Las Noticias de hoy 4 Julio 2020

Enviado por adminideas el Sáb, 04/07/2020 - 12:44

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 04 de julio de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

COVID-19: El Papa dona 25.000 euros al Programa Mundial de Alimentos

EL VINO NUEVO: Francisco Fernandez Carbajal

“Agranda tu corazón”: San Josemaria

Os he llamado amigos (III): ​Dentro de un gran mapa de relaciones: María del Rincón Yohn

Dar al mundo su modernidad: Andrés Cárdenas

La catequesis, educación en la fe: Ramiro Pellitero

Comentario al Evangelio: Encontraréis descanso

XIV Domingo del tiempo ordinario.: + Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

Crédulos: Daniel Tirapu

¿Te atreves a volar?: Nuria Chinchilla

Profesores de 20 países reflexionan sobre el desafío de la pandemia en la universidad: Isabel Rincón

La niña enferma de 6 años y sus cartas al Niño Jesús que impresionaron a Benedicto XVI y a Pablo VI: Javier Lozano

La angustia de nuestra sociedad ante la muerte:

El Origen de la grandeza: Plinio Corrêa de Oliveira

Qué hacer si los hijos enferman en plena pandemia: Silvia del Valle Márquez 

Señor mío y Dios mío: José María López Ferrera

Celaá tiene un plan A: Jesús Martínez Madrid

Sedación terminal: JD Mez Madrid

La MDA siempre se utiliza para acelerar la muerte: Enric Barrull Casals

Verdades y mentiras: Pedro García

Nuevas elecciones y sus sorpresas : Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

COVID-19: El Papa dona 25.000 euros al Programa Mundial de Alimentos

Un signo más de su cercanía

(zenit – 3 julio 2020).- El Papa dona 25.000 euros al Programa Mundial de Alimentos para la emergencia de COVID-19 “como un signo más de preocupación ante la actual emergencia”, ha informado la Santa Sede.

Se trata de un gesto de solidaridad “tras la creciente preocupación por la propagación de la infección por el coronavirus (COVID-19) a nivel mundial” que el Santo Padre ha hecho a través del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral y en colaboración con el representante permanente de la Santa Sede ante la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) y el Programa Mundial de Alimentos, ha informado dicho Dicasterio este mediodía, 3 de julio de 2020.

Cercanía del Papa

En particular, esta suma simbólica es “una expresión inmediata del sentimiento de cercanía del Santo Padre a las personas afectadas por la pandemia y a quienes prestan servicios esenciales en favor de los pobres y de las personas más débiles y vulnerables de nuestra sociedad” ha expresado el portavoz del Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral.

Son muchos los gestos de preocupación y solidaridad del Santo Padre con las personas afectadas por la pandemia en todo el mundo: Sin ir más lejos, el pasado 25 de junio, donó 2.500 test para detectar la COVID-19 al Ministerio de Salud de Gaza a través de la Congregación para las Iglesias Orientales.

Asimismo, viene a ser en un “gesto paternal de aliento a la labor humanitaria de la Organización y a otros países que, en esta época de crisis, desean sumarse a las formas de apoyo al desarrollo integral y a la salud pública, y combatir la inestabilidad social, la falta de seguridad alimentaria, el creciente desempleo y el colapso de los sistemas económicos de las naciones más vulnerables”, aclaran en la nota difundida desde el Vaticano.

Récord de personas ayudadas

Para hacer frente a la creciente ola de hambre, el Programa Mundial de Alimentos está llevando a cabo la “mayor respuesta humanitaria de su historia”, aseguran en su portal de información, aumentando la cantidad de personas a las que ayuda hasta 138 millones desde un récord de 97 millones en 2019.

Sin embargo, insisten en que “se necesita urgentemente una financiación sostenida” para responder a las consecuencias inmediatas de la pandemia en los más vulnerables, y apoyar a los gobiernos y socios a frenar la propagación de la enfermedad y enfrentar los efectos de la pandemia. El Programa Mundial está pidiendo 4.900 millones de dólares para su trabajo de salvar vidas en 83 países en los próximos seis meses.

 

 

EL VINO NUEVO

— Disponer el alma para recibir el don divino de la gracia; los odres nuevos.

— La contrición restaura y prepara para recibir nuevas gracias.

— La Confesión sacramental, medio para crecer en la vida interior.

I. Jesús enseñaba, y quienes le escuchaban le entendían bien. Todos los que oyeron por vez primera las palabras que recoge el Evangelio de la Misa sabían de remiendos en los vestidos, y todos también, acostumbrados a las faenas del campo, conocían lo que pasa cuando se echa el vino nuevo, sacado de la uva recién vendimiada, en los odres viejos. Con estas imágenes sencillas y bien conocidas enseñaba el Señor las verdades más profundas acerca del Reino que Él vino a traer a las almas: Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor. Tampoco se echa vino nuevo en los odres viejos; porque revientan los odres: se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así las dos cosas se conservan1.

Jesús declara la necesidad de acoger su doctrina con un espíritu nuevo, joven, con deseos de renovación; pues de la misma manera que la fuerza de la fermentación del vino nuevo hace estallar los recipientes ya envejecidos, así también el mensaje que Cristo trae a la tierra tenía que romper todo conformismo, rutina y anquilosamiento. Los Apóstoles recordarían aquellos días junto a Jesús como el principio de su verdadera vida. No recibieron su predicación como una interpretación más de la Ley, sino como una vida nueva que surgía en ellos con ímpetu extraordinario y requería disposiciones nuevas.

Siempre que los hombres se han encontrado con Jesús a lo largo de estos veinte siglos, algo ha surgido en ellos, rompiendo actitudes viejas y gastadas. Ya el Profeta Ezequiel había anunciado2 que Dios otorgaría a los suyos otro corazón y les daría un espíritu nuevo. San Beda, al comentar este pasaje del Evangelio, explica3 cómo los Apóstoles serán transformados en Pentecostés y repletos a la vez del fervor del Espíritu Santo. Esto ocurrirá después en la Iglesia con cada uno de sus miembros, una vez recibido el Bautismo y la Confirmación. Estos nuevos odres, el alma limpia y purificada, deben estar siempre llenos; «pues vacíos, los carcome la polilla y la herrumbre; la gracia los conserva llenos»4.

El vino nuevo de la gracia necesita unas disposiciones en el alma constantemente renovadas: empeño por comenzar una y otra vez en el camino de la santidad, que es señal de juventud interior, de esa juventud que tienen los santos, las personas enamoradas de Dios. Disponemos el alma para recibir el don divino de la gracia cuando correspondemos a las mociones e insinuaciones del Espíritu Santo, pues nos preparan para recibir otras nuevas y, si no hemos sido del todo fieles, cuando acudimos al Señor pidiéndole que sane nuestra alma. «Quita, Señor Jesús –le pedimos con San Ambrosio–, la podredumbre de mis pecados. Mientras me tienes atado con los lazos del amor, sana lo que está enfermo (...). Yo he encontrado un médico, que vive en el Cielo y derrama su medicina sobre la tierra. Solo Él puede curar mis heridas, pues no tiene ninguna; solo Él puede quitar al corazón su dolor, al alma su palidez, pues Él conoce los secretos más recónditos»5.

Solo tu amor, Señor, puede preparar mi alma para recibir más amor.

II. El Espíritu Santo trae constantemente al alma un vino nuevo, la gracia santificante, que debe crecer más y más. Este «vino nuevo no envejece, pero los odres pueden envejecer. Una vez rotos se echan a la basura y el vino se pierde»6. Por eso es necesario restaurar continuamente el alma, rejuvenecerla, pues son muchas las faltas de amor, los pecados veniales quizá, que la indisponen para recibir más gracias y la envejecen. En esta vida sentiremos siempre las heridas del pecado: defectos del carácter que no se acaban de superar, llamadas de la gracia que no sabemos atender con generosidad, impaciencias, rutina en la vida de piedad, faltas de comprensión...

Es la contrición la que nos dispone para nuevas gracias, acrecienta la esperanza, evita la rutina, hace que el cristiano se olvide de sí mismo y se acerque de nuevo a Dios en un acto de amor más profundo. La contrición lleva consigo la aversión al pecado y la conversión a Cristo. Ese dolor de corazón no se identifica con el estado en que puede encontrarse el alma por los efectos desagradables de la falta (la ruptura de la paz familiar, la pérdida de una amistad...); ni siquiera consiste en el deseo de no haber hecho lo que se ha hecho...: es la decidida condena de una acción, la conversión hacia lo bueno, hacia la santidad de Dios manifestada en Cristo, es «la irrupción de una vida nueva en el alma»7, llena de amor al encontrarse otra vez con el Señor. Por eso no sabe arrepentirse, no se siente movido a la contrición, quien no relaciona sus pecados, los grandes y las pequeñas faltas, con el Señor.

Delante de Jesús, todas las acciones adquieren su verdadera dimensión; si nos quedáramos solos ante nuestras faltas, sin esa referencia a la Persona ofendida, probablemente justificaríamos y restaríamos importancia a las faltas y pecados, o bien nos llenaríamos de desaliento y de desesperanza ante tanto error y omisión. El Señor nos enseña a conocer la verdad de nuestra vida y, a pesar de tantos defectos y miserias, nos llena de paz y de deseo de ser mejores, de recomenzar de nuevo.

El alma humilde siente la necesidad de pedir a Dios perdón muchas veces al día. Cada vez que se aparta de lo que el Señor esperaba de ella ve la necesidad de volver como el hijo pródigo, con dolor verdadero: padre, pequé contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros8. Y el Señor, «que está cerca de los que tienen el corazón contrito»9, escuchará nuestra oración. Con esta contrición el alma se prepara continuamente para recibir el vino nuevo de la gracia.

III. El Señor, sabiendo que éramos frágiles, nos dejó el sacramento de la Penitencia, donde el alma no solo sale restablecida, sino que, si había perdido la gracia, surge con una vida nueva. A este sacramento debemos acudir con sinceridad plena, humilde, contrita, con deseos de reparar. Una Confesión bien hecha supone un examen profundo (profundo no quiere decir necesariamente largo, sobre todo si nos confesamos con frecuencia): si es posible, ante el Sagrario, y siempre en la presencia de Dios. En el examen de conciencia, el cristiano ve lo que Dios esperaba de su vida y lo que en realidad ha sido; la bondad o malicia de sus acciones, las omisiones, las ocasiones perdidas..., la intensidad de la falta cometida, el tiempo que se permaneció en ella antes de pedir perdón10.

El cristiano que desea tener una conciencia delicada, y para ello se confiesa con frecuencia, «no se contentará con una confesión simplemente válida, sino que aspirará a una confesión buena que ayude al alma eficazmente en su aspiración hacia Dios. Para que la confesión frecuente logre este fin, es menester tomar con toda seriedad este principio: sin arrepentimiento no hay perdón de los pecados. De aquí nace esta norma fundamental para el que se confiesa con frecuencia: no confesar ningún pecado venial del que uno no se haya arrepentido seria y sinceramente.

»Hay un arrepentimiento general. Es el dolor y la detestación de los pecados cometidos en toda la vida pasada. Ese arrepentimiento general es para la confesión frecuente de una importancia excepcional»11, pues ayuda a restañar las heridas que dejaron las flaquezas, purifica el alma y la hace crecer en el amor al Señor.

La sinceridad nos llevará siempre que sea necesario a descender a esos pequeños detalles que dan a conocer mejor nuestra flaqueza: ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿por qué motivo?, ¿cuánto tiempo?; evitando tanto el detalle insustancial y prolijo como la generalización, diciendo con sencillez y delicadeza lo que ha ocurrido, el verdadero estado del alma, huyendo de las divagaciones, como «no fui humilde», «tuve pereza», «he faltado a la caridad»..., cosas, por otra parte, aplicables casi siempre al común de los mortales. Al practicar la Confesión frecuente hemos de cuidar siempre que sea un acto personal en el que nosotros pedimos perdón al Señor de flaquezas muy concretas y reales, no de generalidades difusas.

Este sacramento de la misericordia es refugio seguro; allí se curan las heridas, se rejuvenece lo que ya estaba gastado y envejecido, y todos los extravíos, grandes y pequeños, se remedian. Porque la Confesión no solo es un juicio en el que las deudas son perdonadas, sino también medicina del alma.

La Confesión impersonal esconde con frecuencia un punto de soberbia y de amor propio que trata de enmascarar o justificar lo que humilla y deja, humanamente, en mal lugar. Quizá pueda ayudarnos, para hacer más personal este acto de la penitencia, cuidar hasta el modo de confesarnos: «yo me acuso de ...», pues no es este sacramento un relato de cosas sucedidas, sino autoacusación humilde y sencilla de nuestros errores y flaquezas ante Dios mismo, que nos perdonará a través del sacerdote y nos inundará con su gracia.

«¡Dios sea bendito!, te decías después de acabar tu Confesión sacramental. Y pensabas: es como si volviera a nacer.

»Luego, proseguiste con serenidad: “Domine, quid me vis facere?” —Señor, ¿qué quieres que haga?

»—Y tú mismo te diste la respuesta: con tu gracia, por encima de todo y de todos, cumpliré tu Santísima Voluntad: “serviam!” —¡te serviré sin condiciones!»12. Te serviré, Señor, como siempre has querido que lo haga: con sencillez, en medio de mi vida corriente, en lo ordinario de todos los días.

1 Mt 9, 16-17. — 2 Ez 36, 26. — 3 San Beda, Comentario al Evangelio de San Marcos, 2, 21-22. — 4 San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, 5, 26. — 5 Ibídem, 5, 27. — 6 G. Chevrot, El Evangelio al aire libre, Herder, Barcelona 1961, p. 111. — 7 Cfr. M. Schmaus, Teología dogmática, Rialp, 2ª ed., Madrid 1963, vol. VI, p. 562. — 8 Lc 15, 18-19. — 9 San Agustín Comentario al Evangelio de San Juan, 15, 25. — 10 Cfr. San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, II, 19. — 11 B. Baur, La confesión frecuente, Herder, Barcelona 1957, pp. 37-38. — 12 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 238.

 

 

“Agranda tu corazón”

No tengas espíritu pueblerino. Agranda tu corazón, hasta que sea universal, “católico”. No vueles como un ave de corral, cuando puedes subir como las águilas. (Camino, 7)

4 de julio

En una ocasión vi un águila encerrada en una jaula de hierro. Estaba sucia, medio desplumada; tenía entre sus garras un trozo de carroña. Entonces pensé en lo que sería de mí, si abandonara la vocación recibida de Dios. Me dio pena aquel animal solitario, aherrojado, que había nacido para subir muy alto y mirar de frente al sol. Podemos remontarnos hasta las humildes alturas del amor de Dios, del servicio a todos los hombres. Pero para eso es preciso que no haya recovecos en el alma, donde no pueda entrar el sol de Jesucristo. Hemos de echar fuera todas las preocupaciones que nos aparten de El; y así Cristo en tu inteligencia, Cristo en tus labios, Cristo en tu corazón, Cristo en tus obras. Toda la vida ‑el corazón y las obras, la inteligencia y las palabras‑ llena de Dios. (...)

Pídelo conmigo a Nuestra Señora, imaginando cómo pasaría ella esos meses, en espera del Hijo que había de nacer. Y Nuestra Señora, Santa María, hará que seas alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, ¡el mismo Cristo! (Es Cristo que pasa, 11)

 

 

Os he llamado amigos (III): ​Dentro de un gran mapa de relaciones

Dejarnos querer por los demás es una manera de abrir espacio para Dios en nuestra vida. Jesús lo hizo hasta sus últimos momentos en la tierra.

OTROS03/07/2020

Los apóstoles corren despavoridos cuando los soldados apresan a Jesús. Tienen miedo e, impotentes, se niegan a presenciar el aparente fracaso del hombre en quien habían puesto toda su confianza. Suenan las cadenas al arrastrarse, el frío envuelve la noche y el juicio es claramente injusto. Las palabras son usadas de manera engañosa y el castigo es desproporcionado. Todas las miradas se posan sobre el cuerpo llagado de Cristo pidiendo su muerte. Un camino tortuoso, el peso de la cruz, la muchedumbre hostil que espera escuchar el golpe del martillo… hasta que alzan, por fin, el cuerpo del Señor. Desde su patíbulo solitario, Jesús observa con compasión a quienes no han querido acoger a Dios hecho hombre: «Mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor» (Lam, 1,12).

Tanto física como espiritualmente, Cristo durante su pasión sufrió «los mayores entre los dolores de la vida presente»[1]; sabe que no se le ha de ahorrar ningún padecimiento. Sin embargo, es sorprendente que Dios Padre no haya querido privar a su Hijo, ni siquiera en aquellos momentos, del consuelo que ofrece la amistad. Allí, al pie de la cruz, Juan mira con los mismos ojos que habían presenciado tantos momentos felices con su Maestro; ofrece a su amigo la misma presencia que los unió a lo largo de tantos caminos. Juan ha regresado y ha buscado a María; él, que había escuchado los latidos del corazón de Jesús en la Última Cena, no quiere dejar de ofrecer a Jesús su fiel amistad, un simple estar ahí. Y nuestro Señor encuentra alivio al mirar a María y al «discípulo a quien amaba» (Jn 19,26). En el Calvario, ante la mayor muestra del amor de Dios por los hombres, Jesús recibe a su vez esa muestra de amor humano. Tal vez en su alma resuenan las palabras que había pronunciado horas antes: «Os he llamado amigos» (Jn 15,15).

 

Afecto en dos direcciones

Muchas páginas del Evangelio nos hablan de los amigos de Jesús. Aunque generalmente no tengamos los detalles del proceso que debió haber fraguado esas profundas relaciones, las reacciones que conocemos dejan claro que allí había verdadero cariño mutuo. Recorriendo esos textos descubrimos que el Señor ha gozado de los amigos; su corazón de hombre no quiso prescindir de la reciprocidad del amor humano: «El Evangelio nos revela que Dios no puede estar sin nosotros: Él no será nunca un Dios sin el hombre»[2]. Por ejemplo, sabemos que Jesús se sintió siempre acogido y querido en la casa de sus amigos de Betania. Cuando Lázaro muere, las dos hermanas acuden con total confianza al Señor, incluso con palabras duras que manifiestan el trato íntimo que unía a Jesús con aquella familia: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano» (Jn 11,32).El amigo se conmueve ante el dolor de aquellas mujeres y no puede contener las lágrimas (Cfr. Jn 11,35). En aquella casa, Jesús podía descansar, se encontraba cómodo, podía hablar con franqueza: «¡Qué conversaciones las de la casa de Betania, con Lázaro, con Marta, con María!»[3].

EL CONSUELO DE LA AMISTAD ACOMPAÑÓ TAMBIÉN A LA CRUZ

Y así como muchos encontraron en Jesús a un verdadero amigo, también él disfrutó de lo que los otros le ofrecían. Se sentiría, por ejemplo, apoyado y consolado por las palabras impetuosas de Pedro –que nunca tenía problemas en manifestar sus sueños a viva voz– cuando vio que el joven rico cerraba su alma al amor: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mt 19,27). El gran cariño que Pedro sentía por el Señor le llevó a querer defender siempre con viveza a su amigo, también cambiando algún aspecto de su vida cuando el Señor, con la fuerza que solo permite la confianza, le corregía (Cfr. Mt, 16,21-23; Jn 13,9). Así como Jesús pudo descansar en la fuerza de Pedro, también encontraba reposo en la ternura valiente de Juan. ¡Cuántas conversaciones habría tenido con aquel discípulo adolescente! En el contexto de la Última Cena, somos testigos de cómo acoge sin vergüenza su gesto lleno de ternura, cuando se recuesta sobre su pecho con la confianza de quien conoce el corazón del amigo. Si bien Juan, durante la agonía de Jesús en el Huerto de los olivos, no fue capaz de mantenerse en vela, y huyó cuando prendieron al Señor, después supo arrepentirse y regresar. Juan experimentó que la amistad crece mucho con el perdón.

«De ordinario, miramos a Dios como fuente y contenido de nuestra paz: consideración verdadera, pero no exhaustiva. No solemos pensar, por ejemplo, que también nosotros “podemos” consolar y ofrecer descanso a Dios»[4]. La amistad verdadera se da siempre en ambas direcciones. Por eso, ante la experiencia personal de cuánto nos quiere Dios, la respuesta lógica es querer devolver ese afecto; abrir las puertas de nuestra inteligencia y quitar los seguros de nuestro corazón. Solo así podremos dar a Jesús todo el consuelo y amor del que somos capaces para que encuentre en nosotros lo que encontró en Pedro, en Juan o en sus amigos de Betania.

 

La amistad enriquece nuestra mirada

Si Jesús tenía muchos amigos y Dios se deleita con los hijos de Adán (cfr. Pr 8,31), es bueno que sintamos nosotros también esa necesidad plenamente humana. Podemos imaginar el extenso mapa de las conexiones humanas, en todos los tiempos y lugares; miles de millones de hombres y mujeres unidos por lazos que surgen al haber asistido a un mismo colegio, vivir en un mismo barrio, tener otras personas en común, etc. Las circunstancias de nuestra vida han hecho que nos encontremos con nuestros amigos y que hayamos desarrollado con ellos ese trato íntimo. Pensando en el inicio de cada una de nuestras amistades, podemos encontrar toda una serie de aparentes casualidades que nos unieron. No podemos dejar de dar gracias a Dios por el gran tesoro de haber querido que, en nuestro camino, no nos falte la compañía y el amor de los hombres.

JESÚS SE DEJABA QUERER POR SUS AMIGOS: MARTA, MARÍA, PEDRO, JUAN... CADA UNO A SU MODO

Y en medio de ese gran mapa de vínculos y relaciones, de entre todas las personas con quienes nos cruzamos en el transcurso de nuestra vida, Dios eligió algunas para que estuvieran más cerca de nosotros. Dios se sirve de nuestros amigos para abrirnos panoramas, para enseñarnos cosas nuevas o para descubrirnos el amor verdadero: «Nuestros amigos nos ayudan a comprender maneras de ver la vida que son diferentes a la nuestra, enriquecen nuestro mundo interior y, cuando la amistad es profunda, nos permiten experimentar las cosas en un modo distinto al propio»[5]. El escritor británico C.S. Lewis –que gozó de profundas amistades– afirmaba, con su peculiar sentido del humor, que la amistad no es un premio al buen gusto sino el medio por el cual Dios nos revela las bellezas de los demás y conocemos distintas miradas hacia mundo.

«Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20), nos dijo Jesús, y una manera en que lo hace es a través de las personas que nos quieren: «Los amigos fieles, que están a nuestro lado en los momentos duros, son un reflejo del cariño del Señor, de su consuelo y de su presencia amable. Tener amigos nos enseña a abrirnos, a comprender, a cuidar a otros, a salir de nuestra comodidad y del aislamiento, a compartir la vida. Por eso «un amigo fiel no tiene precio» (Si 6,15)»[6]. Contemplar la amistad desde esta perspectiva nos empuja a querer más y mejor a nuestros amigos, a mirarles como Jesús los mira. Y a ese esfuerzo ha de unirse también una lucha por dejarnos llamar amigos, puesto que no hay verdadera amistad donde no hay esa reciprocidad de amor[7].

Un don para uno y otro

La amistad es un don inmerecido, una relación cargada de desinterés, y por eso en ocasiones podemos caer en la trampa de pensar que no es tan necesaria. No han faltado quienes por un mal entendido deseo de agradar «solo a Dios» han mirado con recelo y desconfianza el consuelo de la amistad. El cristiano, sin embargo, sabe que tiene un único corazón para amar al mismo tiempo a Dios, a los hombres, y para recibir el amor de los demás. En una homilía predicada durante la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, san Josemaría señalaba: «Dios no nos declara: en lugar del corazón, os daré una voluntad de puro espíritu. No: nos da un corazón, y un corazón de carne, como el de Cristo. Yo no cuento con un corazón para amar a Dios, y con otro para amar a las personas de la tierra. Con el mismo corazón con el que he querido a mis padres y quiero a mis amigos, con ese mismo corazón amo yo a Cristo, y al Padre, y al Espíritu Santo y a Santa María. No me cansaré de repetirlo: tenemos que ser muy humanos; porque, de otro modo, tampoco podremos ser divinos»[8].

EL CAMINO HACIA EL CIELO ES UNA SENDA COMPARTIDA

No elegimos a nuestros amigos por motivos de utilidad o pragmatismo, pensando en que de esa relación vaya a producirse algún efecto; simplemente les queremos por ellos mismos, por lo que son. «La amistad verdadera –como la caridad, que eleva sobrenaturalmente su dimensión humana– es en sí misma un valor: no es medio o instrumento»[9]. Saber que la amistad es un don evita que caigamos en un «complejo de superhéroe»: aquel que piensa que debe ayudar a todos, sin darse cuenta de que también necesita de los demás. Nuestro camino al cielo no es una lista de objetivos por cumplir, sino una senda que compartimos con nuestros amigos, en la cual parte importante será aprender a acoger ese cariño que nos dan. La amistad requiere, por tanto, una buena dosis de humildad para reconocernos vulnerables y necesitados de afecto humano y divino. El amigo no se turba ni avergüenza, no se excusa ni incomoda. El amigo quiere y se deja querer. Eso hizo Jesús y eso hicieron los apóstoles.

A quienes son más introvertidos se les dificultará un poco abrir su corazón al otro, ya sea porque no sienten la necesidad de hacerlo o por temor a no ser comprendidos. Quienes son más extrovertidos quizás compartan muchas experiencias pero pueden tener mayores dificultades a la hora de enriquecer su propio mundo con las vivencias de los demás. En ambos casos, todos necesitamos una actitud de apertura y sencillez para dejar al amigo entrar en la propia vida e interioridad. Abrirnos al don de la amistad, aunque alguna vez pueda costar un poco, solo puede hacernos más felices.

***

Todos podríamos hacer una lista de las grandes lecciones que hemos aprendido de nuestros amigos. Con cada uno tenemos un trato particular, que puede arrojar luces sobre distintos rincones de nuestra alma. Al gran consuelo de sabernos queridos y acompañados, se une esa ilusión por hacer lo mismo por el otro. La amistad, afirmaba san Juan Pablo II, «indica amor sincero, amor en dos direcciones y que desea todo bien para la otra persona, amor que produce unión y felicidad»[10]. Saberse llamado amigo no puede conducirnos a la soberbia, sino al agradecimiento por ese don y al afán por acompañar al otro en su camino a la felicidad: «Nada hay que mueva tanto a amar como el pensamiento, por parte de la persona amada, de que aquel que le ama desea en gran manera ser correspondido»[11]. Cuando Jesús nos llama amigos lo hace también con ese carácter recíproco. «Jesús es tu amigo. —El Amigo. —Con corazón de carne, como el tuyo. —Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro... Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti»[12], nos recuerda san Josemaría. Y cada amistad es una ocasión para descubrir nuevamente el reflejo de esa amistad que Cristo nos brinda.

María del Rincón Yohn


[1] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, III, q. 46, a. 6.

[2] Francisco, Audiencia 7-VI, 2017.

[3] San Josemaría, Carta 24-X-1965.

[4] Javier Echevarría, Eucaristía y vida cristiana, Rialp, 2005, p. 203.

[5] Fernando Ocáriz, Carta pastoral 1-XI-2019, 8.

[6] Francisco, Christus Vivit, 151.

[7] Cfr. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q.23, a.1.

[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 166.

[9] Fernando Ocáriz, Carta pastoral 1-XI-2019, 18.

[10] Juan Pablo II, Discurso 18-II-198

[11] San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la segunda Epístola a los Corintios, 14.

[12] San Josemaría, Camino, n.422.

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Dar al mundo su modernidad

El sueño de un 2 de octubre en el que Dios nos sigue invitando a mirar hacia el futuro.

VIDA ESPIRITUAL04/10/2019

 

Uno de los atractivos que más ha crecido los últimos años es el interés por ver las estrellas. No son pocas las expediciones que se organizan hasta llegar a un cielo lo más despejado posible –también limpio de luz artificial– para así observar con mayor claridad los astros. Seguramente en la zona de Hebrón, al sur de Palestina, durante la época en que vivió Abraham (Gn 13,18), este espectáculo nocturno sería impresionante; con gran probabilidad mucho más que en nuestros días. Precisamente en aquella zona de Medio Oriente había ya oscurecido cuando –según nos cuenta la Sagrada Escritura– Dios sacó a Abraham del lugar en el que descansaba durante la noche para decirle: «Mira al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas» (Gn 15,5).

Hombro con hombro junto a Dios

No es difícil percatarnos de la complejidad de esa tarea. Por muy intensa que sea la concentración empleada, se pierde rápidamente la cuenta: si muchas estrellas se nos escapan de la vista, otras quizá ya ni siquiera existen, aunque todavía llegue su luz a nuestros ojos. Parece que el reto que Dios había planteado a Abraham no era realizable. Entonces, ¿por qué lo inquietó a altas horas de la noche con esta invitación? La respuesta la podemos encontrar en el mismo versículo: «Así será tu descendencia». Ciertamente, el Señor le podía haber transmitido ese mensaje de cualquier otra manera mucho más sencilla. De hecho, ya lo había hecho en dos ocasiones anteriores (cfr. Gn 12,2-3; 13,15-16); no era la primera vez que le manifestaba su promesa. Sin embargo, en esta tercera ocasión, quiere sacar a Abraham del lugar en el que se resguardaba durante la noche, situarlo bajo la bóveda del cielo e invitarlo a soñar en algo incalculable. «Cuenta, si puedes, las estrellas». Imagina, si puedes, lo que tengo preparado para ti.

MIRAR NUESTRA VIDA «HOMBRO CON HOMBRO» JUNTO AL SEÑOR ES LA MEJOR MANERA DE AMPLIAR LOS HORIZONTES AL MÁXIMO

En efecto, mirar nuestra vida «hombro con hombro» junto al Señor es la mejor manera de ampliar los horizontes al máximo, de vivir más allá de nuestros límites, justamente porque en esa aventura nosotros no somos los únicos protagonistas. Pensar en cómo será nuestro futuro junto a Dios –son tantos los nuevos retos que pueden surgir al sumarnos a su proyecto– es la planificación más ambiciosa a la que podemos aspirar. Él no nos quitará «nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Solo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Solo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Solo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera»[1]. Aceptar esa invitación de Dios para imaginar juntos el futuro puede ser una gran manera de transitar por caminos de oración.

Soñar también es oración

Eso es lo que han hecho todos los santos: sumar sus capacidades –más o menos numerosas– al plan amoroso de Dios. Josemaría Escrivá de Balaguer, por ejemplo, teniendo apenas un puñado de conocidos en una ciudad nueva para él como Madrid, soñó con recordar a todos los bautizados del mundo que estaban llamados a ser santos; lo mismo sucedió con el beato Álvaro del Portillo, su fiel sucesor, o con la beata Guadalupe Ortiz de Landázuri quien, a su vez, hizo suyo ese sueño del fundador del Opus Dei, encarnando en su vida la belleza de la santidad en la vida ordinaria.

En ocasiones los ejemplos de los santos nos pueden parecer un poco difíciles de imitar; podemos pensar que nuestros sueños no son tan ambiciosos e incluso a veces no son ni siquiera tan apostólicos. Pero la realidad es que, como el Prelado del Opus Dei recordaba este verano a un grupo de jóvenes en Torreciudad, «no hay ninguna persona –ninguno de vosotros, ni yo, ni nadie– que sea indiferente a Dios»[2]; nadie se ha quedado fuera de sus planes, que son siempre grandes, por más que a veces podamos pensar equivocadamente que nuestras tareas son demasiado corrientes como para ser tomadas en cuenta. Todos estamos invitados a soñar nuestra vida «hombro con hombro» junto a Dios.

San Josemaría, un día de las Navidades de 1967, estaba en Roma reunido con un grupo de hijos suyos de muchos países. A las puertas de un nuevo año, invitó a quienes le rodeaban –en ese momento se trataba de estudiantes– a imaginar tantas posibles maneras de extender el mensaje de Cristo: institutos de variadas disciplinas con un gran nivel académico, sedes en las que se impartiría formación cristiana a gente joven, escuelas para formación profesional para trabajos técnicos... Nosotros, llegados a este punto, podemos también imaginar todo el bien que Dios hoy quiere hacer a través de nuestra vida: ser un foco de unidad y alegría dentro de nuestra familia, llevar la verdadera libertad de Cristo a nuestra profesión o a nuestro ambiente, aquella conversación con un amigo para que se sepa acompañado, conocer cada vez a más personas que se interesen por el mensaje del Evangelio... En aquel soggiorno romano, ante una multitud de ojos que vislumbraban todo lo anterior como una fantasía –y que en poco tiempo lo vieron hecho realidad– terminó diciendo san Josemaría: «Soñad, que también es oración, es trabajar por Dios»[3].

Dios fundó su Obra

Ciertamente, la primera tarea será descubrir lo que Dios sueña para nosotros y para nuestro mundo. ¿De qué se trata exactamente? ¿En qué actividades concretas podemos colaborar con él? Nos puede ayudar, una vez más, el libro del Génesis. Durante la primavera de 1981, el cardenal Ratzinger, comentando en la catedral de Múnich los pasajes de aquel texto que se refieren a la Creación, señalaba: «Dios ha creado el Universo para entablar con los hombres una historia de amor. Lo ha creado para que haya amor»[4]. Sabemos bien que nuestra vida no es resultado de un azar ciego, por lo que de ninguna manera estamos ausentes en el corazón de quien nos ha preparado un espacio concreto en la existencia. Dios quiere contar con nosotros para el cuidado de todas las cosas buenas que ha visto salir de su mano: «Tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo trabajara y lo guardara» (Gn 2,15). Dios nos ha querido confiar este mundo como quien, por amor hacia sus nuevos cuidadores, deja en herencia su obra maestra. Nos ha entregado, además de toda la naturaleza, el cuidado de cada uno de sus hijos e hijas y la organización de la convivencia entre nosotros. Y por eso sueña con que cada día podamos hacer de este mundo un hogar más amable para todos.

En este empeño, la creatividad de Dios se encauza siempre a través de nuevos caminos que son proyectos que tiene pensados para la sociedad y para la Iglesia. Una de estas iniciativas del Señor comenzó cuando san Josemaría, siendo un sacerdote joven de veintiséis años, ponía en orden sus apuntes durante unos días de retiro espiritual. De repente, sin antes habérselo imaginado, vio que Dios le pedía que comenzase una nueva aventura; ese día «el Señor fundó su Obra»[5]. Unos años después también escribiría: «Dios Nuestro Señor, el día 2 de octubre de 1928, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, suscitó el Opus Dei»[6]. Y diez años más tarde vuelve a confesar: «Jamás me había pasado por la cabeza, antes de aquel momento, que debería llevar adelante una misión entre los hombres»[7]. Ese día san Josemaría, como en el pasaje que consideramos al principio, experimentó su personal «mira al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas».

El Opus Dei, como tantas otras instituciones que el Espíritu Santo promueve en el seno de la Iglesia, es también un sueño de Dios. Un sueño en el que quiere ilusionar a muchos cristianos para que, allí donde se encuentren, transmitan la vida de Cristo. La empresa no era sencilla, pero san Josemaría sabía que era el mismo Dios quien se empeñaría en realizarla; su vida fue un constante testimonio de aquellas palabras de san Pablo: «Sé de quién me he fiado» (2 Tim 1,1). Cuando su confesor, durante aquellos primeros años, se refirió a este sueño como «esa Obra de Dios»[8], su fundador supo que había encontrado un nombre concreto para la iniciativa. San Josemaría, a los pocos años de trabajar en este horizonte que le había abierto el Señor, como quien confesaba su propia experiencia, escribió: «La convicción sobrenatural de la divinidad de la empresa acabará por daros un entusiasmo y amor tan intenso por la Obra, que os sentiréis dichosísimos sacrificándoos para que se realice»[9]. Otra vez: trabajar hombro con hombro junto a Dios nunca nos quita nada de lo bello y bueno que tiene la vida; solo puede conseguir potenciarlo.

Dar al mundo su modernidad

El sábado 15 de abril de 1967 se encontraba en Roma un corresponsal de una conocida revista para conversar con san Josemaría[10]. El tema del que hablarían era justamente el desarrollo de la iniciativa querida por Dios unas décadas atrás. El encuentro se dio en la segunda mitad del siglo XX, una época en la que tantas cosas habían cambiado con respecto a la primera mitad. Y justamente sobre eso va la pregunta del periodista: sobre la relación entre el Opus Dei y el mundo que le rodea. El entrevistado responde rápidamente que para quienes procuran vivir el espíritu de la Obra «comprender el mundo moderno es algo natural e instintivo, porque son ellos –junto con los demás ciudadanos, iguales a ellos– los que hacen nacer ese mundo y le dan su modernidad»[11].

Este empeño en ver siempre el futuro como una herencia propia ha acompañado siempre a la historia de la salvación. La sabiduría del pueblo de Israel, recogida en la Sagrada Escritura, es algunas veces presentada de manera simbólica como una buena madre de familia. Y en uno de sus proverbios la caracteriza como una mujer que está «revestida de fortaleza y dignidad, y sonríe al porvenir» (Pr 23,25). Porque, ¿qué es verdaderamente ser moderno? La modernidad del mundo seguramente no está simplemente en detectar los temas que están marcando una tendencia, algunas veces superficiales y pasajeros, para repetirlos en nuestra vida. Tampoco está, probablemente, en la imitación de las opiniones y formas de quienes aparentemente acarrean mayor número de seguidores. Todo eso puede ser, sin duda, valioso, pero quedará detrás en un abrir y cerrar de ojos.

El cristiano «sonríe al porvenir» porque sabe que la modernidad de nuestro mundo son todas las cosas nuevas que Dios quiere traer de manera particular y especial en cada época. Sonreír al futuro es esforzarse por descubrir esos deseos por abrirse al amor de Cristo, que se esconden en medio de los intereses y problemas de las personas que nos rodean, muchas veces sin que tengan siquiera las palabras adecuadas para interpretarlos; saber entrar en sintonía con la sensibilidad de nuestro tiempo para llevar hasta allí el bálsamo de la amistad con Jesús. La verdadera modernidad consiste en «una profundización en la fe cristiana que, precisamente por ser honda y auténtica, esté en condiciones de captar y asumir cuanto de positivo implica el proceso histórico moderno»[12].

En el último libro de la Sagrada Escritura, el Señor nos asegura: «Hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). Dios promete estar dispuesto siempre a traer la verdadera novedad. A eso están llamados todos quienes procuran vivir el espíritu del Opus Dei: a transitar por caminos de oración de tal manera que demos al mundo su modernidad; querer cambiarlo –hacerlo un lugar cada vez más acogedor– junto a Cristo. Y para eso Dios, como hizo con Abraham, nos invita a elevar la mirada, y nos repite: imagina, si puedes, lo que tengo preparado para ti.

Cuando se hace difícil soñar

En ese sentido, es importante estar al acecho de algunas actitudes que nos pueden retrasar en esta misión. Aunque quizá suene extraño, no siempre es fácil soñar. Un primer freno que podemos experimentar es la comodidad de entregarse a la rutina. Esto no tiene nada que ver con la buena costumbre de crear ciertos hábitos o ritmos que nos faciliten las cosas. La rutina mala, por el contrario, es la caricatura de la verdadera experiencia; es convencernos de que ya conocemos demasiado bien el camino, sus amplios parajes y sus oscuras callejuelas, así que a estas alturas de la vida ya nadie –ni siquiera Dios– nos podrá sorprender. Pero los horizontes de Dios solo los puede abarcar una mirada que esté abierta a sus sorpresas, que podemos encontrarlas en la Sagrada Escritura, en la oración, o en la multitud de veces que se hacen presentes a través de las personas y los eventos que nos rodean. Es verdad que podemos haber experimentado en nuestra vida algunas desilusiones o planes que, aunque entonces procuramos vivirlos junto al Señor, no salieron como pensábamos. En esos momentos, como Jesús en la Cruz, es bueno buscar el consuelo en nuestro Padre Dios, convirtiendo nuestras perplejidades en diálogo con él (cfr. Mt 27,46). Solo así podremos, con su protección, volver a mirar el futuro sin miedos ni lamentos.

Otro freno a nuestra capacidad de vibrar en consonancia con los planes del Señor es la excesiva búsqueda de seguridades. Ningún santo se ha construido una fortaleza impermeable en torno a sí; por el contrario, todos han salido de un modo u otro al encuentro de las necesidades espirituales y materiales que tenían por delante, confiando siempre en la ayuda de Dios. Encontramos un ejemplo gráfico –que algunas veces ha utilizado el Papa Francisco– en el rey David cuando, por el exceso de seguridad con que Saúl quiso protegerle para luchar contra su enemigo –casco de bronce, una pesada coraza, su propia espada– el joven judío no podía ni siquiera dar un paso. David acudió a la pelea con lo que sabía utilizar bien: su honda, cinco piedras, y sobre todo sus propias fuerzas puestas al servicio de los planes divinos (cfr. 1 Sam 17,40-45). De la misma manera, de frente a un campo de batalla en el que debemos adentrarnos para curar las heridas de nuestro tiempo, no podemos ceder a aquella tentación. No existen sueños sin aventura, vértigo, cansancio y peligros. Precisamente Jesús, en una de sus parábolas, nos exhorta a «salir a los caminos» (cfr. Mt 22,9) para encontrar la tarea que nos tiene preparada.

En las páginas del Evangelio encontramos también a otro personaje que experimentó una dificultad cuando estaba en la encrucijada del sueño de Dios. Se trataba de aquel joven que corrió hacia Jesús, se puso de rodillas, y preguntó directamente la cuestión fundamental: ¿Cómo puedo ser verdaderamente feliz? Sabemos que era un chico que procuraba cumplir los mandamientos, que era sincero y justo con sus padres y bondadoso con las demás personas. Pero sentía que le faltaba algo; tenía una profunda inquietud por trabajar en los proyectos divinos. El evangelista nos dice que Jesús «fijando en él su mirada, se prendó de él» (Mc 10,21). Ese fue el preciso momento del sueño de Dios. Cristo vio todas las cosas buenas que vendrían de las manos y del corazón del joven –tantas como las estrellas en el desierto de Hebrón– así que quiso trazarle el camino hacia su máxima realización: «Ven y sígueme». Sin embargo, también por el Evangelio, sabemos que «se marchó triste, pues tenía muchos bienes» (Mc 10,22). Así el Señor nos quiere poner en guardia frente a otra de las dificultades que nos impide mirar el futuro junto a Dios: cuando, tal vez inadvertidamente, ponemos nuestra ilusión en algo que no es él. Cuando, confundidos, pensamos que Jesús llega a nuestra vida para quitarnos cosas y no para darnos, en abundancia (cfr. Jn 10,10), la felicidad por la que preguntaba el chico.

***

 

El 11 de agosto del año pasado, al caer la tarde y disiparse un poco el calor veraniego, el Papa Francisco tuvo un encuentro con jóvenes que llegaron desde todos los rincones de Italia. El punto de encuentro fue el Circo Máximo, muy cercano al río Tíber, entre dos montes romanos. Precisamente las primeras palabras del Santo Padre animaban a pensar los grandes planes de nuestra vida junto a Dios. En el caso de quienes se inspiran en las enseñanzas de san Josemaría, este proyecto supone la invitación para dar al mundo su propia modernidad, esa novedad que solo puede venir del trato personal con Jesucristo: «Los sueños son importantes. Mantienen nuestros ojos bien abiertos, nos ayudan a abrazar el horizonte, a cultivar la esperanza en cada acción diaria. (…). Los sueños te despiertan, te llevan allá, son las estrellas más brillantes, las que indican un camino diferente para la humanidad. He aquí, tenéis en vuestro corazón estas estrellas brillantes que son vuestros sueños: son vuestra responsabilidad y vuestro tesoro. ¡Haced que sean también vuestro futuro!»[13].

Andrés Cárdenas


[1] Benedicto XVI, Homilía en el inicio de su pontificado, 24-IV-2005.

[2] F. Ocáriz, Encuentro con jóvenes en Torreciudad, 30-VIII-2019.

[3] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 24-XII-1967, en Crónica 1968, p. 38 (AGP, Biblioteca, P01).

[4] Cardenal Joseph Ratzinger, Creación y pecado, EUNSA, 2005, p. 54.

[5] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 306. Citado en Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, tomo I, Rialp, Madrid, 1997, p. 302.

[6] San Josemaría, Carta 14-II-1950, n. 3.

[7] San Josemaría, Notas de una meditación, 2-II-1962. Citado en Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, tomo I, Rialp, Madrid, 1997, p. 298.

[8] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 1868. Citado en Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid, 1997, p. 333.

[9] San Josemaría, Instrucción 19-III-1934, n. 49. Citado en Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, tomo I, Rialp, Madrid, 1997, p. 576.

[10] San Josemaría, Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, edición crítico-histórica, Rialp, Madrid, 2012, p. 35.

[11] Ibídem, p. 215.

[12] A. de Fuenmayor, V. Gómez-Iglesia, J. L. Illanes, El itinerario jurídico del Opus Dei, EUNSA, Pamplona, 1989, p. 53.

[13] Francisco, Encuentro con jóvenes italianos, 11-VIII-2018.

 

La catequesis, educación en la fe

Posted: 02 Jul 2020 09:44 AM PDT

La catequesis es un elemento central de la “educación en la fe” de todos los fieles católicos. No solo, por tanto, de los niños y jóvenes. Todos necesitamos una formación permanente y la Iglesia entera se puede considerar, en su tarea autoevangelizadora, como una “gran catequesis”.

La catequesis promueve la adhesión personal a Cristo y la madurez de la vida cristiana. Se distingue de la enseñanza religiosa escolar, que tiene como fin transmitir los conocimientos sobre el cristianismo y la vida cristiana en el contexto de la asimilación, sistemática y crítica, de la cultura.

Como fruto del impulso catequético del Concilio Vaticano II, se han venido recogiendo las experiencias de los educadores (catequistas, misioneros, etc.) de todo el mundo y estudiando cómo desarrollar la catequesis en el contexto cultural de nuestro tiempo.

El pasado 23 de marzo el papa Francisco aprobó la publicación del nuevo “Directorio para la Catequesis” elaborado por el Pontificio Consejo para la nueva evangelización, tras doce borradores y seis años de trabajo. Se trata de un amplio e importante documento que alcanza su tercera edición después de una primera en 1971, bajo el pontificado de san Pablo VI, y una segunda en 1997 aprobada por san Juan Pablo II. Se dirige ante todo a los obispos y, a través de ellos, a los que participan en la educación de la fe en los ámbitos pastorales y académicos, y particularmente a los millones de catequistas comprometidos en la transmisión de la fe.

Ya en 1977 se celebró un sínodo universal sobre la catequesis que dio como fruto la exhortación Catechesi tradendae(1979), carta magna de la educación en la fe para nuestros días. El Catecismo de la Iglesia Católica y el Directorio han venido completando las referencias que el magisterio de la Iglesia ofrece a los educadores católicos para su tarea.

Con este documento se proporcionan los principios teológico-pastorales de la catequesis, dejando las orientaciones más concretas a las Conferencias episcopales y las Iglesias locales y particulares.

Cultura digital, evangelización y santidad

En la introducción al nuevo Directorio para la catequesis se destacan dos fenómenos que hacían necesaria la revisión de este documento: la cultura digital y la globalización de la cultura.

Además de estos contextos generales cabría señalar, como lo hace este Directorio, otros elementos, positivos y negativos, junto con retos de la situación actual. Por ejemplo: la necesidad de vincular la verdad y el amor; la centralidad del testimonio, de la misericordia y del diálogo; la transformación espiritual, promovida por la catequesis, como servicio a la inculturación de la fe; la relación entre catequesis y piedad popular; el cambio de sensibilidad con un rechazo a la mentalidad de “obligación” moral y religiosa y, por tanto, con una visión más personalista de la educación moral; el relativismo doctrinal; la necesidad de explicar mejor la libertad del cristiano; la prioridad de la unidad o coherencia de vida cristiana que la educación debe propiciar; la comprensión de la catequesis en el marco de la comunidad cristiana; la importancia de la educación litúrgica o “mistagogía” por medio del catecumenado; los “lenguajes” de la catequesis, el “camino de la belleza” y el papel de la memoria; el horizonte de servicio a la sociedad y transformación del mundo; el aprendizaje del discernimiento a nivel educativo y catequético; la articulación de los elementos culturales locales con el alcance universal; la catequesis de los más pobres, de los migrantes, de los encarcelados; la dimensión ecuménica de la catequesis y su papel en el diálogo con las religiones, con la indiferencia e increencia; la catequesis y la perspectiva del “gender” y otras cuestiones en relación con la cultura de la vida y la bioética; formas y caminos de la catequesis familiar; catequesis y ecología, etc.

San Pablo VI tuvo presentes los profundos y rápidos cambios que ya se perfilaban cuando redactó su exhortación Evangelii nuntiandi (1975) sobre la evangelización en el mundo contemporáneo. El papa Francisco viene reforzando el compromiso evangelizador de cada creyente desde su exhortación programática Evangelii gaudium (2013) sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual.

El actual Directorio declara abiertamente el criterio que provocó su reflexión y redacción: el “primer anuncio de la fe” (llamado kerygma en el Nuevo Testamento). Este primer anuncio no es un discurso articulado para convencer al interlocutor, sino el testimonio del encuentro personal con Jesucristo. A partir de ese punto central la fe despliega sus “contenidos”, se celebra en la liturgia, se vive con un estilo propio (la moral cristiana) y se manifiesta y alimenta por medio de la oración. Todo arranca, pues, de una comprensión misionera de la catequesis. En este sentido se promueve una “catequesis kerigmática” capaz, a su vez, de hacer de todos los fieles “discípulos misioneros”.

Junto con el contexto cultural que lo requería, los criterios para su elaboración, la continuidad con el magisterio anterior, el camino sinodal de la Iglesia y los últimos pontificados, el nuevo directorio se enraíza en la perspectiva de la santidad como programa de vida que los educadores cristianos y particularmente los catequistas, están llamados a seguir.

Distribución del contenido

El Directorio consta de tres grandes partes. En la primera parte (“La catequesis en la Misión Evangelizadora de la Iglesia”) pone los cimientos del camino de la fe y, a partir de la Revelación cristiana, plantea la identidad y formación de los catequistas.

Con la segunda parte (“El proceso de la catequesis”) se muestra la dinámica de la catequesis: desde el modelo de la pedagogía de Dios en la historia de la salvación y la catequesis como acción educativa, se reorganizan los criterios teológicos para la catequesis según las necesidades de la cultura contemporánea. A continuación se profundiza en el significado teológico-catequético del Catecismo de la Iglesia Católica y se enfocan las cuestiones del método y de la diversidad de los interlocutores en la catequesis.

En la tercera parte (“La catequesis en las Iglesias particulares”) se ponen de relieve los contextos concretos –tanto eclesiales como culturales– de la catequesis y la necesidad del discernimiento en esta tarea, una de las más importantes que todos los fieles católicos tenemos encomendada y en la que podemos y debemos participar de muy diversos modos.

Estamos, en definitiva, ante un texto de referencia para todos aquellos directamente implicados en la catequesis como educación en la fe e, indirectamente, también para todos los interesados en la educación o en la enseñanza de las cuestiones referentes a la fe cristiana. Tienen particular interés los análisis de la cultura digital y las orientaciones sobre caminos a seguir en el proceso catequético, como parte del proceso más amplio de la evangelización en busca de la plenitud de la vida humana.

 

Comentario al Evangelio: Encontraréis descanso

Evangelio del Domingo 14º del Tiempo Ordinario (Ciclo A) y comentario al evangelio de la Misa

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Mt 11,25-30)

En aquella ocasión Jesús declaró:

— Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.

Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.


Comentario

Jesús hace una oración en voz alta, y el evangelista menciona cuáles fueron las palabras concretas con las que se dirigió a Dios: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños” (Mt 11,25-27). Lo llama Padre y se alegra de su predilección por los más pequeños, y de que a ellos les revela las cosas más profundas. En efecto, Dios se complace en los niños ya que, como recuerda el Papa Francisco, “los niños son en sí mismos una riqueza para la humanidad y también para la Iglesia, porque nos remiten constantemente a la condición necesaria para entrar en el reino de Dios: la de no considerarnos autosuficientes, sino necesitados de ayuda, amor y perdón. Y todos necesitamos ayuda, amor y perdón”[1].

San Josemaría experimentó esa predilección divina que, cuando quiere, ilumina los corazones de quienes lo buscan con sencillez, para que penetren en la intimidad divina y capten lo que implica el ser hijos de Dios. Una experiencia singular que tuvo lugar un día concreto, el 16 de octubre de 1931. Años después rememoraba lo que vivió aquel día, viendo cumplidas en sí mismo las palabras de Jesús que recoge Mateo: “Os podría decir hasta cuándo, hasta el momento, hasta dónde fue aquella primera oración de hijo de Dios. Aprendí a llamar Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos…, en la calle y en un tranvía -una hora, hora y media, no lo sé-; Abba, Pater!, tenía que gritar. Hay en el Evangelio unas palabras maravillosas; todas lo son: ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo lo quisiera revelar’ (Mt 11,27). Aquel día, aquel día quiso de una manera explícita, clara, terminante, que, conmigo, vosotros os sintáis siempre hijos de Dios, de este Padre que está en los cielos y que nos dará lo que pidamos en nombre de su Hijo”[2].

Jesús nos ha dado ejemplo de esa humildad y sencillez que admira en los niños. Así lo señalaba san Josemaría mientras meditaba este pasaje del evangelio: “Jesucristo, Señor Nuestro, con mucha frecuencia nos propone en su predicación el ejemplo de su humildad: ‘aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón? Para que tú y yo sepamos que no hay otro camino, que sólo el conocimiento sincero de nuestra nada encierra la fuerza de atraer hacia nosotros la divina gracia. Por nosotros, Jesús vino a padecer hambre y a alimentar, vino a sentir sed y a dar de beber, vino a vestirse de nuestra mortalidad y a vestir de inmortalidad, vino pobre para hacer ricos”[3].

En la escena del evangelio que estamos considerando, Jesús, después de manifestar su gozo por la predilección de Dios por los que son sencillos, como los niños, añade algo muy consolador: “Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28). Ahora bien, pone una condición para proporcionar el descanso: “Llevad mi yugo sobre vosotros” (Mt 11,29). “¿En qué consiste este ‘yugo’, que en lugar de pesar aligera, y en lugar de aplastar alivia –se preguntaba Benedicto XVI-? El ‘yugo’ de Cristo es la ley del amor, es su mandamiento, que ha dejado a sus discípulos. El verdadero remedio para las heridas de la humanidad –sea las materiales, como el hambre y las injusticias, sea las psicológicas y morales, causadas por un falso bienestar– es una regla de vida basada en el amor fraterno, que tiene su manantial en el amor de Dios. Por esto es necesario abandonar el camino de la arrogancia, de la violencia utilizada para ganar posiciones de poder cada vez mayor, para asegurarse el éxito a toda costa”[4].


[1] Papa Francisco, Audiencia general, Miércoles 18 de marzo de 2015.

[2] San Josemaría, En diálogo con el Señor, Rezar con más urgencia (Meditación del 24-XII-1969), n. 3.

[3] San Josemaría, Amigos de Dios, 97.

[4] Benedicto XVI, Ángelus, 3 julio de 2011

 

 

XIV Domingo del tiempo ordinario.

 

Mt 11,25-30.

 

Este es el evangelio donde Jesús con su corazón manso y humilde hace la única promesa de su corazón de ser en todos los momentos de nuestra vida nuestro descanso. Durante toda la lectura del evangelio de Mateo que se inició presentando el Reino de Dios con las bienaventuranzas como carnet de identidad de un cristiano, acaba aterrizando en que la clave de vivir las bienaventuranzas es tener un corazón manso y humilde para encontrar el verdadero descanso del vivir

 

1.     Cuando puede resultarnos complicado el seguimiento de Cristo. Cuando las aplicaciones del evangelio pueden aparecer exageradas y que no podemos con ellas, hay que contemplar al Señor de Corazón abierto y saber que por Cristo, con El y en El, hacemos camino al andar. No es cuestión de puños y menos de ponerse nervioso...es más bien dejarse en sus manos, con su gracia, con una confianza, de que todo lo podemos en Aquel que nos conforta.

 

2.     Siempre que nos tomamos en serio el seguimiento de Jesús tenemos el peligro de confiar solo en nuestras propias fuerzas. Es quedarse en que ser cristiano es una especie de ser un rambo, un supermán y nos encontramos que nos vamos convirtiendo en constructores de fracasos, hasta llegar un momento en que tiramos la toalla pensando que no hay nada que hacer. Siempre la comunión entre la gracia y nuestra colaboración desde una profunda humildad, es donde nos jugamos la santidad.

 

3.     A vivir con los sentimientos de su Corazón se llega con la confianza de la sabiduría de los pobres. Es aprender contemplando a tener un corazón manso y humilde. Viviendo en el asombro de quien ha conocido el amor y sabe como María creer en el Dios de lo imposible.

 

+ Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

 

 

Crédulos

Daniel Tirapu

G. K. Chesterton.

Les hablas de que rezas, de que el Señor hace milagros, de que hay gente que ofrece su dolor a Dios y te miran con sonrisa y compasión de crédulo.

En cambio son los mismos que creen a pie juntillas en el sistema financiero no tóxico, en el número que soñaron de la lotería o en ponerse ropa interior roja el día de fin de año.

Cuando se deja de creer en Dios se puede acabar creyendo en cualquier cosa, decía Chesterton. La esperanza marxista era terrible, debías someterte a la dictadura para un futuro mejor de la humanidad, que tú no verías nunca. Eso sí que es fe.  El credo cristiano habla de un juicio particular de cada uno y un juicio universal; nuestra vida va en serio y nuestra esperanza está en la vida eterna.

Ojo, quien quita a Dios, busca espacio...para ponerse él.

 

 

¿Te atreves a volar?

Entender qué ocurre en nuestro cerebro en un conflicto es clave para convertirlo en puntos de aprendizaje. Descubrir la parte del cerebro dominante en nuestra familia nos ayudará a comprender, aceptar y conectar con ella y con el mundo. Son algunas de las metas que nos propone Elena Martínez del Hoyo con su libro ¿Te atreves a volar? Creadora de la Metodología CoEquipo, Elena apoya a las empresas en la transformación y crecimiento de sus equipos de trabajo para, a través del uso consciente de los cuadrantes cerebrales y la gestión de las emociones, modificar el modo de aprender y formarnos, de manera que salga lo mejor de cada uno. Viviendo desde nuestra esencia, y no desde nuestro ego, podemos potenciar nuestros talentos.

Ayer escribimos con ella un estupendo último capítulo del curso de nuestros encuentros de formación y networking I-WiL. Hemos tenido que encontrarnos las últimas veces online, pero eso no nos ha detenido para reunirnos y aprender -como ayer- modos de mejorar para que mejoren los que tenemos alrededor. Os ofrecemos la grabación íntegra de la sesión de ayer desde mi despacho del IESE.

 

Profesores de 20 países reflexionan sobre el desafío de la pandemia en la universidad

Más de 1.200 docentes participaron en un webinar internacional organizado por la Universidad de Navarra

FOTO: Cedida

01/07/20 10:13 Isabel Rincón

¿Cómo tiene que ser la docencia universitaria después de la pandemia? ¿Qué hemos aprendido de la crisis? Más de 1.200 profesores, de 20 países, participaron en el webinar ‘Universidad, presente y futuro tras la pandemia’, organizado por el Centro de Gobierno y Reputación de Universidades, de la Universidad de Navarra. El encuentro virtual fue un espacio de aprendizaje abierto y compartido sobre el impacto de la Covid-19 en la educación superior.

“Hoy la Universidad es una comunidad de experiencias. Necesitamos reflexionar sobre nuestro quehacer universitario y compartir aquello que ha funcionado y lo que no para salir juntos de esta crisis”, afirmó el vicerrector de Ordenación Académica de la Universidad de Navarra, Pablo Sánchez-Ostiz. Para la directora del Servicio de Calidad e Innovación, Pepa Sánchez de Miguel, se trata de aplicar la experiencia como profesores y buscar la mejor manera para que el estudiante aprenda, con los recursos técnicos y las directrices de la Universidad. Y apuntó cinco claves para lograr el objetivo: “buscar formas metodológicas realistas, planificación flexible, coordinación de las asignaturas, comunicación fluida entre profesor y los estudiantes, y capacidad para transmitir entusiasmo".

Aprendizajes para superar la crisis

En su intervención, el director de Participación e Innovación Social - Medialab de la Universidad de Granada, Esteban Romero, presentó el proyecto digital "Facultad Cero”, una iniciativa para ayudar a los profesores a rediseñar la docencia con un enfoque “de abajo arriba” para ganar en participación y transversalidad.

Mikel Asensio Brouard, del departamento de Psicología Básica de la Universidad Autónoma de Madrid, se mostró “preocupado” por el proceso de trasmisión del conocimiento. “La tecnología puede ayudarnos, pero no es la solución. La clave está en la didáctica y cómo la planteamos”. Por su parte, el profesor Francisco Javier Novo, catedrático de genética de la Universidad de Navarra, explicó el sistema de aprendizaje por equipos en su asignatura. “He comprobado que los alumnos que participan de esta metodología salen de clase habiendo aprendido algo concreto; algo que en una clase expositiva sucede en un porcentaje menor".

Durante el webinar se presentó Docencia Rubic, un libro que recoge ideas, experiencias y aprendizajes para convertir la crisis del coronavirus en una oportunidad para reinventar la docencia universitaria. El libro ha sido escrito por Santiago Fernández-Gubieda, en colaboración con el Servicio de Calidad e Innovación y una decena de profesores de la Universidad de Navarra. Se puede descargar de manera gratuita en el siguiente enlace. Y el webinar está disponible para su reproducción en esta  dirección.

 

 

La niña enferma de 6 años y sus cartas al Niño Jesús que impresionaron a Benedicto XVI y a Pablo VI

La pequeña Antonieta Meo, conocida como Nennolina, murió con apenas seis años y medio con fama de santidad

Javier Lozano / ReL

No llegó a cumplir los siete años pero Antonieta Meo, conocida cariñosamente como Nennolina, es “venerable” en la Iglesia Católica y ejemplo para la fe de los católicos, ya sean niños, adultos o ancianos porque la fe y la virtud no entienden de edad. Su causa de beatificación sigue abierta y de ser declarada santa en un futuro sería la más joven. Y fama de santidad y devoción por todo el mundo no le falta.

Precisamente, este viernes 3 de julio la Iglesia recuerda a esta niña justo cuando se cumplen 83 años de su dolorosa muerte en Roma después de que tuvieran que amputarle una pierna debido a un osteosarcoma. La enfermedad y los duros tratamientos afectaban mucho a la pequeña, que encontró en el sentido redentor del sufrimiento la forma de amar a Jesús.

Benedicto XVI la puso como ejemplo

Benedicto XVI reconoció sus virtudes heroicas en 2007 y pocos días después de este reconocimiento oficial decía sobre ella a un grupo de niños y jóvenes de Acción Católica:

“Nennolina, niña romana, en su brevísima vida —sólo seis años y medio— demostró una fe, una esperanza y una caridad especiales, así como las demás virtudes cristianas. Aunque era una niña frágil, logró dar un testimonio fuerte y robusto del Evangelio, y dejó una huella profunda en la comunidad diocesana de Roma”.

Además, añadía que “cada etapa de nuestra vida puede ser propicia para decidirse a amar en serio a Jesús y para seguirlo fielmente. En pocos años Nennolina alcanzó la cumbre de la perfección cristiana que todos estamos llamados a escalar; recorrió velozmente la "autopista" que lleva a Jesús”.

Su particular Pasión

La pequeña Antonieta Meo nació en Roma el 15 de diciembre de 1930 y su vida giró en torno a la basílica de la Santa Cruz de Jerusalén de la capital romana, en cuya iglesia fue bautizada y de la que vivía en las inmediaciones. No parece casualidad que esta niña que sufrió tantos padecimientos se criara rodeada de los elementos de la Pasión que se conservan en este templo. Ella misma se encuentra ahora enterrada en esta basílica.

Tras su muerte debido al tumor, con sólo seis años y medio, se sucedieron una gran cantidad de conversiones y gracias que provocaron que buena parte de Italia pusiera sus ojos en aquella pequeña. Poco después, su fama de santidad se extendió por todo el mundo. Reportajes, libros y artículos se extendieron rápidamente.

El Vaticano recoge el testimonio de una enfermera de la clínica en la que estuvo ingresada la niña: “Una mañana, mientras ayudaba a la enfermera que ordenaba el cuarto de la niña, entró su papá, el cual, después de haberla acariciado, le preguntó: ‘¿sientes mucho dolor?’ Y Antonieta: ‘Papá, el dolor es como la tela, cuanto más fuerte más valor tiene’. La religiosa añadió: ‘Si no lo hubiese escuchado con mis propios oídos, no lo hubiera creído”.

Una vida espiritual de altura

Ya con la pierna amputada y con la ayuda de una prótesis empezó a asistir a la escuela primaria a los 6 años. Sufría muchos dolores pero todo se lo ofrecía a Jesús. “Cada paso que doy que sea una palabrita de amor”, dijo.

Como ejemplo de esta fuerza interior y de su madurez espiritual pese a su edad quiso celebrar el aniversario de la amputación con un gran almuerzo y una novena a la Virgen de Pompeya porque gracias a esta intervención había podido ofrecer su sufrimiento a Jesús.

Finalmente, la noche de Navidad de 1936 recibió con fervor la Prima Comunión y pocos meses después la Confirmación, sacramentos que le adelantaron debido a su estado. Y es que la amputación de la pierna no había bloqueado el tumor, que se extendió a la cabeza, a la mano, al pie, a la garganta y a la boca.

Las cartas al Niño Jesús

Pero si por algo se conoce la vida espiritual de la pequeña Nennolina es por sus cartas escritas al Niño Jesús. La niña se las dictaba a su madre, que las escribía y luego Antonieta las dejaba en su mesilla debajo de una imagen de Jesús de niño para que por la noche las leyera.

Es precisamente la profundidad de lo que dice aunque mediante el lenguaje de un niño lo que impresionaría a miles de personas, incluidas papas como Benedicto XVI o Pablo VI.

Tras leer estas cartas, Montini, futuro Papa Pablo VI y santo, escribirá: "Obrando en las almas por las vías más misteriosas, concede a muchos penetrar, mediante la lectura de la vida de esta niña de menos de siete años, el misterio de esa sabiduría que se esconde a los soberbios y se revela a los pequeños".

La primera carta está fechada a 15 de septiembre de 1936. “Querido Jesús, hoy voy de paseo y voy a mis monjas y les digo que quiero hacer la primera comunión en Navidad. Jesús ven pronto a mi corazón que yo te abrazaré muy fuerte y te besaré. Oh, Jesús, quiero que te quedes siempre en mi corazón”, escribía la pequeña Nennolina.

"Dame almas"

Pocos días después debajo de la estatuilla del Niño Jesus dejaba otra carta: “Querido Jesús, yo te quiero mucho, te lo quiero repetir que te quiero mucho. Yo te ofrezco mi corazón. Querida Virgen, tú eres muy buena, toma mi corazón y llévaselo a Jesús”.

Nennolina, sin saberlo, se convertiría en una apóstol de la gracia: “Hoy he sido algo caprichosa, pero tú Jesús bueno, toma en brazos a tu niña...”.

Otro día dictó a su madre: “Tú ayúdame que sin tu ayuda no puedo hacer nada" o "tú ayúdame con tu gracia, ayúdame tú, que sin tu gracia nada puedo hacer. Te lo ruego, Jesús bueno, consérvame siempre la gracia del alma".

En otra misiva dejaba escrito a sus apenas seis años: “Mi buen Jesús, dame almas, dame muchas, te lo pido de verdad, te lo pido para que hagas que sean buenas y puedan ir contigo al Paraíso”.

                                                                                                                                                                                                         

La pequeña se encuentra enterrada en la basílica de la Santa Cruz de Jerusalén en Roma

Su muerte y su fama de santidad

No se olvidaba del prójimo en sus escritos y decía también: “Te rezo por aquel hombre que ha hecho tanto daño”; “te rezo por aquel pecador que ya sabes, que es tan viejo y que está en el hospital de San Juan”.

El 3 de julio de 1937, Nennolina susurró a su padre sus últimas palabras: “Jesús, María, mamá, papá...”. Dice la madre que se quedó mirando fijamente frente a ella, y después exhaló un sostenido suspiro.  A la mañana siguiente, una multitud de vecinos conocedores de la vida tan extraordinaria de esta jovencita, transportó con emoción y lágrimas en los ojos el pequeño ataúd blanco a la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén en Roma.

A su muerte dejó más de cien cartas dedicadas a Jesús, a María, a Dios Padre, al Espíritu Santo, a santa Inés y a Teresita del Niño Jesús.

 

La angustia de nuestra sociedad ante la muerte   

   

Hemos perdido el hábito de enfrentar la muerte y hemos desarrollado una forma de hipersensibilidad hacia ella, lo que se manifiesta ahora con nuestra actitud frente a la pandemia.

Guillaume Cuchet, profesor de historia contemporánea en la Universidad Paris-Est Créteil y autor del libro Cómo nuestro mundo ha dejado de ser cristiano. Anatomía de un colapso, ha publicado una excelente columna en Le Figaro, de las cuales compartimos con usted algunos trechos.

Reacciones ante el coronavirus

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El profesor busca identificar las razones de “la reacción actual frente a la pandemia del coronavirus”, y el por qué de tanta angustia en la sociedad para enfrentar la muerte “inesperada”.

Con respecto a la “mortalidad ordinaria”, él explica un fenómeno muy singular que se produce en la sociedad en que vivimos:

“nuestros contemporáneos ahora consideran que tienen una especie de derecho a vivir hasta los 80 años, una barrera antes de la cual todas las muertes les parecen más o menos prematuras. El resultado es que existe una seguridad psicológica extraordinaria, desconocida en épocas anteriores, de no morir antes de los 65 años” (…)

“La pandemia, en cierto sentido, nos sorprende en estos días y amenaza con acelerar el acontecimiento”.

El olvido de las catástrofes anteriores

Acerca de la “mortalidad extraordinaria”, el historiador observa que, para nuestro actual modo de ver las cosas, todos los recuerdos de las grandes catástrofes pertenecen a un pasado relativamente lejano.

Enumera las plagas, las hambrunas y las guerras en la Edad Media, que

“ocurrían localmente cada quince o veinte años”. La “última hambruna europea data de 1846, la última epidemia realmente mortal (la gripe española) de 1918-1919; la última guerra realmente sangrienta de 1939-1945”.

Abandono de la visión religiosa de la muerte

Así, deduce Guillaume Cuchet,

“la mortalidad extraordinaria, con todo lo que implica de incertidumbre y la posibilidad de que todos tengan que abandonar este mundo inesperadamente, ha desaparecido.

“Y esta es la razón por la cual pudimos eliminar colectivamente la antigua cultura civil y religiosa de la muerte”.

La actitud de dos épocas frente a la muerte

Hoy, la muerte se ha convertido en un tabú.

Una confianza ciega en la ciencia

“Mientras que en el viejo mundo, explica, el principal problema era enfrentar la imprevisibilidad de la muerte, en el nuestro sería más bien lo contrario: es su gran previsibilidad lo que tiende a provocar ansiedad”.

(…) “Un perfil de vida asegurada, que por mucho tiempo fue teórico, se generaliza e impone como un nuevo estándar de existencia que se extiende hasta los 80 o 90 años, antes de extinguirse pacíficamente en un bosque de tubos bienhechores (de donde, al menos en teoría, vendría el principio de reanimación para todos)”.

“Así, podemos entender mejor el significado de la reacción actual ante la pandemia de coronavirus, (…) Ella no nos trae de vuelta una forma de mortalidad extraordinaria, en realidad muy limitada (…), ya que la enfermedad mata poco, en comparación a sus grandes predecesoras, y respeta en gran medida el orden de las generaciones ante la muerte “, comentó el profesor con mucha razón.

Las consecuencias

“La brecha entre el raquitismo del evento a nivel demográfico (…) y el alcance de sus consecuencias, sanitarias, sociales, ecológicas, económicas, psicológicas, es sorprendente.

“Al parecer, se explica por el hecho de que hemos perdido el hábito de enfrentar la muerte y de que hemos desarrollado una forma de hipersensibilidad hacia ella, pero también porque la pandemia impugna nuestros nuevos estándares funerarios y la concepción ideal de la existencia que los acompaña”, concluye.

Fuente: www.lefigaro.fr

 

 

El Origen de la grandeza

Solemne juramento de la Guardia Suiza pontificia

 

Todo aquel que está colocado en una situación alta “sea cual fuere” está allí para dedicarse. El es el padre, el pastor de todos, y debe, por lo tanto, dar la vida por todos. Debe realizar todos sus actos para el bien de aquellos a los que manda.

 

Si alguien se dedica enteramente, recibirá como premio la grandeza.

¿Que quiere decir esto?

El mundo piensa lo contrario: aquellos que se dedican son pequeños y los grandes son aquellos que reciben la dedicación.

Por ejemplo, si un discípulo se dedica a su maestro éste es menor que el maestro. Entonces, ser dedicado es ser insignificante y es extraordinario ser objeto de una dedicación. El hombre verdaderamente grande no se dedica, sino que despierta dedicación.

Esta es la imagen del dictador, del Führer nazi: un hombre que lleva detrás de sí a millares de personas que se le dedican. El no se dedica a nadie y los manda a una masacre por la gloria de su nombre.

¿Eso está de acuerdo con la doctrina católica?

Sin dedicación no existe verdadera grandeza

Contenidos

 

La doctrina católica enseña lo contrario: la razón de ser de los grandes es que sean dedicados. Sin dedicación no existe verdadera grandeza.

Esto quiere decir que todo aquel que está colocado en una situación alta “sea cual fuere” está allí para dedicarse. El es el padre, el pastor de todos, y debe, por lo tanto, dar la vida por todos. Debe realizar todos sus actos para el bien de aquellos a los que manda.

No fue puesto allí para sacar ventajas del cargo: fue puesto para servir. Fue lo que dijo Nuestro Señor cuando lavó los pies a los Apóstoles: Aquellos de vosotros que quieran ser mayores sean como los que sirven, porque Yo no vine a mandar: Yo vine a servir. Es decir, El no vino a gozar de su situación; vino a servir.

La otra cara de la moneda es que aquel que es pequeño y sirve con satisfacción, adquiere la grandeza. Es algo que no se acepta de ningún modo en el mundo de hoy, pero es verdad.

Sólo se dedica quien admira

La admiración es la puerta de toda grandeza

Aristóteles tiene una frase muy interesante: “Vivir es admirar”. El hombre que no es capaz de admirar, no es capaz de vivir.

Admiración “mirare ad” es mirar hacia la grandeza de alma de alguien, y amarlo por eso. Cuando comprendemos y amamos la grandeza somos tendientes a servir y a dedicarnos. Entonces, las almas capaces de admirar son capaces de dedicarse y de servir.

 

Grandeza y miseria en la muerte

 

Es necesario comprender que la admiración es la puerta de toda grandeza: es imposible que yo admire algo sin que la grandeza de aquello que yo admiré de algún modo entre en mí. De manera que la grandeza es dada a los que admiran y a los que se dedican.

En cierto modo, encontramos el sentido del versículo del Magnificat que convida a los que son poderosos a como que descender de su trono y servir a los pequeños. Convida a los pequeños a elevarse por la admiración y a llenarse de la grandeza de los ángeles.

De la admiración por el orden del Universo debe nacer el coraje para defenderlo, pero sólo el puro tiene verdadera admiración

Aquí ustedes tienen la admirable armonía del universo, en que los grandes y los pequeños existen los unos para los otros, de acuerdo a la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo.

Eso debe producir en ustedes una admiración cada vez mayor por la Civilización Cristiana, con su orden “con su espíritu intrínseca y substancialmente anti-igualitario” que nos muestra la desigualdad como algo tan digno de amor y de entusiasmo.

Por otro lado, debe inspirarnos la idea de que la Civilización Cristiana, tan alta y extraordinaria, debe ser defendida con todo el coraje y que los puros tendrán ese coraje.

Los puros “está escrito en las Bienaventuranzas” verán a Dios: “Bienaventurados los limpios de corazón por que ellos verán a Dios”.

Ellos no verán a Dios sólo en el Cielo: quien es puro tiene una mirada pura para ver la conformidad de las cosas buenas que están en la tierra con Dios, para ver a Dios en todo y para ser valiente y luchar hasta la última gota de su sangre en defensa de aquello que está de acuerdo con Dios. (…)

Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

Qué hacer si los hijos enferman en plena pandemia

Silvia del Valle Márquez 

Siempre es necesario tener a mano los teléfonos de emergencia y tener marcado el protocolo de acción en una emergencia, pero ahora también es necesario saber a qué hospital vamos a acudir en caso de necesidad.

Después de tres meses de encierro, comienzan a brincar los problemas físicos por el sedentarismo, la falta de aire, el cambio de actividades, el aburrimiento, etc.

Por lo que se hace necesario llevar a nuestros hijos al médico, pero en realidad aún estamos con problemas de la contingencia, ¿qué podemos hacer?

Aquí te dejo mis 5 tips para tratar de evitar las visitas al médico sin que la salud de nuestros hijos se vea en peligro.

PRIMERO. Observa a tus hijos para detectar cualquier síntoma.

Es importante darnos cuenta de que hay cosas que son aplazables y otras que son inminentes para llevar a nuestros hijos al hospital.

Por eso, es de vital importancia que podamos saber distinguir esto y sólo lo lograremos si los conocemos muy bien.

Un dolor de estómago, un ligero resfriado, un raspón en la rodilla son cosas que se pueden manejar a distancia; pero un piquete de alacrán, un dolor agudo en el abdomen, o la dificultad para respirar son problemas que hay que atender lo más pronto posible.

De nosotros, sus papás, depende la integridad física de nuestros hijos.

Podemos tomarnos un momento para observar y discernir los pasos a dar para que la salud de nuestros hijos sea óptima.

Además, los accidentes no los podemos planear. Así que hay que estar atentos en todo momento.

SEGUNDO. Que la alimentación sea sana y adecuada para fortalecer las defensas de nuestros hijos.

Hay alimentos que favorecen que nuestras defensas estén fuertes, tales como los vegetales y frutas ricos en vitaminas C y B12, por ejemplo, el limón, el brócoli, la guayaba, entre otros.

También hay alimentos ricos en hierro y minerales que nos mantienen fuertes como son los frijoles y el hígado de res, entre otros.

Es importante pensar en una dieta variada y completa, para que nuestros hijos se alimenten de forma nutritiva y se mantengan sanos.

También es cierto que hay alimentos que nos ayudan a corregir algunos malestares como son los pequeños resfriados; si tomamos miel y limón, seguramente nos sentiremos bien sin necesidad de ir al médico.

Los tés e infusiones también nos pueden ser de mucha ayuda.

Ya si es algo más grave, no debemos dudar en acudir al médico.

TERCERO. Procura que hagan ejercicio, aun dentro de casa.

No tiene que ser una rutina profesional, con que se mantengan activos, es más que suficiente.

Si logramos que mantengan una buena condición física, será más difícil que se enfermen.

Podemos hacer un tiempo especial para el ejercicio, en nuestro horario familiar.

CUARTO. Encuentra un médico que esté dispuesto a atenderte a distancia.

Todos tenemos a algún conocido, familiar o amigo que es médico y es de confianza, por lo que podemos pedirle que nos dé un diagnóstico, en la medida de lo posible, por videoconferencia o escuchando lo que le vamos diciendo.

Esto nos ayuda a no correr al hospital al primer síntoma, sino que nos permite mantenernos en calma y observando el desarrollo del estado de salud de nuestros hijos.

Debemos ponernos de acuerdo con el médico para que todo sea más sencillo.

Y QUINTO. Piensa en algún hospital cercano, pero tenlo como última opción.

Siempre es necesario tener a mano los teléfonos de emergencia y tener marcado el protocolo de acción en una emergencia, pero ahora también es necesario saber a qué hospital vamos a acudir en caso de necesidad.

Debemos revisar que este hospital tenga todas las condiciones de seguridad necesarias para garantizar la salud de nuestros hijos.

Y como dije al principio, es necesario hacer uso de él sólo como última opción, pero saber que siempre tenemos a la mano esta opción.

Cuidemos la salud de nuestros hijos.

 

Señor mío y Dios mío

(En la fiesta del apóstol Tomás, 3 de julio)

 

A sus hermanos en Cristo

les dijo que no creía

mientras no viera las llagas

del martirio producidas

(costado, manos y pies)

y hasta tanto no tocara

las huellas de las heridas.

 

Era Tomás, el mellizo,

quien único entre los doce

 no se encontrara presente

el día de la aparecida

del cenáculo encerrados,

apalancadas las puertas,

por el miedo que sufrían.

 

“La paz sea con vosotros;

ven aquí Tomás incrédulo,

mete tu dedo en el hueco

de aquellas llagas hendidas

(miembros y costado abiertos)

y no dejes de creer

mas sé fiel a mi venida”.

 

“Señor mío y Dios mío”

pronunció santo Tomás

en humildad compungida

y esta frase, cual legado,

quedó por siempre esculpida

siempre que en la santa misa

el Calvario se actualiza.  

José María López Ferrera

 

 

 

Celaá tiene un plan A

Mientras distrae con el borrador de un plan inviable e inoperante desde un  ministerio sin competencias, Celaá sigue en su objetivo de ideologizar la enseñanza, adoctrinar a niños y jóvenes, desterrar la enseñanza de la religión, asfixiar a la privada y concertada y despojar  de derechos a los padres. Esto último está clarísimo con el descarte de la ayuda a los centros concertados.

Uno de los trucos de camuflaje que emplea el gobierno socialcomunista, para enmascarar sus verdaderas intenciones es la risa. No es que Sánchez y los suyos tengan el más mínimo sentido del humor, sino que con sus planes, sus sumas, sus mentiras y hasta con su lenguaje, hacen reír a los españoles (aunque no a todos) que hacen chistes y se pitorrean de ministros, secretarios de estado, de asesores y hasta de expertos y así, parapetados tras los chascarrillos de unos y otros, van cumpliendo sus objetivos.

El borrador del plan que se ha presentado para la vuelta a las aulas en septiembre, parece que lo hayan hecho los expertos que asesoran a Illa y a Simón.

Con esa seriedad y ese aire docente que le caracteriza, Celaá da las pautas y la hoja de ruta, dice ella, para el curso que viene.

Cuando se sospeche de un contagio, se aísla al alumno, se le pone una mascarilla, se llama a la familia y después al centro de salud. Y es que cuando las cosas se piensan, se nota.

Se habilitan los gimnasios y las bibliotecas, se abren las ventanas y se saca a los alumnos a tomar el aire. Siguen las sesudas reflexiones de los expertos.

15 alumnos por aula con mascarillas o sin ellas según la edad, y volvemos “al niño, eso no se toca”, para decir a los pequeños que no hay que tocarse la nariz, ni la boca, ni los ojos. Más expertos dedicados al pensamiento profundo.

Jesús Martínez Madrid

 

 

Sedación terminal

Cuando un paciente se encuentra en las condiciones que se requieren para utilizar la MDA se le pueden ofrecer cuatro soluciones: acudir a los cuidados paliativos, utilizar la sedación paliativa o a la sedación terminal y en último término la eutanasia o el suicidio asistido. Las dos primeras son, a nuestro juicio, moral y éticamente lícitas. Las dos últimas, sin embargo, son claramente ilícitas.

Indudablemente la primera solución es la idónea si lo que se busca es mejorar las condiciones de vida de ese paciente y lo que él desea es que se traten sus dolores o sufrimientos de cualquier tipo, pero si lo que quiere es terminar con su vida, habitualmente los cuidados paliativos no pueden cumplir ese fin.

Si los cuidados paliativos resultan ineficaces total-parcialmente, y los dolores y sufrimientos persisten, se puede recurrir a la sedación paliativa, con la que prácticamente se logra reducir o eliminar todo tipo de dolores.

Indudablemente la sedación paliativa puede acortar la vida de ese paciente, pero ello es moralmente aceptable, pues su objetivo directo no es terminar con su vida, sino mejorar su situación de sufrimiento. Es este un claro ejemplo de las acciones de doble efecto en las que lo que se persigue es un fin bueno, aunque indirectamente haya que admitir un efecto secundario malo no deseado. Es obvio que también las acciones de doble efecto, para ser moralmente lícitas deben cumplir una serie de requisitos que no es momento de detallar aquí. Es decir, lo que fundamentalmente determina la moralidad o no de estas acciones es su intencionalidad, el fin que persiguen, y en la sedación paliativa su objetivo es claramente bueno, eliminar un dolor o sufrimiento insoportables.

Otra cosa es la sedación terminal en la que, ante el hecho de que no se puedan eliminar, total o parcialmente, los dolores del paciente, se les seda hasta terminar con su vida. En este caso el objetivo es obviamente terminar con la vida del enfermo, para así terminar también con sus dolores, lo cual, a nuestro juicio, es desde un punto de vista moral o ético, claramente ilícito.

JD Mez Madrid

 

 

La MDA siempre se utiliza para acelerar la muerte

Cuando se facilita al paciente los instrumentos necesarios para que éste pueda terminar con su vida, estamos ante el suicidio asistido, y cuando es directamente un profesional sanitario el que administra la sustancia letal al paciente se incurre en la eutanasia.

Naturalmente estas dos últimas acciones son moral y éticamente ilícitas, aunque el juicio moral que merecen es diferente, pues en la eutanasia aún se agrava más su ilicitud, al implicar directamente a una tercera persona, en este caso el médico o personal sanitario que participa en ella.

A la vista de esto, para enjuiciar moramente la MDA (sedación terminal) hay que valorar objetivamente la finalidad que se persigue con ese acto. Si lo que se pretende es ayudar médicamente a morir a un paciente, como la misma definición de la MDA parece indicar, no cabe duda, que al margen de todos los razonamientos que Friesen aduce para justificarla, es una práctica moral y éticamente ilícita.

En resumen, al valorar la moralidad de la MDA no hay que enjuiciar teóricamente lo que significa, sino lo que con ella se consigue y con qué intención se practica, y, a nuestro juicio, la MDA siempre se utiliza para acelerar la muerte de un paciente que sufre, y siempre que esto sea así, el juicio que merece es moral y éticamente negativo

Enric Barrull Casals

 

 

Verdades y mentiras

Sigamos con las falacias. Las residencias de titularidad pública, en ocasiones, están gestionadas por una entidad privada. Y el contrato de gestión se acaba de renovar ahora, tras la pandemia, en una de ellas ¿Por qué, si hay tanta fe en las públicas y tanto desdén por parte de ciertos gobernantes hacia las privadas? Por ahorrar costes laborales, pues los salarios son menores en la gestión privada. O porque se reconoce que gestiona mejor una entidad privada, aunque públicamente se diga otra cosa.

De las más de 5.457 residencias en España, ha habido unas cuantas que no han tenido fallecidos ni contagios. Han fallecido 19.433 hasta la fecha, según datos de las comunidades autónomas. Según el ministro Salvador Illa  y Fernando Simón, no se sabe con precisión el dato: cuentan como quieren, sin tener en cuenta las indicaciones de la OMS, y nadie se cree las cifras oficiales del Gobierno.

Mónica Oltra, vicepresidenta del Gobierno valenciano y consellera responsable de las residencias, no solamente está muda ante la tragedia. Va a traspasar a la Consellería de Sanidad lo relativo a las residencias de mayores. Es lo que se dice “quitarse del medio” ante lo que puede venir.

No es casualidad. Las residencias que no han tenido contagios ni fallecidos tomaron medidas, muchas de ellas, antes de decretarse el Estado de Alarma: el sentido profesional y el sentido común les llevó a adelantarse, porque había datos sobradamente de lo que se avecinaba en las residencias de ancianos.

Pedro García

 

 

Nuevas elecciones y sus sorpresas 

 

                                Escribo al siguiente día de las nuevas elecciones en Francia y no me sorprende la noticia de que un sesenta por ciento o más de franceses, han ignorado las urnas y no han ido a votar; ¿para qué, supongo pensarán? Ello me sorprende por otra parte, puesto que la moderna Francia, se basa en aquellos famosos lemas, de su revolución de hace ya más de doscientos años; “libertad, igualdad, legalidad, fraternidad”; y no sé qué más cosas; pero que han llevado a los franceses, a ser de los más destacados del mundo en avances de todo tipo; y conformar una sociedad que sigue destacando en el mismo. Pero, “la sucia o ya asquerosa política que se ha adueñado del mundo”; ya mueve a los medianamente inteligentes, a como decimos en España, “a no comulgar con ruedas de molino”; y de la forma más educada posible, mandar “a la basura” (por no decir a la mierdaa), a políticos y política, que aparte de no saber ya “ni donde están de pie”, mienten más que hablan; y no tienen ni ideas someras, de qué es lo que necesitamos en la sociedad actual, la que por otra parte, aletargada, embrutecida, drogada o dormida del todo, sólo tiene preocupaciones primarias; tan primarias como el sólo satisfacer, “a su panza y su bolsillo, disfrutar de todos sus placeres, no trabajar apenas, y cobrar lo suficiente para lo antes dicho y que les sobre aún, para un futuro tan incierto, que para muchos, ya es que ni existe”. Este nuevo siglo, que nos prometían sería “él no va más del progreso humano”, lo han convertido ya, en algo así, como, “una gran charca de aguas estancadas, que se van pudriendo cada vez más, y hasta que el Sol la seque y esterilice”. Por todo ello, nada menos que un sesenta y cinco por ciento de franceses, no han ido a votar

                                En España y en estos momentos, tenemos dos elecciones “parciales”, en dos de sus diecinueve autonomías, que en realidad se han convertido en “autonosuyas”, como muy certeramente las calificó un muy inteligente escritor valenciano, que ya murió (“de risa supongo, viendo el panorama nacional”) y que en vida se llamó Fernando Vizcaíno Casas (1), el que igualmente nos dejó bastantes libros y sobre todo una película (“Las Autonosuyas”) que con tiempo y antelación, “retrató lo que ya eran las autonomías españolas, llenas ya de parásitos, vagos, maleantes y gente de mal vivir y sin escrúpulos algunos”; “pandemia que aún sigue consumiendo los mayores recursos de nuestra muy rica España”, hoy arruinada, y embargada para ni se sabe cuántas generaciones venideras, debido a la monstruosa deuda pública, contraída por cada vez más inútiles gobiernos, los que siguen endeudándose cada vez más, para simplemente, “sostener el gran cáncer de parásitos que han formado entre todos ellos y que ni se atreven a ir eliminando como es absolutamente necesario, para tratar de volver a épocas de estabilidad económica, y que disfrutamos ya hace muchos años”; o sea antes de la nueva era, que empezó en 1976, con aquellas palabra (hoy de risa y de pena) que pronunciara el primer “profeta de futuro” (Adolfo Suárez); con aquello de… “puedo prometer y prometo, y sus predicciones de mil años de UCD, que terminó mucho antes y no como, “Unión de Centro Democrático”; sino como, “Unión de Centro Descompuesto”; y el que fue devorado por sus mismos componentes, que como termitas o gusanos roedores, se lo “comieron” sin dejar rastros del mismo.

                                Y la terrible odisea española sigue. No obstante y debido a esas dos elecciones autonómicas de que arriba hablo; los jefes y jefecillos de los grupos dictatoriales que manejan “sus políticas, incluido el presidente del gobierno central”, han salido a la calle, “sin miedo al virus chino”, y como vulgares “vendedores de crecepelo, elíxir maravillosos, mantas y cientos de artilugios”, que yo he visto cuando niño y mozalbete, vocear y vender en las plazas públicas, en aquellos terribles años del hambre y la posguerra civil; estos nuevos “buhoneros” gritan a sus acólitos que los acompañan en sus giras (el pueblo los ignora) y dicen lo que les viene en gana, empleando siempre –eso sí- “la palabra progreso”, que entiendo se la asignan a ellos mismos y sus intereses; porque aplauden, o mejor dicho “se aplauden”, con una fuerza y un fervor, que a la mayoría, “les sale de su panza y su bolsillo”. ¿Quién va a votarlos o a quién van a votar gallegos y vascos? Eso lo vamos a ver muy pronto; pero en Francia, los únicos que han aumentado votos, son “los que temen los políticos”; y digo esto último, porque, ¿al pueblo qué o quién nos importa hoy? Estamos tan hartos o hastiados de la política que nos imponen, que ya somos insensibles a quienes lleguen al poder. “De alguna manera me estoy acordando de la decadencia del Imperio Romano, y de cómo eran impuestos ya muchos de sus emperadores”. ¿Será porque ya, esta dicen que poderosa civilización, está empezando a recorrer igual camino de destrucción? El tiempo y como “único juez y notario de todos los hechos, lo dirá antes o después”; puesto que pensar o creer en una regeneración de “mandos”, yo no lo creo en absoluto.

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(1) Hijo de un fabricante de paraguas y abanicos, en 1948 se inició en el periodismo en Acción, órgano del Sindicato Español Universitario (SEU), como crítico de cine. Colaboró con Radio Nacional de España y los diarios Las Provincias y Jornada. En 1950 se trasladó de Valencia a Madrid para cursar estudios de Derecho. Consideraba al periodismo como su verdadera vocación, y con el tiempo llegaría a ser columnista en medios de líneas editoriales tan diferentes como el diario El Alcázar y la revista Interviú. Como abogado laboralista se especializó en los aspectos jurídicos concernientes al teatro, la cinematografía y los derechos de los actores. A partir de 1971, con su libro de crónicas Contando los 40, comenzó a publicar narrativa, ensayos, crónica, sátira política, testimonios autobiográficos, obra en la cual abarcó gran parte de las diversas etapas de la historia española del siglo XX. En 1978 alcanzó su primer gran éxito de ventas con la novela “Y al tercer año, resucitó”, a la que calificó de historia-ficción, y que juega con la idea de la contemplación que de la sociedad española posfranquista tendría un Franco resucitado. De ahí en más se convirtió en un auténtico superventas con más de cuatro millones de ejemplares vendidos de su obra, convirtiéndose en uno de los autores contemporáneos más leídos de España y de Hispanoamérica.

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes