Las Noticias de hoy 6 Junio 2020

Enviado por adminideas el Sáb, 06/06/2020 - 12:27

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 06 de junio de 2020   

Indice:

ROME REPORTS

Scholas Occurrentes: El Papa Francisco inauguró la “Universidad del Sentido”

Videomensaje del Papa en ciberencuentro mundial de Scholas Occurrentes

Jornada Mundial del Medio Ambiente: Carta del Papa al presidente de Colombia

EL VALOR DE LO PEQUEÑO: Francisco Fernandez Carbajal

“¿No estarás achicado, porque tu amor es corto?”: San Josemaria

“Gulliver y Dios”​: meditación de San Rafael (6.VI.2020)

Conocerle y conocerte (II): De labios de Jesús: Nicolás Álvarez de las Asturias

El Misterio de la Santísima Trinidad: encuentra.com

Relativismo en el Magisterio de la Iglesia: +Cardenal Joseph Ratzinger

Comentario al Evangelio (y versión audio): Trinidad

Domingo de la Santísima Trinidad.: + Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

Serían las cuatro de la tarde…: Daniel Tirapu 

Antifamilia: el divorcio: Ana Teresa López de Llergo

Dinero y matrimonio: Lucía Legorreta

Desmintiendo las falacias abortistas: Acción Familia

Obligación de participar en la misa: Ángel Cabrero Ugarte

¿A qué cultura hay que abrirse?: Ernesto Juliá 

“¡Abran, sí, abran de par en par las puertas a Cristo!”: Pedro García

El Espíritu Santo y las Bienaventuranzas: Jaume Catalán Díaz

Un agujero: Xus D Madrid

El virus chino y seguimos en cárceles provinciales: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

Scholas Occurrentes: El Papa Francisco inauguró la “Universidad del Sentido”

Durante un ciberencuentro mundial

JUNIO 05, 2020 18:33REDACCIÓNEDUCACIÓN Y JÓVENESPAPA Y SANTA SEDE

(Ciudad del Vaticano, 5 de junio de 2020).- Como uno más entre las miles de pantallas, así quiso participar el Papa Francisco para celebrar en comunión la “Fiesta del Sentido”, un evento virtual organizado por la Fundación Pontificia Scholas Occurrentes, y que tuvo varios invitados especiales y anuncios significativos.

En este día especial, establecido como el Día Mundial del Medio Ambiente por la ONU, Su Santidad quiso estar presente junto a miles de jóvenes de 170 ciudades de distintas partes del mundo. El encuentro virtual de Scholas comenzó con un repaso por la memoria e hitos de esta fundación bajo el manto de una particular figura, la de Mnemósine, personificación de la memoria en la mitología griega, un repaso histórico que tuvo como punto de partida una crisis, la que impulsó la búsqueda de un cambio por una nueva educación. Este repaso estuvo guiado por sus dos directores mundiales, José María del Corral y Enrique Palmeyro.

Como hito fundacional se pudo ver y recordar a Lionel Messi y Gianluigi Buffon, deportistas de talla internacional que, por allá en el año 2013 en Ciudad del Vaticano, formaron parte de su lanzamiento; el repaso dio pie a otros hitos muy significativos a lo largo de estos años, los que han dado forma a lo que es hoy Scholas: el Encuentro de jóvenes israelíes y palestinos; el de jóvenes estadounidenses con sus homólogos cubanos; el mágico encuentro de San Antonio de los Cobres, en Argentina, y la transformación de su puente de muerte en vida, entre muchos otros. Además, se pudo recordar cómo poco a poco Scholas ha creado puentes y abierto puertas en toda la geografía mundial, con la apertura de sus 15 sedes regionales, en 190 países, entre las más recientes las de Mozambique, Haití, Estados Unidos, Japón, Chile, y ahora su sede virtual.

En este encuentro virtual participaron también primeras damas de América Latina y el Caribe, representantes de la Alianza de Cónyuges de Jefes de Estado y Representantes, ALMA, y de la Red de Acción de Cónyuges de Líderes del CARICOM, SCLAN, por sus siglas en inglés, quienes leyeron distintos pasajes de la encíclica Laudato Si’ del Papa Francisco por el cuidado de la Casa Común.

Fabiola Yáñez, de Argentina; Kim Simplis Barrow, de Belice; Michelle Bolsonaro, de Brasil; María Juliana Ruiz, de Colombia;  Claudia Dobles Camargo, de Costa Rica; Rocío González de Moreno, de Ecuador; Ana García de Hernández,  de Honduras; Yazmín Colón de Cortizo, de Panamá; y Silvana Abdo, de Paraguay, presentaron un video mostrando a los jóvenes de sus países cómo responder al llamado del Papa sobre el cuidado del medio ambiente a través de la Cultura del Encuentro.

Una educación que no escucha, no es educación

Durante el encuentro virtual el Papa Francisco se dirigió a la comunidad de Scholas: “La educación crea cultura, o no educa. Una educación que no escucha, no educa. La educación nos enseña a celebrar, o no educa. Cualquiera me puede decir: ‘¿cómo?, ¿educar no es saber cosas?’… Eso es saber, pero educar es escuchar, crear cultura, celebrar. Y de ese modo fue creciendo Scholas. Ni siquiera estos dos locos, los ‘padres fundadores’ les podemos decir riéndonos, imaginaban que aquella experiencia educativa en la Diócesis de Buenos Aires, luego de 20 años, crecería como una nueva cultura”.

Así mismo, remarcó su mensaje de los tres lenguajes: “Lenguaje de la cabeza, del corazón y de las manos, sincronizados. Cabeza, corazón y manos creciendo armónicamente. Yo vi en Scholas profesores y alumnos japoneses bailando con colombianos; ¿es imposible? ¡Yo lo vi! Vi a jóvenes de Israel jugando con los de Palestina. ¡Los vi! A Los estudiantes de Haití pensando con los de Dubai. A Los niños de Mozambique pintando con los de Portugal. Vi entre Oriente y Occidente un olivo creando cultura del encuentro”.

Y continuó su mensaje: “Por eso, en esta nueva crisis que hoy enfrenta la humanidad, donde la cultura demostró haber perdido su vitalidad, quiero celebrar que Scholas, como una comunidad que educa, como una intuición que crece, abra las puertas de la Universidad del Sentido, porque educar es buscar el sentido de las cosas. Reuniendo el sueño de los niños y los jóvenes con la experiencia de los adultos y los viejos, ese encuentro tiene que darse siempre, si no, no hay humanidad, porque no hay raíces, no hay historia, no hay promesa, no hay crecimiento, no hay sueños, no hay profecía”.

Antes de las palabras del Santo Padre, como fue en el origen, un mensaje interreligioso por el Día Mundial del Medio Ambiente, estuvo a cargo del Imán Abdel Naby Elhefnawy, del Centro Islámico de la República de Argentina; el Gran Rabino de Jerusalén, Rabbi Shlomo Amar, y el Cardenal Carlos Aguiar Retes, de México.

También acompañaron a los jóvenes figuras del deporte, el arte y las ciencias, como también líderes sociales y referentes de diversas comunidades religiosas.

 

Videomensaje del Papa en ciberencuentro mundial de Scholas Occurrentes

Día Mundial del Medio Ambiente

JUNIO 05, 2020 17:43ROSA DIE ALCOLEAPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 5 junio 2020).- Este viernes, el Santo Padre se conectó a un ciberencuentro mundial de jóvenes, docentes y padres organizado por Scholas Occurentes mediante la plataforma Zoom, con motivo del Día Mundial del Medio Ambiente.

“En esta nueva crisis que hoy enfrenta la humanidad, quiero celebrar que Scholas, como una comunidad que educa, como una intuición que crece, abra las puertas de la Universidad del Sentido”, fueron las palabras del Pontífice en la sede virtual de la fundación.

Dirigiéndose a miles de jóvenes de 170 ciudades de distintas partes del mundo, el Papa Francisco les ha invitado a tener siempre presentes tres palabras: gratuidad, sentido y belleza. “¡Pueden parecer inútiles!, sobre todo hoy en día. ¿Quién se pone a hacer una empresa buscando gratuidad, sentido y belleza? No produce, no produce. Y sin embargo, de esta cosa que parece inútil depende la humanidad entera, el futuro”, ha asegurado.

“¡Pobre de la humanidad sin crisis!”

Francisco ha tratado de explicar a los jóvenes que las crisis son oportunidad para crecer: “Cuando las raíces necesitan espacio para seguir creciendo la maceta acaba por romperse”, y ha continuado: “Es que la vida es más grande que nuestra propia vida y, por eso, se parte. ¡Pero esa es la vida! Crece, se rompe”.

“¡Pobre de la humanidad sin crisis!”, ha advertido. Toda perfecta, toda ordenadita, toda almidonadita. Pobre. Sería, pensémosla, una humanidad así sería una humanidad enferma, muy enferma. Gracias a Dios que no se da. Sería una humanidad dormida”.

Durante el encuentro virtual, participaron además nueve primeras damas de América Latina y el Caribe, que leyeron distintos pasajes de la encíclica papal Laudato Si’ sobre el cuidado de la casa común, el planeta Tierra.

También acompañaron a los jóvenes figuras del deporte, el arte y las ciencias, como también líderes sociales y referentes de diversas comunidades religiosas.

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Carta del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas de Scholas:

Hoy, luego de todos estos años compartiendo la pregunta que nos funda, es una gran alegría poder llamarlos “comunidad”: Comunidad de amigos, comunidad de hermanos, hermanas.

Aún recuerdo el origen: dos enseñantes, dos profesores, en medio de una crisis, con un poco de locura y un poco de intuición. Una cosa no planeada, vivida a medida que iba caminando.

Cuando la crisis en aquel entonces dejaba una tierra de violencia, aquella educación reunió a los jóvenes generando sentido y, por lo tanto, generando belleza.

Tres imágenes de este camino me vienen al corazón, que fueron tres imágenes que guiaron tres años de reflexión y de encuentro: el loco de La strada de Fellini, “El llamado de Mateo” de Caravaggio y “El idiota” de Dostoevskij.

El Sentido –el loco–, el Llamado –Mateo– y la Belleza.

Las tres historias son la historia de una crisis. Y en las tres, por lo tanto, se pone en juego la responsabilidad humana. Crisis significa originalmente “ruptura”, “tajo”, “apertura”, “peligro”, pero también “oportunidad”.

Cuando las raíces necesitan espacio para seguir creciendo la maceta acaba por romperse.

Es que la vida es más grande que nuestra propia vida y, por eso, se parte. ¡Pero esa es la vida! Crece, se rompe.

¡Pobre de la humanidad sin crisis! Toda perfecta, toda ordenadita, toda almidonadita. Pobre. Sería, pensémosla, una humanidad así sería una humanidad enferma, muy enferma. Gracias a Dios que no se da. Sería una humanidad dormida.

Por otra parte, así como la crisis nos funda por llamarnos al abierto, el peligro sucede cuando no nos enseñan a relacionarnos con aquella apertura. Por eso las crisis si no son bien acompañadas son peligrosas, porque uno se puede desorientar. Y el consejo de los sabios, hasta para las pequeñas crisis personales, matrimoniales, sociales: “nunca te adentres sólo en la crisis, andá acompañado”.

Allí, en la crisis, nos invade el miedo, nos cerramos como individuos, o comenzamos a repetir lo que a muy pocos les conviene, vaciándonos de sentido, tapando el propio llamado, perdiendo la belleza. Esto es lo que pasa cuando uno atraviesa una crisis solo, sin reservas. Esta belleza que, como decía Dostoevskij, salvará al mundo.

Scholas nació de una crisis, pero no alzó los puños para pelearse con la cultura, y tampoco bajó los brazos para resignarse, ni salió llorando: ¡Qué calamidad, qué tiempos terribles! Salió a escuchar el corazón de los jóvenes, a cultivar la realidad nueva. “¿Esto no está funcionando? Vamos a buscar allí”.

Scholas se asoma a través de las fisuras del mundo —no con la cabeza— con todo el cuerpo, para ver si desde lo abierto regresa otra respuesta.

Y eso es educar. La educación escucha, o no educa. Si no escucha, no educa. La educación crea cultura, o no educa. La educación nos enseña a celebrar, o no educa.

Alguno me puede decir. “Pero cómo, ¿educar no es saber cosas?”. No. Eso es saber. Pero educar es escuchar, crear cultura, celebrar.

Y de este modo fue creciendo Scholas.

Ni siquiera estos dos locos —los padres fundadores, les podemos decir riéndonos— imaginaban que aquella experiencia educativa en la diócesis de Buenos Aires, luego de veinte años crecería como una nueva cultura, “poéticamente habitando esta tierra”, como nos enseñaba Hölderlin. Escuchando, creando y celebrando la vida. Esa nueva cultura poéticamente habitando esta tierra.

Armonizando el lenguaje del pensamiento con los sentimientos y las acciones. Es lo que ustedes me escucharon varias veces: lenguaje de la cabeza, del corazón y de las manos, sincronizados. Cabeza, corazón y manos creciendo armónicamente.

Yo vi en Scholas profesores y alumnos japoneses bailando con colombianos. ¡Es imposible! Yo lo vi. Vi a los jóvenes de Israel jugando con los de Palestina. Lo vi. A los estudiantes de Haití pensando con los de Dubái. A los niños de Mozambique pintando con los de Portugal… Vi, entre Oriente y Occidente, un olivo creando cultura del encuentro.

Por eso, en esta nueva crisis que hoy enfrenta la humanidad, donde la cultura demostró haber perdido su vitalidad, quiero celebrar que Scholas, como una comunidad que educa, como una intuición que crece, abra las puertas de la Universidad del Sentido. Porque educar es buscar el sentido de las cosas. Es enseñar a buscar el sentido de las cosas.

Reuniendo el sueño de los niños y los jóvenes con la experiencia de los adultos y los viejos. Ese encuentro tiene que darse siempre sino no hay humanidad, porque no hay raíces, no hay historia, no hay promesa, no hay crecimiento, no hay sueños, no hay profecía.

Alumnos de todas las realidades, lenguas y creencias, porque nadie queda afuera cuando aquello que se enseña, no es una cosa, sino la Vida. La misma vida que nos origina y originará siempre otros mundos. Mundos diferentes, únicos, como lo somos también nosotros. En nuestros más profundos dolores, alegrías, deseos y nostalgias. Mundos de Gratuidad, de Sentido y de Belleza. “El idiota”, la “llamada” de Caravaggio y el loco de La strada.

Nunca se olviden de estas últimas tres palabras, gratuidad, sentido y belleza. ¡Pueden parecer inútiles!, sobre todo hoy en día. ¿Quién se pone a hacer una empresa buscando gratuidad, sentido y belleza? No produce, no produce. Y sin embargo, de esta cosa que parece inútil depende la humanidad entera, el futuro.

Sigan adelante, tomen esa mística que fue regalada, que no la inventó nadie; y los primeros en sorprenderse fueron estos dos locos que la fundaron. Y por eso la entregan, la dan, porque no es de ellos. Es algo que les vino como regalo. Sigan adelante sembrando y cosechando, con la sonrisa, con el riesgo, pero todos juntos y siempre de la mano para superar cualquier crisis.

Que Dios los bendiga. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí. Muchas gracias.

 

Jornada Mundial del Medio Ambiente: Carta del Papa al presidente de Colombia

Sede del evento mundial

JUNIO 05, 2020 16:57ROSA DIE ALCOLEANATURALEZA Y AMBIENTEPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 5 junio 2020).- Con motivo de la Jornada Mundial del Medio Ambiente que se celebra hoy, 5 de junio, dedicada a la biodiversidad y cuya sede es Colombia, el Papa Francisco ha enviado una carta al presidente de la República de Colombia, Iván Duque Márquez.

A causa de la pandemia COVID-19, la celebración de la jornada tendrá lugar de forma virtual, “un desafío que nos recuerda que ante la adversidad siempre se abren nuevos caminos para estar unidos como gran familia humana”, ha indicado Francisco.

La protección del medio ambiente y el respeto a la “biodiversidad” del planeta “son temas que nos conciernen a todos”, ha recordado el Papa. “No podemos pretender estar sanos en un mundo que está enfermo. Las heridas provocadas a nuestra madre tierra son heridas que sangran también en nosotros”.

En el quinto aniversario de la Carta encíclica Laudato si’, el Santo Padre invita “a ser partícipes” del año especial anunció para reflexionar a la luz del documento. Y así, “todos juntos”, el Papa ha animado a “tomar mayor conciencia del cuidado y protección de nuestra Casa común, así como de nuestros hermanos y hermanas más frágiles y descartados de la sociedad”.

Biodiversidad

El Día Mundial del Medio Ambiente es la fecha más importante en el calendario oficial de las Naciones Unidas para fomentar la acción ambiental. Desde 1974, el 5 de junio se ha convertido en una plataforma global de alcance público que reúne a gobiernos, empresas, celebridades y ciudadanos en torno a un asunto ambiental apremiante.

En 2020 el tema es la biodiversidad –motivo de preocupación tanto urgente como existencial–. Eventos recientes, como los incendios forestales sin precedentes en Brasil, California y Australia, la invasión de langostas en el Cuerno de África y ahora la pandemia de COVID-19, “demuestran la relación inextricable entre los humanos y las redes de la vida en las que vivimos”, advierte la Organización de las Naciones Unidas.

***

Carta del Santo Padre

Me es grato dirigirme a usted, a todos los miembros organizadores, y a los participantes de la Jornada Mundial del Medio Ambiente, que este año tendría que celebrarse de manera presencial en Bogotá, pero a causa de la pandemia COVID-19, se va a tener de forma virtual. Es un desafío que nos recuerda que ante la adversidad siempre se abren nuevos caminos para estar unidos como gran familia humana.

La protección del medio ambiente y el respeto a la “biodiversidad” del planeta son temas que nos conciernen a todos. No podemos pretender estar sanos en un mundo que está enfermo. Las heridas provocadas a nuestra madre tierra son heridas que sangran también en nosotros. El cuidado de los ecosistemas necesita una mirada de futuro, que no se quede sólo en lo inmediato, buscando una ganancia rápida y fácil; una mirada que esté cargada de vida y que busque la preservación en beneficio de todos.

Nuestra actitud ante el presente del planeta debería comprometernos y hacernos testigos de la gravedad de la situación. No podemos permanecer mudos ante el clamor cuando comprobamos los altísimos costos de la destrucción y explotación del ecosistema. No es tiempo de seguir mirando hacia otro lado indiferentes ante los signos de un planeta que se ve saqueado y violentado, por la avidez de ganancia y en el nombre –muchas veces– del progreso. Está en nosotros la posibilidad de invertir la marcha y apostar por un mundo mejor, más saludable, para dejarlo en herencia a las generaciones futuras. Todo depende de nosotros; si de verdad lo deseamos.

Hemos celebrado recientemente el quinto aniversario de la Carta encíclica Laudato si’, que atrae la atención al grito que nos lanza la madre tierra. Los invito también a ustedes a ser partícipes del año especial que he anunciado para reflexionar a la luz de ese Documento. Y así, todos juntos, tomar mayor conciencia del cuidado y protección de nuestra Casa común, así como de nuestros hermanos y hermanas más frágiles y descartados de la sociedad.

Por último, los animo en esta tarea que han emprendido, para que sus deliberaciones y conclusiones sean siempre a favor de la construcción de un mundo cada vez más habitable y de una sociedad más humana, en la que todos tengamos cabida y en la que nadie sobre.

Y, por favor, les pido que recen por mí. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide.

Cordialmente,

Vaticano, 5 de junio de 2020

FRANCISCO

© Librería Editorial Vaticano

 

EL VALOR DE LO PEQUEÑO

— La limosna de la viuda pobre. Lo importante para Dios.

— El amor da valor a lo que es en sí pequeño y de escasa importancia. La tibieza y el descuido en lo pequeño.

— La santidad es un tejido de pequeñas menudencias. El crecimiento en las virtudes y las cosas pequeñas.

I. Nos relata San Marcos en el Evangelio de la Misa1 que estaba Jesús sentado frente al cepillo del Templo y observaba a la gente que echaba dinero en él. La escena tiene lugar en uno de los atrios, en la llamada Cámara del tesoro o Sala de las ofrendas; los días de la Pasión están ya cercanos.

Ante muchos que daban grandes cantidades, el Señor no hizo el menor comentario. Pero vio Jesús una mujer que se acercaba con el clásico atuendo de las viudas, con clara apariencia de ser una mujer pobre. Había esperado quizá a que la aglomeración desapareciera, y dejó dos monedas pequeñas; eran, entre las que estaban en circulación, las de menos valor. San Marcos aclara para los lectores no judíos, a quienes se dirige particularmente su Evangelio, la entidad real de estas monedas. Quiere llamar la atención de todos sobre la exigua cantidad que representaban. De cara a los hombres aquella limosna tenía muy poco valor: las dos monedas hacían un cuadrante, es decir, la cuarta parte de un as. Esta moneda era a su vez la decimosexta parte de un denario, que constituía la primera unidad monetaria; un denario era el jornal de un trabajador del campo. Pocas cosas se podían comprar con un cuadrante.

Si alguien hubiera llevado una relación de las ofrendas que se hicieron aquel día en el Templo, quizá habría pensado que no valía la pena tomar nota de la limosna de esta mujer. ¡Y resultó ser, entre todas, la más importante! Tan grata fue a Dios que Jesús convocó a sus discípulos dispersos por los alrededores para que aprendieran la lección de aquella viuda. Aquellas piezas de cobre apenas hicieron ruido, pero Jesús percibió claramente el amor sin palabras de esta mujer que daba a Dios todos sus ahorros. Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía2.

¡Qué diferente es con frecuencia lo importante para Dios y lo importante para nosotros los hombres! ¡Qué diferentes medidas! A nosotros nos suele impresionar lo llamativo, lo grande, lo sorprendente. A Dios le conmueven –el Evangelio nos ha dejado abundantes testimonios– pequeños detalles llenos de amor, que están al alcance de todos; también los sucesos que nosotros consideramos de gran importancia, pero cuando están realizados con el mismo espíritu de rectitud, de humildad y de amor. Los Apóstoles, que serían más tarde el fundamento de la Iglesia, no olvidaron la lección de esta jornada. Aquella mujer nos ha enseñado a todos cómo conmover el corazón de Dios cada día con lo único que corrientemente tenemos a nuestro alcance: cosas pequeñas. «¿No has visto en qué “pequeñeces” está el amor humano? Pues también en “pequeñeces” está el Amor divino»3.

Aprendemos también en este pasaje del Evangelio el verdadero valor de las cosas. Cualquier acontecimiento –aunque parezca sin importancia– podemos convertirlo en algo gratísimo a Dios. Y, por ser grato a Él, valioso. Solo tiene valor real, verdadero y eterno lo que hacemos agradable a Dios.

Hoy, en nuestra oración, podemos considerar la gran cantidad de oportunidades que nos salen al paso: «Raras veces se ofrecen grandes ocasiones de servir a Dios, pero pequeñas continuamente. Pues ten entendido que el que sea fiel en lo poco será constituido en lo mucho. Haz, pues, todas tus cosas en honor de Dios, y todas las harás bien: ora comas, ora bebas, oras duermas, ora te diviertas, ora des vueltas al asador, si sabes aprovechar estas haciendas, adelantarás mucho a los ojos de Dios realizando todo esto porque así quiere Dios que lo hagas»4.

II. Son las cosas pequeñas las que hacen perfecta una obra y, por tanto, digna de ser ofrecida al Señor. No basta que aquello que se realiza sea bueno (trabajo, rezar...), sino que además debe ser una obra bien terminada. Para que haya virtud –enseña Santo Tomás de Aquino– es necesario atender a dos cosas: a lo que se hace y al modo de hacerlo5. Y en cuanto al modo de hacerlo, la cincelada, la pincelada, el retoque final convierte aquel trabajo en una obra maestra. Por el contrario, la chapuza, lo desmañado y defectuoso es señal de languidez espiritual y de tibieza en el cristiano, que se ha de santificar con su trabajo de cada día: conozco tus obras y que tienes nombre de viviente y estás muerto (...). Porque yo no hallo tus obras cabales en presencia de mi Dios6. El cuidado de las cosas pequeñas viene exigido por la naturaleza propia de la vocación cristiana: imitar a Jesús en los años de Nazaret, aquellos largos años de trabajo, de vida de familia, de trato amistoso con las gentes de su pueblo. Poner amor en lo pequeño por Dios requiere atención, sacrificio y generosidad. Un pequeño detalle aislado puede no tener importancia: «lo que es pequeño, pequeño es; pero el que es fiel en lo poco, ese es grande»7.

El amor es el que hace importante lo pequeño8. Si faltara este amor no tendría sentido el interés por cuidar las cosas pequeñas: se convertirían en manía o fariseísmo; se pagarían diezmos de la hierbabuena, del eneldo y del comino –como hacían los fariseos–, y se correría el riesgo de abandonar los puntos más esenciales de la ley, de la justicia y de la misericordia. Aunque lo que podamos ofrecer nos parezca poca cosa –como la limosna de esta pobre viuda–, adquiere un gran valor si lo ponemos sobre el altar y lo unimos al ofrecimiento que el Señor Jesús hace de Sí mismo al Padre. Entonces, «nuestra humilde entrega –insignificante en sí, como el aceite de la viuda de Sarepta o el óbolo de la pobre viuda– se hace aceptable a los ojos de Dios por su unión a la oblación de Jesús»9. Otras veces, los detalles, tanto en el trabajo, en el estudio, como en las relaciones con otros, son la coronación de algo bueno que sin ese detalle quedaría incompleto.

Uno de los síntomas más claros de que se inicia el camino de la tibieza es que se valoran poco los pormenores en la vida de piedad, los detalles en el trabajo, los actos pequeños y concretos en las virtudes; y se acaba descuidando también lo grande. «La desgracia es tanto más funesta e incurable cuando al deslizarse hacia lo profundo apenas se nota, y se verifica con mayor lentitud (...). Que con este estado se da un golpe mortal a la vida del espíritu, es cosa a todos manifiesta»10. El amor a Dios, por el contrario, se pone de relieve en el ingenio, en la vibración, en el esfuerzo por encontrar en todo ocasión de amor a Dios y de servicio a los demás.

III. El Señor no es indiferente a un amor que sabe estar en los detalles. No es indiferente, por ejemplo, a que vayamos a saludarle –lo primero– al entrar en una iglesia o al pasar delante de ella; al esfuerzo por llegar puntuales (mejor unos minutos antes) a la Santa Misa; a la genuflexión bien realizada ante Él en el Sagrario; a las posturas o al recogimiento que guardamos en su presencia... Además, cuando se ve a alguien doblar con devoción la rodilla ante el Sagrario es fácil pensar: tiene fe y ama a Dios. Y ese gesto de adoración ayuda a los demás a tener más fe y más amor. «Os podrá parecer quizá que la Liturgia está hecha de cosas pequeñas: actitud del cuerpo, genuflexiones, inclinaciones de cabeza, movimiento del incensario, del misal, de las vinajeras. Es entonces cuando hay que recordar las palabras de Cristo en el Evangelio: El que es fiel en lo poco, lo será en lo mucho (Lc 16, 10). Por otra parte, nada es pequeño en la Santa Liturgia, cuando se piensa en la grandeza de Aquel a quien se dirige»11.

El espíritu de mortificación se nos concreta normalmente en pequeños sacrificios a lo largo de la jornada: lucha perseverante en el examen particular, sobriedad en las comidas, puntualidad, afabilidad en el trato, levantarse a la hora, no dejar la tarea aunque nos resulte costosa y falte ilusión humana, orden y cuidado de los instrumentos de trabajo, comer con agradecimiento lo que nos sirven, sin andar con caprichos...

Para vivir la caridad en un tono cada vez más delicado y heroico será necesario también descender a los detalles pequeños y menudos de la convivencia cotidiana. «El deber de la fraternidad, con todas las almas, hará que ejercites el “apostolado de las cosas pequeñas”, sin que lo noten: con afán de servicio, de modo que el camino se les muestre amable»12. En ocasiones será poner verdadero interés en lo que nos cuentan; otras, pasar por alto las preocupaciones personales para atender a quienes conviven con nosotros; el no enfadarnos por cosas sin importancia; no ser susceptibles; ser cordiales; la ayuda, quizá inadvertida, que alivia el peso; pedir a Dios por una persona necesitada; evitar toda crítica; ser siempre agradecidos..., cosas que están al alcance de todos... Y así ocurre en cada una de las virtudes.

Si estamos atentos a lo pequeño, viviremos con plenitud todos los días, sabremos dar a cada momento el sentido de estar preparando la eternidad. Para eso, pidamos con mucha frecuencia la ayuda de María. Digámosle frecuentemente: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros... ahora, en cada situación ordinaria y pequeña de nuestra vida.

1 Mc 12, 38-44. — 2 Mc 12, 43-44. — 3 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 824. — 4 San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, III, 34. — 5 Cfr. Santo Tomás, Quodl. IV, a. 19. — 6 Apoc 3, 1-2. — 7 San Agustín, Sobre la doctrina cristiana, 14, 35. — 8 Cfr. San Josemaría Escrivá, o. c., n. 814. — 9 Juan Pablo II, Homilía en Barcelona 7-XI-1982. — 10 B. Baur, La confesión frecuente, p. 105. — 11 Pablo VI, Alocución 30-V-1967. — 12 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 737.

 

“¿No estarás achicado, porque tu amor es corto?”

La gracia de Dios no te falta. Por lo tanto, si correspondes, debes estar seguro. El triunfo depende de ti: tu fortaleza y tu empuje –unidos a esa gracia– son razón más que suficiente para darte el optimismo de quien tiene segura la victoria. (Surco, 80)

6 de junio

No seáis almas de vía estrecha, hombres o mujeres menores de edad, cortos de vista, incapaces de abarcar nuestro horizonte sobrenatural cristiano de hijos de Dios. ¡Dios y audacia! (Surco, 96)

Audacia no es imprudencia, ni osadía irreflexiva, ni simple atrevimiento.

La audacia es fortaleza, virtud cardinal, necesaria para la vida del alma. (Surco, 97)

He leído un proverbio muy popular en algunos países: "el mundo es de Dios, pero Dios lo alquila a los valientes", y me ha hecho reflexionar.

–¿A qué esperas? (Surco, 99)

No soy el apóstol que debiera ser. Soy... el tímido.

–¿No estarás achicado, porque tu amor es corto? –¡Reacciona! (Surco, 100)

 

 

“Gulliver y Dios”​: meditación de San Rafael (6.VI.2020)

Tras casi tres meses, publicamos la última meditación. Han sido 11 podcast con los que varios sacerdotes han procurado ayudar a fortalecer la vida de oración.

ÚLTIMAS NOTICIAS04/06/2020

Meditaciones anteriores: “Pentecostés, un amor que lo llena todo” (30.V.2020) - La Ascensión, el resumen de nuestra vida (23.V) (23.V) - ¿No estoy aquí que soy tu Madre?” (16.V) - Bernabé, ejemplo de amistad (9.V) - “El Buen Pastor” (2.V) - “Aprender de María Magdalena” (25.IV) - “La Divina Misericordia” (18.IV) - “La hora de los valientes” (4.IV) - “La pregunta acertada” (28.III) - “Que vea con tus ojos, Cristo mío” (21.III.2020) - “La llave de tu corazón” (14.III) - Explicación sobre qué es una meditación de San Rafael


Escucha la meditación “Gulliver y Dios” (6.VI.2020)

 

¿Conoces la novela de “Los viajes de Gulliver”? Trata sobre un médico que al verse fracasado decide viajar en barco. Tras una tormenta en la que mueren el resto de pasajeros, se despierta en una playa en la que los liliputienses le han atado al suelo con muchísimos hilos, pelos y cuerdas. Y, aunque lo intenta, no es capaz de levantarse.

Este domingo celebramos la fiesta de Dios: la Santísima Trinidad. ¿Qué podemos entender de esta realidad que nos transmitió Jesucristo? Es importante porque Dios nos ha creado a su imagen y semejanza, y habita en nuestra alma en gracia.

Dios nos crea, Jesús nos salva y el Espíritu Santo nos comunica la fuerza para volar y ser hijos de Dios, para amarle y gozar con la libertad de los hijos de Dios.

Gulliver… podemos ser tú y yo. Atados al suelo con hilillos sutiles (una expresión que utilizaba san Josemaría), incapaces de volar. ¿Cuáles son esos hilos que nos impiden ser libres? Se necesita una labor de examen para descubrirlos y pedir a Dios que nos libere de esa cárcel e imprima en nosotros la figura de su hijo Jesús mediante la el sacramento de la Penitencia, la Eucaristía, el acompañamiento espiritual y los medios de formación cristiana.

 

Oración introductoria y final del rato de oración (Imagen de Saintips)

 


🎧 Escucha la meditación “Pentecostés, un amor que lo llena todo” (30.V.2020)

Pentecostés. Es la puesta de largo del Espíritu Santo. Todo sucede en el pequeño balcón de una casa de Jerusalén. Como relata el Evangelio, unos hombres miedosos son los protagonistas de una revolución que impulsa la tercera Persona de la Santísima Trinidad.

¿Cómo debe influir en nuestra vida? ¿Qué efectos tiene el trato con el Espíritu Santo? Si, con generosidad, abrimos el balcón de nuestro corazón nos encenderá en su Amor, nos regalará sus dones y frutos, y nos hará más parecidos a Jesús, para vivir la aventura de la vida cristiana.


🎧Escucha la meditación “La Ascensión, el resumen de nuestra vida” (23.V.2020)

La despedida de Jesucristo tuvo dos efectos en las personas que la presenciaron: se marcharon con alegría, y lo hicieron llenos de confianza en la misión que habían recibido. ¿Por qué? Quizá la respuesta se encuentre en la promesa que habían escuchado de labios del Señor: que no les dejaría solos y que les enviaría el Espíritu Santo.

En nuestra vida se repite esta escena. Jesucristo nos ha impuesto las manos y nos ha pedido que pongamos nuestra vida en sus manos llagadas, para protegernos. Así las debilidades, cansancios o falta de talentos nunca serán un impedimento para sabernos elegidos por Él, para hacer “discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28,19-20).


🎧Escucha la meditación “¿No estoy aquí que soy tu Madre?” (16.V.2020)

“Mamá está con mamá…”. Con una historia de una niña y la Virgen de Guadalupe comienza está meditación, que nos sirve para acercarnos con san Josemaría a nuestra Madre.

Hace 50 años el fundador del Opus Dei peregrinó a la Villa de Guadalupe para dejar sus preocupaciones en manos de “la Morenita”, para rezar por la Iglesia, la Obra y por el mundo entero.


🎧 Escucha la meditación “Bernabé, ejemplo de amistad” (9.V.2020)

Durante el tiempo de Pascua se leen varios pasajes de los Hechos de los Apóstoles, que cuentan la historia de los primitiva cristiandad.

Un personaje de este libro es José, apodado Bernabé, conocido por animar a los demás (Bernabé significa “hijo de la consolación”), pues estaba al lado de las personas, también en las dificultades.

Fue él quien acogió a Saulo, tras su conversión cuando muchos dudaban de él, y se lo presentó a los apóstoles, y juntos fueron enviados a predicar el Evangelio por tierras lejanas.

🎧 Escucha la meditación “El Buen Pastor” (2.V.2020)

¿Quién puede querernos tanto como Jesús? En la parábola del Buen Pastor el Señor quiere hacernos entender que nos ama hasta dar la vida por cada uno, con nuestro cuerpo y alma. Y, sin embargo, no siempre caemos en la cuenta.

Ante la tentación de querer ser autosuficientes, de no depender de nadie -incluso de Dios-, podemos recordar unas palabras de Benedicto XVI: “¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida”.


🎧Escucha la meditación “Aprender de María Magdalena” (25.IV.2020)

¿Por qué regaló Jesús a María Magdalena verle resucitado antes que a los apóstoles? Tiempo atrás había expulsado de ella siete demonios. La Magdalena había estado aherrojada por el pecado y sin embargo…

¿Qué experimentó María Magdalena? ¿Cómo podemos imitarla? El Papa Francisco resaltó la figura de esta mujer e instituyó su fiesta, como apóstol de apóstoles. Ella fue la primera que dio testimonio de Cristo resucitado, a quien siguió con toda su vida apasionadamente porque se supo perdonada y amada por Él.


🎧Escucha la meditación “La Divina Misericordia” (18.IV.2020)

Cristo vive y vive en nosotros. Por eso el tiempo de Pascua es un tiempo de alegría: es el más cristiano porque es gozar de la gloria de Dios. Pero podría suceder que, en estas semanas más difíciles, se nos escapara.

Lo propio de la Pascua se capta en varias escenas del Evangelio de estos días. Es la alegría por haber encontrado de nuevo a Jesucristo, ahora resucitado y glorioso. Un reencuentro con el Él transforma la vida de los apóstoles, de las santas mujeres o de los discípulos de Emaús.

Como a ellos, Jesucristo puede tocar nuestros miedos y fracasos para darnos fortaleza, esperanza y paz. Eso es vivir de Cristo. Ha resucitado y eso significa que la muerte -nuestros defectos, miserias y pecados- no tienen la última palabra, porque Él nunca nos abandona.

En el evangelio del Domingo de la Misericordia (Jn, 20, 19-31), podemos extraer tres enseñanzas. En primer lugar Jesús saluda con la paz a los discípulos, que están encerrados por miedo. Él tiene la paz que necesitamos, una paz diferente a la que propone el mundo. Es una paz -don de Dios-, que no se pierde aunque haya problemas. En segundo lugar, Jesús muestra las heridas de la crucifixión para que reconozcan el amor de Dios Padre, para que entiendan que la Cruz era la respuesta de Dios al mal. Esta imagen se representa en la imagen del la Divina Misericordia, en la que Jesús muestra sus manos atravesadas por los clavos y los rayos de sus dones que salen de su Corazón. La última idea es el momento en el que instituye el sacramento de la Confesión, sacramento de la misericordia de Dios. Fomentemos los deseos de recibir este sacramento, con actos de contrición como ha aconsejado el Papa Francisco.


🎧Escucha la meditación “La hora de los valientes (4.IV.2020)

Es tiempo de evitar las quejas y de preocuparnos y de rezar por tantas personas que lo necesitan. Mañana, con el Domingo de Ramos, comienza la Semana Santa en la que podemos contemplar -con la ayuda del Evangelio y de nuestra imaginación- cómo se entregó Jesucristo por nosotros.

De la misma manera que ahora caemos en la cuenta de que no es lo mismo un médico más que uno menos -por las acuciantes necesidades de tantos enfermos-, podemos entender que cualquiera de nosotros es imprescindible: todos tenemos un papel protagonista, una misión. Podemos ser mediadores ante Dios rezando y trabajando por los demás, con la valentía de Marcia que, con su ejemplo y amistad, llevó a su amiga Junia al encuentro con Jesucristo.


🎧Escucha la meditación “La pregunta acertada (28.III.2020)

“Había un enfermo que se llamaba Lázaro, de Betania, la aldea de María y de su hermana Marta”. Así comienza el evangelio de mañana, 5º domingo de Cuaresma, en el que Jesús nos enseña a confiar en Él a pesar de que a veces parezca que no atiende a nuestras peticiones, también ante todo lo que nos sucede durante la pandemia del coronavirus.

Jesucristo quiere mostrarnos cuál es la actitud; no preguntarnos tanto por el porqué sino por el para qué. Y que, de esta manera, confiemos en Él y nos esforcemos por acogerle, con detalles de servicio y cariño en nuestras casas, con la oración y los pequeños sacrificios.


🎧Escucha la meditación “Que vea con tus ojos, Cristo mío” (21.III.2020)

El ciego de nacimiento protagoniza el evangelio del domingo 4º de Cuaresma. Una escena en la que Cristo, no solo le hace recobrar la vista sino que también le conduce a aceptarle como el Salvador.

La luz de de Jesús puede iluminar nuestro corazón. Nos llevará a mirar los problemas y dificultades con sus ojos, a percibir esta situación de cuarentena como una ocasión para ganar en santidad, como una oportunidad para aceptar y comprender a los demás, incluso con buen humor.


🎧Escucha la meditación “La llave de tu corazón (14.III.2020)

Crecer para adentro. Estas semanas son una oportunidad para tratar a Jesucristo con mayor intimidad, para contemplarlo en las páginas del Evangelio.

Como en este tiempo se reducirán las actividades formativas en los Centros de la Obra, ofrecemos esta meditación en la que el sacerdote utiliza las circunstancias en las que nos encontramos --lejanamente similares al periodo de aislamiento de san Josemaría con un grupo de personas de la Obra, en 1937, durante la guerra civil española-, y el evangelio del domingo para proponer unos puntos para conversar con el Señor.


 

¿Qué es una meditación de San Rafael?

Es un medio o instrumento que desarrolla el Opus Dei para la formación de la gente joven.

En cada centro de San Rafael se organiza al menos una meditación semanal predicada por el sacerdote: un rato de oración a partir de un texto del Evangelio, de la liturgia del día, etc. La oración es una exigencia de la vida cristiana: “El contacto vivo con Cristo es la ayuda decisiva para continuar en el camino recto [...]. Quien reza no desperdicia su tiempo, aunque todo haga pensar en una situación de emergencia y parezca impulsar sólo a la acción”. Por eso, la pedagogía del arte de la oración será siempre una prioridad educativa en la obra de San Rafael.

Si es posible, la meditación se suele tener los sábados, día tradicionalmente dedicado a la Virgen, como manifestación de amor a la Madre de Dios. De ordinario, la meditación va seguida de la exposición y bendición con el Santísimo Sacramento y del canto de la Salve o de otra antífona mariana, según el tiempo litúrgico. Es una expresión más del lugar central que ocupa la Eucaristía en la Iglesia.

 

 

Conocerle y conocerte (II): De labios de Jesús

En este segundo editorial de la serie se considera la iniciativa de Dios en la oración, que acude al encuentro del hombre y educa su corazón para que pueda entrar en relación con Él y descubra su condición de hijo amado de Dios.

VIDA ESPIRITUAL01/01/2020

Los primeros discípulos de Jesús vivían permanentemente fascinados y sorprendidos por su Maestro: enseñaba con autoridad, los demonios se le sometían, afirmaba que tenía potestad para perdonar los pecados, hacía milagros para que no dudaran… Un hombre tan sorprendente debía encerrar algún misterio. Uno de aquellos días, al alba, cuando están por comenzar otra agotadora jornada, los discípulos no encuentran a Jesús. Salen de casa preocupados y recorren la pequeña ciudad de Cafarnaún. Jesús no aparece. Finalmente, en una ladera que mira al lago, le descubren... ¡orando! (cfr. Mc 1,35).

El evangelista nos induce a pensar que no lo entendieron en un primer momento, pero enseguida pudieron comprobar que el episodio de Cafarnaún no era un hecho aislado. La oración formaba parte de la vida del Maestro tanto como la predicación, la atención a las necesidades de la gente o el descanso. Pero, mientras todas esas actividades les resultaban comprensibles e incluso admirables, aquellos tiempos de silencio les fascinaban, aunque no los entendían del todo. Solo tras un tiempo junto al Maestro se atrevieron a pedirle: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos» (Lc 11,1).

Non multa…

Conocemos la respuesta de Jesús a esa petición: la oración del Padrenuestro. Y alguno podría pensar que los discípulos debieron quedar decepcionados: ¿tan solo esas pocas palabras? ¿Eso es lo que hacía el Maestro durante largas horas? ¿Repetía siempre lo mismo? Podemos incluso imaginar que la respuesta de Jesús les debió saber a poco; hubieran deseado que Jesús siguiera enseñándoles. En ese sentido, el evangelio de san Mateo —a diferencia del de san Lucas— nos puede iluminar algo más, ya que sitúa la enseñanza del Padrenuestro en el contexto del Sermón de la Montaña: allí Cristo había señalado las condiciones principales de la oración, del trato verdadero con Dios. ¿Cuáles son esas condiciones?

LA RECTITUD DE INTENCIÓN, LA CONFIANZA Y LA SENCILLEZ SON TRES CONDICIONES PARA PODER DIRIGIRSE A DIOS

La primera es la rectitud de intención: se trata de dirigirse a Dios por Dios, no por otros motivos; desde luego, no hacerlo simplemente para que nos vean, ni para aparentar una bondad de la que carecemos (cfr. Mt 6,5). Dirigirnos a Dios porque él es un ser personal, que no debe ser instrumentalizado. Nos ha dado todo lo que poseemos, existimos por su amor, nos ha hecho hijos suyos, cuida tiernamente de nosotros y ha entregado su propia vida para salvarnos. Él no merece nuestra atención solo, ni principalmente, porque puede conseguirnos cosas. La merece… ¡porque es él! San Juan Pablo II, cuando era aún obispo de Cracovia, lo recordaba a los jóvenes: «¿Por qué oran todas las personas (cristianos, musulmanes, budistas, paganos)? ¿Por qué oran? ¿Por qué oran incluso los que creen no orar? La respuesta es muy sencilla. Oro porque hay Dios. Sé que hay Dios. Por eso oro»[1].

La segunda es la confianza: nos dirigimos a quien es Padre, Abbá. Dios no es un ser lejano, ni mucho menos un enemigo del hombre, al que habría que tener contento, aplacando su ira o sus exigencias constantemente. Él es el padre que se preocupa por sus hijos, que sabe lo que necesitan, que les da lo que más les conviene (cfr. Mt 6,8), que «tiene sus delicias con ellos» (cfr. Prov 8,31).

Se entiende así mejor la tercera de las condiciones de la oración, que es la que introduce la revelación del Padrenuestro: no usar demasiadas palabras (cfr. Mt 6,7). De esa manera podremos experimentar lo que nos recordaba el papa Francisco: «¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos!»[2]. Demasiadas palabras pueden aturdirnos y desviar nuestra atención. Así, en vez de mirar a Dios y descansar en su amor, existe el peligro de acabar prisioneros de nuestras necesidades urgentes, de nuestras angustias o de nuestros proyectos. Es decir, podemos terminar encerrados, sin que la oración nos abra verdaderamente a Dios y a su amor transformador.

Hay un adagio latino, non multa, sed multum[3], que san Josemaría usaba para referirse al modo de estudiar ya que recuerda la importancia de no dispersarse en muchas cosas —non multa—, sino de profundizar en lo esencial —sed multum—. Se trata de un consejo que sirve también para entender la enseñanza de Jesús sobre la oración. El Padrenuestro, en su brevedad, no es una lección decepcionante, sino auténtica revelación del modo en que resulta posible la conexión verdadera con Dios.

…sed multum

«A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y muda tu condición»[4]. Estas palabras de san Juan de la Cruz nos recuerdan que amar significa acompasarse con el otro, adivinar sus gustos y gozar en satisfacerlos, aprender —a veces con cierto sufrimiento— que no basta nuestra buena intención, sino que hay que aprender a acertar.

Y para amar a Dios, ¿cómo conseguiremos acertar? ¿Cómo sabremos sus gustos? El libro de Job pone de manifiesto aquella dificultad cuando, al final, humildemente dice: «Yo te preguntaré y tú me instruirás» (Jb 42,4). Se trata de la misma petición que siglos después dirigieron los discípulos a Jesús: «Enséñanos a orar». Aprender a rezar no es, pues, primariamente cuestión de técnica o de método. Ante todo, es apertura a un Dios que nos ha manifestado su verdadero rostro y que ha abierto para nosotros la intimidad de su corazón. Solo conociendo lo que anida en el corazón de Dios podremos orar verdaderamente, podremos amarle como él quiere ser amado. Y, a la luz de ese conocimiento, mudar la condición de nuestra oración, aprender a rezar de la mejor manera

El Padrenuestro es, pues, la gran instrucción de Jesús para que podamos sintonizar con el corazón del Padre. Por eso se ha hablado del carácter performativo de esta oración: son palabras que realizan en nosotros aquello que significan, son palabras que nos cambian. No son meramente frases para repetir: son palabras para educar nuestro corazón, para enseñarle a latir con los latidos de amor que agradarán a nuestro Padre del cielo.

LA ORACIÓN VA MÁS DE APERTURA Y DE DEJARSE TRANSFORMAR QUE DE UNA SIMPLE TÉCNICA O MÉTODO

Decir Padre y nuestro me sitúa existencialmente en la relación que configura mi vida. Repetir hágase tu voluntad me enseña a amar los planes de Dios y recitar perdona nuestras ofensas como también perdonamos a los que nos ofenden me ayuda a tener un corazón más misericordioso con los demás. «Las palabras nos instruyen y nos permiten entender lo que debemos desear y pedir nosotros. Y no como si con ellas fuésemos a convencer nosotros al Señor para obtener lo que pedimos»[5]. Recitando esta oración aprendemos a dirigirnos a Dios poniendo el acento en lo que es verdaderamente importante.

Meditar las distintas peticiones del Padrenuestro, quizás con la ayuda de algunos de los grandes comentarios antiguos —el de san Cipriano o el de santo Tomás[6]— o de otros más recientes como el del Catecismo de la Iglesia Católica, puede ser un buen modo de comenzar a renovar nuestra vida de oración y, así, vivir con mayor intensidad la historia de amor que tiene que ser nuestra vida.

Con palabras inspiradas

Los discípulos, testigos de la oración de Jesús, vieron también que él se dirigía a su Padre en muchas ocasiones con las palabras de los salmos. Así lo habría aprendido de su madre y de san José. Los salmos alimentaron su oración hasta en el momento supremo de su sacrificio en la cruz: «Elí, Elí, ¿lamma sabachtani?» reza el primer versículo del salmo 22 en arameo, tal y como lo pronunció Jesús en el momento en que se consumaba nuestra redención. San Mateo también recoge que en la Última Cena, «cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos» (Mt 26,30). ¿Qué himnos son esos con los que el mismo Cristo rezaba?

Durante la comida de Pascua, los judíos tomaban cuatro copas de vino, que representaban las cuatro promesas de bendición de Dios para su pueblo cuando fueron liberados de Egipto: «Os sacaré», «os libraré», «os redimiré» y «os tomaré» (Éx 6,6-7). Se bebían en cuatro distintos momentos durante la cena. Al mismo tiempo, se cantaban los himnos del Hallel, llamados así porque comenzaban con la palabra «hallel» («aleluya»)[7]. Seguramente Jesús recitó todos lleno de agradecimiento y alabando a Dios, su Padre, como un verdadero israelita, consciente del carácter inspirado de estas oraciones, en las que se condensan tanto la historia de amor de Dios por su pueblo, como las actitudes propias del corazón del hombre ante un Dios siempre más admirable: la alabanza, la adoración, la súplica, la petición de perdón…

No resulta extraño, pues, que los primeros cristianos siguieran este modo de rezar de Jesús, apoyados también en el consejo de san Pablo: «Llenaos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones, dando gracias siempre por todas las cosas a Dios Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 5,19-20). Al igual que las del Padrenuestro, las palabras de los salmos educaban sus corazones, abriéndolos a una relación auténtica con Dios. Descubrían, con asombro y agradecimiento, cómo aquellos versos habían prefigurado siempre la vida de Cristo. Y, sobre todo, comprendían que su corazón de hombre verdadero era el que mejor había sabido hacer suyas las alabanzas, peticiones y súplicas que en ellos se contienen. Desde entonces, «rezándolos en referencia a Cristo y viendo su cumplimiento en Él, los salmos son elemento esencial y permanente de la oración de su Iglesia. Se adaptan a los hombres de toda condición y de todo tiempo»[8]. También nosotros encontraremos en ellos «alimento sólido» (cfr. Hb 5,14) para nuestra oración.

LOS SALMOS Y LOS TEXTOS DE LA LITURGIA FORMAN UN TESORO CON EL QUE PODEMOS EDUCAR NUESTRO CORAZÓN PARA ACUDIR AL ENCUENTRO DEL MAESTRO

Y no solo los salmos. A estos se unieron enseguida distintas composiciones —«himnos y cánticos espirituales»— para alabar al Dios tres veces santo, que se les había revelado como comunión de personas, Padre, Hijo y Espíritu. Comenzó así la elaboración de las oraciones que se utilizarían en la liturgia o que alimentarían la piedad fuera de ella; el propósito era el de ayudarnos a dirigirnos a Dios con palabras adecuadas, que expresaran nuestra fe en él. Esas oraciones, fruto del amor de la Iglesia por su Señor, constituyen también un tesoro en el que podemos educar nuestro corazón. Por eso, escribía san Josemaría: «Tu oración debe ser litúrgica. —Ojalá te aficiones a recitar los salmos, y las oraciones del misal, en lugar de oraciones privadas o particulares»[9].

Bajo el soplo del Espíritu Santo

Todos hemos aprendido estudiando textos escritos. Por eso podemos entender que las palabras del Padrenuestro, de los salmos o de otras oraciones de la Iglesia son las que nos han educado en nuestro trato con Dios, aunque hasta ahora no lo hubiéramos pensado así. Sin embargo, la palabra de Dios tiene una característica propia: está viva y, por eso, puede aportar novedades insospechadas. La carta a los Hebreos nos recuerda que «la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de doble filo: entra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y descubre los sentimientos y pensamientos del corazón» (Hb 4,12).

Por eso, las mismas palabras, consideradas una y otra vez, no suenan siempre de la misma manera. Algunas veces se abren horizontes nuevos ante nuestros ojos, sin que sepamos explicar muy bien por qué: es la acción del Espíritu Santo que habla a nuestro interior. Lo explicaba, con precisión, san Agustín: «El sonido de nuestras palabras golpea vuestros oídos, pero el maestro está dentro (…). ¿Queréis una prueba, hermanos? ¿Acaso no habéis oído todos este sermón? ¡Cuántos no van a salir de aquí sin haber aprendido nada! En lo que de mí depende, he hablado a todos, pero aquellos a quienes no habla interiormente la Unción, a los que no enseña interiormente el Espíritu Santo, regresan con la misma ignorancia»[10].

Se percibe así la estrecha relación entre el Espíritu Santo, la palabra inspirada y nuestra vida de oración. Con razón la Iglesia lo invoca como el «Maestro interior», que educa nuestro corazón con las palabras que el mismo Jesús nos enseñó, haciéndonos descubrir en ellas horizontes siempre nuevos, para conocer mejor a Dios y así amarle cada día más.

* * *

«María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón» (Lc 2,19). La oración de nuestra Madre se nutría de su propia vida y de la meditación asidua de la Palabra de Dios; allí encontraba luz para ver con más profundidad las cosas que la rodeaban. En su cántico de alabanza —el Magnificat— percibimos hasta qué punto la Sagrada Escritura era el alimento constante de su oración. El Magnificat está entretejido de referencias a los salmos y a otras palabras de la Sagrada Escritura como el «cántico de Ana» (1Sam 2,1-11) o la visión de Isaías (Is 29,19-20), entre otros[11]. Con ese alimento preparaba el Espíritu Santo su sí incondicional a la embajada del ángel. A ella nos encomendamos para que también nosotros dejemos que la palabra divina eduque nuestro corazón y nos haga capaces de responder fiat! —¡hágase! ¡quiero!— a tantos planes que Dios tiene para nuestra vida.

Nicolás Álvarez de las Asturias


[1] K. Wojtyla, Ejercicios espirituales para jóvenes, BAC, Madrid 1982, p. 89.

[2] Francisco, Evangelii Gaudium, n. 264.

[3] Cfr. Camino, n. 333.

[4] San Juan de la Cruz, Dichos de amor y luz, 59.

[5] San Agustín, Carta 130.

[6] Cfr. San Cipriano, La unidad de la Iglesia, el padrenuestro, a Donato, Ciudad Nueva, Madrid 1991; Santo Tomás de Aquino, Obras catequéticas. Sobre el credo, Padrenuestro, Avemaría, decálogo y los siete sacramentos, Ediciones Eunate, Pamplona 1995, pp. 98-128.

[7]El Hallel se compone del pequeño Hallel, integrado por los salmos 113 (112) a 118 (117), y del gran Hallel, que es el salmo 136 (135), en el que se repite, en cada versículo, «porque es eterna su misericordia». Este último es el salmo con el que se concluye la cena pascual.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2597.

[9] Camino, n. 86.

[10] San Agustín, Tercera homilía sobre la I Carta de San Juan, 13.

[11] Además de los ya citados, también hay referencias a Habacuc 3,18; Job 12,19-20; 5,11-12 y Salmos 113,7; 136,17-23; 34,2-3; 111,9; 103,1; 89,11; 107,9; 34,10; 98,3; 22,9.

 

 

El Misterio de la Santísima Trinidad

 

¿Por qué es un Misterio? ¿Es verdad que el hombre no puede llegar a comprenderlo? Un breve artículo para conocer la explicación que da la teología al respecto.

Muy conocida es la anécdota de la vida de San Agustín cuando, meditando cierto día sobre el misterio de la Santísima Trinidad, se encontró a un niño que pretendía con una concha vaciar el mar en un pequeño agujero. Dios le daba a entender así la desproporción de querer penetrar en la profundidad de Sus Misterios con la capacidad de una mente creada.

Hay un límite a lo que la razón humana -aun en condiciones óptimas- puede captar y entender. Dado que Dios es un Ser infinito, ningún intelecto creado, por dotado que esté, puede abarcar su insondable grandeza.

La más profunda de las verdades de fe es ésta: habiendo un solo Dios, existen en Él tres Personas distintas -Padre, Hijo y Espíritu Santo-. Hay una sola naturaleza divina, pero tres Personas divinas. En lo creado, a cada “naturaleza” corresponde siempre una “persona”. Si hay cuatro personas en una oficina, cuatro naturalezas humanas están presentes; si sólo está una naturaleza humana presente, hay una sola persona. Así, cuando tratamos de pensar en Dios como tres Personas con una y la misma naturaleza, nos encontramos como dando de topes contra la pared.

Aunque esta verdad (y otras que después veremos) no quepan dentro de lo limitado de nuestras facultades, no por eso dejan de ser verdades y realidades. Las creemos no porque las descubra la razón, sino porque Dios nos las ha manifestado, y Él es infinitamente sabio y veraz. Para captarlas mejor tenemos que esperar a que Él se nos manifieste del todo en el cielo.

Sin embargo, los teólogos se han esforzado para explicarnos algunas cosas. Nos dicen que la distinción entre las tres Personas divinas se basa en la relación que existe entre ellas. Veamos cómo razonan.

En primer lugar, consideremos a Dios Padre. Éste, con su infinita sabiduría, al conocerse a Sí mismo, formula un pensamiento de Sí mismo. Tú y yo, muchas veces, hacemos una cosa parecida. Cuando piensas en ti (o yo en mí), lo que haces es formarte un concepto sobre el propio yo “Juan López”, o “María Pérez”, es decir, “aquello que eres tú para ti mismo”.

Sin embargo, hay una diferencia muy grande entre nuestro propio conocimiento y el de Dios sobre Sí mismo. Nuestro conocimiento propio es imperfecto, incompleto (“nadie es buen juez en causa propia”). E incluso, si nos conociéramos perfectamente, -es decir, si nuestro concepto sobre el propio yo fuera una clarísima reproducción de nosotros mismos-, tan sólo sería un pensamiento que no saldría de nuestro interior, sin existencia independiente, sin vida propia. El pensamiento cesaría de existir, aun en mi mente, tan pronto como volviera mi atención a otro asunto.

Tratándose de Dios, las cosas son muy distintas. Su pensamiento sobre Sí mismo es perfectísimo: abarca completamente todos y cada uno de los aspectos de su infinitud. Pero un pensamiento perfectísimo, para que de verdad lo sea, ha de tener existencia propia (si puede desaparecer, le faltaría esa perfección). Tal fuerza tiene Su pensamiento, es tan infinitamente completo y perfecto, que lo ha re-producido con existencia propia. La imagen que Dios ve de Sí mismo, la Palabra silenciosa con que eternamente se expresa a Sí mismo, debe tener una existencia propia, distinta. A este Pensamiento vivo en que Dios se expresa a Sí mismo perfectamente lo llamamos Dios Hijo. Dios Padre es Dios conociéndose a Sí mismo; Dios Hijo es la expresión del conocimiento que Dios tiene de Sí. Por ello, la segunda Persona de la Santísima Trinidad es llamada Hijo, precisamente porque es generado por toda la eternidad, engendrado en la mente divina del Padre.

Además, como esa generación es intelectual, se le llama “Verbo” es decir, “Palabra”. Dios Hijo es la “Palabra interior” que Dios Padre pronuncia cuando su infinita sabiduría conoce su esencia infinita.

Aunque en este punto ya habremos tenido necesidad de poner a trabajar la mente un poco más que de ordinario, hagamos un esfuerzo adicional para ver cómo nos explican los teólogos la realidad del Espíritu Santo.

Dios Padre (Dios conociéndose a Sí mismo) y Dios Hijo (el conocimiento de Dios sobre Sí mismo) contemplan la naturaleza que ambos poseen en común. Al verse (estamos hablando, claro está, de modo humano), contemplan en esa naturaleza lo bello y lo bueno en grado infinito. Y como lo bello y lo bueno producen amor, la Voluntad divina mueve a ambas Personas a un acto de amor infinito, de la Una hacia la Otra. Ya que el amor de Dios a Sí mismo, como el conocimiento de Dios de Sí mismo, son de la misma naturaleza divina, tiene que ser un amor vivo. Este amor infinitamente perfecto, infinitamente intenso, que dimana eternamente del Padre y del Hijo es el que llamamos Espíritu Santo “que procede del Padre y del Hijo”. Es la tercera persona de la Santísima Trinidad. El Espíritu Santo es el “Amor Subsistente”, el “Amor hecho Persona”.

Tal es el misterio de la Santísima Trinidad: tres Personas distintas en un solo Dios verdadero.

El mayor misterio

Indudablemente, la Trinidad es un misterio. Si no se nos hubiera hablado de ella, jamás habríamos sospechado su existencia. Ahora que sabemos que existe, no podemos comprenderla. Aquel que tratara de penetrar este misterio sería como un pobre miope que tratara de divisar las costas africanas desde las brasileñas. No, no es posible penetrar las profundidades del Océano de la divinidad con nuestra limitada inteligencia.

Puede parecer digno a una mente contemporánea adoptar una actitud altiva contra el misterio, empuñar una maza y lanzarse, como un cruzado, a destrozar las vidrieras celestes tras las cuales se oculta. Ahora bien, ¿por qué no empezar la cruzada por la propia casa? Antes de que termináramos nuestra tarea en el mundo, la maza estaría rota, nuestro brazo agarrotado y nuestro espíritu lo suficientemente humillado como para comprender que el misterio nos rodea por todas partes, que no sólo se oculta tras los ventanales del cielo. ¿Qué sabemos, por ejemplo, de la electricidad, aparte de sus efectos? ¿Qué de las hondas hertzianas, aparte de que nos permiten oír la radio?…

Sabemos que una luz roja está compuesta de 132 millones de vibraciones por segundo, pero esto no nos sirve de mucho cuando la luz roja de un semáforo nos obliga a detenernos. Sabemos también que un cultivo desarrollado a partir del cerebro o de la médula espinal de un perro loco detiene la rabia, pero no sabemos por qué lo hace. Y así podríamos multiplicar los ejemplos. ¿No es, pues, un poco absurdo, que nos sorprendamos de que Dios pueda proponernos verdades que superan la capacidad de nuestro intelecto? ¿No hay rayos de luz invisibles para nosotros, sonidos inaudibles? Son limitaciones que aceptamos. Pues bien, con el intelecto ocurre lo mismo: hay verdades que no comprendemos, que no captamos, porque rebasan nuestra capacidad de conocimiento.

Dentro del misterio trinitario debemos estar prevenidos contra un error: el de pensar en Dios Padre como el que “apareció primero”, en Dios Hijo como el que vino después y en Dios Espíritu Santo como quien llegó al final. Los tres son igualmente eternos, ya que poseen la misma y única naturaleza divina; el Verbo de Dios y el Amor de Dios son tan sin tiempo como la Naturaleza de Dios. El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio de tres Personas co-iguales, co-eternas y consustanciales, realmente distintas, que tienen la misma naturaleza divina y constituyen un único y solo Dios.

No obstante, a cada Persona divina se le atribuyen ciertas actividades u obras, que parecen más apropiadas a la particular relación de tal o cual Persona divina. Por ejemplo, a Dios Padre se le adscribe la obra de la creación, ya que pensamos en Él como “el principio”, el arranque, el motor de todas las cosas. Como Dios Hijo es la Sabiduría o Conocimiento del Padre, le apropiamos las obras de sabiduría; es Él quien vino a la Tierra para mostrarnos la verdad. Por último, como el Espíritu Santo es el Amor Sustancial, le atribuimos las obras de amor, particularmente la acción santificadora de las almas.

Dios Padre es el Creador, Dios Hijo es el Redentor, Dios Espíritu Santo es el Santificador. Y, sin embargo, lo que Una Persona hace, lo hacen todas; donde Una está, están las tres.

El misterio de la Santísima Trinidad es el mayor misterio que existe. La fuente de la que procede nuestro conocimiento de él es la autoridad de Dios, porque sólo Él lo conoce y sólo Él podría revelarlo. Nos lo ha revelado y nuestras mentes se inclinan a Dios con gratitud. En ese misterio está la culminación de toda vida, su cima más alta y también sus raíces más profundas, el principio que es también la meta.

Dios escondido

Cuenta un autor inglés la anécdota de cierto muchacho, procedente de un arrabal de Londres, que fue a confesarse y redujo su confesión a lo siguiente: “Perdóneme, Padre, porque he pecado; he tirado piedras a los autobuses y no creo en el Espíritu Santo”. No sé si a alguien, pero a mí personalmente, nunca me ha asaltado la tentación de lanzar proyectiles a los autobuses y, por tanto, no puedo decir qué justificación tendría el penitente para esta conducta tan desconsiderada hacia la propiedad pública. Sí encuentro justificación, en cambio, para acusarme de no tener demasiada fe en el Espíritu Santo. Porque es, para mí y para el común de los católicos, “el Gran Desconocido”. Dios Padre es el Creador, el interlocutor del Padre Nuestro. El Hijo es, ni más ni menos, quien se hizo hombre para salvarnos. Pero, ¿qué sabemos del Espíritu Santo?

Por principio de cuentas, sabemos que es una de las tres Personas divinas que, con el Padre y el Hijo, constituyen la Santísima Trinidad. Sabemos también que se le llama Paráclito (palabra griega que significa “Consolador”). Se le llama además Espíritu de verdad, Espíritu de Dios, Espíritu de Amor. Sabemos también que llega a nuestra alma en el bautismo, y que continúa morando en ella mientras no lo echemos por el pecado mortal.

Y a esto se reduce el conocimiento del Espíritu Santo para muchos católicos, que les hace a no tener más que una somera comprensión del proceso interior de santificación que desarrolla, precisamente, el Espíritu Santo.

Hasta que Cristo la reveló, la existencia del Espíritu Santo -y, por supuesto, la de la Santísima Trinidad- era desconocida para la humanidad. Dios quería sobre todo insistir en la idea de Su Unidad, ya que los judíos estaban rodeados de naciones politeístas. Más de una vez dejaron el culto al Dios único, por la idolatría de los muchos dioses de su vecinos. En consecuencia, Dios, por medio de sus profetas, les inculcaba insistentemente la idea de Su Unidad. No complicó las cosas revelando al hombre pre-cristiano que hay tres Personas en Dios. Había de ser Jesucristo quien nos comunicara este maravilloso vislumbre de la íntima naturaleza divina.

Pues bien, ya que nosotros creemos en el Espíritu Santo, además del Padre y del Hijo, sería bueno que recordásemos qué queremos decir con esto. Quizá nos convenga no olvidar que el Espíritu Santo ha existido desde toda la eternidad, y la Trinidad no sería tal sin el Espíritu Santo. Remontémonos hasta el mismo inicio de todas las cosas, imaginemos a Dios existiendo fuera del tiempo, independiente de los mundos e incluso de los ángeles. Desde toda la eternidad ha habido una riqueza infinita de vida dentro de la simplicísima unidad de la Divinidad.

Explicábamos antes que Dios, el Padre, desde la eternidad ha dicho una Palabra; o, si queremos expresarlo de una manera más luminosa, ha producido un Pensamiento de Sí mismo. Cuando tú y yo pensamos, el pensamiento no tiene existencia alguna fuera de nuestras mentes; pero cuando la Mente eterna piensa en Sí misma, produce un Pensamiento tan eterno y tan perfecto como Ella, y ese Pensamiento es, como la Mente eterna, una Persona divina. Así que tenemos ya dos Personas dentro de la Santísima Trinidad: la Mente eterna y su eterno Pensamiento. Ahora bien, es imposible que esas dos Personas divinas existiendo juntas resulten mutuamente indiferentes: debe haber una actitud de la una hacia la otra, que no es difícil adivinar cual será: se amarán recíprocamente.

El Amor que brota tanto de la Mente eterna como de su eterno Pensamiento, como un lazo mutuo, es el Espíritu Santo. Por eso decimos que el Espíritu Santo “procede del Padre y del Hijo”. El es la respuesta consciente del Amor que surge entre ellos, que va del uno al otro.

 

 

Relativismo en el Magisterio de la Iglesia

Homilía del cardenal Joseph Ratzinger en la misa por la elección del Papa

En esta hora de gran responsabilidad, escuchemos con particular atención lo que nos dice el Señor con sus mismas palabras. De las tres lecturas, quisiera escoger sólo algún pasaje que nos afecta directamente en un momento como éste.

La primera lectura ofrece un retrato profético de la figura del Mesías, un retrato que alcanza todo su significado en el momento en el que Jesús lee este texto en la sinagoga de Nazaret, cuando dice: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy» (Lucas 4, 21). En el centro de este texto profético, encontramos una frase que, al menos a primera vista, parece contradictoria. Al hablar de sí mismo, el Mesías dice que ha sido enviado «a pregonar el año de gracia del Señor, el día de venganza de nuestro Dios» (Isaías 61, 2). Escuchamos, con alegría, el anuncio del año de la misericordia: la misericordia divina pone un límite al mal, nos ha dicho el Santo Padre. Jesucristo es la misericordia divina en persona: encontrar a Cristo significa encontrar la misericordia de Dios. El mandato de Cristo se ha convertido en nuestro mandato a través de la unción sacerdotal; estamos llamados a promulgar no sólo con las palabras sino también con la vida y con los signos eficaces de los sacramentos «el año de la misericordia del Señor». Pero, ¿qué quiere decir Isaías cuando anuncia el «día de venganza de nuestro Dios»? Jesús, en Nazaret, al leer el texto profético, no pronunció estas palabras, concluyó anunciando el año de la misericordia. ¿Fue éste quizá el motivo del escándalo que tuvo lugar tras su predicación? No lo sabemos. De todos modos, el Señor ofreció su comentario auténtico a estas palabras con su muerte en la cruz. «Él mismo sobre el madero llevó nuestros pecados…», dice san Pedro (1 Pedro 2, 24). Y san Pablo escribe a los Gálatas: «Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros, pues dice la Escritura: maldito todo el que está colgado de un madero, a fin de que llegara a los gentiles, en Cristo Jesús, la bendición de Abraham, y por la fe recibiéramos el Espíritu de la Promesa» (Gálatas 3, 13s).

La misericordia de Cristo no es una gracia barata, no supone la banalización del mal. Cristo lleva en su cuerpo y en su alma todo el peso del mal, toda su fuerza destructora. El día de la venganza y el año de la misericordia coinciden en el misterio pascual, en Cristo, muerto y resucitado. Esta es la venganza de Dios: él mismo, en la persona del Hijo, sufre por nosotros. Cuanto más quedamos tocados por la misericordia del Señor, más solidarios somos con su sufrimiento, más disponibles estamos para completar en nuestra carne «lo que falta a las tribulaciones de Cristo» (Colosenses 1, 24).

Pasemos a la segunda lectura, la carta a los Efesios. Afronta esencialmente tres argumentos: en primer lugar, los ministerios y los carismas en la Iglesia, como dones del Señor resucitado y elevado al cielo; a continuación, la maduración en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, como condición y contenido de la unidad en el cuerpo de Cristo; y, por último, la participación común en el crecimiento del Cuerpo de Cristo, es decir, la transformación del mundo en la comunión con el Señor.

Detengámonos en dos puntos. El primero, es el camino hacia la «madurez de Cristo», como dice, simplificando, el texto en italiano. Más en concreto tendríamos que hablar, según el texto griego, de la «medida de la plenitud de Cristo», a la que estamos llamados a llegar para ser realmente adultos en la fe. No deberíamos quedarnos como niños en la fe, en estado de minoría de edad. Y, ¿qué significa ser niños en la fe? Responde san Pablo: significa ser «llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina» (Efesios 4, 14). ¡Una descripción muy actual!

Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estas últimas décadas, cuántas corrientes ideológicas, cuántas modas del pensamiento… La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos con frecuencia ha quedado agitada por las olas, zarandeada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinismo; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir en el error (Cf. Efesios 4, 14). Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, es etiquetado con frecuencia como fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, el dejarse llevar «zarandear por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud que está de moda. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que sólo deja como última medida el propio yo y sus ganas.

Nosotros tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo. «Adulta» no es una fe que sigue las olas de la moda y de la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da la medida para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad.

Tenemos que madurar en esta fe adulta, tenemos que guiar hacia esta fe al rebaño de Cristo. Y esta fe, sólo la fe, crea unidad y tiene lugar en la caridad. San Pablo nos ofrece, en oposición a las continuas peripecias de quienes son como niños zarandeados por las olas, una bella frase: hacer la verdad en la caridad, como fórmula fundamental de la existencia cristiana. En Cristo, coinciden verdad y caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, verdad y caridad se funden. La caridad sin verdad sería ciega; la verdad sin caridad, sería como «un címbalo que retiñe» (1 Corintios 13, 1).

Pasemos ahora al Evangelio, de cuya riqueza quisiera sacar tan sólo dos pequeñas observaciones. El Señor nos dirige estas maravillosas palabras: «No os llamo ya siervos… a vosotros os he llamado amigos» (Juan 15, 15). Muchas veces no sentimos simplemente siervos inútiles, y es verdad (Cf. Lucas 17, 10). Y, a pesar de ello, el Señor nos llama amigos, nos hace sus amigos, nos da su amistad. El Señor define la amistad de dos maneras. No hay secretos entre amigos: Cristo nos dice todo lo que escucha al Padre; nos da su plena confianza y, con la confianza, también el conocimiento. Nos revela su rostro, su corazón. Nos muestra su ternura por nosotros, su amor apasionado que va hasta la locura de la cruz. Nos da su confianza, nos da el poder de hablar con su yo: «este es mi cuerpo…», «yo te absuelvo…». Nos confía su cuerpo, la Iglesia. Confía a nuestras débiles mentes, a nuestras débiles manos su verdad, el misterio del Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; el misterio del Dios que «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Juan 3, 16). Nos ha hecho sus amigos y, nosotros, ¿cómo respondemos?

El segundo elemento con el que Jesús define la amistad es la comunión de las voluntades. «Idem velle – idem nolle», era también para los romanos la definición de la amistad. «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Juan 15, 14). La amistad con Cristo coincide con lo que expresa la tercera petición del Padrenuestro: «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo». En la hora de Getsemaní, Jesús transformó nuestra voluntad humana rebelde en voluntad conformada y unida con la voluntad divina. Sufrió todo el drama de nuestra autonomía y, al llevar nuestra voluntad en las manos de Dios, nos da la verdadera libertad: «pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú» (Mateo 26, 39). En esta comunión de las voluntades tiene lugar nuestra redención: ser amigos de Jesús, convertirse en amigos de Dios. Cuanto más amamos a Jesús, más le conocemos, más crece nuestra auténtica libertad, la alegría de ser redimidos. ¡Gracias, Jesús, por tu amistad!

El otro elemento del Evangelio que quería mencionar es el discurso de Jesús sobre llevar fruto: «os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Juan 15, 16). Aquí aparece el dinamismo de la existencia del cristiano, del apóstol: os he destinado para que vayáis… Tenemos que estar animados por una santa inquietud: la inquietud de llevar a todos el don de la fe, de la amistad con Cristo. En verdad, el amor, la amistad de Dios, nos ha sido dada para que llegue también a los demás.

Hemos recibido la fe para entregarla a los demás, somos sacerdotes para servir a los demás. Y tenemos que llevar un fruto que permanezca. Pero, ¿qué queda? El dinero no se queda. Los edificios tampoco se quedan, ni los libros. Después de un cierto tiempo, más o menos largo, todo esto desaparece. Lo único que permanece eternamente es el alma humana, el hombre creado por Dios para la eternidad. El fruto que queda, por tanto, es el que hemos sembrado en las almas humanas, el amor, el conocimiento; el gesto capaz de tocar el corazón; la palabra que abre el alma a la alegría del Señor. Entonces, vayamos y pidamos al Señor que nos ayude a llevar fruto, un fruto que permanezca. Sólo así la tierra se transforma de valle de lágrimas en jardín de Dios.

Volvamos, por último, una vez más a la carta a los Efesios. La carta dice, con las palabras del Salmo 68, que Cristo, al ascender al cielos, «subiendo al cielo, dio dones a los hombres» (Efesios 4, 8). El vencedor distribuye dones. Y estos dones son apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Nuestro ministerio es un don de Cristo a los hombres para edificar su cuerpo, el mundo nuevo. Vivamos nuestro ministerio de este modo, ¡como don de Cristo a los hombres! Pero, en este momento, pidamos sobre todo con insistencia al Señor que, después del gran don del Papa Juan Pablo II, nos dé de nuevo un pastor según su corazón, un pastor que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría. Amén.

+Cardenal Joseph Ratzinger

Roma, abril de 2005

 

 

Comentario al Evangelio (y versión audio): Trinidad

Evangelio del Domingo de la Santísima Trinidad (Ciclo A) y comentario al evangelio.

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Jn 3,16-18)

Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no es juzgado; pero quien no cree ya está juzgado, porque no cree en el nombre del Hijo Unigénito de Dios.


Comentario

En la intimidad del diálogo con Nicodemo, Jesús desvela las profundidades del amor divino. “Tanto amó Dios al mundo…”, comienza diciendo.

El mundo, el universo entero, había salido bueno de las manos de Dios, como lo atestigua el libro del Génesis cuando añade: “y vio Dios que era bueno” (Gn 1,10) al ponderar todo lo que iba creando día tras día. Pero ese mundo que era bueno quedó dañado por el pecado del hombre. Sin embargo, Dios no lo abandona y sigue manteniéndole su amor, que es más fuerte que el pecado. Un amor que llega hasta el extremo: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito” (v. 16).

San Cipriano, un Padre de la Iglesia, invita a considerar, a mediados del siglo tercero, que “muchos y grandes son los beneficios de Dios, que la bondad generosa y copiosa de Dios Padre y de Cristo ha realizado y siempre realizará para nuestra salvación. En efecto, para preservarnos, darnos una nueva vida y poder redimirnos, el Padre envió al Hijo. El Hijo, que había sido enviado, quiso ser llamado también Hijo del hombre, para hacernos hijos de Dios: se humilló, para elevar al pueblo que antes yacía en la tierra, fue herido para curar nuestras heridas, se hizo esclavo para conducirnos a la libertad a nosotros, que éramos esclavos. Aceptó morir, para poder ofrecer a los mortales la inmortalidad”[1].

Dios Padre nos entregó “a su Hijo Unigénito” (v. 16), dice Jesús. El Padre es dador de todo. En primer lugar, desde la eternidad da todo a su Hijo, como el propio Jesús lo reconoce en su oración al Padre durante la última cena: “Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío” (Jn 17,10). Padre e Hijo comparten idéntica naturaleza divina.

Pero, en el tiempo, Dios Padre también da todo al mundo, al entregar por amor a su Hijo Unigénito. “La palabra ‘unigénito’ remite, por un lado, - explica Benedicto XVI- al Prólogo [del Evangelio de Juan], donde el Logos es definido como el ‘unigénito Dios’ (Jn 1, 18). Pero, por otro, recuerda a Abraham, que no le negó a Dios a su hijo, a su ‘único hijo’ (Gn 22,2.12). El ‘dar’ del Padre se consuma en el amor del Hijo ‘hasta el extremo’ (Jn 13,1), esto es, hasta la cruz”[2].

Ese don de Dios que es su Hijo Unigénito no fue otorgado a un grupo de elegidos ni de gentes selectas, sino que está destinado “al mundo”. Tiene, pues, una dimensión universal. El mundo entero estaba necesitado de salvación y ha sido redimido por Él para que “no perezca, sino que tenga vida eterna” (v. 16).

Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (v. 17). Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, “no viene a condenarnos -nos hace considerar San Josemaría-, a echarnos en cara nuestra indigencia o nuestra mezquindad: viene a salvarnos, a perdonarnos, a disculparnos, a traernos la paz y la alegría. Si reconocemos esta maravillosa relación del Señor con sus hijos, se cambiarán necesariamente nuestros corazones, y nos haremos cargo de que ante nuestros ojos se abre un panorama absolutamente nuevo, lleno de relieve, de hondura y de luz”[3].

“Si Dios nos ha creado, si nos ha redimido, si nos ama hasta el punto de entregar por nosotros a su Hijo unigénito, si nos espera -¡cada día!- como esperaba aquel padre de la parábola a su hijo pródigo, ¿cómo no va a desear que lo tratemos amorosamente? -comenta también San Josemaría-. Extraño sería no hablar con Dios, apartarse de Él, olvidarle, desenvolverse en actividades ajenas a esos toques ininterrumpidos de la gracia”[4].

 


[1] S. Cipriano, De opere el eleemosynis, 1 (PL 4,601-603)

[2] Joseph Ratzinger - Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. I. Desde el Bautismo a la Transfiguración, New York: Doubleday, 2007, p. 398.

[3] S. Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 165.

[4] S. Josemaría, Amigos de Dios, n. 251.

Photo: Olivier Miche, on Unsplash

 

 

Domingo de la Santísima Trinidad.

 

Jn 3,16-18.

 

Así se despacha San Juan. Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo. Es un amor en familia, en comunidad, en vida trinitaria. El amor de Dios es un amor sin condiciones. Es un amor que a través de la Santísima Trinidad nos recuerda el Amor creador del Padre, el Amor redentor del Hijo y el amor santificador del Espíritu Santo, Señor y dador de vida. Es lo que recuerda siempre el gran Agustín; el Padre es el Amante, el Hijo es el amado y el Espíritu Santo es el Amor.

 

1.    En este texto del diálogo de Jesús con Nicodemo el Señor revela los secretos de su corazón en la medida en que nos experimentamos pobres y necesitados de su Amor. Sin el despojo de nuestra mentalidad siempre imprecisa, nunca el Señor nos revelará los secretos de su Corazón. Jesús revela siempre el Amor del Padre. A través de los dones del Espíritu Santo va haciendo que caigamos en la cuenta del Amor incondicional de Cristo como buena noticia para los que sufren. En la medida en que somos seducidos por el Amor del Padre, el Espíritu Santo forma en nosotros el Corazón de Cristo.

 

2.    El misterio de la Trinidad se revela a los sencillos, a los que no exigen pruebas, a los que viven en medio de las intemperies de la vida la comunión de vida y de amor. Jesús revela el misterio de la Trinidad con su propia vida. Siempre habla de cumplir la voluntad del Padre. Al final hablará siempre de otro Paráclito, otro abogado defensor que junto con Cristo nos defiende del Acusador, del que nos acusaba de día y de noche para hundirnos en nuestras miserias.

 

3.    El misterio de la Trinidad impregna toda la vida de la Iglesia. Todo se comienza y se concluye en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo. Es siempre un amor que salva y da la vida en abundancia. En medio de nuestras pruebas y dificultades sabemos que pertenecemos a la Trinidad, a la familia de Dios que nos da la vida a través de la Iglesia nuestra Madre y que nos ayuda a entregar la vida por la humanidad sufriente y pobre.

 

+ Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo Primado de España

 

 

Serían las cuatro de la tarde…

Daniel Tirapu 

photo_cameraJesús en la cruz

Dos discípulos de Juan el Bautista, fijándose en Jesús que pasaba.

Juan les dijo "éste es el cordero de Dios". Los discípulos siguieron a Jesús. Jesús les preguntó qué buscaban: ¿ Rabí dónde vives?. "Venid y veréis".

Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con El; serían las cuatro de la tarde. Juan recuerda, muchos años después, la hora en que encontró a Jesús, pequeño detalle, pero tierno e importante.

Me pregunto y te pregunto: ¿a qué hora le conociste?, quizás no ha llegado esa hora. Pero nunca la olvides. Jesús sigue pasando por la Gran Vía, por Kinshasa, por Tokio, por el Bronx, por el Buenpas, por tu calle. Sal y abre. 

 

 

Antifamilia: el divorcio

 

Ana Teresa López de Llergo

 

Aunque la causa más vigorosa sobre la tendencia al divorcio se debe a la división de dos que debían estar unidos. Esta división se puede dar sin advertirla.

Muchas veces es necesario tomar medidas drásticas para evitar males mayores. Con este antecedente, entiendo que hay casos en que el divorcio es el mal menor por el cual es aconsejable optar. Sin embargo, no deja de ocasionar mucho sufrimiento, heridas que no siempre aparecen de inmediato, inseguridades escondidas que tarde o temprano influyen en la conducta y sorprenden, porque nunca antes se habían presentado indicios que pronosticaran esos modos de reaccionar.

El divorcio es la disolución civil de los lazos libremente aceptados por ambas partes, para formar una familia. Cada caso de divorcio tiene sus antecedentes que relatan la historia de una serie de hechos cuyo final es anular los compromisos elegidos que pronosticaban muchos beneficios, obviamente no exentos de dificultades. Sin embargo, la esperanza de vencer juntos esas dificultades les unía más y por eso, se casan.

En líneas generales, el divorcio tiene vínculos con la traición y el abandono. En muchas ocasiones estos hechos son evidentes, otras veces no lo son tanto aunque siempre hay rastros.

Al contraer matrimonio no se debe excluir la posibilidad de que algún día se pensará en el divorcio. De esta manera, las personas que inician este vínculo pueden estar mejor preparados para combatir tal idea, cuando realmente aparezca y se vea como la única solución. Porque desgraciadamente, las presiones son muy fuertes a favor del divorcio.

Presiones de los parientes cercanos, que se van por la solución fácil y rápida. También presiones del ambiente que promociona el divorcio cada vez con más facilidades legales. Presiones interiores de los mismos cónyuges que se dejan llevar por el orgullo, o por la ofuscación de no ver otra solución, sin contemplar consecuencias negativas en los hijos o en ellos mismos. Por lo tanto, siempre existe la sombra del divorcio por la precariedad humana.

Aunque la causa más vigorosa sobre la tendencia al divorcio se debe a la división de dos que debían estar unidos. Esta división se puede dar sin advertirla. Puede deberse a la falta de criterio para distinguir los ámbitos de responsabilidad donde el cónyuge no debe intervenir, como sucede con la toma de decisiones que competen por los compromisos laborales. Y el modo adecuado de intervenir con los que deben compartir. Estas fallas, aunque duela, hay que reconocer que inician con un abandono del compromiso de vivir en unidad. Si este abandono se hace habitual la sensibilidad pierde finura y se abre la puerta a la traición. Esto le puede suceder a uno de los dos o a ambos.

Sea como sea el caso de cada pareja, la herida que cada uno se hace en su propia vida y en la del otro es tremenda porque traicionan la firme decisión que les decidió a emprender una vida en común. La decisión de dejar la legítima autonomía vital para volverse uno en compañía plenamente asumida con otro. Esta realidad es el más alto y profundo grado de amor humano. Por supuesto se excluyen tantas decisiones fundadas en despechos, en frivolidad, en interés, o en cualquier otro penoso motivo.

Vale la pena recordar el modo como dos personas iniciaron su relación que concluye en el matrimonio. Por supuesto siempre en cada encuentro hay algo absolutamente irrepetible y único, pero también se dan hechos semejantes que concluyen en la decisión firme y plenamente asumida de que lo mejor es unirse, decisión imposible de suplir por cualquier otra opción. Que si no se logra afecta física y espiritualmente.

Esta intimidad es tan sólida que ninguno de los tiene duda de manifestarla, y así lo hacen ante los demás. Uno y a continuación el otro expresan su amor, no se confunden: es la persona elegida. En cada minuto del día y para toda la vida serán el uno para el otro. Lo compartirán todo, se apoyarán en las buenas y en las malas, hasta la muerte.

Para asegurar esa entrega, se pide un grado de madurez en las personas que se garantiza con una cierta edad. También con una preparación teórica y práctica. La mejor ayuda es la de quienes comparten sus experiencias recogidas a través de los más años que llevan de casados y saben cómo han sorteado las dificultades. Es un modo de complementar el idilio inicial e inexperto con la experiencia de un camino recorrido. De este modo se advierte que la pasión inicial sufre modificaciones; pero el verdadero amor, si se cultiva, es mucho más grande conforme pasan los años y supera el fuego del primer impulso.

Los lazos libremente aceptados por los contrayentes no tienen comparación, son los más incisivos y profundos que cualquier ser humano pueda contraer, no tienen similitud con ningún otro compromiso que se asuma, tienen tal profundidad que casi se toca la dimensión divina. Es lo más cercano a ella, y la mujer y el hombre en unidad la anuncian por semejanza, no la logran solos sino juntos. Es un verdadero misterio. De modo que la ruptura también encubre un terremoto. Por eso, en este terreno, el abandono y la traición son gravísimos.

La precariedad puede evitarse con más vigor gracias a la tarea de los dos a lo largo del tiempo. Los católicos saben que para recorrer este camino tan especial, Dios les ofrece su ayuda y su compañía mientras vivan en la tierra. Él promete enseñarles a consolar, a comprender, a acompañar, a multiplicarse, a entregar el último suspiro. Él aplica en cada circunstancia los efectos de la bendición matrimonial. Esta seguridad debe ser también un anuncio para todos aquellos que desean ser fieles a su unión.

Por lo tanto, cualquier interpretación frívola o voluntariamente contraria a la alianza matrimonial es un hecho criminal. Atenta contra la inclinación natural y contra uno de los primeros Derechos humanos. Afecta la persona en singular, afecta a los cónyuges, afecta la prole y afecta a la sociedad. De allí se desprenden los deberes humanos de la ayuda que están obligados a prestarse los cónyuges, los hijos, la familia extensa y la sociedad civil. La responsabilidad de ésta última es imprescindible y ha de palparse en las leyes que emane para proteger la institución matrimonial.

 

Dinero y matrimonio

Lucía Legorreta

El dinero cuesta mucho trabajo ganarlo, es fruto del esfuerzo y trabajo de ambos. Debe cuidarse, aprovecharse, gozarse, pero nunca ser una fuente de alejamiento o pelea en la pareja.

La forma en que tú y tu pareja manejen las finanzas, será un indicador de la felicidad en tu matrimonio. Utiliza los siguientes consejos para lograrlo:

1. Abrirse totalmente el uno al otro en el aspecto financiero: ¿qué significa esto? Los estudios demuestran que son pocas las parejas que realmente son transparentes con su dinero, prefieren no hablar sobre el tema, e incluso llegan a mentir sobre éste.

Elijan un buen momento, relajados, contentos y hablen sobre dinero. Las finanzas son más fáciles cuando hay una buena actitud. Pongan sobre la mesa cuáles son los activos de cada uno y como pareja, los ingresos que están recibiendo, revisen los gastos realizados en los últimos meses, analicen cuáles son sus principales preocupaciones, cuáles son sus metas financieras. Ambos escriban una estrategia para lograr sus metas, reducir gastos o realizar inversiones.

2. No ignoren el elefante en el cuarto: tarde o temprano llegará el retiro de uno, de ambos o la reducción de ingresos. No ignorar este punto, y planear esa jubilación o retiro. Elaboren juntos un plan con visión, en el que determinen la edad a la cual quieren retirarse, en dónde desean vivir y qué tipo de vida quieren llevar.

3. Detecten cuál es el punto de más tensión. Las estadísticas nos dicen que el 70 por ciento de las parejas discuten por cuestiones de dinero, por encima de otros conflictos. Y el punto de más tensión es el de gastar demasiado en compras superficiales o frívolas por parte de uno de ellos.

Generalmente existen diferencias en la forma de gastar que tenemos los hombres y las mujeres, lo que es importante para uno, es indiferente para el otro: casa, amigos, coches. Para ello, establezcan cantidades para los gastos comunes y para los personales, y muy importante: realicen auditorías internas para ver cómo van estos acuerdos.

4. Las deudas: El enemigo silencioso del matrimonio. El impacto de las deudas en las relaciones de pareja es innegable. Entre más estable sea la economía y menos dinero se deba, está comprobado que la estabilidad crece.

Para ello es indispensable realizar un plan de financiamiento, aunque se deba dinero, el hecho de saber cuándo y cómo se irá cubriendo, da tranquilidad inmediata a la relación de pareja.

5. No dejes que los pequeños problemas crezcan. Aunque sigas con tu pareja los consejos anteriores, siempre seguirán existiendo pequeñas discusiones en torno al dinero.

Lo importante es enfrentar el argumento. No dejar que pasen más de 24 horas para hablar sobre el tema. Concéntrense en el miedo que existe, y no ganar la pelea: ella quiere comprar un departamento, él no; él quiere comprar un coche, ella no… y así muchos ejemplos.

El dinero cuesta mucho trabajo ganarlo, es fruto del esfuerzo y trabajo de ambos. Debe cuidarse, aprovecharse, gozarse, pero nunca ser una fuente de alejamiento o pelea en la pareja.

 

 

Desmintiendo las falacias abortistas

Una de la falacias sobre el aborto provocado es llamarlo “interrupción del embarazo”. La horca o el garrote pueden llamarse interrupción de la respiración, y con un par de minutos basta. Cuando se provoca el aborto o se ahorca, se mata a alguien.

 

Bajar libro gratuito contra el aborto

Para difundir con éxito sus propuestas, los partidarios del aborto buscan por todos los medios encubrir que se trata, lisa y llanamente, de la matanza de seres humanos inocentes e indefensos.

Para ello utilizan hábilmente un lenguaje emocional que tiende a despertar lástima o hasta simpatía por la mujer que práctica el aborto.

Así, por ejemplo, se refieren al asesinato de un niño no nacido en el seno de su propia madre simplemente como a la “interrupción de un embarazo no deseado“. O también, hablan contradictoriamente de “aborto terapéutico”, como si el embarazo fuese una enfermedad, ocultando que el aborto conduce a la muerte y no a la cura del nuevo ser en gestación.

 

La cadena de crímenes que trae el aborto

 

A toda costa, los abortistas desean evitar ser señalados como auténticos homicidas. Son elocuentes y verborrágicos al presentarse como defensores de los “derechos de la mujer”, pero pretenden que olvidemos que está en juego la vida de un ser humano. [1]

Así describió el escritor Julián Marías esta realidad:

“A veces se usa una expresión de refinada hipocresía para denominar el aborto provocado: se dice que es la interrupción del embarazo (…) La horca o el garrote pueden llamarse interrupción de la respiración, y con un par de minutos basta. Cuando se provoca el aborto o se ahorca, se mata a alguien. Y es una hipocresía más considerar que hay diferencia según en qué lugar del camino se encuentre el niño que viene, a qué distancia de semanas o meses del nacimiento va a ser sorprendido por la muerte” [2]

Al mismo tiempo, haciendo una maquiavélica combinación de omisiones, slogans y epítetos, los abortistas pretenden despertar las más injustas antipatías contra los defensores del niño por nacer. Es lo que persiguen cuando afirman que los partidarios de la vida están a favor del “embarazo compulsivo” o que buscan imponer “su moral” a toda la sociedad[3]

De ahí que resulte indispensable restablecer la verdad, refutando las principales falacias abortistas.


[1] Sobre manipulación semántica en las tácticas pro-aborto, cfr. Dra. Hna. M. Elena Lugo, en Segunda Jornada de Bioética – “Cuestiones Bioéticas en torno al inicio de la vida”; Instituto Secular de Schoenstatt Hermanas de María Argentina, 12-10-2000, y otros.

[2] . Cfr. Marías Julián, “La cuestión del aborto”, en periódico “EL NORTE” , Monterrey, México, 25-11-1999, en “Mitos y Realidades del Aborto”, op. cit., Mito Nº 1.

[3] Cfr. Dr. Jack Willke y Bárbara Willke, “Aborto, preguntas y respuestas”, op. cit, parte VII: “El impacto social, palabras… palabras… palabras”, pp. 235-240.

 

 

Obligación de participar en la misa

Ángel Cabrero Ugarte

photo_cameraMisa de Francisco.

En el tiempo de confinamiento no ha sido posible ir a las iglesias y los buenos cristianos han buscado alguna de las diversas posibilidades televisivas para no perderse, aunque fuera a distancia, la posibilidad de vivir con intensidad la liturgia. En varias ocasiones he oído la expresión: “en casa hemos visto la misa todos”. Esta expresión es tan inexacta como la otra utilizada habitualmente: vamos a oír misa.

Me parece que es un buen momento para recordar lo que dice el Catecismo de la Iglesia: En el punto 1389: La Iglesia obliga a los fieles a participar los domingos y días de fiesta en la divina liturgia. Y en el 2181: los fieles están obligados a participar en la Eucaristía los días de precepto”. Aunque en el vocabulario popular se siga diciendo “vamos a oír misa”, es importante que nos demos cuenta de que vamos a participar, no a oír.

la aclaración más importante de esta diferencia esté en el número 1273: “Incorporados a la Iglesia por el Bautismo, los fieles han recibido el carácter sacramental que los consagra para el culto religioso cristiano (cf LG 11). El sello bautismal capacita y compromete a los cristianos a servir a Dios mediante una participación viva en la santa Liturgia de la Iglesia y a ejercer su sacerdocio bautismal por el testimonio de una vida santa y de una caridad eficaz (cf LG 10)”.

Totalmente distinto. Oír misa es lo que hace alguien ajeno a la religión que entra en la iglesia y ve y oye lo que está ocurriendo. El fiel cristiano está en el templo, en el Sacrificio del altar, para unirse al sacrificio de Jesucristo. Se siente otro cristo, con alma sacerdotal. “Los tres sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y del Orden sacerdotal confieren, además de la gracia, un carácter sacramental o "sello" por el cual el cristiano participa del sacerdocio de Cristo y forma parte de la Iglesia según estados y funciones diversas (CEC n. 1121)”.

Por lo tanto, el bautismo nos da la Gracia que nos hace hijos de Dios, y nos da esta señal, el carácter sacramental, que nos transmite el alma sacerdotal: es decir una disposición para ser otros cristos, para sentirnos corredentores, dispuestos a morir con Cristo para salvar a todas las almas. Esto es algo muy profundo que debemos meditar con frecuencia.

Consciente la Iglesia de ese peligro, existente entre tantos fieles, de sentirse espectadores -que van a oír misa, o que han “visto” la misa- ya el Concilio Vaticano II advierte: “La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada (Const. Sacrosanctum Concilium, 48). No vamos ni a oír, ni a escuchar, ni a ver: vamos a participar del sacrificio de Jesucristo. Los domingos -y cualquier otro día- vamos a unirnos a Cristo en la misa.

Quizá la experiencia de estos días en casa nos hace ver la importancia de ir a la iglesia. Aunque la experiencia televisiva ha sido un momento importante en la vida de tantos cristianos, también somos conscientes de la diferencia de estar en casa a estar en el templo. Sobre todo, porque podemos comulgar. También porque podemos confesar. También porque la unción, la sacralidad del templo, nos ayuda a estar de otra manera. Por eso el precepto dominical añade la obligación de estar en la iglesia, aunque haya habido una dispensa para los días pasados. Y habrá quien, por edad o enfermedad, no tengan la suerte de participar en la fiesta dominical.

 

 

¿A qué cultura hay que abrirse?

Ernesto Juliá 

photo_cameraVaticano.

De vez en cuando se oye hablar a algún que otro creyente, hombre, mujer, sacerdote, religioso, religiosa,…, de que, en estos momentos de “cambios”, y de desarrollo de la humanidad, además de la manoseada “globalización” –que nadie sabe muy bien en qué consistente, aparte de poder vender y comprar en cualquier rincón del mundo el mismo producto-, en la Iglesia se hace necesario no perder de vista el futuro y abrirse de verdad a lo que nos pueda decir la “cultura moderna”.

¿Hay alguien que explique claramente qué se quiere manifestar con esas palabras? Quizá nos puede ayudar a entender algo, recordar otras palabras que también se oyen de vez en cuando y que nos recomiendan leer el Evangelio “con el espíritu de la cultura actual”,

En la Iglesia siempre se ha leído el Evangelio bajo la luz del Espíritu Santo; y no bajo las elucubraciones de Nestorio, Pelagio, Lutero, los participantes del sínodo de Pistoya, Jansenio, Loisy, o teniendo en cuenta las ideas filosóficas de Kant, Feurbach, Nietzsche, Marx, Sartre, Heideger, etc. Y quienes han seguido ese beber en la “cultura de cada momento”, además de fracasar, han dejado de ser cristianos, de tener y de vivir de la Fe.

Apenas recibido el Espíritu Santo, el día de Pentecostés, los apóstoles y los discípulos del Señor perdieron los miedos, no se hicieron muchas cavilaciones para estudiar si los oyentes les iban a creer o no, y comenzaron a hablar. Hablaban solo una lengua, y los que aquel día estaban en Jerusalén, de culturas y lenguas muy diferentes, les escucharon en su propia lengua, les entendieron y miles se bautizaron.

El milagro seguirá ocurriendo a lo largo de los siglos, hasta el cierre de la historia.

Y no tuvieron la menor duda de seguir predicando a Cristo, muerto y resucitado, en medio de las situaciones contrarias a la Verdad, a Cristo, que pululaban en la “cultura” entonces: ídolos, diocesillos caseros, libertinaje de las costumbres, fornicación, homosexualidad, adulterios, etc. etc.

Como tampoco aceptaron las costumbres ancestrales todos los misioneros que convirtieron África. No cedieron ante la poligamia, y por supuesto, ante los pequeños dioses hogareños, ante las pachamamas del momento y del lugar, que los mismos africanos apartaron de su mirada.

La apertura del Vaticano II no era hacía un abandono de las doctrinas que pudieran chocar con la cultura actual, sino una invitación a los creyentes para que nos preparásemos bien y pudiéramos “dar razón de nuestra esperanza” a quienes habían abandonado la fe al reducir los horizontes del hombre por negar la vida eterna, la moral sexual, la ley natural, la divinidad de Cristo, la familia, etc.

Ni a san Pablo ni a ninguno de los apóstoles se les ocurrió ponerse a dialogar para llegar a un acuerdo sobre Dios, sobre Cristo sobre sus mandamientos. Ellos anunciaron al Resucitado, la conversión del pecado, el arrepentimiento, el perdón y la misericordia de Dios; y la invitación a rehacer la vida, adorando a Dios y abriendo la mirada a la Vida Eterna: muerte, juicio, infierno y Gloria.

Alguien habla de leer el Evangelio a la luz de cultura moderna. ¿Qué luz nos pueden dar quienes destrozan la familia, quienes se inventa “modelos de familia” a los que solo faltan considerar familia la unión de un ser humano y de un animal?; ¿pueden acaso iluminar el sentido de la vida del hombre sobre la tierra quienes matan a seres humanos en el seno materno, quienes promueven y aceptan el aborto?

Es una profunda falta de Fe en la palabra de Cristo, y un no menor complejo cultural, lo que mueve a los creyentes, laicos o sacerdotes que anhelan “enriquecer” la Iglesia con la “cultura moderna” –como da la impresión que está sucediendo con el así llamado “sínodo alemán” en curso; y pretenden que la Iglesia bendiga uniones homosexuales; que se dé la Comunión –el Cuerpo y la Sangre de Cristo- a personas en pecado mortal, ya sean gente que no cree en la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, ya sean católicos divorciados, vueltos a unirse civilmente con alguien;  que se deje de predicar sobre el pecado, la salvación, la Vida Eterna, muerte, juicio, infierno y gloria

 Joseph Ratzinger, en una conferencia en la Radio de Hesse, durante las Navidades de 1969, titulada: ¿Bajo qué aspecto se presentará la Iglesia en el año 2000?; hablando de la falta de fe y de los intentos desde la revolución francesa de adaptarse al mundo, con obispos que ponían en duda algunos dogmas, e incluso la realidad de la existencia de Dios, terminó diciendo: "Ciertamente (la Iglesia) ya no será nunca más la fuerza dominante en la sociedad en la medida en que lo era hasta hace poco tiempo. Pero florecerá de nuevo y se hará visible a los seres humanos como la patria que les da la vida y esperanza más allá de la muerte".

Y poco antes había señalado: “El futuro de la Iglesia puede venir y vendrá también hoy solo de la fuerza de quienes tienen raíces profundas y viven de la plenitud de su Fe”.

ernesto.julia@gmail.com

 

“¡Abran, sí, abran de par en par las puertas a Cristo!”

 “¡Abran, sí, abran de par en par las puertas a Cristo!” nos decía Juan Pablo II sin dudar de lo que el Señor le pedía, dejó escrito en su primera encíclica, este consejo, pienso yo, para vencer esos miedos y hacer frente a esas situaciones:

 “Se impone una respuesta fundamental y esencial, es decir, la única orientación del espíritu, la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón para nosotros es ésta: hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo. A Él nosotros queremos mirar, porque sólo en Él, Hijo de Dios, hay salvación, renovando la afirmación de Pedro: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Redemptor hominis, n. 7).

La situación de la Iglesia y del mundo con la que se enfrentaba eran la consecuencia lógica, en mi opinión, de una profunda pérdida de la Fe; pérdida de la Esperanza; pérdida de la Caridad, en la misma Iglesia, además, lógicamente, del peligro de la expansión del comunismo.

Juan Pablo II se enfrentó a la gran misión de recomponer la Fe en Cristo, Dios y Hombre verdadero, Redentor del pecado y Salvador del mundo, deshaciendo el mal extendido en la Iglesia por las discusiones de teólogos sobre el “cristiano anónimo” de Rahner; el así llamado Cristo “histórico” que casi nada tendría que ver con el que nos transmiten los Evangelios, de algún que otro “exégeta”, que hablaba incluso de la mera y reducida “conciencia” que Cristo tenía de su relación con Dios Padre. Cuestiones semejantes que al final podían desembocar –y no pocas veces desembocaron- en separar Fe y Razón, olvidar en la práctica la Santísima Trinidad, la fe en la Eucaristía, y ver a Cristo como un maestro cualquiera, y no el Maestro: y con esto, olvidar que Cristo es la Verdad, y sus palabras son “palabras de Vida Eterna”.

Y recomponer también con la ayuda de la Fe, la Esperanza de vencer el pecado y de vivir eternamente en Dios, en la Vida Eterna. En su segunda encíclica, a un año apenas de la anterior, Dives in Misericordia, medita sobre el hijo pródigo, y deja bien claro que la misericordia de Dios necesita la conversión del pecador, su arrepentimiento, su volver a la casa del padre pidiendo perdón. Juan Pablo II hace frente a toda la revolución sexual recomponiendo el sentido profundo y cristiano de la castidad. No ha dejado de subrayar la maldad del aborto, del adulterio, de la práctica de la homosexualidad y otras desviaciones sexuales, que reducen la dignidad del hombre, lo engolfan en el pecado, y le tientan para que no levante nunca su mirada a Dios, a Cristo crucificado.

Pedro García

 

 

El Espíritu Santo y las Bienaventuranzas

Con la celebración de la venida del Espíritu Santo se consuma el tiempo de la Pascua cristiana. Con ella recibimos los dones, los frutos y las bienaventuranzas. Recuerdo, Bienaventuranza quiere decir felicidad. Dios ha puesto en el corazón de todo hombre un deseo natural de una vida feliz.  Según la fe cristiana las bienaventuranzas anuncian una felicidad centrada en Dios y, como consecuencia, en las necesidades materiales y espirituales del prójimo. Esa felicidad será definitiva solamente en el cielo, con la contemplación y posesión de Dios. En la tierra podemos ser felices de modo incoado por medio de la gracia, es decir, de la unidad y amistad de Dios, que implica el rechazo del pecado y promueve la verdadera belleza y la paz.

Más que deseos o promesas de felicidad, las bienaventuranzas son una “felicitación” porque a esas personas (los pobres de espíritu, los humildes, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos y limpios de corazón, los que buscan la paz o son perseguidos por causa de la justicia y de Cristo), por su fidelidad a Dios, se les asegura la felicidad definitiva. Por eso las bienaventuranzas son proclamación de una gozosa esperanza.

Para los cristianos las bienaventuranzas son ante todo la “biografía interior” de Jesucristo, un retrato de su figura. En Jesús el rostro del amor divino se nos revela como modelo de santidad y de justicia en la ofrenda de sí mismo. Las bienaventuranzas se sitúan en el centro de la predicación de Jesús (cf. Mt 5, 3-11; Lc 6, 20-23).

Jaume Catalán Díaz

 

 

Un agujero

La Iglesia atraviesa una situación económica similar a la de hace unos años, solo que mucho más aguda. La crisis económica golpea fuerte en sus arcas cuando mayores son las necesidades de los más vulnerables. Toca apretarse el cinturón, echar mano del ingenio y apelar al compromiso y generosidad de los fieles para poder hacer más con menos.

Al igual que la Santa Sede, todas las diócesis están llevando a cabo planes de ajuste para dar respuesta a las peticiones de ayuda, que estos días se han multiplicado. El cierre de las parroquias ha supuesto una merma de ingresos de unos 20 millones de euros al mes, un agujero que la Conferencia Episcopal está intentando contrarrestar a través de las donaciones en el portal Donoamiiglesia.es, desde el que se puede hacer llegar esa ayuda directamente a cualquiera de las 23.000 parroquias distribuidas por toda la geografía española. Todos podemos de una manera u otra echar una mano para intentar tapar el agujero.

Xus D Madrid

 

 

El virus chino y seguimos en cárceles provinciales

 

La tan cacareada información pública:            Casi diariamente se nos dice y quieren convencernos de que, “estamos informados, de que rige la libertad de información, de como si no estamos informados, es porque no queremos o no nos preocupa la información”. ¿Pero qué información se nos da o se nos “echa”? “El mundo está gobernado por la mentira”; lo dijo y explicó en uno de sus libros François Revel; ¿La verdad? Está proscrita desde antes y después de Cristo, que es el que dijo que… “La verdad os hará libres”. Y es que la verdad descubriría tantos crímenes ocultos, tantos robos inmensos, tantos latrocinios efectuados por “el mono humano”, que éste y sobre todo el que llega a “mandar en los otros monos”; se defiende, ocultándola y en contrapartida, lanza y hace lanzar todo tipo de mentiras; y de ahí la síntesis del intelectual arriba indicado, cuya obra debe leer todo el que tenga inquietudes que sean, fuera de “la panza y el bolsillo”, que son los que impiden todo avance verdadero y en un verdadero progreso, siempre obstruido por “el que manda”; el que ahora y siempre nos prefiere cuanto más tontos o embrutecidos mejor.

                                Por todo ello, el que manda o sus ministros o secretarios, mienten más que hablan, compran, sobornan, encarcelan o incluso matan; al rebelde, al que habla claro y denuncia “las basuras” en que siempre, o casi siempre, anda o nada el poder del régimen que sea; y esto es la cruda y dura historia del ser humano o como yo la denomino, “como primate humano”; puesto que esto lo ha practicado siempre el que llega al poder; y como dato contundente, ahí tenemos a nuestros “cuasi hermanos”, los chimpancés, donde el que llega al poder en “su tribu”, será el que aparte de empreñar a todas las hembras, comerá los mejores bocados y tendrá siempre el mejor lugar, donde se detenga la manada en la que manda, hasta que le llega el turno y lo echa otro, que no cambia la regla, simplemente la ocupa, la mantiene y la disfruta. O sea “más o menos” lo que hace el primate primero o “mono humano”.

                                ¿Los medios de comunicación de todo tipo? Los que sostiene directamente con el dinero público, “el que manda”; ya los tiene bien domesticados y allí no se dirá nunca, nada en contra “del jefe y su sistema”; y como en esa empresa estatal nunca faltará el dinero y en exceso, para mantener la normalmente súper saturada plantilla de enchufados, los que normalmente cobran más que los de la empresa privada, pues todos contentos y “vengan días y vengan ollas”, como dijo aquel fraile.

                                ¿Los de la iniciativa o empresa privada? Algunos hay, que afortunadamente, honran esa libertad de información que consagra la Constitución vigente, y sobre la cual sólo pueden actuar los jueces y tribunales, si alguien infringe los límites de esa libertad, puesto que civilizadamente, “libertad no es libertinaje”; pero en general y sobre todo, “los grandes conglomerados de capital se dice que privado”; teniendo que soportar enormes gastos; y la publicidad privada, cada vez es más remisa en gastar dinero y cuando lo hace, lo hace mediante estudios comerciales, para saber que lo que gasta en publicidad, luego le va a revertir incluso con notables beneficios (en tiempos trabajé con multinacionales y sé cómo se mira con lupa el gasto en publicidad o propaganda) ¿Qué tienen que hacer estos grandes y menos grandes “medios”? Pues sencillo, pasar a depender del que manda y dispone del dinero público; y solapadamente estar “muy cerca de sus intereses”; puesto que en compensación, recibirá abundante dinero público; lo que le permitirá la rentabilidad que pretende para su negocio; y el que recibirá como subvención (“soborno”) o camuflado en esas enormes publicidades de asuntos oficiales, que como se pagan “con el dinero de todos”, pues hay una “manga ancha tan inmensa, que ni nos podemos hacer una idea hasta donde llega”. (De mi artículo de igual titular: 31-05-2020)

 

 “AUTÉNTICO BOMBAZO: Un Coronel de la Legión denuncia el ‘golpe de Estado’ de Sánchez e Iglesias y muestra los delitos del Gobierno. "El Gobierno está poniendo a prueba la democracia del 78 y aspira a convertir España en Venezuela". (Periodista Digital 01-06-2020)

Que esto lo diga un "españolito de a pie", no tiene la mayor importancia puesto que se reirían de él, pero que lo declare un coronel de la legión que ha mandado "una de sus banderas", es de suponer que "les preocupe a los que mandan y también a los jueces que esperamos juzguen los hechos que se denuncian". Y este coronel a mi entender, no es que quiera cargarse la democracia, muy al contrario, lo que quiere es que exista de verdad UNA VERDADERA DEMOCRACIA, y no este "potaje bananero que cada vez se parece más al de Venezuela". Lean el texto completo de las declaraciones del coronel y opinen con conocimiento de causa.

 

LOS PRESOS TRANSITORIOS DEL VIRUS CHINO: Ahora mismo las cincuenta provincias españolas, son "cincuenta cárceles provinciales", salvo las provincias vascongadas que como siempre reciben privilegios mande quien mande (Franco les dio muchos), aunque bien visto el territorio que ocupan las tres provincias vascongadas (que nadie me hable de país vasco, que ni existe ni existió) caben en la mitad del territorio que tienen las de Sevilla, Córdoba, Granada o Jaén (Que por cierto fueron reinos independientes). En cuanta al encarcelamiento general de los españoles por el "virus chino"; ya lo escribió uno "de fuera" no hace mucho: "LOS ESPAÑOLES AGUANTAMOS LO QUE NOS ECHEN"; AQUÍ SE DEFIENDE A PALOS "A LO DEL FÚTBOL" QUE PARA EL ESPAÑOLITO ES LO MÁS IMPORTANTE. (En un foro el 01-05-2020)

 

POLÍTICO Y SU ASESOR: Un político no tiene por qué saber de todo; como estos insensatos y en mayoría pretenden; el político tiene que recurrir a asesores, pero no esos asesores “de cabecera y cama”; que no son otra cosa que parásitos a mantener por el contribuyente. Un asesor se busca cuando se necesita y se busca entre los mejores que existan y oído y examinado la solución que aporten, entonces es cuando el político debe actuar y en caso de error, siempre podrá decir que lo asesoró el mejor o uno de los mejores y dará nombres y apellidos; puesto que un político no es un “dios”, ni falta que nos hace. (En uno de mis artículos  en 2010)

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes