Las Noticias de hoy 1 Junio 2020

Enviado por adminideas el Lun, 01/06/2020 - 13:10

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 01 de junio de 2020   

Indice:

ROME REPORTS

Pentecostés: Homilía del Papa en la basílica de San Pedro

Regina Coeli: Llamamiento del Papa para atención sanitaria

Renovación Carismática: Videomensaje del Papa en la Vigilia de Pentecostés

Mensaje del Papa Francisco para la 94ª Jornada Mundial de la Misión

SAN JUSTINO, MÁRTIR*: Francisco Fernandez Carbajal

“San José, Maestro de la vida interior”: San Josemaria

Santa María, Madre de la Iglesia

Reunidos en comunión: rezando con toda la Iglesia: Juan José Silvestre

El feminismo de género: Dra. Dale O’Leary

El feminismo, ¿destruye la familia?: Jutta Burggraf    

Tres hijos, más de 10 años sin tener TV y con el móvil controladísimo... «y nos va muy bien»: Pablo J. Ginés

¡O T R A    V E Z! : Magui del Mar

San Alfonso María de Ligorio y la educación de los hijos

Amar, perseverar, crecer

Alfonso Sánchez-Tabernero: “En esta crisis necesitamos muchos amigos para afrontar grandes desafíos”: María Acebal Fuent

Exigen el fin del “maltrato a la fruta”: Jesús Domingo Martínez

LA VERDAD: Isidro García Robles

Si no existiera debería de inventarse.: Pedro García

Dificultades económicas para las parroquias: Juan García. 

Cuidar la dignidad de la persona: Jesús Domingo Martínez

“El río revuelto y seguimos en la cárcel”: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

Pentecostés: Homilía del Papa en la basílica de San Pedro

Entender que “Dios que es don”

MAYO 31, 2020 11:35ROSA DIE ALCOLEAPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 31 mayo 2020).- Este año, la celebración de la Misa en Pentecostés cobra una cariz especial: Sumidos en una pandemia mundial desde marzo, el Papa Francisco invita a pedir al Espíritu Santo que “reavive en nosotros el recuerdo del don recibido”, nos libre “de la parálisis del egoísmo” y “encienda en nosotros el deseo de servir, de hacer el bien”.

“Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”. A las 10 horas ha iniciado la Santa Misa en la Capilla del Santísimo Sacramento, este domingo, 31 de mayo de 2020, en la basílica de San Pedro, en la que han participado unos 50 fieles, separados convenientemente según las medidas de seguridad para evitar el contagio del coronavirus y protegidos con mascarillas y desinfectantes.

“Es importante creer que Dios es don, que no actúa tomando, sino dando”, ha recalcado Francisco, en conmemoración del don dado por Dios: El Espíritu Santo, y ha recordado que fue este momento cuando los Apóstoles “comprendieron la fuerza unificadora del Espíritu”.

Un Dios “que es don”

“Si tenemos en el corazón a un Dios que es don, todo cambia”. Así, ha anunciado que si comprendemos que “lo que somos es un don suyo, gratuito e inmerecido”, entonces “también a nosotros nos gustaría hacer de nuestra vida un don”, y de este modo, “amando humildemente, sirviendo gratuitamente y con alegría, daremos al mundo la verdadera imagen de Dios”.

En esta lógica, Francisco ha exhortado a “examinar nuestro corazón” y preguntarnos “qué es lo que nos impide darnos”, y ha enumerado tres “enemigos del don” contra los que debemos luchar: el narcisismo, el victimismo y el pesimismo.

Por ello, ha advertido que “en el gran esfuerzo que supone comenzar de nuevo, qué dañino es el pesimismo, ver todo negro y repetir que nada volverá a ser como antes”, y ante la carestía de esperanza, ha reivindicado la necesidad de “valorar el don de la vida, el don que es cada uno de nosotros”.

Sigue la homilía completa del Papa Francisco, difundida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

***

Homilía del Papa Francisco

“Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu” (1 Co 12,4), escribe el apóstol Pablo a los corintios; y continúa diciendo: “Hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios” (vv. 5-6). Diversidad-unidad: San Pablo insiste en juntar dos palabras que parecen contraponerse. Quiere indicarnos que el Espíritu Santo es la unidad que reúne a la diversidad; y que la Iglesia nació así: nosotros, diversos, unidos por el Espíritu Santo.

“Vayamos, pues, al comienzo de la Iglesia, al día de Pentecostés. Y fijémonos en los Apóstoles: muchos de ellos eran gente sencilla, pescadores, acostumbrados a vivir del trabajo de sus propias manos, pero estaba también Mateo, un instruido recaudador de impuestos. Había orígenes y contextos sociales diferentes, nombres hebreos y nombres griegos, caracteres mansos y otros impetuosos, así como puntos de vista y sensibilidades distintas. Todos eran diferentes, Jesús no los había cambiado, no los había uniformado y 

convertido en ejemplares producidos en serie. Habían dejado sus diferencias y, ahora, ungiéndolos con el Espíritu Santo, los une. La unión de ellos, que son diferentes, llega con la unción. En Pentecostés los Apóstoles comprendieron la fuerza unificadora del Espíritu. La vieron con sus propios ojos cuando todos, aun hablando lenguas diferentes, formaron un solo pueblo: el pueblo de Dios, plasmado por el Espíritu, que entreteje la unidad con nuestra diversidad, y da armonía porque es armonía”.

Pero volviendo a nosotros, la Iglesia de hoy, podemos preguntarnos: “¿Qué es lo que nos une, en qué se fundamenta nuestra unidad?”. También entre nosotros existen diferencias, por ejemplo, de opinión, de elección, de sensibilidad. La tentación está siempre en querer defender a capa y espada las propias ideas, considerándolas válidas para todos, y en llevarse bien sólo con aquellos que piensan igual que nosotros. Pero esta es una fe construida a nuestra imagen y no es lo que el Espíritu quiere. En consecuencia, podríamos pensar que lo que nos une es lo mismo que creemos y la misma forma de comportarnos. Sin embargo, hay mucho más que eso: nuestro principio de unidad es el Espíritu Santo. Él nos recuerda que, ante todo, somos hijos amados de Dios. El Espíritu desciende sobre nosotros, a pesar de todas nuestras diferencias y miserias, para manifestarnos que tenemos un solo Señor, Jesús, y un solo Padre, y que por esta razón somos 

hermanos y hermanas. Empecemos de nuevo desde aquí, miremos a la Iglesia como la mira el Espíritu, no como la mira el mundo. El mundo nos ve de derechas y de izquierdas, con estas ideologías o con otras; el Espíritu nos ve del Padre y de Jesús. El mundo ve conservadores y progresistas; el Espíritu ve hijos de Dios. La mirada mundana ve estructuras que hay que hacer más eficientes; la mirada espiritual ve hermanos y hermanas mendigos de misericordia. El Espíritu nos ama y conoce el lugar que cada uno tiene en el conjunto: para Él no somos confeti llevado por el viento, sino teselas irremplazables de su mosaico.

Regresemos al día de Pentecostés y descubramos la primera obra de la Iglesia: el anuncio. Y, aun así, notamos que los Apóstoles no preparan ninguna estrategia ni tienen un plan pastoral. Podrían haber repartido a las personas en grupos, según sus distintos pueblos de origen, o dirigirse primero a los más cercanos y, luego, a los lejanos; también hubieran podido esperar un poco antes de comenzar el anuncio y, mientras tanto, profundizar en las enseñanzas de Jesús, para evitar riesgos, pero no. El 

Espíritu no quería que la memoria del Maestro se cultivara en grupos cerrados, en cenáculos donde se toma gusto a “hacer el nido”. El Espíritu abre, reaviva, impulsa más allá de lo que ya fue dicho y fue hecho, más allá de los ámbitos de una fe tímida y desconfiada. En el mundo, todo se viene abajo sin una planificación sólida y una estrategia calculada. En la Iglesia, por el contrario, es el Espíritu quien garantiza la unidad a los que anuncian. Por eso, los apóstoles se lanzan, poco preparados, corriendo riesgos; pero salen. Un solo deseo los anima: dar lo que han recibido.

Finalmente llegamos a entender cuál es el secreto de la unidad, el secreto del Espíritu. Es el don. Porque Él es don, vive donándose a sí mismo y de esta manera nos mantiene unidos, haciéndonos partícipes del mismo don. Es importante creer que Dios es don, que no actúa tomando, sino dando. ¿Por qué es importante? Porque nuestra forma de ser creyentes depende de cómo entendemos a Dios. Si tenemos en mente a un Dios que arrebata y se impone, también nosotros quisiéramos arrebatar e imponernos: ocupando espacios, reclamando relevancia, buscando poder. Pero si tenemos en el corazón a un Dios que es don, todo cambia. Si nos damos cuenta de que lo que somos es un don suyo, gratuito e inmerecido, entonces también a nosotros nos gustaría hacer de nuestra vida un don. Y así, amando humildemente, sirviendo gratuitamente y con alegría, daremos al mundo la verdadera imagen de Dios. El Espíritu, memoria viviente de la Iglesia, nos recuerda que nacimos de un don y que crecemos dándonos; no preservándonos, sino entregándonos sin reservas.

Queridos hermanos y hermanas: Examinemos nuestro corazón y preguntémonos qué es lo que nos impide darnos. Tres son los enemigos del don, siempre agazapados en la puerta del corazón: el narcisismo, el victimismo y el pesimismo. El narcisismo, que lleva a la idolatría de sí mismo y a buscar sólo el propio beneficio. El narcisista piensa: “La vida es buena si obtengo ventajas”. Y así llega a decirse: “¿Por qué tendría que darme a los demás?”. En esta pandemia, cuánto duele el narcisismo, el preocuparse de las propias necesidades, indiferente a las de los demás, el no admitir las propias fragilidades y errores. Pero también el segundo enemigo, el victimismo, es peligroso. El victimista está siempre quejándose de los demás: “Nadie me entiende, nadie me ayuda, nadie me ama, ¡están todos contra mí!”. Y su corazón se cierra, mientras se pregunta: “¿Por qué los demás no se donan a mí?”. En el drama que vivimos, ¡qué grave es el victimismo! Pensar que no hay nadie que nos entienda y sienta lo que vivimos. Por último, está el pesimismo. Aquí la letanía diaria es: “Todo está mal, la sociedad, la política, la Iglesia…”. El pesimista arremete contra el mundo entero, pero permanece apático y piensa: “Mientras tanto, ¿de qué sirve darse? Es inútil”. Y así, en el gran esfuerzo que supone comenzar de nuevo, qué dañino es el pesimismo, ver todo negro y repetir que nada volverá a ser como antes. Cuando se piensa así, lo que seguramente no regresa es la esperanza. Nos encontramos ante una carestía de esperanza y necesitamos valorar el don de la vida, el don que es cada uno de nosotros. Por esta razón, necesitamos el Espíritu Santo, don de Dios que nos cura del narcisismo, del victimismo y del pesimismo.

Pidámoslo: Espíritu Santo, memoria de Dios, reaviva en nosotros el recuerdo del don recibido. Líbranos de la parálisis del egoísmo y enciende en nosotros el deseo de servir, de hacer el bien. Porque peor que esta crisis, es solamente el drama de desaprovecharla, encerrándonos en nosotros mismos. Ven, Espíritu Santo, Tú que eres armonía, haznos constructores de unidad; Tú que siempre te das, concédenos la valentía de salir de nosotros mismos, de amarnos y ayudarnos, para llegar a ser una sola familia. Amén.

© Librería Editorial Vaticano

 

Regina Coeli: Llamamiento del Papa para atención sanitaria

Fiesta de Pentecostés

MAYO 31, 2020 14:59RAQUEL ANILLOANGELUS Y REGINA COELI

(zenit – 31 mayo 2020).- El Papa se ha emocionado al ver de nuevo regresar a la gente a la Plaza abierta para poder participar del Regina Coeli  en este Domingo de Pentecostés.

He aquí las Palabras del Papa después del Regina Coeli:

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Palabras del Papa después del Regina Coeli

Queridos hermanos y hermanas,

Hace siete meses terminó el Sínodo del Amazonas; hoy, la fiesta de Pentecostés, invocamos a la Espíritu Santo, para que dé luz y fuerza a la Iglesia y a la sociedad en la Amazonía, duramente probada por la pandemia. Muchos son los contagiados y los muertos, incluso entre los pueblos indígenas, que son particularmente vulnerables.

Por la intercesión de María, Madre de la Amazonía, rezo por los más pobres e indefensos de esa querida Región, pero también por aquellos de todo el mundo, y hago un llamamiento para que a nadie le falte la atención sanitaria. Curando a las personas, no ahorrando para la economía sino curar a las personas, que son más importante que la economía. Nosotros las personas somos templo del Espíritu Santo, la economía no.

Hoy en Italia celebramos el Día Nacional del alivio, con el fin de promover la solidaridad con los enfermos. Renuevo mi agradecimiento a todos aquellos que, especialmente durante este periodo han ofrecido y ofrecen su testimonio de atención por el prójimo. Recuerdo con gratitud y admiración a todos aquellos que, sosteniendo a los enfermos en esta pandemia, han dado sus vidas. Oremos en silencio para los médicos, los voluntarios, los enfermeros, todos los trabajadores de la salud que tantos han dado sus vidas en este periodo.

Les deseo a todos un feliz domingo de Pentecostés. ¡Necesitamos tanto la luz y el poder del Espíritu Santo!. La Iglesia lo necesita, para poder caminar juntos y con coraje dando testimonio del Evangelio. Y toda la familia humana lo necesita, para salir de esta crisis más unida y no más dividida. Saben que de una crisis como esta no se sale igual que antes: se sale o mejor o peor. Tengamos el coraje de cambiar y de ser mejores, de ser mejores que antes y así poder construir positivamente la post-crisis de la pandemia

Por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Que tengan un buen almuerzo y adiós, nos vemos aquí en la plaza!

 

 

Renovación Carismática: Videomensaje del Papa en la Vigilia de Pentecostés

De la pandemia  “no se sale igual”

MAYO 31, 2020 12:33ROSA DIE ALCOLEAPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 31 mayo 2020).- De la pandemia, “¿Cómo quieren salir ustedes? ¿Mejores o peores?”. Y es por eso que “hoy nos abrimos al Espíritu Santo para que sea Él, quien nos cambie el corazón y nos ayude a salir mejores”.

El Papa Francisco envió un videomensaje con motivo de la Vigilia de Pentecostés organizada por Charis (Renovación Carismática Católica) en el que pide la “consolación” y la “fuerza del Espíritu Santo” para salir, y para salir “mejores”, de este momento de dolor, tristeza y de prueba, que es la pandemia.

Mediante canal de YouTube de Vatican Media, la Santa Sede hizo público el video del Pontífice, en la víspera de la solemnidad del Espíritu Santo, el 30 de mayo de 2020.

“El mundo necesita nuestro testimonio del Evangelio”, observa Francisco. “De las grandes pruebas de la humanidad, y entre ellas de la pandemia, se sale o mejor o peor. No se sale igual”. Y pregunta: “¿Cómo quieren salir ustedes? ¿Mejores o peores?”. Y es por eso que “hoy nos abrimos al Espíritu Santo para que sea Él, quien nos cambie el corazón y nos ayude a salir mejores”.

“Cuando salgamos de esta pandemia, no podremos seguir haciendo lo que veníamos haciendo, y cómo lo veníamos haciendo. No, todo será distinto”, advierte el Santo Padre. “Todo el sufrimiento no habrá servido de nada si no construimos entre todos una sociedad más justa, más equitativa, más cristiana, no de nombre, sino en realidad, una realidad que nos lleva a una conducta cristiana”.

A continuación, ofrecemos el videomensaje del Pontífice:

 

 

Mensaje del Papa Francisco para la 94ª Jornada Mundial de la Misión

18 de octubre de 2020

MAYO 31, 2020 13:40ROSA DIE ALCOLEAMISIÓNPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 31 mayo 2020).- En su mensaje para la próxima Jornada Mundial Misionera, que tendrá lugar el 18 de octubre de 2020, el Papa recuerda que la misión, la ‘Iglesia en salida’ no es un “programa, una intención que se logra mediante un esfuerzo de voluntad”, sino que “es Cristo quien saca a la Iglesia de sí misma. En la misión de anunciar el Evangelio, te mueves porque el Espíritu te empuja y te trae”.

Así lo expresa en las palabras dedicadas al día de la Misión, que ha hecho públicas en la fiesta de Pentecostés, este domingo, 31 de mayo de 2020.

La pregunta que Dios hace: “¿A quién voy a enviar?” viene del corazón de Dios, indica Francisco, “de su misericordia que interpela tanto a la Iglesia como a la humanidad en la actual crisis mundial”, a la vez que recuerda algunas palabras pronunciadas el 27 de marzo, en oración mundial por el fin de la pandemia: “Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos”.

Así pues, se renueva y espera nuestra respuesta generosa y convencida: “¡Aquí estoy, mándame!”, reclama el Pontífice. “Dios continúa buscando a quién enviar al mundo y a cada pueblo, para testimoniar su amor, su salvación del pecado y la muerte, su liberación del mal”.

En concreto, el Santo Padre expresa que la misión “es una respuesta libre y consciente a la llamada de Dios, pero podemos percibirla sólo cuando vivimos una relación personal de amor con Jesús vivo en su Iglesia”.

A continuación, reproducimos el texto completo del mensaje del Papa Francisco para la 94ª Jornada Mundial de la Misión:

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Mensaje del Papa Francisco

“Aquí estoy, mándame” (Is 6,8)

Queridos hermanos y hermanas:

Doy gracias a Dios por la dedicación con que se vivió en toda la Iglesia el Mes Misionero Extraordinario durante el pasado mes de octubre. Estoy seguro de que contribuyó a estimular la conversión misionera de muchas comunidades, a través del camino indicado por el tema: “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo”.

En este año, marcado por los sufrimientos y desafíos causados por la pandemia del COVID-19, este camino misionero de toda la Iglesia continúa a la luz de la palabra que encontramos en el relato de la vocación del profeta Isaías: “Aquí estoy, mándame” ( Is 6,8). Es la respuesta siempre nueva a la pregunta del Señor: “¿A quién enviaré?” (ibíd.). Esta llamada viene del corazón de Dios, de su misericordia que interpela tanto a la Iglesia como a la humanidad en la actual crisis mundial. “Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos” (Meditación en la plaza San Pedro, 27 marzo 2020). Estamos realmente asustados, desorientados y atemorizados. El dolor y la muerte nos hacen experimentar nuestra fragilidad humana; pero al mismo tiempo todos somos conscientes de que compartimos un fuerte deseo de vida y de liberación del mal. En este contexto, la llamada a la misión, la invitación a salir de nosotros mismos por amor de Dios y del prójimo se presenta como una oportunidad para compartir, servir e interceder. La misión que Dios nos confía a cada uno nos hace pasar del yo temeroso y encerrado al yo reencontrado y renovado por el don de sí mismo.

En el sacrificio de la cruz, donde se cumple la misión de Jesús (cf. Jn 19,28-30), Dios revela que su amor es para todos y cada uno de nosotros (cf. Jn 19,26-27). Y nos pide nuestra disponibilidad personal para ser enviados, porque Él es Amor en un movimiento perenne de misión, siempre saliendo de sí mismo para dar vida. Por amor a los hombres, Dios Padre envió a su Hijo Jesús (cf. Jn 3,16). Jesús es el Misionero del Padre: su Persona y su obra están en total obediencia a la voluntad del Padre (cf. Jn 4,34; 6,38; 8,12-30; Hb 10,5-10). A su vez, Jesús, crucificado y resucitado por nosotros, nos atrae en su movimiento de amor; con su propio Espíritu, que anima a la Iglesia, nos hace discípulos de Cristo y nos envía en misión al mundo y a todos los pueblos.

“La misión, la ‘Iglesia en salida’ no es un programa, una intención que se logra mediante un esfuerzo de voluntad. Es Cristo quien saca a la Iglesia de sí misma. En la misión de anunciar el Evangelio, te mueves porque el Espíritu te empuja y te trae” (Sin Él no podemos hacer nada, LEV-San Pablo, 2019, 16-17). Dios siempre nos ama primero y con este amor nos encuentra y nos llama. Nuestra vocación personal viene del hecho de que somos hijos e hijas de Dios en la Iglesia, su familia, hermanos y hermanas en esa caridad que Jesús nos testimonia. Sin embargo, todos tienen una dignidad humana fundada en la llamada divina a ser hijos de Dios, para convertirse por medio del sacramento del bautismo y por la libertad de la fe en lo que son desde siempre en el corazón de Dios.

Haber recibido gratuitamente la vida constituye ya una invitación implícita a entrar en la dinámica de la entrega de sí mismo: una semilla que madurará en los bautizados, como respuesta de amor en el matrimonio y en la virginidad por el Reino de Dios. La vida humana nace del amor de Dios, crece en el amor y tiende hacia el amor. Nadie está excluido del amor de Dios, y en el santo sacrificio de Jesús, el Hijo en la cruz, Dios venció el pecado y la muerte (cf. Rm 8,31-39). Para Dios, el mal —incluso el pecado— se convierte en un desafío para amar y amar cada vez más (cf. Mt 5,38-48; Lc23,33-34). Por ello, en el misterio pascual, la misericordia divina cura la herida original de la humanidad y se derrama sobre todo el universo. La Iglesia, sacramento universal del amor de Dios para el mundo, continúa la misión de Jesús en la historia y nos envía por doquier para que, a través de nuestro testimonio de fe y el anuncio del Evangelio, Dios siga manifestando su amor y pueda tocar y transformar corazones, mentes, cuerpos, sociedades y culturas, en todo lugar y tiempo.

La misión es una respuesta libre y consciente a la llamada de Dios, pero podemos percibirla sólo cuando vivimos una relación personal de amor con Jesús vivo en su Iglesia. Preguntémonos: ¿Estamos listos para recibir la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida, para escuchar la llamada a la misión, tanto en la vía del matrimonio como de la virginidad consagrada o del sacerdocio ordenado, como también en la vida ordinaria de todos los días? ¿Estamos dispuestos a ser enviados a cualquier lugar para dar testimonio de nuestra fe en Dios, Padre misericordioso, para proclamar el Evangelio de salvación de Jesucristo, para compartir la vida divina del Espíritu Santo en la edificación de la Iglesia? ¿Estamos prontos, como María, Madre de Jesús, para ponernos al servicio de la voluntad de Dios sin condiciones (cf. Lc 1,38)? Esta disponibilidad interior es muy importante para poder responder a Dios: “Aquí estoy, Señor, mánd ame” (cf. Is 6,8). Y todo esto no en abstracto, sino en el hoy de la Iglesia y de la historia.

Comprender lo que Dios nos está diciendo en estos tiempos de pandemia también se convierte en un desafío para la misión de la Iglesia. La enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento nos interpelan. Nos cuestiona la pobreza de los que mueren solos, de los desahuciados, de los que pierden sus empleos y salarios, de los que no tienen hogar ni comida. Ahora, que tenemos la obligación de mantener la distancia física y de permanecer en casa, estamos invitados a redescubrir que necesitamos relaciones sociales, y también la relación comunitaria con Dios. Lejos de aumentar la desconfianza y la indiferencia, esta condición debería hacernos más atentos a nuestra forma de relacionarnos con los demás. Y la oración, mediante la cual Dios toca y mueve nuestro corazón, nos abre a las necesidades de amor, dignidad y libertad de nuestros hermanos, así como al cuidado de toda la creación. La imposibilidad de reunirnos como Iglesia para celebrar la Eucaristía nos ha hecho compartir la condición de muchas comunidades cristianas que no pueden celebrar la Misa cada domingo. En este contexto, la pregunta que Dios hace: “¿A quién voy a enviar?”, se renueva y espera nuestra respuesta generosa y convencida: “¡Aquí estoy, mándame!” (Is 6,8). Dios continúa buscando a quién enviar al mundo y a cada pueblo, para testimoniar su amor, su salvación del pecado y la muerte, su liberación del mal (cf. Mt 9,35-38; Lc 10,1-12).

La celebración la Jornada Mundial de la Misión también significa reafirmar cómo la oración, la reflexión y la ayuda material de sus ofrendas son oportunidades para participar activamente en la misión de Jesús en su Iglesia. La caridad, que se expresa en la colecta de las celebraciones litúrgicas del tercer domingo de octubre, tiene como objetivo apoyar la tarea misionera realizada en mi nombre por las Obras Misionales Pontificias, para hacer frente a las necesidades espirituales y materiales de los pueblos y las iglesias del mundo entero y para la salvación de todos.

Que la Bienaventurada Virgen María, Estrella de la evangelización y Consuelo de los afligidos, Discípula misionera de su Hijo Jesús, continúe intercediendo por nosotros y sosteniéndonos.

Roma, San Juan de Letrán, 31 de mayo de 2020, Solemnidad de Pentecostés.

FRANCISCO

 

 

SAN JUSTINO, MÁRTIR*

Memoria

— Defensa de la fe en los momentos de incomprensiones.

— Más apostolado cuanto mayores sean las adversidades.

— Vivir la caridad siempre; también con quienes no nos aprecian.

I. En los comienzos, la fe prendió entre gentes de profesiones sencillas: bataneros, cardadores de lana, soldados de tropa, herreros... Las numerosas inscripciones encontradas en las catacumbas nos muestran la variedad de oficios y de trabajos: bodegueros, barberos, sastres, marmolistas, tejedores... Una de estas inscripciones representa a un auriga, de pie sobre su cuadriga, que lleva en la mano derecha una corona y en la izquierda la palma del martirio.

Muy pronto, el Cristianismo llegó a todas las clases sociales. En el siglo ii hubo senadores cristianos, como Apolonio; altos magistrados, como el cónsul Liberal; abogados del foro romano, como Tertuliano; filósofos, como San Justino, cuya fiesta celebramos hoy, convertido a la fe cristiana entrado ya en años.

Los cristianos no se separan de sus conciudadanos, visten como los hombres de su tiempo y de su región, ejercitan sus derechos civiles y cumplen con sus deberes. Como los demás, asisten a las escuelas públicas, sin avergonzarse de su fe, a pesar de que durante largo tiempo el ambiente pagano fuera muy adverso a la Buena Nueva. La defensa de la fe –el derecho a vivirla siendo a la vez ciudadanos romanos iguales a los demás– será llevada a cabo con una constancia admirable: desde la conversación normal en el mercado o en el foro, hasta quienes hacen una defensa con las armas de la inteligencia, como hicieron San Justino y otros en sus apologías del Cristianismo.

Todos, cada uno en su lugar, supieron dar un testimonio sereno de Jesucristo, que fue la mejor apología de la fe. Uno de estos ejemplos vivos de la fe nos ha llegado a través de un grafito que aún se conserva. En el Palatino, la colina ocupada por el palacio del emperador y por las villas nobiliarias romanas, existía una escuela en la que se formaban los pajes de la corte imperial. Entre los alumnos debía de contarse un cristiano llamado Alexamenos, pues alguien hizo un dibujo sobre la pared en el que se representaba a un hombre con cabeza de asno, clavado en una tosca cruz, con una figura humana a su lado. Junto al dibujo se puede leer esta inscripción: Alexamenos adora a su dios. El joven cristiano, con valentía y orgullo por su fe, escribió allí mismo como respuesta: Alexamenos es fiel1.

Este grafito es también un eco de las calumnias que circulaban frecuentemente en torno a los cristianos. Entre las gentes del pueblo abundaban rumores, chismes, trivialidades, historias increíbles... Entre las clases más cultivadas se repetían con desdén frases como las que nos ha transmitido Tertuliano: «Es un buen hombre ese Cayo Sexto, ¡lástima que sea cristiano!». Otro personaje dice: «Estoy verdaderamente sorprendido de que Lucio Ticio, un hombre tan inteligente, se haya hecho cristiano de repente». Y Tertuliano comenta: «No se le ocurre preguntarse si Cayo es un buen hombre y Lucio inteligente precisamente porque son cristianos; o si se han hecho precisamente cristianos porque el uno es un buen hombre y el otro es inteligente»2.

San Justino sabe dar razón de la grandeza de la fe cristiana en comparación de todos los pensamientos e ideologías en boga: «Porque a Sócrates –señala– nadie le creyó hasta el punto de dar la vida por su doctrina; pero a Cristo no solo le han creído filósofos y hombres cultos, sino también artesanos y gentes totalmente ignorantes, que han sabido despreciar la opinión del mundo, el miedo y hasta la muerte»3. El propio Justino moriría más tarde atestiguando su fe. Esa misma firmeza nos pide el Señor a nosotros en cualquier situación en la que nos hallemos. También si alguna vez tenemos que enfrentarnos a un ambiente completamente adverso a la doctrina de Jesús.

II. En los momentos de persecución o de mayores tribulaciones, los cristianos seguían atrayendo a otros a la fe. Las mismas dificultades eran ocasión para un apostolado más intenso, avalado por la ejemplaridad y la fortaleza. Las palabras cobraban entonces una particular fuerza: la de la Cruz. El martirio era un testimonio lleno de vigor sobrenatural y de gran eficacia apostólica. A veces, hasta los mismos verdugos abrazaban la fe cristiana4.

Si somos de verdad fieles a Cristo es posible que encontremos dificultades de distinto género: desde la calumnia y la persecución abierta hasta ver que se nos cierra alguna puerta que debería permanecer abierta, el ser relegados a un trabajo menos preeminente, la ironía o el comentario superficial... No es el discípulo mayor que el Maestro5. La vida del cristiano y su sentido de la existencia –queramos o no– chocará con un mundo que ha puesto su corazón en los bienes materiales.

Esos momentos de dificultad son especialmente aptos para ejercitar un apostolado eficaz: enseñando la verdadera naturaleza de la Iglesia, difundiendo aquellos escritos que dan luz sobre los temas más controvertidos, hablando con claridad de Cristo y de la vida cristiana... Los primeros cristianos vencieron en su empeño y nos enseñaron el camino: su fidelidad incondicional a Cristo pudo más que la atmósfera pagana que los rodeaba. «Sumergidos en la masa hostil, no buscaron en el aislamiento el remedio al contagio y la garantía de supervivencia; se sabían levadura de Dios, y su callada y eficaz operación acabó por informar aquella misma masa. Supieron, sobre todo, estar serenamente presentes en su mundo, no despreciar sus valores ni desdeñar las realidades terrenas»6.

Si en momentos de incomprensión, de calumnias..., seguimos firmes y constantes en el apostolado personal que como cristianos hemos de llevar a cabo, vendrán frutos a la Iglesia desde los lugares más lejanos; donde parecía imposible lograr ningún resultado. El apostolado es más eficaz cuando la Cruz se manifiesta con más claridad.

III. Ni las murmuraciones y calumnias, ni el mismo martirio pudieron lograr que los cristianos se replegaran sobre sí mismos y se resignasen a separarse de los demás ciudadanos y a sentirse exiliados del propio medio social. Aun en los momentos más duros de la persecución, la presencia cristiana en el mundo fue viva y operante. Los cristianos defendieron su derecho a ser consecuentes con su fe: los intelectuales, como Justino, con sus escritos llenos de ciencia y de sentido común; las madres de familia lo harían con su conversación amable y con su ejemplo de vida... Y es en medio de este vendaval de la contradicción donde los cristianos vivieron con especial empeño el mandamiento nuevo de Jesús7: «fue con amor como se abrieron paso en aquel mundo pagano y corrompido»8. «Esta práctica de la caridad es, sobre todo, lo que a los ojos de muchos nos imprime un sello peculiar. Ved -dicen- cómo se aman entre sí, ya que ellos se odian mutuamente. Y cómo están dispuestos a morir unos por otros, cuando ellos están más bien preparados a matarse los unos a los otros»9, nos ha dejado escrito Tertuliano.

Los cristianos no reaccionaron con rencor ante quienes de una forma u otra los maltrataban10. Y como nuestros primeros hermanos en la fe, también nosotros hemos procurado siempre ahogar el mal en abundancia de bien11.

Juan Pablo I, en la catequesis que llevó a cabo en su corto pontificado, hizo mención de la ejemplar historia de las dieciséis carmelitas mártires durante la Revolución francesa, beatificadas por Pío X. Parece que durante el proceso se pidió que fueran condenadas «a muerte por fanatismo». Una de ellas preguntó al juez: «¿qué quiere decir fanatismo?», y él le contestó: «Vuestra boba pertenencia a la religión». Pronunciada la sentencia, mientras las conducían hacia el cadalso, cantaban himnos religiosos; llegadas al lugar de la ejecución, una tras otra se arrodillaron ante la Priora para renovar su voto de obediencia. Después entonaron el Veni Creator; el canto se iba haciendo cada vez más débil a medida que las cabezas de las religiosas caían bajo la guillotina. Quedó en último lugar la Priora, cuyas últimas palabras fueron estas: «El amor saldrá siempre victorioso, el amor lo puede todo»12. Siempre ha sido así.

Con todo, la mejor caridad de los primeros cristianos se dirigía a fortalecer en la fe a los hermanos más débiles, a los que se habían convertido recientemente y a todos los que estaban más necesitados de ayuda. Las Actas de los Mártires13 recogen casi en cada página detalles concretos de esta preocupación por la fidelidad de los más débiles. No dejemos nosotros de hacer lo mismo en momentos de contradicción, de calumnias, de persecución: amparar, «arropar», a quienes, por edad o circunstancias particulares, más lo necesiten. Nuestra firmeza y alegría en esos momentos será de gran ayuda para otros.

Al terminar este rato de oración nos dirigimos a Nuestra Señora con una oración que los primeros cristianos recitaron muchas veces: Sub tuum praesidium confugimus, Sancta Dei Genitrix... Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, Virgen gloriosa y bendita14.

1 Cfr. A. G. Hamman, La vida cotidiana de los primeros cristianos, Palabra, 2ª ed., Madrid 1986, p. 108. — 2 Cfr. Tertuliano, Sobre la idolatría, 20. — 3 San Justino, Apología, II, 10. — 4 Cfr. D. Ramos, El testimonio de los primeros cristianos, Rialp, Madrid 1969, p. 32. — 5 Mt 10, 24. — 6 J. Orlandis, La visión cristiana del hombre de hoy, Rialp, 3ª ed., Madrid 1973, p. 48. — 7 Jn 13, 34.— 8 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 172. — 9 Tertuliano, Apologético, 39. — 10 Cfr. Didaché, I, 1-2. — 11 Cfr. Rom 12, 21. — 12 Cfr. Juan Pablo II, Ángelus 24-IX-1978. — 13 Cfr. Actas de los Mártires, BAC, Madrid 1962. — 14 A. G. Hamman, Oraciones de los primeros cristianos, Rialp, Madrid 1956, n. 107 y nota 60.

Nació en la región de Samaria a comienzos del siglo ii. Como otros pensadores de la época, abrió una escuela de filosofía en Roma. Después de su conversión, ejerció desde ella un fecundo apostolado. Defendió la fe cristiana con su saber en momentos difíciles para el cristianismo. Se han conservado las apologías dirigidas a los emperadores Antonino y Marco Aurelio. Murió mártir en Roma durante la persecución de este último emperador. Por el empeño que puso en defender con su ciencia la fe, y por el valor ejemplar que tiene para todos, León XIII extendió su fiesta litúrgica a la Iglesia universal.

 

 

“San José, Maestro de la vida interior”

San José, Padre de Cristo, es también tu Padre y tu Señor. -Acude a él. (Camino, 559)

1 de junio

Nuestro Padre y Señor San José es Maestro de la vida interior. -Ponte bajo su patrocinio y sentirás la eficacia de su poder. (Camino, 560)

De San José dice Santa Teresa, en el libro de su vida: "Quien no hallare Maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro, y no errará en el camino". -El consejo viene de alma experimentada. Síguelo. (Camino, 561)

San José: no se puede amar a Jesús y a María sin amar al Santo Patriarca. (Forja, 551)

Mira cuántos motivos para venerar a San José y para aprender de su vida: fue un varón fuerte en la fe...; sacó adelante a su familia –a Jesús y a María–, con su trabajo esforzado...; guardó la pureza de la Virgen, que era su Esposa...; y respetó –¡amó!– la libertad de Dios, que hizo la elección, no sólo de la Virgen como Madre, sino también de él como Esposo de Santa María. (Forja, 552)

San José, Padre y Señor nuestro, castísimo, limpísimo, que has merecido llevar a Jesús Niño en tus brazos, y lavarle y abrazarle: enséñanos a tratar a nuestro Dios, a ser limpios, dignos de ser otros Cristos.

Y ayúdanos a hacer y a enseñar, como Cristo, los caminos divinos –ocultos y luminosos–, diciendo a los hombres que pueden, en la tierra, tener de continuo una eficacia espiritual extraordinaria. (Forja, 553)

Quiere mucho a San José, quiérele con toda tu alma, porque es la persona que, con Jesús, más ha amado a Santa María y el que más ha tratado a Dios: el que más le ha amado, después de nuestra Madre.

–Se merece tu cariño, y te conviene tratarle, porque es Maestro de vida interior, y puede mucho ante el Señor y ante la Madre de Dios. (Forja, 554)

 

 

Santa María, Madre de la Iglesia

El lunes después de Pentecostés la Iglesia celebra la Memoria de “María, Madre de la Iglesia”. Ofrecemos algunos textos para considerar esa fiesta litúrgica.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA31/05/2020

Icono de María Madre de la Iglesia (Mater Ecclesiae), en la plaza de san Pedro (Roma).

Decreto sobre la celebración de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, en el Calendario Romano General (descargar en PDF)

 

Comentario “La memoria de María, Madre de la Iglesia”, de Robert Sarah, prefecto de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos (descargar en PDF)


 

La historia del mosaico de María, Mater Ecclesiae

Uno de los elementos arquitectónicos más recientes en la plaza de San Pedro es el mosaico dedicado a María "Mater Ecclesiae" junto con el texto Totus Tuus, una muestra más del cariño a la Virgen de san Juan Pablo II.

 


Texto del Papa Francisco

Me gustaría mirar a María como imagen y modelo de la Iglesia. Y lo hago recuperando una expresión del Concilio Vaticano II. Dice la constitución Lumen gentium: “Como enseñaba san Ambrosio, la Madre de Dios es una figura de la Iglesia en el orden de la fe, la caridad y de la perfecta unión con Cristo” (n. 63).

MARÍA VIVIÓ LA FE EN LA SENCILLEZ DE LAS MILES DE OCUPACIONES Y PREOCUPACIONES COTIDIANAS DE CADA MADRE

Partamos desde el primer aspecto, María como modelo de fe. ¿En qué sentido María es un modelo para la fe de la Iglesia? Pensemos en quién fue la Virgen María: una joven judía, que esperaba con todo el corazón la redención de su pueblo. Pero en aquel corazón de joven hija de Israel, había un secreto que ella misma aún no lo sabía: en el designio del amor de Dios estaba destinada a convertirse en la Madre del Redentor. En la Anunciación, el mensajero de Dios la llama “llena de gracia” y le revela este proyecto. María responde “sí”, y desde ese momento la fe de María recibe una nueva luz: se concentra en Jesús, el Hijo de Dios que se hizo carne en ella y en quien que se cumplen las promesas de toda la historia de la salvación. La fe de María es el cumplimiento de la fe de Israel, en ella realmente está reunido todo el camino, la vía de aquel pueblo que esperaba la redención, y en este sentido es el modelo de la fe de la Iglesia, que tiene como centro a Cristo, la encarnación del amor infinito de Dios.

¿Cómo ha vivido María esta fe? La vivió en la sencillez de las miles de ocupaciones y preocupaciones cotidianas de cada madre, en cómo ofrecer los alimentos, la ropa, la atención en el hogar… Esta misma existencia normal de la Virgen fue el terreno donde se desarrolla una relación singular y un diálogo profundo entre ella y Dios, entre ella y su hijo. El “sí” de María, ya perfecto al principio, creció hasta la hora de la Cruz. Allí, su maternidad se ha extendido abrazando a cada uno de nosotros, nuestra vida, para guiarnos a su Hijo. María siempre ha vivido inmersa en el misterio del Dios hecho hombre, como su primera y perfecta discípula, meditando cada cosa en su corazón a la luz del Espíritu Santo, para entender y poner en práctica toda la voluntad de Dios.

Podemos hacernos una pregunta: ¿nos dejamos iluminar por la fe de María, que es Madre nuestra? ¿O la creemos lejana, muy diferente a nosotros? En tiempos de dificultad, de prueba, de oscuridad, la vemos a ella como un modelo de confianza en Dios, que quiere siempre y solamente nuestro bien? Pensemos en ello, ¡tal vez nos hará bien reencontrar a María como modelo y figura de la Iglesia por esta fe que ella tenía!

Llegamos al segundo aspecto: María, modelo de caridad. ¿De qué modo María es para la Iglesia ejemplo viviente del amor? Pensemos en su disponibilidad hacia su prima Isabel. Visitándola, la Virgen María no solo le llevó ayuda material, también eso, pero le llevó a Jesús, quien ya vivía en su vientre. Llevar a Jesús en dicha casa significaba llevar la alegría, la alegría plena. Isabel y Zacarías estaban contentos por el embarazo que parecía imposible a su edad, pero es la joven María la que les lleva el gozo pleno, aquel que viene de Jesús y del Espíritu Santo, y que se expresa en la caridad gratuita, en el compartir, en el ayudarse, en el comprenderse.

Nuestra Señora quiere traernos a todos el gran regalo que es Jesús; y con Él nos trae su amor, su paz, su alegría. Así, la Iglesia es como María, la Iglesia no es un negocio, no es un organismo humanitario, la Iglesia no es una ONG, la Iglesia tiene que llevar a todos hacia Cristo y su evangelio; no se ofrece a sí misma –así sea pequeña, grande, fuerte o débil- la Iglesia lleva a Jesús y debe ser como María cuando fue a visitar a Isabel. ¿Qué llevaba María? A Jesús. La Iglesia lleva a Jesús: ¡este el centro de la Iglesia, llevar a Jesús! Si hipotéticamente, alguna vez sucediera que la Iglesia no lleva a Jesús, ¡esta sería una Iglesia muerta! La Iglesia debe llevar la caridad de Jesús, el amor de Jesús, la caridad de Jesús.

Hemos hablado de María, de Jesús. ¿Qué pasa con nosotros? ¿Con nosotros que somos la Iglesia? ¿Cuál es el amor que llevamos a los demás? Es el amor de Jesús que comparte, que perdona, que acompaña, ¿o es un amor aguado, como se alarga al vino que parece agua? ¿Es un amor fuerte, o débil, al punto que busca las simpatías, que quiere una contrapartida, un amor interesado?

MARÍA REZABA, TRABAJABA, IBA A LA SINAGOGA… PERO CADA ACCIÓN SE REALIZABA SIEMPRE EN PERFECTA UNIÓN CON JESÚS

Otra pregunta: ¿a Jesús le gusta el amor interesado? No, no le gusta, porque el amor debe ser gratuito, como el suyo. ¿Cómo son las relaciones en nuestras parroquias, en nuestras comunidades? ¿Nos tratamos unos a otros como hermanos y hermanas? ¿O nos juzgamos, hablamos mal de los demás, cuidamos cada uno nuestro “patio trasero”? O nos cuidamos unos a otros? ¡Estas son preguntas de la caridad!

Y un último punto brevemente: María, modelo de unión con Cristo. La vida de la Virgen fue la vida de una mujer de su pueblo: María rezaba, trabajaba, iba a la sinagoga… Pero cada acción se realizaba siempre en perfecta unión con Jesús. Esta unión alcanza su culmen en el Calvario: aquí María se une al Hijo en el martirio del corazón y en la ofrenda de la vida al Padre para la salvación de la humanidad. Nuestra Madre ha abrazado el dolor del Hijo y ha aceptado con Él la voluntad del Padre, en aquella obediencia que da fruto, que trae la verdadera victoria sobre el mal y sobre la muerte.

Es hermosa esta realidad que María nos enseña: estar siempre unidos a Jesús. Podemos preguntarnos: ¿Nos acordamos de Jesús sólo cuando algo está mal y tenemos una necesidad? ¿O tenemos una relación constante, una profunda amistad, incluso cuando se trata de seguirlo en el camino de la cruz?

Pidamos al Señor que nos dé su gracia, su fuerza, para que en nuestra vida y en la vida de cada comunidad eclesial se refleje el modelo de María, Madre de la Iglesia (Audiencia, 23 octubre 2013).


Textos de san Josemaría

- Hace falta que meditemos con frecuencia, para que no se vaya de la cabeza, que la Iglesia es un misterio grande, profundo. No puede ser nunca abarcado en esta tierra. Si la razón intentara explicarlo por sí sola, vería únicamente la reunión de gentes que cumplen ciertos preceptos, que piensan de forma parecida. Pero eso no sería la Santa Iglesia.

En la Santa Iglesia los católicos encontramos nuestra fe, nuestras normas de conducta, nuestra oración, el sentido de la fraternidad, la comunión con todos los hermanos que ya desaparecieron y que se purifican en el Purgatorio —Iglesia purgante—, o con los que gozan ya —Iglesia triunfante— de la visión beatífica, amando eternamente al Dios tres veces Santo. Es la Iglesia que permanece aquí y, al mismo tiempo, trasciende la historia. La Iglesia, que nació bajo el manto de Santa María, y continúa —en la tierra y en el cielo— alabándola como Madre (‘El fin sobrenatural de la Iglesia’, en Amar a la Iglesia. 28-V-1972).

DIOS NOS LA ENTREGA COMO MADRE DE TODOS LOS REGENERADOS EN EL BAUTISMO, Y CONVERTIDOS EN MIEMBROS DE CRISTO: MADRE DE LA IGLESIA ENTERA

Viendo Jesús a María y al discípulo amado, que estaba allí, se dirige a su Madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después habla con el discípulo: ahí tienes a tu Madre. Desde aquel momento la recibió el discípulo por suya. Y nosotros por nuestra. Dios nos la entrega como Madre de todos los regenerados en el Bautismo, y convertidos en miembros de Cristo: Madre de la Iglesia entera. Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y miembros unidos a otros miembros, escribe San Pablo. La que es Madre del Cuerpo es Madre de todos los que se incorporan a Cristo, desde el primer brote de la vida sobrenatural, que se inicia en el Bautismo y se robustece con el crecimiento de los dones del Espíritu Santo (Artículo titulado ‘La Virgen del Pilar’. Publicado en Libro de Aragón, por la CAMP de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1976). También se recoge en Por las sendas de la fe (ed. J. A. Loarte) ed Cristiandad.

- Seguramente también vosotros, al ver en estos días a tantos cristianos que expresan de mil formas diversas su cariño a la Virgen Santa María, os sentís más dentro de la Iglesia, más hermanos de todos esos hermanos vuestros. Es como una reunión de familia, cuando los hijos mayores, que la vida ha separado, vuelven a encontrarse junto a su Madre, con ocasión de alguna fiesta. Y, si alguna vez han discutido entre sí y se han tratado mal, aquel día no; aquel día se sienten unidos, se reconocen todos en el afecto común (Es Cristo que pasa, 139, 3).

- Alzo en este momento mi corazón a Dios y pido, por mediación de la Virgen Santísima -que está en la Iglesia, pero sobre la Iglesia: entre Cristo y la Iglesia, para proteger, para reinar, para ser Madre de los hombres, como lo es de Jesús Señor Nuestro-; pido que nos conceda esa prudencia a todos, y especialmente a los que, metidos en el torrente circulatorio de la sociedad, deseamos trabajar por Dios: verdaderamente nos conviene aprender a ser prudentes (Amigos de Dios, 155, 2).

- Me gusta volver con la imaginación a aquellos años en los que Jesús permaneció junto a su Madre, que abarcan casi toda la vida de Nuestro Señor en este mundo. Verle pequeño, cuando María lo cuida y lo besa y lo entretiene. Verle crecer, ante los ojos enamorados de su Madre y de José, su padre en la tierra. Con cuánta ternura y con cuánta delicadeza María y el Santo Patriarca se preocuparían de Jesús durante su infancia y, en silencio, aprenderían mucho y constantemente de Él. Sus almas se irían haciendo al alma de aquel Hijo, Hombre y Dios. Por eso la Madre —y, después de Ella, José— conoce como nadie los sentimientos del Corazón de Cristo, y los dos son el camino mejor, afirmaría que el único, para llegar al Salvador.

Que en cada uno de vosotros, escribía San Ambrosio, esté el alma de María, para alabar al Señor; que en cada uno esté el espíritu de María, para gozarse en Dios. Y este Padre de la iglesia añade unas consideraciones que a primera vista resultan atrevidas, pero que tienen un sentido espiritual claro para la vida del cristiano. Según la carne, una sola es la Madre de Cristo; según la fe, Cristo es fruto de todos nosotros[1].

Si nos identificamos con María, si imitamos sus virtudes, podremos lograr que Cristo nazca, por la gracia, en el alma de muchos que se identificarán con El por la acción del Espíritu Santo. Si imitamos a María, de alguna manera participaremos en su maternidad espiritual. En silencio, como Nuestra Señora; sin que se note, casi sin palabras, con el testimonio íntegro y coherente de una conducta cristiana, con la generosidad de repetir sin cesar un fiat que se renueva como algo íntimo entre nosotros y Dios.

Su mucho amor a Nuestra Señora y su falta de cultura teológica llevó, a un buen cristiano, a hacerme conocer cierta anécdota que voy a narraros, porque —con toda su ingenuidad— es lógica en persona de pocas letras.

Tómelo —me decía— como un desahogo: comprenda mi tristeza ante algunas cosas que suceden en estos tiempos. Durante la preparación y el desarrollo del actual Concilio, se ha propuesto incluir el tema de la Virgen. Así: el tema. ¿Hablan de ese modo los hijos? ¿Es ésa la fe que han profesado siempre los fieles? ¿Desde cuándo el amor a la Virgen es un tema, sobre el que se admita entablar una disputa a propósito de su conveniencia?

LA MADRE DE DIOS Y, POR ESO, MADRE DE TODOS LOS CRISTIANOS, ¿NO SERÁ MADRE DE LA IGLESIA, QUE ES LA REUNIÓN DE LOS QUE HAN SIDO BAUTIZADOS Y HAN RENACIDO EN CRISTO?

Si algo está reñido con el amor, es la cicatería. No me importa ser muy claro; si no lo fuera —continuaba— me parecería una ofensa a Nuestra Madre Santa. Se ha discutido si era o no oportuno llamar a María Madre de la Iglesia. Me molesta descender a más detalles. Pero la Madre de Dios y, por eso, Madre de todos los cristianos, ¿no será Madre de la Iglesia, que es la reunión de los que han sido bautizados y han renacido en Cristo, hijo de María?

No me explico —seguía— de dónde nace la mezquindad de escatimar ese título en alabanza de Nuestra Señora. ¡Qué diferente es la fe de la Iglesia! El tema de la Virgen. ¿Pretenden los hijos plantear el tema del amor a su madre? La quieren y basta. La querrán mucho, si son buenos hijos. Del tema —o del esquema— hablan los extraños, los que estudian el caso con la frialdad del enunciado de un problema. Hasta aquí el desahogo recto y piadoso, pero injusto, de aquella alma simple y devotísima.

Sigamos nosotros ahora considerando este misterio de la Maternidad divina de María, en una oración callada, afirmando desde el fondo del alma: Virgen, Madre de Dios: Aquel a quien los Cielos no pueden contener, se ha encerrado en tu seno para tomar la carne de hombre[2].

Mirad lo que nos hace recitar hoy la liturgia: bienaventuradas sean las entrañas de la Virgen María, que acogieron al Hijo del Padre eterno[3]. Una exclamación vieja y nueva, humana y divina. Es decir al Señor, como se usa en algunos sitios para ensalzar a una persona: ¡bendita sea la madre que te trajo al mundo! (Amigos de Dios, nn. 281-283).

 

 

Reunidos en comunión: rezando con toda la Iglesia

El Canon Romano nos da la medida de la oración de la Iglesia, que abraza el espacio y el tiempo, como los brazos abiertos de Jesús en la Cruz.

AÑO LITÚRGICO29/05/2017

«Celebro la Misa con todo el pueblo de Dios. Diré más: estoy también con los que aún no se han acercado al Señor, los que están más lejanos y todavía no son de su grey; a ésos también los tengo en el corazón. Y me siento rodeado por todas las aves que vuelan y cruzan el azul del cielo, algunas hasta mirar de hito en hito al sol (...). Y rodeado por todos los animales que están sobre la tierra: los racionales, como somos los hombres, aunque a veces perdemos la razón, y los irracionales, los que corretean por la superficie terrestre, o los que habitan en las entrañas escondidas del mundo. ¡Yo me siento así, renovando el Santo Sacrificio de la Cruz!»[1]

Venimos recorriendo los diversos momentos del año litúrgico, profundizando en todo el arco de tonalidades que adquiere, en el tiempo, la oración de la Iglesia. Estas palabras de san Josemaría sobre la Eucaristía, «corazón del mundo»[2], ponen ante nosotros el verdadero alcance del culto cristiano, que, como anunciaba ya uno de los salmos mesiánicos, abraza todo el espacio –«a mari usque ad mare, de mar a mar»[3]– y todo el tiempo –«como el sol y la luna, de generación en generación»[4]–. Todo empezó en la Cruz: Jesús recogía ya entonces en su oración a toda la Iglesia, y daba así cuerpo a la communio sanctorum de todos los lugares y de todos los tiempos. Y todo vuelve a la Cruz: «omnes traham ad meipsum, atraeré a todos hacia mí»[5]. En cada celebración eucarística está toda la Iglesia, cielos y tierra, Dios y los hombres. Por eso en la Santa Misa quedan superadas no solo las fronteras políticas o sociales, sino las que separan cielo y tierra. La Eucaristía es katholikē, que en griego significa universal, católica: tiene la medida del todo, porque allí está Dios, y con Él estamos todos, en unidad con el Papa, con los Obispos, con los creyentes de todas las épocas y lugares.

TODO EMPEZÓ EN LA CRUZ: JESÚS RECOGÍA YA ENTONCES EN SU ORACIÓN A TODA LA IGLESIA, Y DABA ASÍ CUERPO A LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS DE TODOS LOS LUGARES Y DE TODOS LOS TIEMPOS.

Vamos a asomarnos, ya al final de esta serie, a algunos recodos de la Plegaria Eucarística, a través del Canon Romano[6]. Entreveremos así esa amplitud de la oración de la Iglesia, que surge de la amplitud de Dios. Si procuramos rezar en la Misa con ese sentido universal, de no estar solos, el Señor nos dilatará el corazón –«dilatasti cor meum»[7]–, nos hará rezar con todos nuestros hermanos en la fe; nos hará ser memoria de Dios, bálsamo de Dios, paz de Dios para toda la humanidad.

Sanctus, Sanctus, Sanctus

La Plegaria Eucarística inicia con el Prefacio, que siempre pone ante nuestros ojos motivos de acción de gracias. A veces no seremos capaces de apreciarlos, todos ellos, como algo que nos toca de cerca. Pero la Iglesia sí sabe lo que agradece, y nos podemos confiar a su sabiduría, aunque a veces no entendamos. Precisamente el final del Prefacio nos recuerda que es Ella, la Iglesia de todos los lugares y de todos los tiempos, la que celebra la Eucaristía, igual si participan miles de personas que «si ayuda al sacerdote como único asistente un niño, quizá distraído»[8].

El Prefacio concluye con el Sanctus, «la alabanza incesante que la Iglesia celestial, los ángeles y todos los santos, cantan al Dios tres veces santo»[9]. Cantamos, unidos a la liturgia del cielo, y lo hacemos no solo en nombre propio, sino en el de toda la humanidad y en el de la creación entera, que necesita de la voz del hombre. Somos por eso liturgos de la creación, intérpretes y sacerdotes del canto que las criaturas quieren entonar a Dios: «Hacemos mención del cielo y de la tierra, del mar, del sol y de la luna, de los astros y de todas las criaturas racionales e irracionales, visibles e invisibles, de los ángeles, las virtudes, las dominaciones, las potestades, los tronos, los querubines de muchos rostros (cf. Ez 10, 21), con el anhelo de decir aquello de David: Engrandeced conmigo al Señor (Sal 33, 4)»[10].

Memento Domine...

Esta oración eclesial, este rezar juntos, se percibe también en las intercesiones: «Memento Domine, acuérdate Señor», le decimos, y nos convertimos entonces nosotros mismos en «memoria de Dios» para nuestra familia y amigos, para las personas que se confían a nuestra oración, y también para todos aquellos de los que quizá solo Él se acuerda. Se trata de algo esencial en «nuestra Misa»[11], porque «si falta la memoria de Dios, todo queda rebajado, todo queda en el yo, en mi bienestar. La vida, el mundo, los demás, pierden la consistencia, ya no cuentan nada (…). Si perdemos la memoria de Dios, también nosotros perdemos la consistencia, también nosotros nos vaciamos, perdemos nuestro rostro como el rico del Evangelio»[12].

EL PREFACIO SIEMPRE PONE ANTE NUESTROS OJOS MOTIVOS DE ACCIÓN DE GRACIAS: AUNQUE A VECES NO SEREMOS CAPACES DE APRECIARLOS, LA IGLESIA SÍ SABE LO QUE AGRADECE, Y NOS PODEMOS CONFIAR A SU SABIDURÍA

La oración de intercesión nos mete de lleno en la oración de Jesús, que es el único intercesor ante el Padre en favor de todos los hombres. «Interceder, pedir en favor de otro es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos»[13]. Las primeras comunidades cristianas vivieron intensamente esta forma de petición que no conoce fronteras, como se percibe ya desde las primeras anáforas eucarísticas. Procuraban adquirir los sentimientos de Aquel que «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad»[14]. En la Plegaria eucarística, si ponemos cariño de nuestra parte, Dios nos agranda el corazón, lo hace a la medida del de Cristo.

Con esa magnanimidad pedimos en primer lugar por toda la Iglesia: «para que le concedas la paz, la protejas, la congregues en la unidad y la gobiernes en el mundo entero…». Y comenzamos por unirnos al Papa, al obispo de nuestra diócesis y, por supuesto, al Padre: rezamos así «bien apiñados, formando una familia muy unida»[15].

Después, la intercesión se convierte en petición por todos los fieles presentes y en favor de aquellos por los que se ofrece el sacrificio: «Memento, Domine, famulorum famularumque tuarum N. et N. et omnium circumstantium... Acuérdate, Señor de tus hijos N. y N., y de todos los aquí reunidos cuya fe y entrega bien conoces…». La Plegaria eucarística primera pone ante el Señor las necesidades de aquellos, cristianos o no, por los que se reza específicamente, aunque no sea necesario decir sus nombres en voz alta. El sacerdote, dicen las rúbricas, junta las manos y ora unos instantes por quienes tiene intención de encomendar a Dios. San Josemaría habitualmente podía detenerse un poco más: «Hago un Memento muy largo. Cada día hay unos coloridos diversos, unas vibraciones distintas, unas luces cuya intensidad va de aquí para allá. Pero el común denominador de mi ofrecimiento es éste: la Iglesia, el Papa y el Opus Dei. (...) Me acuerdo de todos, de todos: no puedo hacer una excepción. No voy a decir de éste no, porque es mi enemigo; de ése tampoco, porque me ha hecho mal; no de aquél, porque me ha calumniado, me difama, miente... ¡No! ¡Por todos!»[16].

Communicantes et memoriam venerantes...

El Canon Romano nos recuerda también que en la Santa Misa estamos no solo con el Señor, sino también con los hombres de cualquier lugar y tiempo. Por eso se habla no solo de la Trinidad y del Verbo encarnado, de su muerte y de su resurrección; se pronuncian también los nombres de otras personas importantes en la familia, porque nos sabemos también en su compañía.

"ME ACUERDO DE TODOS, DE TODOS: NO PUEDO HACER UNA EXCEPCIÓN. NO VOY A DECIR DE ÉSTE NO, PORQUE ES MI ENEMIGO; DE ÉSE TAMPOCO, PORQUE ME HA HECHO MAL (...) ¡NO! ¡POR TODOS!" (SAN JOSEMARÍA)

«Communicantes et memoriam venerantes... Reunidos en comunión con toda la Iglesia veneramos la memoria...» de la Santísima Virgen, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor, en primer lugar; después, san José[17], seguido por los nombres de doce apóstoles, entre los que se incluye a san Pablo[18], y doce mártires de los primeros cuatro siglos de la era cristiana[19].

No se trata de una “enumeración honorífica”, como las que a veces presenciamos en los actos oficiales, no sin cierto tedio y prisa por que acaben. Se trata de nuestra familia, «la gran familia de hijos de Dios que es la Iglesia Católica»[20]. En la Santa Misa estamos en comunión no solo con nuestros hermanos «dispersos por el mundo»[21], sino también con nuestros hermanos glorificados en el cielo, y con los que se purifican para ver con ellos el rostro de Dios. «Mientras nosotros celebramos el sacrificio del Cordero, nos unimos a la liturgia celestial, asociándonos con la multitud inmensa que grita: La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero (Ap 7, 10). La Eucaristía es verdaderamente un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra (…) y proyecta luz sobre nuestro camino»[22].

Memento etiam, Domine...

Poco después de la consagración, donde las demás plegarias eucarísticas concentran sus peticiones, el Canon Romano las continúa: «Acuérdate también, Señor, de tus hijos que nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz». El celebrante se recoge unos instantes y ora por los difuntos; después prosigue con unas palabras tiernas, de gran calado: «A ellos, Señor, y a cuantos descansan en Cristo, concédeles el lugar del consuelo, de la luz y de la paz».

EN LA PLEGARIA EUCARÍSTICA, SI PONEMOS CARIÑO DE NUESTRA PARTE, DIOS NOS AGRANDA EL CORAZÓN, LO HACE A LA MEDIDA DEL DE CRISTO.

El recuerdo de nuestros hermanos difuntos pone ante nuestros ojos, una vez más, la fraternidad: los demás. El Espíritu Santo ensancha de nuevo nuestros corazones, porque podemos rezar aquí no solo por nuestros difuntos más cercanos, sino también por todos los hombres y mujeres que Dios ha llamado a sí desde el día anterior; algunos habrán muerto quizá muy solos, y Dios ha salido a su encuentro, a enjugar las lágrimas de sus ojos[23]. «Cuando llega el memento de difuntos, ¡qué alegría rezar también por todos! Naturalmente pido en primer lugar por mis hijos, por mis padres y mis hermanos; por los padres y hermanos de mis hijos; por todos los que se han acercado a mí o al Opus Dei para hacernos el bien: con agradecimiento entonces. Y por los que han intentado difamar, mentir... ¡con mayor motivo!: los perdono de todo corazón, Señor, para que Tú me perdones. Y además ofrezco por ellos los mismos sufragios que por mis padres y por mis hijos (...). ¡Y se queda uno tan contento!»[24]

De multitudine miserationum tuarum sperantibus

El Canon se acerca a su conclusión, e intercede aún por los presentes, celebrante y fieles: «Nobis quoque peccatoribus famulis tuis, de multitudine miserationum tuarum sperantibus... Y a nosotros, pecadores, siervos tuyos, que confiamos en tu infinita misericordia, admítenos en la asamblea de los santos apóstoles y mártires...»[25]. Se nombra aquí a san Juan Bautista, seguido de siete mártires varones y siete mártires mujeres: siete es un número que, como el doce que encontrábamos más arriba, tiene una fuerte impronta bíblica: si el doce recuerda la elección divina (de las tribus de Israel, de los Apóstoles, etc.), el siete, es símbolo de plenitud, totalidad.

Ponemos nuestra mirada en el cielo: el Pueblo de Dios se acoge a sus santos en los momentos más trascendentales de su culto, y la santa Misa es el lugar en el que la Iglesia en el cielo y la Iglesia en la tierra se saben más unidas. Benedicto XVI nos alentaba a dar gracias a Dios «porque nos ha mostrado su rostro en Cristo, nos ha dado a la Virgen, nos ha dado a los santos, nos ha llamado a ser un solo cuerpo, un solo espíritu con Él»[26]. Y como agradecer es apreciar, le podemos decir, con santo Tomás de Aquino, «Tú que todo lo sabes y puedes, que nos alimentas en la tierra, conduce a tus hermanos a la mesa del cielo, a la alegría de tus santos»[27].

Juan José Silvestre


[1] San Josemaría, palabras pronunciadas en una reunión familiar, 22-V-1970 (citado en J. Echevarría, Para servir a la Iglesia, Rialp, Madrid 2001, 189-190).

[2] San Juan Pablo II, Enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2003, n. 59.

[3] Sal 71 (72), 8.

[4] Sal 71 (72), 5.

[5] Jn 12, 32.

[6] Cuando no se indica otra cosa, las citas que siguen son, pues, de la Plegaria Eucarística I.

[7] Sal 118 (119), 30.

[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 89.

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1352.

[10] San Cirilo de Jerusalén, Catequesis mistagógica V, 6 (PG 33, 1114).

[11] Es Cristo que pasa, n. 169.

[12] Francisco, Homilía, 29-XI-2013.

[13] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2635.

[14] 1 Tm 2, 4.

[15] Beato Álvaro del Portillo, Carta, 29-VI-1975 (en Cartas de familia II, n. 19 [AGP, Biblioteca P17]).

[16] San Josemaría, notas de reuniones familiares del 1-IV-1972 y del 10-V-1974 (citado en J. Echevarría, Vivir la Santa Misa, Madrid, Rialp 2010, 106).

[17] Su nombre se introdujo por decisión de san Juan XXIII en 1962. El Papa Francisco, por medio del Decreto Paterna vices de 1-V-2013, introdujo la mención de san José en las Plegarias eucarísticas II, III y IV.

[18] San Matías es citado en el segundo elenco, tras la consagración.

[19] Son cinco Papas, un obispo, un diácono, seguidos de Crisógono –del que no se sabe si era clérigo o laico– y cuatro laicos.

[20] Javier Echevarría, Carta, 9-I-2002 (en Cartas de Familia V, n. 4 [AGP, Biblioteca P17]).

[21] Misal Romano, Plegaria Eucarística III.

[22] San Juan Pablo II, Enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 19.

[23] Cfr. Misal Romano, Plegaria Eucarística III.

[24] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 10-V-1974 (citado en J. Echevarría, Vivir la Santa Misa, 151).

[25] Si bien en su origen el “nosotros, pecadores, siervos tuyos” podría referirse únicamente al sacerdote celebrante y a sus ministros, en la actualidad parece evidente –a la vista de las otras Plegarias eucarísticas– que se pide para todos la unión con la Iglesia celeste.

[26] Benedicto XVI, Discurso, 20-II-2009.

[27] Santo Tomás de Aquino, Himno Lauda Sion.

 

 

El feminismo de género

Por la Dra. Dale O’Leary

En los últimos cincuenta años la sociedad se ha esforzado por encontrar el modo de conciliar la igualdad fundamental de los hombres y las mujeres con sus innegables diferencias biológicas. A lo largo de la década de 1960 las mujeres protestaron contra las leyes y las costumbres que les reservaban un trato discriminatorio. Los Gobiernos respondieron emanando normas que garantizaban a las mujeres derechos legales iguales, igual acceso a la instrucción e iguales oportunidades económicas, que las mujeres se apresuraron a aprovechar. Aumentó el número de las que prosiguieron sus estudios alcanzando la instrucción superior, así como el de las que se comprometieron en actividades profesionales y en cargos públicos a los que se accedía por elección o por nombramiento.

En la década de 1970 el movimiento feminista, que había fomentado esos cambios, fue apoyado por los radicales que veían en las mujeres el prototipo de la clase oprimida y afirmaban que el matrimonio y «la heterosexualidad obligatoria» eran mecanismos de opresión. Esta corriente de pensamiento se basaba en el análisis de los orígenes de la familia realizado por Fredrick Engels. En 1884, Engels escribió: «El primer antagonismo de clase de la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en el ámbito del matrimonio monógamo; y la primera opresión de clase, con la del sexo femenino por parte del masculino» (The Originin of the Family, Property and the Sta te, International Publishers, Nueva York 1972, pp. 65-66).

En su libro The Dialectics of Sex, escrito en 1970, Shulamith Firestone modificó el análisis de la lucha de clase realizado por Engels, asegurando que era necesaria una revolución de las clases sexuales: «Para garantizar la eliminación de las clases sexuales es preciso que la clase oprimida (las mujeres) se rebele y tome el control de la función reproductiva (...). Por ello, el objetivo final de la revolución feminista debe ser diverso del primer movimiento feminista, la eliminación no sólo del privilegio masculino, sino incluso de la distinción entre los sexos; las diferencias genitales entre los seres humanos ya no deben tener ninguna importancia» (p. 12).

Según ella, «el núcleo de la opresión de las mujeres radica precisamente en su función de gestación y educación de los hijos» (Ib., p. 72). Los defensores de este análisis consideraban que el aborto libre, la anticoncepción, la completa libertad sexual, el trabajo femenino y la presencia de instituciones públicas diurnas a las que se podía encomendar los niños eran condiciones necesarias para la liberación de la mujer.

Nancy Chodorow, en el libro The Reproduction of Mothering (1978), sostenía que mientras la función de criar a los hijos siguiera siendo prerrogativa de la mujer, los niños crecerían viendo a la humanidad dividida en dos clases diferentes y desiguales, y, según ella, esta visión es la causa de la aceptación de la opresión «de clase».

Alison Jagger, en un manual realizado para los programas de estudios sobre la cuestión femenina, expuso el resultado que se esperaba lograr con la revolución de las clases sexuales: «La desaparición de la familia biológica eliminará también la exigencia de la represión sexual. La homosexualidad masculina, el lesbianismo y las relaciones sexuales fuera del matrimonio ya no se verán, al estilo liberal, como opciones alternativas. (...) Desaparecerá precisamente la institución de la relación sexual, en la que el hombre y la mujer realizan cada uno una función bien definida. La humanidad podrá, finalmente, recuperar su sexualidad natural, caracterizada por una perversidad polimorfa» (Political Philosophies of Women's Líberation, Feminism and Phílosophy, Littlefield, Adams and Company, Totowa, Nueva Jersey 1977, p. 13).

Ahora bien, un ataque frontal contra la familia implicaba riesgos. Según Christine Riddiough, «la cultura gay-lesbiana también puede considerarse como una fuerza subversiva capaz de enfrentarse a la hegemonía del concepto de familia. Con todo, esta interpretación puede tomar formas que la gente no vea como contrapuestas de por sí a la familia (...). Para utilizar de modo eficaz el carácter subversivo de la cultura gay, debemos ser capaces de presentar modalidades alternativas de interpretación de las relaciones humanas» (Socialism, Feminism and Gaylesbian Líberation, en Women and Revolution, Lydia Sargent, South End Press, Boston 1981, p. 87).

Sexo o género

El problema que encontraron los que fomentaban la revolución con respecto a la familia, nación de las clases sexuales, dado que estas hunden sus raíces en las diferencias biológicas entre el hombre y la mujer. Una solución fue fruto de la actividad del doctor John Money, de la Universidad John Hopkins de Baltimore (Estados Unidos). Hasta la década de 1950, la palabra género era un término gramatical que se utilizaba para indicar que una palabra era masculina, femenina o neutra. El doctor Money comenzó a usar la palabra en un contexto nuevo, acuñando el término «identidad de género» para describir la conciencia individual de sí mismo o de sí misma como hombre o mujer (cf. John Colapinto, As Nature Made Him, Harper Collins, Nueva York 2000, p. 69). Según Money, la identidad de género de una persona dependía de cómo había sido educado el niño y podía resultar diversa del sexo biológico. Sostenía que se podría cambiar el sexo de una persona y que a los niños nacidos con órganos genitales ambiguos se les podía asignar un sexo diverso del genético, mediante una modificación quirúrgica.

Las teorías de Money alcanzaron gran éxito y en 1972 presentó una prueba, que parecía irrefutable, del hecho de que la identidad de género dependía de la educación recibida. En su libro Man and Woman, Boy and Girl, ilustró el caso de un gemelo monocigótico cuyo pene había sido destruido durante una operación de circuncisión. Los padres del niño acudieron a Money, el cual les aconsejó que le hicieran castrar y le educaran como si fuese una niña. La existencia del gemelo monocigótico permitió a Money comparar al gemelo educado como hombre con el educado como mujer. Refirió que el cambio de sexo había sido un éxito y explicó que el niño se había adaptado perfectamente a una identidad femenina. El caso parecía resolver la cuestión "naturaleza contra educación" en favor de la educación.

Ya antes de que anunciara su famoso caso, las teorías de Money habían encontrado el apoyo de las feministas. En el libro Sexual Politics, publicado en 1969, Kate Millet, comentando la obra anterior de Money, escribió: «Al nacer no hay ninguna diferenciación entre los sexos. La personalidad psicosexual se forma, por consiguiente, en la fase posnatal y es fruto de aprendizaje» (p. 54).

El concepto de género como construcción social entró a formar parte de la teoría feminista. Susan Moller Okin, autora del libro Justice, Gender and the Famíly (1989), anhelaba «un futuro sin género. No habría nada establecido previamente en las funciones masculinas y femeninas; así, el embarazo estaría tan separado conceptualmente de la educación que sorprendería que los hombres y las mujeres no fueran responsables por igual de los quehaceres domésticos» (p. 170).

A lo largo de la década de 1980, el término género se hizo omnipresente en los programas de estudios de la cuestión femenina. Con la introducción del concepto de género como construcción social, el interés del movimiento feminista se desvió de la eliminación de las políticas desfavorables para la mujer a la atención hacia todo lo que admitía la existencia de diferencias entre el hombre y la mujer, especialmente todo lo que se realizaba en apoyo de la mujer en cuanto principal fuente de asistencia en el ámbito doméstico. Un futuro sin género presuponía una sociedad que examinara meticulosamente todos los aspectos de la cultura para encontrar pruebas de la socialización de género.

Antes de 1990, los documentos publicados por las Naciones Unidas habían puesto de relieve la eliminación de la discriminación con respecto a las mujeres, pero en torno a 1990 el género se transformó en punto central de interés. Un opúsculo de la agencia INSTRAW de las Naciones Unidas, titulado Gender Concepts, definía el género como: «Un sistema de funciones y relaciones entre hombres y mujeres no determinado por la biología sino por el contexto social, político y económico. El sexo biológico es un dato natural: el “género” se construye» (Gender Concepts in development and planning: A Basic Approach, INSTRAW, 1995, p. 11).

Sin embargo, la línea de separación entre sexo y género seguía siendo incierta. Muchos de los que adoptaban el término género no tenían idea de sus raíces ideológicas. A pesar de ello, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la mujer, que se celebró en 1995 en Pekín, invitó a las naciones a «adoptar una perspectiva de género». Como reza el texto definitivo de su Plataforma de acción: «En muchos países, las diferencias entre las actividades y los resultados conseguidos por la mujer y por el hombre no son aún reconocidas como consecuencia de funciones de género construidas socialmente, sino más bien como fruto de diferencias biológicas inmutables» (Plataforma de acción de la Conferencia de Pekín sobre la mujer, 1995, párrafo 27 en el texto final).

El problema suscitado por esa declaración es que algunas de las diferencias entre las actividades realizadas por la mujer y las realizadas por el hombre están claramente vinculadas a diferencias biológicas inmutables, que la Plataforma no tiene en cuenta. Por ejemplo, sólo las mujeres pueden llevar en su seno a un hijo y amamantarlo. Mientras un alto porcentaje de mujeres considere la maternidad como su vocación primaria, decidiendo no trabajar fuera del ámbito doméstico, dejando el trabajo durante largos períodos a fin de afrontar las exigencias familiares o eligiendo ocupaciones con horarios o tareas compatibles con las responsabilidades familiares, las actividades y los resultados conseguidos por el hombre o por la mujer serán notablemente diferentes (Segun Vigdis Finnbogadottir presidente de Islandia, en su intervención en el Consejo de Europa, Estrasburgo, en febrero de 1995: «Mientras la esfera privada siga siendo principalmente prerrogativa de las mujeres, estas estarán mucho menos disponibles que los hombres para tareas de responsabilidad en la vida económica y política»).

La perspectiva de género no apoyaba a las mujeres que elegían la maternidad como vocación primaria. En una entrevista de 1975 con Betty Freidan, Simone de Beauvoir hacía suya esta orientación. A la pregunta sobre si las mujeres debían ser libres de decidir quedarse en casa a educar a los hijos, respondió: «Las mujeres no deberían tener esta posibilidad de elección, precisamente porque si existiese esta opción, demasiadas mujeres la adoptarían» (Sex, Society and the Female Dilemma: a dialogue between Betty Freidan and Simone de Beauvoir», Saturday Review, 14 de junio de 1975, p. 18).

No sé trataba simplemente del hecho de que el género se construye, sino de que, según esa perspectiva, la construcción del género la realiza el hombre en detrimento de la mujer. La misma palabra «mujer» era considerada como una etiqueta que creaba «un ser ficticio» y «perpetuaba la desigualdad»» (Peter Beckam and Francine O’Amico, Women, Gender and World Politics, Bergin and Garvey, Westport CT 1994, p. 7).

La unidad del ser humano

Mientras se consolidaba la perspectiva del género, su base teórica se estaba resquebrajando. En 1997, un artículo del doctor Milton Oiamond, experto en el efecto prenatal de la testosterona sobre la organización cerebral, reveló que el doctor Money no había referido fielmente el resultado del caso de los gemelos (Milton Oiamond and H.K. Sigmundson, «Sex Reassignment at Birth: A Long T erm Review and Clinical implications», Archives of Pediatrics n. 151, marzo de 1997, pp. 298-304).

El doctor Oiamond nunca había aceptado la teoría del doctor Money, según la cual la socialización podía prevalecer sobre la identidad biológica. A lo largo de los años había intentado en varias ocasiones localizar al gemelo del que hablaba Money, para comprobar cómo había afrontado la adolescencia ese niño. Oiamond logró contactar con el terapeuta del lugar que había atendido al gemelo y descubrió que el experimento había sido un fracaso completo. El gemelo no había aceptado nunca que era una niña y nunca se había adaptado al papel femenino. A la edad de catorce años mostró tendencias suicidas. Uno de los muchos terapeutas destinados a prestarle ayuda psicológica impulsó a sus padres a revelarle la verdad. Cuando supo que era un chico, decidió llevar una vida de hombre. Se sometió a intervenciones de cirugía reconstructiva sumamente complicadas y se casó. Toda la historia del caso de los gemelos se encuentra documentada en el libro «As Nature Made Him» de John Colapinto.

Las teorías de Money quedaron ulteriormente desacreditadas por las investigaciones sucesivas sobre el desarrollo cerebral. La investigación sobre la exposición prenatal a las hormonas ha demostrado que, ya antes del nacimiento, los cerebros masculinos y femeninos son notablemente diversos, lo cual influye, entre otras cosas, en el modo en que el recién nacido percibe visualmente el movimiento, el color y la forma. El resultado es una «predisposición biológica» de los niños hacia juguetes típicamente masculinos y de las niñas hacia juguetes típicamente femeninos (cf. Gerianne Alexander, "An Evolutionary Perspectiva of Sex- Tiped Toy Preference: Pink, Blue and the Brain", Archives of Sexual Behavior, vol. 32, 1, febrero de 2003, pp. 7-14).

Ya desde el seno materno, las mujeres están dotadas de una sensibilidad hacia el ser humano necesaria para la maternidad. Esta investigación y otras informaciones nuevas sobre la estructura del cerebro humano indican que las influencias biológicas y la experiencia concurren a crear conexiones cerebrales y están tan inextricablemente entrelazadas que resulta imposible separarlas.

Los niños nacen en sociedades creadas por hombres y mujeres cuya percepción de lo que es natural depende de la influencia de esa combinación de biología y experiencia. Los niños crecerán para llegar a ser padres, y las niñas para llegar a ser madres. Ocultar este dato por medio de la socialización neutra de género no cambiará la realidad de la diferencia sexual.

Otras investigaciones sobre el desarrollo cerebral han demostrado la importancia de la relación entre madre e hijo durante el primer mes de vida. El niño que ha escuchado la voz materna durante la gestación viene al mundo buscando la luz en los ojos de su madre. Un sólido vínculo entre madre e hijo es fundamental para el desarrollo emotivo. A los estudiosos del desarrollo neonatal y del desarrollo del cerebro humano les preocupa que sus descubrimientos sobre la importancia del vínculo madre-hijo sean ignorados por los que estimulan el trabajo femenino y proponen que se encomienden los niños a instituciones de asistencia diurna (cf. Shore, Affect Regulation and the Origin of Self. The Neurobiology of Emotional Development, p. 540).

Si las mujeres son más sensibles a las exigencias del ser humano y los niños necesitan madres sensibles a sus exigencias, entonces presentar la maternidad a una luz positiva no quiere decir perpetuar un estereotipo negativo, sino reconocer la realidad. No hay injusticia mientras a las mujeres no se les impida la decisión de trabajar fuera de casa. Precisamente porque los dos sexos son diferentes, la mujer puede dar una contribución única a la sociedad en general. El hecho de que la mujer tenga posibilidad de elección hace que algunas mujeres se sientan atacadas, pero este es el precio de la libertad.

Falta de pruebas para las teorías sobre la discriminación de género

Los que sostienen la perspectiva de género han citado numerosos ejemplos de cómo la socialización de género desemboca en el abuso de la mujer. El problema es que muchos de estos ejemplos no resisten un examen atento. Christina Hoff Sommers, autora de la obra Who Stole Feminism?, descubrió que, mientras los medios de comunicación daban espacio a las teorías feministas, según las cuales, la socialización negativa de género provocaba la muerte por anorexia de 150.000 norteamericanas al año, las estadísticas sanitarias demostraban que en el año 1983 se registraron 101 muertes por anorexia. En 1991 el número había bajado a 54.

En 1991, la American Association of University Women publicó un estudio titulado «A Call to Action: Shortchanging Girls, Shortchanging America», en el que se sostenía que la discriminación de género en el ámbito escolar provocaba una devastadora pérdida de autoestima en las adolescentes. Ese estudio fue ampliamente divulgado por los medios de comunicación y se elaboraron numerosos programas para resolver el problema. Con gran esfuerzo, Christina Hoff Sommers obtuvo una copia de los resultados de la investigación, y descubrió que la evaluación de la autoestima no se había realizado con métodos científicos y que las adolescentes, en la mayor parte de las evaluaciones, referían resultados escolares mejores comparados con los de sus coetáneos varones («Who Stole Feminism?», pp. 137 -156).

El problema creado por las acusaciones de opresión no comprobadas, referidas por las feministas, es que desvían los limitados recursos de la solución de los problemas reales que las mujeres deben afrontar y minan la credibilidad de los que están comprometidos en favor de los auténticos intereses de la mujer.

Dado el crédito concedido en el pasado a investigaciones carentes de validez, es importante examinar atentamente todas las pruebas presentadas en apoyo de la perspectiva de género. Eso vale de modo especial para los temas del aborto y la homosexualidad. Por ejemplo, los que están a favor de una nueva definición del matrimonio, que tome en cuenta las uniones homosexuales, citan numerosos estudios que según ellos demuestran la ausencia de diferencias significativas entre niños educados por uniones homosexuales y niños educados por padres naturales en el ámbito del matrimonio. Al analizarlos, se ha demostrado que esos estudios carecían de validez interna y externamente (cf. Philip Belcastro y otros, «A Review of Data Based Studies Addressing the Affects of Homosexual Parenting on Children's Sexual and Social Functioning», Journal of Divorce and Remarriage, 1993, vol. 20, nn. 1-2, pp. 105-122; Robert Lerner and Althea Nagai, «No Basis: What the studies don't tell us about samesex parenting», Marriage Law Project, Washington DC 2001).

Según el profesor Lynn Wardle, «la mayor parte de los estudios sobre los padres homosexuales se basa en investigaciones cuantitativas que no merecen crédito, pues están viciadas desde el punto de vista metodológico y analítico (algunas son de una calidad poco más que anecdótica) y proporcionan una base empírica demasiado débil para determinar políticas públicas» «The Potential Impact of Homosexual Parenting on Childrem», University of IIlinois Law Review, 833, 1997).

Por otra parte, numerosos estudios confirman cómo la presencia de un padre y de una madre mejora el bienestar de los hijos. La importancia del amor materno es algo bien sabido, pero muchos estudios recientes demuestran que también el amor paterno tiene un influjo positivo. Un repaso de lo escrito a este respecto ha mostrado que «el influjo del amor paterno sobre el desarrollo de los hijos es igual y a veces mayor que el del amor materno, Algunos estudios concluyen que el amor paterno es el único índice significativo de resultados positivos específicos» (Ronald Rohner and Robert Veneziano, «The Importance of Father Lave: History and Contemporary Evidence», Review of General Psychology, diciembre de 2001, vol. 5, n. 4, pp. 382-405).

El futuro está en manos de los jóvenes y, por consiguiente, la sociedad tiene la obligación de dar prioridad a su bienestar. Las mujeres desean lo que sea mejor para sus hijos y todo niño necesita un padre y una madre. Sólo el matrimonio asegura el compromiso mutuo de los padres, y el compromiso en favor de los hijos; por tanto, cualquier otra forma de unión conlleva riesgos para los niños y para las mujeres.

Patrick Fagan, de la Heritage Foundation, recogió una cantidad enorme de pruebas en favor de la importancia para los hijos de tener un padre y una madre que permanezcan unidos en el matrimonio: «Los niños nacidos fuera del matrimonio o con padres divorciados tienen muchas más probabilidades de incurrir en pobreza, malos tratos y problemas de comportamiento y emotivos; van peor en la escuela y hacen uso de drogas con mayor frecuencia. Las madres solteras tienen muchas más probabilidades de ser víctimas de la violencia doméstica. (...) En todo caso, los niños cuyos padres permanecen casados gozan de ventajas reales. Se ha constatado que los adolescentes procedentes de estas familias presentan mejor estado de salud, tienen menos probabilidades de sufrir de depresión y repetir curso en la escuela, y encuentran menos problemas de desarrollo».

En defensa de la mujer

Cuando las sociedades estimulan el sexo fuera del matrimonio, el aborto, la mentalidad anticonceptiva y el divorcio, quien sufre las consecuencias es la mujer. Cuando se respeta el matrimonio, y la castidad es la norma, se salvaguarda la dignidad de la mujer. La solidaridad entre marido y mujer en la familia, entre hombre y mujer en la sociedad, es esencial para que su colaboración sea fecunda. Una lucha interminable entre clases sexuales no llevará a la liberación de la mujer. Una antropología desviada, que ignore las diferencias entre los sexos, deja a la mujer en la no envidiable situación de tratar de imitar la conducta masculina o de gastar sus energías en el vano intento de transformar al hombre en pseudo-mujer. Una mujer que comprenda y acepte las diferencias entre los sexos es libre de colaborar con el hombre, sin poner en peligro su originalidad personal.

La perspectiva de género es un callejón sin salida. Se dilapidan recursos valiosos queriendo contrarrestar el deseo natural de maternidad de la mujer. Favorecer la paternidad, la maternidad, la familia y el matrimonio no pone en peligro la igualdad esencial, los derechos y la dignidad de la mujer. Sólo el reconocimiento de las diferencias entre el hombre y la mujer, y del carácter central de la familia en la sociedad, ofrece los parámetros válidos para entablar un diálogo. Seguirá siendo necesario distinguir entre diferencias reales y estereotipos humillantes, y seguirá siendo importante defender el derecho de la mujer y del hombre a elegir carreras atípicas y proteger a la mujer de la injusticia y de los malos tratos.

 

 

El feminismo, ¿destruye la familia?

Jutta Burggraf    

1. Introducción

Hace poco, leía un artículo en que, con gran profusión de palabras, se pretendía explicar, por qué el feminismo destruye la familia. Quedé un poco sorprendida y comencé a pensar en ello. ¿Realmente destruye el feminismo la familia? Sin querer, recordé un suceso que me ocurrió hace algún tiempo en Sudamérica. En Santiago de Chile, me habían dicho que una persona, conocida como una enérgica feminista, quería discutir conmigo acerca del tema de la mujer. Se trataba de la fundadora y rectora de una universidad privada. Habíamos concertado una cita. Me preparé para una intensa discusión y, luego de unos días, acudí al encuentro con un cierto ánimo de ir a la ofensiva. La rectora era una señora muy amable y bien arreglada. “Yo trabajo, con todas mis fuerzas, para que las mujeres puedan estudiar y obtengan puestos de trabajo”, me dijo. “Sueño con un sueldo para las dueñas de casa y con la supresión de la pornografía. Me llaman feminista, porque devuelvo todas las cartas que recibo, dirigidas al Rector; porque esta Universidad no tiene un rector, sino una Rectora”. Y, entonces, señaló, sonriendo: “Y no tengo nada contra los hombres. Estoy casada hace mucho tiempo y quiero a mi marido más que hace treinta años”.

Es evidente que un feminismo así no destruye la familia. Pienso, incluso que es extremadamente favorable para la comunión de los esposos y para la familia misma, ya que devuelve a la mujer la dignidad que, en ciertas épocas y culturas, y parcialmente en la actualidad, le ha sido y le es negada. Sí, esto ocurre también hoy, no es ideología, ni exageración. No necesitamos pensar en las mujeres cubiertas por un velo, como en Arabia Saudita, ni al pueblo africano de los Lyélas, que consideran a las mujeres como la parte más importante de la herencia. Por ejemplo, una de las fórmulas con que un hombre constituye a su hijo mayor como su heredero dice: “Te entrego mi tierra y mis mujeres” [1]. No podemos tampoco juzgar con altanería el rapto de las novias de la aguerrida Esparta [2] , ni lamentarnos de la llamada oscura Edad Media, que, por cierto, no fue una época tan hostil para la mujer [3]. Como se ha dicho, no necesitamos ir tan lejos. Basta mirar a Europa ¿Se respeta a la mujer en la sociedad, en las familias? También hoy día se la considera, en innumerables avisos publicitarios, en el cine, en revistas del corazón y en conversaciones de sobremesa, como un ser no muy capaz intelectualmente, como un elemento de decoración y de exhibición, como mero objeto de deseo masculino.

Su dedicación a su casa y su familia no es ni se valora, ni se apoya como se debía. ¿No ocurre con cierta frecuencia que un hijo, sólo porque es varón, después de un suculento almuerzo dominical, se siente frente al televisor junto a su padre, mientras las hijas “desaparecen”, junto con su madre en dirección a la cocina? ¿O que una joven madre, que trabaja fuera de la casa, se las tenga que arreglar sola con las labores domésticas y más encima sea enjuiciada, pues no se preocuparía lo suficiente de su marido -que trabaja a tiempo parcial- y de sus hijos y que además sea criticada por no tener la casa limpia? ¡Cuántas mujeres casadas, que carecen de ingresos propios deben mendigar de sus maridos un poco de dinero y no tienen acceso a la cuenta bancaria, ni participación en las decisiones pecuniarias de la propia familia! Concedo que estas cuestiones pueden ser superficiales; sin embargo, demuestran cuánta -o cuán poca- comprensión y cariño reciben las mujeres, a menudo, en una situación difícil.

Existe pues una promoción de la mujer que es absolutamente razonable y conveniente. Su finalidad consiste en que los derechos humanos no sólo sean derechos de los varones, sino que ambos, tanto el hombre, como la mujer, sean aceptados en su ser-persona. También se esfuerza por considerar a cada ser humano en su propia individualidad, sin colocar ningún cliché a nadie. Y esto es válido en todo sentido. Hoy en día nadie duda que la mujer puede dominar la técnica más complicada. Pero ello no significa que todas las mujeres deban ser técnicas y que gocen con las computadoras. Según un nuevo dogma: “La mujer emancipada es gerente de empresa, arquitecto o empleada en una oficina; de todas maneras, trabaja fuera de la casa”. Sin embargo, si la emancipación es entendida como un proceso de madurez conseguido, ¿por qué la mujer “emancipada” no puede ser madre de una familia numerosa? Cuando una mujer prefiere preparar un pastel, tejer chalecos, jugar con los niños y procura hacer de su casa un hogar agradable, no quiere decir que ella se haya resignado a asumir el rol que se le asignó en el s. XIX. Significa simplemente que, para ella, estas actividades son más importantes que para quienes la critican. En principio, no se trata de lo que una persona hace, sino de cómo lo hace.

Ni el trabajo fuera de la casa, ni la familia son, en sí, soluciones a problemas personales o sociales; ambos conllevan ventajas y riesgos. Así, es posible que una mujer profesional, debido a la creciente especialización de su trabajo, se le vaya empequeñeciendo su campo de acción, mientras que una dueña de casa, al tener que enfrentarse a los más diversos trabajos, adquiera una visión más amplia. En su vida profesional, la mujer está expuesta a los mismos riesgos que el hombre -deseo desmedido de hacer carrera, afán exclusivo de poder...-, incluso más que él, pues le pone a prueba y enjuicia más duramente.

No quiero, de ninguna manera proponer que la mujer debe volver a ocuparse exclusivamente de las tareas del hogar. Pienso solamente que se debe dar, a cada mujer, la posibilidad de decidir libremente lo que ella considera como bueno, sin iniciar permanentemente nuevas polémicas.

Se ha discutido mucho acerca de si las mujeres son diferentes a los hombres y en qué lo son. Primero, hay que considerar que cada ser humano es distinto de los otros. Cada uno debe tener la oportunidad de desarrollarse libremente, de ser feliz y de hacer feliz a los demás -por diferentes caminos, da lo mismo en qué estado o profesión-. Desde una perspectiva histórica y social, algunas veces, a las mujeres esto les ha sido más difícil que a los hombres. Es por ello, que se les debe ayudar más a vivir de acuerdo con su convicción personal. Esta es la finalidad de un feminismo que podemos denominar “auténtico”, “razonable” o “libertario”.

2. El feminismo radical

Estamos casi en nuestro tema. Como se ha mencionado, existe otro tipo de feminismo, que se ha extendido mucho en los países occidentales, es denominado, con frecuencia, feminismo “radical” o “extremo”. Me parece que este tipo de feminismo, por lo menos como se presenta a sí mismo, ha sobrepasado su momento culminante. Su enorme influencia ha tenido un devastador efecto, que se deja ver en todos los ámbitos. Todos conocemos lo que se ha dicho acerca del “mito de la maternidad”, que debe ser destruido, o del macho, que la mujer debe desterrar. En algunas de sus afirmaciones, las feministas han traspasado con mucho el límite de lo absurdo.

La filósofa francesa Simone de Beauvoir es considerada la precursora del feminismo de nuestro siglo, cuya influencia apenas puede superarse [4]. Su monografía “Le Deuxiéme Sexe” (“El otro sexo”), publicado por primera vez en 1949) es denominada con frecuencia la “biblia del feminismo” [5]. En ella, Simone de Beauvoir postula, por primera vez, con gran agudeza intelectual, la igualdad de los sexos y, con ello, da un nuevo impulso al movimiento feminista en el mundo occidental, el que, hace ya tiempo, va mucho más allá de pretender la simple mejora de la situación jurídica de la mujer y una mayor posibilidad de acceder a la formación escolar, universitaria y profesional.

En aquella obra, la filósofa comienza esbozando su propia posición ideológica. “Nuestra perspectiva es la de la ética existencialista” [6], declara. Y continúa “Es la de Heidegger, Merleau-Ponty y Sartre” [7] (su conviviente). El “existencialismo”, tomado del título de un libro de Sartre, es una negación consciente de toda reflexión que parta de la esencia o naturaleza. No hay “una naturaleza humana -dice Sartre- pues no hay quien la hubiese podido diseñar” [8]. Sartre se refiere a la libertad creadora del hombre, que le capacita para hacer de sí mismo lo que él quiere y que no es limitada por ninguna “esencia” o “naturaleza” [9].

Simone de Beauvoir intenta traspasar el existencialismo ateo [10] de Sartre a la existencia femenina [11]. Para ella, el hombre tampoco es un “ser dado” o una “realidad fija”, sino “una idea histórica”, “una continua transformación”, que hace de la persona lo que ella es [12]. En consecuencia, en la ética de Beauvoir, toda forma de “quietud” o “pasividad” sólo puede considerarse como un gran mal [13]. Sin embargo, es precisamente esa la actitud a la cual los hombres han obligado continuamente a las mujeres.

Ya desde los nómades, el mundo ha pertenecido al varón [14], dice Beauvoir, pues éste ha sabido influir en el mundo con ocupaciones que iban “más allá de su ser animal”. Para cazar y pescar, construyó utensilios, se puso metas y abrió caminos. Continuamente se superó y emprendió el camino hacia el futuro [15]. Añade: el privilegio del varón consiste en que “su vocación como persona con destino no contrasta con su ser varón” [16]. Sin embargo, en la mujer sucede algo distinto. Hasta hoy, a las mujeres se les ha impedido intervenir de manera creativa en la sociedad. Las mujeres han sido “aisladas” y ahora se encuentran marginadas [17]. Permanecen toda su vida encerradas y la culpa de todo, la tienen el matrimonio tradicional (con la división del trabajo según el sexo) y, sobre todo, la maternidad.

En toda la obra de Beauvoir está presente un tema dominante: la de quitar todo valor al matrimonio y la familia. A este respecto, señala que, “sin duda alguna, dar a luz y amamantar no son actividades sino funciones naturales y no está en juego ningún proyecto personal. Por eso, la mujer no puede encontrar en ello ninguna razón para una alegre afirmación de su existencia” [18]. Durante siglos, la mujer se ha contentado con llevar una “vida relativa”, dedicada al marido y a los hijos. “En realidad -continúa-, para el hombre, ella es sólo una distracción, un objeto, un bien poco importante. El varón es el sentido y la justificación de su existencia” [19]. El varón, por su parte, ha consolidado su supremacía a través de la creación de mitos e instituciones.

Por medio de muchos ejemplos de la literatura y la cultura, Beauvoir analiza el mito de la mujer, tal y como lo han inventado los varones para sus propósitos y concluye que “es tan irrisorio contradictorio y confuso que no se halla unidad alguna: como Dalila y Judit, Aspacia y Lucrecia, Pandora y Atena. Es ídolo y esclava; es el silencioso original de la misma verdad, al mismo tiempo falsa, locuaz, mentirosa; es bruja y terapeuta; es presa del varón y su perdición; es todo lo que él no es y desea poseer, su negación y su fundamento existencial” [20], es, precisamente, el “otro” sexo.

Beauvoir se opone a todas estas afirmaciones, pues señala que las mujeres no son esfinges, sino seres humanos dotados de razón [21]. Su proximidad a la naturaleza -que significa una limitación radical de su potencial humano- es exigida y también temida por el hombre. Aunque las mujeres no pueden negar, ni ignorar su propio cuerpo, éste no determina para nada su libertad existencial. Indudablemente, en la filosofía de S. de Beauvoir, hay razonamientos acertados; que, sin embargo, dan lugar a un gran empobrecimiento ideológico. Ello se aprecia claramente si consideramos su conocido aforismo, “No naces mujer, te hacen mujer” [22], completado más tarde por la lógica conclusión “¡No se nace varón, te hacen varón! Y tampoco la condición de varón es una realidad dada desde un principio” [23].

La “mujer constituye para Beauvoir un “producto de la civilización” [24]. Ella “no es la víctima de un destino misterioso e ineludible” [25] , sino la de una situación muy concreta y corregible, en la cual el “mito de la maternidad” siempre ha servido a los varones como pretexto para motivar a las mujeres a realizar sus quehaceres domésticos [26]. La mujer, por su parte, se ha resignado durante mucho tiempo ante su situación. “Al no querer que una parte de sí se ha convertido en negación, suciedad y malignidad el ama de casa maniática se encoleriza contra el polvo y exige un destino que a ella misma le exaspera” [27]. En su desesperación intenta inútilmente introducir al hombre en la cárcel de su pequeño mundo, bien como madre, esposa, amante “permanente”, parásita [28] o carcelera [29]. El hombre trata a la mujer como su esclava y la persuade a la vez de que sea su reina [30]. Hoy, sin embargo, la lucha se muestra de otra manera, “en lugar de que la mujer pretenda llevarse al hombre a su cárcel, lo que hará es intentar salir de ella. Ya no pretende penetrar en la región de la inmanencia [31]. El hombre hace bien en ayudar en la emancipación de la mujer, pues librándola a ella, se libera él mismo [32].

¿Cómo tiene que ser la emancipación? Para Simone de Beauvoir, no cabe duda que las “cadenas” o “ataduras de la naturaleza deben ser rotas”. La filósofa existencialista traza una ética radical [33], que intenta desenmascarar el matrimonio [34], la maternidad [35], la prohibición del aborto [36] y del divorcio [37], como “medidas coercitivas de las sociedades patriarcales” [38], que dejan a las mujeres en dependencia de los varones. Según sus propias palabras, “las mujeres han decidido protegerse de la maternidad y del matrimonio” [39]. “lamento la esclavitud que se impone a la mujer con los hijos... Como otras muchas feministas, también estoy a favor de que se suprima la familia” [40] dice explícitamente. Además, simpatiza con la inseminación artificial [41], las relaciones lesbianas [42] y la eutanasia [43]. Para la filósofa existencialista, el remedio para salir de la dependencia es la actividad profesional de la mujer [44], con la cual se puede alcanzar “una plena igualdad económica y social” [45] entre los dos sexos.

Aunque todas parten de sus principios, algunas de las feministas actuales superan con mucho determinados aspectos de las exigencias de Beauvoir. En su obra mundialmente conocida, “The Feminin Mystique” [46], Betty Friedan -fundadora del movimiento feminista americano de los años sesenta- critica con gran vehemencia el que la mujer se vea obligada a “la realización de su feminidad” [47] únicamente en el matrimonio, en la familia y en el trabajo doméstico y que se le impida desarrollarse intelectualmente [48].

De la misma manera, la americana Kate Milled, en su libro “Sexual Politics” [49], recurre lo señalado en “Le Deuxième Sexe”: “La mujer aún es indispensable para la concepción, la gestación y el nacimiento de un niño, pero no tiene otra atadura u obligación especial con respecto a él”. Finalmente, el objetivo del feminismo de Shulamith Firestone -la más radical de este grupo- es destruir todas las estructuras más importantes de la sociedad [50]. En “The Dialectic Sex”, propone liberar a la mujer de la “tiranía de la procreación” [51], a cualquier precio. “Lo quiero decir muy claramente: el embarazo es una barbaridad” [52], señala.

La periodista Alice Schwarzer es una de las pocas figuras sobresalientes del feminismo alemán. Después de su larga estancia en París, comenzó su labor, organizando, a principios de los años setenta, la campaña pro-aborto en Alemania [53]. En 1975, lanzó un bestseller [54] al mercado y se destacó, finalmente, como editora de la primera revista feminista, “Emma”, hasta hoy, muy difundida. Su lenguaje frívolo, la exposición de problemas humanos, la eliminación de los tabúes relativos a las normas morales, junto con algunas hipótesis racionales, no constituye una mezcla nueva; no obstante, aplicada exclusivamente a la cuestión femenina, se transforma en un asunto de carácter político.

Aunque Alice Schwarzer subraya una y otra vez su admiración por Simone de Beauvoir [55] -a la que conoció en París personalmente-, es aún más radical en la aplicación de las ideas feministas. Difunde las tesis contenidas en “Le Deuxième Sexe” y las planteadas por el movimiento feminista norteamericano. Más, en último término, para ella no se trata de la cuestión teórica de la igualdad de los sexos, sino de qué modo la mujer, siendo más valiosa y digna de ser amada que el hombre, puede huir del dominio masculino. Según A. Schwarzer, el poder masculino es el único factor que condiciona actualmente la relación hombre-mujer, y sólo puede ser destruido por un poder femenino [56]. El varón es, para ella, el enemigo. La autora expresa: “Por eso, todo intento de una liberación de la mujer tendrá que dirigirse contra los privilegios del varón, tanto a nivel colectivo, como a nivel personal. Eso quiere decir que hay que luchar también contra el propio marido” [57]. Llama a todas las mujeres para que manifiesten su poder y se nieguen a sus maridos, rehúsen “la heterosexualidad” que ha pasado a ser “un dogma” [58] y se interesen por la bi- y la homosexualidad. En suma, Schwarzer concibe el poder sexual como un poder político, intenta iniciar una revolución en las relaciones hombre-mujer, de la cual surgirá una mujer liberada del poder masculino. Esta mujer podrá actuar positivamente en la sociedad.

A. Schwarzer crítica la “ideología del hijo propio” y lucha contra todos los lazos existentes entre madre e hijo. Según ella, tales lazos sirven únicamente para proteger los últimos baluartes de una sociedad para varones [59]. La tarea educativa debe realizarse, en gran parte, por el colectivo; el trabajo doméstico tiene que ser industrializado. Eso significa que debe existir un número suficiente de guarderías y de jardines infantiles, abiertas durante las veinticuatro horas y donde trabajen mujeres y varones [60].

Para la feminista norteamericana Mary Daly, todo lo masculino es objeto del juicio más despiadado, casi de la maldición universal. En su exitoso libro, aparecido en 1978 [61], la autora pasa revista a todas las atrocidades que los hombres han cometido contra las mujeres, desde el comienzo de los tiempos. Contrasta la maldad masculina, “contaminante”, “ponzoñosa” y “destructora”, la autora contrapone la “pureza elemental” de las mujeres. M. Daly exagera tanto las ideas de “Le Deuxième Sexe”, que realmente no se las puede tomar en serio.

Desde hace algún tiempo, el intento de liberarse de las “cadenas de la naturaleza” no es la única preocupación del feminismo radical. Desde ciertos ambientes ecologistas y desde el llamado “feminismo cultural” de Norteamérica han surgido nuevas tendencias. Mientras un grupo de las feministas continúa negando las diferencias fundamentales entre mujeres y hombres, otro grupo ha comenzado a “celebrarlas”. Actualmente, dentro del feminismo, se plantea cada día con más fuerza, que la identificación de lo femenino con la naturaleza, la corporeidad, la sensibilidad y la voluptuosidad, no es un “maldito prejuicio masculino”. Por el contrario, todo lo emocional, vital y sensual ha pasado a ser la esperanza para un futuro mejor. Después de que la racionalidad y el despotismo masculinos han conducido a la humanidad al borde del desastre ecológico y la han expuesto al peligro de la destrucción nuclear, ha llegado la hora de la mujer. La salvación se puede esperar solamente de lo ilógico, de lo instintivo, de lo afable y apacible, tal como se encuentra encarnado en la mujer [62].

Después de que, durante décadas, el deseo de tener hijos fue reprimido y negado, ahora es redescubierto, por grupos feministas [63] como una “necesidad femenina” pura [64]. Esto puede ser una reacción al esfuerzo de la emancipación entendida, con demasiada frecuencia, como una acomodación a los valores masculinos y a la competitividad.

Por supuesto, el deseo de tener hijos no significa un retorno al matrimonio y a la familia burgueses. Las feministas se interesan poco por la realidad social de las mujeres, lo que les preocupa son la vida de la mujer, el cuerpo femenino y las experiencias de dar a luz y de amamantar. “Son las mujeres las que tendrán que liberar la tierra y lo harán, porque viven en una mayor armonía con la naturaleza” [65], esta es la más conocida de las tesis propuestas. A ella se opone ahora, con renovado ímpetu, la teoría igualitaria, que continúa la línea de pensamiento inaugurada por Simone de Beauvoir [66]. Así llegamos otra vez al comienzo de nuestras reflexiones.

3. Las familias patchwork

Cuando se leen los manifiestos feministas, se podría concluir lisa y llanamente que el feminismo radical destruye la familia. ¡Ese es su objetivo declarado! Sin embargo, las cosas no son tan simples como parecen. También hay que matizar esta afirmación.

Si miramos a nuestro alrededor, podemos comprobar que la vida familiar existe. Por ejemplo, tres cuartos de los europeos pasan sus vacaciones en familia, incluso con frecuencia, varias generaciones juntas, en las combinaciones más variadas. Al observar los campings y otros lugares de vacaciones, esto queda muy claro. Pese a todas las advertencias de Simone de Beauvoir y de Alice Schwarzer, pese al deseo creciente de hacer carrera y de ganar dinero, vemos, en todas partes, como las parejas forman una familia y traen niños al mundo. A pesar que, según dicen, para “autorrealizarse”, es más fácil permanecer solo, la mayoría de las personas insisten en reunirse alrededor de una familia.

Incluso, conocidas feministas han comenzado a alabar a la familia. La argentina Ester Vilar, señala que, si existiera completa igualdad, la mujer saldría por la noche, menos que el hombre. Esto no le parece nada mal, pues “que una persona sea mucho más feliz tomándose una cerveza en un bar lleno de humo que velando el sueño de su hijo pequeño en un hogar tranquilo, aún está por demostrar” [67]. Y Christiane Collange, una de las más connotadas feministas francesas sorprende al decir: “Me dan pena las mujeres que no saben la tranquilidad que da quedarse una tarde en la casa, sin hacer nada y disfrutando a su hijo. No hay ninguna otra sociedad que nos brinde tanta alegría de vivir, como la familia” [68].

La feminista de Berlín Barbara Sichtermann opina que la mujer no debe continuar orientándose de acuerdo al varón, como ha sido hasta ahora la política de la emancipación, que ha puesto al varón como ideal. Sin embargo, iguales derechos para ambos sexos es algo tan indispensable como insuficiente. “La posición del varón en la sociedad sólo puede... ser, dentro de ciertos límites, un modelo para el sexo femenino; primero, porque el mundo de los hombres, tal como funciona -o como no funciona- deja mucho que desear; segundo, porque las mujeres emancipadas no son semi-varones, ni quieren serlo” [69].

Es interesante que Sichtermann ponga de relieve la disposición de las mujeres de estar-ahí-para-otros. Señala que se trata de “una virtud clásica femenina”, cuyo exceso debe evitarse; pero “cuya esencia debe ser guardada y propagada” [70].

Sichtermann exige que “el cuidar de otros”, sea apreciada en todo su valor, precisamente cuando no es remunerado. “Nuestra civilización ha creado un clima ético en el que todo el que hace algo gratis, es considerado un tonto. Aún así, sería errado suponer que el respeto por la víctima se ha extinguido completamente. Sólo que carece de un lenguaje... Todo esto es un problema cultural y psicológico social, que sólo puede ser resuelto donde ha comenzado: no mediante transformaciones del mercado laboral, ni del estado, sino en las relaciones interpersonales, que se sustraen, tanto a las reglas que rigen el mercado, como a las que rigen el estado” [71].

El trabajo doméstico es uno de los campos en que ese ser-para-otros, esa preocupación por las necesidades inmediatas, tiene mayor relevancia. Sichtermann no se refiere a su efecto “limitante”, “opresivo” o “enfermante”, sino que lo presenta como una alternativa frente a la vida profesional agotadora y programada. Se trata de un ámbito que se puede organizar como una quiera, señala -junto con los tradicionales defensores de la familia- aquí se puede ser, simplemente un ser humano [72]. Después de todo, todo ser humano anhela tener una “vida personal no económica”, una vida privada. Este deseo se puede reprimir temporalmente, pero nunca se extingue por completo. Por lo demás, las mujeres han adquirido suficiente experiencia fuera del hogar, como para poder admitir, con sinceridad, que la exclusiva vida profesional no aporta, por sí solo, la felicidad. “Las dueñas de casa hacen muy bien cuando se niegan a acudir a la fábrica; ciertamente lo pagan con su dependencia del marido, pero ésta es siempre mejor que la dependencia de un jefe” [73].

Puede ser -continúa Sichtermann en tono provocativo- que las mujeres dependan del sueldo de su marido. Pero, por otra parte, los hombres dependen de sus mujeres, en un sentido mucho más profundo, precisamente, porque todo ser humano necesita un hogar, cuya creación se le ha asignado, durante siglos, a la mujer [74]. La protección de ese hogar debe ser tomada en cuenta por la política feminista, tanto como “el deseo, igualmente fuerte en ambos sexos, de reconocimiento profesional” [75].

Hasta aquí el debate sobre la emancipación. Hoy en día, en amplios sectores de la sociedad, no solamente se habla de una “nueva maternidad”, sino también una vida familiar agradable, seguridad y apoyo moral. Sin embargo, esa familia que anhela el movimiento feminista, nada tiene que ver con la tradición. Comúnmente, es denominada “familia-patchwork” o “familia de remiendos, de parches”, la imagen de una colcha hecha de trozos de telas muy diversas, es el ejemplo perfecto de esta nueva comunidad de personas, en que se reúnen padres e hijos de familias anteriores. Cuando una familia ya “no funciona más”, se va cada uno por su lado, los padres se separan, se llevan a algunos hijos consigo e intentan con otra pareja, un nuevo patchwork. Los remiendos se pueden separar y coser nuevamente, en un modelo diferente, cuando y como se desee.

Nos referimos a un tema muy doloroso y que, por tanto, no se puede tratar superficialmente. Cada uno conoce muchos casos parecidos. Todos sabemos cuánta penuria -de la que se prefiere no hablar-, cuánto sufrimiento se oculta en una situación como la descrita. ¿Quién puede dejar al padre o a la madre de sus hijos, después de años de vida en común, sin experimentar una ruptura en su vida, sin sentirse fracasado, sin dudas, ni remordimientos? Es bien sabido que quienes más sufren son los hijos. Hay que pensar en qué conflicto permanente se encuentran, cuando tienen que elegir entre sus padres “biológicos” y los “escogidos”. Hace poco, me contó una conocida mía: “Mi hijo vive con su tercera mujer. Hasta ahora, todas sus relaciones sólo han durado unos cuantos años. De su primera señora, tiene sólo una hija pequeña. La segunda trajo dos niños al matrimonio, de los cuales, él se preocupó como un verdadero padre. A veces, tenía la sensación de que mi hijo los quería más que a su propia hija. Mis dos nietas políticas estaban muy tristes cuando mi hijo y mi nuera se separaron. El ya tiene una guagua de su actual polola y quieren casarse pronto. Esto significa que pronto tendré tres nueras y un solo hijo”.

No nos corresponde juzgar a nadie. Nadie tiene derecho a hacerlo y, como espectador, se puede ser muy duro y caer, fácilmente en la altanería. Únicamente, queremos conocer el motivo del cambio de valores, que se viene observando en las últimas décadas. ¿No es cierto que el feminismo radical ha jugado un papel decisivo en la destrucción de la familia burguesa y tradicional? Yo diría que sí. Este ha sido uno de sus objetivos declarados y lo ha logrado en amplios sectores de la sociedad. Por una parte, ha llevado la lucha de clases a la relación entre el hombre y la mujer; por otra parte, ha creado un nuevo concepto de familia abierta y ha tildado al “antiguo” como ridículo. En una ley finesa, se define la familia como “el grupo de personas que utiliza el mismo refrigerador” [76]. El desprecio por todas las formas tradicionales de vida queda de manifiesto en un informe de Christiane Collange: “¿La familia unida, en armonía, sin divorcios, ni separaciones, de la se nos habla continuamente para que nos avergoncemos de nuestra vida sin ataduras? ¿Cuánta frustración y fracaso se esconde detrás de la respetable fachada? ¡Cuánta mentira y traición en nombre de la indisolubilidad del matrimonio! No añoro la época de los padres (hombres) 'estrictos pero justos', ni los de las mujeres de mirada triste. Prefiero los padres (hombres) de hoy, que no son ni tan gallinas, como se piensa, ni tan gallitos como antes. También me gustan nuestras supermadres, que siempre tienen prisa, pero se sienten bien en su piel. Prefiero los jeans de fines de siglo, que el cuello de encaje de sus comienzos” [77]. ¡Por cierto, yo también los prefiero!
Es evidente que no se trata de volver a la familia burguesa. Esto sería hacer muy poco y no respondería a las inquietudes de nuestros contemporáneos. ¡No se puede responder a los desafíos actuales con provincianismo! Hemos de demostrar que es mucho más atractivo que un hombre y una mujer se amen y sean un apoyo el uno para el otro, a que se combatan e intenten vencer al otro. Asimismo, hemos de mostrar que el matrimonio, como comunión indisoluble, es la mejor garantía para la felicidad de una familia.

4. Aceptarse a uno mismo

No es posible vivir coherentemente dejándose llevar por todo lo que nos rodea, lo que se nos exige y lo que se nos ofrece. En esta tensión en que vivimos, entre valores, valores aparentes y contravalores, resulta fácil perder la orientación. Por ello, necesitamos guardar una distancia reflexiva, para descubrir una dimensión más profunda de la vida, y tener la valentía de contradecir el espíritu de nuestra época.

Tal vez la falta de aceptación propia sea el problema principal del feminismo, también en su modalidad de la nueva maternidad. Porque si yo me acepto a mí misma, también debo aceptar mis limitaciones, debilidades y los errores que cometo. En lo que concierne a la ideología de la igualdad, esto es aún más claro. El querer-ser-como-el-hombre ha conducido a muchas mujeres a grandes tensiones y a la frustración, incluso hasta a enfermar psíquicamente, pues sólo puede tener una personalidad equilibrada, quien vive en paz con su propio cuerpo.

La propia liberación de la mujer no puede reducirse a una mera equiparación con el hombre. Tenemos que aspirar a algo mucho más valioso y beneficioso; pero también más arduo: la aceptación de la mujer en su propia manera de ser, en su ser mujer, único e irrepetible. La finalidad de la emancipación es sustraerse a la manipulación, no convertirse en un producto, sino ser un original. Poco ayuda entender la emancipación siguiendo los modelos que nos presenta la literatura feminista; pero, sin la disposición a enfrentarse consigo misma; o interpretando las propias debilidades como represión. Precisamente, la resistencia a tales tendencias garantiza la propia libertad. La verdadera promoción de la mujer no la libera de su propia identidad de su propio ser, sino que la conduce a él.

¿Qué significa ser “hombre” o ser “mujer”? ¿En qué se diferencian los dos sexos? En la historia de la humanidad, no se han planteado sobre esta materia sólo ideas sensatas y constructivas. Actualmente, es frecuente burlarse de los hombres, atribuyéndoles características, que no son más que prejuicios superficiales. Otras veces -con bastante más frecuencia-, son las mujeres a quienes se les atribuye ciertos clichés y se humilla, en la teoría y en la práctica. La verdad es que cada sexo tiene rasgos que le caracterizan; cada uno es superior al otro, en un determinado ámbito. Naturalmente, el hombre y la mujer no se diferencian en el grado de sus cualidades intelectuales o morales; pero, sí, en un aspecto ontológico elemental, como es la posibilidad de ser padre o madre y en aquellas capacidades que de ello se derivan. Es sorprendente que un hecho tan simple como éste, haya causado tantos extravíos y confusiones.

5. La maternidad como regalo

Cada nuevo ser humano es confiado a la mujer antes que al hombre, para que ella -primero dentro de sí- lo acoja, lo proteja y alimente. Sólo desde una perspectiva muy superficial y en la cual se ha perdido el sentido de lo esencial, se puede sostener que la maternidad disminuye o perjudica a la mujer, que, como madre, la mujer es inferior o tiene desventajas.

No por eso, la mujer debe quedar “encerrada en la casa”, “condenada a un trabajo de esclavos”, aunque algunos grupos feministas lo dan por demostrado. Es cierto que a bastantes mujeres, el nacimiento de un hijo les supone una carga, en parte por la poca comprensión de los demás y, en parte, debido a estructuras sociales injustas. Sin embargo, estas últimas no son circunstancias que necesariamente acompañen la maternidad. No pueden ser motivo para negar la vida a un nuevo ser humano, sino que las estructuras injustas deben desaparecer. Este es, en todas las sociedades, uno de los desafíos más urgentes.

Cuando una mujer acepta ser madre, dependiendo de las circunstancias familiares y de su situación personal, puede incluso ser su deber, colaborar en la sociedad también a través de su labor profesional y que su casa esté abierta a muchas otras personas. Evidentemente, la primera y principal ocupación y preocupación de los padres es el bienestar de la propia familia.

La maternidad no puede ser reducida a su aspecto físico. En un sentido espiritual, todas las mujeres están llamadas, de alguna manera, a ser madres. ¿Qué es sino salir del anonimato, escuchar abiertamente a los demás y compartir sus deseos y preocupaciones? Esta maternidad espiritual, tiene muy poco que ver con la idea protectora, sensiblera y blandengue, que tanto alaba un sector del feminismo radical. La maternidad espiritual difiere con mucho de aquella visión biológico-materialista. Al contrario, caracteriza una capacidad especial de amar que tiene la mujer, que consiste en descubrir y fomentar lo individual en la masa [78]. La maternidad espiritual no sólo expresa cualidades del corazón, sino también del entendimiento y no sólo exige una constitución natural, sino también formación.. Se refiere a la mujer dotada de espíritu, y no a aquella caricatura que, en el fondo, sólo gira alrededor de las propias necesidades corporales.

A una sencilla, normalmente no le cuesta acercarse a los demás. Su sentido de lo concreto, de la realidad y su sensibilidad ante las necesidades de los demás, le pueden ser de gran utilidad. Tiene un gran talento para la solidaridad y la amistad. ¿Por qué ha de negar estas cualidades, en vez de ser agradecida y hacer así la vida más amable y agradable?. Edith Stein da qué pensar, al escribir: “Cuando alguien se da cuenta de que, en su lugar de trabajo -allí donde cada uno se encuentra en peligro de convertirse en una máquina-, se espera de él cooperación y disponibilidad, conservará algo vivo en su corazón, o despertará a algo que, de otra forma, se atrofiaría” [79].

6. El matrimonio como vocación

El hombre y la mujer se complementan entre sí y tienen mucho que darse recíprocamente. Espiritual e intelectualmente, un hombre nunca puede ser “complementado” por otro hombre en la medida en que lo es con la mujer y lo mismo ocurre en el caso de la mujer.

Todo matrimonio pasa por momentos duros. Se experimenta monotonía, la trivialidad de lo cotidiano, el descontento y la insatisfacción profesional; se ve cómo los planes se estropean y que los hijos son muy distintos a como se los deseaba. Y, con los años, se tiene, no rara vez, la sensación de que se es deudor de muchas deudas impagas.

Cuanto más se pone en tela de juicio la imagen clásica de la mujer, más fácil resulta que surjan conflictos del tipo ¿quién tiene que lavar los platos? ¿quién debe limpiar? ¿quién va de compras?, en fin. Tan necesario es pensar quién hará el trabajo de la casa, como absurdo es estar siempre discutiendo por ello.

Creo que para cada hombre y para cada mujer, más que cada tarea particular, son más importantes su buena disposición hacia la familia, un amor sincero entre ellos y hacia sus hijos, que siempre se manifiesta de modo diverso e individual; pero siempre con la disponibilidad de querer llevar en común las preocupaciones del hogar. Es un callejón sin salida pensar que hombre y mujer, padres e hijos deban “emanciparse” unos de otros. Sería mucho mejor que juntos redescubrieran la belleza de estar ahí para los otros, libremente y por amor. Entonces, ya no se piensa que los propios derechos vayan a salir perjudicados, ni tampoco se exige de los demás lo que uno mismo no quiere dar.

Cuando un hombre y una mujer están dispuestos a sacrificarse por su matrimonio y por su familia, es cuando el amor madura. Esta madurez del amor puede conllevar situaciones muy diversas e incluso contradictorias. Para una mujer puede ser un sacrificio quedarse en la casa, por sus hijos, sin trabajar fuera; para otra, puede ser heroico conjugar el trabajo dentro y fuera de casa, por el bien de su familia. No hay recetas fijas que indiquen cómo ha de ser la vida diaria en cada familia concreta, así como tampoco es adecuado juzgar desde fuera cada situación concreta.

Las posibilidades de cada uno son muy distintas: lo que a una persona le resulta muy sencillo, a otra le supera. También las necesidades de los hijos son diferentes, uno sólo puede requerir más energías de los padres que varios juntos. Como dice I. F. Görres, el matrimonio “ya no es más patria y puerto”, sino que llega a ser una verdadera aventura, cuando se lo vive en su profunda dimensión espiritual. [80]

El matrimonio se vive como una comunión corporal, psíquica y espiritual del ser humano; y en todos los planos, significa, para los cónyuges, una unión entrañable [81]. Por ello, está abierto a nuevas vidas, pues el otro es aceptado en la totalidad de su persona, esto es, también en su fertilidad y en su posible paternidad o maternidad. Sin embargo, si la unión sexual se entendiera únicamente como la procreación de descendientes, se utilizaría y denigraría al cónyuge como un simple medio, se abusaría de él. Asimismo, frecuentemente, se olvida que, si se considera a la pareja tan sólo como objeto de placer, también se la convierte en un objeto. Si en el amor matrimonial se encuentran integrados, tanto el deseo de tener hijos, como la búsqueda de la unión sexual, se puede considerar que la relación entre los cónyuges ha sido lograda. Precisamente, con la aceptación de nuevas personas, que amplían la familia, la comunión de los cónyuges es confirmada y afirmada.

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[1] Cfr. G. Völker y K. von Welck (editores), Die Braut II. Zur Rolle der Frau im Kulturvergleich, Colonia, 1985, pp. 536 - 545.
[2] Cfr. Völker y von Welck, ob. cit., pp. 224 - 231.
[3] Cfr. E. Ennen, Frauen im Mittelalter, 4a. edición, München, 1991.
[4] Cfr. K. Bieber, Simone de Beauvoir, Bonn, 1979, p. 80.
[5] Cfr. C. Wagner, Simone de Beauvoir Wegs zun Feminismus, Rheinfelden, 1984, pp. 1 y 89.
[6] S. de Beauvoir, Das andere Geschlecht. Sitte und Sexus der Frau, Hamburgo, 1951, p. 21.
[7] Beauvoir, ob. cit., p. 49.
[8] J. P: Sarte, Ist der Existentialismus ein Humanismus?, Zürich, 1974, p. 14.
[9] Sartre, ob. cit., p. 14.
[10] La confesión de ser atea en: cfr. Beauvoir, Die Zeremonie des Abschieds und Gespräche mit Jean Paul Sartre. August - September 1974, Reinbek, 1983, p. 565 y sgtes.
[11] Cfr. ver C. Zehl Romero, Simone de Beauvoir in Selbstzeugnissen und Bilddokumenten, Reinbek, 1978, pp. 120 - 127.
[12] Beauvoir, Das andere... cit., p. 49.
[13] Beauvoir, Das andere... cit., p. 21.
[14] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p. 73.
[15] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p. 75.
[16] Beauvoir, Das andere... cit., p. 684.
[17] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p. 455.
[18] Beauvoir, Das andere... cit., p. 71.
[19] Beauvoir, Das andere... cit., p. 719.
[20] Beauvoir, Das andere... cit., p. 165 y sgte.
[21] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p. 258.
[22] Beauvoir, Das andere... cit., p. 285.
[23] S. de Beauvoir, Alles in Allem, Reinbek, 1974, p. 455.
[24] Beauvoir, Das andere... cit., p. 722.
[25] Beauvoir, Das andere... cit., p. 724.
[26] Cfr. S. de Beauvoir, Über den Kampf für die Befreiung der Frau, Interview von Alice Schwarzer, Kursbuch 35, 1974, p. 62.
[27] Beauvoir, Das andere... cit., p. 461.
[28] Beauvoir, Das andere... cit., p. 721.
[29] Beauvoir, Das andere... cit., p. 751.
[30] Beauvoir, Das andere... cit., p. 718.
[31] Beauvoir, Das andere... cit., p. 751.
[32] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p. 502 y 717.
[33] Una resumida exposición de esta ética, también llamada "nueva moral", se encuentra en K. Lüthi, Gottes neue Eva, Stuttgart - Berlín, 1978, pp. 67 - 126. Ver también la feminsta Elisabeth Badinter, Die Mutterliebe. Geschichte eines Gefühls vom 17. Jh. bis heute, München, 1981, p. 267: "De la contradicción entre los deseos de las mujeres y los valores dominantes sólo pueden surgir nuevos modos de actuar que posiblemente transformarán la sociedad mucho más profundamente que todo cambio económico que sea de esperar".
[34] Cfr. p. ejm. Beauvoir, Das andere... cit., p. 209; cfr. pp. 500, 697 y 721.
[35] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p.689.
[36] Cfr. p. ejm. Beauvoir, Das andere... cit., p. 504.
[37] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p.70.
[38] Beauvoir, Das andere... cit., p.70.
[39] S. de Beauvoir, entrevista con Alice Schwarzer en: Der Spiegel 15, 1976, p. 195; cfr. también Beauvoir, Über den Kampf... cit., p. 463.
[40] Beauvoir, Über den Kampf... cit., p. 463.
[41] Beauvoir, Das andere... cit., p. 697.
[42] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p. 409 y sgtes.
[43] Cfr. S. de Beauvoir, Ein sanfter Tod, Hamburgo, 1965, pp. 63 y sgte; Das Alter, Reinbek, 1972, p. 383; Alles... cit., p. 105.
[44] Años más tarde, Beauvoir insiste en que la liberación de la mujer empiece por la emancipación económica, cfr. Beauvoir, Über den Kampf... cit., pp. 65 y 66.
[45] Beauvoir, Das andere... cit., p. 679 y Über den Kampf.. cit., p. 462.
[46] B. Friedan, The feminin Mystique, 1963. Der Weiblichkeitswann, Hamburgo, 1966.
[47] Friedan, ob. cit., p. 33.
[48] Friedan, ob. cit., p. 52.
[49] K. Millet, Sexual Politics, 1969. Sexus und Herrschaft. Die Tyrannei des Mannes in unserer Gesellschaft, München, 1971.
[50] Cfr. S. Firestone, The Dialectic Sex, 1970; en alemán: Frauenbefreiung und sexuelle Revolution, Frankfurt a. M., 1976, p. 41; cfr. también Beauvoir, Über den Kampf... cit., p. 463.
[51] Firestone, ob. cit., p. 191.
[52] Firestone, ob. cit., p. 191.
[53] Ver A. Schwarzer, Frauen gegen den § 218, 2, Frankfurt a. M., 1971.
[54] A. Schwarzer, Der kleine Unterschied und seine großen Folgen, Frankfurt a. M., 1975.
[55] Cfr. A. Schwarzer (editora), Simone de Beauvoir heute, Reinbek, 1983, pp. 9, 14 y 96.
[56] Cfr. Schwarzer, Der kleine Unterschied... cit., pp. 206 y sgte.
[57] Cfr. Schwarzer, Der kleine Unterschied... cit., pp. 208 y sgte.
[58] Cfr. Schwarzer, Der kleine Unterschied... cit., pp. 200.
[59] Cfr. revista Emma, septiembre de 1978.
[60] Cfr. Schwarzer (editora), Frauenarbeit-Frauenbefreiung, Frankfurt a. M., 1973, p. 27.
[61] Cfr. M. Daly, Gyn/Ecology; en alemán, Gyn/Ökologie, München, 1982.
[62] Cfr. R. Garaudy, Der letzte Ausweg. Feminisierung der Gesellschaft.
[63] El hecho de que la actitud frente a la maternidad divide al movimiento feminista, se muestra en una conversación entre Simone de Beauvoir y Betty Friedan. Esta última señala: "Now, I think we do disagree. I think that maternity is more than a myth, although there has been a kind of false sancity attached to it". Cfr. Sex, Society and the Female Dilemma. A Dialog between Simone de Beauvoir an Betty Friedan, en: Saturday Review (14 de junio de 1975), p. 20.
[64] B. Sichtermann, Weiblichkeit. Zur Politik des Privaten, Berlín, 1983, p. 27. Cfr. también p. 32.
[65] Cfr. L. Caldecott und S. Leland (editores), Reclaim the Earth, Londres, 1983, p. 1.
[66] Cfr. p. ejm. L. Segal, Ist die Zukunft weiblich?, Frankfurt a. M., 1989.
[67] E. Vilar, Das Ende der Dressur, München, 1977, p. 194.
[68] C. Collange, citada en E. Motschmann, Offen gefragt, offen geantwortet, Berlín, 1988, p. 70.
[69] B. Sichtermann, FrauenArbeit, Über wechselnde Tätigkeiten und die Ökonomie der Emanzipation, Berlín, 1987, p. 50.
[70] B. Sichtermann, ob. cit., p. 9.
[71] B. Sichtermann, ob. cit., p. 57 y siguiente.
[72] Cfr. B. Sichtermann, ob. cit., p. 22.
[73] B. Sichtermann, ob. cit., p. 13.
[74] B. Sichtermann, ob. cit., p. 57.
[75] B. Sichtermann, ob. cit., p. 54.
[76] Cfr. F. Geinoz, Wenn die Bevölkerungsfrage Familienwerte erstickt, en Familie und Erziehung 16 (1994), n° 3, p. 4.
[77] C. Collange, Die Wunschfamilie, Düsseldorf-Viena, 1993, p. 226.
[78] Cfr. sobre este punto J. Angst y C. Ernst, Geschlechtsunterschiede in der Psychiatrie, en: Weibliche Identität im Wandel. Vorträge im Wintersemester 1989/90, Heidelberg, 1990, pp. 69 - 84.
[79] Edith Stein, Die Frau, Ihre Aufgabe nach Natur und Gnade, Friburgo, 1959, p. 8.
[80] Cfr. I. F. Görres, ob. cit., pp. 413 y sgte.
[81] Cfr. N. y R: Martin, Johannes Paul II: Die Familie. Zukunft der Menschheit, Vallendar, 1985, p. 324.

 

 

Tres hijos, más de 10 años sin tener TV y con el móvil controladísimo... «y nos va muy bien»

Tres adolescentes enganchados a las pantallas... pero ¿y si no tienen TV, el ordenador es escaso y sólo pueden usar el móvil de mamá, y a ratos?

30 mayo 2020

Pablo J. Ginés, redactor jefe de ReligionEnLibertad, insiste en que él no es un tecnófobo. Ha realizado casi toda su carrera como periodista "digital", en prensa de Internet. También ha sido profesor de Teoría de la Comunicación en la Universidad Abat Oliba, donde podía reflexionar y educar sobre el uso de los medios.

Pero él dice que cuando más ha aprendido sobre efectos de los medios ha sido con su largo experimento casero: educando a sus tres hijos sin televisión y casi sin móvil los últimos 11 años. ¿Qué frutos ha dado eso? Ha publicado su experiencia y reflexiones en Nuevo Pentecostés, la interesante revista que edita la Renovación Carismática Católica en España (de pago, pero con acceso gratis a algunos ejemplares aquí en PDF).

(El artículo es anterior al confinamiento por el coronavirus, cuando las pantallas, durante un tiempo muy especial, han ocupado un espacio más amplio en la vida de todos... pero sigue siendo aplicable de forma general). 

El periodista de ReL Pablo J. Ginés explica cómo educa a sus hijos sin TV en casa y casi sin móvil

*** 

Mis hijos, sin tele en casa y casi sin móvil… y nos va muy bien

Por Pablo J. Ginés

Desde hace 11 años no tenemos televisión en casa. Mis hijos tenían 5, 2 y 1 años cuando la televisión desapareció de mi hogar, han crecido sin televisión.

En aquel momento no fue una decisión del todo radical: simplemente, al mudarnos de Barcelona a Madrid, dejamos atrás el viejo televisor pensando “quizá ya compraremos otro”. Pero no lo hicimos, porque veíamos que, sin tele, el niño mayor se entretenía con libros y juegos y con sus hermanos.

Hoy vemos que, como resultado de no tener televisión en casa, nuestros 3 hijos son lectores, algo importante porque nuestra religión requiere familiaridad con la lectura.

Ya les hemos dicho que no tendrán móvil hasta los 18 años. Al mayor, de 16 años, y la mediana, de 13, les dejamos usar el móvil de mamá un par de veces cada tarde.

No soy un tecnófobo ni un fanático antitecnología. De hecho, llevo desde 1997 trabajando como periodista en Internet. Y fui varios años profesor de Teoría de la Comunicación en una universidad. Estudiamos mucho las teorías sobre los efectos.

¿Nos deja tontos la televisión, como decía mi abuela? Claro que ella, mujer sencilla que apenas leía el Hola, también decía que leer tantos libros me dejaría tonto. Yo estoy de acuerdo con el libro Superficiales, de Nicholas George Carr: Internet nos hace aún más tontos.

En 1985 se hizo famoso el estudioso Meyrowitz con esta frase que siempre ponía yo en los exámenes: “A los niños, a los que no dejamos cruzar solos la calle ni entrar en según qué sitios, les dejamos ir a cualquier sitio, incluso peligroso, a través de la televisión”. ¿Qué diría hoy del móvil? Chavales de 10 años a dos clics de porno duro y talleres yihadistas, o tutoriales de youtubers para suicidarte o esconder tu anorexia o cambiar de sexo, “a ver si te hacen caso de una vez, pero ya verás, ni notarán que existes”.   

La TV sustituye a Dios

Mucha gente se plantea por qué la fe se ha debilitado tanto en Occidente desde los años 60. Muchos lo atribuyen a la postmodernidad, la revolución sexual de 1968, el laicismo agresivo, la mera opulencia material, el clero demasiado estricto o el clero demasiado laxo. Sin duda, todo eso se suma.

Pero en mi opinión la clave está en la televisión, que se difundió por los hogares a partir de los años 60.

La televisión atrapa tu atención al volver del trabajo, cuando estás cansado. A los ancianos les da sensación de estar acompañados todo el día, y en ese sentido sustituye a Dios.

En los hospitales, personas con enfermedades graves o ancianas que deberían estar rezando, hablando con Dios, resolviendo sus asuntos pendientes y preparándose para buen morir, se distraen viendo concursos y debates políticos que no van a hacer nada por su alma.

La televisión sustituye también a la lectura. Un niño español lleva 4 o 5 años ya tragando cómodas y fáciles imágenes televisivas, cada vez más estridentes, cuando apenas empieza a adentrarse en la lectura, que es un arte que requiere cierta constancia y concentración. Pocos niños en cada clase son de verdad lectores.

Hay gente mayor, social, conversadora, que usa la televisión como una excusa para iniciar conversaciones y tratar con los demás. “Mira lo que dice el telediario, ¿qué te parece?” Pero no es muy común, porque enseguida el telediario dice otra cosa, y otra, y otra, y no puedes profundizar en ninguna de ellas. ¿Vas a parar la TV para comentar algo en profundidad? “¡Que vienen los deportes, abuelo!” Yo lo sé, que soy periodista y me dedico a esto.

En un libro puedes pararte, releer el párrafo y reír: “vaya bobada intenta colarme este autor, menos mal que me paré a releerlo”. En la TV no puedes parar.

La fe cristiana creció leyendo y hablando 

La fe cristiana, del siglo I al XIX, se extendió en una cultura de familias que hablaban largo y tendido, familias que rezaban junto al fuego de la chimenea, familias que leían la Biblia o cuentos de santos.

Incluso en familias humildes, poco lectoras, podía haber alguien, quizá el hijo mayor, que leía a los demás un fragmento de Biblia infantil o del libro de Historia Sagrada del colegio.

'Leyendo al abuelo', cuadro de Albert Samuel Anker (1831-1910), considerado el pintor suizo más relevante del siglo XIX

El dominico Chus Villarroel cuenta en uno de sus libros cómo los pastores de los pueblos de León, aún en su infancia, leían textos bíblicos y religiosos junto al fuego cuando realizaban la trashumancia.

Antes de la TV, con los rebaños, o en la mar, o en los hogares, había mucho tiempo libre para estar juntos, y buena parte se dedicaba a rezar. Salía de forma bastante natural.

Hoy es necesario tomar una determinación contracultural, antisistema, para estar juntos, rezar o leer la Biblia.

La TV y series de 2020, especialmente peligrosas

Incluso si la TV y las teleseries fueran entretenimiento blanco, moral, inocente, sólo su efecto de distracción y anestesia contra la conversación, la lectura y el profundizar en las cosas ya exigiría limitarla mucho.

Pero con las teleseries infinitas, y más las de cadenas de pago, como Netflix o HBO, la cosa ha ido a peor. Las cadenas de pago no ponen cortapisas morales, no tienen “horarios protegidos para menores”.

Un padre responsable debería verse al menos 2 temporadas (20 horas o más ante la TV) de una serie antes de dar permiso a sus hijos para verla. O leer muchas reseñas y análisis en revistas y webs cristianas, pero eso tampoco basta, porque los periodistas no llegamos a tanto.

Voy a poner un ejemplo de manual. Con mi mujer vimos en Internet toda la primera temporada de Supergirl, la rubia prima de Superman llegada a la tierra del planeta Krypton con unos 8 años. La primera temporada, más de 15 capítulos, era absolutamente “blanca”. ¡Apenas había un casto besito de la protagonista en cierto capítulo! Parecía que podíamos dejarla ver a nuestra hija de 11 años.

Pero entonces el activista gay Greg Verlanti se hizo cargo de la serie para la segunda temporada. De repente la hermana de Supergirl descubrió que era lesbiana y se enrolló con una policía. Los extraterrestres de toda la galaxia se reunían en bares oscuros pidiendo ser aceptados en su diversidad por los humanos. Si no hubiéramos perseverado en explorar también la segunda temporada, nuestra hija estaría tragando propaganda LGTB de diseño.

El activista gay Greg Berlanti, llenando de personajes LGTB (siempre positivos y geniales) las teleseries de superhéroes

El mismo Verlanti colonizó otras series de superhéroes con montones de gays, y por supuesto ninguno de ellos casto, ni con ninguna intención de explorar su potencial heterosexual (ni una fe ortodoxa, evidentemente). 

Arrow, Leyendas del Mañana (con Canario Blanco, bisexual promiscua, y su padre comisario de policía encantado y feliz), Flash, todas las series de superhéroes DC (y algunas de Marvel en Netflix) están llenas de propaganda LGTB. La última es Batwoman, que presume de ser lesbiana desacomplejada desde el principio.

El lobby gay GLAAD, que desde 1985 pide más y más personajes LGTB en la TV, en su informe de 2019 dice que ya hay un 10% de personajes principales gays en las teleseries: les parece poco, quieren un 20%. Teniendo en cuenta que las personas que se declaran LGTB en las encuestas de la vida real son un 3%, eso significa que en la TV hay tres veces más que en la vida real y piden ser 6 veces más. Eso es ser insaciable.

Volviendo a nuestros hijos: lo que quiero decir es que incluso un padre esforzado que dedique 15 horas a ver una teleserie para decidir si la permite o no en casa… ¡puede fracasar!  Nuestro entorno, nuestra televisión del siglo XXI, es demasiado hostil. Hay que limitarla al máximo.

Cuando la pantalla es de acceso escaso

Voy a hablar de mi experimento casero de 11 años sin TV por si le sirve a alguien. 

Al no haber TV en mi casa, todo se ha de ver en el ordenador del salón de la casa. Nada de ver series a escondidas.

Ese ordenador sirve para todo: para trabajar papá y mamá, para videojuegos o para ver programas.

El ordenador tiene clave o password y solo lo saben papá y mamá. No existe eso de levantarse por la mañana y ver que los niños llevan 3 horas viendo dibujos o jugando.

Todos nos peleamos por ese ordenador: la niña quiere cosas de niñas, el adolescente cosas de adolescentes, otros (incluyendo papá) quieren su videojuego.

Es tan escaso el acceso, que hay que pactar. No puedes estar ratos perdidos navegando, a ver si un yihadista te enseña como montar una bomba ni repasando webs porno. Simplemente, no hay tiempo: hay que aprovechar para ver los dibujos japoneses o el DVD que de verdad te interesan.   

Ningún niño a solas con el ordenador

Otra regla exigente en mi casa es que ningún niño se queda solo en casa con el ordenador encendido. Así evitamos que entren en sitios inapropiados.

A veces los papás vamos al cine o a una cena y dejamos a los 3 niños viendo algo en el ordenador: han de ponerse de acuerdo (el de 16, la de 13 y el de 11) en verlo juntos. Nada de quedarse uno solo ante la pantalla. Todos ansían pantalla, tan escasa, y no lo harían. Como el uso de pantalla es escaso, castigar a quien se porta mal sin acceder a ella es muy eficaz. Además, hay un sistema soviético de chivatos y delatores: sale a cuenta delatar que el otro hermano usó mal el ordenador, porque así te toca más rato de pantalla mientras al infractor se lo prohíben.

Resultado: poca pantalla, y muy apreciada.

Si los papás ponemos una película antigua en blanco y negro, o una película de santos, los niños tienen dos opciones: o a leer o quedarse a verla. Ven tan pocas películas que las aprecian todas. Otros niños ansiosos por ver mil teleseries probablemente no admitirían ver películas antiguas, por lo general mucho más educativas. Además, crecen sin anuncios de televisión. No es lo mismo tragar 20.000 o 40.000 anuncios chillones en tus 18 primeros años de vida, que limitarlo a unos pocos cientos.

Ocio sin pantallas

Debido a la escasez de pantalla, a mis hijos les gusta leer. También les gustan los juegos de mesa y de estrategia, a los que juegan con papá. Hace unos años el sacerdote que fundó Proyecto Hombre en Andalucía, contra la droga, decía que en los juegos de mesa los padres e hijos pueden hablar con libertad y tender lazos fuertes. Creo que es completamente cierto. También sirve para juntar adolescentes alrededor de una mesa para un ocio sano sin pantallas, mirándose a la cara y socializando en cercanía. Parece asombroso, pero algo tan sencillo como ese juntarse y verse la cara, muchos adolescentes empiezan a considerarlo un lujo.

No, no existe el efecto “niños rebotados”

Habrá quien diga: “¿pero al restringir tanto las pantallas, no temes que para compensar, al crecer, caigan en un uso exagerado y adictivo?” La realidad científica y demostrada es que eso nunca sucede: ningún estudio jamás ha demostrado que los hijos criados con reglas y límites medianamente estrictos se “desmadren” al crecer.

Esto lo explica muy bien el doctor Leonard Sax en su imprescindible libro El colapso de la autoridad (Palabra, 2017). Un hogar donde hay normas y límites combinados con afecto y escucha genera hijos que mantendrán esas normas y límites.

 

A los 18 años mi hijo se comprará un móvil: tendrá acceso a todo el porno del mundo, a los foros más perniciosos, a apuestas online, a chalados y suicidas, a youtubers vanidosos, a manipuladores y demagogos… pero él llevará ya 18 años sabiendo que puede ser feliz sin eso y que hay mil cosas más interesantes por hacer: leer, jugar con amigos, rezar, ir a la naturaleza, tener mil proyectos apasionantes.

Quizá atraviese un mes o dos de “intoxicación”, pero sabrá –porque lo ha vivido- que otra vida mejor es posible. Y enseguida vivirá como ha vivido siempre, según los hábitos adquiridos en su infancia. Hará bien en su vida adulta porque habrá adquirido el hábito de hacer bien en su vida infantil y adolescente.                                                                             

Las noticias más leídas: ¡sobre niños y móviles!

El tema no implica solo la TV, claro. Como periodista en ReligionEnLibertad sé cuáles son las tres noticias más reenviadas en nuestro digital, por miles de personas preocupadas: las noticias que hablan de limitar las pantallas a menores. Puedo decir incluso los títulos, a saber: 
- «Que ningún padre envíe fotos de sus hijos en la playa, no las suban a redes», pide la Policía;
- Policía experta en ciberseguridad: «Si vieran lo que yo veo cada día, no darían móviles a sus hijos»;
Nada de móvil para menores de 12 años, y sin whatsapp hasta los 16: la Policía explica los peligros
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El tema, por lo tanto, interesa a muchos y preocupa a muchos. Mi fórmula y recomendación es esta: líbrate de la TV de tu casa y pon un ordenador con pantalla grande en el salón, con contraseña.

nada de móvil para los niños hasta los 18, que usen el de mamá o el de papá a ratos por la tarde.

cómprales libros y juegos de mesa que les gusten, o sácalos al campo o a deportes. Eso crea toda una cultura alternativa. 

 

 

¡O T R A    V E Z!