Las Noticias de hoy 25 Junio 2020

Enviado por adminideas el Jue, 25/06/2020 - 12:43

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 25 de junio de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Audiencia general: Octava catequesis del Papa sobre la oración

El Papa envía ánimo al campeón paralímpico Alex Zanardi, hospitalizado

FRUTOS DE LA MISA: Francisco Fernandez Carbajal

“La mies es mucha y pocos los operarios”: San Josemaria

San Josemaría: el santo de lo ordinario: San Juan Pablo ll

Streaming en la fiesta de san Josemaría: Misa por los fallecidos durante la pandemia

San Josemaría, hoy (16)

LA FAMILIA, EDUCADORA EN LOS VALORES HUMANOS Y CRISTIANOS: Cardenal Marc Ouellet

Una familia sin Dios, un fracaso seguro

La dignidad del niño no nacido: Juan José Corazón 

A MI PADRE: Magui del Mar

¡Distánciate!: Ángel Cabrero Ugarte 

Vacaciones en casa: Silvia del Valle Márquez

¿Por qué Dios estableció desigualdades en la sociedad?: John Horvat II

“La perenne normalidad eucarística”: + Felipe Arizmendi Esquivel Obispo emérito de San Cristóbal de las Casas

Una política de oposición al aborto:  José Morales Martín

La encíclica “Ut unum sint”: JD Mez Madrid

A pesar del cierre de la COVID-19: Domingo Martínez Madrid

Lecciones de vida que debieran aprenderse: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Audiencia general: Octava catequesis del Papa sobre la oración

(zenit – 24 junio 2020).- El Papa Francisco ha pronunciado la octava catequesis sobre la oración, titulada “La oración de David” (Sal 18,2-3.29.33), en la audiencia general celebrada hoy, miércoles 24 de junio de 2020, en la biblioteca del Palacio Apostólico del Vaticano.

Esta ha sido la última audiencia del Santo Padre antes del receso estivo, que durará todo el mes de julio. En el mes de agosto se reanudarán las audiencias generales de los miércoles.

Sobre David, el Santo Padre destaca que fue “predilecto de Dios” y cómo en el Evangelio se llama a Jesús “hijo de David” porque según las promesas, de la descendencia de este rey venía el Mesías.

De la historia de este rey, en primer lugar,  Francisco destaca que esta comienza en las colinas de alrededor de Belén, donde pastorea el rebaño su padre, Jesé. David, “es ante todo un pastor: un hombre que cuida de los animales, que los defiende cuando llega el peligro, que les proporciona sustento” y cuando, por voluntad de Dios deberá preocuparse del pueblo, “no llevará a cabo acciones muy diferentes respecto a estas”, aprendió mucho de su primera ocupación.

Alma de poeta

El Papa destacó también “el alma de poeta” de David, una persona sensible  que ama la música y el canto y para quien el mundo “no es una escena muda: su mirada capta, detrás del desarrollo de las cosas, un misterio más grande”.

Y es de ahí desde donde nace la oración, “de la convicción de que la vida no es algo que nos resbala, sino que es un misterio asombroso, que en nosotros provoca la poesía, la música, la gratitud, la alabanza o el lamento, la súplica”. Esta es la razón por la que tradición desea que David sea “el gran artífice de la composición de los salmos”.

Ser buen pastor

El sueño de David, continuó relatando el Pontífice, era el de ser buen pastor y alguna vez será capaz de estar a la altura de esta tarea y otras veces, menos, “pero lo que importa, en el contexto de la historia de la salvación, es que sea profecía de otro Rey (Jesús), del que él es solo anuncio y prefiguración”.

Así, invitó a mirar a David, “santo y pecador, perseguido y perseguidor, víctima y verdugo, que es una contradicción” ya que, “en la trama de la vida, todos los hombres pecan a menudo de incoherencia”.

No obstante, en la trayectoria de este rey hay un solo hilo conductor, la oración: “Esa es la voz que nunca se apaga: tanto si asume los tonos del júbilo, como los del lamento siempre es la misma oración, solo cambia la melodía”. De este modo, “David nos enseña a poner todo en el diálogo con Dios”, pues “todo puede convertirse en una palabra dirigida al ‘Tú’ que siempre nos escucha”, apuntó el Obispo de Roma.

La oración da nobleza

David, que conoció la soledad, en realidad nunca estuvo solo. “Y en el fondo esta es la potencia de la oración, en todos aquellos que le dan espacio en su vida. La oración te da nobleza, y David es noble porque reza”, apuntó el Papa Francisco,

“La oración nos da nobleza: es capaz de asegurar la relación con Dios, que es el verdadero Compañero de camino del hombre, en medio de los miles avatares de la vida, buenos o malos: pero siempre la oración”, añadió.

Es tanta la confianza de David, “que cuando era perseguido y debió escapar, no dejó que nadie lo defendiera: ‘Si mi Dios me humilla así, Él sabe’, porque la nobleza de la oración nos deja en las manos de Dios. Esas manos plagadas de amor: las únicas manos seguras que tenemos”, concluyó Francisco.

***

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro itinerario de catequesis sobre la oración, hoy encontramos al rey David. Predilecto de Dios desde que era un muchacho, fue elegido para una misión única, que jugará un papel central en la historia del pueblo de Dios y de nuestra misma fe. En los Evangelios, a Jesús se le llama varias veces “hijo de David”; de hecho, como él, nace en Belén. De la descendencia de David, según las promesas, viene el Mesías: un Rey totalmente según el corazón de Dios, en perfecta obediencia al Padre, cuya acción realiza fielmente su plan de salvación (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2579)

La historia de David comienza en las colinas entorno a Belén, donde pastorea el rebaño su padre, Jesé. Es todavía un muchacho, el último de muchos hermanos. Así que cuando el profeta Samuel, por orden de Dios, se pone a buscar el nuevo rey, parece casi que su padre se haya olvidado de aquel hijo más joven (cf. 1 Samuel 16,1-13). Trabajaba al aire libre: lo imaginamos amigo del viento, de los sonidos de la naturaleza, de los rayos del sol. Tiene una sola compañía para confortar su alma: la cítara; y en las largas jornadas en soledad le gusta tocar y cantar a su Dios. Jugaba también con la honda.

David, por lo tanto, es ante todo un pastor: un hombre que cuida de los animales, que los defiende cuando llega el peligro, que les proporciona sustento. Cuando David, por voluntad de Dios, deberá preocuparse del pueblo, no llevará a cabo acciones muy diferentes respecto a estas. Es por eso que en la Biblia la imagen del pastor es recurrente. También Jesús se define como “el buen pastor”, su comportamiento es diferente de aquel del mercenario; Él ofrece si vida a favor de las ovejas, las guía, conoce el nombre de cada una de ellas (cf. Juan 10,11-18).

David aprendió mucho de su primera ocupación. Así, cuando el profeta Natán le recrimina su grave pecado  (cf. 2 Samuel 12,1-15), David entenderá inmediatamente que ha sido un mal pastor, que ha depredado a otro hombre de la única oveja que él amaba, que ya no era un humilde servidor sino un enfermo de poder, un furtivo que mata y saquea.

Un segundo aspecto característico presente en la vocación de David es su alma de poeta. De esta pequeña observación deducimos que David no ha sido un hombre vulgar, como a menudo puede suceder a los individuos obligados a vivir durante mucho tiempo aislados de la sociedad. Es, en cambio, una persona sensible, que ama la música y el canto. La cítara lo acompañará siempre: a veces para elevar a Dios un himno de alegría (cf. 2 Samuel 6,16), otras veces para expresar un lamento o para confesar su propio pecado (cf. Salmos 51,3).

El mundo que se presenta ante sus ojos no es una escena muda: su mirada capta, detrás del desarrollo de las cosas, un misterio más grande. La oración nace precisamente de allí: de la convicción de que la vida no es algo que nos resbala, sino que es un misterio asombroso, que en nosotros provoca la poesía, la música, la gratitud, la alabanza o el lamento, la súplica. Cuando a una persona le falta esa dimensión poética, digamos que cuando le falta la poesía, su alma cojea. La tradición quiere por ello que David sea el gran artífice de la composición de los salmos. Estos llevan, a menudo, al inicio, una referencia explícita al rey de Israel, y a algunos de los sucesos más o menos nobles de su vida.

David tiene un sueño: el de ser un buen pastor. Alguna vez será capaz de estar a la altura de esta tarea, otras veces, menos; pero lo que importa, en el contexto de la historia de la salvación, es que sea profecía de otro Rey, del que él es solo anuncio y prefiguración.

Miremos a David, pensemos en David. Santo y pecador, perseguido y perseguidor, víctima y verdugo, que es una contradicción. David fue todo esto, junto. Y también nosotros registramos en nuestra vida trazos a menudo opuestos; en la trama de la vida, todos los hombres pecan a menudo de incoherencia. Hay un solo hilo conductor, en la vida de David, que da unidad a todo lo que sucede: su oración. Esa es la voz que no se apaga nunca. David santo, reza; David pecador, reza; David perseguido, reza; David perseguidor, reza; David víctima, reza. Incluso David verdugo, reza. Este es el hilo conductor de su vida. Un hombre de oración. Esa es la voz que nunca se apaga: tanto si asume los tonos del júbilo, como los del lamento siempre es la misma oración, solo cambia la melodía. Y haciendo así, David nos enseña a poner todo en el diálogo con Dios: tanto la alegría como la culpa, el amor como el sufrimiento, la amistad o una enfermedad. Todo puede convertirse en una palabra dirigida al “Tú” que siempre nos escucha.

David, que ha conocido la soledad, en realidad nunca ha estado solo. Y en el fondo esta es la potencia de la oración, en todos aquellos que le dan espacio en su vida. La oración te da nobleza, y David es noble porque reza. Pero es un verdugo que reza, se arrepiente y la nobleza vuelve gracias a la oración. La oración nos da nobleza: es capaz de asegurar la relación con Dios, que es el verdadero Compañero de camino del hombre, en medio de los miles avatares de la vida, buenos o malos: pero siempre la oración. Gracias, Señor. Tengo miedo, Señor. Ayúdame, Señor. Perdóname, Señor. Es tanta la confianza de David, que cuando era perseguido y debió escapar, no dejó que nadie lo defendiera: “Si mi Dios me humilla así, Él sabe”, porque la nobleza de la oración nos deja en las manos de Dios. Esas manos plagadas de amor: las únicas manos seguras que tenemos.

© Librería Editorial Vaticana

 

 

El Papa envía ánimo al campeón paralímpico Alex Zanardi, hospitalizado

(zenit – 24 junio 2020).- “Querido Alessandro, tu historia es un ejemplo de cómo volver a empezar de nuevo después de una parada repentina”: son las palabras que dirige el Papa Francisco al campeón paralímpico italiano Alex Zanardi, ex piloto de Fórmula 1, gravemente herido en un accidente el pasado 19 de junio.

En una carta publicada en La Gazzetta dello Sport, este 24 de junio de 2020, el Pontífice transmite su oración y cercanía al atleta paralímpico, quien se encuentra hospitalizado desde el viernes pasado en la unidad de cuidados intensivos del Policlínico Universitario Santa Maria alle Scotte de Siena, tras sufrir un gravísimo accidente de tránsito en handbike (triciclo manual) el pasado 19 de junio en la ciudad de Pienza.

“A través del deporte”, redacta el Santo Padre en su mensaje, “has enseñado a vivir la vida como protagonista, haciendo de la discapacidad una lección de humanidad. Gracias por dar fuerza a los que la habían perdido”.

“En este doloroso momento –le dice el Papa– estoy cerca de ti, rezo por ti y tu familia. Que el Señor te bendiga y la Virgen te proteja”.

Carrera benéfica

El atleta paralímpico se encuentra en coma farmacológico tras haber chocado de frente contra un camión el pasado viernes, cuando participaba de una competencia de ciclismo adaptado, disciplina a la que se dedicó tras sufrir la amputación de sus dos piernas en el año 2001.

Zanardi participaba como protagonista de la subasta benéfica “Corremos juntos” (We run together), promovida por el Papa con el fin de recaudar fondos para los hospitales italianos de Bérgamo y Brescia, a la vanguardia de la lucha contra la COVID-19. Para esta iniciativa benéfica, Zanardi puso a disposición la handbike (triciclo manual) con el que ganó los Juegos Paralímpicos de 2016 en Río de Janeiro.

 

 

FRUTOS DE LA MISA

— Los frutos de la Misa. El sacrificio eucarístico y la vida ordinaria del cristiano.

— Participación consciente, activa y piadosa. Nuestra participación en la Santa Misa debe ser oración personal, unión con Jesucristo, Sacerdote y Víctima.

— Preparación para asistir a la Misa. El apostolado y el sacrificio eucarístico.

I. El Concilio Vaticano II «nos recuerda que el sacrificio de la cruz y su renovación sacramental en la Misa constituyen una misma y única realidad, excepción hecha del modo diverso de ofrecer (...) y que, consiguientemente, la Misa es al mismo tiempo sacrificio de alabanza, de acción de gracias, propiciatorio y satisfactorio»1. Suelen sintetizarse en estos cuatro los fines que el Salvador dio a su sacrificio en la Cruz.

Estos cuatro fines de la Santa Misa se logran en distinta medida y manera. Los fines que directamente se refieren a Dios, como son la adoración o alabanza, y la acción de gracias, se producen siempre infalible y plenamente con su infinito valor, aun sin nuestro concurso, aunque no asista a la celebración de la Misa ni un solo fiel, o asista distraído. Cada vez que se celebra el sacrificio eucarístico se alaba sin límites a Dios Nuestro Señor y se ofrece una acción de gracias que satisface plenamente a Dios. Esta oblación, dice Santo Tomás, agrada a Dios más de lo que le ofenden todos los pecados del mundo2, pues Cristo mismo es el Sacerdote principal de cada Misa y también la Víctima que se ofrece en todas ellas.

Sin embargo, los otros dos fines del sacrificio eucarístico (propiciación y petición), que revierten en favor de los hombres y que se llaman frutos de la Misa, no siempre alcanzan de hecho la plenitud que de suyo podrían conseguir. Los frutos de reconciliación con Dios y de obtención de lo que pedimos a su benevolencia podrían también ser infinitos, porque se basan en los méritos de Cristo, pero de hecho nunca los recibimos en tal grado porque se nos aplican según las disposiciones personales. Nuestra mejor participación en el Santo Sacrificio del Altar logra una mayor aplicación de estos frutos de propiciación y petición. La misma oración de Cristo multiplica el valor de nuestra oración en la medida en que, en la Misa, unimos nuestras peticiones y desagravios a los suyos.

Para recibir los frutos de la Misa, la Iglesia nos invita a unirnos al sacrificio de Cristo, a participar, por tanto, en la alabanza, acción de gracias, expiación e impetración de Jesucristo. El mismo rito externo de la Misa (las acciones y ceremonias), a la vez que significa el sacrificio interior de Jesucristo, es signo de la entrega y oblación de los fieles unidos a Él3. Esta entrega de todo nuestro ser, del quehacer diario, es un motivo más para realizarlo con perfección humana y rectitud de intención. «Todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas –señala el Concilio Vaticano II–, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso del alma y del cuerpo, si se hacen en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida, si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (cfr. 1 Pdr 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con el Cuerpo del Señor»4. Todas nuestras obras y la propia vida adquieren un nuevo valor, porque todo gira entonces alrededor de la Santa Misa, que es el centro del día, al que se dirigen todos nuestros pensamientos y acciones, y la fuente de la que manan todas las gracias necesarias para santificar nuestro paso por la tierra.

II. Para que obtengamos cada vez más fruto de la Santa Misa, nuestra Madre la Iglesia quiere que asistamos, no como «extraños y mudos espectadores», sino tratando de comprenderla cada vez mejor, a través de los ritos y oraciones, participando de la acción sagrada de modo consciente, piadoso y activo, con recta disposición de ánimo, poniendo el alma en consonancia con la voz y colaborando con la gracia divina5. Prestaremos delicada atención a los diálogos, a las aclamaciones, haremos actos de fe y de amor en los silencios previstos: en la Consagración, en el momento de recibir al Señor... Lo principal es la participación interna, nuestra unión con Jesucristo que se ofrece a Sí mismo, pero nos será de gran provecho ayudarnos de esos elementos externos que también forman parte de la liturgia: las posturas (de rodillas, de pie, sentados), la recitación o canto de partes en común (el Gloria, el Credo, el Sanctus, el Padrenuestro...), etc.

En muchas ocasiones nos resultará de gran ayuda leer en el propio misal las oraciones del celebrante. El empeño por vivir la puntualidad –llegar al menos unos minutos antes del comienzo–, nos ayudará a prepararnos mejor y será una delicada atención con Cristo, con el sacerdote que celebra la Misa y con quienes van a participar de ella. El Señor agradece que también en esto seamos ejemplares. ¿Acaso no llegaríamos con la suficiente antelación si se tratase de una importante audiencia? Nada existe en el mundo más importante que la Santa Misa.

La participación interna consiste principalmente en el ejercicio de las virtudes: actos de fe, de esperanza y de amor. En el momento de la Consagración podemos repetir, con el Apóstol Tomás, aquellas palabras llenas de fe y de amor: Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás presente sobre el altar..., u otras que nuestra piedad nos sugiera.

Nuestra participación en la Santa Misa debe ser, ante todo, oración personal, en la que culmina nuestro diálogo habitual con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esta oración, «en cuanto a cada uno es posible, es condición indispensable para una auténtica y consciente participación litúrgica. Y no solo eso; ella es también el fruto, la consecuencia de tal participación (...). Es necesario hoy y siempre, pero hoy más que nunca, mantener un espíritu y una práctica de oración personal... Sin una propia íntima y continua vida interior de oración, de fe, de caridad, no podemos mantenernos cristianos; no se puede, de una manera útil y provechosa, participar en el renacimiento litúrgico; no se puede eficazmente dar testimonio de aquella autenticidad cristiana de que tanto se habla; no se puede pensar, respirar, actuar, sufrir y esperar plenamente con la Iglesia viva y peregrina... A todos os decimos: orad, hermanos: orate, fratres. No os canséis de intentar que surja del fondo de vuestro espíritu, con vuestra íntima voz, este ¡Tú! dirigido al Dios inefable, a ese misterioso Otro que os observa, os espera, os ama. Y ciertamente no quedaréis desilusionados o abandonados, sino que probaréis la alegría nueva de una respuesta embriagadora: Ecce adsum, he aquí que estoy contigo»6. De modo muy particular tenemos a Dios junto a nosotros y en nosotros en el momento de la Comunión, donde la participación en la Santa Misa llega a su momento culminante. «El efecto propio de este sacramento –enseña Santo Tomas de Aquino– es la conversión del hombre en Cristo, para que diga con el Apóstol: Vivo, no yo, sino que Cristo vive en mí»7.

III. Antes de la Santa Misa hemos de disponer nuestra alma para acercarnos al acontecimiento más importante que cada día sucede en el mundo. La Misa celebrada por cualquier sacerdote, en el lugar más recóndito, es lo más grande que en ese momento está sucediendo sobre la tierra; aunque no asista ni una sola persona. Es lo más grato a Dios que podemos ofrecerle los hombres; es la ocasión por excelencia para darle gracias por los muchos beneficios que recibimos, para pedirle perdón por tantos pecados y faltas de amor... y tantas cosas (espirituales y materiales) como necesitamos. «¿Quién no tiene cosas que pedir? Señor, esa enfermedad... Señor, esta tristeza... Señor, aquella humillación que no sé soportar por tu amor... Queremos el bien, la felicidad y la alegría de las personas de nuestra casa; nos oprime el corazón la suerte de los que padecen hambre y sed de pan y de justicia; de los que experimentan la amargura de la soledad; de los que, al término de sus días, no reciben una mirada de cariño ni un gesto de ayuda.

»Pero la gran miseria que nos hace sufrir, la gran necesidad a la que queremos poner remedio es el pecado, el alejamiento de Dios, el riesgo de que las almas se pierdan para toda la eternidad. Llevar a los hombres a la gloria eterna en el amor de Dios: esa es nuestra aspiración fundamental al celebrar la Misa, como fue la de Cristo al entregar su vida en el Calvario»8. De esta manera, nuestro apostolado se dirige hacia la Santa Misa y de ella sale fortalecido.

Los minutos de acción de gracias después de la Misa completarán esos momentos tan importantes del día, y tendrán una influencia directa en el trabajo, en la familia, en la alegría con que tratamos a todos, en la seguridad y confianza con que vivimos el resto de la jornada. La Misa así vivida nunca será un acto aislado; será alimento de todas nuestras acciones y les dará unas características peculiares...

Y en la Santa Misa encontramos siempre a nuestra Madre Santa María. «¿Cómo podríamos tomar parte en el sacrificio sin recordar e invocar a la Madre del Soberano Sacerdote y de la Víctima? Nuestra Señora ha participado muy íntimamente en el sacerdocio de su Hijo durante su vida terrestre, para que esté ligada para siempre al ejercicio de su sacerdocio. Como estaba presente en el Calvario, está presente en la Misa, que es una prolongación del Calvario. En la Cruz asistía a su Hijo ofreciéndole al Padre; en el altar, asiste a la Iglesia que se ofrece a sí misma con su Cabeza cuyo sacrificio renueva. Ofrezcámonos a Jesús por medio de Nuestra Señora»9. Procuremos tener presente en la Santa Misa a nuestra Madre Santa María, y Ella nos ayudará a estar con mayor piedad y recogimiento.

1 Misal Romano, Ordenación general, Proemio, 2. — 2 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológicas, 3, q. 48, a. 2. — 3 Cfr. Pío XII, Enc. Mediator Dei, 20-XI-1947. — 4 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 34. — 5 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 11; 48. — 6 Pablo VI, Alocución 14-VIII-1969. — 7 Santo Tomás, IV Libro de las sentencias, d. 12, q. 2, a. 1.  8 San Josemaría Escrivá, Amar a la Iglesia, pp. 79-80. — 9 P. Bernadot, La Virgen en mi vida, Barcelona 1947, p. 233.

 

 

“La mies es mucha y pocos los operarios”

La mies es mucha y pocos los operarios. -"Rogate ergo!" -Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe operarios a su campo. La oración es el medio más eficaz de proselitismo. (Camino, 800)

25 de junio

Aún resuena en el mundo aquel grito divino: "Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda?" -Y ya ves: casi todo está apagado...

¿No te animas a propagar el incendio? (Camino, 801)

Querrías atraer a tu apostolado a aquel hombre sabio, a aquel otro poderoso, a aquel lleno de prudencia y virtudes.

Ora, ofrece sacrificios y trabájalos con tu ejemplo y con tu palabra. -¡No vienen! -No pierdas la paz: es que no hacen falta.

¿Crees que no había contemporáneos de Pedro, sabios, y poderosos, y prudentes, y virtuosos, fuera del apostolado de los primeros doce? (Camino, 802)

Desgarra el corazón aquel clamor –¡siempre actual!– del Hijo de Dios, que se lamenta porque la mies es mucha y los obreros son pocos.

–Ese grito ha salido de la boca de Cristo, para que también lo oigas tú: ¿cómo le has respondido hasta ahora?, ¿rezas, al menos a diario, por esa intención? (Forja, 906)

Para seguir al Señor, es preciso darse de una vez, sin reservas y reciamente: quemar las naves con decisión, para que no haya posibilidades de retroceder. (Forja, 907)

 

 

San Josemaría: el santo de lo ordinario

Juan Pablo II concedió una audiencia en la Plaza de San Pedro a los asistentes a la canonización de Josemaría Escrivá. “Se podría decir -señaló el Papa- que fue el santo de lo ordinario".

HAN DICHO09/10/2002

Roma, Plaza de San Pedro, 7 de octubre

¡Queridísimos hermanos y hermanas!:

Con alegría os dirijo mi cordial saludo, en este día que sigue al de la canonización del beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Agradezco a S.E. Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, las palabras con las que se ha hecho intérprete de todos los presentes. Saludo con afecto a los numerosos Cardenales, Obispos y sacerdotes que han querido participar en esta celebración.

Este encuentro festivo une a una gran variedad de fieles, procedentes de muchos países y pertenecientes a los más diversos ambientes sociales y culturales: sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, intelectuales y trabajadores manuales. Es éste un signo del celo apostólico que ardía en el alma de San Josemaría.

En el Fundador del Opus Dei destaca el amor a la voluntad de Dios. Existe un criterio seguro de santidad: la fidelidad en el cumplimiento de la voluntad divina hasta las últimas consecuencias. El Señor tiene un proyecto para cada uno de nosotros, a cada uno confía una misión en la tierra. El santo no consigue ni siquiera imaginarse a sí mismo al margen del designio de Dios: vive sólo para realizarlo.

San Josemaría fue escogido por el Señor para anunciar la llamada universal a la santidad y para indicar que las actividades comunes que componen la vida de todos los días son camino de santificación. Se podría decir que fue el santo de lo ordinario. En efecto, estaba convencido de que, para quien vive en una perspectiva de fe, todo es ocasión de encuentro con Dios, todo es estímulo para la oración. Vista de este modo, la vida cotidiana revela una grandeza insospechada. La santidad aparece verdaderamente al alcance de todos.

Escrivá de Balaguer fue un santo de gran humanidad. Todos los que lo trataron, de cualquier cultura o condición social, lo sintieron como un padre, entregado totalmente al servicio de los demás, porque estaba convencido de que cada alma es un tesoro maravilloso; en efecto, cada hombre vale toda la Sangre de Cristo. Esta actitud de servicio es patente en su entrega al ministerio sacerdotal y en la magnanimidad con la cual impulsó tantas obras de evangelización y de promoción humana en favor de los más pobres.

El Señor le hizo entender profundamente el don de nuestra filiación divina. Él enseñó a contemplar el rostro tierno de un Padre en el Dios que nos habla a través de las más diversas visicitudes de la vida. Un Padre que nos ama, que nos sigue paso a paso y nos protege, nos comprende y espera de cada uno de nosotros la respuesta del amor. La consideración de esta presencia paterna, que lo acompaña a todas partes, le da al cristiano una confianza inquebrantable; en todo momento debe confiar en el Padre celestial. Nunca se siente solo ni tiene miedo. En la Cruz -cuando se presenta - no ve un castigo sino una misión confiada por el mismo Señor. El cristiano es necesariamente optimista, porque sabe que es hijo de Dios en Cristo.

San Josemaría estaba profundamente convencido de que la vida cristiana implica una misión y un apostolado, de que estamos en el mundo para salvarlo con Cristo. Amaba el mundo apasionadamente, con "amor redentor" (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 604). Por eso sus enseñanzas han ayudado a tantos cristianos corrientes a descubrir el poder redentor de la fe, su capacidad de transformar la tierra.

Éste es un mensaje que tiene abundantes y fructuosas implicaciones para la misión evangelizadora de la Iglesia.

Promueve la cristianización del mundo "desde dentro", mostrando que no puede haber conflicto entre la ley divina y las exigencias del genuino progreso humano. Este santo sacerdote enseñó que Cristo ha de ser el ápice de toda actividad humana (cf Jn 12,32). Su mensaje mueve al cristiano a actuar en los lugares en los que se modela el futuro de la sociedad. De la presencia activa del laico en todas las profesiones y en las fronteras más avanzadas del desarrollo ha de derivar forzosamente una contribución positiva al fortalecimiento de esa armonía entre fe y cultura de que tan necesitado está nuestro tiempo.

San Josemaría Escrivá ha gastado su vida en servicio de la Iglesia. Los sacerdotes, los laicos que siguen los más diversos caminos, los religiosos y las religiosas encuentran en sus escritos una fuente estimulante de inspiración. Queridos hermanos y hermanas, al imitarle con apertura de espíritu y de corazón, dispuestos a servir a las Iglesias locales, estáis contribuyendo a dar fuerza a la "espiritualidad de comunión", indicada en la Carta apostólica Novo millennio ineunte como uno de los objetivos más importantes para nuestro tiempo.

Me es grato terminar con una referencia a la fiesta litúrgica de hoy, Nuestra Señora del Rosario. San Josemaría escribió un hermoso libro titulado Santo Rosario que se inspira en la infancia espiritual, disposición de espíritu propia de quienes quieren llegar a un total abandono en la voluntad divina. De todo corazón confío a la protección maternal de María a todos vosotros, con vuestras familias y vuestros apostolados, y os agradezco vuestra presencia.

Doy las gracias de nuevo a todos los presentes, especialmente a los que han venido de lejos. Os invito, queridísimos hermanos y hermanas, a llevar a todas partes un claro testimonio de fe, según el ejemplo y las enseñanzas de vuestro santo Fundador. Os acompaño con mi oración y de todo corazón os bendigo, así como a vuestras familias y vuestras actividades.

 

 

Streaming en la fiesta de san Josemaría: Misa por los fallecidos durante la pandemia

El próximo 26 de junio, la página web del Opus Dei emitirá imágenes del lugar donde reposa san Josemaría (por la mañana) y la Misa solemne celebrada por Mons. Fernando Ocáriz en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz (por la tarde). La misa comenzará a las 19 h. (UTC/GMT +2 h.) y se ofrecerá por los fallecidos durante la pandemia.

ÚLTIMAS NOTICIAS18/06/2020

Imagen de san Josemaría en la iglesia de Torun (Polonia).

El 26 de junio se celebra la fiesta del fundador del Opus Dei en muchas iglesias del mundo. Sin embargo, a causa de la emergencia sanitaria, numerosos fieles no podrán acudir o estas tendrán un aforo limitado.

En este contexto, la página web del Opus Dei ofrecerá el 26 de junio dos videos en directo: una retransmisión de la urna de san Josemaría, de 10.30 a 11.30 de la mañana (hora de Roma); y la Misa de la fiesta, a las 19.00 h.

Webcam en Santa María de la Paz, a las 10.30 h.

A las 10.30 h. y durante una hora, se retransmitirán imágenes de la urna donde está enterrado san Josemaría. Los fieles podrán conectarse desde esta página web o desde los canales oficiales en YoutubeInstagram y Facebook.

La emisión concluirá a las 11.30. Este horario permitiría unirse a la celebración de la fiesta de San Josemaría a personas de los diversos países asiáticos y de Oceanía, entre otros.

Misa con el Prelado a las 19.00 h.

Por la tarde, Mons. Fernando Ocáriz celebrará la Misa en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, donde está enterrado san Josemaría. Será retransmitida en esta página web, y desde los canales del Opus Dei en Youtube y Facebook.

Participará en la celebración un pequeño grupo de fieles. La Eucaristía se ofrecerá por los fieles de la Obra, parientes y amigos que han fallecido durante la pandemia.

LA HOMILÍA SERÁ EN CASTELLANO, SI BIEN PODRÁ DESCARGARSE DESDE ESTA PÁGINA WEB POCO ANTES

La Misa será en italiano; y para el canon se usará el latín. Las lecturas y la oración de los fieles se leerán en varios idiomas. La homilía será en castellano, si bien podrá descargarse desde esta página web poco antes del inicio de la celebración en inglés, francés, portugués e italiano.

La santa Misa comenzará a las 19 h (hora de Roma). El horario permitirá seguir la celebración desde América, África y Europa, donde en muchos lugares se vive todavía en régimen de confinamiento. Quienes no puedan asistir en directo –por ejemplo, fieles de países de Asia u Oceanía, donde en ese momento será de noche– podrán consultar posteriormente la grabación desde el canal de Youtube.

 

 

San Josemaría, hoy (16)

Boletín informativo sobre el fundador del Opus Dei, con el título “Un corazón que solo sabía amar”. Recoge varios textos de san Josemaría, del Papa Francisco, además de diferentes relatos de favores y testimonios.

BIBLIOGRAFÍA Y ENSAYOS20/06/2020

Descarga el Boletín de san Josemaría, nº 16Un corazón que solo sabía amar (PDF)


1. La caridad en san Josemaría

“Los cristianos estamos enamorados del Amor: el Señor no nos quiere secos, tiesos, como una materia inerte. ¡Nos quiere impregnados de su cariño!”1. San Josemaría traducía muchas veces de manera libre el versículo Dios es Amor por “Dios es cariño”, para destacar la dimensión humana de la caridad cristiana.

La palabra corazón en la Sagrada Escritura alude a la totalidad del ser humano, con sus afectos, pensamientos, deseos, anhelos y decisiones. “El «corazón» hace referencia al «centro» de la persona desde el que brota todo pensamiento y toda acción. Es la sede del amor, mucho más que de los sentimientos, como a veces afirman algunos autores. San Josemaría lo señala con claridad: «Cuando hablamos de corazón humano no nos referimos sólo a los sentimientos, aludimos a toda la persona que quiere, que ama y trata a los demás. Y, en el modo de expresarse los hombres, que han recogido las Sagradas Escrituras para que podamos entender así las cosas divinas, el corazón es considerado como el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones. Un hombre vale lo que vale su corazón, podemos decir con lenguaje nuestro (...). Cuando en la Sagrada Escritura se habla del corazón, no se trata de un sentimiento pasajero, que trae la emoción o las lágrimas. Se habla del corazón para referirse a la persona que, como manifestó el mismo Jesucristo, se dirige toda ella –alma y cuerpo– a lo que considera su bien: porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón (Mt 6,21)»”2.

San Josemaría “ejemplificó en su vida lo que significa tener corazón. Dotado de cordialidad, de buen humor, de intuición profunda, de grandes pasiones, sabía manifestar el cariño con concreción, también material, de atención humana (...). Lo que traslucía en su persona remitía a una fundamentación más honda (...): «Amar es tener el corazón grande, sentir las preocupaciones de los que nos rodean, saber perdonar y comprender: sacrificarse, con Jesucristo, por las almas todas. Si amamos con el corazón de Cristo aprenderemos a servir, y defenderemos la verdad claramente y con amor»”3.

1 Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, Rialp, Madrid 2002, n. 183.

2 Ugo Borghello, Diccionario de san Josemaría, voz “Corazón”, con cita de Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, Rialp, Madrid 2002, n. 164, Monte Carmelo 2013, p. 280.

3 Ibidem, con cita de Es Cristo que pasa, n. 158.


2. La caridad en lo ordinario

El papa Francisco, en la catequesis sobre el año de la fe, afirmó que “la caridad es la mayor riqueza de la Iglesia. Vivir la comunión en la caridad significa no buscar el propio interés, sino ser capaces de compartir las alegrías y los sufrimientos de los hermanos, ser capaces de llevar los unos las cargas de los otros”4.

En el quinto aniversario de la canonización de san Josemaría, don Javier Echevarría publicó un artículo titulado El resplandor de la caridad, en el que mostraba cómo el santo de lo ordinario practicó la caridad todos los días de su vida. Afirmaba don Javier que “La caridad cristiana no consiste jamás en algo instrumental, no busca obtener otros objetivos: el amor es gratuito”5. Para san Josemaría, vivir la caridad en la vida ordinaria reclamaba “corazón grande, sentir las preocupaciones de los que nos rodean, saber perdonar y comprender: sacrificarse, con Jesucristo, por las almas todas”6.

Como atestiguaba en Surco, la caridad no tiene que estar adecuada o ajustada a las necesidades de uno mismo, sino a la de los demás7. Así, “Ama y practica la caridad, sin límites y sin discriminaciones, porque es la virtud que nos caracteriza a los discípulos del Maestro. –Sin embargo, esa caridad no puede llevarte –dejaría de ser virtud– a amortiguar la fe, a quitar las aristas que la definen, a dulcificarla hasta convertirla, como algunos pretenden, en algo amorfo que no tiene la fuerza y el poder de Dios”8.

La doctrina de san Josemaría en torno a la caridad se basa en el amor de Cristo, “el amor de Jesús a los hombres es un aspecto insondable del misterio divino, del amor del Hijo al Padre y al Espíritu Santo”9. Como virtud, la caridad está llamada al progreso, al aumento, a crecer; de ahí que san Josemaría sostenga que sería ingenuo pensar que las exigencias de la caridad se cumplen con facilidad: siempre es necesario el empeño personal10.

4 Papa Francisco, Audiencia general, Roma 6.XI.2013.

5 ABC, 6 de octubre de 2007.

6 Es Cristo que pasa, n. 158.

7 Cfr. Josemaría Escrivá, Surco, Rialp, Madrid 2002, n. 748.

8 Josemaría Escrivá, Forja, Rialp, Madrid 2002, n. 456.

9 Es Cristo que pasa, n. 169.

10 Cfr. Juan Ignacio Ruíz Aldaz, Diccionario de san Josemaría Escrivá de Balaguer, Voz “Caridad”, p. 198.


3. La libertad de amar

“No poseemos -señalaba san Josemaría- un corazón para amar a Dios, y otro para querer a las criaturas: este pobre corazón nuestro, de carne, quiere con un cariño humano que, si está unido al amor de Cristo, es también sobrenatural. Esa, y no otra, es la caridad que hemos de cultivar en el alma”11.

En la primera semblanza sobre san Josemaría, aparecida al año siguiente de su fallecimiento, Salvador Bernal escribió: “Como expresaba en septiembre de 1975 don Álvaro del Portillo, uno de los rasgos capitales del espíritu del Fundador del Opus Dei «era precisamente ese maravilloso engarce, en un corazón tan grande, en un alma que voló tan alto, con el amor a lo pequeño: a lo que se advierte solamente por las pupilas que ha dilatado el amor»”12.

“Ese corazón grande y apasionado, que tan fácilmente se identificaba con el sufrimiento ajeno, padeció lo indecible en los años cuarenta, porque las tremendas injusticias que sufrió ofendían a Dios, confundían a muchas personas y empecataban el alma de quienes las cometían. El Fundador del Opus Dei, que sabía querer, calló, perdonó y rezó, quitando importancia a su heroísmo”13.

“El corazón del Fundador del Opus Dei era de veras paterno. Por eso comprendía muy bien los sentimientos de todos los padres. Y por eso tenía siempre en cuenta a las familias de los miembros de la Obra. Cuando las necesidades del trabajo los llevaban lejos, les animaba siempre a que les escribieran con frecuencia, a que les dieran buenas noticias, a que les hicieran partícipes de su alegría: pues la dicha del hijo es lo que más alegra el corazón de unos padres”14.

Esta relación entre la caridad y las demás virtudes fue tratada ampliamente por san Josemaría. “Persuadíos de que un cristiano, si de veras pretende actuar rectamente, cara a Dios y cara a los hombres, necesita de todas las virtudes, por lo menos en potencia. Padre, me preguntaréis: ¿y de mis flaquezas, qué? Os responderé: ¿acaso no cura un médico que esté enfermo, aun cuando el trastorno que le aqueja sea crónico?; ¿le impedirá su enfermedad prescribir a otros enfermos la receta adecuada? Claro que no: para curar, le basta poseer la ciencia oportuna y ponerla en práctica, con el mismo interés con el que combate su propia dolencia”15.

Muchas más manifestaciones de la caridad entendida y practicada por san Josemaría se recogen en la reciente biografía Que solo Jesús se luzca16. Ilustrada con más de 300 fotos, mapas, infografías y textos autógrafos, facilita sintonizar con su vida a través de muchas imágenes vivas.

11 Amigos de Dios, n. 229.

12 Salvador Bernal, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid, 1976, pp. 116-117.

13 Ibid, p. 254.

14 Ibid., p. 41.

15 Amigos de Dios, n. 161.

16 Jesús Gil-Enrique Muñíz, Que solo Jesús se luzca. Biografía ilustrada de san Josemaría, fundador del Opus Dei, Fundación Studium, Madrid 2019, 465 pp


4. Practicar la caridad sin límites

“No existe corazón (…) que no esconda, como el rescoldo entre las cenizas, una lumbre de nobleza. Y cuando he golpeado en esos corazones, a solas y con la palabra de Cristo, han respondido siempre”17. Una de las enseñanzas de san Josemaría es que las virtudes humanas componen el fundamento de las sobrenaturales, porque fomentan las disposiciones necesarias para los actos propios de éstas, especialmente los que se refieren a la caridad.

La cita anterior se incluye en una homilía de 1941 que se publicó precisamente con el título de “Virtudes humanas”. Allí considera entre otras: la fortaleza, serenidad, paciencia, magnanimidad, laboriosidad, diligencia, veracidad, sencillez, naturalidad, etc. Cuando habla de la prudencia, la denomina “sabiduría de corazón que orienta y rige otras muchas virtudes”. Al practicarlas, “el cristiano es uno más en la sociedad; pero de su corazón desbordará el gozo del que se propone cumplir, con la ayuda constante de la gracia, la Voluntad del Padre. Y no se siente víctima, ni capitidisminuido, ni coartado. Camina con la cabeza alta, porque es hombre y es hijo de Dios. Nuestra fe confiere todo su relieve a estas virtudes (…). Por eso el que sigue a Cristo es capaz –no por mérito propio, sino por gracia del Señor– de comunicar a los que le rodean lo que a veces barruntan, pero no logran entender: que la verdadera felicidad, el auténtico servicio al prójimo pasa sólo por el Corazón de Nuestro Redentor, perfectus Deus, perfectus homo ”18.

“Me produce una honda alegría considerar que Cristo ha querido ser plenamente hombre, con carne como la nuestra. Me emociona contemplar la maravilla de un Dios que ama con corazón de hombre”19.

Lo que podemos considerar una jaculatoria dirigida a Jesús: “Danos un corazón a la medida del Tuyo” son las palabras finales del n. 813 de Surco, que se refiere a la humanidad del Señor: “¡Gracias, Jesús mío!, porque has querido hacerte perfecto Hombre, con un Corazón amante y amabilísimo, que ama hasta la muerte y sufre; que se llena de gozo y de dolor; que se entusiasma con los caminos de los hombres, y nos muestra el que lleva al Cielo; que se sujeta heroicamente al deber, y se conduce por la misericordia; que vela por los pobres y por los ricos; que cuida de los pecadores y de los justos... –¡Gracias, Jesús mío, y danos un corazón a la medida del Tuyo!”20.

17 Amigos de Dios, n.74.

18 Ibid, n.93.

19 Es Cristo que pasa, n. 107.

20 Surco, n. 813.

 

 

LA FAMILIA, EDUCADORA EN LOS VALORES HUMANOS Y CRISTIANOS

Cardenal Marc Ouellet

VALORES QUE HAY QUE DESCUBRIR Y QUE REDESCUBRIR

Introducción: un trastorno de los valores a las proporciones vastas

 El matrimonio y la familia se han convertido en nuestra época en un campo de batalla cultural dentro de las sociedades secularizadas donde una visión del mundo sin Dios intenta suplantar la herencia judeocristiana. Desde algunas décadas, los valores del matrimonio y de la familia sufrieron asaltos repetidos que causaron daños graves en el plano humano, social y religioso. A la fragilidad creciente de las parejas se añadieron los problemas graves y educativos ligados a la pérdida de los modelos paternos y a la influencia de corrientes de pensamiento que rechazan los mismos fundamentos de la institución familiar. El trastorno de los valores alcanza la identidad misma del ser humano, más allá de su fidelidad a un orden moral. Reina en lo sucesivo una confusión antropológica sutilmente mantenida por un lenguaje ambiguo que impone al pensamiento cristiano un trabajo de desciframiento y de discernimiento [1]. La crisis que atraviesa la humanidad actual se revela siendo de orden antropológica y no solamente de orden moral o espiritual.

En Occidente, por ejemplo, las filosofías del constructivismo y del género [2] (gender theory) desnaturalizan la realidad del matrimonio y de la familia refundiendo la noción de la pareja humana a partir de los deseos subjetivos del individuo, haciendo prácticamente insignificante la diferencia sexual, hasta el punto de tratar de forma equivalente la unión heterosexual y las relaciones homosexuales. Según esta teoría, la diferencia sexual inscrita en la realidad biológica del hombre y de la mujer no influye de modo significante en la identidad sexual de los individuos porque ésta es el resultado de una orientación subjetiva y de una construcción social [3]. La identidad sexual de los individuos no sería un dato objetivo inscrito en el hecho de nacer hombre o mujer sino más bien un dato psico-social construido sobre las influencias culturales sufridas o escogidas por los individuos.

Bajo la presión de estas ideologías a veces abiertamente anticristianas, ciertos Estados proceden a legislaciones que vuelven a definir el sentido del matrimonio, de la procreación, de la filiación y de la familia, sin consideración para las realidades antropológicas fundamentales que estructuran las relaciones humanas [4]. Varias organizaciones internacionales participan en este movimiento de destrucción del matrimonio y de la familia en provecho de ciertos grupos de presión bien organizados que persiguen sus propios intereses en detrimento del bien común. Total, un trastorno de los valores de vastas proporciones toca el amor humano, la vida, la familia y el puesto de la religión en la sociedad.

La Iglesia católica critica fuertemente estas corrientes culturales que obtienen demasiado fácilmente el apoyo de los medios modernos de comunicación. Gracias a la clarividencia de los papas contemporáneos, la Iglesia reafirma los valores tradicionales del matrimonio y de la familia en la línea novadora del Concilio Vaticano II. Siguiendo el sínodo romano de 1980 sobre la familia, la Exhortación apostólica Familiaris Consortio propone una gran carta de la familia fundada sobre la creación del hombre a la imagen de Dios y sobre el sacramento del matrimonio. Esta gran carta pastoral culmina por un llamamiento del papa Juan Pablo II: “¡Familia, sé lo que eres! “: una comunidad de vida y de amor, una escuela de comunión, una Iglesia doméstica.

Este llamamiento queda más que nunca actual 29 años más tarde, y nos pone de nuevo frente a la misión esencial de la familia: “la esencia de la familia y sus deberes son definidos por el amor, escribe el papa. Es por eso que la familia recibe la misión de guardar, de revelar y de comunicar el amor, reflejo vivo y participación real del amor de Dios hacia la humanidad y del amor de Cristo Señor hacia la Iglesia su Esposa “ (FC 17). Esta declaración solemne de Juan Pablo II introduce la tercera parte de este documento que prolonga la línea renovadora de la Constitución pastoral Gaudium y Spes. Ésta define el matrimonio como una unión personal en la cual los esposos se dan y se reciben recíprocamente (GS 48). Definiendo la esencia de la familia y su misión por el amor y no primero por la procreación, el papa no hace una concesión dudosa a la mentalidad contemporánea. Pretende alcanzar “las raíces mismas de la realidad” (FC 17), afirma la continuidad interna entre el amor personal de los esposos y la transmisión de la vida. Su postura marca una etapa importante hacia una refundición personalista de la doctrina cristiana del matrimonio y de la familia. Coloca los tres valores tradicionales del matrimonio, la procreación, el amor fiel y el significado sacramental, en el eje del amor conyugal fecundo y ya no en el de la procreación como finalidad distinta [5]. Me parece importante prolongar este desarrollo doctrinal ahondando más en la dimensión cristológica y sacramental del matrimonio con el fin de volver a lanzar la misión educativa de la familia cristiana a partir de los valores del sacramento todavía por descubrir y de los valores del amor conyugal establecidos desde el origen de la creación pero que están por redescubrir a la luz del Cristo y frente al gran desafío contemporáneo [6].

Valores que hay que descubrir

Digamos en primer lugar, de modo general que las circunstancias actuales evocadas más alto incitan a la familia cristiana a una toma de conciencia fundamental: sólo el encuentro personal y auténtico de Cristo Redentor puede permitirle aceptar el desafío de la educación a la vida cristiana y a los valores humanos que se relacionan con ella. Al principio del tercer milenio, el Papa Juan Pablo II exhortó la Iglesia a partir de nuevo de Cristo, La cabeza y El esposo de la Iglesia [7]. Partir de nuevo de Cristo como el fundamento de un arranque renovado hacia la santidad para todos, en cada estado de vida. Este llamamiento concierne en primer lugar a los esposos que procuran responder a su vocación de bautizados casados [8] en el seno de una familia. Necesitan para alcanzarlo, una espiritualidad personal y eclesial apropiada que va más allá de la presentación tradicional de los valores del matrimonio y de la familia, con predominio moral y jurídico.

Partir de nuevo de Cristo significa concretamente profundizar en el sacramento que es el bien supremo del matrimonio según santo Agustín. El obispo de Hipona resumió la doctrina del matrimonio definiendo tres bienes esenciales del matrimonio, la fidelidad (fides), la procreación (proles) y la indisolubilidad (sacramentum). Mientras que la fidelidad y la procreación echan raíces en la dimensión natural del matrimonio, el sacramento pertenece más explícitamente a su dimensión sobrenatural. Ésta ofrece un buen punto de partida para una espiritualidad del matrimonio y de la familia que sea significante para sus miembros y al mismo tiempo fecunda para la Iglesia y la sociedad. Veamos sus fundamentos a partir 1) del horizonte cristocéntrico global, 2) del acto de consagración matrimonial y 3) de la gracia que emana de ella para los esposos y para la Iglesia. 4) los valores educativos serán identificados a partir de estos fundamentos.

 

El sacramento del matrimonio como encuentro con Cristo

Un primer valor que hay que descubrir es el lugar de la fe en el pacto de alianza de los esposos y el impacto que tiene o debería tener en su vida. Cuando la fe de los esposos es vivida como un encuentro personal con Cristo, confiere a su amor una dimensión teologal que bonifica toda su vida matrimonial. Porque el matrimonio no es una realidad puramente natural, completa y suficiente en él misma, a la cual Cristo sólo aportaría una ayuda extrínseca para que alcance mejor su propia finalidad. El matrimonio existe desde los orígenes de la creación con vistas a Cristo y con vistas a su gracia redentora que instaura una plenitud de sentido para el amor conyugal y familiar.

La Constitución pastoral Gaudium y Spes del Concilio Vaticano II optó por una refundición de la doctrina del matrimonio en esta perspectiva cristocéntrica. Mientras que la teología moderna, tributaria de una visión extrínseca de la relación entre la naturaleza y la gracia, presentaba el sacramento del matrimonio como una elevación de la naturaleza, el Concilio lo presenta como un encuentro con Cristo y una amistad con él. “Así como Dios antiguamente se adelantó a unirse a su pueblo por una alianza de amor y de fidelidad, así ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio. Además, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella”(GS 48).

De donde la importancia de la celebración sacramental del matrimonio que simboliza este encuentro de los esposos con Cristo y que inaugura toda una vida de amistad con él en el corazón mismo de la vida conyugal y familiar. Esta celebración inaugura al mismo tiempo la misión eclesial de la pareja y de la familia, la misión de servicio con respecto a la sociedad por la procreación y la educación, pero primero y ante todo una misión de servicio con respecto al amor de Cristo para la Iglesia que asume la realidad humana del matrimonio entre los sacramentos de su Reino.

Esta perspectiva cristocéntrica y eclesial se inscribe en el giro iniciado por Henri de Lubac en nuestra época para restaurar una comprensión a la vez más tradicional y más unificada de la relación entre la naturaleza y la gracia. Según él, el hombre tiene sólo una sola finalidad, sobrenatural, que es incapaz de alcanzar por el mismo. Allí está su paradoja y su nobleza que hace decir a santo Tomás de Aquino que el hombre es un ser que, por su naturaleza racional, aspira a la visión de Dios (Desiderium naturale visionis) [9]. Abierto al infinito a causa de su dimensión espiritual, el hombre aspira naturalmente a la visión de Dios. Es, como imagen de Dios, una libertad finita en busca de la Libertad infinita. Vaticano II expresó esta verdad paradójica diciendo que “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS 22). El hombre y la mujer casados, como “comunidad de vida y de amor”, aspiran a esta plenitud de sentido que le es prometida y que el sacramento ya les hace entrever y experimentar en la Iglesia.

 

El matrimonio como consagración y misión eclesial

Avancemos un paso más para descubrir la dinámica profunda del sacramento a partir del acto de fe que lo funda. Cuando dos bautizados se casan en la Iglesia, el don del sacramento está hecho simultáneamente a la pareja y a la Iglesia, porque en todos sus dones sacramentales, Cristo ama la Iglesia y hace de sus hijos, con ella y por ella, testigos de la salvación. Por el don del sacramento del matrimonio, Cristo confiere a los esposos una gracia que los une, que los cura y los santifica en su vida de amor. Pero hay más. Por el don del sacramento, Cristo los consagra como testigos de su propio amor para la Iglesia. Tal vocación sacramental supone evidentemente la fe, el acto de fe que funda el sacramento. “El matrimonio cristiano debe ser interpretado desde el principio a partir de lo alto, escribe Hans Urs von Balthasar, es decir a partir del acto cristiano que le funda. Este acto es el de la fe cristiana, que cuando está vivo incluye siempre el amor y la esperanza, y es el fundamento sobre el cual reposa el don mutuo de los cónyuges. Es un acto que va directamente e inmediatamente a Dios, un voto de fidelidad a Dios porque Dios se manifestó primero por sus promesas y sus revelaciones como el eterno Fiel, en quien se debe creer, en el que se debe confiar y a quien se debe amar. El voto de fidelidad al esposo es pronunciado dentro de este voto de fidelidad a Dios” [10].

Según el gran teólogo de Basilea, el intercambio de los consentimientos entre los esposos cristianos tiene pues una dimensión intrínsecamente teologal que resuena en todas las dimensiones de su unión. Balthasar persigue: “Es el acto de fe de ambos cónyuges del matrimonio que se encuentra en Dios y que a partir de Dios, fundamento de su unidad, testigo de su lazo y garantía de su fecundidad, se vuelve conformado, asumido y restituido. Es Dios quien, en el acto de fe, da los esposos uno a otro dentro del acto cristiano fundamental de ofrenda de sí. Es a Él a quien ambos se ofrecen juntos, es de Él que se reciben de nuevo en un don de gracia, de confianza y de exigencia cristiana” [11].

Este texto de extrema densidad propone un giro teológico radical en la comprensión del sacramento del matrimonio, que puede fundar una espiritualidad renovada para este estado de vida. A la perspectiva acostumbrada antropocéntrica donde los esposos aparecen como los primeros protagonistas de su consentimiento mutuo, vemos más profundamente aquí que el acto subyacente de fe de su don incluye su intercambio en el acto fundamental de entrega de sí a Dios. Porque se casan como bautizados, en Cristo, depositan su amor en las manos de Cristo, que los devuelve el uno al otro, los bendice y los gratifica con una efusión especial de su Espíritu (FC 21). Desde ahora en adelante se querrán con toda la fuerza de sus sentimientos personales, pero también en la fuerza del Espíritu que los inviste de una misión de amor de naturaleza eclesial.

La dimensión teologal de este sacramento, vista a partir de su acto constitutivo, es llamada a desarrollarse y a penetrar todos los aspectos de la vida conyugal y familiar. Da valor al socio divino que está comprometido en la unión de los esposos y que quiere fecundar de todas las maneras su comunidad de vida y de amor. ¿Cómo ayudar a las parejas a prepararse para un tal acto de consagración de su unión y a vivir sin interrupción el acto de fe que se los da a Dios dándose el uno al otro? ¿Cómo educar a los esposos y los futuros esposos para que su encuentro del Cristo los lleve a vivir su unión como una misión recibida de él en la Iglesia y no sólo como una búsqueda personal de felicidad? Estas cuestiones invitan a desarrollar más precisamente los efectos eclesiales del sacramento y a explorar las potencialidades educativas.

El significado doble, eclesiástico y antropológico, del don sacramental

El sacramento del matrimonio añade una participación a dos, como pareja, a la vida divina que es dada en todo sacramento, “hasta tal punto que el efecto primero e inmediato del matrimonio (res y sacramentum) no es la gracia sobrenatural misma, sino el lazo conyugal cristiano, una comunión típicamente cristiana porque representa el misterio de encarnación de Cristo y su misterio de alianza “ (FC 13).

Según este pasaje de Familiaris Consortio que recoge la doctrina común de la Iglesia, el primer efecto del sacramento sella de modo indisoluble la pertenencia de los esposos uno a otro, por un don mutuo que trasciende sus fluctuaciones emocionales. Este sello sacramental une a ambas personas indisolublemente en virtud del amor de Cristo que se compromete con ellos y los requiere para representar su propio misterio de alianza. El lazo conyugal constituye la base de la dimensión eclesial del sacramento. Por este lazo los esposos forman una nueva unidad, una pareja sacramental, que constituye la célula de base de la sociedad y de la Iglesia.

Este lazo sacramental significa que el amor divino se desposa con el amor conyugal y lo compromete al servicio de su misterio de Alianza con la humanidad. Esto significa, antropológicamente, que en el momento en el que los esposos se consagran su amor, simultáneamente son bendecidos y como desapropiados. Su vida común, habitada por el Espíritu Santo, será un signo de la fidelidad de Dios hacia su pueblo, una fuente de la fecundidad espiritual y humana de la Iglesia, Esposa del Cristo. “Por el sacramento, toda pareja se casa con el Cristo “ escrito Paul Evdokimov. El compromiso de los esposos, uno con el otro, siendo primero y ante todo un compromiso con respecto a Cristo, Éste sale fiador, a cambio, con los socorros necesarios para superar sus debilidades, para curar sus heridas y perfeccionar su amor en todas sus manifestaciones humanas y espirituales. “Desempeñando su misión conyugal y familiar con la fuerza de este sacramento, penetrados por el espíritu de Cristo que impregna toda su vida de fe, de esperanza y de caridad, alcanzan cada vez más su perfección personal y su santificación mutua: así es como juntos contribuyen a la glorificación de Dios “ (GS 48).

En el corazón del sacramento del matrimonio, Cristo ejerce pues una verdadera mediación nupcial, simbolizada por su presencia en Caná [12] que despliega el horizonte trinitario de la espiritualidad conyugal y familiar. Como lo expresa audazmente el Concilio, “el amor auténtico y conyugal es asumido en el amor divino” (GS 48) y es integrado por la gracia redentora de Cristo en las relaciones de Alianza de la Trinidad Santa con mundo. Porque, en virtud de la unión hipostática de Cristo que funda la alianza sacramental de los esposos, su amor mutuo es asumido en el intercambio entre las Personas divinas y se hace función de este intercambio. El Padre y el Hijo se glorifican mutuamente en al amor de los esposos y de la familia a la que bendicen y santifican por el don de su Espíritu. De donde un ensanchamiento infinito de su horizonte espiritual y de su resplandor sacramental. El amor fecundo de los esposos cristianos y las relaciones familiares que proceden de allí se hacen el santuario del Amor trinitario, el signo sagrado de un Amor divino encarnado que se ofrece al mundo humildemente por su comunidad de vida y de amor vivida segun la imagen de la Sagrada Familia de Nazareth.

 

La Iglesia domestica, escuela de evangelio y de valores humanos

En esta perspectiva trinitaria y cristocéntrica, la dimensión eclesial del matrimonio pasa al primer plano y se vuelve englobante mientras que permanecía antes limitada y marginal. De hecho, por la gracia del sacramento del matrimonio, los esposos cristianos están constituidos miembros de la primera célula de la Iglesia, llamada con razón en el Concilio “iglesia doméstica” [13]. Desarrollada abundantemente por la Exhortación apostólica Familiaris Consortio esta perspectiva adquiere entonces oficialmente derecho de ciudad sin no obstante que este documento establezca plenamente la eclesialidad de la familia. Porque, según los términos del FC, la familia, comunidad “salvada” se hace una comunidad “que salva” (FC 49) pero su “participación a la vida y a la misión de la Iglesia” (FC 49-64) es todavía pensada de modo un poco extrínseco en referencia a las actividades específicas de evangelización y de culto. Mientras que es todo el ser de la pareja en todas sus dimensiones quien es eclesial, ya que Cristo asume el amor humano en su amor divino para hacer de él un sacramento de su relación nupcial con la Iglesia (GS 48).

Por el matrimonio sacramental, los esposos son solamente una imagen de la Iglesia, son verdaderamente constituidos “una iglesia en miniatura” dotada de propiedades de la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Encontramos allí en efecto la comunidad de vida, el sacerdocio bautismal, la caridad, la evangelización y el culto. Estas dimensiones constitutivas confieren a la pareja una realidad eclesial auténtica y esencialmente misionera, a ejemplo de la gran Iglesia cuya célula de base es.

En esta luz, percibimos mejor la belleza y la importancia de la misión educativa de los esposos. Por la gracia de Cristo, son una fuente de vida, de crecimiento, de educación y de servicio; su unión se hace en un sentido amplio un sacramento de la paternidad divina y de la filiación divina en la fecundidad del Espíritu Santo. Santo Tomás pudo comparar la sublimidad del ministerio educativo de los padres cristianos al ministerio de los sacerdotes: “Algunos propagan y mantienen la vida espiritual por un ministerio únicamente espiritual, y esto le toca al sacramento del orden; otros lo hacen para la vida a la vez corporal y espiritual, y esto se realiza por el sacramento del matrimonio, en el cual el hombre y la mujer se unen para engendrar a los niños y enseñarles el culto de Dios” [14].

“¡ Familia sé lo que tú eres! “ repetía con fuerza Juan Pablo II, el Papa de la familia. sé lo que tú eres: una célula de la Iglesia, un santuario del Amor, una escuela de evangelio y de valores humanos, la esposa de Cristo. Es solamente en la conciencia de esta luz que viene del encuentro con Cristo que la familia puede hoy cumplir su misión de educadora de los valores humanos y cristianos. Sé lo que tú eres: “haz de tu casa una Iglesia” repetía a sus fieles san Juan Crisóstomo.

En corolario de estas consideraciones teológicas, ciertos valores educativos que hay que promover vuelven a salir al primer plano. En primer lugar, una educación a la vida teologal de fe, esperanza y caridad, que debe preparar a los esposos a su matrimonio para que su unión conyugal y familiar sea fundada sobre la roca de la palabra de Dios y no sólo sobre la arena movediza de sus sentimientos, tan sinceros sean. Una vida profunda y teologal implica la conciencia viva esposos de lo que significa el bautismo como la pertenencia a Cristo y a la Iglesia; implica también una vida intensa de oración, alimentada de la Eucaristía y periódicamente renovada por el sacramento de penitencia. La vitalidad de la familia, Iglesia domestica, depende de su coherencia sacramental que le asegura su apertura a Dios y su apertura apostólica. Esta vitalidad crece o decae según la fidelidad de la pareja y de la familia a su pertenencia eclesiástica.

De donde la importancia de ciertos encuentros familiares y eclesiales que alimentan la espiritualidad de la Iglesia doméstica. A los grandes encuentros familiares de Navidad y de Pascua, se añade muy naturalmente la misa dominical en familia, preparada posiblemente por una catequesis y seguida por la comida semanal festiva. Ciertos grupos religiosos contemporáneos restauran estas bellas tradiciones como un signo profético que una nueva primavera de la Iglesia comienza en las familias. Estos tiempos fuertes de vida común refuerzan la unidad de la familia y el sentido de pertenencia a la comunidad, contra las tendencias culturales dominantes al individualismo y a la dispersión. Cualesquiera que sean las limitaciones de la vida moderna, una familia cristiana debe escoger conscientemente y fuertemente no abandonar el valor inestimable del domingo como día de descanso, de oración y de vida familiar. Una familia que respeta y honra el día del Señor por la escucha de la Palabra de Dios en el seno de la Asamblea dominical lleva un mensaje profético al mundo de hoy. Agradeciéndole a Dios por su pertenencia a la familia de Dios, testimonia en Iglesia de su Alianza con Cristo para la edificación de una civilización del amor.

La familia cristiana cumple también su misión de educadora por su apertura a la sociedad y al apostolado. La acogida, la hospitalidad, el reparto y la ayuda mutua son rasgos característicos de la espiritualidad familiar que manifiestan el Espíritu de amor que lo anima. La apertura a Dios que demuestran los esposos por la santidad de su vida se prolonga por la apertura misionera a la sociedad. Aunque la misión de la Iglesia doméstica comienza en primer lugar con el ser de la familia, con la comunión de las personas, el don de la vida y la educación de los niños, se prolonga sin embargo muy naturalmente por el apostolado cerca de otras familias o en otro brillo(influencia) sobre la sociedad que es compatible con su primera misión. Su apertura apostólica testimonia el Amor trinitario que le habita y le arrastra (se le lleva) en compartir la buena noticia del Amor que se hace carne.


 

NOTAS:

[1] Cf. Conseil Pontifical pour la Famille, Lexique des termes ambigus et controversés sur la famille, la vie et les questions éthiques, Pierre Téqui éditeur, 2005.

[2] Cf. Théry I., La distinction de sexe une nouvelle approche de l’égalité, Paris, Odile Jacob, 2007; Delorme W.Quatrième génération, Paris, Grasset, 2007; Godelier, M., Au fondement des sociétés humaines, Paris, Albin Michel, 2007; Judith Butler, Trouble dans le genre pour un féminisme de subversion, La découverte , Paris, 2005;

[3] Cf. La tentation de Capoue. Anthropologie du mariage et de la filiation, Sous la direction de Tony Anatrella, Ed. Cujas, 2008. Pour la critique de ces théories, voir en particulier «Hors conjugal et parental : des enjeux psychologiques et sociaux, p. 25-97, et autres œuvres de Tony Anatrella, dont Le règne de Narcisse. Les enjeux du déni de la différence sexuelle, La Renaissance, Paris, 2005.

[4] Cf. Iacub M. et Maniglier P., L’anti-manuel d’éducation sexuelle, Bréal, Paris, 2005.

[5] Cf. W. Kasper, Teologia del matrimonio cristiano, Queriniana, 1985, 2e éd., 18. Je renvoie à mes deux volumes qui développent amplement ces perspectives : Divina somiglianza. Antropologia trinitaria della famiglia, Lateran University Press, Rome, 2004 ; Mistero e Sacramento dell’amore. Teologia del matrimonio et della famiglia per la nuova evangelizzazione, Cantagalli, 2007.

[6] Cf. Alfonso Lopez Trujillo, La grande sfida. Famiglia, dignità della persona e umanizzazione, Città Nuova, 2004 ; voir aussi Jorge Alberto Serrano, ,Valores familiares y modernidad, In : Familia et Vita, Anno IX, No. 1-2, 2004, 138-151.

[7] Jean Paul II, Exhortation apostolique Novo Millenio Inneunte, 6 janvier 2001, à l’aube du nouveau millénaire.

[8] Cf. M. Ouellet, La vocazione cristiana al matrimonio e alla famiglia nella missione della chiesa, L.U.P. Roma 2005.

[9] Saint Thomas d’Aquin, Contra Gentes, 3, 25; 3, 50; S. Th. I IIae q 5 a 5 ad 2. Voir Henri de Lubac,Surnaturel, 1946, 483-494; Hans Urs von Balthasar, La Dramatique divine. II. Les personnes du drame 1. L’homme en Dieu, 177ss.

[10] Balthasar, H.U. von, Christlicher Stand , Johannes, Einsiedeln, 1977, 198.

[11] Id.

[12] Cf. De la Potterie, I. Le Nozze messianiche e il matrimonio cristiano, in: Lo Sposo, la Sposa (Parola Spirito e Vita n. 13), Bologna 1986, 87-104; Tettamanzi, D. La famiglia, via della Chiesa, chap. II, Come a Cana di Galilea: Cristo incontra gli sposi, 31-51.

[13] Lumen Gentium 11; Apostolicam actuositatem 11.

[14] S. Thomas d’Aquin, Summa contra Gentiles, IV, 58 (FC 38).

 

 

Una familia sin Dios, un fracaso seguro

Así como no puede dejarse a un hombre sin alimento, es impensable dejar a la familia sin Dios.

Por: Cristiandad.org | Fuente: Cristiandad.org

En más de una ocasión escuchamos las arengas que recibe un matrimonio desganado, cansado o poco amante. Muchas de esas veces nos decimos, cuando no es tal nuestro caso o lo hemos superado: ¿Acaso no soy yo un/a esposo/a amante y fiel? ¿Por qué sin embargo no estoy feliz?

Evidentemente, en esta época es cada vez más difícil de encontrar una persona que pueda, libre de toda mancha en su conciencia, encontrarse fiel y amante con su familia. Sin embargo, a quienes ya han empezado el arduo camino de la santificación, o incluso quienes con esfuerzo, sudor y lágrimas alcanzaron una relativa paz en sus hogares, creen en más de una ocasión haber alcanzado el punto culmine de su perfeccionamiento familiar, o incluso social.

¿Por qué, entonces, muchas veces obtenemos tan poco éxito en la organización y gobierno de nuestra familia? ¿Por qué fracasamos en la educación de nuestros hijos?

Fácil es encontrar familias devastadas, pero más fácil aún es encontrar familias aparentemente “normales” y “felices” que se encuentran, pese a la fachada, carcomidas por los ratones del desorden, la frustración, la tibieza o la rebeldía.

Cuenta la Sagrada Escritura que cuando los futuros apóstoles se esforzaron toda la noche en su labor de pesca, nada lograron, pero cuando de día fueron con Jesucristo y siguieron sus instrucciones, la pesca fue copiosa.

Suele suceder, en todo tipo de familias, que toda la falla se encuentra en esto: falta de Dios en sus vidas. Cada quien olvida con facilidad a Jesús y se empeña en obrar por su cuenta. Así sus afanes se ven frustrados. Por eso el Señor nos dice que quiere niños en la fe, niños demandantes, niños indefensos, niños que lo necesiten y lo llamen ante cada necesidad y cada alegría.

Para el espíritu es de noche, como aquella infructuosa noche de los apóstoles, cuando las tinieblas de las preocupaciones terrenas o de las concupiscencias cubren su horizonte, sin que lleguen hasta él las luces religiosas.

Así, afanándose cada cual en sus tareas propias como esposo, esposa, hijo, es llevado por una serie de móviles únicamente terrenos. Contentar al marido, consentir al niño, hacer la tarea escolar o halagar a la esposa, se convierte entonces en un mero impulso terreno. ¡Pero si así soy bueno! Bueno, sí, pero no es suficiente.

Contentar a los suyos, disfrutar de los hijos, labrarles un porvenir, mejorar la fortuna y la posición social, sentirse amados y rodeados de bienestar y... ¿qué más? ¿cuándo abrimos nuestra puerta a la gracia sobrenatural que diariamente llama desde el otro lado?

Es de noche, y no está Jesús. Es probable que, tarde o temprano, fracasemos. Por eso aquellas personas que nos causan una cierta envidia por su vida llena de opulencias, de largueza económica, de reconocimiento social, de aventuras y de amores, son vidas, sin embargo, que terminan por lo general en la desesperación. Es de desesperación de la falta de Dios, la desesperación de haberlo probado todo y no estar satisfecho y feliz. Tal vez sea una de las derrotas más tristes de un ser humano.

¿Queremos el éxito? Busquemos a Dios. Dios es Perfección y Bien absolutos. Donde Él está es de día. Su luz lo ilumina todo, y junto a su luz está su ley. Ambas cosas son inseparables: luz de Cristo y ley de Cristo.

La luz nos alcanza por medio del sentido cristiano de la vida, que debemos procurar adquirir a través de toda una existencia forjada en el amor a Dios, en necesidades, en alegrías, en soledad, en búsqueda, en esperanza: siempre Dios.

Si desarrollamos nuestros afanes a la luz de Cristo, si observamos su ley, si saturamos de ambas nuestra vida, acaso tengamos fracasos materiales, y no logremos la prosperidad terrena, ni consigamos mejorar la fortuna o la posición (acaso sí), pero tendremos un éxito espiritual que se trasparentará en todos los ámbitos de nuestra vida, personal, familiar, social. Gozaremos de la paz del alma, de la tranquilidad del hogar honrado y de la satisfacción de ver a nuestros seres amados felices y contentos en cuanto pueden estarlo en la tierra.

 

 

La dignidad del niño no nacido

 

Juan José Corazón 

No nacido en el vientre materno.

Desde hace ya mucho tiempo, debido, lamentablemente, a la permisividad de las legislaciones de muchos estados, nos obligan a convivir con una idea, que es una imposición, de que abortar un niño es lo mismo que quitarse un grano del cuerpo.

El problema es que el grano no posee ninguna dignidad propia. Sin embargo, el niño, que ya vive, posee exactamente la misma dignidad que cualquier otro ser humano; la misma que posee aquél o aquella que, por depender de él o ella, le puede matar.

Dicen que la ley del aborto no es una imposición y que la mujer que no quiera abortar es libre de no hacerlo. El engaño del argumento es que la imposición no es para la mujer o el hombre cuya vida ya está, más o menos, resuelta y asegurada. La víctima de tal imposición es el niño que ya vive y, ante su indefensión, se le dice: no quiero que sigas viviendo.

Se trata de una argumentación radicalmente contraria a la dignidad del ser humano y no tiene en cuenta, para nada, que lo más valioso que poseemos los hombres y las mujeres es, precisamente, nuestra propia dignidad de ser seres humanos; y, en consecuencia, la obligación universal del respeto al primer derecho que se deriva de tal dignidad: el derecho a la vida y a seguir viviendo.

Un niño, aunque esté en el seno de su madre, ya es un niño. Con su personalidad propia y única, aunque su personalidad sea aún muy pequeñita e incluso ínfima; y su ser, tal como es, va creciendo y desarrollándose. Esto lo saben bien las madres y los padres.

No se puede negar el valor de la dignidad humana de su ser por el hecho de estar y crecer en el seno de su madre, porque si, por avatares de la vida, ¿cuándo tenga tres, nueve, doce años, que también va creciendo y desarrollándose, depende, por ejemplo, de una silla de ruedas, alguien le negaría su propia dignidad?

Además, ya está en el mundo. Forma parte del mundo real. Al comenzar a existir se ha convertido en dueño del mundo junto con todos los demás hombres y mujeres. Nadie debería arrogarse el derecho a privarle de lo que ya es suyo.

El grano, ni tiene personalidad, ni derecho alguno en el mundo e irrumpe en la vida de las personas como un enemigo que hay que extirpar ¿Debemos seguir soportando la consideración de que es, también así, el niño VIVO aún no nacido?

Hay algo muy grande en tener un hijo y es que, Dios, hace al hombre y a la mujer grande, porque le deja participar en la obra de su creación de un nuevo ser humano.

 

 

A MI PADRE