Las Noticias de hoy 2 Julio 2020

Enviado por adminideas el Jue, 02/07/2020 - 12:26

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 02 de julio de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Comisión Vaticana COVID-19: La fase de escucha a las iglesias locales “no puede acabar”

Fallece Georg Ratzinger, hermano mayor de Benedicto XVI

EL VALOR INFINITO DE LA MISA: Francisco Fernandez Carbajal

“¿Cómo quieres que te oigan?”: San Josemaria

Algo grande y que sea amor (V): ¿Cómo se descubre la vocación?: José Brage

La gratitud nos mueve a la lucha: Justin Gillespie

“Ante la enfermedad y la muerte”: ​+ Felipe Arizmendi Esquivel Obispo emérito de San Cristóbal de las Casas

Por qué el Papa Francisco ha añadido 3 nuevas letanías y qué significan

“En el siglo II ya había protocolos de distanciamiento” – Cayetana Johnson, arqueóloga: primeroscristianos

¿Para qué sirven los santos?: Jesús Ortiz López 

«Unplanned», película emotiva de una abortista arrepentida, para reflexionar, despertar y consolar: Pablo J. Ginés

Herida de la infancia: el abandono: Lucía Legorreta

La globalización del mal para la familia: Ana Teresa López de Llergo

Protección de la infancia: Jesús Domingo Martínez

Y eso admite  todo menos bromas.: Juan García. 

La libertad religiosa, un progreso moral: Pedro García

Participar en la misa: Valentín Abelenda Carrillo

“Ni uno solo de tus cabellos caerá…?”: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

ALTA EN EL BOLETIN: boletin-help@ideasclaras.org

BAJA BOLETÍN: boletin-unsubscribe@ideasclaras.org

 

 

ROME REPORTS

 

 

Comisión Vaticana COVID-19: La fase de escucha a las iglesias locales “no puede acabar”

Entrevista en exclusiva a Mons. Segundo Tejado

(zenit – 1 julio 2020).- Monseñor Segundo Tejado Muñoz es uno de los cuatro subsecretarios del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral y lidera el grupo 1, que apoya y escucha a las iglesias locales, de la Comisión Vaticana COVID-19 creada por el Papa Francisco el pasado 20 de marzo de 2020.

En una entrevista en exclusiva a zenit, el obispo español explica detenidamente cuál es la misión del grupo que lidera, cómo trabajan conjuntamente con otras realidades eclesiales, y cómo acompañan a las iglesia locales en este proceso de escucha que “no puede acabar”, sino que se convierte en un “vivir juntos, en comunión”, reitera.

Entre los desafíos que persigue la Comisión Vaticana COVID-19, el Papa les ha pedido una reflexión para “preparar el futuro”, algo que según Mons. Tejado, la Iglesia solo puede hacer “poniéndose a la luz del Evangelio” y “viviendo a la luz de la fe los problemas que se viven”.

Así, el prelado instalado en Roma, revela a zenit que este tiempo de pandemia es “un momento muy privilegiado para la Evangelización, para dar a Cristo como los verdaderos cimientos”, pues “el hombre necesita una roca donde apoyar su vida”.

A continuación, ofrecemos la entrevista realizada por zenit en exclusiva a monseñor Segundo Tejado, subsecretario del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, responsable del grupo 1 de la Comisión Vaticana COVID-19:

***

zenit: “Apoyar y escuchar a las Iglesias locales” es la misión que le ha sido encomendada al grupo 1, ¿cuál es la hoja de ruta que llevan a cabo con cada Iglesia local?

Mons. Segundo Tejado: Principalmente nuestro acometido ha sido escuchar a las iglesias locales, no es una cuestión de hacer proyectos o de proyectar cosas, es una escucha. Nos hemos empezado a mover y a escuchar a capellanes de hospitales, de cárceles… Conferencias episcopales, médicos, enfermeros, responsables de salud en las conferencias episcopales… un poco por regiones, claro. Eso ha sido nuestro trabajo mayor: Escuchar. Y de esta escucha, ir sacando conclusiones, ir buscando como nos tenemos que mover toda la Comisión; sea en el grupo 2, que se encarga del análisis, sea el grupo 3, que se encarga de la relación con los estados… O sea, es una escucha a la Iglesia local y de allí, ir sacando información, sinergias, y colaboración… tengo que decir que ha sido un trabajo muy bonito porque escuchar a las iglesias locales siempre es algo que enriquece muchísimo.

En esta crisis estamos encerrados y, claro, una percepción de lo que está pasando en la Iglesia universal pasa necesariamente por una escucha, no es posible sacar conclusiones desde aquí, desde Roma, encerrados como estábamos en casa –incluso ahora, que tampoco se puede viajar fácilmente– se caía en el riesgo de hacer una cosa más teórica. Esta escucha, a mí por lo menos, me ha gustado mucho, ha sido un trabajo muy duro, todos los días teníamos una o dos teleconferencias, con todos los problemas –imaginaos– en África, en América Latina, de Comisión… Está saliendo, porque todavía estamos en ello.

Por lo tanto, es escuchar, sobre todo, lo que nos ha pedido el Papa a nosotros. No es tanto hacer grandes proyectos. Nos lo dijo el Papa desde el inicio: Nosotros no podemos resolver el problema. Es una emergencia un poco atípica, yo siempre lo digo. No es una emergencia localizada. Aquí estamos hablando del mundo entero, cada uno a su ritmo, porque en algunos sitios ya hemos pasado la primera fase, esencialmente sanitaria, y en otros… están empezando, como en América Latina, o en Asia. Con lo cual, es imposible ayudar a todos.

zenit: Y ahí es donde entra la colaboración de Caritas Internationalis, ¿cómo trabajan conjuntamente con ellos?

Mons. Tejado: Lo que hemos hecho ha sido rápidamente ponernos en contacto con quien es uno de nuestros brazos: La Confederación de Caritas Internationalis y les hemos pedido colaboración en esto. Les hemos pedido que hagan los proyectos, que busquen los fondos, porque para nosotros es un trabajo que nos excede completamente en nuestras capacidades.

Caritas es una confederación que está en todo el mundo, en todas las naciones, en todas las diócesis, en muchísimas las parroquias, y tienen un contacto con la realidad mucho más real.

Con Caritas, con la cual, el Dicasterio del Desarrollo Humano Integral tiene una relación especial, en seguida hemos pedido una colaboración y nosotros hemos ayudado a financiar algunos proyectos –ya hemos ayudado a más de 25 naciones–, proyectos tampoco muy elevados de cantidad, según nuestras posibilidades, y junto con la Caritas, ya hemos dado respuesta a una primerísima emergencia sanitaria.

La respuesta de la Iglesia es una respuesta multiforme, no es solamente lo que hace el Dicasterio o Caritas Internationalis, evidentemente, hay infinidad de organizaciones que están ayudando y que se están moviendo, con el principio de subsidiariedad, cada una en los terrenos y en las naciones con las cuales tienen ya una relación ya sólida. Hay otros fondos, por ejemplo, el fondo de emergencia en las Obras Misionales Pontificias (OMP), que también se ha abierto, desde la Reunión de las Obras para la Ayuda a las Iglesias Orientales (ROACO), o sea, es multiforme la ayuda que está dando.

zenit: En este proceso de escucha, ¿qué aspectos abordan con las iglesias locales?

Mons. Tejado: Hay dos tipos: La fase sanitaria y la fase humanitaria (la fase de los problemas que trae la pandemia). Son como dos fases distintas: la fase sanitaria es la primera, los coloquios van todos en esa dirección, y luego empezó a moverse todo hacia la crisis humanitaria, que en muchos países se va a dar.

Muchos países están en la fase 1, otros ya… en otra fase. Es un poco este movimiento entre los dos momentos, y en este momento estamos. Algunas naciones están todavía en la fase sanitaria, otras ya han pasado a trabajar a través de Cáritas y otras muchas organizaciones a ayudar a gente que está pasándolo mal para comer. Entonces estamos ahí, pasando de un sitio a otro dependiendo de con quien hablamos.

zenit: El grupo que usted dirige se dedica a escuchar y apoyar a las iglesias locales, en un servicio que las hace protagonistas de las situaciones que viven. ¿Cómo debe asumir la Iglesia local la situación? ¿Qué pasos debe dar?

Mons. Tejado: Cada Iglesia es distinta. Lo importante es que cada una se organice según sus propias fuerzas y según su propia idiosincrasia. Las situaciones son muy distintas desde el punto de vista sanitario y desde el punto de vista humanitario. Las situaciones de las iglesias son muy distintas, como presencia en el ámbito sanitario –en algunos países, por ejemplo, se han desarrollado muchísimo la presencia de las congregaciones que se ocupan de la salud, en otras menos…–. Es muy variado, no se puede dar un único criterio y hay que dejarlo un poco a la genialidad de cada Iglesia y a la capacidad de cada Iglesia que tiene de organizarse. No existen esquemas preconcebidos ante esta emergencia tan atípica.

zenit: La Santa Sede informó de que esta comisión se ha creado para cinco años. ¿Cómo están gestionando los plazos? ¿Están trabajando en diferentes fases?

Mons. Tejado: Habrá que ver la realidad como se desarrolla. Lo que el Papa nos pedido es construir un poco la idea para el futuro, porque el futuro está por llegar. Acabamos de empezar esta crisis, ahora llega la crisis humanitaria, la crisis económica, la crisis del trabajo… Y vamos a ver como se desarrolla también esto, todo está por ver. La Iglesia siempre tiene que “alargar la vista” (como se dice aquí), hay que navegar un poco en lo que va sucediendo y darle una respuesta de fe. El Papa nos ha pedido este construir el futuro, esto no es solamente dar ideas, es vivir con las personas, darles una palabra de fe que pueda iluminar lo que pueda venir en cada nación, porque cada nación tendrá unas consecuencias diversas.

¿Cinco años? Bueno, pueden ser cinco, como pueden ser dos, como pueden ser siete… Habrá que irlo decidiendo poco a poco. Nos hemos dado cuatro fases: La primera fase es la escucha; la segunda fase es construir una estrategia para el futuro; la tercera es crear unos planes de acción, después de hacer una estrategia que nace de la iglesia local, y luego hay que buscar propuestas de cosas concretas. Pero repito, dependerá mucho de las naciones, dependerá mucho de la evolución de la misma crisis, pero sí, ya hemos preparado una serie de fases que pueden ayudar a las iglesias locales a que tener también elementos para poder afrontar la crisis.

Aunque la fase de la escucha no acaba nunca. La escucha no puede acabar. Es un “escuchar” y un “acompañar” y un “vivir juntos, en comunión”. Así es como trabaja la Iglesia, no tiene otro método.

zenit: Entre los objetivos que persigue la Comisión Vaticana está “actuar ahora para el futuro” y “mirar al futuro con creatividad”. ¿Cómo puede trabajar la Iglesia por el futuro?

Mons. Tejado: Poniéndose a la luz del Evangelio, yo creo que no hay otra manera, y viviendo a la luz de la fe los problemas que se viven. Solamente el Evangelio podrá dar una respuesta a lo que será, a lo que serán nuestros planes y a lo que será nuestra lectura de la realidad. Yo creo que la Iglesia siempre se puede que poner a la luz del Evangelio para construir el futuro, no hay otro camino. El diálogo con todos, evidentemente, como siempre hacemos, pero a la luz del Evangelio, que es la que tiene que iluminar todo lo que hacemos.

zenit: Dicen que esta crisis está sacando lo mejor y lo peor del ser humano. A nivel antropológico y espiritual, ¿cómo cree que la pandemia cambiará al hombre?

Mons. Tejado: Para mí es pronto para hacer una lectura sobre esto. Yo vivo y trabajo en una parroquia. Cuando termino mi trabajo en la Santa Sede, voy a una parroquia a vivir y trabajar. Hay de todo. Un poco la presencia de Iglesia –por lo menos en la que yo vivo, es muy local, no puedo hablar por todo el mundo—ha aumentado, sí. Hay mucha gente que quiere hablar con un sacerdote, que quiere compartir algunas inquietudes, etc. Sin lugar a dudas, este tiempo ha puesto de nuevo al hombre en su sitio. Existe en el hombre la tendencia a asegurar todo, esto es humano. La técnica, la ciencia, nos ha permitido un poco pensar que las cosas estaba seguras y que el mundo tenía que ir por una cierta dirección, esta pandemia nos ha destruido un poco esta certeza. Entonces el hombre siempre busca una certeza en su vida, porque no puede vivir en una incerteza. El hombre tiene que buscar esta certeza. ¿La va a buscar en Dios? No lo sé. Yo creo que sí, yo tengo fe. Es un momento muy privilegiado para la Evangelización, para dar a Cristo como los verdaderos cimientos. El hombre necesita una roca donde apoyar su vida. Yo sé que esa roca es Jesucristo, lo sé, lo conozco, lo he vivido personalmente. Yo sé que hay muchas personas que están buscando una roca donde construir.

Son ideas, pero creo que es un poco pronto, que tenemos que esperar a que las cosas se asienten, que vuelvan a una cierta normalidad, conocer la reacción de las personas y como Dios va a buscar a las personas, porque siempre las busca. Tenemos que reflexionar sobre esto.

zenit: El Santo Padre les ha encomendado que hagan una reflexión respecto a los “desafíos socioeconómicos del futuro” y que propongan “criterios para afrontarlos”. ¿Es hora de cambiar el modelo socioeconómico?

Mons. Tejado: La Iglesia lo está diciendo desde siempre, que un modelo basado solamente en las finanzas, el Papa lo dice continuamente, el poder del dinero y la especulación no ayuda a la humanidad, y sobre todo, al final los que pagan son siempre los más pobres. Ese modelo tendría que cambiar, no es fácil… Ya empiezan a hacerse las especulaciones también aprovechándose de la COVID-19, siempre hay gente que aprovecha estas situaciones…

Sí, tiene que cambiar. El Papa lleva muchísimo hablando de esto, le ha pedido una reflexión muy seria al segundo grupo de análisis, sobre todo de este tema. Tendría que cambiar en términos de solidaridad entre los países, una distribución justa de las riquezas, una justicia social, una sanidad que llegue a todos… ¡son tantos retos que la humanidad tiene! Creo que esto que estamos viendo nos va ayudar a poner en la luz la Doctrina Social de la Iglesia, hacer un claro en todo esto. La gente está buscando en la Iglesia una respuesta a todo esto, una respuesta que es multilateral, no solamente la dimensión del trabajo, sino también la economía, las finanzas, la salud, la ecología integral… todo esto.

 

Fallece Georg Ratzinger, hermano mayor de Benedicto XVI

A los 96 años

(zenit – 1 julio 2020).- Monseñor Georg Ratzinger, hermano mayor de Benedicto XVI ha fallecido en Ratisbona, Alemania, a la edad de 96 años, informó la Conferencia de Obispos Católicos de Alemania en su página de Facebook.

Georg recibió hace dos semanas una última visita de su hermano, el papa emérito, durante la cual los dos hermanos se despidieron. Ambos compartieron varios encuentros privados y celebraron Misa juntos.

Georg Ratzinger, sacerdote y músico

De acuerdo a Katholisch.de, portal de Internet de la Iglesia Católica en Alemania, Georg Ratzinger nació en 1924 en Pleiskirchen, cerca de Altötting, Alemania. En 1951 fue ordenado junto con su hermano por el cardenal Michael von Faulhaber como sacerdote de la arquidiócesis de Munich y Freising.

Además de su ministerio sacerdotal, realizó estudios de Música eclesial en la Academia de Música de Munich. Después de su primer compromiso como director de coro en Traunstein, fue nombrado en 1964 director de la catedral de Ratisbona, donde también estuvo a cargo del coro de niños conocido como “Regensburger Domspatzen”.

Ha realizado numerosas giras de conciertos por todo el mundo y ha dirigido muchas grabaciones para Deutsche Grammophon, Ars Musici y otros importantes sellos discográficos con producciones dedicadas a Bach, Mozart, Mendelssohn y otros autores.

Hermano del papa

Según indica Vatican News en italiano, Georg Ratzinger era un hombre sencillo y poco acostumbrado a la diplomacia. Por ejemplo, nunca ocultó el hecho de que no se alegró por la elección de su hermano en abril de 2005: “Debo admitir que no me lo esperaba  y me quedé un poco decepcionado… Dados sus gravosos compromisos, comprendí que nuestra relación tendría que reducirse mucho. En cualquier caso, detrás de la decisión humana de los cardenales está la voluntad de Dios, y a esto debemos decir que sí”.

Fue uno de los primeros en recibir la histórica decisión del entonces pontífice de renunciar al ministerio petrino por razones de edad. “La edad se hace notar”, comentó Georg después del anuncio en febrero de 2013, “mi hermano desea más paz en la vejez”, añadió.

Visitas a Benedicto XVI

A pesar de los problemas con sus piernas y su vista, el hermano mayor del papa emérito continuó viajando desde Ratisbona a Roma, permaneciendo en el monasterio Mater Ecclesiae durante distintos períodos y haciendo compañía a Benedicto.

También había aparecido, con algunas entrevistas, en el documental de 29 minutos realizado por el periodista Tassilo Forchheimer para la Bayerischer Rundfunk, una emisora local de radio y televisión pública del Estado Federado de Baviera, emitido en enero de 2020.

 

 

EL VALOR INFINITO DE LA MISA

— El sacrificio de Isaac, imagen y figura del Sacrificio de Cristo en el Calvario. Valor infinito de la Misa.

— Adoración y acción de gracias.

— Expiación y propiciación por nuestros pecados; impetración de todo aquello que necesitamos.

I. Leemos en el libro del Génesis1 cómo Dios quiso probar la fe de Abrahán. Le había sido prometido que su descendencia sería como las estrellas del cielo. El Patriarca ve el paso del tiempo hasta llegar a una edad muy avanzada; y su mujer era estéril. Pero él siguió creyendo en la palabra de Dios.

Yahvé le había anunciado que tendría un hijo, y Abrahán lo creyó contra toda esperanza; cuando al fin vino al mundo lo llamó Isaac, y cuando, ya mayor, constituía el premio a su confianza, Dios, señor de la vida y de la muerte, le mandó que lo sacrificara: Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en uno de los montes que Yo te indicaré. Pero en el momento en que iba a sacrificar al hijo amado, el Ángel del Señor le detuvo. Y oyó el Patriarca estas palabras llenas de bendiciones sobreabundantes: Por haber hecho esto, por no haberte reservado a tu hijo, tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo serán bendecidos en tu descendencia, porque me has obedecido.

Los Padres de la Iglesia han visto en el sacrificio de Isaac un anuncio del sacrificio de Jesús. Isaac, el único hijo de Abrahán, el amado, cargado con la leña hacia el monte donde va a ser sacrificado, es figura de Cristo, el Unigénito del Padre, el Amado, que camina con la cruz a cuestas hacia el Calvario, donde se ofrece como sacrificio de valor infinito por todos los hombres.

En la Misa, después de la Consagración, el Canon Romano celebra la memoria de esta oblación de Abrahán, la entrega de su hijo. Él es nuestro «padre en la fe». Dirige tu mirada serena y bondadosa sobre esta ofrenda, decimos a Dios Padre: acéptala como aceptaste los dones del justo Abel, el sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe, y la oblación pura de tu sumo sacerdote Melquisedec...2.

La obediencia de Abrahán es la máxima expresión de su fe sin condiciones a Dios. Por eso, recobró de nuevo a Isaac y, después de haberlo ofrecido, lo recibió como un símbolo. Pensaba, en efecto, que Dios es poderoso para resucitar de entre los muertos; por eso lo recobró y fue como una imagen de lo venidero3.

Orígenes señala que el sacrificio de Isaac nos hace comprender mejor el misterio de la Redención. «El hecho de que Isaac llevara la leña para el holocausto es figura de Cristo que llevó su cruz a cuestas. Pero, al mismo tiempo, llevar la leña para el holocausto es tarea del sacerdote. Luego Isaac fue a la vez víctima y sacerdote (...). Cristo es al mismo tiempo Víctima y Sumo Sacerdote. Según el espíritu, en efecto, ofrece la víctima a su Padre; según la carne, Él mismo es ofrecido sobre el altar de la Cruz»4. Por eso, cada Misa tiene un valor infinito, inmenso, que nosotros no podemos comprender del todo: «alegra toda la corte celestial, alivia a las pobres almas del purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones, y da más gloria a Dios que todos los sufrimientos de los mártires juntos, que las penitencias de todos los santos, que todas las lágrimas por ellos derramadas desde el principio del mundo y todo lo que hagan hasta el fin de los siglos»5.

II. Aunque todos los actos de Cristo fueron redentores, existe, sin embargo, en su vida un acontecimiento singular que destaca sobre todos, y al que todos se dirigen: el momento en que la obediencia y el amor del Hijo ofrecieron al Padre un sacrificio sin medida, a causa de la dignidad de la Ofrenda y por el Sacerdote que la ofrecía. Y es Él quien permanece en la Misa como Sacerdote principal y Víctima realmente ofrecida y sacramentalmente inmolada.

En la Santa Misa, los frutos que miran inmediatamente a Dios, como la adoración y la acción de gracias, se producen siempre en su plenitud infinita, sin depender de nuestra atención, ni del fervor del sacerdote. En cada Misa se ofrecen infaliblemente a Dios una adoración, una reparación y una acción de gracias de valor sin límites, porque es Cristo mismo quien la ofrece y el que se ofrece. Por eso, es imposible adorar mejor a Dios, reconocer su dominio soberano sobre todas las cosas y sobre todos los hombres. Es la realización más acabada del precepto: Adorarás al Señor tu Dios y a Él solo servirás6.

Es imposible dar a Dios una reparación más perfecta por las faltas diariamente cometidas que ofreciendo y participando con devoción del Santo Sacrificio del Altar7. Es imposible agradecerle mejor los bienes recibidos que a través de la Santa Misa: Quid retribuam Domino pro omnibus quae retribuit mihi?... ¿Cómo retribuiré a Dios por todos los beneficios que ha tenido conmigo? Elevaré el cáliz de la salvación e invocaré el nombre del Señor8. Qué gran oportunidad para agradecer a Dios tantos bienes como recibimos..., pues a veces es posible que nos olvidemos de dar gracias a Dios por sus dones, tantos y tantos; puede sucedernos como a los leprosos curados por Jesús...

«La adoración, la reparación y la acción de gracias son efectos infalibles del sacrificio de la Misa que miran al mismo Dios»9, ya que es el mismo el que ofrece y se ofrece. ¡Qué honor tan grande el de los sacerdotes, al prestarle a Cristo la voz y las manos en el sacrificio eucarístico! ¡Qué grandeza la de los fieles de poder participar en tan gran Misterio!

«Dile al Señor que, en lo sucesivo, cada vez que celebres o asistas a la Santa Misa, y administres o recibas el Sacramento Eucarístico, lo harás con una fe grande, con un amor que queme, como si fuera la última vez de tu vida.

»—Y duélete, por tus negligencias pasadas»10.

III. En el monte Moria no fue sacrificado Isaac, el hijo único y amado de Abrahán; en el Calvario, Jesús padeció y murió por todos nosotros, pro peccatis, a causa de nuestros pecados. Este fruto de expiación y de propiciación alcanza también a las almas de quienes nos precedieron y que se purifican en el Purgatorio, esperando el traje de bodas11 para entrar en el Cielo.

El sacrificio eucarístico realiza, por sí mismo y por su propia virtud, el perdón de los pecados; «pero lo opera de una manera mediata... Por ejemplo, una persona que pida a Dios sin asistir al sacrificio la gracia de mudar de vida y de confesarse, la obtendrá solo en virtud de su fervor y de sus instancias...; pero si oye Misa con este fin es seguro que obtendrá este favor eficazmente con tal de que no oponga obstáculos a ello»12.

Jesucristo, al ofrecerse al Padre, pide por todos. Él vive para interceder por nosotros13. ¿Qué mejor momento encontraríamos que este de la Santa Misa para acercarnos a pedir lo que tanto necesitamos?

Cada Misa es ofrecida por la Iglesia entera, que suplica a su vez por todo el mundo. «Cada vez que se celebra una Misa es la sangre de la Cruz la que se derrama como lluvia sobre el mundo»14. Junto a la Iglesia, pedimos de modo particular por el Papa, el obispo diocesano, el propio prelado y todos los demás que, «fieles a la verdad, promueven la fe católica y apostólica»15. Junto a este fruto general de la Misa, hay también un fruto especial, de diverso modo, para quienes participan en el Santo Sacrificio: quienes han procurado que se celebre; para el sacerdote hay un fruto especialísimo irrenunciable, puesto que depende de su voluntad meritoria el que se diga la Misa; participan de este fruto especial los acólitos, los cantores... y todo el pueblo santo que esté presente en el Sacrificio, cada uno según sus disposiciones: todos los circunstantes, cuya fe y entrega bien conoces... Por ellos y todos los suyos, por el perdón de sus pecados y la salvación que esperan, te ofrecemos y ellos mismos te ofrecen este sacrificio de alabanza a ti, eterno Dios, vivo y verdadero16.

Además de los frutos de alabanza y de adoración a Dios, también produce la Santa Misa, de modo infinito e ilimitados en sí mismos, los frutos de remisión de nuestros pecados y de impetración de todo aquello que necesitamos, pero son finitos y limitados según nuestras disposiciones. Por eso es tan importante la preparación del alma con la que nos acercamos a participar de este único Sacrificio, y los momentos de recogimiento ya acabada la acción sagrada. «¿Estáis allí –pregunta el Santo Cura de Ars– con las mismas disposiciones que la Virgen Santísima en el Calvario, tratándose de la presencia de un mismo Dios y de la consumación de igual sacrificio?»17.

Pidamos a Nuestra Señora que la celebración o la participación del sacrificio eucarístico sea para nosotros la fuente donde se sacian y se aumentan nuestros deseos de Dios.

1 Primera lectura. Año I. Gen 22, 1-19. — 2 Misal Romano, Plegaria Eucarística, 1. — 3 Cfr. Heb 11, 19. — 4 Orígenes, Homilías sobre el Génesis, 8, 6, 9. — 5 Santo Cura de Ars, Sermón sobre la Santa Misa. — 6 Mt 4, 10. — 7 Conc. de Trento, Sesión 22, c. 1. — 8 Sal 115, 12. — 9 R. Garrigou-Lagrange, El Salvador, p. 457 — 10 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 829 — 11 Cfr. Mt 22, 12. — 12 Anónimo, La Santa Misa, Rialp, Madrid 1975, p. 95. — 13 Cfr. Heb 7, 25. — 14 Ch. Journet, La Misa, Desclée de Brouwer, 2ª ed., Bilbao 1962, p. 182. — 15 Misal Romano, Plegaria Eucarística, I. — 16 Ibídem. — 17 Santo Cura de Ars, Sermón sobre el pecado.

 

 

“¿Cómo quieres que te oigan?”

Corres el gran peligro de conformarte con vivir –o de pensar en que debes vivir– como un "niño bueno", que se aloja en una casa ordenada, sin problemas, y que no conoce más que la felicidad. Eso es una caricatura del hogar de Nazaret: Cristo, porque traía la felicidad y el orden, salió a propagar esos tesoros entre los hombres y mujeres de todos los tiempos. (Surco, 952)

2 de julio

Me parecen muy lógicas tus ansias de que la humanidad entera conozca a Cristo. Pero comienza con la responsabilidad de salvar las almas de los que contigo conviven, de santificar a cada uno de tus compañeros de trabajo o de estudio... –Esta es la principal misión que el Señor te ha encomendado. (Surco, 953)

Compórtate como si de ti, exclusivamente de ti, dependiera el ambiente del lugar donde trabajas: ambiente de laboriosidad, de alegría, de presencia de Dios y de visión sobrenatural.

–No entiendo tu abulia. Si tropiezas con un grupo de compañeros un poco difícil –que quizá ha llegado a ser difícil por tu abandono–, te desentiendes de ellos, escurres el bulto, y piensas que son un peso muerto, un lastre que se opone a tus ilusiones apostólicas, que no te entenderán...

–¿Cómo quieres que te oigan si, aparte de quererles y servirles con tu oración y mortificación, no les hablas?...

–¡Cuántas sorpresas te llevarás el día en que te decidas a tratar a uno, a otro, y a otro! Además, si no cambias, con razón podrán exclamar, señalándote con el dedo: «hominem non habeo!» –¡no tengo quien me ayude! (Surco, 954)

 

 

Algo grande y que sea amor (V): ¿Cómo se descubre la vocación?

Hay tantas historias de vocación como personas. En este editorial se muestran algunos de los hitos más frecuentes en ese camino por el que se obtiene la convicción acerca de la propia vocación.

VOCACIÓN31/01/2019

Escucha el artículo Algo grande y que sea amor (V): ¿Cómo se descubre la vocación?

 

Descarga el libro electrónico: «Algo grande y que sea amor»


El sol se ha puesto en Judea. Un inquieto Nicodemo acude a Jesús. Busca respuestas a lo que bulle en su interior. La llama de una lámpara esculpe sus rostros. El diálogo que sigue entre susurros está lleno de misterio. Las respuestas del Nazareno a sus preguntas le dejan perplejo. Jesús le advierte: «El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu» (Jn 3,8). La vocación, toda vocación, es un misterio, y su descubrimiento, un don del Espíritu.

Dice el libro de los Proverbios: «Tres cosas hay que me maravillan y cuatro que ignoro: el camino del águila por los cielos, el camino de la serpiente por la roca, el camino de la nave por el mar y el camino del varón por la doncella» (Pr 30,18-19). Con más razón aún, ¿quién, sin la ayuda de Dios, podría seguir el rastro de la gracia en un alma, identificar su propósito y descubrir el sentido y destino de una vida? ¿Quién, sin estar guiado por los dones del Espíritu Santo, sería capaz de saber «de dónde viene y adónde va» ese soplo divino en el alma, muchas veces audible en forma de anhelos, incertidumbres, presagios y promesas? Es algo que nos supera totalmente. Por eso, lo primero que necesitamos para vislumbrar nuestra llamada personal es humildad: ponernos de rodillas ante lo inefable, abrir nuestro corazón a la acción del Espíritu Santo, que siempre puede sorprendernos.

¿CUÁNTOS CAMINOS HAY PARA LLEGAR A DIOS? TANTOS COMO HOMBRES (CARDENAL RATZINGER)

Para descubrir la propia vocación, o para ayudar a alguien a hacerlo, no es posible, por tanto, «ofrecer fórmulas prefabricadas, ni métodos o reglamentos rígidos»[1]. Sería como intentar «poner raíles a la acción siempre original del Espíritu Santo»[2], que sopla donde quiere. En una ocasión, preguntaron al cardenal Ratzinger: «¿cuántos caminos hay para llegar a Dios?». Con desconcertante sencillez, respondió: «tantos como hombres»[3]. Hay tantas historias de vocación como personas. En estas páginas mostraremos, para ayudar a reconocerlos, algunos de los hitos más frecuentes en ese camino por el que se obtiene la convicción acerca de la propia vocación.

 

Inquietud de corazón

Nicodemo percibe una inquietud en su corazón. Ha oído predicar a Jesús, y se ha conmovido. Sin embargo, algunas de sus enseñanzas le escandalizan. Ha presenciado con asombro sus milagros, sí, pero le inquieta la autoridad con que Jesús expulsa a los mercaderes del Templo, al que llama «la casa de mi Padre» (cfr. Jn 2,16). ¿Quién se atreve a hablar así? Por otra parte, en su interior apenas puede reprimir una secreta esperanza: ¿Será este el Mesías? Pero aún está lleno de incertidumbres y dudas. No acaba de dar el paso de seguir abiertamente a Jesús, aunque busca respuestas. Y por eso acude a Él de noche: «Rabbí, sabemos que has venido de parte de Dios como Maestro, pues nadie puede hacer los prodigios que tú haces si Dios no está con él» (Jn 3,2). Nicodemo está inquieto.

Lo mismo ocurre con otros personajes del Evangelio, como aquel joven que se acerca un día corriendo a Jesús y le pregunta: « Maestro, ¿qué obra buena debo hacer para alcanzar la vida eterna?» (Mt 19,16). Está insatisfecho. Tiene el corazón inquieto. Piensa que es capaz de más. Jesús le confirmará que su búsqueda tiene fundamento: «Una cosa te falta…» (Mc 10,21). Podemos pensar también en los apóstoles Andrés y Juan. Jesús, viendo que le seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?» (Jn 1,38). Unos y otros eran «buscadores»: estaban a la espera de un acontecimiento maravilloso que cambiara sus vidas y las llenara de aventura. Tenían el alma abierta y hambrienta, llena de sueños, anhelos y deseos. Inquieta.

En una ocasión un joven le preguntó a san Josemaría cómo se sentía la vocación a la Obra. Su respuesta fue: «No es cosa de sentimiento, hijo mío, aunque uno se da cuenta de cuándo el Señor llama. Se está inquieto. Se nota una insatisfacción… ¡No estás contento de ti mismo!»[4]. Con frecuencia, en el proceso de búsqueda de la propia vocación, todo empieza con esta inquietud de corazón.

Una presencia amorosa

Pero ¿en qué consiste esa inquietud? ¿De dónde viene? Al relatar la escena del joven que se acerca al Señor, san Marcos dice que Jesús, mirándolo, lo amó (Mc 10,21). Así hace también con nosotros: de algún modo, percibimos en nuestra alma la presencia de un amor de predilección que nos escoge para una misión única. Dios se hace presente en nuestro corazón, y busca el encuentro, la comunión. Sin embargo, esa meta aún está por alcanzar, y de ahí nuestra inquietud.

LA LLAMADA ATRAE, A LA VEZ QUE PRODUCE RECHAZO; IMPULSA A ABANDONARSE EN EL AMOR, A LA VEZ QUE ASUSTA EL RIESGO DE LA LIBERTAD

Esta presencia amorosa de Dios en el alma puede manifestarse de distintos modos: anhelos de una mayor intimidad con el Señor; ilusión de saciar con mi vida la sed de Dios de las almas; deseos de hacer crecer la Iglesia, familia de Dios en el mundo; añoranza de una vida en la que verdaderamente rindan los talentos recibidos; el sueño de aliviar tanto sufrimiento en todas partes; la conciencia de ser un agraciado: «¿Por qué yo tanto y otros tan poco?».

La llamada de Dios puede revelarse también en sucesos aparentemente fortuitos, que remueven interiormente y dejan como un rastro de su paso. Al contemplar su propia vida, explicaba san Josemaría: «El Señor me fue preparando a pesar mío, con cosas aparentemente inocentes, de las que se valía para meter en mi alma esa inquietud divina. Por eso he entendido muy bien aquel amor tan humano y tan divino de Teresa del Niño Jesús, que se conmueve cuando por las páginas de un libro asoma una estampa con la mano herida del Redentor. También a mí me han sucedido cosas de este estilo, que me removieron»[5].

Otras veces, esa presencia amorosa se descubre a través de personas o modos de vivir el Evangelio que han dejado la huella de Dios en nuestra alma. Porque, aunque a veces es un acontecimiento o un encuentro inesperado el que nos cambia la vida, es muy habitual que nuestra llamada tome forma a partir de lo que hemos vivido hasta ese momento. Por último, en ocasiones son algunas palabras de la Sagrada Escritura las que hieren el alma, anidan en su interior y resuenan dulcemente, quizá incluso para acompañarle a uno a lo largo de la vida. Así le sucedió por ejemplo a Santa Teresa de Calcuta con una de las palabras de Jesús en la Cruz: «Tengo sed» (Jn 19,28); o a san Francisco Javier, para quien fue decisiva esta pregunta: «¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?» (Mt 16,26).

Pero quizá lo más característico de esa inquietud de corazón es que toma la forma de lo que podríamos llamar una simpatía antipática. Con palabras de san Pablo VI, la llamada de Dios se presenta como «una voz inquietante y tranquilizante a un tiempo, una voz dulce e imperiosa, una voz molesta y a la vez amorosa»[6]. La llamada nos atrae a la vez que nos produce rechazo; nos impulsa a abandonarnos en el amor, a la vez que nos asusta el riesgo de la libertad: «Nos resistimos a decir que sí al Señor, se quiere y no se quiere»[7].

Unir los puntos en la oración

Nicodemo acude a Jesús empujado por su inquietud. La figura amable del Señor ya está presente en su corazón: ya ha empezado a amarle, pero necesita encontrarse con Él. En el diálogo que sigue, el Maestro le descubre nuevos horizontes: «en verdad te digo que si uno no nace de lo alto no puede ver el Reino de Dios», y le invita a una vida nueva, a un nuevo comienzo; a nacer «del agua y del Espíritu» (Jn 3,5). Nicodemo no comprende, y pregunta con sencillez: ¿y eso cómo puede ser? (cfr. Jn 3,9). En ese encuentro cara a cara con Jesús, poco a poco, irá cobrando forma una respuesta acerca de quién es él para Jesús, y quién debería ser Jesús para él.

Para que la inquietud de corazón adquiera un significado relevante en el discernimiento de la propia vocación, debe ser leída, valorada e interpretada en la oración, en el diálogo con Dios: «¿Por qué sucede esto ahora, Señor? ¿Qué me quieres decir? ¿Para qué estos anhelos e inclinaciones en mi corazón? ¿Por qué esto me inquieta a mí y no a quienes me rodean? ¿Por qué me amas tanto? ¿Cómo hacer el mejor uso de estos dones que me has dado?». Solo con esta disposición habitual de oración se vislumbra el cuidado amoroso de Dios ­—su Providencia— en los sucesos de nuestra vida, en las personas que hemos ido encontrando, incluso en el modo en que se ha ido moldeando nuestro carácter, con sus gustos y aptitudes. Es como si Dios, a lo largo del camino, nos hubiera ido poniendo unos puntos que, solo ahora, al unirlos en la oración, van cobrando la forma de un dibujo reconocible.

LO PRIMERO Y FUNDAMENTAL ES ACERCARSE A JESÚS EN LA ORACIÓN, Y APRENDER A MIRAR CON SUS OJOS LA PROPIA VIDA

Benedicto XVI lo explicaba así: «El secreto de la vocación está en la relación con Dios, en la oración que crece justamente en el silencio interior, en la capacidad de escuchar que Dios está cerca. Y esto es verdad tanto antes de la elección, o sea, en el momento de decidir y partir, como después, si se quiere perseverar y ser fiel en el camino»[8]. Por eso, para quien se pregunte por su vocación, lo primero y fundamental es acercarse a Jesús en la oración, y aprender a mirar con sus ojos la propia vida. Le pasará quizá como a aquel ciego a quien Jesús unta con saliva en los ojos: al principio ve borroso; los hombres le parecen como árboles andantes. Pero deja que el Señor insista aún, y acaba viendo ya todo con claridad (cfr. Mc 8,22-25).

El detonante

Dos años más tarde de aquel encuentro nocturno con Jesús tendrá lugar un acontecimiento que obligará a Nicodemo a tomar una posición definida, y a darse a conocer abiertamente como discípulo del Señor. Instigado por los príncipes de los sacerdotes y los fariseos, Pilato crucifica a Jesús de Nazaret. José de Arimatea consigue el permiso para retirar su cuerpo y sepultarlo. Y escribe san Juan: «Nicodemo, el que había ido antes a Jesús de noche, fue también» (Jn 19,39). La Cruz del Señor, el abandono de sus discípulos, y quizás el ejemplo de fidelidad de José de Arimatea, interpelan personalmente a Nicodemo y le obligan a tomar una decisión: «Otros hacen esto; yo ¿qué voy a hacer con Jesús?».

Un detonante es una pequeña cantidad de explosivo, más sensible y menos potente, que se inicia por medio de una mecha o una chispa eléctrica, y hace estallar así la masa principal de explosivo, menos sensible, pero más potente. En el proceso de búsqueda de la propia vocación es frecuente que exista un acontecimiento que, como un detonante, actúe sobre todas las inquietudes del corazón, y les haga cobrar un sentido preciso, señalando un camino e impulsando a seguirlo. Este acontecimiento puede ser de muy diverso tipo, y su carga emocional puede tener mayor o menor entidad. Lo importante, igual que sucede con la inquietud de corazón, es que sea leído e interpretado en la oración.

El detonante puede ser una moción divina en el alma, o el encuentro inesperado con lo sobrenatural, como lo que sucedió al Papa Francisco cuando rondaba los 17 años. Era un día de septiembre, y se preparaba para salir a festejar con sus compañeros. Pero decidió pasar antes un momento por su parroquia. Cuando llegó, se encontró con un sacerdote que no conocía; le impresionó su recogimiento, por lo que decidió confesarse con él. «En esa confesión me pasó algo raro, no sé qué fue, pero me cambió la vida; yo diría que me sorprendieron con la guardia baja», evocaba a la vuelta de medio siglo. Y lo interpretaba así: «Fue la sorpresa, el estupor de un encuentro; me di cuenta de que me estaban esperando. Desde ese momento, para mí Dios es el que te primerea. Uno lo está buscando, pero Él te busca primero»[9].

Otras veces, el detonante será el ejemplo de entrega de un amigo cercano: «mi amigo se ha entregado a Dios, ¿y yo qué?»; o su invitación amable a acompañarle en un camino concreto: aquel «ven y verás» (Jn 1,46) de Felipe a Natanael. Incluso podría ser un suceso aparentemente trivial pero cargado de significación para quien ya tiene la inquietud en el corazón. Dios sabe cómo servirse de hasta muy pequeñas cosas para removernos el alma. Así le sucedió a san Josemaría cuando, en medio de la nieve, le salió al encuentro el Amor de Dios.

Con frecuencia, sin embargo, más que de una detonación se trata de una decantación, que se produce sencillamente en la maduración paulatina de la fe y el amor, a través de la oración. Poco a poco, casi sin darse uno cuenta, con la luz de Dios, se alcanza una certeza moral acerca de la vocación personal, y se toma esa decisión, con el impulso de la gracia. El beato John Henry Newman describía magistralmente este proceso, rememorando su conversión: «La certeza es instantánea, se da en un momento concreto; la duda, en cambio, es un proceso. Yo, todavía, no andaba cerca de la certeza. La certeza es una acción refleja: es saber que uno sabe. Y eso es algo que no tuve hasta poco antes de mi conversión. Pero (...) ¿quién puede decir el momento exacto en que la idea que uno tiene, como los platillos de la balanza, empieza a cambiar, y lo que era mayor probabilidad a favor de un lado empieza a ser duda?»[10]. Este proceso por decantación, en el que se llega a madurar una decisión de entrega poco a poco y sin sobresaltos, es en realidad de ordinario mucho más seguro que el provocado por el fulgurante relámpago de una señal externa, que fácilmente puede deslumbrarnos y confundirnos.

En cualquier caso, al darse ese punto de inflexión no solo se clarifica nuestra mirada: también nuestra voluntad se ve movida a abrazar ese camino. Por eso, San Josemaría pudo escribir: «Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso»[11]. La llamada es luz e impulso. Luz en nuestra inteligencia, iluminada por la fe, para leer nuestra vida; impulso en nuestro corazón, encendido en amor de Dios, para desear seguir la invitación del Señor, aunque sea con aquella simpatía antipática propia de las cosas de Dios. Por eso, conviene que cada uno pida «no solo luz para ver su camino, sino también fuerza para querer unirse a la voluntad divina»[12].

La ayuda de la dirección espiritual

No sabemos si Nicodemo consultó a otros discípulos, antes o después de ir a ver a Jesús. Quizá fuera el propio José de Arimatea quien le animara a seguir abiertamente a Jesús, sin miedo a los demás fariseos. De este modo, le habría llevado hacia su encuentro definitivo con Jesús. Precisamente en eso consiste el acompañamiento o dirección espiritual: en poder contar con el consejo de alguien que camina con nosotros; alguien que procura vivir en sintonía con Dios, que nos conoce y nos quiere bien.

Es verdad que la llamada siempre es algo entre Dios y yo. Nadie puede ver la vocación por mí. Nadie puede decidirse por mí. Dios se dirige a mí, me invita a mí, y me da la libertad de responder, y su gracia para hacerlo… a mí. Sin embargo, en este proceso de discernimiento y decisión es una gran ayuda contar con un guía experto; entre otras cosas, para confirmar que poseo las aptitudes objetivas necesarias de cara a emprender ese camino, y para asegurar la rectitud de mi intención al tomar la decisión de entrega a Dios. Por otra parte, como dice el Catecismo, un buen director espiritual puede convertirse en un maestro de oración[13]: alguien que nos ayuda a leer, madurar e interpretar las inquietudes del corazón, las inclinaciones y los acontecimientos en nuestra oración. También en este sentido, su labor ayudará a clarificar la propia llamada. Se trata, en fin, de alguien que quizá podrá decirnos un día, como san Juan a san Pedro, al divisar a lo lejos a aquel hombre que les hablaba desde la orilla: «Es el Señor» (Jn 21,7).

"¿CÓMO SE NOTA LA LLAMADA DIVINA? ES UNA VISIÓN NUEVA DE LA VIDA, COMO SI SE ENCENDIERA UNA LUZ" (SAN JOSEMARÍA)

En todo caso, el discernimiento es en buena medida un camino personal; y así es también la decisión última. El mismo Dios nos deja libres. Incluso tras el detonante. Por eso, pasado el instante inicial, es fácil que vuelvan a surgir las dudas. Dios no deja de acompañarnos, pero se queda a cierta distancia. Es cierto que Él lo ha hecho todo, y lo seguirá haciendo, pero ahora quiere que demos el último paso con plena libertad, con la libertad del amor. No quiere esclavos, quiere hijos. Y por eso, ocupa un lugar discreto, sin imponerse a la conciencia, casi podríamos decir de «observador». Nos contempla y espera paciente y humildemente nuestra decisión.

***

«Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo» (Lc 1,31-32). En el instante de silencio que siguió al anuncio del Arcángel San Gabriel, el mundo entero parecía contener la respiración. El mensaje divino había sido entregado. La voz de Dios se había dejado oír durante años en el corazón de la Virgen. Pero ahora, Dios callaba. Y esperaba. Todo dependía de la libre respuesta de aquella doncella de Nazaret. «Dijo entonces María: —He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Años más tarde, al pie de la Cruz, santa María recibiría de las manos de Nicodemo el cuerpo muerto de su Hijo. Qué impresión dejaría en este discípulo recién llegado ver cómo, en medio de ese dolor inmenso, la Madre de Jesús aceptaba y amaba una vez más los caminos de Dios: «Hágase en mí según tu palabra». ¿Cómo no darlo todo por un amor tan grande?

José Brage


[1] San Josemaría, Carta 6.V.1945, n. 42.

[2] Ibidem.

[3] J. Ratzinger, La sal de la tierra, Palabra, Madrid 1997, p. 36.

[4] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, Crónica, 1974, vol. I, p. 529.

[5] En diálogo con el Señor, edición crítico-histórica, Rialp, Madrid 2017, p. 199.

[6] San Pablo VI, Homilía, 14-X-1968.

[7] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, Crónica, 1972, p. 460.

[8] Benedicto XVI, Encuentro con los jóvenes en Sulmona, 4-VII-2010.

[9] S. Rubin y F. Ambrogetti, El Papa Francisco. Conversaciones con Jorge Bergoglio, Ediciones B, Barcelona, 2013, p. 48.

[10] Beato J.H. Newman, Apología pro vita sua, Ciudadela, Madrid 2010, p. 215.

[11] Carta 9-I-1932, citado en El Opus Dei en la Iglesia, Rialp, Madrid 1993, p. 148.

[12] F. Ocáriz, «Luz para ver, fuerza para querer», ABC, 18-IX-2018. Disponible aquí.

[13] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2690.

 

 

La gratitud nos mueve a la lucha

¿Cuáles son los verdaderos motivos que mueven a un cristiano? ¿Qué buscamos cuando decimos que queremos ser mejores? La lucha se debe centrar en Dios, no en nosotros, sugiere este texto.

VIDA ESPIRITUAL14/11/2018

Escucha el artículo «La gratitud nos mueve a la lucha»

Descarga el libro electrónico: «Para mí, vivir es Cristo» (Disponible en PDF, ePub y Mobi)


«Porque es como un hombre que al marcharse de su tierra llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno solo: a cada uno según su capacidad; y se marchó» (Mt 25,14-15). La historia de Jesús sobre los talentos nos resulta muy familiar y, como toda la Escritura, nunca deja de invitarnos a una mayor comprensión de nuestra vida de relación con Dios.

En el fondo, la parábola habla de un hombre que confía generosamente gran parte de sus riquezas a tres de sus siervos. Al hacerlo, no los trata como a simples sirvientes, sino que los implica en sus negocios. Visto de esta manera, parece que confiar es precisamente el verbo adecuado: no les da instrucciones detalladas, diciéndoles exactamente qué hacer. Lo deja en sus manos. A juzgar por su reacción –el afán con el que se esfuerzan por multiplicar la riqueza de su señor– dos de ellos lo comprendieron enseguida. Experimentaron el gesto de su señor como una señal de confianza. Podríamos incluso decir que lo veían como un gesto de amor, y por eso buscaban amorosamente agradarle, aunque no se les hubieran dado más exigencias o condiciones. «El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco» (Mt 25,16). De la misma manera, el que tenía los dos talentos ganó dos más.

LA HISTORIA DE JESÚS SOBRE LOS TALENTOS NOS INVITA A UNA MAYOR COMPRENSIÓN DE NUESTRA VIDA DE RELACIÓN CON DIOS

El otro sirviente, en cambio, percibe algo muy diferente. Siente que está siendo puesto a prueba y que, por lo tanto, no debe fracasar. Para él, es de suma importancia no tomar una decisión equivocada. «El que había recibido uno fue, hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor» (Mt 25,18). Teme disgustar a su amo, así como las consecuencias que imagina que podrían resultar de ese enfado. Por eso, le dice: «Señor, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo» (Mt 25,24-25). Como cree que su amo es duro e injusto, no siente que se le confíe nada. Lo ve como una prueba onerosa, y no como una oportunidad. Y no queriendo fallar en esa prueba, elige actuar de la manera más segura posible con las pertenencias e intereses de otra persona. El resultado es una actitud fría y despegada: «Aquí tienes lo tuyo» (Mt 25,25).

Estas dos reacciones, tan diferentes, pueden ayudarnos a considerar cómo estamos respondiendo a lo que Dios nuestro Padre nos ha confiado: nuestra vida, nuestra vocación cristiana. Ambas tienen un valor inmenso ante sus ojos. Y Él las ha puesto en nuestras manos. ¿Cómo es nuestra respuesta?

Luchar por agradecimiento, no por miedo

Para los dos primeros siervos de la parábola, la confianza de su señor era un verdadero regalo. Sabían que no se lo merecían, no tenían derecho a esperar de él un encargo semejante. De una manera nueva, entendieron que la relación con su amo no se basaba en el éxito o el fracaso de lo que hacían, sino en cómo les veía él. Más allá de lo que eran de hecho en el momento presente, era capaz de intuir lo que podían llegar a ser. Visto de esta manera, es fácil imaginar el profundo sentido de gratitud que brotaría de sus corazones. Recibir una mirada de esperanza es un auténtico don, y la respuesta más natural a un regalo es querer dar algo a cambio.

Si no tenemos presente esto, podemos confundir la importancia de la lucha en nuestra vida cristiana. Si nos esforzamos por lograr éxito para merecer así ser amados, es muy difícil que la lucha nos lleve a experimentar una paz genuina. Esforzarse por ser amado, aunque sea inconscientemente, siempre significa que los fracasos y los reveses conducirán a un profundo desaliento o, peor aún, a que la amargura invada el alma. En cambio, fundamentar nuestra lucha en la gratitud nos ayuda a evitar ese peligro.

La parábola sugiere también que los dos primeros siervos recibieron aquel don con un sentido de misión, una misión única y personal. El amo, se nos dice, dio a cada uno «según su capacidad» (Mt 25,15). Es poco probable que los sirvientes tuvieran alguna experiencia previa de inversión y supervisión de grandes sumas de riqueza. Sin embargo, al confiar en ellos, al mirarles según lo que podían llegar a ser, su señor los llamaba de hecho a ser más, a esforzarse por alcanzar lo que aún no eran. En otras palabras, con aquel don les confería una misión del todo particular. Y, puesto que vieron el don en estos términos, estuvieron inspirados y animados para estar a la altura de esa llamada. Hicieron suyos los asuntos de su señor y se esforzaron por emprender algo de lo que todavía no tenían experiencia. Se lanzaron a aprender, a crecer y a desafiarse a sí mismos, por gratitud, despreciando cualquier miedo.

Como en la parábola, Dios Padre también nos llama a cada uno de nosotros de acuerdo con lo que Él ve que podemos llegar a ser. Esto es lo más importante, y lo que queremos descubrir de nuevo en nuestra oración: cómo nos ve Dios, y no, cómo lo hacemos nosotros mismos. Queremos asegurarnos de que nuestra lucha se centre en Él, no en nosotros. Precisamente porque puedo estar seguro de la actitud de Dios hacia mí, puedo olvidarme de mí mismo y lanzarme a desarrollar y hacer crecer las riquezas que me han sido confiadas para su gloria y para el beneficio de los demás. Esta lucha nos llevará a crecer en las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, y en todas aquellas virtudes humanas que nos permiten trabajar con excelencia y ser verdaderos amigos de nuestros amigos.

Una lucha inspirada en el ejemplo de Jesús

Cada uno de nosotros anhela la paz y el consuelo, un descanso a todos nuestros esfuerzos. Jesús lo entiende perfectamente, y por eso nos invita: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera» (Mt 11,28-30). Este descanso lo experimentaremos plenamente al final de los tiempos, cuando resucitemos y toda la creación se llene de Dios como las aguas llenan los mares (cfr. Is 11,9). En el momento presente, en cambio, la paz y el descanso que Jesús nos ofrece van íntimamente ligados a la necesidad de tomar su yugo y luchar por seguirle.

«Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga» (Mc 8,34). Las palabras de Jesús no son un requisito severo, impuesto arbitrariamente. Al contrario, son fuente de un inmenso consuelo. Cristo va delante de nosotros y experimenta en su propia carne los desafíos, temores y dolores que surgen, en un mundo marcado por el pecado, al responder libremente a la llamada del Padre. Jesús no nos pide desde lejos que luchemos, sino que ha estado allí antes que nosotros; siempre nos precede. «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino que, de manera semejante a nosotros, ha sido probado en todo, excepto en el pecado. Por lo tanto, acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, para que alcancemos misericordia y encontremos la gracia que nos ayude en el momento oportuno» (Hb 4,15-16). El Señor nos propone algo que Él mismo ya ha vivido.

SAN JOSEMARÍA NOS ANIMA A CADA UNO A DESCUBRIR EN NUESTRA VIDA CÓMO SER CIRINEOS

Hablando del modo en que Simón de Cirene llevó la cruz con Jesús, san Josemaría nos anima a cada uno a descubrir en nuestra vida cómo ser cirineos: «Ser voluntariamente Cireneo de Cristo, acompañar tan de cerca a su Humanidad doliente, reducida a un guiñapo, para un alma enamorada no significa una desventura, trae la certeza de la proximidad de Dios, que nos bendice con esa elección»[1]. El descubrimiento consiste en que mi lucha –una lucha que podría sentir como injusta, de la misma manera que Simón– la llevo adelante con Jesús. Se trata de una unión con Él en el momento presente, en el esfuerzo, y no sólo cuando he tenido éxito. Aceptarla voluntariamente, como consecuencia inherente al don de mi vocación cristiana, supone abrir la puerta al descubrimiento de que Jesús mismo está esforzándose en mí y conmigo. Por lo tanto, «no se lleva ya una cruz cualquiera, se descubre la Cruz de Cristo, con el consuelo de que se encarga el Redentor de soportar el peso»[2].

Al mismo tiempo, el Señor nos invita también a ver los resultados de una vida que abraza la Cruz: la victoria sobre el pecado y la muerte, y su glorificación por el Padre. A causa de la Resurrección, en Jesús tenemos una prueba absolutamente inquebrantable del valor que tiene esforzarse por ser fieles a lo que nuestro Padre Dios nos ha confiado. Como nos dice san Pablo: «la leve tribulación de un instante se convierte para nosotros, incomparablemente, en una gloria eterna y consistente» (2 Cor 4,17). Junto a Jesús podemos mirar a la Cruz y ver, no un dolor inútil y sin sentido, sino victoria y redención. De este modo, seremos capaces de enmarcar los desafíos y las dificultades que necesariamente surgen cuando tratamos de seguir fielmente a Cristo en su ejemplo por multiplicar y hacer fructífero lo que el Padre le había confiado.

La gracia transfigura la lucha, sin eliminarla

Quizás el sirviente que enterró el talento se sintió abrumado, entristecido incluso por el esfuerzo que implicaba lo que veía hacer a sus compañeros. Comparándose con ellos, y tal vez sintiéndose inadecuado para tal tarea, buscó un camino más fácil y seguro. Así que cavó un hoyo y enterró el regalo que se le había confiado, junto con todas las posibilidades que venían con él. Esta trama básica se repite cada vez que evitamos el esfuerzo y la incomodidad que conlleva perseguir cualquier cosa que valga la pena en la vida. No debemos olvidar que la lucha y el esfuerzo en la búsqueda amorosa del bien no son injustos ni arbitrarios. Forman parte de la naturaleza misma de la vida, la vida que el Señor ha santificado. En nuestro camino en la tierra, la unión con Jesús se producirá precisamente a través de una lucha libre y amorosa por crecer en las virtudes sobrenaturales y humanas. Porque la gracia no sustituye la dinámica propia de la vida humana, sino que la une a Dios.

Si tenemos esto en cuenta, nuestros esfuerzos y nuestra lucha no serán una expresión de autosuficiencia o de neopelaganismo. No debemos olvidar nunca que, como escribía san Pablo a los Filipenses, «Dios es quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito» (Flp 2,13). La lucha, pues, no se opone a la acción de la gracia en nosotros. En el fondo, el crecimiento en las virtudes teologales no es otra cosa que amor –divino y humano–, y la santidad, precisamente, es «la plenitud de la caridad»[3].

San Josemaría expresa esta misma verdad teológica desde la perspectiva de la oración: «Luego, mientras hablabas con el Señor en tu oración, has comprendido con mayor claridad que lucha es sinónimo de Amor, y le has pedido un Amor más grande, sin miedo al combate que te espera, porque pelearás por Él, con Él y en Él»[4]. Cuanto más intentemos vivir nuestra lucha como amor, más nos conmoverá el deseo de que ese amor, esa lucha, aumente. Superaremos la tentación de enterrar lo que hemos recibido por el deseo de evitar las incomodidades y, en su lugar, lo invertiremos en todo el empeño que ese encargo necesariamente implica.

Libres para crecer, libres para aprender

En su carta pastoral del 9 de enero, el Padre nos ayuda a considerar más profundamente la íntima relación entre libertad y lucha en nuestras vidas: «Cuanto más libres somos, más podemos amar. Y el amor es exigente: “todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Cor 13,7)»[5]. A la vez, cuanto más amamos, más nos sentimos libres, incluso en momentos difíciles o desagradables. «Cuanto más intensa es nuestra caridad, más libres somos. También actuamos con libertad de espíritu cuando no tenemos ganas de realizar algo o nos resulta especialmente costoso, si lo hacemos por amor, es decir, no porque nos gusta, sino porque nos da la gana»[6].

CUANTO MÁS NOS IDENTIFIQUEMOS CON EL DON QUE DIOS NOS HA CONCEDIDO MÁS DISPUESTOS ESTAREMOS A LUCHAR

No se trata de una técnica para conseguir hacer lo que no nos apetece hacer, borrar una realidad sombría con las palabras ‘amor’ y ‘libertad’. Más bien, se trata de una verdad profunda de nuestras almas que cada uno de nosotros está invitado a descubrir. Cuanto más nos identifiquemos con el don que Dios nos ha concedido, con nuestros talentos y nuestra misión, más dispuestos estaremos a luchar, cuando sea preciso, para cuidar y cultivar ese don. No nos moverán el miedo, ni el peso de la obligación, sino el agradecimiento a Dios, y el deseo de corresponder a su Amor. «La fe en el amor de Dios por cada una y por cada uno (cfr. 1 Jn 4,16) nos lleva a corresponder por amor. Nosotros podemos amar porque Él nos ha amado primero (cfr. 1 Jn 4,10). Saber que el Amor infinito de Dios se encuentra no solo en el origen de nuestra existencia, sino en cada instante, porque Él es más íntimo a nosotros que nosotros mismos, nos llena de seguridad»[7].

En los últimos tiempos se ha trabajado mucho para entender de nuevo la importancia de la lucha dentro del desarrollo humano integral, especialmente en el área del trabajo profesional y la educación. «Pensad un poco en los colegas vuestros que destacan por su prestigio profesional, por su honradez, por su servicio abnegado: ¿no dedican muchas horas en la jornada —y aun en la noche— a esa tarea? ¿No tenemos nada que aprender de ellos?»[8]. Seguramente podemos aprender de ellos a luchar mejor, y así ser libres para amar más. Además, quienes luchan mejor suelen tener una lucha abierta. No ven sus habilidades –sus talentos– como algo fijo o determinado. Como los dos primeros siervos de la parábola de Jesús, entienden que lo que se les confía está destinado a crecer a través del esfuerzo y la lucha. Si seguimos este ejemplo, advertiremos que la lucha en sí misma vale la pena: los reveses y las dificultades no aparecerán ya como fracasos, sino como oportunidades para aprender y mejorar; no experimentaremos el esfuerzo como una carencia, sino como una señal de progreso; y, en lugar de sentirnos heridos porque vean nuestros defectos, desearemos conocer nuestra debilidad y recibir el consejo de otros.

Posiblemente los dos primeros siervos de la parábola creyeron que lo que se les había confiado podía crecer. Fueron atraídos e inspirados por la confianza de su amo. Nosotros podemos sentirnos igualmente inspirados, igualmente de libres, cuando descubrimos una vez más cómo el amor de nuestro Padre Dios se encuentra en la misión única que nos ha confiado a cada uno de nosotros. Una misión que implica sacrificio y lucha para llevarla a cabo.

El Señor nos ha confiado una misión maravillosa. Ha querido contar con nosotros para hacer presente su Amor infinito en medio del mundo en que vivimos. Por eso, «saber que Dios nos espera en cada persona (cfr. Mt 25,40), y que quiere hacerse presente en sus vidas también a través de nosotros, nos lleva a procurar dar a manos llenas lo que hemos recibido. Y en nuestra vida, hijas e hijos míos, hemos recibido y recibimos mucho amor. Darlo a Dios y a los demás es el acto más propio de la libertad. El amor realiza la libertad, la redime: la hace encontrarse con su origen y con su fin, en el Amor de Dios»[9]. Los dos siervos que cultivaron el don de su amo finalmente descubrieron una recompensa mucho mayor que la que podían haber imaginado: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor» (Mt 25,23). Este es el gozo que buscamos, y es también el gozo que nos acompaña en nuestra lucha, lleno de la esperanza que hizo exclamar a San Pablo: «Porque estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros» (Rm 8,18).

Justin Gillespie


[1] San Josemaría, Amigos de Dios, 132.

[2] Ibídem.

[3] San Josemaría, Surco, 739.

[4] Ibídem, n. 158.

[5] F. Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 5

[6] Ibídem.

[7] Ibídem, n. 4.

[8] Amigos de Dios, n. 60.

[9] F. Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 4.

 

 

“Ante la enfermedad y la muerte”

Afrontarlas con fe y esperanza

+ Felipe Arizmendi Esquivel Obispo emérito de San Cristóbal de las Casas

VER

A nadie nos gusta enfermarnos y siempre nos preocupan los parientes, amigos o conocidos que se enferman. Menos nos gusta la muerte. Siempre la tememos y hacemos hasta lo imposible para que no nos llegue. Sin embargo, la enfermedad y la muerte son realidades que, tarde o temprano, de una forma u otra, son parte de nuestra historia.

Por la pandemia de la COVID-19, siguen aumentando los enfermos y las defunciones, pues muchos no toman en serio el peligro y no atienden las normas que las autoridades sanitarias nos indican. ¡Hay tantos imprudentes e irresponsables! Además, los grupos de delincuentes no descansan en su ambición de dinero y de poder, y causan destrucción y muerte por todas partes. Han crecido sin familia y sin Dios, o perdieron ya sus raíces religiosas.

¿Cuál es la actitud cristiana ante la enfermedad y la muerte?

PENSAR

El Concilio Vaticano II, realizado de 1962 a 1965, en su Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et Spesdice: “El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí lleva, por ser irreductible a la sola materia, se levanta contra la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no pueden calmar esta ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que hoy proporciona la biología no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge ineluctablemente del corazón humano.

Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. La fe cristiana enseña que la muerte corporal, que entró en la historia a consecuencia del pecado, será vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre en la salvación perdida por el pecado. Dios ha llamado y llama al hombre a adherirse a El con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión de la incorruptible vida divina. Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte. Para todo hombre que reflexione, la fe, apoyada en sólidos argumentos, responde satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del hombre y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros mismos queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que poseen ya en Dios la vida verdadera” (No. 18).

“¡Esta es nuestra fe! ¡Esta es la fe de la Iglesia, que nos gloriamos de profesar, en Jesucristo nuestro Señor!”, como dice una aclamación de la liturgia. En efecto, nuestra fe nos ayuda a enfrentar con mayor madurez la enfermedad y la muerte.

Ante la enfermedad, hay que cuidarnos en la medida de lo posible; acudir al médico y tomar la medicina oportuna, homeópata o alópata. Pero también orar confiada e insistentemente a nuestro Padre Dios, con la mediación de Jesucristo, apoyados por la fuerza del Espíritu Santo y la intercesión de la Virgen María y de los Santos, para que, si es su voluntad, nos conceda la salud. Hay que decirle: “Señor, si quieres, puedes curarme” (Mt 8,2). O también: “Señor, mi servidor está acostado en casa con parálisis y terribles sufrimientos” (Mt 8,6); o con la versión de Juan: “Señor, baja antes de que se muera mi niño” (Jn 4,49). O “Hijo de David, ten piedad de nosotros” (Mt 9,27). Y tantas otras plegarias que salgan de nuestro corazón, con fe y confianza, como hizo aquella mujer enferma que, con sólo tocar el manto de Jesús, quedó curada (cf Lc 8,43-44; Mc 6,56), siempre dispuestos a aceptar la voluntad de Dios, como nos enseñó Jesús: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt 6,10). Pero también ofrecer nuestros dolores por la salvación de los demás, como dice San Pablo: “Ahora me alegro de mis padecimientos por ustedes, pues así voy completando lo que falta a los sufrimientos de Cristo en mi cuerpo por el bien de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). Así, unidos a Cristo, colaboramos con El en la redención de la humanidad.

Ante el temor y la angustia por la muerte, propia o de nuestros seres queridos, hay que orar como Jesús en el Huerto de los Olivos: “¡Padre, si quieres, aparta de mí esta copa amarga, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya!” (Lc 22,42). Y ponernos en sus brazos misericordiosos, como decía Jesús al expirar: “¡Padre, en tus manos entrego mi espíritu!” (Lc 23,46). Saber llorar, sin vergüenza, como Jesús ante la muerte de su amigo Lázaro (cf Jn 11,35). Pero siempre fiados en su promesa: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, jamás morirá” (Jn 11,25-26). “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él” (Jn 6,54-56).

Se necesita mucha madurez, sobre todo cuando se tienen responsabilidades pendientes, para poder decir como Pablo: “Porque Cristo es para mí la razón de vivir, morir es una ganancia. Pero si seguir viviendo en este mundo me significa un trabajo fecundo, entonces no sabría qué elegir. Me siento atraído por ambas cosas: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que sin duda es mucho mejor, y, por otro, quiero quedarme en este mundo, ya que sería más necesario para ustedes” (Filip 1,21-24). Ojalá pudiéramos decir igualmente como el Apóstol: “El momento de mi partida es inminente. He peleado el buen combate, he concluido la carrera, he conservado la fe. Sólo me queda recibir la corona de los justos que el Señor, el justo juez, me concederá en el día final, y no sólo a mí, sino también a todos los que esperan con amor su manifestación” (2 Tim 4,6-8). Esta es una gracia que no merecemos, pero que podemos pedir, cuando prevemos nuestro fin en este mundo.

ACTUAR

Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a enfrentar las enfermedades y la muerte como nos enseña la Palabra de Dios: con fe y confianza en El, pero también con responsabilidad personal y con solidaridad hacia los demás.

 

 

Por qué el Papa Francisco ha añadido 3 nuevas letanías y qué significan

 

·

Con estas tres letanías Francisco envía un mensaje de esperanza

A través de las letanías lauretanas, la Iglesia católica ha destacado las invocaciones a la Virgen María. Se llaman así ya que provienen del santuario de Loreto. Y en ellas los Papas han incluido diversas invocaciones acordes a momentos históricos.

Por ejemplo, Benedicto XV incluyó el título “Reina de la Paz” en 1917, en medio del sufrimiento por la Primera Guerra Mundial. Pío XII sumó “Reina Asunta al Cielo” tras el dogma de la Asunción de la Virgen. Mientras que Juan Pablo II incluyó “Madre de la Iglesia” y “Reina de las Familias”.

 CORRADO MAGGIONI
Subsecretario de la Congregación para el Culto Divino
“Las letanías son un tipo de oración que nace sin estar ligada a otro tipo de oración. El Papa León XIII las sugirió y decretó indulgencia cuando se rezan al final del rosario, pero las letanías son una forma de oración que podemos rezar solos o en comunidad”.

Recientemente el Papa Francisco ha incluido tres nuevas letanías con mensajes muy actuales.

“Mater Misericordiae”: Madre de misericordia.

Con ella el Papa Francisco da continuación al mensaje del jubileo que convocó, aunque el origen de esta advocación data de la época medieval y aparece en la “Salve Regina”.

“Mater Spei”: Madre de la Esperanza.

Corrado Maggioni dice que se trata de una advocación muy acorde a los actuales momentos de pandemia.

 CORRADO MAGGIONI
Subsecretario de la Congregación para el Culto Divino
“Invocar a María como Madre de la Esperanza en estos tiempos difíciles, en los que podemos tener pensamientos de desesperación, ya que la desesperación llega en momentos en los que no se puede hacer nada más. Así podemos sentir que no estamos tan desesperados, porque la Virgen María es Madre y está cerca de nosotros en momentos de desesperación”.

“Solacium migrantium”: Consuelo de los migrantes.

Esta letanía es fruto de uno de los mensajes principales del pontificado de Francisco: la defensa de la dignidad de los migrantes y refugiados. Con ella invita a tener más presente este dramas.

 CORRADO MAGGIONI
Subsecretario de la Congregación para el Culto Divino
“La Sagrada Familia se vio obligada a migrar, tuvieron que escapar. Fueron perseguidos, migrantes. La Virgen María no es distante a quienes se ven obligados a vivir la migración forzada”.

Con estas tres letanías Francisco envía un mensaje de esperanza, misericordia y de cercanía a los dramas actuales y los confía a la Virgen María.

 

 

“En el siglo II ya había protocolos de distanciamiento” – Cayetana Johnson, arqueóloga·    

    

“Los cristianos fueron los primeros en ofrecerse para ayudar a los enfermos, mientras que otros muchos huí

CAYETANA JOHNSON (Mineápolis, 1965) Arqueóloga, excava en Israel desde 1996. Es profesora de hebreo, arameo y literatura rabínica en la Universidad Eclesiástica de San Dámaso en Madrid. Hablamos con ella de las pandemias de la antigüedad.

 

¿Ha habido en la antigüedad pandemias similares a la que estamos viviendo hoy en día?

 

Sí, ha habido situaciones muy graves desde el punto de vista sanitario.  Y gracias al testimonio de personas que pusieron por escrito lo que estaban  viendo y viviendo, podemos saber las causas, los síntomas, los efectos… Ya desde la antigüedad se distinguían tres tipos de plagas: la bubónica, que atacaba el sistema linfático y los pulmones y creaba bubones a lo largo del cuerpo; la  septicémica, una infección vírica que se producía por contacto con algún animal infectado y en la que el virus atacaba a través del torrente sanguíneo, y la neumónica, que también se desencadenaba por haber estado en contacto con animales contaminados, que afectaba al sistema respiratorio y que se contagiaba a través  de la tos y por vía aérea.

 

 

¿Y cuál fue la gran epidemia que azotó a Europa?

 

La  plaga Antonina, que tuvo lugar en el imperio romano, entre los años 165 y 190. Se la conoce por ese nombre porque tuvo lugar en tiempos de los llamados ‘cinco emperadores buenos’ (Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pio y Marco Aurelio), todos ellos pertenecientes a la dinastía Antonina. Esa plaga creó una devastación profunda, le pilló de lleno a Marco Aurelio, que sufrió la enfermedad, y está considerada  como la primera gran pandemia internacionalizada, porque afectó a buena parte del imperio romano, que entonces tenía una extensión amplísima . Le debemos a Galeno, médico, casi todo lo que sabemos de ella. Galeno fue sobre el terreno observando a los pacientes, cómo se les trataba, sus síntomas…

 

¿Y qué síntomas provocaba esa epidemia Antonina?

 

Brotes o sarpullidos en la piel, una faringitis muy severa que dificultaba que los enfermos pudiesen tragar, una fuerte sensación de sed, tos, vómitos y diarreas negras, lo indicaba un sangrado intestinal.

 

¿Y se sabe cómo llegó a Roma?

 

Se cree que llegó a través de la ruta de la seda, de los soldados romanos que estaban estacionados en Oriente Próximo: se infectaron y, al regresar a sus casas en otras partes del imperio, fueron transmitiéndola. En esa época, obviamente, no había la misma higiene que hay ahora. Además, en esa época empezó a detectarse que las ratas que había en los barcos eran transmisoras de enfermedades.  Esa epidemia provocó una auténtica debacle en el imperio romano, porque se extendió de una manera salvaje y afectó al conjunto del imperio. En ese momento la religión emergente, el cristianismo, estaba cobrando fuerza. Y Marco Aurelio, un emperador ilustradísimo y generoso en el Gobierno, ordenó  una persecución contra los cristianos, a los que  utilizó como chivo expiatorio.

 

 

¿Siempre se busca un culpable cuando hay una epidemia grave?

 

Sí. Es algo recurrente en todas las sociedades y llega hasta hoy.  Pero en el caso de Marco Aurelio, el señalar a los cristianos se volvió en su contra, porque los cristianos ya en el mundo romano dieron muestras de ayudar a los demás, de volcarse con quien más necesitado estaba. Durante la plaga Antonina, fueron de hecho los cristianos los primeros en ofrecerse a ayudar a los enfermos, mientras que muchos huían. Gran parte de la población romana se opuso por eso a la persecución de los cristianos.  Además, en la plaga Antonina empezó a haber conciencia de la importancia del distanciamiento social…

 

 

¿Me está diciendo que en el siglo II  ya había distanciamiento social?

 

Sí, ya había ciertos protocolos de distanciamiento, de separación. En la película “Ben Hur” se ve por ejemplo una zona específica donde viven los leprosos, a las afueras de Jerusalén, y ese era un patrón común. Entonces ya se sabía que determinadas enfermedades eran muy contagiosas, y para evitar su propagación se aislaba a quienes la padecían. Así mismo, en esa época ya se percataron que había personas que se inmunizaban: que después de haber superado la enfermedad  no volvían a  contraerla.

 

 

¿Y qué otras medidas se adoptaban para tratar de frenar el avance de esa plaga?

 

En aquellos lugares donde había una gran concentración de personas se quemaban barrios enteros para tratar de hacer desaparecer con fuego al ‘bicho’ causante de la plaga.  Y también se hacían enterramientos específicos para los que morían a causa de la epidemia. En 2014 en la antigua Tebas, en Egipto, se detectó un enterramiento distinto de los habituales, un enterramiento colectivo en el que los cadáveres habían sido cubiertos con cal, y se relaciona con  una plaga.

 

¿Con cuántas vidas acabó la plaga Antonina?

 

Se estima que acabó con hasta el 50% de la población en su conjunto, con unos cinco millones de personas.  Fue devastadora y, según algunos, supuso el comienzo del fin del imperio romano.  Además, después de la plaga Antonina vinieron otras plagas y eso fue debilitando cada vez más al imperio romano. Porque las plagas no sólo causaban fallecimientos masivos, empezando por el de soldados, fundamentales para mantener las fronteras,  sino que también paralizaban la economía: se cortaban todas las vías de comercio, muchos campos de cultivo eran abandonados…  La escasez de soldados fue tal que el imperio romano recluto a gladiadores y liberó a muchos esclavos para que se unieran al Ejército. Pero, aun así, empezó a haber incursiones de tribus germanas.  Además, esa pandemia tuvo un nuevo  brote en el siglo III.

 

¿Una segunda oleada?

 

Sí.  Se la conoce como plaga de Cipriano porque Cipriano, obispo de Cartago, fue testigo de ella y dejó constancia de la misma. Parece ser que se originó en el lejano Oriente y que, a través de la  ruta de la seda, llegó a  Alejandría y de ahí,  por la navegación en el Mediterráneo,  a Roma. Se cree que en esa pandemia llegaron a morir hasta  5. 000 personas al día.

 

·       IRENE HDEZ. VELASCO

 

 

¿Para qué sirven los santos?

 Jesús Ortiz López 

San Josemaría Escrivá de Balaguer.

De nuevo se celebra un aniversario de la muerte de Josemaría Escrivá elevado a los altares para la Iglesia universal el año 2002. Uno más entre los santos canonizados por la Iglesia a lo largo de los siglos, y uno de los destacados durante el siglo XX.

Fue elegido por Dios al comienzo de ese siglo para extender la llamada a la santidad para todos los cristianos, algo comúnmente admitido hoy día pero que entonces significaba una novedad ¿Hasta qué punto?

Los primeros cristianos

Desde el comienzo de la andadura de la Iglesia son muchos los santos que han vivido con fidelidad el Evangelio encarnando en la vida de Jesucristo. Basta echar una mirada a los primeros cristianos para reconocer que hubo muchos mártires perseguidos por el imperio de entonces, y ya nunca ha cesado la persecución especialmente en el siglo XX, el gran siglo de los mártires. Sellaron con su sangre la verdad del Evangelio, es decir, estaban tan seguros de haber encontrado el camino de la santidad, que no se echaron atrás ante los tormentos. Porque hay verdades tan verdaderamente fuertes que no pueden ser destruidas por la muerte, no son opiniones líquidas que desaparecen ante los peligros del mundo, y las amenazas de los poderosos.

Sin embargo, la mayoría de los primeros cristianos no fueron mártires y no por haber huido sino porque siguieron su vida normal aunque completamente transformada en el fondo y en la forma. El documento conocido como Didaché destaca que aquellos discípulos de Cristo siguen en el mundo sin ser mundanos, trabajaban donde siempre, cumplían sus obligaciones como ciudadanos, formaban familias bien unidas en la fe, y procuraban tratar con caridad incluso a sus enemigos.

No eran como los demás sino que eran los demás, como recordará san Josemaría en el pasado siglo. Tenían las mismas costumbres pero llevaban un tenor de vida ejemplar y admirable para muchos: por su honradez, su limpieza de costumbres en medio de otras depravadas, y por sus virtudes, es decir, vivían en el mundo pero no eran mundanos, como enseñó el mismo Jesucristo y los apóstoles.

Destacaba san Josemaría que cada comunidad de fieles reunía a personas de todos los estratos sociales, pues estaban representadas en ellas todas las profesiones: había médicos como Lucas, juristas como Zela, financieros como Erasto, universitarios como Apolo, artesanos como Alejandro, comerciantes, vigilantes de las cárceles y sus familias, soldados y oficiales, o algún procónsul como Sergio Paulo: eran pobres y ricos, esclavos y libres, gente civil y militares como Sebastián.

¿Dónde está la novedad?

¿Qué interés tiene por tanto san Josemaría? Enlazar con esa novedad de aquellos primeros difundiendo el mensaje da la búsqueda de la santidad en el medio del mundo con una gran fuerza apostólica, que significa naturalidad, ejemplaridad, y ciudadanía. Y difundir no solo ese mensaje esperanzador sino desarrollar el modo real de vivirlo centrando su vida en Jesucristo. Porque durante siglos aquel espíritu evangélico de santidad para todos se había diluido -no tanto en las ideas y menos en las enseñanzas de la Iglesia- por no encontrar un camino vocacional plenamente laical, con un desarrollo pastoral y ascético bien definido, para elevar el mundo desde dentro, siendo como una inyección intravenosa -escribía- en el torrente circulatorio de la sociedad: santificar el trabajo, santificarse con el trabajo, y santificar por medio del trabajo. El secreto no está tanto en la profesionalidad cuanto en la unión con Jesucristo, en la vida de oración, en el ejercicio de las virtudes humanas y cristianas, y en la vida planteada como servicio a todos.

Puede que aún muchos no vean la diferencia entre este mensaje universal y lo que muchos cristianos han vivido durante siglos, al tener como referencia un alto ideal de santidad a semejanza de los religiosos, con una ascética y unos modos adaptados a los seglares.

El Espíritu ha suscitado en el siglo XX el Opus Dei, y también nuevos movimientos seculares que han mostrado la vocación a la santidad en el mundo como una posibilidad realmente nueva. El Concilio Vaticano II ha confirmado ese nuevo espíritu proclamando la universal llamada a la santidad para todos los fieles. Esto no quiere decir que sea una adaptación de la consagración a los laicos, ni algo fácil consistente en rezar más y cumplir mejor con la Iglesia. No es así, porque lo que caracteriza a los nuevos apóstoles es transformar el mundo desde dentro, cultivando con naturalidad la amistad y las relaciones humanas, con vocación de poner a Jesucristo en la cima de las actividades humanas.

 

«Unplanned», película emotiva de una abortista arrepentida, para reflexionar, despertar y consolar

Unplanned nos mete dentro de una clínica abortista real, con su ex-directora, abortista arrepentida - mira con empatía a las trabajadoras, atrapadas en una estructura

Pablo J. Ginés/ReL

Este viernes 3 de julio se estrena "Unplanned", la película sobre el caso real de la ex-abortista Abby Johnson, en 50 ciudades de toda España (ver lista de cines y salas en la web de Unplanned.es). En Toledo, hay un preestreno oficial el jueves con la presencia del arzobispo Francisco Cerro a las 19.30 en los cines del centro comercial Luz del Tajo.

Abby Johnson fue directora de una clínica abortista en Bryan, Texas hasta que en 2009 tomó conciencia del horror del aborto y se convirtió en activista por la vida. Su interesantísimo libro testimonio de 2010, Sin Planificar (Ed.Palabra), es la base de la película, rodada por la distribuidora cristiana PureFlix y con dinero del cineasta y activo defensor de la vida Eduardo Verástegui. En 2012 Abby se hizo católica, aunque eso no figura en la película. (La clínica de Abby, ante la que rezaron muchos activistas provida, y que durante años fue un gran negocio, acabó cerrando en 2013).

La Abby Johnson real -a la izquierda- con Ashley Bratcher, la actriz que la interpreta;
"Unplanned" sigue muy de cerca el libro testimonio de 2010 de Abby (la actriz, Ashley Bratcher, casi fue abortada por su propia madre, como explicamos aquí)

La película concentra las escenas truculentas en su primer tercio. En ReL la hemos visto con una chica de 13 años, y con un chico de 12 al que le inquietan las "cosas de médicos". La chica la disfrutó y la terminó diciendo "es una película muy bonita". El chaval -especialmente aprensivo con las cosas médicas- la dejó en la tercera escena de clínica y sangre.

Una película luminosa... que denuncia la banalidad del mal

Pasado el primer tercio de película, es más bien una película luminosa, que invita al espectador a pensar y matizar, no sobre el aborto (que es un horror disfrazado de banalidad, "es una pastilla", "sólo un tejido", "hazlo tú misma en casa") sino sobre la mentalidad de sus trabajadores. Es la banalidad del mal, de los funcionarios de campo de exterminio que son majos y simpáticos, como señalaba Hanna Arendt. Como lo era Abby.

(Lea aquí la entrevista detallada de ReL con Abby Johnson)

La película ayuda a entender por qué cuesta tanto sacar de la industria del aborto a los que viven metidos dentro, obcecados como en una peculiar secta. El filme insiste en mostrar a casi todas las trabajadoras -excepto la jefa- como chicas más bien idealistas que creen hacer un bien, o simplemente pobres que han de llevar un salario a casa.

La película empieza con la escena del aborto en el que participó por sorpresa... y que cambió su forma de pensar

Hoy Abby Johnson es la mayor autoridad es sacar trabajadores de esa industria siniestra, y ha ayudado a más de 500 personas a salir de esos trabajos. Ella misma colaboró como administrativa, comercial consejera o directora en miles y miles de abortos, pensando que era algo "bueno", o al menos, "inevitable".

Todo se construye sobre el aborto que vio y la transformó

Hay quien acusa a la película de seguir una estructura de telefilme de sobremesa: chica buena pasa a ser chica mundana, que luego toma conciencia y se convierte, para después enfrentarse a los malos y ganarles. Sin embargo, la estructura de la película no es esa, de hecho es una estructura extraña porque intenta ser fiel a los hechos, y los hechos en la vida real son complejos, no son una cómoda ficción.

La película se inicia con la escena que sacó a Abby de la industria del aborto. Es curioso que esta escena -la inicial- tenga tanta fuerza. También la tiene en su libro. Y los artículos reales hoy en internet de periodistas pro-aborto -casi todos basados en los de Nate Blakeslee- buscando detalles para desacreditar a Abby desde hace 10 años, se centran una y otra vez en ese momento: el momento en que ella, que llevaba años ganando un sueldo como trabajadora del aborto pero lejos del quirófano, vio por fin cómo se hacía uno. Planned Parenthood dice que ese día a esa hora en ese centro no hubo tal aborto. Abby dice que Planned Parenthood no es fiable. Los que hemos visto el sumario judicial del abortista doctor Morín en Barcelona, en nuestra mesa, con su lista -a lápiz y bolígrafo- de abortos cobrados en negro (más dinero a más semanas de gestación) sabemos que en este negocio muchos abortos no se notifican. Tampoco le cuesta mucho a Planned Parenthood hacer desaparecer un dossier.

Los enemigos de la película y del testimonio de Abby se aferran a debatir detalles sobre este aborto concreto; de alguna manera, molesta la visibilidad que da... pero el cine es imagen

Incluso la Agencia France Presse, al intentar desacreditar la escena del aborto en la película habla con 3 ginecólogos que no niegan la práctica de aspiración y succión, sino que comentan apenas detalles sobre la edad fetal o decisiones cinematográficas como el uso de primeros planos de adultos con lágrimas.

¿Por qué la patronal nunca difunde imágenes de cómo es un aborto?

Por supuesto, el aborto que vemos en "Unplanned" -mejor dicho, en su escena de ultrasonidos- no es "real", son efectos, igual que en las películas bélicas (y antibélicas) no muere nadie, porque son actores disfrazados de soldados.

Pero cada vez que un defensor del aborto dice "esas imágenes no muestran cómo es un aborto real" lo que hay que responder es: "pues muéstreme las imágenes de cómo son los abortos de verdad en su empresa, en sus distintas edades el feto y modalidades". Y nunca las muestran.

Vivimos en la era de la imagen, hay imágenes de todo, hay tutoriales de todo... y las imágenes reales de cómo se hacen los abortos siguen siendo un tabú. Si la industria no muestra imágenes de abortos reales es porque saben que no sólo revuelven los estómagos, sino también las conciencias.
 
El gran punto diferencial del aborto es que, al contrario que la esclavitud, es invisible. Por supuesto, los esclavistas hoy tratan de esconder sus esclavos, igual que los mafiosos tratan de castigar y silenciar a sus arrepentidos. Pero el no nacido es la víctima más invisible. Abby no se ha dejado silenciar y trata de hacer visible el aborto. Cuando ella "lo vio", ella cambió.

La película muestra que hubo momentos antes en que lo vivió -ella misma se practicó dos abortos- y que hasta lo examinó (cuando, como una subida de nivel en la empresa, pudo ver como se colocaban partes de fetos en placas, práctica habitual para asegurarse que no quedan trozos dentro de la mujer). Vivió y examinó, pero no tomó conciencia. De hecho, la película detalla que vio muchas cosas en esta industria cuya oscuridad y maldad no entendió hasta que salió de ese empleo...  

Los cristianos de Coalición por la Vida rezan sobre los bidones con los restos de bebés;
la valla marca la frontera entre el reino de la vida y el de la muerte... pero la oración puede atravesar esa frontera

El cine es ver y emocionar, no es como leer un libro, aunque en esta película tratan de ser muy fieles al testimonio de Abby. Sobre las imágenes explícitas de abortos ella misma explicaba a ReL en 2015: "No apoyo el uso de estas imágenes gráficas en lugares públicos, grandes, con vallas en la calle… Pero si has avisado a la otra persona y tienes su permiso, en una conversación cara a cara, me parece correcto. Mi experiencia es que no son eficaces para hacer pensar a los que apoyan el aborto. En cambio, sí creo que son eficaces en activar a cristianos apáticos, cristianos que no se mueven, para que tomen conciencia y se activen".

Es una película con religión, pero no sólo para cristianos

En EEUU, algún crítico cristiano de cine, incluso provida, ha señalado que la película está orientada exclusivamente al público cristiano de PureFlix. A nosotros no nos parece así. Es mucho menos "preachy" (predicadora) que otras películas de "reza y Dios te orientará". Pero sí es cierto que es una película con religión, porque en los hechos reales hay religión.

Abby, por ejemplo, iba a una iglesia episcopaliana (anglicana liberal) pro-aborto. Eso se ve en la película. No se ve cuando en esa iglesia empezaron a mirarla mal cuando dejó Planned Parenthood y la combatió. Abby estableció una relación cordial con Coalición por la Vida, porque era gente amable y tratable. El joven matrimonio que la ayudó a dejar el negocio aparece simpático, empático, compasivo... ¿Demasiado para ser verdad? Pero en la vida real la gente provida empática y simpática existe de verdad, y de hecho es la que mejor puede trabajar en esa tarea de acompañamiento provida. La película muestra bien que un proceso de cambio y de amistad puede requerir muchos años y paciencia y constancia.

Además, hay una escena de oración especialmente poderosa, cuando los activistas provida, desde su lado de la verja, piden a un técnico que traslada bidones con restos de bebés abortados, que les deje rezar imponiendo las manos sobre los bidones. Es una impotencia total en que unos adultos buenos no pueden hacer nada por proteger a unos niños ya eliminados y tratados como "residuo biológico". Sólo pueden rezar y llorar. Pero en ese momento vemos que se produce la transformación de Abby.

Se ha señalado que la jefa abortista de Abby parece una "mala muy mala", sin más complejidad. Pero quizá hay una diferencia entre los pecadores -el resto de trabajadoras de la clínica- y los corruptos -los jefes y jerarcas que se enriquecen-, como señala el Papa Francisco. Llega un momento en que la perseverancia en el mal vacía a uno por dentro, como una inversión de lo que decía San Pablo: "Ya no soy yo, es el Mal que vive en mí". Ya casi no queda persona, sólo su función en el engranaje de muerte. Los verdugos en los iconos rusos y griegos de mártires muchas veces no tienen rostro: son herramientas en manos de un poder oscuro.   

Abby cambiará de bando y suplicará desde el lado de la vida, impotente, excepto por su testimonio: "yo he estado ahí, sé lo que sucede, he sido la directora durante años"

El bien es concreto: faltan potitos

Una crítica menor, aunque acertada, que se ha hecho a la película es que el filme muestra activistas provida hablando de esperanza y futuro, pero no los muestra con las cosas concretas y reales que vemos mil veces en cualquier sede provida: pañales, cestitas, potitos, carritos de bebé (reutilizables), ropitas... ese caos desbordante de la vida con bebés, las cosas concretas de la ayuda concreta, de la vida real. En ese sentido, la película, curiosamente, parece temer más las imágenes de pañales que las de sangre en las baldosas blancas.

Finalmente, es una buena película que recoge un testimonio real muy concreto: no el de una activista provida cualquiera, sino el de quien fuera la directora de la mayor clínica abortista de Texas durante años, una mujer que abortó dos veces y creía ser buena y caritativa mientras hacía abortos.

Abby es quizá la persona del mundo que ha tratado con más ex-trabajadores del aborto. Pocas personas entienden tan bien como ella lo que pasa en esos centros de muerte, en que quedar embarazada o celebrar un embarazo se ven con desconcierto y sospecha. Matar o no matar se reducen a la vulgaridad de un formulario relleno, y luego drogas para aturdir.

Para reflexionar, despertar y consolar

La película se puede ver con chicos de 13 años o más en colegios, catequesis juvenil, clubes de debate y de familia, grupos matrimoniales, encuentros provida, etc., advirtiendo siempre de que hay escenas fuertes -pero no traumatizantes- al principio y es la historia de una trabajadora en una clínica de abortos. Da visibilidad a los bebés invisibles, pero también a las personas que, como sonámbulos, recurren al aborto o trabajan en sus centros.

Ilustra lo que decía San Pablo: "hago el mal que no quiero, y no hago el bien que quiero". Muestra que, tristemente, una persona buena, incluso sensible, una mamá dulce, puede matar a miles de personas, subida a una cinta transportadora de ideología y falsa caridad. Su final suave y consolador puede ayudar a muchas personas.

(Lea aquí la entrevista detallada de ReL con Abby Johnson)

 

 

Herida de la infancia: el abandono

Lucía Legorreta

Es la familia el lugar en donde debieran de ser satisfechas las cuatro primeras necesidades. La quinta necesidad de trascendencia, es satisfecha por la persona a medida que va creciendo y llega a ser adulto.

Para un sano y pleno desarrollo de toda persona, se requiere que ciertas necesidades humanas sean satisfechas durante su vida, y principalmente durante su infancia: la de relación (convivir con otros); la de tener raíces y lazos significativos; la de tener un sentido de identidad (lugar en la familia y en el mundo); la necesidad de estructura y la quinta llamada de trascendencia que implica forjar nuestro propio destino.

Es la familia el lugar en donde debieran de ser satisfechas las cuatro primeras necesidades. La quinta necesidad de trascendencia, es satisfecha por la persona a medida que va creciendo y llega a ser adulto.

¿Qué sucede en muchos casos? Por diversas situaciones el niño o niña no puede satisfacer alguna o algunas de estas necesidades cuando es pequeña, lo cual repercute seriamente al ser adulto.

Los expertos las llaman las heridas de la infancia. El abandono es una de ellas y puede presentarse por diversas circunstancias o situaciones voluntarias y a veces involuntarias de los padres:

- Padres indiferentes: cuando ambos estás demasiado ocupados y no prestan atención a las necesidades de sus hijos.

- Padres ausentes: por trabajo, conflictos emocionales, enfermedad física, incapacidad para comprometerse el papa, la mamá o ambos no están presentes en la vida del hijo.

- Muerte: del padre o de la madre, o bien de ambos, ese hijo se siente abandonado.

- Divorcio o separación: de los padres como son pequeños o adolescentes.

- Abandono físico: cuando ambos padres o uno de ellos abandonaron el hogar, el hijo se siente que no es valioso.

- Cuando existe en casa un hijo enfermo o presenta problemas de cualquier tipo, otro miembro de la familia se siente solo.

- Niños que pasaron tiempo con personas pagadas para que los cuidaran: guarderías, orfanatorios, internados.

- Familias numerosas: cuando son muchos los hijos, puede existir la posibilidad que alguno de ellos se sienta relegado y abandonado por sus papás.

- Cuando un hijo muere, y ya sea el padre o la madre se olvidan de que tienen otros hijos.

- Cuando se presenta una adicción en algún miembro de la familia.

- Abandono emocional: no se valoran sus sentimientos, no se le toma en cuenta, no se le da apoyo.

- Puede darse un abandono emocional involuntario, simplemente por la incapacidad de amar de los padres.

- Y, por último, los padres o uno de ellos puede ser injusto con alguno de sus hijos y tener preferencia por alguno.

De forma inconsciente este niño crece y desarrolla estrategias adaptativas para sacar sus emociones negativas: frustración, enojo, hostilidad, ansiedad, inseguridad o desamparo y surgen diversas conductas:

- Ir contra las personas: con conductas agresivas y controladoras: nadie me hará daño.
- Ir hacia las personas: con comportamientos serviles y complacientes, lo que quiere es ser visto.
- o bien ir lejos de las personas; si me mantengo alejado, no podré ser dañado.

Te invito a reflexionar si sufriste abandono durante tu infancia, y a estar convencido de que puedes aceptarlas y sobre todo cambiarlas.

Y lo más importante: ¡NO REPITAS ESTA CONDUCTA CON TUS HIJOS! ¡Apóyalos, quiérelos, conócelos y dales mucho afecto!

 

 

La globalización del mal para la familia

Ana Teresa López de Llergo

Cuando era secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, Ban Ki-Moon reconoció el papel fundamental de las madres en la familia, como una poderosa fuerza de cohesión e integración social.

Hay evidencias que están por encima de cualquier raza, de cualquier nación, de cualquier sistema de organización humana o de cualquier creencia. Todo ello es un mensaje de comunión y de pertenencia a una sola familia humana. Consciente o inconscientemente todos deseamos que esas realidades se cuiden para la buena marcha del desarrollo.

Sin embargo, el ser humano es la única criatura que, con el mal ejercicio de su libertad, puede hacerse daño. Al sembrar la enemistad rompe lazos que con frivolidad desprecia y deja de recibir los beneficios del diálogo, de la confrontación de puntos de vista y de la puesta en común para resolver los problemas con más acierto. Mutila la posibilidad de contar con un panorama más amplio que el de su limitado horizonte.

Estas evidencias básicas son: la persona humana no debe estar sola. Por eso cuenta con un sistema para propagar su especie. El hecho de existir como hombre o como mujer, expresa la complementariedad necesaria para traer al mundo nuevas criaturas de su misma especie. Esas vidas incipientes, para alcanzar su desarrollo, necesitan de la prolongada presencia de los dos progenitores, ese ámbito que arropa la complementariedad de los dos sexos y la procreación es la familia.

Así, a lo largo de los siglos, se fue poblando la Tierra, las relaciones se complicaron. No todo era ayuda mutua, incluso las dos guerras mundiales pusieron en una alerta tan grande que se creó un organismo –la ONU– para cuidar, desde un plano superior, todos los aspectos imprescindibles para la protección de la vida humana. Ese organismo velaría por todos sin ningún tipo de discriminación. Por supuesto, advertiría de todo aquello que se opusiera a los fines fundacionales.

Han transcurrido 75 años de esa fundación. Las ideas tan claras en un principio ahora se ven traicionadas, y hemos de volver a lo fundamental, a lo que no evoluciona porque es garantía para conservar nuestra subsistencia sin deteriorar ni un ápice la dignidad de toda persona, sin excluir a ninguna sean cual sean sus creencias, su educación, sus preferencias.

El primer fruto del arranque de la ONU fue la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Declaración cuyo origen está en la lectura directa de la naturaleza humana, en la verbalización de lo manifiesto en hechos universales a lo largo del tiempo y de la geografía humana. Por lo tanto, son valores universales, inviolables e inmutables. No son acuerdos circunstanciales para resolver problemas concretos. Si de eso se tratara sería legítimo pensar en una actualización, pero como no es así lo definido no es susceptible de variación.

Esa Declaración reconoce a la familia como unidad grupal natural y fundamento de la sociedad con derecho de la protección de la sociedad y del Estado. En ese mismo nivel señala que la maternidad y la infancia tienen derecho a cuidados y asistencias especiales.

Cuando era secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, Ban Ki-Moon reconoció el papel fundamental de las madres en la familia, como una poderosa fuerza de cohesión e integración social. La relación madre-hijo es vital para el desarrollo saludable de los niños. Los múltiples desafíos del mundo cambiante, no menguan la importancia intemporal de las madres y su inestimable contribución a la crianza de la próxima generación.

Esta claridad manifestada en la exposición original de los Derechos Humanos cada vez se diluye más, por una postura permisiva que admite todo tipo de opiniones, con lo cual se ha dejado abierta la puerta a quienes con toda premeditación, alevosía y ventaja están empeñados en desdibujar la realidad de la vida humana con el fin de destruirla.

Una muestra de este tipo de actuación fue palpable en la reunión anual de este año, de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer. Aunque por el problema de la pandemia, el evento sólo ocupó un día, a diferencia de otros años con duración de diez días, no se abordaron los temas del papel de la madre y de los cuidados de la maternidad. Asuntos que demandan una enérgica aclaración, para afrontar las presiones impuestas en todos los pueblos para legalizar el aborto y promover la ideología de género. La voz aclaratoria que debió lanzar su mensaje enmudeció.

De esta manera, no se contrarrestan los nocivos efectos de las ONG financiadas por George Soros y de la controvertida Open Society, que propagan y financian la mentalidad abortista y el movimiento transexual.

No es arriesgado afirmar que el deterioro extremo de las costumbres tiene su origen en la corrupción de lo más sagrado de la vida humana: el útero materno y la profunda identificación con la realdad de ser hombre o mujer para asumir las responsabilidades personales y sociales que son ineludibles por su trascendencia.

Ya no se puede esperar, es urgente tomar medidas y administrar la justicia para detener males mayores. Que tal vez ya los hay porque los estamos sufriendo ya. De todos modos, siempre se puede poner freno y detener a tantas fuerzas nocivas que confunden y anestesian las conciencias. Realmente nada hay más grave que convertir la urdimbre femenina, hecha para dar vida, en un campo de guerra para dar muerte a un ser indefenso que ella misma ha engendrado… Si se corrompe a la mujer es segura la corrupción total.

Toda persona que considere la posibilidad de abortar o tener dudas sobre su identidad, tiene derecho a recibir información precisa y apropiada. El lenguaje debe ser claro, veraz y entendible para estar en condiciones de tomar la decisión adecuada y asumir los riesgos asociados a la elección. Fuera engaños.

 

 

Protección de la infancia

El Vicepresidente Iglesias se ha empeñado a fondo en sacar adelante una Ley de protección de la Infancia que sigue siendo una incógnita para los grupos parlamentarios y para la sociedad. El consejo de Ministros aprobó un texto que generaliza la obligación de denunciar de forma inmediata la existencia de indicios de violencia ejercida sobre niños, niñas o adolescentes, según dice la normativa que será tramitada en el Congreso en los próximos días, y que se espera, acepte las enmiendas del resto de las formaciones políticas.

Recuerdo que proteger a la infancia es un objetivo de cualquier sociedad avanzada, por lo que es esencial un amplio debate y el mayor consenso posible, no puede pasar como de tapadillo.

Jesús Domingo Martínez

 

 

Y eso admite  todo menos bromas.

Aprovechar la pandemia y el estado de alarma para colocar una de las leyes más trascendentales en cualquier sociedad, sin consultar a los docentes ni a las familias, es una inmoralidad.

Admitir unos supuestos titulados con suspensos, “para que puedan continuar sus estudios”, es vergonzoso.

Abaratar académicamente la concesión de becas es una falacia que baja los niveles y masifica los centros, con el consiguiente deterioro de los conocimientos de los alumnos y el inevitable menoscabo de los enseñantes.

Lo que realmente interesa a Celaá, es una adolescencia -futura votante- ayuna de cultura, carente de cualquier atisbo de espíritu crítico, adicta al pensamiento único, sin el apoyo de la familia y sin más intereses que adquirir las destrezas necesarias para responder a lo que  se ha dado en llamar demanda del mercado de trabajo.

No importa ceder medio metro de distancia en los colegios. No importa que sean las autonomías y los directores de los colegios los que decidan la distribución de las aulas o los comedores o las entradas y salidas. Lo único que importa es apartar a los padres de las decisiones fundamentales sobre lo que aprenden sus hijos, suprimir asignaturas vitales en la formación de cualquier persona y tener las manos libres para inocular ideas y ahormar formas de pensar.

Un plan A con todas sus consecuencias. Y la oposición perece que en la higuera.

Juan García. 

 

 

La libertad religiosa, un progreso moral

La disputa del feminismo tradicional con el “movimiento queer” entre otras batallas antiguas que libran las diferentes corrientes del feminismo: en concreto, la prostitución, la pornografía o los vientres de alquiler.

Desde que la Declaración Dignitatis humanae (1966) proclamó la libertad religiosa un derecho humano fundamental, la Iglesia no ha dejado de defender frente a todo tipo de regímenes políticos que "la verdad no se impone de otra manera sino por la fuerza de la misma verdad" (n.1).

En España, un fruto inmediato de esa Declaración fue la Ley de Libertad Religiosa de 1967, aprobada al final del franquismo. Aunque la norma hizo algunas concesiones a los no católicos, siguió pesando más la confesionalidad del Estado que la libertad. Así, por ejemplo, los bautizados como católicos no tenían opción de contraer matrimonio civil, salvo que demostraran que habían abandonado la Iglesia.

La democracia cambió las reglas de juego. Tras la Constitución de 1978 y sus posteriores desarrollos legislativos, nadie tendría que verse obligado a casarse por la Iglesia si no quería o a apostatar. De esta forma, la sociedad española no solo ganó en libertad y pluralismo, sino también en autenticidad.

A la vuelta de los años, el aumento de los matrimonio civiles y la legalización del divorcio han hecho patente el retroceso del catolicismo cultural en España. Pero el progreso moral que pedía la Iglesia en Dignitatis humanae queda en la historia como un luminoso testimonio a favor de los derechos humanos.

La libertad religiosa pinchó en ese país la "burbuja católica"; esto es, la apariencia inflada de consenso en torno a unos valores y unas creencias que el régimen franquista consideraba intocables. Y de paso, se llevó por delante el caldo de cultivo para un anticlericalismo resentido, que no dejaba de ser una reacción al hecho de que alguien fuera obligado a actuar en contra de sus convicciones íntimas.

En las modernas democracias liberales, hoy no hay peligro de que alguien vaya a ser coaccionado para que contraiga matrimonio religioso. Pero eso no significa que la libertad religiosa y de conciencia estén garantizadas en todos los temas. Mientras el progresismo cultural -el nuevo consenso aparente- siga tolerando mal la libertad para salirse de la burbuja de las ideas dominantes el pluralismo seguirá siendo un mito a la espera de concretarse en un progreso real.

Pedro García

 

 

Participar en la misa

En el tiempo de confinamiento no ha sido posible ir a las iglesias y los cristianos coherentes han buscado alguna de las diversas posibilidades televisivas para no perderse, aunque fuera a distancia, la posibilidad de vivir con intensidad la liturgia. En varias ocasiones he oído la expresión: “en casa hemos visto la misa todos”. Esta expresión es tan inexacta como la otra utilizada habitualmente: vamos a oír misa.

Me parece que es un buen momento para recordar lo que dice el Catecismo de la Iglesia: En el punto 1389: La Iglesia obliga a los fieles a participar los domingos y días de fiesta en la divina liturgia. Y en el 2181: los fieles están obligados a participar en la Eucaristía los días de precepto”. Aunque en el vocabulario popular se siga diciendo “vamos a oír misa”, es importante que nos demos cuenta de que vamos a participar, no a oír.

Quizá la experiencia de estos días en casa nos hace ver la importancia de ir a la iglesia. Aunque la experiencia televisiva ha sido un momento importante en la vida de tantos cristianos, también somos conscientes de la diferencia de estar en casa a estar en el templo. Sobre todo, porque podemos comulgar. También porque podemos confesar. También porque la unción, la sacralidad del templo, nos ayuda a estar de otra manera. Por eso el precepto dominical añade la obligación de estar en la iglesia, aunque haya habido una dispensa para los días pasados. Y habrá quien, por edad o enfermedad, no tengan la suerte de participar en la fiesta dominical.

Valentín Abelenda Carrillo

 

 

“Ni uno solo de tus cabellos caerá…?”

 

                           Entre las muchas palabras y frases enigmáticas, atribuidas a Cristo, una de las que más me han intrigado y espero que a muchos más; es la siguiente, y con la que responde a un preguntante… “Ni uno solo de tus cabellos caerá sin permiso de Él”; lo que yo entiendo con tal tipo de rigidez o control exhaustivo, que no admite discusión, si es que ello es así; y como también y de otra forma, un fraile cristiano “disidente”, dejara dicho y escrito. “Somos como marionetas cuyos hilos mueve Dios” (Lutero). ¿Por qué inicio mi artículo con estos interrogantes y precisamente en uno de los momentos y días más “conformistas”, que he vivido en mi larga vida? Y no digo “felices”, por cuanto ya he afirmado que, “ese estado no existe en este planeta”. Si bien añado, que hoy 26 de Junio, estoy en mi casa de la costa de Torre del Mar; desde donde escribo, estoy viendo el “Mare Nostrum”, apacible, tranquilo, con un maravilloso color azul, enmarcado con un cielo de igual color, pero más luminoso, azul intenso; y mar, montañas y todo lo que abarca la estrella; que lo baña; ese Sol espléndido; y el que no calienta aún estos lares (son las 10,30 de la mañana); me encuentro muy bien de salud y “compañía”, puesto que convivimos, “dos seres, uno que no habla y el otro que no ladra”; pero que se llevan “divinamente”, amo y perro o perro y amo. “Aníbal”, casi siempre pegado a mí, y al alcance de mi mano, para que lo acaricie y le hable; “el resto de mis conversaciones, que son muchas, lo mantenemos, “yo y mi otro yo”; y apenas necesitamos a nadie más; por lo que llego a explicarme, a aquellos ermitaños o pensadores solitarios, que incluso llegaron a ser históricos y famosos, por lo que creemos fue un aislamiento, pero seguro que no lo fue, por lo que yo estoy viviendo aquí, en este punto del planeta, donde y de verdad, “yo no me encuentro solo”. No me ha funcionado mi conexión con Internet, por lo que no he podido enviar mi cotidiano artículo, “de semillas”; cosa que no me crea “rabieta alguna”, pues ello no depende de mí, sino de “las técnicas tan maravillosas que poseemos, pero las que también fallan”. Mi serenidad la he mantenido y acrecentado mucho más, al volver a la urbanización y ver “la semilla de níspero”, que enterré en un rincón de uno de los jardines, y que hoy, dos años después, ya muestra un arbolito, espléndido en salud y que ya tiene un metro de alto, su tronco inicial ya se ha dividido en tres más, y “apuntan al cielo con una salud vigorosa”; quién sabe si a lo mejor, llego a comer alguno de sus frutos, cosa que tampoco me preocupa; sí su vida y deseando sea larga y de muchos frutos, que alguien, o los pájaros aprovecharán. Hoy mismo y como tantas veces he hecho, voy a enterrar en otros rincones, cuatro huesos de frutas que he comido, albaricoque, ciruelo, y melocotón-paraguayo; a lo largo de mi vida, he “enterrado ya cientos de huesos o semillas”, pero es claro que no sé, el destino que tuvieran la inmensa mayoría de ellas.

                           ¡Y no, no me he perdido! Sigo en el tema inicial, si bien por la magnitud o profundidad del mismo, “necesita alimento neuronal”, que lo tengo desde que inicié este trabajo, que viene “formándose en mi mente” hace días; y lo explico.

                           Domingo 21 de Junio, cae en mis manos, “el diario ABC que trae un suplemento, “original y único”; por cuanto en el mismo, vienen retratados y con sus correspondientes semblanzas, cientos de hombres y mujeres, que han muerto a consecuencia del “virus chino” (“lo de corona-virus, lo dejo para los eruditos”) y que este periódico, o mejor dicho, sus muy humanos dirigentes, ofrecen, como homenaje y memoria a tantos seres humanos, que han muerto, muchos de ellos en circunstancias trágicas o tristes, puesto que no tuvieron ni el consolador entierro español”. El citado suplemento tiene nada menos que 48 páginas y; “no he visto en ellas publicidad alguna”; lo que por todo ello, ese suplemento, debiera ser premiado con un gran premio dedicado a ese periodismo, humano; que ya apenas si se ve, “en diario alguno de este perro mundo”; pero precisamente por “eso de perro”, seguro que no le conceden premio alguno; seguro que algunos perversos, le buscarán, “un calificativo descalificativo”.

                           Y vuelvo a Cristo y su frase de “la caída de uno sólo de tus cabellos”; que si ello es así, por cuanto “lo dice el hijo de Dios”; es que a todas estas víctimas, del “virus chino, los hombres, los gobiernos, y vete a saber cuántas cosas más”; estaba previsto en los designios del Universo y su Creador, que habían de morir y por ello murieron; y en las condiciones en que lo fueron. Terrible situación para aceptarla “religiosamente”; puesto que muchos se pudieron haber salvado, “si los irresponsables monos humanos, en cuyas manos estuvieron, hubieran obrado de forma contraria a como lo hicieron”.

                           En lo que a mí respecta, yo vivo hace ya muchos años, en la creencia (para mí segura) de que, “nacemos en un momento y morimos en otro momento, que nadie sabe marcar, hasta tanto llega el mismo”. Ni el más afamado médico sabe el momento de la muerte, ni el momento de la vida, “cuando nace el que viene a vivir”. También en los grandes accidentes o catástrofes naturales, hay infinidad que murieron por causas de ello, pero también hay infinidad, que vivieron e incluso resultaron ilesos, de las mismas. ¿Imaginemos la caída de un avión de pasajeros, que cae como una bomba incendiaria, que contiene algunos cientos de persona, que a pesar de todo ello, muchos mueren, algunos sobreviven, heridos, y alguno, es que sale ileso de los restos?

¿Por qué ocurre así? ¿Tiene lógica la frase de Cristo con la contundencia que la pronunció? ¿Vale para algo mi propia reflexión? Añadiría más cosas, pero prefiero no decirlas y que cada cual, que esto lea, le dé la interpretación que su caletre le dicte.

                                Yo y como sigo tranquilo y conforme con mi sino; haré lo que tengo previsto hoy, que es in a comer, en “el Villamar”; “una peregrina”, riquísima gran almeja (Vieira) , condimentada al horno y con riquísimos aditamentos, un bollo de pan rústico para mojar en la salsa; un platito de aceitunas con hueso y conservadas de una de las mil formas en que se conservan, las aceitunas verdes… y una jarra “helada de cerveza” de capacidad medio litro; y después ya en casa, fruta fresca de la abundantísima variedad que hay en mi España y en especial, en mi Andalucía. Y como me considero “un nada” (ver ello en mi Web) y este menú lo he repetido ya muchas veces, en los años que por aquí vengo a reposar y encontrarme con “el padre Mar”; lo digeriré todo muy bien, después dormiré la siesta en mi sillón, y terminaré a la caída de la tarde, fumándome un cigarro puro de Canarias, y echándole migas de pan a mis amigos los gorriones; y antes de que se marche el Sol, ya estaré en la cama, leyendo hasta que venga el sueño y a dormir lo que el cuerpo necesite; y luego, a esperar a las seis de la mañana para iniciar el nuevo día, realizar mi aseo personal, y salir con Aníbal a que nos acaricie el Sol mientras realizamos un largo paseo, por el muy bonito paseo marítimo de esta pedanía.   

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)