus familiares y amigos los lloraron en duelo solitario, incapaz de sanar la herida. ¡Terrible!

Espectacular la catedral,  hasta el límite de su aforo permitido para manifestar  la solidaridad a través de la oración. Las autoridades, de luto, impresionaban. El negro del vestido es símbolo del dolor por la pérdida del ser amado, y de condolencia;  expresa, también, la necesidad psicológica de consuelo y acompañamiento que repare el desgarro. Parece que tan secular, humana y cristiana costumbre se hubiera perdido; mas, de luto riguroso, aparecieron, en la catedral, la Reina con las Infantas,  la Presidenta de la Comunidad de Madrid, la Vicepresidenta del Gobierno … El Rey y los políticos, de corbata negra, estuvieron “a la altura”: acompañaron dignamente a los familiares de las víctimas.

Cientos de miles de personas, gracias a 13 TV, pudieron unirse a la Santa Misa desde sus hogares. La oración es arma poderosa, que funciona con la empuñadura de la confianza, la humildad y el perdón. Se dice que “es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios”. Además, junto al Señor se encuentra esperanza y consuelo verdadero,  porque sólo Dios puede adentrarse en lo más íntimo del corazón humano y llenarlo de paz. Lo recordó el Cardenal de Madrid, D. Carlos Osoro, en su importante homilía al evocar las palabras de Jesús en el Evangelio: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré» (Mt, 11, 28).

Josefa Romo

 

La LOMLOE apunta la pública, "perspectiva de género", clase de religión y educación especial.

Donde la LOM LOE sí cambia sustancialmente el panorama es en el régimen de conciertos y el diseño de la asignatura de Religión. En cuanto a lo primero, la norma señala como uno de sus mantras que la educación pública debe ser el "eje vertebrador" del sistema educativo. Esto, que podría ser una simple constatación descriptiva de la realidad, en la medida en que la mayoría de los padres eligen estos centros, tiene más bien un carácter normativo. En concreto, significa que las administraciones no tendrán en cuenta el deseo de las familias (la llamada "demanda social") al configurar la oferta de plazas escolares, obligándose únicamente a que existan plazas públicas para todo el que lo necesite.

La "perspectiva de género", otro de los ejes transversales de la norma, se concreta en dos aspectos. Por un lado, se crea una asignatura de Valores éticos y cívicos, en la que se incluirán contenidos sobre sexualidad enfocados desde los presupuestos de la ideología de género, y que se impartirá a final de Primaria y en un curso de la ESO por determinar. Por otro, el texto hace una apuesta por la educación en centros mixtos, lo que significa de hecho una preferencia por la coeducación y una discriminación de los colegios de educación diferenciada. El texto habla de subvención "preferente" a los centros mixtos, pero Podemos ha señalado que cuenta con el compromiso del gobierno para convertir la "preferencia" en requisito indispensable para recibir financiación pública.

Es previsible que una y otra manera de limitar la libertad de elección de las familias (o al menos de las que no? tienen recursos para pagar un colegio privado) sean recurridas de aprobarse la ley, ya que e1Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional han fallado recientemente en sentido contrario.

En cuanto a la asignatura de Religión, el proyecto mantiene la obligatoriedad de ofertarla en todos los centros (no puede hacer otra cosa, en virtud de los acuerdos con la Santa Sede), pero queda muy devaluada, puesto que no contará para la nota media y no tendrá "asignatura espejo", por lo que quienes la cursen tendrán una materia más que quienes no.

En cuanto a la educación especial, el texto no habla explícitamente de cerrar este tipo de centros, pero circunscribe su función a escolarizar a alumnos que requieran una atención "muy especializada" y ser modelo de referencia para los centros ordinarios. La ley habla de equipar a estos "con los recursos necesarios para atender a los alumnos con discapacidad". Así pues, se insinúa una escolarización por defecto de estos estudiantes en colegios comunes, mientras que el recurso a otros de educación especial sería una medida extraordinaria.

Juan García. 

 

 

El primer escalón

Hace ya tres meses, los directivos de una empresa privada plantearon a los trabajadores que optaran entre rebajarse los sueldos o que se produjeran despidos, ante la ya evidente crisis económica y laboral. Los trabajadores eligieron rebajarse los sueldos, lo cual me parece lo más razonable, solidario y realista. No me consta que ese planteamiento se haya hecho en empresas públicas.

Mucho se está hablando y escribiendo sobre la crisis laboral en que estamos inmersos tras la pandemia. Abundan opiniones de expertos, planteamientos generalistas, pero que en mi opinión olvidan con frecuencia la importancia de mantener el máximo de empleos posible.

Sí se reconoce que el empleo lo crean, sobre todo, las pequeñas empresas, los pequeños comercios, bares o restaurantes de tamaño pequeño o mediano. Y son esas pequeñas empresas las que ahora abren tímidamente con la incertidumbre existente, o no acaban de decidirse por el temor a lo nuevo.

Conozco pequeñas empresas que, ya en la crisis de 2008, optaron con gran esfuerzo, tenacidad y creatividad por mantener los puestos de trabajo, y muchas de ellas salieron adelante. Ahora, esas mismas empresas viven la actual crisis con similar desazón y conscientes de que es una decisión muy personal – o familiar – cerrar, acogerse a la jubilación o, por sacar adelante empleos de personas muy cercanas y que se han dejado la piel en su trabajo estos años, continuar.

Domingo Martínez Madrid

 

Los “asquerosamente” ricos

 

                                Deduje hace mucho tiempo que, “el dinero es un medio, pero no un fin”, y aclaro la frase; el dinero debe ser un medio para lograr en la vida, un nivel aceptable de bienestar y libertad, para poder desarrollarse, en, “el ser, mucho más que en el tener”. El dinero como fin, es de las peores lacras que pueden invadir “al mono humano”, puesto que también conlleva, la avaricia y la envidia; esa invasión anímica en el ser humano, es así de perniciosa, puesto que ese fin, “no tiene fin”; todo se traduce a ir añadiendo a la cuenta del avariento, ceros a la derecha de la misma; por lo que en realidad, termina por ser, un pobre desgraciado, que ha caído en la peor de las esclavitudes; y la que conlleva, “enormes padecimientos que sólo sabe el enfermo que las padece” y que nunca confesará; puesto que a mayor cuantía de bienes, mayores preocupaciones por conservarlos, acrecentarlos, o miedos a perderlos. De ahí parte la dura sentencia de la sabiduría popular, que juzga al tal, así… “Era tan pobre, tan pobre, que sólo tenía dinero”. Y la que filosóficamente, es la peor de las pobrezas y la mayor de las miserias, por cuanto conlleva la acumulación de capitales, ya asquerosos, por la cuantía de los mismos.

                                Lo sentenció ya el insigne Gandhi, con estas demoledoras palabras. “En la Tierra hay suficiente para satisfacer las necesidades de todos. Pero no tanto como para satisfacer la avaricia de algunos”. Todos los males o casi todos los males que padece el mundo, se derivan de esos “enfermos” avariciosos, que sólo emplean su dinero, en “acumular más dinero”, y a costa de lo que sea; muchas veces, a costa de la vida de muchos, su sangre y su sudor, manteniéndolos en la máxima pobreza, material e intelectual; y además, ocultando su dinero, en los “paraísos fiscales”, que ellos mismos crearon, para con la máxima avaricia, ni pagar impuestos a sus propios países; puesto que, veamos lo que leo en un magnífico libro, que recomiendo leer (“Así se domina el mundo”), cuyo autor es Pedro Baños; y lo edita Planeta, en España; está siendo difundido internacionalmente por su muy interesante contenido; y aunque, “las palabras no suelen hacer efecto inmediato”; pero las grandes palabras y los grandes escritos, perduran en el tiempo; y van haciendo la labor enorme de, “la palabra bien dicha o escrita”; que yo, insisto, “es la mejor y más poderosa arma con que cuenta el ser humano”; y además; lo que escribió y escribe ese “mono humano”, no desaparece y siempre hay quién encuentra el valioso texto, lo rescata y lo reproduce de nuevo. El libro suele ser “la obra humana que más perdura”. Y ello es tan real, que hasta los arqueólogos, logran descifrar signos y jeroglíficos, transformando sus contenidos, a los idiomas actuales.

                                Aunque el mayor contenido es dedicado a la guerra y sus secuelas; contiene muchos y muy interesantes temas más. Veamos una reseña sobre la avaricia: “La situación internacional es altamente preocupante, pues la desigualdad es creciente, y la crisis económica generalizada desde 2008 sólo ha servido para hacer aún más rica a una minoría. Actualmente se estima que el 1 % más rico de la población mundial, posee más riqueza que el 99 % de las personas del planeta. Y eso no es todo, pues esta llamativa desigualdad va en aumento, según informes de Oxfam. Así, en 2010 la riqueza de las 338 personas con mayor fortuna del mundo equivalía a la de la mitad de la población mundial (unos 3.700 millones de seres humanos); en 2015, esa cifra se había reducido a 62 personas; pero en 2016 apenas un año más tarde, “solo” había ocho supermillonarios: (Da los nombres y apellidos). A esto se une que mientras mil millones de personas viven con menos de 1,25 dólares al día, la conocida revista Forbes estima que en los paraísos fiscales –según muchos analistas controlados de modo más o menos directo por el mundo anglosajón, básicamente Estados Unidos y Reino Unido- una minoría privilegiada puede estar ocultando hasta veintiún billones (con “b”) de dólares (21.000.000.000.000). Es muy probable que buena parte de esas ingentes cantidades depositadas en paraísos fiscales, pertenezcan a los dirigentes de medio mundo”.

                                Y hasta aquí copio, pero insisto, lean el libro, y profundicen en sus contenidos, de guerras provocadas, invasiones, y en fin, empleando todos los medios, incluidos los impuestos que produce el que de verdad trabaja en cosas útiles, en fabricar ingentes cantidades de armas y utillajes de todo tipo, para ganar guerras y de paso obtener botín, que es lo que hay tras cada guerra; y el que se llevan, los que generalmente, no van a esas guerras, para las que al igual que fabrican armas y utillajes, compran mercenarios o hacen levas de súbditos, para que las operaciones lleguen a buen fin; o sea “las asquerosidades de la guerra; y que paga siempre, el que nada gana en ellas, sino muy al contrario, lo pierde todo o casi todo, incluso la vida; de ahí que hoy apenas si mueren soldados de uniforme; las masacres son siempre de personal civil, al que machacan sin piedad alguna, y bajo las más horrendas mentiras que imaginar podamos; y lo más ignominioso, es que lo quieren justificar ,“como necesario”.

                                Resumiendo: que a la vista de todo ello, ¿quién cree en la política global o no global, a que nos sometieron y someten los políticos? Y tal y como siguen “las cosas de esta perra vida terrícola”; no hay ni visos de que esto pueda cambiar al menos a corto plazo, puesto que… ¿Quién quita la horca al que ahorca? (De mi poema que dediqué a “la guerra”, hace ya casi cincuenta años.

                                Los denominados, “grandes del mundo”, se siguen reuniendo; “dicen que para solucionar problemas mundiales”, pero para lo que se reúnen es para solucionar sus problemas y aumentar su poder, su dinero, y en definitiva, su inagotable, avaricia.  Amén.

 

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes