Las Noticias de hoy 18 Junio 2020

Enviado por adminideas el Jue, 18/06/2020 - 13:28

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 18 de junio de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Audiencia general: 5 características de Moisés en la catequesis del Papa

Videomensaje del Papa Francisco a los trabajadores del mar

Llamamiento del Papa Francisco en el “Día de la conciencia”

Papa Francisco: Nuevo libro reflexiona sobre el vocabulario del Pontífice

ORACIONES VOCALES: Francisco Fernandez Carbajal

"Le tienes siempre a tu lado": San Josemaria

Conocerle y conocerte (VI): Un lenguaje más poderoso: José Brage

Jesús, Mi Sacerdote Eterno: Sheila Morataya

Gerente ejecutiva del hogar: Antonio Fuentes Mendiola

La dicha de envejecer con dignidad

 Fiesta del Corpus Christi 2020: Josefa Romo Garlito

Obligación de educar a los hijos ESCUELA PARA PADRES: FranciscoGras

“El mejor antivirus, la solidaridad”: + Felipe Arizmendi Esquivel. Obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas

EL HOMBRE PARA LOS DEMÁS: J. L. MARTIN DESCALZO

Piedad eucarística y compromiso social: Valentín Abelenda Carrillo

Convención sobre los Derechos del Niño: Jaume Catalán Díaz

Saltarse la línea divisoria: JD Mez Madrid

Nadando “sobre la escoria” y contra corriente: Antonio García Fuentes

ALTA EN EL BOLETIN: boletin-help@ideasclaras.org

BAJA BOLETÍN: boletin-unsubscribe@ideasclaras.org

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

 

 

ROME REPORTS

 

 

Audiencia general: 5 características de Moisés en la catequesis del Papa

Texto completo

JUNIO 17, 2020 13:39ROSA DIE ALCOLEAAUDIENCIA GENERAL

(zenit – 17 junio 2020).- El Papa Francisco ha pronunciado la séptima catequesis sobre la oración: “La oración de Moisés” (Gen 32, 25-30), desde la audiencia general celebrada en la biblioteca del Palacio Apostólico hoy, miércoles 17 de junio de 2020.

En este itinerario sobre el tema de la oración, el Papa señaló que Dios nunca amó tratar con orantes “fáciles” y ni siquiera Moisés será un interlocutor “débil”, desde el primer día de su vocación.

El Santo Padre ha destacado cinco característica de Moisés, el profeta de Madián, a través de las que el hombre se verá reflejada al orar con Dios: amistad con el Señor, coherencia con sus raíces, humanidad y temor, intercesión a Dios y puente de unión entre Dios y los hombres.

Amigo de Dios

Moisés es tan amigo de Dios “como para poder hablar con Él cara a cara”, describe Francisco. “Y será tan amigo de los hombres como para sentir misericordia por sus pecados, por sus tentaciones, por la nostalgia repentina que los exiliados sienten por el pasado, pensando en cuando estaban en Egipto”.

No reniega de su pueblo

“Es un hombre del pueblo” asegura el Pontífice. Moisés no reniega de Dios, pero ni siquiera reniega de su pueblo. “Es coherente con su sangre, es coherente con la voz de Dios. Moisés no es, por lo tanto, un líder autoritario y despótico”.

Además, el Obispo de Roma indica que Moisés nunca perdió la memoria de su pueblo, y asegura que esta “es una grandeza de los pastores: no olvidar al pueblo, no olvidar las raíces”.

Intercesor

“Pensemos en Moisés, el intercesor”, ha aconsejado el Papa: “Cuando nos entren las ganas de condenar a alguien y nos enfademos por dentro –enfadarse hace bien, pero condenar no hace bien– intercedamos por él: esto nos ayudará mucho”.

En este sentido, el profeta “nos anima a rezar con el mismo ardor que Jesús, a interceder por el mundo, a recordar que este, a pesar de sus fragilidades, pertenece siempre a Dios”.

Humano

El Papa Francisco describe a Moisés como “un hombre como nosotros” y revela que tenía en el corazón temores, dudas y miedos. “¿Cómo puede rezar Moisés?” planteó Francisco. “También esto nos sucede a nosotros: cuando tenemos dudas, ¿pero cómo podemos rezar? No nos apetece rezar. Y es por su debilidad, más que por su fuerza, por lo que quedamos impresionados”.

Puente

“Moisés no cambia al pueblo”, apunta el Santo Padre. “Es el puente, es el intercesor. Los dos, el pueblo y Dios y él está en el medio. No vende a su gente para hacer carrera. No es un arribista, es un intercesor: por su gente, por su carne, por su historia, por su pueblo y por Dios que lo ha llamado. Es el puente”.

Y también hoy, afirma el Santo Padre, “Jesús es el pontifex, es el puente entre nosotros y el Padre. Y Jesús intercede por nosotros, hace ver al Padre las llagas que son el precio de nuestra salvación e intercede. Y Moisés es la figura de Jesús que hoy reza por nosotros, intercede por nosotros”.

A continuación sigue la catequesis del Papa Francisco completa:

***

Catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro itinerario sobre el tema de la oración, nos estamos dando cuenta de que Dios nunca amó tratar con orantes “fáciles”. Y ni siquiera Moisés será un interlocutor “débil”, desde el primer día de su vocación.

Cuando Dios lo llama, Moisés es humanamente “un fracasado”. El libro del Éxodo nos lo representa en la tierra de Madián como un fugitivo. De joven había sentido piedad por su gente y había tomado partido en defensa de los oprimidos. Pero pronto descubre que, a pesar de sus buenos propósitos, de sus manos no brota justicia, si acaso, violencia. He aquí los sueños de gloria que se hacen trizas: Moisés ya no es un funcionario prometedor, destinado a una carrera rápida, sino alguien que se ha jugado las oportunidades, y ahora pastorea un rebaño que ni siquiera es suyo. Y es precisamente en el silencio del desierto de Madián donde Dios convoca a Moisés a la revelación de la zarza ardiente: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios” (Éxodo 3,6).

A Dios que habla, que le invita a ocuparse de nuevo del pueblo de Israel, Moisés opone sus temores y sus objeciones: no es digno de esa misión, no conoce el nombre de Dios, no será creído por los israelitas, tiene una lengua que tartamudea… Y así tantas objeciones. La palabra que florece más a menudo de los labios de Moisés, en cada oración que dirige a Dios, es la pregunta “¿por qué?”. ¿Por qué me has enviado? ¿Por qué quieres liberar a este pueblo? En el Pentateuco hay, de hecho, un pasaje dramático en el que Dios reprocha a Moisés su falta de confianza, falta que le impedirá la entrada en la tierra prometida. (cf. Números 20,12).

Con estos temores, con este corazón que a menudo vacila, ¿cómo puede rezar Moisés? Es más, Moisés parece un hombre como nosotros. Y también esto nos sucede a nosotros: cuando tenemos dudas, ¿pero cómo podemos rezar? No nos apetece rezar. Y es por su debilidad, más que por su fuerza, por lo que quedamos impresionados. Encargado por Dios de transmitir la Ley a su pueblo, fundador del culto divino, mediador de los misterios más altos, no por ello dejará de mantener vínculos estrechos con su pueblo, especialmente en la hora de la tentación y del pecado. Siempre ligado al pueblo. Moisés nunca perdió la memoria de su pueblo. Y esta es una grandeza de los pastores: no olvidar al pueblo, no olvidar las raíces. Es lo que dice Pablo a su amado joven obispo Timoteo: “Acuérdate de tu madre y de tu abuela, de tus raíces, de tu pueblo”. Moisés es tan amigo de Dios como para poder hablar con Él cara a cara (cf. Éxodo 33,11); y será tan amigo de los hombres como para sentir misericordia por sus pecados, por sus tentaciones, por la nostalgia repentina que los exiliados sienten por el pasado, pensando en cuando estaban en Egipto.

Moisés no reniega de Dios, pero ni siquiera reniega de su pueblo. Es coherente con su sangre, es coherente con la voz de Dios. Moisés no es, por lo tanto, un líder autoritario y despótico; es más, el libro de los Números lo define como “un hombre muy humilde, más que hombre alguno sobre la haz de la tierra” (cf. 12, 3). A pesar de su condición de privilegiado, Moisés no deja de pertenecer a ese grupo de pobres de espíritu que viven haciendo de la confianza en Dios el consuelo de su camino. Es un hombre del pueblo.

Así, el modo más proprio de rezar de Moisés será la intercesión (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2574). Su fe en Dios se funde con el sentido de paternidad que cultiva por su pueblo. La Escritura lo suele representar con las manos tendidas hacia lo alto, hacia Dios, como para actuar como un puente con su propia persona entre el cielo y la tierra. Incluso en los momentos más difíciles, incluso el día en que el pueblo repudia a Dios y a él mismo como guía para hacerse un becerro de oro, Moisés no es capaz de dejar de lado a su pueblo. Es mi pueblo. Es tu pueblo. Es mi pueblo. No reniega ni de Dios ni del pueblo. Y dice a Dios: “¡Ay! Este pueblo ha cometido un gran pecado al hacerse un dios de oro. Con todo, si te dignas perdonar su pecado…, y si no, bórrame del libro que has escrito” (Éxodo 32,31-32). Moisés no cambia al pueblo. Es el puente, es el intercesor. Los dos, el pueblo y Dios y él está en el medio. No vende a su gente para hacer carrera. No es un arribista, es un intercesor: por su gente, por su carne, por su historia, por su 

pueblo y por Dios que lo ha llamado. Es el puente. Qué hermoso ejemplo para todos los pastores que deben ser “puente”. Por eso, se les llama pontifex, puentes. Los pastores son puentes entre el pueblo al que pertenecen y Dios, al que pertenecen por vocación. Así es Moisés: “Perdona Señor su pecado, de otro modo, si Tú no perdonas, bórrame de tu libro que has escrito. No quiero hacer carrera con mi pueblo”. Y esta es la oración que los verdaderos creyentes cultivan en su vida espiritual. Incluso si experimentan los defectos de la gente y su lejanía de Dios, estos orantes no los condenan, no los rechazan. La actitud de intercesión es propia de los santos, que, a imitación de Jesús, son “puentes” entre Dios y su pueblo. Moisés, en este sentido, ha sido el profeta más grande de Jesús, nuestro abogado e intercesor. (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2577). Y también hoy, Jesús es el pontifex, es el puente entre nosotros y el Padre. Y Jesús intercede por nosotros, hace ver al Padre las llagas que son el precio de nuestra salvación e intercede. Y Moisés es la figura de Jesús que hoy reza por nosotros, intercede por nosotros.

 

Moisés nos anima a rezar con el mismo ardor que Jesús, a interceder por el mundo, a recordar que este, a pesar de sus fragilidades, pertenece siempre a Dios. Todos pertenecen a Dios. Los peores pecadores, la gente más malvada, los dirigentes más corruptos son hijos de Dios y Jesús siente esto e intercede por todos. Y el mundo vive y prospera gracias a la bendición del justo, a la oración de piedad, a esta oración de piedad, el santo, el justo, el intercesor, el sacerdote, el obispo, el Papa, el laico, cualquier bautizado eleva incesantemente por los hombres, en todo lugar y en todo tiempo de la historia. Pensemos en Moisés, el intercesor. Y cuando nos entren las ganas de condenar a alguien y nos enfademos por dentro –enfadarse hace bien, pero condenar no hace bien– intercedamos por él: esto nos ayudará mucho.

© Librería Editorial Vaticano

 

 

Videomensaje del Papa Francisco a los trabajadores del mar

“Sabed que no estáis solos”

JUNIO 17, 2020 16:50LARISSA I. LÓPEZPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 17 junio 2020).- El Papa Francisco envía un videomensaje a los trabajadores del mar y a sus familias en el que les agradece su labor y les recuerda: “sabed que no estáis solos y que no estáis olvidados”.

En el video, difundido este 17 de junio de 2020 por la Oficina de Prensa de la Santa Sede, el Santo Padre les dedica unas palabras en estos “tiempos difíciles para el mundo porque nos enfrentamos al sufrimiento causado por el coronavirus”.

Francisco expresa su cercanía a los marineros y pescadores, pues él mismo les acompaña en la oración junto con los capellanes y voluntarios de Stella Maris.

Oración de alivio y consuelo

“Hoy deseo enviaros un mensaje y una oración de esperanza, una oración de alivio y de consuelo contra toda adversidad. Al mismo tiempo, animo también a todos los que trabajan con vosotros en el apostolado del mar”, concluye el Santo Padre.

En su videomensaje, Francisco señala que el trabajo de este colectivo “se ha vuelto aún más importante, para proveer a la gran familia humana de alimentos y otros géneros de primera necesidad”.

Agradecimiento

Igualmente, el Pontífice manifiesta que “os estamos muy agradecidos” porque “sois una categoría muy expuesta” y en estos últimos meses vuestra vida y vuestro trabajo han cambiado considerablemente y os habéis enfrentado —y todavía os enfrentáis— a muchos sacrificios, a largos períodos de alejamiento a bordo de los barcos sin poder bajar a tierra”.

“Que el Señor bendiga a cada uno de vosotros, bendiga vuestro trabajo y a vuestras familias; y que la Virgen María, Estrella del Mar, os proteja siempre. Yo también os bendigo y rezo por vosotros. Y vosotros, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Gracias”, concluye el Obispo de Roma.

 

 

Aristides Sousa Mendes (C) Centre Portugal

Llamamiento del Papa Francisco en el “Día de la conciencia”

En memoria de Sousa Mendes

JUNIO 17, 2020 12:50ROSA DIE ALCOLEAJORNADAS MUNDIALESPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 17 junio 2020).- Hoy es el “Día de la conciencia”, inspirado en el testimonio del diplomático portugués Aristides de Sousa Mendes, que hace ochenta años “decidió seguir la voz de la conciencia y salvó la vida de miles de judíos y otros perseguidos”, ha recordado el Papa Francisco en la audiencia general.

Desde la biblioteca del Palacio Apostólico, este miércoles, 17 de junio de 2020, el Santo Padre ha exhortado a “que se respete siempre y en todas partes la libertad de conciencia” y que “cada cristiano dé ejemplo de coherencia con una conciencia recta e iluminada por la Palabra de Dios”.

Sousa Mendes, un fascista justo

En la primavera de 1940, Sousa Mendes era el cónsul general de Portugal en Bordeaux, Francia, cuando la blitzkrieg (guerra relámpago) nazi desbordó las defensas francesas en Sedán, el 14 de mayo.

Una multitud de refugiados de diversas nacionalidades, entre ellos miles de judíos, llegó a la ciudad francesa con la esperanza de obtener una visa de tránsito hacia Portugal para luego viajar a América.

A pesar de las directivas del gobierno del dictador portugués Antonio de Oliveira Salazar, que prohibían a sus diplomáticos extender visas a judíos expulsados de sus países de origen, Sousa Mendes emitió miles de permisos de tránsito no sólo en Bordeaux sino también en Bayona y en las calles de Hendaya, en la frontera con España. Gracias a su gestión alrededor de treinta mil refugiados recibieron ayuda, entre ellos diez mil judíos que evitaron una muerte segura en las cámaras de gas.

Desobedecer

Él arguyó que fue un comando de su dios: “Si tengo que desobedecer, prefiero que sea una orden de los hombres y no una del Señor”, dijo entonces, místico, recoge en su relato el periodista Martín Caparrós. Y desobedeció: “A partir de ahora daré visas a todos; ya no hay nacionalidades, razas o religiones”, dijo.

El Gobierno de Portugal entonces lo suspendió, lo juzgó y lo echó del servicio. Pero, sin embargo, honró a su conciencia y dio aquellas visas: un papel sellado era, todavía, un compromiso. Según Caparrós, Aristides de Sousa murió arruinado en 1954. Más tarde, en 1966 el Yad Vashem –Memorial del Holocausto, en Jerusalén– lo declaró “justo entre los hombres” y plantó 20 árboles para su memoria. Desde entonces, se celebran numerosos homenajes en su memoria.

 

 

Papa Francisco: Nuevo libro reflexiona sobre el vocabulario del Pontífice

Prefacio de Bartolomé I

JUNIO 17, 2020 11:24LARISSA I. LÓPEZLIBROS Y RECENSIONESPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 17 junio 2020).- La Librería Editorial Vaticana publica un libro sobre la terminología utilizada por el Santo Padre, titulado Un Vocabulario del Papa Francisco (Un vocabolario di Papa Francesco), informa L’Osservatore Romano.

Desde la “B” de “Bautismo” a la “S” de “Speranza” (en italiano), el volumen propone reflexiones a través de las palabras clave del mensaje y el ministerio del Pontífice. Editado por Joshua J. McElwee y Cindy Wooden, el prefacio está escrito por el patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, y la introducción por el cardenal arzobispo de Boston, monseñor Sean O’Malley.

La “sacralidad de las palabras”

Tal y como señala el patriarca Bartolomé, “las palabras son una expresión intrínseca de la vida, nuestro más íntimo reflejo de la divinidad, la identidad misma de Dios: ‘En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios’ (Juan 1,1)”.

Asimismo, señala que, a través de  las palabras y reflexiones del Santo Padre “hemos experimentado la sacralidad de las palabras”: “Recordamos y somos conscientes de que las palabras son capaces de construir puentes, pero también muros. Por lo tanto, juntos, hemos buscado promulgar un diálogo de amor y verdad, ‘actuando según la verdad en la caridad’ (Ef 4:15)”.

Principios fundamentales del Papa

El líder ortodoxo describe que los términos seleccionados en este volumen “son los que distinguen y evocan los principios fundamentales que el Papa Francisco ha privilegiado y hecho suyos”.

En este sentido, señala cómo el ministerio del actual Pontífice está “enteramente dedicado a Jesús y a la Iglesia como el Cuerpo de Cristo, mientras que al mismo tiempo cuenta con poner de relieve los abusos clericales y fomentar un mayor reclutamiento de responsabilidad”; y cómo “se esfuerza por relacionar los sacramentos de la Iglesia con la vida concreta del mundo, desde el Bautismo hasta las lágrimas”.

Bartolomé I continúa apuntando que Francisco “dentro de la Iglesia como institución, desea menos clericalismo y más colegialidad, mientras continúa advirtiendo contra la indiferencia y apoyando el discernimiento” y en la relación entre la Iglesia Católica y otras iglesias “promueve el diálogo y el ecumenismo, el encuentro y el abrazo”.

Y resalta que en lo referente la comunidad global el Papa “revela la compleja conexión entre el capitalismo y la creación, la persecución y los refugiados”, así como su preocupación por la familia, las mujeres, los niños y la familia y los abuelos.

Las virtudes de Francisco

No obstante, al patriarca ecuménico le llama especialmente la atención sobre el Obispo de Roma son “sus virtudes específicas, que definen su mensaje y dan testimonio de él”:  dignidad y justicia, misericordia y esperanza y, sobre todo, el amor y la alegría.

“Este libro trasciende las meras palabras. Es un hermoso mosaico de mentes coloridas y atractivas que revelan al hombre misericordioso y compasivo que conocimos como el Papa Francisco”, concluye el prefacio de Bartolomé I en su prefacio.

 

ORACIONES VOCALES

— Necesidad.

— Oraciones vocales habituales.

— Atención al rezarlas. Luchar contra la rutina y las distracciones.

I. Y al orar no empleéis muchas palabras, como los gentiles, que se figuran que por su locuacidad van a ser escuchados, nos dice el Señor en el Evangelio de la Misa1. Quiere apartar a sus discípulos de la visión equivocada de muchos judíos de su tiempo, quienes pensaban que son necesarias largas oraciones vocales para que Dios las escuche; y les enseña a tratar a Dios con la sencillez con que un hijo habla con su padre. La oración vocal es muy agradable a Dios, pero ha de ser verdadera oración: las palabras han de expresar el sentir del corazón. No basta recitar meras fórmulas, pues Dios no quiere un culto solo externo, quiere nuestra intimidad2.

La oración vocal es un medio sencillo y eficaz, imprescindible, adecuado a nuestro modo de ser, para mantener la presencia de Dios durante el día, para manifestar nuestro amor y nuestras necesidades. Como leemos en el mismo Evangelio de la Misa, Nuestro Señor quiso dejarnos la oración vocal por excelencia, el Padrenuestro, en la que, en pocas palabras, compendia todo lo que el hombre puede pedir a Dios3. A lo largo de los siglos ha subido hasta Dios esta oración, llenando de esperanza y de consuelo a innumerables almas, en las situaciones y momentos más dispares.

Descuidar la oración vocal significaría un gran empobrecimiento de la vida espiritual. Por el contrario, cuando se aprecian estas oraciones, a veces muy cortas pero llenas de amor, se facilita mucho el camino de la contemplación de Dios en medio del trabajo o en la calle. «Empezamos con oraciones vocales, que muchos hemos repetido de niños: son frases ardientes y sencillas, enderezadas a Dios y a su Madre, que es Madre nuestra. Todavía, por las mañanas y por las tardes, no un día, habitualmente, renuevo aquel ofrecimiento que me enseñaron mis padres: ¡oh Señora mía, oh Madre mía!, yo me ofrezco enteramente a Vos. Y, en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón... ¿No es esto –de alguna manera– un principio de contemplación, demostración evidente de confiado abandono? (...).

»Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra..., hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres...: y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio»4. Y Santa Teresa, como todos los santos, sabía bien de este camino asequible a todos para llegar hasta el Señor: «Sé –afirmaba la Santa– que muchas personas, rezando vocalmente (...), las levanta Dios, sin saber ellas cómo, a subida contemplación»5.

Pensemos hoy nosotros en el interés que ponemos en nuestras oraciones vocales, en su frecuencia a lo largo del día, en las pausas necesarias para que aquello que decimos al Señor no sean «meras palabras que vienen unas en pos de otras»6. Meditemos en la necesidad del pequeño esfuerzo que hemos de poner para alejar de nuestras oraciones la rutina, que bien pronto significaría la muerte de la verdadera devoción, del verdadero amor. Procuremos que cada jaculatoria, cada oración vocal sea un acto de amor.

II. El secreto de la fecundidad de los buenos cristianos está en su oración, en que rezan mucho y bien. De la oración –mental y vocal– sacamos fuerzas para la abnegación y el sacrificio, y para superar y ofrecer a Dios el cansancio en el trabajo, para ser fieles en los pequeños actos heroicos de cada día... Se ha dicho que la oración es como el alimento y la respiración del alma, porque nos pone en relación íntima con Dios y nos empuja a conocerle mejor y amarle más. La piedad auténtica es esa actitud estable que permite al cristiano valorar desde Dios el trajín diario, donde encuentra ocasión para el ejercicio de las virtudes, el ofrecimiento de la obra acabada, la pequeña mortificación... Sin darnos apenas cuenta estamos «metidos en Dios», y entonces estamos orando también con el ejercicio de nuestro trabajo sin chapuzas, aunque en esos momentos no realicemos actos expresos de oración. Una mirada al crucifijo o a una imagen de Nuestra Señora, una jaculatoria, una breve oración vocal, ayudan entonces a mantener «ese modo estable de ser del alma», y así nos es posible orar sin interrupción7, el orar siempre que nos pide el Señor8. Hay muchos momentos en los que debemos concentrarnos en el trabajo y la cabeza no nos permite pensar a la vez en Dios y en lo que hacemos. Sin embargo, si mantenemos esa disposición habitual del alma, esa unión con Dios, al menos ese ánimo de hacerlo todo por el Señor, estamos orando sin interrupción...

Lo mismo que el cuerpo necesita ser alimentado y los pulmones respirar aire puro, así necesita dirigirse el alma hacia el Señor. «El corazón se desahogará habitualmente con palabras, en esas oraciones vocales que nos ha enseñado el mismo Dios, Padre nuestro, o sus ángeles, Ave María. Otras veces utilizaremos oraciones acrisoladas por el tiempo, en las que se ha vertido la piedad de millones de hermanos en la fe: las de la liturgia –lex orandi–, las que han nacido de la pasión de un corazón enamorado, como tantas antífonas marianas: Sub tuum praesidium..., Memorare..., Salve Regina...»9. Muchas de estas oraciones vocales (el Bendita sea tu pureza, el Adoro te devote, que podemos rezar los jueves, adorando al Señor en la Eucaristía...) fueron compuestas por hombres y mujeres –conocidos o no– con mucho amor a Dios y fueron guardadas en el seno de la Iglesia como piedras preciosas para que las utilicemos nosotros. Quizá tienen para muchos el candor de aquellas enseñanzas fundamentales para la vida que aprendieron de sus madres. Son una parte muy importante del bagaje espiritual que poseemos para enfrentarnos con todo tipo de dificultades.

La oración vocal es sobreabundancia de amor, y por eso es lógico que sea muy frecuente desde que iniciamos la jornada hasta que dedicamos a Dios nuestro último pensamiento antes del descanso diario. Y saldrá a nuestros labios –quizá «sin ruido de palabras»– en los momentos más inesperados. «Acostúmbrate a rezar oraciones vocales, por la mañana, al vestirte, como los niños pequeños. —Y tendrás más presencia de Dios luego, durante la jornada»10.

III. Del Patriarca Enoc nos dice la Sagrada Escritura que anduvo siempre en la presencia de Dios11, que le tuvo presente en sus alegrías, en sus fatigas y en sus trabajos. «¡Ojalá nos ocurriera a nosotros algo parecido! ¡Ojalá pudiéramos andar por esos mundos con Dios a nuestro lado! Tan junto a Él, sintiendo tan vivamente su presencia, que compartiéramos todo con Él. Recibiríamos entonces todo de su mano, cada rayo de sol, cada sombra de incertidumbre que pasara por nuestra vida; aceptaríamos con gratitud consciente todo lo que nos mandase, obedeciendo así al más ligero soplo de su llamada»12. Pero, con frecuencia, el verdadero centro de referencia no es, por desgracia, el Señor, sino nosotros mismos. De ahí la necesidad de ese empeño continuo por estar metidos en Dios, «atentos» a sus más leves insinuaciones, evitando estar ensimismados en nuestras cosas; en todo caso, teniéndolas presentes en la medida en que hacen referencia a Dios: porque hacemos el bien con ellas, porque las hemos ofrecido...

Las oraciones vocales son un gran medio para tener a Dios presente en nuestros quehaceres a lo largo del día. Para eso es necesario poner atención en lo que le decimos al Señor. Y tendremos que luchar a veces en detalles muy pequeños pero necesarios: en pronunciar claramente, con pausa, en huir de la rutina. Ha de haber tiempo también para la consideración, de modo que llegue, en cierta manera, a ser una verdadera oración mental, aunque no podamos evitar del todo las distracciones.

Sin una gracia especial de Dios no es posible mantener una atención continua y perfecta al sentido y significado de las palabras. A veces, la atención estará referida particularmente al modo como se pronuncia; en otros momentos se mira a la persona a quien se habla. Pero hay ocasiones en que, por circunstancias personales o de ambiente, no se puede prestar de modo conveniente ninguna de estas tres formas de atención. Es entonces necesario poner al menos un cuidado externo, que consiste en rechazar cualquier actividad exterior que por su misma naturaleza impida la atención interior. Algunos trabajos manuales, por ejemplo, no impiden tener la cabeza en otra cosa; como la madre de familia, que reza el Rosario en casa mientras limpia o mientras está más o menos pendiente de los hijos pequeños, aunque se distraiga en algún instante, mantiene al menos esa atención interior, cosa que no sería posible si quisiera a la vez ver la televisión. De todos modos, hemos de organizar nuestro plan de vida de modo que, siempre que sea posible, el tiempo que dedicamos a algunas oraciones vocales como el Ángelus o el Rosario sea un rato en que podamos concentrarnos bien. Por otra parte, las simples distracciones involuntarias son imperfecciones que el Señor disculpa cuando nos ve poner empeño en rezar.

Junto a las oraciones vocales, el alma necesita el alimento diario de la oración mental. «Gracias a esos ratos de meditación, a las oraciones vocales, a las jaculatorias, sabremos convertir nuestra jornada, con naturalidad y sin espectáculo, en una alabanza continua a Dios. Nos mantendremos en su presencia, como los enamorados dirigen continuamente su pensamiento a la persona que aman, y todas nuestras acciones –aun las más pequeñas– se llenarán de eficacia espiritual»13. El Señor las mirará con complacencia y las bendecirá.

1 Mt 6, 7-15. — 2 San Cipriano, Tratado sobre el Padrenuestro. Liturgia de las Horas, Domingo XI ordinario, Segunda lectura. — 3 Cfr. San Agustín, Sermón 56. — 4 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 296. — 5 Santa Teresa, Camino de perfección, 30, 7. — 6 R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, vol. I, p. 506. — 7 1 Tes 5, 17. — 8 Lc 18, 1.  9 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 119. — 10 ídem, Camino, n. 553. — 11 Cfr. Gen 5, 21. — 12 R. A. Knox, Ejercicios para seglares, Rialp, Madrid 1956, p. 41. — 13 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 119.

 

 

"Le tienes siempre a tu lado"

Qué estupenda es la eficacia de la Sagrada Eucaristía, en la acción –y antes en el espíritu– de las personas que la reciben con frecuencia y piadosamente. (Forja, 303)

18 de junio

Si aquellos hombres, por un trozo de pan –aun cuando el milagro de la multiplicación sea muy grande–, se entusiasman y te aclaman, ¿qué deberemos hacer nosotros por los muchos dones que nos has concedido, y especialmente porque te nos entregas sin reserva en la Eucaristía? (Forja, 304)

Niño bueno: los amadores de la tierra ¡cómo besan las flores, la carta, el recuerdo del que aman!...

–Y tú, ¿podrás olvidarte alguna vez de que le tienes siempre a tu lado... ¡a Él!? –¿Te olvidarás... de que le puedes comer? (Forja, 305)

Asoma muchas veces la cabeza al oratorio, para decirle a Jesús: ...me abandono en tus brazos.

–Deja a sus pies lo que tienes: ¡tus miserias!

–De este modo, a pesar de la turbamulta de cosas que llevas detrás de ti, nunca me perderás la paz. (Forja, 306)

 

 

Conocerle y conocerte (VI): Un lenguaje más poderoso

Dios habla en voz baja, pero constantemente; en la Sagrada Escritura -especialmente en los Evangelios- y también a través de nuestro interior.

VIDA ESPIRITUAL01/05/2020

Dios nos habla. Constantemente. Habla con palabras y también con obras. Su lenguaje es mucho más rico que el nuestro. Es capaz de pulsar secretos resortes en nuestro interior, sirviéndose, por ejemplo, de las personas o de los sucesos que nos rodean. Dios nos habla en la Escritura, en la Liturgia, a través del Magisterio de la Iglesia… Como nos mira siempre con amor, busca el diálogo con nosotros en cada acontecimiento, llamándonos siempre a ser santos. Por eso, para poder escuchar ese misterioso lenguaje divino, procuramos comenzar siempre nuestra oración con un acto de fe.

Desde dentro…

Dios habla actuando en nuestras propias potencias, que puede mover desde dentro: a nuestra inteligencia, a través de las inspiraciones; a nuestros sentimientos, a través de los afectos; a nuestra voluntad, a través de los propósitos. Por eso, como nos enseñó san Josemaría, al finalizar nuestra oración podemos decir: «Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en este rato de oración».

SE PUEDE RECONOCER SI ALGO VIENE DE DIOS CUANDO NOS EMPUJA A AMARLE MÁS A ÉL Y A LOS DEMÁS

Pero, al considerar esta realidad, puede presentarse una duda: «¿Y cómo puedo saber que es él quien me habla? ¿Cómo puedo saber que esos propósitos, afectos e inspiraciones no son simples ocurrencias, deseos y sentimientos míos?». La respuesta no es fácil. Orar es un arte que se aprende con el paso del tiempo y con la ayuda de la dirección espiritual. Pero sí podemos decir que viene de Dios todo lo que nos lleva a amar más a él y a los demás, a cumplir su voluntad, también cuando implica sacrificio y generosidad. Son muchas las personas habituadas a orar que pueden decir: «En mi oración pienso las mismas cosas que pienso a lo largo del día pero con una diferencia: al terminar, siempre lo hago con un “pero no se haga mi voluntad sino la tuya” en el corazón, y eso no me pasa en los otros momentos».

Dios habla, muchas veces, directamente al corazón, cuyo lenguaje conoce como nadie. Lo hace a través de deseos profundos que él mismo siembra. Por eso, escuchar a Dios muchas veces consiste en bucear en el propio corazón y tener la valentía de poner ante él nuestros anhelos, con la intención de discernir lo que nos lleva a cumplir su voluntad y lo que no. ¿Qué deseo realmente? ¿Por qué? ¿De dónde vienen estos impulsos? ¿A dónde me conducen? ¿Estoy engañándome, fingiendo que no están ahí e ignorándolos? Ante estas preguntas, normales en quien quiere vivir una vida de oración, el Papa Francisco nos recomienda: «Para no equivocarse hay que (…) preguntarse: ¿me conozco a mí mismo, más allá de las apariencias o de mis sensaciones?, ¿conozco lo que alegra o entristece mi corazón?»[1].

Además de hablar a nuestro corazón y a nuestra inteligencia, Dios también lo hace por medio de nuestros sentidos internos: habla a nuestra imaginación, suscitando una escena o una imagen; y habla a nuestra memoria, trayendo un recuerdo o unas palabras que pueden ser una respuesta a nuestra oración o una indicación de sus deseos. Así, por ejemplo, le ocurrió a san Josemaría el 8 de septiembre de 1931. Estaba rezando en la Iglesia del Patronato de Enfermos, sin muchas ganas –como él mismo nos dice–, con la imaginación suelta, «cuando me di cuenta de que, sin querer, repetía unas palabras latinas, en las que nunca me fijé y que no tenía por qué guardar en la memoria: Aún ahora, para recordarlas, necesitaré leerlas en la cuartilla, que siempre llevo en mi bolsillo para apuntar lo que Dios quiere (…) (instintivamente, llevado de la costumbre, anoté, allí mismo en el presbiterio, la frase, sin darle importancia):dicen así las palabras de la Escritura, que encontré en mis labios: “et fui tecum in omnibus ubicumque ambulasti, firmans regnum tuum in aeternum”: apliqué mi inteligencia al sentido de la frase, repitiéndola despacio. Y después, ayer tarde, hoy mismo, cuando he vuelto a leer estas palabras (pues, –repito– como si Dios tuviera empeño en ratificarme que fueron suyas, no las recuerdo de una vez a otra) he comprendido bien que Cristo-Jesús me dio a entender, para consuelo nuestro, que “la Obra de Dios estará con El en todas las partes, afirmando el reinado de Jesucristo para siempre”»[2].

Dios para hablarnos también puede servirse de las notas que tomamos en un curso de retiro o en un medio de formación, especialmente al releerlas en la oración tratando de captar su sentido. Allí quizás podremos descubrir un hilo conductor o repeticiones que nos den una pista de lo que el Señor quiere decirnos.

Un murmullo incesante

Es verdad que alguna vez el Señor habla claramente y de manera sobrenatural pero no suele ser lo común. Ordinariamente Dios habla bajito y por eso a veces no nos percatamos de los pequeños regalos –propósitos, afectos, inspiraciones– que nos ofrece en una oración sencilla. Nos puede ocurrir como al general sirio Amán que, cuando el profeta Eliseo le animó a bañarse siete veces en el río para que se curara de su lepra, se lamentaba diciendo: «Yo me imaginaba que saldría hasta mí y de pie invocaría el nombre del Señor, su Dios; pondría su mano donde está la lepra y me curaría de ella» (2 Re 5,11). Amán acudió al Dios de Israel, pero esperaba algo llamativo, incluso ruidoso. Afortunadamente, sus siervos le hicieron recapacitar: «Si el profeta te hubiera mandado algo difícil, ¿no lo habrías hecho? Cuánto más si te ha dicho: “lávate y quedarás limpio”» (2 Re 5,13). El general volvió para cumplir el consejo, aparentemente demasiado ordinario, y de este modo entró en contacto con el poder salvador de Dios. En la oración, conviene valorar esas pequeñas luces sobre lo ya sabido, las mociones del Espíritu Santo a lo de siempre, los afectos de pequeña intensidad, los propósitos fáciles, sin despreciarlos por prosaicos, ya que todo eso puede ser de Dios.

PARA RECONOCER LA VOZ DEL SEÑOR EN LA ORACIÓN ES NECESARIO EL RECOGIMIENTO Y, MUCHAS VECES, EL SILENCIO

A una pregunta sobre la oración, el cardenal Ratzinger respondió así: «Generalmente, Dios no habla demasiado alto, pero sí nos habla una y otra vez. Oírle depende, como es natural, de que el receptor –digamos– y el emisor estén en sintonía. Ahora en nuestro tiempo, con nuestro actual estilo de vida y forma de pensar, hay demasiadas interferencias entre los dos y sintonizar resulta particularmente difícil... Es obvio que Dios no habla demasiado alto; pero a lo largo de toda la vida sí nos habla por signos o sirviéndose de encuentros con otras personas. Basta simplemente con estar un poco atentos y no consentir que las cosas de fuera nos absorban completamente»[3]. Esta capacidad de atención tiene mucho que ver con el recogimiento interior –a veces también exterior– y es algo en que nos hemos de entrenar. Para percibir a Dios es necesario procurarnos momentos en los que pausamos el trajín cotidiano y afrontamos la fuerza de la soledad con él. Necesitamos silencio.

Lo cierto es que Dios nos habla de mil maneras. Puede ocurrir que estemos tan acostumbrados a sus dones que ya no nos demos cuenta, que no le reconozcamos, como ocurría a los paisanos de Jesús: «¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no viven entre nosotros?» (Mt 13,55-56). Hemos de pedir al Espíritu Santo que nos dilate las pupilas, nos abra los oídos, nos purifique el corazón y nos ilumine la conciencia para saber reconocer su murmullo incesante, ese rumor inmortal dentro de nosotros.

Dios ya nos ha hablado

Cuando Jesús responde a los discípulos de Juan el Bautista enumerando sus signos –«los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio» (Mt 11,5)– está anunciando el cumplimiento de las antiguas profecías de la Sagrada Escritura sobre el Mesías. Y es que Dios nos ha hablado y nos habla a cada uno, de manera eminente, a través de la Sagrada Escritura: «En los Libros Sagrados, el Padre que está en los cielos sale amorosamente al encuentro de sus hijos y conversa con ellos»[4]. Por eso, «la oración debe acompañar a la lectura de la Sagrada Escritura, para que se entable un diálogo entre Dios y el hombre; porque “a Él hablamos cuando oramos, y a Él escuchamos cuando leemos las palabras divinas” (San Ambrosio, off. 1, 88)»[5]. Las palabras de la Biblia no solo son inspiradas por Dios, son también inspiradoras de Dios.

De manera especial escuchamos a Dios en los Evangelios, que recogen las palabras y hechos de Nuestro Señor Jesucristo. Así lo recalca el autor de la Carta a los Hebreos: «En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio de su Hijo» (Hb 1,1-2). San Agustín consideraba que el Evangelio era «la boca de Cristo: está sentado en el Cielo, pero no deja de hablar en la tierra»[6]. Por eso nuestra oración vive de la meditación del Evangelio; leyendo, meditando, releyendo, grabando en la memoria, considerando una y otra vez sus palabras, Dios nos habla al corazón.

LA MEDITACIÓN CONTINUA DEL EVANGELIO AYUDA MUCHO A ENCONTRAR ESAS PALABRAS QUE DIOS NOS DIRIGE A CADA UNO

San Josemaría, siguiendo la tradición de la Iglesia, recomendaba continuamente escuchar a Dios a través de la meditación de los evangelios: «Yo te aconsejo que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá Él querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones»[7]. Nuestro esfuerzo se expresa en acciones concretas: imaginar la escena, intervenir en los pasajes, considerar un rasgo del Maestro, contarle lo que nos pasa… Y le sigue esa posible respuesta de Dios: indicarnos tal o cual cosa, suscitar mociones interiores en nuestra alma, hacernos caer en la cuenta de algo.Así se construye el diálogo con él.

En otra ocasión, san Josemaría también nos animaba a contemplar e imitar a Jesucristo con estas palabras: «Sé tú un personaje en aquella trama divina, y reacciona. Contempla los milagros de Cristo, oye el flujo y el reflujo de la muchedumbre en torno a Él, cambia palabras de amistad con los primeros Doce... Mira al Señor a los ojos y enamórate de Él, para ser tú otro Cristo»[8]. Contemplar, oír, cambiar palabras de amistad, mirar… son acciones que requieren despertar y poner en marcha nuestras facultades y sentidos, nuestra imaginación y nuestra inteligencia. Porque cada uno de nosotros está allí, en cada página del evangelio. Cada escena, cada acto de Jesús, está dando sentido e ilumina mi vida. Sus palabras se dirigen a mí y sostienen mi existencia.

José Brage


[1] Francisco, Ex. ap. Christus vivit, 25-III-2019, n. 285.

[2] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 273; en Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, tomo I, pp. 385-386.

[3] Joseph Ratzinger, La sal de la tierra, Palabra, Madrid, 1997, p. 33.

[4] Concilio Vaticano II, Const. dog. Dei Verbum, n. 21. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2700.

[5] Concilio Vaticano II, Const. dog. Dei Verbum, n. 25. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2653.

[6] San Agustín, Sermón 85, 1.

[7] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 253.

[8] San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 12-X-1947; en Mientras nos hablaba en el camino, pp. 36.

Foto: Benjamin Davies, on Unsplash

 

 

Jesús, Mi Sacerdote Eterno

Dios te espera en cada recodo del camino, en cada momento de tu vida. Y lo sabes, y lo percibes en lo cotidiano. ¡Te otorga tantas gracias!

Levantarse de madrugada porque Dios quiere que le acompañes, porque quiere hablar contigo, porque te confía algunos mensajes para la humanidad. ¡Qué merecimiento es ese!

Levantarte al alba y ofrecer tu día, invocar al Espíritu Santo y entrar a tu cuarto de lavandería para tirar un piropo a Santa María y sentir su dulzura en tu corazón, ¡qué privilegio ser una mujer!

Salir por la mañana con tu taza de café a saludar a tus flores, sentir sus suaves pétalos, mirar el cielo, saber que estás viva y que cada segundo Dios está presente. ¡Qué increíble es ser una persona un hijo una hija de Dios!

Sentarte frente a tu ordenador, invocar a Santo Tomás con la oración para el trabajo y el estudio, abandonarte, ser esclavo… ¿quién soy yo para que te fijes en mí?

Cosas tan simples, cotidianas y sencillas como cambiar de actividad con tu perro o tu mascota a tus pies. Doblar la ropa, abrir la refrigeradora para ver qué voy hacer de comer… subir y bajar escaleras una y otra vez… tener tu cabeza completamente metida en el presente, sumergida en el cielo y el anhelo de agradarlo a Él…

Todo es gracia cuando se hace por amor a ti. 

¡Cuánta gracia inmerecida Jesús Mío!

He dicho, SÍ, a tu llamado y tu amor, PORQUE ME AMAS EXCLUSIVAMENTE A MÍ, PORQUE SOY TUYA PORQUE TÚ ERES MIO, MI SEÑOR, MI DIOS, MI TODO…. MI SACERDOTE ETERNO.

Celebramos tu Sagrado Corazón, ¡quién pudiera tenerlo completamente igual al tuyo Señor!

Creo en las 12 promesas que hiciste a los devotos de tu Sagrado Corazón…

  1. A las almas consagradas a mi Corazón, les daré las gracias necesarias para su estado.
  2. Daré la paz a las familias.
  3. Las consolaré en todas sus aflicciones.
  4. Seré su amparo y refugio seguro durante la vida, y principalmente en la hora de la muerte.
  5. Derramaré bendiciones abundantes sobre sus empresas.
  6. Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente y el océano infinito de la misericordia.
  7. Las almas tibias se harán fervorosas.
  8. Las almas fervorosas se elevarán rápidamente a gran perfección.
  9. Bendeciré las casas en que la imagen de mi Sagrado Corazón esté expuesta y sea honrada.
  10. Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones empedernidos.
  11. Las personas que propaguen esta devoción, tendrán escrito su nombre en mi Corazón y jamás será borrado de él.
  12. A todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes, continuos, el amor omnipotente de mi Corazón les concederá la gracia de la perseverancia final.

Ahora debo hacer una pausa, quiero reflexionar, orar, decirte que te amo. 

Me llega el momento de hacer un alto en el mundo para adorarte en el Sacramento de la Santa Eucaristía.

¡Gracias Jesús porque has vuelto a las Iglesias! ¡Ven Señor no tardes que el corazón explota en agonía por mirarte un día cara a cara!

¡Venga a nosotros tu reino!

Sheila Morataya

 

Gerente ejecutiva del hogar

“El trabajo doméstico exige una dedicación continua y total y por consiguiente, constituye una ascética cotidiana que requiere paciencia, dominio de sí misma, longanimidad, creatividad, espíritu de adaptación, valentía ante los imprevistos”. -Juan Pablo II, (24-IV-1979).

Parece haber una opinión generalizada de que una mujer se auto-realiza solamente si tiene una importante posición en una empresa, si ha terminado su cuarto doctorado y si maneja un BMW que ella misma se pagó. Quienes comparten esa visión de la auto-realización femenina con frecuencia ven el trabajo del hogar, el trabajo de ser madre o de ser esposa como una forma de esclavitud. Esta visión no es exacta. Por supuesto que es totalmente válido tener aspiraciones económicas y profesionales, pero ello no denigra en lo absoluto la importante tare de Ejecutiva del Hogar. Quiero contarte, amiga mía, otra perspectiva de lo que es quedarse en el hogar.

Hoy escribo esto para las mujeres valientes y exitosas (si, exitosas) que han decidido orientar su carrera profesional al cuidado de su familia y del hogar.

Y tú, ¿con cuánto amor eres ama de casa? ¿Con cuánta alegría has renunciado a tu carrera profesional para dedicarte a la profesión de limpiar, cocinar, planchar, administrar y ver crecer a tus hijos? ¿Qué promesa se esconde detrás de la elección de esta carrera? ¿Estás consciente de que eres una verdadera heroína de nuestro tiempo al aceptar la invitación que te hace a gritos la sociedad convulsionada y triste de nuestros días? Hoy más que nunca, es importante que reflexiones a profundidad este acto de ser una protagonista escondida en el mundo y pongas amor verdadero al reto de ser mujer de tu casa.

Hay que tener mucha personalidad para hacerlo.

“Quien es capaz de darse libremente a los demás refleja en sí la imagen de Dios y realiza, por tanto, la propia humanidad con singular plenitud”. -Jutta Burggraf.

Y es que ser una esposa que ha decidido quedarse en casa en estos días, en que hay tantas mujeres luchando por los propios derechos (correctos o no), títulos universitarios y puestos ejecutivos como ideal de muchas mujeres, es muy peligroso caer en ese pensamiento de que, las que se quedan en casa son mujeres débiles, con poca estima por ellas mismas y sin ninguna meta o ambición de desarrollo personal. Piensa un poco, ¿No es el trabajo doméstico la escuela del verdadero desarrollo de la personalidad, profesionalismo y encuentro con la propia feminidad?. Y ¿no has descubierto tu esencia femenina al encontrarte con capacidades o talentos que el hombre no tiene? Amiga, el trabajo humano y divino de luchar en el crecimiento amoroso de las virtudes como mujer para luego transmitirla a los tuyos y la intensidad con que lleves a cabo las tareas domésticas puede llegarte a dar ese prestigio profesional que muchas desean y que pocas llegan a lograr.

¿Te podrás auto-realizar en el hogar?

“El hogar es un ámbito particularmente propicio para el crecimiento de la personalidad. La atención prestada a su familia será siempre para la mujer su mayor dignidad… Puede alcanzar ahí su perfección personal”. San Josemaría Escrivá

Tu como mujer que vives en estos tiempos modernos es importante que seas “creadora de hogar”, más que una “esposa en el hogar”. Esta “creación de hogar” incluye hacer de tu casa un hogar luminoso y alegre (San Josemaría), un verdadero santuario de amor que es manifestado y desarrollado desde tu corazón femenino dando así un alimento humano-espiritual y alegre a todos tus miembros. . Al ser creadora-inteligente de esa manera, das a la sociedad hijos con una autoestima sana y recta, audazmente católicos, sin ningún tipo de miedos, comprometidos a preservar los valores en la sociedad. ¿No es esto amiga, la famosa auto-realización personal? ¿Qué más realización que la que se lleva a cabo entre los silenciosos muros del hogar pero con la certeza de que estás formando verdaderos líderes?, ¿Qué más realización quieres que la que saber que dejaste “herencia eterna” en el corazón de tus hijos?

Simone de Beauvoir, autora del libro “Segundo Sexo”, se decidió a escribir un verdadero laberinto de confusiones y malentendió lo que significa la libertad y la realización de la mujer. Muchas de las pobres mujeres que han sido desorientadas por ideas como las de esta autora ignoran que mujer murió completamente sola en un hospital de cirrosis hepática provocado por su alcoholismo. ¿Y ese es el tipo de personas que deberán decirte qué es la liberación y la realización de la mujer? Simone de Beauvoir era presa del alcohol, lo que nos indica cuánta libertad tenía, y su muerte tan patética como solitaria también nos hable de su importante nivel de realización como ser humano. ¿No valdría la pena pensar de forma diferente en torno a lo que es libertad y realización para la mujer?

Sin embargo hay mujeres que no han escrito nada que haya recorrido el mundo y mucho menos han llegado a ser famosas, pero son mujeres que aportan algo indescriptiblemente mayor a la sociedad!. Son mujeres en el mundo tal vez como tu y yo, que viven una vida como la de cualquier trabajador más, que están en diferentes posiciones sociales y que dan un sentido profundo y lleno de vida y alegría al trabajo propio femenino, a la ejecución de lo aparentemente más insignificante y escondido en nuestra sociedad: educar a los propios hijos, verlos crecer, decidirse a ser y estar para ellos. Ese encuentro con su propia vocación y dignidad femenina es tu verdadera realización como mujer. Se da siempre que te sientes feliz con lo que estás haciendo y porque estás haciendo tu deber en cada momento: puede ser cambiar un pañal, o cocinar, y en otro momento volver a la actividad profesional fuera del hogar.

Amiga, las primeras palabras de tu hijo, verlo dar sus primeros pasos, estar presente en el momento en que pierde su primer diente son momentos tan auto-realización tan grandes como el logro de ese Master universitario que tal vez tanto deseas o ese nombramiento a la Presidencia que tanto anhelaste.

Se comienza por los detalles

“Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? —Un ladrillo, y otro. Miles. Pero, uno a uno. —Y sacos de cemento, uno a uno. Y sillares, que suponen poco, ante la mole del conjunto. —Y trozos de hierro. —Y obreros que trabajan, día a día, las mismas horas… ¿Viste cómo alzaron aquel edificio de grandeza imponente?… —¡A fuerza de cosas pequeñas! San Josemaría Escrivá, Camino 819.

Cada vez que leo este texto del fundador del Opus Dei, San Josemaría Escrivá de Balaguer no puedo evitar reflexionarlo profundamente y considero que es perfecto para aplicarlo a la vida del hogar. Los detalles son importantes, lo son todo. Revelan la grandeza y entrega del alma femenina al poner su energía y corazón en lo que para muchas mujeres de nuestros días es una tarea que carece de significado. En las tareas del hogar todo se puede consagrar, todo se puede ofrecer y devolver a Dios. Al tener detalles como una sonrisa y una bendición en las mañanas al despedir a tu esposo y tus hijos.

Al tener detalles con tus hijos al llegar de la escuela y recibirlos con una buena merienda. Detalles en tu recámara matrimonial por el cuidado y limpieza que en ella se respira. Detalles en el trato atento entre tu marido y tus hijos. Detalles que dicen gracias y por favor. Detalles en la forma en que preparas y presentas la comida. ¡Qué administradora del hogar tan profesional llegas a ser al tomar en consideración cada uno de ellos. Cuánto puedes crecer como mujer, esposa y madre al estar “atenta” a esas pequeñas acciones que hacen una enorme diferencia en la vida de todos.

Después de un intenso silencio, María va a pronunciar lo que sería su respuesta decisiva“he aquí la esclava del Señor…”(Lc 1,38)*. ¿Te animas a seguir su ejemplo?

* La Aventura divina de María, Antonio Fuentes Mendiola

 

 

La dicha de envejecer con dignidad

¿La vejez es el ocaso de la vida? ¿Son compatibles esplendor y ancianidad? ¿Es posible mantenerse bello y joven en esa etapa de la vida?

Sin duda, un privilegio

Es común encontrarnos con una constante que va despuntando cada vez más: “El terror a envejecer”. Al menos así lo vemos reflejado en muchas personas -cada vez más- , hombres y mujeres, que entran en depresión en una edad joven adulta –cronológicamente hablando- por el miedo, el pavor, a envejecer.

Esta es una realidad que se da especialmente, aunque no sólo, en mujeres, y no me refiero a la crisis propia de cada edad, sino a las personas que pretenden –de manera consciente o inconsciente- estancarse en una edad por el terror a envejecer.

20 + 10 + 20 + …

Mucha gente responde así cuando se le pregunta la edad… no se atreven a decir 30, 40, 50… sino que prefieren utilizar el prefijo “20 +” de tal modo que no suene “tan feo”, “tan deprimente”, “tan terrorífico”… es una manera de eludir la realidad, de pensar y de vivir como si tuvieran 20, teniendo en realidad mucha más edad.

Qué vergüenza. Mujeres mayores utilizando ropa inapropiada como faldas demasiado cortas, blusas o pantalones ajustados, la extravagancia de la moda del momento, taconazos aunque casi no puedan dar un paso del dolor de espalda… mujeres que tienen la responsabilidad de educar a sus hijos y con tal de estar “in” en el mundo actual evaden esa obligación y buscan ser como ellos, ser como “amigas” de sus hijos, vivir “modernamente” (esto es un gravísimo error, pues los hijos necesitan que sus madres y padres sean sus amigos si, pero sobre todo que funjan como lo que son, sus progenitores, guías y educadores para la vida).

¿Cuáles son las causas?

El terror a envejecer es una especie de “síndrome existencial” de orden psicológico y ontológico -valga la terminología para expresar la gravedad-.

Es un desorden multifactorial, provocado en gran medida por los medios de comunicación que, con tal de vender, nos enseñan hasta el cansancio que la felicidad es tener “un cuerpo espectacular, una cara formidable, una personalidad perfecta”.

La industria de la moda nos invita a buscar la plenitud en una serie de “trapos” cortados de distinta manera, según la mirada de un grupo de diseñadores, unos con buen gusto otros no, pero siempre generando la necesidad de lucir no sólo bien, sino al último grito de la moda, de tal forma de crear cierto “respeto, admiración y sentido de pertenencia” a grupos exclusivos, donde el lucir del tal o cual manera te vuelve más importante ante los demás.

La superficialidad, el cumplimiento de los caprichos, la evitación de todo sufrimiento, el insistir en que la vida es rosa, la falta de formación de carácter, de voluntad, el querer compensar a los seres queridos con juguetes, ropa, joyas, etc. ante la ausencia o algún mal comportamiento.

Tristemente también, en muchos casos, el ejemplo de las hermanas mayores y de las madres de familia, que buscan “lucir espectaculares” pues creen así valer más.

Dejando de lado, por supuesto, la pobreza espiritual, la sobriedad, la templanza, la prudencia y la aceptación de la realidad; valores y virtudes indispensables para vivir una vida verdaderamente plena y acorde con la naturaleza humana; que promueven en la persona un comportamiento sano con respecto a su aspecto.

Cuestión de vida o muerte

La problemática no sólo se expresa en que las personas ya no valoran la vida como lo que es, un don sagrado, un don de amor, un don invaluable… Ahora parece ser más valiosa o menos valiosa según su juventud, el aspecto de su rostro y de su cuerpo…

Razones que influyen fuertemente en el acentuado crecimiento de los desórdenes alimentarios como lo son la anorexia, la bulimia, la ortorexia, por nombrar los más típicos del sometimiento a dietas exhaustivas y en la rendición a miles de operaciones como liposucción, extracción de costillas, estiramientos faciales y corporales; todas, situaciones que orillan por descompensaciones brutales, por complicaciones durante las intervenciones quirúrgicas postoperatorias… en algunos casos a muchas personas a la muerte, en otros, la consecuencia no es la muerte corporal, sino la muerte psíquica y emocional que las alcanza, siendo el desenlace un hospital psiquiátrico…

Un nuevo enfoque

Envejecer es saber que conforme avanza tu edad –cada día- eres privilegiado… pues tienes la oportunidad de crecer en edad, sabiduría y gracia…

La persona humana debe comportarse como tal, es decir, de acuerdo a su propia naturaleza, si quiere de verdad, encontrar la felicidad aquí en la tierra, para luego ser pleno en el cielo… envejece como persona humana, envejece con dignidad

Es importante en este punto recordar las palabras que Juan Pablo II dirigió a los ancianos del mundo (carta del 1º de octubre de 1999). “¿Qué es la vejez? A veces se habla de ella como del otoño de la vida —como ya decía Cicerón—, por analogía con las estaciones del año y la sucesión de los ciclos de la naturaleza. Basta observar a lo largo del año los cambios de paisaje en la montaña y en la llanura, en los prados, los valles y los bosques, en los árboles y las plantas. Hay una gran semejanza entre los biorritmos del hombre y los ciclos de la naturaleza, de la cual él mismo forma parte.

Al mismo tiempo, sin embargo, el hombre se distingue de cualquier otra realidad que lo rodea porque es persona. Plasmado a imagen y semejanza de Dios, es un sujeto consciente y responsable. Aún así, también en su dimensión espiritual el hombre experimenta la sucesión de fases diversas, igualmente fugaces. A san Efrén el Sirio le gustaba comparar la vida con los dedos de una mano, bien para demostrar que los dedos no son más largos de un palmo, bien para indicar que cada etapa de la vida, al igual que cada dedo, tiene una característica peculiar, ‘los dedos representan los cinco peldaños sobre los que el hombre avanza’.

Por tanto, así como la infancia y la juventud son el periodo en el cual el ser humano está en formación, vive proyectado hacia el futuro y, tomando conciencia de sus capacidades, hilvana proyectos para la edad adulta, también la vejez tiene sus ventajas porque —como observa san Jerónimo—, atenuando el ímpetu de las pasiones, ‘acrecienta la sabiduría, da consejos más maduros’. En cierto sentido, es la época privilegiada de aquella sabiduría que generalmente es fruto de la experiencia, porque ‘el tiempo es un gran maestro’. Es bien conocida la oración del Salmista: ‘Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato’ (Sal 90, 12)”.

Retardar los efectos del tiempo con dignidad

“¡Cuántos hombres, cuántas mujeres están preocupados por su belleza! Si es preocupación, es legítima; si es obsesión, anormal. Se equivocan, principalmente de un modo absoluto, en la naturaleza de los cuidados que han de poner en el embellecimiento de su cuerpo. Todos los esfuerzos que se procuran del exterior para destacar, rectificar, aumentar la armonía y la gracia del cuerpo y especialmente del rostro, dan sólo un resultado muy exiguo. La auténtica belleza proviene de dentro, nace del espíritu y se despliega con la irradiación del alma divinizada. Esta belleza atrae y tonifica a quienes la contemplan.” M. Quoist.

Ciertamente es bueno buscar una armonía en todos los aspectos o dimensiones de nuestro ser, en el orden físico algunos consejos de belleza son:

1. Hacer ejercicio, tomar agua, evitar ingerir bebidas alcohólicas, evitar fumar, incluir en la dieta nutrimental verduras y frutas especialmente.

2. En el orden psicológico: leer, mantenerse al día (avances tecnológicos, noticias), reír mucho, convivir con personas de todas las edades, con tus seres queridos, no guardar rencores ni resentimientos, cultivar una autoestima sana, evitar el estrés.

3. Del orden espiritual: Tener conciencia de envejecer es una manifestación de la conciencia de la contingencia humana; muchos quieren acallar esta conciencia: maquillándose en exceso, usando ropa inapropiada, sometiéndose a cirugías estéticas… no se dan cuenta de que los años pasan y que con esos comportamientos sólo fracturan su interior, viven en una incongruencia tal que no les permite verse a sí mismos, de una manera auténtica y madura… detrás de las inyecciones de botox, de la liposucción, de los injertos de cabello, de las 4 horas diarias de gimnasio, de la ropa… tienen olvidada al alma, vieja, empolvada, sin darse cuenta de que lo más importante es mantener joven el espíritu, para poder poco a poco deshacerse de la infinidad de apegos que como humanos muchas veces nos aprisionan.

Tienes el rostro de tu alma

También hay una edad espiritual y esa es la que más debemos cuidar por hacerla crecer, esta con la madurez física y la psicológica puede, si así lo decidimos, crecer para ayudarnos a ser más libres y alcanzar la felicidad, que como menciona José Benigno Freire, en su libro Humor y serenidad, es la consumación de la indeterminación de la naturaleza humana.

A través del espíritu, avanzando a lo largo de las diversas etapas de desarrollo podemos llegar a una vida madura que te ayudará ser como niño, pero no un “infantil”, no un “niñote”, sino un adulto con espíritu libre, espíritu bondadoso: Sed como niños.

Por tanto, cuidemos no solamente la belleza exterior, la belleza corporal, la belleza facial; ciertamente es importante, pero no exhaustiva, ni lo primordial, la belleza exterior ha de ser solo el indicio de un cuidadoso amor a uno mismo que penetra desde el espíritu para esbozar la maravilla de la persona que se expresa a través de ese cuerpo.

No nos vaya a pasar lo que a la manzana, una fruta de hermoso aspecto, grande, roja y de un aroma incomparable, pero que dentro de ella tiene un gusano que tarde o temprano atravesará la piel y la podredumbre de dentro pasa fuera.

Por último, si quieres en verdad mantener la belleza de la juventud, detente “un minuto ante el espejo, cinco ante tu alma, quince ante tu Dios…” (M. Quoist).

La belleza del cuerpo es limitada y tristemente vulnerable, busca engrandecer y embellecer tu alma, esa belleza es infinita.

No tengas miedo de envejecer, piensa en todos aquellos que no tienen vida para poder vivirla, para poder compartirla, para poder disfrutarla, a causa de la muerte que les sorprendió a muy temprana edad. La vida es para vivirla, no te “remiendes” al grado de perder tu verdadero rostro, corres el grave riesgo de perder el rostro de tu identidad humana y específicamente personal, ama la vida, vívela en plenitud, cada etapa tiene su encanto, no tomes al tiempo como tu enemigo, hazlo tu aliado, vive tu vida, no la desperdicies, reflexiona y date cuenta, envejecer es un privilegio.

 

 

 Fiesta del Corpus Christi 2020

 La fiesta del Corpus Christi, este año, ha sido única desde que el Papa Urbano IV la instituyera, en 1264. Debido a la pandemia, en ningún sitio ha podido celebrarse la procesión; ni siquiera en  Toledo, en donde el Corpus es su fiesta principal, “de Interés Turístico Internacional” desde 1980. Son muchos los poetas y escritores españoles que han dedicado hermosos versos a la Eucaristía: Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina, Cervantes… Santo Tomás de Aquino compuso varios himnos litúrgicos:  “Pange Lingua”,  “Tantum Ergo”, “Adoro te devote” …

Hasta 1990, el Corpus se celebró siempre en jueves. Conocido el refrán: “Hay tres jueves que relumbran más que el Sol: Jueves Santo, Corpus Cristi y el jueves e la Ascensión”. Se trata de la Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Tiene su origen en una visón  de Santa Juliana de Mont-Cornillon o de Lieja en 1208. Su finalidad: honrar  el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, presentes en las especies sacramentales del Pan y del Vino consagrados. 

Se estableció a raíz del milagro eucarístico ocurrido en Bolsena (Italia) en 1263: mientras celebraba la Misa, el sacerdote Pedro de Praga, que dudó de la transubstanciación, vio que la santa Hostia manaba sangre abundante sobre el corporal,  milagro que contempló, estupefacto, el pueblo.  El corporal fue llevado a la catedral de Orvieto, en donde se conserva. Aproximadamente, son 142 los milagros eucarísticos aprobados por la Iglesia. Uno de los más recientes, en Argentina. Monseñor Bergoglio, el actual Pontífice, ordenó su investigación. Los científicos, incluso sin conocer de qué se trataba, declararon que “la carne era parte del ventrículo izquierdo del músculo de un corazón de una persona de aproximadamente 30 años que había sufrido mucho al morir” ( año 1999).

Cristo en la Eucaristía es nuestro “alimento en el camino” hacia la vida eterna: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida ( Juan 6:55-56 ). “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros’ (Jn 6, 53)”. Sin Eucaristía, estamos desnutridos espiritualmente, secos. 

La Eucaristía es un misterio conmovedor de Amor del Corazón de Jesús.  Nunca lo agradeceremos bastante. No se entiende la general costumbre de salir de la Iglesia inmediatamente después de comulgar, incluso sin necesidad, olvidados del Divino Huésped. ¿Falta de Fe? ¿Superficialidad? ¿Poco sentido? ¿Escasa educación?

¿Cómo comulgar? Lo enseña la Iglesia: en gracia de Dios y con humildad. Por eso, antes de recibir el Cuerpo del Señor, solemos decir:  “No soy digno de que entres en mi casa…”. El Catecismo (n. 1385 ) recuerda las palabras de San Pablo: : «Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo» (1 Co 11, 27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar”. Esto, ningún Papa o Concilio lo podría derogar válidamente. En la Sagrada Cena, en Judas  “después del pan entró en él Satanás” (Juan 13, 27).

Conocida, la oración de San Ignacio de Loyola para la Comunión: “Alma de Cristo, santífícame. /Cuerpo de Cristo, sálvame. / Sangre de Cristo, embriágame, /Agua del Costado de Cristo, lávame./ Pasión de Cristo, confórtame. / ¡Oh Buen Jesús, óyeme! / Dentro de tus llagas, escóndeme. / No permitas que me aparte de ti. / Del maligno enemigo, defiéndeme. / En la hora de mi muerte, llámame. / Y mándame ir a ti / para que con tus santos te alabe / por los siglos de los siglos. Amén”.

Josefa Romo Garlito

 

 

 

Obligación de educar a los hijos ESCUELA PARA PADRES

 

10 Consejos que nunca debe seguir si quiere educar bien a los hijos. Los he adaptado de las recomendaciones que ha hecho el famoso Juez de Menores, Don Emilio Calatayud.

  1. Comience desde la infancia, dando a sus hijos todo los que le pida. Así, crecerá convencido, de que el mundo entero le pertenece y cuando sea mayor, considerará que robar es coger de don hay.
  2. No se preocupe por su educación, ética y espiritualidad. Espere a que alcance la mayoría de edad, para que pueda decidir libremente, así cuando la alcance, podrá hacer lo que le de la gana, sin distinguir el bien, del mal. Le evitará tener remordimientos, de las cosas mal hechas.
  3. Cuando diga palabrotas, ríaselas. Esto le animara a hacer cosas más graciosas, y así de mayor, tendrá un vocabulario, con el que le será imposible prosperar profesional y socialmente.
  4. No le regañe ni le diga que está mal, algo de lo que hace. Podría crearle complejos de culpabilidad y así, cuando sea mayor y vaya al correccional o a la cárcel, no sabrá el por qué.
  5. Recoja todo lo que deje tirado: libros, zapatos, ropa, juguetes. Así se acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demás, y cuando sea mayor, en vez de tener la virtud del orden, tendrá el vicio del desorden, en sus actos físicos y mentales.
  6. Déjele leer, todo lo que caiga en sus manos. Cuide de que sus platos, cubiertos y vasos estén esterilizados, pero no de que su mente se llene de basura, así cuando sea mayor, conocerá miles de formas, para hacer mal las cosas y será una lacra en la sociedad.
  7. Riña a menudo con su cónyuge, en presencia del niño. Así a él no le dolerá demasiado el día en que la familia, quizá por su propia conducta, quede destrozada para siempre. Y cuando sea mayor, podrá repetir el mismo ciclo de violencia, en su futura familia.
  8. Déle todo el dinero que quiera gastar. No vaya a sospechar que, para disponer del mismo, es necesario trabajar, así cuando sea mayor será un vago y una carga para sus padres y para la sociedad.
  9. Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres. El sacrificio y la austeridad, podrían producirle frustraciones, así cuando sea mayor, creerá que tiene derecho a que los demás, le sigan dando todo lo que él quiere y si no lo consigue, se frustrará e intentara conseguirlo por malos medios.
  10. Póngase de su parte, en cualquier conflicto que tenga con sus profesores y vecinos. Piense que todos ellos tiene prejuicios contra su hijo y que de verdad, quieren fastidiarle, así cuando sea mayor, se enfrentara a la sociedad y a las leyes establecidas.

Y cuando su hijo, sea ya un delincuente, proclame a los cuatro vientos, que usted nunca pudo hacer nada por él, porque no lo había educado, debido a la falta de tiempo o a las ganas de hacerlo. Puede buscar otras diez mil disculpas, pero será tarde, porque por su culpa, su hijo ya se habrá convertido en delincuente.

Miedos sobre como educar a los hijos

Tengo grandes dudas, sobre el tipo y conceptos de educación, que los padres quieren dar a sus hijos. Me entran incertidumbres, porque desconozco, el grado de educación que tienen los padres, que pudieran leer cada artículo y la calidad de educación que desean para sus hijos. Aunque siempre digan que quieren lo mejor para ellos, no todos los padres quieren eliminar de la educación de sus hijos, la permisividad a ultranza que está tan de moda.

En educación, la elección es bien sencilla, quedarse callado o escribir fuerte, para que los que quieran entender, que entiendan. En medio, está el poder de la palabra, razonada y libre, escrita o hablada. Aquí no hay espacio para las medianías.

Las decisiones que tomen los padres, relacionadas con su propia formación, influirán en la educación de sus hijos. También pueden dejarlos en manos de la sociedad, para que los eduquen, casi siempre para convertirlos en medianías o carne de cañón, para que puedan ser manipulados fácilmente. Una educación fuerte, por parte de los padres, les llenará de principios y valores humanos imperdurables.

Los sistemas educativos actuales, dejan muy poco espacio a los disidentes, que no quieren seguir la moda de la permisividad. Se paga muy caro el ser diferente, en temas educativos, incluso muchas veces, se tropieza con las leyes establecidas, las costumbres o las risas de los demás padres. Es fácil caer en desgracia en la escuela, ante los maestros y ante el resto de la sociedad. Es muy difícil resolver, los problemas que acarrea el no querer hacer las cosas, como quiere el sistema. Enseguida encasillan a los padres, con adjetivos peyorativos y todo, porque han seguido los principios educativos, que consideran mejor para la educación de sus hijos. Está el clásico ejemplo de la educación escolar, realizada desde la casa y a través del Internet, pedir el cheque escolar o “voucher”, aplicar la disciplina responsable, enseñar las virtudes y valores humanos, desmitificar el consumismo, el egoísmo y un largo etc.

Solamente los padres muy valientes y bien preparados, toman el duro trabajo de formarse bien, para la tarea de educación que tienen que cumplir, y asumen los innumerables riesgos, de enfrentarse a la sociedad, para dar a los hijos lo mejor que se merecen. Los padres tienen que tener las ideas muy claras, para evitar los temores y saber poner límites.

Esta preparación de los padres, no supone que tengan que haber recibido, una preparación universitaria. Supone que nunca bajen la guardia ante la educación de los hijos y utilicen mucho el sentido común de lo correcto y lo que esta mal. Lo mismo en familia que en sociedad. Y hay cantidad de libros que pueden ayudar en las distintas etapas.

¡Padres! No tengan miedo, no se desanimen, pues son inconmensurables los beneficios de dar una buena educación a sus hijos y Vds. tienen la innegociable e irrenunciable responsabilidad de enseñar a sus hijos, la mejor educación posible.

10 Sentencias relacionadas con la obligación de educar a los hijos

  1. Dar a los hijos ideas constructivas, es enriquecerles para siempre, pues unos padres valen por cien maestros.
  2. Educar a los hijos, es en esencia, enseñarles a valerse sin sus padres.
  3. Educar no es dar carrera para vivir, sino prepararles para las dificultades de la vida.
  4. El mejor legado de un padre a sus hijos, es darles un poco de su tiempo cada día.
  5. Es obligación de los padres responsables, conocer a sus hijos.
  6. Hay dos legados perdurables, que los padres tienen que transmitir a sus hijos: Raíces y alas.
  7. La educación de los hijos, comienza en la generación anterior
  8. Los seres humanos son, lo que sus padres hacen de ellos.
  9. Que cuando los hijos piensen en las virtudes y valores humanos, piensen en sus padres, por la educación recibida.
  10. También la sociedad paga muy caro, si los padres no educan a sus hijos.
  11.  

12.francisco@micumbre.com

 

 

 

“El mejor antivirus, la solidaridad”

+ Felipe Arizmendi Esquivel. Obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas

VER

Miguel Angel Escamilla, un adulto mayor de Toluca, hace como dos meses vino a donde resido y me entregó una cantidad de dinero, para apoyarme en esta pandemia, en nombre de varios amigos suyos con quienes yo había trabajado en la pastoral juvenil hace casi cincuenta años, en el movimiento de Jornadas de Vida Cristiana. Lo mismo hizo con otros sacerdotes con los que formamos equipo en aquellos tiempos, Jesús Márquez, Antonio Zamora y Samuel Marín, como una señal de agradecimiento por nuestro servicio en su juventud. ¡Qué hermoso signo de solidaridad y de gratitud! Lamentablemente, Miguel Angel acaba de fallecer. Que descanse en paz.

El confinamiento en casa y la paralización de la economía por el COVID-19 han traído mucho desempleo, más hambre y angustia en muchos hogares. Sin embargo, por todas partes han surgido iniciativas solidarias, para ayudar a quienes han quedado desprotegidos, incluso a los que reciben programas sociales del gobierno. Ha habido empresarios, diócesis, parroquias y grupos que han ideado formas de ayudar a esas personas, aunque la mayoría de sus acciones son desconocidas y no divulgadas en los medios informativos. Son incontables los apoyos que se implementan a favor de los más desfavorecidos, a veces entre vecinos y familiares. La campaña “Familia sin hambre”, promovida por el episcopado mexicano, ha sacado de apuros a más de 61 mil familias. Yo no me quedo con los brazos cruzados, sólo mirando desde mi trinchera, pero Jesús dice que eso sólo Dios Padre lo conozca.

En sentido contrario, muchos han confirmado su egoísmo, que no es de ahora. Son insensibles e incapaces de compartir. Se imaginan que, si ayudan a otras personas, se van a quedar sin lo necesario para sí y los suyos. No han experimentado la felicidad profunda que trae hacer felices a otros. Una amarga soledad será su peor recompensa…

PENSAR

Dice el Evangelio que “Jesús recorría todos los pueblos y aldeas enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a las multitudes se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor” (Mt 9, 35-36)Cuando los apóstoles querían desentenderse de la gente, Jesús les dice: “Denles ustedes de comer” y, con cinco panes y dos peces, alimenta a multitudes (cf Mt 14,13-21; Jn 6,1-10). Con razón, Pedro define así toda la vida de Jesús: “Pasó haciendo el bien” (Hech 10,38). ¡Ojalá que nuestra propia vida así se sintetizara!

La primera comunidad cristiana era muy solidaria: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie decía que sus bienes eran propios, sino que todo lo tenían en común. Los apóstoles daban testimonio con gran fuerza de la resurrección del Señor Jesús, y eran bien vistos por todos. No había ningún necesitado entre ellos, porque todos los que poseían campos o casas los vendían, llevaban el importe de la venta y lo ponían a disposición de los apóstoles, para que lo distribuyeran según las necesidades de cada uno” (Hech 4,32-35; cf 2,44-45). Esto sigue pasando entre nosotros, con sus matices. Eso es ser cristiano, católico, verdadero creyente: compartir, ser solidario, interesarse por los demás, sobre todo por los que pasan alguna necesidad.

Todavía no es posible que se abran los templos, que los fieles participen en las Misas como de ordinario y que puedan recibir la comunión sacramental, pero la solidaridad fraterna es otra forma de vivir la fe, como acaba de decir el Papa Francisco, con ocasión de la fiesta del Corpus Christi: “En la Eucaristía encontramos las energías necesarias para vivir con fuerza cristiana los momentos difíciles. Este año no es posible celebrar la Eucaristía con manifestaciones públicas; sin embargo, podemos realizar una vida eucarística… La hostia consagrada contiene la persona de Cristo. Estamos llamados a buscarlo delante del Sagrario en la iglesia, pero también en aquel sagrario que son los últimos, los que sufren, las personas solas y pobres. El mismo Jesús lo dijo” (10-VI-2020).

ACTUAR

¿Quieres demostrar que eres una persona verdaderamente católica? Participa en Misa y demás sacramentos, en la medida de lo posible; lee la Biblia y haz oración. Pero lo demostrarás, en forma definitiva, en tu solidaridad con los que sufren, en cualquier tiempo y lugar, sobre todo ahora que hace falta tu solidaridad para enfrentar el virus del hambre, de la soledad, de la violencia, de la enfermedad y de la muerte. ¡Animo; sí se puede!

 

EL HOMBRE PARA LOS DEMÁS

José Luis Martín Descalzo

Cuando hemos escrito que Jesús era un hombre «equilibrado» no lo hemos hecho en sentido socrático, como si Jesús fuera alguien que ha dominado las fuerzas de su alma porque las ha adormecido, o como alguien que está tan poseído de si mismo que jamás manifiesta ningún tipo de pasiones. Este tipo de hombres suele ser una montaña de egoísmo. Y Jesús era precisamente todo lo contrario. Alguien ha escrito que, en definitiva, los hombres más que en buenos y malos, listos y tontos, ricos y pobres, se dividen en generosos y egoístas, en hombres que tienen dentro de si el centro de si mismos y en hombres que tienen ese centro mucho más allá que ellos mismos. En definitiva: en hombres abiertos y cerrados. Si la distinción es válida, tendríamos que decir que Jesús fue el hombre más abierto de la historia, absolutamente abierto en todas las direcciones. Por eso, en éste y en el próximo apartado del capitulo, proseguiremos este «retrato» de Jesús, que estamos haciendo antes de adentrarnos de lleno en su vida pública, estudiando esa doble apertura hacia arriba -hacia el Padre- y hacia todos los costados por los que le rodeaba la humanidad.

El enviado

Porque, en una lectura en profundidad de los textos evangélicos, veremos que lo que, en definitiva, define a Jesús no es ni su equilibrio, ni su dulzura y ni siquiera su bondad, sino su condición de enviado. Descubriremos que él no vino a triunfar y ni siquiera a morir; vino a cumplir la voluntad de su Padre y que, si murió y resucito, es porque ambas cosas estaban en los planes de quien le enviaba. Sí, la verdadera fuerza motriz de Jesús fue esa entrega total, sin reservas a la voluntad paterna. Karl Adam -que junto con Guardini ha calado como nadie esta misteriosa raíz- escribe con justicia que en toda la historia de la humanidad jamás se encontrará persona alguna que haya comprendido, como él, en toda su profundidad y extensión, absorbiéndolo tan exclusivamente durante toda su vida, el antiguo precepto: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Tendremos, pues, que detenernos a estudiar esta fuerza-clave antes aún de acercarnos a los hechos concretos. Lucas, como si lo hubiera intuido con aguda profundidad, colocará bajo ese signo las primeras palabras de Jesús y las últimas que pronuncia antes de su muerte. ¿No sabéis que yo debo ocuparme en las cosas de mi Padre? (Lc 2, 49). No se trata del fruto de una simple decisión personal o de una reflexión. Habla de un «deber». No sólo es que él quiera hacer esto o aquello. Es que «debe» hacerlo. Es algo que él acepta, pero que va mucho más allá de su voluntad personal. Es el cumplimiento de una orden que, a la vez, le empuja y le sostiene. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,46). Son las últimas palabras de quien, al hacer el balance de su vida, sabe que todo se ha consumado (Jn 19, 30) tal y como se lo encargaron. Entre aquella aceptación y esta comprobación, se desarrolla toda la vida del enviado.

La respiración del alma

J/ORACION: Tendremos que hablar repetidamente de cómo la oración es para Cristo mucho más que la respiración de su alma. Aquí subrayaremos sólo que la oración es el signo visible de ese contacto permanente con quien le envió. Efectivamente, todos los momentos importantes de Jesús están marcados por esta comunicación con el Padre. Cuando Jesús es bautizado -primer acto de su vida pública- oró y se abrió el cielo (Lc 3,21). Al elegir a sus apóstoles subió a un monte para orar. Y al día siguiente los llamó (Lc 6,12). La mayor parte de sus milagros parecen ser el fruto de la oración; mira, antes de hacerlos, al cielo, tal y como si, para ello, necesitase ayuda de lo alto. Alza los ojos antes de curar al sordomudo (Mc 7, 34), antes de resucitar a Lázaro (Jn 11, 41), antes de multiplicar los panes (Mt 14, 19). Cuando sus apóstoles llegan gozosos porque han hecho milagros, no se alegra del éxito obtenido, sino de que la voluntad del Padre se haya cumplido en esos signos: El se alegró vivamente exclamando: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra (Mt 11, 25). Y toda su vida está llena de estas pequeñas oraciones de diálogo directísimo con el Padre y de plena conformidad con él: Te alabo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños, porque así te plugo hacerlo (Mt 11, 25). Padre, te doy gracias por haberme escuchado (Jn 11, 41). Padre, no como yo quiero, sino como tú (Mt 26, 39). Pero en todas estas oraciones de Jesús hay una serie de características que las distinguen de las demás humanas. Son, en primer lugar, oraciones en soledad. Jesús siente ante la plegaria algo que se ha definido como un «pudor viril». Pide a los suyos que, cuando tengan que orar, vayan a su cámara, cierren la puerta y oren a su Padre en secreto (Mt 6, 6). El lo hará siempre así, se irá al monte para orar solo (Mt 14, 23; Me 6, 46; Jn 6, 15) y, aun cuando pida a alguno de los suyos que le acompañen, terminará por alejarse de ellos como un tiro de piedra (Lc 22,41). Y allí, en el silencio y en la noche, se encontrará con su Padre en una soledad que sólo puede ser definida como sagrada. Porque no se trata de una soledad psicológica, sino de algo mucho más profundo. Cuando Jesús ora -dice exactamente Karl Adam- se sale completamente del circulo de la humanidad para colocarse en el de su Padre celestial. Es éste uno de los datos fundamentales si queremos entender muchos de los misterios de la vida de Jesús. El, que tendrá un infinito amor a su madre y una total entrega a sus apóstoles, nunca terminará de confiarse del todo a ellos. Sólo después de su muerte le entenderán ellos, porque Jesús nunca se abría en plenitud. Convivió tres años con los apóstoles, pero nunca le vemos sentado a deliberar con ellos, jamás les consulta las grandes decisiones. Si en algún caso parece precisar de su compañía, siempre, al final, se queda lejos de ellos, siempre les hace quedarse en una respetuosa distancia. Había efectivamente en Jesús -cito de nuevo a Adam- algo íntimo, un sancta sanctorum al que no tenía acceso ni su misma madre, sino únicamente su Padre. En su alma humana había un lugar, precisamente el más profundo, completamente vacío de todo lo humano, libre de cualquier apego terreno, absolutamente virgen y consagrado del todo a Dios. El Padre era su mundo, su realidad y su existencia y con él llevaba en común la más fecunda de las vidas. Por eso podrá decir sin vacilaciones «Yo no estoy solo» (Jn 8, 16) y hasta dar la razón: porque mi Padre está conmigo (Jn 16, 32). La oración no es, para él, una especie de puente que se tiende hacia el Dios lejano, es simplemente la actualización consciente de una unidad con el Padre que nunca se atenúa. Por eso jamás veremos en él una oración que sale desde la hondura de la miseria humana, nunca le oiremos decir: Padre, perdóname. Incluso apenas oiremos en su boca oraciones de petición de cosas para sí. Pedirá por Pedro, por sus discípulos y aun cuando como en el huerto pida algo para sí, vendrá enseguida la aclaración de que la voluntad del Padre es anterior a su petición (Jn 12,27). Sus oraciones serán, en cambio, casi todas, de jubilosa alabanza: Padre, yo te glorifico (Mt 11, 25) o Padre, te doy gracias (Jn 11, 41). Y todas surgirán llenas de la más total confianza: Yo sé, Padre, que siempre me escuchas (Jn 11, 42). Padre, quiero que aquellos que tú me has dado, permanezcan siempre conmigo (Jn 17, 24).

Un misterio de obediencia

Pero se trata de algo más hondo aún que la oración. Es que toda la esencia de la vida de Jesús se centra en el cumplimiento de unos planes establecidos previamente por su Padre. La religión, en la mente de Jesús, es simplemente un ejercicio de obediencia. Hoy no nos gusta a los hombres esta palabra, pero sin ella no puede entenderse ni una sola letra de la vida de Jesús. Quien la analiza en profundidad comprueba que Jesús se experimenta a si mismo como un embajador, un emisario, que no tiene otra función que ir realizando al céntimo lo que le marcan sus cartas credenciales. Es una misión que él realiza libremente y porque quiere, pero es una misión y muy concreta. Durante toda su vida escrutará la voluntad de Dios, como quien consulta un mapa de viaje, y subirá hacia ella, empinada y dolorosamente. En el comienzo de su vida dirá con toda naturalidad que debe ocuparse de las cosas de su Padre (Lc 2, 48). Tras su resurrección explicará con idéntica naturalidad que era preciso que estas cosas padeciese el Mesías y entrase en su gloria (Lc 24, 25). En ambos casos lo dirá como una cosa evidente, y se maravillará de que los demás no comprendan algo tan elemental. Toda su vida estará bajo ese signo: Irá al Jordán para que se cumpla toda justicia (Mt 3, 15). Al desierto será empujado por el Espíritu (Mc 1, 12). Rechazará al demonio en nombre de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4, 4). Cuando alguien le pide que se quede en Cafarnaún dirá que debe predicar en otros pueblos pues para eso he salido (Mc 1, 38). Un día afirmará que su comida es hacer la voluntad de aquel que me ha enviado y acabar su obra (Jn 4, 31). La voluntad de Dios es, para él, un manjar. El tiene hambre de esa voluntad, como los hambrientos de su bienaventuranza. Hay un momento en que el peso de esta voluntad parece desmesurado. Es aquél en que le dicen que, mientras predica, ahí están su madre y sus parientes. Y él, pareciendo negar todo parentesco humano, responde: He aquí a mi madre y mis hermanos. Quien hiciere la voluntad de Dios, ese es mi hermano, y mi hermana y mi madre (Mc 3, 32). Ese cumplimiento es para él más alto que los lazos de la sangre que le unen con su madre. Y al decirlo no ofrece un símbolo ni una frase hermosa. Precisa Guardini:

La voluntad del Padre es una realidad. Es un torrente de vida que viene del Padre a Cristo Una corriente de sangre, de la que él vive, más profunda, más real, más fuertemente que de la corriente de su madre. La voluntad del Padre es verdaderamente el núcleo del que él vive.

Esta voluntad es, en realidad, lo único que le interesa. No duda en abandonar a los suyos -primero por tres días en el templo, luego por tres años a su madre- por cumplir esa voluntad. Ante ella desaparecen todos los demás intereses. No le retienen cautivo las cadenas doradas de las riquezas, no le preocupan los honores de la tierra, huye de los aplausos. Incluso evita hablar de sus milagros. Porque sabe que éstos sólo tienen sentido en cuanto realización de esa voluntad. Cuando entra en juego el egoísmo de los nazaretanos no puede hacer ningún milagro dice crudamente el texto evangélico (Mc 6, 5) ya que esos milagros, mucho antes que prodigios y curaciones, son signos del reino de Dios que llega, son un «si» a la omnipotencia de quien todo lo puede. Y cuando hace un prodigio, no se olvida de subrayar que no es a él, sino al Padre, a quien deben quedar agradecidos los curados (Lc 17, 18). Podemos, pues, decir con plena justicia que es cierto aquello que escribe Karl Adam:

En la historia de los hombres, aun de los más grandes, no se conoce un camino tan constantemente orientado hacia las alturas. Un Jeremías, un Pablo, un Agustín, un Buda, un Mahoma ofrecen bastantes sacudidas violentas, cambios y derrotas espirituales. Sólo la vida de Jesús se desliza sin crisis y sin un desfallecimiento moral. Tanto el primer día como el último, brillan con la misma luz esplendorosa de la santísima voluntad de Dios.

La hora

Pero hay en la vida de Cristo una obediencia central: la de su muerte. Que no dura sólo las horas del Calvario, sino todos los años de su existencia. No ha existido en toda la historia del mundo un solo hombre que haya tenido tan claramente presente en todas sus horas el horizonte de la muerte. Jesús sabe perfectamente que tiene que ser bautizado con un bautismo ¡y qué angustias las suyas hasta que se cumpla! (Lc 12, 50). Jesús vive en esa espera con serena certeza. A lo largo de su vida son docenas las alusiones a esa hora que le espera. En Cana le dice a su madre que no anticipe los tiempos, que aún no ha llegado su hora (Jn 2, 4). Más tarde dirá a la samaritana que llega la hora (Jn 4, 21) en que los creyentes verdaderos adorarán a Dios en todas partes. Sus convecinos de Nazaret tratan de matarle, pero nadie puede cogerle porque no había llegado su hora (Jn 7, 30). En su último viaje a Jerusalén anuncia a sus discípulos que es llegada la hora en que el Hijo del hombre sea glorificado (Jn 12, 23). Se reúne lleno de amor a cenar con sus discípulos sabiendo que era llegada la hora (Jn 13, 1). Y en su oración eucarística se vuelve a su Padre para decirle: Padre. llegó la hora, glorifica a tu hijo (Jn 17, 1). Luego, en el huerto, dirá a sus discípulos: Descansad, se aproxima la hora (Mt 26, 45). Y a quienes le apresan les confesará: Esta es la hora del poder de las tinieblas (Lc 22, 53). Bajo el signo de esta hora amenazante vivirá. Y no será sencillo entrar en esa estrecha puerta señalada por la voluntad del Padre. La agonía del huerto es testigo de que esa obediencia no es sencilla. El Hijo quisiera escapar de ella y sólo entra en la muerte porque la voluntad del Padre así se le muestra, tajante e imperativa, no retirando el amargo cáliz de sus labios. Será entonces, en plena libertad, cuando el Hijo lo apure hasta las heces.

Una obediencia que es amor

Pero nos equivocaríamos si sólo viéramos la cuesta arriba que hay en esa obediencia. En realidad -dice Guardini- la voluntad del Padre es el amor del Padre. Jesús está abierto a ese amor, del que la sangre es una parte. Y está abierto con verdadero júbilo. Porque todo es amor. Como el Padre me amó, yo también os he amado; permaneced en mi amor, como yo guardo los preceptos de mi Padre y permanezco en su amor (Jn 15, 9). Guardar los preceptos y permanecer en el amor son la misma cosa. Y esa misma cosa es la alegría. Cuando Jesús hace balance de su vida en su discurso del jueves santo se siente satisfecho mucho más por haber cumplido la voluntad del Padre que por el fruto conseguido: Yo te he glorificado sobre la tierra -dice con legitimo orgullo- llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar (Jn 17, 4). Y enseguida añadirá bajando en picado al fondo del misterio «Que todos sean uno, como tú, Padre estás en mi y yo en ti (Jn 17, 20) Ahora sí hemos llegado al fondo del misterio. Esa oración no es un simple contacto externo y provisional. Esa obediencia es mucho más que una adhesión total. Es unidad. La más intima unidad de vida que pueda concebirse. Dejemos, por ahora, aquí este misterio. Bástenos, de momento, saber que Jesús no fue sólo un hombre perfecto. Bástenos la alegría de descubrir que ha habido un hombre que tuvo conciencia de estar en la unión más íntima de vida y amor con su Padre celestial. Y ¿quién es? ¿quién es, entonces, este hombre? ¿quién este misterioso y obediente emisario?

IV. EL HOMBRE PARA LOS DEMÁS

Si Cristo tuvo su corazón tan centrado en el amor a su Padre y en la tarea de cumplir su voluntad ¿le quedaron tiempo e interés para preocuparse de la miseria humana que le rodeaba? La pregunta es importante. Y hoy más que nunca. Porque en ella se juega buena parte de la fe de nuestros contemporáneos: ahí está el quicio de la problemática religiosa de cristianos e increyentes de hoy.

FE/ALIENACION: En los finales del siglo XIX y los comienzos del XX la gran acusación a los cristianos era la de haber abdicado de la tierra, haberse olvidado de la conquista del mundo, de tanto pensar en el reino de los cielos. Jean Giono lo resumía en una bella frase terrible: El cristiano, en su felicidad de elegido, atraviesa los campos de batalla con una rosa en la mano. ¿Cristo habría sido, entonces, el portador de esa rosa de salvación y el maestro que habría enseñado a los suyos a olvidarse de que en el mundo hay guerra y sufrimientos, extasiados con el olor fragante de sus almas en gracia? Renán dijo antes algo parecido: El cristianismo es una religión hecha para la interior consolación de un pequeño número de elegidos. ¿Cristo sería, entonces, este selecto jefe que habría venido para acariciar los espíritus de sus también selectos amigos? Gide fue aún más cruel: en su obra «Edipo» dibujó la figura del cristiano bajo la de quien se arranca voluntariamente los ojos para no ver el dolor que le rodea. ¡Dentro su alma es tan bella! ¿Y Cristo seria, entonces, este mensajero de la ceguera voluntaria? Albert Camas pondría en boca de uno de sus personajes una frase con la que él quería gritar y acusar a todos los cristianos: Hay que trabajar y no ponerse de rodillas. ¿Cristo, entonces, nos habría enseñado a no tener ante el dolor del mundo otra respuesta que la de un levantar los ojos al cielo, aunque, a costa de ello, nuestras manos dejaran de trabajar en la tierra? Son preguntas verdaderamente graves. Porque, si la respuesta fuese afirmativa, la fe se les habría hecho prácticamente imposible a los cristianos de hoy. Los hombres de todos los siglos han buscado y necesitado un Dios que ilumine sus vidas, además de ser Dios. Pero los ciudadanos de este siglo XX han colocado esa liberación humana y ese progreso del mundo como la prioridad de prioridades y exigen esa respuesta a sus preguntas como un pasaporte para reconocer la identidad de Dios. Cansado de respuestas evasivas, el hombre actual tiene terror a lo puramente celeste y aun a todo lo que le llega de lo alto. Diríamos que tolera a Dios, pero únicamente si mete las manos en la masa.

El que da la mano

Hay en esto mucho de orgullo y no poco de ingenua rebeldía. Pero también hay algo sano teológica y cristianamente. El Dios de los cristianos no es el de los filósofos. En Cristo, metió verdaderamente las manos y toda su existencia en esta masa humana. Y si estuvo abierto hacia su Padre, también lo estuvo hacia sus hermanos, los hombres. Y esto, no como un añadido, sino como una parte sustancial de su alma. En Jesús -formulará con precisión González Faus- lo divino sólo se nos da en lo humano; no además o al margen de lo humano. Por eso el cristiano no es, como afirmaba Giono, el que lleva una rosa de olvidos en la mano, sino, como decía el creyente Peguy, cristiano es el que da la mano. El que no da la mano ese no es cristiano y poco importa lo que pueda hacer con esa mano libre. No será, por ello, mala definición de Cristo la que le presente como el que siempre dio la mano, el que vino, literalmente, a darla. Lo formula con precisión teológica el texto de una de las nuevas anáforas de la misa cuando dice que al perder el hombre su amistad con Dios, él no le abandonó al poder de la muerte, sino que, compadecido tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busque. Esa mano tendida de Dios se llama Cristo. Y toda la vida -¡y toda la muerte!- de Jesús son un testimonio permanente de ese estar abierto por todos los costados.

La antropología de Jesús

El primer hecho con el que nos encontramos es la altísima visión que Jesús tiene de la humanidad. Para él, después de Dios, el hombre es lo primero, el verdadero eje de la creación, la gran preocupación de su Padre de los cielos. Si Dios se preocupa de vestir a los lirios del campo (Lc 12, 27), si lleva la cuenta de los pájaros del cielo, de modo que ni uno muere sin que él lo sepa, ¿cuánto más se preocupará por los hombres? (Mt 10, 29). Según la visión que Jesús nos trasmite, con una imagen bellísima, el hombre es tan importante para Dios que él tiene hasta contados los pelos de sus cabezas y ni uno sólo cae sin que él lo permita (Mt 10, 30). La misma organización de lo religioso adquiere en Jesús un giro trascendental en función del hombre. Si en el planteamiento mosaico el hombre está sometido, no sólo a Dios, sino también a las formas más externas de la ley, ese concepto, en Jesús, cambia de centro: la ley se convierte en algo al servicio del hombre para facilitar su amor a Dios. Y lo dice con frase tajante: El hombre no está hecho para el sábado, sino el sábado para el hombre (Mc 2, 27). No es que Cristo cambie el teocentrismo en antropocentrismo, es que sabe que, desde su encarnación, los intereses del hombre son ya intereses de Dios y viceversa; sabe además que ciertos «teocentrismos» terminan por poner el centro, no en Dios, sino en los legalismos.

La sombra del mal

Esto no quiere decir que Jesús tenga una visión ingenua de la humanidad, un angelismo roussoniano que ignore la existencia del mal y el pecado. Jesús la ve tal y como ella es, con sus manchas, sus contradicciones, sus flaquezas. Habla de esta «raza adúltera y mala» (Mt 16, 4). Comenta que aquellos galileos a quienes mató Pilato o aquellos otros que fueron aplastados por el derrumbamiento de la torre de Siloé no eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén (Lc 13, 4). En una palabra, contrapone la bondad de Dios con la condición de los que le escuchan, que son malos (Mt 7, 11). Conoce la obstinación y caprichos de esos niños a los que, sin embargo, tanto ama (Mt 11, 16). Percibe la tendencia humana a juzgar y condenar en el prójimo las vigas que se perdona en su propio ojo (Mt 8, 3). Sabe de la intolerancia con que sus apóstoles quieren hacer bajar fuego del cielo contra aquellos que no piensan como ellos (Lc 9, 55). No ignora cuánta cizaña hay en este mundo nuestro (Mt 12, 29). A veces, hasta se le hace difícil soportar a sus apóstoles, por su ceguera, por su dureza de corazón (Mc 9, 19; 8, 17; 7, 18). Incluso su discípulo más intimo, Pedro, tiene en su corazón zonas en las que Jesús no puede menos de ver al demonio (Mt 16, 23). Y hay un texto especialmente duro, por su carácter casi metafísico, en el que Jesús habla de la humanidad que le rodea: Después de haber señalado que Jesús hizo en Jerusalén por los días de la pascua muchos milagros y que, como consecuencia, muchos creyeron en él san Juan añade este tremendo comentario: Pero Jesús no contaba en ellos, porque les conocía a todos y porque no tenía necesidad de que nadie le diera testimonio sobre el hombre, pues él sabia qué hay en el hombre (/Jn/02/25). Sabia qué hay en el hombre. Probablemente nunca nadie lo ha sabido jamás tan en profundidad. Advertía cuáles son nuestras posibilidades de mal y cuáles nuestras esperanzas de conversión y penitencia. Palpaba qué torpes y lentos de comprensión eran sus apóstoles y no dudaba, sin embargo, en encomendarles la tarea de continuar su obra. Comprendía que cuando los hombres hacen mal, en definitiva no saben lo que hacen (Lc 23, 34). Conocía que el hombre necesita ser perdonado setenta veces siete (Mt 18, 22), pero estaba convencido de que ese perdón debía ser setenta veces siete concedido. Y esta última confianza centraba su vida. Hay que subrayar esto: Cristo jamás vio a la humanidad como una suma de mal irredimible, tuvo siempre la total seguridad de que valía la pena luchar por el hombre y morir por él. Quizá nadie como Jesús ha sido tan radical en esta última confianza en las posibilidades de salvación de lo humano. Ver nuestro mal no fue para él paralizante, sino exactamente al contrario: le empujaba a un mayor y total amor.

Un amor realista

Amor, esta es la palabra clave y la que nos descubre el concepto que verdaderamente tenia Jesús sobre la humanidad. Karl Adam describe perfectamente las características de este amor:

Es un amor del máximo realismo, que difiere igualmente del entusiasmo ingenuo del que diviniza lo humano como del fanático que lo maldice. Se trata del amor consciente de un hombre que conoce las más nobles posibilidades de la humanidad para el bien, así como sus tendencias más bajas, y a la que, a pesar de todo, se entrega de todo corazón. Este «a pesar de todo» hace su amor incomparable, tan único, tan maternalmente tierno y tan generoso, que permanecerá inscrito para siempre en el recuerdo de la humanidad. Es sumamente atractivo analizar en la fisonomía de Jesús, este amor a los hombres, cuyo rasgo fundamental será la compasión de sus sufrimientos, compasión en su primitivo significado: padecer con otro.

Esta última es, evidentemente, la característica que diferencia sustancialmente la antropología de Jesús de todas las de los demás pensadores o filósofos. Muchos han discurrido sobre la condición humana, algunos han querido revolucionarla, nadie se ha metido tan radicalmente en esa miseria del hombre; nadie -y menos viniendo desde las felices playas de la divinidad- ha aceptado tan plenamente ese dolor, esa pobreza, ese cansancio, ese mismo pecado que Jesús tomó sobre sí e hizo suyo. En Jesús hay una mezcla sorprendente de servicio a una gran idea y de atención a los pequeños detalles humanos. Es propio de todos los genios el haberse engolfado de tal modo en su tarea, que llegan a ignorar a quienes les rodean. Miran tan a lo alto, que pisotean por el camino a las hormigas. No pasa así en Jesús. Viene nada menos que a cambiar los destinos del universo, y se preocupa de acariciar a los niños, de llorar por sus amigos o de que tengan comida quienes le siguen para escuchar su palabra. Nunca un líder tan alto se ocupó tanto de cosas tan bajas. Nunca nadie tan centrado en lo espiritual tuvo tan fina atención a los problemas materiales. Nunca nadie estuvo tan radicalmente «con» los hombres. Con todos. Pero especialmente con los pobres y los oprimidos. Hay en Jesús una especialísima e innegable dedicación a los habitualmente marginados por la sociedad: los miserables, los pecadores, las mujeres de la vida. los despreciados publicanos. Un jefe extraño éste, que había venido a servir y no a ser servido y que se arrodillaba, como un esclavo, para lavar los pies a sus discípulos (Jn 13, 1-18). Esta su extraña dedicación a lo más humilde y sucio de la humanidad desconcertaría a sus contemporáneos y a los poderosos de todos los tiempos. Entonces, le acusaban de convivir con publicanos, borrachos y pecadores. Ahora, procuran sentarle en tronos dorados para que se nos olvide que vivió -según pregona el titulo de una reciente obra sobre él- en malas compañías. Pero, guste o no a los inteligentes, la verdad es que nació en un pesebre entre dos animales y murió en un patíbulo entre dos ladrones. Y, en medio, hay una larga vida de mezcla con enfermos, extranjeros, mujeres despreciadas y miserables de todo tipo. Y esta predilección que vemos en la práctica, la encontramos también en la teoría. Cuando cuenta quién es el prójimo, señala a quien yace en el sufrimiento y la miseria (Lc 10, 29). Cuando nombra a los preferidos de su Reino, éstos son los pobres, los que lloran, los que tienen hambre, los perseguidos por la justicia (Lc 6, 20). Esta predilección no es, no obstante, una opción de clase. Si sería incorrecto dar a las bienaventuranzas una interpretación puramente mística, no lo sería menos convertir a Jesús en un luchador social que ama a éstos contra aquellos. Tendremos que volver más de una vez sobre este tema. Baste hoy decir que, sin excluir esta predilección basada en la apertura de espíritu que tiene el pobre y las ataduras que amenazan y casi siempre amordazan al rico, es claro que la salvación que Jesús anuncia y vive es universal y sin exclusiones. Admite también a los ricos. Conocemos sus relaciones con Simón el fariseo (Lc 7, 36), con Nicodemo, doctor de la ley (Jn 3, 1 ) con el rico José de Arimatea (Mt 27, 57). Y entre las mujeres que le siguen nos encontramos a una Juana «mujer de Susa, procurador de Herodes» (Lc 8, 3).

Los gozos y las esperanzas

Jesús está, pues, con los hombres, con todos los hombres. Y con ellos comparte como dice el texto conciliar refiriéndose a la Iglesia -los gozos y las esperanzas las alegrías y las tristezas. Vemos que tenía compasión del pueblo, porque eran como ovejas sin pastor (Mc 6, 34; 8, 2; Mt 9, 36; 14, 14; 15, 32; Lc 7, 13). Le vemos conmoverse ante el llanto de una madre y llorar sobre la tumba de su amigo Lázaro. Pero también le vemos participar en el regocijo de los recién casados o celebrar con alegría el regreso jubiloso de los apóstoles que, por primera vez, han ido solos a predicar. Sus enemigos le llamarán «hombre comilón y bebedor de vino» (Mt 11, 19), pero a él no parecen preocuparle las calumnias. Cultiva la amistad, se rodea de los doce apóstoles y, aun dentro del grupo, acepta a algunos más íntimos. Con ellos practica siempre el juego limpio: les reprende cuando interpretan estrechamente sus predicaciones y hasta usa palabras terribles cuando alguien quiere desviarle de su pasión. Pero también les acepta verdaderamente como los compañeros del esposo, sus invitados (Mt 10, 25), les confió no sólo sus secretos, sino la altísima tarea de fundar su iglesia. Y, cuando llega la hora de su pasión, parece que se olvidara de sí mismo para preocuparse por ellos. Así se lo pide al Padre en su oración del jueves santo. Y cuando los soldados le prenden, parece que su único interés es pedir que, si le buscan a él, dejen ir a estos (Jn 18, 8).

J/BUEN-PASTOR: Esta ternura de Jesús es algo también inédito entre los grandes líderes de la historia. En éstos, el servicio a la gran idea se convierte casi siempre en un vago humanitarismo. Quieren salvar al mundo o cambiarlo, pero suelen olvidarse de los pequeños que en ese mundo les rodean. Se preocupan mucho más por el rebaño que por las ovejas que lo forman. Encuentran incluso natural que esas ovejas sufran en el servicio de un futuro mundo mejor para todos. Para Jesús, en cambio, es el ser humano concreto y presente lo primero que cuenta. El es el Buen Pastor que se preocupa de cada una de las ovejas y que, incluso, está dispuesto a olvidar a las 99 sanas para preocuparse de la perdida.

El porqué de un amor

Hay otra característica en esa apertura de Jesús que no debe pasar inadvertida: el absoluto desinterés de su amor. El no es un político que sirve al pueblo para servirse de él. No busca el aplauso, casi le molestan las muestras de agradecimiento, huye de los honores, vive de limosnas, pide a sus apóstoles que oculten sus momentos de brillo, sabe, desde el primer momento, que no recibirá de los hombres otro pago que la ingratitud y la muerte. ¿Por qué lo hace entonces? ¿Qué delicias puede encontrar entre los hijos de los hombres (Prov 8, 31 )? Estas preguntas no tienen respuesta en lo humano. Sólo la tienen en la misma naturaleza de quien era sólo amor. Amar -ha escrito un poeta- era para él tan inevitable como quemar para la llama. El era el hermano universal que no podía no amar. Los hombres de nuestro siglo entienden muy especialmente esta dimensión de Cristo quizá porque viven en un mundo de multiplicados egoísmos. Por eso, según escribe Ben F. Meyer, a la pregunta «¿quién decís que soy yo?» los hombres de nuestro siglo pueden responder honestamente y sin reservas. «El que es para todos, el Hombre-para-los-demás». Porque no vivió para si mismo. Selló una vida para los demás con una muerte para los demás: para los puros y para los impuros, para el judío y para el gentil.

El para qué de un amor

Pero aún podemos y debemos dar un paso más. Para descubrir que la antropología de Jesús encierra no sólo una comprensión de lo que es la humanidad, no sólo una convivencia de los dolores y esperanzas de la raza humana, sino, sobre todo, la construcción de una humanidad nueva. Jesús trae la gran respuesta a la pregunta humana sobre su destino. Y su respuesta no es teórica sino transformadora. La historia -escribe también Meyer- está sembrada de escombros de extravagantes promesas hechas a la humanidad, sembrada de paraísos nunca encontrados. Jesús trae nada menos que una nueva vida. No sólo un nuevo modo de entender la vida, sino una vida realmente nueva que puede construir una humanidad igualmente nueva. El que los ciegos vean, los cojos anden, los leprosos queden limpios, oigan los sordos, resuciten los muertos y la buena noticia sea predicada a los pobres (Lc 7, 22) son los signos visibles de esa nueva vida que Jesús trae. Toda la existencia de Cristo, toda su muerte no será sino un desarrollo de esa vida que anuncia y trae. Para dársela a los hombres Jesús pierde la suya. Alguien definió a Jesús como el expropiado por utilidad pública. Lo fue. Renunció por los hombres a una vida suya, propia y poseída. En todos sus años no encontramos un momento que él acapare para sí, no hay un instante en que le veamos buscando su felicidad personal. Fue expropiado de su bienestar, de su vida, de su propia muerte, puesta también a la pública subasta. Jean Giono debió de equivocarse de piso. Sería curioso preguntarle en qué página evangélica puede encontrarse a Cristo el único verdadero y total cristiano que ha existido embriagado con el hermoso olor de su rosa y olvidado de los que mueren a su lado en el campo de batalla.

J. L. MARTIN DESCALZO

 

 Piedad eucarística y compromiso social

Acabamos de celebrar la festividad del Corpus Christi y me ha parecido conveniente hacer un comentario. Decimos, mejor cantamos, “¡Dios está aquí!”, frase de la célebre canción del “Cantemos al amor de los amores”, es realmente “una afirmación muy fuerte”, algo de lo que muchas veces no somos conscientes ni siquiera los propios católicos. Decir hoy que Cristo está realmente presente en la Eucaristía es casi una provocación, hacía notar el arzobispo de Toledo. Desde la Conferencia Episcopal, los obispos de Pastoral Social presentaban hace dos años el Corpus como la fiesta de “la contemplación del amor incondicional de Jesucristo, que entrega su vida para liberarnos del mal y hacernos pasar de las tinieblas a la luz”. Es el misterio que la Iglesia actualiza en cada celebración de la Eucaristía, sacramento que no solo renueva interiormente a quien participa de él, sino que le convierte en un instrumento para transformar el mundo.

Valentín Abelenda Carrillo

 

Convención sobre los Derechos del Niño

Mientras los ministros de exteriores europeos se reunían para negociar un programa de ayuda de 17.000 millones de dólares para paliar los peligros del COVID-19, dirigido especialmente a África, seis de las principales organizaciones internacionales de ayuda a la infancia enviaron un comunicado en el que instaban a que se diera “prioridad” a la salud y a los derechos sexuales y reproductivos de los niños como medio para salvar sus vidas.

Friday Fax obtuvo un borrador de este comunicado, que incluía recomendaciones detalladas de las organizaciones. Afirmaba textualmente: “La salud y los derechos sexuales y reproductivos de las niñas y de las mujeres deben seguir siendo prioritarios, financiados y reconocidos como vitales, junto con los servicios de salud esenciales para la supervivencia y el crecimiento saludable de los niños pequeños”.

El comunicado, cuyo borrador ha sido confirmado como auténtico, fue redactado por una coalición llamada “Joining Forces”. Afirma: “Es fundamental que el personal sanitario esté debidamente capacitado para prestar servicios de salud no discriminatorios (incluida la salud sexual y reproductiva) a los adolescentes y jóvenes”.

Durante la crisis del Ébola, sostiene el comunicado, “el limitado acceso a la información y los servicios de salud sexual y reproductiva (incluidos los anticonceptivos y el aborto seguro) contribuyó al aumento de las tasas de embarazo de adolescentes y al número de muertes maternas e infantiles”. Afirmaba que estas condiciones se repetirían durante la crisis de COVID-19.

Los seis directores generales del grupo se reunieron con miembros de la Comisión Europea y del Parlamento Europeo en febrero para “asegurarse de que la Unión Europea se pone al día tanto en los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU como en la Convención sobre los Derechos del Niño”.

Jaume Catalán Díaz

 

Saltarse la línea divisoria

La UNFPA (Fondo de Naciones Unidas para la Población) tiene una larga historia de saltarse la línea divisoria entre cumplir sus obligaciones legales, entre las que no está incluida la promoción de la legalización de aborto, y hacer esa promoción de forma permanente, aunque por medios sutiles. A pesar de la falta de acuerdo sobre la terminología sobre los DSSR, y la inclusión sobre los “derechos sexuales”, la UNFPA coloca con frecuencia este lenguaje en sus informes y promueve su inclusión en las resoluciones y en los encuentros de las Naciones Unidas. La UNFPA ha apoyado también la promoción del “aborto seguro”, con la máxima extensión legal posible, como manea de evitar los “abortos inseguros”.

Sin embargo, a la luz de la trayectoria de la UNFPA para lograr que avancen los postulados del movimiento pro-abortista y al mismo tiempo hacerlo con disimulo, este nuevo informe es notorio por su descaro. Al caracterizar de forma clara como un “logro” la generalización de las leyes pro-abortistas, y la existencia de estas normas como un “facilitador” para acceder a la salud y a los derechos sexuales, la UNFPA está tomando posiciones fuera del consenso de los estados miembros de la ONU y fuera de los cometidos que esta agencia tiene asignados.

El año pasado, la UNFPA emitió una declaración en respuesta a la decisión de los EE.UU. de no financiar a esta agencia, en parte por sus actividades proabortistas. En dicho comunicado, insistieron en que la “UNFPA no promueve cambios en la legislación actual del aborto”. Sin embargo, el lenguaje de este último informe sugiere todo lo contrario.

JD Mez Madrid

 

 

Nadando “sobre la escoria” y contra corriente

 

EN 'EL OBJETIVO' DE LASEXTA: El Quilombo / La corte de palanganeros de Sánchez no ve «mala intención» en los engaños y mentiras del Gobierno”. (Periodista Digital 15-06-2020 : ver texto complleto.)

            Hay un viejo dicho o refrán español que como casi todos, encierra la sabiduría popular en fuertes y duras metáforas. “No muerdas la mano que te da de comer”. Todos los “pelotilleros y tira levitas”, han de defender como primer mandamiento, lo que les permite vivir con cierta o gran comodidad; el resto no les importa en absoluto, no tienen dignidad, sí orgullo, para justificar lo incalificable; y como estamos manejados, que no gobernados, por “el soborno y la colocación de todos los elementos que necesita el poder, previo pago de su importe”; el resultado es el enorme muladar que se extiende, por el mundo, aunque aquí en España destaque mucho más, por la cantidad de cosas  y causas que nos hacen tragar.

“La lumbreras Teresa Rodríguez pide demoler estatuas de Colón pero no se atreve con los esclavistas musulmanes de Al-Andalus”. (Periodista Digital 15-06-2020)

Aparte de la mala leche o la perversidad con que obran muchos políticos (de ambos sexos) son unos analfabetos o iletrados, puesto que desconocen la historia de la humanidad, y sus barbaridades, que han hecho (y siguen haciendo) en todos los tiempos... ¿Hoy no hay esclavos? Los primeros son los que dicen representarnos, pero que a la hora de defendernos, olvidan sus obligaciones, y siempre votan lo que manda "el que manda"; de ahí para abajo, hay tantos tipos de esclavos, que enumerarlos no se puede en un comentario en prensa; la esclavitud fue y sigue, y seguirá, mientras, "exista quién compra y quién se vende". Tirar las estatuas de los que destacaron en la historia del mundo, es de analfabetos, puesto que "las estatuas no hacen daño y sus personajes ya murieron, simplemente son una lección de historia para los que las ven y se les explica con honradez, lo que hicieron". La peor enfermedad del "mono humano", es no reconocer la historia y lo que hicieron, "sus congéneres"; y esa historia sirve para recordar "lo que se debe hacer y también lo que no se debiera repetir"; son simplemente libros de enseñanza positiva.

Google censura a Churchill de su lista de primeros ministros británicos y las redes enfurecen en Reino Unido. (Periodista Digital 15-06-2020).

            Otro hecho que mueve a reír a carcajada limpia; este nuevo “poder”, que consiente esta barbaridad, debe estar regido por “unos pobres analfabetos”; puesto que Churchill, Gandhi, (y puede que no exista un tercero) son las principales figuras de todo el siglo veinte; por ello mismo, “tienen historia propia y que no podrá borrar nadie”; pobres analfabetos y “analfabestias”; son ellos los que después de muertos y por mucho dinero que atesoren, serán olvidados de inmediato.

            LAS LIMOSNAS Y LOS SALARIOS ENTREGADOS SIN TRABAJAR: No creo que "las limosnas" solucionen los problemas del ser humano; ya los sabios chinos, acuñaron esa máxima de "no des un pescado a un hombre, enséñale a pescar"; vemos por otra parte que, "los limosneros o pedigüeños españoles y muchísimos extranjeros que han venido a mendigar en España, se eternizan en ese oficio", puesto que es un oficio, por tanto para quitar pedigüeños no es bueno dar limosna, mejor no darla y practicar lo que digo de los sabios chinos.

¿POR QUÉ ESPAÑA NO EXISTE? El problema de España fue siempre y sigue siendo, el analfabetismo y el analfabestialismo; el gobernante de turno y salvo excepciones, fue siempre a lo suyo, o sea a enriquecerse él y los suyos, a costa de lo que sea; no pensaron nunca ni en su propio municipio, menos en su provincia o región, y mucho menos en el conjunto de España, que la consideraron simplemente como, “una muy rica vaca a ordeñar al máximo y caiga quién caiga”; de ahí las muchas catástrofes soportadas; y por cuanto estamos viendo, nos van a llevar a una más, y los responsables, nunca pagaron ni van a pagar; y lo estamos viendo por la infinidad de saqueadores que campan aquí, como si no hubiesen roto un plato en su vida. Por lo tanto para hacer España, hay primero que educar a las masas a que sepan ser españoles, cosa que aquí nunca se hizo. Lo que aquí ocurre, es trasladable a muchísimos otros países, “rotos como éste”. AGF 05-04-2020

NOSOTROS EL PUEBLO: A nosotros, el pueblo, nos importan dos cojones, los políticos que sean; lo que queremos son verdaderos estadistas, o sea, hombres y mujeres de Estado, y que de verdad, vayan solucionando los verdaderos problemas de España, que no son de partido alguno; son de todos los españoles y eso se olvida totalmente. (7 MAYO 2019)

LOS GOBIERNOS Y SUS MIEDOS Y CONTROLES: Cualquier gobierno y desde tiempos remotos, lo que trata es de entretener a sus gobernados y que no piensen en la realidad en que viven y menos, en el expolio a que son sometidos; por ello "el pan y circo de la república y luego imperio romano"; y en el hoy, la drogadicción con el mal llamado "deporte" y todas las demás cosas y basuras que nos colocan, los "desinformativos afines al gobierno"; o sea y concretando, lo que dijo y quedó escrito el siglo pasado. "EL MUNDO ESTÁ GOBERNADO POR LA MENTIRA", (FRANÇOIS REVEL) y a lo que yo añado, "el miedo al individuo que piensa y que no quiere ser masificado", es considerado por el gobernante como peligroso y al que hay que eliminar.

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo) www.jaen-ciudad.es (Aquí más)

Jaén: 16 de Junio del 2020