Las Noticias de hoy 24 Junio 2020

Enviado por adminideas el Mié, 24/06/2020 - 12:55

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    miércoles, 24 de junio de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

El Papa reza por quienes se ocupan de la limpieza. Solo en Dios Padre somos hermanos

El Papa reza por las enfermeras, ejemplo de heroísmo. La paz de Jesús nos abre a los demás

LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA*: Francisco Fernandez Carbajal

“Eres hijo de Dios”: San Josemaria

Los tres primeros sacerdotes del Opus Dei (mayo-junio de 1944)

La filiación divina: fuente de vida espiritual

El comunismo tiene una ideología que «es la misma que está en la base de los vientres de alquiler»: Elena Faccia Serrano.

Un error común en el matrimonio: esperar que ellas reaccionen como ellos y viceversa: LaFamilia.info

Mi pequeña procesión privada del Corpus Christi: Pedro María Reyes 

Compromiso vital: Embajadora  de Paz  Irene Mercedes Aguirre

Un fecundo matrimonio: Mario Arroyo.

Reflexiones sobre el racismo: Salvador Abascal Carranza

De quienes “viven de la plenitud de su Fe”: Enric Barrull Casals

Se renueva el milagro de las bodas de Caná: Xus D Madrid

El Corpus Christi, sin las procesiones: Juan García. 

Los poderosos el destino y el olvido :  Antonio García Fuentes

e  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

El Papa reza por quienes se ocupan de la limpieza. Solo en Dios Padre somos hermanos

 

En la misa en la Casa Santa Marta, Francisco piensa en aquellos que realizan servicios de limpieza en casas, hospitales, calles, un trabajo escondido necesario para sobrevivir.

Francisco preside la misa en la Casa Santa Marta el sexto domingo de Pascua. En la introducción dirigió sus pensamientos al personal de limpieza:

Hoy nuestra oración es por las muchas personas que limpian los hospitales, las calles, que vacían los cubos de basura, que van por las casas para llevarse la basura: un trabajo que nadie ve, pero es un trabajo que es necesario para sobrevivir. Que el Señor los bendiga, los ayude.

En su homilía, el Papa comentó el Evangelio de hoy (Jn 14, 15-21) en el que Jesús dice a sus discípulos: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes. No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes".

Al despedirse de los discípulos, Jesús -afirmó Francisco- les da tranquilidad y paz, con una promesa: "No los dejaré huérfanos". "Los defiende de ese dolor, de esa dolorosa sensación de orfandad. Hoy en el mundo hay un gran sentimiento de orfandad: muchos tienen muchas cosas, pero falta el Padre. Y en la historia de la humanidad esto se repite: cuando el Padre falta, falta algo y siempre existe el deseo de encontrarse, de encontrar al Padre, también en los mitos antiguos: pensemos en los mitos de Edipo, de Telémaco" y muchos otros que siempre muestran esta búsqueda del Padre que falta.

"Y hoy podemos decir que vivimos en una sociedad en la que falta el Padre, un sentido de orfandad que toca la pertenencia y la fraternidad. Por eso Jesús promete: "Rezaré al Padre y Él les dará otro Paráclito". Me voy, dice Jesús, pero vendrá otro que les enseñará el acceso al Padre. Él le recordará el acceso al Padre. El Espíritu Santo no viene a "hacer sus clientes"; viene para señalar el acceso al Padre, para recordarles el acceso al Padre, aquello que Jesús abrió, aquello que Jesús mostró. No hay una espiritualidad sólo del Hijo, sólo del Espíritu Santo: el centro es el Padre. El Hijo es el enviado por el Padre y regresa al Padre. El Espíritu Santo es enviado por el Padre para recordar y enseñar el acceso al Padre".

"Sólo con esta conciencia de los hijos que no son huérfanos se puede vivir en paz entre nosotros. Las guerras, siempre, ya sean pequeñas o grandes, siempre tienen una dimensión de orfandad: falta el Padre para hacer la paz". Por esta razón - explica el Papa comentando la primera lectura de hoy - Pedro invita a la primera comunidad cristiana a responder con dulzura, respeto y con una conciencia recta a aquellos que piden la razón de la fe: "es decir, la mansedumbre que da el Espíritu Santo. El Espíritu Santo nos enseña esta mansedumbre, esta dulzura de los hijos del Padre. El Espíritu Santo no nos enseña a insultar. Y una de las consecuencias del sentido de orfandad es el insulto, las guerras, porque si no está el Padre no hay hermanos, se pierde la hermandad. Son - esta dulzura, respeto, mansedumbre -, son actitudes de pertenencia, de pertenencia a una familia" que tiene un Padre, "que es el centro de todo, el origen de todo, la unidad de todos, la salvación de todos, porque envió a su Hijo para salvarnos a todos". Y envía al Espíritu Santo para recordarnos el acceso al Padre, "esta paternidad, esta actitud fraternal de mansedumbre, gentileza, paz".

"Pidamos al Espíritu Santo que nos recuerde siempre, siempre, este acceso al Padre, que nos recuerde que tenemos un Padre, y a esta civilización que tiene un gran sentido de la orfandad, conceda la gracia de reencontrar al Padre, el Padre que da sentido a toda la vida y hace de los hombres, una familia".

El Papa invitó a hacer la comunión espiritual con esta oración:

Creo, Jesús mío, que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma. Pero como ahora no puedo recibirte sacramentado, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén.

Antes de salir de la capilla dedicada al Espíritu Santo, se entonó la antífona mariana "Regina Coeli", que se canta durante el Tiempo Pascual:

Regina coeli, laetare, alleluia.
Quia quem meruisti portare, alleluia.
Resurrexit, sicut dixit, alleluia.
Ora pro nobis Deum, alleluia.

Reina del cielo alégrate; aleluya.
Porque el Señor a quien has merecido llevar; aleluya.
Ha resucitado según su palabra; aleluya.
Ruega al Señor por nosotros; aleluya.

 

El Papa reza por las enfermeras, ejemplo de heroísmo. La paz de Jesús nos abre a los demás

En la misa de Santa Marta, Francisco pidió a Dios que bendiga a las enfermeras que en esta época de la pandemia han sido un ejemplo de heroísmo y en algunos casos han dado su vida. En su homilía, afirmó que la paz de Jesús es un don gratuito que abre siempre a los demás y dona la esperanza del Paraíso, que es la paz definitiva, mientras que la paz del mundo es egoísta, estéril, cara y provisional.

 

VATICAN NEWS

Francisco presidió la misa en la Casa Santa Marta el martes de la quinta semana de Pascua. En la introducción, dirigió su pensamiento a las enfermeras:

Hoy es el día de las enfermeras. Ayer envié un mensaje. Recemos hoy por los enfermeros y enfermeras, hombres, mujeres, muchachos y muchachas que tienen esta profesión, que es más que una profesión, es una vocación, una dedicación. Que el Señor los bendiga. En esta época de la pandemia han dado ejemplo de heroísmo y algunos han dado su vida. Recemos por las enfermeras y los enfermeros.

En la homilía el Papa ha comentado el Evangelio hodierno (Jn 14,27-31) en el que Jesús dice a sus discípulos: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo”.

“El Señor -dijo el Papa- antes de irse saluda a los suyos y da el don de la paz, la paz del Señor”. “No se trata de la paz universal, aquella paz sin guerras que todos nosotros deseamos que exista siempre, sino la paz del corazón, la paz del alma, la paz que cada uno de nosotros tiene dentro. Y el Señor te la da, subraya, pero no como la da el mundo”. Se trata de paces diversas. "El mundo - observó Francisco - te da paz interior", la paz de tu vida, este vivir con el corazón en paz, "como una posesión tuya, como algo que es tuyo y te aísla de los demás" y "es una adquisición tuya: tengo paz. Y tú, sin darte cuenta, te encierras en esa paz, es una paz un poco para ti" que te hace estar tranquilo y también feliz, pero "te adormece un poco, te anestesia y te hace quedarte contigo mismo": es "un poco egoísta". Así es como el mundo da la paz. Y es "una paz cara porque tienes que cambiar constantemente los instrumentos de paz: cuando te entusiasmas con una cosa, te da paz una cosa, luego se acaba y tienes que encontrar otra... Es cara porque es temporal y estéril".

"En cambio, la paz que Jesús da es otra cosa. Es una paz que te pone en movimiento, no te aísla, te pone en movimiento, te hace ir hacia los demás, crea comunidad, crea comunicación. La paz del mundo es cara, la paz de Jesús es gratis, es gratuita: la paz del Señor es un don del Señor. Es fecunda, siempre te hace avanzar. Un ejemplo del Evangelio que me hace pensar en cómo es la paz del mundo es ese Señor que tenía los graneros llenos" y pensó en construir otros almacenes para vivir finalmente en tranquilo. "Necio, dice Dios, esta noche morirás." "Es una paz inmanente que no abre la puerta al más allá. En cambio, la paz del Señor" está "abierta al Cielo, está abierta al Paraíso". "Es una paz fecunda que se abre y porta a otros contigo al Paraíso".

El Papa invita a ver dentro de nosotros mismos cuál es nuestra paz: ¿encontramos la paz en el bienestar, en la posesión y en muchas otras cosas o encuentro la paz como don del Señor? "¿Tengo que pagar por la paz o la recibo gratis del Señor? ¿Cómo es mi paz? Cuando me falta algo, ¿me enfado? Esta no es la paz del Señor. Esta es una de las pruebas. ¿Estoy tranquilo en mi paz, me adormezco? No es del Señor. ¿Estoy en paz y quiero comunicarla a los demás y llevar algo adelante? Esa es la paz del Señor. Incluso en tiempos malos y difíciles, ¿esa paz permanece en mí? Es del Señor. Y la paz del Señor es fecunda también para mí porque está llena de esperanza, es decir, mira al Cielo.

El Papa Francisco relata que ayer recibió una carta de un buen sacerdote que le dijo que hablaba poco del Cielo, que debería hablar más de él: "Y tiene razón, tiene razón. Por eso hoy he querido subrayar esto: que la paz, esta paz que nos da Jesús, es una paz para el presente y para el futuro. Es empezar a vivir el Cielo, con la fecundidad del Cielo. No es anestesia. La otra, sí: te anestesias con las cosas del mundo y cuando la dosis de esta anestesia termina tomas otra y otra y otra y otra... Esta es una paz definitiva, fecunda, también contagiosa. No es narcisista, porque siempre mira al Señor. La otra te mira a ti, es un poco narcisista".

"Que el Señor -concluye el Papa- nos dé esta paz llena de esperanza, que nos hace fecundos, nos hace comunicativos con los demás, que crea comunidad y que siempre busca la paz definitiva del Paraíso".

El Papa Francisco terminó la celebración con la adoración y la bendición eucarística. Antes de salir de la capilla dedicada al Espíritu Santo, se cantó la antífona mariana del tiempo de Pascua, "Regina caeli":

Regína caeli laetáre, allelúia.
Quia quem merúisti portáre, allelúia.
Resurréxit, sicut dixit, allelúia.
Ora pro nobis Deum, allelúia.

 

 

LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA*

Solemnidad

— La misión del Bautista.

— Nuestro cometido: preparar los corazones para que Cristo pueda entrar en ellos.

— Oportet illum crescere... Conviene que Cristo crezca más y más en nuestra vida y que disminuya la propia estimación de lo que somos y valemos.

I. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan; éste venía para dar testimonio de la luz y preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto1.

Hace notar San Agustín que «la Iglesia celebra el nacimiento de Juan como algo sagrado, y él es el único cuyo nacimiento festeja; celebramos el nacimiento de Juan y el de Cristo»2. Es el último Profeta del Antiguo Testamento y el primero que señala al Mesías. Su nacimiento, cuya Solemnidad celebramos, «fue motivo de gozo para muchos»3, para todos aquellos que por su predicación conocieron a Cristo; fue la aurora que anuncia la llegada del día. Por eso, San Lucas resalta la época de su aparición, en un momento histórico bien concreto: El año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea...4. Juan viene a ser la línea divisoria entre los dos Testamentos. Su predicación es el comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios5, y su martirio habrá de ser como un presagio de la Pasión del Salvador6. Con todo, «Juan era una voz pasajera; Cristo, la Palabra eterna desde el principio»7.

Los cuatro Evangelistas no dudan en aplicar a Juan el bellísimo oráculo de lsaías: He aquí que yo envío a mi mensajero, para que te preceda y prepare el camino. Voz que clama en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas8. El Profeta se refiere en primer lugar a la vuelta de los judíos a Palestina, después de la cautividad de Babilonia: ve a Yahvé como rey y redentor de su pueblo, después de tantos años en el destierro, caminando a la cabeza de ellos, por el desierto de Siria, para conducirlos con mano segura a la patria. Le precede un heraldo, según la antigua costumbre de Oriente, para anunciar su próxima llegada y hacer arreglar los caminos, de los que, en aquellos tiempos, nadie solía cuidar, a no ser en circunstancias muy relevantes. Esta profecía, además de haberse realizado en la vuelta del destierro, había de tener un significado más pleno y profundo en un segundo cumplimiento al llegar los tiempos mesiánicos. También el Señor había de tener su heraldo en la persona del Precursor, que iría delante de Él, preparando los corazones a los que había de llegar el Redentor9.

Contemplando hoy, en la Solemnidad de su nacimiento, la gran figura del Bautista que tan fielmente llevó a cabo su cometido, podemos pensar nosotros si también allanamos el camino al Señor para que entre en las almas de amigos y parientes que aún están lejos de Él, para que se den más los que ya están próximos. Somos los cristianos como heraldos de Cristo en el mundo de hoy. «El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna»10.

II. La misión de Juan se caracteriza sobre todo por ser el Precursor, el que anuncia a otro: vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino el que había de dar testimonio de la luz11. Así consigna en el inicio de su Evangelio aquel discípulo que conoció a Jesús gracias a la preparación y a la indicación expresa que recibió del Bautista: Al día siguiente estaba allí de nuevo Juan y dos discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: He aquí el Cordero de Dios. Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús12. ¡Qué gran recuerdo y qué inmenso agradecimiento tendría San Juan Apóstol cuando, casi al final de su vida, rememora en su Evangelio aquel tiempo junto al Bautista, que fue instrumento del Espíritu Santo para que conociera a Jesús, su tesoro y su vida!

La predicación del Precursor estaba en perfecta armonía con su vida austera y mortificada: Haced penitencia –clamaba sin descanso–, porque está cerca el reino de los Cielos13. Semejantes palabras, acompañadas de su vida ejemplar, causaron una gran impresión en toda la comarca, y pronto se rodeó de un numeroso grupo de discípulos, dispuestos a oír sus enseñanzas. Un fuerte movimiento religioso conmovió a toda Palestina. Las gentes, como ahora, estaban sedientas de Dios, y era muy viva la esperanza del Mesías. San Mateo y San Marcos refieren que acudían de todos los lugares: de Jerusalén y de todos los demás pueblos de Judea14; también llegaban gentes de Galilea, pues Jesús encontró allí sus primeros discípulos, que eran galileos15. Ante los enviados del Sanedrín, Juan se da a conocer con las palabras de Isaías: Yo soy la voz que clama.

Con su vida y con sus palabras Juan dio testimonio de la verdad; sin cobardías ante los que ostentaban el poder, sin conmoverse por las alabanzas de las multitudes, sin ceder a la continua presión de los fariseos. Dio su vida defendiendo la ley de Dios contra toda conveniencia humana: no te es lícito tener por mujer a la esposa de tu hermano16, reprochaba a Herodes.

Poca era la fuerza de Juan para oponerse a los desvaríos del tetrarca, y limitado el alcance de su voz para preparar al Mesías un pueblo bien dispuesto. Pero la palabra de Dios tomaba fuerza en sus labios. En la Segunda lectura de la Misa17 la liturgia aplica al Bautista las palabras del Profeta: Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano, me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba. Y mientras Isaías piensa: en vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas, el Señor le dice: te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.

El Señor quiere que le manifestemos en nuestra conducta y en nuestras palabras allí donde se desenvuelve diariamente el trabajo, la familia, las amistades..., en el comercio, en la Universidad, en el laboratorio..., aunque parezca que ese apostolado no es de mucho alcance. Es la misma misión de Juan la que el Señor nos encomienda ahora, en nuestros días: preparar los caminos, ser sus heraldos, los que le anuncian a otros corazones. La coherencia entre la doctrina y la conducta es la mejor prueba de la convicción y de la validez de lo que proclamamos; es, en muchas ocasiones, la condición imprescindible para hablar de Dios a las gentes.

III. La misión del heraldo es desaparecer, quedar en segundo plano, cuando llega el que es anunciado. «Tengo para mí –señala San Juan Crisóstomo– que por esto fue permitida cuanto antes la muerte de Juan, para que, desaparecido él, todo el fervor de la multitud se dirigiese hacia Cristo en vez de repartirse entre los dos»18. Un error grave de cualquier precursor sería dejar, aunque fuera por poco tiempo, que lo confundieran con aquel que se espera.

Una virtud esencial en quien anuncia a Cristo es la humildad y el desprendimiento. De los doce Apóstoles, cinco, según mención expresa del Evangelio, habían sido discípulos de Juan. Y es muy probable que los otros siete también; al menos, todos ellos lo habían conocido y podían dar testimonio de su predicación19. En el apostolado, la única figura que debe ser conocida es Cristo. Ese es el tesoro que anunciamos, a quien hemos de llevar a los demás.

La santidad de Juan, sus virtudes recias y atrayentes, su predicación..., habían contribuido poco a poco a dar cuerpo a que algunos pensaran que quizá Juan fuese el Mesías esperado. Profundamente humilde, Juan solo desea la gloria de su Señor y su Dios; por eso, protesta abiertamente: Yo os bautizo con agua; pero viene quien es más fuerte que yo, al que no soy digno de desatar la correa de sus sandalias: Él os bautizará en Espíritu Santo y en fuego20. Juan, ante Cristo, se considera indigno de prestarle los servicios más humildes, reservados de ordinario a los esclavos de ínfima categoría, tales como llevarle las sandalias y desatarle las correas de las mismas. Ante el sacramento del Bautismo, instituido por el Señor, el suyo no es más que agua, símbolo de la limpieza interior que debían efectuar en sus corazones quienes esperaban al Mesías. El Bautismo de Cristo es el del Espíritu Santo, que purifica como lo hace el fuego21.

Miremos de nuevo al Bautista, un hombre de carácter firme, como Jesús recuerda a la muchedumbre que le escucha: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Alguna caña que a cualquier viento se mueve? El Señor sabía, y las gentes también, que la personalidad de Juan trascendía de una manera muy acusada, y se compaginaba mal con la falta de carácter. Algo parecido nos pide a nosotros el Señor: pasar ocultos haciendo el bien, cumpliendo con perfección nuestras obligaciones.

Cuando los judíos fueron a decir a los discípulos de Juan que Jesús reclutaba más discípulos que su maestro, fueron a quejarse al Bautista, quien les respondió: Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él... Es necesario que Él crezca y que yo disminuya22Oportet illum crescere, me autem minui: conviene que Él crezca y que yo disminuya. Esta es la tarea de nuestra vida: que Cristo llene nuestro vivir. Oportet illum crescere... Entonces nuestro gozo no tendrá límites. En la medida en que Cristo, por el conocimiento y el amor, penetre más y más en nuestras pobres vidas, nuestra alegría será incontenible.

Pidámosle al Señor, con el poeta: «Que yo sea como una flauta de caña, simple y hueca, donde solo suenes tú. Ser, nada más, la voz de otro que clama en el desierto». Ser tu voz, Señor, en medio del mundo, en el ambiente y en el lugar en el que has querido que transcurra mi existencia.

1 Antífona de entrada. Jn 1, 6-7; Lc 1, 17. — 2 Liturgia de las Horas, Segunda lectura. San Agustín, Sermón 293, 1. — 3 Misal Romano, Prefacio de la Misa del día. — 4 Cfr. Lc 3, 1 ss. — 5 Cfr. Mc 1, 1. — 6 Cfr. Mt 17, 12. — 7 San Agustín, o. c., 3. — 8 Mc 1, 2. — 9 Cfr. L. Cl. Fillion, Vida de Nuestro Señor Jesucristo, FAX, 8ª ed., Madrid 1966, p. 260. — 10 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 1. — 11 Jn 1, 6. — 12 Jn 1, 29-30. — 13 Mt 3, 2. — 14 Cfr. Mt 3, 5; Mc 1, 1-5. — 15 Cfr. Jn 1, 40-43. — 16 Mc 6, 18. — 17 Segunda lectura. Is 49, 1-6. — 18 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio, de San Juan, 29, 1. — 19 Cfr. Hech 1, 22. — 20 Jn 3, 15-16. — 21 Cfr. San Cirilo de Alejandría, Catequesis, 20, 6. — 22 Cfr. Jn 3, 27-30.

Esta Solemnidad se celebraba ya en el siglo iv. Juan, hijo de Zacarías e Isabel, pariente de la Virgen, es el Precursor de Jesucristo, y en esta misión pone su vida entera, llena de austeridad, de penitencia y de celo por las almas. Como él mismo nos dice: conviene que Él (Jesús) crezca, y que yo mengüe. Es también este el proceso que se debe realizar en la vida espiritual de todo fiel cristiano.

 

 

“Eres hijo de Dios”

El bautismo nos hace “fideles —fieles, palabra que, como aquella otra, “sancti —santos, empleaban los primeros seguidores de Jesús para designarse entre sí, y que aún hoy se usa: se habla de los "fieles" de la Iglesia. —¡Piénsalo! (Forja, 622)

24 de junio

Entonces vino Jesús al Jordán desde Galilea, para ser bautizado por Juan [...]. Y una voz desde los cielos dijo: —Éste es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido (Mt 3, 13.17).

En el Bautismo, Nuestro Padre Dios ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado el Espíritu Santo.

La fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra.

¡Haremos que arda el mundo, en las llamas del fuego que viniste a traer a la tierra!... Y la luz de tu verdad, Jesús nuestro, iluminará las inteligencias, en un día sin fin.

Yo te oigo clamar, Rey mío, con voz viva, que aún vibra: "ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur?" —Y contesto —todo yo— con mis sentidos y mis potencias: "ecce ego: quia vocasti me!"

El Señor ha puesto en tu alma un sello indeleble, por medio del Bautismo: eres hijo de Dios.

Niño: ¿no te enciendes en deseos de hacer que todos le amen? (Santo Rosario, Iº misterio luminoso)

 

 

Los tres primeros sacerdotes del Opus Dei (mayo-junio de 1944)

​El 25 de junio de 1944 se ordenaron los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Este artículo de José Luis González Gullón -ilustrado con algunas imágenes inéditas de ese día- recorre a modo de crónica los meses de mayo y junio de 1944.

HISTORIA23/06/2020

La ordenación de los primeros sacerdotes del Opus Dei fue un acontecimiento singular en la historia de la Obra. Este artículo recorre a modo de crónica los meses de mayo y junio de 1944. Durante esas semanas, Álvaro del Portillo[1]José María Hernández Garnica[2] y José Luis Múzquiz[3] recibieron las órdenes sagradas hasta llegar al presbiterado.

Este escrito se ha elaborado con los diarios y recuerdos de esos días que fueron redactados por testigos presenciales de los sucesos. Hemos tratado de dar protagonismo a los relatos de aquel momento que, junto a un tono familiar y coloquial, rezuman la ilusión de recibir en el Opus Dei a sacerdotes, deseo por el que Josemaría Escrivá de Balaguer había rezado desde la fundación de la Obra[4].


El 2 de octubre de 1928 Josemaría Escrivá de Balaguer fundó por gracia divina el Opus Dei. Desde el primer momento, entendió que debía existir en la Iglesia una institución compuesta por sacerdotes y laicos que difundiera un mensaje de santidad en medio del mundo[5]. A partir de entonces, personas de diversas profesiones y oficios escucharon de labios del fundador de la Obra la llamada a entregarse a Dios mediante la realización de las actividades seculares en las que se encontraban inmersos. Entre otras personas, un grupo de diez sacerdotes diocesanos a los que Escrivá de Balaguer formó a partir de 1932 para que se identificaran con el espíritu del Opus Dei y, de este modo, lo transmitieran después a los demás miembros de la Obra[6]. Cuando comprobó tres años más tarde que ese conjunto de sacerdotes, aun teniendo buena voluntad, no hacían suyo el mensaje del Opus Dei, dispuso que los sacerdotes llegarían a la Obra a través de los miembros laicos que hubiesen recibido una llamada al celibato apostólico[7].

Superados los tres años de la dura Guerra Civil española, el Opus Dei comenzó a expandirse por España a partir de abril de 1939. La llegada a la Obra de nuevas personas y la apertura de centros del Opus Dei en varias capitales de provincia hacían muy necesario que hubiese sacerdotes que difundieran el espíritu de la Obra. Ya en el curso 1939-1940, don Josemaría planteó la llamada al sacerdocio a dos miembros del Opus Dei, Álvaro del Portillo y José María Hernández Garnica, que respondieron afirmativamente. Dos años más tarde, José Luis Múzquiz se unió a la que iba a ser la primera promoción de sacerdotes del Opus Dei[8].

Jose María Hernández Garnica.

 

Los tres candidatos al sacerdocio completaron los estudios de Filosofía y de Teología necesarios para ser ordenados. Se examinaron como alumnos libres en el seminario de Madrid y, después de la erección de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz en diciembre de 1943, como alumnos de la Sociedad Sacerdotal. Debido a la urgencia que tenía el Opus Dei de sacerdotes, el fundador solicitó a la Santa Sede –con el parecer favorable de Mons. Eijo y Garay, obispo de Madrid-Alcalá– la dispensa del tiempo requerido para realizar los estudios teológicos y de los intersticios. La respuesta afirmativa llegó el 12 de febrero de 1944[9]. Mons. Eijo y Garay indicó a Josemaría Escrivá de Balaguer que los candidatos se prepararan porque en la primavera iba a haber ordenaciones en el seminario de Madrid, y en alguna de ellas también estarían los miembros de la Obra. Ante esta noticia, el fundador dijo por carta al obispo de Madrid-Alcalá que se encontraba, «no me es posible ocultarlo, con una emoción inmensa ante el próximo Sacerdocio de estos hijos de mi alma, y un agradecimiento sin límites al Señor y a mi Padre Don Leopoldo»[10].

Una vez programadas las ordenaciones, tocaba hacer los preparativos –ropas clericales, avisos a los familiares, tarjetones de participación…–, también los previstos por el Derecho canónico. Del 13 al 20 de mayo, el fundador de la Obra predicó a los tres candidatos unos ejercicios espirituales en el monasterio de El Escorial. Durante las meditaciones del retiro, insistió a sus hijos espirituales «en la necesidad de tener vida interior para el sacerdote: “Habéis de tener”, nos decía, “una conversación continua con Dios”. “Las contrariedades habéis de verlas delante de Dios; las humillaciones habéis de ofrecerlas”»[11].

Tonsura y órdenes menores

El 20 de mayo, a las diez de la mañana, Josemaría Escrivá de Balaguer y los tres ordenandos regresaron de El Escorial a Donadío, un centro de Madrid que se encontraba situado en la esquina entre las calles de Diego de León y Lagasca[12]. Al acabar el almuerzo, los candidatos vistieron por primera vez la sotana. Después «se organizó una animadísima tertulia durante la cual disfrutamos lo indecible contemplando las caras de sorpresa de los que iban llegando»[13]. No era para menos, pues hasta el momento el único sacerdote en la Obra era Escrivá de Balaguer, y costaba hacerse a la idea de ver a tres ingenieros que aparecían vestidos con el traje talar.

Como estaban en el mes de mayo y muchos de los residentes de Donadío eran estudiantes, al acabar la tertulia don Josemaría indicó a los universitarios que fuesen a estudiar hasta media tarde. Después, se trasladaron al palacio episcopal de Madrid. A las ocho de la tarde, Mons. Leopoldo Eijo y Garay realizó la ceremonia de tonsura de los tres candidatos en la capilla episcopal que duró veinte minutos. Asistieron familiares y amigos, entre los que se contaron algunos conocidos de la época de la Residencia DYA –la primera actividad corporativa del Opus Dei antes de la Guerra Civil–, como Emiliano Amann, Ángel Galíndez o Carlos Arancibia. Mientras don Leopoldo cortaba unos cuantos mechones de pelo en forma de cruz, les decía de acuerdo con el ritual «Dominus pars hereditatis meae et calicis mei» («El Señor es la porción de mi herencia y mi copa»). Al acabar, y de acuerdo con el derecho eclesiástico vigente entonces, del Portillo, Hernández y Múzquiz ya eran clérigos[14].

Al día siguiente, domingo 21, a las doce de la mañana, y también en la capilla episcopal, les fueron conferidas dos órdenes menores: ostiariado y lectorado. La ceremonia fue breve pues duró soló media hora. Por la tarde, los miembros de la Obra que estaban en Madrid se reunieron en Donadío para celebrar los acontecimientos. Uno de los asistentes leyó unas cuartillas en las que decía que todos se sentían «“muy unidos a la abuela y con los que desde la otra Casa tanto nos han ayudado a que se hiciera realidad este deseo de tanto tiempo”. Al Padre le asomaron las lágrimas y creo que a todos los presentes también»[15]. Después hubo tiempo para una tertulia informal en la que «los nuevos y los “viejos”, los peques y los grandes, los locuaces y los callados, los tímidos (?) y los que no lo son, todos tuvieron una actuación -¡y qué actuación! en medio de un regocijo incontenible»[16]. Después –eran ya las siete de la tarde– «bajamos al Oratorio y el Padre nos dio la Bendición con el Santísimo. Después, cada uno a su casa. El Padre tuvo que acostarse a continuación pues estaba cansadísimo y con un terrible catarro»[17].

Dos días más tarde, el martes 23, Mons. Eijo y Garay confirió las otras órdenes menores, el exorcistado y el acolitado, a los tres ordenandos. Al acabar, el obispo de Madrid-Alcalá y su obispo auxiliar, Mons. Casimiro Morcillo, felicitaron a los tres futuros presbíteros con un abrazo[18]. Después, del 25 al 27 de mayo, los tres candidatos hicieron de nuevo ejercicios espirituales para prepararse a la recepción de nuevas órdenes.

Ordenación de subdiáconos

La primera de las llamadas “órdenes mayores” era el subdiaconado[19]. Álvaro, José María y José Luis lo recibieron el 28 de mayo, domingo de Pentecostés, en el oratorio de Donadío. Ofició la ceremonia Mons. Marcelino Olaechea, obispo de Pamplona, que se trasladó a Madrid para la ocasión.

Con Mons. Eijo y Garay.

 

La expectación era grande pues, por primera vez, iba a tener lugar una ceremonia de ordenación en un centro del Opus Dei. El oratorio de Donadío se acondicionó lo mejor posible: el conopeo, el frontal del altar y los ornamentos eran rojos, de acuerdo con el color litúrgico del día; se adornó el oratorio con flores; se retiraron los reclinatorios para que hubiese más espacio; y se habilitó el hall de entrada al oratorio y la sacristía para que cupiesen todas las personas que iban a asistir a la ceremonia. Provisto de cámara y trípode, Ricardo Fernández Vallespín se encargó de hacer las fotografías del acto.

Durante la Misa de ordenación, Álvaro del Portillo leyó la Epístola. Al acabar la Santa Misa, Mons. Olaechea «nos dirigió unas palabras de felicitación “a los tres primeros y a todos”. “Esta es –dijo– verdaderamente la Obra de Dios. Aquí está el dedo de Dios. Sois los mimados del Señor. A quien más se le da, más se le exige; hay que corresponder con el entregamiento total”»[20]. Después, les pidió que rezaran por el obispo de la diócesis, Mons. Eijo y Garay.

Ordenación diaconal

El 3 de junio, a las ocho de la mañana, hubo ordenaciones en el seminario de Madrid oficiadas por Mons. Casimiro Morcillo, obispo auxiliar de la diócesis de Madrid-Alcalá. Casi todos los ordenandos eran seminaristas o clérigos de la diócesis. Entre los ordenandos, unos ocho recibieron las órdenes menores, diez el subdiaconado, cuatro el diaconado (tres de ellos eran Álvaro, José María y José Luis, miembros de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz), y quince el presbiterado[21]. La ceremonia duró algo más de tres horas. El Evangelio de la Misa fue leído por Álvaro del Portillo.

Durante los días siguientes el fundador de la Obra celebró varias Misas cantadas para que los tres diáconos ejercitaran la orden recibida. Así, el 5 don Josemaría celebró en Donadío «asistido por Chiqui como diácono y José Luis como subdiácono. Álvaro, de Maestro de ceremonias. Se estrenó un terno blanco recién traído de Barcelona y primorosamente confeccionado por las benedictinas»[22]. La ceremonia fue solemne. Con todo, quedó patente que el canto era “el punto débil” de los nuevos clérigos, como les recordaría a veces Escrivá de Balaguer con buen humor[23]. Como anécdota, «el “Ite Missa est” lo pronunció Chiqui con una voz muy alta, y le salió un “gallo” tremendo. Al volver a la sacristía –provisional– enfrente de Secretaría, nos dijo el Padre: “la última vez”»[24]. De nuevo, el viernes 16 hubo una Misa cantada en Donadío «celebrada por el Padre y actuando de diácono José Luis y subdiácono Álvaro»[25]. Al día siguiente, los tres diáconos fueron a vivir a Españoleto, un centro de la Obra en Madrid en el que hicieron ejercicios espirituales para preparar la recepción del sacerdocio ministerial[26].

Ordenación presbiteral

La ordenación sacerdotal de los primeros miembros del Opus Dei estaba prevista para el domingo 25 de junio. En los días previos, varias decenas de miembros de la Obra y de amigos llegaron a Madrid para asistir al acto. Era un momento muy esperado. Como dice un diario de esos días, «un poco a posteriori nos damos cuanta más perfecta de la magnitud de los acontecimientos ocurridos en este curso para la marcha de la Obra»[27]. Josemaría Escrivá de Balaguer vivió con particular emoción aquellas jornadas. La víspera de la ordenación «fue al Cementerio del Este para rezar ante la tumba de la Abuela e Isidoro. Nos ha confesado que hizo esfuerzos por contenerse, pero lloró»[28].

El beato Álvaro del Portillo.

 

El día 25, a las diez de la mañana, don Leopoldo Eijo y Garay comenzó la ceremonia de ordenación de presbíteros en la capilla de su palacio episcopal presidida por una imagen de la Virgen en un retablo gótico. Además de los miembros de la Obra y familiares, entre los asistentes se encontraban Mons. Del Giudice, secretario de la nunciatura apostólica en España; representantes de diversas órdenes religiosas –jerónimos, dominicos, escolapios, agustinos, marianistas, corazonistas, paúles–; y miembros del clero secular. También había delegados de las Escuelas de Ingenieros de Caminos y de Minas –carreras cursadas por los que iban a ser sacerdotes–, de las asociaciones de Ingenieros Civiles, de las cofradías profesionales así como muchos ingenieros amigos de los ordenandos.

La ceremonia siguió puntualmente el ritual previsto. Así, la imposición de manos se hizo «empezando el Sr. Obispo y siguiendo todos los Sacerdotes presentes. Al llegar al ofertorio entregan los ordenandos una vela cada uno al Sr. Obispo y luego ya siguen celebrando la Misa con él, diciendo los cuatro al mismo tiempo todas las oraciones»[29]. Acabada la Misa, a la salida de la sacristía se hicieron diversas fotografías y después los asistentes se acercaron para besar las manos de los nuevos sacerdotes.

Josemaría Escrivá de Balaguer no estuvo presente en la ordenación porque deseaba que todo el protagonismo fuera para sus hijos sacerdotes y porque quiso ofrecer a Dios esa mortificación. A la misma hora en que Álvaro, José María y José Luis eran ordenados, él celebraba la Misa en Donadío, ayudado por un miembro de la Obra, José María Albareda[30]. Como dijo horas más tarde Mons. Eijo y Garay, refiriéndose al fundador, «una prueba de lo cansado que está es que esta mañana no se ha atrevido a ir a la ordenación por miedo de no poder contener su emoción y que le viéramos llorar como a un abuelito, y como hasta de quedarse solo en casa tenía miedo, llamó a D. José María Albareda para que le acompañase… Aunque también pudo ser –continuó diciendo– el sacrificio de una cosa muy querida: como voy a disfrutar tanto, me quedo»[31].

Después de la ordenación, los nuevos presbíteros se dirigieron a la nunciatura para saludar al nuncio, Mons. Gaetano Cicognani. Luego regresaron a Donadío. Al llegar, «D. Álvaro pasó el primero dirigiéndose al Padre que rápidamente salió a su encuentro. En aquellos momentos se produjo una escena de gran emoción y difícil de narrar. Cuando el Padre se encontró con Don Álvaro le quiso besar las manos. Don Álvaro, muy emocionado, se resistía y quería besar la mano del Padre. Se produjo entonces un cariñoso forcejeo entre los dos que duró pocos segundos. Terminó la escena como tenía que terminar. El Padre con su característica viveza asió fuertemente las manos de Don Álvaro y le besó las palmas, abrazándole después. Lo mismo hizo con D. José Mª y con D. José Luis, claro está, sin resistencia alguna» [32].

Mons. Eijo y Garay almorzó en Donadío junto con Josemaría Escrivá de Balaguer, los tres nuevos sacerdotes, algunos mayores del Opus Dei –como Ricardo Fernández Vallespín o Pedro Casciaro– y el sacerdote Sebastián Cirac, amigo de los ordenados que era decano de la Facultad de Filosofía y Letras de Barcelona[33]. Durante la comida, un terceto compuesto por Jesús Arellano al armónium, Jesús Alberto Cajigal al violín y Juan José Cajigal al piano interpretaron algunas piezas en la galería de la casa.

Hacia las cuatro de la tarde hubo un rato de tertulia con don Leopoldo en el vestíbulo del tercer piso de Donadío. Asistieron los miembros de la Obra presentes en Madrid, es decir, la mayoría de miembros del Opus Dei, pues se habían trasladado expresamente a la capital con motivo de la ordenación. Todos los presentes besaron el anillo del señor obispo mientras don Josemaría presentaba a cada uno. Después, Mons. Eijo y Garay con voz distendida bromeó «diciendo: “El Padre me dice que os diga algo; pues ya está: algo”»[34]. Según un cronista del momento, «es inútil intentar contaros todo lo que dijo, porque lo mejor fue la manera de decirlo, sus frecuentes interrupciones para pedir aprobación al Padre o a Álvaro: “¿Verdad, Padre?”; “¿No fue así, Álvaro?”, con una delicadeza extremada, con golpes de humor fino»[35].

Conocemos los temas que trató don Leopoldo. Expresó en primer lugar la alegría que le producía ese momento. Después hizo referencia al sentido sobrenatural que había que dar a las difamaciones sufridas durante los años anteriores, lo que a veces don Josemaría había denominado como “contradicción de los buenos”, sin dejar espacio para el resentimiento[36]: «“La persecución santifica, pero –añadió– no queráis nunca perseguir ni atormentar a nadie con el pretexto de santificarle. ¡Cuántas lágrimas han costado a tantas madres esas calumnias que os tildaban de herejes y masones!”»[37]. Parece que en ese momento, Mons. Eijo añadió «que un día fue a verle Álvaro a su despacho, y que le habló de su preocupación de que la campaña que algunos llevaban contra la Obra creara rencores entre los miembros del Opus Dei. Álvaro, entonces, le dijo que no se preocupara, que bien sabían ellos que era algo permitido por Dios para mejorarlos; y que prueba de ello era que utilizaba para la operación un bisturí de platino. Cuando terminó el relato don Leopoldo, Álvaro, que estaba sentado allí cerca le dijo: “Pero, Sr. Obispo, yo eso se lo dije porque era lo que le había oído comentar al Padre”. Y don Leopoldo remató: “De tal palo, tal astilla”»[38].

Aprovechando un momento en que Escrivá de Balaguer salió del vestíbulo, el obispo pidió a los presentes que rezaran por el fundador de la Obra: «“Cuiden Vds. mucho al Padre que lo necesita y nos hace mucha falta”. Y nos habla del trabajo ingente que pesa sobre sus hombros y de sus preocupaciones y de sus fervores y de su intensa vida sobrenatural que tanto desgasta»[39]; «que estemos muy unidos a él. Él es quien ha recibido de Dios la misión específica de formarnos, la misión de dirigir la Obra, y por consiguiente tiene todas las gracias conducentes a ese fin. Que pidamos mucho por su salud»[40]. Mons. Eijo acabó el encuentro pidiendo oraciones por su persona e impartiendo la bendición.

Una vez que despidieron al obispo, subieron todos al oratorio de Donadío. Escrivá de Balaguer hizo la oración en voz alta. Empezó «con una ficha escrita exactamente hacía diez años. Eran unos textos de la Sagrada Escritura, unas frases de San Pablo. Y comentándolos nos volvió a insistir en la necesidad de oración y sacrificio, fundamentos de nuestra vida interior. Humildad (individual y colectiva), obediencia, trabajo profesional. El cumplimiento amoroso de las normas como medio de nuestra santificación»[41]. «Cuando os pregunten qué decía el Padre cuando se ordenaron los primeros sacerdotes… “¡Oración, oración y oración!”. Y añadía con la misma fortaleza, “¡Mortificación, mortificación, mortificación!”»[42]. «Y después nos habló de la perseverancia, y del amor a la Cruz, y de que el morir es ganancia. Nos anunció que pronto marcharán unos cuantos hermanos nuestros lejos…»[43]. Acabada la meditación, don Sebastián Cirac dio la bendición con el Santísimo; cantaron el Te Deum en acción de gracias a Dios y rezaron las preces de la Obra[44].

Después de ese rato de oración, acudieron de nuevo al vestíbulo del tercer piso de la casa. Estalló la alegría, impetuosa, con un festejo improvisado en el que se mezclaron canciones con números simpáticos, «y a medida que el ambiente se caldea se van lanzando al ruedo los de fuera y se recita, se canta, se cuentan chistes… Total: a las 8 se marchan algunos de la Moncloa para cenar en el primer turno (por de pronto, todos los milicianos que han de volver a la Granja esta misma noche) y hasta las 9 ó 9 y cuarto no nos vamos los demás»[45].

Mientras, a la planta principal de la casa seguían llegando «una serie de amigos a felicitar al Padre y a los nuevos Sacerdotes. Entre ellos estaban Mons. Callevi y Mons. Del Guidice, el Doctor Roguer de Barcelona, el Prior del Monasterio de Jerónimos del Parral con fray Mariano, el P. Celeda O.P., el P. López Ortiz O.S.A., los PP. Francisco López y Permuy del Corazón de María, los PP. Escolapios de Diego de León, PP. Paules, el P. Severino O.P., Víctor García Hoz, etc.»[46].

Primeras Misas

Los días siguientes estuvieron dedicados a las primeras Misas de los recién ordenados. Al final de cada una de las ceremonias, los misacantanos dieron la bendición papal con indulgencia plenaria, concedida por Pío XII para la ocasión, y cantaron el Te Deum.

Así, el martes 27 a las nueve y media de la mañana, José María celebró en la capilla del Colegio de la Asunción (Santa Isabel 46), ayudado por el padre López Ortiz, OSA, y por José María Bueno Monreal. Según un asistente, «a pesar de ser día de trabajo, la oficina de la Electra en donde Chiqui estuvo trabajando como Ingeniero, se trasladó en masa a la ceremonia: Consejeros de la Sociedad, ingenieros, ayudantes, empleados y obreros fueron todos a besar las manos de Chiqui al terminar la Misa»[47]. Uno de los obreros comentó con sencillez, sin darse cuenta de la doble y divertida lectura que podían tener sus palabras: «Hay que ver D. José María, hacerse sacerdote, con lo bien que vivía»[48]. «Después de la Primera Misa, rodeado de su madre, hermanos y familia, fueron a celebrarlo al domicilio familiar. Al terminar el almuerzo, acudió el Fundador de la Obra con los dos padrinos»[49] de ordenación.

El 28 Álvaro celebró en la capilla del colegio del Pilar, asistido por el director, padre Florentino, y por el padre Aguilar, OP. Un coro de marianistas cantó durante la ceremonia. Además de sus familiares, se encontraban en la ceremonia muchos profesores y amigos de la Escuela de Ingenieros. «Álvaro empezó la Misa temblándole mucho las manos y siguieron temblándole durante toda ella, aumentando todavía más el temblor al alzar. Después, la Comunión al público numeroso que se acercó empezando por su madre y su abuela, que lloraban. Junto al presbiterio estaban Mons. Del Giudice y Mons. Galindo. Al fin la Bendición papal y luego, lo mismo que el día anterior, Te Deum y besamanos, desfile interminable de todos los concurrentes entre los que se encontraban muchos profesores de la Escuela de Caminos y otros ingenieros»[50].

Finalmente, el día de San Pedro y San Pablo, 29 de junio, a las diez de la mañana, José Luis celebró su primera Misa en la iglesia del monasterio de la Encarnación (Plaza de la Encarnación), contando con la asistencia de Máximo Yurramendi y Silvestre Sancho, OP. «Estaban presentes todos los ingenieros compañeros de José Luis, el Director de la Escuela de Caminos, y varios profesores (algunos con sus hijos), y mucho personal de la RENFE, desde jefazos hasta mecanógrafos y empleados modestos, Comandantes y Capitanes que estuvieron en la guerra [civil] con José Luis, muchos obreros de las obras, y de casa hasta el delineante, mecanógrafo y el servicio»[51]. La ceremonia resultó particularmente emotiva. Un encargado de obras comentó «que los dos actos más emocionantes de su vida fueron la distribución de la Comunión en zona roja y la primera Misa de José Luis»[52]. Confundido entre el público, don Josemaría asistió también a la Santa Misa. Según don José Luis, «me quedé completamente atónito –de la emoción no pude decir ni una palabra– cuando vi al Padre venir hacia mí para besar las manos. Fue una gran delicadeza suya, que agradecí en el alma. No había asistido ni a nuestra Ordenación ni a las otras Primeras Misas. Pero, como la mía era la última, estaba con Ricardo [Fernández Vallespín] en Diego de León y le dijo: “vamos a la Primera Misa de José Luis”»[53].

Todos los ordenandos recibieron regalos, sobre todo vasos sagrados. Así, por ejemplo, la madre y otros familiares de José María Hernández Garnica regalaron el cáliz con el que celebró la Primera Misa; unos compañeros de promoción de Ingeniería de Minas le dieron unas vinajeras de plata; los dirigentes de Electra le entregaron un copón y los empleados un sobrepelliz; y los padres de los residentes de Donadío le regalaron un terno compuesto por una casulla y dos dalmáticas.

De todos estos actos –la ordenación y las primeras Misas– se hizo eco la prensa civil y religiosa. Escrivá de Balaguer sugirió que se redactaran algunas notas para enviar a los medios de comunicación. En una de ellas, se destacaba que «los nuevos Sacerdotes, de conocidas familias madrileñas, pertenecen a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y son antiguos miembros del Opus Dei»[54].

Finalizaban unos días inolvidables. Los miembros de la Obra de otras ciudades volvieron a sus respectivos lugares de residencia. Como dice el cronista de entonces, «y con esto hemos terminado toda una etapa. Ahora otra que se abre bajo los mejores auspicios. El tiempo tiene la palabra»[55].


[1] Cfr. Javier Medina Bayo, Álvaro del Portillo. Un hombre fiel, Rialp, Madrid 2012; Hugo de Azevedo, Missão cumprida: biografia de Álvaro del Portillo, Diel, Lisboa 2008; Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo, prelado del Opus Dei, Rialp, Madrid 1996. Álvaro del Portillo fue beatificado en Madrid el 27 de septiembre de 2014.

[2] Cfr. José Carlos Martín de la Hoz, Roturando los caminos. Perfil biográfico de D. José María Hernández Garnica, Palabra, Madrid 2012. Su causa de canonización comenzó en 2005. En la actualidad, está en fase de preparación la Positio acerca de su vida, virtudes y fama de santidad. Cfr. Studia el Documenta 7 (2013) 446.

[3] Cfr. John F. Coverdale, Echando raíces. José Luis Múzquiz y la expansión del Opus Dei, Rialp, Madrid 2011. El 2 de junio de 2011, en la Archidiócesis de Boston tuvo lugar la sesión de apertura de la Investigación diocesana sobre su vida, sus virtudes y su fama de santidad, uno de los primeros pasos de la causa de canonización. Cfr. Bulletin nº 1, The Servant of God Joseph Muzquiz, Prelature of Opus Dei. Office for the Causes of Saints, New York, octubre 2011.

[4] Una primera versión de este artículo fue publicada en Pablo Gefaell (ed.), Vir fidelis multum laudabitur, EDUSC, Roma 2014, pp. 93-106.

[5] Cfr. José Luis Illanes Maestre, “Datos para la comprensión histórico-espiritual de una fecha”, Anuario de Historia de la Iglesia XI (2002) 655-697; y Antonio Aranda, “Fundación del Opus Dei”, en Diccionario de San Josemaría Escrivá de Balaguer, Monte Carmelo – Instituto Histórico San Josemaría Escrivá, Burgos 2013, pp. 552-561.

[6] Una biografía de esos sacerdotes y su relación con el fundador del Opus Dei puede verse en Jaume Aurell - José Luis González Gullón, “Josemaría Escrivá en los años treinta: los sacerdotes amigos”, Studia et documenta 3 (2009) 47-51.

[7] Cfr. Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. II (“Dios y audacia”), Rialp, Madrid 2002, pp. 593-596; y José Luis González Gullón, DYA. La Academia y Residencia en la historia del Opus Dei (1933-1939), Rialp, Madrid 2016, pp. 288-302. San Josemaría consideraba que el espíritu del Opus Dei estaba destinado también a los sacerdotes seculares. Cuando el Opus Dei recibió la aprobación pontificia en 1950 fue posible admitir a sacerdotes diocesanos en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, sociedad intrínsecamente unida al Opus Dei. Cfr. Amadeo de Fuenmayor – Valentín Gómez-Iglesias – José Luis Illanes, El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Eunsa, Pamplona 1989, pp. 288-296.

[8] Cfr. Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. II, o. c., p. 601; y Javier Medina Bayo, Álvaro del Portillo. Un hombre fiel, o. c., p. 214; Cfr. José Carlos Martín de la Hoz, Roturando los caminos. Perfil biográfico de D. José María Hernández Garnica, o. c., p. 73; y John F. Coverdale, Echando raíces. José Luis Múzquiz y la expansión del Opus Dei, o. c., p. 40.

[9] Cfr. Escrito de Luca Ermenegildo Pasetto, secretario de la S. Congregación de Religiosos, Roma, 12-II-1944, en Archivo General de la Prelatura del Opus Dei (en adelante AGP), serie E.1.7, 71-1. Los intersticios son los intervalos de tiempo que median entre una ordenación y otra. Por motivos razonables, la Santa Sede podía conceder una dispensa para que fuesen acortados, como fue en este caso.

[10] Carta de Josemaría Escrivá a Leopoldo Eijo y Garay, Madrid, 25-IV-1944, en AGP, serie A. 3.4, 258-2, 440425-1.

[11] Recuerdo de José Luis Múzquiz de Miguel, Derio (Bilbao), 29-VIII-1975, en AGP, serie A.5, 231-1-1.

[12] Este centro de la Obra aparece denominado unas veces Donadío y otras Lagasca. Utilizamos, para unificar, la primera denominación.

[13] Anotaciones en torno a los días de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, 23 de mayo a 28 de julio de 1944, p. 2, en AGP, serie A.1, 14-1-13.

[14] Cfr. Código de Derecho Canónico, 1917, c. 108 §1.

[15] Anotaciones en torno a los días de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, 23 de mayo a 28 de julio de 1944, p. 4, en AGP, serie A.1, 14-1-13. “Padre”: denominación con la que se llamaba a san Josemaría –y se llama a sus sucesores– en el Opus Dei. “Abuela”: nombre con el que se designa familiarmente en la Obra a la madre de san Josemaría. “La otra Casa”: el Cielo.

[16] Idem.

[17] San Josemaría –que ese día tuvo una fuerte inflamación en la cara provocada por una serie de forúnculos– padecía una grave diabetes que había sido diagnosticada poco antes. Cfr. Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. II, o. c., p. 647.

[18] Cfr. Diario de Españoleto, 23-V-1944, en AGP, serie M.2.2, 123-6.

[19] Desde el Concilio de Trento, se consideraban órdenes menores el ostiariado, lectorado exorcistado y acolitado, y órdenes mayores el subdiaconado, diaconado, presbiterado y episcopado.

[20] Anotaciones en torno a los días de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, 23 de mayo a 28 de julio de 1944, p. 10, en AGP, serie A.1, 14-1-13.

[21] Cfr. Diario de Españoleto, 3-VI-1944, en AGP, serie M.2.2, 123-6.

[22] Anotaciones en torno a los días de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, 23 de mayo a 28 de julio de 1944, p. 16, en AGP, serie A.1, 14-1-13. “Chiqui”: apelativo familiar con el que se le llamaba a José María Hernández Garnica. El terno estaba compuesto por una casulla para el oficiante y unas dalmáticas para los diáconos.

[23] Cfr. Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. II, o. c., p. 634.

[24] Recuerdo de José Luis Múzquiz de Miguel, Derio (Bilbao), 29-VIII-1975, en AGP, serie A.5, 231-1-1.

[25] Diario de La Moncloa, 16-VI-1944, en AGP, serie M.2.2, 166-44.

[26] Cfr. Diario de Españoleto, 16-VI-1944, en AGP, serie M.2.2, 123-6.

[27] Diario de La Moncloa, 22-VI-1944, en AGP, serie M.2.2, 166-44.

[28] Anotaciones en torno a los días de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, 23 de mayo a 28 de julio de 1944, p. 18, en AGP, serie A.1, 14-1-13. “Isidoro”: Isidoro Zorzano, miembro de la Obra fallecido en julio de 1943 con fama de santidad. Cf. José Miguel Pero-Sanz Elorz, Isidoro Zorzano Ledesma: ingeniero industrial (Buenos Aires, 1902 - Madrid, 1943), Palabra, Madrid 1996.

[29] Anotaciones en torno a los días de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, 23 de mayo a 28 de julio de 1944, p. 21, en AGP, serie A.1, 14-1-13.

[30] Cfr. Francisco Ponz, Mi encuentro con el Fundador del Opus Dei, Eunsa, Pamplona 2000, p. 148.

[31] Recuerdo de Juan Masià Mas-Bagá, 23-VII-1975, en AGP, serie A.5, 227-3-1.

[32] Recuerdo de Joan Masià Mas-Bagà sobre Álvaro del Portillo, cit. en Javier Medina Bayo, Álvaro del Portillo. Un hombre fiel, o. c., pp. 245-246.

[33] Cfr. Jaume Aurell – José Luis González Gullón, “Josemaría Escrivá en los años treinta: los sacerdotes amigos”, Studia et documenta 3 (2009) 59.

[34] Anotaciones del 25 de junio de 1944, p. 2, en AGP, serie A.1, 14-1-13.

[35] Anotaciones del 25 de junio de 1944, p. 4, en AGP, serie A.1, 14-1-13.

[36] La contradicción de los buenos es un término clásico en la historia de la espiritualidad que designa el sufrimiento que ocasionan algunas personas que quieren servir a Jesucristo y que piensan que actúan de buena fe (cfr. Jn 16, 2): cfr. Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino. Edición crítico-histórica preparada por Pedro Rodríguez, Rialp, Madrid 20043, p. 816.

[37] Anotaciones en torno a los días de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, 23 de mayo a 28 de julio de 1944, p. 23, en AGP, serie A.1, 14-1-13.

[38] Citado en Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. II, o. c., p. 636, que recoge el recuerdo de Manuel Botas Cuervo.

[39] Anotaciones del 25 de junio de 1944, p. 3, en AGP, serie A.1, 14-1-13.

[40] Anotaciones en torno a los días de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, 23 de mayo a 28 de julio de 1944, p. 23, en AGP, serie A.1, 14-1-13.

[41] Anotaciones en torno a los días de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, 23 de mayo a 28 de julio de 1944, p. 25, en AGP, serie A.1, 14-1-13.

[42] Recuerdo de José Luis Múzquiz de Miguel, Derio (Bilbao), 29-VIII-1975, en AGP, serie A.5, 231-1-1.

[43] Anotaciones en torno a los días de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, 23 de mayo a 28 de julio de 1944, p. 26, en AGP, serie A.1, 14-1-13.

[44] “Preces de la Obra”: oraciones provenientes de textos de la Sagrada Escritura y de la Liturgia de la Iglesia que los fieles del Opus Dei rezan diariamente.

[45] Anotaciones del 25 de junio de 1944, p. 9, en AGP, serie A.1, 14-1-13. Algunos jóvenes de la Obra y amigos realizaban en ese momento el servicio militar.

[46] Anotaciones en torno a los días de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, 23 de mayo a 28 de julio de 1944, p. 27, en AGP, serie A.1, 14-1-13.

[47] Idem, p. 30.

[48] Anotación de José Luis Múzquiz sobre la ordenación sacerdotal, (sin fecha), p. 1, en AGP, serie A.1, 14-1-13.

[49] José Carlos Martín de la Hoz, Roturando los caminos. Perfil biográfico de D. José María Hernández Garnica, Palabra, Madrid 2012, p. 84.

[50] Anotaciones en torno a los días de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, 23 de mayo a 28 de julio de 1944, pp. 31-32, en AGP, serie A.1, 14-1-13.

[51] Idem, p. 33.

[52] Anotación de José Luis Múzquiz sobre la ordenación sacerdotal, s/f, p. 4, en AGP, serie A.1, 14-1-13. “Zona roja”: uno de los nombres que se empleaban para denominar la zona republicana o gubernamental en que quedó divida España durante la Guerra Civil de 1936 a 1939.

[53] Recuerdo de José Luis Múzquiz de Miguel, Derio (Bilbao), 29-VIII-1975, en AGP, serie A.5, 231-1-1.

[54] Las reseñas y menciones acerca de la ordenación de los tres primeros sacerdotes fueron numerosas. Cfr., entre otros, Ecclesia. Órgano de la dirección central de la Acción Católica Española IV/157 (15-VII-1944) 670; y Boletín Oficial del Obispado de Madrid-Alcalá 1784 (1-VII-1944) 320.

[55] Anotaciones en torno a los días de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, 23 de mayo a 28 de julio de 1944, p. 34, en AGP, serie A.1, 14-1-13.

 

 

La filiación divina: fuente de vida espiritual

Ofrecemos el artículo "La conciencia de la filiación divina, fuente de vida espiritual", escrito por el profesor de Teología Javier Sesé y publicado en “Scripta Theologica” 31 (1999/2).

OTROS

La filiación divina: fuente de vida espiritual (PDF, para imprimir)

1. Desde la experiencia de los santos

“Comunícase Dios en esta interior unión al alma con tantas veras de amor, que no hay afición de madre que con tanta ternura acaricie a su hijo (…) Y así, aquí está empleado en regalar y acariciar al alma como la madre en servir y regalar a su niño, criándole a sus mismos pechos; en lo cual conoce el alma la verdad del dicho de Isaías que dice: ‘A los pechos de Dios seréis llevados y sobre sus rodillas seréis regalados’ (Is 66, 12)”. Hasta aquí San Juan de la Cruz en su Cántico espiritual.

“Ante un lenguaje como éste, sólo cabe callar y llorar de agradecimiento y de amor”, añade Santa Teresa del Niño Jesús, recordando la misma cita de Isaías, completada, entre otras referencias de la Escritura, con ésta del mismo profeta: “¿Acaso olvida una madre a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ellas llegasen a olvidar, yo no te olvido” (Is 49, 15).

Por eso, Santa Teresa de Jesús dice de Dios “que forzado ha de ser mejor que todos los padres del mundo, porque en El no puede haber sino todo bien cumplido”; y San Josemaría Escrivá afirma, de forma paralela, que Dios es un Padre que nos ama “más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos”. Y añade, conmovido, en otro momento: “Las palabras no pueden seguir al corazón, que se emociona ante la bondad de Dios. Nos dice: tú eres mi hijo. No un extraño, no un siervo benévolamente tratado, no un amigo, que ya sería mucho. ¡Hijo! Nos concede vía libre para que vivamos con El la piedad del hijo y, me atrevería a afirmar, también la desvergüenza del hijo de un Padre, que es incapaz de negarle nada”.

Estos textos, citados como arranque de nuestra reflexión, pretenden ser paradigmáticos de la misma, tanto de su contenido como de su método. En efecto, nos proponemos presentar una reflexión teológica sobre la conciencia de la filiación como fuente de vida espiritual, pero inspirada en la experiencia y la enseñanza de los santos.

No es mi intención analizar unos textos concretos de determinados maestros de espiritualidad; ni abrumar con una amplia erudición de referencias, aunque sí citaré un buen número de ejemplos como apoyo de mis reflexiones; sino exponer lo que la lectura, el estudio y, sobre todo, una “contemplación” teológica de la doctrina y la experiencia interior de diversos santos me lleva a concluir como síntesis común a todos ellos.

De esta forma, deseo presentar algunas ideas que tengan, por una parte, un carácter y una aplicación lo más universal posible, y por otra, estén apoyadas en autoridades teológicas contrastadas. Efectivamente, la filiación divina, como condición común y básica del ser cristiano, puede y debe ayudarnos a todos en el camino de nuestra vida espiritual; y la experiencia y la enseñanza de aquéllos que han recorrido con éxito ese camino es la mejor garantía tanto de la veracidad de lo que afirmemos como de su utilidad práctica.

Si toda la teología, a mi entender, debe conducir armónicamente al conocimiento de la verdad divina y al afianzamiento de la santidad personal, mucho más aquella parte de esta ciencia que estudia expresamente la santidad cristiana, y que solemos denominar teología espiritual; y si los santos proporcionan luces decisivas para toda buena reflexión teológica, en teología espiritual se hacen imprescindibles.

Pienso que así, además, mi contribución puede resultar verdaderamente complementaria de las que hemos escuchado hasta ahora en el simposio; no tanto por decir cosas distintas, pues seguiremos contemplando la figura de nuestro Padre Dios, sino por iluminar esas ideas desde otra perspectiva: una perspectiva que ojalá sea viva y vivificante para todos, como sin duda lo fue para los que han inspirado estas líneas.

Como última consideración introductoria, no debemos olvidar que estamos ante el principal misterio de nuestra fe (Dios mismo), contemplado desde unas experiencias espirituales que, a su vez, esconden otro misterio de fe: el de la vida divina en el interior del alma cristiana. Hay, por tanto, mucho más en esas realidades -infinitamente más- de lo que aquí se pueda decir, y en la misma experiencia de esos santos hay mucha más riqueza de la que la teología haya podido extraer hasta ahora. Por eso, cada afirmación que aquí se propone abre nuevos y amplios panoramas de reflexión. Pero éste es precisamente uno de los grandes alicientes de la ciencia teológica, y de la teología espiritual en particular.

2. Amor paterno de Dios e intimidad trinitaria

La contemplación reflexiva de textos y experiencias como los citados al principio me han llevado, en estos últimos meses, a un primer convencimiento que considero fundamental, y que propongo como idea clave de todo lo que seguirá: lo que hace reaccionar a los santos no es tanto la conciencia de ser él mismo o ella misma hija o hijo de Dios, sino la comprensión cada vez más profunda y viva de lo que significa “Dios es mi Padre”; es decir, el descubrimiento del infinito amor divino volcado en él o en ella: la constatación viva y práctica de “cuánto Dios me quiere”.

El santo es, sin duda, consciente de lo que causa el Amor divino en su propio ser y en su propia vida, y lo agradece de veras; pero más que fijarse en sí mismo, se fija en Dios: contempla admirado su infinita grandeza, y descubre con sorpresa que todo ese esplendor no se queda estático y como ajeno ante sus ojos, sino que se inclina hacia él, se le da, se hace suyo, sin más motivo que la pura liberalidad de su Amor divino.

Estos sentimientos se hayan presentes, en particular, en los textos citados al principio, pero recojamos otras palabras significativas, en este caso de Santa Teresa de los Andes, que nos ayuden a dar algunos pasos más: “Nuestro Señor me dijo que quería que viviera con El en una comunión perpetua, porque me amaba mucho (…) Después me dijo que la Sma. Trinidad estaba en mi alma; que la adorara (…) Mi alma estaba anonadada. Veía su Grandeza infinita y cómo bajaba para unirse a mí, nada miserable. El, la Inmensidad, con la pequeñez; la Sabiduría, con la ignorancia; el Eterno, con la criatura limitada; pero, sobre todo, la Belleza, con la fealdad; la Santidad, con el pecado. Entonces, en lo íntimo de mi alma, de una manera rápida, me hizo comprender el amor que lo hacía salir de sí mismo para buscarme (…) Vi que (…) con una criatura tan miserable se quiere unir; quiere identificarla con su propio ser sacándola de sus miserias para divinizarla de tal manera que llegue a poseer sus perfecciones infinitas”.

Apoyados en lo que acabamos de leer, subrayemos otras dos ideas fundamentales que considero inseparables de la primera ya apuntada: es el Dios Todopoderoso, Inmenso, Eterno, Infinito, Inmutable, etc., el que es nuestro Padre y nos ama así, con toda la conmovedora ternura materna que hemos recordado al principio; y es, a la vez, el Dios Trino el que así se nos entrega, no sólo porque nos revela los secretos de su intimidad trinitaria, sino porque introduce al alma en esa misma intimidad.

No me refiero con ello a la deducción de que lo dicho debe ser así porque así es Dios; sino a que la conciencia viva que tienen los santos de ese Amor paternal divino que se vuelca en el alma, y que les conmueve hasta las entrañas, incluye inseparablemente tres aspectos, cuya combinación provoca precisamente la intensidad y hondura de su reacción interior: el amor de Dios por mí es tan cercano e íntimo como el que existe entre una madre y su hijo recién nacido (primer aspecto); no porque se digne darme unas migajas de su infinito amor, sino porque se entrega Él verdaderamente, como es, en su grandeza e infinitud (segundo aspecto); y la prueba irrebatible de que esto es así, la constituye el hecho de que Dios se me entrega como se entrega a su Hijo (tercer aspecto): es mi Padre como es Padre de Jesús; mi filiación es participación en la misma Filiación de su Hijo; y su amor por mí es como el Amor con que ama a su Hijo: me entrega su mismo Amor paterno-filial que es el Espíritu Santo.

Dicho de otra forma: la experiencia y enseñanza de los santos -eco de lo que se manifiesta en la Escritura- nos muestra, por una parte, que sólo desde el seno de la misma Trinidad, y porque Ella toma la iniciativa de abrirse y darse, puede haber verdadera intimidad con Dios, verdadero intercambio de amor, verdadero trato paterno-filial; y por otra -o mejor, como consecuencia-, que sólo así Dios es realmente mío y todo lo suyo es mío, sin dejar de ser Dios.

El santo comprende profundamente, y enseña, a través de esa muestra de asombro y osadía, de amor y humildad, maravillosamente combinados, que si Dios me amara “como desde fuera de sí mismo”, es decir, no trinitariamente, no sería realmente Padre: sería, como mucho, sólo analógica o limitadamente padre; bueno, eso sí; incluso capaz de abrumarnos con infinidad de regalos y muestras de afecto, tratando de ganar nuestro corazón; pero sin acabar de entrar de verdad en él: porque el alma intuiría, en el fondo, que se trata de un amor indirecto, incluso interesado; que no es un verdadero amor de padre.

Sin embargo, la Encarnación de Jesucristo, su muerte por nosotros, el don de su Espíritu, la vida trinitaria en el alma, nos están diciendo que Dios es Padre de verdad, que me ama Él personalmente (tri-personalmente, podríamos decir); más allá de dones y dádivas concretos por maravillosos que sean… ¡que lo son!. El alma que comprende y siente esto a fondo trasciende los dones y regalos concretos; porque, ante todo, sabe que le tiene siempre a Él, con todos los tesoros de su misma vida divino-trinitaria.

Insistamos en esta importante doctrina reproduciendo una certera síntesis teológica salida de la pluma de Santa Edith Stein: “El alma, en la que mora Dios por gracia, no es simplemente una pantalla impersonal en la que se refleje la vida divina, sino que ella misma está dentro de esa vida. La vida divina es una vida trinitaria, tripersonal: es el Amor desbordante con el que el Padre engendra al Hijo y le da su Ser, y con el que el Hijo recibe ese Ser y se lo devuelve al Padre, el Amor en que el Padre y el Hijo son una misma cosa y que lo espiran ambos como su común Espíritu. Mediante la gracia este Espíritu se derrama a su vez sobre las almas. De esta manera resulta que el alma vive su vida de gracia por el Espíritu Santo, ama en Él al Padre con el Amor del Hijo y al Hijo con el Amor del Padre”.

3. Singularidad de la relación Padre-hijo

Desmenucemos un poco más estas ideas básicas. El alma santa es particularmente consciente no sólo de cuánto Dios ama, de cómo ama, sino de la singularidad de su Amor: de cuánto me ama y cómo me ama; de que no sólo es Padre, sino mi Padre; no sólo es Amor, sino mi Amor.

Por eso se atreve a tratar a Dios con las mismas palabras de Jesús: “Padre mío”, “Abbá”: ¡Papá!. Bien consciente, eso sí, de que lo puede decir y lo dice movido por el Espíritu del Padre y del Hijo que habita en su alma, como recuerda San Pablo (cf. Rom 8, 14-17 y Gal 4, 4-7)… ¡Pero lo dice! Y el “Padre nuestro” alcanza entonces su verdadero significado: mi Padre, tu Padre y su Padre …, de todos y cada uno, en Jesucristo.

Así lo propone San Josemaría Escrivá: “le diremos con San Pablo, Abbá, Pater!, Padre, ¡Padre mío!, porque, siendo el Creador del universo, no le importa que no utilicemos títulos altisonantes, ni echa de menos la debida confesión de su señorío. Quiere que le llamemos Padre, que saboreemos esa palabra, llenándonos el alma de gozo”.

Dios es, de esta forma, mi Padre (cercanísimo, intimísimo)…, pero no deja de ser mi Dios; y esto tiene importantes consecuencias: todo el poder, gloria y majestad, bondad, verdad y belleza divinos son para el hombre… ¡Para mí en concreto! Míos por derecho de hijo. No merecidos, ni ganados o conquistados, desde luego; pero tampoco simplemente dados graciosamente por un Señor todopoderoso que se digna acercarse desde su altura majestuosa; sino recibidos como efecto irrefutable de que me ha hecho realmente su hijo, con todas sus consecuencias… Y esto es, sin duda, mucho más grande y más conmovedor, aunque los resultados prácticos parezcan los mismos.

Digo “parezcan”, porque, de hecho, los resultados no son los mismos: muchas de las audacias -por ejemplo, apostólicas- que contemplamos en la vida de los santos pienso que sólo son explicables porque “usan” el poder de Dios -valga la expresión- como propio de un hijo, de un heredero de pleno derecho. Mejor aún, como un poder que brota del mismo Dios actuando desde lo íntimo de la propia alma; y no simplemente como un don recibido desde fuera para ser usado, por muy liberal que haya sido la dádiva y por mucha libertad de uso que haya concedido el donador. Además, sólo desde esa perspectiva se puede mantener el equilibrio -como mantienen los santos- entre audacia y humildad.

Afinando un poco más, podemos decir que la verdadera conciencia de la filiación divina es la conciencia no sólo de que es mi Padre y mi Dios, sino mi Dios-Padre, que me entrega como propios a su Hijo y, con Él, a su Espíritu; es decir, hay una captación muy profunda de la Unidad en la Trinidad y de la Trinidad en la Unidad; y en ella, del equilibrio entre trascendencia y cercanía de Dios, entre su grandeza y su sorprendente anonadamiento para ser mío, nuestro.

Es lo que expresa, entre otros posibles testimonios, uno de los más conocidos párrafos de las Moradas de Santa Teresa de Jesús: “entiende (el alma que llega a las séptimas moradas) con grandísima verdad ser todas tres Personas una sustancia y un poder y un saber y un solo Dios (…) Aquí se le comunican todas tres Personas, y la hablan, y la dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor: que vendría El y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos (cf. Jn 14, 23). ¡Oh, válgame Dios! ¡Cuán diferente cosa es oír estas palabras y creerlas, a entender por esta manera cuán verdaderas son! Y cada día se espanta más esta alma”.

Y es lo que explica también San Juan de la Cruz en su Llama de amor viva, ya desde el prólogo: “Y no hay que maravillar que haga Dios tan altas y extrañas mercedes a las almas que él da en regalar; porque Si consideramos que es Dios, y que se las hace como Dios, y con infinito amor y bondad, no nos parecerá fuera de razón; pues él dijo que en el que le amase vendrían el Padre, Hijo y Espíritu Santo, y harían morada en él (cf. Jn 14, 23); lo cual había de ser haciéndole a él vivir y morar en el Padre, Hijo y Espíritu Santo en vida de Dios”.

Volveremos en seguida sobre los aspectos trinitarios de esta realidad. Ahora sigamos profundizando en los rasgos de intimidad paterno-filial que los santos descubren tras ese Amor divino.

La confianza y el abandono que brotan de la realidad de la filiación divina son habitualmente muy subrayados, pero, siguiendo la línea marcada al principio de nuestra reflexión, quiero insistir en que el santo se fija sobre todo en cómo Dios le quiere y le trata, de tal forma que no tiene más remedio, por decirlo así, que confiar y abandonarse. Es decir, esa actitud no es tanto fruto de un esfuerzo ascético personal -aunque ese esfuerzo también existe-, como, sobre todo, de un dejarse llevar por Dios: ¡por algo se habla precisamente de abandono! Aunque se trate siempre de un abandono activo, libre y consciente por parte del hijo.

Así lo expresa, por ejemplo, San Francisco de Sales: “‘Si no os hacéis sencillos como niños, no entraréis en el reino de mi Padre’ (Mt 10, 16). En tanto que el niño es pequeñito, se conserva en gran sencillez; conoce sólo a su madre; tiene un solo amor, su madre; una única aspiración, el regazo de su madre; no desea otra cosa que recostarse en tan amable descanso. El alma completamente sencilla sólo tiene un amor, Dios; y en este único amor, una sola aspiración, reposar en el pecho del Padre celestial, y aquí establecer su descanso, como hijo amoroso, dejando completamente todo cuidado a Él, no mirando a otra cosa sino a permanecer en esta santa confianza”.

Por otra parte, es esa “combinación” divinidad-paternidad-amor, presente en la donación trinitaria al alma que comporta la realidad de la filiación divina, la que realmente provoca en los santos una honda respuesta de amor filial, un entusiasmo, una auténtica “locura” de amor. Así se expresaban, en su oración, por ejemplo, Santa Teresa del Niño Jesús y San Josemaría Escrivá: “Déjame que te diga, en el exceso de mi gratitud, déjame, sí, que te diga que tu amor llega hasta la locura… ¿Cómo quieres que, ante esa locura, mi corazón no se lance hacia ti? ¿Cómo va a conocer límites mi confianza…?”. “¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y… no me he vuelto loco?”.

4. El Amor paterno de Dios manifestado en Jesucristo y en el Espíritu Santo

Busquemos de nuevo la perspectiva trinitaria ya apuntada. No podemos olvidar, en efecto, dos realidades teológicas que se hacen también particularmente vivas en las almas que poseen una profunda vida interior, y que les mueven aún más a corresponder.

La primera, que el Hijo es la Imagen del Padre y, al encarnarse, acerca esa imagen a nosotros, también en el sentido de que podemos contemplar “encarnado” el Amor de Dios Padre: en Jesús, vemos, sentimos y experimentamos ese Amor divino “humanizado”; y esto es decisivo tanto para acercarse intelectualmente a esa realidad, como para que exista por nuestra parte una verdadera respuesta filial, que tiene que ser necesariamente humana. Es decir, en el Corazón de Jesús, en sus acciones divino-humanas, en sus manifestaciones de cariño, el alma cristiana se hace más consciente y siente más vivamente qué significa el Amor paterno-maternal de Dios: cómo me ama Dios, cómo se “traduce” humanamente (corporal y espiritualmente) ese Amor; además de descubrir los caminos del verdadero amor filial, aprendidos de quien es el Hijo por naturaleza.

Por otra parte, no sólo somos hechos hijos en el Hijo, sino que la Encarnación de Jesucristo aparece como garantía de la verdad de nuestra propia filiación divina, como explica agudamente San Juan de Avila: “Inefable merced es que adopte Dios por hijos los hijos de los hombres, gusanillos de la tierra. Mas para que no dudásemos de esta merced, pone San Juan otra mayor, diciendo: ‘La palabra de Dios es hecha carne’ (Jn 1, 14) . Como quien dice: No dejéis de creer que los hombres nacen de Dios por espiritual adopción, mas tomad, en prendas de esta maravilla, otra mayor, que es el Hijo de Dios ser hecho hombre, e hijo de una mujer”.

Visto desde otra perspectiva, la intimidad con Jesús no sólo es intimidad con el Verbo encarnado, sino necesariamente también con el Padre de quien procede y que le ha enviado a nosotros (a mí, descubre cada uno, en la perspectiva íntima y singular que estamos subrayando). Crecen así, a la vez, la intimidad con el Padre y la intimidad con el Hijo; y crece a la vez la “distinción” en el trato con ellos, precisamente en la medida en que crece la conciencia viva de que soy hijo del Padre en el Hijo, de que soy más Cristo…

Así lo sintetiza un conocido texto de San Josemaría Escrivá, que guarda por lo demás gran paralelismo con el citado más arriba de Santa Teresa de Jesús, y nos conduce también a la segunda idea prometida: “Si amamos a Cristo así, si con divino atrevimiento nos refugiamos en la abertura que la lanza dejó en su Costado, se cumplirá la promesa del Maestro: ‘cualquiera que me ama, observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él’ (Jn 14, 23). El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador”.

En efecto, por su parte -y ésta es la segunda idea, inseparable de la anterior, como indivisible es el misterio trinitario-, el Espíritu Santo es el Amor paterno-filial del Padre y del Hijo, por el que soy hecho hijo de Dios en Jesucristo. El Paráclito no sólo me hace hijo, me enseña a ser hijo y me mueve a vivir como hijo, sino que, ante todo y como causa de esto, me hace participar en el mismo Amor paterno-filial divino en Cristo; y en esa participación, me muestra de forma viva y experimental cómo es el Amor paterno de Dios en Jesús, porque El mismo -el Espíritu del Padre y del Hijo- es ese Amor.

Por ello, también la intimidad que busca y obtiene el alma con el Espíritu Santo es necesariamente intimidad con el Padre y el Hijo, en cuanto son y se aman como Padre e Hijo, y en cuanto los tres son Dios; y crece la intimidad del cristiano con el Espíritu Santo como Persona divina distinta, en la medida en que es más consciente de lo que significa ser hijo del Padre en el Hijo por el Espíritu Santo.

Oigamos, en este punto, a Santa Catalina de Siena en su oración: “¡Oh Trinidad eterna, oh Deidad! Esta, la naturaleza divina, dio valor a la sangre de tu Hijo. Tú, Trinidad eterna, eres un mar profundo, donde cuanto más me sumerjo, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco. Eres insaciable, pues llenándose el alma en tu abismo, no se sacia, porque siempre queda hambre de ti, Trinidad eterna, deseando verte con luz en tu luz (…) ¡Oh Trinidad eterna, fuego y abismo de caridad! (…) Por haber experimentado y visto con la luz del entendimiento la luz de tu abismo y la belleza de la criatura. Trinidad eterna, por eso, mirándome en ti, he visto que era imagen tuya, partícipe de tu poder, Padre eterno, y de tu sabiduría en el entendimiento. Esta sabiduría se atribuye a tu Hijo unigénito. El Espíritu Santo, que procede de ti y de tu Hijo, me ha dado la voluntad, pues soy capaz de amar. Tú, Trinidad eterna, eres el que obra, y yo, tu criatura. He conocido que estás enamorado de la belleza de tu obra en la nueva creación que hiciste de mí por medio de la sangre de tu Hijo. ¡Oh abismo, oh Deidad eterna, oh Mar profundo! ¿Qué más podías darme que darte a ti mismo?”.

5. La Bondad de nuestro Padre Dios

En todo lo dicho hasta ahora hemos podido comprobar cómo la conciencia de la filiación divina no sólo conduce a una respuesta generosa de amor a Dios, sino que va dando también al alma luces importantísimas sobre el mismo Dios; luces que provocan, desde luego, un mayor crecimiento interior, pero que también ayudan al teólogo en su estudio científico sobre los misterios divinos. Por este camino deseo proseguir mi reflexión, profundizando en ese binomio intimidad-grandeza con que se nos presenta la paternidad divina.

Conciencia de la paternidad de Dios significa, lo hemos subrayado ya, conciencia de un amor personal del Padre, en Cristo y por el Espíritu Santo hacia cada uno de sus hijos e hijas singularmente. Esto quiere decir, entre otras cosas, y así lo sienten y lo expresan con particular viveza los santos, un amor divino vivo, actual y operante, continuo e intenso, y a la vez, concreto, lleno de detalles muy personales de amor de Dios respecto a cada hijo en cuanto tal, en los que la infinita capacidad divina de amar se adapta a la condición y necesidades de cada uno. Y cuanto mayor es la correspondencia del alma santa a ese amor, más se esmera Dios, por decirlo así, en sorprenderle con finuras y delicadezas de amor, como el mejor de los padres y la mejor de las madres.

Todo esto proporciona al santo una comprensión particular de la Bondad de Dios, que lejos de ser una simple afirmación teórica, la ve manifestada día a día en su propia vida, hasta conmoverle profundamente. Entroncamos así con una de las cuestiones más delicadas que la conciencia del hombre se plantea cuando se le presenta la figura paternal de Dios: el problema del mal. No es el momento de entrar en cuestión tan compleja y a menudo desconcertante, e incluso traumática, para el ser humano; pero sí de apuntar, al menos, la perspectiva que abre la experiencia de los santos para iluminar una reflexión sobre el mal.

Podríamos decir que los santos abordan la cuestión desde el interior de Dios mismo. Es decir, no intentan congeniar la experiencia del mal en el mundo con la certeza de fe de la infinita bondad divina, buscando ese complejo equilibrio en el que tantas veces la reflexión filosófico-teológica se embarca sin acabar de llegar a puerto. Sino que, más bien, lo ven todo desde esa intimidad alcanzada con la Trinidad, en la que la bondad divina es, ante todo, el mismo amor paterno-filial al que han sido llamados a participar; y el mundo y el hombre son vistos así desde la óptica de Dios Creador y Redentor. Y esto hasta tal punto que, más que intentar explicar el mal, da la impresión de que para ellos ha desaparecido como problema, porque en el mismo Dios no existe.

Es lo que expresan, por ejemplo, estas palabras de Santo Tomás Moro a su hija mayor, en su prisión de la Torre de Londres: “Hija mía queridísima, nunca se perturbe tu alma por cualquier cosa que pueda ocurrirme en este mundo. Nada puede ocurrir sino lo que Dios quiere. Y yo estoy muy seguro de que sea lo que sea, por muy malo que parezca, será de verdad lo mejor”.

Y así lo aplica también San Josemaría Escrivá a situaciones más ordinarias, objetivamente menos dramáticas, pero en las que también un alma cristiana puede pasarlo mal y desconcertarse: “¿Penas?, ¿contradicciones por aquel suceso o el otro?… ¿No ves que lo quiere tu Padre-Dios…, y Él es bueno…, y Él te ama -¡a ti solo!- más que todas las madres juntas del mundo pueden amar a sus hijos?”.

En efecto, desde esa experiencia de intimidad con Dios, resulta incuestionable que lo que solemos llamar mal físico nunca es un verdadero mal; y en cuanto al único verdadero mal, el pecado, aparece enfocado siempre a la luz de la Misericordia divina y del bien que Dios mismo extrae continuamente de él.

6. Dios Padre Misericordioso

La Misericordia paterna de Dios, vista desde la entraña misma de su Amor y su Bondad, tiene particular fuerza, en efecto, en la conciencia de la filiación divina. No puedo detenerme ahora en todas sus implicaciones, pero sí subrayar, en la misma línea que viene marcando nuestra reflexión, lo que me parece más decisivo en la experiencia de los santos: no es tanto la Misericordia en cuanto perdón lo que contemplan, sino en cuanto Amor que no puede dejar de incluir el perdón; no es tanto que mi Padre me perdona, sino que mi Padre me ama, y por eso me perdona: que realmente su corazón se vuelca en mí como hijo, más allá de la realidad concreta de mis obras buenas o malas.

Me atrevería a decir que el santo apenas se fija en el pecado como tal, sino sólo como contraste que ayuda a calibrar hasta qué punto Dios le ama personalmente, sin condicionar su amor a la respuesta fiel o infiel de su hijo. La parábola del hijo pródigo, sobre la que con toda razón se está hablando y escribiendo tanto últimamente, resulta sin duda emblemática en este sentido. El hijo menor de la parábola busca, como mucho, el perdón, pero lo que encuentra es el amor: amor paterno que incluye, desde luego, el perdón, pero que va mucho más allá. El hijo no recupera a su Padre, sino que se da cuenta de que nunca lo ha perdido; que él puede ser mal hijo, pero que el Padre nunca puede dejar de ser buen Padre, porque le ama de verdad, por ser quién es, en lo más hondo y desde lo más hondo.

Se entiende así que los santos se conmuevan hasta el punto que reflejan, por ejemplo, estas palabras de Santa Teresa de Jesús: “Y ¿quién, Señor de mi alma, no se ha de espantar de Misericordia tan grande y merced tan crecida a traición tan fea y abominable?; que no sé cómo no se me parte el corazón cuando esto escribo, porque soy ruin”; o estas otras de San Josemaría Escrivá, referidas precisamente a la reacción del padre de la parábola: “Éstas son las palabras del libro sagrado: ‘le dio mil besos’, se lo comía a besos. ¿Se puede hablar más humanamente? ¿Se puede describir de manera más gráfica el amor paternal de Dios por los hombres?”.

La Misericordia suele aparecer, efectivamente, en la experiencia y enseñanza de los santos, como la gran prueba del amor paternal divino, y también del Corazón de su Hijo encarnado, que es su Imagen fiel: la manifestación más conmovedora, la más consoladora, la más tierna… Por eso, es un aspecto clave para comprender mejor todo lo dicho hasta ahora y lo que seguirá; y en el caso particular de los santos, buena parte de su comprensión del Amor divino y de su respuesta generosa a la gracia brota precisamente de sus experiencias personales sobre la Misericordia viva y operante de Dios.

Demos un paso más. Como acabamos de comprobar en la referencia a la parábola del hijo pródigo, la Misericordia divina refuerza el convencimiento de que en el Amor paternal de Dios cabemos todos: ninguno pierde cariño paterno por muy pecador que sea. Más bien al contrario: todo invita a pensar en una “predilección” divina por el pecador. Hasta el punto de que santos como San Agustín o Santa Teresa del Niño Jesús hablan de la existencia de una Misericordia “previniente” de Dios; porque intuyen que, incluso para el cristiano que en un momento determinado, sinceramente, no tenga conciencia de graves pecados, no puede dejar de ser verdad que Dios le ama mucho porque le perdona mucho (cf. Lc 7, 40-47).

Citemos las reflexiones de la santa de Lisieux: “Sé también que a mí Jesús me ha perdonado mucho más que a Santa María Magdalena, pues me ha perdonado por adelantado, impidiéndome caer. ¡Cómo me gustaría saber explicar lo que pienso…! Voy a poner un ejemplo. Supongamos que el hijo de un doctor muy competente encuentra en su camino una piedra que le hace caer, y que en la caída se rompe un miembro. Su padre acude en seguida, lo levanta con amor y cura sus heridas, valiéndose para ello de todos los recursos de su ciencia; y pronto su hijo, completamente curado, le demuestra su gratitud. ¡Qué duda cabe de que a ese hijo le sobran motivos para amar a su padre!

“Pero voy a hacer otra suposición. El padre, sabiendo que en el camino de su hijo hay una piedra, se apresura a ir antes que él y la retira (sin que nadie lo vea). Ciertamente que el hijo, objeto de la ternura previsora de su padre, si DESCONOCE la desgracia de que su padre lo ha librado, no le manifestará su gratitud y le amará menos que si lo hubiese curado… Pero si llega a saber el peligro del que acaba de librarse, ¿no lo amará todavía mucho más?

“Pues bien, yo soy esa hija, objeto del amor previsor de un Padre que no ha enviado a su Verbo a rescatar a los justos sino a los pecadores. El quiere que yo le ame porque me ha perdonado, no mucho, sino todo. No ha esperado a que yo le ame mucho, como Santa María Magdalena, sino que ha querido que YO SEPA hasta qué punto Él me ha amado a mí, con un amor de admirable prevención, para que ahora yo le ame a Él ¡con locura…!”.

7. La Misericordia del Padre y del Hijo

Por otra parte, la comprensión de hasta qué punto es grande el Amor misericordioso de Dios Padre por cada uno de sus hijos suele alcanzar su cénit en la contemplación del misterio de la Cruz, visto no sólo desde la conmovedora entrega de Jesús por mis pecados, sino desde la generosidad del Padre que entrega a su Hijo y que recibe la entrega de Éste.

Así lo expresa, por ejemplo, San Agustín, parafraseando a San Pablo y a San Juan: “¡Oh cómo nos amaste, Padre bueno, ‘que no perdonaste a tu Hijo único, sino que le entregaste por nosotros, impíos!’ (cf. Rom 8, 32) ¡Oh cómo nos amaste, haciéndose por nosotros, ‘quien no tenía por usurpación ser igual a ti, obediente hasta la muerte de cruz, siendo el único libre entre los muertos (cf. Fil 2, 6), teniendo potestad para dar su vida y para nuevamente recobrarla’ (cf. Jn 10, 18). Por nosotros se hizo ante ti vencedor y víctima, y por eso vencedor, por ser víctima; por nosotros sacerdote y sacrificio ante ti, y por eso sacerdote, por ser sacrificio, haciéndonos para ti de esclavos hijos, y naciendo de ti para servirnos a nosotros”.

Toda esta riqueza de pruebas de Amor y Misericordia divina no hace sino proporcionar nuevos impulsos a las manifestaciones de trato filial, osado y atrevido, del alma que se deja arrebatar y conmover por Dios. Volvamos a oír a Santa Catalina de Siena en su oración a Dios Padre:

“¡Oh Misericordia, que procede de tu divinidad, Padre eterno, y que gobierna con tu poder el mundo entero! En tu Misericordia fuimos creados, en tu Misericordia fuimos creados de nuevo por la sangre de tu Hijo; tu Misericordia nos conserva; tu Misericordia hizo que tu Hijo usara sus brazos en el madero de la cruz para la lucha de la muerte con la vida y de la vida con la muerte (...) ¡Oh Misericordia! El corazón se sofoca pensando en ti, pues dondequiera que intente fijar mi pensamiento no encuentro más que Misericordia. ¡Oh Padre eterno!, perdona mi ignorancia, pero el amor a tu Misericordia me excusa ante tu benevolencia”.

De hecho, con relativa frecuencia, en la oración de los santos, la consideración de la Misericordia del Padre y la de Jesucristo se entremezclan hasta que parecen confundirse, y es una de las ocasiones en que suelen tratar también a Jesús como Padre; así ocurre, por ejemplo, en esta oración de San Alfonso María de Ligorio: “Vos mismo, Jesús mío, que sois el ofendido por mí, os hacéis mi intercesor: ‘Y Él es propiciación por nuestros pecados’ (1 Jn 2, 2). No quiero, pues, haceros este nuevo agravio de desconfiar de vuestra Misericordia. Me arrepiento con toda el alma de haberos despreciado, ¡oh sumo Bien!; dignaos recibirme en vuestra gracia por aquella sangre derramada por mí. Padre…, no soy ya digno de llamarme hijo tuyo (Lc 15, 21). No, Redentor y Padre mío, no soy digno de ser hijo vuestro, por haber tantas veces renunciado a vuestro amor; mas vos me hacéis digno con vuestros merecimientos. Gracias. Padre mío, gracias; os amo”.

Reencontramos así, desde una nueva perspectiva, la estrecha relación entre el Amor paterno de Dios y la donación redentora de su Hijo, que no es sino un reflejo de lo que el Hijo recibe del Padre en el seno de la Trinidad: toda su realidad divina, y por tanto todo su infinito Amor, el mismo con que Padre, Hijo y Espíritu Santo nos aman y nos perdonan.

8. La cercanía de Dios

Por un itinerario contemplativo-reflexivo parecido al que acabamos de recorrer hablando de la Bondad y la Misericordia, la intimidad divina que brota de la filiación divina vivida hasta sus últimas consecuencias nos da luz también sobre otros atributos divinos; y al profundizar en ellos, vuelve a crecer la vida espiritual, deseando corresponder más a ese Amor divino inagotable.

La inmensidad de Dios y su omnipresencia, por ejemplo, aparecen así como una presencia activa, viva y efectiva de Dios en cada hijo suyo; como una realidad concreta, amorosa e íntima para el alma; una presencia de un Padre “interesado y ocupado” en las cosas de su hijo, pequeñas y grandes, trascendentes y anecdóticas. El alma siente de verdad que su Padre Dios sólo tiene ojos para ella; y su vida en Cristo y la presencia activa del Espíritu no dejan de recordárselo y de moverle a obrar en consecuencia.

Análogamente, la Eternidad divina se experimenta como la plenitud de esa presencia y donación amorosa de Dios a cada uno en cada instante, volcando en el interior del alma toda la riqueza de su ser divino: una participación en el eterno entregarse del Padre al Hijo y al Espíritu Santo. No es una eternidad al margen de mi tiempo, sino una eternidad volcada en mi tiempo, al que llega a proporcionar valor de eternidad; y en todo esto, la Encarnación del Verbo juega de nuevo un papel decisivo, pues el alma descubre ahí hasta qué punto a Dios le interesa de verdad todo lo humano y temporal.

Toda esta realidad subyace, por ejemplo, a lo expresado en este punto de Camino, del que hemos reproducido ya unas palabras al principio: “Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. -Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado. Y está como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando (…) Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos”.

O a estas otras consideraciones y recomendaciones de Santa Teresa de Jesús: “Sin duda lo podéis creer que adonde está Su Majestad está toda la gloria. Pues mirad que dice San Agustín que le buscaba en muchas parte y que le vino a hallar dentro de sí mismo. ¿Pensáis que importa poco para un alma derramada entender esta verdad y ver que no ha menester para hablar con su Padre Eterno ir al cielo ni para regalarse con El, ni ha menester hablar a voces? Por paso que hable, está tan cerca que nos oirá; ni ha menester alas para ir a buscarle sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con gran humildad hablarle como a padre, pedirle como a padre, contarle sus trabajos, pedirle remedio para ellos, entendiendo que no es digna de ser su hija”.

Desde otra perspectiva, la eternidad de Dios como ausencia de principio y de fin, conmueve también al santo por lo que supone de prolongación infinita del amor de Dios por cada uno. Así lo expresa San Francisco de Sales: “Considera el amor eterno que Dios te ha manifestado, pues antes que la humanidad de Jesucristo padeciese por ti en la Cruz, su Divina Majestad te llevaba presente en su soberana bondad y te amaba desde el principio. Pero ¿cuándo comenzó a amarte? Cuando comenzó a ser Dios. Y ¿cuándo comenzó a ser Dios? Nunca, pues no tiene principio ni fin; y, por tanto, te amó siempre, desde toda la eternidad; y desde toda la eternidad te tenía preparados los favores y las gracias que te ha concedido”.

En estrecha relación con lo anterior, la inmutabilidad deja de ser un atributo fundamentalmente negativo, que parece alejar a Dios de nosotros, y se desvela más bien como una vida llena de intensa actividad, rica y perfecta, que se vuelca en cada alma con verdadero amor paterno. Hasta tal punto que, en esa intimidad filial, el alma siente, por ejemplo, que Dios se “conmueve” al ritmo de sus personales experiencias, como todo buen padre reacciona con amor paterno ante los sentimientos, las necesidades y las inquietudes de su hijo.

Ciertamente, Dios no se conmueve en el sentido de sufrir un cambio, pero sí en cuanto vive con toda la intensidad de su infinito amor su relación con nosotros, como vivas e intensas son las relaciones en el seno de la Trinidad. Es decir, Dios ama de verdad y “vive” su amor por cada hijo y cada hija; y por tanto, participa realmente en todas sus vicisitudes, aunque no las sufra en el sentido en que esa expresión pueda significar imperfección.

Aún así, el santo suele llegar más lejos todavía; porque, a través de la Humanidad de Jesucristo, comprende que Dios ha querido acercarse también a los aspectos pasivos de esas experiencias de sus hijos: ha querido “humanizar” su amor, sin dejar de ser divino. Y esto le conmueve profundamente por doble motivo: porque Dios se le hace así más cercano, sin duda; pero también porque no deja de ser Dios: porque -insistimos una vez más- lo grandioso y conmovedor es, sobre todo, que es mi Padre y mi Dios inseparablemente; y que Jesús es el Hombre-Dios que me abre los secretos de la intimidad divina, sin rebajar ni un ápice toda su grandeza al entregárnosla.

Contemplémoslo desde otro ángulo: la conciencia de la paternidad de Dios significa descubrir que Dios tiene verdaderos “sentimientos paternales”, en lo que tienen de perfección de amor; acciones divinas que el alma enamorada siente realmente como “nuevas”, “distintas” en cada momento de su trato íntimo con Dios, en la medida en que se sabe amado como hijo concreto, distinto de otros hijos, y al que le pasan cosas distintas cada día y cada hora, que no son indiferentes para un amor verdaderamente paternal y maternal.

Sólo desde esa perspectiva se puede atisbar la hondura teológica que existe tras consideraciones íntimas de los santos, como la que paso a reproducir, en boca de Santa Teresa del Niño Jesús, y vencer la tentación de clasificarlas superficialmente como, por ejemplo, “ingenuidades piadosas de una niña”:

“Me he formado del cielo una idea tan elevada, que a veces me pregunto cómo se las arreglará Dios, después de mi muerte, para sorprenderme (…) En fin, pienso ya desde ahora que, si no me siento suficientemente sorprendida, aparentaré estarlo por darle gusto a Dios. No habrá peligro alguno de que le haga ver mi decepción; sabré ingeniármelas para que él no se dé cuenta. Por lo demás, me las arreglaré siempre para ser feliz. Para lograrlo, tengo mis pequeños trucos, que tú ya conoces y que son infalibles… Además, con sólo ver feliz a Dios me bastará para sentirme yo plenamente feliz”.

¿Realmente se puede pretender “engañar” así a Dios? Por lo menos, me atrevo a asegurar, dándole la vuelta al texto de la santa, que el Señor se las habrá ingeniado para que a Santa Teresita le parezca que ha conseguido engañarle; porque ante un alma tan fina, un corazón paterno como el de Dios no puede más que rendirse.

Finalmente, sin pretender agotar la lista de atributos divinos, observemos también cómo la omnipotencia de Dios toma otra perspectiva desde esta intimidad filial con él: no es un poder que me domina y sojuzga, sino que está “a mi servicio”, del que incluso llego a participar, porque soy su hijo y heredero, con todas sus consecuencias. Su providencia no es la propia de un vigía o controlador, ni -peor aún- la de un titiritero que moviera los hilos de mi vida como si fuera una marioneta; sino la que reflejan los desvelos de un Padre amoroso, continua e intensamente preocupado del bien de sus hijos; incluida, ante todo, su libertad, donada en la creación y reconquistada para nosotros por Jesucristo en la Cruz.

9. Trascendencia de Dios e intimidad filial

En definitiva, la trascendencia divina, para un alma plenamente consciente de lo que significa ser hijo de Dios, no es lejanía y desinterés, sino cercanía e intimidad: conciencia de que toda esa grandeza de Dios, que en sí misma parece inalcanzable e inabarcable, se pone al alcance del hijo, no porque éste la alcance, sino porque Él se la da como verdadero Padre amoroso.

Este es el convencimiento que subyace a estas frases extraídas de una carta de Santa Teresa de los Andes a una amiga suya: “Créeme. Sinceramente te lo digo; yo antes creía imposible poder llegar a enamorarme de un Dios a quien no veía; a quien no podía acariciar. Mas hoy día afirmo con el corazón en la mano que Dios resarce enteramente ese sacrificio. De tal manera siente uno ese amor, esas caricias de Nuestro Señor, que le parece tenerlo a su lado. Tan íntimamente lo siento unido a mí, que no puedo desear más, salvo la visión beatífica en el cielo. Me siento llena de Él y en este instante lo estrecho contra mi corazón pidiéndole que te dé a conocer las finezas de su amor. No hay separación entre nosotros. Donde yo vaya, El está conmigo dentro de mi pobre corazón. Es su casita donde yo habito; es mi cielo aquí en la tierra”.

Esta última expresión (“cielo en la tierra”), referida al alma, está tomada por la santa chilena de los escritos de la Beata Isabel de la Trinidad, quien la utiliza con gran frecuencia y la explica así: “‘Padre nuestro que estás en los cielos’ (Mt 6, 9). En ese pequeño cielo que Él se ha hecho en el centro de nuestra alma es donde debemos buscarle y, sobre todo, donde debemos morar (…) ‘adorémosle en espíritu y en verdad’ (cf. Jn 4, 23). Es decir, por Jesucristo y con Jesucristo porque Él sólo es el verdadero adorador en espíritu y en verdad. Seremos entonces hijas de Dios y conoceremos por experiencia la verdad de estas palabras de Isaías: ‘Serán llevados en brazos, y acariciados sobre las rodillas’ (Is 66, 12). En efecto, la única ocupación de Dios parece consistir en colmar al alma de caricias y pruebas de amor como una madre cría a su hijo y le alimenta con su leche. ¡Oh! Permanezcamos a la escucha de la voz misteriosa de nuestro Padre. ‘Hija mía, nos dice, dame tu corazón’ (cf. Pv 23, 26)”.

Sin embargo, la misma idea del “cielo en la tierra” puede ser vista desde otra perspectiva enriquecedora, como la que plantea San Josemaría Escrivá en la homilía pronunciada en este campus universitario en 1967: “Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria”.

La intimidad de la relación paterno-filial con Dios se proyecta así en toda la realidad que rodea la vida del cristiano: en el mundo visto desde la Bondad de su Creador, que es nuestro Padre y que nos lo ha dado por herencia. Se explica así el título que el fundador de esta universidad dio a la homilía citada: “Amar al mundo apasionadamente”, tan apasionadamente como amamos a nuestro Padre Dios.

Me parece importante, en este momento ya avanzado de nuestra reflexión, apuntar otra realidad hondamente sentida por los santos (presente también en los textos citados), pero no siempre bien entendida en algunas reflexiones especulativas sobre nuestro tema. Trascendencia divina significa verdadera intimidad, sí, pero con “otro”; más aún: lo maravilloso para el santo es que, siendo Dios quién es, sea mi Padre, se una a mí; y que, unido a mí, siga siendo quién es. Es un amor y una unión de dos: el Padre no es el hijo y el hijo no es el Padre; y, además, yo soy el hijo porque Él ha querido libérrimamente constituirme como tal.

Es una divinización que no es confusión; más aún, el alma santa intuye que si hubiera algún tipo de mezcla o confusión, ya no sería un amor genuino, porque ya no recibiría tanto, mereciendo tan poco: ya no sería el todo que se vuelca en la nada; e intuye también que, si hubiera igualdad de “condiciones” con Dios, perdería encanto ese amor.

Personalmente, a pesar de la pobreza de toda comparación de este estilo, me ayuda a entender y explicar ese sentimiento íntimo de los santos ante el amor de Dios que supera el abismo abierto por su condición humana y su miseria personal, la imagen, repetida de formas diversas en la literatura, de la pobre doncella de la que se enamora un gran príncipe, o del pordiosero despreciado por todos que descubre un buen día, con gran asombro, que su verdadero padre es el rey.

Aprovechemos este momento para anotar también que, en todo lo dicho hasta aquí, subyace una actitud fundamental por parte del hijo de Dios, actitud que es virtud básica en el camino de la vida interior: la humildad. La filiación me eleva a unas alturas insospechadas de intimidad con Dios y de divinización, sí; pero porque Dios se hace mío, no porque yo deje de ser criatura, ni pecador, ni miserable. Más aún, cuanto más íntima es esa unión con la Trinidad, más siente el alma santa, a la vez, el abismo que le separa de Dios, y más valora en consecuencia su Amor y su Misericordia; volviendo a iniciarse así otro ciclo de enamoramiento y respuesta de amor, en esa espiral apasionante que conduce a la santidad.

10. Conciencia de la filiación divina y camino hacia la santidad

Nos vamos acercando al final de nuestra reflexión, pero no quiero dejar de aludir brevemente a otros dos aspectos que me parecen decisivos en la comprensión de la vida espiritual a la luz de la filiación divina. El primero, que en buena medida ha estado presente a lo largo de toda la ponencia, brota de las conocidas palabras que cierran la primera parte del sermón de la montaña: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).

Al hablar de la llamada universal a la santidad es habitual el recurso a esta cita, entre otras referencias bíblicas. Sin embargo, al desarrollar lo que esa llamada implica en la vida cristiana el acento se pone a veces -con verdad, pero, a mi juicio, demasiado unilateralmente- en la imitación de Jesucristo. Por contra, me parece que la referencia explícita que el mismo Jesús hace al Padre en ese momento, abre otras perspectivas enriquecedoras sobre lo que significa la santidad cristiana que todos buscamos, y sobre cómo alcanzarla.

En efecto, esas palabras del Señor nos hablan de la grandeza y maravilla de la meta, sin rebajarla un ápice y, al mismo tiempo, aumentan nuestra confianza y deseo de alcanzarla: si no fuera mi Padre, su perfección sería inalcanzable; si no fuera Dios, flaquearía mi confianza y tampoco bulliría mi deseo, pues la meta no sería tan maravillosa y apetecible; la más apetecible de todas.

De hecho, algo paralelo ocurre cuando reflexionamos sobe la imitación de Jesucristo, a quién no se puede separar de su Padre: si no fuera hombre como yo, ¡qué difícil sería seguirle!; y si no fuera Dios, qué poco poder tendría para ayudarme, y qué poco aliciente encontraría en ser su discípulo. Y otra consideración similar se puede hacer al meditar en lo que significa ser templos del Espíritu Santo y ser conducidos por Él en nuestro camino de santidad.

Pero, siendo paralelas estas consideraciones, me parece que no se deben reconducir una a las otras, sin tergiversar la realidad misma del misterio trinitario y de nuestra participación en él: realmente soy hijo de Dios -del Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo-, y mi santidad brota de ahí y debe crecer en esas mismas coordenadas trinitarias, hasta una meta apenas entrevista ahora, pero que seguirá siendo divino-trinitaria: “Queridísimos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2).

Así, en particular, en la medida en que crece la conciencia de esa relación paterno-filial con Dios, el alma corre: vuela hacia la santidad… Escribe la Beata Isabel de la Trinidad, después de citar el fragmento de San Juan que acabamos de reproducir: “He ahí el módulo de la santidad de los hijos de Dios: ser santo como Dios es santo; ser santo con la santidad de Dios y esto viviendo íntimamente con Él en el fondo del abismo sin fondo, dentro de nuestro ser”.

11. Paternidad de Dios y Maternidad de María

Nuestra última consideración nos va a llevar de la paternidad divina a la maternidad mariana. Pero dejemos la palabra a San Luis María Grignion de Montfort: “Dios Padre entregó su Unigénito al mundo solamente por medio de María (…) El mundo era indigno -dice San Agustín- de recibir al Hijo de Dios inmediatamente de manos del Padre, quien lo entregó a María para que el mundo lo recibiera por medio de Ella. Dios Hijo se hizo hombre para nuestra salvación, pero en María y por María. Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María, pero después de haberle pedido su consentimiento por medio de uno de los primeros ministros de su corte”.

Al hilo de estas consideraciones, queremos subrayar la relación entre la paternidad divina y la maternidad mariana, que, desde esa singular relación de Santa María con la Trinidad, se vierte en nosotros. En efecto, igual que hemos insistido en contemplar la conciencia de la filiación divina como una comprensión de la paternidad de Dios, queremos apuntar la conveniencia de no mirar sólo a María como modelo de filiación, ni contemplar simplemente su maternidad espiritual desde su relación maternal con Jesucristo, sino también desde su relación singular con el Padre en cuanto Padre de Jesús, y con el Espíritu Santo en cuanto nexo de unión en el seno de la Trinidad.

Como consecuencia de esta consideración, en el amor maternal de María, sentiremos y comprenderemos mejor, de forma viva y muy “humana”, el amor paternal de Dios, del que ella participa de forma singular; y particularmente en sus manifestaciones “maternales”: las que precisamente sirvieron de arranque a nuestra ponencia y han reaparecido varias veces a lo largo de ella, en boca de los santos. Volvamos a oír a uno de ellos, a este gran maestro del amor a María que acabamos de citar:

“Esta Madre del Amor Hermoso quitará de tu corazón todo escrúpulo y temor servil desordenado y lo abrirá y ensanchará para correr por los mandamientos de su Hijo con la santa libertad de los hijos de Dios, y encender en el alma el amor puro, cuya tesorera es Ella. De modo que en tu comportamiento con el Dios-Caridad ya no te gobernarás -como hasta ahora- por temor, sino por amor puro. Lo mirarás como a tu Padre bondadoso, te afanarás por agradarle incesantemente y dialogarás con Él confidencialmente como un hijo con su cariñoso Padre. Si, por desgracia, llegaras a ofenderlo, te humillarás al punto delante de Él, le pedirás perdón humildemente, tenderás hacia Él la mano con sencillez, te levantarás de nuevo amorosamente, sin turbación ni inquietud, y seguirás caminando hacia Él, sin descorazonarte”.

 

 

El comunismo tiene una ideología que «es la misma que está en la base de los vientres de alquiler»

La imagen, difundida en mayo, de los niños almacenados en un hotel de Kiev en espera logística de destino desveló a millones de personas la realidad de los vientres de alquiler.

Parece que sobre los niños de Kiev y su destino ha caído un silencio ensordecedor después de que su foto circulara por toda la red, conmoviendo al mundo y haciendo comprender, ¡por fin!, la abominable práctica del vientre de alquiler.

Por parte de las instituciones italianas no ha habido respuesta. El llamamiento lanzado por L'Occidentale y firmado por distintas asociaciones y centenares de vecinos no ha recibido respuesta. Y aún así los niños están ahí. Algunos sí que han sido "recogidos" por quienes "los encargaron", otros no.

Para dar voz a estos niños y visibilizar la condición de las mujeres que prestan su propio cuerpo, L'Occidentale ha entrevistado a monseñor Radoslaw Zmitrowicz, O.M.I., obispo auxiliar de Kamyanets-Podilskyi (Ucrania occidental) y responsable de la Delegación para la Familia y la Vida de la Conferencia Episcopal romano-católica de Ucrania.

-Excelencia, el mes pasado circularon por toda la red las terribles imágenes, desde Kiev, en las que se veían a 46 niños nacidos por subrogación (pero hoy el número ha crecido con los nuevos nacimientos) y abandonados en un hotel por los "padres clientes" que no podían ir a Ucrania a "recogerlos" debido a las restricciones impuestas por la pandemia del Covid-19. ¿Cómo se ha llegado a esta moderna forma de esclavitud que explota los cuerpos de las mujeres y reduce los niños a meros objetos?

-La respuesta es muy simple: como siempre, la causa de cada esclavitud es el pecado original, por el cual el hombre está herido. De esta situación, el hombre puede ser liberado sólo por la acción salvadora de Dios, Jesucristo. Aún así, muchas veces, el hombre está cerrado al contacto con Dios. "Si Dios no existe todo está permitido" diría Dostoievski. Y esta historia es sólo un ejemplo. Todo esto es lícito porque en Ucrania no existe una legislación que prohíba o regule la cuestión de la maternidad subrogada.

-Pero con el llamamiento común entre la Iglesia greco-católica y la conferencia de los obispos latinos, la Iglesia ucraniana ha lanzado un grito no indiferente contra esta práctica abominable...

-Sí, ha sido una voz muy importante, pero son necesarios más trabajo y más oraciones para que se emprenda una acción concreta.

-Recientemente, en el Parlamento ucraniano se ha presentado una propuesta de ley dirigida a regularizar y facilitar la transparencia en las actividades llevadas a cabo por las clínicas especializadas en maternidad subrogada. ¿Está cambiado algo? ¿Cómo valora esta propuesta de ley que, en su patria, ha sido bastante criticada? 

-Queriendo ir a la raíz, para parar esta terrible práctica la mejor solución es una prohibición absoluta de la fecundación in vitro. Repito: creo que un cambio verdadero será muy difícil. Los lobby ideológicos y financieros que tienen intereses en mérito son muy poderosos. Lo que es interesante es que en Ucrania existe una ley que prohíbe la propagación de la ideología comunista...

-¿Y cómo se relaciona esta ideología con la subrogación?

-El comunismo tiene una antropología propia, una idea sobre qué es el ser humano, y es la misma ideología que está en la base de la maternidad subrogada y de toda la ideología LGBT. El comunismo ha causado un daño terrible a pesar de los eslóganes cautivadores de sus banderas. Hoy vemos lo mismo en los argumentos que se exponen sobre la maternidad subrogada y la cuestión LGBT. Las consecuencias son y serán terribles.

-En su opinión, ¿el trasfondo económico ucraniano influye sobre la difusión de la práctica del vientre de alquiler?

-La maternidad subrogada está estrechamente vinculada al dios de este mundo, que es el dinero. Jesús dijo que no se puede servir a Dios y al dinero. Si alguien no ha experimentado que Dios es su Padre, está obligado a creer sólo en el poder del dinero. La difícil situación en Ucrania facilita la explotación de las mujeres. Ellas quieren vivir, necesitan dinero y entregar el propio cuerpo es tentador porque conlleva un beneficio. También quienes organizan la maternidad subrogada ganan mucho y son capaces de convencer a políticos y gobiernos para que no hagan nada. Además, está la dimensión de las ideologías ultra-liberales modernas, cuyos defensores gastan también cantidades ingentes de recursos para desmoralizar al hombre.

-En nuestro país se han levantado varias voces de denuncia. L'Occidentale ha sido uno de los primeros en hacer un llamamiento para pedir al Gobierno italiano que actúe para encontrar una solución para estos niños. Un camino que se puede recorrer, por ejemplo, es el de la adopción internacional, que implicaría la nulidad de los contratos de la maternidad subrogada. ¿Usted qué piensa?

-Una cosa está clara: estos niños necesitan unos padres, es decir, una madre y un padre que los acojan y los amen. En primer lugar, se debería preguntar a las mujeres que los han parido si quieren quedárselos, porque son ellas las que han gestado en su vientre a estos niños durante nueve meses y la ciencia misma nos dice que muchas cosas pasan, justamente, en virtud del vínculo materno. En el caso de que estas madres rechazaran a su hijo, se podría abrir un procedimiento de adopción nacional y, si fuera necesario, internacional. Lo que más me urge, como hombre y como pastor, es que estos niños puedan conocer el amor de Jesucristo. Solo su amor les permitirá, cuando sean adultos, reconciliarse consigo mismos, con sus padres biológicos y con toda su historia.

-Algunos países extranjeros, también europeos, han concedido a algunas parejas de clientes un salvoconducto para poder entrar en el país; otros incluso han organizado vuelos estatales. ¿Cuánto influye la diferencia político-cultural y de los sistemas jurídicos en lo que atañe al enfoque sobre el fenómeno del vientre de alquiler, en la batalla universal para la prohibición de la maternidad subrogada? Es una batalla de civilizaciones que, para salir victorioso, hay que combatirla desde varias partes...

-Sí, es una lucha entra la civilización de la vida y la civilización de la muerte. Sabemos de qué parte estará la victoria, porque Dios se ha hecho hombre, ha muerto y ha resucitado y es el Señor de la Historia. Esto tiene que motivar también a los cristianos comprometidos que, como ciudadanos responsables, deben contribuir a aumentar la conciencia y a trabajar para el bien común. Los cristianos tienen un papel clave y nosotros, por ejemplo, estamos agradecidos por la colaboración que podemos tener con la Federación de las Asociaciones Familiares Católicas de Europa (FAFCE). Subrayo también que son necesarios todos los tipos de compromiso: desde la oración y los sacrificios personales, a la predicación del Evangelio, hasta informar qué es realmente la fecundación in vitro, el mejoramiento de la situación económica y una buena legislación.

Traducido por Elena Faccia Serrano.

 

 

Un error común en el matrimonio: esperar que ellas reaccionen como ellos y viceversa

Por LaFamilia.info

Foto: Freepik

Muchos de los problemas matrimoniales tienen su origen en la poca capacidad de los cónyuges para comprenderse a partir de su esencia, del hecho de ser hombre o mujer, pues cada uno tiene un modo de ver la vida, una forma de actuar y de pensar, determinados por su más intrínseca naturaleza.

Somos iguales en dignidad, pero complementarios en cuanto género. El hombre tiene cosas que la mujer no tiene y necesita, y viceversa. Sin embargo, uno de los errores más comunes en las parejas es esperar que las mujeres reaccionen como si fueran hombres, o los hombres como si fueran mujeres. Así lo indica al diario ABC.es, María Jesús Álava Reyes autora de «Amar sin sufrir», quien explica que desde el punto de la psicología “ambas posturas obedecen más al área del deseo que de los hechos; esas expectativas no tienen ninguna base científica, y sus probabilidades de ocurrencia, salvo casos excepcionales, son mínimas”.

La experta señala que las mujeres no deben cometer el error de esperar que los hombres:

- Sepan escuchar como lo hacen sus amigas.

- No se precipiten, den solución u ofrezcan consejos que no les han pedido.

- Tengan parecida sensibilidad y den importancia a las cosas que son fundamentales para las mujeres.

- Se fijen en los detalles, se acuerden de las fechas y sorprendan con propuestas creativas.

- Sean capaces de no quedarse en la literalidad de las palabras que dicen las mujeres y sepan captar las emociones que se reflejan en su comunicación no verbal.

- No interrumpan a la mujer cuando habla.

- No reaccionen mal cuando están haciendo algo y las mujeres les pregunten o les pidan su cooperación o ayuda para una tarea específica del hogar.

De la misma forma, los hombres no deben cometer el error de esperar que las mujeres: 

- Sean concretas cuando hablan, no se pierdan en los detalles y no den rodeos para exponer lo que quieren.

- Hagan las cosas de una en una; cuando su naturaleza les permite realizar varias tareas a la vez con la mayor espontaneidad y eficacia.

- Sepan que ellos no son buenos conversadores y no pretendan hablar con ellos cuando llegan a casa.

- Dejen de ser románticas y se muestren pragmáticas en las relaciones afectivas.

Lo anterior no quiere decir que cada quien se pueda excusar en su naturaleza para no mejorar en ciertos aspectos, sino que es importante conocer las características de hombres y mujeres para no hacerse falsas expectativas y comprender mejor las reacciones del cónyuge ante situaciones puntuales.

Consejos para los cónyuges

El hombre es pragmático, necesita resolver problemas y no tiene la necesidad de expresarse, pero también necesita ser aceptado y valorado. La mujer necesita que se le validen sus sentimientos, necesita ser escuchada y le causa incomodidad cuando no puede expresarse. Ninguno es mejor o peor que el otro, son distintos, maravillosamente contrarios.

Si comprendemos esta diferencia entre hombre y mujer, encontraremos la razón de muchas de las reacciones que el cónyuge presenta ante los conflictos conyugales. Para ello, la autora Nelly Rojas ha descrito una serie de sugerencias para hombres y mujeres a la luz del matrimonio:

Para los hombres: Escúchela, consiéntala, abrácela en silencio, validando sus sentimientos. Validar no es estar de acuerdo, es aceptar la diferencia. No la ignore, ni la critique. Recuerde que las mujeres hablan de sus problemas para acercarse no para obtener soluciones ni culparlo. Trabaje desde la perspectiva de compartir el poder y el control.

Para las mujeres: Apóyelo sin criticarlo. No trate de ser la mamá de él al querer cambiarlo. Recuerde que él se siente culpable cuando usted habla de sus problemas. Póngale límites porque así él se siente estimulado a dar más y a cambiar sus conductas disfuncionales. Para ello exprese sus sentimientos en forma asertiva, es decir, sin “cantaleta”. Trabaje para mejorar su autoestima.

 

 

Mi pequeña procesión privada del Corpus Christi

Pedro María Reyes 

Exposición del Santísimo Sacramento.

Esta mañana fui a atender a una mujer mayor en su casa. Había concertado previamente con su hijo que la visitaría hoy y le llevaría el Santísimo para que comulgara. Como siempre suelo hacer en estos casos, caminaba rezando y acompañando al Señor con jaculatorias eucarísticas. Pero cuando llegué a su casa, el hijo me informó desde la puerta que no podría pasar porque su madre había dormido mal y no se sentía bien. Por lo tanto, regresé con el Santísimo.

Aclaro que resido en Buenos Aires, ciudad en la que el pico de la pandemia aún no ha llegado, los casos aumentan día tras día, y la cuarentena es estricta y avisan que se va a endurecer aún más. Como si el tiempo quisiera acompañar este panorama, hoy es un día frío y gris, anunciando el invierno que entra pasado mañana. Para los creyentes, se añaden otros motivos de tristeza: este año no tenemos Corpus Christi, no hay Misas públicas y las iglesias están abiertas con restricciones.

Aunque fui amable con el hijo, en mi interior lo tomé mal, lo reconozco. ¿Por qué no me avisó antes y no me hubiera hecho perder el tiempo? Luego rectifiqué y pensé: estamos en la Octava del Corpus Christi, así que esta será mi particular procesión. En efecto, aunque no había sido mi intención, hice un recorrido circular por las calles paseando al Señor.

Todos los años, de un modo público y acompañado de incienso, Jesús en la Eucaristía sale a nuestras calles y plazas, las multitudes lo acompañan y cantan mientras nos bendice. Todos los años menos este, en que las cicunstancias lo impiden. Sin embargo, aunque los demás viandantes con los que me crucé no lo sabían, Jesús estaba en la calle, y seguro que los bendijo.

También pensé que Cristo sí sale a la calle muchas veces, no solo cada vez que un sacerdote lleva la comunión a un enfermo. El Señor estaba en los voluntarios que repartían comida a indigentes a la puerta de la iglesia de las Esclavas, cuando pasé delante de ella. También estaba en los taxistas que circulaban, desafiando el riesgo del contagio, porque quieren cumplir con sus deberes familiares y llevar dinero a sus hogares. También estaba en los que se contienen y no salen a la calle, aunque tienen enormes deseos de pasear, por cumplir los consejos de quedarse en casa.

Cristo está en todos los que reciben obras de misericordia, como él nos advirtió: «cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40). También habita en el alma que está en gracia (cf. Jn 14, 23). Por ello, este año sí ha habido procesión del Corpus Christi. Todos podemos llevar a Cristo, todos podemos hacer que Él esté presente en las actividades humanas en medio del mundo.

Así lo dijo San Josemaría: «como Cristo pasó haciendo el bien (Act X, 38) por todos los caminos de Palestina, vosotros en los caminos humanos de la familia, de la sociedad civil, de las relaciones del quehacer profesional ordinario, de la cultura y del descanso, tenéis que desarrollar también una gran siembra de paz» (Homilía El corazón de Cristo, paz de los cristianos).

Por ello, cada fiel cristiano que está en gracia de Dios, organiza una procesión del Corpus Christi privada cada vez que sale a la calle o ayuda en su casa o su trabajo a otros. Este año sí hubo Corpus en las calles de nuestras ciudade

 

 

Compromiso vital

El grave desafío que  el aborto presenta

Es que pone a quien lleva en su  vientre, embrionario,

un nuevo ser, decida   el   posible  escenario

que la vida le ofrece a su humana osamenta.

 

Os diré lo que pienso con mi verso sincero,

que no acusa ni absuelve  mas llama a las conciencias

para evitar   más tarde funestas  consecuencias

que dejarán la marca de un pesar  duradero.

 

Antes hay que pensar.  Cuando el amor   convoque

a no tomar en cuenta  las posibilidades

frente a los compromisos que en nosotras provoque,

 

¿podremos finalmente entender  las verdades

que encierran las uniones con semejante enfoque?

¡Asumamos  el riesgo de nuestras libertades!

 

Embajadora  de Paz  Irene Mercedes Aguirre

 

 

Un fecundo matrimonio

Escrito por Mario Arroyo.

El mensaje cristiano ha llegado al público cautivo necesitado de Dios gracias a la tecnología.

Con frecuencia se escucha hablar de “la nueva realidad”, refiriéndose así al mundo post COVID-19, o al periodo de adaptación, en el que todavía debemos hacer frente a las consecuencias de la pandemia, mientras progresivamente se van mitigando las exigencias de la cuarentena. En medio estaría el periodo más agresivo del contagio, del mayor encierro, ¿ha sido simplemente un tiempo perdido?, ¿una parte de la existencia en la que misteriosamente se nos ha sustraído la vida, en el sentido de vida bien vivida?

Cada quien podrá contar la experiencia íntima que este drástico cambio ha producido en su persona, a las sociedades e instituciones, sea públicas o privadas, no les ha quedado otro camino que adaptarse o morir. La Iglesia no ha sido la excepción y, contra lo que pudiera pensarse, hemos sido testigos de lo que podría llamarse “un fecundo matrimonio entre la fe y la tecnología”. De hecho, el mensaje de la fe se ha adaptado con gran naturalidad al mundo tecnológico; los evangelizadores han asumido el reto de hablarle al mundo en su lenguaje, de forma que ahora su difusión ha sido más capilar e incisiva; en efecto, el público cautivo, ahora más que nunca, estaba ahí, con una actitud marcadamente más receptiva de lo habitual, debido a la crisis humana y existencial causada por la epidemia.

Con rapidez sorprendente, las formas de transmitir el contenido de la fe se han adaptado a las circunstancias. La experiencia de clases, conferencias, meditaciones, retiros, velorios y muchas otras formas de comunicación virtual, le han dado al mensaje cristiano una palpitante actualidad. De hecho, sin buscarlo expresamente, pero “porque el público lo pedía”, incluso la figura del papa ha sabido capitalizar mediáticamente este triste evento. En efecto, en medio de la consternación global por lo que se nos venía encima, con la consecuente perplejidad que la novedad de la tragedia provocaba, en medio de un océano de incertidumbre, el papa acertó en hacer lo que sabe hacer: rezar. Pero no rezo solo, rezó en unión a todos los católicos y personas de buena voluntad, y supo darle la visibilidad precisa al evento. Me refiero, obviamente, a la bendición Urbi et Orbi extraordinaria, del pasado 27 de marzo.

Hacía falta que alguien hiciera algo, que alguien tomara la iniciativa y encauzara toda esa inquietud, toda esa zozobra que anegaba los corazones, y Francisco lo hizo. Fue impresionante ver a las cámaras adaptarse al ritmo litúrgico y no al revés. La expectación anhelante de las personas supo adecuarse a la lentitud, los silencios, los ritos, cantos litúrgicos y bendición solemne con el Santísimo Sacramento. Los medios tuvieron que adecuarse a unos modos que no eran los suyos, porque la gente esperaba algo, no sabía muy bien qué, pero entendía que la oración era la respuesta adecuada a la terrible situación que estaban viviendo.

Y a partir de ahí no ha perdido la iniciativa, ha tomado la batuta, la voz cantante, recordando, como siempre, a aquellos que la sociedad prefiere orillar: desde los presos, hasta las enfermeras, desde los dependientes en los negocios, hasta los vendedores de periódicos, desde el personal de limpieza en los hospitales, hasta los que trabajan en la cadena alimenticia. Y siempre haciéndonos rezar y preocuparnos por los demás, por el entorno, por el planeta. Ha sabido así capitalizar una serie de discursos que estaban en el ambiente, y redirigirlos al núcleo del mensaje cristiano, mostrando no solo cómo son compatibles, sino que terminan por ser convergentes.

Y en la estela del papa, los evangelizadores. Que también, nuevamente, se han diversificado. Desde cardenales, obispos y sacerdotes, hasta el pueblo fiel, que comprende cómo no solo es destinario pasivo del mensaje, sino protagonista del mismo. De hecho, en realidad, los comunicadores natos son los fieles cristianos, particularmente los jóvenes, que no precisan adecuarse a los cambios tecnológicos, pues son sus protagonistas. También ellos, a través de redes sociales, han sabido hacer eco al mensaje imperecedero de Jesús. Por ello, esta crisis nos deja más fuertes, pues muchos más están difundiendo la belleza del mensaje cristiano, a través de los medios tecnológicos del mundo actual. Quiera Dios que este matrimonio sea duradero y fecundo.

 

 

Reflexiones sobre el racismo

Salvador Abascal Carranza

En un país estructuralmente racista, Barak Obama nunca hubiera sido electo, porque el porcentaje de negros es del 12.8. y el de blancos (sin contar blancos hispanos) es de más del 60 por ciento.

Las recientes manifestaciones en buena parte del mundo occidental, incluido México, por el cobarde asesinato de G. Floyd, en Minneapolis, EE. UU. a manos de un policía blanco, nos puede llevar a pensar que, hoy en día, sigue existiendo un racismo estructural en Estados Unidos y en muchos países del Occidente, y nuestro país no escapa a esa terrible consideración.

A este lamentable hecho, se le suma otro más reciente, también en los Estados Unidos, en Atlanta Georgia, en donde un policía blanco mató a Rayshard Brooks, de 27 años por la espalda. Los motivos son lo de menos, la muerte de Rayshard es lo de más. De inmediato hubo una reacción, y unos manifestantes incendiaron un restaurante frente al cual sucedieron los hechos.

Quienes por estos y otros hechos han llenado las pantallas de televisión y los encabezados de los periódicos del mundo, protestando por una causa evidentemente justa, y que califican como racismo sistémico, se equivocan radicalmente en su percepción.

Me explico: en Libia hay venta de esclavos, se sabe, pero a nadie he visto manifestarse por esa infame costumbre. En la India los musulmanes, pero aún más los cristianos son perseguidos (es peor que ser sólo discriminados) por la mayoría indú, sin que las autoridades hagan mucho por proteger a unos y a otros, o por castigar los delitos contra las minorías religiosas. En Pakistán, en Siria, en Irán, etc., discriminan, persiguen y matan a los cristianos, sin que el mundo occidental mueva un dedo para defenderlos.

Por otra parte, en Estados Unidos, país en el que sucedieron los más recientes hechos, supuestamente racistas, existe una evidente mayoría blanca, pero fue electo y reelecto un presidente negro. Lógicamente, para lograrlo, tuvo que contar con un porcentaje muy amplio de votantes blancos. En un país estructuralmente racista, Barak Obama nunca hubiera sido electo, porque el porcentaje de negros es del 12.8. y el de blancos (sin contar blancos hispanos) es de más del 60 por ciento.

El caso del asesinato de George Floyd se debe calificar como abuso o como brutalidad policiaca, pero no se le puede acusar de racista al policía Derek Chovin, porque este está casado con una mujer inmigrante de Laos. Los otros dos policías que lo acompañaban, uno es hispano y el otro asiático. Un crimen racista se califica así por ser cometido por alguien que desprecia a las otras razas y, como se ve, no es el caso. También existe el racismo que podemos llamar inverso: Joe Biden, el candidato demócrata a la Casa Blanca, hace poco increpó a un hombre negro al que le dijo: “Si no votas por mí, es porque no eres negro”. El New York Times reveló una foto de una manifestante blanca, antifa, enseñándole el dedo medio a dos policías negros.

La alcaldesa de Atlanta es de raza negra, lo mismo que el jefe de la policía de Minneápolis. Por cierto, tanto la alcaldesa de Minneápolis, como el gobernador de Minnesota son del partido demócrata. Esto nos dice que los que protestan, vandalizan y saquean las ciudades con el pretexto del “racismo sistémico” no tienen idea de lo que eso significa, o lo hacen porque favorece a sus intereses, o a los intereses de otros. Caen fácilmente en el sofisma llamado post hoc, propter hoc, que significa: después de esto, entonces esto otro; es decir, hacer una inferencia falsa de una premisa verdadera. En otros términos: si un policía blanco mata a un hombre negro, necesariamente es por “racismo sistémico”. No importa la evidencia, sólo la emoción.

La alcaldesa de Chicago (negra también) denunció en el Washington Post que los disturbios en su ciudad no son espontáneos y que tiene evidencias de que están previamente organizados. El FBI capturó a cubanos y venezolanos que daban dinero a los jóvenes manifestantes violentos. Lo más grave es que los negocios destruidos o saqueados durante las manifestaciones, son casi todos de propietarios negros. Todo haría pensar en una epidemia de odio de policías blancos contra ciudadanos negros, o que la policía estadounidense se dedica a “la caza del hombre negro”. Thomas Sowell, destacado economista negro, estadounidense, afirma que: “Blame the welfare state, not racism, for poor blacks problems”. “Hay que culpar al estado de bienestar, no al racismo, por los problemas de los negros”.

Según el reporte Interracial Violent Crime Incidents 2018 del gobierno de los Estados Unidos: Los delitos con violencia cometidos de blanco (no policías) a negro, sumaron 59 mil 778. De negro a blanco, 547 mil 948. Muertes a manos de la policía, año 2016, blancos 238 casos, negros 123, latinos 79 casos. Fuente, Washington Post y El País, 4 de junio de 2020. Es muy interesante observar que el diario El País, uno de los principales medios de difusión de España, y del mundo hispánico, reportó estos mismos datos, pero destacando tendenciosamente en el encabezado de la nota, sólo el que da cuenta de cuántos negros fueron muertos por policías blancos, pero se guardó muy bien la cifra que revela que el número de blancos muertos a manos de la policía, es el doble. Es evidente, por otra parte, que existe un problema de comportamiento agresivo y violatorio de los derechos humanos –ese sí estructural– de los policías (negros o blancos) en los Estados Unidos, en su relación con la población de los EEUU.

Nada de esto quiere decir que no existe el racismo. Lo que es necesario poner en claro es que el racismo puede ser sistémico, como en la India, Paquistán, Siria, Turquía (el gobierno sirio y el turco persiguen a los kurdos sistemáticamente) o en Ruanda, África, en donde se dio una sangrienta guerra entre dos tribus: los Hutus y los Tutsis). También existe racismo de grupos, por ejemplo, el Ku Kux Klan, que fue fundado, por cierto, personajes del partido demócrata en EE UU, después de la Guerra de Secesión. A. Lincoln, republicano, decretó la abolición de la esclavitud en 1865, pero no fue sino hasta 1964 que por medio de la promulgación de la Ley de Derechos Civiles, se abolieron las leyes de segregación en el país del norte.

El racismo también puede ser personal, y es el más extendido en el mundo, es el que lleva a algunas personas a despreciar a otras por su origen étnico. El filósofo francés, Dominique Lecourt, dice en su obra Contra el Miedo (Contre la Peur, PUF, París, 2011), que la violencia contra otro ser humano tiene, como uno de sus componentes principales, el miedo. Especialmente el miedo a lo diferente, a lo desconocido, miedo que se va acrecentando o controlando, según sea la educación y el ambiente social en el que un ser humano se desarrolla. En otro artículo profundizaré más sobre este problema, pero bástenos por ahora saber que el racismo, el clasismo, el odio, la humillación del otro no tiene que ver, sobre todo en nuestro tiempo, con las leyes sino con la educación que un hombre o una mujer han recibido.

En México no existe el racismo sistémico, y la razón fundamental es que, a diferencia de los ingleses en las tierras del norte, los españoles y los indios se mezclaron, dando como resultado que en nuestro país se haya producido una población mayoritariamente mestiza. Debemos recordar que Isabel la Católica, en su testamento, recomienda tratar con respeto y dignidad a los indígenas.

No puedo dejar de mencionar los actos vandálicos que algunas turbas de furiosos manifestantes (con pretextos antirracistas) han perpetrado en contra de algunas estatuas que representan a personajes de la historia, no sólo de América, sino del mundo. Estos actos son resultado de la estúpida ignorancia (no toda ignorancia es estúpida) derivada de la Leyenda Negra de la historia de España y de Hispanoamérica. Han tirado esos manifestantes estatuas de Cristóbal Colón y hasta de Isabel de la Católica y su justificación ha sido que se trata de actos de justicia histórica contra los esclavistas. No cabe duda de que, lo que le falta al mundo actual, es educación.

 

 

De quienes “viven de la plenitud de su Fe”

Alguien habla de leer el Evangelio a la luz de cultura moderna. Ante estas habladurías pregunto ¿Qué luz nos pueden dar quienes destrozan la familia, quienes se inventa “modelos de familia” a los que solo faltan considerar familia la unión de un ser humano y de un animal?; ¿pueden acaso iluminar el sentido de la vida del hombre sobre la tierra quienes matan a seres humanos en el seno materno, quienes promueven y aceptan el aborto?

Es una profunda falta de Fe en la palabra de Cristo, y un no menor complejo cultural, lo que mueve a los creyentes, laicos o sacerdotes que anhelan “enriquecer” la Iglesia con la “cultura moderna” –como da la impresión que está sucediendo con el así llamado “sínodo alemán” en curso; y pretenden que la Iglesia bendiga uniones homosexuales; que se dé la Comunión –el Cuerpo y la Sangre de Cristo- a personas en pecado mortal, ya sean gente que no cree en la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, ya sean católicos divorciados, vueltos a unirse civilmente con alguien;  que se deje de predicar sobre el pecado, la salvación, la Vida Eterna, muerte, juicio, infierno y gloria

Joseph Ratzinger, en una conferencia en la Radio de Hesse, durante las Navidades de 1969, titulada: ¿Bajo qué aspecto se presentará la Iglesia en el año 2000?; hablando de la falta de fe y de los intentos desde la revolución francesa de adaptarse al mundo, con obispos que ponían en duda algunos dogmas, e incluso la realidad de la existencia de Dios, terminó diciendo: "Ciertamente (la Iglesia) ya no será nunca más la fuerza dominante en la sociedad en la medida en que lo era hasta hace poco tiempo. Pero florecerá de nuevo y se hará visible a los seres humanos como la patria que les da la vida y esperanza más allá de la muerte".

Y poco antes había señalado: “El futuro de la Iglesia puede venir y vendrá también hoy solo de la fuerza de quienes tienen raíces profundas y viven de la plenitud de su Fe”.

Enric Barrull Casals

 

 

Se renueva el milagro de las bodas de Caná

El matrimonio es una comunión de amor indisoluble, recordaba Juan Pablo II. “Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad” (…) Se comprende, pues, que el Señor, proclamando una norma válida para todos, enseñe que no le es lícito al hombre separar lo que Dios ha unido.

Confiados como estáis al Espíritu, que os recuerda continuamente todo lo que Cristo nos dejó dicho, vosotros, esposos cristianos, estáis llamados a dar testimonio de estas palabras del Señor: “No separe el hombre lo que Dios ha unido”.

“Así contribuiréis al bien de la institución familiar; y daréis prueba —contra lo que alguno pueda pensar— de que el hombre y la mujer tienen la capacidad de donarse para siempre; sin que el verdadero concepto de libertad impida una donación voluntaria y perenne. Por esto mismo os repito lo que ya dije en la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio: “Testimoniar el valor inestimable de la indisolubilidad y de la fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo” (Homilia en Madrid, 2-XI-82).

Ante la Reina de las Familias, la Virgen María, el milagro de las bodas de Caná se renueva, en el silencio del hogar, todos los días en tantas familias cristianas.

Xus D Madrid

 

El Corpus Christi, sin las procesiones

El Corpus Christi, con las procesiones, viene a ser una invitación a Jesús para que llene de luz las calles de nuestras ciudades y pueblos. Nuestros antepasados han preparado unas preciosas y artísticas Custodias, y se las han ofrecido a Cristo para que pudiera vivir, también terrenalmente, la alegría de “estar con los hijos de los hombres”. Desde la Custodia, el Señor quiere dar Luz para reverdecer nuestra Fe en su Presencia Real en la Hostia Santa; y llenar nuestro corazón de Caridad, y poder darle las gracias al recibirlo en la Comunión, siendo conscientes de la alegría con que Él se nos da, y nos dice: “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”.

El Papa recuerda de vez en cuando, lo hacía con motivo de la celebración del Corpus, que la Comunión no es ningún premio. Y de hecho, si lo fuera, no hay mortal que pueda hacer los méritos suficiente para recibirlo salvo la Virgen Santísima. Cierto; nadie nos merecemos ese premio. La Eucaristía es el más hondo acto de amor de nuestro Señor Jesucristo; es su donación total.

Así lo debió entender la escritora conversa Gabriele Kuby al escribir estas palabras: “Como conversa a la fe católica al final de la vida, era abrumador para mí descubrir la abundante gracia de la Iglesia. Era como un banquete donde nunca podría incluso comer todos los alimentos que se ofrecían de forma gratuita. Una de las primeras experiencias fue el misterioso poder del Santísimo Sacramento expuesto: yo no podía soportar estar cerca y tuve que trasladarme a la parte de atrás de la Iglesia. He intentado acercarme y he tenido que volver a alejarme de nuevo. Esta fue mi experiencia. Semejante a la de Pedro al decirle a Jesús: “Apártate de mi, Señor, que soy un hombre pecador”. Y añade a renglón seguido: “Experimenté mi primera confesión como una gracia que cambia la vida”.

Este año no ha habido procesiones del Corpus Christi. Pienso que ha sido una buena oportunidad para echarlas en falta, y descubrir una vez más a Quien salía ese día del Sagrario, y llenaba de Luz las calles de nuestros pueblos y ciudades.

Juan García. 

 

 

Los poderosos el destino y el olvido 

 

                                “Todo lo que nace en el Universo nace para morir”, “la eternidad sólo existe, si es que existe; es en ese misterio al que denominamos Universo”; todo lo demás es relativo, efímero, o como mucho, “duradero pero para un tiempo determinado por eso mismo… el tiempo”. Vienen a mi memoria varios individuos muy poderosos; uno fue Alejandro “el macedónio” o el “Magno”; de corta vida, vertiginosa y de gran conquistador, de uno de los grandes Imperios antiguos; al final muere joven, sin descendencia, los sepultan en un más que majestuoso sepulcro, pero que al final desaparece el mismo y hoy, ni saben donde yacen sus restos. Otro, fue el que se denominó como “hijo del cielo” y cuya singularidad le llevó, a ser el único en su vasto Imperio (usurpado a otro) en emplear el más lujoso tejido de seda y de color amarillo; condenando a muerte a cualquiera de sus súbditos que osase emplearlo; y el que en su desmesurado orgullo, mandó edificar “la Ciudad Prohibida” (1) y sede de su persona y descendientes, en Beijing (Pequín); y para lo que sacrifica la mayor parte de las riquezas de aquella ya “inmensa China”; al final tiene que huir cuasi solo, ya que le acompaña sólo un esclavo, que le, “ayuda a suicidarse”, con el “lujosísimo cinturón o fajín de su exclusivo vestido de seda amarilla, que lo acompañó hasta la muerte”. Mientras escribo no recuerdo ni su nombre, pero el que para mí, no merece ni el recordarlo.

                                En estos días en que escribo, he visto un documental, en el que aparece una isla griega, famosa en su tiempo por la fama de su riquísimo propietario, que lo fue, el más rico de su época, y que fue toda ella en el pasado siglo veinte; hoy salvo minorías, (seguro que la juventud ni puta idea del individuo y sus descendientes) nadie recuerda al nuevo “Aristóteles-Sócrates”, cuyos restos yacen en dicha isla, por deseo propio, y les acompañan, los de sus dos únicos hijos, puesto que al final, la “universal heredera”, lo fue una nieta que ni conoció; pero que al final se la ha vendido, a un miembro de la nueva nobleza Rusa; y digo nobleza, por cuanto yo considero a la actual Rusia, como una copia o réplica de la de los antiguos, zares, puesto que los comunistas que les sucedieron, al final vuelven a considerarse, como aquellos y encabezados por el nuevo zar, cuyo nombre y como sabemos es Putin. La isla es así.

            “La isla de Skorpios (en griego, Σκορπιός) es una pequeña isla privada griega localizada en aguas del mar Jónico, cerca de la costa occidental de Grecia, y muy cerca de la costa oriental de la isla de Léucade. Según el censo de 2001 tenía una población de dos habitantes. Administrativamente pertenece a la municipalidad de Meganisi, en la prefectura de Léucade. La isla tiene una abundante forestación que incluye coloridas especies de árboles. Es conocida por haber sido la isla privada del magnate Aristóteles Onassis; en la misma celebró su segundo matrimonio con la ex primera dama estadounidense Jacqueline Kennedy Onassis, el 20 de octubre de 1968. Al fallecer Onassis, la isla fue heredada por su hija Cristina, y a su vez al fallecer esta, por su nieta Athina Roussel. Los Onassis están enterrados en esta isla. Actualmente, la isla es propiedad de Ekaterina Rybolovleva, hija del magnate Dmitry Rybolovlev, quien la compró a la heredera de Onassis”. Los comunistas de la URSS (los jefes claro está) se apoderaron de todas las riquezas de la inmensa Rusia y de ahí lo de “magnates” y no “mangantes”, que es la denominación que merecen.

Reitero que el citado magnate, es de la nueva “nobleza rusa”, o sea de los que se han repartido “la Rusia comunista”. El que intuyo facilitó el dinero para un capricho de su “princesa”; ya que les debe ser poco, “las propiedades de las estepas o taigas rusas y por ello, compraron la meridional isla griega”, en la que sí, la han recuperado del ya pronunciado olvido o abandono, de la citada nieta del magnate griego. Y los nuevos propietarios, mantienen en la actualidad treinta y siete empleados, que se ocupan de mantener la isla, como la tuvo el griego, pues eso sí, han respetado todo lo que él hizo en la misma, más lo nuevo que han hecho los nuevos propietarios, que dicho sea de paso no es que acudan mucho a su isla; pero eso sí… “vestirá muchísimo, presumir de esa propiedad en las posibles reuniones del resto de grandes duques y príncipes nuevos, de la enorme y eterna madre Rusia; o de todas las Rusias, del anterior Imperio Ruso”.

Curiosamente el griego ya comentado, no pasará a la historia por esa y otras compras, pero sí dejo un terrible legado como verdad indiscutible para el mundo de su tiempo, e incluso del actual; y seguro que para mucho del futuro, puesto que dejó dicho lo siguiente. “En este mundo todo se compra con dinero, y lo que no se compra con dinero… se compra con más dinero”; lo supo desde muy joven; y lo practicó toda su vida, “comprando tantas cosas”, unas que sabemos; y otras, que nos imaginamos, por lo evidente de las mismas; pero así es la vida por muchas vueltas que le demos. Amén.

(1) La Ciudad Prohibida es un complejo palaciego situado en Pekín, capital de China. Durante casi quinientos años, desde la dinastía Ming hasta el final de la dinastía Qing, fue la residencia oficial de los emperadores de China y su corte, así como centro ceremonial y político del Gobierno chino. Había en ella miles de sirvientes o esclavos, entre ellos “miles de eunucos”, amén de la numerosa guardia, “del hijo del Cielo”. En la actualidad es una atracción turística que alberga el Museo del Palacio. Construido entre 1406 y 1420 por orden del emperador Yongle, el complejo actual consta de 980 edificios y ocupa una superficie de 72 hectáreas. O sea una gran ciudad y además amurallada. Donde y en uno de sus lagos, hay hasta “un barco de lujoso mármol, bastante grande”, capricho de la última emperatriz, que se gastó en el capricho, lo que había destinado para modernizar la flota; mientras las “potencias occidentales y Japón”, se apoderaban del imperio; tras el que vino la república, y la desaparición de la última dinastía. Gran parte de ello, lo relata, la famosa película, “El último emperador”, que seguro ha visto, “medio mundo y parte del otro medio”. Como digo al principio… “todo nace para morir”.

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes