Las Noticias de hoy 15 Junio 2020

Enviado por adminideas el Lun, 15/06/2020 - 12:45

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 15 de junio de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en la Misa del Corpus Christi

Ángelus: Solemnidad del Corpus Christi

El Papa: Cómo ser “más paciente, generoso y misericordioso”

LA VIDA DE LA GRACIA: Francisco Fernandez Carbajal

“El trabajo es una bendición de Dios”: San Josemaria

Os he llamado amigos (II): ​Para iluminar la tierra: José Manuel Antuña

Conocerle y conocerte (IV): Cuando sabemos ponernos a la escucha: Jorge Mario Jaramillo

«​El Covid-19 hizo más fuerte nuestro matrimonio»

Tradición judeocristiana y libertad: Daniel Tirapu 

 El atractivo de la virtud y del bien: Alfonso Aguiló

Diez problemas que debilitan a un matrimonio: al conocerlos, podemos prevenirlos y vencerlos: LaFamilia.info

Corpus Christi: Que nuestros hijos amen la Eucaristía: Silvia del Valle Márquez.

La importancia de los héroes en la formación infantil: Acción Familia

Algunos padres no se sienten con autoridad «porque no viven acorde a lo que desean para sus hijos»: Carmelo López-Arias

El aborto entre la letra pequeña: Juan García. 

El feminismo histórico: Jaume Catalán Díaz

La dignidad del ser humano:  Enric Barrull Casals

¿Derechos humanos?: Domingo Martínez Madrid

Más sobre lo que padecemos por la sucia política: Antonio García Fuente

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

Homilía del Papa Francisco en la Misa del Corpus Christi

Domingo, 14 junio 2020

JUNIO 14, 2020 10:55ANITA BOURDINPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 14 junio 2020).- A las 9:45 de esta mañana, el Papa Francisco presidió la Misa de la Solemnidad del Santísimo Sacramento – o Corpus Christi – este domingo 14 de junio de 2020 en la Basílica de San Pedro, en el altar de la Cátedra de San Pedro, en presencia de unas cincuenta personas.

La misa continuó con la adoración silenciosa del Santísimo Sacramento exhibida en la custodia, y terminó con la bendición del Santísimo Sacramento y la canción de la antífona mariana “Sub tuum praesidium”.

Por su Eucaristía, Dios “sana nuestra  memoria negativa “, explica el Papa Francisco: “El Señor sana esta memoria negativa, que siempre saca a la luz cosas que no están bien y deja en nuestra cabeza la triste idea de que no servimos para nada , que solo cometemos errores, que somos “malos”. Jesús viene a decirnos que este no es el caso”.

En su homilía, el Papa Francisco señaló que en el “memorial de la Eucaristía”, Dios viene a “sanar la memoria” de los creyentes: “Él sana por encima de toda nuestra  memoria huérfana”, luego  la “memoria negativa “, y la “memoria cerrada”.

El Papa también subrayó el poder curativo de la adoración eucarística: “La adoración continúa en nosotros el trabajo de la misa. Nos hace bien, nos cura por dentro. Especialmente ahora, que realmente lo necesitamos”.

Publicamos a continuación la homilía que el Papa pronunció durante la Celebración Eucarístico, después de la proclamación del Evangelio:

***

Homilía del Papa

“Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer” (Dt 8,2). Recuerda: la Palabra de Dios comienza hoy con esa invitación de Moisés. Un poco más adelante, Moisés insiste: “No te olvides del Señor, tu Dios” (cf. v. 14). La Sagrada Escritura se nos dio para evitar que nos olvidemos de Dios. ¡Qué importante es acordarnos de esto cuando rezamos! Como nos enseña un salmo, que dice: “Recuerdo las proezas del Señor; sí, recuerdo tus antiguos portentos” (77,12). Incluso las maravillas y los prodigios que ha hecho el Señor en nuestras vidas.

Es fundamental recordar el bien recibido: si no hacemos memoria de él nos convertimos en extraños a nosotros mismos, en “transeúntes” de la existencia. Sin memoria nos desarraigamos del terreno que nos sustenta y nos dejamos llevar como hojas por el viento. En cambio, hacer memoria es anudarse con lazos más fuertes, es sentirse parte de una historia, es respirar con un pueblo. La memoria no es algo privado, sino el camino que nos une a Dios y a los demás. Por eso, en la Biblia el recuerdo del Señor se transmite de generación en generación, hay que contarlo de padres a hijos, como dice un hermoso pasaje: “Cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: “¿Qué son esos mandatos […] que os mandó el Señor, nuestro Dios?”, responderás a tu hijo: “Éramos esclavos  […] y el Señor hizo signos y prodigios grandes […] ante nuestros ojos” (Dt 6,20-22) , tú darás la memoria a tus hijos..

Pero hay un problema, ¿qué pasa si la cadena de transmisión de los recuerdos se interrumpe? Y luego, ¿cómo se puede recordar aquello que sólo se ha oído decir, sin haberlo experimentado? Dios sabe lo difícil que es, sabe lo frágil que es nuestra memoria, y por eso hizo algo inaudito por nosotros: nos dejó un memorial. No nos dejó sólo palabras, porque es fácil olvidar lo que se escucha. No nos dejó sólo la Escritura, porque es fácil olvidar lo que se lee. No nos dejó sólo símbolos, porque también se puede olvidar lo que se ve. Nos dio, en cambio, un Alimento, pues es difícil olvidar un sabor. Nos dejó un Pan en el que está Él, vivo y verdadero, con todo el sabor de su amor. Cuando lo recibimos podemos decir: “¡Es el Señor, se acuerda de mí!”. Es por eso que Jesús nos pidió: “Haced esto en memoria mía” (1 Co 11,24). Haced: la Eucaristía no es un simple recuerdo, sino un hecho; es la Pascua del Señor que se renueva por nosotros. En la Misa, la muerte y la resurrección de Jesús están frente a nosotros. Haced esto en memoria mía: reuníos y como comunidad, como pueblo, celebrad la Eucaristía para que os acordéis de mí. No podemos prescindir de ella, es el memorial de Dios. Y sana nuestra memoria herida.

Ante todo, cura nuestra memoria huérfana. Muchos tienen la memoria herida por la falta de afecto, cura nuestra memoria huérfana, muchos tienen la memoria herida por falta de afecto y las amargas decepciones recibidas de quien habría tenido que dar amor pero que, en cambio, dejó desolado el corazón. Nos gustaría volver atrás y cambiar el pasado, pero no se puede. Sin embargo, Dios puede curar estas heridas, infundiendo en nuestra memoria un amor más grande: el suyo. La Eucaristía nos trae el amor fiel del Padre, que cura nuestra orfandad. Nos da el amor de Jesús, que transformó una tumba de punto de llegada en punto de partida, y que de la misma manera puede cambiar nuestras vidas. Nos comunica el amor del Espíritu Santo, que consuela, porque nunca deja solo a nadie, y cura las heridas.

Con la Eucaristía el Señor también sana nuestra memoria negativa, esa negatividad que muchas veces llena nuestro corazón, el Señor cura esta memoria negativa que siempre hace aflorar las cosas que están mal y nos deja con la triste idea de que no servimos para nada, que sólo cometemos errores, que estamos “equivocados”. Jesús viene a decirnos que no es así. Él está feliz de tener intimidad con nosotros y cada vez que lo recibimos nos recuerda que somos valiosos: somos los invitados que Él espera a su banquete, los comensales que ansía. Y no sólo porque es generoso, sino porque está realmente enamorado de nosotros: ve y ama lo hermoso y lo bueno que somos. El Señor sabe que el mal y los pecados no son nuestra identidad; son enfermedades, infecciones. Y viene a curarlas con la Eucaristía, que contiene los anticuerpos para nuestra memoria enferma de negatividad.

Con Jesús podemos inmunizarnos de la tristeza. Ante nuestros ojos siempre estarán nuestras caídas y dificultades, los problemas en casa y en el trabajo, los sueños incumplidos. Pero su peso no nos podrá aplastar porque en lo más profundo está Jesús, que nos alienta con su amor. Esta es la fuerza de la Eucaristía, que nos transforma en portadores de Dios: portadores de alegría y no de negatividad. Podemos preguntarnos: Y nosotros, que vamos a Misa, ¿qué llevamos al mundo? ¿Nuestra tristeza, nuestra amargura o la alegría del Señor? ¿Recibimos la Comunión y luego seguimos quejándonos, criticando y compadeciéndonos a nosotros mismos? Pero esto no mejora las cosas para nada, mientras que la alegría del Señor cambia la vida.

Además, la Eucaristía sana nuestra memoria cerrada. Las heridas que llevamos dentro no sólo nos crean problemas a nosotros mismos, sino también a los demás. Nos vuelven temerosos y suspicaces; cerrados al principio, pero a la larga cínicos e indiferentes. Nos llevan a reaccionar ante los demás con antipatía y arrogancia, con la ilusión de creer que de este modo podemos controlar las situaciones. Pero es un engaño, pues sólo el amor cura el miedo de raíz y nos libera de las obstinaciones que aprisionan. Esto hace Jesús, que viene a nuestro encuentro con dulzura, en la asombrosa fragilidad de una Hostia. Esto hace Jesús, que es Pan partido para romper las corazas de nuestro egoísmo. Esto hace Jesús, que se da a sí mismo para indicarnos que sólo abriéndonos nos liberamos de los bloqueos interiores, de la parálisis del corazón. El Señor, que se nos ofrece en la sencillez del pan, nos invita también a no malgastar nuestras vidas buscando mil cosas inútiles que crean dependencia y dejan vacío nuestro interior. La Eucaristía quita en nosotros el hambre por las cosas y enciende el deseo de servir. Nos levanta de nuestro cómodo sedentarismo y nos recuerda que no somos solamente bocas que alimentar, sino también sus manos para alimentar a nuestro prójimo. Es urgente que ahora nos hagamos cargo de los que tienen hambre de comida y de dignidad, de los que no tienen trabajo y luchan por salir adelante. Y hacerlo de manera concreta, como concreto es el Pan que Jesús nos da. Hace falta una cercanía verdadera, hacen falta auténticas cadenas de solidaridad. Jesús en la Eucaristía se hace cercano a nosotros, ¡no dejemos solos a quienes están cerca de nosotros!.

Queridos hermanos y hermanas: Sigamos celebrando el Memorial que sana nuestra memoria, recordemos, curar la memoria y el corazón. Este memorial es la Misa. Es el tesoro al que hay dar prioridad en la Iglesia y en la vida. Y, al mismo tiempo, redescubramos la adoración, que continúa en nosotros la acción de la Misa. Nos hace bien, nos sana dentro. Especialmente ahora, que realmente lo necesitamos.

 

 

Ángelus: Solemnidad del Corpus Christi

Palabras del Papa antes del Ángelus

JUNIO 14, 2020 12:55RAQUEL ANILLOANGELUS Y REGINA COELI

(zenit – 14 junio 2020).- A las 12 del mediodía de hoy, en la solemnidad del Corpus Christi, el Santo Padre Francisco se asomó a la ventana de estudio en el Palacio Apostólico Vaticano para recitar el Ángelus con los fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro.

Estas son las palabras del Papa al introducir la oración mariana:

***

Palabras del Papa 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, en Italia y en otros países, se celebra la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Corpus Christi. En la segunda lectura de la liturgia de hoy, San Pablo describe la celebración eucarística (cf. 1 Corintios 10, 16-17). Hace énfasis en dos efectos del cáliz compartido y el pan partido: el efecto místico y el efecto comunitario.

En primer lugar el Apóstol afirma: “¿La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?” (v. 16). Estas palabras expresan el efecto místico o espiritual de la Eucaristía: se trata de la unión con Cristo, que se ofrece a sí mismo en el pan y el vino para la salvación de todos. Jesús está presente en el sacramento de la Eucaristía para ser nuestro alimento, para ser asimilado y convertirse en nosotros en esa fuerza renovadora que nos devuelve la energía y el deseo de retomar el camino después de cada pausa o caída. Pero esto requiere nuestro asentimiento, nuestra voluntad de dejarnos transformar, nuestra forma de pensar y actuar; de lo contrario las celebraciones eucarísticas en las que participamos se reducen a ritos vacíos y formales. Y muchas veces se va a misa porque se tiene que ir, como un acto social, respetuoso, pero social. El misterio, sin embargo, es otra cosa: es Jesús presente que viene a alimentarnos.

El segundo efecto es el comunitario y lo expresa San Pablo con estas palabras: «Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos» (v. 17). Se trata de la comunión mutua de los que participan en la Eucaristía, hasta el punto de convertirse en un solo cuerpo, como lo es el pan que se parte y se distribuye. La comunión con el cuerpo de Cristo es un signo efectivo de unidad, de comunión, de compartir. No se puede participar en la Eucaristía sin comprometerse a una sincera fraternidad mutua. Pero el Señor sabe bien que nuestra fuerza humana por sí sola no es suficiente para esto. Sabe, por otro lado, que entre sus discípulos siempre existirá la tentación de la rivalidad, la envidia, los prejuicios, la división…Todos conocemos estas cosas. Por eso también nos ha dejado el Sacramento de su presencia real, concreta y permanente, para que, permaneciendo unidos a Él, podamos recibir siempre el don del amor fraterno. «Permaneced en mi amor» (Juan 15, 9), decía a sus amigos; y esto es posible gracias a la Eucaristía. Permanecer en la amistad, en el amor.

Este doble fruto de la Eucaristía: la unión con Cristo y la comunión entre los que se alimentan de Él, genera y renueva continuamente la comunidad cristiana. De hecho, el Concilio Vaticano II, en el inicio de la Constitución sobre la Iglesia, afirma que “la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen Gentium, 1). Por lo tanto, es cierto que la Iglesia hace la Eucaristía, pero es más fundamental que la Eucaristía haga a la Iglesia, y le permita ser su misión, incluso antes de cumplirla. Este es el misterio de la comunión, de la Eucaristía: recibir a Jesús para que nos transforme desde adentro y recibir a Jesús para que haga de nosotros la unidad y no la división.

Que la Santa Virgen nos ayude a acoger siempre con asombro y gratitud el gran regalo que nos ha hecho Jesús al dejarnos el Sacramento de su Cuerpo y su Sangre.

 

 

El Papa: Cómo ser “más paciente, generoso y misericordioso”

Extraer “la misericordia, el perdón y la ternura de Dios” del Corazón de Jesús

JUNIO 14, 2020 17:46ANITA BOURDINPAPA FRANCISCO

(zenit – 14 junio 2020).- El Papa Francisco indica un camino para ser “más paciente, más generoso, más misericordioso”, en un tweet de este viernes 12 de junio de 2020, mes del Sagrado Corazón. La fiesta del Sagrado Corazón se celebra el próximo viernes 19 de junio.

El Papa escribe: “Si recurrimos a la misericordia, el perdón y la ternura de Dios, entonces nuestro corazón, poco a poco, se volverá más paciente, más generoso, más misericordioso”.

En la audiencia el pasado miércoles 10 de junio de 2020, el Papa habló del mes del Sagrado Corazón, dirigiéndose a los polacos para invitarlos a confiar sus preocupaciones al Corazón de Jesús: “El mes de junio, dedicado al Corazón Sagrado de Jesús, se siente particularmente entre ustedes. Al Corazón Divino, lleno de paz y amor, podemos confiar todas las angustias de nuestros corazones y nuestro amor imperfecto. Del corazón traspasado del Salvador brota, para toda la humanidad, la fuente de todo consuelo y el océano de la Divina Misericordia. ¡Jesús, dulce y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo!”

Oración de la abuela Rosa

Después del Ángelus del domingo pasado, 7 de junio de 2020, el Papa había confiado a los católicos una oración que aprendió de su abuela. El Papa habló de esta “devoción que une a los grandes maestros espirituales y a la gente sencilla del pueblo de Dios”: “El corazón humano y divino de Jesús es la fuente de la cual siempre podemos sacar la misericordia, el perdón y la ternura de Dios”, dijo.

Y el Papa sugiere: “Podemos hacerlo deteniéndonos en un pasaje del Evangelio, entendiendo que en el centro de cada gesto, de cada palabra de Jesús, en el centro hay amor, amor del Padre que envió a su Hijo, el amor del Espíritu Santo que está en nosotros. Y podemos hacer esto adorando a la Eucaristía, donde este amor está presente en el Sacramento”.

“Entonces nuestro corazón también, poco a poco, se volverá más paciente, más generoso, más misericordioso, en imitación del Corazón de Jesús”, aseguró a los peregrinos que vinieron a este encuentro semanal.

“Hay una antigua oración, la aprendí de mi abuela, que decía:» Jesús, haz mi corazón semejante al tuyo”, recordó el Papa. Es una hermosa oración. “Haz mi corazón semejante al tuyo. Una hermosa oración, pequeña, para rezar este mes, dijo, invitando a la gente a decirla con él: “Jesús, haz mi corazón semejante al tuyo” : De nuevo: “Jesús, haz mi corazón semejante al tuyo”.

Revolución de la ternura

Hace una semana, el 5 de junio, el primer viernes de junio, el Papa ya había invitado a la “revolución de la ternura” gracias al Corazón de Jesús: “El Corazón de Cristo es tan grande que quiere cogernos a todos en la revolución de la ternura”.

El Papa jesuita a menudo habla del Corazón de Cristo. Para los Jesuitas de Canadá, “la devoción moderna al Sagrado Corazón está íntimamente vinculada a la Compañía de Jesús”. Recuerdan las fechas: “En 1675, Santa Margarita-María Alacoque recibió una visión de Cristo que le revelaba su Sagrado Corazón. Sus visiones le valieron ser mal vista en su convento de la Visitación, pero Jesús la consoló y le reveló que un “verdadero y perfecto amigo le sería enviado”. Poco después, un nuevo director espiritual, el P. Claude de La Colombiér, SJ, llegó al convento. Autentificó las visiones de Marguerite-Marie Alacoque y las promovió con ella, incluso después de haber sido enviado a otros apostolados”.

El 5 de octubre de 1986, el Papa Juan Pablo II vino a rezar a la capilla de La Colombière y mencionó la misión de los jesuitas de llevar este conocimiento del Corazón de Cristo al mundo en una carta dirigida al general de los jesuitas, en aquel momento el p. Kolvenbach: “Durante mi peregrinación a Paray-le-Monial, deseo ir a rezar a la capilla donde se venera la tumba del bienaventurado, (lo canonizó en 1992, nota del editor) Claude de La Colombière. Él fué “el siervo fiel” que, en su amor providencial, el Señor dio como director espiritual a Santa Margarita-María Alacoque. Así fue como fue el primero en difundir su mensaje. En unos pocos años de vida religiosa y de intenso ministerio, se reveló como un “hijo ejemplar” de la Compañía de Jesús a quien, según el testimonio de la propia Santa Margarita María, Cristo había confiado la tarea de difundir el culto de su divino Corazón”.

 

 

LA VIDA DE LA GRACIA

— Una vida nueva. Dignidad del cristiano.

— La gracia santificante, participación en la naturaleza divina.

— La gracia nos lleva a la identificación con Cristo: docilidad, vida de oración, amor a la Cruz.

I. Los cristianos, desde el momento en que se nos infunde la gracia santificante en el Bautismo, tenemos una nueva vida sobrenatural, distinta de la existencia común de los hombres; es una vida particular y exclusiva de quienes creen en Cristo, de aquellos que nacen no de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de querer de hombre, sino que nacen de Dios1. En el Bautismo, el cristiano comienza a vivir la misma vida de Cristo2. Entre Él y nosotros se ha establecido una comunión de vida distinta, superior y más fuerte e íntima que la de los miembros de la sociedad humana. La unión con el Señor es tan profunda que transforma radicalmente la existencia del cristiano, y hace posible que la vida de Dios se desarrolle como algo propio en el interior del alma. Nuestro Señor habla de la vid y los sarmientos3, San Pablo la compara a la unión entre el cuerpo y la cabeza4, pues una misma savia y una misma sangre recorren la cabeza y los miembros.

La primera consecuencia de esta realidad es la dicha incomparable de hacernos hijos de Dios; la filiación divina no es un mero título. Cuando alguien adopta a otro como hijo le da su apellido y sus bienes, le ofrece su cariño, pero no es capaz de comunicarle algo de su propia naturaleza ni de su propia vida. La adopción humana es algo externo: no cambia a la persona ni le añade perfecciones o cualidades que no sean meramente externas (mejores vestidos, más medios para aumentar su cultura...). En la adopción divina es distinto: se trata de un nuevo nacimiento, que produce una admirable mejora de la naturaleza de quien es adoptado. Carísimos -escribe San Juan-, nosotros somos ya ahora hijos de Dios5. No es una ficción, no es otorgar un título honorífico, porque el mismo Espíritu de Dios está dando testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios6. Es una realidad tan grande y tan alegre que le hace escribir a San Pablo: no sois extraños ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios7.

¡Cuánto bien hará a nuestra alma considerar a menudo que Cristo es la fuente de la que mana a raudales esta nueva vida que se nos ha dado! Por Él -escribe San Pedro- Dios nos ha dado las grandes y preciosas gracias que había prometido, para hacernos partícipes por medio de estas mismas gracias de la naturaleza divina8.

Ante tal dignidad, la cabeza y el corazón se inclinan para dar continuas gracias al Señor, que ha querido poner en nosotros tanta riqueza, y nos decidimos a vivir conscientes de las joyas preciosas que hemos recibido. Los ángeles miran al alma en gracia llenos de respeto y de admiración. Y nosotros, ¿cómo vemos a nuestros hermanos los hombres, que han recibido o están llamados a recibir esa misma dignidad? ¿Cómo nos comportamos, llevando un tesoro de tan altísimo valor? ¿Sabemos de verdad lo que vale nuestra alma, y lo manifestamos en la conducta, en la delicadeza con que evitamos aun lo más pequeño que desdiga de la dignidad de nuestra condición de cristianos?

II. Al principio, después de la primera creación, la criatura era nueva, perfecta, según la había hecho Dios. Pero el pecado la envejeció y causó en ellas grandes estragos. Por eso, Dios hizo otra nueva creación9: la gracia santificante, una participación limitada de la naturaleza divina, por la que el hombre, sin dejar de ser criatura, es semejante a Dios, participa íntimamente en la vida divina.

Es una realidad interior que produce «una especie de resplandor y luz que limpia todas las manchas de nuestras almas y las torna hermosísimas y muy brillantes»10. Esta gracia es la que une nuestra alma con Dios en un estrechísimo lazo de amor11. ¡Cómo deberemos protegerla, convencidos de que es el mayor bien que tenemos! La Sagrada Escritura la compara a una prenda que Dios pone en los corazones de los fieles12, a una semilla que echa sus raíces en el interior del hombre13, a un manantial de aguas que manará sin cesar hasta la vida eterna14.

La gracia santificante no es un don pasajero y transitorio, como ocurre con esos impulsos y mociones para realizar u omitir alguna acción, a los que llamamos gracias actuales; es «un principio permanente de vida sobrenatural»15, una disposición estable radicada en la misma esencia del alma. Porque determina un modo de ser estable y permanente –aunque se puede perder por el pecado mortal–, se la llama también gracia habitual.

La gracia no violenta el orden natural, sino que lo supone, lo eleva y perfecciona, y ambos órdenes se prestan mutua ayuda, porque uno y otro de Dios proceden16. Por eso, el cristiano, lejos de renunciar a las obras de la vida terrena –al trabajo, a la familia...–, las desarrolla y las perfecciona, coordinándolas con la vida sobrenatural, hasta el punto de ennoblecer la misma vida natural17.

Con esta dignidad hemos de vivir y de comportarnos en todas nuestras acciones; en ningún momento del día debemos olvidar los dones con que hemos sido favorecidos. Nuestra existencia será bien diferente si en medio de los quehaceres diarios tenemos presente el honor que nos ha hecho nuestro Padre Dios: que –por la gracia– nos llamemos hijos suyos, y que de verdad lo seamos18.

III. La gracia santificante diviniza al cristiano y le convierte en hijo de Dios y en templo de la Trinidad Santísima. Esta semejanza en el ser debe reflejarse necesariamente en nuestro obrar: en pensamientos, acciones y deseos –a medida que progresamos en la lucha ascética–, de modo que la vida puramente humana vaya dejando paso a la vida de Cristo. Se ha de cumplir en nuestras almas aquel proceso interior que indican las palabras del Bautista: conviene que él crezca y yo mengüe19. Hemos de pedir al Señor que se haga cada vez más firme en nosotros esta aspiración: tener en el corazón los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo20; y desterrar el egoísmo, el pensar excesivamente en nosotros mismos, cualquier síntoma de aburguesamiento... Por esto, quienes se ufanan de llevar el nombre de cristianos, no solo han de contemplar al Maestro como un perfectísimo Modelo de todas las virtudes, sino que han de reproducir de tal manera en sus costumbres la doctrina y la vida de Jesucristo que sean semejantes a Él21, en el modo de tratar a los demás, en la compasión por el dolor ajeno, en la perfección del trabajo profesional, imitando los treinta años de vida oculta en Nazaret...

Así se repetirá la vida de Jesús en la nuestra, en una configuración creciente con Él que realiza de modo admirable el Espíritu Santo, y que tiene como término la plena semejanza y unión, que se consumará en el Cielo. Pero, considerémoslo serenamente en nuestra oración, para llegar a esa identificación con Cristo se precisa una orientación muy clara de toda nuestra vida: colaborar con el Señor en la tarea de la propia santificación, quitando obstáculos a la acción del Paráclito y procurando hacer en todo lo que más agrada a Dios, de tal manera que podamos decir, como Jesús: Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y dar cumplimiento a su obra22. Esta correspondencia a la gracia –que se ha de hacer realidad día tras día, minuto a minuto– se podría resumir en tres puntos principales: ser dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo, mantener en toda circunstancia la vida de oración, a través de las prácticas de devoción que hemos concretado en la dirección espiritual, y cultivar un constante espíritu de penitencia.

Docilidad, porque el Espíritu Santo «es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera»23 en nuestro personal crecimiento interior y en el abundante apostolado que hemos de ejercer entre nuestros amigos, parientes y colegas.

Vida de oración, «porque la entrega, la obediencia, la mansedumbre del cristiano nacen del amor y al amor se encaminan. Y el amor lleva al trato, a la conversación, a la amistad. La vida cristiana requiere un diálogo constante con Dios Uno y Trino, y es a esa intimidad a donde nos conduce el Espíritu Santo»24.

Unión con la Cruz, «porque en la vida de Cristo el Calvario precedió a la Resurrección y a la Pentecostés, y ese mismo proceso debe reproducirse en la vida de cada cristiano»25, aceptando en primer lugar las contradicciones, grandes o pequeñas, que nos llegan, y ofreciendo al Señor cada día otras muchas pequeñas mortificaciones a través de las cuales nos unimos a la Cruz con sentido de corredención, purificamos nuestra vida y nos disponemos para un diálogo íntimo y profundo con Dios.

Examinemos hoy, al terminar nuestra oración, cómo es nuestra correspondencia a la gracia en estos tres puntos, porque de ella depende el desarrollo de la vida de la gracia en nosotros. Le decimos al Señor que no queremos contentarnos con el nivel alcanzado en la oración, en la presencia de Dios, en el sacrificio...; que, con su gracia y con la protección de Santa María, no nos detendremos hasta llegar a la meta que da sentido a nuestra vida: la plena identificación con Jesucristo.

1 Jn 1, 13. — 2 Cfr. Gal 3, 27. — 3 Jn 15, 1-6. — 4 1 Cor 12, 27.  5 1 Jn 3, 2. — 6 Rom 8, 16. — 7 Ef 2, 19. — 8 2 Pdr 1, 4. — 9 Cfr. Santo Tomás, Comentario a la Segunda Carta a los Corintios, IV, 192. — 10 Catecismo Romano, II, 2, n. 50. — 11 Cfr. ibídem, I, 9, n. 8.  12 Cfr. 2 Cor 5, 5.  13 Cfr. 1 Jn 3, 9. — 14 Jn 4, 14. — 15 Pío XI, Enc. Casti connubii, 31-XII-1930. — 16 Cfr. ídem, Enc. Divini illius Magistri, 31-XII-1929. — 17 Cfr. ibídem; cfr. Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 40. — 18 Cfr. 1 Jn 3, 1. — 19 Jn 3, 30. — 20 Flp 2, 5. — 21 Cfr. Pío XII, Enc. Mystici Corporis, 29-VI-1943. — 22 Jn 4, 24. — 23 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 135. — 24 Ibídem, 136. — 25 Ibídem, 137.

 

 

“El trabajo es una bendición de Dios”

El trabajo es la vocación inicial del hombre, es una bendición de Dios, y se equivocan lamentablemente quienes lo consideran un castigo. El Señor, el mejor de los padres, colocó al primer hombre en el Paraíso, “ut operaretur” –para que trabajara. (Surco, 482)

15 de junio

El trabajo acompaña inevitablemente la vida del hombre sobre la tierra. Con él aparecen el esfuerzo, la fatiga, el cansancio: manifestaciones del dolor y de la lucha que forman parte de nuestra existencia humana actual, y que son signos de la realidad del pecado y de la necesidad de la redención. Pero el trabajo en sí mismo no es una pena, ni una maldición o un castigo: quienes hablan así no han leído bien la Escritura Santa.

Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su domino sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad.

Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: Procread y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la tierra(Es Cristo que pasa, 47)

 

 

Os he llamado amigos (II): ​Para iluminar la tierra

El "mandamiento nuevo" que nos confió Jesús al final de su vida en la tierra descubrió una nueva dimensión de la amistad humana: se trata de auténtico apostolado.

OTROS15/06/2020

Los grandes ríos nacen, generalmente, de una pequeña fuente situada en lo alto de las montañas. A lo largo de su recorrido van recibiendo agua de manantiales y afluentes hasta que, al final, desembocan en el mar. De manera similar, un afecto espontáneo o un interés en común son las fuentes desde las que puede brotar una amistad. Poco a poco esa relación sigue su cauce, recibiendo torrentes que la nutren: tiempo compartido, consejos que van y vienen, conversaciones, risas, confidencias… Al igual que los ríos a su paso fecundan campos, llenan pozos y hacen florecer los árboles, la amistad embellece la vida, la colma de luz, «multiplica las alegrías y ofrece consuelo en las penas»[1]. Además, en un cristiano, si esto fuera poco, la amistad se llena también del «agua viva» que es la gracia de Cristo (cfr. Jn 4,10). Esta fuerza da a la corriente un ímpetu nuevo: transforma el afecto humano en amor de caridad. Así, al término de su curso, ese río se adentra el vasto mar del amor de Dios por nosotros.

Un coeficiente de dilatación enorme

Cuando, en las primeras páginas de la Biblia, encontramos el momento de la creación del hombre, leemos que fue formado a «imagen» de Dios, hecho a su «semejanza» (cfr. Gen 1,26). Este modelo divino está siempre presente en lo más íntimo del alma y, si entrenamos nuestra mirada, podremos entrever a Dios en cada hombre y en cada mujer. Por esta altísima dignidad, aunque todas las personas que encontramos en el camino –al trabajar, al estudiar, al hacer deporte o al movernos de un lado a otro– son dignas de ser amadas, solamente con un grupo de ellas llegaremos a entablar una relación de amistad. Intuimos que, en la práctica, no es posible tener infinitos amigos, entre otros motivos porque el tiempo es limitado; pero nuestro corazón, movido por Dios, puede permanecer siempre abierto, ofreciendo su amistad al mayor número de personas, «dando muestras de comprensión con todos los hombres» (Tt 3,2).

DIOS PUEDE ENSANCHAR NUESTRO CORAZÓN PARA QUE QUEPAN ALLÍ CADA VEZ MÁS AMIGOS

Buscar una disposición así de nuestra alma, que «no excluye a nadie», que permanece «intencionalmente abierta a toda persona, con corazón grande»[2], ciertamente tiene un precio. La madre de san Josemaría, por ejemplo, al ver cómo su hijo se entregaba sin medida a las personas que le rodeaban, le advirtió: «Vas a sufrir mucho en la vida, porque pones todo el corazón en lo que haces»[3]. Abrirse a la amistad tiene su coste y, sin embargo, todos hemos experimentado que se trata de un camino seguro de felicidad. Al mismo tiempo, la capacidad para querer a más y más amigos es algo en lo que podemos crecer continuamente. En el corazón de san Josemaría, con el incrementarse del número de personas en el Opus Dei, surgió esta inquietud: ¿podré querer a todos los que vengan a la Obra con el mismo cariño que siento por los primeros? Fue una preocupación que resolvió la gracia divina; su corazón fue ensanchado continuamente por Dios hasta tal punto que llegó a confesar: «El corazón humano tiene un coeficiente de dilatación enorme. Cuando ama, se ensancha en un crescendo de cariño que supera todas las barreras»[4].

En esto os conocerán

Si en las páginas del Génesis se revelaba el amor de Dios al crearnos a «imagen» suya, con la encarnación de su Hijo recibiríamos noticias mucho más impresionantes. Los apóstoles de Jesús vivieron durante tres años, con quien era su mejor amigo, sin separarse de su lado. Le llamaban Rabbi –que quiere decir «maestro»– porque, además de amigos, eran y se sentían sus discípulos. Antes de padecer, el Maestro quiso que comprendieran que les amaba con una amistad que iba más allá de la muerte, que les amaba «hasta el fin» (Jn 13,1). Este secreto de la radicalidad de su amistad es una de las confidencias íntimas que Cristo realizó durante la Última Cena. Allí manifestó también su deseo de que esta fuerza se perpetuase durante los siglos a través de todos los cristianos con la proclamación de un nuevo mandamiento: «Como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13,34). Y añadió: «En esto conocerán que sois mis discípulos» (Jn 13,35); es decir: mis amigos serán reconocidos por su modo de querer a los demás.

Hay un suceso en la historia del Opus Dei muy unido a este mandamiento. Al concluir la guerra civil, san Josemaría regresa a Madrid y se dirige inmediatamente a la calle Ferraz. En el número 16 de esa calle, días antes del comienzo de la contienda, se había terminado de instalar la nueva Residencia DYA. Casi tres años después, encuentra todo destrozado por los saqueos y los bombardeos. Resulta inservible. Entre los escombros, cubierto de polvo, da con un cartel que había estado colgado en la pared de la biblioteca. En el recuadro, cuyo aspecto asemeja al de un pergamino, se recogen en latín esas mismas palabras del mandamiento nuevo que Jesús, como acabamos de considerar, confió a sus apóstoles: «Mandatum novum do vobis…», «Un mandamiento nuevo os doy…» (cfr. Jn 13,34-35). Lo habían colgado allí porque era una síntesis del ambiente que san Josemaría deseaba también para los centros de la Obra: «Lugares en los que muchas personas encuentren un amor sincero y aprendan a ser amigas de verdad»[5]. Tras el desastre de la guerra, cuando había que recomenzar prácticamente desde cero, lo importante seguía en pie: una de las bases fundamentales para reconstruir sería dejarse guiar por ese dulce mandamiento de Cristo.

Así es más fácil subir

Vemos que el modelo de la nueva ley es el amor de Jesús: «Como yo os he amado» (Jn 13,34). Pero, ¿cómo es este amor?, ¿cuáles son sus características? El amor de Cristo por sus apóstoles –lo ha dicho él mismo– es precisamente un amor como el que se tienen los amigos. Ellos han sido testigos y destinatarios de la intensidad de este querer. Saben que Jesús cuidaba a las personas con las que convivía. Ellos le han visto alegrarse con sus alegrías (cfr. Lc 10,21) y sufrir con su dolor (cfr. Jn 11,35). Siempre encontró tiempo para detenerse con los demás: con la samaritana (cfr. Jn 4,6), con la hemorroísa (cfr. Mc 5,32) e incluso con el buen ladrón, cuando estaba ya colgado de la cruz (cfr. Lc 23,43). El de Jesús era un cariño que se manifestaba en lo concreto: se preocupaba por el alimento de quienes le seguían (cfr. Lc 9,13) y también por su descanso (cfr. Mc 6,31). Como nos recuerda el papa Francisco, Jesús «cuidó la amistad con sus discípulos, e incluso en los momentos críticos permaneció fiel a ellos»[6].

JESÚS QUIERE QUE SUS AMIGOS SEAN RECONOCIDOS POR SU MANERA DE QUERER A LAS DEMÁS PERSONAS

La amistad es, al mismo tiempo, un bálsamo para la vida y un don que nos da Dios. No es solamente un sentimiento fugaz sino un verdadero amor «estable, firme, fiel, que madura con el paso del tiempo»[7]. Por algunos es considerada la expresión más alta del amor ya que nos permite valorar a la otra persona por sí misma. La amistad «es mirar al otro no para servirse de él, sino para servirlo»[8]. Esta es su preciosa gratuidad. Se entiende, entonces, que sea inherente a la amistad el «desinterés», porque la intención del que ama no persigue ningún beneficio ni un posible efecto boomerang.

Descubrir esto en su auténtica profundidad siempre sorprende, pues parece chocar con una idea de la vida como competición, que puede ser común en algunos ambientes. Por eso, quien experimenta la amistad lo hace habitualmente como un regalo inmerecido; con amigos los problemas de la vida parecen más ligeros. Como dice un proverbio kikuyu que agradó mucho al beato Álvaro del Portillo cuando viajó a Kenia: «Cuando en lo alto de la montaña hay un amigo, resulta más fácil subir»[9]. Los amigos son absolutamente necesarios para alcanzar una vida feliz. Ciertamente, es posible alcanzar una vida plena sin participar del amor conyugal –como ocurre, por ejemplo, con quienes han recibido el don del celibato– pero no se puede ser feliz sin experimentar el amor de amistad. ¡Cuánto consuelo y alegría encontramos en una buena amistad! ¡Cómo se alivian las tristezas!

Más amigos para Jesús

Conociendo la vida de Jesús y creciendo en intimidad con él podemos aprender los rasgos de una amistad perfecta. Hemos visto al principio que la amistad cristiana es especial porque se nutre de un torrente divino, la gracia de Dios, y por eso adquiere una nueva «dimensión cristológica». Esta fuerza nos impulsa a mirar y a querer a todos –especialmente a los más cercanos– «por Cristo, con él y en él», como dice el sacerdote en la Misa al levantar a Jesús en el pan eucarístico. Así aprenderemos a «ver a los demás con los ojos de Cristo, descubriendo siempre de nuevo su valor»[10]. San Josemaría nos animaba a ser el mismo Cristo que pasa al lado de la gente, a dar a los demás el mismo amor de Cristo amigo. Por eso es lógico que alimentemos en nuestra oración esta ilusión humana y sobrenatural de tener siempre nuevos amigos, porque «Dios muchas veces se sirve de una amistad auténtica para llevar a cabo su obra salvadora»[11].

La amistad de Jesús con Pedro, con Juan y con todos sus discípulos, se identifica con un ardiente deseo de que vivan cerca del Padre; su amistad va unida a la ilusión de que descubran la misión a la que han sido llamados. De la misma manera, en medio de las tareas que el Señor nos ha confiado a cada uno, «no se trata de tener amigos para hacer apostolado, sino de que el Amor de Dios informe nuestras relaciones de amistad para que sean un auténtico apostolado»[12]. San Josemaría acostumbraba decir que en la vida espiritual llega un momento en el que no se distinguen la oración y el trabajo, porque se vive en una continua presencia de Dios. Algo similar sucede con la amistad, porque al desear el bien del amigo queremos que esté lo más cerca posible de Dios, fuente segura de alegría. Así, no «existen tiempos compartidos que no sean apostólicos: todo es amistad y todo es apostolado, indistintamente»[13].

TODO LO BUENO QUE COMPARTIMOS CON NUESTROS AMIGOS ES APOSTOLADO PORQUE ALLÍ ESTÁ DIOS

Por eso en el corazón de los santos siempre había espacio para un nuevo amigo. Al leer libros que cuentan sus vidas descubrimos un interés sincero por los problemas de los demás, por sus angustias y alegrías. El beato Álvaro cultivó esta disposición hasta el final de su vida; quiso llevar la amistad de Cristo incluso a las personas que le acompañaron durante las horas de su último viaje en esta tierra. Un día después de su fallecimiento, «en la mesilla de noche, estaba la tarjeta de visita de uno de los pilotos del avión que le había traído de Tierra Santa a Roma. Se había interesado por él y por su familia, especialmente durante la espera en el aeropuerto de Tel Aviv. La relación fue breve, pero profunda: aquel piloto acudió a rezar ante los restos mortales de don Álvaro en cuanto tuvo noticia de su fallecimiento»[14]. En un encuentro casual se había gestado una amistad que continuaba entre la tierra y el cielo.

* * *

El cristiano tiene un gran amor –un don– que compartir. Nuestras relaciones con los demás le dan a Cristo la posibilidad de ofrecer su amistad a nuevos amigos. «Iluminar los caminos de la tierra»[15] implica extender por el mundo esta preciosa realidad del amor de amistad. A veces pensar solo en nuestros intereses, ir demasiado de prisa o quedarnos en cierta superficialidad al conocer a las personas pone en peligro este regalo que Dios nos quiere hacer a todos los hombres. Gran parte de nuestra misión evangelizadora es justamente devolver a la amistad su auténtico brillo, poniéndola en relación con Dios, con los demás, con nuestro deseo de ser mejores… en definitiva, con la felicidad.

José Manuel Antuña


[1] Fernando Ocáriz, Carta Pastoral 1-XI-2019, n. 7.

[2] Ibíd.

[3] Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1997, tomo I, p. 164.

[4] San Josemaría, Via Crucis, estación VIII, 5.

[5] Fernando Ocáriz, Carta Pastoral 1-XI-19, n. 6.

[6] Francisco, Christus vivit, n. 31.

[7] Ibíd, n. 152.

[8] San Juan Pablo II, Angelus 13-II-94.

[9] Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo, Rialp, Madrid 1996, p. 278.

[10] Fernando Ocáriz, Carta Pastoral 1-XI-19, n. 16.

[11] Ibíd., n. 6.

[12] Ibíd., n. 19.

[13] Ibíd.

[14] Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo, Rialp, Madrid 1996, p. 179.

[15] Fragmento de la oración pública para pedir la intercesión de san Josemaría.

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Conocerle y conocerte (IV): Cuando sabemos ponernos a la escucha

La vida de Moisés nos enseña que, para cumplir la misión a la que estamos llamados, necesitamos ser transformados por el Espíritu Santo a través de la escucha de Dios en el diálogo filial con Él.

VIDA ESPIRITUAL01/03/2020

El Señor pensó en Moisés para una misión crucial: guiar a su pueblo en una nueva etapa de la historia de la salvación. Con su cooperación, Israel fue liberado de la esclavitud en Egipto y conducido hasta la tierra prometida. Por su mediación, el pueblo judío recibió las tablas de la Ley y las bases del culto a Dios. ¿Cómo llegó Moisés a ser lo que fue? ¿Cómo alcanzó esa sintonía con Dios que, con el tiempo, lo llevó a ser un gran bien para tantas personas, nada menos que a todo su pueblo y a todos los que vendríamos después?

Aunque Moisés había sido escogido por Dios desde su nacimiento —basta considerar su milagrosa supervivencia de la persecución del Faraón—, es curioso que no haya encontrado al Señor hasta pasados muchos años. En su juventud no parecía más que un hombre común, ciertamente preocupado por los de su raza (cfr. Ex 2,15). Tal vez lo que mejor explica esa transformación fue su capacidad de escuchar al Señor[1]. De modo semejante, para llegar a ser lo que estamos llamados a ser, también nosotros necesitamos transformarnos a través de la escucha. Es verdad que no es fácil llegar a experimentar lo que nos cuenta el libro del Éxodo, que «el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como se habla con un amigo» (Ex 33,11). Es un proceso que suele llevar años —la vida entera— y muchas veces es preciso recomenzar a aprender a hacer oración, como si estuviéramos en los inicios de nuestro diálogo con el Señor.

«¡Moisés, Moisés!»

Descubrir la necesidad de la oración es saber que «él nos amó primero» (1 Jn 4,19) y que, siguiendo esa lógica, también él nos habló primero: «Creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo...» (Gn 1,27-28)[2]. Dios, que tomó la iniciativa para crearnos por amor y para elegirnos a una misión determinada, también se nos adelanta en la vida de oración. En nuestro diálogo con el Señor es él quien pronuncia la primera palabra.

DIOS SE NOS ADELANTA EN LA VIDA DE ORACIÓN PRONUNCIANDO ÉL LA PRIMERA PALABRA

Esta palabra inicial puede reconocerse ya en el deseo de Dios, que él mismo ha sembrado en nuestro corazón y que se despierta por mil experiencias distintas. La primera aparición a Moisés tuvo lugar en el Horeb, también llamado «el monte de Dios». Allí, «el ángel del Señor se le manifestó en forma de llama de fuego en medio de una zarza. Moisés miró: la zarza ardía pero no se consumía. Y se dijo Moisés: “Voy a acercarme y comprobar esta visión prodigiosa: por qué no se consume la zarza”» (Ex 3,2-3). No es mera curiosidad ante un evento extraordinario, sino la clara percepción de que algo trascendente, superior a él mismo, está sucediendo. En nuestra vida, también nosotros podemos sorprendernos ante hechos que nos abren una dimensión más honda de la realidad. Puede ser un descubrimiento íntimo, de algo que tal vez antes nos había pasado inadvertido: intuimos la presencia de Dios al reconocer alguno de sus dones, o al ver cómo las contradicciones nos han hecho madurar y nos han preparado para afrontar distintas circunstancias o tareas. Puede ser también un descubrimiento en la realidad que nos rodea: la familia, los amigos, la naturaleza… De un modo u otro, experimentamos la necesidad de orar, de agradecer, de pedir… y nos dirigimos a Dios. Ese es el primer paso.

«Vio el Señor que Moisés se acercaba a mirar y lo llamó de entre la zarza: —¡Moisés, Moisés! Y respondió él: —Heme aquí» (Ex 3,4). El diálogo se establece cuando nuestra mirada se encuentra con la de Dios, que ya nos estaba mirando. Y las palabras —si es que son necesarias— fluyen cuando dejamos que vengan primero las suyas. Si lo intentamos solos, no podremos orar. Más bien, conviene poner los ojos en el Señor y recordar su promesa consoladora: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

Así pues, una fe confiada en Dios es ingrediente básico de cualquier oración sincera. A menudo, el mejor modo de comenzar a orar es pedir al Señor que él nos enseñe. Es lo que hicieron los apóstoles y es el camino que san Josemaría nos animó a recorrer: «Si no te consideras preparado, acude a Jesús como acudían sus discípulos: ¡enséñanos a hacer oración! Comprobarás cómo el Espíritu Santo ayuda a nuestra flaqueza, pues no sabiendo siquiera qué hemos de pedir en nuestras oraciones, ni cómo conviene expresarse, el mismo Espíritu facilita nuestros ruegos con gemidos que son inexplicables, que no pueden contarse, porque no existen modos apropiados para describir su hondura»[3].

«Quítate las sandalias de los pies»

Al finalizar unos días de retiro espiritual, la beata Guadalupe Ortiz de Landázuri escribía a san Josemaría: «De mi trato íntimo con Dios, de mi oración, etc., ya le he hablado otras veces: cuando pongo un poco de mi parte el Señor me lo hace fácil y me rindo del todo»[4]. La iniciativa de la oración —y la oración misma— son un don de Dios. Al mismo tiempo, conviene también preguntarse qué papel nos corresponde a nosotros. El diálogo con el Señor es una gracia y, por lo mismo, no es algo meramente pasivo, pues para recibir se necesita, de alguna manera, querer recibirla.

UNA ACTITUD DE REVERENCIA Y ADORACIÓN AYUDA PARA DARNOS CUENTA DE ANTE QUIÉN ESTAMOS

Aparte de disponerse en modo receptivo, ¿qué más se puede hacer para tener una vida de oración intensa? Un buen comienzo puede ser darnos cuenta de ante quién estamos, respondiendo con una actitud de reverencia y de adoración. En el diálogo del monte Horeb, «dijo Dios: —No te acerques aquí; quítate las sandalias de los pies, porque el lugar que pisas es tierra sagrada. Y añadió: —Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Moisés se cubrió el rostro por temor a contemplar a Dios» (Ex 3,5-6).

Quitarse las sandalias y cubrirse el rostro fue la respuesta del más grande profeta del pueblo de Israel en su primer encuentro con Dios. Con esos gestos expresaba su conciencia de estar delante del Dios trascendente. Algo parecido podemos hacer nosotros cuando nos acercamos a Jesús en el sagrario en una actitud de adoración. Durante una vigilia de oración, ante Jesús sacramentado, Benedicto XVI se expresaba con palabras que nos hablan de cómo adorar al Señor: «Aquí, en la Hostia consagrada, él está ante nosotros y entre nosotros. Como entonces, se oculta misteriosamente en un santo silencio y, como entonces, desvela precisamente así el verdadero rostro de Dios. Por nosotros se ha hecho grano de trigo que cae en tierra y muere y da fruto hasta el fin del mundo (cfr. Jn 12, 24). Está presente, como entonces en Belén. Y nos invita a la peregrinación interior que se llama adoración. Pongámonos ahora en camino para esta peregrinación, y pidámosle a él que nos guíe»[5].

La actitud de adoración puede manifestarse en nuestra oración de distintos modos. Ante el Santísimo, por ejemplo, nos arrodillamos, como un signo de nuestra pequeñez ante Dios. Y cuando, por diversas circunstancias, no sea posible rezar ante el Santísimo, podemos realizar actos equivalentes como mirar al interior de nuestra alma para descubrir allí al Señor, y poner el alma de rodillas, recitando con calma cada palabra de la oración inicial o de otra oración que nos recuerde que estamos en su presencia.

La nube lo cubrió

En un segundo momento de su diálogo con Dios, Moisés recibió las tablas de la Ley. La escena es tremenda y, a la vez, de gran intimidad: «La gloria del Señor se posó sobre el monte Sinaí. La nube lo cubrió durante seis días; al séptimo el Señor llamó a Moisés de en medio de la nube. La gloria del Señor se manifestaba a los ojos de los hijos de Israel como un fuego devorador sobre la cima del monte. Moisés penetró dentro de la nube y subió a la montaña, y permaneció en la montaña cuarenta días y cuarenta noches» (Ex 24,16-18).

Esa nube, aparte de manifestar la gloria de Dios y ser figura anticipada de la presencia del Espíritu Santo, permitía un ambiente de intimidad en el diálogo entre el profeta y su creador. Esto nos muestra que para orar es necesario ejercitarse en algunas destrezas que faciliten la intimidad con Dios: amor al silencio, exterior e interior; constancia; y una disciplina de la escucha que permita percibir su voz.

A veces nos cuesta valorar el silencio y, si en la oración no oímos nada, tendemos a llenar el tiempo de palabras, lecturas, o incluso imágenes y sonidos. Pero es posible que, aunque lo hagamos con buena intención, de esa manera no logremos escuchar al Señor. Tal vez necesitamos una conversión al silencio, que es más que un mero callar. San Josemaría recogió un apunte durante el verano de 1932 –posteriormente recogido en Camino– que muestra de modo gráfico cómo el diálogo con Dios siempre tendrá que pasar por esta ruta: «El silencio es como el portero de la vida interior»[6].

Mientras los sonidos externos y las pasiones internas nos apartan de nosotros mismos, el silencio nos recoge y nos lleva a interrogarnos sobre nuestra propia vida. El activismo o la locuacidad en la oración no nos acercan a Dios, ni nos permiten tampoco una actividad profunda. Con la agitación no queda tiempo para recogerse, para pensar, para vivir en profundidad, mientras que el silencio —interior y exterior— nos conduce al encuentro con el Señor, a maravillarnos ante él. En efecto, la oración necesita un silencio que no sea meramente negativo, vacío, sino que esté lleno de Dios, que nos lleve a descubrir su presencia. Como apuntaba la beata Guadalupe: «Profundizar en ese silencio hasta llegar a donde solo está Dios; donde ni los ángeles, sin permiso nuestro, pueden entrar». Y allí, «adorar a Dios, alabarle y decirle cosas tiernas»[7]. Ese es el silencio que permite escuchar a Dios.

Se trata, en definitiva, de centrar nuestra atención —inteligencia, voluntad, afectos— en Dios, para dejarnos interpelar por él. Por eso, podemos hacernos las preguntas que sugería el papa Francisco: «¿Hay momentos en los que te pones en su presencia en silencio, permaneces con él sin prisas, y te dejas mirar por él? ¿Dejas que su fuego inflame tu corazón? Si no le permites que él alimente el calor de su amor y de su ternura, no tendrás fuego, y así ¿cómo podrás inflamar el corazón de los demás con tu testimonio y tus palabras?»[8].

LA ORACIÓN NECESITA UN SILENCIO QUE NO SEA VACÍO, SINO QUE ESTÉ LLENO DE DIOS

Junto al silencio, es igualmente necesaria la constancia, porque orar es costoso. Supone tiempo y esfuerzo, como sucedió a Moisés, que estuvo seis días cubierto por la nube, y solo al séptimo recibió la palabra del Señor. Se requiere, en primer lugar, una constancia exterior para mantener un horario más o menos fijo de oración y una duración concreta. Esta fue una recomendación constante en la vida de san Josemaría: «Meditación. —Tiempo fijo y a hora fija. —Si no, se adaptará a la comodidad nuestra: esto es falta de mortificación. Y la oración sin mortificación es poco eficaz»[9]. Esa constancia, si está movida por el amor, será la puerta de entrada para un trato de amistad con Dios que estará cuajado de conversación, ya que él no se impone: solo nos habla si nosotros lo deseamos. La constancia, por nuestra parte, es una forma de manifestar y cultivar un deseo ardiente de recibir sus palabras de cariño.

Además de la constancia exterior, se requiere una constancia interior, como parte de la disciplina de la escucha: necesitamos centrar la inteligencia que se dispersa, mover la voluntad que no termina de querer y alimentar los afectos que algunas veces no acompañan. Esto puede cansar, sobre todo si hay que hacerlo frecuentemente porque los estímulos que nos distraen son muchos. Al mismo tiempo, la escucha disciplinada no se puede confundir con un excesivo rigorismo o con unos ejercicios de concentración demasiado metódicos, porque la oración fluye de acuerdo con muchas circunstancias. Fundamentalmente fluye por donde Dios permite —«el viento sopla donde quiere» (Jn 3,8)—, pero también corre de acuerdo con nuestra situación particular. A veces pasamos largos ratos pensando en las personas a quienes amamos, pidiendo al Señor por ellas, y eso puede ser ya un diálogo de amor.

Algunos consejos concretos que facilitan una escucha disciplinada pueden ser: huir de la actitud multitarea para poder enfocarse y estar presente durante el diálogo, sin estar pensando en otras cosas; fomentar la disposición de quien va a aprender, reconociendo humildemente nuestra nada y su todo, tal vez sirviéndonos de jaculatorias o breves oraciones; formular al Señor preguntas abiertas, dejándole espacio para que nos responda cuando quiera, o simplemente diciéndole que estamos dispuestos a hacer lo que nos indique; seguir el ritmo y el rumbo por donde nos lleven las consideraciones de su amor, evitando las distracciones con otros pensamientos colaterales; aprender a tener la mente abierta para dejarnos sorprender por él y para soñar con los sueños de Dios, sin pretender controlar demasiado la oración. De este modo, nos vamos abriendo al misterio y a la lógica del Señor, y eso nos permite aceptar con paz el hecho de desconocer por dónde nos llevará.

«Muéstrame tu gloria»

Al comenzar un rato de oración, tenemos la expectativa razonable de que el Señor nos hablará —como de hecho sucede algunas veces—. Sin embargo, podría frustrarnos que al finalizar ese encuentro no hayamos escuchado nada, o muy poco. En cualquier caso, es preciso mantener la certeza de que en la oración siempre hay fruto. En el monte Sinaí, «Moisés exclamó: —Muéstrame tu gloria». El Señor parece que quiere colmar ese deseo: «Yo haré pasar todo mi esplendor ante ti, y ante ti proclamaré mi nombre —el Señor—, porque tengo misericordia de quien quiero y tengo compasión de quien quiero». Sin embargo, sus palabras toman de golpe un cariz que podría parecer decepcionante: «Pero no podrás ver mi rostro, pues ningún ser humano puede verlo y seguir viviendo (…). Cuando pase mi gloria, te colocaré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Luego retiraré mi mano y tú podrás ver mi espalda; pero mi rostro no se puede ver» (Ex 33,18-23). Si Moisés se hubiera sentido frustrado por no haber conseguido ver el rostro de Dios, como era su deseo, habría podido abandonar su intento o perder la motivación para futuros encuentros. Y, en cambio, se dejó llevar por Dios y así llegó a ser aquel «a quien el Señor trataba cara a cara» (Dt 34,10).

La clave de la oración no consiste en obtener resultados tangibles, ni mucho menos en estar ocupados durante un tiempo determinado. Lo que buscamos mediante el diálogo con el Señor no es un resultado inmediato, sino ser capaces de llegar hasta aquel lugar, aquel estado vital —por decirlo de alguna manera— en el que la oración se identifica cada vez más con la propia vida: pensamientos, afectos, ilusiones... Se trata de estar con el Señor, mantenernos en su presencia a lo largo del día. En definitiva, el fruto principal de la oración es vivir en Dios. Así, la oración se entiende como una comunicación de vida: vida recibida y vida vivida, vida acogida y vida entregada. No importa, entonces, que no tengamos sentimientos encendidos, o luces fascinantes. De un modo mucho más sencillo, el tema de nuestra oración será —como nos decía san Josemaría[10]— el tema de nuestra vida, y viceversa, porque nuestra vida entera se convertirá en auténtica oración, avanzando en un «cauce ancho, manso y seguro»[11].

Jorge Mario Jaramillo


[1] Como sugiere el papa Benedicto XVI en sus catequesis sobre la oración: «Leyendo el Antiguo Testamento, resalta una figura entre las demás: la de Moisés, precisamente como hombre de oración», Audiencia general, 1-VI-2011.

[2] Lo mismo sucede en el segundo relato de la creación del hombre: cfr. Gn 2,16. Las cursivas no son originales del texto bíblico.

[3] Amigos de Dios, n. 244.

[4] Carta, 12-XII-1949, en: Letras a un santo, II.

[5] Benedicto XVI, Discurso, 20-VIII-2005.

[6] Camino, n. 281.

[7] Mercedes Eguíbar Galarza, Guadalupe Ortiz de Landázuri. Trabajo, amistad y buen humor, Palabra, Madrid, 2001, p. 87.

[8] Francisco, Ex. Ap. Gaudete et exsultate, n. 151.

[9] Surco, n. 446.

[10] Es Cristo que pasa, n. 174.

[11] Amigos de Dios, n. 306.

 

 

«​El Covid-19 hizo más fuerte nuestro matrimonio»

Cómo Dominic y Winni, de Hong Kong, se enfrentaron al Covid-19 juntos en el hospital y lograron salir adelante.

EN PRIMERA PERSONA14/06/2020

Dominic y Winni.

"Sr. Lee, el resultado de la prueba ha llegado; es muy probable que le diagnostiquen Covid-19; estamos esperando los resultados de una segunda prueba para estar seguros". Esta noticia me sorprendió enormemente. Apenas logré hacer una pregunta para romper el largo e incómodo silencio: "¿Cuál es mi probabilidad de supervivencia?" El doctor respondió rápidamente: "No pienses en eso por ahora, debes concentrarte en cómo vencer al virus en este momento". De este modo me diagnosticaron oficialmente el virus Covid-19 en marzo de 2020 después de dos semanas de vacaciones en Canadá. La misma habitación en la que pensé que sólo me quedaría un par de horas, se convirtió en mi alojamiento durante los siguientes 47 días.

Asistiendo a la Misa "online" usando un iPad

Una noticia que me tomó por sorpresa

He de reconocer que tenía bastante miedo. Winni y yo acabábamos de comprarnos nuestra primera casa en Canadá y estábamos llenos de proyectos y sueños. La noticia del Covid-19 me pilló por sorpresa y produjo en mi interior un cierto desasosiego. Comencé a hacerme muchas preguntas y a ponerme en lo peor… Llamé a mi director espiritual y le conté mi situación. Fue muy comprensivo y me dijo que estuviera en paz. Sólo entonces recordé que Jesús siempre había estado a mi lado, dando cada pequeño paso conmigo en mi viaje de la vida. Sentí un breve momento de tranquilidad al saber que Él estaba conmigo para pasar por esto juntos.

WINNI Y YO ACABÁBAMOS DE COMPRARNOS NUESTRA PRIMERA CASA EN CANADÁ Y ESTÁBAMOS LLENOS DE PROYECTOS Y SUEÑOS

Winni también contrajo el virus y fue asignada a su propia sala de aislamiento frente a la mía. Al principio no podíamos comunicarnos el uno con el otro. Un día, a medianoche, noté que había un atisbo de luz en la habitación opuesta que salía de la ventana de la puerta opuesta a la mía. Llamé a Winni para que se parara cerca de la puerta, y vi un perfil humano. Empezó a sollozar y me preguntó: "¿Moriremos? No quiero perderte, quiero volver a ver a mi familia; fue todo culpa mía, no debí haber propuesto ese viaje". Cuando escuché esas palabras de mi esposa, fue como si una piedra muy pesada se hubiera atascado en mi garganta y sentí que mis ojos se inundaban con lágrimas. Me dije a mí mismo que tenía que ser fuerte mientras le respondía: "No seas tonta, no es tu culpa. Podría haberle pasado a cualquiera. Te garantizo que estaremos bien ya que aún somos jóvenes; pronto veremos a tu familia y a los demás".

Afortunadamente, unos días después nos alojaron en la misma habitación. Eso marcó una gran diferencia ya que poder apoyarnos mutuamente hizo todo el proceso más tolerable. Un día por la mañana me vinieron a la cabeza esas palabras del compromiso matrimonial: "en lo bueno y en lo malo y en la enfermedad y en la salud". Aprendí a apreciar y valorar mucho más a mi esposa y a nuestro matrimonio.

"Palmas" confeccionadas por nosotros mismos para el Domingo de Ramos

Tuve que continuar solo, sin Winni

Al cabo de unos días Winni fue dada de alta. Esto supuso una alegría enorme, pero me enfrentaba a tener que seguir el viaje de mi recuperación en solitario. Terminé quedándome tres semanas más, solo. Cada día hablaba por teléfono ella y me contaba sobre su recuperación, sus dificultades para manejar la casa ella sola, etc. Yo me sentía un poco culpable y le rogué a Dios que me ayudara a salir lo antes posible.

ME SENTÍA UN POCO CULPABLE Y LE ROGUÉ A DIOS QUE ME AYUDARA A SALIR LO ANTES POSIBLE

Tuve momentos en los que lo pasé mal. Me desmoralizaba y se me hacía bastante cuesta arriba. Gracias a Dios poco a poco fui canalizando mi ansiedad y agitación hacia Jesús, sin exigir resultados, y Él me dio su paz. En mis oraciones, sentí calor y la presencia de Cristo en mí, y un viejo texto de las escrituras apareció en mi cabeza: "Te basta mi gracia" (2 Cor 12:9). Sentí que Jesús intentaba decirme que descansara seguro en sus manos ya que todo está bajo su control. Aprendí que ser cristiano no significa estar libre de la desgracia o de la ausencia de dolor. El sentimiento de la presencia de Jesús me dio combustible para soportar el viaje, solo, un poco más.

El día número 47, un domingo de mayo, finalmente obtuve el doble negativo y fui dado de alta. En el momento en que salí del hospital experimenté una gran sensación de libertad física indescriptible. En cuanto llegué a casa abracé a Winni durante mucho tiempo. Me prometí a mí mismo cuidarla más, y también nuestro matrimonio, que fue tan bendecido por Dios. Comimos juntos disfrutando de cada minuto y fuimos a pasear por la ciudad. Me sorprendió la cantidad de gente que había en las calles y el fuerte ruido del tráfico. Era un fuerte contraste con la tranquilidad y la paz que tenía en esa habitación, estando con Jesús. A la vez, me di cuenta de que seguía estando con Él.

 

 

Tradición judeocristiana y libertad
 Daniel Tirapu 

Constitución Española 1978.

La enseñanza de la religión y moral católica, voluntariamente, es una oferta prevista en los Acuerdos Iglesia estado de 1979. Durante 40 años esta materia ha sido escogida, entre un 70 y 80 por ciento por la mayor parte de la sociedad española; pese a que gobiernos socialistas y populares no han dejado de poner trabas a su impartición: falta de alternativa en bachillerato, menosprecio de un profesorado que tiene dos títulos (el universitario y el teológico), horarios en desventaja, acoso laboral del profesorado y cierta burla al alumnado.

Algunos dicen que esa formación se puede adquirir en la catequesis. La materia escolar no es catequesis; supone el conocimiento de la historia de uno de los pilares de nuestra sociedad occidental, la tradición judeocristiana, sin la que no se puede entender ni la vida , ni la muerte, ni el arte, ni la historia de Europa y del nuevo Mundo , ni el siglo de oro español en literatura, ni si quiera la ciencia, la reforma protestante, el sentido del mal y del bien, la libertad, la fraternidad, el clericalismo y la sana laicidad del Estado.

 

 

El atractivo de la virtud y del bien

El avance en el camino de la mejora personal ha de entenderse y abordarse más bien como un proceso de liberación, un progreso gradual en el que vamos soltando día a día el lastre de nuestros defectos

A veces uno tiende equivocadamente en su interior a etiquetar como desagradables, por ejemplo, determinadas personas, o determinadas tareas, o determinados aspectos relacionados con la mejora del carácter, y no se da cuenta de hasta qué punto le perjudican esos vínculos mentales que se han ido estableciendo en su mente, de manera más o menos consciente.

Ante posibles puntos concretos de mejora personal que advertimos en nuestra vida (vemos, por ejemplo, que deberíamos ser más pacientes, o menos egoístas, más ordenados, menos irascibles, o lo que sea), es frecuente que tendamos a ver esos objetivos como metas muy lejanas, o como algo poco asequible a nuestras fuerzas. Lo vemos quizá como avances apetecibles, sí, pero que alcanzarlos requeriría tal esfuerzo que sólo pensarlo nos produce ya un notable rechazo. Lo percibimos como algo fatigoso y agotador, o que nos llevaría a un estilo de vida de demasiada tensión.

Sin embargo, la mejora personal no supone ni exige eso. Al menos, de modo ordinario no tiene por qué plantearse así. El avance en el camino de la mejora personal ha de entenderse y abordarse más bien como un proceso de liberación. Un progreso gradual en el que vamos soltando día a día el lastre de nuestros defectos. No una extenuante subida a un puerto de montaña, sino un progresivo alivio de la carga de nuestros errores, un desahogo paulatino de la causa de nuestros principales problemas. Por eso, aunque siempre habrá también retrocesos, pequeños o grandes, si logramos en conjunto mejorar, nos encontraremos cada vez con más autonomía, avanzaremos con más soltura y sentiremos más satisfacción. Cada hombre debe adquirir el dominio de sí mismo, y ése es el camino de lo que Aristóteles empezó a llamar virtud: la alegría y la felicidad vendrán como fruto de una vida conforme a la virtud.

Si nos fijamos más, por ejemplo, en lo positivo de una determinada persona, o en el reto que supone tener ordenado el armario o el despacho, o incluso en lo apasionante que puede llegar a ser, tanto para un hombre como para una mujer, cocinar, mantener limpia la casa, o educar a los hijos..., si nos esforzamos por verlo así, el camino se hace mucho más andadero.

Podría objetarse que eso no es difícil de hacer... durante unos minutos, o unos días. Pero, ¿cómo impedir que al poco tiempo se vuelva a lo de antes? Puedo esforzarme, por ejemplo, por variar mi humor durante un rato, que no es poco, pero... ¿cómo mantenerme así y llegar a ser una persona bienhumorada?

Un camino es esforzarse en cambiar la imagen que se nos presenta en la mente al pensar en esas cosas. Por ejemplo, en vez de representar en la imaginación lo apetitoso que resulta lo que no deberías comer o beber o hacer, procura pensar en lo atractivo y liberador que resulta ser una persona sana y honesta, y logra que esas representaciones tomen en tu interior una mayor cuota de pantalla.

O si te invaden pensamientos relacionados con el egoísmo, la pereza o el la mentira, procura suscitar la imagen de ser una persona generosa, diligente, sincera y leal, y recréate en la contemplación de esos valores y esas virtudes que has de desear ver en tu vida. Incluso, si quieres, recréate también en lo desagradable que resultaría convertirse poco a poco en una persona egoísta, perezosa o desleal, y compara una imagen con otra.

¿Es importante esto? Pienso que sí. Si una persona logra formarse una idea atractiva de las virtudes que desea adquirir, y procura tener esas ideas bien presentes, es mucho más fácil que llegue a poseer esas virtudes. Así logrará, además, que ese camino sea menos penoso y más satisfactorio. Por el contrario, si piensa constantemente en el atractivo de los vicios que desea evitar (un atractivo pobre y rastrero, pero que siempre existe, y cuya fuerza nunca debe menospreciarse), lo más probable es que el innegable encanto que siempre tienen esos errores haga que difícilmente logre despegarse de ellos.

Por eso, profundizar en el atractivo del bien, representarlo en nuestro interior como algo atractivo, alegre y motivador, es algo mucho más importante de lo que parece. Muchas veces, los procesos de mejora se malogran simplemente porque la imagen de lo que uno se ha propuesto llegar no es lo bastante sugestiva o deseable.

Alfonso Aguiló, en interrogantes.net.

 

 

Diez problemas que debilitan a un matrimonio: al conocerlos, podemos prevenirlos y vencerlos

ReL/Desdelafe - 15.05.2020

Foto: freepik

¿Qué pareja no tiene problemas? ¡Todas tenemos! Mentiríamos si dijéramos que la convivencia en el matrimonio no pasa por momentos difíciles, sin embargo, la forma como afrontamos esas situaciones y lo que hagamos para prevenirlas, sí con claves para construir un buen matrimonio. Un matrimonio feliz no sale sin trabajo ni sin tomar decisiones acertadas...

Los expertos del Movimiento Juan Pablo II para la Familia y de Encuentro Matrimonial Mundial, elaboraron esta lista de 10 problemas que afrontan los matrimonios: 

1. Falta de preparación

"Creí que ya con casarnos seríamos automáticamente felices…”

Es común observar en los recién casados una falta de preparación para asumir el compromiso conyugal. Y es que si bien en el noviazgo todo era complacencia, el matrimonio provoca cambios profundos y una serie de conflictos que si no se enfrentan sabiamente pueden romper la relación. Para asumir los deberes del matrimonio se requiere, además de madurez y disponibilidad, información.

Acercarse a su parroquia o acudir a un retiro espiritual puede brindarles la ayuda e información necesaria para poder decidir de forma responsable si son o no capaces de cumplir con todo aquello que se esperará de ellos en el Matrimonio.

2. Falta de solidaridad

“¡Ni siquiera lavo mi ropa… hasta crees que voy a lavar la tuya!”

Muchas personas se casan esperando que su cónyuge responda a determinadas expectativas o pueda satisfacer ciertas necesidades, y si por algo falla, no está dispuesta a comprender, ayudar, aportar lo que al otro le falta. Esto impide edificar el matrimonio como comunidad de vida y de amor en la cual no debe interesar sólo el propio bien, sino el de la pareja. Es indispensable que cada uno esté dispuesto a compartir las inquietudes y preocupaciones del otro, apoyarlo cuando lo necesite y buscar satisfacer las necesidades del cónyuge antes que las propias.

3. Falta de tiempo

“Todo el día estoy trabajando, ¿a qué hora quieres que te atienda?”

El ajetreo de la vida cotidiana provoca que muchas personas se olviden de su pareja; por ello, una manera de fortalecer el vínculo matrimonial es dedicar tiempo a la relación para mejorar el diálogo, compartir experiencias laborales, recreativas y situaciones propias del hogar. Planear con anticipación momentos para estar juntos ayuda a mantener viva la relación con el cónyuge.

 

4. Falta de expresiones de amor

“¡Ya nunca me hace sentir que me quiere, dice que yo ya lo sé…!”

La falta de expresiones de amor es campo de cultivo para muchos conflictos. No basta con decirlo o con expresarlo a través de regalos, aunque ayuda, se trata de tener todos los días detalles que hagan que el cónyuge sienta que se le valora, se le escucha, se le toma en cuenta, se le ama.

5. Falta de diálogo

“¡Tiene una semana que no hablo con ella!”

Los malos entendidos suceden cuando no hay comunicación y cada uno supone o imagina lo que siente el otro. Hay que partir de que el cónyuge no es telépata, por lo cual el diálogo es un elemento determinante para enfrentar los conflictos.

Gracias a él los esposos exteriorizan y comparten lo que piensan, sienten y desean. Esto permite ubicar en su justa dimensión los hechos que motivaron tal o cual situación difícil. Ello presenta un reto, porque quien descubre ante otro lo que hay en su corazón se vuelve vulnerable, pero precisamente ahí está el desafío del amor, que es entregar la propia vida al otro de forma incondicional, con amor y confianza. Al respecto hay que mencionar que quien recibe el obsequio de la confidencia, debe asumir una actitud de respeto, pues de lo contrario, puede provocar una interrupción desastrosa del diálogo.

6. Falta de respeto a su modo de ser

“Yo lo voy a cambiar…”

 

Hay novios que se casan pensando que podrán cambiar a sus cónyuges a su gusto. Sus expectativas son falsas y además expresan que no valoran la individualidad y dignidad de su pareja. Pero parte de la riqueza de la vida conyugal radica en aceptar que hombre y mujer puedan tener puntos de vista diferentes: sentir, pensar y amar de modo distinto. Lo importante es valorar y respetar las cualidades, aptitudes y fortalezas del otro, sin ignorar sus limitaciones y defectos, y siempre renunciar a la tentación de querer que sea de cierta manera.

7. Falta de acuerdos en lo económico

“¡Este dinero es mío, yo lo gané con mi trabajo!”

Cuando dos personas se unen en Matrimonio surge una nueva forma de pertenencia, pues lo que se tiene ahora se posee en forma comunitaria. Se elimina lo mío y lo tuyo para que surja lo nuestro. De hecho, la forma jurídica de contraer Matrimonio por “bienes separados” es una contradicción para el Matrimonio como Sacramento, que es signo y expresión de total comunión y total participación de bienes y recursos. Los cónyuges deben ser conscientes de que lo que tengan –poco o mucho- es para toda la familia y debe destinarse a lo que -en conjunto y mediante el diálogo y el entendimiento- se consideren prioridades.

 

8. Falta de perdón

“¡Ni creas que se me olvida lo que me hiciste!”

Pocas cosas afectan más negativamente a un matrimonio que la soberbia y el resentimiento. Albergar rencores va creando un ambiente hostil, en el que a la menor provocación se sacan a relucir conflictos pasados, se agrede al otro, se busca el desquite.

El perdón es el único camino para resolver las heridas y lastimaduras que llegan a provocarse los cónyuges en su convivencia cotidiana. Perdonar implica no juzgar ni condenar al otro sino comprenderlo. Perdonar significa también renunciar a las venganzas, grandes o pequeñas. Es un acto de liberación que beneficia tanto al que perdona como al perdonado, y que despeja el camino de todo obstáculo para que la pareja afiance su relación y edifique un matrimonio sólido y estable.

 

9. Falta de paz y de respeto

“¡No me grites!”

La violencia en la pareja es un problema gravísimo que afecta a muchos matrimonios. Violencia verbal, emocional y desde luego física. Nada justifica que los cónyuges se agredan. Deben aprender a dialogar con serenidad y a expresar su enojo sin lastimarse mutuamente. Si no lo consiguen es indispensable que soliciten ayuda profesional.

10. Falta de Dios

“Nos casamos por la Iglesia pero no vamos a Misa”.

Esta es la falla más importante. Muchas parejas desconocen que el Matrimonio por la Iglesia no consiste sólo en casarse de blanco en una iglesia, sino que es un Sacramento que les da una gracia divina muy especial para que tengan la capacidad de amarse mutuamente con un amor como el de Dios, generoso, entregado, total; abrirse al don de la vida y recibir los dones y virtudes que vayan necesitando para poder superar todos los obstáculos que se vayan presentando. Si un matrimonio camina sin Dios se atiene a sus propias pobres fuerzas, pero si invita a Dios a su hogar, tiene garantizado que Él los mantendrá unidos en Su amor.

 

 

Corpus Christi: Que nuestros hijos amen la Eucaristía

Escrito por Silvia del Valle Márquez.

Esta fiesta de Corpus Christi será especial y debemos vivirla al máximo, así como la Iglesia nos lo propone y como los medios nos lo permiten.

La solemnidad de Corpus Christi me hace reflexionar sobre cuánto les enseñamos a nuestros hijos a amar la Eucaristía.

Es importante que nos demos el tiempo para explicarles a nuestros hijos el significado de esta solemnidad y sobre todo que les inculquemos, desde pequeños, el amor por el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Pero ¿Cómo lograrlo? Aquí te dejo mis 5Tips.

PRIMERO. Que conozcan la vida de Jesús.

Nadie ama lo que no conoce, es por esto que es necesario que nuestros hijos conozcan a Jesús y su vida.

Para esto tenemos muchos recursos como películas, videos, libros, juegos didácticos, etc. pero siempre lo mejor será la vivencia en familia. Debemos hacer vida en nuestra familia las enseñanzas de Jesús.

SEGURNDO. Que vayan preparando su corazón para recibirlo.

Y no me refiero sólo a la primera comunión, sino para cada vez que se acerquen a comulgar.

Es importante educarles para que sepan que debemos acercarnos a la comunión con el corazón limpio y vacío del mundo para que pueda entrar en el Jesús y eso debe ser un anhelo ardiente en el corazón de nuestros hijos.

Podemos, al principio, acompañarles e irlos guiando para que sepan cómo preparar su corazón para recibir el Cuerpo y Sangre de Cristo, pero también debemos ver que poco a poco lo vayan haciendo por ellos mismos.

TERCERO. Que comprendan lo que es la Eucaristía.

Conforme la edad y la madurez de nuestros hijos debemos explicarles el inmenso milagro que sucede cuando el sacerdote pronuncia la consagración.

Es necesario que les quede muy claro para que comprendan como es que Jesús, Dios hecho hombre, se quiere quedar con nosotros como el tesoro más prestado que tenemos y se abaja para quedarse con nosotros bajo las especies del pan y del vino.

Es así que nuestros hijos, deben tenerlo claro para que comprendan la dignidad que esto tiene.

CUARTO. Que sepan el respeto que merece

Por lo mismo debemos enseñarles la forma de comportarnos ante el Santísimo, es decir, ante el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

Con nuestro ejemplo podemos enseñarles que cuando pasamos frente al Santísimo se hace una genuflexión y se pone una rodilla en el piso, cuando se expone al Santísimo, lo recibimos de rodillas y que en todo momento debemos permanecer en actitud de reverencia, porque tenemos enfrente al Rey de reyes y Señor de señores.

Si así lo hacemos, estaremos formando en nuestros hijos el sentido del respeto y reverencia que Dios nos merece y con esto les estaremos dando bases para que, durante toda su vida, lo apliquen en cualquier circunstancia.

Y QUINTO. Que en familia seamos ardientes adoradores de Jesús.

Debemos impregnar nuestra vida familiar de un gran deseo de adorar el Cuerpo y Sangre de Cristo, porque es a Él mismo al que adoramos ya que está real y verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento del altar.

Es por esto que debemos hacer un estilo de vida especial donde la adoración a la Eucaristía sea el centro y que sea nuestro motor para realizar todo lo demás.

Si logramos crear en el corazón de nuestros hijos esa actitud de amor, respeto y adoración por Jesús en la Eucaristía, estaremos formando ciudadanos del cielo, peregrinos en este mundo pero con el corazón unido a Jesús y con esto también provocaremos que se alejen de las cosas mundanas, no porque sean malas, sino porque las cosas del cielo, las cosas de Jesús son mejores.

Esta fiesta de Corpus Christi será especial y debemos vivirla al máximo, así como la Iglesia nos lo propone y como los medios nos lo permiten.

 

 

La importancia de los héroes en la formación infantil

Este año se vivió en Valparaíso un 21 de mayo diferente. Los tradicionales festejos con los que recordamos el Combate Naval de Iquique tuvieron que ser reemplazados por conmemoraciones trasmitidas por Internet.

Esas celebraciones contribuyen a aumentar en todos los chilenos la estima que debemos tener a los héroes de nuestra Historia, lo que es especialmente importante cuando se tiene en vista la formación de los niños. Ellos son los primeros en formarse una noción y a amar al País en que nacieron, gracias a los héroes que se celebran.

Los niños no son capaces de ideas abstractas, como las nociones de Patria o Nación. Ésos son conceptos que escapan a su capacidad de percibir lo que los rodea. Sin embargo, ellos son muy lúcidos en conocer y deseosos de amar a sus padres y a sus héroes, a quienes los ven muy cerca.

Los héroes forman la personalidad de los niños

Contenidos

Es lo que nos dice la exposición de libros realizada hace algún tiempo en París, más precisamente en Seine Saint Denis, y que coloca en el centro de su muestra a los héroes reales o imaginarios. De acuerdo a la noticia publicada por la prensa gala, son estos personajes los que ayudan a los niños a formar su personalidad.

Clementina, una pequeña niña de 6 años que visita la referida exposición de libros infantiles dice que «un héroe es alguien que salva la vida de las personas y hace cosas buenas». Para Gabino, de 8 años, «a veces ellos tienen super poderes como en las películas o en los videojuegos, pero ellos son también un poco como nosotros».

La Directora de la muestra, Sra. Silvia Vassallo, dice que escogió poner en el centro de la exposición del año a los héroes y heroínas, pues estos personajes

«marcan la entrada en la lectura de los niños, al punto que, muchos años después, cada uno sabe citar aquellos que forjaron sus primeras emociones» Y agrega : «Tengo la impresión que las reflexiones, y las aventuras que los héroes de ficción proponen a los niños y a los jóvenes acompañan mucho más de lo que nos imaginamos la formación de su carácter e plasma profundamente su mirada al mundo que los rodea».

Si esas acertadas consideraciones se dirigen a los héroes de ficción, cuánto más ellas se pueden aplicar a los héroes de carne y hueso que vivieron en nuestro país y lo marcaron con su influencia a través de nuestra historia.

Ignacio Carrera Pinto, proveniente de un ambiente aristocrático, Capitán de la 4.ª Compañía del Batallón 6.º de Línea «Chacabuco», murió heroicamente al mando de sus hombres en la batalla de La Concepción.

En efecto, a nuestros héroes patrios los podemos ver, no sólo en los libros, sino también en las estatuas de casi todas las ciudades del País, en las calles que llevan sus nombres y en los feriados que los celebran.

Si una familia olvidase a sus antepasados comunes, no los celebrara, no recordase sus hechos, no los visitara en los cementerios el día de Los Fieles Difuntos, ella estaría condenada a dispersarse, pues las raíces que la mantienen unida se irían evaporando de su memoria. Lo mismo ocurre con los países.

Ellos forman las identidades nacionales

En realidad, es en función de los héroes que se forman las identidades nacionales, y es en su recuerdo que se mantienen unidos los países.

“¿Quién, de niño, ha dejado de preguntarse qué haría mi héroe en esta situación?

Un héroe ayuda a hacer opciones, él es nuestro doble y nuestra alteridad, y él nos permite conocernos mejor», afirma la novelista Charlotte Bousquet, autora de la «Presa ideal».

Su análisis es compartido por la psiquiatra Clara Carrier, que insiste en la virtud que tienen los héroes de papel o imaginarios: «Ellos suscitan el maravillamiento. Y no hay que olvidar que es maravillándose que se aprende a vivir» y, agregamos nosotros, nada más propio a maravillar que un auténtico héroe nacional.

¿Cómo son los héroes de nuestros hijos?

De estas importantes consideraciones podemos sacar dos lecciones para la educación de nuestros hijos. La primera es saber seleccionar los héroes imaginarios que les damos para leer. ¿Ellos representan valores como la lealtad, la valentía, la capacidad de sacrificarse por los otros? ¿O son apenas musculosos, violentos y agresivos?

 

Cuando todos los corazones pulsan al unísono ante un hecho glorioso

 

¿Las historias y las imágenes de los personajes que representan tienen belleza, o son vulgares o, peor aún, horrendas y groseras?

No dudemos en pensar que si les damos feas imágenes estamos alejando de ellos uno de los más importantes aspectos de la niñez que es el deseo de las cosas bonitas. Lo feo es amigo de lo malo y de lo equivocado. Lo bonito es afín con lo verdadero y lo bueno.

En segundo lugar, ayudemos a formarlos en el amor a nuestros héroes patrios. Y entre ellos, Arturo Prat ocupa un lugar de preeminencia, tanto por el gesto heroico de la batalla Naval del 21 de mayo en las costas de Iquique cuanto por su desvelo de esposo y padre ejemplar, virtudes hoy lamentablemente muy olvidadas.

De ese amor a la familia y de la nobleza que esa familia supo cultivar, nos queda la carta que la viuda, Dña. Carmela Carvajal de Prat dirigió al Almirante de la Marina peruana. Oigamos los términos en que la inconsolable madre y esposa, le agradeció a Grau el envío de la espada y las pertenencias de Prat, ellas nos servirán como modelo para saber formar similares sentimientos en los hijos y nietos que nos rodean.

 

Algunos padres no se sienten con autoridad «porque no viven acorde a lo que desean para sus hijos»

La hermana Estela es educadora y acaba de publicar un libro en forma de novela sobre el abordaje formativo de la adolescencia.

Carmelo López-Arias / ReL

14 junio 2020

"¡Socorro! ¡Llega la adolescencia!". Tal podría ser la llamada de auxilio de muchos padres cuando uno o varios de sus hijos alcanzan ese periodo de la vida tan complejo pero tan importante para su formación. La hermana Estela Morales Pérez, del Hogar de la Madre, ha transformado en libro esa inquietud, bajo el título SOS. Un pavo en una familia, FAMILIA, donde las mayúsculas señalan la importancia de abordar esta problemática en un hogar constituido apropiadamente para ello.

La hermana Estela es graduada en Trabajo Social y ha sido directora de la Unidad Educativa Sagrada Familia de Playa Prieta (Portoviejo, Ecuador) y del Colegio María Inmaculada de la Fundación Moreno Baillo en Belmonte (Cuenca, España). Tiene una amplia experiencia en educación infantil y juvenil, y eso le ha permitido abordar, capítulo a capítulo de esta novela con un joven de 14 años, Íker, como protagonista, todas las grandes cuestiones con la que son hoy asaltadas las conciencias de niños, adolescentes (pavos) y jóvenes.

 

Religiosas educadoras del Hogar de la Madre en Ecuador. La hermana Estela (agachada, tercera por la izquierda) sobrevivió al terremoto de Playa Prieta en 2016 en el cual fallecieron la hermana Clare Crockett (de pie, segunda por la izquierda) y cinco aspirantes de la congregación, que aparecen también en la imagen.

-¿A qué edad hay que facilitarle a los adolescentes una respuesta completa y estructurada a esas inquietudes?

-Depende del niño, pero una buena edad para comenzar a leer este libro serían los 11 o 12 años. Actualmente se está transmitiendo desde la infancia, tantos en los centros educativos como a través de la televisión y redes sociales una información que deforma sus conciencias y les introduce en una visión de la persona y de la vida muy errónea, por eso se hace necesario ofrecerles cuanto antes una visión de lo que es correcto.

-¿Qué importancia tiene la familia en ese objetivo?

-La familia tiene una importancia radical en la formación de la persona. En ella el ser humano recibe las herramientas que van a ser el sustrato de su proceso de maduración en todos los ámbitos o dimensiones del ser humano. En esta célula de vida y amor es donde en primera instancia se aprenden los valores trascendentales y se desarrollan las virtudes que facilitan nuestra introducción en la vida social.

-Y el choque con ella...

-Es en la familia donde aprendemos a vivir con una actitud crítica, no en el sentido de fijarse en los aspectos negativos de la realidad, sino en ser capaces de valorarla asumiendo lo bueno y rechazando lo malo. Sin dejarnos manipular por los ideólogos del momento.

El protagonista de ¡S.O.S.! Un pavo en una familia, FAMILIA es Iker, un adolescente de 14 años, el pequeño de una familia de cuatro hermanos que acaba de hacerle un hueco en casa a la abuela, enferma de Alzhéimer.  La autora, explica la Fundación EUK Mamie, editora de la obra, ha sido testigo de que familias débiles y desestructuradas dan como resultado jóvenes psicológicamente frágiles, intelectualmente indefensos y altamente vulnerables al ataque de las ideologías. 

-¿Por qué muchos padres ven los males que rodean a sus hijos, pero no se sienten con autoridad para guiarles?

-Bueno, pienso que algunos padres no se sienten con la autoridad moral de guiar porque ellos mismos no viven acorde a lo que desean para sus hijos. Por eso estiman que no pueden exigir lo que no dan. En ese sentido tienen razón, pero la solución no es desertar de su papel de padres sino el de comenzar a llevar una vida coherente, en la que casen pensamientos y acciones. Así serán guías, no solo con las palabras sino con el ejemplo. Ver coherencia en los padres es algo que necesitan los hijos.

-Pero también los padres experimentan la influencia del ambiente...

-Qué duda cabe de que en la actualidad los padres están sufriendo una gran presión por parte de las leyes y de las ideologías de moda encaminadas a aislar a la persona de su núcleo familiar y de sus referentes. Una persona sola, aislada, sin raíces es mucho más fácil de manipular, y hay gente interesada en esto.

-¿Quién?

-Hay personas empañadas en desvincular a los hijos de la autoridad e influencia paterna y materna, ya sea por intereses políticos, económicos o ideológicos. Se ha generado todo un sistema, que infecta tanto el ámbito familiar como el social, para convencer a los padres de que desarrollan mejor su rol si se convierten en amiguillos de sus hijos, si actúan como iguales. En realidad lo que se pretende es que los niños y jóvenes no tengan a nadie que pueda orientarles de una manera distinta a como a estos embaucadores les interesa.

-¿Cómo se rompe la coraza de un joven que tiene totalmente asumido o interiorizado el discurso dominante?

-Las corazas se rompen con golpes, pero es mejor convencer al otro de que se la quite. Y esto se hace cuando se les presenta un motivo lo suficientemente atractivo para que lo haga. En nuestro caso este motivo es la Verdad, una Verdad absoluta que no solo se conoce de manera intelectual, sino que se experimenta, y que se vive.

-¿Es imprescindible mostrársela encarnada?

-Los jóvenes necesitan modelos, y cuando admiran a alguien nadie tiene que convencerles de que imiten a esos a los que admiran, les sale solo. Esto es lo que tenemos que hacer, proponer a los jóvenes modelos a los que quieran imitar por admiración.

-Y ese modelo es...

-No hay modelo mejor que Jesucristo, porque Él es el único capaz de dar sentido a toda nuestra existencia, y de responder, como decía San Juan Pablo II, a los interrogantes más profundos que hay en el corazón humano. Por tanto hay que suscitar en ellos el deseo de conocer a Jesús y de seguirle. Solo así serán capaces de romper con el discurso dominante, de ser políticamente incorrectos, de vivir en la Verdad. Hay que presentar a los jóvenes un discurso diferente, capaz de tocar todo su ser y este no es otro que Jesucristo, pero un Jesucristo auténtico, no descafeinado.

-¿Qué decirle a un joven para animarle a no dejarse arrastrar por amigos o compañeros?

-Hay que decirle: ¡piensa! Hay que animar a los jóvenes a pensar, a reflexionar, a profundizar en las cosas. Y hay que ayudarles a fortalecer la voluntad de manera que la encaminen hacía su objeto que es el bien, lo bueno.

-¿Cómo saber qué es "lo bueno"?

-Nos guste aceptarlo o no, Dios, que ve todo en su verdad, nos ha señalado lo que es bueno. Por tanto si somos inteligentes, encaminaremos el uso de nuestra libertad y la fuerza de nuestra voluntad hacia la consecución de eso que Dios nos señala como bueno, porque realmente lo es. Esto es una ardua tarea: desde hace unas décadas se nos ha animado y empujado a vivir guiados solo por los instintos, pasiones y sentimientos como si careciésemos de espíritu, de razón y voluntad.

-¿Es cuestión de resistencia?

-Tampoco podemos reducir nuestros actos a mero voluntarismo. Es indudable que necesitamos de la Gracia de Dios, para estar a la altura, para llegar a ser lo que debemos ser. Por tanto habría que decirle a los jóvenes: piensa, llénate de Dios y actúa, siendo tú mismo, sin dejarte arrastrar.

-La otra cara de la moneda es que el esfuerzo de los padres por contrarrestar las malas influencias les lleve a perder la confianza del hijo. ¿Cómo evitarlo?

-El diálogo es muy importante, y también la firmeza a la hora de tomar decisiones encaminadas a proteger a los hijos, y a enseñarles a que ellos mismos puedan defenderse de malas influencias. Los padres no deben cansarse de escuchar y aconsejar a sus hijos, aunque les pueda parecer que resultan pesados. Lo que se siembra, antes o después da fruto.

-A no ser que ese fruto sea destruido...

-Hay que dosificar y en ocasiones suprimir aquellos medios por los cuales se reciben una serie de estímulos que en vez de construir destruyen a la persona bien por su esencia, o bien porque se hace un uso inadecuado de ellos. Es el caso de algunos programas de televisión, de las redes sociales, del internet, malos amigos, malos centros educativos… pero siempre explicando el porqué de las decisiones que se toman.

-¿Qué hay que ofrecerles a cambio?

-Estas medidas son insuficientes si no se ofrece a los jóvenes ambientes sanos donde puedan conocer y tratar a Dios, tener buenos amigos, utilizar el tiempo de manera constructiva y fructífera tanto para unos mismo como para los demás. En este sentido tienen una importancia primordial las parroquias, los grupos juveniles, los diferentes movimientos religiosos.

-¿Es útil enfocar con los jóvenes las cuestiones morales con argumentos digamos "secundarios" o "humanos" sin mencionar a Dios?

-En ciertos casos podría ser aconsejable. Hay conductas que son inmorales porque ni siquiera son humanas, por tanto puede apelarse a la razón y a la ética. En este sentido, una persona llamada atea puede perfectamente estar en contra del aborto o de la ideología de género, por poner algunos ejemplos, sin atenerse a creencias religiosas.

-Pero en algún momento hay que hablar de Cristo...

-La fe en Jesucristo y en su mensaje es un tesoro que no debemos guardarnos. Da la impresión de que se ha apoderado de la Iglesia, quizás por los ataques que recibe, un sentimiento de inferioridad o de acomplejamiento. Es como si nos hubiesen convencido de que tenemos que sentirnos culpables por creer lo que creemos, o porque se nos haya comunicado la Verdad.

-¿Nos vencen los respetos humanos?

-¡Jesucristo no puede ser para nosotros motivo de vergüenza, sino todo lo contrario! Es lo mejor que nos ha pasado en la vida, por tanto nadie que esté convencido de esto se guarda la noticia para disfrutarla solo, y menos cuando es noticia de plenitud y salvación. Lo que significa que siempre hay que aspirar a darlo a conocer, y cuanto antes y a más personas, mejor.

 

 

El aborto entre la letra pequeña

El Fondo de Naciones Unidas para la Población (UNFPA por sus siglas en inglés) ha insertado el aborto en su análisis de los Objetivos para el Desarrollo Sostenible, a pesar de las objeciones de muchos países miembros de la organización.

La mencionada agencia de Naciones Unidas acaba de lanzar un informe trazando el progreso para lograr uno de los Objetivos para el Desarrollo Sostenible (ODS). El objetivo número cinco, que está enfocado en la igualdad de género, y fue el más controvertido durante las negociaciones sobre los ODS. Este objetivo involucra los llamados “derechos a la salud sexual y reproductiva”.

Durante las negociaciones, los delegados fueron cuidadosos con el uso de la terminología previamente acordada, tratando de evitar los términos preferidos por los activistas en favor del aborto, tales como el uso de la expresión “derecho a la salud sexual y reproductiva” (DSSR), ya que esto implica reconocer la existencia de “derechos sexuales”, algo que nunca ha sido aceptado por consenso global. Y también insistieron en la inclusión de una reserva para vincular este objetivo con previos acuerdos en los que un derecho humano al aborto fue rechazado, dejando su situación legal como una material para decidir por cada Estado.

Recuerdo que después de largas negociaciones sobre los ODS, los países miembros dejaron en manos de UNFPA la tarea de concretar ciertos aspectos para la medición de este objetivo. Uno de los indicadores es el “número de países con leyes y regulaciones que garanticen a hombres y mujeres, a partir de 15 años de edad, el pleno e igual acceso a la salud, información y educación sexual y reproductiva”. La UNFPA ha elegido considerar treinta temas en su análisis, y también el “aborto” como algo incluido en los servicios de cuidado maternal, y una “educación sexual completa”, asuntos controvertidos que siguen bajo fuerte discusión en las negociaciones de Naciones Unidas.

En este nuevo informe lanzado por UNFPA, la agencia deja clara su opinión de que el aborto es un componente de los “derechos a la salud sexual y reproductiva” (DSSR): “Los datos nos dicen que las barreras legales para lograr un pleno e igual derecho a la salud sexual y reproductiva existen en muchas áreas. Dichas barreras son más prevalentes en el caso del acceso legal al aborto, con una media del 31 por ciento en este componente”.

Al final del informe, entre la lista de “facilitadores” para lograr el pleno acceso a los DSSR, la UNFPA incluye el hecho de que “el aborto es legal de forma parcial o total en el 93% de los países que han facilitado información”.

Juan García. 

 

 

El feminismo histórico

El último enfrentamiento entre PSOE y Podemos por el proyecto de Ley de Protección de la Infancia refleja el gran debate en el seno del feminismo a cuenta del concepto de género. El socio mayoritario del Gobierno reprocha a los de Pablo Iglesias que, según la literalidad del texto legal, haber nacido mujer resulta insignificante. Por esa vía podría llegarse al absurdo de que un hombre agresor de género alegara que, en su interior, se siente de condición femenina, y de este modo resultar exonerado. Tratar de acomodar en la ley las teorías “queer” y “transgénero” conduce a situaciones absurdas que, en definitiva, diluyen la condición de mujer en una construcción ideológica sin base real. Lo que, en términos legales, produce una ˝ficción jurídica˝ sin consecuencias reales, en palabras de una histórica feminista socialista. La filósofa Amelia Valcárcel se ha referido a esta reacción de Ferraz con la elocuente frase: “La sensatez es hermosa”.

Jaume Catalán Díaz

 

 

La dignidad del ser humano

El mayor logro que se ha producido en la historia de la humanidad ha sido el reconocimiento casi mundial, relativamente reciente, de la dignidad del ser humano, simplemente por el hecho de serlo.

Consecuencia necesaria de este reconocimiento, es la afirmación de la igualdad de todos los hombres y mujeres. Igualdad que implica que, con independencia de todas las diversidades que puedan darse en las personas (que son muchísimas), hay algo que nos hace iguales. Ese algo es que cada uno de los seres humanos somos únicos pero, a la vez, dotados de un valor personal que es igual para todos.

Lo podemos ilustrar de un modo gráfico imaginando que, si pusiéramos a las personas en una balanza que calibrara su valor, la dignidad de cualquier persona comparada con cualquier otra, sea quien sea, pesaría lo mismo.

Es evidente que esta verdad es reconocida, por primera vez en el mundo, con el cristianismo. Jesucristo introdujo, de un modo definitivo, en la vida de los hombres un modo de vivir nuevo hasta entonces, que consiste en “amar al prójimo como a uno mismo”. Es decir, puesto que somos iguales, el prójimo merece lo mismo que yo merezco. Y ¿por qué? Simplemente por el hecho de ser hombre o mujer.

Ha costado y mucho que a lo largo de la historia se llegara, con bastante universalidad, a este reconocimiento.

Enric Barrull Casals

 

 

¿Derechos humanos?

El movimiento homosexual organizado ha llegado a atrincherarse profundamente en el Departamento de Estado, según fuentes de altas instancias del departamento, es tal que apenas tiene efectos en cualquier reunión en el Departamento de Estado, que es conducida sin consideración hacia cómo el asunto influye en la orientación sexual y en la identidad de género. Las críticas señalan que la descomunal atención prestada a los asuntos homosexuales en el Departamento de Estado es ampliamente desproporcionada con respecto al porcentaje real de americanos que se sienten  atraídos por su mismo sexo.

La queja del jefe consiste en que la comisión se centra solo en la definición de lo que es y no es un derecho humano. La controversia está incrustada en el título de la Comisión y es referencia para los derechos “inalienables”. Por una parte los documentos internacionales tienden a favorecer lo que muchos consideran como derechos fundamentales en contra de lo que el Jefe de la Comisión, el profesor de Derecho de Harvard Mary Ann Glendon, refirió una vez como “charla de derechos”, la insistencia sobre la noción siempre extendida de derechos.

En una entrevista radiofónica de hace un año, el secretario de Estado Mike Pompeo se preocupaba por las crecientes definiciones de derechos humanos  que inevitablemente hieren los derechos humanos fundamentales. Los derechos humanos fundamentales pueden encontrarse en los documentos fundacionales de la ONU e incluyen libertad de religión, libertad de autodeterminación, libertad de prensa y otros derechos que están fácilmente reconocidos a lo largo de todo el mundo.

En los últimos años, miembros de la izquierda sexual, incluidos aquellos del Departamento de Estado, han intentado crear derechos humanos internacionalmente reconocidos como el aborto y la inclinación sexual hacia el mismo sexo. Durante la administración Obama el asunto homosexual se situó dentro de la Oficina de Libertad Religiosa. Las quejas basadas en la orientación sexual y la identidad de género llegaron a ser parte del Informe Anual del Departamento de Estado sobre derechos humanos. El tema del aborto, bajo el pretexto de “derechos reproductivos”, fue también incluido en el informe de la Era Obama. Las críticas se preguntaban qué tenían que ver la homosexualidad y el aborto con la libertad religiosa. Bajo la administración Trump, ambos asuntos fueron eliminados del informe anual.

Domingo Martínez Madrid

 

 

Más sobre lo que padecemos por la sucia política

 

“CUELGA EN TWITTER LA FOTO DE DECENAS DE GUARDIAS CIVILES CUSTODIANDO EL CHALET DE GALAPAGAR: El mensaje de José Manuel Soto que revienta a Pablo Iglesias: «Ni Franco tuvo semejante escolta». No hay semana que el cantante no ponga de los nervios a sus oponentes”. (Periodista Digital 11-06-2020)

Es de risa, cuando no de pena, la mayoría de estos “jefecillos”, en realidad lo que quieren es tener la autoridad el respeto, además de “los pelotilleros o tiralevitas” que tuvo Franco; y a poder ser, también, “la guardia mora”; se quieren disfrazar de “demócratas”, cuando de vez en cuando se les ve, “la tendencia de la tiranía” y el hecho de “fulminar” al que se rebela a sus dictados; o sea que lo que quieren es el poder absoluto y “el puñetazo en su mesa y el grito de aquí se hace lo que me sale de….?” Que ya lo disfrazó en hoy casi olvidado Alfonso Guerra, con su tiránica frase de… “El que se mueva no sale en la foto”… o sea que traducido al español claro, “el que se mueva va a la puta calle y que se las apañe como pueda”.

 

JOSÉ MANUEL FRANCO DECLARÓ DURANTE HORA Y MEDIA EN UN JUICIO QUE CRISPA AL PSOE Y PODEMOS. El delegado del Gobierno aplica el ‘método Sánchez’ para justificar el 8-M: «No había elementos para prohibir la marcha». La jueza Carmen Rodríguez-Medel le investiga por un presunto delito de prevaricación. (Periodista Digital 11-06-2020)

Es claro que hay “orden tajante de negarlo todo”; pero los miles y miles de “viejos y viejas”, que murieron de forma similar, a las tan criticadas muertes en las cámaras de gas nazis, claman justicia por sí mismos; no hablemos de sus familia, amigos y demás habitantes de esta maltratada España; puesto que muchos de los primeros, ni llegaron a ver los cadáveres, y menos pudieron verlos en vida; si todo ello no es un delito de una nueva forma de “genocidio”; va a costarles lo imposible para declararlos inocentes; por tanto esperamos que la juez y si la quitan, quién la suceda, llegue al final y que se sienten en un tribunal público y respondan a cada uno de los delitos cometidos, puesto que fueron delitos; ya que incluso, “se apartaron viejos para dar auxilio a otros más jóvenes” y eso no tiene nombre en español, para políticos, incluso para médicos.

 

“El ascenso de Calviño al Eurogrupo condena a Sánchez a un ajuste pilotado por Bruselas. Italia, Alemania y Francia apoyan a la vicepresidenta. En el PSOE creen que el nombramiento frena la tentación de Sánchez de jugar al despiste con las reformas y que limitará las exigencias de Podemos”. (Vozpópuli 11-06-2020)

Me pregunto: ¿A quién defienden los políticos españoles, quién o quienes los sobornan para que vayan siempre en contra del indefenso español? Recordemos que la electricidad que pagamos la mayoría de españoles, nos la controlan desde Italia..? ¿Y cuántas cosas más, manejan desde fuera de España, lo que son intereses nacionales?

Es el tipo de guerra para arruinar a países que empiezan a despegar, se les facilita una deuda que no podrán pagar, y así sus mayores recursos serán para pagar a los usureros que tramaron ello, incluso aquí los imbéciles políticos (en el mandato del indeseable Zapatero, quiero recordar) aprobaron en el parlamento, que los intereses de la deuda a pagar a extranjeros, son antes, que, "las primeras necesidades de los españoles" y esto creo que puede ser hasta delictivo.

 

LA COMPLICIDAD DE “CIUDADANOS” CON EL GOBIERNO: La actuación de "estos jefecillos muertos de hambre", llevará a la desaparición de un partido, en el que creímos muchos, pero que como todos, se han "vendido por un plato de lentejas"; lo que los lleva a la desaparición, por muchas reformas que ahora quieran decirnos, la clase política sigue siendo "una putrefacción en España". Por ello no levanta cabeza España, con lo rica que es y lo bien situada que está en la geografía mundial. Pobres españoles, siempre expoliados, por corruptos, ladrones y bandidos. (En un foro 11-06-2020)

“El precio de desentenderse de la política es el de ser gobernado por los peores hombres”: (Platón). La política nos afecta a todos y por ello no debemos dejarla sólo en manos de los políticos.

     Hobbes dejó escrito, que si una realidad no se encara puede tener perturbadoras consecuencias. "Las obligaciones del súbdito con el Estado duran lo que dura la capacidad de éste para protegerle. Ni un minuto más", sugería el filósofo inglés.

LA ÚLTIMA MASACRE O EL MATADERO QUE AÚN NO HA ACABADO:

EL POLVORÍN Y EL GRAN NEGOCIO QUE ES “ORIENTE MEDIO”: Ver un esquema de planos y oír la disertación: son sólo DIEZ MINUTOS que nos van a mostrar que allí no se defiende ni defendió nunca nada más que DINERO Y PODER: por ello siguen muriendo allí en masa y manteniendo UN PROBLEMA QUE HAN LOGRADO SEA MUNDIAL pulse aquí y vea detalles: https://www.youtube.com/watch?v=LJtUQjJC4a0

 

Antonio García Fuentes

 

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)